Libro N° 15581. Carlos Marx Y Su Pensamiento. El Marxismo Viviente. Miranda Pacheco, Mario
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CARLOS
MARX
Y
SU PENSAMIENTO
Mario
Miranda Pacheco
CARLOS MARX Y SU PENSAMIENTO
EL MARXISMO VIVIENTE
Colección
SOCIALISMO y LIBERTAD
CARLOS MARX Y SU PENSAMIENTO
L MARXISMO VIVIENTE
Mario Miranda Pacheco
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La red mundial de los hijos de la revolución social
CARLOS MARX
Y SU PENSAMIENTO
EL MARXISMO VIVIENTE
Mario Miranda Pacheco1
1 Publicaciones del Departamento de Cultura de la U.T.F. Edit. Universitaria. Potosí, Bolivia. 1970
Mario Miranda Pacheco
(1925-2008)
Estudió las carreras de Filosofía y Derecho en la Universidad Mayor de San Andrés en La Paz Bolivia. Se doctoró en Derecho Constitucional en la Universidad de París y en Filosofía Contem-poránea en la Universidad de Notingham, Inglaterra.
Impartió cátedra sobre diversas asignaturas en las Facultades de Derecho y Ciencias Políticas, Filosofía y Letras y Sociología de la UMSA. Fue dirigente estudiantil. Fundó el Frente de Liberación Nacional (1964) y el Partido Socialista (1971). Por su dirigencia de movimientos democráticos y socialistas contra la dictadura y el golpe de estado de 1971 en Bolivia, lo condujo al exilio en México. Desde 1971 al 2008, impartió cátedra en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Varias son sus obras publicadas: Signos y Figuraciones de una Época. Antología de Ensayos Heterogéneos (2004); La Filosofía Mexicana Entre Dos Milenios (2002); Crisis de Poder en Bolivia, Escritos Histórico-políticos (1995); El Populismo en Bolivia (1983); La Educación como Proceso Colectivo de la Sociedad, la Ciencia, la Tecnología y la Política (1978); Radicalización y Golpes de Estado en América Latina (1973); El Pensamiento de Marx. El Marxismo Viviente (1970); La Concepción Marxista del Hombre (1968). Asimismo fue un destacado conferencista, editor y compilador de estudios sobre Latinoamérica. Mereció varias condecoraciones y reconoci-mientos
PRESENTACIÓN
El Dr. Mario Miranda Pacheco, catedrático de las Facultades de Filosofía y Letras y Derecho, de la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz, ofreció en el Paraninfo de esta Casa Superior de Estudios, dos brillantes conferencias sobre “Carlos Marx” y “El Marxismo Viviente”.
Miranda Pacheco, con amplio dominio de la concepción materialista dialéctica del mundo y de la sociedad, desarrolló sus conferencias en forma amena y sobresaliente. Los estudiantes y el público asistente a ellas, obtuvieron sin duda valiosas enseñanzas.
La Universidad Tomás Frías, por intermedio del Departamento de Cultura, cumple el deber de publicar dichas conferencias que, estamos seguros, servirán a la juventud universitaria y a los trabajadores como fuente de estudio y de mejor conocimiento del pensamiento de Marx.
EL DEPARTAMENTO DE CULTURA
Potosí, diciembre de 1970.
CARLOS MARX Y SU PENSAMIENTO
I
En el movimiento espiritual de nuestro tiempo, afectado por los cambios de las cosas y de los hombres, palpita con fuerza renovada y creciente el pensamiento de Carlos Marx. Ningún pensador, antes o después de él, ha tenido la virtud de difundir sus ideas con tanta intensidad para que generaciones distintas las universalicen y apliquen según las condiciones históricas en que les corresponde actuar.
En la medida en que observamos al desarrollo del pensamiento social, político, económico e histórico en general, todo cuanto se investiga y escribe en el nivel de la ciencia, o de la simple información, está referido al sistema de ideas marxistas, ya sea en el plano de las indicaciones expresas o en los conductos tenues y ocultos dé la intención. Esto quiere decir que los problemas planteados por Carlos Marx, y las soluciones que ha formulado, tienen plena validez en nuestra época y que, como adquisiciones insustituibles del pensamiento humano, se han instalado en el centro mismo de la cultura actual despertándola de su letargo y suscitando una reflexión más profunda, más racional y más humana sobre su porvenir.
¿Cuál es el carácter específico de las ideas marxistas? ¿En qué consiste su descomunal importancia para la sociedad en que vivimos? ¿Que de extraordinario tiene el pensamiento marxista para que toda una época de la humanidad se impregne de su influencia? Estas son interrogantes que no sólo despiertan la curiosidad sino que provocan el asombro y cautivan la atención de quienes desean penetrar en el sistema de ideas y conceptos elaborados por Carlos Marx.
El sacerdote jesuíta Jean-Ives Calvez, tratando de responder a estas preguntas, y desde su punto de vista, no ha disimulado su admiración escribiendo lo siguiente:
“el marxismo es algo más que una doctrina filosófica, ya que es un movimiento revolucionario, Es incluso algo más que una revolución, ya que tiende a la creación de una cultura y a la instalación del hombre en un universo nuevo que sea producto suyo, su medida y su expresión total”.2
Bastaría esta explicación para damos cuenta del significado que tiene el Marxismo, puesto que excede los límites de una doctrina filosófica para convertirse en un movimiento revolucionario y en algo más que una revolución porque plantea la exigencia de construir un mundo nuevo, pero, en homenaje a la claridad y concreción de los términos, es preferible que citemos la definición de Lenin:
“una concepción del mundo íntegramente inconciliable con toda superstición, con toda reacción y con toda defensa de la reacción burguesa”.3
Desde este punto de vista, el Marxismo asume las características de una concepción del mundo con espíritu de partido, propia del proletariado y de los trabajadores, como la filosofía de una clase que lucha para derrocar el poder de la burguesía. En este sentido deja de ser un simple sistema de ideas descarnadas, absolutas, por lo tanto inhumanas, que flotan en la atmósfera de un reino supuesto y desconocido, por el contrario, es un sistema de ideas que se convierto en instrumento revolucionario con que el hombre conoce y transforma el mundo en que vive. Con el marxismo en su poder, el proletariado está capacitado para destruir las falsas representaciones que tiene el hombre acerca de la naturaleza y de sí mismo acerca de un sistema social descrito –muchas veces– como intangible e inmutable. El marxismo es el “arma espiritual” –como decía el propio Marx hablando de la filosofía– de la clase obrera y de los trabajadores en general para enfrentar y derrocar el poderío de sus opresores tocando lo “intangible” de la sociedad burguesa y cambiando las “inmutables” relaciones de producción que cubren la explotación del hombre por el hombre.
2 J-I Calvez. El pensamiento de Marx, Ed. Taurus, Madrid, 1960, pág. 13.
3 Lenin, Obras Escogidas, Ed. Problemas, Buenos Aires, 1946, T. I. pág. 6.
El hecho de que sea la filosofía del proletariado y de las clases sociales interesadas en el derrocamiento de la burguesía no quiere decir que el marxismo se reduzca a formular recetas exclusivamente políticas y métodos conducentes para la victoria de estas clases sociales, para el afianzamiento del sistema socialista o para el rumbo que seguirá el levantamiento de los pueblos sometidos por el imperialismo; en otros términos, no quiere decir que sea única y exclusivamente una filosofía política, por el contrario, el marxismo constituye una concepción total del mundo y tiene la virtud de formular la actividad práctica del hombre en función de un programa político4, aspecto que ocultan con hipocresía conciente otros pensadores y filósofos que lucen apariencias de neutralidad o de indiferencia culpable ante diversas cuestiones que brotan del antagonismo de las clases sociales y de los sistemas políticos vigentes.
Permítanme agregar una consideración más en torno al marxismo. Ninguno de ustedes puede poner en duda la evidencia de que sus ideas y conceptos han prendido en las masas para convertirse en expresión coherente de sus objetivos y aspiraciones. Este hecho, aparentemente, podría significar que el pensamiento de Marx es elemental y sencillo.
Una cosa es que el pensamiento marxista esté dirigido a despertar la conciencia de clase del proletariado y a elevar el nivel combativo de las masas trabajadoras y otra, muy distinta, es que de este hecho se deriven conclusiones absurdas que nada tienen que ver con el marxismo. Así, ciertos exponentes de la filosofía burguesa contempo-ránea indican, con tono profesoral y dogmático, que el marxismo tiene “algún significado” en tanto que es la fundamentación “económica” de la lucha política. Una afirmación de ésta clase revela decidida ignorancia acerca de lo que es el pensamiento de Marx, por que desconoce su carácter de concepción del mundo y lo deforma reduciéndola a uno de los muchos aspectos que encierra este vasto sistema de ideas. Toda intención de reducir el marxismo a un elemento simple, con afán de explicar o condenar este sistema de ideas, revela disposición interesada
4 H. Lefebre, El marxismo. Ed. Eudeba, Bs As., 1961. pág. 7.
para deformarlo y, si vale la frase, para “calumniar” al fundador del socialismo científico.
Luis Alberto Sánchez, en su prólogo escrito para unos textos extractados de Marx, ha dicho: “Marx ha soportado todos los ensayos que con él se han hecho, sin menoscabo de su originalidad y de su vigor”.5 Si hay algo que situa a Marx por encima de todos cuantos tienen que proteger sus ideas de la avalancha de deformadores y falsificadores, este algo es la práctica. El rigor y la firmeza de su pensamiento no sólo está escrito para siempre en sus textos, sino que han penetrado en el terreno de la práctica. Ya no se trata de cotejar una idea con otra idea, de comparar un concepto vacío con otro de igual naturaleza o de analizar una teoría en su expresión puramente abstracto, sino, de lo que se trata es de verificar las ideas marxistas, los conceptos del Materialismo Dialéctico, las leyes del Materialismo Histórico, con la propia realidad en su desarrollo y cambio, en los cambios de la naturaleza y en las transformaciones de la sociedad. Por esto es que Marx puede soportar “todos los ensayos” sin perder su originalidad y vigor.
La filosofía del proletariado se desarrolla pujante e incontenible en la medida en que se desarrolla y fortalece el sistema socialista, base histórica insustituible para que el movimiento obrero internacional y la lucha nacional liberadora sigan hacia adelante hasta su victoria final. Pero el desarrollo del sistema socialista no es igual ni homogéneo, por esto es que en él se dan contradicciones y divergencias que, por ahora, se localizan en la proyección política del marxismo, pero estas contra-dicciones no hacen variar los fundamentos en que descansa ni alteran los objetivos señalados por su creador, porque su criterio de verdad está en la práctica y es en ella donde tendrá que probarse una y otra concepción de los fundamentos con que se construye el socialismo.
5 K. Marx. Principios Filosoficos, (Trad. y prólogo de L. A. Sánchez), Ed. Interamericana, Bs. As., 1945. pág. 14.
Por mucho que en el campo teórico y práctico las doctrinas marxistas sean invulnerables, se hace necesario cuidar que de los logros alcanzados en su progreso y enriquecimiento, no se apropien grupos dogmáticos que congelan el pensamiento creador y lo transforman en una colección de fórmulas y ritos que, repetidos mecánicamente, sirven para momificar el pensamiento de Marx. Sus doctrinas no tienen monopolio de nadie. No son suceptibles de apropiación privada, por mucho que se invoque el argumento de la omnipotencia organizativa.
En todo lo que continúa a esta introducción, ustedes encontrarán una interpretación personal de las ideas de Marx sobre determinados aspectos que embargan la atención del hombre contemporáneo. Repito, es una interpretación personal, liberada de todo compromiso, del pensamiento más revolucionario que nos ha legado el siglo XIX. Pero antes, demos una mirada rápida a la obra escrita.
El pensamiento de Carlos Marx ha tenido un proceso creador ininterrumpido de 42 años, entre 1841 y 1883. Cartas, artículos de prensa, libros, mensajes, planfletos, charlas, conferencias, tesis, han sido los medios de expresión literaria que ha empleado el fundador del socialismo científico. Sus biógrafos, compiladores y antologistas coinciden en citar como primera manifestación de su pensamiento una composición escolar escrita a los 17 años de edad, donde –a manera de una crisálida dormida– está encerrada una de las claves de su pensamiento cuando afirma que “nuestras relaciones con la sociedad, en cierto modo, han comenzado antes de que podamos determinarlas”, o yace la semilla de su optimismo lúcido, racional e indestructible, cuando indica que “la naturaleza del hombre está hecha de tal manera que no puede alcanzar su perfección si no es actuando para el bien y la perfección de la humanidad”.6
6 M. Rubel. Pages choisies pour une ethique socialiste, Lib. M. Riviere, París. 1948
El primer trabajo de orden científico, escrito para su Doctorado en Filosofía, es su tesis de 1841, sobre la “Diferencia de la filosofía de la naturaleza en Demócrito y Epicuro”. Desde entonces el genio creador de Marx se volcó a la crítica, a la ciencia, a la orientación ideológica, a la polémica y a la lucha política, mostrando una calidad estilística que cautiva por su belleza, su claridad y energía. En gran parte de su obra está presente el fondo poético plasmado con incomparable vigor. Su conocimiento de las literaturas clásicas aparece con precisión y atractivo.
Los seis años comprendidos entre 1842 y 1848 son los más ricos y fecundos en la formación intelectual y en el trazo de la línea divisoria para impulsar el combate total del proletariado contra la burguesía. De esos años emergen sus famosos artículos escritos en “La Gaceta del Rin”, entre los cuates cabe destacar el que se refiere a la libertad de prensa, donde condena la “servidumbre interior” de los escritores que mercantilizan su pluma. Luego, en el año 1844, salen a luz tres trabajos de fundamental importancia para estudiar su pensamiento y los fundamentos del humanismo proletario. Estos son la “Critica de la Filosofía del Derecho de Hegel”, “La Cuestión Judía” y los “Manuscritos Económico Filosóficos”. En estos trabajos establece con luminosa claridad el complejo problema de la alineación humana en su triple aspecto: alineación religiosa, política y económica.
Definido el camino a seguir en la marcha del pensamiento, Marx emprende un nuevo período de creación conjunta con el extra-ordinario amigo de toda su vida, Federico Engels. En 1845 y 1846, en colaboración con Engels, publica La Sagrada Familia y su invalorable Ideología Alemana. Mediante estas obras rompe definitivamente todo vínculo con su pasado hegeliano e idealista para lanzarse con abrumadora fuerza por los caminos jamás explorados del materialismo dialéctico e histórico, del cual es su descubridor, expositor y maestro insuperable.
En 1847 publica su Miseria de la Filosofía, libro de extraordinario valor combativo con que critica el pensamiento deformado, utópico e inconsistente del socialista francés Proudhon.
