Libro N° 10818. El Verdugo Eléctrico. Lovecraft, H.P.
© Libro N° 10818.
El Verdugo Eléctrico. Lovecraft,
H.P. Emancipación. Enero 21 de 2023
Título original: ©
The Electric Executioner, H.P. Lovecraft
(1890-1937) Adolphe Castro (1859-1959)
Versión Original: © El
Verdugo Eléctrico. H.P. Lovecraft
Circulación
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
H.P. Lovecraft
El
Verdugo Eléctrico
H.P.
Lovecraft
Para ser alguien que jamás se ha visto amenazado por una ejecución
legal, siento un horror bastante extraño hacia la silla eléctrica. De hecho,
pienso que el tema me estremece más que a muchos de quienes han tenido que
afrontar tal prueba. La razón está en que lo asocio con un incidente ocurrido
hace cuarenta años… Un suceso muy extraño me colocó al borde de desconocidos
abismos negros.
En 1889 era auditor e investigador para la Tlaxcala Mining Company de
San Francisco, que gestionaba algunas pequeñas propiedades de plata y cobre en
las montañas de San Mateo, en México. Había habido algún problema en la mina
número 3, que tenía un hosco y escurridizo superintendente llamado Arthur
Feldon, y el 6 de agosto la firma recibió un telegrama informando que Feldon
había desaparecido llevándose los registros de existencias y seguridad, así
como la documentación interna, sumiendo toda la labor administrativa y
financiera en la absoluta confusión. Este suceso fue un duro golpe para la
compañía, y a última hora de la tarde el presidente McComb me llamó A su
oficina, ordenándome que recuperara los documentos a toda costa. Esto tenía, él
lo sabía, grandes dificultades. Yo nunca había visto a Feldon, y sólo disponía
de una borrosa fotografía para identificarlo. Además mi boda estaba fijada para
el jueves de la siguiente semana a tan sólo 9 días, por lo que yo,
naturalmente, me sentía poco dispuesto a lanzarme a una caza del hombre, de
duración indefinida, en México. El apuro, no obstante, era tan grande que
McComb se sintió justificado para encomendarme tal misión, y yo, por mi parte,
decidí que aceptar tal misión merecía la pena, en vista de los beneficios que
reportaría a mi posición en la compañía.
Estaba listo para partir esa misma noche, utilizando el coche privado
del presidente para llegar a Ciudad de México, tras lo que tendría que tomar un
ferrocarril de vía estrecha hasta las minas. Al llegar, Jackson, el
superintendente de la número 3, podría darme detalles y posibles pistas, y
entonces comenzaría en serio la persecución… a tráves de montañas, hacia la
costa o entre los callejones de Ciudad de México, según lo requiera el caso.
Partí con la hosca determinación de resolver el asunto y todas sus
implicaciones tan rápido como fuera posible, suavizando mi enojo con escenas
sobre un recibimiento que seria casi una ceremonia triunfal. Habiendo avisado a
mi familia, novia y principales amigos, y tras unos precipitados preparativos
para el viaje, me reuní con el presidente McComb a las 8 de la tarde en la
estación de la Southern Pacific, recibiendo de él algunas instrucciones
escritas y un talonario de cheques, partí en su vagón, que había sido
enganchado al tren transcontienental del este de las 8 y 15. El viaje
consiguiente parecía destinado a la irrelevancia, y tras una noche de sueño
permanecí en el interior del vagón privado que tan generosamente me habían
asignado, leyendo cuidadosamente los informes y esbozando planes para la
captura de Feldon y la recuperación de los documentos. Conocía bastante bien el
estado de Tlaxcala probablemente mejor que el fugitivo, lo que me daba cierta
ventaja en la búsqueda, si éste no había utilizado el ferrocarril.
Según los informes, Feldon había estado bajo la vigilancia del
superintendente Jackson durante cierto tiempo, ya que actuaba secretamente,
trabajando por su cuenta en los laboratorios de la compañía a horas
intempestivas. Había sospechas fundadas de su complicidad con un capataz
mexicano y algunos peones en desvíos de mineral. Pero aunque los indígenas
habían sido despedidos, no había pruebas suficientes para hacer lo mismo con
él, a ojos de su atento superior. En efecto, a pesar de su secretismo, parecía
haber más desafío que culpa en el comportamiento del hombre. Era altanero y
hablaba como si la compañía estuviera a su servicio en vez de ser al contrario.
La abierta vigilancia de sus colegas, escribía Jackson, parecía enojarle cada
vez más, hasta que acabó marchándose con algo de importancia de la oficina.
Sobre su posible paradero, nada podía especularse, aunque el telegrama final de
Jackson sugería las salvajes laderas de la sierra Malinche, esas altas y
místicas cumbres con forma de cadáver tendido, de cuyas vecindades los nativos
sospechosos de robo afirmaban provenir.
En el pasó a las 2 de la madrugada de la noche siguiente, desconectaron
mi vagón privado del transcontinental para unirlo a una máquina, especialmente
encargada por telegrama, que me llevaría al sur de Ciudad de México. Continué
dormitando hasta el amanecer, y el nuevo día nos sorprendíó en los llanos y
desiertos paisajes de Chihuahua. El Personal me había dicho que estaríamos en
Ciudad de México el mediodía del viernes, pero pronto vi que los incontables
retrasos consumían horas preciosas. Tuvimos retenciones en vía muerta a lo
largo de toda la ruta de un carril y, cada 2 por 3, recalentamientos u otras
dificultades añadían nuevas complicaciones al horario previsto. En Torreón,
donde llegamos 6 horas tarde, casi a las 8 en punto de la noche, del viernes sus
buenas 12 horas de retraso, el conductor convino en aumentar la velocidad, en
un esfuerzo para recuperar tiempo. Mis nervios estaban de punta, y no hacía
otra cosa que recorrer el vagón con desesperación. Por fin, descubrí que
acelerar había supuesto un alto coste, ya que en media hora mi propio vagón
mostraba síntomas de recalentamiento; por eso, tras una enloquecedora espera,
el personal decidió que todos los equipos debían ser revisados y avanzamos a un
cuarto de la velocidad hasta la próxima estación con suministros… la ciudad
industrial de Querétaro. Esto supuso el último revés, y estuve a punto de
llorar como un crío. De Momento sólo podía agarrarme y empujar los brazos del
sillón, como tratando de apresurar al tren hacia adelante y sacarlo de su paso
de tortuga.
