Libro No. 337. K. Marx, Manuscritos y otros.
© Libro No. 337. K.
Marx, Manuscritos y otros. Colección Emancipación
Obrera. Septiembre 1 de 2012.
Título original: © K. Marx,
Manuscritos y otros. Colección Emancipación Obrera
Versión Original: © K.
Marx, Manuscritos y otros. Colección Emancipación Obrera
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Guillermo Molina Miranda
Karl Marx
Manuscritos
Y
Otros
Indice
MANUSCRITOS
Nota sobre los
Manuscritos
Primer Manuscrito
Salario
Beneficio del capital
Renta de la tierra
[El trabajo enajenado]
Segundo Manuscrito
[Antitesis del capital y el trabajo. Propiedad privada y capital.]
Tercer Manuscrito
[Propiedad privada y trabajo. Economía política como producto del
movimiento de la propiedad privada.]
[Propiedad privada y comunismo]
[Requisitos humanos y división del trabajo bajo el dominio de la
propiedad privada]
[El poder del dinero]
[Crítica de la dialéctica hegeliana y de la filosofía de Hegel en
general]
MANIFIESTO INAUGURAL DE LA ASOCIACION INTERNACIONAL DE
LOS TRABAJADORES
BOLÍVAR Y PONTE
A ABRAHAM LINCOLN,
PRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS DE AMERICA
MENSAJE A LA UNION
OBRERA NACIONAL DE LOS ESTADOS UNIDOS
ESTATUTOS GENERALES
DE LA ASOCIACION INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES
LA NACIONALIZACION
DE LA TIERRA
Nota sobre
los Manuscritos
El Manuscrito
n.º 1 consta de nueve folios (l8 hojas, 36 páginas) que fueron unidos
por Marx formando un cuaderno. Las páginas fueron divididas, antes de escribir
en ellas, en tres columnas, por medio de dos rayas verticales. Cada una de las
columnas lleva, de izquierda a derecha, el siguiente título: Salario, Beneficio
del Capital, Renta de la tierra. Aparentemente Marx pensaba desarrollar
paralelamente estos tres temas con igual extensión. A partir de la página XXII
Marx escribió sobre la totalidad de las páginas, sin respetar la división en
columnas; esta parte es la que, de acuerdo con el contenido, se ha titulado: El
trabajo enajenado. El Manuscrito se interrumpe en la página XXVII.
El Manuscrito
Nº 2 consta de un folio (2 hojas, 4 páginas, numeradas del XL al
XLIII). Comienza a la mitad de una frase y constituye manifiestamente sólo el
fragmento final de un escrito más amplio.
El Manuscrito
tercero está contenido en un cuaderno formado por 17 folios (34 hojas,
68 páginas las últimas 23 no escritas). La numeración de Marx salta de la pág.
XXI a la XXIII y de la XXIV a la XXVI.
Comienza el
Manuscrito con dos apéndices a un texto perdido que han sido titulados,
respectivamente, por V. Adoratsky Propiedad privada y trabajo, Propiedad
privada y comunismo. Sigue la crítica de la Filosofía hegeliana y el Prólogo,
que aquí se ha colocado al comienzo.
Karl Marx
Manuscritos Económicos y filosóficos de 1844
(I) El salario está
determinado por la lucha abierta entre capitalista y obrero. Necesariamente
triunfa el capitalista. El capitalista puede vivir más tiempo sin el obrero que
éste sin el capitalista. La unión entre los capitalistas es habitual y eficaz;
la de los obreros está prohibida y tiene funestas consecuencias para ellos.
Además el terrateniente y el capitalista pueden agregar a sus rentas beneficios
industriales, el obrero no puede agregar a su ingreso industrial ni rentas de
las tierras ni intereses del capital. Por eso es tan grande la competencia
entre los obreros. Luego sólo para el obrero es la separación entre capital,
tierra y trabajo una separación necesaria y nociva. El capital y la tierra no
necesitan permanecer en esa abstracción, pero sí el trabajo del obrero.
Para el obrero es,
pues, mortal la separación de capital, renta de la tierra y trabajo.
El nivel mínimo de
salario, y el único necesario, es lo requerido para mantener al obrero durante
el trabajo. y para que él pueda alimentar una familia y no se extinga la raza
de los obreros. El salario habitual es, según Smith, el mínimo compatible con la simple
humanité, es decir, con una existencia animal.
La demanda de
hombres regula necesariamente la producción de hombres, como ocurre con
cualquier otra mercancía.
Si la oferta es mucho mayor que la demanda, una parte de los obreros se hunde
en la mendicidad o muere por inanición. La existencia del obrero está reducida,
pues, a la condición de existencia de cualquier otra mercancía. El obrero se ha
convertido en una mercancía y para él es una suerte poder llegar hasta el
comprador. La demanda de la que depende la vida del obrero, depende a su vez
del humor de los ricos y capitalistas. Si la oferta supera a la demanda
entonces una de las partes constitutivas del precio, beneficio, renta de la
tierra o salario, es pagada por debajo del precio; una parte de
estas prestaciones se sustrae, pues, a este empleo y el precio del mercado
gravita hacia el precio natural como su centro. Pero, 1.) cuando existe una
gran división del trabajo le es sumamente difícil al obrero dar al suyo otra
dirección; 2) el perjuicio le afecta a él en primer lugar a causa de su
relación de subordinación respecto del capitalista.
Con la gravitación
del precio de mercado hacia el precio natural es así el obrero el que más
pierde y el que necesariamente pierde. Y justamente la capacidad del capitalista para dar a
su capital otra dilección es la que, o priva del pan al obrero, limitado a una
rama determinada de trabajo, o le obliga a someterse a todas las exigencias de
ese capitalista.
(II) Las
ocasionales y súbitas fluctuaciones del precio de mercado afectan menos a la
renta de la tierra que a aquellas partes del precio que se resuelven en
beneficios y salarios, pero afectan también memos al beneficio que al salario.
Por cada salario que sube hay, por lo general, uno que se mantiene estacionario y
uno que baja.
El obrero no tiene
necesariamente que ganar con la ganancia del capitalista, pero necesariamente
pierde con él. Así el obrero no
gana cuando el capitalista mantiene el precio del mercado por encima del
natural por obra de secretos industriales o comerciales, del monopolio o del
favorable emplazamiento de su terreno.
Además: los
precios del trabajo son mucho más constantes que los precios de los víveres.
Frecuentemente se encuentran en proporción inversa. En un año de carestía el
salario disminuye a causa de la disminución de la demanda y se eleva a causa
del alza de los víveres. Queda, pues, equilibrado. En todo caso, una parte de
los obreros queda sin pan. En años de abundancia, el salario se eleva merced al
aumento de la demanda, disminuye merced a los precios de los víveres. Queda,
pues, equilibrado.
Otra desventaja del
obrero:
Los precios del
trabajo de los distintos tipos de obreros difieren mucho más que las ganancias
en las distintas ramas en las que el capital se coloca. En el trabajo toda la diversidad natural, espiritual
y social de la actividad individual se manifiesta y es inversamente retribuida,
en tanto que el capital muerto va siempre al mismo paso y es indiferente a
la real actividad individual. En general hay que observar que
allí en donde tanto el obrero como el capitalista sufren, el obrero sufren en
su existencia y el capitalismo en la ganancia de su inerte Mammón.
El obrero ha de
luchar no sólo por su subsistencia física, sino también por lograr trabajo, es
decir, por la posibilidad, por lo medios, de poder realizar su actividad.
Tomemos las tres situaciones básicas en que puede encontrarse la sociedad y
observemos la situación del obrero en ellas.
l) Si la riqueza de
la sociedad está en descenso, el obrero sufre más que nadie, pues aunque la
clase obrera no puede ganar tanto como la de los propietarios en una situación
social próspera, aucune ne souffre aussi cruellement de son déclin que
la classe des ouvriers. (Ninguna sufre tanto con su decadencia como la
clase obrera, Smith, II, 162).
III), 2) Tomemos
ahora una sociedad en la que la riqueza aumenta. Esta situación es la única
propicia para el obrero. Aquí aparece la competencia entre capitalistas la
demanda de obreros excede a la oferta, pero:
En primer lugar, el alza de los salarios conduce a un exceso
de trabajo de los obreros. Cuanto más quieren ganar, tanto más de su
tiempo deben sacrificar y, enajenándose de toda libertad, han de realizar, en
aras de la codicia, un trabajo de esclavos. Con ello acortan su vida. Este
acortamiento en la duración de su vida es una circunstancia favorable para la
clase obrera en su conjunto, porque con él se hace necesaria una nueva oferta.
Esta clase ha de sacrificar continuamente a una parte de si misma para no
perecer por completo.
Además, ¿cuándo se
encuentra una sociedad en vías de enriquecimiento progresivo? Con el aumento de
los capitales y las rentas de un país. Esto, sin embargo, sólo es posible: a)
porque se ha acumulado mucho trabajo, pues el capital es trabajo acumulado; es
decir, porque se ha ido arrebatando al obrero una cantidad creciente de su
producto, porque su propio trabajo se le enfrenta en medida creciente como
propiedad ajena, y los medios de su existencia y de su actividad se concentran
cada vez más en mano del capitalista; b) la acumulación del capital aumenta la
división del trabajo y la división del trabajo el número de obreros; y
viceversa, el número de obreros aumenta la división del trabajo, así como la
división del trabajo aumenta la acumulación de capitales. Con esta división del
trabajo, de una parte, y con la acumulación de capitales, de la otra, el obrero
se hace cada vez más dependiente exclusivamente del trabajo, y de un trabajo
muy determinado, unilateral y maquinal. Y así, del mismo modo que se ve rebajado
en lo espiritual y en lo corporal a la condición de máquina, y de hombre queda
reducido a una actividad abstracta y un vientre. Se va haciendo cada vez más
dependiente de todas las fluctuaciones del precio de mercado, del empleo de los
capitales y del humor de los ricos. Igualmente, el crecimiento de la clase de
hombres que no tienen (IV) más que su trabajo agudiza la competencia entre los
obreros, por tanto, rebaja su precio. En el sistema fabril esta situación de
los obreros alcanza su punto culminante.
c) En una sociedad
cuya prosperidad crece, sólo los más ricos pueden aún vivir del interés del
dinero. Todos los demás están obligados, o bien a emprender un negocio con su
capital, o bien a lanzarlo al comercio. Con esto se hace también mayor la
competencia entre los capitales. La concentración de capitales se hace mayor,
los capitalistas grandes arruinan a los pequeños y una fracción de los antiguos
capitalistas se hunde en la clase de los obreros, que por obra de esta
aportación padece de nuevo la depresión del salario y cae en una dependencia
aún mayor de los pocos grandes capitalistas; al disminuir el número de
capitalistas, desaparece casi su competencia respecto de los obreros, y como el
número de éstos se ha multiplicado, la competencia entre ellos se hace tanto
mayor, más antinatural y más violenta. Una parte de la clase obrera cae con
ello en la mendicidad o la inanición tan necesariamente como una parte de los
capitalistas medios cae en la clase obrera.
Así, pues, incluso
en la situación social más favorable para el obrero la consecuencia necesaria
para éste es exceso de trabajo y muerte prematura, degradación a la condición
de máquina, de esclavo del capital que se acumula peligrosamente frente a él, renovada
competencia, muerte por inanición o mendicidad de una parte de los obreros.
(V) El alza de
salarios despierta en el obrero el ansia de enriquecimiento propia del
capitalista que él, sin embargo, sólo mediante el sacrificio de su cuerpo y de
su espíritu puede saciar. El alza de salarios presupone la acumulación de
capital y la acarrea; enfrenta, pues, el producto del trabajo y el obrero,
haciéndolos cada vez más extraños el uno al otro. Del mismo modo, la división
del trabajo hace al obrero cada vez más unilateral y más dependiente, pues
acarrea consigo la competencia no sólo de los hombres, sino también de las
máquinas. Como el obrero ha sido degradado a la condición de máquina, la
máquina puede oponérsele como competidor. Finalmente, como la acumulación de
capitales aumenta la cantidad de industria, es decir, de obreros, mediante esta
acumulación la misma cantidad de industria trae consigo una mayor
cantidad de obra hecha que se convierte en superproducción y termina,
o bien por dejar sin trabajo a una gran parte de los trabajadores, o bien por
reducir su salario al más lamentable mínimo. Estas son las consecuencias de una
situación social que es la más favorable para el obrero, la de la riqueza creciente y progresiva.
Por último, sin
embargo, esta situación ascendente ha de alcanzar alguna vez su punto
culminante. ¿Cuál es entonces la situación del obrero?
3) «Los salarios y
los beneficios del capital serán probablemente muy bajos en un país que haya
alcanzado el último grado posible de su riqueza. La competencia entre los
obreros para conseguir ocupación seria tan grande que los salarios quedarían
reducidos a lo necesario para el mantenimiento del mismo número de obreros y si
el país estuviese ya suficientemente poblado este número no podrá aumentarse».
El exceso debería morir.
Luego, en una
situación declinante de la sociedad, miseria progresiva; en una situación
floreciente, miseria complicada, y en una situación en plenitud, miseria
estacionaria.
Y como quiera que,
según Smith, no es feliz una sociedad en donde la mayoría sufre, que el más
próspero estado de la sociedad conduce a este sufrimiento de la mayoría, y como
la Economía Política (en general la Sociedad del interés privado) conduce a este
estado de suma prosperidad, la finalidad de la Economía Política es,
evidentemente, la infelicidad de la sociedad.
En lo que respecta
a la relación entre obreros y capitalistas, hay que observar todavía que el
alza de salarios está más que compensada para el capitalista por la disminución
en la cantidad del tiempo de trabajo, y que el alza de salarios y el alza en el
interés del capital obran sobre el precio de la mercancía como el interés
simple y el interés compuesto, respectivamente.
Coloquémonos ahora
totalmente en el punto de vista del, economista, y comparemos, de acuerdo con
él, las pretensiones teóricas y prácticas de los obreros.
Nos dice que,
originariamente y de acuerdo con su concepto mismo todo el producto del trabajo
pertenece al obrero. Pero al mismo tiempo nos dice que en realidad revierte al
obrero la parte más pequeña e imprescindible del producto; sólo aquella que es
necesaria para que é1 exista no como hombre, sino como obrero, para que
perpetúe no la humanidad, sino la clase esclava de los obreros.
El economista nos
dice que todo se compra con trabajo y que el capital no es otra osa que trabajo
acumulado, pero al mismo tiempo nos dice que el obrero, muy lejos de poder
comprarlo todo, tiene que venderse a sí mismo y a su humanidad.
En tanto que las
rentas del perezoso terrateniente ascienden por lo general a la tercera parte
del producto de la tierra, y el beneficio del atareado capitalista llega
incluso al doble del interés del dinero, lo que el obrero gana es, en el mejor
de los casos, lo necesario para que, de cuatro hijos, dos se le mueran de
desnutrición (VII). En tanto que, según el economista, el trabajo es lo único
con lo que el hombre aumenta el valor de los productos naturales, su propiedad
activa, según la misma Economía Política, el terrateniente y el capitalista,
que como terrateniente y capitalista son simplemente dioses privilegiados y
ociosos, están en todas partes por encima del obrero y le dictan leyes.
En tanto que, según
el economista el trabajo es el único precio invariable de las cosas, no hay
nada más azaroso que el precio del trabajo, nada está sometido a mayores
fluctuaciones.
En tanto que la
división del trabajo eleva la fuerza productiva del trabajo, la riqueza y el
refinamiento de la sociedad, empobrece al obrero hasta reducirlo a máquina. En
tanto que el trabajo suscita la acumulación de capitales y con ello el
creciente bienestar de la sociedad, hace al obrero cada vez más dependiente del
capitalista, le lleva a una mayor competencia, lo empuja al ritmo desenfrenado
de la superproducción, a la que sigue un marasmo igualmente profundo.
En tanto que, según
los economistas, el interés del obrero no se opone nunca al interés de la
sociedad, el interés de la sociedad está siempre y necesariamente en oposición
al interés del obrero.
Según los
economistas, el interés del obrero no está nunca en oposición al de la
sociedad, 1) porque el alza del salario está más que compensada por la
disminución en la cantidad del tiempo de trabajo, además de las restantes
consecuencias antes desarrolladas, y 2) porque, en relación con la sociedad, el
producto bruto total es producto neto y sólo en relación al particular tiene el
neto significado
Pero que el trabajo
mismo no sólo en las condiciones actuales, sino en general, en cuanto su
finalidad, es simplemente el incremento de la riqueza; que el trabajo mismo,
digo, es nocivo y funesto, es cosa que se deduce, sin que el economista lo
sepa, de sus propias exposiciones.
De acuerdo con su
concepto, la renta de la tierra y el beneficio del capital son deducciones que
el salario padece. En realidad, sin embargo, el salario es una deducción que el
capital y la tierra dejan llegar al obrero, una concesión del producto del
trabajo de los trabajadores al trabajo.
El obrero sufre más
que nunca en su estado de declinación social. Tiene que agradecer la dureza
específica de su opresión a su situación de obrero, pero la opresión en general
a la situación de la sociedad.
Pero en el estado
ascendente de la sociedad, la decadencia y el empobrecimiento del obrero son
producto de su trabajo y de la riqueza por él producida. La miseria brota,
pues, de la esencia del trabajo actual.
El estado de máxima
prosperidad social, un ideal, pero que puede ser alcanzado aproximadamente y
que, en todo caso, constituye la finalidad, tanto de la Economía Política como
de la sociedad civil, es, para el obrero, miseria estacionaria.
Se comprende
fácilmente que en la Economía Política el proletario es decir,
aquel que, desprovisto de capital y de rentas de la tierra, vive sólo de su
trabajo, de un trabajo unilateral y abstracto, es considerado únicamente
como obrero. Por esto puede la Economía asentar la tesis de que
aquél, como un caballo cualquiera, debe ganar lo suficiente para poder
trabajar. No lo considera en sus momentos de descanso como hombre, sino que
deja este cuidado a la justicia, a los médicos, a la religión, a los cuadros
estadísticos, a la policía y al alguacil de pobres.
Elevémonos ahora
sobre el nivel de la Economía Política y, a partir de la exposición hasta ahora
hecha, casi con las mismas palabras de la Economía Política, tratemos de
responder a dos cuestiones.
1) ¿Qué sentido
tiene, en el desarrollo de la humanidad, esta reducción de la mayor parte de la
humanidad al trabajo abstracto?
2) ¿Qué falta
cometen los reformadores en détail que, o bien pretenden
elevar los salarios y mejorar con ello la situación de la clase obrera, o bien
(como Proudhon) consideran la igualdad de salarios como finalidad de la
revolución social?
El trabajo se
presenta en la Economía Política únicamente bajo el aspecto de actividad
lucrativa.
(VIII) Puede
afirmarse que aquellas ocupaciones que requieren dotes especificas o una mayor
preparación se han hecho, en conjunto, más lucrativas; en tanto que el salario
medio para la actividad mecánica uniforme, en la que cualquiera puede ser fácil
y rápidamente instruido, a causa de la creciente competencia ha descendido y
tenia que descender, y precisamente este tipo de trabajo es,
en el actual estado de organización de éste, el más abundante con mucha
diferencia. Por tanto, si un obrero de primera categoría gana actualmente siete
veces más que hace cincuenta años y otro de la segunda lo mismo, los dos ganan,
ciertamente, por término medio, cuatro veces más que antes. Sólo
que si en un país la primera categoría de trabajo ocupa únicamente 1.000
hombres y la segunda a un millón, 999.000 no están mejor que hace cincuenta
años y están peor si, al mismo tiempo, han subido los precios
de los artículos de primera necesidad. Y con estos superficiales cálculos
de término medio se pretende engañar sobre la clase más
numerosa de la población. Además, la cuantía del salario es sólo un factor en
la apreciación delingreso del obrero, pues para mesurar este último es
también esencia tomar en consideración la duración asegurada
del trabajo, de la que no puede hablarse en la anarquía de la llamada libre
competencia, con sus siempre repetidas fluctuaciones e interrupciones. Por
último, hay que tomar en cuenta la jornada de trabajo habitual
antes y ahora. Esta ha sido elevada para los obreros ingleses en la manufactura
algodonera, desde hace veinticinco años, esto es, exactamente desde el momento
en que se introdujeron las máquinas para ahorrar trabajo, a doce o dieciséis
horas diarias por obra de la codicia empresarial (IX), y la elevación en un
país y en una rama de la industria tuvo que extenderse más o menos a otras
partes, dado el derecho, aún generalmente reconocido, a una explotación
incondicionada de los pobres por los ricos (Schulz, Bewegung del Produktion, pág..
65).
Pero incluso si
fuera tan cierto, como realmente es falso, que se hubiese incrementado el
ingreso medio de todas las clases de la sociedad, podrían
haberse hecho mayores las diferencias y los intervalos relativos entre
los ingresos, y aparecer así más agudamente los contrastes de riqueza y
pobreza. Pues justamente porque la producción total crece, y
en la misma medida en que esto sucede, se aumentan también las necesidades,
deseos y pretensiones, y la pobreza relativa puede crecer en
tanto que se aminora la absoluta. El samoyedo, reducido a su aceite
de pescado y a sus pescados rancios, no es pobre porque en su cerrada sociedad
todos tienen las mismas necesidades. Pero en un estado que va hacia
adelante que, por ejemplo en un decenio ha aumentado su producción
total en relación a la sociedad en un tercio, el obrero que gana ahora lo mismo
que hace diez años no esta ni siquiera tan acomodado como antes, sino que se ha
empobrecido en una tercera parte (ibid., págs. 65—66).
Pero la Economía
Política sólo conoce al obrero en cuanto animal de trabajo, como una bestia
reducida a las más estrictas necesidades vitales.
Para cultivarse
espiritualmente con mayor libertad, un pueblo necesita estar exento de la
esclavitud de sus propias necesidades corporales, no ser ya siervo del cuerpo.
Se necesita, pues, que ante todo le quede tiempo para poder crear
y gozar espiritualmente. Los progresos en el organismo del trabajo ganan este
tiempo. ¿No ejecuta frecuentemente, en la actualidad, un solo obrero en las
fábricas algodoneras, gracias a nuevas fuerzas motrices y a máquinas
perfeccionadas, el trabajo de 250 a 350 de los antiguos obreros? Consecuencias
semejantes en todas las ramas de la producción, pues energías naturales
exteriores son obligadas, cada vez en mayor medida, a participar (X) en el
trabajo humano. Si antes para cubrir una determinada cantidad de necesidades
materiales se requería gasto de tiempo y energía humana que más tarde se ha
reducido a la mitad, se ha ampliado en esta misma medida el ámbito para la
creación y el goce espiritual sin ningún atentado contra el bienestar material.
Pero incluso sobre el reparto del botín que ganamos al viejo Cronos en su
propio terreno decide aún el juego de dados del azar ciego e injusto. Se ha
calculado en Francia que, dado el actual nivel de producción, una jornada media
de trabajo de cinco horas para todos los capaces de trabajar bastaría a la
satisfacción de todos los intereses materiales de la sociedad... Sin tomar en
cuenta los ahorros gracias a la perfección de la maquinaria, la duración del
trabajo esclavo en las fábricas no ha hecho sino aumentar para una numerosa
población (ibid., 67—68).
El tránsito del
trabajo manual complejo al sistema fabril presupone una descomposición del
mismo en operaciones simples. Pero por ahora sólo una parte de
las operaciones uniformemente repetidas le corresponde de momento a las
máquinas, otra parte le corresponde a los hombres. De acuerdo con la naturaleza
de las cosas, y de acuerdo con experiencias concordantes, una tal actividad
continuamente uniforme es tan perjudicial para el espíritu como pata el cuerpo;
y así, pues, en esta unión del maquinismo con la simple división del trabajo
entre más numerosas manos humanas tenían también que hacerse patentes todos los
inconvenientes de esta última. Estos inconvenientes se muestran, entre otras
cosas, en la mayor mortalidad de los obreros (XI) fabriles... Esta gran
diferencia de que los hombres trabajen mediante máquinas
o como máquinas no ha sido... observada (ibid.,
Pág. 69).
Para el futuro de
la vida de los pueblos, las fuerzas naturales brutas que obran en las máquinas
serán, sin embargo, nuestros siervos y esclavos (ibid., pág..
74).
En las hilaturas
inglesas están actualmente ocupados sólo 158.818 hombres y 196.818 mujeres. Por
cada 100 obreros hay 103 obreras en las fábricas de algodón del condado de
Lancaster y hasta 209 en Escocia. En las fábricas inglesas de lino, en Leeds,
se contaban 147 obreras por cada 100 obreros; en Druden y en la costa oriental
de Escocia, hasta 280. En las fábricas inglesas de seda... muchas obreras; en
las fábricas de lana, que exigen mayor fuerza de trabajo más hombres... También
las fábricas de algodón norteamericanas ocupaban, en 1833, junto a 18.593
hombres, no menos de 38.927 mujeres. Mediante las transformaciones en el
organismo del trabajo le ha correspondido, pues, al sexo femenino, un círculo
más amplio de actividad lucrativa..., las mujeres una posición económica más
independiente.,,, los dos sexos más aproximados en sus relaciones
sociales (ibid., págs. 71—72).
«En las hilaturas
inglesas movidas por vapor y agua trabajaban en el año 1835 20.558 niños entre
ocho y doce años, 35.867 entre doce y trece años y, por último, 108.208 entre
trece y dieciocho años... Ciertamente que los ulteriores progresos de la mecánica,
al arrancar de manos de los hombres, cada vez en mayor medida, todas las
ocupaciones uniformes, actúan en el sentido de una paulatina eliminación (XII)
de la anomalía. Sólo que en el camino de este mismo rápido progreso está
precisamente el detalle de que los capitalistas pueden apropiarse, del modo más
simple y barato, de las fuerzas de las clases inferiores, hasta en la infancia,
para usar y abusar de ellas en lugar los medios auxiliares de
la mecánica» (Schulz: Bew. d. Podukt., págs. 70—71).
«Llamamiento de
lord Broughan a los obreros: ¡Haceos capitalistas! ...esto... lo malo es que
millones sólo logran ganar su modesto vivir gracias a un fatigoso trabajo que
los arruina corporalmente y los deforma mental y moralmente; que incluso tienen
que considerar como una suerte la desgracia de haber encontrado tal trabajo»(ibid.,
pág.. 60).
«Pour vivre donc,
les non—propiétaires sont obligés de se mettre, directement ou indirectement,
au service des propiétaires, c'est—à—dire sous leur dépendance.» Pecqueur: Théorie nouvelle d'économie sociale, etc. (página
409).
Domestiques—gages,
ouvviers—salaires; employés—traitéments ou émoluments (ibid., págs.. 409—410).
«Louer son
travail», «prêter son travail à l'intérêt», «travailler à la place d'autrui».
«Louer la
matière du travail», «prêter la matière du travail à l'intéret», «faire
travailler autrui à sa place» (ibid., págs. 411—12).
(XIII) «Cette
constitution économique condamne les hommes à des metiers tellement abjects, à
une dégradation tellement désolante el amère, que la sauvagerie apparaît, en
comparaison, comme une royale condition» (l. c., pág.., 417—18). «La prostitution de la classe non propriétaire sous
toutes les formes» (págs.
421 Y sig). Traperos.
Ch. Loudon, en su
trabajo Solution du problème de la population, etc., París 1842,
dice que en Inglaterra existen entre 60.000 y 70.000 prostitutas. El número defemmes
d'une vertu douteuse es del mismo (Página 228).
«La moyenne vie de
ces infortunées créatures sur le pavé, après qu'elles sont entrées dans la
carrière du vice, est d'environ ,six ou sept ans. De manière ,que pour mantenir
le nombre de 60 a 70.000 prostituées,il doit y avoir, dalns les 3 royaumes, au
moins 8 à 9.000 femmes qui se vouent à cet infame métier chaque anné, ou
environ vingt—quatre nouvelles victimes par jour, ce qui est la moyenne d'une
par heure; et conséquemment, si la même proportion a lieu sur toute la surface
du globe, il doit y avoir constament un million et demi de ces malheureuses» (ibid., pág.. 229).
La population des
misérables croît avec leur misère, el c'est à la limite extrême du déneument
que les êtres humains se pressent en plus grand nombre pour se disputer le
droit de souffrir... En 1821, la population de l'Irlande était de 6.801.827. En
1831, elle s'était élevée à 7.764.010; c'est 14% d'augmentation en dix ans.
Dans le Leinster, province où il y a le plus d'aisance, la population n'a
augmenté que de 8%, tandis que, dans le Connaught, province la plus misérable,
l'augmentation s'est élevée à 21%. (Extrait des Enquêtes publiées en Angleterre
sur l'Irlande. Vienne, 1840)
Buret, De la misère, etc., t. I, pág.. [36]—37.
La Economía
Política considera el trabajo abstractamente, como una cosa; le travail
est une marchandise; si el precio es alto, es que la mercancía es muy
demanda; si es bajo, es que es muy ofrecida; comme marchandise, le
travail doit de plus en plus baisser de prix; en parte la competencia entre
capitalista y obrero, en parte la competencia entre obreros, obligan a
ello. «La popullation ouvrière, marchande de travail, est forcément
réduite à la plus faible part du produit... la theorie du travail marchandise
est—elle aultre chose qu'une theorie de servitude déguisée?» (1. c.,
pág.. 43).
«Pourquoi donc
n'avoir vu dans le travail qu'une valeur d'échange?» (ibid., pág.. 44). Los grandes talleres compran
:preferentemente ,el trabajo de mujeres y niños porque éste cuesta menos que el
de los hombres (1. c.). «Le travailleur n'est point vis à vis de celui
qui t'emploie dans la position d'un libre vendeur... le capitalisme est
toujours libre d'employer le travail, el l'ouvrier est toujours forcé de le
vendre. La vateur du travail est complétement détruite, s'il n'est pas vendu à
chaque instant. Le travail n'est susceptibte, ni d'accumulation ni même
d'épargne, à la différence des véritabtes [marchandises]. (XIV) Le travail
c´est la vie, et si la vie ne s'échange pas chaque jour contre les aliments,
elle souffre el périt bientôt. Pour que la vie de l'homme soit une marchandise,
il faut donc admettre l'esclavage» (páginas 49, 50, 1. c.). Si el
trabajo es, pues, una mercancía, es una mercancía con las más tristes
propiedades. Pero no lo es, incluso de acuerdo a los fundamentos de la Economía
Política, porque no (es) le libre resultat d'un libre marché. El
régimen económico actual baja, a la vez el precio y la remuneración del
trabajo, il perfectionne I'ouvrier et dégrade l'homme (1. c.,
págs. 52—3). L'industrie est devenue une guerre et le commerce un jeu (1.
c., pág.. 62).
Les machines à
travailler le coton (en
Inglaterra) representan ellas solas 84.000.000 de artesanos. La industria se
encontró hasta el presente en la situación de la guerra de conquista «elle
a prodigé la vie des hommes qui composaient son armée avec autant
d'indifference que les grands conquérants. Son but était la possesion de la
richesse, el non le bonheur des hommes» (Buret, 1. c., pág..
20). «Ces intérêts (sc. économiques), librement abandonés à
eux—memmes... doivent nécessairement entrer en conficte; ils n'ont d'autre
arbitre que la guerre el les décisions de la guerre donnent aux una la défaite
el la mort, pour donner aux autres la victoire... c´est dans le conflit des
forces opposées que la science cherche l'ordre et l'équlibre: la guerre
perpétuelle est selon elle le seule moyen d'obtenir la paix, cette guerre
s'appelle la concurrence» (l. c., pág.. 23).
"Para ser
conducida con éxito, la guerra industrial exige a ejércitos numerosos que pueda
acumular en un mismo punto y diezmar generosamente. Y ni por devoción ni por
obligación soportan los soldados de este ejército las fatigas que se les
impone; sólo por escapar a la dura necesidad del hambre. No tienen ni fidelidad
ni gratitud para con sus jefes; éstos no están unidos con sus subordinados por
ningún sentimiento de benevolencia; no los conocen como hombres, sino
instrumentos de la producción que deben aportar lo más posible y costar lo
menos posible. Estas masas de obreros, cada vez más apremiadas, ni siquiera
tienen la tranquilidad de estar siempre empleadas; la industria que las ha
convocado sólo las hace vivir cuando las necesita, y tan pronto como puede
pasarse sin ellas las abandona sin el menor remordimiento; y los
trabajadores... están obligados a ofrecer su persona y su fuerza por el precio
que quiera concedérseles. Cuanto más largo, penoso y desagradable sea el
trabajo que se les asigna tanto menos se les paga; se ven algunos que con un
trabajo de dieciséis horas diarias de continua fatiga apenas pueden comprar el
derecho de no morir." (l. c., págs. 66, 69).
(XV) «Nous
avons la conviction... partagée... par les commissaires chargés de l'enquête
sur la condition des tisserands à la main, que les grandes villes industrielles
perdraient, en peu de temps, leur population de travailleurs, si elles ne
recevaient, à chaque instant, des campagnes voisine des recrues continuelles
d'hommes sains, de sang nouveau» (l. c., pág.. 362).
1. El capital
||I, 2| ¿En qué se
apoya el capital, es decir, la propiedad privada sobre los productos del
trabajo ajeno? «Cuando el capital mismo no es simplemente robo o malversación,
requiere aún el concurso de la legislación para santificar la herencia» (Say,
t. I, pág.. 136).
¿Cómo se llega a
ser propietario de fondos productivos? ¿Cómo se llega a ser propietario de los
productos creados mediante esos fondos?
Mediante el derecho
positivo (Say, t. II, Pág. 4).
¿Qué se adquiere
con el capital, con la herencia de un gran patrimonio, por ejemplo? Uno que,
por ejemplo, hereda un gran patrimonio, no adquiere en verdad con ello
inmediatamente poder político. La clase de poder que esta posesión le
transfiere inmediata y directamente es el poder de comprar; éste es
un poder de mando sobre todo el trabajo de otros o sobre todo producto de este
trabajo que se encuentre de momento en el mercado (Smith, t. I, pág.. 61).
El Capital es,
pues, el poder de Gobierno sobre el trabajo y sus productos.
El capitalista posee este poder no merced a sus propiedades personales o
humanas, sino en tanto en cuanto es propietario del capital.
El poder adquisitivo de su capital, que nada puede
contradecir, es su poder.
Veremos más tarde,
primero, cómo el capitalista por medio del capital ejerce su poder de gobierno
sobre el trabajo, y después el poder de gobierno del capital sobre el
capitalista mismo.
¿Qué es el capital?
«Une certaine
quantité de travail amassé et
mis en réserve» (Smith, t. II, pág.. 312).
El capital es trabajo
acumulado. 2) Fondo, stock, es toda acumulación de productos de
la tierra y de productos manufacturados. El stock sólo se
llama capital cuando reporta a su propietario una renta o ganancia (Smith, t,
II pág.. 191).
2. El beneficio del capital
El beneficio o
ganancia del capital es totalmente distinto del salario. Esta diversidad se
muestra de un doble modo: en primer lugar, las ganancias del capital se regulan
totalmente de acuerdo con el valor del capital empleado, aunque, el trabajo de
dirección e inspección puede ser mismo para diferentes capitales. A esto se
añade que todo este trabajo está confiado a un empleado principal, el salario
del cual no guarda ninguna relación con el capital (II) cuyo funcionamiento
vigila. Aunque así el trabajo del propietario se reduce casi a nada, reclama,
sin embargo, beneficios en relación a su capital (Smith,: t. I, 97—99). ¿Por
qué reclama el capitalista esta proporción entre ganancia y capital?
No tendría
ningún interés en emplear a los obreros si no esperase de la
venta de su obra más de lo necesario para reponer los fondos adelantados como
salario, y no tendría ningún interés en emplear más bien una
suma grande que una pequeña si su beneficio no estuviese en relación con la
Cuantía del capital empleado (t. I, páginas 96—97).
El capitalista
extrae, pues, una ganancia, primero de los salarios y después de las materias
primas adelantadas. ¿Qué relación tiene la ganancia con el capital?
Si ya es difícil
determinar la tasa media habitual de los salarios en un tiempo y lugar
determinados, aún más difícil es determinar la ganancia de los capitales.
Cambios en el precio de las mercancías con que el capital opera, buena o mala
fortuna de sus rivales y clientes,
traen un cambio de
los beneficios de día en día y casi de hora en hora (Smith, t, I, págs.
179—80). Ahora bien, aunque sea imposible determinar con precisión las
ganancias del capital, podemos representárnoslas de acuerdo con el interés
del dinero. Si se pueden hacer muchas ganancias con el dinero, se da
mucho por la posibilidad de servirse de él, si por medio de él se gana poco, se
da poco (Smith, t. I, pág.. 181). La proporción que ha de guardar la tasa
habitual de interés con la tasa de ganancia neta varía necesariamente con la
elevación o descenso
de la ganancia. En
la Gran Bretaña se calcula como el doble del interés lo que los comerciantes
llaman un profit honnête, modéré, raisonable, expresiones que no
quieren decir otra cosa que un beneficio habitual y acostumbrado (Smith,
t. 4, pág.. 198).
¿Cuál es la
tasa más baja de la ganancia? ¿Cuál la más alta?
La tasa más baja de
la ganancia habitual del capital debe ser siempre algo más de
lo que es necesario para compensar las eventuales perdidas a que está sujeto
todo empleo del capital. Este exceso es propiamente la ganancia o le
bénéfice net. Lo mismo sucede con la tasa más baja del interés (Smith, t.
I, pág.. 196).
(III) La tasa
más elevada a que pueden ascender las ganancias habituales es aquella
que, en la mayor parte de las mercancías, absorbe la totalidad de las
rentas de la tierra y reduce el salario de las mercancías
suministradas al precio mínimo, a la simple subsistencia del
obrero mientras
dura el trabajo. De una u otra forma, el obrero ha de ser siempre alimentado en
tanto que es empleado en una tarea; las rentas de la tierra pueden ser
totalmente suprimidas. Ejemplo, las gentes de la Compañía de las Indias de
Bengala (Smith, t. I, pág..198).
Aparte de todas las
ventajas de una competencia reducida, que el capitalista puede explotar en
este caso, le es posible también mantener, de modo honesto, el precio de
mercado por encima del precio natural.
En primer lugar,
mediante el secreto comercial, cuando el mercado está muy alejado
de sus proveedores, es decir, manteniendo en secreto el cambio de precio, su
alza por encima del nivel natural. Este secreto logra que otros capitalistas no
arrojen igualmente su capital en
esta rama.
En segundo
lugar, mediante el secreto de fábrica, cuando el
capitalista con menores costos de producción suministra sus mercancías a un
precio igual o incluso menor que el de sus competidores, pero con mayor
beneficio. (¿No es inmoral el engaño mediante el secreto? Comercio bursátil.)
Además, cuando la producción está ligada a una determinada localidad (por ej.,
vinos de calidad) y la demanda efectiva no puede ser nunca
satisfecha. Finalmente, mediante el monopolio de
individuos y compañías. El precio de monopolio es tan alto como sea posible
(Smith t. I, págs. 120—124).
Otras causas
ocasionales que pueden elevar la ganancia del capital la adquisición de nuevos
territorios o de nuevas ramas comerciales multiplica frecuentemente, incluso en
un país rico, las ganancias del capital, pues sustraen a las antiguas ramas
comerciales una parte de los capitales, aminoran la competencia, abastecen el
mercado con menos mercancías, cuyo precio entonces se eleva; los comerciantes
de estos ramos pueden entonces pagar el dinero prestado con un interés mayor
(Smith, t. I, página 190).
Cuanto más
elaborada, más manufacturada es una mercancía, tanto más elevada es la parte
del precio que se resuelve en salario y beneficio en proporción a aquella otra
parte que se resuelve en renta. En el progreso que el trabajo manual hace sobre
esta otra mercancía, no sólo se multiplica el número de las ganancias, sino que
cada ganancia es mayor que las precedentes porque el capital de que brota (IV)
es necesariamente mayor. El capital que hace trabajar el tejedor es siempre y
necesariamente mayor que el que utiliza el hilandero, porque no sólo repone
este capital con sus beneficios, sino que además paga los salarios de los
tejedores y es necesario que las ganancias se hallen siempre en una cierta
proporción con el capital (t. I, págs. 102—3).
El progreso que el
trabajo humano hace sobre el producto natural, transformándolo en el producto
natural elaborado, no multiplica por tanto el salario, sino, en parte, el
número de capitales gananciosos, y en parte la proporción de cada capital nuevo
sobre los precedentes.
Sobre la ganancia
que el capitalista extrae de la división del trabajo se hablará más tarde.
El gana doblemente,
primero con la división del trabajo, en segundo lugar, y en general, con la
modificación que el trabajo humano hace del producto natural. Cuanto mayor es
la participación humana en una mercancía, tanto mayor la ganancia del capital
muerto.
En una y la misma
sociedad está la tasa media de los beneficios del capital mucho más cerca del
mismo nivel y que el salario de los diferentes tipos de trabajo (t. I, pagina
228). En los diversos empleos del capital, la tasa de la ganancia varía de
acuerdo con la mayor o menor certidumbre del reembolso del capital. «La tasa de
la ganancia se eleva con el riesgo, aunque no en proporción exacta» (ibid.,
págs. 226—227),
Se comprende
fácilmente que las ganancias del capital se elevan también mediante la
facilidad o el menor costo de los medios de circulación (por ejemplo, papel
dinero).
3. La dominación del capital sobre el trabajo y los
motivos del capitalista
El único motivo que
determina al poseedor de un capital a utilizarlo, de preferencia en la
agricultura, o en la manufactura o en un ramo específico del comercio al por
mayor o por menor es la consideración de su propio beneficio. Jamás se le viene
a las mientes calcular cuánto trabajo productivo pone en
actividad cada uno de estos modos de empleo (V) qué valor añadirá al producto
anual de las tierras y del trabajo de su país (Smith, t. II, páginas 400—401).
Para el
capitalista, el empleo más útil del capital es aquel que, con la misma
seguridad, le rinde mayor ganancia. Este empleo no es siempre el más útil para
la sociedad; el mas útil es aquel que se emplea para sacar provecho de las
fuerzas productivas de la naturaleza (Say, t. II, pág.. 131).
Las operaciones más
importantes del trabajo están reguladas y dirigidas de acuerdo con los planes y
las especulaciones de aquellos que emplean los capitales; y la finalidad que
éstos se proponen en todos los planes y operaciones es el beneficio.
Así, pues, la tasa del beneficio no sube, como las rentas de la tierra y los
salarios, con el bienestar de la sociedad, ni desciende como aquellos, con la
baja de éste. Por el contrario, esta tasa es naturalmente, baja en los países
ricos y alta en los países pobres; y nunca es tan alta como en aquellos países
que con la mayor celeridad se precipitan a su ruina. El interés de esta clase
no está pues ligado, como el de las otras dos, con el interés general de la
sociedad... El interés especial de quienes ejercen un determinado ramo del
comercio o de la industria es siempre, en cierto sentido, distinto del interés
del público y con frecuencia abiertamente opuesto a él. El interés del
comerciante es siempre agrandar el mercado y limitar la competencia de los
vendedores... Es esta una clase de gente cuyos intereses nunca serán
exactamente los mismos que los de la sociedad, que en general tiene interés en
engañar y estafar al público (Smith, t. II, págs. 163—1615).
4. La acumulación de capitales y la competencia entre
capitalistas
El aumento de
capitales, que eleva los
salarios, tiende a disminuir la ganancia de los capitalistas en virtud de la
competencia entre ellos (Smith, op. cit., t. I, pág. 78 [Garnier, t. I, p.
179].)
Si, por ejemplo, el
capital necesario al comercio de víveres de una ciudad se encuentra dividido
entre dos tenderos distintos, la competencia hará que cada uno de ellos venda
más barato que si el capital se encontrase en manos de uno solo; y si está dividido
entre 20 (VI), la competencia será tanto mas activa y tanto menor será la
posibilidad de que puedan entenderse entre sí para elevar el precio de sus
mercancías (Smith, op. cit., t. I, pág. 322 [Garnier, t. II, páginas 372—3].)
Como ya sabemos que
los precios de monopolio son tan altos como sea posible y que el interés de los
capitalistas, incluso desde el punto de vista de la Economía Política común, se
opone abiertamente al de la sociedad, puesto que el alza en los beneficios del
capital obra como el interés compuesto sobre el precio de las mercancías
(Smith, t. I, págs. 199—201), la única protección frente a los capitalistas es
la competencia, la cual, según la Economía Política, obra tan
benéficamente sobre la elevación del salario como sobre el abaratamiento de las
mercancías en favor del público consumidor.
La competencia, sin
embargo, sólo es posible mediante la multiplicación de capitales, y esto en
muchas manos. El surgimiento de muchos capitalistas sólo es posible mediante
una acumulación multilateral, pues el capital, en general, sólo mediante la
acumulación surge, y la acumulación multilateral se transforma necesariamente
en acumulación unilateral. La acumulación, que bajo el dominio de la propiedad
privada es concentración del capital en pocas manos, es una
consecuencia necesaria cuando se deja a los capitales seguir su curso natural,
y mediante la competencia no hace sino abrirse libre camino esta determinación
natural del capital.
Hemos oído que la
ganancia del capital está en proporción a su magnitud. Por de pronto,
prescindiendo de la competencia intencionada, un gran capital se acumula, pues;
proporcionalmente a su magnitud, más rápidamente que uno pequeño.
||VIII, 2| Según
esto, y prescindiendo totalmente de la competencia, la acumulación del gran
capital es mucho mas rápida que la del pequeño;. Pero sigamos adelante este
proceso. Con la multiplicación de los capitales disminuyen, por obra de la
competencia, los beneficios del capital. Luego padece, en primer lugar, el
pequeño capitalista.
El aumento de los
capitales y un gran número de capitales presuponen, además, una progresiva
riqueza del país.
«En un país que
haya llegado a un alto grado de riqueza, la tasa habitual del beneficio es tan
pequeña que el interés que este beneficio permite pagar es tan bajo que sólo
los sumamente ricos pueden vivir de los réditos del dinero. Todas las personas
de patrimonios medianos tienen, pues, que emplear su capital, emprender algún
negocio o interesarse en algún ramo del comercio» (Smith, op. cit, t. I, pág.
86 [Garnier, tomo I, págs. 196—197].)
Esta situación es
la preferida de la Economía Política.
«La relación
existente entre la suma de capitales y las rentas determina por todas partes la
proporción en que se encuentran la industria y la ociosidad; donde prevalecen
los capitales, reina la industria; donde las rentas, la ociosidad» (Smith, op.
cit, t. I, pág.301 [Garnier, tomo II, págs. 325].)
¿Qué hay del empleo
de los capitales en esta incrementada competencia?
«Con el aumento de
los capitales debe hacerse cada vez mayor la cantidad de los fonds à
prêter à interêt; con el incremento de estos fondos se hace menor el
interés, 1) porque baja el precio de mercado de todas las cosas cuanto más
aumenta su cantidad, 2) porque con el aumento de capitales en un país
se hace más difícil colocar un nuevo capital de manera ventajosa. Se
suscita una competencia entre los distintos capitalistas, al hacer el poseedor
de un capital todos los esfuerzos posibles para apoderarse del negocio que
encuentra ocupado por otro capital. Pero la mayor parte de las veces no puede
esperar arrojar de su puesto a este otro capital si no es mediante el
ofrecimiento de mejores condiciones. No sólo ha de vender la cosa a mejor
precio, sino que también con frecuencia ha de comprar más caro para tener
ocasión de vender. Cuantos más fondos se destinan a mantenimiento del trabajo
productivo, tanto mayor es la demanda de trabajo: los obreros encuentran
fácilmente ocupación (IX), pero los capitalistas tienen dificultades para
encontrar obreros. La competencia entre capitalistas hace subir los salarios y
bajar los beneficios» (Smith, op. cit, t. I, pág. 316 [Garnier, tomo II, págs.