Entre los meses de noviembre y diciembre de 1847 se realizó el segundo Congreso de la Liga de los Comunistas en Londres. En esa ocasión recibió el encargo de escribir un manifiesto político destinado a la clase obrera para guiarla en su lucha. Con este fin se le hizo entrega de algunos materiales, principalmente el proyecto elaborado por Engels sobre los principios del comunismo. Ante su demora en la entrega del trabajo, el Comité Central de la Liga Comunista, envió una enérgica advertencia redactada en los siguientes términos:
“El Comité Central, por la presente, encarga al Comité Regional de Bruselas comunique al ciudadano Marx que si el Manifiesto del Partido Comunista de cuya redacción se encargó en el último Congreso no ha llegado a Londres antes del primero de febrero del año en curso, se tomarán contra él las medidas consiguientes. En caso de que el ciudadano Marx no cumpliera su trabajo, el Comité Central pedirá la devolución inmediata de los documentos puestos a disposición de Marx”.7
El año 1848 fue el año de las más agudas contradicciones europeas. En Francia, Alemania, Austria, se anuncian y realizan grandes conmociones en las que participan las clases sociales como fuerzas activas y vivientes de la historia. La reacción dispuesta a defender sus privilegios fundados en la explotación y, el proletariado joven, decidido a abrirse paso y ganar un lugar en las contiendas donde los dioses sobran. La lucha por el poder es el objetivo de la tempestad desatada por los hombres. En ese mismo año sale a la luz pública, para herir con el fulgor de un rayo la pupila amenazante de la burguesía reaccionaria, el Manifiesto del Partido Comunista. Es el trabajo más extraordinario que se ha producido para enseñar el desarrollo de la historia universal y los objetivos que tiene la humanidad, objetivos que se cumplirán a través de la conquista del poder por la clase obrera. Si Marx hubiera escrito nada más que el Manifiesto, su nombre no habría perdido dimensión ni gloria en la memoria de los trabajadores. El Manifiesto es la expresión universal de la conciencia que el proletariado tiene como
7 A. Ponce. "Elogio del Manifiesto Comunista”, en el libro colectivo Marx como hombre, pensador y revolucionario, Ed. Lautaro, Bs. As., 1946. pág. 171.
clase social definida, y que, de acuerdo a las leyes rigurosas del desarrollo de la Historia, al liberarse de la explotación capitalista liberará a la humanidad entera de la más abyecta de las servidumbres: la explotación del hombre por el hombre. Es la manifestación de voluntad de la clase obrera, sobre condiciones objetivas de la sociedad, para derrocar a la burguesía, conquistar el poder político y crear la sociedad comunista después de una etapa transitoria regida por la dictadura del proletariado y que en el Manifiesto, Marx le llama democracia. El valor del Manifiesto es intransferible y su sentido ha calado demasiado hondo en la experiencia social. Los tiempos que sobrevienen se encargan de darle, cada día, nuevo brillo y actualidad.
II
La ciencia de la sociedad y de la economía en manos de Carlos Marx, se enriquece y desarrolla constantemente, sin detenerse. “La lucha de clases en Francia” y “El 18 Brumario de Luis Bonaparte” son dos obras que con precisión extraordinaria señalan la aplicación y explicaciones del materialismo histórico, método nuevo y riguroso con que se puede interpretar científicamente la vida humana en todos sus cambios y transformaciones. Entre los años 1851-1862, Marx se vincula con varios periódicos de distintos países. Fue colaborador del “New York Tribune” hasta el año 1862, año en que este diario norteamericano decide suspender la colaboración del creador del materialismo histórico alegando motivos de política interior. Estos motivos no eran otros que la guerra de secesión. Entre estos años escribe varios artículos para la “Nueva Enciclopedia Americana”, destacándose el artículo sobre Simón Bolívar que constituye una interpretación renovada de la revolución latinoamericana y una explicación poco conocida sobre el papel del Libertador.
En el proceso creador de su pensamiento encontramos a Marx en el año 1867. Es la fecha cumbre de su experiencia porque se edita el primer tomo de El Capital, obra maestra de su vida a la cual había dedicado todas sus energías. El Capital es la obra filosófica, el tratado
científico de Economía Política y la suma de su pensamiento donde las ideas despliegan toda su majestad. “La finalidad de esta obra es descubrir la ley económica que mueve la sociedad moderna”8, dice su autor, Pero descubrir una ley es arrebatar un secreto de la sociedad burguesa, su secreto más grande, porque sobré él está montado todo el misterio de la propiedad y de la acumulación capitalista.
Marx vio la edición sólo del primer tomo de El Capital, los demás volúmenes salieron a luz bajo los cuidados de Federico Engels, quien seleccionó y ordenó el material dejado por el autor.
Después de producir La Guerra Civil en Francia y muchísimos otros documentos relativos a la Asociación Internacional de Trabajadores y al movimiento obrero y político de su tiempo, en 1875 Marx escribe otra de sus pequeñas obras geniales que es, diríamos, un complemento del Manifiesto. Me refiero a la “Critica del Programa de Gotha”, donde, con precisión y claridad propias de su maestría, nos da un análisis sobre el trabajo, el salario, la sociedad, el estado y el comunismo. Más parece una visión del reino de libertad que conquistarán los hombres a través de la lucha de clases, de la dictadura del proletariado, de la construcción del socialismo, pero sabemos nosotros que no se trata de una alucinación sino de una deducción natural cuyas bases materiales consisten en el desarrollo de las fuerzas productivas, en los cambios de las relaciones de producción y en la propiedad rescatada del trabajo alienado.
En el año 1880, con la salud ya resentida, Marx deja una Encuesta obrera publicada por la “Revista Socialista”. Podríamos sostener que este es uno de los últimos aportes de su genio porque, a los tres años, el 14 de marzo de 1883, el cerebro de Carlos Marx dejó de pensar. A los tres días, ante su tumba de Highgate, en Londres, su camarada inmortalizado por la amistad y la cooperación, selló su homenaje fúnebre con estas palabras definitivamente verdaderas: “Su nombre vivirá a través los siglos, y con el su obra”.9
8 K. Marx y F. Engels, Obras Escogidas, Ed. Cartago, Bs. As., 1957. pág. 307.
9 Ibid. pág. 560.
Esta es una enumeración rápida de lo principal de sus obras escritas y, desde luego, no cubre toda la amplitud y profundidad de su pensamiento. La influencia de su genio no radica sólo en la palabra impresa, sino –y ante todo– en su ciencia gestada en la práctica y volcada sobre la misma práctica, en su fuerza convertida en razón apasionada con que estudió y dió soluciones a los grandes problemas humanos.
Los estudiosos de Marx, que sin ser marxistas son “marxólogos”, presentan la personalidad del fundador del socialismo científico como la de un economista, un sociólogo, un filósofo, un pensador o un político. Estas son versiones parciales de su compleja integridad humana. En él se dieron todas esas facetas pero ninguna de ellas abarcó ni totalizó su yo creador. Engels, como Carlos Marx, estuvo por encima de todas esas limitaciones especializadas, pero, al mismo tiempo, en su actividad de luchador y científico, de teórico y práctico, revelaba tanto al filósofo como al economista, tanto al sociólogo como al político, tanto al pensador como al hombre de acción; por ésto es que Engels, el amigo que mejor ha conocido a Marx, dijo, con fervor manifiesto: “Marx era, ante todo, un revolucionario”.10
Marx se proyecta en la historia como el revolucionario más grande de todos los tiempos. Revolucionó no sólo la sociedad burguesa, sino la ciencia misma de la sociedad y del hombre, con el descubrimiento de leyes objetivas que presiden el desarrollo de la sociedad antagónica mediante la lucha de clases, la misma que será superada cuando los hombres eliminen la explotación del hombre por el hombre. Revolucionó la economía política como ciencia fundamental de la producción, descubriendo sus leyes específicas y aplicándolas al estudio de la sociedad burguesa capitalista, analizando esta sociedad en sus contra-dicciones, en sus factores variables o históricos, en sus elementos constitutivos para la acumulación de capital y la apropiación inevitable de la plusvalía producida por el trabajador. Revolucionó la filosofía, porque no sólo dio una concepción del mundo y del hombre en el mundo, sino que definió el carácter de la práctica con que el hombre
10 Ibid. pág. 559.
cambia el mundo en que ha nacido y transforma la sociedad en que vive, transformándose a si mismo, por último, revolucionó la concepción de la realidad futura del porvenir humano, devolviendo )a esperanza y el optimismo a una sociedad perdida en la alienación, producto normal y natural de un sistema económico y social fundado en la explotación. Con Marx terminó la leyenda escatológica de la historia que comienza en el mito de la caída del hombre y termina en el anuncio de un juicio final.
Pero la “revolución en la revolución” es la revolución de la conciencia de clase del proletariado. Y no la desencadenó siguiendo el camino de los predicadores, sino aplicando el método riguroso de la ciencia con que se explica la dialéctica de la naturaleza y de la sociedad.
El descubrimiento de las categorías económicas como “expresión de las relaciones históricas de producción, correspondientes a una etapa particular de desarrollo de la producción material”,11 que, reflejadas en el pensamiento, son utilizadas por el hombre para el estudio de la base material y la superestructura ideológica, constituye fundamental aporte de la teoría marxista del conocimiento para establecer, con claridad científica, el carácter que tienen las fuerzas productivas en unidad dialéctica con las relaciones de producción, la contradicción antagónica entre el proletariado y la burguesía en el seno de la sociedad capitalista, contradicción que se resolverá, imprescindible-mente, a través de un proceso revolucionario que “no puede sacar su poesía del pasado sino solamente del porvenir”.12
El marxismo, convertido en sistema de ideas que analiza toda una sociedad, lleva consigo un carácter esencialmente revolucionario y creador, por ésto es que en el transcurso de cien años de vitalidad, ha probado su precisión científica y su capacidad de transformación en la realidad viva y cambiante, en cada revolución producida en la historia.
11 K. Marx y F. Engels, Correspondencia, Ed. Cartago, Bs. As. 1957. pág. 121.
12 K. Marx y F. Engels, Obras Escogidas, Ed. Cit. pág. 161
En una charla de limitada duración como la presente, no puedo permitirme el acrobático lujo intelectual de presentar “todas” las teorías de Marx. Con este antecedente dedicaré mi esfuerzo y solicitaré la atención de ustedes para plantear algunos problemas que, a mi entender, tienen relevante importancia para el momento actual. En consecuencia, trataré aspectos relativos a la alienación del ser humano, que son los aspectos universales en que se funda el humanismo proletario y, luego, otros aspectos de la lucha de clases y de la revolución que interesan para el problema nacional boliviano.
III
El problema de la alienación humana no ha sido descubierto por Marx; es un tema de meditación filosófica y de investigación científica que se presenta desde los tiempos de la ilustración, atraviesa el período del idealismo filosófico alemán y adquiere expresión definida en el pensamiento de Hegel, filósofo que ha influido grandemente en la formación universitaria de Marx.13
Hegel había planteado este problema en términos de una rigurosa apreciación idealista. Para este pensador la alineación era un hecho que se producía en el espíritu y que, para suprimirlo, bastaba otro operación del espíritu. Lo que le corresponde a Marx es tomar el problema en toda su profundidad y contenido para darle una base real y concreta, es decir, material, partiendo de la división social del trabajo que, en el movimiento progresivo de la historia, juega su papel de necesidad para condicionar su desarrollo. De esta división social del trabajo surge la propiedad privada –realidad material en la cual se plasma el fenómeno de la alineación– con caracteres específicamente históricos, dependientes del modo de producción y transitorios en cuanto a su permanencia en la vida social de los hombres.
13 K. Marx. “Carta a su padre”, véase M. Rubel, ob. cit., pág. 5
La alienación, en su sentido preciso, significa “la pérdida, por el hombre, de lo que constituye su propia esencia y, por consiguiente, la dominación del objeto sobre el sujeto”, dice Garaudy. Esta es una definición general que abarca tres manifestaciones de un mismo hecho, ya que el hombre pierde su esencia en la religión, en la política propia de sociedades antagónicas y, por último, en la economía capitalista. Veamos el primer aspecto.
La alienación religiosa se opera desde el momento en que el hombre transfiere sus propias cualidades, multiplicándolas hasta lo absoluto, creando un ser ilusorio que posee facultades y atributos que se sintetizan en una unidad total. Este ser, Dios, producto creado por el hombre, se convierte en una potencia extraña, supraterrena, que mira al hombre para socorrerlo o castigarlo. Estará en sus manos el orden del universo y la marcha de la vida, ya que el hombre –según su propia ilusión– se encuentra a sí mismo despojado de toda capacidad para controlar las fuerzas de la naturaleza y de la sociedad que le agobia. Así el hombre cae bajo el dominio de Dios; es decir, bajo el dominio de su propia criatura.
En la medida en que la transferencia de las propiedades genéricas del hombre sea más perfecta, tanto más perfecto será el Dios creado por el hombre. En el plano religioso, el proceso de enajenación de la esencia humana se cumple de manera precisa hasta construir un objeto que se levanta con todo su poder, “un poder extraño que lo subyuga en lugar de sometérsele”, afirma Marx en la Ideología Alemana.
Marx demostró que este acto de transferencia enajenante, en la cuestión religiosa, emerge de la ilusión que se forja el hombre en virtud de su impotencia ante las fuerzas de la naturaleza y ante las miserias de la vida humana. El producto de esta ilusión sale de su marco psicológico, adquiere forma imprecisa pero absoluta, se convierte en una entidad afirmada como necesaria y se aloja en un mundo trascendente, separado del mundo de los hombres y generando en ellos un sentimiento de miseria, dependencia y finitud.
Por eso Marx escribirá:
“la miseria religiosa es, de una parte, la expresión de la miseria real y, por otra parte, la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura agobiada, él estado de ánimo de un mundo sin corazón, porque es el espíritu de los estados de cosas carentes de espíritu”.14
¿Cuál es la fuente que genera esta potencia fantástica del hombre con que aliena el producto de su imaginación y su capacidad práctica? Está en este mundo de “cosas carentes de espíritu”, es decir, de las cosas que en su generalidad, por las condiciones en que se ejecuta el trabajo humano, se han separado de sus productores para caer bajo el imperio de relaciones inherentes a la propiedad privada. En la sociedad capitalista, la materialización más concreta de estas relaciones, se traduce en la mercancía. El mundo de las mercancías es un mundo sin piedad y sin espíritu, sin humanidad y sin alivio, pero con dueños que convierten su derecho de propiedad en un poder opresivo.
El hombre expresa su miseria y protesta contra la misma miseria. Su expresión no es abolición de la miseria creada por la apropiación del trabajo producido, porque no es actividad práctica que suprima las relaciones establecidas en el proceso de producción, ni la protesta de derrocamiento de un orden donde imperan las mercancías con sus relaciones despersonalizadas y omnipontentes; por el contrario, es el sometimiento a una realidad vívida, como dice Marx, de un “hecho empírico”, al mismo tiempo, la simple protesta es una consagración de esas relaciones contra las cuales protesta. Es, en el fondo, el reflejo de la impotencia humana.
La religión y el objeto religioso en el que so opera la transferencia enajenante, tienen por base el mundo real de los hombres; por esto es que Marx, “la crítica del cielo se convierte, en la crítica de la tierra”.15
14 K. Marx y F. Engels, La Sagrada Familia, Ed. Grijalbo, México, 1958 pág. 3.
15 Ibíd. pág. 4.
Así como el hombre ha construido sus ilusiones para colocarlas en el cielo, así también forja otras ilusiones para colocarlas en la tierra. Una de ellas es el Estado. Ya Hobbes, el importante filósofo inglés del siglo XVII, sintiendo en carne propia la violencia de la sociedad capitalista naciente, había descrito la convivencia humana como la pugna de intereses egoístas que posee el individuo, reduciendo a cada uno de ellos a la calidad de un lobo para su semejante. Entonces ideó la formación de un poder social colectivo, resultado de la unión de los hombres; tal poder era transferido al Estado. En ese primer antecedente está contenida la idea de la alienación política.
Marx, sin apoyarse en una hipótesis de trabajo como la de Hobbes, establece con claridad los fundamentos de esta alienación. De lo que se trata es que el poder social cae bajo el control de una clase social la misma que, por la división del trabajo y las relaciones de propiedad privada sobre los medios de producción, monopoliza el poder político. Con el poder en sus manos se convierte en sojuzgadora de las clases explotadas y su poder de dominio se proyecta por sobre toda la sociedad mostrándose como una fuerza extraña, superior, que se impone sobre todas. De este modo, el Estado, –ese objeto en que se materializa la alienación política del hombre– es la organización social y política de la clase dominante, cuyo fin consiste en mantener el sistema de relaciones de explotación y aplastando la resistencia de las otras clases. El Estado surge de la división de la sociedad en clases antagónicas; su poder público se manifiesta en la existencia y actividad de su ejército, su justicia, y todas las instituciones coercitivas y represivas.
