© Libro
No. 378. Todos
los fuegos el fuego. Cortazar, Julio. Colección Emancipación Obrera. Febrero 2 de 2013
Título original: © Julio Cortazar. Todos los fuegos el fuego.
Versión Original: Julio Cortazar. Todos los fuegos el
fuego.
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©
Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Julio Cortazar
Todos Los Fuegos El Fuego
ÍNDICE
INSTRUCCIONES
PARA JOHN HOWELL
Julio Cortazar
Todos Los Fuegos El Fuego
Gli
automobilisti sembrano nom avere storia… Come realtà, un ingorgo
automobilistico impressiona ma non ci dice gran che.
ARRIGO
BENEDETTI
“L’Espresso”,
Roma, 21/6/1964
Al
principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del
tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo. Cualquiera
podía mirar su reloj pero era como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el
bip bip de la radio midieran otra cosa, fuera el tiempo de los que no han hecho
la estupidez de querer regresar a París por la autopista del sur un domingo de
tarde y, apenas salidos de Fontainebleau, han tenido que ponerse al paso,
detenerse, seis filas a cada lado (ya se sabe que los domingos la autopista
está íntegramente reservada a los que regresan a la capital), poner en marcha
el motor, avanzar tres metros, detenerse, charlar con las dos monjas del 2HP a
la derecha, con la muchacha del Dauphine a la izquierda, mirar por el
retrovisor al hombre pálido que conduce un Caravelle, envidiar irónicamente la
felicidad avícola del matrimonio del Peugeot 203 (detrás del Dauphine de la
muchacha) que juega con su niñita y hace bromas y come queso, o sufrir de a
ratos los desbordes exasperados de los dos jovencitos del Simca que precede al
Peugeot 404, y hasta bajarse de los altos y explorar sin alejarse mucho (porque
nunca se sabe en qué momento los autos de más adelante reanudarán la marcha y
habrá que correr para que los de atrás no inicien la guerra de las bocinas y
los insultos), y así llegar a la altura de un Taunus delante del Dauphine de la
muchacha que mira a cada momento la hora, y cambiar unas frases descorazonadas
o burlonas con los dos hombres que viajan con el niño rubio cuya inmensa
diversión en esas precisas circunstancias consiste en hacer correr libremente
su autito de juguete sobre los asientos y el reborde posterior del Taunus, o
atreverse y avanzar todavía un poco más, puesto que no parece que los autos de
adelante vayan a reanudar la marcha, y contemplar con alguna lástima al
matrimonio de ancianos en el ID Citroën que parece una gigantesca bañadera
violeta donde sobrenadan los dos viejitos, él descansando los antebrazos en el
volante con un aire de paciente fatiga, ella mordisqueando una manzana con más
aplicación que ganas.
A la
cuarta vez de encontrarse con todo eso, de hacer todo eso, el ingeniero había
decidido no salir más de su coche, a la espera de que la policía disolviese de
alguna manera el embotellamiento. El calor de agosto se sumaba a ese tiempo a
ras de neumáticos para que la inmovilidad fuese cada vez más enervante. Todo
era olor a gasolina, gritos destemplados de los jovencitos del Simca, brillo
del sol rebotando en los cristales y en los bordes cromados, y para colmo la
sensación contradictoria del encierro en plena selva de máquinas pensadas para
correr. El 404 del ingeniero ocupaba el segundo lugar de la pista de la derecha
contando desde la franja divisoria de las dos pistas, con lo cual tenía otros
cuatro autos a su derecha y siete a su izquierda, aunque de hecho sólo pudiera
ver distintamente los ocho coches que lo rodeaban y sus ocupantes que ya había
detallado hasta cansarse. Había charlado con todos, salvo con los muchachos del
Simca que le caían antipáticos; entre trecho y trecho se había discutido la situación
en sus menores detalles, y la impresión general era que hasta Corbeil-Essones
se avanzaría al paso o poco menos, pero que entre Corbeil y Juvisy el ritmo
iría acelerándose una vez que los helicópteros y los motociclistas lograran
quebrar lo peor del embotellamiento. A nadie le cabía duda de que algún
accidente muy grave debía haberse producido en la zona, única explicación de
una lentitud tan increíble. Y con eso el gobierno, el calor, los impuestos, la
vialidad, un tópico tras otro, tres metros, otro lugar común, cinco metros, una
frase sentenciosa o una maldición contenida.
A
las dos monjitas del 2HP les hubiera convenido tanto llegar a Milly-la-Foret
antes de las ocho, pues llevaban una cesta de hortalizas para la cocinera. Al
matrimonio del Peugeot 203 le importaba sobre todo no perder los juegos
televisados de las nueve y media; la muchacha del Dauphine le había dicho al
ingeniero que le daba lo mismo llegar más tarde a París pero que se quejaba por
principio, porque le parecía un atropello someter a millares de personas a un
régimen de caravana de camellos. En esas últimas horas (debían ser casi las
cinco pero el calor los hostigaba insoportablemente) habían avanzado unos
cincuenta metros a juicio del ingeniero, aunque uno de los hombres del Taunus
que se había acercado a charlar llevando de la mano al niño con su autito,
mostró irónicamente la copa de un plátano solitario y la muchacha del Dauphine
recordó que ese plátano (si no era un castaño) había estado en la misma línea
que su auto durante tanto tiempo que ya ni valía la pena mirar el reloj pulsera
para perderse en cálculos inútiles.
No
atardecía nunca, la vibración del sol sobre la pista y las carrocerías dilataba
el vértigo hasta la náusea. Los anteojos negros, los pañuelos con agua de
colonia en la cabeza, los recursos improvisados para protegerse, para evitar un
reflejo chirriante o las bocanadas de los caños de escape a cada avance, se
organizaban y perfeccionaban, eran objeto de comunicación y comentario. El
ingeniero bajó otra vez para estirar las piernas, cambió unas palabras con la
pareja de aire campesino del Ariane que precedía al 2HP de las monjas. Detrás
del 2HP había un Volkswagen con un soldado y una muchacha que parecían recién
casados. La tercera fila hacia el exterior dejaba de interesarle porque hubiera
tenido que alejarse peligrosamente del 404; veía colores, formas, Mercedes
Benz, ID, 4R, Lancia, Skoda, Morris Minor, el catálogo completo. A la
izquierda, sobre la pista opuesta, se tendía otra maleza inalcanzable de
Renault, Anglia, Peugeot, Porsche, Volvo; era tan monótono que al final,
después de charlar con los dos hombres del Taunus y de intentar sin éxito un
cambio de impresiones con el solitario conductor del Caravelle, no quedaba nada
mejor que volver al 404 y reanudar la misma conversación sobre la hora, las
distancias y el cine con la muchacha del Dauphine.
A
veces llegaba un extranjero, alguien que se deslizaba entre los autos viniendo
desde el otro lado de la pista o desde la filas exteriores de la derecha, y que
traía alguna noticia probablemente falsa repetida de auto en auto a lo largo de
calientes kilómetros. El extranjero saboreaba el éxito de sus novedades, los
golpes de portezuelas cuando los pasajeros se precipitaban para comentar lo
sucedido, pero al cabo de un rato se oía alguna bocina o el arranque de un
motor, y el extranjero salía corriendo, se lo veía zigzaguear entre los autos
para reintegrarse al suyo y no quedar expuesto a la justa cólera de los demás.
A lo largo de la tarde se había sabido así del choque de un Floride contra un
2HP cerca de Corbeil, tres muertos y un niño herido, el doble choque de un Fiat
1500 contra un furgón Renault que había aplastado un Austin lleno de turistas
ingleses, el vuelco de un autocar de Orly colmado de pasajeros procedentes del
avión de Copenhague. El ingeniero estaba seguro de que todo o casi todo era falso,
aunque algo grave debía haber ocurrido cerca de Corbeil e incluso en las
proximidades de París para que la circulación se hubiera paralizado hasta ese
punto. Los campesinos del Ariane, que tenían una granja del lado de Montereau y
conocían bien la región, contaban de otro domingo en que el tránsito había
estado detenido durante cinco horas, pero ese tiempo empezaba a parecer casi
nimio ahora que el sol, acostándose hacia la izquierda de la ruta, volcaba en
cada auto una última avalancha de jalea anaranjada que hacía hervir los metales
y ofuscaba la vista, sin que jamás una copa de árbol desapareciera del todo a
la espalda, sin que otra sombra apenas entrevista a la distancia se acercara
como para poder sentir de verdad que la columna se estaba moviendo aunque fuera
apenas, aunque hubiera que detenerse y arrancar y bruscamente clavar el freno y
no salir nunca de la primera velocidad, del desencanto insultante de pasar una
vez más de la primera al punto muerto, freno de pie, freno de mano, stop, y así
otra vez y otra vez y otra.
En
algún momento, harto de inacción, el ingeniero se había decidido a aprovechar
un alto especialmente interminable para recorrer las filas de la izquierda, y
dejando a su espalda el Dauphine había encontrado un DKW, otro 2HP, un Fiat
600, y se había detenido junto a un De Soto para cambiar impresiones con el
azorado turista de Washington que no entendía casi el francés pero que tenía
que estar a las ocho en la Place de l’Opéra sin falta you understand, my wife
will be awfully anxious, damn it, y se hablaba un poco de todo cuando un hombre
con aire de viajante de comercio salió del DKW para contarles que alguien había
llegado un rato antes con la noticia de que un Piper Cub se había estrellado en
plena autopista, varios muertos. Al americano el Piper Cub lo tenía
profundamente sin cuidado, y también al ingeniero que oyó un coro de bocinas y
se apresuró a regresar al 404, transmitiendo de paso las novedades a los dos
hombres del Taunus y al matrimonio del 203. Reservó una explicación más
detallada para la muchacha del Dauphine mientras los coches avanzaban
lentamente unos pocos metros (ahora el Dauphine estaba ligeramente retrasado
con relación al 404, y más tarde sería al revés, pero de hecho las doce filas
se movían prácticamente en bloque, como si un gendarme invisible en el fondo de
la autopista ordenara el avance simultáneo sin que nadie pudiese obtener
ventajas). Piper Cub, señorita, es un pequeño avión de paseo. Ah. Y la mala
idea de estrellarse en plena autopista un domingo de tarde. Esas cosas. Si por
lo menos hiciera menos calor en los condenados autos, si esos árboles de la
derecha quedaran por fin a la espalda, si la última cifra del cuentakilómetros
acabara de caer en su agujerito negro en vez de seguir suspendida por la cola,
interminablemente.
En
algún momento (suavemente empezaba a anochecer, el horizonte de techos de
automóviles se teñía de lila) una gran mariposa blanca se posó en el parabrisas
del Dauphine, y la muchacha y el ingeniero admiraron sus alas en la breve y
perfecta suspensión de su reposo; la vieron alejarse con una exasperada
nostalgia, sobrevolar el Taunus, el ID violeta de los ancianos, ir hacia el
Fiat 600 ya invisible desde el 404, regresar hacia el Simca donde una mano
cazadora trató inútilmente de atraparla, aletear amablemente sobre el Ariane de
los campesinos que parecían estar comiendo alguna cosa, y perderse después
hacia la derecha. Al anochecer la columna hizo un primer avance importante, de
casi cuarenta metros; cuando el ingeniero miró distraídamente el cuentakilómetros,
la mitad del 6 había desaparecido y un asomo del 7 empezaba a descolgarse de lo
alto. Casi todo el mundo escuchaba sus radios, los del Simca la habían puesto a
todo trapo y coreaban un twist con sacudidas que hacían vibrar la carrocería;
las monjas pasaban las cuentas de sus rosarios, el niño del Taunus se había
dormido con la cara pegada a un cristal, sin soltar el auto de juguete. En
algún momento (ya era noche cerrada) llegaron extranjeros con más noticias, tan
contradictorias como las otras ya olvidadas. No había sido un Piper Cub sino un
planeador piloteado por la hija de un general. Era exacto que un furgón Renault
había aplastado un Austin, pero no en Juvisy sino casi en las puertas de París;
uno de los extranjeros explicó al matrimonio del 203 que el macadam de la
autopista había cedido a la altura de Igny y que cinco autos habían volcado al
meter las ruedas delanteras en la grieta. La idea de una catástrofe natural se
propagó hasta el ingeniero, que se encogió de hombros sin hacer comentarios.
Más tarde, pensando en esas primeras horas de oscuridad en que habían respirado
un poco más libremente, recordó que en algún momento había sacado el brazo por
la ventanilla para tamborilear en la carrocería del Dauphine y despertar a la
muchacha que se había dormido reclinada sobre el volante, sin preocuparse de un
nuevo avance. Quizá ya era medianoche cuando una de las monjas le ofreció
tímidamente un sándwich de jamón, suponiendo que tendría hambre. El ingeniero
lo aceptó por cortesía (en realidad sentía náuseas) y pidió permiso para
dividirlo con la muchacha del Dauphine, que aceptó y comió golosamente el
sándwich y la tableta de chocolate que le había pasado el viajante del DKW, su
vecino de la izquierda. Mucha gente había salido de los autos recalentados,
porque otra vez llevaban horas sin avanzar; se empezaba a sentir sed, ya
agotadas las botellas de limonada, la coca-cola y hasta los vinos de a bordo.
La primera en quejarse fue la niña del 203, y el soldado y el ingeniero
abandonaron los autos junto con el padre de la niña para buscar agua. Delante
del Simca, donde la radio parecía suficiente alimento, el ingeniero encontró un
Beaulieu ocupado por una mujer madura de ojos inquietos. No, no tenía agua pero
podía darles unos caramelos para la niña. El matrimonio del ID se consultó un
momento antes de que la anciana metiera la mano en un bolso y sacara una
pequeña lata de jugo de frutas. El ingeniero agradeció y quiso saber si tenían
hambre y si podía serles útil; el viejo movió negativamente la cabeza, pero la
mujer pareció asentir sin palabras. Más tarde la muchacha del Dauphine y el
ingeniero exploraron juntos las filas de la izquierda, sin alejarse demasiado;
volvieron con algunos bizcochos y los llevaron a la anciana del ID, con el
tiempo justo para regresar corriendo a sus autos bajo una lluvia de bocinas.
Aparte
de esas mínimas salidas, era tan poco lo que podía hacerse que las horas
acababan por superponerse, por ser siempre la misma en el recuerdo; en algún
momento el ingeniero pensó en tachar ese día en su agenda y contuvo una
risotada, pero más adelante, cuando empezaron los cálculos contradictorios de
las monjas, los hombres del Taunus y la muchacha del Dauphine, se vio que
hubiera convenido llevar mejor la cuenta. Las radios locales habían suspendido
las emisiones, y sólo el viajante del DKW tenía un aparato de ondas cortas que
se empeñaba en transmitir noticias bursátiles. Hacia las tres de la madrugada
pareció llegarse a un acuerdo tácito para descansar, y hasta el amanecer la
columna no se movió. Los muchachos del Simca sacaron unas camas neumáticas y se
tendieron al lado del auto; el ingeniero bajó el respaldo de los asientos
delanteros del 404 y ofreció las cuchetas a las monjas, que rehusaron; antes de
acostarse un rato, el ingeniero pensó en la muchacha del Dauphine, muy quieta
contra el volante, y como sin darle importancia le propuso que cambiaran de
autos hasta el amanecer; ella se negó, alegando que podía dormir muy bien de
cualquier manera. Durante un rato se oyó llorar al niño del Taunus, acostado en
el asiento trasero donde debía tener demasiado calor. Las monjas rezaban
todavía cuando el ingeniero se dejó caer en la cucheta y se fue quedando
dormido, pero su sueño seguía demasiado cerca de la vigilia y acabó por
despertarse sudoroso e inquieto, sin comprender en un primer momento dónde estaba;
enderezándose, empezó a percibir los confusos movimientos del exterior, un
deslizarse de sombras entre los autos, y vio un bulto que se alejaba hacia el
borde de la autopista; adivinó las razones, y más tarde también él salió del
auto sin hacer ruido y fue a aliviarse al borde de la ruta; no había setos ni
árboles, solamente el campo negro y sin estrellas, algo que parecía un muro
abstracto limitando la cinta blanca del macadam con su río inmóvil de
vehículos. Casi tropezó con el campesino del Ariane, que balbuceó una frase
ininteligible; al olor de la gasolina, persistente en la autopista recalentada,
se sumaba ahora la presencia más ácida del hombre, y el ingeniero volvió lo
antes posible a su auto. La chica del Dauphine dormía apoyada sobre el volante,
un mechón de pelo contra los ojos; antes de subir al 404, el ingeniero se
divirtió explorando en la sombra su perfil, adivinando la curva de los labios
que soplaban suavemente. Del otro lado, el hombre del DKW miraba también dormir
a la muchacha, fumando en silencio.
Por
la mañana se avanzó muy poco pero lo bastante como para darles la esperanza de
que esa tarde se abriría la ruta hacia París. A las nueve llegó un extranjero
con buenas noticias: habían rellenado las grietas y pronto se podría circular
normalmente. Los muchachos del Simca encendieron la radio y uno de ellos trepó
al techo del auto y gritó y cantó. El ingeniero se dijo que la noticia era tan
dudosa como las de la víspera, y que el extranjero había aprovechado la alegría
del grupo para pedir y obtener una naranja que le dio el matrimonio del Ariane.
Más tarde llegó otro extranjero con la misma treta, pero nadie quiso darle
nada. El calor empezaba a subir y la gente prefería quedarse en los autos a la
espera de que se concretaran las buenas noticias. A mediodía la niña del 203
empezó a llorar otra vez, y la muchacha del Dauphine fue a jugar con ella y se
hizo amiga del matrimonio. Los del 203 no tenían suerte; a su derecha estaba el
hombre silencioso del Caravelle, ajeno a todo lo que ocurría en torno, y a su
izquierda tenían que aguantar la verbosa indignación del conductor de un
Floride, para quien el embotellamiento era una afrenta exclusivamente personal.
Cuando la niña volvió a quejarse de sed, al ingeniero se le ocurrió ir a hablar
con los campesinos del Ariane, seguro de que en ese auto había cantidad de
provisiones. Para su sorpresa los campesinos se mostraron muy amables;
comprendían que en una situación semejante era necesario ayudarse, y pensaban
que si alguien se encargaba de dirigir el grupo (la mujer hacía un gesto
circular con la mano, abarcando la docena de autos que los rodeaba) no se
pasarían apreturas hasta llegar a París. Al ingeniero le molestaba la idea de
erigirse en organizador, y prefirió llamar a los hombres del Taunus para
conferenciar con ellos y con el matrimonio del Ariane. Un rato después
consultaron sucesivamente a todos los del grupo. El joven soldado del
Volkswagen estuvo inmediatamente de acuerdo, y el matrimonio del 203 ofreció
las pocas provisiones que les quedaban (la muchacha del Dauphine había
conseguido un vaso de granadina con agua para la niña, que reía y jugaba). Uno
de los hombres del Taunus, que había ido a consultar a los muchachos del Simca,
obtuvo un asentimiento burlón; el hombre pálido del Caravelle se encogió de
hombros y dijo que le daba lo mismo, que hicieran lo que les pareciese mejor.
Los ancianos del ID y la señora del Beaulieu se mostraron visiblemente
contentos, como si se sintieran más protegidos. Los pilotos del Floride y del
DKW no hicieron observaciones, y el americano del De Soto los miró asombrado y
dijo algo sobre la voluntad de Dios. Al ingeniero le resultó fácil proponer que
uno de los ocupantes del Taunus, en el que tenía una confianza instintiva, se
encargara de coordinar las actividades. A nadie le faltaría de comer por el
momento, pero era necesario conseguir agua; el jefe, al que los muchachos del
Simca llamaban Taunus a secas para divertirse, pidió al ingeniero, al soldado y
a uno de los muchachos que exploraran la zona circundante de la autopista y
ofrecieran alimentos a cambio de bebidas. Taunus, que evidentemente sabía
mandar, había calculado que deberían cubrirse las necesidades de un día y medio
como máximo, poniéndose en la posición menos optimista. En el 2HP de las monjas
y en el Ariane de los campesinos había provisiones suficientes para ese tiempo,
y si los exploradores volvían con agua el problema quedaría resuelto. Pero
solamente el soldado regresó con una cantimplora llena, cuyo dueño exigía en
cambio comida para dos personas. El ingeniero no encontró a nadie que pudiera
ofrecer agua, pero el viaje le sirvió para advertir que más allá de su grupo se
estaban constituyendo otras células con problemas semejantes; en un momento
dado el ocupante de un Alfa Romeo se negó a hablar con él del asunto, y le dijo
que se dirigiera al representante de su grupo, cinco autos más atrás en la
misma fila. Más tarde vieron volver al muchacho del Simca que no había podido
conseguir agua, pero Taunus calculó que ya tenían bastante para los dos niños,
la anciana del ID y el resto de las mujeres. El ingeniero le estaba contando a
la muchacho del Dauphine su circuito por la periferia (era la una de la tarde,
y el sol los acorralaba en los autos) cuando ella lo interrumpió con un gesto y
le señaló el Simca. En dos saltos el ingeniero llegó hasta el auto y sujetó por
el codo a uno de los muchachos, que se repantigaba en su asiento para beber a
grandes tragos de la cantimplora que había traído escondida en la chaqueta. A
su gesto iracundo, el ingeniero respondió aumentando la presión en el brazo; el
otro muchacho bajó del auto y se tiró sobre el ingeniero, que dio dos pasos
atrás y lo esperó casi con lástima. El soldado ya venía corriendo, y los gritos
de las monjas alertaron a Taunus y a su compañero; Taunus escuchó lo sucedido,
se acercó al muchacho de la botella y le dio un par de bofetadas. El muchacho
gritó y protestó, lloriqueando, mientras el otro rezongaba sin atreverse a
intervenir. El ingeniero le quitó la botella y se la alcanzó a Taunus.
Empezaban a sonar bocinas y cada cual regresó a su auto, por lo demás
inútilmente puesto que la columna avanzó apenas cinco metros.
A la
hora de la siesta, bajo un sol todavía más duro que la víspera, una de las
monjas se quitó la toca y su compañera le mojó las sienes con agua de colonia.
Las mujeres improvisaban de a poco sus actividades samaritanas, yendo de un
auto a otro, ocupándose de los niños para que los hombres estuvieran más
libres: nadie se quejaba pero el buen humor era forzado, se basaba siempre en
los mismos juegos de palabras, en un escepticismo de buen tono. Para el
ingeniero y la muchacha del Dauphine, sentirse sudorosos y sucios era la
vejación más grande; los enternecía casi la rotunda indiferencia del matrimonio
de campesinos al olor que les brotaba de las axilas cada vez que venían a
charlar con ellos o a repetir alguna noticia de último momento. Hacia el
atardecer el ingeniero miró casualmente por el retrovisor y encontró como
siempre la cara pálida y de rasgos tensos del hombre del Caravelle, que al
igual que el gordo piloto del Floride se había mantenido ajeno a todas las
actividades. Le pareció que sus facciones se habían afilado todavía más, y se
preguntó si no estaría enfermo. Pero después, cuando al ir a charlar con el
soldado y su mujer tuvo ocasión de mirarlo desde más cerca, se dijo que ese
hombre no estaba enfermo; era otra cosa, una separación, por darle algún
nombre. El soldado del Volkswagen le contó más tarde que a su mujer le daba
miedo ese hombre silencioso que no se apartaba jamás del volante y que parecía
dormir despierto. Nacían hipótesis, se creaba un folklore para luchar contra la
inacción. Los niños del Taunus y el 203 se habían hecho amigos y se habían
peleado y luego se habían reconciliado; sus padres se visitaban, y la muchacha
del Dauphine iba cada tanto a ver cómo se sentían la anciana del ID y la señora
del Beaulieu. Cuando al atardecer soplaron bruscamente unas ráfagas tormentosas
y el sol se perdió entre las nubes que se alzaban al oeste, la gente se alegró
pensando que iba a refrescar. Cayeron algunas gotas, coincidiendo con un avance
extraordinario de casi cien metros; a lo lejos brilló un relámpago y el calor
subió todavía más. Había tanta electricidad en la atmósfera que Taunus, con un
instinto que el ingeniero admiró sin comentarios, dejó al grupo en paz hasta la
noche, como si temiera los efectos del cansancio y el calor. A las ocho las
mujeres se encargaron de distribuir las provisiones; se había decidido que el
Ariane de los campesinos sería el almacén general, y que el 2HP de las monjas
serviría de depósito suplementario. Taunus había ido en persona a hablar con
los jefes de los cuatro o cinco grupos vecinos; después, con ayuda del soldado
y el hombre del 203, llevó una cantidad de alimentos a los otros grupos,
regresando con más agua y un poco de vino. Se decidió que los muchachos del
Simca cederían sus colchones neumáticos a la anciana del ID y a la señora del
Beaulieu; la muchacha del Dauphine les llevó dos mantas escocesas y el
ingeniero ofreció su coche, que llamaba burlonamente el wagon-lit, a quienes lo
necesitaran. Para su sorpresa, la muchacha del Dauphine aceptó el ofrecimiento
y esa noche compartió las cuchetas del 404 con una de las monjas; la otra fue a
dormir al 203 junto a la niña y su madre, mientras el marido pasaba la noche
sobre el macadam, envuelto en una frazada. El ingeniero no tenía sueño y jugó a
los dados con Taunus y su amigo; en algún momento se les agregó el campesino
del Ariane y hablaron de política bebiendo unos tragos del aguardiente que el
campesino había entregado a Taunus esa mañana. La noche no fue mala; había
refrescado y brillaban algunas estrellas entre las nubes.
Hacia
el amanecer los ganó el sueño, esa necesidad de estar a cubierto que nacía con
la grisalla del alba. Mientras Taunus dormía junto al niño en el asiento
trasero, su amigo y el ingeniero descansaron un rato en la delantera. Entre dos
imágenes de sueño, el ingeniero creyó oír gritos a la distancia y vio un
resplandor indistinto; el jefe de otro grupo vino a decirles que treinta autos
más adelante había habido un principio de incendio en un Estafette, provocado
por alguien que había querido hervir clandestinamente unas legumbres. Taunus
bromeó sobre lo sucedido mientras iba de auto en auto para ver cómo habían
pasado todos la noche, pero a nadie se le escapó lo que quería decir. Esa
mañana la columna empezó a moverse muy temprano y hubo que correr y agitarse
para recuperar los colchones y las mantas, pero como en todas partes debía
estar sucediendo lo mismo casi nadie se impacientaba ni hacía sonar las
bocinas. A mediodía habían avanzado más de cincuenta metros, y empezaba a
divisarse la sombra de un bosque a la derecha de la ruta. Se envidiaba la
suerte de los que en ese momento podían ir hasta la banquina y aprovechar la
frescura de la sombra; quizá había un arroyo, o un grifo de agua potable. La
muchacha del Dauphine cerró los ojos y pensó en una ducha cayéndole por el
pecho y la espalda, corriéndole por las piernas; el ingeniero, que la miraba de
reojo, vio dos lágrimas que le resbalaban por las mejillas.
Taunus,
que acababa de adelantarse hasta el ID, vino a buscar a las mujeres más jóvenes
para que atendieran a la anciana que no se sentía bien. El jefe del tercer
grupo a retaguardia contaba con un médico entre sus hombres, y el soldado
corrió a buscarlo. El ingeniero, que había seguido con irónica benevolencia los
esfuerzos de los muchachitos del Simca para hacerse perdonar su travesura,
entendió que era el momento de darles su oportunidad. Con los elementos de una
tienda de campaña los muchachos cubrieron las ventanillas del 404, y el
wagon-lit se transformó en ambulancia para que la anciana descansara en una
oscuridad relativa. Su marido se tendió a su lado, teniéndole la mano, y los
dejaron solos con el médico. Después las monjas se ocuparon de la anciana, que
se sentía mejor, y el ingeniero pasó la tarde como pudo, visitando otros autos
y descansando en el de Taunus cuando el sol castigaba demasiado; sólo tres
veces le tocó correr hasta su auto, donde los viejitos parecían dormir, para
hacerlo avanzar junto con la columna hasta el alto siguiente. Los ganó la noche
sin que hubiesen llegado a la altura del bosque.
Hacia
las dos de la madrugada bajó la temperatura, y los que tenían mantas se
alegraron de poder envolverse en ellas. Como la columna no se movería hasta el
alba (era algo que se sentía en el aire, que venía desde el horizonte de autos
inmóviles en la noche) el ingeniero y Taunus se sentaron a fumar y a charlar
con el campesino del Ariane y el soldado. Los cálculos de Taunus no
correspondían ya a la realidad, y le dijo francamente; por la mañana habría que
hacer algo para conseguir más provisiones y bebidas. El soldado fue a buscar a
los jefes de los grupos vecinos, que tampoco dormían, y se discutió el problema
en voz baja para no despertar a las mujeres. Los jefes habían hablado con los
responsables de los grupos más alejados, en un radio de ochenta o cien
automóviles, y tenían la seguridad de que la situación era análoga en todas
partes. El campesino conocía bien la región y propuso que dos o tres hombres de
cada grupo salieran al alba para comprar provisiones en las granjas cercanas,
mientras Taunus se ocupaba de designar pilotos para los autos que quedaran sin
dueño durante la expedición. La idea era buena y no resultó difícil reunir
dinero entre los asistentes; se decidió que el campesino, el soldado y el amigo
de Taunus irían juntos y llevarían todas las bolsas, redes y cantimploras
disponibles. Los jefes de los otros grupos volvieron a sus unidades para
organizar expediciones similares, y al amanecer se explicó la situación a las
mujeres y se hizo lo necesario para que la columna pudiera seguir avanzando. La
muchacha del Dauphine le dijo al ingeniero que la anciana ya estaba mejor y que
insistía en volver a su ID; a las ocho llegó el médico, que no vio
inconveniente en que el matrimonio regresara a su auto. De todos modos, Taunus
decidió que el 404 quedaría habilitado permanentemente como ambulancia; los
muchachos, para divertirse, fabricaron un banderín con una cruz roja y lo
fijaron en la antena del auto. Hacía ya rato que la gente prefería salir lo
menos posible de sus coches; la temperatura seguía bajando y a mediodía
empezaron los chaparrones y se vieron relámpagos a la distancia. La mujer del
campesino se apresuró a recoger agua con un embudo y una jarra de plástico,
para especial regocijo de los muchachos del Simca. Mirando todo eso, inclinado
sobre el volante donde había un libro abierto que no le interesaba demasiado,
el ingeniero se preguntó por qué los expedicionarios tardaban tanto en
regresar; más tarde Taunus lo llamó discretamente a su auto y cuando estuvieron
dentro le dijo que habían fracasado. El amigo de Taunus dio detalles: las
granjas estaban abandonadas o la gente se negaba a venderles nada, aduciendo
las reglamentaciones sobre ventas a particulares y sospechando que podían ser
inspectores que se valían de las circunstancias para ponerlos a prueba. A pesar
de todo habían podido traer una pequeña cantidad de agua y algunas provisiones,
quizá robadas por el soldado que sonreía sin entrar en detalles. Desde luego ya
no podía pasar mucho tiempo sin que cesara el embotellamiento, pero los alimentos
de que se disponía no eran los más adecuados para los dos niños y la anciana.
El médico, que vino hacia las cuatro y media para ver a la enferma, hizo un
gesto de exasperación y cansancio y dijo a Taunus que en su grupo y en todos
los grupos vecinos pasaba lo mismo. Por la radio se había hablado de una
operación de emergencia para despejar la autopista, pero aparte de un
helicóptero que apareció brevemente al anochecer no se vieron otros aprestos.
De todas maneras hacía cada vez menos calor, y la gente parecía esperar la
llegada de la noche para taparse con las mantas y abolir en el sueño algunas
horas más de espera. Desde su auto el ingeniero escuchaba la charla de la
muchacha del Dauphine con el viajante del DKW, que le contaba cuentos y la
hacía reír sin ganas. Lo sorprendió ver a la señora del Beaulieu que casi nunca
abandonaba su auto, y bajó para saber si necesitaba alguna cosa, pero la señora
buscaba solamente las últimas noticias y se puso hablar con las monjas. Un
hastío sin nombre pesaba sobre ellos al anochecer; se esperaba más del sueño
que de las noticias siempre contradictorias o desmentidas. El amigo de Taunus
llegó discretamente a buscar al ingeniero, al soldado y al hombre del 203.
Taunus les anunció que el tripulante del Floride acababa de desertar; uno de
los muchachos del Simca había visto el coche vacío, y después de un rato se
había puesto a buscar a su dueño para matar el tedio. Nadie conocía mucho al
hombre gordo del Floride, que tanto había protestado el primer día aunque después
acabara de quedarse tan callado como el piloto del Caravelle. Cuando a las
cinco de la mañana no quedó la menor duda de que Floride, como se divertían en
llamarlo los chicos del Simca, había desertado llevándose un valija de mano y
abandonando otra llena de camisas y ropa interior, Taunus decidió que uno de
los muchachos se haría cargo del auto abandonado para no inmovilizar la
columna. A todos los había fastidiado vagamente esa deserción en la oscuridad,
y se preguntaban hasta dónde habría podido llegar Floride en su fuga a través
de los campos. Por lo demás parecía ser la noche de las grandes decisiones:
tendido en su cucheta del 404, al ingeniero le pareció oír un quejido, pero
pensó que el soldado y su mujer serían responsables de algo que, después de
todo, resultaba comprensible en plena noche y en esas circunstancias. Después
lo pensó mejor y levantó la lona que cubría la ventanilla trasera; a la luz de
unas pocas estrellas vio a un metro y medio el eterno parabrisas del Caravelle
y detrás, como pegada al vidrio y un poco ladeada, la cara convulsa del hombre.
Sin hacer ruido salió por el lado izquierdo para no despertar a las monjas, y
se acercó al Caravelle. Después buscó a Taunus, y el soldado corrió a prevenir
al médico. Desde luego el hombre se había suicidado tomando algún veneno; las
líneas a lápiz en la agenda bastaban, y la carta dirigida a una tal Yvette,
alguien que lo había abandonado en Vierzon. Por suerte la costumbre de dormir
en los autos estaba bien establecida (las noches eran ya tan frías que a nadie
se le hubiera ocurrido quedarse fuera) y a pocos les preocupaba que otros
anduvieran entre los coches y se deslizaran hacia los bordes de la autopista
para aliviarse. Taunus llamó a un consejo de guerra, y el médico estuvo de
acuerdo con su propuesta. Dejar el cadáver al borde de la autopista significaba
someter a los que venían más atrás a una sorpresa por lo menos penosa: llevarlo
más lejos, en pleno campo, podía provocar la violenta repulsa de los lugareños,
que la noche anterior habían amenazado y golpeado a un muchacho de otro grupo
que buscaba de comer. El campesino del Ariane y el viajante del DKW tenían lo
necesario para cerrar herméticamente el portaequipaje del Caravelle. Cuando
empezaban su trabajo se les agregó la muchacha del Dauphine, que se colgó
temblando del brazo del ingeniero. Él le explicó en voz baja lo que acababa de
ocurrir y la devolvió a su auto, ya más tranquila. Taunus y sus hombres habían
metido el cuerpo en el portaequipajes, y el viajante trabajó con scotch tape y tubos
de cola líquida a la luz de la linterna del soldado. Como la mujer del 203
sabía conducir, Taunus resolvió que su marido se haría cargo del Caravelle que
quedaba a la derecha del 203; así, por la mañana, la niña del 203 descubrió que
su papá tenía otro auto, y jugó horas y horas a pasar de uno a otro y a
instalar parte de sus juguetes en el Caravelle.
