Libro N° 9951. El Barranco De Las Tres Colinas. Hawthorne, Nathaniel.
© Libro N° 9951. El Barranco De Las Tres Colinas. Hawthorne, Nathaniel. Emancipación. Mayo 28 de 2022.
Título
original: ©
The Hollow Of The Three Hills, Nathaniel
Hawthorne (1804-1864)
Versión Original: © El Barranco De Las Tres Colinas.
Nathaniel Hawthorne
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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EL BARRANCO DE LAS TRES COLINAS
Nathaniel Hawthorne
El
Barranco De Las Tres Colinas
Nathaniel
Hawthorne
En los extraños tiempos en que los sueños fantásticos y los caprichos
locos se realizaban en las circunstancias reales de la vida, dos personas se
encontraron a una hora y en un lugar prefijado. Una era una dama de formas
graciosas y hermosos rasgos, aunque pálida, apesadumbrada y golpeada en sus
años de plenitud por un morbo imprevisto. La otra, una anciana harapienta, fea
de aspecto y tan marchita, consumida y decrépita que el mero lapso de su
decadencia debía de exceder el término común de una existencia humana.
Tres pequeñas colinas se alzaban una junto a otra, y en medio de ellas
se abría un barranco, casi circular, de sesenta o setenta metros de ancho y con
tal profundidad que un cedro majestuoso apenas se habría dejado ver por encima
del borde. Pinos enanos menudeaban en las colinas y cubrían en parte el límite
superior de la hondonada intermedia, en cuyo interior nada había salvo la parda
hierba de octubre y, aquí y allá, algún tronco caído hacía largo tiempo,
enmohecido y sin verde retoño alguno en sus raíces. Uno de estos leños
corrompidos, antes un roble imponente, yacía cerca de una poza de mansa agua
verde que había al fondo de la hondonada.
Escenarios como éste (cuenta la tradición antigua) fueron en un tiempo
refugio de un Poder del Mal y de sus súbditos jurados, y se decía que allí se
reunían, a medianoche o en el crepúsculo vespertino, en torno a la sima
encharcada para perturbar el agua pútrida ejecutando un impío rito baustimal.
Ahora, la fría belleza de un ocaso de otoño doraba las cumbres de las Tres
Colinas, de donde un tinte más pálido se derramaba hasta el barranco por las
laderas.
―De acuerdo con tus deseos ―dijo la vieja― he aquí que hemos venido a
reunirnos. Deprisa: di qué quieres de mí, que no podemos demorarnos más de una
hora.
Mientras decía esto, una sonrisa titiló en su cara mustia como una
lámpara en la pared de un sepulcro. Temblando, la dama alzó la vista al borde
del barranco, como si meditara la posibilidad de marcharse sin haber logrado su
próposito. Pero no estaba ordenado así.
―Ya sabe usted que soy una extranjera en esta comarca ―dijo al fin―. No
importa de dónde vengo, he dejado atrás a quienes más íntimamente me enlazaba
el destino y estoy separada de ellos para siempre. Pero siento en el pecho un
peso que no cede y he venido a preguntar cómo viven.
―¿Y quién hay en esta charca verde que puede traerte nuevas del confín
de la Tierra?―clamó la vieja escrutándole el rostro―. No será de mis labios que
las oigas. Pero atrévete, y antes de que la luz del día se apague en aquella
cumbre te será concedido el deseo.
―Haré su voluntad aunque muera ―replicó desesperada la dama.
La vieja se sentó en el tronco caído, apartó la capucha que le
amortajaba los grises mechones e indicó a su compañera que se acercase.
―Híncate ―dijo― y apoya la cabeza sobre mis rodillas.
Aunque la otra dudaba, la angustia que tan largamente había ardido
dentro de ella se redobló. Al arrodillarse, hundió en la charca la orla del
vestido. Apoyó la frente en las rodillas de la vieja, y ésta, cubriéndole el
rostro con una capa, la dejó a oscuras. Luego oyó murmurar una oración, en
medio de la cual la dama dio un respingo e hizo amago de levantarse.
―Déjeme huir... ¡Me ocultaré para que no me miren! ―exclamó. Pero se
recompuso y, callando permaneció quieta como una muerta.
Pues parecía como si con los acentos de la plegaria se estuviera
mezclando otras voces, familiares en la niñez, nunca olvidads pese a las
peripecias y las vicisitudes del corazón y la suerte. Al principio eran
palabras tenues, indistintas, no a causa de la distancia, sino al modo de esas
páginas de libro que pugnamos por leer bajo una luz imperfecta y paulatinamente
más intensa. De esa suerte, las voces fueron cobrando fuerza a medida que
avanzaba la oración, hasta que el ruego concluyó y a la arrodillada se le hizo
claramente audible una conversación entre un hombre de edad y una mujer tan
rota y menoscabada como él. No parecía, con todo, que los extraños estuvieran
en el barranco.
