Libro N° 9827. Vasco Núñez De Balboa. Vázquez, Álber.
© Libro N° 9827. Vasco Núñez De Balboa. Vázquez, Álber. Emancipación. Abril
23 de 2022.
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Álber Vázquez
Vasco Núñez De Balboa
Álber Vázquez
CONTENIDO
Palabras previas
1. Subieron la montaña que conduce a Ponca
2. Se encontraron con que allí no quedaba nadie
3. Creyeron hallar la pista de la ciudad de oro
4. Ignoraron que tan cerca de ellos se urdía un
plan
5. Conspiraron contra ellos al abrigo de la noche
6. Supieron que una serpiente enroscada les
mostraría el camino
7. Lograron que accedieran a guiarlos hasta Quareca
8. Vadearon un torrente en el que se dejaron alguna
vida
9. Los emboscaron en el Desfiladero de la Calavera
10. Se internaron en la Ciénaga de las Almas
Extraviadas
11. Recorrieron el precipicio de los mosquitos
carnívoros
12. Lucharon contra los caribes de Quareca
13. Acabaron en el estómago de una ballena
mayúscula
14. Se extraviaron hasta de sí mismos
15. Descubrieron el mar del Sur
16. Hicieron lo que mejor sabían hacer
17. Conquistaron un lugar lejano en el mundo
Breve cronología
por ríos i ciénagas i montes i sierras
Vasco Núñez de Balboa al rey Fernando, Santa María de la Antigua, 1513
Palabras previas
Contenido:
§. Los españoles
§. Los indígenas
§. Cronistas principales
§. Razias y maldades
§. Aspecto físico de Balboa
§. Terminología
No se puede comprender la expedición que, en 1513,
Vasco Núñez de Balboa emprendió en el istmo de la actual Panamá sin un
referente histórico que la contextualice. Todo lo que allí sucedió es inmenso y
descomunal, pero también sórdido e insólito. Merece no una, sino veinte
novelas. Y, merece, sobre todo, comprender qué sucedió. Qué hicimos.
Los primeros quince años tras el descubrimiento de
América transcurren en las islas del Caribe. Es a partir de 1508 (existe un
intento previo de 1501, que acabó sin frutos) cuando la Corona española decide
comenzar la conquista del continente, llamado por ellos y en aquella época,
Tierra Firme. Esta empresa, que sería de capital privado y a modo de concesión
por un periodo inicial de cuatro años, recae sobre Alonso de Ojeda y Diego de
Nicuesa, dos perfectos inútiles que no solo no lograrán el objetivo que se les
ha encomendado, sino que encaminarán sus expediciones a un total y absoluto
desastre. En un par de años desde que parten de España, tanto Ojeda como
Nicuesa perderán cientos de hombres y gran parte de sus barcos.
Cuando Ojeda y Nicuesa fracasan, Balboa tomará el
poder de lo que resta de la colonia española y ahí, sí y de verdad, comenzará
la historia con mayúscula. Esta toma del poder roza lo ilegal, pero Balboa se
esfuerza sobremanera para que sus actos sean reconocidos por la Corona. Por
mucho que extrañe hoy en día, ni Balboa, ni los conquistadores en general
tienen intención alguna de crear reinos por su cuenta. De hecho, buscan con
ahínco exactamente lo contrario: que la Corona castellana reconozca como suyos
los territorios conseguidos para ella y otorgue a los conquistadores ciertos
beneficios políticos y económicos en dichos territorios. Ellos van, lo ponen
todo para conquistar y luego cruzan los dedos para que eso les parezca bien a
unos reyes que se encuentran a miles y miles de kilómetros de distancia.
El punto de entrada al continente que la Corona
determina es el golfo de Urabá, es decir, el vértice del ángulo recto que
forman la actual costa atlántica de Colombia y el este del istmo de Panamá.
Desde todos los puntos de vista posibles, aquel fue el peor lugar que podría
elegirse en toda la costa atlántica para comenzar la penetración continental:
hay indios hostiles que no dudan en guerrear contra los españoles, el hábitat
está constituido casi siempre por una impenetrable selva tropical, los mosquitos
abundan, los alimentos escasean, el calor y la humedad son insoportables, etc.
Ha de señalarse que el conocimiento que los españoles de la época tenían sobre
el territorio era muy escaso. Sin embargo, vistas las enormes dificultades que
se les presentaban, no solo no rectificaron, sino que perseveraron en sus
propósitos hasta el desastre final.
A ese territorio, en la parte este del istmo, se lo
denomina el Darién. La presencia española en el Darién dura desde 1509 hasta
1524 y el personaje principal de las diversas huestes de españoles que acuden
al lugar es, sin duda, Balboa. Balboa es el Darién y el Darién es Balboa. No se
puede comprender al uno sin el otro.
La empresa que dirigen, primero, Ojeda y Nicuesa y,
después, Balboa, fue puramente pecuniaria. No existen intereses evangelizadores
ni colonizadores. Al menos, de forma más o menos clara. Los españoles van al
continente a por oro y perlas. En este contexto, los hombres que acometen esta
empresa son, en su mayoría, buscadores de fortuna que, debido a lo inhóspito
del entorno, se someten, desde el primer día, a una inmensa presión externa que
termina, en muchos casos, por volverlos locos. Quienes sobreviven en unas
circunstancias tan extremas son los hombres más duros y tenaces, entre ellos,
Vasco Núñez de Balboa y Francisco Pizarro. El resto, simplemente, acaba
sucumbiendo.
El hábitat no ayuda nada al respecto. Como es bien
sabido, esta zona de Panamá está cubierta por selva húmeda, pantanos,
manglares, sierras y, en general, cualquier accidente geográfico que dificulte
la habitabilidad del medio. Los españoles soportan estas tremendas
incomodidades porque están convencidos (a veces sin razones aparentes,
sencillamente porque sí) de que allí existen grandes minas de oro que ellos han
de descubrir. El famoso mito de El Dorado nace en el Darién y los hombres que
allí viven lo buscan una y otra vez. Creían que, en mitad de la selva, existía
una ciudad construida de oro. Balboa, puede que el mayor embaucador que haya
participado en la conquista de América, tiene mucho que ver con la difusión de
esta leyenda. No en vano, al territorio que ocupan los españoles, al Darién, se
le llama, oficialmente, Castilla de Oro.
§. Los españoles
Los españoles que en 1513 tienen sus pies en el
continente americano no son soldados, por mucho que ellos empleen, en
ocasiones, este término para referirse a sí mismos. Son hombres armados que
actúan por su cuenta y riesgo, aunque siempre bajo el estricto control de la
Corona. Si consiguen beneficios, entregarán una parte al rey. Si no los
consiguen, ellos acarrean con todas las pérdidas. Por supuesto, las tierras
conquistadas pasarán a ser parte del reino de Castilla y, en el mejor de los
casos, los conquistadores recibirán ciertos derechos de explotación sobre
ellas. Unos derechos, dicho sea de paso, escasamente generosos, pues, desde el
principio de la conquista de América, la Corona acostumbró a atar muy en corto
a los hombres que hacían el trabajo sucio sobre el terreno. Extrañamente, lejos
de resultar una estrategia arriesgada que podría haber provocado numerosas
insurrecciones, el plan funcionó como un reloj y la Corona mantuvo siempre el
control del vastísimo territorio americano sin mancharse las manos ni gastarse
un real.
Los conquistadores viven obsesionados con la fama,
la fortuna y el reconocimiento. No se trata aquí de justificar sus actos, pues
muchos de ellos difícilmente lo son, pero sí de poner en contexto histórico y
sociocultural por qué terminan haciendo lo que hacen. En la conquista de
América apenas participan delincuentes, sino que son hombres normales a los que
los acontecimientos, los anhelos y el entorno los sitúan en la tesitura de
realizar actos que, en cualquier otra circunstancia, jamás habrían emprendido.
No son asesinos, aunque asesinan; no son ladrones, pero roban; no son tontos y,
sin embargo, el mundo con el que se topan resulta, para ellos, completamente
incomprensible. Si un hombre viajara hoy a Marte, sabría más de ese planeta que
lo que los españoles que desembarcaron en el continente americano a principios
del siglo XVI conocían sobre este. El desconocimiento de lo que han de toparse
es tan grande que, literalmente, estaba prevista la contingencia de que se
encontrasen con monstruos. Si en su avance a través de la selva del istmo se
les hubiera aparecido un dragón de siete cabezas, los españoles habrían luchado
contra él sin hacerse preguntas en torno a su naturaleza. Esta frase está
escrita completamente en serio y da la medida justa del pensamiento y el
carácter de los conquistadores: tan inmensamente valerosos como inmensamente
ingenuos.
Cuando no hay trabajo, cuando no se realizan
incursiones en búsqueda de botines, los españoles permanecen en su ciudad,
Santa María de la Antigua, el primer asentamiento europeo en el continente
americano, y se llevan, palabra por palabra, a matar. No hay paz jamás, se
crean bandos y cada cual mira por su beneficio. En cambio, cuando están
realizando una incursión y se ven en peligro, se apoyan los unos a los otros,
de nuevo palabra por palabra, hasta la muerte. Este comportamiento es, de
nuevo, muy español y, por lo tanto, desconcierta a algunos historiadores
extranjeros. ¿Cómo se puede dar la vida por un tipo que ni siquiera te cae bien
y con el que mantienes una y mil rencillas? De nuevo, tautológicamente: siendo
español.
§. Los indígenas
Cuando los españoles desembarcan en el sur del
istmo de Panamá, se encuentran con los indios cueva, una etnia amerindia que se
extingue por completo hacia 1550 y de la que, por tanto, tenemos un
conocimiento escaso. Los cuevas se organizan en sistemas de cacicazgo, donde un
cacique gobierna sobre un área de unos diez o veinte kilómetros de radio.
Teniendo en cuenta que nos encontramos en un hábitat de selva tropical, los
caciques cueva tienen bajo su mando solo a unos pocos miles de personas.
Los cuevas guerrean contra otras etnias belicosas
que pueblan, en menor medida, el istmo, como los caribes, pero también, y de
forma notable, entre ellos mismos. En este escenario completamente
desfavorable, aparecen los españoles y comienzan a tejer una red de alianzas y
hostilidades. Su modo de actuar será, siempre, más o menos idéntico: atacan un
cacicazgo y tratan de someterlo para convertirlo en su amigo y aliado. De esta
forma, para cuando llega el año 1513, Balboa ya cuenta con caciques cuyos hombres,
mano con mano con los españoles, participarán en el viaje hasta el océano
Pacífico. Tanto es así que, sin su ayuda, los españoles jamás habrían logrado
encontrar el camino hacia su ansiado destino.
En el viaje, Balboa se encuentra, al menos, con
cuatro cacicazgos: en orden cronológico, el de Careta, el de Ponca, el de
Quareca y el de Chiapes. Conviene advertir que los españoles tenían la
costumbre de dar el mismo nombre al cacicazgo, al cacique y al río que
atravesaba el territorio. De esta forma, Careta es el nombre del reino, del rey
y del río que pasa por allí. Se trata de una costumbre muy molesta para los
historiadores, pero práctica para los conquistadores. A fin de cuentas, se
topaban literalmente con decenas y decenas de cacicazgos y no les daba tiempo a
nombrarlo todo. Respecto a esto, es remarcable el carácter práctico que
dominaba los actos de los españoles: su actividad era tan frenética que debían
ser pragmáticos y no perderse en florituras. De esta forma, solo cuando alguien
los perturba o inquieta de manera especial, deciden sofisticar las
denominaciones.
Es necesario alertar, también, de que estas son las
denominaciones que han llegado hasta nosotros. Los españoles se las inventaban
sobre la marcha, o preguntaban una vez y, dada una respuesta, esa era la
elegida. Ellos necesitaban un nombre que diferenciara un cacicazgo de otro y no
tenían demasiados reparos a la hora de adjudicarlo. Hasta el más instruido de
los hombres que pisó el Darién estaba muy lejos de ser un lingüista o un hombre
preocupado por la etnografía.
Por supuesto, con españoles o sin ellos, el Darién
es cualquier cosa menos el Edén. Tanto Careta como Ponca, que son cuevas y
viejos conocidos de Balboa, guerrearon entre sí en el pasado, aunque ahora
mantienen buenas relaciones con los españoles y, a regañadientes, entre ellos
dos. Balboa, de hecho, ha tomado como esposa a una de las hijas de Careta.
Quareca no es cueva sino caribe, y decididamente hostil contra todo lo que se
mueva: cuevas y españoles. Además, es especial enemigo de Ponca, su vecino, con
quien está en eterna guerra.
Por fin, ya en la costa pacífica, aparece Chiapes,
quien presenta batalla a los españoles y les obliga a luchar. Seguramente es
cueva, aunque es el cacique sobre el que menos información se tiene hoy en día.
Como dato curioso, el cacique es una mujer, algo completamente inusual en el
Darién.
§. Cronistas principales
Los cronistas de la época de la conquista del
Darién son cuatro y solo cuatro: Pedro Mártir de Anglería, Gonzalo Fernández de
Oviedo, Bartolomé de las Casas y Pascual de Andagoya.
Anglería jamás estuvo en América, de manera que
todo lo que narra es de segunda mano. Oviedo sí estuvo en el Darién, trató
durante diez meses a Balboa y leyó el diario de la expedición al Pacífico
escrito por Andrés de Valderrábano. Sin embargo, redacta su crónica más de
treinta años después y es totalmente parcial. No participó en la expedición al
Pacífico porque no era un soldado. De las Casas no estuvo en el Darién, aunque
sí en las Indias. Se le considera un fanático que no duda en reescribir la historia
para que el relato responda a sus fines. Escribió su crónica más de cuarenta
años después de que los hechos tuvieran lugar, aunque conoció personalmente a
Balboa y lo trató. Es la única persona que ofrece una descripción física
detallada de Balboa y quien le calcula, a ojo, la edad. A partir de ahí, los
historiadores han hecho la resta y determinaron la fecha de nacimiento de
Balboa. Sin embargo, el margen de error es alto. Por fin, Andagoya fue un señor
que pasaba por allí. Estuvo en el Darién y participó en muchas expediciones
como un soldado más. En un momento dado, le da por poner por escrito eso que ha
vivido. No participó en la expedición al Pacífico.
En resumen, disponemos de cuatro fuentes para
reconstruir los años del Darién. Sin embargo, las cuatro han de ser puestas en
entredicho por diferentes motivos. Oviedo y Andagoya están sobre el terreno,
pero precisamente por estarlo en sus crónicas aparecen reflejadas sus filias y
sus fobias. Hay que recordar que Balboa suscita grandes afectos y grandes odios
entre la gente con la que convive. No en vano, termina ejecutado por los suyos.
De las Casas jamás pisa el continente, aunque vive en las Indias. Y Anglería es
un reportero de guerra al que se le ha olvidado ir a la guerra.
Con estos materiales, se ha reconstruido la
conquista del Darién de una forma razonablemente fiable. Desde el punto de
vista de la historiografía moderna, queda claro por completo que los españoles
llegan al Darién en expediciones privadas bajo un rígido control de los Reyes
Católicos y lo hacen, además, con el único interés de conseguir tantas riquezas
como puedan. No les mueve más objetivo que este y, dado que nos encontramos en
los primeros años de la conquista, ni siquiera se molestan demasiado en disimular.
Además, con los escritos de estos cuatro cronistas
se puede llegar a la certera conclusión de que Balboa fue el eje en torno al
que rotó el Darién y que él fue el hombre clave de toda la empresa. También nos
queda claro que su personalidad resulta compleja: es inteligente y sabe tratar
a los indígenas; maneja con la misma habilidad la violencia y la diplomacia; y,
por fin, aprende de los indios.
Por si esto no fuera poco, en torno a Balboa sucede
un hecho único: dado que fue acusado injustamente de un delito que no había
cometido, que sus enemigos lo juzgaron en media hora y que le cortaron la
cabeza sin dilación no resultara que tuviera tiempo a defenderse, sus escritos
fueron concienzudamente destruidos. Balboa, al igual que la mayor parte de los
conquistadores, es un escritor impulsivo. Su empresa es política, aunque sobre
todo económica. Y, por ello, anota con una obsesión de contable. Los que ejecutaron
a Balboa tuvieron varios años para hacer que sus escritos desaparecieran. Se
conservan un par de cartas y nada más. Eso es todo y resulta una lástima,
porque Balboa escribía todo el rato. Si no se hubieran destruido sus
manuscritos, ahora contaríamos con la fuente esencial para conocer y comprender
los años del Darién. O, al menos, para comprender la versión de Balboa.
§. Razias y maldades
¿Puede, una sociedad, ser corrupta y honesta al
mismo tiempo? Sí, y además es muy propio del carácter español. Algo que, dicho
sea de paso, desconcierta muchísimo a los historiadores anglosajones cuando
tratan de interpretar por qué un conquistador español hizo esto o lo otro. La
respuesta es, de nuevo, pura tautología: porque eran españoles. Tan es así que
los historiadores españoles, en tanto que lo son, aprecian mucho mejor los
matices de los usos y comportamientos de los conquistadores.
El Darién supone el episodio más oscuro de la
historia de España. En él tienen lugar infinidad de actos crueles que hoy en
día nos indignarían. Los conquistadores españoles robaban abiertamente a los
indios, pero también los tomaban como esclavos o los mataban. La historia no se
puede explicar poniéndole paños calientes. Fue así y, si bien sucedió durante
un periodo de tiempo que no supera los quince años, no conviene olvidarlo.
Sin embargo, ni uno solo de aquellos hombres tenía
dudas morales al respecto de lo que hacía. No experimentan remordimientos, no
les tiembla el pulso, hacen lo que hacen sin titubear. Son hombres del Medievo
europeo que se comportan como hombres del Medievo europeo en plena selva
tropical americana.
Si algo bueno puede decirse de los españoles que
conquistaron el Darién es que no eran racistas y solo vagamente clasistas. Las
sociedades indígenas con las que se topan son mucho más clasistas que la
española. En los cacicazgos, existe una férrea estructuración de las clases
sociales y el movimiento entre ellas es casi imposible. Los españoles, que
están allí porque son gentes venidas a menos, se encuentran, precisamente,
tratando de recuperar el estatus que sus familias tuvieron antaño y que han
perdido. Se desloman para ascender en el escalafón social y lo hacen porque
observan que es posible hacerlo.
Santa María de la Antigua es, desde su fundación,
una ciudad mestiza. Mestiza con todas las consecuencias: hay blancos europeos,
hay amerindios y, de la unión de unos y de otros, nacen personas mestizas, que
son asumidas como parte de la comunidad con una naturalidad que hoy no existe
en muchos lugares del mundo.
Balboa se llevaba bien con los indígenas. Por
supuesto, guerreaba con ellos siempre que lo creía oportuno, pero no los
despreciaba por cuestiones raciales. Él mismo acepta como esposa a la hija de
un cacique local. No resulta descabellado aventurar que Balboa no tuvo ninguna
relación afectiva o sexual que no fuera con una mujer amerindia. Por supuesto,
tendría hijos (de los que lo desconocemos todo) y serían mestizos. Como, por
otro lado, era normal en Santa María. El mestizaje es una de las señas características
de la colonización española de América. Ninguna nación de las que
posteriormente acudieron al Nuevo Mundo, ni una sola, practicó el mestizaje de
forma abierta y, además, legal.
§. Aspecto físico de Balboa
La única descripción física que tenemos de Balboa
la proporciona De las Casas. Dice que es alto y fornido, y que es pelirrojo,
tanto de cabello como de barba. ¿Había pelirrojos en la Extremadura del siglo
XV? Pues probablemente no. Por ello, la opción más razonable es la que apunta
Kathleen Romoli, la principal biógrafa de Balboa: que fuera rubio. Quizás de un
rubio oscuro que De las Casas, rememorándolo décadas después para ponerlo por
escrito, confunde con rojizo, que es como él lo define.
Lo que sí está claro es que el aspecto físico de
Balboa resulta imponente y De las Casas así lo recuerda. En una ocasión, varios
caciques del Darién se alían para acabar con el asiento español. Su objetivo
principal es, cómo no, Balboa. A partir de una eficaz red de espías, siguen los
pasos del español hasta que averiguan que, en un determinado momento, se halla
inspeccionando un sembrado cercano. Está a caballo, pero completamente solo.
Tiene unos treinta y ocho años. Un grupo de cincuenta guerreros se aproxima
hasta él con la intención de matarlo. Son cincuenta contra uno, aunque, en el
último instante, no se atreven a dar el paso y no le atacan. Ese es Balboa: un
hombre que causaba pavor a los indígenas y que con su sola presencia les
aterrorizaba más allá de lo razonable.
§. Terminología
Respecto al léxico que manejaban los españoles del
Darién, seremos sucintos y aclararemos el significado de unos pocos términos.
A los habitantes de Santa María de la Antigua se
los llamaba «vecinos». A efectos prácticos, la mayoría de los vecinos
realizaban tareas de soldados en un momento u otro de sus días. Santa María es
un emplazamiento en mitad de la selva rodeado de indígenas hostiles y, por lo
tanto, de la defensa del asiento se ocupa todo aquel capaz de empuñar un arma.
Un vecino era un hombre con casa propia y derecho a ser elegido para los cargos
electos del ayuntamiento. Se diferenciaba del simple «habitante», que vivía en
el pueblo pero careciendo de propiedades y derechos. En Santa María apenas hubo
de estos últimos porque, sencillamente, no dio tiempo a que llegaran.
Los hombres de armas, los que están en Santa María
para participar en las «entradas», se llaman «compañeros». «Soldado», en el
contexto del Darién, es un término con poco significado. Ni aquellos hombres lo
eran, ni así se sentían. Eran tipos que habían llegado hasta allá, que tenían
armas y que explotaban como podían una concesión del rey. El término
«compañeros», por tanto, encaja perfectamente con la labor que desarrollan. No
son soldados y no constituyen un grupo de amigos, así que son compañeros en la empresa
en la que se han embarcado.
La «entrada» es, como su nombre indica, el acto de
entrar en la selva, de progresar hacia territorio desconocido, de avanzar. En
el lenguaje de los conquistadores del Darién, cualquier expedición se
denominaba de esta forma.
Respecto a los cuevas, definamos un par de
términos. En primer lugar, «tibá». El tibá es el cacique, el rey de una
comunidad. Careta, Ponca y Chiapes son tibás. Quareca, que es caribe y no
cueva, recibe el mismo nombre porque los españoles no se paran a averiguar cuál
es el equivalente en lengua caribe al término español «cacique».
Por cierto, Balboa recibía, por parte de los
cuevas, el tratamiento de tibá o gran tibá. Si alguien merecía aquella
distinción en aquel lugar, parecía ser él.
Los guerreros cueva estaban comandados por los
«çabras». Un çabra es un noble guerrero cuyo honor se pone en cuestión siempre
en el campo de batalla. Los hombres de Balboa se hallaban en el Darién buscando
el ascenso social a través de la consecución de méritos, algo imposible en las
sociedades cueva, muchísimo más clasistas y anquilosadas que la española.
Respecto al término en sí, viene al caso explicar que los españoles de la
época, que al escribir no ponían una sola tilde, vivían obsesionados con la cedilla
y la usaban con profusión en sus escritos. Su sonido varía entre nuestra «z» y
nuestra «s». Los españoles de la época de Balboa provenían de muy diferentes
partes de la geografía de Castilla. Había extremeños, andaluces, vascos,
castellanos… Y cada cual silbaría más o menos la «ç». Pero en ningún caso la
pronunciaban como nuestra «c». Por desgracia, algunos historiadores
contemporáneos olvidan esto y no dudan en escribir que los guerreros del tibá
eran cabras. Y no, ni en mil años. Mantendremos, en esta novela, la cedilla
como homenaje y recuerdo a aquellos escribanos que, en las condiciones más
penosas, anotaban todo lo que sucedía, pero recordemos que ellos, al pronunciar
el término, dirían «sabras» o «zabras», más probablemente lo primero.
Bienvenidos al Darién español. El viaje será
asombroso.
Capítulo 1
Subieron la montaña que conduce a Ponca
6 de septiembre de 1513, martes
A Careta, Balboa lo tenía comiendo de su mano. No
en vano, hasta se había casado con su hija. Que, a ver, la muchacha no
desmerecía en absoluto, pero a Balboa, cuando se la entregaron, le pareció
demasiado niña. Doce o trece años a lo sumo. A saber, porque los cuevas, de
pura inconsciencia, iban por la vida sin tomarse la molestia de llevar la
cuenta del transcurso de los años. Y si se la tomaban, ni Balboa ni ninguno de
los compañeros había sido capaz de haberse hecho entender en este sentido. La
chica, de un modo o de otro, era una cría y Balboa jamás le había puesto la
mano encima. Tiempo habría, porque del Darién no se movían, pero de momento, ni
hablar.
No eran animales.
De Careta y los suyos no podría decir tanto, he
aquí una verdad inmarcesible. Porque mucho se dice que si los españoles tal o
que si los españoles cual, pero, a hijoputas, a los cuevas no los ganaba nadie.
De acuerdo, sí, los caribes, los caribes eran aún más retorcidos y miserables
que los cuevas, pero en el Darién haberlos, los había, pero no como para que
uno tuviera que pasarse el día mirando detrás de los árboles para distinguir si
allí se había escondido uno y le aguardaba al acecho. Los caribes, al menos por
lo que los españoles sabían, se encontraban lejos, en remotísimos claros de la
selva, tan agazapados como inaccesibles. Sinceramente, los caribes no les
importaban gran cosa. Incluso, tal y como se rumoreaba entre los vecinos y tal
y como averiguarían los compañeros en unos días, mantenían la costumbre de
devorar a sus enemigos.
Que lo hicieran. Que lo intentaran, si les salían
al paso. Los españoles se las apañarían sobre la marcha. ¿Acaso no lo habían
hecho hasta hoy?
Cada zancada ha de ser dada cuando toca. Balboa lo
repetía siempre que tenía ocasión: ni convenía adelantarse, ni les convenía
retrasarse. La zancada, siempre en el momento preciso. Con ímpetu, con
decisión, con la presión exacta sobre el terreno y las circunstancias. El
instante actual podría servir de perfecto ejemplo. Careta. O, siendo precisos,
los seiscientos hombres de Careta que los acompañaban monte arriba. ¿Acaso no
estaban ahí, en la larguísima fila de a uno que constituía la expedición, solo porque
Balboa había tomado las decisiones correctas en el momento correcto? ¿Porque,
cuando tocó, hizo lo que hizo y aquello estuvo bien y funcionó? Dos años ya
desde que Careta fue pacificado. Dos años que, en la historia del Darién,
suponen una existencia completa.
Los españoles llegaron, echaron un vistazo y se
dijeron que aquí se quedaban. Eligieron a Santa María de la Antigua como
asiento permanente y, sin tiempo ni para desempacar los bultos, corrieron a
pacificar a su vecino. Si hay algo que entiende hasta el más tonto, es que uno
no duerme tranquilo hasta que tiene la garantía de que los indios que viven
junto a ti no van a atacarte de madrugada. ¿Serían capaces? Los españoles
creían firmemente en la idea de que si ellos podían, el resto ¿por qué no? Así
que no dejaron cabos sueltos. De Balboa podrían decirse muchas cosas, pero no
que fuera un hombre para el que el azar contara. Dicho y hecho, un grupo de
compañeros con el propio Balboa al frente puso rumbo norte y se presentó en los
dominios del cacique Careta.
Los indios siempre respondían de igual forma ante
acontecimientos idénticos y los españoles hacían otro tanto. Si a la columna
española se la veía venir, y con el tiempo esto es lo que sucedería siempre o
casi siempre, las aldeas se evacuaban y todo el mundo corría a refugiarse en la
selva impenetrable. Un indio puede tirarse un mes en la espesura y como si
nada. Ya se aburrirían los españoles y se largarían por donde habían venido. Y
es cierto que esta estrategia, primaria y poco exigente, les funcionó durante
algún tiempo. El que tardaron los españoles en aprender a moverse con tiento.
La selva está llena de ruidos y ellos, con sus corazas metálicas, sus espadones
y sus perros de guerra se convirtieron en uno más. Pájaros de mil colores en lo
alto de las ramas de los árboles, lagartos tendidos sobre las rocas cortadas a
filo y cien españoles con cara de pocos amigos avanzando entre la maleza.
Aprendieron a bordarlo y los indios, siempre más
lentos, siempre más lentos, siempre más lentos, terminaron por ni enterarse y
todo lo que ello conlleva.
A Careta lo pacificaron rápido. Porque tanto unos y
otros pusieron mucho de su parte, tampoco mintamos. Careta, como buen cueva,
dijo que ahí estaba él, ahí sus çabras y un poco más allá sus dos mil guerreros
armados hasta los dientes. Balboa, por su parte, no llevaba, tras de sí, ni a
cien compañeros. Con sed de oro y riquezas, sí, pero con un más que apremiante
hambre en sus tripas. Se pasó hambre, vaya que si se pasó. Podían tener un
arcón en el que la tapa no encajaba bien porque el oro se desbordaba y, sin
embargo, llevar tres días sin echarse nada al estómago.
Balboa miró a Careta y, sobre la marcha, improvisó
una estrategia basada en la mano izquierda y en la mano derecha. Con la
primera, intentaba llegar a un acuerdo rápido. Ni acudían sobrados de fuerza,
ni batallar constituía un fin en sí mismo. Estaban allí para realizar un
trabajo y nada era personal. Así que se solicitaba, respetuosamente y con la
mirada en el suelo, la rendición absoluta del país y la entrega inmediata de
todas las riquezas. A buenas, sin quebrantos, porque es lo natural y lo que
conviene.
Si esto no funcionaba, entraba en juego la mano
derecha. Y, con la mano derecha, los españoles eran capaces de soltarte tal
sopapo que no te recuperabas de él ni en lo que te restaba de vida.
Desde luego, ni un solo compañero daría media
vuelta, se volvería a internar en la selva y regresaría a casa con las manos
vacías y el territorio sin pacificar. No dormirían tranquilos por las noches.
Ellos, en Santa María tenían sus hogares y a sus familias. Resultaba
intolerable que los indios que rondaban por allá no estuvieran pacificados. Por
no hablar, claro, de lo que pensaría el rey. ¿Cómo? ¿Que aquello es un sindiós?
Pues envío ya mismo a hombres de verdad que vayan y pongan orden. Ustedes limítense
a ponerse a su entera disposición y hagan todo lo que se les diga.
Ni uno solo de entre los vecinos habría aceptado
esta posibilidad. Ni se les pasaba por la cabeza. De ahí que consideraran
crucial pacificar el territorio. Por las buenas si se podía o, si no, pues por
las malas.
Y en esas estaban. No había mucho más que explicar,
pues la vida en el Darién era sencilla. Se habían enrolado en aquella aventura
porque nadie más quiso ir. O no tuvo arrestos, que, para el caso, viene a ser
lo mismo. Porque, y esto que nadie lo dude, había que estar hecho de una pasta
especial para pasar por lo que ellos pasaron. ¿Privaciones? Llámalo así si
quieres, pero añade que en un extremo desconocido para el resto del mundo. En
una ocasión, se comieron los caballos. Los putos caballos, en un lugar como el
Darién. No llevaban allá ni seis meses y el hambre ya era canina, así que se
comieron su bien más preciado. Sin los caballos, a los españoles se les hurtaba
un buen puñado de posibilidades de salir adelante. Contaban con ellos. No, más
aún: los necesitaban como al respirar. Pero cuando el hambre azuza de verdad,
cuando ves que no hay forma humana de conseguir víveres, desenvainas el
cuchillo, aprietas los dientes y que Dios nos asista.
Funcionó, pues Dios los asistió. Se comieron los
caballos, recuperaron fuerzas y un puñado de compañeros pudo adentrarse en la
selva y hallar a un grupo de indios que, no de buena gana pero tampoco de mala,
los puso en el buen camino. El propio Balboa se encontraba en aquel grupo de
hombres que hizo que los acontecimientos se sometieran, que las suerte
cambiara, que el Señor recordara que aquí existía un grupo de cristianos que
merecía algo más que el más insoportable de los olvidos.
Hasta el territorio de Careta fueron, pues,
caminando. Le pidieron que se rindiera y que les entregara todo el oro, Careta
repuso que no y los españoles, sin pensárselo dos veces, le echaron mano y se
lo llevaron preso a Santa María. Los dos mil guerreros se quedaron pasmados,
con esa cara que se pone cuando no acabas de comprender del todo qué está
sucediendo. Porque los cuevas llevaban mil años peleando entre sí, pero jamás
se les había ocurrido la idea de secuestrar a un cacique. ¿Para qué? ¿En qué cabeza
cabía semejante idiotez? Pues en la de los españoles. Y de idiotez nada, ya que
la estrategia funcionó a las mil maravillas. Siempre lo hacía, también hay que
señalarlo. Los españoles no habían nacido ayer y se habían tirado su buen
montón de siglos luchando contra el moro. Ahí aprendieron los trucos más
eficaces de la lucha. Que no serían demasiado elegantes, pero que actuaban como
un mecanismo perfectamente engrasado: tú te llevas preso al jefe de la horda
enemiga y la horda enemiga ni rechista. Luego, mano izquierda, mucha mano
izquierda. Al prisionero se lo trataba a cuerpo de rey, que para eso lo era. Se
le proporcionaban comodidades y buenos alimentos. Aunque los españoles
tuvieran, para ello, que privarse de unas y de otros. Sin embargo, el tipo debía
sentirse importante y respetado. Las más de las veces, no transcurría un mes
antes de que solicitara llegar a un acuerdo. Los españoles lo vestían con
rimbombantes palabras para que así al prisionero no le pareciera que le estaban
haciendo lo que le estaban haciendo, y colaba.
Careta se sintió tan agradecido de que los
españoles lo tomaran como aliado que casi lo pide de rodillas. En serio, Balboa
y los suyos tuvieron que aguantarse la risa y se recordaron, porque convenía
andarse con los ojos bien abiertos, que no siempre habría de ser igual y que a
otros caciques menos dispuestos probablemente habría que darles tormento. Son
cosas que pasan.
Cuando una avanzadilla de çabras llegó para hacerse
cargo de su rey, Careta les pidió en su idioma que no movieran un dedo contra
los buenos españoles. Balboa había ordenado que se prepararan los perros por si
acaso, pero la arenga de Careta tuvo su efecto y hasta el más ardoroso de los
çabras careteños bajó la macana y relajó los músculos. Entonces, Balboa ordenó
abrir un tonel de vino que tenían guardado para una ocasión especial y se
agarraron, todos, una curda de las que hacen época.
Dos años después, seguían siendo uña y carne. A
Careta, que rondaría los cuarenta años y que, por lo tanto, era de la misma
edad que Balboa, trataba a este con el afecto propio de un suegro encantado de
haber conocido a su yerno. Balboa, por su parte, correspondía siempre. Siempre,
ya que no hacerlo habría supuesto echar por tierra el trabajo realizado. Si
para conseguir oro y fama tenían que engatusar a todos los indios del Darién y
matar a aquellos que se negaran a ser engatusados, lo harían. Lo que no harían
jamás era retroceder. Desandar lo andado. Ofender a un cacique bautizado y
amigo de la causa española.
Solo Balboa se erigía en responsable de que, en
este momento, seiscientos indios careteños avanzaran sierra arriba en dirección
a Ponca. Cargados de fardos, bultos y sacos con bastimentos y provisiones.
Seguían yendo a pie a todas partes, pero ya se habían acostumbrado. Si te
olvidas de la maleza, el calor, las lluvias y los mosquitos, tampoco es para
tanto. Los indios afirmaban que no se hallaban extraviados, que la ruta que
seguían era la correcta, aunque a saber… Ni siquiera se encontraban seguros de
que los pies pisaran sobre algo que remotamente se pareciera a una senda.
¿Los hombres? Los hombres se dejaban la piel en el
intento.
* * * *
Desde que salieran a primera hora de la mañana, no
habían parado de caminar. Los guías de Careta no dudaban. Tenían claro hacia
dónde debían ir e iban. Por supuesto, a cada tanto se veían obligados a
detenerse y aguardar. Se sentaban en una roca, sobre un tronco caído, en
cualquier parte, y esperaban a que la columna les diera alcance. Los indios
porteadores, por porteadores precisamente, se movían despacio: la carga los
retrasaba no tanto por su peso, sino por el miedo que ellos, los indios, tenían
a, en tales condiciones, dar un mal paso y despeñarse. Porque allí toda la
senda se había encrespado, y de qué manera. Si en la selva ya es complicado
progresar, progresa tú en una selva cuesta arriba.
Los noventa y dos compañeros no perdían ritmo. Por
supuesto, Balboa no los había elegido al azar. Esta entrada suponía un todo o
un nada. Se avanzaba a por tanto oro como se pudiera conseguir, a la
pacificación de las tierras más meridionales del Darién, pero se avanzaba,
sobre todo, para descubrir el mar del Sur.
Conocían su existencia, claro que sí. Los indios
les llevaban dando noticia de él desde que desembarcaran en esta tierra. ¿Hay
muchas riquezas en las inmediaciones? Pues nada, lo que ve y poco más, pero si
sigue hacia el sur, todo recto desde aquí y sin desviarse un dedo, se toparán
ustedes con el gran océano en el que perlas del tamaño del puño de un hombre
varan, sin ayuda de nadie, en las playas desiertas.
Pronto se dieron cuenta de dos cosas. La primera,
que los indios, en cuanto los veían aproximarse, no deseaban nada que no fuera
enviarlos tan lejos como pudieran. Y, la segunda y más importante, que las
excusas comenzaron a coincidir, que pronto dejaron de parecerles simples
subterfugios para convertirse en argumentos de peso. No podía ser que media
indiada del Darién, muchos de cuyos cacicazgos no mantenían contacto entre sí y
si lo mantenían era para matarse sin tregua ni piedad, se hubiera inventado la misma
farsa. De manera que, desde hacía más de un año, quizás dieciocho meses, a
Balboa y a sus capitanes la idea del mar del Sur no les sonaba a pamema, sino a
realidad tan cierta como que ellos estaban allí y el calor parecía no menguar
jamás.
Y esta, hela aquí, suponía la razón de que los
noventa y dos españoles no perdieran ritmo montaña arriba. Vestidos con las
cotas de malla, las corazas, los protectores en los brazos y las piernas, las
botas y los yelmos. Sin plumas, porque jamás ningún compañero las llevaba, por
mucho que se empeñaran después en, bastante fantasiosamente, añadírselas. Si
alguna vez uno de ellos se adornó con alguna, no duraría ni tres días. Porque
había comenzado a llover y no dejaría de hacerlo durante la práctica totalidad
de jornadas que duró la expedición. A veces con mayor intensidad, a veces con
menor, pero llovió como nunca lo había hecho. Tampoco les pareció nada ante lo
que pasmarse, pues en aquella tierra descargaba a cántaros. Los compañeros no
perdían ritmo y no lo hacían no porque, si todo salía como planeaban, en
cuestión de un par de semanas darían el mayor golpe de mano de la historia de
Castilla. Se sabría de ellos hasta en el último rincón del mundo. Después,
quien quisiera venir, que viniera. Ya le explicarían de qué habían sido capaces
ellos. Cuáles eran sus méritos y qué habían descubierto y conquistado para el
rey Fernando. Sí, sí, que fueran llegando, que, tras esta, los esperarían
sentados y con toda tranquilidad: nadie, absolutamente nadie osaría subírseles
a las barbas. No a los bravos tipos que habían conquistado un océano.
Solo necesitaban hacerlo. La parte más fácil del
plan. De verdad, la más fácil, si es que aquel martes de septiembre de 1513 tú
te hallabas en la loma que asciende hacia la montaña de Ponca.
Ponca. Un malnacido al que ya conocían de vista.
Ojalá que no les diera demasiado trabajo. Porque, la verdad, a la vista de lo
que tenían frente a sí, lo más probable era que llegaran agotados.
* * * *
A los noventa y dos, los acompañaban, además del
propio Balboa, dos sacerdotes de muy distinta condición. Los dos llevaban en
Santa María el mismo tiempo que el resto: en noviembre se cumplirían tres años.
Pero mientras uno de los curas se había hecho al terreno y ya se comportaba
como un compañero más, al otro le faltaba el resuello más de lo debido. Fue uno
de los pocos errores que Balboa cometió. No debería haberlo llevado consigo en
una entrada tan peligrosa, pero lo cierto fue que no le quedó más remedio.
Disponían de tres curas en Santa María. Al más viejo lo dejó en el pueblo y se
llevó a los otros dos. ¿Qué otra cosa podía hacer? Marchaban para hallar gloria
y riquezas por doquier, pero también para llevar, allá adonde fueran, la
palabra del Señor. No era, nunca lo fue, la prioridad de Balboa ni de uno solo
de los hombres de su hueste, pero se debían a sí mismos y a un rey. Así que los
dos sacerdotes necesitaban acompañarlos en el viaje, pues ¿qué clase de gente
serían si descubrían un mar entero y, de inmediato, no lo podían santificar y
hacerlo del Dios verdadero? Por no hablar, que no es tema menor, de los
cientos, ¡o miles!, de almas infieles que se encontrarían por el camino. Había
que bautizar, bautizar como si el fin de los tiempos llegara mañana y de ellos
dependiera que el máximo número posible de desdichados consiguiera entrar en el
reino del Señor.
Se lo tomaban tan en serio que el día anterior, en
Careta se había bautizado a los seiscientos indios que ahora avanzaban en la
columna como porteadores y criados. Muchos ya lo estaban desde tiempo atrás,
pues la labor misionera y evangelizadora de Balboa y sus hombres no había
comenzado ayer. Sin embargo, cuando trataron de hacer recuento y separar los
que ya estaban bautizados de los que todavía no, se montó un pequeño revuelo,
pues allá casi nadie recordaba en qué estado se hallaba. Al indio, si lo dejas
a su aire, se le va pronto el santo al cielo. Total, que tiraron por el camino
de en medio y dieron el bautismo a todos los que pudieron. Si en ese momento
eran todavía infieles, asunto resuelto; y si ya pertenecían al rebaño del
Señor, no les vendría mal el recordatorio. No había sido un procedimiento
demasiado ortodoxo, y bien lo sabía el par de curas españoles, pero así
funcionaban los asuntos de Dios en el Darién. Se hacía lo que se podía y mejor
desbordarse que quedarse cortos.
Al cura que no podía ni con su alma pronto lo
mandarían de vuelta. Ya partieron de Careta con unos cuantos compañeros
enfermos o casi enfermos. Dijeron que habían bebido a saber qué aguas en mal
estado y ahora les estaban subiendo las fiebres. Sería verdad, o, al menos,
Balboa dio crédito a la posibilidad. No había allí hombres que fueran a darse
la vuelta sin más ni más. Al contrario, algunos de los que empalidecían por
momentos insistían en que se los dejase continuar. Estaban allí por voluntad
propia y unas inoportunas fiebres tampoco les parecía motivo suficiente para no
proseguir. Había mucho en juego y solo un idiota se habría dado la vuelta si
las circunstancias no lo obligaran. Balboa, que no quería perder a nadie,
ordenó ese mismo día que un grupito de cinco o seis compañeros regresara a
Careta en compañía de tres indios y el cura que apenas podía respirar en la
cuesta arriba hacia Ponca.
Se llamaba Bernardo Salamanca y durante los tres
años desde que fundaran Santa María lo había puesto todo de su parte. No tenían
reproche alguno que hacerle. Se murió un tiempo después, calladamente, sin
dejar un grato recuerdo, aunque tampoco a ningún tipo que se la tuviera jurada.
Y eso, en el Darién de los españoles, ya era mucho decir. No bautizaría, en
aquellos tres maravillosos años, a menos de cinco mil o seis mil indios. Pocos
podrían decir lo mismo.
Quien sí aguantaba, y como uno más, era el padre
Andrés de Vera. Vera era cura por cuestiones vocacionales, pero bien podría
haber sido un compañero. Un hombre alistado para Tierra Firme en búsqueda de
honor y botines. Condiciones, las tenía todas. Porque ¿qué se espera de un buen
compañero? Pues tres cualidades, esencialmente.
La primera, que no doble las rodillas, que no
desfallezca, que sepa apretar los dientes. Habían llegado, y llegarían, hombres
con el aspecto de haber salido de una algodonosa nube de mansedumbre y
placidez. Tipos a los que nadie les había explicado de qué iba la selva. Los
mosquitos. El calor sofocante. Los indios, los jaguares, las serpientes, las
arañas y los lagartos. Morían el mismo día de poner pie en tierra o, a lo sumo,
duraban una semana. Pero no más. Si no tienes temple, no te acerques a este paraje.
En segundo lugar, un compañero ha de serlo. O ha de
serlo, por lo menos, cuando se está de entrada. En Santa María, que cada cual
vaya a lo suyo y defienda lo que le atañe. Es lícito, no resulta desleal,
estamos a lo que estamos y a este asiento hemos venido a cubrirnos el riñón de
oro. Sin medias tintas, de frente. Pero afuera, en la selva, entre los indios
salvajes, los ríos embravecidos y los cientos de animales que pueden acabar con
tu vida en un santiamén, un compañero ha de estar dispuesto a dar hasta el
último aliento por el de al lado. Así, tan sin medias tintas como lo anterior.
Al tío que avanza frente a ti le cubres las espaldas de igual forma que el tío
que te sigue te las cubre a ti. Ya está, no existen dobleces en esto, no hay
más interpretaciones que la explicada. Se va todos a una y como Dios manda.
Y en tercer y último término, un compañero debe
tener ambición. Desmedida, ilimitada, gigantesca. Si no la tienes, no vayas al
Darién porque el viaje no te habrá merecido la pena. Este es un lugar para el
todo o nada. Para la más demencial de las victorias o para el fracaso absoluto.
Estamos a por oro, a por oro, y a por más oro. Lo tienen los indios y nos lo
han de dar. Ya hablaremos, si se quiere, de los métodos que emplearemos para
conseguirlo. Pero el oro es nuestro porque la ambición también lo es. Al padre
Vera el oro le daba igual, pero no así las almas. Quería muchas, cuantas más,
mejor. Los seis mil indios bautizados por Salamanca no le parecían
despreciables, pero él pretendía más. Muchos más. Diez mil, quince mil,
cincuenta mil. Hasta que tuviera a todo el Darién bautizado y en orden, no
descansaría.
Facultades físicas no le faltaban. Determinación,
tampoco. Ahí lo tienes. Este era el motivo por el que, con la sotana remangada
hasta la cintura y con los huevos al aire, el padre Vera subía la cuesta hacia
Ponca en la vanguardia de la columna. Si llegaba de los primeros, más tiempo
tendría para ponerse a lo suyo. Luego ya, si eso, el capitán Balboa y el resto
se ocuparían de sus asuntos.
—Padre, le estoy viendo a usted lo innombrable
—dijo un compañero que se llamaba Hernando Díaz y que transitaba inmediatamente
detrás del sacerdote. A cuatro patas sobre el terreno y agarrándose, como
podían, a las ramas y el follaje, los integrantes de la expedición subían la
montaña al borde de la extenuación.
—La obra del Señor resulta extraordinaria —repuso,
sin volver la mirada, el cura.
* * * *
Repentinamente, el terreno se amansó y, de avanzar
arrastrándose, pasaron a caminar en zigzag. Los compañeros no cabían en sí de
puro alborozo. Se incorporaron, echaron, durante unos instantes, la vista
atrás, observaron en la lejanía al majestuoso océano Atlántico, se apartaron
del rostro los mechones de pelo que la lluvia había empapado, escupieron en el
suelo y continuaron camino arriba.
— ¿Esta es la senda? —preguntó un compañero que
respondía al nombre de Antonio de Baracaldo. Tenía los hombros anchos, una
barba pobladísima y la voz tan grave que, cuando hablaba, hacía retumbar la
selva en torno a él.
—Los guías de Careta nos llevan por buen camino —le
dio respuesta el capitán Lope de Olano.
— ¿Y cómo lo hacen? — repreguntó Baracaldo—. ¿Lo
adivinan? Porque yo aquí no veo ni camino, ni senda, ni sendero, ni hostias.
—Los indios ven con ojos diferentes —intervino, con
marcado acento andaluz, un tercer compañero que se llamaba Juan García de Jaén.
—No hay más ojos que los de la cara —insistió
Baracaldo—. Y los míos ven tan bien como los de los indios.
Ni Jaén ni el capitán Olano se molestaron en
continuar con la conversación. ¿Para qué? Fuera como fuese, tenían que
proseguir hacia delante. Ponca, y de esto Balboa no tenía la menor duda pues ya
había estado allí con anterioridad, se hallaba en la sierra que se extendía
tras la cumbre de la montaña que entonces ascendían. El camino podría ser este
u otro un poco más allá, pero no andarían muy desviados. Además, sabían que los
çabras careteños les tenían ciertas ganas a los españoles, pues desde tiempo atrás
algunas pequeñas rencillas habían quedado sin resolver y estos eran tipos que
te las guardaban hasta el fin de los tiempos, pero no habrían perjudicado a los
porteadores, que eran su propia gente, obligándolos a dar un rodeo innecesario.
No, avanzaban derechos y sin desviarse un ápice del sendero adecuado. Cómo lo
encontraban los guías careteños en mitad de aquel paisaje de árboles, fango y
espesura resultaba un misterio. A los españoles, no les importaba demasiado y
no se detendrían ahora para averiguarlo. ¿Acaso las gentes de Careta pensaban
emigrar a otra tierra? No, claro que no. Los tendrían ahí, siempre vecinos bien
avenidos de los antigüeños. Pues ya estaba, asunto resuelto. Balboa siempre
afirmaba que debían delegar responsabilidades en los indios, que resultaba
importante darles cierto protagonismo en el devenir de los acontecimientos, que
no podían hurtarles su trocito de gloria. Aquí la tenían: guías de los
españoles para adentrarse en la selva profunda del Darién. Los indios aportaban
sus conocimientos acerca de las rutas y los senderos y, a cambio, los españoles
los dejaban en paz. ¿Acaso no se trataba de un magnífico acuerdo? A la vista de
los sucesos presentes y, sobre todo, futuros, el mejor posible.
Hacia el mediodía, la lluvia amainó y hasta se
abrieron claros en el cielo. Nada del otro mundo, pero los compañeros
agradecieron que el agua no se les metiera en los ojos mientras avanzaban.
Varios hombres se desprendieron de las corazas y los cascos para escurrir el
agua que se había quedado atrapada en los recodos. Y es que hasta la armadura
más sencilla, la menos ornamentada, la que vestía el compañero de recursos más
modestos, suponía un auténtico tormento en los días de lluvia. Si, para el
español, existía un enemigo en el Darién, no eran ni las alimañas, ni la selva,
ni las fiebres. Era la lluvia, la infernal lluvia que en esta tierra caía a
mares y durante jornadas y jornadas, como si no fuera a amainar jamás.
Terminaba por hacerlo, porque siempre escampa, pero podían trascurrir meses
hasta que eso sucediera. Los hombres, mientras tanto, no tenían nada mejor que
hacer que acodarse en las puertas de sus hogares y aguardar. O dormitar todo el
día en una hamaca, o escuchar la palabra de Dios en boca de los curas, o echar
un polvo, si uno tenía esposa o de Careta habían llegado las indias que se
ganaban alegremente la vida.
Caminar en zigzag monte arriba les pareció una
buena idea en cuanto dejaron de avanzar a cuatro patas, pero pronto se reveló
como lo peor que les podía haber pasado. El inicial gozo se transformó en
desdicha y no hubo un solo compañero al que no le diera por jurar y maldecir.
Los sacerdotes, que estaban acostumbrados a aquel lenguaje y que ellos mismos
utilizaban más veces de las que estarían dispuestos a admitir si su obispo les
preguntara, hacían la vista gorda. En el Darién, hacer la vista gorda se había
constituido en una de las claves del buen vivir. Se encontraban lejos de
cualquier territorio habitado por españoles. Lejos y con un gran mar de por
medio, pues para arribar a Santo Domingo se necesitaban, con vientos a favor,
sus buenas tres semanas. Eso, yendo rápido, que era la manera en la que casi
nunca se iba. Así, si las tres semanas se convertían en tres meses, nadie se
llevaba las manos a la cabeza o caía preso de un ataque de estupor.
Por lo tanto, dado el aislamiento más o menos
mitigado del Darién, aquel que pretendiera hacer su vida en el asiento debía
tomarse las cosas con calma y evitar los conflictos. Entiéndase que los
antigüeños dedicaban media existencia a cobrar botines de oro y la otra media a
aguardar bajo la lluvia. Si estas no son las dos situaciones que más disputas
pueden ocasionar en un grupo de gentes que, además, son de ánimo y carácter
españoles, que baje Dios y lo vea.
¿Los compañeros blasfemaban a todas horas? No
serían los curas del Darién, que bastante tenían con lo suyo, quienes les
llamaran al orden. Un cura darienita era un cura entregado en cuerpo y alma a
las tareas del bautismo. Y los españoles ya venían todos bautizados de casa,
así que, en rigor, no suponían asunto de los sacerdotes. Se decía la misa,
desde luego que sí, y se daba auxilio al que el alma le renqueaba o precisaba
de una extremaunción. Pero poco más. Los curas, en el Darién, bautizaban indios
porque este era el trabajo que se les había encomendado. Y lo llevaban
adelante, vaya que si lo hacían…
Caminar en zigzag montaña arriba fue lo que peor
les podía haber pasado porque ahora podían levantar el rostro y advertir lo que
les restaba por delante. Alguien dijo que al menos una legua. Otro, que dos.
Hubo hasta quien aventuró que puede que tres, pero a este le mandaron callar,
como si el simple hecho de mencionarlo en voz alta pudiera convertir en
realidad algo que, a juicio de hasta el más generoso, no lo era.
Digamos que dos leguas y pico. Era lo que les
restaba de un camino que debían realizar antes de que cayera la noche. Si no
alcanzaban la cima de la montaña mientras hubiera luz, se verían obligados a
pernoctar en plena pendiente. Y aquella opción no le gustaba a nadie. No era
segura, a nadie le parecía cómoda y se arriesgaban a que un número incierto de
indios careteños decidiera que la situación se le hacía insostenible para, acto
seguido, dar media vuelta y regresar a casa.
En el colmo de los males, a cada paso que daban, la
maleza se tornaba más y más intrincada. Si hasta entonces habían tenido dudas
en torno a la existencia real de la senda por la que los guías de Careta
aseguraban avanzar, ahora ya no les quedaba la menor duda: allí ni había
sendero ni nada que remotamente se le pareciera. Los propios guías careteños se
rindieron a la evidencia y, macanas en mano, se pusieron a desbrozar el terreno
por el cual habrían de transitar.
—Lo que nos faltaba —dijo el capitán Olano
irguiéndose y girando la cabeza para observar la inmensa columna de hombres,
compañeros y porteadores, que les seguían.
Las macanas de los careteños eran armas de madera
dura y doble filo. Los españoles las habían probado y reconocían que no
convenía tomárselas en broma. Sin embargo, las espadas de acero que ellos
portaban al cinto no marcaban diferencias: las enviaban más allá de las nubes.
— ¡Hay que desbrozar! —gritó un capitán situado
unos veinte pasos sobre el grupo de Olano. Se llamaba Francisco Pizarro y se
había dejado crecer la barba hasta el pecho. Aseguraba que era más práctico,
porque te olvidabas de que la tenías y podías emplear ese tiempo ganado en
asuntos más relevantes.
— ¿Qué dice Balboa? —preguntó, desde abajo y
también a gritos, Olano.
—No lo veo desde aquí —repuso Pizarro—. Se ha ido
hacia arriba con un guía y el perro. Pero hay que desbrozar, joder. No hay
camino.
Olano asintió por toda respuesta. Pizarro tenía
razón. Si no despejaban el camino, el avance estaba condenado a detenerse.
—Sacad los machetes —ordenó echando mano del suyo.
En cualquier ejército del mundo, los soldados
habrían protestado al tiempo que lo hacían. Parecería que, si no actuaban en
tal manera, la oficialidad se acostumbraría a tomarlos por unos flojos y las
obligaciones irían siempre en aumento. La protesta, aunque no sirviera de gran
cosa, marcaba los ámbitos y los terrenos. De acuerdo, lo haremos, pero porque
hoy es hoy, no debido a que sea una tarea que nos esté encomendada. En fin, en
las tropas siempre se sabía latín.
Sin embargo, ni uno solo de los hombres de Balboa
protestó. Y no lo hizo porque este, pese a que lo pareciera, no era un ejército
y, menos, del rey. Se trataba de hombres libres y armados que se asociaban para
conquistar un mundo desconocido haciendo frente a cada imprevisto que surgiera
en el camino: desde zarzas y espesura hasta monstruos y dragones de siete
cabezas. Que nadie se tome esto a broma: si en ese preciso instante, un grifo
con cuerpo, patas y cola de león, y garras, alas y testuz de águila, se hubiera
presentado, tan pavoroso como espléndido, frente a ellos, ellos se habrían
limitado a desenvainar y a hacerle frente. Sin rechistar.
La franja de tierra por la que ascendían era tan
estrecha que los compañeros se situaban en fila de a uno. El que avanzaba en
vanguardia, lanzaba machetazos a diestro y siniestro hasta que lograba
desbrozar cinco o seis pasos de camino. A continuación, el siguiente en la fila
le daba el relevo mientras el primero descansaba. Los más retrasados ampliaban
el sendero por sus bordes, aunque sin grandes alegrías, pues la maleza crecía
prieta como la carne de un buey.
—Mierda —dijo Olano contemplando cómo la gran
columna de porteadores se veía obligada a detenerse—. ¡Que no descarguen los
bultos! ¡Que nadie descargue!
Cincuenta o sesenta pasos más abajo en la ladera de
la montaña, el capitán que se hacía cargo del avance de la indiada se levantó
el yelmo para observar a su compañero. Se llamaba Diego Albítez, tenía, como
casi todos, treinta y tantos años de edad, y daría mucho que hablar en la
historia del Darién.
— ¡Oído! —gritó mientras levantaba una mano.
Después, se giró hacia sus hombres y extendió la orden—. Moveos hacia abajo e
impedid que se nos echen a descansar.
— ¿Hacia abajo? —frunció el ceño un compañero de
nombre Juan Camacho.
—Hacia abajo —repitió la orden el capitán Albítez.
—Pues maldita la gracia.
—Pues vais. Si se sientan, será peor para todos.
—Vamos, pero maldita la gracia.
Camacho dio un silbido y tres compañeros más, Luis
Gutiérrez, Miguel Crespo y Hernando Muñoz, comenzaron a descender la empinada
cuesta. La labor encomendada no podía resultar menos grata: los indios, a los
que los españoles consideraban reacios al trabajo, habían comenzado a
desembarazarse de sus fardos y a sentarse en la tierra húmeda.
— ¡Eh, eh! —exclamó Muñoz mientras gesticulaba con
los brazos. Españoles y cuevas llevaban tres largos años entendiéndose por
señas. Puede que suene extraño, pero aquello funcionó. Al final, tampoco tenían
tanto que decirse: dadnos el oro, cuál es el camino hacia el pueblo vecino,
dile a tu hermana que se viene conmigo a Santa María y poco más—. ¡Levantad el
culo, vagos de los cojones!
Los vagos de los cojones miraron a Muñoz y vieron a
un ser al que temían más que a sus propios demonios. Muñoz, que no tenía un
aspecto especialmente fiero ni rudo, que en ello estaba a muchísima distancia
de individuos como Baracaldo o el propio Balboa, no dejaba de pertenecer a la
hueste de hombres blancos venidos de quién sabe dónde. Los careteños, como
cualquier cueva en el Darién, conocían de lo que eran capaces si no se les
obedecía de inmediato. Por ello, los vagos de los cojones, tras mirar a Muñoz,
tras observar sus brazos gesticulantes, murmuraron algo en jerga cueva y
comenzaron a incorporarse. Un çabra que no tendría ni veinte años de edad gruñó
un poco más alto que el resto, pero eso fue todo. Muñoz le dedicó una mirada
tranquila e inquietante. Esa que en los indios provocaba un miedo cerval,
único, primario.
Poco a poco, la columna se puso, de nuevo, en
marcha. Y, con ella, las traíllas de alanos. Las manejaban españoles, pues los
indios se negaban a realizar este trabajo. Les habían asegurado, por activa y
por pasiva, que los perros sabían distinguir al indio bueno del indio malo,
pero ni por esas. No era una excusa, de verdad. En condiciones normales,
también hay que decirlo, a los españoles no les habría importado gran cosa que
un alano hambriento hubiera devorado a un pobre indio. Sin embargo, ahora, con
los pies y el alma en plena expedición, cada indio amigo contaba. Los careteños
trabajaban como porteadores, pero Balboa y el resto de españoles esperaban que
dieran un paso al frente si las cosas se ponían feas y se topaban con tribus
hostiles. Lo cual, lo sabían, tampoco resultaba imposible. El propio Ponca, sin
ir más lejos, había sido enemigo tanto de los españoles como de los careteños.
Creían que no les causaría problemas, aunque, si lo hacía, los españoles
pretendían que los guerreros de Careta empuñaran las macanas.
Así que no, no se los comerían los alanos, sobre
todo porque a los españoles no les convenía que algo así sucediera.
No hubo manera. Los indios dijeron no, y de ahí no
se apearon. Lo cierto era que los bichos daban un miedo de mil pares. Había
vecinos en Santa María que ni se acercaban a las perreras. A los alanos se los
entrenaba, desde cachorrillos, para la batalla, y al desdichado que lo
atraparan entre sus fauces en desdichado se quedaba. Con todo, sí era cierto
que sabían distinguir al indio bueno del indio malo. No porque vinieran así de
las tripas de sus madres, sino porque los españoles podrían tener su vena desalmada,
pero, de tontos, ni un pelo. Así que, a los alanillos, se los educaba para oler
el miedo y, en contra de lo que se cree y se dice, dejar en paz al que lo
emanara. Si un indio se meaba encima nada más ver a un perro de presa español,
ese indio no suponía un problema grave. Los que ocasionaban molestias eran el
resto, los que marchaban hacia el frente macana en mano. Como ese çabra al que,
poco antes, Muñoz había marcado con la mirada. El çabra, por pura
inconsciencia, no sentía miedo. Creía que, algún día, los orgullosos indios
cueva recuperarían lo que les había pertenecido. Nunca sucedería, pero,
mientras tanto, ahí lo tenían al indio, con la barbilla un poco más alta de lo
estrictamente necesario. El alano veía esa barbilla y aguardaba. Si el español
que lo mandaba chasqueaba la lengua, el salto que el perrazo daba en el aire se
recordaría durante años en la selva darienita.
Los conquistadores avanzaban con cincuenta alanos
repartidos en cinco traíllas. Cada traílla la gobernaba un solo hombre, aunque
muchas veces se revelara insuficiente. Diez perros de batalla tiraban como diez
demonios y, si querían, podían arrastrar al tipo que los guiaba. Les habían
enseñado a no hacerlo, a obedecer siempre a sus amos, pero… Pero no se puede
tratar de que hicieran una cosa y la contraria. Y puestos a pedir, se quedaban
con el exceso de fiereza, pues aquí, en la selva, un perro valía por veinte
compañeros.
Camacho, Gutiérrez, Crespo y Muñoz permanecieron un
rato en el sitio observando cómo la fila avanzaba. Después, se desató un
aguacero tan cerrado que apenas podía verse a través de él.
* * * *
Mucho más arriba, ya en la cima de la montaña,
Vasco Núñez de Balboa acarició a Leoncico. Leoncico, que llevaba ese nombre por
ser hijo del alano de Ponce de León, un padre para el español, movió las orejas
hacia atrás y cerró los ojos mientras recibía la caricia.
—No lo vamos a conseguir —dijo Balboa. Se dirigía a
Jerónimo, el guía careteño que lo había llevado hasta allí. Él mismo le había
elegido el nombre el día que lo bautizaron. Se parecía a un marinero de Palos
que se llamaba así. O bueno, quizás no tanto, pero a Balboa se lo recordaba.
Enjuto, fibroso y callado. Lo mejor que se puede esperar de un tío con el que
has de caminar por la selva.
—No —repuso Jerónimo. El indio no hablaba un
castellano demasiado bueno, pero sí que lo chapurreaba con cierta fluidez.
Había participado en la batalla por la pacificación de Careta y, una vez hechas
las paces, pasó a ser uno de los hombres de contacto entre Santa María y el
poblado cueva. Un tío listo, Jerónimo. Caló rápido a los españoles y sus
intenciones. Lo cual no era frecuente, porque los indios del Darién no acababan
de comprender el propósito que había llevado hasta allá a los extranjeros blancos.
Jerónimo no tuvo dudas: la que nos ha caído encima.
Ante las certezas, solo cabe el pragmatismo.
Jerónimo no pertenecía a la casta de los çabras, lo cual significaba que no
existía, para él, modo alguno de prosperar en la vida. Había nacido como un
infeliz y como un infeliz se moriría. Salvo que hiciera lo que había visto
hacer a los españoles, a quienes reconocía como infelices partiéndose el
espinazo para dejar de serlo. Los blancos trabajaban muy duro, lo hacían cada
día y no se detenían ante obstáculos. Si había çabras españoles, a los que
ahora estaban allí, sobre el terreno, enfangados en el barro y empapados por la
torrencial lluvia, no parecía importarles demasiado. Ellos, los españoles de a
pie, confiaban ciegamente en sus propias posibilidades.
Eso mismo estaba haciendo Jerónimo allí, sobre la
cima de aquella montaña, junto al tibá blanco y mientras aguardaba a que la
inmensa columna de exploración les diera alcance: confiar en sí mismo y abrirse
paso al lado de quienes podían ayudarle a hacerlo.
—Habrá que hacer noche en mitad de la ladera
—expuso Balboa. No se lo estaba contando a Jerónimo, sino a sí mismo. El indio
lo sabía y, por ello, se limitaba a darle la razón. Intuía que Balboa no
pertenecía al tipo de hombre al que le agradara que siempre lo hicieran, de
manera que prefería permanecer en silencio en lugar de decir cualquier
insustancialidad—. Joder, si al menos la lluvia nos diera una tregua…
Balboa se retiró un mechón de pelo rubio del
rostro. En aquel momento, era el único hombre con el pelo claro de todo el
Darién. Y, posiblemente, de la América completa.
Le preocupaba lo que tenía ante sí y le preocupaba,
más aún, lo que se hallaba por llegar. A Balboa no le gustaba improvisar.
Cualquiera diría que los hombres en su situación se pasaban el día haciéndolo,
pero nada más lejos de la realidad. Si Balboa debía tomar esta o la otra
decisión, lo hacía valorando todos los pros y los contras. Con los indios, no
cabía otra forma de actuar. O sí, cabía, pero Balboa sabía muy bien cómo solía
acabar. Había visto a muchos españoles hundirse en su propia miseria por no obrar
con cabeza.
—Me preocupan vuestros çabras —dijo, de pronto.
Jerónimo se volvió hacia él y lo miró. El aguacero
descargaba con violencia sobre ellos.
—No atacarán, tibá —expresó el indio.
—Eso no lo sabes —repuso Balboa.
—Hay paz.
—Eso no lo sabes.
—No atacarán, tibá.
La lluvia, la ausencia de camino en la loma de la
montaña, los hombres que ya habían comenzado a enfermar, todo aquello no
suponía un problema frente a aquel que a Balboa le atormentaba: que los
guerreros careteños, una vez llegados a Ponca, la emprendieran contra los
ponqueños. Se había tomado dos años de intensísimo trabajo para que unos y
otros mantuvieran la paz. Nadie se hace rico en mitad de un territorio en
guerra, nadie. Bien lo sabía Balboa, de manera que primero invadió y sometió a
Careta, y después hizo lo propio con Ponca. En teoría, los caciques de uno y
otro reino eran sus aliados y, en teoría también, se encontraban en paz entre
sí. Balboa les había jurado que aniquilaría a aquel, le daba igual quién, que
le declarara la guerra al otro. Le habían explicado que el estado natural de
ponqueños y careteños era la guerra, que llevaban así mil años, que tal y que
cual. Balboa, con la paciencia que le caracterizaba, volvió a explicarles que
aquellos tiempos podían darse por concluidos. Ya no habría más guerras en el
Darién. Salvo, claro está, las que declararan los españoles. Ellos mandaban
allí y, en adelante, los acontecimientos se sucederían a su modo. El futuro, si
tienes una buena espada en una mano y una traílla de alanos locos en la otra,
puede ser doblegado. Se doblega, de hecho. ¿No? Ellos llevaban tres años
haciéndolo, de forma que sabían de lo que hablaban.
Reinaba, pues, la paz. Lo cual no era óbice para
que él, Balboa, no se fiara ni de su sombra. Por desgracia, no se podía llegar
al otro mar sin atravesar Ponca. De hecho, estuvieron dándole muchas vueltas al
asunto y no fueron pocos los compañeros que propusieron emprender una ruta
distinta. El propio Balboa tuvo sus dudas. Pero Careta le aseguró que no había
más camino que aquel, que cualquier otra opción se tornaba imposible para
recorrerla a pie. No con cientos de porteadores marchando tras los expedicionarios
españoles.
Balboa comprendió que tenía razón y accedió. Ello
no evitaba que continuara sintiéndose inquieto.
— ¿Qué haremos si los indios la lían? —preguntó
estirando la voz. Se dirigía a Leoncico, al cual, al tiempo que le hablaba,
comenzó a palmear con violencia en los costados. El perro, deseoso de jugar,
ladró un par de veces. Jerónimo dio un discreto paso a un lado y Balboa apretó
las mandíbulas del perro con las manos mientras se agachaba, acercaba su rostro
al del alano y sonreía—. Comérnoslos a todos, ¿verdad, muchacho? ¿Te los vas a
comer, Leoncico? ¿Te los vas a comer? ¿Quién sabe más rico, los hijoputas
careteños o los hijoputas ponqueños? Dímelo tú, ¡dímelo tú!
El perro consiguió deshacerse del apretón de su amo
y ladró de puro placer. Jerónimo dio otro paso en dirección contraria al
animal. No le había atacado jamás y hasta le lamía mansamente la mano, pero por
si acaso.
A pesar de la lluvia, los perros que, más abajo,
ascendían por la ladera de la montaña, escucharon los ladridos de Leoncico.
Esto los excitó y se pusieron a tirar como posesos. Los hombres que manejaban
las traíllas apenas se veían capaces de contenerlos.
El agua empapaba los pelajes de los animales y
marcaba cada tendón, cada músculo, cada ligamento. Eran furia en estado puro,
furia encadenada que luchaba por ser liberada. Leoncico, allá arriba, volvió a
ladrar y ellos, allá abajo, enloquecieron.
Durante unos instantes, nadie habló en la columna.
Seiscientos indios y noventa y tantos españoles sin separar los labios. La
tarde caía y el aguacero, si cabe, arreciaba más y más. Pronto no se podría
caminar y tendrían que tumbarse allí, en mitad del fango, para pasar la noche.
Muchos indios no pegarían ojo. Los españoles, sin
desembarazarse de las corazas ni de los yelmos, dormirían a pierna suelta.
¿Acaso no estaban a las puertas de la inmortalidad?
Capítulo 2
Se encontraron con que allí no quedaba nadie
8 de septiembre de 1513, jueves
Vaya por Dios. Llevaban dos días caminando bajo la
lluvia y ahora esto. En Ponca no quedaba nadie. Qué cobardes. Debían de tener
espías apostados en la selva y los vieron venir. Qué cabrones. Sintieron miedo
o pensaron que mejor era poner tierra de por medio. Qué hijoputas. Conocían
bien a los españoles y los españoles conocían bien a los ponqueños. No se
esperaban una cosa así. Ellos, que llegaban hasta allá tras dos días de
durísima marcha, ni siquiera eran recibidos. Ni con los brazos abiertos, ni de
ninguna manera posible. El pueblo vacío y la población entera escondida en la
selva. Tres mil, cuatro mil, cinco mil indios, todos ellos agazapados en la
espesura.
¿Acaso los españoles les habían dado motivos para
tanta desconfianza? Sí, en un principio puede que sí, pero Ponca era ya un
pueblo pacificado, con lo que esto significaba: que los españoles los tenían
por sus amigos y aliados. ¿Y se hace esto a un amigo que, derrengado, llega
hasta tu casa y te toca la puerta? ¿Se le hace esto a un aliado? Por el amor de
Dios, no, desde luego que no.
Hubo compañeros que se lo tomaron muy mal. Estaba a
punto de anochecer y venían muertos, de manera que algunos propusieron tomar
las casas, darse una buena dormida y, con la luz del nuevo día, arrasar con
todo. Al infierno con Ponca. Ni siquiera les servía para algo útil. ¿Qué clase
de pueblo vive en la sierra, tan alejado de todo que hay que escalar montañas y
abrir tu propio sendero para llegar hasta él? Uno que no merece la menor
atención. Sí, sí, se dejaron los riñones tiempo atrás porque el pacto con Careta
incluía la pacificación de Ponca. O dicho de manera más directa: Careta
prometió arrodillarse ante ellos y para siempre si, a cambio, le quitaban de
encima a los guerreros de Ponca. Intentaron averiguar cuánto tiempo duraba la
enemistad, pero los indios no terminaban de explicarse. Para ellos, el
transcurso de los años suponía un concepto borroso. Podrían contar los veranos,
sugirió algún compañero, y sí, podrían, pero el caso es que no lo hacían. Con
lo uno y con lo otro, llegaron a la conclusión de que ponqueños y careteños
llevaban en guerra toda la santa vida. Que ya es tiempo. Los españoles, de los
que podría decirse muchísimas cosas pero no que no fueran cumplidores, fueron y
pusieron a los de Ponca en su lugar. Tuvieron que matar a unos cuantos çabras y
hasta le metieron un palo por el culo a su orgulloso cacique. A partir de ahí,
todo fue sobre ruedas. A los indios se les cambió la cara y decidieron que no
merecía la pena estar a malas con los extranjeros de las barbas largas. Total,
los careteños tampoco les importaban demasiado. Les hacían la guerra, aunque
más por tradición que por otra cosa. Si se paraban a pensarlo, descender
montaña abajo, batallar a muerte y regresar montaña arriba no constituía un
plan perfecto que uno emprende todas las primaveras porque se lo pide el
cuerpo. No, en absoluto. Paz, paz entre todos los habitantes del Darién. Se lo
juraron a los españoles y los españoles les tomaron la palabra. Balboa le
explicó al cacique que, en adelante, ellos dos eran amigos y que contara con él
para lo que fuera. Si alguna tribu de por allí molestaba a los ponqueños, los
ponqueños podían acudir donde el tibá rubio y el tibá rubio se encargaría del
asunto. Os protegeremos a todos, descuidad. Ah, y nos llevamos vuestro oro. No
os importa, ¿verdad?
Con semejantes antecedentes, les supo a cuerno
quemado encontrarse con el pueblo completamente evacuado. No habían dejado ni a
los abuelos, que ya es decir. No era la primera evacuación con la que los
conquistadores se topaban y, por ello, sabían que los indios aprovechaban estos
momentos de tensión e incertidumbre para dejar atrás a papá, que ya está un
tanto mayor y no resulta más que una carga. No seáis maricones, no me dejéis a
expensas de los extranjeros y de sus malditos perros locos. Entiéndelo, papá,
necesitamos movernos raudos y sigilosos por la selva y tú nos retrasarías
bastante. Yo te enseñé todo lo que sabes, hijo. Y por eso te queremos más que a
nada en el mundo, papá. Pero… ¡Hostia puta, los españoles! ¡Adiós, papá!
¡Suerte! ¡Hazte el muerto! Quizás cuele.
— ¿Y ahora qué? —preguntó el capitán Albítez.
—Pasamos la noche y, por la mañana, seguimos camino
—propuso el capitán Pizarro.
—Hay que descansar al menos durante una jornada
—intervino un compañero que se llamaba Pascual Rubio de Malpartida. Tenía
asignado el gobierno de una de las cinco traíllas de alanos—. Los perros tienen
hambre.
—Parece que están encontrando comida en las casas
—dijo otro compañero, de nombre Benito Burán.
No haría ni media hora que los ponqueños habían
abandonado el pueblo. Seguro que estaban a menos de seiscientos pasos de
distancia. ¿Que no serían capaces? También lo pensaban los españoles y también
ellos tuvieron que apearse de ese burro. Los cuevas tenían la extraña habilidad
de volverse invisibles en cuanto alcanzaban la espesura. Y como en el Darién la
espesura crecía por todas partes, un cueva era, en la práctica, un espectro,
aunque respirante. Tampoco es que fuera la panacea: si se ponían a buscarlos,
terminarían por encontrarlos. Pero ponte tú ahora a buscar a cinco mil indios.
Y para qué.
—Nos quedamos —sentenció Balboa.
—A pasar la noche, ¿no, capitán? —preguntó
Baracaldo, que, tras supervisar la llegada de los porteadores, se incorporaba
al grupo.
—Soltad un par de perros —ordenó Balboa. Por si
algún indio careteño sentía la tentación de, aprovechando que la noche se les
echaba encima, regresar, por su cuenta, a casa.
—Ya lo he hecho, no te preocupes, capitán —repuso
Baracaldo—. Mañana registramos las casas y seguimos camino.
—No —dijo Balboa.
— ¿Cómo que no? — frunció el ceño Baracaldo—. No
jodas, capitán. ¿Qué se supone que vamos a hacer en este sitio de mierda?
—Buscar a Ponca y a su gente. No deben de estar muy
lejos.
— ¿Buscarlos? ¿Para qué, tío? Mira, yo digo que
sigamos camino y que no perdamos más tiempo.
—No estamos seguros de que esta ruta sea la
correcta.
—Careta nos aseguró que sí. ¿Ahora no te fías de
Careta?
—Yo no me fío ni de mi puta madre. Careta puede
habernos mentido. O haberse equivocado. A fin de cuentas, ese puto gandul no ha
salido jamás de su pueblo. Nosotros hemos llegado cien veces más lejos que él.
—Ahí te doy la razón, capitán.
—Pues lo dicho, nos quedamos y buscamos al puto
Ponca. Quiero que nos proporcione información. Mano izquierda, Baracaldo.
—Mano derecha, Balboa. Arrasamos con todo y que le
den por culo al puto Ponca.
—Es nuestro aliado, cojones. Y quiero que siga
siéndolo. Tenemos que asegurar nuestras posiciones. Dejar atrás asientos
seguros a los que regresar. ¿O acaso te sentirás tranquilo estando a cincuenta
leguas de casa sin saber si el camino de regreso será fácil? No sabemos qué hay
ahí delante, tío.
—Selva e indios, como siempre. Nada a lo que no nos
hayamos enfrentado antes, capitán.
—Usa la puta cabeza de una santa vez, Baracaldo.
—Votemos.
—De acuerdo, votemos.
Balboa se giró hacia el grupo de españoles. Llevaba
varias horas sin llover, pero la humedad era tal que sus ropas nunca terminaban
de secarse. Era algo a lo que, en el Darién, has de acostumbrarte. Lo hacían,
pero más de uno, originario de Extremadura o de Andalucía, echaba de menos los
ríos de la niñez: esos en los que podías bañarte entre risas y despreocupación
para, después, tenderte al sol y sentir cómo, en cuestión de minutos, te
hallabas seco por completo. Di que ni en Extremadura ni en Andalucía había oro
en los ríos. Ni indios en sus riberas dispuestos a confiarte la secreta
ubicación de las ciudades doradas. Estaban mejor aquí. El primer año vives con
la piel permanentemente arrugada, pero terminas por acostumbrarte. Merece la
pena.
De los noventa y pico compañeros, se encontraban
presentes algo más de treinta. El resto, trabajaba en la instalación del
campamento para hacer noche. Acostumbraban a votar de cuando en cuando, pero
solo entre los que se hallaran en el lugar cuando Balboa admitía la
posibilidad. Votaban los presentes, ni más ni menos. El resto podría haber
protestado, haber señalado que habría sido un detalle que se le avisara para
que su opinión pudiera haber sido tomada también en cuenta, y, sin embargo, no
lo hacía. Si estabas, estabas, y si no, pues no.
Las votaciones, con todo, solo eran vagamente
libres. Balboa expresaba su punto de vista, levantaba la mano y aguardaba. Los
compañeros tenían derecho a no levantar la suya, pero a ver quién era el guapo.
No se trataba de miedo, no… A Balboa, los indios lo temían más que a sus
sombras en la penumbra. Los españoles lo respetaban. Respetaban su audacia, su
buen juicio, su capacidad de mando, su honestidad. Podían argüir en contra del
criterio del capitán y no les sucedería nada, no sufrirían represalia alguna,
recibirían su parte del botín sin la menor duda. Pero… Podrías alargar el pero
tanto como quisieras y aún te quedarías corto. Nadie iba en contra de Balboa
por la sencilla razón de que nadie va en contra de su buena suerte. Lo tenían
todo apostado en el Darién y el Darién era Balboa, y Balboa era el Darién. Por
ello, se lo pensaban dos veces antes de expresar en voz alta una opinión
inconveniente.
—Voto por seguir al amanecer —dijo Baracaldo con
voz ronca. Tenía las manos pegadas al cuerpo. Cada una de ellas era del tamaño
de un bebé de seis meses. En Santa María se hicieron apuestas al respecto y
Baracaldo no tuvo más remedio que extenderlas frente a él y permitir que le
pusieran sendas criaturas en ellas. Baracaldo sonrió y los que habían apostado
a que sí apretaron los puños en señal de victoria.
Ningún compañero se le sumó. Bueno, el capitán
Olano, pero no porque estuviera de acuerdo con Baracaldo, sino porque los dos
eran vascos y los vascos siempre votaban igual. Una costumbre un tanto
irritante, a juicio del resto de compañeros, pero que ellos llevaban a misa.
—Nos quedamos hasta que encontremos a la gente de
Ponca —resumió el resultado de la votación Balboa.
El cacicazgo estaba formado por unas quinientas
viviendas, algunas de ellas de proporciones más que respetables. Los çabras
ponqueños vivían a cuerpo de rey. Los españoles, cuando se encontraban algo
así, fruncían el ceño. A su entender, un indio que se tiraba un año
construyéndose un palacio era un indio que no salía a buscar oro. En
consecuencia, a ese indio no se le podía apresar gran botín. No, no les
gustaban las mansiones en mitad de la selva. Ellos mismos vivían en casitas más
bien modestas y que necesitaban de poco mantenimiento. Si aparecía una gotera,
se encaramaban al tejado y la arreglaban en menos de media hora. Asunto
resuelto.
En el centro del pueblo hallaron la casa del
cacique. Había sido construida en torno a un árbol de enormes dimensiones. Los
españoles habían aprendido que, entre los cuevas, esto se consideraba un signo
de distinción. Al que tenía un árbol como columna maestra de su casa,
reverencia. Ese tío mandaba mucho y a los españoles les gustaba estar a bien
con los que mandaban. De hecho, el plan que, en ese momento, Balboa estaba
poniendo en marcha tenía mucho que ver con esto. Necesitaban mantener la
alianza con Ponca. Les parecía lo más inteligente.
— ¿Cómo nos repartimos? —preguntó el capitán
Albítez.
—Dispersándonos —respondió Balboa. La pregunta
estaba de más y la respuesta también. Siempre que tomaban un poblado desierto,
y no era la primera vez ni la segunda, actuaban de idéntica forma. Los
conquistadores jamás innovaban: si algo les había funcionado una vez no existía
motivo alguno para variar de plan. No obstante, les gustaba oírse, así que
Balboa continuó—: En grupos de diez o doce compañeros. Repartíos por las casas
sin dejaros abandonada ninguna parte del pueblo. Quiero que los porteadores sientan
nuestra presencia y nuestra presión. Ni a buenas, ni a malas.
O sea, como siempre.
Capítulo 3
Creyeron hallar la pista de la ciudad de oro
9 de septiembre de 1513, viernes
Había cinco mil indios ocultos en la jungla y ahora
debían internarse en ella y buscarlos. No a todos, claro, sino al rey. Es lo
que tiene el indio: que si atrapas al cacique, los atrapas a todos. Les
adviertes de que, en adelante, pocas tonterías, de que si no obedecen de
inmediato, a su amado monarca se lo comen los perros, y ellos ni rechistan.
Comienzan a salir de la selva y lo hacen de forma pacífica y ordenada. Un
espectáculo digno de ser visto.
Los españoles, para rato. Atención, que ellos se
llamaban, entre sí, compañeros, pero la denominación se les quedaba corta. Más
que compañeros, en aquel grupo de hombres eran hermanos. Dicho sea esto sin la
menor intención de exagerar. Fuera de Santa María, los antigüeños eran uña y
carne. Lo eran, pero de ahí a entregarse solo porque el enemigo hubiera
capturado a su capitán… Lo pensaban y no les cabía en la cabeza. Si en un
suponer, los más intrépidos çabras de Ponca se hubieran lanzado, en una gesta desesperada,
sobre su propio poblado ahora evacuado y hubieran atrapado a Balboa, este no
habría exigido otra cosa de su gente que el infierno desencadenado. Matadlos a
todos, gritaría Balboa mientras los çabras lo arrastraban hacia la espesura. Él
mismo, una bestia hercúlea que les sacaba dos palmos de altura a la mayoría de
los indios, les habría echado una mano aunque fuera a dentelladas. Al gran tibá
rubio se lo temía en muchas leguas de selva a la redonda y el motivo era
precisamente este: que jamás, nunca, en ninguna ocasión, se daba por vencido.
Sois cinco mil y nosotros noventa, pero, para el caso, como si fuerais
cincuenta mil, hijos de mala madre. Os vamos a matar a todos. No se trataba de
baladronadas huecas y, como los indios lo sabían, se tentaban el caracolillo en
el que se enfundaban el pene antes de atárselo con un cordel a la cintura.
No nos desviemos de lo importante. Balboa dio la
orden de que, después de una noche de merecido y reparador descanso, todo
hombre en disposición de hacerlo se lanzara a la selva y comenzara a buscar al
cacique de Ponca, que, como era uso y costumbre, se llamaba Ponca. ¿Para qué
pensar dos veces si puedes hacerlo solo una? La lógica española se aparecía
aplastante y en ella confiaban ciegamente. Que no suene a broma porque no lo
es: tenían tantas cosas que descubrir y ante las que maravillarse que humanamente
no les daba tiempo a comprenderlo todo, conocerlo todo, nombrarlo todo. Tiraban
hacia delante y listo. Cruzaban los dedos y resumían las expectativas. Hemos
venido a lo que hemos venido y que nadie nos aparte de nuestro propósito
inicial: oro, gloria y algo más de oro.
Por segunda vez, no nos desviemos de lo importante.
Balboa dio la orden de comenzar a buscar al rey de la comarca, así que eso
hicieron. Balboa, el primero, pues no conocían otro modo de actuar. Se recolocó
la espada para que no le molestara al caminar, le dio un silbido a un compañero
llamado Juan Ferrol y ambos abandonaron el claro donde se ubicaba el pueblo y
se encaminaron, con paso tranquilo, hacia la jungla. El resto los imitó.
Se repartían en parejas y su cometido declarado era
uno, y los reales, dos. Buscaban a Ponca. Querían al cacique porque necesitaban
que les facilitara una información de la que no disponían. Careta les había
asegurado que todo recto, pero Careta se había quedado en Careta y ahora solo
contaban con Jerónimo y el resto de guías. Muy predispuestos y muy serviciales
todos, pero careteños hasta el último de los tatuajes. Si algo habían aprendido
los españoles desde que, por primera vez, pusieran pie en el Darién era a
confiar y a desconfiar el mismo tiempo. Confiaban en lo que los indios les
relataban, vaya que sí, desde luego, faltaría más, pero porque no les quedaba
más remedio. ¿A quién podían preguntar si no era a los indios? Bastante trabajo
les había llevado conseguir que no les soltaran un macanazo a la primera de
cambio y se atuvieran a razones. Los indios, por lo tanto, les narraban
historias. Pero no siempre sonaban a verdad, lo cual llevaba a los españoles a
poner en continuo entredicho las informaciones que recibían. En el pasado, se
habían topado con auténticos mentirosos a los que habían molido a palos para
que el ejemplo cundiera y, en la próxima, se lo pensaran dos veces. Ni por
esas: los indios les mentían y su labor, agotadora, consistía en averiguar
cuándo lo hacían y cuándo no. Un trabajo exasperante.
Pero junto a la tarea de hallar a Ponca, se
encontraba la no declarada de evitar que los indios llegados desde Careta
mataran a Ponca. A él o cualquier ponqueño con el que se toparan en su camino.
Y se los toparían, y en menos de lo que canta un gallo, porque una cosa es
reconocer que la facultad de los indios para ocultarse en la jungla era de las
de quitarse el casco y saludar, y otra, bien distinta, pensar que cinco mil
indios agazapados en media legua a la redonda fueran a pasar completamente
desapercibidos. Los localizarían y suponía labor para los españoles que no se
aprovecharan las circunstancias y el que ahora no mira nadie para solventar
viejas rencillas entre los de Careta y los de Ponca. Los conquistadores, cada
uno de ellos nacido en la vieja madre patria, sabían qué era tenérsela jurada
durante generaciones y generaciones. El rencor es tan consustancial al carácter
español como comer a las tres de la tarde. Con esto en el bagaje de cada
hombre, no hubo a quien no se le desencajara la mandíbula cuando comprendió la
capacidad para el resentimiento que tenían los indios cueva. Estos tíos se la
guardaban los unos a los otros no durante generaciones, sino más allá.
Careteños y ponqueños se odiaban a muerte hasta que los españoles pusieron paz
repartiendo leña en ambos lados, pero se odiaban porque sí, como modo de vida,
sin ser capaces de entender la existencia sin una rivalidad enfermiza y hasta
contraproducente a los intereses de todos.
De manera que Balboa hizo un gesto con el dedo
índice de la mano derecha antes de ponerse a caminar en dirección a la jungla y
el resto comprendió rápido: ojito, no vaya a ser que estos cabrones nos la
líen. Debían buscar a Ponca evitando, al tiempo, que los cientos de indios de
un lado la emprendieran con los miles de indios del otro. O al revés.
* * * *
Lo cual no tardó en suceder, como bien se temían.
Baracaldo patrullaba junto a Camacho. Esa norma no escrita del Darién gracias a
la cual nada sucedía exactamente de una forma aunque tampoco de la contraria se
cumplía con ellos dos: avanzaban en soledad abriéndose paso en el follaje y, al
tiempo, sabían que no se encontraban solos, que los compañeros, a los que no
podían ver ni oír pues el ruido propio de la selva los enterraba, no se
hallaban lejos. Podrían, en un momento dado, haber gritado y ese grito haberse
escuchado a cuatro leguas de allí. Podrían, un instante después, dar ese mismo
grito y no haber conseguido que la pareja de compañeros que rastreaba a
cuarenta pasos de distancia les oyera. La jungla era imprevisible y, además,
tenía vida propia más allá de los seres que la habitaban. Te lo contaban cuando
llegabas al Darién y creías que estabas siendo objeto de la típica broma que se
gasta a los novatos, pero no: la selva tenía vida propia y no lo ocultaba.
—Eh, ahí… —dijo Camacho. Sentía brazos de hierba
arbórea acariciándole los hombros. Cuando, por la noche, se quitaban el yelmo y
la armadura para descansar, caían tantas hojas y tantas ramas de sus interiores
que ni necesitaban buscar más para prepararse la cama.
— ¿Qué pasa? —preguntó Baracaldo. Ambos compañeros
llevaban las espadas envainadas y empuñaban sendos machetes para desbrozar el
terreno por el que progresar. El machete, más corto y de un único filo,
permitía que el trabajo del hombre se acompasara de forma natural con su brazo.
Si intentaban hacer lo mismo con las espadas, caían agotados y presos de
calambres en menos de media hora.
—Delante de nosotros —respondió Camacho. Se había
detenido para escuchar con más atención. Siempre lo hacían: tu propio rumor te
acompaña y es mayor de lo que sospechas, de manera que más te vale detenerte y
prestar atención—. Hay tres indios.
—No los veo.
—En la dirección en la que avanzamos.
—Joder, no los veo…
—A diez pasos.
—No los…
Se detuvo porque, entonces, los vio. Los
distinguió, convendría decir, pues al indio se lo adivinaba más que cualquier
otra cosa.
Como Camacho había señalado, los indios se
encontraban a muy corta distancia. No movían ni el pecho para respirar.
Parecían ser capaces de aguantar la respiración hasta los umbrales de la muerte
solo para, así, evitar ser descubiertos. Sin embargo, el agazapamiento que
practicaban tenía mucho de peculiar, pues no era tal, no se encogían, no se
acurrucaban, no se doblaban sobre sí mismos como habría hecho cualquier español
con dos dedos de frente. Qué va, los cuevas seguían la estrategia del tronco
del árbol: permanecían erguidos, silenciosos y con los ojos bien abiertos.
Puede que esto último no parezca muy propio de los árboles, y puede que así sea
en la inmensa mayoría de los bosques del mundo, pero el Darién, también en este
aspecto, es diferente.
— ¿Son de Careta o de Ponca? —preguntó Baracaldo.
—Para mí, que de Ponca —respondió Camacho. Se
hablaban en susurros, como si cupiera la posibilidad de que, primero, los
indios en cuestión no los hubieran descubierto y, segundo, que, además,
entendieran perfectamente el castellano en el que se comunicaban los dos
españoles.
— ¿Cómo lo sabes?
—Tan quietos… No sé, de Careta no son.
—Sí, es verdad que los careteños son más movidos…
—Aunque tampoco pondría la mano en el fuego… Total,
todos son cuevas, ¿no?
—Sí, hasta la médula.
—Entonces, no sé…
Baracaldo no dio réplica y los dos compañeros
permanecieron en silencio durante un rato. Los indios frente a ellos los
miraban y ellos les devolvían la mirada. Nadie se movía. El calor y la humedad
eran tan intensos que tanto los españoles como los indios habían comenzado a
resplandecer. El efecto parece extraño, pero resulta muy común entre hombres
que se hallan empapados casi por completo: los rayos de sol se filtran a través
de las copas de los árboles y se reflejan en ellos. Parecían faros encendidos
en mitad de la noche.
Camacho dio un par de machetazos hacia el frente y
cortó algunas ramas, pero sin intención de avanzar. Los indios, que ya ni
pestañeaban, tenían anormalmente abiertos los ojos. O eso les pareció a los dos
españoles, quienes comenzaban a ponerse un poco nerviosos. A nadie le hace
gracia que lo observen con tanta fijeza. Aunque, como era el caso, sin mostrar
hostilidad alguna. Pero incomoda, por Dios que incomoda.
— ¿Qué hacemos? —preguntó la voz gruesa de
Baracaldo.
No hicieron nada porque, de pronto, otros
decidieron por ellos. La selva estaba llena de gente y, por un momento, lo
habían olvidado. Error grave del que se dieron cuenta de inmediato. No se lo
contarían a Balboa porque una cosa era ser hermanos y otra tener que confesar
hasta el más nimio de los pecadillos.
Seis indios careteños surgieron, a la velocidad del
rayo, de la espesura y se lanzaron a por los ponqueños. Ellos también los
habían descubierto e hicieron lo único que se puede hacer cuando te topas con
tres cabrones serranos de la miserable Ponca: irte a por ellos con todo y
rajarles el pescuezo a la mayor gloria de tu rey.
— ¡Mierda! —exclamó Camacho mientras, ahora sí,
comenzaba a machetear la maleza para, de este modo, abrirse paso hacia el lugar
donde, en cuestión de instantes, los cuevas de un lado y los del otro se iban a
partir los huesos.
De pronto, se oyó un disparo. No, uno no, dos. Pero
tan seguidos que, debido a esa manía que tiene la selva de envolver y arromar
los sonidos, parecieron uno. De los seis indios que se encontraban en el aire,
un par cayó fulminado. Los hombres que habían soltado los escopetazos habían
tenido suerte. Porque al indio en el aire lo matas más por fortuna que por
puntería si te encuentras a más de quince pasos de distancia. Y puesto que ni
Baracaldo ni Camacho veían todavía a los compañeros que habían abierto fuego,
cerca, lo que se dice cerca, no estaban.
Vaya. Pero quedaban cuatro y los cuatro cayeron
como jaguares sobre los ponqueños resplandecientes. Los cuales, viendo lo que
se les venía encima, cambiaron, en un santiamén, de plan y pasaron de la más
impávida de las quietudes a la rapidez extrema.
Cuatro de Careta contra tres de Ponca. Unos, los
que se hallaban en el aire, esgrimían macanas de filo de madera y los otros,
los hombres que hasta hace nada se habían hecho pasar por troncos de árbol, a
mano desnuda. De inmediato, los españoles se pusieron de su lado. Baracaldo y
Camacho, abriéndose paso entre la maleza, ya habían decidido bando y solo
esperaban que les diera tiempo a llegar.
Y no porque los de Ponca les cayeran especialmente
bien y tuvieran con ellos una relación de fraternidad por la que estaban
dispuestos a dar la vida. Los ponqueños les importaban un comino. Si a
Baracaldo y a Camacho, desbrozándose ambos una senda en la mitad de la jungla
para auxiliar a tres completos desconocidos, les hubieran preguntado, a los
indios de Ponca les podría sobrevenir la muerte hundiéndose en arenas movedizas
y a ellos ni se les habría despeinado el flequillo. Pero si morían, morían con ellos
las posibilidades de localizar al cacique. Balboa había sido explícito en ese
sentido y conocían la estrategia a seguir: a Ponca le dorarían la píldora para
que, así, les diera la información que ellos necesitaban.
No les dio tiempo a llegar. Aunque sí a quienes
habían disparado a recargar e intentarlo de nuevo. Ahora los disparos se
sucedieron más dispersos y, mientras el primero se perdió en las ramas de uno
de los árboles más cercanos, el segundo rozó la parte alta del yelmo de
Baracaldo y hasta le descascarilló un poco el brillo.
—Me cago en… —comenzó a decir el compañero mientras
se quitaba el casco para comprobar el estropicio.
— ¡No te he dado! —gritó alguien desde la espesura.
Así que espabila y sigue con lo que estábamos, quiso añadir, pero no lo hizo,
puede que porque quien hablaba también estaba haciendo lo imposible para llegar
al lugar donde la pelea entre ponqueños y careteños ya había dado comienzo.
— ¿Capitán Albítez? —preguntó, no obstante,
Baracaldo. Sentía un pitido en los oídos, porque un plomazo en todo el yelmo no
te mata, ni siquiera te hiere, pero resuena en ti como si tuvieras la cabeza
dentro de una campana cuando el cura tañe el badajo.
— ¡Sigue, hostias! —gritó el capitán Albítez.
—Joder, tío, casi me matas…
— ¡No exageres!
Las escopetas que manejaban los españoles eran
armas fiables, aunque no precisas. Tú, cuando apretabas el disparador, siempre
sabías que la bala saldría por la boca del cañón, aunque nunca en qué
dirección. Que en el primer intento hubieran abatido a dos de los careteños que
se lanzaban sobre los de Ponca había sido más un golpe de buena suerte que
cualquier otra cosa. También, todo sea dicho, la tradición dicta lo que dicta
y, en esto los españoles creían a pie juntillas, el primer disparo de cualquier
expedición acierta de pleno en su objetivo. De ahí que se lo pensaran mucho
antes de abrir fuego: porque sabiendo que el primero acierta sin duda, mejor
guardarlo para una ocasión que lo mereciera. Lo cual los llevaba a cavilar que
quizás el capitán Albítez se hubiera precipitado, que quizás podría haber
guardado aquellos dos plomazos para cuando los españoles estuvieran en peligro
o en una situación semejante… En fin, ese ya es otro tema. Se podría discutir
tan largamente como se quisiera, y en esto los españoles eran auténticos
expertos, pero la decisión de un capitán no se replica. Ergo listo.
Albítez venía acompañado de Crespo, Gutiérrez y
Malpartida. Crespo y el capitán eran los que empuñaban las escopetas y los
otros dos, sendos machetes para abrirse paso. Tenían todo tan cerca y, al
tiempo, tan lejos, que hasta el más templado terminaba desesperándose.
Mientras tanto, los indios habían comenzado a
luchar. La ventaja de los careteños no estaba tanto en el número, cuatro contra
tres, pues los dos que habían recibido los balazos ni se movían, como en el
hecho de que eran ellos quienes llevaban la iniciativa. Quien da primero, da
dos veces, qué gran verdad. Dieron, de esta forma, primero, y a uno de los de
Ponca le soltaron tal macanazo en el cuello que casi lo decapitan. Los
ponqueños restantes también sufrieron heridas, aunque no mortales, y les dio
tiempo a responder a la agresión. Con uñas y dientes, porque los tipos se
habían largado a la selva pero, al parecer, con lo puesto. Un error de cálculo
que pagarían muy caro. Si hay españoles cerca, de los que no debes fiarte por
eso mismo, porque son españoles, y hay careteños a su lado, a los que odias y
que te odian desde que el mundo es mundo, ¿a santo de qué andar por la jungla
con las manos desnudas?
Por suerte para los de Ponca, los españoles,
exhaustos por el esfuerzo, consiguieron alcanzar la posición donde los indios
luchaban y, con los propios machetes, comenzaron a desbrozar careteños. Sin
miramientos, pues a estos, aunque vinieran en su partida y los contaran como de
los suyos, ya los daban por perdidos. Les cortaron los brazos, les rajaron el
cuello y la sangre brotó a borbotones de las venas abiertas, los abatieron con
tanta pericia y paciencia que algunos españoles aceptaron encajar unos cuantos
golpes de macana para así sorprender al contendiente con el brazo bajo.
Conocían cómo hacerlo: el indio se viene hacia ti como un poseso y tú dejas que
la macana te golpee en el pecho; la armadura, en el peor de los casos, sufre
una abolladura, pero el tajo no se produce, al indio lo has obligado a bajar la
guardia y ahora es tu turno.
— ¿Careta no dirá algo? —preguntó Malpartida cuando
la batalla, intensa pero muy breve, hubo finalizado.
El resultado final se acercaba mucho al desastre
completo. De los seis careteños que habían iniciado el ataque, no quedaba
ninguno con vida. A esos se refería Malpartida, ya que a los seis los habían
matado los españoles. Por una buena causa, pero ellos. En cuanto a los
ponqueños, uno había muerto de un golpe de macana careteña, otro continuaba con
vida pero le quedaban dos hálitos y el tercero muy probablemente sobreviviría.
Lo llamaron Joaquín.
* * * *
Un rato después, un nutrido grupo de españoles se
había reunido en torno al campo de batalla. Albítez dio las explicaciones
oportunas a Balboa y lo hizo en voz alta y clara: el resto de compañeros
también tenía derecho a escuchar la narración. Entre ellos, se ocultaban muchos
asuntos, pero siempre concernientes a las riquezas que cada cual atesoraba. En
lo restante, en lo que concernía al día a día, apenas había secretos. Habría
sido una estupidez mantenerlos.
—Salieron de la nada, capitán —explicó Camacho.
—Qué hijoputas… —replicó el capitán Albítez.
Durante unos momentos, nadie dijo nada. Miraban a
los muertos y a los heridos y se rascaban las barbas. Albítez había considerado
más que suficientes las explicaciones del compañero. Si habían salido de la
nada, pues habían salido de la nada. ¿Qué otra cosa podrían haber hecho ellos?
A Dios daban gracias por no haber sufrido ninguna baja española.
— ¿Qué hacemos con los dos heridos? —preguntó, al
cabo de un rato, Gutiérrez.
—Yo los llevaría al pueblo… —aventuró Malpartida,
aunque, en cuanto lo dijo, se arrepintió: siguiendo la costumbre de no pensar
nada que no fuera estrictamente preciso, Albítez podría haber respondido que
perfecto, que adelante, que se echara a uno sobre cada hombro y que él mismo se
encargara.
Por suerte, el que más grave se hallaba murió en
ese preciso instante.
— ¿Qué diablos…? —comenzó a decir Camacho. De todos
los españoles, era el que más cercano se hallaba a los cuerpos. La jungla los
obligaba a situarse no donde querían, sino donde podían. De esta forma, Albítez
y los tres compañeros que habían llegado con él se habían detenido a unos cinco
pasos del lugar donde yacían los indios. A Baracaldo, Camacho lo tenía más
cerca, a unos dos pasos, y el resto de los que se aproximaban se detenía a
diez, doce y hasta veinte pasos.
— ¿Qué sucede? —preguntó Albítez. Su pregunta, sin
quererlo, fue formulada al tiempo que la selva lanzaba uno de sus aullidos.
Pájaros que chillan, serpientes que se deslizan, ramas que se quiebran,
animaluchos que corren raudos entre el follaje y a los que nunca da tiempo a
atisbar con calma. Albítez frunció el ceño, aguardó un poco y repitió la
pregunta—: ¿Qué sucede?
—Los ponqueños, capitán —respondió Camacho.
—Sí, qué les pasa.
—Que son amarillos.
— ¿Amarillos?
—Amarillos, capitán.
—No puedo verlos desde aquí, Camacho.
—Pues vente, capitán. Veníos todos.
El amarillo era el color preferido de los
españoles, así que todos, sin excepción, fueron. De la inactividad, pasaron al
frenetismo en un soplo. Desbrozaban selva a velocidad de vértigo, y es que el
color amarillo hacía que la fuerza del brazo de un hombre se multiplicara por
diez.
Cuando estuvieron frente a los cuerpos, entre
Gutiérrez, Crespo y dos o tres más, retiraron a los careteños porque ellos, se
advertía a simple vista, mostraban el color habitual en un indio: algo tostado,
a veces hasta cetrino, como el tono de algunos compañeros andaluces a los que
maldita la gracia que les hacía la comparación.
Y resplandecían. Llevaban resplandeciendo desde el
momento en el que los advirtieron por primera vez y ahora, incluso los dos que
habían pasado a mejor vida, continuaban haciéndolo.
—No parece pintura… —aseguró Camacho, quien,
mientras el resto se aproximaba, se había agachado y les había pasado el dedo
por la piel a los indios. El que continuaba vivo le dijo algo en una jerga que
Camacho, por mucho que se empeñó y mucha atención que puso, no logró
comprender.
—Tiene que ser pintura —soltó Malpartida.
—Que no, tío, que lo he comprobado y no es pintura.
Camacho, a modo de prueba incontestable, levantó el
dedo índice de su mano izquierda y mostró la yema a todos los presentes. Estaba
sucia tras más de una semana sin lavarse, pero sin rastro alguno del color
amarillo.
—Entonces, solo queda una explicación —resumió el
capitán Albítez lo que hasta el último de los compañeros pensaba.
—Exacto —dijo Camacho, porque aquello caía por su
propio peso.
—Lo hemos encontrado —añadió Crespo.
—Qué puta suerte hemos tenido —sonrió Baracaldo
mientras se le iluminaba la mirada. A la primera, en mitad de la diana.
—El Dorado —expresó, por fin, el capitán Albítez.
* * * *
Mandaron llamar a Balboa y este, que patrullaba en
el otro extremo de la selva junto a Ferrol, se apresuró a ir para contemplar,
con sus propios ojos, el hallazgo. Allí, hasta el menos avispado era veterano
en la jungla y, por lo tanto, sabía cómo actuar cuando se hacía preciso
transmitir mensajes entre hombres con mucha maleza y mucha espesura entre unos
y otros. En el Darién no existía un solo sendero, por más que los españoles
llamaran de esta forma a algunas rutas que lograban, con gran esfuerzo, abrir.
Las abrían, sí, pero la vegetación las recuperaba en cuestión de cuatro o cinco
días. Tenías tu senda bien desbrozadita, la desatendías durante una semana
porque otros asuntos te reclamaban en otra parte y, al regresar, tu duro
trabajo se había esfumado por completo: ni rastro del sendero y, allá donde tú
sabías que debía estar, no aparecía sino una frondosidad de las que cualquiera
diría que precisa de un lustro para desarrollarse.
Se pasaban los mensajes de boca en boca. Los
compañeros ponían en práctica una dispersión más o menos homogénea y habían
aprendido a cubrir bien el terreno. Si sufrían cualquier percance, y en la
jungla darienita los percances estaban al orden del día, siempre tenían a un
compañero en las inmediaciones. Así llegó la noticia hasta Balboa, aunque, como
solía pasar, corregida y aumentada. El hombre que le dijo a Balboa que se diera
prisa, que lo aguardaban a unos quinientos pasos de allí, aseguró que acababan de
dar con la ciudad de las columnas de oro. Balboa escuchó en silencio, abrió
mucho los ojos y no pidió que se lo repitieran. Según sus cálculos, El Dorado,
esa ciudad mágica de la que un par de años atrás le hablara un cacique cueva
llamado Panquiaco, debía de hallarse mucho más al sur. Sin embargo, hacia el
sur caminaban y las distancias, lo había comprobado sobradamente y en numerosas
ocasiones, no significaban lo mismo para los indios que para los españoles.
Si se trataba de un hecho cierto, empezaban
bordándolo.
— ¿Dónde están las columnas de oro? —preguntó
Balboa una vez que hubo alcanzado la posición del resto. Mientras hablaba,
escudriñaba más allá de las cabezas de los compañeros. Por primera vez en
muchísimo tiempo, sintió un cosquilleo en las tripas. Balboa no era de los que
se ponía fácilmente nervioso, pero lo de ahora, si era verdad…
No lo era. Nadie le dio respuesta a la pregunta
formulada y se limitaron a permanecer allí, con los machetes en la mano, varios
cadáveres en el suelo y un indio lamentándose en un idioma ininteligible.
— ¿Qué columnas, capitán? —preguntó Albítez.
—Las columnas de El Dorado —dijo Balboa.
—Bueno, aún no hemos llegado a eso…
Baracaldo, que, junto a Camacho, había sido el
primero en descubrir a los indios que resplandecían amarillentos, se vio en la
obligación de intervenir para, así, ofrecer una explicación a Balboa.
—Estamos en el buen camino, capitán, pero todavía
hay que recorrerlo.
Balboa torció el gesto y se pasó la mano por la
barba. Como el resto de compañeros, sudaba a chorros.
— ¿Qué tal está? —se interesó refiriéndose al
ponqueño herido.
—Vivito —respondió Malpartida.
—Eso ya lo veo. ¿Pero se muere o creéis que lo
podremos interrogar?
Los compañeros, todos al unísono, giraron la cabeza
hacia el indio malherido y tendido en el suelo. Pareciera que, hasta que Balboa
no lo había mencionado, ninguno había tenido conciencia de su existencia. Ante
cualquier contrariedad, los españoles disimulaban. Esa era siempre la principal
estrategia. Y es que discutir los ponía a sudar aún más, de manera que, así las
cosas, si se podían ahorrar una agarrada, se la ahorraban.
—Sí, lo podremos interrogar —dijo Baracaldo.
—Pues venga, nos lo llevamos al poblado —ordenó
Balboa.
— ¿Qué hacemos con los muertos? —preguntó
Gutiérrez.
— ¿Y qué quieres que hagamos con ellos? —le
preguntó Balboa.
—No sé, si a mí me da igual…
—Pues como a los demás. Andando, no vaya a ser que
el cabrón se nos vaya antes de contarnos algo.
Se decidió que la mitad de los españoles
permaneciera en la jungla para continuar buscando al cacique Ponca. Eso, y
asegurarse de que los careteños que los auxiliaban en dicha tarea no la liaran
parda si volvían a toparse con un nuevo grupo de ponqueños. Balboa insistió en
ello hasta la saciedad: necesitamos que, en la selva, las cosas estén
tranquilas; buscáis al puto Ponca y me lo traéis, pero con una sonrisa en los
labios.
Al indio herido, se lo cargó Baracaldo al hombro.
El indio protestó un poco y Baracaldo también lo hizo. Al parecer, el ponqueño
dorado, como resultado del tropiezo con los careteños, tenía una herida abierta
en un costado. De allí, manaba sangre. No en abundancia, pero sí la suficiente
como para que a Baracaldo le supusiera un inconveniente.
Le dijeron que lo que en verdad pretendía era que
al indio lo acarreara otro y él juró por la memoria de su santa madre que no se
trataba de eso. No le prestaron mucha más atención y el propio Baracaldo
terminó por cerrar el pico y caminar en silencio.
Una vez en el poblado, se dirigieron a la casa del
cacique, la levantada en torno a un gran árbol. Por decisión de Balboa tras
consultarlo con los capitanes Albítez, Olano y Pizarro, allí habían situado su
cuartel general. En el interior de la vivienda, el padre Vera había pasado la
noche junto a Andrés de Valderrábano, el escribiente al que Balboa le había
encomendado la tarea de llevar el diario de la expedición. Tenía que anotar
cada movimiento, hasta el más nimio detalle. Balboa se hallaba verdaderamente
obsesionado con dejarlo todo por escrito. Debido a este motivo, Valderrábano,
que se sabía exento de realizar cualquier tarea cotidiana para que pudiera
centrarse en lo suyo, interrogaba de continuo a los compañeros que salían de
internada. Acababan un poco hartos de él, pero ninguno decía nada pues sabían
que lo mandaba Balboa.
—Pues sí que es amarillo —resumió Muñoz el sentir
general. Habían dejado al indio malherido sobre la mesa que Valderrábano
utilizaba para trabajar y que él mismo se había tenido que construir la noche
anterior, pues, como era más que obvio, los indios cueva desconocían cualquier
noción de mobiliario elemental y todo lo resolvían con unas cuantas hamacas.
Que eran comodísimas para dormir, pero no para sentarse a ordenar las notas
tomadas a vuelapluma durante la jornada. En fin, que Baracaldo lo lanzó sobre la
mesa sin cuidado alguno por los papeles de Valderrábano y este, con razón,
protestó. Balboa amonestó con la mirada a Baracaldo, Baracaldo se encogió de
hombros y ahí quedó la cosa.
—Traeros a un perro —ordenó Balboa.
Normalmente, los españoles pedían las cosas por las
buenas. Ellos se tenían por gente de carácter generoso, poco predispuesta a la
guerra, hasta pacífica, si se quiere. El problema surgía cuando la otra parte
no colaboraba a la primera y de buen grado. Ahí, se imponían otros métodos más
expeditivos.
Con el perro podían hacer casi de todo. Si a Balboa
y a sus hombres se les hubiera preguntado cuál era el animal más útil de entre
todos los que habían traído desde el otro lado del océano Atlántico, la mayoría
respondería que, sin duda, los alanos. Un caballo está bien. Te da prestancia,
te ofrece una indiscutible ventaja cuando hay que batallar y, como bien sabían
ellos, constituía una buena fuente de alimento si los tiempos venían doblados.
Sin embargo, el Darién era una selva virgen, de
manera que los caballos, siendo útiles, no marcaban, de forma clara, las
diferencias. En cambio, una buena traílla de alanos locos sí lo hacía. Nada
causaba más pavor a los bravísimos indios cueva que un alano con las fauces
abiertas a medio palmo de su rostro. Ellos, los indios, también tenían perros,
pero se trataba de unos perros de pacotilla, los cuales, en muchos casos, ni
siquiera sabían ladrar. Los españoles, cuando entraban en un poblado local, acostumbraban
a patearlos y lanzarlos por los aires. Les divertía hacerlo, les parecía una
magnífica ocurrencia. Ni siquiera se les pasó por la cabeza que los dueños de
los animalillos fueran a tomárselo a mal. ¿Por qué? Si no sabes divertirte,
¿qué diablos haces aquí?
Trajeron, por lo tanto, a un perro. Los tenían
siempre con hambre atrasada, porque así hacían mejor su trabajo.
— ¿Pero estamos seguros de que no es pintura?
—preguntó, antes de comenzar el interrogatorio, un compañero que respondía al
cadencioso nombre de Bernardino de Cienfuegos. Cienfuegos, un tipo pequeñito y
con la voz algo aflautada, se movía siempre en la vanguardia de la columna de
ataque y no dudaba en situar su coraza entre los compañeros y el enemigo cuando
este atacaba. Tenía la mano ágil, movía rápido la espada y su fama de tacaño
era legendaria entre los antigüeños. No es que el resto fuera especialmente
desprendido, pues allí se estaba para hacer fortuna, pero Cienfuegos no
acostumbraba a poner la media lágrima de oro que se estilaba cuando un
compañero la palmaba y dejaba familia en alguna parte. Con todo, unos días más
tarde mataría un puma con sus propias manos. No muchos podrían afirmar lo
mismo.
—No, no es pintura —respondió Jaén, quien, cuando
habían traído al herido, se había marchado en búsqueda de una piedra de cantos
áridos para después restregársela contra la piel al desdichado. Le arrancó
varias tiras a la primera de cambio y quedó claro que, si era pintura, lo era
de una calidad que ellos jamás habían observado.
—Porque oro tampoco parece… —sembró la duda
Cienfuegos. Lo mismo se interponía entre tú y el enemigo que entre la certeza y
la esperanza.
Siendo honestos, tanto a este ponqueño como a los
otros dos que habían dejado tiesos en la selva, la piel les brillaba amarilla.
De eso no cabía duda. Tendrían que haber estado ciegos para no verlo. De ahí
que todos, sin excepción, pensaran que los indios, siguiendo una costumbre que
los españoles nunca habían observado ni nadie les había narrado pero en la que
ellos creían más que en el Nuevo Testamento, se habrían cubierto el cuerpo con
polvo de oro. ¿Sonaba sensato? Bueno, aquello era el Darién y la sensatez,
allí, caminaba por vericuetos propios.
—Venga, acercadle el perro y dejaos de hostias
—cortó, por lo sano, el capitán Albítez.
Dentro de la casa del cacique de Ponca no habría
menos de cuarenta compañeros, el cura, el escribiente y los capitanes
incluidos. El alano puso las patas sobre la mesa y olisqueó al indio. Mostraba
un carácter tranquilo, propio de la raza. El indio giró la cabeza, sintió el
aliento del animal y abrió muchísimo los ojos. Los españoles que observaban
supieron que se trataba de la reacción correcta y decidieron preguntar antes de
pasar a mayores.
—Dinos dónde está la ciudad de oro y el perro te
dejará en paz —le dijo Albítez. Por norma, los capitanes no se ocupaban del
trabajo con los perros, pero la posibilidad de hallarse frente a un hombre que
conocía la ubicación exacta de El Dorado lo cambiaba todo—. ¿No? ¿No quieres
contárnoslo?
El indio sangraba abundantemente. No solo ya por la
herida que había traído del campo de batalla, sino por las que Jaén le había
producido al rascarle la piel con una piedra para averiguar si la pintura se
borraba o no.
Los compañeros guardaron silencio durante un rato.
Puede que no fueran los tipos más refinados del mundo, pero no se les escapaba
que el indio solo entendía el idioma de los cuevas y ellos, el sencillo y
cálido castellano de los españoles. No obstante, confiaban en que la
comunicación fluyera siempre más allá de las dificultades inmediatas. De
acuerdo, puede que el indio no entendiera la literalidad de lo que el capitán
Albítez acababa de decir, pero ¿acaso sería capaz de sustraerse al tono, al
meollo, al intríngulis? Se hallaban interrogándolo, por Dios… ¿Sobre qué otro
asunto podrían estar preguntándole los españoles? Salvo que el ponqueño fuera
retrasado, solo cabía una posibilidad, pues solo una era de interés para los
tipos de las barbas largas y las corazas brillantes: confesadnos dónde está el
puñetero oro ¡y confesádnoslo ya!
Dicho lo cual, el indio se meó encima y comenzó a
sollozar. Los españoles se llevaron las manos a la cabeza y el capitán Albítez
le indicó a Ferrol que le azuzara el perro, que él no se veía con ganas. Daba,
es verdad, pereza pasarte media vida sonsacando a los indios. ¿Tanto les
costaba contestar a la primera?
Ferrol se inclinó sobre el alano y le silbó muy
suavemente al oído. El animal, de inmediato, cambió de actitud y, tras mostrar
los dientes, comenzó a gruñir. Un gruñido limpio, grave, hasta melodioso si se
quiere. Hubo españoles en el interior de aquella casa en mitad de la jungla
darienita que experimentaron un estremecimiento. O miedo, o pavor, o espanto,
si es que no queremos andarnos por las ramas e ir al grano. Bastaba ese gruñido
leve y sostenido del perro de presa español. Cada músculo de su fenomenal
cuello tensado. Reconocieron, en silencio, mas lo hicieron, que había una
belleza muy grande en aquel momento de especial emoción. Hasta Valderrábano
escribió que allí se podía sentir, sólida y consistente, la presencia del
Señor. Si Él les trazaba un camino, no podía ser otro distinto al que estaban
siguiendo.
—Dinos dónde está la ciudad de oro —repitió
Albítez.