En la alineación política el Estado burgués aparece como una entidad ideal situada por encima de la sociedad y, el hombre, como un ciudadano abstracto, con derechos abstractamente iguales y libertades existentes también en forma abstracta. Es el proceso de idealización de la realidad. La ilusión de un Estado colocado por encima de la sociedad implica el falso hecho de que está por encima de las clases sociales y de sus contradicciones; por lo tanto, por encima de los hombres.
De esta manera, la alienación política escamotea el carácter material del poder político, el mismo que descansa en una dictadura de la clase dominante, en el dominio de los explotadores sobre los trabajadores, que forman la mayoría de la nación.
El hombre, para Marx, todavía no será libre cuando obtiene su emancipación política; esto quiere decir que la opresión política del Estado no constituye la totalidad de la opresión; por el contrario, aunque logre sus libertades en el orden político, el hombre conserva todavía la servidumbre expresada en la alienación económica.
El hombre se aliena en el trabajo y en el producto de su trabajo. En la sociedad burguesa:
“cuando más se mata el obrero trabajando, más poderoso se torna el mundo material ajeno a él que crea frente a sí, más pobres se vuelven él y su mundo interior, menos se pertenece el obrero a sí mismo, lo mismo sucede en la religión. Cuanto más pone el hombre en Dios, menos retiene de sí mismo. El obrero deposita su vida en el objeto; pero una vez creado éste, el obrero ya no se pertenece a sí mismo, sino se pertenece al objeto”.16
Este es el planteamiento básico de Marx formulado en los “Manuscritos económico-filosóficos” de 1844.
El obrero se gasta trabajando consume su fuerza de trabajo, pese a que el burgués piense que se la restituye con el pago del salario. Este trabajo del que se apropia el explotador se objetiva, se materializa en el producto que genera la actividad del trabajador. Ambos, trabajo y producto del trabajo –por un hecho natural que se produce en la sociedad capitalista– han sido transferidos en favor del patrón. Marx pregunta, ¿Cuáles la causa determinante para que el hombre se desposea de su trabajo, enajene su trabajo y el producto del mismo? Y responde que el origen de este hecho está dado en la propiedad privada.
16 K. Marx, “Manuscritos Economico Filosoficos”, en volumen conjunto con Engels. Escritos Económicos Varios, Ed. Grijalbo, México, 1962, pág. 64.
En el régimen capitalista las cosas y junto con ellas los medios para producirlas son suceptibles de apropiación privada. Los objetos producidos por el trabajo humano se convierten en mercancías cuando aparece la división social del trabajo y cuando existen formas requeridas de propiedad sobre los medios de producción y sobre los frutos del trabajo; dadas esas condiciones, la mercancía es el producto del trabajo destinado a satisfacer ciertas necesidades humanas y que se elaboran para la venta.17
En segundo lugar, se hacen incontrolables para los mimos productores, ya que el “circuito de intercambios”, o sean las leyes del mercado, arrebatan al productor las mercancías producidas por los obreros; por lo tanto, las convierten en cosas ajenas a ellos, pero son ajenas solo para quienes las producen, porque están incrustadas en el universo de relaciones establecidas por la propiedad privada y aparecen, de nuevo, ante los trabajadores y todos los hombres de la sociedad capitalista como potencias extrañas, dotadas de vida y poder. Así se consolida el fetichismo de la mercancía, última expresión de la alienación económica del hombre, o lo que es lo mismo, la deshumanización del hombre.
De este modo, el producto del trabajo se transfiere a los dueños de los medios de producción, quienes, al darle circulación como mercancía, lo convierten en dinero y en capital que, en última instancia, es el trabajo acumulado de los hombres. El capital, en poder de una clase minoritaria, en tanto que poder alienado de la humanidad, constituye una relación social.
Simultánea a la alienación del producto del trabajo, se produce la alienación del trabajo mismo. Desde su comienzo hasta su fin, el proceso del trabajo está determinado por los medios que provee el patrón, los fines que señala y las condiciones que fija. Este aspecto le hará decir a Marx que el trabajo “no es una satisfacción de una necesidad, sino un medio para satisfacer sus necesidades fuera del trabajo", o sea que el trabajador ha perdido el control conciente de la finalidad de su trabajo ya que realiza los fines de otro. Ya no crea una
17 Borisov y otros, Diccionario de Economia Politica. Ed. Pueblos Unidos, Montevideo, 1966.
obra personal sino que, en el sistema del capitalismo –como un apéndice ligado a la máquina– participa como un ciego en la fabricación de mercancías anónimas y produce una plus valía igualmente anónima que pasará a formar parte de la “propiedad” del capitalista.
En virtud de la alienación, el trabajo concreto se ha convertido en trabajo abstracto, de actividad libre y personal ha pasado a ser trabajo obligado y anónimo, no medido por la conciencia y satisfacción del hombre, sino por una determinada cantidad del valor, la misma que traducida en dinero es el precio con que se despoja al obrero de su trabajo y de su producto; en este caso, el salario aparece como el medio con que se despoja el espíritu objetivado de los hombres.
Planteada la alienación económica en estos términos, corresponde indicar que aparece como un hecho central y definidamente normal en el sistema de producción capitalista, donde se sustituye las relaciones entre los hombres por relaciones entre las cosas producidas por ellos; es decir, relaciones de mercancías, las mismas que, en el funcionamiento propio del sistema, engendran el fetichismo en que se aliena la mentalidad, la conducta y la práctica de los hombres.
Y no creamos que lo trabajadores son los únicos que se alienan y transfieren su esencia humana en el proceso de producción capitalista sino que, el burgués también se aliena en el dinero, en ese poder vil y estupendo que fue descrito con genialidad admirable por Shakespeare.
El burgués se despoja de su calidad humana se pierde en las dimensiones imprecisas del dinero. Sustituye su ser por el tener y su vida adquiere sentido en la medida en que puede tener. Es una alienación más terrible, más trágica que la que padece el trabajador, porque este último tiene abierta la perspectiva de la lucha de clases, la lucha por el poder político de la sociedad para rescatar su esencia humana y romper las cadenas de opresión que ha creado el propio movimiento de la historia, en tanto que al burgués no tiene otra perspectiva que la profanación de su santa propiedad privada sobre los medios de producción y los productos del trabajo ajeno, para que se convierta en propiedad social, en propiedad común de la sociedad.
En este caso, al burgués se le abre el horizonte de su desaparición como clase y el hundimiento de la sociedad que, de hombre, lo han convertido en expresión de una, categoría histórica condenada a desaparecer.
La alienación no es eterna. Su consiguiente abolición no ha de ser el resultado de una operación del pensamiento o de una piadosa regeneración sentimental; por el contrario, el rigor de las leyes históricas señala que la lucha revolucionaria de los explotados ha de abolir las condiciones que han determinado la aparición de este hecho transitorio; esto es, la lucha de clases y el triunfo del proletariado dentro de ella.
IV
Como una clarinada de victoria sobre los sedimentos de ignorancia y prejuicio con que se escribía y se escribe la historia universal, Marx lanzó su verdad convertida en consigna combate: “toda lo historia de la sociedad humana, hasta el día de hoy, es una historia de lucha de clases”. Y después de señalar diversas fases de ese dramático desen-volvimiento, agrega:
“la moderna sociedad burguesa que se alza sobre las ruinas de la sociedad feudal no ha abolido los antagonismos de clase. Lo que ha hecho ha sido crear nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas modalidades de lucha que han venido a substituir a las antiguas”.
“Sin embargo, nuestra época, la época de la burguesía, se caracteriza por haber simplificado los antagonismos de clase. Hoy, toda la sociedad tiende a separarse, cada vez más abierta-mente, en dos grandes campos enemigos, en dos clases antagónicas: la burguesía y el proletariado”.18
18 K. Marx y F. Engels, Obras Escogidas, ed. cit. pág. 15.
Todo cuanto hemos perdido, conservado o recogido de la historia en sus momentos de equilibrio o tempestad, en sus etapas de violencia o tranquilidad, ha sido siempre la expresión y el resultado de una lucha tenaz, firme y sostenida de hombres, fuerzas sociales e ideas histórica-mente condicionadas con que se manifiestan las clases sociales. Unas para sostener sus privilegios y perfeccionar el monopolio del poder político, otras para arrebatárselo e invertir el orden de esos privilegios.
En nuestro siglo no hay posibilidad alguna para desvirtuar esta evidencia, por que en todos los movimientos que se cumplen en el plano de la historia, desde los más pequeños hasta los más grandes, desde los estrictamente individuales, hasta los más generas, desde la rebelión de los estudiantes franceses de hoy día, hasta el tratado de proscripción de armas nucleares, está presente la lucha de clases. La economía, la política, la cultura, la religión, el arte, la ciencia, avanzan en función de la dinámica que imprime a la vida humana el antago-nismo de las clases fundamentales situadas en la entraña de la sociedad capitalista y en relación al enfrentamiento de un mundo escindido en dos sistemas. En la medida en que esta lucha tenga que decidirse con una dosis mayor o menor de violencia, surge una situación crítica que afecta tanto a la parte del mundo donde ella se presenta como al mundo entero. Y el siglo XX es el escenario donde se desarrolla, con caracteres definitivos, este proceso de todos los siglos.
En ese vasto proceso de producción, haciendo su propia historia bajo las circunstancias que existen en el presente y que las ha transmitido el pasado, actúan las clases sociales, aquellos grandes grupos humanos que se distinguen unos de otros por la ubicación que tienen en el sistema imperante de producción social, que se dividen por su relación frente a la propiedad de los medios de producción, por su papel en la división del trabajo y que, por tanto, se diferencian por la parte y magnitud de riqueza social que percibe y disponen. Es así que, mientras el trabajador percibe su salario, el capitalista se apropia de la riqueza social producida por los trabajadores. ¿Puede haber comunidad de intereses, puede hablarse de identidad de objetivos entre estos extremos de la sociedad? La situación de estas dos clases está
determinada por el proceso de producción capitalista sin que pueda ser corregida por ninguna voluntad personal ni reforma piadosa, sino a través de una revolución social que destruya el conjunto de relaciones en que descansa el poderío burgués.
La revolución de nuestro siglo, tanto en su período inicial y fase primaria de su consolidación, mediante la Revolución de Octubre de 1917, como en su etapa de definitiva victoria que se alcanzará con la liberación de los pueblos oprimidos y la toma del poder por la clase obrera de los países capitalistas altamente desarrollados, ha sido y será el resultado del desarrollo dialéctico de la Historia Universal, desarrollo que se cumple a través de la práctica revolucionaria de los hombres. Marx, para precisar el sentido de continuidad del proceso social y destacar el papel de los hombres en la construcción de su destino escribió:
“Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su propio arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directa-mente, que existen y transmite el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.19
¿Cuáles son esas circunstancias que existen y transmiten el pasado? son las condiciones materiales en que se desenvuelve la vida social-mente organizada cuya “anatomía hay que buscarla en la Economía Política”, como ciencia que trata del desarrollo de las relaciones sociales de producción, como ciencia que estudia las leyes económicas que rigen la producción, la distribución, el cambio y el consumo de los bienes materiales en la sociedad humana, en los diversos estadios de su desarrollo". 20
En este vasto proceso de producción haciendo su propia historia bajo las circunstancias que existen en el presente y que les ha trasmitido el pasado actúan las clases sociales, aquellos grandes grupos humanos
19 Ibid. pág. 160.
20 Borisov y otros, ob. cit.
que se distinguen unos de otros por la ubicación que tienen en el sistema imperante de producción social, que se dividen por su relación frente a la propiedad de los medios de producción, por su papel en la división del trabajo y que, por tanto, se diferencian por la parte y magnitud de riqueza social que perciben y disponen. Es así que, mientras el trabajador percibe su salario, el capitalista se apropia la riqueza social producida por los trabajadores. ¿Puede haber comunidad de intereses, puede hablarse identidad de objetos entre estos extremos de la sociedad? La situación de estas dos clases está determinada por el propio proceso de producción capitalista sin que pueda ser corregida por ninguna voluntad personal ni reforma piadosa, sino a través de una revolución social que destruya el conjunto de relaciones en que descansa el poderío burgués.
Para la sociedad capitalista, la existencia de clases antagónicas es un hecho inseparable de su propia naturaleza porque:
“en la misma proporción en que se desarrolla la burguesía, desarróllase también el proletariado, esa clase obrera moderna que sólo puede vivir encontrando trabajo y que sólo encuentra trabajo en la medida en que éste alimenta e incrementa el capital”.21
¿Qué visión dantesca, infernal, ha elaborado la burguesía, y con ella todas las fuerzas reaccionarias para mostrar en su prensa, en su literatura, en sus leyes, el hecho histórico de la lucha de clases?
Los explotadores del mundo entero, incluyendo Bolivia que –desde luego no es un país de excepción– acusan a la lucha de clases de ser una teoría importada de países remotos, o la presentan como si fuera una consigna para ser aplicada por agentes venidos del extranjero. Para el caso de la mentira, que por cierto no es ignorancia, da lo mismo que digan que la lucha de clases nos llega de Rusia, China o Cuba. Lo real es que no tienen el coraje de explicar la aparición de este fenómeno social y político examinando sus propias causas porque,
21 K. Marx. Manifiesto del Partido Comunista, (trad. W. Roces), Cía. Gral. de Ediciones Mexicanas, México 1961, pág.79.
tanto los explotadores como el gobierno de turno que los sostiene, saben que las causas de la agitación sindical, de la lucha de los trabajadores, de los enfrentamientos del pueblo productor con las fuerzas del orden burgués, surgen de la explotación, surgen de las condiciones mismas en que se desarrolla la vida económica del país, cuya estructura material responde a la de una sociedad capitalista atrasada con restos de formaciones económicos y sociales anacrónicas.
Los explotadores, por su cuenta, o asociados a los representantes del poder público, son los que han convertido y convierten la vida social en una cotidiana lucha de clases. Sus deseos, actos y pensamientos, están dirigidos a mantener la opresión como un medio para aplastar la resistencia humana que crepita en la conciencia de los explotados. Son los explotadores los que han desatado el furor de la lucha clasista, llevando a la práctica una ofensiva prolongada y creciente contra los pobres y explotados. Mediante una guerra social sin cuartel contra el pueblo, utilizando las armas del hambre, de la miseria, de la desocu-pación, ellos han hecho imposible el equilibrio social y más imposible todavía la paz social que tanto invocan y persiguen.
En lo que a nuestro país se refiere, basta recordar la crueldad sin límites de los verdugos peninsulares para someter a millones de indios a la explotación de la mita y encomienda. Hay que tener presente el sadismo con que se ha ejecutado a los caudillos campesinos como Tupac Amaru y Tupac Katari y la devastación organizada de las comarcas agrarias en los levantamientos indígenas del siglo XVIII. Debemos recordar la barbarie de los militares realistas, que junto a sus expediciones punitivas, se ha expresado en el cadalzo de Murillo, quien se levantó, justamente, para reivindicar los derechos económicos, políticos y sociales, con un profundo sentido de clase, de los que estaban “desterrados en el seno mismo de nuestra patria”. No podemos olvidar el despojo a sangre y fuego de las tierras de comunidad por las oligarquías terratenientes, y las masacres periódicas e intermitentes de los campesinos bolivianos en la historia republicana. La memoria se estremece al recordar el asalto armado a los centros mineros en el mes de mayo de 1965, la reducción de salarios con el
objetivo de reducir por hambre la lucha reivindicativa de los trabajadores mineros, para extraer de ese modo, una mayor plusvalía en favor del imperialismo norteamericano y mantener el nivel de cuota de explotación con que se benefician tanto la burocracia de Comibol como los pilotos de la maquinaria armada del estado burgués-militar de nuestros días.
