Libro N° 9924. El Anillo. Eichendorff, Joseph Von
© Libro N° 9924. El Anillo. Eichendorff, Joseph Von. Emancipación. Mayo 14 de
2022.
Título
original: ©
Der Ring, Joseph Von Eichendorff
(1788-1857)
Versión Original: © El Anillo. Joseph Von Eichendorff
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Joseph Von Eichendorff
El Anillo
Joseph
Von Eichendorff
Rosa había bostezado varias veces durante la conversación. Faber lo notó
y, como siempre se distinguiera por ser un admirador del bello sexo, se ofreció
ante la complacencia de todos a narrar un cuento.
—Pero, por favor, que no sea un cuento rimado, pues sólo se les entiende
a medias.
Entonces el grupo se hizo más cerrado; Faber se encaminó en medio de él
y comenzó, mientras sus pasos continuaban entre un boscoso declive, la
siguiente historia:
—Había una vez un caballero...
—Esto comienza como en un cuento.
Faber retomó su historia:
—Había una vez un caballero que vivía en lo profundo del bosque en su
antiguo castillo, donde practicaba espirituales contemplaciones y penitencias.
Ningún extranjero visitaba al santo varón, todos los caminos se hallaban
cubiertos de tupida hierba y sólo la campanilla, que de tiempo en tiempo hacia
sonar en el curso de sus oraciones, interrumpía el silencio dejándose escuchar
en la claridad de la noche, adentrándose en la espesura del bosque. El
caballero tenía una hija, la cual le inspiraba no pocos sobresaltos a causa de
su manera de pensar, del todo diferente a la suya, y cuyo entero anhelo
dirigíase únicamente a las cosas profanas. Por las noches, cuando se encontraba
sentada ante su rueca y él le leía en sus viejos libros las historias
maravillosas de los santos mártires, ella solía pensar entre sí: "Pero
eran realmente unos tontos", y creía saber mucho más que su anciano padre.
Este creía en todos esos milagros. Muchas veces, cuando él estaba ausente, ella
hojeaba los libros y pintaba grandes bigotes sobre las imágenes de los santos.
Al oír esto, Rosa soltó una carcajada.
—¿De qué te ríes? —preguntó Leontín, un tanto picante.
Faber continuó con su relato:
—Ella era más hermosa e inteligente que todos los demás niños de su
edad, por lo que siempre se avergonzaba de jugar con ellos; y quien hablaba con
ella creía estar escuchando a una persona adulta. Con tal conocimiento y
elocuencia conversaba con ellos. Además, sin sentir miedo y riéndose del viejo
alcalde su padre, que le contaba cosas espantosas acerca del genio del agua,
día y noche ella se paseaba en completa soledad por el bosque. Muchas veces,
estando en medio del bosque o a la orilla del celeste río, gritaba con la voz
agitada por las risas:
—¡Que el Genio del agua sea mi novio! ¡Que el Genio del agua sea mi
novio!
—Cuando su padre estaba a punto de morir, éste hizo llevar a su hija a
su lecho de muerte y le entregó un enorme anillo labrado en oro puro y macizo.
Le dijo entonces:
—Este anillo fue fabricado por una diestra mano hace cientos de años.
Uno de tus antepasados lo obtuvo en Palestina en mitad de una batalla; allí se
encontraba el anillo, completamente cubierto de sangre y arena; allí
permaneció, inmaculado y reluciente, con un brillo tan claro y destellante que
todos los caballos reparaban ante él, evitando pisarlo con su casco. Tu madre y
tus antepasadas lo llevaron y, de este modo, Dios bendijo sus matrimonios.
»Tómalo tú también y contémplalo todas las mañanas con limpios
pensamientos, así su destello aliviará y fortalecerá tu corazón. Pero si tus
pensamientos y pareceres se inclinaran hacia lo malo, su brillo desaparecerá
junto con la transparencia de tu alma e incluso te parecerá turbio. Consérvalo
fielmente en tu mano hasta que encuentres un hombre virtuoso. Pues aquel que
una vez lleve puesto este anillo, será por siempre tu marido fiel.
»Con estas palabras, el anciano caballero murió. Ida, su hija, se quedó
entonces sola. Conforme pasaba el tiempo, su miedo crecía al vivir en ese viejo
castillo, y como hallase enormes tesoros en los sótanos de su padre, cambió de
inmediato su manera de vivir.
—Gracias a Dios —dijo Rosa—, pues hasta entonces se había sentido
bastante aburrida.
