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Libro No. 309. Árbol de la Memoria. Ibáñez, Guillermo.

Guillermo Molina Miranda enero 26, 2025

 


Libro No. 309. Árbol de la Memoria. Ibáñez, Guillermo. Colección Emancipación Obrera. Marzo 10 de 2012.

Título original: Versión Original: © Árbol de la memoria. Ibáñez, Guillermo

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

Libros Tauro. http://www.LibrosTauro.com.ar

Licencia libre Creative Commons: Esta licencia permite copiar, distribuir, exhibir e interpretar este texto siempre y cuando se cumplan estas condiciones:

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

Portada e Ilustración de Imágen: http://www.poemaria.com/images/stories/libros/libro_arboldelamemoria.jpg

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IBÁÑEZ, Guillermo

 

Descripción: Guillermo IBÁÑEZGuillermo Ibáñez nació en Rosario, Pcia. de Santa Fe, el 1 de junio de 1949. Su domicilio es Alvear 350, 2000 Rosario, Tel. 37-2325. 

Ha publicado los siguientes libros, en forma individual: Tiempos (poesía) Ed. Nuestro Tiempo, Rosario, 1968; Introspección (poesía), Ed. Siglo, Rosario, 1970; El lugar (poesía), Ed. Runa, Rosario, 1973; Contornos de juego - crónicas y narraciones- (narrativa), Ed. La Ventana, Rosario, 1979 (lº ed.) y 1980 (2º ed.); Poema último (poesía), Ed. La Ventana, 1981, ilustrado con una obra especialmente realizada por el plástico Pedro Giacaglia; Poema del ser (poesía), Ed. Juglaría, Rosario, 1986, con ilustraciones del plástico Juan Carlos Elechosa; Los espe jos del aire (poesía), Ed. Juglaría, 1989; Poema último, Ed. Juglaría, 1995 (3ra. ed.), con tapa de Z. Ducmelic y corpposiciones fotográficas realizadas por Julio Ray6n; Las voces de la palabra - sombras sonoras, Ed. Juglaría, 1992, con fotografías especialmente realizadas en el lugar que se escribieron los poemas (Zavalla) por el artista José F. Pintón. En forma colectiva con otros autores y antologías: 15 Poetas, Ed. Runa, 1971; 52 Poetas, Ed. Sociedad Argen- tina de Escritores de Buenos Aires, 1971; Poemario 72, Ed. del Alto sol, Bs. As., 1972; Poemas, Ed. Mantrana 7000, Bs.As., 1974; Poesía viva de Rosario, Ed. Instituto de Estudios Nacionales, Rosario, 1976; Antología de la poesía argentina, Ed. Fausto, Bs. As., 1979 (compilada por Raúl Gustavo Aguirre); Poemas, Ed. La Ventana, 1979; Muestra poética, Ed. El laberinto, Rosario, 1979; Dosy dos, Ed. El laberinto, 1980; Poemas de amor, Ed. La Ventana, 1982; Palabras y silencios (poemas para leer en las calles), Ed. La Ventana, 1983; Dianfo de poesía, Ed. de la Direcci6n de Cultura, Municipalidad de Rosario, Nº4, 1983, (dirigida por Alberto C. Vila Ortiz) ; Poemas por América, Ed. Juglaría, 1985; Poemas por el hombre, Ed. Juglaría, 1990; Selección de poemas, Ed. Municipal de Rosario, 1992, y La única ciudad, Ed. Homo Sapiens, Rosario, 1994. Con el sello Poesia de Rosario se ha editado el cassette La noche es un mito de esperas (poemas de amor), con música compuesta y realizada por Maximiliano Velloso y Cristian Petrone (lº edic. 1994, 2º edic. 1995).


Ha publicado, además, crítica, comentarios de libros, ensayos, poemas y cuentos en diarios y revistas del país y del extranjero. Se destaca la serie de ensayos publicados en el diario La Capital de Rosario sobre POESIA ARGENTINA CON TEMPORANEA dedicada a José Peyre, Willy Harvey, Orlando Calgaro, Héctor Yánover, Luis Franco, María del Carmen Suarez, Edgar Morisoli, Jorge E. Ramponi, Luis F. Houlin, Sofía Acosta, Lucía Carmona, entre otros, y las contratapas de narrativa en el diario Página 12 de Rosario. Ha realizado asimismo conferencias y recitales en diver- sas Instituciones argentinas y latinoamericanas.


Es miembro de la Sociedad Argentina de Historiadores y desde 1993 dirige la colección Poesía de Rosario, que lleva editados cuatro números, una Antología, realizando jornadas, encuentros y congresos del género. Continúan editándose bajo el sello Poesía de Rosario, los sobrecitos de azúcar de la firma Domingo Bráttoli. El autor cuenta en su casa con una muestra de libros de poesía de Rosario, la cual ha sido exhibida en el país y el extranjero que puede ser consultada.

 

http://www.poemaria.com/index.php/autores/3664-ibanez-guillermo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Guillermo Ibáñez

Árbol De La Memoria

 

 

Guillermo Ibáñez                                                 Árbol De La Memoria

 

La poesía de Guillermo Ibáñez

 

La reunión de poemas de las distintas etapas de la obra de Guillermo Ibáñez se hacía necesaria. En las condiciones de conocimiento por parte de los lectores de poesía en nuestro país, nada más proclive al error que conocer a un poeta por sólo un libro o un par de libros. Más aún en el caso de Ibáñez, que se trata de un poeta complejo cuya obra posee un desarrollo no lineal, caracterizado por recurrencias y superposi-ciones; que además, la suya está parcialmente dispersa en publicaciones y volúmenes colectivos.

Por su fecha y lugar de nacimiento, nuestro poeta debió haber adherido a los parámetros del creacionismo o, mejor aún, del cotidianismo. Con el primer nombre hemos preferido designar a la corriente que suele identificarse como “Segunda generación vanguardista”, o “Vanguardia surrealista”. Pero nuestro apelativo connota inequívocamente para mayor claridad la relación de estos poetas con las teorías de Vicente Huidobro: “no cantéis la rosa, poetas/hacedla florecer en el poema”, que sirvieron de principio rector para la corriente y la distinguieron del vanguardismo primigenio, que otorgaba a la poesía un papel más restringidamente celebratorio.

G. Ibáñez nace en Rosario en 1949. Al llegar a la adolescencia, cuando empiezan a dársele los primeros poemas, termina de florecer el creacionismo rosarino, ciertamente algo atrasado con relación a movimientos porteños como el invencionismo de Edgar Bayley o su posterior decantación en los poetas de “Poesía Buenos Aires”, liderados por Raúl Gustavo Aguirre. Para entonces, autores como Aldo Oliva, Alberto Carlos Vila Ortiz, Rafael Ielpi, Elena Siró o Armando Raúl Santillán -precedidos de Rubén Sevlever, que hace de nexo con la sensibilidad anterior, la de la Generación del 40-, ya están publicando revistas literarias, y dando a conocer sus primeros libros.

Pero simultáneamente otros poetas, de la misma o parecida edad que él, circulan por bares y foros culturales de la ciudad, defendiendo una sensibilidad distinta: si los anteriores se han beneficiado con la democratización cultural aportada por la bonanza económica que aprovechan los sectores medios y humildes, éstos viven esa democratización como natural, y proyectan los valores antes privativos del libro a los géneros despreciados de la historieta, la canción, la novela policial y de ciencia-ficción; y odian el tuteo en la narrativa (aunque difícilmente se animarán a suprimirlo de la poesía). La corriente que van a generar ha recibido nombres como cotidianismo, coloquialismo, Generación del 70.

Cuando G.I. comienza su actividad poética, tras juveniles experiencias teatrales, sin embargo, no es a ninguna de estas líneas que adhiere.

En efecto, desde “Tiempos”, libro primerizo de 1968, y continuando en “Las paredes”, e “Introspección”, de 1970, su primer libro poéticamente importante, se lo ve comulgar con un desasosiego cósmico de corte vanguardista:

 

“Pisar el silencio continuo

de eternas introspecciones

sin que nadie comprenda

el sentido metasónico

hundido en la abstracción

del Universo.”

que se continuará en las dos composiciones contenidas en “Poemario 72”, una edición colectiva:

 

“Las puertas son herméticas

a través de la oscuridad

y desciendo escalones

de mí mismo

por una escalera inconducente”

 

y en los trabajos incluidos en “15 poetas” (1971), un parecido emprendimiento, donde los vecinos poemas de Guillermo Harvey, uno de los poetas creacionistas más emblemáticos de la ciudad, revelan la influencia que éste tiene en nuestro autor, matizando su postura anterior con una ahora evidente demiurgia.

Todos estos elementos se sistematizarán y adquirirán nueva significación en “El lugar” (1973), uno de sus mejores libros. Desaparece aquí la predominancia anterior de los signos abstractos, y las referencias crecen en carnalidad; el emisor lírico cobra realidad.

Este último, el supuesto delirante que masculla su mensaje desde «El lugar» del título, tiene puntos de contacto con el pesimista demiúrgico de la etapa anterior y con el vitalista whitmaniano que aparecerá después; en parte porque, según un hábito literario que proseguirá más tarde, el autor incluye poemas ya publicados antes. Pero ahora estas composiciones son portadoras de elementos con significación distinta, se crea un sistema nuevo:

                           

“quiero derrumbarme

en la penumbra orbital

de mi universo incendiado”

 

En este cosmos, que ya es conciente del ser propio del poeta, se despliegan visiones demenciales que alcanzan a sostenerse en virtud de esta pertenencia; y se genera un lenguaje fuertemente personal:

 

“La noche borra

las esperanzas de

encontrar dulzor”

 

La demiurgia trasciende la postura con que los creacionistas habían impregnado su discurso; se vuelve vitalismo típicamente vanguardista:

 

“sigo tratando de duplicarme centuplicarme

para sentir más veces lo humano que soy

para ver millones de noches en una”.

 

Contra estas posibilidades del emisor lírico se alzan las paredes “del lugar”, el encierro donde la realidad ata al genio, cuyo debatirse engendra el poema:

 

“Hay un cielo, llamándome a poseerlo

y yo me oculto detrás del encierro.”

 

Un año después, trabajos suyos integran un volumen de poemas junto a Ana María Cué, Dora Norma Filiau y Armando Raúl Santillán (“Poemas”). Los de nuestro autor, fechados desde la  época del primer libro publicado, comparten por esa razón, características de los anteriores reseñados, permitiendo seguir una abreviada evolución, que regresa a la función creacionista de aceptar o desechar poderes del poeta en tanto que tal, ya que es la palabra que interrumpe la disgregación de la realidad, y, por ende, el miedo a que ésta cese, lo que proporciona dramaticidad al discurso.

