Libro N° 15577. Venezuela: Anatomía De Una Derrota. Del «Socialismo Del Siglo XXI» A La Subordinación Petrolera... Medina, Manuel
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VENEZUELA:
ANATOMÍA
DE UNA DERROTA
Del «socialismo del siglo XXI» a la subordinación petrolera: las
lecciones de una esperanza frustrada
Manuel
Medina
VENEZUELA:
ANATOMÍA DE UNA DERROTA
Del
«socialismo del siglo XXI» a la subordinación petrolera:
las lecciones de una esperanza frustrada
MANUEL MEDINA

canarias-semanal.org
***
UNA ESPERANZA EN EL PÁRAMO
Para
comprender algunas de las consecuencias políticas de lo que está ocurriendo en
Venezuela no basta con examinar el acuerdo petrolero establecido con Estados Unidos, ni con describir el
cambio producido en las relaciones entre Caracas
y Washington tras la intervención militar del pasado 3 de enero. Hay que retroceder hasta el momento histórico en que Venezuela comenzó a representar para
una parte de la izquierda mundial una expectativa de cambio.
El final del
siglo XX había dejado tras de sí una profunda derrota. La desaparición de la Unión Soviética en 1991 fue su
manifestación más visible, pero el proceso venía de antes y alcanzaba mucho más
lejos: retroceso del movimiento obrero organizado, debilitamiento de los partidos comunistas, disminución
del peso de los sindicatos, desaparición o
integración de numerosas
organizaciones populares y progresivo abandono, incluso por amplios sectores de
la izquierda, de cualquier proyecto que pretendiera superar las relaciones capitalistas. Durante algunos
años llegó a presentarse el capitalismo no ya como vencedor de una determinada
confrontación histórica, sino como la
forma definitiva de organización de la sociedad.
No es necesario idealizar la Unión Soviética para comprender el
efecto que produjo su desaparición. Durante buena parte del siglo XX había existido entre millones de personas la
certeza de que el capitalismo no constituía el único orden social
imaginable. Esa certeza se debilitó
extraordinariamente durante los años
noventa. Una derrota política terminó convirtiéndose también
en una drástica reducción del horizonte: ya no se discutía principalmente cómo
transformar la sociedad, sino hasta qué punto
era posible
limitar
algunas de las peores consecuencias del orden existente.
Fue en ese escenario en que apareció Hugo Chávez. Su llegada al Gobierno
venezolano en 1999, el enfrentamiento posterior con Washington,
la utilización de una parte importante
de la renta petrolera para financiar políticas sociales, la relación privilegiada con Cuba, determinadas
nacionalizaciones, el impulso del ALBA y la proclamación del denominado «socialismo
del siglo XXI» proporcionaron a muchos sectores algo que comenzaba
a escasear: una
referencia que aparentemente se movía en dirección contraria a lo establecido.
Para quien hubiera vivido
los veinte años anteriores como
una sucesión casi ininterrumpida de retrocesos, aquello
tenía una importancia que no dependía
exclusivamente de la realidad económica venezolana, ni de la profundidad del proceso
bolivariano. Después de tanto tiempo escuchando que cualquier proyecto de
transformación había quedado
definitivamente enterrado, un presidente latinoamericano hablaba
otra vez de socialismo, denunciaba al imperialismo estadounidense y
defendía la posibilidad de que América
Latina siguiera un
camino propio. Para muchos fue
suficiente para recuperar una esperanza elemental: quizá no todo
estaba perdido. Para alimentar esta esperanza no hacía falta conocer la composición de clases de Venezuela, estudiar
la distribución de la propiedad o analizar
sus relaciones de producción para sentirlo. Ahí reside precisamente la
importancia del fenómeno.
LO
QUE VENEZUELA FUE Y LO QUE MUCHOS CREYERON VER
Venezuela, sin
embargo, nunca fue socialista. Durante
todo el proceso político bolivariano continuaron
existiendo las relaciones capitalistas de producción, el trabajo asalariado, el mercado, la propiedad privada de una parte considerable de los medios de producción, la acumulación privada de capital y una estructura social dividida en clases.
