Libro N° 10820. El Viejo Bugs. Lovecraft, H.P.
© Libro N° 10820.
El Viejo Bugs. Lovecraft,
H.P. Emancipación. Enero 21 de 2023
Título original: ©
Old Bugs, H.P. Lovecraft (1890-1937)
Versión Original: © El Viejo Bugs. H.P. Lovecraft
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H.P. Lovecraft
El Viejo
Bugs
H.P.
Lovecraft
Una tragedia estrafalaria de Marcus Lollius, Procónsul de la Galia.
El tugurio de Sheehan, que adorna uno de los callejones inferiores del
distrito céntrico ganadero de Chicago, no es lo que se dice un lugar agradable.
Su atmósfera, colmada por un millar de olores semejantes a los de Colleridge,
podría haber encontrado en Colonia, apenas sabe lo que son los rayos
purificadores del sol, y tiene que luchar, para hacerse un hueco, contra las
acres humaredas de innumerables puros baratos y cigarrillos que cuelgan de los
labios toscos de las bestias humanas que merodean por tal lugar, día y noche.
Pero la popularidad del antro de Sheehan no se resiente de ello, y hay
una razón para que así sea; una razón que resulta obvia para cualquiera que se
tome la molestia de olfatear los aromas mezclados que allí se encuentran. Sobre
y ente los humos y el olor a cerrado, se nota un aroma que una vez fue familiar
en todo el mundo, pero que ahora se encuentra arrinconado a las esquinas de la
vida, merced al edicto de un gobierno benevolente: el olor a whisky fuerte y
mal… una rara avis, de hecho, en este año de gracia de 1950.
El Sheehan es el centro reconocido del tráfico clandestino de licor y
drogas, y tal circunstancia tiene cierta dignidad que toca incluso a los
desaliñados asiduos a tal lugar; pero, incluso así, había alguien que quedaba
al margen de tal palio de dignidad; uno que compartía la miseria y suciedad del
Sheehan, pero no su importancia. Le llamaban el Viejo Bugs y era el ser más
despreciable de un submundo despreciable. Uno podía tratar de averiguar qué
había sido alguna vez; ya que su lenguaje y ademanes, cuando se embriagaba lo
suficiente, eran lo bastante curiosos como para despertar el interés; sin
embargo, era menos difícil determinar qué era… ya que el Viejo Bugs encarnaba,
hasta un grado superlativo, a la patética especie que se llama perdedor o
marginal. Era imposible determinar su procedencia. Cierta noche había
interrumpido de forma estrambótica en el Sheehan, echando espuma por la boca y
pidiendo a gritos whisky y hachís, y cuando se lo suministraron a cambio de la
promesa de hacer trabajos serviles, se había quedado ya allí, limpiando suelos
y lavando escupideras y vasos, y haciendo un centenar de trabajos de baja
estofa similares, a cambio del alcohol y las drogas que necesitaba para
mantenerse vivo y cuerdo.
Hablaba poco, y cuando lo hacía, era por lo común en la jerga usual al
submundo; pero, de vez en cuando, si se inflamaba gracias a una generosa y
desmedida dosis de whisky barato, estallaba en sartas de incomprensibles
polisílabos y fragmentos sonoros de prosa y verso, lo que hacía que algunos
asiduos conjeturaran que había conocido días mejores. Un habitual -un
desfalcador hundido- solía conversar con él, con bastante regularidad, y a
tenor de sus palabras llegó a suponer que, en su día, había sido escritor o
profesor. Pero la única verdad tangible sobre el pasado del Viejo Bugs era una
foto desvaída que llevaba siempre encima… la fotografía de una joven de
facciones nobles y hermosas. La sacaba a veces de su maltratada cartera,
desenvolvía cuidadosamente su envoltura de tela encerada y la contemplaba
durante horas con expresión de inefable tristeza y ternura. No era el retrato
de nadie a quien pudiera llegar a conocer alguien del submundo, sino el de una
mujer de buena cuna y educación, vestida con las ropas livianas de hacía
treinta años.
