Libro N° 9965. El Caballo De Lo Invisible. Hope Hodgson, William.
© Libro N° 9965. El Caballo De Lo Invisible. Hope Hodgson, William. Emancipación. Mayo 28 de
2022.
Título
original: ©
The Horse Of The Invisible, William Hope
Hodgson (1877-1918)
Versión Original: © El Caballo De Lo Invisible.William
Hope Hodgson
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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William Hope Hodgson
El
Caballo De Lo Invisible
William
Hope Hodgson
Aquella tarde había recibido una invitación de Carnacki. Cuando llegué a
su casa, le encontré sentado, solo. Al entrar en la habitación, se levantó con
evidentes muestras de afectación y me tendió la mano izquierda. Su rostro
presentaba numerosos arañazos y contusiones, y llevaba vendada la otra mano.
Estrechó la mía y me ofreció el periódico que estaba leyendo, que rechacé.
Entonces me pasó un montón de fotografías y volvió a su lectura. Todo había
sucedido en el más puro estilo Carnacki.
Sin decir una palabra y sin que yo le hiciese ninguna pregunta. Ya nos
lo contaría todo más tarde. Pasé cerca de media hora viendo las fotografías, en
su mayoría «instantáneas», de una joven extraordinariamente hermosa. Sin
embargo, lo que sorprendía en algunas era ver que esa hermosura se acentuaba
por el espanto y el terror que reflejaba su expresión, hasta el punto de que no
resultaba difícil creer que hubiera sido fotografiada en presencia de algún
peligro inminente y abrumador.
La mayor parte de las fotografías eran de interior y habían sido
realizadas en habitaciones y pasillos. En todas ellas salía la joven, ya de
cuerpo entero o en primer plano; a veces aparecía en la fotografía poco más de
una mano o un brazo, o parte de la cabeza o del vestido. Era evidente que todas
las fotos habían sido tomadas con algún propósito definido, que en principio no
era el de retratar a la joven, sino su entorno, lo que despertó mi curiosidad
como se puede imaginar. Casi a punto de acabar de estudiar aquel montón, me
tropecé con algo definitivamente extraordinario. Se trataba de una fotografía
de la joven, de pie, tomada de improviso, y perfectamente clara por efecto del
gran fogonazo del flash, como podía observarse.
Había vuelto ligeramente el rostro, como si de repente algún ruido la
hubiese asustado. Exactamente encima de ella, materializada a medias y
surgiendo de las sombras, podía verse la forma de una única y enorme pezuña.
Examiné aquella fotografía durante largo tiempo, sin llegar a ninguna
conclusión, aunque era más que probable que tuviese que ver con alguno de los
extraños casos en que se interesaba Carnacki.
Cuando llegaron Jessop, Arkright y Taylor, Carnacki tendió la mano en
silencio hacia las fotografías, que yo le devolví de la misma forma. Luego nos
fuimos todos a cenar. Cuando llevábamos una hora en la mesa, completamente
felices, nos dirigimos hacia nuestros sillones, y tras acomodarnos en ellos
Carnacki comenzó a hablar.
—He estado en el Norte —dijo, hablando lenta y dificultosamente, entre
dos caladas a su pipa—. A ver a los Hisgins, al este de Lancashire. He estado
ocupado en un asunto condenadamente extraño, como estoy seguro de que os
parecerá a todos vosotros, queridos compañeros, en cuanto haya terminado de
contároslo. Antes de ir hasta allí, había oído algo de la «historia del
caballo», como la llamaban; pero jamás se me habría ocurrido suponer que
llegaría a tener que ver algo con ella. Como comprenderéis, nunca había pensado
seriamente en el asunto, a pesar de mi máxima de tener siempre la mente bien
abierta a todo. ¡Cuan curiosas criaturas somos los humanos! Bueno, pues la
cuestión es que recibí un telegrama en el que se me solicitaba una entrevista,
lo que vino a decirme que alguien estaba en apuros. A la hora fijada, el viejo
capitán Hisgins en persona vino a verme. Me contó la historia del caballo con
todo lujo de detalles, algunos nuevos para mí, aunque ya conocía en líneas
generales los puntos principales, y sabía que si el primer hijo era chica, esta
sería «embrujada» por el Caballo mientras durase su noviazgo.
Como veis, se trata de una historia extraordinaria. Aunque la conociese
desde hacía tiempo, nunca había pensado que pudiese ser más que una leyenda de
los viejos tiempos, como creo que ya os he dicho. Además, como durante siete
generaciones la familia Hisgins sólo había tenido primogénitos varones, ellos
mismos habían considerado que la historia no era más que un mito. Pero ahora,
para llegar al momento presente, sucede que el primogénito de la familia es una
chica. Con mucha frecuencia, amigos y conocidos la han importunado,
advirtiéndola en tono de chanza del hecho de que, siendo la primera hija
primogénita en siete generaciones, debería mantenerse bastante lejos de sus
amigos varones o meterse a monja para escapar al encantamiento. Lo cual nos
demuestra que, con el transcurso del tiempo, la historia ha dejado de ser
tomada en serio. ¿No os parece?
Hace dos meses, la señorita Hisgins se comprometió con un tal Beaumont,
un joven oficial de Marina, y, la misma tarde del día del compromiso, antes de
que fuese anunciado formalmente, sucedió una cosa extraordinaria, que impelió
al capitán Hisgings a entrevistarse conmigo y a mí mismo a acercarme hasta
aquel lugar para echar un vistazo a la Cosa. Tras consultar los antiguos
registros y documentos de la familia, que me fueron confiados, descubrí que no
había duda posible de que, más de ciento cincuenta años atrás, habían sucedido
algunas coincidencias tan extraordinarias como desagradables, por enfocar el
asunto de forma emotiva. En el curso de los dos siglos anteriores a aquella
fecha, de un total de siete primogénitos en la familia, cinco fueron chicas.
Las cinco jóvenes llegaron a la edad de tener novio y no tardaron en
comprometerse, pero todas murieron durante el noviazgo: dos se suicidaron, una
se cayó por una ventana, a otra se le «rompió el corazón» (posiblemente, el
registro quería decir «paro cardiaco», como resultado de algún shock causado
por un susto). La quinta fue encontrada muerta una tarde en el parque que rodea
la casa; jamás se supo de manera precisa la causa de su muerte, aunque se tuvo
la impresión de que podría haber recibido la coz de algún caballo. Cuando la
descubrieron ya estaba muerta.
Como veis, todas aquellas muertes —incluso los suicidios— bien podrían
haberse atribuido a causas naturales, quiero decir, no sobrenaturales. De
cualquier modo, en todos y cada uno de los casos las jóvenes habían sufrido
alguna experiencia extraordinaria y aterradora en el transcurso de sus
noviazgos; pues en todos los registros de la familia se hacía mención del
relincho de un caballo invisible o del galopar de un caballo que nadie veía,
además de muchas otras manifestaciones peculiares y totalmente inexplicables.
Creo que ahora comenzaréis a comprender lo extraordinario de aquel asunto del
que me habían encargado que me ocupase. Gracias a un testimonio escrito, supe
que el «encantamiento» de las jóvenes era tan constante y terrible que dos de
sus enamorados las dejaron sin más. Creo que fue ese dato, mucho más que
cualquier otro, el que me hizo presentir que en aquel caso había algo más que
una mera sucesión de inquietantes coincidencias.
Conocí aquellos hechos al poco tiempo de llegar al castillo, aunque
bastante antes de que me informaran de manera precisa de lo que le había
ocurrido a la señorita Hisgins la noche de su compromiso con Beaumont. Al
parecer, cuando los dos enamorados recorrían el gran corredor de la planta baja
poco después del atardecer (aún no se había encendido el alumbrado), oyeron un
súbito y terrible relincho en el corredor, muy cerca de ellos. Al instante,
Beaumont recibió un golpe tremendo, o una coz, que le rompió el antebrazo
derecho. Los demás miembros de la familia y todo el servicio llegaron
corriendo, para enterarse de lo que ocurría. Llevaron luces, registraron el
corredor y después toda la casa, pero no encontraron nada anormal. Os podréis
imaginar la excitación en que se encontraba la casa, y los comentarios, medio
incrédulos y medio convencidos, que suscitó la antigua leyenda.