Eran las 10 de la noche cuando entramos en Querétaro, y pasé una hora
terrible en el andén de la estación mientras mi vagón era llevado a vía muerta
y revisado por una docena de mecánicos del lugar. Por fin, me comunicaron que
el trabajo iba para largo, ya que el eje delantero necesitaba nuevas piezas que
solo podían ser obtenidas en Ciudad de México. Verdaderamente todo parecía
confabularse contra mí, y apreté los dientes al pensar en Feldon ganando
progresivamente distancia quizás hacia el apetecible refugio de Veracruz y
embarcar o hacia Ciudad de México con sus facilidades de conseguir tren
mientras nuevos retrasos me mantienen atado e inerme. Por supuesto que Jackson
había avisado a la policía de todas las ciudades vecinas, pero sabía con pesar
cual solía ser su efectividad. Lo mejor que podía hacer, decidí enseguida, era
abordar el expreso nocturno regular que iba a Ciudad de México por Aguas
Calientes y que hacía una parada de cinco minutos en Querétaro. De cumplir su
horario, estaría allí a la 1 de la madrugada, y yo podría llegar a Ciudad de
México a las 5 en punto de la mañana del sábado. Allí donde adquirí el billete,
supe que el vagón sería de compartimentos europeos, en lugar de los largos
vagones americanos con filas de asientos dobles. Fueron muy usados en los
primeros días del ferrocarril mexicano, siendo la construcción de las primeras
líneas obra de compañías europeas, y en 1889 la Central Mexicana tenía aún en
activo un pequeño número de ellos para trayectos cortos. Normalmente prefiero los
coches americanos, ya que odio tener gente enfrente, pero por esta vez me
alegré de contar con vagones extranjeros. A esa hora de la noche tenía una
buena oportunidad de encontrar un compartimiento para mí solo y en el estado de
cansancio y fatiga nerviosa me congratulaba de la oportunidad… tanto como de
los confortables asientos de reposa-brazos, reposacabezas y cómoda tapicería
cómoda tapicería que ocupaba toda la anchura del vehículo. Compré un billete de
primera clase, sacando mi equipaje del apartado vagón privado, telegrafiando,
tanto al presidente McComb como a Jackson, cuanto había sucedido, y me senté en
la estación para esperar el expreso nocturno tan pacientemente como mis tensos
nervios me lo permitieron.
Por algún milagro, el tren sólo llegó con medía hora de retraso, aunque,
aun así, la solitaria vigilia en la estación había casi vencido mi resistencia.
El revisor, indicándome un compartimiento, me dijo que esperaba recuperar el
retraso y llegar a tiempo a la capital; me retrepé confortablemente en el
sillón que mira hacia delante, esperando un tranquilo viaje de 3 horas y media.
La luz de la lámpara de aceite sobre mi cabeza era sumamente tenue, y me
pregunté si podría descabezar el sueño, que tanto necesitaba, a pesar de mi
ansiedad y tensión nerviosa. Parecía, mientras el tren arrancaba, que estaba
solo, y me sentí agradecido de corazón por aquella circunstancia. Mis
pensamientos iban hacia mi misión, y cabeceaba con el creciente ritmo del
convoy, que iba ganando velocidad. Entonces, bruscamente, me percaté que no
estaba solo después de todo. En la esquina diagonalmente opuesta a la mía, tan
hundido en el asiento que su rostro era invisible, se sentaba un hombre de
rústicas ropas e insólita envergadura, a quien la tenue luz no había revelado
antes. Junto a él, en el asiento, había una gran maleta abollada y abultada que
asía con fuerza, incluso durante el sueño, con una mano incongruentemente
delicada. Mientras la máquina silbaba agudamente en cada curva o cruce, el
durmiente pasó nerviosamente a una especie de duermevela; alzando la cabeza,
mostró un rostro apuesto, barbudo y claramente anglosajón, de ojos oscuros y
brillantes. Al percibir mi presencia, se espabiló por completo y me asombré
ante la salvaje hostilidad de su mirada.
Sin duda, pensé, le molestaba mi presencia cuando había esperado
disponer de todo el comportamiento, tal como a mí me disgustaba encontrar
extrañas compañías en el vagón medio iluminado. Lo mejor que podíamos hacer, no
obstante, era aceptar graciosamente la situación, y comencé a disculparme ante
el hombre por mi intrusión. Parecía ser americano, y nos sentiríamos más
cómodos tras unas pocas cortesías. Luego nos dejaríamos mutuamente en paz para
el resto del viaje. Para mi sorpresa, el extraño no respondió ni una palabra a
mis cortesías. En vez de ello, siguió mirándome con fiereza y casi como
calibrándome, y rechazó mi embarazado ofrecimiento de un cigarro con un
nervioso ademán lateral de su mano libre. La otra estaba todavía tensamente
aferrada a la gran maleta gastada, y su persona parecía irradiar alguna oscura
malignidad. Tras un tiempo, volvió abruptamente el rostro hacia la ventana,
aunque no había nada que ver en la densa oscuridad del exterior. Extrañamente,
parecía mirar tan intensamente como si hubiera algo que ver. Resolví dejarle
con sus caprichos y meditaciones personales sin molestarle más; me recosté en
mi asiento, bajé el ala de mi sombrero sobre el rostro y cerré los ojos en un
esfuerzo por conciliar el sueño con el que medio había contado.
No podía haber dormitado mucho o muy profundamente cuando mis ojos se
abrieron como respondiendo a algún estimulo exterior. Los cerré de nuevo
deliberadamente y traté de echar una cabezada, aunque sin resultados. Una
influencia intangible parecía obligarme a permanecer despierto; entonces,
alzando la cabeza, observé el compartimiento escasamente iluminado, buscando
algo fuera de lo común. Todo parecía normal, hasta que reparé en que el
desconocido del rincón opuesto estaba observándome con gran atención… atentamente,
aunque sin nada de la afabilidad o fraternidad que implicaría un cambio de su
anterior hosquedad. No intenté conversar en esta ocasión, sino que me removí en
mi anterior postura de durmiente, medio cerrando los ojos como si dormitara una
vez más, pero continué observándole con curiosidad por debajo del ala caída de
mi sombrero. Mientras el tren traqueteaba hacia delante cruzando la noche vi
una sutil y gradual transformación en la expresión del atento individuo.