“2 y 2” es otra edición conjunta de los mismos autores de “Poemas”. Aparece recién en 1980, -es decir, seis años después que la otra-, y en lo que se refiere a Ibáñez, contiene “Los espejos del aire”, una serie subtitulada “Poemas del paisaje”, que se reeditará casi completa en 1989 con ese mismo título y subtítulo en forma independiente. Estas composiciones constituyen un nuevo corte, y a ellas nos referiremos más adelante, pero en 1981 se da a conocer “Poema último”, que también tendrá una reedición (en 1992), y que continúa la línea anterior, por lo cual  será tratado  a continuación.

“Poema último” ya desde el título parece ser la expresión más dilatada del vitalismo que antes aparecía mezclado con otras posturas: algo así como un testamento, una palabra final porque su trascendencia no permitiría otras, un discurso que se clausura:

 

“Vivir

este voraz ceremonial

(...)

la huida del equilibrio

el vértigo total

como si arribáramos a la muerte.”

 

Esta actitud propuesta como demencial, en la que se abandona la referencialidad habitual para hundirse en una omnipresente actividad erótica, convierte a la existencia en un hecho estético, precisamente por la inutilidad de todo fin práctico:

 

“Escribir para nada”

 

La función del poeta, con todo, sigue siendo demiúrgica, no sólo porque esta realidad trascendente es creada por él, sino porque es también él, quien se encarga de: “…alarmar/a los que permanecen dormidos.”, el que confiere sentido a la vida y al universo común, en función del mundo paralelo que crea con su palabra.

“Poemas de amor”, publicado en un libro conjunto con Jorge Isaías (“En carne viva”) en 1982, muestra en cambio un creacionismo mucho más moderado, donde el emisor lírico percibe y selecciona las señales de lo trascendente, pero desde una actitud mucho más intelectual:

 

“Me hundo en los tembladerales

voluptuosos de tu voz

y es como si de pronto

reabriera sus posibiliades

el cielo inalcanzable

de la Vida.” (subrayado nuestro)

 

En 1983, Ibáñez vuelve a publicar con otro poeta. Se trata esta vez de Reynaldo Uribe, y el nuevo volumen se llama “Palabras y silencios”. Nuevamente predomina aquí lo demiúrgico por sobre aquel tono vitalista de “Poema Último”. En efecto, “ya estar no significa/Estar/sino todo lo contrario”. Ahora lo último ya no es el poema, sino el estar, que deja como trascendencia “un silencio / y en poemas hilvanada / alguna que otra palabra.”

Estas palabras que aparecen como intrascendentes o fugaces, no lo son tanto en realidad, ya que fundan la razón del poeta para decirlas. Pocas, sirven para diseñar, para configurar, su discurso creador de la realidad tal como él la sueña, la auténtica, y no la banal cotidiana que “extravía” los pasos.

No es de extrañar, entonces, que en un nuevo volumen colectivo, “Poemas para América”, de 1985, G.I. se permita aconsejar paternalistamente al hermano “que aún no despierta”, y gritar su indignación cívica y étnica en un tono más bien chirriante .

Tras éste, aparece “Poema del ser” en 1986. Nuevamente asume el vitalismo, pero esta vez bajo la advocación expresa de Walt Whitman y se aleja marcadamente de las posturas creacionistas: «Soy el nuevo poeta de la vida / y sólo me inclino ante ella.»

Efectivamente, ya no son las palabras las que están facultadas para dar justificación al mundo: él existe antes que ellas; incluso el silencio ya no es la ausencia de palabras del poeta, sino algo con valor propio. El poeta pasa a una condición de mero celebrador, se reconoce valer sólo como parte infinitesimal de lo viviente, de “lo que es”, que forma por así decirlo, él solo el poema (del Ser), que el emisor lírico sólo tiene la función de reconocer y predicar.

Esta actitud estética vincula a nuestro poeta, de nuevo con la antigua Vanguardia, aunque con marcas actuales  lo lleva a redefinir el paisaje, que tendrá desde entonces una importancia especial en su poesía. “Los espejos del aire” -los poemas “del paisaje”- precisamente, constituirán un punto clave de esta poesía, republicados ahora, en 1989, después de integrar la edición colectiva de 1980, a la que ya nos hemos referido. Con todo, no se los reproduce idénticamente: hay algunas significativas variantes, y algunas composiciones se suprimen. Lo que ahora aparece constituye lo más logrado de la lírica de Ibáñez : un discurso sereno que se inclina ante el otro, ante lo que no es el yo, la naturaleza (“el paisaje”), cuya onticidad es ahora la que impregna de realidad al hablante lírico, con avatares que ya no son mostrados como tan centrales o importantes (“Quizás entre al sueño / para escribir el poema”).

La inversión de la relación creacionista es el aspecto más original de esta etapa de su poética: la naturaleza enseña al hombre a callar:

 

“Creo que estaré siempre allí

para olvidar las palabras.”

 

Y en cuanto al papel del emisor lírico:

 

“No es necesario

ponerle palabras

al paisaje.”

 

Esta postura no podría provenir, lógicamente, de los vanguardistas “ortodoxos”, cuyas líricas florecieron en otro momento. De hecho, ellos no tuvieron que “responder” al creacionismo, sino que fue más bien al revés, y si una poeta como Beatriz Vallejos va dejando de describir al mundo para, en realidad, terminar siendo descripta por éste, por ser nombrada por el otro, en un proceso de indiferenciación, de consustancialidad, ello no ocurre como reacción a las posturas demiúrgicas. En Ibáñez, en cambio, ello se produce como clara respuesta a aquéllas, incluidas las que él mismo suscribió.

El abandono de la visión del poeta como creador de realidad se muestra claramente como derrota ante la naturaleza, como deseada capitulación; modalidad especial con que se alinea ahora con los propósitos de su generación, perseguido también por los cotidianistas, aunque con otros métodos. De hecho, ha probado que no necesita acudir a los métodos de los cotidianistas (en “Las voces de la palabra” figurará el único caso de voseo utilizado por él), para marcar la diferencia con la generación que lo precede.

En la edición conjunta “Poemas por el hombre”, (1990), recae en el creacionismo, por ser textos anteriores a «Poemas del paisaje». El hombre de estos poemas no sólo vuelve a ser el eje del mundo, en detrimento de la naturaleza, sino que el poeta, el que le ha dado ese carácter, es mostrado como quien genera ese mundo donde eso se produce,publicados extemporáneamente y pertenecientes a modos anteriores de expresión.

“Las voces de la palabra” -que llevan el subtítulo de “Sombras sonoras”-, de 1992; proponen una nueva actitud en esta dinámica hombre/naturaleza; intentan la intervención del poeta creador que se valga del enorme poder de aquélla, de su potencial óntico, para generar un mundo humano donde la verdad sea perceptible también humanamente:

 

“Reproducir

el trino y

el graznido

de la alondra

o del cuervo.

Rasgar con

esa voz

los velos.”

 

Este resistirse al silencio, al que antes el poeta se abandonaba gozosamente, se funda en una bipartición indispensable para leer estos poemas:

 

“Para las cosas

el silencio.

Para el hombre

la voz.”

 

Con todo, “se es más la voz / que lo que se canta”. La explicitada predominancia de lo material del canto por encima de sus valores trascendentes no elimina la actividad demiúrgica, pero la convierte en una especie de conjuro, donde el papel del poeta pierde autonomía intelectual, donde su lucidez deja de ser fundante. El poeta, parece decirnos Ibáñez, es el encargado sí, de lograr que el mundo sea real, pero por medio de una intervención donde el ritual -que puede diseñar apenas- importa más que el celebrante.

Esta tesitura significativa se prolonga, pese a un intervalo de ocho años, en «El arte del olvido» (2000), que forma parte de lo escrito a partir de los 90 junto con «Los velos de la luz», «Estandartes», «En la palabra».

Palabra y silencio son dos polos semánticos que se corresponden con hombre y paisaje; y su dinámica, su particular forma de articulación, es la que funda el discurso. Así, Ibáñez se configura generacionalmente, afirmando  su  voz como inefable e insustituíble; pero también renunciando a considerar su hablar como creador del mundo.

La palabra es, más bien, la creadora del silencio: ese lugar -un lugar, una vez más-, donde el paisaje puede, en realidad, crearnos a nosotros. Pero sólo a condición de ser, a su vez, delimitado, definido como silencio, por la voz del poeta.

Esta edición incorpora también la poética inédita del autor hasta el 2000. Dentro de ésta, se incluyen los restantes poemas que integran «El arte del olvido» que no figuraron en la primera edición. De este modo, el lector poseerá una visión abarcadora y completa de su obra.

 

Eduardo D’Anna

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Este conjunto de poemas son producto de distintas épocas en publicaciones de diferentes libros.

La edición conforma un corpus y es definitiva, después de sucesivas correcciones, a mi entender necesarias, para esta antología que en cierta forma es, en su totalidad, mi trabajo poético hasta el año 2000.

 

G.I.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Del libro

 

 

Introspección

 

(1970)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

Por qué,

ésa era

la pregunta

de mi niño.

 

Para qué,

es hoy

incontestable.

 

 

Hoy

 

El cielo se abrió a mis ojos

y nací a este momento,

el momento con fe de sangre

y he visto derramarme.

 

Desde  la primera letra

en posición de punto

que se hace siglo,

del invento de alegrías,

de puentes hacia el llanto,

de transformación de esquemas,

siento el mismo cansancio

en mis pies viejos.

 

Del reflejo introvertido

de la perfecta rutina.

 

Del caos de la luz

y del invierno,

del silencio, la guerra y la arruga.

 

Nací mi muerte con la extrañeza

del tarado y tal como antes

me estoy llamando.

 

El cielo se cerró en mis párpados

y recién entonces, pensando

me sentí esperado.

 

Ya no había negación en el silencio

ni oscuridad en la luz del día.

 

Tanto tiempo transcurrí, soñaba.

 

Pesado minuto caído de la nada y

ya vuelto.

 

Ayer observé detenidamente

mi terraza en el espejo del agua

y la sabía con el deseo de ahogarse.

 

Ayer estuve recordando;

nadie tiene azotea,

sólo algo así como una sonrisa,

dientes de brillante, ojos de vidrio

y lengua de gigante.

 

Manos de nene, pies de tambor,

dedos de sentencia,

 

Hoy amanecí temblando:

el miedo era mi llanto.

