Libro No. 309. Árbol de la Memoria. Ibáñez, Guillermo.
Libro No. 309. Árbol de la Memoria. Ibáñez, Guillermo. Colección Emancipación Obrera. Marzo 10 de 2012.
Título original: Versión Original: © Árbol de
la memoria. Ibáñez, Guillermo
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
IBÁÑEZ,
Guillermo
Guillermo
Ibáñez nació en Rosario, Pcia. de Santa Fe, el 1 de junio de 1949. Su domicilio
es Alvear 350, 2000 Rosario, Tel. 37-2325.
Ha publicado los siguientes libros, en forma individual: Tiempos (poesía) Ed.
Nuestro Tiempo, Rosario, 1968; Introspección (poesía), Ed. Siglo, Rosario,
1970; El lugar (poesía), Ed. Runa, Rosario, 1973; Contornos de juego - crónicas
y narraciones- (narrativa), Ed. La Ventana, Rosario, 1979 (lº ed.) y 1980 (2º
ed.); Poema último (poesía), Ed. La Ventana, 1981, ilustrado con una obra
especialmente realizada por el plástico Pedro Giacaglia; Poema del ser
(poesía), Ed. Juglaría, Rosario, 1986, con ilustraciones del plástico Juan
Carlos Elechosa; Los espe jos del aire (poesía), Ed. Juglaría, 1989; Poema
último, Ed. Juglaría, 1995 (3ra. ed.), con tapa de Z. Ducmelic y corpposiciones
fotográficas realizadas por Julio Ray6n; Las voces de la palabra - sombras
sonoras, Ed. Juglaría, 1992, con fotografías especialmente realizadas en el
lugar que se escribieron los poemas (Zavalla) por el artista José F. Pintón. En
forma colectiva con otros autores y antologías: 15 Poetas, Ed. Runa, 1971; 52
Poetas, Ed. Sociedad Argen- tina de Escritores de Buenos Aires, 1971; Poemario
72, Ed. del Alto sol, Bs. As., 1972; Poemas, Ed. Mantrana 7000, Bs.As., 1974;
Poesía viva de Rosario, Ed. Instituto de Estudios Nacionales, Rosario, 1976;
Antología de la poesía argentina, Ed. Fausto, Bs. As., 1979 (compilada por Raúl
Gustavo Aguirre); Poemas, Ed. La Ventana, 1979; Muestra poética, Ed. El
laberinto, Rosario, 1979; Dosy dos, Ed. El laberinto, 1980; Poemas de amor, Ed.
La Ventana, 1982; Palabras y silencios (poemas para leer en las calles), Ed. La
Ventana, 1983; Dianfo de poesía, Ed. de la Direcci6n de Cultura, Municipalidad
de Rosario, Nº4, 1983, (dirigida por Alberto C. Vila Ortiz) ; Poemas por
América, Ed. Juglaría, 1985; Poemas por el hombre, Ed. Juglaría, 1990;
Selección de poemas, Ed. Municipal de Rosario, 1992, y La única ciudad, Ed.
Homo Sapiens, Rosario, 1994. Con el sello Poesia de Rosario se ha editado el
cassette La noche es un mito de esperas (poemas de amor), con música compuesta
y realizada por Maximiliano Velloso y Cristian Petrone (lº edic. 1994, 2º edic.
1995).
Ha publicado, además, crítica, comentarios de libros, ensayos, poemas y cuentos
en diarios y revistas del país y del extranjero. Se destaca la serie de ensayos
publicados en el diario La Capital de Rosario sobre POESIA ARGENTINA CON
TEMPORANEA dedicada a José Peyre, Willy Harvey, Orlando Calgaro, Héctor
Yánover, Luis Franco, María del Carmen Suarez, Edgar Morisoli, Jorge E.
Ramponi, Luis F. Houlin, Sofía Acosta, Lucía Carmona, entre otros, y las
contratapas de narrativa en el diario Página 12 de Rosario. Ha realizado
asimismo conferencias y recitales en diver- sas Instituciones argentinas y
latinoamericanas.
Es miembro de la Sociedad Argentina de Historiadores y desde 1993 dirige la
colección Poesía de Rosario, que lleva editados cuatro números, una Antología,
realizando jornadas, encuentros y congresos del género. Continúan editándose
bajo el sello Poesía de Rosario, los sobrecitos de azúcar de la firma Domingo
Bráttoli. El autor cuenta en su casa con una muestra de libros de poesía de
Rosario, la cual ha sido exhibida en el país y el extranjero que puede ser
consultada.
http://www.poemaria.com/index.php/autores/3664-ibanez-guillermo
Guillermo Ibáñez
Árbol De La Memoria
Guillermo
Ibáñez Árbol
De La Memoria
La poesía de Guillermo Ibáñez
La reunión de poemas de las distintas etapas de la obra de Guillermo
Ibáñez se hacía necesaria. En las condiciones de conocimiento por parte de los
lectores de poesía en nuestro país, nada más proclive al error que conocer a un
poeta por sólo un libro o un par de libros. Más aún en el caso de Ibáñez, que
se trata de un poeta complejo cuya obra posee un desarrollo no lineal,
caracterizado por recurrencias y superposi-ciones; que además, la suya está
parcialmente dispersa en publicaciones y volúmenes colectivos.
Por su fecha y lugar de nacimiento, nuestro poeta debió haber adherido a
los parámetros del creacionismo o, mejor aún, del cotidianismo. Con el primer
nombre hemos preferido designar a la corriente que suele identificarse como
“Segunda generación vanguardista”, o “Vanguardia surrealista”. Pero nuestro
apelativo connota inequívocamente para mayor claridad la relación de estos
poetas con las teorías de Vicente Huidobro: “no cantéis la rosa, poetas/hacedla
florecer en el poema”, que sirvieron de principio rector para la corriente y la
distinguieron del vanguardismo primigenio, que otorgaba a la poesía un papel
más restringidamente celebratorio.
G. Ibáñez nace en Rosario en 1949. Al llegar a la adolescencia, cuando
empiezan a dársele los primeros poemas, termina de florecer el creacionismo
rosarino, ciertamente algo atrasado con relación a movimientos porteños como el
invencionismo de Edgar Bayley o su posterior decantación en los poetas de
“Poesía Buenos Aires”, liderados por Raúl Gustavo Aguirre. Para entonces,
autores como Aldo Oliva, Alberto Carlos Vila Ortiz, Rafael Ielpi, Elena Siró o
Armando Raúl Santillán -precedidos de Rubén Sevlever, que hace de nexo con la
sensibilidad anterior, la de la Generación del 40-, ya están publicando
revistas literarias, y dando a conocer sus primeros libros.
Pero simultáneamente otros poetas, de la misma o parecida edad que él,
circulan por bares y foros culturales de la ciudad, defendiendo una
sensibilidad distinta: si los anteriores se han beneficiado con la
democratización cultural aportada por la bonanza económica que aprovechan los
sectores medios y humildes, éstos viven esa democratización como natural, y
proyectan los valores antes privativos del libro a los géneros despreciados de
la historieta, la canción, la novela policial y de ciencia-ficción; y odian el
tuteo en la narrativa (aunque difícilmente se animarán a suprimirlo de la
poesía). La corriente que van a generar ha recibido nombres como cotidianismo,
coloquialismo, Generación del 70.
Cuando G.I. comienza su actividad poética, tras juveniles experiencias
teatrales, sin embargo, no es a ninguna de estas líneas que adhiere.
En efecto, desde “Tiempos”, libro primerizo de 1968, y continuando en
“Las paredes”, e “Introspección”, de 1970, su primer libro poéticamente
importante, se lo ve comulgar con un desasosiego cósmico de corte vanguardista:
“Pisar el silencio continuo
de eternas introspecciones
sin que nadie comprenda
el sentido metasónico
hundido en la abstracción
del Universo.”
que se continuará en las dos composiciones contenidas en “Poemario 72”,
una edición colectiva:
“Las puertas son herméticas
a través de la oscuridad
y desciendo escalones
de mí mismo
por una escalera inconducente”
y en los trabajos incluidos en “15 poetas” (1971), un parecido
emprendimiento, donde los vecinos poemas de Guillermo Harvey, uno de los poetas
creacionistas más emblemáticos de la ciudad, revelan la influencia que éste
tiene en nuestro autor, matizando su postura anterior con una ahora evidente
demiurgia.
Todos estos elementos se sistematizarán y adquirirán nueva significación
en “El lugar” (1973), uno de sus mejores libros. Desaparece aquí la
predominancia anterior de los signos abstractos, y las referencias crecen en
carnalidad; el emisor lírico cobra realidad.
Este último, el supuesto delirante que masculla su mensaje desde «El
lugar» del título, tiene puntos de contacto con el pesimista demiúrgico de la
etapa anterior y con el vitalista whitmaniano que aparecerá después; en parte
porque, según un hábito literario que proseguirá más tarde, el autor incluye
poemas ya publicados antes. Pero ahora estas composiciones son portadoras de
elementos con significación distinta, se crea un sistema nuevo:
“quiero derrumbarme
en la penumbra orbital
de mi universo incendiado”
En este cosmos, que ya es conciente del ser propio del poeta, se
despliegan visiones demenciales que alcanzan a sostenerse en virtud de esta
pertenencia; y se genera un lenguaje fuertemente personal:
“La noche borra
las esperanzas de
encontrar dulzor”
La demiurgia trasciende la postura con que los creacionistas habían
impregnado su discurso; se vuelve vitalismo típicamente vanguardista:
“sigo tratando de duplicarme centuplicarme
para sentir más veces lo humano que soy
para ver millones de noches en una”.