Evidentemente satisfecho de verme dormido, permitió que su rostro reflejara un
curioso cúmulo de emociones, cuya naturaleza parecía cualquier cosa excepto
tranquilizadora.
Odio, miedo, triunfo y fanatismo se reflejaron a la vez en las comisuras
de sus labios y ojos, mientras su mirada se convertía en un resplandor de
ferocidad y avidez verdaderamente alarmante. Súbitamente, supe que estaba ante
un loco y de los peligrosos. No pretenderé que estaba otra cosa que profunda y
totalmente asustado ante el cariz que tomaban las cosas. Mi cuerpo se cubrió de
sudor y hube de esforzarme en mantener mi actitud de relajación y sueño. La
vida presentaba tantos atractivos justo entonces, que el pensamiento de medirme
con un maníaco homicida presumiblemente armado y desde luego fuerte en sumo
grado era algo terrible y desalentador. Mi desventaja en cualquier clase de
lucha era abrumadora, puesto que el hombre era un verdadero gigante, evidentemente
en excelente forma, mientras yo era más bien débil y estaba casi exhausto de
ansiedad, falta de sueño y tensión nerviosa. Sin duda, era un mal trance, y me
sentí cercano a una muerte horrible al reconocer la furia de la locura de los
ojos del desconocido.
Sucesos del pasado desfilaron por mi mente como si los viera… como
cuando la vida entera de alguien que se ahoga vuelve a él en el último
instante, según se dice. Por supuesto, llevaba el revólver en el bolsillo de mi
chaqueta, pero cualquier gesto para buscarlo y sacarlo sería instantáneamente
advertido. Más aun, si pudiera hacerlo, ni decir tiene el efecto que haría en
el maníaco. Aún si le dispara una o dos veces, le restarían fuerzas para
quitarme el arma y hacer de mí cuanto quisiera y, de estar armado, podría
disparar o apuñalar contra mí sin tratar de desarmarme. Uno puede reducir a un
hombre cuerdo encañonándole con una pistola, pero la completa indiferencia de
los dementes hacia las consecuencias de sus actos les provee de una fuerza y
amenaza casi sobrehumana. Aún en aquellos días prefreudianos, yo tenía una
clara idea, fruto del sentido común, sobre el peligroso poder de alguien que
carece de las normales inhibiciones. Que el desconocido del rincón estuviera a
punto de emprender alguna acción homicida, sus ojos ardientes y contorsionados
músculos faciales no me permitían dudarlo un instante.
Repentinamente, escuché su respiración convertirse en boqueos excitados,
y vi su pecho hincharse con creciente agitación. El momento de la confrontación
estaba próximo, y traté desesperadamente de idear la mejor manera de encararle.
Sin interrumpir mi simulacro de sueño, comencé a deslizar mi mano derecha
gradual y disimuladamente hacia el bolsillo de la pistola, observando
atentamente al loco mientras lo hacía, para ver si detectaba algún movimiento.
Desgraciadamente lo hizo… casi sin darme tiempo de registrar ese hecho en su
expresión. Con un salto tan ágil y brusco que parecía casi increíble en un
hombre de su tamaño, estuvo sobre mí antes que supiera que pasaba; agachándome
y retorciéndose como un ogro gigante de leyenda, me agarró con una poderosa mano
mientras con la otra me registraba buscando el revólver. Sacándolo de mi
bolsillo u poniéndolo en el suyo propio, me dejó libre a sabiendas que su
superioridad física me dejaba totalmente con ojos cuya furia se había tornado
bruscamente en una mirada de despectiva piedad y cálculo espantoso. No me moví,
y tras un instante, el hombre volvió a ocupar el asiento opuesto al mío;
esbozando una horrible sonrisa, abrió su gran maleta abultada y sacó un
artefacto de aspecto peculiar: una especie de jaula de alambre semiflexible
tramada como la mascara del catcher de béisbol, pero con una figura más
parecida a la escafandra de un buzo. El final estaba conectado con un cordón
cuyo otro extremo terminaba en la maleta. Acarició este aparato con evidente
cariño, colocándolo en su regazo mientras me observaba de nuevo y se relamía
los labios barbudos con un movimiento casi felino de su lengua. Entonces, por
primera vez, habló… una profunda y madura voz suave y cultivada, en asombroso
contraste con sus ropas de rústica factura y su aspecto desaliñado.
-Es usted afortunado, señor. Lo usaré el primero de todos. Entrará en la
historia como el primer fruto de un señalado invento. Vastas consecuencias
sociológicas… dejaré brillar mi luz, como en otros tiempos. Estoy radiando todo
el tiempo, pero nadie lo sabe. Ahora usted lo sabrá. Inteligentes cobayas.
Gatos y burros… trabajé incluso con un burro…
Se detuvo, mientras sus barbudas facciones experimentaban un convulsivo
movimiento perfectamente sincronizado con un vigoroso giro de toda la cabeza.
Era como si tratara de sacudirse de alguna traba intangible, ya que a los
rictus siguió una expresión más clara y sutil que ocultaba la locura descarnada
bajo un aspecto de suave compostura, tras la que la demencia brillaba sólo
débilmente. Aprecié rápidamente la diferencia y tomé la palabra para ver si
podía guiar sus pensamientos hacia cauces más inofensivos.
-Parece tener usted un instrumento extremadamente delicado, a mi
entender. ¿Puede decirme cómo llegó a inventarlo?
Él cabeceó.
-Pura reflexión lógica, querido señor. Estudié las necesidades de la
época y obré en consecuencia. Otros ingenios habrían hecho lo mismo de haber
sido más poderosos esto es, tan capaces de concentración sostenida como el mío.
Tenía la convicción… una valiosa fuerza de voluntad… eso es todo. Comprendí
como nadie cuán imperativo era sacar a todo el mundo de la tierra antes de la
vuelta de Quetzalcoatl, y comprendí también que debía ser hecho elegantemente.