 

 

La puerta herméticamente abierta

 

Dolorosamente las paredes

sollozan

ante mi respiración oculta.

 

Cada lado de este cubo

huye de mis ojos

y siempre mis brazos

son cortos

para algo tan vano

como el olvido.

 

Cada plano se convexa

y un globo me circunda,

nuevo o viejo,

como el nuevo o viejo globo.

 

Las diferencias están en que

lo mío es transparente.

 

La  mirada guarda soledades

incómodas, mudas y tristes

que socavan el cuerpo.

 

Estoy totalmente conmigo

con todos los testigos que

guardo sin ruido.

 

La habitación llora mis

lóbregas diferencias

y a mi cielo, a mi tiempo,

a mi sueño

y al silencio impotente

cargado de gritos

de un primer número

similar a la perfección

inconsciente.

 

 

 

Deshecho de esencia

 

El tiempo aniquila rotundamente

todos los anhelos cósmicos

de un ser que busca

su misma esencia

en la introspección profunda,

y al no llegar fuerte

a su memoria primera

queda detenido en una espera de cielo

con un reloj en la mano izquierda

y su propio espejo en la derecha.

 

Ahí, en el lugar que la especie le confirió

la sabiduría,

los pájaros caminan por la terraza

y los buitres comen de su mano derecha.

 

Más abajo, haciendo esfuerzos

las angustias navegan

en un río de semen

que se desperdicia

en el sexo del mundo.

 

 

 

 

Penúltimo escalón

 

Ya no habrá un amanecer y un sol

ni mañanas calculadas en los ojos

despertadores o camas sin deshacer.

 

Todo será cobijarse en la tutela

de la noche, sin girar las músicas

ni volcar lenitivos en nuestra boca.

 

Desde este momento

la entraña devoradora

tendrá algo  más para sus hijos

que nunca dejan de pedir.

 

No habrá intercambios de ideas,

sólo nosotros, destrozados.

 

Con un suspiro de alivio

y un reencuentro fugaz e inútil

en los espejos,

para al fin perderse,

dejarse arrastrar allá,

nunca y siempre, luz y oscuridad.

 

Al fin dejar el suplicio.

 

Centrifugarse, comer vacío

y girar en el aire, eternamente.

 

 

 

 

 

Poema en tiempo

 

Hastío ya no.

 

La espera agobiante

o el cáliz de muerte

que suele buscarse.

 

Huir hacia ayer

que era tiempo.

 

Hoy el alegre silencio

se hace llanto.

 

Hoy verde campo

ha llovido y llovido

lágrimas sin sentido.

 

Hoy noche de verde

y verde de noche,

noche, negro negro.

 

Negro para llegar

al centro.

 

Hoy, centro cerebro,

caos y negro.

 

¿El rojo

será sólo un puente?

 

 

 

 

Poema sin nombre

 

La calle conservó el

mismo clima de entonces.

 

Aquella vez vacía y gris.

 

Compactos empedrados

se metieron en mi boca,

fui tragando la sed de la noche

y encontré su lecho oscuro.

 

Este hombre complementario

balbuceó sólo unas palabras

que no alcanzaron

para darle nombre.

 

Exacto paso y mirar transverso.

 

 

La hegemonía del paisaje

era cerrada, había sombras.

 

Aún ahora, poblada de gris vacío

cubre la noche gastada

del señalado hombre,

 

hombre aparte, prisión de paredes,

balcones y puertas,

silencio de telarañas, hombre derruido.

 

Nadie pudo terminar el camino.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Del libro

 

 

El lugar

 

( 1973)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Onírico

 

Entre los buitres de los sueños.

 

Entre los buitres angelicales monstruosamente acicalados,

surge el fuego, hecho por el tedio de los volcanes interiores.

 

Quizás por eso en la noche de todos los silencios

y de la gruta estrellada,

los papeles y los ojos se mezclan en habladurías,

cuando los pájaros azules del ventrílocuo,

van volviendo a la botella

que se tapa con un corcho de nubes.

 

Nubes de mentira con laderas que vuelcan su frío,

el frío de los árticos, el frío de los infiernos,

el calor de los cielos se cierne sobre nosotros,

el cielo de los cielos baja hasta los infiernos.

 

El infierno sube, baja. El infierno es de frío.

El cielo de caluroso invierno.

 

Es entonces cuando los vasos inigualables de la perdición

se encuentran en todas las esquinas para apoyarse

sobre los torrentes del papel.

 

El momento en que los pájaros buscan, para emigrar,

para huir hacia los hermosos espacios blancos.

 

Mientras, desde el vientre meta-atmosférico

parten tres carros de ilusiones

que batallan con los infiernos ascendentes

y los cielos esenciales.

 

Solución conocida

 

Llevo en mí un destino de pie grande hundido en la tierra

un deseo de doblar cada esquina de la noche

para encontrar el propio eco,

para no morir sin saber del próximo sol,

para despertar después de haber podido dormir.

 

Una deuda de noches al destino onírico

y al sol nocturno de hielo,

con mi incomparable pobreza de niño

con mi niñez de martirio insufrible

con mi cobardía inmensa de hombre,

apartándome hasta el límite de la inconciencia

para escapar de paredes de sueño que asimilan

esquemas y expelen resultados,

o de los que sientan sus ojos sobre el cielo para amar

careciendo de manos.

 

Nunca faltan ésos. Ni tampoco el que grita. Ni el que muere, el desesperado que se ahoga, el que muere en sueños,

el que sube con zapatos de plomo una montaña inaccesible.

 

Ni el que grita, ni el que muere, ni la repetición constante,

y sigo tratando de duplicarme, centuplicarme, para sentir más veces lo humano que soy, para ver millares de noches en una

y llegar al día al final del conteo.

 

Entonces, para qué andar caminando la soledad si la luz

es muerta, si el cauce es río.

 

Para qué conociendo la solución.

 

Para qué, si las venas engordan como niños glotones

cuando se las estrangula.

Poema 2

 

Transito

valles

 

sueños

 

viejos caminos

que conducen

a un maduro desierto

 

allí

la magnitud

suprema

se parece

al viento.

 

 

 

Inmensidad

 

Hay un cielo llamándome a poseerlo

y yo me oculto debajo de él.

 

Las estrellan treparon la cavidad celeste

y el firmamento poblado no es tan vano.

 

Todo es imposible, encadenado a tranquilizantes

que paralizan toda voluntad.

 

Es espantoso asimilar el llamado

porque al tratar de evadir la prisión,

los soldados blancos retoman sus puestos

y a veces suaves, otras violentos,

me devuelven al sitio del gran cuarto

donde otros como uno cada día,

ven truncada su esperanza de ver cielo

en cada huída frustrada hacia los patios

cuando el timbre da

la última

llamada.

 

 

 

Hasta la calma

 

Dejarse caer entre paredes

que ahogan,

sin gritar mis gritos,

auscultando el latido de sus sienes

arremolinadas para indagar

mi pasado,

 

para contemplar con curiosidad

mis vértigos que no

llegan al éxtasis

y siempre quedan en la noche.

 

Mis ancestros se asoman

por los ojos de las paredes

al agujero de mi techo.

 

Primero, gritos horrendos

y celestiales.

 

Luego la lectura de vibraciones

integrada por cada uno de esos

electrodos sembrados

en mi cerebro.

Todos averiguan cosas

que no quiero saber.

 

Todos miran el agujero

que yo no puedo,

a no ser que vuelva la mirada

hacia otra vida.

 

Caigo presa del pánico.

 

Caigo y golpeo mi cabeza

contra el piso endurecido

y todo vuela y se pierde, oscurece,

es todo claro y es triste;

y sigo golpeándome con alegría

y todo gira, vuelve y vuela

y las paredes se posan sobre las moscas,

los cabellos peinan peines

y las lámparas se iluminan

por intermedio de los azulejos.

 

Mis dedos insensibles se poseen

aferrados a mi cabeza

y me desarmo y reconstruyo

entre furia de piernas

de  manos, de gritos,

de gritos que se introducen

en la costumbre del agua y el agua

se hace calma en esas horas.

 

Una y otra vez la lucha desorbitada

abatiendo fantasmas,

el delirio se eleva conmigo.

 

Entonces bebo quietud.

Estadía

 

I

 

Escurrirse del sopor

de la oscuridad.

 

Clavar los dedos

en piedras de hastío.

 

Caminar hacia el delirio.

 

Los rostros demudados.

 

Consagrar el miedo,

al confín

de las transparencias.

 

 

II

 

Ahondar en boteales

libres imaginarios.

 

Porque apaciguan con furia

entre aristas de tedio

imponiendo evasiones.

 

El silencio exacto.

La estación perenne.

 

Transponer escalones

de memorias y estigmas.

 

III

 

Pregonar deseos

entre las esferas vítreas

sin encontrar

motivos audibles.

 

Llegada al lugar

de la opresión.

 

Edad sin escrúpulos

que escapa por siglos.

 

Con solos espacios

y viejos misterios.

 

La vivencia ausente.

 

Gastar la luz

en vorágines y sueños.

 

 

IV

 

Heredar la noche y la tierra

el mito silente

en la arena estéril

del joven desierto

suspendido del alambre rojo

que deslumbra el iris,

delante de la sombra que anticipa futuros

sueños de lémures ateridos

la gran confusión

la boca sedienta marchita

la invención de un tiempo

en la llanura del cielo

último estado en la demencia.

Lugar

 

Las puertas de los armarios están clausuradas

por las propias y las otras puertas.

 

Los buscadores de paz lo rompen todo.

 

Las puertas se escapan por las escaleras

de los buscadores de paz.

 

Los frascos lenitivos alcanzan a salir

llegando a las jeringas o las bocas.

 

Un vaso de agua o una aguja.

 

De pronto un golpe.

 

Una voz insuficientemente blanca.

 

Porque las guardianas del zoológico

pisan, enlutadas de blanco, sin ruido.

Los gritos, son volúmenes permitidos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Construcción

 

La luz de la lámpara es de vidrio y gomalaca.

La mesa se asemeja a la fuente cercana de una montaña.

 

Un fumador de angustias que perdió su vida en un lápiz

mira la realidad hecha precisamente con lápices papel  y

carne.

 

Los papeles sufren el aglomeramiento de los diccionarios

apilados.

 

Los lápices son caballos imposibles de domar.

 

En cambio la carne sigue siendo carne,

acomodándose al lugar que le corresponde,

en la mesa donde el fumador de angustias

 

come una montaña de su misma carne

y bebe por los ojos

un vaso de luz en cada sorbo enrojecido.