Contra estas posibilidades del emisor lírico se alzan las paredes “del
lugar”, el encierro donde la realidad ata al genio, cuyo debatirse engendra el
poema:
“Hay un cielo, llamándome a poseerlo
y yo me oculto detrás del encierro.”
Un año después, trabajos suyos integran un volumen de poemas junto a Ana
María Cué, Dora Norma Filiau y Armando Raúl Santillán (“Poemas”). Los de
nuestro autor, fechados desde la época
del primer libro publicado, comparten por esa razón, características de los
anteriores reseñados, permitiendo seguir una abreviada evolución, que regresa a
la función creacionista de aceptar o desechar poderes del poeta en tanto que
tal, ya que es la palabra que interrumpe la disgregación de la realidad, y, por
ende, el miedo a que ésta cese, lo que proporciona dramaticidad al discurso.
“2 y 2” es otra edición conjunta de los mismos autores de “Poemas”.
Aparece recién en 1980, -es decir, seis años después que la otra-, y en lo que
se refiere a Ibáñez, contiene “Los espejos del aire”, una serie subtitulada
“Poemas del paisaje”, que se reeditará casi completa en 1989 con ese mismo
título y subtítulo en forma independiente. Estas composiciones constituyen un
nuevo corte, y a ellas nos referiremos más adelante, pero en 1981 se da a
conocer “Poema último”, que también tendrá una reedición (en 1992), y que
continúa la línea anterior, por lo cual
será tratado a continuación.
“Poema último” ya desde el título parece ser la expresión más dilatada
del vitalismo que antes aparecía mezclado con otras posturas: algo así como un
testamento, una palabra final porque su trascendencia no permitiría otras, un
discurso que se clausura:
“Vivir
este voraz ceremonial
(...)
la huida del equilibrio
el vértigo total
como si arribáramos a la muerte.”
Esta actitud propuesta como demencial, en la que se abandona la
referencialidad habitual para hundirse en una omnipresente actividad erótica,
convierte a la existencia en un hecho estético, precisamente por la inutilidad
de todo fin práctico:
“Escribir para nada”
La función del poeta, con todo, sigue siendo demiúrgica, no sólo porque
esta realidad trascendente es creada por él, sino porque es también él, quien
se encarga de: “…alarmar/a los que permanecen dormidos.”, el que confiere
sentido a la vida y al universo común, en función del mundo paralelo que crea
con su palabra.
“Poemas de amor”, publicado en un libro conjunto con Jorge Isaías (“En
carne viva”) en 1982, muestra en cambio un creacionismo mucho más moderado,
donde el emisor lírico percibe y selecciona las señales de lo trascendente,
pero desde una actitud mucho más intelectual:
“Me hundo en los tembladerales
voluptuosos de tu voz
y es como si de pronto
reabriera sus posibiliades
el cielo inalcanzable
de la Vida.” (subrayado nuestro)
En 1983, Ibáñez vuelve a publicar con otro poeta. Se trata esta vez de
Reynaldo Uribe, y el nuevo volumen se llama “Palabras y silencios”. Nuevamente
predomina aquí lo demiúrgico por sobre aquel tono vitalista de “Poema Último”.
En efecto, “ya estar no significa/Estar/sino todo lo contrario”. Ahora lo
último ya no es el poema, sino el estar, que deja como trascendencia “un
silencio / y en poemas hilvanada / alguna que otra palabra.”
Estas palabras que aparecen como intrascendentes o fugaces, no lo son
tanto en realidad, ya que fundan la razón del poeta para decirlas. Pocas,
sirven para diseñar, para configurar, su discurso creador de la realidad tal
como él la sueña, la auténtica, y no la banal cotidiana que “extravía” los
pasos.
No es de extrañar, entonces, que en un nuevo volumen colectivo, “Poemas
para América”, de 1985, G.I. se permita aconsejar paternalistamente al hermano
“que aún no despierta”, y gritar su indignación cívica y étnica en un tono más
bien chirriante .
Tras éste, aparece “Poema del ser” en 1986. Nuevamente asume el
vitalismo, pero esta vez bajo la advocación expresa de Walt Whitman y se aleja
marcadamente de las posturas creacionistas: «Soy el nuevo poeta de la vida / y
sólo me inclino ante ella.»
Efectivamente, ya no son las palabras las que están facultadas para dar
justificación al mundo: él existe antes que ellas; incluso el silencio ya no es
la ausencia de palabras del poeta, sino algo con valor propio. El poeta pasa a
una condición de mero celebrador, se reconoce valer sólo como parte
infinitesimal de lo viviente, de “lo que es”, que forma por así decirlo, él
solo el poema (del Ser), que el emisor lírico sólo tiene la función de
reconocer y predicar.
Esta actitud estética vincula a nuestro poeta, de nuevo con la antigua
Vanguardia, aunque con marcas actuales
lo lleva a redefinir el paisaje, que tendrá desde entonces una
importancia especial en su poesía. “Los espejos del aire” -los poemas “del
paisaje”- precisamente, constituirán un punto clave de esta poesía,
republicados ahora, en 1989, después de integrar la edición colectiva de 1980,
a la que ya nos hemos referido. Con todo, no se los reproduce idénticamente:
hay algunas significativas variantes, y algunas composiciones se suprimen. Lo
que ahora aparece constituye lo más logrado de la lírica de Ibáñez : un
discurso sereno que se inclina ante el otro, ante lo que no es el yo, la
naturaleza (“el paisaje”), cuya onticidad es ahora la que impregna de realidad
al hablante lírico, con avatares que ya no son mostrados como tan centrales o
importantes (“Quizás entre al sueño / para escribir el poema”).
La inversión de la relación creacionista es el aspecto más original de
esta etapa de su poética: la naturaleza enseña al hombre a callar:
“Creo que estaré siempre allí
para olvidar las palabras.”
Y en cuanto al papel del emisor lírico:
“No es necesario
ponerle palabras
al paisaje.”
Esta postura no podría provenir, lógicamente, de los vanguardistas
“ortodoxos”, cuyas líricas florecieron en otro momento. De hecho, ellos no
tuvieron que “responder” al creacionismo, sino que fue más bien al revés, y si
una poeta como Beatriz Vallejos va dejando de describir al mundo para, en
realidad, terminar siendo descripta por éste, por ser nombrada por el otro, en
un proceso de indiferenciación, de consustancialidad, ello no ocurre como
reacción a las posturas demiúrgicas. En Ibáñez, en cambio, ello se produce como
clara respuesta a aquéllas, incluidas las que él mismo suscribió.
El abandono de la visión del poeta como creador de realidad se muestra
claramente como derrota ante la naturaleza, como deseada capitulación;
modalidad especial con que se alinea ahora con los propósitos de su generación,
perseguido también por los cotidianistas, aunque con otros métodos. De hecho,
ha probado que no necesita acudir a los métodos de los cotidianistas (en “Las
voces de la palabra” figurará el único caso de voseo utilizado por él), para
marcar la diferencia con la generación que lo precede.
En la edición conjunta “Poemas por el hombre”, (1990), recae en el
creacionismo, por ser textos anteriores a «Poemas del paisaje». El hombre de
estos poemas no sólo vuelve a ser el eje del mundo, en detrimento de la
naturaleza, sino que el poeta, el que le ha dado ese carácter, es mostrado como
quien genera ese mundo donde eso se produce,publicados extemporáneamente y
pertenecientes a modos anteriores de expresión.
“Las voces de la palabra” -que llevan el subtítulo de “Sombras
sonoras”-, de 1992; proponen una nueva actitud en esta dinámica
hombre/naturaleza; intentan la intervención del poeta creador que se valga del
enorme poder de aquélla, de su potencial óntico, para generar un mundo humano
donde la verdad sea perceptible también humanamente:
“Reproducir
el trino y
el graznido
de la alondra
o del cuervo.
Rasgar con
esa voz
los velos.”
Este resistirse al silencio, al que antes el poeta se abandonaba
gozosamente, se funda en una bipartición indispensable para leer estos poemas:
“Para las cosas
el silencio.
Para el hombre
la voz.”
Con todo, “se es más la voz / que lo que se canta”. La explicitada
predominancia de lo material del canto por encima de sus valores trascendentes
no elimina la actividad demiúrgica, pero la convierte en una especie de
conjuro, donde el papel del poeta pierde autonomía intelectual, donde su
lucidez deja de ser fundante. El poeta, parece decirnos Ibáñez, es el encargado
sí, de lograr que el mundo sea real, pero por medio de una intervención donde
el ritual -que puede diseñar apenas- importa más que el celebrante.
Esta tesitura significativa se prolonga, pese a un intervalo de ocho
años, en «El arte del olvido» (2000), que forma parte de lo escrito a partir de
los 90 junto con «Los velos de la luz», «Estandartes», «En la palabra».
Palabra y silencio son dos polos semánticos que se corresponden con
hombre y paisaje; y su dinámica, su particular forma de articulación, es la que
funda el discurso. Así, Ibáñez se configura generacionalmente, afirmando su voz
como inefable e insustituíble; pero también renunciando a considerar su hablar
como creador del mundo.
La palabra es, más bien, la creadora del silencio: ese lugar -un lugar,
una vez más-, donde el paisaje puede, en realidad, crearnos a nosotros. Pero
sólo a condición de ser, a su vez, delimitado, definido como silencio, por la
voz del poeta.
Esta edición incorpora también la poética inédita del autor hasta el
2000. Dentro de ésta, se incluyen los restantes poemas que integran «El arte
del olvido» que no figuraron en la primera edición. De este modo, el lector
poseerá una visión abarcadora y completa de su obra.