En dos días más, recordaremos la “masacre de San Juan" de 1967. La noche en que las fogatas de la alegría fueron apagadas con la sangre de los trabajadores. A partir de esa masacre, cada libra de estaño que exporta nuestro pueblo lleva un poco de plomo vertido por la metralla de los generales. Desde antes, desde lo que hicieron los peninsulares, hasta lo que hace el régimen actual, el proceso de nuestra vida nacional constituye una demostración de la verdad marxista. La historia de la humanidad y por tanto, la historia del pueblo boliviano, es la historia de una lucha de clases. En lo que a nuestro país se refiere, la ofensiva de esta guerra contra el pueblo ha dependido de la decisión de los explotadores y de las armas del estado burgués. Esta es la prueba de cargo que presentan los trabajadores y el pueblo boliviano ante el tribunal de la historia, tribunal que no absolverá a los culpables. Es una prueba labrada en la miseria y en la muerte, una prueba de la crueldad con que los explotadores llevan adelante la lucha de clases y que Marx llamaba “una verdadera guerra civil”.
La agudización de la lucha de clases es un fenómeno inseparable del capitalismo. Ya en 1833, el cartista inglés O’Brien, decía:
“la historia del mundo demuestra que desde que existen, los ricos de todos los países conspiran constantemente por esclavizar al pobre, y eso porque la miseria de los pobres es indispensable a la fortuna de los ricos. Tal el crimen inicial de donde provienen todos los otros”.
Marx, en fecha 5 de marzo de 1852, escribió una carta en la que explicaba lo siguiente:
“Y ahora, en lo que a mí respecta, no ostento el título de descubridor de la existencia de las clases en la sociedad moderna, y tampoco siquiera de la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, los historiadores burgueses había descrito el desarrollo histórico de esta lucha de clases. Lo que yo hice de nuevo, fue demostrar: 1) que la existencia de las clases está vinculada únicamente a fases particulares, históricas, del desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura sólo constituye la transición a la abolición de todas las clases y a una sociedad sin clases”.22
En esta memorable carta el fundador del socialismo científico ha fijado tres aspectos fundamentales para comprender la dimensión de los problemas planteados por la lucha de clases como fuerza motriz de la historia. El primero, relativo a que las clases existen en función de la división social del trabajo y del régimen de propiedad privada. Estas son las fases particulares e históricas. El segundo, en sentido de que la lucha de clases será superada con la victoria de la clase obrera sobre la burguesía actual, esto es lo que se entiende por dictadura del proletariado. El tercero, que establece el carácter transitorio de la dictadura para construir una sociedad sin clases; esto es lo que será la sociedad comunista dentro del desarrollo progresivo de la Historia.
La lucha de clases tiene un movimiento evolutivo que en su despliegue plantea diversas formas. La primera en manifestarse es la lucha por reivindicaciones económicas. La batalla del trabajador aislado e individual no tiene consistencia ni sentido cuando trata de arrancar al patrón una concesión determinada. Lo que importa e interesa para el desarrollo de la historia es la lucha unida de los trabajadores para conseguir la satisfacción de sus necesidades inmediatas que, en este caso se traduce en conquista económica. Y es el mismo capital que a través de la industria concentra una poderosa fuerza, la fuerza de los trabajadores, quienes descubren que su unidad, que la unidad de su lucha conjunta, puede determinar la victoria en el planteamiento de su
22 K. Marx y F. Engels, Correspondencia, ed. cit. pág. 47.
reivindicación. El instrumento de la lucha unitaria de los trabajadores es el sindicato y el campo de sus actividades está dado en el conjunto de relaciones materiales propias de la producción.
Si la batalla por reivindicaciones económicas es una forma elemental de las luchas sociales, en el fondo ya lleva contenidos ciertos aspectos de su forma inmediatamente superior esto es de la lucha política, por qué “se juntan y desarrollan todos los elementos necesarios para la batalla del porvenir. Una vez que se llega a este punto, la asociación adquiere carácter político”.23
En este primer enfrentamiento de los trabajadores con los propietarios de los medios de producción, el patrón aparece como la personificación de una categoría económica determinada. Por eso dice Marx que en la lucha económica de los trabajadores, los capitalistas se presentan:
“como portadores de determinadas relaciones o intereses de clase. Mi punto de vista que enfoca el desarrollo económico de la sociedad como un proceso histórico-natural, puede menos que ningún otro hacer responsable al individuo de unas relaciones de las cuales es producto, aunque subjetivamente pueda estar muy por encima de ellas”.24
En este sentido, la lucha de los trabajadores no es una batalla contra las personas, sino el combate contra una clase, contra determinadas relaciones de producción, contra aquellas relaciones de producción que protegen la explotación capitalista.
Las fases de la lucha social están entrelazadas. La huelga general, último recurso de la batalla por reivindicaciones económicas, constituye, por sí misma, el primer paso conciente de la lucha política de los proletarios; es decir, orienta la lucha de los trabajadores hacia objetivos políticos que, forzosamente apuntan a modificar las relaciones sociales imperantes y, en su fin decisivo, a sustituir las formas institucionalizadas del Estado y de su gobierno. La lucha de clases ha
23 K. Marx, Miseria de la Filosofia, cit. por J. Freville en Los Fundadores del Socialismo Científico, pág. 164.
24 Marx-Engels, Obras Escogidas, ed. cit. pág. 307.
cambiado de calidad y se ha elevado a un nivel superior. Los cambios cuantitativos de la lucha proletaria, han determinado la aparición de una nueva calidad, la lucha política. Es en esta etapa en que los obreros destacan su vanguardia. La burguesía, por su parte, para defenderse y contraatacar al proletariado, dispone de ante mano de un estado mayor conjunto en que se combinan el aparato militar represivo, la ley burguesa, el pensamiento de los ideólogos y el tecnicismo de sus economistas. Este estado mayor es permanente en la lucha de clases y ha sido creado desde el momento mismo en que la burguesía capturó el poder político.
El proletariado también organiza su estado mayor para dirigir la lucha. Son los revolucionarios más consecuentes y esclarecidos los que surgen del movimiento social. Son las masas que hacen a sus héroes, a sus dirigentes, a sus políticos, a sus conductores militares, a sus especialistas e investigadores de sus problemas, y no son ellos los que moldean a las masas, como tanta gente supone y como ciertos líderes desean. Esta vanguardia, convertida en partido político, tiene la misión irrenunciable de llevar adelante la lucha del proletariado y de las otras clases unidas al movimiento social por los duros eslabones de la explotación. El partido político de los trabajadores no puede conocer la defección ni abandonar las posiciones logradas en el combate y después de él, tampoco puede dejar de desenmascarar el oportunismo y la debilidad ideológica y está obligado a liquidar las manifestaciones de cobardía, deserción y sometimiento, que son los síntomas agudos de la conciliación con el enemigo de clase. Este es el partido, al menos, así debería ser el partido de la clase obrera, tal como lo ha descrito el fundador de la Primera Internacional, quien indicaba en el Manifiesto que los comunistas “no tienen otros intereses que no sean los intereses conjuntos de los obreros, que no proclaman principios especiales a los que quisieran amoldar el movimiento proletario”.
La lucha de clases, en su nivel político, es la lucha por el derrocamiento de la burguesía e instaurar el poder proletario. Su poder de victoria está encerrado en la misma clase obrera convertida en poder revolucionario porque
“la burguesía no sólo forja las armas que han de darle la muerte sino que, además, como dice Marx, pone en pie a los hombres llamados a manejarlas: estos son los obreros, los proletarios”.25
Una de las manifestaciones revolucionarias de la burguesía en el desarrollo de la sociedad ha sido la consolidación del Estado nacional. Se ha apropiado de su conducción política y, hasta ahora, en gran parte del mundo mantiene su posición dominante. Si bien, a la altura de nuestro siglo, la dominación del capital es dominación internacional lograda a través de los consorcios imperialistas, el control interno de cada estado se ejercita a través de su burguesía nativa y propia. Esta clase, en el poder, ha abandonado los principios de defensa de la soberanía nacional y de la independencia del país para entregarse, con frenesí vergonzoso, al dominio del poder extranjero. Por ésto es que Marx, examinando la evolución de la lucha política del proletariado indica: “por su forma, aunque no por su contenido, la campaña del proletariado contra la burguesía empieza siendo nacional. Es lógico que el proletariado de cada país ajuste ante todo las cuentas con su propia burguesía”.26
Al negar a la clase burguesa su legalidad histórica en la conducción de la vida nacional, el proletariado se convierte en una clase defensora de la nación, en una fuerza patriótica, para reivindicar los fundamentos de la continuidad histórica, las bases de la economía independiente y emprender el camino de la autodeterminación. El papel nacional, patriótico y revolucionario de la clase obrera, a tiempo de desplazar del poder a la burguesía entreguista y capituladora, demuestra la evidencia de “que también en él reside un sentido nacional, aunque ese sentido no coincida ni mucho menos con el de la burguesía”.27 De este modo, el papel del proletariado, en el movimiento de liberación nacional de nuestro siglo, responde a las necesidades históricas de constituirse en el abanderado de la defensa de las riquezas materiales y espirituales que produce un pueblo sometido y que señala el camino de su independencia.
25 K. Marx, Manifiesto del Partido Comunista, ed. cit. pág. 79.
26 K. Marx, Ibíd. pág. 84.
27 Ibíd. pág. 92
V
En el momento actual que vive nuestro pueblo y los problemas que se plantean en la revolución que debemos cumplir, porque el análisis de nuestra realidad así lo determina, corresponde analizar con firmeza y serenidad la concepción marxista de la revolución. Hemos indicado que la lucha de clases, cuando se eleva a nivel político y el proletariado se plantea la toma del poder, está también planteada la necesidad histórica de dar un paso hacia adelante, un paso que convierta la larga marcha emprendida en una meta conquistada, la misma que en el desarrollo ininterrumpido del progreso social se transforma en el punto de partida para una nueva etapa de la historia. En este sentido podemos examinar la concepción propia de clase. Para Marx la clase obrera no es una entidad metafísica, liberada de mezclas y aditamentos, independiente y aislada de los otros sectores del pueblo. Por esto es que reconoce un tipo de movilidad de los otros sectores sociales hacia las filas de la clase obrera y dice:
“así como antes una parte de la nobleza se posaba a la burguesía, ahora una parte de la burguesía se pasa al campo del proletariado; en este tránsito rompen la marcha los intelectuales burgueses, que, analizando teóricamente el curso de la historia, han logrado ver claro en sus derroteros”.28
Es necesario tomar en cuenta esta acertada y penetrante visión del fenómeno social que se produce en la lucha de clases, para explicar a los socialistas doctrinarios, ilusos y sectarios, que no han llegado a asimilar las condiciones reales en que se desenvuelve la vida boliviana y que, por lo tanto, no captan las perspectivas de un período inmediato. Marx en su trabajo Las luchas de Clases en Francia, escribiendo como para la situación boliviana de hoy día, ha dejado estas palabras:
28 Ibíd.
“Mientras que la utopía, el socialismo doctrinario, que supedita el movimiento total a uno de sus aspectos, que suplanta la producción colectiva, social, por la actividad cerebral de un pedante suelto y que, sobre todo, mediante pequeños grupos o grandes sentimentalismos, elimina en su fantasía la lucha revolucionaria de las clases y sus necesidades... el proletariado va agrupándose más y más en torno al socialismo revolucionario. este socialismo es la declaración de la revolución permanente, de la dictadura de clase del proletariado como punto necesario de transición para la supresión de clases en general, para la supresión de todas la relaciones de producción en que estas descansan para la subversión de todas las ideas que brotan de estas relaciones sociales”.29
A la luz de la teoría de la lucha de clases y de la tesis de la revolución permanente, ¿qué clase de revolución corresponde realizar en Bolivia? Marx y Engels, en su “Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas”, texto permanentemente conocido desde el mes de marzo de 1830 hasta nuestros días, establecen sectores claramente distintos con el nombre de burguesía liberal, pequeña burguesía democrática y proletariado, como clases sociales interesadas en crear y ejecutar un cambio social profundo; es decir, una revolución: pero, realizada la toma del poder, los intereses que, desde luego no son coincidentes, determinarán conductas opuestas y contradictorias para las tres fuerzas indicadas. Así, para los liberales burgueses se impone la necesidad de “emplear contra los obreros el poder recientemente adquirido”; en tanto que, para los demócratas pequeño-burgueses será preciso luchar contra la dominación y el crecimiento del capital y protegerse de las exacciones tributarias del Estado, expresada en la voracidad de buscar mayores impuestos. La pequeña burguesía, con objetivos limitados, luchará por acaparar puestos de la burocracia estatal. Los pequeños burgueses por su temor a los avances del proceso revolucionario en función de los intereses proletarios:
29 K. Marx y F. Engels. Obras Escogidas, ed. cit. págs. 142-143.
“confían en corromper a los obreros con limosnas más o menos veladas y quebrantar su fuerza revolucionaria con un mejora-miento temporal de su situación”.
¿Cuál es la misión de la fuerza proletaria que participa del poder al lado de las otras clases? Marx indica:
“nuestros intereses y nuestras tareas consisten en hacer la revolución permanente hasta que sea descartada la dominación de las clases más o menos poseedoras, hasta que el proletariado conquiste el poder del Estado”.
Este es el esquema de una revolución con un frente político de varias clases.
En lo que a Bolivia se refiere, la burguesía liberal está interesada en un cambio social profundo para abrir las puertas de un desarrollo de la burguesía nacional, en lo que queda de actividad económica no controlada por el Estado; a su lado están diversas capas de la pequeña burguesía democrática que sufren el flagelo de la explotación capitalista y la extorsión del Estado, métodos con que se mantiene una burocracia improductiva y la maquinaria militar. En el centro mismo del movimiento social y político del país están situados los trabajadores manuales e intelectuales que viven bajo los impactos del terror económico, expresado en la desocupación, la miseria y los bajos salarios. Todos ellos coinciden en el objetivo de derrocar el poder restaurador de las camarillas oligárquicas de viejo y nuevo cuño que se protegen detrás de la sombra de los sables o de los laureles de Sora Sora, Milluni o Siglo XX, por que identifican a esta fuerza antinacional como un aliado de las grandes empresas y de los consorcios imperialistas, a cuyo servicio trabajan para estrangular la economía nacional, agudizar la lucha de clases y repartir su cuota de ganancias extraídas de la explotación de nuestro pueblo. En Bolivia, todos estos sectores burgueses y pequeñoburgueses están esperando que el proletariado sea el protagonista del cambio político y anhelan, llegando al poder, utilizar contra los obreros el poder recientemente adquirido, porque:
“muy lejos de desear la transformación revolucionaria de toda la sociedad en beneficio de los proletarios revolucionarios, la pequeña burguesía democrática tiende a un cambio del orden social que pueda hacer su vida en la sociedad actual más llevadera y confortable”.
Las fuerzas de la burguesía liberal y de la pequeña burguesía de Bolivia, organizadas en partidos de diversa sigla “quieren poner fin a la revolución lo más rápidamente que se pueda” y, para cumplir este objetivo piensan valerse nada menos qué de la propia clase obrera. Este cuadro es magistral y en todo lo que tiene de comillas ha sido extraído del texto vivo del “Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas”, escrito por los fundadores del socialismo científico en el año 1850.
Ahora bien, proclamar la “revolución permanente” para apuntar al gobierno obrero-campesino, no tiene conexión lógica alguna. La revolución permanente es un proceso político previsible sólo en determinadas condiciones, cuando concurren diversas clases movidas por un interés común y –al mismo tiempo– es un conjunto de tareas del partido de la clase obrera para convertir una revolución democrática en revolución socialista de donde surja el poder de los trabajadores, la dictadura del proletariado.
Una cosa es recoger la frase y otra muy distinta es vaciar su contenido o cambiar su significado. Así hizo Trotsky con la teoría de su maestro; ahora, los discípulos de los discípulos hacen lo mismo.
