Libro N° 9932. El Anticipador. Roberts, Morley.
© Libro N° 9932. El Anticipador. Roberts, Morley. Emancipación. Mayo 21 de 2022.
Título
original: ©
The Anticipator; Morley Roberts
(1857-1942)
Versión Original: © El Anticipador. Morley Roberts
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
http://elespejogotico.blogspot.com/2009/07/el-anticipador-morley-roberts.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
https://img.freepik.com/vector-gratis/ola-texturas-vector-fondo-blanco_53876-60286.jpg?t=st=1652731383~exp=1652731983~hmac=b0721f95207d5547c3658972d2c93d3e863d8ba5399ba6832700dc09ca492e8b&w=826
Portada E.O. de Imagen original:
https://1.bp.blogspot.com/-czhaTOEAR4I/WVoxSv12-rI/AAAAAAAAkrk/kR1Bi4pwDXc8oPTLpxbbq1DCXW6HXQegACLcBGAs/s640/anticipador_morley_roberts.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Morley Roberts
El
Anticipador
Morley
Roberts
—Admitiré que no se trata de un plagio —dijo ferozmente Carter Esplan—;
será el destino, el demonio, pero ¿es menos irritante por eso? ¡No, no!
Se pasó la mano por el cabello hasta erizarlo. Lo agitaba una febril
excitación; una mancha roja ardía en sus mejillas; se mordía el labio
tembloroso.
—¡Maldito Burford, sus padres y sus ascendientes! Las herramientas, para
quien sabe manejarlas —añadió, después de una pausa durante la cual su amigo
Vincent lo estudió con curiosidad.
—La culpa es tuya, mi querido salvaje —dijo Vincent—. Eres demasiado
indolente. Recuerda, además, que esas ideas están en el aire. La originalidad
no es más que el arte de atrapar tempranas larvas. ¿Por qué no escribes las
cosas apenas las inventas?
—Hablas como un burgués, como un viajante de comercio —repuso Esplan,
disgustado—. ¿Por qué un manzano no? ¿A qué esperar el estío y las influencias
del viento y el cielo? ¿Por qué no salen polluelos de huevos recién puestos?
¿Acaso el parto sigue inmediatamente a la concepción? ¿Y no sufrió dolores la
montaña para dar a luz un ratón? ¿Y por ventura...
—...y por ventura, no exigirán tus obras de genio una parte de la
eternidad a que están destinadas?
—¡Tonterías! —gruñó Esplan—, pero tú conoces mi método. Yo capto la
sugerencia del pensamiento, tal vez el título; y luego lo dejo, quizá sin tomar
una nota; lo dejo al cerebro, a la conciencia subliminar, al yo subconsciente.
El cuento crece en la oscuridad del alma, perpetua e insomne. Quizá lo rechace
el tribunal artístico que en ella tiene su sede; quizá lo relegue. Yo, el yo
exterior, insignificante envoltorio de tendencias hereditarias, nada sé de él,
pero un día tomo la pluma y mi mano lo escribe. Éste es el automatismo del
arte, y yo... yo no soy nada, soy apenas la última de las individualidades
ocultas en mí. ¡Quizá un tácito antecesor llega por mí a la palabra, y sin
embargo el Complejo Yo Esplan tiene que ser anticipado en esa forma!
Se incorporó y midió con pasos irregulares el largo salón de fumar del
club. Era evidente que sus nervios estaban tensos y el desorden imperaba en su
espíritu. Pero Vincent, que era médico, veía más hondo. Esplan, en efecto,
hablaba espasmódicamente y a veces no acertaba con la palabra justa, lo que
revelaba una perturbación de los centros del habla. ¿Será la morfina? —pensó—.
¿La estará tomando nuevamente, y hoy le ha faltado su dosis?
Pero Esplan estalló una vez más.
—No me importaría tanto si Burford escribiera bien, pero no sabe
escribir un cuento. Mira esa última historia mía... es decir, suya. Yo la veía
como una criatura impetuosa y palpitante, que vibraba y cantaba, una verdadera
Ménade, llena de sangre roja. En sus manos, ni siquiera nació muerta; está
diciendo a gritos que es un muñeco, pierde el aserrín, se mueve como un
maniquí, huele de lejos a cosa fabricada. Mas ahora ya no puedo escribir ese
cuento. Lo ha arruinado para siempre. Es la tercera vez. ¡Maldito sea, y
maldita mi suerte! Yo trabajo cuando siento la necesidad de crear.
—Tomas muy en serio tu vocación —dijo Vincent perezosamente—. Al fin y
al cabo, ¿qué importa? ¿Qué son los cuentos? ¿No son un opio para la vida de
los cobardes? Preferiría inventar algún pequeño instrumento, o construir un
puente de tablas sobre un arroyo fangoso, antes que escribir el mejor cuento
del mundo.
Esplan estalló.