Por
primera vez el frío se hacía sentir en pleno día, y nadie pensaba en quitarse
las chaquetas. La muchacha del Dauphine y las monjas hicieron el inventario de
los abrigos disponibles en el grupo. Había unos pocos pulóveres que aparecían
por casualidad en los autos o en alguna valija, mantas, alguna gabardina o
abrigo ligero. Se estableció una lista de prioridades, se distribuyeron los
abrigos. Otra vez volvía a faltar el agua, y Taunus envió a tres de sus
hombres, entre ellos el ingeniero, para que trataran de establecer contacto con
los lugareños. Sin que pudiera saberse por qué, la resistencia exterior era
total; bastaba salir del límite de la autopista para que desde cualquier sitio
llovieran piedras. En plena noche alguien tiró una guadaña que golpeó el techo
del DKW y cayó al lado del Dauphine. El viajante se puso muy pálido y no se
movió de su auto, pero el americano del De Soto (que no formaba parte del grupo
de Taunus pero que todos apreciaban por su buen humor y sus risotadas) vino a
la carrera y después de revolear la guadaña la devolvió campo afuera con todas
sus fuerzas, maldiciendo a gritos. Sin embargo, Taunus no creía que conviniera
ahondar la hostilidad; quizás fuese todavía posible hacer una salida en busca
de agua.
Ya
nadie llevaba la cuenta de lo que se había avanzado ese día o esos días; la
muchacha del Dauphine creía que entre ochenta y doscientos metros; el ingeniero
era menos optimista pero se divertía en prolongar y complicar los cálculos con
su vecina, interesado de a ratos en quitarle la compañía del viajante del DKW
que le hacía la corte a su manera profesional. Esa misma tarde el muchacho
encargado del Floride corrió a avisar a Taunus que un Ford Mercury ofrecía agua
a buen precio. Taunus se negó, pero al anochecer una de las monjas le pidió al
ingeniero un sorbo de agua para la anciana del ID que sufría sin quejarse,
siempre tomada de la mano de su marido y atendida alternativamente por las
monjas y la muchacha del Dauphine. Quedaba medio litro de agua, y las mujeres
lo destinaron a la anciana y a la señora del Beaulieu. Esa misma noche Taunus
pagó de su bolsillo dos litros de agua; el Ford Mercury prometió conseguir más
para el día siguiente, al doble del precio. Era difícil reunirse para discutir,
porque hacía tanto frío que nadie abandonaba los autos como no fuera por un
motivo imperioso. Las baterías empezaban a descargarse y no se podía hacer
funcionar todo el tiempo la calefacción; Taunus decidió que los dos coches
mejor equipados se reservarían llegado el caso para los enfermos. Envueltos en
mantas (los muchachos del Simca habían arrancado el tapizado de su auto para
fabricarse chalecos y gorros, y otros empezaron a imitarlos), cada uno trataba
de abrir lo menos posible las portezuelas para conservar el calor. En alguna de
esas noches heladas el ingeniero oyó llorar ahogadamente a la muchacha del
Dauphine. Sin hacer ruido, abrió poco a poco la portezuela y tanteó en la
sombra hasta rozar una mejilla mojada. Casi sin resistencia la chica se dejó
atraer al 404; el ingeniero la ayudó a tenderse en la cucheta, la abrigó con la
única manta y le echó encima una gabardina. La oscuridad era más densa en el
coche ambulancia, con sus ventanillas tapadas por las lonas de la tienda. En
algún momento el ingeniero bajó los dos parasoles y colgó de ellos su camisa y
un pulóver para aislar completamente el auto. Hacia el amanecer ella le dijo al
oído que antes de empezar a llorar había creído ver a lo lejos, sobre la
derecha, las luces de una ciudad.
Quizá
fuera una ciudad pero las nieblas de la mañana no dejaban ver ni a veinte
metros. Curiosamente ese día la columna avanzó bastante más, quizás doscientos
o trescientos metros. Coincidió con nuevos anuncios de la radio (que casi nadie
escuchaba, salvo Taunus que se sentía obligado a mantenerse al corriente); los
locutores hablaban enfáticamente de medidas de excepción que liberarían la
autopista, y se hacían referencias al agotador trabajo de las cuadrillas
camineras y de las fuerzas policiales. Bruscamente, una de las monjas deliró.
Mientras su compañera la contemplaba aterrada y la muchacha del Dauphine le
humedecía las sienes con un resto de perfume, la monja habló de Armagedón, del
noveno día, de la cadena de cinabrio. El médico vino mucho después, abriéndose
paso entre la nieve que caía desde el mediodía y amurallaba poco a poco los
autos. Deploró la carencia de una inyección calmante y aconsejó que llevaran a
la monja a un auto con buena calefacción. Taunus la instaló en su coche, y el
niño pasó al Caravelle donde también estaba su amiguita del 203; jugaban con
sus autos y se divertían mucho porque eran los únicos que no pasaban hambre.
Todo ese día y los siguientes nevó casi de continuo, y cuando la columna
avanzaba unos metros había que despejar con medios improvisados las masas de
nieve amontonadas entre los autos.
A
nadie se le hubiera ocurrido asombrarse por la forma en que se obtenían las
provisiones y el agua. Lo único que podía hacer Taunus era administrar los
fondos comunes y tratar de sacar el mejor partido posible de algunos trueques.
El Ford Mercury y un Porsche venían cada noche a traficar con las vituallas;
Taunus y el ingeniero se encargaban de distribuirlas de acuerdo con el estado
físico de cada uno. Increíblemente la anciana del ID sobrevivía, perdida en un
sopor que las mujeres se cuidaban de disipar. La señora del Beaulieu que unos
días antes había sufrido de náuseas y vahídos, se había repuesto con el frío y
era de las que más ayudaban a la monja a cuidar a su compañera, siempre débil y
un poco extraviada. La mujer del soldado y la del 203 se encargaban de los dos
niños; el viajante del DKW, quizá para consolarse de que la ocupante del
Dauphine hubiera preferido al ingeniero, pasaba horas contándoles cuentos a los
niños. En la noche los grupos ingresaban en otra vida sigilosa y privada; las
portezuelas se abrían silenciosamente para dejar entrar o salir alguna silueta
aterida; nadie miraba a los demás, los ojos estaban tan ciegos como la sombra
misma. Bajo mantas sucias, con manos de uñas crecidas, oliendo a encierro y a
ropa sin cambiar, algo de felicidad duraba aquí y allá. La muchacha del
Dauphine no se había equivocado: a lo lejos brillaba una ciudad, y poco y a
poco se irían acercando. Por las tardes el chico del Simca se trepaba al techo
de su coche, vigía incorregible envuelto en pedazos de tapizado y estopa verde.
Cansado de explorar el horizonte inútil, miraba por milésima vez los autos que
lo rodeaban; con alguna envidia descubría a Dauphine en el auto del 404, una
mano acariciando un cuello, el final de un beso. Por pura broma, ahora que había
reconquistado la amistad del 404, les gritaba que la columna iba a moverse;
entonces Dauphine tenía que abandonar al 404 y entrar en su auto, pero al rato
volvía a pasarse en busca de calor, y al muchacho del Simca le hubiera gustado
tanto poder traer a su coche a alguna chica de otro grupo, pero no era ni para
pensarlo con ese frío y esa hambre, sin contar que el grupo de más adelante
estaba en franco tren de hostilidad con el de Taunus por una historia de un
tubo de leche condensada, y salvo las transacciones oficiales con Ford Mercury
y con Porsche no había relación posible con los otros grupos. Entonces el
muchacho del Simca suspiraba descontento y volvía a hacer de vigía hasta que la
nieve y el frío lo obligaban a meterse tiritando en su auto.
Pero
el frío empezó a ceder, y después de un período de lluvias y vientos que
enervaron los ánimos y aumentaron las dificultades de aprovisionamiento,
siguieron días frescos y soleados en que ya era posible salir de los autos,
visitarse, reanudar relaciones con los grupos vecinos. Los jefes habían
discutido la situación, y finalmente se logró hacer la paz con el grupo de más
adelante. De la brusca desaparición de Ford Mercury se habló mucho tiempo sin
que nadie supiera lo que había podido ocurrirle, pero Porsche siguió viniendo y
controlando el mercado negro. Nunca faltaban del todo el agua o las conservas,
aunque los fondos del grupo disminuían y Taunus y el ingeniero se preguntaban
qué ocurriría el día en que no hubiera más dinero para Porsche. Se habló de un
golpe de mano, de hacerlo prisionero y exigirle que revelara la fuente de los
suministros, pero en esos días la columna había avanzado un buen trecho y los
jefes prefirieron seguir esperando y evitar el riesgo de echarlo todo a perder
por una decisión violenta. Al ingeniero, que había acabado por ceder a una
indiferencia casi agradable, lo sobresaltó por un momento el tímido anuncio de
la muchacha del Dauphine, pero después comprendió que no se podía hacer nada
para evitarlo y la idea de tener un hijo de ella acabó por parecerle tan
natural como el reparto nocturno de las provisiones o los viajes furtivos hasta
el borde de la autopista. Tampoco la muerte de la anciana del ID podía
sorprender a nadie. Hubo que trabajar otra vez en plena noche, acompañar y
consolar al marido que no se resignaba a entender. Entre dos de los grupos de
vanguardia estalló una pelea y Taunus tuvo que oficiar de árbitro y resolver
precariamente la diferencia. Todo sucedía en cualquier momento, sin horarios
previsibles; lo más importante empezó cuando ya nadie lo esperaba, y al menos
responsable le tocó darse cuenta el primero. Trepado en el techo del Simca, el
alegre vigía tuvo la impresión de que el horizonte había cambiado (era el
atardecer, un sol amarillento deslizaba su luz rasante y mezquina) y que algo
inconcebible estaba ocurriendo a quinientos metros, a trescientos, a doscientos
cincuenta. Se lo gritó al 404 y el 404 le dijo algo Dauphine que se pasó
rápidamente a su auto cuando ya Taunus, el soldado y el campesino venían
corriendo y desde el techo del Simca el muchacho señalaba hacia adelante y
repetía interminablemente el anuncio como si quisiera convencerse de que lo que
estaba viendo era verdad; entonces oyeron la conmoción, algo como un pesado
pero incontenible movimiento migratorio que despertaba de un interminable sopor
y ensayaba sus fuerzas. Taunus les ordenó a gritos que volvieran a sus coches;
el Beaulieu, el ID, el Fiat 600 y el De Soto arrancaron con un mismo impulso.
Ahora el 2HP, el Taunus, el Simca y el Ariane empezaban a moverse, y el
muchacho del Simca, orgulloso de algo que era como su triunfo, se volvía hacia
el 404 y agitaba el brazo mientras el 404, el Dauphine, el 2HP de las monjas y
el DKW se ponían a su vez en marcha. Pero todo estaba en saber cuánto iba a
durar eso; el 404 se lo preguntó casi por rutina mientras se mantenía a la par
de Dauphine y le sonreía para darle ánimo. Detrás, el Volkswagen, el Caravelle,
el 203 y el Floride arrancaban a su vez lentamente, un trecho en primera
velocidad, después la segunda, interminablemente la segunda pero ya sin
desembragar como tantas veces, con el pie firme en el acelerador, esperando
poder pasar a tercera. Estirando el brazo izquierdo el 404 buscó la mano de
Dauphine, rozó apenas la punta de sus dedos, vio en su cara una sonrisa de
incrédula esperanza y pensó que iban a llegar a París y que se bañarían, que
irían juntos a cualquier lado, a su casa o a la de ella a bañarse, a comer, a
bañarse interminablemente y a comer y beber, y que después habría muebles,
habría un dormitorio con muebles y un cuarto de baño con espuma de jabón para
afeitarse de verdad, y retretes, comidas y retretes y sábanas, París era un
retrete y dos sábanas y el agua caliente por el pecho y las piernas, y una
tijera de uñas, y vino blanco, beberían vino blanco antes de besarse y sentirse
oler a lavanda y a colonia, antes de conocerse de verdad a plena luz, entre
sábanas limpias, y volver a bañarse por juego, amarse y bañarse y beber y
entrar en la peluquería, entrar en el baño, acariciar las sábanas y acariciarse
entre las sábanas y amarse entre la espuma y la lavanda y los cepillos antes de
empezar a pensar en lo que iban a hacer, en el hijo y los problemas y el
futuro, y todo eso siempre que no se detuvieran, que la columna continuara aunque
todavía no se pudiese subir a la tercera velocidad, seguir así en segunda, pero
seguir. Con los paragolpes rozando el Simca, el 404 se echó atrás en el
asiento, sintió aumentar la velocidad, sintió que podía acelerar sin peligro de
irse contra el Simca, y que el Simca aceleraba sin peligro de chocar contra el
Beaulieu, y que detrás venía el Caravelle y que todos aceleraban más y más, y
que ya se podía pasar a tercera sin que el motor penara, y la palanca calzó
increíblemente en la tercera y la marcha se hizo suave y se aceleró todavía
más, y el 404 miró enternecido y deslumbrado a su izquierda buscando los ojos
de Dauphine. Era natural que con tanta aceleración las filas ya no se
mantuvieran paralelas. Dauphine se había adelantado casi un metro y el 404 le
veía la nuca y apenas el perfil, justamente cuando ella se volvía para mirarlo
y hacía un gesto de sorpresa al ver que el 404 se retrasaba todavía más.
Tranquilizándola con una sonrisa el 404 aceleró bruscamente, pero casi en
seguida tuvo que frenar porque estaba a punto de rozar el Simca; le tocó
secamente la bocina y el muchacho del Simca lo miró por el retrovisor y le hizo
un gesto de impotencia, mostrándole con la mano izquierda el Beaulieu pegado a
su auto. El Dauphine iba tres metros más adelante, a la altura del Simca, y la
niña del 203, al nivel del 404, agitaba los brazos y le mostraba su muñeca. Una
mancha roja a la derecha desconcertó al 404; en vez del 2HP de las monjas o del
Volkswagen del soldado vio un Chevrolet desconocido, y casi en seguida el
Chevrolet se adelantó seguido por un Lancia y por un Renault 8. A su izquierda
se le apareaba un ID que empezaba a sacarle ventaja metro a metro, pero antes
de que fuera sustituido por un 403, el 404 alcanzó a distinguir todavía en la
delantera el 203 que ocultaba ya a Dauphine. El grupo se dislocaba, ya no
existía. Taunus debía de estar a más de veinte metros adelante, seguido de
Dauphine; al mismo tiempo la tercera fila de la izquierda se atrasaba porque en
vez del DKW del viajante, el 404 alcanzaba a ver la parte trasera de un viejo
furgón negro, quizá un Citroën o un Peugeot. Los autos corrían en tercera,
adelantándose o perdiendo terreno según el ritmo de su fila, y a los lados de
la autopista se veían huir los árboles, algunas casas entre las masas de niebla
y el anochecer. Después fueron las luces rojas que todos encendían siguiendo el
ejemplo de los que iban adelante, la noche que se cerraba bruscamente. De
cuando en cuando sonaban bocinas, las agujas de los velocímetros subían cada
vez más, algunas filas corrían a setenta kilómetros, otras a sesenta y cinco,
algunas a sesenta. El 404 había esperado todavía que el avance y el retroceso
de las filas le permitiera alcanzar otra vez a Dauphine, pero cada minuto lo
iba convenciendo de que era inútil, que el grupo se había disuelto
irrevocablemente, que ya no volverían a repetirse los encuentros rutinarios,
los mínimos rituales, los consejos de guerra en el auto de Taunus, las caricias
de Dauphine en la paz de la madrugada, las risas de los niños jugando con sus
autos, la imagen de la monja pasando las cuentas del rosario. Cuando se
encendieron las luces de los frenos del Simca, el 404 redujo la marcha con un
absurdo sentimiento de esperanza, y apenas puesto el freno de mano saltó del
auto y corrió hacia adelante. Fuera del Simca y el Beaulieu (más atrás estaría
el Caravelle, pero poco le importaba) no reconoció ningún auto; a través de
cristales diferentes lo miraban con sorpresa y quizá escándalo otros rostros
que no había visto nunca. Sonaban las bocinas, y el 404 tuvo que volver a su
auto; el chico del Simca le hizo un gesto amistoso, como si comprendiera, y
señaló alentadoramente en dirección de París. La columna volvía a ponerse en
marcha, lentamente durante unos minutos y luego como si la autopista estuviera
definitivamente libre. A la izquierda del 404 corría un Taunus, y por un
segundo al 404 le pareció que el grupo se recomponía, que todo entraba en el
orden, que se podría seguir adelante sin destruir nada. Pero era un Taunus
verde, y en el volante había una mujer con anteojos ahumados que miraba
fijamente hacia adelante. No se podía hacer otra cosa que abandonarse a la
marcha, adaptarse mecánicamente a la velocidad de los autos que lo rodeaban, no
pensar. En el Volkswagen del soldado debía estar su chaqueta de cuero. Taunus
tenía la novela que él había leído en los primeros días. Un frasco de lavanda
casi vacío en el 2HP de las monjas. Y él tenía ahí, tocándolo a veces con la
mano derecha, el osito de felpa que Dauphine le había regalado como mascota.
Absurdamente se aferró a la idea de que a las nueve y media se distribuirían
los alimentos, habría que visitar a los enfermos, examinar la situación con
Taunus y el campesino del Ariane; después sería la noche, sería Dauphine
subiendo sigilosamente a su auto, las estrellas o las nubes, la vida. Sí, tenía
que ser así, no era posible que eso hubiera terminado para siempre. Tal vez el
soldado consiguiera una ración de agua, que había escaseado en las últimas
horas; de todos modos se podía contar con Porsche, siempre que se le pagara el
precio que pedía. Y en la antena de la radio flotaba locamente la bandera con
la cruz roja, y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que
crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué
esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los
otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente
hacia adelante.
Cuando
inesperadamente tía Clelia se sintió mal, en la familia hubo un momento de
pánico y por varias horas nadie fue capaz de reaccionar y discutir un plan de
acción, ni siquiera tío Roque que encontraba siempre la salida más atinada. A
Carlos lo llamaron por teléfono a la oficina, Rosa y Pepe despidieron a los
alumnos de piano y solfeo, y hasta tía Clelia se preocupó más por mamá que por
ella misma. Estaba segura de que lo que sentía no era grave, pero a mamá no se
le podían dar noticias inquietantes con su presión y su azúcar, de sobra sabían
todos que el doctor Bonifaz había sido el primero en comprender y aprobar que
le ocultaran a mamá lo de Alejandro. Si tía Clelia tenía que guardar cama era
necesario encontrar alguna manera de que mamá no sospechara que estaba enferma,
pero ya lo de Alejandro se había vuelto tan difícil y ahora se agregaba esto;
la menor equivocación, y acabaría por saber la verdad. Aunque la casa era
grande, había que tener en cuenta el oído tan afinado de mamá y su inquietante
capacidad para adivinar dónde estaba cada uno. Pepa, que había llamado al
doctor Bonifaz desde el teléfono de arriba, avisó a sus hermanos que el médico
vendría lo antes posible y que dejaran entornada la puerta cancel para que
entrase sin llamar. Mientras Rosa y tío Roque atendían a tía Clelia que había
tenido dos desmayos y se quejaba de un insoportable dolor de cabeza, Carlos se
quedó con mamá para contarle las novedades del conflicto diplomático con el
Brasil y leerle las últimas noticias. Mamá estaba de buen humor esa tarde y no
le dolía la cintura como casi siempre a la hora de la siesta. A todos les fue
preguntando qué les pasaba que parecían tan nerviosos, y en la casa se habló de
la baja presión y de los efectos nefastos de los mejoradores en el pan. A la
hora del té vino tío Roque a charlar con mamá, y Carlos pudo darse un baño y
quedarse a la espera del médico. Tía Clelia seguía mejor, pero le costaba
moverse en la cama y ya casi no se interesaba por lo que tanto la había
preocupado al salir del primer vahído. Pepa y Rosa se turnaron junto a ella,
ofreciéndole té y agua sin que les contestara; la casa se apaciguó con el
atardecer y los hermanos se dijeron que tal vez lo de tía Clelia no era grave,
y que a la tarde siguiente volvería a entrar en el dormitorio de mamá como si
no le hubiese pasado nada.
Con
Alejandro las cosas habían sido mucho peores, porque Alejandro se había matado
en un accidente de auto a poco de llegar a Montevideo donde lo esperaban en
casa de un ingeniero amigo. Ya hacía casi un año de eso, pero siempre seguía
siendo el primer día para los hermanos y los tíos, para todos menos para mamá,
ya que para mamá Alejandro estaba en el Brasil donde una firma de Recife le
había encargado la instalación de una fábrica de cemento. La idea de preparar a
mamá, de insinuarle que Alejandro había tenido un accidente y que estaba
levemente herido, no se les había ocurrido siquiera después de las prevenciones
del doctor Bonifaz. Hasta María Laura, más allá de toda comprensión en esas
primeras horas, había admitido que no era posible darle la noticia a mamá.
Carlos y el padre de María Laura viajaron al Uruguay para traer el cuerpo de
Alejandro, mientras la familia cuidaba como siempre de mamá que ese día estaba
dolorida y difícil. El club de ingeniería aceptó que el velorio se hiciera en
su sede y Pepa, la más ocupada con mamá, ni siquiera alcanzó a ver el ataúd de
Alejandro mientras los otros se turnaban de hora en hora y acompañaban a la
pobre María Laura perdida en un horror sin lágrimas. Como casi siempre, a tío
Roque le tocó pensar. Habló de madrugada con Carlos, que lloraba
silenciosamente a su hermano con la cabeza apoyada en la carpeta verde de la
mesa del comedor donde tantas veces habían jugado a las cartas. Después se les
agregó tía Clelia, porque mamá dormía toda la noche y no había que preocuparse
por ella. Con el acuerdo tácito de Rosa y de Pepa, decidieron las primeras
medidas, empezando por el secuestro de La Nación –a veces mamá se animaba a
leer el diario unos minutos– y todos estuvieron de acuerdo con lo que había
pensado el tío Roque. Fue así como una empresa brasileña contrató a Alejandro
para que pasara un año en Recife, y Alejandro tuvo que renunciar en pocas horas
a sus breves vacaciones en casa del ingeniero amigo, hacer su valija y saltar
al primer avión. Mamá tenía que comprender que eran nuevos tiempos, que los
industriales no entendían de sentimientos, pero Alejandro ya encontraría la
manera de tomarse una semana de vacaciones a mitad de año y bajar a Buenos
Aires. A mamá le pareció muy bien todo eso, aunque lloró un poco y hubo que
darle a respirar sus sales. Carlos, que sabía hacerla reír, le dijo que era una
vergüenza que llorara por el primer éxito del benjamín de la familia, y que a
Alejandro no le hubiera gustado enterarse de que recibían así la noticia de su
contrato. Entonces mamá se tranquilizó y dijo que bebería un dedo de málaga a
la salud de Alejandro. Carlos salió bruscamente a buscar el vino, pero fue Rosa
quien lo trajo y quien brindó con mamá.
La
vida de mamá era bien penosa, y aunque poco se quejaba había que hacer todo lo
posible por acompañarla y distraerla. Cuando al día siguiente del entierro de
Alejandro se extrañó de que María Laura no hubiese venido a visitarla como
todos los jueves, Pepa fue por la tarde a casa de los Novalli para hablar con
María Laura. A esa hora tío Roque estaba en el estudio de un abogado amigo,
explicándole la situación; el abogado prometió escribir inmediatamente a su
hermano que trabajaba en Recife (las ciudades no se elegían al azar en casa de
mamá) y organizar lo de la correspondencia. El doctor Bonifaz ya había visitado
como por casualidad a mamá, y después de examinarle la vista la encontró
bastante mejor pero le pidió que por unos días se abstuviera de leer los
diarios. Tía Clelia se encargó de comentarle las noticias más interesantes; por
suerte a mamá no le gustaban los noticieros radiales porque eran vulgares y a
cada rato había avisos de remedios nada seguros que la gente tomaba contra
viento y marea y así les iba.
María
Laura vino el viernes por la tarde y habló de lo mucho que tenía que estudiar
para los exámenes de arquitectura.
–Sí,
mi hijita –dijo mamá, mirándola con afecto–. Tenés los ojos colorados de leer,
y eso es malo. Ponete unas compresas con hamamelis, que es lo mejor que hay.
Rosa
y Pepa estaban ahí para intervenir a cada momento en la conversación, y María
Laura pudo resistir y hasta sonrió cuando mamá se puso a hablar de ese pícaro
de novio que se iba tan lejos y casi sin avisar. La juventud moderna era así,
el mundo se había vuelto loco y todos andaban apurados y sin tiempo para nada.
Después mamá se perdió en las ya sabidas anécdotas de padres y abuelos, y vino
el café y después entró Carlos con bromas y cuentos, y en algún momento tío
Roque se paró en la puerta del dormitorio y los miró con su aire bonachón, y
todo pasó como tenía que pasar hasta la hora del descanso de mamá.
La
familia se fue habituando, a María Laura le costó más pero en cambio sólo tenía
que ver a mamá los jueves; un día llegó la primera carta de Alejandro (mamá se
había extrañado ya dos veces de su silencio) y Carlos se la leyó al pie de la
cama. A Alejandro le había encantado Recife, hablaba del puerto, de los
vendedores de papagayos y del sabor de los refrescos, a la familia se le hacía
agua la boca cuando se enteraba de que los ananás no costaban nada, y que el
café era de verdad y con una fragancia... Mamá pidió que le mostraran el sobre,
y dijo que habría que darle la estampilla al chico de los Marolda que era
filatelista, aunque a ella no le gustaba nada que los chicos anduvieran con las
estampillas porque después no se lavaban las manos y las estampillas habían
rodado por todo el mundo.
–Les
pasan la lengua para pegarlas –decía siempre mamá– y los microbios quedan ahí y
se incuban, es sabido. Pero dásela lo mismo, total ya tiene tantas que una
más...
Al
otro día mamá llamó a Rosa y le dictó una carta para Alejandro, preguntándole
cuándo iba a poder tomarse vacaciones y si el viaje no le costaría demasiado.
Le explicó cómo se sentía y le habló del ascenso que acababan de darle a Carlos
y del premio que había sacado uno de los alumnos de piano de Pepa. También le
dijo que María Laura la visitaba sin faltar ni un solo jueves, pero que
estudiaba demasiado y que eso era malo para la vista. Cuando la carta estuvo
escrita, mamá la firmó al pie con un lápiz, y besó suavemente el papel. Pepa se
levantó con el pretexto de ir a buscar un sobre, y tía Clelia vino con las
pastillas de las cinco y unas flores para el jarrón de la cómoda.
Nada
era fácil, porque en esa época la presión de mamá subió todavía más y la
familia llegó a preguntarse si no habría alguna influencia inconsciente, algo
que desbordaba del comportamiento de todos ellos, una inquietud y un desánimo
que hacían daño a mamá a pesar de las precauciones y la falsa alegría. Pero no
podía ser, porque a fuerza de fingir las risas todos habían acabado por reírse
de veras con mamá, y a veces se hacían bromas y se tiraban manotazos aunque no
estuvieran con ella, y después se miraban como si se despertaran bruscamente, y
Pepa se ponía muy colorada y Carlos encendía un cigarrillo con la cabeza gacha.
Lo único importante en el fondo era que pasara el tiempo y que mamá no se diese
cuenta de nada. Tío Roque había hablado con el doctor Bonifaz, y todos estaban
de acuerdo en que había que continuar indefinidamente la comedia piadosa, como
la calificaba tía Clelia. El único problema eran las visitas de María Laura
porque mamá insistía naturalmente en hablar de Alejandro, quería saber si se casarían
apenas él volviera de Recife o si ese loco de hijo iba a aceptar otro contrato
lejos y por tanto tiempo. No quedaba más remedio que entrar a cada momento en
el dormitorio y distraer a mamá, quitarle a María Laura que se mantenía muy
quieta en su silla, con las manos apretadas hasta hacerse daño, pero un día
mamá le preguntó a tía Clelia por qué todos se precipitaban en esa forma cuando
María Laura venía a verla, como si fuera la única ocasión que tenían de estar
con ella. Tía Clelia se echó a reír y le dijo que todos veían un poco a
Alejandro en María Laura, y que por eso les gustaba estar con ella cuando
venía.
–Tenés
razón, María Laura es tan buena –dijo mamá–. El bandido de mi hijo no se la
merece, creéme.
–Mirá
quién habla –dijo tía Clelia–. Si se te cae la baba cuando nombrás a tu hijo.
Mamá
también se puso a reír, y se acordó de que en esos días iba a llegar carta de
Alejandro. La carta llegó y tío Roque la trajo junto con el té de las cinco.
Esa vez mamá quiso leer la carta y pidió sus anteojos de ver cerca. Leyó
aplicadamente, como si cada frase fuera un bocado que había que dar vueltas y
vueltas paladeándolo.
–Los
muchachos de ahora no tienen respeto –dijo sin darle demasiada importancia–.
Está bien que en mi tiempo no se usaban esas máquinas, pero yo no me hubiera
atrevido jamás a escribir así a mi padre, ni vos tampoco.
–Claro
que no –dijo tío Roque–. Con el genio que tenía el viejo.
–A
vos no se te cae nunca eso del viejo, Roque. Sabés que no me gusta oírtelo
decir, pero te da igual. Acordate cómo se ponía mamá.
–Bueno,
está bien. Lo de viejo es una manera de decir, no tiene nada que ver con el
respeto.
–Es
muy raro –dijo mamá, quitándose los anteojos y mirando las molduras del cielo
raso–. Ya van cinco o seis cartas de Alejandro, y en ninguna me llama... Ah,
Pero es un secreto entre los dos. Es raro, sabés. ¿Por qué no me ha llamado así
ni una sola vez?
–A
lo mejor al muchacho le parece tonto escribírtelo. Una cosa es que te diga...
¿cómo te dice...?
–Es
un secreto –dijo mamá–. Un secreto entre mi hijito y yo.
Ni
Pepa ni Rosa sabían de ese nombre, y Carlos se encogió de hombros cuando le
preguntamos.
–¿Qué
querés, tío? Lo más que puedo hacer es falsificarle la firma. Yo creo que mamá
se va a olvidar de eso, no te lo tomes tan a pecho.
A
los cuatro o cinco meses, después de una carta de Alejandro en la que explicaba
lo mucho que tenía que hacer (aunque estaba contento porque era una gran
oportunidad para un ingeniero joven), mamá insistió en que ya era tiempo de que
se tomara unas vacaciones y bajara a Buenos Aires. A Rosa, que escribía la
respuesta de mamá, le pareció que dictaba más lentamente, como si hubiera
estado pensando mucho cada frase.
–Vaya
a saber si el pobre podrá venir –comentó Rosa como al descuido–. Sería una
lástima que se malquiste con la empresa justamente ahora que le va tan bien y
está tan contento.
Mamá
siguió dictando como si no hubiera oído. Su salud dejaba mucho que desear y le
hubiera gustado ver a Alejandro, aunque sólo fuese por unos días. Alejandro
tenía que pensar también en María Laura, no porque ella creyese que descuidaba
a su novia, pero un cariño no vive de palabras bonitas y promesas a la
distancia. En fin, esperaba que Alejandro le escribiera pronto con buenas
noticias. Rosa se fijó que mamá no besaba el papel después de firmar, pero que
miraba fijamente la carta como si quisiera grabársela en la memoria. “Pobre
Alejandro”, pensó Rosa, y después se santiguó bruscamente sin que mamá la
viera.
–Mirá
–le dijo tío Roque a Carlos cuando esa noche se quedaron solos para su partida
de dominó–, yo creo que esto se va a poner feo. Habrá que inventar alguna cosa
plausible, o al final se dará cuenta.
–––Qué
sé yo, tío. Lo mejor será que Alejandro conteste de una manera que la deje
contenta por un tiempo más. La pobre está tan delicada, no se puede ni pensar
en...
–Nadie
habló de eso, muchacho. Pero yo te digo que tu madre es de las que no aflojan.
Está en la familia, che.
Mamá
leyó sin hacer comentarios la respuesta evasiva de Alejandro, que trataría de
conseguir vacaciones apenas entregara el primer sector instalado de la fábrica.
Cuando esa tarde llegó María Laura, le pidió que intercediera para que
Alejandro viniese aunque no fuera más que una semana a Buenos Aires. María
Laura le dijo después a Rosa que mamá se lo había pedido en el único momento en
que nadie más podía escucharla. Tío Roque fue el primero en sugerir lo que
todos habían pensado ya tantas veces sin animarse a decirlo por lo claro, y
cuando mamá le dictó a Rosa otra carta para Alejandro, insistiendo en que
viniera, se decidió que no quedaba más remedio que hacer la tentativa y ver si
mamá estaba en condiciones de recibir una primera noticia desagradable. Carlos
consultó al doctor Bonifaz, que aconsejó prudencia y unas gotas. Dejaron pasar
el tiempo necesario, y una tarde tío Roque vino a sentarse a los pies de la
cama de mamá, mientras Rosa cebaba un mate y miraba por la ventana del balcón,
al lado de la cómoda de los remedios.
–Fijate
que ahora empiezo a entender un poco por qué este diablo de sobrino no se
decide a venir a vernos –dijo tío Roque–. Lo que pasa es que no te ha querido
afligir, sabiendo que todavía no estás bien.
Mamá
lo miró como si no comprendiera.
–Hoy
telefonearon los Novalli, parece que María Laura recibió noticias de Alejandro.
Está bien, pero no va a poder viajar por unos meses.
–¿Por
qué no va a poder viajar? –preguntó mamá.
–Porque
tiene algo en un pie, parece. En el tobillo, creo. Hay que preguntarle a María
Laura para que diga lo que pasa. El viejo Novalli habló de una fractura o algo
así.
–¿Fractura
de tobillo? –dijo mamá.
Antes
de que tío Roque pudiera contestar, ya Rosa estaba con el frasco de sales. El
doctor Bonifaz vino en seguida, y todo pasó en unas horas, pero fueron horas
largas y el doctor Bonifaz no se separó de la familia hasta entrada la noche.
Recién dos días después mamá se sintió lo bastante repuesta como para pedirle a
Pepa que le escribiera a Alejandro. Cuando Pepa, que no había entendido bien,
vino como siempre con el block y la lapicera, mamá cerró los ojos y negó con la
cabeza.
–Escribile
vos, nomás. Decile que se cuide.
Pepa
obedeció, sin saber por qué escribía una frase tras otra puesto que mamá no iba
a leer la carta. Esa noche le dijo a Carlos que todo el tiempo, mientras
escribía al lado de la cama de mamá, había tenido la absoluta seguridad de que
mamá no iba a leer ni a firmar esa carta. Seguía con los ojos cerrados y no los
abrió hasta la hora de la tisana: parecía haberse olvidado, estar pensando en
otras cosas.
Alejandro
contestó con el tono más natural del mundo, explicando que no había querido
contar lo de la fractura para no afligirla. Al principio, se habían equivocado
y le habían puesto un yeso que hubo que cambiar, pero ya estaba mejor y en unas
semanas podría empezar a caminar. En total tenía para unos dos meses aunque lo
malo era que su trabajo se había retrasado una barbaridad en el peor momento,
y...
Carlos,
que leía la carta en voz alta, tuvo la impresión de que mamá no lo escuchaba
como otras veces. De cuando en cuando miraba el reloj, lo que en ella era signo
de impaciencia. A las siete Rosa tenía que traerle el caldo con las gotas del
doctor Bonifaz, y eran las siete y cinco.
–Bueno
–dijo Carlos, doblando la carta–. Ya ves que todo va bien, al pibe no le ha
pasado nada serio.
–Claro
–dijo mamá–. Mirá, decile a Rosa que se apure, querés.
A
María Laura, mamá le escuchó atentamente las explicaciones sobre la fractura de
Alejandro y hasta le dijo que le recomendara unas fricciones que tanto bien le
habían hecho a su padre cuando la caída del caballo en Matanzas. Casi en
seguida, como si formara parte de la misma frase, preguntó si no le podían dar
unas gotas de agua de azahar, que siempre le aclaraban la cabeza.
La
primera en hablar fue María Laura, esa misma tarde. Se lo dijo a Rosa en la
sala, antes de irse, y Rosa se quedó mirándola como si no pudiera creer lo que
había oído.
–Por
favor –dijo Rosa–. ¿Cómo podés imaginarte una cosa así?