 

 

 

Caída

 

Huir del pequeño diente hundido

en el atardecer de tu frente.

 

Virginal como una paloma negra,

como el pan o una retardada mental.

 

Hincado.

 

El ojo inyectado sale de su órbita y empieza

a caer, pasa por tu frente ahora oblicua,

resbala por tu nariz.

 

Las ilusiones son condenatorias

y los jueces sexuales imparciales.

 

Los hechos son ilusorios y los jueces eunucos.

 

Tus ojos miran el cielo hambrientos.

 

Tus ojos cielos, tienen apuro en deshacerse

del cuerpo del ojo.

 

Mi ojo penetrado. Mi boca empalagada

con los dulces de tu pelo.

 

Tu pelo colmando mi apetito

registrado en la guía turística de tus montañas,

tus lagos y tus cavernas.

 

Los dientes mastican visiones, todas mis miradas.

 

 

Atemporal intervención

 

lava lava lava lava

incierto si se trata de una mujer con ropas enjabonadas

o si del hombre espera que derrama su sexo sobre el tiempo

 

sólo se sabe lava

sobre las sábanas que lava la mujer del jabón

o impregnada en las sábanas del hombre

que espera sin ya más búsquedas inútiles

sobre el infierno de las noches solitarias

su lava y la esa mujer con jabones

y despues de excitarse

quién

la mujer que lejos lava la lava del hombre que la espera

o la lava del hombre tirada sobre desesperaciones

de no tener a la mujer que lava?

 

luego la mujer se siente tan molesta

que debe abortar también la espera del hombre

que sobre el pensamiento inyectó su lava

sin conciencia ni premeditación del dolor

 

aunque al fin los dos piensen que el médico

tuvo sus razones para impedir un hijo de jabón

producto de lava desconocida y psicofísica absurda

en una noche oscurecida hasta la imaginación.

 

 

Poema 9

 

La noche se partió en la niña,

el cielo-tiempo apartó todo,

la caricia al vértigo.

 

La noche inundó las cavidades

con el esperma de los difuntos

y en la calle infinita del sueño

tembló la herencia de los miedos.

 

Porque en un silencio apartado y sombrío

en un no lugar en un no espacio

en un no hastío en un no misterio

habitan los deseos de la sangre,

voluptuosidad que dirige

hacia actitudes de horror en los abismos.

La mujer del tiempo

 

Rompe un poco mi estructura

-dice la mujer-

no deseo estar tan entera.

 

Destrózame la cantidad de años

que esperé tu sexo.

 

Y el hombre agotado,

con el corazón latiendo agitado

como el vuelo huidizo

de un ave nocturna

a la llegada del amanecer,

vuelve y se va.

 

Vuelve,

quédate sobre el tiempo

-ruega la mujer-,

y si no es este el momento

tendrá ella otro destino

otro desengaño

y la ampliación del abrazo

para encerrarse en su propio beso

en la condenación

que la somete.

 

 

 

 

 

 

 

 

Las consecuencias tienen relación

 

De un padre silente y una madre tenue

nace un hijo de protestas.

 

De una madre verde y un vegetariano

nace un hijo clorofílico

para la exhumación de la naturaleza.

 

De un padre enamorado y una madre sin calor

nace un hijo indeciso entre la vida y la muerte.

 

De un hombre triste y una mujer gris

nace un hijo en días de lluvia.

 

De una mujer hermosa y un padre milenario

nace un hijo cósmico

que estará siempre en los bordes de la memoria.

 

De una madre cuadrada y un padre octogonal

nacen hijos geométricos poligonales.

 

De un hombre correcto y una mujer histérica

nacen hijos indescifrables.

 

De un padre suma equivocada y una madre signo

nacen dos hijos más dos hijas

que luego formarán sus propias ecuaciones incorrectas.

 

De una madre que nunca llega tarde y un padre relojero

nacen hijos calculados en horas y minutos.

 

De un padre tipo, con desesperación y búsqueda

y una madre con belleza interior y ternura

nace el hijo perfecto

que puede iluminar otros amaneceres.

Poema en la consumación

 

De una mujer traumada y un hombre traumado

no pueden nacer hijos.

 

De un hombre traumado y una mujer indecisa

sólo nacen hijos del pensamiento desequilibrado,

hijos ilusorios, hijos de dudas.

 

De una mujer traumada y un hombre impreciso

nacen hijos desconformes de su conformismo.

 

De un hombre transparente y una mujer opaca

nacen hijos que un día comprenderán la luz

y al otro día no intentarán descubrirla.

 

Entre un hombre encontrado a sí mismo

y una mujer en las mismas condiciones

nacen hijos que llegarán sin dolor a la perfección.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Del libro

 

Poemas

 

(1974)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

Ando perdido en madrugadas de muelles

inventados sólo para el insomnio,

de muelles vacíos,

de bajeles cargados de despedidas y llantos

límites anhelados entre la posibilidad

de dos finales para un día naciendo

 

muelles por los que camino respirando

el propio incesante humo y

la pesada bruma del olvido

gastando pasos con las manos en alto

con gestos que nos devuelven toda partida

con labios mordidos en soledad

con un ceño que imagino

una ventana hacia adentro

hacia el caos y suicidio que aplaude

la culminación de este acto

escena de caminos desencontrados.

 

Camino sobre el escenario en los niveles

del agua

de muelles que perpetúan la vigencia

del grito

y demoran trascender los precarios

márgenes que nos atan al tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

II

 

Recorro planicies

y llanuras

donde nace el vértigo

 

vegetales

 

que cubren del sol

los valles

perfumados de la noche.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Del libro

 

Interrogaciones

(1976)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Interrogaciones

 

I

 

Quién se aparta cada vez más

del ruido y de las voces,

 

espera ver reaparecer una presencia

detrás de los pliegues del olvido

para realizar el milagro del amor.

 

Quién camina las noches

las sigilosas madrugadas

errando con las estrellas.

 

Quién ha confundido la vida

con las inextricables marañas de

los libros durante tantos años,

 

se sienta en la orilla de un río,

pone su mirada en la corriente

y siempre es el momento de partir.

 

Quién callará su palabra, cuando

perciba la sordera del mundo,

subirá las escaleras de su buhardilla

para encontrar el silencio del humo,

mientras innumerables poetas

de todos los tiempos

aguardan en los anaqueles

el rescate de una noche, para vengar

con dolor y goce sus vidas.

 

Quién abrirá las ventanas de su cuerpo

a las estrellas y a cada nuevo sol,

que ofrece cada día una prueba,

suscribirá un manifiesto contra

el hambre o un gobierno,

y aceptará que los demás

lo enrolen en la demencia.

 

¿Quién es capaz de descubrir

la vida en un poema?

 

¿Quién estará tan atento para arribar

a Whitman, Pound, Milosz?

y descubir en ellos, un hermano,

un espejo de uno mismo.

 

Quién aceptará la nostalgia

en la memoria del presidio,

se hará abstracción, signo,

oscuro visitante del alcohol,

desapercibido espectador de

todo lo circundante,

y a la vez visor de lo ínfimo

no visto,

que lleva a cuestas su universo.

 

Quién no distinguirá la vigilia

del ensueño, más que nosotros,

nuevos, primigenios,

eternos lobos esteparios.

 

 

 

 

 

II

 

Qué sinfonía reconocerán las sombras,

qué colores percibirán los ojos

cuando todo llegue a ser reflejo,

se diluya la ilusión del mundo

nos enfrentemos a los propios rostros.

 

Qué vano límite marcarán las fronteras,

qué desolado paisaje presentarán

los papeles sin letras,

si hasta ahora hemos transitado

sólo ruido de palabras sin sentido.

 

Qué nueva experiencia será la noche,

qué color distinto dará la señal,

qué estrella comenzará a brillar

en este páramo,

para guiarnos en los caminos de la muerte.

 

 

 

III

 

Un amigo se suicida al amanecer.

 

Pasan las horas.

 

La tarde gira lenta y gris sobre mis ojos.

 

El ocaso es como el fin y como la muerte.

 

Lo que después de la luz ha de venir

no me desespera ni lo temo.

 

Todo es noche.

 

Un amigo en Oliveros muerde barrotes

si es que el golpe eléctrico

le permite morder.

 

Un amigo en la calle tiene hueco

el lugar de los dientes.

 

Un amigo en el trabajo,

tiene atado el corazón y medida su alma.

 

Uno en la abundancia olvida al prójimo.

 

Uno enamorado se olvida de sus amigos.

 

Uno intelectual olvida las cosas triviales

y un trivial amigo no piensa en nada.

 

Qué hago aquí. Acaso compadecerme de ellos

o de mí mismo.

 

Acaso merezco saber lo que nos pasa a todos.

 

La tarde gira lenta y gris hacia la noche.

 

Entretanto, deambulo por las propias fronteras.

 

 

 

 

 

 

 

 

IV

 

Qué significado tendrá ese crecer hacia nosotros,

si sabemos que la muerte, próxima o distante

pero siempre ahí presente nos aguarda,

como anulando cada espera,

cada acto, como juzgando cada pretendida

huida del hastío.

 

Qué significado doloroso y sombrío;

no olvidar que todo es un camino hacia ella,

que el afán se pierde en la conquista y

siempre inventamos nuevos escalones

para justificar esa injustificable lucha diaria.

 

Qué significado preguntar el sentido de las cosas

si los ciegos gozan lo que vemos; añoran paisajes

y distancias, que nosotros tratamos de borrar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estos textos se incluyeron posteriormente, no fueron motivo de estudio del ensayo-prólogo que inicia el volumen. Se publicaron en la antología «Poesía viva de Rosario».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Del libro

 

 

2 y 2

 

(1980)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imagen

 

El firmamento

del atardecer

es como un océano

inaugurado

para desvanecerse

en la noche.

 

Y acaso la calma,

no sea sólo un estado

del espíritu

y necesitemos

este paisaje,

este lento transcurrir

de las horas

esta armonía de ritmos

y latidos

este perfume del padre

de los perfumes(1).

 

Un hombre

tiene apoyada la frente

sobre sus dedos

y ese suave tacto

libera una energía de fuego

que se conjuga

con el agua de su alma.

 

Quizás,

más allá del tiempo

se aclaren las vertientes

de su voz,

para iniciar el verdadero

viaje

al país donde la poesía

es la única anfitriona.