Eduardo D’Anna
Este conjunto de poemas son producto de distintas épocas en
publicaciones de diferentes libros.
La edición conforma un corpus y es definitiva, después de sucesivas
correcciones, a mi entender necesarias, para esta antología que en cierta forma
es, en su totalidad, mi trabajo poético hasta el año 2000.
G.I.
Del libro
Introspección
(1970)
I
Por qué,
ésa era
la pregunta
de mi niño.
Para qué,
es hoy
incontestable.
Hoy
El cielo se abrió a mis ojos
y nací a este momento,
el momento con fe de sangre
y he visto derramarme.
Desde la primera letra
en posición de punto
que se hace siglo,
del invento de alegrías,
de puentes hacia el llanto,
de transformación de esquemas,
siento el mismo cansancio
en mis pies viejos.
Del reflejo introvertido
de la perfecta rutina.
Del caos de la luz
y del invierno,
del silencio, la guerra y la arruga.
Nací mi muerte con la extrañeza
del tarado y tal como antes
me estoy llamando.
El cielo se cerró en mis párpados
y recién entonces, pensando
me sentí esperado.
Ya no había negación en el silencio
ni oscuridad en la luz del día.
Tanto tiempo transcurrí, soñaba.
Pesado minuto caído de la nada y
ya vuelto.
Ayer observé detenidamente
mi terraza en el espejo del agua
y la sabía con el deseo de ahogarse.
Ayer estuve recordando;
nadie tiene azotea,
sólo algo así como una sonrisa,
dientes de brillante, ojos de vidrio
y lengua de gigante.
Manos de nene, pies de tambor,
dedos de sentencia,
Hoy amanecí temblando:
el miedo era mi llanto.
La puerta herméticamente abierta
Dolorosamente las paredes
sollozan
ante mi respiración oculta.
Cada lado de este cubo
huye de mis ojos
y siempre mis brazos
son cortos
para algo tan vano
como el olvido.
Cada plano se convexa
y un globo me circunda,
nuevo o viejo,
como el nuevo o viejo globo.
Las diferencias están en que
lo mío es transparente.
La mirada guarda soledades
incómodas, mudas y tristes
que socavan el cuerpo.
Estoy totalmente conmigo
con todos los testigos que
guardo sin ruido.
La habitación llora mis
lóbregas diferencias
y a mi cielo, a mi tiempo,
a mi sueño
y al silencio impotente
cargado de gritos
de un primer número
similar a la perfección
inconsciente.
Deshecho de esencia
El tiempo aniquila rotundamente
todos los anhelos cósmicos
de un ser que busca
su misma esencia
en la introspección profunda,
y al no llegar fuerte
a su memoria primera
queda detenido en una espera de cielo
con un reloj en la mano izquierda
y su propio espejo en la derecha.
Ahí, en el lugar que la especie le confirió
la sabiduría,
los pájaros caminan por la terraza
y los buitres comen de su mano derecha.
Más abajo, haciendo esfuerzos
las angustias navegan
en un río de semen
que se desperdicia
en el sexo del mundo.
Penúltimo escalón
Ya no habrá un amanecer y un sol
ni mañanas calculadas en los ojos
despertadores o camas sin deshacer.
Todo será cobijarse en la tutela
de la noche, sin girar las músicas
ni volcar lenitivos en nuestra boca.
Desde este momento
la entraña devoradora
tendrá algo más para sus hijos
que nunca dejan de pedir.
No habrá intercambios de ideas,
sólo nosotros, destrozados.
Con un suspiro de alivio
y un reencuentro fugaz e inútil
en los espejos,
para al fin perderse,
dejarse arrastrar allá,
nunca y siempre, luz y oscuridad.
Al fin dejar el suplicio.
Centrifugarse, comer vacío
y girar en el aire, eternamente.
Poema en tiempo
Hastío ya no.
La espera agobiante
o el cáliz de muerte
que suele buscarse.
Huir hacia ayer
que era tiempo.
Hoy el alegre silencio
se hace llanto.
Hoy verde campo
ha llovido y llovido
lágrimas sin sentido.
Hoy noche de verde
y verde de noche,
noche, negro negro.
Negro para llegar
al centro.
Hoy, centro cerebro,
caos y negro.
¿El rojo
será sólo un puente?
Poema sin nombre
La calle conservó el
mismo clima de entonces.
Aquella vez vacía y gris.
Compactos empedrados
se metieron en mi boca,
fui tragando la sed de la noche
y encontré su lecho oscuro.
Este hombre complementario
balbuceó sólo unas palabras
que no alcanzaron
para darle nombre.
Exacto paso y mirar transverso.
La hegemonía del paisaje
era cerrada, había sombras.
Aún ahora, poblada de gris vacío
cubre la noche gastada
del señalado hombre,
hombre aparte, prisión de paredes,
balcones y puertas,
silencio de telarañas, hombre derruido.
Nadie pudo terminar el camino.
Del libro
El lugar
( 1973)
Onírico
Entre los buitres de los sueños.
Entre los buitres angelicales monstruosamente acicalados,
surge el fuego, hecho por el tedio de los volcanes interiores.
Quizás por eso en la noche de todos los silencios
y de la gruta estrellada,
los papeles y los ojos se mezclan en habladurías,
cuando los pájaros azules del ventrílocuo,
van volviendo a la botella
que se tapa con un corcho de nubes.
Nubes de mentira con laderas que vuelcan su frío,
el frío de los árticos, el frío de los infiernos,
el calor de los cielos se cierne sobre nosotros,
el cielo de los cielos baja hasta los infiernos.
El infierno sube, baja. El infierno es de frío.
El cielo de caluroso invierno.
Es entonces cuando los vasos inigualables de la perdición
se encuentran en todas las esquinas para apoyarse
sobre los torrentes del papel.
El momento en que los pájaros buscan, para emigrar,
para huir hacia los hermosos espacios blancos.
Mientras, desde el vientre meta-atmosférico
parten tres carros de ilusiones
que batallan con los infiernos ascendentes
y los cielos esenciales.
Solución conocida
Llevo en mí un destino de pie grande hundido en la tierra
un deseo de doblar cada esquina de la noche
para encontrar el propio eco,
para no morir sin saber del próximo sol,
para despertar después de haber podido dormir.
Una deuda de noches al destino onírico
y al sol nocturno de hielo,
con mi incomparable pobreza de niño
con mi niñez de martirio insufrible
con mi cobardía inmensa de hombre,
apartándome hasta el límite de la inconciencia
para escapar de paredes de sueño que asimilan
esquemas y expelen resultados,
o de los que sientan sus ojos sobre el cielo para amar
careciendo de manos.
Nunca faltan ésos. Ni tampoco el que grita. Ni el que muere, el
desesperado que se ahoga, el que muere en sueños,
el que sube con zapatos de plomo una montaña inaccesible.
Ni el que grita, ni el que muere, ni la repetición constante,
y sigo tratando de duplicarme, centuplicarme, para sentir más veces lo
humano que soy, para ver millares de noches en una
y llegar al día al final del conteo.
Entonces, para qué andar caminando la soledad si la luz
es muerta, si el cauce es río.
Para qué conociendo la solución.
Para qué, si las venas engordan como niños glotones
cuando se las estrangula.
Poema 2
Transito
valles
sueños
viejos caminos
que conducen
a un maduro desierto
allí
la magnitud
suprema
se parece
al viento.
Inmensidad
Hay un cielo llamándome a poseerlo
y yo me oculto debajo de él.
Las estrellan treparon la cavidad celeste
y el firmamento poblado no es tan vano.
Todo es imposible, encadenado a tranquilizantes
que paralizan toda voluntad.
Es espantoso asimilar el llamado
porque al tratar de evadir la prisión,
los soldados blancos retoman sus puestos
y a veces suaves, otras violentos,
me devuelven al sitio del gran cuarto
donde otros como uno cada día,
ven truncada su esperanza de ver cielo
en cada huída frustrada hacia los patios
cuando el timbre da
la última
llamada.
Hasta la calma
Dejarse caer entre paredes
que ahogan,
sin gritar mis gritos,
auscultando el latido de sus sienes
arremolinadas para indagar
mi pasado,
para contemplar con curiosidad
mis vértigos que no
llegan al éxtasis
y siempre quedan en la noche.
Mis ancestros se asoman
por los ojos de las paredes
al agujero de mi techo.
Primero, gritos horrendos
y celestiales.
Luego la lectura de vibraciones
integrada por cada uno de esos
electrodos sembrados
en mi cerebro.
Todos averiguan cosas
que no quiero saber.
Todos miran el agujero
que yo no puedo,
a no ser que vuelva la mirada
hacia otra vida.
Caigo presa del pánico.
Caigo y golpeo mi cabeza
contra el piso endurecido
y todo vuela y se pierde, oscurece,
es todo claro y es triste;
y sigo golpeándome con alegría
y todo gira, vuelve y vuela
y las paredes se posan sobre las moscas,
los cabellos peinan peines
y las lámparas se iluminan
por intermedio de los azulejos.
Mis dedos insensibles se poseen
aferrados a mi cabeza
y me desarmo y reconstruyo
entre furia de piernas
de manos, de gritos,
de gritos que se introducen
en la costumbre del agua y el agua
se hace calma en esas horas.
Una y otra vez la lucha desorbitada
abatiendo fantasmas,
el delirio se eleva conmigo.
Entonces bebo quietud.
Estadía
I
Escurrirse del sopor
de la oscuridad.
Clavar los dedos
en piedras de hastío.
Caminar hacia el delirio.
Los rostros demudados.
Consagrar el miedo,
al confín
de las transparencias.