El Viejo Bugs mismo parecía sacado del pasado, ya que sus
indescriptibles ropajes tenían todas las marcas de un tiempo pretérito. Era un
hombre sumamente alto, que quizá rebasaba el uno ochenta, aunque sus hombros
hundidos disimulaban a veces tal hecho. Su pelo, de un blanco sucio que caía en
mechones, jamás se rizaba, y en su rostro flaco crecía una espesa y enmarañada
pelambrera que siempre resultaba incipiente -nunca afeitada-, pero sin llegar a
formar una barba respetable. Su semblante fue quizá noble algún día, pero ahora
mostraba los devastadores efectos de una terrible disipación. En algún momento
-quizá en la mediana edad- había sido sin duda un tipo gordo, pero ahora estaba
horriblemente delgado, con la carne amoratada colgando en bolsas bajo sus ojos
legañosos y bajo sus mejillas. En conjunto, el Viejo Bugs no ofrecía una
estampa agradable.
El carácter del Viejo Bugs desentonaba, en forma extraña, con su
aspecto. De ordinario era, en verdad, del tipo despojo humano -dispuesto a
hacer lo que fuese a cambio de una dosis de whisky o hachís-; pero a raros
intervalos, mostraba el trato que le había ganado su apodo. En esos instantes
trataba de enderezarse y un cierto fuego le asomaba a los ojos hundidos. Su
porte podía asumir una gracia y aun una dignidad inesperadas, y las sórdidas
criaturas que lo rodeaban podían sentir en él cierta superioridad…un algo que
los volvía menos proclives a propinar los usuales sopapos y puñetazos a ese
pobre e indefenso criado. En tales momentos podía hacer gala de un humor
sardónico y hablar sobre cosas que hacían que los parroquianos del Sheehan lo
tomasen por loco e irracional. Pero tales arrebatos pasaban pronto y, de nuevo,
el Viejo Bugs volvía a su eterno lavar de suelos y lavar escupideras. De no
mediar cierta faceta, el Viejo Bugs hubiera sido el esclavo ideal de aquel
sistema… y tal faceta era su forma de comportarse cuando iniciaban a un joven
en la bebida.
El Viejo se alzaba de los suelos, furioso y excitado, farfullando
amenazas y advertencias y extraños juramentos, como animado por una espantosa
ansiedad que estremecía a más de una mente drogada en aquella abarrotada
habitación. Pero, al cabo de un tiempo, su mente, debilitada por el alcohol,
comenzaba a divagar y, con una risa enloquecida, retornaba de nuevo a su
fregona o a su bayeta. No creo que ninguno de los asiduos del Sheehan olvide
nunca el día en que llegó el joven Alfred Trever. Era, sobre todo, un curioso
-un joven rico y cultivado que quería rozar el límite en cualquiera de sus
acepciones-; al fin y al cabo, esa era la opción de Pete Schultz, el gancho del
Sheehan que captó al chico en el Lawrence College, en la pequeña ciudad de
Appleton, Wisconsin. Trever era hijo de unos padres relevantes en Appleton. Su
padre, Karl Trever, era abogado y ciudadano de renombre, mientras que su madre
se había forjado una envidiable reputación como poetisa, con el nombre de
soltera de Eleanor Wing. El propio Alfred era un erudito y poeta de talla,
aunque se veía manchado por cierta irresponsabilidad infantil, lo que lo hacía
la presa ideal para el gancho del Sheehan. Era rubio, agraciado y consentido;
vivaz y ávido de probar todas las formas de disipación que había conocido por
lecturas y de oídas. En el Lawrence había sido un miembro destacado de la
fraternidad burlesca de Tappa Tappa Keg, donde fue el más salvaje y alegre de
los salvajes y alegres jóvenes transgresores, pero toda aquella frivolidad
inmadura y colegial no llegaba a satisfacerle.
