Libro N° 9934. El Árbol. Lovecraft, H.P.
© Libro N° 9934. El Árbol. Lovecraft, H.P. Emancipación. Mayo 21 de 2022.
Título
original: ©
The Tree, H.P. Lovecraft
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H.P.
Lovecraft
El Árbol
H.P.
Lovecraft
«El
árbol»: H.P. Lovecraft;
relato y
análisis.
El árbol (The Tree) es un relato fantástico del escritor norteamericano
H.P. Lovecraft (1890-1937), publicado originalmente en la edición de octubre de
1921 de la revista The Tryout, y luego reeditado en la edición de agosto de
1938 de Weird Tales. Finalmente volvería a aparecer, de la mano de Arkham
House, en la antología de 1943: Más allá del muro del sueño (Beyond the Wall of
Sleep).
El árbol, uno de los relatos de H.P. Lovecraft menos conocidos, nos
sitúa en la Antigua Grecia, y narra la historia de un extraño olivo que crece
alrededor de una tumba de mármol. El árbol es gigantesco, y su forma recuerda a
la de un hombre horriblemente deformado. De hecho, algunos aseguran que el
lugar es visitado frecuentemente por Pan, uno de los dioses más importantes de
los mitos griegos.
En este contexto, dos escultores, llamados Kalos y Musides, son
convocados por el tirano local para tallar una estatua majestuosa. Desde luego,
aceptan, pero la comisión de aquella estatua, en ese preciso lugar, traerá
consecuencias tan desgraciadas como irónicas sobre los artistas.
El árbol de H.P. Lovecraft es uno de los cuentos más tempranos de su
producción literaria. No pertenece al Ciclo Onírico, tampoco a los Mitos de
Cthulhu, y de hecho el propio autor fue desdeñoso con él. En efecto, no es de
sus mejores obras, sino más bien entre las menos logradas; sin embargo, sirve
como ejemplo de la gran capacidad de H.P. Lovecraft para explorar lo fantástico
dentro de un contexto histórico, como la Antigua Grecia.
EL ÁRBOL
THE TREE,
H.P. LOVECRAFT
(1890-1937)
Fata viam invenient.
(El destino encontrará la manera)
En una verde ladera del monte Menalo, en Arcadia, se halla un olivar en
torno a las ruinas de una villa. Al lado se encuentra una tumba, antaño
embellecida con las más sublimes esculturas, pero sumida ahora en la misma
decadencia que la casa. A un extremo de la tumba, con sus peculiares raíces
desplazando los bloques de mármol del Pentélico, mancillados por el tiempo,
crece un olivo antinaturalmente grande y de figura curiosamente repulsiva;
tanto se asemeja a la figura de un hombre deforme, o a un cadáver contorsionado
por la muerte, que los lugareños temen pasar cerca en las noches en que la luna
brilla débilmente a través de sus ramas retorcidas.
El monte Menalo es uno de los parajes predilectos del temible Pan, el de
la multitud de extraños compañeros, y los sencillos pastores creen que el árbol
debe tener alguna espantosa relación con esos salvajes silenos; pero un anciano
abejero que vive en una cabaña de las cercanías me contó una historia
diferente.
Hace muchos años, cuando la villa de la cuesta era nueva y
resplandeciente, vivían en ella los escultores Calos y Musides. La belleza de
su obra era alabada de Lidia a Neápolis, y nadie osaba considerar que uno
sobrepasaba al otro en habilidad. El Hermes de Calos se alzaba en un marmóreo
santuario de Corinto, y la Palas de Musides remataba una columna en Atenas,
cerca del Partenón. Todos los hombres rendían homenaje a Calos y Musides, y se
asombraban de que ninguna sombra de envidia artística enfriara el calor de su
amistad fraternal.
Pero aunque Calos y Musides estaban en perfecta armonía, sus formas de
ser no eran iguales. Mientras que Musides gozaba las noches entre los placeres
urbanos de Tegea, Calos prefería quedarse en casa; permaneciendo fuera de la
vista de sus esclavos al fresco amparo del olivar. Allí meditaba sobre las
visiones que colmaban su mente, y allí concebía las formas de belleza que
posteriormente inmortalizaría en mármol casi vivo. Los ociosos, por supuesto,
comentaban que Calos se comunicaba con los espíritus de la arboleda, y que sus
estatuas no eran sino imágenes de los faunos y las dríadas con los que se
codeaba… ya que jamás llevaba a cabo sus trabajos partiendo de modelos vivos.