Marx, no señala, pues, como ciertos teóricos afirman, que la revolución sea la instauración inmediata del poder proletario por el contrario, concebía la erección del poder obrero como el coronamiento de esa revolución, después de una serie de batallas. Marx entiende por “revolución permanente”, la obligación que tiene el proletariado de hacer triunfar la revolución burguesa en los países en que aquella aún no ha triunfado y empujarla a la revolución proletaria30.
30 J. Freville, Los Fundadores del Socialismo Científico, Ed. Pueblos Unidos, Montevideo, 1949. pág. 167.
En Bolivia, las cosas están planteadas para que puedo darse una revolución democrática, con la participación de distintas clases sociales, a través de un frente cuya tarea sea la liberación nacional del país pero, la forma democrática debe tener un contenido socialista; en tales condiciones, el contenido tendrá que superar y exceder a la forma, este desarrollo dialéctico no será espontaneo; por el contrario, dependerá de las tareas que deben cumplir todos los que asumen una posición militante del marxismo, con prescindencia de toda secta, por muy heroica que sea. Rehusar una obligación revolucionaria de esta naturaleza es “caminar al desastre y con el extravío funesto de retrasar la hora que pretenden adelantar”.31
El triunfo completo dela revolución implica la destrucción revolucionaria de la estructura capitalista, de las relaciones de explotación en general; por esto es que Marx dice:
“el proletariado, la capa más baja y oprimida de la sociedad actual, no puede levantarse, incorporarse, sin hacer saltar hecho añicos desde los cimientos hasta el remate, todo ese edificio que forma la sociedad oficial”.32
Una cosa as el poder de la clase obrera como destructora de lo viejo y constructora de lo nuevo y otra, aunque distinta y esencial para el ejercicio de ese poder, es el camino que deba seguirse para llegar a ese momento. Marx no ha negado el desarrollo de la vía pacífica de la revolución y, aclarando esta idea, en un discurso de Amsterdan de 1872, dijo:
“Los obreros tienen que conquistar un día la supremacía política para establecer la nueva organización del trabajo; tienen que derribar el viejo sistema político que sostienen las antiguas instituciones. Sí no hacen esto, sufrirán el mismo destino que los primeros cristianos, que omitieron derribar el viejo sistema y que, por ese motivo, nunca pudieron conquistar un reino en este mundo. Sabemos que hay que prestar espacial atención a
31 Ibid. pág. 168.
32 K. Marx, Manifiesto del Partido Comunista, ed. cit. pág. 84.
las instituciones, costumbres y tradiciones de los diversos países y no negamos que existen ciertos países en que los trabajadores pueden esperar alcanzar sus fines por medios pacíficos”.33
La revolución, fase decisiva en la lucha de clases para la conquista del poder político:
“tiene sus particularidades originadas por la singularidad de las condiciones nacionales, históricas, de la disposición especial y de relaciones de las fuerzas de clase. Pero el camino de cualquier pueblo se basa en la destrucción revolucionaria de la estructura capitalista”.34
El fundador del socialismo científico, o comunismo, en ningún momento a prescrito recetas ni ha elaborado dogmas para imponer una u otra vía revolucionaria. La revolución no es una mercancía suceptible de importarse o exportarse. Ella brota de las condiciones en que vive cada nación, cada pueblo, se la plantea con responsabilidad y con conoci-miento de las condiciones objetivas y subjetivas; se la lleva adelante con la precisión de una victoria que se debe obtener. Su carácter violento o pacifico, por el camino de la lucha armada o del desarrollo democrático, depende del conjunto de condiciones que se den en la coyuntura más favorable, lo contrario, significa aventura, fanatismo o terrorismo verbal. Marx ha señalado el camino inevitable que seguirá la sociedad humana y dijo que las revoluciones son las “locomotoras de la Historia”, pero, como locomotoras que son, se mueven bajo la conducción consiente de los hombres y con la fuerza que le imprimen las fuerzas de producción, las clases sociales y la vanguardia política que poséen.
La revolución, punto culminante de la lucha de clases abre el paso de la sociedad capitalista a la sociedad comunista y, entre ambas media:
33 K. Marx, op, cit. por Freville, ob. cit. pág. 176
34 Instituto de Marxismo-Leninismo, El Marxismo-Leninismo y el Proceso Revolucionario Mundial Contemporáneo, Moscú, mayo 1968.
“el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado”.35
Esta no es la dictadura de un hombre o de un caudillo. Es la dictadura de una clase, es el poder colectivo repartido en los distintos niveles en que se organizan las fuerzas de los trabajadores. Porque se la ejerce de abajo hacia arriba y con las masas, es exactamente lo contrario de la dictadura burguesa ejercida desde arriba. En la dictadura burguesa gobierna, decide, traiciona y oprime un personaje, el títere de las fuerzas económicas y sociales que le obligan a dominar, explotar, entregar y traicionar; en la dictadura del proletariado, esas fuerzas se sepultan con su opresión, su explotación y su traición. Una cosa es la dictadura de todos los Césares juntos y otra cosa es la dictadura proletaria que aplasta a todos los Césares.
La dictadura del proletariado tiene la misión de construir el socialismo, base inferior de la sociedad comunista. Todavía no es una sociedad totalmente nueva porque:
“no se ha desarrollado sobre su propia base, sino que acaba de salir precisamente de la sociedad capitalista, y que por tanto, presenta todavía en todos sus aspectos, en el económico, en el moral y en el intelectual, en el sello de la vieja sociedad de cuya entraña procede”.36
En la fase superior de la sociedad comunista:
“cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo, y con ella, el contraste entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no sólo sea un medio de vida, sino la primera necesidad vital, cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo
35 K. Marx y F. Engels, “Crítica del Programa de Gotha”, Obras Escogidas, ed. cit. pág. 464.
36 Ibíd. pág. 458.
entonces podrá rebasarse totalmente el horizonte del derecho burgués y la sociedad podrá escribir en sus banderas: “¡de cada cual, según su capacidad; a cada, cual según sus necesidades!”.37
Aquí termina la lucha de clases como fuerza motriz de la historia, y la historia construirá otro motor para desarrollarse ininterrumpidamente. Para entonces, habrá acabado la prehistoria de la humanidad y comenzará la historia humana de la sociedad.
Señoras y señores, catedráticos y estudiantes de la Universidad. Tengo algo más que decir: la Federación Universitaria Local, cumpliendo su papel esencialmente cultural de difundir y valorar el pensamiento científico y humanista que impulsa el desarrollo de la sociedad, ha obrado con encomiable decisión auspiciando y sosteniendo este foro conmemorativo del ciento cincuenta aniversario del nacimiento de Carlos Marx. Han utilizado esta tribuna personalidades representativas de diversas corrientes del pensamiento, de distintas tendencias ideológicas y desde diferentes posiciones políticas. En todos ellos hemos encontrado aprecio sincero y admiración por el genio de Tréveris; asimismo han exteriorizado su decidida definición de llevar adelante –en lo que corresponde a la fidelidad de los principios que ellos sustentan– una tarea histórica responsable cambiando el orden social para que el hombre, como persona humana, y la sociedad en su conjunto, se desarrollen en condiciones donde desaparezca toda explotación y opresión.
Por primera vez en Bolivia nos hemos encontrado católicos y marxistas para exponer nuestras ideas en torno al pensamiento del fundador del comunismo. El resultado ha sido extraordinario porque –en un intento de borrar una época de odios y desconfianzas– nos hemos colocado por encima de toda desconfianza odiada. Hemos descubierto que problemas agudos y quemantes como son los del hombre, de la libertad, del progreso histórico, no deben ser problemas que nos dividan como hasta ahora, y que nos han llevado a crear una franja de tierra de nadie donde el explotador económico y el opresor político
37 Ibíd. pág. 459.
han instalado, siempre, la tienda vendible de su poderío despótico. Con este foro la tierra de nadie, al menos en Bolivia, se ha estrechado un poco más y el poder opresivo con que se sujeta a los hombres sedientos de humanidad, tendrá que representar el papel de un equilibrista que juega sobre la cuerda floja, porque la franja se está convirtiendo en una cuerda, peligrosa.
No hemos arribado a soluciones conjuntas ni hemos establecido acuerdos, pero hemos declarado nuestra adhesión a principios intransferibles de la vida humana en su infinita riqueza. De esta adhesión es que quiero decir unas cuantas palabras que, desde luego, no tienen el ánimo de iniciar una polémica.
El Rev. Padre Francisco Nadal, Rector de la Universidad Católica de Bolivia y el Dr. Luis Ossio Sanjinés, Presidente del Partido Demócrata Cristiano, basándose en puntos comunes del humanismo cristiano y del humanismo marxista, han planteado la posibilidad de superar diferencias y trabajar conjuntamente, entre cristianos y marxistas, entre católicos y comunistas, para cambiar el marco de las condiciones sociales y de las de producción en que viven hombres y pueblos de nuestros días con el fin de superar el hecho humano e inhumano de la explotación.
Personalmente, y sin asumir responsabilidad por otros, considero que esta incitación debe ser tomada en toda su profundidad para ejecutar tareas comunes, porque los problemas que enfrentamos en la vida nacional son problemas de este mundo que afligen tanto a los cristianos como a los marxistas. Nosotros, de uno y otro lado de la tierra de nadie que nos divide, no podemos ver con resignación ni revelar nuestra esperanza para ganar un reino que no es de este mundo, cuando se destruyen los derechos humanos, se niega la libertad de los trabajadores que se organicen de acuerdo con sus intereses, se establece la zozobra como sistema de gobierno y, detrás de todo ello, se autoriza el saqueo de nuestros recursos naturales, se agudiza la dominación imperialista y aumenta la explotación de nuestro pueblo para que se abulten los fantasmas del hambre de la
ignorancia, de la miseria y de la desocupación, que son las consecuencias de un orden social donde el hombre se deshumaniza y el pueblo se destruye. Cristianos y marxistas podemos trabajar hasta liquidar este estado de cosas. Los primeros tendrán la seguridad de seguridad de que no perderán el cielo para el que han nacido y los segundos habrán cumplido la misión que la historia les señala.
El señor Guillermo Lora, dirigente político de trayectoria jamás quebrada, desde su punto de vista, ha indicado que el mejor homenaje que se puede rendir a Carlos Marx no es recitar sus textos, sino hacer la revolución. Sin asumir actitudes presuntuosas considero que es el imperativo de la hora actual. Así lo exigen la realidad y la conciencia honesta. Pero hagamos una revolución adecuada a las condiciones reales del movimiento histórico de la nación; hagamos una revolución atendiendo las perspectivas, los objetivos e intereses de las clases sociales sometidas al mismo yugo. En este proceso revolucionario, con la misma firmeza que hemos demostrado en nuestra vida de ciudadanos responsables, comprometeremos nuestra decisión de forjar el poder de la clase obrera, que será el poder de los trabajadores y de todo el pueblo al que nos debemos.
A los ciento cincuenta años del nacimiento de Carlos Marx, en este país mediterráneamente insular, sometido y subdesarrollado hemos rendido nuestro homenaje al fundador del socialismo científico, al descubridor de la dialéctica como método de conocimiento, al inspirador de la acción transformadora de los hombres. A los ciento cincuenta años de su nacimiento la sociedad humana acrecienta su deuda para con él y ha creado las condiciones necesarias para que las masas trabajadoras transformen la sociedad en que viven. Este hecho es una realidad probada en todo instante y en cada lugar. El siglo XIX vio aparecer a Marx armado del poder de su crítica para enseñar a la humanidad los hasta entonces intocables misterios de la vida social, desmontando –hasta sus últimos elementos– los factores que condicionan la alienación religiosa, económica y política con que se despoja al hombre de su propia esencia.
El siglo XX lo recibe con el universo de sus ideas gravitantes para proyectarlo hacia el futuro como al creador de una nueva sociedad. El tiempo, en la medida en que prolonga su dirección sin retorno, está adquiriendo el peso de su nombre y el sentido de su obra. El siglo XIX vio a Marx en su presencia carnal y terrestre luchando contra todas las potencias de la vieja Europa; el siglo XX asimila su pensamiento convertido en invencible potencia cuando prende en las masas. El siglo XIX lo contempló criticando un mundo que no estaba a la medida del hombre y nuestro siglo vive con él construyendo un mundo para el reinado de la humanidad.
EL MARXISMO VIVIENTE
En la disertación del día jueves pasado, hemos planteado algunos aspectos, no todos, del pensamiento de Marx. En la charla de hoy, con el deseo de complementar la explicación pasada, expondré algunas consideraciones en torno al desarrollo del marxismo y acerca de las realizaciones sobresalientes de este sistema de ideas. De esta manera, la larga exposición que les he brindado hace dos días podrá ser comprendida en su amplitud necesaria, en su riqueza teórica y práctica; esto quiere decir que la exposición de hoy abarcará determinadas cuestiones de lo que propongo llamar “El marxismo viviente”.
Desde luego, y para que la aclaración sea completa, debo indicar que lo que llamamos hoy “marxismo” no se reduce a las ideas, conceptos y teorías elaboradas sólo por Carlos Marx, sino que comprende las contribuciones substanciales, por tanto inseparables, de Federico Engels, amigo fraternal y camarada de lucha del genio nacido en Tréveris el 5 de mayo de 1818 así como la actividad teórica y práctica de Lenin y de todos los continuadores de esta corriente del pensamiento humano que aparece como la única completa para nuestra época. Esclarecidos exponentes de la cultura avanzada de Europa y Asia, así como de nuestra América nueva, han volcado su esfuerzo creador al torrente incontenible de ideas y principios que juegan su papal de método para comprender la realidad y de instrumento de trans-formación de la naturaleza y de la sociedad. Por eso es que el distintivo del “marxismo viviente” tiene su fundamento activo y vivificante en una época de crisis, de profundas crisis de trans-formación, donde van unidos –dialécticamente– el derrumbe de los cimientos de una sociedad y el surgimiento de las bases de otra nueva, la disolución de los fundamentos ideológicos de un orden agónico y el fortalecimiento de una esperanza convertida en realidad.
Marx y Engels, fundadores del socialismo científico, y los continuadores de sus ideas en el doble e inseparable plano de la teoría y de la práctica, han formulado una concepción del mundo y de la situación del hombre en el mundo. Como toda concepción integral, el marxismo es el resultado de una época. Sus raíces han penetrado en el fondo mismo de la realidad que, en su movimiento –en sus cambios y desarrollo– no pierde su correspondencia, su unidad, con la manera en que se la estudia y transforma, es decir, el marxismo –cuya espina dorsal es la dialéctica– no se separa ni aísla de los desconcertantes cambios de la realidad; por el contrario, muchas veces, se adelanta a los mismos planteando las previsiones que necesita la humanidad para resolver sus propios problemas; por ésto es que el marxismo jamás será un sistema cerrado de ideas para que se transmita de generación en generación como si fuera un cuerpo de dogmas y consignas, sino que permanecerá como sistema vital del pensamiento humano y de la práctica social que palpita, se desarrolla, y se supera al través del movimiento propio de la naturaleza y de la sociedad. Las ideas y los conceptos, cuando no reflejan la realidad, degeneran, se anquilosan y mueren, pero aquellas ideas y conceptos que precisamente son abstraidos de la realidad reflejada en nuestro pensamiento, son las que han incorporado en su ser la extraordinaria fortaleza de su vigencia permanente, de su constante vitalidad renovada.
EL “MARXISMO CONGELADO”
Quienes piensan en un marxismo “congelado” se equivocan en la perspectiva de su apreciación, porque no toman en cuenta el rasgo fundamental del desarrollo: su aplicación en el estudio de la naturaleza y de la sociedad, de la materia y del espíritu; no toman en cuenta el progreso de las ciencias de la naturaleza y de la sociedad que, en última instancia, son las ciencias de la materia y del espíritu. Hoy en día no se puede ser un metafísico “puro”, en los términos en que pensaba Engels, cuando se trata de emplear un método con pretensiones científicas por el contrario, en el más recalcitrante de los idealistas, en el más dogmático de los creyentes, cuando se trata de
elaborar ciencia natural o ciencia social, del espíritu o de la cultura, o como quiera llamarse, ha de distinguirse siempre los ingredientes, aunque sean débiles o desordenados, de las concepciones dialécticas que, en el marxismo, tienen la virtud de ser abiertas, rotundas y sistemáticas.
