Libro N° 13539. Los Tres Jinetes Del Apocalipsis. Keith Chesterton, Gilbert.
© Libro N° 13539. Los Tres Jinetes Del
Apocalipsis. Keith Chesterton, Gilbert.
Emancipación. Febrero 22 de 2025
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Los Tres Jinetes Del Apocalipsis. Gilbert Keith Chesterton
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Los Tres Jinetes Del Apocalipsis. Gilbert Keith Chesterton
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LOS TRES JINETES DEL
APOCALIPSIS
Gilbert Keith Chesterton
Los Tres
Jinetes Del Apocalipsis
Gilbert Keith Chesterton
LOS TRES JINETES DEL APOCALIPSIS
Gilbert Keith Chesterton
La singular y a veces inquietante impresión que Mr. Pond me causaba, a
pesar de su cortesía trivial y de su corrección, se vinculaba tal vez a alguno
de mis primeros recuerdos y a la vaga sugestión verbal de su nombre. Era un
viejo amigo de mi padre, un funcionario; y sospecho que mi imaginación infantil
había mezclado de algún modo el nombre de Mr. Pond con el estanque del jardín.
Pensándolo bien, se parecía extrañamente al estanque. Era, en general, tan
sereno, tan regular y tan claro en sus habituales reflejos de la tierra, del
cielo y de la luz del día como aquél. Y yo sabía, sin embargo, que había
algunas cosas raras en el estanque del jardín. Una o dos veces al año el
estanque parecía un poco distinto: una sombra fugaz o un destello interrumpía
su lisa tranquilidad, y un pez o un sapo o alguna criatura más grotesca se
mostraba al cielo. Y yo sabía que también en Mr. Pond había monstruos:
monstruos mentales que emergían un instante a la superficie y luego se perdían.
Tomaban las formas de observaciones monstruosas en medio de sus observaciones
inofensivas y razonables. Algunos interlocutores pensaban que en la mitad de un
diálogo juicioso se volvía loco. Pero también reconocían que regresaba a la
cordura inmediatamente.
Una tarde, hablaba muy juiciosamente con Sir Hubert Watton, el conocido
diplomático; estaban sentados bajo enormes quitasoles, mirando el estanque, en
nuestro jardín. Hablaban de una parte del mundo que ambos conocían y que en
Europa Occidental se conoce muy poco: las vastas llanuras anegadizas que se
deshacen en pantanos y ciénegas en los confines de Pomerania y de Polonia y de
Rusia, y que se dilatan acaso hasta los desiertos siberianos. Y Mr. Pond
recordó que en una región de profundas ciénegas, cortadas por lagunas y lentos
ríos, hay un solo camino en un estrecho terraplén empinado: una senda no
peligrosa para el peatón, pero escasa para que dos jinetes pasen a un tiempo.
Este es el principio del cuento.
Se refiere a un tiempo no muy lejano, a un tiempo en el que aún se
usaban tropas de caballería, aunque más para correos que para combates. Baste
decir que esto ocurrió en una de las muchas guerras que han arrasado a esa
parte del mundo, si es posible arrasar un desierto. Esa guerra entrañaba la
presión del sistema prusiano sobre la nación polaca, pero es innecesario
formular la política del asunto o discutir el pro y el contra. Digamos
ligeramente que Mr. Pond divirtió a los presentes con un ugma.
—Espero que ustedes recordarán —dijo Pond— el revuelo que produjo Pablo
Petrovski, el poeta de Cracovia, que hizo dos cosas bastante peligrosas en
aquel tiempo: mudarse de Cracovia a Poz-nam y ser a la vez poeta y patriota. La
ciudad en que vivía estaba ocupada en ese momento por los prusianos; estaba
situada exactamente en el término oriental del largo camino; pues, como es de
imaginarse, el comando prusiano se había apresurado a ocupar la cabeza de
puente, de ese puente tan solitario, sobre ese mar de ciénegas. Pero su base
estaba en el término occidental del camino: el célebre mariscal von Grock tenía
el comando supremo; y su antiguo regimiento, que seguía siendo su regimiento
predilecto, los Húsares Blancos, estaba acampado cerca del extremo occidental
del alto camino. Por supuesto, todo era impecable, hasta el menor detalle de
los espléndidos uniformes blancos, atravesados por el tahalí llameante —esto
era anterior al empleo de los colores del barro y de la arcilla para todos los
uniformes del mundo—. No los repruebo. A veces pienso que el tiempo de la
heráldica era más hermoso que el tiempo del mimetismo que trajo la historia
natural y el culto de los camaleones y de los escarabajos. Sea lo que fuere,
este regimiento de caballería prusiana usaba su propio uniforme; y, como verán
ustedes, ése fue otro elemento del fiasco; pero no sólo eran los uniformes; era
la uniformidad. Todo fracasó, porque había demasiada disciplina. Los soldados
de Grock le obedecían demasiado; de modo que no podía hacer lo que quería.
