Libro N° 9984. El Cazador (O Una Pócima Para El Amor). Collier, John.
© Libro N° 9984. El Cazador
(O Una Pócima Para El Amor). Collier, John. Emancipación. Junio 4 de 2022.
Título
original: ©
El Cazador (O Una Pócima Para El Amor). John Collier
Versión Original: © El Cazador (O Una Pócima Para El Amor). John Collier
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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(O Una Pócima Para El Amor)
John Collier
El Cazador
(O Una
Pócima Para El Amor)
John
Collier
CUENTO DE
TERROR DE JOHN COLLIER:
El
Cazador (O Una Pócima Para El Amor)
El autor del cuento «El cazador» es John Collier, quien nació el 3 de
mayo de 1901 en Londres y falleció el 6 de abril de 1980 en Los Ángeles. En
1935 dejó Inglaterra y se instaló en Hollywood, donde trabajó como guionista
para el cine y la televisión. Sus padres fueron John George y Emely Mary. Su
única hermana se llamaba Kathleen. El padre fue uno de 17 hermanos. No estudió
por escasez de recursos. Fue llavero o portero. Vivió en la pobreza junto a su
familia. De esta forma sus hijos John y Kathleen fueron instruidos en casa por
su tío Vincent Collier, un desconocido escritor aficionado que le contagió al
pequeño John el gusto por la lectura. Empezó a leer a los tres años los cuentos
de Hans Christian Andersen. Más tarde a Jonathan Swift, considerado por él como
uno de sus referentes. “El Paraíso perdido” le dejó una honda huella de
influencia. “Quiero ser poeta” le dijo John a su padre a los 18 años. Desde entonces vivió diez años a
pan y agua, con dos libras a la semana. Fue corresponsal literario de un diario
japonés. Nunca fue a la universidad y vagabundeaba en los cafés y exposiciones.
En 1936 se casó casi en secreto con la actriz Shirley Palmer. Resultó un
fracaso. Pronto se divorciaron y en 1945 Collier se casó con Margaret Elizabeth
Eke. Estuvieron juntos diez años. En 1955 se divorciaron y John contrajo
nupcias con Harriet Hess Collier. Con ella tuvo un hijo, John G. S. Collier,
nacido en Niza, el 18 de mayo de 1958.
A comienzos de 1920, John Collier escribe poesía. No tiene mucho éxito y
tampoco reconoce que no es un buen poeta. Sin embargo insiste, y
simultáneamente comienza a escribir cuentos, relatos, pequeñas historias de
ficción para ofrecer a revistas literarias El reconocimiento viene en 1930 con
“His Monkey Wife”. Con este cuento logra una cierta popularidad que le ayuda a
colocar sus cuentos breves en más diarios y revistas. Un mérito: atreverse
porque sus primeros libros justamente aparecen cuando Estados Unidos cae en la
gran Depresión económica 1929-1930.
Sus cuentos pueden, claramente, considerarse como fantasías, pero un
tipo de fantasía sui generis o especial. Su rasgo distintivo es, sin duda, el
ingenio, la agudeza de los diálogos, hechos para leer entre líneas. A esto suma
ironía y un tono obscuro en trama y personajes. En “El cazador” el viejo que
vende las pócimas, más allá de su tono simpático, es un personaje siniestro, un
poco sórdido, que vende un elixir que mata sin dejar huellas para los médicos
forenses. Sus cuentos, por lo mismo, resultan memorables y muy difícil de no
retener. El lector jamás podrá olvidar “la historia acerca de unas personas que
vivían ocultas en una tienda de abarrotes (Evening Primorose) o la historia en
la cual un hombre desviado les advierte a unas hermosas mujeres: “Aquí yo estoy
nuevamente bajo la piel de un tigre” (Bottle Party).
Algunos de sus relatos sirvieron de base para episodios de las series
“Alfred Hitchcock presenta” y “La dimensión desconocida”. «The Chaser» fue
adaptado como un radio drama para la serie televisiva de los años 60 The
Twilight Zone por Dennis Etchison, y la actuación estelar de Stephen Tobolowsky
y John McIntire.
Su biógrafa Betty Richardson escribió lo siguiente sobre el escritor
británico: «Su talento es tan obvio que es comparado con autores como S. J.
Peralman, Anatole France, Sax Rohmer, James Branch Cabell y el propio H. H.
Munro (Saki).