II
Ahondar en boteales
libres imaginarios.
Porque apaciguan con furia
entre aristas de tedio
imponiendo evasiones.
El silencio exacto.
La estación perenne.
Transponer escalones
de memorias y estigmas.
III
Pregonar deseos
entre las esferas vítreas
sin encontrar
motivos audibles.
Llegada al lugar
de la opresión.
Edad sin escrúpulos
que escapa por siglos.
Con solos espacios
y viejos misterios.
La vivencia ausente.
Gastar la luz
en vorágines y sueños.
IV
Heredar la noche y la tierra
el mito silente
en la arena estéril
del joven desierto
suspendido del alambre rojo
que deslumbra el iris,
delante de la sombra que anticipa futuros
sueños de lémures ateridos
la gran confusión
la boca sedienta marchita
la invención de un tiempo
en la llanura del cielo
último estado en la demencia.
Lugar
Las puertas de los armarios están clausuradas
por las propias y las otras puertas.
Los buscadores de paz lo rompen todo.
Las puertas se escapan por las escaleras
de los buscadores de paz.
Los frascos lenitivos alcanzan a salir
llegando a las jeringas o las bocas.
Un vaso de agua o una aguja.
De pronto un golpe.
Una voz insuficientemente blanca.
Porque las guardianas del zoológico
pisan, enlutadas de blanco, sin ruido.
Los gritos, son volúmenes permitidos.
Construcción
La luz de la lámpara es de vidrio y gomalaca.
La mesa se asemeja a la fuente cercana de una montaña.
Un fumador de angustias que perdió su vida en un lápiz
mira la realidad hecha precisamente con lápices papel y
carne.
Los papeles sufren el aglomeramiento de los diccionarios
apilados.
Los lápices son caballos imposibles de domar.
En cambio la carne sigue siendo carne,
acomodándose al lugar que le corresponde,
en la mesa donde el fumador de angustias
come una montaña de su misma carne
y bebe por los ojos
un vaso de luz en cada sorbo enrojecido.
Caída
Huir del pequeño diente hundido
en el atardecer de tu frente.
Virginal como una paloma negra,
como el pan o una retardada mental.
Hincado.
El ojo inyectado sale de su órbita y empieza
a caer, pasa por tu frente ahora oblicua,
resbala por tu nariz.
Las ilusiones son condenatorias
y los jueces sexuales imparciales.
Los hechos son ilusorios y los jueces eunucos.
Tus ojos miran el cielo hambrientos.
Tus ojos cielos, tienen apuro en deshacerse
del cuerpo del ojo.
Mi ojo penetrado. Mi boca empalagada
con los dulces de tu pelo.
Tu pelo colmando mi apetito
registrado en la guía turística de tus montañas,
tus lagos y tus cavernas.
Los dientes mastican visiones, todas mis miradas.
Atemporal intervención
lava lava lava lava
incierto si se trata de una mujer con ropas enjabonadas
o si del hombre espera que derrama su sexo sobre el tiempo
sólo se sabe lava
sobre las sábanas que lava la mujer del jabón
o impregnada en las sábanas del hombre
que espera sin ya más búsquedas inútiles
sobre el infierno de las noches solitarias
su lava y la esa mujer con jabones
y despues de excitarse
quién
la mujer que lejos lava la lava del hombre que la espera
o la lava del hombre tirada sobre desesperaciones
de no tener a la mujer que lava?
luego la mujer se siente tan molesta
que debe abortar también la espera del hombre
que sobre el pensamiento inyectó su lava
sin conciencia ni premeditación del dolor
aunque al fin los dos piensen que el médico
tuvo sus razones para impedir un hijo de jabón
producto de lava desconocida y psicofísica absurda
en una noche oscurecida hasta la imaginación.
Poema 9
La noche se partió en la niña,
el cielo-tiempo apartó todo,
la caricia al vértigo.
La noche inundó las cavidades
con el esperma de los difuntos
y en la calle infinita del sueño
tembló la herencia de los miedos.
Porque en un silencio apartado y sombrío
en un no lugar en un no espacio
en un no hastío en un no misterio
habitan los deseos de la sangre,
voluptuosidad que dirige
hacia actitudes de horror en los abismos.
La mujer del tiempo
Rompe un poco mi estructura
-dice la mujer-
no deseo estar tan entera.
Destrózame la cantidad de años
que esperé tu sexo.
Y el hombre agotado,
con el corazón latiendo agitado
como el vuelo huidizo
de un ave
nocturna
a la llegada del amanecer,
vuelve y se va.
Vuelve,
quédate sobre el tiempo
-ruega la mujer-,
y si no es este el momento
tendrá ella otro destino
otro desengaño
y la ampliación del abrazo
para encerrarse en su propio beso
en la condenación
que la somete.
Las consecuencias tienen relación
De un padre silente y una madre tenue
nace un hijo de protestas.
De una madre verde y un vegetariano
nace un hijo clorofílico
para la exhumación de la naturaleza.
De un padre enamorado y una madre sin calor
nace un hijo indeciso entre la vida y la muerte.
De un hombre triste y una mujer gris
nace un hijo en días de lluvia.
De una mujer hermosa y un padre milenario
nace un hijo cósmico
que estará siempre en los bordes de la memoria.
De una madre cuadrada y un padre octogonal
nacen hijos geométricos poligonales.
De un hombre correcto y una mujer histérica
nacen hijos indescifrables.
De un padre suma equivocada y una madre signo
nacen dos hijos más dos hijas
que luego formarán sus propias ecuaciones incorrectas.
De una madre que nunca llega tarde y un padre relojero
nacen hijos calculados en horas y minutos.
De un padre tipo, con desesperación y búsqueda
y una madre con belleza interior y ternura
nace el hijo perfecto
que puede iluminar otros amaneceres.
Poema en la consumación
De una mujer traumada y un hombre traumado
no pueden nacer hijos.
De un hombre traumado y una mujer indecisa
sólo nacen hijos del pensamiento desequilibrado,
hijos ilusorios, hijos de dudas.
De una mujer traumada y un hombre impreciso
nacen hijos desconformes de su conformismo.
De un hombre transparente y una mujer opaca
nacen hijos que un día comprenderán la luz
y al otro día no intentarán descubrirla.
Entre un hombre encontrado a sí mismo
y una mujer en las mismas condiciones
nacen hijos que llegarán sin dolor a la perfección.
Del libro
Poemas
(1974)
I
Ando perdido en madrugadas de muelles
inventados sólo para el insomnio,
de muelles vacíos,
de bajeles cargados de despedidas y llantos
límites anhelados entre la posibilidad
de dos finales para un día naciendo
muelles por los que camino respirando
el propio incesante humo y
la pesada bruma del olvido
gastando pasos con las manos en alto
con gestos que nos devuelven toda partida
con labios mordidos en soledad
con un ceño que imagino
una ventana hacia adentro
hacia el caos y suicidio que aplaude
la culminación de este acto
escena de caminos desencontrados.
Camino sobre el escenario en los niveles
del agua
de muelles que perpetúan la vigencia
del grito
y demoran trascender los precarios
márgenes que nos atan al tiempo.
II
Recorro planicies
y llanuras
donde nace el vértigo
vegetales
que cubren del sol
los valles
perfumados de la noche.
Del libro
Interrogaciones
(1976)
Interrogaciones
I
Quién se aparta cada vez más
del ruido y de las voces,
espera ver reaparecer una presencia
detrás de los pliegues del olvido
para realizar el milagro del amor.
Quién camina las noches
las sigilosas madrugadas
errando con las estrellas.
Quién ha confundido la vida
con las inextricables marañas de
los libros durante tantos años,
se sienta en la orilla de un río,
pone su mirada en la corriente
y siempre es el momento de partir.
Quién callará su palabra, cuando
perciba la sordera del mundo,
subirá las escaleras de su buhardilla
para encontrar el silencio del humo,
mientras innumerables poetas
de todos los tiempos
aguardan en los anaqueles
el rescate de una noche, para vengar
con dolor y goce sus vidas.
Quién abrirá las ventanas de su cuerpo
a las estrellas y a cada nuevo sol,
que ofrece cada día una prueba,
suscribirá un manifiesto contra
el hambre o un gobierno,
y aceptará que los demás
lo enrolen en la demencia.
¿Quién es capaz de descubrir
la vida en un poema?
¿Quién estará tan atento para arribar
a Whitman,
Pound, Milosz?
y descubir en ellos, un hermano,
un espejo de uno mismo.
Quién aceptará la nostalgia
en la memoria del presidio,
se hará abstracción, signo,
oscuro visitante del alcohol,
desapercibido espectador de
todo lo circundante,
y a la vez visor de lo ínfimo
no visto,
que lleva a cuestas su universo.
Quién no distinguirá la vigilia
del ensueño, más que nosotros,
nuevos, primigenios,
eternos lobos esteparios.
II
Qué sinfonía reconocerán las sombras,
qué colores percibirán los ojos
cuando todo llegue a ser reflejo,
se diluya la ilusión del mundo
nos enfrentemos a los propios rostros.
Qué vano límite marcarán las fronteras,
qué desolado paisaje presentarán
los papeles sin letras,
si hasta ahora hemos transitado
sólo ruido de palabras sin sentido.
Qué nueva experiencia será la noche,
qué color distinto dará la señal,
qué estrella comenzará a brillar
en este páramo,
para guiarnos en los caminos de la muerte.
III
Un amigo se suicida al amanecer.
Pasan las horas.
La tarde gira lenta y gris sobre mis ojos.
El ocaso es como el fin y como la muerte.
Lo que después de la luz ha de venir
no me desespera ni lo temo.