Odio la carnicería de cualquier clase, y la horca es bárbaramente cruda. Usted
sabe que el pasado año los legisladores de Nueva York votaron la adopción de
ejecución eléctrica para los condenados… pero todos los aparatos que se les
ocurren son algo tan primitivo como el “Rocket” de Stephenson o la primera máquina
eléctrica de Davenport. Conozco un método mejor, y así se lo dije, pero no me
prestaron ninguna atención. ¡Dios, que necios! Como si yo no supiera cuánto hay
que saber sobre hombres, muerte y electricidad… estudiante, hombre y niño…
tecnólogo e ingeniero… soldado de fortuna…
Se hizo atrás estrechando los ojos.
-Estuve en el ejercito de Maximiliano hace veintitantos años. Iban a
hacerme noble. Entonces, esos malditos mugrosos* le mataron y tuve que Volverme
a casa. Después volví atrás y adelante, atrás y adelante. Vivo en Rochester. N.
Y…
Sus ojos se ampliaron con astucia y se inclinó hacia delante tocando mi
rodilla con los dedos de un mano paradójicamente delicada.
-Volví, como digo, y fui más allá que ningún de ellos. Odio a los
mugrosos pero amo a los mexicanos. ¿Una paradoja? Escuche, jovenzuelo… ¿piensa
que México es verdaderamente español? ¡Dios, si conociera a las tribus que yo
conozco! En las montañas… en las montañas…Anahuac…Tenochtitlan…las antiguas…
Su voz se convirtió en un aullido cantarín y melodioso.
-¡Ia! ¡Huitziloptchli!... ¡Nahuatlacat! Siete, siete, siete…Xochimilca,
¡Chalca, Tepaneca, Acolhua, Tlahuica, Tlascalteca, Azteca!... ¡Ia! ¡Ia! He
estado en las siete cuevas de Chicomoztoc, ¡pero nunca nadie lo sabrá! Se lo
digo porque nunca podrá repetirlo…
Se tranquilizó retomando el tono coloquial.
-Se sorprendería de saber lo que me han contado en las montañas.
Huitzilopotchli esta volviendo. Cualquier peón al sur de México puede
decírselo. Pero no pienso hacer nada al respecto. Volví a casa, como le dije,
una y otra vez, e iba a beneficiar a la sociedad con mi verdugo eléctrico, pero
el maldito parlamento de Albany optó por otro método. ¡Una burla, señor, una
burla! La silla del abuelo…sentado junto al hogar… Hawthorne.
El hombre se reía entre dientes en una morbosa parodia de buenas
maneras.
-¡Caray! señor, ¡me gustaría ser el primer hombre en sentarme en su
maldita silla y sentir la corriente de sus dos pequeñas pilas de ácido! ¡No
podría mover ni el anca de una rana! Y esperan matar criminales con eso… el
mérito recompensado… ¡del todo! Pero entonces, jovenzuelo, vi la inutilidad… la
lógica sin sentido que tenía… el matar a unos pocos. Todos somos homicidas… se
matan ideas… se roban inventos… robaron el mío observando y observando…
El hombre se sofocó y se detuvo, y yo le hablé pausadamente.
-Estoy seguro que su invento era mucho mejor, y probablemente terminarán
adoptándolo.
Evidentemente, mi tacto no fue lo bastante grande, porque su respuesta
mostraba renovada irritación.
-¿Está “seguro”? ¡Amable, tibia y conservadora aseveración! Malditos
sean sus cuidados… ¡pero pronto lo conocerá! ¡Vaya, maldito sea!, todo lo bueno
que pueda haber alguna vez en esa silla eléctrica será porque me lo hayan
robado. El espíritu de Nezahualpilli me habló en la montaña sagrada. Ellos
observaban, observaban…
Se sofocó de nuevo, y entonces realizó otro de esos gestos en los que
parecía sacudir la cabeza y facciones al tiempo. Esto pareció calmarlo
temporalmente.
-Lo que necesita mi invento es probarlo. Mire… aquí. La capucha de
alambre o red de la cabeza es flexible y se coloca con facilidad. La pieza del
cuello asegura sin ahogar. Los electrodos tocan la frente y la base del
cerebelo… todo lo necesario. Detén la cabeza, ¿Y qué sucedé? Los imbéciles de
albano, con sus sillones de roble, piensan que deben hacer un artilugio de pies
a cabeza. ¡Idiotas!... ¿no sabrán que no se necesita disparar a un hombre en le
cuerpo tras romperle el cerebro? He visto hombres morir en batalla… lo sé muy
bien. Y sus estúpidos circuitos de alto voltaje…dínamos… y todo eso. ¿Por qué
no miran lo que he hecho con la batería? Nadie ha oído hablar de ello… nadie lo
sabe… sólo yo conozco el secreto… es por eso que Quetzalcoatl, Huitzilopotchli
y yo gobernaremos el mundo en solitario. Pero debo tener sujetos para el
experimento… sujetos… ¿Sabe usted a quién he elegido como primero?
Traté de parecer divertido, tornando rápidamente en una amistosa
seriedad, como calmante. Pensé rápido y las palabras adecuadas pudieron
salvarme por el momento.
-Bueno, hay montones de sujetos apropiados entre los políticos de San
Francisco, ¡de donde vengo! Necesitan su tratamiento. ¡Y yo estaré encantado de
ayudarle a presentarlo! Pero, de verás, pienso que puedo ayudarle de verdad.
Tengo cierta influencia en Sacramento, y si quiere volver a los Estados Unidos
conmigo tras resolver mis negocios en México, veré que sea escuchado.
Respondió sobria y civilizadamente.
-No… no puedo retroceder. Juré no hacerlo cuando esos criminales de
Albany se echaron sobre mi invento y enviaron espías para observarme y
robármelo. Pero debo tener sujetos americanos. Esos mugrosos están malditos. Y
sería demasiado fácil, y los indios de pura cepa, los verdaderos hijos de la
serpiente emplumada, son sagrados e inviolables excepto como adecuadas victimas
del sacrificio… y aún en ese caso deben morir de acuerdo con la ceremonia. Debo
obtener americanos sin necesidad de regresar… y el primer hombre que elija será
notoriamente honrado. ¿Sabe quién es?
Gané tiempo desesperadamente.