En 1940 apareció en The New Yorker el cuento “The Charser”, notable por
su construcción y las distintas lecturas que fluyen de sus líneas. Es un cuento
breve sobre un joven que sale en busca de una pócima secreta para enamorar a
una mujer, idealizada por él, que se llama Diana y que no es más que una conocida prostituta en los barrios
bajos de Londres. Para muchos el cuento es un parodia, una ironía, para otros
un cuento de terror. ¿Cómo es que Alan siendo un joven apuesto necesita una
poción mágica para llevarla a la cama y hacerla suya?, es lo que muchos
críticios se han preguntado repecto de esta trama de Collier.
El título del cuento en español es “El cazador”; también se le conoce
como “El charlatán”, “El perseguidor”, y “Una pócima para el amor”. Por último,
dejamos constancia de dos detalles curiosos: Existe una cuarta versión (o
traducción) titulada como “El aperitivo” y que con algunas variables en el
texto, se habría incluido en alguna edición del libro de Collier “Fiesta en una
botella”. El texto es casi idéntico; sólo el título disiente.
El otro rasgo que llama mucho la atención es el final del cuento. En una
versión termina con la frase : -Hasta la vista, respondió el viejo, y en otra
–Au revoir, dijo el anciano. Sin embargo, también circula una traducción donde
el final es completamente distinto al original. Después de –Au revoir, dijo el
anciano, sigue lo siguiente:
-“A la semana siguiente, Alan regresa al consultorio del brujo, pálido,
desesperado y con una cara que daba lástima, el brujo lo mira y le pregunta:
-¿Viene por el detergente de personas, míster Alan?
-No, no lo ocupé, brujo estúpido, yo la maté con mis propias manos. La
policía me anda buscando, y hoy he venido a cobrármelas contigo. Querías
pasarte de astuto conmigo, ¿no es así? ¡Bien sabías que lo que iba a suceder!,
pero una cosa sí te digo… ¡esto no se va a quedar así porque si caigo yo,
caemos todos!”.
La profesora Paola de Negris cree que esta segundo final no es más que
una extensión falsa del cuento original, escrito por algún chistoso que se ha
querido pasar de vivo y que lo ha colgado, impúdicamente, en las redes
sociales.
Moraleja: Si
navega por Internet, póngase una coraza y agudice el ingenio para poder separar
la paja del trigo.
Por Ernesto Bustos Garrido
EL
CAZADOR O UNA PÓCIMA
PARA EL
AMOR
John Collier
Alan Austen, nervioso como un gato, subió cierta oscura y crujiente
escalera en las inmediaciones de Pell Street y escudriñó un momento en el
sombrío rellano, antes de localizar el nombre que buscaba, escrito confusamente
sobre una de las puertas.
Empujó esa puerta, como se le había indicado, y se encontró en una
pequeña estancia, en la que no había más mobiliario que una sencilla mesa de
cocina, una mecedora y una silla corriente. En una de las sucias paredes color
gris había un par de anaqueles que contenía en total, quizás, una docena de
botellas y tarros.
Un hombre viejo estaba sentado en la mecedora, leyendo un periódico.
Alan, sin palabras, le entregó la tarjeta que le habían dado.
—Siéntese, señor Austen —indicó el viejo con gran cortesía—. Tengo mucho
gusto en conocerlo.
—¿Es verdad que posee usted cierta mixtura de… hum… unos efectos muy
extraordinarios?
—Mi querido señor —contestó el anciano—, mis existencias de ese género
no son muy amplias, pero no dejan de ser variadas. No trabajo compuestos
comunes… Creo que nada de lo que vendo tiene efectos que puedan ser descritos,
precisamente, como corrientes.
—Bien, el hecho es… —empezó Alan.
—Por ejemplo —le interrumpió el viejo, tomando una botella del anaquel—,
aquí está un líquido incoloro como el agua, casi insípido, completamente
imperceptible si se disuelve en café, vino o cualquier otra bebida. Pasaría
también totalmente inadvertido en cualquier método usual de autopsia.
—¿Quiere decir que se trata de un veneno? —exclamó Alan horrorizado.
—Llámelo detergente, si le place —continuó el viejo con indiferencia—.
Quizá sirva para limpiar guantes. Jamás lo he intentado. Se podría llamar
detergente de vidas. Las vidas necesitan limpieza a veces.
—No deseo nada de esa clase —precisó Alan.
—Probablemente algo parecido —manifestó el anciano—. ¿Sabe el precio?
Por una cucharadita de té, que es suficiente, pido cinco mil dólares. Nunca
menos. Ni un centavo menos.
—Espero que no todos sus productos sean tan caros —dijo Alan,
aprensivamente.
