Libro N° 13546. Axolotl. Cortázar, Julio.
© Libro N° 13546. Axolotl. Cortázar, Julio. Emancipación.
Febrero 22 de 2025
Título Original: ©
Axolotl. Julio Cortázar
Versión Original: ©
Axolotl. Julio Cortázar
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Julio Cortázar
Axolotl
Julio Cortázar
AXOLOTL
Julio Cortázar
Hubo un
tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín
des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus
oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.
El azar
me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo
real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St.
Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones.
Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y
oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver
los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por
los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl.
Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.
En la
biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son
formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género
amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños
rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han
encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos
de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las
lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles
y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de
bacalao.
No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin
des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El
guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en
la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada
de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados,
que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me
había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas
burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y
angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo
del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el
cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi
avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e
inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a
la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito
rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso),
semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de
pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo.
Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero
lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en
menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su
cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente
carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que
parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio
interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne
rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos
e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por
el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo
de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura
rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran
debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una
excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada
diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a
bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos
posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el
acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la
cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se
siente menos si nos estamos quietos.
Fue su
quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los
axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el
espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la
contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la
repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo)
me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban
horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los
restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus
hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de
la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al
vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos
puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las
criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus
caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su
dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me
daba vértigo.
Y sin
embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe
el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de
un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de
ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser
humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en
analogías fáciles. Sólo las manecitas… Pero una lagartija tiene también manos
así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa
forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso
reclamaba. No eran animales.
Parecía
fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una
metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé
conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio
abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro
inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje:
«Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo,
transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto
las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía
como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo
impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había
encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de
algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había
una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva
quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas
inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su
hora?
Les
temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del
guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come
con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco
desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban
lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía
mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir
todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando
lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían
en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los
axolotl no tienen párpados.
Ahora sé
que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al
inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de
mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo
del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en
que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan
terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de
piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese
infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia
sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo
sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba
pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el
misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara
de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi
cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi
fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y
yo comprendí.
Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de
eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a
su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios
apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y
sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba
fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario.
Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El
horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo
de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en
un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero
aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a
un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía,
sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o
todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al
resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al
acuario.
Él volvió
muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me
miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por
nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude
pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que
él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los
puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un
axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de
volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su
deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso
como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su
imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en
los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que
él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo
imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.
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