Faber reanudó el relato una vez más:
—Los oscuros arcos, portales y patios de la antigua fortaleza fueron
derruidos y un castillo nuevo y luminoso de blancos y ligeros muros con
pequeños torreoncilios se erigió al poco tiempo sobre los viejos escombros. A
su lado mandó construir un amplio y hermoso jardín en medio del cual cruzaba el
celeste río. Había miles de flores, altas y vistosas, entre las que se elevaban
saltos de agua cerca de los cuales se paseaban plácidos terneros. El patio del
castillo hormigueaba de caballos y de pajes ricamente ataviados, que cantaban
alegres canciones para su bella dama que, entre tanto, se había hecho una mujer
extraordinariamente hermosa. Por ello, ricos pretendientes llegaban a
cortejarla desde todos los puntos de la tierra y los caminos que conducían al
castillo resplandecían de jinetes, cascos y crestones.
»Esto le agradaba enormemente a la doncella y, sin embargo, a pesar de
su aprecio por todos los caballeros, a ninguno quiso darle su anillo, pues todo
pensamiento en relación con el matrimonio le parecía odioso y ridículo:
»—¿Para qué —se decía— he de ver marchita mi hermosa juventud
representando el papel de una miserable ama de casa en esta apartada y aburrida
soledad, en vez de ser libre como un ave en su vuelo?
»Por añadidura, todos los hombres le parecían tontos, ya fuese por ser
demasiado torpes como para corresponder a sus bromas debido a su orgullosa
pretensión de abrigar elevados propósitos en los que ella no creía. Y así, en
su ceguera, se consideraba un hada encantadora en medio de monos y osos
hechizados que tenían que bailar y atenderla, pendientes de cualquiera de sus
gestos. Entre tanto, el anillo se hizo cada vez más oscuro.
»Cierto día, la joven ofreció un vistoso banquete. Debajo de una hermosa
tienda levantada en el centro del jardín se habían sentado las mujeres y los
caballeros jóvenes que habitaban en las cercanías, y en el centro de todos la
orgullosa doncella, como una reina, luciendo sus ademanes graciosos que
resplandecían por encima del brillo de las perlas y gemas que ornamentaban su
cuello y su pecho. Era como una manzana agusanada, tan rozagante y engañosa se
aparecía. El dorado vino dio alegres vueltas, los caballeros le otorgaban a la
joven sus miradas más atrevidas; voluptuosas y seductoras canciones se
escuchaban sin cesar en el jardín, penetrando el aire estival. Entonces la
mirada de Ida cayó por casualidad en el anillo. Éste se había vuelto oscuro y
su apagado brillo despedía tan sólo un opaco destello. Se levantó en el acto y
fue hacia el declive del jardín.
»—¡Piedra tonta, no me molestarás más! —dijo, riéndose con loca alegría.
»Se quitó el anillo y lo arrojó a la corriente del río. En su vuelo, el
anillo describió un arco claro y luminoso y fue a sumergirse en seguida en las
profundidades. Más tarde ella volvió al jardín, donde voluptuosos sonidos
parecían alargar sus brazos hacia ella.
—Al otro día —prosiguió Faber— Ida se encontraba sola, sentada en el
jardín, mirando hacia el río. Era mediodía. Todos sus huéspedes se habían
marchado, la región entera estaba sumida en un sofocante silencio. Solitarias
nubes de raras formas cruzaban con lentitud el claro cielo azul. A ratos,
corría un viento súbito por la región y al instante parecía como si las rocas y
los árboles se inclinaran y hablaran de ella. Ida sintió un escalofrío. De
pronto, vio a un apuesto y esbelto caballero que llegaba por el camino, montado
en un caballo blanco como la nieve. Brillaban su armadura y su casco de color
azul marino, una cintilla del mismo color flotaba al viento, sus espuelas eran
de cristal.
»La saludó amablemente, desmontó del caballo y se acercó a ella.
Asustada, Ida dejó escapar un grito pues descubrió en su mano el viejo anillo
prodigioso, que apenas el día anterior había arrojado al agua, y recordó en
seguida las palabras que su padre le dijera en el lecho de su muerte. El
apuesto caballero extrajo una triple cinta recamada con perlas y la colocó en
el cuello de la doncella, la besó en la boca, la llamó su novia y le prometió
llevarla a su casa esa misma noche. Ida no pudo responderle, pues todo le
parecía verlo como en un profundo sueño; sin embargo, había escuchado muy bien
al caballero, que le habló con encantadoras palabras que se mezclaban con los
sonidos del río como si éste estuviera encima de ella, susurrando continua y
confusamente. Más tarde, lo vio montar en su corcel blanco y galopar hacia el
bosque, tan veloz que el viento soplaba a sus espaldas.