Todo es noche.
Un amigo en Oliveros muerde barrotes
si es que el golpe eléctrico
le permite
morder.
Un amigo en la calle tiene hueco
el lugar de los dientes.
Un amigo en el trabajo,
tiene atado el corazón y medida su alma.
Uno en la abundancia olvida al prójimo.
Uno enamorado se olvida de sus amigos.
Uno intelectual olvida las cosas triviales
y un trivial amigo no piensa en nada.
Qué hago aquí. Acaso compadecerme de ellos
o de mí mismo.
Acaso merezco saber lo que nos pasa a todos.
La tarde gira lenta y gris hacia la noche.
Entretanto, deambulo por las propias fronteras.
IV
Qué significado tendrá ese crecer hacia nosotros,
si sabemos que la muerte, próxima o distante
pero siempre ahí presente nos aguarda,
como anulando cada espera,
cada acto, como juzgando cada pretendida
huida del hastío.
Qué significado doloroso y sombrío;
no olvidar que todo es un camino hacia ella,
que el afán se pierde en la conquista y
siempre inventamos nuevos escalones
para justificar esa injustificable lucha diaria.
Qué significado preguntar el sentido de las cosas
si los ciegos gozan lo que vemos; añoran paisajes
y distancias, que nosotros tratamos de borrar.
Estos textos se incluyeron posteriormente, no fueron motivo de estudio
del ensayo-prólogo que inicia el volumen. Se publicaron en la antología «Poesía
viva de Rosario».
Del libro
2 y 2
(1980)
Imagen
El firmamento
del atardecer
es como un océano
inaugurado
para desvanecerse
en la noche.
Y acaso la calma,
no sea sólo un estado
del espíritu
y necesitemos
este paisaje,
este lento transcurrir
de las horas
esta armonía de ritmos
y latidos
este perfume del padre
de los perfumes(1).
Un hombre
tiene apoyada la frente
sobre sus dedos
y ese suave tacto
libera una energía de fuego
que se conjuga
con el agua de su alma.
Quizás,
más allá del tiempo
se aclaren las vertientes
de su voz,
para iniciar el verdadero
viaje
al país donde la poesía
es la única anfitriona.
Poema
Percibir
la nube
fija en el horizonte
el viento
de la soledad
el ladrar
lejano de los perros
las campanadas
de un angelus olvidado
en la ciudad
las campanadas
que dan temporalidad
al instante
el brevísimo
planear de un gorrión
en lo alto
y el cruzar
vertiginoso
de algunos otros
entre árbol y árbol.
Poema
El viento de la noche
hace de las nubes
manadas incesantes,
del humo
remolinos que se pierden,
de mí
piedra indemne que respira,
cuando el calor de la tarde
agoniza en la lluvia
y rememoro el paisaje.
Poema
Cuando estoy solo, pero
«solo con solo» (1)
aparecen de todas partes
las luciérnagas y las ranas
el viento que acaricia piel
y césped y ramas
y entonces,
cuando estoy solo
me sitúo en medio del tiempo.
Poema
Las palabras
se dibujan solas
sobre el papel
y la luna
pone una nota
brillante
al tono opaco y calmo
de este instante.
Del libro
Poema Último
(completo)
(l980)
Vivir este voraz ceremonial
en el que los poros transpiran la vida.
Vivir la breve circunstancia de la caricia
la efímera entrega del amor
la huida del equilibrio
el vértigo total
como si arribáramos a la muerte.
Incendiar mi boca con tu nombre
los días precedentes al encuentro.
Incendiar tu boca y tu piel,
el recorrido que distancia nuestros cuerpos.
Incendiarnos ambos
con este fervor demente que aún nos recuerda.
Olvidar todas las ausencias
en este ritual constante sobre tu piel.
Olvidar el pasado, los nombres, las presencias.
Olvidar todo si es posible
y debarrancarse en el fondo de los sexos.
Escribir como único testimonio de nuestras vidas.
Escribir con goce, como delirio
como comer pan o beber vino.
Escribir sin alturas ni bajo tierra
sin imagen de poeta ni postura de salvador.
Escribir, como alguien dijo:
con la propia sangre con los
dientes y las vísceras.
Sin fantasía, sin obligación, sin miedo
con riesgo de locura,
con rebeldía de eco
que no se resigna a perder la voz pronunciada
con barro, con hierro, con fuego.
Escribir para vos y para mí.
Escribir para nada.
Abrir
tu puerta y abrirnos las entrañas
desde el comienzo de las miradas.
Abrir tu pueblo y abrirnos las calles
desde los primeros pasos.
Abrir el pecho
y dejarse sangrar desprevenido.
Recordar ese rito desgarrado
rendido en las espaldas
esa prueba de las bocas
y los dientes grabados en el cuerpo.
Amar ese lento viaje por tus muslos
ese trajinar indemne sobre las huellas del tiempo
surcando vulva y pechos
destruyendo mitos
destruyendo todas las antiguas manos
en el imperativo afán de construir una nueva piel
y un nuevo sexo
en la penumbra de este cuarto.
Violar
tu casa y la mía.
Violar todas las almohadas.
Violar los ojos castos.
Violar los sexos, los recuerdos
los ojos de los que esperan.
Violar la mente como un día último.
Urdir pequeñas y enormes artimañas para encontrarte.
Urdir mentales intrigas
en las que todos los protagonistas
resulten burlados.
Urdir una noche definitiva
para encender las luces de todos los escenarios
y ver a la humanidad
perdida en los desvaríos
de sus pequeñas y cotidianas codicias.
Arder y mantener permanentes
los fuegos de todos los incendios.
Arder desde abajo de la piel
desde donde crecen los gritos.
Arder, juntos
con el crepúsculo.
Pregonar las voluptuosas ceremonias
que desarrollo por tus formas.
Pregonar tu nombre y el mío
aunque todos los demás crean en la palabra amor.
Pregonar el dolor de todas las cosas que nos separan.
Pregonar la desesperación del juego de olvidarnos,
en la vana certidumbre de que en la distancia
nacerá la posibilidad del abandono.
Pregonar el vuelo de la miradas
cuando el universo se hunde y
sólo las estrelas nos salvan.
Alarmar
a los que permanecen dormidos
para que alcen la palabra.
Alarmar constantemente a los pájaros
para que nunca dejen de cantar.
Alarmar los ríos, las tempestades.
Alarmar los pueblos, las ciudades.
Alarmar al mundo, para que viva.
Recorrer las calles sin nombre de los años
y nominarlas con las ideas de los enamorados.
Recorrer todos los puertos y fronteras.
Y que los libros, los amigos, los unidos, los desavenidos
los que ensalzan ciertas uniones
los que desean,
los viejos, los niños, los demás poetas, las luces y las sombras
los curiosos, los vecinos, los ancestros
los sicólogos y los demás enfermos
los que no aceptan como son
los que revolucionan con palabras
las estatuas y los perros
los guardianes de todos los zoológicos
los actores, los comerciantes, los sabios, los envidiosos
los santos, los iluminadores y los iluminados
todos sepan que nos hemos evadido.
Aunque mirando nuestros rostros en los espejos
decidamos que es mejor morir
sin que nadie despierte.
Del libro
Palabras y silencios
(1983)
Poema
Ya me fui
de las cosas que huía
aunque quede mi cuerpo
como testigo y presencia
ya estar no significa Estar
sino todo lo contrario
por los caminos del olvido
transito mi última estadía
dejando de recuerdo un silencio
y en poemas hilvanada
una que otra palabra.
Poema
Algo nos crece en los ojos
las manos adquieren ternura.
Caminamos pausadamente y
nos olvidamos del vértigo.
Empezamos a comprender
los paisajes
volvemos al ritmo propio.
Un lenguaje nuevo y menos
poblado, nace en la palabra.
Ya no nos engañan los reflejos
podemos vernos sin temor.
Ahora que sabemos de lo fútil
de las cosas
podremos hacer abandono,
silencio, olvido de nombres.
Algo ha crecido en la mirada
y no han sido solamente los años.
Del libro
Poema del ser
(1986)
(Tres fragmentos)
I
No espero retribución por ninguno
de mis actos y hago lo que quiero
sin importarme la reacción de los
demás, ni las consecuencias
porque no espero nada de nadie
y sin embargo
lo que prodigo vuelve
completándome los gestos
y lo que niego,
también vuelve a mí
como ojos cerrados
que niegan su mirada.
Estoy a la espera del que llegue
y a la vez, voy continuamente
al encuentro con los demás
aunque nadie venga y yo
no arribe a ninguna espera.
II
Me gustan las ventanas;
desde adentro
contemplo pasar al mundo
y desde afuera
adivino o presiento
que otro como uno
observa al caminante
y las puertas,
todas
me llevan a distintos sitios.
Están las que guardan
la espera de la mujer
que prepara su existir
para el que llega,
o las que concluyen
parte de una vida
cerradas desde afuera.
III
Me conmuevo al caminar
en la noche
por las calles de este pueblo
cuando todos descansan
en el que las pocas luces
dejan ver con claridad
una faja innumerable de estrellas
arbitrariamente derramadas
por el cielo.
Y soy también
habitante del sol del medidodía
cuando el viento
quema la piel y la calcina.
Entonces la lluvia
alimenta mi cuerpo
mientras camino sin rumbo
sobre la hierba.
Del libro
Los espejos del aire
(1989)
Inicial
Veo
un lento desfile
de sombras.
En el sueño
todo es más claro.
Sólo las gentes
que transitan
oscurecen la visión.
Tengo la edad
de los jardines.