Más tarde, a medianoche, el viejo capitán fue despertado por el sonido
de un pesado caballo que galopaba una y otra vez alrededor de la casa. Algún
tiempo después, Beaumont y la joven dijeron que también ellos habían oído el
sonido de unos cascos de caballo cerca, después del atardecer, en algunos de
los corredores y habitaciones. Tres noches después, Beaumont fue despertado de
madrugada por un extraño relincho, que parecía provenir del dormitorio de su
enamorada. Corrió precipitadamente a ver a su padre y ambos se dirigieron hacia
la habitación de la joven. La encontraron despierta y presa de terror, pues la
había despertado un relincho que parecía estar muy cerca de su cama.
La noche antes de que yo llegara, acababa de ocurrir un nuevo incidente,
y todos se hallaban en un deplorable esta-do de nervios, como podéis imaginar.
Dediqué la mayor parte de mi primer día de estancia, como creo que ya os he
dicho, a recoger el mayor número de detalles; pero, después de cenar, decidí
distenderme, y pasé la velada jugando al billar con Beaumont y la señorita
Hisgins. Lo dejamos a eso de las diez y, mientras tomábamos un café, le pedí a
Beaumont que me contase detalladamente lo que había sucedido la víspera. Él y
la señorita Hisgins estaban tranquilamente sentados en el gabinete de su tía,
mientras la anciana hacía de carabina delante de un libro. Había comenzado a
atardecer y la lámpara estaba al otro extremo de la mesa. El resto de la casa
aún no estaba iluminado, ya que se había hecho de noche antes de lo usual.
Bien, pues, al parecer, la puerta de la habitación se abrió de repente, y la
joven preguntó:
—¡Eh! ¿Quién anda por ahí?
Prestaron atención y entonces a Beaumont le pareció oír... el ruido de
un caballo fuera de la puerta principal.
—¿Es tu padre? —preguntó.
Pero ella le recordó que su padre no montaba a caballo. No puede negarse
que, después de lo ocurrido, ambos estaban predispuestos a dar crédito a
cualquier tipo de sensaciones extrañas, pero Beaumont hizo un esfuerzo por ser
objetivo y se dirigió al vestíbulo para ver si había alguien en la entrada.
Dentro del vestíbulo estaba muy oscuro, por lo que podía ver los cristales
emplomados de la puerta de entrada, recortándose sobre la negrura del interior.
Se acercó hasta ellos y miró hacia dentro, sin conseguir ver nada. Se sentía
nervioso y perplejo, de suerte que abrió la puerta y avanzó por el interior de
la casa, donde solían dejarse los carruajes. De repente, la gran puerta del
vestíbulo se cerró violentamente tras él. Más tarde me dijo que tuvo la súbita
impresión de sentirse, en cierta forma, atrapado. Rápidamente giró en redondo y
sujetó el pomo de la puerta, pero le pareció que algo tiraba de ella al otro
lado con tremenda fuerza.
Pero antes de que hubiese llegado a darse cuenta de aquel pensamiento,
pudo girarlo y abrir la puerta. Se detuvo un momento en el umbral y escrutó el
interior del vestíbulo, pues aún no se había recobrado lo suficiente para saber
si estaba realmente asustado o no. Entonces oyó el sonido de un beso que su
enamorada le enviaba. Era evidente que le había seguido desde el gabinete y que
en aquellos momentos se encontraba en medio de la penumbra del enorme y poco
iluminado vestíbulo. El devolvió el beso, de la misma manera, y comenzó a andar
hacia fuera del vestíbulo, con intención de ir a su encuentro. De repente, como
en un relámpago de lucidez atroz, comprendió que no era su enamorada quien le
enviaba el beso. Supo que algo estaba intentando atraerle hacia la oscuridad y
que la joven no había abandonado el gabinete. Retrocedió y en el mismo instante
volvió a oír el sonido de un beso muy cerca de él. Así pues, gritó lo más alto
que pudo:
—¡Mary, quédate en el gabinete, y no te muevas de allí hasta que yo
llegue!
La oyó decir algo, a modo de respuesta, desde la otra habitación y
encendió una especie de antorcha que hizo con una docena de cerillas,
encendiéndolas todas a la vez y manteniéndolas sobre su cabeza para echar un
vistazo al vestíbulo. No había nadie, pero en cuanto comenzaron a apagarse las
cerillas le llegó el sonido de un caballo de buen tamaño galopando por el
campo, fuera de la casa. Como veis, él y la joven habían oído el sonido del
caballo al galope; pero cuando les pregunté con más insistencia, me di cuenta
de que la tía no había oído nada, aunque realmente estaba un poco sorda y se
encontraba en un rincón alejado de la habitación. La verdad es que él y la
señorita Hisgins habían estado en un agitadísimo estado de nervios,
predispuestos a oír cualquier cosa. La puerta se podría haber cerrado
bruscamente por una súbita ráfaga de viento, producida al abrir cualquier
puerta de la casa; y la resistencia del pomo quizá se debiera a que el
picaporte había quedado bloqueado.
Respecto a los sonidos de los besos y del galopar del caballo, les hice
la observación de que les habrían parecido sonidos ordinarios si hubiesen
podido razonar fríamente. Tal como le dije a Beaumont, sin descubrirle nada
nuevo, los sonidos de un caballo al galope son llevados muy lejos por el
viento, de modo que lo que él había oído quizá no fuera más que un caballo
galopando a lo lejos. Y en lo que concierne al beso, hay muchísimos sonidos,
por lo general muy tenues —como el roce de un papel o el estremecimiento de la
hoja de un árbol —, que resultan muy parecidos, especialmente cuando uno se
encuentra en un estado de tensión extrema y se imagina cosas.
Acabé mis comentarios predicándoles el viejo sermón de mantener el
sentido común y no dejarse llevar por la histeria, mientras apagábamos las
luces y salíamos de la sala de billar. Pero ni Beaumont ni la señorita Hisgins
quisieron reconocer que lo ocurrido no había sido más que una alucinación. A
todo esto, habíamos salido de la sala de billar y caminábamos por el largo
pasillo, sin que yo me hubiese dado por vencido de intentar convencerles de que
viesen las explicaciones banales y totalmente naturales de lo que les había
sucedido.
Entonces, como suele decirse, me di cuenta de que «no había atinado ni
una», porque en la sala de billar, que acabábamos de dejar a oscuras, se oyó el
ruido de unos cascos de caballo. Sentí que se me ponía la carne de gallina y
que un escalofrío me recorría el espinazo para terminar en la nuca. La señorita
Hisgins lanzó un grito, que sonó como el de un niño con tos convulsa, y salió
corriendo por el pasillo. Beaumont dio media vuelta rápidamente y retrocedió un
par de yardas. También yo hice lo mismo, como podréis comprender.
—Ese es el ruido —dijo en voz baja y casi sin resuello—. quizá ahora nos
crea.
—Desde luego que hay alguien —musité, sin quitar ojo de la cerrada
puerta de la sala de billar.
—¡Sshh! —murmuró—. Ahí viene otra vez.
Parecía como si hubiese un caballo enorme marchando al paso alrededor de
la sala de billar, de manera deliberadamente lenta. Un horrible escalofrío se
apoderó de mí, de suerte que casi no podía ni respirar —supongo que conocéis
esa sensación— y no tuvimos más remedio que retroceder como los cangrejos; y
así, de repente nos encontramos en la entrada del largo pasillo. Nos detuvimos
y escuchamos. Los sonidos prosiguieron con una especie de motivación maligna,
como si el bruto sintiese una suerte de gusto malicioso en pasearse alrededor
de la habitación que acabábamos de ocupar. ¿Comprendéis lo que quiero decir?
Hubo una pausa y un largo momento de silencio absoluto, excepto por los
excitados murmullos de algunas personas que habían acudido al gran vestíbulo de
la planta baja, y que llegaban, escaleras arriba, hasta nosotros.