—Eso debe ser una paradoja —dijo Watton, con un suspiro—. Será muy
ingenioso y todo lo que quieran; pero realmente es un desatino. Ya sé que la
gente suele decir que hay demasiada disciplina en el ejército alemán. Pero en
un ejército no puede haber demasiada disciplina.
—Pero no lo digo de una manera general —dijo Pond, quejumbrosamente—. Lo
digo refiriéndome a este caso particular. Grock fracasó porque sus soldados le
obedecieron. Claro que si uno de los soldados le hubiera
obedecido, las cosas no hubieran ido tan mal. Pero como dos de sus soldados le
obedecieron, el hombre fracasó.
Watton se rió guturalmente.
—Me encanta su nueva teoría militar. Usted permite la obediencia a un
soldado en un regimiento; pero que dos soldados obedezcan, ya es un exceso de
la disciplina prusiana.
—No tengo ninguna teoría militar, hablo de un hecho militar —contestó
Mr. Pond plácidamente—. Es un hecho militar que Grock fracasó porque dos de sus
soldados le obedecieron. Es un hecho militar que hubiera tenido éxito si uno de
ellos hubiera desobedecido. Encárguese usted de las teorías militares.
—No soy aficionado a las teorías —dijo Watton con cierta sequedad, como
alcanzado por un insulto trivial.
En ese momento se vio la vasta y fanfarrona figura del capitán Gahagan,
el incongruente amigo y admirador del apacible Mr. Pond. Tenía una fogosa malva
en el ojal y un sombrero de copa atesado sobre la roja cabellera; y aunque era
relativamente joven, había en su andar un contoneo que sugería la época de
los dandies y de los duelistas. Alto y de espaldas al sol,
parecía el emblema de la arrogancia. Sentado, cara al sol, atenuaban la
impresión anterior los ojos pardos, muy suaves, tristes y un poco ansiosos.
Mr. Pond interrumpió su monólogo y se perdió en un torrente de
disculpas:
—Estoy hablando demasiado, como de costumbre; la verdad es que hablo de
ese poeta, Petrovski, que casi fue ejecutado en Poz-nam, hace ya tiempo. Las
autoridades militares vacilaban; iban a dejarlo en libertad si no recibían
órdenes directas del mariscal von Grock; pero el mariscal había decidido que
muriera el poeta; y mandó la sentencia de ejecución, esa misma tarde. Después
mandaron un indulto; pero como el portador del indulto murió en el camino, el
prisionero fue puesto en libertad.
—Pero cómo … —repitió mecánicamente Watton.
—Naturalmente, el prisionero fue puesto en libertad —observó Gahagan,
con una voz fuerte y feliz—. Es claro como la luz del día. Cuéntanos otro
cuento.
—Es una historia estrictamente cierta —protestó Mr. Pond—, y ocurrió
exactamente como les digo. No es una paradoja. Claro, si se ignoran los hechos,
todo puede parecer complicado.
—Sí —convino Gahagan—, necesitaremos muchos detalles para comprender que
esa historia es simple.
—Cuéntela de una vez —dijo Watton.