El Estado mantuvo
un peso importante en la economía a
través del control de la renta petrolera,
se nacionalizaron determinadas
actividades, amplió el gasto social y
dirigió recursos hacia sectores
populares que habían permanecido históricamente marginados, pero no se produjo una transformación de las relaciones de propiedad y de poder
que colocara los principales medios de producción bajo control colectivo de los trabajadores.
Venezuela siguió siendo,
además, una economía extraordinariamente dependiente de la extracción y
exportación de petróleo.
Constatarlo
no obliga a negar los cambios que se produjeron durante
los años de Chávez. Hubo
mejoras apreciables en las condiciones de vida de amplios
sectores durante los años en
que los elevados ingresos petroleros permitieron
financiar las misiones sociales y otras políticas redistributivas;
millones de personas anteriormente excluidas adquirieron una presencia política nueva y se desarrolló una movilización
popular que durante un periodo modificó
profundamente la vida del país.
Tampoco fue imaginario el
enfrentamiento con Estados Unidos. Washington desarrolló durante años una política hostil hacia el Gobierno
venezolano y trató de limitar su capacidad de actuación. Pero reconocer esos
hechos no transforma una sociedad capitalista en una sociedad
socialista.
La confusión
comenzó cuando dejó de distinguirse entre ambas cosas. El radicalismo creciente
del discurso oficial fue aceptado por una parte de la izquierda internacional
como descripción suficiente de las transformaciones que supuestamente estarían
teniendo lugar.
Se hablaba de transición al socialismo mientras las relaciones económicas fundamentales no
solo continuaban siendo capitalistas, sino que, además, se vieron fortalecidas a partir de la
muerte de Chávez.
De esta forma, una experiencia que objetivamente tenía unos límites muy determinados adquirió subjetivamente un significado mucho mayor: pasó a
representar la posibilidad de que la derrota sufrida al final del siglo XX fuera transitoria.
Ese
mecanismo no es nuevo. La historia ofrece ejemplos muy claros de cómo una
experiencia
política puede modificar
las expectativas mucho más allá del país donde se desarrolla. La victoria de Vietnam, por ejemplo,
demostró que una potencia militar inmensamente superior
podía ser derrotada. La independencia de Argelia tuvo también repercusiones sobre movimientos
anticoloniales de varios continentes. La Revolución cubana modificó
durante años el horizonte político latinoamericano,
porque mostró que un pequeño país
situado junto a Estados Unidos podía romper un determinado orden y sobrevivir
al enfrentamiento posterior.
Todos esos procesos fueron distintos entre sí y nada
autoriza a equipararlos mecánicamente con Venezuela. Lo que importa aquí es otra cosa: enseñaron
a quienes los observaban que algo que parecía imposible podía suceder. Las
victorias no modifican únicamente la situación de quienes
vencen; también
modifican las expectativas de quienes contemplan esas
victorias.
Venezuela desempeñó durante un
tiempo esa función para una parte del variado abanico ideológico de la izquierda. El ALBA, aun con todas sus limitaciones,
no fue percibido simplemente como otro acuerdo económico regional.
Representaba la posibilidad de articular
relaciones latinoamericanas menos subordinadas a Washington y de desarrollar mecanismos de cooperación que no estuvieran determinados exclusivamente por
las reglas habituales del mercado. La estrecha relación con Cuba reforzaba esa interpretación. Venezuela suministraba petróleo a la isla y Cuba proporcionaba personal médico y
otros servicios. Aquella relación,
¿podía ser discutida en sus
términos concretos?, pero políticamente transmitía una imagen: dos
países
sometidos a una fuerte presión
estadounidense
cooperaban entre sí para ampliar su
margen de autonomía.
Precisamente porque Venezuela llegó a significar todo eso, su actual evolución tiene consecuencias
que no pueden medirse únicamente en barriles de petróleo.
LAS DERROTAS ACTÚAN TAMBIÉN
FUERA DEL PAÍS DERROTADO
Las personas no forman sus convicciones políticas exclusivamente mediante razonamientos
complejos. Las forman también
a través de la experiencia. Un trabajador que observa cómo una huelga consigue en otra empresa una reivindicación que parecía inalcanzable modifica su percepción acerca de lo que él mismo podría
conseguir. Una población que contempla cómo
otro pueblo quiebra una situación aparentemente inamovible incorpora también
ese acontecimiento a su propia valoración de las posibilidades. Las
victorias proporcionan resultados
materiales a quienes las protagonizan, pero también
generan confianza en otros. Pero las
derrotas igualmente pueden producir el efecto contrario.
