Libro N° 9825. Consejero Krespel. Hoffmann, E.T.A.
© Libro N° 9825. Consejero Krespel. Hoffmann, E.T.A. Emancipación. Abril 16 de 2022.
Título original: © Rat Krespel, E.T.A. Hoffmann (1776-1822)
Versión
Original: © Consejero Krespel. E.T.A. Hoffmann
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://elespejogotico.blogspot.com/2009/10/consejero-krespel-eta-hoffmann.html
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://img.freepik.com/vector-gratis/fondo-acuarela_220290-40.jpg?t=st=1648320933~exp=1648321533~hmac=6dd73d3f6642d81581b34dceafc1820c07f4796b542f7c126c8c549dd3e2fa3a&w=740
Portada E.O. de Imagen original:
https://4.bp.blogspot.com/-AZEfoFnG-fw/WiqBvUlaBBI/AAAAAAAAnJo/_0V3e1eu30EG6wBJvzsBPeF06_j8SSRvgCLcBGAs/s640/consejero_krespel_hoffmann.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
E.T.A. Hoffmann
Consejero Krespel
E.T.A. Hoffmann
El consejero Krespel era uno de los hombres más
extraordinarios con que he tropezado en mi vida. Cuando fui a H. para pasar una
temporada, toda la ciudad hablaba de él, pues acababa de realizar una de sus
excentricidades. Krespel era famoso como hábil jurista y como diplomático. Un
príncipe reinante de Alemania, de segunda categoría, se había dirigido a él
para que redactase una Memoria en la que quería hacer constar sus bien fundados
derechos a cierto territorio y que pensaba dirigir al emperador. Consiguió su
objeto, y recordando que Krespel se había lamentado una vez de no encontrar
casa a su gusto, se le ocurrió al príncipe, para recompensarle por su obra,
comprar la casa que eligiera Krespel; este no aceptó el regalo en esta forma,
sino que insistió en que se le hiciera la casa en el hermoso jardín que había a
las puertas de la ciudad.
Compró toda clase de materiales y los llevó allí;
luego se le vio, durante días enteros, con su extraordinaria vestimenta —que se
mandaba hacer según modelos especiales—, matar la cal, cribar la arena,
amontonar ladrillos, etc. No trató con ningún maestro de obras ni pensó
siquiera en un plano. Un buen día se fue a ver a un maestro de obras de H. y le
rogó que a la mañana siguiente, al amanecer, estuviera en el jardín con
oficiales, peones y ayudantes para edificar la casa. El maestro de obras le
preguntó, como era natural, por el proyecto, y se asombró no poco cuando
Krespel le respondió que no lo necesitaba y que todo saldría bien sin él.
Cuando al día siguiente, el maestro y sus obreros estuvieron en el sitio
indicado, se encontraron con una hondonada cuadrada, y Krespel le dijo:
—Aquí hay que fundar los cimientos de mi casa, y
luego las cuatro paredes, que subirán a la altura que yo diga.
—¿Sin puertas ni ventanas? ¿Sin muros de través?
—preguntó el maestro, asustado de la locura de Krespel.
—Ni más ni menos que como le digo, buen hombre
—repuso Krespel tranquilamente—. Lo demás ya irá saliendo.
Sólo la promesa de una recompensa crecida pudo
convencer al maestro para edificar tan extraño edificio; pero jamás se ha hecho
nada con más alegría, pues los obreros, que no abandonaban la obra porque allí
se les daba de comer y de beber espléndidamente, levantaban las paredes con
gran rapidez, hasta que un día Krespel dijo:
—Basta ya.
Pararon los martillos y las llanas; los obreros se
bajaron de los andamios y rodearon a Krespel preguntándole muy sonrientes:
—¿Qué hacemos ahora?
—¡Dejadme pensarlo! —exclamó.
Y se marchó corriendo al extremo del jardín, desde
donde volvió muy despacio hasta el cuadrado construido; al llegar al muro movió
la cabeza de mal humor, se dirigió al otro extremo del jardín, volvió a la
edificación y repitió los mismos gestos de antes. Varias veces realizó la
operación, hasta que al fin, corriendo, con la cabeza levantada hacia el muro,
exclamó:
—Aquí, aquí me tenéis que abrir la puerta.
Dio las medidas en pies y pulgadas y se hizo como
él quiso. Entró en la casa sonriendo satisfecho, cuando el maestro le hizo
observar que las paredes tenían la altura de una casa de dos pisos corrientes.
Krespel recorrió el recinto muy preocupado, llevando detrás a los obreros con
los picos y los martillos, y de repente gritó:
—Aquí una ventana de seis pies de altura y cuatro
de ancho. Allí una ventanita de tres pies de alto y dos de ancho.
E inmediatamente quedaron abiertas.
Precisamente en esta ocasión fue cuando yo llegué a
H., y era muy divertido ver cientos de personas que rodeaban el jardín lanzando
gritos de júbilo cada vez que caían las piedras dando forma a una ventana donde
menos se lo podía figurar nadie. El resto de la casa y todos los trabajos
necesarios para ella los hizo Krespel del mismo modo, colocando todas las cosas
según se le ocurría en el momento. Lo cómico del caso, el convencimiento cada
vez más cierto de que al cabo todo se acomodaría mejor de lo que era de
esperar, y sobre todo la liberalidad de Krespel, completamente natural en él,
tenía a todos muy contentos. Las dificultades que surgieron con aquella manera
absurda de edificar se fueron venciendo poco a poco y no mucho tiempo después
se veía una hermosa casa que por fuera tenía un aspecto extraño, puesto que
ninguna de las ventanas eran iguales, pero en el interior tenía todas las
comodidades posibles. Todos los que la veían lo aseguraban así, y yo mismo pude
convencerme de ello cuando me la enseñó Krespel después de conocerme.