358-59].).
El pequeño
capitalista tiene, pues, la opción: 1) o de comerse su capital, puesto que él
no puede vivir ya de réditos, y, por tanto, dejar de ser capitalista; o 2)
emprender é1 mismo un negocio, vender sus mercancías más baratas y comprar más
caro que los capitalistas más ricos, pagar salarios elevados y, por tanto, como
quiera que el precio de mercado, por obra de la fuerte competencia que
presuponemos, está ya muy bajo, arruinarse. Si, por el contrario, el gran
capitalista quiere desplazar al pequeño, tiene frente a él todas las ventajas
que el capitalista en cuanto capitalista tiene frente al obrero. La mayor
cantidad de su capital le compensa de los menores beneficios e incluso puede
soportar perdidas momentáneas hasta que el pequeño capitalista se arruina, y él
se ve libre de esta competencia. Así acumula los beneficios del pequeño
capitalista.
Además, el gran
capitalista compra siempre más barato que el pequeño porque compra en masa. Por
tanto puede sin daño vender mas barato.
Así, si bien la
baja del interés transforma a los capitalistas medianos de rentistas en hombres
de negocios, produce, por el contrario, el aumento de los capitales de negocio
y el menor beneficio que es su consecuencia, la baja del interés.
«Al disminuir el
beneficio que puede extraerse del uso de un capital, disminuye necesariamente
el precio que por su utilización puede pagarse» (Adam Smith, loc. cit, t. I,
pág. 316 [Garnier, tomo II, pág. 359].)
«Cuanto más se
acrecienta la riqueza, la industria, la población, tanto más disminuye el
interés del dinero, es decir, el beneficio de los capitalistas; pero los
capitales mismos no dejan de aumentar y aún más rápidamente que antes, pese a
la disminución de los beneficios... Un gran capital, aunque sea con pequeños
beneficios, se acrecienta en general mucho más rápidamente que un capital
pequeño con grandes beneficios. El dinero hace dinero, dice el refrán» (op.
cit, t. I, pág. 83 [Garnier, tomo I, pág. 189].)
Por tanto, si a
este gran capital se enfrentan únicamente pequeños capitales con pequeños
beneficios, como sucede en la situación, que presuponemos, de fuerte
competencia, los aplasta por completo.
La consecuencia
necesaria de esta competencia es entonces el empeoramiento general de las
mercancías, la falsificación, la adulteración, el envenenamiento general, tal
como se muestra en las grandes ciudades.
||X, 2| Una
circunstancia importante en la competencia entre capitales grandes y pequeños
es, además, la relación entre capital fixe y capital
circulant.
Capital circulant es un capital empleado en la producción de
víveres, en la manufactura, o el comercio. El capital así empleado no rinde a
su dueño beneficio ni ingreso mientras permanezca en su poder o se mantenga en
la misma forma. Continuamente, sale de sus manos en una forma para retornar en
otra, y sólo mediante esta transformación o circulación y cambio continuo rinde
beneficios. Capital fixe es el capital empleado en la mejora
de la tierra, en la adquisición de máquinas, instrumentos, útiles de trabajo y
cosas semejantes (Adam Smith, op. cit, t. I, pág. 243-44 [Garnier, tomo II,
pág. 197-98].).
Todo ahorro en el
mantenimiento del capital fijo es un incremento de la ganancia neta. El capital
total de cualquier empresario de trabajo se divide necesariamente encapital
fijo y capital circulante. Dada la igualdad de la suma,
será una parte tanto menor cuanto mayor sea la otra. El capital circulante le
proporciona la materia y los salarios del trabajo y pone en movimiento la
industria. Así, toda economía en el capital fijo que no disminuya la fuerza
productiva del trabajo aumenta el fondo (Adam Smith, op. cit, t. I, pág. 257
[Garnier, tomo II, pág. 226].)
Se ve, desde el
comienzo, que la relación entre capital fijo y capital
circulante es mucho más favorable para el gran capitalista que para el
pequeño. Un banquero muy fuerte sólo necesita una insignificante cantidad de
capital fijo más que uno muy pequeño. Su capital fijo se reduce a su oficina.
Los instrumentos de un gran terrateniente no aumentan en proporción a la
magnitud de su latifundio. Igualmente, el crédito que posee el gran capitalista
y no el pequeño es un ahorro tanto mayor en el capital fijo, es decir, en el
dinero que habrá de tener siempre dispuesto. Se comprende, por último, que allí
en donde el trabajo industrial ha alcanzado un alto grado de desarrollo y casi
todo el trabajo a mano se ha convertido en trabajo fabril, todo su capital no
le alcanza al pequeño capitalista para poseer ni siquiera el capital fijo
necesario. On sait que les travaux de la grande culture n'occupent
habituellement qu'un petit nombre de bras.
En general, en la
acumulación de grandes capitales se produce también una concentración y una
simplificación relativas del capital fijo en relación a los capitalistas más
pequeños. El gran capitalista introduce para sí una especie (XI) de
organización de los instrumentos de trabajo.
«Igualmente, en el
terreno de la industria, es ya cada manufactura y cada fábrica una amplia unión
de un gran patrimonio material con numerosas y diversas capacidades
intelectuales y habilidades técnicas para un fin común de
producción... Allí en donde la legislación mantiene la propiedad de la tierra
en grandes masas, el exceso de una población creciente se precipita hacia las
industrias y, como sucede en la Gran Bretaña, es así en el campo de la
industria en donde se amontona principalmente la gran masa de proletarios.
Allí, sin embargo, en donde la legislación permite la progresiva división del
suelo, se acrecienta, como en Francia, el número de propietarios pequeños y
endeudados que mediante el progresivo fraccionamiento de la tierra son
arrojados a la clase de los menesterosos y descontentos. Si, por último, se
lleva este fraccionamiento a un alto grado, la gran propiedad devora nuevamente
a la pequeña, así como la gran industria aniquila a la pequeña; y como a partir
de este momento se constituyen nuevamente grandes fincas, la masa de los
trabajadores desposeídos, que ya no es necesaria para el cultivo del suelo, es
de nuevo impulsada hacia la industria» (Schulz, Bewegung del Produktion,
páginas 58, 59).
«La calidad de
mercancías de un mismo tipo cambia mediante las transformaciones en el modo de
producción y especialmente mediante el empleo de maquinaria. Sólo mediante la
exclusión de la fuerza humana se ha hecho posible hilar, a partir de una libra
de algodón, que vale 3 chelines y 8 peniques, 350 madejas con una longitud
total de 167 millas inglesas (36 millas alemanas) y de un valor comercial de 25
guineas» (op cit., pág. 62).
«Por término medio,
los precios de los artículos de algodón han disminuido en Inglaterra desde hace
45 años en 11/12 y, según los cálculos de Marshall, la cantidad de producto
fabricado por la que todavía en el año 1814 se pagaban 16 chelines es suministrada
hoy por un chelín y 10 peniques. La mayor baratura de la producción industrial
aumentó el consumo tanto en el interior como en el mercado exterior; ya esto
está conectado el hecho de que, tras la introducción de las máquinas, el número
de obreros en el algodón no sólo no ha disminuido en Gran Bretaña, sino que ha
subido de 40.000 a 1'5 millones. ||XII, 2| Por lo que toca a la ganancia de los
empresarios y obreros industriales, a causa de la creciente competencia entre
los fabricantes sus ganancias han disminuido forzosamente en relación con la
cantidad de mercancías suministradas. De los años 1820 a 1833, la ganancia
bruta de los fabricantes de Manchester por una pieza de percal bajó de 4
chelines con 1 1/3 peniques a 1 chelín 9 peniques. Pero para compensar esta
pérdida, el conjunto de la producción ha sido ampliado. La consecuencia de esto
es que en algunas ramas de la industria aparece en parte una superproducción;
que surgen frecuentes quiebras, con lo cual se produce dentro de la clase de
los capitalistas y dueños de trabajo un inquietante bambolearse y agitarse de
la propiedad, que arroja al proletariado a una parte de los económicamente
arruinados; que con frecuencia y súbitamente se hacen necesarias una detención
o una disminución del trabajo, cuyos inconvenientes siempre percibe amargamente
la clase de los obreros asalariados» (ibid., pág.. 63).
«Louer son travail,
c'est commencer son esclavage; louer la matière du travail, c'est constituer sa
liberté... Le travail c'est l'homme, la matière au contrare n'est rien de
l'homme» (Pecqueur, Théorie
sociale, etc., páginas 411—412).
«L'élément matière,
qui ne peut rien pour la crêation de la richesse sans l'autre élément travail,
reçoit la vertu magique d'etre fécond pour eux comme s'ils y avaient mis de
leur propre fait, cet indispensable élément» (ibid., 1. c.). «En supposant que le
travail quotidien d'un ouvrier lui apporte en moyenne 400 fr. par an, el que
cette somme suffise à chaque adulte pour vivre d'une vie grossière, tout
propriétaire de 2.000 fr. de rente, de fermage, de loyer, etc., force donc
indirectement 5 hommes à travailler pour lui 100.000 fr. de rente représente le
travail de 250 hommes, et 1.000.000 le travail de 2.500 individus» (luego, 300 millones [Louis Philippe] el trabajo
de 750.000 obreros) (ibid., págs. 412—413).
«Les propriétaires
ont reçu de la loi des hommes le droit d'user et d'abuser, c'est—à—dire de
faire ce qu'ils veulent de la matière de tout travail... ils sont nullement
oblgés par la loi de fournir à propos et toujours du travail aux non
proprietaires, ni de leur payer un salaire toujours suffisant, etc. (pág. 413, 1. c.). Liberté entiètre quant à
la nature, à la quantité, à la qualité, à l'opportunité de la production à
l'usage, à la consommation des richesses, à la disposition de la matière de
tout travail. Chacun est libre d'échanger sa chose comme il entend, sans autre
considération que son propre intéret d'individu» (p. 413, 1. c.).
«La concurrence
n'exprime pas autre chose que l'échange facultatif, qui lui—même est la
conséquence prochaine et logique du droit individuel d'user el d'abuser des
instruments de toute production, Ces trois moments économiques, lesquels n'en
font qu'un: le droit d'user et d'abuser, la liberté d'échanges et la
concurrence arbitraire, entraînent les conséquences suivantes: chacun produit
ce qu'il veut, comme il veut, quand il veut, où il veut, produit bien ou
produit mal, trop ou pas assez, trop tôt ou trop tard, trop cher ou à trop bas
prix; chacun ignore s'il vendra, quand il vendra, comment il vendra, où il
vendra, à qui il vendra: et il en est de même quant aux achats. (XIII, 2) Le
producteur ignore les besoins et les ressources, les demandes et les offres. Il
vend quand il veut, quand il peut, où il veut, à qui il veut, au prix qu'il
veut. Et il achète de même. En tout cela, Il est toujour le jouet du hasard,
l'esclave de la loi du plus fort, du moins pressé du pluls riche... Tandis que
sur un point il y a disette d'une richesse, sur l'autre il y a trop plein et
gaspillage. Tandis qu'un producteur vend beaucoup ou très cher, et bénéfice
énorme, l'autre ne vend rien ou vend à perte... L'offre ignore la demande, et
la demande ignore l'offre. Vous produisez sur la foi d'un goût d'une mode qui
se manifeste dans te public des consommateurs; mais déjà, lorsque vous êtes
prêts à livrer votre marchandise, la fantaisie a passé et s'est fixée sur un
autre genre de produit... conséquences infaillibles, la permanence et
l'universalisation des banqueroutes; les mécomptes, les ruines subites el les
fortunes improvisées; les crises commerciales, les chômages, les encombrements
ou les disettes périodiques; l'instabilité et I'avilissement des salaires et
des profits; la déperdition ou le gaspillage énorme de richesses, de temps et
d'efforts dans l'arène d'une concurrence acharnée» (páginas 414—416, 1. c.).
Ricardo en su libro (renta de la tierra): Las naciones
son sólo talleres de producción, el hombre es una máquina de consumir y
producir la vida humana un capital; las leyes económicas rigen ciegamente al
mundo. Para Ricardo los hombres no son nada, el producto todo. En el título 26
de la traducción francesa se dice (65): «Il serait tout—à—fait
indifférent pour une persone qui sur un capital de 20.000£ ferait 2.900£ par an
de profit, que son capital employât cent hommes ou mille... L'intéret reel
d'une nation n'est—il pas le même? Pourvu que son revenu net et réel, et que
ser fermages et profits soient les mêmes, qu'importe qu'elle se compose de dix
ou de douze millions d'individus?» (t. II, págs. 194—195). «En
vérité, dit M. de Sismondi (t. II, pág.. 331), il ne reste
plus qu'à désirer que le roi, demeuré tout seul dans l'île, en tournant
constamment une manivelle, fasse accomplir, par des automates, tout l'ouvrage
de l'Angleterre»
«Le maître qui
achète le travail de l'ouvrier, à un prix si bas qu'il suffit à peine aux
besoins les plus pressants, n'est responsable ni de l'insuffisance des
salaires, ni de la trop longue durée du travail: il subit lui—même la loi qu'il
impose... ce n'est pas tant des hommes que vient la misère, que de la puissance
des choses» (Buret, 1.
c., 82).
«En Inglaterra hay
muchos lugares cuyos habitantes carecen de capitales parca un cultivo completo
de la tierra. La lana de las provincias orientales, de Escocia, en gran parte,
ha de hacer un largo camino por tierra, por malos caminos, para ser elaborada
en el condado de York, porque en el lugar de su producción faltan capitales
para la manufactura. Hay en Inglaterra muchas ciudades industriales pequeñas, a
cuyos habitantes les falta capital suficiente para el transporte de su
producción industrial a mercados alejados en donde ésta encuentra consumidores
y demanda. Los comerciantes allí son (XIV) sólo agentes de otros comerciantes
más ricos que viven el algunas ciudades comerciales» (Adam Smith,La riqueza
de las naciones, t. I, pág.326-27 [Garnier, tomo II, pág. 382].)
«Pour augmenter la
valeur du produit annuel de la terre et du travail, il n'y a pas d'autres
moyens que d'augmenter, quant au nombre,
les ouvriers productifs, ou d'augmenter, quant à la puirsance, la
faculté productive des ouvriers précédemment employés. Dans l'un et dans
l'autre cas il faut presque toujours un surcroît de capital» (Adam
Smith, op. cit., t. I, pág.306-07 [Garnier, tomo II, pág. 338].)
Así como la acumulación del
capital, según el orden natural de las cosas, debe preceder a la división del
trabajo, de la misma manera la subdivisión de éste sólo puede progresar en la
medida en que el capital baya ido acumulándose previamente. La cantidad de
materiales que el mismo número de personas se encuentra en condiciones de
manufacturar aumenta en la misma medida en que el trabajo se subdivide cada vez
más, y como la tarea de cada tejedor va haciéndose gradualmente más sencilla,
se inventa un conjunto de nuevas máquinas para facilitar y abreviar aquellas
operaciones. Así, cuanto más adelanta la división del trabajo, para
proporcionar un empleo constante al mismo número de operarios ha de acumularse
previamente igual provisión de víveres y una cantidad de materiales,
instrumentos y herramientas mucho mayor del que era menester en una situación
memos avanzada. El número de obreros en cada una de las ramas del trabajo
aumenta generalmente con la división del trabajo en ese sector, o más bien, es
ese aumento de número el que la pone en situación de clasificar a los obreros
de esta forma (Adam Smith, op. cit, t. I, pág. 241-42 [Garnier, tomo II, pág.
193-94].)
«Así como el
trabajo no puede alcanzar esta gran extensión de las fuerzas productivas sin
una previa acumulación de capitales, de igual suerte dicha acumulación trae
consigo tales adelantos. El capitalista desea naturalmente colocarlo de tal
modo que éste produzca la mayor cantidad de obra posible. Procura, por tanto,
que la distribución de operaciones entre sus obreros sea la mas conveniente, y
les provee, al mismo tiempo, de las mejores máquinas que pueda inventar o le
sea posible adquirir. Sus medios para triunfar en ambos campos (XV) guardan
proporción con la magnitud de su capital o con el número de personas a quienes
pueden dar trabajo. Por consiguiente, no sólo aumenta el volumen de actividad
en los países con el crecimiento del capital que en ella se
emplea, sino que, como consecuencia de este aumento, un mismo volumen
industrial produce mucha mayor cantidad de obra» (Adam Smith, op. cit, t. I,
pág. 242 [Garnier, tomo II, pág. 194-95].)
Así, la sobre-producción.
«Combinaciones más
amplias de las fuerzas productivas... en la industria y el comercio mediante la
unificación de fuerzas humanas y naturales más abundantes y diversas para
empresas en mayor escala. También aquí y allá unión más estrecha de las
principales ramas de la producción entre sí. Así, grandes fabricantes tratarán
de conseguir grandes fincas para no tener que adquirir de terceras manos al
menos una parte de las materias primas necesarias a su industria; o unirán con
sus empresas industriales un comercio no sólo para ocuparse de sus propias
manufacturas sino también para la compra de productos de otro tipo y para su
venta a sus obreros. En Inglaterra, en donde dueños individuales de fábricas
están a veces a la cabeza de 10 6 12.000 obreros... no son ya raras tales
uniones de distintas ramas de la producción bajo una inteligencia
directora, de tales pequeños Estados o provincias en un Estado. Así, en época
reciente; los propietarios de minas deBirmingham asumen todo el
proceso de fabricación del hierro que antes estaba dividido entre diferentes
empresarios y propietarios. Véase El distrito minero de Birmingham' (DeutscheViertejahrsschift,
3, 1838). Por último, vemos en las grandes empresas por acciones, que tan
abundantes se han hecho amplias combinaciones del poder monetario de muchos participantes
con los conocimientos y habilidades científicas y técnicas de otros, a los que
está confiaba la ejecución del trabajo. De esta forma les es posible a los
capitalistas emplear sus ahorros de forma más diversificada e incluso
emplearlos simultáneamente en la producción agrícola, industrial y comercial,
con lo cual su interés se hace al mismo tiempo más variado (XVI, 2 ), se
suavizan y se amalgaman las oposiciones entre los intereses de la agricultura,
la industria y el comercio. Pero incluso, esta más fácil posibilidad de hacer
provechosos el capital de las más diversas formas ha de aumentar la oposición
entre las clases pudientes y no pudientes» (Schulz, 1 cl. págs. 40—41).
Increíble beneficio
que obtienen los arrendadores de viviendas de la miseria. El alquiler está en
proporción inversa de la miseria industrial.
Igualmente,
ganancias extraídas de los vicios de los proletarios arruinados (prostitución,
embriaguez, prêteur sur gages). La acumulación de capitales crece y
la competencia entre ellos disminuye al reunirse en una sola mano el capital y
la propiedad de la tierra, igualmente al hacerse el capital, por su magnitud,
capaz de combinar distintas ramas de la producción.
La diferencia
frente a los hombres. Los 20 billetes de Lotería de Smith. Revenu net
et brut de Say. |XVI||
(I) El
derecho de los terratenientes tiene su origen en el robo (Say t. I,
pág.. 136, nota). Los terratenientes, como todos los hombres, gustan de
cosechar donde no han sembrado y piden una renta incluso por el producto
natural de la tierra (Smith, t. I, pág.. 99).
«Podría imaginarse
que la renta de la tierra no es otra cosa sino el beneficio del capital que el
propietario empleó en mejorar el suelo. Hay casos en que la renta de la tierra
puede, en parte, ser esto... pero el propietario exige 1) una renta aun por la
tierra que no ha experimentado mejoras, lo que puede considerarse como interés
o beneficio de los costos de mejora es, por lo general, sólo una adición a esta
renta originaria. 2) Por otra parte esas mejoras no siempre se hacen con el
capital del dueño, sino que, en ocasiones, proceden del capital de colono, pese
a lo cual, cuando se trata de renovar el arrendamiento, el propietario pide
ordinariamente un aumento de la renta, como si todas estas mejoras se hubieran
hecho por su cuenta. 3) A veces también exige una renta por terrenos que no son
susceptibles de mejorar por la mano del hombre» (Smith, t. I, págs. 300—301).
Smith cita como
ejemplo del último caso el salicor, un tipo de alga que, al quemarse, da una
sal alcalina con la que puede hacerse jabón, cristal, etc. Crece en la Gran
Bretaña, especialmente en Escocia, en distintos lugares, pero sólo en rocas que
están situadas bajo la marea alta y son cubiertas dos veces al día por las
olas, y cuyo producto, por tanto, no ha sido jamás aumentado por la industria
humana. Sin embargo, el propietario de los terrenos en donde crece este tipo de
plantas exige una renta igual que si fuesen tierras cultivables. En las
proximidades de la isla de Shetland es el mar extraordinariamente rico. Una
gran parte de sus habitantes vive (II) de la pesca. Pero para extraer un
beneficio de los productos del mar hay que tener una vivienda en la tierra
vecina.
«La renta de la
tierra está en proporción no de lo que el arrendatario puede hacer con la
tierra, sino de lo que puede hacer juntamente con la tierra y el mar» (Smith,
Lomo I, págs. 301—302).
«La renta de la
tierra puede considerarse como producto de la fuerza natural cuyo
aprovechamiento arrienda el propietario al arrendatario. Este producto es mayor
o menor según sea mayor o menor el volumen de esta fuerza, o en otros términos,
según el volumen de la fertilidad natural o artificial de la tierra. Es la obra
de la naturaleza la que resta después de haber deducido o compensado todo
cuanto puede considerarse como obra del hombre» (Smith, t. II, págs. 377—378).
«En consecuencia,
la renta de la tierra, considerada como un precio que se paga por
su uso, es naturalmente un precio de monopolio. No guarda
proporción con las mejoras que el propietario pudiera haber hecho en ella o con
aquello que ha de tomar para no perder, sino más bien con lo que el
arrendatario puede, de alguna forma, dar sin perder» (Smith, t. I, pág.. 302).
«De las tres clases
productivas la de los terratenientes es la única a la que su renta no cuesta
trabajo ni desvelos, sino que la percibe de una manera por así decir
espontánea, independientemente de cualquier plan o proyecto al respecto»
(Smith, t. II, pág.. 161).
Se nos ha dicho ya
que la cuantía de la renta de la tierra depende de la fertilidad proporcional
del suelo.
Otro factor de su
determinación es la situación.
«La renta varía de
acuerdo con la fertilidad de la tierra, cualquiera que sea su
producto, y de acuerdo con la localización, sea cualquiera la fertilidad»
(Smith, t, I, página 306).
«Cuando las
tierras, minas y pesquerías son de igual fertilidad, su producto será
proporcional al montante de los capitales en ellas empleados y a la forma (III)
más o menos habilidosa de este empleo. Cuando los capitales son iguales e
igualmente bien aplicados, el producto es proporcionado a la fecundidad natural
de las tierras y pesquerías» (t. II, pág.. 210).
Estas frases de
Smith son importantes porque, dados iguales costos de producción e igual
volumen, reducen las rentas de la tierra a la mayor o menor fertilidad de la
misma. Luego prueban claramente la equivocación de los conceptos en la Economía
Política, que transforma la fertilidad de la tierra en una propiedad del
terrateniente.
Pero observemos
ahora la renta de la tierra, tal como se configura en el tráfico real.
La renta de la
tierra es establecida mediante la lucha entre arrendatario y
terrateniente. En la Economía Política constantemente nos encontramos como
fundamento de la organización social la hostil oposición de intereses; la
lucha, la guerra. Veamos ahora como se sitúan, el uno respecto al otro,
terrateniente y arrendatario.
«Al estipularse las
cláusulas del arrendamiento, el propietario trata de no dejar al colono sino
aquello que es necesario para mantener el capital que proporciona la simiente,
paga el trabajo, compra y mantiene el ganado, conjuntamente con los otros instrumentos
de labor, y además, los beneficios ordinarios del capital destinado a la
labranza en la región. Manifiestamente esto es lo menos con lo que puede
contentarse un colono para no perder; el propietario, por su parte, raras veces
piensa en entregarle algo más. Todo lo que resta del producto o de su precio,
por encima de esa porción, cualquiera que sea su naturaleza, procura
reservárselo el propietario como renta de su tierra, y es evidentemente la
renta más elevada que el colono se halla en condiciones de pagar, habida cuenta
de las condiciones de la tierra (IV). Ese remanente es lo que se puede
considerar siempre como renta natural de la tierra, o la renta a que
naturalmente se suelen arrendar la mayor parte de las tierras» (Smith, tomo I,
págs. 299—300).
«Los terratenientes
—dice Say— ejercen una especie de monopolio frente a los colonos. La demanda de
su mercancía, la tierra y el Suelo, puede extenderse incesantemente; pero la
cantidad de su mercancía sólo se extiende hasta un cierto punto... El trato que
se concluye entre terratenientes y colonos es siempre lo más ventajoso posible
para los primeros... además de la ventaja que saca de la naturaleza de las
cosas, consigue otra de su posición, su mayor patrimonio, crédito,
consideración; ya sólo el primero lo capacita para ser el único en beneficiarse
de las circunstancias de la tierra y el suelo. La apertura de un canal, de un
camino, el progreso de la población y del bienestar de un distrito, elevan
siempre el precio de los arrendamientos. Es cierto que el colono mismo puede
mejorar el terreno a sus expensas, pero él sólo se aprovecha de este capital
durante la duración de su arrendamiento, a cuya conclusión pasa al propietario;
a partir de ese momento es éste quien obtiene los intereses, sin haber hecho los
adelantos, pues la renta se eleva entonces proporcionalmente» (Say, t. II,
páginas 142—143).
«La renta,
considerada como el precio que se paga por el uso de la tierra, es,
naturalmente, el precio más elevado que el colono se halla en condiciones de
pagar en las circunstancias en que la tierra se encuentra» (Smith, t. I, pág..
299).
«La renta de un
predio situado en la superficie monta generalmente a un tercio del producto
total, y es, por lo común, una renta fija e independiente de las variaciones
(V) accidentales de la cosecha» (Smith, t. 1, pág. 351). «Rara vez es menor
esta renta a la cuarta parte del producto total» (ibid., t. II,
pág. 378).
No por todas las
mercancías puede pagarse venta. Por ejemplo, en ciertas regiones no se paga por
las piedras renta alguna.
«En términos
generales, únicamente se pueden llevar al mercado aquellas partes del producto
de la tierra cuyo precio corriente alcanza para reponer el capital necesario
para el transporte de los bienes, juntamente con sus beneficios ordinarios. Si
el precio corriente sobrepasa ese nivel, el excedente irá a parar naturalmente
a la tierra. Si no ocurre así, aun cuando el produce pueda ser llevado al
mercado, no rendirá una renta al propietario. Depende de la demanda que el
precio alcance o no» (Smith, t. I, págs. 302—303).
«La renta entra,
pues, en la composición del precio de las mercancías de
una manera totalmente diferente a la de los salarios o los
beneficios. Los salarios o beneficios altos o bajos son la
causa de los precios elevados o módicos; la renta alta o baja es la consecuencia del
precio» (Smith, t. I, pág.. 303).
Entre los productos que
siempre proporcionan una renta están los alimentos.
«Como el hombre, a
semejanza de todas las demás especies animales, se multiplica en proporción a
los medios de subsistencia, siempre existe demanda, mayor o menor, de productos
alimenticios. En toda circunstancia los alimentos pueden comprar o disponer de
una cantidad mayor o menor de trabajo (VI) y nunca faltarán personas dispuestas
a hacer lo necesario para conseguirlos. La cantidad de trabajo que se puede
comprar con los alimentos no es siempre igual a la cantidad de
trabajadores que con ellos podrían subsistir si se distribuyesen de la manera
más económica; esta desigualdad deriva de los salarios elevados que a veces es
preciso pagar a los trabajadores. En todo caso, pueden siempre comprar tanta
cantidad de trabajo como puedan sostener, según la tasa que comúnmente perciba
esta especie de trabajo en la comarca. La tierra, en casi todas las
circunstancias, produce la mayor cantidad de alimentos de la necesaria para
mantener el trabajo que se requiere para poner dichos alimentos en el mercado.
El sobrante es siempre más de lo que sería necesario para reponer el capital
que emplea este trabajo, además de sus beneficios. De tal suerte, queda siempre
algo en concepto de renta para el propietario» (Smith, t. I, págs. 305—306).
«No solamente es el alimento el origen primero de la renta, sino que si otra
porción del producto de la tierra viniera, en lo sucesivo a producir una renta,
este incremento de valor de la renta derivaría del acrecentamiento de capacidad
para producir alimentos que ha alcanzado el trabajo mediante el cultivo y las
mejoras hechas en las tierras» (Smith, t. I, pág. 345). «El alimento de los
hombres alcanza siempre para el pago de la renta» (t. I, pág. 337). «Los países
se pueblan no de una manera proporcional al número de habitantes que pueden
vestir y alojar con sus producciones, sino en proporción al número de los que
puedan alimentar» (Smith, t, I, pág.. 342).
«Después del
alimento, las dos (sic) mayores necesidades del hombre son el
vestido, la vivienda y la calefacción. Producen casi siempre una renta, pero no
necesariamente» (ibid., t. I, pág.. 338).
(VIII) Veamos ahora
cómo explota el terrateniente todas las ventajas de la sociedad.
1) La renta se
incrementa con la población (Smith, tomo I, 335).
2) Hemos escuchado
ya de Say cómo se eleva la renta con los ferrocarriles, etc., con la mejora,
seguridad y multiplicación de las comunicaciones.
3) Toda mejoría en
el estado de la sociedad tiende, de una manera directa e indirecta,
a elevar la renta de la tierra, a incrementar la riqueza real del propietario
o, lo que es lo mismo, su capacidad para comprar el trabajo de otra persona o
el producto de su esfuerzo... La extensión del cultivo y las mejoras ejecutadas
contribuyen a ese aumento de una manera directa, puesto que la participación
del terrateniente en el producto aumenta necesariamente cuando éste crece... El
alza en el precio real de aquellas especies de productos primarios, por ejemplo
el alza en el precio del ganado, tiende también directamente a aumentar la
renta de la tierra y en una proporción todavía más alta. Con el valor real del
producto no sólo aumenta innecesariamente el valor real de la parte
correspondiente al propietario, es decir, el poder real que esta parte le
confiere sobre el trabajo ajeno, sino que con dicho valor aumenta también la
proporción de esta parte en relación al producto total. Este producto, después
de haber aumentado al precio real, no requiere para su obtención mayor trabajo
que antes. Y tampoco será necesario un mayor trabajo para reponer el capital
empleado en ese trabajo conjuntamente con los beneficios ordinarios del mismo.
Por consiguiente, en relación al producto total ha de ser ahora mucho mayor que
antes la proporción que le corresponderá al dueño de la tierra (Smith, tomo II,
págs. 157—159).
(IX) La mayor
demanda de materias primas y, con ella, el alza del valor, puede proceder
parcialmente del incremento de la población y del incremento de sus
necesidades. Pero cada nuevo incremento, cada nueva aplicación que la
manufactura hace de la materia prima hasta entonces poco o nada utilizada,
aumenta la renta. Así, por ejemplo, la renta de las mines de carbón se ha
elevado enormemente con los ferrocarriles, buques de vapor, etcétera.
Además de esta
ventaja que el terrateniente extrae de la manufactura, de los descubrimientos,
del trabajo, vamos ha ver en seguida otra.
4) «Todos cuantos
adelantos se registran en la fuerza productiva del trabajo, que tienden
directamente a reducir el precio real de la manufactura, tienden a elevar de
modo indirecto la renta real de la tierra. El propietario cambia la parte del
producto primario que sobrepasa su propio consumo —o, lo que es lo mismo, el
precio correspondiente a esa parte— por el producto ya manufacturado pero todo
lo que reduzca el precio real de éste eleva el de aquél. Una cantidad igual del
primero llegará a convertirse en una mayor proporción del último, y el señor de
la tierra se encontrará en condiciones de comprar una mayor cantidad de las
cosas que desea y que contribuyen a su mayor comodidad, ornato o lujo» (Smith,
t. II, pág.. 159).
En este momento, a
partir del hecho de que el terrateniente explota todas las ventajas de la
sociedad (X), Smith concluye (t. II, pág.. 151) que el interés del
terrateniente es siempre idéntico al interés de la sociedad, lo cual es una
estupidez. En la Economía Política, bajo el dominio de la propiedad privada, el
interés que cada uno tiene en la sociedad está justamente en proporción inversa
del interés que la sociedad tiene en el, del mismo modo que el interés del
usurero en el derrochador no es, en modo alguno, idéntico al interés del
derrochador.
Citemos sólo de
pasada la codicia monopolista del terrateniente frente a la tierra de países
extranjeros, de donde proceden, por ejemplo, las Leyes sobre el trigo. Pasamos
por alto aquí, igualmente, la servidumbre medieval, la esclavitud en las
colonias, la miseria de campesinos y jornaleros en la Gran Bretaña. Atengámonos
a los pronunciamientos de la Economía Política misma.
1) Que el
terrateniente esté interesado en el bien de la sociedad quiere decir, según los
fundamentos de la Economía Política, que esta interesado en su creciente
población y producción artificial, en el aumento de sus necesidades en una
palabra, en el crecimiento de la riqueza; y según las consideraciones que hasta
ahora hemos hecho, este crecimiento es idéntico con el crecimiento de la
miseria y de la esclavitud. La relación creciente de los alquileres con la
miseria es un ejemplo del interés del terrateniente en la sociedad, pues con el
alquiler aumenta la renta de la tierra, el interés del suelo sobre el que la
casa se levanta.
2) Según los
economistas mismos, el interés del terrateniente es el término opuesto hostil
al del arrendatario, es decir, al de una parte importante de la sociedad.
(XI), 3) Puesto que
el terrateniente puede exigir del arrendatario una renta tanto mayor cuanto
menos salarios éste pague, y como el colono rebaja tanto más el salario cuanto
más renta exige el propietario, el interés del terrateniente es tan hostil al de
los mozos de labranza como el del patrono manufacturero al de sus obreros.
Empuja el salario hacia un mínimo, en la misma forma que aquél.
4) Puesto que la
baja real en el precio de los productos manufacturados eleva las rentas, el
terrateniente tiene un interés directo en la reducción del salario de los
obreros manufactureros, en la competencia entre los capitalistas, en la
superproducción, en la miseria total de la manufactura.
5) Si por tanto, el
interés del terrateniente, lejos de idéntico al interés de la sociedad, está en
oposición hostil con el interés de los mozos de labranza, de los obreros
manufactureros y de los capitalistas, ni siquiera el interés de un
terrateniente en particular es idéntico al de otro a causa de la competencia,
que consideraremos ahora.
Ya, en general, la
gran propiedad guarda con la pequeña la misma, relación que el gran capital con
el pequeño. Se dan, sin embargo, circunstancias especiales que acarrean
necesariamente la acumulación de la gran propiedad territorial y la absorción
por ella de la pequeña.
(XII) En ningún
sitio disminuye tanto con la magnitud de los fondos el número relativa de
obreros e instrumentos como en la propiedad territorial. Igualmente, en ningún
sitio aumenta tanto como en la propiedad territorial, con la magnitud de los
fondos, la posibilidad de explotación total, de ahorro en los costos de
producción y de adecuada división del trabajo. Por pequeño que un campo de
labranza sea, los aperos que hace necesarios, tales como arado, hoz, etc.,
alcanzan Un cierto límite más allá del cual no pueden aminorarse, en tanto que
la pequeñez de la propiedad puede ir mucho más allá de estos límites.
2) El gran
latifundio acumula a su favor los réditos que el capital del arrendatario ha
empleado en la mejora del suelo. La pequeña propiedad territorial ha de emplear
su propio capital. Se le escapa, pues, toda esta ganancia.
3) En tanto que
toda mejora social aprovecha al gran latifundio, perjudica a la pequeña
propiedad territorial, al hacer necesaria para ella cada vez mayor cantidad de
dinero contante.
4) Hay que tener en
cuenta todavía dos leyes importantes de esta competencia: a) la renta de las
tierras cultivadas para la producción de alimentos humanos regula la renta de
la mayor parte de las otras tierras dedicadas al cultivo (Smith, t. I, pág.. 331).
Alimentos tales
como el ganado, etc., sólo puede producirlos, en último termino, el gran
latifundio. Este regula, pues, la renta de las demás tierras y puede reducirlas
a un mínimo.
El pequeño
propietario territorial que trabaja por sí mismo se encuentra, respecto del
gran terrateniente, en la misma relación que un artesano que posee un
instrumento propio respecto del fabricante. La pequeña propiedad territorial se
ha convertido en simple instrumento de trabajo (XVI). La renta de la tierra
desaparece para el pequeño terrateniente; sólo le queda, a lo sumo, el interés
de su capital y su salario, pues la renta de la tierra puede ser llevada por la
competencia hasta no ser más que el interés del capital no invertido por el
propietario mismo.
6) Sabemos ya, por
lo demás, que a igual fertilidad y a explotación igualmente adecuada de los
campos, minas y pesquerías, el producto está en proporción de la magnitud de
los capitales. Por consiguiente, triunfo del gran latifundista. Del mismo modo,
a igualdad de capitales, en proporción a la fertilidad. Por consiguiente, a
capitales iguales, triunfo del propietario del terreno más fértil.
b) «Puede decirse
que una mina de cualquier especie es estéril o rica según la cantidad de
mineral que se pueda extraer de ella con una cierta cantidad de trabajo sea
mayor o menor que la que se podría extraer, con la misma cantidad de trabajo,
de la mayor parte de las otras minas de igual clase» (Smith, t. I, págs..
345—346). El precio de la mina más rica regula el precio del carbón de todas
las otras de los alrededores. Tanto el propietario como el empresario
consideran, el uno, que puede obtener una renta mayor, y el otro, un beneficio
más alto, vendiendo a un precio un poco inferior al que veden sus vecinos.
Estos se ven muy pronto obligados a vender al mismo precio, aunque pocos estén
en condiciones de hacerlo, y aun cuando el continuar bajando el precio les
prive de toda su renta y de todos sus beneficios. Algunas minas se abandonan
por completo, y otras, al no suministrar renta, únicamente pueden ser
explotadas por el propietario (Smith, t. I, pág.. 350). «Las minas de plata de
Europa se abandonaron en su mayor parte después que fueron descubiertas las del
Perú. ...Esto mismo sucedió a las minas de Cuba y Santo Domingo, y aun a las
más antiguas del Perú, desde el descubrimiento de las del Potosí» (t. I, pág..
353j. Exactamente lo mismo que Smith dice aquí es válido, en mayor o menor
medida, de la propiedad territorial en general.
5) «Hay que notar
que el precio ordinario de la tierra depende siempre de la tasa corriente de
interés... Si la renta de la tierra descendiera muy por debajo del interés del
dinero nadie compraría más fincas rústicas y éstas registrarían muy pronto un
descenso en su precio corriente. Por el contrario, si la renta de la tierra
excediese con mucho de la tasa del interés, todo el mundo compraría fincas y
esto restauraría igualmente con rapidez su precio corriente» (t. II, págs.
367—368). De esta relación de la renta de la tierra con el interés del dinero
se desprende que las rentas han de descender cada vez más, de forma que, por
último, sólo los más ricos puedan vivir de ellas. Por consiguiente, competencia
cada vez mayor entre los terratenientes que no arrienden sus tierras. Ruina de
una parte de ellos, reiterada acumulación del gran latifundio.
(XVII) Esta
competencia tiene, además, como consecuencia que una gran parte de la propiedad
territorial cae en manos de los capitalistas y éstos se convierten así, al
mismo tiempo, en terratenientes del mismo modo que los pequeños terratenientes
no son ya más que capitalistas. Igualmente una parte del gran latifundio se
convierte en propiedad industrial.
La consecuencia
última es, pues, la disolución de la diferencia entre capitalista y
terrateniente, de manera tal que, en conjunto, no hay en lo sucesivo más que
dos clases de población, la clase obrera y la clase capitalista. Esta
comercialización de la propiedad territorial, la transformación de la propiedad
de la tierra en una mercancía, es el derrocamiento definitivo de la vieja
aristocracia y la definitiva instauración de la aristocracia del dinero.
1) No compartimos
las sentimentales lágrimas que los románticos vierten por esto. Estos confunden
siempre la abominación que la comercialización de la tierraimplica,
con la consecuencia, totalmente racional, necesaria dentro del sistema de la
propiedad privada y deseable, que va contenida en la comercialización
de la propiedad privada de la tierra. En primer lugar, la propiedad de la
tierra de tipo feudal es ya, esencialmente, la tierra comercializada, la tierra
extrañada para el hombre y que por eso se le enfrenta bajo la figura de unos
pocos grandes señores.
Ya en la propiedad
territorial feudal está implícita la dominación de la tierra como un poder
extraño sobre los hombres. El siervo de la gleba es un accidente de la tierra.
Igualmente, a la tierra pertenece el mayorazgo, el hijo primogénito. La tierra
lo hereda. En general, la dominación de la propiedad privada comienza con la
propiedad territorial, esta es su base. Pero en la propiedad territorial del
feudalismo el señor aparece, al menos, como rey del dominio
territorial. Igualmente existe aún la apariencia de una relación entre el
poseedor y la tierra mas íntima que la de la pura riqueza material.
La finca se individualiza con su señor, tiene su rango, es, con él, baronía o
condado, tiene sus privilegios, su jurisdicción, sus relaciones políticas, etc.
Aparece como cuerpo inorgánico de su señor. De aquí el aforismo:Nulle terre
sans maître en el que se expresa la conexión del señorío y la
propiedad territorial. Del mismo modo, la dominación de la propiedad
territorial no aparece inmediatamente como dominación del capital puro. La
relación en que sus súbditos están con ella es más la relación con la propia
patria. Es un estrecho modo de nacionalidad.
(XVIII) Así
también, la propiedad territorial feudal da nombre a su señor como un reino a
su rey. Su historia familiar, la historia de su casa, etc., todo esto
individualiza para él la propiedad territorial y la convierte formalmente en su
casa, en una persona. De igual modo los cultivadores de la propiedad
territorial no están con ella en relación de jornaleros, sino que,
o bien son ellos mismos su propiedad, como los siervos de la gleba, o bien
están con ella en una relación de respeto, sometimiento y deber. La posición
del señor para con ellos es inmediatamente política y tiene igualmente una
faceta afectiva. Costumbres, carácter, etc., varían de una finca a otra y
parecen identificarse con la parcela, en tanto que más tarde es sólo la bolsa
del hombre y no su carácter, su individualidad, lo que lo relaciona con la
finca. Por último, el señor no busca extraer de su propiedad el mayor beneficio
posible. Por el contrario consume lo que allí hay y abandona tranquilamente el
cuidado de la producción a los siervos y colonos. Esta es la condición aristocrática de
la propiedad territorial que arroja sobre su Señor una romántica gloria.
Es necesario que
sea superada esta apariencia, que la territorial, raíz de la propiedad privada,
sea arrebatada al movimiento de ésta y convertida en mercancía, que la
dominación del propietario, desprovista de todo matiz político, aparezca como
dominación pura de la propiedad privada, del capital, desprovista de todo tinte
político; que la relación entre propietario y obrero sea reducida a la relación
económica de explotador y explotado, que cese toda relación personal del
propietario en su propiedad y la misma se reduzca a la riqueza simplemente
material, de cosas; que en lugar del matrimonio de honor con la
tierra se celebre con ella el matrimonio de conveniencia, y que la tierra, como
el hombre, descienda a valor de tráfico. Es necesario que aquello que es la
raíz de la propiedad territorial, el sucio egoísmo, aparezca también en su
cínica figura. Es necesario que el monopolio reposado se cambie en el monopolio
movido e intranquilo, en competencia; que se cambie el inactivo disfrute del
sudor y de la sangre ajenos en el ajetreado comercio de ellos. Es necesario,
por último, que en esta competencia la propiedad de la tierra, bajo la figura
del capital, muestre su dominación tanto sobre la clase obrera como sobre los
propietarios mismos, en cuanto que las leyes del movimiento del capital los
arruinan o los elevan. Con esto, en lugar del aforismo medieval nulle
terre sans seigneur aparece otro refrán: l'argent n'a pas de
Maître, en el que se expresa la dominación total de la materia muerta sobre
los hombres.
La división
de la propiedad territorial niega el gran monopolio de
la propiedad territorial, supera, pero sólo por cuanto generaliza este
monopolio. No supera el fundamento del monopolio, la propiedad privada. Ataca
la existencia del monopolio, pero no su esencia. La consecuencia de ello es que
cae víctima de las leyes de la propiedad privada. La división de la propiedad
territorial corresponde, en efecto, al movimiento de la competencia en el
dominio industrial. Aparte de las desventajas, económicas de esta división de
aperos y de este aislamiento del trabajo de unos y otros (que hay que
distinguir evidentemente de la división del trabajo: el trabajo no está
dividido entre muchos, sino que cada uno lleva a cabo para sí el mismo trabajo;
es una multiplicación del mismo trabajo), esta división, como aquella
competencia, se cambia necesariamente de nuevo en acumulación.
Allí, pues, en
donde tiene lugar la división de la propiedad territorial, no queda otra salida
sino retornar al monopolio de forma aún más odiosa, o negar, superar, la
división de la misma propiedad territorial. Pero esto no es el retorno a la
propiedad feudal, sino la superación de la propiedad privada de la tierra y el
suelo en general. La primera superación del monopolio es siempre su
generalización, la ampliación de su existencia. La superación del monopolio que
ha alcanzado su existencia más amplia y comprensiva posible es su aniquilación
plena. La asociación aplicada a la tierra y el suelo participa de las ventajas
del latifundio desde el punto de vista económico y realiza, por primera vez, la
tendencia originaria de la división, es decir, la igualdad, al tiempo que
establece la relación afectiva del hombre con la tierra de una manera racional
y no mediada por la servidumbre de la gleba, la dominación y una estúpida
mística de la propiedad, al dejar de ser la tierra un objeto de tráfico y
convertirse de nuevo, mediante el trabajo libre y el libre goce, en una
verdadera y personal propiedad del hombre. Una gran ventaja de la división es
que su masa, que no puede ya resolverse a caer en la servidumbre, perece ante
la propiedad de manera distinta que la de la industria.
Por lo que toca al
gran latifundio, sus defensores han identificado de manera sofística las
ventajas económicas que la agricultura en gran escala ofrece con el gran
latifundio, como sino fuese sólo mediante la superación de la propiedad como
estas ventajas alcanzan justamente (XX) su mayor extensión posible, de una
parte, y su utilidad social, de la otra. Han atacado, igualmente, el espíritu
mercantil de la pequeña propiedad territorial, como si el gran latifundio en su
forma feudal no contuviese ya el tráfico de modo latente. Por no decir nada de
la forma inglesa moderna, en la que van ligados el feudalismo del propietario
de la tierra y el tráfico y la industria del arrendatario.
Así como el gran
latifundio puede devolver el reproche de monopolio que la división de la
propiedad territorial le hace, pues también la división se basa en el monopolio
de la propiedad privada, así también puede la división de la propiedad
territorial devolver al latifundio el reproche de la división pues también en
el latifundio reina la división, sólo que en forma rígida y anquilosada. En
general, la propiedad privada se apoya siempre sobre la división. Por lo demás,
así como la división de la propiedad territorial reconduce al latifundio como
riqueza—capital, así también la propiedad territorial feudal tiene que marchar
necesariamente hacia la división, o al menos caer en manos de los capitalistas,
haga lo que haga.