Eso no significa que toda derrota conduzca necesariamente a la
desmovilización. Algunas derrotas permiten
aprender, corregir errores y construir organizaciones más
conscientes de sus propios límites y de sus posibilidades. La historia del movimiento obrero está llena de retrocesos que
fueron estudiados durante años precisamente para evitar su repetición.
Una derrota material y una derrota política y moral no son necesariamente la misma cosa. Se puede perder una
huelga y salir de ella con una organización más consciente;
se
puede perder una batalla política y comprender
mejor cuáles eran las fuerzas reales en presencia. Pero para que una derrota pueda convertirse en conocimiento es necesario
saber qué ha sido derrotado, por qué ocurrió y qué
conclusiones pueden extraerse. Cuando no existe esa
explicación, el efecto puede ser completamente
diferente. La derrota deja de
enseñar los límites de
una experiencia determinada y empieza a transmitir la terrible
impresión de que cualquier experiencia está condenada al
fracaso.
Para quien nunca consideró
socialista a Venezuela, los
acontecimientos actuales plantean un
problema político e histórico que necesita explicación. Para quien creyó
durante veinte años que aquel país estaba
avanzando hacia el socialismo, plantean algo adicional. Puede llegar a considerar que no se equivocó al caracterizar Venezuela,
sino que acaba de asistir a una nueva
derrota del propio socialismo. El error
inicial genera entonces una
segunda
conclusión igualmente errónea. Primero se identifica como socialista
una sociedad que nunca dejó de
funcionar mediante relaciones capitalistas; después, cuando aquella
experiencia termina en un lugar radicalmente diferente del que
anunciaba, su evolución se añade a la
lista de supuestos fracasos del socialismo.
Aquí aparece el componente más profundo
de la derrota psicológica. No
consiste simplemente en que alguien experimente decepción ante un Gobierno al que apoyaba. Consiste en que llegue a trasladar esa decepción desde una
experiencia concreta hacia la propia
posibilidad de transformar la sociedad. Una conclusión como «nos equivocamos sobre Venezuela», obliga a estudiar. Otra muy diferente, «al
final todo termina igual», conduce fácilmente a dejar de hacerlo y a la
desmoralización y a la desmovilización.
LA
INVERSIÓN DE UNA TRAYECTORIA
La
situación concreta de Venezuela adquiere
mayor importancia porque el cambio afecta precisamente a uno de los elementos centrales mediante los cuales
el proceso bolivariano construyó su identidad: la soberanía sobre el petróleo y el
enfrentamiento con Estados Unidos. Durante años, control de los recursos naturales, independencia nacional,
solidaridad con Cuba, integración latinoamericana y resistencia a Washington fueron
presentados como componentes de una
misma orientación política. El
contraste con la situación actual no necesita grandes construcciones interpretativas.
El acuerdo petrolero anunciado a finales de agosto de
2026 concede a la parte estadounidense unas condiciones
excepcionales sobre diecisiete campos
venezolanos cuyas reservas probadas ascienden a
aproximadamente 65.000
millones de barriles.
La documentación de la propia Casa Blanca establece una participación
del 35 % del Gobierno estadounidense
en la estructura empresarial beneficiaria de las concesiones, garantiza a Estados Unidos el derecho a adquirir a coste de producción un 20 % de la
producción de los campos presentes y futuros que opere la compañía y le
otorga además prioridad para adquirir el
80 % restante en determinadas circunstancias.
Washington dispone,
igualmente, de importantes derechos de
intervención en la estructura de gobierno de la empresa. La Casa Blanca
presenta el acuerdo como un instrumento para asegurar el «dominio energético»
estadounidense durante el próximo siglo y señala expresamente que el
petróleo adquirido podrá utilizarse para reponer la Reserva Estratégica de Petróleo y
proporcionar suministro para usos
militares y otros usos considerados sensibles.