Me imaginé que debían de haberse congregado todas alrededor de la
señorita Hisgins, con intención de protegerla. Supongo que Beaumont y yo
permanecimos en el extremo del pasillo cerca de cinco minutos, aguzando el oído
para escuchar cualquier ruido que proviniese de la sala de billar. Entonces me
di cuenta de lo asustado que estaba y dije:
—Voy a ver qué hay dentro.
—Yo también —me respondió.
Estaba terriblemente pálido, pero era muy valiente. Le indiqué que me
esperase un instante y me precipité hacia mi habitación, para tomar la cámara y
el flash. Deslicé mi revólver en el bolsillo derecho de la americana y protegí
los nudillos de la mano izquierda con un puño de hierro, para poder operar con
la cámara sin que me molestara. Volví corriendo hacia donde estaba Beaumont.
Tendió hacia mí su mano derecha, para que viera que empuñaba un revólver, y yo
asentí, susurrándole que no fuese demasiado rápido en disparar, no fuera a
tratarse de alguna broma estúpida.
Había tomado una lámpara de la consola del vestíbulo del piso de arriba,
que mantenía sujetada con su brazo enyesado, de manera que disponíamos de la
luz suficiente. Seguimos el pasillo en dirección a la sala de billar, y ya os
podéis imaginar la pareja de asustados que hacíamos. Durante todo aquel tiempo
no se había oído ni un simple ruido. De pronto, cuando estábamos a menos de dos
yardas de la puerta, oímos el súbito golpear de unos cascos de caballo sobre el
sólido parqué de la sala de billar.
Instantes después, me pareció que todo el lugar se estremecía bajo el
sonoro resonar de los cascos de alguna cosa enorme que se dirigía hacia la
puerta. Beaumont y yo retrocedimos uno o dos pasos y, tras pensarlo dos veces,
sacamos fuerzas de flaqueza, como suele decirse, y esperamos. El pesado sonido
llegó derecho hasta la puerta y se detuvo. Hubo un instante de silencio
absoluto, excepto en lo que a mí concernía, pues el latido del corazón,
sonándome en los oídos y en las sienes, por poco me deja sordo. Me atrevería a
decir que esperamos más de medio minuto hasta que oímos el sonido discordante
de unos grandes cascos de caballo. Inmediatamente después el sonido se acercó,
como si alguna cosa invisible hubiese atravesado la puerta cerrada, y se
dirigió a nuestro encuentro. Cada uno de nosotros saltó hacia el lado del
pasillo que le venía más cerca, y recuerdo que me aplasté todo lo que pude
contra la pared.
El clip-clop, clip-clop de aquellos enormes cascos pasó justamente entre
nosotros, y con mortal y lenta deliberación se perdió en el pasillo. Pude
escucharlo por debajo de la confusión de los latidos que sonaban en mis oídos.
Tenía todo mi cuerpo tan extraordinariamente rígido y lleno de calambres, que
casi no podía respirar. Permanecí en aquella posición durante un momento y
volví la cabeza para poder ver el pasillo. Sólo era consciente de que bien
cerca había un terrible peligro. ¿Lo comprendéis? Y entonces, sin previo aviso,
recobré el coraje. Fui consciente de que el repiquetear de los cascos sonaba
cerca del otro extremo del pasillo, así que me di la vuelta rápidamente, apunté
mi cámara y disparé el flash. Inmediatamente después, Beaumont envió una granizada
de balas por el pasillo y echó a correr, gritando:
—¡Va a buscar a Mary! ¡Corra! ¡Corra!
Se precipitó hacia el otro extremo del pasillo y yo le seguí. Llegamos
al descansillo principal y oímos el sonido de los cascos subiendo por las
escaleras, desvaneciéndose. Y a partir de aquel instante, absolutamente nada.
Debajo de nosotros, en el enorme vestíbulo, gran número de domésticos rodeaban
a la señorita Hisgins, que parecía haberse desmayado. Algunos formaban un grupo
algo apartado, sin dejar de mirar en silencio al descansillo principal. Y como
a unos veinte peldaños por encima de ellos, el capitán Hisgins se mantenía
inmóvil, con una espada desenvainada, justo debajo del último lugar donde se
había oído el ruido de los cascos. Creo que jamás vi cosa más hermosa que aquel
hombre mayor interponiéndose de tal suerte entre su hija y aquella cosa infernal.
Supongo que comprenderéis la extraña sensación de horror que sentí
cuando dejé atrás el lugar de la escalera donde se había oído aquel sonido por
última vez. Era como si el monstruo siguiese allí, pero invisible. Y lo más
curioso de todo fue que no volvimos a oírlo, ni en la parte superior ni en la
inferior de las escaleras.
Después de llevarse a la señorita Hisgins a su habitación, le envié
recado de que iría a verla en cuanto estuviese en disposición de recibirme.
Apenas me comunicaron que podía acercarme cuando lo desease, pedí a su padre
que me echara una mano con la maleta de los aparatos, y entre los dos la
llevamos al dormitorio de la joven. Dispuse el lecho justamente en mitad de la
habitación y coloqué el pentáculo eléctrico a su alrededor. Di instrucciones de
que colocasen luces alrededor de la habitación, advirtiendo que no encendieran
ninguna dentro del pentáculo y que nadie entrara o saliera de él. La madre de
la joven se había situado dentro del pentáculo, por orden mía, mientras que su
doncella estaba sentada fuera de él, para llevar un mensaje en cualquier momento,
de suerte que la señora Hisgins no tuviese que abandonar el pentáculo. También
sugerí que el padre de la joven permaneciera aquella noche en la habitación,
preferiblemente armado.
Cuando salí del dormitorio de la joven, encontré a Beaumont esperando al
otro lado de la puerta, en un lamentable estado de ansiedad. Le dije lo que
había dispuesto, explicándole que la señorita Hisgins estaba con bastante
seguridad a salvo dentro de la protección, y que, además de que su padre
pasaría la noche dentro de la habitación, yo estaba decidido a montar guardia
fuera de ella; añadí que me gustaría que me hiciese compañía, pues sabía que en
su estado no podría conciliar el sueño, y que, personalmente, no me importaría
contar con un compañero. La verdad es que lo que quería era tenerle
directamente bajo mi propia observación, ya que tenía mis dudas sobre si en
aquellos momentos, y en cierta manera, no corría mayor peligro que la joven. Al
menos esa era mi opinión, y aún lo sigue siendo. Creo que más tarde
coincidiréis conmigo.
Le pregunté si tenía que objetar algo al hecho de, durante la noche,
trazara alrededor de él un pentáculo. Me contestó que no. Pero vi que no sabía
si considerarlo como algo supersticioso o como un ejemplo de superchería
infantil; no obstante, se lo tomó con bastante más seriedad cuando le expliqué
algunos detalles de «El caso del Velo Negro», durante el cual murió el joven
Aster. Recordaréis que comentó que no era más que una superstición tonta y no
entró en el pentáculo. ¡Pobre diablo!
La noche transcurrió con relativa tranquilidad hasta poco antes del
alba, cuando oímos el sonido de un gran caballo galopando constantemente
alrededor de la casa, exactamente como el viejo capitán Hisgins lo había
descrito. Imaginaos lo raro que me sentí cuando, poco después, oí que algo se
movía dentro del dormitorio. Llamé a la puerta, pues me sentía inquieto, y el
capitán acudió a abrirme. Le pregunté si todo iba bien y me contestó que sí.
Pero inmediatamente después me preguntó si había oído galopar al caballo: supe
así que no había sido yo el único en escucharlo. Le sugerí que quizá resultase
conveniente dejar entreabierta la puerta del dormitorio hasta que se hiciese de
día, pues era evidente que fuera había algo. Así lo hizo, volviendo a entrar en
la habitación para estar cerca de su esposa y de su hija.