Pues el latifundio,
como sucede en Inglaterra, echa a la inmensa mayoría de la población en brazos
de la industria y reduce a sus propios obreros a una miseria total. Engendra y
aumenta, pues, el poder de su enemigo, del capital, de la industria, al arrojar
al otro lado brazos y toda una actividad del país. Hace a la mayoría del país
industrial, esto es, adversaria del latifundio. Así que la industria ha
alcanzado un gran poder, como ahora en Inglaterra, arranca poco a poco al
latifundio su monopolio frente al extranjero y lo arroja a la competencia con
la propiedad territorial extranjera. Bajo el dominio de la industria, el
latifundio sólo podría asegurar su magnitud feudal mediante el monopolio frente
al extranjero, para protegerse de las leyes generales del comercio, que
contradicen su esencia feudal. Una vez arrojado a la competencia, sigue sus
leyes como cualquier otra mercancía a ella arrojada. Va fluctuando, creciendo y
disminuyendo, volando de unas manos a otras y ninguna ley puede mantenerlo ya en
unas pocas manos predestinadas.
(XXI) La
consecuencia inmediata es el fraccionamiento en muchas manos, en todo caso
caída en el poder de los capitalistas industriales.
Finalmente, el
latifundio que de esta forma ha sido mantenido por la fuerza y ha engendrado
junto a sí una temible industria, conduce a la crisis aún más rápidamente que
la división de la propiedad territorial, junto a la cual el poder de la
industria está siempre en segundo rango.
El latifundio, como
vemos en Inglaterra, ha perdido ya su carácter feudal y tomado carácter
industrial cuando quiere hacer tanto dinero como sea posible. Da al propietario
la mayor renta posible, al arrendatario el beneficio del capital más elevado
que sea posible. Los trabajadores del campo están así ya reducidos al mínimo y
la clase de los arrendatarios representa ya dentro de la propiedad territorial
el poder de la industria y del capital. Mediante la competencia con el
extranjero, la mayor parte de la renta de la tierra deja de poder constituir un
ingreso independiente. Una gran parte de los propietarios debe ocupar el puesto
de los arrendatarios, que de este modo se hunden parcialmente en el
proletariado. Por otra parte, muchos arrendatarios se apoderan de la propiedad
territorial, pues los grandes propietarios, merced a sus cómodos ingresos, se
han dedicado en su mayoría a la disipación y son, en la mayor parte de los
casos, también incapaces para dirigir la agricultura en gran escala; no poseen
ni capital ni capacidad para explotar la tierra y el suelo. Así, pues, una
parte de éstos se arruina completamente. Finalmente, el salario reducido al
mínimo debe ser aún más reducido para resistir la nueva competencia. Esto
conduce entonces necesariamente a la revolución.
La propiedad
territorial tenia que desarrollarse en cada una de estas dos formas para vivir
en una y otra su necesaria decadencia, del mismo modo que la industria tenía
que arruinarse en la forma del monopolio y en la forma de la competencia para
aprender a creer en el hombre.
(XXII) Hemos
partido de los presupuestos de la Economía Política. Hemos aceptado su
terminología y sus leyes. Damos por supuestas la propiedad privada, la
separación del trabajo, capital y tierra, y la de salario, beneficio del
capital y renta de la tierra; admitamos la división del trabajo, la
competencia, el concepto de valor de cambio, etc. Con la misma Economía
Política, con sus mismas palabras, hemos demostrado que el trabajador queda
rebajado a mercancía, a la más miserable de todas las mercancías; que la
miseria del obrero está en razón inversa de la potencia y magnitud de su
producción; que el resultado necesario de la competencia es la acumulación del
capital en pocas manos, es decir, la más terrible reconstitución de los
monopolios; que, por último; desaparece la diferencia entre capitalistas y
terratenientes, entre campesino y obrero fabril, y la sociedad toda ha de
quedar dividida en las dos clases de propietarios y obreros desposeídos.
La Economía
Política parte del hecho de la propiedad privada, pero no lo explica. Capta el
proceso material de la propiedad privada, que esta recorre en la realidad, con
fórmulas abstractas y generales a las que luego presta valor de ley.
No comprende estas leyes, es decir, no prueba cómo proceden de
la esencia de la propiedad privada. La Economía Política no nos proporciona
ninguna explicación sobre el fundamento de la división de trabajo y capital, de
capital y tierra. Cuando determina, por ejemplo, la relación entre beneficio
del capital y salario, acepta como fundamento último el interés del
capitalista, en otras palabras, parte de aquello que debería explicar. Otro
tanto ocurre con la competencia, explicada siempre por circunstancias externas.
En qué medida estas circunstancias externas y aparentemente casuales son sólo
expresión de un desarrollo necesario, es algo sobre lo que la Economía Política
nada nos dice. Hemos visto cómo para ella hasta el intercambio mismo aparece
como un hecho ocasional. Las únicas ruedas que la Economía Política pone en
movimiento son la codicia y la guerra entre los codiciosos,
la competencia.
Justamente porque
la Economía Política no comprende la coherencia del movimiento pudo, por
ejemplo, oponer la teoría de la competencia a la del monopolio, la de la libre
empresa a la de la corporación, la de la división de la tierra a la del gran
latifundio, pues competencia, libertad de empresa y división de la tierra
fueron comprendidas y estudiadas sólo como consecuencias casuales, deliberadas
e impuestas por la fuerza del monopolio, la corporación y la propiedad feudal,
y no como sus resultados necesarios, inevitables y naturales.
Nuestra tarea es
ahora, por tanto, la de comprender la conexión esencial entre la propiedad
privada, la codicia, la separación de trabajo, capital y tierra, la de
intercambio y competencia, valor y desvalorización del hombre; monopolio y
competencia; tenemos que comprender la conexión de toda esta enajenación con el
sistema monetario.
No nos coloquemos,
como el economista cuando quiere explicar algo, en una imaginaria situación
primitiva. Tal situación primitiva no explica nada, simplemente traslada la
cuestión a uña lejanía nebulosa y grisácea. Supone como hecho, como
acontecimiento lo que debería deducir, esto es, la relación necesaria entre dos
cosas, Por ejemplo, entre división del trabajo e intercambio. Así es también
como la teología explica el origen del mal por el pecado original dando por
supuesto como hecho, como historia, aquello que debe explicar.
Nosotros partimos
de un hecho económico, actual.
El obrero es más
pobre cuanta más riqueza produce, cuanto más crece su producción en potencia y
en volumen. El trabajador se convierte en una mercancía tanto más barata
cuantas más mercancías produce. La desvalorización del mundo humano crece en
razón directa de la valorización del mundo de las cosas. El trabajo no sólo
produce mercancías; se produce también a sí mismo y al obrero como mercancía,
y justamente en la proporción en que produce mercancías en general.
Este hecho, por lo
demás, no expresa sino esto: el objeto que el trabajo produce, su producto, se
enfrenta a él como un ser extraño, como un poder
independientedel productor. El producto del trabajo es el trabajo que se ha
fijado en un objeto, que se ha hecho cosa; el producto es la objetivación del
trabajo. La realización del trabajo es su objetivación. Esta realización del
trabajo aparece en el estadio de la Economía Política como desrealización del
trabajador, la objetivación comopérdida del objeto y
servidumbre a él, la apropiación como extrañamiento, como
enajenación.
Hasta tal punto
aparece la realización del trabajo como desrealización del trabajador, que éste
es desrealizado hasta llegar a la muerte por inanición. La objetivación aparece
hasta tal punto como perdida del objeto que el trabajador se ve privado de los
objetos más necesarios no sólo para la vida, sino incluso para el trabajo. Es
más, el trabajo mismo se convierte en un objeto del que el trabajador sólo
puede apoderarse con el mayor esfuerzo y las más extraordinarias
interrupciones. La apropiación del objeto aparece en tal medida como
extrañamiento, que cuantos más objetos produce el trabajador, tantos menos
alcanza a poseer y tanto mas sujeto queda a la dominación de su producto, es
decir, del capital.
Todas estas
consecuencias están determinadas por el hecho de que el trabajador se relaciona
con el producto de su trabajo como un objeto extraño.
Partiendo de este supuesto, es evidente que cuánto mas se vuelca el trabajador
en su trabajo, tanto más poderoso es el mundo extraño, objetivo que crea frente
a sí y tanto mas pobres son él mismo y su mundo interior, tanto menos dueño de
si mismo es. Lo mismo sucede en la religión. Cuanto más pone el hombre en Dios,
tanto memos guarda en si mismo. El trabajador pone su vida en el objeto pero a
partir de entonces ya no le pertenece a él, sino al objeto. Cuanto mayor es la
actividad, tanto más carece de objetos el trabajador. Lo que es el producto de
su trabajo, no lo es él. Cuanto mayor es, pues, este producto, tanto más
insignificante es el trabajador. Laenajenación del trabajador en su
producto significa no solamente que su trabajo se convierte en un objeto, en
una existencia exterior, sino que existe fuera de él,
independiente, extraño, que se convierte en un poder independiente frente a é;
que la vida que ha prestado al objeto se le enfrenta como cosa extraña y
hostil.
(XXIII)
Consideraremos ahora mas de cerca la objetivación, la producción
del trabajador, y en ella el extrañamiento, la pérdida del
objeto, de su producto.
El trabajador no
puede crear nada sin la naturaleza, sin el mundo exterior
sensible. Esta es la materia en que su trabajo se realiza, en la que obra,
en la que y con la que produce.
Pero así como la
naturaleza ofrece al trabajo medios de vida, en el sentido de que
el trabajo no puede vivir sin objetos sobre los que ejercerse, así, de otro
lado, ofrece también víveres en sentido estricto, es decir,
medios para la subsistencia del trabajador mismo.
En consecuencia,
cuanto más se apropia el trabajador el mundo exterior, la
naturaleza sensible, por medio de su trabajo, tanto más se priva de víveres en
este doble sentido; en primer lugar, porque el mundo exterior sensible cesa de
ser, en creciente medida, un objeto perteneciente a su trabajo, un medio
de vida de su trabajo; en segundo término, porque este mismo mundo
deja de representar, cada vez más pronunciadamente, víveres en
sentido inmediato, medios para la subsistencia física del trabajador.
El trabajador se
convierte en siervo de su objeto en un doble sentido: primeramente porque
recibe un objeto de trabajo, es decir, porque
recibe trabajo; en segundo lugar porque recibe medios de
subsistencia. Es decir, en primer termino porque puede existir como trabajador,
en segundo término porque puede existir como sujeto físico. El
colmo de esta servidumbre es que ya sólo en cuanto trabajador puede
mantenerse como sujeto físico y que sólo como sujeto
físico es ya trabajador.
(La enajenación del
trabajador en su objeto se expresa, según las leyes económicas, de la siguiente
forma: cuanto más produce el trabajador, tanto menos ha de consumir; cuanto más
valores crea, tanto más sin valor, tanto más indigno es él; cuanto más elaborado
su producto, tanto más deforme el trabajador; cuanto más civilizado su objeto,
tanto más bárbaro el trabajador; cuanto mis rico espiritualmente se hace el
trabajo, tanto más desespiritualizado y ligado a la naturaleza queda el
trabajador.)
La Economía
Política oculta la enajenación esencial del trabajo porque no considera la
relación inmediata entre el trabajador (el trabajo) y la producción.
Ciertamente el
trabajo produce maravillas para los ricos, pero produce privaciones para el
trabajador. Produce palacios, pero para el trabajador chozas. Produce belleza,
pero deformidades para el trabajador. Sustituye el trabajo por máquinas, pero
arroja una parte de los trabajadores a un trabajo bárbaro, y convierte en
máquinas a la otra parte. Produce espíritu, pero origina estupidez y cretinismo
para el trabajador.
La relación
inmediata del trabajo y su producto es la relación del trabajador y el objeto
de su producción. La relación del
acaudalado con el objeto de la producción y con la producción misma es sólo
una consecuencia de esta primera relación y la confirma.
Consideraremos más tarde este otro aspecto.
Cuando preguntamos,
por tanto, cuál es la relación esencial del trabajo, preguntamos por la
relación entre el trabajador y la producción.
Hasta ahora hemos
considerado el extrañamiento, la enajenación del trabajador, sólo en un
aspecto, concretamente en su relación con el producto de su trabajo.
Pero el extrañamiento no se muestra sólo en el resultado, sino en el acto
de la producción, dentro de la actividad productiva misma.
¿Cómo podría el trabajador enfrentarse con el producto de su actividad como con
algo extraño si en el acto mismo de la producción no se hiciese ya ajeno a sí
mismo? El producto no es más que el resumen de la actividad, de la producción.
Por tanto, si el producto del trabajo es la enajenación, la producción misma ha
de ser la enajenación activa, la enajenación de la actividad; la actividad de
la enajenación. En el extrañamiento del producto del trabajo no hace más que resumirse
el extrañamiento, la enajenación en la actividad del trabajo mismo.
¿En qué consiste,
entonces, la enajenación del trabajo?
Primeramente en que
el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a
su ser; en que en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no
se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y
espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el
trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí.
Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. Su
trabajo no es, así, voluntario, sino forzado, trabajo forzado. Por
eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para
satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su carácter extraño se evidencia
claramente en el hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o
de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste. El trabajo
externo, el trabajo en que el hombre se enajena, es un trabajo de
autosacrificio, de ascetismo. En último término, para el trabajador se muestra
la exterioridad del trabajo en que éste no es suyo, sino de otro, que no le
pertenece; en que cuando está en él no se pertenece a si mismo, sino a otro.
Así como en la religión la actividad propia de la fantasía humana, de la mente
y del corazón humanos, actúa sobre el individuo independientemente de él, es
decir, como una actividad extraña, divina o diabólica, así también la actividad
del trabajador no es su propia actividad. Pertenece a otro, es la pérdida de sí
mismo.
De esto resulta que
el hombre (el trabajador) sólo se siente libre en sus funciones animales, en el
comer, beber, engendrar, y todo lo más en aquello que toca a la habitación y al
atavío, y en cambio en sus funciones humanas se siente como animal. Lo animal
se convierte en lo humano y lo humano en lo animal.
Comer, beber y
engendrar, etc., son realmente también auténticas funciones humanas. Pero en la
abstracción que las separa del ámbito restante de la actividad humana y las
convierte en un único y último son animales.
Hemos considerado
el acto de la enajenación de la actividad humana práctica, del trabajo, en dos
aspectos: 1) la relación del trabajador con el producto del trabajo como
con un objeto ajeno y que lo domina. Esta relación es, al mismo tiempo, la
relación con el mundo exterior sensible, con los objetos naturales, como con un
mundo extraño para él y que se le enfrenta con hostilidad; 2) la relación del
trabajo con el acto de la producción dentro del trabajo.
Esta relación es la relación del trabajador con su propia actividad, como con
una actividad extraña, que no le pertenece, la acción como pasión, la fuerza
como impotencia, la generación como castración, la propia energía
física y espiritual del trabajador, su vida personal (pues qué es la vida sino
actividad) como una actividad que no le pertenece, independiente de él,
dirigida contra él. La enajenación respecto de si mismo como,
en el primer caso, la enajenación respecto de la cosa.
(XXIV) Aún hemos de
extraer de las dos anteriores una tercera determinación del trabajo
enajenado.
El hombre es un ser
genérico no sólo porque en la teoría y en la practica toma como objeto suyo el
género, tanto el suyo propio como el de las demás cosas, sino también, y esto
no es más que otra expresión para lo mismo, porque se relaciona consigo mismo
como el género actual, viviente, porque se relaciona consigo mismo como un
ser universal y por eso libre.
La vida genérica,
tanto en el hombre como en el animal, consiste físicamente, en primer lugar, en
que el hombre (como el animal) vive de la naturaleza inorgánica, y cuanto más
universal es el hombre que el animal, tanto más universal es el ámbito de la naturaleza
inorgánica de la que vive. Así como las plantas, los animales, las piedras, el
aire, la luz, etc., constituyen teóricamente una parte de la conciencia humana,
en parte como objetos de la ciencia natural, en parte como objetos del arte (su
naturaleza inorgánica espiritual, los medios de subsistencia espiritual que él
ha de preparar para el goce y asimilación), así también constituyen
prácticamente una parte de la vida y de la actividad humano. Físicamente el
hombre vive sólo de estos productos naturales, aparezcan en forma de
alimentación, calefacción, vestido, vivienda, etc. La universalidad del hombre
aparece en la práctica justamente en la universalidad que hace de la naturaleza
toda su cuerpo inorgánico, tanto por ser (l) un medio de subsistencia inmediato,
romo por ser (2) la materia, el objeto y el instrumento de su actividad vital.
La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre; la
naturaleza, en cuanto ella misma, no es cuerpo humano. Que el hombre vive de
la naturaleza quiere decir que la naturaleza es su cuerpo, con el cual ha de
mantenerse en proceso continuo para no morir. Que la vida física y espiritual
del hombre esta ligada con la naturaleza no tiene otro sentido que el de que la
naturaleza está ligada consigo misma, pues el hombre es una parte de la
naturaleza.
Como quiera que el
trabajo enajenado (1) convierte a la naturaleza en algo ajeno al hombre, (2) lo
hace ajeno de sí mismo, de su propia función activa, de su actividad vital,
también hace del género algo ajeno al hombre; hace que para él
la vida genérica se convierta en medio de la vida individual.
En primer lugar hace extrañas entre sí la vida genérica y la vida individual,
en segundo termino convierte a la primera, en abstracta, en fin de la última,
igualmente en su forma extrañada y abstracta.
Pues, en primer
termino, el trabajo, la actividad vital, la vida productiva
misma, aparece ante el hombre sólo como un medio para la satisfacción de
una necesidad, de la necesidad de mantener la existencia física. La vida
productiva es, sin embargo, la vida genérica. Es la vida que crea vida. En la
forma de la actividad vital reside el carácter dado de una especie, su carácter
genérico, y la actividad libre, consciente, es el carácter genérico del hombre.
La vida misma aparece sólo como medio de vida.
El animal es
inmediatamente uno con su actividad vital. No se distingue de ella. Es ella.
El hombre hace de su actividad vital misma objeto de su voluntad y de su
conciencia. Tiene actividad vital consciente. No es una determinación con la
que el hombre se funda inmediatamente. La actividad vital consciente distingue
inmediatamente al hombre de la actividad vital animal. Justamente, y sólo por
ello, es él un ser genérico. O, dicho de otra forma, sólo es ser consciente, es
decir, sólo es su propia vida objeto para él, porque es un ser genérico. Sólo
por ello es su actividad libre. El trabajo enajenado invierte la relación, de
manera que el hombre, precisamente por ser un ser consciente hace de su
actividad vital, de su esencia, un simple medio para su existencia.
La producción
práctica de un mundo objetivo, la elaboración de la naturaleza
inorgánica, es la afirmación del hombre como un ser genérico consciente, es
decir, la afirmación de un ser que se relaciona con el género como con su
propia esencia o que se relaciona consigo mismo como ser genérico. Es cierto
que también el animal produce. Se construye un nido, viviendas, como las
abejas, los castores, las hormigas, etc. Pero produce únicamente lo que
necesita inmediatamente para sí o para su prole; produce unilateralmente,
mientras que el hombre produce universalmente; produce únicamente por mandato
de la necesidad física inmediata, mientras que el hombre produce incluso libre
de la necesidad física y sólo produce realmente liberado de ella; el animal se
produce sólo a sí mismo, mientras que el hombre reproduce la naturaleza entera;
el producto del animal pertenece inmediatamente a su cuerpo físico, mientras
que el hombre se enfrenta libremente a su producto. El animal forma únicamente
según la necesidad y la medida de la especie a la que pertenece, mientras que
el hombre sabe producir según la medida de cualquier especie y sabe siempre
imponer al objeto la medida que le es inherente; por ello el hombre crea
también según las leyes de la belleza.
Por eso
precisamente es sólo en la elaboración del mundo objetivo en donde el hombre se
afirma realmente como un ser genérico. Esta producción es su vida
genérica activa. Mediante ella aparece la naturaleza como su obra y su
realidad. El objeto del trabajo es por eso la objetivación de la vida
genérica del hombre, pues éste se desdobla no sólo intelectualmente, como
en la conciencia, sino activa y realmente, y se contempla a si mismo en un
mundo creado Por él. Por esto el trabajo enajenado, al arrancar al hombre el
objeto de su producción, le arranca su vida genérica, su real
objetividad genérica y transforma su ventaja respecto del animal en desventaja,
pues se ve privado de su cuerpo inorgánico, de la naturaleza. Del mismo modo,
al degradar la actividad propia, la actividad libre, a la condición de medio,
hace el trabajo enajenado de la vida genérica del hombre en medio para su
existencia física.
Mediante la
enajenación, la conciencia del hombre que el hombre tiene de su género se
transforma, pues, de tal manera que la vida genérica se convierte para él en
simple medio.
El trabajo
enajenado, por tanto:
3) Hace del ser
genérico del hombre, tanto de la naturaleza como de sus facultades
espirituales genéricas, un ser ajeno para él, un medio de existencia
individual. Hace extraños al hombre su propio cuerpo, la naturaleza fuera de
él, su esencia espiritual, su esencia humana.
4) Una consecuencia
inmediata del hecho de estar enajenado el hombre del producto de su trabajo, de
su actividad vital, de su ser genérico, es la enajenación del hombre
respecto del hombre. Si el hombre se enfrenta consigo mismo, se enfrenta
también al otro. Lo que es válido respecto de la relación del
hombre con su trabajo, con el producto de su trabajo y consigo mismo, vale
también para la relación del hombre con el otro y con trabajo y el producto del
trabajo del otro.
En general, la
afirmación de que el hombre está enajenado de su ser genérico quiere decir que
un hombre esta enajenado del otro, como cada uno de ellos está enajenado de la
esencia humana.
La enajenación del
hombre y, en general, toda relación del hombre consigo mismo, sólo encuentra
realización y expresión verdaderas en la relación en que el hombre está con el
otro.
En la relación del
trabajo enajenado, cada hombre considera, pues, a los demás según la medida y
la relación en la que él se encuentra consigo mismo en cuanto trabajador.
(XXV) Hemos partido
de un hecho económico, el extrañamiento entre el trabajador y su producción.
Hemos expuesto el concepto de este hecho: el trabajoenajenado, extrañado.
Hemos analizado este concepto, es decir, hemos analizado simplemente un hecho
económico.
Veamos ahora cómo
ha de exponerse y representarse en la realidad el concepto del trabajo
enajenado, extrañado.
Si el producto del
trabajo me es ajeno, se me enfrenta como un poder extraño, entonces ¿a quién
pertenece?
Si mi propia
actividad no me pertenece; si es una actividad ajena, forzada, ¿a quién
pertenece entonces?
A un ser otro que
yo.
¿Quién es ese ser?
¿Los dioses? Cierto
que en los primeros tiempos la producción principal, por ejemplo, la
construcción de templos, etc., en Egipto, India, Méjico, aparece al servicio de
los dioses, como también a los dioses pertenece el producto Pero los dioses por
si solos no fueron nunca los dueños del trabajo. Aún menos de la naturaleza.
Qué contradictorio sería que cuando más subyuga el hombre a la naturaleza
mediante su trabajo, cuando más superfluos vienen a resultar los milagros de
los dioses en razón de los milagros de la industria, tuviese que renunciar el
hombre, por amor de estos poderes, a la alegría de la producción y al goce del
producto.
El ser extraño al
que pertenecen a trabajo y el producto del trabajo, a cuyo servicio está aquél
y para cuyo placer sirve éste, solamente puede ser el hombre mismo
Si el producto del
trabajo no pertenece al trabajador, si es frente él un poder extraño, esto sólo
es posible porque pertenece a otro hombre que no es el
trabajador. Si su actividad es para él dolor, ha de ser goce y
alegría vital de otro. Ni los dioses, ni la naturaleza, sino sólo el hombre
mismo, puede ser este poder extraño sobre los hombres.
Recuérdese la
afirmación antes hecha de que la relación del hombre consigo mismo únicamente
es para él objetiva y real a través de su relación con los
otros hombres. Si él, pues, se relaciona con el producto de su trabajo, con su
trabajo objetivado, como con un objeto poderoso, independiente de él,
hostil, extraño, se esta relacionando con él de forma que otro
hombre independiente de él, poderoso, hostil, extraño a él, es el dueño de este
objeto; Si él se relaciona con su actividad como con una actividad no libre, se
está relacionando con ella como con la actividad al servicio de otro, bajo las
órdenes, la compulsión y el yugo de otro.
Toda enajenación
del hombre respecto de sí mismo y de la naturaleza aparece en la relación que
él presume entre él, la naturaleza y los otros hombres distintos de él, Por eso
la autoenajenación religiosa aparece necesariamente en la relación del laico con
el sacerdote, o también, puesto que aquí se trata del mundo intelectual, con un
mediador, etc. En el mundo práctico, real, el extrañamiento de si sólo puede
manifestarse mediante la relación práctica, real, con los otros hombres. El
medio mismo por el que el extrañamiento se opera es un medio práctico. En
consecuencia mediante el trabajo enajenado no sólo produce el hombre su
relación con el objeto y con el acto de la propia producción como con poderes
que le son extraños y hostiles, sino también la relación en la que los otros
hombres se encuentran con su producto y la relación en la que él está con estos
otros hombres. De la misma manera que hace de su propia producción su
desrealización, su castigo; de su propio producto su pérdida, un producto que
no le pertenece, y así también crea el dominio de quien no produce sobre la
producción y el producto. Al enajenarse de su propia actividad posesiona al
extraño de la actividad que no le es propia.
Hasta ahora hemos
considerado la relación sólo desde el lado del trabajador; la consideraremos
más tarde también desde el lado del no trabajador.
Así, pues, mediante
el trabajo enajenado crea el trabajador la relación de este
trabajo con un hombre que está fuera del trabajo y le es extraño. La relación
del trabajador con el trabajo engendra la relación de éste con el del
capitalista o como quiera llamarse al patrono del trabajo. La propiedad
privada es, pues, el producto, el resultado, la consecuencia necesaria
del trabajo enajenado, de la relación externa del trabajador
con la naturaleza y consigo mismo.
Partiendo de la
Economía Política hemos llegado, ciertamente, al concepto del trabajo
enajenado (de la vida enajenada) como resultado del movimiento
de la propiedad privada. Pero el análisis de este concepto muestra que
aunque la propiedad privada aparece como fundamento, como causa del trabajo
enajenado, es más bien una consecuencia del mismo, del mismo modo que los
dioses no son originariamente la causa, sino el efecto de la
confusión del entendimiento humano. Esta relación se transforma después en una
interacción recíproca.
Sólo en el último
punto culminante de su desarrollo descubre la propiedad privada de nuevo su
secreto, es decir, en primer lugar que es el producto del
trabajo enajenado, y en segundo término que es el medio por el
cual el trabajo se enajena, la realización de esta enajenación.
Este desarrollo
ilumina al mismo tiempo diversas colisiones no resueltas hasta ahora.
1) La Economía
Política parte del trabajo como del alma verdadera de la producción y, sin
embargo, no le da nada al trabajo y todo a la propiedad privada. Partiendo de
esta contradicción ha fallado Proudhon en favor del trabajo y contra la
Propiedad privaba. Nosotros, sin embargo, comprendemos, que esta aparente
contradicción es la contradicción del trabajo enajenado consigo
mismo y que la Economía Política simplemente ha expresado las leyes de este
trabajo enajenado.
Comprendemos
también por esto que salario y propiedad privada son
idénticos, pues el salario que paga el producto, el objeto del trabajo, el
trabajo mismo, es sólo una consecuencia necesaria de la enajenación del
trabajo; en el salario el trabajo no aparece como un fin en si, sino como un
servidor del salario. Detallaremos esto más tarde. Limitándonos a extraer ahora
algunas consecuencias (XXVI).
Un alza
forzada de los salarios, prescindiendo de todas las demás dificultades
(prescindiendo de que, por tratarse de una anomalía, sólo mediante la fuerza
podría ser mantenida), no sería, por tanto, más que una mejor
remuneración de los esclavos, y no conquistaría, ni para el trabajador, ni
para el trabajo su vocación y su dignidad humanas.
Incluso la igualdad
de salarios, como pide Proudhon no hace más que
transformar la relación del trabajador actual con su trabajo en la relación de
todos los hombres con el trabajo. La sociedad es comprendida entonces como
capitalista abstracto.
El salario es una
consecuencia inmediata del trabajo enajenado y el trabajo enajenado es la causa
inmediata de la propiedad privada. Al desaparecer un termino debe también, por
esto, desaparecer el otro.
2) De la relación
del trabajo enajenado con la propiedad privada se sigue, además, que la
emancipación de la sociedad de la propiedad privada, etc., de la servidumbre,
se expresa en la forma política de la emancipación de los trabajadores,
no como si se tratase sólo de la emancipación de éstos, sino porque su
emancipación entraña la emancipación humana general; y esto es así porque toda
la servidumbre humana está encerrada en la relación de trabajador con la
producción, y todas las relaciones serviles son sólo modificaciones y
consecuencias de esta relación.
Así como mediante
el análisis hemos encontrado el concepto de propiedad
privada partiendo del concepto de trabajo enajenado, extrañado,
así también podrán desarrollarse con ayuda de estos dos factores todas
las categorías económicas y encontraremos en cada una de estas
categorías, por ejemplo, el tráfico, la competencia, el capital, el dinero,
solamente una expresión determinada, desarrollada, de aquellos
primeros fundamentos.
Antes de considerar
esta estructuración, sin embargo, tratemos de resolver dos cuestiones.
1) Determinar
la esencia general de la propiedad privada,
evidenciada como resultado del trabajo enajenado, en su relación con la propiedad
verdaderamente humana y social.
2) Hemos aceptado
el extrañamiento del trabajo, su enajenación, como un
hecho y hemos realizado este hecho. Ahora nos preguntamos ¿cómo llega el hombre
a enajenar, a extrañar su trabajo? ¿Cómo se fundamenta este
extrañamiento en la esencia de la evolución humana? Tenemos ya mucho ganado
para la solución de este problema al haber transformado la
cuestión del origen de la propiedad privada en la cuestión de
la relación del trabajo enajenado con el proceso evolutivo de
la humanidad. Pues cuando se habla de propiedad privada se
cree tener que habérselas con una cosa fuera del hombre. Cuando se habla de
trabajo nos las tenemos que haber inmediatamente con el hombre mismo. Esta
nueva formulación de la pregunta es ya incluso su solución.
ad. 1) Esencia
general de la propiedad privada y su relación con la propiedad verdaderamente
humana.
El trabajo enajenado se
nos ha resuelto en dos componentes que se condicionan recíprocamente o que son
sólo dos expresiones distintas de una misma relación. Laapropiación aparece
como extrañamiento, como enajenación y la enajenación como apropiación,
el extrañamiento como la verdadera naturalización.
Hemos considerado
un aspecto, el trabajo enajenado en relación al trabajador mismo,
es decir, la relación del trabajo enajenado consigo mismo. Como producto, como
resultado necesario de esta relación hemos encontrado la relación de
propiedad del no—trabajador con el trabajador y con
el trabajo. La propiedad privada como expresión
resumida, material, del trabajo enajenado abarca ambas relaciones, la relación
del trabajador con el trabajo, con el producto de su trabajo y con
el no trabajador, y la relación del no trabajador con el trabajador
y con el producto de su trabajo.
Si hemos visto,
pues, que respecto del trabajador, que mediante el trabajo se apropia de
la naturaleza, la apropiación aparece como enajenación, la actividad propia
como actividad para otro y de otro, la vitalidad como holocausto de la vida, la
producción del objeto como pérdida del objeto en favor de un poder extraño,
consideremos ahora la relación de este hombre extraño al
trabajo y al trabajador con el trabajador, el trabajo y su objeto.
Por de pronto hay
que observar que todo lo que en el trabajador aparece como actividad de
la enajenación, aparece en el no trabajador como estado de la
enajenación, del extrañamiento.
En segundo término,
que el comportamiento práctico, real, del trabajador en la
producción y respecto del producto (en cuanto estado de ánimo) aparece en el no
trabajador a él enfrentado como comportamiento teórico.
(XXVII) Tercero.
El no trabajador hace contra el trabajador todo lo que este hace contra si
mismo, pero no hace contra sí lo que hace contra el trabajador.
Consideremos más
detenidamente estas tres relaciones.|XXVII||
Karl Marx
Manuscritos Económicos y filosóficos de 1844
[Antitesis del capital y el trabajo.
Propiedad privada y capital.]
[...] ||XL|
Constituye los intereses de su capital. En el trabajador se da, pues,
subjetivamente, el hecho de que el capital es el hombre que se ha perdido
totalmente a si mismo, de la misma forma que en el capital se da,
objetivamente, el hecho de que el trabajador es el hombre que se ha perdido
totalmente a si mismo. El trabajador tiene, sin embargo, la desgracia de ser un
capital viviente y, por tanto, menesteroso, que en
el momento en que no trabaja pierde sus intereses y con ello su existencia.
Como capital, el valor del trabajo aumenta según la oferta y
la demanda, e incluido físicamente su existencia,
su vida ha sido y es entendida como una oferta de mercancía igual
a cualquier otra. El trabajador produce el capital, el capital lo produce a él;
se produce, pues, a sí mismo y el hombre, en cuantotrabajador en
cuanto mercancía, es el resultado de todo el movimiento, Para el
hombre que no es más que trabajador, y en cuanto trabajador, sus
propiedades humanas sólo existen en la medida en que existen para el capital
que le es extraño. Pero como ambos son extraños el uno para el otro
y se encuentran en una relación indiferente, exterior y casual, esta situación
de extrañamiento reciproco ha de aparecer también como real. Tan
pronto, pues, como al capital se le ocurre —ocurrencia arbitraria o necesaria—
dejar de existir para el trabajador, deja éste de existir para sí; no
tiene ningún trabajo, por tanto, ningún salario,
y dado que él no tiene existencia como hombre, sino como
trabajador, puede hacerse sepultar, dejarse morir de hambre, etc. El
trabajador sólo existe como trabajador en la medida en que existe para
sí como capital, y sólo existe como capital en cuanto existe para
él un capital. La existencia del capital es su existencia, su vida;
el capital determina el contenido de su vida en forma para él indiferente. En
consecuencia la Economía Política no conoce al trabajador parado, al hombre de
trabajo, en la medida en que se encuentra fuera de esta relación laboral. El
pícaro, el sinvergüenza, el pordiosero, el parado, el hombre de trabajo
hambriento, miserable y delincuente son figuras que no existen
para ella, sino solamente para otros ojos; para los ojos de medico,
del juez, del sepulturero, del alguacil de pobres, etc.; son fantasmas que
quedan fuera de su reino. Por eso para ella las necesidades del trabajador se
reducen solamente a la necesidad de mantenerlo durante
el trabajo de manera que no se extinga la raza de los
trabajadores. El salario tiene, por tanto, el mismo sentido que el mantenimiento,
la conservación de cualquier otro instrumento productivo. El
mismo sentido que el consumo de capital en general, que éste
requiere para reproducirse con intereses, como el aceite que las ruedas
necesitan para mantenerse en movimiento. El salario del trabajador pertenece
así a los costos necesarios del capital y del capitalista, y no puede sobrepasar
las exigencias de esta necesidad. Es, por tanto, perfectamente lógico que ante
el Amendment Bill de 1834 los fabricantes ingleses detrajeran
del salario del trabajador, como parte integrante del mismo, las limosnas
públicas que éste recibe por medio del impuesto de pobres.
La producción
produce al hombre no sólo como mercancía, mercancía humana, hombre
determinado como mercancía; lo produce, de acuerdo con esta
determinación, como un ser deshumanizado tanto física
como espiritualmente. Inmoralidad, deformación, embrutecimiento de
trabajadores y capitalistas. Su producto es la mercancía con conciencia y actividad
propias..., la mercancía humana. Gran progreso de Ricardo,
Mill, etc., frente a Smith y Say, al declarar la existencia del hombre —la
mayor o menor productividad humana de la mercancía— como indiferente e
incluso nociva. La verdadera finalidad de la producción no estará
en cuántos hombres puede mantener un capital, sino en cuántos intereses
reporta, en la cuantía de las economías anuales. Igualmente
fue un grande y consecuente progreso de la reciente (XLI) Economía Política
inglesa el explicar con plena claridad (al mismo tiempo que eleva el trabajo a
principio único de la Economía Política) la relación inversa existente
entre el salario y el interés del capital y que el capitalista, por lo
regular, sólo con la reducción del salario puede ganar y
viceversa. La relación normal no sería la explotación del
consumidor sino la explotación reciproca de capitalista y trabajador. La
relación de la propiedad privada contiene latente en si la relación de la
propiedad privada como trabajo, así como la relación de la misma
como capital y la conexión de estas dos expresiones entre sí.
Es, de una parte, la producción de la actividad humana como trabajo, es decir,
como una actividad totalmente extraña a sí misma, extraña al hombre y a la
naturaleza y por ello totalmente extraña a la conciencia y a la manifestación
vital; la existencia abstracta del hombre como un puro hombre
de trabajo, que por eso puede diariamente precipitarse de su plena nada en
la nada absoluta, en su inexistencia social que es su real inexistencia. Es,
por otra parte, la producción del objeto de la actividad humana como capital,
en el que se ha extinguido toda determinación natural y social
del objeto y ha perdido la propiedad humana su cualidad natural y social (es
decir, ha perdido toda ilusión política y social, no se mezcla con ninguna
relación aparentemente humana), que también permanece el
mismo en los más diversos modos de existencia natural y social, y es
perfectamente indiferente respecto de su contenido real. Esta
oposición, llevada a su culminación, es necesariamente la culminación, la
cúspide y la decadencia de la relación toda. Por eso es también una gran hazaña
de la reciente Economía Política inglesa haber denunciado la renta de la tierra
como la diferencia entre los intereses del peor suelo dedicado a la agricultura
y el mejor suelo cultivado, haber aclarado las ilusiones románticas del
terrateniente (su presunta importancia social y la identidad de sus intereses
con los de la sociedad, que todavía afirma Adam Smith, siguiendo a
los fisiócratas) y haber anticipado y preparado el movimiento real que
transformará al terrateniente en un capitalista totalmente ordinario y
prosaico, simplificará y agudizará la contradicción y acelerara así su
solución. La tierra como tierra, la renta
de la tierra como renta de la tierra, han perdido allí
su diferencia estamental y se han convertido en capital
e interés que nada significan o, más exactamente, que sólo dinero
significan. La diferencia entre capital y tierra, entre
ganancia y renta de la tierra, así como la de ambas con el salario; la
diferencia entre industria y agricultura, propiedad privada mueble
e inmueble, es una diferencia histórica no fundaba en la
esencia de las cosas; la fijación de un momento de la
formación y el nacimiento de la oposición entre capital y trabajo. En la
industria, etcétera, en oposición a la propiedad inmobiliaria, sólo se expresa
el modo de nacimiento y la oposición en que se ha formado la industria con relación
a la agricultura. Esta diferencia sólo subsiste como un tipo especial de
trabajo, como una diferencia esencial, importante, vital,
mientras la industria (la vida urbana) se forma frente a la
propiedad rural (la vida aristocrática feudal) y lleva aún en si misma el
carácter feudal de su contrario en la forma del monopolio, el gremio, la
corporación, etc., dentro de cuyas determinaciones el trabajo tiene aún
una aparente significación social, tiene aún el
significado de la comunidad real, no ha progresado aún hasta la
indiferencia respecto del propio contenido, hasta el pleno ser para sí mismo,
es decir, hasta la abstracción de todo otro ser y por ello no llegado aún a
capital liberado.
(XLII) Pero el
desarrollo necesario del trabajo es la industria liberada,
constituida como tal para si, y el capital liberado. El poder de la
industria sobre su contrario se muestra en seguida en el surgimiento de
la agricultura como una verdadera industria, en tanto que
antes ella dejaba el principal trabajo al suelo y a los esclavosde
este suelo, mediante los cuales éste se cultivaba a sí mismo. Con la
transformación del esclavo en un trabajador libre, esto es, en un asalariado se
ha transformado el terrateniente en sí en un patrono industrial, en un
capitalista; transformación que ocurre, en primer lugar, por intermedio del
arrendatario. Pero elarrendatario es el representante, el
revelado secreto del terrateniente; sólo mediante él
existe económicamente, como propietario privado, pues las rentas de
sus tierras sólo existen por la competencia entre los arrendatarios.
Esencialmente el terrateniente se ha convertido, por tanto, ya en el arrendatario,
en un capitalista ordinario. Y esto tiene aún que consumarse en la realidad: el
capitalista que se dedica a la agricultura, el arrendatario, ha de convertirse
en terrateniente o viceversa. El tráfico industrial del
arrendatario es el del terrateniente, pues el ser del primero pone
al del segundo.
Como acordándose de
su supuesto nacimiento, de su origen, el terrateniente ve en el capitalista a
su petulante, liberado y enriquecido esclavo de ayer, y se ve a si mismo en
cuanto capitalista, amenazado por él. El capitalista ve en el
terrateniente al inútil, cruel y egoísta señor de ayer, sabe que le estorba en
cuanto capitalista; que, sin embargo, le debe a la industria toda su actual
importancia social; ve en él una oposición a la industria libre y
al libre capital, independiente de toda determinación natural.
Este antagonismo es sumamente amargo y se dice recíprocamente la verdad. Basta
con leer los ataques de la propiedad inmueble a la mueble y viceversa para
forjarse una gráfica imagen de su recíproca indignidad. El terrateniente hace
valer el origen noble de su propiedad, los recuerdos feudales, las
reminiscencias, la poesía del recuerdo, su entusiástica naturaleza, su
importancia política, etc., y cuando habla en economista dice que sólo la
agricultura es productiva. Pinta al mismo tiempo a su adversario como un canalla
adinerado, astuto, venal, mezquino, tramposo, codicioso, capaz de venderlo
todo, rebelde, sin corazón y sin espíritu, extraño al ser común que
tranquilamente vende por dinero, usurero, alcahuete, servil, intruso, adulador,
timador, que engendra, nutre y mima la competencia y con ella el pauperismo, el
crimen, la disolución de todos los lazos sociales, sin honor, sin principios,
sin poesía, sin nada. (Véase entre otros, al fisiócrata Bergasse, a quien ya
fustiga Camille Desmoulins en su periódico Revolutions de France et de
Brabant; véase v. Vincke, Lancizolle, Haller, Leo, Kosegarten, y véase
también Sismondi). La propiedad mueble, por su parte, señala las
maravillas de la industria y del movimiento; ella es el fruto de la época
moderna y su legítimo hijo unigénito Compadece a su adversario como a un
mentecato no ilustrado sobre su propio ser (y esto es
perfectamente cierto), que quisiera colocar en lugar del moral capital y del
trabajo libre, la inmoral fuerza bruta y la servidumbre; lo pinta como un Don
Quijote que bajo la apariencia de larectitud, la honorabilidad,
el interés general, la estabilidad, oculta
la incapacidad de movimiento, la codiciosa búsqueda de placeres, el egoísmo, el
interés particular, el torcido propósito; lo denuncia como un taimado monopolista; ensombrece sus
reminiscencias, su poesía y sus ilusiones en una enumeración histórica y
sarcástica de la bajeza, la crueldad, el envilecimiento, la prostitución, la
infamia, la anarquía y la rebeldía que tuvieron como talleres los románticos
castillos.
(XLIII) La
propiedad mobiliaria habría dado al pueblo la libertad política, desatado las
trabas de la sociedad civil, unido entre sí los mundos, establecido el
humanitario comercio, la moral pura, la amable cultura; en lugar de sus
necesidades primarias habría dado al pueblo necesidades civilizadas y los
medios de satisfacerlas, en tanto que el terrateniente (ese ocioso y molesto
acaparador de trigo) encarece para el pueblo los víveres más elementales y
obliga así al capitalista a elevar el salario sin poder elevar la fuerza
productiva; con ello estorba la renta anual de la nación, la acumulación de
capitales, esto es, la posibilidad de poder proporcionar trabajo al pueblo y
riqueza al país. Finalmente la anula totalmente, acarrea una decadencia general
y explota avaramente todas las ventajas de la civilización
moderna, sin hacer lo más mínimo por ella e incluso sin despojarse de sus
prejuicios feudales. Basta, por último, con que mire a su arrendatario (él,
para quien la agricultura y la tierra misma sólo existen como una fuente de
dinero que se la ha regalado) y diga si él no es un canalla honrado, fanático y astuto que
en corazón y en realidad hace tiempo que pertenece a la libre industria
y al dulce comercio por mas que se oponga a ellos y por más
que charle de recuerdos históricos y de finalidades morales o políticas. Todo
lo que realmente alega en su favor sólo es cierto respecto del cultivador
de la tierra (del capitalista y de los mozos de labranza), cuyo
enemigo es más bien el terrateniente; testimonia, pues, contra sí
mismo. Sin capital, la propiedad territorial sería materia
muerta y sin valor. Su civilizado triunfo es precisamente haber descubierto y
situado el trabajo humano en lugar de la cosa inanimada como fuente de la
riqueza. (Véase Paul
Louis Courier, St. Simon, Canilh, Ricardo, Mill, Mac Culloch, Destutt de Tracy
y Michel Chevalier.)
Del curso real del
proceso de desarrollo (intercalar aquí) se deduce el triunfo necesario
del capitalismo, es decir, de la propiedad privada ilustrada sobre
la no ilustrada, bastarda, sobre el terrateniente, de la misma
forma que, en general, ha de vencer el movimiento a la inmovilidad, la vileza
abierta y consciente de sí misma a la escondida e inconsciente, la codicia a
la avidez de placeres, el egoísmo declarado, incansable y
experimentado de la ilustración, al egoísmo local, simple, perezoso
y fantástico de la superstición; como el dinero ha de vencer a
todas las otras formas de la propiedad privada.
Los Estados, que
sospechan algo del peligro de la industria plenamente libre, de la moral
plenamente libre y del comercio humanitario, tratan de detener (aunque
totalmente en vano) la capitalización de la propiedad de la tierra.
La propiedad
de la tierra, en su diferencia respecto del capital, es la propiedad
privada, el capital, preso aún de los prejuicios locales y
políticos, que no ha vuelto aún a si mismo de su vinculación con el mundo, el
capital aún incompleto. Ha de llegar, en el curso de su configuración
mundial, a su forma abstracta, es decir, pura.
La relación de la
propiedad privada es trabajo, capital y la relación entre
ambos. El movimiento que estos elementos han de recorrer es el siguiente:
Primeramente:
Unidad inmediata y mediata
de ambos.
Capital y trabajo
primero aún unidos, luego separados, extrañados; pero exigiéndose y
aumentándose recíprocamente como condiciones positivas.
Oposición de ambos, se excluyen recíprocamente; el trabajador sabe que
el capitalista es la negación de su existencia y viceversa; cada uno de ellos
trata de arrebatar su existencia al otro.
Oposición de cada
uno de ellos consigo mismo, Capital = trabajo acumulado =
trabajo. Como tal descomponiéndose en sí mismo y sus intereses, así
como éstos a su vez se descomponen en intereses y beneficios.
Sacrificio total del capitalista. Cae en la clase obrera así como el obrero
—aunque sólo excepcionalmente— se hace capitalista. Trabajo como momento del
capital, sus costos. El salario, pues, sacrificio del capital.
Trabajo se
descompone en si mismo y el salario. El trabajador
mismo un capital, una mercancía. Colisión de oposiciones recíprocas.
Karl Marx
Manuscritos Económicos y filosóficos de 1844
[Propiedad privada y trabajo.
Economía política como producto
del movimiento de la propiedad privada.]
||I| Re la pág.