No hace falta, pues, interpretar qué pretende Estados Unidos. Tampoco es necesario afirmar
que un determinado barril de petróleo venezolano alimentará
un avión, un tanque o
una operación militar concreta. Esa
relación no puede establecerse de ese modo y formularla así debilitaría el argumento.
El hecho relevante es estructural: una potencia cuya economía y cuyo aparato militar
necesitan enormes cantidades de energía obtiene acceso privilegiado y a muy largo plazo a una parte de las mayores
reservas petroleras conocidas del planeta, mientras su propia Administración estadounidense vincula explícitamente
ese suministro con su seguridad
energética y con eventuales aventuras militares. Al mismo tiempo, se han sucedido nuevos contratos y
ampliaciones
de actividad de compañías extranjeras como Chevron y Eni dentro de una reorganización
mucho más amplia del sector petrolero venezolano.
La Asamblea Nacional venezolana, dominada por el oficialismo, respaldó el acuerdo por unanimidad. Esto introduce una cuestión importante. Cuando se intenta explicar lo ocurrido exclusivamente mediante la
«traición» de un pequeño grupo del cuadro
de la dirigencia de ese país, aparece automáticamente una dificultad: el cambio no se manifiesta únicamente en una
decisión individual. Participan en él instituciones del Estado, la dirección política
y una estructura partidaria que durante años se había presentado como garante del proceso bolivariano iniciado por Hugo Chávez.
Eso obliga a
formular una pregunta más exigente. ¿Nos encontramos simplemente ante
la traición de unos dirigentes hacia un proyecto que tenía
otra naturaleza, o el
desenlace obliga a examinar qué intereses sociales, qué grupos económicos y qué características del propio proceso hicieron
posible esta transformación? Que haya existido traición respecto a lo que se
prometía o respecto a lo que
millones de personas creyeron no resuelve
por sí solo el problema. Una explicación política
no puede detenerse
en el carácter moral de los
dirigentes. Tiene que establecer las condiciones
materiales que permitieron que una estructura completa transitara hacia una
relación de total sumisión con
Estados Unidos, tan distinta de la que durante años se había estado proclamando.
La contradicción
histórica permanece, cualquiera que
sea la respuesta. Un proceso cuya legitimidad se construyó alrededor de la soberanía petrolera y de la resistencia a
Estados Unidos participa
ahora en un dispositivo que el Gobierno
estadounidense presenta como instrumento de su propio poder económico y
estratégico. Ese hecho tiene más fuerza explicativa que cualquier calificativo.
PETRÓLEO PARA WASHINGTON, MENOS PETRÓLEO PARA CUBA
Los cambios se vuelven todavía más visibles cuando se observa el destino regional de la energía venezolana. Durante años, el petróleo de Venezuela sostuvo una parte importante de las necesidades cubanas. En 2025, Caracas suministró alrededor de 26.500 barriles diarios a Cuba, aproximadamente
un tercio de sus necesidades. Tras
la intervención estadounidense en
Venezuela y el corte de esos
suministros, la isla perdió una de sus principales fuentes
de energía. La situación cubana,
ya muy deteriorada, se agravó con apagones, dificultades de
transporte y mayores
problemas para garantizar el funcionamiento normal de servicios
esenciales. Estados Unidos intensificó la presión
sobre otros países para
que tampoco suministraran petróleo a Cuba.
El contraste merece ser observado con precisión. Ahora Washington
obtiene derechos privilegiados sobre una parte de
la producción venezolana al mismo tiempo que
el suministro a Cuba se ha cortado y
la Administración Trump incrementa
la presión energética sobre la isla. De esta forma, el
petróleo venezolano ha dejado de ser uno
de los mecanismos que ampliaban el margen de resistencia de Cuba para pasar a eforzar la seguridad energética de la
potencia que trata por todos los
medios de destruir la Revolución cubana.
La coyuntura internacional amplía todavía más esa sangrante contradicción. Estados Unidos mantiene actualmente un serio conflicto militar con Irán que ha provocado graves tensiones en los mercados energéticos mundiales y ha reducido su margen de maniobra en la Reserva Estratégica de Petróleo. A finales de agosto,
Trump anunció expresamente
que utilizaría petróleo venezolano para rellenar la reserva
de su país, situada cerca de mínimos de más de cuatro décadas.
