© Libro N° 15042. La Muñeca Negra. Martí, José. Emancipación. Abril 18 de 2026
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LA
MUÑECA NEGRA
José
Martí
La Muñeca Negra
José Martí
La Muñeca Negra
José Martí
De puntillas, de puntillas, para no despertar a Piedad, entran en el
cuarto de dormir el padre y la madre. Vienen riéndose, como dos muchachones.
Vienen de la mano, como dos muchachos. El padre viene detrás, como si fuera a
tropezar con todo. La madre no tropieza; porque conoce el camino. ¡Trabaja
mucho el padre para comprar todo lo de la casa, y no puede ver a su hija cuando
quiere! A veces, allá en el trabajo, se ríe solo, o se pone de repente como
triste, o se le ve en la cara como una luz: y es que está pensando en su hija:
se le cae la pluma de la mano cuando piensa así, pero enseguida empieza a
escribir, y escribe tan de prisa, tan de prisa, que es como si la pluma fuera
volando. Y le hace muchos rasgos a la letra, y las oes le salen grandes como un
sol, y las ges largas como un sable, y las eles están debajo de la línea, como
si se fueran a clavar en el papel, y las eses caen al fin de la palabra, como
una hoja de palma; ¡tiene que ver lo que escribe el padre cuando ha pensado
mucho en la niña! Él dice que siempre que le llega por la ventana el olor de
las flores del jardín, piensa en ella. O a veces, cuando está trabajando cosas
de números, o poniendo un libro sueco en español, la ve venir, venir despacio,
como en una nube, y se le sienta al lado, le quita la pluma, para que repose un
poco, le da un beso en la frente, le tira de la barba rubia, le esconde el
tintero: es sueño no más, no más que sueño, como esos que se tienen sin dormir,
en que ve unos vestidos muy bonitos, o un caballo vivo de cola muy larga, o un
cochecito con cuatro chivos blancos, o una sortija con la piedra azul: sueño es
no más, pero dice el padre que es como si lo hubiera visto, y que después tiene
más fuerza y escribe mejor. Y la niña se va, se va despacio por el aire, que
parece de luz todo: se va como una nube.
Hoy el padre no trabajó mucho, porque tuvo que ir a una tienda: ¿a qué
iría el padre a una tienda?: y dicen que por la puerta de atrás entró una caja
grande: ¿qué vendrá en la caja?: ¡a saber lo que vendrá!: mañana hace ocho años
que nació Piedad. La criada fue al jardín, y se pinchó el dedo por cierto, por
querer coger, para un ramo que hizo, una flor muy hermosa. La madre a todo dice
que sí, y se puso el vestido nuevo, y le abrió la jaula al canario. El cocinero
está haciendo un pastel, y recortando en figura de flores, los nabos y las
zanahorias, y le devolvió a la lavandera el gorro, porque tenía una mancha que
no se veía apenas, pero, "¡hoy, hoy, señora lavandera, el gorro ha de
estar sin mancha!" Piedad no sabía, no sabía. Ella sí vio que la casa
estaba como el primer día de sol, cuando se va ya la nieve, y les salen las
hojas a los árboles. Todos sus juguetes se los dieron aquella noche, todos. Y
el padre llegó muy temprano del trabajo, a tiempo de ver a su hija dormida. La
madre lo abrazó cuando lo vio entrar: ¡y lo abrazó de veras! Mañana cumple
Piedad ocho años.
El cuarto está a media luz, una luz como la de las estrellas, que viene
de la lámpara de velar, con su bombillo de color de ópalo. Pero se ve, hundida
en la almohada, la cabecita rubia. Por la ventana entra la brisa, y parece que
juegan, las mariposas que no se ven, con el cabello dorado. Le da en el cabello
la luz. Y la madre y el padre vienen andando, de puntillas. ¡Al suelo, el
tocador de jugar! ¡Este padre ciego, que tropieza con todo! Pero la niña no se
ha despertado. La luz le da en la mano ahora; parece una rosa la mano. A la
cama no se puede llegar; porque están alrededor todos los juguetes, en mesas y
sillas. En una silla está el baúl que le mandó en Pascuas la abuela, lleno de
almendras y de mazapanes: boca-abajo está el baúl, como si lo hubieran
sacudido, a ver si caía alguna almendra de un rincón, o si andaban escondidas
por la cerradura algunas migajas de mazapán; ¡eso es, de seguro, que las
muñecas tenían hambre! En otra silla está la loza, mucha loza y muy fina, y en
cada plato una fruta pintada: un plato tiene una cereza, y otro un higo, y otro
una uva: da en el plato ahora la luz, en el plato del higo, y se ven como
chispas de estrella: ¿cómo habrá venido esta estrella a los platos?: "¡Es
azúcar!” —dice el pícaro padre: “¡Eso es seguro!", dice la madre,
"¡eso es que estuvieron las muñecas golosas comiéndose el azúcar!".