El ponqueño dijo algo, a saber qué, y Albítez no se
lo pensó más. Con la punta del dedo índice, acarició la parte alta del cráneo
del alano. Este interpretó el gesto: a por él, muchacho. Y eso hizo. Ladró una
sola vez, un ladrido que retumbó en los techos altos de la casa y hasta provocó
eco, y, acto seguido, abrió las fauces, se impulsó hacia delante y atrapó el
rostro del indio.
—Se llama Joaquín —observó Díaz. Se encontraba en
la primera fila de los hombres que miraban.
— ¿El perro? —preguntó el capitán Albítez.
—No, el indio —respondió Díaz—. Alguien le puso ese
nombre hace un rato.
—Ah, pues podíais haberlo dicho antes.
—A mí se me había olvidado.
— ¿Joaquín?
—Joaquín.
—Yo tengo un tío en Salamanca que se llama Joaquín.
No lo veo desde hace, por lo menos, veinte años.
—A lo mejor ya se ha muerto.
—Era joven. El hermano pequeño de mi madre, ¿sabes?
No muy listo, pero parecía sano la última vez que lo vi.
—Ojalá que le haya ido bien.
—Sí, ojalá.
Volvieron la atención hacia el Joaquín ponqueño,
quien, sobre la mesa, se debatía entre estertores. El perro le había apresado
el rostro con su boca y le había clavado los dientes en ambas mejillas, desde
los pómulos hasta la base de la mandíbula.
El alano le impedía respirar. Le causaba daño,
desde luego que lo hacía, pero nada del otro mundo. Lo angustioso para el indio
se resumía en lo siguiente: algo violento, extraño y terrorífico, algo con lo
que es imposible establecer comunicación, algo que existe pero que tú en
absoluto controlas, la ha tomado contigo. Puede matarte. No solo puede, sino
que lo está haciendo. No es rápido, ni es lento. Simplemente, es. Se ha
adherido a ti, te ha apresado y tú, ahora, solo puedes patalear.
— ¿Dónde está la ciudad de oro, Joaquín? —preguntó,
una vez más, el capitán Albítez. Sin levantar la voz, sin que el pulso se le
alterara. A ninguno de los compañeros allí presentes le sucedía. Consideraban
que los indios se conducían con declarada testarudez solo para molestar a los
españoles. En serio, todo esto se lo podían estar ahorrando. Pues no. Había que
soltarles un perro y, muchas veces, ni aun así.
Joaquín se estaba quedando sin aire. Las fauces del
perro obstruían su boca y su nariz, y solo podía limitarse a agitar los brazos
y las piernas. A Burán, que no anduvo vivo, le soltó una patada en pleno pecho.
Con el pie desnudo y sin más consecuencias que el recochineo del resto de
compañeros. Burán no se lo tomó a mal. Cuando estás de entrada, no resta
demasiado tiempo para la risa y la confraternización, de manera que si una
tontería como aquella servía para divertirse un poco, bienvenida era.
—Suéltalo, capitán, a ver si nos dice algo —sugirió
Cienfuegos.
Albítez miró al compañero, se lo pensó un poco y
decidió que probarían.
—Valeeeee… —dijo mientras agarraba al alano por el
cuello y tiraba de él. El perro, en un principio, se negó a soltar a su presa,
pero, ante la insistencia del capitán, abrió la boca y se retiró hacia atrás.
Los compañeros más cercanos lo llamaron, lo obligaron a que se sentara en el
suelo y lo acariciaron con afecto. Tenía sangre resbalándole entre los dientes.
El indio Joaquín, que podría haber pasado por mucho
desde el día en el que había nacido, aunque en nada comparable a la experiencia
de hoy, respiró hondamente una y otra vez. Tendido boca arriba sobre la mesa,
con las manos y las piernas abiertas, su pecho subía y bajaba mientras
intentaba recuperar el resuello. El perro le había causado grandes desgarrones
en el rostro, sobre todo en las partes blandas de las mejillas y un poco en el
mentón. Allí, los dientes del animal habían tocado hueso y se habían clavado en
él. Podrían ofrecerse muchas definiciones de qué es el terror en estado puro,
pero ninguna superaría a la simple exposición del semblante de aquel pobre
diablo en aquel preciso instante.
Balboa había permanecido en silencio durante todo
el proceso. Se hallaba situado cerca de la mesa, aunque no en primera fila. Le
gustaba ser uno más y cultivaba esta faceta siempre que tenía ocasión. De
hecho, lo era. Lo era en el sentido más amplio que la expresión logre adquirir:
sin los demás compañeros, Balboa quedaba reducido a la nada más insignificante.
Todos eran individualistas hasta extremos insospechados, pero todos, al tiempo,
reconocían que nada bueno podría sucederles sin la concurrencia del resto de
compañeros. Se necesitaban tanto en la selva que un capitán era un tío que
tomaba las decisiones y nada más. No existían privilegios especiales para
ellos. Ninguno para ninguno.
Por eso, cuando Balboa tomó la palabra, lo hizo
como capitán, porque lo era, como hombre al mando de la expedición, pues así
estaba decidido que fuera, pero sin más derecho a ser escuchado que cualquier
otro hombre allí presente.
—Yo creo —dijo—, que este no nos va a decir nada.
Lo veo amarillo, lo veo tan amarillo como lo veis vosotros, pero, o no sabe
dónde está la ciudad de oro, o no encuentra la manera de contárnoslo.
—Podemos continuar con el perro… —aventuró Albítez.
—Míralo. Está hecho polvo. Si no lo cosemos pronto,
este se nos muere.
Albítez lo miró como si no comprendiera a qué se
estaba refiriendo.
—Joder, tío —añadió Balboa—. A este cabrón lo han
tatuado con polvo de oro. Estoy tan seguro de ello como de que hoy es viernes.
— ¿Hoy es viernes? —preguntó un compañero de los
del fondo. Y todos se giraron hacia el lugar donde se sentaba Valderrábano.
—Es viernes —confirmó el escribiente sin levantar
la vista de sus papeles.
— ¿Qué propones, capitán? —preguntó Cienfuegos.
—De momento, curar a Joaquín —respondió, raudo,
Balboa—. Nos puede ser útil y el esfuerzo apenas lo notaremos.
—Pero no nos ha dicho nada.
—Y quizás no lo haga.
— ¿Entonces a santo de qué…?
—Paciencia, Cienfuegos, paciencia… Si con los
indios no tenemos paciencia, lo echaremos todo a perder. Hay que ir más
despacio.
Tras las palabras de Balboa, nadie quiso añadir
nada. Y como quien callaba otorgaba, quedó claro que, en adelante, se ceñirían
a lo expresado por el capitán. Irían más despacio. Con los indios, al parecer,
no quedaba más remedio. La lentitud exasperaba a muchos compañeros, pero
confiaban en Balboa. Si El Dorado se hallaba cerca, lo encontrarían siguiendo
todas las pistas. Y otro tanto con el mar del Sur. El cacique Ponca les debía
unas cuantas indicaciones para no perderse en mitad de aquella inmensa jungla.
Los caminos hacia un lugar y hacia el otro puede que divergieran, pero ya se
las arreglarían. Estaban a por gloria y riqueza, y que se hallaran en
direcciones opuestas no les detendría.
Además, no sería así. La suerte no siempre les
sonreía; sin embargo, tampoco les daba la espalda. Creían fervientemente en que
se la podía domesticar a base de esfuerzo, tesón y feroces perros locos.
* * * *
Un compañero que se llamaba Cristóbal de Robledo
sabía coser, así que lo dejaron con Joaquín y el resto se volvió a la selva.
Robledo protestó enérgicamente. Él cosía, claro que cosía. En tres años, no
habría cosido a menos de cien vecinos antigüeños. Pero ¿a un indio? ¿Desde
cuándo se cosía a los indios? El padre Vera lo tomó de un hombro y comenzó a
explicarle algo acerca de la caridad cristiana, pero, para entonces, a Robledo
ya se le había subido la sangre a la cabeza y no escuchaba a nadie.
Total, que se largaron y lo dejaron allá, con un
indio medio muerto tendido sobre una mesa. Una mesa que Valderrábano quería
recuperar cuanto antes, así que apremió a Robledo. Venga, espabila, y
terminemos rápido con esto. Al final, tú vas a hacer tu parte y yo tengo que
hacer la mía. No nos sulfuremos porque eso no nos lleva a nada.
Robledo cosió a Joaquín no sin antes rascarle, con
la uña, un trocito de piel. Efectivamente, debía tratarse de un tatuaje
realizado con polvo de oro. El cabrón, tras el ataque de los careteños y el
posterior interrogatorio al que lo habían sometido los compañeros, continuaba
resplandeciendo. ¿Cómo lo haría? Qué misterio.
La selva, por las tardes, era otra selva distinta.
Di tú que no, pero sí. ¿Acaso no hay animales que duermen por el día y cazan
por la noche? ¿U otros que hibernan? ¿Algunos capaces de respirar bajo el agua?
Pues la selva también tiene sus manías, sus costumbres, el hábito cogido. Y,
con el avance y, sobre todo, la caída de la tarde, su presencia se afianzaba.
No es que, por supuesto, en las horas anteriores,
uno no se diera cuenta de que la tenía ahí, rodeándolo. Desde luego que no.
Sería imposible. La presencia de la selva virgen era tan impresionante que
jamás podrían olvidarla. No obstante, te acostumbrabas a su existencia. Los
compañeros, sin ir más lejos, tras una larga jornada adentrándose en ella para
buscar a los ponqueños huidos, terminaron por no prestarle demasiada atención.
La selva, entonces, se lo tomó como un desaire, despertó y les hizo saber que
continuaba allí. Que solo de ella dependía que siguieran con vida. Que acopiaba
un poder para cuya descripción aún no existían palabras.
No realizó actos sorprendentes. No derribó grandes
árboles, ni les cortó el paso con torrentes embravecidos. Tampoco abrió grietas
en el suelo o permitió que la vegetación adquiriera velocidades y movimientos
que le eran impropios.
Fue el olor. El olor, que se tornó levemente más
ocre, más húmedo, más intenso. Había, sobre sus cabezas, toda una sinfonía de
sonidos que acompañaba el lento avance de los compañeros. Olía a lo que suelen
oler las selvas: a hojarasca podrida, a agua quieta, a animales aleteando
siempre más cerca de lo que querríamos. Y luego, sin previo aviso, ese olor se
intensificó. Los compañeros, que para entonces ya habían dado con unos cuantos
ponqueños, todos ellos de color normal, y a los que habían enviado de regreso
al poblado, detuvieron su avance y levantaron los ojos hacia las copas de los
árboles. Allí, entre las plantas trepadoras, cientos de pares de ojos los
observaban. No de forma agresiva, pues se trataba de loros, quizás de monos,
puede que de alguna serpiente y de veinte o treinta especies de insectos,
ninguno menor al tamaño de un fruto maduro. No de forma agresiva, aunque sí
inquietante. Los compañeros dejaron de machetear y más de uno se llevó la mano
a la empuñadura de la espada. Después, lo dejó estar, pues comprendió que el
peso de la jungla encogía el alma, mas no atacaba.
Experimentaron hambre y sed. Balboa les había dicho
que, en cuanto dejaran de verse con claridad las puntas de los pies, dieran
media vuelta y regresaran al pueblo. Sin embargo, ninguno bajó la mirada y
prefirió mantenerla en las alturas. Comenzó a llover. Lo supieron porque hasta
ellos llegaba el golpeteo de las gotas de agua contra la parte exterior de la
cúpula arbórea.
No encontraban el modo de bajar las miradas y
continuar con lo suyo.
Capítulo 4
Ignoraron que tan cerca de ellos se urdía un plan
10 de septiembre de 1513, sábado
La selva, con todo, no trataba igual a unos y a
otros. La selva estaba viva y consideraba que los que la recorrían arriba y
abajo no eran sino hombrecillos en sus tripas, aire en el vientre, el
cosquilleo que brota en las piernas cuando estas se te quedan dormidas. La
selva, que a nadie se le olvide nunca, comprendía, mejor que nadie, qué sucedía
en ella.
El cacique Ponca se hallaba, junto a su corte,
escondido en un recóndito extremo de la jungla. Veinte çabras armados,
cincuenta hombres preparados para la guerra y la familia real: la esposa
principal, las cinco secundarias y sus veintidós vástagos. Ponca, que ni
siquiera se llamaba Ponca, tenía el rostro crispado por la preocupación. Había,
y hay, pocas cosas que puedan alterar el pulso de un rey como Dios manda. Entre
ellas, que te veas obligado a evacuar a tu propio pueblo, que la gente sobre la
que gobiernas se halle desperdigada por la jungla, que te hayan obligado a
sentir humillación.
Ponca, que ni siquiera se llamaba Ponca, sino
Tslë-Oj, cuya enunciación completa debía de ser Oh Gran Rey Tslë-Oj-Qumdatzeh,
se encontraba preocupado porque ya llevaban dos noches pernoctando en la selva.
La selva los acogía, pues los reconocía, y se comportaba de forma amable con
ellos, pero no sería así para siempre. Todo el mundo tiene un familiar lejano
al que, en un momento dado y ante dificultades sobrevenidas, has de atender.
Sin embargo, existe un límite para eso. Lo sabes tú y convendría que tu familiar
lejano lo supiera también.
Tslë-Oj, el rey que saludó a los españoles y al
que, desde entonces, estos lo llamaban Hola, cerró los ojos mientras la lluvia
resbalaba por su piel. Habían construido refugios con hojas y en ellos se vivía
con cierta comodidad, pero la situación debía cambiar. Se estaban quedando sin
alimentos y apenas podían cazar, pues ello los habría descubierto. Demasiados
españoles en el bosque. Demasiados careteños hijos de la gran puta. Esta se la
guardaban para cuando los españoles se largaran. Porque ese día llegaría tarde
o temprano. Se trataba de una panda de desgraciados incapaces de alimentarse
por sí mismos. Únicamente les interesaba el oro. Bien, pues lo tendrían,
tendrían tanto oro como pudieran cargar sobre sus espaldas. Y, después, se
subirían a sus naves y zarparían hacia el levante. Hasta sentían cierta lástima
por aquellas gentes que tuvieran, en el futuro, la mala suerte de
encontrárselos…
—Propongo que los ataquemos mientras se hallen en
la selva —dijo un çabra joven y vigoroso que respondía al nombre de Tzcat-La.
Como todos los cuevas varones, escondía su pene en un caracolillo de oro y esa
constituía toda su vestimenta. Un cordelito para sujetárselo a la cintura y
listo. Las mujeres, por su parte, caminaban desnudas. O no exactamente: el
vestido de la mujer cueva se construía en la mente de los que miraban y basaba
su presencia en la absoluta inexistencia de vello corporal. De esta forma, cuanto
menos vello luciera una mujer, más elegante vestida se la consideraba por sus
iguales. No había mujer cueva recién depilada de los pies a la cabeza que no
recibiera un piropo bien dicho. A su marido no siempre le sentaba bien y a
veces aquello terminaba en tangana, pero una mujer fetén lo es aquí y en la
China más remota.
—Sellé la paz con los españoles —repuso Tslë-Oj. El
consejo del rey se reunía bajo la lluvia, la cual determinaba la cadencia de
cada frase: si arreciaba, los hombres guardaban silencio; si parecía que daba
tregua, ellos aprovechaban para decir lo que tenían que decirse. Eran invitados
en aquel lugar, de modo que no se habrían atrevido a quejarse. Bastante hacía
la selva con acogerlos.
—Pero, Oh Gran Rey Tslë-Oj-Qumdatzeh, los españoles
nos prometieron que no volverían a molestarnos si dejábamos en paz a nuestros
vecinos. Nosotros hemos cumplido.
Tslë-Oj, quien, como todos los miembros de su
consejo, tenía grandes franjas de piel tatuadas en un tono amarillo que
resplandecía bajo la lluvia, miró a Tzcat-La. Sí, era cierto que los españoles
les habían dado su palabra tiempo atrás. No más guerra. No más, tras la que
habían librado y de la que tan malparados salieron. ¿Acaso había otro motivo
para encontrarse ahora en mitad de la selva? ¿Él, su consejo y los cinco mil
súbditos que constituían su reino? Tslë-Oj se sentía abatido. No esperaba que
los españoles fueran a regresar. Creyó en aquella palabra dada. Balboa, el gran
tibá rubio con quien llegó al acuerdo tiempo atrás, le pareció un hombre de los
de fiar. ¿Qué hacían, por lo tanto, de regreso? Fueran cuales fuesen sus
intenciones, él había preferido ordenar la evacuación del poblado. Sabía que
había çabras conspirando en la sombra contra él, guerreros poderosos entre su
propia gente que no dudarían en utilizar este momento de debilidad en beneficio
propio. ¿Llegarían hasta el final e intentarían derrocarlo? Que lo intentaran.
Él era Oh Gran Rey Tslë-Oj-Qumdatzeh. Todavía contaba con un puñado de çabras
fieles que darían la vida por él. No, este no era el momento para pensar en
eso.
—No podremos aguantar por más tiempo en la selva
—dijo un çabra llamado Tsläc-La. Tslë-Oj lo tenía por amigo. Se conocían desde
niños, habían compartido vida y experiencias. Una hija de Tsläc-La estaba
casada con uno de sus hijos y tenían nietos en común. La palabra de Tsläc-La,
por lo tanto, importaba.
—Tampoco podemos regresar —expresó Tslë-Oj—. No es
prudente.
— ¡Esta situación nos humilla! —exclamó Tzcat-La,
el çabra joven e impetuoso. Tslë-Oj y Tsläc-La lo miraron y Tzcat-La sintió la
reprobación. Levantó la mirada hacia las copas de los árboles y dejó que la
lluvia le empapara el rostro. Habían observado que los españoles, cuando
querían mostrar sumisión, realizaban el gesto contrario: agachaban el rostro y
fijaban la vista en la tierra. ¿En la tierra? ¿Insultaban a la tierra mirándola
directamente para así manifestar acatamiento? Malditos salvajes tarados. Ojalá
nunca los hubieran conocido. Ojalá se murieran todos de una maldita vez.
—Han hecho prisionero a Ttzí-Ah —informó, entonces,
un guerrero llamado Tzcü-La. Junto a un grupo de media docena de hombres, se
había pasado la noche espiando el poblado donde los españoles dormían a pierna
suelta. Su poblado. Cuando se acercaron demasiado, uno de los perros ladró y un
español acudió a ver. Al parecer, ya habían comenzado a beberse su vino, pues
el tipo dio un vistazo rápido a la espesura y, a continuación, se sacó el pene
y orinó. Tzcü-La y los suyos se escondían a menos de diez pasos de distancia.
El español ni notó su presencia. Dirían que se encontraba algo bebido.
— ¿Sabéis algo de él? —preguntó Tslë-Oj.
—Sabemos que está vivo y que los españoles le
estuvieron haciendo preguntas.
— ¿Contó algo?
—Creemos que no, Oh Gran Rey Tslë-Oj-Qumdatzeh. Si
lo hubiera hecho, si les hubiera confesado nuestra posición, ya los tendríamos
encima.
—Bien por Ttzí-Ah. Cuando esto acabe, festejaremos
su valentía.
— ¿Y cuándo acabará? —intervino el impetuoso
Tzcat-La.
— ¡Basta! —terció un anciano llamado Ttzot-Ah. Era
viejo al modo en el que se era allí: sus tatuajes se habían arrugado, pero,
bajo la piel, los músculos aún respondían fibrosos y fuertes. Lo que había
perdido en impulso lo había ganado en templanza. Tslë-Oj siempre obligaba a que
al menos un hombre como Ttzot-Ah avanzara con las compañías de guerreros. Los
jóvenes creen que lo saben todo, pero siempre acaban metiendo la pata y
comprometiéndose ante el enemigo—. ¡Escuchemos a Oh Gran Rey Tslë-Oj-Qumdatzeh!
¡Solo él puede decirnos qué hacer! ¿O es que alguien piensa lo contrario?
Se trataba de un aviso para los rebeldes. Vamos,
adelante. Si alguien tenía algo que objetar, estaban en el momento y lugar
adecuados. Tslë-Oj oiría los reproches, no le quedaría más remedio que hacerlo
si un çabra de la categoría de Ttzot-Ah defendía la posibilidad.
Tslë-Oj se mantuvo impertérrito en mitad de la
lluvia. Dejó que pasara el tiempo, que el día avanzara. A lo lejos, oyeron cómo
alguien gritaba algo en la selva. Dos españoles hablaban entre sí a gritos. Se
hallarían a trescientos pasos de allí. Puede que alguno más. En la lluvia, los
cálculos resultan siempre un poco más imprecisos. Con todo, nadie se inquietó:
la distancia era suficiente como para continuar sintiéndose seguros. Además, en
torno al lugar donde se reunía el consejo había un buen número de guerreros
jóvenes. Vendrían a advertirles si los españoles se aproximaban demasiado.
—Nadie aquí piensa lo contrario, Ttzot-Ah —rompió
el silencio Tsläc-La—. Yo, y conmigo todos mis hijos, haré lo que Tslë-Oj
ordene. Es lo mejor para todos.
— ¿Tzcat-La? —preguntó directamente Ttzot-Ah. El
viejo se dirigía al joven. Al joven maldita la gracia que le hacía que el viejo
lo interpelara. Le obligaba a decidirse.
Tslë-Oj y el resto de los miembros del consejo
volvieron el rostro hacia Tzcat-La. Este apretaba los puños mientras buscaba la
respuesta adecuada. Si por él fuera…
—Tzcat-La está al lado de Oh Gran Rey
Tslë-Oj-Qumdatzeh —intervino, entonces, Tsoc-La. Tsoc-La era el padre de
Tzcat-La y, hasta ahora, se había mantenido en silencio. Confiaba en que su
muchacho se comportara como se esperaba de él, pero parecía que ello quedaría
para otra ocasión… Un çabra siempre está al lado de su rey en momentos de
incertidumbre. Y Tzcat-La había titubeado, lo cual avergonzó a Tsoc-La. Ya
hablarían después padre e hijo. En privado, como se solucionan estas cosas. A
un rey se le corta la cabeza o se lo obedece ciegamente. No caben puntos
intermedios. Resultaría de mal gusto, deshonroso, impropio de una familia noble
que llevaba siéndolo mil generaciones.
Tslë-Oj sintió el peso de ser Oh Gran Rey
Tslë-Oj-Qumdatzeh. En ocasiones, pensaba que habría sido más sencillo nacer
como un simple çabra. Gozaban de enormes privilegios desde el mismo día en el
que nacían, jamás se veían obligados a trabajar y solo, de cuando en cuando,
tenían que mostrar su valor en el campo de batalla. Una vida regalada. En
cambio, el rey lo era siempre y eso lo agotaba. De niño rio una vez y se le
advirtió de que aquello no estaba entre lo esperable en él. Apretó los labios y
hasta hoy.
—Espero que Balboa se atenga a la promesa que nos
hizo —dijo procurando que su palabra sonara recia y sensata—. Aunque en el
pasado fuimos enemigos, hoy ya no lo somos. He ordenado abandonar nuestras
casas por una simple cuestión de precaución. No me fío, eso es todo. Debo
proteger a mi pueblo, todos los aquí presentes deben hacerlo. Es nuestro deber.
Por ello, guiémonos con cautela.
Sus palabras quedaron suspendidas en la lluvia y
nadie respondió durante un largo rato. Era lo correcto cuando el rey había
expresado su opinión. Después, con la mirada en las copas de los árboles en
señal de respeto y sumisión, Tsläc-La tomó la palabra.
—Nos conocemos desde el mismo día en el que
nuestras madres nos trajeron al mundo —dijo—. Y, en este tiempo, fuiste nieto e
hijo de reyes antes de convertirte, por derecho propio, en rey. Considero que
gobiernas con temple y sabiduría, que reflexionas cada decisión y que solo
buscas el bien de nuestro pueblo. Mi familia te apoyará siempre. Tus
decisiones, por lo tanto, nos obligan. Un único ruego te hago llegar, Oh Gran
Rey Tslë-Oj-Qumdatzeh.
Tslë-Oj pronunció su propio nombre en alto, lo cual
significaba que Tsläc-La, su entrañable amigo Tsläc-La, podía bajar la cabeza y
mirarle a los ojos.
—Si los españoles faltan a su promesa y nos atacan
de frente —continuó hablando Tsläc-La—, responderemos con toda nuestra fuerza.
Somos muchos más que ellos y hemos aprendido. Sabemos luchar, conocemos sus
puntos débiles, y la selva, esta vez, peleará junto a nosotros. Este es nuestro
hogar.
Dijo la última frase refiriéndose, sobre todo, a la
lluvia. De hecho, había extendido los brazos y tenía las palmas de las manos
vueltas hacia arriba para que las gotas chocaran en ellas.
Tslë-Oj miró a Tsläc-La y asintió.
Capítulo 5
Conspiraron contra ellos al abrigo de la noche
13 de septiembre de 1513, martes
Aun no había amanecido, aunque las primeras luces
del alba ya apuntaban. Es el momento en el que la selva se tranquiliza, se
amansa, permanece en paz consigo misma. Tenían un nombre para designar este
instante, pero Tslë-Oj, amodorrado tras una noche en calma, no fue capaz de
recordarlo.
Después, todo comenzó a suceder muy deprisa. El rey
escuchó pasos, respiraciones y cómo lo asían por los brazos. Una mano, la gran
manaza de Baracaldo, le cruzó la cara de parte a parte y sin miramiento alguno.
—Esto, por tenernos cuatro días en la puta selva
buscándote como locos —dijo. Su inmenso corpachón se inclinaba sobre el rey y
le impedía cualquier movimiento.
— ¿Es Ponca? —preguntó, muy cerca, Robledo.
—Desde luego que lo es. El puto Ponca en persona
—respondió Baracaldo.
—No le sacudas más. Recuerda lo que ha dicho el
capitán.
—Que se lo llevemos entero. Sí, lo sé. Yo también
lo escuché.
—Pues le acabas de soltar un sopapo de aúpa.
—Me he resbalado.
—Ah, de acuerdo.
Los dos compañeros se observaban en la penumbra.
Poco a poco, la luz del nuevo día comenzaba a colarse entre las copas de los
árboles y a iluminar el campamento donde la corte del rey Ponca se había
ocultado desde que evacuaran el poblado.
— ¿Cómo va el resto? —preguntó Baracaldo.
Robledo y él habían avanzado en vanguardia de la
columna. Cuando el capitán Albítez solicitó voluntarios, Baracaldo aseguró que
él iba. Robledo dijo que él también, aunque, en realidad, había entendido que
quién se volvía. Al pueblo, supuso. A descansar. Y, de la forma más tonta, se
vio inmerso en la misión de caza y captura más peligrosa de toda su vida. Al
menos, el resto de compañeros lo felicitó. No era Robledo, nunca lo había sido,
un hombre que diera un paso al frente antes que los demás. Tampoco era un
cobarde, por supuesto. Simplemente, se consideraba del montón. De los que
cuando hay que ir, se va, sin protestar, pero tampoco encantado de la vida.
Llevaba, como el resto, sus largos tres años en el Darién. En este tiempo,
había conservado la vida, se había puesto enfermo siete veces, había pasado
tanto hambre como los demás y, eso sí, disponía de su buen montoncito de oro.
Cuando todo esto acabara, planeaba regresar a casa con la fortuna hecha y la
gloria conquistada. Si hoy los guerreros ponqueños no lo mataban, claro. Qué
triste sería morir por error… Por haber creído escuchar una cosa, tratarse en
realidad de la contraria y no haber tenido cuajo para reconocerlo y dar un
prudente paso atrás.
—Creo… —comenzó a contestar. Vacilaba un poco.
Puede que Baracaldo, en una como esta, se sintiera como pez en el agua, pero él
no—. Creo que los tienen controlados.
—Espero que así sea —expresó Baracaldo. Se había
incorporado un poco y tenía una mano sobre el pecho de Ponca. Tú quieto, le
había susurrado al oído. El indio no sabía demasiado castellano, pero a
Baracaldo se le entendía de maravilla—. No quiero que estos mamones nos la
jueguen.
Habían encontrado el escondite de Ponca el día
anterior. Mitad golpe de suerte, mitad una insistencia firme y tenaz. El típico
estilo español. Nada que no vinieran haciendo desde el primer día que pisaron
el Darién. O, para el caso, las Américas. Siempre parecía que todo iba a irse
al traste y, al final, nada de eso sucedía. O, por expresarlo de una forma más
ajustada a la realidad: siempre estaba todo yéndose al traste cuando, a saber
por qué, entre tanta cabezonería surgía un rayo de luz. Cada compañero le tenía
devoción a una virgen, a este o el otro santo y, todos, al unísono, al
Grandísimo en las Alturas. ¿Quién, si no, podría apretar, y apretar, y apretar,
aunque nunca ahogar? Baracaldo llevaba un crucifijo de madera al cuello y lo
tomó para acercárselo a los labios y besarlo. Ellos, que poseían más oro que el
resto de las Indias junto, se aferraban a sus sencillas cruces de madera porque
eran con las que habían partido desde casa. Opinaban que cambiarlas ahora por
ricos crucifijos de oro y piedras preciosas les traería mala suerte. Y es que
cuando estás conquistando el Darién, crees en Dios y también en cualquier
superstición mundana. De aquí y de allá, lo importante es continuar respirando.
Con Ponca localizado, se avisó a Balboa, quien, en
persona, acudió al lugar y observó tumbado entre la maleza. No echó un vistazo
rápido: observó al modo en el que Balboa y los compañeros lo hacían.
Durante horas. En silencio. Sin pestañear.
Cualquier otro capitán habría entrado en el
campamento del cacique, lo habría arrasado y después le habría sacado a hostias
la precisa información que necesitaban. Balboa, que no había desdeñado tal
estrategia en el pasado, llegó al convencimiento de que el Darién no era un
expolio, sino una inversión. Ten, pues, contentos a los lugareños. Que se fíen
de ti, que colaboren, que se consideren tus aliados. Cuesta Dios y ayuda
lograrlo, pero, a la larga, resulta mucho mejor.
Tras observarlos muy detenidamente, se envió a
varios compañeros para avisar de que se retiraran las partidas que exploraban
en otros extremos de la selva. Los necesitaban aquí. Los necesitarían, de
hecho, al amanecer del día siguiente. Los capitanes Olano y Pizarro se
mostraron partidarios de no esperar, de golpear como martillos sin aguardar a
nada. Por ello, la operación la estaba dirigiendo el capitán Albítez. Balboa
los obligó a dar un paso atrás con una sonrisa en los labios. No se trataba de
nada personal. A fin de cuentas, el botín se repartía a partes iguales. Olano y
Pizarro podrían estar tranquilos a este respecto. Sin embargo, debían aprender
los ritmos de la selva y de los indios que la habitaban. Tan sencillo como eso.
Albítez repartió al grueso de los hombres en un
círculo amplio en torno al campamento de los ponqueños. Se pasaron allí toda la
santa noche, a oscuras, sin moverse ni para ir a orinar. Con el primer rayo del
alba, el primerísimo, un grupo formado por Baracaldo, Robledo, Malpartida y un
tío que se llamaba Juan Martínez, uno que una vez dijo que era asturiano y
luego ya no volvió a abrir el pico en años. De esos compañeros callados y con
cierto aire taciturno. De esos cabrones que, cuando estás de entrada, van
siempre en vanguardia. Ni siquiera creían que fuera asturiano. No había motivo
para dudarlo, pero ¿por qué habría de haberlo para creerlo?
Atacaron muy deprisa y sabiendo exactamente dónde
dormía Ponca. El plan, el de siempre: ir a por el que manda, atraparlo y
aguardar a que el resto se rinda. Que la estrategia suene de medio pelo no
significa que no la pusieran, de continuo, en práctica y que siempre, sin
excepción, funcionara. Agarraban al jefe y a sus guerreros se les quedaba cara
de pasmados. Como si no se lo hubieran esperado. ¡Que llevaban tres años
haciéndoselo! Pues, nada, los indios no aprendían. Y, a Dios, gracias.
— ¿Cómo va eso? —insistió, impaciente, Baracaldo.
Él se encontraba en el interior del refugio donde Ponca dormía junto a una de
sus esposas. De la esposa se encargó Robledo. Cuando invadieron el escondite,
Baracaldo se fue a por el cacique mientras Robledo tiraba de los tobillos de la
mujer para sacarla de la tiendita construida con cuatro palos y unas pocas
hojas. La pobre se llevó un susto de muerte, el mismo que el propio Ponca,
dicho sea de paso, y salió huyendo en cuanto Robledo la soltó. Las mujeres no
les preocupaban. Creían que, en el Darién, ninguna empuñaría las armas contra
un español. No transcurrirían demasiados días antes de comprender hasta qué
punto estaban equivocados.
—Creo que bien… —titubeó Robledo, que trataba de
ver en la ligera luz de la mañana.
— ¿No te parece que están tardando demasiado?
—preguntó Baracaldo. Ponca, bajo su manaza, respiraba lo justo, como si no
quisiera importunar al animal de la descomunal barba—. Si estropean a alguno,
Balboa nos mata…
—Espero que no… —respondió Robledo sin tenerlas
todas consigo.
—Mira que deteriorados no nos sirven para nada.
Golpes, los justos. Para contener y listo. Y uno de propina —dijo Baracaldo
volviendo la mirada hacia Ponca. No hacía ni tres minutos que lo había
despertado de un fenomenal soplamocos, de forma que tampoco podía dar
lecciones. Mientras esperaban noticias de los demás, sonrió al cacique. A
Baracaldo, le faltaban, al menos, cinco dientes. El cacique, por su parte, no
le devolvió la sonrisa. Si lo hubiera hecho, Baracaldo habría descubierto que
su dentadura no era, tampoco, de las de andar exhibiendo por ahí. Quien más,
quien menos, aquí todos estaban a una década de las sopas y las tortillitas de
dos huevos.
— ¿Qué tal? —preguntó una voz desde el exterior.
Sonaba relajada, lo cual, a su vez, serenó a Baracaldo.
—Todo en orden —explicó Robledo.
— ¿Malpartida?
— ¿Baracaldo?
—Hostias, Malpartida, ¿acabáis de una santa vez? Me
va a dar un calambre en una pierna.
—No jodas, Baracaldo. Llevamos toda la puta noche
tumbados sobre el follaje. ¿Te vas a quejar por cinco minutillos de nada?
—Es que me estoy meando, tío.
—Tranquilo, ya terminamos. Acaban de llegar los
compañeros que cubrían el perímetro del refugio. Olano les ha dicho que
teníamos al puto Ponca y se han rendido de inmediato.
— ¿Y Olano cómo lo sabía?
—No lo sabía. Pero los çabras tampoco y, por si las
moscas, han depuesto las armas. Se han llevado un par de hostias, pero más
porque estábamos a ello que por otra cosa.
—Que no los deterioréis…
—No, descuida. Han sido hostias con la palma
abierta.
—Ah, bueno, entonces me callo.
—Venga, tío, si quieres entro yo un rato en el
refugio y te doy el relevo hasta que lleguen los capitanes.
—No, gracias, ya me quedo yo.
— ¿No te estabas meando?
—Me saco aquí mismo la polla, descuida. Es que no
querría que el puto Ponca se nos escurriese por hacer el idiota entre nosotros.
Balboa nos cuelga…
—Pues sí.
—Date una vuelta y avisa de que ya lo tenemos.
Robledo, quédate conmigo, haz el favor.
Había más de cincuenta españoles en un radio de
veinte pasos. La selva, ese trocito exacto de la selva, constituía, sin duda,
una parte de la nueva España americana. Conquista asegurada. Ningún ponqueño
decía esta boca es mía. Permanecían en silencio y a la expectativa. No era la
primera vez que se enfrentaban a los españoles y sospechaban que sus únicas
opciones de salir con vida de aquella pasaban por no mostrar animosidad.
Ninguno sabía que Balboa había ordenado una operación limpia, sin más heridos ni
muertos de los estrictamente necesarios para capturar a Ponca. Si lo hubieran
sabido, quizás se habrían ido hacia delante, habrían presentado batalla… Algo.
Los atraparon mientras roncaban y aquella derrota sería de esas que todo el
mundo entierra tras un muro de silencio. ¿Os acordáis de aquel día en el que
los españoles nos pillaron con el culo al aire? Joder, no se salvaron ni los
vigías que teníamos apostados haciendo la guardia. Seguro que se habían quedado
dormidos. ¿Que quiénes eran? Oh, pues la flor y nata de nuestra nobleza çabra.
Estaba el bravo Tzcat-La y el gallardo Tzcü-La. Algunos tíos más de su misma
estirpe. Entrenados desde la cuna para la defensa del reino. Exentos de
cualquier otro trabajo que no fuera el arte de las armas. Dormían con las
mujeres más espectaculares de la nación. Qué existencia, qué existencia. Solo
se les exigía, a cambio, que garantizaran la seguridad del resto. Solo eso.
Tampoco es demasiado, ¿no?
A Tzcat-La, Ferrol y Gallego lo derribaron por
detrás y le dieron tal somanta que probablemente los dolores le durarían un
mes. Balboa podría haber insistido en que la operación fuese limpia, pero que
viniera él en mitad de la noche y se agazapara en la espesura durante horas y
horas. Amigo. ¿Dónde estaba Balboa? De regreso en el poblado, durmiendo bajo
techo y con los huesos secos. En la selva, cuando llega la hora de la verdad,
te has medio olvidado de las instrucciones iniciales y actúas como tu propio instinto
te dicta. Bastante hicieron con no rajarle el cuello, que habría sido lo
correcto y lo adecuado.
Tzcü-La solo se llevó un golpe. Muñoz tenía un palo
enorme y se lo partió al çabra en mitad de la cabeza. Muy poco sutil, aunque
tremendamente eficaz. ¿Por qué jugársela en un cuerpo a cuerpo como habían
hecho Ferrol y Gallego? Un garrotazo es España. Un golpe directo y sin
florituras es España. La victoria, conseguida del modo que sea, es, en suma, la
victoria. Y España.
Con el escondite de los ponqueños completamente
sometido al control de los compañeros, el capitán Albítez dio la voz que todos
aguardaban.
— ¡Son nuestros!
Baracaldo, todavía tendido sobre Ponca para impedir
que se le escurriera, no se aguantaba por más tiempo, de manera que se bajó un
poco los pantalones y orinó sobre un costado del orgulloso cacique.
—Lo siento, tío —le dijo—. Ya no podía más.
* * * *
Balboa, por mucho que sus hombres pensaran que
había dormido a pierna suelta, no pegó ojo en toda la noche. Sabía que los
compañeros, a pesar de que él les advirtiera en sentido contrario, acabarían
por soltar la mano con Ponca y los suyos. Más o menos, pero lo harían. Los
comprendía demasiado bien. Al final, si tienes a un español recorriendo, de
arriba abajo, la selva, solo para encontrar a un tipo, cuando lo encuentras no
se puede pretender que simplemente se le salude con una palmadita en el hombro.
¡Ponca, qué tal, tío! ¡Llevamos cuatro putos días mojándonos el culo para
buscarte! ¿Dónde andabas, truhan? ¿Escondidito por ahí? Bueno, pues nada, ¿te
vienes con nosotros? A Balboa, recuerdas al bueno de Balboa, ¿verdad?, sí, el
gigantón del pelo rubio, claro, aquel hijoputa que os crujió, ¿cuánto hará?,
¿un año ya?, joder, cómo pasa el tiempo… Lo dicho, que a Balboa le gustaría
hacerte unas preguntillas, amigo Ponca. Vente, que te indicamos el camino. Sí,
todo recto.
Balboa conocía a sus compañeros porque no eran
compañeros sino hermanos. Y, porque los conocía, sabía que habría unos cuantos
golpes. En el mejor de los casos, nada que superara los cuatro o cinco
mamporros, pero bien dados, a conciencia, por los disgustos. De hecho,
comprendía que lo hicieran. Él mismo, si hubiera estado en su lugar, lo habría
hecho. Pim, pam, y yo me llamo Miguel.
Sin embargo, la estrategia de Balboa transcurría
por otros derroteros. Sutiles, llámalos. Inteligentes, reflexionados,
recorridos con la pausa necesaria que logra que, más pronto que tarde, el indio
coma de tu mano. Si los aplastaban como a mosquitos, y podrían hacerlo sin
dudar, no sacarían nada de los indios. Y ellos, allí, estaban para sacar.
Que a nadie le cupiera duda, maldita sea. Por eso,
les advirtió con el gesto crispado. Ni un puto muerto, ¿entendido? Si hay que
zumbar a alguno para reducirlo, se hace. Pero siempre empleando la menor fuerza
posible.
A algunos compañeros, aquellas palabras del capitán
resultaron poco menos que escandalosas. ¿Cómo que no podemos castigar a los
indios? ¿Desde cuándo? Pero si Balboa en persona ha sacudido a más indios que
el resto de nosotros juntos… ¿A santo de qué este cambio? ¿Nos hemos vuelto
locos o qué? ¿Habrá bebido, Balboa, agua en mal estado? ¿Le habrán subido las
fiebres?
Nada de eso. Balboa pensaba despacio. ¡Pues claro
que les podrían sacar la información a hostias! Bien, y luego, ¿qué? Porque el
indio puede que sea indio, pero no es tonto. Si lo machacas, al menos el
resquemor te lo guarda. Al final, son personas, ¿verdad? El padre Vera afirmaba
que sin la menor duda y no existía razón para no creerle. De acuerdo, pero si
son personas, vida o muerte. No existen más posibilidades, con las
consecuencias que cada una de ellas acarrea.
Matémoslos a todos. Ponca es vulnerable. A la vista
está y los acontecimientos resultan irrefutables. Se escondieron debajo de las
piedras y nos llevó cuatro días dar con ellos. Cuatro únicos días. Una selva
espesa como el vello que recubre los antebrazos de Baracaldo. Ellos, varios
miles. Nosotros, noventa y dos compañeros, un cura, cincuenta alanos de guerra
y un tibá rubio. Dicho así puede que no suene a nada del otro mundo, pero
ojito, porque, la fuerza no está en la cantidad o en la calidad sino en la mala
baba. En no querer pararse en barras. La clave de la conquista del Darién
entero fue esta y solo esta: que ninguno de ellos quería morir, pero que si
había que hacerlo, pues se hacía. O expresado de un modo menos taxativo: que
grandes botines exigían grandes sacrificios y que ellos estaban dispuestos a
afrontarlos. Rico o muerto, dicho en cristiano. Así que sí, podrían haber
arrasado Ponca y a los ponqueños después de haberles exprimido hasta la última
información de la que dispusieran. ¿Y luego qué? Balboa se había hecho esta
pregunta y la había rumiado muy cuidadosamente. ¿Y luego? La conclusión no
podía ser otra: luego llegaría otro pueblo y ocuparía el lugar dejado por los
ponqueños. Un pueblo que a saber qué. Un pueblo que, se mire como se mire, se
hallaría demasiado cerca de Santa María de la Antigua y de los varios
centenares de antigüeños que en ella vivían. Gentes que allá se avecindaban,
familias enteras que debían proteger. Ellos mismos necesitaban dormir
tranquilos por la noche. Debido a este motivo no arrasaron Ponca. Porque Ponca
debía ser, debía serlo fuera cual fuese el precio a pagar para obtenerlo, un
aliado de los españoles.
De manera que eligieron la vida. Los dejarían
vivir, se asegurarían de que todos continuaban siendo aliados y medirían muy
bien los pasos a dar. Sin volvernos, tampoco, idiotas de remate. Santa María no
era una misión de carmelitas. Allá, se repartía leña. A Joaquín, sin ir más
lejos, le habían azuzado un perro famélico sin el menor remordimiento. Pero es
que el tipo se les había presentado cubierto de lo que ellos habían creído que
era oro. Dadas tales circunstancias, azuzarle un alano al indio en cuestión no
solo no se consideraba un exceso, sino el correcto procedimiento a seguir.
Señalado lo cual, Joaquín continuaba con vida a
pesar de que no les había dicho ni pío. Cero, ni un triste dejen que me lo
piense despacio. Allá que lo tenían, en el poblado, con las heridas que el
alano le había provocado curándose a buen ritmo. ¡Si no había sido para tanto!
Estos animales, en el fondo, son un amor. No te devoran salvo que tú hayas
hecho algo previamente. Los limpios de corazón, esto lo afirman las mismísimas
bienaventuranzas, no deben temer nada.
Vida, Balboa eligió vida. Los ponqueños, salvo
sorpresa mayúscula, continuarían siendo fieles aliados de los españoles una vez
que estos abandonaran el poblado y retomaran, en paz, su camino. Bastaba, para
lograrlo, la mano izquierda que Balboa tanto prodigaba. Con que no le hubieran
deteriorado demasiado al séquito de Ponca, se daba por satisfecho. Siendo
flexibles, y aunque no se lo había manifestado a los hombres, admitiría un par
de muertos. El guerrero que siempre se resiste y al que no queda más remedio
que abatir. Bien, pero hasta ahí. Ponca era un hombre razonable y comprendería
que no les quedó más remedio. De hecho, si Ponca no mataba a unos cuantos
españoles, no era por falta de ganas sino de arrestos. Se lo pensaba dos veces
y, mientras que de la primera concluía que adelante con todos sus magníficos
çabras, de la segunda, ya más reposada, se destilaba un lánguido ya veremos… Un
rey es un rey precisamente porque gobierna. ¿Y acaso gobernar no pasa por
tomar, por mucho que te irrite, las decisiones en cada momento más sensatas
para tu pueblo?
Los españoles no capturaron ni llevaron al pueblo a
la totalidad de los fugitivos ponqueños. Había miles ocultos en la jungla, de
manera que, aunque hubieran querido, no habrían podido. El pragmatismo con el
que se conducían, consecuencia directa de su abrumadora inferioridad numérica,
dirigía sus actos. Aprendieron que bastaba con trincar al rey y a su corte. El
resto, en cuanto se enteraba, dejaba de suponer un problema. Vamos, tanto era
así que ese mismo día, todavía antes de que los compañeros regresaran de la
expedición de acoso y captura al cacique, un buen grupo de ponqueños comenzaba
a dejarse ver en los lindes del pueblo. Sin mostrar hostilidad alguna,
permanecían allí, con la espesura a sus espaldas, como si el rumbo de sus
existencias ya no dependiera de nadie que no hablara en español. Estaban, dicho
llanamente, a verlas venir.
Balboa los observó desde la puerta de la casa del
cacique y supo que todo había ido bien. Algunos careteños, de entre los
porteadores que acompañaban a la columna, dieron un paso al frente e increparon
a los silenciosos ponqueños. Que, por silenciosos y taciturnos, daban hasta
pena. Balboa ordenó a los hombres que se habían quedado de retén que pusieran
orden y que impidieran cualquier altercado. Él había determinado que entre los
cacicazgos cueva habría paz. Pues paz habría, y que ningún gilipollas pusiera
dicha paz en entredicho. Se habían deslomado para conseguirla. Tanto que ahora,
recordándolo en perspectiva, Balboa se sorprendía a sí mismo del palizón que se
dieron. Pero ahí estaba su obra: en veinte o treinta leguas a la redonda de
Santa María no quedaban indios hostiles. Ni con los españoles, ni entre ellos.
La paz reinaba, y reinaría durante muchos años aunque tuvieran que hacer la
guerra a aquel que se opusiera.
Por suerte, no se trató sino de conatos y
arremetidas de escaso fuste. Los careteños venían advertidos por su propio
cacique, firme aliado de Balboa: al que me la líe con los españoles, me
encuentra cuando estéis de regreso. Balboa se deshizo en agradecimientos por la
determinación mostrada por su suegro. Hasta decidieron, en el último momento,
que diez o doce elementos de sangre especialmente caliente no avanzarían con la
columna que partiría a la búsqueda del mar del Sur. Çabras de sangre muy noble,
que Careta no pudo despachar sin deshacerse en explicaciones y ante los que
Balboa ni se despeinó. Él era el gran tibá rubio y sus deseos serían ley en el
Darién. Que lo comprendieran o que no lo hicieran. Ese constituía su problema.
Los compañeros, viendo que aumentaba el número de
porteadores careteños que se abalanzaba sobre los recién aparecidos ponqueños,
soltaron un par de perros. Sin azuzarlos ni nada por el estilo. Sencillamente,
pretendían que las cosas quedaran claras. Y quedaron, vive Dios que quedaron.
Los careteños retrocedieron tan deprisa que casi se pisan los unos a los otros
y los ponqueños, visto y no visto, regresaron a la espesura de la selva. Ya
retornarían más tarde, cuando las noticias que les habían llegado se materializaran
ante ellos.
Ni media hora transcurrió antes de que sucediera.
Ponca y sus guerreros çabras llegaban maniatados y escoltados por el grupo de
compañeros. En total, no se traían a más de treinta o treinta y cinco
ponqueños, el cacique incluido. Habían reducido, en una corta pelea, a muchos
más çabras, pero no creyeron que fuese necesario capturarlos a todos. Los
españoles siempre resumían tanto como podían. Como resultado de este
comportamiento, los çabras que liberaron pusieron el grito en el cielo. ¿Acaso
ellos no parecían lo suficientemente temerarios como para que se les maniatase
y se los condujera presos? Hirieron su orgullo y a los españoles les importó un
carajo. Eso sí, tuvieron que oírlos. Ellos, y media selva, porque las protestas
fueron subiendo de tono. Que a ver por qué a ellos no se los llevaban también.
Que si se pensaban que su fiereza no era bárbara y cruel. Etcétera. Total, que
los españoles dijeron que no era no. Ponca en persona tuvo que intervenir para
calmar a los calenturientos. Los compañeros no entendieron una palabra de lo
que decía, pero, por el tono, supusieron que trataba de poner las cosas en su
sitio, de reconocer la indómita valentía de los çabras que se quedaban en la
selva, de, en suma, templar los ánimos. A todos nos ha sorprendido mucho este
desafortunado incidente y, por si esto no fuera poco, a mí un tarado se me ha
meado encima.
Ponca entró en el pueblo, en su pueblo, encabezando
la columna de ponqueños y españoles que regresaban de la selva. El capitán
Albítez había insistido en que así fuera. Cuando el resto de compañeros le
preguntó por qué, respondió que Balboa en persona le había dado instrucciones
al respecto. Deseaba que la dignidad del cacique no fuese puesta en entredicho.
Tras los inevitables sinsabores del momento de la captura, a partir de ese
instante lo presentarían como lo que era: un rey. De un puñado de salvajes perdido
en mitad del culo del mundo, pero rey a fin de cuentas. Se lo trataría con el
respeto y el decoro que merecía.
Balboa aguardó a que la columna avanzara unos
cuantos pasos más. Caminaban tan despacio que a algunos careteños les dio
tiempo a aproximarse. Balboa miró a los compañeros y estos asintieron. Si
alguien tenía que caer, que fueran los careteños. No porque les cayeran peor o
porque les fueran menos útiles. En absoluto. Los de Careta trajinaban con todos
los abastos necesarios para que la expedición fuera un éxito. Se los cargaban,
en grandes fardos, sobre sus espaldas, y recorrían, tal cual, el terreno. Habían
subido enormes cuestas, vadeado profundos ríos y se habían internado en la
jungla cerrada. Los careteños, en todo ese tiempo, no habían protestado. Hasta,
de cuando en cuando, sonreían. Se doblaban hasta casi tocar con la frente en el
suelo y sonreían. Si a esto se le unía el hecho de que venían agradecidos de
serles útiles al tibá rubio y al resto de barbudos acorazados, ¿qué más se
podía pedir? Careta sintió tanto júbilo cuando Balboa le hizo partícipe de sus
planes que no solo le entregó a seiscientos de los suyos, sino que le regaló un
collar de oro a Leoncico. En serio, no es broma: el perro de Balboa se
encaminaba hacia el descubrimiento del mar del Sur con un collar de oro macizo
rodeándole el cuello. Existían españoles que habrían dado las piernas por
conseguir un tesoro semejante tras diez años de duro trabajo en las Indias.
— ¡Ponca! —gritó Balboa. A partir de ahora, cada
movimiento, cada gesto, cada palabra se medirían con extremada cautela. A
Ponca, Balboa se lo pensaba meter en el bolsillo. Eso o tendrían problemas.
Ponca, la columna que encabezaba, alcanzó la
posición donde Balboa lo aguardaba. En la puerta del que era su hogar, por
cierto.
—Pero, pero… —comenzó a balbucear Balboa. Ni los
indios sabían castellano, ni los antigüeños dominaban la lengua de los cuevas.
Sin embargo, se entendían, vaya que si lo hacían… A Balboa siempre le había
parecido que las palabras no constituían el eje de una buena comunicación. Al
revés, la entorpecían. Cada vez que les alcanzaba la época de las lluvias y los
españoles se veían obligados a permanecer confinados en Santa María, las
discusiones solían alcanzar proporciones sobrenaturales. Entonces, Balboa los
mandaba callar. El silencio engrasaba las relaciones. Si no te hablo ni te
escucho, todo acaba yendo como la seda. Por ello, con los indios se limitaba a
comunicarse por gestos. Con el cacique Careta así lo hacía y jamás había
surgido un malentendido entre ellos. Diablos, hasta se habían convertido en
suegro y yerno. Si un hombre se puede desposar con la hija de otro sin conocer
el primero una sola palabra del idioma del segundo, es que los idiomas no
sirven para gran cosa. Tú gesticula, gesticula y verás cómo, más pronto que
tarde, hasta el más retardado cae en la cuenta—. ¿Cómo cojones venís así?
¿Atados? ¿Maniatados? ¿Pero qué puto escándalo es este? ¡Os mato a todos, hijos
de la grandísima puta! ¡Os mato!
Los compañeros sabían que no tenían que tomárselo
por lo personal, que todo aquello no era más que una pantomima y, además, de
las toscas. Balboa era un comediante pésimo. No obstante, y he aquí la gracia,
sus actuaciones histriónicas causaban el efecto pretendido. Los indios se lo
tragaban todo. Al principio, creyeron que por una cuestión de bendita
ingenuidad. Sin embargo, más tarde, se dijeron que no podía ser así. Una cosa
era creerte la farsa una vez y otra, bien distinta, hacerlo siempre. Vamos, que
a los indios ni se les pasaba por la cabeza que los españoles se la estuvieran
metiendo doblada. Llegaron a la conclusión de que a los cuevas lo que
verdaderamente les desconcertaba era la inconsistencia en el comportamiento de
los españoles. Que un día entraran en sus pueblos con las espadas en lo alto y
los alanos lanzados a la carrera y, al siguiente, aquella terrorífica fuerza de
combate recogiera las más bellas y delicadas flores de la selva para ellos. Te
soltaban una hostia de espanto o te recibían como al hermano que llega del
extranjero y al que no ves desde hace siglos. Eso, a los indios, los
descolocaba por completo. Ellos siempre habían sido de pim, pam, pum. Si toca
guerra, guerra. Si toca paz, pues paz. Pero no todo al mismo tiempo.
Los españoles hicieron que nunca nada fuese igual
en el Darién.
Ponca sintió cómo un compañero se le acercaba y le
liberaba de sus ataduras. Después, más compañeros hicieron lo propio con el
selecto grupo de guerreros çabras que le acompañaba. Un rey precisa de séquito
y ese séquito ha de estar siempre a la altura de dicho rey. A los çabras de
Ponca podrían haberlos sorprendido mientras dormían, pero el rictus de
orgullosos guerreros no se lo borrarían jamás de sus rostros. Mejor, eso les
convenía a los españoles. Para que la pantomima funcione, la otra parte ha de estar
dispuesta a creérsela. ¿Y quién lo está más que aquel que considera que le
están dando la razón?
Balboa se situó a cuatro pasos de distancia de
Ponca y estiró la espalda. Después, con un gesto, hizo que sus hombres se
retiraran. Miró a los del cacique y les leyó la mente: sentían miedo, pero se
habrían dejado matar antes que mostrarlo.
Entonces, el gran tibá rubio se llevó las manos a
la cabeza y se quitó el yelmo. Había compañeros que, en tres años, no le habían
visto realizar este gesto. Balboa no dormía con el casco puesto, pero porque,
en una ocasión, una de sus concubinas se puso terca y le dijo que, si no se lo
quitaba, con ella no se acostaba. Balboa, entonces, accedió. Se tumbaba en la
cama, se desprendía del yelmo y lo dejaba en el suelo. Por la mañana, lo
recogía y se lo encasquetaba antes de poner los pies en el suelo. Afirmaba que
daba mala suerte andar por ahí con la cabeza descubierta. Muchos compañeros
pensaban de igual forma, y no era raro verlos, en Santa María, yendo en mangas
de camisa y pantalones ligeros, pero con el yelmo coronando sus cabezas. ¿Y si,
por hache o por be, se desprendían de ellos y algo les caía sobre la cabeza y
los dejaba atontados para siempre? ¿Quién, en su sano juicio, querría exponerse
a un mal así pudiendo evitarlo tan sencillamente?
Los largos mechones de pelo rubio le caían a Balboa
por el rostro, el cuello y los hombros. Los indios habrían querido tocarlos,
pues nunca en sus existencias habían contemplado una cosa igual, pero les
pareció irreverente intentarlo. Bastante afortunados se sentían siendo
partícipes de aquel momento. Ponca y sus çabras mantuvieron el gesto altivo y
digno. Y de puro milagro las piernas no comenzaron a temblarles cuando Balboa,
en un gesto único e irrepetible, hizo lo que hizo.
De pronto, con lenta solemnidad, el español agachó
su cabeza hasta tocarse el pecho con el mentón. La barba se le aplanó y se
expandió sobre su enorme torso.
A partir de ahí, puestos los puntos sobre las íes y
desagraviados los cuevas por las brusquedades sufridas, los asuntos comenzaron
a ir por donde Balboa pretendía. Ponca aceptó, con un gesto imperceptibilísimo
que, sin embargo, a los españoles no se les pasó por alto, las disculpas de
Balboa. Y no ya las disculpas, sino lo que los indios interpretaban como un
reconocimiento del reino de Ponca y de cada uno de los vasallos que lo
integraban.
—Amigo… —dijo Balboa yéndose hacia el cacique y
estrechándolo entre sus brazos. Sabía que el cacique no acababa de estar
familiarizado con el gesto, que ni siquiera comprendía del todo su alcance, que
hasta pudiera ser ofensivo para él, pero le daba igual. Balboa y los españoles
agacharían la cabeza tantas veces como fuera necesario. No obstante, ellos
determinarían qué era lícito allí y qué no lo era. Este extremo lo consideraban
crucial. La pantomima podría extenderse hasta donde fuera necesario, pero los
indios debían tener presente que ellos, los españoles de Santa María de la
Antigua, mandaban en el Darién. Por las buenas, que es como pretendían. O por
las malas, si el resto no se avenía a razones.
Y razonables, los españoles lo eran un rato largo,
¿verdad? A Ponca jamás se le había humillado un cacique vecino. Nunca, ni
siquiera alguno al que podría haber aplastado con un tercio de su ejército. Y
ahora llegaba un tío blanco y del tamaño de una montaña y se postraba ante él.
Hombre, hombre… No había color.
—Lamento mucho los inconvenientes —dijo Balboa.
Tenía una sonrisa en los labios y sus gestos eran relajados y tranquilos—. Es
que vinimos a haceros una visita y nos encontramos con que no estabais. Pero
¿adónde os habíais ido? ¿A la selva? Por el amor de Dios, Ponca… Si somos
amigos, ¿no es así? Ya no existen rencillas entre nosotros.
Poco a poco, los ponqueños que permanecían en el
bosque volvieron a dejarse ver. En esta ocasión, los españoles permitieron que
se acercaran y que recuperaran sus casas, sus calles, el pueblo que les
pertenecía. Con un ojo puesto en los careteños y otro en los çabras que
acompañaban al cacique, Balboa continuó. Daba por hecho que Ponca, con su
silencio, aceptaba lo que él le estaba contando.
—Tienes mi palabra de que no causaremos ningún daño
—expresó Balboa. Y queriendo asegurarse de que aquella frase se entendía sin
atisbo de duda, mandó llamar a lo más parecido a un intérprete que tenían—.
¡Jerónimo! ¡Que venga Jerónimo de inmediato!
El indio careteño no andaba lejos, pues tanto él
como los compañeros habían previsto que, tarde o temprano, sus servicios fueran
a ser requeridos. De acuerdo en que Balboa confiaba más en los actos que en las
palabras, pero existían asuntos que, o se hablaban, o se los llevaba el viento.
—Vente, vente… —apremió Balboa. Los ponqueños, al
ver al de Careta, fruncieron el ceño. Uno no es enemigo acérrimo para olvidarlo
a la primera de cambio. Se odiaban y se odiarían siempre. De momento, eso sí,
respetarían la tregua impuesta por los españoles—. A ver, Jerónimo, escúchame
bien porque esto es importante. Quiero que le digas al rey Ponca que nosotros
no estamos aquí para causarle perjuicio alguno. Ni a él, ni a su pueblo.
Venimos con las espadas envainadas. Vamos, díselo. ¿Te ves capaz de hacerlo?
Venga, Jerónimo, no me jodas, que ya me estás entendiendo.
Sin grandes alborozos, pero sí, le entendía. Se
arreglaba más o menos bien con el castellano. Y, por supuesto, hablaba de
corrido el cueva, su idioma materno. Total, que ahí estuvieron el uno y los
otros departiendo durante un largo rato. Porque, al parecer, el cacique Ponca
tenía algunas preguntas que hacer y se las dirigía a Jerónimo, quien, sin
molestarse en consultar a Balboa, respondía por su cuenta y riesgo.
Balboa vio que Ponca asentía a la vez que hablaba,
de manera que permitió que la conversación fluyera. El español tenía la boca
ligeramente abierta y miraba, alternativamente y no sin cierta expectación, a
ambas partes.
— ¿Qué? —preguntó, ansioso, una vez que pareció que
todo había quedado aclarado.
—Dice que todos quieren paz —resumió Jerónimo.
— ¿Eso te ha dicho? ¿Tanto rato de cháchara para
decir solo eso? —gruñó un poco Balboa—. Me estás contando la puta verdad, ¿no,
Jerónimo? Mira que…
Jerónimo no se apresuró a replicar. Podría decirse
que él era el único hombre nativo del Darién al que Balboa le toleraba según
qué actitudes. Al español, le caía bien. Le parecía un buen tipo. Había
congeniado con él, sí señor. Y, además, lo necesitaba. De nuevo, el pragmatismo
español: le traía al pairo su actitud mientras resultara útil.
—Digo la verdad, tibá.
Balboa rio y levantó los brazos.
— ¡Pues perfecto! —exclamó—. ¡Alegría, entonces! ¡A
ver, a ver…! Que traemos unos regalillos para vosotros… ¡Olano! ¡Olano! ¡Hazme
el favor de acercarte con los presentes que tenemos para el gran Ponca y sus
honorables çabras!
* * * *
Tslë-Oj notó cómo un bastardo careteño se le
acercaba y tan siquiera se dignó a dirigirle la mirada. No merecía otra cosa
que la muerte. Matarían a todos los de Careta, matarían a sus hijos, matarían a
sus mujeres y abrirían las tumbas de sus muertos para desnudar a sus momias.
Tras ello, pegarían fuego a aquel pueblucho de mierda, darían por extinguido el
reino y regresarían a las montañas. En esto constituía el plan tan largamente
acariciado.
Después, cuando el bastardo careteño, ante la
atenta mirada de Balboa, comenzó a hablar, a Tslë-Oj no le quedó más remedio
que prestarle atención. Matarían a todos los enemigos de su pueblo, pero no
sería hoy.
— ¿Cómo te dignas a dirigirte a mí? —preguntó
Tslë-Oj.
—Lo manda el tibá rubio —respondió Jerónimo.
Tslë-Oj dudó un instante. Sí, lo mandaba el tibá
rubio. De hecho, ahí lo tenía, frente a ellos, expectante. Ponca, de reojo y
cuidándose muy mucho de no perder un ápice de la dignidad que de alguien como
él se esperaba, observó cómo Balboa separaba los brazos del cuerpo y abría la
boca. Había inclinado un poco la espalda hacia delante y, con su gesto, daba la
impresión de estar tratando de que los cuevas se entendieran.
—Mi nombre es Oh Gran Rey Tslë-Oj-Qumdatzeh —dijo
Ponca.
—Lo sé —respondió Jerónimo.
—Ni siquiera perteneces a la nobleza —protestó
Tslë-Oj.
—Lo sé —volvió a repetir Jerónimo. Esta vez, sin
embargo, no se quedó ahí y añadió—. Por mí, os podéis volver de regreso a la
selva. Pero sabed que Balboa y sus hombres os perseguirán, os encontrarán y os
azuzarán a sus perros demoníacos.
—No tendrá arrestos para ello. Yo soy Tslë-Oj y mi
reinado…
—Sabes tan bien como yo que lo hará. De hecho,
¿verdad que no sería la primera ocasión en la que lo hace? Nos doblegaron a
nosotros y, cuando terminaron, vinieron hasta aquí y os doblegaron a vosotros.
En nuestro hogar, se narra con júbilo que apenas resististeis durante dos
horas… En cuanto visteis las fauces del primer perro, dejasteis caer las armas
y os rendisteis como mujeres.
A Tslë-Oj, aquella afirmación le supo a fuego en la
garganta. A él nadie podía hablarle en ese tono. Menos aún un plebeyo, un
mindundi, un saco de mierda careteña bastarda.
—Eso es una podrida mentira —dijo concentrándose
muchísimo para que el labio inferior no comenzara a temblarle de pura rabia.
Ojalá se hallara en situación de ordenar que sus çabras acabaran con todos los
presentes. Se encontraban, que nadie lo olvidara, en su pueblo. Esa que se
levantaba ante ellos era su propia casa, construida en torno a su propio árbol
y dentro de la cual él vivía junto a sus esposas e hijos.
—No es una mentira, pero da igual —repuso, algo
hastiado, Jerónimo.
— ¿Cómo te llamas? —le preguntó, entonces, Tslë-Oj.
—Jerónimo.
—No, me refiero a tu nombre auténtico. Al que te
pusieron el día en el que naciste.
Jerónimo vaciló un poco. Aquella pregunta le había
pillado por sorpresa. No esperaba que todo un rey se interesara por una
banalidad.
—Me llamo Ztxäc-Ah. No tengo sangre noble y ni
siquiera le caigo simpático a mi rey. Pero al tibá rubio, a saber por qué, sí
le gusto. Por eso me eligió para que sirviera de enlace entre mi pueblo y el
suyo.
— ¿Enlace? ¿Sabes dónde viven los blancos?
—Sí, claro. En un lugar a no muchos días de camino
de aquí. No es difícil llegar.
— ¿Me mostrarías la ruta?
— ¿Para qué quieres saberla?
—Podemos marchar juntos hasta allá y arrasar el
pueblo español.
Ztxäc-Ah había estado muchas veces en Santa María.
Tslë-Oj, ninguna. Por eso el primero esbozó una ligera sonrisa. ¿Y si le decía
que sí, que adelante, que fueran por esta senda, que siguieran aquel arroyo,
que continuaran rectos durante dos días y, sin pérdida, se toparían de bruces
con Santa María de la Antigua? Habría sido una bonita broma. El idiota de
Tslë-Oj abandonando la selva con ¿sesenta guerreros a lo sumo?, entrando en
Santa María y dándose cuenta, tarde, muy tarde, que allí vivían unos cuatrocientos
españoles armados hasta los dientes junto a más de doscientos perros de guerra.
Solo con soltar a los perros, el trabajo estaría hecho. Sin embargo, los
españoles tenían un sentido del humor un tanto especial y no desaprovechaban la
ocasión de pelear si la refriega apuntaba maneras. Desenvainarían, se irían a
por los idiotas recién salidos de la selva y los cortarían en pedacitos. Él,
Ztxäc-Ah, había visto a Balboa a lomos de un caballo. Aquella visión, que le
acompañaría siempre, no se parecía a nada. Ese hombre resultaba invencible.
Podría haber pedido a los suyos que dieran un paso atrás, que protegieran las
casas y a sus familias, que lo dejaran todo en sus manos porque allí nada era
para tanto. Entonces, habría chasqueado la lengua, su caballo se habría puesto
en marcha, él habría sujetado las riendas con los dientes, habría desenvainado
dos espadas y, con una en cada mano, se habría abalanzado sobre los recién
llegados. Uno contra sesenta, sí. Y a Ztxäc-Ah no le quedaba duda de quién
saldría victorioso de la contienda.
Habría sido una bonita broma, pero ni siquiera un
imbécil con Tslë-Oj merecía que lo mataran de aquella forma tan cruel. Ztxäc-Ah
lo dejó estar y se concentró en lo que les ocupaba.
—Pregunta el tibá rubio que si vais a mostraros
hostiles —dijo Jerónimo.
— ¿Por qué cambias de tema? —repuso Tslë-Oj.
—Porque nadie va a marchar sobre Santa María. Es de
locos.
—Tengo hombres fuertes y valerosos. Tantos como…
—No te diré cuál es el camino. Si quieres, búscalo
tú. Ve hacia el lugar por donde nace el sol. Pero te lo advierto: moriréis
todos si lo intentáis.
—No lo creo.
— ¿Qué le digo al tibá rubio? ¿Qué vais a atacarlos
en cuanto tengáis ocasión o que seguís siendo sus aliados?
Tslë-Oj cerró los ojos en una actitud muy propia de
reyes. Para él, ya era un gesto adquirido y ni siquiera significaba que
estuviera reflexionando. Cerraba los ojos y los demás guardaban respetuoso
silencio. Era agradable.
Después, los tuvo, qué remedio, que abrir de nuevo.
—Dile que seguimos siendo sus aliados y que, por
nuestra parte, le ofrecemos paz.
—De acuerdo, se lo diré.
Algo, entonces, hizo pensar a Tslë-Oj que quizás
Ztxäc-Ah no transmitiera la literalidad de su mensaje. ¿Y si le decía que ojalá
que todas sus mujeres fueran violadas una y mil veces por las descomunales
pollas de los orgullosos çabras ponqueños? Tslë-Oj notó que un escalofrío le
recorría la espalda.
—Oye, oye… —dijo tratando, una vez más, de no
perder la compostura. Un rey lo es porque, sobre todo en los momentos
difíciles, sabe comportarse como un rey. Simular, al menos, que sigue
siéndolo—. ¿Cómo sé que vas a trasladar mi mensaje palabra por palabra?
—No lo sabes —replicó Ztxäc-Ah.
—Si me traicionas ahora, una plaga inmisericorde
caerá sobre tu pueblo y… —comenzó a perorar Tslë-Oj.
—Cierra el pico —cortó por lo sano Ztxäc-Ah. Del
intenso contacto con los españoles había aprendido muchas cosas, la mayoría no
demasiado honorables. Eran pendencieros, egoístas y mentirosos, aunque también
joviales, desprendidos y hasta bonachones. Todo al mismo tiempo. Sí, costaba
creerlo, pero así era. A Jerónimo, desde un principio, le sorprendió mucho
aquella forma tan directa que tenían de dirigirse los unos a los otros. Al gran
tibá rubio, mucho más poderoso que cualquier rey del Darién por más que cualquier
rey del Darién afirmara lo contrario, podía acercársele un español elegido al
azar, ponerle una mano en el hombro, mirarle a los ojos y espetarle que estaba
hasta las narices de que su perro se cagara siempre en la puerta de su casa.
Entonces, el tibá rubio, lejos de cortarle la cabeza al tipo que le había ido
con esas, sonreía y prometía solemnemente que no volvería a suceder. Sucedía,
por supuesto, y el hombre en cuestión regresaba con la misma queja, que
obtenía, en consecuencia, idéntica respuesta. Podían pasarse así durante meses
y nadie desenvainaba la espada. Así que Jerónimo aprendió a, en expresión de
los españoles, ponerse farruco. Significaba que podías ser descortés con
cualquiera sin consecuencia alguna. El otro, por supuesto, estaba en su derecho
de otorgarte el mismo trato. Pero hasta ahí.
—Estás ante Oh Gran Rey Tslë-Oj-Qumdatzeh —acertó a
replicar, estupefacto, Ponca.
—Eres un enemigo de mi rey. Y os mataremos a todos
en cuanto tengamos ocasión. Algún día, tarde o temprano, los españoles se
marcharán y, entonces, habrá llegado nuestro momento.
Tslë-Oj se quedó sin habla. Notó cómo, a sus
espaldas, algunos de sus çabras hacían amago de irse a por el indigno Ztxäc-Ah,
pero levantó la mano para reprimir sus intenciones. Lo único que les faltaba
ahora era que los dos reinos cueva allá presentes comenzaran a luchar entre
ellos delante de los españoles. El espectáculo resultaría lamentable e
ignominioso. Los españoles, siempre imprevisibles, quizás los mataran o quizás
se partieran de la risa. En cualquier caso, mal asunto para los cuevas. Por
ello, Tslë-Oj se dijo que resolvería este conflicto en otra ocasión y se centró
en lo que ahora importaba.
—De acuerdo —accedió humillándose mucho más de lo
que habría deseado. Pero la situación era la que era y su deber consistía en
sacar del entuerto al pueblo sobre el que reinaba—. Confío en ti, Ztxäc-Ah.
Dile al tibá rubio que no espere animosidad alguna por mi parte. Venimos en son
de paz. Díselo.
Jerónimo asintió, Ponca lo hizo y los çabras de su
séquito sintieron cómo el alma se les quebraba por la mitad. Aquel día sería
recordado en los anales de su nación como el día de la humillación suprema. A
manos de un plebeyo llamado Ztxäc-Ah, obvio, pero por culpa de los malditos
extranjeros invasores que desde hacía tres años llevaban amargándoles la
existencia. Ojalá que se los tragara el mar.
Hablando de lo cual, Tslë-Oj añadió algo:
—Oye, Ztxäc-Ah, ¿tú sabes por qué estáis aquí, en
mi territorio?
—Vamos a buscar el otro mar.
— ¿El otro mar? ¿Por qué?
—No lo sé. Los españoles están muy interesados en
encontrarlo.
—Pero el camino es malo. Eso lo sabes, ¿verdad?
—Claro que lo sé. Tendremos que atravesar Quareca,
¿no?
—Sin duda, no existe modo de rodearlo.
—Mierda…
— ¿Acaso creías que podríais hacerlo?
—Confiaba en que sí.
— ¿Para eso habéis venido a mi casa? ¿Para qué os
confirme que tendréis que internaros en territorio caribe?
—Veníamos con la intención de que nos mostraras
otra ruta.
—No existe otra ruta hacia el otro mar.
—O sea que…
—Que estáis jodidos.
Por un momento, Tslë-Oj sintió que las tornas
habían cambiado. Los españoles y los careteños se dirigían hacia la boca del
mismísimo infierno. Pues, perfecto, en lo que a ellos respectaba, adelante. No
les entretendrían demasiado. Adelante, adelante, os vamos a explicar con
detalle cómo se llega a Quareca. Es el reino salvaje que deberéis atravesar
para alcanzar las orillas del otro mar. Sí o sí, no queda más remedio.
Os van a devorar las entrañas. Sin daros muerte
antes.
* * * *
El capitán Olano apareció con un fardo que
desenvolvió frente a Ponca y sus hombres. Poseían regalos para ellos,
magníficos regalos.
Traían de todo. Y cuando lo desempaquetaron, allí,
en el sitio, sin pensárselo mucho, delante de un buen montón de indios,
quienes, impertérritos, observaron los obsequios, tuvo lugar una curiosa
situación que, por secreta, no dejaba de ser menos curiosa: cada parte tenía la
certeza de estar colándosela a la otra. A los españoles no les cabía la menor
duda de que intercambiar cuentas de vidrio y baratijas del estilo por bellos
ornamentos de oro labrado constituía el negocio de sus vidas. Y en realidad, lo
era, pues, en cuanto se encontraban de regreso en Santa María, lo fundían todo
y lo convertían en lingotes. Había un tío cuyo trabajo consistía precisamente
en eso: en fundir el botín. Se suponía que se trataba de un hombre de fiar,
íntegro hasta la médula, que no fundía ni a favor de los compañeros ni a favor
del rey. Por desgracia, era, como todos allá, un español, con lo que eso, para
bien y para mal, significaba. Pero sí, lo tenían por tío cabal. Algo robaría
para sí, pero ¿quién, en su lugar, no lo habría hecho?
Total, que los indios tenían exactamente la misma
sensación cuando los españoles les entregaban aquellos valiosísimos objetos. No
es que despreciaran el oro, no… Pero le otorgaban una importancia, digamos, más
rudimentaria. Si la única prenda que los varones vestían, ese canutillo en el
que embutían el pene para luego amarrárselo con un cordel a la cintura, estaba
construido en oro macizo, no era por otro motivo distinto a que el oro macizo,
siendo una buena cosa, tampoco suponía nada del otro mundo. En el Darién, uno
se metía en un río, se agachaba y, si le dedicaba un ratito al asunto y la
suerte le acompañaba, salía de allí con un buen puñado de metal precioso.
Por todo esto, cuando el capitán Olano dejó a la
vista los enseres que traían, a Ponca casi se le salen los ojos de las cuencas.
Eso a él, quien, siendo el rey, estaba acostumbrado a mantener un rictus de
indiferencia incluso cuando yacía alegremente con sus esposas. Al resto, al
séquito de guerreros çabras que lo acompañaba, no se le paró el corazón porque
Dios no quiso. Hachas. ¡Hachas! El capitán Olano, entre otras muchas cosas, les
mostraba, para que Balboa lo ofreciera cuando él lo considerara oportuno, un
maravilloso arsenal de diez preciosas hachas con el mango de madera pulida y la
hoja de un afiladísimo acero español.
— ¿Cómo te quedas, Ponca? —preguntó un sonriente
Balboa que tenía el don de leerles el pensamiento a los indios. En esta
ocasión, nada del otro mundo, pues lo que llevaban escrito en sus rostros lo
podría leer hasta el más retrasado de entre los niños retrasados de Santa María
de la Antigua.
Los españoles se habían esforzado. Esta vez, no
traían cuentas de vidrio barato. O no solo cuentas de vidrio barato. De estas
siempre llevaban un montón. Los compañeros, incluso, habían tomado la costumbre
de guardarse unas cuantas en los bolsillos, pues no se sabía bien cuándo lo
podían sacar a uno de una situación apurada. ¿Que en las idas y venidas se
extraviaban? Pues poco importaba, porque en Santa María almacenaban sacos
enteros repletos de ellas. Las traían desde España y si valían algo, lo valían
porque el porte en la bodega de un barco había que pagarlo religiosamente, no
porque el artesano que las fabricaba las vendiera por cantidades desorbitadas.
De un tiempo a esta parte, ni se molestaban en contarlas: a tanto el saco y los
acuerdos se cerraban en cuestión de segundos.
Las hachas, sin embargo, eran punto y aparte. Los
indios poseían oro y hasta cobre, al cual, por cierto, le daban bastante más
valor que al primero: con el oro, te adornabas y poco más; el cobre, en cambio,
tenía infinidad de usos cotidianos, a cada cual más útil. Sin embargo, ni un
solo indio americano había poseído jamás nada que se pareciera al hierro que
los españoles traían consigo en sus corazas, en sus cascos y en sus armas. Si
un çabra conseguía, hurtándosela o como botín de guerra, una espada española,
se convertía en poco menos que en el dios al que todos en su nación adorarían
hasta el final de los días. De pronto, la inexistente movilidad social del país
de los cuevas saltaba por los aires y, de ser un primo lejano de la segunda
esposa de un tío del rey, pasabas a ser, como quien dice, su mano derecha.
De ahí que la entrega de diez, nada más y nada
menos que diez hachas españolas, supusiera un antes y un después en las
relaciones con los ponqueños. Balboa venía dispuesto a ponerlo todo en esta
expedición. Si fracasaba, su vida tenía muchísimas posibilidades de torcerse de
forma definitiva. En España ya se estaban urdiendo conspiraciones contra él y
sus enemigos no se ocultaban. Por ello debía descubrir el mar del Sur. Por ello
debía dar un golpe de mano tan abrumadoramente cegador que nadie, absolutamente
nadie, tuviera agallas para levantar un solo dedo contra él.
Regalar hachas a los indios era otorgarles poder.
Con un hacha, los indios podían derribar árboles. Puede parecer un argumento de
poco peso, pero los indios vivían en mitad de una selva atestada de árboles y
desconocían el modo de echarlos abajo. O no exactamente, porque no era así…
Pero sin acero, la labor de talar un único árbol se convertía en un esfuerzo
hercúleo.
Regalar hachas a los indios suponía, también,
entregarles armas. A los españoles no se les pasaba por alto esta certeza. De
pronto, en la selva habría diez guerreros armados con acero español. Asumían
que así sería y asumían que, tarde o temprano, aquellas armas podrían volverse
contra ellos. La posibilidad no era remota, ni mucho menos. Pero debían
avanzar, necesitaban apostar fuerte para conseguir su objetivo. Y si querían
que Ponca les ayudara, y lo querían con todas sus fuerzas, estaban obligados a pagar
un precio.
Además, ellos tenían pensado cubrirse de gloria y
riqueza en un plazo de tiempo más corto que largo. Si había indios armados con
hachas en la selva, sería problema de los que vinieran detrás. Ellos, para
entonces, ya estarían de regreso en casa con el riñón bien cubierto. Se
comprarían castillos, o hasta pueblos enteros, y jamás volverían a realizar el
menor esfuerzo. Beberían siempre en copas que bellísimas doncellas semidesnudas
les acercarían, con delicados movimientos, a los labios.
—Venga, Ponca, tío, di algo —insistió Balboa. Sabía
que, a los indios, la ansiedad del momento les carcomía las entrañas. Pero tan
bien como conocía esto, conocía el hecho de que los muy cabrones fingirían que,
en el fondo, todo les daba más o menos igual. El orgullo, qué bien lo sabían
Balboa y sus hombres, no supone más que una pérdida de tiempo. Mientras estás
defendiéndolo, hay oro pasando frente a tus narices y escapándosete para
siempre. ¡Ya habrá momento para defender nuestras dignidades, almas de cántaro!
¡Lo habrá, por todos los santos que sí!
En aquel entonces, nada que no fuera el más
estricto de los pragmatismos contaba. Como cuando al condenado lo empujan al
patíbulo para cortarle la cabeza, le explican que tiene derecho a una última
palabra y el memo, en lugar de cagarse en la puta madre de todos los presentes,
se empeña en reafirmar su inocencia. Como si fuera a servir para algo.
Ponca no separó los labios pero sí que fijó su
mirada en la de Balboa. Asintió con esa levedad que tan bien se les daba a los
indios darienitas. Balboa se lo tomó como una explícita aceptación de los
regalos y de lo que conllevaban: que les contaran las cosas que querían saber.
Tiempo habría. No tenía por qué ser ahora. Balboa,
a diferencia del resto de capitanes, sabía contenerse. Diríase que fue el
primer capitán que supo conducirse así en las Indias. Antes de él y después de
él, muchos años después de él. Porque los indios manejaban su propia noción de
los días y de las noches y, contra eso, nadie podía hacer nada salvo aguardar.
Algo tan sencillo no se comprendió en décadas. Ni siquiera los propios
capitanes de Balboa, ni los más íntimos de su círculo cercano, entendían por qué
el extremeño, implacable en muchas ocasiones, se mostraba paciente con la
indiada.
Les sonreía tan abiertamente que los indios
terminaban siendo atrapados en aquella sonrisa.
Algunos çabras, incapaces de reprimirse, avanzaron
hacia las hachas. Olano se hallaba junto a ellas, como si fuera el guardián de
los regalos. No permitiría que los indios las tomaran antes de que Balboa lo
autorizara. Bastaba con que alzara las cejas o un gesto similar. Pero tenía que
hacerlo.
—Ponca, Ponca, Ponca… —comenzó a decir Balboa
acercándose tanto al cacique que lo incomodó—. No sabes cuánto me alegro de que
sigamos siendo amigos. No lo dudaba, de verdad, pero eso de que os escaparais a
la selva en cuanto nos visteis venir… No sé, no es bonito. Por suerte, parece
que hemos restaurado la confianza mutua, ¿verdad?
Jerónimo se encontraba muy cerca y pudo haber
traducido las palabras de Balboa, pero, puesto que Balboa no se lo pidió, no lo
hizo. ¿Para qué quieres intérpretes teniendo hachas?
Ponca, entonces, expresó algo en lengua cueva.
Jerónimo escuchó, Balboa escuchó y todos los compañeros allí presentes
escucharon. Acto seguido, varios çabras ponqueños abandonaron el grupo y
desaparecieron en el interior de una de las casas cercanas. Los compañeros
aguardaban en silencio. No esperaban un ataque, aunque vivían curados de
espanto y no descartaban nada. Por ello, permanecieron atentos.
Cuando los çabras regresaron, traían un barril de
dimensiones importantes. Lo hacían rodar por el suelo y parecía que pesaba lo
suyo. No se les notaba duchos en la operación, lo cual daba a entender que se
hallaban realizando un trabajo que no les correspondía. Que esta vez la nobleza
se estaba rebajando a realizar tareas impropias de su sangre.
Los guerreros situaron el barril frente a Balboa y
procedieron a levantarlo hasta colocarlo en posición vertical. Acto seguido,
uno de ellos lo abrió, mostró su contenido señalándolo con la palma abierta de
una mano y dio un paso hacia atrás. El mismo que Balboa dio hacia delante.
— ¿Qué hay ahí dentro, capitán? —preguntó, desde
una posición algo alejada, Díaz.
—Sí, ¿qué hay, capitán? —se le sumó,
improvisadamente, Ferrol.
Los españoles, cuando se encontraban frente a
frente con los indios, tenían la costumbre de mantenerse quietos en una
posición concreta. La estrategia nunca había venido predeterminada de antemano.
No la habían ensayado ni habían sido instruidos a este respecto. Sencillamente,
con el paso del tiempo y gracias a la experiencia adquirida, habían comprendido
que aquella manera de distribuirse por el terreno era la más adecuada para
responder en caso de que los indios, muy propensos a los inesperados cambios de
humor, decidieran tornarse hostiles. Siempre debía haber tres o cuatro hombres
en disposición de alcanzar los perros para conseguir liberarlos.
Balboa se agachó sobre el barril y olisqueó en él.
A continuación, por segunda vez en lo que llevaban de jornada, se quitó el
yelmo y los sostuvo entre las manos. Usó la muñeca para retirarse un mechón de
pelo rubio del rostro antes de hundir el casco en el barril, llenarlo con lo
que allá se guardaba, volverlo a sacar, llevárselo a los labios y empujar
largamente.
—Hostia puta —dijo cuando, tras unos instantes que
a muchos compañeros les parecieron los más largos de sus vidas, retiró el yelmo
de su boca. Tenía el semblante cruzado por una expresión de auténtica
felicidad. Quizás por ello, repitió—: Hostia puta.
— ¿Hostia puta qué? —preguntó uno de los
compañeros. Jamás un solo hombre hablaba en nombre de los demás, pero esta vez
era diferente.
— ¿Qué hay, capitán? —insistió Ferrol.
Balboa se volvió hacia él y le sonrió.
—Un vino de mil pares de cojones —dijo.
Los ponqueños comenzaban a entrar en razón.
Fantástico. El resto de la jornada lo dedicarían a confraternizar. Y a beberse
todo el vino de Ponca, por supuesto que sí. Eran sus invitados, de manera que
qué menos.
—Calma, en adelante —ordenó Balboa—. Mucha calma.
—Los compañeros están preparados para continuar el
viaje —señaló, impaciente, el capitán Albítez—. Que Ponca nos indique el camino
hacia el mar del Sur y asunto resuelto.
— ¿Y dejar atrás este vino memorable? —replicó
Balboa.
—Nos lo bebemos y partimos.
—No, he dicho que calma.
—Pero ¿por qué, Balboa?
—Porque no voy a creerme la primera versión que nos
den. ¿Y si nos mienten, tío? No, hemos de asegurarnos. Cueste lo que cueste.
—Vale… Entonces, ¿nos quedamos?
—Sí. Venga, echad un trago. ¡Joder, sabe a gloria!
* * * *
Lo hicieron, y el tiempo transcurrió. Las horas,
con abundante vino en las manos y en las tripas, se escurren como las
serpientes en la hojarasca húmeda.
A los cuevas, mientras tanto, decididos como
estaban a dejar que los españoles se enlodaran en el atroz territorio de
Quareca, se les ocurrió que, si podían evitarlo, lo evitarían. No por los
españoles, sino por ellos mismos, que debían acompañarles en el tránsito a
través de aquella tierra infectada de odio y maldad. Al final, junto a los
careteños, irían guías de Ponca. ¿Acaso los españoles permitirían que no fuese
así? No se habían pasado días buscándolos en la jungla solo para interesarse
por la familia.
El vino ponqueño había hecho efecto en los
estómagos siempre medio vacíos de los compañeros. Todos, como buenos españoles,
afirmaban saber lo suyo acerca de un buen vino. Y la ingesta proporcionaba, si
cabe, mayor sabiduría. Gutiérrez y Ferrol no llegaron a las manos por una
discusión acerca de la calidad de los vinos de sus respectivas tierras de
origen gracias a que el resto de compañeros se apresuró a apartarlos. Se
separaron, pero con los ojos enrojecidos y algo entrecerrados. Como ese ya te
pillaré en otro rato tan de borrachos que, llegado el otro rato y ya sobrios de
nuevo, ni recordarían.
Los cuevas no bebían tanto. Los cuevas, de cuyo
vino daban cuenta todos en aquel festival de celebración, hacían como que
bebían pero bebían la mitad. Los españoles, acostumbrados a permanecer siempre
atentos, no se percataron de que, en esta ocasión, se la estaban colando. En su
defensa habría que decir que las penas de los últimos días habían sido muchas,
más serían las que sabían que se avecinaban, y el vino, en fin, el vino de los
ponqueños no estaba nada mal. Algo bruto en la boca, pero cálido en el vientre.
Los compañeros, que jamás habían visto una copa y, menos aún, bebido en ella,
se dieron por satisfechos con el inesperado regalo con el que habían sido
obsequiados.
Envenenado, porque el indio también busca su
momento.
Se tramó una conspiración y los indios cueva, los
de un lado y los de otro, pospusieron sus viejas rencillas para hacer frente a
un enemigo común: los extranjeros de las largas barbas y las corazas de hierro.
Ya los tenían ebrios. Ztxäc-Ah no tuvo más remedio
que reconocer que los ponqueños sabían lo que hacían. Abrir aquellos barriles
de vino y ofrecérselos a los españoles había sido la mejor idea que podía
habérseles ocurrido. Sobre todo y teniendo presente el buen beber de los
compañeros: se lanzaban puyas entre ellos y, de cuando en cuando, alguno
alargaba la mano contra otro, pero, aunque a cualquier observador que mirara
desde fuera no se lo dieran a entender, ellos, los españoles, se lo estaban
pasando en grande. Relajados, tranquilos, socarrones. Reían y se gritaban los
unos a los otros mientras el vino les resbalaba barbas abajo sin que a ellos
pareciera importarles demasiado. Los cuevas, que daban gran importancia a sus
cuerpos, que los consideraban recipientes sagrados y que, por lo tanto,
cuidaban, adornaban y limpiaban con esmero, no comprendían el desdén con el que
los españoles trataban a los suyos. Podrían, si se lo hubieran pedido,
tatuarlos con polvo de oro. En cambio, a los españoles aquello nunca les
interesó. Preferían dejarse crecer el vello hasta en el último rincón de sus
cuerpos. ¿Puede existir algo más horrible en el mundo?
Ebrios y perdidos los españoles en mitad de la
selva, los cuevas creyeron que su oportunidad había llegado. Ztxäc-Ah necesitó
un buen rato para explicar a sus compatriotas careteños que esa noche no
atacarían a sus ancestrales enemigos, los ponqueños, sino que los tomarían como
aliados para así servir a un fin superior. Muchos no lo comprendieron a la
primera y Ztxäc-Ah tuvo que repetirlo varias veces. Vamos a caer sobre los
españoles aprovechando que la noche se ha derramado sobre la selva, que los perros
están atados y que ellos se hallan borrachos como cubas.
Algún careteño, alguno de los más viejos, objetó
que aquella no era una buena idea. Que él recordaba haber visto luchar a los
españoles en plena borrachera y que la ebriedad no parecía afectarles a la hora
de machacar cráneos enemigos. El resto de careteños desdeñó su opinión
aduciendo que, que se supiera, un hombre que se tambalea es un hombre que se
tambalea. Y los españoles, el gran tibá rubio incluido, eran hombres y no
dioses.
Hubo murmullos y el nerviosismo burbujeante que
antecede al terror. Pero Tslë-Oj, Oh Gran Rey Tslë-Oj-Qumdatzeh, se encontraba
allí con sus çabras flanqueándole y a ver quién era el guapo que afirmaba que
mejor conspiraban otro día. ¿A quiénes representaban? A los indios cueva del
Darién. ¿Cuál era su hogar? Esta selva que ahora en silencio los observaba. ¿A
quién debían expulsar de él? A todos los hijos de puta blancos que se comían su
comida, se llevaban su oro y les obligaban a trabajar de sol a sol. Matémoslos,
pues. Ellos solo son noventa y nosotros cientos, miles.
También habían bebido algo de vino, ha de ahondarse
en la explicación. Debían disimular o los españoles se habrían dado cuenta de
que algo tramaban. Algún çabra se encontraba más que achispado. Tsoc-La, que ya
no tenía edad para estas cosas, había recibido el abrazo de Jaén, quien, en
mangas de camisa y exhibiendo unos brazos horripilantemente cubiertos de vello,
atrapó por el cuello al çabra ponqueño y se puso a contarle una larguísima
historia de la que este no entendió ni una palabra. El brazo de Jaén rodeaba el
cuello de Tsoc-La, de manera que Tsoc-La no podía hacer nada sino seguirle la
corriente. Jaén, que reía como un demente mientras le contaba a saber qué, solo
se interrumpía para dar largos tragos a su cuenco de vino. Y para obligar a
Tsoc-La a que los diera también. Del mismo cuenco. Del mismo cuenco. A Tsoc-La,
aquello le pareció una asquerosidad propia de auténticos marranos, pero
disimuló, no en vano la conspiración se hallaba en marcha y todos debían poner
de su parte.
El plan era sencillo, que es como ha de ser un plan
destinado al éxito. Por otro lado, se trataba de un plan que improvisaban sobre
la marcha, de forma que demasiadas sofisticaciones no se veían capaces de
sumarle. Los indios cueva siempre habían formado sociedades simples. El rey
manda sobre todo lo que se mueve y lo que no se mueve, su corte de honorables
çabras se encarga de llevar adelante el buen gobierno del reino y el resto, el
pueblo, se ocupa de todo lo demás. Uno, dos y tres, cada cual en su lugar y al
que pretenda introducir el menor de los cambios, se le corta la cabeza.
El plan era sencillo y se resumía en lo siguiente:
en cuanto los españoles no se tengan en pie de puro borrachos y comiencen a
amodorrarse, caemos con furia y eficacia sobre ellos y los reducimos en un
santiamén. Después, matamos a los perros y nos los comemos.
Tslë-Oj explicó el plan, Tzcat-La y Tzcü-La dijeron
que con ellos hasta el final y, por su parte y en nombre de los seiscientos
careteños allí presentes, Ztxäc-Ah asintió con la gravedad propia que a la
ocasión se le requiere. A por ellos, hermanos.
Ztxäc-Ah, que quede claro, no las tenía todas
consigo. Él, Jerónimo, era el cueva que mejor conocía a los españoles. No
había, en todo el territorio del Darién, un indio que supiera más acerca de los
extranjeros de Santa María que él mismo. Por esta razón y no por otra, mantenía
sus reticencias. No las expresaba, pues habría hecho quedar como cobardes a
todos los careteños, y eso no, pero tampoco creía que aquello fuera pan comido.
Había visto, más de una vez y más de dos, a los españoles completamente borrachos.
Y su conclusión no podía ser otra: si los españoles ya suponían un gran peligro
en estado de plena sobriedad, con una curda a cuestas se tornaban en demonios
oscuros e imprevisibles.
La noche ya llevaba un buen rato cerrada. Por si
acaso, las mujeres y los niños de Ponca continuaban en la selva. El gran tibá
rubio les había jurado que no se tocaría un pelo a nadie, que él personalmente
respondía ante Tslë-Oj, pero Tslë-Oj se dijo que por qué correr riesgos
innecesarios. Se trataba de un rey ingenuo, vanidoso y lo suficientemente
estúpido como para no comprender, en su total dimensión, la que les había caído
encima. Sin embargo, esta vez tuvo un destello de lucidez y prefirió que solo
los varones abandonaran el refugio que la espesura proporcionaba.
La columna de cuevas se organizó en la noche. La
situación no ofrecía problemas. Por un lado, a los perros se les había
construido unas improvisadas perreras y allí dormitaban después de que los
españoles les dieran de cenar las reservas de víveres que los ponqueños
almacenaban por si una desgracia les sobrevenía. Pensaron que, efectivamente,
bien usados estaban dichos alimentos, pues no de otra forma podría ser
denominada la situación presente.
Por otro lado, los noventa y cuatro españoles se
reunían en torno a una gran hoguera que habían encendido en mitad del poblado.
En realidad, no les había costado demasiado esfuerzo, pues a lo que habían
pegado fuego era a una casa cuyo propietario, allí presente, casi se echa a
llorar a causa de la consternación. Lo acababa de perder todo. Tslë-Oj le
aseguró que aquella pérdida no era suya, sino del reino entero, y que sería
compensado adecuadamente. Cuando el hombre que lo había perdido todo preguntó que
en qué momento sucedería eso, Tslë-Oj intentó explicarle que en cuanto acabaran
con los españoles. Sin embargo, y aunque puso todo su empeño en ello, las
palabras no lograron brotar de su garganta. Si hubiera sido listo, lo habría
considerado una señal. No lo hizo.
Se decidió que la fuerza de ataque estaría formada
por una unidad mixta de ochocientos varones. Los ponqueños, que se hallaban en
casa, pusieron casi quinientos. El resto eran careteños. Algunos, los que
progresaban en vanguardia, portaban teas para iluminarse en la noche. Nadie
hablaba. No, porque ¿acaso tenían algo que decirse? Avanzaban hacia un objetivo
que todos compartían y ante el que ninguno podría arredrarse. No existían
objeciones, nadie, salvo un traidor, podría haber aducido esto o lo otro. Había
que echar a los extranjeros de su tierra y había que hacerlo ya.
Los españoles, como se había previsto, comenzaban a
adormilarse. El español, esto lo había explicado Ztxäc-Ah con todo lujo de
detalles, acostumbra a dormirse allá donde le ataca el sueño. ¿No se va a su
casa y se tiende sobre su hamaca?, le preguntaron, estupefactos, algunos çabras
ponqueños, muy poco familiarizados con las costumbres de los invasores.
Ztxäc-Ah lo negó y hubo quien pensó que se trataba de una fanfarronada, que
algo semejante no podía ser posible, que, en suma, Ztxäc-Ah mentía para hacerse
el interesante.
Los perros, muy importante este extremo, también
dormían. La perrera no se encontraba ni a cien pasos de distancia del lugar
donde los españoles habían encendido la hoguera y la situación, podría decirse,
era de calma absoluta. Crespo había recibido un puñetazo en pleno rostro y
ahora se le estaba amoratando un ojo, pero pronto concluyeron que se había
tratado de un malentendido y que lo que había que hacer era trasegarse, cuanto
antes, una ronda más. Rieron como perturbados, Crespo el primero. Acto seguido,
se tumbaron a dormir.
Cuando la columna de cuevas se encontraba a unos
cuarenta pasos de la hoguera en torno a la cual los españoles ya apenas
realizaban ruido, el nerviosismo cundió. Los ponqueños habían abierto su
arsenal de armas y allí se empuñaban lanzas y macanas como para acabar con un
ejército entero. Teniendo en cuenta que, frente a ellos, solo había noventa y
cuatro hombres durmiendo la mona, la tarea no parecía complicada.
Lo que sucedió, sucedió rápido. Apenas un instante
fugaz. Tanto que los indios que se encontraban retrasados respecto a la cabeza
de la columna no se enteraron de lo que sucedió y luego tuvieron que
explicárselo.
En mitad de la noche, una figura se dibujó entre
las sombras. La hoguera a sus espaldas delimitaba tan bien sus contornos que
nadie tuvo duda de a quién tenían frente a ellos.
—Tibá… —acertó a decir, presa de un asombro casi
infinito, Ztxäc-Ah.
Balboa se había levantado para orinar, había
escuchado sonidos sospechosos y se había acercado para interesarse. Vaya,
parece que indios. Vaya, parece que en actitud poco amistosa. Vaya, parece que
nos enfrentamos a un problema.
La columna de ochocientos indios cueva se detuvo.
Tslë-Oj, Tsläc-La, Tsoc-La y Ztxäc-Ah, los cuatro cuevas que la encabezaban,
miraron a Balboa. Este pudo distinguir los destellos de pánico que atravesaban
sus rostros. Sonrió. Vestía su pantalón y sus botas, pero hacía un buen rato
que se había quitado la camisa y mostraba su torso velludo y atravesado por mil
cicatrices. Oh, y el yelmo, claro está. Balboa portaba el yelmo calado hasta
las cejas. Le daba un aspecto extraño, ligeramente demencial, con aquellos
largos mechones de pelo rubio y grasiento surgiendo entre los bordes del casco
como si de serpientes virulentas se tratasen.
—¿Todavía en pie? —preguntó Balboa. No llevaba
armas y tenía los brazos pegados al cuerpo. De pronto, levantó la mirada hacia
arriba para comprobar si había salido la luna. No, el cielo continuaba
encapotado y no parecía que fuera a despejar. Vaya por Dios.
Los cuevas podrían haberse lanzado sobre él. Se
trataba de un hombre solo. No obstante, la idea de intentarlo los bloqueaba
hasta el extremo de paralizarlos. ¿Les daría tiempo a abalanzarse sobre el
resto de españoles antes de que estos alcanzaran sus armas para defenderse?
Podían oír sus ronquidos, de manera que supusieron que sí. ¿Y los perros?
¿Quién les decía que los españoles no habían dejado a uno de los suyos a cargo
de los perros? Acostumbraban a hacerlo y a ellos se les había olvidado
comprobar si hoy había sido así.
Balboa levantó una mano y se acarició la barba con
ella. Aquellos dedos tenían el grosor del brazo de muchos çabras. O eso les
pareció.
—Jerónimo —dijo, entonces, Balboa—. Vente conmigo.
Vamos a tomar la última. Estos maricones se han quedado dormidos.
Ignoraba la presencia de la columna de ataque.
Jamás supieron si lo hizo consciente o inconscientemente. Si permanecía sobrio
o estaba a punto de caer redondo. Lo que sí tuvieron claro fue que hasta ahí
habían llegado.
—Sí, tibá —repuso Ztxäc-Ah.
Balboa miró hacia el frente. No dejaba traslucir
ningún tipo de sentimiento en su mirada. Lo único que hizo antes de dar media
vuelta, exponer su espalda a los ochocientos indios cueva y regresar, en
compañía de Ztxäc-Ah, a la hoguera donde dormían los españoles, fue golpearse
el yelmo con los nudillos. Eso y sonreír abiertamente.
Capítulo 6
Supieron que una serpiente enroscada les mostraría el camino
14 de septiembre de 1513, miércoles
No resultaría fácil. Averiguar en qué momento una
parte le estaba diciendo la verdad a la otra. Tan sencillo como eso sobre el
papel, tan complicado en el terreno.
Aquel día se levantaron con una resaca de las que
hacen época. Durante la primera media hora, los españoles apenas podían
moverse. Alguno se quejaba y casi todos gruñían mientras los capitanes
comenzaban a estirarse. Sin embargo, no hubo que apremiar a nadie: poco a poco,
los compañeros se pusieron en cuclillas, preguntaron si había agua fresca cerca
y se marcharon a poner fin al reseco. Andad con cuidado, porque esto está
infestado de alimañas, dijo alguien, pero nadie le prestó excesiva atención. Al
rato, para cuando el capitán Balboa hizo acto de presencia, la mayoría de los
compañeros ya estaba en pie y lista para lo que tocara. Arrastrarían la resaca
durante toda la jornada, pero ninguno se quejaría. Los quejicas habían quedado
atrás. Muy atrás. La primera hornada de quejicas jamás partió de España. La
segunda, algo menos quejica que la anterior pero también significativamente
quejica, permaneció en Santo Domingo, donde la vida era tan buena como insulsa
y previsible. Los quejicas de tercera hornada se hallaban, ahora mismo, en
Santa María de la Antigua, desayunándose en las puertas de sus hogares mientras
observaban las nubes del cielo y trataban de averiguar si traían lluvia. La
traían, claro, porque esto es el Darién y aquí la nube no se forma si no es
para descargar en firme. Ellos, los antigüeños, ante tal eventualidad, se
refugiarían, como si nada, en el interior de las viviendas y se dedicarían a
sus quehaceres cotidianos. Así que no, todo hombre que ahora mismo estuviera de
entrada en la selva permanecía tan ajeno a la queja y el lamento como el aceite
al agua. Estos tíos no eran lo mejorcito de cada casa. Ni de lejos lo eran.
Pero eran duros como la piel de un lagarto. Se habían emborrachado la noche
anterior y hoy se hallaban para el arrastre. Sin embargo, había faena, así que
a ella y sin rechistar, que aquí estamos todos a por el botín.
Balboa no mencionó el incidente de la noche
anterior. Tanto Ponca y los ponqueños como Jerónimo y los careteños no pegaron
ojo. ¿Qué habían significado las palabras, los gestos y la actitud del gran
tibá rubio? ¿Cómo interpretarlas? ¿Les había perdonado? ¿Habría represalias? La
incertidumbre ante un hecho conocido y las consecuencias que de él se derivaban
sacaban de quicio a los indios cueva, nada acostumbrados a bandearse con los
dilemas. No, porque allá, en la selva, los tiempos y los actos se habían sucedido
uno detrás de otro y con la naturalidad que les era propio: las cosas pasaban.
Ahora, los españoles introducían un ingrediente
demoníaco: no te vamos a decir si pensamos esto, lo contrario o ninguna de las
dos cosas. Mientras tanto, todo está bien, muchachos. Sonreíd, que parece que
va a salir el sol.
Honestamente, los españoles como Balboa manejaban a
conciencia esta táctica. Lo hacían, aunque solo a veces. En otros momentos, y
este era uno de ellos, permanecían ajenos a la inquietud que sus actos
engendraban en los indios. Balboa no había percibido una amenaza real en lo
sucedido la noche anterior. Vio a un buen montón de indios esgrimiendo teas y
macanas, pero aquello no le atemorizó en absoluto. ¿Qué pensaban hacer los
cuevas? ¿Atacarlos? ¿A los españoles? Por el amor de Dios… La sola idea le causaba
risa. Ni a los ponqueños ni a los careteños les convenía la guerra. Ellos
podían haber pensado que, dada la situación y con todos los compañeros
durmiendo a pierna suelta, el trabajo resultaría sencillo. Sin embargo, no, no
lo sería. Y esta simple comprensión, ese buen seso, disiparía cualquier idea
errónea o desviada. Diablos, había sido una noche de celebración. Si los indios
también querían divertirse, estaban en su pleno derecho y no sería Balboa ni
ninguno de sus hombres quienes lo impidieran.
¿A que no sucedió nada? No, porque nada podía
suceder. Además, los perros no beben vino y habría bastado con que un solo
compañero, uno solo, alcanzara las perreras y los liberara para que la batalla
se convirtiera en carnicería y cientos y cientos de indios acabaran devorados
por los alanos de la muerte. Les dieron de cenar, lo hicieron, pero los alanos
llevaban tanta hambre atrasada que no dudarían en destrozar y engullir a unos
cuantos indios revoltosos. El resto huiría despavorido hacia lo más profundo de
la selva, los perros le seguirían el rastro y, en fin, todo acabaría en
desastre.
Balboa sabía que nadie se encamina hacia el
desastre salvo que no le reste otra opción. Los cuevas la tenían y, por ello,
nada sucedió. Pelillos a la mar. Es bueno que cada cual defienda lo suyo.
De hecho, a esto mismo pensaban dedicar tantas
jornadas como fuera preciso. El cacique Ponca tenía que darles información
fiable para seguir adelante. Les costara lo que les costara, la conseguirían. Y
no resultaría sencillo.
Los españoles, que llevaban varios días asentados
en el pueblo, lo habían registrado de arriba abajo y habían hallado un buen
botín de oro. Sobre todo, ornamentos concienzudamente labrados. Lo recolectaron
porque no les salía hacer nada distinto, aunque Balboa les advirtió que
cuidado, que esta vez no se lo llevarían sin más ni más, que intentarían, pues
las circunstancias obligaban a ello, una astucia distinta. Muchos compañeros
protestaron y objetaron que ninguno estaba dejándose la piel en aquella selva de
mierda para no acopiar tanto botín como se pudiera. Balboa, entonces, los calmó
asegurando que el hecho de que cambiaran de estrategia no significaba que, al
final, el oro no fueran a quedárselo ellos. A pesar de no comprender hasta
dónde llegaban las pretensiones del capitán, los compañeros respiraron más o
menos tranquilos. El oro les pertenecía, y si este extremo no se ponía en duda,
magnífico, adelante con el resto de los planes.
A media mañana, ya con los cuerpos más asentados y
después de haberse echado algo a los estómagos, los compañeros se acercaron al
lugar donde acampaban Ponca y sus honorables çabras. Como los españoles habían
dormido al raso tras la borrachera, los ponqueños retomaron la posesión de sus
casas. Balboa se dio una vuelta por el poblado en compañía de los capitanes
Pizarro, Albítez y Olano y decidieron que mirarían hacia otro lado. Convenía
estar a buenas con el cacique, así que si querían dormir en sus hamacas, por
ellos perfecto. No se opondrían. Albítez juzgó que, dado que tampoco planeaban
pasar allí demasiado tiempo, no convenía que los compañeros se pusieran
demasiado cómodos. Todos contentos, en suma.
En su paseo, se encontraron a varios çabras
ponqueños con las hachas españolas al hombro. Agarraban el mango casi a la
altura de la hoja, lo cual les daba un aspecto un tanto cómico.
—Me apostaría un huevo a que no tienen ni la más
remota idea de cómo usarlas —dijo Pizarro. A los españoles les encantaba
apostar, incluso cuando la apuesta, como era el caso, fuera un tanto inusual.
—Pues nosotros no les vamos a enseñar a hacerlo
—repuso Balboa.
—Ya se las apañarán, descuidad —intervino Olano.
—Son demasiado pesadas —replicó Balboa.
Y lo eran. Y esta cuestión no la habían pasado por
alto a la hora de decidir regalárselas. Cualquier arma, y el hacha lo es, ha de
estar proporcionada al tipo que la empuña. Hombre grande, espada grande. Hombre
menudo, espadita de juguete. Con las hachas sucedía otro tanto. Todas las que
habían llegado de Santo Domingo eran pesadas y con el mango largo y grueso. En
manos de tíos como Baracaldo, cuatro o cinco hachazos bien dados bastaban para
echar abajo un árbol. Sin embargo, los cuevas eran mucho más menudos que los
españoles. En la selva, esto constituía una ventaja y ellos, los compañeros,
bien que lo sabían. ¿Cuántas veces un indio se había colado en un huequillo
abierto entre dos ramas como si fuera una culebra? A cientos. Tantas como los
españoles se habían quedado atascados en ellos mientras proferían improperios y
le mentaban la madre a medio Darién.
Toda moneda posee su cara y posee su cruz, y la
habilidad de los españoles residía en que, ni de lejos, lo olvidaban. Por
supuesto que las hachas les serían útiles a los indios. Por supuesto que,
cuando aprendieran a utilizarlas, podrían talar árboles en menos de lo que el
loro que anida en la copa se desgañita ante la hecatombe. Indio malo, indio
malo. O lo que sea que hayan aprendido a gritar los loros de este paraje. Sin
embargo, si las esgrimían contra los españoles, si las alzaban frente a ellos,
los indios tenían los suspiros contados. Lo fiaban todo a un solo hachazo,
pues, debido al peso de la propia hacha, si erraban no tendrían tiempo de
volverlo a intentar. No, pues, para entonces, al español que se hallara frente
a él le habría dado tiempo a desenvainar su espada, esta sí cabalmente adecuada
al peso y complexión del hombre que la empuñaba, y clavársela al indio en mitad
del pecho. Si se trataba de Baracaldo, que portaba al cinto un espadón que
pesaba como un muerto, el indio podía darse por partido por la mitad. O
decapitado. No sería la primera vez que los compañeros veían cómo Baracaldo
enviaba, de un certero mandoble, la cabeza de su adversario a veinte pasos de
distancia del, en ese instante, ya aturdido tronco.
Se morían de la risa cuando esto sucedía y el
capitán Pizarro siempre se apostaba un huevo a que nunca lo había logrado
enviar tan lejos. Los compañeros no insistían en cobrar las apuestas
incobrables. De lo contrario, Pizarro, para quien el devenir reservaba años de
gloria infinita, habría conquistado las tierras del sur no ya sin nada entre
las piernas sino con testículos a deber.
—Hay que devolverles el oro del botín —explicó sus
intenciones Balboa—. Es el momento, ahora que están entusiasmados con las
hachas.
—Los compañeros no acaban de verlo claro —explicó
Olano.
— ¿Cuántas veces tengo que explicarlo?
—Yo lo entiendo, tío. Los que no lo entienden son
ellos.
—Han dicho que sí. Se conformarán.
—Pero el oro regresará a nuestras manos, ¿verdad?
Balboa se giró hacia Olano. ¿En serio que le estaba
preguntando eso? Ni se molestó en responder.
—Venga, Albítez —dijo, yendo al grano—. Haz el
favor de recoger el botín y traértelo. Nosotros vamos yendo a la casa del
cacique.
— ¿La del puto árbol en el medio?
—La misma.
— ¿Cómo está Joaquín?
Los españoles eran unos grandísimos hijos de puta,
pero eran unos hijos de puta con un corazón que no les cabía en el pecho. A
Joaquín le habían azuzado un alano y habían permitido que casi le arrancara el
rostro de un brutal mordisco. ¿Le guardaban algún rencor por su terquedad en no
contarles nada? No, al contrario. Como acababa de hacer el capitán Albítez,
preguntaban por él y lo hacían de forma sincera, como si los problemas de salud
que aquejaban al pobre Joaquín tuvieran que ver con un infortunado accidente en
la selva y no con la intervención de ellos mismos.
—Parece que bien —respondió Balboa, que siempre
estaba informado de todo lo que sucedía—. Se recupera a buen ritmo.
—Vaya, cuánto me alegra oírlo… Bueno, agarro el
saco del oro y voy detrás de vosotros. Adelantaos tranquilamente.
A Albítez, los indios lo siguieron con la mirada. A
Balboa, Pizarro y Olano, otro tanto. Sería la constante en los próximos días.
Desde luego, los españoles harían más de lo mismo. Eran amigos y aliados,
aunque eso no significaba que confiaran los unos en los otros. Los españoles no
se lo tomaban a mal sino como un gaje del oficio. Nadie dijo que esto fuera a
resultar un paseo triunfal. Los cuevas, por su parte, a saber.
El saco con el oro de los ponqueños no se guardaba
en ninguna parte. Los compañeros solo se fiaban de los compañeros cuando se
hallaban rodeados de compañeros. De esta forma, los botines los llevaban
siempre encima. Por turnos, porque terminaban por pesar lo suyo, pero ellos y
sin ayuda de nadie. La noche anterior, ebrios hasta decir basta, no olvidaron
que a Malpartida le tocaba dormir sobre el saco del oro. Eso hizo y, aunque no
se tenía en pie a causa de la borrachera, le habría rajado el cuello de oreja a
oreja al primer indio que hubiera intentado arrebatárselo.
El problema surgía cuando este celo se llevaba
demasiado lejos. Que no era en pocas ocasiones. Como esta, en la que el capitán
Albítez llegó, pidió, exigió y a Malpartida la orden le entró por un oído y le
salió por otro.
—La bolsa, Malpartida —ordenó el capitán.
El compañero se abrazaba a ella como a una novia
reciente. El saco tenía el tamaño de un conejo y el peso de un cordero. Oro del
bueno, del macizo. Los españoles habían aprendido a valorar su pureza gracias a
este medio tan poco ortodoxo. No resultaba nada fiable, pero los compañeros
creían en él a pie juntillas. Y es que los españoles, cuando creían en algo que
les afectaba tan directamente como el mismísimo botín, habrían dado la espalda
a Jesucristo levitante ante ellos surgido si este se hubiera empeñado en
llevarles la contraria. Las certezas que se adquieren pasándolas putas son
certezas inmutables.
—No te doy la bolsa, capitán —repuso Malpartida.
Varios compañeros, Jaén, Crespo, Gutiérrez y Cienfuegos entre ellos, observaban
de cerca. Ahí se estaba resolviendo no un asuntillo sino un proceder. Merecía
la pena estar atentos.
—Venga, Malpartida, no me toques los cojones, que
no tengo ganas de andar discutiendo. Me duele la cabeza y…
—Como a todos, capitán. Pero yo no te doy la bolsa
del botín.
El capitán Albítez se llevó la mano al yelmo y se
lo reencajó en un gesto que tenía más de nervioso que de cualquier otra cosa.
— ¿Y por qué no, si se puede saber? —preguntó. Sí,
le dolía la cabeza, y a rabiar. Maldito vino ponqueño…
—Porque el encargado de la custodia del botín soy
yo.
—Lo sé mejor que nadie, Malpartida. Mi trabajo
consiste en repartir los turnos.
—Entonces lo tienes claro, capitán.
—Tengo claro que vas a darme ya la bolsa con el
oro.
— ¿Para qué, capitán?
—Balboa lo ha ordenado, Malpartida.
— ¿Y qué dice Balboa al respecto del botín?
—Que el hombre que lo custodia no ha de
entregárselo ni al rey Fernando si este apareciera entre la maleza y se lo
pidiera.
—Exacto. Pues eso hago. No entregárselo a ni Dios.
—Hostia puta, Malpartida. Que yo soy tu capitán.
Que me conoces de sobra. Que si hay alguien que va contigo en esto, soy yo, me
cago en todas las vírgenes del Darién.
Malpartida había escuchado las explicaciones que
Balboa había dado al respecto de lo que pensaban hacer con el botín. Al
parecer, se lo darían al cacique Ponca para que este confiara en ellos, les
contara a saber qué y, después, sin explicar cómo, el oro regresaría
mágicamente a manos de los españoles. Malpartida, y con él un nada desdeñable
grupo de hombres, pensaba que aquel plan era un auténtico fiasco. ¿Y si se
quedaban, ya que lo tenían en la mano, con el saco del oro y a Ponca le sacaban
la información a hostias, como se había hecho toda la santa vida?
—Me suda la polla el caballo blanco del rey y me
suda la polla el mismísimo rey —sentenció Malpartida—. Él se lleva una quinta
parte. El resto, nos pertenece.
El capitán Albítez, en ese momento, debería haber
reprendido a Malpartida. Nadie se cisca en el rey Fernando y se queda tan
ancho. Por supuesto, en el Darién no se aplicaba ninguna de esas normas. De
hecho, se les hacían tan extravagantes como si, en lugar del rey Fernando, las
hubiera prescrito el gran kan de Cipango.
Balboa solía, no obstante, enviar, de cuando en
cuando, un poco de oro rumbo a España. Para cumplir y para que, cuando vinieran
mal dadas, nadie se olvidara de ellos. Algo que, por cierto, sucedía muy a
menudo. Lo uno y lo otro: que vinieran mal dadas y que los cabrones del otro
lado del mar ni se acordaran de su existencia y sus penares. Ahora, que alguien
se pregunte, en serio y con todas las consecuencias, por qué un hombre como
Malpartida se negaba a entregar el botín incluso a su propio capitán. Pensadlo
despacio mientras continuamos.
—Tienes la palabra del capitán Balboa y la mía
propia, Malpartida.
— ¿Qué palabra, capitán?
—Que este oro regresará a nuestras manos.
—Mejor, ya que en nuestras manos está, que aquí se
quede. No vaya a perderse algo por el camino.
—Malpartida…
—Soy el encargado de custodiar el botín.
—Y yo soy tu capitán. Me lo vas a dar por las
buenas o me lo vas a dar por las malas. Elige.
— ¿Vas a desenvainar contra mí, tío?
—No, eso nunca. Pero te voy a partir la puta crisma
como no me des ya el saco.
Malpartida no respondió y se limitó a mirar a
Albítez. Apretaba con fuerza el saco del oro, no fuera el capitán, tratando de
sorprenderlo, a abalanzarse sobre él con la intención de arrebatárselo.