Creo que debería añadir que no las tenía todas conmigo respecto al hecho
de que la «defensa» resultase válida para la señorita Hisgins, puesto que lo
que designaré con el término de «sonidos personales» de la manifestación eran
tan extraordinariamente materiales que me sentía inclinado a establecer
paralelismos con el asunto de Harford, cuando la mano del niño consiguió
materializarse dentro del pentáculo y dar golpecitos en el suelo. Como
recordaréis, aquel fue un caso de lo más terribles. Sin embargo, como suele
suceder en ocasiones, después de aquello no ocurrió nada; así que en cuanto se
hizo de día, Beaumont y yo nos fuimos a dormir. Precisamente fue Beaumont quien
acudió a despertarme a mediodía, de modo que el desayuno nos sirvió de comida.
La señorita Hisgins nos acompañó, pues parecía haber recobrado el ánimo.
Me dijo que gracias a mí era la primera vez que se sentía segura desde hacía
muchos días. También me contó que su primo, Harry Parsket, estaba a punto de
llegar de Londres y que haría todo lo posible por ayudarnos a combatir al
fantasma. Después de aquella charla, ella y Beaumont se fueron a pasear por el
parque, para estar a solas un rato.
Yo hice lo mismo, dando la vuelta a la casa, sin conseguir ver huellas
de los cascos del caballo. Y aunque pasé el resto del día examinando la
mansión, no encontré nada. Acabé la investigación poco antes del anochecer, y
me fui a mi habitación con idea de cambiarme de ropa para la cena. Cuando bajé,
el primo acababa de llegar. Me pareció uno de los hombres más elegantes que
hubiera visto desde hacía tiempo. Un individuo con una tremenda dosis de valor,
de ese tipo de hombres que me gustaría tener al lado en un caso tan difícil
como el que me ocupaba.
Comprobé que lo que más le intrigaba era nuestra credulidad en lo
genuino del embrujamiento, por lo que yo mismo me sorprendí al descubrir que
estaba deseando que ocurriese cualquier cosa para demostrarle que estábamos en
lo cierto. Y, casualmente, algo se produjo, con el sentido casi de una
venganza. Beaumont y la señorita Hisgins habían salido al parque a dar una
vuelta, poco antes del crepúsculo. El capitán me había rogado que fuese a su
estudio para charlar un rato, y Parsket subió solo por las escaleras con sus
maletas, porque había venido sin criado.
Tuve una larga conversación con el viejo capitán, en el curso de la cual
hice hincapié en el hecho de que resultaba evidente que el «embrujamiento» no
guardaba particular conexión con la casa, sino exclusivamente con la joven; así
pues, lo mejor sería que se casara en seguida, ya que ello le daría a Beaumont
el derecho a estar constantemente a su lado; e incluso existía la posibilidad
de que cesasen las manifestaciones en cuanto se consumara el matrimonio. El
hombre asintió con la cabeza al oír aquello, sobre todo en lo que se refería a
la primera parte de mis observaciones, y me recordó que tres de las jóvenes de
las que se había dicho que estaban «embrujadas» habían sido enviadas lejos de
la casa y encontrado la muerte mientras se hallaban fuera de ella. De repente,
en medio de aquella conversación, fuimos interrumpidos de una manera que nos
espantó muchísimo, pues el viejo mayordomo irrumpió en la habitación,
tremendamente pálido.
—¡La señorita Mary, señor! ¡La señorita Mary, señor! —dijo,
atragantándose—. ¡está gritando en el parque, señor! ¡Dicen que están oyendo al
Caballo...!
El capitán saltó hacia su panoplia, tomó su vieja espada y salió de la
habitación como una exhalación, desenvainándola mientras corría. Yo salí
precipitadamente escaleras arriba para recoger mi cámara con flash y un
revólver de gran calibre, gritando: ¡El Caballo!, al pasar junto a la puerta de
Parsket, y bajé de nuevo las escaleras para dirigirme hacia el parque. A lo
lejos, en la oscuridad, en medio de un confuso griterío, pude distinguir varias
detonaciones, procedentes de un bosquecillo.
Y entonces, a mi izquierda, surgiendo de un pozo de negrura, súbitamente
se oyó un gutural e infernal relincho. Giré en redondo al instante y disparé el
flash. La resplandeciente luz iluminó momentáneamente el lugar, mostrándome las
hojas de un enorme árbol muy cercano, estremeciéndose con la brisa nocturna,
pero no conseguí ver nada más. Las tinieblas, decuplicadas, me envolvieron, y
pude oír a Parsket que me preguntaba casi a gritos si había podido ver algo.
Instantes después estaba a mi lado. Me sentí más seguro en su compañía, porque
alguna cosa increíble había estado muy cerca de nosotros y también porque me
encontraba temporalmente cegado por el brillo del flash.
—¿Qué era? ¿Qué era? —no dejaba de repetir, con voz excitada.
Y yo no dejaba de intentar penetrar las tinieblas, mientras le
contestaba mecánicamente:
—No lo sé, no lo sé;.
Alguien dio un grito terrible en algún lugar delante de nosotros, y
después se oyó un disparo. Corrimos hacia donde había sonado, diciendo a gritos
a todos que no disparasen, pues a oscuras y en medio del pánico general
resultaba peligroso. Entonces aparecieron dos guardias jurados, armados de
fusiles, que recorrieron el parque con sus linternas; inmediatamente vimos una
fila de luces procedentes de la casa, que avanzaban como bailando hacia
nosotros: eran los sirvientes que venían con lámparas. Según fueron acercándose
las luces, vi que habíamos llegado muy cerca de Beaumont. Estaba inclinado
sobre la señorita Hisgins y tenía el revólver en la mano. Entonces vi su
rostro: una gran herida le surcaba la frente. A su lado estaba el capitán,
tirando molinetes con su espada desnuda en medio de la negrura; ligeramente
detrás de él se hallaba el viejo mayordomo: tenía en las manos un hacha de
combate, descolgada de una de las panoplias del vestíbulo. Aparte de aquello,
no pude ver nada que me pareciese extraño.
Llevamos a la joven a la casa y la dejamos al lado de su madre y de
Beaumont, mientras un criado iba a buscar al médico. Los que quedábamos, además
de cuatro guardias, todos con armas de fuego y provistos de linternas,
registramos el parque que rodeaba la casa. Pero no encontramos nada. Cuando
volvimos, supimos que el médico ya había efectuado su visita. Tras vendar la
herida de Beaumont, que afortunadamente no era profunda, había ordenado a la
señorita Hisgins que se fuese inmediatamente a la cama. Subí por las escaleras,
junto con el capitán, y encontré a Beaumont montando guardia fuera de la
habitación de la joven. Le pregunté cómo se sentía y, en cuanto la joven y su
madre pudieron recibirnos, el capitán y yo entramos en el dormitorio e
instalamos nuevamente el pentáculo alrededor de la cama. Ya habían dispuesto
luces en toda la habitación, por lo que repetí las mismas órdenes que la noche
anterior y me reuní con Beaumont al otro lado de la puerta.
Parsket había subido mientras yo estaba dentro de la habitación, y
entonces pudimos hacernos una idea de lo que le había ocurrido a Beaumont en el
parque. Al parecer, la pareja regresaba a casa después de su paseo hacia West
Lodge. Se había hecho de noche muy deprisa. Entonces la señorita Hisgins dijo:
¡sshh!, y se detuvo. Él hizo lo mismo y aguzó el oído, sin conseguir oír nada
durante los primeros infantes. Entonces pudo captar... el sonido de un caballo,
al parecer muy lejos, pero galopando hacia ellos sobre la hierba. Le dijo a la
joven que no tenía importancia, instándola a que se fuese a casa. Por supuesto,
ella no le creyó. En menos de un minuto lo oyeron muy cerca de ellos, en medio
de la negrura, y echaron a correr.
Entonces, la señorita Hisgins dio un mal paso y cayó al suelo. Comenzó a
gritar y eso fue lo que oyó el mayordomo. Cuando Beaumont la ayudaba a
levantarse, oyó que los cascos se le echaban encima, retumbando sobre el suelo.
Se arrojó sobre ella para protegerla y disparó las cinco balas del revólver en
dirección al sonido. Nos contó que, a la luz del fogonazo del último disparo,
estaba seguro e haber visto algo, que parecía una enorme cabeza de caballo,
abalanzarse sobre él. Inmediatamente después recibió un tremendo golpe que le
dejó sin sentido. El capitán y el mayordomo habían llegado en seguida,
corriendo y gritando. El resto de la historia ya lo conocíamos.