—¡Oh, no! —exclamó el viejo—. No sería justo poner ese precio a una
poción de amor, por ejemplo. Los jóvenes que necesitan una poción de amor, muy
raramente tienen cinco mil dólares. De otro modo no la necesitarían.
—Me complace oír eso —dijo Alan.
—Mi opinión es ésta —explicó el viejo—; complazca a un cliente con un
artículo y volverá cada vez que necesite otro. Aunque sea más costoso. Ahorrará
para ello, si es preciso.
—¿De manera que vende realmente pociones de amor? —preguntó Alan.
—Si no vendiese pociones de amor —afirmó el anciano, tomando otro
frasco—, no le habría mencionado el otro asunto. Únicamente cuando se tiene
oportunidad de prestar un servicio, se puede ser tan confidencial.
—Y esas pociones —continuó— no son precisamente… hum…
—En absoluto —exclamó el viejo—. Sus efectos son permanentes y se
prolongan mucho más allá del mero impulso casual. Pero lo incluyen. ¡Ya lo creo
que lo incluyen! Generosa, insistentemente, eternamente.
—¡Dios mío! —murmuró Alan, que intentó dar otro matiz a sus palabras—.
¡Qué interesante!
—Además, considere el aspecto espiritual —prosiguió el viejo.
—No dejo de hacerlo —aseguró Alan.
—A la indiferencia —explicó el anciano— sustituye la devoción. Al
desdén, la adoración. Dé una pequeña cantidad de esto a una muchacha. El sabor
es imperceptible en zumo de naranja, sopa o cócteles. Y, por alegre e
inconstante que sea, cambiará por completo. No deseará nada más que la soledad
y a usted.
—Apenas puedo creerlo —admitió Alan—. Es tan aficionada a las reuniones…
—Ya no le agradarán más —aseguró el viejo—. Sentirá temor de las
muchachas bonitas que pueda conocer.
—¿Tendrá verdaderos celos? —saltó Alan en un rapto de entusiasmo—. ¿De
mí?
—Sí, deseará ser todo para usted.
—Ya lo es. Pero eso no le preocupa.
—Lo hará cuando tome esto. Se preocupará intensamente. Usted será su
único interés en la vida.
—¡Maravilloso! —gritó Alan.
—Deseará saber todo lo que haga —continuó el viejo—. Todo cuanto le ha
sucedido durante el día. Cada palabra. Querrá conocer lo que está pensando, por
qué sonríe súbitamente, por qué parece triste.
—¡Eso es amor! —gritó Alan.
—Sí —asintió el anciano—. ¡Con qué cariño le cuidará! Nunca permitirá
que se fatigue, que se siente en una corriente de aire, que descuide su
alimentación. Si se retrasa usted una hora, estará aterrada. Pensará que le han
matado o que alguna sirena le ha atrapado.
—¡Apenas puedo imaginar a Diana así! —exclamó Alan, abrumado de alegría.
—No tendrá usted que emplear su imaginación —aseguró el anciano—. Y, a
propósito, ya que siempre existen sirenas, si por cualquier casualidad usted
necesitara más tarde una pequeña escapada, no necesita preocuparse… Ella
terminará por perdonarle. Por supuesto, quedará terriblemente afectada, pero al
final le perdonará.
—Eso no sucederá —afirmó Alan fervientemente.
—Desde luego que no —dijo el viejo—. No obstante, si sucediese, no
necesita preocuparse. Jamás se divorciará de usted. Y, naturalmente, nunca le
dará el menor, el más pequeño motivo de… disgusto.
—¿Y cuánto vale esa maravillosa mixtura? —preguntó Alan.
—No es tan cara —informó el viejo—, como el detergente de vidas, como a
veces lo llamo. No. Ese vale cinco mil dólares, ni un centavo menos. Hay que
ser más viejo que usted para permitirse ese lujo. Hace falta ahorrar para ello.
—Pero ¿y la poción de amor? —imploró Alan.
—¡Oh! —exclamó el viejo abriendo un cajón de la mesa de cocina para
sacar un frasquito, de aspecto más bien sucio—. Esto vale sólo un dólar.
—No puedo expresarle mi reconocimiento —afirmó Alan, observando cómo lo
llenaba.
—Me agrada prestar un servicio —explicó el anciano—. Los clientes
vuelven más tarde cuando están mejor situados en la vida y desean cosas más
caras. Aquí lo tiene. Lo encontrará muy efectivo.
—Gracias de nuevo —dijo Alan—. Adiós.
—Hasta la vista —respondió el viejo.
1940