-¡Oh! Si ése es todo el problema, ¡encontraré una docena de especimenes
yanquis de primera clase tan pronto cuando lleguemos a Ciudad de México! Sé
donde hay montones de mineros insignificantes a los que nadie echará de menos
durantes días…
Pero él me interrumpió bruscamente con un nuevo y súbito aire de
autoridad que tenía un toque de dignidad real.
-Basta…ya hemos charlado bastante. Levántese y póngase derecho como los
hombres. Usted es el sujeto elegido, y me agradecerá tal honor desde el otro
mundo, como la víctima del sacrificio agradece al sacerdote por brindarle la
gloria eterna. Un nuevo principio… ningún otro hombre vino ha soñado una
batería de esta clase, y puede que nunca se haga otra vez aunque pasen un
millar de años. ¿Sabe usted que los átomos no son lo que parecen? ¡Estupidos!
¡Dentro de un siglo algún necio conjeturará si yo iba a dejar vivir al mundo!
Mientras me levantaba a su orden, sacó unos treinta centímetros
adicionales de cable de la maleta y se plantó a mi lado con el casco de alambre
tendido hacia mí con ambas manos y una mirada de verdadera exaltación en su
curtido y barbudo rostro. Durante un instante me a pareció un radiante
mistagogo o hierofante helénico.
¡-He aquí, oh juventud… una libación! Vino del cosmos… néctar de los
espacios estrellados… Linos…Iacchus…Ialmenos…Zagreus…Dioniso…Atis…Hilas…
engendrado por Apolo y muerto por los sabuesos de Argos… progenie de Pásmate…
niño del sol… ¡Evoë! ¡Evoë!
Estaba cantando de nuevo, y en este momento su mente parecía retroceder
a las memorias clásicas de sus días de colegio. Desde mi postura erecta me
percaté de la cercanía del cordón de emergencia y especulé si podía alcanzarlo
mediante algún ademán de ostensible respuesta a su disposición ceremonial.
Valía la pena intentarlo, y con un grito antifonal de “¡Evoë!” alcé mis manos
hacia él en estilo ritual, esperando dar un tirón del cordón antes que reparara
en el acto. Pero fue inútil. Vio mi intención y movió una mano hacia el
bolsillo derecho de su chaqueta, donde tenía mi revólver. No hubo necesidad de
palabras y permanecimos un instante como figuras esculpidas. Luego, habló
suavemente:
-¡Dése prisa!
De nuevo, mi cabeza acometía frenéticamente buscando caminos de salida.
Las puertas, lo sabía, no están cerradas en los trenes mexicanos, pero mi
acompañante me detendría fácilmente si trataba de abrir una y saltar. Además,
la velocidad era tan grande que una acción en tal sentido seria tan fatal como
el fracaso. Lo único factible era tratar de ganar tiempo. De las 3 horas y
media del viaje, había transcurrido ya bastante, y una vez llegáramos a Ciudad
de México, los guardas y policía de la estación me brindarían inmediata
protección. Había, a mi parecer, dos diferentes argucias dilatorias. Si podía
inducirle a posponer la introducción en la capucha, pensaba que se ganaría
mucho tiempo. Por supuesto, no creía que el aparato fuera verdaderamente
mortal, pero conocía bastante de los locos para comprender lo que sucedería si
fracasaba el intento. A su demencia podría sumarse la enloquecida atribución
del fallo a culpas mías, y el resultado sería un rojo caos de furia homicida.
Por tanto, el experimento debía ser pospuesto tanto como fuera posible. Y aún
había una segunda opción: si planeaba con inteligencia, podría idear
explicaciones para el fallo que captarían su atención y le llevarían a
búsquedas más o menos largas de acciones correctoras. Me pregunté cuán grande
sería su credulidad y cómo podría preparar anticipadamente una profecía de
fallo que me señalara como un profeta, un iniciado o incluso un dios. Sabía lo
bastante sobre mitología mexicana como para que valiera la pena intentarlo,
aunque podía procurar otras argucias dilatorias primero y dejar que la profecía
llegara como una brusca revelación. ¿Me liberaría después de todo si le hacía
creer que era un profeta o una divinidad? ¿Me presentaría como Quezalcóatl o
Huitzilopotchli? Cualquier cosa con tal de llegar hasta las cinco, hora en que
debíamos llegar a Ciudad de México.
Pero mi primer “número” fue el manido truco de las últimas voluntades.
Mientras el maníaco repetía sus apremios, le hablé de mi familia y mi
matrimonio ya fijado, rogándole que me permitiera dejar un mensaje y
disposiciones sobre mi dinero y efectos. Si, dije, pudiera dejarme algún papel
y encargarse de echar al correo lo que pudiera escribir, moriría en paz y buena
disposición tras una reflexión, dio veredicto favorable y, rebuscando en su
maleta, me tendió solemnemente un bloc, mientras me decidía a sentarme. Saqué
un lápiz, rompiendo adrede la punta y provocando algún retraso mientras él
buscaba uno de su propiedad. Tras entregármelo, tomó mi lápiz roto y procedió a
afilarlo con un gran cuchillo de cachas de cuerno que llevaba al cinto, bajo la
chaqueta Evidentemente, una segunda ruptura de lápiz me reportaría escasa
utilidad. Cuando escribí, no creo poder recordarlo en este momento. Era un
completo galímatias compuesto de recordados fragmentos literarios, elegidos al
azar al no poder pensar nada que poner en su lugar. Hice mi caligrafía tan
ilegible como pude sin destruir su naturaleza de escrito, porque sabía que le
gustaría mirar el resultado antes de comenzar su experimento, y comprendía cómo
podría reaccionar a la vista de un obvio sinsentido. La prueba era terrible, y
yo maldecía a cada segundo la lentitud del tren. En el pasado había incluso
silbado vivaces ritmos al compás del animado traqueteo de las ruedas en los
raíles, pero ahora el tempo parecía lentificarse al de una marcha fúnebre… mi
marcha fúnebre, reflexioné sombríamente. Mi estratagema funcionó hasta que
llené unas 4 páginas de 15 x 22 hasta que el demente sacó su reloj indicándome
que tenía 5 minutos más. ¿Qué podía hacer ahora? Estaba pensando la forma de
terminar aquel testamento cuando una nueva idea me alcanzó. Finalizando con una
floritura y tendiéndole las hojas acabadas, que guardó descuidadamente en el
bolsillo derecho de su chaqueta, le recordé mis influyentes amigos de
Sacramento, quienes podían estar sumamente interesados en su invento.