–No
me la imagino, es la verdad –dijo María Laura–. Y yo no vuelvo más, Rosa,
pídanme lo que quieran, pero yo no vuelvo a entrar en esa pieza.
En
el fondo a nadie le pareció demasiado absurda la fantasía de María Laura. Pero
Clelia resumió el sentimiento de todos cuando dijo que en una casa como la de
ellos un deber era un deber. A Rosa le tocó ir a lo de los Novalli, pero María
Laura tuvo un ataque de llanto tan histérico que no quedó más remedio que
acatar su decisión; Pepa y Rosa empezaron esa misma tarde a hacer comentarios
sobre lo mucho que tenía que estudiar la pobre chica y lo cansada que estaba.
Mamá no dijo nada, y cuando llegó el jueves no preguntó por María Laura. Ese
jueves se cumplían diez meses de la partida de Alejandro al Brasil. La empresa
estaba tan satisfecha de sus servicios, que unas semanas después le propusieron
una renovación del contrato por otro año, siempre que aceptara irse de
inmediato a Belén para instalar otra fábrica. A tío Roque le parecía eso
formidable, un gran triunfo para un muchacho de tan pocos años.
–Alejandro
fue siempre el más inteligente –explicó mamá–. Así como Carlos es el más
tesonero.
–Tenés
razón –dijo Roque, preguntándose de pronto qué mosca le habría picado aquel día
a María Laura–. La verdad es que te han salido unos hijos que valen la pena,
hermana.
––Oh,
sí, no me puedo quejar. A su padre le hubiera gustado verlos ya grandes. Las
chicas, tan buenas, y el pobre Carlos, tan de su casa.
–Y
Alejandro, con tanto porvenir.
–Ah,
sí –dijo mamá.
–Fijate
nomás en ese nuevo contrato que le ofrecen... En fin, cuando estés con ánimo le
contestarás a tu hijo; debe andar con la cola entre las piernas pensando que la
noticia de la renovación no te va a gustar.
–Ah,
sí –repitió mamá, mirando al cielo raso–. Decile a Pepa que le escriba, ella ya
sabe.
Pepa
escribió, sin estar muy segura de lo que debía decirle a Alejandro, pero
convencida de que siempre era mejor tener un texto completo para evitar
contradicciones en las respuestas. Alejandro, por su parte, se alegró mucho de
que mamá comprendiera la oportunidad que se le presentaba. Lo del tobillo iba
muy bien, apenas pudiera pediría vacaciones para venirse a estar con ellos una
quincena. Mamá asintió con un leve gesto, y preguntó si ya había llegado La
Razón para que Carlos le leyera telegramas. En la casa todo se había ordenado
sin esfuerzo, ahora que parecían haber terminado los sobresaltos y la salud de
mamá se mantenía estacionaria. Los hijos se turnaban para acompañarla; tío
Roque y tía Clelia entraban y salían en cualquier momento. Carlos le leía el
diario a mamá por la noche, y Pepa por la mañana. Rosa y tía Clelia se ocupaban
de los medicamentos y los baños; tío Roque tomaba mate en su cuarto dos o tres
veces al día. Mamá no estaba nunca sola, no preguntaba nunca por María Laura;
cada tres semanas recibía sin comentarios las noticias de Alejandro; le decía a
Pepa que contestara y hablaba de otra cosa, siempre inteligente y atenta y
alejada.
Fue
en esa época cuando tío Roque empezó a leerle las noticias de la tensión con el
Brasil. Las primeras las había escrito en los bordes del diario, pero mamá no
se preocupaba por la perfección de la lectura y después de unos días tío Roque
se acostumbró a inventar en el momento. Al principio acompañaba los
inquietantes telegramas con algún comentario sobre los problemas que eso podría
traerle a Alejandro y a los demás argentinos en el Brasil, pero como mamá no
parecía preocuparse dejó de insistir aunque cada tantos días agravaba un poco
la situación. En las cartas de Alejandro se mencionaba la posibilidad de una
ruptura de relaciones, aunque el muchacho era el optimista de siempre y estaba
convencido de que los cancilleres arreglarían el litigio.
Mamá
no hacía comentarios, tal vez porque aún faltaba mucho para que Alejandro
pudiera pedir licencia, pero una noche le preguntó bruscamente al doctor
Bonifaz si la situación con el Brasil era tan grave como decían los diarios.
–¿Con
el Brasil? Bueno, sí, las cosas no andan muy bien –dijo el médico–. Esperemos
que el buen sentido de los estadistas...
Mamá
lo miraba como sorprendida de que le hubiese respondido sin vacilar. Suspiró
levemente, y cambió la conversación. Esa noche estuvo más animada que otras
veces, y el doctor Bonifaz se retiró satisfecho. Al otro día se enfermó tía
Clelia; los desmayos parecían cosa pasajera, pero el doctor Bonifaz habló con
tío Roque y aconsejó que internaran a tía Clelia en un sanatorio. A mamá, que
en ese momento escuchaba las noticias del Brasil que le traía Carlos con el
diario de la noche, le dijeron que tía Clelia estaba con una jaqueca que no la
dejaba moverse de la cama. Tuvieron toda la noche para pensar en lo que harían,
pero tío Roque estaba como anonadado después de hablar con el doctor Bonifaz, y
a Carlos y a las chicas les tocó decidir. A Rosa se le ocurrió lo de la quinta
de Manolita Valle y el aire puro; al segundo día de la jaqueca de tía Clelia,
Carlos llevó la conversación con tanta habilidad que fue como si mamá en
persona hubiera aconsejado una temporada en la quinta de Manolita que tanto
bien le haría a Clelia. Un compañero de oficina de Carlos se ofreció para
llevarla en su auto, ya que el tren era fatigoso con esa jaqueca. Tía Clelia
fue la primera en querer despedirse de mamá para que mamá le recomendase que no
tomara frío en esos autos de ahora y que se acordara del laxante de frutas cada
noche.
–Clelia
estaba muy congestionada –le dijo maná a Pepa por la tarde–. Me hizo mala
impresión, sabés.
–Oh,
con unos días en la quinta se va a reponer lo más bien. Estaba un poco cansada
estos meses; me acuerdo de que Manolita le había dicho que fuera a acompañarla
a la quinta.
–¿Sí?
Es raro, nunca me lo dijo.
–Por
no afligirte, supongo.
–¿Y
cuánto tiempo se va a quedar, hijita?
Pepa
no sabía, pero ya le preguntarían al doctor Bonifaz que era el que había
aconsejado el cambio de aire. Mamá no volvió a hablar del asunto hasta algunos
días después (tía Clelia acababa de tener un síncope en el sanatorio, y Rosa se
turnaba con tío Roque para acompañarla).
–Me
pregunto cuándo va a volver Clelia –dijo mamá.
–Vamos,
por una vez que la pobre se decide a dejarte y a cambiar un poco de aire...
–Sí,
pero lo que tenía no era nada, dijeron ustedes.
–Claro
que no es nada. Ahora se estará quedando por gusto, o por acompañar a Manolita;
ya sabés cómo son de amigas.
–Telefoneá
a la quinta y averiguá cuándo va a volver –dijo mamá.
Rosa
telefoneó a la quinta, y le dijeron que tía Clelia estaba mejor, pero que
todavía se sentía un poco débil, de manera que iba a aprovechar para quedarse.
El tiempo estaba espléndido en Olavarría.
–No
me gusta nada eso –dijo mamá–. Clelia ya tendría que haber vuelto.
–Por
favor, mamá, no te preocupés tanto. ¿Por qué no te mejorás vos lo antes
posible, y te vas con Clelia y Manolita a tomar sol a la quinta?
––¿Yo?
–dijo mamá, mirando a Carlos con algo que se parecía al asombro, al escándalo,
al insulto. Carlos se echó a reír para disimular lo que sentía (tía Clelia
estaba gravísima, Pepa acababa de telefonear) y la besó en la mejilla como a
una niña traviesa.
–Mamita
tonta –dijo, tratando de no pensar en nada.
Esa
noche mamá durmió mal y desde el amanecer preguntó por Clelia, como si a esa
hora se pudieran tener noticias de la quinta (tía Clelia acababa de morir y
habían decidido velarla en la funeraria). A las ocho llamaron a la quinta desde
el teléfono de la sala, para que mamá pudiera escuchar la conversación, y por
suerte tía Clelia había pasado bastante buena noche aunque el médico de
Manolita aconsejaba que se quedase mientras siguiera el buen tiempo. Carlos
estaba muy contento con el cierre de la oficina por inventario y balance, y
vino en piyama a tomar mate al pie de la cama de mamá y a darle conversación.
–Mirá
–dijo mamá–, yo creo que habría que escribirle a Alejandro que venga a ver a su
tía. Siempre fue el preferido de Clelia, y es justo que venga.
–Pero
si tía Clelia no tiene nada, mamá. Si Alejandro no ha podido venir a verte a
vos, imaginate...
–Allá
él –dijo mamá–. Vos escribile y decile que Clelia está enferma y que debería
venir a verla.
–¿Pero
cuántas veces te vamos a repetir que lo de tía Clelia no es grave?
–Si
no es grave, mejor. Pero no te cuesta nada escribirle.
Le
escribieron esa misma tarde y le leyeron la carta a mamá. En los días en que
debía llegar la respuesta de Alejandro (tía Clelia seguía bien, pero el médico
de Manolita insistía en que aprovechara el buen aire de la quinta), la
situación diplomática con el Brasil se agravó todavía más y Carlos le dijo a
mamá que no sería raro que las cartas de Alejandro se demoraran.
–Parecería
a propósito –dijo mamá–. Ya vas a ver que tampoco podrá venir él.
Ninguno
de ellos se decidía a leerle la carta de Alejandro. Reunidos en el comedor,
miraban al lugar vacío de tía Clelia, se miraban entre ellos, vacilando.
–Es
absurdo –dijo Carlos–. Ya estamos tan acostumbrados a esta comedia, que una
escena más o menos...
–Entonces
llevásela vos –dijo Pepa, mientras se le llenaban los ojos de lágrimas y se los
secaba una vez más con la servilleta.
–Qué
querés, hay algo que no anda. Ahora cada vez que entro en su cuarto estoy como
esperando una sorpresa, una trampa, casi.
–La
culpa la tiene María Laura –dijo Rosa–. Ella nos metió la idea en la cabeza y
ya no podemos actuar con naturalidad. Y para colmo tía Clelia...
–Mirá,
ahora que lo decís se me ocurre que convendría hablar con María Laura –dijo tío
Roque–. Lo más lógico sería que viniera después de sus exámenes y la diera a tu
madre la noticia de que Alejandro no va a poder viajar.
–¿Pero
a vos no te hiela la sangre que mamá no pregunte más por María Laura, aunque
Alejandro la nombra en todas sus cartas?
–No
se trata de la temperatura de mi sangre –dijo tío Roque–. Las cosas se hacen o
no se hacen, y se acabó.
A
Rosa le llevó dos horas convencer a María Laura, pero era su mejor amiga y
María Laura los quería mucho, hasta a mamá aunque le diera miedo. Hubo que
preparar una nueva carta, que María Laura trajo junto con un ramo de flores y
las pastillas de mandarina que le gustaban a mamá. Sí, por suerte ya habían
terminado los exámenes peores, y podría irse unas semanas a descansar a San
Vicente.
–El
aire del campo te hará bien –dijo mamá–. En cambio a Clelia... ¿Hoy llamaste a
la quinta, Pepa? Ah, sí, recuerdo que me dijiste... Bueno, ya hace tres semanas
que se fue Clelia, y mira vos...
María
Laura y Rosa hicieron los comentarios del caso, vino la bandeja del té, y María
Laura le leyó a mamá unos párrafos de la carta de Alejandro con la noticia de
la internación provisional de todos los técnicos extranjeros, y la gracia que
le hacía estar alojado en un espléndido hotel por cuenta del gobierno, a la
espera de que los cancilleres arreglaran el conflicto. Mamá no hizo ninguna
reflexión, bebió su taza de tilo y se fue adormeciendo. Las muchachas siguieron
charlando en la sala, más aliviadas. María Laura estaba por irse cuando se le
ocurrió lo del teléfono y se lo dijo a Rosa. A Rosa le parecía que también
Carlos había pensado en eso, y más tarde le habló a tío Roque, que se encogió
de hombros. Frente a cosas así no quedaba más remedio que hacer un gesto y
seguir leyendo el diario. Pero Rosa y Pepa se lo dijeron también a Carlos, que
renunció a encontrarle explicación a menos de aceptar lo que nadie quería
aceptar.
–Ya
veremos –dijo Carlos–. Todavía puede ser que se le ocurra y nos lo pida. En ese
caso...
Pero
mamá no pidió nunca que le llevaran el teléfono para hablar personalmente con
tía Clelia. Cada mañana preguntaba si había noticias de la quinta, y después se
volvía a su silencio donde el tiempo parecía contarse por dosis de remedios y
tazas de tisana. No le desagradaba que tío Roque viniera con La Razón para
leerle las últimas noticias del conflicto con el Brasil, aunque tampoco parecía
preocuparse si el diariero llegaba tarde o tío Roque se entretenía más que de
costumbre con un problema de ajedrez. Rosa y Pepa llegaron a convencerse de que
a mamá la tenía sin cuidado que le leyeran las noticias, o telefonearan a la
quinta, o trajeran una carta de Alejandro. Pero no se podía estar seguro porque
a veces mamá levantaba la cabeza y las miraba con la mirada profunda de
siempre, en la que no había ningún cambio, ninguna aceptación. La rutina los
abarcaba a todos, y para Rosa telefonear a un agujero negro en el extremo del
hilo era simple y cotidiano como para tío Roque seguir leyendo falsos
telegramas sobre un fondo de anuncios de remates o noticias de fútbol, o para
Carlos entrar con las anécdotas de su visita a la quinta de Olavarría y los
paquetes de frutas que les mandaban Manolita y tía Clelia. Ni siquiera durante
los últimos meses de mamá cambiaron las costumbres, aunque poca importancia
tuviera ya. El doctor Bonifaz les dijo que por suerte mamá no sufriría nada y
que se apagaría sin sentirlo. Pero mamá se mantuvo lúcida hasta el fin, cuando
ya los hijos la rodeaban sin poder fingir lo que sentían.
–Qué
buenos fueron todos conmigo –dijo mamá con ternura–. Todo ese trabajo que se
tomaron para que no sufriera.
Tío
Roque estaba sentado junto a ella y le acarició jovialmente la mano, tratándola
de tonta. Pepa y Rosa, fingiendo buscar algo en la cómoda, sabían ya que María
Laura había tenido razón; sabían lo que de alguna manera habían sabido siempre.
–Tanto
cuidarme... –dijo mamá, y Pepa apretó la mano de Rosa, porque al fin y al cabo
esas dos palabras volvían a poner todo en orden, restablecían la larga comedia
necesaria. Pero Carlos, a los pies de la cama, miraba a mamá como si supiera
que iba a decir algo más.
–Ahora
podrán descansar –dijo mamá–. Ya no les daremos más trabajo.
Tío
Roque iba a protestar, a decir algo, pero Carlos se le acercó y le apretó
violentamente el hombro. Mamá se perdía poco a poco en una modorra, y era mejor
no molestarla.
Tres
días después del entierro llegó la última carta de Alejandro, donde como
siempre preguntaba por la salud de mamá y de tía Clelia. Rosa, que la había
recibido, la abrió y empezó a leerla sin pensar, y cuando levantó la vista
porque de golpe las lágrimas la cegaban, se dio cuenta de que mientras la leía
había estado pensando en cómo habría que darle a Alejandro la noticia de la
muerte de mamá.
Recordé
un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista, apoyado en un tronco de
árbol, se dispone a acabar con dignidad su vida.
ERNESTO
“CHE” GUEVARA, en La sierra y el llano, La Habana, 1961.
Nada
podía andar peor, pero al menos ya no estábamos en la maldita lancha, entre
vómitos y golpes de mar y pedazos de galleta mojada, entre ametralladoras y
babas, hechos un asco, consolándonos cuando podíamos con el poco tabaco que se
conservaba seco porque Luis (que no se llamaba Luis, pero habíamos jurado no
acordarnos de nuestros nombres hasta que llegara el día) había tenido la buena
idea de meterlo en una caja de lata que abríamos con más cuidado que si
estuviera llena de escorpiones. Pero qué tabaco ni tragos de ron en esa
condenada lancha, bamboleándose cinco días como una tortuga borracha,
haciéndole frente a un norte que la cacheteaba sin lástima, y ola va y ola
viene, los baldes despellejándonos las manos, yo con un asma del demonio y
medio mundo enfermo, doblándose para vomitar como si fueran a partirse por la
mitad. Hasta Luis, la segunda noche, una bilis verde que le sacó las ganas de
reírse, entre eso y el norte que no nos dejaba ver el faro de Cabo Cruz, un
desastre que nadie se había imaginado; y llamarle a eso un expedición de
desembarco era como para seguir vomitando pero de pura tristeza. En fin,
cualquier cosa con tal de dejar atrás la lancha, cualquier cosa aunque fuera lo
que nos esperaba en tierra –pero sabíamos que nos estaba esperando y por eso no
importaba tanto–, el tiempo que se compone justamente en el peor momento y zas
la avioneta de reconocimiento, nada que hacerle, a vadear la ciénaga o lo que
fuera con el agua hasta las costillas buscando el abrigo de los sucios
pastizales, de los mangles, y yo como un idiota con mi pulverizador de
adrenalina para poder seguir adelante, con Roberto que me llevaba el
Springfield para ayudarme a vadear mejor la ciénaga (si era una ciénaga, porque
a muchos ya se nos había ocurrido que a lo mejor habíamos errado el rumbo y que
en vez de tierra firme habíamos hecho la estupidez de largarnos en algún cayo
fangoso dentro del mar, a veinte millas de la isla...); y todo así, mal pensado
y peor dicho, en una continua confusión de actos y nociones, una mezcla de
alegría inexplicable y de rabia contra la maldita vida que nos estaban dando
los aviones y lo que nos esperaba del lado de la carretera si llegábamos alguna
vez, si estábamos en una ciénaga de la costa y no dando vueltas como alelados
en un circo de barro y de total fracaso para diversión del babuino en su
Palacio.
Ya
nadie se acuerda cuánto duró, el tiempo lo medíamos por los claros entre los
pastizales, los tramos donde podían ametrallarnos en picada, el alarido que
escuché a mi izquierda, lejos, y creo fue de Roque (a él le puedo dar su
nombre, a su pobre esqueleto entre las lianas y los sapos), porque de los
planes ya no quedaba más que la meta final, llegar a la Sierra y reunirnos con
Luis si también él conseguía llegar; el resto se había hecho trizas con el
norte, el desembarco improvisado, los pantanos. Pero seamos justos: algo se
cumplía sincronizadamente, el ataque de los aviones enemigos. Había sido
previsto y provocado: no falló. Y por eso, aunque todavía me doliera en la cara
el aullido de Roque, mi maligna manera de entender el mundo me ayudaba a reírme
por lo bajo (y me ahogaba todavía más, y Roberto me llevaba el Springfield para
que yo pudiese inhalar adrenalina con la nariz casi al borde del agua, tragando
más barro que otra cosa), porque si los aviones estaban ahí entonces no podía
ser que hubiéramos equivocado la playa, a lo sumo nos habíamos desviado algunas
millas, pero la carretera estaría detrás de los pastizales, y después el llano
abierto y en el norte las primeras colinas. Tenía su gracia que el enemigo nos
estuviera certificando desde el aire la bondad del desembarco.
Duró
vaya a saber cuánto, y después fue de noche y éramos seis debajo de unos flacos
árboles, por primera vez en terreno casi seco, mascando tabaco húmedo y unas
pobres galletas. De Luis, de Pablo, de Lucas, ninguna noticia; desperdigados,
probablemente muertos, en todo caso tan perdidos y mojados como nosotros. Pero
me gustaba sentir cómo con el fin de esa jornada de batracio se me empezaban a
ordenar las ideas, y cómo la muerte, más probable que nunca, no sería ya un
balazo al azar en plena ciénaga, sino una operación dialéctica en seco,
perfectamente orquestada por las partes en juego. El ejército debía controlar
la carretera, cercando los pantanos a la espera de que apareciéramos de a dos o
de a tres, liquidados por el barro y las alimañas y el hambre. Ahora todo se
veía clarísimo, tenía otra vez los puntos cardinales en el bolsillo, me hacía
reír sentirme tan vivo y tan despierto al borde del epílogo. Nada podía
resultarme más gracioso que hacer rabiar a Roberto recitándole al oído unos
versos del viejo Pancho que le parecían abominables. “Si por lo menos nos
pudiéramos sacar el barro”, se quejaba el Teniente. “O fumar de verdad”
(alguien, más a la izquierda, ya no sé quién, alguien que se perdió al alba).
Organización de la agonía: centinelas, dormir por turnos, mascar tabaco, chupar
galletas infladas como esponjas. Nadie mencionaba a Luis, el temor de que lo
hubieran matado era el único enemigo real, porque su confirmación nos anularía
mucho más que el acoso, la falta de armas o las llagas en los pies. Sé que
dormí un rato mientras Roberto velaba, pero antes estuve pensando que todo lo
que habíamos hecho en esos días era demasiado insensato para admitir así de
golpe la posibilidad de que hubieran matado a Luis. De alguna manera la
insensatez tendría que continuar hasta el final, que quizá fuera la victoria, y
en ese juego absurdo donde se había llegado hasta el escándalo de prevenir al
enemigo que desembarcaríamos, no entraba la posibilidad de perder a Luis. Creo
que también pensé que si triunfábamos, que si conseguíamos reunirnos otra vez
con Luis, sólo entonces empezaría el juego en serio, el rescate de tanto
romanticismo necesario y desenfrenado y peligroso. Antes de dormirme tuve como
una visión: Luis junto a un árbol, rodeado por todos nosotros, se llevaba
lentamente la mano a la cara y se la quitaba como si fuese una máscara. Con la
cara en la mano se acercaba a su hermano Pablo, a mí, al Teniente, a Roque,
pidiéndonos con un gesto que la aceptáramos, que nos la pusiéramos. Pero todos
se iban negando uno a uno, y yo también me negué, sonriendo hasta las lágrimas,
y entonces Luis volvió a ponerse la cara y le vi un cansancio infinito mientras
se encogía de hombros y sacaba un cigarro del bolsillo de la guayabera.
Profesionalmente hablando, una alucinación de la duermevela y la fiebre,
fácilmente interpretable. Pero si realmente habían matado a Luis durante el
desembarco, ¿quién subiría ahora a la Sierra con su cara? Todos trataríamos de
subir pero nadie con la cara de Luis, nadie que pudiera o quisiera asumir la
cara de Luis. “Los diádocos”, pensé ya entredormido, “pero todo se fue al
diablo con los diádocos, es sabido”.
Aunque
esto que cuento pasó hace rato, quedan pedazos y momentos tan recortados en la
memoria que sólo se pueden decir en presente, como estar tirado otra vez boca
arriba en el pastizal, junto al árbol que nos protege del cielo abierto. Es la
tercera noche, pero al amanecer de ese día franqueamos la carretera a pesar de
los jeeps y la metralla. Ahora hay que esperar otro amanecer porque nos han
matado al baqueano y seguimos perdidos, habrá que dar con algún paisano que nos
lleve a donde se pueda comprar algo de comer, y cuando digo comprar casi me da
risa y me ahogo de nuevo, pero en eso como en lo demás a nadie se le ocurriría
desobedecer a Luis, y la comida hay que pagarla y explicarle antes a la gente
quiénes somos y por qué andamos en lo que andamos. La cara de Roberto en la
choza abandonada de la loma, dejando cinco pesos debajo de un plato a cambio de
la poca cosa que encontramos y que sabía a cielo, a comida en el “Ritz” si es
que ahí se come bien. Tengo tanta fiebre que se me va pasando el asma, no hay
mal que por bien no venga, pero pienso de nuevo en la cara de Roberto dejando
los cinco pesos en la choza vacía, y me da un tal ataque de risa que vuelvo a
ahogarme y me maldigo. Habría que dormir, Tinti monta la guardia, los muchachos
descansan unos contra otros, yo me he ido un poco más lejos porque tengo la
impresión de que los fastidio con la tos y los silbidos del pecho, y además
hago una cosa que no debería hacer, y es que dos o tres veces en la noche
fabrico una pantalla de hojas y meto la cara por debajo y enciendo despacito el
cigarro para reconciliarme un poco con la vida.
En
el fondo lo único bueno del día ha sido no tener noticias de Luis, el resto es
un desastre, de los ochenta nos han matado por lo menos a cincuenta o sesenta;
Javier cayó entre los primeros, el Peruano perdió un ojo y agonizó tres horas
sin que yo pudiera hacer nada, ni siquiera rematarlo cuando los otros no
miraban. Todo el día temimos que algún enlace (hubo tres con un riesgo
increíble, en las mismas narices del ejército) nos trajera la noticia de la
muerte de Luis. Al final es mejor no saber nada, imaginarlo vivo, poder esperar
todavía. Fríamente peso las posibilidades y concluyo que lo han matado, todos
sabemos cómo es, de qué manera el gran condenado es capaz de salir al
descubierto con una pistola en la mano, y el que venga atrás que arree. No, pero
López lo habrá cuidado, no hay como él para engañarlo a veces, casi como a un
chico, convencerlo de que tiene que hacer lo contrario de lo que le da la gana
en ese momento. Pero y si López... Inútil quemarse la sangre, no hay elementos
pan la menor hipótesis, y además es rara esta calma, este bienestar boca arriba
como si todo estuviera bien así, como si todo se estuviera cumpliendo (casi
pensé: “consumando”, hubiera sido idiota) de conformidad con los planes. Será
la fiebre o el cansancio, será que nos van a liquidar a todos como a sapos
antes de que salga el sol. Pero ahora vale la pena aprovechar de este respiro
absurdo, dejarse ir mirando el dibujo que hacen las ramas del árbol contra el
cielo más claro, con algunas estrellas, siguiendo con ojos entornados ese
dibujo casual de las ramas y las hojas, esos ritmos que se encuentran, se
cabalgan y se separan, y a veces cambian suavemente cuando una bocanada de
aire hirviendo pasa por encima de las
copas, viniendo de las ciénagas. Pienso en mi hijo pero está lejos, a miles de
kilómetros, en un país donde todavía se duerme en la cama, y su imagen me
parece irreal, se me adelgaza y pierde entre las hojas del árbol, y en cambio
me hace tanto bien recordar un tema de Mozart que me ha acompañado desde
siempre, el movimiento inicial del cuarteto La caza, la evocación del halalí en
la mansa voz de los violines, esa transposición de una ceremonia salvaje a un
claro goce pensativo. Lo pienso, lo repito, lo canturreo en la memoria, y
siento al mismo tiempo cómo la melodía y el dibujo de la copa del árbol contra
el cielo se van acercando, traban amistad, se tantean una y otra vez hasta que
el dibujo se ordena de pronto en la presencia visible de la melodía, un ritmo
que sale de una rama baja, casi a la altura de mi cabeza, remonta hasta cierta
altura y se abre como un abanico de tallos, mientras el segundo violín es esa
rama más delgada que se yuxtapone para confundir sus hojas en un punto situado
a la derecha, hacia el final de la frase, y dejarla terminar para que el ojo
descienda por el tronco y pueda si quiere, repetir la melodía. Y todo eso es
también nuestra rebelión, es lo que estamos haciendo aunque Mozart y el árbol
no puedan saberlo, también nosotros a nuestra manera hemos querido trasponer
una torpe guerra a un orden que le dé sentido, la justifique y en último
término la lleve a una victoria que sea como la restitución de una melodía
después de tantos años de roncos cuernos de caza, que sea ese allegro final que
sucede al adagio como un encuentro con la luz. Lo que se divertiría Luis si
supiera que en este momento lo estoy comparando con Mozart, viéndolo ordenar
poco a poco esta insensatez, alzarla hasta su razón primordial que aniquila con
su evidencia y su desmesura todas las prudentes razones temporales. Pero qué
amarga, qué desesperada tarea la de ser un músico de hombres, por encima del
barro y la metralla y el desaliento urdir ese canto que creíamos imposible, el
canto que trabará amistad con la copa de los árboles, con la tierra devuelta a
sus hijos. Sí, es la fiebre. Y cómo se reiría Luis aunque también a él le guste
Mozart, me consta.
Y
así al final me quedaré dormido, pero antes alcanzaré a preguntarme si algún
día sabremos pasar del movimiento donde todavía suena el halalí del cazador, a
la conquistada plenitud del adagio y de ahí al allegro final que me canturreo
con un hilo de voz, si seremos capaces de alcanzar la reconciliación con todo
lo que haya quedado vivo frente a nosotros. Tendríamos que ser como Luis, no ya
seguirlo, sino ser como él, dejar atrás inapelablemente el odio y la venganza,
mirar al enemigo como lo mira Luis, con una implacable magnanimidad que tantas
veces ha suscitado en mi memoria (pero esto, ¿cómo decírselo a nadie?) una
imagen de pantocrátor, un juez que empieza por ser el acusado y el testigo y
que no juzga, que simplemente separa las tierras de las aguas para que al fin,
alguna vez, nazca una patria de hombres en un amanecer tembloroso, a orillas de
un tiempo más limpio.
Pero
otra que adagio, si con la primera luz se nos vinieron encima por todas partes,
y hubo que renunciar a seguir hacia el noreste y meterse en una zona mal
conocida, gastando las últimas municiones mientras el Teniente con un compañero
se hacía fuerte en una loma y desde ahí les paraba un rato las patas, dándonos
tiempo a Roberto y a mí para llevarnos a Tinti herido en un muslo y buscar otra
altura más protegida donde resistir hasta la noche. De noche ellos no atacaban
nunca, aunque tuvieran bengalas y equipos eléctricos, les entraba como un pavor
de sentirse menos protegidos por el número y el derroche de armas; pero para la
noche faltaba casi todo el día, y éramos apenas cinco contra esos muchachos tan
valientes que nos hostigaban para quedar bien con el babuino, sin contar los
aviones que a cada rato picaban en los claros del monte y estropeaban cantidad
de palmas con sus ráfagas.
A la
media hora el Teniente cesó el fuego y pudo reunirse con nosotros, que apenas
adelantábamos camino. Como nadie pensaba en abandonar a Tinti, porque
conocíamos de sobra el destino de los prisioneros, pensamos que ahí, en esa
ladera y en esos matorrales íbamos a quemar los últimos cartuchos. Fue
divertido descubrir que los regulares atacaban en cambio una loma bastante más
al este, engañados por un error de la aviación, y ahí nomás nos largamos cerro
arriba por un sendero infernal, hasta llegar en dos horas a una loma casi
pelada donde un compañero tuvo el ojo de descubrir una cueva tapada por las
hierbas, y nos plantamos resollando después de calcular una posible retirada
directamente hacia el norte, de peñasco en peñasco, peligrosa, pero hacia el
norte, hacia la Sierra donde a lo mejor ya habría llegado Luis.
Mientras
yo curaba a Tinti desmayado, el Teniente me dijo que poco antes del ataque de
los regulares al amanecer había oído un fuego de armas automáticas y de
pistolas hacia el poniente. Podía ser Pablo con sus muchachos, o a lo mejor el
mismo Luis. Teníamos la razonable convicción de que los sobrevivientes
estábamos divididos en tres grupos, y quizá el de Pablo no anduviera tan lejos.
El Teniente me preguntó si no valdría la pena intentar un enlace al caer la
noche.
–Si
vos me preguntás eso es porque te estás ofreciendo para ir –le dije. Habíamos
acostado a Tinti en una cama de hierbas secas, en la parte más fresca de la
cueva, y fumábamos descansando. Los otros dos compañeros montaban guardia
afuera.
–Te
figuras –dijo el Teniente, mirándome divertido–. A mí estos paseos me encantan,
chico.
Así seguimos un rato, cambiando bromas con
Tinti que empezaba a delirar, y cuando el Teniente estaba por irse entró
Roberto con un serrano y un cuarto de chivito asado. No lo podíamos creer,
comimos como quien se come a un fantasma, hasta que Tinti mordisqueó un pedazo
que se le fue a las dos horas junto con la vida. El serrano nos traía la
noticia de la muerte de Luis; no dejamos de comer por eso, pero era mucha sal
para tan poca carne, él no lo había visto aunque su hijo mayor, que también se
nos había pegado con una vieja escopeta de caza, formaba parte del grupo que
había ayudado a Luis y a cinco compañeros a vadear un río bajo la metralla, y
estaba seguro de que Luis había sido herido casi al salir del agua y antes de
que pudiera ganar las primeras matas. Los serranos habían trepado al monte que
conocían como nadie, y con ellos dos hombres del grupo de Luis, que llegarían
por la noche con las armas sobrantes y un poco de parque.
El
Teniente encendió otro cigarro y salió a organizar el campamento y a conocer
mejor a los nuevos; yo me quedé al lado de Tinti que se derrumbaba lentamente,
casi sin dolor. Es decir que Luis había muerto, que el chivito estaba para
chuparse los dedos, que esa noche seríamos nueve o diez hombres y que
tendríamos municiones para seguir peleando. Vaya novedades. Era como una
especie de locura fría que por un lado reforzaba al presente con hombres y
alimentos, pero todo eso para borrar de un manotazo el futuro, la razón de esa
insensatez que acababa de culminar con una noticia y un gusto a chivito asado.
En la oscuridad de la cueva, haciendo durar largo mi cigarro, sentí que en ese
momento no podía permitirme el lujo de aceptar la muerte de Luis, que solamente
podía manejarla como un dato más dentro del plan de campaña, porque si también
Pablo había muerto el jefe era yo por voluntad de Luis, y eso lo sabían el
Teniente y todos los compañeros, y no se podía hacer otra cosa que tomar el
mando y llegar a la Sierra y seguir adelante como si no hubiera pasado nada.
Creo que cerré los ojos, y el recuerdo de mi visión fue otra vez la visión
misma, y por un segundo me pareció que Luis se separaba de su cara y me la
tendía, y yo defendí mi cara con las dos manos diciendo: “No, no, por favor no,
Luis”, y cuando abrí los ojos el Teniente estaba de vuelta mirando a Tinti que
respiraba resollando, y le oí decir que acababan de agregársenos dos muchachos
del monte, una buena noticia tras otra, parque y boniatos fritos, un botiquín,
los regulares perdidos en las colinas del este, un manantial estupendo a
cincuenta metros. Pero no me miraba en los ojos, mascaba el cigarro y parecía
esperar que yo dijera algo, que fuera yo el primero en volver a mencionar a
Luis.
Después
hay como un hueco confuso, la sangre se fue de Tinti y él de nosotros, los
serranos se ofrecieron para enterrarlo, yo me quedé en la cueva descansando
aunque olía a vómito y a sudor frío, y curiosamente me dio por pensar en mi
mejor amigo de otros tiempos, de antes de esa cesura en mi vida que me había
arrancado a mi país para lanzarme a miles de kilómetros, a Luis, al desembarco
en la isla, a esa cueva. Calculando la diferencia de hora imaginé que en ese
momento, miércoles, estaría llegando a su consultorio, colgando el sombrero en
la percha, echando una ojeada al correo. No era una alucinación, me bastaba
pensar en esos años en que habíamos vivido tan cerca uno de otro en la ciudad,
compartiendo la política, las mujeres y los libros, encontrándonos diariamente
en el hospital; cada uno de sus gestos me era tan familiar, y esos gestos no
eran solamente los suyos sino que abarcaban todo mi mundo de entonces, a mí
mismo, a mi mujer, a mi padre, abarcaban mi periódico con sus editoriales
inflados, mi café a mediodía con los médicos de guardia, mis lecturas y mis
películas y mis ideales. Me pregunté qué estaría pensando mi amigo de todo
esto, de Luis o de mí, y fue como si viera dibujarse la respuesta en su cara
(pero entonces era la fiebre, habría que tomar quinina), una cara pagada de sí
misma, empastada por la buena vida y las buenas ediciones y la eficacia del
bisturí acreditado. Ni siquiera hacía falta que abriera la boca para decirme yo
pienso que tu revolución no es más que... No era en absoluto necesario, tenía
que ser así, esas gentes no podían aceptar una mutación que ponía en
descubierto las verdaderas razones de su misericordia fácil y a horario, de su
caridad reglamentada y a escote, de su bonhomía entre iguales, de su
antirracismo de salón pero cómo la nena se va a casar con ese mulato, che, de
su catolicismo con dividendo anual y efemérides en las plazas embanderadas, de
su literatura de tapioca, de su folklorismo en ejemplares numerados y mate con
virola de plata, de sus reuniones de cancilleres genuflexos, de su estúpida
agonía inevitable a corto o largo plazo (quinina, quinina, y de nuevo el asma).