Hacia las diez, el mayordomo nos llevó una bandeja que me causó gran
placer, pues la noche anterior me había quedado más bien con hambre. No
obstante, advertí a Beaumont que pusiese especial cuidado en no beber ningún
tipo de licor, y que me entregase sus cerillas y su pipa. A medianoche tracé un
pentáculo a su alrededor y Parsket y yo nos sentamos a derecha e izquierda de
él, pero fuera del pentáculo, pues estaba seguro de que no habíamos de temer
que las manifestaciones, si es que se daban, fuesen dirigidas contra nadie,
excepto contra Beaumont o la señorita Hisgins. Tras aquellos preparativos,
mantuvimos un completo silencio. El pasillo estaba iluminado por dos grandes
lámparas, una en cada uno de sus extremos, de forma que no había ninguna
sombra; por otra parte, todos nosotros estábamos armados. Yo disponía, además
de mi revólver, de la cámara con su flash.
De vez en cuando, intercambiamos algunas palabras en voz baja, y en dos
ocasiones el capitán salió del dormitorio de su hija para charlar con nosotros.
Hacia la una y media dejamos de hablar; de repente, unos veinte minutos más
tarde, levanté la mano sin pronunciar palabra: me había parecido oír fuera el
sonido del galope de un caballo en medio de la noche. Llamé a la puerta de la
habitación, para que me abriese el capitán, y le susurré que acabábamos de oír
al Caballo. Durante algún tiempo permanecimos a la escucha, de suerte que
Parsket y el capitán pensaron que, en efecto, lo oían; pero yo no pude estar
seguro, lo mismo que Beaumont. Sin embargo, poco después me pareció oírlo otra
vez
Le dije al capitán Hisgins que creía que lo más acertado sería que
volviese al dormitorio de su hija y que dejase la puerta entreabierta. Así lo
hizo, pero no conseguimos oír nada, por lo que nos fuimos a la cama en cuanto
se hizo de día, tremendamente aliviados. Cuando me llamaron a la hora de comer,
me sorprendí ligeramente, pues el capitán Hisgins me contó que habían celebrado
un consejo de familia y decidido seguir mi consejo y celebrar la boda sin
pérdida de tiempo. Beaumont acababa de irse a Londres para pedir una
autorización especial, de manera que pudieran realizar la ceremonia al día
siguiente. Aquello me agradó, pues me parecía la cosa más sensata que podía
hacerse en tan extraordinarias circunstancias; sin embargo, no por ello
abandoné mis investigaciones: hasta que no se celebrase la boda, mi principal
preocupación sería tener a la señorita Hisgins cerca de mí.
Después de comer, y en plan de experimento, se me ocurrió tomar algunas
fotos de la señorita Hisgins y sus alrededores. En ocasiones, la cámara ve
cosas que suelen escapar al ojo humano. Con esta intención, y también para
tener una excusa para vigilarla más de cerca, pedí a la señorita Hisgins que me
ayudase en mis experimentos. Aquello la hizo sentirse muy contenta y así
pasamos varias horas juntos, vagabundeando por toda la casa de habitación en
habitación, de manera que cuando me sentía inspirado, tomaba una foto con flash
de ella y de la habitación, o del corredor, que era donde nos encontrábamos en
aquel momento.
Después de haber recomido la casa, le pregunté si se sentía lo
suficientemente animada para repetir la experiencia en las bodegas. Me contestó
que sí, y pedí al capitán Hisgins y a Parsket que nos acompañasen, pues no
quería aventurarme con ella en lo que podríamos llamar «tinieblas artificiales»
sin ayuda ni compañeros a mi lado. Cuando estuvimos dispuestos, bajamos a la
bodega de los vinos. El capitán Hisgins llevaba una escopeta de caza y Parsket
una pantalla especial y una linterna. Pedí a la joven que se quedase en el
centro de la bodega mientras Parsket y el capitán sostenían tras ella la
pantalla. Entonces hice varias fotografías con flash y nos dirigimos a la
bodega siguiente, donde repetí el mismo proceso.
Pero en la tercera bodega, un lugar lúgubre, negro como la pez, algo
extraordinario y horrible decidió manifestarse. Había dejado a la señorita
Hisgins en mitad de aquel lugar, mientras su padre y Parsket sostenían detrás
de ella la pantalla como antes. Cuando todo estaba a punto y presionaba el
disparador del flash, resonó en la bodega el espantoso y abominable relincho
que había oído en el parque. Parecía provenir de algún lugar encima de la
joven, y al resplandor de la súbita luz, vi que ella miraba fijamente en
completa tensión hacia arriba, hacia algo invisible. Entonces, en la relativa
oscuridad que siguió, grité al capitán y a Parsket que sacaran rápidamente a la
señorita Hisgins a la luz del día.
Así lo hicieron al punto, y cerré y eché la llave a la puerta, haciendo
los signos Primero y Ochavo del Ritual Saaamaaa ante cada uno de sus montantes,
uniéndolos a través del umbral por una línea triple. Mientras tanto, Parsket y
el capitán Hisgins llevaron a la joven al lado de su madre, dejándola con ella,
medio desvanecida. Seguí de guardia al otro lado de la puerta de las bodegas,
sintiéndome fatal, pues sabía que dentro había algo abominable; al mismo
tiempo, experimentaba cierto sentimiento de culpabilidad poco gratificante, por
haber expuesto a la señorita Hisgins a aquel peligro. Había tomado la escopeta
de caza del capitán, y cuando él y Parsket regresaron, no lo hicieron de vacío,
pues traían pistolas y linternas. No podría describiros el alivio tan tremendo
de cuerpo y alma que sentí cuando los oí llegar... Intentad imaginaros la
escena, esperando fuera de las bodegas.
¿A que podéis? Recuerdo haber notado, justo antes de echar la llave a la
puerta, lo pálido y fantasmal que parecía Parsket y lo gris de la mirada del
viejo capitán. Me preguntaba si mi rostro sería como los suyos. Pero, lo que
son las cosas, la aparición tuvo un efecto distinto sobre mis nervios, pues lo
bestial de aquella cosa pareció darme ánimos. Sé que sólo fue mi fuerza de
voluntad la que me impulsó a acercarme hasta la puerta y a girar la llave en su
cerradura.
Me detuve un instante y, después, con fuerza y decisión, di un empujón a
la puerta, abriéndola y manteniendo la linterna sobre mi cabeza. Parsket y el
capitán se pusieron uno a cada lado y levantaron también sus linternas, pero
aquel lugar se hallaba absolutamente vacío. Como jamás me fío de una mirada tan
superficial como aquella, invertí varias horas, ayudado por mis compañeros, en
sondear cada pie cuadrado de suelo, techo y paredes. Al fin tuve que admitir
que el lugar era absolutamente normal, por lo que salimos de las bodegas sin
nada concreto. A pesar de ello, precinté la puerta y, fuera, enfrente de cada
montante, tracé los signos Primero y Ultimo del Ritual Saaamaaa, uniéndolos
como antes con una línea triple.
¿Os imagináis lo terrible que había sido estar dentro de la bodega, sin
saber lo que estábamos buscando? Después de subir por la escalera, pregunté,
realmente preocupado, por el estado de la señorita Hisgins. La joven apareció
en persona para decirme que se encontraba perfectamente y que no tenía que
preocuparme, ni reprocharme nada por lo que le había ocurrido, como yo le había
confesado. Me sentí mucho mejor y fui a cambiarme para la cena. Después,
Parsket y yo nos fuimos a un cuarto de baño para revelar los negativos que
había tomado. Pero ninguna fotografía pudo decirnos nada hasta que llegamos a
la que correspondía a la bodega. Parsket se ocupaba del revelado y ya había
tendido una hilera de fotos que nos disponíamos a examinar a la luz de una
lámpara roja.