Hasta aquel momento, yo no había hablado con este
hombre extravagante, pues la obra le tenía tan ocupado que no acudió ni un solo
día, como era costumbre suya, a las comidas de los martes en casa del profesor
M., y le contestó a una invitación especial, que mientras no inaugurase su casa
no saldría a la puerta de la calle. Todos los amigos y conocidos esperaban una
gran comida con tal motivo; pero Krespel no invitó más que al maestro, con los
oficiales, los peones y los ayudantes que edificaron su casa. Los obsequió con
los más exquisitos manjares; los albañiles devoraron sin tino pasteles de
perdiz; los carpinteros de armar se atracaron de faisanes asados, y los peones,
hambrientos, se hartaron por aquella vez de fricasse de trufas. Por la noche
acudieron sus mujeres y sus hijas y se organizó un gran baile. Krespel bailó un
poco con la mujer del maestro; luego se colocó junto a los músicos y, tomando
un violín, dirigió la música hasta el amanecer.
El martes siguiente a esta fiesta, que el consejero
Krespel dio en honor del pueblo, lo encontré al fin, con gran alegría por mi
parte, en casa del profesor M. Cosa más extraña que la manera de presentarse de
Krespel no se puede dar. Tieso y desgarbado, a cada momento se figuraba uno que
iba a tropezar con algo y hacer una tontería; no ocurrió así, sin embargo, a
pesar de que más de una vez la dueña de la casa palideció al verlo moverse
alrededor de la mesa donde estaban las preciosas tazas, o cuando maniobraba
delante del magnífico espejo que llegaba al suelo, o cuando cogía el jarrón de
porcelana y lo alzaba en el aire para contemplar sus colores. En el despacho
del profesor fue donde Krespel hizo más cosas raras por curiosearlo todo,
llegando hasta a subirse en una butaca tapizada para alcanzar un cuadro y
volverlo luego a colgar.
Habló mucho y con vehemencia, saltando de un asunto
a otro —sobre todo en la mesa—, o insistiendo en una idea como si no pudiera
apartarse de ella y metiéndose en un laberinto en el que no se lograba
entenderle, hasta que por fin dejaba el tema y la emprendía con otro. Su voz
era unas veces alta y chillona, otras apenas perceptible, otras cantarina, y
nunca estaba de acuerdo con lo que Krespel decía. Se hablaba de música,
encomiando a cierto compositor, y Krespel se echó a reír, diciendo con su voz
cantarina:
—Yo quisiera que el demonio, con su negro plumaje,
metiera en el infierno, a diez mil millones de toesas, al maldito retorcedor de
notas.
Y luego, alto y con vehemencia:
—Es un ángel del cielo, que dedica a Dios sus
notas. Su canto es todo luz.
Y se le saltaban las lágrimas.
Hubo que hacer un esfuerzo para recordar que una
hora antes habíamos estado hablando de una cantante. Se sirvió asado de liebre,
y yo observé que Krespel limpiaba con mucho cuidado los huesos que le tocaron y
trató de obtener informaciones precisas de las patas de la liebre, las cuales
le dio, sonriendo amablemente, la hija del profesor, muchacha de cinco años.
Los niños miraron al consejero Krespel con mucha amabilidad durante la comida,
y al terminar se levantaron y se acercaron a él, pero con cierto respeto y
manteniéndose a tres pasos de distancia.
¿Qué va a ocurrir aquí?, me pregunté a mí mismo.
Se alzaron los manteles; el consejero Krespel sacó
del bolsillo una cajita, en la cual tenía un torno de acero, lo sujetó a la
mesa y empezó a tornear con gran habilidad y rapidez con los huesos de la
liebre toda clase de cajitas y libritos y bolitas, que los chicos acogieron con
gran algazara. En el momento de levantarnos de la mesa, la sobrina del profesor
preguntó:
—¿Qué hace nuestra querida Antonieta, querido
consejero?
Krespel puso una cara como la del que muerde una
naranja agria y quiere demostrar que le ha sabido dulce, convirtiéndose esta
expresión en otra completamente hosca y en la que se podía vislumbrar, a mi
parecer, mucho de ironía infernal.
—¿Nuestra? ¿Nuestra querida Antonieta? —preguntó
con voz arrastrada y desagradable.
El profesor acudió en seguida. En la mirada
amenazadora que dirigió a su sobrina comprendí que había tocado una cuerda
sensible en Krespel.
—¿Cómo va con el violín? —le preguntó el profesor,
tomando al consejero las dos manos.
El rostro de Krespel se alegró, y con su tono de
voz fuerte respondió:
—Perfectamente, querido profesor. Hoy mismo, he
abierto el magnífico violín de Amati, del que ya le conté por qué casualidad
vino a parar a mis manos. Espero que Antonieta habrá desmontado lo restante.
—Antonieta es una buena chica —continuó el
profesor.
—Así es, en efecto —repuso el consejero.
Y tomando su sombrero y su bastón salió
precipitadamente del cuarto. En el espejo vi sus ojos húmedos de lágrimas. En
cuanto se hubo marchado insté al profesor para que me dijera qué tenía que ver
con el violín y sobre todo con Antonieta.
—¡Ah! —exclamó el profesor—. Así como el consejero
es en todo un hombre extraño, del mismo modo resulta en la construcción de
violines.