—Bueno, bueno —dijo casi a los gritos—, el hombre que inventó el
cloroformo fue grande, y quienes lo fabrican son útiles. Lo que hacemos
nosotros llámalo cloral, morfina, bromuro; lo que quieras, pero damos alivio.
—Cuando sería mejor usar vejigatorios...
—¡Qué estupidez! —contestó Esplan—. En todo caso, tu charla es ociosa.
Yo soy yo, los escritores son escritores... pequeños, si quieres, pero un
resultado y una fuerza. Déjame descansar. No hables de tonterías ideales.
Pidió brandy. Después de beberlo, su aspecto cambió un poco. Sonrió.
—Acaso no vuelva a suceder. Si sucede, creeré que Burford se obstina en
cruzarse en mi camino. Tendré que...
—¿Eliminarlo? —preguntó Vincent.
—No. Trabajar más rápido. Pronto escribiré algo. Algo que indudablemente
le encantaría echar a perder.
La conversación cambió y poco después se separaron. Esplan se dirigió a
su departamento de Bloomsbury. Durante algunos minutos caminó por la sala, pero
luego sintió el impulso de escribir. Le escocían los dedos, un estado de ánimo
semiautomático se apoderaba de él. Se sentó y escribió, primero lentamente,
después más rápido, y por último con furia. Eran las tres de la tarde cuando
empezó a trabajar. A las diez seguía sentado ante el escritorio, poblado por
las cenizas de innumerables pipas. A intervalos se alisaba con las manos
húmedas los cabellos erizados. Sus ojos cambiaban como ópalos: a veces
centelleaban y casi ardían, a veces se volvían opacos. Él mismo cambiaba con
cada frase; pronunciaba en alta voz lo que escribía; cada pensamiento se
reflejaba en su rostro pálido y móvil. Reía y gemía. En el punto culminante de
su narración, le corrieron lágrimas por la cara y borraron el ya indescifrable
manuscrito.
Pero a las once se levantó, rígido y tambaleante. Con dificultad recogió
del piso las páginas sin numerar, y las ordenó. Después se desplomó en su
asiento.
—¡Es bueno, es bueno! —decía, sonriendo—. ¡Qué extraño demonio soy! Mis
callados antecesores reviven fantásticamente en mí. Es extraño, infernalmente
extraño. El hombre no es más que un micrófono, y loco por añadidura. ¿Cuánto
tiempo estuve madurando esto que acabo de escribir; El cuento es viejo y al
mismo tiempo nuevo. Se lo mandaré a Gibbon. A él le gustará. Pequeña bestia,
pequeño horror, pequeño cerdo, con un divino anillo de oro de inteligencia
crítica en el sucio hocico.
Bebió medio vaso de whisky y se echó en la cama. Su imaginación corría
alocadamente.
—Mi ego está un poco fisurado —dijo—. Debo cuidarme.
Y antes de dormirse pronunció conscientes tonterías. Se burló de la
necedad de su imaginación, y sin embargo tenía miedo. Por fin tomó morfina en
una dosis tan grande, que le afectó el nervio óptico. Relámpagos subjetivos
brillaron en la oscuridad de su cuarto. Soñó con un Burford gigantesco y
brutal, que usaba un gran diamante en la pechera de la camisa.
—Comprado merced a la transmisión de mis pensamientos —dijo.
Pero al mirarse advirtió que él tenía una joya aún más grande, y pronto
su alma se disolvió en la contemplación de sus rayos, hasta que su conciencia
fue disipada por una divina absorción en el Nirvana de la Luz. Cuando despertó,
al día siguiente, era ya avanzada la tarde. Estaba destrozado por el trabajo de
la víspera, y aunque mucho menos irritable, caminaba con inseguridad. La
molestia de mandar su cuento a Gibbon le resultó casi insuperable; pero lo
envió, y después tomó un taxímetro que lo llevó a su club, donde permaneció
varias horas, casi en estado comatoso.
Dos días más tarde recibió una nota del jefe de redacción. Le devolvía
su cuento. Era bueno, pero:
—Hace varias semanas Burford me envió otro con el mismo tema, y lo
acepté.
Esplan golpeó contra la repisa de la chimenea su mano delgada y blanca,
haciéndola sangrar. Aquella noche se embriagó. El vino pareció corroer, morder
y retorcer hasta el último nervio y la última célula de su cerebro. Su
irritabilidad se volvió tan extrema que se quedó al acecho de sutiles e
imaginarias ofensas, y meditó mórbidamente sobre el aspecto de inocentes
desconocidos. Pagó al camarero el doble de lo que había consumido, no porque lo
mereciera, sino porque comprendió que la menor señal de descontento por parte
de aquel hombre podría originar en él un estallido de irreprimible cólera.
Al día siguiente se encontró con Burford en Piccadilly, y pasó junto a
él sin saludarlo, con una amarga sonrisa.
—No me atrevo a dirigirle la palabra —murmuró—. ¡No me atrevo!