Estaba entretenido de aquella suerte, cuando oí una exclamación de
Parsket; al acercarme a su lado, vi que estaba mirando una fotografía aún no
revelada del todo, que acercaba a la lámpara. En ella se veía claramente a la
joven, mirando hacia arriba, como ambos recordábamos; pero lo que me
desconcertó fue la sombra de una enorme pezuña, justo encima de ella, como si
fuese a golpearla saliendo de las sombras. Lo peor es que yo era el responsable
de haberla expuesto a tal peligro, por lo que no podía apartar aquel
pensamiento de mi imaginación. En cuanto quedó revelada, la fijé y la examiné
con mejor luz. No había duda: la cosa que se inclinaba sobre la señorita
Hisgins era una enorme y sombría pezuña de caballo.
Sin embargo, aquello no me aportaba nada nuevo, y lo único que se me
ocurrió fue advertir a Parsket que no contara a la joven nada de aquello, ya
que sólo serviría para aumentar su espanto, aunque a su padre sí que le enseñé
la foto, pues creí que tenía derecho a verla. Aquella noche adoptamos las
mismas precauciones respecto a la señorita Hisgins que las dos noches
precedentes, y Parsket me hizo compañía; pero también se nos hizo de día sin
que ocurriese nada fuera de lo corriente, así que nos fuimos a dormir.
Cuando bajé a comer, me enteré de que Beaumont había enviado un
telegrama avisando que estaría de vuelta poco después de las cuatro y que
habían ido a buscar al párroco. Creo que habría acabado enterándome por mí
mismo, ya que las mujeres de la casa se hallaban dominadas por una frenética
actividad. El tren de Beaumont llegó con retraso y él no estuvo en la casa
hasta las cinco. A esa hora todavía no se había presentado el párroco, y el
mayordomo nos comunicó que el cochero había regresado sin él, porque acababa de
ausentarse para atender una llamada urgente. Aquella tarde, el coche iría otras
dos veces en su busca, volviendo de vacío, porque el clérigo seguía sin
regresar, de suerte que hubo que dejar la boda para el día siguiente. Aquella
noche, preparé la «defensa» alrededor de la cama de la joven, mientras el
capitán y su señora se sentaban como los días anteriores.
Beaumont, como era de esperar, insistió en montar guardia conmigo, a
pesar de parecer peculiarmente asustado; no por él, hay que decirlo, sino por
la señorita Hisgins. Según me contó, tenía el horrible presentimiento de que
esa misma noche tendría lugar un último y espantoso intento contra su
bienamada.
Aquello —desde luego, así se lo dije— no eran más que nervios; pero en
realidad me hizo sentirme muy preocupado, ya que había visto demasiadas cosas
para no saber que, en circunstancias parecidas, la convicción premonitoria de
un peligro inminente no debe ser achacada enteramente a los nervios. De hecho,
como Beaumont estaba lisa y llanamente convencido de que aquella noche traería
alguna manifestación sorprendente, pedí a Parskett que atara una cuerda
larguísima a la campanilla que servía para llamar al mayordomo y que la
tendiera a lo largo del pasillo para tenerla al alcance de la mano. Yo mismo di
instrucciones al mayordomo de no quitarse la ropa y de que ordenase lo propio a
otros dos criados. Si le llamaba, debía acudir al instante con los criados, trayendo
linternas, por lo que debía tenerlas preparadas y encendidas durante toda la
noche.
Si por cualquier razón la campanilla no sonase, tocaría mi silbato, y
entonces habría de comportarse como si hubiera oído la campanilla. Después de
haber arreglado aquellos detalles menores, tracé un pentáculo alrededor de
Beaumont, advirtiéndole enfáticamente que permaneciese en su interior, pasara
lo que pasase. Cuando acabé de dibujarlo, no me quedó más que esperar y rogar
para que aquella noche fuese tan tranquila como la precedente.
Hablamos muy poco, y a eso de la una nos sentíamos tan tensos y
nerviosos, que al final Parsket acabó por levantarse y dar un paseo, yendo y
viniendo a lo largo del corredor para distenderse un poco. Entonces cambié mis
zapatillas por unos zapatos y me reuní con él; durante algo más de una hora
estuvimos caminando de un lado para otro, susurrando ocasionalmente, hasta el
momento en que metí el pie en la cuerda de la campanilla y me caí de bruces,
pero sin hacerme daño ni ocasionar ningún ruido. Cuando me levanté, Parsket me
tocó ligeramente en el hombro.
—¿Se ha dado cuenta de que no ha sonado la campanilla? —dijo en voz muy
baja.
—¡Por Júpiter! —exclamé—. Tiene razón.
—Espere un momento —añadió—. La cuerda debe de haberse retorcido en
algún sitio.
Dejó su escopeta, se deslizó por el pasillo, llevando tomada la linterna
por su extremo inferior, y llegó de puntillas hasta el interior de la casa;
todo esto sin soltar el revólver de Beaumont, que llevaba en la mano derecha.
Pensé que era un tipo valiente, no sólo entonces, sino después. En ese momento,
Beaumont me hizo señas de que guardase absoluto silencio. De inmediato, pude
escuchar lo que estábamos esperando: el ruido de un caballo galopando en medio
de la noche. Creo que puedo deciros que me sentí espeluznado. El sonido murió
rápidamente, dejando una sensación de horror, desolación y tremenda extrañeza
en el aire que nos rodeaba. Acerqué la mano hacia la cuerda de la campanilla,
esperando que Parsket hubiese conseguido desenredarla, y me mantuve a la
espera, sin dejar de mirar delante y detrás.
Quizá pasaron dos minutos, dominados por lo que me parecía un silencio
sobrenatural. Súbitamente, en el extremo iluminado del corredor, resonó el
estruendo de unos enormes cascos, e instantáneamente la lámpara cayó al suelo,
rompiéndose con tremendo estrépito. Nos quedamos a oscuras. Tiré violentamente
de la cuerda y toqué mi silbato; acto seguido, levanté la cámara y oprimí el
disparador del flash. El corredor refulgió por la brillante luz, pero no vi
nada en él, y la oscuridad volvió a caer con la fuerza del trueno. Oí al
capitán en el dormitorio y le dije a gritos que nos llevase deprisa algo con
qué alumbrarnos; pero, por toda respuesta, algo comenzó a dar golpes en la
puerta. Oí gritar al capitán y, poco después, también a las mujeres.
Me asaltó el miedo repentino de que el monstruo hubiese conseguido
entrar en la habitación, pero, en ese mismo instante, desde el corredor me
llegó el vil y obsceno relincho que habíamos oído en el parque y en las
bodegas. Soplé nuevamente mi silbato y busqué a tientas la cuerda, diciéndole a
gritos a Beaumont que se quedara dentro del pentáculo, a pesar de lo que
pudiese ocurrir. Grité de nuevo, esta vez al capitán, pidiéndole que nos
trajese alguna luz y entonces oí el sonido de algo que hacía fuerza contra la
puerta del dormitorio. Saqué las cerillas para alumbrarnos, antes de que
aquella increíble e invisible criatura se nos echase encima.
Rasqué una de ellas en el costado de la caja. Se encendió con una luz
cruda y, en ese mismo instante, oí un débil sonido a mi espalda. Me volví
rápidamente, presa de un terror absurdo y, bajo aquella luz, vi... una
monstruosa cabeza de caballo cerca de Beaumont.
—¡Cuidado, Beaumont! —grité, desesperadamente—, ¡está detrás de usted!
La cerilla se apagó de repente. En el mismo instante, se oyó la brutal
detonación de la escopeta de Parsket (los dos cartuchos a la vez), que Beaumont
había disparado, evidentemente con una sola mano, muy cerca de mi oreja.
Vislumbré momentáneamente la monstruosa cabeza gracias al fogonazo, y una
enorme pezuña, en medio de las llamas y del humo, pareció abatirse sobre
Beaumont. En el mismo instante, vacié tres recámaras de mi revólver. Hubo un
golpe sordo, y aquel horrible y gutural relincho sonó muy cerca de mí. Algo me
golpeó y me desplomé, casi desvanecido. Caí de rodillas y pedí auxilio a voz en
cuello. Oía a las mujeres gritando detrás de la cerrada puerta del dormitorio y
fui vagamente consciente de que estaban empujándola desde el interior; poco después
vi que, cerca de mí, Beaumont luchaba contra alguna cosa repugnante. Por un
instantes me quedé sin saber qué hacer, como pasmado, paralizado de miedo, y
entonces, a ciegas y con la carne de gallina, acudí a ayudarle, gritando su
nombre.