Reuters ha
señalado que la guerra con Irán es precisamente uno de los factores que incrementan el valor estratégico de disponer de ese
colchón energético. La relación no necesita ser exagerada: Venezuela no financia por sí sola las guerras estadounidenses, ni el petróleo venezolano
determina la política militar de Washington. Pero contribuye materialmente a reforzar la capacidad energética de una
potencia que desarrolla simultáneamente operaciones militares y presiona a países con los que el antiguo discurso venezolano afirmaba solidarizarse.
También existe una dimensión que tiene que ver con la política interna
de los Estados Unidos. La Casa Blanca presenta
el acuerdo petrolero como un instrumento para ampliar la
oferta y reducir el precio de los combustibles, un problema particularmente sensible antes
de las elecciones legislativas de noviembre.
Esto no permite afirmar
que la dirección venezolana haya firmado el acuerdo con el propósito
consciente de favorecer electoralmente a Trump; no existe base suficiente para atribuirle esa intención. Pero sí permite afirmar bastante más preciso. Trump está utilizando políticamente el acuerdo y lo presenta ante el electorado
estadounidense como una victoria de su Administración, que se presenta así como capaz
de ampliar las reservas, garantizar
suministro y contribuir a contener
los precios. El Gobierno venezolano está
participando, por tanto, en
una operación que la propia
Administración estadounidense convierte también
en activo de política doméstica.
CUANDO APARECE EL «PARA QUÉ»
Cuando una persona ha identificado
durante años una experiencia política con la posibilidad de transformar
la sociedad y contempla después un
desenlace de esta naturaleza, aparece
una pregunta elemental:
¿para qué sirvió todo aquello? Si esa pregunta
no recibe una respuesta rigurosa, puede
ampliarse rápidamente: ¿para qué organizarse?, ¿para
qué dedicar años a construir una alternativa?, ¿para qué soportar derrotas
parciales si finalmente todos los caminos conducen al mismo lugar?
No son
preguntas enrevesadamente sofisticadas. Pero
la política no se sostiene solamente mediante sofisticación intelectual. Se
sostiene también mediante confianza.
Para participar de manera continuada en
una organización, sostener una huelga, asumir compromisos colectivos o
dedicar una parte de la vida de uno a modificar
una situación existente es necesario
pensar y creer que esa actividad puede
producir algún resultado. Cuando
desaparece completamente esa expectativa, también desaparece una parte importante de la motivación para actuar.
Una derrota
puede demostrar que
una
estrategia era equivocada, que una determinada organización no servía o
que una
caracterización política era falsa. Todo ello puede constituir una adquisición de conocimiento y experiencia.
Pero también puede enseñar, equivocadamente, que ninguna estrategia sirve, que ninguna organización puede vencer
y que cualquier tentativa de
transformación acabará finalmente siendo absorbida. En el primer caso, el
fracaso puede ser el comienzo de una
rectificación. En el segundo, se
convierte en un factor determinante de desmovilización.
España, por razones históricas
e ideológicas que no vienen ahora a cuento, ha sido prolija en ejemplos de esta
segunda caracterización.
Una clase
social derrotada materialmente puede
volver a organizarse. Una clase
social convencida de que organizarse
es inútil se encuentra en una situación mucho más difícil. Por eso el resultado de una derrota no depende
exclusivamente de la magnitud de lo perdido, sino
también de la explicación que se construye sobre lo sucedido. El problema
de la moral colectiva no es aquí una
cuestión
sentimental añadida desde fuera a la política. Forma parte de la propia capacidad de actuar.
CUANDO QUIENES EXPLICABAN DEJAN DE EXPLICAR
Este es el
punto en el que la responsabilidad de determinadas organizaciones de izquierda
adquiere una importancia que va mucho más allá de su posición actual sobre el
Gobierno venezolano. Durante años, muchas de estas organizaciones no se limitaron a defender determinadas
medidas sociales o la soberanía nacional venezolana. Presentaron aquel
proceso como si se tratara de una transición hacia el socialismo y
convirtieron su evolución en parte de la
demostración de que una alternativa comenzaba a reconstruirse en América
Latina. Es perfectamente posible equivocarse en una caracterización
política. El problema aparece cuando los
acontecimientos obligan a revisarla y se decide no hacerlo.