Aquí
prevalece la flor
sobre la angustia
la luz
sobre la miseria.
Estas palabras
llamarán, sobre todo,
la atención de los culpables.
I
Respiro hondamente
el viento perfumado.
Cierro los ojos
y aún el sol
vive en las pupilas.
El sillón
se mece lentamente.
Pienso
en este instante de paz.
Siento calor
en la cara y en el pecho.
Digo las últimas palabras
abandono el papel
abro los ojos
cruzo las manos e intuyo
que el cielo me mira.
II
Las nubes flotan
y configuran el paisaje.
El lucero
parece caer entre ellas.
Un hombre mira quieto.
De imaginar, fluye un poema.
La blanca hoja
se puebla de palabras.
¿Dónde encontrar el silencio
intuido en la meditación?
¿Dónde el límite de las voces
y la resonancia interior?
III
El cielo transparenta
el brillo de la estrella.
Muy lejos
el rumor del agua
se hace monocorde.
Viejos ladrillos
se asoman de casas viejas.
La sombra de un árbol
guarda su sombra.
Pero hay un árbol
que se eleva al cielo.
El viento parpadea
en mis ojos.
El lápiz cae de la mano
y el papel huye.
Quizás entro al sueño
para escribir el poema.
IV
Elijo la hora
del atardecer.
El hombre
vuelve a sí mismo.
Al amanecer
comienza a trajinar
un ritmo
lejano al propio.
El ocaso en cambio
es intenso y largo.
Cada uno
le entrega su tiempo.
V
El lejano ladrar de los perros
anuncia la llegada del amigo.
Estoy al borde de mi frontera.
Hay un viento que apacigua
el calor del día.
Atrás, muy atrás mío,
los viejos libros
perciben el desencanto.
Leo del paisaje las páginas
del olvido
y esta permanencia en el sosiego
impulsa al susurro, al abandono.
VI
Un ejército de sombras
oculta la luz con su embestida.
El sol nos olvida y deja.
Pero hay una estrella
memorada en sueños
que permanece en la pupila.
Esas huestes se diluyen en
tropeles de míticos minotauros
figuras de árboles o montañas.
Y mientras los alisios deshilan
la urdimbre de las nubes
y quedan rebaños teñidos de ocre
islas de contornos áureos,
hay un hombre esperando
que el viento fluya de sí mismo
hasta lograr que un desierto
sea su mirada
y un manojo de pájaros,
su espejo.
VII
Ese paisaje contiene otro pintado
y vivo dentro suyo.
Hay una franja del cielo
en la que se ven las márgenes
y el curso de un lento río
con sus costas, islas y bajíos.
Un solitario caminante
que proyecta su figura sobre el agua
y una nube tiene una visión
propia de las cosas.
El hombre
ha penetrado con sus ojos
los colores
en los espejos del aire.
VIII
Sobre las llanuras
del cielo atardeciendo
cabalgan figuras
como manchas.
Dvorak me da su
«Nuevo mundo».
Un hombre mira
hacia el poniente.
A sus espaldas
la oscuridad avanza.
Pero la mirada viaja con
la luz y se desprende.
El hombre se ha
quedado sin los ojos.
IX
La música
envuelve al viento.
Hay armonía
en las cosas.
Sólo se ve el río
y los árboles.
Este es el lugar
donde vive conjugado
el hombre
con su ritmo.
X
La barca se desliza
sobre el agua
sin que nadie la lleve.
Un derrotero
y un viento ya alcanzados
la empujan a la otra orilla.
Desde la costa, nadie
ha percibido su partida.
En la playa del olvido
se han borrado
las huellas de ese hombre.
La casa de Zavalla
Hay un lugar y un instante
residencia del asombro
que también es para mí
cita de pájaros.
Patria pequeña e inmensa por
donde deambulo sin fronteras.
Hay un lugar
cuyos únicos límites
empiezan en el ocaso
terminan cuando amanece.
Hay un lugar
patria del corazón, adonde
el amigo llega y la misma
ausencia y soledad acompañan.
II
Mi casa
sumergida en el paisaje,
llena de sol y de sombras.
Morada de flores
que invitan a la aspiración.
Habitada
por duendes que se esfuman
con la primera claridad.
Ese lugar
Advertiré la música del paisaje
cuando sea el esperado hombre
que oye su rumor salvaje
y encuentre un lugar
para el descando.
Del lugar
Busco asilo
en la memoria.
El paisaje
se somete
al habitante.
Manos baldías
dibujan en cada letra
el derrotero.
Poema germinal
Busco
la soledad
y un paisaje
donde mirarme
en los espejos
del aire.
Del día
Ahora que la noche
vuelve a la memoria
de las horas
estoy en el paisaje
soy parte de él.
Rememoro caminos
sigo a las sombras
y espero paciente
la caída del día.
Intensidades
Callar
y acceder
al silencio.
Quedarse
con la sola
vibración de
la palabra.
Callar,
olvidar los ecos.
Quedarse quieto
tendido en la hierba,
dejando subsistir
la pequeña
melodía de los pájaros.
Callar,
mirar el cielo,
el crecer
de esos cánticos
que trae la noche,
hasta sentir que laten
dentro de uno
pequeñas intensidades.
Elección
Creo que estaré siempre
en el lugar del paisaje,
porque el cemento agobia.
Creo que estaré siempre
donde las horas
no importan.
Donde la luz y la sombra
son duendes de la palabra
para auxiliarme en los sueños
y revelarme en vigilias
los cantos de las cigarras.
Creo que estaré siempre ahí,
para olvidar las palabras.
Amanecer
El rocío
se ha encendido
sobre el césped.
Del despertar
Amanece
y el murmullo del árbol
crece hasta la inmensidad.
Se nace
a otro día y otra vida
con cada despertar.
Una inquietud
se oye crecer muy lejos.
Advierto mis manos
en sus tareas
y saludo al día
con las voces
más íntimas de mi ser.
Fragancias
Me he propuesto
respirar
y los jazmines
habitan
el aire.
Éxtasis
El viento de la tarde
y mi cuerpo tendido,
gozan de la quietud,
afirman el paraíso.
Imagen
El firmamento
del atardecer
es como un océano
inaugurado
para desvanecerse
en la noche.
Atardecer
La tarde
se desnudó
hasta la noche.
Nominación
No es necesario
ponerle palabras
al paisaje.
Las luciérnagas
son el paisaje.
Del libro
Las voces de la palabra
(1992)
*
Haber soportado y
trascendido el día
es una misión cumplida.
Haber transcurrido
el día, es de por sí
un milagro.
*
Al llamado
de esa voz
mía
pero fuera
de mí
arribo.
*
Para las cosas
el silencio.
Para el hombre
la voz.
*
Se es más la voz
que lo que se canta.
Más el sonido que
el significado.
La música traspasa
la frontera del otro.
*
No ser
el cantor
ni el músico
ni el poeta.
Ser la canción.
*
Ante uno mismo
y ante el otro.
Ante la vida
y los pájaros,
delante de las
lluvias,
ante los ríos.
Arrodillarse
aún delante
de la nada,
porque importa
lo religioso
del rito, el acto
el poder
de la liturgia.
*
Espacios diáfanos del aire
convocan a los vientos
y a las voces.
Estallan las palabras,
ruedan los ruegos
y el agua canta.
El hombre
ha descubierto la voz
que lo hermana.
Escucha desde lejos,
y entiende la distancia.
El hombre es todo voces,
silencios,
a veces
todo alma.
*
El uno
ido en
la otredad,
no se alcanza
nunca más.
*
En la penumbra
del espejo,
el otro
es una sombra
que late.
Y sólo esa sombra
es sombra sonora.
Estandartes
1
“Hazte el que eres”
Píndaro
Si nos contentáramos
con el hombre primero
que nos fuera otorgado,
no debatiéramos la posibilidad
en cierne, que aparece
y se abre a cada paso.
Si nos quedáramos quietos
en esa quietud ya nuestra
sin intuir al ser más cercano,
hoy no podríamos con el devenir
conociendo el arcano de la palabra,
que son las que forjan la existencia.
2
Creo en un existir
de soterradas aguas
donde beben
desde el comienzo
esos pájaros.
3
La armonía surge
de vedados manantiales,
-en los sitios de
la noche perpetua-,
donde un hacedor
de símbolos,
dejó grabada la memoria
universal de la vida.
Entretanto, navegamos
en bajeles templados de asombro,
consumiendo las posibilidades,
sin atrevernos viajar a ciegas
por las alucinaciones del espacio.
4
Cuestiono los más lícitos
argumentos,
para comprobar
si la desolada calma
del espacio que no ocupo,
es camino cierto
hacia el lugar perenne,
o errada fe,
en la búsqueda
de un sendero perdido.
5
Aspiro a la
voluptuosidad
de un caos
sumergido
que entreveo
en los espejos
del aire.
6
Una prístina
luz
se revela.
La recuerdo
desde antes
que la memoria
dejara huellas
en libertad.
7
Busco
la secreta
lucidez
de la noche,
para
alcanzarme.
8
Cada boca
deja una palabra
distinta.
Cada palabra
nos acerca o aleja
de nosotros.
Ser y estar
en el otro
es la manera
de amar.
9
Esta nostalgia
absoluta
alienta la voracidad
del cansancio
nutre la sed
interna del agua.
10
Insaciable
sed de dar.
Amar
no como ritual o
conmemoración.
11
Hablo de un país sin
nombres ni palabras.
Un país de insomnio.
Un país de eterno mayo,
en el que los días
se diluyan en neblinas
habitado
por sosegados hombres
que alguna vez
cansados de mundo,
pensaron en ese lugar
del que les hablo.