XXXVI. La esencia subjetiva de la propiedad privada, la propiedad
privada como actividad para sí, como sujeto, como persona,
es el trabajo. Se comprende, pues, que sólo la Economía Política que reconoció
como su principio al trabajo —Adam Smith—, que no vio ya en la
propiedad privada solamente una situación exterior al hombre,
ha de ser considerada tanto como un producto de la energía y
movimientos reales de la propiedad privada, cuanto como un producto de
la industria moderna; de la misma forma que la Economía
Política, de otra parte, ha acelerado y enaltecido la energía y el desarrollo
de esta industriay ha hecho de ella un poder de la conciencia. Ante
esta Economía Política ilustrada, que ha descubierto la esencia
subjetiva la riqueza —dentro de la propiedad privada—, aparecen
como adoradores de ídolos, como católicos, los
partidarios del sistema dinerario y mercantilista, que sólo ven la propiedad
privada como una esencia objetiva para el hombre. Por eso
Engels ha llamado con razón a Adam Smith el Lutero
de la Economía. Así como Lutero reconoció en la religión, en lafe,
la esencia del mundo real y se opuso por ello al paganismo
católico; así como él superó la religiosidad externa, al hacer de
la religiosidad la esencia íntima del hombre; así como él negó
el sacerdote exterior al laico; así también es superada la riqueza que se
encuentra fuera del hombre y es independiente de él —que ha de ser, pues,
afirmada y mantenida sólo de un modo exterior—, es decir, es superada ésta
su objetividad exterior y sin pensamiento, al
incorporarse la propiedad privada al hombre mismo y reconocerse el hombre mismo
como su esencia así, sin embargo, queda el hombre determinado por la propiedad
privada, como en Lutero queda determinado por la Religión. Bajo la apariencia
de un reconocimiento del hombre, la Economía Política, cuyo principio es el
trabajo, es más bien la consecuente realización de la negación del hombre al no
encontrarse ya él mismo en una tensión exterior con la esencia exterior de la
propiedad privada, sino haberse convertido el mismo en la tensa esencia de la
propiedad privada. Lo que antes era ser fuera de sí, enajenación
real del hombre, se ha convertido ahora en el acto de la enajenación, en
enajenación de sí. Si esa Economía Política comienza, pues, con un
reconocimiento aparente del hombre, de su independencia, de su libre actividad,
etcétera, al trasladar a la esencia misma del hombre la propiedad privada, no
puede ya ser condicionada por las determinaciones locales,
nacionales, etc., de la propiedad privada como un ser
que exista fuera de ella, es decir, si esa Economía Política desarrolla una
energía cosmopolita general, que derriba todo límite y toda
atadura, para situarse a si misma en su lugar como la única política
la única generalidad, el límite único, la única atadura,
así también ha de arrojar ella en su posterior desarrollo esta hipocresía y
ha de aparecer en su total cinismo. Y esto lo hace (despreocupada
de todas las contradicciones en que la enreda esta doctrina) al revelar de forma más
unilateral y por esto más aguda y más consecuente, que el
trabajo es la esencia única de la riqueza, probar lainhumanidad de
las consecuencias de esta doctrina, en oposición a aquella concepción
originaria, y dar por último, el golpe de gracia a aquella última forma de
existencia individual, natural, independiente del
trabajo, de la propiedad privada y fuente de riqueza: la renta de la
tierra, esta expresión de la propiedad feudal ya totalmente economificada e
incapaz por eso de rebeldía contra la Economía Política (Escuela de Ricardo).
No sólo aumenta el cinismo de la Economía Política
relativamente partir de Smith, pasando por Say, hasta Ricardo, Mill, etc., en
la medida en que a estos últimos se les ponen ante los ojos, de manera más
desarrollada y llena de contradicciones, las consecuencias de la Industria;
también positivamente van conscientemente cada vez más lejos que sus
predecesores en el extrañamiento respecto del hombre, y esto únicamente porque
su ciencia se desarrolla de forma más verdadera y consecuente. Al hacer de la
propiedad privada en su forma activa sujeto, esto es, al hacer simultáneamente
del hombre una esencia, y de hombre como no ser un ser, la contradicción de la
realidad se corresponde plenamente con el ser contradictorio que han reconocido
como principio. La desgarrada (II) realidad de la industria confirma
su principio desgarrado en si mismo lejos de refutarlo. Su
principio es justamente el principio de este desgarramiento.
La teoría
fisiocrática del Dr. Quesnay representa el tránsito del
mercantilismo a Adam Smith. La fisiocracia es, de forma
directa, la disolución económico—políticade la propiedad feudal,
pero por esto, de manera igualmente directa, la transformación
económico—política, la reposición de la misma, con la sola diferencia de
que su lenguaje no es ya feudal, sino económico. Toda riqueza se resuelve
en tierra y agricultura. La tierra no es aún capital,
es todavía una especial forma de existencia del mismo que debe valer en su
naturalidad, especialidad, y a causa de ella; pero la tierra es, sin embargo,
un elemento natural general, en tanto que el sistema
mercantilista no conocía otra existencia de la riqueza que el metal
noble. El objeto de la riqueza, su materia, ha recibido pues al
mismo tiempo, la mayor generalidad dentro de los limites de la
naturaleza en la medida en que, como naturaleza, es también
inmediatamente riqueza objetiva. Y la tierra solamente, es para el hombre
mediante el trabajo, mediante la agricultura. La esencia subjetiva de la
riqueza se traslada, por tanto, al trabajo. Al mismo tiempo, no obstante, la
agricultura es el único trabajo productivo. Todavía el trabajo no
es entendido en su generalidad y abstracción; está ligado aún como a su
materia, a un elemento natural especial; sólo es conocido
todavía en una especial forma de existencia naturalmente determinada.
Por eso no es todavía más que una enajenación del hombre determinada, especial,
lo mismo que su producto es comprendido aún como una riqueza determinada, mas
dependiente de la naturaleza del trabajo mismo. La tierra se reconoce aquí
todavía como una existencia natural, independiente del hombre, y no como
capital, es decir, no como un momento del trabajo mismo. Más bien aparece el
trabajo como momento suyo. Sin embargo, al reducirse el fetichismo de la
antigua riqueza exterior, que existía sólo como un objeto, a un elemento
natural muy simple, y reconocerse su esencia, aunque sea sólo parcialmente, en
su existencia subjetiva bajo una forma especial, está ya iniciado
necesariamente el siguiente paso de reconocer la esencia general de
la riqueza y elevar por ello a principio el trabajo en su forma más absoluta,
es decir, abstracta. Se le probaría a la fisiocracia que desde el punto de
vista económico el único justificado, la agricultura no es
distinta de cualquier otra industria, que la esencia de la
riqueza no es, pues, un trabajo determinado, un trabajo ligado a un
elemento especial, una determinada exteriorización del trabajo, sino el trabajo
en general.
La fisiocracia
niega la riqueza especial, exterior, puramente objetiva, al
declarar que su esencia es el trabajo. Pero de momento el
trabajo es para ella únicamente laesencia subjetiva de la propiedad
territorial (parte del tipo de propiedad que históricamente aparece
como dominante y reconocida); solamente a la propiedad territorial le permite
convertirse en hombre enajenado. Supera su carácter feudal al
declarar como su esencia la industria (agricultura);
pero se comporta negativamente con el mundo de la industria, reconoce la
esencia feudal, al declarar que la agricultura es la única industria.
Se comprende que
tan pronto como se capta la esencia subjetiva de
la industria que se constituye en oposición a la propiedad territorial, es
decir, como industria, esta esencia incluye en sí a aquel su contrario. Pues
así como la industria abarca a la propiedad territorial superada, así también
su esencia subjetiva abarca, al mismo tiempo, a la esencia
subjetiva de ésta.
Del mismo modo que
la propiedad territorial es la primera forma de la propiedad privada, del mismo
modo que históricamente la industria se le opone inicialmente sólo como una
forma especial de propiedad (o, más bien, es el esclavo librado de la propiedad
territorial), así también se repite este proceso en la comprensión científica
de la esencia subjetiva de la propiedad privada, en la
comprensión científica del trabajo; el trabajo aparece primero
únicamente como trabajo agrícola, para hacerse después valer como trabajo en
general.
(III) Toda riqueza
se ha convertido en riqueza industrial, en riqueza del
trabajo, y la industria es el trabajo concluido y pleno del mismo modo que
el sistema fabriles la esencia perfeccionada de la industria,
es decir, del trabajo, y el capital industrial es la forma
objetiva conclusa de la propiedad privada.
Vemos cómo sólo
ahora puede perfeccionar la propiedad privada su dominio sobre el hombre y
convertirse, en su forma más general, en un poder histórico-universal.
[Propiedad privada y comunismo]
Re la pág. XXXIX.
Pero la oposición entre carencia de propiedad y propiedad es
una oposición todavía indiferente, no captada aún en su relación activa,
en su conexión interna, no captada aún como contradicción,
mientras no se la comprenda como la oposición de trabajo y capital.
Incluso sin el progresivo movimiento de la propiedad privada que se da, por
ejemplo: en la antigua Roma, en Turquía, etc. puede expresarse esta oposición
en la primera forma. Así no aparece aún como
puesta por la propiedad privada misma. Pero el trabajo, la esencia subjetiva de
la propiedad privada como exclusión de la propiedad, y el capital, el trabajo
objetivo como exclusión del trabajo, son la propiedad privada como
una relación desarrollada basta la contradicción y por ello una relación
enérgica que impulsa a la disolución.
ad. ibídem.
La superación del extrañamiento de si mismo sigue el mismo camino que éste. En
primer lugar la propiedad privada es contemplada sólo en su
aspecto objetivo, pero considerando el trabajo como su esencia. Su forma de
existencia es por ello el capital que ha de ser superado «en
cuanto tal» (Proudhon). O se toma una forma especial de
trabajo (el trabajo nivelado, parcelado y, en consecuencia, no libre) como
fuente de la nocividad de la propiedad privada y de su
existencia extraña al hombre (Fourier, quien, de acuerdo con los fisiócratas,
considera de nuevo el trabajo agrícola como el trabajo por
excelencia; Saint Simon, por el contrario, declara que el trabajo
industrial, como tal, es la esencia y aspira al dominio exclusivo de
los industriales y al mejoramiento de la situación de los obreros). El comunismo,
finalmente, es la expresión positiva de la propiedad privada
superada; es, en primer lugar, la propiedad privada general. Al
tomar esta relación en su generalidad, el comunismo es: 1º) En su
primera forma solamente una generalización y conclusión de
la misma; como tal se muestra en una doble forma: de una parte el dominio de la
propiedad material es tan grande frente a el, que el quiere
aniquilar todo lo que no es susceptible de ser
poseído por todos
como propiedad privada; quiere prescindir de forma violenta del
talento, etc. La posesión física inmediata representa para él
la finalidad única de la vida y de la existencia; el destine del obrero no es
superado, sino extendido a todos los hombres; la relación de la propiedad
privada continúa siendo la relación de la comunidad con el mundo de las cosas;
finalmente se expresa este movimiento de oponer a la propiedad privada la
propiedad general en la forma animal que quiere oponer al matrimonio (que por
lo demás es una forma de la propiedad privada
exclusiva) la comunidad de las mujeres, en que la mujer se
convierte en propiedad comunal y común. Puede decirse que esta idea
de la comunidad de mujeres es el secreto a voces de
este comunismo todavía totalmente grosero e irreflexivo. Así como la mujer sale
del matrimonio para entrar en la prostitución general, así también el mundo
todo de la riqueza es decir, de la esencia objetiva del hombre, sale de la
relación del matrimonio exclusivo con el propietario privado para entrar en la
relación de la prostitución universal con la comunidad. Este comunismo, al
negar por completo la personalidad del hombre, es justamente
la expresión lógica de la propiedad privada, que es esta negación. La envidia general
y constituida en poder no es sino la forma escondida en que la codicia se
establece y, simplemente, se satisface de otra manera. La idea
de toda propiedad privada en cuanto tal se vuelve, por lo menos contra
la propiedad privada más rica como envidia deseo de nivelación, de manera que
al estas pasiones las que integran el ser de la competencia. El comunismo
grosero no es más que el remate de esta codicia y de esta nivelación a partir
del mínimo representado. Tiene una medidadeterminada y limitada.
Lo poco que esta superación de la propiedad privada tiene de verdadera
apropiación lo prueba justamente la negación abstracta de todo el mundo de la
educación y de la civilización, el regreso a la antinatural (IV)
simplicidad del hombre pobre y sin necesidades, que no sólo no
ha superado la propiedad privada, sino que ni siquiera ha llegado hasta ella.
La comunidad es
sólo una comunidad de trabajo y de la igualdad del salario que
paga el capital común: la comunidad como capitalista general.
Ambos términos de la relación son elevados a una generalidad imaginaria:
el trabajo como la determinación en que todos se encuentran
situados, el capital como la generalidad y el poder
reconocidos de la comunidad.
En la relación con
la mujer, como presa y servidora de la lujuria comunitaria, se
expresa la infinita degradación en la que el hombre existe para si mismo, pues
el secreto de esta relación tiene su expresión inequívoca,
decisiva, manifiesta, revelada, en la relación del hombre con
la mujer y en la forma de concebirlainmediata y natural relación
genérica. La relación inmediata, natural y necesaria del hombre con el hombre,
es la relación del hombre con la mujer. En
esta relación natural de los géneros, la relación del hombre
con la naturaleza es inmediatamente su relación con el hombre, del mismo modo
que la relación con el hombre es inmediatamente su relación con la naturaleza,
su propia determinación natural. En esta relación se
evidencia, pues, de manera sensible, reducida a unhecho visible,
en qué medida la esencia humana se ha convertido para el hombre en naturaleza o
en qué medida la naturaleza se ha convertido en esencia humana del hombre. Con
esta relación se puede juzgar él grado de cultura del hombre en su totalidad.
Del carácter de esta relación se deduce la medida en que el hombre se
ha convertido en ser genérico, en hombre, y se ha
comprendido como tal; la relación del hombre con la mujer es la relación más
natural del hombre con el hombre. En ella se muestra en qué medida la
conducta natural del hombre se ha hecho humana o
en qué medida su naturaleza humana se ha hecho para él naturaleza.
Se muestra también en esta relación la extensión en que la necesidad del
hombre se ha hecho necesidad humana, en qué extensión el otro hombre
en cuanto hombre se ha convertido para él en necesidad; en qué medida él, en su
más individual existencia, es, al mismo tiempo, ser colectivo.
La primera
superación positiva de la propiedad privada, el comunismo grosero,
no es por tanto más que una forma de mostrarse la vileza de la
propiedad privada que se quiere instaurar como comunidad positiva.
2º) El
comunismo a) Aún de naturaleza política, democrática; b) Con
su superación del Estado, pero al mismo tiempo aún con esencia incompleta y
afectada por la propiedad privada, es decir, por la enajenación del hombre. En
ambas formas el comunismo se conoce ya como reintegración o vuelta a sí del
hombre, como superación del extrañamiento de si del hombre, pero como no ha
captado todavía la esencia positiva de la propiedad privada, y memos aún ha
comprendido la naturaleza humana de la necesidad, está aún prisionero
e infectado por ella. Ha comprendido su concepto, pero aún no su esencia.
3º) El comunismo
como superación positiva de la propiedad privada en
cuanto autoextrañamiento del hombre, y por ello como apropiación real
de la esenciahumana por y para el hombre; por ello como retorno del
hombre para sí en cuanto hombre social, es decir, humano; retorno
pleno, consciente y efectuado dentro de toda la riqueza de la evolución humana
hasta el presente. Este comunismo es, como completo naturalismo = humanismo,
como completo humanismo = naturalismo; es la verdadera solución del conflicto
entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y el hombre, la solución
definitiva del litigio entre existencia y esencia, entre objetivación y
autoafirmación, entre libertad y necesidad, entre individuo y género. Es el
enigma resuelto de la historia y sabe que es la solución.
(V) El movimiento
entero de la historia es, por ello, tanto su generación real —el
nacimiento de su existencia empírica— como, para su conciencia pensante, el
movimiento comprendido y conocido de su devenir.
Mientras tanto, aquel comunismo aún incompleto busca en las figuras históricas
opuestas a la propiedad privada, en lo existente, una prueba en su favor,
arrancando momentos particulares del movimiento (Cabet, Villegardelle,
etcétera, cabalgan especialmente sobre este caballo) y presentándolos como
pruebas de su florecimiento histórico pleno, con lo que demuestra que la parte
inmensamente mayor de este movimiento contradice sus afirmaciones y que, si ha
sido ya una vez, su ser pasado contradice precisamente su
pretensión a la esencia.
Es fácil ver la
necesidad de que todo el movimiento revolucionario encuentre su base, tanto
empírica como teórica, en el movimiento de la propiedad privada, en
la Economía.
Esta propiedad
privada material, inmediatamente sensible, es la
expresión material y sensible de la vida humana enajenada. Su movimiento —la
producción y el consumo— es la manifestación sensible del
movimiento de toda la producción pasada, es decir, de la realización o realidad
del hombre. Religión, familia, Estado, derecho, moral, ciencia, arte, etc., no
son más que formas especiales de la producción y caen bajo su
ley general. La superación positiva de la propiedad privadacomo
apropiación de la vida humana es por ello la superación positiva de
toda enajenación, esto es, la vuelta del hombre desde la Religión, la familia,
el Estado, etc., a su existencia humana, es decir, social. La
enajenación religiosa, como tal, transcurre sólo en el dominio de la conciencia,
del fuero interno del hombre, pero la enajenación económica pertenece a la vida
real; su superación abarca por ello ambos aspectos. Se comprende que el
movimiento tome su primer comienzo en los distintos pueblos en
distinta forma, según que la verdadera vida reconocida del
pueblo transcurra más en la conciencia o en el mundo exterior, sea más la vida
ideal o la vida material. El comunismo empieza en seguida con el ateísmo
(Owen), el ateísmo inicialmente está aún muy lejos de ser comunismo,
porque aquel ateísmo es aún más bien una abstracción ...
La filantropía del
ateísmo es, por esto, en primer lugar, solamente una filantropía filosófica abstracta,
la del comunismo es inmediatamente real y directamente tendida
hacia la acción.
Hemos vista cómo,
dado el supuesto de la superación positiva de la propiedad privada el hombre
produce al hombre, a sí mismo y al otro hombre; cómo el objeto, que es la
realización inmediata de su individualidad, es al mismo tiempo su propia
existencia para el otro hombre, la existencia de éste y la existencia de éste
para él. Pero, igualmente, tanto el material del trabajo como el hombre en
cuanto sujeto son, al mismo tiempo, resultado y punto de partida del movimiento
(en el hecho de que ha de ser este punto de partida reside
justamente la necesidad histórica de la propiedad privada). El
carácter social es, pues, el carácter general de todo el
movimiento; así como es la sociedad misma la que produce al hombre en
cuanto hombre, así también es producida por él. La
actividad y el goce son también sociales, tanto en su modo de
existencia como en su contenido; actividad social y goce social.
La esencia humana de la naturaleza no existe más que para el
hombre social, pues sólo así existe para él como vínculo con
el hombre, como existencia suya para el otro y existencia del otro para él,
como elemento vital de la realidad humana; sólo así existe como fundamento de
su propia existencia humana. Sólo entonces se convierte para él su
existencia natural en su existenciahumana, la
naturaleza en hombre. La sociedad es, pues, la plena unidad
esencial del hombre con la naturaleza, la verdadera resurrección de la
naturaleza, el naturalismo realizado del hombre y el realizado humanismo de la
naturaleza.
(VI) La actividad
social y el goce social no existen, ni mucho menos, en la forma única de
una actividad inmediatamente comunitaria y de un goce
inmediatamentecomunitario, aunque la actividad comunitaria y
el goce comunitario es decir, la actividad y el goce que se
exteriorizan y afirman inmediatamente en real sociedadcon otros
hombres, se realizarán dondequiera que aquella expresión inmediata de
la sociabilidad se funde en la esencia de su ser y se adecue a su naturaleza.
Pero incluso cuando
yo sólo actúo científicamente, etc., en una actividad que yo mismo
no puedo llevar a cabo en comunidad inmediata con otros, también soysocial,
porque actúo en cuanto hombre. No sólo el material de mi actividad
(como el idioma, merced al que opera el pensador) me es dado como producto
social, sino que mi propia existencia es actividad social,
porque lo que yo hago lo hago para la sociedad y con conciencia de ser un ente
social.
Mi conciencia general es
sólo la forma teórica de aquello cuya forma viva es la
comunidad real, el ser social, en tanto que hoy en día la
conciencia general es una abstracción de la vida real y como
tal se le enfrenta. De aquí también que la actividad de mi
conciencia general, como tal, es mi existencia teórica como
ser social.
Hay que evitar ante
todo el hacer de nuevo de la «sociedad» una abstracción frente al individuo. El
individuo es el ser social. Su exteriorización vital (aunque no
aparezca en la forma inmediata de una exteriorización vital comunitaria,
cumplida en unión de otros) es así una exteriorización y afirmación de la vida
social. La vida individual y la vida genérica del hombre no son distintas,
por más que, necesariamente, el modo de existencia de la vida individual sea un
modo más particular o más general de la vida
genérica, o sea la vida genérica una vida individual más particular o general.
Como consecuencia
genérica afirma el hombre su real vida social y no
hace más que repetir en el pensamiento su existencia real, así como, a la
inversa, el ser genérico se afirma en la conciencia genérica y es para si, en
su generalidad, como ser pensante.
El hombre así, por
más que sea un individuo particular (y justamente es su particularidad la que
hace de él un individuo y un ser social individual real), es,
en la misma medida, la totalidad, la totalidad ideal, la existencia
subjetiva de la sociedad pensada y sentida para sí, del mismo modo que también
en la realidad existe como intuición y goce de la existencia social y como una
totalidad de exteriorización vital humana.
Pensar y ser están,
pues, diferenciados y, al mismo tiempo, en unidad el
uno con el otro.
La muerte parece
ser una dura victoria del género sobre el individuo y contradecir la unidad de
ambos; pero el individuo determinado es sólo un ser genéricodeterminado y,
en cuanto tal, mortal.
4) Comoquiera que
la propiedad privada es sólo la expresión sensible del hecho
de que el hombre se hace objetivo para si y, al mismo tiempo,
se convierte más bien en un objeto extraño e inhumano, del hecho de que su
exteriorización vital es su enajenación vital y su realización su
desrealizacion, una realidad extraña, la superación positiva de la
propiedad privada, es decir, la apropiación sensible por y
para el hombre de la esencia y de la vida humanas, de las obras humanas no ha
de ser concebida sólo en el sentido del goce inmediato, exclusivo,
en el sentido de la posesión, del tener. El hombre se
apropia su esencia universal de forma universal, es decir, como hombre total.
Cada una de sus relaciones humanas con el mundo (ver, oír,
oler, gustar, sentir, pensar, observar percibir, desear, actuar, amar), en
resumen, todos los órganos de su individualidad, como los órganos que son
inmediatamente comunitarios en su forma (VII), son, en su comportamientoobjetivo,
en su comportamiento hacia el objeto, la apropiación de éste. La
apropiación de la realidad humana, su comportamiento hacia el
objeto, es laafirmación de la realidad humana; es, por esto, tan
polifacética como múltiples son las determinaciones esenciales y
las actividades del hombre; es la eficacia humana y el sufrimiento del
hombre, pues el sufrimiento, humanamente entendido, es un goce propio del
hombre.
La propiedad
privada nos ha hecho tan estúpidos y unilaterales que un objeto sólo es nuestro cuando
lo tenemos, cuando existe para nosotros como capital o cuando es inmediatamente
poseído, comido, bebido, vestido, habitado, en resumen, utilizado por
nosotros. Aunque la propiedad privada concibe, a su vez, todas esas
realizaciones inmediatas de la posesión sólo como medios de vida y
la vida a la que sirven como medios es la vida de la propiedad, el
trabajo y la capitalización.
En lugar de todos los
sentidos físicos y espirituales ha aparecido así la simple enajenación de todos estos
sentidos, el sentido del tener. El ser humano tenía que ser
reducido a esta absoluta pobreza para que pudiera alumbrar su riqueza interior
(sobre la categoría del tener, véase Hess, en los Einnundzwanzig
Bogen).
La superación de la
propiedad privada es por ello, la emancipación plena de todos
los sentidos y cualidades humanos; pero es esta emancipación precisamente
porque todos estos sentidos y cualidades se han hecho humanos,
tanto en sentido objetivo como subjetivo. El ojo se ha hecho un ojo humano,
así como su objetose ha hecho un objeto social, humano,
creado por el hombre para el hombre. Los sentidos se han hecho así
inmediatamente teóricos en su práctica. Se relacionan con
la cosa por amor de la cosa, pero la cosa misma es una
relación humana objetiva para sí y para el hombre
y viceversa. Necesidad y goce han perdido con ello su naturaleza egoísta y
la naturaleza ha perdido su pura utilidad, al convertirse la
utilidad en utilidad humana.
Igualmente, los
sentidos y el goce de los otros hombres se han convertido en mi propia apropiación.
Además de estos órganos inmediatos se constituyen así órganossociales,
en la forma de la sociedad; así, por ejemplo, la actividad
inmediatamente en sociedad con otros, etc., se convierte en un órgano de
mi manifestación vitaly en modo de apropiación de la vida humana.
Es evidente que el
ojo humano goza de modo distinto que el ojo bruto, no humano,
que el oído humano: goza de manera distinta que el bruto, etc.
Como hemos visto,
únicamente cuando el objeto es para el hombre objeto humano u
hombre objetivo deja de perderse el hombre en su objeto, Esto sólo es posible
cuando el objeto se convierte para él en objeto social y él
mismo se convierte en ser social y la sociedad, a través de este objeto, se
convierte para él en ser.
Así, al hacerse
para el hombre en sociedad la realidad objetiva realidad de las fuerzas humanas
esenciales, realidad humana y, por ello, realidad de sus propias fuerzas
esenciales se hacen para él todos los objetos objetivación de
si mismo, objetos que afirman y realizan su individualidad, objetos suyos,
esto es, él mismo se hace objeto. El modo en que se hagan
suyos depende de la naturaleza del objeto y de la naturaleza
de la fuerza esencial a ella correspondiente, pues justamente
la certeza de esta relación configura el modo
determinado real, de la afirmación. Un objeto es distinto para
el ojo que para el oído y el objeto del
ojo es distinto que el del oído. La peculiaridad
de cada fuerza esencial es precisamente su ser peculiar, luego
también el modo peculiar de su objetivación de su ser objetivo real,
de su ser vivo. Por esto el hombre se afirma en el mundo objetivo no sólo en
pensamiento (VIII), sino con todos los sentidos.
De otro modo, y
subjetivamente considerado, así como sólo la música despierta el sentido
musical del hombre, así como la más bella música no tiene sentido algunopara
el oído no musical, no es objeto, porque mi objeto sólo puede ser la afirmación
de una de mis fuerzas esenciales, es decir, sólo es para mí en la medida en que
mi fuerza es para él como capacidad subjetiva, porque el sentido del objeto
para mí (solamente tiene un sentido a él correspondiente) llega justamente
hasta donde llega mi sentido, así también son los sentidos del
hombre social distintos de los del no social. Sólo a través de
la riqueza objetivamente desarrollada del ser humano es, en parte cultivada, en
parte creada, la riqueza de la sensibilidad humana subjetiva,
un oído musical, un ojo para la belleza de la forma. En resumen, sólo así se
cultivan o se crean sentidos capaces de goces humanos,
sentidos que se afirman como fuerzas esenciales humanas. Pues no
sólo los cinco sentidos, sino también los llamados sentidos espirituales, los
sentidos prácticos (voluntad, amor, etc.), en una palabra, el sentido humano,
la humanidad de los sentidos, se constituyen únicamente mediante la existencia
de su objeto, mediante la naturaleza humanizada.
La formación de los cinco sentidos es un trabajo de toda la historia universal
hasta nuestros días. El sentido que es presa de la grosera
necesidad práctica tiene sólo un sentido limitado. Para el hombre
que muere de hambre no existe la forma humana de la comida, sino únicamente su
existencia abstracta de comida; ésta bien podría presentarse en su forma más
grosera, y seria imposible decir entonces en qué se distingue esta actividad
para alimentarse de la actividad animal para alimentarse. El
hombre necesitado, cargado de preocupaciones, no tiene sentido para el más
bello espectáculo. El traficante en minerales no ve más que su valor comercial,
no su belleza o la naturaleza peculiar del mineral, no tiene sentido mineralógico.
La objetivación de la esencia humana, tanto en sentido teórico como en sentido
práctico, es, pues, necesaria tanto para hacer humano el sentido del
hombre como para crear el sentido humano correspondiente a la
riqueza plena de la esencia humana y natural.
Así como la
sociedad en formación encuentra a través del movimiento de la propiedad
privada, de su riqueza y su miseria —o de su riqueza y su miseria espiritual y
material— todo el material para esta formación, así la
sociedad constituida produce, como su realidad durable, al hombre en esta plena
riqueza de su ser, al hombre rica y profundamente dotado de todos los
sentidos.
Se ve, pues, cómo
solamente en el estado social subjetivismo y objetivismo, espiritualismo y
materialismo, actividad y pasividad, dejan de ser contrarios y pierden con ello
su existencia como tales contrarios; se ve cómo la solución de las mismas
oposiciones teóricas sólo es posible de modo práctico sólo es
posible mediante la energía práctica del hombre y que, por ello, esta solución
no es, en modo alguno, tarea exclusiva del conocimiento, sino una verdadera
tarea vital que la Filosofía no pudo resolver precisamente
porque la entendía únicamente como tarea teórica.
Se ve cómo la
historia de la industria y la existencia, que se ha hecho objetiva,
de la industria, son el libro abierto de las fuerzas
humanas esenciales, lapsicología humana abierta a los sentidos,
que no había sido concebida hasta ahora en su conexión con la esencia del
hombre, sino sólo en una relación externa de utilidad, porque, moviéndose
dentro del extrañamiento, sólo se sabia captar como realidad de las fuerzas
humanas esenciales y como acción humana genérica la existencia
general del hombre, la Religión o la Historia en su esencia general y
abstracta, como Política, Arte, Literatura, etc. (IX). En la industria
material ordinaria (que puede concebirse cómo parte de aquel
movimiento general, del mismo modo que puede concebirse a éste como una
parte especial de la industria, pues hasta ahora toda
actividad humana era trabajo, es decir, industria, actividad extrañada de al
misma) tenemos ante nosotros, bajo la forma de objetos sensibles,
extraños y útiles, bajo la forma de la enajenación, las fuerzas esenciales
objetivadas del hombre. Una psicología para la que
permanece cerrado este libro, es decir, justamente la parte más sensiblemente
actual y accesible de la Historia, no puede convertirse en una ciencia real con
verdadero contenido. ¿Qué puede pensarse de una ciencia que orgullosamente hace
abstracción de esta gran parte del trabajo humano y no se siente inadecuada en
tanto que este extenso caudal del obrar humano no le dice otra cosa que lo que
puede, si acaso, decirse en una sola palabra: «necesidad», «vulgar necesidad»?
Las ciencias
naturales han desarrollado una enorme actividad y se han adueñado de
un material que aumenta sin cesar. La filosofía, sin embargo, ha permanecido
tan extraña para ellas como ellas para la filosofía. La momentánea unión fue
sólo una fantástica ilusión. Existía la voluntad, pero faltaban los
medios. La misma historiografía sólo de pasada se ocupa de las ciencias
naturales en cuanto factor de ilustración, de utilidad, de grandes
descubrimientos particulares. Pero en la medida en que, mediante la industria,
la Ciencia natural se ha introducido prácticamente en la vida
humana, la ha transformado y ha preparado la emancipación humana, tenia que
completar inmediatamente la deshumanización, La industria es la relación
histórica real de la naturaleza (y, por ello, de la Ciencia
natural) con el hombre; por eso, al concebirla como develación esotérica de
las fuerzas humanas esenciales, se comprende
también la esencia humana de la naturaleza o la esencia natural del
hombre; con ello pierde la Ciencia natural su orientación abstracta, material,
o mejor idealista, y se convierte en base de la ciencia humana, del
mismo modo que se ha convertido ya (aunque en forma enajenada) en base de la
vida humana real. Dar una base a la vida y otra a la ciencia es,
pues, de antemano, una mentira. La naturaleza que se desarrolla en la historia
humana (en el acto de nacimiento de la sociedad humana) es la verdadera naturaleza
del hombre; de ahí que la naturaleza, tal como, aunque en forma enajenada, se
desarrolla en la industria, sea la verdadera naturaleza antropológica.
La sensibilidad
(véase Feuerbach) debe ser la base de toda ciencia. Sólo cuando parte de ella
en la doble forma de conciencia sensible y de necesidad sensible,
es decir, sólo cuando parte de la naturaleza, es la ciencia verdadera ciencia.
La Historia toda es la historia preparatoria de la conversión del «hombre»
en objeto de la conciencia sensible y de la necesidad del
«hombre en cuanto hombre» en necesidad. La Historia misma es una parte real de
la Historia Natural, de la conversión de la naturaleza en hombre.
Algún día la Ciencia natural se incorporará la Ciencia del hombre, del mismo
modo que la Ciencia del hombre se incorporará la Ciencia natural; habrá una sola
Ciencia.
(X) El hombre es el
objeto inmediato de la Ciencia natural pues la naturaleza sensible inmediata
para el hombre es inmediatamente la sensibilidad humana (una expresión
idéntica) en la forma del otro hombre sensiblemente presente
para él; pues su propia sensibilidad sólo; a través del otro existe
para él como sensibilidad humana. Pero la naturaleza es el
objeto inmediato de la Ciencia del hombre. El primer objeto del
hombre —el hombre— es naturaleza, sensibilidad, y las especiales fuerzas
esenciales sensibles del ser humano sólo en la Ciencia del mundo natural pueden
encontrar su autoconocimiento, del mismo modo que sólo en los objetos naturales pueden
encontrar su realización objetiva. El elemento del pensar mismo, el elemento de
la exteriorización vital del pensamiento, el lenguaje, es
naturaleza sensible. La realidad social de la naturaleza y la
Ciencia natural humana o Ciencia natural del hombre son
expresiones idénticas.
Se ve como en lugar
de la riqueza y la miseria de la Economía
Política aparece el hombre rico y la rica necesidad humana.
El hombre rico es, al mismo tiempo, el hombre necesitado de
una totalidad de exteriorización vital humana. El hombre en el que su propia
realización existe como necesidad interna, como urgencia. Nosólo la
riqueza, también la pobreza del hombre, recibe igualmente en una perspectiva
socialista un significado humano y, por eso, social. La
pobreza es el vinculo pasivo que hace sentir al hombre como necesidad la mayor
riqueza, el otro hombre. La dominación en mi del ser objetivo,
la explosión sensible de mi actividad esencial, es la pasión que,
con ello, se convierte aquí en la actividad de mi ser.
5) Un ser sólo
se considera independiente en cuanto es dueño de sí y sólo es dueño de sí en
cuanto se debe a sí mismo su existencia. Un hombre que vive por
gracia de otro se considera a si mismo un ser dependiente. Vivo, sin embargo,
totalmente por gracia de otro cuando le debo no sólo el mantenimiento de mi
vida, sino que él además ha creado mi vida, es la fuente de
mi vida; y mi vida tiene necesariamente fuera de ella el fundamento cuando no
es mi propia creación. Lacreación es, por ello, una representación
muy difícilmente eliminable de la conciencia del pueblo. El ser por sí mismo de
la naturaleza y del hombre le resulta inconcebible porque contradice todos
los hechos tangibles de la vida práctica.
La creación
de la tierra ha recibido un potente golpe por parte de la Geognosia,
es decir, de la ciencia que explica la constitución de la tierra, su
desarrollo, como un proceso, como autogénesis. La generatio aequivoca es
la única refutación práctica de la teoría de la creación.
Ahora bien, es
realmente fácil decirle al individuo aislado lo que ya Aristóteles dice: Has
sido engendrado por tu padre y tu madre, es decir, ha sido el coito de dos
seres humanos, un acto genérico de los hombres, lo que en ti ha producido al
hombre. Ves, pues, que incluso físicamente el hombre debe al hombre su
existencia. Por esto no debes fijarte tan sólo en un aspecto,
el progreso infinito; y preguntar sucesivamente: ¿Quién engendró a
mi padre? ¿Quién engendró a su abuelo?, etc. Debes fijarte también en el movimiento
circular, sensiblemente visible en aquel progreso, en el cual el hombre se
repite a si mismo en la procreación, es decir, elhombre se mantiene
siempre como sujeto. Tú contestarás, sin embargo: le concedo este movimiento
circular, concédeme tú el progreso que me empuja cada vez más lejos, hasta que
pregunto, ¿quien ha engendrado el primer hombre y la naturaleza en general?
Sólo puedo responder: tu pregunta misma es un producto de la abstracción.
Pregúntate cómo has llegado a esa pregunta: pregúntate si tu pregunta no
proviene de un punto de vista al que no puedo responder porque es absurdo.
Pregúntate si ese progreso existe cómo tal para un pensamiento racional. Cuando
preguntas por la creación del hombre y de la naturaleza haces abstracción del
hombre y de la naturaleza. Los supones como no existentes y
quieres que te los pruebe como existentes. Ahora te digo, prescinde
de tu abstracción y así prescindirás de tu pregunta, o si quieres aferrarte a
tu abstracción, sé consecuente, y si aunque pensando al hombre y a la
naturaleza como no existente (IX) piensas, piénsate a ti mismo
como no existente, pues tú también eres naturaleza y hombre. No pienses, no me
preguntes, pues en cuanto piensas y preguntas pierde todo sentido tu abstracción del
ser de la naturaleza y el hombre. ¿O eres tan egoísta que supones todo como
nada y quieres ser sólo tú?
Puedes replicarme:
no supongo la nada de la naturaleza, etc.: te pregunto por su acto de
nacimiento, como pregunto al anatomista por la formación de los huesos,
etc.
Sin embargo, como
para el hombre socialista toda la llamada historia universal no
es otra cosa que la producción del hombre por el trabajo humano, el devenir de
la naturaleza para el hombre tiene así la prueba evidente, irrefutable, de
su nacimiento de sí mismo, de su proceso de
originación. Al haberse hecho evidente de una manera practica y sensible
la esencialidad del hombre en la naturaleza; al haberse
evidenciado, práctica y sensiblemente, el hombre para el hombre como existencia
de la naturaleza y la naturaleza para el hombre como existencia del hombre, se
ha hecho prácticamente imposible la pregunta por un ser extraño,
por un ser situado por encima de la naturaleza y del hombre (una pregunta que
encierra el reconocimiento de la no esencialidad de la naturaleza y del
hombre). El ateísmo, en cuanto negación de esta carencia de
esencialidad, carece ya totalmente de sentido, pues el ateísmo es una negación de
Dios y afirma, mediante esta negación, la existencia del hombre;
pero el socialismo, en cuanto socialismo, no necesita ya de tal mediación; él
comienza con la conciencia sensible, teórica y práctica, del hombre
y la naturaleza como esencia. Es autoconciencia positiva del
hombre, no mediada ya por la superación de la Religión, del mismo modo que
la vida real es la realidad positiva del hombre, no mediada ya
por la superación de la propiedad privada, el comunismo. El
comunismo es la posición como negación de la negación, y por eso el
momento real necesario, en la evolución histórica inmediata,
de la emancipación y recuperación humana. El comunismo es la
forma necesaria y el principio dinámico del próximo futuro, pero el comunismo
en si no es la finalidad del desarrollo humano, la forma de la sociedad humana.
|XI||
[Requisitos humanos y división del trabajo
bajo el dominio de la propiedad privada]
||XIV| (7) Hemos
visto que significación tiene, en el supuesto del socialismo, la riqueza de
las necesidades humanas, y por ello también un nuevo modo de producción y
un nuevo objeto de la misma. Nueva afirmación de la fuerza
esencial humana y nuevo enriquecimiento de la esencia humana.
Dentro de la propiedad privada el significado inverso. Cada individuo especula
sobre el modo de crear en el otro una nueva necesidad para
obligarlo a un nuevo sacrificio, para sumirlo en una nueva dependencia, para
desviarlo hacia una nueva forma del placer y con ello de la
ruina económica. Cada cual trata de crear una fuerza esencial extraña sobre el
otro, para encontrar así satisfacción a su propia necesidad egoísta. Con la
masa de objetos crece, pues, el reino de los seres ajenos a los que el hombre
está sometido y cada nuevo producto es una nueva potencia del
reciproco engaño y la reciproca explotación. El hombre, en cuanto hombre, se
hace más pobre, necesita más del dinero para adueñarse del ser
enemigo, y el poder de su dinero disminuye en relación inversa
a la masa de la producción, es decir; su menesterosidad crece cuando el poder del
dinero aumenta. La necesidad de dinero es así la verdadera necesidad producida
por la Economía Política y la única necesidad que ella produce. La cantidad de
dinero es cada vez más su única propiedad importante. Así como él
reduce todo ser a su abstracción, así se reduce él en su propio movimiento a
ser cuantitativo. La desmesura y el exceso es su verdadera medida.
Incluso
subjetivamente esto se muestra, en parte, en el hecho de que el aumento de la
producción y de las necesidades se convierte en el esclavo ingenioso y
siempre calculador de caprichos inhumanos, refinados,
antinaturales, e imaginarios. La propiedad privada no sabe hacer de
la necesidad bruta necesidad humana; su idealismo es la fantasía,
la arbitrariedad, el antojo. Ningún eunuco adula más
bajamente a su déspota o trata con más infames medios de estimular su agotada
capacidad de placer para granjearse más monedas, para hacer salir las aves de
oro del bolsillo de sus prójimos cristianamente amados. (Cada producto es un
reclamo con el que se quiere ganar el ser de los otros, su dinero; toda
necesidad real o posible es una debilidad que arrastrará las moscas a la miel,
la explotación general de la esencia comunitaria del hombre. Así como toda
imperfección del hombre es un vinculo con los cielos, un flanco por el que su
corazón es accesible al sacerdote, todo apuro es una ocasión para aparecer del
modo más amable ante el prójimo y decirle: querido amigó, te doy lo que
necesitas, pero ya conoces laconditio sine qua non, ya sabes con que
tinta te me tienes que obligar; te despojo al tiempo que te proporciono un
placer.) El productor se aviene a los más abyectos caprichos del hombre, hace
de celestina entre él y su necesidad, le despierta apetitos morbosos y acecha
toda debilidad para exigirle después la propina por estos buenos oficios.
Esta enajenación se
muestra parcialmente al producir el refinamiento de las necesidades y de sus
medios de una parte, mientras produce bestial salvajismo, plena, brutal y
abstracta simplicidad de las necesidades de la otra; o mejor, simplemente se
hace renacer en un sentido opuesto. Incluso la necesidad del aire libre deja de
ser en el obrero una necesidad; el hombre retorna a la caverna, envenenada
ahora por la mefítica pestilencia de la civilización y que habita sólo en precario,
como un poder ajeno que puede escapársele cualquier día, del que puede ser
arrojado cualquier día si no paga (XV). Tiene que pagar por esta casa
mortuoria. La luminosamorada que Prometeo señala, según Esquilo,
como uno de los grandes regalos con los que convierte a las fieras en hombres,
deja de existir para el obrero. La luz, el aire, etcétera, la más simple
limpieza animal, deja de ser una necesidad para el hombre. La basura,
esta corrupción y podredumbre del hombre, la cloaca de la civilización (esto
hay que entenderlo literalmente) se convierte para el en un elemento
vital. La dejadez totalmente antinatural, la naturaleza
podrida, se convierten en su elemento vital. Ninguno de sus
sentidos continúa existiendo, no ya en su forma humana, pero ni siquiera en
forma inhumana, ni siquiera en forma animal. Retornan las más
burdas formas (e instrumentos) del trabajo
humano como la calandria de los esclavos romanos, convertida
en modo de producción y de existencia de muchos obreros ingleses. No sólo no
tiene el hombre ninguna necesidad humana, es que incluso las necesidades animales desaparecen.
El irlandés no conoce ya otra necesidad que la de comer, y para ser
exactos; la de comer patatas, y para ser más exactos aún sólo la de
comer patatas enmohecidas, las de peor calidad. Pero Inglaterra y
Francia tienen en cada ciudad industrial una pequeña Irlanda.
El salvaje, el animal, tienen la necesidad de la caza, del movimiento, etc., de
la compañía. La simplificación de la máquina, del trabajo, se aprovecha para
convertir en obrero al hombre que está aún formándose, al hombre aún no
formado, al niño, así como se ha convertido al obrero en un niño
totalmente abandonado. La maquina se acomoda a la debilidad del
hombre para convertir al hombre débil en máquina.
El economista (y el
capitalista; en general hablamos siempre de los hombres de negocio empíricos cuando
nos referimos a los economistas, que son su manifestación y existencia científicas) prueba
cómo la multiplicación de las necesidades y de los medios engendra la carencia
de necesidades y de medios: 1º) Al reducir la necesidad del obrero al más
miserable e imprescindible mantenimiento de la vida física y su actividad al
más abstracto movimiento mecánico, el economista afirma que el hombre no tiene
ninguna otra necesidad, ni respecto de la actividad, ni respecto del placer,
pues también proclama esta vida como vida y existencia humanas: 2º) Al emplear
la más mezquina existencia como medida (como medida general,
porque es valida para la masa de los hombres), hace del obrero un ser sin
sentidos y sin necesidades, del mismo modo que hace de su actividad una pura
abstracción de toda actividad. Por esto todo lujo del obrero le resulta
censurable y todo lo que excede de la más abstracta necesidad (sea como goce
pasivo o como exteriorización vital) le parece un lujo. La Economía Política,
esa ciencia de la riqueza, es así también al mismo tiempo la
ciencia de la renuncia, de la privación, del ahorro y llega
realmente a ahorrar al hombre la necesidad del aire puro
o delmovimiento físico. Esta ciencia de la industria maravillosa es
al mismo tiempo la ciencia del ascetismo y su verdadero ideal
es el avaro ascético, pero usurero, y el esclavo ascético,
pero productivo. Su ideal moral es el obrero que
lleva a la caja de ahorro una parte de su salario e incluso ha encontrado
un arte servil para ésta su idea favorita. Se ha llevado esto
al teatro en forma sentimental. Por esto la Economía, pese a su mundana y
placentera apariencia, es una verdadera ciencia moral, la más moral de las
ciencias. La autorrenuncia, la renuncia a la vida y a toda humana necesidad es
su dogma fundamental. Cuanto memos comas y bebas, cuantos menos licores
compres, cuanto menos vayas al teatro, al baile, a la taberna, cuanto menos
pienses, ames, teorices, cantes, pintes, esgrimas, etc., tanto más ahorras,
tanto mayor se hace tu tesoro al que ni polillas ni herrumbre
devoran, tu capital. Cuanto menos eres, cuanto menos.
exteriorizas tu vida, tanto más tienes, tanto mayor es tu
vida enajenada y tanto más almacenas de tu esencia... Todo
(XVI) lo que el economista te quita en vida y en humanidad te lo restituyen
en dinero yriqueza, y todo lo que no puedes lo puede tu
dinero. El puede comer y beber, ir al teatro y al baile; conoce el arte, la
sabiduría, las rarezas históricas, el poder político; puede viajar; puede hacerte
dueño de todo esto, puede comprar todo esto, es la verdadera opulencia.
Pero siendo todo esto, el dinero no puede más que crearse a sí mismo, comprarse
a si mismo, pues todo lo demás es siervo suyo y cuando se tiene al señor se
tiene al siervo y no se le necesita. Todas las pasiones y toda actividad deben,
pues, disolverse en la avaricia. El obrero sólo debe tener lo
suficiente para querer vivir y sólo debe querer vivir para tener.