Y Burford, que no alcanzaba a comprender, se sintió ultrajado. Él mismo
odiaba a Esplan con el odio de un rival que se siente desplazado y aventajado.
Sabía que su trabajo carecía de la diabólica precisión de Esplan, de la frase
brillante, el toque justo de color, el certero impulso que culmina en el final
perfecto, la convicción amarga y exacta, el conocimiento de los hombres que
proviene de la herencia, la exaltada experiencia que alega intuiciones
recibidas. Era, bien lo sabía, un exitoso fracaso, y su ambición superaba a la
de Esplan. Trepador, voraz y presumido, su vacuidad era notoria aun antes de
que Esplan la pusiera de relieve con la seguridad de su estilo.
—Él toma lo que yo hago y lo hace mejor —repetíase Burford-
Y cuando Esplan publicó su último cuento, y el mundo recordó (para
olvidarla en seguida a la luz deslumbrante de esas páginas magistrales) la fría
pasta del bibelot de Burford, éste sintió que el odio crecía en su interior.
Pero se contuvo y siguió su camino pequeño y laborioso.
El éxito del cuento y el amargo eclipse de Burford ayudaron mucho a
Esplan, quien tal vez se habría recobrado, de no mediar otras influencias
nocivas para su vida. Entre ellas la muerte de cierta mujer, cuya amistad con
él nadie conocía. Esplan se aferró a la morfina, que, a medida que aumentaban
las dosis, lo conduciría al desastre. Y en efecto, el desastre se produjo, por
fin.
Burford hizo publicar dos relatos, muy superiores a lo que acostumbraba
escribir, en una revista que hasta ese momento había sido territorio exclusivo
de Esplan. Eran los mismos temas que Esplan acababa de imaginar y estaba a
punto de escribir. El escozor de este último golpe lo sacó de quicio: pensó en
el asesinato; lo planeó con brutalidad, después con sutileza, y llegó a
sentirse dominado por la idea, hasta que su vida se trocó en la flor de ese
motivo insano.
El hecho de que un comentarista señalara la estrecha afinidad entre la
obra de los dos escritores y, exaltando el genio de Esplan, colocara al uno por
encima de toda crítica y al otro por debajo de todo elogio, no modificó en nada
la situación. Pero la amarga exactitud de la crítica enloqueció a Burford.
Castañeteando los dientes, detestando su propio trabajo, odió aun más al hombre
que había pulverizado su presunción. Sentía deseos de destruir. ¿Cómo hacerlo?
Esplan llevaba una vida subracional. Era un maniático homicida, con una
víctima preseñalada. Concebía y escribía planes. Sus relatos eran variaciones
sobre el asesinato. Imaginaba medios de ejecutarlo, los buscaba en otros
libros. A veces corría el peligro de creer que ya había cometido el crimen. En
un momento de locura estuvo a punto de entregarse a la policía por ese
asesinato anticipado. Así ardía y se consumía su imaginación ante el sendero
que se había trazado.
—Lo haré, lo haré —murmuraba, y en el club los hombres hablaban de él.
—Mañana —dijo, pero después lo postergó. Debía planearlo con arte. Lo
dejó para que germinase en su fértil cerebro.
Y por fin, cuando ya había empezado a escribirlo, la acción, iluminada
por extrañas circunstancias, fue creciendo ante él.
Ese asesinato despertaría un mundo de resplandores, inaugurando una
época en la historia del crimen. Aun cuando el planeta se viera convulsionado
por las guerras, aun entonces los demás querrían oír esa historia increíble,
penetrar en ella, dilucidar el método y el crecimiento de los medios y el
motivo. Sonreía solo en la calle, y reía con risa aguda en su cuarto de fugaces
visiones. Por la noche transitaba las solitarias callejuelas próximas,
ponderando con ansia el borbollón de sus encontrados pensamientos; y apoyado en
las rejas de frondosos jardines, veía fantasmas en las sombras de la luna y los
invitaba a conversar. Se convirtió en un pájaro nocturno.
—Mañana —dijo por último.
Mañana daría el primer paso. Se frotó las manos y rió, ya cerca de su
casa, en una plaza solitaria, al tramar los últimos detalles sutiles que su
imaginación multiplicaba.
—¡Está bien, basta, basta! —gritó a su fantasía enloquecida—. Ya está
hecho.
Y las sombras que lo rodeaban eran muy oscuras. Se volvió en dirección a
su casa. Entonces le llegó la inmortalidad con extraño aparato. Le pareció que
su alma ardiente y oprimida estallaba en su angosto cerebro chispeando
maravillosamente. Hubo alrededor un diluvio de luces, relámpagos en un cielo
rosado, un espantoso trueno. El firmamento se abrió en un blanquísimo
resplandor. Vio cosas inimaginables.
Giró sobre sí mismo, se llevó la mano a la cabeza herida y cayó
pesadamente en un charco de su propia sangre. Y el anticipador, aterrorizado,
huyó por una callejuela.
_______________
Morley Roberts (1857-1942)

