© Libro N° 9918. El Amor Asesinado. Pardo Bazán, Emilia. Emancipación. Mayo 14 de 2022.
Título
original: ©
El Amor Asesinado. Emilia Pardo Bazán
Versión Original: © El Amor Asesinado. Emilia Pardo
Bazán
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Emilia Pardo Bazán
El Amor
Asesinado
Emilia
Pardo Bazán
El amor asesinado es un relato fantástico de la escritora española
Emilia Bazán (1851-1921), publicado en la antología de 1895: Cuentos de amor
(Cuentos de amor).
Entre tantos relatos de terror, de vampiros, fantasmas y licántropos,
hoy nos permitimos una breve licencia: hablar de amor.
Claro que, teniendo en cuenta la coyuntura de El Espejo Gótico, el amor
del que nos proponemos hablar no es en modo alguno convencional.
El amor no es una propiedad o un don que se encuentra, por fortuna o
arduo rastreo, sino un bien propio que debe liberarse. El amor no se busca, se
regala; sin distinguir si del otro lado encontrará un reflejo en donde
descansar.
Al menos así lo entendió la autora. Para ella, y puntualmente en El amor
asesinado, una de las grandes obras de Emilia Pardo Bazán. el amor no solo es
la máxima experiencia humana sino también nuestra peor y más exquisita condena.
Podemos vivir bajo su dicha o presos de sus cadenas, y así como nuestros
sueños pueden embriagarnos con las escenas más seductoras sin extraviarnos de
la realidad, el amor es tanto un sendero como un fin, un anhelo que cumple su
deseo antes de ser formulado.
En este magnífico cuento fantástico de Emilia Bazán somos testigos de lo
que sucede cuando creemos que el amor reside fuera de su morada natural, es
decir, fuera de nosotros mismos.
EL AMOR
ASESINADO
Emilia
Pardo Bazán (1851-1921)
Nunca podrá decirse que la infeliz Eva omitió ningún medio lícito de
zafarse de aquel tunantuelo de Amor, que la perseguía sin dejarle punto de
reposo.
Empezó poniendo tierra en medio, viajando para romper el hechizo que
sujeta al alma a los lugares donde por primera vez se nos aparece el Amor.
Precaución inútil, tiempo perdido; pues el pícaro rapaz se subió a la zaga del
coche, se agazapó bajo los asientos del tren, más adelante se deslizó en el
saquillo de mano, y por último en los bolsillos de la viajera. En cada punto
donde Eva se detenía, sacaba el Amor su cabecita maliciosa y le decía con
sonrisa picaresca y confidencial: «No me separo de ti. Vamos juntos.»
Entonces Eva, que no se dormía, mandó construir una altísima torre bien
resguardada con cubos, bastiones, fosos y contrafosos, defendida por guardias
veteranos, y con rastrillos y macizas puertas chapeadas y claveteadas de
hierro, cerradas día y noche. Pero al abrir la ventana, un anochecer que se
asomó agobiada de tedio a mirar el campo y a gozar la apacible y melancólica
luz de la luna saliente, el rapaz se coló en la estancia; y si bien le expulsó
de ella y colocó rejas dobles, con agudos pinchos, y se encarceló
voluntariamente, sólo consiguió Eva que el amor entrase por las hendiduras de
la pared, por los canalones del tejado o por el agujero de la llave.
Furiosa, hizo tomar las grietas y calafatear los intersticios,
creyéndose a salvo de atrevimientos y demasías; mas no contaba con lo ducho que
es en tretas y picardihuelas el Amor. El muy maldito se disolvió en los átomos
del aire, y envuelto en ellos se le metió en boca y pulmones, de modo que Eva
se pasó el día respirándole, exaltada, loca, con una fiebre muy semejante a la
que causa la atmósfera sobresaturada de oxígeno.
Ya fuera de tino, desesperando de poder tener a raya al malvado Amor,
Eva comenzó a pensar en la manera de librarse de él definitivamente, a toda
costa, sin reparar en medios ni detenerse en escrúpulos. Entre el Amor y Eva,
la lucha era a muerte, y no importaba el cómo se vencía, sino sólo obtener la
victoria.
Eva se conocía bien, no porque fuese muy reflexiva, sino porque poseía
instinto sagaz y certero; y conociéndose, sabía que era capaz de engatusar con
maulas y zalamerías al mismo diablo, que no al Amor, de suyo inflamable y fácil
de seducir. Propúsose, pues, chasquear al Amor, y desembarazarse de él sobre
seguro y traicioneramente, asesinándole.
Preparó sus redes y anzuelos, y poniendo en ellos cebo de flores y de
miel dulcísima, atrajo al Amor haciéndole graciosos guiños y dirigiéndole
sonrisas de embriagadora ternura y palabras entre graves y mimosas, en voz
velada por la emoción, de notas más melodiosas que las del agua cuando se
destrenza sobre guijas o cae suspirando en morisca fuente.
El Amor acudió volando, alegre, gentil, feliz, aturdido y confiado como
niño, impetuoso y engreído como mancebo, plácido y sereno como varón vigoroso.
Eva le acogió en su regazo; acaricióle con felina blandura; sirvióle
golosinas; le arrulló para que se adormeciese tranquilo, y así que le vio
calmarse recostando en su pecho la cabeza, se preparó a estrangularle,
apretándole la garganta con rabia y brío.
Un sentimiento de pena y lástima la contuvo, sin embargo, breves
instantes. ¡Estaba tan lindo, tan divinamente hermoso el condenado Amor aquel!
Sobre sus mejillas de nácar, palidecidas por la felicidad, caía una lluvia de
rizos de oro, finos como las mismas hebras de la luz; y de su boca purpúrea,
risueña aún, de entre la doble sarta de piñones mondados de sus dientes, salía
un soplo aromático, igual y puro. Sus azules pupilas, entreabiertas, húmedas,
conservaban la languidez dichosa de los últimos instantes; y plegadas sobre su
cuerpo de helénicas proporciones, sus alas color de rosa parecían pétalos
arrancados. Eva notó ganas de llorar...
No había remedio; tenía que asesinarle si quería vivir digna, respetada,
libre..., no cerrando los ojos por no ver al muchacho, apretó las manos
enérgicamente, largo, largo tiempo, horrorizada del estertor que oía, del
quejido sordo y lúgubre exhalado por el Amor agonizante.
Al fin, Eva soltó a la víctima y la contempló... El Amor ni respiraba ni
se rebullía; estaba muerto.
Al punto mismo que se cercioraba de esto, la criminal percibió un dolor
terrible, extraño, inexplicable, algo como una ola de sangre que ascendía a su
cerebro, y como un aro de hierro que oprimía gradualmente su pecho,
asfixiándola. Comprendió lo que sucedía...
El Amor a quien creía tener en brazos, estaba más adentro, en su mismo
corazón, y Eva, al asesinarle, se había suicidado.
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Emilia Bazán (1851-1921)

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