Tan famosos eran Calos y Musides que a nadie le extrañó que el tirano de
Siracusa despachara enviados para hablarles acerca de la costosa estatua de
Tycho que planeaba erigir en su ciudad. De gran tamaño y factura sin par había
de ser la estatua, ya que habría de servir de maravilla a las naciones y
convertirse en una meta para los viajeros. Honrado más allá de cualquier
pensamiento resultaría aquel cuyo trabajo fuese elegido, y Calos y Musides
estaban invitados a competir por tal distinción. Su amor fraterno era de sobra
conocido, y el astuto tirano conjeturaba que, en vez de ocultarse sus obras, se
prestarían mutua ayuda y consejo; así que tal apoyo produciría dos imágenes de
belleza sin par, cuya hermosura eclipsaría incluso los sueños de los poetas.
Los escultores aceptaron complacidos el encargo del tirano, así que en
los días siguientes sus esclavos pudieron oír el incesante picoteo de los
cinceles. Calos y Musides no se ocultaron sus trabajos, aun cuando se
reservaron su visión para ellos dos solos. A excepción de los suyos, ningún ojo
pudo contemplar las dos figuras divinas liberadas mediante golpes expertos de
los bloques en bruto que las aprisionaban desde los comienzos del mundo.
De noche, al igual que antes, Musides frecuentaba los salones de
banquetes de Tegea, mientras Calos rondaba a solas por el olivar. Pero, según
pasaba el tiempo, la gente advirtió cierta falta de alegría en el antes
radiante Musides. Era extraña, comentaban entre sí, que esa depresión hubiera
hecho presa en quien tenía tantas posibilidades de alcanzar los más altos
honores artísticos. Muchos meses pasaron, pero en el semblante apagado de
Musides no se leía sino una fuerte tensión que debía estar provocada por la
situación.
Entonces Musides habló un día sobre la enfermedad de Calos, tras lo cual
nadie volvió a asombrarse ante su tristeza, ya que el apego entre ambos
escultores era de sobra conocido como profundo y sagrado. Por tanto, muchos
acudieron a visitar a Calos, advirtiendo en efecto la palidez de su rostro,
aunque había en él una felicidad serena que hacía su mirada más mágica que la
de Musides… quien se hallaba claramente absorto en la ansiedad, y que apartaba
a los esclavos en su interés por alimentar y cuidar al amigo con sus propias
manos. Ocultas tras pesados cortinajes se encontraban las dos figuras
inacabadas de Tycho, últimamente apenas tocadas por el convaleciente y su fiel
enfermero.
Según desmejoraba inexplicablemente, más y más, a pesar de las
atenciones de los perplejos médicos y las de su inquebrantable amigo, Calos
pedía con frecuencia que le llevaran a la tan amada arboleda. Allí rogaba que
lo dejasen solo, ya que deseaba conversar con seres invisibles. Musides accedía
invariablemente a tales deseos, aunque con lágrimas en los ojos al pensar que
Calos prestaba más atención a faunos y dríadas que a él. Al cabo, el fin estuvo
cerca y Calos hablaba de cosas del más allá. Musides, llorando, le prometió un
sepulcro aún más hermoso que la tumba de Mausolo, pero Calos le pidió que no
hablara más sobre glorias de mármol. Tan sólo un deseo se albergaba en el
pensamiento del moribundo: que unas ramitas de ciertos olivos de la arboleda
fueran depositadas enterradas en su sepultura… junto a su cabeza. Y una noche,
sentado a solas en la oscuridad del olivar, Calos murió.
Hermoso más allá de cualquier descripción resultaba el sepulcro de
mármol que el afligido Musides cinceló para su amigo bienamado. Nadie sino el
mismo Calos hubiera podido obrar tales bajorrelieves, en donde se mostraban los
esplendores del Eliseo. Tampoco descuidó Musides el enterrar junto a la cabeza
de Calos las ramas de olivo de la arboleda.