—Pablo Petrovski era uno de esos hombres nada prácticos, que son de
prodigiosa importancia en la política práctica. Su poder estaba en el hecho de
que era un poeta nacional, pero también un cantor internacional. Es decir,
tenía una bella voz poderosa con la que cantaba sus himnos en todas las salas
de concierto del mundo. En su patria, naturalmente, era una antorcha y un
clarín de esperanzas revolucionarias, especialmente entonces, en aquella crisis
internacional en que el lugar de los políticos prácticos había sido ocupado por
hombres mucho más o menos prácticos. Porque el verdadero idealista y el
verdadero realista comparten el amor de la acción. Y el político práctico vive
de formular objeciones prácticas a cualquier acción. La obra del idealista
podrá ser impracticable; la del hombre de acción, inescrupulosa; pero en
ninguno de los dos casos puede un hombre ganar una reputación por no hacer
nada. Es raro que esos dos tipos extremos estuvieran en los dos extremos de ese
largo camino entre los pantanos: el poeta polaco, prisionero, en la ciudad, a
un extremo; el soldado prusiano, comandando el campamento, al otro.
«Porque el mariscal von Grock era un verdadero prusiano, no sólo
enteramente práctico, sino enteramente prosaico. Jamás había leído un verso,
pero no era un imbécil. Poseía el sentido de la realidad, propio de los
soldados; este sentido le impedía incurrir en el error asnal del político
práctico. No se burlaba de las visiones; se limitaba a detestarlas. Sabía que
un poeta, o un profeta, podían ser peligrosos como un ejército. Y había
resuelto que el poeta muriera. Era su único tributo a la poesía, y era sincero.
«Estaba sentado ante una mesa, en su tienda; el yelmo con punta de
acero, que siempre usaba en público, estaba a su izquierda; y su cabeza maciza
parecía calva, aunque sólo estaba rapada. También la cara entera estaba rapada
y nada la cubría, salvo unos anteojos muy fuertes, que daban un aire enigmático
al rostro pesado y caído. Se volvió a un teniente que estaba firme a su lado,
un alemán de los de cara indefinida y cabello pálido, cuyos redondos ojos
azules miraban como ausentes.
«—Teniente von Hocheimer —preguntó—, ¿dijo usted que su alteza llegaría
esta noche al campamento?
«—A las siete y cuarenta y cinco, mi general —respondió el teniente, que
parecía poco dispuesto a hablar, como un gran animal que apenas dominase esa
habilidad.
«—Estamos justo a tiempo —dijo Grock— para mandarlo a usted con la
sentencia de muerte, antes que llegue. Debemos servir a su alteza de todas
formas, pero especialmente ahorrándole molestias inútiles. Ya tendrá bastante
con revistar a las tropas; cuide que todo esté a disposición de su alteza. A
las ocho y cuarenta y cinco su alteza partirá para el próximo puesto avanzado.
«El teniente volvió parcialmente a la vida e hizo un esbozo de saludo.
«—Es claro, mi general, todos debemos obedecer a su alteza.
«—He dicho que todos debemos servir a su alteza —dijo el mariscal.
«Con un movimiento más brusco que de costumbre se quitó los anteojos y
los arrojó sobre la mesa. Si los vagos ojos azules del teniente hubieran sido
perspicaces, se hubieran dilatado todavía más ante la transformación operada
por ese gesto. Fue como la remoción de una máscara de hierro. Un segundo antes,
el mariscal von Grock se parecía extraordinariamente a un rinoceronte, con sus
pesados pliegues de coriácea mandíbula y mejilla. Ahora era una nueva clase de
monstruo: un rinoceronte con ojos de águila. El frío resplandor de sus ojos
viejos hubiera dicho casi a cualquiera que algo había en él que no era
solamente pesado; que algo había en él, hecho de acero y no sólo de hierro.
Porque todos los hombres viven por un espíritu, aunque sea un espíritu malvado,
o uno tan extraño a la comunidad de los hombres cristianos, que éstos apenas
saben si es bueno o malo.
«—He dicho que todos debemos servir a su alteza —repitió Grock—. Hablaré
con más claridad y diré que todos debemos salvar a su alteza. ¿No basta a
nuestros reyes ser nuestros dioses? ¿No les basta que los sirvan y que los
salven? Nosotros somos quienes debemos servir y salvar.