-¿No debería darle una carta de presentación para ellos? dije. ¿No
debiera hacer un esquema y una descripción de su verdugo para asegurarle una
cordial recepción? Pueden hacerle famoso, sabe… y no tengo la menor duda que
adoptarán su modelo en el estado de California si llega a través de alguien
como yo, a quien conocen y en quien confían.
Basaba mi táctica en la esperanza que sus ínfulas de inventor defraudado
le hicieran olvidar la faceta de religión azteca durante un rato. Cuando
volviera de nuevo sobre eso, reflexione, podría soltar lo de la “revelación” y
la “profecía”. El truco funcionó, ya que sus ojos fulguraron con ansiosa
aprobación, aunque me dijo con brusquedad que me apresurara. Vació aún más la
maleta, sacando un ensamblaje de células de cristal y bobinas de aspecto
extraño, a las que estaba unido el alambre del casco, y soltó un chorro de
erráticos comentarios demasiado técnicos para seguirle, aunque aparentemente
eran bastante plausibles y honestos. Simulé anotar lo que decía, preguntándome
mientras tanto si el estrambótico aparato no sería después de todo una batería.
¿Podría darme una pequeña descarga cuando aplicara el artilugio? El hombre
hablaba con tanta seguridad como si realmente fuera un verdadero electricista.
La descripción de su invento le resultaba una tarea obviamente agradable, y vi
que ya no estaba tan impaciente como antes. El esperanzador gris del alba
relumbró en rojo en las ventanillas antes que concluyera, y sentí que por fin
mi oportunidad de escapar se estaba volviendo algo tangible. Pero, también, él
vio el amanecer y comenzó a mirar nuevamente de una forma salvaje. Sabía que el
tren debía estar en Ciudad de México a las 5, y eso podía obligarle a una
rápida actuación, de no ser que distrajera su juicio con nuevas argucias
dilatorias. Mientras se alzaba con aspecto resuelto, colocando la batería en el
asiento junto a la maleta abierta, le recordé que debía hacer el imprescindible
boceto y le insté a colocar la pieza de la cabeza de forma que pudiera
dibujarla junto con la batería. Aceptó y volvió a sentarse, con multitud de
advertencias apremiantes. Tras otro instante, me detuve para pedirle alguna
información.
Preguntándole cómo se situaba la victima para la ejecución y cómo sus
presumibles agitaciones eran contenidas.
-¡Toma! -replicó-, el criminal es inmovilizado contra un poste. No hay
problema por mucho que agite la cabeza, ya que el casco queda ceñido y se
aprieta aún más cuando se conecta la corriente. Giramos el dial gradualmente…
puede verlo aquí, un tema cuidadosamente solucionado mediante un reóstato. Una
nueva forma de demora se me ocurrió mientras los campos cultivados y el
creciente número de casas bajo la luz del amanecer me indicaba que por fin nos
aproximábamos a la capital.
-Pero -dije-, debo dibujar el casco colocado sobre una cabeza humana
tanto como junto a la batería. ¿No podría ponérselo un instante mientras le
hago un boceto con el? Los periódicos tanto como los técnicos lo querrán, y son
bastante pesados con los detalles.
Había, por fortuna, logrado un blanco mejor de lo planeado, porque, a mi
mención de la prensa, los ojos del demente relampaguearon de nuevo.
-¿Los periódicos? Sí… malditos sean. ¡Puede hacer que hasta los
periódicos me hagan caso! Se rieron de mí y no quisieron imprimir ni una
palabra ¡Vamos, apresúrese! ¡No hay tiempo que perder!
Se encasquetó la pieza y observó con especial avidez el vuelo de mi
lápiz. La malla de alambre le daba un aspecto cómico y grotesco, mientras se
retrepaba estrujándose nerviosamente las manos.
-¡Ahora, malditos sean, imprimirán los dibujos! Revisaré su boceto por
si hay algún error… debo asegurarme a cualquier precio. La policía acabará
encontrándole a usted… ellos dirán cómo trabaja. Noticia de la Associated
Press… respaldada por su carta… fama inmortal… ¡Vamos, rápido… rápido, maldita
sea!
El tren traqueteaba por las maltratadas vías cercanas a la ciudad y nos
balanceaba desconcertantemente de vez en cuando. Con tal excusa, me las ingenié
para volver a romper el lápiz, pero, por supuesto, el loco me tendió de nuevo
el mío propio, que había afilado. Mi primera tanda de trucos se había
desgastado y sentí que tendría que ponerme el casco en un instante. Estábamos
aún a un buen cuarto de hora de la terminal y era el momento de distraer a mi
acompañante hacia su faceta religiosa y lanzar la divina profecía. Reuniendo
los retazos de mitología nahuan-azteca, aparté bruscamente papel y lápiz, y
comencé a entonar.
-¡Iä! ¡Iä! ¡Tloquenahuaque, Que Contienes Todo En Ti Mismo! ¡Tu,
también, Ipalnemoan, Por Quien Existimos! ¡Escucho, escucho! ¡Veo, veo! ¡Águila
portadora de serpientes, te saludo! ¡Un mensaje! ¡Un mensaje! ¡Huitzilopotchli,
en mi alma resuena un trueno!
Al oír mis cánticos, el maniaco observó con incredulidad, a través de su
extraña mascara, su agradable rostro mostrando una sorpresa y perplejidad que
pronto se trocó en alarma. Su mente pareció quedar en blanco por un instante,
antes de cuajar en otro modelo. Alzando sus manos, entonó como en un sueño.
-¡Micthanteunctli, Gran Señor, un signo! ¡Un signo desde las
profundidades de la cueva negra! ¿Iä Tonatiuh-Metzli! ¡Cthulhut! ¡Ordenad y
obedeceré!