Supo, gracias a los libros, que existían vicios más profundos, y quería
conocerlos de primera mano. Quizá su tendencia a lo extraño había sido
fomentada, de alguna forma, por la represión a la que lo habían sometido en su
casa familiar; ya que la señora Trever tenía razones personales para aplicar
una severidad rigurosa en la educación de su único hijo. Ella misma, en su
juventud, se había visto profunda y permanentemente impresionada por el horror
a la disipación, producto del caso de uno a la que en un tiempo había estado
prometida. El joven Galpin, el prometido en cuestión, había sido uno de los
hijos más preclaros de Appleton. Habiendo ganado ya distinción siendo niño,
gracias a su mente poderosa, obtuvo fama en la Universidad de Wisconsin, y a la
edad de veintitrés años volvió a Appleton para convertirse en profesor del
Lawrence y poner un diamante en el dedo de la hija más bella y brillante de
Appleton. Durante un trimestre todo fue bien, hasta que la tormenta estalló sin
previo aviso.
Ciertos hábitos perniciosos, que tenían su origen en una primera ingesta
de bebida hecha años antes, durante un retiro en los bosques, se manifestaron
en el joven profesor, y sólo una rápida renuncia hizo que se librase de un
castigo legal por insulto a los hábitos y a la moral de los pupilos a su cargo.
Se rompió el compromiso y Galpin emigró al Este en busca de una nueva vida;
pero, sin que pasara mucho tiempo, la gente de Appleton supo que había caído en
desgracia en la Universidad de Nueva York, donde había logrado plaza de
profesor de inglés. Galpin dedicaba su tiempo a la biblioteca y a la lectura, a
preparar volúmenes y conferencias sobre diversos temas, conectados todos con
las belles lettres, y mostrando siempre un genio tan destacable que parecía que
el público podía a veces perdonar sus pasados errores. Sus apasionadas lecturas
en defensa de Villon, Poe, Verlaine y Wilde podían aplicársele igualmente a él
mismo, y, el corto veranillo de su gloria, se habló incluso de un nuevo
compromiso con cierta familia ilustre de Park Avenue. Pero luego todo estalló.
Una caída final, comparable a las demás, rompió las ilusiones de
aquellos que habían creído en la redención de Galpin, y el joven cambió de
nombre, para desaparecer de la vida pública. Ciertos rumores dispersos lo
asociaban con un tal Cónsul Hasting, cuyo trabajo en el teatro y el cine
atraían cierta atención, gracias a la amplitud y profundidad de su erudición,
pero Hasting pronto desapareció de escena, y Galpin se convirtió, únicamente,
en un nombre que los padres pronunciaban a modo de advertencia. Eleanor Wing se
casó pronto con Karl Trever, un joven abogado en alza, y de su primitivo novio
no guardó más que el recuerdo suficiente como para poner su nombre a su único
hijo, así como para aplicarse a la guía de ese joven agraciado y testarudo. Sin
embargo, ahora, pese a tal educación, Alfred Trever estaba en el Sheehan, a
punto de tomar su primer trago.
-Jefe -gritó Schultz al entrar en la hedionda estancia, junto a su joven
víctima-. Traigo a mi amigo Al Trever, el mejor tipo de Lawrence, que está en
Appleton, Wisconsin, como bien sabéis. Algunos comienzan jóvenes, también. Su
padre es un gran abogado en su pueblo y su madre un genio de la literatura.
Quiere ver la vida tal como es, saber a qué sabe el verdadero matarratas… tan
sólo recuerde que es mi amigo y trátelo bien.
Cuando se pronunciaron los nombres Trever, Lawrence y Appleton, los
ociosos presentes creyeron sentir algo inusual. Quizá no era más que algún
sonido relacionado con el entrechocar de bolas en las mesas de billar, o el
resonar de botellas procedentes de las misteriosas zonas del fondo -quizá sólo
eso, o un extraño agitar de las sucias cortinas, en alguna de las mugrientas
ventanas-, pero muchos creyeron que alguien en la habitación había hecho
rechinar los dientes y tomado una honda inspiración.