Fue entonces cuando el resto de hombres presentes
creyó que mejor sería intervenir. A nadie le convenía que las cosas se
torcieran demasiado.
—Venga, Malpartida, dale el oro —dijo, en tono
conciliador, Cienfuegos—. Ya oíste a Balboa: esta vez tenemos que intentar una
astucia distinta.
—No veo por qué —repuso, con el ceño fruncido,
Malpartida. Cuando un hombre cualquiera frunce el ceño, denota enfado,
molestia, animosidad. Cuando un compañero lo hace, significa que se halla en
tesitura de troncharle el alma a quien se le ponga por delante. De ahí el tono
conciliador de Cienfuegos. De ahí que consideraran que lo mejor era intentar
que los acontecimientos se calmaran.
—Porque lo ha ordenado Balboa y Balboa sabe lo que
se hace —intervino Crespo.
—El encargado de guardar el botín responde, ante el
resto, de su suerte —insistió Malpartida.
—No en esta ocasión, tío —dijo Jaén—. Venga,
tenemos que estar de parte de Balboa. Necesitamos que los putos indios nos
ayuden a encontrar la ruta que conduce hasta el mar del Sur. Sabes que nosotros
solos no seremos capaces de llegar.
Que los compañeros se alternaran a la hora de
tratar de convencer al hombre que se había puesto terco suponía, aunque fuera
de forma inconsciente, premeditación en sus actos. Si Malpartida defendía el
bien común porque ese era el único modo de defender el suyo propio, los demás,
tomada cuenta de que Malpartida los llevaba por mal camino, hicieron algo
idéntico: aliarse para que, juntos, uno a uno todos salieran beneficiados.
— ¿Respondes en persona del botín, capitán?
—preguntó, tras unos momentos pensándoselo, Malpartida.
—Por supuesto —respondió, de inmediato, Albítez.
—De acuerdo… —accedió, aunque de mala gana, el
otro.
Y le tendió el saco. Sí que pesaba como un cordero.
Si los ponqueños habían dejado tanto oro tras su huida, a saber cuánto más
tendrían enterrado en la selva. Porque ellos afirmaban que se trataba de
baratijas sin interés, pero ni hablar. Sabían de su valor y de su importancia.
No en vano, los artesanos que tan minuciosamente lo labraban estaban
considerados como hombres de relieve en la sociedad cueva.
Los españoles siempre asentían y hasta fingían
emocionarse cuando se les mostraba una gargantilla de tal o un brazalete de
cual. Ellos, de regreso en Santa María, se lo entregaban todo al fundidor para
que hiciera lingotes. Ahí sí que había una belleza inconmensurable, ahí.
* * * *
Balboa, Pizarro y Olano llegaron a la casa del
cacique Ponca y no llamaron a la puerta porque, primero, aquellas viviendas
carecían de ellas y, segundo, no lo habrían hecho aunque hubiesen existido.
Iban a presentar sus respetos, a tratar tan bien al cacique que a este,
fascinado, no le quedara más remedio que acceder a las pretensiones de los
españoles. Sin embargo, ellos no llamaban a la puerta. En Santa María sí, por
supuesto, pues ¿qué clase de hombre entra en la casa de un segundo sin llamar
primero?, pero no en cualquier otro lugar del recóndito Darién. Allí solo había
indios y más indios, y los españoles pretendían que los indios aprendieran a
ocupar el lugar que les correspondía en el mundo que ellos traían trazado en
sus mentes. Si hace falta para que nos digas lo que queremos saber, nos
postraremos ante ti, Ponca. Pero jamás de los jamases llamaremos a tu puerta
antes de entrar. No trames nada contra nosotros y nada deberás temer. ¿O no es
así?
Dentro de la casa, encontraron al cacique, a varios
de sus çabras y a un buen número de mujeres que la noche anterior no estaban
con ellos. Habrían salido de la jungla. Porque, aun siendo Ponca un hombre
prudente que no quería exponer a su pueblo a peligros innecesarios, ¿acaso
debían ellos prepararse el desayuno? Si los españoles la tomaban con sus
mujeres, lo considerarían una gran desgracia y quizás hasta emprendieran algún
acto de desagravio. La guerra, incluso. Pero un ponqueño se viste por los pies
y ni siquiera sabe encender la lumbre.
Los tres capitanes observaron que, además de varias
mujeres de avanzada edad, se apiñaban, al fondo de la vivienda, un grupito de
jovencitas. Pizarro aseguró, en voz baja y mientras avanzaban rodeando el gran
árbol que crecía en el interior de la edificación, que la más bella del grupo,
una muchachilla que no tendría ni catorce años, era una esposa secundaria del
cacique. Quizás la hija de algún çabra destacado. Cuando Olano le repuso que
qué sabría él, Pizarro se estiró su larguísima barba y le espetó que él otra
cosa no, pero memoria la tenía y mucha. Por ello, recordaba a la niña de cuando
tiempo atrás estuvieron pacificando el cacicazgo. Olano apretó los labios, dio
a entender que no creía una sola palabra de lo que acababa de contarles Pizarro
y, sin tiempo para más, dieron por zanjada la discusión. ¿A quién le importaba,
en cualquier caso, la cría? Sí, era guapa, pero no le prestaron más atención.
—A lo que estamos —ordenó Balboa en voz baja.
—Suave, ¿no? —inquirió Pizarro.
—Venimos hechos de manteca pura —respondió Balboa.
Entonces, con el cacique ya frente a ellos tres, se inclinó un tanto
teatralmente para saludar—: Ponca, amigo mío. Te deseo buenos días a ti, a tus
bravos guerreros y a las bellas mujeres que de nuestros ojos se ocultan.
Sabían que lo que dijeran daba igual, pues ningún
ponqueño comprendía el castellano, y que lo que importaba era el tono de lo
dicho. Sonreían y no levantaban la voz. De momento, con esto bastaba.
Ponca dijo algo en jerga cueva y los compañeros
dieron por hecho que les devolvía el saludo y las cortesías.
—Verás, amigo mío —continuó Balboa cuando el
cacique terminó de hablar—. Nosotros veníamos porque…
Sin embargo, el cacique no había concluido, pues,
del modo más inesperado, levantó la palma de la mano derecha frente a ellos y
les espetó algo en jerga.
Los tres españoles se miraron los unos a los otros.
—No sé qué quieres decirnos, amigo Ponca —expresó
Balboa.
El cacique volvió a repetir lo dicho y, esta vez,
se llevó las dos manos al rostro, situó las puntas de los dedos en torno a él y
presionó con fuerza.
—Comprendo… —dijo Balboa.
— ¿Joaquín? —preguntó Olano.
—Sí, Joaquín —respondió Balboa.
Por si acaso, Pizarro acercó, muy despacio, la mano
a la empuñadura de su espada.
—Bueno, creo que ya está mucho mejor, ¿no? — dijo,
en el mejor de sus tonos apaciguadores, Balboa—. Mira, Ponca, reconozco que
quizás se nos fue un poco la mano con él. No le teníamos que haber azuzado al
perro. Pero ¿qué quieres, tío? El cabrón está tatuado con polvo de oro. Lo
único que queríamos era que nos dijera dónde está la ciudad de oro. Tampoco es
tanto pedir, diría yo… Según tengo entendido, allí el oro se derrama por las
laderas. ¿Qué más os da si vamos y tomamos un poco? Joder, Ponca, que somos amigos…
—Cámbiale de tema —intervino Pizarro—, porque, si
no, este tío se pasa la mañana entera dándonos la murga con el puto Joaquín.
Esta vivo, ¿no? Pues qué más quieren.
—Eso —secundó Olano—. Siempre estamos con lo mismo:
nos desvivimos por darles el mejor trato y ellos nunca están contentos.
—Tranquilos… —dijo Balboa. Los compañeros
acostumbraban a hablar mucho entre ellos y los cuevas siempre observaban
estupefactos. Jamás habían conocido a una nación que hablara tanto. ¿Y para
qué? ¿No mandaba el gran tibá rubio? Pues los demás deberían obedecerle, como
se hacía en Ponca, en Careta y en cualquier reino del Darién—. Sí, es mejor que
desviemos su atención del puto Joaquín…
—Pregúntale sobre la ciudad de oro —sugirió Olano.
—Ahí, ahí —apremió Pizarro—. Hay que averiguar
dónde está.
—Recordad que el objetivo principal de la empresa
es hallar el camino hacia el mar del Sur —expresó Balboa.
—Pero lo uno no quita lo otro —dijo Pizarro. A
todos los compañeros les encantaba el oro, aunque al capitán Pizarro de una
forma especial. Le brillaban los ojos cuando pronunciaba aquella palabra
mágica. Sucio tras muchos días sin asearse, con trozos de ramas y de hojas en
su poblada barba y el yelmo calado hasta debajo de las cejas, el hecho de que
su par de vivísimos ojos fulgurara no pasaba desapercibido a los indios. Balboa
provocaba en ellos algo muy parecido al terror. Pizarro, a la angustia. Tenerlo
frente a ellos les hacía sentirse desdichados, muy desdichados.
—De acuerdo, lo intentaré —accedió Balboa, quien,
acto seguido, se giró hacia los expectantes ponqueños y trató de hacerse
entender—: Nos gustaría que nos dijerais dónde está la ciudad de oro. Oro.
¿Comprendéis a qué me refiero? ¡Oro! Ese metal con el que os fabricáis el
canutillo de la polla.
Balboa dio unos pasos hacia uno de los çabras que
flanqueaban a Ponca y, con el dedo índice extendido, señaló el pene del hombre
y el caracolillo de oro en el que este se hallaba enfundado. Los indios
comprendieron de inmediato y todos repitieron una y otra vez la misma palabra.
Carecía de vocales, o eso les pareció a los españoles, de manera que no se
vieron capaces de repetirla.
—Creo que lo han pillado —comentó Olano.
En ese momento, llegó Albítez con el botín. Entró
en la casa, avanzó con paso firme y no se detuvo en formalidades: se situó
frente al cacique Ponca y, con gesto arisco, lanzó la bolsa del oro a sus pies.
Varias piezas se deslizaron y resbalaron por el suelo. Los ponqueños las
miraron pero nadie las recogió. Allá se quedaron.
— ¡El oro, Ponca, el oro! — exclamó Balboa—. Qué
puta casualidad, de lo que estábamos hablando. Hostias, Albítez, parece que nos
has leído el pensamiento… Mira, Ponca, tío, lo que nosotros queremos es que nos
expliques cómo llegar hasta el oro. No, a los ríos no… Eso es fácil y en Santa
María ya tenemos nuestra cuadrilla de mineros levantando lechos y cribándolos
como si no hubiera un mañana. Se saca oro, claro que se saca, pero tan
despacio… Nos eternizamos con ese sistema, Ponca. Nosotros seríamos partidarios
de, cómo te lo diría, algo más expedito. Pum, llegar, agarrar tanto metal como
podamos acarrear y largarnos por donde hemos venido.
—No le digas que pensamos llevárnoslo todo —le
susurró, casi al oído, Olano.
Balboa negó con la cabeza y continuó:
—Nos haría muy felices que nos explicaras por dónde
se va a El Dorado.
Ponca, entonces, repitió estas dos últimas
palabras.
—El Dorado —dijo, con un acento más que razonable.
—Exacto, tío —le sonrió Balboa—. Dinos por dónde se
va al puto El Dorado y, de paso, si está en la misma dirección que el mar del
Sur. Y nosotros nos vamos por donde hemos venido, que ni queremos causar
molestias, ni resultar una carga para nadie… Sabes que somos gente de paz que
solo pretende ganarse la vida honradamente.
El cacique miró a Balboa y le sostuvo la mirada
durante un buen rato. A ningún español le gustaba esa actitud. No la aceptaban,
la consideraban poco menos que un insulto, los revolvía.
—Ni abráis la boca —advirtió Balboa, quien temía
que alguno de sus capitanes dijera que ya bastaba y se fuera hacia delante. Los
indios no usaban la mirada de igual forma que los españoles. Y si bien la mayor
parte de los compañeros había comenzado a comprenderlo, no todos terminaban por
hacerlo. Al final, un tipo que, en silencio, no te quita ojo de encima es un
tipo que te está retando, ¿verdad? Les costó Dios y ayuda llegar a la
conclusión de que, para los indios cueva, aquella mirada sostenida significaba
que consideraban a los españoles dignos de respeto y atención, que sus palabras
estaban siendo valoradas, que, en suma, cualquier trato que pretendieran ambas
partes comenzaba a fraguarse poco a poco.
Ponca, sin romper el silencio, avanzó hacia el
lugar donde se encontraban los españoles. Se situó frente a Balboa y dijo algo.
Balboa asintió. Le sacaba sus buenos palmos de altura al cacique. Pesaba, en un
cálculo rápido, quizás el doble. Ponca volvió a hablar y, esta vez, uno de sus
çabras se acercó. Tenía el torso y el rostro tatuados de color amarillo, tal y
como los hombres que cinco días atrás encontraran en la selva. Aquellos que
resplandecían como luz en la noche, aquellos sobre los que los careteños se
lanzaron como perros hambrientos, aquellos a los que los españoles defendieron
con gran peligro para sus propias vidas.
El cacique señaló los tatuajes de su çabra y, sin
pausa alguna, movió el dedo con el que había señalado hasta el pecho de Balboa
y lo posó en la coraza.
—No te entiendo… —comenzó a decir el español, quien
se volvió hacia el resto de los capitanes y de ellos solo obtuvo un
encogimiento de hombros.
Ponca insistió. En esta ocasión, levantó el dedo y
lo llevó hasta el cuello de Balboa. Después, señaló, de nuevo, los tatuajes
dorados de su çabra. Otra vez en el cuello de Balboa, perfiló un dibujo
imaginario a partir de él: comenzando bajo la oreja, fue descendiendo en línea
recta hasta que, en el pecho, trazó una gran espiral sobre la coraza metálica.
—No me jodas… —dijo Balboa.
— ¿Quiere que…? —comenzó a preguntar Pizarro.
—Yo creo que sí —opinó Albítez.
—Pienso igual —se unió Olano.
—Y si lo hago, ¿me indicarás por dónde hemos de ir?
—le preguntó Balboa al cacique.
Ponca levantó las manos en un gesto teatral. Habló
largamente, sus çabras asintieron con respeto y veneración y los cuatro
capitanes se rascaron la nuca.
— ¿Lo vas a hacer, Balboa? —preguntó Pizarro.
— ¿Tatuarme con oro bajo la piel? — preguntó
retóricamente el aludido—. Si así consigo que nos digan cómo llegar a nuestro
destino, me pondría un canutillo de esos en la polla y saldría a bailar desnudo
por la selva.
—Eso ya no se va para nunca jamás —adujo Olano.
—Mejor —sentenció Balboa—. Llevaré una lámina de
oro bajo la piel. En una mala, me rasco con la uña y tengo para comer y beber.
No es mal plan. Ojalá se me hubiera ocurrido antes.
* * * *
Una serpiente enroscada. Eso es lo que Ponca había
decidido que Balboa se tatuase. Al parecer, y hasta donde los compañeros
pudieron entender, la serpiente enroscada suponía un símbolo de virilidad y
fiereza que solo los grandes guerreros podían lucir en sus pieles. Debía haber
más animales susceptibles de ser tatuados, y todos ellos tenían significados
propios. Por ejemplo, un águila con las alas abiertas quería decir que el
hombre que la lucía había luchado bravamente en una batalla contra el enemigo.
Un reptil con los ojos desorbitados simbolizaba astucia. Etcétera. Los
ponqueños se extendieron mucho en las explicaciones, pero los españoles,
dándose cuenta de que aquellas no se hallaban relacionadas con los caminos a
seguir para encontrar tanto El Dorado como el mar del Sur, dejaron de escuchar
y se limitaron a asentir. Los ponqueños podían volverlo loco a uno con su
cháchara.
Para sorpresa de todos, resultó que los varones no
tatuaban. En la sociedad cueva, los varones no hacían demasiadas cosas, esa era
la verdad. De esta forma, una anciana que se escondía, junto al resto de
mujeres, en la parte trasera de la vivienda, se aproximó al lugar donde se
encontraban los hombres y extendió toda una serie de artefactos necesarios para
el proceso. Era fea como el diablo y los compañeros bromearon, aunque no mucho,
al respecto. Puesto a ser tatuado, Balboa, para qué mentir, habría preferido
que lo hiciera alguna de las bonitas jovencitas que, cautas ellas, permanecían
muy al fondo de la casa y de allí no se movían. Un guerrero çabra se situaba a
su lado, quizás para protegerlas de los españoles. A estos, tanta precaución
les pareció excesiva: ni planeaban acercarse a las chiquillas, ni, en caso de
pretenderlo, los ponqueños podrían haber hecho algo al respecto para evitarlo.
Resultó que la vieja mandaba bastante. Al menos, en
lo que a los tatuajes se trataba. Los çabras de Ponca y el propio Ponca, con un
más que evidente respeto, se apartaban para dejarla pasar. Cuando le habló a
Balboa, lo hizo en un tono muy poco cordial que sorprendió a los españoles. Un
çabra realizó un gesto con las cejas, como queriendo expresar que a ellos qué
les iba a contar. Era la maestra tatuadora o algo por el estilo. Una especie de
curandera, o de monja, o de chamán. De todo ello al mismo tiempo, probablemente.
Antes de ponerse a tatuar, hizo dos cosas:
reprender muy severamente a Balboa y reprender muy severamente al propio Ponca.
Balboa, quien se había desprendido de la coraza y
de la camisa, mostró, para estupor general, un torso cubierto de un vello
rojizo y tupido. A la vieja, aquello le sentó como un tiro y mandó llamar a
otra vieja, que apareció rápidamente desde la parte trasera de la casa, para
que rasurara al capitán. Balboa, que llevaba siete u ocho años sin afeitarse,
había olvidado cómo era la sensación de sentir una cuchilla en la piel.
Cuchilla de madera, todo hay que decirlo, pues los ponqueños carecían de
herramientas metálicas, pero tan afilada como si fuera de finísimo acero
español. La vieja, la segunda vieja recién llegada, le llegaba a Balboa al
ombligo, de manera que a este no le quedó otro remedio que sentarse en el
suelo, cruzar las piernas y dejarse hacer. El resto de compañeros y los çabras
observaban en silencio. Solo le estaba rasurando el vello a Balboa, pero allí
parecía que se encontraban todos escuchando una solemne misa.
Ponca, como se ha señalado, también recibió lo
suyo. A los españoles les costó un poco comprender el motivo, pero, cuando lo
hicieron, les quedó meridianamente claro: según la tradición cueva dictaba,
solo a la tatuadora se le permitía elegir el lugar y el motivo del tatuaje. Que
el cacique, por muy cacique que fuese, hubiera elegido una serpiente enroscada
para el cuello y el pecho de Balboa suponía poco menos que un pecado mortal que
ni mil penitencias lograrían borrar. Ponca murmuró algo por lo bajo, la vieja
continuó refunfuñando y se aseguró de que la última palabra la tuviera ella.
Con Balboa sentado en el suelo y ya rasurado, la
tatuadora se le acercó y situó, junto a ella, sus artilugios: un cuenco de
madera oscura, dos bolsitas pequeñas de misterioso contenido, una tinaja de
agua, un extraño palo de madera con una punta afilada en uno de sus extremos y
lo que parecía un mazo de quebrar nueces.
La vieja pasó sus manos en torno a la cabeza de
Balboa, pronunció algo que sonó demasiado a un conjuro y le hizo una pregunta
al capitán. Este miró al resto de compañeros, el resto de compañeros mantuvo el
rictus circunspecto y, porque tampoco le quedaba otro remedio, asintió. La
tatuadora le puso la mano en el hombro y le tocó la barba. Por supuesto, no la
aprobaba, pues el vello en el cuerpo, para los cuevas, no solo era una cuestión
de mal gusto, sino de simple cortesía: había que tener mucha desfachatez para
presentarse allí con aquellas pintas.
En estas, la tatuadora comenzó a trabajar. Todos,
ponqueños y españoles, observaron con atención. Los primeros porque, creyeron
los capitanes, aquel acto tenía, para ellos, más de ritual que de otra cosa. Y
los segundos, por un motivo más que obvio: jamás habían visto a nadie tatuado.
Sí, los marineros de los barcos en los que habían llegado a América mostraban
tatuajes en los brazos y el pecho, pero, cómo decirlo… Entre lo que la
marinería lucía y lo que los cuevas eran capaces de exhibir, existían tantas diferencias
como entre el día y la noche. Ellos, los compañeros, no se tenían por gente
fina ni sofisticada. Nadie se engañaba al respecto y, si estabas aquí, era
porque tu única habilidad en el mundo se resumía en saber cómo repartir
hostias. De hecho, en el propio Darién, donde cada español presente, por
razones de pura supervivencia, tenía que ser un poco soldado, los propios curas
difundían la palabra del Señor con trazo grueso y escaso miramiento. Bien,
entendido esto, hasta el más bronco de los compañeros parecía una damisela
recién vestida para el baile en comparación con la marinería de los barcos que
hacían el viaje de las Indias a casa y de casa a las Indias. ¿Tatuajes? Nunca
acabaron de comprender por qué se emborronaban la piel de aquella forma tan
zafia y grosera.
En cambio, lo que los cuevas lucían era
completamente diferente. Cualquiera lo habría comprendido solo con verlo. Los
çabras tatuados refulgían y los dibujos que adornaban sus cuerpos no carecían
de armonía, de exquisitez, de algo a lo que los españoles no estaban nada
acostumbrados: de belleza. Observarlos de cerca se parecía mucho a estar dentro
de una catedral y admirar la luz que atraviesa las vidrieras.
De un manotazo, la vieja empujó hacia un lado la
cabeza de Balboa y examinó, acercando mucho su rostro al cuello del capitán, el
lugar por donde había decidido comenzar a tatuar. Torció el gesto y a los
compañeros les dio por pensar que la vieja juzgaba que la piel de los españoles
no tenía la calidad exigida para realizar un buen trabajo. Ellos, los
españoles, estaban acostumbrados a que los artesanos que se ganaban la vida en
Santa María se quejaran un día sí y al otro, también. Así, cuando el resultado
de su esfuerzo se aparecía mediocre, podían echarle la culpa a los materiales,
a las condiciones o al tiempo. Cualquier artimaña antes que reconocer que uno
era un chapucero.
Con piel de baja calidad o sin ella, la vieja abrió
las dos bolsitas de misterioso contenido. De una, extrajo una especie de resina
densa e incolora que dejó caer en el fondo del cuenco de madera oscura. De la
otra, y fue entonces cuando a los españoles el interés se les multiplicó por
diez, la tatuadora sacó un polvo de oro tan extremadamente ligero que la simple
respiración podía hacerlo volar por los aires. La vieja, con sumo cuidado, puso
el polvo de oro junto a la resina y, acto seguido, levantó la tinaja y añadió
un poco de agua a la mezcla. Hablaba sin parar mientras lo hacía y su tono no
resultaba agradable, pero como los ponqueños no le hacían caso, los españoles
tampoco.
Con los dedos índice y pulgar de la mano, la
tatuadora tomó un poco del mejunje obtenido en el cuenco y trazó, con él, una
línea en el cuello y el hombro de Balboa. Este se dijo que, de momento, el
asunto no tenía demasiada miga. Casi hasta le da por sonreír a los compañeros,
quienes continuaban observando, no maravillados pero sí interesados. No todo va
a ser conquistar y conquistar.
La sonrisa de Balboa que no llegó a brotar, no
brotaría hasta mucho más tarde porque el siguiente paso resultó algo parecido
al tormento al que los grandes y ponzoñosos demonios de los infiernos más
profundos someten a los malvados de solemnidad. La vieja tomó, en una mano, el
palo con la punta afilada en el extremo y, en la otra, el mazo de partir
nueces. Apoyó la punta sobre la mezcolanza de polvo de oro, resina y agua,
gritó algo en lengua cueva y, soltó el primer mazazo sobre el palo. La punta,
como si fuera el aguijón de una avispa gigantesca, se clavó en la piel de
Balboa y, con ella, una minúscula porción de mejunje dorado.
— ¡Joder! —exclamó el capitán.
— ¿Qué pasa? —preguntó, expectante, Pizarro.
— ¡Duele la hostia!
Y lo que dolería, pues la vieja no había hecho sino
comenzar. Durante un buen rato, golpeó de forma rítmica y constante sobre la
piel de Balboa. Así, lograba que la tintura de oro se introdujera bajo la piel
para formar el tatuaje. Con lo que no contaban era con que, al tiempo que esto
sucedía, la carne comenzara a sangrar en medio de un dolor intenso y sostenido.
¿Como el dolor de muelas? No, peor aún. Ha de reconocerse que la tatuadora
trabajaba a buen ritmo y que, antes de que Balboa comenzara a notar los
primeros mareos, ya había concluido con la cabeza de la serpiente y un
fragmento importante de su cuerpo. Por desgracia para el capitán, la cola del
bicho, tal y como la había dibujado Ponca con su dedo, debía ser enorme. Cuando
Balboa tomó conciencia de ello, tuvo que apoyarse con las manos en el suelo.
—Me cago en Dios —murmuró.
—Venga, capitán, que no se diga de un español…
—trató de animarlo Olano.
—Duele como si un enjambre te picara al mismo
tiempo.
—Aguanta un poco. Mira a Ponca. No te pierde ojo.
Creo que es importante para él que aguantes como un campeón.
—Pues… —comenzó a dar réplica Balboa, pero tuvo que
interrumpirse. La vieja tatuaba cada vez más deprisa y el mazo le clavaba la
aguja mil veces por minuto. Apretó los dientes durante un rato antes de
sentirse capaz de continuar hablando—: Pues que se siente él aquí y que lo
torturen como me están torturando a mí. Dios…
Estiró tanto la última letra que a los compañeros
les dio coraje contradecirle. Ya no se podía hacer nada al respecto. La
decisión se hallaba tomada y, además, dijera lo que dijera Balboa, parecía que
las cosas se encontraban saliendo bien. Ponca y los çabras no perdían detalle
del trabajo de la tatuadora y, de cuando en cuando, asentían y se cruzaban,
entre ellos, alguna que otra frase. Balboa, en cuanto tuviera la serpiente
enroscada tatuada con oro en su cuerpo, se convertiría en un guerrero cueva más.
Entonces, solo entonces, pasaría a ser digno de recibir la información por la
que tanto se interesaba.
Algo así como dos horas después de haber dado
comienzo, la vieja decidió que harían un alto para descansar. Balboa tenía
media serpiente tatuada y el torso completamente cubierto de sangre.
—Vamos, traedme agua para que pueda limpiarme
—ordenó mientras, con los ojos algo idos, observaba cómo la vieja preparaba más
mezcla de resina, polvo de oro y agua.
—Está quedando bastante bien —dijo, por decir algo,
Albítez.
—Ya puede, me cago en todos mis muertos —renegó
Balboa. Su voz, recia y segura siempre, sonaba apagada y hasta balbuceante.
—Piensa que lo haces por todos —expresó Pizarro—.
Si Ponca te considera un gran guerrero, alguien merecedor de conocer dónde está
El Dorado, nos indicará el camino. Debes ganártelo, Balboa.
Balboa se notaba mareado y puede que hasta confuso,
pero no lo suficiente como para pasar por alto las palabras de Pizarro.
—Yo ya soy un gran guerrero. Vencí a Ponca hace no
mucho. No puede haberlo olvidado, porque casi le meto una macana por el culo.
Los pacificamos de arriba abajo y eso Ponca lo sabe. Si lo ignorara, no se
habría largado con su gente a la selva para ponerse lejos de nuestro alcance.
En cuanto a lo de hacerlo por todos…
El capitán se interrumpió porque Olano le acercó un
gran cuenco con agua limpia.
—Échamelo por encima —dijo Balboa.
— ¿No se borrará? —preguntó Olano refiriéndose al
tatuaje a medio realizar.
— ¿Cómo cojones se va a borrar? Lo tengo metido
bajo la piel, ¿entiendes? Esa es la gracia. Y eso es lo que duele horrores.
Vamos, vierte el agua. A ver si me alivia este escozor que me está matando…
Olano hizo lo que Balboa le pedía y este cerró con
fuerza los ojos mientras el agua penetraba en las heridas abiertas y las
limpiaba de sangre.
—Joder… —rezongó.
—Vuelve la vieja —anunció Pizarro.
Volvía. Los indios, que no se habían movido del
sitio pero que habían aprovechado el receso para hablar entre ellos, callaron y
se concentraron en el tatuado del gran tibá rubio.
Balboa respiró hondo y se preparó para lo que
restaba de suplicio. Sentado en el suelo, la vieja se inclinó sobre él y
observó la parte del trabajo ya concluida. Suspiró al darse cuenta de que
habían vertido agua sin su consentimiento y, a continuación, preparó más
tintura, la extendió sobre la piel de Balboa y retomó la labor.
Hasta ahí, todo sucedía más o menos como hasta
entonces: Balboa experimentaba un dolor inmenso que, se dio cuenta, lograba
mitigar un poco si se concentraba en el sonido que el mazo realizaba al golpear
sobre la aguja. No resultaba un alivio, pero algo ayudaba. Por ello, le sentó a
rayos que, de pronto y sin venir a cuento, la vieja se pusiera a canturrear por
lo bajo. Ahí, a un palmo de su oreja, en aquella miserable jerga en la que
graznaban los cuevas.
Y él también supo que podía hacer lo que quisiera.
Y lo hizo.
Balboa comenzó a gruñir tal y como lo hace un alano
a punto de atacar. Despacio, lentamente, desde lo más profundo de la garganta.
De pronto, el golpeteo del mazo sobre la aguja cesó. Fue un instante nada más,
pues, tan rápido como se había detenido, reanudó la marcha. La serpiente se
acercaba a la cola, por fin, y Balboa gruñía y gruñía, y nadie allí dudó de
que, como si fuera un perro loco, habría saltado sobre la vieja, sobre los
indios, sobre el puto Ponca que le había obligado a superar aquel martirio para
obtener la información que precisaban.
Los devoraría a todos si ellos no cumplían su parte
del trato.
—Venga, vieja, que ya estamos terminando —dijo
Balboa. El sudor le perlaba el rostro y su mirada parecía habitada por la
enajenación de quienes han sido conducidos a un lugar para el que no se
encontraban preparados.
Y sonrió. Entonces, Balboa les sonrió a todos. La
tatuadora, con la cabeza enterrada a tres dedos de distancia de la aguja,
apuraba su trabajo. Lo cierto, esto habría de reconocérselo Balboa durante los
meses y años venideros, el tatuaje le daba un aspecto imponente. En adelante,
se contaría como soldado, pero también como guerrero. De cada parte, no
incorporaría un trozo a su identidad final. No, pues, ¿por qué debería elegir?
Él estaba allí y solo a él una serpiente enroscada le subía, desde el pecho,
hacia el cuello. De oro, de auténtico oro del Darién. Temed a ese que la porta,
ya que no se trata de un hombre cualquiera.
Volvió a gruñir. Después, aulló, rugió, ladró.
Exactamente como lo hacen los perros de guerra cuando, al escuchar la orden de
su amo, salen disparados en dirección al enemigo. Cuenta tres y mira cómo
saltan sobre sus gargantas.
Capítulo 7
Lograron que accedieran a guiarlos hasta Quareca
16 de septiembre de 1513, viernes
Un tatuaje es una herida y una herida supone dolor.
Durante los dos días siguientes, Balboa apenas pudo moverse y hasta le subió un
poco la fiebre. Pero, después, se recuperó. Y ahí comenzó el principio del fin
de la estancia en Ponca. A fin de cuentas, él ya era un guerrero, un çabra,
alguien que puede, si no hablarle de tú a tú al cacique, sí hacerlo en un modo
en el que al cacique no le quede más remedio que escucharte. No se tiene una
corte para ignorarla, ¿verdad? No en España, no en América. Estos asuntos, que
a nadie le quepa duda, funcionan igual en todas partes. Porque eso era lo que
había sucedido allí. Ponca, un cueva de los pies a la cabeza, no se distinguía
demasiado de Careta, otro cueva de los pies a la cabeza. Podrían ser enemigos
entre ellos, podrían odiarse a muerte durante siglos, podrían sentir todo lo
dicho y más, y sentirlo sinceramente, pero ¿acaso no sucedía lo mismo entre
Castilla e Inglaterra, entre Inglaterra y Francia, entre Francia y Castilla,
entre, entre, entre? Desde tiempos inmemoriales. ¿Y qué los distinguía a los
unos de los otros? ¿Qué los distinguió en el pasado y qué los distinguiría en
el futuro? Pues muchos asuntos, aunque no tantos. O, dicho de otra forma: si
mirabas con detalle, obviamente las diferencias se aparecían claras. Es lo que
tiene de malo el detalle: que como lo apliques, y lo apliques, y te obsesiones
con él, no resultas distinto ya al inglés de la Inglaterra profunda, sino al
tipo que vive en el pueblo que está al lado del tuyo. Sin embargo, si por un momento
nos olvidamos de la lupa y vamos a lo gordo de la cuestión, a un inglés desnudo
costaría distinguirlo de un extremeño desnudo. Sobre todo, si el extremeño en
cuestión es Balboa, un cabrón rubio, fornido y cabezota como el mejor de los
cabrones ingleses.
Tal cual, los indios cuevas del Darién. Debían
haberlo sospechado antes. Tendrían que haber previsto que unos y otros
actuarían de manera similar. ¿Qué hizo Careta para proteger a su reino? ¿Cuál
fue su estrategia para amansar a Balboa? Lo convirtió en de la familia.
Literalmente. Le entregó a su hija para que Balboa la desposara. Cierto que
Balboa se quejó un poco y alegó que solo se trataba de una niña, pero Careta,
con una espléndida sonrisa en los labios, le dijo que ya crecería, que todas
las niñas, al menos que él supiera, acaban convirtiéndose en mujeres. Hasta le
juró por todas las momias de sus antepasados que le saldría bella como un
atardecer de verano. Balboa, por no contrariarlo y porque le convenía, aceptó
el trato. No le gustaba tener a una cría en casa, pero uno conquista el
territorio ajeno con armas y perros, pero, sobre todo, con paciencia y buena
mano izquierda.
Ponca siguió el mismo plan que Careta. No
milimétricamente, pero poco le faltó. No le regaló a una de sus hijas, y menos
mal: ahora mismo, en mitad de la más importante de las entradas que Balboa y
los suyos emprenderían en el Darién, acarrear con una chiquilla era lo que les
faltaba. No había tiempo para tonterías. Puede que Ponca lo tuviera en cuenta o
puede que no. Jamás lo sabrían. Sin embargo, lo hizo de la familia, lo hizo de
los suyos por un camino más sencillo y directo: convirtiéndolo en un guerrero.
En un auténtico y legítimo çabra. En adelante, Balboa no sería, nunca más,
extranjero en aquellas tierras. Estaba en casa, en su hogar. La serpiente de
oro enroscada en su pecho lo obligaba tanto a él como al reino de Ponca. Balboa
se sentiría concernido, en el futuro, en torno a cualquier asunto referente a
los ponqueños. Si Careta los atacaba, Balboa debería responder e intermediar.
Si, ¡peor aún!, la gentuza del reino de Quareca, odiados demonios cuya casta no
era de este mundo, la tomaba contra los pacíficos y honorables ponqueños,
Balboa, como un ponqueño más, sentiría la obligación de defenderlos. Su nobleza
quedaba empeñada, pues se es noble porque así naces o porque, excepcionalmente,
el rey lo decide. He aquí el caso de Balboa. Con todo, hayas adquirido la
condición de una manera o de otra, la nobleza obliga. Obliga a defender, con la
vida si fuera preciso, a las gentes de tu pueblo.
A cambio, las gentes de tu pueblo se aprestarán
siempre a cumplir tus necesidades, tus anhelos, el último de tus deseos. Piensa
en el más inconfesable de ellos, piensa. Pues podrá ser hecho realidad. Deberán
hacerlo realidad porque a un çabra todopoderoso como Balboa nadie puede negarle
nada.
— ¿Duele, capitán? —preguntó Martínez. Todos los
compañeros experimentaban franco interés por el tatuaje de Balboa. No ya por la
parte, digamos, artística. La serpiente, ahora que la hinchazón había menguado
bastante, se veía magnífica. Balboa, que había pasado los dos últimos días con
el torso desnudo, no había dejado de ser, ni por un instante, el centro de
atención de los expedicionarios. Se acercaban, se inclinaban sobre él y
observaban la serpiente tatuada. Pero observaban, sobre todo, el oro. Portar una
finísima capa de oro bajo la piel les parecía una idea tan magnífica que muchos
se daban coscorrones a sí mismos por no habérsele ocurrido antes a ellos. La
fortunita, todos la tenían, por supuesto. Para eso se encontraban en el Darién,
para ir, poquito a poquito y con mucho esfuerzo, amasándola. Pero en lingotes,
en placas, en dados y hasta en monedas, pues en una tarde lluviosa y tonta, al
fundidor de Santa María le dio por acuñarlas y a los demás les pareció una idea
la mar de graciosa. Valían lo que valía su peso y santas pascuas.
Ahora bien, llevar el oro encima, encima de una
manera irreversible y rotunda, suponía una revolución en la manera de pensar de
aquellos hombres. Este oro era oro imposible de robar, oro que no pagaría
quinto, oro hecho cuerpo. Los hombres, en adelante, llevarían puesta su propia
riqueza, calado su propio tesoro. Serían ricos incluso si los desposeían de
todo.
Albítez, Olano y Pizarro tuvieron que parar los
pies a algunos compañeros dispuestos, de inmediato y sin pensárselo dos veces,
a tatuarse ellos mismos lo primero que se le ocurriera a la vieja. De hecho, la
anduvieron buscando y fue Olano quien los obligó a desistir de sus intenciones,
no fueran a liarla parda y de la forma más inesperada. A Balboa lo habían
tatuado, no se había tatuado. Aceptó porque, en ese momento, le pareció que no
le quedaba otro remedio y que la estrategia beneficiaría al objetivo de la
expedición. De ahí a que se tatuaran todos los españoles, había un trecho
largo.
—No, no duele —contestó Balboa. En realidad, sí que
dolía, aunque no ya como un enjambre de avispas rabiosas. El dolor se había
tornado soportable y Balboa, en cuanto se sintió sin fiebre, se puso en pie y a
dar órdenes. Experimentó un pequeño mareo, lo achacó a que llevaba demasiadas
horas sin probar bocado y pidió que le trajeran algo de comida. Varios
compañeros habían salido de caza y habían abatido un buen montón de cerdos
salvajes, de los que la selva se encontraba atestada. De hecho, las últimas entradas
las estaban emprendiendo casi sin víveres. La selva proveía y en abundancia.
— ¿Cuáles son los planes, Balboa? —preguntó,
directamente, Pizarro. Se hallaban en una de las tiendas de campaña que los
españoles llevaban consigo en su avance. Que llevaban los porteadores
careteños, para ser precisos, pero que alojaban a los españoles. El careteño
dormía bien al raso, incluso en las noches de lluvia, que eran casi todas.
—Avanzar en cuestión de días —respondió Balboa.
—Ponca todavía no nos ha dado la información que
necesitamos —adujo Pizarro.
—De eso me ocupo yo —repuso Balboa.
—Los hombres comienzan a ponerse nerviosos
—intervino Albítez.
Esto sí que suponía un problema. En Ponca, en Santa
María de la Antigua y en cualquier parte. Un español aburrido se parecía mucho
a un español causando problemas. O a un español a punto de causarlos. Balboa
bien lo sabía y, por ello, siempre se mostraba partidario de la acción.
Frenética, si era preciso. Todo con tal de no mantener inactivos a los
compañeros. No obstante, esta vez no se equivocaba: los indios poseían sus
tiempos y había que comprenderlos para usarlos en su favor. Estaban en el buen
camino. Que no lo atosigaran.
— ¿Algún problema en concreto? —preguntó Balboa.
—No, tonterías… —respondió Albítez—. Robledo
manoseó a una mujer que resultó ser la esposa de un çabra. El tipo vino muy
exaltado y exigiendo un resarcimiento.
— ¿Y qué hicisteis?
—Le pedimos perdón y le regalamos unas enaguas.
—Teníamos reservadas esas enaguas para intercambiar
en Quareca.
—Pues resulta que han hecho falta en Ponca.
— ¿Solo le disteis unas?
—Bueno…
—No me jodas, Albítez…
—Media docena. Es que, al rato, vinieron más
mujeres, nos dijeron que ellas también eran esposas del mismo çabra y arguyeron
que los derechos de una eran los derechos de todas.
— ¿Pero cuántas mujeres tienen estos hijoputas?
—Más de las que un hombre debería, te lo aseguro.
—Al final, no hay forma humana de atenderlas a
todas.
—Por no hablar de que acaba saliéndote la broma por
un ojo de la cara.
—Di que sí, Albítez.
—A menos, se fueron contentas.
—Joder, siete enaguas para resarcirse de un
toqueteo de culo. Nos vamos a largar de aquí cagando hostias, pero no porque
tenga prisa por encontrar el mar del Sur, sino porque nuestra estancia en este
lugar amenaza con convertirse en una ruina.
—Lo secundo. Pero ¿hacia dónde?
El capitán Albítez había formulado la pregunta que
no se podía postergar por más tiempo.
Había que hablar con Ponca. Llevaban allí más de
una semana. Y sabían que tenían que hablar con Ponca. De hecho, habían ido a
hablar con Ponca. No tenían más motivo para estar en Ponca, porque, en aquel
cacicazgo perdido en la sierra, ni se comía especialmente bien, ni las mujeres
eran especialmente dadivosas, ni llovía menos que en el resto del puto Darién.
Ergo sí, debían hablar con Ponca de una santa vez.
—Dejadme a mí —dijo, a modo de respuesta, Balboa.
—No, iremos todos —terció Pizarro.
—Tú les das mucho miedo, tío. Con esas barbas hasta
el pecho y esos ojos de chalado…
— ¿Y tú no?
—Yo soy uno de ellos.
¿Y qué respondes cuando alguien te sale con esas y,
además, tiene razón? Pizarro se mordió el labio inferior y que vale, que de
acuerdo, que se diera prisa. De verdad que no podían seguir allí. Había que
descubrir algo y descubrirlo ya: El Dorado o el mar del Sur. Que eligiera
Balboa.
—Y acuérdate de recuperar nuestro botín —añadió
Albítez.
Balboa se puso la camisa y notó cómo el tatuaje le
escocía. Se había estado observando la herida y se la había lavado varias veces
con agua y algo que los ponqueños usaban a modo de jabón. Hubo compañeros que
se rieron de él, porque había compañeros que siempre se reían de todos y muchos
ni siquiera sabían qué diablos era el jabón. Sin embargo, Balboa, que de
heridas entendía un rato largo, había aprendido a limpiárselas por las bravas
para evitar cualquier tipo de infección. Había visto a hombres perder un brazo
o una pierna a causa de una heridita que, en un principio, no revestía especial
gravedad. Él mismo le había amputado, de un espadazo, el pie a un tío que
simplemente se clavó una astilla en el dedo gordo. No le dio importancia, la
cosa fue a más, el dedo se hinchó, el pie se amorató y, zas, espadazo y cojo
para toda la vida.
Por supuesto, sobre la camisa se colocó la coraza.
Balboa no daba medio paso por el Darién sin la coraza y el yelmo puestos.
Prefería ir desnudo de cintura para abajo que sin la armadura calzada.
— ¿Dónde está mi espada? —preguntó.
—Se la han llevado para afilarla —respondió
Pizarro—. Esta mañana, Crespo se ha levantado diciendo que afilaría todas las
armas de los compañeros. Que o hacía algo o se volvía loco.
— ¿Gratis?
—Gratis.
—Mierda, sí que hemos de salir de aquí.
—Cuanto antes, Balboa.
* * * *
El consejo real de Oh Gran Rey Tslë-Oj-Qumdatzeh se
hallaba reunido en la casa construida en torno al gran árbol. Las
preocupaciones eran muchas y mentirían los súbditos de Tslë-Oj, y el propio
Tslë-Oj, si dijeran que no se encontraban frente a uno de los momentos más
delicados del presente reinado. Todos habían creído que, tras la guerra que
tiempo atrás mantuvieran contra los españoles y de la cual habían salido
amargamente derrotados, estos los dejarían en paz. Les pidieron sometimiento y
se sometieron. Les exigieron oro y les entregaron más del que habían visto en
todas sus vidas. Les dijeron que, en adelante, serían aliados y… Bueno, no se
habían desdicho de esto último, pero Tslë-Oj siempre creyó que la alianza
consistía en que cada uno se mantuviera dentro de sus dominios y dejara en paz
al otro.
Era obvio que lo había interpretado mal.
Con todo, el rey entendía que había jugado bien sus
cartas. ¿Se había desatado la guerra? No. ¿Tslë-Oj había sido destronado?
Tampoco. Pues, si el precio que había que pagar para que esto fuera así se
limitaba a un poco de oro y a convertir en honorable çabra al gran tibá rubio,
bien pagado estaba.
Se había tratado de una maniobra hábil, muy hábil…
En realidad, alguien la había sugerido en el curso de las larguísimas
deliberaciones a las que se sometía el consejo. Sin embargo, Tslë-Oj no dudó en
apropiársela. El rey es el rey y él ha de ser el origen de cualquier estrategia
que aporte luz y los saque del entuerto. Hagamos de los nuestros al tibá rubio.
¿Se lo tomará en serio? Por supuesto. ¿Nos respetará en adelante? ¡Claro!
Creían que nada había ido mal. Un poco de fiebre y
cierta sensación de incomodidad, es decir, lo habitual. Cuando dijeron que se
acercaba, por su propio pie a la casa, más de uno y más de dos se revolvieron
en sus asientos. ¿Viene solo? Sí, solo. Con la espada al cinto. Tenemos
discretos espías repartidos por todos los rincones del pueblo y nos cuentan que
se la acaban de afilar. A él y al resto de hombres.
Maldita sea, pensaron. Quizás no fuera tan buena
idea convertirlo en uno de ellos… Quizás al tibá le había sentado fatal que le
tatuaran medio cuerpo. La vieja tatuadora no era lo que se dice una persona
amable y, decididamente, aquello no contribuyó a encauzar los asuntos
pendientes. Pero ¿de qué otro modo podían actuar? El tatuaje es un rito, una
unción, la solemne ceremonia en la que dejas de ser lo que hasta entonces eras
para convertirte en una persona diferente. Y eso es algo que solo ella, la chamán
del reino, puede llevar adelante. Le rogaron que, por una vez, se condujera con
amabilidad, pero, todos lo vieron, algo semejante parecía superior a sus
fuerzas.
Y ahora el tibá rubio se acercaba para matarlos a
todos.
Cuando Balboa atravesó la puerta de entrada a la
vivienda, Tzcat-La y Tzcü-La se situaron frente a su rey dispuestos a dar la
vida para protegerlo. Se sentían jóvenes y no deseaban morir, mas sabían que
nada distinto se esperaba de ellos. Dos guerreros elegidos desde el mismísimo
día en el que nacieron. Dos çabras de cuna adiestrados para defender siempre al
rey. Había generaciones a las que ni siquiera se les presentaba una sola
oportunidad de disfrutar del honor. Nacían, transcurría una vida de holganza y
boato, y se morían de viejos con la conciencia bien tranquila pero sin haber
entrado en combate jamás. Ni Tzcat-La ni Tzcü-La lo admitirían en voz alta,
pero maldita la gracia que les hacía haber nacido en los tiempos del
advenimiento de los españoles.
En fin, ahí estaba. Que lo que tuviera que ser,
fuera.
El tibá se paró varios pasos por delante del lugar
en el que se sentaba Tslë-Oj y dijo algo que los ponqueños no lograron
entender. El tono no parecía sutil, ni tampoco sus gestos. Eso sí que lo
comprendieron. No se hallaba enfadado, aunque sí un poco molesto. Puede que por
la situación en el cacicazgo. Puede que por algún motivo que a ellos se les
escapaba. Tslë-Oj y todos sus çabras ponían infinito cuidado en que nunca los
españoles supieran qué se les pasaba por las mentes. Adoptaban ese ceño adusto tan
propio de los indios cueva y dejaban que el tiempo pasara sin hacer nada. A los
españoles, aquello les desconcertaba, lo cual, suponían los ponqueños, era
bueno para los ponqueños.
Tzcat-La y Tzcü-La contaron los efectivos de los
que disponían. Dentro de la casa, había una decena de guerreros armados y
varios hombres de edad que llevaban años sin batallar, Tsläc-La y Tsoc-La entre
ellos. No se podría contar con su ayuda y si no estorbaban, sería más que
suficiente. Resumiendo: diez contra uno.
Tslë-Oj observó cómo Tzcat-La y Tzcü-La
intercambiaban una mirada de espanto y, entonces, supo que aquello estaba
perdido y que debía pensar, rápidamente, en un plan alternativo. Sus çabras
daban por hecho que perderían en un combate cuerpo a cuerpo contra el gran tibá
rubio. Quien, encima, venía con la espada recién afilada. Si quizás
consiguieran derribarlo antes de que la extrajera de su funda… Pero no, no se
hacían ilusiones al respecto, no podían hacérselas. Un çabra está obligado a
comprender cada instante: el gran tibá los mataría sin dudar.
Volvió a hablar, a hablar con aquel tono socarrón y
retumbante. Dirían que, incluso, sonrió. Se dirigía, por supuesto, a Tslë-Oj,
pero, también y extrañamente, a Tzcat-La y a Tzcü-La. A estos dos últimos, los
señaló con el dedo mientras enarcaba las cejas. Acto seguido, se aproximó hasta
ellos y a Tzcü-La le puso una mano en el hombro. Una manaza grande y sólida
como las rocas del río. Tzcü-La miró al gran tibá y el gran tibá miró a
Tzcü-La. Después, la mano se apartó de su hombro mientras Tslë-Oj tomaba la
palabra y el tibá volvía la atención hacia él.
Oh Gran Rey Tslë-Oj-Qumdatzeh ordenó que se trajera
el botín que los españoles les habían devuelto dos días antes. Comprendieron
que se trataba de un gesto de buena voluntad y ahora esperaban que,
retornándoselo, el gesto fuera igualmente tenido en cuenta aunque en sentido
contrario. A Tslë-Oj no le quedaban demasiadas bazas que jugar y el oro siempre
funcionaba con los españoles. Por desgracia, el gran tibá rubio observó la
bolsa con las joyas, asintió levemente y continuó como si apenas le importaran.
—Creo que quiere saber cuál es tu decisión, Oh Gran
Rey Tslë-Oj-Qumdatzeh —dijo el anciano Ttzot-Ah. Entre los indios cueva, la
opinión de los ancianos era muy tenida en cuenta, pero más por tradición que
debido a que albergaran algún tipo de sabiduría arcana. ¡Pues claro que el tibá
quería que Tslë-Oj le indicara el camino hacia el otro mar! ¿Acaso se
encontraban aquí para otro asunto distinto?
—Se lo voy a decir —resolvió Tslë-Oj.
—Pero ellos no conseguirán encontrar la senda por
sí mismos —objetó Tsläc-La, su entrañable amigo de la infancia.
—Ztxäc-Ah los guiará bien —repuso Tslë-Oj.
¿Jerónimo? El pobre Jerónimo ya estaba lejísimos de casa. Tenía una vaga idea
de por dónde debían ir, aunque poco más.
—Ztxäc-Ah no conoce nuestros caminos —expresó el
anciano Ttzot-Ah—. Él mismo nos lo ha reconocido. Ni siquiera sé cómo consiguió
llegar hasta aquí… La empresa lo supera, hemos de tenerlo claro.
—Quizás no sería una mala idea que se perdieran
para siempre en las tierras de Quareca… —dijo Tzcat-La, a quien la impetuosidad
propia de su juventud siempre acababa jugándole malas pasadas. Si los españoles
caían en Quareca, se tomarían un año, dos años, tres años, los años que fueran
necesarios, pero, tarde o temprano, regresarían a Ponca y ajustarían cuentas.
¿Cómo? ¿Nos enviasteis a la boca del infierno con la esperanza de que los
demonios que la defendían nos devoraran sin miramientos? Pues hemos sobrevivido
y ahora estamos aquí. Traemos cien perros locos que llevan una semana sin
probar bocado. Sí, lo hemos hecho a propósito. Ahora mismito los vamos a
soltar. Empezad a correr, cabrones.
— ¡No! —exclamó Tslë-Oj. Su voz retumbó alta y
clara en los altos techos de la casa. Muchos, incluido el gran tibá rubio, se
sorprendieron—. Han de ir y han de hacerlo por la ruta correcta. Nosotros les
enseñaremos.
— ¿Nosotros? —preguntó Tzcat-La en lo que, a todas
luces, resultó una absoluta e intolerable irreverencia. Tsoc-La, su padre allá
presente, se avergonzó de la torpeza de su muchacho.
—Nosotros —confirmó Tsoc-La, la afirmación del rey.
Si tuviera edad para ello, iría él mismo. Como no la tenía, comprometió a su
hijo en la tarea—. Tzcat-La, parece que le caes bien al gran tibá. Propongo que
tú junto a Tzcü-La conduzcáis a los españoles hasta Quareca. El camino es
complicado y no exento de dificultades, bien estáis al tanto. Sin embargo,
sabréis llegar.
—Tendremos que luchar contra los guerreros del
inhumano Quareca —objetó Tzcat-La.
— ¡Pues lucharéis! — bramó Tsoc-La, harto de la
actitud dubitativa de su hijo. En tiempos de su padre y del padre de su padre,
los çabras experimentaban un orgullo inconmensurable cuando eran llamados a
defender el reino.
—Los españoles os ayudarán, no os preocupéis —trató
de templar los ánimos Tslë-Oj. Los demás, tras escucharle, asintieron. Desde
luego, de lo que no huían los españoles bajo el mando del gran tibá rubio era
de una buena pelea. Si los guerreros del inhumano Quareca presentaban batalla,
y la presentarían sin la menor duda, los españoles se encargarían de ellos. A
fin de cuentas, avisados estaban y con las espadas recién afiladas emprenderían
viaje.
—Díselo, pues —animó el anciano Ttzot-Ah.
Tslë-Oj, conocedor de la trascendencia del
instante, giró la vista hacia Balboa y, mientras su consejo al completo
levantaba la cabeza hacia los techos de la vivienda en señal de respeto y
sumisión, habló con voz limpia y directa.
—Te daré a dos de mis mejores guerreros —dijo—.
Ellos te indicarán las rutas que debes seguir. Confía en ellos y alcanzarás el
destino que tanto ansías. Pero te prevengo: ni el camino será sencillo, ni las
gentes con las que te toparás, cordiales. Hacia el sur, pues ese rumbo
tomaréis, solo existe el mal. Un mal como nunca habréis conocido. Un mal que se
abalanzará sobre vosotros e intentará despedazaros. Un mal al que solo podréis
hacer frente si vosotros mismos os convertís en maldad pura. Se trata de un alto
precio a pagar y en vuestra mano está decidir si merece la pena.
Ponca enmudeció tan repentinamente como había
comenzado a hablar y Balboa dio por sentado que acababa de lograrlo. Por fin,
el testarudo Ponca se dignaba a prestarle la atención que les debía. ¿Había
señalado a dos de sus jóvenes çabras? Sí, lo había hecho. Aquello significaba,
así lo entendía Balboa, que serían ellos quienes les servirían de guías en su
ruta hacia el mar del Sur y el no menos ansiado El Dorado.
Había merecido la pena dejarse tatuar. Todavía le
escocía un poco bajo la camisa, pero nadie podría ignorar la cabeza de
serpiente dorada que se le estiraba cuello arriba. No estaba seguro de qué
rango había adquirido en la jerarquía cueva, aunque sospechaba que el más alto.
Miró a los çabras que le acompañarían durante el resto del viaje y no advirtió
tatuajes en sus pieles. Solo una mirada a medio camino entre el odio y la
veneración: se rendían y arrodillaban ante aquel a quien aborrecían por no haber
podido derrotar. Magnífico, se dijo Balboa. Si existe un sentimiento que empuje
hacia delante, es este. No quería a hombres fieles entre sus huestes. Quería a
hombres enteros, íntegros, tan capaces de traicionarte si se descubrían
traicionados como de dar la vida por ti al comprender que tú estarías dispuesto
a darla por ellos.
Balboa se acercó a la bolsa del oro y la recogió.
El botín les pertenecía y se lo quedaban. Por las molestias, que habían sido
muchas y muy pesadas. Se la echó al hombro y dio media vuelta para salir de la
casa. Comenzaban los preparativos para continuar viaje.
Capítulo 8
Vadearon un torrente en el que se dejaron alguna vida
20 de septiembre de 1513, martes
Aun tuvieron que permanecer unas cuantas jornadas
más en Ponca. Más por culpa de los ponqueños que de los españoles, aunque, con
el paso de los días venideros, estos habrían de agradecerles el esmero con el
que prepararon la expedición.
La versión española de la misma consistía en
continuar hacia delante, siempre hacia delante. Tzcat-La y Tzcü-La, a quienes
los compañeros, sin demasiado miramiento, habían bautizado como Gonzalo y
Alonso, insistían en que el terreno que debían cubrir no solo era abrupto sino
peligroso. Los compañeros adujeron que muy bien, que perfectamente, pero que
ellos ya estaban acostumbrados a transitar por la selva. ¿O acaso el trayecto
desde Careta hasta Ponca había supuesto un paseo? Los ponqueños se rieron de ellos
a la cara, cosa que a los compañeros no agradó demasiado. Tenían espaldas para
mucho, pero no para que unos salvajes desnudos los tomaran por idiotas. Casi
llegan a las manos y los capitanes tuvieron que intervenir. Al final, no
sucedió nada porque la explicación resultó concluyente: si nos cargamos a estos
dos capullos, nos cargamos nuestras posibilidades de alcanzar tanto el mar del
Sur como El Dorado. Así que manga ancha y aguantémonos.
Se aguantaron, aunque algunos hombres comenzaron a
mirar tan torcido a los dos guerreros çabras que ellos mismos, desde la inopia
general en la que vivían los indios, descendieron unos cuantos escalones y
asumieron que su comportamiento tendría que ser, en adelante, más respetuoso.
Sí, admitieron, los españoles conocían bien la selva. No obstante, lo que les
aguardaba por delante era aún peor. Les rogaron que confiaran en ellos, que
creyeran en sus palabras. Los compañeros, que a las buenas accedían casi siempre,
repusieron que sí, aguardaron instrucciones y a alguno se le encogió el alma
mientras las escuchaba.
La distancia entre Ponca y Quareca no suponía
ninguna pechada. Diez leguas, calcularon los compañeros cuando consiguieron
interpretar las palabras de los ponqueños. En condiciones normales, en un día
de tránsito llegarían hasta allí. Los seiscientos porteadores careteños quizás
lo pasaran mal, pero que apretaran el culo. Se trataba de una sola jornada, por
el amor de Dios… Después, una vez en Quareca, podrían echarse a dormir durante
tanto tiempo como quisieran. Se suponía, o eso habían entendido los españoles,
que, tras superar Quareca, el mar del Sur estaba prácticamente a un tiro de
piedra.
La versión ponqueña de la expedición, de nuevo,
rebajó las expectativas. Sí, se trataba de diez leguas, pero de las peores diez
leguas que los españoles habían atravesado en sus vidas. Ahora fueron los
españoles los que se sonrieron. ¿Acaso estos indios de medio pelo iban a
decirles a ellos qué era pasarlas putas en mitad de la jungla cerrada? De entre
los noventa y tantos, todos, ojo, todos, se habían partido el espinazo en al
menos una docena de entradas, a cada cual peor. Ninguno era novato ni un recién
llegado. Aquí, en el Darién, se hallaba lo más curtido y recio de la presencia
española en América. No habría podido ser de otra manera, pues los mingafrías
llevaban años muertos.
Gonzalo y Alonso, que ya pasaban más tiempo con los
compañeros que con su gente, insistían. Hasta buscaron a Jerónimo para que
tradujera sus palabras y no cupiera duda: el terreno es accidentado, escarpado
y hasta, en ocasiones, infranqueable. Aseguraron que, en aquella época del año,
las sendas se encontrarían cerradas por la maleza y habría que abrirlas a golpe
de macana. De esta forma, el avance sería lentísimo.
Y algo más, que, no por añadido al final, carecía
de importancia: se adentraban en territorio caribe. ¿Cómo? Sí, caribe. El plan
de los españoles pasaba por rodear a los caribes, dejarlos tranquilitos
comiéndose entre sí y hacer como que allí no pasaba nada. Sin embargo, Gonzalo
y Alonso insistían: no se puede rodear Quareca, pues Quareca lo es todo en
cuanto salgamos de Ponca y viajemos hacia el sur. Estaremos en su territorio y
no habrá forma humana de evitarlos, de ignorarlos, de pasar de puntillas y silbando.
Como Gonzalo y Alonso viajarían con ellos, no les
quedó más remedio que creerles. Joder, qué golpe de mala suerte… Ellos habían
confiado en que podría existir una senda secreta que evitara los peligros.
Sabían que el Darién se hallaba atestado de ellas. Caminos que solo los indios
veían y de los que solo los indios sabían. Pues, vaya por Dios, en este caso no
disponían de nada de eso. Tendrían que atravesar el terreno, un terreno
escabroso a más no poder, con un ojo puesto en el camino y el otro en el follaje.
Se había combatido a los caribes en el pasado, vaya
que sí. No a los de Quareca exactamente, sino a otros que vivían al este de
Santa María de la Antigua, aunque caribes a fin de cuentas. Y porque los habían
combatido, conocían que no se trataba de un enemigo sencillo. A los cuevas les
tenían cogido el tranquillo. Ellos se acercaban con su furia y sus macanas y
los españoles les soltaban a los perros locos. Después, cuando las filas
enemigas se encontraban un tanto desbrozadas, los compañeros atacaban escopeta
en mano y abatían a los más risueños. Luego, ya repartido el plomo, se
finalizaba el trabajo a espadazo limpio. En fin, no suponían un peligro
significativo, aunque, como ellos mismos reconocían de regreso en casa y ante
un buen plato de cocido caliente, a la indiada le bastaría con sumar fuerzas y
actuar con criterio bélico. Los indios sumaban miles y miles de efectivos. Los
españoles jamás pasaron de ser un puñado. Se limitaban a repetir una y otra vez
la misma estrategia y los cuevas no la descubrían. Peor para ellos.
Los caribes eran indios flecheros y, además, de
hierba emponzoñada. Esto sí que suponía un problema y de los gordos. Se te
agazapaban en cualquier parte y, desde allí y por sorpresa, te abrasaban a
flechas cuyas puntas envenenaban con el maléfico curare. Ojo, porque esto ya se
trataba de palabras mayores y hasta los alanos caían ante el veneno. Hay que
ser muy malnacido para atacar a los animales desde la distancia y sin correr
ningún riesgo, pero los caribes lo eran. Así se comportaban y, aunque su procedimiento
no resultara elegante, causaban bajas entre la tropa española. Estragos,
asegurarían los más veteranos en el Darién, quienes recordaban cómo
expediciones enteras habían sucumbido ante las hordas caribes.
Y que los españoles lo supieran no fue lo peor. Lo
peor fue cuando los porteadores careteños se enteraron de que la ruta
atravesaría, sí o sí, Quareca. Porque hasta entonces, los compañeros habían
bandeado la cuestión. Se les daba bien, las cosas como son. Un español era
capaz de marearte tanto la perdiz que, por no continuar escuchándolo, le decías
que sí a todo y listo. El propio cacique Careta había actuado de esta forma.
Desde, claro, la tranquilidad de saberse en Careta y rodeado de sus fieles çabras.
A una mala, el riesgo lo correrían los suyos, pero a leguas y leguas de
distancia. Le fastidiaría mucho perder gente; no obstante, lo importante pasaba
por estar a buenas con Balboa. Si Balboa estaba contento, Careta estaba
contento.
Ahora, en Ponca, los porteadores careteños se
rebelaron un tanto. No del todo, pero sí un tanto. Gonzalo y Alonso no ayudaron
al respecto, también hay que señalarlo. Los dos indios hablaron más de la
cuenta y, como el idioma era común para ponqueños y careteños, se supo pronto
que avanzarían derechos a la boca del infierno. El caribe, para un cueva,
suponía una estirpe aún peor que la española. Con el español se podía negociar.
No siempre y no con todas las garantías, pero los tíos se atenían a razones. Y
al oro, que constituía la esencial. Con los caribes no existía trato posible.
Se los guerreaba y punto, que es lo que hacían todos los pueblos cueva.
Los caribes, por su parte, realizaban incursiones
en las que capturaban indios cueva a los cuales, más tarde, se comían. Los
caribes del Darién eran, y no se trataba de ningún secreto, caníbales.
Y en tierra caníbal nadie desea internarse. Es
natural. ¿Tú irías? Porque una cosa es correr ciertos peligros, exponerte a que
te hieran, a enfermar, a perder una pierna, lo que sea, y otra, bastante
distinta, que te devoren unos hombres llegados desde las mismísimas llamas de
Satanás.
Costó, vaya que si costó que, al final, los
porteadores careteños accedieran a continuar. Tanto que los compañeros, en un
momento de los tiras y aflojas, valoraron muy en serio la posibilidad de
lanzarse, sin más, hacia delante. Con lo puesto. Ellos, el cura y las traíllas
de alanos. Con las corazas, las espadas y las escopetas, una fuerza de ataque
descomunal. Luego, se lo pensaron despacio y recularon. No se camina rumbo a lo
desconocido sin suministros. Si acaso, podrían prescindir de las tiendas y de
las comodidades que proporcionaban, de los víveres, incluso de las ropas de
recambio. Tras tres años con los pies en Santa María, las entradas se habían
sofisticado mucho. Antaño, en los viejos tiempos, una hueste de hombres se
adentraba en la selva simplemente encomendada al buen Dios. El buen Dios, no
siempre demasiado atento, se olvidaba de ellos y de la hueste no volvía a
saberse jamás. Se hablaba de grupos de hasta cincuenta hombres que una vez
dijeron que adiós, que se marchaban en búsqueda de oro y fortuna, nunca
regresaron. ¿Por qué? Pues no lo sabemos puesto que no regresaron, aunque el
hecho de que fueran con lo puesto y nada más seguro que no ayudó demasiado.
Una expedición debe estar bien abastecida si quiere
tener éxito. Eso supone llevar bultos y porteadores. Se puede ir ligero o se
puede ir seguro, pero no se puede ir de ambos modos al mismo tiempo. Por ello,
los españoles descartaron la idea de avanzar tal cual y decidieron ceñirse al
plan previsto: avanzarían del modo en el que lo habían planeado en Careta.
¿Cómo convences a los descontentos? Existen dos
modos. El primero, pagando más. Si se había acordado que se cobraría cuatro,
doblabas la cifra, la subías a ocho y listo. El problema surgía cuando
comprendían que los careteños se hallaban en la expedición solo porque su rey
se lo había ordenado. Aunque Balboa realizó alguna vaga promesa acerca de
repartir parte del botín una vez de regreso en el cuartel general, nadie, ni
siquiera su suegro, el propio Careta, le creyó. El gran tibá rubio antes se
dejaría cortar una mano que compartir el oro de los españoles. De esta forma, a
los insatisfechos solo se los podía convencer mediante un procedimiento que a
los españoles se les daba de lujo: asustarlos tanto con las consecuencias que
tendría no obedecerlos que todos preferirían avanzar, pues resulta mejor un
caribe incierto que un español seguro.
Al caribe, puede que se lo encontraran o puede que
no. Puede que el caribe los capturara o puede que no. Puede que se los comiera
o puede que no. En cambio, los españoles permanecían a pasos de distancia y con
los correajes de los perros de guerra en las manos. Solo tenían que abrir los
dedos y chasquear las lenguas para que los alanos saltaran tras ellos. Y
conocían tan bien a aquellos coléricos bichos que, mira, casi preferían
vérselas,inciertamente o no, con los malditos caribes.
Se los convenció por fin, aunque aquello tampoco
fue un camino de rosas y llevó su tiempo.
Por si los preparativos no se estuvieran alargando
más de lo necesario, un grupo formado por doce compañeros enfermó. Fiebres
altas, temblores, retortijones y sudores. Los hubo que, en dos días, perdieron
tanto peso que los pantalones se les caían hasta los tobillos.
Los españoles tomaban una y mil precauciones con
las aguas de las que bebían. Sabían, por experiencia, que de ahí provenía la
mayoría de los males. Ponca, sin embargo, había sido encontrado desierto cuando
los españoles llegaron. Por lo tanto, no consiguieron observar de dónde bebían
los lugareños. Puede parecer una estupidez, pero esta simple precaución los
salvaba en no pocas ocasiones. Si el indio bebe de tal fuente o de tal arroyo,
tú haces lo mismo. Y al revés: pozo que el natural de la tierra evita, pozo a
evitar es.
Cuando los expedicionarios llegaron a Ponca, de
Ponca se habían largado hasta los gatos. De esta forma, no tuvieron oportunidad
de observar a los ponqueños para, así, averiguar cuál era el agua buena y cuál
la mala. Como no podía ser de otra forma, algunos hombres enfermaron y lo
hicieron en tal grado que ya no habría más avance para ellos. Necesitarían, al
menos, una semana de cuidados. Y, después, otra para recuperarse lentamente. Si
consideraban que ya iban retrasados, como para perder quince días más… No, los
dejarían atrás, a cargo de los ponqueños y, cuando se mejoraran, deberían
regresar, por sus propios medios, a Careta. El camino ya lo conocían porque lo
acababan de recorrer. No se perderían.
Balboa decidió que aquellos doce compañeros
enfermos se daban media vuelta y regresaban a Careta. La expedición había
finalizado para ellos. De los doce, siete se pusieron, de inmediato, en pie. Un
hombre que no avanza es un hombre que no obtiene su parte del botín. O sí. O
puede. Nunca acababan de aclararse estos términos, pero el español, que en
cuestiones de dinero no se fiaba ni de su sombra, prefería estar presente
cuando tuviera lugar el reparto. Al menos, para observar con sus propios ojos
cuál era la ganancia y cómo se ejecutaban las cuentas. A los que se mandaba de
vuelta a casa se les prometía que les guardarían su parte. Y, por norma
general, así se hacía. Los compañeros se llamaban de esta forma porque
respondían fraternalmente los unos ante los otros. No es un cuento. No es una
exageración. Lo hacían, lo hacían y hasta extremos, en no pocas ocasiones,
insospechados. Sin embargo, la bolsa era la bolsa y, en esto, todos sabían
latín: los que seguían porque seguían y los que se quedaban porque se quedaban.
A unos siempre podía ocurrírseles que, puesto que la mayor parte del riesgo lo
habían corrido ellos, el pedazo del botín que les habría de corresponder
debería, en consecuencia, ser mayor. Y a los otros, a los dados de baja de la
expedición, siempre les daba por pensar, pues ellos no habrían hecho nada
distinto de hallarse en idéntico dilema, que los que guardaban el oro se la
pretenderían colar.
Un drama, en cualquier caso. Que el capitán te
mandara de vuelta al cuartel general de Careta era certificar una derrota: la
de ellos mismos como hombres, como soldados y como conquistadores. Si estabas
en el Darién para amasar una fortuna y no amasabas una fortuna, ¿qué otra cosa
podías pensar de ti mismo?
Pero doce compañeros se volvieron. Muy a su pesar,
pero lo hicieron. Los siete que se levantaron para protestar, para afirmar que
ya se sentían un poco mejor, que se había tratado de una falsa alarma, tuvieron
que recostarse al instante porque las fiebres y los temblores los tenían
consumidos. Balboa les juró sobre las Sagradas Escrituras que les darían su
parte en el botín. Que esto no era como si la expedición no hubiera dado
inicio. Que él, Balboa, consideraba que ya llevaban el suficiente tiempo de entrada
para que a los compañeros enfermos se los tuviera en cuenta a la hora del
reparto. Empeñó su palabra en ello y, aunque un par de tíos propusieron que se
buscara al padre Vera para que trajera las Sagradas Escrituras y Balboa jurara,
con menos retórica y más hechos, sobre ellas, su petición fue descartada y el
grueso de los hombres que se volvían aseguró que confiaba en la palabra de
Balboa porque la palabra de Balboa era ley.
Y cierto que lo era. Balboa jugaba muchas partidas
y lo hacía de forma simultánea. Con los indios, con el rey Fernando, con los
hijoputas de Santo Domingo que no les enviaban los suministros que él tan
insistentemente solicitaba y, por supuesto, con su propia gente. En cada
partida, utilizaba una estrategia distinta y jamás las mezclaba. Por ello,
tenía claro que los compañeros iban en primer lugar. Antes, incluso, que el rey
Fernando. Y pensaba así porque él se hallaba en Tierra Firme; él, mejor que nadie,
conocía cómo se sucedían aquí los días; él, Balboa, capitán, soldado y guerrero
çabra, entendía que su vida, su propia existencia, estaba íntima e
indisolublemente ligada a las vidas y existencias de los hombres que vivían a
su lado. El herrero de Santa María tenía mayor importancia que cualquier
consejero maricón del rey en Castilla. ¿Por qué? Porque al herrero, un
guipuzcoano palurdo sin dos dedos de frente pero que bordaba su labor, le
confiaba su vida. Y al maricón de allende los mares no le confiaría ni el
cuidado de un cubo de bosta de caballo.
Así que la cifra de expedicionarios quedó reducida
a ochenta compañeros. Más el padre Vera, más Balboa. Ochenta y dos, en total, y
los seiscientos porteadores careteños. Los cuales ya no serían seiscientos sino
algunos menos, pues también entre ellos había bajas y hasta deserciones. Con
todo, tampoco era cuestión de ponerse a contar indios. Seguirían diciendo que
había seiscientos aunque, a estas alturas de la entrada, no pasarían de los
quinientos cincuenta.
A las primeras luces de la mañana, la comitiva se
puso en marcha. Los compañeros, con Gonzalo, Alonso y Jerónimo abriendo el
camino, comenzaron a descender la sierra donde se ubicaba Ponca. Volvieron a
preguntarse por qué diablos aquella gente vivía allá arriba, aunque sin ahínco.
A fin de cuentas, les daba igual. Bien mirado, un indio lejano siempre es un
indio que no causa problemas. Rara gente, la de Ponca…
Si el ascenso lo habían realizado, dada la
inclinación de la ladera, a cuatro patas, el descenso tuvo lugar, no pocas
veces, rodando. Los hombres comenzaban a descender y, como allí todo era maleza
sin desbrozar y no siempre había dónde agarrarse, cualquier traspié terminaba
en un buen topetazo. Se caían, rodaban ladera abajo y, si no se deslomaban,
daban gracias a Dios.
Los porteadores lo tenían mucho peor y no fueron
pocos los bultos que bajaron la montaña como si de rocas desprendidas se
tratase. Aquello, a los compañeros los sulfuraba sobremanera. En los bultos se
guardaban sus cosas, los pertrechos, el abasto necesario para que la expedición
fuera un éxito. Si los perdían, y los estaban perdiendo, el desastre se
cerniría sobre sus cabezas. Por ello, indio que perdía un bulto, indio que
salía disparado pendiente abajo para hallarlo y recuperarlo. Se pusieron serios
con este asunto y más de un careteño recibió, en el sitio, unos cuantos azotes
por no mostrar la audacia que se esperaba de él. ¿Demasiada, dadas las
circunstancias? Desde luego, pero eso a los españoles les traía al pairo. La
mano dura nunca había hecho daño a nadie y, cuando se requería, se tiraba de
ella. Con desproporción, sí, porque más vale pasarse que quedarse cortos.
Gonzalo y Alonso avisaron de que, en cuanto
terminaran el descenso de la montaña, se encontrarían con un río. Los españoles
les repusieron que lo vadearían de inmediato, pero los dos ponqueños dijeron
que no sería tan fácil. El río, al parecer, no era de esos cursos tranquilos a
los que sencillamente hay que ojear un poco para averiguar dónde no cubre. No,
el río, como todos los ríos que descendían desde la sierra de Ponca, bajaba
cargado durante todo el año y torrencial en una época, como esta, de lluvias.
Los españoles insistieron en que a ellos qué les
iban a contar, hasta que, bueno, se toparon con la realidad. A esto sí que
respondían bien los españoles, justo es decirlo. Porque no todo el mundo está
hecho de la misma pasta y hay gente, por ahí, que se obceca en lo suyo y que,
por no dar su brazo a torcer y reconocer que estaban equivocados, se mueren.
Los españoles se morirían por muchas razones, pero
no a causa de su tozudez. Llegaron al río, lo vieron embravecido como un
huracán y se persignaron varias veces mientras urdían un plan.
—Ahora qué —preguntó, sin preguntar, el capitán
Albítez.
La orilla del río estaba formada por una pequeña
playa de guijarros redondeados y allí se detuvo la expedición. No cabían, no
había forma de que cupieran de tan estrecha que era la playa, de manera que el
capitán Pizarro acompañado de Gallego, Martínez, Camacho y Cienfuegos tuvieron
que desandar el camino hecho, ascender por la pendiente que acababan de bajar y
ordenar a los porteadores que todavía allá se encontraban que dejaran los
bultos en el suelo, los aseguraran como pudieran y aprovecharan para tomarse un
respiro. Había que cruzar un río muy crecido y aún no habían pensado cómo
hacerlo. Estaban en ello, aseguró, ufano, Camacho. El resto lo miró y no dijo
nada, pero cierta hilaridad ante el comentario sí que existió. Martínez levantó
las cejas, Camacho lo vio y le preguntó que qué. Que nada, respondió el otro. Y
lo dejaron estar, pues no era cuestión de ponerse a discutir con media indiada
observándolos.
—Ahora seguiremos —respondió, en el mismo tono que
había empleado Albítez, Balboa.
El río, ancho no era. Quince pasos a lo sumo. Pero
traía tal cantidad de agua que impresionaba. Por la velocidad y por algo a lo
que no sabrían dar nombre, pero que se parecía mucho a un toro enfilándote con
la mirada en un prado abierto. Sabes que trae peligro, mucho peligro, y tú no
puedes hacer nada por evitarlo.
— ¿Y si buscamos otro lugar para cruzarlo? —sugirió
Robledo.
—Gonzalo y Alonso aseguran que no encontraremos uno
mejor —dijo Balboa.
— ¿Vamos a hacer caso a todo lo que nos digan los
dos indios? —preguntó Díaz.
— ¿Y qué cojones propones? —renegó Balboa.
—A lo mejor nos están mintiendo.
—A lo mejor no.
—No lo sabemos.
—Pues tendremos que confiar.
— ¿Por qué?
—Porque no nos hemos pasado más de diez días
intentando convencer a Ponca de que nos confiese cuál es el camino para que
ahora, a la primera de cambio, decidamos ir por nuestra cuenta.
— ¿Y si nos mienten?
— ¿Y si no nos mienten? Hostia puta, Díaz, vamos a
calmarnos todos. Si vemos que nos están mintiendo, agarramos a uno de ellos y
le arrancamos las tripas delante del otro. Verás cómo entonces lo arreglamos.
Pero, de momento, no tenemos ningún problema. No lo creemos nosotros mismos.
—Aun así, desconfío.
— ¿Te fías de mí?
—De ti sí, capitán.
—Pues yo digo que este es el camino bueno. Hala, a
cruzar.
Los compañeros se dispersaron por la playita
pedregosa en búsqueda del mejor lugar para vadear el río. Sin apenas sitio
entre los centenares de porteadores que habían echado los bultos a tierra y
descansaban con las espaldas apoyadas en ellos, los españoles se las veían y se
las deseaban para moverse. Baracaldo casi le saca un ojo a un indio careteño
con la punta de la vaina de su espada, el indio protestó y varios más
aprovecharon la tesitura para sumarse y armar un poco de jaleo. No querían
continuar camino hacia Quareca y cualquier oportunidad sería buena para
obstaculizar el avance.
—Venga, tío, que ni te he rozado… —dijo Baracaldo.
Separaba los brazos en señal de sorpresa mientras los indios rezongaban.
— ¿Qué pasa ahí? —gritó, a unos veinte pasos de
distancia, Balboa. Las aguas bravas del río hacían que, a partir de diez pasos,
no se escucharan con claridad.
—No sé qué le pasa a este indio —comenzó a decir
Baracaldo. Balboa realizó un gesto con la mano: déjalo estar y sigue con lo
tuyo. Baracaldo no era un tipo marrullero, de esos que siempre andan buscándola
por ahí… Los hombres grandes como él que, además, lo han sido desde niños se
conducen con calma y no se alertan fácilmente. Nadie les lleva nunca la
contraria, y menos por cuestiones banales. ¿Quién querría que la descomunal
manaza de Baracaldo le cruzara la cara pudiendo evitarlo? En general, nadie. Salvo
que, claro, seas un pobre indio cueva que cree que cualquier cosa es mejor que
ser engullido por los temibles caribes.
—Continúa, Baracaldo —ordenó Balboa, quien no tenía
la menor intención de perder el tiempo con tonterías.
Baracaldo hizo lo que su capitán le pedía y siguió
recorriendo la playita. Al cabo de unos minutos, halló un lugar en el cauce que
ni era más ancho ni más estrecho que los demás, pero de cuyo centro surgía,
sólida y rotunda, una gran piedra. Quizás pudieran ayudarse en ella y vadear
por allí.
— ¡Capitán! —llamó Baracaldo.
Balboa no se giró hacia él, pues no lo oyó, pero sí
el capitán Pizarro, quien andaba cerca y ocupado en las mismas tareas que
Baracaldo.
—Creo que por aquí podremos vadear —le explicó el
compañero.
Pizarro se acercó. Los españoles estaban más que
acostumbrados a avanzar en los más diversos terrenos. Sin embargo, aquella
playa de cantos rodados estaba siendo un tormento: las botas se hundían en el
suelo y cada paso requería un esfuerzo mayúsculo. De pronto, las armaduras, los
yelmos y todo el equipo que portaban encima se habían tornado pesadísimos.
— ¿Qué me cuentas? —preguntó Pizarro, ya junto a
Baracaldo.
—Mira esa piedra de ahí. La que surge en mitad del
curso —explicó el aludido—. Si logramos atar un par de cuerdas a ellas,
vadearemos con seguridad.
— ¿Una hacia esta orilla y la otra hacia la
contraria? —rumió el capitán.
—Sí, exacto —dijo Baracaldo, cuyo plan, para no
faltar a la verdad, se urdía sobre la marcha.
—Pero el caudal baja torrentoso.
— ¿Y dónde no, capitán?
—Bueno, probemos. Lo cierto es que no creo que
encontremos mejores opciones…
Los dos hombres se giraron hacia el resto y los
llamaron. Baracaldo, que ya se había dado cuenta de que las palabras se las
tragaba el torrente, se llevó dos dedos a la boca, los situó delante de la
lengua y silbó largamente. Hasta el último de los compañeros presentes en la
playa abandonó su tarea y se volvió para observar en su dirección. Baracaldo le
lanzó una mirada de satisfacción a Pizarro. Este sería capitán y lo que él
quisiera, pero Baracaldo era de Baracaldo.
Entre todos, decidieron que aquel lugar parecía
adecuado para cruzar el río. Tan peligroso, en resumen, como cualquier otro,
pero con la piedra en medio. Algo era algo.
—Vale, organicémonos —dijo Balboa—. A ver, ¿dónde
tenemos las cuerdas?
Los compañeros se miraron entre sí. Las cuerdas se
hallaban entre los pertrechos que acarreaban los porteadores, pero, como en
aquel momento los porteadores se encontraban desperdigados por toda la playa y
hasta por parte de la pendiente de la montaña, ponte tú a buscarlas.
—A saber —resumió Jaén.
—Pues entonces vadeamos sin cuerdas —sentenció
Balboa. Prefería perder un par de indios que el tiempo.
—No, joder, capitán, no… —replicó Baracaldo. Como
él había encontrado el lugar y como a él se le había ocurrido la idea de
ayudarse con cuerdas, se sentía obligado a defender esta hasta el final.
—No hay manera de saber dónde cojones están las
putas cuerdas —dijo Balboa. Y señalando la playa con un golpe de cabeza,
añadió—: Mirad qué puto desastre…
Los careteños se habían tumbado en el suelo, tan
ajenos a lo que allí sucedía como los monaguillos de Santa María al sentir
general el día en el que llegaban las putas de Careta. Si de ellos dependiera,
en ese preciso instante se volvían todos de regreso a casa.
—Yo busco las cuerdas, capitán —aseguró Baracaldo.
Y se puso a caminar en el pedregal. Despacio, muy despacio, pues a cada paso
que daba, sus botas se hundían más y más entre los cantos.
Los bultos no eran homogéneos. Los había más
grandes y más pequeños, más alargados y más chatos. Los indios que los
portaban, tampoco. Muchos, la mayoría, eran hombres jóvenes. Sin embargo,
también había indios más entrados en edad y algunas mujeres. A estas últimas
las llevaban para que cocinaran, remendaran y se ocuparan de cualquier tarea
que los hombres se negaran a realizar. No obstante, ya que iban, porteaban,
como todo Dios. Y Baracaldo recordaba que quienes llevaban las cuerdas eran
mujeres. No porque pesaran menos, algo improbable, sino porque ellas mismas
habían elegido esa tarea. Las agrupaban en rollos, se pasaban estos por el
cuello y los dejaban caer en un costado del cuerpo. Afirmaban que, al igual que
las corazas de los españoles, podrían detener un macanazo del enemigo. Y quizás
fuera cierto.
Baracaldo, durante un buen rato, anduvo dando
vueltas de un lado para otro. Se fijaba mucho en la gente tendida en el suelo,
la cual, por cierto, lo ignoraba por completo. Y teniendo en cuenta que
Baracaldo pertenecía a ese tipo de hombres difíciles de ignorar, su mérito
tenían los careteños. Pobres… Ninguno comprendía por qué su rey los obligaba a
estar aquí, junto a este grupo de tarados extranjeros, en búsqueda de quién
sabe qué y a punto de internarse en territorio caribe. Las madres careteñas,
cuando sus niños se negaban a irse a dormir, les amenazaban con que, si no lo
hacían y pronto, un caribe tenebroso vendría y se los comería. Los críos
saltaban a las hamacas y no se sabía más de ellos hasta la mañana siguiente.
— ¡Aquí! —exclamó, de pronto, Baracaldo. Sonreía
enseñando los dientes. Se había alejado más de cincuenta pasos, pero había
merecido la pena: allá, sentada en el suelo, una porteadora careteña llevaba
dos rollos de cuerdas en torno a su cuello. Como se las había arreglado para
que estos se apoyaran en las piedras, ni se había molestado en desprenderse de
ellos—. ¡Vamos, vamos! ¡En pie!
La mujer, que no tendría más de veinte años, miró a
Baracaldo sin disimular cierto desagrado. Los indios respetaban, odiaban,
envidiaban, admiraban y aborrecían a los españoles. Todo junto y todo al mismo
tiempo. Quizás de ninguna otra nación europea que llegara a las costas de
América en el futuro podría decirse lo mismo. En general, no arribaron más que
hijos de puta y cuando, por hache o por be, llegaba un alma blanca,
sencillamente era eso y no otra cosa más.
A los españoles, siempre hubo que darlos de comer
aparte.
Cuando la india se puso en pie, Baracaldo, que le
sacaba más de dos cabezas de altura, intentó que se desprendiera, cuanto antes,
de los rollos de cuerda. La india, entonces, protestó. Baracaldo no entendió lo
que dijo, obviamente, aunque tampoco le importó. Sí se sorprendió un poco: los
careteños se comportaban con sumisión y, de entre ellos, las mujeres más aún.
Baracaldo era descomunalmente grande para aquella chiquilla esmirriada y
delgaducha. En otro momento, puede que le hubiera soltado un bofetón. En este,
quería las cuerdas y nada más. Sí, ella protestaba. Sí, aquello no era vida.
Sí, ojalá que se murieran todos los españoles. Conocían la cantinela. Ahora, al
grano. Las cuerdas.
— ¡Las tengo! —gritó asiendo un rollo en cada mano
y deshaciendo el camino hacia el lugar donde se hallaban los demás.
No las tenían todas consigo. El plan de Baracaldo
parecía bueno, pero al modo en el que todos los planes parecen buenos antes de
comenzar a ponerlos en práctica. ¿Quién sería el guapo que se metía en el agua,
caminaba hasta la piedra que emergía en mitad del curso y ataba en ella la
primera cuerda?
— ¡Yo! —se ofreció Cienfuegos, de quien ya se
sospechaba que muy listo no era.
—Pues tú —le largó, de inmediato, las cuerdas
Baracaldo.
El torrente apuntaba maneras desde la mismísima
orilla. Cienfuegos puso un pie en el agua, luego otro y sintió que se iba hacia
abajo, que se hundía. El agua, y lo tenían ahí mismo, lo podrían haber sujetado
alargando un brazo, le cubría hasta los muslos.
—Venga, espabila —azuzó el capitán Albítez.
Cienfuegos pensó que puede que se hubiera
precipitado un tanto a la hora de ofrecerse voluntario. Pero ya que estaba ahí,
continuó. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Dio otro paso y se hundió hasta el pecho. Y ahí
comenzaron los problemas, pues no solo el agua bajaba más que torrentosa: es
que la coraza, la cota de malla que vestía por debajo y hasta la espada y las
protecciones de cuero ahora empapadas amenazaban con llevárselo al fondo. Si
hubiera querido lastrarse a propósito, no habría sabido cómo hacerlo mejor.
— ¡Jodeeeeeer…! —exclamó, incapaz de mantener el
equilibrio.
— ¿Qué te pasa, gallina? —le espetaron desde la
orilla. Se trataba de Burán, quien no perdía oportunidad para reírse a costa de
los demás. ¿Te estás muriendo? Primero, tampoco es para tanto. Segundo, de
acuerdo, pero no niegues que gracioso lo está siendo un rato largo.
—Me…, me voy a… —titubeó Cienfuegos.
—¡Sigue hasta la piedra, chaval! —soltó Jaén, que
lo veía muy claro desde la orilla—. Luego nos arrojas un extremo de la cuerda y
listo.
— ¡Que no pued…! —intentó explicarse Cienfuegos.
Había avanzado un poco más y se hallaba con el agua al cuello, nunca mejor
dicho.
— ¡Ánimo, Cienfuegos! —gritó uno del fondo.
— ¿A quién le dejas tu parte de la ganancia si la
diñas? —terció otro.
Balboa, que había permanecido expectante hasta
ahora, decidió que debía intervenir. No podía permitirse perder un hombre y de
una forma tan absurda. Los necesitaba a todos.
—Da la vuelta, Cienfuegos —ordenó.
— ¡Pero si ya casi está! —intervino Muñoz.
—Qué cojones va a estar. Todavía le queda más de la
mitad del trayecto. No, que dé media vuelta.
Muñoz entornó los ojos porque su vista no era la
mejor, y valoró detenidamente las palabras del capitán. En cualquier caso,
quien manda, manda, así que, haciéndose bocina con las manos, gritó:
— ¡Cienfuegos! ¡Cienfuegos! ¡Vente de regreso a la
orilla!
Cienfuegos no oyó bien del todo porque, en aquel
instante, tenía la cabeza debajo del agua. El torrente formaba remolinos, con
los que no había contado, y el hierro que portaba encima se enredaba en ellos y
lo empujaba hacia el fondo, con lo que tampoco había contado. Por si esto no
fuera suficiente, las suelas de sus botas resbalaban en el lecho del río y le
costaba hacer pie y mantenerse en equilibrio.
— ¡Que te vuelvas! —volvieron a gritarle en vista
de que no hacía caso.
—A ver si todavía vamos a tener que entrar a por
él… —criticó Ferrol.
—No creo… —le replicó, a su lado, Camacho. Ninguno
perdía ojo de las evoluciones de Cienfuegos—. Parece que ya vuelve…
En realidad, no se encontraba a más de cinco o seis
pasos de distancia. El río, visto desde fuera, no parecía gran cosa. Lo que
sucedía, como estaba comprobando Cienfuegos en carnes propias, era que bajaba
muy salvaje, muy bravo. Como Gonzalo y Alonso ya habían advertido por otra
parte.
Cienfuegos, por fin, logró deshacer el camino
andado y se acercó a la orilla. Los compañeros, que se habían reído
abiertamente de él cuando lo vieron en dificultades, no dudaron ahora en
echarle una mano y ayudarle a salir.
—Virgen Santa, casi no lo cuento… —sentenció el
voluntario cuando, por fin, se halló a salvo sobre las piedras de la playa. Se
había tumbado cuan largo era y, con la mirada fija en el cielo, respiraba
agitadamente tratando de recuperar el resuello.
—Hay que cambiar de estrategia —dijo Balboa.
—Enviemos a un indio —sugirió Pizarro.
—Perfecto —repuso, de inmediato, Balboa.
Lo bueno que tenía enviar un indio era que, si al
indio se lo llevaba la corriente, solo perdían un indio. No es que estuvieran
deseando que sucediera, entiéndase, pero entre que te mueras tú y que me muera
yo, pues no te molestes si opto por lo primero.
No solicitaron voluntarios porque ni se les pasó
por la cabeza hacerlo. Allí, con los indios, las cosas no funcionaban de
aquella manera. Balboa le pidió a Albítez que trajera un indio, Albítez fue a
por uno y, en menos de dos minutos, había regresado con un chaval agarrado del
pescuezo. Pobre chico: tenía unos catorce o quince años y se le había dibujado
una mueca de horror en el rostro.
—Tranquilo —dijo Baracaldo dándole una palmada en
la espalda. Convenía que el indio creyera que los españoles lo tenían todo bajo
estricto control. De otro modo, quizás se les habría revuelto, o habría salido
corriendo de regreso a Ponca, o quién sabe qué. Con los indios, interesaba
andarse con medias verdades, pues, si los abordabas con franqueza, siempre te
acababan poniendo pegas—. Solo tienes que ir hasta la piedra de ahí en medio,
¿la ves?, ¿sí?, y luego lanzarnos uno de los extremos de esta cuerda.
Mientras hablaba, Baracaldo le calzaba el rollo al
indio y le rodeaba el cuello con él. En dos empujones suaves pero constantes,
Baracaldo tuvo al muchacho en el agua.
—Cuidaremos de ti —le explicó guiñándole un ojo.
No fue muy cierto, no…
El muchacho, como todos los indios cueva presentes
en la expedición, se encontraba completamente desnudo. Bueno, salvo por el
caracolillo en el que se embutían el pene, que a santo de qué. La primera vez
que los españoles vieron a un hombre vestido, por llamarlo de alguna forma, con
aquella prenda, por llamarla de alguna forma, se echaron a reír hasta que
terminó doliéndoles el estómago. Parad, parad, decían unos. Quitadlo de mi
vista, por el amor de Dios, añadían otros. Me muero, aseguraban, con la espalda
doblada, algunos más. Los cuevas, mientras tanto, los observaban con el rictus
impertérrito que exhibían cuando no sabían qué hacer. Ellos no constituían
exactamente una nación belicosa. Había guerreros entre los suyos, desde luego
que los había, mas, si podían, preferían evitar el enfrentamiento. Cuando
llegaban hordas de caribes caníbales, se peleaba. Porque qué remedio. O cuando
un rey cueva se enfadaba con otro rey cueva y aquello precisaba de
resarcimiento. En fin, la parte de la vida que resulta comprensible. Suceden
cosas y nosotros, en consecuencia, reaccionamos. ¿Pero cómo se reacciona ante
un tropel de extranjeros barbudos que se ríen de ti y en tus narices? Se daban
cuenta de que no había malicia en aquel acto. No, porque no era eso, no se trataba
de que hubieran decidido pasar un buen rato a cuenta de ellos. Con los caribes
sí que acostumbraba a suceder: un grupo de caribes capturaba a un cueva y lo
humillaban una y otra vez, lo sometían a mil perrerías, lo trataban como a un
animal para, de esta forma, dar a entender que eso y nada distinto merecían
todos los indios cueva de esta tierra.
Los españoles se reían de los cuevas porque los
españoles no concebían otra reacción. El respeto se limitaba a la propia vida:
no te mataban, luego te respetaban; te mataban, el respeto se te había
terminado. Lo del caracolillo en la polla fue motivo de chanza durante meses y
meses. Después, terminaron por acostumbrarse y dejó de ser gracioso. Sin
embargo, mientras tanto, los cuevas anduvieron con la mosca detrás de la oreja
y no fueron pocos los que, sin ser ellos partidarios de iniciar una guerra, propusieron
que se lanzara un ataque de castigo contra los recién llegados. Uno no va a
casa ajena y se ríe porque la abuela tiene bigote, ¿no? Pues aquí, otro tanto.
Con el agravante añadido de que, para los cuevas, el caracolillo, más que una
vestimenta, suponía una tradición que se enraizaba en lo más profundo de su ser
y de su identidad. Todo muchacho, cuando alcanzaba la pubertad y se convertía
en un hombre hecho y derecho, recibía su caracolillo para el pene. Normalmente,
el caracolillo, símbolo de estatus y de honor familiares, había pertenecido a
un abuelo, o a un abuelo de un abuelo. Cada caracolillo, de oro en las estirpes
pudientes, había alojado su buen número de penes desde el instante en el que
fue labrado. Para que ahora vengan estos blancos malolientes y se partan de
risa a cuenta del canuto ancestral que tú con tanto orgullo portas.
Bien, resultaba que el muchacho, ya un hombrecito
como Dios manda y al que, a buen seguro, le habían apalabrado una esposa para
la primavera siguiente, avanzaba desnudo por la selva. Esto, que los españoles
no comprendieron jamás, resultaba una ventaja importante. Por ejemplo, a la
hora de vadear un río torrentoso. Lo acababan de observar. Lo tenían tan
delante de sus ojos, que costaba creer cómo diablos no lo veían. Los españoles,
espabilados hasta lo inconcebible para muchísimos asuntos, no entendían que sus
corazas, sus cotas de malla, sus yelmos y todas las espadas, dagas, cuchillos,
navajas, puñales, machetes y estiletes que portaban siempre encima no suponían
sino una carga en el más literal de los sentidos. ¿Cómo se le había ocurrido a
Cienfuegos meterse en el agua con tanto lastre encima? Lo raro era que no se
hubiera ido directamente al fondo y ahora estuvieran buscando su cadáver río
abajo. Pues no, algo tan simple como esto no cabía en sus modos de pensar.
Ningún español, ni uno solo, se habría desembarazado de las ropas y corazas
para continuar camino como Dios lo trajo al mundo. Comprendían que los indios
lo hicieran, porque se trataba de salvajes, pero ¿ellos? Antes muertos.
El muchacho, empujado por Baracaldo, entró en el
agua y comenzó, con paso cualquier cosa menos firme, a caminar en dirección a
la piedra que le habían dicho que debía alcanzar. La desnudez, sin duda, jugaba
a su favor y podía moverse con cierta ligereza a través del torrente.
El problema del torrente es que tú lo puedes
abordar ligero o pesado, pero él sigue a la suya. Continúa descendiendo
embravecido y le importa un bledo si eres español o cueva. Los cuevas creían
que no, que el río, al igual que los árboles, las piedras o la propia selva,
los reconocía como iguales. Y puede que hasta fuera así. La selva, se ha dicho,
estaba viva y observaba. ¿Pero respetaba más a unos que a otros? ¿O, como
cualquier otro dios de cualquier otro panteón, se limitaba a mirar sin
intervenir? Los indios cueva afirmarían tajantemente que no, aunque los
españoles, respecto de la Santísima Trinidad, manifestarían lo mismo, y mira:
desde que llegaron al Darién, ya la habían palmado unos cuantos cientos de
compañeros. De algunos, ni siquiera sabían si estaban vivos o muertos. Se
fueron de entrada y jamás regresaron. Para que te andes tú, ahora, fiando.
Un buen grupo de careteños se reunió en la orilla
del río. Tenían cara de preocupación, y no era para menos: el chaval avanzaba,
llevaba ya el agua a la altura del pecho, pero no daba sensación de hacerlo con
aplomo.
—Teníamos que haberle atado una cuerda y sujetado
desde aquí —expresó Baracaldo.
— ¿Y ahora lo dices? —le preguntó Burán. Los dos,
al igual que el resto de compañeros, tenían la mirada fija en el muchacho.
—Se me acaba de ocurrir —se excusó Baracaldo.
Burán no contestó. En realidad, qué más daba.
De pronto, el muchacho perdió pie y todos vieron
cómo se hundía. Muy desnudo y muy ágil como los peces, pero abajo. Algunos de
los indios que observaban desde la orilla comenzaron a exclamar algo en jerga
cueva. Parecían preocupados y, esta vez sí, los españoles los comprendieron sin
reservas. Puede que el muchacho fuera el hijo de alguien, o el sobrino, o el
primo. Los cuevas se emparentaban mucho entre sí. De hecho, hasta los españoles
dejaron de hablar, fijaron las miradas en el lugar donde había desaparecido el
muchacho y una mueca de contrariedad les atravesó el rostro: si el muchacho se
moría, el resto de porteadores se negaría a vadear el río y, entonces sí que
sí, se hallarían frente a un problema grande de verdad. No habían llegado hasta
aquí para que un torrente del tres al cuarto les obligara a desistir. Tenían un
mar por descubrir.
Tan repentinamente como la cabeza del chico había
desaparecido, apareció. ¡Bien!, gritaron, alborozados, desde la orilla. El
chaval, lo podían distinguir perfectamente, pues tampoco suponía nada del otro
mundo la distancia que los separaba, se encontraba aterrorizado y casi
exhausto. Respiró hondo, miró hacia la orilla y los compañeros le indicaron que
se girara y que continuara. Había conseguido llegar más lejos que Cienfuegos.
Si alguien lograba llegar hasta la dichosa piedra, ese era él.
El chaval, puede que por el pánico, entendió que lo
que los españoles le indicaban era que continuara o que, de lo contrario, ellos
mismos lo matarían. Y, hombre, desde luego que se trataba de una exageración
propia de la ansiedad del momento, pero algo de eso había, y el indio, aunque
joven, el pulso se lo tenía bien tomado a los españoles. ¿Qué le dirían si, en
lugar de avanzar en el torrente, daba media vuelta y regresaba a la orilla?
¿Qué muy bien, que gracias por haberlo intentado, que lo importante era el
esfuerzo? Nadie en el Darién, a estas alturas, se mostraba tan ingenuo. Los
españoles, sin duda alguna, lo habrían molido a palos. El muchacho no era
Cienfuegos. No tenía coraza, ni barba, ni espada. Solo el canutillo.
Así que continuó. Notaba las piedras en el fondo
del lecho y el agua intentando arrastrarlo. Hasta que, de nuevo, perdió pie y
se hundió. Los españoles contuvieron el aliento. Que no se les muriera, que no
se les muriera… Si el muchacho se quedaba en el fondo, el resto no querría
continuar. Señor en los Cielos, sabes que no rezamos demasiado, pero te tenemos
presente y somos buenas personas: dale fuerzas al indio, porque lo necesitamos.
Si Dios intervino para enviarles un mensaje o no lo
hizo, jamás lo supieron. Nunca se habló de ello. Tampoco es que estos fueran
temas que los compañeros debatieran hasta el hastío: se ha muerto un indio, eso
es todo.
Porque el muchacho no volvió a sacar la cabeza.
Algunos dijeron que se había tratado del rollo de cuerdas, que, al estar
empapado, lo había arrastrado hacia el fondo. Otros afirmaron que, desde el
principio, no le habían visto maneras al chico. Alguno preguntó si alguien se
había fijado en si su caracolillo era de oro o no. Si fuera de oro, habría que
seguir el cauce del río hasta que este lo empujara a la orilla. Respondieron
que no, que seguro que no. Por una vez, se sintieron aliviados de que algo no
fuera de oro. Si ahora tenían que perder tres horas hasta que el río les
devolviera el cadáver, las perderían, aunque maldita la gracia.
—Joder, qué putada más grande —resumió Albítez el
sentir general de los españoles.
—Ojito —avisó Balboa—. Que no se nos revuelvan los
careteños.
Tarde, porque allá todos habían visto cómo el
torrente se tragaba al chico. Habían transcurrido tres, cuatro, quizás cinco
minutos, y un importante número de porteadores se había repartido por cada
extremo de la playa. Escudriñaban los recovecos del río esperando que el
muchacho hubiera logrado nadar hasta la orilla opuesta y se encontrara sano y
salvo. Los españoles, a los que la carga de cinismo que los acompañaba evitaba
que creyeran en imposibles, sabían que no había nada que hacer. Muy mala
suerte, de eso se había tratado: de un terrible golpe de mala suerte.
—Venga, otro indio —dijo, entonces, Pizarro.
— ¿Qué? —preguntó Albítez.
—Que busquemos otro indio para que vuelva a
intentarlo.
—No sé si alguien va a querer, tío…
— ¡Pues se le obliga! ¡Qué cojones, yo también
estaría rascándome los huevos en mi casa de Santa María! ¡Pero aquí estoy,
buscando oro y mares y gloria! ¿O acaso nos va a venir todo eso sin
esforzarnos?
Cuando el capitán Pizarro se ponía así, nadie le
chistaba. No levantaba la voz muy a menudo, aunque la levantaba siempre que le
parecía necesario. Debía de tener un don para prever la inminencia del
desastre. Con él, podían afirmar que, al menos, nunca dejaban de hacer lo que
había que hacer. Aunque costara. Aunque doliera.
Pizarro no esperó a que Baracaldo o cualquier otro
compañero fuera a por el sustituto del indio ahogado. Se encajó el yelmo, echó
la espada a un lado y comenzó a caminar por el pedregal.
—Tú —dijo inclinándose y agarrando del brazo a un
indio que se hallaba sentado junto a un par de fardos que contenían víveres—.
Conmigo. Sin protestas.
Al indio, el corazón le dio una vuelta. Pizarro no
había explicado para qué lo requería. De hecho, esa ausencia de explicaciones,
esa rudeza en la forma de conducirse, explicaba más que cualquier perorata en
un idioma que, por lo demás, los indios desconocían. Tú eres el siguiente.
Hala, espabila y andando hacia la orilla.
Al nuevo indio, que venía blanco, le calzaron un
segundo rollo de cuerda y lo empujaron al agua. Otra vez, Baracaldo le sonrió.
—Tranquilo, tío, que vamos a cuidar de ti —dijo—.
Aprendemos despacio, pero aprendemos.
Mientras Pizarro se ocupaba de buscar al sustituto
del muerto, Baracaldo se había dado una vuelta por las inmediaciones.
Necesitaba un palo largo, como de los de varear, y no tardó en hallarlo. La
selva da muchos disgustos y pocas alegrías, pero, al menos, está llena de
madera. O lo que fuera aquello, porque a Baracaldo le pareció algo parecido a
un junco, a una caña, a ese tipo de vegetación que crece mitad en la tierra,
mitad en el agua.
—Mira, escúchame —le dijo al indio, que ya tenía el
río en las rodillas. Esta vez, no se trataba de un muchacho, sino de un hombre
al que ya las arrugas le asomaban en el rostro. Llevaba los lóbulos de las
orejas muy dilatados y aquello, entre los cuevas, significaba que el tipo
llevaba vivido lo suyo. De Baracaldo dependía que pudiera seguir dilatándose
durante unos cuantos años—. ¿Ves esta vara? Es lo suficientemente larga como
para alcanzar la piedra.
Y le hizo, allí y en mitad de todos, una
demostración. Con su machete, terminó de desbrozarle unas ramillas al palo y,
acto seguido, lo extendió sobre las aguas torrentosas. No, no llegaba hasta la
piedra, tal y como había asegurado, pero por cuestión de palmos. Nada, nada de
importancia. Serviría.
—El plan es este —continuó explicándole al indio, a
quien ya el terror parecía estar ofuscándole el entendimiento—. ¿Pero quieres
hacer el favor de prestar atención? Si a mí me da igual, tío. Yo esto lo hago
por ti, para que la corriente no te arrastre. ¿Sí? ¿Me atiendes? De acuerdo,
estupendo. Pues el plan es sencillo: tú te agarras con todas tus fuerzas a la
vara y yo, desde aquí, te voy guiando. Te prometo por lo más sagrado que yo no
suelto la puta vara. En serio, confía en Baracaldo, que jamás ha faltado a su
palabra.
El indio, que ni entendía el castellano ni estaba
para recibir explicaciones, con todo, asintió. Agarró la vara, notó cómo
Baracaldo la orientaba hacia la dichosa piedra y se volvió hacia los españoles.
Lo miraban como mira el ganado: interesados, pero tampoco como para empeñar el
resto del día.
Si este indio también se les moría, deberían pensar
otro plan. Gonzalo y Alonso aseguraban que el torrente no se amansaba en ningún
lugar de su cauce, pero siempre podrían remontarlo hasta sus fuentes. ¿Qué les
llevaba un día o dos? Pues se aguantarían. Si de algo sabían ellos, era de
sufrir y penar.
No, no se les moriría. Baracaldo se encargaría de
ello.
La expectación fue a más. Entre los compañeros,
desde luego, pues ellos antes que nadie eran los interesados en cruzar al otro
lado del río. Pero también entre los careteños. De pronto, afloró, en aquellas
gentes, una especie de orgullo entusiástico. Que no se dijera de los de Careta,
maldita sea. Uno se había ahogado, pero porque estaba mal elegido, porque se
trataba de un chavalín y no de un hombre como es debido. A ese hombre, ahí lo
tenían, en el agua, con un rollo de cuerda cruzándole el pecho y las manos
aferradas a un palo largo. Se iban a enterar los blancos de lo que eran capaces
los indios cueva.
Y se pusieron a animar al tipo. Para sorpresa de
los españoles e, incluso, del par de ponqueños allá presentes, quienes debían
de pensar que aquellas gentes se habían vuelto locas de remate. Pero cuando has
convivido durante mucho tiempo con los españoles, y los careteños llevaban tres
años si no en contacto diario, casi, asimilas algunos comportamientos que antes
no te eran propios. Por ejemplo, la competitividad. La manía por ser siempre
los primeros en tener éxito en algo. Los españoles a menudo estaban pugnando
entre ellos: por atesorar más oro que nadie, por descubrir más tierras que
nadie, por conseguir a las mujeres más bellas que nadie, por entablar alianzas
con lejanos enemigos antes que nadie. Etcétera. Un larguísimo etcétera que
convertía la pura existencia de los vecinos de Santa María de la Antigua en una
batalla por ser los primeros.
Este carácter, esa forma de ser y de comprender el
mundo era ajena a los indios cueva antes de la llegada, tres años atrás, de
Balboa y sus gentes. Ahora, la mitad de Careta se había hispanizado. Sin
querer, pero lo había hecho. ¿Por qué, si no, habrían de arremolinarse cien o
doscientos careteños en la orilla del río para animar a uno de los suyos? Esta
empresa no era su empresa. Esta empresa les acababa de suponer una muerte y no
sería la última. Y, sin embargo, animaban con fuerza para que el tío que, en el
agua, avanzaba asido al palo de Baracaldo lo lograra. Para que los españoles
tuvieran éxito en sus propósitos.
Sería mucho decir que al indio que estaba en el
torrente, aquellas voces de ánimo lo empujaron hacia delante. Pero sí resultó
cierto que el reconocimiento de los propios lo imbuyó de cierto arrojo. Y, al
final, en situaciones como la actual, el acierto o el fracaso dependen de muy
poquito. De que tus fuerzas no flaqueen por un pelo, de que tu pie no resbale
de milagro, de que cuando quedes completamente sumergido el pánico no se
apodere de ti y puedas impulsarte, de nuevo, hacia arriba.
Y lo logró. Entre los vítores de los careteños y el
trabajo de Baracaldo, el indio alcanzó la piedra. Soltó la vara, se impulsó por
última vez y logró abrazarse a ella.
Lo habían conseguido.
—Os lo dije —afirmó, un tanto ufano, Baracaldo. Se
atribuía el mérito y nadie le llevó la contraria porque, en estos asuntos, no
solía haber discrepancias. Tenía razón, desde luego que la tenía, pero, aunque
no hubiese sido así, lo habrían dejado estar porque, si no se trataba de oro,
no se trataba de algo que mereciera gastar saliva.
— ¡Ata la cuerda a la roca! —gritó el capitán
Albítez desde la orilla. El indio ni se movía—. ¡Venga, ya descansarás luego!
¡Ahora ata un extremo de la cuerda a la piedra y lánzanos el otro!
Tuvieron que hacer venir a Jerónimo para que le
gritara las órdenes en lengua cueva. Algo añadiría de su propia cosecha, pues a
los españoles les pareció que se extendía más de la cuenta. Puede que le dijera
que les había dado un alegrón a los suyos y que más orgullosos no podían estar.
O que se dejara de tonterías y se pusiera a trabajar antes de que los españoles
decidieran enviar a otro careteño a través del torrente.
Fuera lo uno o lo otro, el indio reaccionó y
comenzó a realizar las tareas indicadas por Albítez. Una vez encaramado en la
roca y sujetándose a ella con las piernas, los golpes de la corriente apenas le
afectaban y podía trabajar sin dificultades. Desenrolló la cuerda, se sujetó
uno de los extremos a su propio pecho y procedió a atar el otro a la roca.
Cuando creyó que el lazo era firme, soltó el cabo de su cuerpo y lo lanzó hacia
la orilla. Necesitó tres intentos antes de que Baracaldo lo atrapara con su vara,
pero, finalmente, lo logró.
En la orilla, los careteños no cabían en sí de
gozo. Parecía que sobre la roca en mitad del cauce no se hallaba un indio, sino
los seiscientos. Ahí todos, como un solo pueblo, unidos en la desdicha de
haberse topado con los españoles, juntos en el orgullo de esta minúscula
victoria.
Los compañeros, por su parte, se pusieron manos a
la obra. Llevaban una hora perdida en aquel torrente y lo que ellos necesitaban
era avanzar. Avanzar, avanzar y avanzar. Baracaldo, príncipe de los
impacientes, echó a un lado la vara, se metió en el agua y tentó la cuerda.
—Parece segura —dijo mientras le entregaba el
extremo a Camacho, y añadía—: Si la sueltas y la espicho, te juro por mi madre
que regreso del infierno y te la meto por el culo.
Y, sin más, agarró un nuevo rollo de cuerda, se lo
pasó por la cabeza y se puso a caminar asiéndose a ella con las dos manos.
¡Cienfuegos!, le faltó gritar. ¡Cienfuegos, cobarde! ¿Ves qué fácil es?
A Camacho, se le sumaron Ferrol y Gutiérrez. Su
labor no suponía más que sentarse en el suelo y amarrar con fuerza la cuerda.
La cuerda tiraba de ellos, pero tenían los tacones de las botas clavados en el
pedregal y, entre los tres, se las apañaban bien con Baracaldo.
Un Baracaldo que logró alcanzar, sin percances, la
piedra en la mitad del río. Allí, encaramado como un mono, lo aguardaba el
indio. Baracaldo disponía de dos opciones: continuar él mismo hasta la otra
orilla o enviar al indio. Lo sensato habría sido lo segundo, pero, entre que al
indio se le leía la angustia en la cara y que él ya estaba metido en el agua,
decidió continuar camino.
El plan no revestía problemas y lo llevó adelante
sin dificultad: ató un extremo de la cuerda que traía enrollada en el cuello a
la piedra y el otro, a su cintura. Y se lanzó hacia delante.
Hasta en dos ocasiones, la corriente lo arrastró.
Dejaba de hacer pie y una increíble masa de agua lo arrollaba. Sin embargo, la
cuerda terminaba por detener su deriva y, entonces, le bastaba con recuperar el
equilibrio, erguirse y continuar. Cuando llegó a la orilla opuesta, tiró de la
coraza para que esta soltara toda el agua que llevaba atrapada. Después,
levantó los brazos en señal de victoria. Dijo algo, pero sus palabras se
perdieron en el estruendo del torrente.
Ya estaba. Lo habían logrado. Ahora, simplemente
debían pasar de uno en uno desde una orilla del río a la otra. La cuerda
serviría de guía y no perderían a nadie.
No resultó así, aunque casi.
* * * *
Les llevó la jornada entera conseguir que toda la
comitiva cruzara de una orilla a otra. El capitán Pizarro eligió un grupo de
indios más o menos fornidos y, con ellos, cruzó en primer lugar. Al indio que
todavía continuaba en la piedra lo obligaron a seguir, pues el hombre se negaba
a moverse de allí. De hecho, Pizarro dijo que de acuerdo, que no le molestaba,
que en lo que a él respectaba podía permanecer encaramado a aquel pedrusco
durante el resto de sus días. Tuvieron que ser sus propios compatriotas los que
le convencieran de que aquello no podía ser, de que ánimo, de que ahora se
podía, gracias al sistema de cuerdas que él había contribuido a instalar,
cruzar con seguridad. También le aseguraron que su gesta se recordaría durante
generaciones entre los careteños. La típica mentira piadosa que se le cuenta al
pobre diablo que no quiere dar su brazo a torcer.
Ese grupo de indios al mando de Pizarro se encargó
de asegurar la cuerda en la orilla opuesta. Pronto, a medida que más y más
indios llegaban, se organizó un pequeño sistema de turnos para que nadie
quedara deslomado por el esfuerzo.
El grueso de los compañeros se quedó donde estaba.
Si ellos pasaban, ¿quién les aseguraba que los porteadores careteños los
seguirían? Se suponía que si regresaban a casa habiendo contrariado a los
españoles, Careta, su rey, montaría en cólera y les cortaría los pulgares. Se
suponían tantas cosas… Los españoles eran hombres de certezas, y si estas
necesitaban de un empujón, ahí se encontraban ellos para dárselo. Así que sí,
se quedaron y organizaron el paso del río, al cual, por cierto, se les olvidó
nombrar. Valderrábano, el escribiente que llevaba el diario de la expedición,
solía ocuparse de estos asuntos. A veces, ni siquiera preguntaba. Hoy hemos
cruzado el río San Marcial, escribía. Y el nombre se lo inventaba él y sobre la
marcha. Total, ¿regresarían algún día? Probablemente, no. De manera que
escribió que habían vadeado un río torrentoso y sanseacabó. Bastante tenía con
evitar que el cuaderno se le mojara. Que de la ventura de los soldados todo el
mundo habla, pero de la de los escribientes, pocos. Un oficio tan sacrificado
como repleto de sinsabores. He ahí el resumen de quien a escribir se dedica.
Nombre no tuvo el río, no, pero se llevó la vida,
en total, de trece careteños. No lo lograron, qué se le va a hacer. Salvo
cruzarlos a hombros, pocas facilidades más podrían haberles ofrecido los
españoles. El sistema de cuerdas, a medida que los hombres lo cruzaban, se
afianzaba más y más con sostenes en ambas orillas. Pero había careteños a los
que los dedos les fallaban y se soltaban. El torrente, claro, los arrastraba
sin clemencia. Por suerte, como el agua los engullía de inmediato, no había que
escucharlos aullar de desesperación: se marchaban al fondo y luego, cien o
doscientos pasos más abajo, el río los devolvía ya tiesos.
Con lo uno y con lo otro, cuando, por fin, cayó la
noche, los españoles encendieron una hoguera y, reunidos en torno a ella,
coincidieron en que no había sido, del todo, un mal día. Los inconvenientes
siempre acechan. Lo hacen cuando estás tan tranquilo en Santa María y lo hacen,
con más razón, cuando te hallas en plena entrada. Un torrente, un día perdido y
alguna que otra baja. Buen balance, ¿verdad? —Ocupaos de que los campamentos se
abastezcan con cabeza —ordenó Balboa. Albítez, Olano y dos docenas de hombres
se pusieron, de inmediato, en pie y fueron a cumplir lo mandado. En otras
palabras, lo que Balboa pretendía, lo que todo el grupo de compañeros llevaba
pretendiendo desde el mismísimo día en el que habían abandonado Careta, era que
los porteadores se comieran una cena digna pero nada más. Si se atiborraban, al
día siguiente no tendrían más fuerzas que si no lo hacían. Y, sin embargo, los
expedicionarios contarían con menos raciones. La selva abastecía, sí, no lo
negaban, pero no podían perder el tiempo cargando la escopeta cada vez que
avistaban un bicho. No estaban en una partida de caza, sino de descubrimiento y
conquista. De manera que comer, todos comerían, porque los españoles no eran
unos desalmados y, además, sabían que con la tripa vacía no hay forma de
portear. Pero sin atracones. Y es que el indio es, de natural, glotón. Lo pones
ante un saco de comida y es capaz de morirse dando cuenta de ella. Morirse de
verdad, espicharla, caer redondo de puro empacho y pura gula.