El costurero está en otra silla, y muy abierto, como de quien ha trabajado de
verdad; el dedal está machucado ¡de tanto coser!: cortó la modista mucho, porque
del calicó que le dio la madre no queda más que un redondel con el borde de
picos, y el suelo está por allí lleno de recortes, que le salieron mal a la
modista, y allí está la chambra empezada a coser, con la aguja clavada, junto a
una gota de sangre. Pero la sala, y el gran juego, está en el velador, al lado
de la cama. El rincón, allá contra la pared, es el cuarto de dormir de las
muñequitas de loza, con su cama de la madre, de colcha de flores, y al lado una
muñeca de traje rosado, en una silla roja: el tocador está entre la cama y la
cuna, con su muñequita de trapo, tapada hasta la nariz, y el mosquitero encima:
la mesa del tocador es una cajita de cartón castaño, y el espejo es de los
buenos, de los que vende la señora pobre de la dulcería, a dos por un centavo.
La sala está en lo de delante del velador, y tiene en medio una mesa, con el
pie hecho de un carretel de hilo, y lo de arriba de una concha de nácar, con
una jarra mexicana en medio, de las que traen los muñecos aguadores de México:
y alrededor unos papelitos doblados, que son los libros. El piano es de madera,
con las teclas pintadas, y no tiene banqueta de tornillo, que eso es poco lujo,
sino una de espaldar, hecha de la caja de una sortija, con lo de abajo forrado
de azul; y la tapa cosida por un lado, para la espalda, y forrada de rosa; y
encima un encaje.Hay visitas, por supuesto, y son de pelo de veras, con ropones
de seda lila de cuartos blancos, y zapatos dorados: y se sientan sin doblarse,
con los pies en el asiento: y la señora mayor, la que trae gorra color de oro,
y está en el sofá, tiene su levantapiés, porque del sofá se resbala; y el
levantapiés es una cajita de paja japonesa, puesta boca abajo: en un sillón
blanco están sentadas juntas, con los brazos muy tiesos, dos hermanas de loza.
Hay un cuadro en la sala, que tiene detrás, para que no se caiga, un pomo de
olor: y es una niña de sombrero colorado, que trae en los brazos un cordero. En
el pilar de la cama, del lado del velador, está una medalla de bronce, de una
fiesta que hubo, con las cintas francesas: en su gran moña de los tres colores
está adornando la sala el medallón, con el retrato de un francés muy hermoso,
que vino de Francia a pelear porque los hombres fueran libres, y otro retrato
del que inventó el pararrayos, con la cara de abuelo que tenía cuando pasó el
mar para pedir a los reyes de Europa que lo ayudaran a hacer libre su tierra:
esa es la sala, y el gran juego de Piedad. Y en la almohada, durmiendo en su
brazo, y con la boca desteñida de los besos, está su muñeca negra.
