Libro N° 12898. El Alfarero. Valdelomar, Abraham.
© Libro N° 12898. El Alfarero. Valdelomar, Abraham.
Emancipación. Agosto 24 de 2024
Título original: ©
El Alfarero. Abraham Valdelomar
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Original: © El Alfarero. Abraham
Valdelomar
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
EL ALFARERO
Abraham Valdelomar
El
Alfarero
Abraham
Valdelomar
Su frente
ancha, su cabellera crecida, sus ojos hondos, su mirada dulce. Una vincha de
plata ataba sobre las sienes la rebelde cabellera. Sencillo era su traje y
apenas en la blanca umpi de lana un dibujo sencillo, orlaba los contornos.
Nadie había oído de sus labios una frase. Sólo hablaba a los desdichados para
regalarles su bolsa de cancha y sus hojas de coca. Vivía fuera de la ciudad en
una cabaña. Los Camayoc habían acordado no ocuparse de él y dejarle hacer su
voluntad inofensiva para el orden del imperio. De vez en cuando encargábanle un
trabajo o él mismo lo ofrecía de grado para el Inca o para el servicio del Sol.
Las gentes del pueblo lo tenían por loco, su familia no le veía y él huía de
todo trato. Trabajaba febrilmente. Veíasele a veces largas horas contemplando
el cielo. Muchos de los pobladores encontrabánle solo, en la selva, cogiendo
arcilla de colores u hojas para preparar su pintura, o cargando grandes masas
de tierra para su labor. Pero nadie veía sus trabajos.
Nadie
jamás había entrado a su cabaña. Una vez un Curaca le mandó a su hijo para que
aprendiera a su lado el noble y difícil arte de la alfarería. El muchacho era
despierto y alegre. Tenía afán creciente por aprender, y labró su primera obra.
Pero cuando más contento estaba el Curaca, recibió un día a su hijo
despavorido. Temblaba el niño, todo lleno de barro, y sólo musitaba temeroso y
con los ojos desmesurados.
–¡Supay!
¡Supay! ¡Supay!
Y no
quiso volver más a la casa del artista. Porque un día mientras él labraba
afuera, mandó al muchacho a sacar un jarrón fresco. El niño, solícito, acudió y
en la oscura habitación buscó el objeto a tientas. Pero he aquí que cuando
menos pensó, encontróse con una enorme sombra y quiso salir precipitadamente;
sintió sus manos detenidas por un monstruo enorme que luchaba con él. Era una
estatua de Supay, que secaba en la habitación. Y el niño, al querer huir, había
metido en la fresca arcilla sus manos y a medida que quería desprenderse, más
se aprisionaba en el barro y gritaba despavorido y el Supay se derribó y cayó
sobre él y llegó el artista y lo liberó.
Desde
entonces cortó toda relación con los del pueblo. El mismo se procuraba su
alimento. El iba en pos de las frutas del valle, canjeaba a los viajeros huacos
por coca, y así vivía, libre como un pajarillo. Un día le envió al Inca una
serpiente de barro que silbaba al recibir el agua, y causó tal espanto que el
Inca hubo de mandarla al Templo del Sol.
Otro día
hizo una danza de la muerte. Cada vez que trabajaba, decían oír gritos de dolor
en la covacha, y llegaron a no pasar cerca de sus linderos los traficantes.
Una tarde
en que Apumarcu había ido al río en pos de agua para deshacer el barro, sintió
tocar una antara en la fronda. Y él nunca había oído dulces canciones. Y poco a
poco se fue acercando y vio a un hombre que sobre una roca, solitario, a la
orilla del río, tocaba. Y le habló.
–¿Y quién
eres tú que así vienes a estos lugares donde sólo hay un recuerdo que es
mío?.....
–Yo soy
Apumarcu el alfarero .
–Ah
hermano, yo soy Yactan Nanay, el que toca el antara…
–¿Y de
qué ayllu eres tú, Yactan Nanay?....
–Yo no
tengo Ayllu……..Y tu Ayllu ¿cuál es?..
–Mi
barro.