En todo este galimatías de respuesta hubo una palabra que pulsó una
recóndita cuerda de mi memoria. Extraña, porque no tiene lugar alguno en la
mitología mexicana, aunque me ha sido confiada más de una vez en temerosos
susurros por los peones de las minas de mi propia firma en Tlaxcala. Parecía
ser parte de un ritual sumamente secreto y muy antiguo, porque eran respuestas
murmuradas y características que había captado aquí y allá, y que eran
desconocidas incluso por los eruditos académicos. Este demente debía haber
gastado un tiempo considerable con los peones de las colonias y los indios, tal
como había comentado; porque sin duda tal conocimiento oculto no podía proceder
de algún simple libro divulgativo. Advirtiendo la importancia que él debía
conceder a esa dudosa jerga esotérica, decidí golpear en su flanco más
vulnerable y darle la incomprensible respuesta que utilizan los indígenas.
-¡Ya –R’lyeh! ¡Ya –R’lyeh! prorrumpí. ¡Cthulhutl fhtaghn! ¡Niguratl-Yig
¡Yog-Sototl…
Pero nunca tuve oportunidad de acabar. Galvanizado hasta una epilepsia
religiosa por aquella exacta respuesta que su subconsciente probablemente no
había esperado en realidad, el demente se postró de hinojos en el suelo,
balanceando atrás y adelante su cabeza cubierta por el casco de alambre, una y
otra vez, volviéndose a derecha e izquierda mientras lo hacía. Con cada giro
sus reverencias se hacían más y más marcadas, y puede escuchar de los
espumeantes labios el estribillo “matar, matar, matar”, en un monótono
rápidamente creciente. Se me ocurrió que había ido demasiado lejos y que mi
respuesta había desencadenado una ascendente manía que podía llevarle al
extremo del asesinato antes que el tren alcanzara la estación. Mientras el arco
de las genuflexiones del loco aumentaba gradualmente, el cable que iba de su
cabeza a la batería se tensaba, naturalmente, más y más.
Ahora, en el embriagado delirio de éxtasis, comenzó a magnificar sus
giros a círculos completos, hasta que el cable rodeó su garganta y comenzó a
tirar de su asidero de la batería sobre el asiento. Me pregunté qué haría
cuando sucediera lo inevitable y la batería arrastrada a un presumible
destrucción contra el suelo. Entonces ocurrió el repentino cataclismo. La
batería, llevada hasta el borde del asiento por un último gesto de orgiástico
frenesí del maníaco, terminó cayendo; pero no pareció haberse roto por
completo. De hecho, mientras mi mirada captaba el espectáculo en un fugaz
instante, el impacto incidió sobre el reóstato, poniendo instantáneamente el
dial a plena potencia. Y el maravilloso artefacto tenía corriente. El invento
no era un espejismo de la locura. Vi una cegadora y fulgurante aurora azul,
escuché un aullido más espantoso que cualquiera de los anteriores gritos de
aquel loco y horrible viaje, y olí el hedor nauseabundo de la carne quemada.
Esto fue todo cuanto mi desquiciada consciencia pudo captar, y caí
instantáneamente en la inconsciencia.
Cuando un guardia ferroviario de Ciudad de México me reanimó, descubrí
una multitud en el andén, alrededor de mi compartimiento. Ante mi grito
involuntario, los rostros expectantes se volvieron curiosos y vacilantes, y me
alegré cuando el guardia los expulsó a todos excepto al doctor que se abrió
camino hasta mí. Mi grito era algo natural, puesto que había sido causado por
algo más que el terrible y esperado espectáculo sobre el suelo del vagón. O
debería decir, por algo menos, ya que, verdaderamente, no había nada en el
suelo. No, dijo el guardia, así estaba cuando abrió la puerta y me encontró
inconsciente en el interior. Mi billete era el único vendido para el
compartimiento, y yo era la única persona hallada en su interior. A mi lado
estaba mi maleta, nada más. Había estado solo todo el camino desde Querétaro.
Guardia, doctor y espectadores por igual, se tocaron la sien significativamente
ante mis insistentes preguntas.
¿Fue todo un sueño, o estaba de verdad loco? Recordé mi ansiedad y mis
crispados nervios, y me estremecí. Dando las gracias al guardia y al doctor, y
abriendome paso entre la muchedumbre curiosa, me introduje en un coche que me
llevó a la Fonda Nacional, donde, tras telegrafiar a Jackson a la mina, dormí
hasta el atardecer en un esfuerzo por recobrarme. Me desperté a la 1 en punto,
a tiempo para tomar el tren de vía estrecha a la zona de la mina; pero, al
levantarme, encontré un telegrama bajo la puerta. Era de Jackson, diciendo que
Feldon había sido encontrado muerto en las montañas aquella mañana y que la
noticia había llegado a la mina sobre las 10 en punto. La documentación estaba
íntegramente a salvo, y la oficina de San Francisco había sido puntualmente
identificada. Así pues, todo el viaje, con su premura nerviosa y su ordalía
enloquecedora, ¡había sido para nada!
Sabiendo que McComb desearía un informe personal a pesar del transcurso
de los sucesos, envié otro cable y acabé tomando el ferrocarril de vía
estrecha. Cuatro horas más tarde estaba, estremecido y sacudido, en la mina
número 3, donde Jackson aguardaba para darme una cordial bienvenida. Estaba tan
inmerso en el trabajo de la mina que no se percató de mi mudo temblor y
desarrapada apariencia. La historia del superintendente fue sumaría, y me la
contó mientras me guiaba hacia la choza de la ladera de la colina, sobre el
arrastre, donde yacía el cuerpo de Feldon. Feldon, me dijo, había tenido
siempre un carácter extraño y solitario, incluso cuando fuera contratado el año
anterior; trabajando en algún secreto ingenio mecánico y temiendo el constante
espionaje, y siendo desazonadoramente familiar con los trabajadores indígenas.
Pero no conocía bien su trabajo, el país y la gente. Solía realizar largos
viajes a las colinas donde vivían los peones y aun tomar parte en sus antiguas
y estremecedoras ceremonias. Insinuaba extraños secretos y extraños poderes tan
a menudo como alardeaba de su habilidad mecánica. Más tarde se había hundido
rápidamente, volviéndose morbosamente suspicaz respecto de sus colegas e,
indudablemente, uniéndose a sus amigos indígenas en el robo de mineral cuando
sus fondos escasearon. Necesitaba desorbitadas sumas de dinero para esto y lo
otro… recibiendo siempre cajas de laboratorios y talleres en Ciudad de México o
los Estados Unidos.