Los pájaros del jardín la despertaron por la mañanita. Parece que se
saludan los pájaros, y la convidan a volar. Un pájaro llama, y otro pájaro
responde. En la casa hay algo, porque los pájaros se ponen así cuando el
cocinero anda por la cocina saliendo y entrando, con el delantal volándole por
las piernas, y la olla de plata en las dos manos, oliendo a leche quemada y a
vino dulce. En la casa hay algo: porque si no, ¿para qué está ahí, al pie de la
cama, su vestidito nuevo, el vestidito color de perla, y la cinta lila que
compraron ayer, y las medias de encaje? "Yo te digo, Leonor, que aquí pasa
algo. Dímelo tú, Leonor, tú que estuviste ayer en el cuarto de mamá, cuando yo
fui a paseo. ¡Mamá mala, que no te dejo ir conmigo, porque dice que te he puesto
muy fea con tantos besos, y que no tienes pelos, porque te he peinado mucho! La
verdad, Leonor: tú no tienes mucho pelo; pero yo te quiero así, sin pelo,
Leonor: tus ojos son los que quiero yo, porque con los ojos me dices que me
quieres: te quiero mucho, porque no te quieren: ¡a ver! ¡sentada aquí en mis
rodillas, que te quiero peinar!; las niñas buenas se peinan en cuanto se
levantan; ¡a ver, los zapatos, que ese lazo no está bien hecho!: y los dientes,
déjame ver los dientes: las uñas: ¡Leonor, esas uñas no están limpias! Vamos,
Leonor, dime la verdad: oye, oye a los pájaros que parece que tienen baile:
dime, Leonor, ¿qué pasa en esta casa?". Y a Piedad se le cayó el peine de
la mano, cuando le tenía ya una trenza hecha a Leonor; y la otra estaba toda
alborotada. Lo que pasaba, allí lo veía ella. Por la puerta venía la procesión.
La primera era la criada, con el delantal de rizos de los días de fiesta, y la
cofia de servir la mesa en los días de visita: traía el chocolate, el chocolate
con crema, lo mismo que el día de Año Nuevo, y los panes dulces en una cesta de
plata: luego venía la madre, con un ramo de flores blancas y azules: ¡ni una
flor colorada en el ramo, ni una flor amarilla!: y luego venía la lavandera,
con el gorro blanco que el cocinero no se quiso poner, y un estandarte que el
cocinero le hizo, con un diario y un bastón: y decía en el estandarte, debajo
de una corona de pensamientos: "¡Hoy cumple Piedad ocho años!" Y la
besaron, y la vistieron con el traje color de perla, y la llevaron, con el
estandarte detrás, a la sala de los libros de su padre, que tenía muy peinada
su barba rubia, como si se la hubieran peinado muy despacio, y redondeándole
las puntas, y poniendo cada hebra en su lugar. A cada momento se asomaba a la
puerta, a ver si Piedad venía: escribía, y se ponía a silbar: abría un libro, y
se quedaba mirando a un retrato, a un retrato que tenía siempre en su mesa, y
era como Piedad, una Piedad de vestido largo. Y cuando oyó ruido de pasos, y un
vocerrón que venía tocando música en un cucurucho de papel, ¿quién sabe lo que
sacó de una caja grande?: y se fue a la puerta con una mano en la espalda: y
con el otro brazo cargó a su hija. Luego dijo que sintió como que en el pecho
se le abría una flor, y como que se le encendía en la cabeza un palacio, con
colgaduras azules de flecos de oro, y mucha gente con alas: luego dijo todo
eso, pero entonces, nada se le oyó decir. Hasta que Piedad dio un salto en sus
brazos, y se le quiso subir por el hombro, porque en un espejo había visto lo
que llevaba en la otra mano el padre. "¡Es como el sol el pelo, mamá, lo
mismo que el sol! ¡ya la vi, ya la vi, tiene el vestido rosado! ¡dile que me la
dé, mamá: si es de peto verde, de peto de terciopelo! ¡como las mías son las
medias, de encaje como las mías!" Y el padre se sentó con ella en el
sillón, y le puso en los brazos la muñeca de seda y porcelana. Echó a correr
Piedad, como si buscase a alguien. "¿Y yo me quedo hoy en casa por mi
niña?” —le dijo su padre—, “¿y mi niña me deja solo?" Ella escondió la
cabecita en el pecho de su padre bueno. Y en mucho, mucho tiempo, no la
levantó, aunque ¡de veras! Le picaba la barba.
Hubo paseo por el jardín, y almuerzo con un vino de espuma debajo de la
parra, y el padre estaba muy conversador, cogiéndole a cada momento la mano a
su mamá, y la madre estaba como más alta, y hablaba poco, y era como música
todo lo que hablaba. Piedad le llevó al cocinero una dalia roja, y se la
prendió en el pecho del delantal: y a la lavandera le hizo una corona de
claveles: y a la criada le llenó los bolsillos de flores de naranjo, y le puso
en el pelo una flor, con sus dos hojas verdes. Y luego, con mucho cuidado, hizo
un ramo de no me olvides. "¿Para quién es ese ramo, Piedad?" "No
sé, no sé para quién es: ¡quién sabe si es para alguien!" Y lo puso a la
orilla de la acequia, donde corría como un cristal el agua. Un secreto le dijo
a su madre, y luego le dijo: "¡Déjame ir!" Pero le dijo
"caprichosa" su madre: "¿y tu muñeca de seda, no te gusta?
mírale la cara, que es muy linda: y no le has visto los ojos azules".