12
Dialogal
–Déjame huir
de tu devorada búsqueda-,
y permanecer
como aquel hombre,
aprehendiendo la corriente
de un río de silencios.
Que sea para otros el nivel
de conciencia que destruyo
y para mí,
sólo el arraigo.
13
Alcanzar al hombre
que se habita,
hablar con él,
construirlo y destruirlo.
Culminar la espera
en un espacio,
más solitario
que el de la noche.
14
Hacedor
Los días
de acuerdo con lo sentido,
sin encierros ni horarios,
con el amanecer y el ocaso,
guiado por la estrellas
y por la sombra que uno,
caminante en pos de sí,
proyecte sobre el camino.
15
De los días
Evoco sin nostalgia,
porque lo vivido
es pasado transitado.
No quedo en ningún sitio,
los lugares limitan
las distancias.
16
“El hombre va muy lejos para saber quién es”
T. Roethke.
Algunos viajan,
recorren desconocidas
ciudades y fronteras.
Buscan en lo infinito
un espejo
para mirarse.
Tanta inmensidad,
a veces obsesiona.
También viajo en
busca de algo.
Transito constante
en la intimidad
de mí, que es un otro.
17
“Hambre es lo que llamáis amor”
F. Hölderlin
De lo libre
No esperes
que las sutiles
tramas de los días
forjen una urdimbre
de cadenas.
Huye
si no puedes irte,
abomina los cerrojos.
18
De lo libre II
Crecer en alas
y volar,
abandonar
todas las cosas
en el momento
de poseerlas.
Olvidar,
antes de fortalecer
los vínculos.
19
Mañana y noche,
los que fueron,
los que serán y hoy son.
La memoria
de lo que siendo historia,
es presente y porvenir,
rota en el tiempo,
dimensión apenas intuible
del espacio.
20
Anularse
no sentir,
no estar.
Alcanzar
la última
puerta.
21
Recorrer infinitas
distancias,
más allá de viajes elegidos
y saber que aquí
puede encontrarse
uno mismo
a través
de su espejo.
22
Las ventanas
se han abierto.
Los pájaros
en celo
ya saben
cómo se conquista
la libertad.
23
I
Hay una puerta que
se abre hacia la noche.
Luego,
un efímero goce
y un camino.
II
Cuando despierto
y veo culminar los sueños en
medio de la mañana,
el cielo
se ha convertido
en una salida de igual valor.
24
Recordando a Lao- Tsé
El cielo
transparenta
imágenes,
sin embargo,
no es
las transparencias.
Brilla una luz.
Pero si resplandece
y oscurece,
no es la luz.
25
Huir de uno,
ver en los espejos
de los viejos días
y encontrar
el reflejo de la infancia.
26
Inicial
Si digo arriba o abajo,
sabio o ignaro,
visible o invisible,
aparecen frente a mí,
Hesse y Lao-tsé.
No hablan de lo inefable.
Sólo me miran y los miro.
Entonces comprendo
que todo interrogante
merece del otro
una respuesta
que deje de lado
las palabras.
27
Valía de algunas cosas
Veo al hombre
devastar y destruirse.
Cada holocausto
se me ocurre una derrota.
Toda pugna
un haber para la muerte.
Una flor o un pájaro,
ya dicen del triunfo.
Las únicas victorias
que todavía son nuestras.
28
Acaso se pueda traducir en palabras
I
Las estrellas muestran
con su quietud
en el firmamento,
que el sitio desde donde
las contemplo
es el lugar para la reflexión.
II
El viento habla del
desapego de su linaje.
Estoy absorto
pensando solamente
en la imposible tentativa.
29
Uno y el lugar
Identificado con
la vastedad,
desierto, mar, estepa.
La constante
es la inmensidad,
llanura o cielo.
Lo deshabitado,
la soledad.
30
Cielo. Atardecer.
Estoy sentado,
bajo el árbol
de la memoria.
Sus hojas caen,
sobreviene
el olvido.
31
De soledad.
Hablo
de otra soledad,
de una soledad
incandescente
que inunda
con sus gritos
las vertientes
internas del silencio.
32
De la conciencia
El hombre
tiembla
absorto
ante
la imagen
de sí mismo.
33
I
Detrás del mundo
encuentro otro
que conmociona
los sentidos.
Antes de las
palabras,
sé de un sonido
que es memoria.
Fuera de mí o dentro
del cuerpo,
distante o paralela,
late una dimensión
que sólo intuyo.
II
Viajo con el viento,
soy la rama mecida.
La sangre corre
por dentro de la silla
en la que estoy
sentado.
34
Del lugar.
Un ladrar lejano,
pone realidad al edén.
Este lugar existe en mí.
Pregunto: ¿por qué esperar
otro paraíso?
35
De dar
Lo que amo
me vacía
y me colma.
36
Del exilio
A través de la grieta
del cristal,
acecho al paisaje.
La realidad
transcurre
a lo lejos.
37
El paraíso
no es un lugar.
No posee nada
ni a nadie.
Apenas es sentimiento,
cuando dejamos al yo.
38
Carne y sangre
esperan.
El holocausto
comienza
con el fuego.
La prueba
definitiva,
es un estandarte
desplegado.
39
Gira en torno
a sí mismo,
desconcierta
a los espejos.
40
En uno
Surgen palabras.
Obedezco solamente.
Brotan sentimientos.
Miro con la atención
de un caminante.
Nada me es ajeno.
41
De dar II
No dar luz
o sombra,
apenas camino.
Las manos,
una mirada.
Una palabra.
42
Del otro
Sin uno
el otro
no existe.
Sin embargo
dependo de
su existencia.
Acaso el otro,
padece también
de sí mismo.
43
No me encamina el
porvenir, ni estoy
atado al pasado.
No soy de los conductores
o de los que engrosan
la gran marea humana.
No me sitúo de este
o aquel lado de
ciertos límites,
ni medito sentado.
No me encuentro
detenido en ningún sitio
ni viajo en pos de algo.
No señalo vías a los demás
ni soy guía de nadie.
Apenas si existe la silla
en la que trato
a diario
de situarme.
44
No está presente ni ausente,
no tiene figura ni es informe.
No es visible o sabio,
no ha venido ni se ha ido.
No castiga ni perdona,
no da ni deja de dar.
No ha nacido.
No persistirá a través de los tiempos
porque no pertenece a él
ni ocupará el iluminado espacio
porque no tiene espacio.
45
Del fin
El rostro
que creíamos propio,
se deslía en
el agua.
Acrecienta
la sombra,
que también
se desvanece.
Del libro
El arte del olvido
(Versión completa)
*
Cuando nace
la palabra
desaparece
Maya,
se ilumina
el silencio.
*
Un hombre
sentado
al lado de
un espejo,
es su otro.
*
Descubierto
el secreto
de la noche,
la noche
se consuma
en sí misma.
*
Bajo el peso leve
de la alondra
crece el verde.
Cuando el hombre pasa
gime
el paisaje.
*
El sonido
del agua
sobre la
piedra,
reverbera
en la
memoria.
*
Inmensidad
irradia el cielo,
el insecto,
admite su lugar.
Sólo el hombre
cree que
comprende.
Inmensidad
irradia el cielo,
la piedra
acepta su destino.
*
La mano
fatiga la escritura,
invade el blanco,
lo pulcro y silencioso.
Busca día a día
combates que demoran
la claudicación final,
el abandono.
*
Abandonar el tiempo
que no tenga contención
en mi cuerpo.
Me quedo
con la dicha,
en el instante
de ser consciente
del ocaso.
*
Después de
la creencia
en la
revelación,
vuelve
la orfandad,
el vértigo,
la soledad.
Y llegar
intentando
ser libre.
*
No vivo
en los recodos
de la noche
o en los
andariveles
del día.
Mi morar es
el de todos.
Y cada cual
con su soledad
a cuestas.
*
El aliento
que respira
la casa,
empaña
los vidrios.
Sobre cada
ventana
escribo
un poema.
*
El mirar
se detiene
en el espacio
y ve
sólo la nada.
Regocijo del
instante
ante el asombro.
Quién pregunta
qué es lo
trascendente.
*
Fascina
el camino
que lleva
a la
distancia.
*
Estar
entre
la vacilación
y la memoria,
ofrece
la certidumbre
de lo efímero.
*
Sombra ritual
que cada
amanecer
reanuda
el ciclo
incandescente
de la voz.
*
Un hombre
no es más
que el niño
que fue.
*
Ya no pesa
la intemperie.
El maestro
ha enseñado
el arte
del olvido.
*
A
W. Harvey, in memorian
En las orillas
del día,
percibir
el testimonio
del ser
que se aniquila.
*
Sombra
de los días,
presente
en el hoy.
A lo sumo,
en el día
de mañana.
*
No de pie
delante de
uno mismo,
ni detrás
o más allá.
No sentado
meditando.
Activo en
serenidad,
plenitud
del goce.
*
La tierra húmeda
recibe el cuerpo.
La mirada emocionada
sube a las estrellas.
La hierba acaricia
el dorso de las manos.
Te evoco, viejo Whitman…
Otros, como nosotros,
en algún lugar del mundo
de lo mismo están hablando.
*
La mirada
puesta en
un sitio
preciso
del cielo
o del río.
Y el rielar
viene
hacia uno,
si está
quieto.
*
Lejos de la
voracidad del sol.
En la punta
de la vela
que proyecta
sombra en
la pared.
Donde el humo
se esfuma
en la penumbra.
*
No destacar
el transcurso
de la vida.
Las lluvias
o el devenir
de los hechos.
Elegir
el instante,
que al cabo
fenece.