Pobre amigo, me daba lástima imaginarlo defendiendo como un idiota precisamente
los falsos valores que iban a acabar con él o en el mejor de los casos con sus
hijos; defendiendo el derecho feudal a la propiedad y a la riqueza ilimitadas,
él que no tenía más que su consultorio y una casa bien puesta, defendiendo los
principios de la Iglesia cuando el catolicismo burgués de su mujer no había
servido más que para obligarlo a buscar consuelo en las amantes, defendiendo
una supuesta libertad individual cuando la policía cerraba las universidades y
censuraba las publicaciones, y defendiendo por miedo, por el horror al cambio,
por el escepticismo y la desconfianza que eran los únicos dioses vivos en su
pobre país perdido. Y en eso estaba cuando entró el Teniente a la carrera y me
gritó que Luis vivía, que acababan de cerrar un enlace con el norte, que Luis
estaba más vivo que la madre de la chingada, que había llegado a lo alto de la
Sierra con cincuenta guajiros y todas las armas que les habían sacado a un
batallón de regulares copado en una hondonada, y nos abrazamos como idiotas y
dijimos esas cosas que después, por largo rato, dan rabia y vergüenza y perfume,
porque eso y comer chivito asado y echar para adelante era lo único que tenía
sentido, lo único que contaba y crecía mientras no nos animábamos a mirarnos en
los ojos y encendíamos cigarros con el mismo tizón, con los ojos clavados
atentamente en el tizón y secándonos las lágrimas que el humo nos arrancaba de
acuerdo con sus conocidas propiedades lacrimógenas.
Ya
no hay mucho que contar, al amanecer uno de nuestros serranos llevó al Teniente
y a Roberto hasta donde estaban Pablo y tres compañeros, y el Teniente subió a
Pablo en brazos porque tenía los pies destrozados por las ciénagas. Ya éramos
veinte, me acuerdo de Pablo abrazándome con su manera rápida y expeditiva, y
diciéndome sin sacarse el cigarrillo de la boca: “Si Luis está vivo, todavía
podemos vencer”, y yo vendándole los pies que era una belleza, y los muchachos
tomándole el pelo porque parecía que estrenaba zapatos blancos y diciéndole que
su hermano lo iba a regañar por ese lujo intempestivo. “Que me regañe”,
bromeaba Pablo fumando como un loco, “para regañar a alguien hay que estar
vivo, compañero, y ya oíste que está vivo, vivito, está más vivo que un caimán,
y vamos arriba ya mismo, mira que me has puesto vendas, vaya lujo...”. Pero no
podía durar, con el sol vino el plomo de arriba y abajo, ahí me tocó un balazo
en la oreja que si acierta dos centímetros más cerca, vos, hijo, que a lo mejor
leés todo esto, te quedás sin saber en las que anduvo tu viejo. Con la sangre y
el dolor y el susto las cosas se me pusieron estereoscópicas, cada imagen seca
y en relieve, con unos colores que debían ser mis ganas de vivir y además no me
pasaba nada, un pañuelo bien atado y a seguir subiendo; pero atrás se quedaron
dos serranos, y el segundo de Pablo con la cara hecha un embudo por una bala
cuarenta y cinco. En esos momentos hay tonterías que se fijan para siempre; me
acuerdo de un gordo, creo que también del grupo de Pablo, que en lo peor de la
pelea quería refugiarse detrás de una caña, se ponía de perfil, se arrodillaba
detrás de la caña, y sobre todo me acuerdo de ese que se puso a gritar que
había que rendirse, y de la voz que le contestó entre dos ráfagas de Thompson,
la voz del Teniente, un bramido por encima de los tiros, un: “¡Aquí no se rinde
nadie, carajo!”, hasta que el más chico de los serranos, tan callado y tímido
hasta entonces, me avisó que había una senda a cien metros de ahí, torciendo
hacia arriba y a la izquierda, y yo se lo grité al Teniente y me puse a hacer
punta con los serranos siguiéndome y tirando como demonios, en pleno bautismo
de fuego y saboreándolo que era un gusto verlos, y al final nos fuimos juntando
al pie de la ceiba donde nacía el sendero y el serranito trepó y nosotros
atrás, yo con un asma que no me dejaba andar y el pescuezo con más sangre que
un chancho degollado, pero seguro de que también ese día íbamos a escapar y no
sé por qué, pero era evidente como un teorema que esa misma noche nos
reuniríamos con Luis.
Uno
nunca se explica cómo deja atrás a sus perseguidores, poco a poco ralea el
fuego, hay las consabidas maldiciones y “cobardes, se rajan en vez de pelear”,
entonces de golpe es el silencio, los árboles que vuelven a aparecer como cosas
vivas y amigas, los accidentes del terreno, los heridos que hay que cuidar, la
cantimplora de agua con un poco de ron que corre de boca en boca, los suspiros,
alguna queja, el descanso y el cigarro, seguir adelante, trepar siempre aunque
se me salgan los pulmones por las orejas, y Pablo diciéndome oye, me los
hiciste del cuarenta y dos y yo calzo del cuarenta y tres, compadre, y la risa,
lo alto de la loma, el ranchito donde un paisano tenía un poco de yuca con mojo
y agua muy fresca, y Roberto, tesonero y concienzudo, sacando sus cuatro pesos
para pagar el gasto y todo el mundo, empezando por el paisano, riéndose hasta
herniarse, y el mediodía imitando a esa siesta que había que rechazar como si
dejáramos irse a una muchacha preciosa mirándole las piernas hasta lo último.
Al
caer la noche el sendero se empinó y se puso más que difícil, pero nos
relamíamos pensando en la posición que había elegido Luis para esperarnos, por
ahí no iba a subir ni un gamo. “Vamos a estar como en la iglesia”, decía Pablo
a mi lado, “hasta tenemos el armonio”, y me miraba zumbón mientras yo jadeaba
una especie de pasacaglia que solamente a él le hacía gracia. No me acuerdo muy
bien de esas horas, anochecía cuando llegamos al último centinela y pasamos uno
tras otro, dándonos a conocer y respondiendo por los serranos, hasta salir por
fin al claro entre los árboles donde estaba Luis apoyado en un tronco,
naturalmente con su gorra de interminable visera y el cigarro en la boca. Me
costó el alma quedarme atrás, dejarlo a Pablo que corriera y se abrazara con su
hermano, y entonces esperé que el Teniente y los otros fueran también y lo
abrazaran, y después puse en el suelo el botiquín y el Springfield y con las
manos en los bolsillos me acerqué y me quedé mirándolo, sabiendo lo que iba a
decirme, la broma de siempre:
–Mira
que usar esos anteojos –dijo Luis.
–Y
vos esos espejuelos –le contesté, y nos doblamos de risa, y su quijada contra
mi cara me hizo doler el balazo como el demonio, pero era un dolor que yo
hubiera querido prolongar más allá de la vida.
–Así
que llegaste, che –dijo Luis.
Naturalmente,
decía “che” muy mal.
––¿Qué
tú crees? –le contesté, igualmente mal. Y volvimos a doblarnos como idiotas, y
medio mundo se reía sin saber por qué. Trajeron agua y las noticias, hicimos la
rueda mirando a Luis, y sólo entonces nos dimos cuenta de cómo había
enflaquecido y cómo le brillaban los ojos detrás de los jodidos espejuelos.
Más
abajo volvían a pelear, pero el campamento estaba momentáneamente a cubierto.
Se pudo curar a los heridos, bañarse en el manantial, dormir, sobre todo
dormir, hasta Pablo que tanto quería hablar con su hermano. Pero como el asma
es mi amante y me ha enseñado a aprovechar la noche, me quedé con Luis apoyado
en el tronco de un árbol, fumando y mirando los dibujos de las hojas contra el
cielo, y nos contamos de a ratos lo que nos había pasado desde el desembarco,
pero sobre todo hablamos del futuro, de lo que iba a empezar cuando llegara el
día en que tuviéramos que pasar del fusil al despacho con teléfonos, de la
Sierra a la ciudad, y yo me acordé de los cuernos de caza y estuve a punto de
decirle a Luis lo que había pensado aquella noche, nada más que para hacerlo
reír. Al final no le dije nada, pero sentía que estábamos entrando en el adagio
del cuarteto, en una precaria plenitud de pocas horas que sin embargo era una
certidumbre, un signo que no olvidaríamos. Cuántos cuernos de caza esperaban
todavía, cuántos de nosotros dejaríamos los huesos como Roque, como Tinti, como
el Peruano. Pero bastaba mirar la copa del árbol para sentir que la voluntad
ordenaba otra vez su caos, le imponía el dibujo del adagio que alguna vez
ingresaría en el allegro final, accedería a una realidad digna de ese nombre. Y
mientras Luis me iba poniendo el tanto de las noticias internacionales y de lo
que pasaba en la capital y en las provincias, yo veía cómo las hojas y las
ramas se plegaban poco a poco a mi deseo, eran mi melodía, la melodía de Luis
que seguía hablando ajeno a mi fantaseo, y después vi inscribirse una estrella
en el centro del dibujo, y era una estrella pequeña y muy azul, y aunque no sé
nada de astronomía y no hubiera podido decir si era una estrella o un planeta,
en cambio me sentí seguro de que no era Marte ni Mercurio, brillaba demasiado
en el centro del adagio, demasiado en el centro de las palabras de Luis como
para que alguien pudiera confundirla con Marte o con Mercurio.
We’ll send your love to college, all for
a year or two.
And then perhaps in time the boy will do
for you.
The trees that grow so high
(CANCIÓN
FOLKLÓRICA INGLESA)
No
entiendo por qué no me dejan pasar la noche en la clínica con el nene, al fin y
al cabo soy su madre y el doctor De Luisi nos recomendó personalmente al
director. Podrían traer un sofá cama y yo lo acompañaría para que se vaya
acostumbrando, entró tan pálido el pobrecito como si fueran a operarlo en
seguida, yo creo que es ese olor de las clínicas, su padre también estaba
nervioso y no veía la hora de irse, pero yo estaba segura de que me dejarían
con el nene. Después de todo tiene apenas quince años y nadie se los daría,
siempre pegado a mí aunque ahora con los pantalones largos quiere disimular y
hacerse el hombre grande. La impresión que le habrá hecho cuando se dio cuenta
de que no me dejaban quedarme, menos mal que su padre le dio charla, le hizo poner
el piyama y meterse en la cama. Y todo por esa mocosa de enfermera, yo me
pregunto si verdaderamente tiene órdenes de los médicos o si lo hace por pura
maldad. Pero bien que se lo dije, bien que le pregunté si estaba segura de que
tenía que irme. No hay más que mirarla para darse cuenta de quién es, con esos
aires de vampiresa y ese delantal ajustado, una chiquilina de porquería, que se
cree la directora de la clínica. Pero eso sí, no se la llevó de arriba, le dije
lo que pensaba y eso que el nene no sabía dónde meterse de vergüenza y su padre
se hacía el desentendido y de paso seguro que le miraba las piernas como de
costumbre. Lo único que me consuela es que el ambiente es bueno, se nota que es
una clínica para personas pudientes; el nene tiene un velador de lo más lindo
para leer sus revistas, y por suerte su padre se acordó de traerle caramelos de
menta que son los que más le gustan. Pero mañana por la mañana, eso sí, lo
primero que hago es hablar con el doctor De Luisi para que la ponga en su lugar
a esa mocosa presumida. Habrá que ver si la frazada lo abriga bien al nene, voy
a pedir que por las dudas le dejen otra a mano. Pero sí, claro que me abriga,
menos mal que se fueron de una vez, mamá cree que soy un chico y me hace hacer
cada papelón. Seguro que la enfermera va a pensar que no soy capaz de pedir lo
que necesito, me miró de una manera cuando mamá le estaba protestando... Está
bien, si no la dejaban quedarse qué le vamos a hacer, ya soy bastante grande
para dormir solo de noche, me parece. Y en esta cama se dormirá bien, a esta
hora ya no se oye ningún ruido, a veces de lejos el zumbido del ascensor que me
hace acordar a esa película de miedo que también pasaba en una clínica, cuando
a medianoche se abría poco a poco la puerta y la mujer paralítica en la cama
veía entrar al hombre de la máscara blanca...
La
enfermera es bastante simpática, volvió a las seis y media con unos papeles y
me empezó a preguntar mi nombre completo, la edad y esas cosas. Yo guardé la
revista en seguida porque hubiera quedado mejor estar leyendo un libro de veras
y no una fotonovela, y creo que ella se dio cuenta pero no dijo nada, seguro
que todavía estaba enojada por lo que le había dicho mamá y pensaba que yo era
igual que ella y que le iba a dar órdenes o algo así. Me preguntó si me dolía
el apéndice y le dije que no, que esa noche estaba muy bien. “A ver el pulso”,
me dijo, y después de tomármelo anotó algo más en la planilla y la colgó a los
pies de la cama. “¿Tenés hambre?”, me preguntó, y yo creo que me puse colorado
porque me tomó de sorpresa que me tuteara, es tan joven que me hizo impresión.
Le dije que no, aunque era mentira porque a esa hora siempre tengo hambre.
“Esta noche vas a cenar muy liviano”, dijo ella, y cuando quise darme cuenta ya
me había quitado el paquete de caramelos de menta y se iba. No sé si empecé a
decirle algo, creo que no. Me daba una rabia que me hiciera eso como a un
chico, bien podía haberme dicho que no tenía que comer caramelos, pero
llevárselos... Seguro que estaba furiosa por lo de mamá y se desquitaba
conmigo, de puro resentida; qué sé yo, después que se fue se me paso de golpe
el fastidio, quería seguir enojado con ella pero no podía. Qué joven es,
clavado que no tiene ni diecinueve años, debe haberse recibido de enfermera
hace muy poco. A lo mejor viene para traerme la cena; le voy a preguntar cómo
se llama, si va a ser mi enfermera tengo que darle un nombre. Pero en cambio
vino otra, una señora muy amable vestida de azul que me trajo un caldo y
bizcochos y me hizo tomar unas pastillas verdes. También ella me preguntó cómo
me llamaba y si me sentía bien, y me dijo que en esta pieza dormiría tranquilo
porque era una de las mejores de la clínica, y es verdad porque dormí hasta
casi las ocho en que me despertó una enfermera chiquita y arrugada como un mono
pero amable, que me dijo que podía levantarme y lavarme pero antes me dio un
termómetro y me dijo que me lo pusiera como se hace en estas clínicas, y yo no
entendí porque en casa se pone debajo del brazo, y entonces me explicó y se
fue. Al rato vino mamá y qué alegría verlo tan bien, yo que me temía que
hubiera pasado la noche en blanco el pobre querido, pero los chicos son así, en
la casa tanto trabajo y después duermen a pierna suelta aunque estén lejos de
su mamá que no ha cerrado los ojos la pobre. El doctor De Luisi entró para
revisar al nene y yo me fui un momento afuera porque ya está grandecito, y me
hubiera gustado encontrármela a la enfermera de ayer para verle bien la cara y
ponerla en su sitio nada más que mirándola de arriba a abajo, pero no había
nadie en el pasillo. Casi en seguida salió el doctor De Luisi y me dijo que al
nene iban a operarlo a la mañana siguiente, que estaba muy bien y en las
mejores condiciones para la operación, a su edad una apendicitis es una
tontería. Le agradecí mucho y aproveché para decirle que me había llamado la
atención la impertinencia de la enfermera de la tarde, se lo decía porque no
era cosa de que a mi hijo fuera a faltarle la atención necesaria. Después entré
en la pieza para acompañar al nene que estaba leyendo sus revistas y ya sabía
que lo iban a operar al otro día. Como si fuera el fin del mundo, me mira de un
modo la pobre, pero si no me voy a morir, mamá, haceme un poco el favor. Al
Cacho le sacaron el apéndice en el hospital y a los seis días ya estaba
queriendo jugar al fútbol. Andate tranquila que estoy muy bien y no me falta
nada. Sí, mamá, sí, diez minutos queriendo saber si me duele aquí o más allá,
menos mal que se tiene que ocupar de mi hermana en casa, al final se fue y yo
pude terminar la fotonovela que había empezado anoche. La enfermera de la tarde
se llama la señorita Cora, se lo pregunté a la enfermera chiquita cuando me
trajo el almuerzo; me dieron muy poco de comer y de nuevo pastillas verdes y
unas gotas con gusto a menta; me parece que esas gotas hacen dormir porque se
me caían las revistas de la mano y de golpe estaba soñando con el colegio y que
íbamos a un picnic con las chicas del normal como el año pasado y bailábamos a
la orilla de la pileta, era muy divertido. Me desperté a eso de las cuatro y
medía y empecé a pensar en la operación, no que tenga miedo, el doctor De Luisi
dijo que no es nada, pero debe ser raro la anestesia y que te corten cuando
estás dormido, el Cacho decía que lo peor es despertarse, que duele mucho y por
ahí vomitás y tenés fiebre. El nene de mamá ya no está tan garifo como ayer, se
le nota en la cara que tiene un poco de miedo, es tan chico que casi me da
lástima. Se sentó de golpe en la cama cuando me vio entrar y escondió la
revista debajo de la almohada. La pieza estaba un poco fría y fui a subir la
calefacción, después traje el termómetro y se lo di. “¿Te lo sabés poner?”, le
pregunté, y las mejillas parecía que iban a reventársele de rojo que se puso.
Dijo que sí con la cabeza y se estiró en la cama mientras yo bajaba las
persianas y encendía el velador. Cuando me acerqué para que me diera el
termómetro seguía tan ruborizado que estuve a punto de reírme, pero con los
chicos de esa edad siempre pasa lo mismo, les cuesta acostumbrarse a esas
cosas. Y para peor me mira en los ojos, por qué no le puedo aguantar esa mirada
si al final no es más que una mujer, cuando saqué el termómetro de debajo de
las frazadas y se lo alcancé, ella me miraba y yo creo que se sonreía un poco,
se me debe notar tanto que me pongo colorado, es algo que no puedo evitar, es más
fuerte que yo. Después anotó la temperatura en la hoja que está a los pies de
la cama y se fue sin decir nada. Ya casi no me acuerdo de lo que hablé con papá
y mamá cuando vinieron a verme a las seis. Se quedaron poco porque la señorita
Cora les dijo que había que prepararme y que era mejor que estuviese tranquilo
la noche antes. Pensé que mamá iba a soltarle alguna de las suyas pero la miró
nomás de arriba abajo, y papá también pero al viejo le conozco las miradas, es
algo muy diferente. Justo cuando se estaba yendo la oí a mamá que le decía a la
señorita Cora: “Le agradeceré que lo atienda bien, es un niño que ha estado
siempre muy rodeado por su familia”, o alguna idiotez por el estilo, y me
hubiera querido morir de rabia, ni siquiera escuché lo que le contestó la
señorita Cora, pero estoy seguro de que no le gustó, a lo mejor piensa que me
estuve quejando de ella o algo así.
Volvió
a eso de las seis y media con una mesita de esas de ruedas llena de frascos y
algodones, y no sé por qué de golpe me dio un poco de miedo, en realidad no era
miedo pero empecé a mirar lo que había en la mesita, toda clase de frascos
azules o rojos, tambores de gasa y también pinzas y tubos de goma, el pobre
debía estar empezando a asustarse sin la mamá que parece un papagayo
endomingado, le agradeceré que atienda bien al nene, mire que he hablado con el
doctor De Luisi, pero sí, señora, se lo vamos a atender como a un príncipe. Es
bonito su nene, señora, con esas mejillas que se le arrebolan apenas me ve
entrar. Cuando le retiré las frazadas hizo un gesto como para volver a taparse,
y creo que se dio cuenta de que me hacía gracia verlo tan pudoroso. “A ver,
bajate el pantalón del piyama”, le dije sin mirarlo en la cara. “¿El
pantalón?”, preguntó con una voz que se le quebró en un gallo. “Sí, claro, el
pantalón”, repetí, y empezó a soltar el cordón y a desabotonarse con unos dedos
que no le obedecían. Le tuve que bajar yo misma el pantalón hasta la mitad de
los muslos, y era como me lo había imaginado. “Ya sos un chico crecidito”, le
dije, preparando la brocha y el jabón aunque la verdad es que poco tenía para
afeitar. “¿Cómo te llaman en tu casa?”, le pregunté mientras lo enjabonaba. “Me
llaman Pablo”, me contestó con una voz que me dio lástima, tanta era la
vergüenza. “Pero te darán algún sobrenombre”, insistí, y fue todavía peor
porque me pareció que se iba a poner a llorar mientras yo le afeitaba los pocos
pelitos que andaban por ahí. “¿Así que no tenés ningún sobrenombre? Sos el nene
solamente, claro.” Terminé de afeitarlo y le hice una seña para que se tapara,
pero él se adelantó y en un segundo estuvo cubierto hasta el pescuezo. “Pablo
es un bonito nombre”, le dije para consolarlo un poco; casi me daba pena verlo
tan avergonzado, era la primera vez que me tocaba atender a un muchachito tan
joven y tan tímido, pero me seguía fastidiando algo en el que a lo mejor le
venía de la madre, algo más fuerte que su edad y que no me gustaba, y hasta me
molestaba que fuera tan bonito y tan bien hecho para sus años, un mocoso que ya
debía creerse un hombre y que a la primera de cambio sería capaz de soltarme un
piropo.
Me
quedé con los ojos cerrados, era la única manera de escapar un poco de todo
eso, pero no servía de nada porque justamente en ese momento agregó: “¿Así que
no tenés ningún sobrenombre. Sos el nene solamente, claro”, y yo hubiera
querido morirme, o agarrarla por la garganta y ahogarla, y cuando abrí los ojos
le vi el pelo castaño casi pegado a mi cara porque se había agachado para
sacarme un resto de jabón, y olía a shampoo de almendra como el que se pone la
profesora de dibujo, o algún perfume de ésos, y no supe qué decir y lo único
que se me ocurrió fue preguntarle: “¿Usted se llama Cora, verdad?”. Me miró con
aire burlón, con esos ojos que ya me conocían y que me habían visto por todos
lados, y dijo: “La señorita Cora”. Lo dijo para castigarme, lo sé, igual que
antes había dicho: “Ya sos un chico crecidito”, nada más que para burlarse.
Aunque me daba rabia tener la cara colorada, eso no lo puedo disimular nunca y
es lo peor que me puede ocurrir, lo mismo me animé a decirle: “Usted es tan
joven que... Bueno, Cora es un nombre muy lindo”. No era eso, lo que yo había
querido decirle era otra cosa y me parece que se dio cuenta y le molestó, ahora
estoy seguro de que está resentida por culpa de mamá, yo solamente quería
decirle que era tan joven que me hubiera gustado poder llamarla Cora a secas,
pero cómo se lo iba a decir en ese momento cuando se había enojado y ya se iba
con la mesita de ruedas y yo tenía unas ganas de llorar, ésa es otra cosa que
no puedo impedir, de golpe se me quiebra la voz y veo todo nublado, justo
cuando necesitaría estar más tranquilo para decir lo que pienso. Ella iba a
salir pero al llegar a la puerta se quedó un momento como para ver si no se
olvidaba de alguna cosa, y yo quería decirle lo que estaba pensando pero no
encontraba las palabras y lo único que se me ocurrió fue mostrarle la taza con
el jabón, se había sentado en la cama y después de aclararse la voz dijo: “Se
le olvida la taza con el jabón”, muy seriamente y con un tono de hombre grande.
Volví a buscar la taza y un poco para que se calmara le pasé la mano por la
mejilla. “No te aflijas, Pablito”, le dije. “Todo irá bien, es una operación de
nada.” Cuando lo toqué echó la cabeza atrás como ofendido, y después resbaló
hasta esconder la boca en el borde de las frazadas. Desde ahí, ahogadamente,
dijo: “Puedo llamarla Cora, ¿verdad?”. Soy demasiado buena, casi me dio lástima
tanta vergüenza que buscaba desquitarse por otro lado, pero sabía que no era el
caso de ceder porque después me resultaría difícil dominarlo, y a un enfermo hay
que dominarlo o es lo de siempre, los líos de María Luisa en la pieza catorce o
los retos del doctor De Luisi que tiene un olfato de perro para esas cosas.
“Señorita Cora”, me dijo tomando la taza y yéndose. Me dio una rabia, unas
ganas de pegarle, de saltar de la cama y echarla a empujones, o de... Ni
siquiera comprendo cómo pude decirle: “Si yo estuviera sano a lo mejor me
trataría de otra manera”. Se hizo la que no oía, ni siquiera dio vuelta la
cabeza, y me quedé solo y sin ganas de leer, sin ganas de nada, en el fondo
hubiera querido que me contestara enojada para poder pedirle disculpas porque
en realidad no era lo que yo había pensado decirle, tenía la garganta tan
cerrada que no sé cómo me habían salido las palabras, se lo había dicho de pura
rabia pero no era eso, o a lo mejor sí pero de otra manera.
Y
sí, son siempre lo mismo, una los acaricia, les dice una frase amable, y ahí
nomás asoma el machito, no quieren convencerse de que todavía son unos mocosos.
Esto tengo que contárselo a Marcial, se va a divertir y cuando mañana lo vea en
la mesa de operaciones le va a hacer todavía más gracia, tan tiernito el pobre
con esa carucha arrebolada, maldito calor que me sube por la piel, cómo podría
hacer para que no me pase eso, a lo mejor respirando hondo antes de hablar, qué
sé yo. Se debe haber ido furiosa, estoy seguro de que escuchó perfectamente, no
sé cómo le dije eso, yo creo que cuando le pregunté si podía llamarla Cora no
se enojó, me dijo lo de señorita porque es su obligación pero no estaba
enojada, la prueba es que vino y me acarició la cara; pero no, eso fue antes,
primero me acarició y entonces yo le dije lo de Cora y lo eché todo a perder.
Ahora estamos peor que antes y no voy a poder dormir aunque me den un tubo de
pastillas. La barriga me duele de a ratos, es raro pasarse la mano y sentirse tan
liso, lo malo es que me vuelvo a acordar de todo y del perfume de almendras, la
voz de Cora, tiene una voz muy grave para una chica tan joven y linda, una voz
como de cantante de boleros, algo que acaricia aunque esté enojada. Cuando oí
pasos en el corredor me acosté del todo y cerré los ojos, no quería verla, no
me importaba verla, mejor que me dejara en paz, sentí que entraba y que
encendía la luz del cielo raso, se hacía el dormido como un angelito, con una
mano tapándose la cara, y no abrió los ojos hasta que llegué al lado de la
cama. Cuando vio lo que traía se puso tan colorado que me volvió a dar lástima
y un poco de risa, era demasiado idiota realmente. “A ver, m’hijito, bájese el
pantalón y dese vuelta para el otro lado”, y el pobre a punto de patalear como
haría con la mamá cuando tenía cinco años, me imagino, a decir que no y a
llorar y a meterse debajo de las cobijas y a chillar, pero el pobre no podía
hacer nada de eso ahora, solamente se había quedado mirando el irrigador y
después a mí que esperaba, y de golpe se dio vuelta y empezó a mover las manos
debajo de las frazadas pero no atinaba a nada mientras yo colgaba el irrigador
en la cabecera, tuve que bajarle las frazadas y ordenarle que levantara un poco
el trasero para correrle mejor el pantalón y deslizarle una toalla. “A ver,
subí un poco las piernas, así está bien, echate más de boca, te digo que te
echés más de boca, así.” Tan callado que era casi como si gritara, por una
parte me hacía gracia estarle viendo el culito a mi joven admirador, pero de
nuevo me daba un poco de lástima por él, era realmente como si lo estuviera
castigando por lo que me había dicho. “Avisá si está muy caliente”, le previne,
pero no contestó nada, debía estar mordiéndose un puño y yo no quería verle la
cara y por eso me senté al borde de la cama y esperé a que dijera algo, pero
aunque era mucho líquido lo aguantó sin una palabra hasta el final, y cuando
terminó le dije, y eso sí se lo dije para cobrarme lo de antes: “Así me gusta,
todo un hombrecito”, y lo tapé mientras le recomendaba que aguantase lo más
posible antes de ir al baño. “¿Querés que te apague la luz o te la dejo hasta
que te levantes?”, me preguntó desde la puerta. No sé cómo alcancé a decirle
que era lo mismo, algo así, y escuché el ruido de la puerta al cerrarse y
entonces me tapé la cabeza con las frazadas y qué le iba a hacer, a pesar de
los cólicos me mordí las dos manos y lloré tanto que nadie, nadie puede
imaginarse lo que lloré mientras la maldecía y la insultaba y le clavaba un
cuchillo en el pecho cinco, diez, veinte veces, maldiciéndola cada vez y
gozando de lo que sufría y de cómo me suplicaba que la perdonase por lo que me
había hecho.
Es
lo de siempre, che Suárez, uno corta y abre, y en una de ésas la gran sorpresa.
Claro que a la edad del pibe tiene todas las chances a su favor, pero lo mismo
le voy hablar claro al padre, no sea cosa que en una de ésas tengamos un lío.
Lo más probable es que haya una buena reacción, pero ahí hay algo que falla,
pensá en lo que pasó al comienzo de la anestesia: parece mentira en un pibe de
esa edad. Lo fui a ver a las dos horas y lo encontré bastante bien si pensás en
lo que duró la cosa. Cuando entró el doctor De Luisi yo estaba secándole la
boca al pobre, no terminaba de vomitar y todavía le duraba la anestesia pero el
doctor lo auscultó lo mismo y me pidió que no me moviera de su lado hasta que
estuviera bien despierto. Los padres siguen en la otra pieza, la buena señora
se ve que no está acostumbrada a estas cosas, de golpe se le acabaron las
paradas, y el viejo parece un trapo. Vamos, Pablito, vomitá si tenés ganas y
quejate todo lo que quieras, yo estoy aquí, sí, claro que estoy aquí, el pobre
sigue dormido pero me agarra la mano como si se estuviera ahogando. Debe creer
que soy la mamá, todos creen eso, es monótono. Vamos, Pablo, no te muevas así,
quieto que te va a doler más, no, dejá las manos tranquilas, ahí no te podés
tocar. Al pobre le cuesta salir de la anestesia. Marcial me dijo que la
operación había sido muy larga. Es raro, habrán encontrado alguna complicación:
a veces el apéndice no está tan a la vista, le voy a preguntar a Marcial esta
noche. Pero sí, m’hijito, estoy aquí, quéjese todo lo que quiera pero no se
mueva tanto, yo le voy a mojar los labios con este pedacito de hielo en una
gasa, así se le va pasando la sed. Sí, querido, vomitá más, aliviate todo lo
que quieras. Qué fuerza tenés en las manos, me vas a llenar de moretones, sí, sí,
llorá si tenés ganas, llorá, Pablito, eso alivia, llorá y quejate, total estás
tan dormido y creés que soy tu mamá. Sos bien bonito, sabés, con esa nariz un
poco respingada y esas pestañas como cortinas, parecés mayor ahora que estás
tan pálido. Ya no te pondrías colorado por nada, verdad, mi pobrecito. Me
duele, mamá, me duele aquí, dejame que me saque ese peso que me han puesto,
tengo algo en la barriga que pesa tanto y me duele, mamá, decile a la enfermera
que me saque eso. Sí, m’hijito, ya se le va a pasar, quédese un poco quieto,
por qué tendrás tanta fuerza, voy a tener que llamar a María Luisa para que me
ayude. Vamos, Pablo, me enojo si no te estás quieto, te va a doler mucho más si
seguís moviéndote tanto. Ah, parece que empezás a darte cuenta, me duele aquí,
señorita Cora, me duele tanto aquí, hágame algo por favor, me duele tanto aquí,
suélteme las manos, no puedo más, señorita Cora, no puedo más.
Menos
mal que se ha dormido el pobre querido, la enfermera me vino a buscar a las dos
y media y me dijo que me quedara un rato con él que ya estaba mejor, pero lo
veo tan pálido, ha debido perder tanta sangre, menos mal que el doctor De Luisi
dijo que todo había salido bien. La enfermera estaba cansada de luchar con él,
yo no entiendo por qué no me hizo entrar antes, en esta clínica son demasiado
severos. Ya es casi de noche y el nene ha dormido todo el tiempo, se ve que
está agotado, pero me parece que tiene mejor cara, un poco de color. Todavía se
queja de a ratos pero ya no quiere tocarse el vendaje y respira tranquilo, creo
que pasará bastante buena noche. Como si yo no supiera lo que tengo que hacer,
pero era inevitable; apenas se le pasó el primer susto a la buena señora le
salieron otra vez los desplantes de patrona, por favor que al nene no le vaya a
faltar nada por la noche, señorita. Decí que te tengo lástima, vieja estúpida,
si no ya ibas a ver cómo te trataba. Las conozco a éstas, creen que con una
buena propina el último día lo arreglan todo. Y a veces la propina ni siquiera
es buena, pero para qué seguir pensando, ya se mandó mudar y todo está
tranquilo. Marcial, quedate un poco, no ves que el chico duerme, contame lo que
pasó esta mañana. Bueno, si estás apurado lo dejamos para después. No, mirá que
puede entrar María Luisa, aquí no, Marcial. Claro, el señor se sale con la
suya, ya te he dicho que no quiero que me beses cuando estoy trabajando, no
está bien. Parecería que no tenemos toda la noche para besarnos, tonto. Andate.
Váyase le digo, o me enojo. Bobo, pajarraco. Sí, querido, hasta luego. Claro
que sí. Muchísimo.
Está
muy oscuro pero es mejor, no tengo ni ganas de abrir los ojos. Casi no me
duele, qué bueno estar así respirando despacio, sin esas náuseas.. Todo está
tan callado, ahora me acuerdo que vi a mamá, me dijo no sé qué, yo me sentía
tan mal. Al viejo lo miré apenas, estaba a los pies de la cama y me guiñaba un
ojo, el pobre siempre el mismo. Tengo un poco de frío, me gustaría otra
frazada. Señorita Cora, me gustaría otra frazada. Pero si estaba ahí, apenas
abrí los ojos la vi sentada al lado de la ventana leyendo un revista. Vino en
seguida y me arropó, casi no tuve que decirle nada porque se dio cuenta en
seguida. Ahora me acuerdo, yo creo que esta tarde la confundía con mamá y que
ella me calmaba, o a lo mejor estuve soñando. ¿Estuve soñando, señorita Cora?
Usted me sujetaba las manos, ¿verdad? Yo decía tantas pavadas, pero es que me
dolía mucho, y las náuseas... Discúlpeme, no debe ser nada lindo ser enfermera.
Sí, usted se ríe pero yo sé, a lo mejor la manché y todo. Bueno, no hablaré
más. Estoy tan bien así, ya no tengo frío. No, no me duele mucho, un poquito
solamente. ¿Es tarde, señorita Cora? Sh, usted se queda calladito ahora, ya le
he dicho que no puede hablar mucho, alégrese de que no le duela y quédese bien
quieto. No, no es tarde, apenas las siete. Cierre los ojos y duerma. Así.
Duérmase ahora.
Sí,
yo querría pero no es tan fácil. Por momentos me parece que me voy a dormir,
pero de golpe la herida me pega un tirón o todo me da vueltas en la cabeza, y
tengo que abrir los ojos y mirarla, está sentada al lado de la ventana y ha
puesto la pantalla para leer sin que me moleste la luz. ¿Por qué se quedará
aquí todo el tiempo? Tiene un pelo precioso, le brilla cuando mueve la cabeza.