Y desde
entonces fueron como grandes hermanos. No se separaban nunca. Juntos iban en
pos de la fruta escondida entre el follaje rumoroso. Juntos pasaban largas
horas y conversaban largamente. Apumarcu le hablaba de las cosas que él nunca
había escuchado a nadie. Y Yactan le decía cómo una tarde su amada habríase
perdido…
Y le
relataba algunos viajes hechos por países desconocidos y le hablaba de sus
dudas respecto a la divinidad .Una vez hizo Apumarcu una cabeza del amigo. El
la llevaba consigo porque no era más grande que un puño. Y tanto hablábale de
su amada y de tal manera le describía su cara que un día Apumarcu le hizo una
cabeza de ella. Y él le explicaba, y el otro realizaba. Y cuando estuvo
concluida, Yactan Nanay le dijo:
–Yo no
tocaré sino para ti, hermano, porque tú la has comprendido y me la has
devuelto. Creo que el barro en que ella está aquí en tu obra vivirá
eternamente. Eres más grande que el Sol porque él la hizo y la llevó, mientras
que tú las hecho en dura arcilla y no morirá nunca. Pero yo he perdido a mi
amada y ya no puedo ser alegre. Tú que no las has perdido, que no la tienes
¿Por qué eres tan triste?... Tú podías hacer que el Inca te diera por esposa a
la más bella dama de la corte… ¿Por qué vives solitario hermano?…
–Yo
siento que algo me falta… Yo siento una ansia inexplicable en mi alma… Yo
siento que hay algo que yo podría hacer y sé que podría ser feliz… Tengo un
incendio en el alma, veo una serie de cosas pero no puedo expresarlas. Tú
sufres y cantas en la antara tú dolor y haces llorar a los que te escuchan,
pero yo siento, veo, imagino grandes cosas y soy incapaz de realizarlas.
¿Sabes? Yo quisiera pintar la vida tal como la vida es. Yo quisiera representar
en un pequeño trozo lo que ven mis ojos. Aprisionar la naturaleza. Hacer lo que
hace el río con los árboles y con el cielo. Reproducirlos. Pero yo no puedo; me
faltan colores, los colores no me dan la idea de lo que yo tengo en el alma. He
ensayado con todos los jugos de las hojas a reproducir un pedazo de la
naturaleza, pero me sale muerto. No puedo hacer la alegría del bosque, ni la
azul belleza del cielo, ni puedo hacer una sonrisa, sino en el tosco barro. ¿Tú
no crees que se puede hacer otra naturaleza como la que se ve?... Los hombres
del Imperio no comprenden esto. El barro es tosco; yo puedo hacer todo con el
barro, pero ¿cómo haría yo a un hombre que pensara, cómo pondría en su cara la
palidez del insomnio?... ¡Ah, cuán desgraciado y pequeño soy hermano…!
Y lo
llevó hasta su covacha y le mostró un muro en el cual veía, vago y lleno de
durezas a trozos, un pedazo de campo. Pero allí faltaba un color… El color de
un crepúsculo. El rojo era demasiado rojo. El quería un color como el sol
cuando ya se ha ocultado, algo como los pétalos de las florecillas rosadas.
–Esto no
es, no es, hermano… Esto no es como el crepúsculo…
–El
crepúsculo sólo lo puede hacer el Sol, hermanito ¿Por qué te empeñas en
igualarlo?...
–Yo
quiero hacer lo que hace el Sol, lo que hace el día, lo que hace la naturaleza.
Un día \
se había alejado en busca de una semilla, que es rosada, para ofrecérsela a
Apumarcu. Y cuando volvió por la tarde encontró solo el lugar donde solía estar
el artista. Entro hasta su cuarto y no lo encontró.
Un día
Apumarcu se empeño en hacer sobre el muro los colores de una tarde, de aquella
tarde en la cual había visto a Yactan Nanay. Cogió hojas y empezó a
restregarlas contra los muros y con unas flores iba dando las notas de color.
–Tráeme
hojas y florecillas de molle, le dijo.
A poco
volvió.
–Esto no
es, no es, hermano… Pero puede ser…
Entonces,
como poseído de una fuerza extraña, empezó a restregar febrilmente contra el
muro los diversos colores, y en su rostro iba creciendo una extraña fiebre, y
trabajaba cálidamente y seguía copiando la luz y el paisaje que por la ventana
veía. De pronto se detuvo. Faltaba algo, un algo sólo, un tono, un color que él
no tenía; ¿cómo hallarlo? Sacó un cuchillo de chilliza y apasionadamente se
cortó el puño y surgió la sangre con el agua de un vaso y vio el color que le
faltaba y siguió poniendo las notas hasta que cayó exámine sobre su lecho.
Cuando
Yactan Nanay volvió, encontró a Apumarcu tendido sobre el lecho, la sangre
coagulada y morada había hecho un pequeño lago en la tierra, y en el muro vio
el paisaje de la última tarde.
Besó su
frente y llorando, tocó a sus pies la canción del crepúsculo. El oro del Sol
caía por la ventana estrecha y se desleía en la ropa del artista, en cuyo
rostro anguloso había un tono verde y en cuyos ojos señoreaba esa humedad
trágica de los ojos que ya no tienen vida. A sus pies encontró Yactan Nanay una
cabecita de barro con la imagen del amigo muerto. Y siguió tocando, tocando,
hasta que la noche cayó, como una sola sombra inerte sobre el mundo silencioso.