Verdad es que en el
campo de la Economía Política surge ahora una controversia. Un sector
(Lauderdale, Malthus, etc.) recomienda el lujo y execra el ahorro; el otro
(Say, Ricardo, etc.) recomienda el ahorro y execra el lujo. Pero el primero
confiesa que quiere el lujo para producir el trabajo, es decir, el
ahorro absoluto, y el segundo confiesa que recomienda el ahorro para producir
la riqueza, es decir, el lujo. El primer grupo tiene la romántica ilusión
de que la avaricia sola no debe determinar el consumo de los ricos y contradice
sus propias leyes al presentar el despilfarro inmediatamente
como un medio de enriquecimiento. Por esto el grupo opuesto le demuestra de
modo muy serio y circunstanciado que mediante el despilfarro disminuyó y no
aumentó mi caudal. Este segundo grupo cae en la hipocresía de no
confesar que precisamente el capricho y el humor determinan la producción;
olvida la «necesidad refinada»; olvida que sin consumo no se producirá; olvida
que mediante la competencia la producción sólo ha de hacerse más universal, más
lujosa; olvida que para él el uso determina el valor de la cosa y que la moda
determina el uso; desea ver producido sólo «lo útil», pero olvida que la
producción de demasiadas cosas útiles produce demasiada población inútil. Ambos
grupos olvidan que despilfarro y ahorro, lujo y abstinencia, riqueza y pobreza
son iguales.
Y no sólo debes
privarte en tus sentidos inmediatos, como comer, etc.; también la participación
en intereses generales (compasión, confianza, etc.), todo esto debes
ahorrártelo si quieres ser económico y no quieres morir de ilusiones.
Todo lo tuyo tienes
que hacerlo venal, es decir, útil. Si pregunto al economista.
¿obedezco a las leyes económicas si consigo dinero de la entrega, de la
prostitución de mi cuerpo al placer ajeno? (Los obreros fabriles en Francia
llaman a la prostitución de sus hijas y esposas la enésima hora de trabajo, lo
cual es literalmente cierto.) ¿No actúo de modo económico al vender a mi amigo
a los marroquíes? (y el tráfico de seres humanos como comercio de conscriptos,
etc., tiene lugar en todos los países civilizados), el economista me
contestará: no operas en contra de mis leyes, pero mira lo que dicen la señora
Moral y la señora Religión; mi Moral y mi Religión económica no tienen nada que
reprocharte. Pero ¿a quién tengo que creer ahora, a la Economía Política o a la
moral? La moral de la Economía Política es el lucro, el trabajo y
el ahorro, la sobriedad; pero la Economía Política me promete satisfacer mis
necesidades. La Economía Política de la moral es la riqueza con buena
conciencia, con virtud, etc. Pero ¿cómo puedo ser virtuoso si no soy? ¿Cómo
puedo tener buena conciencia si no tengo conciencia de nada? El hecho de que
cada esfera me mida con una medida distinta y opuesta a las demás, con una
medida la moral, con otra distinta la Economía Política, se basa en la esencia
de la enajenación, porque cada una de estas esferas es una determinada
enajenación del hombre y (XVII) contempla un determinado circulo de la
actividad esencial enajenada; cada una de ellas se relaciona de forma enajenada
con la otra enajenación. El señor Michel Chevalier reprocha así a Ricardo que
hace abstracción de la moral. Ricardo, sin embargo, deja a la Economía Política
hablar su propio lenguaje; si esta no habla moralmente, la culpa no es de
Ricardo. M. Chevalier hace abstracción de la Economía Política en cuanto
moraliza, pero real y necesariamente hace abstracción de la moral en cuanto
cultiva la Economía Política. La relación de la Economía Política con la moral
cuando no es arbitraria, ocasional, y por ello trivial y acientífica, cuan: do
no es una apariencia engañosa, cuando se la considera
como esencial, no puede ser sino la relación de las leyes
económicas con la moral. ¿Qué puede hacer Ricardo si esta relación no existe o
si lo que existe es más bien lo contrario? Por lo demás, también la oposición
entre Economía Política y moral es sólo una apariencia y no
tal oposición. La Economía Política se limita a expresar a su manera las
leyes morales.
La ausencia de
necesidades como principio de la Economía Política resplandece sobre
todo en su teoría de la población. Hay demasiados hombres.
Incluso la existencia de los hombres es un puro lujo y si el obrero es «moral» (Mill
propone alabanzas públicas para aquellos que se muestren continentes en las
relaciones sexuales y una pública reprimenda para quienes pequen contra esta
esterilidad del matrimonio. ¿No es esta doctrina ética del ascetismo?)
será ahorrativo en la fecundación. La producción del hombre aparece
como calamidad pública.
El sentido que la
producción tiene en lo que respecta a los ricos se muestra abiertamente en
el sentido que para los pobres tiene; hacia arriba, su exteriorización es
siempre refinada, encubierta, ambigua, apariencia; hacia abajo, grosera,
directa, franca, esencial. La grosera necesidad del trabajador
es una fuente de lucro mayor que la necesidad refinada del
rico. Las viviendas subterráneas de Londres le rinden a sus arrendadores más
que los palacios, es decir, en lo que a ellos concierne son una mayor
riqueza; hablando en términos de Economía Política son, pues, una mayor
riqueza social.
Y así como la
industria especula sobre el refinamiento de las necesidades. así también
especula sobre su tosquedad, sobre su artificialmente producida tosquedad,
cuyo verdadero goce es el autoaturdimiento, esta aparente satisfacción
de las necesidades esta civilización dentro de la grosera
barbarie de la necesidad; las tascas inglesas son por eso representaciones
simbólicas de la propiedad privada. Su lujo muestra la verdadera relación del
lujo y la riqueza industriales con el hombre. Por esto son, con razón, los
únicos esparcimientos dominicales del pueblo que la policía inglesa trata al
menos con suavidad.
Hemos visto ya cómo
el economista establece de diversas formas la unidad de trabajo y capital. 1º)
El capital es trabajo acumulado. 2º) La determinación del capital
dentro de la producción, en parte la reproducción del capital con beneficio, en
parte el capital como materia prima (materia del trabajo), en parte comoinstrumento
que trabaja por sí mismo —la máquina es el capital establecido
inmediatamente como idéntico al obrero— es el trabajo productivo.
3º) El obrero es un capital. 4º) El salario forma parte de los costos del
capital. 5º) En lo que al obrero respecta, el trabajo es la reproducción de su
capital vital. 6º) En lo que al capitalista toca, es un factor de la actividad
de su capital.
Finalmente, 7º) el
economista supone la unidad original de ambos como unidad del capitalista y el
obrero, ésta es la paradisiaca situación originaria. El que estos dos momentos
se arrojen el uno contra el otro como dos personas es, para el economista, un
acontecimiento casual y que por eso sólo externamente puede
explicarse (véase Mill).
Las naciones que
están aún cegadas por el brillo de los metales preciosos, y por ello adoran
todavía el fetiche del dinero metálico, no son aún las naciones dinerarias
perfectas. Oposición de Francia e Inglaterra. En el fetichismo, por
ejemplo, se muestra hasta qué punto es la solución de los enigmas teóricos una
tarea de la practica, una tarea mediada por la practica, hasta qué punto la
verdadera práctica es la condición de una teoría positiva y real. La conciencia
sensible del fetichista es distinta de la del griego porque su existencia
sensible también es distinta. La enemistad abstracta entre sensibilidad y
espíritu es necesaria en tanto que el sentido humano para la naturaleza, el
sentido humano de la naturaleza y, por tanto, también el sentido natural del hombre,
no ha sido todavía producido por el propio trabajo del hombre.
La igualdad no
es otra cosa que la traducción francesa, es decir, política, del alemán yo =
yo. La igualdad como fundamento del comunismo es su
fundamentaciónpolítica y es lo mismo que cuando el alemán lo funda
en la concepción del hombre como autoconciencia universal.
Se comprende que la superación de la enajenación parte siempre de la forma de
enajenación que constituye la potencia dominante: en Alemania,
la autoconciencia; en Francia, la igualdad a causa
de la política; en Inglaterra, la necesidad práctica, material,
real que sólo se mide a si misma. Desde este punto de vista hay que criticar y
apreciar a Proudhon.
Si caracterizamos
aún el comunismo mismo (porque es negación de la negación,
apropiación de la esencia humana que se media a sí misma a través de la
negación de la propiedad privada, por ello todavía no como la posición verdadera,
que parte de si misma, sino mas bien como la posición que parte de la propiedad
privada).
....(extrañamiento
de la vida humana permanece y continúa siendo tanto mayor extrañamiento cuanto
más conciencia de el como tal se tiene) puede ser realizado, así sólo mediante
el comunismo puesto en práctica puede realizarse. Para superar la propiedad privada
basta el comunismo pensado, para superar la propiedad privada real se requiere
una acción comunista real. La historia la aportará y aquel
movimiento, que ya conocemos en pensamiento como un movimiento
que se supera a si mismo, atravesará en la realidad un proceso muy duro y muy
extenso. Debemos considerar, sin embargo, como un verdadero y real progreso el
que nosotros hayamos conseguido de antemano conciencia tanto de la limitación
como de la finalidad del movimiento histórico; y una conciencia que lo
sobrepasa.
Cuando los obreros comunistas
se asocian, su finalidad es inicialmente la doctrina, la propaganda, etc. Pero
al mismo tiempo adquieren con ello una nueva necesidad, la necesidad de la
sociedad, y lo que parecía medio se ha convertido en fin. Se puede contemplar
este movimiento práctico en sus más brillantes resultados cuando se ven
reunidos a los obreros socialistas franceses. No necesitan ya medios de unión o
pretextos de reunión como el fumar, el beber, el comer, etc. La sociedad, la
asociación, la charla, que a su vez tienen la sociedad como fin, les bastan.
Entre ellos la fraternidad de los hombres no es una frase, sino una verdad, y
la nobleza hombre brilla en los rostros endurecidos por el trabajo.
(XX) Cuando la
Economía Política afirma que la demanda y la oferta se equilibran mutuamente,
está al mismo tiempo olvidando que, según su propia afirmación, la oferta
de hombres (teoría de la población) excede siempre de la
demanda, que, por tanto, en el resultado esencial de toda la producción (la
existencia del hombre) encuentra su más decisiva expresión la desproporción
entre oferta y demanda. En qué medida es el dinero, que aparece como medio, el
verdadero poder y el únicofin; en que medida el medio
en general, que me hace ser, que hace mío el ser objetivo ajeno, es un fin
en sí..., es cosa que puede verse en el hecho de cómo la propiedad de la
tierra (allí donde la tierra es la fuente de la vida), el caballo y
la espada (en donde ellos son el verdadero medio de
vida) son reconocidos como los verdaderos poderes políticos de la
vida. En la Edad Media se emancipa un estamento tan pronto como tiene derecho a
portar la espada. Entre los pueblos nómadas es el caballo el
que hace libre, participe el la comunidad.
Hemos dicho antes
que el hombre retorna a la caverna, etc., pero en una forma
enajenada, hostil. El salvaje en su caverna (este elemento natural que se le
ofrece espontáneamente para su goce y protección) no se siente extraño, o,
mejor dicho, se siente tan a gusto como un pez en el agua. Pero la cueva del
pobre es una vivienda hostil que «se resiste como una potencia extraña, que no
se le entrega hasta que él no le entrega a ella su sangre y su sudor», que él
no puede considerar como un hogar en donde, finalmente, pudiera decir: aquí
estoy en casa, en donde él se encuentra más bien en una casa extraña,
en la casa de otro que continuamente lo acecha y que lo
expulsa si no paga el alquiler. Igualmente, desde el punto de vista de la
calidad, ve su casa como lo opuesto a la vivienda humana situada en el más
allá, en el cielo de la riqueza,
La enajenación
aparece tanto en el hecho de que mi medio de vida es de otro;
que mi deseo es la posesión inaccesible de otro;
como en el hecho de que cada cosa es otra que ella misma, que
mi actividad es otra cosa, que, por ultimo (y esto es válido
también para el capitalista), domina en general el poder inhumano.
La determinación de la riqueza derrochadora, inactiva y entregada sólo al goce,
cuyo beneficiario actúa, de una parte como un individuo solamente efímero,
vano, travieso, que considera el trabajo de esclavo ajeno, el sudor y
la sangre de los hombres, como presa de sus apetitos y que por
ello considera al hombre mismo (también a si mismo) como un ser sacrificado y
nulo (el desprecio del hombre aparece así, en parte como arrogancia, en parte
como la infame ilusión de que su desenfrenada prodigalidad y su incesante e
improductivo consumo condicionan el trabajo y, por ello,
la subsistencia de los demás), conoce la realización de lasfuerzas humanas esenciales sólo
como realización de su desorden, de sus humores de sus
caprichos arbitrarios y bizarros. Sin embargo, esta riqueza que, por otra
parte, se considera a sí misma como un puro medio, una cosa digna sólo de
aniquilación, que es al mismo tiempo esclavo y señor, generosa y mezquina,
caprichosa, vanidosa, petulante, refinada, culta e ingeniosa, esta riqueza no
ha experimentado aún en sí misma la riqueza como un poder
totalmente extraño; no ve en ella todavía más que su propio poder, y no la
riqueza, sino el placer.
(XXI) ...y a la
brillante ilusión sobre la esencia de la riqueza cegada por la apariencia
sensible, se enfrenta el industrial trabajador, sobrio, económico,
prosaico, bien
ilustrado sobre la
esencia de la riqueza que al crear a su [del derrochador F. R.] ansia de
placeres un campo más ancho, al cantarle alabanzas con su producción (sus
productos son justamente abyectos cumplidos a los apetitos del derrochador)
sabe apropiarse de la única manera útil del poder que a aquél se le escapa. Si
inicialmente la riqueza industrial parece resultado de la riqueza fantástica,
derrochadora, su dinámica propia desplaza también de una manera activa a esta
última. La baja del interés del dinero es, en efecto,
resultado y necesaria consecuencia de movimiento industrial. Los medios del
rentista derrochador disminuyen, en consecuencia, diariamente, en
proporción inversa del aumento de los medios y los ardides del
placer. Está obligado así, o bien a devorar su capital, es decir, a perecer, o
bien a convertirse el mismo en capitalista industrial... Por otra parte,
la renta de la tierra sube, ciertamente, de modo continuo
merced a la marcha del movimiento industrial, pero, como ya hemos visto, llega
necesariamente un momento en el que la propiedad de la tierra debe caer, como
cualquier otra propiedad, en la categoría del capital que se reproduce con
beneficio, y esto es, sin duda, el resultado del mismo movimiento industrial.
El terrateniente derrochador debe así, o bien devorar su capital, es decir,
perecer, o bien convertirse en arrendatario de su propia tierra, en industrial
agricultor.
La disminución del
interés del dinero (que Proudhon considera como la supresión del capital y como
tendencia hacia la socialización del capital) es por ello más bien solamente un
síntoma del triunfo del capital trabajador sobre la riqueza derrochadora, es
decir, de la transformación de toda propiedad privada en capital industrial; el
triunfo absoluto de la propiedad privada sobre todas las
cualidades aparentemente humanas de la misma y la subyugación
plena del propietario privado a la esencia de la propiedad privada, al trabajo.
Por lo demás, también el capitalista industrial goza. El no retorna en modo
alguno a la antinatural simplicidad de la necesidad, pero su placer es sólo
cosa secundaria, desahogo, placer subordinado a la producción y, por
ello, calculado, incluso económico, pues el capitalista
carga su placer a los costos del capital y por esto aquél debe costarle sólo
una cantidad tal que sea restituida por la reproducción del capital con el
beneficio. El placer queda subordinado al capital y el individuo que goza
subordinado al que capitaliza, en tanto que antes sucedía lo contrario. La
disminución de los intereses no es así un síntoma de la supresión del capital
sino en la medida en que es un síntoma de su dominación plena, de su
enajenación que se esta planificando y, por ello, apresurando su superación.
Esta es, en general, la única forma en que lo existente afirma a su contrario.
La querella de los
economistas en torno al lujo y el ahorro no es, por tanto, sino la querella de
aquella parte de la Economía Política que ha penetrado la esencia de la riqueza
con aquella otra que está aún lastrada de recuerdos románticos y antiindustriales.
Ninguna de las dos partes sabe, sin embargo, reducir el objeto de la disputa a
su sencilla expresión y, en consecuencia, nunca acabará la una con la otra.
La renta de
la tierra ha sido, además, demolida como renta de la tierra, pues en
oposición al argumento de los fisiócratas de que el terrateniente es el único
productor verdadero, la Economía Política moderna ha demostrado que el
terrateniente, en cuanto tal, es más bien el único rentista totalmente
improductivo. La agricultura sería asunto del capitalista, que daría este uso a
su capital cuando pudiese esperar de ella el beneficio acostumbrado. La
argumentación de los fisiócratas (que la propiedad de la tierra como sola
propiedad productiva es la única que tiene que pagar impuestos al Estado y, por
tanto, también la única que tiene que acordarlos y que tomar parte en la
gestión del Estado) se muda así en la afirmación inversa de que el impuesto
sobre la renta de la tierra es el único impuesto sobre un ingreso improductivo
y por esto el único impuesto que no es nocivo para la producción nacional. Se
comprende que, así entendido, el privilegio político del terrateniente no se
deduce ya de su carácter de principal fuente impositiva.
Todo lo que
Proudhon capta como movimiento del trabajo contra el capital no es más que el
movimiento del trabajo en su determinación de capital, de capital industrial,
contra el capital que no se consume como capital, es decir,
industrialmente. Y este movimiento sigue su victorioso camino, es decir, el
camino de lavictoria del capital industrial. Se ve
también que sólo cuando se capta el trabajo como esencia de la
propiedad privada puede penetrarse el movimiento económico como tal en su
determinación real.
La sociedad,
como aparece para los economistas, es la sociedad civil, en la que
cada individuo es un conjunto de necesidades y sólo existe para el otro (XXXV),
como el otro sólo existe para él, en la medida en que se convierten en medio el
uno para el otro. El economista (del mismo modo que la política en sus Derechos
del Hombre) reduce todo al hombre, es decir al individuo del que borra
toda determinación para esquematizarlo como capitalista o como obrero.
La división
del trabajo es la expresión económica del carácter social del
trabajo dentro de la enajenación. O bien, puesto que el trabajo no
es sino una expresión de la actividad humana dentro de la enajenación, de la
exteriorización vital como enajenación vital. Así también la división
del trabajo no es otra cosa que el establecimiento extrañado; enajenado,
de la actividad humana como una actividad genérica real o
como actividad del hombre en cuanto ser genérico.
Sobre la esencia de
la división del trabajo (que naturalmente tenia que ser
considerada como un motor fundamental en la producción de riqueza en cuanto se
reconocía el trabajo como la esencia de
la propiedad privada), es decir, sobre esta forma enajenada
y extrañada de la actividad humana como actividad genérica,
son los economistas muy oscuros y contradictorios.
Adam Smith:
«La división del trabajo no debe su origen a la humana
sabiduría. Es la consecuencia necesaria, lenta y gradual de la propensión al
intercambio y a la negociación de unos productos por otros. Esta tendencia al
intercambio es verosimilmente una consecuencia necesaria del uso de la razón y
de la palabra. Es común a todos los hombres y no se da en ningún animal. En
cuanto se hace adulto, el animal vive de su propio esfuerzo. El hombre necesita
constantemente del apoyo de los demás, que sería vano esperar de su simple
benevolencia. Es mucho más seguro dirigirse a su interés personal y
convencerlos de que les beneficia a ellos mismos hacer lo que de ellos se
espera. Cuando nos dirigimos a los demás no lo hacemos a su humanidad,
sino a su egoísmo; nunca les hablamos de nuestras
necesidades, sino de su conveniencia. Como quiera que es a
través del cambio, el comercio, la negociación, como recibimos la
mayor parte de los buenos servicios que recíprocamente necesitamos, es esta
propensión a la negociación la que ha dado origen a la división
del trabajo. Así, por ejemplo, en una tribu de cazadores o pastores hay
alguno que hace arcos y flechas con más rapidez y habilidad que los demás.
Frecuentemente cambia a sus compañeros ganado y caza por los instrumentos que
él construye, y rápidamente se da cuenta de que por este medio consigue más
cantidad de esos productos que cuando es él mismo el que va a cazar. Con un
cálculo interesado, hace, en consecuencia, de la fabricación de arcos, etc., su
ocupación principal. La diferencia de talentos naturales entre
los individuos no es tanto la causa como el efecto de la división del trabajo.
»... Sin la
disposición de los hombres al comercio y el intercambio cada cual se vería
obligado a satisfacer por si mismo todas las necesidades y comodidades de la
vida. Cada cual hubiese tenido que realizar la misma tarea y
no se hubiese producido esa gran diferencia de ocupaciones que
es la única que puede engendrar la gran diferencia de talentos. Y así como es
esa propensión al intercambio la que engendra la diversidad de talentos entre
los hombres, es también esa propensión la que hace útil tal diversidad. Muchas
razas animales, aun siendo todas de la misma especie, han recibido de la
naturaleza una diversidad de caracteres mucho más grande y más evidente que la
que puede encontrarse entre los hombres no civilizados. Por naturaleza no
existe entre un filósofo y un cargador ni la mitad de la diferencia que hay
entre un mastín y un galgo, entre un galgo y un podenco o entre cualquiera de
éstos y un perro pastor. Pese a ello, estas distintas razas, aun perteneciendo
todas a la misma especie, apenas tienen utilidad las unas para las otras. El
mastín no puede aprovechar la ventaja de su fuerza para servirse de la ligereza
del galgo, etc. Los efectos de estos distintos talentos o grados de
inteligencia no pueden ser puestos en común porque falta la capacidad o la
propensión al cambio, y no pueden, por tanto, aportar nada a la ventaja o comodidad
común de la especie... Cada animal debe alimentarse y protegerse a si
mismo, con absoluta independencia de los demás; no puede obtener la más mínima
ventaja de la diversidad de talentos que la naturaleza ha distribuido entre sus
semejantes. Por el contrario, entre los hombres los más diversos talentos se
resultan útiles unos a otros porque, mediante esa propensión general al
comercio y el intercambio, losdistintos productos de los diversos
tipos de actividad pueden ser puestos, por así decir, en una masa común a la
que cada cual puede ir a comprar una parte de la industria de los demás de
acuerdo con sus necesidades. Como es esa propensión al intercambio la
que da su origen a la división del trabajo la extensión de
esta división estará siempre limitada por la extensión de la capacidad de intercambiar o,
dicho en otras palabras, por la extensión del mercado. Si el
mercado es muy pequeño, nadie se animará a dedicarse por entero a una sola
ocupación ante el temor de no poder intercambiar aquella parte de su producción
que excede de sus necesidades por el excedente de la producción de otro que él
desearía adquirir...» En una situación de mayor progreso: «Todo
hombre vive del cambio y se convierte en una especie de comerciante y
la sociedad misma es realmente una sociedad mercantil. (Véase
Destutt de Tracy: La sociedad es una serie de intercambios recíprocos, en
el comercio está la esencia toda de la sociedad...) La
acumulación de capitales crece con la división del trabajo y viceversa.» Hasta
aquí Adam Smith.
«Si cada familia
produjera la totalidad de los objetos de su consumo, podría la sociedad marchar
así aunque no se hiciese intercambio alguno; sin ser fundamental,
el intercambio es indispensable en el avanzado estadio de nuestra sociedad; la
división del trabajo es un hábil empleo de las fuerzas del hombre que acrece,
en consecuencia, los productos de la sociedad, su poder y sus placeres, pero
reduce, aminora la capacidad de cada hombre tomado individualmente. La
producción no puede tener lugar sin intercambio.» Así habla J. B. Say. «Las
fuerzas inherentes al hombre son su inteligencia y su aptitud física para el
trabajo; las que se derivan del estado social consisten en la capacidad
de dividir el trabajo y de repartir entre los
distintos hombres los diversos trabajos y en la facultad de
intercambiar los servicios recíprocos y los productos que
constituyen este medio. El motivo por el que: un hombre consagra a otro Sus
servicios es el egoísmo, el hombre exige una recompensa por los servicios
prestados a otro. La existencia del derecho exclusivo de propiedad es, pues,
indispensable para que pueda establecerse el intercambio entre los hombres.
Influencia recíproca de la división de la industria sobre el intercambio y del
intercambio sobre esta división. Intercambio y división del trabajo se
condicionan recíprocamente.» Así Sharbek.
Mill expone el
intercambio desarrollado, el comercio, como consecuencia de
la división del trabajo.
«La actividad del
hombre puede reducirse a elementos muy simples. El no puede en efecto, hacer
otra cosa que producir movimiento; puede mover las cosas para alejarlas
(XXXVII) o aproximarlas entre si; las propiedades de la materia hacen el resto.
En el empleo del trabajo y de las máquinas ocurre con frecuencia que se pueden
aumentar los efectos mediante una oportuna división de las operaciones que se
oponen y la unificación de todas aquellas que, de algún modo, pueden
favorecerse recíprocamente. Como, en general, los hombres no pueden ejecutar
muchas operaciones distintas con la misma habilidad y velocidad, como la
costumbre les da esa capacidad para la realización de un pequeño número,
siempre es ventajoso limitar en lo posible el número de operaciones encomendadas
a cada individuo. Para la división del trabajo y la repartición de la fuerza de
los hombres de la manera más ventajosa es necesario operar en una multitud de
casos en gran escala o, en otros términos; producir las riquezas en masa. Esta
ventaja es el motivo que origina las grandes manufacturas, un pequeño número de
las cuales, establecidas en condicione ventajosas, aprovisionan frecuentemente
con los objetos por ellas producidos no uno solo, sino varios países en las
cantidades que ellos requieren.» Así Mill.
Toda la Economía
Política moderna está de acuerdo, sin embargo, en que división del trabajo y
riqueza de la producción, división del trabajo y acumulación del capital se
condicionan recíprocamente, así como en el hecho de que sólo la propiedad
privada liberada, entregada a si misma, puede producir la más útil
y más amplia división del trabajo.
La exposición de
Adam Smith se puede resumir así: la división del trabajo da a éste una infinita
capacidad de producción. Se origina en la propensión al
intercambio y al comercio una propensión específicamente
humana que verosimilmente no es casual, sino que está condicionada por el uso
de la razón y del lenguaje. El motivo del que cambia no es la humanidad,
sino el egoísmo. La diversidad de los talentos humanos es más el
efecto que la causa de la división del trabajo, es decir, del intercambio.
También es sólo este último el que hace útil aquella diversidad. Las
propiedades particulares de las distintas razas de una especie animal son por
naturaleza más distintas que la diversidad de dones y actividades humanas. Pero
como los animales no pueden intercambiar, no le aprovecha a ningún
individuo animal la diferente propiedad de un animal de la misma especie, pero
de distinta raza. Los animales no pueden adicionar las diversas propiedades de
su especie; no pueden aportar nada al provecho y al bienestar común de
su especie. Otra cosa sucede con el hombre, en el cual los más
dispares talentos y formas de actividad se benefician recíprocamente porque pueden
reunir sus diversos productos en una masa común de la que
todos pueden comprar. Como la división del trabajo brota de la propensión
al intercambio, crece y esta limitada por la extensión del intercambio,
del mercado. En el estado avanzado todo hombre es comerciante,
la sociedad es una sociedad mercantil. Say considera el intercambio como
casual y no fundamental. La sociedad podría subsistir sin él. Se hace
indispensable en el estado avanzado de la sociedad. No obstante, sin él no
puede tener lugar la producción. La división del trabajo es
un cómodo y útil medio, un hábil empleo de
las fuerzas humanas para el desarrollo de la sociedad, pero disminuye la capacidad
de cada hombre individualmente considerado. La última observación es un
progreso de Say.
Skarbek distingue
las fuerzas individuales, inherentes al hombre (inteligencia y
disposición física para el trabajo), de las fuerzas derivadas de
la sociedad(intercambio y división del trabajo) que se condicionan
mutuamente. Pero el presupuesto necesario del intercambio es la propiedad
privada. Skarbek expresa aquí en forma objetiva lo mismo que Smith, Say,
Ricardo, etc., dicen cuando señalan el egoísmo, el interés
privado, como fundamento del intercambio, o el comercio como la forma esencial
y adecuada del intercambio.
Mill presenta
el comercio como consecuencia de la división del
trabajo. La actividad humana se reduce para él a un movimiento
mecánico. División del trabajo y empleo de máquinas fomentan la riqueza de
la producción. Se debe confiar a cada hombre un conjunto de actividades tan
pequeño como sea posible. Por su parte, división de trabajo y empleo de
máquinas condicionan la producción de la riqueza en masa y, por tanto, del
producto. Este es el fundamento de las grandes manufacturas.
(XXXVIII) El examen
de la división del trabajo y del intercambio es del mayor
interés porque son las expresiones manifiestamente enajenadas de
la actividad y la fuerza esencial humana en
cuanto actividad y fuerza esencial adecuadas al género.
Decir que la división
del trabajo y el intercambio descansan sobre la propiedad
privada no es sino afirmar que el trabajo es la
esencia de la propiedad privada; una afirmación que el economista no puede
probar y que nosotros vamos a probar por él. Justamente aquí en el hecho de
que división del trabajo e intercambioson configuraciones de la
propiedad privada, reside la doble prueba, tanto de que, por una parte, la
vida humana necesitaba de la propiedad privada para su
realización, como de que, de otra parte, ahora necesita la supresión y
superación de la propiedad privada.
División del trabajo e intercambio son
los dos fenómenos que hacen que el economista presuma del carácter social de su
ciencia y, al mismo tiempo, exprese inconscientemente la contradicción de esta
ciencia: la fundamentación de la sociedad mediante el interés particular
antisocial.
Los momentos que
tenemos que considerar son: en primer lugar, la propensión al
intercambio (cuyo fundamento se encuentra en el egoísmo) es
considerada como fundamento o efecto recíproco de la división del trabajo. Say
considera el intercambio como no fundamental para la esencia
de la sociedad. La riqueza, la producción, se explican por la división del
trabajo y el intercambio. Se concede el empobrecimiento y la degradación de la
actividad individual por obra de la división del trabajo. Se reconoce que la división
del trabajo y el intercambio son productores de la gran diversidad de
los talentos humanos, una diversidad que, a su vez, se hace útil gracias
a aquéllos. Skarbek divide las fuerzas de producción o fuerzas productivas del
hombre en dos partes: 1) Las individuales e inherentes a él, su inteligencia y
su especial disposición o capacidad de trabajo; 2) las derivadas de la sociedad
(no del individuo real), la división del trabajo y el intercambio. Además, la
división del trabajo está limitada por el mercado. El trabajo
humano es simple movimiento mecánico; lo principal lo hacen las
propiedades materiales de los objetos.
Má aún la división
del trabajo es limitada por el mercado. El trabajo humano es
simple movimiento mecánico: el trabajo principal es realizado
por las cualidades materiales de los objetos. A un individuo se le debe
atribuir la menor cantidad posible de funciones. Fraccionamiento del trabajo y
concentración del capital, la inanidad de la producción individual y la
producción de la riqueza en masas. Concepción de la propiedad privada libre en
la división del trabajo.
(XLI) Si las sensaciones,
pasiones, etc., del hombre son no sólo determinaciones antropológicas en
sentido estricto, sino verdaderamente afirmaciones ontológicasdel
ser (naturaleza) y si sólo se afirman realmente por el hecho de que su objeto es sensible para
ellas, entonces es claro:
1) Que el modo de
su afirmación no es en absoluto uno. y el mismo, sino que, más bien, el diverso
modo de la afirmación constituye la peculiaridad de su existencia, de su vida;
el modo en que el objeto es para ellas el modo peculiar de su goce.
2) Allí en donde la afirmación sensible es supresión directa del objeto en su
forma independiente (comer, beber, elaborar el objeto, etc.), es ésta la
afirmación del objeto. 3) En cuanto el hombre es humano, en
cuanto es humana su sensación, etc., la afirmación del objeto
por otro es igualmente su propio goce. 4) Sólo mediante la industria
desarrollada, esto es, por la mediación de la propiedad privada, se constituye
la esencia ontológica de la pasión humana, tanto en su totalidad como en su
humanidad; la misma ciencia del hombre es, pues, un producto de la
autoafirmación práctica del hombre. 5) El sentido de la propiedad privada
—desembarazada de su enajenación— es la existencia de
los objetos esenciales para el hombre, tanto como objeto de
goce cuanto como objeto de actividad.
El dinero, en
cuanto posee la propiedad de comprarlo todo, en cuanto posee la propiedad de
apropiarse todos los objetos es, pues, el objeto por excelencia. La
universalidad de su cualidad es la omnipotencia de su esencia;
vale, pues, como ser omnipotente..., el dinero es el alcahuete entre
la necesidad y el objeto, entre la vida y los medios de vida del hombre. Pero
lo que me sirve de mediador para mi vida, me sirve de mediador
también para la existencia de los otros hombres para mi. Eso es para mi
el otro hombre.
|
¡Qué diablo! ¡Claro que manos y pies, |
|
(Goethe: Fausto) |
Shakespeare, en
el Timón de Atenas:
|
«¡Oro!, ¡oro maravilloso, brillante, precioso!
¡No, oh dioses, |
Y después:
|
«¡Oh, tú, dulce regicida, amable agente de
divorcio |
Shakespeare pinta
muy acertadamente la esencia del dinero. Para entenderlo,
comencemos primero con la explicación del pasaje goethiano.
Lo que mediante
el dinero es para mi, lo que puedo pagar, es decir, lo que el
dinero puede comprar, eso soy yo, el poseedor del dinero
mismo. Mi fuerza es tan grande como lo sea la fuerza del dinero. Las cualidades
del dinero son mis —de su poseedor— cualidades y fuerzas esenciales. Lo
que soy y lo que puedo no están determinados
en modo alguno por mi individualidad. Soy feo, pero puedo
comprarme la mujer más bella. Luego no soy feo,
pues el efecto de la fealdad, su fuerza ahuyentadora, es aniquilada por el
dinero. Según mi individualidad soy tullido, pero el dinero me procura
veinticuatro pies, luego no soy tullido; soy un hombre malo y sin honor, sin
conciencia y sin ingenio, pero se honra al dinero, luego también a su poseedor.
El dinero es el bien supremo, luego es bueno su poseedor; el dinero me evita,
además, la molestia de ser deshonesto, luego se presume que soy honesto;
soy estúpido, pero el dinero es el verdadero espíritu de
todas las cosas, ¿cómo podría carecer de ingenio su poseedor? El puede, por lo
demás, comprarse gentes ingeniosas, ¿y no es quien tiene poder sobre las
personas inteligentes más talentoso que el talentoso? ¿Es que no poseo yo, que
mediante el dinero puedo todo lo que el corazón humano ansia,
todos los poderes humanos? ¿Acaso no transforma mi dinero todas mis carencias
en su contrario?
Si el dinero es
el vinculo que me liga a la vida humana, que liga a la sociedad,
que me liga con la naturaleza y con el hombre, ¿no es el dinero el vínculo de
todos los vínculos? ¿No puede él atar y desatar todas las ataduras? ¿No es
también por esto el medio general de separación? Es la verdadera moneda
divisoria, así como el verdadero medio de unión, la
fuerza galvanoquímica de la sociedad.
Shakespeare destaca
especialmente dos propiedades en el dinero:
1º) Es la divinidad
visible, la transmutación de todas las propiedades humanas y naturales en su
contrario, la confusión e inversión universal de todas las cosas; hermana las
imposibilidades;
2º) Es la puta
universal, el universal alcahuete de los hombres y de los pueblos.
La inversión y
confusión de todas las cualidades humanes y naturales, la conjugación de las
imposibilidades; la fuerza divina del dinero radica en
su esencia en tanto que esencia genérica extrañada, enajenante
y autoenajenante del hombre. Es el poder enajenado de la humanidad.
Lo que como hombre no
puedo, lo que no pueden mis fuerzas individuales, lo puedo mediante el dinero.
El dinero convierte así cada una de estas fuerzas esenciales en lo que en sí no
son, es decir, en su contrario. Si ansío un manjar o quiero
tomar la posta porque no soy suficientemente fuerte para hacer el camino a pie,
el dinero me procura el manjar y la posta, es decir, transustancia mis deseos,
que son meras representaciones; los traduce de su existencia pensada,
representada, querida; a su existencia sensible, real; de la
representación a la vida, del ser representado al ser real. El dinero es, al
hacer esta mediación, la verdadera fuerzacreadora.
Es cierto que
la demanda existe también para aquel que no tiene dinero
alguno, pero su demanda es un puro ente de ficción que no tiene sobre mí, sobre
un tercero, sobre los otros (XLIII), ningún efecto, ninguna existencia; que,
por tanto, sigue siendo para mi mismo irreal sin objeto.
La diferencia entre la demanda efectiva basada en el dinero y la demanda sin
efecto basada en mi necesidad, mi pasión, mi deseo, etc., es la diferencia
entre el ser y el pensar, entre la pura
representaciónque existe en mí y la representación tal como es para
mí en tanto que objeto real fuera de mí. Si no tengo dinero
alguno para viajar, no tengo ninguna necesidad (esto es, ninguna necesidad real
y realizable) de viajar. Si tengo vocación para estudiar, pero
no dinero para ello, no tengo ninguna vocación (esto es, ninguna vocación efectiva, verdadera) para
estudiar. Por el contrario, si realmente no tengo
vocación alguna para estudiar, pero tengo la voluntad y el
dinero, tengo para ello una efectiva vocación. El dinero en
cuanto medio y poder del universales
(exteriores, no derivados del hombre en cuanto hombre ni de la sociedad humana
en cuanto sociedad) para hacer de la representación realidad y
de la realidad una pura representación, transforma igualmente las
reales; fuerzas esenciales humanas y naturales en puras
representaciones abstractas y por ello en imperfecciones, en
dolorosas quimeras, así como, por otra parte, transforma lasimperfecciones y quimeras reales,
las fuerzas esenciales realmente impotentes, que sólo existen en la imaginación
del individuo, en fuerzas esenciales reales y poder real. Según
esta determinación, es el dinero la inversión universal de las individualidades, que
transforma en su contrario, y a cuyas propiedades agrega propiedades
contradictorias.
Como tal
potencia inversora, el dinero actúa también contra el individuo y
contra los vínculos sociales, etc., que se dicen esenciales. Transforma la
fidelidad en infidelidad, el amor en odio, el odio en amor, la virtud en vicio,
el vicio en virtud, el siervo en señor, el señor en siervo, la estupidez en
entendimiento, el entendimiento en estupidez.
Como el dinero, en
cuanto concepto existente y activo del valor, confunde y cambia todas las
cosas, es la confusión y el trueque universal
de todo, es decir, el mundo invertido, la confusión y el trueque de todas las
cualidades naturales y humanas.
Aunque sea.
cobarde, es valiente quien puede comprar la valentía. Como el dinero no se
cambia por una cualidad determinada, ni por una cosa o una fuerza esencial
humana determinadas, sino por la totalidad del mundo objetivo natural y humano,
desde el punto de vista de su poseedor puede cambiar cualquier propiedad por
cualquier otra propiedad y cualquier otro objeto, incluso los contradictorios.
Es la fraternización de las imposibilidades; obliga a besarse a aquello que se
contradice.
Si suponemos
al hombre como hombre y a su relación con el
mundo como una relación humana, sólo se puede cambiar amor por amor, confianza
por confianza, etc. Si se quiere gozar del arte hasta ser un hombre
artísticamente educado; si se quiere ejercer influjo sobre otro hombre, hay que
ser un hombre que actúe sobre los otros de modo realmente estimulante e
incitante. Cada una de las relaciones con el hombre —y con la naturaleza— ha de
ser una exteriorización determinada de la vida individual real que
se corresponda con el objeto de la voluntad. Si amas sin despertar amor, esto
es, si tu amor, en cuanto amor, no produce amor recíproco, si mediante
una exteriorización vital como hombre amante no te
conviertes en hombre amado, tu amor es impotente, una desgracia.
||XLIII|
[Crítica de la dialéctica hegeliana y de la filosofía
de Hegel en general]
(VI) Este punto es
quizá el lugar donde, para entendimiento y justificación de lo dicho, conviene
hacer algunas indicaciones; tanto sobre la dialéctica hegeliana en general como
especialmente sobre su exposición en la Fenomenología y en la Lógica y, finalmente,
sobre la relación con Hegel del moderno movimiento crítico.
La preocupación de
la moderna crítica alemana por el contenido del viejo mundo era tan fuerte,
estaba tan absorta en su asunto, que mantuvo una actitud totalmente acrítica
respecto del método de criticar y una plena inconsciencia respecto de la
siguiente cuestión parcialmente formal, pero
realmente esencial: ¿en qué situación nos encontramos ahora
frente a la dialéctica hegeliana? La inconsciencia sobre la relación de la
crítica moderna con la filosofía hegeliana en general y con la dialéctica en
particular era tan grande, que críticos como Strauss y Bruno Bauer (el primero
completamente, el segundo en sus Sinópticos, en los que, frente a
Strauss, coloca la «autoconciencia» del hombre abstracto en lugar de la
sustancia de la «naturaleza abstracta» e incluso en el Cristianismo descubierto) están,
al memos en potencia, totalmente presos de la lógica hegeliana. Así, por
ejemplo, se dice en el Cristianismo descubierto: «Como si la
autoconciencia, al poner el mundo, la diferencia, no se produjera a sí misma al
producir su objeto, pues ella suprime de nuevo la diferencia de lo producido
con ella misma, pues ella sólo en la producción y el movimiento es ella misma;
como si no tuviera en este movimiento su finalidad», etc., o bien: «Ellos (los
materialistas franceses) no han podido ver aún que el movimiento del universo
sólo como movimiento de la autoconciencia se ha hecho real para sí y ha llegado
a la unidad consigo mismo». Expresiones que ni siquiera en la terminología
muestran una diferencia respecto de la concepción hegeliana, sino que más bien
la repiten literalmente.
(XII) Hasta que
punto era escasa en el acto de la critica (Bauer, Los sinópticos) la
conciencia de su relación con la dialéctica hegeliana, hasta qué punto esta
conciencia no aumentó incluso después del acto de la crítica material es cosa
que prueba Bauer cuando en su Buena causa de la libertad rechaza
la indiscreta pregunta del señor Gruppe: «¿Qué hay de la lógica?)»,
remitiéndola a los críticos futuros.
Pero incluso ahora,
después de que Feuerbach (tanto en Sus «Tesis de los Anekdota» como,
detalladamente, en la Filosofía del futuro) ha
demolido el núcleo de la vieja dialéctica y la vieja filosofía; después de que,
por el contrario, aquella critica que no había sido capaz de realizar el hecho,
lo vio consumado y se proclamó crítica pura, decisivo, absoluta, llegada a
claridad consigo misma; después de que, en su orgullo espiritualista, redujo el
movimiento histórico todo a la relación del mundo (que frente a ella cae bajo
la categoría de «masa») con ella misma y ha disuelto todas las contradicciones
dogmáticas en la única contradicción dogmática de su propia
agudeza con la estupidez del mundo, del Cristo crítico con la Humanidad como el
«montón», después de haber probado, día tras día y hora tras hora, su propia
excelencia frente a la estupidez de la masa; después de que, por último, ha
anunciado el juicio final crítico, proclamando que
se acerca el día en que toda la decadente humanidad se agrupará ante ella y
será por, ella dividida en grupos, recibiendo cada montón su testimonium paupertatis; después
de haber hecho imprimir su superioridad sobre los sentimientos humanos y sobre
el mundo, sobre el cual, tronando en su orgullosa soledad, sólo deja caer, de
tiempo en tiempo, la risa de los dioses olímpicos desde sus sarcásticos labios;
después de todas estas divertidas carantoñas del idealismo (del
neohegalianismo) que expira en la forma de la crítica, éste no ha expresado ni
siquiera la sospecha de tener que explicarse críticamente con su madre, la
dialéctica hegeliana, así como tampoco ha sabido dar una indicación crítica
sobre la dialéctica de Feuerbach. Una actitud totalmente acrítica para consigo
mismo.
Feuerbach es el
único que tiene respecto de la dialéctica hegeliana una actitud seria,
crítica, y el único que ha hecho verdaderos descubrimientos en este
terreno. En general es el verdadero vencedor de la vieja filosofía. Lo grande
de la aportación y la discreta sencillez con que Feuerbach la da al mundo están
en sorprendente contraste con el comportamiento contrario.
La gran hazaña de
Feuerbach es:
1) La prueba de que
la Filosofía no es sino la Religión puesta en ideas y desarrollada
discursivamente; que es, por tanto, tan condenable como aquélla y no representa
sino otra forma, otro modo de existencia de la enajenación del ser humano.
2) La fundación
del verdadero materialismo y de la ciencia
real, en cuanto que Feuerbach hace igualmente de la relación social «del
hombre al hombre» el principio fundamental de la teoría'.
3) En cuanto
contrapuso a la negación de la negación que afirma ser lo positivo absoluto lo
positivo que descansa sobre él mismo y se fundamenta positivamente a si mismo.
Feuerbach explica
la dialéctica hegeliana (fundamentando con ello el punto de partida de lo
positivo, de sensiblemente cierto) del siguiente modo:
Hegel parte de la
enajenación (lógicamente de lo infinito, de lo universal abstracto) de la
sustancia, de la abstracción absoluta y fijada; esto es, dicho en términos
populares, parte de la Religión y de la Teología.
Segundo. Supera lo infinito, pone lo verdadero, lo sensible,
lo real, lo finito, lo particular (Filosofía, superación de la Religión y de la
Teología),
Tercero. Supera de nuevo lo positivo, restablece nuevamente
la abstracción, lo infinito; restablecimiento de la religión y de la Teología.
Feuerbach concibe
la negación de la negación sólo como contradicción de la
Filosofía consigo misma; como la Filosofía que afirma la Teología
(trascendencia, etc.) después de haberla negado; que la afirma en oposición a
sí misma.
La posición o
autoafirmación y autoconfirmación que está implícita en la negación de la
negación es concebida como una posición no segura aún de sí misma, lastrada por
ello de su contrario, dudosa de si misma y por ello necesitada de prueba, que
no se prueba, pues, a si misma mediante su existencia; como una posición
inconfesada (XIII) y a la que, por ello, se le contrapone, directa e
inmediatamente, la posición sensorialmente cierta, fundamentada en si misma.
Pero en cuanto que
Hegel ha concebido la negación de la negación, de acuerdo con el aspecto
positivo en ella implícito, como lo verdadero y único positivo y, de acuerdo
con el aspecto negativo también implícito, como el único acto verdadero y acto
de autoafirmación de todo ser, sólo ha encontrado la expresión abstracta,lógica, especulativa para
el movimiento de la Historia, que no es aún historia real del
hombre como sujeto presupuesto, sino sólo acto genérico del
hombre,historia del nacimiento del hombre. Explicaremos tanto la
forma abstracta como la diferencia que este movimiento tiene el Hegel en
oposición a la moderna crítica del mismo proceso en La Esencia del
Cristianismo, de Feuerbach; o más bien, explicaremos la forma crítica de
este movimiento que en Hegel es aún acrítico.
Una ojeada al
sistema hegeliano. Hay que comenzar con la Fenomenología hegeliana,
fuente verdadera y secreto de la Filosofía hegeliana.
Fenomenología
A) La autoconciencia
I. Conciencia a) Certeza sensorial
o lo esto y lo mío b) La percepción o la cosa
con sus propiedades y la ilusión. c) Fuerza y entendimiento,
fenómeno y mundo suprasensible.