«El mariscal von Grock raramente hablaba o pensaba (tal como entienden
el pensamiento las personas intelectuales). Los hombres como él, cuando se
ponen a pensar en voz alta, prefieren dirigirse a su perro. Les complace
ostentar palabras difíciles y complicados argumentos ante el perro. Sería
injusto comparar al teniente Ho-cheimer con un perro. Sería injusto para el
perro, que es una criatura sensitiva y vigilante. Sería más exacto decir que el
mariscal von Grock, en ese raro momento de reflexión, tenía la comodidad y la
tranquilidad de sentir que estaba reflexionando en voz alta en presencia de una
vaca o de una legumbre.
«—Una y otra vez, en la historia de nuestra casa real, el sirviente ha
salvado al amo —continuó Grock— sin lograr otro premio que sinsabores, a lo
menos de parte de la opinión pública, que siempre gime contra el afortunado y
el fuerte. Pero hemos sido afortunados y hemos sido fuertes. Maldijeron a
Bismarck por haber engañado a su amo, con el telegrama de Ems; pero convirtió a
su amo en amo del mundo. París fue capturada; destronada Austria; y nosotros
quedamos a salvo. Esta noche Pablo Petrovski habrá muerto, y otra vez estaremos
a salvo. Por eso lo mando con esta inmediata sentencia de muerte. ¿Entiende
usted que lleva la orden para la inmediata ejecución de Petrovski y que no debe
regresar hasta que la cumplan?
«El inexpresivo Hocheimer saludó; entendía muy bien esa orden. Al fin de
cuentas tenía algunas de las virtudes del perro: era valiente como un bull-dog
y podía ser fiel hasta la muerte.
«—Debe usted montar a caballo y partir sin tardanza —continuó Grock— y
cuidar que nada lo demore, o impida su misión. Me consta que ese imbécil de
Arnheim libertará a Petrovski esta noche, si no recibe mensaje alguno.
Apresúrese.
«Y el teniente volvió a saludar y entró en la noche; y después de montar
uno de los soberbios corceles blancos que eran parte del esplendor de ese
regimiento espléndido, empezó a galopar por el alto y estrecho terraplén, casi
como el filo de una muralla, que dominaba el sombrío horizonte, los difusos
contornos y los apagados colores de aquellos pantanos enormes.
«Cuando el último eco del caballo retumbó en el camino, el mariscal se
incorporó, se puso el casco y los lentes y salió a la puerta de la tienda; pero
por otra razón. El Estado Mayor, con uniforme de gala, ya le esperaba; y, desde
las profundas filas, se oían los saludos rituales y las voces de mando. Había
llegado el príncipe.
«El príncipe era algo así como un contraste, al menos en lo externo, con
los hombres que lo rodeaban; y aun en otras cosas era una excepción en su
mundo. También usaba yelmo con punta de acero, pero de otro regimiento, negro
con reflejos de acero azul; y había algo semiincongruente y semiapropiado, por
alguna anticuada razón, en la combinación de ese yelmo con la larga y oscura
barba fluida, entre aquellos prusianos bien rasurados. Como para hacer juego
con la larga y oscura barba, usaba un largo y oscuro manto azul con una
estrella resplandeciente, de la más alta orden real; y bajo el manto azul
vestía uniforme negro. Aunque tan alemán como los otros, era un tipo distinto
de alemán; y algo en su rostro absorto y orgulloso confirmaba la leyenda de que
la única pasión de su vida era la música.
«En verdad, el adusto Grock creyó poder vincular con esa remota
excentricidad el hecho fastidioso y exasperante de que el príncipe no
procediera inmediatamente a revisar las tropas, formadas ya en todo el orden
laberíntico de la etiqueta militar de su nación; y que inmediatamente abordara
el tema que el mariscal quería evitar: el tema de ese polaco informal, su
popularidad y su peligro; porque el príncipe había oído las canciones de este
hombre en los teatros de toda Europa.
«—Hablar de ejecutarlo es una locura —dijo el príncipe, sombrío bajo su
casco negro—. No es un polaco vulgar. Es una institución europea. Sería
lamentado y divinizado por nuestros aliados, por nuestros amigos, hasta por
nuestros compatriotas. ¿Quiere usted convertirse en las mujeres locas que
asesinaron a Orfeo?