Cuando los primeros dolores de la pena cedieron ante la resignación,
Musides trabajó con diligencia en su figura de Tycho. Todo el honor le
pertenecía ahora, ya que el tirano no quería sino su obra o la de Calos. Su
esfuerzo dio cauce a sus emociones y trabajaba más duro cada día, privándose de
los placeres que una vez degustaría. Mientras tanto, sus tardes transcurrían
junto a la tumba de su amigo, donde un olivo joven había brotado cerca de la
cabeza del yaciente. Tan rápido fue el crecimiento de este árbol, y tan extraña
era su forma, que cuantos lo contemplaban prorrumpían en exclamaciones de
sorpresa, y Musides parecía encontrarse a un tiempo fascinado y repelido por
él.
A los tres años de la muerte de Calos, Musides envió un mensajero al
tirano, y se comentó en el ágora de Tegea que la tremenda estatua estaba
concluida. Para entonces, el árbol de la tumba había alcanzado asombrosas
proporciones, sobrepasando al resto de los de su clase, y extendiendo una rama
singularmente pesada sobre la estancia en la que Musides trabajaba. Mientras,
muchos visitantes acudían a contemplar el árbol prodigioso, así como para
admirar el arte del escultor, por lo que Musides casi nunca se hallaba a solas.
Pero a él no le importaba esa multitud de invitados; antes bien, parecía temer
el quedarse a solas ahora que su absorbente trabajo había tocado a su fin. El
poco alentador viento de la montaña, suspirando a través del olivar y el árbol
de la tumba, evocaba de forma extraña sonidos vagamente articulados.
El cielo estaba oscuro la tarde en que los emisarios del tirano llegaron
a Tegea. De sobra era sabido que llegaban para hacerse cargo de la gran imagen
de Tycho y para rendir honores imperecederos a Musides, por los que los
próxenos les brindaron un recibimiento sumamente caluroso. Al caer la noche se
desató una violenta ventolera sobre la cima del Menalo, y los hombres de la
lejana Siracusa se alegraron de poder descansar a gusto en la ciudad. Hablaron
acerca de su ilustrado tirano, y del esplendor de su ciudad, refocilándose en
la gloria de la estatua que Musides había cincelado para él.
Y entonces los hombres de Tegea hablaron acerca de la bondad de Musides,
y de su hondo penar por su amigo, así como de que ni aun los inminentes
laureles del arte podrían consolarlo de la ausencia del Calos, que podría
haberlos ceñido en su lugar. También hablaron sobre el árbol que crecía en la
tumba, junto a la cabeza de Calos. El viento aullaba aún más horriblemente, y
tanto los siracusanos como los arcadios elevaron sus preces a Eolo.
A la luz del día, los próxenos guiaron a los mensajeros del tirano
cuesta arriba hasta la casa del escultor, pero el viento nocturno había
realizado extrañas hazañas. El griterío de los esclavos se alzaba en una escena
de desolación, y en el olivar ya no se levantaban las resplandecientes
columnatas de aquel amplio salón donde Musides soñara y trabajara. Solitarios y
estremecidos penaban los patios humildes y las tapias, ya que sobre el suntuoso
peristilo mayor se había desplomado la pesada rama que sobresalía del extraño
árbol nuevo, reduciendo, de una forma curiosamente completa, aquel poema en
mármol a un montón de ruinas espantosas.
Extranjeros y tegeanos quedaron pasmados, contemplando la catástrofe
causada por el grande, el siniestro árbol cuyo aspecto resultaba tan
extrañamente humano y cuyas raíces alcanzaban de forma tan peculiar el
esculpido sepulcro de Calos. Y su miedo y desmayo aumentó al buscar entre el
derruido aposento, ya que del noble Musides y de su imagen de Tycho
maravillosamente cincelada no pudo hallarse resto alguno. Entre aquellas
formidables ruinas no moraba sino el caos, y los representantes de ambas
ciudades se vieron decepcionados; los siracusanos porque no tuvieron estatua
que llevar a casa; los tegeanos porque carecían de artista al que conceder los
laureles.
No obstante, los siracusanos obtuvieron una espléndida estatua en
Atenas, y los tegeanos se consolaron erigiendo en el ágora un templo de mármol
que conmemoraba los talentos, las virtudes y el amor fraternal de Musides.
Pero el olivar aún está ahí, así como el árbol que nace en la tumba de
Calos, y el anciano abejero me contó que a veces las ramas susurran entre sí en
las noches ventosas, diciéndose una y otra vez: ¡Oιδά! ¡Oιδά!. ¡Yo sé! ¡Yo sé!
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H.P. Lovecraft (1890-1937)