—¿En la construcción de violines? —pregunté
asombrado.
—Sí —siguió el profesor—. Krespel construye los
mejores violines que se pueden hallar en nuestra época, según la opinión de los
entendidos; antes solía permitir algunas veces que alguien tocase en ellos,
pero hace mucho tiempo que no ocurre así. En cuanto construye un violín toca
con él una o dos horas, con gran fuerza y expresión, y luego lo cuelga junto a
los otros que posee, sin volver a tocarlo ni permitir que nadie lo toque.
Cuando encuentra en cualquier parte un violín de un maestro famoso, lo compra al
precio que sea, toca en él una vez, lo deshace para ver cómo está construido y,
si no encuentra lo que busca, lo tira a una gran caja llena de violines
deshechos.
—¿Y quién es Antonieta? —pregunté con vehemencia.
—Esa sería una cosa —repuso el profesor— que me
induciría a despreciar al consejero si no estuviera convencido de que en el
fondo hay algo que está unido al carácter bondadoso de Krespel. Cuando, hace
muchos años, el consejero llegó a H. vivía como un anacoreta, con un ama de
gobierno, en una casa oscura de la calle de... Sus excentricidades despertaron
la curiosidad de los vecinos, y en cuanto él lo advirtió buscó y encontró
amistades. Lo mismo que en mi casa, se habituaron a él en todas partes, al punto
de resultar indispensable. No obstante su exterior áspero, los niños le tomaban
cariño en seguida, sin llegar nunca a molestarle, pues a pesar de sus
familiaridades siempre le profesaron un cierto respeto que le ponía a cubierto
de los abusos.
»Ya ha visto usted cómo sabe ganarse el afecto de
los niños. Todos le teníamos por solterón y nunca protestó por ello. Después de
llevar aquí algún tiempo hizo un viaje, nadie supo a dónde, y regresó a los
pocos meses. A la noche siguiente del regreso de Krespel se vieron las ventanas
de su casa iluminadas de un modo inusitado, lo cual llamó la atención de los
vecinos, y mucho más al oír una voz de mujer que cantaba acompañada por un
piano. Luego sonaron las cuerdas de un violín, haciendo la competencia a la
voz. Se supo que quien tocaba era el consejero. Yo mismo figuraba entre la
multitud que el extraordinario concierto reunió delante de su casa, y puedo
asegurarle a usted que en mi vida he oído nada parecido y que el arte de las
más famosas cantantes me resultó en aquel momento soso y sin atractivos. No
tenía la menor idea de aquellas notas sostenidas, de aquellos arpegios, de
aquel subir hasta lo más alto del órgano y descender hasta lo más bajo.
»No hubo una sola persona que no se sintiera
invadida por el encanto dulcísimo, y cuando la cantante calló sólo se oyeron
suspiros. Sería ya media noche cuando oímos hablar al consejero; al parecer y
por el tono, otra voz masculina le hacía reproches, y una voz de mujer que se
quejaba. Cada vez con más vehemencia gritaba el consejero, hasta que al fin
habló en el tono bajo que usted conoce. Un grito más alto de la mujer le
interrumpió; luego todo quedó en silencio de muerte. De súbito se abrió la
puerta y apareció en ella un joven que sollozando se metió en una silla de
posta que estaba parada allí cerca y que desapareció inmediatamente. Pocos días
después, se presentó el consejero muy satisfecho y nadie tuvo valor para
preguntarle nada sobre aquella famosa noche. El ama de gobierno contó a los que
le preguntaron que su amo había traído una joven lindísima que se llamaba
Antonieta y que era la que cantaba tan primorosamente.
»También los acompañó un joven que se mostraba muy
obsequioso con Antonieta y que debía de ser su novio; pero por voluntad de
Krespel se había marchado en seguida. Las relaciones de Antonieta con el
consejero son hasta ahora un secreto; pero lo cierto parece que tiraniza de un
modo cruel a la pobre muchacha. La guarda como el Doctor Bartolo de El barbero
de Sevilla a su pupila, al punto que apenas si la permite asomarse a la
ventana. Si alguna vez, y a fuerza de muchos ruegos, la lleva a una reunión, la
persigue con mirada de Argos y no permite que cante ni toque ni siquiera una
nota, cosa que, por lo demás, tampoco hace dentro de casa. El canto de
Antonieta en aquella famosa noche ha llegado a ser para la ciudad como una
fantasía o una leyenda maravillosa, y hasta los que la oyeron suelen decir
cuando oyen a alguna cantante que viene: «Valiente flauta. La única que sabe
cantar es Antonieta.
Usted sabe que yo soy muy aficionado a estas cosas
fantásticas y, por lo tanto, comprenderá que fue para mí una necesidad el
conocer a Antonieta. Había oído muchas veces la opinión del público sobre el
canto de Antonieta; pero no sospechaba yo que la maravilla estuviese en este
mismo pueblo y encerrada y tiranizada por Krespel. Consecuencia natural de mi
fantasía fue oír a la noche siguiente el canto de Antonieta, y como quiera que
en un adagio —que me resultó tan risible como si lo hubiera compuesto yo— me
conjuró del modo más conmovedor a que la salvase, decidí penetrar en casa de
Krespel como Astolfo en el castillo encantado de Alcineo y salvar a la reina
del canto.
Pero ocurrió precisamente lo contrario de lo que yo
pensara, pues apenas vi dos o tres veces al consejero y hablé con él sobre la
estructura de los violines me invitó a visitar su casa. Así lo hice y me enseñó
todo el tesoro que poseía en violines. En una habitación había colgados unos
treinta, entre ellos uno que tenía todas las trazas de una respetable
antigüedad —con cabezas de león talladas, etcétera— y que, colgado un poco más
alto que los demás y con una corona de flores, parecía reinar sobre los otros.