Si Venezuela avanzaba hacia el socialismo y posteriormente dejó de hacerlo,
hay que explicar cuándo se
produjo esa ruptura, qué fuerzas sociales la provocaron y por qué pudieron imponerse. Si la
dirección actual representa una negación
completa de la etapa anterior,
hay que explicar cómo pudo surgir del
mismo aparato político y estatal. Si hubo una transformación de los dirigentes, es necesario identificar los intereses materiales que acompañaron esa transformación. Si, por
el contrario, las condiciones que han
conducido al resultado actual estaban presentes desde mucho antes, habrá
que admitir que el análisis anterior era
insuficiente. Cualquiera de esas hipótesis puede ser defendida y discutida.
Lo que no constituye una explicación es
comportarse como si nada esencial
hubiera ocurrido.
Existe incluso una respuesta peor que el silencio: tratar de acomodar cada
acontecimiento
nuevo dentro de la explicación anterior, de modo que ninguna evidencia pueda
llegar nunca a modificarla. En ese punto ya no estamos ante un error
político, sino ante la renuncia al análisis. Si una
teoría explica de antemano tanto una cosa como su contraria, ha dejado de explicar nada.
El silencio tiene además un efecto concreto. Quien recibió durante
años una explicación y observa ahora que
los hechos que la contradicen no
puede dejar de preguntarse
por qué la organización que se la proporcionó ha dejado de hablar. Ante la ausencia, construye su propia
respuesta. Y la respuesta espontánea puede ser mucho más simple que cualquier
análisis: «todos terminan igual». En ese
punto, la incapacidad para reconocer un
error deja de afectar únicamente al prestigio de una organización. Contribuye a que una derrota concreta se
transforme en una conclusión
general sobre la supuesta inutilidad de luchar.
Ocultar o minimizar una derrota para evitar la
desmoralización puede producir exactamente el efecto contrario. Una derrota reconocida puede estudiarse. Una
contradicción negada solo puede acumularse.
SABER QUÉ SE PERDIÓ
La cuestión decisiva consiste, entonces, en determinar
qué ha sido realmente derrotado. No
hemos asistido al nacimiento, desarrollo y fracaso de una sociedad socialista
en Venezuela. Hemos asistido a una
experiencia política desarrollada dentro de una economía capitalista dependiente de la renta petrolera que, durante
un periodo, redistribuyó una parte importante de sus
recursos, amplió derechos y servicios
para sectores populares, produjo una movilización política considerable,
sostuvo un duro enfrentamiento con Estados Unidos e impulsó proyectos de integración regional mientras adoptaba progresivamente un discurso socialista sin transformar
las relaciones sociales fundamentales sobre las que descansaba aquella
sociedad.
Distinguir ambas cosas no es un ejercicio puramente terminológico, sino
una precisión
obligatoria desde el punto
de vista militante. Si
llamamos socialista a cualquier
Gobierno que nacionalice empresas, amplíe el gasto público, distribuya
parte de la renta
o mantenga una política exterior enfrentada a Washington,
terminaremos atribuyendo al socialismo
todos los resultados posteriores de experiencias que nunca rompieron con el
capitalismo. Primero se llama socialista
a lo que no lo es; después se utiliza su fracaso para demostrar que el socialismo ha vuelto a fracasar. Una
caracterización equivocada acaba
fabricando la prueba de su propia conclusión.
Venezuela obliga ahora a revisar esa confusión. Y hacerlo puede
resultar perturbador precisamente porque aquella
experiencia desempeñó durante
un tiempo una función útil para millones de
personas: sostuvo una
esperanza cuando las derrotas de finales del siglo
XX parecían haber eliminado
cualquier horizonte. Pero una esperanza no puede conservarse
después de que los hechos hayan destruido las premisas sobre las que se
construyó, simplemente porque resulte doloroso abandonarla.