Puedo deciros que estaba muerto de miedo. En aquel momento, un grito
como en sordina taladró la tiniebla, y yo salté hacia él. Toqué una enorme
oreja peluda, y entonces me asestaron otro golpe que me hizo bastante daño.
Retrocedí, débil y sin ver nada, y me agarré con la otra mano a aquella cosa
increíble. De repente oí un fuerte golpe a mi espalda y una explosión de luz.
Llegaban más luces por el pasillo, además de ruidos de pisadas y de gritos.
Alguien me obligó a soltar la cosa a la que me había asido; cerré los ojos,
aturdido, y oí un violento aullido encima de mí, a continuación el ruido de un
fuerte golpe, como el de un carnicero partiendo carne, y entonces algo me cayó
encima.
El capitán y el mayordomo me ayudaron a ponerme de rodillas. En el suelo
yacía una enorme cabeza de caballo, de la que salían las piernas y el tronco de
un hombre. En las muñecas llevaba atados unos enormes cascos. Era el monstruo.
El capitán dio un tajo con la espada que empuñaba, se inclinó y le quitó la
máscara, pues de eso se trataba. Entonces vi el rostro del hombre que la había
llevado. Era el de Parsket. Tenía una fea herida en la frente, donde la espada
del capitán había cortado la máscara. Miré alucinado a Parsket, después a
Beaumont, que se estaba levantando, apoyándose contra el muro del corredor. Y
volví a mirar a Parsket.
—¡Por Júpiter! —dije al fin.
Y me quedé en silencio, pues me sentía avergonzado de aquel hombre. Creo
que lo comprenderéis. Entonces abrió los ojos. Había llegado a tomarle afecto.
Justamente cuando Parsket comenzaba a recuperarse y su mirada iba de uno a otro
de nosotros, comenzando a recordar, sucedió una cosa extraña e increíble. De
repente, en el extremo del corredor, sonó el pesado sonido de unos enormes
cascos de caballo. Miré hacia aquel lugar y a continuación a Parsket, y vi
reflejarse en su rostro y en su mirada un miedo espantoso. Hizo un esfuerzo por
volverse y miró enloquecido hacia la parte del corredor donde se había
escuchado el sonido, mientras los demás parecíamos habernos quedado helados al
seguir la dirección de su mirada. Recuerdo vagamente los sollozos contenidos y
los susurros procedentes del dormitorio de la señorita Hisgins, que no dejaron
de sonar mientras yo miraba fijamente, lleno de espanto, el extremo del
corredor.
El silencio duró varios segundos. Bruscamente, volvió a oírse el pesado
sonido del enorme caballo al final del corredor. E inmediatamente después, el
clip-clop, clip-clop de los poderosos cascos que se acercaban por el pasillo
hacia nosotros. Incluso entonces, fijaos, la mayor parte de los presentes
pensamos que se trataba de algún mecanismo de Parsket que aún seguía
funcionando, por lo que sentíamos una cierta perplejidad, mezcla de miedo y de
duda. Creo que todos miramos hacia él. Y de repente el capitán exclamó:
—¡Deja tus locuras de una maldita vez! ¿No te basta ya con lo que has
hecho?
Por mi parte, debo decir que yo estaba espantado, pues sentía que allí
había algo terrible, algo que estaba fuera de lugar. Entonces Parsket consiguió
gritar:
—¡No soy yo! ¡Dios mío! ¡No soy yo! ¡Dios mío! ¡No soy yo!
Fue como si cada uno de los presentes comprendiese que realmente había
alguna cosa malvada aproximándose por el pasillo. Todo el mundo echó a correr,
incluso el viejo capitán Hisgins retrocedió, igual que el mayordomo y los
domésticos. Beaumont se desmayó, como pude constatar después, ya que había
recibido un fuerte golpe. Yo me aplasté contra la pared, mientras seguía
arrodillado, demasiado perplejo y aturdido para echar a correr. Y prácticamente
en el mismo instante, las poderosas pisadas sonaron cerca de mí, haciendo casi
estremecer el sólido piso mientras pasaban. De repente cesó el tremendo ruido,
y supe, casi muerto de miedo, que la cosa se había detenido frente a la puerta
del dormitorio de la joven.
Observé que Parsket estaba vacilante ante la puerta, con los brazos
extendidos, como si quisiera impedir con su cuerpo que entrara en ella.
Entonces lo vi con claridad. Parsket estaba extraordinariamente pálido, y la
sangre le corría por el rostro, de la herida que tenía en la frente; en aquel
momento me di cuenta de que parecía mirar algo en el pasillo, con una mirada
peculiar, desesperada, fija e increíblemente intensa. Pero allí no se veía
nada. De repente, el clip-clop, clip-clop comenzó de nuevo y se alejó por el
pasillo. Entonces Parsket se derrumbó ante la puerta y se golpeó la cabeza con
el suelo. Los que se habían congregado al otro extremo del pasillo comenzaron a
gritar, y los dos domésticos y el mayordomo echaron a correr sin más,
llevándose sus linternas; pero el capitán se apoyó con la espalda en la pared y
levantó la linterna que llevaba sobre la cabeza. El pesado paso del caballo
llegó a su altura, se desvió a su izquierda, y pude oír el monstruoso sonido de
unos cascos perderse a lo lejos en el silencio de la casa. Después... un
silencio de muerto.
Entonces el capitán vino hacia nosotros, muy lentamente, con paso
seguro. Su rostro estaba extraordinariamente pálido. Me arrastré al lado de
Parsket, y el capitán acudió a ayudarme. Le dimos la vuelta entre dos dos, y al
verlo supe que estaba muerto; supongo que os imagináis lo que sentí entonces.
Miré al capitán, quien dijo de repente:
—¡Eso..., eso..., eso!
Comprendí que lo que intentaba decirme era que Parsket se había
interpuesto entre su hija y lo que quiera que fuese que avanzaba por el
pasillo. Me puse de pie y le sostuve, aunque no fuera capaz de tenerme ni a mí
mismo. Y entonces su rostro acusó la emoción que le embargaba y cayó de
rodillas al lado de Parsket, llorando como un chiquillo desconsolado, de suerte
que las mujeres salieron del dormitorio para ocuparse de él. Yo les dejé hacer
y me acerqué a Beaumont. Prácticamente, ésta es toda la historia. Sólo quedan
por explicar algunos puntos complicados aquí y allá. Supongo que habréis
comprendido que Parsket estaba enamorado de la señorita Hisgins y que esto es
la clave de todo lo que en ella hay de extraordinario. Sin duda, él era
responsable de buena parte del embrujamiento; de hecho, creo que de casi toda.
Pero como no puedo probar nada, lo que ahora os cuente será fundamentalmente
resultado de una deducción.
En primer lugar, resulta obvio que la intención de Parsket era asustar a
Beaumont para que se fuese y, al ver que no lo conseguía, creo que se desesperó
tanto que realmente intentó matarle. Odio decir esto, pero los hechos me
obligan a pensarlo. Estoy totalmente seguro de que fue Parsket quien le rompió
el brazo a Beaumont. Conocía al dedillo la llamada «Leyenda del Caballo», y
tuvo la ocurrencia de utilizar la antigua historia para sus propios fines. Es
evidente que tenía algún medio de entrar y salir furtivamente de la casa, quizá
a través de alguna de las muchas ventanas bajas de la mansión, o quizá porque
dispusiera de la llave de una de las dos puertas del parque; entonces, cuando
se suponía que se había ido, lo que realmente hacía era eclipsarse y esconderse
en las proximidades. El incidente del beso en el vestíbulo oscuro debo
achacarlo por completo a la imaginación demasiado soliviantada de Beaumont y de
la señorita Hisgins.
Sin embargo, debo reconocer que el sonido del caballo proviniendo de la
puerta de entrada me resulta un tanto difícil de explicar. Pero yo sigo
dispuesto a aceptar mi primera idea al respecto, o sea, que en ello no hubo
nada sobrenatural.