—Este violín —dijo Krespel, respondiendo a mis
preguntas—, este violín es muy notable; es una pieza admirable de un maestro
desconocido; a mi parecer, de tiempos de Tartini. Estoy convencido de que en el
fondo de su estructura hay algo especial y que en cuanto lo desarme descubriré
el secreto tras el cual ando hace mucho tiempo; pero... ríase de mí si
quiere..., esta cosa muerta, que sólo vive mediante mi mano, me habla a veces
de un modo extraño, y el día que toqué este violín por primera vez me pareció
que yo no era sino el magnetizador que despertaba a la sonámbula que me
anunciaba su presencia con palabras armoniosas. No crea usted que soy tan tonto
que dé importancia a tales fantasías; pero lo que sí puedo asegurarle es que no
me he atrevido a deshacer este instrumento. Y ahora me alegro de no haberlo
hecho, pues desde que Antonieta está aquí toco en él y a la muchacha le gusta
mucho oírlo.
Estas palabras las pronunció el consejero muy
conmovido, lo cual me animó a preguntarle:
—Mi querido amigo, ¿no querría usted hacerlo
también en mi presencia?
Krespel puso un gesto agridulce y me respondió con
su voz arrastrada y cantarina:
—No, querido compañero.
Con aquella respuesta quedaba la cosa
indefinidamente aplazada. Luego me entretuvo enseñándome toda clase de rarezas,
y al fin cogió una cajita, y sacando de ella un papel me lo puso en la mano
diciéndome:
—Usted es un aficionado al arte; acepte este
obsequio como un recuerdo que le ha de ser caro sobre todas las cosas.
Y con estas palabras me empujó suavemente hacia la
puerta y me abrazó en el umbral. En realidad, me había puesto de patitas en la
calle. Cuando desdoblé el papel me encontré con un trocito como de una octava
de pulgada de una prima y un letrerito que rezaba: De la prima que tenía el
violín de Stamitz cuando dio su último concierto.
El modo con que me echó de su casa Krespel cuando
hice mención de Antonieta pareció demostrarme que nunca llegaría a verla; pero
no fue así, pues el día que fui a visitar por segunda vez al consejero la
encontré en el cuarto de este, ayudándole a armar un violín. El aspecto
exterior de Antonieta no era nada notable a primera vista; pero fijándose en
ella quedaba uno suspenso de sus ojos azules y de sus hermosos labios rojos y
de su aire dulce y amable. Estaba muy pálida; pero apenas se decía algo espiritual
o alegre sonreía dulcemente, arrebolándose sus mejillas, que luego quedaban
cubiertas de un ligero rubor. Sin encogimiento alguno hablé con Antonieta, sin
advertir durante la conversación la mirada de Argos del consejero que le
atribuyera el profesor; antes al contrario, continuó en su actitud corriente y
hasta me pareció que aprobaba mi conversación con la joven. Repetí con alguna
frecuencia las visitas a casa del consejero, y ocurrió que los tres nos
habituamos a vernos y formamos un círculo muy agradable.
Krespel me resultaba sumamente divertido con sus
bromas; pero lo que me producía un verdadero encanto y me hacía soportar toda
clase de cosas que en cualquier ocasión me habrían hecho impacientar, era
Antonieta. En las rarezas y excentricidades propias del consejero se mezclaba
mucho de soso y aburrido. Sobre todo observé que en cuanto hablábamos de
música, particularmente de canto, sonreía con su expresión diabólica y decía
alguna cosa incongruente y vulgar con la voz cantarina. En la profunda
turbación que en tales momentos se leía en las miradas de Antonieta advertí
claramente que aquello tenía por objeto evitar que yo le pidiera que cantase.
No me di por vencido. Con los obstáculos que Krespel me ponía creció mi deseo
de vencerlos y de oír cantar a Antonieta para no ahogarme en sueños y ansias.
Una noche estaba Krespel de extraordinario buen humor; había desarmado un
violín antiguo de Cremona, encontrándose con que el alma estaba colocada media
línea más inclinada de lo usual. ¡Oh admirable experiencia!
Conseguí que se entusiasmase hablando del arte de
tocar el violín. La manera de interpretar los grandes maestros, los verdaderos
cantantes de que hablaba Krespel, trajo sin buscarla la observación de que
ahora se volvía sin poderlo remediar a la afectación instrumentalista que tanto
dañaba al canto.
—¿Hay nada más insensato —exclamé yo, levantándome
presuroso y dirigiéndome al piano, que abrí sin más rodeos—, hay nada más
insensato que esa manera retorcida que en vez de música parece como si las
notas fuesen guisantes vertidos en el suelo?
Canté algunas de las fermatas modernas, que sonaban
a ratos como un peón suelto, desafinando en algún momento a sabiendas. Krespel
se reía con toda su alma.
—¡Ja, ja! Me parece que estoy oyendo a uno de
nuestros italianos-alemanes o alemanes-italianos atreverse con un aria de
Pucitta, o de Portogallo o de cualquier otro maestro di capella o schiavo d'un
primo uomo.
Creí que había llegado el momento.
—¿No es verdad —dije, dirigiéndome a Antonieta—, no
es verdad que Antonieta no sabe nada de estos canturreos?