II. Autoconciencia. La
verdad de la certeza de sí mismo. a) Dependencia e independencia de la
autoconciencia, señorío y vasallaje. b) Libertad de la autoconciencia.
Estoicismo, escepticismo, la conciencia desventurada.
III. Razón.
Certeza y verdad de la razón. Razón observadora; observación de la naturaleza y
de la autoconciencia. b) Realización de la autoconciencia racional mediante
ella misma. El goce y la necesidad. La ley de corazón y el delirio de la
presunción. La virtud y el curso del mundo. c) La individualidad que es real en
sí y para si. El reino animal del espíritu y el fraude o la cosa misma. La
razón legisladora. La razón examinadora de leyes.
B) El espíritu
I. El verdadero espíritu:
la ética. II. El espíritu enajenado de sí, la cultura. III. El espíritu seguro
de si mismo, la moralidad.
C) La
Religión
Religión natural,
religión estética, religión revelada.
D) El saber
absoluto
Cómo la Enciclopedia de
Hegel comienza con la lógica, con el pensamiento especulativo puro,
y termina con el saber absoluto, con el espíritu autoconsciente, que se capta a
sí mismo, filosófico, absoluto, es decir, con el espíritu sobrehumano
abstracto, la Enciclopedia toda no es más que la esencia
desplegada del espíritu filosófico, su autoobjetivación. El espíritu
filosófico no es a su vez sino el enajenado espíritu del mundo que piensa
dentro de su autoenajenación, es decir, que se capta a sí mismo en forma
abstracta. La lógica es el dinero del
espíritu, el valor pensado; especulativo, del
hombre y de la naturaleza; su esencia que se ha hecho totalmente indiferente a
toda determinación real y es, por tanto, irreal; es el pensamiento enajenado que
por ello hace abstracción de la naturaleza y del hombre real; el
pensamiento abstracto. La exterioridad de este pensamiento abstracto... La naturaleza tal
como es para este pensamiento abstracto; ella es exterior a él, la pérdida de
sí mismo; y él la capta también externamente, como pensamiento abstracto, pero
como pensamiento abstracto enajenado; finalmente, el espíritu, este pensamiento
que retorna a su propia cuna, que como espíritu antropológico, fenomenológico,
psicológico, moral, artístico—religioso, todavía no vale para al mismo hasta
que, por último, como saber
absoluto, se encuentra y relaciona consigo mismo en el
espíritu ahora absoluto, es decir, abstracto, y recibe su existencia
consciente, la existencia que le corresponde, pues su existencia real es
la abstracción.
Un doble error en
Hegel.
El primero emerge
de la manera más clara en la Fenomenología, como cuna de la
Filosofía hegeliana. cuando él concibe, por ejemplo, la riqueza, el poder
estatal, etcétera, como esencias enajenadas para el ser humano,
esto sólo se produce en forma especulativa... Son entidades ideales y por ello
simplemente un extrañamiento del pensamiento filosófico puro; es
decir, abstracto. Todo el movimiento termina así con el saber absoluto. Es
justamente del pensamiento abstracto de donde estos objetos están extrañados y
es justamente al pensamiento abstracto al que se enfrentan con su pretensión de
realidad. El filósofo (una forma abstracta, pues, del hombre
enajenado) se erige en medida del mundo enajenado. Toda
la historia de la enajenación y toda
la revocación de la enajenación no es así sino la historia de
la producción del pensamiento abstracto, es decir, absoluto (Vid.
página XIII) (XVII), del pensamiento lógico especulativo. Elextrañamiento, que
constituye, por tanto, el verdadero interés de esta enajenación y de la
supresión de esta enajenación, es la oposición de en si y para si,
de conciencia y autoconciencia, de objeto y sujeto, es decir, la
oposición, dentro del pensamiento mismo, del pensamiento abstracto y la
realidad sensible o lo sensible real. Todas las demás oposiciones y movimientos
de estas oposiciones son sólo la apariencia, la envoltura, la
forma esotérica de estas oposiciones, las únicas interesantes,
que constituyen el sentido de las restantes profanas
oposiciones. Lo que pasa por esencia establecida del extrañamiento y lo que hay
que superar no es el hecho de que el ser humano se objetive de
forma humana, en oposición a si mismo, sino el que se objetive a diferencia de
y en oposición al pensamientoabstracto.
(XVIII) La
apropiación de las fuerzas esenciales humanas, convertidas en objeto, en objeto
enajenado, es pues, en primer lugar, una apropiación que se
opera sólo en la conciencia, en el pensamiento puro, es
decir, en la abstracción, la apropiación de objetos como pensamientos y movimientos del pensamiento, por
esto, ya en la Fenomenología (pese a su aspecto totalmente
negativo y crítico, y pese a la crítica real en ella contenida, que con
frecuencia se adelanta mucho al desarrollo posterior) está latente como germen,
como potencia, está presente como un misterio, el positivismo acrítico y el
igualmente acrítico idealismo de las obras posteriores de Hegel, esa disolución
y restauración filosóficas de la empiria existente. En segundo lugar. La
reivindicación del mundo objetivo para el hombre (por ejemplo, el conocimiento
de la conciencia sensible no es una conciencia sensible abstracta,
sino una conciencia sensible humana; el conocimiento de que la
Religión, la riqueza, etc., son sólo la realidad enajenada de la
objetivación humana, del as fuerzas esenciales humanas nacidas
para la acción y, por ello, sólo elcamino hacia la verdadera
realidad humana), esta apropiación o la inteligencia de este
proceso se presenta así en Hegel de tal modo que la sensibilidad,
laReligión, el poder del Estado, etc., son esencias espirituales,
pues sólo el espíritu, es la verdadera esencia
del hombre, y la verdadera forma del espíritu es el espíritu pensante, el
espíritu lógico, especulativo. La humanidad de la naturaleza y
de la naturaleza producida por la historia, de los productos del hombre, se
manifiesta en que ellos son productos del espíritu abstracto
y, por tanto y en esa misma medida, momentos espirituales, esencias pensadas. La Fenomenología es
la crítica oculta, oscura aun para si misma y mistificadora; pero en cuanto
retiene el extrañamiento del hombre (aunque el hombre aparece
sólo en la forma del espíritu) se encuentran ocultos en ella todos los
elementos de la crítica y con frecuencia preparados y elaborados de
un modo que supera ampliamente el punto de vista hegeliano. La «conciencia
desventurada», la «conciencia honrada», la lucha de la «conciencia noble y la
conciencia vil», etc., estas secciones sueltas contienen (pero en forma
enajenada) los elementos críticos de esferas enteras como la
Religión, el Estado, la; Pida civil, etc. Así como la esencia, el objeto,
aparece como esencia pensada, así el sujeto es siempre conciencia o autoconciencia; o
mejor, el objeto aparece sólo como conciencia abstracta, el hombre
sólo comoautoconciencia; la diversas formas del extrañamiento que
allí emergen son, por esto, sólo distintas formas de la conciencia y de la
autoconciencia. Como la conciencia abstracta en si (el objeto
es concebido como tal) es simplemente un momento, de diferenciación de la
autoconciencia, así también surge como resultado del movimiento la identidad de
la autoconciencia con la conciencia, el saber absoluto, el movimiento del
pensamiento abstracto que no va ya hacia fuera, sino sólo dentro de si mismo;
es decir, el resultado es la dialéctica del pensamiento puro.
(XXIII) Lo
grandiosa de la Fenomenología hegeliana y de su resultado
final (la dialéctica de la negatividad como principio motor y generador) es,
pues, en primer lugar, que Hegel concibe la autogeneración del hombre como un
proceso, la objetivación como desobjetivación: como enajenación y como
supresión de esta enajenación; que capta la esencia del trabajo y
concibe el hombre objetivo, verdadero porque real, como resultado de su propio
trabajo. La relación real, activa, del hombre consigo mismo
como ser genérico, o su manifestación de sí como un ser genérico general, es
decir, como ser humano, sólo es posible merced a que el realmente exterioriza
todas sus fuerzas genéricas (lo cual, a su vez,
sólo es posible por la cooperación de los hombres, como resultado de la
historia) y se comporta frente a ellas como frente a objetos (lo que, a su vez,
sólo es posible de entrada en la forma del extrañamiento).
Expondremos ahora
detalladamente la unilateralidad los limites de Hegel a la luz del capítulo
final de la Fenomenología, el saber absoluto: un capítulo que
contiene tanto el espíritu condensado de la Fenomenología, su relación con la
dialéctica especulativa, como la conciencia de Hegel sobre
ambos y sobre su relación recíproca.
De momento,
anticiparemos sólo esto: Hegel se coloca en el punto de vista de la Economía
Política moderna. Concibe el trabajo como la esencia del
hombre, que se prueba a si misma; él sólo ve el aspecto positivo del trabajo,
no su aspecto negativo. El trabajo es el devenir para sí
del hombre dentro de la enajenación o como hombre enajenado.
El único trabajo que Hegel conoce y reconoce es el abstracto espiritual.
Lo que, en general, constituye la esencia de la Filosofía, laenajenación del hombre que
se conoce, o la ciencia enajenada que se piensa, lo
capta Hegel como esencia del trabajo y por eso puede, frente a la filosofía
precedente, reunir sus diversos momentos, presentar su Filosofía como la Filosofía.
Lo que los otros filósofos hicieron (captar momentos aislados de la naturaleza
y de la vida humana con momentos de la autoconciencia o, para ser precisos, de
la autoconciencia abstracta) lo sabe Hegel como el hacer de
la Filosofía, por eso su ciencia es absoluta.
Pasemos ahora a
nuestro tema.
El saber absoluto.
Capítulo final de la Fenomenología
La cuestión
fundamental es que el objeto de la conciencia no
es otra cosa que la autoconciencia, o que el objeto no es sino
la autoconciencia objetivada, la autoconciencia
como objeto (poner al hombre = autoconciencia).
Importa, pues,
superar el objeto de la conciencia. La
objetividad como tal es una relación enajenada del hombre, una relación que no
corresponde a la esencia humana, a la autoconciencia. La reapropiación de
la esencia objetiva del hombre, generada como extraña bajo la determinación del
extrañamiento, no tiene, pues, solamente la. significación de suprimir el
extrañamiento, sino también la objetividad; es decir, el
hombre pasa por ser no objetivo, espiritualista.
El movimiento de
la superación del objeto de la conciencia lo
describe Hegel del siguiente modo:
El objeto no
se muestra únicamente (esta es, según Hegel, la concepción unilateral —que
capta una sola cara— de aquel movimiento) como retornando al si mismo.
El hombre es puesto como igual al si mismo. Pero el si mismo no es sino el
hombre abstractamente concebido y generado mediante la
abstracción. El hombre es mismeidad. Su ojo, su oído, etc.,
son mismeidad; cada una de sus fuerzas esenciales tiene en él
la propiedad de la mismeidad. Pero por eso es completamente
falso decir: la autoconciencia tiene ojos, oídos, fuerzas
esenciales. La autoconciencia es más bien una cualidad de la naturaleza humana,
del ojo humano, etc., no la naturaleza humana de la (XXIV) autoconciencia.
El si mismo
abstraído y fijado para sí es el hombre como egoísta abstracto,
el egoísmo en su pura abstracción elevado hasta el pensamiento
(volveremos más tarde sobre esto).
La esencia
humana, el hombre, equivale para Hegel a autoconciencia. Todo
extrañamiento de la esencia humana no es nada más que extrañamiento de
laautoconciencia. El extrañamiento de la conciencia no es considerado
como expresión (expresión que se refleja en el saber y el
pensar) del extrañamiento real de la humana esencia. El
extrañamiento verdadero, que se manifiesta como real, no es,
por el contrario, según su más intima y escondida esencia (que sólo la
Filosofía saca a la luz) otra cosa que el fenómeno del
extrañamiento de la esencia humana real, de la autoconciencia. Por
eso la ciencia que comprende esto se llamaFenomenología. Toda
reapropiación de la esencia objetiva enajenada aparece así como una
incorporación en la autoconciencia; el hombre que se apodera de su esencia real
no es sino la autoconciencia que se apodera de la esencia objetiva; el retorno
del objeto al si mismo es, por tanto, la reapropiación del objeto.
Expresada de forma universal, la superación del
objeto de la autoconciencia es:
1) Que el objeto en
cuanto tal se presenta a la conciencia como evanescente; 2) Que es la
enajenación de la autoconciencia la que pone la coseidad; 3) Que esta
enajenación no sólo tiene significado positivo, sino
también negativo, 4) Que no lo tiene sólo para nosotros o
en sí, sino también para ella; 5) Para ella [la autoconciencia] lo negativo del
objeto o su autosupresión tiene significado positivo, o lo que
es lo mismo, ella conoce esta negatividad del mismo porque
ella se enajena así misma, pues en esta enajenación ella se pone
como objeto o pone al objeto como si misma en virtud de la inseparable unidad
del ser para sí 6) De otra parte, está igualmente presente
este otro momento, a saber: que ella [la autoconciencia] ha superado y retomado
en sí misma esta enajenación y esta objetividad, es decir, en su ser
otro como tal está junto a sí; 7) Este es el
movimiento de la conciencia y ésta es, por ella, la totalidad de sus momentos;
8) Ella [la autoconciencia] tiene que comportarse con el objeto según la totalidad
de sus determinaciones tiene que haberlo captado, así, según cada una de ellas.
Esta totalidad de sus determinaciones lo hace en sí esencia espiritual y
para la conciencia se hace esto verdad por la aprehensión de cada una de ellas
[las determinaciones] en particular como el al mismo o por el
antes mencionado comportamiento espiritual hacia ellas.
Ad. 1) El que el
objeto como tal se presente ante la conciencia como evanescente es el antes
mencionado retorno del objeto al si mismo.
Ad. 2) La
enajenación de la autoconciencia pone la coseidad.
Puesto que el hombre = autoconciencia, su esencia objetiva enajenada, o
la coseidad (lo que para él es objeto, y solo es
verdaderamente objeto para él aquello que le es objeto esencial, es decir,
aquello que es su esencia objetiva. Ahora bien, puesto que no
se hace sujeto al hombre real como tal y, por tanto, tampoco a
la naturaleza —el hombre es la naturaleza humana— sino
sólo a la abstracción del hombre, a la autoconciencia, la coseidad sólo puede
ser la autoconciencia enajenada), equivale a la autoconciencia enajenada
y la coseidad es puesta por esta enajenación. Es completamente
natural que un ser vivo, natural, dotado y provisto de fuerzas esenciales
objetivas, es decir, materiales, tenga objetos reales, naturales,
de su ser, así como que su autoenajenación sea el establecimiento de un
mundo real, objetivo, pero bajo la forma de la exterioridad, es
decir, no perteneciente a su ser y dominándolo. No hay nada inconcebible o
misterioso en ello. Mas bien seria misterioso lo contrario. Pero igualmente
claro es que una autoconciencia, es decir, su enajenación,
sólo puede poner la coseidad, es decir, una cosa abstracta,
una cosa de la abstracción y no una cosa real. Es además (XXVI)
también claro que la coseidad, por tanto, no es nada independiente,
esencial, frente a la autoconciencia, sino una simple creación, algo puesto por
ella, y lo puesto, en lugar de afirmarse a sí mismo, es sólo una afirmación del
acto de poner, que por un momento fija su energía como el producto y, en
apariencia —pero sólo por un momento— le asigna un ser independiente,
real.
Cuando el hombre real,
corpóreo, en pie sobre la tierra firme y aspirando y exhalando todas las
fuerzas naturales, pone sus fuerzas esenciales reales
y objetivas como objetos extraños mediante su enajenación, el acto de poner no
es el sujeto; es la subjetividad de fuerzas esenciales objetivas cuya
acción, por ello, ha de ser también objetiva. El ser objetivo
actúa objetivamente y no actuaría objetivamente si lo objetivo no estuviese
implícito en su determinación esencial. Sólo crea, sólo
pone objetos porque él [el ser objetivo] esta puesto por
objetos, porque es de por sí naturaleza. En el acto del poner no cae, pues, de
su «actividad pura» en una creación del objeto, sino que su
producto objetivo confirma simplemente su objetiva actividad,
su actividad como actividad de un ser natural y objetivo.
Vemos aquí cómo el
naturalismo realizado, o humanismo, se distingue tanto del idealismo como del
materialismo y es, al mismo tiempo, la verdad unificadora de ambos. Vemos,
también, cómo sólo el naturalismo es capaz de comprender el acto de la historia
universal.
El hombre es
inmediatamente ser natural. Como ser natural, y
como ser natural vivo, está, de una parte dotado de fuerzas naturales,
de fuerzas vitales, es un ser natural activo; estas
fuerzas existen en él como talentos y capacidades, como impulsos;
de otra parte, como ser natural, corpóreo, sensible, objetivo es, como el
animal y la planta, un ser paciente, condicionado y limitado; esto
es, los objetos de sus impulsos existen fuera de él. en cuanto objetos independientes
de él, pero estos objetos los son objetos de su necesidad,
indispensables y esenciales para el ejercicio y afirmación de sus fuerzas
esenciales. El que el hombre sea un sercorpóreo con fuerzas
naturales, vivo, real, sensible, objetivo, significa que tiene como objeto de
su ser, de su exteriorización vital objetos reales, sensibles, o
que sólo en objetos reales sensibles, puede exteriorizar su
vida. Ser objetivo natural sensible, es lo mismo que tener
fuera de si objeto, naturaleza, sentido, o que ser para un tercero objeto;
naturaleza, sentido. El hambre es una necesidad natural;
necesita, pues, una naturaleza fuera de si, un objeto fuera
de si, para satisfacerse, para calmarse. El hambre es la necesidad objetiva que
un cuerpo tiene de un objeto que está fuera de él y es
indispensable para su integración y exteriorización esencial. El sol es
el objeto de la planta, un objeto indispensable para ella,
confirmador de su vida, así como la planta es objeto del sol, como exteriorización de
la fuerza vivificadora del sol, de la fuerza esencial objetiva del
so.
Un ser que no tiene
su naturaleza fuera de sí no es un ser natural, no participa del
ser de la naturaleza. Un ser que no tiene ningún objeto fuera de si no es un
ser objetivo. Un ser que no es, a su vez, objeto para un tercer ser no tiene
ningún ser como objeto suyo, es decir, no se comporta
objetivamente, su ser no es objetivo.
(XXVII) Un ser no
objetivo es un no ser, un absurdo.
Suponed un ser que
ni es él mismo objeto ni tiene un objeto. Tal ser seria, en primer lugar,
el único ser, no existiría ningún ser fuera de él, existiría
único y solo. Pues tan pronto hay objetos fuera de mí, tan pronto no estoy
solo, soy un otro, otra realidad que el objeto fuera de mi.
Para este tercer objeto yo soy, pues, otra realidad que él, es
decir, soy su objeto. Un ser que no es objeto de otro ser
supone, pues, que no existe ningún ser objetivo. Tan pronto
como yo tengo un objeto, este objeto me tiene a mi como objeto. Pero un
ser no objetivo es un ser irracional, no sensible, sólo
pensado, es decir, solo imaginado, un ente de abstracción. Sersensible,
es decir, ser real, es ser objeto de los sentidos, ser objeto sensible,
en consecuencia, tener objetos sensibles fuera de sí, tener objetos de su
sensibilidad. Ser sensible es ser paciente.
El hombre como ser
objetivo sensible es por eso un ser paciente, y por ser un ser que
siente su pasión un ser apasionado. La pasión es la fuerza
esencial del hombre que tiende enérgicamente hacia su objeto.
El hombre, sin
embargo, no es sólo ser natural, sino ser natural humano, es decir,
un ser que es para si, que por ello es ser genérico, que en
cuanto tal tiene que afirmarse: y confirmarse tanto en su ser como en su saber.
Ni los objetos humanos son, pues, los objetos naturales tal
como se ofrecen inmediatamente, ni el sentidohumano, tal como
inmediatamente es, tal como es objetivamente, es sensibilidad humana,
objetividad humana. Ni objetiva ni subjetivamente existe la naturaleza
inmediatamente ante el ser humano en forma adecuada; y como
todo lo natural tiene que nacer, también el hombre tiene su acto de
nacimiento, la historia, que, sin embargo, es para él una
historia sabida y que, por tanto, como acto de nacimiento con conciencia, es
acto de nacimiento que se supera a si mismo. La historia es la verdadera
Historia Natural del hombre (a esto hay que volver).
En tercer lugar,
por ser este mismo acto de poner la coseidad sólo una apariencia, un acto que
contradice la' esencia de la pura actividad, ha de ser a su vez superado y
negada la coseidad.
Ad. 3, 4, 5, 6: 3º)
Esta enajenación de la conciencia no tiene solamente significado negativo, sino
también positivo y, 4º, este significado positivo no
sólo para nosotros o en sí, sino para ella, para la conciencia
misma. 5) Para ella lo negativo del objeto o la
autosuperación de éste tiene un significado positivo o, en
otros términos, ella conoce esta negatividad del mismo porque
ella se enajena a si misma, pues en esta enajenación ella se conoce como
objeto o conoce al objeto, merced a la inseparable unidad del ser —para— sí,
como sí misma. 6) De otra parte, está aquí implícito simultáneamente el otro
momento: que ella, igualmente, ha superado y retomado en si esta enajenación y
objetividad, y que así en su ser otro como tal está junto a
sí.
Hemos ya visto que
la apropiación del ser objetivo enajenado o la superación de la objetividad
bajo la determinación de la enajenación (que ha de progresar desde la extrañeza
indiferente hasta el real extrañamiento hostil) tiene para Hegel igualmente, o incluso
principalmente, el significado de superar la objetividad, porque
en el extrañamiento lo chocante para la autoconciencia no es el carácter determinado del
objeto, sino su carácter objetivo. El objeto es por eso un negativo, algo que
se supera a sí mismo, una negatividad. Esta
negatividad del mismo no tiene para la conciencia un significado negativo sino
positivo, pues esa negatividad del objeto es precisamente la autoconfirmación de
la no—objetividad, de la abstracción (XXVIII) de él mismo.
Para la conciencia misma, la negatividad del objeto tiene un
significado positivo porque ella conoce esta negatividad, el
ser objetivo, como su autoenajenación; porque sabe que sólo es mediante su
autoenajenación...
El modo en que la
conciencia es y en que algo es para ella es el saber. El saber es
su único acto. Por esto algo es para ella en la medida en que ella sabe este algo.
Saber es su único comportamiento objetivo. Ahora bien, la autoconciencia sabe
la negatividad del objeto, es decir, el no—ser—diferente del objeto respecto de
ella, el no—ser del objeto para ella, porque sabe al objeto como su
autoenajenación, es decir, ella se sabe (el saber como objeto) porque el objeto
es sólo laapariencia de un objeto, una fantasmagoría mentirosa,
pero en su ser no es otra cosa que el saber mismo que se ha opuesto a al mismo
y por eso se ha opuesto una negatividad, algo que no tiene ninguna objetividad
fuera del saber; o, dicho de otra forma, el saber sabe que al relacionarse con
un objeto, simplemente está fuerade sí, que se enajena, que él
mismo sólo aparece ante sí como objeto, o que aquello que se le
aparece como objeto sólo es él mismo.
De otra parte, dice
Hegel, aquí está implícito, al mismo tiempo, este otro momento: que la
conciencia ha superado y retomado en si esta enajenación y esta objetividad y,
en consecuencia, en su ser—otro en cuanto tal está junto a sí.
En esta
disquisición tenemos juntas todas las ilusiones de la especulación.
En primer lugar: La conciencia, la autoconciencia, está en su
ser—otro, en cuanto tal, junto a si. Por esto la autoconciencia (o si
hacemos abstracción aquí de la abstracción hegeliana y ponemos la
autoconciencia del hombre en lugar de la autoconciencia) en su ser—otro
en cuanto tal está junto a sí. Esto implica, primeramente, que la
conciencia (el saber en cuanto saber, el pensar en cuanto pensar) pretende ser
lo otro que ella misma, pretende ser sensibilidad, realidad, vida: el
pensamiento que se sobrepasa en el pensamiento (Feuerbach). Este aspecto está
contenido aquí en la medida en que la conciencia, sólo como conciencia, no se
siente repelida por la objetividad extrañada, sino por la objetividad
como tal.
En segundo lugar, esto implica que el hombre autoconsciente, que ha
reconocido y superado como autoenajenación el mundo espiritual (o la existencia
espiritual universal de su mundo), lo confirma, sin embargo, nuevamente en esta
forma enajenada y la presenta como su verdadera existencia, la restaura,
pretende estar junto a si en su ser—otro en cuanto tal. Es decir,
tras la superación, por ejemplo, de la Religión, tras haber reconocido la
Religión como un producto de la autoenajenación, se encuentra, no obstante,
confirmado en la Religión en cuanto Religión.
Aquí está la raíz del falso positivismo de
Hegel o de su solo aparente criticismo; lo que Feuerbach llama poner, negar y
restaurar la Religión o la Teología, pero que hay que concebir de modo más
general. La razón está, pues, junto a sí en la sinrazón como sinrazón. El
hombre que ha reconocido que en el Derecho, la Política, etc. lleva una vida
enajenada, lleva en esta vida enajenada, en cuanto tal, su verdadera vida
humana. La autoafirmación, la autoconfirmación en contradicción consigo
mismo, tanto con el saber como con el ser del objeto, es el verdaderosaber y
la vida verdadera.
Así, no puede
hablarse más que de una acomodación de Hegel a la Religión, al Estado, etc.,
pues esta mentira es la mentira de su principio.
(XXIX) Si yo sé que
la Religión es la autoconciencia enajenada del hombre, sé confirmada en ella no
mi autoconciencia, sino mi autoconciencia enajenada. Sé, por consiguiente, que
mi yo mismo, la autoconciencia correspondiente a mi esencia, no se confirma en
la Religión, sino más bien en la Religión superada,
aniquilada.
Así en Hegel la
negación de la negación no es la confirmación de la esencia verdadera mediante
la negación del ser aparente, sino la confirmación del ser aparente o del ser
extrañado de sí en su negación; o la negación de este ser aparente como un ser
objetivo que mora fuera del hombre y es independiente de él, y su
transformación en sujeto.
Un papel peculiar
juega en ello el superar, en el que están anuladas la negación y
la preservación, la afirmación.
Así, por ejemplo,
en la Filosofía del Derecho de Hegel, el Derecho Privado superado
es igual a Moral, la moral superada igual a familia, la
familia superada igual a Sociedad civil, la sociedad civil superada
igual a Estado, el Estado superado igual a Historia Universal. En
la realidad siguen en pie Derecho privado, moral, familia,
sociedad civil, Estado, etc., sólo que se han convertido en momentos,
en existencias y modos de existir del hombre que carecen de validez aislados,
que se disuelven y se engendra recíprocamente, etc. Momentos del Movimiento.
En su existencia
real, esta su esencia móvil está oculta. Sólo en el pensar, en
la Filosofía, se hace patente, se revela, y por eso mi verdadera existencia
religiosa es mi existencia filosófica—religiosa, mi verdadera
existencia política es mi existencia filosófico—jurídica, mi
verdadera existencia natural es mi existencia filosófico—natural, mi
verdadera existencia artística la existencia filosófico—artística, mi
verdadera existencia humana es mi existencia filosófica. Del
mismo modo, la verdadera existencia de la Religión, el Estado, la naturaleza,
el arte, es la Filosofía de la Religión, de la naturaleza, del
Estado, del arte. Pero si para mí la verdadera existencia de la Religión,
etcétera, es únicamente la Filosofía de la Religión, sólo soy verdaderamente
religioso como Filósofo de la Religión y niego así la
religiosidad real y el hombre realmente religioso.
No obstante, al mismo tiempo los confirmo, en parte, dentro de mi
propia existencia o de la existencia ajena que les opongo, pues ésta es simplemente
la expresión filosófica de aquéllos, y en parte en su peculiar
forma originaria, pues ellos valen para mi como el meramenteaparente ser
otro, como alegorías, como formas, ocultas bajo envolturas sensibles, de su
verdadera existencia, es decir, de mi existencia filosófica.
Del mismo modo,
la cualidad superada es igual a cantidad, la
cantidad superada igual a medida, la medida superada igual
a esencia, la esencia superada igual afenómeno, el fenómeno
superado igual a realidad, la realidad superada igual a concepto,
el concepto superado igual a objetividad, la objetividad
superada igual aidea absoluta, la idea absoluta superada
igual a naturaleza, la naturaleza superada igual a espíritu
subjetivo, el espíritu subjetivo superado igual a espíritu objetivo,ético,
el espíritu ético superado igual a arte, el arte superado igual
a Religión, la Religión superada igual a saber absoluto.
De un lado, este
superar es un superar del ser pensado, y así la propiedad privada pensada se
supera en la idea de la moral. Y como el pensamiento imagina
ser inmediatamente lo otro que sí mismo, realidad sensible y
como, en consecuencia, también su acción vale para él como acción real
sensible, este superar pensante, que deja intacto su objeto en la realidad,
cree haberlo sobrepasado realmente. De otro lado, como el objeto es ahora para
él momento de pensamiento, también en su realidad vale para él como confirmación
de él mismo, de la autoconciencia, de la abstracción.
(XXX) Por tanto, de
una parte, las existencias que Hegel supera en la Filosofía no
son la Religión, el Estado o la Naturaleza reales, sino la
Religión misma ya como objeto del saber, es decir, la dogmática, y
así también la jurisprudencia, la ciencia del Estado,
la ciencia natural. De una parte, pues, está en
oposición tanto al ser real como a la ciencia inmediata,
no filosófica o al concepto no filosófico de este ser.
Contradice, por tanto, los conceptos usuales de estas ciencias.
De otra parte el
hombre religioso, etc., puede encontrar en Hegel su confirmación final.
Hay que resumir
ahora los momentos positivos de la dialéctica hegeliana,
dentro de la determinación del extrañamiento.
a) El superar como
movimiento objetivo que retoma en sí la enajenación. Es esta
la visión, expresada dentro del extrañamiento, de la apropiación de la esencia
objetiva mediante la superación de su extrañamiento, la visión enajenada de
la objetivación real del hombre, de la apropiación
real de su esencia objetiva mediante la aniquilación de la determinación
enajenada del mundo objetivo, mediante su superación de su existencia
enajenada. Del mismo modo que el ateísmo, en cuanto superación de Dios, es el
devenir del humanismo teórico, el comunismo, en cuanto superación de la
propiedad privada, es la reivindicación de la vida humana real como propiedad
de sí misma, es el devenir del humanismo práctico, o dicho de otra forma, el
ateísmo es el humanismo conciliado consigo mismo mediante la superación de la
Religión; el comunismo es el humanismo conciliado consigo mismo mediante la
superación de la propiedad privada. Sólo mediante la superación de esta
mediación (que es, sin embargo, un presupuesto necesario) se llega al humanismo
que comienza positivamente a partir de sí mismo, al humanismo positivo.
Pero ateísmo y
comunismo no son ninguna huida, ninguna abstracción, ninguna perdida del mundo
objetivo engendrado por el hombre, de sus fuerzas esenciales nacidas para la
objetividad; no son una indigencia que retorna a la simplicidad antinatural no
desarrollada. Son, por el contrario y por primera vez, el devenir real, la
realización, hecha real para el hombre, de su esencia, y de su esencia como
algo real.
Al captar el
sentido positivo de la negación referida a sí misma (aunque de
nuevo lo haga en forma enajenada) Hegel entiende el extrañamiento, respecto de
si mismo, la enajenación esencial, la desobjetivación y desrealización del
hombre, como un ganarse a si mismo, como manifestación esencial, como
objetivación, como realización. En resumen, aprehende (dentro de la
abstracción) el trabajo como acto autogenerador del hombre, el
relacionarse consigo mismo como un ser extraño, y su manifestarse como un ser
extraño, como conciencia genérica y vida genérica en
devenir.
b) En Hegel (a
pesar del absurdo ya señalado, o más bien a consecuencia de él) este acto
aparece, sin embargo, en primer lugar, como acto puramente formalporque
abstracto, porque el ser humano mismo sólo tiene valor como ser abstracto
pensante, como autoconciencia; en segundo lugar, como la aprehensión esformal y abstracta,
la superación de la enajenación se convierte en una confirmación de la
enajenación o, dicho de otra forma, para Hegel ese movimiento deautogeneración, de autoobjetivación como autoenajenación y autoextrañamiento, es
la manifestación absoluta de la vida humana y por eso la
definitiva, la que constituye su propia meta y se satisface en si, la que toca
a su esencia.
En su forma
abstracta (XXXI), como dialéctica, este movimiento pasa así por la vida
verdaderamente humana pero como esta verdadera vida humana es una
abstracción, un extrañamiento de la vida humana, esa vida es considerada
como proceso divino, pero como el proceso divino
del hombre; un proceso que recorre la esencia misma del hombre distinta de él,
abstracta, pura, absoluta.
En tercer lugar: Este proceso ha de tener un portador, un sujeto;
pero el sujeto sólo aparece en cuanto resultado; este resultado, el sujeto que
se conoce como autoconciencia absoluta, es por tanto el Dios,
el espíritu absoluto, la idea que se conoce y
se afirma. El hombre real y la naturaleza real se convierten
simplemente en predicados, en símbolos de este irreal hombre escondido y de
esta naturaleza irreal. Sujeto y predicado tienen así el uno con el otro una
relación de inversión absoluta sujeto—objeto místico o subjetividad
que trasciende del objeto, el sujeto absoluto como
un proceso, como sujeto que se enajena y vuelve a sí de la
enajenación, pero que, al mismo tiempo, la retoma en sí; el sujeto como este
proceso; el puro, incesante girar dentro de sí.
Primero. Concepción formal y abstracta del
acto de autogeneración o autoobjetivación del hombre.
El objeto
enajenado, la realidad esencial enajenada del hombre no son nada más (puesto
que Hegel identifica entre y autoconciencia) que conciencia,
simplemente la idea del extrañamiento, su expresión abstracta y
por ello irreal y carente de contenido, la negación. Igualmente,
la superación de la enajenación no es por tanto nada más que una superación
abstracta y carente de contenido de esa vacía abstracción, la negación de
la negación. La actividad plena de contenido viva, sensible y concreta de
la autoobjetivación se convierte así en su pura abstracción, en negatividad absoluta; una
abstracción que, a su vez, es fijada como tal y pensada como una actividad
independiente, como la actividad por antonomasia. Como esta llamada negatividad
no es otra cosa que la forma abstracta, carente de
contenido, de aquel acto vivo, real, su contenido sólo puede ser un
contenido formal, generado por la abstracción de todo contenido. Se
trata, pues, de las formasgenerales y abstractas de la abstracción, propias
de todo contenido y, en consecuencia, indiferentes respecto de cualquier
contenido y válidas para cualesquiera de ellos; son las formas de pensar, las
categorías lógicas desgarradas del espíritu real y de la real naturaleza.
(Más adelante desarrollaremos el contenido lógico de la
negatividad absoluta.)
Lo positivo, lo que
Hegel ha aportado aquí (en su lógica especulativa) es que, al ser los conceptos
determinados las formas fijas y generales del
pensar, en su independencia frente a la naturaleza y el espíritu, un
resultado necesario del extrañamiento universal del ser humano y, por tanto,
del pensamiento humano, Hegel las ha expuesto y resumido como momentos del
proceso de abstracción. Por ejemplo, el ser superado es esencia, la esencia
superada concepto, el concepto superado... idea absoluta. ¿Pero qué es la idea
absoluta? Ella se supera, a su vez, a sí misma si no quiere recorrer de nuevo y
desde el principio todo acto de la abstracción y no quiere contentarse con ser
una totalidad de abstracciones o la abstracción que se aprehende a al misma.
Pero la abstracción que se aprehende como abstracción se conoce como nada;
tiene que abandonarse a si misma, a la abstracción, y llega así junto a un ser
que es justamente su contrario, junto a lanaturaleza. La lógica toda es
la prueba de que el pensamiento abstracto no es nada para si, de que la idea
absoluta de por sí no es nada, que únicamente la naturaleza es
algo.
(XXXII) La idea
absoluta, la idea abstracta, que «considerada en
su unidad consigo es contemplación» (Hegel, Enciclopedia 3ª
de., pág. 222), que «en la absoluta verdad de sí misma se resuelve a
dejar salir libremente de sí el momento de su particularidad o de la
primera determinación y ser—otro, la idea inmediata como
reflejo suyo; que se resuelve a hacerse salir de si misma como
Naturaleza» (I. c.), toda esta idea que se comporta de forma
tan extraña y barroca y ha ocasionado a los hegelianos increíbles dolores de
cabeza, no es, a fin de cuentas, sino la abstracción, es decir, el
pensador abstracto. Es la abstracción que, aleccionada por la experiencia e
ilustrada sobre su verdad, se resuelve, bajo ciertas condiciones (falsas y
todavía también abstractas) a abandonarse y a poner su
ser—otro, lo particular, lo determinado, en lugar de su ser—junto—a—sí, de su
no ser, de su generalidad y su indeterminación. Se resuelve a dejar
salir libremente fuera de sí la Naturaleza, que escondía en si solo como
abstracción, como cosa de pensamiento. Es decir, se resuelve a abandonar la
abstracción y a contemplar por fin la naturaleza liberada de
ella. La idea abstracta, que se convierte inmediatamente en contemplación, no
es en realidad otra cosa que el pensamiento abstracto que renuncia a sí mismo y
se resuelve a la contemplación. Todo este tránsito de la Lógica a
la Filosofía de la Naturaleza no es sino el tránsito (de tan
difícil realización para el pensador abstracto, que por eso lo describe en
forma tan extravagante) de la abstracción a la contemplación.
El sentidomístico que lleva al filósofo del pensar abstracto al
contemplar es el aburrimiento, la nostalgia de un contenido.
(El hombre
extrañado de si mismo es también el pensador extrañado de su esencia,
es decir, de la esencia natural y humana. Sus pensamientos son, por ello,
espíritus que viven fuera de la Naturaleza y del hombre. En su Lógica,
Hegel ha encerrado juntos todos estos espíritus y ha comprendido a cada uno de
ellos, en primer lugar, como negación, es decir, como enajenación del
pensar humano, después como negación de la negación, es decir, como superación
de esta enajenación, como verdadera exteriorización del pensar
humano; pero, presa ella misma aun en el extrañamiento, esta negación de la
negación es, en parte, la restauración de estos espíritus en el extrañamiento,
en parte la fijación en el último acto, el relacionarse—consigo—mismos en la
enajenación como existencia verdadera de estos espíritus. (Es decir, Hegel
coloca en lugar de aquella abstracción fija el acto de la abstracción que gira
en torno a sí mismo; con esto tiene ya el mérito de haber mostrado la fuente de
todos esos conceptos impertinentes, que de acuerdo con el momento de su origen
pertenecen a distintas filosofías; de haberlos reunido y de haber creado como
objeto de la crítica en lugar de una abstracción determinada, la abstracción
consumada en toda su extensión,) (Más tarde veremos por qué Hegel separa el
pensamiento del sujeto; desde ahora está ya claro, sin embargo, que
cuando el hombre no es, tampoco su exteriorización vital puede ser humana y,
por tanto, tampoco podía concebirse el pensamiento como exteriorización
esencial del hombre como un sujeto humano y natural, con oídos, ojos, etcétera,
que vive en la sociedad, en el mundo y en la naturaleza), en parte, y en la
medida en que esta abstracción se comprende a si misma y se aburre
infinitamente de sí misma, el abandono del pensamiento abstracto que se mueve
sólo en el pensamiento y no tiene ni ojos, ni dientes, ni orejas, ni nada,
aparece en Hegel como la decisión de reconocer a la naturaleza como
esencia y dedicarse a la contemplación.
(XXXIII). Pero
también la Naturaleza tomada en abstracto para sí, fijada en
la separación respecto del hombre, no es nada para el hombre.
Es fácil entender que el pensador abstracto que se ha decidido a la
contemplación la contempla abstractamente. Como la naturaleza yacía encerrada
por el pensador en la figura, para él mismo escondida y misteriosa, de idea
absoluta, de cosa pensada, cuando la ha puesto en libertad sólo ha liberado
verdaderamente de sí esta naturaleza abstracta(pero ahora con el
significado de que ella es el ser—otro del pensamiento, la naturaleza real,
contemplada, distinta del pensamiento), sólo ha liberado la naturaleza en
cuanto cosa pensada. O para hablar un lenguaje humano, el pensador
abstracto, en su contemplación de la naturaleza, aprende que los seres que él
quería crear de la nada, de la pura abstracción, de la divina dialéctica, como
productos puros del trabajo del pensamiento que se mece en sí mismo y no se
asoma jamás a la realidad, no son otra cosa que abstracciones de determinaciones
naturales. La naturaleza toda le repite, pues, en forma exterior, sensible,
las abstracciones lógicas. El analiza de nuevo unas y otras
abstracciones. Su contemplación de la naturaleza es únicamente el acto
confirmatorio de su abstracción de la contemplación de la naturaleza, el acto
genético, conscientemente repetido por él, de su abstracción. Así es, por ejemplo:
el tiempo igual a la negatividad que se relaciona consigo misma (pág. 238, 1.
c.) Al devenir superado como existencia corresponde —forma natural— el
movimiento superado como materia. La luz es la forma natural de
la reflexión en sí. El cuerpo como Luna y cometa es
la forma natural de la oposición que, según
la Lógica, es, de una parte, lo positivo que descansa sobre si mismo,
de la otra, lo negativo que descansa sobre sí mismo. La tierra
es la forma natural del fundamento lógico
como unidad negativa de los opuestos, etc.
La Naturaleza como Naturaleza,
es decir, en cuanto se distingue aun sensiblemente de aquel sentido secreto
oculto en ella, la naturaleza separada, distinta de estas abstracciones,
es nada, una nada que se confirma como nada, carece
de sentido o tiene sólo el sentido de una exterioridad que ha sido
superada.
«En el punto de
vista teleológico—finito se encuentra el justo supuesto de que la Naturaleza no
tiene en sí misma el en absoluto» (pág. 225).
Su fin es la
confirmación de la abstracción. «La Naturaleza se ha revelado como la idea en
la forma del ser otro. Puesto que
la idea es, así, lo negativo de sí misma o exterior a sí
misma, la naturaleza no es exterior sólo frente a esta idea, sino que la
exterioridad constituye la determinación en la cual ella es en cuanto
naturaleza» (página 227)
No hay que entender
aquí la exterioridad como sensibilidad que
se exterioriza, abierta a la luz y al hombre sensible.
Esta exterioridad hay que tomarla aquí en el sentido de la enajenación, de una
falta, de una imperfección que no debía ser. Pues lo verdadero es siempre la
idea. La naturaleza es únicamente la forma de su ser—otro.
Y como quiera que el pensamiento abstracto es la esencia, lo que le es exterior
es, de acuerdo con su esencia, simplemente un exterior. El pensador
abstracto reconoce, al mismo tiempo, que la esencia de la Naturaleza es
la sensibilidad, la exterioridad en oposición
al pensamiento que se mece en sí mismo. Pero, simultáneamente, expresa esta
oposición de tal forma que esta exterioridad de la naturaleza, su oposición al
pensamiento, es su defecto; que en la medida en que la
naturaleza se distingue de la abstracción es una esencia defectuosa (XXXIV).
Una esencia que es defectuosa no sólo para mi, ante mis ojos, una esencia que
es defectuosa en al misma, que tiene fuera de sí algo de lo que ella carece. Es
decir, su esencia es algo otro que ella misma. Para el pensador abstracto la
naturaleza, por tanto, tiene que superarse a sí misma, pues ya ha sido puesta
por él como una esencia potencialmente superada.
«El espíritu
tiene para nosotros, como presupuesto, la naturaleza de
la cual es la verdad y, por ello, lo absoluto primero.
En esta verdad ha desaparecido la naturaleza y el Espíritu se
ha revelado como la Idea llegada a su ser—para sí, de la cual es el concepto tanto objeto como sujeto.
Esta identidad es absolutanegatividad, porque en la naturaleza
tiene el concepto su plena objetividad exterior, pero esta enajenación suya ha
sido superada y el concepto se ha hecho en ella idéntico consigo mismo. Así él
es esta identidad sólo como retorno de la naturaleza» (pág. 392).
«La revelación, que
como idea abstracta es tránsito inmediato, devenir de
la naturaleza, es, como revelación del espíritu, que es libre, establecimiento de
la naturaleza como mundo suyo; un establecimiento que como
reflexión es al mismo tiempo presuposición del mudo como
naturaleza independiente. La revelación en el concepto es creación de la
naturaleza como ser del espíritu, en la cual él se da la afirmación y verdad de
su libertad... Lo absoluto es el espíritu;
esta es la definición suprema de lo Absoluto».
C. M A R X
MANIFIESTO INAUGURAL DE LA
ASOCIACION INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES
Fundada el 28 de
septiembre de 1864, en una Asamblea Pública celebraba en Saint Martin's Hall de
Long Acre, Londres [1]
Trabajadores:
Es un hecho
notabilísimo el que la miseria de las masas trabajadoras no haya disminuido
desde 1848 hasta 1864, y, sin embargo, este período ofrece un desarrollo incomparable
de la industria y el comercio. En 1850, un órgano moderado de la burguesía
británica, bastante bien informado, pronosticaba que si la exportación y la
importación de Inglaterra ascendían a un 50 por 100, el pauperismo descendería
a cero. Pero, ¡ay! el 7 de abril de 1864, el canciller del Tesoro [*] cautivaba
a su auditorio parlamentario, anunciándole que el comercio de importación y
exportación había ascendido en el año de 1863 «a 443.955.000 libras esterlinas,
cantidad sorprendente, casi tres veces mayor que el comercio de la época,
relativamente reciente, de 1843». Al mismo tiempo, hablaba elocuentemente de la
«miseria». «Pensad —exclamaba— en los que viven al borde de la miseria», en los
«salarios... que no han aumentado», en la «vida humana... que de diez casos, en
nueve no es otra cosa que una lucha por la existencia». No dijo nada del pueblo
irlandés, qu en el Norte de su país es remplazado gradualmente por las
máquinas, y en el Sur, por los pastizales para ovejas. Y aunque las mismas
ovejas disminuyen en este desgraciado país, lo hacen con menos rapidez [6] que
los hombres. Tampoco repitió lo que acababan de descubrir en un acceso súbito
de terror los más altos representantes de los «diez mil de arriba». Cuando el
pánico producido por los «estranguladores» [2] adquirió grandes
proporciones, la Cámara de los Lores ordenó que se hiciera una investigación y
se publicara un informe sobre los penales y lugares de deportación. La verdad
salió a relucir en el voluminoso Libro
Azul de 1863 [3], demostrándose con
hechos y guarismos oficiales que los peores criminales condenados, los
presidiarios de Inglaterra y Escocia, trabajaban muchos menos y estaban mejor
alimentados que los trabajadores agrícolas de esos mismos países. Pero no es
eso todo. Cuando a consecuencia de la guerra civil de Norteamérica [4],
quedaron en la calle los obreros de los condados de Lancaster y de Chester, la
misma Cámara de los Lores envió un médico a los distritos industriales,
encargándole que averiguase la cantidad mínima de carbono y de nitrógeno,
administrable bajo la forma más corriente y menos cara, que pudiese bastar por
término medio «para prevenir las enfermedades ocasionadas por el hambre». El
Dr. Smith, médico delegado, averiguó que 28.000 gramos de carbono y 1.330
gramos de nitrógeno semanales eran necesarios, por término medio, para
conservar la vida de una persona adulta... en el nivel mínimo, bajo el cual
comienzan las enfermedades provocadas por el hambre. Y descubrió también que
esta cantidad no distaba mucho del escaso alimento a que la extremada miseria
acababa de reducir a los trabajadores de las fábricas de tejidos de
algodón [*]. Pero escuchad aún:
Algo después, el docto médico en cuestión fue comisionado nuevamente por el
Consejero Médico del Consejo Privado, para hacer un informe sobre la
alimentación de las clases trabajadoras más pobres. El "Sexto Informe
sobre la Sanidad Pública", dado a la luz en este mismo año por orden del
parlamento, contiene el resultado de sus investigaciones. ¿Qué ha descubierto
el doctor? Que los tejedores en seda, las costureras, los
guanteros, los tejedores de medias, etc., no recibían, por lo general, ni la
miserable comida de
los trabajadores en paro forzoso de la fábrica de tejidos de algodón, ni
siquiera la cantidad de carbono y nitrógeno «suficientes para prevenir las
enfermedades ocasionadas por el hambre».