Por otra parte, los adversarios profesionales del materialismo dialéctico, por mucho que cumplan su papel a cabalidad, no hacen otra cosa que manifestar la vitalidad de los principios y fundamentos que pretenden impugnar. Heráclito decía que la guerra es el padre de todas las cosas y el marxismo indica que todo cuanto hay en la naturaleza y en la sociedad está integrado de contrarios que luchan entra si. Desde este punto de vista, y sin ser absoluto, constituye una rotunda negación de todo relativismo. El pensamiento congelante de los que quieren “inmovilizar” el marxismo juega su papel de contrario en el movimiento contradictorio de todo desarrollo, o sea que, al suponer la “inmovilidad” del marxismo, están dando robustez al debate, a la polémica, a la lucha de ideas contrarias.
Por último, aquellos que persisten en la afirmación de que las ideas de Marx y de Engels, las ideas de Lenin y de todos los que han contribuido a su desarrollo, “se repiten dogmáticamente”, han perdido el sentido de lo que es el pensamiento humano. Una cosa es que las ideas de los clásicos del marxismo se citen y expliquen en las exposiciones teóricas y didácticas y otra, muy distinta, es desconocer sus grados de penetración en los diferentes aspectos con que se interpreta y transforma la realidad. En esto, precisamente, radica el marxismo viviente. No tiene nada de dogmático y su movimiento, por ser tal, disuelve todo pretendido congelamiento.
Las ciencias prueban esta afirmación en su desarrollo ininterrumpido; las artes expresan de modo fecundo la fuerza creadora de esta nueva concepción del mundo; la literatura –en sus innumerables variedades–refleja con fidelidad los fundamentos mismos de esta forma nueva de la conciencia de nuestra época, pero, detrás de todas las ciencias, de todas las artes y de la literatura, están los hombres, está la actividad
práctica de los hombres. Es ésta la que ha puesto a prueba la clásica tesis de Marx en sentido de que la filosofía no sólo debe ser una interpretación del mundo, sino –y ante todo– un medio para trans-formarlo. Y el marxismo, porque es activo y viviente, ayuda al hombre para que modifique la naturaleza en que vive y transforme la sociedad de la que forma parte, transformando al mismo hombre. Su carácter viviente está confirmado en cada uno de estos aspectos.
Ahora bien, para ingresar al tema propuesto hoy día, lo primero que debemos preguntarnos es acerca de la validez y vigencia de las ideas contenidas en el materialismo dialéctico y el materialismo histórico, que son los dos pilares en que descansa la concepción marxista del mundo.
El materialismo dialéctico ha verificado todos sus descubrimientos y previsiones en el desarrollo de las ciencias de la naturaleza y de las técnicas que han surgido en la historia de los hombres. El asombroso desarrollo de las ciencias físicas y químicas, los extraordinarios logros en la investigación de la materia viva, es decir la Biología, prueban con rotunda firmeza los principios en que se funda y ha descubierto esta parte del marxismo.
El hombre contemporáneo no sólo puede enorgullecerse del mayor conocimiento que tiene sobre la naturaleza, sino de algo más importante: haber adquirido un dominio certero de las leyes que están presentes en el infinito proceso de transformaciones y cambios que se operan en la materia. Los viejos adversarios del materialismo dialéctico han tenido que guardar sus armas porque en la contienda ideológica y filosófica que surge del estudio, interpretación y trans-formación de la naturaleza, las ideas del materialismo dialéctico hasta ahora no tienen rectificación. Cualquiera que sea la ciencia que motive un enfrentamiento del idealismo con el materialismo, este enfren-tamiento tendrá que ser medido a la luz de la práctica, de la acción concreta de la práctica; como criterio supremo con que los hombres pueden definir la verdad del conocimiento y el verdadero conocimiento.
En cuanto a la concepción materialista del desarrollo de la sociedad, o lo que es lo mismo, la interpretación materialista de la historia, el problema asume caracteres más directos que encierran un sentido universal para todos los hombres, para todas las naciones y pueblos. Por mucho que los ideólogos de la burguesía y de sus aliados, luchen por todos los medios para mantener un estado de cosas creado por la sociedad capitalista y los restos de formaciones sociales antiguas, no podrán detener el impulso vigoroso e incontenible de las fuerzas productivas, el cumplimiento de leyes objetivas y el empleo de categorías científicas con que los marxistas, es decir los revolucionarios, intervienen activamente en el desarrollo de la sociedad humana.
La vitalidad actual del marxismo no ha de ser examinada en relación a la intangibilidad de sus principios, sino a través de la aplicación práctica que ellos tienen; sólo de este modo es posible formular una crítica honesta sobre la honesta crítica que plantean científicos, técnicos, trabajadores, economistas, sociólogos, pedagogos, filósofos, políticos e historiadores que investigan la realidad material del mundo físico y social del hombre. El marxismo actúa a través de ellos. En este punto hay que poner especial reparo en esa afirmación de que son las ideas las que actúan por sí solas; por el contrario, ellas, sin el hombre, sin el sujeto que las piense y sin el agente que las lleve a la práctica, carecen de toda efectividad. Por esto es que el marxismo viviente ha de diferenciarse de todas las restantes filosofías que han surgido en nuestro tiempo.
Las fuerzas productivas y las relaciones de producción son condiciones inseparables del desarrollo de toda sociedad. Así como la materia, con su atributo que es el movimiento, tiene por condiciones imprescindibles de su existencia al tiempo y al espacio, así también las fuerzas y relaciones de producción son imprescindibles para los cambios sociales que, cuando son progresivos, señalan el movimiento en desarrollo de la historia humana. Ahora bien, el trabajador manual o intelectual, en cualesquiera de las divisiones especializadas del trabaja creador de una ciencia fundada en los principios marxistas, tiene la ventaja de reconocer los vínculos que unen estos aspectos; al identificarlos al
reflejar los en su pensamiento, los convierte en medios de conocimiento y transformación de su realidad social histórica.
Las leyes objetivas que están presentes en el desarrollo histórico de la sociedad humana, de cualquier sociedad de la que trate la ciencia o la actividad política de los hombres, se cumplen de modo inevitable; pero, tener conciencia de su vigencia, tener un conocimiento gradual-mente más profundo de las mismas y poder utilizarlas en la medida en que la sociedad lo exija, es cosa completamente distinta. Para los marxistas no es suficiente reconocer la existencia de leyes objetivas que se cumplen en el proceso de la historia y en la transformación de la sociedad, sino que es imperioso conocerlas para que se las utilice en la realización de los cambios preparados, previstos y esperados. Este aspecto constituye un hecho nuevo en el proceso de la historia, porque muestra la actividad consciente de los hombres para construir su destino, que, en términos precisos, significa crear las condiciones en que debe manifestarse la libertad real y concreta del ser humano.
PROGRESO DE LA VERDAD
El materialismo histórico al convertir el desarrollo de la sociedad, es decir la historia, en una ciencia, no cae en el esquematismo de reducirse a fijar las leyes generales de este proceso, sino que llega a precisiones cada vez más concretas y exactas cuando descubre la aparición y desaparición de otras leyes de carácter específico, cuya vigencia depende de los modos de producción, de las distintas fases por las que atraviesa un mismo modo de producción. Este es el aspecto más rico, más fecundo, de la concepción científica de la sociedad y de su historia, porque así demuestra en la prueba de la práctica la justeza de cada una de sus previsiones.
Por último, el conocimiento de la sociedad y su desarrollo progresivo, para el marxismo, no es fruto del azar, de la iluminación o de la mística de un irracionalismo intuitivo; por el contrario, es conocimiento razonado fundado en la teoría del reflejo y ha de construirse progresiva-mente, sobre la base de categorías que abstrae el hombre de ciencia
en contacto directo con la sociedad en que vive, estudia, analiza y transforma. Así, el carácter científico y viviente del marxismo se muestra como la forma más elevada de la práctica, se manifiesta como la expresión más completa del progreso de la verdad científica.
El materialismo histórico adquiere una confirmación precisa y global en todas y cada una de sus previsiones científicas. Los grandes cambios de la historia contemporánea están previstos en el contenido mismo del materialismo histórico. La gran Revolución Socialista del pueblo ruso de 1917, hoy día asimilada al patrimonio común de la humanidad y convertida en fuente de experiencias para las transformaciones del mundo social, la aparición del fascismo como fenómeno histórico, las guerras interimperialistas provocadas por las fuerzas regresivas del capitalismo, la revolución del pueblo chino, la aparición de los estados socialistas incluyendo Cuba, constituyen jalones del progreso social en los cuales ha intervenido la conciencia histórica de los revolucionarios que han guiado su pensamiento y su acción siguiendo el camino abierto por Marx y Engels, adaptado a las nuevas condiciones imperantes por el genio vigoroso de Lenin, quien ha pasado a la historia como un titán legendario que sepultará a la sociedad burguesa y a su forma degenerada presentes en el período imperialista.
La concepción dialéctica de la historia y el cumplimiento riguroso de la ley de la negación, establecida con genial maestría por el fundador del materialismo histórico, ley que resume en su impresionante cumpli-miento las leyes de la unidad y lucha de contrarios y la de los cambios de cantidad y calidad, son las bases incesantemente fortalecidas que sostienen la vigencia de la lucha de clases, las facetas variables que aparecen en la destrucción revolucionaria del orden burgués y las modalidades: propias de la dictadura del proletariado, ajustada a las condiciones reales que imperan en cada país.
Decimos que la justeza de las previsiones del materialismo histórico asume caracteres directos y universales, porque todos los cambios que se operan en la estructura económica, social, cultural y política de la sociedad actual, afectan a todos los pueblos y naciones, a todos los
hombres y clases sociales, porque, en primer lugar, como leyes objetivas que son, se cumplen con independencia de los deseos y preferencias subjetivas, y, en segundo lugar, son leyes que ha llegado a conocer y dominar el hombre que, considerado históricamente incorpora en su ser la categoría del revolucionario, transformándose en elemento conciente de la destrucción del sistema capitalista y la construcción del socialismo. Es en este sentido cómo el materialismo histórico consolida su posición militante para enfrentar y superar los problemas de nuestra época, problemas que traducen las contradic-ciones actuales de la sociedad humana.
El marxismo no forma ilusos, contempladores o neutrales ante las cuestiones económicas, sociales o políticas de nuestro tiempo; lo que hace es forjar un tipo de hombre nuevo, templado para la lucha total, sea ésta material o ideológica, democrática o violentar, pacífica o armada. Por ésto es que el marxista puede luchar, y debe hacerlo, en cualesquiera de los campos que señalan las condiciones en que viven los pueblos.
El materialismo histórico ha mostrado su vigor desde el momento en que, como conciencia de una época y de una clase nueva de hombres, ha sido capaz de asumir su papel rector en la vida de la sociedad. Como ideología del proletariado, clase social y categoría histórica que incluye a obreros, técnicos y científicos, cumple su papel eminente en las victorias de los trabajadores levantando el pensamiento humano hasta colocarlo por encima de la dominación de las ideas burguesas. Hoy en día ya no puede decirse que las ideas dominantes son las de la burguesía; con extraordinaria fuerza y capacidad creadora, aún en el seno propio de la sociedad burguesa, el marxismo despliega sus banderas de triunfo frente a todas las formas ideológicas decadentes y negativas.
EL HOMBRE Y LOS TRES HUMANISMOS
Sí hay algo que caracteriza al marxismo de nuestros días como filosofía científica, es la realización del hombre nuevo.
Asistimos a la aparición y creación del humanismo proletario forjado en las duras luchas de la clase obrera, en los triunfos de los trabajadores, en la dictadura del proletariado, en la construcción del socialismo y en la derrota cotidiana de las fuerzas materiales y espirituales del capitalismo. El humanismo proletario al haber surgido de la explotación del hombre por el hombre, está creando las condiciones materiales y espirituales para que termine esa etapa propia de la prehistoria de la humanidad. En todo este humanismo está desplegado el inmenso valor del hombre para que sus atributos vuelvan a él, se restituyan en la integración total de la persona y “el hombre sea el mundo del hombre”, eliminando toda alienación posible en la religión, en la política, en la moral y en la economía.
¿Qué es este humanismo proletario, que Marx llamaba “humanismo real”? Hay que distinguirlo ante todo, del humanismo burgués y del humanismo cristiano. Tiene sus características bien definidas y que, por esta razón, se diferencia de las otras corrientes que están en boga. Para la burguesía, en lo que tiene todavía de humano, el hombre es un valor por si mismo, pero un valor sujeto a las condiciones que determinan las relaciones de explotación y que son tan propias tan consubstanciales, de la sociedad capitalista. Todo lo que quieren los humanistas burgueses, es “humanizar” la propia explotación pero jamás se han planteado, ni se plantearán la supresión de la explotación misma. Desean que el obrero ya no sea explotado inhumanamente sino humanamente; exigen que el proletariado adquiera derechos y libertades cada vez más concretos, pero que en toda su concreción no lleguen a alterar el “orden legal” de una sociedad de explotadores; demandan la liquidación del analfabetismo de las enfermedades, del hambre y de la pobreza, como fundamento para corregir ciertos defectos y taras de una sociedad, según ellos “desigual”; pero, el analfabetismo y las enfermedades, el hambre y la pobreza, para ser
liquidados deben –según los humanistas burgueses– rendir más frutos lucrativos a quienes pueden invertir su dinero y su ciencia en tal empresa. De este modo, el humanismo burgués no es una actitud piadosa, ni sentimental, sino que expresa el resultado de todo un cálculo frío, inhumano y descarnado de la ley de mayor ganancia; por esto es que en la actitud más sincera, más positiva y limpia del humanismo burgués, siempre encontraremos el interés oculto de mantener un sistema de explotación, de reforzar aún más las cadenas con que se oprime a los hombres y a los pueblos.
El humanismo cristiano, por su parte, representa otra perspectiva. Aunque no se trata de volver por los caminos del cristianismo primitivo, época en que al hombre se le exigía un total rompimiento con el mundo material simbolizado en la tentación y en el pecado, el humanismo cristiano de nuestro tiempo plantea un repudio al orden social fundado en la propiedad privada y en la explotación. Sus fundamentos teológicos se han vuelto un tanto más terrenales; ya no se trata de buscar en la muerte los caminos que nos conducirán al cielo, sino de encontrar en la vida el cauce que nos lleva a la justicia social. Pocos militantes del cristianismo han llegado a comprender la nueva exigencia de este milenario sistema de ideas y creencias; por esto es que será, todavía para muchos, incomprensible la figura de un Camilo Torres, alzado en armas, movido por su fe y combatiente ejemplar en las luchas por la liberación nacional, libradas en los Andes colombianos. Este humanismo no ha decantado suficientemente sus elementos integrantes. Por una parte está el amor difuso a una humanidad caída por otra, está presente una fe de justificación inmortal y, por último, uno emoción, un sentimentalismo, que ennoblece la base inextinguible de la piedad humana.
El humanismo proletario, formulado por Marx, desarrollado y en vías de realización por las fuerzas revolucionarias y los países socialistas del mundo contemporáneo, a diferencia de los dos humanismos comentados, se funda en una concepción científica de la vida. Ya no se trata de recoger la imagen de un mundo deformado ni de corregirlo con actitudes propias del fariseísmo burgués, sino de transformarlo
radicalmente, desde los cimientos hasta su cúspide. Tampoco se trata de buscar el punto intermedio entre la creencia ultraterrena y la piedad terrestre, sino de encontrar en el hombre la raíz y la culminación del mismo hombre. Por esto es que, a diferencia del humanismo burgués y del humanismo cristiano, el humanismo marxista o proletario funda su efectividad concreta en el papel consciente del hombre socialmente organizado para construir su historia superar sus contradicciones, eliminar la lucha de clases a través de las propias clases en lucha, suprimir la propiedad privada sobre las fuentes y medios de producción mediante la propiedad común de los mismos, eliminar la explotación humana utilizando la emancipación del proletariado que al liberarse de la explotación capitalista, libera a la sociedad de toda explotación del hombre por el hombre y que, por último, restituya la libertad del hombre rescatándolo de toda alienación posible, de todo poder que lo subyugue.