Y es tan joven, pensar que hoy la confundí con mamá, es increíble. Vaya a saber
qué cosas le dije, se debe haber reído otra vez de mí. Pero me pasaba hielo por
la boca, eso me aliviaba tanto, ahora me acuerdo, me puso agua colonia en la
frente y en el pelo, y me sujetaba las manos para que no me arrancara el
vendaje. Ya no está enojada conmigo, a lo mejor mamá le pidió disculpas o algo
así, me miraba de otra manera cuando me dijo: “Cierre los ojos y duérmase”. Me
gusta que me mire así, parece mentira lo del primer día cuando me quitó los
caramelos. Me gustaría decirle que es tan linda, que no tengo nada contra ella,
al contrario, que me gusta que sea ella la que me cuida de noche y no la
enfermera chiquita. Me gustaría que me pusiera otra vez agua colonia en el
pelo. Me gustaría que con una sonrisa me pidiera perdón, que me dijera que la
puedo llamar Cora.
Se
quedó dormido un buen rato, a las ocho calculé que el doctor De Luisi no
tardaría y lo desperté para tomarle la temperatura. Tenía mejor cara y le había
hecho bien dormir. Apenas vio el termómetro sacó una mano fuera de las cobijas,
pero le dije que se estuviera quieto. No quería mirarlo en los ojos para que no
sufriera pero lo mismo se puso colorado y empezó a decir que él podía muy bien
solo. No le hice caso, claro, pero estaba tan tenso el pobre que no me quedó
más remedio que decirle: “Vamos, Pablo, ya sos un hombrecito, no te vas a poner
así cada vez, ¿verdad?”. Es lo de siempre, con esa debilidad no pudo contener
las lágrimas; haciéndome la que no me daba cuenta anoté la temperatura y me fui
a prepararle la inyección. Cuando volvió yo me había secado los ojos con la
sábana y tenía tanta rabia contra mí mismo que hubiera dado cualquier cosa por
poder hablar, decirle que no me importaba, que en realidad no me importaba pero
que no lo podía impedir. “Esto no duele nada”, me dijo con la jeringa en la mano.
“Es para que duermas bien toda la noche.” Me destapó y otra vez sentí que me
subía la sangre a la cara, pero ella se sonrió un poco y empezó a frotarme el
muslo con un algodón mojado. “No duele nada”, le dije porque algo tenía que
decirle, no podía ser que me quedara así mientras ella me estaba mirando. “Ya
ves”, me dijo sacando la aguja y frotándome con el algodón. “Ya ves que no
duele nada. Nada te tiene que doler, Pablito.” Me tapó y me pasó la mano por la
cara. Yo cerré los ojos y hubiera querido estar muerto, estar muerto y que ella
me pasara la mano por la cara, llorando.
Nunca
entendí mucho a Cora pero esta vez se fue a la otra banda. La verdad que no me
importa si no entiendo a las mujeres, lo único que vale la pena es que lo
quieran a uno. Si están nerviosas, si se hacen problema por cualquier macana,
bueno nena, ya está, deme un beso y se acabó. Se ve que todavía es tiernita, va
a pasar un buen rato antes de que aprenda a vivir en este oficio maldito, la
pobre apareció esta noche con una cara rara y me costó media hora hacerle
olvidar esas tonterías. Todavía no ha encontrado la manera de buscarle la
vuelta a algunos enfermos, ya le pasó con la vieja del veintidós pero yo creía
que desde entonces habría aprendido un poco, y ahora este pibe le vuelve a dar
dolores de cabeza. Estuvimos tomando mate en mi cuarto a eso de las dos de la
mañana, después fue a darle la inyección y cuando volvió estaba de mal humor,
no quería saber nada conmigo. Le queda bien esa carucha de enojada, de
tristona, de a poco se la fui cambiando, y al final se puso a reír y me contó,
a esa hora me gusta tanto desvestirla y sentir que tiembla un poco como si
tuviera frío. Debe ser muy tarde, Marcial. Ah, entonces puedo quedarme un rato
todavía, la otra inyección le toca a las cinco y media, la galleguita no llega
hasta las seis. Perdoname, Marcial, soy una boba, mirá que preocuparme tanto
por ese mocoso, al fin y al cabo lo tengo dominado pero de a ratos me da
lástima, a esa edad son tontos, tan orgullosos, si pudiera le pediría al doctor
Suárez que me cambiara, hay dos operados en el segundo piso, gente grande, uno
les pregunta tranquilamente si han ido de cuerpo, les alcanza la chata, los
limpia si hace falta, todo eso charlando del tiempo o de la política, es un ir
y venir de cosas naturales, cada uno está en lo suyo, Marcial, no como aquí,
comprendés. Sí, claro que hay que hacerse a todo, cuántas veces me van a tocar
chicos de esa edad, es una cuestión de técnica como decís vos. Sí, querido,
claro. Pero es que todo empezó mal por culpa de la madre, eso no se ha borrado,
sabés, desde el primer minuto hubo como un malentendido, y el chico tiene su
orgullo y le duele, sobre todo que al principio no se daba cuenta de todo lo
que iba a venir y quiso hacerse el grande, mirarme como si fueras vos, como un
hombre. Ahora ya ni le puedo preguntar si quiere hacer pis, lo malo es que
sería capaz de aguantarse toda la noche si yo me quedara en la pieza. Me da
risa cuando me acuerdo, quería decir que sí y no se animaba, entonces me
fastidió tanta tontería y lo obligué para que aprendiera a hacer pis sin
moverse, bien tendido de espaldas. Siempre cierra los ojos en esos momentos
pero es casi peor, está a punto de llorar o de insultarme, está entre las dos
cosas y no puede, es tan chico, Marcial, y esa buena señora que lo ha de haber
criado como un tilinguito, el nene de aquí y el nene de allí, mucho sombrero y
saco entallado pero en el fondo el bebé de siempre, el tesorito de mamá. Ah, y
justamente le vengo a tocar yo, el alto voltaje como decís vos, cuando hubiera
estado tan bien con María Luisa que es idéntica a su tía y que lo hubiera
limpiado por todos lados sin que se le subieran los colores a la cara. No, la
verdad, no tengo suerte, Marcial.
Estaba
soñando con la clase de francés cuando encendió la luz del velador, lo primero
que le veo es siempre el pelo, será porque se tiene que agachar para las
inyecciones o lo que sea, el pelo cerca de mi cara, una vez me hizo cosquillas
en la boca y huele tan bien, y siempre se sonríe un poco cuando me está
frotando con el algodón, me frotó un rato largo antes de pincharme y yo le
miraba la mano tan segura que iba apretando de a poco la jeringa, el líquido
amarillo que entraba despacio, haciéndome doler. “No, no me duele nada.” Nunca
le podré decir: “No me duele nada, Cora”. Y no le voy a decir señorita Cora, no
se lo voy a decir nunca. Le hablaré lo menos que pueda y no la pienso llamar
señorita Cora aunque me lo pida de rodillas. No, no me duele nada. No, gracias,
me siento bien, voy a seguir durmiendo. Gracias.
Por
suerte ya tiene de nuevo sus colores pero todavía está muy decaído, apenas si
pudo darme un beso, y a tía Esther casi no la miró y eso que le había traído
las revistas y una corbata preciosa para el día en que lo llevemos a casa. La
enfermera de la mañana es un amor de mujer, tan humilde, con ella sí da gusto
hablar, dice que el nene durmió hasta las ocho y que bebió un poco de leche,
parece que ahora van a empezar a alimentarlo, tengo que decirle al doctor
Suárez que el cacao le hace mal, o a lo mejor su padre ya se lo dijo porque
estuvieron hablando un rato. Si quiere salir un momento, señora, vamos a ver
cómo anda este hombre. Usted quédese, señor Morán, es que a la mamá le puede
hacer impresión tanto vendaje. Vamos a ver un poco, compañero. ¿Ahí duele?
Claro, es natural. Y ahí, decime si ahí te duele o solamente está sensible.
Bueno, vamos muy bien, amiguito. Y así cinco minutos, si me duele aquí, si
estoy sensible mas acá, y el viejo mirándome la barriga como si me la viera por
primera vez. Es raro pero no me siento tranquilo hasta que se van, pobres
viejos tan afligidos pero qué le voy a hacer, me molestan, dicen siempre lo que
no hay que decir, sobre todo mamá, y menos mal que la enfermera chiquita parece
sorda y le aguanta todo con esa cara de esperar propina que tiene la pobre.
Mirá que venir a jorobar con lo del cacao, ni que yo fuese un niño de pecho. Me
dan unas ganas de dormir cinco días seguidos sin ver a nadie, sobre todo sin
ver a Cora, y despertarme justo cuando me vengan a buscar para ir a casa. A lo
mejor habrá que esperar unos días más, señor Morán, ya sabrá por De Luisi que
la operación fue más complicada de lo previsto, a veces hay pequeñas sorpresas.
Claro que con la constitución de ese chico yo creo que no habrá problema, pero
mejor dígale a su señora que no va a ser cosa de una semana como se pensó al
principio. Ah, claro, bueno, de eso usted hablará con el administrador, son
cosas internas. Ahora vos fijate si no es mala suerte, Marcial, anoche te lo
anuncié, esto va a durar mucho más de lo que pensábamos. Sí, ya sé que no
importa pero podrías ser un poco más comprensivo, sabés muy bien que no me hace
feliz atender a ese chico, y a él todavía menos, pobrecito. No me mirés así,
por qué no le voy a tener lástima. No me mirés así.
Nadie
me prohibió que leyera pero se me caen las revistas de la mano, y eso que tengo
dos episodios por terminar y todo lo que me trajo tía Esther. Me arde la cara,
debo de tener fiebre o es que hace mucho calor en esta pieza, le voy a pedir a
Cora que entorne un poco la ventana o que me saque una frazada. Quisiera
dormir, es lo que más me gustaría, que ella estuviese allí sentada leyendo una
revista y yo durmiendo sin verla, sin saber que está allí, pero ahora no se va
a quedar más de noche, ya pasó lo peor y me dejarán solo. De tres a cuatro creo
que dormí un rato, a las cinco justas vino con un remedio nuevo, unas gotas muy
amargas. Siempre parece que se acaba de bañar y cambiar, está tan fresca y
huele a talco perfumado, a lavanda. “Este remedio es muy feo, ya sé”, me dijo,
y se sonreía para animarme. “No, es un poco amargo, nada más”, le dije. “¿Cómo
pasaste el día?”, me preguntó, sacudiendo el termómetro. Le dije que bien, que
durmiendo, que el doctor Suárez me había encontrado mejor, que no me dolía mucho.
“Bueno, entonces podés trabajar un poco”, me dijo dándome el termómetro. Yo no
supe qué contestarle y ella se fue a cerrar las persianas y arregló los frascos
en la mesita mientras yo me tomaba la temperatura. Hasta tuve tiempo de echarle
un vistazo al termómetro antes de que viniera a buscarlo. “Pero tengo muchísima
fiebre”, me dijo como asustado. Era fatal, siempre seré la misma estúpida, por
evitarle el mal momento le doy el termómetro y naturalmente el muy chiquilín no
pierde tiempo en enterarse de que está volando de fiebre. “Siempre es así los
primeros cuatro días, y además nadie te mandó que miraras”, le dije, más
furiosa contra mí que contra él. Le pregunté si había movido el vientre y me
dijo que no. Le sudaba la cara, se la sequé y le puse un poco de agua colonia;
había cerrado los ojos antes de contestarme y no los abrió mientras yo lo
peinaba un poco para que no le molestara el pelo en la frente. Treinta y nueve
y nueve era mucha fiebre, realmente. “Tratá de dormir un rato”, le dije, calculando
a qué hora podría avisarle al doctor Suárez. Sin abrir los ojos hizo un gesto
como de fastidio, y articulando cada palabra me dijo: “Usted es mala conmigo,
Cora”. No atiné a contestarle nada, me quedé a su lado hasta que abrió los ojos
y me miró con toda su fiebre y toda su tristeza. Casi sin darme cuenta estiré
la mano y quise hacerle una caricia en la frente, pero me rechazó de un manotón
y algo debió tironearle en la herida porque se crispó de dolor. Antes de que
pudiera reaccionar me dijo en voz muy baja: “Usted no sería así conmigo si me
hubiera conocido en otra parte”. Estuve al borde de soltar una carcajada, pero
era tan ridículo que me dijera eso mientras se le llenaban los ojos de lágrimas
que me pasó lo de siempre, me dio rabia y casi miedo, me sentí de golpe como
desamparada delante de ese chiquilín pretencioso. Conseguí dominarme (eso se lo
debo a Marcial, me ha enseñado a controlarme y cada vez lo hago mejor), y me
enderecé como si no hubiera sucedido nada, puse la toalla en la percha y tapé el
frasco de agua colonia. En fin, ahora sabíamos a qué atenernos, en el fondo era
mucho mejor así. Enfermera, enfermo, y pare de contar. Que el agua colonia se
la pusiera la madre, yo tenía otras cosas que hacerle y se las haría sin más
contemplaciones. No sé por qué me quedé más de lo necesario. Marcial me dijo
cuando se lo conté que había querido darle la oportunidad de disculparse, de
pedir perdón. No sé, a lo mejor fue eso o algo distinto, a lo mejor me quedé
para que siguiera insultándome, para ver hasta dónde era capaz de llegar. Pero
seguía con los ojos cerrados y el sudor le empapaba la frente y las mejillas,
era como si me hubieran metido en agua hirviendo, veía manchas violeta y rojas
cuando apretaba los ojos para no mirarla sabiendo que todavía estaba allí, y
hubiera dado cualquier cosa para que se agachara y volviera a secarme la frente
como si yo no le hubiera dicho eso, pero ya era imposible, se iba a ir sin
hacer nada, sin decirme nada, y yo abriría los ojos y encontraría la noche, el
velador, la pieza vacía, un poco de perfume todavía, y me repetiría diez veces,
cien veces, que había hecho bien en decirle lo que le había dicho, para que
aprendiera, para que no me tratara como a un chico, para que me dejara en paz,
para que no se fuera.
Empiezan
siempre a la misma hora, entre seis y siete de la mañana, debe ser una pareja
que anida en las cornisas del patio, un palomo que arrulla y la paloma que le
contesta, al rato se cansan, se lo dije a la enfermera chiquita que viene a
lavarme y a darme el desayuno, se encogió de hombros y dijo que ya otros
enfermos se habían quejado de las palomas pero que el director no quería que
las echaran. Ya ni sé cuánto hace que las oigo, las primeras mañanas estaba
demasiado dormido o dolorido para fijarme, pero desde hace tres días escucho a
las palomas y me entristecen, quisiera estar en casa oyendo ladrar a Milord,
oyendo a la tía Esther que a esta hora se levanta para ir a misa. Maldita
fiebre que no quiere bajar, me van a tener aquí hasta quién sabe cuándo, se lo
voy a preguntar al doctor Suárez esta misma mañana, al fin y al cabo podría
estar lo más bien en casa. Mire, señor Morán, quiero ser franco con usted, el
cuadro no es nada sencillo. No, señorita Cora, prefiero que usted siga
atendiendo a ese enfermo, y le voy a decir por qué. Pero entonces, Marcial...
Vení, te voy a hacer un café bien fuerte, mirá que sos potrilla todavía, parece
mentira. Escuchá, vieja, he estado hablando discretamente con el doctor Suárez,
y parece que el pibe...
Por
suerte después se callan, a lo mejor se van volando por ahí, por toda la
ciudad, tienen suerte las palomas. Qué mañana interminable, me alegré cuando se
fueron los viejos, ahora les da por venir más seguido desde que tengo tanta
fiebre. Bueno, si me tengo que quedar cuatro o cinco días más aquí, qué
importa. En casa sería mejor, claro, pero lo mismo tendría fiebre y me sentiría
tan mal de a ratos. Pensar que no puedo ni mirar una revista, es una debilidad
como si no me quedara sangre. Pero todo es por la fiebre, me lo dijo anoche el
doctor De Luisi y el doctor Suárez me lo repitió esta mañana, ellos saben.
Duermo mucho pero lo mismo es como si no pasara el tiempo, siempre es antes de
las tres como si a mí me importaran las tres o las cinco, al contrario, a las
tres se va la enfermera chiquita y es una lástima porque con ella estoy tan
bien. Si me pudiera dormir de un tirón hasta la medianoche sería mucho mejor.
Pablo, soy yo, la señorita Cora. Tu enfermera de la noche que te hace doler con
las inyecciones. Ya sé que no te duele, tonto, es una broma. Seguí durmiendo si
querés, ya está. Me dijo: “Gracias”, sin abrir los ojos, pero hubiera podido
abrirlos, sé que con la galleguita estuvo charlando a mediodía aunque le han
prohibido que hable mucho. Antes de salir me di vuelta de golpe y me estaba
mirando, sentí que todo el tiempo me había estado mirando de espaldas. Volví y
me senté al lado de la cama, le tomé el pulso, le arreglé las sábanas que
arrugaba con sus manos de fiebre. Me miraba el pelo, después bajaba la vista y
evitaba mis ojos. Fui a buscar lo necesario para prepararlo y me dejó hacer sin
una palabra, con los ojos fijos en la ventana, ignorándome. Vendrían a buscarlo
a las cinco y medía en punto, todavía le quedaba un rato para dormir, los padres
esperaban en la planta baja porque le hubiera hecho impresión verlos a esa
hora. El doctor Suárez iba a venir un rato antes para explicarle que tenían que
completar la operación, cualquier cosa que no lo inquietara demasiado. Pero en
cambio mandaron a Marcial, me tomó de sorpresa verlo entrar así pero me hizo
una seña para que no me moviera y se quedó a los pies de la cama leyendo la
hoja de temperatura hasta que Pablo se acostumbrara a su presencia. Le empezó a
hablar un poco en broma, armó la conversación como él sabe hacerlo, el frío en
la calle, lo bien que se estaba en ese cuarto, y él lo miraba sin decir nada,
como esperando, mientras yo me sentía tan rara, hubiera querido que Marcial se
fuera y me dejara sola con él, yo hubiera podido decírselo mejor que nadie,
aunque quizá no, probablemente no. Pero si ya lo sé, doctor, me van a operar de
nuevo, usted es el que me dio la anestesia la otra vez, y bueno, mejor eso que
seguir en esta cama y con esta fiebre. Yo sabía que al final tendrían que hacer
algo, por qué me duele tanto desde ayer, un dolor diferente, desde más adentro.
Y usted, ahí sentada, no ponga esa cara, no se sonría como si me viniera a
invitar al cine. Váyase con él y béselo en el pasillo, tan dormido no estaba la
otra tarde cuando usted se enojó con él porque la había besado aquí. Váyanse
los dos, déjenme dormir, durmiendo no me duele tanto.
Y
bueno, pibe, ahora vamos a liquidar este asunto de una vez por todas, hasta
cuándo nos vas a estar ocupando una cama, che. Contá despacito, uno, dos, tres.
Así va bien, vos seguí contando y dentro de una semana estás comiendo un bife
jugoso en casa. Un cuarto de hora a gatas, nena, y vuelta a coser. Había que
verle la cara a De Luisi, uno no se acostumbra nunca del todo a estas cosas.
Mirá, aproveché para pedirle a Suárez que te relevaran como vos querías, le
dije que estás muy cansada con un caso tan grave; a lo mejor te pasan al
segundo piso si vos también le hablás. Está bien, hacé como quieras, tanto
quejarte la otra noche y ahora te sale la samaritana. No te enojés conmigo, lo
hice por vos. Sí, claro que lo hizo por mí pero perdió el tiempo, me voy a
quedar con él esta noche y todas las noches. Empezó a despertarse a las ocho y
media, los padres se fueron en seguida porque era mejor que no los viera con la
cara que tenían los pobres, y cuando llegó el doctor Suárez me preguntó en voz
baja si quería que me relevara María Luisa, pero le hice una seña de que me
quedaba y se fue. María Luisa me acompañó un rato porque tuvimos que sujetarlo
y calmarlo, después se tranquilizó de golpe y casi no tuvo vómitos; está tan
débil que se volvió a dormir sin quejarse mucho hasta las diez. Son las
palomas, vas a ver, mamá, ya están arrullando como todas las mañanas, no sé por
qué no las echan, que se vuelen a otro árbol. Dame la mano, mamá, tengo tanto
frío. Ah, entonces estuve soñando, me parecía que ya era de mañana y que
estaban las palomas. Perdóneme, la confundí con mamá. Otra vez desviaba la
mirada, se volvía a su encono, otra vez me echaba a mí toda la culpa. Lo atendí
como si no me diera cuenta de que seguía enojado, me senté junto a él y le mojé
los labios con hielo. Cuando me miró, después que le puse agua colonia en las
manos y la frente, me acerqué más y le sonreí. “Llamame Cora”, le dije. “Yo sé
que no nos entendimos al principio, pero vamos a ser tan buenos amigos, Pablo.”
Me miraba callado. “Decime: Sí, Cora.” Me miraba, siempre. “Señorita Cora”,
dijo después, y cerró los ojos. “No, Pablo, no”, le pedí, besándolo en la
mejilla, muy cerca de la boca. “Yo voy a ser Cora para vos, solamente para
vos.” Tuve que echarme atrás, pero lo mismo me salpicó la cara. Lo sequé, le
sostuve la cabeza para que se enjuagara la boca, lo volví a besar hablándole al
oído. “Discúlpeme”, dijo con un hilo de voz, “no lo pude contener”. Le dije que
no fuera tonto, que para eso estaba yo cuidándolo, que vomitara todo lo que
quisiera para aliviarse. “Me gustaría que viniera mamá”, me dijo, mirando a
otro lado con los ojos vacíos. Todavía le acaricié un poco el pelo, le arreglé
las frazadas esperando que me dijera algo, pero estaba muy lejos y sentí que lo
hacía sufrir todavía más si me quedaba. En la puerta me volví y esperé; tenía
los ojos muy abiertos, fijos en el cielo raso. “Pablito”, le dije. “Por favor,
Pablito. Por favor, querido.” Volví hasta la cama, me agaché para besarlo; olía
a frío, detrás del agua colonia estaba el vómito, la anestesia. Si me quedo un
segundo más me pongo a llorar delante de él, por él. Lo besé otra vez y salí
corriendo, bajé a buscar a la madre y a María Luisa; no quería volver mientras
la madre estuviera allí, por lo menos esa noche no quería volver y después
sabía demasiado bien que no tendría ninguna necesidad de volver a ese cuarto,
que Marcial y María Luisa se ocuparían de todo hasta que el cuarto quedara otra
vez libre.
La
primera vez que vio la isla, Marini estaba cortésmente inclinado sobre los
asientos de la izquierda, ajustando la mesa de plástico antes de instalar la
bandeja del almuerzo. La pasajera lo había mirado varias veces mientras él iba
y venía con revistas o vasos de whisky; Marini se demoraba ajustando la mesa
preguntándose aburridamente si valdría la pena responder a la mirada insistente
de la pasajera, una americana de las muchas, cuando en el óvalo azul de la
ventanilla entró el litoral de la isla, la franja dorada de la playa, las
colinas que subían hacia la meseta desolada. Corrigiendo la posición defectuosa
del vaso de cerveza, Marini sonrió a la pasajera. “Las islas griegas”, dijo.
“Oh, yes, Greece”, repuso la americana con un falso interés.
Sonaba
brevemente un timbre y el steward se enderezó sin que la sonrisa profesional se
borrara de su boca de labios finos. Empezó a ocuparse de un matrimonio sirio
que quería jugo de tomate, pero en la cola del avión se concedió unos segundos
para mirar otra vez hacia abajo; la isla era pequeña y solitaria, y el Egeo la
rodeaba con un intenso azul que exaltaba la orla de un blanco deslumbrante y
como petrificado, que allá abajo sería espuma rompiendo en los arrecifes y las
caletas. Marini vio que las playas desiertas corrían hacia el norte y el oeste,
lo demás era la montaña entrando a pique en el mar. Una isla rocosa y desierta,
aunque la mancha plomiza cerca de la playa del norte podía ser una casa, quizá
un grupo de casas primitivas. Empezó a abrir la lata de jugo, y al enderezarse
la isla se borró de la ventanilla; no quedó más que el mar, un verde horizonte
interminable. Miró su reloj pulsera sin saber por qué; era exactamente
mediodía.
A
Marini le gustó que lo hubieran destinado a la línea Roma-Teherán, porque el
paisaje era menos lúgubre que en las líneas del norte y las muchachas parecían
siempre felices de ir a Oriente o de conocer Italia. Cuatro días después,
mientras ayudaba a un niño que había perdido la cuchara y mostraba desconsolado
el plato del postre, descubrió otra vez el borde de la isla. Había una
diferencia de ocho minutos pero cuando se inclinó sobre una ventanilla de la
cola no le quedaron dudas; la isla tenía una forma inconfundible, como una
tortuga que sacara apenas las patas del agua. La miró hasta que lo llamaron,
esta vez con la seguridad de que la mancha plomiza era un grupo de casas;
alcanzó a distinguir el dibujo de unos pocos campos cultivados que llegaban
hasta la playa. Durante la escala de Beirut miró el atlas de la stewardess, y
se preguntó si la isla no sería Horos. El radiotelegrafista, un francés
indiferente, se sorprendió de su interés. “Todas esas islas se parecen, hace
dos años que hago la línea y me importan muy poco. Sí, muéstremela la próxima
vez.” No era Horos sino Xiros, una de las muchas islas al margen de los
circuitos turísticos. “No durará ni cinco años”, le dijo la stewardess mientras bebían una copa en Roma. “Apúrate si
piensas ir, las hordas estarán allí en cualquier momento, Gengis Cook vela.”
Pero Marini siguió pensando en la isla, mirándola cuando se acordaba o había
una ventanilla cerca, casi siempre encogiéndose de hombros al final. Nada de
eso tenía sentido, volar tres veces por semana a mediodía sobre Xiros era tan
irreal como soñar tres veces por semana que volaba a mediodía sobre Xiros. Todo
estaba falseado en la visión inútil y recurrente; salvo, quizá, el deseo de
repetirla, la consulta al reloj pulsera antes de mediodía, el breve, punzante
contacto con la deslumbradora franja blanca al borde de un azul casi negro, y
las casas donde los pescadores alzarían apenas los ojos para seguir el paso de
esa otra irrealidad.
Ocho
o nueve semanas después, cuando le propusieron la línea de Nueva York con todas
sus ventajas, Marini se dijo que era la oportunidad de acabar con esa manía
inocente y fastidiosa. Tenía en el bolsillo el libro donde un vago geógrafo de
nombre levantino daba sobre Xiros más detalles que los habituales en las guías.
Contestó negativamente, oyéndose como desde lejos, y después de sortear la
sorpresa escandalizada de un jefe y dos secretarias se fue a comer a la cantina
de la compañía donde lo esperaba Carla. La desconcertada decepción de Carla no
lo inquietó; la costa sur de Xiros era inhabitable pero hacia el oeste quedaban
huellas de una colonia lidia o quizá cretomicénica, y el profesor Goldmann
había encontrado dos piedras talladas con jeroglíficos que los pescadores
empleaban como pilotes del pequeño muelle. A Carla le dolía la cabeza y se
marchó casi enseguida; los pulpos eran el recurso principal del puñado de
habitantes, cada cinco días llegaba un barco para cargar la pesca y dejar
algunas provisiones y géneros. En la agencia de viajes le dijeron que habría
que fletar un barco especial desde Rynos, o quizá se pudiera viajar en la falúa
que recogía los pulpos, pero esto último sólo lo sabría Marini en Rynos donde
la agencia no tenía corresponsal. De todas maneras la idea de pasar unos días
en la isla no era más que un plan para las vacaciones de junio; en las semanas
que siguieron hubo que reemplazar a White en la línea de Túnez, y después
empezó una huelga y Carla se volvió a casa de sus hermanas en Palermo. Marini
fue a vivir a un hotel cerca de Piazza Navona, donde había librerías de viejo;
se entretenía sin muchas ganas en buscar libros sobre Grecia, hojeaba de a
ratos un manual de conversación. Le hizo gracia la palabra kalimera y la ensayó
en un cabaret con una chica pelirroja, se acostó con ella, supo de su abuelo en
Odos y de unos dolores de garganta inexplicables. En Roma empezó a llover, en
Beirut lo esperaba siempre Tania, había otras historias, siempre parientes o
dolores; un día fue otra vez a la línea de Teherán, la isla a mediodía. Marini
se quedó tanto tiempo pegado a la ventanilla que la nueva stewardess lo trató
de mal compañero y le hizo la cuenta de las bandejas que llevaba servidas. Esa
noche Marini invitó a la stewardess a comer en el Firouz y no le costó que le
perdonaran la distracción de la mañana. Lucía le aconsejó que se hiciera cortar
el pelo a la americana; él le habló un rato de Xiros, pero después comprendió
que ella prefería el vodka-lime del Hilton. El tiempo se iba en cosas así, en
infinitas bandejas de comida, cada una con la sonrisa a la que tenía derecho el
pasajero. En los viajes de vuelta el avión sobrevolaba Xiros a las ocho de la
mañana; el sol daba contra las ventanillas de babor y dejaba apenas entrever la
tortuga dorada; Marini prefería esperar los mediodías del vuelo de ida,
sabiendo que entonces podía quedarse un largo minuto contra la ventanilla
mientras Lucía (y después Felisa) se ocupaba un poco irónicamente del trabajo.
Una vez sacó una foto de Xiros pero le salió borrosa; ya sabía algunas cosas de
la isla, había subrayado las raras menciones en un par de libros. Felisa le
contó que los pilotos lo llamaban el loco de la isla, y no le molestó. Carla
acababa de escribirle que había decidido no tener el niño, y Marini le envió
dos sueldos y pensó que el resto no le alanzaría para las vacaciones. Carla
aceptó el dinero y le hizo saber por una amiga que probablemente se casaría con
el dentista de Treviso. Todo tenía tan poca importancia a mediodía, los lunes y
los jueves y los sábados (dos veces por mes, el domingo).
Con
el tiempo fue dándose cuenta de que Felisa era la única que lo comprendía un
poco; había un acuerdo tácito para que ella se ocupara del pasaje a mediodía,
apenas él se instalaba junto a la ventanilla de la cola. La isla era visible
unos pocos minutos, pero el aire estaba siempre tan limpio y el mar la
recortaba con una crueldad tan minuciosa que los más pequeños detalles se iban
ajustando implacables al recuerdo del pasaje anterior: la mancha verde del
promontorio del norte, las casas plomizas, las redes secándose en la arena.
Cuando faltaban las redes Marini lo sentía como un empobrecimiento, casi un
insulto. Pensó en filmar el paso de la isla, para repetir la imagen en el
hotel, pero prefirió ahorrar el dinero de la cámara ya que apenas le faltaba un
mes para las vacaciones. No llevaba demasiado la cuenta de los días; a veces
era Tania en Beirut, a veces Felisa en Teherán, casi siempre su hermano menor
en Roma, todo un poco borroso, amablemente fácil y cordial y como reemplazando
otra cosa, llenando las horas antes o después del vuelo, y en el vuelo todo era
también borroso y fácil y estúpido hasta la hora de ir a inclinarse sobre la
ventanilla de la cola, sentir el frío cristal como un límite del acuario donde
lentamente se movía la tortuga dorada en el espeso azul.
Ese
día las redes se dibujaban precisas en la arena, y Marini hubiera jurado que el
punto negro a la izquierda, al borde del mar, era un pescador que debía estar
mirando el avión. “Kalimera”, pensó absurdamente. Ya no tenía sentido esperar
más, Mario Merolis le prestaría el dinero que le faltaba para el viaje, en
menos de tres días estaría en Xiros. Con los labios pegados al vidrio, sonrió
pensando que treparía hasta la mancha verde, que entraría desnudo en el mar de
las caletas del norte, que pescaría pulpos con los hombres, entendiéndose por
señas y por risas. Nada era difícil una vez decidido, un tren nocturno, un
primer barco, otro barco viejo y sucio, la escala en Rynos, la negociación
interminable con el capitán de la falúa, la noche en el puente, pegado a las
estrellas, el sabor del anís y del carnero, el amanecer entre las islas.
Desembarcó con las primeras luces, y el capitán lo presentó a un viejo que
debía ser el patriarca. Klaios le tomó la mano izquierda y habló lentamente,
mirándolo en los ojos. Vinieron dos muchachos y Marini entendió que eran los
hijos de Klaios. El capitán de la falúa agotaba su inglés: veinte habitantes,
pulpos, pesca, cinco casas, italiano visitante pagaría alojamiento Klaios.
Los
muchachos rieron cuando Klaios discutió dracmas; también Marini, ya amigo de
los más jóvenes, mirando salir el sol sobre un mar menos oscuro que desde el
aire, una habitación pobre y limpia, un jarro de agua, olor a salvia y a piel
curtida.
Lo
dejaron solo para irse a cargar la falúa, y después de quitarse a manotazos la
ropa de viaje y ponerse un pantalón de baño y unas sandalias, echó a andar por
la isla. Aún no se veía a nadie, el sol cobraba lentamente impulso y de los
matorrales crecía un olor sutil, un poco ácido mezclado con el yodo del viento.
Debían ser las diez cuando llegó al promontorio del norte y reconoció la mayor
de las caletas. Prefería estar solo aunque le hubiera gustado más bañarse en la
playa de arena; la isla lo invadía y lo gozaba con una tal intimidad que no era
capaz de pensar o de elegir. La piel le quemaba de sol y de viento cuando se
desnudó para tirarse al mar desde una roca; el agua estaba fría y le hizo bien;
se dejó llevar por corrientes insidiosas hasta la entrada de una gruta, volvió
mar afuera, se abandonó de espaldas, lo aceptó todo en un solo acto de
conciliación que era también un nombre para el futuro. Supo sin la menor duda
que no se iría de la isla, que de alguna manera iba a quedarse para siempre en la
isla. Alcanzó a imaginar a su hermano, a Felisa, sus caras cuando supieran que
se había quedado a vivir de la pesca en un peñón solitario. Ya los había
olvidado cuando giro sobre sí mismo para nadar hacia la orilla.
El
sol lo secó enseguida, bajó hacia las casas donde dos mujeres lo miraron
asombradas antes de correr a encerrarse. Hizo un saludo en el vacío y bajó
hacia las redes. Uno de los hijos de Klaios lo esperaba en la playa, y Marini
le señaló el mar, invitándolo. El muchacho vaciló, mostrando sus pantalones de
tela y su camisa roja. Después fue corriendo hacia una de las casas, y volvió
casi desnudo; se tiraron juntos a un mar ya tibio, deslumbrante bajo el sol de
las once.
Secándose
en la arena, Ionas empezó a nombrar las cosas. “Kalimera”, dijo Marini, y el
muchacho rió hasta doblarse en dos. Después Marini repitió las frases nuevas,
enseñó palabras italianas a Ionas. Casi en el horizonte, la falúa se iba
empequeñeciendo; Marini sintió que ahora estaba realmente solo en la isla con
Klaios y los suyos. Dejaría pasar unos días, pagaría su habitación y aprendería
a pescar; alguna tarde, cuando ya lo conocieran bien, les hablaría de quedarse
y de trabajar con ellos. Levantándose, tendió la mano a Ionas y echó a andar
lentamente hacia la colina. La cuesta era escarpada y trepó saboreando cada
alto, volviéndose una y otra vez para mirar las redes en la playa, las siluetas
de las mujeres que hablaban animadamente con Ionas y con Klaios y lo miraban de
reojo, riendo. Cuando llegó a la mancha verde entró en un mundo donde el olor
del tomillo y de la salvia era una misma materia con el fuego del sol y la
brisa del mar. Marini miró su reloj pulsera y después, con un gesto de impaciencia,
lo arrancó de la muñeca y lo guardó en el bolsillo del pantalón de baño. No
sería fácil matar al hombre viejo, pero allí en lo alto, tenso de sol y de
espacio sintió que la empresa era posible. Estaba en Xiros, estaba allí donde
tantas veces había dudado que pudiera llegar alguna vez. Se dejó caer de
espaldas entre las piedras calientes, resistió sus aristas y sus lomos
encendidos, y miró verticalmente el cielo; lejanamente le llegó el zumbido de
un motor.