E inmediatamente entoné una deliciosa canción del
viejo Leonardo Leo. Se arrebolaron las mejillas de Antonieta, sus ojos
brillaron con brillo inusitado, se acercó al piano, abrió los labios, pero en
el mismo instante la separó Krespel; me tomó a mí por los hombros y exclamó en
voz chillona de tenor:
—Hijito... Hijito... Hijito.
Y luego continuó, murmurando a media voz y
tomándome de la mano:
—En realidad, faltaría a todas las leyes de la
urbanidad y a todas las buenas costumbres, mi querido señor estudiante, si
expresase en alta voz mi deseo vivo y ferviente de que el mismísimo demonio le
agarrase en este momento por el pescuezo y le llevase a sus dominios; sin
llegar a eso, puede usted comprender, querido, que como está muy oscuro y no
hay faroles encendidos, si yo le echara por la escalera abajo es posible que se
hiciera usted daño en algún miembro importante. Lárguese de mi casa, pues, sin
dilación y recuerde con todo el cariño que quiera a su buen amigo, a cuya casa,
entiéndalo bien, a cuya casa no debe volver nunca.
Con estas palabras me abrazó y se volvió,
sujetándome bien, dirigiéndose hacia la puerta de modo que no me fue posible
mirar a Antonieta. Comprenderá usted que en mi situación no era posible que yo
pegase al consejero, que era lo único que se me ocurría. El profesor se rió
mucho de mí y me aseguró que el consejero había acabado para él. Hacer el amor
al pie de la ventana y rondar la casa no entraba en mis cálculos, pues para
ello estimaba demasiado a Antonieta, mejor dicho, la consideraba como sagrada. Dolorido
profundamente, abandoné H.; pero, como suele suceder, los vivos colores de
aquel cuadro fantástico fueron palideciendo, y Antonieta y su voz, que nunca
había oído, se me representaron al cabo del tiempo como una luz rosada.
A los dos años estaba yo en B. y emprendí un viaje
por el sur de Alemania. En el crepúsculo rojizo aparecieron ante mi vista las
torres de H. Conforme me iba acercando a la ciudad me sentía invadido de un
sentimiento de angustia inexplicable; parecía como si me hubieran puesto en el
pecho un peso enorme; no podía respirar; tuve que salirme del coche. Aquella
opresión llegó a producirme hasta dolor físico. Al rato creí oír los acordes de
un coro que flotaban en el aire, se hicieron más precisas las notas; distinguí
notas masculinas que cantaban un himno religioso.
—¿Qué es eso? ¿Qué es eso? —pregunté, sintiendo
como si me atravesasen el pecho con un puñal.
—¿No lo ve usted? —respondió el postillón, que iba
sentado junto a mí—. ¿No ve usted que están enterrando a una persona en el
cementerio?
La verdad era que estábamos junto al cementerio, y
advertí un círculo de personas vestidas de negro que se mantenían alrededor de
una fosa que estaban cubriendo. Las lágrimas se me saltaron, y me pareció como
si allí estuviesen enterrando toda la alegría de la vida. Bajamos rápidamente
la colina y desapareció el cementerio; el coro se calló y no lejos de la puerta
vi a unos cuantos señores en traje de luto que regresaban del entierro. El
profesor y su sobrina iban cogidos del brazo, muy enlutados, y pasaron junto a
mí sin conocerme. La sobrina se tapaba los ojos con el pañuelo y sollozaba
violentamente. No me fue posible penetrar en la ciudad; envié a mi criado con
el equipaje a la fonda en que había de alojarme y me dediqué a correr por
aquellos contornos, tan conocidos para mí, con objeto de librarme de una
sensación que quizá no tuviera por causa más que el efecto físico del calor del
viaje, etc.
Cuando penetré en la avenida que conduce a un sitio
de recreo, se presentó ante mi vista el espectáculo más extraño que pueda
darse. El consejero Krespel iba conducido por dos hombres, de los cuales quería
a todo trance escapar con los saltos más extraordinarios. Como de costumbre,
iba vestido con una levita gris cortada por él mismo, y en el sombrero de tres
picos, echado materialmente sobre una oreja, llevaba un crespón que ondeaba al
viento. Pendía de su cintura un tahalí negro, pero en lugar de espada llevaba
metido en él un arco de violín. Me quedé helado.
Está loco, pensé, siguiéndole despacito.
Aquellos hombres condujeron a Krespel hasta su casa
y él los abrazó con grandes risas. Lo dejaron allí, y entonces dirigió la vista
hacia donde yo me encontraba, casi a su lado. Me miró fijamente un rato y luego
dijo con voz sorda.
—Bienvenido, señor estudiante... Ya comprende
usted.
Y tomándome por el brazo me arrastró a la casa, me
hizo subir la escalera y me metió en el aposento donde estaban colgados los
violines. Todos ellos tenían una cubierta de crespón. Faltaba el violín del
maestro antiguo y en su sitio había colgado una corona de hojas de ciprés.
Comprendí lo que había sucedido.
—¡Antonieta! ¡Ay, Antonieta! —exclamé sin consuelo.
Krespel estaba junto a mí como petrificado, con los
brazos cruzados. Yo le señalé a la corona de ciprés.
—Cuando murió ella —comenzó a decir el consejero
con voz cavernosa—, cuando murió se rompió el alma de aquel violín y la caja se
hizo mil pedazos. No podía vivir más que con ella y dentro de ella; se puso en
la caja y fue enterrado con ella.