Lo que rodeaba las voces y devolvía sus ecos eran las paredes de una
habitación cuyas ventanas tintineaban con la brisa; la vibración regular de un
reloj, el crepitar de un fuego y el crujido de las ascuas al caer en la ceniza
volvían la escena tan vívida como si el ojo la viera pintada. Sentados frente a
un hogar melancólico ―el hombre, sereno y desanimado; la mujer, llorosa y
plañidera―, los dos ancianos sólo decían palabras de pena. Hablaban de una
hija, errante no sabían por dónde, portadora de deshonra, que había dejado a la
vergüenza y la aflición la tarea de llevar sus cabezas canas a la tumba.
Aludían también a un sinsabor más reciente, pero en medio del diálogo, las
voces se fundieron con un lúgubre gemido de viento entre hojas de otoño; y al
levantar los ojos, la dama se encontró arrodillada en el barranco entre las
Tres Colinas.
―Vaya cansancio y soledad la de esos ancianos ―comentó la vieja con una
sonrisa.
―¡Los ha oído usted también! ―exclamó la dama, y un sentimiento de
humillación intolerable se impuso al dolor y al miedo.
―Sí. Y aún nos queda más por oír ―replicó la otra―. Así que tápate la
cara. Deprisa.
Otra vez la marchita bruja se puso a verter las monótonas palabras de
una oración no dirigida a la venia del Cielo, y en las pausas del aliento no
tardaron en condensarse extraños murmullos, cada vez más intensos, que fueron
ahogando y sojuzgando el conjuro del que habían surgido. Gritos perforaban a
veces la tiniebla de sonidos, seguidos de trinos de voces femeninas, y luego de
carcajadas violentas interrumpidas de golpe por sollozos, o por gemidos, de
modo que el conjunto era una atroz confusión de terror, risa y llanto.
Se oía un ruido de cadenas, voces brutales proferían amenazas y a sus
órdenes restallaba un látigo. Todos estos sonidos aumentaron y cobraron
sustancia en el oído de la mujer, hasta que ella alcanzó a distinguir cada
suave matiz de ensueño de unas canciones de amor que, sin causa, se disiparon
en himnos funerarios. Una cólera inmotivada, que relampaqueaba como una llama
espontánea, le provocó escalofríos, y la pavorosa algazara que condía a a su
alrededor la hizo flaquear. En medio de aquella escena desenfrenada, del choque
de pasiones en carrera ebria, la única voz solemne era la de un hombre; y a fe
que en un tiempo debía de haber sido una voz solemne y viril. Iba de aquí para
allá sin cesar, los pies resonando en el suelo.
En cada integrante del frenético grupo, ninguno de los actuales atendía
sino a sus pensamientos inflamados, él buscaba un oyente para su falta
individual e interpretaba risas o lágrimas como pago en desprecio o piedad.
Hablaba de la perfidia de las mujeres, de una esposa que había quebrado los
votos sagrados, de un hogar y un corazón desolados. Mientras él hablaba,
gritos, risas, chillidos y sollozos se elevaron al unísono hasta trocarse en un
viento de silbido hueco, caprichoso, dispar que se debatía entre los pinos de
las colinas desiertas. La dama alzó los ojos. La ajada vieja le sonreía a la
cara.
―¿Habrías imaginado que en un manicomio pueda haber tal jolgorio?
―preguntó.
―Sí, es cierto ―dijo la dama para sí―. Dentro de los muros se divierten.
Pero fuera hay desgracia, desgracia.
―¿Quieres oír más?
―Hay otra voz que volvería a aescuchar.
―Pues no pierdas tiempo. Apoya la cabeza en mis rodillas antes de que
pase la hora.
Si bien la falda dorada del día se demoraba aún sobre las colinas, la
hondonada y la charca ya estaban sumidas en sombras, como si de allí surgiera
la noche para extenderse sobre el mundo. Una vez más, la vieja empezó a urdir
su conjuro. Luego de un largo momento sin que obtuviera respuesta, entre
palabra y palabra asomó un repique de campana, un tañido que al cabo de un
largo viaje por valles y elevaciones se aprestaba a morir en el aire. Oyendo
ese sonido funesto, la dama tembló contra las rodillas de la vieja.
Cunato más crecía más triste era, y más profundo el tono de duelo; como
desde una torre cubierta de hiedra, llevaba nuevas de mortalidad a la cabaña,
el templo y el viajero solitario, para que cada uno llorase el destino que le
estaba asignado. Luego se oyó un rumor de pasos mesurados, lentos, como si
pasara un cortejo con un ataúd, arrastrando las vestiduras para sugerir al oído
cuán larga era su melancolía. A la cabeza iba el sacerdote, leyendo el servicio
fúnebre, las hojas del libro agitadas por la brisa.
Y aunque sólo a él se lo oía hablar en voz alta, de mujeres y hombres
sergían injurias y anatemas, susurrados pero distintos, contra la hija que
había partido el corazón a sus padres, la esposa que había defraudado la
amorosa confianza de su esposo, la pecadora contra el efecto natural que había
dejado morir a su hijo. El sonido y aplastante del cortejo se desvaneció como
vapor, y el viento, que un momento antes había querido levantar el paño del
ataúd, gimió tristemente al borde del barranco de las Tres Colinas. Pero cuando
la vieja intentó moverla, la mujer arrodillada no levantó la cabeza.
―¡Bonita hora de diversión hemos tenido! ―dijo la arpía, y rió para sus
adentros.
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Nathaniel Hawthorne (1804-1864)