Es un humanismo que deja atrás, como una sombra inmóvil y pesarosa el afán contemplativo y plantea, como tarea del presente y del futuro, la actividad conciente y práctica de los hombres. Por esto es que el hombre que forma el marxismo será siempre un ser concientemente activo; para decirlo mejor, será siempre un combatiente y un constructor, combatiente para abatir un sistema donde el hombre pierde su esencia y constructor de un mundo donde el hombre se encuentra así mismo.
El marxismo es el sistema de ideas que se supera a sí mismo. La unidad dialéctica de problemas y soluciones, de planteamientos teóricos y actividad práctica, es inseparable del desarrollo de la sociedad y del hombre. Por esto es que el humanismo proletario, forma concreta en que se manifiesta el pensamiento creador, inicia una nueva época en la vida social de nuestro tiempo.
EL “MUNDO LIBRE”
Los decantados “valores” de la llamada “cultura occidental” ya no pueden sostenerse como vigentes para guiar la marcha de la humanidad. Mientras los círculos reaccionarios de la sociedad capitalista difunden sistemáticamente la ideología de opresión de una nación por otra, la explotación del hombre por el hombre, la injusticia elevada al rango desvergonzado de leyes jurídicas, la mentira para esconder los fundamentos de su guerra de agresión en Vietnam o en otros lugares del mundo, el humanismo proletario responde en el terreno de los hechos al reto de una sociedad decadente que, a tiempo de ser superada por otra, levanta las amenazas de la violencia y de la guerra, de la opresión y de la dictadura de la arbitrariedad y de la fuerza. En tanto que los llamados valores de la sociedad del “mundo libre” se manifiestan en el hambre, en el bloqueo, en la miseria, en el saqueo de la naciones y en la extorsión de los países sometidos, para proteger y avivar la voracidad explotadora de los monopolios capitalistas, el humanismo proletario constituido en fuerza ideológica dominante de los países socialistas y de las fuerzas populares y revolucionarias que luchan en el mundo entero, se manifiesta con vigor incontenible para destruir este cuadro de horror moral y de terror económico, pintado con los “valores” del llamado mundo libre. En este ámbito de horrendas alienaciones de la conciencia y la vida política de los países capitalistas, prácticamente, se ha negado la existencia de los valores humanos, se los ha adulterado hasta hacerlos irreconocibles; por esto es que en los países encandilados por la vacilante llama de la “cultura occidental”, se abre el hondo abismo donde arde el fuego de la explotación, de la crueldad, de la miseria, de la ignorancia donde los valores humanos se han convertido en inhumanos. La época contem-poránea no necesita de un nuevo Dante para describir el eterno fuego de un infierno imaginario porque, cada hombre honesto y veráz puede mostrarnos el tipo de existencia que se desarrolla en la sociedad capitalista.
Ayer fue el fascismo ruidoso y criminal de Alemania hitleriana y de una Italia oscurecida; hoy es el racismo estremecido y psicopático de los círculos dirigentes de los Estados Unidos, el pentagonismo armado e histérico de la maquinaria militar de los monopolios norteamericanos, la regimentación policíaca de las llamadas “libre empresa”; hoy nos encontramos en un mundo también “libre” peno engrilletado por el terror para resolver sus problemas políticos, es decir los problemas de la sociedad y de la economía capitalista. Este es un “mundo libre” que pretende elevarse, a través de la propaganda y de su literatura comercializada, al nivel de un evangelio donde actúan los asesinos y los gansters, los mismos que eliminaron a Luther King y a los hermanos Kennedy. En un mundo libre, con libertad para explotar, libertad para oprimir a los pueblos, libertad para saquear los recursos naturales, libertad para decretar la muerte por hambre, por ignorancia, por enfermedad, hay tanta libertad que con ella y en nombre de ella se destruyen las más elementales libertades humanas y los consecuentes derechos democráticos.
Semejante contradicción entre la libertad declamada y la libertad encadenada ha sido resuelta en los límites móviles del progreso humano, a través de la construcción del socialismo y la vigencia del humanismo proletario, porque se ha roto el eslabón más fuerte con que se oprime a los hombres y al pueblo: la explotación capitalista. Roto el hierro ha escapado el espíritu que le daba fuerza; se ha quebrado la estructura de la propiedad privada sobre los medios de producción y han volado las siniestras aves negras de la alienación humana.
En la construcción del socialismo, en la lucha renovada y tenáz del movimiento obrero internacional, en las victorias del proceso de liberación nacional, el humanismo proletario está forjando sus nuevos valores. La solidaridad internacional no es un enunciado; sino el principio activo de la unidad con que se manifiesta esta etapa de la revolución mundial en que vivimos. La cooperación, la amistad, la asistencia técnica y cultural entre los pueblos del socialismo y de estos con los países liberados o que están en pleno proceso de lucha, han
dejado de ser instrumentos de sujeción, chantaje y explotación. Los hombres en todas partes del mundo, allí donde se construye el socialismo o más allá, en las tierras quemadas por el fuego destructor de los bombardeos imperialistas, o más aquí en los territorios de Asia, África y América Latina, están dando forma y un nuevo sentido al espíritu colectivo. Los héroes nacen del sacrificio y del trabajo; el patriotismo es un valor que lanza nuevos resplandores en la tempestad revolucionaria, la cooperación y la solidaridad son formas más avanzadas con que activan los hombres su lucha unitaria. En todo este vasto proceso está presente la fuerza vivificante del marxismo.
LA REVOLUCION DE LOS PUEBLOS
La segunda pregunta que debemos hacernos es la relativa al desarrollo de las fuerzas revolucionarias. En el mundo en que vivimos la voz cantante del coro que acompaña a la historia ya no la llevan el capitalismo y sus fuerzas agresivas refugiadas en la fortaleza militar del imperialismo. Las cosas han cambiado tanto que los problemas generales de la sociedad actual tienen que ser estudiados, objetiva-mente en función de dos caminos: el del socialismo y del capitalismo. Este segundo camino se ha perdido en las brumas de un pasado esplendoroso y, hoy día ya no puede ofrecer las soluciones que busca el hombre, que buscan los pueblos en los cuatro puntos cardinales.
Sobre les bases científicas del marxismo está cimentándose una sociedad humana de nuevo tipo. Es la primera experiencia que tiene el hombre para construir su propio destino y es la realización más nueva de los anhelos e ideales más antiguos. Se está construyendo el socialismo y, de esta construcción surgirá la base material de la sociedad comunista. En la historia nada sucede al acaso, al azar. No se construye el socialismo porque los rusos, o los chinos, o los cubanos hubieran decidido hacer un buen día semejante experimento. No junto a los partidos políticos dirigentes de esos países y de los otros que marchan por el mismo camino están sus pueblos. Hoy en día la revolución y la construcción del socialismo tienen que ser considerados
como una obra total de los pueblos. Y pueden culminar su tarea, su misión histórica, porque las bases sobre las cuales construyen este nuevo modo de vida, son las bases científicas que ha descubierto el fundador Carlos Marx.
El marxismo no sólo se impone como una filosofía de transformación efectiva del mundo y de la sociedad en los pueblos que construyen el socialismo, sino que se enriquece y desarrolla en la medida en que esta experiencia se asienta, se perfecciona y avanza. A esta altura del siglo XX el sistema de estados socialistas constituye el núcleo funda-mental que mueve la marcha de la historia. Descubrir, en el humanismo proletario el imperativo histórico de luchar por la paz mundial, es cuidar el fondo de reservas inagotables de la lucha mundial, de la revolución. Los países socialistas juegan su papel de vanguardia en esta empresa de extraordinaria responsabilidad para salvar los intereses presentes y futuros de la humanidad. Por esto, cuando nos preguntamos acerca del marxismo militante en el desgarrono de las fuerzas revolucionarias, consideramos –en primer lugar– que este desarrollo se cumple de manera ininterrumpida en el conjunto de triunfos y aciertos de la construcción socialista o en la corrección de inevitables y posibles errores.
LAS MASAS RECORREN SU CAMINO
La vitalidad del marxismo ha prendido con fuerza creadora en las masas populares que luchan contra los monopolios privados y contra el capitalismo monopolista generalizado en los países de alto desarrollo industrial, es decir en los países altamente industrializados. La clase obrera de esos países que hoy día inquietan al mundo, el mundo del siglo XX que anuncia la caída de una nueva Bastilla, es la que motoriza esta lucha de millones y millones de hombres que han decidido erguir la mirada por encima de su horizonte de opresión, Es una ola revolucionaria que con el impulso del pensamiento de Marx ha sepultado para siempre el rostro macilento de los contempladores y conformistas.
La lucha de la clase obrera de los países capitalistas altamente desarrollados, marca el paso de una nueva etapa de tensiones revolucionarias. Esta lucha es inseparable del movimiento ideológico marxista. Allí donde se establecen batallas para arrancar conquistas de la empresa privada está presente la lucha de clases, en su cruda desnudez, señalada por Marx; allí donde la lucha se establece para derrotar al capitalismo monopolista de estado, los objetivos no se reducen a librar una guerra de clase contra la burguesía, sino contra la esencia misma del estado monopolista que ha unido el poder del capital financiero con el poder coercitivo de la maquinaria burocrática y militar. Este es el caso ostensible del poderoso movimiento de masas de Europa Occidental. Los trabajadores franceses, españoles, italianos, ingleses, marchan por ese camino sin desviar la atención de sus intereses y en cumplimiento de sus objetivos. Por mucho que este enérgico despertar de las masas oprimidas se manifieste con punzante fuerza a través de las organizaciones juveniles de Alemania, de Italia, o de Francia, el marxismo no pierde su carácter viviente, porque este proceso insurreccional de las nuevas generaciones está inserto en un proceso más vasto del desarrollo de la lucha de clases, dentro del cual actúan las clases sociales oprimidas y consientes. El propio movimiento revolucionario de las masas negras de los Estados Unidos tiene que ser analizado a la luz de las relaciones anónimas y brutales de la explotación humana. En la conciencia de todos los que luchan por superar las actuales condiciones de vida, está presente el esplendor de las ideas, de los principios, de los métodos y de los objetivos que iluminan el camino hacia el socialismo.
Las fuerzas de la clase obrera combatientes y esclarecidas, se convierte cada día en los portavoces ejecutivos de las leyes explicadas por al pensamiento de Marx y sus continuadores para estudiar y derrocar el poder de las clases dominantes. Marx ha descubierto una luz en el camino pero son las masas trabajadoras las que recorren ese camino. Habrán cubierto su etapa final cuando su victoria sea completa.
LA REVOLUCIÓN COMPLETA
Las fuerzas revolucionarias del mundo actual, las fuerzas que están moviendo el desarrollo de la historia no se reducen a los pueblos que construyen el socialismo y a las masas trabajadores de los países desarrollados, sino que se amplían, se complementan y fortalecen en una proporción jamás igualada con el movimiento nacional liberador de los pueblos oprimidos. Es de ellos de donde surge el mayor empuje, la mayor decisión y, por tanto, la mayor importancia para apurar los funerales de la burguesía mundial y enterrar el poderío imperialista.
Los pueblos oprimidos de tres continentes, en su movimiento de liberación nacional, han recogido la experiencia de toda una época histórica. Su lucha abarca todos los frentes y su movimiento histórico es una revolución completa.
El Secretario General del Partido de los trabajadores del Vietnam, con motivo de celebrar el cincuentenario de la Revolución Socialista de Octubre, ha escrito un artículo de gran importancia por sus aportes teóricos y que se relacionan con el aspecto que estamos comentando. Este dirigente político indica que la revolución nacional liberadora abarca tres aspectos: Revolución en las relaciones de producción, revolución técnica y Revolución cultural e ideológica. La experiencia extraída de las luchas de su pueblo son susceptibles de generalizarse a todos los países que estén en el proceso nacional liberador porque, de modo evidente, cuando los pueblos se enfrentan a la opresión extranjera y a las clases sociales aliadas del poder imperialista que explotan y sojuzgan, está planteada la revolución en las relaciones de producción. Hay que expropiar a las empresas extranjeras de todos los medios y fuentes de producción, hay que redistribuir la tierra y la riqueza social producida por los trabajadores. La sociedad surgida del proceso nacional liberador, forzosamente tendrá una nueva estructura económica y esta, inevitablemente expresa la necesidad de cambiar revolucionariamente las relaciones de producción que existían con anterioridad. Por otra parte, un país liberado no puede conservar, ni debe hacerlo las viejas técnicas de producción, porque esto representa
para él un riesgo excesivamente caro y fatal que le impida, en todo instante, emprender el camino de su industrialización. Junto a la revolución de las relaciones de producción está la revolución técnica para impulsar el proceso productivo y crear, de este modo, las bases de una economía independiente que constituyen, en el fondo, el rasgo específico de un país liberado que afirma sus derechos a la auto-determinación nacional.
En este proceso integral de la revolución emergente de la lucha nacional liberadora, es absolutamente importante el surgimiento de una revolución ideológica y cultural que, según los propios términos del dirigente político citado:
“tiende, por una parte, a servir la revolución en las relaciones de producción y en la revolución técnica y, por otro lado, a formar hombres nuevos, dotados de las más elevadas virtudes revolu-cionarias, de las mejores capacidades de producción, de un nivel científico y técnico superior, con una vida cultural y espiritual rica y sana; hombres capaces de continuar y de desarrollar las valiosas tradiciones nacionales y también de eliminar los aspectos negativos heredados del régimen de la pequeña producción y de la sociedad feudal y colonia”.
El proceso de la lucha nacional liberadora expresa los problemas aparentemente más abstractos de la filosofía marxista; por ejemplo, la alienación, ese despojo de la esencia humana que se da de manera total y concreta en la alienación de los pueblos sometidos y depen-dientes. Ellos no valen como unidades históricas dotadas de libertad y soberanía, sino como fragmentos de la economía del saqueo, del despojo, de la enajenación de recursos naturales, de sus materias primas y del fruto del trabajo de sus propios hijos. En ellos sí que se cumple, de manera fatal, aquella conclusión científica de Marx en sentido de que cuanto más produce el obrero, más se empobrece, más se debilita, en tanto que el mundo creado por él se hace más poderoso. ¿Acaso no es esta una verdad que podemos referirla a la vida de pueblos sometidos como el nuestro? ¿Cuanto más estaño produce el pueblo boliviano, cuanto más petróleo acapara la GULF, cuanto más oro se entrega a los explotadores, cuanto más dólares salen del miserable ingreso nacional, a través del comercio mono-polista de los Estados Unidos, acaso nuestro país no se hace más pobre, acaso no se hace más miserable, más débil y más dependiente frente al sistema imperialista? Esta es una pregunta básica que debemos plantear a quienes condenan el marxismo como método de interpretación de la realidad. Este es sólo un ejemplo de los muchísimos que podemos presentar en esta disertación y que afectan tanto al orden económico y social, como al orden político y cultural.