[7]
«Además» —citamos
textualmente el informe— «el examen del estado de las familias agrícolas ha
demostrado que más de la quinta parte de ellas se hallan reducidas a una
cantidad de alimentos carbonados inferior a la considerada suficiente, y más de
la tercera parte a una cantidad menos que suficiente de alimentos nitrogenados;
y que en tres condados (Berks, Oxford y Somerset), el régimen alimenticio se
caracteriza, en general, por su insuficiente contenido en alimentos
nitrogenados». «No debe olvidarse» —añade el dictamen oficial— «que la
privación de alimento no se soporta sino de muy mala gana, y que, por regla
general, la falta de alimento suficiente no llega jamás sino después de muchas
otras privaciones... La limpieza misma es considerada como una cosa cara y
difícil, y cuando el sentimiento de la propia dignidad impone esfuerzos por
mantenerla, cada esfuerzo de esta especie tiene que pagarse necesariamente con
un aumento de las torturas del hambre». «Estas reflexiones son tanto más
dolorosas, cuanto que no se trata aquí de la miseria merecida por la pereza,
sino en todos los casos de la miseria de una población trabajadora. En
realidad, el trabajo por el que se obtiene tan escaso alimento es, en la
mayoría de los casos, un trabajo excesivamente prolongado».
El dictamen
descubre el siguiente hecho extraño, y hasta inesperado: «De todas las regiones
del Reino Unido», es decir, Inglaterra, el País de Gales, Escocia e Irlanda,
«la población agrícola de Inglaterra», precisamente la de la parte más
opulenta, «es evidentemente la peor alimentada»; pero hasta los labradores de
los condados de Berks, Oxford y Somerset están mejor alimentados que la mayor
parte de los obreros calificados que trabajan a domicilio en el Este de
Londres.
Tales son los datos
oficiales publicados por orden del parlamento en 1864, en el siglo de oro del
librecambio, en el momento mismo en que el canciller del Tesoro decía a la
Cámara de los Comunes que
«la condición de
los obreros ingleses ha mejorado, por término medio, de una manera tan
extraordinaria, que no conocemos ejemplo semejante en la historia de ningún
país ni de ninguna edad».
Estas exaltaciones
oficiales contrastan con la fría observación del dictamen oficial de la Sanidad
Pública:
«La salud pública
de un país significa la salud de sus masas, y es casi imposible que las masas
estén sanas si no disfrutan, hasta lo más bajo de la escala social, por lo
menos de un bienestar mínimo».
Deslumbrado por los
guarismos de las estadísticas, que bailan ante sus ojos demostrando el
«progreso de la nación», el canciller del Tesoro exclama con acento de
verdadero éxtasis:
«Desde 1842 hasta
1852, la renta imponible del país aumentó en un 6%; en ocho años, de 1853 a
1861, aumentó ¡en un veinte por ciento! Este es un hecho tan sorprendente, que
casi es increíble... Tan embriagador aumento de riqueza y de poder» —añade Mr.
Gladstone— «se halla restringido exclusivamente a las clases poseedoras».
Si queréis saber en
qué condiciones de salud perdida, de moral vilipendiada y de ruina intelectual
ha sido producido y se está produciendo por las clases laboriosas ese
«embriagador [8] aumento de riqueza y de poder, restringido exclusivamente a
las clases poseedoras», examinad la descripción que se hace en el último
«Informe sobre la Sanidad Pública» referente a los talleres de sastres,
impresores y modistas. Comparad el «Informe de la Comisión para examinar el
trabajo de los niños», publicado en 1863 y donde se prueba, entre otras cosas,
que
«los alfareros,
hombres y mujeres, constituyen un grupo de la población muy degenerado, tanto
desde el punto de vista físico como desde el punto de vista intelectual»; que
«los niños enfermos llegan a ser, a su vez, padres enfermos»; que «la
degeneración progresiva de la raza es inevitable» y que «la degeneración de la
población del condado de Stafford habría sido mucho mayor si no fuera por la
continua inmigración procedente de las regiones vecinas y por los matrimonios
mixtos con capas de la población más robustas».
¡Echad una ojeada
en el Libro Azul al informe del señor Tremenheere, sobre las «Quejas de los
oficiales panaderos»! Y quién no se ha estremecido al leer la paradójica
declaración de los inspectores de fábrica, ilustrada por los datos demográficos
oficiales, según la cual la salud pública de los obreros de Lancaster ha
mejorado considerablemente, a pesar de hallarse reducidos a la ración de
hambre, porque la falta de algodón los ha echado temporalmente de las fábricas;
y que la mortalidad de los niños ha disminuido, porque al fin pueden las madres
darles el pecho en vez del cordial de Godfrey.
Pero volvamos una
vez más la medalla. Por el informe sobre el impuesto de las Rentas y
Propiedades presentado a la Cámara de los Comunes el 20 de julio de 1864, vemos
que del 5 de abril de 1862 al 5 de abril de 1863, 13 personas han engrosado las
filas de aquellos cuyas rentas anuales están evaluadas por el cobrador de las
contribuciones en 50.000 libras esterlinas y más, pues su número subió en ese
año de 67 a 80. El mismo informe descubre el hecho curioso de que unas 3.000
personas se reparten entre sí una renta anual de 25.000.000 de libras
esterlinas, es decir, más de la suma total de ingresos distribuida anualmente
entre toda la población agrícola de Inglaterra y del País de Gales. Abrid el
registro del censo de 1861 y hallaréis que el número de los propietarios
territoriales de sexo masculino en Inglaterra y en el País de Gales se ha
reducido de 16.934 en 1851, a 15.066 en 1861, es decir, la concentración de la
propiedad territorial ha crecido en diez años en un 11% Si en Inglaterra la
concentración de la propiedad territorial sigue progresando al mismo ritmo, la
cuestión territorial se habrá simplificado notablemente, como lo estaba en el
Imperio Romano, cuando Nerón se sonrió al saber que la mitad de la provincia de
Africa pertenecía a seis personas.
[9]
Hemos insistido
tanto en estos «hechos, tan sorprendentes, que son casi increíbles», porque
Inglaterra está a la cabeza de la Europa comercial e industrial. Acordaos de
que hace pocos meses uno de los hijos refugiados de Luis Felipe felicitaba
públicamente al trabajador agrícola inglés por la superioridad de su suerte
sobre la menos próspera de sus camaradas de allende el Estrecho. Y en verdad,
si tenemos en cuenta la diferencia de las circunstancias locales, vemos los
hechos ingleses reproducirse, en escala algo menor, en todos los países
industriales y progresivos del continente. Desde 1848 ha tenido lugar en estos
países un desarrollo inaudito de la industria y una expansión ni siquiera
soñada de las exportaciones y de las importaciones. En todos ellos «el aumento
de la riqueza y el poder, restringido exclusivamente a las clases poseedoras»
ha sido en realidad «embriagador». En todos ellos, lo mismo que en Inglaterra,
una pequeña minoría de la clase trabajadora ha obtenido cierto aumento de su
salario real; pero para la mayoría de los trabajadores, el aumento nominal de
los salarios no representa un aumento real del bienestar, ni más ni menos que
el aumento del coste del mantenimiento de los internados en el asilo para
pobres o en el orfelinato de Londres, desde 7 libras, 7 chelines y 4 peniques
que costaba en 1852, a 9 libras, 15 chelines y 8 peniques en 1861, no les
beneficia en nada a esos internados. Por todas partes, la gran masa de las
clases laboriosas descendía cada vez más bajo, en la misma proporción, por lo
menos, en que los que están por encima de ella subían más alto en la escala
social. En todos los países de Europa -y esto ha llegado a ser actualmente una
verdad incontestable para todo entendimiento no enturbiado por los prejuicios y
negada tan sólo por aquellos cuyo interés consiste en adormecer a los demás con
falsas esperanzas-, ni el perfeccionamiento de las máquinas, ni la aplicación
de la ciencia a la producción, ni el mejoramiento de los medios de
comunicación, ni las nuevas colonias, ni la emigración, ni la creación de
nuevos mercados, ni el libre cambio, ni todas estas cosas juntas están en
condiciones de suprimir la miseria de las clases laboriosas; al contrario,
mientras exista la base falsa de hoy, cada nuevo desarrollo de las fuerzas
productivas del trabajo ahondará necesariamente los contrastes sociales y
agudizará más cada día los antagonismos sociales. Durante esta embriagadora
época de progreso económico, la muerte por inanición se ha elevado a la
categoría de una institución en la capital del Imperio británico. Esta época
está marcada en los anales del mundo por la repetición cada vez más frecuente,
por la extensión cada vez mayor y por los efectos cada vez más mortíferos de
esa plaga de la sociedad que se llama crisis comercial e industrial.
[10]
Después del fracaso
de las revoluciones de 1848, todas las organizaciones del partido y todos los
periódicos de partido de las clases trabajadoras fueron destruidos en el
continente por la fuerza bruta. Los más avanzados de entre los hijos del
trabajo huyeron desesperados a la república de allende el océano, y los sueños
efímeros de emancipación se desvanecieron ante una época de fiebre industrial,
de marasmo moral y de reacción política. Debido en parte a la diplomacia del
Gobierno inglés, que obraba con el gabinete de San Petersburgo, la derrota de
la clase obrera continental esparció bien pronto sus contagiosos efectos a este
lado del Estrecho. Mientras la derrota de sus hermanos del continente llevó el
abatimiento a las filas de la clase obrera inglesa y quebrantó su fe en la
propia causa, devolvió al señor de la tierra y al señor del dinero la confianza
un tanto quebrantada. Estos retiraron insolentemente las concesiones que habían
anunciado con tanto alarde. El descubrimiento de nuevos terrenos auríferos
produjo una inmensa emigración y un vacío irreparable en las filas del
proletariado de la Gran Bretaña. Otros, los más activos hasta entonces, fueron
seducidos por el halago temporal de un trabajo más abundante y de salarios más
elevados, y se convirtieron así en «esquiroles políticos». Todos los intentos
de mantener o reorganizar el movimiento cartista [5] fracasaron
completamente. Los órganos de prensa de la clase obrera fueron muriendo uno
tras otro por la apatía de las masas, y, de hecho, jamás el obrero inglés había
parecido aceptar tan enteramente un estado de nulidad política. Así pues, si no
había habido solidaridad de acción entre la clase obrera de la Gran Bretaña y
la del continente, había en todo caso solidaridad de derrota.
Sin embargo, este
período transcurrido desde las revoluciones de 1848 ha tenido también sus
compensaciones. No indicaremos aquí más que dos hechos importantes.
Después de una
lucha de treinta años, sostenida con una tenacidad admirable, la clase obrera
inglesa, aprovechándose de una disidencia momentánea entre los señores de la
tierra y los señores del dinero, consiguió arrancar la ley de la jornada de
diez horas [6]. Las inmensas ventajas
físicas, morales e intelectuales que esta ley proporcionó a los obreros
fabriles, señaladas en las memorias semestrales de los inspectores del trabajo,
son ahora reconocidas en todas partes. La mayoría de los gobiernos continentales
tuvo que aceptar la ley inglesa del trabajo bajo una forma más o menos
modificada; y el mismo parlamento inglés se ve obligado cada año a ampliar la
esfera de acción de esta ley. Pero al lado de su significación práctica, había
otros aspectos que realzaban el maravilloso triunfo de esta medida para los
[11] obreros. Por medio de sus sabios más conocidos, tales como el doctor Ure,
profesor Senior y otros filósofos de esta calaña, la burguesía había predicho,
y demostrado hasta la saciedad, que toda limitación legal de la jornada de
trabajo sería doblar a muerto por la industria inglesa, que, semejante al
vampiro, no podía vivir más que chupando sangre, y, además, sangre de niños. En
tiempos antiguos, el asesinato de un niño era un rito misterioso de la religión
de Moloc, pero se practicaba sólo en ocasiones solemnísimas, una vez al año
quizá, y, por otra parte, Moloc no tenía inclinación exclusiva por los hijos de
los pobres. Esta lucha por la limitación legal de la jornada de trabajo se hizo
aún más furiosa, porque —dejando a un lado la avaricia alarmada— de lo que se
trataba era de decidir la gran disputa entre la dominación ciega ejercida por
las leyes de la oferta y la demanda, contenido de la Economía política
burguesa, y la producción social controlada por la previsión social, contenido
de la Economía política de la clase obrera. Por eso, la ley de la jornada de
diez horas no fue tan sólo un gran triunfo práctico, fue también el triunfo de
un principio; por primera vez la Economía política de la burguesía había sido
derrotada en pleno día por la Economía política de la clase obrera.
Pero estaba
reservado a la Economía política del trabajo el alcanzar un triunfo más
completo todavía sobre la Economía política de la propiedad. Nos referimos al
movimiento cooperativo, y, sobre todo, a las fábricas cooperativas creadas, sin
apoyo alguno, por la iniciativa de algunas «manos» («hands») [*] audaces. Es
imposible exagerar la importancia de estos grandes experimentos sociales que
han mostrado con hechos, no con simples argumentos, que la producción en gran
escala y al nivel de las exigencias de la ciencia moderna, puede prescindir de
la clase de los patronos, que utiliza el trabajo de la clase de las «manos»;
han mostrado también que no es necesario a la producción que los instrumentos
de trabajo estén monopolizados como instrumentos de dominación y de explotación
contra el trabajador mismo; y han mostrado, por fin, que lo mismo que el
trabajo esclavo, lo mismo que el trabajo siervo, el trabajo asalariado no es
sino una forma transitoria inferior, destinada a desaparecer ante el trabajo
asociado que cumple su tarea con gusto, entusiasmo y alegría. Roberto Owen fue
quien sembró en Inglaterra las semillas del sistema cooperativo; los
experimentos realizados por los obreros en el continente no fueron de hecho más
que las consecuencias prácticas de las teorías, no descubiertas, sino proclamadas
en voz alta en 1848.
[12]
Al mismo tiempo, la
experiencia del período comprendido entre 1848 y 1864 ha probado hasta la
evidencia que, por excelente que sea en principio, por útil que se muestre en
la práctica, el trabajo cooperativo, limitado estrechamente a los esfuerzos
accidentales y particulares de los obreros, no podrá detener jamás el
crecimiento en progresión geométrica del monopolio, ni emancipar a las masas,
ni aliviar siquiera un poco la carga de sus miserias. Este es, quizá, el
verdadero motivo que ha decidido a algunos aristócratas bien intencionados, a
filantrópicos charlatanes burgueses y hasta a economistas agudos, a colmar de
repente de elogios nauseabundos al sistema cooperativo, que en vano habían
tratado de sofocar en germen, ridiculizándolo como una utopía de soñadores o
estigmatizándolo como un sacrilegio socialista. Para emancipar a las masas
trabajadoras, la cooperación debe alcanzar un desarrollo nacional y, por
consecuencia, ser fomentada por medios nacionales. Pero los señores de la
tierra y los señores del capital se valdrán siempre de sus privilegios
políticos para defender y perpetuar sus monopolios económicos. Muy lejos de
contribuir a la emancipación del trabajo, continuarán oponiéndole todos los
obstáculos posibles. Recuérdense las burlas con que lord Palmerston trató de
silenciar en la última sesión del parlamento a los defensores del proyecto de
ley sobre los derechos de los colonos irlandeses. «¡La Cámara de los Comunes
—exclamó— es una Cámara de propietarios territoriales!».
La conquista del
poder político ha venido a ser, por lo tanto, el gran deber de la clase obrera.
Así parece haberlo comprendido ésta, pues en Inglaterra, en Alemania, en Italia
y en Francia, se han visto renacer simultáneamente estas aspiraciones y se han
hecho esfuerzos simultáneos para reorganizar políticamente el partido de los
obreros.
La clase obrera
posee ya un elemento de triunfo: el número. Pero el número no pesa en la
balanza si no está unido por la asociación y guiado por el saber. La
experiencia del pasado nos enseña cómo el olvido de los lazos fraternales que
deben existir entre los trabajadores de los diferentes países y que deben
incitarles a sostenerse unos a otros en todas sus luchas por la emancipación,
es castigado con la derrota común de sus esfuerzos aislados. Guiados por este
pensamiento, los trabajadores de los diferentes países, que se reunieron en un
mitin público en Saint Martin's Hall el 28 de septiembre de 1864, han resuelto
fundar la Asociación Internacional.
Otra convicción ha
inspirado también este mitin.
Si la emancipación
de la clase obrera exige su fraternal unión y colaboración, ¿cómo van a poder
cumplir esta gran misión [13] con una política exterior que persigue designios
criminales, que pone en juego prejuicios nacionales y dilapida en guerras de piratería
la sangre y las riquezas del pueblo? No ha sido la prudencia de las clases
dominantes, sino la heroica resistencia de la clase obrera de Inglaterra a la
criminal locura de aquéllas, la que ha evitado a la Europa Occidental el verse
precipitada a una infame cruzada para perpetuar y propagar la esclavitud
allende el océano Atlántico. La aprobación impúdica, la falsa simpatía o la
indiferencia idiota con que las clases superiores de Europa han visto a Rusia
apoderarse del baluarte montañoso del Cáucaso y asesinar a la heroica Polonia;
las inmensas usurpaciones realizadas sin obstáculo por esa potencia bárbara,
cuya cabeza está en San Petersburgo y cuya mano se encuentra en todos los
gabinetes de Europa, han enseñado a los trabajadores el deber de iniciarse en
los misterios de la política internacional, de vigilar la actividad diplomática
de sus gobiernos respectivos, de combatirla, en caso necesario, por todos los
medios de que dispongan; y cuando no se pueda impedir, unirse para lanzar una
protesta común y reivindicar que las sencillas leyes de la moral y de la
justicia, que deben presidir las relaciones entre los individuos, sean las
leyes supremas de las relaciones entre las naciones.
La lucha por una
política exterior de este género forma parte de la lucha general por la
emancipación de la clase obrera.
¡Proletarios de
todos los países, uníos!.
Escrito por C. Marx
entre el 21 Se publica de acuerdo con el texto
y el 27 de octubre
de 1864. del folleto.
Publicado en inglés
en el Traducido del inglés.
folleto
"Addres and Provisional
Rules of the
Working Men's
International
Association,
Established
September 28, 1864,
at a Public
Meeting held at
St. Martin's
Hall, Long Acre,
London",
editado en Londres en
noviembre de 1864.
Al mismo
tiempo se publicó
la traducción
al alemán, hecha
por el autor,
en el periódico
"Social-Demokrat",
núm. 2 y en el
apéndice al núm. 3, del
21 y 30 de
diciembre de 1864.
NOTAS
1. El 28 de
setiembre de 1864 se celebró en St. Martin's Hall de Londres una gran asamblea
internacional de obreros, en la que se fundó la Asociación Internacional de los
Trabajadores (conocida posteriormente como la I Internacional) y se eligió el
Comité provisional. C. Marx entró a formar parte del mismo y, luego, de la
comisión nombrada en la primera reunión del Comité celebrada el 5 de octubre
para redactar los documentos programáticos de la Asociación. El 20 de octubre,
la comisión encargó a Marx la redacción de un documento preparado durante su
enfermedad y escrito en el espíritu de las ideas de Mazzini y de Owen. En lugar
de dicho documento, Marx escribió, en realidad, dos textos completamente nuevos
—el "Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de los
Trabajadores" y los "Estatutos provisionales de la Asociación"—
que fueron aprobados el 27 de octubre en la reunión de la comisión. El 1º de
noviembre de 1864, el "Manifiesto" y los "Estatutos" fueron
aprobados por unanimidad en el Comité provisional, constituido en órgano
dirigente de la Asociación. Conocido en la historia como Consejo General de la
Internacional, este órgano se llamaba hasta fines de 1866, con mayor
frecuencia, Consejo Central. Carlos Marx fue, de hecho, su dirigente, organizador
y jefe, así como autor de numerosos llamamientos, declaraciones, resoluciones y
otros documentos.
En el
"Manifiesto Inaugural", primer documento programático, Marx lleva a
las masas obreras a la idea de la necesidad de conquistar el poder político y
de crear un partido proletario propio, así como de asegurar la unión fraternal
de los obreros de los distintos países.
Publicado por vez
primera en 1864, el "Manifiesto Inaugural" fue reeditado reiteradas
veces a lo largo de toda la historia de la Internacional, que dejó de existir
en 1876.- 5.[*]
W. Gladstone. (N.
de la Edit.)
[2] 2. Estranguladores (garroters),
ladrones de los años 60 del siglo XIX, que agarraban a sus víctimas por el
cuello.- 6.
[3] 3. Libros
Azules (Blue Books), denominación general de las publicaciones
de documentos del parlamento inglés y de los documentos diplomáticos del
Ministerio del Exterior, debida al color azul de la cubierta. Se editan en
Inglaterra a partir del siglo XVII y son la fuente oficial fundamental de datos
sobre la historia económica y diplomática del país.
En la pág. 6
trátase del "Informe de la comisión para investigar la acción de las leyes
referentes al destierro y a los trabajos forzados", t. I, Londres, 1863;
en la pág. 90, de la "Correspondencia con las misiones extranjeras de Su
Majestad sobre problemas de la industria y las tradeuniones", Londres,
1867.- 6, 90[4]
4. La guerra
civil de Norteamérica (1861-1865) se libró entre los Estados
industriales del Norte y los sublevados Estados esclavistas del Sur. La clase
obrera se Inglaterra se opuso a la política de la burguesía nacional, que
apoyaba a los plantadores esclavistas, e impidió con su acción la intervención
de Inglaterra en esa contienda.- 6, 19, 38, 89, 119, 164
[*] Dudo de que
haya necesidad de recordar al lector que el carbono y el nitrógeno constituyen,
con el agua y otras substancias inorgánicas, las materias primas de los
alimentos del hombre. Sin embargo, para la nutrición del organismo humano,
estos elementos químicos simples deben ser suministrados en forma de
substancias vegetales o animales. Las patatas, por ejemplo, contienen sobre
todo carbono, mientras que el pan de trigo contiene substancias carbonadas y
nitrogenadas en la debida proporción.
[5] 5. El cartismo era
un movimiento revolucionario de masas de los obreros ingleses en los años 30-40
del siglo XIX. Los cartistas redactaron en 1838 una petición (Carta del
pueblo) al parlamento, en la que se reivindicaba el sufragio universal para
los hombres mayores de 21 años, voto secreto, abolición del censo patrimonial
para los candidatos a diputado al parlamento, etc. El movimiento comenzó con
grandiosos mítines y manifestaciones y transcurrió bajo la consigna de la lucha
por el cumplimiento de la Carta del pueblo. El 2 de mayo de 1842 se
llevó al parlamento la segunda petición de los cartistas, que incluía ya varias
reivindicaciones de carácter social (reducción de la jornada laboral, elevación
de los salarios, etc.). Lo mismo que la primera, esta petición fue rechazada
por el parlamento. Como respuesta, los cartistas organizaron una huelga
general. En 1848, los cartistas proyectaban una manifestación ante el
parlamento a fin de presentar una tercera petición, pero el Gobierno se valió
de unidades militares para impedir la manifestación. La petición fue rechazada.
Después de 1848, el movimiento cartista decayó. - 10
[6] 6. La clase
obrera de Inglaterra sostuvo la lucha por la reducción legislativa de la
jornada laboral a 10 horas desde fines del siglo XVIII. Desde comienzos de los
años 30 del siglo XIX, esta lucha se extendió a las grandes masas del
proletariado.
La ley de la
jornada laboral de 10 horas, extensiva nada más que a las mujeres y los
adolescentes, fue adoptada por el parlamento el 8 de junio de 1847. Sin
embargo, en la práctica, muchos fabricantes hacían caso omiso de ella.- 10.[*]
Hands, manos, significa también obreros. (N. de la Edit.)
C. Marx
BOLÍVAR Y PONTE
(1858)
BOLÍVAR Y PONTE,
Simón, el "Libertador" de Colombia, nació el 24 de julio de 1783 en
Caracas y murió en San Pedro, cerca de Santa Marta, el 17 de diciembre de 1830.
Descendía de una de las familias mantuanas, que en la época de la dominación española
constituían la nobleza criolla en Venezuela. Con arreglo a la costumbre de los
americanos acaudalados de la época, se le envió Europa a la temprana edad de 14 años. De España pasó Francia y
residió por espacio de algunos años en París. En 1802 se casó en Madrid y
regresó a Venezuela, donde su esposa falleció repentinamente de fiebre
amarilla. Luego de este suceso se trasladó por segunda vez a Europa y asistió
en 1804 a la coronación de Napoleón como empe rador, hallándose presente,
asimismo, cuando Bonaparte se ciñó la corona de hierro de Lombardía. En 1809
volvió a su patria y, pese a las instancias de su primo José Félix Ribas,
rehusó adherirse a la revolución que estalló en Caracas el 19 de abril de 1810.
Pero, con posterioridad a ese acontecimiento, aceptó la misión de ir a Londres
para comprar armas y gestionar la protección del gobierno británico. El marqués
de Wellesley, a la sazón ministro de relaciones exteriores, en apariencia le
dio buena acogida. pero Bolívar no obtuvo más que la autorización de exportar
armas abonándolas al contado y pagando fuertes derechos. A su regreso de
Londres se retiró a la vida privada, nuevarnente, hasta que en setiembre de
1811 el general Miranda, por entonces comandante en jefe de las fuerzas rectas
de mar y tierra, lo persuadió de que aceptara el rango de teniente coronel en
el estado mayor y el mando de Puerto Cabello, la principal plaza fuerte de
Venezuela.
Cuando los
prisioneros de guerra españoles, que Miranda enviaba regularmente a Puerto
Cabello para mantenerlos encerrados en la ciudadela, lograron atacar por
sorpresa la guardia y la dominaron, apoderándose de la ciudadela, Bolívar,
aunque los españoles estaban desarmados, mientras que él disponía de una fuerte
guarnición y de un gran arsenal, se embarcó precipitadamente por la noche con
ocho de sus oficiales, sin poner al tanto de lo ocurría ni a sus propias
tropas, arribó al amanecer a Guaira y se retiró a su hacienda de San Mateo.
Cuando la guarnición se enteró de la huida de su comandante, abandonó en buen
orden la plaza, a la que ocupade inmediato los españoles al mando de
Monteverde. Este acontecimiento inclinó la balanza a favor de España y forzó a
Miranda a suscribir, el 26 de julio de 1812, por encargo del congreso, el
tratado de La Victoria, que sometió nuevamente a Venezuela al dominio español.
El 30 de julio llegó Miranda a La Guaira, con la intención embarcarse en una
nave inglesa. Mientras visitaba al coronel Manuel María Casas, comandante de la
plaza, se encontró con un grupo numeroso, en el que se contaban don Miguel Peña
y Simón Bolívar, que lo convencieron de que se quedara, por lo menos úna noche,
en la residencia de Casas. A las dos de la madrugada, encontrándose Miranda
profundamente dormido, Casas, Peña y Bolívar se introdujeron en su habitación
con cuatro soldados armados, se apoderaron precavidamente de su espada y su
pistola, lo despertaron y con rudeza le ordenaron que se levantara y vistiera,
tras lo cual lo engrillaron y entregaron a Monteverde. El jefe español lo
remitió a Cádiz, donde Miranda, encadenado, murió después de varios años de
cautiverio. Ese acto, para cuya justificación se recurrió al pretexto de que
Miranda había traicionado a su país la capitulación de La Victoria, valió a
Bolívar el especial favor de Monteverde, a tal punto que cuando el primero le
solicitó su pasaporte, el jefe español declaró: "Debe satisfacerse el
pedido del coronel Bolívar, como recompensa al servicio prestado al rey de
España con laentrega de Miranda".
Se autorizó así a
Bolívar a que se embarcara con destino a Curazao, donde permaneció seis
semanas. En cornpañía de su primo Ribas se trasladó luego a la pequeña
república de Cartagena. Ya antes de su arribo habían huido a Cartagena gran
cantidad de soldados, ex combatientes a las órdenes del general Miranda. Ribas
les propuso emprender una expedición contra los españoles en Venezuela y
reconocer a Bolívar como comandante en jefe. La primera propuesta recibió una
acogida entusiasta; la segunda fue resistida, aunque finalmente accedieron, a
condición de que Ribas fuera el lugarteniente de Bolívar. Manuel Rodríguez
Torices, el presidente de la república de Cartagena, agregó a los 300 soldados
así reclutados para Bolívar otros 500 hombres al mando de su primo Manuel
Castillo. La expedición partió a comienzos de enero de 1813. Habiéndose
producido rozamientos entre Bolívar y Castillo respecto a quién tenía el mando
supremo, el segundo se retiró súbitamente con sus granaderos. Bolívar, por su
parte, propuso seguir el ejemplo de Castillo y regresar a Cartagena, pero al
final Ribas pudo persuadirlo de que al menos prosiguiera en su ruta hasta
Bogotá, en donde a la sazón tenía su sede el Congreso de Nueva Granada. Fueron
allí muy bien acogidos, se les apoyó de mil maneras y el congreso los ascendió
al rango de generales. Luego de dividir su pequeño ejército en dos columnas,
marcharon por distintos caminos hacia Caracas. Cuanto más avanzaban, tanto más
refuerzos recibían; los crueles excesos de los españoles hacían las veces, en
todas partes, de reclutadores para el ejército independentista. La capacidad de
resistencia de los españoles estaba quebrantada, de un lado porque las tres
cuartas partes de su ejército se componían de nativos, que en cada encuentro se
pasaban al enemigo; del otro debido a la cobardía de generales tales como
Tízcar, Cajigal y Fierro, que a la menor oportunidad abandonaban a sus propias
tropas. De tal suerte ocurrió que Santiago Mariño, un joven sin formación,
logró expulsar de las provincias de Cumaná y Barcelona a los españoles, al
mismo tiempo que Bolívar ganaba terreno en las provincias occidentales. La
única sistencia seria la opusieron los españoles a la columna de Ribas, quien
no obstante derrotó al general Monteverde en Los Taguanes y lo obligó a
encerrarse en Puerto Cabello el resto de sus tropas.
Cuando el
gobernador de Caracas, general Fierro, tuvo noticias de que se acercaba
Bolívar, le envió parlamentarios para ofrecerle una capitulación, la que se
firmó en La Victoria. Pero Fierro, invadido por un pánico repentino y sin
aguardar el regreso de sus propios emisarios, huyó secretamente por la noche y
dejó a más de 1.500 españoles librados a la merced del enemigo. A Bolívar se le
tributó entonces una entrada apoteótica. De pie, en un carro de triunfo, al que
arrastraban doce damiselas vestidas de blanco y ataviadas con los colores
nacionales, elegidas todas ellas entre las mejores familias caraqueñas,
Bolívar, la cabeza descubierta y agitando un bastoncillo en la man, fue llevado
en una media hora desde la entrada la ciudad hasta su residencia. Se proclamó
"Dictador y Libertador de las Provincias Occidentales de Venezuela"
--Mariño había adoptado el título de "Dictador de las Provincias
Orientales"--, creó la "Orden del Libertador", formó un cuerpo
de tropas escogidas a las que denominó guardia de corps y se rodeó de la pompa
propia de una corte. Pero, como la mayoría de sus compatriotas, era incapaz de
todo esfuerzo de largo aliento y su dictadura degeneró pronto en una anarquía
militar, en la cual asuntos más importantes quedaban en manos de favoritos que
arruinaban las finanzas públicas y luego recurrían a medios odiosos para
reorganizarlas. De este modo el novel entusiasmo popular se transformó en
descontento, y las dispersas fuerzas del enemigo dispusieron de tiempo para
rehacerse. Mientras que a comienzos de agosto de 1813 Monteverde estaba
encerrado en la fortalede Puerto Cabello y al ejército español sólo le quedaba
una angosta faja de tierra en el noroeste de Venezuela, apenas tres meses
después el Libertador había perdido su prestigio y Caracas se hallaba amenazada
por la súbita aparición en sus cercanías de los españoles victoriosos, al mando
de Boves. Para fortalecer su poder tambaleante Bolívar reunió, el 1de enero de
1814, una junta constituida por los vecinos caraqueños más influyentes y les
manifestó que no deseaba soportar más tiempo el fardo de la dictadura. Hurtado
de Mendoza, por su parte, fundamentó en un prolongado discurso "la
necesidad de que el poder supremo se mantuviese en las manos del general
Bolívar hasta que el Congreso de Nueva Granada pudiera reunirse y Venezuela
unificarse bajo un solo gobierno". Se aprobó esta propuesta y, de tal
modo, la dictadura recibió una sanción legal.
Durante algún
tiempo se prosiguió la guerra contra los españoles, bajo la forma de
escaramuzas, sin que ninguno de los contrincantes obtuviera ventajas decisivas.
En junio de 1814 Boves, tras concentrar sus tropas, marchó de Calabozo hasta La
Puerta, donde los dos dictadores, Bolívar y Mariño, habían combinado sus
fuerzas. Boves las encontró allí y ordenó a sus unidades que las atacaran sin
dilación. Tras una breve resistencia, Bolívar huyó a Caracas, mientras que
Mariño se escabullía hacia Cumaná. Puerto Cabello y Valencia cayeron en las
manos de Boves, que destacó dos columnas (una de ellas al mando del coronel
González) rumbo a Caracas, por distintas rutas. Ribas intentó en vano contener
el avance de González. Luego de la rendición de Caracas a este jefe, Bolívar
evacuó a La Guaira, ordenó a los barcos surtos en el puerto que zarparan para
Cumaná y se retiró con el resto de sus tropas hacia Barcelona. Tras la derrota
que Boves infligió a los insurrectos en Arguita, el 8 de agosto de 1814,
Bolívar abandonó furtivamente a sus tropas, esa misma noche, para dirigirse
apresuradamente y por atajos hacia Cumaná, donde pese a las airadas protestas
de Ribas se embarcó de inmediato en el "Bianchi", junto con Mariño y
otros oficiales. Si Ribas, Páez y los demás generales hubieran seguido a los
dictadores en su fuga, todo se habría perdido. Tratados como desertores a su
arribo a Juan Griego, isla Margarita, por el general Arismendi, quien les
exigió que partieran, levaron anclas nuevamente hacia Carúpano, donde, habiéndolos
recibido de manera análoga el coronel Bermúdez, se hicieron a la mar rumbo a
Cartagena. Allí a fin de cohonestar su huida, publicaron una memoria de
justificación, henchida de frases altisonantes.
Habiéndose sumado
Bolívar a una conspiración para derrocar al gobierno de Cartagena, tuvo que
abandonar esa pequeña república y seguir viaje hacia Tunja, donde etaba reunido
el Congreso de la República Federal de Nueva Granada. La provincia de
Cundinamarca, en ese entonces, estaba a la cabeza de las provincias
independientes que se negaban a suscribir el acuerdo federal neogranadino,
mientras que Quito, Pasto, Santa Marta y otras provincias todavía se hallaban
en manos de los españoles. Bolívar, que llegó el 22 de noviembre de 1814 a
Tunja, designado por el congreso comandante en jefe de las fuerzas armadas
federales y recibió la doble misión de obligar al presidente de la provincia de
Cundinamarca a reconociera la autoridad del congreso y de marchar luego sobre
Santa Marta, el único puerto de mar fortificado granadino aún en manos de los
españoles. No presentó dificultades el cumplimiento del primer cometido, puesto
que Bogotá, la capital de la provincia desafecta, carecía de fortificaciones.
Aunque la ciudad había capitulado, Bolívar permitió a sus soldados que durante
48 horas la saquearan. En Santa Marta el general español Montalvo, disponía tan
sólo de una débil guarnición de 200 hombres y de una plaza fuerte en pésimas
condiciones defensivas, tenía apalabrado ya un barco francés para asegurar su
propia huida; los vecinos, por su parte, enviaron un mensaje a Bolívar
participándole que, no bien apareciera, abrirían las puertas de la ciudad y
expulsarían a la guarnición. Pero en vez de marchar contra los españoles de
Santa Marta, tal como se lo había ordenado el congreso, Bolívar se dejó
arrastrar por su encono contra Castillo, el comandante de Cartagena, y actuando
por su propia cuenta condujo sus tropas contra esta última ciudad, parte
integral de la República Federal. Rechazado, acampó en Popa, un cerro situado
aproximadamente a tiro de cañon de Cartagena. Por toda batería emplazó un
pequeño cañón, contra una fortaleza artillada con unas 80 piezas. Pasó luego
del asedio al bloqueo, que duró hasta comienzos de mayo, sin más resultado que
la disminución de sus efectivos, por deserción o enfermedad, de 2.400 a 700
hombres. En el ínterin una gran expedición española comandada por el general
Morillo y procedente de Cádiz había arribado a la isla Margarita, el 25 de
marzo de 1815. Morillo destacó de inmediato poderosos refuerzos a Santa Marta y
poco después sus fuerzas se adueñaron de Cartagena. Previamente, empero, el 10
de mayo 1815, Bolívar se había embarcado con una docena de oficiales en un
bergantín artillado, de bandera británica, rumbo a Jamaica. Una vez llegado a
este punto de refugio publicó una nueva proclama, en la que se presentaba como
la víctima de alguna facción o enemigo secreto y defendía su fuga ante los
españoles como si se tratara una renuncia al mando, efectuada en aras de la paz
pública.
Durante su estada
de ocho meses en Kingston, los genrales que había dejado en Venezuela y el
general Arismendi en la isla Margarita presentaron una tenaz resistencia las
armas españolas. Pero después que Ribas, a quién Bolívar debía su renombre,
cayera fusilado por los españoles tras la toma de Maturín, ocupó su lugar un
hombre de condiciones militares aun más relevantes. No pudiendo desempeñar, por
su calidad de extranjero, un papel autónomo en la revolución sudamericana, este
hombre decidió entrar al servicio de Bolívar. Se trataba de Luis Brion. Para
prestar auxilios a los revolucionarios se había hecho a la mar en Londres,
rumbo a Cartagena, con una corbeta de 24 cañones, equipada en gran parte a sus
propias expensas y cargada con 14.000 fusiles y una gran cantidad de otros
pertrechos. Habiendo llegado demasiado tarde y no pudiendo ser útil a los
rebeldes, puso proa hacia Cayos, en Haití, adonde muchos emigrados patriotas
habían huido tras la capitulación de Cartagena. Entretanto Bolívar se había
trasladado también a Puerto Príncipe donde, a cambio de su promesa de liberar a
los esclavos, el presidente haitiano Pétion le ofreció un cuantioso apoyo
material para una nueva expedición contra los españoles de Venezuela. En Los
Cayos se encontró con Brion y los otros emigrados y en una junta general se
propuso a sí mismo como jefe de la nueva expedición, bajo la condición de que,
hasta la convocatoria de un cóngreso general, él reuniría en sus manos los
poderes civil y militar. Habiendo aceptado la mayoría esa condición, los
expedicionarios se hicieron a la mar el 16 de abril de 1816 con Bolívar como
comandante y Brion en calidad de almirante. En Margarita, Bolívar logró ganar
para su causa a Arismendi, el comandante de la isla, quien había rechazado a
los españoles a tal punto que a éstos sólo les restaba un único punto de apoyo,
Pampatar. Con la formal promesa de Bolívar de convocar un congreso nacional en
Venezuela no bien se hubiera hecho dueño del país, Arismendi hizo reunir una
junta en la catedral de Villa del Norte y proclamó públicamente a Bolívar jefe
supremo de las repúblicas de Venezuela y Nueva Granada. El 31 de mayo de 1816
desembarcó Bolívar en Carúpano, pero no se atrevió a impedir que Mariño y Piar
se apartaran de él y efectuaran, por su propia cuenta, una campaña contra
Cumaná. Debilitado por esta separación y siguiendo los consejos de Brion se
hizo a la vela rumbo a Ocumare [de la Costa], adonde arribó el 3 de julio de
1816 con 13 barcos, de los cuales sólo 7 estaban artillados. Su ejército se componía
tan sólo de 650 hombres, que aumentaron a 800 por el reclutamiento de negros,
cuya liberación había proclamado. En Ocumare difundió un nuevo manifiesto, en
el que prometía "exterminar a los tiranos" y "convocar al pueblo
para que designe sus diputados al congreso. Al avanzar en dirección a Valencia,
se topó, no lejos de Ocumare, con el general español Morales, a la cabeza de
unos 200 soldados y 100 milicianos. Cuando los cazadores de Morales dispersaron
la vanguardia de Bolívar, éste, según un testigo ocular, perdió "toda
presencia de ánimo y sin pronunciar palabra, en un santiamén volvió grupas y
huyó a rienda suelta hacia Ocumare, atravesó el pueblo a toda carrera, llegó a
la bahía cercana, saltó del caballo, se introdujo en un bote y subió a bordo
del « Diana», dando orden a toda la escuadra de que lo siguiera a la pequeña
isla de Bonaire y dejando a todos sus compañeros privados del menor
auxilio". Los reproches y exhortaciones de Brion lo indujeron a reunirse a
los demás jefes en la costa de Cumaná; no obstante, como lo recibieron
inamistosamente y Piar lo amenazó con someterlo a un consejo de guerra por
deserción y cobardía, sin tardanza volvió a partir rumbo a Los Cayos. Tras
meses y meses de esfuerzos, Brion logró finalmente persuadir a la mayoría de
los jefes militares venezolanos -que sentían la necesidad de que hubiera un
centro, aunque simplemente fuese nominal- de que llamaran una vez más a Bolívar
como comandante en jefe, bajo la condición expresa de que convocaría al
congreso y no se inmiscuiría en la administración civil. El 31 de diciembre de
1816 Bolívar arribó a Barcelona con las armas, municiones y pertrechos
proporcionados por Pétion. El 2 de enero de 1817 se le sumó Arismendi, y el día
4 Bolívar proclamó la ley marcial y anunció que todos los poderes estaban en
sus manos. Pero 5 días después Arismendi sufrió un descalabro en una emboscada
que le tendieran los españoles, y el dictador huyó a Barcelona. Las tropas se
concentraron nuevamente en esa localidad, adonde Brion le envió tanto armas
como nuevos refuerzos, de tal suerte que pronto Bolívar dispuso de una nueva
fuerza de 1.100 hombres. El 5 de abril los españoles tomaron la ciudad de
Barcelona, y las tropas de los patriotas se replegaron hacia la Casa de la
Misericordia, un edificio sito en las afueras. Por orden de Bolívar se cavaron
algunas trincheras, pero de manera inapropiada para defender contra un ataque
serio una guarnición de 1.000 hombres. Bolívar abandonó la posición en la noche
del 5 de abril, tras comunicar al coronel Freites, en quien delegó el mando,
que buscaría tropas de refresco y volvería a la brevedad. Freites rechazó un
ofrecimiento de capitulación, confiado en la promesa, y después del asalto fue
degollado por los españoles, al igual que toda la guarnición.
Piar, un hombre de
color, originario de Curazao, concibió y puso en práctica la conquista de la
Guayana, a cuyo efecto el almirante Brion lo apoyó con sus cañoneras. El 20 de
julio, ya liberado de los españoles todo el territorio, Piar, Brion, Zea, Mariño,
Arismendi y otros convocaron en Angostura un congreso de las provincias y
pusieron al frente del Ejecutivo un triunvirato; Brion, que detestaba a Piar y
se interesaba profundamente por Bolívar, ya que en el éxito del mismo había
puesto en juego su gran fortuna personal, logró que se designase al último como
miembro del triunvirato, pese a que no se hallaba presente. Al enterarse de
ello Bolívar, abandonó su refugio y se presentó en Angostura, donde, alentado
por Brion, disolvió el congreso y el triunvirato y los remplazó por un
"Consejo Supremo de la Nación", del que se nombró jefe, mientras que
Brion y Francisco Antonio Zea quedaron al frente, el primero de la sección
militar y el segundo de la sección política. Sin embargo Piar, el conquistador
de Guayana, que otrora había amenazado con someter a Bolívar ante un consejo de
guerra por deserción, no escatimaba sarcasmos contra el "Napoleón de las
retiradas", y Bolívar aprobó por ello un plan para eliminarlo. Bajo las
falsas imputaciones de haber conspirado contra los blancos, atentado contra la
vida de Bolívar y aspirado al poder supremo, Piar fue llevado ante un consejo
de guerra presidido por Brion y, condenado a muerte, se le fusiló el 16 de
octubre de 1817. Su muerte llenó a Mariño de pavor. Plenamente consciente de su
propia insignificancia al hallarse privado del concurso de Piar, Mariño, en una
carta abyectísima, calumnió públicamente a su amigo victimado, se dolió de su
propia rivalidad con el Libertador y apeló a la inagotable magnanimidad de
Bolívar.
La conquista de la
Guayana por Piar había dado un vuelco total a la situación, en favor de los
patriotas, pues esta provincia sola les proporcionaba más recursos que las
otras siete provincias venezolanas juntas. De ahí que todo el mundo confiara en
que la nueva campaña anunciada por Bolívar en una flamante proclama conduciría
a la expulsión définitiva de los españoles. Ese primer boletín, según el cual
unas pequeñas partidas españolas que forrajeaban al retirarse de Calabozo eran
"ejércitos que huían ante núestras tropas victoriosas", no tenía por
objetivo disipar tales esperanzas. Para hacer frente a 4.000 españoles, que
Morillo aún no había podido concentrar, disponía Bolívar de más de 9.000
hombres, bien armados y equipados, abundantemente provistos con todo lo
necesario para la guerra. No obstante, a fines de mayo de 1818 Bolívar había
perdido unas doce batallas y todas las provincias situadas al norte del
Orinoco. Como dispersaba sus fuerzas, numéricamente superiores, éstas siempre
eran batidas por separado. Bolívar dejó la dirección de la guerra en manos de
Páez y sus demás subordinados y se retiró a Angostura. A una defección seguía
la otra, y todo parecía encaminarse a un descalabro total. En ese momento
extremadamente crítico, una conjunción de sucesos afortunados modificó
nuevamente el curso de las cosas. En Angostura Bolívar encontró a Santander,
natural de Nueva Granada, quien le solicitó elementos para una invasión a ese
territorio, ya que la población local estaba pronta para alzarse en masa contra
los españoles. Bolívar satisfizo hasta cierto punto esa petición. En el
ínterin, llegó de Inglaterra una fuerte ayuda bajo la forma de hombres, buques
y municiones, y oficiales ingleses, franceses, alemanes y polacos afluyeron de
todas partes a Angostura. Finalmente, el doctor [Juan] Germán Roscio,
consternado por la estrella declinante de la revolución sudamericana, hizo su
entrada en escena, logró el valimiento de Bolívar y lo indujo a convocar, para
el 15 de febrero de 1819, un congreso nacional, cuya sola mención demostró ser
suficientemente poderosa para poner en pie un nuevo ejército de aproxi
madamente 14.000 hombres, con lo cual Bolívar pudo pasar nuevamente a la
ofensiva.