Conmovido a más no poder, caí en una butaca. El
consejero comenzó a cantar con voz ronca una canción alegre. Era un espectáculo
tristísimo el verle saltar de un lado para otro y el crespón, flotando por el
cuarto —tenía el sombrero puesto—, enganchándose en los violines. No pude
contener un grito una vez que me rozó el crespón; me pareció como si me
arrastrara a los profundos abismos de la locura.
De repente, Krespel se quedó tranquilo, y en su
tono cantarín comenzó a decir:
—Hijito, hijito, ¿por qué gritas de ese modo? ¿Has
visto al ángel de la muerte? Eso sucede siempre antes de la ceremonia.
Se colocó en medio del aposento, sacó de la vaina
el arco de violín, lo levantó por encima de su cabeza y lo partió en pedazos. Y
riendo a carcajadas exclamó:
—Crees que se ha roto, hijito, ¿no es verdad? Pues
no lo creas, no es así, no es así. ¡Ahora estoy libre, libre, libre, libre! ¡Ya
no construiré ningún violín, ninguno, ninguno!
Y empezó a entonar una dulce melodía y a bailar a
sus acordes en un pie. Lleno de espanto quise alcanzar la salida, pero Krespel
me sostuvo y muy tranquilo comenzó a decir:
—Quédese, querido amigo; no considere locura la
expresión del dolor que me martiriza mortalmente, y crea que todo ha sucedido
por haberme hecho una bata con la que quería tener el aspecto de la Suerte o de
Dios.
El consejero siguió diciendo todo género de
incoherencias hasta que se quedó completamente agotado. A mi llamamiento acudió
el ama de llaves y me sentí muy feliz cuando me vi libre de aquella especie de
pesadilla. No dudé un momento de que Krespel se había vuelto loco, pero el
profesor creía lo contrario.
—Hay hombres —decía— a los que la Naturaleza o una
fatalidad cualquiera les arranca la cubierta con que los demás ocultamos las
tonterías. Lo que para nosotros queda en pensamiento, Krespel lo pone en
acción. Arrastrado por la amarga ironía espiritual, Krespel hace y dice
tonterías. Pero esto es sólo su pararrayos. Devuelve a la tierra lo que es de
la tierra y sabe conservar lo divino, continuando en perfecto estado en su
interior, a pesar de las locuras que hace. La muerte repentina de Antonieta le
ha sido muy dolorosa, pero apostaría a que mañana mismo el consejero continúa
dando sus coces habituales.
Y verdaderamente ocurrió una cosa parecida a lo
predicho por el profesor. Al día siguiente, Krespel estaba poco más o menos
como antes; pero declaró que nunca más volvería a construir un violín ni a
tocarlo. Según he sabido después, cumplió su palabra.
Las indicaciones del profesor fortalecieron mi
íntimo convencimiento de que la relación, oculta tan cuidadosamente, de
Antonieta con el consejero y su misma muerte eran un remordimiento para él que,
con seguridad, llevaba aparejada cierta culpa. No quería abandonar H. sin
reprocharle el crimen que yo presentía; deseaba llegar hasta su alma para
provocar la completa confesión del horrible hecho. Cuanto más pensaba en ello,
más claro veía que Krespel era un malvado y más firmemente me aferraba a la
idea de espetarle un discurso que, desde luego, pensaba yo que habría de ser
una obra maestra de retórica. Así dispuesto y muy sofocado acudí a casa del
consejero. Lo encontré torneando juguetes, con su sonrisa tranquila.
—¿Cómo es posible —comencé a decirle sin
preparación alguna—, cómo es posible que pueda usted disfrutar de un instante
de paz sin sentirse atormentado por el recuerdo del horrible hecho cometido por
usted y que debiera producirle siempre el efecto de la picadura de una víbora?
Krespel me miró sorprendido, dejando el cincel a un
lado.
—¿Qué quiere usted decir, amigo mío? —me preguntó—.
Siéntese en esa silla.
Muy excitado continué mi perorata, entusiasmándome
más y más, acusándole de haber asesinado a Antonieta y amenazándole con la
venganza eterna. Más celoso que ningún abogado, llegué hasta a asegurarle que
procuraría averiguar todos los detalles de la cosa hasta conducirle ante el
juez. Me desconcertó un tanto el ver que, cuando terminé mi pomposo discurso,
el consejero me miró muy tranquilo sin responder una palabra, como si esperase
a que siguiera hablando. Lo intenté, en efecto, pero me salió tan torpe y tan
estúpido todo lo que dije, que me callé en seguida. Krespel gozó en mi
confusión y su cara se iluminó con una sonrisa irónica. Luego recobró su
seriedad y comenzó con tono grave:
—Joven: puedes considerarme loco o tonto; te lo
perdono, pues los dos estamos encerrados en el mismo manicomio y te parece mal
que yo me tenga por el Dios padre sólo porque tú te tienes por el Dios hijo;
pero ¿cómo te atreves a querer meterte en una vida y a atar sus hilos, que son
y serán siempre extraños para ti? Ella se ha ido y el secreto ha desaparecido.
Krespel se quedó pensativo; se levantó y dio dos o
tres pasos por la habitación. Yo me atreví a rogarle que me aclarase el
misterio; él me miró fijamente, me cogió de la mano y me llevó a la ventana,
abriendo las dos hojas. Se asomó a ella, y con los brazos apoyados en el
alféizar, me contó la historia de su vida. Cuando terminó me separé de él
confuso y avergonzado. Me explicó de la siguiente manera sus relaciones con
Antonieta:
A los veinte años, su pasión favorita llevó a
Krespel a Italia en busca de los violines de los mejores maestros. Entonces aún
no los construía él y no se atrevía, por tanto, a desarmar los que caían en sus
manos. En Venecia oyó a la famosa cantante Ángela, que figuraba como primera
parte en el teatro de San Benedetto. Su entusiasmo no se limitó a la parte
artística, sino que se extendió a su belleza angelical. Krespel trabó amistad
con Ángela, y a pesar de su carácter áspero logró conquistarla, particularmente
por su pericia en tocar el violín. Las relaciones los llevaron en poco tiempo
al matrimonio, que convinieron en mantener secreto, pues Ángela no quería
retirarse del teatro ni cambiar el nombre que tantos triunfos le proporcionara
por el poco armonioso de Krespel.