-Me alegra conocerlo, Sheehan -dijo Trever en un trono tranquilo y
cultivado-. Es la primera vez que vengo a un sitio como este, pero soy
estudiante de las cosas de la vida y no quiero ahorrarme ninguna experiencia.
Hay cierta poesía en este tipo de cosas, ya sabe… o quizá no lo sabe, pero es
igual.
-Joven –repuso el propietario-. Ha venido usted al lugar idóneo para ver
lo que es la vida. Tenemos de todo aquí… vida de verdad y tiempo por delante.
El maldito gobierno puede domesticar a la gente si ésta se lo permite, pero no
puede parar a un tipo si lo que desea es esto. ¿Qué es lo que quiere, amigo:
alcohol, coca o qué? No podrá pedirnos nada que no tengamos.
Los asiduos dicen que, en ese momento, se percataron de que los golpes
de fregona, regulares y monótonos, habían cesado.
-Quiero whisky… ¡Whisky de centeno a la vieja usanza! -exclamó
entusiasmado Trever-. Tengo que decirle que estoy hastiado del agua tras leer
acerca de las buenas borracheras que se corrían en el pasado. No puedo leer las
Anacreónticas sin salivar… ¡y mi boca me pide algo más fuerte que el agua!
-Anacreónticas… ¿pero qué rayos es eso? -algunos de aquellos parásitos
miraron al joven como si no estuviera en sus cabales. Pero el defraudador les
explicó que Anacreonte era un tipo que había vivido hacía muchos años, y que
había escrito acerca de la alegría que sentía cuando todo el mundo era como el
Sheehan.
-Veamos, Trever -siguió el estafador -¿No ha dicho Schultz que su madre
es una literata?
-Sí, maldita sea -replicó Trever- ¡Pero no en la misma forma que el
viejo escritor tebano! Ella es una de esas moralistas pacatas y eternas que se
empeñan en quitar toda la alegría a la vida. Una especie ñoña… ¿No hablar de
ella? Escribe todo bajo el nombre de soltera de Eleanor Wing.
Fue entonces cuando el Viejo Bugs dejó caer su fregona.
-Bueno, aquí está el alpiste -anunció jovialmente Sheehan, entrando en
la sala con una bandeja llena de botellas y vasos-. Bueno y viejo centeno, tan
fuerte como no se puede encontrar otro igual en todo Chicago.
Los ojos de joven relampaguearon y sus narices se distendieron ante los
vapores que un camarero estaba sirviendo delante de él. Le repelía de forma
horrible y repugnaba a toda su delicadeza heredada, pero lo sostuvo su
determinación a probar la vida hasta el fondo, y logró mantener un aspecto
decidido. Pero, antes de que pudiera poner a prueba su resolución, intervino lo
inesperado. El Viejo Bugs, saltando desde la posición acuclillada en que había
estado hasta entonces, saltó sobre el joven y le arrancó de la mano el
inspirador caso, casi al mismo tiempo que atacaba la bandeja de botellas y
vasos con su fregona, provocando que se hicieran mil pedazos sobre el suelo, en
una confusión de aromáticos fluidos, y botellas y vasos rotos. Hombres, o seres
que habían sido hombres, se lanzaron al suelo y comenzaron a lamer los charcos
de licor; pero la mayoría se quedó quieta, observando la insólita acción de
aquel esclavo y despojo de bar. El Viejo Bugs se irguió ante el atónito Trever
y le dijo, con voz suave y cultivada:
-No lo haga. Yo, en otro tiempo, era como usted y di el paso. Ahora soy…
esto.
-¿Pero qué rayos está diciendo usted, viejo chiflado? -barbotó Trever-.
¿Cómo se atreve a interferir en los placeres de un caballero?
Sheehan, recobrándose entonces de su asombro, avanzó y puso una mano
pesada en el hombro de aquel viejo desdichado.
-¡Esta ha sido la última vez, maldito bicharraco! -exclamó fuera de sí-.