Mientras los compañeros hacían la ronda, Balboa y
los que se quedaron junto a la hoguera debatieron la estrategia para el día
siguiente. Tanto sobre el papel como sobre el terreno, Balboa mandaba. Mandaba
mucho más de lo que cualquier general ha mandado, en ocasiones, sobre sus
tropas. Pero eso no era óbice para que Balboa no consultara los asuntos
importantes con los suyos. Quería su opinión y necesitaba su lealtad. ¿Qué otra
forma más directa para conseguirla que haciendo que se sintieran auténticos dueños
de su destino?
—Quareca no está lejos —recordó Robledo.
—A unas siete u ocho leguas de aquí, no más
—explicó Jaén. Lo sabían, no existía un solo español que ignorara aquella
información. Sin embargo, escuchársela decir los unos a los otros los
apaciguaba. Creían más en sus posibilidades si el tipo que se sentaba al lado
de uno afirmaba, con voz segura, que mañana las cosas irían rodadas.
—Yo diría que ya hemos realizado la mitad del
camino —expresó Muñoz.
A Balboa, al que la confianza ajena lo ponía en
alerta, aquellas palabras no le gustaron demasiado.
—La mitad fácil del camino —dijo.
—Ya estamos —repuso alguien.
— ¿Qué? —se revolvió Balboa.
—Nada.
—Hostia puta, que no quiero que nadie me baje la
guardia. ¿Mitad del camino? Mis cojones, mitad del camino. No tenemos ni puta
idea. Ni puta idea, ¿me oís? Lo que sí sé, porque creo que Ponca no nos mintió
cuando nos lo dijo, es que las dificultades empiezan ahora. Que el camino
auténtico empieza ahora. Así que nada de andar con polladas de que ya hemos
recorrido la mitad y gilipolleces por el estilo…
—Pero es verdad, capitán.
—Me la suda que lo sea. A mí solo me importa lo que
hay ahí delante.
Ahí delante, lo que había era la primera expresión
del mal con la que se toparían. La primera, atención, pues habría más, varias
más. Y bastante peores. Pero la que abriría el ciclo ya observaba en la
espesura.
Estaban siendo acechados por algo muy peligroso
desde la oscuridad más profunda. A veinte pasos de distancia del lugar donde,
con parsimonia, daban cuenta de sus propias raciones de cena.
La selva había enmudecido. Ni pájaros, ni siseos,
ni movimientos. Solo quietud y expectación. La selva tenía interés en ver qué
sucedía. Al final, no todos los días llega un grupo de extranjeros y te
atraviesa de parte a parte.
— ¿Habéis oído eso? —preguntó Gallego. Tenía un
trozo de carne en la mano y, aunque no lo soltó, dejó de apretarlo con los
dedos mientras se incorporaba un poco. Un poco, hasta alcanzar esa posición en
la que no estás en pie pero tampoco sentado. Miraba hacia la espesura.
—Yo no he oído nada —respondió Burán.
—Exacto —sentenció Gallego.
—Anda, vuelve a sentarte —le soltó Díaz.
—Esto no me gusta —se encasquilló Gallego.
—¿Sabes que nos estás acojonando un poco, tío?
—preguntó, ya molesto, Crespo—. No pasa nada.
Balboa se puso en pie y comenzó a escudriñar en la
oscuridad. No separaba los labios, apenas realizaba gestos… Aunque, puede que
de manera inconsciente, se llevó la mano a la empuñadura de la espada y se la
recolocó. Nada más que eso, pero los compañeros lo vieron y bastó.
Aquí pintan bastos.
— ¿Qué sucede, capitán? —preguntó, en voz baja,
casi en un susurro, Albítez.
—Creo que Gallego está en lo cierto —respondió
Balboa sin apartar la mirada de la negrura. Entre frase y frase, solo se
escuchaba el crepitar de las llamas. Hasta los porteadores careteños parecían
haberse dado cuenta de que la selva había enmudecido. Puede que así les
estuviera enviando una señal. O puede que no. Con la selva y los indios, nunca
se sabe. Pero ahí delante hay algo.
Los españoles, que habían aprendido a golpes,
sabían que ninguna sorpresa resulta grata. Nunca, jamás, esa posibilidad no
existe. Nadie llega al Darién y te trae un regalo de parte de un primo que
tienes en Santo Domingo. Nadie se acuerda de que es tu cumpleaños, nadie arriba
en Navidad y organiza una fiesta con dulces para los chiquillos.
Si viene alguien, tú desenvaina y atiende, porque
no existe ni una sola posibilidad de que tu futuro inmediato no vaya a
torcerse.
—Levantaos —ordenó, entonces, Balboa.
Fue tarde porque, de improviso, una lluvia de
flechas brotó desde la selva. Las oyeron silbar en el aire y oyeron, además,
las respiraciones que emitían aquellos que las lanzaban. El aliento del que
provee la muerte, compañeros.
El único que no llevaba coraza ni protecciones era
el padre Vera. Se lo habían advertido, le habían dicho que adónde va usted en
simple sotana, padre, pero el cura levantó una mano abierta y explicó que Dios
cuidaría de él. Podría continuar afirmándolo a partir de aquella noche, pues
una flecha le pasó a menos de medio palmo de la oreja. La oyó silbar con tal
nitidez que, primero, se quedó completamente paralizado y, segundo, se meó
encima.
— ¡Caribes! —gritó el capitán Pizarro.
— ¡A cubierto! —ordenó Balboa.
— ¡Las escopetas! —indicó Albítez.
Lo esencial para responder a una agresión. Se
podría estudiar en muchos manuales militares y, de hecho, así se haría. Estos
tipos lo sabían por pura intuición, porque lo habían aprendido sobre la marcha,
porque no les quedaba otra. Quién ataca, qué hacemos y cómo respondemos. Uno,
dos y tres.
En menos de lo que se tarda en persignarse, los
compañeros se habían puesto en pie y habían corrido hasta el lugar donde
guardaban las escopetas. Que siempre era cerca, pues soldado prevenido vale por
dos. A ninguno, o a casi ninguno, lo flecheaban por primera vez. Este fue el
motivo de que supieran que contaban con unos segundos. Los que el cabrón que
esgrime el arco tarda en tomar otra flecha, ponerla en él, tensar la cuerda,
apuntar y abrir la mano. Además, sabían, porque a quiénes si no, que se enfrentaban
a caribes y los caribes, golpe de suerte, acostumbraban a envenenar las puntas
de sus proyectiles. Suerte, sí, o al menos en un ataque por sorpresa. Por
supuesto, que te alcancen con una flecha emponzoñada en curare te mete en un
serio problema, pero nunca durante el momento de réplica al primer ataque.
Ahora, si algo precisaban era lentitud en el comportamiento del enemigo. Y
emponzoñar flechas es algo que se realiza, los españoles lo sabían porque lo
habían sufrido en sus propias carnes, en el momento de disparar. El indio no te
viene con las flechas envenenadas de casa, no. Se traen, por un lado, las
flechas limpias y se trae, por otro, el curare bien guardado en algo parecido a
un odre de piel de cerdo salvaje. Sinceramente, a los españoles, el curare les
parecía, desde el punto de vista ofensivo, una mala idea. Los caribes eran
buenos flecheros. Uno de sus proyectiles, si te pillaba en un mal ángulo, podía
atravesarte de parte a parte. ¿A santo de qué, entonces, andar envenenándolo? A
los compañeros les parecía una inmoralidad y una pérdida de tiempo.
Durante los preciosos segundos que los caribes
ocultos en la espesura utilizaron para impregnar en veneno las puntas de sus
flechas, los españoles trincaron las escopetas, se echaron al suelo y buscaron
posición para hacer fuego.
— ¡Disparad! —ordenó Balboa.
Aquel resplandor iluminó la noche. El curare será
lo que queráis, nadie afirma lo contrario, pero nada supera a la pólvora y al
plomo, ¿verdad que no?
Nunca supieron hasta qué punto la luz y el
estruendo de los fogonazos ahuyentó a los caribes. Se trataba de quarecanos, de
eso no cabía duda, pues, salvo ellos, no habría caribes en más de cincuenta o
cien leguas a la redonda. Y los quarecanos, alabado sea el Señor, jamás habían
escuchado o visto una escopeta española. Que puede que a muchos no les diga
nada y les parezca, hasta si se quiere, un arma poco fiable. Los propios
compañeros preferían, mil veces antes, tirar de espada, daga o machete. La escopeta
había que andar cargándola con cuidado y, si la pólvora se encontraba húmeda,
la bala no salía. Esto, en la selva del Darién, donde la humedad ambiental era
tal que se pasaban el día y la noche con los cuerpos empapados en su propio
sudor. Además, en el caso de que, como ahora, las armas respondieran y se
abriera fuego, nadie aseguraba que los proyectiles fueran a hacer blanco. A más
de tres pasos de distancia, tranquilamente podías fallarle a un tío de la
envergadura de Baracaldo. Y ponte luego a intentar desenvainar mientras el otro
estira el brazo.
Pero los fogonazos, ay, los fogonazos… En mitad de
la noche, aterrorizaban a aquellos hijos de puta. Incluso los careteños, que
habían visto disparar a los españoles en numerosas ocasiones, se estremecían y
corrían a esconderse. Les costó tiempo comprender que la escopeta solo tenía
peligro para el que se encontraba frente al cañón, y no detrás o a los lados.
Mientras desconocieron este hecho tan simple, los indios pensaban que el
fogonazo producido por el disparo mataba en todas direcciones.
Hubo una segunda descarga de flechas, pero ya todos
los compañeros se dieron cuenta de que menguaba. Era de noche y apenas se veía
más allá de tres o cuatro pasos. Sin embargo, las flechas silban y un hombre al
que, de cuando en cuando, flechean, aprende a calcular de oído.
—Se van —dijo Cienfuegos.
Y se iban. Se estaban yendo porque los españoles
los habían asustado con sus fogonazos infernales, aunque, sobre todo, porque
les daba la gana irse. Lo que los caribes habían lanzado era solo un ataque de
tanteo. Puede que ni siquiera constituyeran un grupo numeroso. Quizás diez o
doce tíos a los que su cacique les había ordenado que marcharan de avanzadilla:
id y a ver qué pasa con todos esos españoles de los cojones. Fueron y aquí los
tenían. Al final, el caribe es caribe, y ¿con qué cara vuelves a informar sin
haber tanteado, cuanto menos un poco, al enemigo? Se flecheaba un rato más por
dignidad que por otra cosa. Que no se diga, por Dios, que no se diga.
Con todo, la segunda tanda de flechas alcanzó a dos
o tres porteadores careteños. Pues que con esos no contaran, porque el curare,
si te penetra hondo en la carne, te hace un avío gordo. Los compañeros no
prestaban demasiada atención a las heridas limpias. Si recibían un macanazo o
un flechazo, se le daba cura y arreando. Los indios, a la menor ocasión,
pretendían que se les eximiera del trabajo, que se les permitiera regresar a
casa. Qué manía con volver a casa… Siempre estaban con lo mismo. ¿Acaso los españoles
se quejaban? Ellos también tenían casa y ahí estaban, avanzando firmes hacia su
destino.
Sin embargo, la herida emponzoñada suponía un
asunto bien distinto. Ahí, el indio se quejaba, aunque esta vez con razón. Los
españoles se conducían sin clemencia, pues no existía otro modo, pero también
con justicia y pundonor. Y si te clavaban una punta con curare, quedabas exento
de todo. ¿Por qué? Porque te sucederían dos cosas, una muy rápido y otra a
medio plazo. Y ambas irreversibles.
La primera, que los músculos se te paralizarían. No
podrías caminar ni valerte por ti mismo. Se habían dado casos, entre los
españoles, en los que se habían amputado, voluntariamente, brazos o piernas.
Recibían el flechazo envenenado y el sujeto estiraba el miembro y pedía al
compañero que tenía a su lado que le metiera un tajazo de parte a parte. Un
cojo o un manco jamás hace fortuna en el Darién, pero un muerto, menos.
He aquí la segunda de las consecuencias. La
parálisis de los órganos avanzaba y avanzaba y llegaba el momento en el que te
quedabas sin aire. Tú querías respirar, aunque algo, no sabías qué, te lo
impedía. Y, claro, quien no respira tiene un futuro un tanto negro.
— ¿Algún herido? —preguntó Balboa. Continuaban
tumbados en el suelo con la mirada fija en la espesura. No parecía que los
caribes fueran a continuar disparando, pero preferían no correr riesgos
innecesarios.
—Tres o cuatro, diría —respondió Jaén.
—De entre nosotros, hostias —gruñó Balboa.
—Ah, perdón… No, creo que estamos todos bien.
¿Algún herido?
Los españoles tenían corazas. Suponía un engorro
mayúsculo andar con ellas puestas en plena selva virgen, pero, en una mala, te
salvaban la vida. Acababan de comprobarlo: Gutiérrez, Díaz, Martínez y tres o
cuatro más compañeros recibieron impactos en el hierro. Planc y notas cómo la
flecha cae a tu lado. Hala, salvado por el niño Jesús y tu bendita prudencia.
Los españoles, además de corazas, tenían una suerte
que muchas veces no se la creían. Ya se ha señalado antes, pero se puede
repetir porque las verdades palmarias conviene mantenerlas presentes. Tenían
una suerte que no se la creían, una suerte que, al tiempo, les parecía extraña.
Ni les sonreía, ni les daba la espalda. No, pues acababan de ser atacados por
una horda de temibles y despiadados caribes; y sí, porque ninguno había
recibido ni un rasguño. Una lluvia de flechas emponzoñadas en curare y ellos
tan campantes.
Así era la vida de los conquistadores del Darién
español.
— ¿Se han replegado? —se interesó Ferrol.
— ¿Por qué no te acercas y lo compruebas? —preguntó
el capitán Pizarro.
— ¿Por qué no vas tú, capitán?
—Te lo digo en serio, tío. Anda, ve a ver si el
terreno está despejado.
— ¿Yo? ¿Por qué?
—Por hablar.
—Los cojones. Yo no voy.
—Hostia puta, Ferrol, no me calientes.
— ¿Por qué tengo que ir yo solo?
—Puto maricón… Venga, yo te acompaño. ¡En pie,
nenaza!
Pizarro, que siempre predicaba con el ejemplo, se
incorporó y se ajustó la coraza, el yelmo y la espada. Dejó la escopeta
descargada en el suelo y desenvainó. Ferrol, por no quedarse en evidencia
frente al resto, lo imitó.
—Se han largado —dijo este.
—Comprobémoslo —sentenció Pizarro comenzando a
caminar hacia la espesura.
La visibilidad era la que la hoguera ante la que se
habían reunido les proporcionaba. En el cielo encapotado no había luna ni
estrellas.
Mientras Pizarro y Ferrol avanzaban, el grueso de
los compañeros comenzó a incorporarse. Les parecía, cómo decirlo…, inadecuado
continuar tumbados mientras dos de su partida se jugaban el pellejo. Entre los
españoles, estas actitudes se hallaban mal vistas. A uno de los suyos no se lo
dejaba jamás en la estacada.
Sí, los caribes se habían marchado y el terreno se
encontraba despejado. Eso les daba, por lo menos, el resto de la noche de
calma. Nadie que abandona un ataque justo cuando tiene a su adversario en su
punto más vulnerable, lo hace para volver a arremeter dos horas más tarde. ¿Qué
sentido tendría eso? No, se habían retirado porque no se vieron con fuerzas
suficientes como para concluir, exitosamente, la embestida. Puede que al día
siguiente regresaran, de hecho lo harían, pero no esta noche. Contaban con unas
cuantas horas de tranquilidad para descansar.
Y para poner orden en la expedición. Las flechas,
como ya había adelantado Jaén, alcanzaron a varios porteadores careteños.
Cuatro, en total. Balboa ordenó que, a la luz de teas improvisadas, se
examinaran las heridas. Las peores noticias se confirmaron: las flechas
llevaban veneno y los pobres diablos que las habían recibido comenzaban a
experimentar los primeros síntomas. La parálisis que producía el curare
avanzaba más o menos deprisa en función de la cantidad de veneno inoculado. Sin
embargo, dicho avance era irreversible. Se podían haber puesto a amputar
miembros o a tajar carne emponzoñada, pero ni siquiera se encontraban seguros
de que esto funcionara. A veces sí, a veces no. En una ocasión, cinco o seis
años atrás, salvaron a un tío, pero el tajazo que le metieron fue tan rápido
que al veneno ni le dio tiempo a cuajar. Ahora, por desgracia para los indios
afectados, ya llevaban veinte o treinta minutos con la ponzoña recorriéndoles
las entrañas.
Pizarro y Ferrol regresaron un rato después y
confirmaron las buenas noticias. Todo, afortunadamente, había pasado.
—Vaya usted a dar las extremaunciones, padre —le
dijo Balboa a Vera.
— ¿Ahora? —preguntó el cura.
—A la mañana no llegan, así que usted me dirá…
—Pero es que está muy oscuro…
—Si le parece, le pongo a dos hombres para que le
acompañen.
—Será lo mejor.
— ¡Malpartida! ¡Burán!
— ¡Capitán!
— ¡Con el padre! ¡Qué tiene que dar las
extremaunciones a los indios que se mueren!
—¿Ahora?
—¡Pues claro que ahora!
— ¡Es que pensábamos echarnos a dormir!
— ¡Pues os esperáis!
— ¡Como mandes, capitán!
— ¿Ve, padre? Solucionado. Vaya, vaya, y calme a
esas pobres almas…
El padre Vera seguía sin verlo claro, aunque ¿qué
podía decir? Cuando Malpartida y Burán llegaron, se santiguó y los siguió.
Durante un rato, se abrieron paso entre decenas y decenas de indios que se
apretaban en torno a sus propias hogueras. Junto a ellas, había guerreros
çabras, los cuales, al advertir la presencia de los compañeros, volvieron la
cabeza hacia otro lado. Durante el ataque de los caribes, ni un solo guerrero
cueva había dado un paso al frente. Tenían armas y, pudiendo haberlo hecho, no lo
hicieron. Cuando, semanas después y tras el regreso a sus cacicazgos, Balboa
los interrogara acerca de su inacción, muchos, todos, afirmarían que no
tuvieron tiempo de reaccionar. Que el ataque los sorprendió tanto como a los
españoles. Por supuesto, Balboa no los creyó. Los cuevas no repelieron el
ataque porque el miedo los paralizó. Ellos, que se creían guerreros indómitos,
prefirieron permanecer junto a las hogueras mientras rezaban para que los
atacantes se marcharan cuanto antes. Balboa, entonces y en presencia de su rey,
los llamaría cobardes. Hizo que les tradujeran el término. Cobardes. Se lo
estaba diciendo no un español, sino un auténtico çabra con una serpiente de oro
enroscándosele en el pecho.
Puede que, en el Darién, no se recordara un momento
tan vergonzoso.
Vera, Malpartida y Burán encontraron a los indios
heridos por las flechas de los caribes. De los cuatro, al menos tres habrían
sobrevivido si las flechas hubieran estado limpias. Heridas menores que quizás
dejaran secuelas, pero que no matarían. Sin embargo, tenían curare. Los cuevas
conocían tan bien como los españoles lo que sucedería. Por ello, aceptaron la
ceremonia de extremaunción que el padre Vera les impuso. No entendían el
significado o la profundidad del rito. En su ingenuidad, entendieron que quizás
les librara del curare, así que nada perdían por intentarlo.
El padre Vera sintió pena por aquellos
desgraciados. No tanta como para echar sobre los hombros de los españoles algún
atisbo de culpa, aunque sí la justa como para pararse, reflexionar y concluir
que Dios pone a prueba a sus elegidos y que, en tal circunstancia, la única
respuesta cristiana se resume en seguir, seguir siempre hacia delante y con
toda la determinación posible. Dios aprieta a sus hijos, pero porque los
quiere. Aquella noche, los estaba apretando con ímpetu. Los quería, por lo
tanto, más que a nada en el mundo.
—Malditos caribes… —dijo en voz alta. Malpartida y
Burán, que nunca habían visto maldecir a un religioso, cruzaron, entre ellos,
una mirada de sorpresa. De alguna forma, el padre Vera daba por perdidos a los
indios caribe. Sus almas no tendrían arreglo y ni en una vida entera podrían
enderezarse. De esta manera, la única salida que restaba para ellos era el
aniquilamiento. Sin remordimiento alguno, podrían matarlos a todos pues Dios
así lo deseaba.
Bien, así se haría. Dentro de menos de cuatro días,
librarían una descomunal y salvaje batalla con los caribes. Sin embargo, aún
les quedaba mucho por sufrir.
Quareca es el reino del mal y su advenimiento se ha
anunciado. Tomad nota de ello y actuad sin que os tiemble el pulso. Corred
hacia los refugios cuando el enemigo aceche, surgid a los claros con las
espadas desenvainadas. Tened miedo, tened mucho miedo, porque, aquí, los
valientes son los primeros en caer. Que nadie se llame a engaño: será tan
doloroso lo que se avecina que más de un hombre perderá la cabeza. Existen
horrores para cuya contemplación no nos hallamos preparados. Existen horrores
que van más allá de lo concebible.
Tenemos perros de guerra, tenemos armas, tenemos
una determinación que nos distingue de todo lo demás. Avanzaremos sin descanso
y con la certeza de que Dios nos ampara. Conocemos el trazo de su mano en el
aire, lo advertimos en cada cuello segado, en cada vientre abierto, cuando el
corazón de tu enemigo es atravesado por el filo de nuestra espada.
En el nombre del Padre, este camino es el único
camino.
Capítulo 9
Los emboscaron en el Desfiladero de la Calavera
21 de septiembre de 1513, miércoles
Por la mañana, dos horas después de que la comitiva
se pusiera, de nuevo, en marcha, Tzcat-La y Tzcü-La, los çabras ponqueños que
decían por dónde había que ir, se acercaron, no sin cierto disimulo, al
careteño Ztxäc-Ah. Los dos primeros, Gonzalo y Alonso, odiaban a muerte y hasta
los días finales en los que el cielo se desplomaría sobre la selva y los
sepultaría a todos, a Jerónimo. Sin embargo, los tres hombres acababan de
descubrir algo que los tenía sorprendidos: que tras el odio infinito e inabarcable,
tras ese sentimiento ilimitado, existía terreno fértil para continuar odiando.
Se dieron cuenta, en suma, de que por mucho que fuera su animadversión mutua,
más les daban por culo los malditos españoles y su fétido aliento podrido. ¿Por
qué, al menos, no se lavaban? ¿Tanto era pedir?
Que dos orgullosos guerreros se dirigieran en
persona y sin intermediarios a un tipo normal y corriente no tenía parangón en
la sociedad cueva. Esto no había sucedido en, qué decir, los últimos quinientos
años. Que, además, unos y otros pertenecieran a reinos enfrentados durante esos
mismos quinientos años o puede que más, tampoco. Pero los españoles poseían
esta extraña habilidad: la de conseguir que, en torno a ellos, se trabaran las
más inverosímiles alianzas.
— ¿Qué queréis? —preguntó Ztxäc-Ah. Desconfiaba. Y
no era para menos: si no estuvieran avanzando como guías de aquella expedición,
un encuentro entre él y los dos çabras ponqueños habría supuesto el peor de los
golpes de mala suerte que un indio darienita puede sufrir. Le habrían arrancado
las uñas o lo habrían colgado de un árbol cabeza abajo. O perrerías aún peores
que el pobre Ztxäc-Ah ni quería imaginar.
—Tranquilo, amigo —respondió Tzcü-La en tono
conciliador.
—Solo queremos hablar contigo —añadió Tzcat-La.
— ¿Sobre qué? —repuso Ztxäc-Ah, quien no las tenía
todas consigo.
—Sobre el camino.
— ¿Qué camino?
—Este camino.
— ¿Qué le pasa al camino?
—Que nos conduce al Desfiladero de la Calavera.
— ¿Qué es el Desfiladero de la Calavera?
—Un sitio en el que no querrías estar.
—Pero no va a ser así, ¿verdad?
—No, porque vamos derechitos hacia él.
— ¿Y qué tiene de malo el Desfiladero de la
Calavera, si se puede saber?
—El Desfiladero en sí, nada.
— ¿Entonces?
—Se trata de un paso estrecho y largo. No se puede
bordear, pues a ambos lados se levantan sendas montañas de selva apretada.
—En la selva, siempre se puede dar un rodeo.
—Tú eres de la costa y nada sabes de esto,
Ztxäc-Ah. Créenos cuando te decimos que este paraje resulta imposible de
desbrozar. No se pueden abrir sendas en él. Y no te lo estamos diciendo en
vano: muchas veces lo hemos intentado y no hay manera.
—Entonces, debemos avanzar por el Desfiladero de la
Calavera.
—Exacto. Es lo que, desde el principio, tratábamos
de explicarte.
—Pero resulta una mala idea.
—Lo vas pillando, Ztxäc-Ah. Eres más listo de lo
que creíamos. Ahora comprendemos por qué el gran tibá rubio te ha elegido para
que camines a su lado.
—El gran tibá rubio y yo no somos amigos.
—Calma, Ztxäc-Ah. A nosotros, eso nos da igual.
Además, el gran tibá rubio es, ahora, de los nuestros. Se sometió al rito de la
transformación. La tatuadora le grabó la gran serpiente enroscada y nosotros
estamos obligados a respetar esa ceremonia y sus consecuencias.
— ¿Os parece bien?
—No he dicho que nos parezca bien. He dicho que
debemos respetarlo. Tiene tanta autoridad como nosotros mismos entre los
guerreros de nuestra nación. Más que algunos, si he de serte sincero.
—Pero ¿qué queréis de mí?
—Advertirte.
— ¿Advertirme? ¿De qué?
—De que dentro de un rato llegaremos al Desfiladero
de la Calavera. Y de que, como no puede ser de otra forma, nos adentraremos en
él.
— ¿Y por qué me advertís a mí de eso?
—Para que corras la voz y se lo expliques a tu
gente.
Llegado este punto de la conversación, Jerónimo
apretó los puños y sintió que un escalofrío le recorría la espalda. No se fiaba
un pelo de los dos guerreros ponqueños. Por otro lado, tampoco se fiaba un pelo
de los españoles. Así las cosas, la información que recibía lo ponía en la peor
de las tesituras: en la de elegir. Y esto, hum…, esto se le daba fatal.
— ¿Por qué queréis que advierta a mi gente?
—preguntó.
—Porque habrá caribes apostados y aguardándonos
—respondió Tzcat-La.
— ¿Caribes?
En la representación del infierno cueva, los
caribes ocupaban el último de los círculos. Se encontraban tras los indignos,
los malvados y los endemoniados. Nada podía ser peor que un caribe quieto en la
selva a cinco pasos de ti. Mirándote. Sin tan siquiera mostrar hostilidad.
Bastaba con tenerlo ahí, con observarlo tan de cerca, con saber que él no
pensaba dejarte marchar con vida, para que tú, un pobre tonto que simplemente
acababa de tener un estúpido golpe de mala fortuna, te echaras a temblar como un
niño.
—Caribes —confirmó Tzcat-La.
—Pero…, pero… ¡Nos atacarán!
—Por eso te estamos avisando.
— ¿Y qué será de nosotros?
Tzcat-La y Tzcü-La pensaron que puede que se
hubieran equivocado y que Ztxäc-Ah no fuera tan listo como habían creído.
—Nada, si seguís nuestras indicaciones.
— ¿Y por qué…, por qué queréis ayudarnos?
— ¿Acaso no os gustaría que los españoles se vieran
en aprietos?
—Bueno, sí… Con nosotros no se portan mal, la
verdad… No ya… Hace algún tiempo sí que tuvimos algunos encontr…
— ¿Cuántos muertos lleváis en esta expedición,
Ztxäc-Ah?
A Jerónimo, aquella pregunta lo pilló a contrapié.
—No sabría decirte, si te soy sincero… —balbuceó.
—Solo en el ataque de anoche, cuatro.
— ¡Pero a nuestra gente los mataron los malditos
caribes!
Definitivamente, se habían equivocado con Ztxäc-Ah.
De listo, no tenía nada.
—Si no estuviéramos aquí, los caribes no nos
habrían atacado.
—Eso es cierto.
— ¿Y por culpa de quiénes nos hallamos en este
lugar?
—Por culpa de los españoles.
—Por fin lo has comprendido, Ztxäc-Ah.
Algo duro de mollera, eso era todo. Continuarían.
—Lo único que te pedimos es que corras la voz entre
los tuyos para que estéis preparados.
—Por supuesto, por supuesto… Y se lo diré también
al gran tibá…
— ¡No!
— ¿No?
—No. Al gran tibá, no.
Ata cabos de una santa vez, Ztxäc-Ah.
—Pero si no le aviso, los caribes acabarán con
ellos.
Tzcat-La y Tzcü-La arquearon las cejas por toda
respuesta. A buen entendedor, pocas palabras. Acto seguido, dieron media vuelta
y se marcharon, no fueran los españoles a sorprenderlos de cháchara y creyeran
que estaban conspirando contra ellos. Como, por otra parte, se encontraban
haciendo.
— ¿Crees que lo ha entendido, Tzcat-La? — preguntó
Tzcü-La.
—Yo diría que sí —respondió Tzcat-La.
—No estoy seguro. Pienso que deberíamos haber sido
más explícitos.
— ¿Más?
— ¿No te ha parecido que ese tío era un poco
retrasado?
—Lo que pasa es que tú has conocido pocos
careteños. No, tranquilo. Es algo común a todos ellos. No hay por dónde
agarrarlos.
—Cruzo los dedos para que todo salga bien.
—Sí, crúzalos.
* * * *
Tzcat-La no se había equivocado cuando afirmó que
en lo alto del desfiladero habría guerreros caribes apostados. Los había y
formaban el mismo grupo que la noche anterior atacara el campamento español. Se
trataba de una avanzadilla compuesta por seis guerreros, los seis guerreros de
confianza del rey Züügmecá. Dos días antes, sus espías repartidos por la selva
se le habían acercado y le habían explicado que una gran columna de miserables
cuevas, al frente de la cual caminaba un contingente más que respetable de
hombres blancos, se acercaba a los lindes de sus dominios.
¿Cómo?, preguntó Züügmecá. Nadie osó responder,
pues a un rey no se le respondía, sino que se le dejaba en paz, y aguardaron en
silencio. Züügmecá podía, en ese momento, tomar la decisión que le viniera en
gana. Él, personalmente y sin el auxilio de ningún consejo o corte, gobernaba
el reino. Le pertenecía, como había pertenecido antes a su padre y
pertenecería, cuando él muriera, a su primogénito varón. Las personas sobre las
que reinaba habrían sido considerados súbditos en cualquier otra parte, incluidos
los cacicazgos cueva, pero aquí no eran nada. Carecían, por supuesto, de
derechos, pero también de identidad. Se les permitía disponer de un nombre, de
un apelativo, aunque solo porque, a efectos prácticos, hacía la vida mucho más
llevadera. Al margen de esto, los casi cinco mil indios caribe que vivían bajo
la mano de Züügmecá le pertenecían. A Züügmecá le gustaba decir, cuando bebía
más de la cuenta y el vino se le subía a la cabeza, que ni siquiera constituían
su bien más preciado. Tenía un cerdo salvaje al que él creía amaestrado y con
el cual solía vérsele de paseo por las calles de su cacicazgo. Lo llevaba atado
con una larga cuerda y el animal ya le había arrancado el brazo a tres mujeres
y la cabeza a un bebé. Züügmecá lo quería más que a sí mismo y se hallaba
orgullosísimo del porte que exhibía la bestia.
El rey vivía desnortado, aunque eso no significara
que no comprendiera algunos hechos elementales. Como el siguiente, por ejemplo:
que si un enemigo poderoso llega, presenta batalla y te derrota, tú lo pierdes
todo, al cerdo salvaje incluido. Ante semejante perspectiva, Züügmecá decidió
que actuaría primero, que no se dejaría sorprender, que sus tan bien
adiestrados guerreros conseguirían meter en cintura a aquel hatajo de barbudos
comemierdas.
Id y matadlos a todos, ordenó. Sus guerreros, seis
exactamente, repusieron que sin la menor duda, que faltaba más, que partían de
inmediato. Sin embargo, los seis sabían que avanzaban justísimos de efectivos y
con nula capacidad real de doblegar al enemigo. Si los espías estaban en lo
cierto, lo que se aproximaba lento por la selva suponía una fuerza de combate
que no convenía subestimar. ¡Los españoles! El conocimiento que de ellos tenían
era escaso. Los habían observado en un par de ocasiones cuando estos avanzaban
por la selva y habían alcanzado dos conclusiones al respecto: la primera, que
se trataba de una gente extremadamente ruidosa; la segunda, que portaban armas
temibles y que conocían el modo de utilizarlas.
Con tan escaso bagaje, los seis guerreros caribes
se pusieron en camino. Para tentar un poco al adversario, decidieron que lo
atacarían en mitad de la noche. Algo rápido y seguro: dispararían unas cuantas
flechas envenenadas y darían media vuelta para refugiarse en la espesura. Eso
hicieron y el tanteo no pudo resultar más efectivo: los españoles respondieron
de inmediato y con unas armas capaces de brillar en la oscuridad. Ninguno de
los caribes resultó herido, pero cuatro de ellos advirtieron cómo, muy cerca de
sus cuerpos, las ramas se quebraban. Cuidado, se dijeron. Y regresaron a lo más
profundo de la selva.
Ya los atacarían, por sorpresa, en el Desfiladero
de la Calavera. Porque, dada la ruta que los españoles seguían, deberían
atravesarlo, pues carecían de cualquier otra opción. Era atravesar el
Desfiladero o darse media vuelta y regresar por donde habían venido.
El Desfiladero de la Calavera pertenecía a
territorio caribe. El nombre, curiosamente, se lo habían puesto los cuevas,
pero por mérito de los caribes. Tanto fue así que, hoy en día, estos se sentían
orgullosos de aquella denominación. Las calaveras las habían sembrado ellos y
pertenecían a los cientos y cientos de enemigos muertos que allí habían
sucumbido bajo sus afiladas y certeras flechas.
Este día, pues, sería un día para seguir añadiendo
calaveras al desfiladero. Solo se trataba de seis hombres, pero quien dudara de
que podían conseguirlo era porque jamás había visto luchar a los guerreros
caribes.
Tres y tres. Como la columna española avanzaba muy
despacio, tuvieron tiempo para reflexionar acerca de la estrategia que debían
seguir y, tras un intenso debate, determinaron que tres guerreros se apostarían
en una de las crestas del desfiladero y los otros tres, en la otra. Fuego
cruzado. Antes de que se dieran cuenta, habrían diezmado por completo las filas
enemigas. El plan era perfecto.
—Preparad las flechas y tenedlas a mano —dijo
Güetaraba, un guerrero agazapado en el apostadero del flanco norte del
desfiladero. Entre los flecheros caribes del Darién no existían rangos y las
instrucciones siempre las daba el hombre de mayor edad. Si este caía, esa
responsabilidad pasaba al siguiente y así sucesivamente. Por ello, antes de
partir e ir a la guerra, todos se aprendían de memoria el orden en el que se
heredaría el mando. Por tal motivo, y a diferencia del resto de naciones del
mundo, entre los caribes se consideraba de buen gusto añadirse años en lugar de
quitárselos.
—Tampoco con demasiada antelación —repuso un
guerrero llamado Gëdgeraaba. Se refería a que, entre los guerreros caribes,
existía la creencia, falsa por completo, de que el curare perdía su efectividad
si era untado sobre las puntas de las flechas mucho antes de que estas fueran a
ser disparadas. De este modo, se había extendido una superstición que asociaba
a la reserva con la mala suerte. Improvisaban, pues, continuamente para, así,
tener a la fortuna de su lado.
—Todavía falta un buen rato hasta que lleguen
—afirmó el tercer guerrero apostado en el flanco norte del desfiladero.
Respondía al nombre de Gïalameeterabe y era el más joven de los tres y el
penúltimo en el grupo de seis. Aún transcurrirían muchos años antes de que él
pudiera dar su primera orden. Saberlo lo carcomía por dentro, pero qué remedio.
— ¿Ves al resto? —preguntó Gëdgeraaba. Se refería a
los guerreros apostados en el otro risco del desfiladero.
—Desde hace un rato, no —respondió Gïalameeterabe.
Había cierto retintín en sus palabras porque puede que fuera un muchacho y le
quedara media vida por delante antes de que llegara el momento de disponer de
autoridad para dar órdenes, pero a caldo, podía poner a cualquiera ahora mismo.
Un guerrero caribe está en el derecho de espetarle lo que quiera a cualquier
otro guerrero caribe. No existen rangos, se ha dicho, y, salvo ordenar la
estrategia, todos pueden decir de todo. Y el que puede, puede. Así que no solían
callarse demasiadas cosas. Ni siquiera para que la paz reinase y no surgieran
conflictos. En la milenaria historia de la nación caribe, habían caído más
guerreros caribes a manos de otros guerreros caribes que del enemigo. Eso, en
un pueblo que estaba en constante guerra con exactamente el mundo entero,
explicaba, mejor que nada, su carácter.
— ¿Cómo que no? — replicó Güetaraba—. No me digas
que esos cabrones están, otra vez, tocándose los huevos…
—Pues mira, no te lo quería decir, pero te lo digo
—malmetió Gïalameeterabe.
—Como lleguen los españoles y no estén preparados,
me oyen.
— ¿Y tú te crees que les importará algo? A esos
tres, lo único que les interesa es trabajar lo menos posible.
—Piojosos…
—Comemierdas…
Gëdgeraaba, entonces, pidió silencio. Abajo, en el
desfiladero, dos hombres avanzaban muy despacio.
* * * *
Ferrol y Martínez nunca supieron lo cerca que
estuvieron de morir. A pesar de que Güetaraba, Gëdgeraaba y Gïalameeterabe se
quejaran, los otros tres hombres apostados frente a ellos se hallaban atentos y
preparados. De hecho, para cuando Gëdgeraaba advirtió la presencia de los dos
extranjeros, ellos ya llevaban un buen rato apuntándolos con sus flechas. Los
tenían en el punto de mira y, silenciosos, se limitaban a dejar que el tiempo
pasase.
Al par de compañeros españoles, los había enviado
en avanzadilla el capitán Albítez. Les pidió que fueran tirando con la
intención de reconocer el terreno y que, en un par de horas, regresaran e
informaran. Ellos protestaron, le soltaron al capitán que podía ir él o su
madre de él, según le pareciera, y Albítez torció el morro. La primera
impertinencia se toleraba. Esto siempre sucedía así y por este mismo motivo
tenía lugar. Un compañero que no rezongara un poco ni era compañero ni era
nada. Pero igual que se actuaba así como en un reflejo innato, el siguiente
paso consistía en envainártela y obedecer. De ahí que Albítez se limitara a
poner mala cara y nada más. La orden era lógica. No les estaba pidiendo que
caminaran hacia una muerte segura, sino que se adelantaran un poco para echar
un vistazo. O en realidad sí, en realidad sí que los estaba enviando a una
muerte segura, aunque eso Albítez no lo sabía, ergo nada podría reprochársele.
La orden estaba bien dada, resultaba más que sensata y, a fin de cuentas,
caminaron hacia una muerte segura y se volvieron de ella sanos y salvos. E
ignorantes de a qué poco habían estado, eso también.
—Hostia puta, qué ratonera —dijo Martínez. Se
habían alejado bastante de la comitiva, la cual avanzaba a paso de burra, y
dieron un par de vueltas, machete en mano y desbrozando el terreno. Trataban de
hallar una buena senda hacia el sur, pero no lograban dar con una, ni buena, ni
mala.
— ¿Lo intentamos por el otro lado? —preguntó
Ferrol. Ferrol, al igual que Martínez, avanzaba con el equipo entero encima. Si
normalmente no se desprendían de él, cuando se separaban del grupo todas las
preocupaciones eran pocas. De manera que ahí estaban, a punto de internarse en
un desfiladero tan estrecho que en no pocos lugares habría que caminar en
estricta fila de a uno. Las paredes a ambos lados se levantaban casi verticales
y las cumbres de las mismas se hallaban rematadas por una selva tan densa que
hasta se caía por los bordes.
Martínez levantó los ojos y miró hacia arriba.
Distinguía la maleza en el extremo superior de los riscos y levantó, frente a
sí, el machete de desbrozar que portaba en la mano derecha.
—No —respondió a Ferrol—. Es inútil, tío. No hay
otro camino.
— ¿Tú crees que resulta sensato avanzar por aquí?
La pregunta tenía su qué. ¿Resulta sensato
internarse en una ratonera cuando sabían que los caribes, puesto que los habían
atacado la noche anterior, se hallaban cerca? No, claro que no. Sin embargo,
los españoles, cuando se veían ante un dilema como este, trataban de resolverlo
adquiriendo perspectiva. De hecho, muchos de ellos, a fuerza de tomarla, habían
llegado a la sabia conclusión de que la vida no es más que eso: una cuestión de
perspectiva. O, dicho de otro modo, nada es de un modo concreto, sino según lo
mires.
¿Resulta sensato emprender una expedición hacia lo
desconocido en búsqueda de un mar que te han contado que existe pero que tú no
has visto jamás mientras tratas de dar con una ciudad donde el oro se derrama
hasta desde las copas de los árboles? ¿Resulta sensato, por resumir todo lo
anterior, el Darién mismo? Visto así, la respuesta siempre es no. Y como cien
respuestas negativas se convierten en una positiva, la conclusión no podía ser
otra que la que ofreció Ferrol:
—Bueno, habrá que intentarlo.
Y a ello se pusieron, a intentarlo. Comenzaron a
transitar por el desfiladero. Al menos, el camino era de tierra y, como llevaba
casi un día entero sin llover, se encontraba bastante seco. Teniendo en cuenta
que en el Darién nada estaba jamás seco del todo, se dieron por satisfechos.
Si la historia se hubiera detenido en aquel preciso
instante para que un pintor recién llegado de la corte castellana lo pintara
con pelos, detalles y señales, el resultado no podría haber sido más
desconcertante: dos blancos vestidos con media armadura, yelmo y botas altas de
cuero se internan a través de un angosto desfiladero mientras seis indios,
desde lo más alto y perfectamente ocultos por la maleza, los siguen con la
mirada y los apuntan con sus flechas envenenadas en curare. Cualquier
observador presente o futuro conjeturaría que se trataba de una escena heroica.
Pese a ello, aquellos ocho hombres, los dos españoles antigüeños y los seis
caribes darienitas, ni pensaban en estos términos acerca de sí mismos, ni lo
harían en el futuro. En el caso de los seis guerreros caribes, no por falta de
ganas, sino porque morirían en el transcurso de las siguientes jornadas. Y en
el de los españoles, porque, por mucho que esa fuera la impresión que daban, a
ellos no les movía el valor ni se tenían por tipos a los que el arrojo se les
desbordaba. De hecho, desde el primer día en el que se bajaron del barco que
los traía de España y pusieron pie en América, vivían pasmados ante todo lo que
les sucedía. Vivirían así siempre, hasta el último minuto de sus vidas. América
no suponía sino una sucesión de pasmos que, de tan asombrosos y descomunales,
daban como resultado cierto ablandamiento en la capacidad de sorprenderse.
Aquello les parecía magnífico y como magnífica debería definirse la incursión
que dos tíos corrientes y sin demasiadas luces se encontraban efectuando en un
territorio literalmente de otro mundo. No obstante, ¿quién puede vivir en
permanente asombro? ¿Quién, deslumbrado por los paisajes o los acontecimientos?
Nadie, así que se acostumbraron y, por ello, ese sentimiento que el pintor de
la escena transmitiría a las generaciones venideras, sin ser falso, tampoco
sería cierto.
— ¿Cómo lo ves? —preguntó Martínez tras un buen
rato caminando.
—Mal —respondió Ferrol.
— ¿Nos damos ya media vuelta?
—Sí, yo creo que sí.
—Mira, ahí parece que la garganta se ensancha un
poco…
—Muy poco.
—Algo es algo…
—Lo mejor será contarle a Balboa lo que hay.
—No le va a hacer ni puta gracia.
—Bueno, tampoco tiene por qué pasarnos nada, ¿no?
—Tú siempre pecas de optimismo.
— ¿Qué pasa? ¿Si quisieran, no nos podrían abatir
ahora mismo?
—Quizás no les haya dado tiempo a llegar. Quién
sabe, los caribes son muy particulares…
—Razón de más para no preocuparse antes de tiempo.
Mira, mejor no le decimos nada a Balboa.
— ¿Nada? Ya sabes que Balboa desconfía de los
confiados.
—Pues le contamos que hemos encontrado un
desfiladero, pero que parece seguro.
—Habría que entrar con las escopetas cargadas.
—Eso sí.
—Pues ya está. ¿Nos volvemos?
—Sí, joder. A ver si nos dan algo de almorzar.
Tengo un hambre de la hostia.
* * * *
Los tres guerreros caribes que se encontraban
ocultos en el apostadero sur se llamaban Dëggeromee, Dëdmeraba y Tütdümeeraba.
Tenían mala fama y, entre los suyos, se rumoreaba que no cumplían con su parte
del trabajo, que siempre que podían se tumbaban en el suelo y se echaban a
dormir. Sin embargo, la fama era eso, fama, es decir, una calumnia que los
gandules de verdad divulgaban a los cuatro vientos para distraer de su propia
incapacidad. Dëggeromee, Dëdmeraba y Tütdümeeraba pertenecían a la élite de las
tropas de guerra del rey Züügmecá, y si el hecho de que habían sido los
primeros en avistar a los dos extranjeros no servía para apuntalar esta
consideración, ¿qué más podrían hacer ellos?
Conscientes de su desventaja, en cuanto advirtieron
la presencia de los españoles, Dëdmeraba insistió en que debían abrir fuego y
aniquilarlos. Los tenían a tiro. Sin embargo, el más viejo de los tres era
Tütdümeeraba y no Dëdmeraba, de manera que este último tuvo que estar a verlas
venir.
—No —sentenció Tütdümeeraba—. Aguardaremos.
Los tres guerreros se encontraban tumbados boca
abajo en el apostadero. La maleza los ocultaba y no existía la menor
posibilidad de que los españoles los descubrieran. Pero es que, incluso si lo
hacían, la probabilidad de que los atacaran con sus armas refulgentes era
prácticamente nula. La noche anterior fueron testigos de cómo partían ramas muy
cerca de ellos, pero hoy la distancia no solo era mayor, sino que los riscos
los protegían de cualquier ataque. ¿Cuándo volverían a toparse con una
situación semejante?
Que las órdenes las dieran los viejos servía para
que los jóvenes no metieran la pata hasta el fondo. Y Dëdmeraba, ansioso por
abatir enemigos, no cayó en la cuenta de que la paciencia es la principal arma
de un guerrero y que, si aguardaban a que el resto de la columna entrara en el
Desfiladero de la Calavera, podrían matarlos uno a uno hasta que se quedaran
sin flechas. Habría calaveras pudriéndose en aquel lugar durante décadas y su
gloria, aunque compartida con la de los otros tres del lado opuesto, se impondría
a la mala reputación que los acompañaba. Piensa un poco, Dëdmeraba, piensa un
poco.
—Los veo muertos —afirmó Dëggeromee. Era cierto que
los veía, pues tanto él como los otros dos caribes tenían flechas en los arcos,
y los arcos, las cuerdas tensadas. No habían impregnado las puntas en curare,
pero porque sabían que el plan no pasaba por disparar. Sencillamente, estaban…,
cómo decirlo…, midiendo el aire. Eso es, midiendo el espacio que se extendía
entre sus arcos y los cuerpos de los dos extranjeros que, ajenos a lo que
sucedía, avanzaban, tranquilos, por la garganta.
—Yo también —se sumó Dëdmeraba.
—Y yo —añadió Tütdümeeraba—. Pero no disparemos.
— ¿Y si lo hacen los del otro lado? —preguntó el
impaciente Dëdmeraba.
—No lo harán —respondió Tütdümeeraba.
— ¿Cómo lo sabes?
—Porque no son idiotas.
—Pues bien que nos calumnian.
—Lo hacen, pero no son idiotas.
— ¡Van por ahí afirmando que nos tocamos los
cojones!
— ¡Calla! ¿Quieres que los extranjeros nos
descubran?
Durante unos instantes, nadie dijo nada. Observaron
a los españoles y, aunque era cierto que Dëdmeraba había alzado la voz, esta no
había llegado hasta el enemigo. Una lástima, a juicio de Dëdmeraba, pues,
entonces, se habrían visto obligados a disparar y a abatirlos. ¿Se lo
reprocharía el rey cuando les llevaran las barbas de los dos extranjeros
blancos? Lo dudaba tanto que estuvo a punto de disparar adrede, descubrir su
presencia en el apostadero y bregar, a continuación, con los hechos consumados.
Sin embargo, la inconsciencia de Dëdmeraba no llegaba a tanto. Una cosa era que
le ardieran las entrañas y otra, muy diferente, que actuara en contra de las
indicaciones de los guerreros de mayor edad. No sería el primer joven que no
regresaba a casa y, cuando se preguntaba qué suerte había corrido, los
guerreros que lo habían ejecutado en mitad de la selva se inventaban cualquier
historia y al asunto no se le daba más vueltas. Entre los guerreros caribes no
habría rangos, pero sí honor y orgullo. Y quien pusiera esto en cuestión debía
enfrentarse al reproche, inmisericorde en ocasiones, de los demás.
— ¿Qué creéis que están haciendo? —preguntó
Dëggeromee.
—Parece que exploran el terreno —respondió
Tütdümeeraba.
—Ojalá que el resto no tarde mucho… —intervino,
ansioso, Dëdmeraba. Se notaba en el tono de su voz que se moría de ganas por
entrar en combate. Con un poco de suerte, podrían abatir a más de cien enemigos
y aún tendrían tiempo para capturar a diez o doce de los mejores ejemplares.
Los conducirían a su poblado, se los ofrecerían al rey y este se pondría tan
contento que los premiaría con el honor de comerse sus sesos. Dëdmeraba jamás
había comido sesos de enemigo muerto y ansiaba que llegara ese día. Podía ser
hoy. Tan sencillo como no cometer errores y actuar con inteligencia.
Tütdümeeraba se hallaba en lo cierto: lo importante ahora pasaba por permanecer
tumbados en el apostadero y aguardar a que el resto de extranjeros hiciera acto
de presencia.
—Seguro que se mueven muy despacio —indicó
Dëggeromee—. Tomémonoslo con paciencia.
—Sí —repuso Tütdümeeraba.
—Sí —añadió Dëdmeraba mientras se mordía el labio
inferior.
* * * *
Cuando Ferrol y Martínez volvieron sobre sus pasos,
comprendieron lo realmente lenta que avanzaba la columna española. Desde que
unas horas antes los dejarán atrás, apenas habían avanzado media legua. Puede
que ni eso. De acuerdo, el terreno se tornaba, en ocasiones, impracticable,
pero los compañeros se estaban dejando la piel con los machetes para abrir
trochas. Se podía avanzar, joder, se podía avanzar… No marchaban más deprisa
porque a los careteños no les daba la gana de mover el culo. Si Balboa tuviera
un poco más de cuajo, elegiría a dos o tres y los ejecutaría para que el resto
aprendiera. ¡Verías cómo, entonces, apretaban el paso! Pero no, Balboa siempre
se mostraba partidario de la mano izquierda. Que si mano izquierda por aquí,
que si mano izquierda por allá… ¡Hasta la coronilla se encontraban los
compañeros de la mano izquierda del capitán! Aquello no hacía sino retrasarlos.
Y esto, en la selva cerrada, significaba lo mismo que exponerlos a mil peligros
y ofrecer ventaja al enemigo.
Por otro lado, una rebelión de los porteadores
careteños tendría resultados desastrosos… Los compañeros también eran
conscientes de esta posibilidad y, porque no la obviaban, permitían que el
capitán Balboa procediera sin que ninguno reprochara su táctica. Tenían derecho
a hacerlo, a acercarse a él e invocar su facultad de soldados libres para poner
en cuestión la estrategia que se estaba llevando a cabo. En teoría, hasta
podían votar la destitución de Balboa. O, incluso y a malas, destituirlo sin
contemplaciones. No sería el primer capitán español al que la tropa se le
revela y, después, no pasa nada. Aquí, ninguno era soldado del rey, de manera
que no se hallaban sujetos ni a sus normas, ni a su disciplina. Se podía
invocar una causa justa incluso en mitad de la selva darienita. Ya, y después,
¿qué? Sin Balboa al mando o, incluso, con Balboa ejecutado por las bravas,
¿adónde irían? ¿Cuál sería su rumbo? ¿Quién asumiría el mando y en condición de
qué? ¿Los indios cueva los respetarían como respetaban a Balboa?
Así las cosas, la expedición avanzaba despacio
porque no quedaba otro remedio. En fin, ya llegarían. Ni el mar del Sur, ni El
Dorado se moverían de donde se encontraban, ¿no? Pues ya estaba. Se lo tomarían
con tranquilidad, ya que, aunque tenían prisa por convertirse en héroes
desmesuradamente ricos, una semana arriba o una semana abajo no irían a ningún
lado.
—A ver, capitán —comenzó a decir Martínez. Habían
tenido que sortear a decenas y decenas de porteadores que se abrían paso entre
la maleza. Balboa, siempre pendiente de cualquier asunto concerniente a la
expedición, tenía la costumbre de pararse y, en compañía de dos o tres hombres,
observar cómo la columna avanzaba frente a él. Si, por ejemplo, un indio
llevaba mal atado un fardo o se lo había colocado incorrectamente sobre sus
espaldas, Balboa lo mandaba parar para subsanar el problema. A veces lo hacía de
buenas maneras y otras, de no tan buenas. Los indios, que lo conocían, siempre
cruzaban los dedos para que, cuando les tocara a ellos, el gran tibá rubio
estuviera de buen humor—. Vamos derechos hacia un desfiladero de mil pares de
cojones.
—No quiero desfiladeros —zanjó el tema Balboa. Se
había girado hacia Ferrol y Martínez cuando estos se presentaron, aunque, de
inmediato, volvió la atención a los porteadores que no dejaban de pasar frente
a ellos—. Lo rodearemos.
—No se puede rodear, capitán —dijo Ferrol.
—Los desfiladeros siempre se pueden rodear —expresó
Balboa. Su tono era neutro, pues aquella conversación parecía estar
distrayéndolo de su ocupación principal: pasar revista a la expedición.
—Este no, capitán —apoyó Martínez a Ferrol.
— ¿Habéis explorado bien las inmediaciones?
—Paso a paso, tío. Y no hay forma humana de
rodearlo. Ni aunque avanzáramos sin porteadores.
Balboa se pensó la respuesta durante largo rato.
Mientras tanto, detuvo a un porteador y, tomándola desde abajo, le ayudó a
recolocar sobre su espalda la carga. El careteño continuó su camino sin decir
nada y dio gracias por el hecho de no haber sido reprendido.
—Vale, pues cruzaremos el desfiladero —dijo, por
fin. Si durante la conversación no había mirado a Ferrol y Martínez, ahora sí
se volvió hacia ellos. Parecía querer asegurarse de que no estaban tratando de
metérsela doblada—. Porque seguro que no se puede rodear, ¿verdad?
—Segurísimo, capitán —afirmó, rotundo, Martínez.
Con la rotundidad que aflora cuando no mientes, cuando no estás tratando de
colar un cuento en beneficio propio. A ellos dos tampoco les hacía la menor
gracia internarse en la garganta, pero ¿qué otro camino podían tomar al no
existir ninguno más?—. Si entramos con las escopetas cargadas y con los
compañeros bien repartidos para cubrir la columna y responder a cualquier
ataque que, Dios no quiera, podamos sufrir, lo superaremos sin percances.
—No me gusta nada, pero de acuerdo. ¿A cuánta
distancia está de aquí?
—Una media hora a paso normal. Una hora a paso de
porteador.
—Bien. Tenemos tiempo para prepararnos. Corred la
voz entre los demás. Cuando lleguemos, quiero a todo Dios con los putos ojos
bien abiertos.
—Hecho.
—Marchando.
* * * *
Jerónimo cumplió al pie de la letra las
indicaciones ofrecidas por Tzcat-La y Tzcü-La y corrió la voz entre su gente.
En realidad, no le costó demasiado esfuerzo, pues los españoles no conocían ni
una sola palabra del idioma cueva. Valderrábano, el escribiente, solía jactarse
de que sí, pero no. Lo importante siempre era el tono. Si susurraban, los
españoles, de inmediato, desconfiaban. Podían agarrar a un indio del pescuezo,
volverlo del revés y agitarlo hasta que confesara qué sucedía allí. El problema
surgía cuando no había nada que confesar, cuando los careteños habían hablado
en susurros porque ni fuerzas para alzar la voz les restaban. Pero explícale tú
esto a un español testarudo: no te cree y piensa, encima, que te estás riendo
de él en su cara. Mal asunto… Así que habían aprendido a correr la voz siempre
en tono alegre. ¿Había que decirle a una mujer que viajaba en la retaguardia de
la columna que a su marido, un porteador de los que avanzaban delante, le había
picado una serpiente venenosa y que probablemente no sobreviviría? Pues se
hacía casi cantando. Ja, ja, ja, tu hombre la va a palmar, lo sentimos en el
alma, ja, ja, ja.
De manera que sí, Jerónimo corrió la voz: atentos,
que en cuanto entremos en el Desfiladero de la Calavera, nos flechean por todas
partes. ¿Cómo?, contestaron algunos sin poder ocultar su temor. Disimula,
disimula, les replicaron de inmediato, no fuera a ser que los españoles se
maliciaran algo y ordenaran parar hasta averiguar qué. ¿Cómo?, volvieron a
preguntar, ahora en el mismo tono de voz que se utiliza para comentar que
parece que va a llover.
Sí, los dos ponqueños habían sido claros al
respecto. Se dirigían hacia un lugar llamado el Desfiladero de la Calavera y
allí los aguardaban, emboscados, los indios caribe. ¿Cómo?, interpelaron, ya
por tercera vez. Las preguntas iban y venían a lo largo de la columna y hubo
españoles, no muchos, que se sorprendieron ante lo dicharacheros que se
hallaban hoy los cuevas. Pensarían que faltaba poco para llegar y no le dieron
más importancia. Ha de añadirse, en defensa de los españoles, que, en aquel
momento, no daban abasto y, mientras unos abrían trochas a machetazo limpio,
otros se ocupaban de que nadie se quedara rezagado o perdiera parte de los
bastimentos.
La reacción primera de la mayoría de los careteños
fue la de decidirse por dar media vuelta y regresar a casa. Muchos, ni siquiera
comprendían qué diablos hacían allí. Se encontraban lejísimos de su hogar, en
tierra ignota y, al parecer y si daban crédito a las noticias que llegaban, a
punto de ser flecheados por los malvadísimos caribes, maldita sea su estirpe.
Si tenían que enfrentarse a la ira de su rey, se enfrentarían. Que fuera el
suegro del gran tibá rubio, llegado este extremo, se la traía al pairo. En lo
que a los careteños disconformes respectaba, el rey podía castigarlos tan
duramente como quisiera. Estaba en su derecho, por otra parte, y ellos, puesto
que le habían desobedecido, soportarían estoicamente dicho castigo. Eran
rebeldes, no descastados.
Sin embargo, poco a poco, las voces que afirmaban
que aquello no era para tanto y que el desfiladero, por la propia naturaleza
del mismo, los protegería del ataque de los caribes, se fueron imponiendo. No
de golpe, porque estos asuntos nunca pasan del blanco al negro en un suspiro,
pero sí con tiento y parsimonia. A veces, entre las gentes dominadas por el
miedo, la incertidumbre y el desconsuelo, emprender una vía o la contraria son
opciones que apenas divergen. Todo marchaba rematadamente mal, lo cual suponía
una desgracia para los cuevas y, por este preciso motivo, una bendición para
los españoles. A fin de cuentas, ¿qué ganaban los indios con el amotinamiento?
Pues, si lo pensaban con frialdad, no demasiado. Ni siquiera sabían cómo salir
de allí, cómo regresar al hogar, cómo librarse, de una vez y para siempre, de
los españoles, maldita fuera, también, su estirpe.
Se prepararon para la que se les venía encima. Como
estrategia, puede que no sea una gran estrategia, pero menos es nada. Además,
si Tzcat-La y Tzcü-La, los çabras ponqueños, no mentían, el ataque se
produciría, y mientras que ellos, los indios, se encontraban avisados, los
españoles no. Esto, que puede parecer una bobada, animó a muchos. ¡Los
españoles serían flecheados sin piedad en el Desfiladero de la Calavera! Ellos
también, pero ¿qué puedes decir cuando no te queda más remedio que hacer lo que
te ordenan y, a cambio, obtienes el magro consuelo de que los que te lo ordenan
van a ser, a la vez que tú lo eres, duramente castigados? ¡Pues que adelante,
adelante, porque nosotros ya estamos perdidos!
Lo estaban y, con todo, tomaron ciertas
precauciones. Tzcat-La y Tzcü-La aseguraron que el desfiladero era una especie
de garganta angostísima en la que casi siempre había que caminar en fila de a
uno. Como cuando atravesamos las trochas abiertas en la maleza, explicaron. De
esta forma, las flechas solo podían llegar desde arriba y ellos tenían los
bultos de los españoles sobre sus espaldas. ¡Podían utilizarlos para
protegerse! De nuevo, se apretaron muchos labios entre las gentes careteñas,
pues aquello no garantizaba nada. Una horda de fieros caribes los pensaba
atacar con flechas emponzoñadas en curare y esto, por mucho que lo vieran
venir, lograba que hasta al más pintado se le cayera el alma al suelo.
—Intentad que ninguna parte de vuestro cuerpo quede
al descubierto —explicó Jerónimo.
Fácil era decirlo y él mismo, al escucharse, se
sintió un tanto estúpido. Los cuevas, salvo por el caracolillo en el pene los
hombres y una ligerísima faldilla las mujeres, caminaban completamente
desnudos. Comenzaron, en aquel momento, a examinar los bultos con los que
venían cargando desde hacía ni sabían cuánto tiempo. De pronto, de la completa
indiferencia, pasaron a un más que tenso interés. Los bultos anchos, que, por
algún motivo desconocido para los careteños, solían ser los que más pesaban, se
habían tornado los más seguros. Y, al contrario, los estrechos y largos,
livianos en general, no les cubrían ni la mitad de la espalda. Se dieron,
entonces, intentos, no exentos de cierta agresividad, de intercambiar fardos.
Aquellos que acarreaban bultos ligeros y que no habían protestado ni media
hasta hoy, tomaron, de pronto, conciencia de lo injusto de la situación y
propusieron que los bultos más pesados se acarrearan no siempre por el mismo
porteador, sino mediante un sistema de turnos. Y acababa de llegar el de ellos.
Este fue el instante en el que más cerca estuvieron
los españoles de temer que algo no marchaba bien. Tanta charla entre los, de
normal, taciturnos careteños, les escamó. De nuevo, las propias características
de la expedición y una imposibilidad clara de estar en todo hicieron que
aquella sospecha se quedara en nada.
Por fin, y porque todo llega y lo malo también,
tropezaron con la entrada al Desfiladero de la Calavera. El pánico que muchos
indios cueva experimentaron fue de los que no se pueden explicar con palabras.
El gran tibá rubio ordenó que se internaran en la
garganta. Él abriría el paso.
* * * *
Balboa cargó la escopeta, prendió la mecha y se
ajustó las correas de la coraza. Los compañeros hicieron otro tanto, se
persignaron tres veces y penetraron en el desfiladero. Un tercio de los hombres
iría por delante, otro tercio avanzaría en mitad de la columna y la tercera
parte restante cerraría la comitiva.
A lo mejor, los caribes que les habían atacado la
noche anterior no les aguardaban aquí. Visto el desfiladero con sus propios
ojos, a ningún español le pareció, poniéndose en la piel de los caribes, una
buena idea dejar pasar por alto aquella magnífica oportunidad. Sin embargo, de
peores tácticas habían sido testigos. Los indios resultaban imprevisibles
también cuando el azar y los acontecimientos jugaban a su favor.
Tampoco se hicieron demasiadas ilusiones. La suerte
solo constituía una contingencia a la que se podía doblegar a base de tesón y
esfuerzo. Pues aquí tenían los suyos. Adelante y hasta el fondo.
—Hostia, qué puto silencio —dijo Camacho, quien,
paradójicamente, lo rompió en un eco que alcanzó hasta el último de los
recovecos del desfiladero.
—Genial, tío —le amonestó el capitán Pizarro—.
Ahora ya saben que estamos aquí.
—Bueno, nos habrían advertido de todas formas.
Tampoco es que pasemos desapercibidos.
—No, la verdad.
Cada palabra que pronunciaban, la escuchaban todos
y cada uno de los seiscientos y pico expedicionarios. Y los seis caribes
ocultos en los apostaderos, claro, aunque de la existencia de estos últimos los
compañeros aún no habían tomado conciencia. Sí una especie de intuición. Como
cuando algo te cosquillea en el bajo vientre, tú piensas que tienes ganas de
obrar, pero no: se trata de ese segundo raciocinio que los cursis portan en el
corazón, los arrojados en el alma y los darienitas en los intestinos.
—Están ahí —sentenció Burán. Tanto él como Pizarro
pertenecían al grupo que caminaba en vanguardia y que, por tanto, abría el
camino y antes se había internado en la garganta—. Joder, qué estrecho es esto,
me cago en la puta.
Burán, tras apoyar la escopeta en una piedra, había
extendido sus brazos cuan largos eran y, con la punta de los dedos, podía tocar
ambas paredes del desfiladero.
—Pues mejor —contestó Baracaldo, quien, con su
envergadura, se las veía y se las deseaba para avanzar con comodidad.
— ¿Mejor? —preguntó Burán.
—El hijoputa del indio que quiera flechearnos
tendrá que sacar el cuerpo del escondrijo. Y ahí está nuestra oportunidad.
Escopetazo hacia el cielo y verás cómo arrancamos, de cuajo, un par de cabezas.
—No sé… —repuso, poco convencido, Burán—. Casi
prefiero que no nos flecheen.
—Venga, menos charla, tíos —dijo Pizarro—. Ocupaos
de que nadie pierda el paso.
Se refería a los porteadores, los cuales ya se
hallaban por decenas dentro de la garganta. De pronto, la cháchara que los
había tenido ocupados durante las últimas horas había cesado por completo. De
hecho, hasta avanzaban con cierto ritmo y los compañeros apenas necesitaban
insistir.
—Van solos —reflexionó Robledo.
El capitán Pizarro y él, ambos escopeta en mano, se
habían detenido en un lugar donde el desfiladero se ensanchaba ligeramente y
permitía que dos personas pasaran en paralelo. Tenían las espaldas pegadas a
una de las paredes de piedra y observaban el progreso de la columna de
porteadores. Todos en silencio.
Fue entonces cuando sintieron que algo no encajaba.
Que algo iba mal.
— ¿Tú los has visto avanzar tan diligentemente
alguna vez? —preguntó Pizarro.
—En mi puta vida, capitán —respondió Robledo.
—Mierda…
Habría ya, por lo menos, cuatrocientos indios en el
interior de la garganta. Si a esto se le sumaba la treintena de compañeros que
marchaba por delante y la treintena que se hallaba en posiciones centrales, de
los cuatrocientos cincuenta expedicionarios no bajaban en la ratonera. Las
traíllas de perros las habían dejado para el final y al cuidado de los
compañeros que viajaban en retaguardia. Con buen criterio, los capitanes
juzgaron que, si se disponían a atacarlos, los atacarían cuando más enemigos pudieran
abatir y no al final, con el grueso de la columna ya a salvo al otro extremo
del desfiladero.
Es decir, ahora.
La lluvia de flechas fue tal que les dio la
impresión de que, allá arriba, ocultos en la maleza, había, al menos, cincuenta
guerreros caribes. Nunca supieron que se trataba de solo seis. Seis, pero
hábiles y diestros. Al final, un hombre de guerra, y los españoles lo eran, ha
de saber reconocer las virtudes del adversario. Da gusto que te ataquen con
fiereza y sin compasión, qué cojones. Y ya que los cuevas hacía tiempo que no
hacían gala ni de lo uno ni de lo otro, pues se alegraban de que los caribes les
tomaran el relevo. Ojo, entiéndase: puestos a elegir, preferían que nadie los
atacara, que todos se postraran a su paso y que nadie rechistara a la hora de
entregarles el oro y las riquezas. No obstante, como los compañeros no eran
ingenuos, y, en consecuencia, bien sabían que esto no había sucedido en el
pasado y tampoco sucedería en el futuro, mejor vérselas con adversarios de
talla. Al final, si te van a flechear, que te flecheen como Dios manda. Que te
obliguen a defenderte con todas las de la ley. Que te recuerden que a ti, a
repartir estopa, no te gana nadie. Los hombres se amansan, nos amansamos todos
cuando no se empuja en la dirección correcta. Pues, si tiene que venir un
malparido hijo de perra a recordarnos quiénes somos, bienvenido sea.
— ¡Quietos! — gritó Balboa, quien se hallaba muy
adelantado en la columna y casi fuera del radio de acción de los flecheros—.
¡Quietos todos, me cago en la Virgen! ¡Ni os mováis!
Balboa levantó muy levemente la cabeza y examinó la
posición de los caribes. Dos apostaderos, uno a cada lado del desfiladero. La
extrema verticalidad de las paredes los obligaba a sacar medio cuerpo fuera de
los mismos para disparar. Contó: uno, dos, tres, cinco… A partir de ahí, se
distrajo un poco porque los indios, tras soltar la flecha, se replegaban a la
maleza para cargar de nuevo. Pero diez a lo sumo, juzgó. Bien, no se trataba de
un gran ejército. Los hijoputas que les habían atacado la noche anterior, sin
duda. De acuerdo, adelante. Comenzaba la defensa y el contraataque.
— ¡Que no os mováis, hostia puta! —volvió a
gritar—. ¿Dónde cojones está Jerónimo? ¡Jerónimo! ¡Te voy a devorar los
hígados, me cago en mi puta esencia! ¡Traduce! ¡Traduce ya! ¡Que todo Dios se
quede quieto en el sitio! ¡Que nadie se mueva! ¡Eso va también para nosotros!
¡Pizarro, Olano, Albítez! ¡Pasad la orden a los compañeros!
Balboa había comprendido que, aunque se encontraban
completamente expuestos y aquella estrategia de defensa no podría extenderse
sin límite en el tiempo, los sacaría del primer apuro: un español con la
coraza, las protecciones y el yelmo calzados era prácticamente invulnerable a
las flechas si estas provenían desde arriba. Y no provenían desde ninguna otra
parte. Acojonaba mucho aguantar la lluvia de proyectiles, sentir cómo las
puntas envenenadas en curare golpeaban en tu armadura y rebotaban, pero no cabía
otra más que aguantar. Debían aguardar su momento y este todavía no había
llegado.
Tan claro lo tenía Balboa y tan dispuesto se
encontraba a predicar con el ejemplo que, saltando entre los porteadores que
aguantaban el mortífero chaparrón agazapados bajo sus fardos, avanzó hacia el
lugar donde el flecheo estaba siendo más concentrado e intenso. Localizó allí a
Díaz, a Muñoz, a Crespo y a seis o siete compañeros más. Todos ellos en
posición de firmes y sin mover un solo músculo. — ¿Qué pasa, maricones? —dijo,
al llegar. Muñoz tenía los ojos cerrados y escuchaba el clonc, clonc, clonc que
las flechas hacían al rebotar contra sus yelmos y armaduras—. Parece que nos
están dando por culo, ¿no?
—Eso parece, capitán —respondió Muñoz.
—Abre los ojos, cabronazo. Que no se diga. ¿Qué
somos, hostias, qué somos?
—Españoles.
—Qué españoles ni qué pollas… ¡Hombres, me cago en
Dios! ¡Somos hombres!
Ahí, en ese lugar, además de la decena de
compañeros, se agazapaban sesenta porteadores careteños. Puede que más.
Algunos, cinco o seis, tenían flechas clavadas en alguna parte de su cuerpo y
proferían alaridos tanto de dolor como de consternación. El flechazo duele,
pero más duele saber que viene emponzoñado y que tú de esta no sales para
contarlo. Se trataba de muertes anunciadas, que son las muertes más difíciles
de admitir. Para el que las sufre, claro.
Balboa levantó la cabeza con la intención de mirar
hacia arriba. En ese instante, una flecha bien apuntada podría haberle
atravesado el rostro y adiós al gran tibá rubio, capitán de los intrépidos
antigüeños y señor del Darién.
De Balboa se decían, y se dirían, muchas cosas.
Pero nadie en su sano juicio afirmaría que el temple y la inteligencia no se
contaban entre sus más reseñables cualidades. Balboa no estaba loco, no era más
imprudente que lo podría haber sido cualquiera de los compañeros, cometía pocos
errores gracias a su gran capacidad para la intuición y tenía el don de la
oportunidad. No en vano había pasado, en muy pocos años, de ser un don nadie
que llegó a esta tierra de polizón en un barco, al tipo que se hallaba al mando.
Estas cosas no suceden porque sí. Suceden porque, cuando te ves en una
encrucijada, en un momento auténticamente relevante para el devenir de los
acontecimientos, no solo no te amilanas, sino que das un paso al frente y
asumes la capitanía, el caudillaje de los hombres, el gobierno de esas almas
que, sin ti, se encontrarían irremisiblemente perdidas. Llámalo carisma o
llámalo como te dé la gana. Pero ten en cuenta que quien vuelve el rostro hacia
la dirección desde la que llegan las flechas es un hombre destinado a reinar.
—Deja de hacer el gilipollas, Balboa, que te van a
dar —soltó Díaz.
Balboa sonrió.
— ¿Darme? —preguntó—. ¿Cómo?
—Yo qué sé, tío. Para empezar, deja de moverte. Me
estás poniendo de los nervios.
—Tranquilo, hombre, tranquilo… Solo son flechas. A
esa distancia, jamás atravesarán nuestras protecciones.
No había terminado de decirlo cuando un proyectil
silbó muy cerca de ellos y se le clavó a un careteño en un brazo. ¿Pero qué se
os había dicho? Que os refugiarais bajo los bultos. ¿Y qué hacéis, hatajo de
descerebrados? Sacar el brazo para ver si ya ha escampado. Pues no. Si no fuera
porque contigo se nos va un hombre y que ahora a ver quién carga tu fardo,
diríamos que hasta bien empleado te lo tienes. Por no hacer caso. Quietos,
quietos, quietos.
— ¡Aaaahh! —gritó, espeluznado, el careteño recién
herido. Tanto sus compatriotas como los compañeros lo miraron, pero ninguno
realizó ni el menor movimiento. Aunque hubieran corrido a extraerle la flecha,
el veneno ya lo tenía dentro. Podrían cortarle el brazo de un machetazo e
intentar que, después, no se les desangrara, pero, con los caribes arreciando
desde arriba, esta posibilidad se descartaba por completo. Ya diremos, cuando
estemos de vuelta en Careta, que te comportaste como un campeón y que, tras sentir
la flecha en tu cuerpo, lo sobrellevaste como un hombre de verdad. Los
españoles daban mucha importancia a la memoria y el recuerdo que dejaban tras
de sí. Quién sabe por qué, pues, a juicio de la mayoría de los habitantes del
Darién, su presencia en esta tierra no podría considerarse sino como una
maldición con la que los dioses los castigaban por sus malos actos pasados.
—Venga, id espabilándoos, que hay que responder
—dijo, en tono conscientemente despreocupado, Balboa.
— ¿Qué dices? —preguntó Crespo—. ¿No es mejor
esperar a que se harten y se vayan?
— ¿Y qué nos maten a más porteadores? —repuso
Balboa, ahora ya más en serio—. Mira, tío, sin porteadores, esto se nos va a la
puta mierda. Ya lo hemos hablado mil veces, así que no me voy a poner a
discutir ahora.
—No es por discutir, capitán, pero es que…
—masculló Crespo.
—Vamos a darle la vuelta a esto y lo vamos a hacer
ya —sentenció Balboa dando por terminada la conversación.
No tenían demasiadas opciones. De hecho, solo
tenían una: disparar las escopetas.
Balboa, pues así él mismo lo había ordenado para
todo el contingente español, llevaba, en la mano, la escopeta cargada y con la
mecha encendida. Debido a la distancia a la que se encontraban los caribes y la
incapacidad de los españoles para afinar, cuanto menos fuera en lo mínimo, un
tiro decente, sabía que muy improbablemente lograría hacer blanco. Sin embargo,
los caribes, este mismo grupo de caribes, habían visto, con sus propios ojos,
lo que las escopetas de los compañeros podían hacer. Puede que no tuvieran una
idea demasiado acertada en torno a la eficacia de las armas si el objetivo se
encontraba algo alejado, pero no importaba: lo que los españoles pretendían era
meterles el miedo en el cuerpo. Que comprendieran que, para salirse con la
suya, tendrían que poner más carne en las brasas. Una simple emboscada en un
desfiladero no bastaba para arredrarlos.
Los españoles evitaban usar las escopetas porque,
cada vez que disparaban, el fogonazo de la pólvora les quemaba la barba. En una
ocasión, a Jaén le comenzó a arder y todos se rieron muchísimo, excepto Jaén.
Eso, por supuesto, cuando la escopeta se la apoyaban en el hombro. Ahora, en la
situación actual, la manera ortodoxa de abrir fuego carecía de sentido, pues
disparar así suponía, sobre todo, exponer grandes áreas de sus cuerpos a las
flechas enemigas. De esta forma, Balboa extendió los brazos, los separó un par
de palmos del cuerpo y, con la escopeta en posición vertical y tras poner el
dedo pulgar de la mano derecha en el disparador, dobló la espalda hacia atrás
tanto como pudo y giró la cabeza. El disparo brotó limpio del cañón de la
escopeta y retumbó en el desfiladero. Hasta los caribes de allá arriba dejaron
de disparar durante unos instantes. Balboa se dio cuenta, el resto de capitanes
lo hizo también y la mayoría de los compañeros más avispados, otro tanto. El
eco que producían las paredes de la estrecha garganta lograba que, si cabe, el
estrépito del escopetazo resultara más imponente.
— ¿Estáis esperando a algo, capullos? —gruñó Balboa
mientras volvía a pegar la escopeta al cuerpo y recuperaba la posición de
resguardo. Estaba completamente seguro de que no había alcanzado a ningún
caribe. Pero cayeron hojas y alguna rama suelta, lo cual quería decir que la
bala había alcanzado su destino y, con un poco de suerte, a los caribes les
habría silbado en una oreja. Con eso, se daba más que por satisfecho.
La decena de compañeros que había sido testigo del
disparo del capitán lo imitó y pronto las balas comenzaron a surcar el aire.
Como aquellos hombres carecían de cualquier instrucción militar y su habilidad
en el manejo de las armas de fuego dejaba bastante que desear, la descarga se
produjo sin orden aparente. Dispararon, por decirlo en plata, al buen tuntún.
Lo cual tuvo su miga, porque Balboa aprovechó el tiempo que le regalaba la
impericia de sus hombres para recargar su arma. De esta forma, cuando todos
hubieron recogido los brazos y pegado las escopetas al cuerpo para retornar a
la postura defensiva, él tenía una nueva bala en el cañón del arma. Bueno, no
todos pegaron las escopetas al cuerpo: Díaz, impulsado por la costumbre, la
dejó caer a un lado e hizo el gesto de desenvainar.
— ¿Tú eres idiota o qué te pasa? —le espetó Balboa
al verlo actuar.
Díaz no comprendía a qué venía el reproche. Por
eso, se le encaró:
— ¿Qué sucede? ¿Algún problema?
— ¿Ahora cómo cojones vas a recargar?
— ¿Recargar? ¿Por qué pollas íbamos a recargar?
—Para volver a abrir fuego contra los de arriba,
cretino.
— ¿Abrir fuego de nuevo? ¿Cuándo abrimos fuego dos
veces seguidas?
—Pues hoy.
—Pues haber avisado antes. Si se cambian las
normas, lo decente es advertir.
Tras la breve pausa, la lluvia de flechas caribes
arreció de nuevo. En lo alto de los riscos del desfiladero, la actividad debía
de ser frenética. Un careteño más resultó herido, esta vez en una pierna. Solo
por el hecho de tener que volver a escuchar sus lamentos, los españoles lo
sintieron como si el flechazo lo hubieran recibido ellos mismos.
—Bueno, ya que no tienes nada que hacer —le dijo
Balboa a Díaz—, vete a ver por qué hostias los del otro grupo no nos secundan y
abren fuego.
— ¿Yo? —preguntó Díaz.
— ¿Quién ha tirado la escopeta?
Una flecha envenenada se clavó en el espacio que
dejaban los dos compañeros el uno entre el otro. Ni cuatro palmos habría. Ambos
la miraron de reojo, aunque no le prestaron gran atención. La disputa era lo
que verdaderamente importaba.
—Si quieres, la recojo.
—No te agaches, porque si te agachas, te llevas un
flechazo.
Como si los caribes lo hubieran escuchado, la punta
de una flecha impactó en el yelmo de Díaz y salió rebotada hacia la coraza de
Balboa, donde volvió a rebotar y cayó al suelo.
—Me voy, pero porque yo quiero —sentenció,
entonces, Díaz.
Balboa levantó las cejas y aprovechó que parecía
que escampaba un poco para extender, de nuevo, los brazos y apuntar, con la
escopeta, hacia el cielo.
—Ve y diles que disparen hasta que yo mande parar.
Que a ver si conseguimos ahuyentarlos de una puta vez.
—Entendido.
—Sal ya, que yo te cubro.
Y mientras Díaz comenzaba a abrirse paso entre los
porteadores refugiados bajo los fardos, Balboa disparó y más ramas cayeron
desde la cumbre del risco.
Había tantas flechas clavadas por todas partes que
Díaz las tenía que partir con las botas para poder caminar.
* * * *
En el apostadero sur, Dëggeromee, Dëdmeraba y
Tütdümeeraba sudaban la gota gorda. Ellos habían pensado que esto habría sido
llegar y besar el santo. Como siempre, ¿no? No se trataba de la primera vez que
emboscaban enemigos en el Desfiladero de la Calavera. Y sabían, en
consecuencia, que suponía un simple trámite: el enemigo aparecía, tú lo
flecheabas a conciencia y todos morían. Ya estaba, aquello no tenía más trucos.
Incluso, los buenos flecheros reservaban unos cuantos proyectiles limpios, sin
curare, para solo herir. Disparaban a las piernas, de modo que no pudieran huir
a la carrera, y, después, bajaban, apresaban a los heridos y se los llevaban al
poblado para devorarlos. Ah, las viejas costumbres… Nada como el hogar, la
tradición y un rey que te mira con el ojo derecho.
Pero, ahora, ¿qué diablos estaba sucediendo? ¡Qué
diablos estaba sucediendo! Llevaban disparados más proyectiles que en toda su
vida anterior junta y los cabrones españoles comemierdas no se morían. ¿Por
qué? ¡Por qué!
—Nos estamos quedando sin flechas —advirtió
Tütdümeeraba. Los tres guerreros caribes continuaban tumbados boca abajo en el
apostadero. Al principio, el flecheo había dado comienzo en plena armonía entre
los tres: sostenían una cadencia en el disparo que al enemigo podría hacer
sospechar que, en lugar de tres, eran siete, ocho, puede que hasta diez. Para
ello, un hombre sacaba el cuerpo risco afuera, disparaba su flecha y se
retiraba de inmediato. Entonces, un segundo hombre lo relevaba y hacía
exactamente lo mismo. Mientras tanto, el primer hombre tomaba una flecha de la
pila donde las amontonaban, impregnaba cuidadosamente la punta en curare y
procedía a situarla en el arco. Para entonces, el segundo guerrero ya había
lanzado su proyectil y daba relevo al tercero. Cuando este concluía, el primero
ya estaba listo. Así, el flecheo no se detenía jamás y daba la impresión de, en
lugar de un triste trío, ser un buen puñado de hombres.
Ahora, un largo rato después de haber dado comienzo
el ataque, la coordinación inicial había desaparecido y los guerreros
disparaban como buenamente podían. A veces, se daba el caso de que los tres
hombres sacaban, al mismo tiempo, el cuerpo del risco. Y lanzaban las tres
flechas al mismo tiempo. Un desastre.
Se hallaban, con todo, ocupadísimos y muy
concentrados en lo suyo. Sin embargo, de cuando en cuando y por el rabillo del
ojo, echaban un vistazo a sus compatriotas ocultos en el apostadero norte. Eran
hermanos, qué duda cabe, pero también competidores entre sí. Aquí, habladurías,
insidias y maledicencias, las justas. Veríais lo que era bueno. ¿Vagos
nosotros? ¿Gandules nosotros? Llevamos más enemigos muertos encima que
vosotros. Hemos disparado más y más certeramente que vosotros. Etcétera. Se
podría seguir largamente por este camino, aunque ¿a quién con dos dedos de
frente le interesan las cuitas de los caribes?
¿Qué importa? Que los españoles no morían. Sí
algunos careteños comemierdas, pero españoles, lo que se dice españoles,
ninguno. Y no porque los guerreros caribes erraran en su flecheo. Los estaban,
literalmente, abrasando. Una lluvia de proyectiles como la que se encontraban
provocando no es cosa sencilla, como no es sencillo salir inmune de ella.
—Apenas nos quedan flechas —repitió Tütdümeeraba.
—Ya te hemos oído a la primera —repuso Dëdmeraba.
— ¿Y qué hacemos? El enemigo no se muere.
—Yo digo que sigamos disparando.
—Pero no se muere.
— ¡Pues disparemos más!
— ¡Nos estamos quedando sin flechas! ¡Y apenas hay
curare!
Los tres hombres tenían los cuerpos bañados en
sudor. Como caribes darienitas que eran, se encontraban acostumbrados a sudar a
todas horas, pero sabían que, si no bebían pronto, comenzarían a sentir un
agotamiento del que difícilmente se repondrían en lo que restaba de día. ¿Y hay
algo más lamentable que un fiero guerrero agotado antes de tiempo?
—Habría que pensar algo —propuso Dëggeromee.
Ninguno, mientras hablaba, dejaba de disparar flechas sobre los irreductibles
españoles.
— ¿Algo? —farfulló Tütdümeeraba—. ¡Ya estamos
haciendo algo!
—Lo de siempre. Y no funciona.
— ¿Y qué propones? ¿Qué bajemos y nos enfrentemos a
ellos cara a cara?
—Imposible, son demasiados.
—Entonces, sigamos disparándoles. Tarde o temprano
tendrán que morirse.
—Hemos alcanzado a varios cuevas.
— ¡A la mierda con los cuevas! ¿Tú te crees que
estamos aquí para matar cuevas? ¿Te crees que el rey nos premiará por haber
abatido a una docena de mohosos cuevas?
—Menos es nada…
—Estamos aquí para matar españoles. Llevamos más de
doscientas flechas disparadas y todavía no hemos matado a ninguno.
—A lo mejor no son seres humanos.
— ¿Y qué crees tú qué son?
— ¿Dioses?
— ¿Me lo dices o me lo preguntas?
Dëggeromee no respondió, pues carecía de respuesta.
A estas alturas, no les cabía duda de que nada estaba evolucionando como habían
previsto. Que los españoles no se les morían era un hecho. Y que los cuevas, en
cambio, sí demostraba que a sus flechas no les sucedía nada malo. Se trataba de
buenos proyectiles, elaborados con las mejores maderas que ofrecía el bosque
darienita y por las manos de los artesanos más capaces del pueblo caribe.
¿Entonces?
—Va a tener que ver con los ropajes que traen
—sentenció, por fin, Dëdmeraba.
Los caribes de Quareca no habían visto demasiados
españoles en su vida. Por otro lado, les parecía inconcebible su extravagante
noción de la vestimenta. ¿Por qué hacían eso? ¿Por qué llevaban tanta ropa
encima? Los caribes, que transitaban la existencia completamente desnudos,
pensaban que las ropas constituían una aberración impropia de seres humanos.
Por no hablar de las barbas, algo ya no sorprendente, sino simplemente pasmoso.
Ellos, los caribes, apenas tenían vello corporal y el poco que les salía era extirpado
desde la más tierna infancia, pues se consideraba una ordinariez. Así, los
hombres y mujeres caribes, y en esto se parecían mucho a los cuevas, marchaban
por la vida sin, salvo el de la cabeza, un pelo encima.
Para que ahora llegaran unos extranjeros de aspecto
demoníaco portando armas extraordinarias e invulnerables a las flechas.
—Va a tener que ser eso —expresó Tütdümeeraba.
—O son dioses —se decidió, por fin, Dëggeromee.
—Los dioses son como nosotros —dijo Dëdmeraba—.
Tienen la piel tostada, no cubren impúdicamente su cuerpo y, por supuesto, no
llevan barba.
—Eso no lo sabemos, Dëdmeraba —replicó
Tütdümeeraba—. Puede que sean dioses venidos de otro lugar.
—Los dioses son dioses. Eso es así.
—A lo mejor, nosotros estábamos equivocados y este
es el verdadero aspecto que tienen los dioses.
— ¿Vestidos y barbados?
— ¿Por qué no?
—Porque resultaría…, resultaría sacrílego,
Tütdümeeraba.
—Tenemos que estar preparados para ser testigos de
hechos extraordinarios.
—Dime por qué.
—Porque, para empezar, ya han comenzado a
manifestarse. No se mueren, ¡no se mueren!
Esto último, Tütdümeeraba lo dijo con medio cuerpo
fuera del risco y mientras disparaba la enésima flecha contra los españoles.
Golpeó en sus ropajes y hasta él llegó el sonido que el proyectil realizó antes
de rebotar y caer al suelo: clonc.
—Es inútil —dijo Tütdümeeraba.
—Sigamos disparando —indicó Dëdmeraba—. Tarde o
temprano, sucumbirán.
—No si son dioses.
— ¡Qué no son dioses!
—Pues, si no lo son, se parecen mucho.
— ¿Tú has visto alguna vez a un dios?
—No, pero siempre lo he imaginado como un guerrero
todopoderoso. Y esos que están ahí abajo no se mueren. Y no porque nosotros
seamos malos tiradores. Hasta los idiotas del otro apostadero están flecheando
a conciencia. Entre unos y otros, les hemos lanzado… ¿Cuántas? ¿Quinientas
flechas? Si no han llegado, no andaremos lejos. ¿Y cuál es el resultado?
Ninguno, aparentemente. Mira, ahora uno de ellos se marcha. ¡Encima! ¡No solo
no se mueren, sino que parece que terminamos por aburrirles!
—Céntrate, Tütdümeeraba.
—Me centro, pero nos estamos quedando sin flechas.
Cuando eso suceda, a ver qué hacemos.
—Ya pensaremos algo, ¿verdad, Dëggeromee?
Dëggeromee no respondió. No se le ocurría nada que
decir.
* * * *
A Díaz, le costó Dios y ayuda llegar hasta la
posición donde se encontraba el grupo de compañeros más cercano. Allí, algo
alejados del lugar donde arreciaban las flechas caribes, encontró a Baracaldo,
Cienfuegos, Gallego, el padre Vera y un buen puñado más de compañeros.
— ¿Qué? ¿Cómo va eso? —preguntó, con sorna
evidente, Díaz.
—Pues aquí —contestó Baracaldo, sin tapujos—.
Viendo la cosa.
—Que dice el capitán que abráis fuego de una puta
vez —dijo Díaz.
— ¿Qué capitán? —preguntó Cienfuegos, como si de
que fuera uno u otro dependiera que se acatara o no la orden.
—Balboa.
—Vaya…
Ninguno movió un dedo. A ellos, las flechas no los
alcanzaban y, por lo que sabían, ningún compañero se hallaba en serio peligro.
— ¿Entonces? —preguntó Díaz.
— ¿Qué? —le devolvió la pregunta Gallego.
—Que si vais a ayudarnos o no.
—Tampoco parece que estéis en franco peligro…
—Los putos caribes nos están abrasando, tío.
— ¿Ha caído alguno de los nuestros?
—Ninguno.
—Lo que te decía. No hay peligro.
—Pero Balboa ordena que abráis fuego y que no
paréis hasta que él lo diga.
—Estamos un poco lejos.
Lo estaban. Y entre ellos y una posición de tiro
razonable había, al menos, treinta o cuarenta porteadores careteños tumbados en
el suelo y ocultos bajo sus fardos.
—Pues os acercáis —dijo Díaz, ya algo molesto. Él
venía desde el lugar donde estaban siendo flecheados a conciencia y sabía que,
o les echaban una mano, o alguno terminaría por resultar herido—. Hay
compañeros ahí delante, hostias.
Esta última afirmación pudo con Baracaldo.
—Venga, vamos —dijo. Nada más que eso. Así de
sencillo. Baracaldo comprobó la carga de su escopeta y el estado de la mecha
prendida, y el resto hizo lo propio.
—Yo me quedo, por si puedo ser de ayuda aquí
—masculló el padre Vera.
—Aquí no hay nada que hacer —repuso Cienfuegos
mientras se acercaba la escopeta al rostro para soplar suavemente la mecha y
asegurarse de que se encontraba encendida—. Pero quédese, padre, no vaya a ser
que lo atraviese una flecha y nos quedemos a solas.
Cienfuegos tiraba de sorna tan bien como Díaz. Y el
padre Vera parecía tan inmune a ella como Baracaldo. Respondió que seguro que
aquí, en esta posición, podía servir de enlace entre el lugar donde se combatía
y los compañeros rezagados en retaguardia, que suponían un buen puñado.
No lo expresaban en voz alta, pero permitían que el
religioso se quedara porque él no vestía yelmo ni coraza y, en consecuencia,
era vulnerable a las flechas caribes. Si se hubiera movido veinte pasos hacia
delante, lo habrían atravesado en menos de lo que canta un gallo. Los curas,
para estos asuntos, siempre atraen la mala suerte. Y no es que le tuvieran
especial aprecio, pero tampoco era cuestión de perder al único cura que poseían
y, además, de la manera más tonta.
El fuego que abrió aquel grupo de compañeros
resultó determinante para el desenlace de la batalla del Desfiladero de la
Calavera. A última hora llegaron tres tíos más procedentes de la retaguardia y,
en total, sumaron dieciséis hombres. Un grupo así, por poco entrenado que esté
en el uso de las escopetas, puede abrir fuego de forma continuada sobre un
punto concreto. Y de acuerdo en que su facultad para apuntar era casi
inexistente y que si hacían blanco se trataba más por azar que por destreza;
sin embargo, dieciséis hombres abriendo fuego al unísono no disparaban, sino
que barrían el frente. Mucha bala en el aire como para que alguna no impacte
donde debe.
—Hay dos grupos —informó Díaz—. Allá, en lo alto de
los riscos. Uno a cada lado. No sabemos cuántos cabrones son, pero lo que está
claro es que los muy malparidos saben disparar.
—Hostia puta, hay un buen puñado de careteños con
flechas clavadas —expresó, sinceramente sorprendido, Cienfuegos.
— ¿No os había dicho que aquí delante las cosas
estaban mal? —espetó Díaz.
—Pensábamos que exagerabas.
—Ya. Bueno, venga. ¿Nos ponemos serios? Balboa debe
de estar que trina.
Como el ancho del desfiladero no daba para más, los
hombres se situaron de dos en dos y, arrodillados en el suelo y utilizando, a
modo de parapeto, algunos de los fardos que acarreaban los porteadores y hasta
a los porteadores mismos, hincaron el codo izquierdo y comenzaron a disparar.
Poco después, aquello se llenó de humo blanco que ascendía lentamente y de un
intenso olor a pólvora quemada.
En veinte minutos, cada compañero disparó cinco
balas, lo que hizo un total de ochenta disparos. Si a estos se le sumaban los
que el grupo de Balboa y los suyos apañaban como podían, en ese lapso, los
caribes recibieron un largo centenar de plomazos españoles. Tuvieron suerte de
que solo una bala lograra impactar en un guerrero y lo hiciera, además, de
refilón. Un rasguño y nada más. Pero la sensación de sentir cómo el bosque se
quebraba en torno a ellos, cómo la selva era amansada, dominada, plegada a una fuerza
que ni conocían ni sospechaban, los hundió por completo. De esta, se dijeron
que mejor daban por concluido el ataque y regresaban a posiciones más seguras.
Desconocían si los españoles eran hombres o dioses,
pero sí comprendieron que, para abatirlos, necesitarían otra estrategia
distinta a la habitual en ellos.
—Parece que han parado de disparar —dijo Baracaldo,
quien se hallaba en la primera línea de ataque. Tenía el rostro ennegrecido por
la pólvora quemada y se había chamuscado la parte de la barba cercana al hombro
donde apoyaba la escopeta.
—Se van —juzgó Cienfuegos, dos pasos por detrás.
—Esperad, no cantéis victoria tan pronto. Que estos
hijoputas pueden estar jugándonosla.
—No creo, tío —intervino Gallego, justo al lado de
Cienfuegos.
—Esperamos un poco y a ver qué dicen los capitanes
—expresó Baracaldo.
—Hostia, estoy derrengado —suspiró Gallego dándose
la vuelta. Ahora, su rostro miraba hacia la estrecha franja de cielo encapotado
que podía contemplarse desde la profundidad del desfiladero. Si un caribe
hubiera disparado una flecha desde alguno de los apostaderos, podría haberle
acertado en pleno rostro. No obstante, Gallego, y con él el resto de
compañeros, daba por hecho que la batalla se hallaba concluida. El enemigo
había huido.
— ¿Será ya la hora de cenar? — preguntó Baracaldo—.
Tengo un hambre de cojones.
—Mirad, por ahí viene Albítez —dijo Cienfuegos. El
capitán Albítez caminaba entre los careteños. Levantaba la palma de una mano
frente a los compañeros para indicarles que tuvieran calma, pero todos
comprendieron que no se habían equivocado, que la contienda no daba para más y
que la podían contar como vencida—. ¿Qué pasa, Albítez? ¿Cenamos ya o qué?
—Venga, tíos, que todavía tenemos que sacar a toda
esta gente de aquí —repuso el capitán refiriéndose a la columna de porteadores.
No había ni uno que se mantuviera en pie.
—Pues nos va a costar la de Dios es Cristo —rezongó
Baracaldo.
—Es lo que toca. No nos vamos a quedar a vivir en
este sitio, ¿no?
— ¿Y los caribes?
—Han escapado. Balboa tiene a cuatro compañeros
vigilando los escondrijos desde los que nos han disparado, pero creemos que ya
los han abandonado. Les habéis dado bien, tíos. Gracias por la ayuda.
— ¿Hemos sufrido alguna baja?
—Ninguna. Gracias a Dios, estamos todos bien.
En la emboscada del Desfiladero de la Calavera,
murieron veintisiete indios careteños. La mayor parte sobrevivió al ataque en
sí, pero el curare hizo efecto en las horas siguientes y ninguno de los heridos
despertó a la mañana siguiente. Sencillamente, dejaron de respirar y se
asfixiaron.
Por la noche, ya fuera del desfiladero y junto a un
río en el que la expedición se había detenido para pernoctar, Jerónimo buscó a
Tzcat-La y Tzcü-La con la intención de pedirles explicaciones. Su plan para
acabar con los españoles había resultado un estrepitoso fracaso. Tzcat-La y
Tzcü-La replicaron que sí, pero que la culpa caía enteramente sobre los caribes
y los españoles. Ellos eran los auténticos culpables de todo lo malo que les
sucedía a los cuevas. Jerónimo, sin alzar la voz, les explicó que hasta aquí
habían llegado. En lo que a los careteños respectaba, cumplirían lo pactado con
los españoles y los acompañarían hasta el mar del Sur. Los ponqueños podían
hacer lo que quisieran. Entre unos y otros, no restaba nada más que decirse.
Capítulo 10
Se internaron en la Ciénaga de las Almas Extraviadas
22 de septiembre de 1513, jueves
Los guerreros caribes se pasaron la noche entera
fabricando flechas. Torcidas la mayoría, pero flechas. La necesidad de
conseguir proyectiles se había vuelto tan imperiosa que ni pegaron ojo. Porque,
llegado este punto, no podían regresar a casa. No, pues lo harían sin la
reserva de flechas con la que habían partido y las preguntas no tardarían en
caer. ¿Qué tal os ha ido? ¿Habéis abatido muchos enemigos? Caray, ¿cómo es que
no traéis a ninguno vivo? Sabéis que al rey le gusta arrancarles el corazón y devorarlo
a bocados mientras aún late. Afirma que así se imbuye de su espíritu. Nosotros
no estamos seguros de que eso sea cierto, pero ¿quiénes somos nosotros para
llevarle la contraria al rey?
Si el rey quiere enemigos para arrancarles el
corazón del pecho, se le trae enemigos.
¿Cuántos llevaban ellos? Ninguno. Ni uno solo. El
ataque del Desfiladero de la Calavera había resultado un auténtico fiasco y ya
no se hallaban a tiempo para disimular y fingir que no se habían topado con los
españoles. En primer lugar, porque resultaría difícil de creer. Y, en segundo,
porque si regresas sin una sola flecha es porque las has disparado. La
aritmética caribe no era muy sofisticada, pero sí lo suficiente como para saber
que uno más uno sumaban dos.
De pronto, las diferencias entre un trío de
guerreros caribes y el otro habían desaparecido. Como si se las hubiera llevado
el viento. Y es que nada hermana más que la toma de conciencia de que la suerte
será igual para todos. Si el destino común es que, de regresar ahora mismo a
casa, el rey comerá corazones palpitantes y que esos corazones palpitantes
serán, en ausencia de enemigos capturados, los de ellos, ya nada más importa.
Las viejas rencillas caen en el olvido y se trabaja codo con codo para que nada
de eso suceda. Para, como les gustaba decir a ellos, cambiar el futuro, la
suerte, el devenir. El entuerto en el que, sin comerlo ni beberlo, se habían
visto inmersos.
Porque algo sí que tenían claro. Los seis y al
unísono, desde el más joven hasta el más provecto: que jamás en la vida habían
visto algo semejante. Ellos eran furiosos guerreros caribes. En la selva del
Darién se los temía, y con razón. Su sola presencia provocaba un espanto tal
que quien los avistaba entre la maleza se echaba a temblar de puro pánico.
Llevaban siglos aterrorizando a los cuevas. Porque sí, porque les daba la gana,
porque era divertido, porque el rey precisaba de corazones latientes y para conseguirlos
se hacía preciso estar en permanente lucha con el resto de los habitantes de la
selva.
Honestamente, jamás pensaron que pudiera llegar un
adversario que estuviera a su altura. Si se sabía que habían flecheado
frenéticamente a los españoles durante horas, que lo habían hecho en el
Desfiladero de la Calavera, ¡en el Desfiladero de la Calavera!, y que no habían
conseguido matar a ni uno solo de ellos, serían, sobre todo, el hazmerreír
general. Habría muchas más consecuencias, pero esta la primera y la más
ignominiosa: hasta los niños de cuatro años podrían alzar un dedo, señalarlos y
reírse a carcajadas. Qué idiotas, qué ineptos, qué seis memos que nos
avergüenzan como nación, como estirpe guerrera y como señores de la jungla.
No había marcha atrás, que era lo mismo que decir
que solo había marcha hacia delante. Seguirían intentándolo en el trayecto que
a la expedición de los españoles le restaba por cubrir. Una cosa mala: que este
era corto. Una cosa buena: que discurría por terrenos demencialmente
impracticables.
La selva se cerraba sobre sí misma y mostraba su
peor rostro. Muchos cuevas, sobre todo los que procedían de los reinos
costeros, nunca se habrían enfrentado a lo que se les avecinaba. Por no hablar
de los españoles: ningún español había estado jamás tan lejos de su hogar;
ningún español conocía el terreno por el que debían transitar; ni uno solo
entre sus filas, por mucha noticia que pudiera haber recibido en torno a ello,
tenía ni la más remota idea de lo perverso del territorio que se encontraban a
punto de atravesar.
De ahí que, Gëdgeraaba, Gïalameeterabe y el resto
de caribes, una vez abandonados los apostaderos en los riscos del Desfiladero
de la Calavera, se reagruparan en lo más profundo de la selva y trazaran un
plan tan sencillo como obvio.
—Siguen el camino que lleva hasta nuestro pueblo
—dijo Dëdmeraba. No afirmaba nada que los demás no supieran, pero convenía
tenerlo claro, expresarlo en voz alta, resumir, centrarse en momentos de
agotamiento extremo.
—Debemos pararlos —repuso Tütdümeeraba.
—No nos quedan flechas —informó Gïalameeterabe.
—Lo sabemos —replicaron, casi al unísono, el resto.
De manera que se pusieron a fabricar flechas. Todos
los guerreros sabían cómo hacerlo y, la verdad, no constituía un ejercicio
complicado en apariencia. Una flecha solo es un palo recto. Dicho así, puede
parecer hasta pueril, pero no. Nada es recto en la jungla. Nada, pues, si
existe el imperio de lo torcido y lo retorcido, ese imperio se encuentra aquí,
enterrado en lo más profundo de la vegetación. Sin embargo, ¿quién no ha sido
niño alguna vez? Ellos seis, desde luego, sí. Y, por lo tanto, como cualquier
niño varón caribe, se habían fabricado, con sus propias manos, sus primeros
arcos y sus primeras flechas. Rudimentarios y poco efectivos, pero arcos y
flechas a fin de cuentas. Sabían, por lo tanto, que para conseguir flechas solo
necesitaban cortar ramas de árboles que no fueran ni finas ni gruesas, ni
cortas ni largas. Normalmente, en el pueblo, de esto se encargaban unos tipos
que, tras pasarse desde la mañana hasta el ocaso en la selva recolectando la
mejor materia prima, moldeaban, inclinados sobre una hoguera de brasa suave,
los proyectiles. Les quitaban el torcimiento y esto, en sí mismo, consistía un
espectáculo digno de ser visto. Los hombres que vivían cerca de un artesano
flechero solían reunirse, caída la noche, a charlar junto a la hoguera donde se
estiraban las flechas que, más tarde, dispararían los guerreros de la tribu. No
se trataba de un espectáculo banal, y quien no mantuviera el debido respeto o
llegara algo bebido era invitado, muchas veces por las bravas, a marcharse. Los
muchachos que todavía no habían alcanzado la pubertad, podían acuclillarse en
segunda fila y observar, siempre y cuando no separaran los labios para hablar
ni respiraran demasiado fuerte.
Así que sí, conocían el modo de improvisar flechas
y a ello dedicaron la noche entera los seis guerreros caribes.
— ¿Cuántas tenemos? —preguntó Gëdgeraaba.
—Unas cien —respondió Dëggeromee.
— ¿Creéis que serán suficientes?
Se volvieron hacia él y lo miraron no exentos de
asombro. Con la que llevaban encima, lo mínimo que puede esperar un hombre es
que no le hagan perder el tiempo con preguntas estúpidas.
—Lo siento, es que estoy agotado —aclaró
Gëdgeraaba.
No le dijeron ni que bien, ni que mal. Lo dejaron
pasar, eso fue todo. Desde luego, con cien flechas, muchas de ellas tan
dobladas que se apreciaba la curvatura a simple vista, no iban a ninguna parte.
Pero debían actuar, se veían obligados a ello y así sería.
Por no lamentarse en exceso, pues, aunque deshechos
y desmoralizados, los seis continuaban llevando dentro un orgulloso guerrero
caribe, se dijeron que antes del mediodía la comitiva española llegaría al
paraje más inhóspito al que los integrantes de la misma se habrían enfrentado
en sus vidas.
Y ahí la ventaja estaría de parte de los caribes.
Se tocaron repetidamente los lóbulos de las orejas, que, para ellos, era su
forma de cruzar los dedos.
* * * *
El capitán Pizarro giró la cabeza hacia Tzcat-La y
Tzcü-La y, sin preámbulo alguno y en presencia de Jerónimo, les espetó:
—Si sufrimos una sola baja, os corto los huevos a
los dos y se los echo de comer a los perros. Entendedme bien, mis queridos
Gonzalo y Alonso. No me estoy refiriendo a una batalla abierta y declarada como
la de ayer, en la que la pericia y la suerte tienen mucho que decir. No,
olvidaos de eso… Es algo, digamos, diferente. ¿Estás traduciendo esto,
Jerónimo? Bien, bien, pues continúa. Mirad, hijos de puta… Como un solo español
muera, os corto los cojones y se los doy de comer a los perros. Sea cual sea el
modo en el que muera, atentos a esto, porque es importante… Si a uno de
nosotros nos pica una serpiente, vosotros dos os quedáis sin huevos. Si se le
cae una roca encima, vosotros os quedáis sin huevos. Si un dragón alado
desciende del cielo, se abre paso entre las copas de los árboles y, tras abrir
la boca, lanza un chorro de fuego contra uno de nosotros y lo achicharra vivo,
vosotros dos, malparidos de mierda, os quedáis sin huevos como que me llamo
Francisco Pizarro González, ¿entendido? Pues perfecto, porque no hay nada mejor
en el mundo que tener las cosas claras. Hala, andando, que todavía nos queda
mucha jornada por delante y parece que amenaza aguacero.
Huelga decir que, tras lo del desfiladero, se había
acabado la paciencia de los españoles con los dos ponqueños que les servían de
guías. No desconfiaban abiertamente de ellos, pues no tenían modo de averiguar
si habían elegido aposta aquella ruta o porque no les quedaba más remedio, pero
ya nada sería igual en adelante. No se fiarían de ningún indio más. No es que
hasta entonces hubieran puesto sus vidas en las manos de ellos, pero la orden
que Balboa había repartido a primera hora de la mañana había resultado
taxativa: en adelante, nosotros a lo nuestro.
Con todo lo que eso conllevaba, pues se veían
obligados a avanzar con tíos a los que necesitaban pero de los que no se
fiaban. Por ello precisamente, Pizarro, al igual que el resto de los capitanes
y algunos de los hombres de mayor confianza, estaban amenazando a los indios.
El mensaje que les trasladaban era sencillo: si nos va mal a nosotros, le va a
ir mal a todo el mundo. Puede que no haya mar del Sur, ni El Dorado, ni
riquezas, ni nada por el estilo… Pero tampoco habrá regreso a casa. Sabedlo y
entended que somos buenos tíos, que somos compañeros, que estamos aquí en son
de paz y compartiendo lo que haya que compartir. Venid a buenas y veréis qué
gente tan maravillosa somos. Sin embargo, jodednos y desataremos un infierno
que ni en vuestras peores pesadillas habríais imaginado.
—Sí, pues te vas a reír —dijo Alonso en lengua
cueva. Los indios no gesticulaban al hablar. Al menos, no a ojos de los
españoles, quienes no siempre captaban el sentido de sus palabras solo por el
tono de las mismas. Por ello, Tzcü-La apenas tuvo tiempo de rectificar antes de
que Jerónimo tradujera para Pizarro lo que acababa de decir—. No, mejor no le
digas eso…
Pero ya era tarde. Jerónimo, y con él todo el
contingente de careteños, se la había jurado a los dos ponqueños. Los
consideraban culpables de las veintisiete pérdidas que habían sufrido el día
anterior en el Desfiladero de la Calavera. Tzcat-La y Tzcü-La continuaban
repitiendo hasta la saciedad y ante quien quisiera escucharles que ellos no
tenían la culpa de que su plan hubiera salido mal. La culpa era de los caribes
y de los españoles, esto y lo otro. Los careteños dejaron de escucharles y les
pidieron que siguieran con su camino, que no causaran más problemas y que
intentaran no enfurecer a los españoles. Con eso, se conformaban. Sus
respectivos cacicazgos podrían continuar en paz, pero siempre y cuando Ponca
dejara de interferir. Ponían mucho énfasis en esto último porque a esta
sentencia fiaban su modo de resumir la situación que atravesaban: puede que los
ponqueños conocieran muy bien el terreno que se hallaban atravesando, pero los
careteños conocían, mejor que nadie, a los españoles. Mucho mejor que nadie.
Tan bien que estaban porteando gratis para ellos. ¿Acaso los Tzcat-La y Tzcü-La
no tenían ojos en la cara? ¿No veían lo que estaba sucediendo? ¿No se daban
cuenta de que jamás podrían conseguir algo yendo en contra de los españoles?
Veintisiete careteños muertos bajo las flechas
emponzoñadas de los caribes. Sí, Jerónimo tradujo.
— ¿Qué quieres decir con que me voy a reír?
—preguntó Pizarro con una voz tan tranquila que a Jerónimo comenzaron a sudarle
las manos. Conocía muy bien esa forma de hablar tan española: parece que no te
estoy diciendo nada y te lo estoy diciendo todo. Por supuesto, los ponqueños,
que no habían convivido con los españoles ni cuatro días, eran incapaces
siquiera de atisbar este deje.
—Nada —respondió Alonso.
Jerónimo tradujo y a Pizarro se le crispó el ceño.
Nunca tuvo mucho aguante. Ni siquiera cuando todavía vivía en Extremadura. Si
una actitud le hartaba, tiraba por el camino de en medio sin pensar demasiado
en las consecuencias. Por eso se embarcó. Por eso se vino a las Indias. Por eso
se hallaba ahora mismo en la selva del Darién: porque no aguantaba tonterías de
nadie.
Pizarro se acercó a Alonso. Muy cerca, a medio
palmo cara con cara. Jerónimo dio un paso atrás, como quien decide que eso no
va con él. Tzcü-La, durante un instante, le sostuvo la mirada al capitán.
Después, se lo pensó mejor y decidió recular. Los guerreros cueva eran hombres
orgullosos, pero también pragmáticos. Si veían que una batalla estaba perdida,
dejaban de librarla y ello no suponía desdoro alguno.
Las miradas que matan son las miradas que lanza
alguien que está dispuesto a morir. No en sentido figurado, sino real. Con el
cruce de miradas has iniciado algo que estás dispuesto a llevar, sí o sí, hasta
sus últimas consecuencias. Aceptas la contingencia de acabar muerto. La aceptas
con total sinceridad, sin ambages. El otro lo comprende y debe tomar la misma
decisión: ¿acepta él la posibilidad? Tzcü-La no quería que su tiempo terminara
aquel día. Era un hombre joven y todavía tenía mucha vida por delante. No, no
moriría aquel día, y menos a manos de un español loco.
Todos y cada uno de los compañeros deseaban con
fervor sobrevivir a las circunstancias, convertirse en hombres inmensamente
ricos y vivir el resto de sus vidas como auténticos potentados. Pero todos y
cada uno de los compañeros sabía que se encontraban en mitad de una apuesta, de
un todo o nada, y que la nada también podría alcanzarles en el momento menos
esperado. Conocían, en suma, que el riesgo era constante y que podían morir. Lo
conocía Balboa y lo conocía Pizarro. Como los tiempos demostraron, ninguno de
los dos se equivocaba.
—Ya os advertimos de que el terreno sería
complicado —dijo Alonso y tradujo Jerónimo.
La columna española avanzaba muy despacio por una
tierra blanda en el que los pies se hundían de continuo. Tenían a un tío con un
palo abriendo la marcha solo para retirar las serpientes que se topaban en el
camino. Y, desde hacía rato, amenazaba tormenta. Ya se habían dado cuenta de
que el terreno se había vuelto dificultoso. Solo un ciego lo habría pasado por
alto.
—No, más complicado aún —añadió Alonso cuando
Jerónimo le dijo que el capitán afirmaba que no le estaba contando nada nuevo.
— ¿Qué cojones pasa? Habla ya o te corto el puto
cuello. Todavía nos queda Gonzalo. Con un guía, nos basta, hijoputa. Te sabes
la ruta hasta Quareca, ¿verdad, Gonzalo?
Gonzalo creyó oportuno mantener el pico cerrado y
limitarse a asentir. Alonso, por su parte, fue al grano. Como para no ir.
—Estamos llegando a la Ciénaga de las Almas
Extraviadas —dijo.
— ¿Qué es la Ciénaga de las Almas Extraviadas?
—preguntó Pizarro con el gesto malhumorado.
—Un santuario —respondió Alonso.
— ¿Una ciénaga o un santuario? ¿En qué quedamos?
Pizarro miraba alternativamente a Alonso y a
Jerónimo. Este último fue el que le contestó:
—Desconozco la palabra correcta en castellano. No
sé traducir lo que me ha dicho Tzcü-La.
— ¿Quién pollas es Tzcü-La?
—Alonso, capitán, Alonso…
—Vale…
Pizarro se llevó la mano al rostro y se atusó la
barba. A veces, convenía ser paciente con los indios. En esto, Balboa era el
mejor, pero él debía ir aprendiendo si quería llegar a algo en el oficio de
conquistador. Y quería, vaya que si quería.
—Descríbemelo con tus palabras, Jerónimo —dijo.
— ¿Cómo se llaman los lugares adonde se llevan a
los muertos?
—Cementerios.
—Pues eso es la Ciénaga. O más o menos…
— ¿Cómo que más o menos?
—El padre Vera nos habla continuamente del Paraíso,
¿verdad?
—A todas horas. ¿Qué tiene que ver el padre Vera en
todo esto?
—Los caribes también tienen Paraíso.
— ¿Y es una puta ciénaga?
—No, la ciénaga es el cementerio.
—No me marees, Jerónimo, no me marees, porque como…
—Espera, capitán, que yo sigo contándote. El
Paraíso no es para todo el mundo, como afirma el padre Vera.
—El padre Vera no afirma eso. El padre Vera lo que
explica es que los buenos van al Cielo y los malos, al infierno. Nosotros, por
ejemplo, iremos derechitos al Cielo en cuanto la diñemos, porque si hay una
misión santa en el mundo, es la nuestra. Continúa.
—Aquí, en el Darién, el Paraíso de los caribes y el
de los cuevas está abierto solo para las gentes nobles. Los çabras y el rey y
su familia.
— ¿Y el resto?
—El resto, nada.
— ¿Cómo que nada? ¿Qué clase de Paraíso de mierda
es ese? O sea, que me puedo tirar toda la santa vida pringando como un
gilipollas y, encima, a la hora de palmarla, ¿no me queda el consuelo de que,
al menos, disfrutaré tranquilo del resto de la eternidad?
— ¿Eres noble?
— ¿Noble? ¿Yo? Soy un puto bastardo, Jerónimo. El
cabrón de mi padre se tiró a mi madre, pero no estaba casado con ella.
—Vaya, qué putada…
—Aprendes rápido el castellano, Jerónimo.
—Hago lo que puedo, capitán.
— ¿Te esfuerzas y terminas de contarme lo del puto
cementerio? Se nos va a hacer de noche.
—Nuestro Paraíso es solo para el rey y los nobles.
Hay varias puertas para entrar en él. Vosotros nunca habéis mostrado interés en
estos asuntos, pero nosotros, en Careta, tenemos una que seguro que te…
—Hostias, Jerónimo, se me está acabando la
paciencia.
—La Ciénaga de las Almas Extraviadas es la puerta
al Paraíso de los caribes.
—No me jodas…
—No, capitán. Lo es.
— ¿Y por qué las almas están extraviadas?
—Porque no siempre encuentran el camino, claro.
— ¿Los çabras muertos no saben encontrar el camino
hacia el Paraíso?
—El camino no los encuentra a ellos. Por eso,
permanecen en la Ciénaga durante el tiempo que sea necesario. Hasta que el
camino los halle, hasta que la puerta se abra. ¿Entiendes lo que te digo,
capitán?
—No demasiado bien, Jerónimo.
—Lo entenderás en cuanto lleguemos.
— ¿Por qué?
—Porque lo verás con tus propios ojos.
* * * *
Pizarro hizo correr la voz y todos creyeron que
había comenzado a delirar. Nos aproximamos a una ciénaga sagrada o algo por el
estilo. Al parecer, está plagada de almas en pena que vagan aguardando su
entrada en el Cielo. ¿El purgatorio?, preguntó, de pronto interesado, el padre
Vera. No, nada que ver con el purgatorio, respondió Pizarro. Y decidió
simplificar antes de que las cosas se salieran de madre. Algo, por otro lado,
muy habitual cuando los españoles se ponían a divagar sobre estos asuntos. Desde
los más escépticos hasta los más crédulos, cada compañero tenía una idea exacta
de cómo era aquello a lo que se aproximaban y, más importante aún, se hallaba
dispuesto a compartirla con los demás y a discutirla hasta donde hiciera falta.
De manera que Pizarro cortó por lo sano y repitió
la información: vamos derechitos a una ciénaga que no podemos evitar y es
posible que nos encontremos con los caribes, bien sea vivos, bien sea muertos.
Cruzad los dedos para que se trate de lo segundo. Los muertos, hasta donde
sabemos, no pueden hacer daño alguno a los vivos.
—Eso es porque tú no has conocido a mi tío Pascual
—aseveró Jaén.
— ¿Quién es tu tío Pascual? —preguntó Baracaldo.