Respecto a la fuga final con todos los papeles… tan sólo era un estúpido
gesto de venganza sobre quienes llamaba “espías”. Verdaderamente, estaba
completamente loco, porque había cruzado el país hasta la cueva en las
inhóspitas laderas de la agreste sierra de Malinche, donde no vivían hombres
blancos, y había realizado cosas extrañas y portentosas. La cueva, nunca
encontrada antes de la tragedia final, estaba llena de antiguos y espantosos
ídolos aztecas y altares, estos últimos cubiertos de carbonizados huesos de
reciente inmolación y dudosa naturaleza. Los indígenas no decían nada de hecho,
juraban no saber nada pero era fácil ver que la cueva era conocida de antiguo
por ellos, y que Feldon había compartiendo sus prácticas hasta en sus últimos
extremos. Los buscadores habían encontrado el lugar tan sólo por los cánticos y
el grito final. Eran cerca de las 5 de la mañana, y tras toda una noche de
acampada, la partida había comenzado a empacar para volverse con las manos
vacías a las minas. Entonces, alguien escuchó débiles ritmos en la lejanía, y
supo que algunos de los antiguos y nocivos rituales indígenas tenían lugar en
algún lugar apartado, en las laderas de las montañas con forma de cuerpo
tendido. Escucharon los mismos viejos nombres Mictlanteuctli, Tonatiuh-Metzli,
Cthulhutl, Ya-R’lyeh y el resto, pero lo más extraordinario fueron algunos
nombres ingleses mezclados con ellos. Inglés de verdaderos hombres blancos y no
de mugrosos.
Guiados por el sonido, se apresuraban por la ladera infestada de maleza
hacia allí, cuando, tras un intervalo de quietud, el grito explotó sobre ellos.
Parecía haber humo también, y un mórbido y acre aroma. Enseguida dieron con la
cueva, con la entrada disimulada por abigarrados mezquites, pero emitiendo
ahora nubes de humo fétido. Estaba iluminada en el interior, los horribles
altares y grotescas imágenes se vislumbraban el fulgor de velas que debían de
haber sido cambiadas menos de media hora antes, y en el suelo de arenisca yacía
el horror que hizo a todo el grupo tambalearse hacia atrás. Era Feldon, con la
cabeza calcinada por un extraño artefacto que se había colocado en ella: una
especie de jaula de alambre conectada con una especie de batería derribada, que
evidentemente había caído al suelo desde un cercano pie de altar. Cuando los
hombres vieron esto cambiaron miradas, pensando que el “verdugo eléctrico” que
siempre se había jactado de haber inventado Feldon, la cosa que todos habían
rechazado, pero tratado de robar y copiar. Los papeles estaban a salvo en el
abierto baúl de Feldon, junto a él, y una hora más tarde la columna de
buscadores volvió a la número 3 con un espantoso cadáver sobre andas
improvisadas.
Eso era todo, pero fue bastante para hacerme palidecer y vacilar
mientras Jackson me guiaba más allá del arrastre al cobertizo donde decía que
yacía el cuerpo. Porque yo no carecía de imaginación, y demasiado bien sabía en
qué infernal pesadilla esta tragedia engranaba de algún modo con algo
sobrenatural. Sabía que debía ver tras esa puerta entornada, alrededor de la
que los mineros se arremolinaban curiosos, y no me amilané cuando mis ojos
encontraron el gigantesco cuerpo, las ropas de corte basto, las incongruentemente
delicadas manos, los restos de la barba quemada y la infernal máquina… la
batería algo rota, la pieza de la cabeza ennegrecida al chamuscarse lo que
contenía. El gran y protuberante baúl no me sorprendió, y sólo me acobardé ante
2 cosas… el arrugado pliego de papel asomando del bolsillo izquierdo y el
extraño abombamiento del derecho. En un momento en que nadie miraba, me acerqué
y cogí el demasiado familiar fajo, estrujándolo en mi mano sin atreverme a
mirar su contenido.
Debe disculpárseme que una prueba positiva o negativa de algo… pero para
eso aún tenía la opción de preguntar por el revólver al forense, después que lo
sacara del abultado bolsillo derecho. Nunca tuve el valor de interrogarle sobre
eso… porque mi propio revólver se perdió aquella noche en el tren. Mi lápiz,
asimismo, mostraba signos de un crudo y apresurado afilado distinto del preciso
corte que le había aplicado durante la noche del viernes en el sacapuntas del
vagón privado del presidente McComb. Así que al final volví a casa aún
intrigado… piadosamente intrigado, quizás. El vagón privado estaba reparado
cuando volví a Querétaro, pero mi gran alivio fue el cruce de Río Grande, por
El Paso, hacia los Estados Unidos. El siguiente viernes estaba de nuevo en San
Francisco, y la pospuesta boda se celebró la siguiente semana.
De lo que realmente sucedió aquella noche… ya lo he dicho, simplemente
no me atrevo a especular. Ese tipo, Feldon, estaba loco de atar, y más brujería
popular azteca de la que nadie debiera conocer. Era realmente un genial
inventor, y esa batería fue la prueba genuina. Escuché más tarde cómo había
sido desdeñado en los primeros años por la prensa, el público y los potentados.
Demasiado rechazo no es bueno para los hombres de cierta clase. De todas
formas, alguna desgraciada combinación de circunstancias había obrado. Había
sido realmente, por cierto, soldado de Maximiliano. Cuando cuento esta
historia, la mayoría de la gente me llama mentiroso a la cara. Otros hablan de
alteraciones psicológicas y los cielos saben que yo estaba sobreexcitado,
mientras que aún otros hablan de “proyección astral” de alguna clase. Mi empeño
en capturar a Feldon seguramente envió mis pensamientos por delante mío y, con
todos sus hechizos indios, él habría sido el primero en reconocerlos y reunirse
con ellos.
¿Estuvo él en el vagón de ferrocarril o estuve yo en la cueva de las
montañas con perfil de cadáver? ¿Qué me hubiera sucedido de no haberlo
retrasado como hice? Debo confesar que no lo sé y no estoy seguro de querer
saberlo. Nunca he vuelto a México… y, como dije al principio, no quiero ni oír
hablar sobre ejecuciones eléctricas.
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H.P. Lovecraft (1890-1937)
Adolphe de Castro (1859-1959)