Con ironía mezclada de rabia, me pintó Krespel el
martirio que hubo de sufrir una vez casado con Ángela. Toda la terquedad y la
mala educación de todas las cantantes de primera fila juntas se encerraban en
la figurita de Ángela. Si alguna vez trataba de hacerse el fuerte, Ángela le
ponía delante todo un ejército de abates, maestros y académicos que, ignorantes
de sus relaciones verdaderas, le consideraban como el adorador impertinente,
sólo consentido por la bondad excesiva de la dama. Después de una escena de
esta clase, bastante borrascosa, Krespel huyó a la casa de campo de Ángela y
procuró olvidar las tristezas del día fantaseando en su violín de Cremona. No
llevaba mucho tiempo tranquilo cuando su mujer, que salió casi inmediatamente
detrás de él, apareció en el salón. Llegaba del mejor humor y, dispuesta a
mostrarse amable, abrazó a su marido y, mirándole con dulzura, apoyó la cabeza
en su hombro.
Pero Krespel, ensimismado en el mundo de la música,
continuó tocando el violín, haciendo repercutir sus ecos, y sin querer rozó a
Ángela con el brazo y el arco. Ella se retiró furiosa. Bestia tedesca!, exclamó
con ira; y arrancando a su marido el arco de la mano lo partió en mil pedazos
contra la mesa de mármol. El consejero se quedó como petrificado ante aquella
explosión de furor, y luego, como despertando de un sueño, cogió a su mujer con
fuerzas hercúleas, la arrojó por la ventana de su casa y, sin preocuparse de
más, huyó a Venecia y después a Alemania. Algún tiempo más tarde, comprendió lo
que había hecho. Aunque sabía que la ventana sólo estaba a unos cinco pies del
suelo y que en aquellas circunstancias no hubiera podido hacer otra cosa que lo
que hizo, se sentía atormentado por cierta inquietud, tanto más cuanto que su
mujer le había dado a entender que se hallaba en estado de buena esperanza.
No se atrevía a hacer indagaciones, y le sorprendió
sobremanera el que al cabo de ocho meses recibió una carta amabilísima de su
adorada esposa, en la que no hacía la menor alusión al suceso de la casa de
campo y le daba la noticia de que tenía una linda hijita, manifestándole al
tiempo sus esperanzas de que el marito amato e padre felicissimo no tardaría en
ir a Venecia. Krespel no fue allá; valiéndose de un amigo se enteró de todo lo
ocurrido desde el día de su precipitada fuga, y supo que su mujer había caído
sobre la hierba como un pajarillo ligero, sin sufrir el más mínimo daño en la
caída. El acto heroico de Krespel hizo en su mujer una impresión
extraordinaria, produciendo un verdadero cambio; no volvió a dar muestras de
mal humor ni de caprichos estúpidos, y el maestro que trabajaba con ella se
sentía el hombre más feliz del mundo porque la signora cantaba sus arias sin
obligarle a hacer las mil variaciones que solía. El amigo le aconsejaba, sin
embargo, que mantuviese en secreto el método de curación empleado con Ángela,
pues, de divulgarse, se vería a las cantantes salir a diario por las ventanas.
Krespel se emocionó mucho; mandó enganchar; se metió en el coche; pero de
repente exclamó:
Alto. ¿No es posible —se dijo a sí mismo— que en
cuanto me vuelva a ver se sienta otra vez acometida por el mal espíritu y
volvamos a las mismas de antes? Una vez la tiré por la ventana: ¿qué habría de
hacer en otro caso semejante? ¿Qué me queda?
Se apeó del coche, escribió una cariñosa carta a su
mujer expresándole lo mucho que agradecía su amabilidad al decirle que la
hijita tenía como él una pequeña marca detrás de la oreja, y se quedó en
Alemania. La respuesta fue muy expresiva. Protestas de amor, invitaciones,
quejas por la ausencia del amado, esperanzas, etc., recorrieron constantemente
el camino de Venecia a H. y de H. a Venecia. Ángela fue por fin a Alemania y
deslumbró como prima donna en el teatro de F. A pesar de no ser ya joven, deslumbró
a todos con el encanto de su voz, que no había perdido nada. Entretanto,
Antonieta había crecido y la madre se deshacía en elogios de la manera de
cantar de la niña. Los amigos que Krespel tenía en F. se lo confirmaron,
instándole a ir a F. para admirar a las dos sublimes cantantes.
Pocos sospechaban el parentesco tan cercano que le
unía a ellas. Krespel hubiese visto de muy buena gana a su hija, a la que
quería de verdad y con la cual soñaba con frecuencia; pero en cuanto pensaba en
su mujer, se ponía de mal humor y se quedaba en su casa, entre sus violines
desarmados.