Avanzaban en la vanguardia de la columna. La selva
se estaba cerrando más y más sobre sus cabezas y formaba ya una extraña cúpula
de vegetación e insólitos animales. Al otro lado, en la parte exterior, llovía.
Podían escuchar el sonido de las gotas golpeando las hojas de los árboles.
Dentro, bajo aquel tejado formado de materia viva, ellos continuaban secos. No
sería por mucho tiempo.
—El hermano de mi madre —explicó Jaén—. Murió
cuando yo tenía seis o siete años y lo enterraron en el cementerio del pueblo.
— ¿De qué murió? —se interesó Baracaldo.
—Se cayó de un burro.
— ¿Qué me dices?
—Como te lo cuento, tío. Estaba vareando los olivos
y, de regreso a casa, se montó a lomos de un burro que teníamos. Era un burro
viejo, pero que todavía llevaba toda la mala baba intacta.
—Como debe ser.
—Total, que el burro, no sabemos muy bien por qué,
lo tiró al suelo. O mi tío se cayó de él. Empinaba bastante el codo.
— ¿Y qué tiene que ver tu tío con lo que estamos
contando?
—Pues que se murió, pero sin morirse del todo.
Debía de tener algún asunto pendiente o algo por el estilo, porque de tanto en
tanto ululaba por los olivares.
— ¿Tu tío era un fantasma?
—De los pies a la cabeza.
—Nos estás vacilando…
—Que me muera ahora mismo si miento. Más de una
muchacha y más de dos se subieron las bragas y se largaron del olivar cuando mi
tío se ponía a aullar como un poseso.
— ¿Y los novios?
—Pues imagínate. Ninguno hablaba con excesivo
cariño de mi tío, el muerto. Fíjate si las cosas fueron lejos, que hasta se
montaron batidas nocturnas para hallarlo y destruirlo.
— ¿Al fantasma de tu tío?
—Al fantasma de mi tío. Llevaban agua bendita en un
cántaro y pensaban echársela encima en cuanto lo encontraran. Por desgracia
para ellos, mi tío siempre les daba esquinazo. Así que, en lo sucesivo, se
folló muy poco en mi pueblo.
—Qué cabrón, tu tío.
—Ahora dime tú que los muertos no pueden hacer daño
a los vivos.
—Visto así…
— ¿Hay otra forma de verlo?
La ciénaga no empezaba de forma abrupta, como
podría haberse esperado. No, al contrario: poco a poco, el terreno fue
volviéndose más y más pantanoso, las raíces de los árboles quedaron al
descubierto y un intenso hedor a putrefacción impregnó el ambiente.
Curiosamente, fueron los cuevas los más incomodados por el pestazo. Se tapaban
las narices con las manos y hasta con máscaras que improvisaron con unas telas
que, al ver sus rostros descompuestos, les permitió utilizar el capitán Olano.
—Ya se han desmayado dos —indicó, sin darle
excesiva importancia.
La Ciénaga de las Almas Extraviadas, haciendo honor
a la verdad, no causó especial sorpresa en los compañeros. Sí, la vegetación
cerrada y la imposibilidad de ver el cielo creaban un ambiente opresivo, algo
claustrofóbico. Además, no corría ni la menor brisa, de manera que el aire
estancado, al igual que las aguas, tendía a corromperse con facilidad. Sin
embargo, nada a lo que no estuvieran acostumbrados. Los españoles llevaban
mucho penado y eso, que podría haber resultado insoportable para cualquier compatriota
recién descendido del barco que lo traía de Europa, solo suponía un trance más
en su devenir. ¿Agua empantanada hasta la tripa? Pues agua empantanada hasta la
tripa.
Y, de pronto, las vieron.
La primera de ellas se encontraba a unos treinta
pasos de distancia en la dirección en la que avanzaban. Fue Cienfuegos el
primero en advertirla.
— ¿Qué es eso? —preguntó.
De inmediato, todos los compañeros desenvainaron
las espadas y las extendieron al frente. Que uno de ellos hubiera visto algo
raro en el camino que debían atravesar bastaba para ponerse en guardia. Balboa,
en la vanguardia de la columna, levantó una mano y mandó parar. La orden fue
saltando de hombre en hombre, de porteador en porteador, hasta el mismísimo
compañero que, mucho más atrás, casi todavía en la entrada de la ciénaga,
cerraba la fila.
— ¿Qué es qué? —repitió la pregunta alguien.
Durante unos momentos, nadie dijo nada. Se
escuchaban pájaros, eso sí, allá arriba, en la cúpula de la selva. Y la lluvia,
que, por el lado de fuera, parecía arreciar.
—Eso —repitió Cienfuegos. Y, por si no hubiera
quedado claro, añadió—: Eso que flota ahí delante.
Los compañeros miraron en la dirección que
Cienfuegos indicaba. Tenían, muchos, el agua cenagosa a la altura del pecho. En
estos casos, no podían levantar lo suficiente la espada y esta brotaba de la
superficie en mitad del filo. Olía a huevos podridos.
* * * *
Tzcat-La y Tzcü-La dijeron que ellos ya habían
estado antes allí, que se conocían la Ciénaga de las Almas Extraviadas como la
palma de la mano, que esta no tenía ningún secreto para ellos. Como, debido a
los últimos acontecimientos, los dos ponqueños habían caído en un más que
importante descrédito, no les hicieron mucho caso. Al principio. Después, con
el paso del tiempo y la extensión de ciertos rumores, las cosas fueron, poco a
poco, cambiando. El hecho de que se hallaran bajo aquella gran cúpula de exuberante
vegetación no ayudaba mucho. Si a esto se le sumaba el sonido de la lluvia
repiqueteando en la parte externa de las copas de los árboles, la capacidad
para la propia sugestión de los pobres careteños explotó.
—Contad lo que sepáis —les dijo alguien a los
ponqueños. En el interior de la ciénaga, el orden de la columna se había
alterado un tanto. Si hasta entonces habían caminado en una fila más o menos
bien trazada, como tanto gustaba a los españoles, ahora, con el agua en las
rodillas, en la cintura, al pecho o en el mismísimo cuello, dependiendo del
lugar, la comitiva se limitaba a avanzar. El orden había saltado por los aires
y un porteador que conseguía seguir hacia delante sin perder un bulto era un
porteador que se encontraba cumpliendo con su deber. Los españoles, que sabían
cuándo se hacía preciso aflojar la presión sobre los porteadores, comenzaron a
mirar para otro lado. Por si en ese otro lado, también hay que decirlo, se
topaban con guerreros caribes agazapados en la espesura.
El relajamiento en los movimientos consiguió que
Tzcat-La y Tzcü-La consiguieran su objetivo sin demasiado esfuerzo. ¿Cuál era
ese? Se trataba de dos ponqueños que odiaban estar allí y odiaban, sobre todo,
a los españoles: ellos querían malmeter tanto como pudieran, sembrar la
discordia, generar desconfianzas que, con un poco de suerte, fraguaran en
disputas.
—Lo único que podemos decir es que no deberíamos
estar en este lugar —repusieron, haciéndose de rogar, Tzcat-La y Tzcü-La.
— ¿Por qué? —insistió alguien.
—Porque es un santuario caribe.
— ¿Y qué nos importa a nosotros eso?
— ¿De verdad crees que es una buena idea internarse
en un paraje encantado?
— ¿Encantado?
Esta última pregunta no se formuló una sola vez,
sino cien, y proveniente de cien bocas que la pronunciaron al unísono. Por
suerte para los careteños, el grueso de los españoles se había reunido en la
vanguardia de la columna y se hallaba preocupado por quién sabe qué. Algo
habían visto. El encantamiento, probablemente. Si algo pintaba mal para los
españoles, pintaba mal para todos.
—Han desenvainado las espadas —informó un porteador
de los que se encontraban en el frente. La noticia corrió de boca en boca y a
la velocidad de los rayos: han desenvainado, han desenvainado…
De pronto, la comitiva dejó de avanzar y los
hombres, españoles y cuevas, quedaron con el agua de la ciénaga cubriéndolos
hasta el pecho.
—No os mováis —dijo alguien en voz casi inaudible.
Cada trino de cada minúsculo pajarillo allá en las altísimas copas de los
árboles se escuchaba con la misma intensidad que el rugido de un jaguar
enseñando los colmillos a tu lado.
— ¿Encantado? —repitió un careteño. El bulto que
portaba sobre sus hombros era una mesa de madera maciza. La mesa a la que, cada
noche y tras acampar, Balboa se sentaba a escribir. Tenía las patas ricamente
labradas, lo cual siempre extrañó mucho a los careteños, pues el mobiliario de
los españoles solía ser, por lo general, bastante rudimentario.
—Encantado —respondió, con la voz más siniestra y
misteriosa que fue capaz de afinar, Tzcü-La.
—Las almas vagan extraviadas en este lugar —añadió
Tzcat-La.
—Puede que no todos logremos salir con vida de
aquí.
—El encantamiento no lo permitirá.
—Hay demasiadas almas buscando cuerpos a los que
asirse.
—Pues solo así encontrarán el modo de hallar el
camino hacia el tránsito definitivo.
—Encaramándose al cuerpo de un vivo para devorar su
alma.
—Y, de este modo, transmigrar.
Tzcat-La y Tzcü-La se lo estaban inventando todo
sobre la marcha, pero hasta ellos mismos se quedaron sorprendidos de lo bien
que habían urdido el cuento y lo impresionado que, con él, había quedado su
público.
—Tenemos que salir de aquí —dijo, tras una pausa,
un porteador careteño.
—Yo no quiero que se me encarame encima el alma de
un caribe en tránsito.
— ¡Nos devorará!
— ¡Nos absorberá!
— ¡Nos convertirán en ellos!
— ¡O ellos se convertirán en nosotros!
— ¡Mierda! ¡Hemos de irnos ya! ¡Quiero salir de
aquí!
Varios careteños dejaron caer sus bultos en el agua
empantanada. Algunos se hundieron y otros, por el contrario, se quedaron
flotando. Los careteños, fuera como fuera, se desentendieron de ellos y
comenzaron a caminar en el sentido contrario al de la expedición.
— ¿Qué pasa aquí? —preguntó Burán, que se
encontraba en la parte trasera de la columna ocupándose de las traíllas de
alanos. Los perros sabían nadar y no les arredraban las aguas cenagosas. No
obstante, no podían nadar indefinidamente y, para darles descanso, los
españoles utilizaban unos troncos de árbol a los que los perros, si no
encaramarse, sí podían sujetarse con las patas delanteras. Cualquiera habría
dicho que las bestias enloquecerían en un ambiente tan opresivo y hostil. Sin
embargo, jadeaban medio alegres, como si aquello no les importara gran cosa y
las dificultades no fueran sino el preludio de una gran pitanza.
Los careteños que huían aterrados dijeron algo en
lengua cueva y trataron de continuar con su marcha. Burán se llevó dos dedos a
la boca y silbó para llamar la atención de un par de compañeros más.
—Vale, quiero que deis media vuelta, regreséis a
vuestro puesto en la comitiva y recojáis vuestros fardos —dijo interponiéndose
entre los careteños y el camino. Mostraba firmeza, pero no irritación. Se
trataba del modo de conducirse que les había enseñado Balboa: no cejéis en
vuestras intenciones y actuad sin empeorar la situación.
Los careteños primero dijeron que no y después,
tras atender a algunos de los suyos que andaban por allí y que no habían oído
las palabras de Tzcat-La y Tzcü-La, que sí. Regresaban a sus puestos, aunque
con el miedo metido en el cuerpo y exhortando a los españoles para que los
sacaran, cuanto antes, de la ciénaga.
— ¿Qué cojones pasará allá delante? — preguntó
Burán—. Joder, como no avancen de una puta vez, se nos van a terminar ahogando
los perros. Y me cago en todos mis muertos como suceda eso.
* * * *
Para todos los muertos, los de los caribes. ¿Que
qué pasaba allá delante? Pues que, de pronto, los españoles habían hecho uno de
los hallazgos de sus vidas. O el hallazgo los había encontrado a ellos, pues,
en la Ciénaga de las Almas Extraviadas, uno nunca estaba seguro de en qué
sentido sucedían las cosas.
—Por todos los santos, eso parece… —comenzó a decir
Robledo.
Lo que flotaba en el agua se acercó, muy
lentamente, hasta el lugar donde ellos aguardaban con las espadas desenvainadas
y todos pudieron observar de qué se trataba.
—Madre mía… —trató de exclamar Crespo.
Frente a ellos, una pequeña balsa transportaba el
cuerpo de un muerto. De una momia, habría que decir para resultar exactos, pues
el cadáver aparecía seco y amortajado, aunque con una apariencia
insospechadamente buena en un ambiente tan poco propicio.
Tras la momia, no muy lejos, aparecieron dos más.
Flotaban en el agua, como abandonadas a la deriva, y, aunque cualquiera habría
dicho que en la ciénaga no había corrientes de agua o de aire, lo cierto era
que las pequeñas balsas mortuorias se movían libremente de un lado a otro.
¿Desde hacía cuánto tiempo? Pronto, al observar el estado en el que se
encontraban algunas de las momias, dedujeron que desde hacía decenios, puede
que hasta siglos.
Todos los españoles observaban con pasmo y, si se
quiere, hasta respeto. Un muerto es un muerto, así que envainaron las espadas y
respiraron tranquilos. La visión impresionaba, quede señalado: diez o quince
minutos después de haber advertido la presencia de las tres primeras momias,
llegaron varias más. Al rato, había no menos de una docena y, a lo lejos, se
distinguían otras. Todas, extrañamente, acercándose hacia ellos. Parecía como
si las almas extraviadas hubieran descubierto recién llegados en sus dominios y
se hubieran aproximado para interesarse acerca de su naturaleza. ¿Acaso
tendrían almas a las que poder parasitar? ¿Almas que les abrirían la puerta
hacia el Paraíso caribe? Quién sabe.
—Hay que ser idiota para no conocer el modo de
encontrar el camino hacia el Cielo —espetó Baracaldo. La tensión de la última
media hora se había rebajado sustancialmente y ahora los compañeros volvían a
comportarse tal y como eran.
—Cuando yo la palme, me voy derechito para el Cielo
—replicó Muñoz—. Y ya os digo yo que lo encuentro a la primera de cambio. Se
sube todo recto y ahí tiene que estar, joder, que seguro que te lo topas de
frente; la hostia ya con los putos indios y sus manías…
—Esta gente ya sabes cómo es.
—Unos extravagantes, no me jodas, tío. Porque mira
que echar a sus parientes a un puto pantano pestilente… No me entra en la
cabeza.
Ya no tuvieron mucho más tiempo para extenderse en
la conversación, pues, entonces, Gutiérrez y Díaz, que habían estado hurgando
en una de las balsas mortuorias, descubrieron que las momias llevaban su
correspondiente ajuar y que este estaba constituido por reliquias y alhajas de
reluciente oro.
La presencia de oro detenía cualquier otro
procedimiento en marcha, fuera cual fuese. Uno ya podía estar yaciendo con la
más bellísima y deseable mujer en mil leguas a la redonda que, si alguien
avisaba de que habían encontrado oro, te subías los pantalones y te aprestabas
a ir tras él. De mujeres bellísimas y deseables estaba el mundo lleno. De oro,
no.
— ¡Mirad! —gritó Díaz. Sostenía una gargantilla en
la mano derecha y un brazalete con incrustaciones preciosas en la izquierda.
Ambas las alzaba por encima de la cabeza porque el agua le llegaba
prácticamente hasta las axilas.
— ¿Dónde has encontrado eso? —preguntó alguien y
preguntaron todos. ¿Dónde está el oro?, era la pregunta única, la que cada
compañero aspiraba a formular, la que mejor y con mayor fluidez brotaba de
entre los labios de aquellos hombres rudos.
— ¡Aquí! —respondió Díaz señalando a la balsa que
tenía junto a él. La momia, perteneciente a una dama muy joven, quizás una
adolescente, conservaba intacto el cabello y gran parte de sus ropajes. Los
labios se le habían retraído y mostraba una dentadura, a pesar de llevar muerta
muchísimo tiempo, en bastante mejor estado que la de la mayoría de los
compañeros—. ¡Hay más!
— ¡Buscad en el resto de las momias! —ordenó, casi
a gritos, Balboa.
Eso hicieron. Si la apatía se había adueñado de la
expedición durante las últimas horas de ingrato y penoso avance a través de la
ciénaga, el hallazgo de botín los devolvió a la vida. Los españoles, de pronto,
emergieron como lo que realmente eran: hombres de acción cuya única razón para
encontrarse en aquel lugar perdido de la mano de Dios era el oro. El oro y solo
el oro.
Un grupo de más de cuarenta compañeros se abalanzó
sobre las balsas en las que navegaban las momias. Algunos las hicieron volcar y
hundieron ajuares y cadáveres, ante el reproche general del resto. ¿Cuántas
veces habían hablado de que, una vez hallado un tesoro, debían conducirse con
el debido tiento? ¿Ahora quién se sumergía en las aguas cenagosas para buscar
entre el lodo? Porque, a la vista de lo que estaban hallando a medida que
registraban más y más balsas mortuorias, cada momia portaba su oro. Mucho o
poco dependiendo, supusieron, de la categoría del finado, pero oro a fin de
cuentas.
A los españoles, les valía hasta el último
abalorio. Lo querían, lo necesitaban, se harían con él porque esta era la única
forma de compensar tanto esfuerzo y tanta privación. ¡Oro!
— ¡Con cuidado! —exclamó Malpartida.
— ¡Deprisa! —gritó Ferrol.
— ¡Hostias! —farfulló Baracaldo, quien, tras
trastabillársele un pie en una raíz sumergida, cayó hacia delante y terminó
hundido en el agua cenagosa. Debido al impulso y a la ausencia de control, de
un manotazo arrastró a la momia que tenía delante y, casi abrazados, vivo y
muerto se fueron al fondo del pantano.
— ¡No la sueltes! —le espetó Martínez. No lo decía
a modo de broma, aunque podría: los españoles tenían un sentido del humor muy
negro y eran capaces de intercambiar sandeces en las situaciones más
insospechadas. ¿Quién no ha asistido a un velatorio y ha descubierto que allí
se contaban chistes, se bebía vino y se reía a carcajadas? El muerto, de cuerpo
presente, habría hecho lo mismo de hallarse a este lado de la eternidad. Pues
con todo, Martínez, bromista como el que más, cuando vio a Baracaldo medio abrazado
a una momia caribe, le pidió que no la soltara, pero no porque estuviera, de
este modo, sugiriendo que entre ambos podría, quién sabe, surgir algo, sino
porque el cadáver era de los buenos, de los que navegaban las aguas de la
ciénaga colmados de joyas y abalorios, y aún no lo habían desvalijado del todo.
Esa momia no pertenecía a un çabra del montón. Como mínimo, se trataba de una
de las esposas del cacique. O del cacique mismo, pues dada la rapidez con la
que se estaban sucediendo los acontecimientos, ni siquiera tenían tiempo para
averiguar el sexo del difunto.
Tampoco es que les importara en lo más mínimo. Oro,
ellos querían el oro y estaban dispuestos, para conseguirlo, a comportarse como
auténticos dementes.
Eso parecían: una tropa de locos que, con el agua
hasta el pecho, se abalanzaba sobre tranquilas momias flotantes para
arrebatarles cualquier objeto de valor. No habrían tenido el menor
remordimiento de haberse tratado de indios vivos, de manera que tratándose de
muertos… El muerto no sufre más, eso bien lo sabían ellos, bien lo llevaban
grabado a fuego en sus conciencias.
Algunos careteños, cuando observaron el
comportamiento desmesurado de los españoles, se quedaron quietos y observaron
en silencio. ¿Qué clase de gente era aquella, que no respetaba ni los
santuarios? Y se equivocaban, se equivocaban por completo, pues no solo los
españoles respetaban, honraban y recordaban a sus antepasados, sino que lo
hacían hasta límites insospechados para la sociedad cueva. Los cementerios
españoles eran camposantos, es decir, territorio sagrado. Santuarios. ¿Como lo
era para los caribes la ciénaga en la cual se hallaban? Exactamente igual. Pero
lo que a los españoles no les cabía en la cabeza, lo que los españoles no
habrían comprendido ni en mil años, era la extraña costumbre que los caribes
tenían de enterrar. No enterrando, para empezar, sino dando los cuerpos de los
difuntos a un eterno paseo en barca. Y, he aquí el quid de la cuestión, con
todas sus riquezas a cuestas. Para los españoles, abrir una tumba y robar a un
muerto estaba mal. No lo veían decoroso, pero no por el robo en sí mismo, sino
por lo que de perturbación del descanso eterno del finado aquello tenía.
¿Estaban perturbando a alguien aquí? No, puesto que
los cadáveres venían a ellos. Ni siquiera se trataba de una exageración que
vistiera, con mayor o menor éxito, la posible inmoralidad de sus actos: es que
las balsas con las momias a bordo se les acercaban a ellos como si, de algún
modo incomprensible, hubieran detectado su presencia. ¿No hay bichos,
luciérnagas o como se llamen, que se abalanzan sobre la luz en mitad de la
noche? Pues algo muy parecido les sucedía a ellos: que las momias se les venían
encima, sin ellos quererlo, o pretenderlo, o ansiarlo. En tal tesitura,
desembarazarles del oro que llevaban a cuestas suponía un hecho nada desdoroso.
Dormirían, aquella noche, con las conciencias bien tranquilas.
Además, esto solo era un trabajo. Nada personal, en
cualquier caso.
Les llevó su buen rato conseguir la totalidad del
botín, aunque ninguno de los compañeros podría decir cuántas horas habían
transcurrido, pues, cuando de recolectar oro se trataba, la mayoría perdía la
noción del tiempo. Se les crispaban los rostros, se les desorbitaban los ojos,
una febril actividad se apoderaba de ellos y, si alguien hubiera tratado de
detenerlos, lo habrían acuchillado sin miramientos.
Para, esto dígase también, depositar todo lo
conseguido en un saco común. Los españoles no se guardaban nada para ellos,
pues el botín habría de repartirse según lo previamente acordado. Acordado con
todas las de la ley y por escrito, que era como un español vestido de los pies
a la cabeza acordaba los asuntos auténticamente relevantes. No importaba que
muchos de ellos, el capitán Pizarro incluido, fueran completos analfabetos y no
supieran leer ni escribir. La escritura está sobrevalorada. Lo que importa es
el documento que la contiene y lo que dicha escritura fija para los días
venideros. En la entrada en la búsqueda del mar del Sur se repartirá así, así y
así. Los compañeros que estaban de acuerdo rubricaban el documento y los que no
lo estaban se quedaban en Santa María de la Antigua. Sencillo y al alcance de
las entendederas de hasta el más lento. Pues como esto era de ese modo y no de
ninguna otra manera, un hombre podía recoger quintales mientras otros, sin ir
más lejos los que se habían quedado al cargo de las traíllas de perros, nada.
Ni siquiera habían participado en el acto de la recolección. Sin embargo, no
por ello su labor debía ser denostada. ¡Los perros, ni más ni menos! ¡Pero si
dependían de ellos para conseguir el éxito! Se repartiría de buena fe y entre
todos los miembros participantes en la entrada. En las proporciones asignadas y
reservando su quinto para el rey.
No se robaban entre ellos, no. Podían, llegado el
caso y en mitad de una disputa, matarse de una puñalada trapera, pero no
robarse. Porque robar a un compañero es lo más bajo que se puede caer.
Cuando regresó la calma al grupo de españoles,
apenas quedaban tres o cuatro momias flotando. El resto se había ido al fondo
de la ciénaga y allí los hombres las pisaban y tropezaban con ellas.
—Menudo golpe de buena suerte —resumió Balboa.
—Y qué inesperado —añadió Olano.
—Nos hemos sacado una buena tajada —dijo Jaén.
—Trabajada, bien trabajada —sentenció Baracaldo. El
tipo había resbalado varias veces y se había hundido por completo otras tantas.
No fue el único, aunque sí el que, debido a su corpulencia, más se hacía de
notar. Ahora, tenía las ropas empapadas en aquella agua pestilente, lo mismo
que la barba y el cabello. Remató lo dicho con una sentencia que nadie puso en
cuestión—: Como Dios manda.
* * * *
Los seis guerreros caribes tomaron sus cien flechas
torcidas y se internaron en la Ciénaga de las Almas Extraviadas. En teoría,
ningún caribe podía hacerlo salvo en caso de extrema necesidad. ¿Se hallaban
ante ella? No dudaron de que sí, de que si detener el avance español no suponía
algo imperioso y obligatorio para los quarecanos, ¿qué podría serlo?
Dentro de la ciénaga, los guerreros se sentían
obligados a conducirse con el más escrupuloso de los respetos. De los seis,
solo dos, Gëdgeraaba y Tütdümeeraba, se habían internado, con anterioridad, más
allá de sus límites. En ambos casos, el motivo había sido el mismo, pues no
podía existir otro: portar el cuerpo momificado de un noble caribe que no había
sabido morirse del todo y que, en consecuencia, aún tenía un alma extraviada.
Vagaría durante un tiempo indeterminado sobre las aguas pantanosas y ya se vería.
Quedaban, tanto el cuerpo como el alma extraviada que aún arrastraba,
abandonados a su suerte. En la mano de los caribes aún vivos no restaba nada
más por hacer. Dejarlos allí, observar cómo las balsas se alejaban y regresar a
casa con la noticia de que, al menos, habían quedado en brazos de una
majestuosidad encendida.
Al final, la ciénaga suponía eso y no otra cosa:
mantener la dignidad de los que habían sido nobles en este mundo, prolongar sus
privilegios, convertirlos en algo más deseable, incluso, que la propia vida
terrenal y despierta. Una buena momia vagando durante décadas y décadas sobre
las aguas de la ciénaga y bajo aquella espectacular cúpula de hojas, ramas y
pájaros multicolores podía lucir mucho mejor que la existencia mundana de
cualquier quarecano de medio pelo. Muchos, cuando el año había sido malo y lo recogido
de la cosecha apenas daba para comer, afirmaban sin mentir que ojalá ellos
estuvieran tranquilamente flotando en la Ciénaga. Aquel sí que suponía un
devenir digno de ser disfrutado, y no el que a ellos les había caído encima.
Puesto que Gëdgeraaba y Tütdümeeraba conocían el
camino, se pusieron ellos al frente y guiaron al pequeño grupo. Explicaron, no
sin evitar darse más importancia de la que merecían, que la ciénaga era inmensa
y que se extendía en todas direcciones. No obstante, la impracticabilidad de la
mayoría de las rutas obligaría a los españoles a avanzar por un lugar muy
concreto. Allí los esperarían y, cuando estuvieran con el agua al cuello y
prácticamente indefensos, los flechearían a conciencia y los matarían a todos.
El plan se sostenía, aunque ninguno de los seis
quiso decirlo en voz alta. Quizás por no tentar la suerte, tan esquiva en un
lugar como la Ciénaga de las Almas Extraviadas. Caminaron y caminaron casi en
completo silencio hasta que Tütdümeeraba dijo que ya habían llegado.
—Pasarán por aquí —explicó.
El resto asintió y buscó un lugar para apostarse y
aguardarlos emboscados. Observaron, entonces, las primeras momias flotantes y
advirtieron, al tiempo, cómo estas, despacio pero con tesón, se les acercaban.
A Dëdmeraba le vino a la mente la imagen de los perros que acuden a husmearte
cuando regresas al poblado después de unos cuantos días fuera. Las balsas
mortuorias, o las momias que navegaban sin rumbo en ellas, parecían realizar
esto mismo. Dëdmeraba, por supuesto, no despegó los labios para confiar al resto
su reflexión. Habría sido tomado como una blasfemia, una ofensa, un sacrilegio.
A las momias se les debía un respeto sin límite, más si cabe que el que habían
merecido cuando aquellos cuerpos aún respiraban.
Por ello, porque habían sido educados en unos
valores que jamás olvidarían o pasarían por alto, cuando vieron llegar a los
españoles y observaron el modo en el que se condujeron, apenas fueron capaces
de reaccionar. Los más viejos del grupo se quedaron petrificados mientras que
los más jóvenes no tuvieron arrestos para tomar la iniciativa y desplegar,
ellos y sin permiso previo, el ataque contra los extranjeros sacrílegos.
Una imagen se les grabó en la retina: la de un
español quitándose el casco, poniéndoselo bajo un brazo y llenándolo con todo
lo que iba pudiendo arramblar de aquí y de allá. Primero le arrancaba el collar
a una momia, después a otra los brazaletes, a una tercera las argollas de las
orejas y más. Dejaron de mirar cuando, aposta, hundió una de las balsas que le
impedían avanzar. El camino hacia el otro mundo jamás se cruzaría con aquella
alma. Los años y años de paciente espera yacerían en el fondo de la ciénaga.
Pronto vendrían los peces que se comían lo podrido, lo inerte, lo estéril. Y
todo concluiría diluido en la inexistencia.
—Esto es… —comenzó a decir Gïalameeterabe. Pero se
quedó sin palabras y se interrumpió. Observaba cómo un español introducía la
mano en el pecho de una momia, cómo se abría paso entre los huesos y, mientras
se mordía la lengua para así afinar su habilidad, hurgaba en las entrañas de
aquella. Recordó, entonces, que se decía, entre los quarecanos, que los más
ricos entre los ricos mandaban hacerse un corazón de oro para el día de
después. Aportaban ellos la materia prima o la compraban, como fuera, y, a continuación,
se dirigían al lugar donde trabajaba el artesano y le explicaban cómo querían
que fuera labrado el corazón áureo. Nadie, en estas circunstancias, optaba por
la sobriedad, pues se pensaba, puede que con razón, que la complejidad en los
ornatos se correspondía siempre con la autoridad y el estatus social de quien
habría de portar dicho corazón. Expresado de otro modo: jamás la sencillez y la
majestuosidad fueron compatibles.
El español cuyos movimientos observaba
Gïalameeterabe vio recompensados sus esfuerzos y, sin dejar de morderse la
lengua, extrajo la mano del pecho de la momia y, en la mano, el corazón de oro.
Por todos los dioses, qué bello era… Qué magnanimidad transmitía, qué alma tan
alta y noble habría quedado encerrada en ella. El español profirió un largo
silbido, sostuvo, durante un instante, el corazón áureo en la palma y, acto
seguido, se lo entregó al tipo que tenía a su lado para que lo guardara junto
al resto del botín con el que estaban haciéndose.
Que estaban robando.
Que suponía el peor sacrilegio que, a juicio de un
caribe, alcanzaría a darse.
Los seis guerreros podrían haberse arrancado los
ojos para no tener que contemplar aquel acto de mísera impiedad o bien, por
otro lado, podrían matar a los que lo estaban poniendo en práctica. Se
decantaron por lo segundo. Sí, porque ellos eran caribes, porque eran
guerreros, porque la sangre les estaba hirviendo en las venas. Pero también
debido a que necesitaban matar a aquellas gentes. Debían extirparlos por el
bien del mundo, por una simple cuestión de higiene moral. El compromiso de todo
guerrero es defender a los suyos y, sin embargo, nunca resulta suficiente: el
compromiso de todo guerrero es preservar intacta la pureza de lo propio.
—Matémoslos —espetó Dëdmeraba.
—Hagámoslo —se sumó Güetaraba.
Asintieron todos y utilizaron una palabra que no
solo aludía a la muerte, sino también al martirio. No tiene traducción al
castellano, de manera que sería imposible reproducirla aquí, pero piénsese en
la muerte por honor tan propia entre los españoles. Algo parecido pero con
rabia, con mucha rabia rodeando al sentimiento de orgullo e incluso
sobrepasándolo.
Con todo, una cosa era proponérselo y otra,
distinta, rendirse a las evidencias: los caribes contaban solo con las cien
flechas que ellos mismos habían conseguido fabricarse aquella misma noche. Cien
flechas, de las cuales, noventa y muchas se hallaban torcidas. No les había
dado tiempo a más, no habían sabido hacerlo de otra forma, era lo que había.
Pues con lo que había actuarían.
Mientras tomaban la decisión, no quitaban, porque
algo superior a sus fuerzas lo impedía, los ojos del grupo de españoles
sacrílegos. Estos hundían más y más momias caribes, las profanaban,
desencantaban el paraje con su actitud y su maloliente presencia.
—Acerquémonos un poco más —dijo Gëdgeraaba yendo a
lo práctico. Que la irritación no los arrastrase. A todo guerrero caribe se le
enseñaba esto como primera lección: cualquier ataque que emprendas ha de ser
desde el equilibrio, la paz y la armonía. Por paradójico que parezca, quien más
en calma se halle consigo mismo en el momento de lanzar la batalla, más
posibilidades tiene de alzarse, después, con la victoria.
Ningún español del Darién pensó así jamás, pero
ellos tenían corazas, espadas, escopetas y perros locos capaces de desmembrar
en un santiamén al más equilibrado de sus enemigos.
Los guerreros caribes eligieron un escondite a
menos de treinta pasos del lugar donde se encontraban los españoles. En
cualquier otra situación, no se habrían arriesgado a acercarse tanto, pero dado
que los españoles permanecían absortos en su labor de rapiña, podían darse el
lujo de avanzar hasta posiciones casi suicidas: ni aunque avanzaran cantando a
grito pelado, los extranjeros les habrían prestado la menor atención, de tan
enfrascados que se hallaban en lo suyo.
Por otro lado, la ciénaga y su abrupto follaje
actuaban del lado de los guerreros. Podían mimetizarse con el entorno, podían
volverse vegetación, serpientes, reptiles, sapos. Eso harían. Eso hicieron.
Se tomaron unos momentos para repartirse las
flechas. Tocaban a una quincena por cabeza, y aún sobraba alguna más. Dejaron
las más torcidas para el final y, ya dispuestos, se distribuyeron por el
escondite con la intención de hacer justicia y enviar a aquellos sacrílegos al
infierno.
—En honor de quienes nos precedieron —dijo, con
solemnidad, Dëdmeraba.
—En su honor —repuso, en nombre del resto,
Tütdümeeraba.
La madriguera se formaba por dos grandes raíces
pertenecientes a un árbol cercano que emergían ampulosamente de entre las aguas
cenagosas. Daba la sensación de que algo o alguien las había dispuesto allí y
de aquella manera para dar la oportunidad a los guerreros a que se encaramaran
en ellas e hicieran justicia. Decenas y decenas de años creciendo, avanzando y
enroscándose para servir en el momento preciso. Una unicidad de destinos que a
los caribes, torpes en muchos aspectos pero nunca en los relacionados con el
mundo de los espíritus, les pareció no solo acorde, sino precisa, necesaria y
digna de remembranza.
La primera flecha la lanzó Güetaraba. La segunda,
Gïalameeterabe. Ya no eran, como había sucedido en el Desfiladero de la
Calavera, dos grupos formados por tres hombres cada uno. No, aquello había
quedado definitivamente atrás. Ahora constituían un todo único y cualquier
rencilla anterior quedaba en el olvido. Si algo habían traído de bueno los
españoles fue que los viejos rencores se olvidaban cuando ellos hacían acto de
presencia.
Muchas veces, para provocar otros nuevos, pues en
esto y no en nada distinto se basaba el éxito o el fracaso que los españoles
cosecharon en las nuevas tierras del continente americano: en su capacidad, a
menudo involuntaria, para alterar los órdenes previamente establecidos a su
alrededor.
Ferrol y Robledo experimentaron una especie de
escalofrío que los obligó a levantar la mirada. Había sucedido algo y, aunque
no podrían decir de qué se trataba, algo era. Un sonido, una visión, un leve
movimiento en el aire estancado desde hacía mil años. Quién sabe. El caso fue
que levantaron las miradas y advirtieron cómo sendas flechas se acercaban
directamente hacia ellos: una hacia el entrecejo de Ferrol y otra hacia el
entrecejo de Robledo. Quienes las habían disparado tenían una puntería endemoniada
y ellos, que se aprestaban a morir pues de aquella no los libraba nadie, lo
reconocían sin ambages. Caramba, qué bien sienta que quien va a acabar con tus
penares sea un tipo a la altura de las circunstancias. Los compañeros de otros
asuntos no se preocuparían, pero sí de no morirse en un sinsentido. De esta
forma, aceptaron su destino hasta con cierta gallardía. Sea.
Sin embargo, no fue. No, porque, en el último
momento, las flechas efectuaron un extraño movimiento en el aire y se desviaron
de su trayectoria inicial. Aunque por poco, no les dieron y Ferrol y Robledo
salieron de aquella sanos y salvos.
Se miraron el uno al otro y, paralizados por el
estupor, arquearon las cejas y echaron hacia fuera el labio inferior.
— ¿Qué ha pasado? —preguntó Robledo.
Ferrol no tuvo tiempo para contestar porque
alguien, desde no muy lejos, dio, a gritos, la voz de alarma:
— ¡Nos atacan!
Si existía un mal lugar para ser atacados por
sorpresa, era aquel en el que ellos se encontraban. Sin nada tras lo que
parapetarse, cubiertos de agua hasta el pecho, con las escopetas quién sabe
dónde… Desnudos, a efectos de cualquier intento de defensa. Estaban en un
aprieto de los grandes y ninguno se engañó al respecto.
—Mierda puta —gruñó, entre dientes, Balboa, al
tomar conciencia de la vulnerabilidad en la que se encontraban.
— ¡Nos atacan! —repitió, desde atrás, una voz que
todos identificaron como la del capitán Olano.
Dëdmeraba y Tütdümeeraba pusieron sendas flechas en
sus arcos, tensaron las cuerdas y soltaron las manos. Los proyectiles salieron
disparados en dirección a los españoles, quienes ya, para entonces, habían
localizado el lugar en el que los primeros se ocultaban y lo encaraban con cara
de pasmo. Mejor, así les acertarían en pleno rostro, que suponía, bien lo
habían aprendido los guerreros caribes, la única parte vulnerable de sus
cuerpos.
Y, de nuevo, ocurrió lo que no debía ocurrir. A una
distancia tan corta, era imposible fallar. Imposible para cualquier muchacho
que acababa de empezar a usar el arco. Imposible, todavía con muchísimo más
motivo, para ellos, guerreros bravos y experimentados.
Las flechas siguieron una trayectoria fluctuante en
el aire y, cuando se disponían a impactar en mitad del rostro de dos españoles,
se desviaron y erraron la diana. Tan sencillo como esto. Los dos españoles,
Crespo y el capitán Albítez, tuvieron las puntas de las flechas a diez palmos
de sus narices. Después, estas viraron rarísimamente en el aire y los dejaron
atrás rozándoles las orejas.
Un alivio, a todas luces, para los dos compañeros
en cuestión, quienes, como había sucedido con Robledo y Ferrol, habían
esquivado una muerte segura.
—Hostia puta, me cago en Dios, de la que me acabo
de librar —dijo Crespo llevándose las manos al rostro y palpándoselo
nerviosamente para comprobar que seguía allí.
— ¡Nos atacan! —volvió a gritar alguien desde
atrás. De pronto, a la voz de alerta la juzgaron menos trascendente. Sí, los
atacaban, eso parecía más que obvio. Pero no les daban. Y esto también era
obvio.
Como no podían esconderse, ni avanzar, ni
retroceder, al menos no con la presteza que la situación requería, se
determinaron a aguardar y, de este modo, comprobar si su recién inaugurada
invulnerabilidad se había tratado solo de un momentáneo golpe de buena suerte o
se correspondía con algo a largo plazo.
Más flechas se aproximaban en el aire porque los
seis guerreros caribes ocultos delante de ellos no pensaban retirarse tan
rápido ni dar su brazo a torcer. Los primeros disparos habían resultado un
completo desastre, pero porque a las flechas torcidas les daba por realizar
extraños en el aire. No era la primera vez que les ocurría algo así, pues ¿a
quién no le había tocado alguna vez alguna flecha con defecto? Era infrecuente,
pero no anormal o imposible. De cuando en cuando, sucedía, eso era todo. De hecho,
entre los guerreros se extendía como costumbre echar la culpa al maestro armero
cuando un tiro salía desviado. Estaba combada, aseguraba el tipo en cuestión.
Ya, le respondía el resto, que se conocía la jugada porque todos la utilizaban
siempre que podían.
Ahora no tenían una flecha torcida entre un montón
rectilíneas. Ahora tenían el fracaso en las cuerdas de los arcos. Habían creído
que bastaría con disparar desde corta distancia para acertarles a los
españoles, pero parecía que no.
—Apuntad un poco alto —dijo Gïalameeterabe, quien
pensó que no vendría mal ayudar al proyectil. Si este se empeñaba en
desplazarse del objetivo bien apuntado, apuntarían mal para acertar. Dicho así
no sonaba equivocado. En la práctica, no ha nacido el tirador que acierte
disparando a voleo.
Los guerreros hicieron lo que Gïalameeterabe
sugería, aunque sin éxito aparente. Las flechas salían de sus arcos en
dirección a los españoles y ninguna lograba hacer blanco. Las trayectorias que
describían se volvían, con el paso del tiempo, si cabe más erráticas e
imprevisibles.
Los caribes se preguntaron qué habían hecho ellos
para que la fortuna les fuera tan esquiva.
Los españoles se preguntaron qué habían hecho ellos
para que la fortuna les estuviera sonriendo de aquella manera.
Ser fenomenales y magníficos, dedujeron casi de
inmediato. Y llevar la razón de su parte. Solo así tenía explicación que las
flechas se desviaran para no acertarles. Solo de este modo podría hallársele el
sentido a la situación más insólita que aquellos hombres, que vivían sus vidas
de situación insólita en situación insólita, habían experimentado desde el
mismísimo día en el que abrieron los ojos a este mundo.
— ¡Eh! —gritó Crespo. Había alzado los brazos. No
exactamente en señal de victoria, pues para salir victorioso ha de existir
contienda y aquí no se daba, pero casi. Algo parecido. Digamos que Crespo se
sentía, sobre todo, ungido y afortunado. No es lo mismo, aunque se le acerca—.
¡Mirad! ¡No nos dan!
El resto de hombres se giró en la ciénaga para
observarlo. Durante un instante, dejaron de prestar atención a las momias
flotantes, y estas, como queriendo aprovechar que sus saqueadores se
despistaban, comenzaron a alejarse lentamente sobre la superficie del agua. No
llegaron demasiado lejos, pues los españoles tenían ojos de camaleón y no había
nacido el compañero que no conociera el modo de mirar en dos, en tres y hasta
en cuatro direcciones al mismo tiempo.
— ¡Apuntad un poco más alto! —insistió
Gïalameeterabe.
— ¿Qué te crees que estamos haciendo? —croó
Güetaraba. Si existe un comportamiento irritante, es el que pone en práctica un
igual cuando te toma por tonto o por inepto. O por las dos cosas al mismo
tiempo.
— ¡Pues todavía no les hemos acertado ni una sola
vez! —gruñó Tütdümeeraba.
— ¡Son las flechas! —explicó lo innecesario
Dëggeromee. Lo repitió, con todo—: ¡Son las flechas!
Desde luego que se trataba de las flechas. Y de un
poquito de mala suerte, también hay que decirlo. Porque si bien era cierto que
con aquellos proyectiles improvisados en una noche difícilmente acertarían a
los españoles, uno o dos blancos deberían haber logrado. Cuanto menos eso y por
una simple cuestión de fortuna. Al final, si en lugar de flecha hubieran
lanzado piedras con los ojos cerrados, también tarde o temprano habrían logrado
partir algún que otro cráneo. Pon dos. ¡Pon uno! Pues ni eso.
Los guerreros caribes sentían cómo la desesperación
prendía en ellos. De pronto, frente al escondite en el que se agazapaban, un
hombre se alzó sobre todos los demás. Puede que sus pies hubieran hallado una
raíz bajo el agua, o una piedra, o a saber qué. El caso era que ahí lo tenían:
alto, brillante, con el pelo del color del sol y un tatuaje dorado asomándole
cuello arriba. Al igual que el resto de los extranjeros, lucía una poblada
barba y cubría su torso con una coraza brillante. Eso, y el casco repleto de
rasguños y abolladuras.
Los miró, aunque no pudo verlos. Los guerreros
caribes sabían que, aunque el español se encontraba a muy corta distancia, su
escondite los mantenía a salvo. Además, aunque hubiera intentado avanzar
caminando hasta ellos, ellos habrían tenido tiempo de flechearlo a conciencia,
de lanzarse contra él incluso con las manos desnudas. O, ya puestos, dar media
vuelta y salir corriendo. Ninguno se veía a sí mismo emprendiendo la huida,
pero ¿qué quieres? Eran caribes, no dioses.
— ¡Vosotros! —gritó, de pronto, Balboa. Sonreía un
poco. Solo un poco. Lo suficiente para que sus labios se estirasen y los ojos
se entornaran. Tenía arrugas en la parte de la frente que el casco dejaba al
descubierto. Gëdgeraaba intentó acertarle en ellas con una flecha, pero el
disparo le salió alto. Por poco, pero alto—. ¿Lo veis? ¿Lo veis, hijos de puta?
¡No podéis matarnos! ¡Aún no ha nacido el indio que mate al gran Balboa!
La selva había enmudecido de tal manera que las
palabras de Balboa retumbaron en la gran cúpula vegetal. Puede que a causa de
ellas o puede que por simple casualidad, el peso de la lluvia que llevaba más
de una hora golpeando en la parte externa de las copas de los árboles hizo que
en estas se abrieran minúsculas grietas. La lluvia, entonces, se coló a través
de ellas con inusitada delicadeza. No parecía lluvia, sino ceniza suspendida en
el aire a la que la luz propia que la ciénaga emitía iluminó. Supieron que
aquella catedral se extinguiría en cuanto amainara, pero que, mientras tanto,
los acogería como lo que realmente eran: los supervivientes de un ejército
enviado por el Dios que todo lo puede.
Balboa, y con él el resto de compañeros, sintió que
acababa de dar un paso hacia el frente. No con las piernas, pues de esos ya
había dado miles, y miles más daría, sino con la determinación y el rumbo hacia
el destino cierto. Ningún indio, fuera cueva, fuera caribe, fuera de la nación
que fuese, podía acabar con él. Sentía que la invulnerabilidad había prendido
en ellos y lo había hecho con tal fuerza que solo de una prueba extraordinaria
podía tratarse: el Señor los señalaba con su dedo y les indicaba un camino al
que debían rendirse y por el que debían transitar. Jamás humillados, jamás
altivos. Siervos, mientras fuesen siervos de la causa divina, no correrían
peligro.
Abrió, despacio y mientras mantenía la media
sonrisa, los brazos. Crespo continuaba en la misma posición y, al verlos, el
resto de compañeros lo imitó. Uno a uno, los españoles fueron extendiendo los
brazos y las palmas abiertas, y mostraron estas como si aquella ciénaga fuera
el Gólgota y ellos, los atormentados por un enemigo al que, pese a todo, sabían
batido.
La lluvia comenzó a cubrirlos. No a mojarlos, ni a
empaparlos, pues era imposible: ellos ya lo estaban, llevaban semanas estándolo
y lo estarían durante todavía muchas más. Así que la fina y luminosa lluvia se
limitó a rodearlos, a envolverlos, a cercarlos. La tenían ahí, como si fuera el
más fiel testigo de la existencia de su gesta.
— ¿Qué hacen esos locos? —preguntó Dëggeromee.
Había dejado de disparar y se incorporaba un poco para ver mejor.
—Ten cuidado —le advirtió Dëdmeraba—. No descubras
nuestra posición.
—No nos van a atacar —sentenció Dëggeromee tras
pensárselo un poco.
Era cierto, no los iban a atacar. Y no porque no se
hallaran en disposición de hacerlo, que también, sino porque no lo deseaban, no
lo pretendían, no lo necesitaban. Observaron cómo los españoles, primero unos
cuantos y poco a poco decenas y decenas de ellos, los retaban con los brazos
abiertos. Les mostraban, de alguna forma, el cénit del guerrero: aun desarmado,
sé que te venceré en cualquier batalla.
Dëggeromee se incorporó aún más hasta que, por fin,
se puso en pie y abandonó la seguridad del escondrijo.
— ¡Agáchate, idiota! —le espetó Tütdümeeraba.
— ¡Vas a conseguir que nos maten! —exclamó
Gïalameeterabe.
Pero Dëggeromee sabía que nada de eso ocurriría. Si
los guerreros que tenían ante ellos abrían los brazos y domesticaban a la
lluvia, ¿no deberían, los caribes, mostrar el debido respeto? Como si de una
tregua en plena contienda se tratase. Como si de un armisticio para el simple
reconocimiento del enemigo.
—No saldréis con vida —dijo Dëggeromee. Tenía al
hombre del tatuaje de oro frente a él, se habían descubierto mutuamente y
mutuamente se enfilaban con la mirada. La distancia entre uno y otro no
superaba los quince pasos. Si Dëggeromee se hubiera lanzado al agua, puede que
habría logrado llegar hasta el hombre blanco. Su desnudez jugaba a su favor
mientras que el hombre blanco se hallaba atrapado en su coraza y sus ropajes.
Balboa escuchó al indio y no entendió ni una
palabra. No obstante, en la ciénaga todos estaban a lo que estaban, de manera
que nada bueno podría ser. Conocía a los caribes, pues ya los había combatido
en el pasado. Se trataba de bravos guerreros, por lo cual Balboa creía
firmemente en que como mejor estaban eran muertos.
Mientras ese día llegaba, Balboa continuó
sonriendo. Significaba que saldrían de la ciénaga, significaba que avanzarían
durante el resto del día, significaba que alcanzarían, tarde o temprano,
Quareca.
Creía tan firmemente en ello que nada ni nadie
podría haberle hecho cambiar de opinión.
— ¡Martínez! —gritó Balboa.
— ¡Capitán! —respondió el aludido.
— ¿Ves a ese indio de ahí?
— ¡Lo veo, capitán!
—Métele un puto escopetazo entre las cejas.
—Lo haría con mucho gusto, pero no tengo una
escopeta a mano.
—Yo tampoco, Martínez.
—Se nos va a ir de rositas, el hijoputa.
— ¿Tú crees que lo sabe?
—Yo creo que sí. ¿Por qué, de lo contrario, iba a
estar ahí, en pie, retándonos con la mirada?
—Tienes razón, Martínez. Tienes toda la puta razón.
Ese maricón sabe que nosotros no podemos hacerles nada.
—Yo creo que también sabe que ellos no pueden
hacernos nada. Han dejado de disparar, capitán.
—Sus flechas nos rodeaban para no darnos, Martínez.
Hostia puta, esto no nos lo va a creer nadie cuando lo contemos.
—Es la pura verdad, capitán. Han de creernos.
— ¡Valderrábano! ¡Valderrábano! ¿Dónde cojones está
el puto Valderrábano?
El escribiente se hallaba veinte pasos por detrás
de Balboa. Como debía dar cuenta de lo sucedido, acostumbraba a viajar con los
hombres de vanguardia.
— ¡Aquí atrás, capitán! —gritó.
— ¿Se te ha mojado el diario de la expedición? —le
preguntó Balboa.
—Antes me ahogo yo, capitán —respondió, no sin
cierto orgullo en sus palabras, Valderrábano—. Continúa a salvo.
—Pues no anotes nada de esto, Valderrábano.
Martínez es un iluso. Nadie nos creerá si contamos que las flechas de los
caribes viraban en el aire para no darnos.
—No pensaba hacerlo, capitán.
—Tampoco escribas nada sobre esta lluvia que no
acaba de posarse.
—En mi vida había visto nada igual.
—Puede que tenga que ver con los demonios. ¿Tú qué
crees, Pizarro?
El capitán Pizarro, dos pasos por detrás de Balboa,
se tomó su tiempo para responder. No era hombre de andar haciendo
elucubraciones de más.
—Ojalá tuviera yo la escopeta a mano —dijo, al
rato.
Capítulo 11
Recorrieron el precipicio de los mosquitos carnívoros
23 de septiembre de 1513, viernes
Balboa se supo dignificado con el don de la
invulnerabilidad, el cual ya no lo abandonaría hasta que, cinco años más tarde,
un español malnacido le cortara la cabeza a traición.
Y avanzar sabiéndote invulnerable, sabiendo que él
lo era y, con él, lo eran todos los compañeros, supuso un impulso con el que
quizás, de otro modo, jamás habrían contado. Porque no fueron pocos los
momentos en los que dudaron. En los que se preguntaron si el viaje merecía la
pena, si los peligros se compensaban con los botines y las ganancias. A la
larga, el sí se imponía sobre el no, pero ello no evitaba que, en los largos
tránsitos a través de aquella selva salvaje e indomable, les entraran las dudas.
Todas se disiparon como el vapor de agua cuando
comprendieron que nadie podría acabar con ellos. Resulta la invulnerabilidad,
aunque pueda no creerse, una sensación un tanto confusa: por un lado, sabes, lo
sabes con una certeza aplastante, que no vas a morir; por otra, te cuestionas
qué hacer con la inmortalidad.
Y se dirá que menudo problema, que ojalá los demás
nos viéramos en una de esas. Pues no, no. La cuestión angustiaba a los
compañeros, ya que los obligaba a formularse preguntas para las que carecían de
respuestas. El propio padre Vera se vio impulsado a tomar cartas en el asunto y
a asegurarles que Dios, en su infinita bondad, los libraría, algún día, de
aquella pesada losa. ¿Moriremos?, dijeron. Moriréis, respondió el religioso.
Aunque no hoy, ni mañana, ni al día siguiente. Dios nos quiere aquí y nos quiere
vivos. Por algo será. Dejad de darle vueltas al asunto y no os inmiscuyáis en
lo que no os importa. Estamos en sus manos y la misión que llevamos adelante
es, por lo tanto, la que a Él pertenece.
Sí, se quedaron más tranquilos y, de este modo,
continuaron rumbo hacia el sur.
Aunque primero tenían que ir hacia arriba.
Maldijeron en voz alta cuando se enteraron. Quareca, al igual que Ponca, se
hallaba en lo alto de una sierra. ¿Por qué? A saber. Puede que porque la vida
se hacía más sencilla en cualquier lugar que no fuera la selva cerrada. O puede
que porque, de este modo, los caribes lograban mantener lejos a sus enemigos.
En cualquier caso, los indios tendían a subirse a las cumbres.
Al respecto, interrogaron en numerosas ocasiones a
Alonso y a Gonzalo. Los españoles sabían cómo hacerlo y buscaban, sobre todo,
que se contradijeran. Partían de una certeza: que les estaban mintiendo. ¿Qué
indio en su sano juicio habría contado la verdad a los españoles? Ni siquiera
los españoles se la habrían dicho a otros españoles. Ergo los indios mentían,
mentían porque mentir era lo más normal del mundo, lo que a uno primero le
salía cuando le preguntaban. Alonso y Gonzalo fueron separados y durante más de
doce horas no se vieron las caras. El capitán Pizarro por un lado y el capitán
Albítez por otro interrogaron a ambos ponqueños. En realidad, estos ya habían
dicho lo que tenían que decir: que no existía otra ruta hacia el mar del Sur
que no pasara por Quareca. Los españoles lo habían comprendido y hasta asumido.
Pero, por si acaso, insistieron. No les hacía ninguna gracia atravesar
territorio caribe y, si podían evitarlo, lo evitarían.
No pudieron. Tanto Pizarro como Albítez llegaron a
conclusiones similares: Alonso y Gonzalo eran dos indeseables a los que no
convenía perder de vista, pero, al menos en esto, no les estaban yendo con un
cuento. El hecho de que ellos mismos fueran, junto al resto de la expedición, a
meterse en la boca del lobo, los convenció de que sí, de que ese era el camino
y de que no había otro.
Hacia arriba, pues.
La ruta pronto se tornó angosta y la expedición, de
nuevo, se puso en fila de a uno. Habían transcurrido más de dos semanas desde
que subieran la montaña que conducía a Ponca y ahora les tocaba encarar la que
les llevaría a Quareca. Con una diferencia: esta última disponía de un sendero
visible. Los caribes lo habían abierto en plena ladera aun a sabiendas de que,
de este modo, facilitaban el paso de sus enemigos. Los españoles, ante un
descubrimiento semejante, no ocultaron su sorpresa.
— ¿Así de sencillo? —preguntó Malpartida.
Bueno, más o menos. Cuando, por enésima vez, se les
preguntó a Alonso y a Gonzalo, ambos afirmaron que no existía otro modo de
ascender a la sierra de Quareca y, por lo tanto, de atravesarla y descenderla
por su cara sur. Una senda estrecha que lo sería más todavía y una cuesta muy
empinada hacia arriba. El terreno más escarpado al que habrían hecho frente
jamás. A eso debían enfrentarse sí o sí.
Los españoles mostraron su disgusto ante lo que
oyeron, aunque mayor fue el disgusto que les causó a los careteños. Con razón,
habría que añadir, pues en la ascensión a la sierra de Quareca perdieron la
vida veinte de ellos.
— ¿Enviamos a un par de compañeros por delante,
capitán? —preguntó Robledo. Junto a varios hombres, se había detenido en la
parte delantera de la columna y observaba cómo esta se estiraba. Los
porteadores careteños se quejaban cuando pasaban a su lado y los españoles
negaban con la cabeza y daban ánimos—. ¡Venga, hombre, que ya no nos queda
nada…!
Balboa, al lado de Robledo, pensó que para qué,
para qué exponer tontamente a dos de sus hombres si ya conocían de antemano que
nada malo podría sucederles.
—Déjalo, seguimos como estamos —dijo.
Pronto observaron que la ladera se volvía más y más
inclinada hasta que, al final, se convirtió en una pared de roca vertical.
Entonces, el camino, de estar marcado en la tierra pasó a estar tallado en la
piedra.
El capitán Albítez levantó la mirada y observó el
descomunal muro de roca. Él también era consciente de la invulnerabilidad que
había prendido en ellos, aunque agradeció que los riscos de la cumbre
descollaran tanto que se hacía imposible atacarlos desde allí. Por primera vez
en muchísimo tiempo, se sintieron tranquilos y a salvo. Lo cual,
paradójicamente, los inquietó, pues no se hallaban acostumbrados a avanzar en
aquellas circunstancias.
Cualquiera habría dicho que, al tiempo que la roca
comenzaba a aparecer por doquier, la vegetación desaparecería. Pues no.
Valderrábano, que a ratos tenía ciertas ínfulas de naturalista, anotó en su
diario que le asombraba la persistencia de la hierba. Esa fue la expresión que
utilizó, pues ínfulas sí, pero tampoco como para llamar a las cosas por su
nombre.
Llegó un momento, unas tres horas después de dar
comienzo la ascensión a través del muro de piedra, en el que el camino tenía
una anchura no mayor a tres pies, uno detrás de otro. Los españoles repetían de
continuo que por allí se podía transitar con total seguridad y ellos mismos se
ofrecían como voluntarios para demostrarlo. Y no mentían, pues tres pies, que
quien albergue dudas lo compruebe, dan para mucho. Sin embargo, los careteños
cargaban pesados fardos sobre sus hombros, se encontraban cansados y tenían
hambre. Por si esto no fuera suficiente, la mayoría de ellos había comenzado a
experimentar una congoja del alma para la que carecían de denominación, pero
que se parecía mucho a la nostalgia, a la melancolía. Los españoles, al
comprenderlo, se llevaron las manos a la cabeza y se preguntaron que qué habían
hecho ellos para merecerse eso. De acuerdo, volverse invulnerables resultaba
maravilloso, pero ¿acaso el buen Dios no podría haber hecho algo con los
porteadores melancólicos? No ya volverlos valientes o animosos, no… Bastaba con
que no se les negaran a continuar bajo el pretexto de que añoraban el lejano
hogar. ¿Añorar el lejano hogar? Tenían suerte de que Balboa no fuera partidario
del látigo. Porque si el capitán lo hubiera permitido, allí se habría comenzado
a avanzar con otro talante. En mitad de un muro de piedra tan grande como la
montaña más grande que cualquiera pueda haber tenido ante sus ojos, lo menos
que un hombre aguarda es que los que con él se hallan inmersos en la empresa le
vayan con tristezas y desconsuelos. Un culo bien prieto era lo que allí hacía
falta. Para trepar por los peñascos como si no hubieran nacido para otra cosa.
Pese a todo, de lo que más se quejaban los
porteadores careteños era del abismo que se abría a su vera. El lamento se
extendió rápido y de nada sirvió que la fila de a uno no supusiera la formación
más propicia para el comadreo. Esos indios se las sabían todas cuando de
quejarse se trataba. En cualquier otro lugar, el compañero más cercano habría
atajado la queja con un par de cachetes bien dados. Balboa no permitía que se
maltratara a los indios, aunque nada tenía en contra del orden bien mantenido.
¿Se les abría un abismo a medida que ascendían y
ascendían? Pues según como se mire. El abismo, desde luego, ahí estaba, aunque
como esos asuntos en los que es preciso pensar para que cobren relevancia.
Dicho de otro modo, bastaba con no girar la cabeza y mirar al vacío para no
sentir vértigo. Los compañeros lo comprendieron pronto. ¿Por qué no actuaban de
igual forma los porteadores careteños?
—Me cago en mi vida entera —dijo Baracaldo mientras
asomaba la cabeza hacia lo que ya podía llamarse, sin ambages, barranco—. Si te
caes por ahí, no lo cuentas.
—Pues no te caigas, mamón —le repuso Díaz.
Baracaldo asintió, pues cuando las cosas son de
cajón, son de cajón. De hecho, en lo que restó de ascensión, Baracaldo no giró
ni una sola vez la mirada hacia el despeñadero. Sufría de vértigo y los
espacios abiertos le producían mareos. Bien, pues, si a la derecha se te abre
el abismo mientras que a la izquierda una magnífica mole de piedra maciza te
guarda las espaldas, ¿tú qué haces, alma de cántaro? Pues mirar siempre hacia
la izquierda, ¿no? Exacto. Eso hizo Baracaldo, que ni era más listo que nadie,
ni se había pasado la vida en la escuela. Sencillamente, se trataba de lo
sensato, dadas las circunstancias.
¿Por qué los porteadores careteños no dejaban de
lamentarse y hacían lo mismo que Baracaldo? Nunca llegaron a saberlo.
Cuando se les despeñó el primero, hubo un conato de
revuelta. Nada grave que no supieran controlar, pero conato a fin de cuentas.
Un poco absurdo, porque ¿qué pensaban hacer los careteños? La columna se
completaba, en números redondos, por unos seiscientos integrantes. Todos en
fila de a uno y caminando por un estrecho camino tallado en roca de tres pies
de ancho en el mejor de los casos. Muchos ni siquiera eran capaces de darse
media vuelta porque el volumen de su fardo se lo impedía. Tampoco podían sentarse
a descansar, ni apoyarse en la pared, ni nada que no supusiera continuar
caminando. En tal tesitura, comenzaron a protestar, y solo porque uno de los
suyos perdió pie y cayó al abismo. ¿Acaso a los españoles les hacía gracia
perder el bulto y a su porteador? No se la hacía, de ninguna manera, y así
trataron de hacérselo ver. Ellos, los careteños, por su parte, afirmaron que ya
estaba bien y que hasta ahí habían llegado. Allá, en mitad de la mole de
piedra, justo donde el caminillo no daba ni para ponerse a orinar, los tíos
dijeron que acababan de alcanzar su límite.
Bien, los españoles esperaron. Porque no podían
hacer otra cosa, pero también porque sabían que, tarde o temprano, los
careteños llegarían a la misma conclusión y cesarían en su actitud rebelde.
Estuvieron veinte minutos, puede que hasta media
hora, con la columna detenida. Cada cual en su sitio de la fila, aguardando
expectante. Un careteño de los que caminaba muy al frente gritó algo y
Jerónimo, que andaba por allí, tradujo.
—Dice que avisemos al último de la fila para que dé
la vuelta.
Los españoles no sabían si reírse o comenzar a
arrojar, ellos mismos y por cuenta propia, careteños al abismo. ¿Se habían
vuelto locos o qué?
— ¡Contéstale que, como no se ponga en marcha ahora
mismo, me ve! —replicó, a voz en grito, Cienfuegos.
Estaban el careteño díscolo, diez o doce
porteadores más que lo secundaban aunque con la boca pequeña, Jerónimo, tres
careteños más y Cienfuegos. Después, la fila continuaba, interminable, hasta
completar la totalidad de la expedición. Muy atrás, tanto que, desde allí y
debido a que en la propia pared de roca se abrían recodos, no podía divisarse
el final. Según suponían, allí deberían avanzar algunas mujeres que convenía
mantener lejos de la chusma, un par de compañeros que se encargaban de vigilar
que nadie se quedara atrás y las traíllas de alanos locos.
Jerónimo tradujo para Cienfuegos y el careteño
díscolo ni se lo pensó dos veces antes de responder.
—Dice que vayas si eres hombre —dijo Jerónimo.
Puede que, de no hallarse en aquella estrecha
cornisa, el porteador hubiera cerrado el pico. No es lo mismo protestar cuando
tienes al compañero delante de ti y con los brazos en jarras que hacerlo con él
a dieciséis hombres de distancia.
Sin embargo, a Cienfuegos le hirvió la sangre. Y
bien sabe Dios que a aquellos hombres no les hervía nunca, pues, desde
muchísimo tiempo atrás, habían comprendido que la rabia y el furor
descontrolados les causaban más daños que beneficios. Si lanzaban a un careteño
por el despeñadero, perdían a un careteño. Quizás, de vuelta en casa, su
cacique se quejara y solicitara un resarcimiento. Que lo hiciera, aquello era
lo que menos les importaba. De hecho, que se anduviera con ojo el propio
cacique, pues él pasaba los días rascándose los huevos en su casa mientras que
los españoles salían de entrada a pacificar todo el puto Darién.
Pero también para los compañeros todo tenía un
límite. Y, se mire como se mire, una insubordinación es una insubordinación.
¿Que fuera si era hombre? ¿En serio que el indio tarado de los cojones le había
dicho eso a Cienfuegos? Bien, pues a ver si, en lugar de a gritos y desde la
distancia, se lo decía a la cara. Cerquita.
Cienfuegos dio un paso al frente y el porteador que
se hallaba inmediatamente delante de él trató de apartarse. Pero ¿cómo te
apartas en un espacio de tres pies de ancho? Por suerte para el indio, se
trataba del típico cueva esmirriado que apenas ocupaba espacio. Y, por suerte
también, su fardo, aunque pesado, no era voluminoso. Contendría víveres o
alguna de las tiendas de campaña en las que pernoctaban los capitanes. El
porteador se pegó tanto como pudo a la pared de piedra y Cienfuegos, que
tampoco era un hombre corpulento, lo adelantó sin dificultad. Pisó tan cerca
del borde del camino que unas cuantas piedrecitas se desprendieron de él y
cayeron al vacío. Los que observaron con qué aplomo avanzó Cienfuegos debían
desconocer que los españoles se encontraban tocados con el don de la
invulnerabilidad. Ni aposta, Cienfuegos habría logrado despeñarse. Una legión
de ángeles habría acudido a sostenerlo, o el propio Señor en persona, quién
sabe.
A cada paso que daban, más conscientes de la
relevancia de su misión se sentían.
Cienfuegos había avanzado un hombre. Nadie se
movía. Nadie rechistaba. Amenazaba lluvia, pero parecía que esta se quedó a la
espera. Cienfuegos se sentía muy enfadado.
El segundo porteador que encontró en la fila tuvo
la desgracia de ser más corpulento que el primero. Cienfuegos levantó la mirada
para observar qué llevaba en el bulto y, por la forma, supo que no se trataba
de las escopetas. Bien. Dio un paso al frente, se situó a un palmo de él y, con
la mano derecha, lo empujó al abismo. El indio, que ni se lo esperaba, cayó
profiriendo alaridos y aullando como un descosido. No hay peor muerte que la
que sabes inminente aunque no acaba de llegar. En la que te da tiempo a pensar,
a reconocer que de esa no sales. Debe de ser terrorífica, a juzgar por la cara
que ponen los tíos a los que les sobreviene.
En la columna, nadie separó los labios. No, por
supuesto, los careteños, aunque tampoco los españoles. Puede que a algún
compañero le pareciera un tanto excesivo que Cienfuegos hubiera arrojado al
vacío a un porteador. O puede que no, porque, para estos asuntos, los españoles
acostumbraban a hacer piña: lo pensado por uno, pensado quedaba para todos. No
obstante, de haber discrepado, se lo guardaría para más tarde, cuando los
careteños no estuvieran delante.
En fin, Cienfuegos se enfrentaba a una rebelión,
los capitanes no tenían modo de acercarse hasta la posición en la que él se
hallaba e improvisar sobre la marcha no suponía hacer nada en lo que no
empeñaran el pellejo a cada instante. Un porteador menos y todos tan campantes.
En ese momento, el careteño que se encontraba
frente a él dejó el bulto en el suelo y trató de huir de Cienfuegos trepando
por la pared de roca. Lo que son las cosas, al tío no se le daba nada mal y
consiguió ascender un buen trecho. Lo suficiente, al menos, para mantenerse
lejos de un posible zarpazo de Cienfuegos.
Este miró a Jerónimo, que era a quien ya tenía
delante, y Jerónimo lo miró a él. Ambos sabían que Cienfuegos no podría pasar
de allí, pues ni Jerónimo era capaz de aplastarse contra la pared tanto como lo
había sido el primer porteador, ni a Jerónimo, el único traductor del que
disponían, lo podían lanzar al vacío sin más ni más. Que te hierva la sangre no
significa que se te nuble la mente. Son dos cosas distintas.
—Baja, gilipollas —le dijo Cienfuegos, con su voz
aflautada, al porteador que se había encaramado al muro.
El careteño dijo algo en lengua cueva y Cienfuegos,
aunque no le hiciera falta alguna, interrogó a Jerónimo con la mirada.
—Dice que no, que lo vas a tirar —explicó este.
—Dile que si se pone detrás de mí, lo dejaré en
paz.
Había comenzado Jerónimo a traducir, cuando los
asuntos se complicaron. Y de qué manera.
En primer lugar, solo se trató de un gruñido. O,
más que un gruñido, un ronroneo. Como el de los gatos que se han acostumbrado a
la presencia de las personas y que viven más del cuento que de la caza.
Sin embargo, el ronroneo creció en potencia. Y a
qué velocidad. Los acontecimientos se precipitaron muy rápido. En nada, allí
nadie ronroneaba. Un rugido claro, alto y profundamente áspero llegó desde la
parte delantera de la columna. Acto seguido, varios careteños comenzaron a
gritar. Jerónimo no tradujo, pero era obvio que imploraban ayuda. Eso, o
simplemente se dejaban llevar por el pánico.
No era para menos. Cienfuegos tuvo una sola
oportunidad de observarlo, cuanto menos fugazmente. La fila de hombres que
tenía frente a él se alineó de tal manera que, durante un instante, distinguió
a un magnífico ejemplar de puma en mitad del camino. Sin duda alguna, el
animal, atraído por las voces de los hombres, había descendido desde la parte
alta de la montaña en búsqueda de algo que cazar.
Pues caza la tenía, y en abundancia. De igual modo
lo debió de creer el animal, pues, sin más preámbulos, se lanzó sobre el
primero de los careteños y le clavó sus fenomenales colmillos en el cuello.
Hombre y fiera quedaron tendidos en el estrecho camino y, aunque el tipo se
debatió durante unos interminables minutos, de la dentellada firme de un puma
salvaje no te libra nadie.
De qué forma tan curiosa se dio por finalizada la
rebelión de los porteadores careteños. Se lo llegan a contar un rato antes y no
habrían dado crédito a lo formulado. Pero sorpresas te da la vida y, en el
Darién, más.
El careteño díscolo había muerto y el puma le dio
un par de bocados, quizás para asegurarse de que aquella carne merecía la pena.
Pareció concluir que sí, pues, de inmediato, la fiera levantó la cabeza y
enfiló, con la mirada, al resto de la columna.
Un pánico general se extendió entre los porteadores
más próximos al lugar en el que se hallaba el puma. Algunos, los primeros en la
línea de avance del animal, comenzaron a retroceder y lo hicieron con tal
ímpetu y semejante desconcierto que lo único que consiguieron fue que dos de
los suyos perdieran pie y se precipitaran al abismo.
El puma rugió un par de veces antes de lanzarse
hacia sus presas.
Cienfuegos se quedó quieto. Contra él, la fiera
nada podía. Si Dios les había apartado las flechas que los caribes les
lanzaban, ¿qué no haría con un simple animal? Es más sencillo aplastarlo contra
la pared de roca, enviarlo al despeñadero, lograr que sus entrañas estallen
desde dentro hacia fuera que modificar el rumbo de decenas y decenas de
proyectiles en el aire. Eso lo sabía cualquiera, de manera que Cienfuegos no se
lo pensó demasiado.
—A la pared, Jerónimo —ordenó.
— ¿Qué? —preguntó el careteño, sin ser capaz de
comprender qué pretendía el compañero.
—A la pared, tío —insistió Cienfuegos—. Encarámate
a la puta pared para que pueda pasar.
Dado que el puma ya había matado a tres o cuatro
indios y que dos más se habían caído, o los habían arrojado, al vacío,
Cienfuegos debía actuar. No ya por ellos, los compañeros, a los que sabía a
salvo dada su invulnerabilidad, sino por los indios. Al final, ¿quién tiene que
poner los puntos sobre las íes? El español. El tío de la barba que tanta gracia
os hace. El capullo que siempre da un paso al frente sin importarle que ahí
delante aguarde el peligro.
Jerónimo hizo lo que Cienfuegos le ordenaba y,
aunque no fue tan hábil como el careteño que lo había intentado un rato antes,
logró abrir un paso suficiente como para que el compañero rebasara su posición.
Después, una vez conseguido esto, se dejó caer de nuevo al camino de piedra y
allí, a espaldas de Cienfuegos, se preparó para morir. Honestamente, Jerónimo
no creía que el español pudiera detener al puma. Y eso que él, de entre los
cientos de indios cueva presentes en la expedición, era el que más sabía acerca
de los españoles y de los pumas. A los españoles los había frecuentado mucho,
muchísimo mientras hacía de puente entre Careta y Santa María de la Antigua. En
cuanto a los pumas, un hombre que se pasa media vida yendo y viniendo a través
de la selva acaba por conocerlos mejor de lo que habría deseado. Y aprende que,
si has penetrado en el territorio de un puma, este siempre se lo toma por la
tremenda.
Entre la fiera y Cienfuegos no quedaría ni media
docena de indios vivos. El animal caminaba muy despacio sobre los cadáveres y
rugía para intimidar a los supervivientes. Y por Dios que lo lograba… El
español desenvainó, primero, su espada, la cual sostuvo en la mano derecha, y,
a continuación, una daga de considerables dimensiones, que empuñó con la
izquierda. Ya habían perdido suficientes porteadores, de manera que no haría
nada por poner más vidas en peligro. Sin embargo, tampoco se le ocurría el modo
de salvarlas, así que tuvo que limitarse a aguardar. Que tuvieran suerte los
que se situaban entre él y la bestia, era lo único que les deseaba. Él
esperaría a que esta se aproximara a su posición. Si podía avanzar un poco más,
lo haría, aunque lo veía difícil. Y, en cuanto lo tuviera a la distancia
adecuada, se enfrentaría a él. Lucharían y lo derrotaría, pues no cabía otra
posibilidad.
¿Lo habría intentado de no saberse invulnerable?
No, desde luego que no. Ningún español se tenía por un cobarde. Ello no
significaba que, a la menor ocasión, se condujesen con temeridad. El buen
español es el que sobrevive para gozar de lo conseguido. Jamás olvidaban,
ninguno de ellos olvidaba ni en el más desvanecido de los instantes, que su
permanencia en la selva consistía en un tránsito hacia una vida mejor. Por
supuesto, si te morías por el camino, las posibilidades de disfrutar del
merecido retiro disminuían drásticamente. Así que, no, situándose como se
situaban a cada momento en peligro, trataban de mantenerse todo lo a salvo que
podían.
Los indios que había entre Cienfuegos y el puma
siguieron una suerte desigual, aunque siempre mala. Estaban condenados, la
verdad era esa. Desnudos, sin armas, sin el coraje necesario para hacer frente
a una situación semejante, los pobres diablos se limitaron a dejarse matar.
Alguno más saltó al abismo, y allá que el resto de la expedición lo vio dar
vueltas y más vueltas en el aire, como si se tratara de un ídolo de madera que,
de pronto, a quienes lo portaban se les había escurrido de las manos. Costaba pensar
que aquello que se despeñaba tenía, al menos todavía, vida. Porque mientras que
el careteño al que Cienfuegos había arrojado al vacío gritó como un perturbado,
el de ahora debió de pensar que para qué, y mantuvo un sepulcral silencio
mientras atravesaba el aire. Debería de estar realizando examen de conciencia.
Juzgaron que, dado lo inminente de su final, suponía lo más adecuado.
Por fin, Cienfuegos se vio frente a la fiera. Se
había detenido a cinco pasos frente a él y, Virgen Santa, era magnífica. Tenía
la piel de un color ligeramente tostado y los ojos muy brillantes. De sus
fauces, entreabiertas, resbalaba la sangre de las presas que se acababa de
cobrar. Quizás fuera una hembra y simplemente estuviera acopiando comida para
sus cachorros. Nunca lo sabrían y, nunca, también quede dicho, les importó. Se
trataba de una bestia admirable, no cabía duda, pero ojalá una lengua de fuego
divino acabara con esta y con todas las de su especie. Los compañeros no
acababan de comprender, y eso que debatían muy frecuentemente en torno a ello,
por qué el Señor había creado la selva para, después, rellenarla con mil
especies de bichos a cada cual más mortífero. ¿Qué sentido tenía eso? Llegaron
a preguntárselo al padre Vera, el cual, obviamente, no tenía ni la más remota
idea de qué respuesta darles. Les advirtió de que los caminos del Señor son
inescrutables y que cuestionando sus decisiones se deslizaban peligrosamente
por la senda del pecado. Nadie insistió más, pero en los corrillos que, cada
noche, se formaban en torno a las hogueras, el tema solía salir de forma
recurrente. Al final, de algo hay que hablar mientras te entra el sueño.
Cienfuegos. Bernardino de Cienfuegos. El típico tío
del que jamás dirías que guarda tanto arrojo dentro. No daba el porte, no lo
daba… Los compañeros lo respetaban, pero porque lo habían observado actuar en
situaciones difíciles. Este hombre jamás escurría el bulto, que es exactamente
lo mejor que se puede afirmar de un compañero. Con su voz de niño y su cuerpo
de jovenzuelo, Cienfuegos había enseñado su coraza cuando alguno de los suyos
se vio envuelto en problemas. Ojo con esto, que no es poco y, además, ofrece
claves importantes a quien quiera interpretarlas: llevarte un macanazo en pleno
pecho, por mucha armadura que portes, supone que estás construido de una pasta
especial. Un macanazo, entiéndase, que no iba destinado a ti, sino a otro. Pero
había tipos a los que, siendo unos insufribles en su vida cotidiana, les
arrastraban los demonios si un compañero resultaba herido o perdía la vida
pudiendo ellos haberlo evitado. El hoy por ti y mañana por mí se llevaba a
rajatabla entre los españoles del Darién. ¿Quita eso para que no acabaran
matándose los unos a los otros, como, por otro lado, la mayor parte de los
españoles que participaron en la conquista de América? Ni en lo más mínimo. Uno
y otro asunto son el mismo asunto.
Por ello, Cienfuegos no retrocedió, sino que avanzó
tanto como pudo y, llegado el momento, aguardó al puma con una espada en una
mano y una daga en la otra. Un tío bajito aunque forjado de una pieza.
El puma fijó su mirada en él y Cienfuegos hizo lo
propio. Dicen que no es una buena idea, que, cuando te topas por casualidad con
un animal de estos, lo mejor es agachar la cabeza y fingir que no lo has visto.
Hacer como que no estás ahí. Y puede que, sobre el papel, esta sea la mejor
estrategia. Pero ¿y si la bestia no resulta de la misma opinión? ¿Y si a ella
le da por rebatirte?
¿Que cómo rebate un puma? Tal y como hizo con
Cienfuegos: saltándole al cuello.
Entre la espalda del compañero y el resto de la
comitiva se había abierto un espacio importante, tanto por lo que él había
avanzado como por lo que los demás habían conseguido retroceder. Desde allá,
los expedicionarios observaban en silencio absoluto. El español más cercano era
Ferrol, y bien que habría acudido a echarle una mano si hubiera podido. Pero,
por desgracia, un buen número de porteadores careteños se lo impedía. Por no
quedarse de brazos cruzados, Ferrol trató de organizar una segunda línea de defensa
destinada a actuar si Cienfuegos no tenía éxito. Algo imposible, dada la
invulnerabilidad de la que se sabían ungidos, pero por si acaso. Al menos,
logró correr la voz hacia atrás: Cienfuegos está luchando contra un puma,
Cienfuegos está luchando contra un puma… Atrás, se dijeron dos o tres oraciones
por si servían de ayuda y todos apretaron los labios.
Lo primero que hizo Cienfuegos fue separar las
piernas para afianzar su posición. En un camino de piedra de tres pies de
ancho, la maniobra no daba para muchas alegrías, pero lo intentó. Después,
levantó las armas y agachó la cabeza. Sabía que el impacto de la bestia contra
su cuerpo se produciría de forma irremediable, así que se aprestó para
encajarlo. Solo después podría actuar y tomarle el pulso al bicho.
Cienfuegos calculó que la bestia, por puro
instinto, se lanzaría hacia su rostro con las patas delanteras extendidas. No
creía que fuera a ser posible, pero procuraría clavarle bien la espada, bien la
daga, cuando el puma estuviera en el aire. Después, el animal impactaría contra
su cuerpo e intentaría inmovilizarlo de una dentellada. Si lo conseguía,
Cienfuegos se hallaba perdido. Para evitarlo, tenía sus defensas: la coraza, la
cota de malla que vestía por debajo, las múltiples protecciones de cuero y el yelmo
encasquetado hasta las cejas. Cienfuegos, al igual que el resto de los
compañeros, era dueño de su propia vestimenta. En lo que a él respectaba,
prefería la sobriedad a la pompa. Por ello, su yelmo era de los que carecían de
florituras y se limitaba a cubrirle la cabeza. Un casco liso y plano hasta las
orejas que él solía sujetarse, mediante un sencillo cordel, al mentón. Por
supuesto, carecía de plumas o de cualquier otro adorno. Se sabía de tipos que,
allá en el apacible Santo Domingo, salían de paseo con larguísimas y vaporosas
plumas en lo alto de los yelmos, pero ningún compañero los había contemplado
nunca con sus propios ojos y terminaron por pensar que se trataba más de un
cuento que de la pura realidad.
El puma golpeó con una de sus garras sobre el yelmo
de Cienfuegos y dejó las marcas de las uñas en él. La otra garra le alcanzó en
el hombro, sobre la coraza, y resbaló por ella hacia abajo. Cienfuegos, debido
al brutal impulso que la bestia traía, dio un paso hacia atrás, luego otro y,
por fin, perdió el equilibrio y se fue de espaldas contra el camino de piedra.
A la derecha el abismo, a la izquierda el muro de roca que subía hacia las
alturas y, sobre él, el puma y el cielo. Durante un instante, por un acto
reflejo, el hombre cerró los ojos. Sintió, entonces, el aliento de la bestia.
El puma tenía sus fauces a menos de un palmo de distancia del rostro de
Cienfuegos y este lo oyó respirar. Pensó, tuvo tiempo para ello, pues en estos
momentos los acontecimientos se precipitan y transcurren con inusitada
velocidad, que ahora comprendía que aquel ser también pertenecía al reino del
Señor, pues solo Él habría sido capaz de crear algo de una belleza tan
subyugadora.
Acto seguido, se revolvió para matarlo.
Tuvo un golpe de mala suerte, eso para empezar. El
puma posaba su garra izquierda en el antebrazo derecho de Cienfuegos. Por
desgracia para el español, aquella parte de su cuerpo se encontraba cubierta
por una simple camisa. La bestia, que estaba de caza, llevaba las uñas
retráctiles tan extendidas como podía y, en consecuencia, estas se clavaron en
el antebrazo de Cienfuegos. El dolor resultó tan intenso que, antes de que le
diera tiempo a usar el otro brazo para atacar a la bestia, abrió la mano y la espada
resbaló de ella. Se cayó por el despeñadero, maldita sea. Un arma preciosa, a
la que Cienfuegos le tenía muchísimo cariño, pues llevaba con él desde que
había llegado a América. Como todos allí, Cienfuegos se jactaba de tener una
espada de un filo especial. Fuera así o no, no había compañero que no se
hubiera gastado sus buenos dineros en una espada decente y todos, sin
excepción, pretendían ser enterrados con ella. El propio Balboa, hoy capitán
indiscutible del Darién entero, había llegado a esta tierra con lo puesto y su
espada. Literalmente. Después, el puma realizó un movimiento inesperado: giró
la cabeza hacia un lado y mordió el brazo de Cienfuegos a la altura del bíceps.
Teniendo, como había tenido, su rostro a menos de un palmo de distancia, esta
evolución se tornaba incomprensible. Cienfuegos, que pensaba a la velocidad en
la que las estrellas fugaces atraviesan el firmamento en las noches durante las
cuales se reparten la buena y la mala fortuna, supo que el don de la
invulnerabilidad lo acababa de proteger. No cabía que fuera de otro modo; por
lo tanto, decidió que él pondría algo de su parte y pasaría al ataque.
Ya no tenía espada, aunque continuaba sosteniendo
la daga en su mano izquierda. De manera que, mientras el puma se ensañaba con
su pobre brazo derecho, Cienfuegos levantó esta y se la clavó en el lomo a la
bestia. El golpe no fue bueno, pero tampoco malo. De esos que das para medir al
adversario.
El puma rugió sin soltar el brazo del español y
comenzó a mover la cabeza en una y otra dirección. El dolor era descomunal y a
Cienfuegos comenzaron a saltársele las lágrimas. Le estaba dejando el hueso al
aire, el muy hijo de la grandísima puta.
Lo que prosiguió no fue elegante. No, no lo fue.
Cienfuegos, mientras el animal le devoraba un brazo, comenzó a clavarle una y
otra vez, una y otra vez, la daga. En otras circunstancias, quizás habría
optado por afinar una buena puñalada. Una al centro de la garganta y al bicho
se le escaparía la vida como por arte de magia. Por desgracia, Cienfuegos no
estaba para exquisiteces y optó por la eficacia que reside en lo abundante:
lanzó tantos tajazos como pudo con la esperanza de que al menos uno resultara
mortal.
Lo consiguió. Le costó lo suyo y fue casi por los
pelos, pero lo consiguió. En su descargo habría que añadir que él, en adelante,
podría asegurar que, en una ocasión, mató un puma. No muchos serían capaces de
secundarle en la afirmación.
Cuando el animal se quedó inerte, Cienfuegos lo
tenía sobre su pecho. Había sangre por todas partes, mucha proveniente del
costado del puma que Cienfuegos había abrasado a cuchilladas, aunque también
mucha perteneciente al propio Cienfuegos. Unos segundos antes de expirar, el
animal, por fin, liberó de su dentellada el brazo del hombre. Este, el brazo,
se encontraba completamente destrozado. Cienfuegos no podría volverlo a
utilizar jamás y más le valdría que hubiera aceptado cuando le ofrecieron la
posibilidad de amputárselo.
En fin, estaba vivo, ¿verdad? Pues la
invulnerabilidad de los españoles continuaba intacta. Nadie dijo que no
tuvieran que pagar cierto precio. Pagado estaba.
* * * *
Cienfuegos, durante un buen trecho, debió de
arreglárselas solo. Con la mano buena, se quitó al puma de encima, lo arrojó al
abismo y se puso en pie. De su brazo derecho ya se ha dicho todo: apenas
quedaba algo aprovechable de él. Sin embargo, estaban donde estaban y tuvieron
que continuar hacia delante. Cuando, por fin, el camino se ensanchó un poco y
varios compañeros lograron alcanzar su posición y auxiliarlo, Cienfuegos dio
las gracias, preguntó si alguien podía prestarle una espada, pues él había perdido
la suya en la refriega, y aprovechó para desmayarse. No se despertaría hasta
mucho tiempo después y durante el resto del camino lo llevaron en volandas.
La ascensión a la sierra de Quareca se completó sin
más percances. O sí, pero ninguno, digamos, de entidad. No, al menos, tras lo
sucedido. Los problemas llegaron cuando, una vez en la cumbre de la montaña y
tras descansar durante media hora, continuaron el avance hacia la nación de los
caribes y se toparon con un precipicio en mitad de la nada. Sí, fue así, porque
resultó que, puede que debido a la altitud que habían alcanzado, se les echó
encima una niebla cargada de humedad que impedía la visión a cuatro pasos de
distancia. El español que abría el camino casi se despeña sin querer.
— ¡Eeeeeh…! —exclamó dando un paso atrás.
— ¿Qué sucede? —le preguntó alguien a su lado. Se
dibujaban las siluetas entre la niebla, aunque poco más.
—Cuidado, cuidado. Manda parar ahora mismo, porque
aquí hay un agujero de mil pares de cojones.
— ¿Muy hondo?
—Si quieres me tiro y miras a ver cuánto tardo en
llegar al fondo.
—De acuerdo.
— ¿Mandas parar o qué hostias?
Mandaron. No sucedía que, a los españoles, ni
siquiera sus vidas les importasen. Sucedía lo contrario: que todo les importaba
muchísimo. Y, ante semejante presión, tendían a bromear de continuo. Se trataba
de reír por no llorar y, aunque no lo parezca, la estrategia funcionaba
bastante bien.
Cuando Balboa, Albítez y Olano se presentaron en la
vanguardia de la columna, observaron la situación: sí, efectivamente, un
precipicio del que no se veía el fondo se abría ante ellos. No era
especialmente ancho, y eso les fastidió.
—Ya que nos vamos a tener que molestar, podría ser
por algo de mayor enjundia —dijo Olano.
Les habría gustado que el camino hasta Quareca
fuese un sendero llano flanqueado por campos cubiertos de flores abiertas, pero
ya que debían volverse a enfrentar a un obstáculo, al menos que el obstáculo
fuese como Dios manda.
—Echamos unas cuantas cuerdas y construimos un
puente colgante —sugirió Albítez.
—Nos llevará el resto del día cruzar al otro lado
—gruñó Balboa, quien ya estaba bastante harto de tantos retrasos.
— ¿No dices tú que siempre es mejor ir despacio y
con buena letra?
— ¿Yo digo eso?
—A todas horas.
—Pues tengo razón.
—Construyamos, entonces, el puto puente.
—Joder, seguro que se nos caen más careteños.
—No seas cenizo. ¿Quién no sabe agarrarse a una
cuerda?
—Los careteños.
—Bueno, pensemos entonces cómo salvar los bultos.
Dicho y hecho. Lo más difícil fue que el primero de
los compañeros pasara al otro lado del precipicio. Buscaron un lugar adecuado
para situar el puente colgante y, después, Crespo se ató una cuerda a la
cintura y comenzó a descolgarse por el barranco. El otro extremo de la cuerda
lo sujetaban una veintena de hombres, españoles y careteños, pues, aunque a
Crespo se le había sugerido que se desprendiera de la coraza, el yelmo, las
botas y la espada para perder algo de peso, él respondió que no, que no pensaba
ser el primo que la palmara colgado de una cuerda si, de pronto, los caribes
aparecían entre la niebla. No insistieron, ya que, honestamente, ninguno de los
que le pidieron que se quitara la armadura se habría quitado la suya. La
llevaban puesta desde hacía tanto tiempo que si, por lo que sea, debían
desprenderse de ella momentáneamente, se sentían desnudos por completo.
Así, Crespo se descolgó un buen trecho por el
precipicio. Balboa y Albítez se asomaban al borde del mismo para observar sus
evoluciones mientras que Olano se encargaba de que ninguno de los que sostenían
la cuerda flojease.
— ¡Crespo! —gritó Albítez haciéndose bocina con las
manos. Al compañero se lo había tragado la niebla, aunque, como la cuerda
continuaba en tensión, daban por hecho que seguía allí—. ¡Crespo!
— ¡Qué! —devolvió el grito, desde abajo, el
aludido.
— ¿Cómo lo ves?
— ¡De puta madre! ¡Esto está siendo un paseo!
—Venga, joder, que se nos va a hacer de noche.
¿Tienes forma de saltar al otro lado?
—Me está entrando hambre. ¿Qué toca hoy para cenar?
—Al paso que vas, mi polla gorda en tu boca.
—No veo el momento de que llegue la hora, capitán.
Otra de las razones para bromear era que se morían
de miedo. Al final, estos españoles estaban tan de continuo expuestos a
peligros inimaginables, acechantes y salvajes que, o se lo tomaban a broma, o
daban media vuelta, regresaban a la costa y se embarcaban en el primer barco
que regresara a España. Así que Crespo, colgando de una cuerda en un precipicio
que se hallaba en un lugar donde jamás había estado antes un hombre blanco, que
no sabrían ubicar en un mapa porque el mapa lo iban trazando ellos mismos mientras
avanzaban, se reía de sí mismo y de su situación. De lo contrario, le habría
entrado un ataque de pánico y se habría quedado paralizado. ¿Y qué haces allá,
sin poder moverte, agarrado a una piedra, con veinte tíos sosteniéndote al otro
lado de la cuerda y siendo consciente de que, de pronto, tu insignificancia es
cierta y es verdadera? Antes sacaba un cuchillito que guardaba en el bolsillo,
cortaba él mismo la cuerda y se dejaba caer al vacío. Sentía miedo, sentía un
miedo insondable, pero, si lo lograban, si alcanzaban el mar del Sur y
encontraban El Dorado, obtendrían un premio tan grande que cualquier penuria
anterior quedaría compensada.
Crespo apoyó los pies en un pequeño recodo en la
roca y la cuerda se destensó. Arriba lo notaron de inmediato y Balboa preguntó:
— ¿Todo en orden?
—Sí, capitán. He hecho pie.
—Dime qué ves.
—El otro lado del precipicio.
— ¿A qué distancia?
—Cinco pasos. Puede que seis o siete. Con tanta
niebla, no consigo calcular bien.
—Tú tranquilo, Crespo. Tómate tu tiempo, tío.
— ¿Estáis vigilando el otro lado del precipicio?
Recordad que por ahí podrían atacarnos los caribes.
—Oh, sí, no te preocupes. Tenemos a varios
compañeros con las escopetas cargadas.
Balboa fue el mayor y mejor mentiroso que hubo en
toda la conquista de América. Se le daba tan bien que ni él mismo, en
ocasiones, era capaz de distinguir lo verdadero de lo falso. Mentía en todas
direcciones y sin el menor reparo: mintió a sus hombres, mintió a los indios,
mintió a los tipos de Santo Domingo, mintió a la Santa Madre Iglesia, mintió a
las gentes que en España estaban pensando en la posibilidad de emigrar y mintió
al mismísimo rey Fernando. Lo gracioso fue que todos ellos, el rey Fernando incluido,
le creyeron a pie juntillas.
—Intenta saltar al otro lado —continuó Balboa.
—Creo que antes probaré a balancearme —replicó
Crespo.
— ¿Piensas que será una buena idea?
—No, no estoy nada seguro. ¿Bajas en un momento y
lo comentamos?
—Dicen los que sujetan la cuerda que están
comenzando a cansarse.
— ¿Está Baracaldo entre ellos?
Balboa sabía que sí. De hecho, Baracaldo se
encontraba justo al final de la cuerda, con esta atada a su cintura. Si los
otros diecinueve hombres que se hallaban frente a él desistían por agotamiento
o por lo que fuera, continuaría él solo y sin ayuda de nadie. A un compañero no
se lo pierde mientras al resto le quede un hálito de vida. Por Dios que no.
—No, no está —dijo Balboa.
Crespo ya no respondió. Se pensaban las cosas,
aunque no hasta el fin de los tiempos. Las circunstancias siempre los obligaban
a actuar. Al final, no resulta tan mal plan. ¿Qué otra opción les quedaba?
¿Quedarse atascados allí para siempre?
De esta forma, Crespo abandonó el recodo y, con la
ayuda de sus manos, comenzó a balancearse muy poco a poco. La cuerda se tensó
repentinamente y comenzó a crujir. Arriba, Balboa dio una orden silenciosa a
los compañeros: sujetad con todas vuestras fuerzas y atentos a los tirones.
A Crespo le costó un poco pillarle el tranquillo al
asunto. Al principio, en cuanto tomaba impulso, comenzaba a girar sobre sí
mismo como una peonza. Aquello hacía que perdiera la noción del espacio. La
niebla rodeándolo tampoco ayudaba. Por fin, en uno de los balanceos, descubrió
un arbusto brotando en un saliente del lado opuesto del precipicio. Realizó un
intento de atraparlo, pero falló por cuatro o cinco palmos. Volvió a intentarlo
y volvió a fallar. La cuerda crujía cada vez más. O quizás los hombres de
arriba guardaban un silencio mayor y por eso cada sonido en torno a ellos
adquiría más presencia. Quién sabe. Fuera como fuese, a la tercera fue la
vencida y, en el nuevo intento, Crespo logró asirse, con la punta de los dedos,
al arbusto. Tiró con fuerza, flexionó el brazo y acercó el otro. El arbusto no
tenía un aspecto robusto, pero aguantó el peso del compañero y este pudo hacer
pie en la pared de roca.
— ¡Ya estoy! —gritó mientras trataba de recuperar
el resuello.
— ¡Bien! —animó Balboa. A sus espaldas, los hombres
que sujetaban de la cuerda sonrieron.
Crespo comenzó a trepar por el muro. Avanzaba con
mucha precaución porque sabía que, si se caía, tendría que volver a comenzar
desde el principio. Por ello, apoyaba un pie, se aseguraba de que la piedra
soportaría su peso y, solo entonces, alargaba el brazo para intentar ganarle un
par de palmos a su posición. De este modo, a ritmo lentísimo, consiguió cubrir
la distancia hasta el borde del risco.
— ¡Lo veo! —anunció, alborozado, el capitán
Albítez.
Era cierto. Allá, entre la niebla, Crespo doblaba
el cuerpo sobre las piedras, levantaba primero una pierna, después la otra, y
terminaba tumbándose cuan largo era como si de una gran tortuga varada se
tratase. Lo había logrado.
—Venga, venga —apremió Balboa—. Hay que seguir.
La cuerda que ahora se extendía de un lado a otro
del precipicio sirvió para que más cuerdas realizaran el mismo trayecto.
Baracaldo soltó su extremo; en su lugar ataron un fardo con bastimentos y, a
él, una nueva cuerda. La clave consistía en que, en ningún momento, el contacto
entre ambos lados del precipicio se perdiera. En el peor de los casos, si
sucedía, tampoco pasaba nada: hallándose Crespo al otro lado, bastaba con
lanzarle nuevas cuerdas hasta restablecer la unión.
El puente, rudimentario, aunque firme, comenzó a
tomar forma. Cuando Crespo logró atar con fuerza media docena de cuerdas, dos
hombres, Malpartida y Burán, se ofrecieron voluntarios para cruzar y ayudar al
primero. Burán pasó sin dificultades, pero Malpartida dio un traspié y se quedó
colgando en el aire. Habían tomado la precaución, dada la precariedad del
puente, de atarse con cuerdas a la cintura, pero los tíos que debían sujetar al
otro extremo se despistaron y Malpartida casi se precipita al vacío. Suerte
que, en el último segundo, consiguió agarrarse a una de las cuerdas. De lo
contrario, uno menos.
Se rieron un poco y ya está. Malpartida les dijo
que eran un hatajo de cabrones y los demás le respondieron que sí, que tenía
razón, que hiciera el favor de perdonarles pero que allí había mucha faena y se
habían distraído. ¿Había caído al vacío? No. Asunto resuelto.
—Más brío —ordenó Balboa.
Una hora después, el puente colgante se hallaba
finalizado. Hasta le habían puesto unas cuantas tablillas en la parte baja para
que los más torpes pisaran sobre ellas. Bien amarrado a ambos lados del
precipicio, mostraba un aspecto de solidez que hizo que los compañeros, poco
duchos en estas lides, se sintieran orgullosos de su trabajo. Mira, no teníamos
ni idea de que sabíamos construir puentes colgantes, y resulta que sí.
Para ser el primero, les había salido redondo.
Esta vez, decidieron que no se arriesgarían y que
primero cruzarían los fardos y después los porteadores. Así, si los atacaban
los caribes, el puente se rompía o el cielo se desplomaba sobre sus cabezas,
los bastimentos estarían a salvo. De mayor importancia a menor importancia, eso
era lo que Balboa ordenó y lo que los compañeros se aprestaron a poner en
práctica.
Sin que se dieran cuenta, y cuando ya habían
trasladado la totalidad de los bultos y parte de los porteadores había cruzado,
la niebla se levantó. El ambiente continuaba siendo muy húmedo y, por un
instante y tras muchísimos días de observar al cielo encapotado, las nubes se
separaron y vieron el sol. Lo dicho, fue un instante. Después, se volvió a
cubrir y el ambiente tomó ese color verde plata tan propio del Darién.
De pronto, quizás por efecto del calor y de la
humedad, una de las nubes se desgajó del resto y avanzó hacia ellos. Lo que esa
nube les depararía lo conocerían en un instante.
Ya desde el principio, la nube les pareció rara. No
es que los compañeros fueran expertos en nubes ni nada por el estilo, pero
habían visto unas cuantas. Nunca les das mayor importancia. Sin embargo, a
fuerza de tenerlas siempre ahí, terminas adquiriendo cierto conocimiento,
digamos, circunstancial.
Por eso mismo, desde el momento en el que vieron
cómo la nube se desgajaba del cielo y avanzaba hacia ellos, se dijeron que algo
marchaba mal. Desconocían qué, aunque no su sentido: mal, pues, siempre que
algo se salía de lo ordinario, ellos terminaban metidos en problemas. Es así en
el Darién, no merece la pena darle más vueltas ni tratar de hallar otras
explicaciones.
La nube no era negra, pero parecía negra. De hecho,
los compañeros que antes advirtieron su presencia así se expresaron: mira, se
nos acerca una nube negra. No obstante, no era exactamente negra, sino más bien
gris, quizás violácea.
Y emitía un sonido extrañísimamente perturbador.
Porque si ya resulta inhabitual que una nube haga
ruido, que lo haga tal y como aquella lo hacía terminó por desconcertarlos a
todos.
En el puente colgante se encontraban dos
compañeros, Jaén y Díaz, y cinco porteadores careteños. Crespo, que no se había
marchado de allí una vez que quedó instalado el puente y que se ocupó en la
supervisión del tránsito, advirtió a Balboa de que siete hombres al mismo
tiempo sobre una estructura tan precaria suponía jugársela. Podría romperse y
podrían, por lo tanto, caer al vacío los hombres que en ese momento se hallaran
sobre ella. Balboa repuso que ni quería oír hablar del asunto. Tú mantén el pico
cerrado y que vayan pasando, le dijo a Crespo. Crespo eso hizo, lo cual no
evitó que le preocupara la fragilidad de la estructura.
Cuando la nube se situó sobre los siete hombres que
había en el puente, se detuvo. Así, de repente, de manera completamente
antinatural. Al menos, para una nube. El caso fue que, entonces, se dieron
cuenta de que la nube no era tal. Ya lo venían sospechando desde que la oyeron
silbar. Pero no es lo mismo estar tranquilamente tumbado a la sombra en,
pongamos por caso, la ciudad de Cáceres, que llevar varias semanas atravesando
a pie la selva darienita. No es que no sea lo mismo: es que ambas situaciones distan
la una de la otra lo que este mundo de las estrellas del cielo. Lo bueno era
que, a fuerza de vivir siempre con los ojos asombrados, nada podía parecerles
lo suficientemente insólito. ¿Una nube silba? Pues una nube silba. La
observaban y ya está. Si daba media vuelta y desaparecía, probablemente no la
recordasen jamás. ¿Tú te acuerdas de aquella nube que parecía negra pero que no
lo era del todo?, preguntaría algún día uno. ¿Qué nube?, respondería otro. Sí,
hombre, una nube la mar de extraña. Se detuvo un rato sobre nuestras cabezas y
después desapareció sin dejar rastro.
Como esto último no sucedió, como la nube no solo
no desapareció, sino que se abalanzó sobre ellos, la recordarían para siempre.
Fue cuando el sonido cambió. Hasta entonces, se
había limitado a un simple silbido, bisbiseante aunque reconocible. Ahora,
rugió.
Como un rato atrás había hecho el puma. Solo que,
en el caso del puma, se suponía que el rugido constituía lo propio en él. Lo
que cualquiera esperaría. ¿Rugen las nubes?
No, tan siquiera las que parecen ser negras. Y es
que la nube, fue en ese instante cuando lo comprendieron, no se trataba de tal:
la nube estaba viva y formada por cientos y cientos de mosquitos del tamaño de
un dedo gordo del pie.
Y parecían furiosos. Y hambrientos. Y lo
demostraron.
— ¡Pasad! ¡Pasad! —gritó Crespo apremiando a los
hombres que había sobre el puente colgante. Se había dado cuenta de que el
enjambre de mosquitos, quién sabe si porque los había intuido más vulnerables
que al resto de la columna, había decidido atacarlos a ellos. ¿Cómo? ¿A santo
de qué? Se trataba de preguntas para las que carecían de respuestas. Lo
comprenderían sin tardar.
— ¿Pero qué cojones…? —comenzó a preguntar Díaz.
Era el hombre más cercano al otro lado del precipicio, es decir, a Crespo.
Pisaba, con sus botas de cuero, en las frágiles tablas que los compañeros
habían colocado allí para facilitar el paso. El primer mosquito que se desgajó
de la nube y atacó se fue contra él—. ¡Aaaaah!
El grito de Díaz era de dolor. Los españoles
acostumbraban a ignorarlo todo o casi todo. Si prestas atención a cada cosa que
sucede o se mueve a tu lado cuando estás de entrada en la selva, terminas
volviéndote loco. Así que, simplemente, dejas pasar por alto la mayoría de
asuntos. Salvo, por supuesto, el lamento desgarrado de un compañero. Cuando un
compañero grita, reaccionas. Porque, aunque allí pareciera reunirse una
multitud, aunque se agolparan hombres en cada dirección en la que miraran,
ellos eran ochenta y dos. Solo ochenta y dos. Los tíos de Santa María de la
Antigua. Los españoles nacidos al otro lado del océano. Los nuestros. Nosotros.
— ¡Capitán! —vociferó Ferrol desde casi el borde
del precipicio. Cuando gritaban así, en general, era porque les servía
cualquiera de los cuatro existentes. O los cuatro, incluso. Como, casualidades
de la vida, sucedió.
— ¡Qué! —gritaron Balboa, Albítez y Olano en el
lado sur del precipicio y Pizarro en el lado norte. Los compañeros se
arremolinaban en torno al puente colgante y alguno hasta desenvainó la espada.
Pero con espadazos no irían a ninguna parte. Tras
el primer mosquito, diez, quince, cuarenta más se precipitaron sobre Díaz. La
gran nube se hallaba situada sobre el puente y aquellos que se lanzaban sobre
Díaz parecían suponer la avanzadilla que, tras los picotazos de rigor,
informaría al resto: sí, son comestibles.
Porque aquellos mosquitos hacían algo más que
picar: levantaban un trozo de piel y de carne, si se quiere no demasiado
grande, minúsculo, di que hasta insignificante, pero lo hacían una y otra vez,
una y otra vez, sin agotarse, sin perder el ritmo, de una forma que, cuesta
expresarlo, parecía prevista de antemano. ¿Acaso no cazan los lobos en manada?
¿Pues por qué no habrían de hacerlo los monstruosos mosquitos gigantes del
Darién? Si niegas con la cabeza o juzgas que aquí se están sacando las cosas de
quicio, quizás no tengas perdón de Dios.
Los capitanes pronto alcanzaron un par de certezas:
la primera, que tenían que sacar a los compañeros del puente colgante; la
segunda, que, una vez fuera de él, se hallarían a salvo, pues los mosquitos no
atacaban a nadie que no se encontrara sobre el precipicio. ¿Por qué? Lo
desconocían. Aunque pronto lo averiguarían.
Para entonces, la nube había envuelto a los siete
hombres sobre el puente colgante y la escabechina había dado comienzo. Albítez
desde un lado y Pizarro desde el otro comenzaron, casi al borde de un ataque al
corazón, a buscar algo con lo que los compañeros pudieran cubrirse. Una manta,
una camisa, las enaguas de mujer que llevaban a modo de regalos para los çabras
y caciques que pudieran encontrarse en su camino. Se trataba de enaguas de
mujer decente, de esas que cubren tanto o más que los pantalones de un hombre,
de forma que ni Díaz ni Jaén las habrían despreciado. Puede que no
constituyeran la protección más digna, pero en el Darién tampoco se hilaba tan
fino.
A uno de los careteños, los mosquitos gigantes ya
le habían devorado parte del rostro y comenzaba a vérsele la calavera. Al
parecer, el indio sufría sobremanera, pues no paraba de proferir alaridos y
agitar las manos.
—Ese hijoputa va a conseguir que el puente vuelque
—dijo, con la mirada fija en el careteño, Balboa.
—Se lo están comiendo vivo —resumió, a su lado,
Albítez.
—Si vuelca el puente, perdemos a Díaz y a Jaén.
A partir de ese instante, los esfuerzos por sacar a
los dos españoles del puente se intensificaron. Olano, por su parte, mandó a
Gutiérrez que le cargara una escopeta.
— ¿Para qué la quieres, capitán? —preguntó este.
—Hay que parar a ese indio —respondió,
sucintamente, Olano.
La desventaja de los cuevas respecto de los
españoles era obvia: aquellos estaban completamente desnudos. Los mosquitos se
lanzaban sobre los españoles y tanto a Díaz como a Jaén ya les habían arrancado
varios trocitos de carne, pero entre que estos soltaban manotazos a diestro y
siniestro y que apenas una mínima parte de sus cuerpos se encontraba al aire,
los mosquitos parecieron decidir qué mejor ir a lo seguro y emprenderla contra
los tipos del caracolillo en la polla. Cayeran donde cayeran, con ellos todo
era pitanza.
— ¡Intentad que se estén quietos! —gritó Pizarro
desde el lado norte del precipicio. Se refería a los cinco careteños, que
brincaban como si les hubiera entrado el baile de san Vito. Di que los pobres
diablos estaban siendo devorados, pero un poco más de temple, por el amor de
Dios, un poco más de temple…
Jaén se abofeteó un par de veces, mató, o creyó
matar, unos cuantos mosquitos y se subió el cuello de la camisa hasta la nariz.
— ¡Nos están acribillando, capitán! —exclamó
dándose la vuelta y dirigiéndose a Pizarro.
Este estuvo a punto de replicarle que sí, que lo
estaba contemplando con sus propios ojos, pero prefirió callar. Las palabras
dichas de más son siempre palabras malgastadas. En su lugar, tomó una manta
fina de algodón que uno de los compañeros había logrado conseguir rebuscando
entre los pertrechos del padre Vera, y se la lanzó al compañero.
— ¡Cúbrete! —le dijo.
Jaén atrapó la manta al vuelo, un mosquito infernal
aprovechó la ocasión para arrancarle un trocito de carne de los nudillos, Jaén
profirió un aullido de puro dolor y, por fin, consiguió echarse la manta encima
y cubrirse por completo. No veía nada, pero tampoco había demasiado que ver.
Usó la mano en la que acababa de recibir el mordisco para sujetar, por su parte
interna, la manta. La otra la utilizó para asirse a una de las cuerdas que
formaban el puente. Aquello se balanceaba cada vez más peligrosamente. Los
careteños parecían haberse vuelto locos.
A Díaz le arrojaron un trozo de banderola. Un
blasón, un gallardete, la parafernalia que Balboa sabía que debía llevar en
cada entrada porque para eso allí se iba por cuenta del rey. El rey. Pensaban
mucho en él cuando un enjambre de mosquitos carnívoros los atacaba por sorpresa
en mitad de aquel derrumbadero del mundo. Pensaban en lo orgulloso que el rey,
tan cómodamente recostado en su trono real allá donde carajo estuviera aquel
año la maldita corte, se sentiría de ellos. Sus bravos súbditos haciendo frente
a inimaginables obstáculos para conseguir tierras, y gobernaciones, y países
enteros de los que nadie antes había oído hablar.
— ¡Cúbrete con la banderola, Díaz! —gritó Balboa. Y
dirigiéndose a Olano, añadió—: Dale, tío.
Le dio. Olano apoyó la culata de la escopeta en el
hombro, aguardó a que Díaz se agachara y, en cuanto lo tuvo a tiro, le metió un
plomazo al indio que tenía la calavera al aire. Quizás estuviera ya muerto. Los
compañeros habían visto morir. Mucho. Más que cualquiera. Por ello, sabían que
la muerte, a veces, es caprichosa y no se hace de golpe con el desdichado que
ha decidido llevarse. Por ello, por mucha calavera al aire que los mosquitos
demoníacos le hubieran dejado al indio, Olano prefirió asegurarse volándosela
en mil pedazos de un certero balazo.
—A ver si así te estás quieto —dijo pasándole la
escopeta a Gutiérrez—. Vuélvela a cargar.
Olano, a diferencia del resto de compañeros, era un
gran partidario de la escopeta. Siempre que se emborrachaba, salía a disparar
contra todo lo que se moviera. En más de una ocasión, cuando comenzaba a
achisparse un poco, Balboa, con disimulo, mandaba que le escondieran el arma y
la munición. Olano solía tirarse dos horas buscándola.
Con Díaz y Jaén momentáneamente a salvo, los ánimos
se templaron un poco. Ahora, podían pensar. El enjambre, mientras tanto, estaba
atacando sin miramientos a los cuatro careteños que aún sobrevivían sobre el
puente colgante.
—Este es el plan —dijo Balboa—. Liquidamos a los
indios y sacamos de ahí a los nuestros.
—Bien —replicó Albítez—. ¿Pero cómo sabemos que el
enjambre no se vendrá hacia nosotros?
—No lo sabemos. Pero a los compañeros, los sacamos.
Y vivos.
—No pretendía decir otra cosa, tío. Estoy contigo.
—Eso sí, deberíamos pensar qué hacer con el
enjambre.
— ¿Por qué no nos ataca?
—Ni puta idea.
¿Por qué no los atacaba? Puede que los careteños
atrapados en el puente colgante fuesen un objetivo fácil, y lo eran, pero había
careteños por todas partes. Tan desnudos como los del puente. De acuerdo, estos
en particular se hallaban atrapados, no podían ir hacia delante o hacia atrás,
pero ¿acaso alguna vez un mosquito se ha detenido ante un obstáculo semejante?
¿A quién, alguna vez, no ha intentado picarle un mosquito y salir corriendo no
le ha servido de nada? Los mosquitos, los normales, pueden volar a una
velocidad superior a la que corre un ser humano. Los mosquitos carnívoros, ni
hablemos.
Entonces, ¿por qué?
—Debe de haber algo en el puente que los irrita
—aventuró Albítez.
— ¿Qué había ahí antes de que nosotros
construyéramos el puente? —preguntó Olano, quien ya estaba recibiendo la
escopeta recién cargada de manos de Gutiérrez.
—Nada —respondió lo obvio Albítez.
—Entonces, es el puente lo que los irrita —dedujo
Olano.
Balboa, que había escuchado en silencio, dio un
paso al frente, se situó al borde del precipicio y miró hacia abajo.
—Hostia puta —dijo.
— ¿Qué has visto? —preguntó Albítez.
—Asómate, tío.
Albítez hizo lo que Balboa le indicaba y sacó la
cabeza más allá del borde del precipicio.
—La niebla nos lo había ocultado —expresó Balboa.
—También es mala pata…
Abajo, en el precipicio, no demasiado lejos del
lugar donde se hallaban, un risco se abría hacia el vacío y, en él, los
mosquitos gigantes del Darién habían construido su nido. El cual, que nadie se
llame a engaño, no tiene nada que ver con el de los pájaros o el de las
hormigas, sino que se parece más a un huevo. Sí, eso, un huevo de hierba, ramas
y hojas en cuya parte superior se abría un pequeño orificio. Por allí, los
mosquitos entraban y salían del nido y, por allí, empujaban las presas que
lograban capturar: Balboa y Albítez observaron huesos mondos y lirondos, la
mayor parte de pequeño tamaño.
—Me cago en el amor… —dijo Albítez, casi en un hilo
de voz—. ¿De qué crees tú que son esos huesos?
—No sé. De conejo, o de ratas, supongo… —aventuró
Balboa.
Entonces, un grito desgarrado hizo que alzaran la
mirada hacia el puente. Allí, mientras Jaén y Díaz se agazapaban bajo sus
improvisadas protecciones, un indio careteño estaba siendo levantado en el aire
por el enjambre de mosquitos. Tenía, el pobre diablo, medio esqueleto al
descubierto, que es lo mismo que decir que ya se lo habían medio devorado.
Quizás por ello ahora les resultaba liviano y podían levantarlo sin dificultad
en el aire. El tipo, para su desgracia, no acababa de morirse y, a pesar de andar
con los huesos al descubierto, todavía se hallaba consciente, profería alaridos
y señalaba con el dedo a los españoles. Con las falanges al descubierto del
dedo índice de la mano derecha, para ser más exactos.
— ¿Piensas que nos está acusando de algo? —preguntó
Albítez.
—No creo —respondió Balboa—. Ni que el ataque de
los mosquitos fuera culpa nuestra…
Olano, que con aquellas cosas no podía, se puso la
culata de la escopeta al hombro, apuntó y, cuando lo tuvo en línea, disparó. No
resultó un tiro fácil, pues el enjambre tenía asido al careteño y lo levantaba
en el aire, aunque sin rumbo fijo ni predecible. Así son los enjambres de
mosquitos carnívoros: imprevisibles en cualquier momento.
O no tanto.
— ¡Se lo llevaban al nido…! —dijo, de pronto,
Balboa, al atar cabos y comprender lo que estaba sucediendo. Se le había
ocurrido mientras el careteño saltaba en pedazos por efecto del disparo de
Olano. Durante un instante, el enjambre dudó. Revoloteó perdido, se tomó unos
segundos para recomponerse y reemprendió el ataque.
— ¿Al nido? —preguntó, aún sin comprenderlo,
Albítez.
—Sí, joder, sí. Nos hemos metido en su casa y eso
les ha tocado los huevos. No nos atacan por hambre, sino para que nos larguemos
de aquí. Querrán proteger a los mosquititos.
— ¿A los mosquititos?
— ¿Cómo pollas se llaman los mosquitos recién
nacidos?
— ¿A mí me lo preguntas, Balboa? Yo soy un soldado,
tío. De abrirle las tripas al enemigo sé un rato largo, pero de mosquititos, ni
hostias.
—Da igual. El caso es que nos hemos metido donde no
nos llamaban. Y nos lo están haciendo pagar.
— ¿Y no era mejor dejarnos en paz? Habríamos
terminado de cruzar el precipicio y nos habríamos largado de aquí para no
volver jamás. Se trataba de una cuestión de tiempo.
—Explícaselo a los mosquitos. Se habrán creído que
suponemos un peligro para el nido y han pasado a la acción.
—Pues no suponíamos peligro alguno.
—Aunque ahora sí que lo vamos a suponer. No ha
nacido el puto enjambre de bichos que le toque los cojones a Balboa. Se van a
cagar.
— ¿Qué propones?
—Con las avispas siempre funcionaba bien el fuego.
Supongo que con los mosquitos vendrá a ser más o menos lo mismo.
—Estos son del tamaño de un caracol.
—Pues construiremos una bola de fuego muy grande.
Del puto tamaño del infierno. Pero a los compañeros los sacamos de ahí.
Olano, que mientras tanto había mandado recargar la
escopeta, lanzó un nuevo disparo. El enjambre había atrapado a otro de los
careteños restantes y había vuelto a comenzar desde el principio: primero lo
devoraban hasta dejarle media huesera al descubierto y, acto seguido, lo
levantaban en el aire para llevárselo a su nido. Los mosquititos también tenían
que comer.
Esta vez, Olano erró el disparo. Le salió un poco
alto.
—Una ráfaga de aire me ha desviado el tiro —dijo. A
los demás les daban completamente igual sus excusas, pero un compañero hecho y
derecho siempre se veía obligado a ofrecerlas. El amor propio podía mucho en
aquellos hombres.
— ¿Nos vais a sacar de aquí? —preguntó, a gritos,
Díaz desde debajo de la banderola con la que se cubría.
Jaén, al escucharlo, se sumó a la petición.
— ¡Daos prisa! Esta manta es pequeña y los muy
hijoputas se cuelan por todas partes.
Todos sabían que la manta del padre Vera era
cualquier cosa menos pequeña, pero consideraron que no era momento de ponerse a
discutir con Jaén. Dada su delicada situación, decidieron que un pase sí tenía.