LA LUCHA NACIONAL LIBERADORA
En el movimiento nacional liberador de los pueblos sometidos está presente la lucha de clases. Si bien el enemigo fundamental es el imperialismo, y para Bolivia el imperialismo norteamericano, a este enemigo hay que derrotarlo junto a todos sus aliados. Y sus aliados, sus socios de explotación del país y del pueblo, son las clases sociales que retienen el poder político y económico de la Nación. Por ésto es que en todos los pueblos donde se ha desatado la lucha nacional liberadora, la causa es común a todos los explotados, pertenece a todos los humildes, a todos los despojados de libertad y riqueza, de bien estar y seguridad, es la lucha de todo el pueblo contra todos los explotadores que reparten su cuota de ganancias cuando parten dividendos con los imperialistas. En esta lucha los trabajadores Ocupan su lugar de vanguardia para derrocar a la gran burguesía, a la burguesía transaccionista, parasitaria y burocrática, para destruir al latifundismo y las oligarquías que, como aliados del imperialismo, han usurpado la suerte del pueblo para fijar la suerte de explotación, de miseria y atraso. En esta concepción de la lucha política y social del movimiento nacional liberador, está vivo el pensamiento de Marx.
Los pueblos oprimidos, coloniales y semicoloniales, cuando levantan sus banderas de lucha nacional liberadora, levantan banderas revolucionarias. Marx ya dijo que la revolución se presenta y plantea sus propias posibilidades cuando las contradicciones entre fuerzas de producción y relacionas de producción son insostenibles; es decir, cuando las relaciones de producción se convierten en una traba para el desarrollo de las fuerzas productivas; ahora bien, la situación revolucionaria se ha generalizado para el levantamiento de los pueblos sometidos, se ha presentado a través de esa y muchas de otras contradicciones fundamentales. Nosotros, como bolivianos, debemos examinar con seriedad, con responsabilidad, este aspecto.
Las relaciones de producción para un país subdesarrollado y oprimido por el imperialismo son las relaciones de explotación, de sometimiento y saqueo que imponen los consorcios del capital financiero. En el caso de nuestro país, el pueblo boliviano no es dueño de las riquezas producidas por su trabajo; la situación de dependencia de nuestra economía determina que Bolivia se someta cada vez más a la dominación norteamericana abriendo, de este modo, las anchas puertas para una mayor colonización del país. Las clases gobernantes y las camarillas de turno, sean estas civiles o militares, que sirven los intereses del poder imperialista y de sus aliados, son las responsables de esta situación. Como consecuencia inmediata de la dependencia de nuestra economía aparece el proceso concreto e innegable de las destrucción de la soberanía y de la independencia nacionales. Tenemos una soberanía y una independencia con validez verbal y declarativa, muy propia para utilizarla en discursos y mensajes de un gobierno que ha perdido su calidad nacional e independiente. Para resolver esta contradicción fundamental del siglo XX entre países sometidos y metrópolis imperialistas, todo el planteamiento de la lucha nacional liberadora establece con claridad meridiana la necesidad de desarrollar las fuerzas productivas que debe expresarse en el aumento de las masas trabajadoras, su preparación cultural y técnica y la implantación de nuevos métodos productivos basados en la mecanización de la agricultura y de las industrias que deben ser sometidas a las regulaciones
de una economía planificada. Paralela a esta transformación revolucionaria para sacar a los pueblos de su atraso semicolonial se impone la decisión firme y unitaria de los pueblos de cambiar las relaciones de producción; esto es, de destruir las relaciones de propiedad de las compañías extranjeras y de los monopolios imperialistas sobre las fuentes de producción y los medios con que se materializa la misma. La experiencia nos ha enseñado que no es suficiente emprender transformaciones limitadas, vacilantes y conciliadoras, porque aún cambiando las relaciones de producción, como en el caso de la nacionalización de las minas, el país todavía permanece atrapado en las tenazas de los consorcios extranjeros y del capitalismo monopolista de estado de los países de ultramar; del mismo modo, la anunciada instalación de los hornos de fundición no constituye el paso definitivo de la liberación económica del país porque, aún así, el pueblo y el producto de su trabajo, estarán todavía dependiendo de la dictadura del capital internacional. De lo que se trata es de cambiar todo un status histórico determinado, el status de la dependencia, de la explotación y del sometimiento y para lograr este fin se impone, como necesidad ineludible el paso necesario de quebrar todo el sistema imperialista saliendo de su coyunda.
Los pueblos subdesarrollados, dependientes y sojuzgados, cuando levantan su bandera revolucionaria de liberación nacional apuntan hacia el objetivo de quebrantar la ley del máximo beneficio, de la acumulación del capital y de la desigual distribución de la riqueza que son leyes fundamentales para la pervivencia del capitalismo como sistema y del imperialismo como última fase deeste sistema. Rompiendo esas leyes los pueblos sometidos, al lograr su independencia nacional retienen la plusvalía global de la producción forjada por el trabajo de sus hijos y pueden repartirla, racional y científicamente, de acuerdo a la ley de la economía socialista que emerge dé la necesidad de satisfacer los intereses crecientes de los pueblos. Estos objetivos se resumen en un sólo principio teórico y práctico: destruir revoluciona-riamente las fuerzas y relaciones de la producción imperialista en el seno de cada país liberado. En esta previsión está presente y luminoso el pensamiento de Carlos Marx.
Por estas consideraciones afirmamos que las fuerzas revolucionarias fortalecen su unidad en su desarrollo conjunto: ellas están constituí-das, en primer lugar por los pueblos que constituyen el socialismo siguiendo uno u otro camino, según las peculiares condiciones de cada uno de ellos; luego, la clase obrera de los países altamente desarrollados que, con sus luchas tenaces y firmes, han abierto una perspectiva para cambios sociales profundos en el continente europeo y, por último, las masas incorporadas al movimiento nacional liberador. De estos tres factores que integran la base humana para el avance histórico del marxismo como ideología militante, como filosofía de transformación de la naturaleza y de la sociedad como sistema de ideas que utiliza la ciencia, el primero, la construcción del socialismo es el decisivo e importante. Sin contar con esta base, por mucho que hubiera aparecido una grieta en el espejo cuando se valoran las divergencias del mundo socialista, la lucha de la clase obrera y los triunfos de la lucha nacional liberadora no tendrían la perspectiva de una victoria definitiva. Es sobre la base del socialismo como sistema mundial, que so puede construir un mundo superior a cuantas maravillas hubieran podido darnos las sociedades antagónicas del pasado y la burguesía que siglos atrás, ha mostrado su innegable poder creador que hoy día se ha convertido en poder opresivo.
LA GUERRA Y LA PAZ
Todavía hay algo más que quiero decir en esta ocasión y es que el marxismo, como sistema de ideas actuantes en la vida de nuestro tiempo, es una filosofía que puede devolver a los hombres y a los pueblos una fe en su porvenir terreno y práctico, esta fe es inseparable de la fe en la vida, en la paz, como fuente inextinguible de las creaciones futuras de la sociedad.
Ante los triunfos cada vez más decisivos de las fuerzas populares y de los pueblos que han escogido el camino de su independencia, se alza la amenaza brutal del exterminio humano a través de una guerra total.
Pero la guerra es un fenómeno propio de las sociedades antagónicas y se ha desarrollado más allá de todo límite del horror en la sociedad capitalista; es el riesgo permanente que padecen los hombres mientras prevalece el sistema del saqueo y opresión de los pueblos y de las naciones. Hoy en día aun que el riesgo está presente y la amenaza es real, la humanidad puede evitar este peligro y alejarse del borde del abismo guerrero, porque el poderío militar imperialista, convertido en el instrumento de coacción, chantaje y agresión al servicio de los monopolios, no es tan poderoso como para que decida desencadenar la guerra total sin contar con los riesgos de su desaparición también total. En la actualidad la capacidad moral y humana del poderío militar y armado del sistema socialista y la unidad de las fuerzas progresivas y revolucionarias, son tanto o más fuertes que la propia fortaleza de los propios imperialistas; por ésto es que la humanidad ha planteado su objetivo primordial: la lucha por la paz. Este objetivo no sólo es un anhelo, no es sólo él bien material y espiritual que ansian los pueblos, sino la expresión concreta de lo que puede lograr la humanidad de nuestro tiempo. Y en el planteamiento de esta lucha también está presente y viva la previsión de Marx, cuando sostiene que la sociedad se plantea sólo aquellos problemas que pueda resolver porque, según las formulaciones del fundador del socialismo científico en las condiciones del momento en que aparecen esos problemas, ya están dadas las condiciones para su solución. Asimilando este pensamiento de Carlos Marx, la guerra es un problema humano y la paz es el objetivo de todos los pueblos, pero las condiciones actuales ya permiten alcanzar su solución, es decir, están dadas las condiciones para derrotar la política de guerra y detener la deflagración de la misma. La construcción victoriosa del socialismo, la unidad activa del movimiento obrero internacional, la lucha solidaria por la liberación nacional son factores decisivos para inmovilizar las manos agresoras. Las manos del imperialismo están atadas por el poderío creciente de estas fuerzas que cambiarán la faz del planeta sepultando el sistema en el cual se engendran las guerras de agresión que benefician y beneficiaron los periódicos repartos del mundo en favor de los consorcios.
Una cosa es la lucha por la paz y la coexistencia pacífica para suprimir la guerra como método que define conflictos de convivencia inter-nacional y, otra, muy distinta, es la conciliación ideológica, el apacigua-miento de la lucha de clases y la capitulación del movimiento nacional liberador. No puede haber apaciguamiento ideológico desde el momento en que la burguesía asume su papel opresivo y destructor, desde el momento en que la sociedad está escindida en dos clases sociales opuestas y antagónicas. Partiendo de este punto de vista y experimentando la violencia agresiva de las clases explotadoras y de sus fuerzas opresivas, la lucha ideológica se impone, se aviva y se agudiza en todos los niveles de la vida humana. El deber de los trabajadores y de todos los revolucionarios es incentivar aún más la batalla ideológica, elevándola de grado en grado hasta llegar a formas superiores mediante las cuales tenga que ser arrebatado el poder reaccionario de los explotadores. Esta batalla ideológica, para los pueblos sometidos y dependientes como el nuestro, se centra en la defensa de las libertades públicas, en la lucha por el imperio de los derechos democráticos, en la difusión de las ideas progresistas y en la batalla frontal contra todas las desviaciones claudicadoras de derecha y provocadoras de los aventureros.
Por otra parte, no puede vincularse la lucha por la paz y la coexistencia pacífica con un supuesto y falso apaciguamiento de la lucha de clases. La burguesía tiene sus intereses, sus objetivos, que se materializan en los propósitos y fines de prolongar el sistema de explotación capitalista agudizando las condiciones de mayor despojo a la sociedad; del mismo modo, la clase obrera y los trabajadores en general tienen el objetivo común de sepultar este sistema, tomar el poder y construir un sistema de vida que constituya la base de la liberación humana; en este sentido, la lucha de clases tiene que recurrir a todas las formas previsibles e imprevistas, en la medida en que se desarrolle el proceso del derrocamiento de la burguesía. Condenar la lucha por la paz acudiendo al expediente de la falsificación de objetivos señalados por el movimiento revolucionario mundial, es condenar el pensamiento de Marx y pecar de ilusos innovadores que, en el fondo, aparecen en el desarrollo ideológico como auténticos revisionistas.
Los objetivos de la paz mundial no están en contradicción con la lucha nacional liberadora; por el contrario, son partes inseparables de la historia que se está desarrollando en él siglo XX. La lucha de liberación nacional es la respuesta de los pueblos oprimidos y que ha sido determinada por laagudización opresiva y explotadora del imperialismo. Ningún pueblo sometido habría escogido este camino si el imperialismo hubiera respetado la soberanía, la independencia, las tradiciones, los recursos naturales y todo cuanto constituye el patrimonio de las naciones sometidas. Los pueblos débiles, oprimidos y sojuzgados por el capital extranjero, por las potencias imperialistas, están en el deber de levantarse para reivindicar su existencia histórica. En esta situación no se alteran los principios de la coexistencia pacífica, porque esta concepción política y universal ha sido establecida consultando las decisiones y perspectivas reales de la humanidad actual; ha surgido para prever una etapa de la historia donde, por la fuerza de los hechos y de las leyes del desarrollo social, tienen que existir –simultáneamente–países y estados con diferentes sistemas económicos y políticos. Esta etapa de coexistencia pacífica sólo podrá ser superada cumpliendo las tareas que ha fijado Lenin a los países socialistas y que consiste en asegurar el triunfo de la economía socialista. Precisamente en este punto hay que tener especial cuidado para comprender la profundidad de las tesis del marxismo-leninismo. La guerra no es factor alguno que determine el desarrollo creciente de las fuerzas productivas, causa determinante del fortalecimiento de todo el sistema económico y social, por el contrario, la guerra es la destrucción más colosal que puede emplear el hombre para aniquilar las fuerzas productivas expresadas en hombres, experiencia y equipamiento técnico industrial. Por esto es que en el desarrollo pacífico de la economía socialista se ha encontrado la motivación más profunda para que la lucha por la paz sea una lucha encabezada por los países socialistas y las fuerzas revolucionarias del mundo entero.
El proceso nacional liberador es un fenómeno que se produce dentro del campo imperialista, ya que los países sometidos forman parte del sistema colonial y neocolonial del imperialismo, y una guerra de carácter popular y liberador enfrenta a la nación oprimida con el poder que le oprime. Una situación como la enunciada tiene que ser resuelta con el apoyo del mundo socialista y sobre las bases de principios formulados por Marx y que constituyen el internacionalismo proletario. Sólo así ha sido posible construir el sistema socialista de la revolución democrática popular y liberadora del pueblo chino, así se ha derrotado a los agresores de Corea, así se ha defendido la independencia de Cuba socialista y así se está derrotando al imperialismo norteamericano en la guerra más cruel de todos los tiempos: la guerra del Vietnam.
La lucha nacional liberadora y la coexistencia pacífica son pues, aspectos inseparables de nuestro tiempo, porque no podría adelantarse la vigencia del principio de solidaridad internacional si todo el campo socialista estuviera comprometido en una guerra que, desde luego, será de exterminio. Las leyes previstas por el marxismo antes de ser repetidas mecánicamente, deben ser comprendidas en toda su extensión y riqueza; por esto es que preservar la paz mundial significa asegurar la fuente de inagotable cooperación y ayuda que reciben los movimientos de liberación nacional y los estados jóvenes, que, conquistando su independencia, están en la capacidad de construir su economía sobre bases nuevas y que evitan recorrer el largo camino del desarrollo capitalista. Es aquí donde volvemos a encontrar al pensamiento viviente de Marx cuando indica que la insurgencia de todo lo nuevo, en este caso la consolidación revolucionaria de la nación liberada, se basa en condiciones previas existentes de antemano. Y esas condiciones previas son la propia realidad subdesarrollada y oprimida y deformada de los países sometidos que surgen al calor de la lucha nacional liberadora, condiciones a las que se agrega la fortaleza creciente del sistema socialista que, por las relaciones de unidad dialéctica que hemos explicado se convierte en al punto de apoyo para garantizar la victoria de su liberación conquistada. El proceso nacional liberador, planteado en estos términos, recibe el
impulso poderoso y vivificante de las leyes descubiertas por el pensamiento de Carlos Marx y, por esto se convierte en una expresión renovada, activa, muy propia de las necesidades actuales que movilizan la energía creadora de los pueblos que luchan por su independencia nacional.
Me he tomado la libertad de prolongar esta exposición porque considero que ha sido útil presentar estos problemas actuales, candentes de la sociedad en que vivimos. Comprender el pensamiento de un hombre no se reduce sólo a comentar e interpretar sus conceptos; por el contrario, la comprensión de ese pensamiento plantea la exigencia de referirlo a la vida práctica y concreta. Carlos Marx ha tenido y tiene la virtud de haber formulado teorías conceptos que tienen vitalidad indiscutible. Las leyes descubiertas por su pensamiento constituyen el contenido mismo de la sociedad actual en todos sus campos y perspectivas. Al exponer de manera fragmentada este sistema de ideas ha tratado de mostrar que tanto los complicados procesos del pensamiento abstracto como en las dramáticas luchas de los hombres y de los pueblos, está palpitante el genio vivo de este gran revolucionario.
FIN