Cerrando
los ojos se dijo que no miraría el avión, que no se dejaría contaminar por lo
peor de sí mismo, que una vez más iba a pasar sobre la isla. Pero en la
penumbra de los párpados imaginó a Felisa con las bandejas, en ese mismo
instante distribuyendo las bandejas, y su reemplazante, tal vez Giorgio o
alguno nuevo de otra línea, alguien que también estaría sonriendo mientras
alcanzaba las botellas de vino o el café. Incapaz de luchar contra tanto pasado
abrió los ojos y se enderezó, y en el mismo momento vio el ala derecha del
avión, casi sobre su cabeza, inclinándose inexplicablemente, el cambio de
sonido de las turbinas, la caída casi vertical sobre el mar. Bajó a toda
carrera por la colina, golpeándose en las rocas y desgarrándose un brazo entre
las espinas. La isla le ocultaba el lugar de la caída, pero torció antes de
llegar a la playa y por un atajo previsible franqueó la primera estribación de
la colina y salió a la playa más pequeña. La cola del avión se hundía a unos
cien metros, en un silencio total. Marini tomó impulso y se lanzó al agua,
esperando todavía que el avión volviera a flotar; pero no se veía más que la
blanda línea de las olas, una caja de cartón oscilando absurdamente cerca del
lugar de la caída, y casi al final, cuando ya no tenía sentido seguir nadando,
una mano fuera del agua, apenas un instante, el tiempo para que Marini cambiara
de rumbo y se zambullera hasta atrapar por el pelo al hombre que luchó por
aferrarse a él y tragó roncamente el aire que Marini le dejaba respirar sin acercarse
demasiado. Remolcándolo poco a poco lo trajo hasta la orilla, tomó en brazos el
cuerpo vestido de blanco, y tendiéndolo en la arena miró la cara llena de
espuma donde la muerte estaba ya instalada, sangrando por una enorme herida en
la garganta. De qué podía servir la respiración artificial si con cada
convulsión la herida parecía abrirse un poco más y era como una boca repugnante
que llamaba a Marini, lo arrancaba a su pequeña felicidad de tan pocas horas en
la isla, le gritaba entre borbotones algo que él ya no era capaz de oír. A toda
carrera venían los hijos de Klaios y más atrás las mujeres. Cuando llegó
Klaios, los muchachos rodeaban el cuerpo tendido en la arena, sin comprender
cómo había tenido fuerzas para nadar a la orilla y arrastrarse desangrándose
hasta ahí. “Ciérrale los ojos”, pidió llorando una de las mujeres. Klaios miró
hacia el mar, buscando algún otro sobreviviente. Pero como siempre estaban
solos en la isla, y el cadáver de ojos abiertos era lo único nuevo entre ellos
y el mar.
INSTRUCCIONES PARA JOHN
HOWELL
A
Peter Brook
Pensándolo
después –en la calle, en un tren, cruzando campos– todo eso hubiera parecido
absurdo, pero un teatro no es más que un pacto con el absurdo, su ejercicio
eficaz y lujoso. A Rice, que se aburría en un Londres otoñal de fin de semana y
que había entrado al Aldwych sin mirar demasiado el programa, el primer acto de
la pieza le pareció sobre todo mediocre; el absurdo empezó en el intervalo
cuando el hombre de gris se acercó a su butaca y lo invitó cortésmente, con una
voz casi inaudible, a que lo acompañara entre bastidores. Sin demasiada
sorpresa pensó que la dirección del teatro debía estar haciendo una encuesta,
alguna vaga investigación con fines publicitarios. “Si se trata de una
opinión”, dijo Rice, “el primer acto me parece flojo, y la iluminación, por
ejemplo...”. El hombre de gris asintió amablemente pero su mano seguía
indicando una salida lateral, y Rice entendió que debía levantarse y
acompañarlo sin hacerse rogar. “Hubiera preferido una taza de té”, pensó
mientras bajaba unos peldaños que daban a un pasillo lateral y se dejaba
conducir entre distraído y molesto. Casi de golpe se encontró frente a un
bastidor que representaba una biblioteca burguesa; dos hombres que parecían
aburrirse lo saludaron como si su visita hubiera estado prevista e incluso
descontada. “Desde luego usted se presta admirablemente”, dijo el más alto de
los dos. El otro hombre inclinó la cabeza, con un aire de mudo. “No tenemos
mucho tiempo”, dijo el hombre alto, “pero trataré de explicarle su papel en dos
palabras”. Hablaba mecánicamente, casi como si prescindiera de la presencia
real de Rice y se limitara a cumplir una monótona consigna. “No entiendo”, dijo
Rice dando un paso atrás. “Casi es mejor”, dijo el hombre alto. “En estos casos
el análisis es más bien una desventaja; verá que apenas se acostumbre a los
reflectores empezará a divertirse. Usted ya conoce el primer acto; ya sé, no le
gustó. A nadie le gusta. Es a partir de ahora que la pieza puede ponerse mejor.
Depende, claro.” “Ojalá mejore”, dijo Rice que creía haber entendido mal, “pero
en todo caso ya es tiempo de que me vuelva a la sala”. Como había dado otro
paso atrás no lo sorprendió demasiado la blanda resistencia del hombre de gris,
que murmuraba una excusa sin apartarse. “Parecería que no nos entendemos”, dijo
el hombre alto, “y es una lástima porque faltan apenas cuatro minutos para el
segundo acto. Le ruego que me escuche atentamente. Usted es Howell, el marido
de Eva. Ya ha visto que Eva engaña a Howell con Michael, y que probablemente
Howell se ha dado cuenta aunque prefiere callar por razones que no están
todavía claras. No se mueva por favor, es simplemente una peluca”. Pero la
admonición parecía casi inútil porque el hombre de gris y el hombre mudo lo
habían tomado de los brazos, y una muchacha alta y flaca que había aparecido
bruscamente le estaba calzando algo tibio en la cabeza. “Ustedes no querrán que
yo me ponga a gritar y arme un escándalo en el teatro”, dijo Rice tratando de
dominar el temblor de su voz. El hombre alto se encogió de hombros. “Usted no
haría eso”, dijo cansadamente. “Sería tan poco elegante... No, estoy seguro de
que no haría eso. Además la peluca le queda perfectamente, usted tiene tipo de
pelirrojo.” Sabiendo que no debía decir eso, Rice dijo: “Pero yo no soy un
actor”. Todos, hasta la muchacha, sonrieron alentándolo. “Precisamente”, dijo
el hombre alto. “Usted se da muy bien cuenta de la diferencia. Usted no es un
actor, usted es Howell. Cuando salga a escena, Eva estará en el salón
escribiendo una carta a Michael. Usted fingirá no darse cuenta de que ella
esconde el papel y disimula su turbación. A partir de ese momento haga lo que
quiera. Los anteojos, Ruth.” “¿Lo que quiera?”, dijo Rice, tratando sordamente
de liberar sus brazos, mientras Ruth le ajustaba unos anteojos con montura de
carey. “Sí, de eso se trata”, dijo desganadamente el hombre alto, y Rice tuvo
como una sospecha de que estaba harto de repetir las mismas cosas cada noche.
Se oía la campanilla llamando al público, y Rice alcanzó a distinguir los
movimientos de los tramoyistas en el escenario, unos cambios de luces; Ruth
había desaparecido de golpe. Lo invadió una indignación más amarga que
violenta, que de alguna manera parecía fuera de lugar. “Esto es una farsa
estúpida”, dijo tratando de zafarse, “y les prevengo que...”. “Lo lamento”,
murmuró el hombre alto. “Francamente hubiera pensado otra cosa de usted. Pero
ya que lo toma así...” No era exactamente una amenaza, aunque los tres hombres
lo rodeaban de una manera que exigía la obediencia o la lucha abierta: a Rice
le pareció que una cosa hubiera sido tan absurda o quizá tan falsa como la
otra. “Howell entra ahora”, dijo el hombre alto, mostrando el estrecho pasaje
entre los bastidores. “Una vez allí haga lo que quiera, pero nosotros
lamentaríamos que...” Lo decía amablemente, sin turbar el repentino silencio de
la sala; el telón se alzó con un frotar de terciopelo, y los envolvió una
ráfaga de aire tibio. “Yo que usted lo pensaría, sin embargo”, agregó
cansadamente el hombre alto. “Vaya, ahora.” Empujándole sin empujarlo, los tres
lo acompañaron hasta la mitad de los bastidores. Una luz violeta encegueció a
Rice; delante había una extensión que le pareció infinita, y a la izquierda
adivinó la gran caverna, algo como una gigantesca respiración contenida, eso
que después de todo era el verdadero mundo donde poco a poco empezaban a
recortarse pecheras blancas y quizá sombreros o altos peinados. Dio un paso o
dos, sintiendo que las piernas no le respondían y estaba a punto de volverse y
retroceder a la carrera cuando Eva, levantándose precipitadamente, se adelantó
y le tendió una mano que parecía flotar en la luz violeta al término de un
brazo muy blanco y largo. La mano estaba helada, y Rice tuvo la impresión de
que se crispaba un poco en la suya. Dejándose llevar hasta el centro de la
escena, escuchó confusamente las explicaciones de Eva sobre su dolor de cabeza,
la preferencia por la penumbra y la tranquilidad de la biblioteca, esperando
que callara para adelantarse al proscenio y decir, en dos palabras, que los estaban
estafando. Pero Eva parecía esperar que él se sentara en el sofá de gusto tan
dudoso como el argumento de la pieza y los decorados, y Rice comprendió que era
imposible, casi grotesco, seguir de pie mientras ella, tendiéndole otra vez la
mano, reiteraba la invitación con sonrisa cansada. Desde el sofá distinguió
mejor las primeras filas de platea, apenas separadas de la escena por la luz
que había ido virando del violeta a un naranja amarillento, pero curiosamente a
Rice le fue más fácil volverse hacia Eva y sostener su mirada que de alguna
manera lo ligaba todavía a esa insensatez, aplazando un instante más la única
decisión posible a menos de acatar la locura y entregarse al simulacro. “Las
tardes de este otoño son interminables”, había dicho Eva buscando una caja de
metal blanco perdida entre los libros y los papeles de la mesita baja, y
ofreciéndole un cigarrillo. Mecánicamente Rice sacó su encendedor, sintiéndose
cada vez más ridículo con la peluca y los anteojos; pero el menudo ritual de
encender los cigarrillos y aspirar las primeras bocanadas era como una tregua,
le permitía sentarse más cómodamente, aflojando la insoportable tensión del
cuerpo que se sabía mirado por frías constelaciones invisibles. Oía sus
respuestas a las frases de Eva, las palabras parecían suscitarse unas a otras
con un mínimo esfuerzo, sin que se estuviera hablando de nada en concreto; un
diálogo de castillo de naipes en el que Eva iba poniendo los muros del frágil
edificio, y Rice sin esfuerzo intercalaba sus propias cartas y el castillo se
alzaba bajo la luz anaranjada hasta que al terminar una prolija explicación que
incluía el nombre de Michael (“Ya ha visto que Eva engaña a Howell con
Michael”) y otros nombres y otros lugares, un té al que había asistido la madre
de Michael (¿o era la madre de Eva?) y una justificación ansiosa y casi al
borde de las lágrimas, con un movimiento de ansiosa esperanza Eva se inclinó
hacia Rice como si quisiera abrazarlo o esperar a que él la tomase en los
bozos, y exactamente después de la última palabra dicha con una voz clarísima,
junto a la oreja de Rice murmuró: “No dejes que me maten”, y sin transición
volvió a su voz profesional para quejarse de la soledad y del abandono.
Golpeaban en la puerta del fondo y Eva se mordió los labios como si hubiera
querido agregar algo más (pero eso se le ocurrió a Rice, demasiado confundido
para reaccionar a tiempo), y se puso de pie para dar la bienvenida a Michael
que llegaba con la fatua sonrisa que ya había enarbolado insoportablemente en
el primer acto. Una dama vestida de rojo, un anciano; de pronto la escena se
poblaba de gente que cambiaba saludos, flores y noticias. Rice estrechó las
manos que le tendían y volvió a sentarse lo antes posible en el sofá,
escudándose tras de otro cigarrillo; ahora la acción parecía prescindir de él y
el público recibía con murmullos satisfechos una serie de brillantes juegos de
palabras de Michael y de los actores de carácter, mientras Eva se ocupaba del
té y daba instrucciones al criado. Quizá fuera el momento de acercarse a la
boca del escenario, dejar caer el cigarrillo y aplastarlo con el pie, a tiempo
para anunciar: “Respetable público...”. Pero acaso fuera más elegante (No dejes
que me maten) esperar la caída del telón y entonces, adelantándose rápidamente,
revelar la superchería. En todo eso había como un lado ceremonial que no era
penoso acatar; a la espera de su hora, Rice entró en el diálogo que le proponía
el anciano caballero, aceptó la taza de té que Eva le ofrecía sin mirarlo de
frente, como si se supiese observada por Michael y la dama de rojo. Todo estaba
en resistir, en hacer frente a un tiempo interminablemente tenso, ser más
fuerte que la torpe coalición que pretendía convertirlo en un pelele. Ya le
resultaba fácil advertir cómo las frases que le dirigían (a veces Michael, a
veces la dama de rojo, casi nunca Eva, ahora) llevaban implícita la respuesta;
que el pelele contestara lo previsible, la pieza podía continuar. Rice pensó
que de haber tenido un poco más de tiempo para dominar la situación, hubiera sido
divertido contestar a contrapelo y poner en dificultades a los actores; pero no
se lo consentirían, su falsa libertad de acción no permitía más que la rebelión
desaforada, el escándalo. No dejes que me maten, había dicho Eva; de alguna
manera, tan absurda como todo el resto, Rice seguía sintiendo que era mejor
esperar. El telón cayó sobre una réplica sentenciosa y amarga de la dama de
rojo, y los actores le parecieron a Rice como figuras que súbitamente bajaran
un peldaño invisible: disminuidos, indiferentes (Michael se encogía de hombros,
dando la espalda y yéndose por el foro), abandonaban la escena sin mirarse
entre ellos, pero Rice notó que Eva giraba la cabeza hacia él mientras la dama
de rojo y el anciano se la llevaban amablemente del brazo hacia los bastidores
de la derecha. Pensó en seguirla, tuvo una vaga esperanza de camarín y
conversación privada. “Magnífico”, dijo el hombre alto, palmeándole el hombro.
“Muy bien, realmente lo ha hecho usted muy bien.” Señalaba hacia el telón que
dejaba pasar los últimos aplausos. “Les ha gustado de veras. Vamos a tomar un
trago.” Los otros dos hombres estaban algo más lejos, sonriendo amablemente, y
Rice desistió de seguir a Eva. El hombre alto abrió una puerta al final del
primer pasillo y entraron en una sala pequeña donde había sillones
desvencijados, un armario, una botella de whisky ya empezada y hermosísimos
vasos de cristal tallado. “Lo ha hecho usted muy bien”, insistió el hombre alto
mientras se sentaban en torno a Rice. “Con un poco de hielo, ¿verdad? Desde
luego, cualquiera tendría la garganta seca.” El hombre de gris se adelantó a la
negativa de Rice y le alcanzó un vaso casi lleno. “El tercer acto es más
difícil pero a la vez más entretenido para Howell”, dijo el hombre alto. “Ya ha
visto cómo se van descubriendo los juegos.” Empezó a explicar la trama,
ágilmente y sin vacilar. “En cierto modo usted ha complicado las cosas”, dijo.
“Nunca me imaginé que procedería tan pasivamente con su mujer; yo hubiera
reaccionado de otra manera.” “¿Cómo?”, preguntó secamente Rice. “Ah, querido
amigo, no es justo preguntar eso. Mi opinión podría alterar sus propias
decisiones, puesto que usted ha de tener ya un plan preconcebido. ¿o no?” Como
Rice callaba, agregó: “Si le digo eso es precisamente porque no se trata de tener
planes preconcebidos. Estamos todos demasiado satisfechos para arriesgarnos a
malograr el resto”. Rice bebió un largo trago de whisky. “Sin embargo, en el
segundo acto usted me dijo que podía hacer lo que quisiera”, observó. El hombre
de gris se echó a reír, pero el hombre alto lo miró y el otro hizo un rápido
gesto de excusa. “Hay un margen para la aventura o el azar, como usted quiera”,
dijo el hombre alto. “A partir de ahora le ruego que se atenga a lo que voy a
indicarle, se entiende que dentro de la máxima libertad en los detalles.”
Abriendo la mano derecha con la palma hacia arriba, la miró fijamente mientras
el índice de la otra mano iba a apoyarse en ella una y otra vez. Entre dos
tragos (le habían llenado otra vez el vaso) Rice escuchó las instrucciones para
John Howell. Sostenido por el alcohol y por algo que era como un lento volver
hacia sí mismo que lo iba llenando de una fría cólera, descubrió sin esfuerzo
el sentido de las instrucciones, la preparación de la trama que debía hacer
crisis en el último acto. “Espero que esté claro”, dijo el hombre alto, con un
movimiento circular del dedo en la palma de la mano. “Está muy claro”, dijo
Rice levantándose, “pero además me gustaría saber si en el cuarto acto...”.
“Evitemos las confusiones, querido amigo”, dijo el hombre alto. “En el próximo
intervalo volveremos sobre el tema, pero ahora le sugiero que se concentre
exclusivamente en el tercer acto. Ah, el traje de calle, por favor.” Rice
sintió que el hombre mudo le desabotonaba la chaqueta; el hombre de gris había
sacado del armario un traje de tweed y unos guantes; mecánicamente Rice se
cambió de ropa bajo las miradas aprobadoras de los tres. El hombre alto había
abierto la puerta y esperaba; a lo lejos se oía la campanilla. “Esta maldita
peluca me da calor”, pensó Rice acabando el whisky de un solo trago. Casi en
seguida se encontró entre nuevos bastidores, sin oponerse a la amable presión
de una mano en el codo. “Todavía no”, dijo el hombre alto, más atrás. “Recuerde
que hace fresco en el parque. Quizá, si se subiera el cuello de la chaqueta...
Vamos, es su entrada.” Desde un banco al borde del sendero Michael se adelantó
hacia él, saludándolo con una broma. Le tocaba responder pasivamente y discutir
los méritos del otoño en Regent’s Park, hasta la llegada de Eva y la dama de
rojo que estarían dando de comer a los cisnes. Por primera vez –y a él lo
sorprendió casi tanto como a los demás– Rice cargó el acento en una alusión que
el público pareció apreciar y que obligó a Michael a ponerse a la defensiva,
forzándolo a emplear los recursos más visibles del oficio para encontrar una
salida; dándole bruscamente la espalda mientras encendía un cigarrillo, como si
quisiera protegerse del viento, Rice miró por encima de los anteojos y vio a
los tres hombres entre los bastidores, el brazo del hombre alto que le hacía un
gesto conminatorio. Rió entre dientes (debía estar un poco borracho y además se
divertía, el brazo agitándose le hacía una gracia extraordinaria) antes de
volverse y apoyar una mano en el hombro de Michael. “Se ven cosas regocijantes
en los parques”, dijo Rice. “Realmente no entiendo que se pueda perder el
tiempo con cisnes o amantes cuando se está en un parque londinense.” El público
rió más que Michael, excesivamente interesado por la llegada de Eva y la dama
de rojo. Sin vacilar Rice siguió marchando contra la corriente, violando poco a
poco las instrucciones en una esgrima feroz
y absurda contra los actores habilísimos que se esforzaban por hacerlo
volver a su papel y a veces lo conseguían, pero
él se les escapaba de nuevo para ayudar de alguna manera a Eva, sin
saber bien por qué pero diciéndose (y le daba
risa, y debía ser el whisky) que todo lo que cambiara en ese momento alteraría inevitablemente el último
acto (No dejes que me maten). Y los otros se habían dado cuenta de su propósito porque bastaba mirar por sobre los
anteojos hacia los bastidores de la
izquierda para ver los gestos iracundos
del hombre alto, fuera y dentro de la escena
estaban luchando contra él y Eva, se interponían para que no pudieran
comunicarse, para que ella no alcanzara a
decirle nada, y ahora llegaba el caballero anciano seguido de un lúgubre
chofer, había como un momento de calma (Rice recordaba las instrucciones: una
pausa, luego la conversación sobre la compra de acciones, entonces la frase
reveladora de la dama de rojo, y telón), y en ese intervalo en que
obligadamente Michael y la dama de rojo debían apartarse para que el caballero
hablara con Eva y Howell de la maniobra bursátil (realmente no faltaba nada en
esa pieza), el placer de estropear un poco más la acción llenó a Rice de algo
que se parecía a la felicidad. Con un gesto que dejaba bien claro el profundo
desprecio que le inspiraban las especulaciones arriesgadas, tomó del brazo a
Eva, sorteó la maniobra envolvente del enfurecido y sonriente caballero, y
caminó con ella oyendo a sus espaldas un muro de palabras ingeniosas que no le
concernían, exclusivamente inventadas para el público, y en cambio sí Eva, en
cambio un aliento tibio apenas un segundo contra su mejilla, el leve murmullo
de su voz verdadera diciendo: “Quédate conmigo hasta el final”, quebrado por un
movimiento instintivo, el hábito que la hacía responder a la interpelación de
la dama de rojo, arrastrando a Howell para que recibiera en plena cara las
palabras reveladoras. Sin pausa, sin el mínimo hueco que hubiera necesitado
para poder cambiar el rumbo que esas palabras daban definitivamente a lo que
habría de venir más tarde, Rice vio caer el telón. “Imbécil”, dijo la dama de
rojo. “Salga, Flora”, ordenó el hombre alto, pegado a Rice que sonreía
satisfecho. “Imbécil”, repitió la dama de rojo, tomando del brazo a Eva que
había agachado la cabeza y parecía como ausente. Un empujón mostró el camino a
Rice que se sentía perfectamente feliz. “Imbécil”, dijo a su vez el hombre
alto. El tirón en la cabeza fue casi brutal, pero Rice se quitó él mismo los
anteojos y los tendió al hombre alto. “El whisky no era malo”, dijo. “Si quiere
darme las instrucciones para el último acto...” Otro empellón estuvo a punto de
tirarlo al suelo y cuando consiguió enderezarse, con una ligera náusea, ya
estaba andando a tropezones por una galería mal iluminada; el hombre alto había
desaparecido y los otros dos se estrechaban contra él, obligándolo a avanzar
con la mera presión de los cuerpos. Había una puerta con una lamparilla naranja
en lo alto. “Cámbiese”, dijo el hombre de gris alcanzándole su traje. Casi sin
darle tiempo de ponerse la chaqueta, abrieron la puerta de un puntapié; el
empujón lo sacó trastabillando a la acera, al frío de un callejón que olía a
basura. “Hijos de perra, me voy a pescar una pulmonía”, pensó Rice, metiendo
las manos en los bolsillos. Había luces en el extremo más alejado del callejón
desde donde venía el rumor del tráfico. En la primera esquina (no le habían
quitado el dinero ni los papeles) Rice reconoció la entrada del teatro. Como
nada impedía que asistiera desde su butaca al último acto, entró al calor del
foyer, al humo y las charlas de la gente en el bar; le quedó tiempo para beber otro
whisky, pero se sentía incapaz de pensar en nada. Un poco antes de que se
alzara el telón alcanzó a preguntarse quién haría el papel de Howell en el
último acto, y si algún otro pobre infeliz estaría pasando por amabilidades y
amenazas y anteojos; pero la broma debía terminar cada noche de la misma manera
porque en seguida reconoció al actor del primer acto, que leía una carta en su
estudio y la alcanzaba en silencio a una Eva pálida y vestida de gris. “Es
escandaloso”, comentó Rice volviéndose hacia el espectador de la izquierda.
“¿Cómo se tolera que cambien de actor en mitad de una pieza?” El espectador
suspiró, fatigado. “Ya no se sabe con estos autores jóvenes”, dijo. “Todo es
símbolo, supongo.” Rice se acomodó en la platea saboreando malignamente el murmullo
de los espectadores que no parecían aceptar tan pasivamente como su vecino los
cambios físicos de Howell; y sin embargo la ilusión teatral los dominó casi en
seguida, el actor era excelente y la acción se precipitaba de una manera que
sorprendió incluso a Rice, perdido en una agradable indiferencia. La carta era
de Michael, que anunciaba su partida de Inglaterra; Eva la leyó y la devolvió
en silencio; se sentía que estaba llorando contenidamente. Quédate conmigo
hasta el final, había dicho Eva. No dejes que me maten, había dicho
absurdamente Eva. Desde la seguridad de la platea era inconcebible que pudiera
sucederle algo en ese escenario de pacotilla; todo había sido una continua
estafa, una larga hora de pelucas y de árboles pintados. Desde luego la
infaltable dama de rojo invadía la melancólica paz del estudio donde el perdón
y quizá el amor de Howell se percibían en sus silencios, en su manera casi
distraída de romper la carta y echarla al fuego. Parecía inevitable que la dama
de rojo insinuara que la partida de Michael era una estratagema, y también que
Howell le diera a entender un desprecio que no impediría una cortés invitación
a tomar el té. A Rice lo divirtió vagamente la llegada del criado con la
bandeja; el té parecía uno de los recursos mayores del comediógrafo, sobre todo
ahora que la dama de rojo maniobraba en algún momento con una botellita de
melodrama romántico mientras las luces iban bajando de una manera por completo
inexplicable en el estudio de un abogado londinense. Hubo una llamada
telefónica que Howell atendió con perfecta compostura (era previsible la caída
de las acciones o cualquier otra crisis necesaria para el desenlace); las tazas
pasaron de mano en mano con las sonrisas pertinentes, el buen tono previo a las
catástrofes. A Rice le pareció casi inconveniente el gesto de Howell en el
momento en que Eva acercaba los labios a la taza, su brusco movimiento y el té
derramándose sobre el vestido gris. Eva estaba inmóvil, casi ridícula; en esa
detención instantánea de las actitudes (Rice se había enderezado sin saber por
qué, y alguien chistaba impaciente a sus espaldas), la exclamación
escandalizada de la dama de rojo se superpuso al leve chasquido, a la mano de
Howell que se alzaba para anunciar algo, a Eva que torcía la cabeza mirando al
público como si no quisiera creer y después se deslizaba de lado hasta quedar
casi tendida en el sofá, en una lenta reanudación del movimiento que Howell
pareció recibir y continuar con su brusca carrera hacia los bastidores de la
derecha, su fuga que Rice no vio porque él corría ya el pasillo central sin que
ningún otro espectador se hubiera movido todavía. Bajando a saltos la escalera,
tuvo el tino de entregar su talón en el guardarropa y recobrar el abrigo;
cuando llegaba a la puerta oyó los primeros rumores del final de la pieza,
aplausos y voces en la sala; alguien del teatro corría escaleras arriba. Huyó
hacia Kean Street y al pasar junto al callejón lateral le pareció ver un bulto
que avanzaba pegado a la pared; la puerta por donde lo habían expulsado estaba
entornada, pero Rice no había terminado de registrar esas imágenes cuando ya
corría por la calle iluminada y en vez de alejarse de la zona del teatro bajaba
otra vez por Kingsway, previendo que a nadie se le ocurriría buscarlo cerca del
teatro. Entró en el Strand (se había subido el cuello del abrigo y andaba
rápidamente, con las manos en los bolsillos) hasta perderse con un alivio que
él mismo no se explicaba en la vaga región de callejuelas internas que nacían
en Chancery Lane. Apoyándose contra una pared (jadeaba un poco y sentía que el
sudor le pegaba la camisa a la piel) encendió un cigarrillo, y por primera vez
se preguntó explícitamente, empleando todas las palabras necesarias, por qué
estaba huyendo. Los pasos que se acercaban se interpusieron entre él y la
respuesta que buscaba; mientras corría pensó que si lograba cruzar el río (ya
estaba cerca del puente de Blackfriars) se sentiría a salvo. Se refugió en un
portal, lejos del farol que alumbraba la salida hacia Watergate. Algo le quemó
la boca; se arrancó de un tirón la colilla que había olvidado, y sintió que le
desgarraba los labios. En el silencio que lo envolvía trató de repetirse las
preguntas no contestadas, pero irónicamente se le interponía la idea de que
sólo estaría a salvo si alcanzaba a cruzar el río. Era ilógico, los pasos
también podrían seguirlo por el puente, por cualquier callejuela de la otra
orilla; y sin embargo eligió el puente, corrió a favor de un viento que lo
ayudó a dejar atrás el río y perderse en un laberinto que no conocía hasta
llegar a una zona mal alumbrada; el tercer alto de la noche en un profundo y
angosto callejón sin salida lo puso por fin frente a la única pregunta
importante, y Rice comprendió que era incapaz de encontrar la respuesta. No
dejes que me maten, había dicho Eva, y él había hecho lo posible, torpe y
miserablemente, pero lo mismo la habían matado, por lo menos en la pieza la
habían matado y él tenía que huir porque no podía ser que la pieza terminara
así, que la taza de té se volcara inofensivamente sobre el vestido de Eva y sin
embargo Eva resbalara hasta quedar tendida en el sofá; había ocurrido otra cosa
sin que él estuviera allí para impedirlo, quédate conmigo hasta el final, le
había suplicado Eva, pero lo habían echado del teatro, lo habían apartado de
eso que tenía que suceder y que él, estúpidamente instalado en su platea, había
contemplado sin comprender o comprendiéndolo desde otra región de sí mismo
donde había miedo y fuga y ahora, pegajoso como el sudor que le corría por el
vientre, el asco de sí mismo. “Pero yo no tengo nada que ver”, pensó. “Y no ha
ocurrido nada; no es posible que cosas así ocurran.” Se lo repitió
aplicadamente: no podía ser que hubieran venido a buscarlo, a proponerle esa
insensatez, a amenazarlo amablemente; los pasos que se acercaban tenían que ser
los de cualquier vagabundo, unos pasos sin huellas. El hombre pelirrojo que se
detuvo junto a él casi sin mirarlo, y que se quitó los anteojos con un gesto
convulsivo para volver a ponérselos después de frotarlos contra la solapa de la
chaqueta, era sencillamente alguien que se parecía a Howell y había volcado la
taza de té sobre el vestido de Eva. “Tire esa peluca”, dijo Rice, “lo
reconocerán en cualquier parte”. “No es una peluca”, dijo Howell (se llamaría
Smith o Rogers, ya ni recordaba el nombre en el programa). “Qué tonto soy”,
dijo Rice. Era de imaginar que habían tenido preparada una copia exacta de los
cabellos de Howell, así como los anteojos habían sido una réplica de los de
Howell. “Usted hizo lo que pudo”, dijo Rice, “yo estaba en la platea y lo vi;
todo el mundo podrá declarar a su favor”. Howell temblaba, apoyado en la pared.
“No es eso”, dijo. “Qué importa, si lo mismo se salieron con la suya.” Rice
agachó la cabeza; un cansancio invencible lo agobiaba. “Yo también traté de
salvarla”, dijo, “pero no me dejaron seguir”, Howell lo miró rencorosamente.
“Siempre ocurre lo mismo”, dijo hablándose a sí mismo. “Es típico de los
aficionados, creen que pueden hacerlo mejor que los otros, y al final no sirve
de nada.” Se subió el cuello de la chaqueta, metió las manos en los bolsillos.
Rice hubiera querido preguntarle: “¿Por qué ocurre siempre lo mismo? Y si es
así, ¿por qué estamos huyendo?”. El silbato pareció engolfarse en el callejón,
buscándolos. Corrieron largo rato a la par, hasta detenerse en algún rincón que
olía a petróleo, a río estancado. Detrás de una pila de fardos descansaron un
momento; Howell jadeaba como un perro y a Rice se le acalambraba una
pantorrilla. Se la frotó, apoyándose en los fardos, manteniéndose con
dificultad sobre un solo pie. “Pero quizá no sea tan grave”, murmuró. “Usted
dijo que siempre ocurría lo mismo.” Howell le puso una mano en la boca; se oían
alternadamente dos silbatos. “Cada uno por su lado”, dijo Howell. “Tal vez uno de
los dos pueda escapar.” Rice comprendió que tenía razón pero hubiera querido
que Howell le contestara primero. Lo tomó de un brazo, atrayéndolo con toda su
fuerza. “No me deje ir así”, suplicó. “No puedo seguir huyendo siempre, sin
saber.” Sintió el olor alquitranado de los fardos, su mano como hueca en el
aire. Unos pasos corrían alejándose; Rice se agachó, tomando impulso, y partió
en la dirección contraria. A la luz de un farol vio un nombre cualquier: Rose
Alley. Más allá estaba el río, algún puente. No faltaban puentes ni calles por
donde correr.
Así
será algún día su estatua, piensa irónicamente el procónsul mientras alza el
brazo, lo fija en el gesto del saludo, se deja petrificar por la ovación de un
público que dos horas de circo y de calor no han fatigado. Es el momento de la
sorpresa prometida; el procónsul baja el brazo, mira a su mujer que le devuelve
la sonrisa inexpresiva de las fiestas. Irene no sabe lo que va a seguir y a la
vez es como si lo supiera, hasta lo inesperado acaba en costumbre cuando se ha
aprendido a soportar, con la indiferencia que detesta el procónsul, los
caprichos del amo. Sin volverse siquiera hacia la arena prevé una suerte ya
echada, una sucesión cruel y monótona. Licas el viñatero y su mujer Urania son
los primeros en gritar un nombre que la muchedumbre recoge y repite. “Te
reservaba esta sorpresa”, dice el procónsul. “Me han asegurado que aprecias el
estilo de ese gladiador.” Centinela de su sonrisa, Irene inclina la cabeza para
agradecer. “Puesto que nos haces el honor de acompañarnos aunque te hastían los
juegos”, agrega el procónsul, “es justo que procure ofrecerte lo que más te
agrada”. “¡Eres la sal del mundo!”, grita Licas. “¡Haces bajar la sombra misma
de Marte a nuestra pobre arena de provincia!” “No has visto más que la mitad”,
dice el procónsul, mojándose los labios en una copa de vino y ofreciéndola a su
mujer. Irene bebe un largo sorbo, que parece llevarse con su leve perfume el
olor espeso y persistente de la sangre y el estiércol. En un brusco silencio de
expectativa que lo recorta con una precisión implacable, Marco avanza hacia el
centro de la arena; su corta espada brilla al sol, allí donde el viejo velario
deja pasar un rayo oblicuo, y el escudo de bronce cuelga negligente de la mano
izquierda. “¿No irás a enfrentarlo con el vencedor de Smirnio?”, pregunta
excitadamente Licas. “Mejor que eso”, dice el procónsul. “Quisiera que tu
provincia me recuerde por estos juegos, y que mi mujer deje por una vez de
aburrirse.” Urania y Licas aplauden esperando la respuesta de Irene, pero ella
devuelve en silencio la copa al esclavo, ajena al clamoreo que saluda la
llegada del segundo gladiador. Inmóvil, Marco parece también indiferente a la
ovación que recibe su adversario; con la punta de la espada toca ligeramente
sus grebas doradas.
“Hola”,
dice Roland Renoir, eligiendo un cigarrillo como una continuación ineludible
del gesto de descolgar el receptor. En la línea hay una crepitación de
comunicaciones mezcladas, alguien que dicta cifras, de golpe un silencio
todavía más oscuro en esa oscuridad que el teléfono vuelca en el ojo del oído.
“Hola”, repite Roland, apoyando el cigarrillo en el borde del cenicero y
buscando los fósforos en el bolsillo de la bata. “Soy yo”, dice la voz de
Jeanne. Roland entorna los ojos, fatigado, y se estira en una posición más
cómoda. “Soy yo”, repite inútilmente Jeanne. Como Roland no contesta, agrega:
“Sonia acaba de irse”.