— ¡Tranquilos! —gritó Albítez—. ¡Estamos en ello!
— ¡Tranquilo tu puta madre, capitán! —devolvió el
grito Jaén. Y añadió—: Con todo respeto para tu santa. ¡Joder, sacadnos ya!
¡Las cuerdas están a punto de romperse! ¡Vamos a caer al vacío!
Era cierto y no lo podían negar. El propio Crespo,
a cuyo cargo parecían estar todas las decisiones relativas al puente, asintió
con la cabeza. El balanceo había hecho que las cuerdas se deshilacharan allá
donde rozaban contra las rocas y no aguantarían por mucho más tiempo.
—Bien —comenzó a repartir órdenes Balboa—. Tú,
Olano, sigue disparando contra los indios. Hay que aligerar el peso como sea.
Los demás, juntemos telas, palos, paja, cualquier cosa que arda. Hay que crear
una antorcha gigante. Albítez, manda que enciendan fuego. Necesitamos una
hoguera y la necesitamos ya.
Los compañeros se pusieron a trabajar. Como solo se
trabajaba cuando los suyos estaban en peligro de muerte. Como cualquiera
querría que los demás trabajaran si eras tú el que te hallabas en el puente
colgante y a punto de palmarla. Tenían muchos defectos. Muchos. Sin ir más
lejos, Olano estaba disparando contra los indios para lo que ellos consideraban
un simple aligeramiento del peso en la estructura. Sabían que aquellos indios
eran tan hombres como ellos mismos y, de hecho, la humanidad de los indios no les
causaba ningún quebranto. Con todo, ni a uno solo entre los compañeros se le
habría pasado por la cabeza detener a Olano. No, porque no estaba matando
indios sin motivo aparente, sino salvando españoles. Esto, en el Darién,
suponía palabras mayores.
En menos de diez minutos, tenían la hoguera lista y
la gran antorcha presta para ser encendida. Sobre el puente, pocas novedades:
Díaz y Jaén continuaban aguantando bajo sus protecciones mientras que los
careteños perdían, poco a poco, la carne de sus cuerpos. Lo cierto era que
tampoco se trataba de una tajada especialmente suculenta: para cuando te
encontrabas un cueva gordo, habías visto cincuenta flacos como culebras.
— ¡Encended la antorcha! —ordenó Balboa. Más que
una antorcha, se trataba de una gran bola casi del tamaño de un hombre. La
habían improvisado con cualquier cosa que pudiera arder y ahí dentro, en el
amasijo atado con cuerdas, se encontraban ropajes de repuesto, telas destinadas
a realizar regalos a los caciques, mantas, correajes viejos de los que no se
habían deshecho por si acaso y hasta un par de sillas de las que utilizaban los
capitanes para sentarse por las noches. Al diablo con todo ello.
Mientras la antorcha prendía, el enjambre levantó
en volandas a otro careteño. Se suponía que Olano se debía ocupar de ellos,
pero, dado que tanto el enjambre como los indios no dejaban de moverse, había
errado varios disparos seguidos.
—Aparta —dijo Balboa cuando acercaron la bola de
fuego al borde del precipicio.
—Cuidado con las ráfagas de aire —advirtió Olano
con cara de circunstancias. No soplaba ni una ligera brisilla.
En ese preciso instante, el enjambre, emitiendo
siempre aquel rugido tan impropio en los insectos, realizó una rápida maniobra
en el aire y, con el careteño aferrado a cientos y cientos de bocas dentadas,
comenzó a descender por el precipicio en dirección a su nido. Efectivamente, el
enjambre cazaba y las presas que se cobraba debían servir para alimentar a sus
crías, fuera cual fuese el nombre que estas recibieran.
Pasaron, enjambre y careteño medio deshuesado,
frente a los españoles sin que estos supieran muy bien cómo reaccionar. La bola
de fuego comenzaba a consumirse y, si no actuaban pronto, malgastarían el
esfuerzo.
Balboa, decidido, se echó una vez más al suelo y,
desde allí, repartió instrucciones. Lo hizo, aunque antes no pudo evitar una
exclamación de asombro cuando contempló cómo los mosquitos gigantes hacían
pasar al careteño a través de la boca de entrada al nido. Se oyó entonces un
borboteo creciente, como cuando agitas con fuerza una mano bajo el agua: la
cena estaba servida y el careteño a punto de respirar por última vez.
—Cojones… —dijo Balboa. Luego, se llevó la mano a
lo alto del yelmo, apretó fuerte para encasquetárselo aún más y ordenó—:
¡Lanzad la bola de fuego!
Eso hicieron. La llevaron hasta el borde del
precipicio y, ayudándose de las espadas, la empujaron al vacío.
— ¡Apuntad, hostias! —bramó Balboa.
Pero ya no había tiempo. Qué diantres, los tipos
invulnerables como ellos no necesitaban apuntar: la suerte la tenían de su
parte, al modo en el que la llevaban teniendo desde siempre. Con ese sí pero no
que a los desasosegados terminaba por desquiciar.
La bola saltó en el aire, muy lentamente al
principio, realizó un sonido nebuloso y se inflamó más y más mientras caía.
Hubo compañeros que tuvieron que cubrirse el rostro con las manos porque de
allí brotaban chispas, y resplandores, y un ardor que amenazaba con arrasarlos
a todos.
Balboa volvió a mirar hacia abajo y experimentó un
alivio infinito cuando la bola de fuego impactó de lleno sobre el nido de los
mosquitos carnívoros. Habría jurado que, en mitad de las llamas, un brazo
surgía hacia arriba e imploraba piedad. Pensó que podía tratarse del careteño
que el enjambre había logrado arrastrar hasta el nido, pero luego se obligó a
quitarse la idea de la cabeza. Le parecía demasiado horrorosa incluso para él.
Y, además, no podía ser que, a estas alturas, el indio continuara con vida. Se
habría tratado de un espejismo, pensó.
— ¡De lleno! —gritaron los compañeros.
Si lo hubieran preparado, no les habría salido
mejor. El nido, que parecía construido con paja y palos resecos, puso de su
parte. Puede que llevara siglos allá. Miles y miles de generaciones de
mosquitos endogámicos se habían criado en él y habían desarrollado una raza
aparte, ajena al resto de los mosquitos del mundo. Este lugar, aquel
precipicio, la selva del Darién se hallaban tan alejados de todo que la
posibilidad no resultaba fantástica. Al menos, a los españoles no se lo
pareció. Caminaban al encuentro de dragones, recuérdese.
— ¡Ya arde! —exclamó Balboa, incapaz de ocultar su
excitación.
Pensaron que el infierno, el auténtico infierno
gobernado por Satanás, no diferiría demasiado de aquello que se encontraban
contemplando: un agujero frío y hermético en el cual seres del inframundo
castigaban inmisericordemente a las pobres gentes que tenían la desdicha de
caer en sus garras. Y llamaradas por todas partes, y resplandores horrorosos,
sonidos inexplicables y el olor de lo maligno en el ambiente. Sí, ya podían
regresar a casa y afirmar que ellos habían estado donde no había estado nadie.
Se les quedarían los ojos llenos de aquella imagen para siempre.
El enjambre, cuando la bola de fuego impactó en su
nido, trató de salvar lo que pudo. Eso les pareció a los compañeros, quienes,
arriba, en lo alto del precipicio, se asomaban para observar. Una miríada de
mosquitos se lanzó sobre las llamas y pereció. El resto, quizás no más de la
mitad, retrocedió, repensó la estrategia e intentó levantar al nido en el aire,
esta vez sujetándolo desde su base. Fue inútil. Las llamas se expandían a gran
velocidad y aquello fue, pronto, un abrasadero donde nada quedó con vida. Las
crías de los mosquitos se hallaban muertas, el mosquito reina, si es que tal
ser existía, también, y, con él, cualquier esperanza de perdurar.
Por extraño que parezca, lo que quedaba del
enjambre creyó llegar a esa conclusión y lo hizo al tiempo que los españoles.
Tenían la misma capacidad de raciocinio o, al menos, pensaban a idéntica
velocidad. Podría afirmarse esto en menoscabo de los compañeros, pero no,
hágase en reconocimiento de los mosquitos. Habían sido vencidos, aunque no
derrotados. El enjambre se levantó en el aire, surgió de entre el humo y avanzó
hacia la posición donde Balboa, Albítez y el resto de compañeros observaba.
Durante unos segundos, el enjambre guardó silencio para ellos. Ni rugidos, ni
bisbiseos, ni nada que se le pareciera. Solo un silencio sepulcral. Puede que
se tratara de reconocer, así, la grandeza del enemigo. Quién sabe. Los
compañeros, de un modo o de otro, experimentaron un enorme alivio cuando, en un
esplendoroso movimiento final, el enjambre se alzó sobre los cielos, ganó más y
más altura y, en un quiebro magnífico, desapareció para siempre de sus vidas.
—Se van —dijo alguien señalando lo que ya era
obvio.
—Sí, se van —repuso otro. Necesitaban decirlo para
terminar de creérselo. Al final, lo que se expresa en voz alta no es sino la
exorcización de las pesadillas.
Se tomaron un rato para recobrar tanto el aliento
como el sentido de la realidad. Recordaron que se encontraban cruzando un
precipicio, que tenían un rumbo, un cometido que cumplir, una misión: ellos
eran los hombres que buscaban tenazmente el mar del Sur.
Y El Dorado.
Continuaban, y sin descanso.
— ¿Nos vais a echar una mano o qué hostias?
—preguntó Díaz, todavía en mitad del puente colgante.
— ¿Qué quieres? ¿Qué te ayudemos a cruzar de la
mano? —gritó uno de los compañeros que, con la punta de su espada, había
empujado la bola de fuego hacia el precipicio—. ¡Sal de ahí, hijoputa, que el
peligro ya ha pasado!
— ¿Seguro? —preguntó, también desde el puente,
Jaén.
—Seguro —los tranquilizó el capitán Albítez—.
Venga, retomad el camino. No hay nada que temer.
No había nada que temer. Los hombres sobre el
puente colgante terminaron de cruzarlo y Crespo aprovechó la ocasión para
reforzarlo. Algunas cuerdas se habían desgastado y convenía sustituirlas para
no sufrir más percances. Aquel día ya habían tenido demasiados.
El resto de la expedición cruzó, sin contratiempos,
el precipicio. Menos mal, pues los compañeros se sentían agotados. No podrían
haber hecho frente a ningún infortunio más. Si, por decir algo, en aquel
momento los hubiera atacado una manada de minotauros, se habrían dejado
capturar.
O no, quién sabe.
Capítulo 12
Lucharon contra los caribes de Quareca
24 de septiembre de 1513, sábado
Los seis guerreros caribes se dijeron que para qué,
dieron media vuelta y regresaron a casa. Una vez allí, insistieron mucho en que
lo habían hecho con la intención de advertir, de avisar en torno a lo que se
les venía encima, pero la verdad, la verdad pura y dura, fue que los tipos
sintieron más miedo que vergüenza y prefirieron poner tierra de por medio entre
ellos y los extranjeros malnacidos. Ya vestirían su deshonra como supieran.
Todo un camino de regreso con la cabeza gacha da para inventarse lo ininventable.
Dio, dio…
Güetaraba, Gëdgeraaba, Gïalameeterabe, Dëggeromee,
Dëdmeraba y Tütdümeeraba se presentaron ante su rey con las manos vacías y el
rostro compungido aunque altivo. Pretendían que quedara claro lo que había
sucedido: que ellos dieron hasta la última flecha y el último suspiro en la
batalla, pero que el enemigo al que se habían enfrentado era formidable.
El rey, que se llamaba Züügmecá, por mucho que los
españoles insistieran en referirse a él como Quareca, afirmó que cuánto de
formidable. Mucho, muchísimo, respondieron los seis del Desfiladero de la
Calavera. ¿Traen caballos?, preguntó Züügmecá. Conocía a aquellos animales
grandiosos porque una vez había visto uno con sus propios ojos. Y no solo lo
vio: el animal resopló tan cerca de él que casi se mea encima. Le costó lo
suyo, en tan excepcionales circunstancias, mantener la dignidad propia de un
rey, pero, aunque a duras penas, lo logró. Desde entonces, no obstante, tenía
sueños recurrentes con los caballos españoles. Unos sueños que a veces eran
placenteros y a veces auténticas pesadillas. Deseaba tanto como temía a
aquellas bestias maravillosas.
No, no traen caballos. Vienen a pie, respondieron
los guerreros caribes, quienes a puntito estuvieron de mentir, pues sabían que
un español a caballo no es lo mismo que un español caminando. En defensa de los
guerreros habría que añadir que, efectivamente, no lo era, aunque no en el
sentido que ellos, los indios caribe, sospechaban. Un caballo es, a nadie se le
escapa, una poderosa arma de guerra. Sí, salvo en la selva. En la selva, los
caballos no sirven para nada y resultan más un engorro que otra cosa. Deberían
haberse fijado en lo que los españoles hacían y no haber elucubrado tanto.
Balboa y los suyos se aproximaban a pie porque, salvo que terminaran
comiéndoselo, un caballo, allá, en la selva virgen, no les servía para
absolutamente nada.
Züügmecá, que recordaba una y otra vez aquel bufido
de caballo a escasos palmos de su rostro, no pensaba igual. Una bestia tan
extraordinaria solo podía suponer una ventaja, nunca un inconveniente. Por
ello, cuando los seis guerreros que había enviado de avanzadilla le fueron con
aquellas, Züügmecá se tentó la ropa. Cabrones, no me estaréis contando un
cuento, ¿verdad? Porque como lo sospeche, como tenga la menor de las certezas
en torno a ello, os juro que ni enemigos ni hostias: a vosotros mismos os abro el
pecho y os devoro el puto corazón ardiente.
Gïalameeterabe, viéndolo venir, se apresuró a
defenderse. Qué remedio, por otra parte.
—Traen trajes invulnerables a nuestras flechas
—dijo intentando que la voz no le temblara. Entre los caribes, un tono
tembloroso equivalía a una confesión en toda regla: sí, estoy mintiendo y, por
ello, titubeo. Matadme, me lo merezco.
— ¿Traen trajes invulnerables a nuestras flechas?
—replicó, repitiendo en forma de pregunta, Züügmecá. Züügmecá no era muy listo.
De hecho, Züügmecá era bastante tonto. Pero tenía arrestos, eso no se podía
negar. En líneas generales, lo relacionado con los caribes no pasaba de ahí: en
la batalla, su despiadado valor no se extinguía jamás aunque se topara de
frente con la maña de los españoles. O, por decirlo de otra forma: tanto los
unos como los otros formaban ejércitos de grandísimos hijos de la gran puta,
pero, mientras los caribes siempre empujaban hasta la extenuación, los
españoles aguardaban a verlas venir. Y cuando venían, venían.
—Los traen, Züügmecá.
A Züügmecá parecía que iba a explotarle el rostro.
Se habían reunido en un consejo multitudinario. Allá, en el reino de Quareca,
cada hombre y cada mujer tenían derecho a escuchar las deliberaciones del rey.
No de intervenir, por supuesto, pues la magnanimidad del soberano no llegaba a
tanto, aunque sí a ser testigos de unas deliberaciones que, en suma, les
afectaban. Züügmecá, que había inaugurado esta práctica por no tener que andar
dando, luego, explicaciones, llegó a afirmar, con el tiempo, que esta costumbre
se hundía en las raíces de una tradición milenaria. Todos le creyeron a pie
juntillas pese a que los caribes no llevaran instalados en aquella sierra
perdida de la mano de Dios ni tres generaciones. Pero es que, al final, ¿quién
es nadie para llevarle la contraria al rey? La verdad, tal y como la entendían
los malolientes extranjeros que se hallaban invadiendo aquellas tierras,
carecía por completo de valor para los indios en general y para los caribes en
particular. La verdad no existe, sino que se construye sobre los deseos últimos
del rey. A Fernando, al otro lado del océano, le habría encantado saber cómo se
hacían las cosas en Tierra Firme. Que ya era suya a medida que los españoles
daban pasos hacia el frente, pero que siempre se regiría de un modo, digamos,
particular.
—Mataré a todos los extranjeros, mataré a sus
mujeres, a sus hijos —expresó, ufano, Züügmecá. Los debates tenían lugar al
aire libre, pues los caribes de Quareca pensaban que no existía más hogar que
la tierra bajo sus pies y el cielo sobre sus cabezas. En lo que a los españoles
respectaba, aquello les parecería perfecto, pues ellos solo buscaban oro, mucho
oro, todo el oro del mundo. El aire y todas esas locuras que escuchaban en boca
de los indios les causaban una total indiferencia—. Menos a los caballos. A los
caballos no los mataremos.
—No traen caballos —recordó Tütdümeeraba.
—No los mataríamos si los trajeran.
—Pero no los traen.
—Y, por ello, no los mataremos.
—Sí, Züügmecá.
Al rey le encantaba tener la última palabra. A
efectos prácticos, la costumbre de debatir en público ante cientos y cientos de
mudas presencias no servía para absolutamente nada si las cientos y cientos de
mudas presencias no podían pasar de mudas. Sin embargo, todos allá consideraban
un gozo insondable el hecho de ser testigos de la construcción de la verdad.
Züügmecá la explicaba cada vez que despegaba los labios.
—Deberíamos prepararnos, pese a todo —dijo, en voz
alta y clara, Dëdmeraba—. Yo los he visto, los he visto con mis propios ojos, y
os digo que se aproxima un enemigo formidable.
Aquellas palabras a Züügmecá le supieron a cuerno
quemado. ¿Cómo se atrevía Dëdmeraba a intentar él, por su cuenta y riesgo,
escribir la verdad? ¡Imposible! Lo habría mandado prender de inmediato para,
con la caída de la tarde, abrirle el pecho para que se le derramaran las partes
internas. Se lo merecía, eso desde luego. Ahora bien: ¿y si Dëdmeraba se
encontraba en lo cierto? En un sentido estricto, salvo que Züügmecá estuviera
de acuerdo con él, y no lo estaba, Dëdmeraba no podía tener razón. Ergo se equivocaba.
No obstante, la duda corroyó, durante unos
instantes, al rey. Ahí, precisamente ahí, comprendió, comprendieron todos, qué
difícil resulta gobernar y qué poco agradecida es su labor. Porque ganas le
daban de ignorar las palabras pronunciadas por Dëdmeraba, de tomarlas por
falsas, por no auténticas, por inverosímiles; pero ¿y si el rey erraba? De
nuevo, la posibilidad de que el rey errase se aparecía, hipotéticamente, como
algo imposible. Y es que, cuando tú eres el rey, cualquier futuro inmediato
puede ser construido más o menos a tu favor. Por ejemplo, si afirmas que la
bella Oödtarabe te ama con locura, a la bella Oödtarabe no le queda más remedio
que amarte con locura y ella misma terminará convencida, pues tampoco le queda
otro remedio, de que te ama con locura. De este modo, la verdad es la verdad y,
además coincide con la por ti expresada. Resulta excelente vivir así la vida.
Lo malo es cuando, en estas, aparecen los
españoles. Tú les dices a los españoles que se arrodillen ante ti y agachen las
cabezas y ellos no solo no lo hacen, sino que se empeñan en lo contrario. No
todo el mundo es la bella Oödtarabe, quien, con su delicado empeño en cumplir
con la verdad, hace que, en la existencia del rey Züügmecá, las cosas encajen
con una exactitud propia de dioses.
En fin, se rebajaría a escuchar lo que Dëdmeraba y
el resto de guerreros tenían que decirle. Si debía ceder parcelas de verdad
para ellos, las cedería gustoso. Porque ¿qué clase de verdad es la verdad de
estar muerto? No, con los españoles no se arriesgaría.
—Pienso que debemos prepararnos para hacer frente
al enemigo que se aproxima —decretó Züügmecá.
—Sabia decisión —repuso Dëdmeraba. Züügmecá intentó
averiguar si había sonsonete en sus palabras, y hasta se estiró cuan largo era
para así lograrlo, pero no percibió una respuesta nítida y lo dejó estar. Aquel
día malhadado parecía que era de esos en los que nada salía bien.
Y lo que le quedaba por ver.
— ¿Qué proponéis? —preguntó el rey, quien, una vez
tomada la decisión de dejarse aconsejar por sus seis avezados guerreros, se
dijo hasta el final. Digamos que pensaba que, por una vez, la verdad se podía
construir de forma compartida. Se acercaba una columna de terroríficos
españoles, de manera que, a grandes males, grandes remedios. Después, una vez
que los extranjeros yacieran muertos y con los pechos abiertos en canal, el
viejo orden se restablecería sin dilación ni demoras. No fuera la bella Oödtarabe
a sospechar, por un segundo, que no lo amaba con locura.
—Lo más importante ahora —comenzó a explicar
Dëdmeraba—, es tener claro a qué nos enfrentamos. Por un lado, se halla el
grupo de españoles. No son muchos, pero visten trajes que nuestras flechas no
pueden atravesar. Por otro lado, están los indios cueva. Son cientos. Puede que
medio millar.
—Mataremos a todos los cuevas —sentenció el rey,
quien, como buen caribe, consideraba a los cuevas como integrantes de una raza
inferior. No había nada que hacer con ellos, salvo exterminarlos. Esto siempre
había sido así y siempre lo sería.
—No creo que sea necesario —terció Gëdgeraaba.
— ¿Por qué afirmas tal cosa? —preguntó el rey,
escandalizado. Y, a modo de explicación palmaria, añadió—: Son cuevas.
—Porque no se trata de guerreros. Sí, quizás haya
un puñado de ellos en el contingente, pero llegan hasta nosotros como
porteadores de los españoles. Sinceramente, los cuevas aborrecen a los
extranjeros tanto o más que nosotros.
—Eso es imposible —expresó el rey. Ningún infecto
cueva odiaría más que él al invasor.
—Lo es —aceptó Gëdgeraaba para que, así, la verdad
del rey se convirtiera en la verdad consolidada—. Sin embargo, nos has pedido
consejo y el mío es el siguiente: los miserables cuevas se estarán cagando de
miedo cuando entren en Quareca; dejémoslos en paz y centrémonos en los
españoles, pues ellos constituyen nuestro objetivo real.
Züügmecá se tomó su tiempo para rumiar lo que
acababa de escuchar. Después, expresó su decisión:
—Hay que atacar a los españoles y solo a ellos
—dijo.
—Estoy de acuerdo —aceptó Gëdgeraaba—. Con todas
nuestras fuerzas.
—Será una batalla cruenta —intervino Dëggeromee,
quien hasta entonces se había mantenido en silencio. Y ya que había abierto la
boca, dijo lo que nadie habría querido oír—: Traen perros locos.
Los caribes no acababan de hacerse una idea de qué
alcance tenía una afirmación como esta. Para algo así, todavía carecían de una
verdad. La aprenderían en cuestión de horas. Una verdad a ese estilo español
que tanto desagradaba a los caribes: la que adviene impuesta por los hechos.
—Mataremos también a todos los perros —expresó
Züügmecá, fiel a sus formas.
Tütdümeeraba se creyó en la obligación de centrar
las divagaciones del rey y resumirlas en la palabra que más importaba en ese
preciso momento:
— ¿Cómo?
—Subiéndonos a los árboles y flecheándolos desde
allí —respondió Züügmecá. ¿Queríais soluciones eficaces? Aquí está Züügmecá,
tranquilos todos.
Había un problema. Gordo. Quareca, como cualquier
otro pueblo del Darién, se había abierto un hueco en la selva a machetazo
limpio. Gozaban de espacio porque el espacio se lo habían ganado a la jungla
desbrozándola sin miramientos y talando cualquier tronco cuyo grosor fuera
mayor que el brazo de un niño de siete años. Allí tenían árboles, pero no como
para convertirlos en su principal artimaña. Si así lo hacían, los españoles y
sus perros locos no los abatirían de inmediato, sino con el paso de las horas. Porque
algo sí había que reconocerles a aquellos extranjeros malolientes: sabían
esperar y su paciencia era prácticamente infinita.
Dëggeromee, con el tiento con el que cualquiera se
mueve cuando has de decir que no aunque sabes que hacerlo no resulta la mejor
de las ideas si aprecias tu pellejo, se inclinó ante Züügmecá y se expresó
largamente:
—La idea de los árboles es magnífica, pero no
conviene fiarlo todo a ella. Nosotros somos más, muchísimos más, y ahí reside
nuestra capacidad para vencer. Debemos repartirnos convenientemente, tanto por
el pueblo como en las afueras. Hay que apostar guerreros armados en todas
partes. Y cuando digo en todas, quiero decir en todas. ¿Cuántos hombres hay
disponibles? ¿Mil? Pues usemos los mil. Ni uno menos. Debemos defendernos con
todos los efectivos de los que podamos hacer uso. No intentarlo significaría desdeñar
la capacidad guerrera de los españoles. Créeme, Züügmecá; creednos todos. Ellos
no se parecen a nada de lo que hayamos visto hasta hoy. Y los tenemos a las
puertas de nuestro hogar. Demos hasta la última gota de sudor si no queremos
sucumbir.
— ¿Sucumbir? —preguntó, algo perturbado, Züügmecá.
Bueno, sabía que el enemigo se acercaba, que no sería fácil de combatir, que
esto y que lo otro. Pero ellos eran el terror del Darién. Los hijos de puta que
llevaban décadas amargándoles la vida a sus vecinos. Joder, allí no había más
caribes que ellos. Aquella selva les pertenecía y si aún sobrevivían unos
cuantos puebluchos cuevas era porque tampoco tenían ganas de pasarse el día de
lucha en lucha, de pelea en pelea, guerreando como si no hubiera nada mejor que
hacer en este mundo. Y ahora alguien había mencionado la posibilidad de
sucumbir. ¿Pero cómo se atrevían? ¡Cómo! De nuevo, Züügmecá se tomó unos
instantes para recuperar el resuello y ordenar sus pensamientos. Había decidido
que se dejaría aconsejar por aquellos de sus hombres que mejor conocían a la
horda que se aproximaba. No se desdeciría de eso y avanzarían hacia la verdad
que aún ni siquiera vislumbraban clara—. No vamos a sucumbir. Los mataremos a
todos.
Güetaraba perdió la paciencia. Sabía que su rey era
un tanto cargante, pero siempre, como por otro lado no podía ser de otra forma,
en las cuestiones triviales que afectaban a la vida cotidiana. Que si el
pescado que me habéis traído esta mañana no está lo suficientemente fresco, que
si en la competición de tiro erré mis disparos fue porque la arrebatadora
belleza de mis princesas me turbó, que si estoy harto de que me digáis que mi
cerdo salvaje amaestrado se os ha comido a vuestro bebé. En fin, podían con
eso. Sin embargo, ahora discutían la mismísima pervivencia del reino. Y
Züügmecá, que los dioses perdonaran a Güetaraba, no era el hombre adecuado para
dirigir la defensa de Quareca.
—Abramos las líneas —dijo el guerrero señalando,
con el dedo, varias posiciones en torno al lugar en el que se encontraban—.
Situemos hombres aquí, aquí y aquí. Entre las casas, protegidos tras ellas y en
varios grupos. También en las afueras, más allá de los graneros y los corrales.
En las copas de los árboles, por supuesto, aunque también a sus pies. Debemos
colocar hombres por todas partes y que respondan a una única voz.
—La mía, desde luego —sentenció el rey. Entre los
caribes, el cacique reinaba en el más amplio de los sentidos. No solo se
ocupaba del buen gobierno de sus súbditos, sino que representaba la encarnación
de los dioses. Para un buen caribe, a Züügmecá se le consideraba un ungido. Y,
además y por si esto no fuera suficiente, en él recaían las funciones de un
general. Los ejércitos bajo su mando no lo estaban de forma simbólica, no: una
orden surgida de entre sus labios era de tan obligado cumplimiento que quien se
negara a ello podía pagarlo con su vida.
Esta unificación de funciones en un solo hombre
suponía una característica de lo más práctica para los españoles. Al principio,
son cosas que te extrañan, que te sorprenden. ¿Cómo? ¿Que el mismo tío es rey,
papa y capitán general? ¿Sí? ¿En serio? Pues nada, nada, atrapémoslo,
subyuguémoslo y verás tú qué rápido el resto de mamarrachos pliega alas. Oye,
dicho y hecho. Tan simplona estrategia les venía dando unos resultados
inimaginables a este lado del océano. Al otro, lo cuentas y no te creen.
—Por supuesto, por supuesto… —accedió Güetaraba. Al
final, con tipos como su rey, más valía decirles a todo que sí y luego hacer lo
que ellos fueran creyendo oportuno. Si resultaba un éxito, el rey se lo
atribuiría sin dudar, pero continuarían vivos. Si resultaba un fracaso, nada
importaría porque, en fin, no quedaría nadie para contarlo.
Porque si algo sabían bien los guerreros caribes,
pues una cosa era vivir aislados en la sierra de Quareca y otra no haber
recibido ni una sola noticia de los pueblos caribes que vivían a cinco días de
distancia en dirección hacia el levante, era que, para los españoles, las
batallas se convertían en un todo o nada. Si los invadidos se rendían y
acataban hasta la más nimia de sus órdenes, los dejarían vivir. De lo
contrario, guerra y exterminio.
A esto último se encaminaban, dado que ellos, los
caribes de Quareca, al igual que habían hecho el resto de los pueblos caribes,
jamás agacharían la cabeza ante los hediondos extranjeros barbudos. Preferían
morir.
—Tres flancos —resumió Gïalameeterabe—. Con un
ataque desde tres flancos distintos, será suficiente. ¿Qué opináis?
Se dirigía al resto de guerreros, quienes
asintieron rápidamente. Los que sabían lo que se avecinaba, porque sabían lo
que se avecinaba. Y los demás, los que no habían tenido demasiados tratos con
los españoles, porque confiaban en sus iguales. —Sí, despleguemos tres flancos
—añadió el rey, poco dispuesto a que la verdad futura se le fuera de las manos.
—Trescientos guerreros ocultos en la espesura
—comenzó a explicar Gïalameeterabe—. Más si finalmente disponemos de ellos.
Unos cien o ciento cincuenta, en las copas de los árboles y armados de arcos y
flechas.
— ¿Envenenadas con curare? —preguntó Dëdmeraba.
—No, eso nos haría perder el tiempo —respondió
Gïalameeterabe—. Los hombres de los árboles deben abatir a los perros locos.
Esa será su única función. Sabemos, por propia experiencia, que las flechas no
sirven con los españoles, así que tendremos que hacerles frente cara a cara.
—De acuerdo.
—Y el resto del contingente, unos seiscientos
hombres, repartidos entre las casas del pueblo.
Züügmecá, que veía cómo su protagonismo se
evaporaba como el rocío de la mañana al calor de los primeros rayos de sol, se
decidió a intervenir.
—No —dijo con la voz más firme de entre su
repertorio de voces firmes—. Ninguno de mis guerreros se ocultará como si fuera
una mujer.
Gïalameeterabe y Dëdmeraba se dijeron que ay,
menudo loco insensato, y se cruzaron una mirada rápida. Sin embargo, ninguno de
los dos dijo nada. Cuando Züügmecá se empecinaba en algo, no existía modo de
hacerle desistir.
— ¿Entonces…? —comenzó a preguntar Gïalameeterabe.
—Me situaré en el centro del pueblo, al frente de
los míos —respondió, tan orgulloso de escuchar sus propias palabras que casi
empieza a flotar, Züügmecá.
— ¿En…, en el centro? ¿Expuestos?
—Tampoco son tantos. Vosotros mismos lo habéis
afirmado. ¿Cuántos? ¿Un centenar?
—Menos.
—Pues ya está. Llegan agotados tras días y días de
marcha a través de la jungla. Y nosotros estaremos frescos y con las armas
preparadas. Los vamos a aniquilar en menos de lo que tardo en soltar a mi cerdo
salvaje para que le coma los huevos a uno de ellos.
— ¿Vas…, vas a ir con el cerdo a la batalla?
—No lo dudes. Como hay que ir. Al frente de mis
tropas. ¡Soberbio!
Se hizo un silencio de los que hacía años que no se
recordaban en Quareca. Habría allí, qué decir…, una multitud nada desdeñable.
Por supuesto, en tanto en cuanto que mudas presencias todas, nadie, salvo los
guerreros con dignidad suficiente para ello, había abierto el pico. Ahora, el
silencio se extendía sobre ellos con una contundencia tal que, si alguien no lo
rompía, terminaría por aplastarlos como a cucarachas.
—De acuerdo —dijo, por fin, Tütdümeeraba—. Nos
desplegaremos en tres flancos de batalla. Uno en la espesura, otro en las copas
de los árboles y el tercero aquí mismo, en mitad del pueblo y encabezado por
nuestro valeroso rey.
—Exacto —aceptó Züügmecá. Pensó si debía repetir lo
expresado por Tütdümeeraba para así hacer suya la versión definitiva de la
verdad que perduraría, pero creyó que habría sido una perorata un tanto larga y
que mejor lo dejaba estar. Se había mostrado de acuerdo, lo cual significaba
que ahora las palabras de su bravo guerrero constituían sus propias palabras y
que el hecho de no pronunciarlas personalmente no restaba un ápice de solidez a
esta afirmación—. ¿Y cuándo será eso?
—Hoy.
— ¿Hoy?
Züügmecá lo había preguntado como si realmente le
viniera fatal que la guerra contra los españoles se desatara de forma
inminente. Al parecer, o a su juicio, tenía muchas cosas que hacer. Demasiadas,
para alguien que llevaba una vida auténticamente regalada.
—Hoy —confirmó Tütdümeeraba—. La comitiva de los
españoles se encuentra muy cerca. Nos alcanzarán antes de que caiga la noche.
—Maldita sea —protestó el rey—. Debo poner a salvo
a los míos.
Los suyos no serían menos de cincuenta personas.
Esposas, concubinas, hijos, parientes más o menos cercanos y algún que otro
allegado que permanecía bajo la protección de Züügmecá sin ser de la sangre de
Züügmecá. Los que siempre desatan los rumores, y hasta el enfado, entre el
pueblo llano, que acepta deslomarse a trabajar para satisfacer las necesidades
de la familia real, pero no las de los que, por nacimiento, no las merecen.
—Comencemos ya —expresó Gïalameeterabe—. Vamos.
—Sí, vamos —fijó la autentiquísima verdad el rey.
La multitud se deshizo y, tras unos momentos de
desconcierto, los seis guerreros que habían tratado, infructuosamente, de
pararles los pies a los españoles, asumieron el mando de la defensa. Se suponía
que ellos, dada su experiencia, conocerían mejor que nadie los posibles
movimientos de los españoles. El propio rey, que ya iba en búsqueda de su cerdo
salvaje para ponerse en cabeza de la resistencia, accedió con un golpe de
cabeza.
—Encargaos vosotros, encargaos vosotros… —dijo,
sabedor de que en lo que en adelante sucedería no cabía margen para la
discrepancia: vencerían, pues así lo había determinado él como verdad
imperecedera.
Los miembros de la familia real, tal y como había
dispuesto Züügmecá, fueron conducidos a una de las casas situadas al sur del
poblado. Suponiendo, como suponían, que los españoles harían su entrada por el
norte, aquella posición era, sin duda, la más segura. El dueño de la casa
mostró alguna tibia objeción, pero se trataba de la familia real: no le quedó
más remedio que abrir sus puertas de par en par y permitir que aquellos
indolentes se aposentaran tan ricamente y comenzaran a dar cuenta de su bien nutrida
despensa. Serían los nervios.
El resto del día lo ocuparon en desplegar a la
tropa caribe. Siendo justos, aquellos hombres que se agazapaban en la espesura,
que se encaramaban a los árboles o que formaban tras un rey con un cerdo
salvaje atado a sus pies, constituían una de las mayores y más virulentas
fuerzas de combate a las que los conquistadores españoles habrían de
enfrentarse en los años venideros. Con los caribes, amigos, pocas tonterías,
pues en ellos no existía anhelo alguno de entablar tratos, de alcanzar
consensos o treguas. Si no se les dejaba en paz, irían a por ti con la
intención de despedazarte. Para eso mismo se preparaban sin demoras.
Consiguieron juntar más flechas de las que se
sentían capaces de contar. Miles y miles, que dirían los españoles cuando,
mucho después, narraran la batalla que se avecinaba.
Miles y miles y miles.
* * * *
Se había puesto bochornosa la tarde. Algo raro en
la sierra de Quareca, donde las temperaturas, por lo general, eran siempre
frescas. El aire soplaba unos días del este y otros días del oeste, y llevaba
siendo así desde tiempos inmemoriales. Los caribes que habitaban la región
continuaban haciendo vida completamente desnudos, pero, de cuando en cuando, a
más de uno le dio por pensar si no les vendría bien mandar al carajo las
ancestrales tradiciones y echarse algo sobre los hombros. El viento los hacía libres,
pero también les dejaba el cuerpo descompuesto.
Tras la formación de los tres flancos de defensa,
no restaron muchas más cosas por hacer. Salvo esperar. Algo que, por cierto, se
les daba fatal a los caribes. Ellos habrían salido a la selva a tajar enemigos,
a abrirles los pechos, a devorarles las putas almas. Sin embargo, esto de andar
aguardando con la mirada fija en el frente los desquiciaba un tanto.
Nunca supieron si los españoles estaban dejando que
se cocieran en su propia salsa o, por el contrario, simplemente no les dio
tiempo a llegar antes. El caso fue que, cuando en mitad de aquella irritante
quietud, dos indios cueva brotaron de entre la maleza y avanzaron hacia el
lugar donde el rey y sus guerreros aguardaban orgullosos, quien más quien menos
suspiró de alivio. La guerra daba comienzo y, de momento, no se presentaban
grandes dificultades.
Porque, honestamente, dos guerreros çabra sin armas
a la vista y aquellos ridículos caracolillos en las pollas no suponían
contendiente de altura para el rey de Quareca y su imbatible ejército.
—Son dos —dijo Züügmecá. Tenía a su cerdo salvaje
sujeto con una cuerda trenzada con hilos de oro. El propio cerdo, que no se
estaba quieto y que gruñía de continuo, portaba aros de oro por todo su cuerpo.
Un cerdo real es un cerdo real, aquí y en Cipango.
—Son dos —confirmó la verdad única Tütdümeeraba. El
guerrero se encontraba situado dos pasos por detrás del rey, se suponía que con
la función de asistirlo en lo que el monarca dispusiera.
—Matémoslos —ordenó el rey.
— ¿Y si escuchamos, primero, qué tienen que decir?
—Nos invaden. Matémoslos.
—Están desarmados. Quizás no nos estén invadiendo.
Se trata de dos hombres.
—Son guerreros.
—Pero solo dos. Los cuevas son idiotas de remate,
aunque no tanto como para lanzar un ataque en tan clara desventaja.
—Entonces, ¿no los matamos?
—Hagámoslo, pero escuchemos primero qué tienen que
decirnos.
—Eso, escuchémoslos primero y luego matémoslos.
Züügmecá tenía ganas de que allí muriera alguien.
Tanta espera le había despertado las ansias de sangre y victoria. Bueno, sus
deseos se verían cumplidos antes de lo que pensaba.
— ¡Alto! —ordenó Tütdümeeraba. Se dirigía hacia los
recién llegados que, con paso firme aunque no demasiado rápido, se aproximaban
más y más. No estarían a menos de diez pasos de distancia cuando cumplieron la
orden de Tütdümeeraba—. ¿Quiénes sois? ¿Qué queréis?
Los caribes hablaban en lengua caribe y, aunque
sabían que existían otras distintas, no las consideraban más que cháchara
ininteligible. Si algo merecían los que las farfullaban era morir. Los cuevas,
por su parte, juzgaban otro tanto. ¿Qué clase de gente no hablaba en lengua
cueva? Bárbaros, solo los bárbaros lo hacían.
En fin, el caso fue que no se podían entender,
salvo por señas o silabeando despacio. Los recién llegados habían comprendido,
como no podía ser de otra forma, que aquel guerrero armado hasta los dientes
les ordenaba que se detuvieran. El resto del interrogatorio, se lo imaginaron.
Tampoco hacía falta ser el más listo del Darién.
Tzcat-La y Tzcü-La, Gonzalo y Alonso, mostraron las
palmas de las manos y separaron los brazos del cuerpo. Si algo no pretendían
mostrar era hostilidad. Los españoles, que se escondían bastante más atrás, en
la espesura todavía cerrada, los habían obligado a avanzar sin armas. Ellos
dos, por supuesto, protestaron. Pidieron que Ztxäc-Ah, aquel intérprete
careteño al que los españoles se referían con el nombre de Jerónimo, tradujera,
palabra por palabra, sus reticencias. Si vamos con las manos vacías, nos matarán.
No, tranquilos, descuidad, afirmó Jerónimo que replicó el capitán Pizarro. Esto
lo tenemos controlado, no os preocupéis. Vosotros avanzad sin temor, porque
nosotros os cubrimos desde la espesura. ¿Qué significa que nos cubrís?, se
interesaron por la estrategia los dos ponqueños. Que os tendremos vigilados y
que, a la menor sospecha de que las cosas se ponen turbias, soltaremos unos
cuantos escopetazos y ancha es Castilla. ¿Ancha es Castilla? Jerónimo tenía
grandes dificultades para explicar qué era Castilla. Los españoles le
informaron de que se trataba del hogar y así se lo dijo a los ponqueños. ¿Casas
grandes? Enormes, tíos, enormes. Venga, andando, que se nos echa la noche
encima.
—Queremos que os rindáis —expresó Tzcü-La con los
brazos bien abiertos—. Que entreguéis el pueblo y que os postréis ante los
españoles. Si lo hacéis, se os perdonará la vida. Si no lo hacéis, os matarán a
todos antes de que caiga el sol.
— ¿Crees que te han comprendido? — preguntó, en un
susurro, Tzcat-La. Se hallaba al lado de Tzcü-La y, para ser sinceros, ninguno
de los dos daba mucho por sus vidas. Qué en lo cierto se hallaban…
—No lo sé —repuso Tzcü-La—. ¿Tú qué opinas?
Tzcat-La observó a Tütdümeeraba y Tütdümeeraba
observó a Tzcat-La. Se encontraban a menos de cinco pasos de distancia el uno
del otro. Enemigos ancestrales, enemigas sus estirpes, sus razas, la sangre de
todos sus antepasados. Naciones irreconciliables por los siglos de los siglos,
ninguno de los dos se sentía capaz de reconocer virtud alguna en el otro. Más
les valdría haber aparcado sus diferencias y, en un frente común, combatir a
los extranjeros de las grandes barbas. Puede que así tampoco tuvieran demasiadas
oportunidades, pero puede que así, al menos, tuvieran una.
— ¿Qué ha dicho? —preguntó el rey. Entre las
palabras de unos y las palabras de otros y a pesar de que allá, en un espacio
relativamente reducido, se apiñaban miles de personas, solo se escuchaban los
rezongos del cerdo salvaje.
—No lo sé —respondió Tütdümeeraba—. No entiendo lo
que dicen estos bastardos.
Tzcü-La, que escuchó la conversación entre rey y
guerrero, adivinó que dialogaban acerca de la mutua incomprensión. Sí, se
trataba de un gran problema, de un problema que, ahora mismo, se aparecía,
primero, como irresoluble y, segundo, como secundario. La hueste española
observando desde no demasiado lejos, ese constituía el auténtico problema.
Cuanto antes lo comprendieran los caribes, mejor para todos.
—Debéis rendiros ahora y hacerlo sin condiciones
—repitió Tzcü-La. Y como creyó que Tütdümeeraba no se mostraba especialmente
hostil y sí curioso, comenzó a gesticular para ver si así, mediante
aspavientos, lograba hacerse entender. Para empezar, señaló las armas que
portaba Tütdümeeraba. Después, apuntó con el dedo índice al suelo y arqueó las
cejas. ¿Lo pillas? Tütdümeeraba tardó un poco, pero acabó cayendo en la cuenta.
Asintió con la barbilla y Tzcü-La le devolvió el gesto. Acto seguido, el
ponqueño barrió el aire frente a él con la palma extendida de su mano. Esto que
pido para ti, lo pido para la totalidad del reino. Quareca debe rendirse y
nadie va a negociar nada al respecto. Se trata de que lo hagáis o de que no lo
hagáis. Una decisión u otra tendrá consecuencias, y estas no serán las mismas.
Elegid.
Tütdümeeraba farfulló por lo bajo cuando comprendió
lo que el guerrero cueva le estaba solicitando. No se llevó las manos a la
cabeza porque se sabía observado por cientos de pares de ojos, pero, de no
haberlo estado, lo habría hecho sin dudar.
— ¿Qué dice? —insistió el rey.
Tütdümeeraba se giró hacia él y habló en voz alta
para que todos lo oyeran.
—Quieren que nos rindamos y les entreguemos el
pueblo.
Züügmecá, ese al que los españoles llamarían, hasta
el final, Quareca, se quedó con cara de bobo. De quien ha entendido lo que se
le dice aunque no acaba de reconocer las razones para tamaño sinsentido. ¿Pero
cómo se iban a rendir ellos? ¡Ellos! Se suponía que su pueblo era el más temido
en la selva. Que cualquiera, si en lugar de combatir hubiera podido huir,
habría emprendido esto último sin dudar. Ellos portaban el horror máximo, la
crueldad sin límites, la fuerza desmedida, el infierno para cada ser vivo en la
selva.
Ellos constituían la nación caribe.
— ¿Ren…, rendirnos? —balbuceó. El cerdo salvaje
tironeaba con fuerza y el rey se vio obligado a dar un saltito para recuperar
el equilibrio y evitar, así, que el bicho lo derribara.
—Sí, estoy seguro de que es lo que nos piden
—confirmó Tütdümeeraba.
— ¡No vamos a rendirnos! —exclamó, casi a gritos,
Züügmecá. Y añadió, como si fuera precisa la aclaración—: ¡No podemos
rendirnos!
—No —repuso, sucintamente, Tütdümeeraba. Aquella
situación tanto de tensa espera como de abrumadora superioridad lo
desasosegaba. Sabía que algo cambiaría muy pronto y que más les valía estar
preparados.
Por suerte o por desgracia, Züügmecá no era de la
misma opinión. Acababa de ser insultado por dos cuevas y los dos cuevas
pagarían por ello. Existía, todo el mundo lo sabía pues caía por su propio
peso, una relación de causa y efecto entre lo que había sucedido y lo que
sucedería a continuación.
— ¡Prendedlos! —ordenó, iracundo.
—Oh, no —dijeron, al unísono, Tzcat-La y Tzcü-La.
—Oh, no —masculló, muy por lo bajo, Tütdümeeraba.
Una docena de guerreros se abalanzó sobre los dos
ponqueños y los hicieron prisioneros sin que estos ofrecieran resistencia
alguna. Lo que siguió ocurrió de forma bastante breve. Los caribes tenían
sobrada experiencia haciendo lo que se disponían a hacer y, además, les
interesaba que los observadores, porque sabían que había observadores ocultos
en alguna parte, tomaran buena cuenta de la bravura caribe.
A Tzcat-La y a Tzcü-La, los ataron a sendos postes
que un rato antes ni siquiera se encontraban allí. La estructura del terror
caribe funcionaba a las mil maravillas y el rey, inmóvil y observante en todo
momento, experimentaba el hondo orgullo de saberse al frente de tan excepcional
pueblo.
Por resumirlo rápido, pues en verdad no transcurrió
demasiado tiempo entre el inicio y el final de la, llamémosla así, ceremonia, a
los pobres Tzcat-La y Tzcü-La les abrieron el pecho en canal. Normalmente, se
sacrificaba a todas las víctimas al unísono, más que nada por no andar
perdiendo el tiempo… Sin embargo, las especiales circunstancias obligaban y la
demostración del horror caribe debía ser expuesto, ya que podían, por
duplicado. De esta forma, primero le abrieron el pecho a Tzcat-La. Tzcü-La, a su
lado, ni siquiera tuvo fuerzas para gemir. Simplemente, contempló cómo un
caribe con el cuerpo pintado de extraña forma pronunciaba unas palabras que
bien parecían una oración, levantaba después la mirada hacia el sol
sempiternamente oculto tras las nubes y, sin más y sirviéndose para ello de un
afiladísimo cuchillo cuya hoja era de madera, rajó al cueva desde la base del
cuello hasta el bajo vientre. El cordel con el que se sujetaba el caracolillo
se partió por la mitad y el caracolillo salió disparado como si tuviera vida
propia. De la parte interna de Tzcat-La que se derramó, convendría resaltar,
por su vistosidad, los intestinos. Se cayeron fuera del cuerpo en el modo y
manera que cualquiera que jamás haya observado semejante proceso puede
imaginar. Es un derrame lento, viscoso, que, insólitamente, produce un ruido
más intenso de lo que cualquiera creería.
Por lo demás, las vísceras permanecieron intactas
en su ubicación natural. De hecho, los más cercanos al lugar del sacrificio
pudieron ser testigos del último latido del corazón de la víctima. Se
consideraba de muy buen gusto y una excepcional suerte contemplar un suceso
semejante. Por ello, los presentes olvidaron, por un instante, que se
encontraban en una coyuntura un tanto delicada y profirieron ahogadas voces de
asombro y exclamación.
El tipo que había llevado adelante el sacrificio,
muy probablemente un sacerdote, un chamán o algo por el estilo, extrajo el
corazón caliente de Tzcat-La y, con él entre las manos, se acercó a Züügmecá y
se lo ofreció. Este, sin agradecérselo, pues nadie agradece aquello que por ley
natural le pertenece, se lo llevó a la boca y comenzó a comérselo. El resto
observó con el respeto, el decoro y la sumisión que un acto de aquellas
características requería. Mientras tanto, el sacerdote rajó a Tzcü-La y repitió,
paso por paso, el ritual.
Parece que no, pero engullirse dos corazones crudos
de dos hombres jóvenes lleva su tiempo. Hay partes blandas, desde luego, pero
también las hay correosas, de esas que se resisten en la boca, que hay que
masticar concienzudamente, que, a la que te descuidas, se te hacen bola.
Züügmecá, claro está, no comía corazones humanos por primera vez. No había
nacido ayer y, en consecuencia y aunque de estos asuntos no se llevaban las
cuentas, ya habría devorado sus buenos treinta o cuarenta corazones de víctimas
sacrificadas. Por no hablar de hígados, riñones u otras partes de la anatomía
humana. Del enemigo se aprovechaba todo, aunque, eso sí, en riguroso orden de
preferencia: primero comía el rey, después la familia real, tras ellos los
çabras más distinguidos, luego los menos distinguidos y, como conclusión y en
un sistema de rigurosos turnos para que al menos una vez en la vida todos
pudieran llevarse pitanza enemiga a las tripas, el populacho.
Veinte minutos más tarde, Züügmecá seguía comiendo.
Estuvo a punto de hacerse ayudar por alguno de sus buenos soldados, pero al
final juzgó que mejor no, mejor no compartir los corazones y la gloria. No se
es rey para andar despreciando privilegios a la primera de cambio. Total, que
en aquellos minutos no se movió ni una mosca en la explanada donde formaban las
tropas quarecanas. Los trescientos guerreros que se encontraban ocultos en la
espesura se lo tomaron bien. Conocían la liturgia, la respetaban y hasta les
parecía motivo de orgullo: he ahí a nuestro rey devorando la carne caliente de
nuestros enemigos; que se sepa a lo largo y ancho del mundo conocido.
Quienes no lo llevaban tan bien eran los ciento y
pico tíos encaramados en los árboles. Dado que la parte central del pueblo se
hallaba desbrozada casi por completo, las copas a las que se habían subido y
desde las que dispararían a los perros locos de los españoles una vez que estos
los soltaran se situaban casi en los lindes del reino. Desde allí, su visión de
lo que estaba sucediendo era, como mínimo, limitada. Algunos, de hecho, se
encontraban completamente a ciegas y solo esperaban a que alguien diera la
orden para comenzar a disparar. Ni siquiera se sentían demasiado seguros de qué
era un perro loco español. Mientras tanto, permanecían sentados a horcajadas
sobre las ramas, en una posición más que incómoda. A alguno se le había dormido
una pierna.
Züügmecá, por fin, se terminó el segundo de los
corazones y allí se hizo un silencio sepulcral. Al día no le quedarían más de
dos horas de luz y el sol, tras las nubes, comenzaba a declinar. El tipo que
había rajado a Tzcat-La y a Tzcü-La se había retirado, pues, al parecer, su
faena concluía con el destripe de los enemigos. Sacas las vísceras, se las
ofreces a quien te digan y, listo, a otro asunto. Parece que aquí las cosas se
van a torcer en cuestión de nada, de manera que mejor poner tierra de por medio.
Era, para entendernos, un cura, así que no se podía exigir más.
Suele asociarse al silencio con la tranquilidad.
Con la paz, si se quiere. Y es cierto: nada calma más el alma que sentir cómo
los demás cierran la boca y dejan de molestar. Tú te recuestas, aspiras el
aroma de la tarde y experimentas una profunda sensación de placidez y calma.
Sin embargo, esto, que es verdad casi siempre, no lo es en los prolegómenos de
la guerra. Cuando la batalla se aproxima, y allí nadie tenía dudas de que se
aproximaba, el silencio no augura nada bueno. O, expresado de otro modo: el primero
que pierda los nervios tiene más posibilidades de acabar perdiendo la cabeza.
Este precepto tan sencillo lo desconocían los
caribes. Pueblo bravo y aguerrido donde los haya, ellos luchaban siempre por
inundación del enemigo. Se le echaban encima con todos los efectivos
disponibles y en cuanto tenían ocasión, es decir, al llegar. Estratégicamente,
se los podía considerar como un ejército desastroso. Eran muchos y muy fieros,
pero sin ideas.
Los españoles, por su parte, representaban todo lo
contrario. En este momento, y dejando de lado al padre Vera, la tropa española
estaba formada por ochenta y un hombres, capitanes y Balboa incluidos. Ochenta
compañeros y un guerrero mitad español y mitad cueva al que, por el cuello, le
brotaba la cabeza de una serpiente dorada.
Con unos efectivos tan escasos, el silencio se
convertía en su aliado. Lo convertían, siendo concretos. Porque los españoles
sabían que tenían una mala mano pero que, bien jugada, les llevaría sin
dificultad hacia la victoria. Y, entre las cosas que habían aprendido acerca de
la guerra indiana, el saber esperar, el medir el tiempo siempre a su favor y el
templar al adversario suponían ventajas más que considerables.
Por ello, aguardaron y aguardaron y, después,
aguardaron un rato más. No perdían ojo de lo que había sucedido con sus dos
emisarios y, aunque mentirían si dijeran que no les había sorprendido la
reacción de los caribes, aquella maldad de la que acababan de ser testigos ni
los despeinó. No, porque a hijoputas, a ellos no les ganaba nadie. Es lo bueno
de luchar con Dios de tu parte y sabiéndote invulnerable al enemigo.
Al rato, alguien silbó entre la maleza. Se trataba
del capitán Albítez, y su silbido, largo, lento y nada estridente, suponía la
señal para que la contienda diera inicio. Los españoles comenzaban la batalla
por la conquista del reino de Quareca. Que Dios los protegiera de las armas de
sus enemigos y que encontraran ingentes cantidades de oro. No pedían más.
Los compañeros habían previsto iniciar el ataque
con una buena descarga de escopetería. Para ello, se formaban hasta cuatro
líneas constituidas, cada una de ellas, por seis hombres. Esta formación se
duplicaba y una y otra formaban un ángulo recto entre sí. De esta forma, los
españoles conseguían dos cosas, muy importantes ambas. La primera, que
atrapaban al enemigo en un fuego cruzado. Y la segunda, crucial esta, que el
fuego cruzado no los atrapaba a ellos, pues el ángulo no estaba lo
suficientemente abierto como para que una bala perdida acabara dándole a uno
que escopeteaba desde la otra formación.
Tras la señal de Albítez, el fuego se abrió rápido
y al bulto. Las distancias no eran grandes, aunque sí suficientes como para que
los disparos no resultaran excesivamente certeros. De, supongamos, cincuenta
tiros, puede que acertasen veinte o pocos más. Por suerte, allí había indios
por doquier, formados en medio de una explanada y muy pegaditos los unos a los
otros. Hasta el tirador menos hábil podía darse la satisfacción de haber matado
a un indio de un plomazo. Eso, mira, no se lo quitaba nadie.
La primera descarga tumbó a tres indios. Un pobre
resultado, desde el punto de vista de la efectividad. Uno magnífico, si se
consideraba que bastó para sembrar el desgobierno entre las filas caribes que
se agolpaban en la explanada. Solo doce tiros, seis y seis. Doce petardazos en
la espesura, doce fogonazos y, después, tres hombres que caían muertos. Grandes
guerreros todos ellos, de no más de veinte años el mayor, hermosos, valientes,
feroces. Pues abatidos por algo que ni siquiera eran capaces de identificar.
Que ni siquiera tuvieron tiempo de identificar.
Los compañeros que habían disparado sus escopetas
dieron un paso a un lado y la siguiente fila ocupó su lugar. Abrieron fuego,
cayeron muertos más indios y, al igual que los anteriores, se apartaron. La
hueste española carecía de cualquier cosa que se pareciera vagamente a la
instrucción, pero esto sí sabían hacerlo bien. Tampoco requería grandes
arreglos, dígase: nos ponemos en fila, vamos disparando las escopetas y
tratamos de no darnos entre nosotros. Después, dejarían las armas en el suelo y
desenvainarían las espadas.
Entre los quarecanos, quedó sembrado el más grande
de los desconciertos. ¿Qué sucedía? ¿Desde dónde los atacaban? Y la gran
pregunta: ¿Cómo?
El aire había quedado impregnado de un olor intenso
y desconocido. Se trataba de la pólvora quemada y solo los seis guerreros que
habían luchado contra los españoles en la avanzadilla de los días anteriores
pudieron identificarla. Quizás por ello, fueron Tütdümeeraba y Gïalameeterabe
quienes, en medio del desbarajuste general, tomaron la iniciativa.
— ¡Disparad! ¡Disparadles ya! —gritaron,
desgañitándose, a los arqueros encaramados a las copas de los árboles.
Sin embargo, a estos se les había dicho que debían
flechear a los perros locos y allí no solo no había perros locos, sino que no
había nadie. ¿Disparar? ¿Contra quién?
Gïalameeterabe, que parecía haberles leído el
pensamiento, se acercó corriendo hacia los árboles y volvió a gritar:
— ¡A la maleza! ¡Disparad a la maleza!
No podían hacer mucho más porque el enemigo no se
mostraba. Pero hacerlo suponía gastar proyectiles que más tarde podrían serles
de utilidad.
— ¡Hacedlo! —bramó Gïalameeterabe.
Los caribes no estaban acostumbrados a dar y a
recibir órdenes. Este no era su modo de combatir, aunque Gïalameeterabe parecía
hallarse en lo cierto: ellos ya apilaban un montón de cadáveres en mitad de la
explanada y los españoles ni siquiera habían dado la cara.
Una nube de flechas surcó el aire desde las copas
de los árboles. Los españoles, que ya lo habían previsto, se replegaron diez o
veinte pasos más atrás. La selva está repleta de dificultades aunque también de
ramas, troncos, raíces, desniveles y espesura. Si para algo sirve la selva, es
para ocultarte. Bien lo sabían los caribes y bien lo habían aprendido los
españoles.
Cuando la lluvia de flechas amainó, pues los indios
de las copas de los árboles consideraron que disparar sin saber a quién no
tenía mayor sentido, Balboa dio la orden que puso en marcha el asalto al reino
de Quareca.
— ¡Ahora! —gritó mientras salía, él antes que
nadie, de entre la maleza.
Existen pocas horas de la verdad en la vida, pero
esta fue una de ellas. Los ochenta compañeros siguieron a Balboa porque no les
quedaba más remedio que cumplir la orden, sí, pero también porque les daba la
gana. Porque anhelaban con todas sus fuerzas el botín de Quareca, la derrota
del enemigo, abrir una ruta hacia el mar del Sur y convertirse en los hombres
más célebres y afortunados sobre la faz de la Tierra. Eso, y más aún, si
hubiera palabras para describirlo.
El choque fue menos violento de lo que cabría
esperar. Las filas de guerreros caribes que se apiñaban tras su rey, gracias al
plomeo continuo, se habían descompuesto un tanto. Los indios estaban, por
decirlo de alguna forma, sorprendidos. Y en la guerra, lo peor que te puede
suceder es que te sorprendas. Llevas media derrota encima.
Los compañeros no corrían, pues con todo aquel
hierro encima habría sido imposible, pero avanzaban a buen paso. Alcanzaron la
posición de los primeros guerreros caribes y se pusieron a matarlos sin más
preámbulos. Levantaban las espadas hacia el cielo, las descargaban sobre los
hombros de los guerreros y continuaban abatiendo enemigos. Y ellos, los indios,
con ese rictus de estupefacción en el rostro. A Ferrol, Martínez y Baracaldo,
que tajaban en la vanguardia de la hueste española, les dieron ganas de gritarles
que espabilaran y que se defendieran de una santa vez. No lo hicieron, ojo.
La estrategia de ataque española era una y solo
una: trinca al que manda. No se trataba del colmo de la sofisticación guerrera,
pero se habían dado cuenta de que funcionaba. Y los españoles no elaborarían
grandes planes, no, pero sabían reconocer uno cuando este funcionaba.
Solo tenían un pequeño problema. Que no siempre
estaba claro quién mandaba. Puede que, visto con perspectiva, un tío estirado
en mitad de la plaza con cientos de hombres a sus espaldas y un cerdo salvaje
gruñendo a sus pies parezca, a todas luces, el rey. Sin embargo, había que
estar allí y en aquellas circunstancias. Había que ir avanzando por la jungla
viendo de todo y todo nuevo y visto por primera vez. Se les llenaban tanto los
ojos de novedad perpetua que preferían tomarse los acontecimientos con la debida
reserva. Eran blancos españoles en un país selvático donde la gente va desnuda,
se tatúa la piel y se come a sus enemigos. Quien afirmara que Züügmecá, por
mucho que acabara de dar cuenta de dos corazones humanos, era, sin duda alguna,
el tío al mando, debería reflexionar acerca de la posibilidad de no hablar tan
a la ligera. Porque, de acuerdo, en esta ocasión habría acertado, pero los
bocazas lo son a todas horas y también cuando advierten la presencia de
caimanes y aseguran que lo más probable es que resulten inofensivos.
En suma, irían matando a espadazo limpio y, luego,
ya verían.
De pronto, y para contribuir al desconcierto
general, los trescientos guerreros ocultos en la espesura surgieron de ella y
corrieron en dirección a los españoles esgrimiendo sus macanas en el aire.
Alguien habría decidido que allí, escondidos, no eran de mucha utilidad. Así
sucedía. El problema, una vez más, recaía en el lado de los españoles y en su
extravagante manera de luchar: muy cerrados en un grupo compacto y sin prisa.
¿Qué clase de guerrero lucha sin prisa? A los caribes, acostumbrados a las refriegas
vertiginosas, aquel golpeteo lento y mortal los sacaba de sus casillas. Además
de diezmarlos por doquier, dicho sea de paso.
La llegada de los trescientos guerreros de refresco
no supuso un especial contratiempo para los compañeros. Ellos luchaban contra
quienes tenían ante sí y el número de integrantes de la primera fila, por mucho
que esta les estuviera ya rodeando en un cerco absoluto, era limitado. De esta
forma, la superioridad numérica de los caribes se veía atenuada. Carecían de
cualquier posibilidad de escapatoria, pero, dado que no pensaban huir sino
vencer, se sentían cómodos luchando así.
Las macanas de los caribes golpeaban una y otra vez
en las armaduras y los yelmos de los españoles. Estos devolvían los golpes
asiendo las espadas con ambas manos y segando el frente a la altura de las
tripas. Se trataba de maniobras sencillas, de ida y vuelta, que no requerían
especial pericia y de las que siempre se obtenía beneficio, pues raro era el
viaje en el que no tajaban algo de carne enemiga. Siempre les pareció una
temeridad eso de ir desnudos a la batalla. A los indios, aquella actitud les parecería
de lo más aguerrida, pero de práctica no tenía nada. Carecían de metales, más
allá de los preciosos, aunque si habían sido capaces de fabricar macanas con
filos de madera más que razonables, ¿por qué no hacían lo propio con sus
corazas? Unas protecciones en el pecho y la espalda los habrían salvado de
muchos tajazos lanzados por los españoles. Se preguntaron acerca de aquel
sinsentido. No obstante, sin darle demasiadas vueltas. Los indios atacaban al
modo de los indios de igual forma que ellos lo hacían al modo en el que venían
haciéndolo desde hacía décadas y décadas. Cada cual, con su bagaje a cuestas.
Una media hora después de haberse iniciado la
batalla, Balboa y los ochenta compañeros que lo secundaban se hallaban
exhaustos por el esfuerzo. Se sabían empapados en sangre, pues, aunque no
tenían demasiado tiempo para observarse los unos a los otros, vistazos de
refilón sí se lanzaban. Creían que esta sangre era tan necesaria como
innecesaria. Creían ambas cosas al mismo tiempo. Porque ellos necesitaban pasar
por allí porque por allí pasaba la ruta que los conducía al tan ansiado mar del
Sur. No había otro modo de lograrlo, así lo habían asegurado una y otra vez los
cuevas a los que, a cada tanto, interrogaron. Sin embargo, los españoles habían
tenido demasiadas experiencias dolorosas con los caribes. Por ello, si estos
les hubieran dejado pasar sin mostrar hostilidad, ellos, los españoles, habrían
avanzado ahorrándoles toda esta sangre. Los compañeros no eran santos, vive
Dios que no lo eran, pero tampoco idiotas. Una batalla como la que entablaban
ahora no obedecía a nada que no fuera la obcecación del enemigo. Pensaban que
los mataban porque allí nadie tomaba la determinación de comportarse de forma
razonable. El propio Balboa se veía a sí mismo más como un recolector de gloria
y riqueza que como un guerrero. Batallaba por su culpa, lo sabía, y también por
la de los demás. Sabiendo que a Dios lo tenían de su parte, no les acarreaba
demasiadas preocupaciones. Con no salir heridos, se daban por satisfechos.
Tarde o temprano, alguien lee la batalla. Ellos,
que en su mayor parte eran analfabetos, leían en los movimientos del
adversario, en su disposición en el campo de batalla, en la cadencia de la
lucha. Solo al alcance de los hombres más experimentados se hallaba este don y,
por ello, fue el capitán Olano el primero que lo advirtió: sé quién es el rey;
y ahora que lo sé, nada volverá a ser igual.
Iremos a por ti.
Züügmecá había retrasado su posición varias veces.
No quería abandonar el frente de batalla porque, si lo hacía, sus çabras
podrían pensar que era un cobarde. Pese a todo, tampoco se pondría al alcance
de las espadas que blandían los españoles y que ya habían segado las tripas de
un buen número de sus mejores guerreros. Por ello, daba pequeños pasos hacia
atrás, se replegaba a medida que los españoles ganaban, muy despacio aunque de
forma constante, terreno.
— ¡Quareca! —gritó el capitán Olano.
— ¿Dónde? —preguntó, girándose, de inmediato, hacia
él, Balboa. Tanto el uno como el otro tenían el rostro empapado en la sangre de
sus enemigos muertos. Esos mismos que ahora yacían bajo sus pies y sobre los
que pisaban para poder avanzar.
— ¡Ahí delante! —volvió a gritar Olano.
Züügmecá no necesitó que le tradujeran nada. Los
extranjeros se habían fijado en él y, aunque no era plenamente consciente de
qué significaba algo así, sí supo que nada bueno le aguardaba.
— ¡Es Quareca! —exclamó Balboa. La batalla cambiaba
por completo. Hasta entonces, habían luchado contra el enemigo, entendido este
como la totalidad de indios que se extendía frente a ellos. En lo sucesivo,
solo contaba un indio: Züügmecá. Hacia él encaminaban todos sus esfuerzos.
La hueste comenzó a moverse muy despacio en
dirección hacia el cacique. Las filas caribes se habían deshecho más de la
cuenta y ahora los españoles disponían de retaguardia, entendida esta como un
espacio seguro al que retrasarse si las cosas se ponían demasiado feas. Para
quien ha estado completamente rodeado, supone un avance. Fue por allí, por la
retaguardia, por donde lograron llevar las traíllas de alanos hasta el frente
de batalla. Los perros, que distinguían perfectamente la guerra de la paz, tiraban
con fuerza de los hombres que sujetaban las correas. No los soltarían hasta que
estuvieran todos juntos. Pero ya ladraban, ladraban como los indios caribes no
habían oído ladrar jamás. Comenzaron a sentir un miedo profundísimo que ni los
propios españoles barbudos causaban.
Entonces, los tiradores apostados en los árboles
comenzaron a lanzar flechas sobre ellos. Llevaban un buen rato observando la
batalla y, aunque sabían que su posición se hallaba demasiado alejada del lugar
donde se desarrollaba el combate, no se quedarían de brazos cruzados viendo
cómo los extranjeros masacraban a los suyos. Las flechas cayeron tanto sobre
las traíllas de perros como sobre las corazas de los compañeros. Hirieron a dos
alanos y eso fue suficiente para que se ordenara su retirada. Los caribes se
anotaban, así, una pequeña victoria en el desarrollo de la contienda. Sería la
única.
Porque los compañeros consiguieron capturar a
Quareca. Fueron Baracaldo y Gutiérrez.
El error de Züügmecá fue el de pecar de ingenuidad.
En realidad, nada más que eso. La diferencia de efectivos en uno y otro bando
caía abrumadoramente del lado de los caribes. Y sí, su estrategia dejaba mucho
que desear; y sí, sus armas no bastaban para atravesar las armaduras de los
españoles; y sí, combatir a quien se sabe invulnerable no resulta fácil. Pero,
aun y todo, eran más. ¿Por qué no los agotaban, por qué no les obligaban a
replegarse hacia un rincón, por qué no se limitaban a mantener el cerco sobre
el reducidísimo grupo de españoles? De hecho, Züügmecá podría haberse limitado
a sostenerse, a aguantar. A mantener la fila defensiva mientras los españoles
se iban quedando, poco a poco, sin fuerzas. Habían conseguido mantener a raya a
los perros locos, ¿no? Pues ya estaba, ya lo tenían.
Züügmecá quiso ser uno más entre sus buenos
guerreros. Estaban muriendo a decenas, puede que a centenares, pero Züügmecá no
creyó que la derrota fuera a caer de su lado. Los compañeros tampoco. Por eso,
cuando el largo brazo de Baracaldo se estiró hacia el frente, atrapó al cacique
por el cuello y tiró con tanta fuerza hacia él que casi se lo parte, el cacique
no dio crédito a lo que ocurría. No podía suceder lo que estaba sucediendo. Y
si no podía suceder, ¿por qué estaba sucediendo?
Los reyes no van a la guerra. Ni siquiera los
generales se dejan ver en la primera línea. No, porque si lo hacen y los
capturan, las tropas bajo su mando se verán obligadas a dejar caer los brazos
para evitar males mayores.
—Te tengo —dijo Baracaldo.
Gutiérrez vio cómo Quareca cruzaba el aire por
encima de las cabezas de sus çabras. Baracaldo lo tenía asido con fuerza, pero
esto es como pescar con anzuelo: un pez que ha picado no es un pez que está en
la cesta. Por ello, Gutiérrez dejó caer su espada, se puso de puntillas y se
impulsó hacia arriba apoyándose en un çabra que, por azares de la batalla, en
aquel preciso instante le daba la espalda. Entre un mar de guerreros caribes
que trataban de herirlo, asió por una oreja a Quareca y tiró con todas sus fuerzas.
Por extraño que parezca, los caribes, que se dieron
perfecta cuenta de lo que estaba aconteciendo, no sujetaron por las piernas a
su rey con la intención de retenerlo o de tirar de él en sentido contrario.
Habría resultado un tanto indigno, esa es la verdad, pero los españoles no
habrían dudado en hacerlo si quien se hallaba siendo capturado por el enemigo
era su rey Fernando o, mucho más verosímil, el capitán Balboa. Le habrían
arrancado las piernas si fuese preciso. Cualquier cosa antes de entregarlo sin luchar.
Los indios caribes, cuando vieron a Züügmecá por
los aires y siendo arrastrado hacia el corazón de la hueste invasora, se
quedaron petrificados. Dejaron de luchar y, simplemente, observaron. Ni
siquiera con sorpresa: incrédulos. Tal y como el propio Quareca pensaba, nada
de lo que sucedía podía estar sucediendo y, de hacerlo, lo hacía porque el
mundo se había vuelto del revés. ¿Y quién quiere continuar peleando en un mundo
que está del revés, en el que no sabes si la lucha te beneficia o te perjudica,
si mandas o has dejado de hacerlo, si vences o, en suma, pierdes?
Diez compañeros se abalanzaron sobre el cuerpo de
Züügmecá. Traía un cerdo salvaje atado con una cuerda y Crespo le clavó a este
un enorme puñal en el garganchón. El bicho gruñó durante un buen rato y los
españoles, a propósito, dejaron que lo hiciera para ver si así, de una santa
vez, los caribes se cagaban encima de puro miedo. Durante un minuto o dos, solo
se oyeron las respiraciones de los guerreros caribes que se echaban hacia
atrás, los gritos de horror que profería Quareca con diez compañeros sudorosos
tumbados sobre él y los rezongos de un cerdo salvaje herido de muerte.
Lo que a continuación venía, lo sabían, o creían
saberlo. En realidad, existían dos posibilidades, consciente ya el enemigo de
que habían capturado a su rey. La primera, que se rindieran de inmediato. Que
depusieran las armas y que dieran un paso atrás reconociendo la derrota. La
segunda, que todavía no se dieran por acabados y trataran de recuperar a
Züügmecá. Por ello, los primeros momentos contaban, y de qué manera.
Balboa escudriñó los rostros de las filas enemigas.
Albítez, Pizarro, Burán, Robledo y otros cuantos compañeros hicieron otro
tanto. De momento, parecía que los guerreros caribes no dejaban caer las armas.
No luchaban, eso seguro, pero continuaban ahí, frente a ellos, en una actitud
que no les pareció desafiante aunque tampoco pacífica. Se encontraban
asimilando la sorpresa. Sencillamente, jamás, hasta donde los relatos de su
nación llegaban, les había ocurrido que unos enemigos venidos de otro mundo entraran
en su reino, los desafiaran a una guerra abierta y, como consecuencia de la
misma, el rey hubiera sido hecho prisionero.
—Levantadlo —ordenó Balboa.
Baracaldo, Gutiérrez, Malpartida y Ferrol, que
sujetaban a Quareca para que no se les escabullese, lo pusieron en pie. Balboa
lo miró a la cara y se dijo que, visto así, tan de cerca, el jefe de los
caribes no parecía gran cosa. Quizás el indio creyera que, hasta ese momento,
el Darién le pertenecía. Quizás todos los indios caribes lo pensaran. Bien, las
tornas cambiaban y llegaban unos tiempos nuevos. En adelante, este mundo
pertenecía a Balboa.
—Rajadle el cuello —dijo.
— ¿Cómo? —preguntó Baracaldo.
—Que le rajéis el cuello —repitió Balboa.
—No sé yo si es una buena idea, capitán —reflexionó
Baracaldo. Tenía a Quareca asido por un brazo. La manaza del compañero había
realizado una presa sobre el mismo a prueba de escabullimientos—. Los guerreros
están ahí delante.
—Y hay más en las copas de los árboles. Tienen
arcos y flechas —añadió Malpartida.
—Me la suda —repuso Balboa—. Matadlo delante de
todos ellos.
— ¿Y si preguntamos al resto de capitanes?
—inquirió, preocupado por las consecuencias de una decisión semejante,
Malpartida.
Pizarro, Albítez y Olano no se hallaban demasiado
lejos. Aquello se parecía mucho a un tumulto, con españoles yendo y viniendo de
un lado hacia otro y tratando de asegurar posiciones en el campo de batalla.
Calcularon que, frente a ellos, se extendían al menos quinientos guerreros
caribes. Aguardaban, expectantes, acontecimientos.
Que era, precisamente, lo que Balboa pretendía
ofrecerles. ¿Queréis saber qué va a pasar? Pues no os haremos perder el tiempo.
Vamos a matar al puto Quareca de los cojones. ¿Por qué? Por montarnos esta
bienvenida. Por cortarnos el paso. Por no dejarnos atravesar en paz su
territorio. Porque podemos y nos da la gana. Sabed que, en adelante, la
presencia de un solo español será sagrada. Aquel que la importune recibirá un
castigo. Da igual que, sin querer, le haya pisado el dedo gordo de un pie. Da
igual que le haya cortado un brazo o, como hemos visto que os gusta hacer, le
haya abierto el pecho para devorarle el corazón. Sois unos bárbaros y como a
bárbaros os trataremos siempre. El único castigo que, en adelante, se impondrá
es la muerte para el infractor. Siempre e indefectiblemente, la muerte.
Matar tan pronto al rey no era una maniobra exenta
de dificultades. Lo que Balboa pretendía con ella, lo comprendían todos:
mostrar al pueblo más bravo de la selva de qué se sentían capaces los
españoles. Sembraban el terror ahora para no tener que hacerlo más adelante. Un
indio aprendido es un indio que no causa problemas. Sin embargo, matarlo con
más de quinientos guerreros con las armas en las manos… Habían hecho esto mismo
en más ocasiones, aunque siempre se trataba de cuevas, no de caribes. Con los
cuevas, la treta funcionaba de maravilla. A Careta lo masacraron sin tregua
durante seis horas seguidas y ahora suponía el más fiel aliado de los
españoles. Hasta, en señal de respeto, le había regalado una de sus más guapas
hijas a Balboa. Este, por seguir adelante con el plan y no desairar al cacique,
había aceptado casarse con ella. Sin embargo, se trataba de una niña y a Balboa
no le gustaban las niñas. La tenía sirviendo en su casa mientras se echaba unos
años al cuerpo.
—La decisión está tomada —sentenció Balboa—. Matad
a Quareca.
De acuerdo, adelante. Que Dios repartiera suerte.
Züügmecá, al menos hasta el instante final, no se dio cuenta de lo que le iba a
suceder. En realidad, Züügmecá había resultado un rey bastante torpe. En ningún
momento supo reconocer la capacidad militar de los españoles y, menos aún, la
creencia de estos en su propia invulnerabilidad.
Baracaldo se situó tras Quareca y extrajo un gran
cuchillo de filo de acero español. En un movimiento rápido en el que no vaciló
ni por un instante, rajó, de oreja a oreja, el cuello del cacique. Este abrió
mucho los ojos y trató de llevarse la mano derecha a la profunda hendidura,
pero no le dio tiempo porque murió en el acto.
Los compañeros lo soltaron y cayó hacia delante.
Cientos de pares de ojos los observaban. Empuñaron
las espadas. En el peor de los casos, volverían a luchar a brazo partido, que
era lo que habían estado haciendo hasta un rato antes. La baza que jugaban se
basaba en el miedo, el terror, el pánico, la asunción de que ellos eran los
nuevos amos. Unos amos que, a malas, sabían ser tan sanguinarios o más que los
mismísimos caribes.
Gïalameeterabe y Dëggeromee, cerca ambos de la
vanguardia de la fila caribe, se miraron el uno al otro. Si dos hombres lo
habían dado todo en los últimos días, se trataba de ellos. Junto a Güetaraba,
Gëdgeraaba, Dëdmeraba y Tütdümeeraba lo intentaron todo contra los extranjeros.
Quien haya seguido hasta aquí este relato, bien lo sabe. Todo. Ya no se podía
intentar nada más. Salvo, por supuesto, admitir la derrota. ¿Cómo se emprendía
una acción semejante? Los caribes pocas veces se rendían. Los quarecanos en
particular, nunca. No conocían el modo de comunicarle al adversario que se
daban por vencidos, que en lo que a ellos respectaba la batalla había
finalizado, que en resumen aceptaban el nuevo orden.
Y como nada de esto sabían, se echaron a correr con
rumbo a la jungla. A ojos de los compañeros, aquella se trataba de una
determinación muy poco honrosa, pero quien estuviera libre de pecado que tirara
la primera piedra: ellos mismos, los españoles, y no hacía tantos años de
aquello, habían emprendido la huida tal y como ahora la emprendían los caribes.
Y frente, precisamente, a caribes tal y como estos. Fue en las tierras del
levante, a una semana o dos de viaje desde allí. Murieron muchos españoles en
la refriega. Buenos tíos que caían bajo el maldito curare enemigo. Se dijeron
que no siempre sucedería así.
Y cumplieron.
En menos de lo que canta un gallo, Quareca quedó,
salvo por la presencia de los españoles, desierto. Hasta observaron, no sin
cierto estupor, cómo los tiradores apostados en las copas de los árboles
descendían precipitadamente de ellos, se unían a los grupos de los que huían y
se internaban en la selva.
— ¿Y si se reagrupan y regresan? —preguntó Jaén.
—No lo creo —respondió Gutiérrez—. ¿Para qué irte
si piensas volver? Quien quiere luchar, lucha. Y esos ya tienen demasiada pelea
en el cuerpo. No volverán.
—Además —intervino Balboa, quien había escuchado la
conversación—, no les vamos a dar tiempo a nada. Seguiremos camino en cuanto
nos aprovisionemos y descansemos un poco. Dispersaos.
Balboa se pasó la mano por el rostro y se giró para
observar el lugar por el que comenzaba a aparecer la comitiva española.
Llevaban horas y horas ocultos en la selva y todos merecían un respiro. Él
mismo se sentía extenuado. A la tarde apenas le quedaban diez o veinte minutos
y lo mejor era ocupar las casas abandonadas por los caribes, establecer una
guardia por turnos, ordenar que se preparara la cena, inspeccionarlo todo en
búsqueda de botín y, por fin, echarse a dormir a pierna suelta. La jornada había
sido larga y las que les aguardaban, más aún.
Sin embargo, todavía les restó algo de trabajo por
hacer. El registro de las edificaciones, que ya había dado comienzo, pues los
españoles estaban a muchas cosas pero sobre todo a algunas, dio como resultado
algo que, en un primer momento, les dejó sin habla.
En una de las casas situadas al sur del poblado, se
escondían, tal y como Züügmecá había ordenado un rato atrás, los miembros de su
familia. En aquel momento, nadie pensó, y el propio Züügmecá, quien escribía el
futuro solamente deseándolo con fervor, menos aún, que aquel hatajo de
indolentes fuera a verse en peligro verdadero. No obstante, ahí estaban:
olvidados tras la desbandada. La población de Quareca había huido en dirección
a la selva y nadie había pensado sino en sí mismo y en sus más cercanos allegados.
La familia de Züügmecá, que yacía degollado junto a una montaña de guerreros
muertos en la batalla, no pertenecía a nadie y nadie se ocupó de ella cuando
quedó claro que quien mandaba ya no era el rey, sino el tío de las barbas y el
tatuaje de la serpiente dorada en el cuello.
Quienes los descubrieron fueron Gallego y Camacho y
a resultas del simple azar: andaban por allí. Los compañeros, conscientes de
que restaba poca luz, se hallaban realizando un registro rápido en búsqueda de
piezas de oro. Por la mañana volverían a hacerlo, pero la mayoría no
conciliaría el sueño si no conseguían hacerse, al menos, una idea aproximada de
a cuánto ascendía el botín. Inspeccionando aquí e inspeccionando allá, Camacho
abrió la puerta de la casa donde se ocultaba la familia de Quareca y, allá mismo
y bajo el quicio, no pudo ocultar su sorpresa.
—Madre de Dios… —murmuró.
— ¿Qué sucede? —preguntó Gallego, a dos pasos de
distancia.
—Ven, acércate y mira esto.
Gallego hizo lo que el compañero le pedía y se
asomó.
—Madre de Dios… —dijo.
Más compañeros, no alarmados, pero sí recelosos
ante las exclamaciones de los dos hombres, se aproximaron con la intención,
ellos también, de echar un vistazo.
—Madre de Dios… —dijo Díaz, el primero en asomarse
al interior de la casa.
Hubo más, bastantes más, pero ahorrémonos el viaje.
En el interior de la vivienda, como se ha dicho, se
ocultaba la familia real de Quareca. Las noticias de que este había sido
ejecutado por los españoles habían llegado hasta ellos, qué duda cabe. Su
actitud y el modo en el que recibieron a los extranjeros así lo delataban. ¿Que
cuál fue ese modo? Los varones, creyéndose más en peligro que las mujeres y los
niños, decidieron, muy a la desesperada, una última treta: hacerse pasar por
mujeres y evitar, de este modo, las represalias de los conquistadores. Habría
dado igual, aunque ellos no lo supieran: los españoles no acostumbraban a
realizar distingos cuando de crueldad innecesaria se trataba, y ejecutaban con
idéntico ánimo a unos y a otras. A los caribes, una vez más, los perdió su
ingenuidad. Puede que si hubieran dado un paso al frente con las manos llenas
de ricas piezas de oro y les hubieran asegurado que tenían más escondidas en un
lugar oculto, los habrían mantenido con vida al menos hasta saber algo acerca
de ese lugar oculto. Luego, porque para esto los españoles eran así, puede que
se les olvidara rajarles el cuello. Una vez que se ponían a otra cosa,
concentraban su atención en ella y relegaban la anterior. Viajaban muy deprisa
hacia un futuro que siempre amenazaba con escurrírseles entre los dedos.
¿Y cómo se hacía pasar por mujer un varón caribe?
Buena pregunta, dado que se hallaban siempre desnudos y con todas las
apariencias al descubierto. Sin embargo, existía una posibilidad.
Entre las mujeres de buena cuna, y las de la
familia de Quareca lo eran todas, se solía vestir, en ocasiones, una especie de
falda que los españoles llamaron enagua y que suponía más un signo de
distinción que de pudor. No se tapaban por vergüenza, sino para el propio
lucimiento. Allá, en la sierra de Quareca, una mujer de alta alcurnia se ponía
la falda para decirle a las demás que ella era ella y las demás, rabiando tanto
como pudieran, pues no.
Los hombres ocultos en aquella casa, un par de
cuñados del difunto Quareca, varios hermanos y unos cuantos primos,
experimentaron un instante de auténtico pánico y alguien debió de creer que a
las mujeres se las respetaría, de manera que no existía mejor estrategia en
aquel momento que hacerse pasar por una. La noche había caído casi por completo
y las mujeres caribes no tenían los pechos grandes. En la penumbra de la última
hora de la tarde, todos los gatos serían pardos.
No lo fueron. Se dio cuenta Gallego, se dio cuenta
Camacho, se dio cuenta Díaz y se dieron cuenta todos y cada uno de los que
asomaron la cabeza a través de aquella puerta para mirar dentro. Para desgracia
de los hombres ataviados de mujeres, los españoles no solo no vieron hombres
ataviados de mujeres, sino que creyeron estar siendo testigos de algo peor: el
más abominable de los pecados. De ahí, sus exclamaciones de incredulidad.
Porque una cosa es que te lo cuenten o imaginarlo y otra, bien distinta, contemplarlo
con tus propios ojos.
Había al menos quince tíos vestidos con faldas de
mujer. Ni siquiera tuvieron fuerzas para contarlos y asegurarse del número
exacto. ¿Acaso importaba? ¿Importa que pequen dos o cincuenta? Correrían
idéntica suerte, fueran cuantos fuesen.
— ¿Qué pasa aquí? —preguntó Balboa, quien se había
acercado, pues en las inmediaciones de la casa se había formado corrillo. A
unos hombres que nada sorprendía, les había sorprendido esto. ¿Qué?
—Hay maricones dentro, capitán —resumió Camacho.
— ¿Cómo que maricones? —inquirió, incrédulo,
Balboa.
—Sodomitas, capitán —aclaró Camacho.
—Sé qué es un maricón, gracias. Me refería a que
cómo sabéis que ahí dentro se ocultan maricones.
—Llevan enaguas de mujer.
—No es posible.
—Obsérvalo con tus propios ojos si no me crees,
capitán.
Balboa apartó a unos cuantos compañeros, avanzó
hasta la puerta de la casa y se asomó al interior. Agolpado en el extremo
opuesto, se apiñaba un grupo de personas de diferentes alturas y edades. Había
una lumbre ardiendo en la mitad de la estancia y la visibilidad, sin ser la del
mediodía, no era mala. Balboa entornó los ojos y examinó el grupo. Desde luego,
distinguió a varias mujeres, algunas jóvenes y otras no tanto. Entre ellas, a
una anciana que podría ser, tranquilamente, la madre de Quareca. Puede que, más
tarde, le explicara que no les había quedado más remedio que matarle al hijo.
Lo volverían a hacer si se vieran en la necesidad, pero cualquier madre, y esto
los españoles lo llevaban a misa, merece una explicación en torno a lo que le
ha sucedido a su muchacho. La tendría.
Se disponía ya a dar media vuelta y a decir que se
había tratado de una falsa alarma cuando los descubrió. Los varones de la
familia del rey no habían pegado un palo al agua en sus vidas, aunque tontos
del todo no eran. Así, se dieron cuenta de que el plan no estaba saliendo tan
bien como habían previsto y, por si acaso, se ocultaron detrás de las mujeres y
los niños. Los tildarían de cobardes durante el resto de sus existencias, pero
la vida de uno es la vida de uno y se le tiene aprecio.
—Me cago en la Virgen Santa… —dijo Balboa
silabeando cada palabra.
— ¿Ves, capitán? —le soltó Camacho—. Ya te habíamos
dicho que ahí dentro no hay más que maricones.
—Joder que sí…
— ¿Y qué hacemos con ellos?
—De momento, separarlos del resto. Venga, sacadme a
las mujeres y los niños. Todo el que no sea sodomita que salga de la casa.
No les hizo gracia alguna el trabajo adicional. No
obstante, la vivienda tenía buen aspecto y quizás ocultase un sabroso botín.
Las piezas que se recogían se guardaban juntas para, posteriormente, proceder a
la fundición y al reparto. Sin embargo, ¿quién no distraía una medallita o un
cordoncillo? Nadie conquistaba gratis y conseguirse un piquito sin declarar y
libre del quinto del rey no era algo que estuviese mal visto. Al final, hasta
Balboa lo hacía. Y si Balboa lo hacía, el resto también. Por ello, quien
entraba primero, primero rebuscaba y primero se llevaba el premio.
Uno a uno, los miembros de la familia real fueron
saliendo de la casa. El modo de separar a los hombres de las mujeres fue el
obvio: les miraban la entrepierna y si allí había asuntos de más, debían dar
media vuelta y regresar al interior. Permitieron, eso sí, que dos niños de
corta edad abandonaran la vivienda y salieran al exterior. Una vez allí, un
compañero les señaló la jungla con el dedo índice de una mano extendida. Tenían
a la noche encima y la selva no resultaría el lugar más acogedor para pasarla,
pero se trataba de eso o la muerte. Les estaban haciendo un favor dándoles a
elegir.
Hasta tres hombres trataron insistentemente de
abandonar la casa. Se barruntarían algo, con toda probabilidad. Los compañeros,
a golpes, les quitaron la idea de la cabeza. Como había ordenado Balboa, los
sodomitas debían permanecer dentro y ya se dispondría.
Por fin, no quedó nadie que no fuera varón en el
interior de la vivienda. Díaz penetró en ella para asegurarse y un caribe se le
lanzó a las piernas rogándole que le permitiera marcharse. Todavía llevaba las
enaguas puestas. Díaz, que sintió como si lo hubiera tocado el mismísimo
Satanás, comenzó a patearlo furiosamente, primero para alejarlo de sí y después
por pura rabia. Llevaban mucho aguantado, y más que aguantarían. La muerte, si
se hacía preciso. Pero no tolerarían que un sodomita les pusiera jamás la mano
encima. Hasta ahí llegaba la paciencia de los españoles.
—Ya está, capitán —le indicó Gallego a Balboa—.
¿Qué ordenas?
Balboa no se lo pensó mucho. No, porque para él no
existían demasiadas opciones. La sodomía era pecado y delito, así que los
hombres del interior de la casa debían ser castigados con la mayor dureza.
—Aperreadlos —dijo.
Trajeron las traíllas de los alanos. Calcularon que
no habría más de quince hombres en el interior de la casa. El propio Díaz, que
acababa de volver a salir, lo confirmó. Puede que diecisiete, aunque no más.
Con tres traíllas sería suficiente, pero se llevaron las cinco. En cada una se
agrupaban diez perros y de cada una tiraba un español. En principio, esta tarea
se suponía rotatoria. Sin embargo, con el paso del tiempo algunos hombres le
habían cogido el gusto y otros, por el contrario, la aborrecían. De manera que
no resultó complicado realizar apaños entre los miembros de la hueste. A estas
alturas de la entrada, los cinco compañeros que gobernaban las traíllas eran
siempre, o casi siempre, los mismos.
El aperreo no albergaba demasiados misterios. Se
soltaba a los alanos de guerra y estos hacían el resto. En el interior de una
vivienda de una sola puerta y ante quince hombres desarmados, el resultado
sería el previsible. Por si acaso, y para que a los animales no se les olvidara
en qué consistía su trabajo en la expedición, los llevaban con bastante hambre
atrasada.
Se trataba de animales tranquilos. Cuando no tenían
que trabajar, los alanos se dedicaban a sestear. Si la expedición avanzaba,
ellos lo hacían siempre en retaguardia y a paso cansino. Muy de cuando en
cuando, algún macho se encaraba con otro. En esos casos, se los separaba en
traíllas diferentes y daban al asunto por resuelto. Si existía un animal
pacífico, ese era el alano español.
Pero ellos también debían trabajar. Supieron que se
aproximaba faena cuando los compañeros que gobernaban las traíllas soltaron a
los perros guías. Estos se quedaron junto a los compañeros sin poder ocultar
una expectación que, de inmediato, contagiaron al resto. En cuestión de
segundos, algunos perros comenzaron a gruñir y otros a ladrar.
Antes de azuzarlos, se aseguraron de haber liberado
a la totalidad de los animales. Sabían qué debían hacer, aunque no dónde, y la
indicación final los españoles se la hurtaban para evitar un ataque
desorganizado: si los perros de guerra atacaban desordenados, podían realizar
mucho daño al enemigo; si atacaban al mismo tiempo, resultaban más letales que
cincuenta hombres armados hasta los dientes.
Los indios no los llamaban perros locos en vano.
— ¿Listos? —preguntó Ferrol, quien, junto a
Robledo, se situaba frente a la puerta de la casa para así cortar el paso a los
caribes que había en su interior si estos pretendían, a la desesperada, huir.
—Listos —respondió uno de los compañeros al cargo
de las traíllas.
Ferrol echó el cuerpo hacia delante y señaló la
puerta de la casa.
— ¡Vamos! —exclamó dirigiéndose a los alanos de
guerra—. ¡Atacad!
Los perros no se echaron a correr, sino que,
literalmente, saltaron en el aire y se abalanzaron sobre la entrada de la
vivienda. El paso era estrecho y solo podían acceder al interior de ella de dos
en dos, pero lo hacían a tal velocidad que, en menos de medio minuto, los
cincuenta animales estuvieron dentro.
Si los caribes aperreados gritaron, se lamentaron o
imploraron clemencia, fue algo que nadie supo, pues allí cualquier sonido
quedaba enterrado bajo el estruendo que realizaban los perros atacando,
embistiendo, mordiendo, despedazando y devorando vivas a sus víctimas. Para los
animales, aquel era el enemigo y como a tal lo trataban. Así se lo habían
enseñado desde que no levantaban ni un palmo del suelo.
Los compañeros, en el exterior de la casa, se
limitaron a aguardar y a impedir una posible huida de los caribes. Algo
improbabilísimo a todas luces, pues con cincuenta perros de guerra dando cuenta
de ellos… En fin, se ocuparon de comprobar el filo de las espadas tras la
reciente batalla, el estado de sus armaduras, alguna que otra inesperada
abolladura en el yelmo… Hicieron tiempo hasta que, un rato después, el bullicio
cesó en el interior de la vivienda. Eso significaba que los perros se calmaban.
Eso significaba, por tanto, que los sodomitas habían recibido un castigo que
tan siquiera el padre Vera consideró excesivo. Si eres sodomita y haces cosas
de sodomitas, no te extrañe que, cuando lleguen los hombres buenos y
cristianos, te traten como a un miserable pecador.
Había sido rápido, de modo que cierta y particular
piedad no les podrían negar.
Algo más tarde, cuando los perros ya se encontraban
de nuevo recogidos y la mayoría del improvisado campamento descansaba, el
capitán Pizarro entró en la casa con una tea encendida en la mano. Observó los
esqueletos limpios de los indios aperreados y olfateó el aire. Le pareció
insólito que allí no oliera a nada. No obstante, bastaba con pensarlo un poco
para darse cuenta de que no quedaba ni una pizca de carne adherida a los
huesos, no había sangre derramada, ni vísceras, tan siquiera signos aparentes de
la matanza que no hacía mucho había tenido lugar allí. Solo los esqueletos de
los indios muertos. Solo eso.
De improviso, Balboa apareció bajo el quicio de la
puerta.
—Pizarro —dijo.
—Capitán —respondió este—. ¿Cómo es que no duermes?
—Necesitaba cotejar unas cuantas informaciones.
— ¿Sobre la ruta hacia el mar del Sur?
—Estamos muy cerca, Pizarro.
— ¿Cuánto de cerca?
—A cuatro o cinco días de camino.
— ¿Estás seguro?
—Completamente. Hemos interrogado a algunos
caribes. A pesar de que tenían tantas ganas de contárnoslo todo como de
nosotros saberlo, no ha sido sencillo, pues ninguno de los que nos acompañan
conoce su jerga.
—Te dije que no enviáramos a Gonzalo y a Alonso a
una muerte segura.
—Y yo te dije que Gonzalo y Alonso no hablaban la
jerga de estos cabrones.
—Pero conocían el camino.
—Hasta Quareca. Y nos guiaron bien. Ya no nos eran
de utilidad.
—Sin embargo…
— ¡Eh, tío! Todo ha salido como esperábamos, ¿no es
así?
—Sí…
—No tenemos bajas. Solo algunos hombres heridos y
ninguno de gravedad extrema. ¿Cuándo has salido tú de entrada, las has pasado
tan putas como nosotros en la última semana y has podido dar gracias a Dios por
no haber perdido a nadie?
—Nunca.
— ¡Exacto, Pizarro! Somos la hostia, joder. Esto va
a salir bien. Un empujón más y seremos los hombres más famosos del mundo
entero.
— ¿Está ahí el mar del Sur?
—Lo puedo oler desde aquí, cojones.
—Eres un puto mentiroso, Balboa.
—Lo sé. ¿Quién de nosotros no lo es?
— ¿Partiremos mañana?
—A primera hora, tío. A primera hora.
Capítulo 13
Acabaron en el estómago de una ballena mayúscula
25 de septiembre de 1513, domingo
Balboa no quería perder tiempo y, a primera hora de
la mañana, puso la columna en marcha. Eso sí, ya que tenían tomado Quareca,
decidieron que, de momento, se lo quedaban. De este modo, podían establecer un
campamento seguro en retaguardia. Además, tenían un buen puñado de hombres
enfermos o heridos, de manera que nada mejor que dejarlos descansando. Los
caribes no volverían, pero, por si acaso, les prestaban a cincuenta sirvientes
cuevas y a una traílla de alanos. Los cuevas aseguraron que si los caribes atacaban,
ellos sabrían defender al grupo de compañeros enfermos. Que, en suma, los
perros locos no eran necesarios. Preferían vérselas con los caribes antes que
tener cerca a las bestias de los españoles. Sin embargo, Balboa juzgó que mejor
dejaba una decena de buenos perros locos. Sabía que, con ellos en el
campamento, los caribes se lo pensarían dos veces antes de atacar.
Al frente de los hombres rezagados, Balboa situó al
capitán Olano, lo que al capitán Olano le supo fatal. ¿Por qué Balboa le hacía
esto, ahora que se hallaban tan cerca de su destino? Balboa respondió que era
porque necesitaba a un hombre de su total confianza para encabezar al grupo. La
fecha de su regreso parecía incierta y no debían descartar que, transcurridos
unos cuantos días, el grupo tuviera que realizar, por su cuenta, el viaje de
regreso a casa. Y, para una tarea de tal envergadura, Balboa necesitaba a un
hombre que estuviera siempre a la altura de las circunstancias. Olano preguntó
que por qué ese hombre era él, y no Pizarro o Albítez. Ahí, Balboa no estuvo ni
rápido ni hábil en sus explicaciones y Olano terminó por soltar lo que nadie
quería oír: me dejáis atrás porque soy vizcaíno, cabrones. Por supuesto, Balboa
se apresuró a negarlo todo y juró por su santa madre que Olano recibiría, en el
repartimiento tanto del oro como de los honores, exactamente lo mismo que los
otros dos capitanes. Por los cojones, bramó Olano, que sí, era vizcaíno. Balboa
volvió a empeñar su palabra, una y mil veces. Se trataba de un hombre de
numerosos defectos, qué bien lo sabe Dios, pero no albergaba el de la mesura en
los halagos: de Olano y ante Olano aseveró todo lo bueno que un hombre puede
decir de otro. Con tal de que este se quedara en Quareca al cargo de los
heridos, Balboa habría bailado sobre brasas ardiendo y con una magnífica
sonrisa en los labios. Olano, tío, somos hermanos y tú los sabes. Te quedas
aquí porque estos compañeros te necesitan. Ahora, te conviertes en el hombre
más importante de la expedición. A ti te confío la vida de catorce de los
nuestros.
Pero sí, era por ser vizcaíno.
Tras las primeras horas de marcha, se extraviaron.
Tan tontamente que tardaron un buen rato en darse cuenta de ello. A la sierra
de Quareca todavía le quedaba un buen trecho por delante y se limitaron a
avanzar y avanzar, siempre en dirección sur. Después, el cielo se oscureció de
repente y comenzó a llover. El terreno se tornó más y más abrupto, y la selva
los engullía. No en modo hiperbólico, no: se los tragó de una forma que
cualquier observador a diez pasos de distancia en cualquiera de los puntos cardinales
no los habría descubierto. Ni siquiera aunque ese observador tuviera alas y
planeara sobre sus cabezas. Las copas de los árboles se habían cerrado sobre
ellos, el suelo se había hundido y apenas podían verse, escucharse, sentirse.
Pese a ser hombres de tierra adentro, todos ellos
habían pasado largas temporadas en las cubiertas de los barcos. Por este
motivo, la mayoría había visto, cuanto menos en la lejanía, ballenas. Si se les
preguntaba por algo realmente maravilloso, por algo excepcional en la obra del
Señor, ninguno se refería al oro que portaban en sus faltriqueras y sí a
aquellos increíbles animales que tanto y tanto resoplaban.
Se supieron como Jonás en el estómago de una de
ellas. Engullidos por una ballena verde, grande y resbaladiza.
El ruido de la lluvia lo era todo y significaba más
que sus propias voces. No obstante, hablaron.
— ¿Dónde está Valderrábano? —preguntó Balboa.
—Algo retrasado —contestó Martínez—. ¿Quieres que
vaya a buscarlo, capitán?
—Vete y dile que, por sus muertos, cuide del
cuaderno. No quiero que se moje.
—Pues está lloviendo la hostia.
—Por eso. Ve y dile que proteja las anotaciones sea
como sea.
No era necesario, pues Valderrábano conocía el modo
de arreglárselas sin ayuda de nadie. Habían atravesado aguas pantanosas y ese
día no llovía por primera vez. Pero a Balboa le obsesionaba que el relato no se
perdiera. Lo necesitaba para, de regreso en Santa María, escribir al rey y
contárselo todo con pelos y señales.
Cuando Martínez se marchó, Baracaldo y Malpartida
se acercaron al gran tibá. La lluvia, torrencial, resbalaba por sus rostros y
les empapaba los ropajes. A ratos, apenas se podían mover.
— ¿Dónde está el sur? —preguntó Malpartida.
La pregunta, formulada en otro lugar y otras
circunstancias, habría sonado, quizás, más profunda, con más miga. Aquí, bajo
el aguacero y en aquella penumbra que comenzaba a rodearles, solo significaba
que desconocían el camino y que, antes de ponerse a dar vueltas tontamente,
convenía pararse a pensar.
La selva, siempre viva y consciente, se cerró un
poco más sobre sí misma.
—Yo diría que por allí —respondió, en tono seguro,
Balboa. Había señalado un punto en la espesura, aunque, y a pesar de la firmeza
con la que había hablado, fue al azar. Por no quedarse callado, pues, si te
quedas callado cuando uno de tus hombres te pregunta, dejas de ser el capitán.
No en sentido figurado, sino real, muy real: Balboa era el capitán de la
expedición en tanto que el resto de compañeros lo reconocía como tal. Bastaba
con que dejaran de hacerlo para que él quedara, de inmediato, degradado a simple
soldado raso.
Antes muerto.
Solo se trataba de la selva del Darién. Podría con
ella. Bastaba con respetarla aunque sin perderla de vista. Sostenerle la mirada
y advertirle que, a una mala, llevaban hachas y se podían poner a talar. Y a
talar, y a talar, y a desbrozar un gran claro, un claro cada vez mayor, más
extenso, como si de un océano en mitad de la jungla se tratara. Por supuesto,
ante algo así, la selva contraatacaría. Ellos sabían cómo: enviándoles tanta
espesura que los ahogara. Sí, la sentían capaz de algo semejante, pero le
convendría, entonces, a la selva saber con quiénes se jugaba el todo o el nada.
Y si le convenía iniciar esa partida.
— ¿Estamos perdidos, capitán? —preguntó Baracaldo.
Al igual que Olano, este era vizcaíno, aunque nadie en su sano juicio habría
dejado atrás a alguien que, como Baracaldo, valía por tres.
—Yo diría que… —comenzó a responder Balboa, aunque
dejó la frase inconclusa.
Por supuesto que se habían perdido. Carecían de
guías, pues los que traían desde Careta no les servían de nada en estos parajes
tan alejados de su tierra. Se habían perdido y, al tiempo, se sabían en el
camino adecuado. La sensación, inexplicable, había prendido en el corazón de
Balboa y, desde él, se extendería, por contagio, al resto de compañeros. Solo
era cuestión de hablarles en la forma adecuada.
—Llamadme ido, pero siempre he pensado que, de
estar, El Dorado estaría por aquí —dijo, como quien no quiere decir nada.
Fue pronunciarse las palabras mágicas y comenzar a
acudir compañeros de hasta debajo de las piedras.
— ¿Cómo?
— ¿Qué?
— ¿Hemos encontrado El Dorado?
Balboa los miró a todos ellos. La lluvia corría
abundantemente por su cara y tenía largos mechones de pelo rubio pegados a los
pómulos. El yelmo y la coraza parecían brillar, con luz propia, en aquella
penumbra.
—No me extrañaría —dijo, y su voz sonó celestial.
Los miraba a través de las gotas de agua y en su mirada podían advertir una
esperanza inextinguible. Balboa los llevaría hasta donde se propusieran. A
Balboa, lo seguirían «por ríos i ciénagas i montes i sierras».
—No juegues con nosotros, capitán —pidió Baracaldo.
Fue la primera y última vez en la que un compañero le hablaba tan de tú a tú.
Ya no eran soldados, ni compañeros, ni socios en la más delirante de las
empresas. Eran hermanos, o más que hermanos: un único cuerpo desplegado en
varios hombres distintos.
—No lo hagas —se sumó al ruego Cienfuegos.
Balboa los miró. De uno en uno, tomándose su tiempo
en el rostro empapado de cada hombre. Llevaban demasiado encima como para
andarse con tonterías. No, claro que no lo haría. O sí, lo haría, porque ¿qué
más daba? O, dicho de otro modo: ¿Dónde residía la diferencia?
—Antes muerto —sentenció Balboa. Qué voz en la
lluvia, qué voz. La selva la escuchó y tuvo que reconocer que, al menos por un
instante, no eran ellos los que se encontraban extraviados en ella, sino ella
la que no comprendía demasiado bien el modo en el que seres de aquellas
características habían ido a parar a su vientre sagrado.
—El Dorado… —susurró Jaén. Se habían juntado no
menos de veinte compañeros en aquel lugar, que ni era claro, ni era
completamente espesura. Sentían cómo la maleza se movía lenta en torno a sus
presencias. Un bosque que no se detiene, que se recuerda a sí mismo y, en ello
y por ello, se retuerce de placer. Como las sirenas, las ninfas, las hadas y
los súcubos—. ¿No dijo Panquiaco que se encontraba mucho más al sur?
—Estamos al sur del lugar en el que Panquiaco nos
lo contó —expresó, cada vez más ágil, Balboa.
— ¿Lo suficiente, capitán? —preguntó Camacho.
—Puede.
— ¿Puede?
—El Dorado no está lejos. Eso sí que quiero
asegurároslo.
—Si lo encontramos, ¿dejaremos para más adelante el
viaje hasta el mar del Sur?
—Si lo encontramos, seremos tan ricos y poderosos
que, desde allá y bañados en el oro de los dioses del Darién, invocaremos al
mar del Sur. Y él vendrá a nosotros porque en nosotros reconocerá a los hombres
que, en adelante, gobernarán el mundo.
— ¡Sí!
—Somos nosotros, tíos. No lo olvidéis. Somos
nosotros.
Balboa hizo una pausa en la que solo se escuchaba a
la lluvia golpeteando sobre sus yelmos y sus corazas.
— ¿Habrá mujeres en El Dorado? —preguntó, al rato,
Muñoz.
Los españoles, que habían llegado vírgenes a
América, soñaban con las mujeres. Día y noche, hasta la más enfermiza de las
obsesiones. Muchos, el padre Vera entre ellos, se dijeron que mejor habría sido
que, al menos, las propias de la tierra anduvieran cubiertas. Sin embargo, la
permanente desnudez de las indias del Darién perturbaba mucho a los compañeros.
Tanto que no era extraño que unos y otros intercambiaran conocimientos en torno
a una anatomía que, aunque a la vista todo el tiempo, no acababan de comprender
por completo. Los mecanismos de la lujuria, a estas alturas, permanecían
ocultos para muchos de ellos.
Sin embargo, soñaban con el placer. Lo anhelaban
tanto como al oro o al honor. Sabían que era húmedo y que olía a delicias.
Sabían que se hallaba en la selva o que la selva lo proporcionaría.
—Las habrá, Muñoz —aseguró Balboa.
— ¿Cómo lo sabes? —preguntó este. El resto de
compañeros no dejaba de prestar atención.
— ¿Para quiénes crees tú que se construyó El
Dorado? ¿Quiénes piensas que son sus moradores?
—Jamás se me había pasado por la cabeza. No había
caído en ello… Yo creía que habría columnas de oro, y estanques de monedas, y
fuentes labradas con las más preciosas esmeraldas…
—El Dorado es la patria de las vírgenes que siempre
aguardan. Ten por seguro que nos recibirán con los brazos abiertos en cuanto
atravesemos los lindes de la ciudad.
Durante dos o tres minutos, el grupo de españoles
se detuvo a imaginarse a sí mismo abandonando la selva y accediendo, a través
de una puerta labrada en oro macizo, a una ciudad atestada de riquezas por
todas partes. Resplandecía tanto que muchos de ellos tuvieron que llevarse una
mano a los ojos para protegérselos. Con todo, fueron capaces de contemplar
cómo, de entre el brillo y la luz, surgían las más esplendorosas mujeres que
jamás podrían haber soñado. De hecho, en la imaginación de cada cual, las mujeres
tomaban las formas y maneras que ellos consideraban más apetecibles. Las más
pecaminosas, las que suscitarían el rubor de cualquiera al que le fuera
referida esta historia, la sensualidad. Sí, exacto, porque ellos no sabían casi
nada acerca de casi ningún asunto, pero una sospecha los asaltaba una y otra
vez: que el mayor de los placeres no se encontraba en la carnalidad. No, al
menos, en la que ellos habían puesto, con más pena que gloria, en práctica. O
sí, sí que estaba en la carnalidad, pero entendiendo a la carne no como un
recipiente donde derramar goces y ofuscaciones, sino como inspiradora de
experiencias aún desconocidas. Amaban a aquellas mujeres turgentes y desnudas
que caminaban sobre calles de oro y les sonreían con dentaduras blanquísimas y
completas.
— ¿Pensáis que nos recibirán bien? —preguntó Díaz.
El aspecto de Díaz, tras casi un mes de viaje a través del paraje más inhóspito
de la Tierra, no podía ser más lamentable: tenía la barba y el cabello sucios
de grasa y sangre, la ropa se le había rasgado por varias partes, una de sus
botas estaba rota y llevaba más de diez días con ese pie mojado y creía haberse
fracturado una costilla en la batalla contra los caribes. En el bolsillo
seguro, el que todos los compañeros se cosían por la parte interna del pantalón,
llevaba tres discos de oro puro. Creía que se trataba de collares u ornamentos,
aunque no le había dado demasiadas vueltas, pues, en cuanto regresaran a Santa
María, los fundiría de inmediato. Solo esos tres pequeños discos ya
justificaban las penurias. Quien quiera y pueda, que imagine ahora qué
supondría para él, y para el resto, hallar El Dorado y, al tiempo, un harén tan
inesperado que ni siquiera alcanzaban a conjeturarlo con certeza. Ellos, que lo
tomaban todo por la fuerza, se sentían lo suficientemente inseguros como para
formularse preguntas acerca de la actitud de las vírgenes míticas de El Dorado.
¿Los recibirían con esa placidez suma que tanto ansiaban, que tanto los abatía
cuando la soñaban, que tanto coraje les inspiraba en los momentos de flaqueza?
—Somos nosotros —respondió, como si una respuesta
así cayera por su propio peso, Balboa. Eran ellos, de manera que las vírgenes
de El Dorado acudirían prestas a satisfacer todos sus deseos. A proporcionarles
el mayor de entre todos los que anhelaban: la felicidad total y absoluta más
allá de cualquier modo concebible.
Por extraño que parezca, las vírgenes de El Dorado,
en las mentes de aquellos hombres, no eran indias, ni su constitución física la
habitual en ellas: delgada, de corta estatura, tan menudas muchas que parecían
siempre niñas. No, al contrario. Las vírgenes en sus imaginaciones se mostraban
como mujeres rubicundas, de piel blanca y cabellos rubios. Muchas los igualaban
y hasta sobrepasaban en altura, tenían las caderas anchas y los pechos grandes
y rotundos.
—Habrá que asegurar primero el botín —dijo Ferrol.
¿Y si las vírgenes suponían una trampa? La peor de ellas, habría que señalar,
pues allí todos, sin excepción alguna, se mostrarían dispuestos a caer en ella.
Puede que las vírgenes no tuvieran intención de dejar de serlo. Que serlo
suponía la prueba efectiva de que su misión no era la de entregarse a los
recién llegados, sino proteger a El Dorado de cualquier agresión extranjera. En
la seducción que portaban sus desnudeces, en las sonrisas sensuales, en la promesa
de un placer desconocido e infinito, residía la trampa más sofisticada:
sucumbirían a un encanto que les arrebataría la fuerza y les impediría
continuar con su camino.
—Primero las mujeres… —repuso Crespo. Quiso que su
voz sonara recia, pues todos lo pretendían siempre, pero se quedó en un simple
susurro. En casi un lamento, un ruego, un gemido… La de un hombre que se ha
despojado de lo superfluo para entregarse a la turgencia blanca, húmeda y
profunda—. Olerán a flores, sé que olerán a flores…
— ¿Qué clase de flores? —se interesó Muñoz.
—Las que hay en el prado junto a la casa de mi
padre.
— ¿Tú padre está aquí?
—Mi padre murió cuando yo era un niño. Lo
enterramos en el mismo prado en el que las flores se abren en primavera. Es el
lugar más bello del mundo. Cuando esto termine, tenéis que venir a verlo.
—Pero la casa no será tuya…, ¿no?
—La casa es de mi hermano mayor.
La casa siempre era del hermano mayor. Esa y no
otra era la razón de que ellos, en aquel preciso instante, estuvieran en la
selva del Darién.
—Se la compraré —aseveró Crespo con esa rotunda
certeza que da, a un pobre, la riqueza adquirida con esfuerzo, sudor,
pesadumbre y muerte—. O le compraré el prado para construirme una nueva. Sí,
eso mismo haré. Que se quede mi hermano con la puta casa vieja. Yo quiero vivir
en un palacio.
—Estoy pensando en llevarme a una de las vírgenes
—terció, entonces, Díaz.
— ¿Una de las vírgenes? —preguntó, asombrado,
Muñoz.
—Sí, de las que encontremos en El Dorado —aseguró,
más convencido a medida que se lo oía decir, Díaz.
— ¿Las vírgenes de El Dorado pueden salir de El
Dorado?
—No veo por qué no.
—Es su hogar, tío… No han conocido ningún otro
sitio.
—Yo tampoco hasta que pisé esta tierra. Y mira,
aquí estoy.
—Pero tendrían…, tendrían que vestirse, ¿no?
Muñoz, inconscientemente, se había pasado al
plural. A él no se le habría ocurrido, pero ya que Díaz lo mencionaba… Sonaba
al plan perfecto. Cada uno de ellos se llevaría a una de aquellas mujeres de
olor a flores, piel suave y cabello esplendoroso. Les enseñarían a hablar el
castellano y también las costumbres de la tierra. Vivirían como reinas y ellos
como reyes.
Los compañeros comenzaron a sonreír un tanto
bobaliconamente bajo la lluvia, que, por momentos, arreciaba más todavía.
—Sí, tendrían que vestirse —intervino el capitán
Albítez, dando por hecho que allí se necesitaba una opinión revestida de cierta
autoridad y algo de sensatez. ¿Acaso este hatajo de idiotas se había
embrutecido tanto que ni siquiera eran capaces de recordar que las mujeres no
van desnudas en España? Ni las putas, por Dios.
—En ese caso, les compraremos lujosísimos vestidos
engastados de piedras preciosas —aseguró Ferrol. En aquel momento, eso era
exactamente lo que pensaban hacer. Entrarían en El Dorado, elegiría cada cual a
su virgen, se harían con tanto oro como fueran capaces de transportar y
buscarían un puerto en el cual embarcarse rumbo al otro lado del océano. Quizás
contrataran sirvientes antes de partir. Y algún hombre armado, porque cuando se
lleva tanto botín encima, todas las precauciones son pocas. Por no hablar de
las mujeres: sus resplandores inmaculados nublarían entendimientos y más de uno
trataría de propasarse con ellas. Los matarían a todos antes de que lo
lograran. Esas mujeres les pertenecían por derecho propio. ¿O acaso existe
mayor derecho que el que se adquiere permaneciendo en las tripas de una selva
viva y bajo el aguacero del fin del mundo?
Respiraban agitadamente y sonreían y soñaban como
nunca un hombre lo ha hecho. Ni antes, ni después de ellos.
Vestían a aquellas imaginarias mujeres desnudas con
sus imaginarios vestidos lujosísimos para, de inmediato, volverlas a desnudar.
Y no se les ocurría nada más placentero que hacerlo, repetirlo una y otra vez,
rubias, altas, sonrientes, únicas.
Lo que los levantaba del barro eran ellas.
—Ya solo falta hallar la ruta hacia El Dorado —dijo
Valderrábano, quien se había acercado para ver si había algo que anotar. No
podía sacar el cuaderno bajo la lluvia, pero sí memorizar las palabras de los
hombres para, en otro momento más propicio, ponerlas por escrito.
—Bueno, sí… —concedió Díaz. Las palabras del
escribiente habían supuesto un jarro de agua fría. No en vano, todos los
compañeros le tenían un poco de tirria. Al final, pensándolo bien, la
expedición la componían auténticos soñadores. Brutales hasta límites
insospechados, más duros que el hierro de sus corazas, crueles en más ocasiones
de las que habría sido necesario… Pero los sueños no hacen distingos y, si no
anidan en las almas de quienes nada tienen que perder y sí todo que ganar, ¿en
las de quiénes van a anidar?
—Deberíais dejaros de cháchara y poneros a buscarlo
—farfulló Valderrábano.
Ninguno diría que el escribiente no se encontraba
en lo cierto. Sin embargo, ¿qué necesidad tenía de despertarlos abruptamente de
su maravilloso sueño? Estaban las vírgenes a su lado, desnudas y vestidas,
vestidas y desnudas, y todo era cálido, ardoroso, excitante. Si deseas que algo
suceda, si lo deseas con todas las fuerzas de las que eres capaz, ese algo
sucede. Creían más en esta sentencia que en el mismísimo buen Dios. Les
impulsaba cada día y en cada avatar.
— ¿Dónde está El Dorado, capitán? —preguntó
Cienfuegos dirigiéndose a Balboa.
Este lo miró fijamente.
—Panquiaco aseguró que por aquí —respondió.