«—Alteza —dijo el mariscal—, sería lamentado; pero estaría muerto. Sería
divinizado; pero estaría muerto. De los actos que anhela ejecutar, no
ejecutaría uno solo. Todo lo que hace ahora, cesaría para siempre. La muerte es
un hecho irrefutable, y me gustan los hechos.
—¿No sabe usted nada del mundo? —preguntó el príncipe.
«—Nada me importa del mundo —contestó Grock— más allá de los jalones de
la frontera.
«—¡Dios del cielo! —gritó el príncipe—. Usted hubiera fusilado a Goethe
por una indisciplina con Weimar.
«—Por la seguridad de su casa real —contestó Grock— no hubiera vacilado
un instante.
«Hubo un breve silencio, y el príncipe dijo con una voz seca y distinta:
«—¿Qué quiere usted decir?
«—Quiero decir que no he vacilado un instante —dijo el mariscal, con
firmeza—. Ya he enviado órdenes para la ejecución de Petrovski.
«El príncipe se irguió como una gran águila oscura; su capa ondeó como
en un vértigo de alas; y todos los hombres supieron que una ira más allá del
lenguaje había hecho de él un hombre de acción. Ni siquiera se dirigió al
mariscal; a través de él, con voz alta, habló al jefe de Estado Mayor, general
von Zenner, un hombre opaco, de cuadrada cabeza, que había permanecido en
segundo término, quieto como una piedra.
«—¿Quién tiene el mejor caballo de su división? ¿Quién es el mejor
jinete?
«—Arnold von Schacht tiene un caballo que vencería a los de carrera
—respondió en seguida el general—. Y es un admirable jinete. Es de los Húsares
Blancos.
«—Muy bien —dijo el príncipe, con la misma decisión en su voz—. Que
inmediatamente salga en persecución del hombre con esa orden absurda, y que lo
detenga. Yo le daré una autorización que el eminente mariscal no discutirá.
Traigan papel y tinta.
«Sentóse, desplegando la capa; le trajeron lo pedido, escribió
firmemente y rubricó la orden que anulaba todas las otras y aseguraba el
indulto y la libertad de Petrovski, el polaco.
«Después, en un silencio de muerte, que von Grock aguantó sin pestañear,
como un ídolo bárbaro, el príncipe salió de la estancia, con su capa y su
espada. Estaba tan disgustado, que nadie se atrevió a recordarle la revista de
las tropas. Arnold von Schacht, un muchacho ágil, de aire de niño, pero con más
de una medalla en su blanco uniforme de húsar, juntó los talones, recibió la
orden del príncipe y, afuera, saltó a caballo y se perdió por el alto camino,
como, una exhalación .o como una flecha de plata.
«Con lenta serenidad el viejo mariscal volvió a la tienda; con lenta
serenidad se quitó el casco y los anteojos y los puso en la mesa. Luego llamó a
un asistente y le ordenó buscar al sargento Schwarz, de los Húsares Blancos.
«Un minuto después se presentó ante el mariscal un hombre cadavérico y
alto, con una cicatriz en la mandíbula, muy moreno para alemán, como si el
color de su tez hubiera sido oscurecido por años de humo, de batallas y de
tormentas. Hizo la venia y se cuadró mientras el mariscal alzaba lentamente los
ojos. Y aunque era muy vasto el abismo entre el mariscal del imperio, con
generales a sus órdenes, y aquel sufrido suboficial, lo cierto es que de todos
los hombres que han hablado en este cuento, sólo estos dos se miraron y se
comprendieron sin palabras.
«—Sargento —dijo secamente el mariscal—, ya lo he visto dos veces. Una,
creo, cuando ganó el primer premio del Ejército en el certamen de tiro.
«El sargento hizo la venia, silencioso.
«—La otra —continuó el mariscal— cuando lo acusaron de matar de un tiro
a esa vieja que se negó a informar sobre la emboscada. El incidente dio mucho
que hablar, aun en nuestros círculos. Sin embargo, se movió una influencia en
su favor, sargento. Mi influencia.
«Otra vez el sargento hizo la venia. El mariscal prosiguió hablando de
un modo frío, pero extrañamente sincero.