*
Se desvanece
una imagen,
surge entre
penumbras
el otro.
*
En la bitácora
del navío,
se escribe
una historia.
Ahí viaja
un testimonio
de cada uno,
y de todos los
naufragios.
*
Hojas
meciéndose,
alta hierba
semejando
una marea.
Los pájaros
en los bordes
del cielo
viajan cantando.
Fisura temporal
donde música y poema
traspasan el cuerpo.
*
A Lie-tsé
Abandonar
la ilusión,
el mirar,
el credo,
cuando
el olvido.
Después
del amor,
en la oquedad:
la palabra.
Distante
todavía
hasta del
imperfecto
vacío.
*
Embriagado.
Errando
sin camino.
Con el incierto
derrotero
de la estrella.
La respiración
que alienta.
*
Una nave
precaria,
abarloada
sucumbe
en la
borrasca.
*
No
el ascético
estadio
del temblor.
Amo
el goce
perfecto
del impulso.
*
Necesito
un corazón
desarraigado,
menos frágil
que aquel
que sabía
acompañarme
en mi pasado.
*
Transida
de tantas
agonías,
el alma
se refugia.
Se refugia.
*
De pabellón
vuelve
la soledad,
el bajel
del amorío.
Nauta irredento
de otro
naufragio.
Los velos de la luz
*
Preguntan
qué hago aquí
tanto tiempo.
–Escucho
el paisaje-,
digo.
*
Del paisaje
1
Más sonidos
que figuras,
vuelos
que mirares.
Los pájaros
están conmigo.
A veces
hasta soy
sus trinos.
2
Extraño
derrotero,
la libélula
suspendida
en el aire.
3
Por la gramilla
recién segada,
pasea
con garbo
una alondra.
4
El «ostinato»
del mar
memora
la sinfonía
del tiempo.
5
Sugestivo:
el pico
del pájaro,
es la señal
del viento.
6
Espejo
inmóvil
que ilumina
al charco
y refleja
parte del
cielo y parte
del paisaje.
7
Invoco a la flor
del aire
que pende en
cualquier sitio.
No importa
un lugar,
es dueña
del espacio.
8
Si el borde
del pétalo,
roza apenas
los labios
y estremece,
¿qué hará
toda la flor,
en el jardín, en el aire
en el olfato?
9
Árboles viejos
Se yerguen
gigantes
solamente
un temporal
los estremece.
Ocultan
trinos,
vigilan
el espacio,
demandan
estos versos.
10
El pájaro
bate sus
pequeñas alas
en el agua
y sé que no
me teme
11
Una elegía
para
la soledad:
el sapo
gozando
en el estanque.
12
Un pájaro
ensaya
su balanceo,
sobre
el alambre
que posa.
13
Se tambalea
y cae
deja de ser
una gota,
vuelve a ser
el agua.
Del amanecer
1
El límite
en la noche
es el alba.
2
A Ungaretti
A la hora
que empieza
el bullicio
del día,
el paisaje
se mira
hacia
adentro
a través de la ventana.
3
Palomas
blancas
trazan
sobre
el telón
celeste,
la estela colorida
de la
mañana.
4
Don
del alba
el gallo
que canta.
5
El día
musita
al oído
del viento
un susurro
que arrulla.
6
Cruza
hasta el pino
grande,
una paloma
blanca
y hace nacer
la mañana.
Del mediodía.
1
Iridiza
sobre
el curso
de este río
que mira
el navegar.
2
El velo
de la luz,
hiere
al paisaje.
La distancia
aleja.
3
Baldía
la playa
en invierno.
4
Idilio de
la gaviota
con la ola
en su afán
por lograr
el sustento.
5
El límite
de la playa
con el agua
se rompe
con la luz
del mediodía.
6
Cenit.
El rumor
del día
irá
creciendo
hasta
la plenitud.
Del atardecer
1
También
el sol,
fugitivo,
se sonroja
en el ocaso.
2
Anochece
el ruido,
vencen
los grillos.
Los pájaros
se han ido,
se apenumbra
el cielo.
3
La atmósfera
de esta hora,
colorea
de fuego
la enramada.
4
Crece
una claridad
intensa
cuando
se acerca
la noche.
5
Reverberan
rojizas
las copas de
los árboles.
Es el ocaso.
6
Un contorno
dorado
da la hora
del día
que culmina.
De la noche.
1
Grillo,
porfía
y armonía
capricho.
2
Diosa blanca,
que a esta hora,
recostada
en el poniente,
autoriza
la nueva aurora.
3
Veladura
de un sol
por nacer,
las difusas
nubes
de frío,
antes del
amanecer.
4
El día
que aún
no llega,
traerá
su aurora
y con ella
al crepúsculo.
5
El cielo
se nubla y
estremece,
fulgura
lo invisible;
y en la noche
llueve.
6
Miro
ese río,
rielado
por la
luna
que nos
mira.
En la palabra
*
Llama
recóndita
y perpetua.
Guía en la
oscuridad,
el candil
de la poesía.
*
A lo que cesa
amanecer
de la tarde.
Las cañas
sonoras
que golpea
el viento
con notas
primitivas
gotas de viento.
El sol
hundiendo
en el sopor
de la frente
su calor
de otoño.
Lo que
concluye,
final
de la brisa
que ocupará
el silencio.
Llegada
del ocaso,
que abrirá
la noche.
Vana memoria
de lo que vendrá
después.
*
Escribo
más allá
de mí,
cuando
el naufragio
arde
en la palabra.
*
Invito a caminar
por los poemas,
con las palabras
que susurro.
Digo:
dispuesto
a revelarse
ante uno mismo.
Usar el tañir
de las propias
campanas,
El cimbrar
del ser,
y después,
decir juntos
la emoción
de las lágrimas.
*
Vacila
el pabilo
de la flama
con la brisa.
Se torna
innecesaria
la palabra.
Pero es
palabra
al apagarse.
*
Cesurado
en el sitio
preciso
del sentido,
cada verso
espera
su lugar,
en lo fugitivo
del instante.
*
Prefiero nominar
piares y vientos
que imagino.
Cerca
de la agresión
visible,
la palabra
se intimida
y enmudezco.
*
Arte poética
I
No es la espontánea
locución
de un
sentimiento,
la rápida expresión
de la palabra,
o la inminente
sensación
que nos delata.
No es lo urgente
o aquello venidero,
que la inspiración
acosada
nos demanda.
II
Es la mirada
vaciada
de distancia,
el buril
que desentraña
otro valor
de la palabra.
La vista
aguzada,
la procura
de otra visión
no vislumbrada.
La fuga
de la
emoción.
El olvido,
la marca
del presagio.
*
Pregunto
a las palabras:
qué han dicho
que estoy desnudo
ante todos.
Interrogo,
tanta escritura
acometida.
La respuesta
es un enigma.
De ellas,
crece el atisbo
de un poema.
*
El eco
antes que
la voz,
el espejismo
aún sin
el desierto.
La soledad
previa
al encuentro.
El saludo
del adiós,
antes de
la partida.
El poema
antes
de escribirlo.
*
El poema,
prisionero
en sus mástiles,
navega
hasta zozobrar
por la tormenta.
*
La palabra,
como un puñal,
se clava
en el día
detiene
el devenir,
anuncia
el instante.
Si algo
tengo que decir
digo:
poesía.
*
No importa
el universo,
vi el alma,
lo trascendente
del ser.
Para el poema
basta
la gota
al borde
de la hoja,
brillando.
*
Ausente
del suceder,
el poema
refleja, apenas,
el asombro.
*
Lo escrito
quiere ser,
universo
al que falte
fíat de voz
que un otro
autorice
al revivirla.
*
Algo denota
a otro algo,
y comienza a
engendrarse
un poema.
*
Declinar
la voracidad,
en aras
del silencio.
En pos
del vuelo
el ansia
incontenible,
la sed
profunda.
Las voces
de la calle,
en procura
del desenlace.
*
Caminé
en busca de
una sombra.
La última vez
que la vi
junto a
mi cuerpo,
atardecía.
Crucé
la noche
de los días,
y amanecí
sin ella,
que era
lo que
no sentía.
Sólo había
quedado
ser palabra.
*
Hago poesía
con el tiempo
del trino
y de las voces,
lo fugitivo
del instante.
*
No el jardín
apacible
de los lirios.
Antes,
la avidez
de la arena
del desierto,
la sed
del caminante.
La mano
partida
en la fragua
por alcanzarla.
*
El poema
extenúa
recursos
sin alcanzar
lo propuesto
al escribirlo.
Después
aparece
el lector
y le da
un significado
distinto
a su insinuado
sentido.
*
Hay una
entrega
al lector
que atrapa
del poeta,
el lugar
desnudo
que devela.
*
Austera
la tarde,
carente
en este
páramo
de árboles
y pájaros,
aguarda
su llegada
inminente.
*
No importa
la oscuridad,
la luz, la despedida
o el olvido.
Sólo importa
estar despierto.
cuando
el asombro
se diluye.
ante nuestros ojos.
*
En medio
de esta
incertidumbre,
la voluntad,
la certeza
del poema
engendrándose.
*
1
La soledad
del paisaje
entra
en el poema.
2
Tanta soledad
ilumina
las noches.
*
La poesía
es el único
camino que puede
conducirnos,
aunque
no sepamos
dónde ir.
*
No caigas
en el ardid
del poema.
No lo creas
del todo.
Tiende
tu propia
trampa.
*
Escribo
este libro,
para que
puedas
verte en él,
como en
un charco
que resplandece.
*
In memorian de B.
La vida
no enmudece
por su final.
Por su fin
canta
canta.