Poema

 

Percibir

 

la nube

fija en el horizonte

 

el viento

de la soledad

 

el ladrar

lejano de los perros

 

las campanadas

de un angelus olvidado

en la ciudad

 

las campanadas

que dan temporalidad

al instante

 

el brevísimo

planear de un gorrión

en lo alto

 

y el cruzar

vertiginoso

de algunos otros

entre árbol y árbol.

 

 

 

 

 

 

 

Poema

 

El viento de la noche

 

hace de las nubes

manadas incesantes,

 

del humo

remolinos que se pierden,

 

de mí

piedra indemne que respira,

 

cuando el calor de la tarde

agoniza en la lluvia

 

y rememoro el paisaje.

 

 

Poema

 

Cuando estoy solo, pero

«solo con solo» (1)

 

aparecen de todas partes

las luciérnagas y las ranas

 

el viento que acaricia piel

y césped y ramas

 

y entonces,

cuando estoy solo

me sitúo en medio del tiempo.

 

Poema

 

Las palabras

se dibujan solas

sobre el papel

 

y la luna

pone una nota

brillante

 

al tono opaco y calmo

de este instante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Del libro

 

Poema Último

(completo)

 

(l980)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vivir este voraz ceremonial

en el que los poros transpiran la vida.

Vivir la breve circunstancia de la caricia

la efímera entrega del amor

la huida del equilibrio

el vértigo total

como si arribáramos a la muerte.

 

Incendiar mi boca con tu nombre

los días precedentes al encuentro.

Incendiar tu boca y tu piel,

el recorrido que distancia nuestros cuerpos.

Incendiarnos ambos

con este fervor demente que aún nos recuerda.

 

Olvidar todas las ausencias

en este ritual constante sobre tu piel.

Olvidar el pasado, los nombres, las presencias.

Olvidar todo si es posible

y debarrancarse en el fondo de los sexos.

 

Escribir como único testimonio de nuestras vidas.

Escribir con goce, como delirio

como comer pan o beber vino.

Escribir sin alturas ni bajo tierra

sin imagen de poeta ni postura de salvador.

Escribir, como alguien dijo:

con la propia sangre con los dientes y las vísceras.

Sin fantasía, sin obligación, sin miedo

con riesgo de locura,

con rebeldía de eco

que no se resigna a perder la voz pronunciada

con barro, con hierro, con fuego.

Escribir para vos y para mí.

Escribir para nada.

 

Abrir

tu puerta y abrirnos las entrañas

desde el comienzo de las miradas.

Abrir tu pueblo y abrirnos las calles

desde los primeros pasos.

Abrir el pecho

y dejarse sangrar desprevenido.

 

Recordar ese rito desgarrado

rendido en las espaldas

esa prueba de las bocas

y los dientes grabados en el cuerpo.

 

Amar ese lento viaje por tus muslos

ese trajinar indemne sobre las huellas del tiempo

surcando vulva y pechos

destruyendo mitos

destruyendo todas las antiguas manos

en el imperativo afán de construir una nueva piel

y un nuevo sexo

en la penumbra de este cuarto.

 

Violar

tu casa y la mía.

Violar todas las almohadas.

Violar los ojos castos.

Violar los sexos, los recuerdos

los ojos de los que esperan.

Violar la mente como un día último.

 

Urdir pequeñas y enormes artimañas para encontrarte.

Urdir mentales intrigas

en las que todos los protagonistas

resulten burlados.

Urdir una noche definitiva

para encender las luces de todos los escenarios

y ver a la humanidad

perdida en los desvaríos

de sus pequeñas y cotidianas codicias.

 

Arder y mantener permanentes

los fuegos de todos los incendios.

Arder desde abajo de la piel

desde donde crecen los gritos.

Arder, juntos

con el crepúsculo.

 

Pregonar las voluptuosas ceremonias

que desarrollo por tus formas.

Pregonar tu nombre y el mío

aunque todos los demás crean en la palabra amor.

Pregonar el dolor de todas las cosas que nos separan.

Pregonar la desesperación del juego de olvidarnos,

en la vana certidumbre de que en la distancia

nacerá la posibilidad del abandono.

Pregonar el vuelo de la miradas

cuando el universo se hunde y

sólo las estrelas nos salvan.

 

Alarmar

a los que permanecen dormidos

para que alcen la palabra.

Alarmar constantemente a los pájaros

para que nunca dejen de cantar.

Alarmar los ríos, las tempestades.

Alarmar los pueblos, las ciudades.

Alarmar al mundo, para que viva.

 

Recorrer las calles sin nombre de los años

y nominarlas con las ideas de los enamorados.

Recorrer todos los puertos y fronteras.

 

Y que los libros, los amigos, los unidos, los desavenidos

los que ensalzan ciertas uniones

los que desean,

los viejos, los niños, los demás poetas, las luces y las sombras

los curiosos, los vecinos, los ancestros

los sicólogos y los demás enfermos

los que no aceptan como son

los que revolucionan con palabras

las estatuas y los perros

los guardianes de todos los zoológicos

los actores, los comerciantes, los sabios, los envidiosos

los santos, los iluminadores y los iluminados

todos sepan que nos hemos evadido.

 

Aunque mirando nuestros rostros en los espejos

decidamos que es mejor morir

sin que nadie despierte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Del libro

 

Palabras y silencios

 

(1983)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Poema

 

Ya me fui

de las cosas que huía

aunque quede mi cuerpo

como testigo y presencia

 

ya estar no significa Estar

sino todo lo contrario

 

por los caminos del olvido

transito mi última estadía

dejando de recuerdo un silencio

y en poemas hilvanada

una que otra palabra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Poema

 

Algo nos crece en los ojos

las manos adquieren ternura.

 

Caminamos pausadamente y

nos olvidamos del vértigo.

 

Empezamos a comprender

los paisajes

volvemos al ritmo propio.

 

Un lenguaje nuevo y menos

poblado, nace en la palabra.

 

Ya no nos engañan los reflejos

podemos vernos sin temor.

 

Ahora que sabemos de lo fútil

de las cosas

podremos hacer abandono,

silencio, olvido de nombres.

 

Algo ha crecido en la mirada

y no han sido solamente los años.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Del libro

 

Poema del ser

 

(1986)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(Tres fragmentos)

 

I

 

No espero retribución por ninguno

de mis actos y hago lo que quiero

sin importarme la reacción de los

demás, ni las consecuencias

 

porque no espero nada de nadie

y sin embargo

 

lo que prodigo vuelve

completándome los gestos

y lo que niego,

también vuelve a mí

como ojos cerrados

que niegan su mirada.

 

Estoy a la espera del que llegue

y a la vez, voy continuamente

al encuentro con los demás

aunque nadie venga y yo

no arribe a ninguna espera.

 

 

II

 

Me gustan las ventanas;

desde adentro

contemplo pasar al mundo

 

y desde afuera

adivino o presiento

que otro como uno

observa al caminante

 

y las puertas,

todas

me llevan a distintos sitios.

 

Están las que guardan

la espera de la mujer

que prepara su existir

para el que llega,

o las que concluyen

parte de una vida

cerradas desde afuera.

 

 

III

 

Me conmuevo al caminar

en la noche

por las calles de este pueblo

cuando todos descansan

 

en el que las pocas luces

dejan ver con claridad

una faja innumerable de estrellas

arbitrariamente derramadas

por el cielo.

 

Y soy también

habitante del sol del medidodía

cuando el viento

quema la piel y la calcina.

 

Entonces la lluvia

alimenta mi cuerpo

mientras camino sin rumbo

sobre la hierba.

 

 

 

 

 

 

 

Del libro

 

Los espejos del aire

 

(1989)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Inicial

 

Veo

un lento desfile

de sombras.

 

En el sueño

todo es más claro.

 

Sólo las gentes

que transitan

oscurecen la visión.

 

Tengo la edad

de los jardines.

 

Aquí

prevalece la flor

sobre la angustia

la luz

sobre la miseria.

 

Estas palabras

llamarán, sobre todo,

la atención de los culpables.

 

 

I

 

Respiro hondamente

el viento perfumado.

 

Cierro los ojos

y aún el sol

vive en las pupilas.

El sillón

se mece lentamente.

 

Pienso

en este instante de paz.

 

Siento calor

en la cara y en el pecho.

 

Digo las últimas palabras

abandono el papel

abro los ojos

cruzo las manos e intuyo

que el cielo me mira.

 

 

II

 

Las nubes flotan

y configuran el paisaje.

 

El lucero

parece caer entre ellas.

 

Un hombre mira quieto.

 

De imaginar, fluye un poema.

 

La blanca hoja

se puebla de palabras.

 

¿Dónde encontrar el silencio

intuido en la meditación?

 

¿Dónde el límite de las voces

y la resonancia interior?

III

 

El cielo transparenta

el brillo de la estrella.

 

Muy lejos

el rumor del agua

se hace monocorde.

 

Viejos ladrillos

se asoman de casas viejas.

 

La sombra de un árbol

guarda su sombra.

 

Pero hay un árbol

que se eleva al cielo.

 

El viento parpadea

en mis ojos.

 

El lápiz cae de la mano

y el papel huye.

 

Quizás entro al sueño

para escribir el poema.

 

 

IV

 

Elijo la hora

del atardecer.

 

El hombre

vuelve a sí mismo.

 

Al amanecer

comienza a trajinar

un ritmo

lejano al propio.

 

El ocaso en cambio

es intenso y largo.

 

Cada uno

le entrega su tiempo.

 

 

V

 

El lejano ladrar de los perros

anuncia la llegada del amigo.

 

Estoy al borde de mi frontera.

 

Hay un viento que apacigua

el calor del día.

 

Atrás, muy atrás mío,

los viejos libros

perciben el desencanto.

 

Leo del paisaje las páginas

del olvido

y esta permanencia en el sosiego

impulsa al susurro, al abandono.

 

 

 

VI

 

Un ejército de sombras

oculta la luz con su embestida.

 

El sol nos olvida y deja.

 

Pero hay una estrella

memorada en sueños

que permanece en la pupila.

 

Esas huestes se diluyen en

tropeles de míticos minotauros

figuras de árboles o montañas.

 

Y mientras los alisios deshilan

la urdimbre de las nubes

y quedan rebaños teñidos de ocre

islas de contornos áureos,

 

hay un hombre esperando

que el viento fluya de sí mismo

hasta lograr que un desierto

sea su mirada

y un manojo de pájaros,

su espejo.

 

 

 

 

 

 

 

 

VII

 

Ese paisaje contiene otro pintado

y vivo dentro suyo.

 

Hay una franja del cielo

en la que se ven las márgenes

y el curso de un lento río

con sus costas, islas y bajíos.