Si estaba apoyada en una caracterización falsa, preservarla no fortalece a nadie: solo prolonga el error e impide extraer de la
derrota el conocimiento necesario para no repetirla.
NO
SUSTITUIR UNA ILUSIÓN POR OTRA
Existe, finalmente, otro peligro.
Cuando desaparece una referencia exterior, puede surgir la tentación de sustituirla
inmediatamente por otra. Una parte de la izquierda ha trasladado ya
expectativas que anteriormente depositaba en las experiencias del "progresismo" latinoamericano, hacia Rusia o China. También aquí resulta
imprescindible distinguir la realidad
actual de las imágenes heredadas
del pasado. Rusia
no es la Unión Soviética. Y la China
contemporánea no puede comprenderse mediante una fotografía tomada varias décadas atrás. La política exterior de
los Estados responde a intereses
económicos, estratégicos y nacionales concretos, no a la necesidad
de proporcionar a los trabajadores de otros países la referencia que éstos desearían encontrar.
Esta cuestión no es secundaria. Pensar que la emancipación depende de que exista en algún lugar del mundo un Estado suficientemente poderoso
dispuesto a ejercer de contrapeso al imperialismo estadounidense puede convertirse en una forma
de renuncia. Si cada derrota conduce simplemente a buscar una nueva potencia sobre
la que proyectar las mismas expectativas, nunca se examina el problema fundamental: la debilidad de la propia organización de los
trabajadores y la ausencia de una estrategia independiente.
Abrir los
ojos ante la naturaleza
real de Venezuela, Rusia o China no tendría por qué reducir las posibilidades de transformación. Puede producir exactamente el efecto contrario si elimina ilusiones infundadas que
impiden evaluar correctamente la correlación de fuerzas. El reconocimiento de que no existe una potencia exterior encargada
de resolver
los problemas de
la clase trabajadora nos obliga a plantear una conclusión menos cómoda, pero
más útil: tendrá que construir por sí misma los instrumentos
políticos, sociales y organizativos necesarios para la defensa de sus propios
intereses.
Es ahí donde podemos encontrar probablemente la
diferencia entre una derrota que
desmoraliza y una derrota de la que se aprende. Si la conclusión de Venezuela es que cualquier alternativa está condenada a desaparecer, la derrota habrá adquirido una dimensión
mucho mayor que el propio país.
Si, por el
contrario, sirve para comprender por qué una experiencia
capitalista fue confundida con una transición socialista, qué intereses
determinaron su evolución, qué errores permitieron
construir alrededor de ella una imagen que no correspondía con la realidad
y por qué parte de la izquierda necesitó durante años
encontrar fuera de sí misma aquello que todavía no ha sido capaz de construir, entonces
la derrota habrá proporcionado al menos
un conocimiento útil.
No se trata de preservar
la moral evitando mirar frontalmente
a los hechos, sino justamente de lo
contrario. No es posible construir
un proyecto para la transformación de la sociedad que se sustente en una esperanza que necesita ignorar la
realidad. Comprender qué ocurrió en Venezuela, qué
fue realmente aquel proceso y por qué terminó donde ha terminado es
la única forma de impedir que la pérdida
de una referencia se convierta también en pérdida de confianza en la posibilidad de de contruir una alternativa
de cambio real.
La alternativa a una ilusión derrotada no puede ser otra ilusión. Tiene que ser una comprensión más exacta de la realidad y, sobre esa base, la organización de una fuerza propia capaz de modificarla.
BIBLIOGRAFIA:
Enzo Traverso — Left-Wing Melancholia.
-Karen Beckwith — Narratives of Defeat.
-Steve Ellner — Rethinking Venezuelan
Politics.
-Helen Yaffe —
Venezuela: Building a Socialist Communal Economy?
-Carlos Aponte Blank
— estudio sobre gasto social bajo Chávez.
-Chodor y
McCarthy-Jones — Chávez y el nuevo regionalismo latinoamericano.
-Casa Blanca, 31 de agosto de 2026 — documento primario del acuerdo
petrolero.
-Reuters, 31 de agosto,
1 y 4 de septiembre de 2026 — contraste independiente de sus términos y respaldo
institucional.
FIN