—Yo aquí no veo más que maleza. Y me duelen los
pies.
—No seas capullo, Cienfuegos. Lo tenemos todo al
alcance de los dedos. ¿Nos vamos a rendir ahora por un poco de lluvia? ¿Después
de todo lo que hemos pasado? No me jodas, tío…
—No, capitán. Ya sabes que yo siempre voy adelante.
Como el que más. Pero pronto hará un mes desde que partimos y aún no hemos
encontrado el mar del Sur. Ni El Dorado. Ni las vírgenes rubias. Solo hemos
sufrido como hijoputas. Y batallado contra los caribes. ¿No merece eso un
premio?
—Lo merece.
— ¿Y dónde está?
—En torno a nosotros.
—Yo no veo nada.
—Porque no miras como Dios manda.
—Digo que no veo nada salvo lluvia. Estoy empapado
hasta los huesos. ¿Y si El Dorado no existe?
—Te prometo que existe, Cienfuegos.
—¿Me das tu palabra, capitán?
—La tienes, tío.
Valderrábano intervino.
— ¿Anoto todo esto, capitán? —preguntó.
—Ni se te ocurra —respondió Balboa.
—Quizás sea de interés cuando quieras contarle al
rey lo que estamos haciendo.
—Lo de El Dorado queda entre nosotros.
— ¿Pero qué El Dorado? Si no lo hemos encontrado…
—Está aquí, hostias. Te digo que está aquí. ¡Os lo
digo a todos! ¡Encontraremos las putas columnas de oro y serán tan grandes que
no tendremos ojos para verlas en toda su inmensidad! ¡Y habrá vírgenes para
todos nosotros! ¡Vírgenes de cabellos dorados, de piel blanquísima y coños
deliciosos! ¡Moriréis entre sus piernas, cabrones! ¡Os lo prometo! ¡Os lo
prometo!
A los compañeros, se les desencajaron las
mandíbulas. Morir de tal forma les parecía una opción sumamente razonable.
¿Cómo sería yacer con una mujer de piel blanca? Ninguno lo sabía y, en el
Darién, no existían demasiadas posibilidades de comprobarlo. En Santa María
había algunas españolas, pero todas estaban casadas. Para los compañeros, esto
no suponía impedimento alguno, pero no así para las mujeres casadas.
Además, preferían a sus vírgenes de pechos
turgentes y miradas insaciables.
—Cállate, Valderrábano —expresó, en tono
imperativo, Ferrol.
—Haced lo que os dé la gana —repuso el aludido—,
pero más nos valdría ponernos, de nuevo, en camino. Hay cientos de porteadores
detenidos en mitad de la nada. Y si no los mantenemos ocupados y vigilados,
comenzarán a desertar.
—Estamos demasiado lejos de Careta para que eso
suceda —intervino Díaz—. Si desertan, no sabrán regresar solos. Les conviene
permanecer con nosotros.
— ¿Quieres que nos apostemos algo, Díaz?
La pregunta de Valderrábano se quedó en el aire
porque Balboa, que comprendió que algo de razón sí tenía el escribiente, se
entrometió en la conversación.
—Sigamos hacia el sur. Siempre hacia el sur —dijo.
— ¿Dónde está el sur? —preguntó Muñoz.
Bajo la gran cúpula de árboles, enterrados en la
espesura y el barro, con una lluvia cerrada cayendo inclemente en torno a
ellos, hallar el sur se aparecía como el más dificultoso de los cometidos.
Entonces, Balboa hizo lo que se esperaba de él:
resolver el enigma. Daba igual si la respuesta era la correcta o no. El enigma
se resolvía separando los labios y pronunciando cualquier palabra que resultara
mágica. Él, Balboa, sabía mejor que nadie de su existencia. Las llevaba
utilizando desde hacía tres años y el resultado no podría haber sido más
exitoso.
Levantó el brazo derecho, extendió el dedo índice y
señaló un punto al azar.
—Es por allí —dijo.
Capítulo 14
Se extraviaron hasta de sí mismos
26 de septiembre de 1513, lunes
La selva tropical es, de todos los lugares
atestados de seres vivos, ese en el que uno de ellos mayor y más honda soledad
puede llegar a experimentar. Porque hay animales, y plantas, y cosas que se
mueven y no son animales ni plantas; hay almas extraviadas que no hallan el
camino hacia ningún lugar, pues aquí las travesías no existen y los destinos,
tampoco; hay un fuego inmenso arrasándolo todo siempre, un fuego invisible del
que es posible escapar si eres lo suficientemente listo y que te atrapará con
sus grandes lenguas abrasadoras si eres lo suficientemente tonto; hay dioses,
dioses falsos e inexistentes que se preguntan acerca de su propia condición;
hay, en suma, un mundo reunido bajo las enormes cúpulas de los árboles.
El mundo.
Y, allí, Balboa está solo.
Él lo desconocía, pero se encontraba muy cerca de
lograrlo. Al mar del Sur, apenas le quedaba una jornada para ser descubierto.
Bastaría con que encontraran el lugar adecuado desde el que avistarlo. A estas
alturas, los indios no decían nada. Cuando les preguntaban, explicaban que
ellos no pertenecían a aquel país, que esa tierra se les hacía extranjera, que
eran unos y otros extraños en ella. Pareciera que nadie la hubiera pisado nunca
y, aunque no era cierto, a Balboa y a los compañeros les gustaba jugar con la
idea. Somos los primeros y en tal forma se nos tendrá por los siglos de los
siglos.
A cambio, los cubrió una soledad tan extrema que su
simple descripción la ahuyenta, pues acompaña. Balboa, extraviado junto a la
gran columna que avanzaba en una dirección a la que lo habían apostado todo, se
extravió, también, de la propia columna y hasta de las partes de sí mismo que
no resultaban indispensables para el propio reconocimiento.
De pronto, despertó en un sueño. En ese sueño,
Balboa se encontraba en la selva del Darién, muy hacia el sur, pasado ya el
reino de Quareca aunque todavía en su sierra. Se hallaba, por decirlo de alguna
forma, en el lugar exacto y preciso en el que se hallaba antes de extraviarse.
Este extravío, por lo tanto, caía hacia dentro.
Observó a los compañeros. Avanzaban a su lado sin
darse demasiada prisa. Continuaba lloviendo sin parar, llevaba casi dos días
haciéndolo y apenas habían podido pegar ojo. Algunos sí, dígase porque
semejante habilidad no debe pasar desapercibida. Baracaldo, por ejemplo,
conocía el modo de acurrucarse en el barro y, tras cubrirse el rostro con hojas
que acababa de arrancar, se sumía en un sueño profundo y pesado. Hay hombres
que duermen igual en camas de mullidos colchones o en el puro suelo de tierra
empapada. Dichosos ellos, pues nunca la desventura de los que se agotan los
alcanzará.
Observó, pues, Balboa a los compañeros. A su lado,
unos pocos conversaban, aunque la mayoría avanzaba en silencio. Oía las voces,
los sonidos que producían, el chapoteo de sus botas en los charcos. Sin
embargo, el verdadero abismo, el verdadero obstáculo insalvable, se extendía
entre él y ellos. Podía tenderles la mano, o gritarles, o hacerse notar de la
forma en que se le ocurriera, y ellos, los compañeros, no lo percibirían.
Continuarían con lo suyo y como si nada. Nada existe que pueda doler más que el
conocimiento inmenso. Ese, justamente ese, era del que se había recubierto
Balboa. De la sapiencia total de quien nada más puede conocer.
¿Qué hace un hombre que se sabe irremediablemente
solo? Dos cosas, a saber. La primera, asegurarse de que la conciencia del hecho
resulta precisa. No es que no sospeches que la que te ha caído encima es buena,
pero nunca está de más tomar ciertas prevenciones y asegurarte de que tu
presencia se ha vuelto etérea. La segunda, sabido esto, no podría ser otra:
trata de huir. Trata, de, huir.
No ha nacido el hombre que desee la soledad. Los
hay que lo afirman, pero mienten o se han vuelto locos. Un hombre sano es un
hombre que anhela y busca la compañía.
Por ello, Balboa estudió la extraña circunstancia
que lo envolvió y comprendió que entre él y la realidad se había dispuesto una
ligerísima capa de inexistencia, de fabulación maravillosa, de mentiras. Las
mismas mentiras con las que él había construido el universo hacia el que los
españoles se encaminaban. Porque habría oro, desde luego que habría oro. A
montañas y para enterrarlos a todos. Y el mar del Sur se encontraría donde,
desde el principio, supusieron. Lo llamaron del Sur para que en la propia denominación
quedara claro y no se les olvidara.
La mentira no se circunscribía al botín o al
descubrimiento de un nuevo mar. La mentira tenía que ver con la idea que se
habían construido sobre sí mismos. Una mentira tan fiel y poderosa que
desconocían que era tal. De hecho, todos y cada uno de los sesenta y seis
españoles que acompañaban a Balboa responderían igualmente a la misma pregunta.
¿Quién eres tú, oh, amigo? Soy el hombre que avanza con paso firme, el hombre
justo que a nadie salvo a Dios teme, el hombre que no ha de ser quebrado pues
lleva, consigo y para siempre, la verdad, las certezas, la conformidad de lo
circundante. Se habían sabido muchas cosas, pero ahora advenía una distinta: la
rotundez.
No lo eran, en cualquier caso, y es ahí la mentira.
Balboa pudo ver al citado Baracaldo, y a Ferrol, y a Martínez, y a tantos otros
que figurarían en la relación final que Valderrábano elaboraría para que los
tiempos fueran testigos. Ellos, los de la fama imperecedera, los construidos de
una sola pieza, los rotundos. Balboa, con una mano estirada hacia delante,
tocaba con la punta de los dedos la delgada película de la tela transparente
que lo cubría. Como si de una finísima telaraña se tratase, sí: como eso.
Intentó rasgarla con las uñas, pero no pudo. Después, tiró de ella, uso su otra
mano para abrir un hueco a través del cual gritarle al resto, advertirles de
que no eran ellos, sino otros, los que se aproximaban al punto desde el que
avistarían, descubrirían, el mar del Sur.
Balboa fue placentario. Balboa se había agazapado,
encogido, acurrucado en su propia historia. En la que afirmaba que él sería el
hombre más grande de los jamás existidos. Ni reyes, ni emperadores, ni el
propio Dios venido a nosotros, tal y como afirmaban las Sagradas Escrituras.
Experimentaba un sincero respeto por todos ellos, claro que sí, pues Balboa no
era un descastado, no un revolucionario, no el invertido que pretende que lo
sido no sea y lo acontecido no acontezca. Al contrario: desde el mayor de los
reconocimientos, se sabía grande, único y superior a los anteriores. Porque de
dolor extremo se hallaba construido. Porque él se levantaba en una ciénaga de
barro, en los gritos que los salvajes proferían durante sus ataques, en el
horror.
¿Alguien puede explicar qué es el horror? No un
horror cualquiera, sino el horror máximo, el conclusivo, el que, cuando llega,
quien lo sufre sabe que es terminante, pues nada salvo el vacío puede
sucederle.
—Seguid, seguid por ese camino —dijo—. Vamos por la
ruta sincera.
Aunque nadie lo pudo escuchar, los compañeros
experimentaron algo parecido a un escalofrío. ¿Quién no ha sentido la presencia
de fantasmas? A esto se veía reducido, ahora, Balboa. Fuerte como una montaña,
indomable, indoblegable, rudo y cruel como una bestia venida desde el otro lado
del mundo. Un bárbaro en tierra nueva que, de pronto, reconocía el brevísimo
límite que discurre entre lo cierto y lo falso, entre lo adecuado y lo
improcedente, entre la verdad y la mentira.
Balboa no les indicaba que la senda que seguían era
la correcta, sino la sincera. Si seguían por ella, mudarían, tal y como las
serpientes lo hacen, de piel. Se convertirían, siendo los mismos e idénticos a
sí mismos, en otros hombres. ¿Frágiles? No, al contrario. ¿Poderosos? No, al
contrario. ¿Traslúcidos? Sí, eso es: visibles desde todas las direcciones e
incluso a través de ellos. Accederían a una nueva contingencia en lo que a la
conquista de los territorios americanos suponía. Un hombre gobernaría sobre los
demás y cada uno de los hombres restantes gobernaría sobre el anterior.
Existiría, en suma, una comunión más allá de las individualidades.
Lo seguirían llamando Balboa, el español que
descubrió el mar del Sur y, con él, el rumbo hacia la tan ansiada especiería,
pero en él se contendrían los otros sesenta y seis restantes. Uno y todos,
todos y uno.
—Estamos a punto de lograrlo, tíos —dijo todavía
desde el interior de su placenta.
La selva sí podía verlo. La selva lo escuchaba y, a
su modo, le enviaba respuestas, réplicas a sus palabras perdidas. Le explicó
que nadie mejor que ella conocía a la soledad y a sus consecuencias. Llevaba
miles y miles de años aguardando, siendo vientre para toda una miríada de seres
que ignoraban su existencia. Los colmó de oro, pues así creyó que, tarde o
temprano, alguien caería en la cuenta de que las cosas no sucedían porque sí y
levantaría el rostro hacia la gran cúpula verde. Comprendería que ella, la
selva, ejercía de madre poderosa para los que la habitaban.
No obstante, el tiempo pasó y pasó, y nadie levantó
la mirada. Los maldijo en silencio y aguardó. ¿Acaso no estaba dicho que
llegarían hombres que parecían divinidades desde más allá de los confines
existentes? Lo estaba, y llegaron, vaya que si llegaron. La selva no los
imaginaba con aquellas barbas y aquellas corazas, aunque bastó. Eran ellos.
Balboa era él. Y, ahora, había accedido a la
comprensión que a los demás se les había negado. Él levantó la cabeza y la miró
reconociéndola. Ella apreció la sinceridad de su gesto y decidió colmarlo de
dicha. ¿Qué deseas, Balboa?
Deseo convertirme en el hombre que vine a ser.
Lo serás. Lo fue. Lo era ya en aquel momento. El
estado placentario no duraría demasiado y, por si acaso, la selva lo mantenía,
en la otra dimensión de la consciencia, al lado de los compañeros, caminando
junto a ellos como uno más. Daba órdenes de cuando en cuando y hasta se retrasó
para interesarse por el estado de los perros.
—Sube solo a la primera montaña que encuentres en
tu camino —le dijo la selva.
Balboa miraba fijamente las copas de los árboles.
La lluvia se filtraba entre ellos y miles y miles de gotas de agua golpeaban
con furia sobre su rostro ajado. El tatuaje de oro se erguía sobre su cuello y
tenía una espada de acero español envainada al cinto. Un mundo y otro mundo
confluían en él.
— ¿Una montaña? —preguntó.
—Mañana por la mañana, cuando deje de llover y la
espesura se aclare, encontraréis el camino hacia una montaña no demasiado alta.
Súbela, súbela antes que nadie y, desde su cumbre, observarás eso que tanto
tiempo y con tanto ahínco llevas buscando.
—Lo haremos. Ascenderemos por ella.
—No.
— ¿No? Pero si me acabas de pedir que lo haga…
—Quiero que la subas tú solo.
—¿Yo solo?
— ¿Acaso en ti no se reúnen, ya, el resto de los
hombres?
—Sí.
—Pues súbela conteniéndolos a todos. Serás tú y
serán ellos. Seréis en la forma más sencilla de ser. El instante lo merece, ya
que el ruido y el desconcierto de una multitud puede ahuyentarlo.
— ¿A qué instante te refieres?
—Al instante del descubrimiento.
— ¿El del mar del Sur?
—El del mar del Sur.
—Lo he conseguido…
— ¿Dudaste de que lo harías?
—No, en ningún momento. O puede que sí, no lo sé…
—Rompe la piel que te recubre, Balboa. Brota hacia
tu nueva esencia. Sé otra vez.
— ¿Estás segura? ¿Y si finalmente no lo consigo?
—Hay un mar esperándote. Está al sur de los lugares
visitados, y también en el interior de tu alma.
—Puedo escuchar las olas en mi corazón.
— ¿Rompen con fuerza?
—Oh, sí, lo hacen… Y también percibo las mareas.
Suben y bajan, y, cuando terminan, comienzan de nuevo.
—El ciclo carece de principio y de fin. Como tú y
como yo.
— ¿Como yo también?
—Sal ahí fuera, Balboa.
Capítulo 15
Descubrieron el mar del Sur
27 de septiembre de 1513, martes
Miente quien puede, y nadie diría que la selva del
Darién esté en situación de hacerlo. Por lo tanto, dijo la verdad. Una verdad
que Balboa tomó como tal hasta tal punto que apenas pegó ojo en toda la noche.
A primera hora de la mañana, justo cuando el día comenzaba a alborear, levantó
a todos los expedicionarios y los puso en marcha. ¿No vamos a desayunar?,
protestaron algunos compañeros. Tenemos una meta que cumplir, les contestó
Balboa. Y es más grande que todos nosotros. Nos supera y superará a todo aquel
que, en los años venideros, sepa de nuestra gesta. Entiende, pues, que tú que
ahora lees jamás has de creerte por encima de Balboa y los suyos.
Había una maravilla por descubrir y sucedería en
cuestión de muy pocas horas.
Dejó de llover y eso fue considerado como un buen
presagio. De hecho, hasta se separaron unas cuantas nubes en el cielo y,
durante unos minutos, vieron la luz del sol. Si algo así sucedía ya antes de
comenzar, ¿qué sorpresas les depararía la jornada?
— ¿No es demasiado temprano, capitán? —preguntó
Gallego—. Tenemos tiempo de sobra.
—Hay mucho trabajo por delante —respondió, un tanto
taciturnamente, Balboa.
Lo había, lo había, y este consistía en marchar
siempre en dirección sur. La columna, aunque algo mermada desde que hacía casi
un mes partiera de Careta, se puso pesadamente en marcha. Parecía un gran
gusano blanco que se ha hartado hasta de su propia existencia. Un gusano que,
pese a todo, disponía del veneno suficiente para, en una picadura sorpresiva,
provocar un sueño alucinado donde la muerte sería vida y la vida, muerte.
El propio Balboa no se hallaba seguro de qué era
qué. Por ello, cuando llegaron a la montaña que debía ascender, tal y como la
selva le había indicado, solo, sin compañía alguna, dudó. Dudó hasta dos veces
y creyó que quizás ya todo estaba perdido. ¿Y si esta no era la senda hacia el
mar del Sur? ¿Y si, pese a todo, nunca lograban contemplar las descomunales
columnas que se levantaban a las puertas de El Dorado?
Al final, Balboa dudó, pero de la duda hizo
esfuerzo, y tesón, y voluntad. Apretó muy fuerte los ojos, tanto que su
interior se volvió enteramente de color rojo. Veía hacia lo más hondo de sí y
obligó a que el mundo fuera exactamente como él lo pretendía. En un instante y
por un instante, doblegó a lo circundante.
Alguien asintió en algún lugar. Podía continuar.
—Esa loma de ahí —dijo.
—La rodearemos —repuso el capitán Pizarro.
—Nada de eso —expresó, en voz baja, Balboa—. Voy a
subirla.
—De acuerdo. Te seguimos.
Junto a Pizarro y a Balboa, se hallaban Albítez,
Jaén, Muñoz y seis o siete compañeros más. Se habían adelantado un poco, no
demasiado, al darse cuenta de que la espesura menguaba y que se podía avanzar
más deprisa.
—Iré solo —dijo Balboa.
— ¿Solo? —se extrañó Pizarro—. No jodas, capitán,
solo no vayas. A ver si va a haber indios y te metes en un lío…
—Voy solo, he dicho.
—Llévate, aunque sea, a Baracaldo.
—No.
Nadie insistió. Si Balboa quería subir aquella
montaña y quería hacerlo sin compañía, ¿quiénes eran los demás para
impedírselo? Bien mirado, la cabezonada de Balboa les venía de perlas: a pesar
de no llevar ni dos horas caminando, la columna se había estirado más de la
cuenta y convenía reagruparla. Los hombres se encontraban agotados tras unos
días de intensa actividad y eso se notaba.
Balboa tomó una escopeta, la cargó y se puso en
camino. Como le había sido indicado, solo.
Al principio, comenzó a ascender la loma con cierta
parsimonia. Los españoles acostumbraban a moverse lento porque nunca habían
sido amigos de las prisas. Las prisas son, siempre, malas consejeras, repetían
una y otra vez. Y lo cierto era que lo eran, que las peores decisiones las
habían tomado siempre en un si es no. Por otro lado, con tanto hierro encima,
no les quedaba más remedio que avanzar despacio.
Con lo uno y con lo otro, Balboa se desasosegó.
Tenía algo en el pecho que no le dejaba respirar y hasta pensó en aflojarse la
coraza, no fuera a estarle esta entorpeciéndole el avance. Sin embargo, se
quitó la idea de la cabeza. Por lugares bastante peores había transitado, con
más hierro encima y sin la menor dificultad. No, no se trataba de impedimentos
materiales. Lo que a él lo embotaba era la ansiedad. Y como para la ansiedad no
existe cura, y bien sabe el ansioso que solo se la combate dándole más y más de
lo mismo, Balboa apretó el paso.
El ansia ha descubierto y conquistado más que la
razón. Llevad esto a misa, pues no hay más pura y cristalina verdad en este
mundo de Dios.
A mitad de recorrido, se detuvo. No para recuperar
el resuello, sino para observar el entorno, el camino, la senda que discurría
entre los matojos y también en el interior de su ser. A medida que ascendía, se
había levantado una brisa fresca y cargada de humedad. Balboa la aspiró con
fuerza y la notó salada. Se dijo que no podía ser, pues él no era de esos que
se rinden rápido ante la evidencia sino que, en lugar de ello, la cuestionan,
la retuercen, la sacuden a culatazos por si las moscas.
Así que respiró aire, y respiró, y respiró, y lo
hizo tantas veces que, por momentos, parecía que aquel hombre magnífico iba a
inspirarse el Darién entero. Moriría todo bicho viviente que no fuera capaz de
aguantarse hasta que él, Balboa, les devolviera la brisa.
Entonces, comprendió que, sin la menor duda, el
aire que respiraba se hallaba impregnado de sal. Y sal significa mar, no cabía
otra posibilidad.
Girando sobre sus talones, dio una vuelta en torno
a sí mismo y observó la gran vastedad que lo circundaba. Olía a mar pero no
veía el mar. Bueno, aún le quedaba montaña por ascender. Lo más probable fuera
que el plan de Dios se hubiera trazado, como no podría ser de otra forma,
perfecto. Así, el mar se avistaría desde la cima, pues lo uno y lo otro se
correspondían en la exactitud de las cosas bien descritas. Dicho de otro modo:
hasta para un hombre de la rudeza de Balboa habría resultado un tanto decepcionante
descubrir un océano desde aquella loma que no estaba ni medio subida ni medio
bajada.
Debe albergar belleza el destino que nos aguarda.
Balboa reemprendió la marcha hacia la cima de la
montaña. De pronto, el cielo se oscureció y pareció que se pondría a llover. A
estas alturas, nada le importaba. No obstante, no sucedió eso, sino lo
contrario: despejó muy deprisa, se abrió un claro y, levantando la cabeza hacia
él, pudo observar un trocito de cielo azul solar.
Sonrió, pues consideró aquello un guiño de Quien en
tal manera puede guiñar. Balboa, vas a bordarlo. Sigue así, muchacho. Confiaba
en ti y en tus esfuerzos. Ánimo, porque estás a punto de lograrlo. Unos cuantos
pasos más y…
De repente, el suelo se allanó bajo sus pies. Tenía
las botas sucias de barro. En esto se fijó antes que en otra cosa. Quizás no
todo el mundo lo sepa, pero la solemnidad no existe salvo que la construyas
expresamente. Balboa lo haría, la elevaría para que el momento fundado quedara
a la altura del devenir de los tiempos, pero no ahora. Este momento, el momento
más precioso de la vida que llevaba vivida y de la que le restaba por vivir,
sucedería de forma tranquila y hasta cotidiana. Tenía las botas pringadas de
barro, se dijo. Después, levantó la mirada y descubrió el mar del Sur.
Eran las diez de la mañana de aquel 27 de
septiembre de 1513. Lo calculó a ojo, pero más tarde le pediría a Valderrábano
que así lo anotara en su diario. El capitán Balboa descubrió el mar del Sur a
las diez en punto de la mañana. A todos les pareció una hora magnífica para
realizar un descubrimiento de aquellas características.
Durante un rato, lo miró ensimismadamente. Luego,
dejó de hacerlo. Bueno, se trataba de un mar y con los mares ya se sabe lo que
pasa: visto uno, vistos todos. De modo que se llevó la mano a la barba, se la
acarició brevemente y se rascó el tatuaje. No sabía si a causa de la sal que
impregnaba el ambiente o debido a qué otro motivo, había comenzado a picarle.
Echó unos cuantos cálculos mentales y llegó a la
conclusión de que todavía les restaba, al menos, un día entero de camino, noche
incluida. Es decir, que, en el mejor de los casos, no llegarían al mar y
tomarían posesión de él hasta el día siguiente. Bien, no había problema alguno.
Que él supiera, ni el mar se iba a mover de su sitio, ni otra columna de
expedicionarios amenazaba con hurtarles la gloria y el privilegio. Casi hasta
se ríe ante la posibilidad, incierta aunque no imposible, de que así fuera. ¿Y si
una columna de, qué decir…, ¡portugueses!, se encontraba atravesando la selva
desde el norte para confluir con ellos en el mismo exacto punto en el mismo
exacto instante? Se verían obligados a matarlos a todos, claro. Por muy
portugueses que fueran, acabarían rajándoles el cuello o abriéndoles los
vientres, porque una cosa es que existan disputas razonables y otra, bien
distinta, que algo como el descubrimiento de un mar entero te sea arrebatado
por llegar media hora tarde. Nada, todos muertos y ordenaría a Valderrábano que
ese asuntillo se pasara por alto en los escritos.
En fin, había descubierto el mar. En singular, que
constara. Lo había hecho él solo, él. Balboa. Quede así grabado en los anales.
Se tomó un rato para cerrar los ojos y experimentar
el goce de la transmutación. De hombre, a algo que ya veríamos cómo lo
denominaba el rey Fernando, pero que debería tener la merecida envergadura.
Luego, abrió los ojos, asió con fuerza la escopeta y disparó al aire.
* * * *
Abajo, los compañeros escucharon el disparo. No
habían acordado ningún tipo de señal. Se les había olvidado. Por ello, cuando
oyeron el tiro, no supieron a qué atenerse.
— ¿Es Balboa? —preguntó Malpartida.
—Pues claro que es Balboa, idiota —soltó Pizarro—.
¿Quién cojones va a ser?
—Yo qué sé…
— ¿Te crees tú que hay muchas escopetas en la
selva?
—Joder, yo qué sé. Lo he dicho sin pensar…
—Sin pensar, sin pensar… Os pasáis la puta vida
hablando sin pensar. Cualquier día de estos, se os cae la sesera y no os dais
cuenta porque, total, para lo que la usáis…
—No faltes, capitán.
—No falto.
—Un poco sí.
—Andando, que Balboa quiere algo.
El capitán Pizarro dio un silbido y puso a la
columna en marcha. Se acabó el descanso. Comenzaron a ascender recorriendo la
ruta que habían visto seguir a Balboa. Lo bueno del hastío y el agotamiento
general que los embargaba era que los porteadores careteños habían dejado de
quejarse. Se les decía que había que continuar y continuaban. Se les indicaba
que ya podían detenerse y se detenían. Una gente magnífica, los careteños. De
pueblo guerrero y bravo a eficaces sirvientes de los españoles y en ¿cuánto?, ¿dos
años y pico? Así sí que daba gusto conquistar tierras y países.
Cuando alcanzaron la cima de la montaña, Balboa los
aguardaba apoyado en la escopeta. No había llevado consigo munición de reserva,
de forma que, si le hubiera atacado una horda de caribes desnortados, se habría
visto obligado a, en el mejor de los casos, utilizarla como una cachiporra.
—¿Qué pasa, capitán? —le gritó Albítez desde una
cierta distancia.
—Lo hemos logrado —respondió Balboa sin alzar la
voz.
— ¿Cómo dices? ¡Habla más alto!
Balboa ni se molestó. Aguardó a que los compañeros
cubrieran el tramo restante, los reunió en torno a él y señaló hacia atrás con
el dedo.
—Ahí lo tenéis, cabrones —dijo—. El puto mar del
Sur.
—Me cago en todo lo… —comenzó a balbucear Camacho.
No acabó la frase porque él, al igual que el resto,
se apresuró a alcanzar la posición que les había indicado Balboa: aquella desde
la que se observaban, en todo su esplendor, las tranquilas aguas del mar del
Sur.
Nadie, con todo, gritó de júbilo. No hubo vítores,
ni alabanzas, tan siquiera una aclamación. Era lo que se esperaba, lo que
merecían. ¿Por qué deberían dar gracias? Fuera como fuese, cuando el padre Vera
llegó a la posición, dijo que algo más sí esperaba de aquel grupo de
cristianos. Nadie rechistó, todos se persignaron y escucharon las palabras del
religioso. Valderrábano nunca las transcribió en su diario, de manera que
desconocemos lo que dijo. Que daban gracias a Dios por haberles conducido sanos
y salvos hasta su objetivo, probablemente. Es lo que se dice en estos casos.
¿Qué más vas a decir? ¿Que no nos merecíamos tanta dicha? No, ni hablar. Creían
fervorosamente y sabían que Dios los había tornado invulnerables, pero porque
se lo merecían.
Tras la breve oración, Balboa ordenó que la
columna, una vez más, se pusiera en marcha. Había calculado que necesitarían,
como mínimo, un día para alcanzar las playas, pero ¿y si intentaban apretar el
paso? ¿Y si se echaban a correr y llegaban ese mismo día, antes de que cayera
la noche? Sonaba complicado, aunque no imposible. Quizás, de pura extenuación,
la palmaran dos o tres porteadores careteños, pero qué se le iba a hacer. Se
sentían en misión del Señor y nadie les aseguraba que una columna portuguesa no
estuviera haciendo lo propio, ¡correr como si los llevara el diablo!, desde la
otra vertiente de la montaña. Se quedarían el mar del Sur para Portugal y a ver
con qué cara se lo contaban, luego, ellos al rey Fernando. Los mandaba
decapitar de inmediato, y hasta con razón.
Durante unos instantes, prendió cierto desconcierto
entre los compañeros. Daba la sensación de que Balboa se había vuelto loco,
aunque simplemente se sentía anheloso. Hay que seguir, hay que seguir, hay que
seguir. Tampoco parecía tan complicado de comprender, ¿no? Quizás no exista
razón alguna para preocuparse, quizás el descubrimiento estuviera hecho y
garantizado, pero hasta que no pisaran la playa, hasta que literalmente no
tuvieran los pies metidos en el agua salada del mar del Sur, la conquista no
sería efectiva a todos los efectos: no basta con ver; hay que pisar.
Y resulta un tanto grotesco que la ansiedad prenda
en ti cuando no existe la menor prisa, cuando ya se ha vendido todo el pescado
y solo resta cobrar y contar el dinero. Pero es que… Es que había que estar
allí, en lo alto de aquella montaña, con el mar del Sur a la vista, y no perder
el juicio.
—Venga, salimos de aquí cagando hostias —dijo
Balboa. Los capitanes Albítez y Pizarro se pusieron manos a la obra y los
compañeros comenzaron a enfilar el camino de regreso. Debían descender la
montaña, encarar la ruta en dirección sur y no habría pérdida: si algo sabían
ahora era que no se hallaban perdidos.
Entonces, sucedió lo inesperado.
— ¿Adónde vais? —preguntó, muy serio, el padre
Vera.
— ¿Cómo que adónde vamos? —le replicó Balboa. Casi
ni le sale la voz recia, del puro canguelo que las palabras del religioso le
habían metido en el cuerpo.
—No podemos marcharnos tan pronto —sentenció Vera.
—¿Pero…? —balbuceó Balboa—. Hostia puta, padre, que
mire usted que tenemos el mar del Sur ahí delante…
—Por eso mismo, Vasco, por eso mismo… Debemos dar
gracias al Señor.
— ¿Más? Ya las hemos dado. Nos hemos santiguado y
hemos rezado. Dios sabe que le estamos agradecidos de corazón. ¿Qué más quiere?
— ¿Dios o yo?
—Mi puta madre, padre. Me está usted haciendo
perder el tiempo. ¡Usted, hostias, usted!
El padre Vera hizo una pausa antes de contestar. No
le importaba que los compañeros le hablaran de aquella forma. Estaba
acostumbrado. Además, por mucho que no pudiera parecerlo, todos ellos lo
respetaban en tanto en cuanto era el representante del Altísimo en el lugar
donde se hallasen. De hecho, habría que añadir que mantenía, intacto, su poder
de influencia sobre aquellos hombres brutos como arados.
—Quiero que levantemos una cruz en este lugar
—dijo, por fin, el padre Vera.
A Balboa casi le da un síncope.
— ¿Aquí? —preguntó, más exclamando que inquiriendo.
—Exactamente aquí. Es el Señor quien nos ha guiado
hasta este lugar. Es nuestro deber, por tanto, señalarlo como corresponde. Lo
suyo sería erigir una preciosa catedral, pero soy consciente de nuestras
limitaciones. Bastará con una cruz. Del tamaño de un árbol, eso sí.
—No hay tiempo para levantar cruces. Debemos partir
ahora si queremos que…
El propio Balboa se interrumpió al darse cuenta de
que se hallaba dando inicio a una discusión que jamás ganaría. El religioso
había pedido una cruz y una cruz tendría. Con estos asuntos, convenía andarse
con tiento. Conocía a Vera desde hacía tiempo y lo consideraba un buen tipo, un
compañero más. Tenía mimbres, el cabrón. Nunca se quedaba atrás y no protestaba
ni se andaba con remilgos. Mostraba callos en las manos y la mirada cruda de
los hombres que se han curtido en el Darién. Sin embargo, un cura es un cura.
¿Quién sabía si, a espaldas de Balboa, Vera no estaría remitiendo sus propios
informes a Santo Domingo? A fin de cuentas, los curas respondían a sus
instancias particulares. Unas instancias que, esto bien lo sabían todos los
compañeros, no convenía irritar si la finalidad de uno en estos tiempos era la
de lograr fama y fortuna. Un cura revenido, en suma, te podía torcer los
propósitos futuros.
— ¡A ver, los que estáis bajando! —gritó Balboa
dirigiéndose a un pequeño grupo de compañeros que ya había comenzado a
descender la loma—. ¡Deteneos!
— ¿Qué pasa? —preguntó, extrañado, uno de ellos.
—No hemos terminado aquí.
— ¿Cómo que…?
— ¡Que no hemos terminado, cojones! ¡Dad media
vuelta! ¡Dadla ya, me cago en todos mis méritos! ¡Venga, tenemos que levantar
una cruz!
— ¡Una cruz!
— ¡Como mi polla dura de alta!
—Pero si…
— ¿Me has entendido o te lo vuelvo a explicar por
señas?
—Te he entendido, capitán.
—Pues andando. Venga, buscad un par de árboles de
buen porte.
El padre Vera, que estaba disfrutando con todo
aquello aunque jamás lo admitiría, se permitió meter baza.
—Gruesos, capitán, gruesos —apuntilló—. Esta cruz
debe quedar aquí para siempre. Que ni los vientos ni las tormentas la derriben.
Balboa lo miró fijamente. Tenía una mirada que,
cuando te la ponía de esa forma encima, dolía. No en modo figurado, qué va: en
el momento en el que Balboa se giraba hacia ti y te enfilaba con ese par de
ojos abrasivos, un dolor intenso y punzante comenzaba a atravesarte desde las
uñas de los dedos de los pies hasta el pelo de la cabeza. Cesaba en cuanto
Balboa hablaba, y Balboa, que lo sabía, acostumbraba a mantener, durante un
buen rato, los labios sellados. Jódete y sufre, parecía decir.
No sin cierta desgana, los compañeros se
repartieron por el lugar y comenzaron a elegir árboles. Lo cual, dicho sea de
paso, no resultaba una tarea sencilla, pues en la cima de aquella montaña no
abundaban. Tenían leguas y leguas de cerrada selva virgen en todas direcciones
y ahora debían levantar una cruz, precisamente, allá donde, debido a los aires
que azotaban las partes altas de la sierra de Quareca, más pelado se encontraba
el territorio.
Balboa se quitó de la cabeza la idea de llegar ese
mismo día hasta el mar. Ni aunque, tras erigir la dichosa cruz, les brotaran
alas y se echasen a volar desde allí hasta las playas. ¿Se puso de mal humor?
Pues no, lo cierto fue que no. Puede que sí en el momento inicial, pero, al
poco, se le pasó. Balboa, y esta manera de conducirse se extendía a la mayoría
del resto de compañeros, no perdía demasiado tiempo dejándose llevar por la
ira. No, pues, si lo hacía, se pasaría el día de enfado en enfado. En la existencia
que les había tocado en suerte, los contratiempos y las desgracias abundaban.
La gente estaba tan tranquila y, al día siguiente, se moría. O contraía una
extraña enfermedad que lo sumía en la desesperación, o perdía un brazo porque
un bicho surgido de la maleza se lo había arrancado de un mordisco. Vivir sin
malvivir, vivir sin que la propia vida se convierta en un sin vivir, les
parecía el más loable y digno de los proyectos. A él se dedicaban cada jornada
y con todas sus fuerzas.
Por fin, los árboles fueron escogidos y Balboa,
acompañado siempre por un padre Vera que, cuanto menos, se mantenía en
escrupuloso silencio, dio su visto bueno y procedieron a talarlos. Durante un
rato, en aquel alto desde el cual la grandiosidad que les rodeaba habría
devuelto la vista a un ciego y el crédito a un escéptico, solo se escucharon
los golpes de hacha contra los troncos de los árboles. Un golpeteo rítmico que,
a las claras, funcionó mejor que la propia oración dicha, momentos antes, un
tanto de mala gana y más por compromiso que por deseo.
Clac, clac, clac, y el eco que, desde la distancia,
regresaba hasta ellos. Un puñado de hombres ajenos al tiempo, ajenos a las
circunstancias, ajenos, también, al resto de hombres existentes en el mundo.
Estaban allí y parecían suficientes para comprenderlo todo. Talaban árboles
porque debían talar árboles, como ascendían montañas porque debían ascender
montañas o atravesaban selvas porque ese y no otro era su destino. Si algo se
parecía a una oración verdadera, a un salmo digno de ser escuchado por Dios nuestro
Señor en los Cielos, era la que allí se encontraba teniendo lugar: varios
hombres vestidos con yelmos y corazas en el cerro del avistamiento, varios
hombres impregnados de la paciencia infinita que solo los auténticos cristianos
albergan talando árboles, varios hombres convirtiéndose en eternidad verdadera.
Cuando los árboles estuvieron talados, se
desbrozaron y Martínez, que sorprendió a todos demostrando unas más que
pasaderas nociones de carpintería, rebajó sendas partes en los troncos para
encajar uno en el otro y, con la ayuda de unas cuerdas, formar la cruz. Tras
ello, cavaron un agujero en el suelo, clavaron en él el extremo inferior de la
cruz, la levantaron y volvieron a tapar el agujero. En resumen, les quedó un
trabajo razonablemente apañado. Alguno hasta lo admiró con orgullo.
—Ya tiene su cruz, padre —gruñó Balboa. Él mismo
había trabajado como uno más en su construcción porque le pareció que así irían
más deprisa—. ¿Nos podemos marchar?
— ¿Sin cantar un tedeum?
Pues sí, al final darían gracias. ¿Cómo podía
habérseles ocurrido que el cura lo pasaría por alto? Dios les había otorgado la
invulnerabilidad y un océano entero. Qué menos que humillar la cabeza y darle
las gracias por ello.
—Mierda —dijo Balboa.
Ya era mediodía, o puede que más. Sus planes para
llegar antes de que anocheciera quedaban descartados. En fin, alcanzarían el
mar al día siguiente, tal y como había supuesto antes de que le entraran las
prisas y fuese tomado por un fervor que comenzaba a evaporarse.
—De acuerdo, un tedeum rapidito —aceptó.
—Reunámonos bajo la cruz —indicó, con entusiasmo,
el padre Vera—. ¡Vamos, vamos!
Los compañeros, que con el rezo de antes sentían
que habían cumplido, aceptaron la instrucción del religioso, aunque sin ocultar
la mala gana.
Martínez volvió a sorprenderlos entonando con una
preciosa voz aguda en un latín que a todos les pareció inmaculado. Qué pasa,
fui monaguillo en mi pueblo, dijo a modo de única explicación. Sanctus,
sanctus, sanctus, Dominus Deus sabaoth, cantó Martínez como si de un ruiseñor
en mitad de la jungla se tratara. Santo, santo, santo, Señor Dios de las
huestes.
Esos eran ellos y Dios su único jefe.
* * * *
A las tantas, comenzaron a descender una montaña
que les había maravillado subir pero a la que ya tenían una ojeriza
considerable. El levantamiento de la cruz, salvo al padre Vera, les había
sobrado a todos. No consideraban que no hacerlo supusiera un desdén hacia el
Señor. Al contrario: ¡Si cada paso que daban, cada infiel que convertían, cada
indio que mataban lo hacían en su nombre! Sin embargo, y una vez más, optaron
por resignarse y continuar con lo suyo. Ya sabían dónde se hallaba el mar del
Sur. Lo alcanzarían, tomarían posesión de él y podrían, de una vez, centrarse
en su segundo objetivo: encontrar El Dorado.
Tras llegar al punto desde el que había tenido
inicio la ascensión, la columna se encaminó en dirección sur. La ruta, por una
vez, parecía buena y apenas encontraban maleza que les impidiera avanzar a un
paso razonable. Además, el terreno descendía con suavidad, lo cual les permitía
tomarse las cosas con cierto relajo. Balboa, una vez que se había hecho a la
idea de que no alcanzarían el mar hasta el día siguiente, dejó que los
porteadores se lo tomaran con calma y no ordenó a los compañeros que los apretaran
más de la cuenta.
Y tuvo tiempo, tras semanas y semanas de incesante
ajetreo, para comprender algo. O quizás no sucediera así, quizás no tuvo nada
que ver con el tiempo. Puede que, simplemente, como si de una revelación se
tratase, Balboa comprendió algo. Lo supo de forma instantánea y natural. Y se
sorprendió tanto que tuvo que, por un momento, detenerse y pararse a pensar.
Como si aquella revelación le pesara tanto que se viera obligado a
reacomodársela.
Balboa echó un vistazo en torno a sí y observó a
los compañeros. Estaban Crespo, y Gutiérrez, y Malpartida, y Pizarro, y algunos
más. Como siempre, caminaban despacio en la dirección señalada. De cuando en
cuando, alguno se ocupaba de repartir órdenes entre los indios porteadores,
aunque nada que los deslomara. La columna había aprendido a avanzar por la
selva y lo hacía casi como si fuera un ente dotado de consciencia propia:
buscaba la mejor senda, rodeaba los obstáculos insalvables y apretaba el paso
cuando la maleza se abría lo suficiente para permitirlo.
Se escuchaban los pájaros que anidaban en las copas
de los árboles. Balboa levantó la mirada hacia ellos para, de inmediato,
bajarla de nuevo. Supo, en ese preciso instante, que el enemigo los rodeaba por
todas partes, que, por mucho que llegaran a pactos con los cacicazgos cueva,
por mucho que doblegaran una y otra vez a los reinos caribes, ellos serían,
siempre, el enemigo. Podrían derrotarlos, aniquilarlos, exterminarlos. De
hecho, con los cuevas harían exactamente eso. Pobres cuevas… Su táctica de negociar
y entablar pactos con los españoles terminaría por llevarlos a la tumba. La
mano tendida de Balboa les había parecido una buena idea. Se la parecía a todos
en cuanto los compañeros soltaban cuatro escopetazos o les azuzaban a los
alanos. Sí, seamos entrañables amigos para siempre, unos y otros, en paz y
concordia.
Esta no fue la revelación que en aquella loma de la
sierra de Quareca tuvo Balboa. Tiene que ver, pero no es esta. Tiene, porque
muestra a las claras el carácter de los españoles, su forma de ser, las
intenciones que se transformarían en actos incluso aunque entonces no lo
supieran. Lo que Balboa comprendió fue que los indios siempre serían sus
enemigos, pero los auténticos adversarios eran ellos para ellos. Los españoles
acabarían sucumbiendo no ante feroces caribes comedores de carne humana, sino
ante el vecino con el que llevabas compartiendo destinos desde hacía años. Ese
con el que te emborrachaste cuando nació su hijo, ese al que acompañaste en el
duelo cuando se murió su hermano. Todos venían desde el mismo lugar: España,
una tierra al otro lado de un inmenso océano. A cualesquiera, algo así los
habría unido de forma irremediable y para siempre.
Los españoles, gentes tranquilas en general, se
convirtieron en lobos hambrientos una vez que pisaron el Darién. Quién sabe por
qué. O puede que sepáis todos por qué si seguís siendo españoles y os miráis
hacia dentro. Llevamos una inquina muy guardada que puede pasarse generaciones
sin aflorar. Pero que, cuando aflora, detiene el mundo.
En aquella loma, con el mar del Sur descubierto
aunque no conquistado, Balboa intuyó que aquel grupo de hermanos que caminaba
junto a él terminaría por matarle. O, siendo más exactos, se matarían los unos
a los otros, pues no existía modo alguno de permanecer al margen de las
aversiones una vez que estas emergieran.
Le quedaban, aunque obviamente él no lo sabía, poco
más de cinco años de vida. En aquel grupo de compañeros que ahora caminaba a su
lado, algunos caerían con él y otros se alinearían con los ejecutores. No se
trataba de nada personal, así lo vislumbró. De igual forma que en este momento
darían la vida unos por otros si las circunstancias lo requiriesen, pasado
algún tiempo las tornas cambiarían y las amistades indisolubles, las que se
habían forjado en la selva y en mitad de las más insólitas dificultades, se
disolverían.
El capitán Pizarro, sin ir más lejos. Avanzaba a
diez pasos de distancia de Balboa. Tenían la misma edad, provenían de la misma
tierra, poseían tanto en común que ni siquiera era necesario intercambiar
palabras. Se miraban y cada uno comprendía lo que quería decirle el otro. Es la
unión de los que han vivido más allá de lo que los comunes denominan vida.
Nadie puede imaginar qué grosor tenían los lazos que ensamblaban a aquellos dos
hombres. Sin embargo, en poco más de cinco años, Pizarro colaboraría con los
que le habrían de cortar la cabeza a Balboa. Y no por traición, ni por
rebelión, ni por delito alguno que lo mereciera. Lo harían porque así eran
ellos, porque la inquina, si la rodeas de temores fundados o infundados, puede
más que cualquier otro sentimiento. Pizarro prendería a Balboa y lo conduciría
al patíbulo. A su más que hermano. Jamás se arrepentiría de ello porque, en
fin, así son las cosas, ¿no?
Capítulo 16
Hicieron lo que mejor sabían hacer
28 de septiembre de 1513, miércoles
Lo cierto era que les había salido bastante bien.
Habían cometido errores, pero ninguno grave. ¿La prueba? Que todos los
compañeros continuaban con vida. No se trataba de algo de lo que cualquier
capitán pudiera hacer gala. Aquí, hasta el más listo había perdido hombres en
las entradas. Muchos, la práctica totalidad de la hueste. Algunos de los que
allí estaban se habían visto inmersos en auténticos desastres. El capitán
Pizarro, por ejemplo. Pizarro, y no hacía tanto tiempo de esto, había tomado
parte en expediciones de las que regresaron cuatro. Al resto, a un buen puñado
de españoles buenos, los abatieron los indios. Se defendieron heroicamente,
esto y lo otro, pero terminaron por sucumbir. Decenas de ellos. Hasta
centenares, en varias ocasiones.
Así las cosas, lo de Balboa resultaba una proeza y
quien dijera lo contrario mentiría. Cero hombres muertos tras casi un mes de
entrada y un mar descubierto. Hasta los enemigos de Balboa, los que ya lo eran
y los que habrían de serlo, se descubrían ante esta circunstancia. Porque un
español puede decapitarte sin más motivo que sus santos cojones, pero sabe
reconocer los méritos del que sube al patíbulo. Las cosas, como son.
Pues lo dicho. Que apenas habían cometido errores
de bulto. Hasta aquella mañana. ¿Cómo pudo sucederles algo así? A saber.
Después de visto, todo el mundo es listo. Habría que haber estado allí para
hacerse una composición de lugar como Dios manda. Y, luego, opinar con
conocimiento de causa.
No obstante, sí se podría decir algo. Bajaron la
guardia. Eso fue todo. Tras descubrir el mar del Sur, el estado de permanente
alerta en el que habían caminado hasta allí se esfumó. Y lo hizo cuando,
precisamente, deberían haber hecho lo contrario: si existía un momento para
abrir los ojos, era este en el que los guías careteños lo desconocían todo
acerca del terreno y de las gentes que lo habitaban. Jerónimo, cuando Balboa lo
interrogó al respecto, afirmó que se internaban en las tierras del cacique Chiapes.
Cuando se le pidió que ampliara la información, Jerónimo se limitó a encogerse
de hombros. Se trataba, a su juicio, de cuevas como ellos, y alguna vaguísima
referencia les había llegado hasta la ya lejana Careta, pero nada más. Ni
aunque quisiera, podría facilitarles más noticias acerca de los chiapeños. No
sabían quiénes eran. El gran tibá debía comprender que se hallaban lejísimos de
su hogar. Este terreno no había sido pisado por un careteño desde hacía
generaciones. No, no, no.
Cuando Balboa despertó, no abrió los ojos de
inmediato. Notaba cómo algo afilado presionaba su cuello y escuchó sonidos de
gentes moviéndose en la maleza. Necesitó poco tiempo para darse cuenta de que
acababan de caer en una trampa. La noche anterior se echaron a dormir en un
lugar que les pareció medianamente seguro y apostaron a un par de hombres para
que hicieran guardia. Balboa recordaba que uno de ellos era Jaén, pero había
olvidado el nombre del otro. Daba igual. En el mejor de los casos, se habrían quedado
dormidos y quienes ahora se aprestaban a tomar el campamento español los
habrían hecho prisioneros. En el peor, estarían muertos. Balboa apretó los
dientes ante esta posibilidad. Deseaba con todas sus fuerzas presentarse de
vuelta en Santa María de la Antigua con el mar del Sur descubierto, la
ubicación de El Dorado localizada y la hueste intacta. Cincuenta o sesenta
porteadores habrían muerto, pero eso son cosas que pasan. A efectos prácticos,
las consecuencias serían nulas. Unos indios muertos, qué se le va a hacer.
Compensaría a Careta por las pérdidas y asunto resuelto.
Mierda, pensó Balboa. Nada más que eso, pues, si
bien era hombre de pensamientos breves, tampoco es que hiciera falta más.
Habían cometido un absurdo error de principiantes y ahora los indios, solo Dios
sabía qué indios, los tenían en sus manos. Por el momento, y a falta de más
información, daría por buena la hipótesis de los chiapeños. Aunque no sabían
gran cosa sobre ellos, se encontraban en su territorio. Ni los caribes osaban
acercarse tan cerca de la costa, había escuchado decir al bueno de Jerónimo. Sin
embargo, Balboa no siempre creía al pie de la letra lo expresado por Jerónimo.
¿Porque los cuevas mentían? No, allí nadie mentía. Los españoles tampoco lo
hacían. Pero, con lo uno y con lo otro, nadie decía, del todo, la verdad. O
manejaban verdades distintas y no siempre coincidentes.
Aún con los ojos cerrados y ese algo duro y afilado
en su cuello, Balboa decidió que, dado que no le quedaba más remedio, daría por
buenas las palabras de Jerónimo. Se hallaban en Chiapes y los chiapeños se
interponían entre ellos y el mar del Sur. Quedaba, nada más, decidir si alguien
mataba a alguien y, en ese caso, quién a quién. Balboa recordó entonces que,
justo donde eso tan afilado presionaba su cuello, la cabeza de la serpiente de
oro se abría paso hacia arriba. Si eran cuevas, la reconocerían. Lo reconocerían
como a uno de los suyos.
Si no, ya verían. Se ha señalado ya varias veces,
pero es momento de hacerlo una más: la suerte no siempre les sonreía, aunque,
sin embargo, tampoco les daba la espalda. Se sabían invulnerables y con Dios a
su lado. ¿Qué podía salir mal?
Muchas cosas.
Balboa abrió los ojos y, en un instante, se hizo
una rápida composición de lugar. Vio a varios compañeros en una situación
similar a la suya: tendidos en el suelo, a medio despertar y con grandes
macanas apoyadas en sus pescuezos. No los habían matado mientras dormían, lo
cual, en sí, ya era una buena señal. A Balboa siempre le gustaba ponerse en el
lugar del otro porque así comprendía, mejor que de cualquier otra forma, la
realidad. ¿Qué habría hecho él de ser un çabra chiapeño y encontrarse en su
camino con una magnífica columna de extranjeros barbudos? Él, Balboa, les
habría quitado la vida sin dudar. Al mosquito, lo aplastas cuando lo crees más
indefenso. No esperas a que levante el vuelo y te ponga las cosas difíciles.
—Me llamo Balboa —dijo con voz neutra y antes de
levantar la voz. Tenía frente a sí un par de piernas desnudas. De varón. La
piel era tostada y sin vello. El hijoputa no parecía alto, pero sí fibroso. El
típico cueva del Darién. Los conocía muy bien. Se pacificaban con facilidad,
aunque no existía un solo cacicazgo que, tras el contacto inicial, no hubiera
presentado una feroz resistencia. Se les solía soltar los alanos para hacer que
cambiaran de actitud, pero esta vez no habría posibilidad: por el rabillo del
ojo, Balboa vio cómo los compañeros que gobernaban las traíllas habían sido
hechos, al igual que el resto, prisioneros. Los perros de guerra se movían
nerviosos y alguno hasta ladraba de cuando en cuando, pero se hallaban atados.
Maldita sea, gruñó, para sus adentros, Balboa.
El indio que lo tenía bajo su control dijo algo en
lengua cueva. Balboa, por supuesto, no comprendió nada. Con todo, se había
acostumbrado a prestar atención a los tonos, a las inflexiones en el lenguaje.
Este tipo, macana en mano, estaba nervioso y Balboa se dio cuenta de ello. Bien
y mal. Bien, porque un enemigo nervioso es un enemigo que sabe que algo no
marcha, para él, tal y como pensaba. Y mal, pues, esto lo sabe cualquiera que
haya conquistado para el rey en las tierras americanas, un indio nervioso es un
indio dispuesto a cualquier cosa con tal de volver a sentir esa paz que tanto
anhela. Balboa tardó más de un año en comprender de qué diablos se trataba esa
emoción: ¿por qué los guerreros cueva buscaban la paz en el enfrentamiento
contra sus enemigos? Creyó hallar la respuesta tras muchas noches en vela. No
se trataba del enemigo. Los cuevas odiaban a muerte a sus enemigos y buscaban
no solo su derrota, sino su completo exterminio. Eran guerreros feroces y,
cuando se les había dado la ocasión de demostrarlo, lo habían hecho. Lo que los
cuevas temían era el enfrentamiento contra los españoles. Habían concluido que,
extrañamente, no se los podía derrotar. Y bien que lo intentaron… Al principio,
de hecho, consiguieron una pequeña ventaja. Los primeros enfrentamientos
acabaron en victorias para los cuevas. Pero… Pero, poco después, los españoles
hicieron algo que los cuevas jamás habrían esperado. Hambrientos, heridos,
enfermos, maltrechos y derrotados, los barbudos locos entraron en los pueblos
de los cuevas y lucharon con la insistencia de los inmortales. Sonreían con
esas dentaduras desdentadas mientras arrasaban las casas y mataban a todo el
que se les ponía por delante. No les importaba morir, pues habían llegado a
estas costas para un todo o nada: o conquistaban el territorio, sus riquezas y
sus gentes, o caían muertos. No contemplaban posiciones intermedias.
Ahora vete tú y lucha contra tipos como estos.
Esta era la razón de que el indio que se hallaba
junto a Balboa, el que apoyaba su afiladísima macana en el cuello del español,
mostrara cierto temblequeo en la voz. Ay, madre, que este de aquí es el gran
tibá rubio. Qué mala suerte la mía. ¿No me podía haber tocado un español del
montón? El gran tibá rubio, ¡el gran tibá rubio!
Chiapes estaba lejos de cualquier sitio conocido,
aunque no lo suficientemente lejos. Tenían la prueba en la palma de la mano:
ellos habían llegado hasta allí caminando. Lo cual significaba que el
aislamiento de Chiapes era relativo, que las distancias, siendo importantes, no
parecían insalvables y que, en suma, las noticias habían corrido rápido por la
selva. Al menos, les había dado tiempo a preparar una emboscada. Algo era algo.
A ver qué se les ocurría ahora.
—Me llamo Balboa —repitió Balboa. Esta vez, levantó
muy despacio la vista. Vio el caracolillo de oro en el pene del tipo que tenía
frente a él y el cordelillo con el que se lo sujetaba a la cintura. Reconoció
los nudos y supo que, sin la menor duda, se trataba de cuevas. Perfecto, porque
eso significaba que no eran caribes. Algo es algo.
El guerrero cueva sujetaba la macana con las dos
manos. Balboa lo miró directamente a los ojos e intentó sostenerle la mirada.
Sabía que los cuevas llevaban mal que se los mirase directamente. Por eso,
Balboa, en cuanto tenía a un cueva delante, lo fundía clavándole los ojos. La
reacción natural habría sido la de enfurecerlos, pero por experiencia sabía
que, normalmente, aquel simple gesto se convertía en incomodidad para el cueva,
quien no sabía cómo reaccionar a una circunstancia que, en ningún caso, había
previsto.
Muy despacio, Balboa acercó una mano a la macana
apoyada en su cuello y la tocó en el filo con la punta de los dedos.
—Tranquilo, tío, ¿vale? —le dijo al guerrero.
El guerrero no dijo que sí ni que no. Se lo quedó
mirando sin dar crédito a lo que sucedía. Después, para evitar la penetrante
mirada de Balboa, ladeó el rostro y retiró la suya. Fue entonces cuando Balboa,
en un movimiento rápido, apartó la macana de su cuello, se puso en pie, asió al
indio por la muñeca y presionó con todas sus fuerzas hasta que este, a causa
del dolor, abrió la mano y dejó caer el arma.
—Quieto —ordenó Balboa sin realizar más
movimientos. Podría haberse agachado para recoger la macana. O haber
desenvainado su propia espada. Pero eso habría supuesto el punto de partida de
una batalla que no pretendía librar. No, al menos, de momento.
Como caídos de las copas de los árboles, llegaron
seis o siete guerreros más y rodearon a Balboa. Todos portaban macanas,
garrotes y una especie de lanzas cortas de puntas muy afiladas.
—Calma —dijo Balboa. Separó los brazos del cuerpo
para demostrar que no pensaba darles problemas. Había desarmado a un guerrero,
pero porque él le había puesto, antes, un filo en el cuello—. Creo que aquí hay
un malentendido.
* * * *
Desde luego que lo había. Lo habría siempre que los
compañeros no marcaran el paso del baile. Y aquí, no lo estaban haciendo.
Balboa se llevó la mano a la nariz, se la apretó en un gesto que le ayudaba a
pensar en los momentos difíciles y sonrió a los indios que tenía frente a sí.
No tenían aspecto fornido pero daban un miedo de
mil pares. Esto, Balboa lo sabía reconocer. Y sabía, al tiempo, que cuando te
topabas con algo así, más valía manejarlo con mano izquierda.
Los indios se habían dado cuenta de que él era el
jefe. Porque puede que este paraje estuviera situado literalmente en el extremo
del orbe conocido, pero hasta allí habían llegado las noticias de los blancos
venidos del mar. No le cupo duda a él de que así era y no le cupo duda a
ninguno de los compañeros. Aquellos indios no se acababan de caer de un guindo,
sino que conocían muy bien lo que hacían. Se habría corrido la voz por la
selva, pues la selva, puede que haya llegado la hora de confesarlo, no dejaba
de ser una hija de puta más en un mundo de completa hostilidad. Hay rumores que
viajan de rama en rama, a través de la espesura, deslizándose sobre los cursos
de los ríos y arroyos. Que hay gente nueva en las inmediaciones y que más vale
darle primero porque, de lo contrario, esa gente da. Y cómo.
Al frente de los extranjeros, había un tibá con el
pelo del color del oro y el tamaño de una montaña. A veces se portaba bien con
los indios y a veces no lo hacía. Eso afirmaba el rumor. Y añadía que, por si
acaso, más valía no fiarse de él.
Se conjuraron para no hacerlo, para no darle ni la
menor oportunidad y, sin embargo, lo hicieron. Pobres chiapeños.
—Venga, tíos —dijo Balboa sin perder la sonrisa—.
Bajad esas macanas, hostias. No vaya alguien a hacerse daño.
Cuando terminó de decirlo, dio un paso hacia el
frente con la intención de tentar el ánimo de los chiapeños. Uno de ellos, un
guerrero çabra que tendría unos treinta años, le gritó algo en lengua cueva.
Como un poseso. El resto de çabras se tensó tanto que, por momentos, parecía
que iban a rasgárseles los tendones de todo el cuerpo. Como cuando estiras
demasiado una cuerda, esta pega un latigazo en el aire y, zas, se parte por la
mitad con gran violencia y estrépito. Había allí dos o tres que podrían reventar
si alguien los tocaba con la sola punta de un dedo.
Se habían situado de tal manera que rodeaban a
Balboa por todas partes. Las macanas, asidas con ambas manos y extendidas hacia
el frente, en posición de acometida. Balboa observó cómo los guerreros
separaban ligeramente los pies. Le tranquilizó el gesto, pues es el del soldado
que pretende resistir en esa postura, no aprestarse a atacar de inmediato.
— ¡Albítez! ¡Pizarro! —gritó, entonces, Balboa. Los
indios se agitaron nerviosos y algunos intercambiaron un par de frases casi en
susurros—. ¿Cómo están las cosas por ahí?
La respuesta no se hizo esperar.
— ¡Nos han atrapado, capitán! —exclamó Pizarro.
— ¿A todos?
—Hasta el último puto hombre.
—Me cago en Dios, Pizarro. ¿Cómo cojones ha podido
pasar?
—Nos hemos despistado, capitán. Ha sido un golpe de
mala suerte.
—Pues tendremos que cambiar nuestra suerte,
¿verdad?
— ¿A hostias?
—No, tío, no… ¿Acaso no ves que podrían caer
bastantes de los nuestros? Esta puta situación es jodida de cojones. Hay que
andar con mucho tiento, ¿de acuerdo? Con mucho tiento, ¿entendido, Pizarro?
—Entendido, capitán.
—Corre la voz. Que nadie haga gilipolleces ni
intente nada hasta que yo lo ordene.
—¿Cuál es el plan, Balboa?
—No tengo ni puta idea, Pizarro. Vamos a ver por
dónde nos salen estos cabrones e iremos improvisando. Pero todo Dios por detrás
de mí. Si alguien se me adelanta, le corto los huevos. Corre la voz, tío.
—A la orden, capitán.
Habría más de quinientos indios. Guerreros todos
ellos, bien alimentados, bien armados, dispuestos a vender caras sus vidas.
Eso, al menos, creyó Balboa que creerían ellos. Bien, simplemente tenían que
lograr que las tornas cambiaran. Y, para eso, el primer paso era convencerles
de que los españoles no suponían un peligro para los chiapeños. Les costaría
lograrlo, pues, si los indios actuaban como se hallaban haciéndolo, no era sino
porque ya sabían a lo que se enfrentaban. Sin embargo, Balboa confiaba en su
mano izquierda. Conocía el modo de tratar a los indios. Joder, no tenía otro
don en la vida que tratar a los indios del Darién. Se le daba, aunque estuviera
mal afirmarlo sin ambages, de maravilla. ¿Por qué otro motivo habría pasado, en
tres tristes años, de ser el último hombre de la hueste a capitanearla entera?
No lo llamaban el gran tibá en vano.
De pronto, los chiapeños pasaron a la acción. Dos
de ellos se acercaron, con el canguelo en el cuerpo, las cosas como son, a
Balboa y le quitaron la espada y los puñales. En total, Balboa llevaba encima
siete armas blancas, y eso porque lo habían sorprendido durmiendo. Los indios,
a medida que le despojaban de las dagas, iban admirándose del brillo y la
presencia del acero español. Sin la menor duda, jamás antes habían tenido un
arma parecida en las manos.
Una vez desarmado, Balboa fue conminado a ponerse
en movimiento. Los chiapeños, siempre en buen número y siempre con las puntas
de las macanas apuntando a Balboa, pretendían que el español les acompañara a
un lugar que solo ellos conocían.
Al principio, Balboa se negó. Sabía que no le
quedaría más salida que ir, pero no lo haría de buen grado, no mostraría una
sumisión inmediata a aquellos indios. Al final, en el Darién, como en todas
partes, terminas por claudicar si no te queda otro remedio. De momento, les
quedaban más remedios.
Un indio, deseoso al parecer de dejar claro quién
mandaba allí, intentó, con la punta de su macana, pinchar a Balboa en la
coraza. Lo hizo desde un lateral y el puntazo rozó el brazo desprotegido del
español. Este se giró hacia el indio y comenzó a caminar hacia él. Los
separaban dos pasos, de manera que tampoco requirió demasiado tiempo. De
inmediato, al menos seis macanas se situaron a un palmo de distancia de su
rostro.
—Vale, vale, tranquilos… —dijo Balboa levantando y
mostrando las palmas de las manos en el poco espacio que quedaba entre él y las
macanas.
Con una lentitud exasperante, los chiapeños
condujeron a Balboa hacia un pequeño claro de la selva. Desde allí, el español
había perdido cierta visibilidad sobre sus hombres, aunque todavía podría
darles un grito si se hacía necesario.
—Bueno, ¿de qué va todo esto? —preguntó sin
olvidarse de sonreír—. Venga, que no buscamos problemas. ¿Qué tal si nos dejáis
marchar? Estamos de paso por vuestras tierras. Os prometemos que no os haremos
ningún daño. Es que tenemos un mar por conquistar y se nos está haciendo un
poco tarde… ¿Qué día es hoy? Maldita sea, ¿qué día es hoy? ¡Valderrábano!
Valderrábano, el escribiente, se encargaba del
diario de la expedición y llevaba, por lo tanto, las cuentas del transcurso de
los días. También lo hacía el padre Vera, no fueran a pasar por alto una fiesta
de guardar y a él se le olvidara cantar misa y soltar su sermón. Balboa, que se
conocía el percal, prefirió preguntar a Valderrábano. Eran amigos y Balboa, si
de algo andaba escaso en el Darién, era de amigos, de amigos verdaderos. De
esos en los que puedes confiar hasta el final. Valderrábano sería uno de ellos,
pues, cuando unos pocos años más tarde, aquellos que, finalmente, no resultaron
ser tan hermanos como lo habían pretendido, cortaron la cabeza a Balboa se la
cortaron también a su grupo de irreductibles. Valderrábano estaría entre ellos.
Balboa, que sería el último en ser decapitado, tuvo tiempo de ver cómo al
hombre al que ahora se dirigía le separaban la cabeza del cuerpo. Llamó hijos
de puta miserables a los que observaban en silencio. Los cuales, dicho sea de
paso, ni se inmutaron y procedieron a decapitarlo a él también.
— ¿Qué? —respondió, a gritos, Valderrábano. Se
hallaba como a unos veinte o treinta pasos de distancia del capitán.
— ¿Qué día es hoy? —preguntó Balboa, también a
gritos. A los chiapeños, les perturbaba este peculiar modo de conducirse que
ponían en práctica los españoles. Los tenían enmacanados a todos y ellos hacían
como que no sucedía nada, como que continuaban disfrutando de una entera
libertad.
— ¡Miércoles!
—¡No! ¡Digo del mes!
— ¡Ah! ¡Veintiocho!
—¿Veintiocho ya? ¿Estás seguro?
—Segurísimo.
—¡No puede ser!
—Pues lo es. Estamos a veintiocho, capitán.
—Mi madre, cómo pasa el tiempo…
—En un abrir y cerrar de ojos.
—La hostia… Bueno, gracias, tío.
—A mandar, capitán.
—¿Todos bien por ahí?
—Los indios nos tienen con los cojones prietos,
pero no atacan.
—No, no atacan. A ver si salimos de esta.
— ¡A ver!
Al menos cincuenta compañeros escucharon la
conversación entre Balboa y Valderrábano. Además, unos cuatrocientos
porteadores careteños y los quinientos guerreros chiapeños que los habían hecho
prisioneros. La selva, cuando le da la gana, enmudece para que las palabras
viajen lejos. Por supuesto, ni careteños ni chiapeños, todos ellos indios
cueva, habían entendido una sola palabra de la conversación, pero les
fascinaba, y no lo podían ocultar, ese modo tan desenfadado y cordial que los
españoles utilizaban al dirigirse entre ellos. ¿Cómo podía, esta gente tan
agradable, convertirse, a la primera de cambio, en cruel y despiadada? Los
careteños, que llevaban años tratando a los españoles, se hacían a la idea. Los
chiapeños se la harían pronto.
—Lo que os decía —continuó con su cháchara Balboa.
Seguía con media docena de macanas a un palmo de su rostro, pero parecía
ignorar el hecho. Lo parecía, tan solo—. Mirad, resulta que nos hemos
entretenido más de lo que creíamos y se nos ha echado el mes encima.
Veintiocho, tíos, hoy es veintiocho de septiembre. ¿Os lo podéis creer? Eso
significa que no tenemos el menor interés en pasar ni un minuto de más entre
vosotros. Entendedme, me parecéis buenas personas y seguro que, en otras
circunstancias, podríamos sentarnos largamente en torno a una hoguera, asarnos
un cerdo salvaje y charlar de nuestros asuntos… Pero hoy no es ese día. Vamos
con algo de prisa, tíos. Entonces, ¿qué tal si nos dejáis pasar y todos tan
contentos? Paz, amigos. Paz.
Balboa se calló y aguardó. Ahora les tocaba a los
indios. Debían mostrar sus cartas, realizar algún tipo de movimiento, respirar.
Cualquier cosa que supusiera abrir una vía de escape en aquel callejón sin
salida en el que parecían verse inmersos.
Los indios no hicieron nada de lo que se esperaba
de ellos. Al contrario: se mantuvieron firmes en su posición, con los españoles
enmacanados y esa pose de control y defensa que ya comenzaba a resultar algo
cargante. Si vas a atacar, ataca. Si piensas defenderte, asegúrate antes de que
alguien te está atacando.
—Que venga Jerónimo —ordenó, entonces, Balboa. A lo
mejor se trataba de que unos y otros no se entendían. Sí, puede que fuera eso.
Jerónimo, que conocía ambas lenguas, lo solucionaría.
No resultó sencillo, pues los chiapeños
consideraban que tener la situación controlada pasaba por evitar cualquier
movimiento entre los expedicionarios. Sin embargo, la orden de Balboa corrió de
boca en boca y, cuando llegó hasta el interesado, este explicó a los guerreros
chiapeños cuál era el motivo para el que se le requería. Era el intérprete
entre cuevas y españoles. El único hombre, muy probablemente, que podía, en
todo el Darién, llevar adelante tan importante función. Hasta estiró un poco la
espalda cuando los chiapeños le permitieron abandonar el lugar en el que se
hallaba y encaminarse hacia donde se encontraba el capitán.
— ¡Jerónimo! —exclamó Balboa al verlo aparecer. El
español nunca había sido descortés con Jerónimo. De hecho, lo tenía en buena
estima y, para ser indio, lo consideraba un buen tipo. No obstante, aquella
alegría era fingida y ambos los sabían. Se trataba de engañar a los chiapeños
y, fuera cual fuese el engaño, Jerónimo comprendió que más le valía ponerse del
lado de los españoles. Él no lo sabía, pero no le extrañaría nada que existiera
una antiquísima rencilla entre careteños y chiapeños. Alguien de un lado
desairó a alguien del otro cinco generaciones atrás. Los careteños ya lo
habrían olvidado, pues la llegada de los españoles les obligaba a concentrar
toda su atención en ellos, pero quizás los chiapeños no. Este cacicazgo se
ubicaba lejísimos de todo. Si el ritmo de vida impuesto por los españoles hacía
que olvidaran qué habían cenado ayer, como para andar recordando minucias de un
siglo atrás…
—Hola, tibá —dijo Jerónimo. Llevaba varios días sin
intercambiar una sola palabra con Balboa. Cuando los españoles se convencieron
de que los cuevas y los caribes no hablaban el mismo idioma, Jerónimo dejó de
serles útil. Ahora, volvían a precisar de él.
— ¿Estos cabrones son cuevas? —preguntó Balboa sin
molestarse en devolverle el saludo.
—Sí, tibá.
— ¿Los conoces?
—De oídas.
— ¿Cómo que de oídas? ¿Dónde cojones has aprendido
tú esa expresión?
—La usan los compañeros, tibá.
—O sea, que estos capullos son, al igual que
vosotros, cuevas, pero no son vuestros amigos, ¿verdad?
—No son nuestros amigos, tibá. No los conocemos.
Pero sí son cuevas.
— ¿Entiendes lo que dicen?
—Sí.
— ¿Crees que ellos te entenderán si les traduces un
mensaje?
—Sí, tibá.
—Como me la juegues, el primero en caer serás tú.
—A nosotros no nos gustan estos cuevas, tibá.
—Eso lo dirás tú. Yo tengo que verlo para creerlo.
Por eso te aviso. De buenas maneras, Jerónimo, porque ya sabes que tú y yo
somos buenos amigos. Te considero el mejor indio que he conocido en mi vida,
tío. Traduce bien y no te pasará nada. Traduce mal y te rajo el cuello.
—Traduzco bien, tibá. Prometido.
—Más te vale, Jerónimo.
—No nos gustan estos indios cuevas, tibá. Nosotros
también queremos marcharnos de aquí cuanto antes.
—Pues convenzámoslos de ello.
Balboa le repitió a Jerónimo lo que ya había
explicado en voz alta. Que si estaban de paso, que si venían en son de paz, que
si no buscaban problemas.
—Añade que les daremos unos regalos si acceden a
nuestras peticiones.
Jerónimo comenzó a traducir. Hablaba en voz alta y
firme, sin dirigirse a nadie en particular. Los guerreros le escuchaban con más
o menos atención. Alguno asintió levemente, lo cual le sirvió a Balboa para
confirmar que sí, que le estaban comprendiendo. Se moría de ansiedad y comenzó
a morderse las uñas. Llevaba, bajo ellas, la mugre de un mes de entrada en la
selva darienita.
— ¡Espera! —exclamó de pronto.
— ¿Qué, tibá? —preguntó Jerónimo volviéndose hacia
él.
— ¿Les has dicho ya lo de los regalos?
—Iba a hacerlo ahora.
—Pues mejor no se lo digas.
—Pero es una buena idea, tibá. Estos indios nunca
han visto cascabeles.
De toda la quincalla y baratijas que los españoles
portaban para intercambiar con los indios, los cascabeles, muy a distancia del
resto de objetos, eran los que más éxito tenían. Jerónimo recordaba la primera
vez que vio uno y la honda impresión que le causó. ¡Cascabeles! Daban miedo,
mucho miedo, pero también provocaban una extraña alegría hasta entonces
desconocida en el Darién. Todavía a día de hoy, Jerónimo asociaba el sonido de
los cascabeles a esta última. Algo insólito, pues, si alguien conocía de qué
eran capaces los españoles que tan amigablemente los ofrecían, ese era él.
—Mejor no les contamos nada, Jerónimo. Nuestra
posición es de total desventaja. Si les damos los cascabeles, ni mejoramos ni
empeoramos. Solo si podemos controlar la situación resultan efectivos.
Jerónimo no entendió qué quería decir Balboa y no
tendría tiempo de comprenderlo jamás, pues apenas le quedaban diez minutos de
vida. Sin embargo, de no haberse dado tan lamentable circunstancia, lo habría
comprendido a las claras. Le habría bastado con observar el curso de los
hechos.
—Sí, tibá —accedió, siempre obediente, Jerónimo.
Puesto que debía omitir la información relativa a los regalos, apenas le
restaba nada por decir. Pidió, una vez más, que los dejaran pasar en dirección
hacia el mar.
Y ya está, se quedó callado y aguardando respuesta.
Balboa y el resto de compañeros hacían otro tanto. Baracaldo y Malpartida
tenían los ojos puestos en las escopetas y habían trazado sendos planes
mentales para hacerse con ellas. Probablemente estuvieran descargadas, aunque,
con un poco de suerte, les daría tiempo a realizar una carga y apretar los
disparadores. En el mejor de los casos, eso supondría dos bajas entre las filas
enemigas y, aunque un indio muerto es un indio muerto, con lo que contaban era
con que el estruendo y el fogonazo del disparo les causara tal pavor que
salieran por piernas en dirección a la selva. Se trataba de un plan de mierda y
tanto Baracaldo como Malpartida así lo consideraban, pero cualquier plan era
mejor que ningún plan. Muchos tratadistas militares no serían, en los años y
siglos venideros, de la misma opinión que estos dos conquistadores; no
obstante, hasta el más viajado de ellos llegaría a semejantes conclusiones sin
haber pisado jamás el Darién español. Deberían haber estado allí durante un mes
entero. Y por no ser demasiado severos con ellos, de ese mes, la mitad lo
podrían pasar en la relativa seguridad de Santa María de la Antigua y solo la
otra mitad en la selva virgen. Regresaban a casa con todos sus asuntos repensados,
verías tú cómo sí.
Demasiados han opinado sobre el Darién y lo allá
acontecido desde su casa en las islas o, peor aún, en el continente europeo.
Dios los haya castigado como se merecen.
No fue necesario que Baracaldo y Malpartida se
lanzaran a por las escopetas porque, de improviso, los acontecimientos
cambiaron, por completo, de rumbo.
Desde un extremo de la selva situado a espaldas de
Balboa, un nutrido grupo de çabras se abrió paso hasta el lugar donde este
continuaba enmacanado por los cuatro puntos cardinales. Nadie movía un dedo y
ahora caían en la cuenta del porqué: aguardaban a alguien.
—El cacique —dijo Balboa en voz baja. Informaba a
los compañeros más cercanos a su posición.
Casi.
El grupo de hombres se acercó a Balboa. Se trataba
de guerreros, desde luego, pero también de una especie de cortejo: cada uno de
aquellos çabras se había engalanado al modo en el que lo hacen los cuevas de
sangre real. Además del tradicional canutillo en el pene, exhibían cintas de
cuero en los brazos y llevaban la piel adornada con laboriosos tatuajes. Todos
se armaban de lanzas cortas.
Varios çabras que rodeaban a Balboa se apartaron.
Este intercambió miradas con los compañeros más cercanos. No había mucho que
decirse y los planes parecían claros: aguardarían acontecimientos y
responderían en función de cómo estos se desarrollasen. Fuera como fuese, la
situación exigía atención absoluta. Que nadie se despistara.
—Intentaré hacer entrar en razón al cacique
—susurró Balboa, quien se apartó un mechón de pelo del rostro mientras
aguardaba a que la pequeña comitiva se aproximara lo suficiente.
Varios compañeros dijeron algo en voz baja, más
para combatir la tensión y los nervios que con la intención de trasmitir
propósitos. ¿De qué tipo de cacique se trataría? Por su experiencia, sabían que
no todos los reyes del Darién se comportaban exactamente igual. Al principio,
siempre acostumbraban a mostrarse orgullosos. En condiciones normales, los
españoles los sacudían un poco para, así, aplacar tanta furia. Les mataban
media docena de aguerridos guerreros y cambiaban de cara. Otros tardaban algo más
en entrar en razón. Entonces, los españoles se empleaban a fondo hasta que
lograban la completa pacificación. Ojalá este fuera de los primeros. Balboa no
tenía tiempo ni ganas de emprender una batalla en toda regla. Además, se
hallaban en absoluta desventaja. Verían cómo se las apañaban.
De pronto, los quinientos guerreros chiapeños
pronunciaron una única palabra y agacharon la cabeza. Se trató de un gesto
rápido que mostraba respeto y sumisión.
— ¿Qué han dicho? —le preguntó Balboa a Jerónimo.
—No estoy seguro, tibá —respondió, sin poder
disimular cierta confusión, Jerónimo.
— ¿Cómo que no estás seguro? ¿No me has dicho que
conocías la lengua que hablan estos cabrones?
—La conozco, pero…
— ¿Pero qué?
—No tiene sentido…
— ¿Qué es lo que no tiene sentido? ¡Hostias,
Jerónimo, me estás poniendo del hígado!
—Han saludado a la… ¿Se dice reina?
Balboa enarcó las cejas. No entendía nada de lo que
sucedía allí.
—Permaneced atentos —ordenó a los compañeros—. Esto
no me gusta nada.
El grupo de guerreros çabras se situó frente a
Balboa. El español permanecía inmóvil, expectante. Se rascó, con la uña del
pulgar de la mano izquierda y los dedos hacia fuera, la frente. El yelmo se le
desplazó hacia atrás y no hizo nada por encasquetárselo de nuevo.
Cuando los çabras se apartaron, vio a Chiapes por
primera vez. A todos y cada uno de los españoles allí presentes, a todos sin
excepción, se les desencajó la mandíbula. Chiapes era una mujer. A ellos, que
se jactaban de haberlo visto todo en el mundo, aquello los dejó estupefactos.
¿Una mujer? Pues sí. Y qué mujer.
—Me cago en todas mis muelas… —farfulló Balboa sin
quitarle ojos a la cacica. Se trataba de una mujer joven, quizás de veinticinco
años, y completamente desnuda. Como todos los cuevas, tenía la piel de color
canela, aunque en su caso brillaba de tal modo que Balboa pensó que se la
habría lustrado de alguna forma. De complexión muy delgada, no pesaría ni una
tercera parte de lo que pesaba Balboa. Además, este le sacaba más de dos
cabezas de altura. Cuando la tuvo frente a él, a menos de tres pasos de distancia,
se dio cuenta de que carecía de todo vello corporal. Las axilas, el vientre,
las piernas y cualquier lugar del cuerpo donde este pudiera crecer habían sido
cuidadosamente depilados. Balboa, que tenía en casa a la esposa que le había
regalado Careta, conocía muy bien la obsesión de los cuevas por deshacerse del
vello. Al principio, creyó que se trataba de una costumbre del demonio, pues,
si Dios nos hubiera querido sin pelo, nos habría creado así y no de otra forma;
no obstante, con el paso del tiempo, comenzó a apreciar la belleza de un cuerpo
completamente depilado. El que tenía ahora frente a él lo era realmente:
Chiapes, cuya larga melena negra caía sobre sus escuálidos hombros, mostraba
una expresión ceñuda en el rostro. Pequeña, delgada y con un rictus de
auténtica mala hostia. Lo dicho: qué mujer.
—Chiapes —dijo Balboa a modo de saludo y
reconocimiento. La sorpresa debía dar paso a la practicidad. Sí, el rey era una
reina. Pues muy bien. Hasta Fernando había tenido a Isabel, ¿no? Esta criaba
malvas desde hacía unos cuantos años, pero se decía que había gobernado
Castilla con más huevos que el tarambana de su marido. Bien por ella, qué
narices.
Chiapes no respondió, lo cual tampoco sorprendió a
Balboa. Si los reyes de los cacicazgos cueva solían ser, por lo menos en un
primer contacto, altaneros y orgullosos, no existía motivo alguno para que las
reinas no fueran a comportarse de igual manera. Pondría, pues, el plan habitual
en marcha: mano izquierda, paciencia y aguante hasta averiguar por dónde
respiraba la señora.
—Me llamo Balboa —añadió—. Jerónimo, hazme el favor
de traducir lo que vaya diciendo.
La cara de pocos amigos de Chiapes excitaba a
Balboa. Como el resto de españoles, no tenía gustos sofisticados cuando de
mujeres se trataba. Si le preguntaran, si preguntaran a cualquiera de ellos,
respondería que le bastaba con que lo fueran. Sin embargo, en Chiapes, Balboa
reconoció algo que le llamó mucho la atención, que le atrajo. Una mujer reina y
guerrera que gobernaba sobre cientos y cientos de hombres. Que la obedecían y
respetaban, que se hallaban dispuestos a cumplir hasta el más ínfimo de sus deseos.
Vaya…
—Mira, como he explicado media docena de veces, yo
creo que aquí hay un malentendido.
Balboa utilizaba un tono premeditadamente
distendido y, cuando realizaba una pausa para que Jerónimo tradujera, observaba
con atención el semblante de Chiapes. Algo le desconcertó un tanto: no acababa
de leerle la mente. Él, que se la había leído siempre tanto a indios como a
españoles. Con todo, no creyó que estuviera de mal humor o enfadada. Aquel
gesto era el propio de los reyes y lo conocía demasiado bien. Se trataba de una
advertencia en dos direcciones: al adversario le avisaba de que más le valía
andarse con pies de plomo; al propio, lo exhortaba a comportarse como se
esperaba de él.
—Nosotros no queremos causar daño alguno a tu
gente, Chiapes. Mira, ¿qué tal si os retiráis y nos dejáis pasar? Haced como
que no nos habéis visto… En condiciones normales, te pediría que me prestaras
un par de guías para que nos indicaran el camino, pero ni eso nos hace falta.
Ya sabemos hacia dónde vamos. ¿Cómo lo ves? ¿Nos dejáis pasar?
Chiapes continuaba imperturbable mientras Jerónimo
traducía. Tras ella, se habían situado los guerreros çabras que formaban su
séquito. Balboa echó cálculos mentales y llegó a la conclusión de que aquel
cacicazgo estaría formado por cinco o seis mil personas. Parecía gente
próspera, quizás por la proximidad del océano. Sucedía lo mismo con Careta,
situado a orillas del mar del Norte. A diferencia de los reinos del interior,
en la costa se podía pescar, recoger ostras y, en suma, mantener bien
alimentado a un pueblo. A partir de ahí, con la tripa llena, el resto era
ganancia. Bien lo sabían en Santa María de la Antigua, donde no siempre había
comida para el vecindario al completo.
—Te vas a reír, pero nosotros queremos llegar al
mar del Sur. Puede que para ti sea una tontería, pero créeme si te digo que
esto es algo que a nosotros nos importa mucho. Te lo explicaría si tuviera
tiempo, pero no lo tengo. Hagamos una cosa, Chiapes. Me pareces una mujer
espléndida. Lo digo en serio, tía. ¿Qué tal si ahora nos vamos y, en un mes o
dos, regreso y lo retomamos en este punto? Creo que tú y yo podemos hacer una
buena pareja. A fin de cuentas, nosotros somos los amos de la selva, ¿no te parece?
Cuando Jerónimo tradujo esta última frase, la
cacica Chiapes apretó los labios. Tanto que la sangre desapareció de ellos.
Balboa supo entonces que había hablado más de la cuenta. No tenía que haberle
dicho que ambos gobernaban en el Darién. Si pretendía salir de aquella cuanto
antes, y lo pretendía con todas sus fuerzas, debía haberle dejado creer que era
ella, Chiapes, la dueña y señora del mundo entero.
Y habló. La cacica Chiapes habló. Sin mover más
músculos de los necesarios, lanzó una retahíla en jerga que a Balboa le sonó
fatal. La había ofendido. Un error de principiante, pero había sucedido.
—Dice que aquí ella es el rey —explicó Jerónimo.
—Dile que por supuesto, que lo he dicho sin pensar.
—No creo que funcione, tibá.
— ¿Por qué no, Jerónimo?
—Se están preparando para la batalla.
— ¿Cómo lo sabes?
—Lo sé, tibá.
Jerónimo había intuido algo. No en vano, él era un
cueva y Balboa, por mucho que detestara pensar así, no hilaba tan fino. Si los
chiapeños se lanzaban contra ellos, lo pasarían mal. Merecía la pena probar
algo antes.
—Dile que me voy a quitar la coraza.
— ¿Cómo?
—Tú díselo. No quiero que interpreten mal mis
movimientos y me atraviesen de un lanzazo. Diles que solo voy a desvestirme.
Jerónimo lo hizo y los çabras del séquito de
Chiapes se acercaron un poco más hacia ella. Le cubrían las espaldas en el
sentido literal de la palabra. Los cientos de guerreros chiapeños que tenían
bajo su control a la expedición española se aprestaron para la lucha.
Balboa hizo lo que había señalado. Soltó los
correajes que sujetaban su coraza y la dejó caer en el suelo. Después, se quitó
la camisa y mostró su torso desnudo. Todo el vello corporal del que los cuevas
chiapeños se habían desprendido durante los dos últimos siglos, lo tenía él en
el pecho.
—Mira, tía —dijo señalándose el tatuaje que le
habían hecho en Ponca dos semanas atrás—. Una serpiente enroscada de oro. ¿La
reconoces? ¿Sí? Soy un puto çabra, uno de los tuyos. No debes temer nada de mí
ni de ninguno de mis hombres. Somos hermanos de los cuevas.
La cacica Chiapes mantenía los labios apretados. Su
mirada se hallaba fija en el rostro de Balboa y no se dignó a bajarla para
admirar la serpiente dorada. Expresó algo que Jerónimo tradujo de inmediato.
—Dice que no nos permitirá atravesar su territorio.
Que demos la vuelta ahora.
—Pero cómo… Dile que se lo pido por favor.
Jerónimo no tuvo tiempo para traducir esta última
frase. Chiapes pretendía que los extranjeros comprendieran que no toleraría
ninguna desobediencia. Debían dar media vuelta y regresar por donde habían
venido. No se trataba de una propuesta, sino de una exigencia. ¿Necesitaban los
españoles alguna prueba de que a Chiapes no le temblaría el pulso? La tendrían.
Uno de los çabras situados detrás de la cacica le
alargó un puñal de filo de madera. Chiapes lo asió en la mano derecha y, en un
rápido movimiento, se lo clavó en el cuello a Jerónimo. Balboa vio cómo la
cacica separaba los labios y mostraba dos hileras de dientes apretados. A pesar
de que Jerónimo tenía más altura y envergadura que ella, la mujer no dudó a la
hora de mover el cuchillo dentro del cuello del pobre intérprete de Balboa. Se
lo rajó de oreja a oreja y un chorro de sangre caliente brotó de la herida y
roció el rostro de Chiapes. El español pensó que ella estaba disfrutando con
aquello y le pareció la idea más excitante con la que había soñado jamás. Venid
al Darién y contemplaréis lo imposible, había pronunciado una y mil veces.
Puede que un tanto fanfarronamente al inicio, pero ¿acaso su auspicio no se
estaba cumpliendo?
En mitad de un silencio sepulcral, de esos que solo
mil hombres callando al unísono pueden crear, Jerónimo se desplomó, muerto, a
los pies de Chiapes. Balboa la observó con detenimiento: volvía a apretar los
labios y ahora entornaba los ojos. La sangre del careteño le resbalaba por el
cabello, el rostro, los hombros y los pechos. Balboa juzgó que se veía
bellísima. Lástima que, dadas las circunstancias, no le quedara más remedio que
matarla. Sí, lástima. Aquella mujer le gustaba, le gustaba mucho.
Mentiría si dijera que no le había dolido que le
asesinara a su intérprete. Porque apreciaba al bueno de Jerónimo, sí, pero
también porque era eso: su intérprete. Le pertenecía, le servía en el modo y
manera que él ordenaba, se hallaba a su servicio y al de los españoles. Si
dejaba sin castigo una afrenta semejante, la cacica Chiapes no comprendería
jamás en qué consistía la pacificación. Y resultaba intolerable dejar un solo
cacicazgo darienita sin paz. Sobre todo, este que lindaba con el mar del Sur.
—Que nadie mueva un puto dedo —dijo con voz serena
dirigiéndose a los compañeros. Todos habían observado el incidente y más de uno
ya daba por hecha la inminencia del enfrentamiento—. Haced lo que os digo y sin
rechistar.
Chiapes se giró hacia Balboa y se encaró a él.
Todavía sostenía el cuchillo ensangrentado en la mano y desafiaba, con la
mirada, al español. Se hallaba tan cerca de él que debía levantar mucho la
cabeza para mirarle a los ojos.
Balboa sintió que olía de maravilla. Tardaron un
par de décadas más en atar cabos, pero no se trataba tanto de que ella oliera
bien sino que el hedor que ellos emanaban resultaba insoportable. Los cuevas se
lavaban a diario. Otra extravagante costumbre, igual que la de depilarse el
vello corporal o la de mariconear. Menos mal que allí estaban ellos para poner
orden en aquel sindiós.
—Chiapes —dijo Balboa utilizando el más solemne de
sus tonos. Agachó el mentón hasta tocarse con él el pecho.
Se quedó quieto mientras el resto de compañeros
hacía lo propio. Buscaban que ella comprendiera que no solo la aceptaban como
única reina de la selva, sino que se plegaban ante su poder y le rendían
pleitesía. La cacica debía de ser fácil de convencer, pues surtió efecto y
Balboa notó cómo le asía la mano, le abría los dedos y le ponía en ella el
cuchillo ensangrentado con el que acababa de degollar a Jerónimo. Si esto no se
trataba de un gesto de paz, que bajara Dios y lo viera.
Balboa no deseaba correr riesgos. Se había
propuesto meterse en el bolsillo a Chiapes y haría lo que fuera necesario para
conseguirlo. Ahora, todo valía. Nunca habría efectuado ante un español el gesto
que se disponía a realizar con los indios, pero en estos las cosas no tenían
idénticos significados. Cuando te las ves con un español, el honor es crucial.
No puedes ir por ahí haciendo ahora esto y, después, lo otro. Te tomarían por
un idiota y no sin razón. Sin embargo, con los indios daba lo mismo: cualquier
estrategia que condujera al logro de sus objetivos les servía. Y cuando decían
cualquiera, decían cualquiera.
Balboa se arrodilló frente a Chiapes. La tenía a
dos palmos de distancia de él. Olió el raro aroma que desprendía, observó muy
de cerca sus pechos pequeños, el vientre plano y el pubis completamente
depilado. Después, continuó postrándose y dobló la espalda frente a ella.
Extendió las manos hacia delante con las palmas hacia arriba. Con otros cuevas,
aquel modo de mostrarse sumiso e indefenso había funcionado con anterioridad.
Esperaba que Chiapes actuara de forma similar.
Los cientos de porteadores careteños que observaban
la escena podrían haber avisado a los chiapeños. A fin de cuentas, unos y otros
eran indios cueva. Les podrían haber advertido que esto no era lo que parecía,
que el gran tibá rubio también era peligrosísimo cuando se postraba de rodillas
en el suelo. No obstante, ¿por qué habrían de intentar algo así? Esa malnacida
había asesinado a uno de los suyos sin más motivo que el de mostrar a los
blancos su bravura. Bien, pues ya estaba, ya lo había logrado. El gran tibá
rubio había comprendido el mensaje. Por desgracia para ella, el gran tibá rubio
no había dicho su última palabra. No había nacido el cueva careteño que no
conociera las dobleces de los españoles. Ahora era el turno de los cuevas
chiapeños. Pon atención, reina.
—Robledo, Camacho, Gutiérrez —llamó Balboa. Tenía
la frente pegada a la tierra del suelo. El yelmo, mal encasquetado, se le había
deslizado hacia un lado y él había optado por quitárselo. Era el único hombre
rubio del Darién y eso, se quiera o no, despertaba curiosidades.
— ¿Capitán? —respondieron los aludidos. Allí, todo
español había imitado a Balboa y se había postrado sumisamente ante la reina
cueva. Los careteños, por su parte, continuaban en pie. A pesar de que la
cacica había matado a uno de los suyos, sabían que aquella fiesta no era su
fiesta. Chiapes había ejecutado a un careteño más porque no tenía el valor
suficiente para haberlo hecho directamente con un español que por ojeriza hacia
los de Careta. Si los barbudos no hubieran estado allí, los términos de la relación
habrían sido otros, qué duda cabe.
—Sacad los regalos —ordenó Balboa sin despegar la
nariz de la tierra.
— ¿Qué regalos, capitán? —preguntó Gutiérrez.
—Todos. Las enaguas, las telas, las cuentas, los
espejos, los cascabeles… ¡Sacad todo lo que encontréis!
—Joder, pues a saber dónde estarán esos fardos…
—Los buscáis, hostias. No me jodas, Gutiérrez, que
mira cómo estamos.
—Jodidos.
—Bastante. Así que tenéis cinco minutos para
enterrar a esta hijaputa en cuentas multicolores.
—Y cascabeles.
—Cientos de cascabeles.
* * * *
Al final, no fueron cinco minutos sino bastantes
más, pero, por suerte, a la cacica Chiapes aquellas idas y venidas de los
españoles le despertaban la expectación. Había demostrado quién mandaba allí y
la fiereza de su pueblo. De momento, se estaba tomando las evoluciones de los
extranjeros como un reconocimiento explícito de su grandeza. Le parecían un
poco tontos, yendo y viniendo y rebuscando en los fardos que acarreaban desde a
saber dónde. ¿Qué habría en ellos? Daba igual, pues Chiapes ya había decidido
que se lo quedaría todo. Los tipos de las barbas se lo entregarían sin
rechistar o, de lo contrario, le rajaría el cuello a otro hombre. Y esa vez,
quizás fuera uno de los barbudos.
—Se han rendido —dijo Chiapes, cuyo nombre
auténtico era Zssetëla-Ya.
—Los rumores dicen que nunca se debe dar la espalda
a los hombres de las grandes barbas —repuso, tras ella, un hombre. Se llamaba
Zzdac-Ya y era el hermano mayor de la reina. Entre los cuevas del sur del
Darién, la ascensión al trono tenía lugar por designación del rey anterior,
quien podía elegir a cualquiera de sus hijos o hijas tenidos con cualquiera de
sus mujeres. Podía, incluso, designar para el trono a lo que los españoles
llamarían un hijo ilegítimo, alguien nacido fuera del matrimonio. Teniendo en cuenta
que los reyes cueva que gobernaban sobre cacicazgos prósperos podían llegar a
tener una docena o más de esposas y concubinas, un vástago nacido fuera del
orden establecido tampoco se consideraba nada del otro mundo. Bastaba con que
el rey reconociera al bebé como propio para que nadie dudara de su legitimidad.
Balboa, que era un bastardo, se habría vuelto loco si hubiera sabido cómo
funcionaban, por aquí, las cosas.
—Míralos —sentenció Zssetëla-Ya—. Se han
arrodillado ante nosotros. Y observa al gigante del pelo dorado. ¿Lo ves? Aquí
está, a mis pies. No se mueve ni para respirar.
Zälcat-Oj, el çabra que más de cerca había guardado
las espaldas a Zssetëla-Ya y que, todavía en secreto, aspiraba a que ella
considerara la posibilidad de, algún día, tomarlo por esposo, se vio en la
obligación de secundar a Zzdac-Ya. Dado que la reina y él eran hermanos, no
suponía un adversario a la hora de alcanzar sus propósitos. Por ello, y porque
tampoco estaba de más trabar alianzas en el seno de la familia real, lo apoyaba
siempre que podía. Si algo tenía bueno Zssetëla-Ya era que sabía escuchar y que
valoraba, siempre y en su justa medida, los consejos de su corte.
—Se han rendido demasiado rápido —dijo.
—Porque han visto de lo que somos capaces —expresó
Zssetëla-Ya refiriéndose al ajusticiamiento de Jerónimo.
—Me sigue pareciendo que se han agachado con
demasiada premura —insistió Zälcat-Oj—. Yo digo que hagamos caso a Zzdac-Ya y
que no perdamos de vista sus movimientos.
— ¿Qué hacen? —intervino un tercer çabra llamado
Zëcü-Ya. Al igual que Zzdac-Ya y Zälcat-Oj, prefería la suspicacia a la
confianza. Si se equivocaban, nada grave sucedería. Si acertaban, salvarían al
cacicazgo del que, probablemente, suponía el mayor contratiempo en el que se
veían inmersos desde que tenían recuerdo.
—Buscan algo —dijo Zssetëla-Ya mientras observaba
la nuca del tipo que tenía postrado a sus pies. Si pudiera lavarlo
adecuadamente y depilarlo de los pies a la cabeza, podría tratarse de un buen
hombre. No como esposo principal, desde luego, pero sí quizás como concubino.
Ese pelo dorado le daba un aire misterioso, exótico… Además, llevaba tatuada la
serpiente enroscada típica de los guerreros del interior. Desde luego, no se
trataba de un cualquiera. Habría esperado, no obstante, una resistencia algo mayor.
Le había entregado el cuchillo con el que ella había matado a su intérprete y
¿qué había hecho el gigantón? Nada, absolutamente nada. No daba la impresión de
ser, al margen de su tamaño físico, grande de verdad. Qué pena.
— ¿Armas? —preguntó Zzdac-Ya.
—No lo creo —respondió Zssetëla-Ya, cada vez más
confiada—. Somos muchísimos más que ellos. Si intentan atacarnos, les
cortaremos la cabeza. A todos al mismo tiempo. Han aprendido que somos
implacables.
—Y si no buscan armas, ¿qué buscan?
Porque los extranjeros de las largas barbas no
cesaban en su empeño. Llevaban ya un buen rato buscando y rebuscando entre los
fardos. Algunos de ellos habían sido abiertos para comprobar su contenido y, al
darse cuenta de que allí no se encontraba aquello tras lo que andaban,
continuaban con la búsqueda.
—No lo sé… —confesó Zssetëla-Ya.
Lo supo enseguida porque, de pronto, uno de los
barbudos profirió un grito de entusiasmo y sonrió al resto alzando algo en el
aire. Tenía una sonrisa horrible, pensó Zssetëla-Ya, con la mitad de los
dientes podridos y la otra mitad, ausente.
Fue entonces cuando el gran gigante rubio, quien en
el último rato no había hecho nada salvo limitarse a respirar, levantó la nariz
del suelo y sonrió a la reina. Su sonrisa no era mucho mejor, pero, al menos,
apenas le faltaban uno o dos dientes.
Dijo algo que ella no comprendió. Insistía mucho
mientras, poco a poco, se incorporaba hasta volver a ponerse en pie. Extendió
uno de aquellos poderosos brazos frente a Zssetëla-Ya y señaló al hombre que
había hallado lo que buscaban. Este, con dos de los suyos más tras sus pasos,
se acercó despacio. Zssetëla-Ya comprendió que sus lentos movimientos obedecían
a una intención obvia de no causar inquietud a su gente. Se habían rendido,
estaba claro.
El gigante rubio continuó hablando y hablando.
Mientras lo hacía, los hombres que llegaban extendían a sus pies toda una
suerte de objetos y enseres que ella no había visto en su vida. Reconoció, o
creyó reconocer, algo parecido a una cazuela para cocinar alimentos, aunque
brillaba demasiado para serlo.
—Son ofrendas —dijo Zzdac-Ya.
— ¿Seguro, hermano? —preguntó Zssetëla-Ya.
—Es lo que parece.
— ¿Qué opináis vosotros?
Se dirigía a Zälcat-Oj y a Zëcü-Ya.
—Sí, se trata de ofrendas —afirmó el primero. Les
costaba hacerse una idea clara de qué tenían ante ellos, pues evitaban mirar de
forma directa y demostrar, así, un interés excesivo.
—Lo son —se sumó el segundo.
El hombre que había lanzado el grito, el de la
sonrisa horrible, levantó las manos frente a la reina. Entre sus gordos y
sucios dedos y uno en cada mano, sujetaba dos objetos minúsculos, no más
grandes que un escarabajo.
De pronto, los agitó y los objetos emitieron el
sonido más armonioso que Zssetëla-Ya había escuchado en toda su vida.
* * * *
— ¡Sacúdelos más, Gutiérrez! —dijo Balboa—. Así,
así… Mírala, se está quedando embobada.
De entre todas las baratijas que llevaban para
ofrendar, habían empezado con los cascabeles. La situación se había tornado en
más que complicada y los cascabeles eran algo que nunca fallaba. No había
nacido el indio al que no se le cayera la baba al oírlos sonar por primera vez.
La cacica Chiapes miró a Balboa y Balboa miró a la
cacica Chiapes. Esta no sabía muy bien qué cara poner. Balboa, lo sabía a la
perfección: sonreiría hasta que se le desencajara la mandíbula, hasta que le
doliera el rostro, hasta que se le secara la lengua dentro de la boca. Pero los
regalos, su entrega indiscriminada, suponían su único plan de escape. Si no
funcionaba, entonces sí que estarían jodidos.
Aunque funcionaría. Siempre lo había hecho, y
Chiapes y sus hombres no daban muestras aparentes de ser distintos al resto.
Les saldría bien, qué diablos. Al final, el éxito de cualquier plan se basa en
lo poco o mucho que uno crea en él. Quizás suene un tanto ingenuo, y quizás en
otras circunstancias diferentes a estas por las que ellos atravesaban, una
aseveración tan firme no cuele. Cierto, a veces los planes se van al traste por
mucho que uno piense que esa y no otra es la estrategia correcta. Sin embargo,
en el Darién nada sucedía como en el resto del mundo y los españoles, por
decirlo de alguna forma, le habían cogido el tranquillo a la selva y a las
gentes que la habitaban. Su repertorio de planes y estrategias, corto y sin
florituras, funcionaba porque en realidad no se trataba sino de trucos de magia
en los que los indios, que jamás se las habían tenido que ver con
prestidigitadores, caían una vez sí y, a la siguiente, también. Los españoles
levantaban una mano y atraían la atención hacia ella. Te pedían que miraras
atentamente lo que esa mano, y no la otra, hacía. Los indios, que nunca habían
jugado a los naipes, que no sabían hacer trampas, ir de farol o levantarse
airadamente de la mesa retando a duelo a quien se terciara, hacían eso que
exactamente los españoles les pedían: dirigir la mirada hacia la mano
equivocada.
—Regalos, tengo muchísimos regalos para ti,
Chiapes. Ahora mis hombres se van a acercar con ellos y vosotros no vais a
mover un dedo, ¿de acuerdo? Lo único que quiero es entregarte estos presentes
—dijo Balboa, quien seguía arrodillado y con la cara pegada al suelo. Para
hablar, giraba la cabeza hacia arriba y mostraba su barba llena de tierra
húmeda. Cambió el tono conciliador con el que se había dirigido a la cacica por
otro más apremiante para comunicarse con los compañeros—: ¡Venga, venga,
movimiento! Ponedlo todo aquí, a los pies de ella. Está a punto de mearse
encima de puro gusto.
El capitán Albítez, que se había aproximado desde
una posición más alejada, caminaba con las manos llenas de objetos. Junto a él,
avanzaban Robledo, Camacho, Malpartida, Jaén, Burán… Un buen montón de
compañeros. Todos cargados de fardos, cajas y paquetes. Baracaldo, tres o
cuatro pasos por detrás, portaba, sobre sus hombros, una gran caja de madera.
Los chiapeños observaban con el semblante
circunspecto. Perfecto, pues Balboa sabía que la ausencia de emociones en el
rostro significaba que la curiosidad los estaba volviendo locos. A los
españoles les costó comprenderlo, pero, al final, un indio cueva de alta cuna,
un auténtico çabra del Darién, no se distingue en mucho de un caballero
español. Les costó comprenderlo porque, para llegar a una conclusión como esta
se hacía preciso volver patas arriba todas y cada una de las creencias que
habías tenido como ciertas hasta entonces. Como, por ejemplo, que el hecho de
ir desnudos y desconocer la pólvora los convertía en medio idiotas mientras que
las buenas vestimentas y unos modales refinados hacía de un hombre todo un
señor. Balboa, que ni había andado desnudo ni había sido jamás un señor,
necesitó un largo año para caer en la cuenta. No obstante, cuando cayó,
comprendió muchísimas cosas, algunas de vital importancia en su existencia
futura. La principal y más importante, esta: que no hay más nobleza en un hombre
que la que un hombre sabe indefectiblemente que posee; que el caballero lo es
no por su porte, sino por los arrestos a la hora de hacer frente a lo que se te
viene encima; que un çabra auténtico le merecía más respeto que la mayoría de
los hidalgos con los que se había cruzado en su vida.
Un çabra miraba de frente, siempre de frente.
Balboa respetaba muchísimo esto.
Oh, y que muchos tipos impecablemente ataviados de
los pies a la cabeza podían ser unos completos gilipollas. En Santo Domingo,
sin ir más lejos, conocía a un buen montón de ellos. Que les dieran a todos.
Ahora, él estaba a punto de convertirse en el dueño del Darién, del mar del Sur
y de la entera América continental. La Tierra Firme pertenecía a Balboa. ¿Cómo
os quedáis, estirados idiotas capitaleños?
Que Balboa respetara a los çabras darienitas no
quería decir que no fuera a presentarles batalla con todas sus fuerzas si se
veía obligado a ello. Tampoco, que no fuera a usar en su favor precisamente ese
conocimiento. Ahora mismo, los indios observaban cómo Albítez y el resto se
acercaban con las manos llenas de regalos. Fingían indiferencia, pues ¿qué
clase de caballero es ese que muestra, al enemigo, sus sentimientos y sus
debilidades? Sin embargo, su estado era cualquiera menos el de indiferencia. Balboa,
con la cara pegada al suelo de tierra, lo sabía. Albítez, que venía caminando
en posición semi postrada lo sabía. Los compañeros, que prácticamente se
arrodillaban en una muestra de acatamiento y humillación que lindaba con lo
cómico, lo sabían sin la menor duda. Todos ellos se habían prestado a realizar
un gran teatro. Esta era la mano a la que los indios debían mirar. Esta era la
mano que los indios, pobres ingenuos, se hallaban mirando.
En cuestión de minutos, los españoles situaron a
los pies de Chiapes y de su séquito una montaña de regalos. Como Balboa había
ordenado, no se guardaron nada. Cajas enteras de cuentas de vidrio, cazuelas de
metal, espejitos del tamaño de una palma abierta, telas finas de alegres
colores, enaguas y, por supuesto, los apreciados cascabeles. Gutiérrez
continuaba agitando dos de ellos frente a la cacica y lo habría hecho durante
horas, durante días, hasta caer exhausto o desfallecer de hambre y sed. Se dedicaban
a esto, debían hacer esto, a esto se reducía el plan que les salvaría la vida y
los conduciría hacia las riquezas y la gloria infinita.
Visto desde fuera, si la escena pudiera ser
detenida y aislada en el tiempo, Gutiérrez parecería más un enajenado que un
conquistador. Más un tarado que un guerrero. Más un pobre imbécil con la
dentadura podrida que un hombre a punto de convertirse en leyenda viva. Lo
cierto es que no se trataba de lo uno ni de lo otro, sino de todo al mismo
tiempo. Un hombre, en suma, imposible cuya entera comprensión no resulta
abarcable, ni inteligible, ni siquiera evidente.
—Mira, Chiapes, enaguas… —dijo Balboa. Frente a él,
habían desembalado el contenido de un fardo que no contendría menos de cien
prendas. Traídas directamente desde España y de una calidad más que razonable.
Normalmente, comenzaban con las cuentas y las baratijas para, poco a poco y si
la ocasión lo requería, ir subiendo la muestra de regalos. Esta vez, tenían que
jugar un farol mayúsculo y, por lo tanto, había que mostrar una carta grande y
rezar para que los indios se tragaran el anzuelo.
Existía una razón adicional para que Balboa
insistiera en las enaguas y dejara de lado los espejitos o las cuentas de
vidrio: que, en suma, Chiapes era una mujer. Balboa creyó que resultaría
sencillo que ella, en tanto en cuanto que su condición de nacimiento era la que
era, sintiera una inclinación natural hacia esta prenda. Y la sintió, por Dios
que la sintió. Chiapes, que hasta entonces apenas había demostrado interés por
lo que los españoles desempacaban frente a ella, no pudo aguantarse por más tiempo
y alargó un brazo para tomar la prenda que un Balboa siempre semi arrodillado
le tendía.
Lo malo fue que los çabras varones de su séquito
experimentaron una curiosidad idéntica a la de su reina. Y cuando vieron que
esta, siguiendo las indicaciones de Balboa, procedía a probarse las enaguas
vistiéndoselas por los pies, la imitaron y, tomando varias prendas del montón,
comenzaron a ponérselas.
Balboa debía haberse limitado a explicarles que
esta prenda en cuestión solo era para las damas. De hecho, intentó hacerlo,
pero, casi sin darse cuenta, se vio rodeado de orgullosos çabras que perdían la
gallardía a medida que se calzaban las enaguas.
— ¡Están mariconeando! —exclamó, apareciendo como
surgido de la nada, el padre Vera—. ¡Están mariconeando!
Balboa apretó los puños, cerró con fuerza los ojos
y respiró hondo. Sí, ¿y? ¿No podían dejarlo correr por una vez? Por supuesto
que estaban mariconeando, pero digamos que ¿no se podría, dadas las
circunstancias, hacer la vista gorda? ¿Debía recordar Balboa al padre Vera que,
allí, lo importante pasaba por salvar la vida?
El padre Vera no fue nunca un hombre de los de
manga ancha. Para él, las leyes del Señor eran inmutables y no existía
atenuante ni eximente. El pecado era pecado, allí y en el último rincón del
mundo. Ellos, como cristianos que llevaban consigo el mensaje de Dios, estaban
obligados a cumplir y hacer cumplir todos y cada uno de sus preceptos y
mandamientos. Sin excepción.
— ¿Y si…? —comenzó a decir Balboa.
El padre Vera se giró hacia él con la rapidez de
las centellas. Clavó la mirada en el capitán y esa mirada bastó. No, no y mil
veces no. Quien siendo varón se vistiere de mujer, pecaba de maricón y como a
tal se lo debía tratar.
—Ellos no lo sabían —hizo de abogado de los indios
Balboa. No sería ni la primera ni la última vez que adoptaba esta postura—.
Tenemos que seguir adelante con el plan.
—No con las enaguas en cuerpo de varón —sentenció
el cura con esa seguridad que solo los religiosos poseen.
—Vale, vale… —aceptó Balboa. Y, a continuación, se
encomendó a todos los santos y levantó las palmas de las manos—: A ver, a ver…
* * * *
Cuando Zssetëla-Ya se vistió la prenda que le
ofrecía el gigante del pelo dorado, los çabras de su consejo no perdieron un
segundo y la interrogaron al respecto.
—¿Qué…, qué se siente? —preguntó Zzdac-Ya, el
hermano de la reina.
—Estás bellísima —se apresuró a asegurar Zälcat-Oj,
quien, como secreto pretendiente de la reina, no perdía ocasión alguna para
regalarle los oídos—. Jamás he visto algo tan…
—Cállate de una vez —le interrumpió Zëcü-Ya.
Zälcat-Oj era su amigo, pero, sinceramente, cuando se ponía en este plan,
resultaba un tanto cargante. Si quería que la reina lo tomara por esposo, que
diera él muestras claras de su interés y que se dejara de zarandajas. Así, lo
único que conseguía era sacarlos de quicio a todos.
—Bueno… —comenzó a decir la cacica Zssetëla-Ya.
Intentaba poner palabras a sus sensaciones, algo complicado pues, en sus
veinticinco años de vida, esta era la primera vez que se vestía—. Me siento…
rara…
—Se te ve estupenda —insistió Zälcat-Oj.
—Pues yo también quiero probar —aseguró Zzdac-Ya
ignorando a Zälcat-Oj.
El hermano de la cacica se acercó al montón de
ropa, tomó una prenda y, tal y como había visto hacer a su hermana, comenzó a
ponérsela por los pies. La práctica requería de toda su atención y, quizás por
ello, no se dio cuenta de que al gigante rubio se le torcía el gesto.
—Vaya, sí que resulta extraño… —comentó Zzdac-Ya
una vez que se hubo subido las enaguas hasta la cintura—. ¿Por qué los
extranjeros nos entregan esto?
—Es un signo de distinción —afirmó Zälcat-Oj—. Por
eso a Zssetëla-Ya le sientan mejor que a ti.
—Creo que me las he subido demasiado —dijo Zzdac-Ya
mirando alternativamente a sus enaguas y a las que vestía su hermana—. ¿Tú qué
opinas, Zssetëla-Ya?
—Intenta bajártelas un poco —repuso la aludida.
Zzdac-Ya tiró de las enaguas hacia abajo y lo único
que consiguió fue que, debido al rozamiento de la tela, el pene se le saliera
del caracolillo de oro.
—Maldición —dijo mientras metía la mano bajo la
prenda para recolocárselo.
Aquel gesto, simple e inocente, hizo que al gigante
del pelo dorado se le subiera toda la sangre a la cabeza. Lo habían escuchado
discutir con uno de los suyos, un barbudo que, a diferencia del resto, no
portaba ropajes metálicos, sino una especie de vestidura negra que lo cubría
desde los pies hasta el cuello. Tenía cara de pocos amigos y, a juicio de los
chiapeños, así debía ser, pues el gigante y él discutieron durante un buen rato
hasta que el gigante, que finalmente no debía ser el jefe, agachó la cabeza y
dio por bueno lo que el otro le decía.
—¡Quítame las manos de encima! —exclamó Zzdac-Ya
cuando el barbudo gigantón intentó desposeerle de la prenda que se acababa de
poner. Por fin había conseguido recolocarse el pene dentro del canuto de oro y
volvía a estirar la espalda como solo un orgulloso çabra de sangre real sabía
hacerlo. Él era el hermano de la reina, el general de sus ejércitos, su
consejero más íntimo, el varón más poderoso del cacicazgo. ¿Quién se creía ese
sucio desdentado para tocarlo con sus apestosas manos? Además, ¿no era aquello
un regalo? ¡Lo era! Entonces, ¿qué sentido tenía ofrecérselo para, a
continuación, arrebatárselo?
Zzdac-Ya, en un gesto rápido, se agachó y recogió
la lanza corta que había dejado en el suelo para poder vestirse la enagua. Con
ella en la mano, se acercó al extranjero y le amenazó con clavársela en el
pecho. Puso su mejor cara de guerrero poderoso y, sin duda, aquello tuvo su
efecto, pues el gigante dio un paso hacia atrás y retrocedió. Después, el
extranjero habló largamente. Lo escucharon con atención, aunque no fueron
capaces de comprender ni una sola palabra de lo que decía. Tampoco llegaron a
ninguna conclusión acerca de sus gestos. Agitaba mucho las manos, sonreía como
un demente y asentía constantemente, como cuando te han invitado a cenar en
casa ajena, la comida es un asco pero tú no deseas desairar al anfitrión.
Extranjeros locos… Él, Zzdac-Ya, había sido
partidario de matarlos a todos mientras dormían. Habría resultado sencillo y al
menos Zëcü-Ya había secundado su propuesta. Lo habría hecho también Zälcat-Oj,
a quien Zzdac-Ya trataba desde niño y de quien conocía perfectamente su manera
de pensar. Pero desde que se había encaprichado de su hermana, no había modo de
hacerlo entrar en razón: si Zssetëla-Ya decía algo, aunque fuera una total
locura, él la secundaba sin rechistar. Resultaba desquiciante y hasta algo patético…
Zälcat-Oj tenía todo el derecho del mundo a pretender a la reina, pero qué
menos que hacerlo con cierta dignidad, ¿no? Él era un çabra, un noble, un
auténtico guerrero cueva. Cuando se ponía en evidencia, los avergonzaba a
todos.
—Creo que yo también voy a probarme una de esas
—anunció Zëcü-Ya.
—Cuidado con el dedal de las maravillas —advirtió
Zzdac-Ya sin poder evitar el sarcasmo.
—Imbéciles —dijo Zssetëla-Ya, un poco harta de las
bromas que los hombres realizaban acerca de sus penes. De acuerdo, ella no
tenía uno, y eso no había resultado impedimento alguno para gobernarlos a
todos. Sabía que ellos, los varones de su séquito, jamás se rebelarían contra
ella, pero no podía evitar que bromearan constantemente acerca de sus penes.
¿Qué tenían de gracioso aquellas bromas? Nada, a juicio de Zssetëla-Ya. Le
parecían estúpidas y comenzaba a estar hasta las narices de ellos. Y su hermano
era el peor.
El gigante del pelo dorado volvió a la carga y, de
nuevo, tuvieron que amenazar con clavarle una lanza en el pecho para que los
dejara en paz.
—Te dije que debimos matarlos mientras dormían
—expresó Zzdac-Ya—. Si lo hubiéramos hecho, ahora no tendríamos que estar
aguantándolos.
—Me picó la curiosidad —resumió Zssetëla-Ya—. Y,
bueno… Nos han traído regalos, ¿no?
—Podríamos habérnoslos quedado igualmente.
—No estoy tan segura… Me avergüenzan los indios
cueva que los acompañan. ¿Habéis visto sus expresiones sumisas? ¿Desde cuándo
los cuevas agachamos así la cabeza? Me repugna su actitud, esa es la verdad.