»Al anochecer, desde una ventana del castillo, la joven miraba en
dirección de las montañas, cubiertas ya por un grisáceo crepúsculo. Se
preguntaba inútilmente una y otra vez quién podía ser ese apuesto caballero que
tanto le agradaba. Una inquietud y un miedo que jamás había sentido invadieron
su alma, y a medida que el paisaje oscurecía, ella se sentía mayormente
oprimida por semejantes sentimientos. Tomó el laúd con objeto de distraerse. Le
vino entonces a la mente una vieja canción que su padre cantaba a menudo, por
las noches, cuando ella era niña, y que escuchaba al despertar en medio del
sueño. Comenzó a cantar:
Aunque el sol se tenga que ocultar
Y a oscuras tengamos que permanecer,
Podemos pese a ello cantar
La bondad de Dios y su poder,
Pues ni la noche nos ha de impedir
Su justo elogio cumplir.
»Entre tanto, unas lágrimas escaparon de sus ojos y tuvo que dejar el
laúd; tanto era su dolor.
»Al fin, afuera había oscurecido por completo; de pronto escuchó un
estrépito de extrañas voces y cascos de caballo. El patio del castillo se vio
en un momento inundado con luces flotantes entre cuyos destellos ella vio un
furioso hormiguero de coches, caballos, caballeros y damas. Los invitados a la
boda pronto se distribuyeron en la amplitud de todo el castillo, siéndole
evidente que se trataba de sus viejos conocidos que apenas la víspera habían
asistido a su banquete. El apuesto novio, de nuevo totalmente vestido en seda
azul marino, se acercó a ella y alegró al instante su corazón con expresiones
dulces y graciosas; los músicos tocaban sus instrumentos con vivo entusiasmo,
unos pajes escanciaban vino y todo el mundo bailaba y se regalaba en medio de un
alegre barullo.
»Durante la fiesta, Ida se colocó junto a su novio frente a la ventana
abierta. A sus pies, la región se hallaba distante y en completo silencio, como
si toda ella fuese una tumba; sólo el río susurraba hacia lo alto desde el
oscuro declive.
»—¿Qué pájaros negros son esos que vuelan lentamente en largas hileras?
—preguntó Ida.
»—Vuelan durante toda la noche —dijo el novio—, y simbolizan tu boda.
»—¿Quién es toda esa gente extraña —volvió a preguntar Ida— que está
tranquilamente sentada en las piedras a un lado del río?
»—Son mis sirvientes —dijo el novio—. Y nos aguardan. Entre tanto,
lustrosas bandadas comenzaron a elevarse en el cielo y a lo lejos, desde los
valles, se escuchaban los cantos de los gallos.
»—Hace frío —dijo Ida, y cerró la ventana.
»—En mi casa hace aún más —respondió el novio, e Ida se estremeció
instintivamente.
»Entonces él la tomó del brazo y la condujo, en medio del alegre gentío,
a bailar. No tardaría en amanecer, las velas de la sala aún parpadeaban, aunque
mortecinamente. Ida bailaba mientras tanto, con su novio a quien veía cada vez
más pálido, a medida que el día se acercaba. Afuera, más allá de las ventanas,
vio llegar a largos hombres de singulares rostros, quienes se instalaban en el
interior de la sala. Asimismo, los rostros de los demás huéspedes e invitados
se fueron transformando poco a poco hasta semejar unos semblantes cadavéricos.
»—¡Dios mío! ¿Con quién he convivido durante este tiempo? —gritó.
»La mucha fatiga le impidió escapar y no pudo ni siquiera zafarse, mas
el novio la sostuvo firmemente abrazada y continuó bailando hasta que cayó al
suelo, desvanecida.
»Al amanecer, cuando el sol brillaba alegremente por encima de las
cordilleras, el jardín del castillo se veía solitario en la montaña, no había
un alma y todas las ventanas permanecían abiertas.
»Tiempo después, cuando los viajeros pasaban junto al río bajo el claro
brillo de la luna, o incluso al mediodía, veían con frecuencia a una joven
muchacha surgir en medio de la corriente, con el desnudo torso fuera del agua.
Era en verdad hermosa, aunque tan pálida que parecía la muerte.
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Joseph Von Eichendorff (1788-1857)