El ruido de cascos en la sala de billar y después en el pasillo fueron
hechos por Parsket desde el piso inferior, golpeando contra los paneles del
techo con un trozo de madera enganchado a uno de los picaportes de las
ventanas. Lo he comprobado al examinar las marcas dejadas en la carpintería del
techo. Los sonidos del caballo galopando alrededor de la casa posiblemente
fueron hechos por Parsket, quien debió disponer de un caballo atado cerca del
parque; a no ser que él mismo hiciese esos sonidos, pero no veo cómo habría
podido moverse tan deprisa para producir una ilusión tan lograda. En cualquier
caso, no estoy muy seguro de este punto, ya que no conseguí localizar ninguna
huella de cascos, como recordaréis.
El horrible relincho del parque debió ser toda una hazaña de
ventriloquia por parte de Parsket, y el ataque que sufrió Beaumont también debe
imputársele a él, pues mientras yo creía que se encontraba en su habitación,
debía de estar fuera todo el tiempo, acercándose a mí después de verme salir
por la puerta principal. Es bastante probable que Parsket fuese el causante de
los incidentes que se produjeron entonces, pues, si hubiesen ido a más, él no
habría seguido con aquel juego tan peligroso, sabiendo que ya no tenía
necesidad de ponerlo en práctica. Lo que no puedo comprender es cómo consiguió
escapar después de disparar sobre él en el parque, y más tarde, en el curso de
su última fechoría en el corredor, como acabo de contaros. Como habéis podido
ver, era tan intrépido que no había nada que le hiciese sentir miedo, al menos
por sí mismo.
La vez que Parsket estaba con nosotros, cometimos un error al pensar que
habíamos oído al Caballo galopar alrededor de la casa. Ninguno estábamos seguro
de haberlo oído, excepto, claro está, Parsket, quien naturalmente dio visos de
realidad a nuestra ilusión. Creo que el relincho que sonó en la bodega
introdujo por primera vez en la mente de Parsket la sospecha de que había en
acción algo más que su embrujamiento de pacotilla. El relincho fue obra suya,
al igual que en el parque; pero, al recordar lo raro que le vi, estoy seguro de
que si puso esa cara fue porque los sonidos alcanzaron alguna cualidad
infernal, además de la que él les había dado, que le espeluznó. Más tarde,
supongo, acabaría persuadiéndose a sí mismo de que todo se lo había imaginado.
Por supuesto que no olvido que el efecto que causó a la señorita Hisgins le
debió hacerse sentir como un miserable.
Por lo que respecta al sacerdote a quien fueron a buscar, descubrimos
que se trataba de un recado ficticio, detrás del cual se encontraba Parsket, ya
que ello le permitiría ganar unas horas más para la consecución de su
propósito, puesto que —como cualquiera con una pizca de imaginación habrá
comprendido a estas alturas— había descubierto que jamás podría asustar a
Beaumont ni conseguir que se fuera. Odio tener que pensarlo, pero no tengo más
remedio. De cualquier modo, es obvio que aquel hombre había perdido
temporalmente el normal uso de sus facultades. ¡El amor es una extraña
enfermedad!
Después de todo aquello, no pongo en duda que Parsket torció o ató la
cuerda de la campanilla del mayordomo en algún sitio, para disponer de una
excusa para irse con toda naturalidad. Ello también le daba la oportunidad de
apagar una de las lámparas que iluminaban el pasillo, con lo que sólo tendría
que romper la otra para que el lugar quedase completamente a oscuras y así
poder atentar contra la vida de Beaumont. Del mismo modo, fue él quien cerró
con llave la puerta del dormitorio, guardándosela (pues la tenía en el
bolsillo). Así impedía al capitán que viniera a ayudarnos trayendo alguna luz.
Pero el capitán Hisgins rompió la puerta con el pesado guardafuegos de la
chimenea, y el estruendo de tal operación fue lo que causó tanta confusión y
espanto en la negrura en que se encontraba el pasillo.
La fotografía de la monstruosa pezuña que se cernía sobre la señorita
Hisgins en la bodega es una de las cosas que más difíciles me resultan de
explicar. quizá se trató de algún truco de Parsket, preparado por él mientras
estaba fuera de la habitación, fácil de hacer para alguien que supiera cómo
llevarlo a cabo. Pero no me pareció un montaje. Sin embargo, las probabilidades
a favor y en contra se equilibran; por otra parte, como la imagen es demasiado
imprecisa para examinarla a fondo, me mantendré en suspensión de juicio. Lo
cierto es que la fotografía es realmente horrible.
Y ahora llego al último punto, realmente al más espantoso. Después de lo
sucedido ya no hubo ninguna otra manifestación de nada anormal, de modo que mis
conclusiones reposan en una extraordinaria incertidumbre. Si no hubiera oído
aquellos sonidos finales y Parsket no hubiese demostrado un miedo tan terrible,
todo aquel caso habría podido ser aclarado según lo dicho. De hecho, como
habéis visto, soy de la opinión de que casi todos los detalles pueden ser
explicados, pero no veo la manera de pasar por alto la cosa que vimos, al final
de todo, y el miedo manifestado por Parsket. Su muerte... no prueba nada. La
posterior investigación forense, bastante rápida por cierto, fue atribuida a un
espasmo cardíaco. Resulta bastante natural y nos sigue dejando entre tinieblas,
pues también cabe preguntarse si murió por interponerse entre la joven y alguna
monstruosidad completamente increíbles.
La expresión del rostro de Parsket y lo que dijo cuando escuchó el
martilleo de los grandes cascos avanzando por el pasillo parecen demostrar que
comprendió la realidad de lo que hasta entonces no había sido más que una
horrible sospecha. Y ese miedo y la estimación de un tremendo peligro
aproximándose fueron acaso más nítidos que los míos. Entonces fue cuando tuvo
aquel gesto único, sublime y magnífico.
—¿Y la causa? —pregunté—. ¿Cuál fue la causa de aquella aparición?
Carnacki movió la cabeza.
—Sólo Dios lo sabe —contestó, con una reverencia singular y sincera.—.
Si aquello era lo que parecía ser, podría dar una explicación que no creo que
ofenda a la razón de nadie, pero que podría ser completamente falsa. Sin
embargo, he pensado (aunque ello me obligaría a daros una clase intensiva sobre
la inducción del pensamiento, para que fueseis capaces de apreciar mis
razonamientos) que Parsket había producido lo que se podría designar con el
término de «embrujamiento inducido», una especie de simulación inducida de sus
conceptos mentales, debida a lo desesperado de su ánimo y de sus cavilaciones.
Resulta imposible explicarlo más claramente con tan pocas palabras.
—Pero la vieja leyenda... —comenté—. ¿Por qué no iba a contener parte de
verdad?
—Sí, podría ser cierta —dijo Carnacki—, pero no creo que renga nada que
ver con eso. Todavía no he conseguido aclararlo todo, de momento; pero creo que
dentro de poco podré explicaros por qué pienso así.
—¿Y la boda? ¿Y la bodega...? ¿Se encontró algo dentro de ella? —
preguntó Taylor.
—Sí, aquel mismo día se celebró la boda, a pesar de la tragedia —aclaró
Carnacki—. Era lo más sensato..., considerando los detalles que aún no he
conseguido explicar. En efecto, hice excavar en el fondo de la gran bodega,
pues tenía el presentimiento de que quizá encontraría algo que pudiera arrojar
alguna luz sobre el caso. Pero no encontramos nada. Como veis, todo este asunto
es espantoso y extraordinario. Nunca olvidaré la expresión del rostro de
Parsket. Ni, a continuación, los repulsivos sonidos de aquellos grandes cascos,
yendo y viniendo por la casa en silencio.
Carnacki se levantó.
—¡Fuera todo el mundo! —dijo, de manera amistosa, usando la fórmula de
siempre.
Nos sumergimos en el silencio del Embankment y, desde allí, nos
dirigimos a nuestras respectivas casas.
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W.H. Hodgson (1877-1918)