Su
obligación es mirar el palco imperial, hacer el saludo de siempre. Sabe que
debe hacerlo y que verá a la mujer del procónsul y al procónsul, y que quizá la
mujer le sonreirá como en los últimos juegos. No necesita pensar, no sabe casi
pensar, pero el instinto le dice que esa arena es mala, el enorme ojo de bronce
donde los rastrillos y las hojas de palma han dibujado sus curvos senderos
ensombrecidos por algún rastro de las luchas precedentes. Esa noche ha soñado
con un pez, ha soñado en un camino solitario entre columnas rotas; mientras se
armaba, alguien ha murmurado que el procónsul no le pagará con monedas de oro.
Marco no se ha molestado en preguntar, y el otro se ha echado a reír
malvadamente antes de alejarse sin darle la espalda; un tercero, después, le ha
dicho que es un hermano del gladiador muerto por él en Massilia, pero ya lo
empujaban hacia la galería, hacia los clamores de fuera. El calor es
insoportable, le pesa el yelmo que devuelve los rayos del sol contra el velario
y las gradas. Una vez, columnas rotas; sueños sin un sentido claro, con pozos
de olvido en los momentos en que hubiera podido entender. Y el que lo armaba ha
dicho que el procónsul no le pagará con monedas de oro; quizá la mujer del
procónsul no le sonría esta tarde. Los clamores le dejan indiferente porque
ahora están aplaudiendo al otro, lo aplauden menos que a él un momento antes,
pero entre los aplausos se filtran gritos de asombro, y Marco levanta la
cabeza, mira hacia el palco donde Irene se ha vuelto para hablar con Urania,
donde el procónsul negligentemente hace una seña, y todo su cuerpo se contrae y
su mano se aprieta en el puño de la espada. Le ha bastado volver los ojos hacia
la galería opuesta; no es por allí que asoma su rival, se han alzado crujiendo
las rejas del oscuro pasaje por donde se hace salir a las fieras, y Marco ve
dibujarse la gigantesca silueta del reciario nubio, hasta entonces visible
contra el fondo de piedra mohosa; ahora sí, más acá de toda razón, sabe que el
procónsul no le pagará con monedas de oro, adivina el sentido del pez y las
columnas rotas. Y a la vez poco le importa lo que va a suceder entre el
reciario y él, eso es el oficio y los hados, pero su cuerpo sigue contraído
como si tuviera miedo, algo en su carne se pregunta por qué el reciario ha
salido por la galería de las fieras, y también se lo pregunta entre ovaciones
el público, y Licas lo pregunta al procónsul que sonríe para apoyar sin
palabras la sorpresa, y Licas protesta riendo y se cree obligado a apostar a
favor de Marco; antes de oír las palabras que seguirán, Irene sabe que el
procónsul doblará la apuesta a favor del nubio, y que después la mirará
amablemente y ordenará que le sirvan vino helado. Y ella beberá el vino y
comentará con Urania la estatura y la ferocidad del reciario nubio; cada
movimiento está previsto aunque se lo ignore en sí mismo, aunque puedan faltar
la copa de vino o el gesto de la boca de Urania mientras admira el torso del
gigante. Entonces Licas, experto en incontables fastos de circo, les hará notar
que el yelmo del nubio ha rozado las púas de la reja de las fieras, alzadas a
dos metros del suelo, y alabará la soltura con que ordena sobre el brazo
izquierdo las escamas de la red. Como siempre, como desde una ya lejana noche
nupcial, Irene se repliega al límite más hondo de sí misma mientras por fuera
condesciende y sonríe y hasta goza; en esa profundidad libre y estéril siente
el signo de muerte que el procónsul ha disimulado en una alegre sorpresa
pública, el signo que sólo ella y quizá Marco pueden comprender, pero Marco no
comprenderá, torvo y silencioso y máquina, y su cuerpo que ella ha deseado en
otra tarde de circo (y eso lo ha adivinado el procónsul, sin necesidad de sus
magos lo ha adivinado como siempre, desde el primer instante) va a pagar el
precio de la mera imaginación, de una doble mirada inútil sobre el cadáver de
un tracio diestramente muerto de un tajo en la garganta.
Antes
de marcar el número de Roland, la mano de Jeanne ha andado por las páginas de
una revista de modas, un tubo de pastillas calmantes, el lomo del gato ovillado
en el sofá. Después la voz de Roland ha dicho: “Hola”, su voz un poco
adormilada, y bruscamente Jeanne ha tenido una sensación de ridículo, de que va
a decirle a Roland eso que exactamente la incorporará a la galería de las
plañideras telefónicas con el único, irónico espectador fumando en un silencio
condescendiente. “Soy yo”, dice Jeanne, pero se lo ha dicho más a ella misma
que a ese silencio opuesto en el que bailan, como en un telón de fondo, algunas
chispas de sonido. Mira su mano que ha acariciado distraídamente al gato antes
de marcar las cifras (¿y no se oyen otras cifras en el teléfono, no hay una voz
distante que dicta números a alguien que no habla, que sólo está allí para
copiar obediente?), negándose a creer que la mano que ha alzado y vuelto a
dejar el tubo de pastillas es su mano, que la voz que acaba de repetir: “Soy
yo”, es su voz, al borde del límite. Por dignidad, callar, lentamente devolver
el receptor a su horquilla, quedarse limpiamente sola. “Sonia acaba de irse”,
dice Jeanne, y el límite está franqueado, el ridículo empieza, el pequeño
infierno confortable.
“Ah”,
dice Roland, frotando un fósforo. Jeanne oye distintamente el frote, es como si
viera el rostro de Roland mientras aspira el humo, echándose un poco atrás con
los ojos entornados. Un río de escamas brillantes parece saltar de las manos
del gigante negro y Marco tiene el tiempo preciso para hurtar el cuerpo a la
red. Otras veces –el procónsul lo sabe, y vuelve la cabeza para que solamente
Irene lo vea sonreír– ha aprovechado de ese mínimo instante que es el punto
débil de todo reciario para bloquear con el escudo la amenaza del largo
tridente y tirarse a fondo, con un movimiento fulgurante, hacia el pecho
descubierto. Pero Marco se mantiene fuera de distancia, encorvadas las piernas
como a punto de saltar, mientras el nubio recoge velozmente la red y prepara el
nuevo ataque. “Está perdido”, piensa Irene sin mirar al procónsul que elige
unos dulces de la bandeja que le ofrece Urania. “No es el que era”, piensa
Licas lamentando su apuesta. Marco se ha encorvado un poco, siguiendo el
movimiento giratorio del nubio; es el único que aún no sabe lo que todos
presienten, es apenas algo que agazapado espera otra ocasión, con el vago
desconcierto de no haber hecho lo que la ciencia le mandaba. Necesitaría más
tiempo, las horas tabernarias que siguen a los triunfos, para entender quizá la
razón de que el procónsul no vaya a pagarle con monedas de oro. Hosco, espera
otro momento propicio; acaso al final, con un pie sobre el cadáver del
reciario, pueda encontrar otra vez la sonrisa de la mujer del procónsul; pero eso
no lo está pensando él, y quien lo piensa no cree ya que el pie de Marco se
hinque en el pecho de un nubio degollado.
“Decídete”,
dice Roland, “a menos que quieras tenerme toda la tarde escuchando a ese tipo
que le dicta números a no sé quién. ¿Lo oyes?”. “Sí”, dice Jeanne, “se lo oye
como desde muy lejos. Trescientos cincuenta y cuatro, doscientos cuarenta y
dos”. Por un momento no hay más que la voz distante y monótona. “En todo caso”,
dice Roland, “está utilizando el teléfono para algo práctico”. La respuesta
podría ser la previsible, la primera queja, pero Jeanne calla todavía unos
segundos y repite: “Sonia acaba de irse”. Vacila antes de agregar:
“Probablemente estará llegando a tu casa”. A Roland le sorprendería eso, Sonia
no tenía por qué ir a su casa. “No mientas”, dice Jeanne, y el gato huye de su
mano, la mira ofendido. “No era una mentira”, dice Roland. “Me refería a la
hora, no al hecho de venir o no venir. Sonia sabe que me molestan las visitas y
las llamadas a esta hora.” Ochocientos cinco, dicta desde lejos la voz.
Cuatrocientos dieciséis. Treinta y dos. Jeanne ha cerrado los ojos, esperando
la primera pausa en esa voz anónima para decir lo único que queda por decir. Si
Roland corta la comunicación le restará todavía esa voz en el fondo de la
línea, podrá conservar el receptor en el oído, resbalando más y más en el sofá,
acariciando al gato que ha vuelto a tenderse contra ella, jugando con el tubo
de pastillas, escuchando las cifras hasta que también la otra voz se canse y ya
no quede nada, absolutamente nada como no sea el receptor que empezará a pesar
espantosamente entre sus dedos, una cosa muerta que habrá que rechazar sin
mirarla. Ciento cuarenta y cinco, dice la voz. Y todavía más lejos, como un
diminuto dibujo a lápiz, alguien que podría ser una mujer tímida pregunta entre
dos chasquidos: “¿La estación del Norte?”.
Por
segunda vez alcanza a zafarse de la red, pero ha medido mal el salto hacia
atrás y resbala en una mancha húmeda de la arena. Con un esfuerzo que levanta
en vilo al público, Marco rechaza la red con un molinete de la espada mientras
tiende el brazo izquierdo y recibe en el escudo el golpe resonante del
tridente. El procónsul desdeña los excitados comentarios de Licas y vuelve la
cabeza hacia Irene que no se ha movido. “Ahora o nunca”, dice el procónsul.
“Nunca”, contesta Irene. “No es el que era”, repite Licas, “y le va a costar
caro, el nubio no le dará otra oportunidad, basta mirarlo”. A distancia, casi
inmóvil, Marco parece haberse dado cuenta del error; con el escudo en alto mira
fijamente la red ya recogida, el tridente que oscila hipnóticamente a dos
metros de sus ojos. “Tienes razón, no es el mismo”, dice el procónsul. “¿Habías
apostado por él, Irene?” Agazapado, pronto a saltar, Marco siente en la piel,
en lo hondo del estómago, que la muchedumbre lo abandona. Si tuviera un momento
de calma podría romper el nudo que lo paraliza, la cadena invisible que empieza
muy atrás pero sin que él pueda saber dónde, y que en algún momento es la
solicitud del procónsul, la promesa de una paga extraordinaria y también un
sueño donde hay un pez y sentirse ahora, cuando ya no hay tiempo para nada, la
imagen misma del sueño frente a la red que baila ante los ojos y parece atrapar
cada rayo de sol que se filtra por las desgarraduras del velario. Todo es
cadena, trampa; enderezándose con una violencia amenazante que el público
aplaude mientras el reciario retrocede un paso por primera vez, Marco elige el
único camino, la confusión y el sudor y el olor a sangre, la muerte frente a él
que hay que aplastar; alguien lo piensa por él detrás de la máscara sonriente,
alguien que lo ha deseado por sobre el cuerpo de un tracio agonizante. “El
veneno”, se dice Irene, “alguna vez encontraré el veneno, pero ahora acéptale
la copa de vino, sé la más fuerte, espera tu hora”. La pausa parece prolongarse
como se prolonga la insidiosa galería negra donde vuelve intermitente la voz
lejana que repite cifras. Jeanne ha creído siempre que los mensajes que
verdaderamente cuentan están en algún momento más acá de toda palabra; quizá
esas cifras digan más, sean más que cualquier discurso para el que las está
escuchando atentamente, como para ella el perfume de Sonia, el roce de la palma
de su mano en el hombro antes de marcharse han sido tanto más que las palabras
de Sonia. Pero era natural que Sonia no se conformara con un mensaje cifrado, que
quisiera decirlo con todas las letras, saboreándolo hasta lo último. “Comprendo
que para ti será muy duro”, ha repetido Sonia, “pero detesto el disimulo y
prefiero decirte la verdad”. Quinientos cuarenta y seis, seiscientos sesenta y
dos, doscientos ochenta y nueve. “No me importa si va a tu casa o no”, dice
Jeanne, “ahora ya no me importa nada”. En vez de otra cifra hay un largo
silencio. “¿Estás ahí?”, pregunta Jeanne. “Sí”, dice Roland dejando la colilla
en el cenicero y buscando sin apuro el frasco de coñac. “Lo que no puedo
entender...”, empieza Jeanne. “Por favor”, dice Roland, “en estos casos nadie
entiende gran cosa, querida, y además no se gana nada con entender. Lamento que
Sonia se haya precipitado, no era a ella a quien le tocaba decírtelo. Maldita
sea, ¿no va a terminar nunca con esos números?”. La voz menuda, que hace pensar
en un organizado mundo de hormigas, continúa su dictado minucioso por debajo de
un silencio más cercano y más espeso. “Pero tú”, dice absurdamente Jeanne,
“entonces, tú...”.
Roland
bebe un trago de coñac. Siempre le ha gustado escoger sus palabras, evitar los
diálogos superfluos. Jeanne repetirá dos, tres veces cada frase, acentuándolas
de una manera diferente; que hable, que repita mientras él prepara el mínimo de
respuestas sensatas que pongan orden en ese arrebato lamentable. Respirando con
fuerza se endereza después de una finta y un avance lateral; algo le dice que
esta vez el nubio va a cambiar el orden del ataque, que el tridente se
adelantará al tiro de la red. “Fíjate bien”, explica Licas a su mujer, “se lo
he visto hacer en Apta Iulia, siempre los desconcierta”. Mal defendido,
desafiando el riesgo de entrar en el campo de la red, Marco se tira hacia
adelante y sólo entonces alza el escudo para protegerse del río brillante que
escapa como un rayo de la mano del nubio. Ataja el borde de la red pero el
tridente golpea hacia abajo y la sangre salta del muslo de Marco, mientras la
espada demasiado corta resuena inútilmente contra el asta. “Te lo había dicho”,
grita Licas. El procónsul mira atentamente el muslo lacerado, la sangre que se
pierde en la greba dorada; piensa casi con lástima que a Irene le hubiera
gustado acariciar ese muslo, buscar su presión y su calor, gimiendo como sabe
gemir cuando él la estrecha para hacerle daño. Se lo dirá esa misma noche y
será interesante estudiar el rostro de Irene buscando el punto débil de su
máscara perfecta, que fingirá indiferencia hasta el final como ahora finge un
interés civil en la lucha que hace aullar de entusiasmo a una plebe bruscamente
excitada por la inminencia del fin. “La suerte lo ha abandonado”, dice el
procónsul a Irene. “Casi me siento culpable de haberlo traído a esta arena de
provincia; algo de él se ha quedado en Roma, bien se ve.” “Y el resto se
quedará aquí, con el dinero que le aposté”, ríe Licas. “Por favor, no te pongas
así”, dice Roland, “es absurdo seguir hablando por teléfono cuando podemos
vernos esta misma noche. Te lo repito, Sonia se ha precipitado, yo quería
evitarte ese golpe”. La hormiga ha cesado de dictar sus números y las palabras
de Jeanne se escuchan distintamente; no hay lágrimas en su voz y eso sorprende
a Roland, que ha preparado sus frases previendo una avalancha de reproches.
“¿Evitarme el golpe?”, dice Jeanne. “Mintiendo, claro, engañándome una vez
más.” Roland suspira, desecha las respuestas que podrían alargar hasta el
bostezo un diálogo tedioso. “Lo siento, pero si sigues así prefiero cortar”,
dice, y por primera vez hay un tono de afabilidad en su voz. “Mejor será que
vaya a verte mañana, al fin y al cabo somos gente civilizada, qué diablos.”
Desde muy lejos la hormiga dicta: ochocientos ochenta y ocho. “No vengas”, dice
Jeanne, y es divertido oír las palabras mezclándose con las cifras, no
ochocientos vengas ochenta y ocho, “no vengas nunca más, Roland”. El drama, las
probables amenazas de suicidio, el aburrimiento como cuando Marie José, como
cuando todas las que lo toman a lo trágico. “No seas tonta”, aconseja Roland,
“mañana comprenderás mejor, es preferible para los dos”. Jeanne calla, la
hormiga dicta cifras redondas: cien, cuatrocientos, mil. “Bueno, hasta mañana”,
dice Roland admirando el vestido de calle de Sonia, que acaba de abrir la
puerta y se ha detenido con un aire entre interrogativo y burlón. “No perdió
tiempo en llamarte”, dice Sonia dejando el bolso y una revista. “Hasta mañana,
Jeanne”, repite Roland. El silencio en la línea parece tenderse como un arco,
hasta que lo corta secamente una cifra distante, novecientos cuatro. “¡Basta de
dictar esos números idiotas!”, grita Roland con todas sus fuerzas, y antes de
alejar el receptor del oído alcanza a escuchar el click en el otro extremo, el
arco que suelta su flecha inofensiva. Paralizado, sabiéndose incapaz de evitar
la red que no tardará en envolverlo, Marco hace frente al gigante nubio, la
espada demasiado corta inmóvil en el extremo del brazo tendido. El nubio afloja
la red una, dos veces, la recoge buscando la posición más favorable, la hace
girar todavía como si quisiera prolongar loa alaridos del público que lo incita
a acabar con su rival, y baja el tridente mientras se echa de lado para dar más
impulso al tiro. Marco va al encuentro de la red con el escudo en alto, y es
una torre que se desmorona contra una masa negra, la espada se hunde en algo
que más arriba aúlla; la arena le entra en la boca y en los ojos, la red cae
inútilmente sobre el pez que se ahoga.
Acepta
indiferente las caricias, incapaz de sentir que la mano de Jeanne tiembla un
poco y empieza a enfriarse. Cuando los dedos resbalan por su piel y se detienen
hincándose en una crispación instantánea, el gato se queja petulante; después
se tumba de espaldas y mueve las patas en la actitud de expectativa que hace
reír siempre a Jeanne, pero ahora no, su mano sigue inmóvil junto al gato y
apenas si un dedo busca todavía el calor de su piel, la recorre brevemente
antes de detenerse otra vez entre el flanco tibio y el tubo de pastillas que ha
rodado hasta ahí. Alcanzado en pleno estómago el nubio aúlla, echándose hacia
atrás, y en ese último instante en que el dolor es como una llama de odio, toda
la fuerza que huye de su cuerpo se agolpa en el brazo para hundir el tridente
en la espalda de su rival boca abajo. Cae sobre el cuerpo de Marco, y las
convulsiones lo hacen rodar de lado; Marco mueve lentamente un brazo, clavado
en la arena como un enorme insecto brillante.
“No
es frecuente”, dice el procónsul volviéndose hacia Irene, “que dos gladiadores
de ese mérito se maten mutuamente. Podemos felicitarnos de haber visto un raro
espectáculo. Esta noche se lo escribiré a mi hermano para consolarlo de su
tedioso matrimonio”.
Irene
ve moverse el brazo de Marco, un lento movimiento inútil como si quisiera
arrancarse el tridente hundido en los riñones. Imagina al procónsul desnudo en
la arena, con el mismo tridente clavado hasta el asta. Pero el procónsul no
movería el brazo con esa dignidad última; chillaría pataleando como una liebre,
pediría perdón a un público indignado. Aceptando la mano que le tiende su
marido para ayudarla a levantarse, asiente una vez más; el brazo ha dejado de
moverse, lo único que queda por hacer es sonreír, refugiarse en la
inteligencia. Al gato no parece gustarle la inmovilidad de Jeanne, sigue
tumbado de espaldas esperando una caricia; después, como si le molestara ese
dedo contra la piel del flanco, maúlla destempladamente y da media vuelta para
alejarse, ya olvidado y soñoliento.
“Perdóname
por venir a esta hora”, dice Sonia. “Vi tu auto en la puerta, era demasiada
tentación. Te llamó, ¿verdad?” Roland busca un cigarrillo. “Hiciste mal”, dice.
“Se supone que esa tarea les toca a los hombres, al fin y al cabo he estado más
de dos años con Jeanne y es una buena muchacha.” “Ah, pero el placer”, dice
Sonia sirviéndose coñac. “Nunca le he podido perdonar que fuera tan inocente,
no hay nada que me exaspere más. Si te digo que empezó por reírse, convencida
de que le estaba haciendo una broma.” Roland mira el teléfono, piensa en la
hormiga. Ahora Jeanne llamará otra vez, y será incómodo porque Sonia se ha
sentado junto a él y le acaricia el pelo mientras hojea una revista literaria
como si buscara ilustraciones. “Hiciste mal”, repite Roland atrayendo a Sonia.
“¿En venir a esta hora?”, ríe Sonia cediendo a las manos que buscan torpemente
el primer cierre. El velo morado cubre los hombros de Irene que da la espalda
al público, a la espera de que el procónsul salude por última vez. En las ovaciones
se mezcla ya un rumor de multitud en movimiento, la carrera precipitada de los
que buscan adelantarse a la salida y ganar las galerías inferiores. Irene sabe
que los esclavos estarán arrastrando los cadáveres, y no se vuelve; le agrada
pensar que el procónsul ha aceptado la invitación de Licas a cenar en su villa
a orillas del lago, donde el aire de la noche la ayudará a olvidar el olor a la
plebe, los últimos gritos, un brazo moviéndose lentamente como si acariciara la
tierra. No le es difícil olvidar, aunque el procónsul la hostigue con la
minuciosa evocación de tanto pasado que lo inquieta; un día Irene encontrará la
manera de que también él olvide para siempre, y que la gente lo crea
simplemente muerto. “Verás lo que ha inventado nuestro cocinero”, está diciendo
la mujer de Licas. “Le ha devuelto el apetito a mi marido, y de noche...” Licas
ríe y saluda a sus amigos, esperando que el procónsul abra la marcha hacia la
galería después de un último saludo que se hace esperar como si lo complaciera
seguir mirando la arena donde enganchan y arrastran los cadáveres. “Soy tan
feliz”, dice Sonia apoyando la mejilla en el pecho de Roland adormilado. “No lo
digas”, murmura Roland, “uno siempre piensa que es una amabilidad”. “¿No me
crees?”, ríe Sonia. “Sí, pero no lo digas ahora. Fumemos.” Tantea en la mesa
baja hasta encontrar cigarrillos, pone uno en los labios de Sonia, acerca el
suyo, los enciende al mismo tiempo. Se miran apenas, soñolientos, y Roland
agita el fósforo y lo posa en la mesa donde en alguna parte hay un cenicero.
Sonia es la primera en adormecerse y él le quita muy despacio el cigarrillo de
la boca, lo junta con el suyo y los abandona en la mesa, resbalando contra
Sonia en un sueño pesado y sin imágenes. El pañuelo de gasa arde sin llama al
borde del cenicero, chamuscándose lentamente, cae sobre la alfombra junto al
montón de ropas y una copa de coñac. Parte del público vocifera y se amontona
en las gradas inferiores; el procónsul ha saludado una vez más y hace una seña
a su guardia para que le abran paso. Licas, el primero en comprender, le
muestra el lienzo más distante del viejo velario que empieza a desgarrarse
mientras una lluvia de chispas cae sobre el público que busca confusamente las
salidas. Gritando una orden, el procónsul empuja a Irene siempre de espaldas e
inmóvil. “Pronto, antes de que se amontonen en la galería baja”, grita Licas
precipitándose delante de su mujer. Irene es la primera que huele el aceite
hirviendo, el incendio de los depósitos subterráneos; atrás, el velario cae sobre
las espaldas de los que pugnan por abrirse paso en una masa de cuerpos
confundidos que obstruyen las galerías demasiado estrechas. Los hay que saltan
a la arena por centenares, buscando otras salidas, pero el humo del aceite
borra las imágenes, un jirón de tela flota en el extremo de las llamas y cae
sobre el procónsul antes de que pueda guarecerse en el pasaje que lleva a la
galería imperial. Irene se vuelve al oír su grito, le arranca la tela
chamuscada tomándola con dos dedos, delicadamente. “No podremos salir”, dice,
“están amontonados ahí abajo como animales”. Entonces Sonia grita, queriendo
desatarse del abrazo ardiente que la envuelve desde el sueño, y su primer
alarido se confunde con el de Roland que inútilmente quiere enderezarse,
ahogado por el humo negro. Todavía gritan, cada vez más débilmente, cuando el
carro de bomberos entra a toda máquina por la calle atestada de curiosos. “Es
en el décimo piso”, dice el teniente. “Va a ser duro, hay viento del norte.
Vamos.”
Ces
yeux ne t’appartiennent pas... où les as-tu pris?
...................,
IV, 5.
Me
ocurría a veces que todo se dejaba andar, se ablandaba y cedía terreno,
aceptando sin resistencia que se pudiera ir así de una cosa a otra. Digo que me
ocurría, aunque una estúpida esperanza quisiera creer que acaso ha de ocurrirme
todavía. Y por eso, si echarse a caminar una y otra vez por la ciudad parece un
escándalo cuando se tiene una familia y un trabajo, hay ratos en que vuelvo a
decirme que ya sería tiempo de retornar a mi barrio preferido, olvidarme de mis
ocupaciones (soy corredor de bolsa) y con un poco de suerte encontrar a Josiane
y quedarme con ella hasta la mañana siguiente.
Quién
sabe cuánto hace que me repito todo esto, y es penoso porque hubo una época en
que las cosas me sucedían cuando menos pensaba en ellas, empujando apenas con
el hombro cualquier rincón del aire. En todo caso bastaba ingresar en la deriva
placentera del ciudadano que se deja llevar por sus preferencias callejeras, y
casi siempre mi paseo terminaba en el barrio de las galerías cubiertas, quizá
porque los pasajes y las galerías han sido mi patria secreta desde siempre.
Aquí, por ejemplo, el Pasaje Güemes, territorio ambiguo donde ya hace tanto
tiempo fui a quitarme la infancia como un traje usado. Hacia el año veintiocho,
el Pasaje Güemes era la caverna del tesoro en que deliciosamente se mezclaban
la entrevisión del pecado y las pastillas de menta, donde se voceaban las
ediciones vespertinas con crímenes a toda página y ardían las luces de la sala
del subsuelo donde pasaban inalcanzables películas realistas. Las Josiane de
aquellos días debían mirarme con un gesto entre maternal y divertido, yo con
unos miserables centavos en el bolsillo pero andando como un hombre, el
chambergo requintado y las manos en los bolsillos, fumando un Commander
precisamente porque mi padrastro me había profetizado que acabaría ciego por
culpa del tabaco rubio. Recuerdo sobre todo olores y sonidos, algo como una
expectativa y una ansiedad, el kiosco donde se podían comprar revistas con
mujeres desnudas y anuncios de falsas manicuras, y ya entonces era sensible a
ese falso cielo de estucos y claraboyas sucias, a esa noche artificial que
ignoraba la estupidez del día y del sol ahí afuera. Me asomaba con falsa
indiferencia a las puertas del pasaje donde empezaba el último misterio, los
vagos ascensores que llevarían a los consultorios de enfermedades venéreas y
también a los presuntos paraísos en lo más alto, con mujeres de la vida y
amorales, como les llamaban en los diarios, con bebidas preferentemente verdes
en copas biseladas, con batas de seda y kimonos violeta, y los departamentos
tendrían el mismo perfume que salía de las tiendas que yo creía elegantes y que
chisporroteaban sobre la penumbra del pasaje un bazar inalcanzable de frascos y
cajas de cristal y cisnes rosa y polvos rachel y cepillos con mangos
transparentes.
Todavía
hoy me cuesta cruzar el Pasaje Güemes sin enternecerme irónicamente con el
recuerdo de la adolescencia al borde de la caída; la antigua fascinación
perdura siempre, y por eso me gustaba echar a andar sin rumbo fijo, sabiendo
que en cualquier momento entraría en la zona de las galerías cubiertas, donde
cualquier sórdida botica polvorienta me atraía más que los escaparates tendidos
a la insolencia de las calles abiertas. La Galerie Vivienne, por ejemplo, o el
Passage des Panoramas con sus ramificaciones, sus cortadas que rematan en una
librería de viejo o una inexplicable agencia de viajes donde quizá nadie compró
nunca un billete de ferrocarril, ese mundo que ha optado por un cielo más
próximo, de vidrios sucios y estucos con figuras alegóricas que tienden las
manos para ofrecer una guirnalda, esa Galerie Vivienne a un paso de la
ignominia diurna de la rue Réaumur y de la Bolsa (yo trabajo en la Bolsa),
cuánto de ese barrio ha sido mío desde siempre, desde mucho antes de
sospecharlo ya era mío cuando apostado en un rincón del Pasaje Güemes, contando
mis pocas monedas de estudiante, debatía el problema de gastarlas en un bar
automático o comprar una novela y un surtido de caramelos ácidos en su bolsa de
papel transparente, con un cigarrillo que me nublaba los ojos y en el fondo del
bolsillo, donde los dedos lo rozaban a veces, el sobrecito del preservativo
comprado con falsa desenvoltura en una farmacia atendida solamente por hombres,
y que no tendría la menor oportunidad de utilizar con tan poco dinero y tanta
infancia en la cara.
Mi
novia, Irma, encuentra inexplicable que me guste vagar de noche por el centro o
por los barrios del sur, y si supiera de mi predilección por el Pasaje Güemes
no dejaría de escandalizarse. Para ella, como para mi madre, no hay mejor
actividad social que el sofá de la sala donde ocurre eso que llaman la
conversación, el café y el anisado. Irma es la más buena y generosa de las
mujeres, jamás se me ocurriría hablarle de lo que verdaderamente cuenta para
mí, y en esa forma llegaré alguna vez a ser un buen marido y un padre cuyos
hijos serán de paso los tan anhelados nietos de mi madre. Supongo que por cosas
así acabé conociendo a Josiane, pero no solamente por eso ya que podría
habérmela encontrado en el bulevar Poisonière o en la rue
Notre-Dame-des-Victoires, y en cambio nos miramos por primera vez en lo más
hondo de la Galerie Vivienne, bajo las figuras de yeso que el pico de gas
llenaba de temblores (las guirnaldas iban y venían entre los dedos de las Musas
polvorientas), y no tardé en saber que Josiane trabajaba en ese barrio y que no
costaba mucho dar con ella si se era familiar de los cafés o amigo de los
cocheros. Pudo ser coincidencia, pero haberla conocido allí, mientras llovía en
el otro mundo, el del cielo alto y sin guirnaldas de la calle, me pareció un
signo que iba más allá del encuentro trivial con cualquiera de las prostitutas
del barrio. Después supe que en esos días Josiane no se alejaba de la galería
porque era la época en que no se hablaba más que de los crímenes de Laurent y
la pobre vivía aterrada. Algo de este terror se transformaba en gracia, en
gestos casi esquivos, en puro deseo. Recuerdo su manera de mirarme entre
codiciosa y desconfiada, sus preguntas que fingían indiferencia, mi casi
incrédulo encanto al enterarme de que vivía en los altos de la galería, mi
insistencia en subir a su bohardilla en vez de ir al hotel de la rue du Sentier
(donde ella tenía amigos y se sentía protegida). Y su confianza más tarde, cómo
nos reímos esa noche a la sola idea de que yo pudiera ser Laurent, y qué bonita
y dulce era Josiane en su bohardilla de novela barata, con el miedo al
estrangulador rondando por París y esa manera de apretarse más y más contra mí
mientras pasábamos revista a los asesinatos de Laurent.
Mi
madre sabe siempre si he dormido en casa, y aunque naturalmente no dice nada
puesto que sería absurdo que lo dijera, durante uno o dos días me mira entre
ofendida y temerosa. Sé muy bien que jamás se le ocurriría contárselo a Irma,
pero lo mismo me fastidia la persistencia de un derecho materno que ya nada
justifica, y sobre todo que sea yo el que al final se aparezca con una caja de
bombones o una planta para el patio, y que el regalo represente de una manera
muy precisa y sobrentendida la terminación de la ofensa, el retorno a la vida
corriente del hijo que vive todavía en casa de su madre. Desde luego Josiane
era feliz cuando le contaba esa clase de episodios, que una vez en el barrio de
las galerías pasaban a formar parte de nuestro mundo con la misma llaneza que
su protagonista. El sentimiento familiar de Josiane era muy vivo y estaba lleno
de respeto por las instituciones y los parentescos; soy poco amigo de
confidencias pero como de algo teníamos que hablar y lo que ella me había
dejado saber de su vida ya estaba comentado, casi inevitablemente volvíamos a
mis problemas de hombre soltero. Otra cosa nos acercó, y también en eso fui
afortunado, porque a Josiane le gustaban las galerías cubiertas, quizá por
vivir en una de ellas o porque la protegían del frío y la lluvia (la conocí a
principios de un invierno, con nevadas prematuras que nuestras galerías y su
mundo ignoraban alegremente). Nos habituamos a andar juntos cuando le sobraba
el tiempo, cuando alguien –no le gustaba llamarlo por su nombre– estaba lo
bastante satisfecho como para dejarla divertirse un rato con sus amigos. De ese
alguien hablábamos poco, luego que yo hice las inevitables preguntas y ella me
contestó las inevitables mentiras de toda relación mercenaria; se daba por
supuesto que era el amo, pero tenía el buen gusto de no hacerse ver. Llegué a
pensar que no le desagradaba que yo acompañara algunas noches a Josiane, porque
la amenaza de Laurent pesaba más que nunca sobre el barrio después de su nuevo
crimen en la rue d’Aboukir, y la pobre no se hubiera atrevido a alejarse de la
Galerie Vivienne una vez caída la noche. Era como para sentirse agradecido a
Laurent y al amo, el miedo ajeno me servía para recorrer con Josiane los
pasajes y los cafés, descubriendo que podía llegar a ser un amigo de verdad de
una muchacha a la que no me ataba ninguna relación profunda. De esa confiada
amistad nos fuimos dando cuenta poco a poco, a través de silencios, de
tonterías. Su habitación, por ejemplo, la bohardilla pequeña y limpia que para
mí no había tenido otra realidad que la de formar parte de la galería. En un
principio yo había subido por Josiane, y como no podía quedarme porque me
faltaba el dinero para pagar una noche entera y alguien estaba esperando la
rendición sin mácula de cuentas, casi no veía lo que me rodeaba y mucho más
tarde, cuando estaba a punto de dormirme en mi pobre cuarto con su almanaque
ilustrado y su mate de plata como únicos lujos, me preguntaba por la bohardilla
y no alcanzaba a dibujármela, no veía más que a Josiane y me bastaba para
entrar en el sueño como si todavía la guardara entre los brazos. Pero con la
amistad vinieron las prerrogativas, quizá la aquiescencia del amo, y Josiane se
las arreglaba muchas veces para pasar la noche conmigo, y su pieza empezó a
llenarnos los huecos de un diálogo que no siempre era fácil; cada muñeca, cada
estampa, cada adorno fueron instalándose en mi memoria y ayudándome a vivir
cuando era el tiempo de volver a mi cuarto o de conversar con mi madre o con
Irma de la política nacional y de las enfermedades en las familias.
Más
tarde hubo otras cosas, y entre ellas la vaga silueta de aquel que Josiane
llamaba el sudamericano, pero en un principio todo parecía ordenarse en torno
al gran terror del barrio, alimentado por lo que un periodista imaginativo
había dado en llamar la saga de Laurent el estrangulador. Si en un momento dado
me propongo la imagen de Josiane, es para verla entrar conmigo en el café de la
rue des Jeuneurs, instalarse en la banqueta de felpa morada y cambiar saludos
con las amigas y los parroquianos, frases sueltas que en seguida son Laurent,
porque sólo de Laurent se habla en el barrio de la Bolsa, y yo que he trabajado
sin parar todo el día y he soportado entre dos ruedas de cotizaciones los
comentarios de colegas y clientes acerca del último crimen de Laurent, me
pregunto si esa torpe pesadilla va a acabar algún día, si las cosas volverán a
ser como imagino que eran antes de Laurent, o si deberemos sufrir sus macabras
diversiones hasta el fin de los tiempos. Y lo más irritante (se lo digo a
Josiane después de pedir el grog que tanta falta nos hace con ese frío y esa
nieve) es que ni siquiera sabemos su nombre, el barrio lo llama Laurent porque
una vidente de la barrera de Clichy ha visto en la bola de cristal cómo el
asesino escribía su nombre con un dedo ensangrentado, y los gacetilleros se
cuidan de no contrariar los instintos del público. Josiane no es tonta pero
nadie la convencería de que el asesino no se llama Laurent, y es inútil luchar
contra el ávido terror parpadeando en sus ojos azules que miran ahora
distraídamente el paso de un hombre joven, muy alto y un poco encorvado, que
acaba de entrar y se apoya en el mostrador sin saludar a nadie.