 

Un solitario caminante

que proyecta su figura sobre el agua

y una nube tiene una visión

propia de las cosas.

 

El hombre

ha penetrado con sus ojos

los colores

en los espejos del aire.

 

 

VIII

 

Sobre las llanuras

del cielo atardeciendo

cabalgan figuras

como manchas.

 

Dvorak me da su

«Nuevo mundo».

 

Un hombre mira

hacia el poniente.

 

A sus espaldas

la oscuridad avanza.

 

Pero la mirada viaja con

la luz y se desprende.

 

El hombre se ha

quedado sin los ojos.

 

 

IX

 

La música

envuelve al viento.

 

Hay armonía

en las cosas.

 

Sólo se ve el río

y los árboles.

 

Este es el lugar

donde vive conjugado

el hombre

con su ritmo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

X

 

La barca se desliza

sobre el agua

sin que nadie la lleve.

 

Un derrotero

y un viento ya alcanzados

la empujan a la otra orilla.

 

Desde la costa, nadie

ha percibido su partida.

 

En la playa del olvido

se han borrado

las huellas de ese hombre.

 

 

 

La casa de Zavalla

 

Hay un lugar y un instante

residencia del asombro

que también es para mí

cita de pájaros.

 

Patria pequeña e inmensa por

donde deambulo sin fronteras.

 

Hay un lugar

cuyos únicos límites

empiezan en el ocaso

terminan cuando amanece.

 

Hay un lugar

patria del corazón, adonde

el amigo llega y la misma

ausencia y soledad acompañan.

 

 

II

 

Mi casa

sumergida en el paisaje,

llena de sol y de sombras.

 

Morada de flores

que invitan a la aspiración.

 

Habitada

por duendes que se esfuman

con la primera claridad.

 

 

 

Ese lugar

 

Advertiré la música del paisaje

cuando sea el esperado hombre

 

que oye su rumor salvaje

 

y encuentre un lugar

para el descando.

 

 

 

 

Del lugar

 

Busco asilo

en la memoria.

 

El paisaje

se somete

al habitante.

 

Manos baldías

dibujan en cada letra

el derrotero.

 

 

Poema germinal

 

Busco

la soledad

y un paisaje

donde mirarme

en los espejos

del aire.

 

 

Del día

 

Ahora que la noche

vuelve a la memoria

de las horas

estoy en el paisaje

soy parte de él.

 

Rememoro caminos

sigo a las sombras

y espero paciente

la caída del día.

Intensidades

 

Callar

y acceder

al silencio.

 

Quedarse

con la sola

vibración de

la palabra.

 

Callar,

olvidar los ecos.

 

Quedarse quieto

tendido en la hierba,

dejando subsistir

la pequeña

melodía de los pájaros.

 

Callar,

mirar el cielo,

el crecer

de esos cánticos

que trae la noche,

 

hasta sentir que laten

dentro de uno

pequeñas intensidades.

 

 

 

 

 

Elección

 

Creo que estaré siempre

en el lugar del paisaje,

porque el cemento agobia.

 

Creo que estaré siempre

donde las horas

no importan.

 

Donde la luz y la sombra

son duendes de la palabra

para auxiliarme en los sueños

y revelarme en vigilias

los cantos de las cigarras.

 

Creo que estaré siempre ahí,

para olvidar las palabras.

 

 

 

 

 

Amanecer

 

El rocío

 

se ha encendido

 

sobre el césped.

 

 

 

 

Del despertar

 

Amanece

y el murmullo del árbol

crece hasta la inmensidad.

 

Se nace

a otro día y otra vida

con cada despertar.

 

Una inquietud

se oye crecer muy lejos.

 

Advierto mis manos

en sus tareas

y saludo al día

con las voces

más íntimas de mi ser.

 

 

Fragancias

 

Me he propuesto

respirar

y los jazmines

habitan

el aire.

 

 

Éxtasis

 

El viento de la tarde

y mi cuerpo tendido,

gozan de la quietud,

afirman el paraíso.

Imagen

 

El firmamento

del atardecer

es como un océano

inaugurado

para desvanecerse

en la noche.

 

 

 

Atardecer

 

La tarde

se desnudó

hasta la noche.

 

 

 

Nominación

 

No es necesario

ponerle palabras

al paisaje.

 

Las luciérnagas

son el paisaje.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Del libro

 

Las voces de la palabra

 

(1992)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Haber soportado y

trascendido el día

es una misión cumplida.

 

Haber transcurrido

el día, es de por sí

un milagro.

 

 

 

*

 

Al llamado

de esa voz

mía

pero fuera

de mí

arribo.

 

 

 

*

 

Para las cosas

el silencio.

 

Para el hombre

la voz.

 

 

 

 

*

 

Se es más la voz

que lo que se canta.

 

Más el sonido que

el significado.

 

La música traspasa

la frontera del otro.

 

 

*

 

No ser

el cantor

ni el músico

ni el poeta.

 

Ser  la canción.

 

 

*

 

Ante uno mismo

y ante el otro.

 

Ante la vida

y los pájaros,

delante de las

lluvias,

ante los ríos.

 

Arrodillarse

aún delante

de la nada,

 

porque importa

lo religioso

del rito, el acto

el poder

de la liturgia.

 

 

*

 

Espacios diáfanos del aire

convocan a los vientos

y a las voces.

 

Estallan las palabras,

ruedan los ruegos

y el agua canta.

 

El hombre

ha descubierto la voz

que lo hermana.

 

Escucha desde lejos,

y entiende la distancia.

 

El hombre es todo voces,

silencios,

a veces

todo alma.

 

 

 

*

 

El uno

 

ido en

la otredad,

 

no se alcanza

nunca más.

 

 

*

 

En la penumbra

del espejo,

 

el otro

es una sombra

que late.

 

Y sólo esa sombra

es sombra sonora.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estandartes

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

“Hazte el que eres”

Píndaro

 

Si nos contentáramos

con el hombre primero

que nos fuera otorgado,

 

no debatiéramos la posibilidad

en cierne, que aparece

y se abre a cada paso.

 

Si nos quedáramos quietos

en esa quietud ya nuestra

sin intuir al ser más cercano,

 

hoy no podríamos con el devenir

conociendo el arcano de la palabra,

que son las que forjan la existencia.

 

 

 

2

 

Creo en un existir

de soterradas aguas

 

donde beben

desde el comienzo

 

esos pájaros.

 

 

 

3

 

La armonía surge

de vedados manantiales,

 

-en los sitios de

la noche perpetua-,

 

donde un hacedor

de símbolos,

 

dejó grabada la memoria

universal de la vida.

 

Entretanto, navegamos

en bajeles templados de asombro,

 

consumiendo las posibilidades,

 

sin atrevernos viajar a ciegas

por las alucinaciones del espacio.

 

 

4

 

Cuestiono los más lícitos

argumentos,

 

para comprobar

si la desolada calma

del espacio que no ocupo,

 

es camino cierto

hacia el lugar perenne,

 

o errada fe,

en la búsqueda

de un sendero perdido.

 

 

 

5

 

Aspiro a la

voluptuosidad

 

de un caos

sumergido

 

que entreveo

en los espejos

del aire.

 

 

 

6

 

Una prístina

luz

se revela.

 

La recuerdo

desde antes

que la memoria

 

dejara huellas

en libertad.

 

7

 

Busco

la secreta

lucidez

de la noche,

 

para

alcanzarme.

 

 

8

 

Cada boca

deja una palabra

distinta.

 

Cada palabra

nos acerca o aleja

de nosotros.

 

Ser y estar

en el otro

es la manera

de amar.

 

 

9

 

Esta nostalgia

absoluta

 

alienta la voracidad

del cansancio

 

nutre la sed

interna del agua.

10

 

Insaciable

sed de dar.

 

Amar

 

no como ritual o

conmemoración.

 

 

 

11

 

Hablo de un país sin

nombres ni palabras.

 

Un país de insomnio.

 

Un país de eterno mayo,

en el que los días

se diluyan en neblinas

 

habitado

por sosegados hombres

que alguna vez

 

cansados de mundo,

pensaron en ese lugar

del que les hablo.

 

 

 

 

12

 

Dialogal

 

–Déjame huir

de tu devorada búsqueda-,

 

y permanecer

como aquel hombre,

 

aprehendiendo la corriente

de un río de silencios.

 

Que sea para otros el nivel

de conciencia que destruyo

 

y para mí,

sólo el arraigo.

 

 

13

 

Alcanzar al hombre

que se habita,

 

hablar con él,

construirlo y destruirlo.

 

Culminar la espera

en un espacio,

 

más solitario

que el de la noche.

 

14

 

Hacedor

 

Los días

de acuerdo con lo sentido,

 

sin encierros ni horarios,

con el amanecer y el ocaso,

 

guiado por la estrellas

y por la sombra que uno,

 

caminante en pos de sí,

proyecte sobre el camino.

 

 

 

15

 

De los días

 

Evoco sin nostalgia,

 

porque lo vivido

es pasado transitado.

 

No quedo en ningún sitio,

los lugares limitan

 

las distancias.

 

 

 

16

 

 

“El hombre va muy lejos para saber quién es”

T. Roethke.

 

 

 

Algunos viajan,

recorren desconocidas

ciudades y fronteras.

 

Buscan en lo infinito

un espejo

para mirarse.

 

Tanta inmensidad,

a veces obsesiona.

 

También viajo en

busca de algo.

 

Transito constante

en la intimidad

de mí, que es un otro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

17

 

“Hambre es lo que llamáis amor”

F. Hölderlin

 

De lo libre

 

No esperes

que las sutiles

tramas de los días

forjen una urdimbre

de cadenas.

 

Huye

si no puedes irte,

 

abomina los cerrojos.

 

 

18

 

De lo libre II

 

 

Crecer en alas

y volar,

 

abandonar

todas las cosas

en el momento

de poseerlas.

 

Olvidar,

antes de fortalecer

los vínculos.

19

 

Mañana y noche,

los que fueron,

los que serán y hoy son.

 

La memoria

de lo que siendo historia,

es presente y porvenir,

 

rota en el tiempo,

dimensión apenas intuible

del espacio.

 

 

 

20

 

Anularse

 

no sentir,

no estar.

 

 

Alcanzar

 

la última

puerta.

 

 

 

 

 

 

21

 

Recorrer infinitas

distancias,

 

más allá de viajes elegidos

 

y saber que aquí

puede encontrarse

 

uno mismo

 

a través

de su espejo.

 

 

 

22

 

Las ventanas

se han abierto.