Piedad sí se los había visto; y la tuvo sentada en la mesa después de comer,
mirándola sin reírse; y la estuvo enseñando a andar en el jardín. Los ojos era
lo que le miraba ella: y le tocaba en el lado del corazón: "¡Pero, muñeca,
háblame, háblame!" Y la muñeca de seda no le hablaba. "¿Con que no te
ha gustado la muñeca que te compré, con sus medias de encaje y su cara de
porcelana y su pelo fino?" "Sí, mi papá, sí me ha gustado mucho.
Vamos, señora muñeca, vamos a pasear. Usted querrá coches y lacayos, y querrá
dulce de castañas, señora muñeca. Vamos, vamos a pasear". Pero en cuanto
estuvo Piedad donde no la veían, dejó a la muñeca en un tronco, de cara contra
el árbol. Y se sentó sola, a pensar, sin levantar la cabeza, con la cara entre
las dos manecitas. De pronto echó a correr, de miedo de que se hubiese llevado
el agua el ramo de no me olvides.
—"¡Pero, criada, llévame pronto!"—"¿Piedad, qué es eso de
criada? ¡Tú nunca le dices criada así, como para ofenderla!"—"No,
mamá, no: es que tengo mucho sueño: estoy muerta de sueño. Mira: me parece que
es un monte la barba de papá: y el pastel de la mesa me da vueltas, vueltas
alrededor, y se están riendo de mí las banderitas: y me parece que están
bailando en el aire las flores de la zanahoria: estoy muerta de sueño: ¡adiós,
mi madre!: mañana me levanto muy tempranito: tú, papá, me despiertas antes de
salir: yo te quiero ver siempre antes de que te vayas a trabajar: ¡oh, las
zanahorias! ¡estoy muerta de sueño! ¡Ay, mamá, no me mates el ramo! ¡mira, ya
me mataste mi flor!"—"¿Con que se enoja mi hija porque le doy un
abrazo?"—"¡Pégame, mi mamá! ¡papá, pégame tú! es que tengo mucho
sueño" Y Piedad salió de la sala de los libros, con la criada que le
llevaba la muñeca de seda. "¡Qué de prisa va la niña, que se va a caer!
¿Quién espera a la niña?"—"¡Quién sabe quién me espera!" Y no
habló con la criada; no le dijo que le contase el cuento de la niña jorobadita
que se volvió una flor: un juguete no más le pidió, y lo puso a los pies de la
cama: y le acarició a la criada la mano, y se quedó dormida. Encendió la criada
la lámpara de velar, con su bombillo de ópalo: salió de puntillas: cerró la
puerta con mucho cuidado. Y en cuanto estuvo cerrada la puerta, relucieron dos
ojitos en el borde de la sábana: se alzó de repente la cubierta rubia: de
rodillas en la cama, le dio toda la luz a la lámpara de velar: y se echó sobre
el juguete que puso a los pies, sobre la muñeca negra. La besó, la abrazó, se
la apretó contra el corazón: "Ven, pobrecita, ven, que esos malos te
dejaron aquí sola: tú no estás fea, no, aunque no tengas más que una trenza: la
fea es esa, la que han traído hoy, la de los ojos que no hablan: dime, Leonor,
dime, ¿tú pensaste en mí?: mira el ramo que te traje, un ramo de no me olvides,
de los más lindos del jardín: ¡así, en el pecho! ¡esta es mi muñeca linda! ¿y
no has llorado? ¡te dejaron tan sola! ¡no me mires así, porque voy a llorar yo!
¡no, tú no tienes frío! ¡aquí conmigo, en mi almohada, verás como te calientas!
¡y me quitaron, para que no me hiciera daño, el dulce que te traía! ¡así, así,
bien arropadita! ¡a ver, mi beso, antes de dormirte! ¡ahora, la lámpara baja!
¡y a dormir, abrazadas las dos! ¡te quiero, porque no te quieren!"
FIN

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