«—Su alteza el príncipe ha sido engañado en un punto esencial a su
propia seguridad y a la de la Patria, y ahora acaba de mandar una orden para
que pongan en libertad a Petrovski, que debe ser ejecutado esta noche. Repito:
que debe ser ejecutado esta noche. Tiene usted que salir inmediatamente en pos
de von Schacht, que lleva la orden, y detenerlo.
«—Me será muy difícil alcanzarlo, mi general —dijo el sargento—. Tiene
el caballo más veloz del regimiento y es el mejor jinete.
«—Yo no dije que lo alcanzara. Dije que lo detuviera —dijo Grock. Luego
habló más despacio—. Un hombre puede ser detenido de muchos modos: por gritos o
disparos —se hizo más lenta y más pesada su voz, pero sin una pausa—. La
descarga de una carabina podría llamarle la atención.
«El sombrío sargento hizo la venia por tercera vez, y no despegó los
labios.
«—El mundo cambia —dijo Grock—, no por lo que se dice o por lo que se
reprueba o alaba, sino por lo que se hace. El mundo nunca se repone de un acto.
El acto necesario en este momento es la muerte —dirigió al otro sus brillantes
ojos de acero y agregó—: Hablo, claro está, de Petrovski.
«El sargento Schwarz sonrió ferozmente; y también él, después de alzar
la lona que cubría la entrada de la tienda, montó a caballo y se fue.
«El último de los tres jinetes era aún más invulnerable a la fantasía
que el primero. Pero, como también era humano (siquiera de un modo imperfecto),
no dejó de sentir, en esa noche y con esa misión, el peso de ese paisaje
inhumano. Al cabalgar por ese terraplén abrupto, infinitamente se dilataba en
derredor algo más inhumano que el mar. Porque nadie podía nadar ahí, ni
navegar, ni hacer nada humano; sólo podía hundirse en el lodo, y casi sin
lucha. El sargento sintió con vaguedad la presencia de un fango primordial, que
no era sólido, ni líquido, ni capaz de una forma; y sintió su presencia en el
fondo de todas las formas.
«Era ateo, como tantos miles de hombres sagaces, obtusos, del norte de
Alemania; pero no era de esos paganos felices que ven en el progreso humano un
florecimiento natural de la tierra. El mundo para él no era un campo en que las
cosas verdes o vivientes surgían y se desarrollaban y daban frutos; era un mero
abismo donde todas las cosas vivientes se hundirían para siempre; este
pensamiento le daba fuerza para todos los extraños deberes que le incumbían en
un mundo tan detestable. Las manchas grises de la vegetación aplastada, vistas
desde arriba como en un mapa, parecían el gráfico de una enfermedad; y las
incomunicadas lagunas parecían de veneno, no de agua. Recordó algún escrúpulo
humanitario contra los envenenadores de lagunas.
«Pero las reflexiones del sargento, como casi todas las reflexiones de
los hombres que no suelen reflexionar, tenían su raíz en alguna tensión
subconsciente sobre sus nervios y su inteligencia práctica. El recto camino era
no sólo desolado, sino infinitamente largo. Imposible creer que había corrido
tanto sin divisar al hombre que perseguía. Sin duda, el caballo de von Schacht
debía ser muy veloz para haberse alejado tanto, porque sólo había salido un
rato antes. Schwarz no esperaba alcanzarlo; pero un justo sentido de la
distancia le había indicado que muy pronto lo divisaría. Al fin, cuando
empezaba a desesperarse, lo divisó.
«Un punto blanco, que fue convirtiéndose muy despacio en una forma
blanca, surgió a lo lejos, en una furiosa carrera. Se agrandó, porque Schwarz
espoleó y fustigó a su caballo; llegó a un tamaño suficiente la raya anaranjada
sobre el uniforme blanco que distinguía al uniforme de los húsares. El ganador
del premio de tiro de todo el ejército había dado en el centro de blancos más
pequeños que aquél.