 

Los pájaros

en celo

 

ya saben

cómo se conquista

 

la libertad.

 

 

 

 

 

23

 

I

 

Hay una puerta que

se abre hacia la noche.

 

Luego,

un efímero goce

y un camino.

 

 

II

 

Cuando despierto

y veo culminar los sueños en

medio de la mañana,

 

el cielo

se ha convertido

en una salida de igual valor.

 

 

 

24

Recordando a Lao- Tsé

 

El cielo

transparenta

imágenes,

 

sin embargo,

no es

las transparencias.

Brilla una luz.

 

Pero si resplandece

y oscurece,

 

no es la luz.

 

 

25

 

Huir de uno,

 

ver en los espejos

de los viejos días

 

y encontrar

el reflejo de la infancia.

 

 

26

 

Inicial

 

Si digo arriba o abajo,

sabio o ignaro,

visible o invisible,

 

aparecen frente a mí,

Hesse y Lao-tsé.

 

No hablan de lo inefable.

Sólo me miran y los miro.

 

Entonces comprendo

que todo interrogante

merece  del otro

 

una respuesta

que deje de lado

las palabras.

 

 

 

 

27

 

 

Valía de algunas cosas

 

 

Veo al hombre

devastar y destruirse.

 

Cada holocausto

se me ocurre una derrota.

 

Toda pugna

un haber para la muerte.

 

Una flor o un pájaro,

ya dicen del triunfo.

 

Las únicas victorias

que todavía son nuestras.

 

 

 

 

28

 

Acaso se pueda traducir en palabras

 

 

I

 

 

Las estrellas muestran

con su quietud

en el firmamento,

 

que el sitio desde donde

las contemplo

es el lugar para la reflexión.

 

 

 

II

 

 

El viento habla del

desapego de su linaje.

 

Estoy absorto

 

pensando solamente

en la imposible tentativa.

 

 

 

 

 

 

29

 

 

Uno y el lugar

 

 

Identificado con

la vastedad,

desierto, mar, estepa.

 

La constante

es la inmensidad,

llanura o cielo.

 

Lo deshabitado,

la soledad.

 

 

 

30

 

 

Cielo. Atardecer.

 

 

Estoy sentado,

bajo el árbol

 

de la memoria.

 

Sus hojas caen,

sobreviene

el olvido.

 

31

 

 

De soledad.

 

 

Hablo

de otra soledad,

 

de una soledad

incandescente

 

que inunda

con sus gritos

 

las vertientes

internas del silencio.

 

 

 

32

 

 

De la conciencia

 

 

El hombre

tiembla

absorto

 

ante

la imagen

de sí mismo.

 

33

 

 

I

 

 

Detrás del mundo

encuentro otro

que conmociona

los sentidos.

 

Antes de las

palabras,

sé de un sonido

que es memoria.

 

Fuera de mí o dentro

del cuerpo,

distante o paralela,

late una dimensión

que sólo intuyo.

 

 

 

II

 

 

Viajo con el viento,

soy la rama mecida.

 

La sangre corre

por dentro de la silla

en la que estoy

sentado.

34

 

Del lugar.

 

Un ladrar lejano,

pone realidad al edén.

 

Este lugar existe en mí.

 

Pregunto: ¿por qué esperar

otro paraíso?

 

 

35

 

De dar

 

Lo que amo

me vacía

y me colma.

 

 

36

 

Del exilio

 

A través de la grieta

del cristal,

acecho al paisaje.

 

La realidad

transcurre

a lo lejos.

 

37

 

 

El paraíso

no es un lugar.

 

No posee nada

ni a nadie.

 

Apenas es sentimiento,

cuando dejamos al yo.

 

 

 

38

 

 

Carne y sangre

esperan.

 

El holocausto

 

comienza

con el fuego.

 

La prueba

definitiva,

 

es un estandarte

 

desplegado.

 

 

 

39

 

 

Gira en torno

a sí mismo,

 

desconcierta

a los espejos.

 

 

 

 

40

 

 

En uno

 

 

 

Surgen palabras.

 

Obedezco solamente.

Brotan sentimientos.

 

Miro con la atención

de un caminante.

 

Nada me es ajeno.

 

 

 

 

 

 

41

 

De dar II

 

No dar luz

o  sombra,

 

apenas  camino.

 

Las manos,

una mirada.

 

Una palabra.

 

 

 

42

 

Del otro

 

Sin uno

 

el otro

no existe.

 

Sin embargo

 

dependo de

su existencia.

 

Acaso el otro,

 

padece también

de sí mismo.

43

 

No me encamina el

porvenir, ni estoy

atado al pasado.

 

No soy de los conductores

o de los que engrosan

la gran marea humana.

 

No me sitúo de este

o aquel lado de

ciertos límites,

ni medito sentado.

 

No me encuentro

detenido en ningún sitio

ni viajo en pos de algo.

 

No señalo vías a los demás

ni soy guía de nadie.

 

Apenas si existe la silla

en la que trato

a diario

de situarme.

 

 

 

 

 

 

 

 

44

 

No está presente ni ausente,

no tiene figura ni es informe.

 

No es visible o sabio,

no ha venido ni se ha ido.

 

No castiga ni perdona,

no da ni deja de dar.

 

No ha nacido.

 

No persistirá a través de los tiempos

porque no pertenece a él

 

ni ocupará el iluminado espacio

porque no tiene espacio.

 

 

45

 

Del fin

 

El rostro

que creíamos propio,

 

se deslía en

el agua.

 

Acrecienta

la sombra,

 

que también

se desvanece.

 

 

 

 

 

 

 

Del libro

 

El arte del olvido

 

(Versión completa)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Cuando nace

la palabra

 

desaparece

Maya,

 

se ilumina

el silencio.

 

 

*

 

Un hombre

sentado

 

al lado de

un espejo,

 

es su otro.

 

 

*

 

Descubierto

el secreto

 

de la noche,

 

la noche

se consuma

en sí misma.

 

*

 

 

Bajo el peso leve

de la alondra

 

crece el verde.

 

Cuando el hombre pasa

gime

el paisaje.

 

 

 

 

*

 

 

El sonido

del agua

 

sobre la

piedra,

 

reverbera

en la

memoria.

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Inmensidad

irradia el cielo,

el insecto,

admite su lugar.

 

Sólo el hombre

cree que

comprende.

 

Inmensidad

irradia el cielo,

 

la piedra

acepta su destino.

 

 

*

 

La mano

fatiga la escritura,

 

invade el blanco,

lo pulcro y silencioso.

 

Busca día a día

combates que demoran

 

la claudicación final,

el abandono.

 

 

 

*

 

Abandonar el tiempo

 

que no tenga contención

en mi cuerpo.

 

Me quedo

con la dicha,

 

en el instante

de ser consciente

del ocaso.

 

 

*

 

Después de

la creencia

en la

revelación,

 

vuelve

la orfandad,

 

el vértigo,

la soledad.

 

Y llegar

intentando

ser libre.

 

 

 

*

 

No vivo

en los recodos

de la noche

 

o en los

andariveles

del día.

 

Mi morar es

el de todos.

 

Y cada cual

con su soledad

a cuestas.

 

 

*

 

El aliento

 

que respira

la casa,

 

empaña

los vidrios.

 

Sobre cada

ventana

 

escribo

un poema.

 

*

 

El mirar

se detiene

 

en el espacio

 

y ve

sólo la nada.

 

Regocijo del

instante

 

ante el asombro.

 

Quién pregunta

 

qué es lo

trascendente.

 

 

*

 

Fascina

el camino

 

que lleva

a la

distancia.

 

 

 

 

 

*

 

Estar

 

entre

la vacilación

y la memoria,

 

ofrece

 

la certidumbre

de lo efímero.

 

 

*

 

Sombra ritual

que cada

amanecer

 

reanuda

 

el ciclo

incandescente

de la voz.

 

 

*

 

Un hombre

no es más

 

que el niño

que fue.

*

 

Ya no pesa

la intemperie.

 

El maestro

ha enseñado

 

el arte

del olvido.

 

 

*

A W. Harvey, in memorian

En las orillas

del día,

 

percibir

el testimonio

 

del ser

que se aniquila.

 

 

*

 

Sombra

de los días,

 

presente

en el hoy.

 

A lo sumo,

 

en el día

de mañana.

*

 

No de pie

 

delante de

uno mismo,

 

ni detrás

o más allá.

 

No sentado

meditando.

 

Activo en

serenidad,

 

plenitud

del goce.

 

 

*

 

La tierra húmeda

recibe el cuerpo.

 

La mirada emocionada

sube a las estrellas.

 

La hierba acaricia

el dorso de las manos.

 

Te evoco, viejo Whitman…

 

Otros, como nosotros,

 

en algún lugar del mundo

de lo mismo están hablando.

*

 

La mirada

puesta en

 

un sitio

preciso

 

del cielo

o del río.

 

Y el rielar

viene

hacia uno,

 

si está

quieto.

 

 

*

 

Lejos de la

voracidad del sol.

 

En la punta

de la vela

 

que proyecta

sombra en

la pared.

 

Donde el humo

se esfuma

en la penumbra.

*

 

No destacar

 

el transcurso

de la vida.

 

Las lluvias

 

o el devenir

de los hechos.

 

Elegir

el instante,

 

que al cabo

fenece.

 

 

*

 

Se desvanece

una imagen,

 

surge entre

penumbras

 

el otro.

 

 

 

 

 

 

*

 

En la bitácora

del navío,

 

se escribe

una historia.

 

Ahí viaja

un testimonio

 

de cada uno,

 

y de todos los

naufragios.

 

 

*

 

Hojas

meciéndose,

 

alta hierba

semejando

una marea.

 

Los pájaros

en los bordes

del cielo

viajan cantando.

 

Fisura temporal

donde música y poema

traspasan el cuerpo.

*

A Lie-tsé

 

Abandonar

la ilusión,

 

el mirar,

el credo,

 

cuando

el olvido.

 

Después

del amor,

 

en la oquedad:

 

la palabra.

 

Distante

todavía

 

hasta del

imperfecto

vacío.

 

 

*

 

Embriagado.

 

Errando

sin camino.

 

Con el incierto

derrotero

de la estrella.

 

La respiración

que alienta.

 

 

*

 

Una nave

precaria,

abarloada

 

sucumbe

 

en la

borrasca.

 

 

*

 

No

el ascético

estadio

del temblor.

 

Amo

el goce

perfecto

del impulso.