Los oficiales
extranjeros le aconsejaron diera a entender que proyectaba un ataque contra
Caracas para liberar a Venezuela del yugo español, induciendo así a Morillo a
retirar sus fuerzas de Nueva Granada y concentrarlas para la defensa de aquel
país, tras lo cual Bolívar debía volverse súbitamente hacia el oeste, unirse a
las guerrillas de Santander y marchar sobre Bogotá. Para ejecutar ese plan,
Bolívar salió el 24 de febrero de 1819 de Angostura, después de designar a Zea
presidente del congreso y vicepresidente de la república durante su ausencia.
Gracias a las maniobras de Páez, los revolucionarios batieron a Morillo y La
Torre en Achaguas, y los habrían aniquilado completamente si Bolívar hubiese
sumado sus tropas a las de Páez y Mariño. De todos modos, las victorias de Páez
dieron por resultado la ocupación de la provincia de Barinas, quedando expedita
así la ruta hacia Nueva Granada. Como aquí todo estaba preparado por Santander,
las tropas extranjeras, compuestas fundamentalmente por ingleses, decidieron el
destino de Nueva Granada merced a las victorias sucesivas alcanzadas el 1 y 23
de julio y el 7 de agosto en la provincia de Tunja. El 12 de agosto Bolívar
entró triunfalmente a Bogotá, mientras que los españoles, contra los cuales se
habían sublevado todas las provincias de Nueva Granada, se atrincheraban en la
ciudad fortificada de Mompós.
Luego de dejar en
funciones al congreso granadino y al general Santander como comandante en jefe
Bolívar marchó hacia Pamplona, donde paso mas de dos meses en festejos y
saraos. El 3 de noviembre llego a Mantecal, Venezuela, punto que había fijado a
los jefes patriotas para que se le reunieran con sus tropas Con un tesoro de
unos 2.000.000 de dólares, obtenidos de los habitantes de Nueva Granada
mediante contribuciones forzosas, y disponiendo de una fuerza de
aproximadamente 9.000 hombres, un tercio de los cuales eran ingleses,
irlandeses, hanoverianos y otros extranjeros bien disciplinados, Bolívar debía
hacer frente a un enemigo privado de toda clase de recursos, cuyos efectivos se
reducían a 4.500 hombres, las dos terceras partes de los cuales, además, eran
nativos y mal podían, por ende, inspirar confianza a los españoles. Habiéndose
retirado Morillo de San Fernando de Apure en dirección a San Carlos, Bolívar lo
persiguió hasta Calabozo, de modo que ambos estados mayores, enemigos se
encontraban apenas a dos días de marcha el uno del otro. Si Bolívar hubiese
avanzado con resolución, sus solas tropas europeas habrían bastado para
aniquilar a los españoles. Pero prefirió prolongar la guerra cinco años más.
En octubre de 1819
el congreso de Angostura había forzado a renunciar a Zea, designado por
Bolívar, y elegido en su lugar a Arismendi. No bien recibió esta noticia,
Bolívar marchó con su legión extranjera sobre Angostura, tomó desprevenido a
Arismendi, cuya fuerza se reducia a 600 nativos, lo deportó a la isla Margarita
e invistió nuevamente a Zea en su cargo y dignidades. El doctor Roscio, que
había fascinado a Bolívar con las perspectivas de un poder central, lo
persuadió de que proclamara a Nueva Granada y Venezuela como "República de
Colombia", promulgase una constitución para el nuevo estado --redactada
por Roscio-- y permitiera la instalación de un congreso común para ambos
países. El 20 de enero de 1820 Bolívar se encontraba de regreso en San Fernando
de Apure. El súbito retiro de su legión extranjera, más temida por los
españoles que un número diez veces mayor de colombianos, brindó a Morillo una
nueva oportunidad de concentrar refuerzos. Por otra parte, la noticia de que
una poderosa expedición a las órdenes de O'Donnell estaba a punto de partir de
la Península, levantó los decaídos ánimos del partido español. A pesar de que
disponía de fuerzas holgadamente superiores, Bolívar se las arregló para no
conseguir nada durante la campaña de 1820. Entretanto llegó de Europa la
noticia de que la revolución en la isla de León había puesto violento fin a la
programada expedición de O'Donnell. En Nueva Granada, 15 de las 22 provincias
se habían adherido al gobierno de Colombia, y a los españoles sólo les restaban
la fortaleza de Cartagena y el istmo de Panamá. En Venezuela, 6 de las 8
provincias se sometieron a las leyes colombianas. Tal era el estado de cosas
cuando Bolívar se dejó seducir por Morillo y entró con él en tratativas que
tuvieron por resultado, el 25 de noviembre de 1820, la concertación del
convenio de Trujillo, por el que se establecía una tregua de seis meses. En el
acuerdo de armisticio no figuraba una sola mención siquiera a la Republica de
Colombia, pese a que el congreso había prohibido, a texto expreso, la
conclusión de ningún acuerdo con el jefe español si éste no reconocía
previamente la independencia de la república.
El 17 de diciembre,
Morillo, ansioso de desempeñar un papel en España, se embarcó en Puerto Cabello
y delegó el mando supremo en Miguel de Latorre; el 10 de marzo de 1821 Bolívar
escribió a Latorre participándole que las hostilidades se reiniciarían al término
de un plazo de 30 días. Los españoles ocupaban una sólida posición en Carabobo,
una aldea situada aproximadamente a mitad de camino entre San Carlos y
Valencia; pero en vez de reunir allí todas sus fuerzas, Latorre sólo había
concentrado su primera división, 2.500 infantes y unos 1.500 jinetes, mientras
que Bolívar disponía aproximadamente de 6.000 infantes, entre ellos la legión
británica, integrada por 1.100 hombres, y 3.000 llaneros a caballo bajo el
mando de Páez. La posición del enemigo le pareció tan imponente a Bolívar, que
propuso a su consejo de guerra la concertación de una nueva tregua, idea que,
sin embargo, rechazaron sus subalternos. A la cabeza de una columna constituida
fundamentalmente por la legión británica, Páez, siguiendo un atajo, envolvió el
ala derecha del enemigo; ante la airosa ejecución de esa maniobra, Latorre fúe
el primero de los españoles en huir a rienda suelta, no deteniéndose hasta
llegar a Puerto Cabello, donde se encerró con el resto de sus tropas. Un rápido
avance del ejército victorioso hubiera producido, inevitablemente, la rendición
de Puerto Cabello, pero Bolívar perdió su tiempo haciéndose homenajear en
Valencia y Caracas. El 21 de setiembre de 1821 la gran fortaleza de Cartagena
capituló ante Santander. Los últimos hechos de armas en Venezuela --el combate
naval de Maracaibo en agosto de 1823 y la forzada rendición de Puerto Cabello
en julio de 1824-- fueron ambos la obra de Padilla. La revolución en la isla de
León, que volvió imposible la partida de la expediúión de O'Donnell, y el
concurso de la legión británica, habían volcado, evidentemente, la situación a
favor de los colombianos.
El Congreso de
Colombia inauguró sus sesiones en enero de 1821 en Cúcuta; el 30 de agosto
promulgó la nueva constitución y, habiendo amenazado Bolívar una vez mas con
renunciar, prorrogó los plenos poderes del Libertador. Una vez que éste hubo
firmado la nueva carta constitucional, el congreso lo autorizó a emprender la
campaña de Quito (1822), adonde se habían retirado los españoles tras ser
desalojados del istmo de Panamá por un levantamiento general de la población.
Esta campaña, que finalizó con la incorporación de Quito, Pasto y Guayaquil a
Colombia, se efectuó bajo la dirección nominal de Bolívar y el general Sucre,
pero los pocos éxitos alcanzados por el cuerpo de ejército se debieron
íntegramente a los oficiales británicos, y en particular al coronel Sands.
Durante las campañas contra los españoles en el Bajo y el Alto Peru
--1823-1824-- Bolívar ya no consideró necesario representar el papel de
comandante en jefe, sino que delegó en el general Sucre la conducción de la
cosa militar y restringio sus actividades a las entradas triunfales, los
manifiestos y la proclamación de constituciones. Mediante su guardia de corps
colombiana manipuló las decisiones del Congreso de Lima, que el 10 de febrero
de 1823 le encomendó la dictadura; gracias a un nuevo simulacro de renuncia,
Bolívar se aseguró la reelección como presidente de Colombia. Mientras tanto su
posición se había fortalecido, en parte con el reconocimiento oficial del nuevo
estado por Inglaterra, en parte por la conquista de las provincias altoperuanas
por Sucre, quién unificó a las últimas en una república independiente, la de
Bolivia. En este país, sometido a las bayonetas de Sucre, Bolívar dio curso
libre a sus tendencias al despotismo y proclamó el Código Boliviano, remedo del
Code Napoleón. Proyectaba trasplantar ese código de Bolivia al Perú, y de éste
a Colombia, y mantener a raya a los dos primeros estados por medio de tropas
colombianas, y al último mediante la legión extranjera y soldados peruanos.
Valiéndose de la violencia, pero también de la intriga, de hecho logró imponer,
aunque tan sólo por unas pocas semanas, su código al Perú. Como presidente y
libertador de Colombia, protector y dictador del Perú y padrino de Bolivia,
había alcanzado la cúspide de su gloria. Pero en Colombia había surgido un
serio antagonismo entre los centralistas, o bolivistas, y los federalistas,
denominación esta última bajo la cual los enemigos de la anarquía militar se
habían asociado a los rivales militares de Bolívar. Cuando el Congreso dé
Colombia, a instancias de Bolívar, formuló una acusación contra Páez,
vicepresidente de Venezuela, el último respondió con una revuelta abierta, la
que contaba secretamente con el apoyo y aliento del propio Bolívar; éste, en
efecto, necesitaba sublevaciones como pretexto para abolir la constitución y
reimplantar la dictadura. A su regreso del Perú, Bolívar trajo además de su
guardia de corps 1.800 soldados peruanos, presuntamente para combatir a los
federalistas alzados. Pero al encontrarse con Páez en Puerto Cabello no sólo lo
confirmó como máxima autoridad en Venezuela, no sólo proclamó la amnistía para
los rebeldes, sino que tomó partido abiertamente por ellos y vituperó a los
defensores de la constitución; el decreto del 23 de noviembre de 1826,
promulgado en Bogotá, le concedió poderes dictatoriales.
En el año 1826,
cuando su poder comenzaba a declinar, logro reunir un congreso en Panamá, con
el objeto aparente de aprobar un nuevo código democrático internacional.
Llegaron plenipotenciarios de Colombia, Brasil, La Plata, Bolivia, México,
Guatemala, etc. La intención real de Bolívar era unificar a toda América del
Sur en una república federal, cuyo dictador quería ser él mismo. Mientras daba
así amplio vuelo a sus sueños de ligar medio mundo a su nombre, el poder
efectivo se le escurría rápidamente de las manos. Las tropas colombiams
destacadas en el Perú, al tener noticia de los preparativos que efectuaba
Bolívar para introducir el Código Boliviano, desencadenaron una violenta
insurrección. Los pruanos eligieron al general Lamar presidente de su república,
ayudaron a los bolivianos a expulsar del país las tropas colombianas y
emprendieron incluso una victoriosa guerra contra Colombia, finalizada por un
tratado que redujo a este país a sus límites primitivos, estableció la igualdad
de ambos países y separó las deudas públicas de uno y otro. La Convención de
Ocaña, convocada por Bolívar para reformar la constitución de modo que su poder
no encontrara trabas, se inauguró el 2 de marzo de 1828 con la lectura de un
mensaje cuidadosamente redactado, en el que se realzaba la necesidad de otorgar
nuevos poderes al ejecutivo. Habiéndose evidenciado, sin embargo, que el
proyecto de reforma constitucional diferiría esencialmente del previsto en un
principio, los amigos de Bolívar abandonaron la convención dejándola sin
quórum, con lo cual las actividades de la asamblea tocaron a su fin. Bolívar,
desde una casa de campo situada a algunas millas de Ocaña, publicó un nuevo
manifiesto en el que pretendía estar irritado con los pasos dados por sus
partidarios, pero al mismo tiempo atacaba al congreso, exhortaba a las
provincias a que adoptaran medidas extraordinarias y se declaraba dispuesto a
tomar sobre sí la carga del poder si ésta recaía en sus hombros. Bajo la
presión de sus bayonetas, cabildos abiertos reunidos en Caracas, Cartagena y
Bogotá, adonde se había trasladado Bolívar, lo invisteron nuevamente con los
poderes dictatoriales. Una intentona de asesinarlo en su propio dormitorio en
Bogotá, de la cual se salvó sólo porque saltó de un balcón en plena noche y
permaneció agazapado bajo un puente, le permitió ejercer durante algún tiempo
una especie de terror militar. Bolívar, sin embargo, se guardó de poner la mano
sobre Santander, pese a que éste había participado en la conjura, mientras que
hizo matar al general Padilla, cuya culpabilidad no había sido demostrada en
absoluto, pero que por ser hombre de color no podía ofrecer resu tencia alguna.
En 1829, la
encarnizada lucha de las facciones desgarra ba a la república y Bolívar, en un
nuevo llamado a la ciudadanía, la exhortó a expresar sin cortapisas sus deseos
en lo tocante a posibles modificaciones de la constitución. Como respuesta a
ese manifiesto, una asamblea de notables reunida en Caracas le reprochó
públicamente su ambiciones, puso al descubierto las deficiencias de gobierno,
proclamó la separación de Venezuela con respecto a Colombia y colocó al frente
de la primera al general Páez. El Senado de Colombia respaldó a Bolivar, pero
nuevas insurrecciones estallaron en diversos lugares. Tra haber dimitido por
quinta vez, en enero de 1830 Bolívar aceptó de nuevo la presidencia y abandonó
a Bogotá para guerrear contra Páez en nombre del congreso colombiano. A fines
de marzo de 1830 avanzó a la cabeza de 8.000 hombres, tomó Caracuta, que se
había sublevado, y se dirigió hacia la provincia de Maracaibo, donde Páez lo
esperaba con 12.000 hombres en una fuerte posición. No bien Bolívar se enteró de
que Páez proyectaba combatir seriamente, flaqueó su valor. Por un instante,
incluso, pensó someterse a Páez y pronunciarse contra el congreso. Pero
decreció el ascendiente de sus partidarios en ese cuerpo y Bolívar se vio
obligado a presentar su dimision ya que se le dio a entender que esta vez
tendría que atenerse a su palabra y que, a condición de que se retirara al
extranjero, se le concedería una pensión anual. El 27 de abril de 1830, por
consiguiente, presentó su renuncia ante el congreso. Con la esperanza, sin
embargo, de recuperar el poder gracias a la influencia de sus adeptos, y debido
a que se había iniciado un movimiento de reacción contra Joaquín. Mosquera, el
nuevo presidente de Colombia, Bolívar fue postergando su partida de Bogotá y se
las ingenió para prolongar su estada en San Pedro hasta fines de 1830, momento
en que falleció repentinamente.
Ducoudray-Holstein
nos ha dejado de Bolívar el siguiente retrato: "Simón Bolívar mide cinco
pies y cuatro pulgadas de estatura, su rostro es enjunto, de mejilla hundidas,
y su tez pardusca y lívida; los ojos, ni grandes ni pequeños, se hunden profundamente
en las órbitas; su cabello es ralo. El bigote le da un aspecto sombrío y feroz,
particularmente cuando se irrita. Todo su cuerpo es flaco y descarnado. Su
aspecto es el de un hombre de 65 años Al caminar agita incesantemente los
brazos. No puede andar mucho a pie y se fatiga pronto. Le agrada tenderse o
sentarse en la hamaca. Tiene frecuentes y súbitos arrebatos de ira, y entonces
se pone como loco, se arroja en la hamaca y se desata en improperios y
maldiciones contra cuantos le rodean. Le gusta proferir sarcasmos contra los
ausentes, no lee más que literatura francesa de carácter liviano, es un jinete
consumado y baila valses con pasión. Le agrada oírse hablar, y pronunciar
brindis le deleita. En la adversidad, y cuando está privado de ayuda exterior,
resulta completamente exento de pasioness y arranques temperamentales. Entonces
se vuelve apacible, paciente, afable y hasta humilde. Oculta magistralmente sus
defectos bajo la urbanidad de un hombre educado en el llamado beau monde, posee
un talento casi asiatico para el disimulo y conoce mucho mejor a los hombres
que la mayor parte de sus compatriotas."
Por un decreto del
Congreso de Nueva Granada los restos mortales de Bolívar fueron trasladados en
1842 a Caracas, donde se erigió un monumento a su memoria.
Véase: Histoire
de Bolivar par Gén. Ducoudray-Holstein, continuée jusqu'á sa mort par Alphonse Viollet (Paris,
1831); Memoirs of Gen. John Miller (in the service of the Republic of
Peru; Col. Hippisley's Account of his Journey to the
Orinoco (London, 1819).
|
Artículo
publicado en el tomo III de The New American Cyclopedia. Escrito
en enero de 1858. Apareció en la edición alemana de MEW, t. XIV, pp. 217-231.
Digitalizado para MIA-Sección en Español por Juan R. Fajardo, y transcrito a
HTML por Juan R. Fajardo, febrero de 1999. |
C. MARX
A ABRAHAM LINCOLN, PRESIDENTE DE
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMERICA
Muy señor mío:
Saludamos al pueblo
americano con motivo de la reelección de Ud. por una gran mayoría.
Si bien la consigna
moderada de su primera elección era la resistencia frente al poderío de los
esclavistas, el triunfante grito de guerra de su reelección es: ¡muera el
esclavismo!
Desde el comienzo
de la titánica batalla en América, los obreros de Europa han sentido
instintivamente que los destinos de su clase estaban ligados a la bandera
estrellada. ¿Acaso la lucha por los territorios que dio comienzo a esta dura
epopeya no debía decidir si el suelo virgen de los infinitos espacios sería
ofrecido al trabajo del colono o deshonrado por el paso del capataz de
esclavos?
Cuando la
oligarquía de 300.000 esclavistas se abrevió por vez primera en los anales del
mundo a escribir la palabara «esclavitud» en la bandera de una rebelión armada,
cuando en los mismos lugares en que había nacido por primera vez, hace cerca de
cien años, la idea de una gran República Democrática, en que había sido
proclamada la primera Declaración de los Derechos del Hombre [2] y
se había dado el primer impulso a la revolución europea del siglo XVIII,
cuando, en esos mismos lugares, la contrarrevolución se vanagloriaba con
invariable perseverancia de haber acabado con las «ideas reinantes en los
tiempos de la creación [19] de la constitución precedente», declarando que «la
esclavitud era una institución caritativa, la única solución, en realidad, del
gran problema de las relaciones entre el capital y el trabajo», y proclamaba
cínicamente el derecho de propiedad sobre el hombre «piedra angular del nuevo
edificio», la clase trabajadora de Europa comprendió de golpe, ya antes de que
la intercesión fanática de las clases superiores en favor de los aristócratas
confederados le sirviese de siniestra advertencia, que la rebelión de los
esclavistas sonaría como rebato para la cruzada general de la propiedad contra
el trabajo y que los destinos de los trabajadores, sus esperanzas en el
porvenir e incluso sus conquistas pasadas se ponían en tela de juicio en esa
grandiosa guerra del otro lado del Atlántico. Por eso la clase obrera soportó
por doquier pacientemente las privaciones a que le había condenado la crisis
del algodón [3], se opuso con entusiasmo a la intervención
en favor del esclavismo que reclamaban enérgicamente los potentados, y en la
mayoría de los píses de Europa derramó su parte de sangre por la causa justa.
Mientras los
trabajadores, la auténtica fuerza palítica del Norte, permitían a la esclavitud
denigrar su propia república, mientras ante el negro, al que compraban y
vendían, sin preguntar su asenso, se pavoneaban del alto privilegio que tenía
el obrero blanco de poder venderse a sí mismo y de elegirse el amo, no estaban
en condiciones de lograr la verdadera libertad del trabajo ni de prestar apoyo
a sus hermanos europeos en la lucha por la emancipación; pero ese obstáculo en
el camino del progreso ha sido barrido por la marea sangrienta de la guerra
civil [4].
Los obreros de
Europa tienen la firme convicción de que, del mismo modo que la guerra de la
Independencia [5] en América ha dado comienzo a una
nueva era de la dominación de la burguesía, la guerra americana contra el
esclavismo inaugurará la era de la dominación de la clase obrera. Ellos ven el
presagio de esa época venidera en que a Abraham Lincoln, hijo honrado de la
clase obrera, le ha tocado la misión de llevar a su país a través de los
combates sin precedente por la liberación de una raza esclavizada y la
transformación del régimen social.
Escrito por C. Marx
entre el 22 Se publica de acuerdo con el texto
y el 29 de
noviembre de 1864. del periódico.
Publicado en
"The Bee-Hive Traducido del inglés.
Newspaper",
núm. 169, del 7
de enero de 1865.
NOTAS
8. El
"Mensaje" de la Asociación Internacional de Trabajadores a A.
Lincoln, Presidente de los EE.UU., con motivo de su segunda elección al cargo
de Presidente, fue escrito por Marx de acuerdo con la decisión del Consejo
General. En el momento más álgido de la guerra civil de los EE.UU., este
"Mensaje" tuvo mucha significación.- 18
[2] 9.
Trátase de la "Declaración de la independencia" adoptada el 4 de
julio de 1776, en el Congreso de Filadelfia, por los delegados de 13 colonias
inglesas en América del Norte. Se proclama en ella que las colonias
norteamericanas se separan de Inglaterra para constituir una república
independiente: los Estados Unidos de América. En dicho documento se formulan
principios democrático-burgueses, como la libertad del individuo, la igualdad
de los ciudadanos ante la ley, la soberanía del pueblo, etc. Sin embargo, la
burguesía y los grandes propietarios de tierras norteamericanos vulneraban
desde el comienzo los derechos democráticos proclamados en la Declaración,
apartaban a las masas populares de la participación en la vida política y
conservaron la esclavitud. Los negros, que formaban una parte considerable de
la población de la república, quedaron privados de los derechos humanos
elementales.- 18
[3] 10.
La crisis del algodón fue provocada por el cese de los envíos
de algodón desde América por causa del bloqueo de los Estados esclavistas
meridionales por la flota del Norte durante la guerra civil. Una gran parte de
la industria de tejidos de algodón de Europa estuvo paralizada, lo cual
repercutió gravemente en la situación de los obreros. Pese a todas las
privaciones, el proletariado europeo apoyaba resueltamente a los Estados del
Norte.- 19
[4] 4.
La guerra civil de Norteamérica (1861-1865) se libró entre los
Estados industriales del Norte y los sublevados Estados esclavistas del Sur. La
clase obrera se Inglaterra se opuso a la política de la burguesía nacional, que
apoyaba a los plantadores esclavistas, e impidió con su acción la intervención
de Inglaterra en esa contienda.- 6, 19, 38, 89, 119, 164
[5] 11.
La guerra de la Independencia de las colonias norteamericanas de
Inglaterra (1775-1783) contra la dominación inglesa debió su origen a
la aspiración de la joven nación burguesa norteamericana a la independencia y a
la supresión de los obstáculos que impedían el desarrollo del capitalismo. Como
resultado de la victoria de los norteamericanos se formó un Estado burgués
independiente: los Estados Unidos de América.- 19, 89, 165.
C. MARX
MENSAJE A LA UNION OBRERA
NACIONAL DE LOS ESTADOS UNIDOS [1]
Camaradas obreros:
En el programa
inaugural de nuestra Asociación hemos declarado: «No ha sido la prudencia de
las clases dominantes, sino la heroica resistencia de la clase obrera de
Inglaterra a la criminal locura de aquéllas la que ha evitado a la Europa
Occidental el verse precipitada a una cruzada infame para perpetuar y propagar
la esclavitud allende el océano Atlántico» [*] .
Ahora ha llegado el turno de ustedes de impedir una guerra, en consecuencia de
la cual el creciente movimiento obrero de ambos lados del Atlántico volvería
por un período indeterminado
a niveles ya superados.
Seguramente huelga
decirles que existen potencias europeas ansiosas por arrastrar a los Estados
Unidos a la guerra contra Inglaterra. Un simple vistazo a los datos de la
estadística comercial nos muestra que la exportación rusa de materias primas —y
Rusia no tiene otra cosa que exportar— se había replegado rápidamente ante la
competencia norteamericana hasta que la guerra civil [2] no
cambió bruscamente la situación. Transformar los arados americanos en espadas
significaría precisamente ahora salvar de la inminente bancarrota a esta
despótica potencia, a la que vuestros sabios estadistas republicanos han
elegido como consejero confidencial. No obstante, independientemente de los
intereses particulares [165] de uno u otro Gobierno, ¿acaso no responde a los
intereses comunes de nuestros opresores el convertir nuestra colaboración
internacional, cada vez más poderosa, en una guerra intestina?
En el mensaje de
saludo al Sr. Lincoln con motivo de su reelección a la presidencia hemos
expresado nuestro convencimiento de que la guerra civil de América tendría una
significación tan grande para el progreso de la clase obrera como la que tuvo
para el progreso de la burguesía [*] la
guerra de la Independencia americana [3].
En efecto, el final victorioso de la guerra contra el esclavismo ha inaugurado
una nueva época en la historia de la clase obrera. Precisamente en ese período
surge en los Estados Unidos el movimiento obrero independiente, al que miran
con odio los viejos partidos de su país y sus politicastros profesionales. Para
que llegue a fructificar, el movimiento requiere años de paz. Para destruirlo,
se necesita una guerra entre los Estados Unidos e Inglaterra.
El resultado
palpable directo de la guerra civil ha sido, como es natural, el empeoramiento
de la situación del obrero americano. En los Estados Unidos, lo mismo que en
Europa, el monstruoso vampiro de la deuda nacional, que se pasa de unos hombros
a otros, se ha descargado finalmente sobre los de la clase obrera. Los precios
de los artículos de primera necesidad —dice un estadista de su país— subieron
desde 1860 en el 78%, mientras que los salarios de los obreros no calificados
subieron nada más que en el 50%, y de los calificados, en el 60%
«El pauperismo» —se
queja el estadista— «crece ahora en América con más rapidez que la población».
Además, sobre el
fondo de los sufrimientos de la clase obrera resalta aún más el ostentoso lujo
de la aristocracia financiera, la aristocracia de arrivistas [4] y
otros parásitos engendrados por la guerra. Sin embargo, con todo y con eso, la
guerra civil ha tenido un resultado positivo: la liberación de los esclavos y
el impulso moral que ha dado a vuestro propio movimiento de clase. Los
resultados de una nueva guerra, que no se vería justificada ni por la nobleza
de los objetivos ni por la magnitud de la necesidad social, de una guerra en el
espíritu del mundo antiguo, no serían las cadenas rotas del cautivo, sino unas
cadenas nuevas para el obrero libre. El inevitable crecimiento de la miseria
brindaría en seguida a los capitalistas de vuestro país, con la ayuda de la
fría espada del ejército permanente, el pretexto y los medios para distraer a
la clase obrera de sus audaces y justas aspiraciones.
E;sta es la razón
de que precisamente sobre vosotros recaiga el glorioso deber de probar al mundo
que, al fin y al cabo, la clase [166] obrera no sale ya al escenario de la
historia como un ejecutor dócil, sino como fuerza independiente, consciente de
su propia responsabilidad y capaz de imponer la paz allí donde sus pretendidos
amos vocean acerca de la guerra.
Londres, 12 de mayo
de 1869
Escrito por C.
Marx. Se publica de acuerdo con el texto
de la octavilla.
Publicado como
octavilla titulada
"Address to
the National Labour
Union of the
United States", London, Traducido del inglés.
1869.
NOTAS
95. El Mensaje del
Consejo General a la Unión Obrera Nacional de los Estados Unidos fue escrito
por Marx y leído por él en la reunión del Consejo General del 11 de mayo con
motivo del peligro de guerra entre Inglaterra y los Estados Unidos en la
primera de 1869.
La Unión
Obrera Nacional fue fundada en los EE.UU. en agosto de 1866, en el
Congreso de Baltimore; tomó parte activa en la creación de la Unión W. Sylvis,
destacado militante del movimiento obrero norteamericano. Desde sus primeros
días, la Unión apoyó a la Asociación Internacional de los Trabajadores y se
propuso adherirse en 1870 a la misma. Sin embargo, no llegó a cumplir su
propósito. La dirección de la Unión se dejó llevar pronto por los proyectos
utópicos de reforma monetaria, a fin de acabar con el sistema bancario y
asegurar un crédito barato por el Estado. En 1870-1871 se apartaron de la Unión
las tradeuniones, y en 1872, la Unión dejó prácticamente de existir. Pese a
todos sus aspectos débiles, la Unión Obrera Nacional desempeñó un valioso papel
en el despliegue de la lucha en los EE.UU. por una política obrera
independiente, por la solidaridad de los obreros negros y blancos, por la
jornada de trabajo de 8 horas y por los derechos de la mujer obrera.- 164
[**] Véase
el presente tomo, pág. 13. (N. de la Edit.)
[2] 4.
La guerra civil de Norteamérica (1861-1865) se libró entre los
Estados industriales del Norte y los sublevados Estados esclavistas del Sur. La
clase obrera se Inglaterra se opuso a la política de la burguesía nacional, que
apoyaba a los plantadores esclavistas, e impidió con su acción la intervención
de Inglaterra en esa contienda.- 6, 19, 38, 89, 119, 164
[**] Véase
el presente tomo, pág. 19. (N. de la Edit.)
[3] 11.
La guerra de la Independencia de las colonias norteamericanas de
Inglaterra (1775-1783) contra la dominación inglesa debió su origen a
la aspiración de la joven nación burguesa norteamericana a la independencia y a
la supresión de los obstáculos que impedían el desarrollo del capitalismo. Como
resultado de la victoria de los norteamericanos se formó un Estado burgués
independiente: los Estados Unidos de América.- 19, 89, 165.
[4] 96.
En el original se dice «shoddy aristocrats»; «shoddy» son los
entrepeines de algodón, absolutamente inutilizables y sin el menor valor hasta
que se halló un medio de tratamiento y aprovechamiento de los mismos. En
América se calificaba de «shoddy aristocrats» a los que se habían
enriquecido rápidamente merced a la guerra.- 165
C. MARX
ESTATUTOS GENERALES DE LA
ASOCIACION INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES
Considerando:
que la emancipación
de la clase obrera debe ser obra de la propia clase obrera; que la lucha por la
emancipación de la clase obrera no es una lucha por privilegios y monopolios de
clase, sino por el establecimiento de derechos y deberes iguales y por la abolición
de todo dominio de clase;
que el sometimiento
económico del trabajador a los monopolizadores de los medios de trabajo, es
decir, de las fuentes de vida, es la base de la servidumbre en todas sus
formas, de toda miseria social, degradación intelectual y dependencia política;
que la emancipación
económica de la clase obrera es, por lo tanto, el gran fin al que todo
movimiento político debe ser subordinado como medio;
que todos los
esfuerzos dirigidos a este fin han fracasado hasta ahora por falta de
solidaridad entre los obreros de las diferentes ramas del trabajo en cada país
y de una unión fraternal entre las clases obreras de los diversos países;
que la emancipación
del trabajo no es un problema nacional o local, sino un problema social que
comprende a todos los países en los que existe la sociedad moderna y necesita
para su solución el concurso práctico y teórico de los países más avanzados;
que el movimiento
que acaba de renacer de la clase obrera de los países más industriales de
Europa, a la vez que despierta [15] nuevas esperanzas, da una solemne
advertencia para no recaer en los viejos errores y combinar inmeditamente los
movimientos todavía aislados;
Por todas estas
razones ha sido
fundada la Asociación Internacional de los Trabajadores.
Y declara:
que todas las
sociedades y todos los individuos que se adhieran a ella reconocerán la verdad,
la justicia y la moral como base de sus relaciones recíprocas y de su conducta
hacia todos los hombres, sin distinción de color, de creencias o de
nacionalidad.
No más deberes sin
derechos, no más derechos sin deberes.
En este espíritu
han sido redactados los siguientes Estatutos:
1.- La Asociación
es establecida para crear un centro de comunicación y de cooperación entre las
sociedades obreras de los diferentes países y que aspiren a un mismo fin, a
saber: la defensa, el progreso y la completa emancipación de la clase obrera.
2.- El nombre de
esta asociación será «Asociación Internacional de los Trabajadores».
3.- Todos los años
tendrá lugar un Congreso obrero general, integrado por los delegados de las
secciones de la Asociación. Este Congreso proclamará las aspiraciones comunes
de la clase obrera, tomará las medidas necesarias para el éxito de las
actividades de la Asociación Internacional y elegirá su Consejo General.
4.- Cada Congreso
fijará la fecha y el sitio de reunión del Congreso siguiente. Los delegados se
reunirán en el lugar y día designados, sin que sea precisa una convocatoria
especial. En caso de necesidad, el Consejo General podrá cambiar el lugar del
Congreso, sin aplazar, sin embargo, su fecha. Cada año, el Congreso reunido
fijará la residencia del Consejo General y nombrará sus miembros. El Consejo
General elegido de este modo tendrá el derecho de adjuntarse nuevos miembros.
En cada Congreso
anual, el Consejo General hará un informe público de sus actividades durante el
año transcurrido. En caso de urgencia podrá convocar el Congreso antes del
término anual establecido.
5.- El Consejo
General se compondrá de trabajadores pertenecientes a las diferentes naciones
representadas en la Asociación Internacional. Escogerá de su seno los miembros
necesarios para la gestión de sus asuntos, como un tesorero, un secretario
general, secretarios correspondientes para los diferentes países, etc.
6.- El Consejo
General funcionará como agencia de enlace internacional entre los diferentes
grupos nacionales y locales de la Asociación, con el fin de que los obreros de
cada país estén constantemente al corriente de los movimientos de su clase en
[16] los demás países; de que se haga simultáneamente y bajo una misma
dirección una encuesta sobre las condiciones sociales en los diferentes países
de Europa; de que las cuestiones de interés general propuestas por una sociedad
sean examinadas por todas las demás y de que, una vez reclamada la acción
inmediata, como en el caso de conflictos internacionales, todas las sociedades
de la Asociación puedan obrar simultáneamente y de una manera uniforme. Si el
Consejo General lo juzga oportuno, tomará la iniciativa de las proposiciones a
someter a las sociedades nacionales y locales. Para facilitar sus relaciones,
publicará informes periódicos.
7.- Puesto que el
éxito del movimiento obrero en cada país no puede ser asegurado más que por la
fuerza resultante de la unión y de la organización, y que, por otra parte, la
utilidad del Consejo General será mayor si en lugar de tratar con una multitud de
pequeñas sociedades locales, aisladas unas de otras, tratará con unos pocos
centros nacionales de las sociedades obreras, los miembros de la Asociación
Internacional deberán hacer todo lo posible por reunir a las sociedades
obreras, todavía aisladas, de sus países respectivos, en organizaciones
nacionales representadas por órganos centrales de carácter nacional. Es claro
que la aplicación de este artículo está subordinada a las leyes particulares de
cada país, y que, prescindiendo de los obstáculos legales, toda sociedad local
independiente tendrá el derecho de corresponder directamente con el Consejo
General [*].
8.- Cada sección
tendrá derecho a nombrar su secretario correspondiente para sus relaciones con
el Consejo General.
9.- Todo el que
adopte y defienda los principios de la Asociación Internacional de los
Trabajadores, puede ser recibido en ella como miembro. Cada sección es
responsable de la probidad de los miembros admitidos por ella.
10.- Todo miembro
de la Asociación Internacional recibirá, al cambiar su domicilio de un país a
otro, el apoyo fraternal de los trabajadores asociados.
11.- A pesar de
estar unidas por un lazo indisoluble de fraternal cooperación, todas las
sociedades obreras adheridas a la Asociación Internacional conservarán intacta
su actual organización.
12.- La revisión de
los presentes Estatutos puede ser hecha en cada Congreso, a condición de que
los dos tercios de los delegados presentes estén de acuerdo con dicha revisión.
[17]
13.- Todo lo que no
está previsto en los presentes Estatutos, será determinado por reglamentos
especiales que cada Congreso podrá revisar.
256, High Holborn,
Londres,
Western Central, 24
de octubre de 1871.
Publicado como
folletos aparte Se publica de acuerdo con el texto
en inglés y francés
en noviembre de la edición inglesa de 1871.
y diciembre de
1871, y en alemán
en febrero de 1872.
Traducido del inglés.
NOTAS
7. Los Estatutos
Generales fueron aprobados en setiembre de 1871 en la Conferencia de
la Asociación Internacional de los Trabajadores celebrada en Londres. Para su
redacción se tomaron como base los Estatutos provisionales escritos
por Marx en 1864, al ser fundada la I Internacional (véase la nota 1). En
septiembre de 1872, en el Congreso de La Haya, fue adoptada una resolución,
escrita por Marx y Engels, acerca de la inclusión en los Estatutos,
después del artículo 7, de un artículo suplementario, el 7-a, en el que se
resumía el contenido de la IX resolución adoptada en la Conferencia de Londres
(1871) consagrada a la acción política de la clase obrera (véase el presente
tomo, pág. 286, nota). Véase la resolución del Congreso de La Haya acerca de la
inclusión del artículo 7-a en los Estatutos en el presente
tomo, págs. 309-310.- 14
[*] Después
del artículo 7 por decisión del Congreso de la Internacional, que se celebró en
La Haya en septiembre de 1872, se incluyó el artículo 7-A:
«En su lucha contra
el poder colectivo de las clases poseedoras, el proletariado no puede actuar
como clase sino constituyéndose él mismo en partido político propio y opuesto a
todos los antiguos partidos formados por las clases poseedoras.
Esta constitución
del proletariado en partido político es indispensable para asegurar el triunfo
de la revolución social y el logro de su fin supremo: la abolición de las
clases.
La coalición de las
fuerzas obreras, obtenida ya por medio de la lucha económica, debe servir
también de palanca en manos de esta clase en su lucha contra el poder político
de sus explotadores.
Por cuanto los
señores de la tierra y del capital se sirven siempre de sus privilegios
políticos para defender y perpetuar sus monopolios económicos y sojuzgar el
trabajo, la conquista del poder político pasa a ser el gran deber del
proletariado».
C. MARX
LA NACIONALIZACION DE LA
TIERRA [1]
La propiedad de la
tierra es la fuente original de toda riqueza y se ha convertido en el gran
problema de cuya solución depende el porvenir de la clase obrera.
Sin plantearme la
tarea de examinar aquí todos los argumentos de los defensores de la propiedad
privada sobre la tierra —jurisconsultos, filósofos y economistas—, me limitaré
nada más que a hacer constar, en primer lugar, que han hecho no pocos esfuerzos
para disimular el hecho inicial de la conquista al amparo del «derecho
natural». Si la conquista ha creado el derecho natural para una minoría, a
la mayoría no le queda más que reunir suficientes fuerzas para tener el derecho
natural de reconquistar lo que se le ha quitado.
En el curso de la
historia, los conquistadores han estimado conveniente dar a su derecho inicial,
que se desprendía de la fuerza bruta, cierta estabilidad social mediante leyes
impuestas por ellos mismos.
Luego viene el
filósofo y muestra que estas leyes implican y expresan el consentimiento
universal de la humanidad. Si, en efecto, la propiedad privada sobre la tierra
se basa en semejante consentimiento universal, debe, indudablemente,
desaparecer en el momento en que la mayoría de la sociedad no quiera más
reconocerla.
[306]
No obstante,
dejando de lado los pretendidos «derechos» de propiedad, yo afirmo que el
desarrollo económico de la sociedad, el crecimiento y la concentración de la
población, que vienen a ser las condiciones que impulsan al granjero
capitalista a aplicar en la agricultura el trabajo colectivo y organizado, a
recurrir a las máquinas y otros inventos, harán cada día más que la
nacionalización de la tierra sea «una necesidad social», contra la que
resultarán sin efecto todos los razonamientos acerca de los derechos de
propiedad. Las necesidades imperiosas de la sociedad deben ser y serán
satisfechas, los cambios impuestos por la necesidad social se abrirán camino
ellos mismos, y, a la larga o a la corta, adaptarán la legislación a sus
intereses.
Lo que nos hace
falta es un crecimiento diario de la producción, y las exigencias de ésta no
pueden ser satisfechas cuando un puñado de hombres se halla en condiciones de
regularla a su antojo y con arreglo a sus intereses privados o de agotar, por
ignorancia, el suelo. Todos los métodos modernos, como, digamos, el riego, el
avenamiento, el arado de vapor, los productos químicos, etc., deben aplicarse
en grandes proporciones en la agricultura. Pero, los conocimientos científicos
que poseemos, al igual que los medios técnicos de practicar la agricultura de
que disponemos, como las máquinas, etc., sólo pueden emplearse con éxito si se
cultiva la tierra en gran escala.
Si el cultivo de la
tierra en vasta escala (incluso usando los métodos capitalistas actuales, que
reducen al productor al nivel de simple bestia de carga) resulta tanto más
ventajoso desde el punto de vista económico que la hacienda en terrenos
pequeños y fraccionados, ¿acaso la agricultura a escala nacional no daría un
impulso todavía mayor a la producción?
Las demandas de la
población, crecientes sin cesar, por una parte, y la constante alza de los
precios de los productos agrícolas, por otra, muestran irrefutablemente que la
nacionalización de la tierra es una necesidad social.
La disminución de
la producción agrícola por abuso de uno u otro individuo será, como es lógico,
imposible cuando el cultivo de la tierra se halle bajo el control de la nación
y en beneficio de la misma.
Todos los
ciudadanos a los que he oído durante los debates en torno a esta cuestión han
defendido la nacionalización de la tierra, pero lo han hecho partiendo de muy
distintos puntos de vista.
Se han hecho muchas
alusiones a Francia, que con su propiedad campesina se halla
mucho más lejos de la nacionalización que Inglaterra con su sistema de gran
posesión de la tierra de los lores. Es cierto que en Francia, la tierra está al
alcance de cualquiera que esté en condiciones de comprarla, pero precisamente
esta accesibilidad [307] ha llevado al fraccionamiento de los terrenos en
pequeñas parcelas cultivadas por gentes de escasos recursos, que cuentan más
que nada con su trabajo personal y el de sus familias. Esta forma de propiedad
sobre la tierra y el cultivo de terrenos pequeños, que de ello se desprende,
excluyendo todo empleo de perfeccionamientos agrícolas modernos, hace, a la
vez, que el propio agricultor sea el más decidido enemigo del progreso social
y, sobre todo, de la nacionalización de la tierra. Este agricultor se halla
aherrojado a la tierra, a la que debe consagrar todas sus fuerzas vitales para
conseguir un ingreso relativamente pequeño, tiene que entregar la mayor parte
de su producto al Estado, en forma de impuestos, a la camarilla judiciaria, en
forma de costas judiciales y al usurero, en forma de interés; no sabe
absolutamente nada del movimiento social fuera de su limitado campo de acción
y, sin emburgo, se agarra con celo fanático a su terruño y a su derecho de
propiedad puramente nominal sobre el mismo. Así es como el campesino francés ha
sido llevado al antagonismo fatal con la clase obrera industrial.
Siendo la propiedad
campesina el mayor obstáculo para la nacionalización de la tierra, Francia, en
su estado actual, no es, indiscutiblemente, el país en el que debamos buscar la
solución de ese gran problema.
La nacionalización
de la tierra y su entrega en pequeñas parcelas a unos u otros individuos o a
asociaciones de trabajadores, cuando el poder se halla en manos de la
burguesía, no engendraría más que una competencia implacable entre ellos y,
como resultado, conduciría al crecimiento progresivo de la renta, lo cual, a su
vez, acarrearía nuevas posibilidades a los propietarios de tierras, que viven a
cuenta de los productores.
En el Congreso de
la Internacional, celebrado en 1868 [2],
en Bruselas, uno de nuestros camaradas [*] dijo:
«La pequeña
propiedad privada de la tierra está condenada por la ciencia, y la grande, por
la justicia. Por tanto, queda una de dos: la tierra debe pertenecer a
asociaciones rurales o a toda la nación. El porvenir decidirá esta cuestión».
Y yo digo lo
contrario: el movimiento social llevará a la decisión de que la tierra sólo
puede ser propiedad de la nación misma. Entregar la tierra en manos de los
trabajadores rurales asociados significaría subordinar la sociedad a una sola
clase de productores.
La nacionalización
de la tierra producirá un cambio completo en las relaciones entre el trabajo y
el capital y, al fin y a la postre, acabará por entero con el modo capitalista
de producción tanto en la industria como en la agricultura. Entonces desaparecerán
[308] las diferencias y los privilegios de clase juntamente con la base
económica en la que descansan. La vida a costa de trabajo ajeno será cosa del
pasado. ¡No habrá más Gobierno ni Estado separado de la sociedad! La
agricultura, la minería, la industria, en fin, todas las ramas de la producción
se organizarán gradualmente de la forma más adecuada. La centralización
nacional de los medios de producción será la base nacional de una
sociedad compuesta de la unión de productores libres e iguales, dedicados a un
trabajo social con arreglo a un plan general y racional. Tal es la meta humana
a la que tiende el gran movimiento económico del siglo XIX.
Escrito por C. Marx
en Se publica de acuerdo con el texto
marzo-abril de
1872. del periódico.
Publicado en el
núm. 11 del
periódico "The
International Traducido del inglés.
Herald", del
15 de junio de 1872.
NOTAS
241. El manuscrito
de Marx "La nacionalización de la tierra", uno de los más importantes
documentos del marxismo sobre el problema agrario, fue redactado con motivo de
la discusión en la sección de Manchester de la Internacional del problema de la
nacionalización de la tierra. En su carta del 3 de marzo a Engels, Dupont
informó acerca de la confusión que reinaba en las mentes de los miembros de la
sección en el problema agrario y, tras de exponer 5 puntos de su futura
intervención, pidió a Marx y Engels que hicieran sus observaciones para
tenerlas en cuenta antes de intervenir en la reunión de la sección. Marx expuso
una extensa argumentación de sus puntos de vista en el problema de la
nacionalización de la tierra, que Dupont utilizó enteramente en su informe.
Marx enfoca la nacionalización de la tierra, ese gran problema, según expresión
de Marx, en indestructible ligazón con las tareas de la revolución proletaria y
la reorganización socialista de la sociedad.- 305.
[2] 212.
El Congreso de la Internacional celebrado en Bruselas se
reunió del 6 al 13 de septiembre de 1868. Marx participó personalmente en la
preparación del mismo, pero no asistió a sus labores. Acudieron al Congreso
alrededor de 100 delegados en representación de los obreros de Inglaterra,
Francia, Alemania, Bélgica, Suiza, Italia y España; se adoptó en él el
importante acuerdo acerca de la necesidad de que se entregasen en propiedad
social los ferrocarriles, el subsuelo, las minas, los bosques y las tierras de
labor. Este acuerdo, prueba del paso a las posiciones del colectivismo de la
mayoría de los proudhonistas franceses y belgas, significó la victoria en la
Internacional de las ideas del socialismo proletario sobre el reformismo
pequeñoburgués. El Congreso adoptó igualmente la resolución propuesta por Marx
acerca de la jornada de trabajo de 8 horas, del empleo de máquinas y de la
actitud respecto del Congreso de la Liga de la paz y de la libertad (véase la
nota 211) de Berna (1868), como también la resolución, presentada por F.
Lessner en nombre de la delegación alemana, recomendando a los obreros de todos
los puíses estudiar "El Capital" de Marx y contribuir a su traducción
del alemán a otros idiomas.- 266, 307.
[*] César
de Paepe. (N. de la Edit.)