«Enfiló la carabina, y un disparo violento espantó, por leguas a la
redonda, las aves salvajes de los pantanos. Pero el sargento Schwarz no pensó
en ellas. Su atención estaba en la erecta y remota figura blanca, que se arrugó
de pronto como si el fugitivo se deformara. Pendía sobre la montura como un
jorobado; y Schwarz, con su exacta visión y con su experiencia, estaba seguro
de que su víctima había sido alcanzada en el cuerpo; y, casi indudablemente, en
el corazón. Entonces, con un segundo balazo, derribó al caballo; y todo el
grupo ecuestre resbaló y se derrumbó y se desvaneció en un blanco relámpago
dentro del oscuro pantano.
«El sargento estaba seguro de haber cumplido su obra. Los hombres como
él se aplican mucho en sus actos; por ese motivo suelen ser tan erróneos sus
actos. Había ultrajado la camaradería, que es el alma de los ejércitos; había
matado a un oficial que estaba cumpliendo con su deber; había engañado y
desafiado a su príncipe y había cometido un asesinato vulgar sin la excusa de
una pendencia, pero había acatado la orden de un superior y había ayudado a
matar a un polaco. Estas dos circunstancias finales ocuparon su mente, y
emprendió el regreso para dar su informe. No dudaba de la perfección de la obra
cumplida, indudablemente, el hombre que llevaba el perdón estaba muerto; y, si
por un milagro, sólo estuviera agonizando, era inconcebible que llegara a la
ciudad a tiempo de impedir la ejecución. No; en suma, lo más práctico era
volver a la sombra de su protector, el autor del desesperado proyecto. Con
todas sus fuerzas se apoyaba en la fuerza del gran mariscal.
«Y, en verdad, el gran mariscal tenía esta grandeza: después de la
monstruosidad que había cometido, o que había ordenado cometer, no temió
afrontar los hechos o las comprometedoras posibilidades de mostrarse con su
instrumento. Una hora después, él y Schwarz, cabalgaban por el largo camino; en
un determinado sitio desmontó el mariscal, pero le dijo al otro que
prosiguiera. Quería que el sargento llegara a la ciudad, y viera si todo estaba
tranquilo después de la ejecución, o si persistía algún peligro de agitación
popular.
«—¿Aquí es, mi general? —interrogó el sargento en voz baja—. Hubiera
jurado que era más adelante; pero la verdad es que este camino infernal se
estiraba como una pesadilla.
«—Aquí es —dijo Grock, y con lentitud se apeó del caballo. Se acercó al
borde del parapeto y miró hacia abajo.
«Se había levantado la luna sobre los pantanos y su esplendor
magnificaba las aguas oscuras y la escoria verdosa; y en un cañaveral, al pie
del terraplén, yacía, en una especie de luminosa y radiante ruina, todo lo que
quedaba de uno de los soberbios caballos blancos y jinetes blancos de su
antiguo regimiento. La identidad no era dudosa; la luna destacaba el cabello
rubio del joven Arnold, el segundo jinete, y el mensajero del indulto;
brillaban también el tahalí y las medallas que eran su historia, y los galones
y los símbolos de su grado. Grock se había sacado el yelmo; y aunque ese gesto
era tal vez la vaga sombra de un sentimiento funeral de respeto, su efecto
visible fue que el enorme cráneo rapado y el pescuezo de paquidermo
resplandecieron pétreamente bajo la luna como los de un monstruo antediluviano.
Rops, o algún grabador de las negras escuelas alemanas, podría haber dibujado
ese cuadro: una enorme bestia, inhumana corno un escarabajo, mirando las alas
rotas y la armadura blanca y de oro de algún derrotado campeón de los
querubines.
«Grock no expresó piedad y no dijo ninguna plegaria; pero de un modo
oscuro se conmovió como en algún instante se conmueve la vasta ciénega; y, casi
defendiéndose, trató de formular su única fe y confrontarla con el universo
desnudo y con la luna insistente.
«—Antes y después del hecho, la voluntad alemana es la misma. No la
destruyen las vicisitudes y el tiempo, como, la de quienes se arrepienten. Está
fuera del tiempo, como una cosa de piedra que mira hacia atrás y hacia adelante
con una sola cara.
«El silencio duró lo bastante para halagar su fría vanidad con una
sensación de prodigio; como si una figura de piedra hubiera hablado en un valle
de silencio. Pero la soledad volvió a estremecerse con un remoto susurro que
era el redoble de un galope; poco después llegó el sargento y su cara oscura y
marcada no sólo era severa, sino fantasmal en la luz de la luna.