 

 

 

*

 

Necesito

un corazón

desarraigado,

 

menos frágil

que aquel

que sabía

acompañarme

en mi pasado.

 

 

*

 

Transida

de tantas

agonías,

 

el alma

se refugia.

Se refugia.

 

 

*

 

De pabellón

vuelve

la soledad,

 

el bajel

del amorío.

 

Nauta irredento

de otro

naufragio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los velos de la luz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Preguntan

qué  hago aquí

tanto tiempo.

 

–Escucho

el paisaje-,

 

digo.

 

 

*

 

 

Del paisaje

 

1

 

Más sonidos

que figuras,

 

vuelos

que mirares.

 

Los pájaros

están conmigo.

 

A veces

hasta soy

sus trinos.

 

 

 

 

2

 

Extraño

derrotero,

 

la libélula

suspendida

en el aire.

 

 

 

3

 

Por la gramilla

recién segada,

 

pasea

 

con garbo

una alondra.

 

 

 

4

 

El «ostinato»

del mar

 

memora

 

la sinfonía

del tiempo.

 

 

5

 

Sugestivo:

 

el pico

del pájaro,

 

es la señal

del viento.

 

6

 

Espejo

inmóvil

que ilumina

al charco

y refleja

parte del

cielo y parte

del paisaje.

 

 

7

 

Invoco a la flor

del aire

 

que pende en

cualquier sitio.

 

No importa

un lugar,

 

es dueña

del espacio.

8

 

Si el borde

del pétalo,

 

roza apenas

los labios

y estremece,

 

¿qué hará

toda la flor,

 

en el jardín, en el aire

en el olfato?

 

 

9

 

Árboles viejos

 

Se yerguen

gigantes

 

solamente

un temporal

los estremece.

 

Ocultan

trinos,

 

vigilan

el espacio,

 

demandan

estos versos.

10

 

El pájaro

 

bate sus

pequeñas alas

 

en el agua

 

y sé que no

me teme

 

 

11

 

 

Una elegía

para

la soledad:

 

el sapo

gozando

en el estanque.

 

 

12

 

Un pájaro

ensaya

su balanceo,

 

sobre

el alambre

que posa.

13

 

Se tambalea

y cae

 

deja de ser

una gota,

 

vuelve a ser

el agua.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Del amanecer

 

 

1

 

El límite

en la noche

es el alba.

 

 

2

 

A Ungaretti

A la hora

que empieza

el bullicio

del día,

 

el paisaje

se mira

hacia

adentro

 

a través de la ventana.

 

 

3

 

Palomas

blancas

 

trazan

sobre

el telón

celeste,

la estela colorida

de la

mañana.

 

 

4

 

Don

del alba

 

el gallo

que canta.

 

 

5

 

El día

musita

al oído

del viento

 

un susurro

que arrulla.

 

 

6

 

Cruza

hasta el pino

grande,

 

una paloma

blanca

 

y hace nacer

la mañana.

Del mediodía.

 

1

 

Iridiza

sobre

el curso

de este río

que mira

el navegar.

 

 

 

2

 

El velo

de la luz,

 

hiere

al paisaje.

 

La distancia

aleja.

 

 

 

3

 

Baldía

 

la playa

en invierno.

 

 

4

 

Idilio de

la gaviota

 

con la ola

 

en su afán

por lograr

el sustento.

 

 

5

 

El límite

de la playa

con el agua

 

se rompe

con la luz

del mediodía.

 

 

6

 

Cenit.

 

El rumor

del día

 

irá

creciendo

 

hasta

la plenitud.

Del atardecer

 

1

 

También

el sol,

 

fugitivo,

 

se sonroja

en el ocaso.

 

 

2

 

Anochece

el ruido,

 

vencen

los grillos.

 

Los pájaros

se han ido,

 

se apenumbra

el cielo.

 

 

3

 

La atmósfera

de esta hora,

 

colorea

de fuego

la enramada.

4

 

Crece

una claridad

intensa

 

cuando

se acerca

la noche.

 

 

5

 

Reverberan

rojizas

 

las copas de

los árboles.

 

Es el ocaso.

 

 

6

 

Un contorno

dorado

 

da la hora

 

del día

que culmina.

 

 

 

 

De la noche.

 

1

 

Grillo,

 

porfía

y armonía

 

capricho.

 

 

2

 

Diosa blanca,

que a esta hora,

 

recostada

en el poniente,

 

autoriza

la nueva aurora.

 

 

3

 

Veladura

de un sol

por nacer,

 

las difusas

nubes

de frío,

 

antes del

amanecer.

4

 

El día

que aún

no llega,

 

traerá

 

su aurora

y con ella

al crepúsculo.

 

 

5

 

El cielo

se nubla y

estremece,

 

fulgura

lo invisible;

 

y en la noche

llueve.

 

 

6

 

Miro

ese río,

 

rielado

 

por la

luna

 

que nos

mira.

 

 

 

 

En la palabra

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Llama

recóndita

y perpetua.

 

Guía en la

oscuridad,

 

el candil

de la poesía.

 

 

*

 

A lo que cesa

 

amanecer

de la tarde.

 

Las cañas

sonoras

que golpea

el viento

con notas

primitivas

 

gotas de viento.

 

El sol

hundiendo

 

en el sopor

de la frente

 

su calor

de otoño.

 

Lo que

concluye,

 

final

de la brisa

 

que ocupará

el silencio.

 

Llegada

del ocaso,

que abrirá

la noche.

 

Vana memoria

de lo que vendrá

 

después.

 

 

*

 

Escribo

más allá

de mí,

 

cuando

el naufragio

arde

en la palabra.

*

 

Invito a caminar

por los poemas,

 

con las palabras

que susurro.

 

Digo:

 

dispuesto

a revelarse

ante uno mismo.

 

Usar el tañir

de las propias

campanas,

 

El cimbrar

del ser,

 

y después,

 

decir juntos

 

la emoción

de las lágrimas.

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Vacila

el pabilo

de la flama

con la brisa.

 

Se torna

innecesaria

la palabra.

 

Pero es

palabra

 

al apagarse.

 

 

*

 

Cesurado

en el sitio

preciso

del sentido,

 

cada verso

espera

su lugar,

 

en lo fugitivo

del instante.

 

 

 

 

*

 

Prefiero nominar

 

piares y vientos

que imagino.

 

Cerca

 

de la agresión

visible,

 

la palabra

se intimida

 

y enmudezco.

 

 

*

 

Arte poética

 

I

 

No es la espontánea

locución

de un  sentimiento,

 

la rápida expresión

de la palabra,

 

o la inminente

sensación

que nos delata.

 

No es lo urgente

o aquello venidero,

 

que la inspiración

acosada

nos demanda.

 

 

II

 

Es la mirada

vaciada

de distancia,

 

el buril

que desentraña

otro valor

de la palabra.

 

La vista

aguzada,

la procura

de otra visión

no vislumbrada.

 

La fuga

de la  emoción.

 

El olvido,

 

la marca

del presagio.

 

*

 

Pregunto

a las palabras:

 

qué han dicho

 

que estoy desnudo

ante todos.

 

Interrogo,

 

tanta escritura

acometida.

 

La respuesta

es un enigma.

 

De ellas,

 

crece el atisbo

de un poema.

 

 

*

 

El eco

antes que

la voz,

 

el espejismo

aún sin

el desierto.

 

La soledad

previa

al encuentro.

 

El saludo

del adiós,

 

antes de

la partida.

 

El poema

antes

de escribirlo.

 

 

*

 

El poema,

 

prisionero

en sus mástiles,

 

navega

hasta zozobrar

por la tormenta.

 

 

*

 

La palabra,

como un puñal,

 

se clava

en el día

 

detiene

el devenir,

 

anuncia

el instante.

 

Si algo

tengo que decir

 

digo:

poesía.

 

 

*

 

No importa

el universo,

 

vi el alma,

 

lo trascendente

del ser.

 

Para el poema

basta

la gota

 

al  borde

de la hoja,

 

brillando.

 

 

*

 

Ausente

del suceder,

 

el poema

 

refleja, apenas,

el asombro.

 

 

*

 

Lo escrito

quiere ser,

 

universo

al que falte

 

fíat de voz

que un otro

 

autorice

al revivirla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Algo denota

a otro algo,

 

y comienza a

engendrarse

 

un poema.

 

 

*

 

Declinar

la voracidad,

 

en aras

del silencio.

 

En pos

del vuelo

 

el ansia

incontenible,

 

la sed

profunda.

 

Las voces

de la calle,

 

en procura

 

del desenlace.

*

 

Caminé

en busca de

una sombra.

 

La última vez

que la vi

junto a

mi cuerpo,

 

atardecía.

 

Crucé

la noche

de los días,

y amanecí

sin ella,

 

que era

lo que

no sentía.

 

Sólo había

quedado

ser palabra.

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Hago poesía

con el tiempo

 

del trino

y de las voces,

 

lo fugitivo

del instante.

 

 

*

 

No el jardín

apacible

de los lirios.

 

Antes,

la avidez

 

de la arena

del desierto,

 

la sed

del caminante.

 

La mano

partida

 

en la fragua

por alcanzarla.

 

 

*

 

El poema

 

extenúa

recursos

 

sin alcanzar

lo propuesto

 

al escribirlo.

 

Después

 

aparece

el lector

 

y le da

un significado

distinto

a su insinuado

sentido.

 

*

 

Hay una

entrega

 

al lector

que atrapa

del poeta,

 

el lugar

desnudo

que devela.

*

 

Austera

la tarde,

 

carente

en este

páramo

 

de árboles

y pájaros,

 

aguarda

 

su llegada

inminente.

 

 

*

 

No importa

la oscuridad,

 

la luz, la despedida

o el olvido.

 

Sólo importa

estar despierto.

 

cuando

el asombro

se diluye.

 

ante nuestros ojos.

*

 

En medio

de esta

incertidumbre,

 

la voluntad,

 

la certeza

del poema

 

engendrándose.

 

 

*

 

1

 

La soledad

del paisaje

 

entra

en el poema.

 

 

2

 

Tanta soledad

 

ilumina

 

las noches.

 

 

*

 

La poesía

es el único

camino que puede

conducirnos,

aunque

no sepamos

dónde ir.

 

 

*

 

No caigas

en el ardid

del poema.

 

No lo creas

del todo.

 

Tiende

tu propia

trampa.

 

 

*

 

Escribo

este libro,

 

para que

puedas

verte en él,

como en

un charco

que resplandece.

*

In memorian de B.

 

La vida

no enmudece

por su final.

 

Por su fin

canta     canta.

 


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