–Puede
ser –dice Josiane, acatando alguna reflexión tranquilizadora que debo haber
inventado sin siquiera pensarla–. Pero entretanto yo tengo que subir sola a mi
cuarto, y si el viento me apaga la vela entre dos pisos... La sola idea de
quedarme a oscuras en la escalera, y que quizá...
–Pocas
veces subes sola –le digo riéndome.
–Tú
te burlas pero hay malas noches, justamente cuando nieva o llueve y me toca
volver a las dos de la madrugada...
Sigue
la descripción de Laurent agazapado en un rellano, o todavía peor, esperándola
en su propia habitación a la que ha entrado mediante una ganzúa infalible. En
la mesa de al lado Kikí se estremece ostentosamente y suelta unos grititos que
se multiplican en los espejos. Los hombres nos divertimos enormemente con esos
espantos teatrales que nos ayudarán a proteger con más prestigio a nuestras
compañeras. Da gusto fumar unas pipas en el café, a esa hora en que la fatiga
del trabajo empieza a borrarse con el alcohol y el tabaco, y las mujeres
comparan sus sombreros y sus botas o se ríen de nada; da gusto besar en la boca
a Josiane que pensativa se ha puesto a mirar al hombre –casi un muchacho– que
nos da la espalda y bebe su ajenjo a pequeños sorbos, apoyando un codo en el
mostrador. Es curioso, ahora que lo pienso: a la primera imagen que se me
ocurre de Josiane y que es siempre Josiane en la banqueta del café, una noche
de nevada y Laurent, se agrega inevitablemente aquel que ella llamaba el
sudamericano, bebiendo su ajenjo y dándonos la espalda. También yo lo llamo el
sudamericano porque Josiane me aseguró que lo era, y que lo sabía por la Rousse
que se había acostado con él o poco menos, y todo eso había sucedido antes de
que Josiane y la Rousse se pelearan por una cuestión de esquinas o de horarios
y lo lamentaran ahora con medias palabras porque habían sido muy buenas amigas.
Según la Rousse él le había dicho que era sudamericano aunque hablara sin el
menor acento; se lo había dicho al ir a acostarse con ella, quizá para
conversar de alguna cosa mientras acababa de soltarse las cintas de los
zapatos.
–Ahí
donde lo ves, casi un chico... ¿Verdad que parece un colegial que ha crecido de
golpe? Bueno, tendrías que oír lo que cuenta la Rousse.
Josiane
perseveraba en la costumbre de cruzar y separar los dedos cada vez que narraba
algo apasionante. Me explicó el capricho del sudamericano, nada tan
extraordinario después de todo, la negativa terminante de la Rousse, la partida
ensimismada del cliente. Le pregunté si el sudamericano la había abordado
alguna vez. Pues no, porque debía saber que la Rousse y ella eran amigas. Las
conocía bien, vivía en el barrio, y cuando Josiane dijo eso yo miré con más
atención y lo vi pagar su ajenjo echando una moneda en el platillo de peltre
mientras dejaba resbalar sobre nosotros –y era como si cesáramos de estar allí
por un segundo interminable– una expresión distante y a la vez curiosamente
fija, la cara de alguien que se ha inmovilizado en un momento de sueño y rehúsa
dar el paso que lo devolverá a la vigilia. Después de todo una expresión como
ésa, aunque el muchacho fuese casi un adolescente y tuviera rasgos muy
hermosos, podía llevar como de la mano a la pesadilla recurrente de Laurent. No
perdí tiempo en proponérselo a Josiane.
–¿Laurent?
¡Estás loco! Pero si Laurent es...
Lo
malo era que nadie sabía nada de Laurent, aunque Kikí y Albert nos ayudaran a
seguir pesando las probabilidades para divertirnos. Toda la teoría se vino
abajo cuando el patrón, que milagrosamente escuchaba cualquier diálogo en el
café, nos recordó que por lo menos algo se sabía de Laurent: la fuerza que le
permitía estrangular a sus víctimas con una sola mano. Y ese muchacho, vamos...
Sí, y ya era tarde y convenía volver a casa; yo tan solo porque esa noche
Josiane la pasaba con alguien que ya la estaría esperando en la bohardilla,
alguien que tenía la llave por derecho propio, y entonces la acompañé hasta el
primer rellano para que no se asustara si se le apagaba la vela en mitad del
ascenso, y desde una gran fatiga repentina la miré subir, quizá contenta aunque
me hubiera dicho lo contrario, y después salí a la calle nevada y glacial y me
puse a andar sin rumbo, hasta que en algún momento encontré como siempre el
camino que me devolvería a mi barrio, entre gente que leía la sexta edición de
los diarios o miraba por las ventanillas del tranvía como si realmente hubiera
alguna cosa que ver a esa hora y en esas calles.
No
siempre era fácil llegar a la zona de las galerías y coincidir con un momento
libre de Josiane; cuántas veces me tocaba andar solo por los pasajes, un poco
decepcionado, hasta sentir poco a poco que la noche era también mi amante. A la
hora en que se encendían los picos de gas la animación se despertaba en nuestro
reino, los cafés eran la bolsa del ocio y del contento, y se bebía a largos
tragos el fin de la jornada, los titulares de los periódicos, la política, los
prusianos, Laurent, las carreras de caballos. Me gustaba saborear una copa aquí
y otra más allá, atisbando sin apuro el momento en que descubriría la silueta
de Josiane en algún codo de las galerías o en algún mostrador. Si ya estaba
acompañada, una señal convenida me dejaba saber cuándo podría encontrarla sola;
otras veces se limitaba a sonreír y a mí me quedaba el resto del tiempo para
las galerías; eran las horas del explorador y así fui entrando en las zonas más
remotas del barrio, en la Galerie Sainte-Foy, por ejemplo, y en los remotos Passages
du Caire, pero aunque cualquiera de ellos me atrajera más que las calles
abiertas (y había tantos, hoy era el Passage des Princes, otra vez el Passage
Verdeau, así hasta el infinito), de todas maneras el término de una larga ronda
que yo mismo no hubiera podido reconstruir me devolvía siempre a la Galerie
Vivienne, no tanto por Josiane aunque también fuera por ella, sino por sus
rejas protectoras, sus alegorías vetustas, sus sombras en el codo del Passage
des Petits-Pères, ese mundo diferente donde no había que pensar en Irma y se
podía vivir sin horarios fijos, al azar de los encuentros y de la suerte. Con
tan pocos asideros no alcanzo a calcular el tiempo que pasó antes de que
volviéramos a hablar casualmente del sudamericano; una vez me había parecido
verlo salir de un portal de la rue Saint-Marc, envuelto en una de esas
hopalandas negras que tanto se habían llevado cinco años atrás junto con
sombreros de copa exageradamente alta, y estuve tentado de acercarme y
preguntarle por su origen. Me lo impidió el pensar en la fría cólera con que yo
habría recibido una interpelación de ese género, pero Josiane encontró luego
que había sido una tontería de mi parte, quizá porque el sudamericano le
interesaba a su manera, con algo de ofensa gremial y mucho de curiosidad. Se
acordó de que unas noches atrás había creído reconocerlo de lejos en la Galerie
Vivienne, que sin embargo él no parecía frecuentar.
–No
me gusta esa manera que tiene de mirarnos –dijo Josiane–. Antes no me
importaba, pero desde aquella vez que hablaste de Laurent...
–Josiane,
cuando hice esa broma estábamos con Kikí y Albert. Albert es un soplón de la
policía, supongo que lo sabes. ¿Crees que dejaría pasar la oportunidad si la
idea le pareciera razonable? La cabeza de Laurent vale mucho dinero, querida.
–No
me gustan sus ojos –se obstinó Josiane–. Y además que no te mira, la verdad es
que te clava los ojos pero no te mira. Si un día me aborda salgo huyendo, te lo
digo por esta cruz.
–Tienes
miedo de un chico. ¿O todos los sudamericanos te parecemos unos orangutanes?
Ya
se sabe cómo podían acabar esos diálogos. Íbamos a beber un grog al café de la
rue des Jeuneurs, recorríamos las galerías, los teatros del bulevar, subíamos a
la bohardilla, nos reíamos enormemente. Hubo algunas semanas –por fijar un
término, es tan difícil ser justo con la felicidad– en que todo nos hacía reír,
hasta las torpezas de Badinguet y el temor de la guerra nos divertían. Es casi
ridículo admitir que algo tan desproporcionadamente inferior como Laurent
pudiera acabar con nuestro contento, pero así fue. Laurent mató a otra mujer en
la rue Beauregard –tan cerca, después de todo– y en el café nos quedamos como
en misa y Marthe, que había entrado a la carrera para gritar la noticia, acabó
en una explosión de llanto histérico que de algún modo nos ayudó a tragar la
bola que teníamos en la garganta. Esa misma noche la policía nos pasó a todos
por su peine más fino, de café en café y de hotel en hotel; Josiane buscó al
amo y yo la dejé irse, comprendiendo que necesitaba la protección suprema que
todo lo allanaba. Pero como en el fondo esas cosas me sumían en una vaga
tristeza –las galerías no eran para eso, no debían ser para eso–, me puse a
beber con Kikí y después con la Rousse que me buscaba como puente para
reconciliarse con Josiane. Se bebía fuerte en nuestro café, y en esa niebla
caliente de las voces y los tragos me pareció casi justo que a medianoche el
sudamericano fuera a sentarse a una mesa del fondo y pidiera un ajenjo con la
expresión de siempre, hermosa y ausente y alunada. Al preludio de confidencia
de la Rousse contesté que ya lo sabía, y que después de todo el muchacho no era
ciego y sus gustos no merecían tanto rencor; todavía nos reíamos de las falsas
bofetadas de la Rousse cuando Kikí condescendió a decir que alguna vez había
estado en su habitación. Antes de que la Rousse pudiera clavarle las diez uñas
de una pregunta imaginable, quise saber cómo era ese cuarto. “Bah, qué importa
el cuarto”, decía desdeñosamente la Rousse, pero Kikí ya se metía de lleno en
una bohardilla de la rue Notre-Dame-des-Victoires, sacando como un mal
prestidigitador de barrio un gato gris, muchos papeles borroneados, un piano
que ocupaba demasiado lugar, pero sobre todo papeles y al final otra vez el
gato gris que en el fondo parecía ser el mejor recuerdo de Kikí.
Yo
la dejaba hablar, mirando todo el tiempo hacia la mesa del fondo y diciéndome
que al fin y al cabo hubiera sido tan natural que me acercara al sudamericano y
le dijera un par de frases en español. Estuve a punto de hacerlo, y ahora no
soy más que uno de los muchos que se preguntan por qué en algún momento no
hicieron lo que habían pensado hacer. En cambio me quedé con la Rousse y Kikí,
fumando una nueva pipa y pidiendo otra ronda de vino blanco; no me acuerdo bien
de lo que sentí al renunciar a mi impulso, pero era algo como una veda, el
sentimiento de que si la trasgredía iba a entrar en un territorio inseguro. Y
sin embargo creo que hice mal, que estuve al borde de un acto que hubiera
podido salvarme. Salvarme de qué, me pregunto. Pero precisamente de eso:
salvarme de que hoy no pueda hacer otra cosa que preguntármelo, y que no haya
otra respuesta que el humo del tabaco y esa vaga esperanza inútil que me sigue
por las calles como un perro sarnoso.
Où
sont-ils passés, les becs de gaz? Que
Sont-elles
devenues, les vendeuses d’amour?
.............,
VI, I.
Poco
a poco tuve que convencerme de que habíamos entrado en malos tiempos y que
mientras Laurent y las amenazas prusianas nos preocuparan de ese modo, la vida
no volvería a ser lo que había sido en las galerías. Mi madre debió notarme
desmejorado porque me aconsejó que tomara algún tónico, y los padres de Irma,
que tenían un chalet en una isla del Paraná, me invitaron a pasar una temporada
de descanso y de vida higiénica. Pedí quince días de vacaciones y me fui sin
ganas a la isla, enemistado de antemano con el sol y los mosquitos. El primer
sábado pretexté cualquier cosa y volví a la ciudad, anduve como a los tumbos
por calles donde los tacos se hundían en el asfalto blando. De esa vagancia
estúpida me queda un brusco recuerdo delicioso: al entrar una vez más en el
Pasaje Güemes me envolvió de golpe el aroma del café, su violencia ya casi
olvidada en las galerías donde el café era flojo y recocido. Bebí dos tazas,
sin azúcar, saboreando y oliendo a la vez, quemándome y feliz. Todo lo que
siguió hasta el fin de la tarde olió distinto, el aire húmedo del centro estaba
lleno de pozos de fragancia (volví a pie hasta mi casa, creo que le había
prometido a mi madre cenar con ella), y en cada pozo del aire los olores eran
más crudos, más intensos, jabón amarillo, café, tabaco negro, tinta de
imprenta, yerba mate, todo olía encarnizadamente, y también el sol y el cielo
eran más duros y acuciados. Por unas horas olvidé casi rencorosamente el barrio
de las galerías, pero cuando volví a cruzar el Pasaje Güemes (¿era realmente en
la época de la isla? Acaso mezclo dos momentos de una misma temporada, y en
realidad poco importa) fue en vano que invocara la alegre bofetada del café, su
olor me pareció el de siempre y en cambio reconocí esa mezcla dulzona y
repugnante del aserrín y la cerveza rancia que parece rezumar del piso de los
bares del centro, pero quizá fuera porque de nuevo estaba deseando encontrar a
Josiane y hasta confiaba en que el gran terror y las nevadas hubiesen llegado a
su fin. Creo que en esos días empecé a sospechar que ya el deseo no bastaba
como antes para que las cosas girasen acompasadamente y me propusieran alguna
de las calles que llevaban a la Galerie Vivienne, pero también es posible que
terminara por someterme mansamente al chalet de la isla para no entristecer a
Irma, para que no sospechara que mi único reposo verdadero estaba en otra
parte; hasta que no pude más y volví a la ciudad y caminé hasta agotarme, con
la camisa pegada al cuerpo, sentándome en los bares para beber cerveza,
esperando ya no sabía qué. Y cuando al salir del último bar vi que no tenía más
que dar la vuelta a la esquina para internarme en mi barrio, la alegría se
mezcló con la fatiga y una oscura conciencia de fracaso, porque bastaba mirar
la cara de la gente para comprender que el gran terror estaba lejos de haber
cesado, bastaba asomarse a los ojos de Josiane en su esquina de la rue d’Uzès y
oírle decir quejumbrosa que el amo en persona había decidido protegerla de un
posible ataque; recuerdo que entre dos besos alcancé a entrever su silueta en
el hueco de un portal, defendiéndose de la cellisca envuelto en una larga capa
gris.
Josiane
no era de las que reprochan las ausencias, y me pregunto si en el fondo se daba
cuenta del paso del tiempo. Volvimos del brazo a la Galerie Vivienne, subimos a
la bohardilla, pero después comprendimos que no estábamos contentos como antes
y lo atribuimos vagamente a todo lo que afligía al barrio; habría guerra, era
fatal, los hombres tendrían que incorporarse a las filas (ella empleaba
solemnemente esas palabras con un ignorante, delicioso respeto), la gente tenía
miedo y rabia, la policía no había sido capaz de descubrir a Laurent. Se
consolaban guillotinando a otros, como esa misma madrugada en que ejecutarían
al envenenador del que tanto habíamos hablado en el café de la rue des Jeuneurs
en los días del proceso; pero el terror seguía suelto en las galerías y en los
pasajes, nada había cambiado desde mi último encuentro con Josiane, y ni
siquiera había dejado de nevar.
Para
consolarnos nos fuimos de paseo, desafiando el frío porque Josiane tenía un
abrigo que debía ser admirado en una serie de esquinas y portales donde sus
amigas esperaban a los clientes soplándose los dedos o hundiendo las manos en
los manguitos de piel. Pocas veces habíamos andado tanto por los bulevares, y
terminé sospechando que éramos sobre todo sensibles a la protección de los
escaparates iluminados; entrar en cualquiera de las calles vecinas (porque
también Liliane tenía que ver el abrigo, y más allá Francine) nos iba hundiendo
poco a poco en el espanto, hasta que el abrigo quedó suficientemente exhibido y
yo propuse nuestro café y corrimos por la rue du Croissant hasta dar la vuelta
a la manzana y refugiarnos en el calor y los amigos. Por suerte para todos la
idea de la guerra se iba adelgazando a esa hora en las memorias, a nadie se le
ocurría repetir los estribillos obscenos contra los prusianos, se estaba tan
bien con las copas llenas y el calor de la estufa, los clientes de paso se
habían marchado y quedábamos solamente los amigos del patrón, el grupo de
siempre y la buena noticia de que la Rousse había pedido perdón a Josiane y se
habían reconciliado con besos y lágrimas y hasta regalos. Todo tenía algo de
guirnalda (pero las guirnaldas pueden ser fúnebres, lo comprendí después) y por
eso, como afuera estaban la nieve y Laurent, nos quedábamos lo más posible en
el café y nos enterábamos a medianoche de que el patrón cumplía cincuenta años
de trabajo detrás del mismo mostrador, y eso había que festejarlo, una flor se
trenzaba con la siguiente, las botellas llenaban las mesas porque ahora las
ofrecía el patrón y no se podía desairar tanta amistad y tanta dedicación al
trabajo, y hacia las tres y media de la mañana Kikí completamente borracha
terminaba de cantarnos los mejores aires de la opereta de moda mientras Josiane
y la Rousse lloraban abrazadas de felicidad y ajenjo, y Albert, casi sin darle
importancia, trenzaba otra flor en la guirnalda y proponía terminar la noche en
la Roquette donde guillotinaban al envenenador exactamente a las seis, y el
patrón descubría emocionado que ese final de fiesta era como la apoteosis de
cincuenta años de trabajo honrado y se obligaba, abrazándonos a todos y
hablándonos de su esposa muerta en el Languedoc, a alquilar dos fiacres para la
expedición.
A
eso siguió más vino, la evocación de diversas madres y episodios sobresalientes
de la infancia, y una sopa de cebolla que Josiane y la Rousse llevaron a lo
sublime en la cocina del café mientras Albert, el patrón y yo nos prometíamos
amistad eterna y muerte a los prusianos. La sopa y los quesos debieron ahogar
tanta vehemencia, porque estábamos casi callados y hasta incómodos cuando llegó
la hora de cerrar el café con un ruido interminable de barras y cadenas, y
subir a los fiacres donde todo el frío del mundo parecía estar esperándonos.
Más nos hubiera valido viajar juntos para abrigarnos, pero el patrón tenía
principios humanitarios en materia de caballos y montó en el primer fiacre con
la Rousse y Albert mientras me confiaba a Kikí y a Josiane quienes, dijo, eran
como sus hijas. Después de festejar adecuadamente la frase con los cocheros, el
ánimo nos volvió al cuerpo mientras subíamos hacia Popincourt entre simulacros
de carreras, voces de aliento y lluvias de falsos latigazos. El patrón insistió
en que bajáramos a cierta distancia, aduciendo razones de discreción que no
entendí, y tomados del brazo para no resbalar demasiado en la nieve congelada
remontamos la rue de la Roquette vagamente iluminada por reverberos aislados,
entre sombras movientes que de pronto se resolvían en sombreros de copa,
fiacres al trote y grupos de embozados que acababan amontonándose frente a un
ensanchamiento de la calle, bajo la otra sombra más alta y más negra de la
cárcel. Un mundo clandestino se codeaba, se pasaba botellas de mano en mano,
repetía una broma que corría entre carcajadas y chillidos sofocados, y también
había bruscos silencios y rostros iluminados un instante por un yesquero,
mientras seguíamos avanzando dificultosamente y cuidábamos de no separarnos
como si cada uno supiera que sólo la voluntad del grupo podía perdonar su
presencia en ese sitio. La máquina estaba ahí sobre sus cinco bases de piedra,
y todo el aparato de la justicia aguardaba inmóvil en el breve espacio entre
ella y el cuadro de soldados con los fusiles apoyados en tierra y las bayonetas
caladas. Josiane me hundía las uñas en el brazo y temblaba de tal manera que
hablé de llevármela a un café, pero no había cafés a la vista y ella se
empecinaba en quedarse. Colgada de mí y de Albert, saltaba de tanto en tanto
para ver mejor la máquina, volvía a clavarme las uñas, y al final me obligó a
agachar la cabeza hasta que sus labios encontraron mi boca, y me mordió
histéricamente murmurando palabras que pocas veces le había oído y que colmaron
mi orgullo como si por un momento hubiera sido el amo. Pero de todos nosotros
el único aficionado apreciativo era Albert; fumando un cigarro mataba los
minutos comparando ceremonias, imaginando el comportamiento final del
condenado, las etapas que en ese mismo momento se cumplían en el interior de la
prisión y que conocía en detalle por razones que se callaba. Al principio lo
escuché con avidez para enterarme de cada nimia articulación de la liturgia,
hasta que lentamente, como desde más allá de él y de Josiane y de la
celebración del aniversario, me fue invadiendo algo que era como un abandono,
el sentimiento indefinible de que eso no hubiera debido ocurrir en esa forma,
que algo estaba amenazando en mí el mundo de las galerías y los pasajes, o
todavía peor, que mi felicidad en ese mundo había sido un preludio engañoso,
una trampa de flores como si una de las figuras de yeso me hubiera alcanzado
una guirnalda mentida (y esa noche yo había pensado que las cosas se tejían
como las flores en una guirnalda), para caer poco a poco en Laurent, para
derivar de la embriaguez inocente de la Galerie Vivienne y de la bohardilla de
Josiane, lentamente ir pasando al gran terror, a la nieve, a la guerra
inevitable, a la apoteosis de los cincuenta años del patrón, a los fiacres
ateridos del alba, al brazo rígido de Josiane que se prometía no mirar y
buscaba ya en mi pecho dónde esconder la cara en el momento final. Me pareció
(y en ese instante las rejas empezaban a abrirse y se oía la voz de mando del
oficial de la guardia) que de alguna manera eso era un término, no sabía bien
de qué porque al fin y al cabo yo seguiría viviendo, trabajando en la Bolsa y
viendo de cuando en cuando a Josiane, a Albert y a Kikí que ahora se había
puesto a golpearme histéricamente el hombro, y aunque no quería desviar los
ojos de las rejas que terminaban de abrirse, tuve que prestarle atención por un
instante y siguiendo su mirada entre sorprendida y burlona alcancé a distinguir
casi al lado del patrón la silueta un poco agobiada del sudamericano envuelto en
la hopalanda negra, y curiosamente pensé que también eso entraba de alguna
manera en la guirnalda, y que era un poco como si una mano acabara de trenzar
en ella la flor que la cerraría antes del amanecer. Y ya no pensé más porque
Josiane se apretó contra mí gimiendo, y en la sombra que los dos reverberos de
la puerta agitaban sin ahuyentarla, la mancha blanca de una camisa surgió como
flotando entre dos siluetas negras, apareciendo y desapareciendo cada vez que
una tercera sombra voluminosa se inclinaba sobre ella con los gestos del que
abraza o amonesta o dice algo al oído o da a besar alguna cosa, hasta que se
hizo a un lado y la mancha blanca se definió más de cerca, encuadrada por un
grupo de gentes con sombreros de copa y abrigos negros, y hubo como una
prestidigitación acelerada, un rapto de la mancha blanca por las dos figuras
que hasta ese momento habían parecido formar parte de la máquina, un gesto de
arrancar de los hombros un abrigo ya innecesario, un movimiento presuroso hacia
adelante, un clamor ahogado que podía ser de cualquiera, de Josiane convulsa
contra mí, de la mancha blanca que parecía deslizarse bajo el armazón donde
algo se desencadenaba con un chasquido y una conmoción casi simultáneos. Creí
que Josiane iba a desmayarse, todo el peso de su cuerpo resbalaba a lo largo
del mío como debía estar resbalando el otro cuerpo hacia la nada, y me incliné
para sostenerla mientras un enorme nudo de gargantas se desataba en un final de
misa con el órgano resonando en lo alto (pero era un caballo que relinchaba al
oler la sangre) y el reflujo nos empujó entre gritos y órdenes militares. Por
encima del sombrero de Josiane que se había puesto a llorar compasivamente
contra mi estómago, alcancé a reconocer al patrón emocionado, a Albert en la
gloria, y el perfil del sudamericano perdido en la contemplación imperfecta de
la máquina que las espaldas de los soldados y el afanarse de los artesanos de
la justicia le iban librando por manchas aisladas, por relámpagos de sombra
entre gabanes y brazos y un afán general por moverse y partir en busca de vino
caliente y de sueño, como nosotros amontonándonos más tarde en un fiacre para
volver al barrio, comentando lo que cada uno había creído ver y que no era lo
mismo, no era nunca lo mismo y por eso valía más porque entre la rue de la
Roquette y el barrio de la Bolsa había tiempo para reconstruir la ceremonia,
discutirla, sorprenderse en contradicciones, jactarse de una vista más aguda o
de unos nervios más templados para la admiración de última hora de nuestras tímidas
compañeras.
Nada
podía tener de extraño que en esa época mi madre me notara más desmejorado y se
lamentara sin disimulo de una indiferencia inexplicable que hacía sufrir a mi
pobre novia y terminaría por enajenarme la protección de los amigos de mi
difunto padre gracias a los cuales me estaba abriendo paso en los medios
bursátiles. A frases así no se podía contestar más que con el silencio, y
aparecer algunos días después con una nueva planta de adorno o un vale para
madejas de lana a precio rebajado. Irma era más comprensiva, debía confiar
simplemente en que el matrimonio me devolvería alguna vez a la normalidad
burocrática, y en esos últimos tiempos yo estaba al borde de darle la razón
pero me era imposible renunciar a la esperanza de que el gran terror llegara a
su fin en el barrio de las galerías y que volver a mi casa no se pareciera ya a
una escapatoria, a un ansia de protección que desaparecía tan pronto como mi
madre empezaba a mirarme entre suspiros o Irma me tendía la taza de café con la
sonrisa de las novias arañas. Estábamos por ese entonces en plena dictadura
militar, una más en la interminable serie, pero la gente se apasionaba sobre
todo por el desenlace inminente de la guerra mundial y casi todos los días se
improvisaban manifestaciones en el centro para celebrar el avance aliado y la
liberación de las capitales europeas, mientras la policía cargaba contra los
estudiantes y las mujeres, los comercios bajaban presurosamente las cortinas
metálicas y yo, incorporado por la fuerza de las cosas a algún grupo detenido
frente a las pizarras de La Prensa, me preguntaba si sería capaz de seguir
resistiendo mucho tiempo a la sonrisa consecuente de la pobre Irma y a la
humedad que me empapaba la camisa entre rueda y rueda de cotizaciones. Empecé a
sentir que el barrio de las galerías ya no era como antes el término de un
deseo, cuando bastaba echar a andar por cualquier calle para que en alguna
esquina todo girara blandamente y me allegara sin esfuerzo a la Place des
Victoires donde era tan grato demorarse vagando por las callejuelas con sus
tiendas y zaguanes polvorientos, y a la hora más propicia entrar en la Galerie
Vivienne en busca de Josiane, a menos que caprichosamente prefiriera recorrer
primero el Passage des Panoramas o el Passage des Princes y volver dando un
rodeo un poco perverso por el lado de la Bolsa. Ahora, en cambio, sin siquiera
tener el consuelo de reconocer como aquella mañana el aroma vehemente del café
en el Pasaje Güemes (olía a aserrín, a lejía), empecé a admitir desde muy lejos
que el barrio de las galerías no era ya el puerto de reposo, aunque todavía
creyera en la posibilidad de liberarme de mi trabajo y de Irma, de encontrar
sin esfuerzo la esquina de Josiane. A cada momento me ganaba el deseo de
volver; frente a las pizarras de los diarios, con los amigos, en el patio de
casa, sobre todo al anochecer, a la hora en que allá empezarían a encenderse
los picos de gas. Pero algo me obligaba a demorarme junto a mi madre y a Irma,
una oscura certidumbre de que en el barrio de las galerías ya no me esperarían
como antes, de que el gran terror era el más fuerte. Entraba en los bancos y en
las casas de comercio con un comportamiento de autómata, tolerando la cotidiana
obligación de comprar y vender valores y escuchar los cascos de los caballos de
la policía cargando contra el pueblo que festejaba los triunfos aliados, y tan
poco creía ya que alcanzaría a liberarme una vez más de todo eso que cuando
llegué al barrio de las galerías tuve casi miedo, me sentí extranjero y
diferente como jamás me había ocurrido antes, me refugié en una puerta cochera
y dejé pasar el tiempo y la gente, forzado por primera vez a aceptar poco a
poco todo lo que antes me había parecido mío, las calles y los vehículos, la
ropa y los guantes, la nieve en los patios y las voces en las tiendas. Hasta
que otra vez fue el deslumbramiento, fue encontrar a Josiane en la Galerie
Colbert y enterarme entre besos y brincos de que ya no había Laurent, que el
barrio había festejado noche tras noche el fin de la pesadilla, y todo el mundo
había preguntado por mí y menos mal que por fin Laurent, pero dónde me había
metido que no me enteraba de nada, y tantas cosas y tantos besos. Nunca la
había deseado más y nunca nos quisimos mejor bajo el techo de su cuarto que mi
mano podía tocar desde la cama. Las caricias, los chismes, el delicioso
recuento de los días mientras el anochecer iba ganando la bohardilla. ¿Laurent?
Un marsellés de pelo crespo, un miserable cobarde que se había atrincherado en
el desván de la casa donde acababa de matar a otra mujer, y había pedido gracia
desesperadamente mientras la policía echaba abajo la puerta. Y se llamaba Paul,
el monstruo, hasta eso, fíjate, y acababa de matar a su novena víctima, y lo
habían arrastrado al coche celular mientras todas las fuerzas del segundo distrito
lo protegían sin ganas de una muchedumbre que lo hubiera destrozado. Josiane
había tenido ya tiempo de habituarse, de enterrar a Laurent en su memoria que
poco guardaba las imágenes, pero para mí era demasiado y no alcanzaba a creerlo
del todo hasta que su alegría me persuadió de que verdaderamente ya no habría
más Laurent, que otra vez podíamos vagar por los pasajes y las calles sin
desconfiar de los portales. Fue necesario que saliéramos a festejar juntos la
liberación, y como ya no nevaba Josiane quiso ir a la rotonda del Palais Royal
que nunca habíamos frecuentado en los tiempos de Laurent. Me prometí, mientras
bajábamos cantando por la rue des Petits Champs, que esa misma noche llevaría a
Josiane a los cabarets de los bulevares, y que terminaríamos la velada en
nuestro café donde a fuerza de vino blanco me haría perdonar tanta ingratitud y
tanta ausencia.
Por
unas pocas horas bebí hasta los bordes el tiempo feliz de las galerías, y
llegué a convencerme de que el final del gran terror me devolvía sano y salvo a
mi cielo de estucos y guirnaldas; bailando con Josiane en la rotonda me quité
de encima la última opresión de ese interregno incierto, nací otra vez a mi
mejor vida tan lejos de la sala de Irma, del patio de casa, del menguado
consuelo del Pasaje Güemes. Ni siquiera cuando más tarde, charlando de tanta
cosa alegre con Kikí y Josiane y el patrón, me enteré del final del
sudamericano, ni siquiera entonces sospeché que estaba viviendo un
aplazamiento, una última gracia; por lo demás ellos hablaban del sudamericano
con una indiferencia burlona, como de cualquiera de los extravagantes del
barrio que alcanzan a llenar un hueco en una conversación donde pronto nacerán
temas más apasionantes, y que el sudamericano acabara de morirse en una pieza
de hotel era apenas algo más que una información al pasar, y Kikí discurría ya
sobre las fiestas que se preparaban en un molino de la Butte, y me costó
interrumpirla, pedirle algún detalle sin saber demasiado por qué se lo pedía.
Por Kikí acabé sabiendo algunas cosas mínimas, el nombre del sudamericano que
al fin y al cabo era un nombre francés y que olvidé en seguida, su enfermedad
repentina en la rue du Faubourg Montmartre donde Kikí tenía un amigo que le
había contado; la soledad, el miserable cirio ardiendo sobre la consola
atestada de libros y papeles, el gato gris que su amigo había recogido, la
cólera del hotelero a quien le hacían eso precisamente cuando esperaba la
visita de sus padres políticos, el entierro anónimo, el olvido, las fiestas en
el molino de la Butte, el arresto de Paul el marsellés, la insolencia de los
prusianos a los que ya era tiempo de darles la lección que se merecían. Y de
todo eso yo iba separando, como quien arranca dos flores secas de una
guirnalda, las dos muertes que de alguna manera se me antojaban simétricas, la
del sudamericano y la de Laurent, el uno en su pieza de hotel, el otro disolviéndose
en la nada para ceder su lugar a Paul el marsellés, y eran casi una misma
muerte, algo que se borraba para siempre en la memoria del barrio. Todavía esa
noche pude creer que todo seguiría como antes del gran terror, y Josiane fue
otra vez mía en su bohardilla y al despedirnos nos prometimos fiestas y
excursiones cuando llegara el verano. Pero helaba en las calles, y las noticias
de la guerra exigían mi presencia en la Bolsa a las nueve de la mañana; con un
esfuerzo que entonces creí meritorio me negué a pensar en mi reconquistado
cielo, y después de trabajar hasta la náusea almorcé con mi madre y le agradecí
que me encontrara más repuesto. Esa semana la pasé en plena lucha bursátil, sin
tiempo para nada, corriendo a casa para darme una ducha y cambiar una camisa
empapada por otra que al rato estaba peor. La bomba cayó sobre Hiroshima y todo
fue confusión entre mis clientes, hubo que librar una larga batalla para salvar
los valores más comprometidos y encontrar un rumbo aconsejable en ese mundo donde
cada día era una nueva derrota nazi y una enconada, inútil reacción de la
dictadura contra lo irreparable. Cuando los alemanes se rindieron y el pueblo
se echó a la calle en Buenos Aires, pensé que podría tomarme un descanso, pero
cada mañana me esperaban nuevos problemas, en esas semanas me casé con Irma
después que mi madre estuvo al borde de un ataque cardíaco y toda la familia me
lo atribuyó quizá justamente. Una y otra vez me pregunté por qué, si el gran
terror había cesado en el barrio de las galerías, no me llegaba la hora de
encontrarme con Josiane para volver a pasear bajo nuestro cielo de yeso.
Supongo que el trabajo y las obligaciones familiares contribuían a impedírmelo,
y sólo sé que de a ratos perdidos me iba a caminar como consuelo por el Pasaje
Güemes, mirando vagamente hacia arriba, tomando café y pensando cada vez con
menos convicción en las tardes en que me había bastado vagar un rato sin rumbo
fijo para llegar a mi barrio y dar con Josiane en alguna esquina del atardecer.
Nunca he querido admitir que la guirnalda estuviera definitivamente cerrada y
que no volvería a encontrarme con Josiane en los pasajes o los bulevares.
Algunos días me da por pensar en el sudamericano, y en esa rumia desganada
llego a inventar como un consuelo, como si él nos hubiera matado a Laurent y a
mí con su propia muerte; razonablemente me digo que no, que exagero, que
cualquier día volveré a entrar en el barrio de las galerías y encontraré a
Josiane sorprendida por mi larga ausencia. Y entre una cosa y otra me quedo en
casa tomando mate, escuchando a Irma que espera para diciembre, y me pregunto
sin demasiado entusiasmo si cuando lleguen las elecciones votaré por Perón o
por Tamborini, si votaré en blanco o sencillamente me quedaré en casa tomando
mate y mirando a Irma y a las plantas del patio.