—Me repugna tanto como a ti —se apresuró Zälcat-Oj
a secundarla en su opinión.
Zzdac-Ya y Zëcü-Ya cruzaron una mirada, aunque no
dijeron nada. Para entonces, los cuatro se habían vestido las dichosas enaguas.
Se veían graciosos y hasta probaron a realizar algunas poses que ellos
consideraban a medio camino entre lo gallardo y lo risible.
Deberían haber vuelto el rostro hacia los
extranjeros. Deberían haber prestado más atención a lo que se urdía frente a
ellos.
No lo hicieron. Se habían relajado y no lo
hicieron.
* * * *
Balboa se pasó el dorso de la mano por la frente y
se secó el sudor. Llevaba un buen rato tratando de evitar que los çabras
varones dejaran de comportarse como infames maricones y no solo no lo había
logrado, sino que había conseguido que lo amenazaran con sus lanzas. Gritaban
algo y supuso que le pedían que se alejara, que retrocediera, que cesase en su
actitud. Notó que lo trataban como a un ser inferior. De algún modo que
escapaba por completo a cualquier entendimiento más o menos razonable, aquellos
indios pensaban que él no merecía sino su mayor desprecio.
Bien, pues había llegado la hora.
Valderrábano podría anotar en el diario de la
expedición que el comportamiento de estos indios que hallaron en su camino
había sido el propio de desviados. Todos los compañeros firmarían, como
testigos de primera mano, una anotación como aquella. Con la verdad se va a
todas partes y al mar del Sur también.
—Baracaldo —dijo Balboa. Continuaba sin camisa y
los cientos de guerreros chiapeños podían contemplar su serpiente enroscada—.
Abre la caja de madera.
Se refería a la gran caja que el propio Baracaldo
había traído junto al resto de regalos y presentes.
—Ahora mismo.
Mientras los çabras vestían enaguas de mujer, el
compañero levantó la tapa de la caja, la retiró hacia un lado y sacó un hacha
de mango de madera de fresno y filo de acero español.
Balboa se acercó, tomó una, la levantó en el aire y
la esgrimió a la vista de todos. Acto seguido, silbó al guerrero chiapeño que
más cercano se encontraba a su posición y se la lanzó con cuidado de que el
mango fuera por delante. El guerrero, que ni habría cumplido los veinte años,
soltó su lanza corta para asir el hacha según llegaba por el aire. Por suerte
para él y para su pundonor, logró atraparla sin dificultad y la blandió frente
así.
Un coro de murmullos se levantó entre los
centenares de guerreros chiapeños. Todos, todos y cada uno de ellos, miraban al
afortunado hombre que tenía el hacha española entre sus manos. Se trataba del
primer chiapeño que tocaba el acero. Ni más ni menos que eso.
A partir de ahí, todo transcurrió muy rápido.
Balboa sabía que, en adelante, la velocidad a la que se sucedieran los
acontecimientos determinaría las posibilidades que tenían de salir victoriosos
del envite.
Simplemente, se miraron los unos a los otros y eso
bastó. Puede argüirse que aquí se exagera, pero no, no se hace. Los compañeros
pasaban tanto tiempo juntos, vivían pedazos de vida tan intensos en compañía
los unos de los otros, que, cuando se aproximaba la hora de la verdad, tan
siquiera necesitaban de las palabras. Bastaba con una mirada. Una que
advirtiera de que había llegado la hora de pasar a la acción, otra que
informara acerca de cuáles serían los movimientos adecuados, una más para
sellarlo todo con el más silencioso de los bramidos: recordar que somos
invulnerables y que nada nos puede suceder.
A por ellos.
Aprovecharon que todos y cada uno de los guerreros
no tenían ojos sino para la caja repleta de hachas de filo metálico.
Aprovecharon que los çabras se hallaban un tanto despistados. Y aprovecharon
que el consejo real se encontraba probándose unas preciosas enaguas de mujer.
Tan finas que costaría encontrarlas idénticas en el mismísimo Santo Domingo.
Chiapes parecía encantada. Se había girado y les daba la espalda. ¿Quién en su
sano juicio daría la espalda a un español fraguado en esta horma? Ni entre ellos,
que se consideraban más que hermanos, lo hacían.
Cienfuegos, Malpartida, Ferrol, Díaz y Muñoz
comenzaron a correr como si los persiguiera el diablo. Su objetivo era uno:
hacerse con las traíllas de alanos. Cuando llegaron hasta el lugar donde unos
cuantos guerreros chiapeños las custodiaban, desenvainaron los puñales y, sin
el menor miramiento, tajaron a diestro y siniestro. Los indios ni siquiera
tuvieron tiempo de responder. Alguno murió cavilando que esto no podía estar
sucediendo, que no parecía noble que el adversario sometido y rendido se hubiera
revuelto de aquella manera tan rastrera.
— ¡Soltadlos! —gritó Ferrol.
Antes, Malpartida y Muñoz los enfurecieron. Porque
ellos necesitaban perros de guerra y al perro de guerra se lo enseña, pero
también se lo empuja. Para conseguirlo, y dado que apenas tenían más tiempo que
el que el resto necesitaba para liberarlos de las correas que los sujetaban,
comenzaron a golpearlos con los puños cerrados. Hay que estar más loco que un
perro loco para golpear a un alano de batalla. El animal puede revolverse
contra ti y arrancarte, de un mordisco, la cabeza. Los españoles lo sabían y,
por ello, Malpartida y Muñoz pensaron que, quizás, se la habían jugado más de
la cuenta. Sin embargo, aquella vez era necesario y no dudaron en ponerse en
peligro para despertar al monstruo.
Y el monstruo despertó.
Balboa lanzó un grito en mitad de la selva. Como un
animal más, sin camisa, sin yelmo, sin armadura. Medio desnudo y sin más armas
que sus puños cerrados. Gritó como una bestia parda y cuarenta perros iracundos
se arrancaron a correr del modo en el que solo los alanos sabían hacer: muy
despacio al principio, pues poner en marcha a aquellas moles de carne, músculos
e ira no resultaba sencillo, e imparables a medida que adquirían más y más
velocidad.
Los compañeros se quedaron quietos. Cuando los
alanos ataquen, no muevas un solo músculo. Ellos saben quién es el enemigo,
aunque no te fíes: un perro loco lanzado a la carrera apenas ve más allá de
seis o siete palmos por delante de su hocico. Estate, pues, quieto como el
tronco de un árbol y no los despistes. No vaya a ser que, de la forma más
tonta, te lleves un zarpazo que no era para ti.
Balboa miró a los perros corriendo hacia los
chiapeños y buscó a uno con la mirada. Tenía un collar de oro al cuello y puede
que su sangre no fuera la más limpia del Darién, pero venía de una estirpe de
perros salvajes.
— ¡Leoncico! —llamó en cuanto lo vio.
El perro de Balboa, al oír su nombre, se frenó en
seco. Levantó tierra con sus patas delanteras y tres perros que corrían detrás
de él lo sobrepasaron como pudieron: por encima, golpeándolo en un costado,
escupiéndole gruñidos desafiantes porque ¿qué hacía deteniéndose en mitad de la
carrera lanzada?
Lo que hacía era responder a la voz de su amo. Un
amo que le había reservado un cometido especial. Comerse a la reina Chiapes.
* * * *
Chiapes jamás había sentido miedo. ¿De qué? Los
caribes que vivían más al norte los habían atacado una vez cuando era niña y
dos veces más durante su reinado. Sin embargo, nunca pasó miedo. Recordaba lo
que le explicaba su padre: mantén la cabeza despejada y medita cada decisión
que has de tomar. En los años que la conservó a su lado para que completara su
formación como futura reina del cacicazgo, el viejo rey siempre trató de que
ella, Zssetëla-Ya, aprendiera que el miedo no conduce sino a la toma de decisiones
erróneas. Así que, cuando comprendas que se aproxima, cuando experimentes los
primeros síntomas de su presencia, ahuyéntalo como si te fuera la vida en ello.
Por supuesto, algo así no se consigue de la noche a la mañana. Sin embargo,
Zssetëla-Ya estaba segura de que su padre, si la estuviera observando, se
sentiría orgulloso de ella y concluiría que había elegido bien, que el reino se
hallaba en buenas manos, que aquellos que le aconsejaron eligir a un varón en
lugar de a una mujer para sucederle en el trono se encontraban, simplemente,
equivocados.
Para todo existe un día, y más si hay españoles de
por medio. Zssetëla-Ya sintió la mano de su hermano en el hombro. Oyó su voz
implorándole que se retiraran de inmediato, que se ocultaran en la espesura
hasta que pudieran reorganizar sus tropas. ¿Qué había sucedido? Que los
extranjeros, de momento no eran capaces ni de decir en qué modo, se habían
hecho con el control de los perros. Esos mismos perros que, cuando los
capturaron un par de horas antes, habían supuesto su objetivo principal. Los
espías chiapeños que llevaban varias jornadas sobre la pista de los recién
llegados a sus tierras les habían advertido al respecto: antes que nada,
asegurémonos de que no puedan disponer de sus perros, pues constituyen estos su
arma más poderosa.
Los perros, ahora, estaban libres y los extranjeros
se los azuzaban con babeantes sonrisas en los rostros.
Zssetëla-Ya, al tiempo que sentía la mano de su
hermano en el hombro, giró la cabeza para observar en torno a ella. Vio,
fugazmente, pero con absoluta nitidez, cómo una jauría de perros salvajes
saltaba sobre los guerreros más cercanos a la posición en la que ella se
encontraba. Dos de los guerreros, puede que tres, trataron de defenderse
haciéndoles frente con sus lanzas cortas. Fue inútil. Los perros se movían
demasiado deprisa y derribaban hombres por doquier.
Había dado comienzo una matanza y Zssetëla-Ya lo
supo. Se hablaba mucho de las matanzas en los relatos que los çabras escuchaban
cuando aún eran jóvenes. Quienes se los narraban, ponían mucho énfasis a la
hora de asegurar de que la ponderación en la batalla constituía uno de los
valores más envidiables para cualquier guerrero de honor. Dicho de otro modo:
cuando ataquéis al enemigo y no os quede más remedio que castigarlo con toda
dureza, dejad espacio en vuestros corazones para la clemencia.
Por supuesto, en las enseñanzas que tanto
Zssetëla-Ya como el resto de çabras de su cacicazgo habían recibido, las
matanzas, esas supuestas matanzas, las provocaban ellos sobre aborrecibles
hordas enemigas que, sin motivo alguno, los atacaban. De algún modo, entendían
que debían defenderse y defender a sus gentes. Nunca se les pasó por la cabeza
que los acontecimientos pudieran discurrir en sentido inverso. Que, en resumen,
ellos fueran los masacrados.
¿Por qué pensar en algo así si no existía nadie que
tuviera capacidad suficiente para provocarles un daño de aquellas
características? Se guerreaba, desde luego que se hacía, pero siempre contra
enemigos del tamaño adecuado. Ni siquiera los caribes eran capaces de causar
estragos. La propia Zssetëla-Ya había caminado al frente de una columna de
castigo días después de que los caribes de la sierra de Quareca los atacaran
por sorpresa y secuestraran a dos de sus mujeres. No consiguieron rescatarlas
con vida y, por ello, sometieron a los caribes a un duro castigo: mataron a
cinco hombres y se llevaron, a modo de represalia, a una de las hijas pequeñas
del malvado Züügmecá. Todavía vivía entre su gente, creyéndose una cueva más.
Ahora, giró la mirada en torno a ella y sintió un
horror extremo. Los perros de los extranjeros los estaban masacrando sin darles
la menor oportunidad de defenderse. Podía ver cómo los animales arrancaban
brazos y piernas a hombres a los que consideraba sus amigos, cómo los
derribaban sin apenas esfuerzo, cómo abrían aquellas descomunales fauces
repletas de afiladísimos dientes y las cerraban sobre las carnes de los suyos.
Desgarraban vidas a tanta velocidad que, por un momento, Zssetëla-Ya se sintió
algo mareada.
Después, se fijó en el gigante rubio que tenía
frente a sí. Ya no estaba inclinado ni tocaba la tierra con su frente. Ya no se
humillaba ante ella ni mostraba respeto alguno. Se había puesto en pie y
gritaba como si fuese él y no otro el depositario del mal. Zssetëla-Ya apretó
los dedos dentro de sus puños cerrados y trató, así, de conjurar a los demonios
infernales. ¿Por qué no se marchaban? ¿Por qué no los dejaban en paz? ¿De dónde
salía toda aquella gente?
Comprendió, entonces, que el gigante del pelo rubio
sí se hallaba al frente de su horda. Él era, pues, el jefe. ¿Aceptaría un
pacto, una tregua, la posibilidad de un armisticio razonado? Zssetëla-Ya lo
miró. Se fijó en la serpiente enroscada que ascendía por su cuello. Observó la
barba sucia, los mechones de pelo ralo, el inconfundible fulgor que emanaba su
piel blanca y maloliente. Debía frenarlo. Como fuera, su deber de reina era el
de detener a aquel hombre.
En un movimiento rápido, se desprendió de las
enaguas y volvió a estar desnuda. Cruzó unas palabras rápidas con los hombres
de su séquito y uno de ellos, no sin antes intentar disuadirla, puso una macana
en su mano diestra.
Se escuchaban los gruñidos de los perros que
devoraban a los suyos. Habrían caído ya treinta, cincuenta, puede que ochenta
de sus más bravos guerreros. No le quedaba más remedio que actuar.
El gigante rubio le devolvió la mirada. Y, durante
un rato que ella juzgó bastante largo, se la sostuvieron. Trató de leer algo en
aquel par de ojos extraños. ¿Un rasgo de humanidad? ¿Los restos de una
sensibilidad perdida? Puede. Y puede que tuviera la impresión, breve aunque
firme, de que los había encontrado. Sucedió muy deprisa, en lo que el gigante
parpadeó para ahuyentar a los fantasmas del día y sustituirlos por los de la
noche.
Fue cuando llegó el perro del collar de oro.
Zssetëla-Ya vio cómo se detenía junto al hombre. El animal tenía los ojos
inyectados en sangre y la reina comprendió que había sido educado, desde que
era un cachorro, para la muerte. Aquel ser no concebía un modo de atrapar la
verdad del mundo distinto al de la exterminación del adversario. Sin los
remordimientos propios de los humanos, sin errores, eficaz en cada dentellada.
Podría haber jurado que el gigante del pelo rubio
se lo pensó. No durante largo rato, eso no, pero sí por un momento. Se pensó
qué hacer. Zssetëla-Ya supo que, durante ese breve lapso de tiempo, él la
reconoció como lo que realmente era: una orgullosa reina cueva que gobernaba
sobre el más próspero de los cacicazgos del Darién. Una anomalía en sí misma:
rodeada siempre de hombres, ella ostentaba un poder que su padre, tiempo atrás,
le había entregado.
Zssetëla-Ya, y esto quizás no fuera más que un
sueño, pensó que el gigante rubio consideraba la posibilidad de unir sus
destinos.
En cualquier caso, la realidad se impuso cuando el
gigante rubio palmeó el costado del perro del collar de oro, dijo unas palabras
en su oreja y lo azuzó hacia ella. Se cruzaron la mirada por última vez.
Y el perro atacó.
En los breves segundos que transcurrieron entre el
instante en el que el animal se lanzó a correr y el momento en el que alcanzó a
Zssetëla-Ya, los tres hombres que la rodeaban adoptaron tres actitudes
completamente distintas. Zëcü-Ya, en primer lugar, dio media vuelta y salió
corriendo en dirección contraria. Huyó, por decirlo claramente. Nadie habría
esperado algo así de un miembro del consejo real del cacicazgo, pero tampoco a
nadie lo preparan nunca para reaccionar ante el inminente ataque de un perro loco.
Se salvó porque pudo y tampoco debería reprochársele en exceso.
Lo de Zälcat-Oj ya tuvo más fondo. Se suponía que
estaba coladito por los huesos de Zssetëla-Ya, de manera que algo más de arrojo
se le habría exigido. Sitúate entre el animal que embiste y tu amada. Utiliza
tu cuerpo a modo de escudo. Dale una posibilidad de levantar la lanza que porta
en su mano derecha para, con ella, atravesar el pecho de la bestia. Zälcat-Oj
no hizo nada de eso. En realidad, no hizo nada de nada. Se quedó paralizado y
observó cómo el perro avanzaba a gran velocidad hacia ellos. Abrió mucho los
ojos, eso sí, aunque tal gesto de nada sirviera en unas circunstancias
semejantes.
Por fin, Zzdac-Ya sí intentó enfrentarse al animal.
Él era el hermano de la reina, su hermano mayor. La conocía desde el día exacto
en el que había nacido. La quería, deseaba lo mejor para ella y, aunque tiempo
atrás lamentó la extravagancia de su padre eligiendo a una mujer para la
sucesión en el trono, ahora solo ansiaba el bien del reino.
Por desgracia, el perro fue más rápido que él.
Aquellas malditas enaguas que llevaba puestas le impedían moverse con agilidad
y sentía cómo el canutillo de oro se le enganchaba continuamente en las
costuras de la prenda. La ropa, ahora lo veía claro, no era sino una artimaña
más de los infames extranjeros. Un hombre hecho y derecho, un caballero como
él, jamás debería haber dejado de permanecer desnudo. De, en definitiva, hacer
lo correcto.
El perro, cuando estuvo a dos pasos de distancia de
Zssetëla-Ya, dio un salto en el aire y, con las fauces abiertas y las patas
delanteras por delante, se abalanzó sobre ella. La derribó sin dificultad y,
antes de que su cuerpo tocara el suelo, el animal ya le había clavado los
colmillos en el cuello. Zssetëla-Ya no pudo articular una sola palabra más.
Abrió la mano, dejó que su lanza corta resbalase y cerró los ojos para dejarse
llevar. En un movimiento instintivo, tocó la piel del animal, pero en eso consistió
toda su defensa: en acariciar a la bestia que la despedazaba entre gruñidos y
jadeos.
Cuando Zzdac-Ya comprendió que ya no podía hacer
nada por la vida de su hermana, asumió que él heredaba el trono. Los asuntos de
la sucesión no funcionaban exactamente de esta manera, pero no había tiempo
para seguir el procedimiento adecuado en caso de muerte inesperada.
Zssetëla-Ya, que solo tenía veinticinco años y que aún no había traído
descendencia, ni siquiera se había molestado en designar sucesor. Asumiría él,
pues, la tarea de salvar a su pueblo.
—¡A los árboles! —gritó con todas sus fuerzas—.
¡Subíos a los árboles!
Como estrategia, no parecía especialmente
elaborada. Sin embargo, llevaba un instante gobernando. No se le podía exigir
mucho más.
* * * *
Balboa observó cómo Leoncico se comía a Chiapes. Le
dio un poco de pena y se dijo que le habría gustado conocer a una mujer
semejante en un contexto, digamos, más favorable. Durante el escaso tiempo que
la había tratado, le había parecido una mujer formidable. El simple hecho de
gobernar un reino y mandar un ejército de guerreros çabras ya la hacía
merecedora de su interés. Por desgracia, los españoles estaban a lo que estaban
y no podía permitir que nada ni nadie se interpusiera en sus propósitos. Y, mal
que le pesara, Chiapes se había interpuesto. Los habían asaltado mientras
dormían y los habían hecho prisioneros. ¿Con qué intenciones? Si alguien tomaba
a los españoles como prisioneros, los españoles no se detenían a averiguar los
porqués. Sencillamente, hacían todo lo que estaba en su mano para que las
tornas cambiaran de forma radical.
Si la gente les permitiera avanzar entregándoles el
oro a su paso, nadie saldría herido. Los perros de batalla se morirían de
aburrimiento y ellos acabarían engordando como cerdos. Sin embargo, Dios sabría
por qué, el mundo no se encontraba dispuesto en tan sencilla forma. Se trataría
de una prueba o de algo por el estilo. En cualquier caso, no le daban
demasiadas vueltas.
—Se están subiendo a los árboles, capitán —le dijo
Malpartida a Balboa, quien no se molestó en explicarle que él también tenía
ojos en la cara.
—Nos largamos —expresó el capitán Albítez, que
llegaba a la posición donde se hallaba Balboa. Este se había vestido la camisa
y procedía a colocarse la coraza.
— ¿Adónde? —preguntó Balboa, sin un ápice de
ingenuidad. Los compañeros no utilizaban el doble sentido o el cinismo: cuando
decían algo, querían decir eso y no otra cosa distinta.
—Al mar del Sur… —respondió, un tanto
desconcertado, Albítez.
— ¿Irnos ahora? Aquí todavía nos queda mucho
trabajo pendiente.
—Si salimos ya, quizás podamos alcanzar las playas…
—Albítez, piensa un poco: ¿tú ves esto totalmente
pacificado?
—Veo a los indios en desbandada. Se han subido a
los árboles. No parece que supongan ningún peligro para nosotros.
— ¿Pero ves al cacicazgo pacificado?
—Está descabezado, sin reina.
—Pero no pacificado.
—Joder, Balboa, para mí que esta gente ha aprendido
la lección. Nadie que pretenda reorganizarse y contraatacar se sube a los
árboles. Habrá no menos de dos mil personas en las ramas.
— ¿Las habéis contado?
—Pizarro se ha llevado a varios compañeros y está
en la tarea. Dice que no había visto una cosa semejante en la vida.
—Yo sí. Hace más de dos años. Fue hacia el este.
Luchamos contra unos cabronazos armados de flechas emponzoñadas. Cayeron varios
de los nuestros pero, por suerte, tuvimos tiempo de reaccionar y acabamos por
darles lo suyo. ¿Qué crees que hicieron, entonces, los muy hijoputas?
—Subirse a los árboles.
—Exacto, Albítez. Se subieron a los putos árboles y
nosotros pensamos que allí acababa todo, que los indios comprendían lo que
tenían delante y que aquella huida hacia las ramas podría tomarse como una
rendición por su parte y como una victoria por la nuestra.
— ¿Y no?
—Qué cojones… No, claro que no. Esa misma noche, en
cuanto cayó la luz y nos recogimos en nuestro campamento, los indios se bajaron
de las ramas y no tardaron ni diez minutos en reorganizarse y volver a
atacarnos. Murió otro buen puñado de los nuestros. Esta vez, tío, no va a
volver a pasarnos lo mismo.
Albítez guardó silencio durante un instante. Para
entonces, Balboa había terminado de colocarse la armadura y apretar las
correas. Se encasquetó el yelmo sin añadir palabra.
— ¿Cómo bajamos a dos mil indios de las copas de
los árboles? —preguntó, por fin, Albítez.
—Se lo pedimos por las buenas —respondió Balboa—. A
lo mejor nos hacen caso.
—Podría ser una treta.
—Podría. Habrá que arriesgarse. O, mejor aún:
esperar que se nieguen y nos obliguen a poner en práctica el plan alternativo.
— ¿Tenemos un plan alternativo?
—Desde hace más de dos años. Y es la hostia de
bueno.
Balboa se encaminó hacia el lugar donde los
compañeros reunían los cadáveres de los guerreros masacrados por la jauría de
alanos. Los perros, una vez que no quedó un solo indio que acometer, se
volvieron mansos como corderos. Todos tenían las cabezas empapadas en la sangre
pegajosa de los enemigos muertos, lo cual no fue óbice para que los compañeros
a su cargo se arrodillaran a su lado y los abrazaran efusivamente. Los alanos
no trabajaban gran cosa, pero, cuando lo hacían, lo hacían como si no existiera
más propósito en sus vidas. Muchos compañeros sentían más afecto por los perros
que por el resto de compañeros. Y aquí muchos significa muchos.
La selva, sin ser completamente cerrada, sí impedía
el libre movimiento de los españoles. Había árboles por doquier y los
compañeros los inspeccionaban por si los indios se habían subido a sus copas
con lanzas que, en un despiste, les pudieran arrojar. Al parecer, encontraron
más rostros asustados que actitudes desafiantes. No tenían armas y, si las
tenían, no parecían muy inclinados a usarlas.
Miraban hacia arriba y solo advertían rostros
asustados y centenares de pares de ojos que los observaban con estupefacción. Y
con horror: la noticia de que su reina había sido devorada por un perro loco
había saltado de rama en rama y ahora no había un solo chiapeño que la
desconociera. Muchos, la inmensa mayoría, no sabían quién se encontraba ahora
al mando. Casi todos no deseaban nada distinto a ver cómo los extranjeros
recogían sus bártulos y continuaban la ruta que los había traído hasta allí.
Sin embargo, los extranjeros no parecían demasiado
interesados en seguir su camino. El encuentro con los chiapeños había alterado
sus planes y, aunque los chiapeños habían cambiado por completo de actitud y ya
no mostraban hostilidad sino miedo y sumisión, todavía les quedaba tarea por
realizar.
Antes de nada, apilaron los cadáveres de los
guerreros muertos. Robledo y Martínez, acompañados de Valderrábano para que les
ayudara con las cuentas, sumaron más de doscientos cuerpos. Valderrábano anotó
mil en su cuaderno. En estos asuntos, siempre convenía redondear hacia arriba,
no fuera que, más tarde, cuando el informe llegara a España, creyeran que
aquello había sido un paseo y que tampoco merecían tanta recompensa como ellos
reclamaban. Las gobernaciones, las encomiendas y los repartimientos habían comenzado
a ponerse caros y los cabrones de la corte, que jamás habían movido un dedo ni
se habían roto una uña, siempre rebajaban los méritos que los compañeros
relacionaban. Hijos de puta todos ellos, malparidos e inútiles. Ni diez minutos
durarían en el Darién. Ni diez, en esta tierra que ellos estaban conquistando y
pacificando para el rey Fernando.
Con los cadáveres que los alanos habían abatido
apilados más o menos en orden, los compañeros procedieron a despojarlos de todo
el oro que llevaran encima. Que no era mucho, pero tampoco, escaso. El botín,
al que Balboa prestó escasa atención, se juntó con el resto de lo que llevaban
acumulado en la expedición y terminaría, una vez de regreso en Santa María,
siendo fundido y repartido según los méritos de cada uno. Los cuales, dicho sea
de paso, no serían desproporcionados en exceso: los capitanes cobraban más que
los hombres de a pie y el perro de Balboa se llevaba la parte de un compañero;
el resto se repartía a partes iguales, pues se suponía que allí todos
colaboraban de igual forma al éxito de la empresa.
—Baracaldo —llamó Balboa.
—Qué pasa —respondió, calmoso, el aludido. Ni
raudo, ni rezongón: dueño de una inquietantísima tranquilidad en mitad de
aquella locura.
—Elige un árbol y pídeles que bajen.
—¿Qué árbol?
—No sé, uno cualquiera… ¿Hay diferencias?
—En el árbol, no. En lo que se ha subido hasta
arriba, sí. En algunos solo hay guerreros. En otros, en la mayoría, nos hemos
encontrado un poco de todo: hombres, mujeres, niños… Hasta los abuelos se han
encaramado a las ramas, qué cabrones…
—Puta gente… ¿Qué creían que íbamos a hacer con los
abuelos? No somos unos salvajes.
—Los salvajes son ellos. Por eso piensan y actúan
así de torcido, capitán.
—Eso mismo creo yo… Pues, mira, dejemos de lado a
la pobre gente y vayamos directos a por los guerreros. Busca un árbol donde se
halle un buen puñado. Cuando lo encuentres, les pides que bajen. Diles que no
les vamos a hacer nada, que los dejaremos tranquilos si obedecen.
— ¿Y cómo les digo todo eso? Recuerda que ya no
tenemos intérprete…
—Se lo dices por señas. Se te entiende
perfectamente, Baracaldo. Pídeles que bajen y que se dejen de gilipolleces.
— ¿Y si nos atacan con lanzas?
—Que te cubran unos cuantos compañeros con las
escopetas. A la primera tontería, abrís fuego y les metéis un plomazo en los
culos.
Baracaldo chistó, pues aquel plan no le convencía
demasiado, pero no replicó y se dispuso a ponerlo en práctica. Seguido de Díaz,
Ferrol y Cienfuegos, quienes cargaron sendas escopetas, caminó entre los
árboles repletitos de indios y, tras un minucioso estudio de la situación,
eligió uno. Arriba, muy arriba, había no menos de siete u ocho figuras semi
ocultas entre las ramas y las hojas. Baracaldo entornó los ojos y, con la
cabeza levantada y el yelmo en la mano izquierda, prefirió introducir una
pequeña variante en el plan de Balboa.
—Disparadles —dijo.
— ¿No había dicho el capitán que los bajáramos por
las buenas? —interrogó Cienfuegos, quien, no obstante, se llevaba la culata de
la escopeta al hombro.
—No quiero problemas. Primero abrimos fuego y luego
parlamentamos —respondió Baracaldo.
—Tampoco creo que les demos. Están demasiado
arriba.
—Más a mi favor. Les damos un susto, les dejamos
claro que vamos en serio y, después, les pedimos por favor que desciendan.
Nadie protestó. Díaz, Ferrol y Cienfuegos apuntaron
hacia arriba, atisbaron rostros asustados y abrieron fuego sin el menor
remordimiento. Aquellos guerreros indios eran los mismos que los habían
capturado por sorpresa mientras dormían. Si no fuera por Balboa, a saber qué
habría sido de ellos. Uno sabe con quién va en la vida y con quién no va.
Sucede en todas partes. En el Darién, no obstante, las certezas adquirían la
proporción de la inmutabilidad.
Tras efectuar los disparos, aguardaron con la
intención de ver si caía algún indio, pero nada sucedió, salvo alguna rama
quebrada y varias hojas deslizándose cadenciosamente en el aire húmedo de la
jungla.
—Nada —resumió Ferrol.
—No era un tiro fácil —juzgó Baracaldo, quien, tras
una pausa, añadió—: Bueno, ahora seguro que se lo piensan dos veces.
—Venga, bajémoslos de una vez —expresó Díaz.
—Volved a cargar y estad preparados —dijo
Baracaldo. Después, haciéndose bocina con las manos, gritó en dirección a la
copa del árbol—: ¡Vosotros! ¡Eh, vosotros! ¡Los de arriba! ¡Bajad ya! ¡Venga,
que no os vamos a hacer nada!
Lo cierto era que no mentían. Balboa jamás
aniquilaba los cacicazgos que atravesaban, pues ni esas eran las instrucciones
que llevaba, ni habría resultado inteligente: los indios hostiles causaban
muchos problemas; los indios pacíficos, ninguno, siempre y cuando les
facilitaran toda la información que ellos requerían. Buscaban El Dorado, sí,
pero también cualquier otro reino donde el oro, las perlas y las piedras
preciosas abundaran. Se les había ordenado que cristianizaran a los indios, que
se los dispusiera en pueblos o ciudades y que prepararan el territorio para su
colonización. Eso hacían.
Desde la copa del árbol, nadie respondió.
— ¿Qué hacemos? —preguntó Ferrol. Habían vuelto a
cargar y tenían las escopetas dispuestas.
Las instrucciones que Balboa le había dado a
Baracaldo eran sencillas: intentadlo por las buenas y, si no lo conseguís, me
avisáis.
—Que alguien vaya a buscar al capitán —dijo
Baracaldo.
* * * *
Zzdac-Ya casi se cae de la rama cuando uno de los
proyectiles españoles le silbó en el oído. ¿Qué era aquello? Lo desconocía por
completo, pero pudo ver cómo ramas capaces de sostener a un hombre se quebraban
a su paso. Los extranjeros disponían de armas extrañas. Armas contra las que no
tenía ni la más remota idea de cómo luchar.
Cuando dio la orden de que el reino entero se
subiera a los árboles, lo hizo con la esperanza de que, a los extranjeros,
aquella acción les pareciera suficiente, la consideraran una rendición
explícita y se marcharan. Por desgracia, los extranjeros de las barbas
nauseabundas no parecían ser de la misma opinión. No solo se habían quedado,
sino que pretendían que bajaran a tierra. Zzdac-Ya jamás había sido instruido
para una contingencia semejante. A los jóvenes çabras, y como parte de su
formación, se les narraban cientos de leyendas describiendo las más dispares
circunstancias ante las que un guerrero podría enfrentarse. En ninguna de
ellas, que Zzdac-Ya recordara, se explicaba que el reino entero debiera
encaramarse a los árboles para huir de un enemigo empecinado y maldito. En esas
se veía y ahora, muerta su hermana, él debía improvisar sobre la marcha.
Al menos, cuando explicó al resto de guerreros que
se hallaba a su lado que ahora él era el rey, ninguno le llevó la contraria. De
hecho, algunos le aseguraron que lo seguirían hasta el final, siempre que el
final incluyera salvar el pellejo. Zzdac-Ya asintió y se devanó los sesos
mientras buscaba una salida para aquella encrucijada.
¿Y qué haces? Porque hasta alguien tan inexperto
como Zzdac-Ya podía darse cuenta de que la situación se había tornado en más
que complicada. Carecían de salida alguna o, lo que era lo mismo, los
extranjeros los tenían en sus manos y podrían hacer con ellos lo que quisieran.
O no exactamente, comprendió por fin. Se acordó de
su hermana, de lo inteligente que era, de la rapidez con la que se le ocurrían
las buenas ideas y su expeditiva forma de, uno detrás de otro, solucionar
problemas. ¿Qué habría hecho ella en aquella tesitura? Zzdac-Ya se dijo que
aguantar. Porque no quedaba otra, pero también porque suponía una opción real
para la salvación del reino. Ellos, los habitantes de la selva, se sabían
capaces de permanecer en ella por tiempo indefinido. Se trataba de su hogar y
lo conocían como la palma de la mano. Allá, en las copas de los árboles, no se
estaba tan mal. Si los çabras se organizaban, podrían conseguir alimentos y,
una vez acomodados los niños y los ancianos, resistir durante semanas o,
incluso, meses. Zzdac-Ya experimentó cierta satisfacción al caer en la cuenta
de que se hallaba supliendo con honor y solvencia la ausencia de su hermana. Si
ella estuviera aquí, se sentiría orgullosa de él. Nunca lo habían preparado
para tomar decisiones que afectaran a la totalidad de su pueblo, pero
continuaba siendo un general de los ejércitos del reino. Estaría a la altura de
las circunstancias.
—Nos encontramos a salvo —expresó una vez superada
la confusión.
— ¿A salvo? —repuso, volviéndose hacia él, uno de
los hombres ocultos en la copa de aquel árbol. En total, sumaban nueve hombres,
todos ellos guerreros jóvenes. Zzdac-Ya, cuando el pueblo entero se hallaba
encaramándose a los troncos de los árboles, se mantuvo firme y aguantó hasta el
final. Ordenó que los çabras hicieran lo mismo y la mayor parte de ellos
obedeció y se quedó en su lugar. Ayudaron a los niños y a los ancianos, y no se
encaramaron ellos mismos hasta que juzgaron que todo el mundo se había puesto a
buen resguardo. Salvo los que habían caído bajo las garras de perros locos, por
supuesto. Para esos, ya no había salida posible. Zzdac-Ya, mientras ascendía
hábilmente tronco arriba, podía escuchar los alaridos de los que aún no habían
muerto pero ya estaban siendo devorados por los perros. Aquellos gritos de
horror le acompañarían en sus pesadillas hasta el día de su muerte.
—A salvo —confirmó Zzdac-Ya. Se giró hacia el joven
guerrero. Hacia el grupo de jóvenes guerreros que, junto a él, constituiría el
germen de la resistencia contra el invasor—. Solo tenemos que aguantar. Aquí no
pueden hacernos ningún daño.
—Poseen armas que rompen las ramas.
—Seguimos sanos y salvos, ¿verdad?
—Verdad.
—Pues no parecen armas muy poderosas. Tranquilos,
hermanos. Resistiremos. Vamos, corred la voz de árbol en árbol. Nuestro pueblo
debe limitarse a aguantar, nada más que eso. Los extranjeros se hallan muy
lejos de su casa. Cuando comprendan que nada pueden contra nosotros, desistirán
y se marcharán. Ese es el plan. Resistimos. Corred la voz. Calmad a las mujeres
y a los ancianos. Sonreíd a los niños. Que sepan todos ellos que todavía hay
alguien al mando, que nada está perdido. Resurgiremos como si de una nueva
cosecha se tratase.
No había terminado Zzdac-Ya de pronunciar aquellas
palabras cuando experimentaron un horrible temblor.
* * * *
Balboa se había acercado a la base del árbol
indicado por Baracaldo y este le informó de la situación. Que se niegan a
bajar, capitán. Que se quedan arriba. ¡Por supuesto que se lo hemos pedido!
¡Una y mil veces! Jamás hemos visto indios tan testarudos, capitán. No hay
forma, capitán. Y mira que vamos a buenas, que los tratamos con paciencia, que
elegimos la opción menos dolorosa para todos, pero… Se trata de salvajes y se
comportan como tales.
Durante un rato, se mantuvieron en silencio. De
pronto, habían dejado de tener prisa. El mar del Sur había desaparecido de sus
mentes, y esto no es una exageración. Los españoles se enfrentaban, cada día, a
tantas y tantas incertidumbres y novedades que optaban por hacerles frente de
una en una. Primero pensaban en el mar del Sur. Después, en El Dorado. Pero
como el mar del Sur se había cruzado antes en sus vidas, el mar del Sur cobraba
pleno protagonismo y a su alcance dedicaban hasta el último de sus alientos.
¿Que un cacicazgo enemigo se interponía en su camino y debían pacificarlo? Pues
a ello se empleaban como si no hubiera más sentido en sus vidas y olvidaban que
el mar del Sur se encontraba a la vuelta de la esquina y que ellos pretendían
conquistarlo para el rey. Ya afloraría a su nube de pensamientos cuando las
actuales dificultades estuvieran resueltas. Paso a paso, siempre.
—O sea, que se niegan a bajar —resumió Balboa.
—Se niegan, capitán —confirmó Baracaldo.
Balboa levantó la mirada hacia la copa de los
árboles y observó a los indios, los cuales, silenciosos e inmóviles, le
devolvieron la mirada.
—Talad toda la puta selva.
Balboa no había dado una sola orden absurda en su
vida. Esta, tampoco lo era. No para ellos, que procedían siempre con una
naturalidad pasmosa. De alguna forma, ninguno había salido jamás de su tierra.
Balboa y Pizarro continuaban en Extremadura, Baracaldo en Vizcaya, Jaén en
Andalucía, etcétera. Sus cuerpos y parte de sus mentes se hallaban en el
Darién, pero el resto, la parte enjundiosa de sus comprensiones, sentires y
pensamientos, permanecía en el hogar. Talad esa encina, podría haber dicho,
tranquilamente, Balboa. Pero aquí no había encinas, así que ¿para qué andarse
con rodeos?: Talad toda la puta selva.
Traían una caja llena de hachas. Desde Santa María
de la Antigua y, antes, desde Santo Domingo y, antes, desde Sevilla. Para
tratarse de gentes que se pasaban el día improvisando, aquello tenía su miga. Y
porque la tenía, hay que otorgarle la importancia que requiere.
Balboa, y ningún compañero antes que él, se
marchaba de entrada a la selva sin un plan capaz de contener cualquier
contingencia. El plan redondo, el plan perfecto, el plan único cuando llega la
hora de la verdad. En tal tesitura, las hachas suponían un elemento crucial,
pues se podían utilizar de una forma o de otra. ¿Que el indio se mostraba
pacífico y los colmaba de oro? Los compañeros lo enterraban en baratijas y
cacerolas. Sin embargo, para el jefe, para el rey, para, en definitiva, el tío
que allí mandaba, reservaban un presente que le encogería el alma y que lo
tendría en sus manos durante el resto de los días. ¿Qué? Un filo de acero. Tan
sencillo como eso. Se dieron cuenta, pronto, de que los indios del Darién
desconocían el hierro. Probaron, por lo tanto, con las espadas. Regalaron una o
dos y advirtieron que lo que había parecido una buena idea no lo era tanto. La
espada, su manejo, precisa de un aprendizaje que lleva semanas, meses incluso.
Nadie levanta una espada frente a sí y lo borda a la primera de cambio. Nadie,
ni en Europa ni en América. ¿Qué sucedió? Que ni los españoles tenían tiempo
para enseñar, ni los indios paciencia para aprender. Así que lo dejaron estar y
cambiaron de idea. Además, alguien dijo que a lo mejor tampoco les convenía llenar
la selva de espadas españolas. ¿Y si los cuevas terminaban por cogerles el
tranquillo? A una espada solo se la combate con otra espada y esto supone un
cuerpo a cuerpo y todo el peligro y el riesgo que conlleva.
De manera que se les ocurrió sustituir las espadas
por hachas. Un hacha es un arma, pero también una herramienta. Por si esto no
fuera poco, funciona desde el primer momento. Hasta el más memo es capaz de
figurarse cómo se utiliza una vez que la tiene en la mano. La parte de madera
es para sostenerla. La parte metálica es para tajar. Simple, ¿no? Pues con los
cuevas les había funcionado de maravilla y ahora habría, según sus cálculos,
que nunca eran demasiado precisos, unas setenta hachas en el Darién. Siempre en
manos, por supuesto, de reyes y çabras. El propio Careta disponía de una a la
que le habían engarzado oro y piedras preciosas. Se veía tan bonita que daba no
sé qué ponerse a cortar cuellos con ella.
Las hachas tenían una segunda peculiaridad que los
españoles siempre llevaban presente: a una mala, en lugar de obsequios para los
indios de postín, podían utilizarlas para la guerra. En manos españolas y en
mitad de la jungla, una buena hacha bien equilibrada suponía un arma muchas
veces más eficiente que cualquier espada, daga, cuchillo o escopeta. Porque
allí, lo importante pasaba por soltar el tajo y, raudos, recoger el brazo para
preparar el siguiente mandoble. Las espadas, qué triste verdad, se atoraban
mucho en la espesura de la selva. Cuántos, ¡cuántos!, compañeros se habían
visto en la más absurda de las tesituras cuando el filo de sus armas se había
atollado en la vegetación. La selva, que siempre los observaba y no siempre los
miraba bien, gustaba de realizar estas pequeñas bromas: mira, soy capaz de
retenerte la espada durante el tiempo necesario para que un sanguinario indio
con el rostro desencajado por la ira salte sobre ti. ¿A que es divertido?
La selva era la gran hija de puta del Darién y los
compañeros, que lo sabían, no dudaban en darle el trato que merecía:
respetuoso, pues tampoco eran lo suficientemente idiotas como para enfurecerla,
pero con ese espérate que ya verás tú tan español.
En esta expedición, pocas hachas habían regalado.
La caja que un rato atrás había cargado Baracaldo se hallaba prácticamente
intacta. Habría dentro sus buenas dos docenas de unidades. De las grandes, de
las pesadas, pues tiempo atrás comprendieron que las pequeñitas, muy manejables
hasta en las manos más inexpertas, suponían, por esto precisamente, un riesgo
inmediato para ellos mismos que preferían evitar. Tú le das a un indio un hacha
con la que casi no puede y el cabrón se morirá de placer, pues nadie, absolutamente
nadie de entre los suyos, es ó será jamás dueño de un objeto semejante. Los
españoles, en estas ceremonias de dación, se quedaban muy quietos mientras no
perdían detalle y aprendían cómo respira un indio: el orgullo y la codicia los
vence y, en consecuencia, los convierte en vulnerables. En suma, se comportaban
como todo el mundo.
Ahora; tú dale al mismo indio un hacha ligera y
manejable y verás cómo te la lía gorda antes de que tengas tiempo para decir
amén.
Total, que ya nadie salía de entrada sin su buena
caja repleta de hermosas y relucientes hachas. En un momento dado, podían
servirles para la más insospechada de las tareas. Como, por ejemplo, ahora:
talarían, árbol tras árbol, la selva entera. Balboa había decidido que no
darían un solo paso más sin antes pacificar el cacicazgo. Tenían a la totalidad
de la población del reino en las copas de los árboles, y esto ya ofrecía una
pista certera acerca de por lo que se hallaban pasando los indios, pero Balboa
era un tío de Jerez de los Caballeros y, a él, a testarudo no lo ganaba nadie.
Se quería asegurar de que tenía razón por mucho que sospechara que tenía razón.
Sospecha y certeza, al menos en Extremadura, no son la misma cosa.
Los compañeros, los sesenta y siete y sin
excepción, comenzaron a talar. Allí no estaban exentos ni los capitanes ni el
cura. Si hay que talar, pues se tala. Como no había hachas para todos, se
agruparon en parejas o tríos y comenzaron a trabajar turnándose en la faena.
Primero, y durante diez o quince minutos, uno de los hombres la emprendía
contra el tronco grueso de un árbol. Arriba, en su copa, podía haber ocho,
diez, hasta quince indios a los que el corazón estaba a punto de parárseles,
pero los españoles hacían como que ni los veían. Porque, en realidad, no los
veían. A efectos prácticos, para los compañeros solo existía el tronco, el
hacha y la orden de talar toda la puta selva.
A ello se dedicaron durante varias horas con un
ahínco tal que nadie que hubiera estado observando desde fuera habría dado
crédito. Como si el esfuerzo empleado no fuera a corresponderse con el posible
beneficio que obtendrían. No obstante, los compañeros no ponían en duda las
órdenes, ni siquiera las que, como esta, podrían parecer desproporcionadas y
hasta extravagantes.
Los indios tardaron en caer de las copas de los
árboles. Al principio, para cuando talaban un árbol y este se desmoronaba, a
los chiapeños refugiados en sus copas les había dado tiempo a migrar al árbol
más cercano. Se las prometieron felices y se dijeron que aquella burda
estrategia estaba condenada al fracaso. ¿Qué clase de zopencos eran estos
extranjeros? ¿En qué cabeza cabía que podían obligarlos a bajar solo talando
árboles en un lugar en el que había árboles en cualquier dirección en la que
miraras? Si algo abundaba en la selva, eran los árboles. De manera que los
chiapeños no juzgaron que el plan de los extranjeros tuviera grandes
posibilidades de prosperar.
Comenzaron a repensárselo cuando en los árboles
vecinos a los que estaban siendo talados apenas cupo un solo hombre más.
Entonces, como si de frutos maduros se trataran,
comenzaron a caer.
* * * *
Zzdac-Ya parecía al borde de un ataque de nervios.
Había olvidado por completo su plan de resistir para renacer y ahora se
conformaba con organizar la reubicación de los compatriotas que estaban siendo
desplazados a causa de la tala masiva emprendida por los extranjeros de las
barbas apestosas. ¿Pero qué clase de gente era esta? ¿En qué cabeza podrida
cabía una idea semejante? ¿No les valía con haber matado a la reina y haber
visto cómo el resto huía despavorido hacia lo alto de los árboles?
— ¡Cambiaos de rama! —exclamó Zzdac-Ya. Tenía un
ojo en su gente y otro en la gente que talaba como posesa allá abajo—. ¡Vamos,
vamos! ¡Si no hacéis sitio para los que están a vuestro lado, terminarán por
caer! ¿No os dais cuenta de que su árbol está ya a medio talar? ¿Acaso no
escucháis cómo cruje el tronco?
Claro, claro que escuchaban el crujido de los
troncos al quebrarse e inclinarse. Como escuchaban el rítmico tableteo de las
hachas extranjeras. Aquellos hombres, que apenas intercambiaban una o dos
palabras entre ellos, se dedicaban a la tarea con un ánimo y una obcecación
jamás contemplados por los chiapeños. Zlac, zlac, zlac, las hachas avanzaban a
paso firme a través de la selva. Cuando un árbol era derribado, se desplazaban
al siguiente y continuaban con la tarea. No se quejaban, no desfallecían, no
parecían creer inconveniente una maniobra basada en el aniquilamiento del
adversario. El propio Zzdac-Ya, mientras un sudor nervioso le cubría la piel,
caviló al respecto. ¿Y si se rendían incondicionalmente? En teoría, tras la
muerte de su hermana, él ocupaba, ahora, el trono. Podría haber bajado al suelo
y haberse rendido. Si hubiera tenido alguna garantía de que una táctica
semejante pudiera prosperar, la habría emprendido sin dudar. Pero ¿le
escucharían los extranjeros o pondrían su cabeza sobre el tocón más cercano y,
con una de aquellas monstruosas herramientas que blandían, se la separarían del
cuerpo? Como no tenía nada clara la respuesta, prefirió mantenerse en las copas
y poner orden en la situación.
— ¡Veinte! —gritó alguien abajo.
Zzdac-Ya escuchó aquella palabra pues la selva, a
través de un intrincado sistema de ecos y resonancias, la había llevado hasta
sus oídos. Incluso silenció los rumores de la jungla para que no existiera
confusión. Veinte, oyó Zzdac-Ya mientras un nuevo árbol se partía por la mitad
y caía doblegado. De este, hacía un rato que habían evacuado hasta la última de
las personas que se ocultaban en él. Sin embargo, y de ahí que los sudores lo
hubieran tomado de aquella manera, el margen de actuación se estaba acortando a
una velocidad vertiginosa. De pronto, lo que había sido una cómoda y segura
ascensión a las copas de los árboles se había convertido en un infierno. Sus
súbditos se agolpaban en apenas una cincuentena de copas y, si los
acontecimientos se sucedían como parecía que iban a hacerlo, en cuestión de más
bien poco tiempo acabarían por dar con sus huesos en el suelo. Solo existía una
posibilidad para ellos: que los que se hallaban en las partes más cercanas a lo
profundo de la selva avanzaran hacia ella, dejando espacio libre para los
demás. Debían internarse más y más en zona impracticable, allá donde los
extranjeros no pudieran seguirlos, pues la maleza se lo impediría.
— ¡Veintiuno! —volvió a gritar alguien mientras un
nuevo árbol se venía abajo.
Zzdac-Ya escuchó aquella palabra y le pareció la
más terrorífica jamás pronunciada. No sabía cuál era su significado, aunque
propuestas al respecto no cesaban de florecer en su imaginación: mataremos a
los hombres, yaceremos con las mujeres, nos comeremos a los niños. Zzdac-Ya
trató de ahuyentar estos pensamientos que en nada contribuían a mejorar la
situación. Fuera lo que fuese lo que los extranjeros invocaban con aquellas
exhortaciones, él no quería saberlo. Tenía que salvar a su pueblo, nada más que
eso.
Fue entonces cuando, con horror infinito, observó
cómo los primeros de los suyos caían al vacío.
No muy lejos de la rama en la que él se encontraba,
un árbol se quebró y comenzó a doblarse. Zzdac-Ya asomó la cabeza al vacío y
vio cómo un extranjero, hacha en mano, hendía el tronco mientras que los otros
dos lo observaban actuar. No entendió cómo pero, durante un instante, los tres
extranjeros, los tres al unísono, levantaron la cabeza hacia él y sus miradas
coincidieron. Zzdac-Ya habría parpadeado si hubiera podido, pero se encontraba
paralizado. Descubrió, en el interior de aquellos tres pares de ojos, una
versión del mal hasta entonces desconocida para él. Ni siquiera los caribes
miraban de aquella forma. Ni siquiera aquella estirpe maldita de comedores de
carne humana habría soñado jamás con emprender una acción tan devastadora.
Zzdac-Ya juraría que los tres le sonrieron. Con una
mano se sujetaba a la rama desde la que, acuclillado, dirigía a sus súbditos.
La mayoría de los çabras lo había abandonado y se sentía solo. Solo y
desesperado. Con la mano libre, se cubrió el rostro y comenzó a llorar.
Cuatro chiapeños cayeron al vacío. Uno se partió la
espalda al golpear contra el suelo, otro murió a causa del pánico y a los dos
restantes la maleza logró salvarles la vida.
* * * *
Casi se les hace de noche talando la selva. Una
selva que, por cierto, no salía de su asombro. Que aquel minúsculo grupo de
invasores, aquellos gusanos infames en sus tripas, le derribaran medio centenar
de árboles no le importaba lo más mínimo. Ella, la selva, estaba formada por
miles de ellos, por decenas de miles, por, quizás, más. Se sabía inmensa e
incontable. Aún no había nacido el hombre que pudiera con ella y,
probablemente, jamás nacería. Sin embargo, le horrorizaba la posibilidad de que
unos cuantos tarados, hachas en mano, se hubieran puesto a abrirle un claro sin
más razón que el porqué sí. Esto resultaba doloroso y humillante. No se trataba
de indios, de habitantes, de naturales. No abrían un claro en su vientre para,
a continuación, levantar, en él, casas y habitarlo. Vivir en simbiosis los unos
con la otra, ser parte de un mismo todo consciente que los superaba en
magnificencia. Al contrario: los extranjeros de las enormes barbas talaban a
causa de una obcecación casi mágica. La selva, que no dejaba de observarlos ni
por un instante, comprendió que, tras aquellos ojos tranquilos, tras aquel
actuar tan obsesivo como metódico, no podía esconderse nada bueno. Si hasta
entonces los había tratado con cierto desdén, incluso hasta los había despreciado,
en adelante los tendría más en cuenta. Nadie que, entre los mosquitos y el
calor, decide quedarse y talar, y talar, y talar como si no hubiera un mañana,
merecía desaires o menoscabos.
Cuidado con ellos, pues, pese a que respiran el
aire que ella exhala, no lo convierten en acciones regulares. Cuidado, pues la
extrañeza los gobierna. Eso, y un afán oculto y, hasta hoy, desconocido.
— ¡Ya caen! —gritó Cienfuegos. Formaba una pareja
con Martínez y ambos se alternaban en el uso del hacha. Turnos cortos, para no
agotarse en un ambiente tan húmedo que hasta el respirar se convertía en un
esfuerzo.
Cuatro indios golpearon contra el suelo y los dos
compañeros observaron en silencio, sin moverse del sitio donde estaban. Uno de
los indios murió en el acto y a causa de que el corazón se le paró en plena
caída. De eso no tuvieron duda, pues al hijoputa lo habían escuchado gritar
como un poseso mientras su cuerpo iba chocando de rama en rama hasta, por fin,
aterrizar en la maleza. Que hubiera bajado por las buenas. Oportunidades, se
las habían dado todas. Si ahora se encontraba muerto, se debía a la entera culpa
de él. A los dos españoles no les atormentó la idea de que, a fin de cuentas,
eran ellos dos quienes habían talado el árbol desde el que el indio se había
precipitado como un fruto maduro. ¿Acaso ellos debían hacerse responsables de
algo tan ajeno como las decisiones ajenas? En absoluto.
—Anda, ese otro se ha partido la espalda —comentó
Martínez mientras se pasaba el brazo por la frente para secarse el sudor.
— ¿Tú crees? —preguntó Cienfuegos, más por alargar
la conversación y continuar descansando que por interés real.
—Sí, no se mueve. Se le ha quebrado el espinazo.
Hazme caso, yo sé de estas cosas.
— ¡Mira! ¡Dos más! ¡Y esos sí que están vivitos y
coleando!
En efecto, a dos de los chiapeños que habían caído
desde las alturas, el costalazo se lo había amortiguado la espesura. Demasiada
maleza por todas partes siempre resultaba un quebradero de cabeza, tanto para
indios como para españoles, aunque, en este caso, los primeros podrían asegurar
que les había regalado una segunda vida. Tenían los cuerpos repletos de heridas
y rasguños, pero se pusieron en pie y comenzaron a correr, lo cual significaba
que no había sido para tanto.
—¡Se escapan, los cabrones! —exclamó Cienfuegos. Y,
ante la duda de qué hacer, gritó en dirección hacia un grupo de hombres que
talaba a unos veinticinco pasos de distancia—. ¡Capitán Albítez! ¡Capitán
Albítez!
El interpelado, quien en ese momento descansaba
pero que había estado talando como si fuera uno más, torció el gesto y volvió
la mirada hacia el lugar desde el que provenía la llamada.
— ¡Qué pasa! —aulló, en un tono que no ocultaba su
disgusto. Estaba hasta las narices de talar. Harto. Si de él hubiera dependido,
hacía ya medio día que habrían seguido camino hacia el mar del Sur. Caray, lo
tenían a muy poca distancia. ¿Qué importaba que un cacicazgo perdido en el culo
del mundo quedara a medio pacificar? Balboa era el mejor de los capitanes,
Albítez no lo dudaba, pero su manía de tomarse siempre las cosas con extremada
calma lo sacaba de quicio. Oro, ellos estaban allí para conseguir oro. Y fama.
Nada más.
— ¿Qué hacemos con los indios que se escapan?
—preguntó, siempre a gritos, Cienfuegos—. ¿Vamos tras ellos?
— ¿Qué indios? —devolvió la pregunta el capitán
Albítez, quien, desde su ubicación, no los había visto caer.
— ¡Tenemos unos cuantos en el suelo! —explicó
Cienfuegos.
— ¡Cojones! —no pudo dejar de exclamar Albítez.
Después, guardó silencio durante un rato para meditar su respuesta y, a
continuación, añadió—: ¿Son del montón? ¿Indios normales y corrientes?
Cienfuegos interrogó con la mirada a Martínez y
este asintió.
— ¡Sí, capitán! —respondió el primero—. ¡Dos del
montón!
— ¡Pues dejadlos ir!
— ¡A la orden!
— ¡Trincad al rey! ¿Entendido?
— ¡Entendido, capitán!
No perderían el tiempo con los pobres diablos. Los
españoles no manejaban estrategias diversas para la pacificación. De hecho,
solo disponían de una, de una que siempre les había funcionado y que no
pensaban alterar: ve siempre a por el tío que manda. Si el resto no ofrecía
resistencia o no los atacaba, podían irse en paz. Ellos necesitaban trincar al
rey y seguirían talando hasta que lo lograran.
De nuevo y durante un buen rato, el grupo de
españoles siguió cortando árboles sin apenas intercambiar palabra. Continuaban
siendo sesenta y siete tipos. Se discutiría mucho acerca de cómo fue posible
que solo sesenta y siete hombres, Balboa y el cura incluidos, conquistaran el
Darién, pero lo cierto fue que así sucedió. Los guiaba un tesón a prueba de
cualquier contingencia, esa es la auténtica y única verdad. Y puede que para
muchos no resulte explicación suficiente. Quizás no lo sea. Quizás su historia
no se pueda, a pesar de que se intente, describir. Acaso estas palabras no
logren abarcar el esclarecimiento cabal y completo de cómo diablos sesenta y
siete españoles, sin apenas ayuda de nadie más, hicieron lo que hicieron. Sí,
puede que así sea.
* * * *
Zzdac-Ya llevaba un buen rato saltando de rama en
rama. Se le habían abierto heridas en las manos, en los brazos y en las
piernas, pero él no cejaba en su empeño: salvar a su pueblo. Si algo tiene de
bueno que las cosas se pongan extremadamente difíciles es que los propósitos se
simplifican hasta quedar reducidos a frases muy breves. ¿Qué necesitamos?
Salvar a la gente. Evitar que nos maten. Sobrevivir a los extranjeros.
Continuar siendo nosotros.
Lo cual, al inexperto Zzdac-Ya le vino
fantásticamente, pues con objetivos más elaborados o complejos no habría
podido. Con este, sí. Salvaría lo que quedaba del reino de su hermana muerta.
¿Cómo? Comenzaba a ocurrírsele y, aunque no conseguía pensar con claridad, algo
debía hacer.
Mientras tanto, más y más árboles se iban abajo y,
con ellos, más y más compatriotas se daban de bruces contra el suelo. Hombres,
mujeres, niños, ancianos… Pronto fue normal escuchar, aquí y allá, los alaridos
que proferían las gentes que se precipitaban al vacío. Abajo, los extranjeros
continuaban con el rítmico tableteo que producían sus herramientas. Zzdac-Ya,
para entonces, ni siquiera los consideraba hombres, sino diablos provenientes
del inframundo, portadores del mal en estado puro, ejecutores de un castigo que
no juzgaba que ellos mereciesen. El sonido de las hachas y los gritos de los
que caían se mezclaron en el aire quieto de la selva y conformaron la música
del fin del mundo.
Zzdac-Ya se asomó, por enésima vez, y observó cómo
los extranjeros continuaban cortando. Levantó la vista, contempló el horror en
los rostros de los suyos y alcanzó una determinación para la que no habría
vuelta atrás: descendería al suelo y se entregaría. Puede que los extranjeros
lo mataran o puede que no. Si lo hacían, poco importaba, pues en el exterminio
de su pueblo se incluía su propio acabamiento. Si no lo hacían, intentaría
rogarles que pararan. No se le ocurría cómo, pero estaba abierto a cualquier
solución una vez que consiguiera que le prestasen atención.
Aquella mañana, al alba, ellos eran una nación
poderosa. La más poderosa junto a la costa del mar. Una nación a la que todos
temían y a la que nadie osaba desafiar sin una buena razón de por medio. Ahora,
con la tarde a punto de caer, Zzdac-Ya calculó que la mitad de su población
había muerto. No tenía modo de conocer si aquella intuición era cierta o no,
pero se le había metido en la cabeza y le golpeaba con tal fuerza que se volvía
insoportable. Reducidos a la mitad, ni más ni menos.
Merecía la pena intentar algo para salvar a la
mitad superviviente. Zzdac-Ya comenzó a descender por el tronco del árbol en el
que permanecía encaramado. Se hallaba en el límite de la retirada de su pueblo,
de manera que su árbol, precisamente, era uno de los que los extranjeros
procedían, en ese momento, a talar. Dejó atrás a un buen número de súbditos
asustados. Los miró y hasta logró reunir el coraje necesario para dirigirles
unas palabras de aliento. Vuestro rey logrará que esto pare. Tranquilos, pues en
adelante yo me encargaré de todo.
Nunca supo muy bien qué había dicho, y las
versiones en torno a ello variarían según los días, pero siempre opinaría que
los suyos se habían sentido orgullosos de él.
Cuando echó pie a tierra, media docena de
extranjeros dejaron de cortar árboles y lo miraron. Zzdac-Ya, a ras de suelo,
comprendió el tamaño del desastre: por todas partes había compatriotas heridos
o muertos y nadie se ocupaba de ellos. Escuchó lamentos entre la maleza. Bajo
la maleza.
—Me llamo Zzdac-Ya y soy el rey. He venido a
postrarme ante vosotros.
* * * *
Muñoz y Camacho tenían sendas hachas en las manos.
Miraron al indio y, al instante, comprendieron que no se trataba de un indio
más. Su porte altivo, un cuerpo completamente depilado y el canutillo de oro
ricamente labrado en el que embutía su pene decían más de él que cualquier
anuncio gritado a los cuatro vientos. Aquel tipo no era un mindundi y, tal y
como había ordenado el capitán Albítez, a quien no fuera del montón debían
prestarle una atención especial.
Junto a Muñoz y Camacho se agolpaba un nutrido
grupo de compañeros. Estaba Cienfuegos y también Crespo. Gutiérrez, Robledo y
el gran Baracaldo quien, a diferencia del resto, no parecía acusar el
cansancio. Portaba el hacha más grande de todas y él solo no habría talado
menos de quince árboles. Se la colocó al hombro cuando el recién llegado se
dirigió a ellos en jerga cueva. Acababan de alcanzar la médula del hueso,
pensó. No se equivocaba.
Los españoles, tomándose su tiempo, rodearon al
indio. Los compañeros más alejados del lugar, los que no se habían percatado de
que algo nuevo estaba sucediendo, continuaban inmersos en la tarea. Talaban y
talaban, y, de cuando en cuando, un árbol más caía y, con él, quince, veinte,
veinticinco indios. Se daban cuenta de que estaban venciendo, de que, como no
podía ser de otra forma, la invulnerabilidad de sus cuerpos y de sus almas se
imponía sobre todo lo circundante.
Jamás se sintieron dioses. No, pues nada más lejos
de su pensamiento que considerarse lo que no eran. Sin embargo, sí creyeron ser
algo más que hombres, algo más que, al menos, el resto de los hombres.
Albergaban un poder inmenso en sus determinaciones y fue entonces cuando
tomaron conciencia de él. No eran iguales a nadie más. Por supuesto, no a los
indios que habitaban la selva, pero tampoco a los españoles que lo hacían
cómodamente en las islas o en Europa. Ellos inauguraban un nuevo modo de ser y
de sentirse, una nueva conciencia, una nueva percepción de lo que a cada cual
le es propio.
— ¿Qué tenemos aquí? —preguntó Balboa acercándose
al grupo. Al igual que los demás, había estado talando sin descanso. El sudor
le empapaba la ropa y hacía que sus largos mechones de pelo se le pegaran al
rostro. No obstante, no se había quitado la coraza. Ninguno de ellos lo había
hecho, pues hacerlo, desnudarse, habría significado una renuncia a su nueva
condición. Vestirse en mitad de la selva se había tornado en su más
característica seña de identidad.
—Pues se nos ha venido este indio, capitán
—informó, brevemente Crespo.
—Ya lo veo… —musitó Balboa yéndose hacia el
hombre—. Yo a ti te conozco.
El indio no movía un solo músculo. Levantó el
rostro hacia Balboa, dijo algo que nadie pudo entender y, de nuevo, bajó la
mirada.
— ¿Qué quiere, capitán? —preguntó Muñoz.
—A lo mejor ha venido a rendirse —sugirió
Gutiérrez.
— ¿Lo matamos, capitán? —intervino Camacho.
—Yo lo mataría cuanto antes —expresó Robledo—. Se
nos está haciendo tardísimo.
Balboa se acercó al indio, lo olisqueó y, después,
dio dos pasos hacia atrás.
—No ha venido a rendirse —dijo.
— ¿No? —preguntó Gutiérrez.
—Algo mejor todavía.
— ¿Mejor que la rendición?
—Mejor. Mandad que dejen de talar. Vamos, hacedlo
ya. Que paren todos ahora mismo.
La orden de Balboa necesitó un pestañeo para ser
llevada adelante. La mayoría de los compañeros talaba cerca, a no más de
cincuenta pasos el más alejado de ellos. En las horas que llevaban haciéndolo,
habían dejado tras de sí un rastro de devastación, pero también de grandeza: la
que demuestran los que están convencidos de que existe un destino más allá de
la razón, un destino que es inquebrantable y que están obligados a alcanzar.
Nada sino la perseverancia conseguía que la selva permitiese que alguien abriera
un claro de aquellas dimensiones en menos de una jornada de trabajo.
Cuando los compañeros cumplieron la orden de Balboa
y dejaron de cortar árboles, algunos se aproximaron con la intención de echar
un vistazo e interesarse por lo que pasaba con el indio. Otros, simplemente se
sentaron donde pudieron y trataron de descansar.
—A ti te conozco, ¿verdad? —insistió Balboa
dirigiéndose al indio—. Estabas junto a la cacica, detrás de ella. ¿Perteneces
a su consejo real? ¿Eres un gran çabra? ¿Parte de su familia? Sí, seguro que
sí…
El indio miraba a los ojos a Balboa, quien continuó
hablando:
—Siento lo de la reina, tío. Lo siento de veras. No
tuve demasiado tiempo para tratarla, pero me pareció una gran mujer. En fin,
tuvimos que matarla, ¿lo entiendes? Tuvimos que matarla para que comprendierais
que, en este bonito rincón del mundo, ahora mandamos nosotros. Me llamo Balboa
y solo quiero que entendáis que soy vuestro amigo, que, como acabas de ver, en
mi mano está suspender la tala de la selva, en mi mano está detener vuestro fin
como pueblo. Joder, tío, a mí me hace tan poca gracia como a ti todo esto… Pero
recuerda que empezasteis vosotros. Que esta mañana, al alba, teníais la
intención de someternos, o de matarnos, o de esclavizarnos, o de quién sabe
qué… Como comprenderás, nosotros no podemos permitir que eso suceda.
Balboa hablaba solo en mitad de la selva. Tanto el
indio como el resto de españoles escuchaban en silencio y no sin cierta
expectación en sus rostros.
El gesto que Balboa efectuó entonces determinaría
los años futuros de todas las personas que se encontraban en cuatrocientos
pasos a la redonda. Su número nunca habría de dilucidarse, pero digamos que
podían ser dos o tres millares. Más o menos.
El capitán español apuntó con el dedo índice de su
mano derecha al tramo de tierra que lo separaba del indio. El indio, que
obviamente no había comprendido la larga perorata de Balboa, sí entendió este
simple gesto. Venía preparado para él. Aguardándolo como única salida para su
gente.
Lentamente, con la cadencia propia de los que
tienen sangre noble corriéndole en las venas, el indio se arrodilló primero
para, después y con idéntica parsimonia, inclinar la cabeza hasta tocar el
suelo con la frente. No solo se rendía, sino que se postraba ante ellos y
mostraba una sumisión total y absoluta. Se ponía en manos de los españoles y en
manos de los españoles ponía el futuro de su pueblo. Que ellos, en este
momento, dispusieran.
A continuación, Balboa sabía lo que tenía que
hacer. No se trataba de nada que no hubiera hecho antes en todos y cada uno de
los cacicazgos que había pacificado para el rey.
—Yérguete —dijo. Y, al ver que el indio no lo
hacía, con un golpe de mentón ordenó a sus hombres que le obligaran a hacerlo.
—Venga, tío… —farfulló Cienfuegos mientras tomaba
al indio por las axilas y tiraba de él.
El indio no ofreció resistencia y se levantó. No
acababa de comprender cuáles eran las intenciones de los españoles, ni qué
sería de ellos en lo sucesivo. Tampoco había descartado la posibilidad de que
fueran a ejecutarlo. Lo matarían para después, tranquilamente, continuar
talando la selva hasta que no quedara uno solo de los suyos con vida.
—Tú te llamas Chiapes —dijo Balboa poniendo su dedo
índice en el pecho del indio.
El indio no comprendió.
—Ahora tú eres Chiapes —insistió Balboa golpeándole
repetidamente con la punta del dedo—. Eres el rey de este territorio, así lo
decidimos y así será. Queremos que este reino se convierta en un lugar seguro
para los españoles. Queremos que tú, Chiapes, lo gobiernes con buen juicio. No
sé si, en lo sucesivo, vendremos mucho por aquí, pero solo existe una ley: que
los españoles jamás seamos atacados.
Para hacerse comprender, Balboa buscó una lanza
corta de las que utilizaban los guerreros chiapeños. Tras la desbandada y el
desastre, había decenas de ellas olvidadas por todas partes. Cuando halló una,
Balboa se situó frente a Chiapes y la empuñó con la punta afilada en dirección
a su pecho. Hizo el gesto de clavársela y, después, negó con la cabeza. Acto
seguido, giró la lanza, la asió con fuerza y la dirigió hacia el pecho de
Cienfuegos. De nuevo, tras fingir que se la clavaba, negó con la cabeza mientras
miraba al nuevo rey. Necesitó un tercer intento con Robledo antes de que este
comprendiera qué pretendía comunicarle el español. Cuando lo hizo, cuando
entendió el mensaje, se apresuró a asentir. Por supuesto que no volverían a
atacarlos. Lo de hoy se había tratado de un lamentable error y nunca más lo
cometerían de nuevo. Habían aprendido la lección.
La lección tenía una segunda parte. Una que Chiapes
en modo alguno esperaba.
—Una cosa más, rey Chiapes —dijo Balboa. Miraba con
tanta fijeza al cacique que hizo que este se sintiera incómodo. Es la mirada
del jaguar cuando se dispone a saltar sobre su presa. Cuando ha llegado al
completo convencimiento de que ese es el instante adecuado, de que no existe
posibilidad alguna de salvación para la presa, de que él, el gran felino, tiene
la victoria en su mano. Es la mirada del jaguar al que, pese a todo, se le
ocurre una idea mejor—. Nosotros servimos al rey Fernando. Tú también, en realidad.
No existe un solo ser vivo en esta puta selva que no sirva al rey Fernando.
Pero ¿sabes qué? El rey Fernando está muy lejos de aquí. Ni te haces a la idea
de cuánto. De verdad, no te lo imaginarías. Fernando vive en otro mundo y, lo
que es más importante, nunca se tomará la molestia de venir a este. Esto, amigo
Chiapes, nos deja en una situación un tanto curiosa… Aquí, tú eres el rey y yo
soy el hombre al mando. Ambos respondemos ante alguien al que dudo que le
veamos el pelo alguna vez. ¿Qué tal si lo solucionamos por nuestra cuenta?
Chiapes intentaba sostener la mirada a Balboa.
Balboa, que se daba cuenta, ni por todo el oro de la Tierra habría renunciado a
aquella ventaja. Clavó aún más sus ojos en el indio. E hizo lo imprevisible.
—Toma —dijo arrebatando un hacha de las manos del
compañero más cercano a él y entregándosela al cacique—. Vamos, cógela. Es
tuya.
El indio titubeó un poco aunque, por fin, accedió a
lo que el español le proponía. Asió el hacha con ambas manos y se sorprendió de
lo pesada que era. Con ella, los extranjeros habían talado muchos árboles.
Decenas de los suyos se habían precipitado de sus copas y habían muerto o se
habían partido la espalda. Muchos yacían, todavía, malheridos o agonizantes.
Balboa, entonces, se quitó el yelmo y lo depositó
en el suelo junto a él. Muy despacio, procedió a arrodillarse frente a Chiapes
como aquella misma mañana lo había hecho frente a la Chiapes mujer que, más
tarde, matarían. Continuó, sin prisa, postrándose y dobló la espalda frente a
él. El nuevo rey reconoció los movimientos, pues se hallaba presente cuando
Balboa los llevó a cabo por primera vez. Por ello, no le sorprendió nada que
este terminara su postración alargando los brazos en el suelo, volviendo las
palmas hacia arriba y mostrándoselas, desnudas, al rey de la selva.
En ese momento, los sesenta y seis españoles
restantes imitaron a su capitán. Todos ellos dejaron las hachas en el suelo, se
arrodillaron primero y se postraron después. Reconocían a Chiapes el Segundo
como auténtico rey de las tierras ribereñas junto al mar del Sur. Él tenía el
poder del cacicazgo y a él rendían pleitesía.
Nadie fue tan tonto como para no comprender la
auténtica verdad que subyacía tras aquella representación. Los españoles
acababan de sustituir a una reina inconveniente por un rey conveniente. Ese rey
era su rey, el rey que ellos apoyaban, al que exigirían cuentas siempre que
quisieran y el que no se desviaría ni un palmo de los mandatos de los
españoles. El Darién pertenecía a España pero España la formaban sesenta y
siete tíos. Convenía, pues, delegar el poder en hombres que, como Chiapes el
Segundo, les serían leales hasta el día de sus muertes.
Fue entonces cuando comenzaron a hacer acto de
presencia algunos guerreros çabra. Junto a ellos, dos o tres pasos por detrás,
caminaban varios miembros del consejo real. Algunos lo habían sido de Chiapes
la Primera, y otros, la mayoría, lo serían de Chiapes el Segundo.
Intercambiaron algunas palabras entre ellos y los
españoles les dejaron hacer. Robledo y Burán se habían dormido. Fue poner la
frente en el suelo y apoderarse de ellos un sopor de esos que, por mucho que te
empeñes, eres incapaz de esquivar. En fin, sabían lo que seguía y sabían, al
tiempo, que aquello no les llevaría menos de una hora u hora y media. Podían
dar una cabezada de unos minutos y nadie se enteraría. Burán roncaba como un
animal salvaje, pero nadie se lo tuvo en cuenta. Mientras mantuvieran la frente
apoyada en la tierra y continuaran con los brazos extendidos hacia delante,
nada malo sucedería. En el improbabilísimo caso de que los chiapeños decidieran
atacarlos, y consideraban que existían más posibilidades de que la cúpula
arbórea de la selva se levantara sobre sus cabezas y desapareciera volando por
el cielo, un aviso bastaría para que despertaran de inmediato y desenvainaran
las espadas.
Cuando los indios terminaron de hablar o, por
expresarlo con mayor exactitud, cuando los españoles decidieron que los indios
ya habían tenido tiempo más que de sobra para decirse todo lo que debían
decirse, Balboa se reincorporó, se recolocó la coraza, observó a la media
docena de çabras que tenía frente a sí y volvió la cabeza para mirar hacia
atrás. Contempló, entonces, algo que no le gustó nada. O fingió que observaba
algo que no le gustaba nada, pues, en adelante, nada acabaría de ser cierto
aunque tampoco falso. Los españoles jugaban su juego y quien no lo comprendiera
de este modo se hallaba errando por completo. Los chiapeños, por supuesto, eran
de estos últimos.
—¡Capitán Pizarro! —gritó Balboa y su voz atronó en
mitad de la selva. Pizarro, como el resto de compañeros, estaba postrado ante
Chiapes el Segundo. Se encontraba junto a un grupo de españoles a una distancia
de unos cuarenta pasos de Balboa.
—¿Capitán? —preguntó Pizarro tras levantar la
cabeza. Tenía tierra y hierba pegadas a la frente, y tanto Chiapes el Segundo
como los miembros de su consejo lo advirtieron.
— ¿Por qué cojones no se postran los careteños?
—gritó Balboa.
Los porteadores careteños llevaban la jornada
entera ajenos a lo que sucedía. Ninguno tuvo los arrestos suficientes como
para, dadas las dificultades en las que se habían visto inmersos los españoles,
poner tierra de por medio y regresar a casa. Sin embargo, tampoco habían
participado en unos acontecimientos que, juzgaron, no iban con ellos. Lo suyo
era portar bultos. Cuando llegara la hora de hacerlo, se los echarían sobre las
espaldas y continuarían camino. Mientras tanto, permanecían a la expectativa.
Ninguno hablaba castellano tan bien como lo había
hecho el difunto Jerónimo, pero tampoco se habían caído de un guindo. Glups, se
dijo más de uno. Algo malo sucedería en breve. Conocían aquel tono. Reconocían
aquellas miradas que los tibás españoles se intercambiaban entre ellos. Mal
asunto, muy mal asunto…
—No tengo ni puta idea, capitán —respondió Pizarro.
—O sea, que nosotros le mostramos el más sentido de
los respetos al rey Chiapes, ¿y esta horda de hijoputas no se digna a agachar
la testuz?
—Eso parece, capitán.
—Pues habrá que hacer algo, ¿no, Pizarro?
—Yo diría que sí.
—Mira a todos los españoles aquí presentes,
Pizarro. Hasta el cura se halla respetuosamente postrado ante el rey Chiapes.
Me cago en toda mi santa vida, ¿por qué hostias no hacen lo mismo los
careteños?
—A lo mejor no les caen bien los chiapeños…
—Bueno, si te digo la verdad, a mí tampoco… Nos han
obligado a perder un día de marcha. Y me han matado a Jerónimo, maldita sea…
Pero un rey es un rey, aquí y en España. Y, ante un rey, la frente de sus
súbditos ha de tocar el suelo.
—Yo no lo habría expresado mejor.
Balboa se giró para mirar a Chiapes el Segundo.
Este seguía con atención la escena y tenía todos los sentidos puestos en ella
para que nada se le pasara por alto. Se sentía obligado a comprender qué estaba
sucediendo allí. Los extranjeros barbudos se lo pondrían fácil, esa fue la
verdad.
El capitán español sonrió a Chiapes y volvió a
girarse para dar la orden definitiva. Solo Pizarro se hallaba en pie. Solo
Balboa y Pizarro de entre todo el contingente español. Y los varios cientos de
careteños, claro, aunque esto lo solucionarían en breve.
—Que hasta el último de los careteños se postre
ante el rey Chiapes —ordenó Balboa.
Como accionados por un resorte oculto, los sesenta
y cinco españoles tumbados en el suelo con los brazos extendidos hacia delante
se pusieron en pie. Robledo y Burán se habían despertado por instinto, sin
necesidad de que nadie les diera un codazo. Reconocían las órdenes de Balboa
hasta en el más profundo de los sueños.
Las cosas como son, no les llevó demasiado esfuerzo
conseguir que los careteños hicieran lo que ellos pretendían. Se trataba de
cientos de indios que podrían haberse rebelado, pero también fueron cientos
antes y nunca funcionó. Fueron miles, miles de temibles guerreros, y un puñado
de españoles hambrientos y desdentados los doblegó. Lo que hoy les sucedía a
los chiapeños, lo habían sufrido ellos unos años atrás. Sabían cómo acabaría
esto. Sabían cómo acabaría todo.
Los compañeros la emprendieron a golpes con los
careteños e hicieron que se postraran. Aunque la inmensa mayoría no ofreciera
resistencia, ellos insistieron en infligirles un duro castigo. Deseaban que
Chiapes el Segundo lo contemplara. Eso sería lo que les sucedería a los que, en
adelante, no reconocieran la autoridad única del nuevo cacique.
Chiapes no pudo reprimir una línea de sonrisa en
sus labios. Fue leve, muy leve, pero estuvo ahí durante unos segundos y los
españoles repararon en ella. Se había tragado el cebo, el anzuelo, el hilo y
hasta la caña entera.
Cuando los careteños estuvieron inclinados ante
Chiapes, los españoles se mantuvieron en pie. Jamás volverían a arrodillarse
ante estos indios. De hecho, sería más bien al revés: ni uno de estos indios,
con su cacique a la cabeza, volvería nunca a cuestionar la autoridad de los
españoles. Ellos mandaban en aquella selva y, dado que apenas hacían acto de
presencia por aquellos lejanos parajes, no parecía un mal acuerdo. Ahora, los
chiapeños disponían de un poderosísimo aliado que les ayudaría frente a los enemigos
futuros. A cambio, les pedían paz y oro, pero ¿acaso no se trataba de un
magnífico acuerdo?
Al caer la noche, Chiapes el Segundo se acercó a
las hogueras en torno a las que se sentaban los españoles. Para entonces, su
autoridad se había consolidado por completo y hasta el más reacio de los
chiapeños lo reconocía como digno sucesor de su hermana muerta. Zzdac-Ya había
salvado al cacicazgo de la aniquilación y debían estarle agradecidos por ello.
Cuando el último de los chiapeños descendió de las
copas de los árboles, la noche era cerrada. Por orden de Balboa, debían
entregarles todo el oro del que dispusieran. Todo, pues como se enteraran de
que se guardaban algo, volverían a empuñar las hachas y continuarían talando en
el mismo punto donde lo habían dejado. Y cuidado, porque los perros locos
tenían hambre de nuevo.
Zzdac-Ya venía acompañado de su séquito. Se trataba
de un acto solemne, aunque ninguno de los españoles se dignó a ponerse en pie.
Entre inclinaciones de cabeza y frases incomprensibles, el rey Chiapes le hizo
entrega a Balboa de una niña de diez u once años de edad. La pobre cría, a la
que habían engalanado tan ricamente como les fue posible, miraba aterrorizada
al español. Balboa, que ya había pasado antes por esto, asintió. Tenía una
nueva esposa. Se la llevaría consigo a Santa María y la pondría junto al resto.
Diablos, ¿acaso a estos salvajes no les entraba en la cabeza que a ellos les
gustaban las mujeres de verdad?
Capítulo 17
Conquistaron un lugar lejano en el mundo
29 de septiembre de 1513, jueves
EL viaje hasta el mar del Sur no les llevó más de
cinco horas y lo realizaron veintiséis compañeros. Sin guías ni porteadores.
Nadie que les impidiera un rápido avance. Estaba ahí, sabían que estaba ahí,
que únicamente debían abrirse paso en el último tramo de maleza y arribar a la
playa. Fueron solos, solos, solos. Partieron a las nueve de la mañana y a las
dos de la tarde pisaban las arenas húmedas de la playa en marea baja. Resultó
un trayecto sencillo y sin dificultades.
La decisión de ir en un grupo reducido y selecto
fue de Balboa y, para qué ocultarlo, no resultó del agrado de nadie salvo de
los veinticinco españoles que acompañarían al capitán. El resto comprendía las
razones aducidas, pero vinieron a decir que dichas razones se las podía meter
Balboa por donde le cupieran. Había que dejar en Chiapes algo más que un retén
de hombres: el cacicazgo se hallaba completamente pacificado y el nuevo rey
bastante tenía con gozar de su recién adquirida corona, pero los españoles no
se fiaban. Jamás lo hacían, así que no existía motivo alguno para hacerlo
entonces. Balboa decidió, pues, que el grueso de la hueste permaneciera en las
casas de Chiapes mientras un grupito bien avenido realizaría el trayecto final.
Por supuesto, a cualquier efecto, se consideraría a la totalidad de españoles
presentes como descubridores del mar del Sur. Los que estaban, eran. No había
nada más que rebatir. Que cubrieran el último tramo del trayecto o se quedaran
en retaguardia protegiendo los bultos y a los porteadores no contaba a efectos
prácticos. Se les repartiría lo mismo que al resto, palabra de Balboa.
Siguió sin colar y hubo enconadas discusiones. Más
de uno se la juró en silencio a Balboa. Eso no se hacía, por el amor de Dios…
Uno no atraviesa montes y ciénagas, sufre mil penalidades, pone cien veces al
día su vida en peligro para, llegada la hora de la verdad, quedarse a una
caminata de distancia. Porque de eso se trataba y todos lo sabían. Hasta
lograban oler la sal del mar. Gutiérrez, que era de los que se quedaban,
aseguró que podía oír las olas. Todos callaron durante varios minutos y allí no
se escuchó ni el vuelo de una mosca. Intentaban averiguar si el compañero
estaba o no en lo cierto. Tenían una miríada de sonidos en torno a ellos: la
selva, para esto, siempre se mostraba generosa. Sin embargo, nadie pudo
corroborar las palabras de Gutiérrez. No, no escuchaban las olas. Que sí, se
reafirmó Gutiérrez. Poned más atención, carajo, que estáis todos alelados. Lo
hicieron, pues no había un solo hombre que no quisiera escuchar el rumor de las
tranquilas olas rompiendo en las playas de arena fina, aunque tuvieron que
rendirse a la evidencia: no se oía nada. Ergo, en consecuencia, Balboa reafirmó
su plan y ordenó que algunos fueran mientras otros se quedaban.
—Quiero que aseguréis un campamento como Dios manda
—le dijo al capitán Albítez, que había sido el elegido para capitanear a los
españoles que permanecerían en Chiapes—. Sin tonterías, ocupando las mejores
casas y previendo cualquier contingencia. Me da igual que estos indios hayan
aprendido la lección. Nosotros, a lo nuestro. No damos tregua, ¿entendido?
Albítez le asintió con el movimiento corto de
cabeza que se usa cuando no queda otro remedio pero tú, conforme, lo que se
dice conforme, no estás. Sabía que un capitán debía permanecer al frente de
cualquier acantonamiento. De hecho, así había sucedido con Olano, al que habían
dejado atrás en Quareca. Allí debería continuar, al frente de otro campamento
en retaguardia. Otra cosa no, pero cubrir la retirada era algo que los
españoles sabían hacer de maravilla. Es lo mínimo cuando avanzas por territorio
ignoto. Lo cual, a fuerza de hacerlo día sí y día también, tendía a
olvidárseles. ¿Quién puede tener siempre presente que la tierra que
constantemente pisa es tierra no pisada jamás por un europeo? Virgen, a todos
los efectos. Daban una zancada y el vasto territorio del rey Fernando se
ampliaba en exactamente una zancada. Y así, jornada tras jornada, siempre.
De forma que, en tan tonta manera, Albítez pasó a
formar parte del grupo de hombres que le guardaban algo a Balboa. Al final,
esto es como el borbotear del agua al fuego: cada burbuja no supone nada en sí
misma, pero si esperas el tiempo suficiente y permites que muchas burbujas se
formen al mismo tiempo, al final el agua hierve. Herviría, aunque no hoy.
El capitán Pizarro sí fue de los veintiséis
elegidos para la caminata final. De momento, él no se había convertido en
burbuja, pero lo haría, qué duda cabe. No una de las grandes, pues se
mantendría más o menos leal a Balboa hasta el final, aunque sí una de las
decisivas: el paisano que ahora caminaba mano con mano junto al gran capitán se
convertiría en el tipo que lo prendió para conducirlo al patíbulo. Así vivían
los españoles: nada era personal y nunca sabían de quién podía llegarte la
traición. Para deleite de Balboa, si es que los hombres que llevan décadas
muertos pueden experimentar algo parecido, el propio Pizarro moriría de manera
semejante muchísimo tiempo después. Pero esa es otra historia y debe ser
contada en otro lugar.
Junto a Balboa y a Pizarro, avanzaban Muñoz,
Cienfuegos, Camacho, Jaén, Burán, Malpartida, Ferrol, Díaz, Valderrábano,
Baracaldo… Los más cercanos al capitán. Esos en los que él, de confiar en
alguien, confiaría. Les regaló la primera entrada en el mar del Sur, que se
dice pronto. Los compañeros, que conocían a la perfección el alcance de un
gesto semejante, se lo agradecieron en silencio. Ningún territorio se considera
auténticamente conquistado hasta que quien lo conquista pone sus pies en él.
Debían, por tanto, ocupar el mar del Sur para hacerlo suyo. No bastaba, como ya
había sucedido, con avistarlo. Necesitaban entrar en él, penetrar en sus aguas,
permitir que estas les cubrieran hasta las rodillas, o la cintura, o el pecho
quizás. Solo así podrían reclamar el mar para ellos. Solo así cualquier otro
hombre sobre la faz del universo conocido se vería incapacitado para realizar
lo propio. Eran ellos los primeros, una vez más.
La selva, por su parte, continuaba tan testaruda
como siempre. No podían saberlo, claro, pero si aquí se comportaba de igual
forma a la que lo hacía en la costa del mar del Norte, no ofrecería advertencia
alguna de que su linde se aproximaba. Al contrario, podías estar luchando
contra el más espeso de los tramos de maleza, abriéndote paso palmo a palmo y
con enorme dificultad y, de pronto y como quien no quiere la cosa, la selva
terminarse allí mismo. Fin, y aparecía frente a ti una calmosa playa de arena brillante.
Como para prometérselas muy felices si no fuera aquel el territorio más
propicio para una emboscada. Por ello, se desenvainaba siempre antes de tocar
la arena. Se avanzaba con sumo tiento, con mil ojos, con cuidado extremo.
Habían perdido a demasiados compañeros en emboscadas playeras como para no
conocerse el percal. Aquello continuaba siendo territorio de Chiapes, se habían
asegurado bien, pero, una vez más, convenía no fiarse. El indio es indio y, en
cuanto te descuidas, abre branquias y respira como un pez. Nunca sabes por
dónde te va a salir.
—Ya estamos —dijo Baracaldo. Avanzaban, por primera
vez desde que partieran de Santa María de la Antigua, con las armaduras
completas. Se las habían calzado aquella mañana no porque supusieran que un
peligro mayor que los atravesados los aguardara a la vuelta de la esquina, sino
porque la conquista de un mar requería cierta elegancia. También en el culo del
mundo convenía mantener las formas. Ellos, para bien y para mal, no eran
salvajes caminando desnudos por la selva. Ellos eran españoles, soldados, hombres,
cristianos. Y por ese orden.
Cienfuegos se asomó entre unas ramas y observó un
trozo de playa. Habían llegado al borde de la selva, a su límite más
meridional.
—Tiene razón, capitán —confirmó dirigiéndose a
Balboa.
Los veintiséis compañeros se reagruparon. Apenas
ocupaban un trozo minúsculo de selva. Un espacio mínimo, insignificante.
Veintiséis tíos con las armaduras relucientes y respirando con dificultad
dentro de ellas. La selva, inmensa en cualquier dirección, los observó con
curiosidad. ¿Por qué algo tan menudo se comportaba de forma tan testaruda? ¿Qué
clase de seres eran estos? Y la pregunta más importante de todas las posibles:
¿Por qué?
Porque podían. O porque sí. No existían más
razones, llegados a este punto. Un punto en el que ni siquiera la gloria, la
fama y la riqueza explicaban, en su justa medida, un comportamiento tan extraño
que a los cronistas les faltarían palabras para describirlo. ¿Qué hacía que
veintiséis españoles nacidos en España hubieran cruzado un océano, vivido tres
años en el lindero norte de la selva, la hubieran atravesado después en un
viaje homérico para, por fin, hallarse allí, quietos, expectantes, en un recogimiento
que ni dentro de una catedral?
—Desenvainad —ordenó Balboa.
Los compañeros obedecieron de inmediato, aunque
cumplir la orden les llevó su tiempo. No estaban acostumbrados a portar también
la parte inferior de la armadura y aquello les dificultaba sobremanera los
movimientos. A Jaén se le trabó la espada en la vaina, se puso nervioso, se le
trabó aún más cuando intentaba liberarla y terminó jurando en hebreo. Con la
mirada, el capitán Pizarro lo reprendió. Aquel momento debía revestir la
gravedad que merecía. No habría muchos más océanos por descubrir y conquistar,
de manera que se comportarían como se esperaba de ellos. Cierto que, más tarde,
Valderrábano sabría vestir lo acaecido cuando lo describiera en el diario de la
expedición, pero, no obstante, convenía no dejar demasiados asuntos al albur de
un tío que, en fin, tampoco es que fuera excesivamente sutil de pluma.
—¿Vamos? —preguntó Muñoz, más por romper el
silencio que por otra cosa: la orden partiría de Balboa y de nadie más, y lo
sabían.
— ¿Y si…? —intervino, casi a renglón seguido,
Malpartida. Pero se calló de inmediato.
Nada desquicia más que sentir que alguien va a
decir algo realmente importante y, cuando se ha decidido a hacerlo, cambia de
opinión y no lo hace. A los compañeros, que como se ha dicho y se ha repetido
nunca discutían por casi nada, esto les sacaba de sus casillas. Si vas a decir
algo, dilo; si no lo vas a decir, ni lo intentes.
—Qué —rezongó Ferrol. Lo expresó sin inflexión
alguna en su tono. Como si ya estos asuntos estuvieran de más entre ellos
porque les bastaba la palabra desnuda. El resto, lo que acompaña a lo
enunciado, lo llevaban en las miradas, tan profundamente arraigado que
constituía una especie de idioma secreto. Un idioma que no se podía enseñar ni
transmitir. Te impregnaba él a ti cuando habías estado donde hombres como
aquellos lo estaban. Muy lejos del último asentamiento civilizado conocido, sí,
y también muy lejos en las profundidades de sí mismos.
—Nada —replicó Malpartida.
— ¿Cómo que nada? —insistió Ferrol—. ¿Qué ibas a
decir?
—Oye, tío —intervino Muñoz—, si tienes algo
importante que comunicarnos, este es el momento.
—No es importante —dijo Malpartida.
—Pero es algo —coligió Ferrol.
—Os digo que no es importante —se enrocó
Malpartida—. Solo que…
—Qué —volvió a gruñir Ferrol. Veintiséis hombres en
el linde de la selva con las armaduras puestas desde los pies a los yelmos y
las espadas en las manos. Veintiséis hombres apiñados en torno a una duda.
— ¿Y si resulta que dentro del mar hay monstruos?
—soltó, por fin, Malpartida.
— ¿Monstruos? —casi grita Balboa—. ¿Qué cojones
quieres decir con monstruos?
—Bueno, este es un mar desconocido para todos
nosotros —se explicó Malpartida—. Y para cualquier otro cristiano. No sabemos
nada de él. Nada de nada. ¿Quién nos dice que sus aguas no están atestadas de
monstruos?
— ¿Y por qué habrían de estarlo? —preguntó, sin
molestarse en ocultar su irritación, Balboa.
—No lo sé.
—Y si no lo sabes, ¿a qué viene tanta idiotez? No
hay monstruos habitando el mar del Sur.
—Solo digo que eso no lo sabemos.
A los compañeros, aquella aseveración final de
Malpartida les pareció de lo más sensata y, por tanto, asintieron. Las
armaduras de todos ellos, algo rígidas en sus articulaciones a causa de la
humedad de la selva, rechinaron un poco.
—Si los hay, lucharemos contra ellos —sentenció
Balboa, cambiando de discurso—. ¿No hemos llegado hasta aquí enfrentándonos a
peligros para los que ni siquiera existe nombre? Haremos lo mismo con los
monstruos.
Volvieron a rechinar los goznes de las armaduras.
Los compañeros se revolvían inquietos. La selva observaba. Hubo pájaros en la
cúpula arbórea que dejaron de piar. Ellos nada sabían de monstruos marinos,
aunque sí, paradójicamente, acerca de la más honda de las esencias humanas: el
miedo a lo desconocido.
—Ya hemos desenvainado, esa es la verdad
—reflexionó en voz alta Baracaldo. Su espada pesaba casi el doble que las del
resto. La armadura, forjada en un horno vizcaíno, estaba recorrida por arañazos
y abollones: el recuerdo de que, en efecto, ellos ya habían desenvainado porque
a nada más se dedicaban—. Si sobre la superficie del agua tranquila se levanta
la cabeza de una monstruosa serpiente marina, no le daré tiempo a que se venga
en contra de mí.
Balboa abrió los ojos y así, abiertos como platos,
miró al resto. Esa era la actitud, ¿de acuerdo? Matarían a los monstruos, los
matarían porque nada podía detenerlos.
— ¿Adelante? —preguntó el capitán.
—Ojo con los indios —avisó, siempre previsor,
Pizarro. Los monstruos marinos le daban miedo, a quién no, pero más se lo daban
los indios de la selva darienita: aquí, te descuidas un instante y el resto ya
está cavando un hoyo para ti. Andémonos con tiento y, sobre todo, cuidémonos de
los peligros que conocemos como reales.
El grupo de los veintiséis se coló por un hueco
abierto en la vegetación y accedió a una playa de arenas limpias. No demasiado
lejos, a unos ochenta pasos de distancia, el mar del Sur se extendía,
majestuoso, ante ellos. Ochenta pasos tras casi un mes de dura marcha no
suponían nada. Y lo suponían todo.
Debían entrar en el mar para considerarlo
conquistado. Es decir, debían recorrer esos ochenta pasos por la playa y,
después, alguno más en un agua que suponían salada.
—Observad en todas direcciones —indicó Pizarro.
Nadie quería sorpresas, pero Pizarro, como único capitán a las órdenes del
capitán, consideraba que aquella tarea, la de prevenir cualquier contratiempo,
recaía sobre sus hombros.
Los compañeros se desplegaron por la playa. Todavía
tenían la selva a sus espaldas y, si se hubieran girado, habrían contemplado
cómo esta cerraba el hueco en la vegetación que acababan de atravesar. Por
suerte para los españoles, carecían de la costumbre de girarse. Porque no
formaba parte de su carácter y porque, también hay que confesarlo, vistiendo
las armaduras al completo aquella maniobra se tornaba en poco menos que
imposible.
—Esto está desierto —dijo Camacho, que era el
hombre que más se había alejado del grupo. Cinco pasos exactos. Los había
contado, pues, en los momentos relevantes, los españoles se obsesionaban en
guardar constancia de hasta los más nimios movimientos. De un paso bien o mal
dado puede depender que, en el futuro, el rey te otorgue un feudo para que lo
gobiernes con juicio y mesura. Y quizás muchos de los allí presentes no
aspiraran a gran cosa, puede que a una ínsula o a algo de similar enjundia,
pero las aspiraciones lo son independientemente de su tamaño: anhelaban una
vida que, sin la menor duda, creían merecer. ¿Acaso no estaban a punto de hacer
frente a posibles monstruos marinos?
—Vuelve con nosotros, Camacho —ordenó Pizarro en
voz baja. No quería que los hombres se le desperdigasen por la playa.
—Solo he dado cinco pasos, capitán —repuso Camacho,
todavía a sus cinco pasos exactos de distancia.
—He dicho que regreses.
Camacho obedeció y, describiendo un círculo para
dar la vuelta en lugar de girarse simplemente sobre sus talones, deshizo el
camino andado y regresó con el grupo. Las espadas, empuñadas en las manos
diestras incluso por los zurdos, tocaban, con sus puntas, el suelo.
Valderrábano, que llevaba el diario de la expedición oculto en un bolsillo
interno de su camisa, trazó una cruz en la arena.
—Por si acaso —le dijo a Burán, quien se había
fijado en que lo hacía. Iban sin cura, muy a pesar del cura. Balboa no era nada
partidario de que, en los momentos verdaderamente cruciales, el cura estuviera
a su lado. Y no porque tuviera nada en contra del padre, Dios lo librara, sino
porque, en caso de indios hostiles o de monstruos marinos, un cura siempre
supone un problema: al final, y eso que del padre Vera no tenía la menor queja
pues siempre se comportaba como un compañero más, al cura hay que protegerlo,
lo cual te despista de tu objetivo principal. No se puede estar a arrancar
testas monstruosas y a proteger religiosos ensotanados. No al mismo tiempo. Así
que Balboa mandó que Vera se quedara junto al capitán Albítez. Ya bendeciría
más tarde, una vez que los hombres en avanzadilla se hubieran asegurado de que
no había más peligros que los habituales.
—Joder, qué bonito es… —dijo Jaén. A Jaén, como a
todos los hombres de tierra adentro, el mar siempre le parecía una cosa digna
de admiración. No ya este, que lo era para todos por nuevo para todos, sino
cualquiera: veían un océano y se embobaban admirándolo. Qué belleza, qué
esplendor, qué magnificencia. Si has nacido en un secarral, todo terreno
inundado te llama mucho la atención.
—Di que sí, tío —aceptó Balboa. Los veintiséis, de
nuevo agrupados, observaban el mar del Sur. Desde su posición actual, podían
escuchar, ahora sí, el sonido de las olas rompiendo en la orilla. Unas olas
pequeñas y muy espaciadas las unas de las otras que no supondrían un obstáculo
cuando penetraran en el mar. Incluso con las armaduras puestas.
—De acuerdo, esto es lo que vamos a hacer —comenzó
a hablar Pizarro. El honor de la conquista le correspondería a Balboa, pero el
avance por la playa era cosa suya. Tenía ochenta pasos de gloria que le
reportarían la ansiada fama: el capitán Pizarro guio a aquel puñado de
veintiséis españoles magníficos sobre la playa que los separaba del grandioso
mar del Sur.
Miraron los reflejos plateados que devolvía la
superficie del océano cuando la luz del sol se reflejaba en ella. Los
españoles, siendo muy diferentes los unos de los otros, parecieron el mismo.
Porque tenían aspectos distintos, unos altos y otros bajos, unos fornidos y la
mayoría flacos hasta la extenuación, pero algo los aunaba de una manera única:
aquellas miradas que veintiséis pares de ojos en veintiséis cabezas barbadas y
cubiertas por yelmos casi idénticos, aquellas miradas, entiéndase bien, eran la
misma mirada.
No miraban al mismo tiempo, sino que miraban como
un solo ente.
—Vamos a caminar hasta la orilla —continuó el
capitán Pizarro—. Todos a una, sin separarnos, sin romper el grupo. ¿Entendido?
Nadie respondió, lo cual, allí, significaba que
todos los compañeros se hallaban de acuerdo. Por otro lado, ¿qué podrían haber
objetado? ¿Que se lo habían pensado mejor y que daban media vuelta sin
conquistar el mar del Sur?
Los veintiséis comenzaron a dar pasos sobre la
arena. Les pareció que no estaba tan caliente como habrían esperado. Porque, y
ninguno de los presentes se substraía a esta sensación, todos contaban con
ideas preconcebidas acerca de lo que se toparían una vez alcanzado el punto en
el que ahora se encontraban. Los había que esperaban que el aire estuviera
enrarecido. O que tuvieran que abrirse paso entre conchas y caparazones huecos
de animales varados. Cienfuegos creía firmemente en la existencia de sirenas y
se preparaba para taparse los oídos y protegerse, así, de su canto fatal.
No obstante, la playa era de arena. No la
encontraron especialmente caliente ni especialmente fría. Solo arena, parecida
a la que se habían acostumbrado en la costa norte.
—Deteneos —ordenó Pizarro.
Los veintiséis habían cubierto un tramo de unos
quince pasos. Ninguno se había separado de la formación compacta porque hacerlo
suponía exponerse al más intenso de los aislamientos. Quien decidiera, en
aquella playa, alejarse de los otros, corría el riesgo de verse invadido por
una lengua de infinita soledad. Sería, por decirlo de algún modo, el hombre más
alejado de cualquier lugar conocido. Tendría a sus compatriotas muy cerca,
aunque de poco le valdría, pues una vez roto el vínculo, una vez cortado el cordón
umbilical, nada ni nadie podría volver a restablecerlo. Miraría, el hombre, al
resto, el resto le devolvería la mirada y comprenderían que aquella disposición
de sus cuerpos sobre la arena los condenaba a la incomprensión. Ni sabían
quiénes eran, ni lo sabrían jamás.
— ¿Por qué nos detenemos, capitán? —preguntó
Ferrol.
—Vayamos despacio —contestó, en voz baja, Pizarro.
El cielo continuaba encapotado, aunque, por suerte,
llevaban tiempo sin que la lluvia descargara sobre ellos. Les pareció bien, ya
que se encontraban al límite de los cambios soportables. Todo lo que les
sucedía era siempre tan distinto a todo lo que antes les había sucedido que
cualquier pequeña variante, cualquier modificación en torno al plan, podría
volverlos locos. No en un sentido figurado, ni literario, sino verdadero: se
habrían puesto a reír allá mismo, en mitad de la playa, se habrían despojado de
las armaduras y hasta de las ropas, habrían lanzado lejos sus espadas para, a
continuación y completamente desnudos, haberse puesto a bailar, agarrados de
las manos, sobre la arena.
Tenían las mentes tan colmadas de asuntos y
novedades que ni siquiera podían permitirse que el cielo escampara.
—Continuamos sin indios a la vista —informó Díaz.
—Bien, sigamos —repuso Pizarro.
De nuevo, retomaron la marcha. Caminaban muy
despacio porque la lentitud y la capacidad de atención que esta proporciona
constituían su único refugio. Dentro de sus fenomenales armaduras, solos en el
confín del mundo, se tenían a ellos mismos y a su parsimonia. Movían lento las
piernas para, quizás, contrarrestar la velocidad a la que se sucedían sus
pensamientos.
—Mirad la superficie del mar —dijo, de pronto,
Valderrábano. En circunstancias normales, el escribiente no abría la boca.
Nadie le hablaba demasiado y él no hablaba demasiado con nadie. Se esperaba que
fuese así ya que ninguno concebía que un hombre dedicado en cuerpo y alma a la
escritura pudiera, al tiempo, charlar distendidamente acerca de esto o de lo
otro.
— ¿Qué hay que ver? —inquirió Pizarro. Había vuelto
a detener la marcha y oteaba el horizonte marino.
—Sobreviven bajo ella las fuerzas que configuran el
destino —respondió Valderrábano.
— ¿El destino? —devolvió la pregunta Pizarro.
—El destino de todos nosotros —aclaró el
escribiente—. El que determina cuál será nuestra suerte dentro de una hora,
diez minutos, un suspiro.
— ¿Cómo podemos controlar al destino, Valderrábano?
—se interesó vivamente Pizarro.
—No podemos —zanjó el escribiente. Los compañeros
escuchaban sus palabras en sepulcral silencio. Quien más quien menos se daba
cuenta de que lo que allí se dilucidaba no eran minucias.
—Entonces, continuemos avanzando y que sea lo que
Dios quiera —zanjó Pizarro.
—Podemos aplacarlo —expresó, sorprendiendo a todos,
Valderrábano—. Al destino, me refiero.
— ¿Rindiéndole tributo, como si fuéramos indios?
—frunció el ceño bajo su yelmo Pizarro—. ¿Ofreciéndole un sacrificio para que
nos sea favorable?
—Yo pensaba en rezarle.
— ¿Al destino?
— ¿Por qué no?
—Puede que sea sacrílego.
— ¿Tú ves aquí a algún cura? Sin él, las decisiones
quedan a nuestro albedrío. Y estarán bien tomadas, no te preocupes. Que nadie
se altere.
—De acuerdo, recemos…
— ¿Qué pedimos exactamente? —solicitó Camacho que
se lo aclararan.
—Que nada se tuerza en el trecho que nos resta
—aclaró Valderrábano.
— ¿Qué podría torcerse, tío? — preguntó Camacho—.
Apenas son cincuenta pasos de distancia.
—Podría torcerse todo —dijo Valderrábano—. Y no
hablo de monstruos marinos.
—Entonces, ¿de qué hablas? —preguntó, una vez más,
Camacho, quien no acababa de comprender las palabras del escribiente. Jamás lo
habían visto tan dicharachero. Tan, si se quiere, preocupado por la
circunstancia presente. A ninguno le dio por pensar que la circunstancia
presente le atañía más a él que al resto, pues no existe descubrimiento, fama o
gesta sin relato que la sostenga. Y al relato lo guiaba él, lo constituía él,
surgía de su mano diestra.
—Hablo de algo más importante que nuestra propia
existencia —respondió Valderrábano.
—Nada es más importante que nuestra propia
existencia —repuso Camacho.
—No lo creas —dijo Valderrábano, quien, llevándose
la mano izquierda a su pecho, señaló el cuaderno oculto en el bolsillo cosido a
su camisa interior—. Esto es más importante que nosotros.
— ¿El diario de la expedición?
—El relato de lo que hicimos. De lo que hacemos.
Aquí residen la verdad y la fama. Somos estos que en el diario pone. Sois lo
que he escrito cada día, lo que escribiré dentro de un rato.
—Pero lo escrito, escrito está. Nada lo puede
cambiar.
Valderrábano cerró los ojos durante un momento. De
los veintiséis allí presentes, solo cinco sabían leer y escribir, Balboa y él
incluidos. Los demás desconocían siquiera los rudimentos más elementales. Siete
no podían garabatear su propio nombre. De ahí que ni se les pasara por la
cabeza la importancia de que el relato les sobreviviera intacto: ellos serían
lo allá escrito y nada más que eso.
Balboa dirigió la oración. Un padrenuestro
murmurado, pues bajar la voz hasta el susurro constituía la única forma de
recogimiento que se les ocurría.
—Amén —terminó Balboa.
—Amén —repitieron los hombres.
—No creo que el reino vaya a venir a nosotros
—especuló, un tanto inesperadamente, Díaz. No habría hablado así de hallarse
presente el padre Vera, pero dado que el cura no estaba…
— ¿Qué reino? —preguntó Balboa volviendo la vista
hacia la plateada superficie del mar.
—El reino del que se habla en el padrenuestro.
Venga a nosotros tu reino.
— ¿Ah, no? ¿Y eso por qué?
—No sé, capitán, no sabría decirlo… Pero a mí me da
que el reino no vendrá a nosotros porque… Espero que decir esto no sea pecado.
—Dilo de todas formas. Te he visto pecar muchas
veces, así que tampoco sería para tanto.
—Ya, pero me da a mí que esto es tomar el nombre de
Dios en vano.
— ¿Vas a insultar al Señor?
— ¡No!
—Pues entonces no es pecado.
—En ese caso, pienso que el reino no vendrá a
nosotros, sino que somos nosotros los que lo portamos. Nosotros llevamos el
reino sobre nuestras espaldas.
El grupo, a una indicación del capitán Pizarro, se
puso de nuevo en marcha. La orilla estaba cada vez más cerca. Ya podían
distinguir la espuma en las crestas de las olas y conchas, conchas blancas por
doquier.
—Con nosotros va el reino de Dios, de eso no me
cabe duda —reflexionó Balboa.
—Estoy con Díaz —intervino Muñoz en la
conversación—. A cada paso que damos, el reino de Dios se extiende.
— ¿No es ubicuo? —preguntó Baracaldo—. Porque yo
pensaba que…
—No, nada de eso —cortó Balboa, que había
observado, durante años, la labor de los curas. Solo allí donde ellos
bautizaban y cristianizaban, el reino de Dios se establecía. Y en aquella playa
no había curas, aunque sí cristianos de los pies a la cabeza. Servirían, de
momento—. Tenemos que caminar para que Dios llegue a todas partes.
—Pues debe estarnos realmente agradecidos, porque
caminar, lo que se dice caminar, lo hacemos de continuo. No había andado tanto
como en los últimos tres años.
—Yo diría que eso sí que es una blasfemia.
—Sí, puede.
Los compañeros guardaron silencio. A veinte pasos
de la orilla, volvieron a detenerse para echar el vistazo final.
— ¿Cómo lo ves? —preguntó Pizarro dirigiéndose a
Balboa.
—Tranquilo —respondió este mirando en todas
direcciones. La arena se había tornado húmeda y los pies se les hundían en
ella—. Valderrábano.
— ¿Qué, capitán?
—No anotes lo que acaba de decir Baracaldo.
—No pensaba hacerlo.
—Da la mejor versión de nosotros, tío.
—Lo haré, capitán.
—Olvida nuestros errores y ensalza los aciertos.
—Es lo que vengo haciendo desde el primer día.
—Convendría que le echara un vistazo a ese diario
antes de que…
—Sabes que es imposible, capitán. Yo soy quien
decide el relato. Es mi deber mantenerlo a salvo de cualquier injerencia.
— ¿Has escrito acerca de los monstruos?
—He escrito acerca de nosotros. Del reino que porta
nuestra presencia. Del poder de Dios, de nuestras manos y del modo que Él actúa
a través de ellas.
—Eso está bien. El Señor también tuvo sus más y sus
menos con los que no se rendían a su evidencia. Lo leí en la Biblia.
—Bondadoso con los débiles y sumisos. Inmisericorde
con aquellos que no se pliegan a la auténtica y verdadera fe.
—Tuvimos que hacerlo, ¿no, Valderrábano?
—Sí, tuvimos.
—Está en la Biblia, así que no le demos más
vueltas. Vaya en nuestras espadas su reino.
Un ave que tomaron por una gaviota los sobrevoló
mientras profería un agudo graznido.
— ¿Continuamos, Pizarro?
—Cuando quieras, capitán.
—No superéis el lugar donde rompen las olas,
¿entendido?
—Perfectamente.
—Vamos.
Los veintiséis retomaron el camino. Quince pasos,
diez pasos, siete pasos.
—Tengo una duda —dijo Jaén.
— ¿Ahora? —preguntó Pizarro.
—Sí, bueno… Creo que es importante.
El capitán Pizarro no detuvo la marcha pero
permitió que el compañero se expresara.
— ¿Qué duda?
— ¿Habéis querido decir que los monstruos somos
nosotros? ¿Que quizás el mar del Sur esté habitado solo por peces pacíficos y
que será ahora, con nuestra llegada, cuando todo eso cambie?
A cinco pasos del lugar que había indicado Balboa,
el grupo se detuvo. En adelante, se encargaría el capitán.
—Valderrábano no ha dicho eso —aclaró Pizarro.
—Entonces, ¿qué ha querido decir? —preguntó Jaén.
—Que no somos algo sencillo de concebir. Que, pese
a lo que quede escrito en el diario de la expedición, cada hombre que lo lea lo
juzgará como Dios le dé a entender.
—Eso no responde a mi pregunta.
Balboa, quien llevaba un par de minutos en silencio
con la vista fija en la superficie del océano que se extendía frente a ellos,
intervino sin siquiera girarse.
—No somos monstruos —dijo con voz clara y rotunda.
En ese momento, comenzó a caminar. Cubrió los cinco
pasos que lo separaban del mar y penetró en él. Notó cómo el agua se colaba a
través de su armadura, cómo le empapaba los pantalones. La arena del fondo se
había tornado más y más esponjosa y él se hundía en ella.
Cuando tuvo el agua a la altura de las rodillas,
consideró que era suficiente y se detuvo. Desde la orilla, los veinticinco
españoles restantes observaban.
— ¿Cómo va esto? —preguntó, en voz baja, Burán.
—Ahora tomará posesión del mar para el rey —le
respondió, casi en un murmullo, Díaz.
Sin embargo, Balboa permaneció allí largo rato sin
pronunciar una sola palabra. A la gaviota que antes los había sobrevolado, se
le unieron otras y pronto hubo no menos de media docena rondando sobre sus
cabezas.
—Tienes que decirlo, capitán —advirtió
Valderrábano.
Balboa lo sabía. Debía tomar posesión del océano
con los pies dentro de él y expresándolo en voz alta. Y Valderrábano necesitaba
oírlo para, así, anotarlo sin mentir en el diario de la expedición.
No obstante, había algo de placentero en el hecho
de retardar el instante de la gloria. Ya nada restaba, nada sino una frase.
Separaría los labios y la pronunciaría ante veinticinco testigos. Su nombre, de
esta forma, entraría en la historia, pues ninguna fama se parece a la de quien
ha descubierto algo tan inmenso.
Los veinticinco compañeros de la orilla comenzaron
a impacientarse. Poco a poco, y debido al peso de sus armaduras, se estaban
hundiendo en la arena blanda. Cienfuegos tosió y, al poco, Malpartida lo imitó.
— ¿Capitán? —inquirió Pizarro.
Balboa no se hizo de rogar. Con la mirada fija en
el horizonte, se aclaró la voz y procedió.
—Yo, Vasco Núñez de Balboa, tomo posesión del mar
del Sur y de todos sus territorios adyacentes en nombre del rey Fernando. Quien
venga detrás de nosotros queda advertido de que fuimos los primeros.
Las gaviotas se posaron a quince o veinte pasos de
ellos y se pusieron a graznar.
Balboa, tras terminar de hablar, se había quedado
quieto y silencioso. Los veinticinco hombres de la orilla observaban su espalda
mientras suponían que se hallaba disfrutando de un instante que no se repetiría
jamás.
—¿Y ahora qué? —preguntó, por fin, Ferrol.
Balboa comenzó a caminar describiendo un largo
semicírculo para, así, dar la vuelta y situarse en dirección a la orilla. Con
la parte inferior de la armadura inundada de agua, no resultó una tarea
sencilla, pero, cuando lo consiguió, se detuvo y sonrió a los compañeros. No
los separaban más de diez pasos.
—Esto no ha hecho más que empezar, tíos —dijo
Balboa alejando los brazos del cuerpo—. Ahora, nos reuniremos con los hombres
que hemos dejado en retaguardia y continuaremos con nuestra ruta.
— ¿Regresamos a casa? —se interesó Baracaldo.
Balboa bajó los brazos y caminó en dirección a la
orilla. Tenían la fama y la gloria aseguradas, pero no el botín.
— ¿Sin hallar antes El Dorado? —devolvió la
pregunta mientras salía del agua.
Refulgía.
Breve cronología
31 DE AGOSTO DE 1513, MIÉRCOLES . Víspera de la puesta en marcha de la
expedición de Vasco Núñez de Balboa que culminará con el descubrimiento del
océano Pacífico. En Santa María de la Antigua del Darién (actualmente,
Colombia), se celebra una misa y todos los expedicionarios se confiesan y
comulgan. Previamente, a mediados de agosto, ha partido por tierra una columna
de criados y esclavos que trasportan todo lo necesario para la empresa.
1 DE SEPTIEMBRE DE 1513, JUEVES . Balboa zarpa de Santa María en dirección a
Careta (actualmente, en Panamá). La flotilla la componen nueve canoas y un
pequeño navío. La compañía española la forman ciento noventa hombres.
4 DE SEPTIEMBRE DE 1513, DOMINGO . Las nueve canoas llegan a Careta.
5 DE SEPTIEMBRE DE 1513, LUNES . Arriba el navío.
6 DE SEPTIEMBRE DE 1513, MARTES . La fuerza exploradora, compuesta por
noventa y dos soldados, dos frailes y el propio Balboa, parte de Careta. El
resto de hombres permanece en Careta a modo de retén en lo que será el
campamento general de Balboa. Junto a los españoles, avanzan unos seiscientos
porteadores, criados y mujeres.
8 DE SEPTIEMBRE DE 1513, JUEVES . Al anochecer, tras dos días de marcha,
llegan a Ponca. El cacique Ponca huye a la selva y los españoles dedican los
siguientes cuatro días a buscarlo.
13 DE SEPTIEMBRE DE 1513, MARTES . Hallan al cacique Ponca y lo llevan a
presencia de Balboa. Los españoles permanecen en Ponca durante una semana más.
20 DE SEPTIEMBRE DE 1513, MARTES . Doce hombres enfermos son enviados de
regreso a Careta. El resto, emprende marcha hacia Quareca.
24 DE SEPTIEMBRE DE 1513, SÁBADO . Por la tarde, llegan a Quareca. Han tardado
cinco días en cubrir solo diez leguas (unos cincuenta kilómetros). Entablan una
brutal batalla contra los quarecas, que son indios caribes. Posteriormente,
ejecutan a varios indios que toman por homosexuales travestidos.
25 DE SEPTIEMBRE DE 1513, DOMINGO . Sesenta y siete hombres parten de Quareca
en dirección hacia el sur.
27 DE SEPTIEMBRE DE 1513, MARTES . Llegan a un punto alto de la sierra de
Quareca, en territorio del cacique Chiapes, desde donde Balboa avista, por
primera vez, el océano Pacífico. Son las diez de la mañana, Balboa ha subido
solo al alto y es un rato después cuando el resto de la compañía lo alcanza.
29 DE SEPTIEMBRE DE 1513, JUEVES . Balboa, junto a veinticinco hombres, llega
a una playa y toma posesión del océano Pacífico en nombre del rey Fernando.
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