«—Mi general —dijo, haciendo la venia con una singular rigidez—, he
visto a Petrovski, el polaco.
«—¿No lo enterraron todavía? —preguntó el mariscal sin levantar los
ojos.
«—Si lo enterraron —dijo Schwarz—, ha removido la lápida y ha resucitado
de entre los muertos.
«Schwarz seguía mirando la luna y la ciénega; pero, aunque no era un
visionario, no veía lo que miraba, sino más bien las cosas que había visto.
Había visto a Pablo Petrovski, recorriendo la iluminada avenida de esa ciudad
polaca; imposible confundir la esbelta figura, la melena romántica y la barba
francesa que figuraban en tantos álbumes y revistas. Y detrás había visto la
ciudad encendida en banderas y en antorchas y al pueblo entero adorando al
héroe, festejando su libertad.
«—¿Quiere decir —exclamó Grock con estridencia repentina en la voz— que
han desafiado mi orden?
«Schwarz hizo la venia y dijo:
«—Ya lo habían puesto en libertad y no habían recibido ninguna orden.
«—¿Pretende usted hacerme creer —dijo Grock— que del campamento no llegó
ningún mensajero?
«—Ningún mensajero —dijo el sargento.
«Hubo un silencio mucho más largo, y por fin dijo Grock, roncamente:
«—¿Qué ha ocurrido, en nombre del infierno? ¿Puede usted explicarlo?
«—He visto algo —dijo el sargento— que me parece que lo explica.
Cuando Mr. Pond llegó a este punto, se detuvo con una placidez
irritante.
—¿Y usted puede explicarlo? —dijo Gahagan.
—Me parece que sí —dijo Mr. Pond, tímidamente—. Como usted sabe, yo tuve
que aclarar el asunto cuando el ministerio intervino. Todo fue motivado por un
exceso de obediencia prusiana. También fue motivado por un exceso de otra
debilidad prusiana: el desdén. Y de todas las pasiones que ciegan y enloquecen
y desvían a los hombres, la peor es la más fría: el desdén. Grock había hablado
con demasiada libertad ante el perro y ante la legumbre. Desdeñaba a los
imbéciles, aun en su regimiento: había tratado a von Hochei-mer, el primer
mensajero, como si fuera un mueble, sólo porque parecía un imbécil. Pero
Hocheimer no era tan imbécil como parecía: había entendido, tanto como el
sargento, lo que el gran mariscal quería decir; había comprendido la ética del
mariscal, la que afirma que un acto es irrefutable, aunque sea indefendible.
Sabía que lo que su jefe deseaba era el cadáver de Petrovski; que lo deseaba de
todos modos, a costa de cualquier engaño de príncipes o muertes de soldados. Y
cuando oyó que lo perseguía un veloz jinete, comprendió inmediatamente que éste
traía un indulto del príncipe. Von Schacht, muy joven pero muy valiente
oficial, que era como un símbolo de esa más noble tradición de Alemania, que
este relato ha descuidado, merecía la circunstancia que lo convirtió en heraldo
de una política más noble. Llegó con la rapidez de esa equitación que ha legado
a Europa el nombre mismo de caballerosidad, y ordenó al otro, con un tono como
la trompeta de un heraldo, que se detuviera y se volviera. Von Hocheimer obedeció.
Se detuvo, sujetó el caballo y se volvió en la silla; pero la carabina estaba
en su mano, y una bala atravesó la frente de von Schacht. Luego se volvió y
prosiguió, con la sentencia de muerte del polaco. A su espalda el caballo y el
jinete se desmoronaron por el terraplén, y quedó despejado todo el camino; por
ese camino despejado y abierto avanzó el tercer mensajero, maravillándose de la
longitud de su viaje; hasta que divisó el uniforme inconfundible de un húsar
que desaparecía como una estrella blanca en la distancia; pero no mató al
segundo jinete: mató al primero. Por eso no llegó ningún mensaje a la ciudad
polaca. Por eso el prisionero fue libertado. ¿Me equivocaba yo al decir que el
mariscal von Grock fracasó porque dos hombres lo sirvieron fielmente?