Cuando un caballero desea tomar un trago aquí, lo hace, vive Dios, sin que
nadie lo moleste. Lárgate ahora mismo de mi local, antes de que te eche a
patadas.
Pero Sheehan había obrado sin un conocimiento científico de la
psicología anómala y de los efectos de una crisis nerviosa. El Viejo Bugs,
sosteniendo con una mano firme su fregona, comenzó a blandirla como la jabalina
de un hoplita macedonio, y no tardó en abrir un buen espacio a su alrededor,
soltando, entre tanto, una verborrea incoherente, en mitad de la cual se le
podía oír decir:
-…los hijos de Belial, encendidos de insolencia y vino.
La habitación se convirtió en un pandemonio, y los hombres gritaban y
aullaban de espanto ante el siniestro ser que habían despertado. Trever parecía
aturdido y, según el tumulto iba a más, se arrimó a la pared.
-¡No debe beber! ¡No debe beber! -rugía el Viejo Bugs, mientras parecía
divagar, o encenderse, con sus citas.
La policía apareció en la puerta, atraída por el escándalo, pero durante
cierto tiempo ni se movieron ni hicieron nada. Trever, ahora completamente
aterrorizado y curado, para siempre, de su deseo de ver la vida a través de la
ruta del vicio, se pegó a los recién llegados uniformados. Si lograba escapar y
tomar un tren que lo llevase a Appleton, pensó, podía dar su educación, en
materia de disipación, por cerrada. Entonces, de repente, el Viejo Bugs dejó de
agitar su jabalina y se quedó quieto… irguiéndose más recto de lo que nadie en
aquel lugar le había visto antes.
-Ave, Caesar, moriturus te saluto! -gritó, antes de caer al suelo
empapado en whisky, para no levantarse ya nunca más.
Lo que sucedió después es algo que nunca olvidará el joven Trever. La
imagen es confusa, pero indeleble. Los policías se abrieron paso entre la
gente, preguntando con insistencia, a todos, acerca de qué había sucedido y del
cadáver en el suelo. Interrogaron especialmente a Sheehan, sin conseguir
ninguna información de valor tocante al Viejo Bugs. Entonces el estafador
recordó la foto y sugirió que podían verla y buscar en los archivos de la
comisaría. Un agente se inclinó, algo reacio, sobre aquella espantosa forma de
ojos vidriados, encontró la fotografía envuelta en el papel de seda y se la
pasó a los otros.
-¡Menuda joven! -un borracho lanzó una mirada llena de lascivia al
hermoso rostro; pero aquellos que estaban sobrios no lo hicieron, sino que
contemplaron con respeto las facciones delicadas y espirituales. Nadie parecía
capaz de ubicar todo aquello, y todos se preguntaban cómo aquel despojo comido
por las drogas podía tener tal foto en su poder… es decir, todos menos el
estafador, que, mientras tanto, observaba con desazón a la policía. Pero él
había hurgado un poco más bajo la máscara de total degradación del Viejo Bugs.
Luego pasaron la foto a Trever, y se produjo un cambio en el joven. Tras
un primer sobresalto, volvió a envolver el retrato, como si quisiera protegerlo
de la sordidez de aquel lugar. Lanzó una mirada larga e inquisitiva a la figura
caída percatándose de su gran estatura, así como de la aristocracia de
facciones que parecían aparecer ahora que la desdichada llama de la vida se
había apagado.
No, dijo apresuradamente cuando le preguntaron cómo conocía a la persona
del retrato. La foto era muy vieja, añadió, y no podían esperar que la
reconociese. Pero Alfred Trever no decía la verdad, como muchos sospecharon
cuando se ofreció a hacerse cargo del cuerpo y a ocuparse de su entierro en
Appleton. Y es que, sobre la repisa de la biblioteca de su casa, colgaba una
reproducción exacta de tal imagen, y toda su vida había conocido y amado a la
persona retratada.
Porque aquellas nobles y gentiles facciones eran las de su propia madre.
____________________________
H.P. Lovecraft (1890-1937)