Habrá usted oído hablar del compositor B., de F.,
que desapareció de repente sin saber cómo, o quizá le haya conocido. Este
individuo se enamoró de Antonieta locamente, y, como quiera que ella le
correspondiera, rogó a su madre que consintiera en una unión que había de ser
beneficiosa para el arte. Ángela no se opuso, y el consejero accedió también,
con tanto más gusto cuanto que las composiciones del joven maestro habían
encontrado favor en su severo juicio. Krespel esperaba recibir noticias de
haberse consumado el matrimonio, pero, en vez de esto, llegó un sobre de luto
escrito por mano desconocida. El doctor B. anunciaba a Krespel que Ángela había
enfermado de un grave enfriamiento a la salida del teatro, y, que precisamente
la noche antes de ser pedida Antonieta, había muerto.
Ángela le había confesado que era mujer de Krespel,
y Antonieta, por lo tanto, hija suya, y le rogaba que se apresurase a ir a
recoger a la huérfana. Aunque la repentina desaparición de Ángela no dejó de
impresionar al consejero, en el fondo se vio libre de un gran peso y sintió que
al fin podía respirar con libertad. El mismo día en que recibió la noticia, se
puso en camino hacia F. No puede usted figurarse la emoción con que el
consejero me pintó su encuentro con Antonieta. En la misma forma extraña de su
expresión había algo tan fuerte que no podría nunca repetirlo con exactitud.
Antonieta tenía todas las condiciones buenas de su madre y, en cambio, ninguna
de las malas. No albergaba ningún demonio que pudiera asomar la cabeza cuando
menos se esperase. El novio estaba también allí. Antonieta conmovió a su padre
hasta lo más íntimo cantando uno de los motetes del viejo padre Martini, que
sabía le cantara su madre en los tiempos de sus amores. Krespel vertió un
torrente de lágrimas; nunca oyó cantar a Ángela de aquella manera.
El tono de voz de Antonieta era especial y raro:
unas veces semejaba al hálito del arpa de Eolo; otras, el trino del ruiseñor.
Parecía como si las notas no tuviesen sitio suficiente en el pecho humano.
Antonieta, sofocada de alegría y de amor, cantó y cantó todas sus canciones más
lindas y B tocó y tocó entretanto, haciendo aún mayor la inspiración. Krespel
oyó primero entusiasmado; luego se quedó pensativo, silencioso, ensimismado. Al
fin se levantó, estrechó a Antonieta contra su pecho y le rogó en voz baja y
sorda:
—No cantes más, si me quieres; me oprimes el
corazón, me da miedo, miedo; no cantes más.
—No —le dijo al doctor R. el consejero al día
siguiente—, no era simple semejanza de familia el que su rubor se concentrase,
mientras cantaba, en dos manchas rojas sobre las pálidas mejillas; era lo que
yo temía.
El doctor, que al comienzo de esta conversación se
mostró muy preocupado, respondió:
—Quizá consista en haber hecho esfuerzos para
cantar en edad demasiado temprana o un defecto de su constitución; pero el caso
es que Antonieta padece de una afección de pecho, que precisamente es lo que da
ese encanto especial y extraño a su voz, y la hace colocarse por encima de
todas las voces humanas. Pero ello mismo puede ser causa de su muerte
prematura, pues si continúa cantando no creo que tenga vida para más de seis
meses.
A Krespel le pareció que le atravesaban el pecho
con cien puñales. Sentía algo así como si en un árbol hermoso brotasen por vez
primera las hojas y los capullos y tuviese que arrancarlo de raíz para que no
pudiesen florecer más. Tomó una decisión. Explicó el caso a Antonieta y le dio
a elegir entre seguir a su novio y las seducciones del mundo y morir en la flor
de la juventud o proporcionar a su padre la tranquilidad de su vejez y vivir
largos años. Antonieta abrazó a su padre, llorando; no quería comprender toda
la verdad del caso temiendo el momento desgarrador de la decisión. Habló con su
novio; pero, a pesar de que este prometió que nunca saldría de la garganta de
Antonieta una sola nota, el consejero sabía de sobra que el mismo B. no
resistiría a la tentación de oír cantar a Antonieta, aunque no fuese más que
las composiciones suyas.
El mundo, los aficionados a la música, aunque
supiesen el padecimiento de Antonieta, no se resignarían a no escucharla, pues
la gente es egoísta y cruel cuando se trata de sus placeres. El consejero
desapareció con Antonieta de E. y se trasladó a H. Desesperado, supo B. la
partida. Siguió las huellas de los fugitivos, alcanzó al consejero y llegó tras
él a H.
—Verle una vez más, y después morir —suplicó
Antonieta.
—¿Morir? ¿Morir? —exclamó el padre, iracundo y
sintiendo que un escalofrío le estremecía.
La hija, el único ser en el mundo que podía
proporcionarle una alegría jamás sentida, lo único que le ligaba a la vida,
imploraba, y él no quería ser cruel con ella; así que decidió que se cumpliese
su destino.
B. se puso al piano. Antonieta cantó. Krespel tocó
el violín satisfecho, hasta que en las mejillas de la joven aparecieron
aquellas dos manchas fatídicas. Entonces mandó callar. Pero cuanto Antonieta se
despidió de B. cayó al suelo lanzando un grito.
—Yo creí —así dijo Krespel—, creí que la predicción
se cumplía y que estaba muerta; y como no era para mí una novedad, pues me
había colocado en lo peor desde el principio, tuve cierta serenidad. Tomé a
B... —que con el sombrero tenía el aspecto más ridículo y tonto del mundo— por
los hombros, y le dije —el consejero adoptó su voz cantarina—: Ya que usted,
señor pianista, como se había propuesto, ha asesinado a su querida novia, puede
usted marcharse tranquilamente, pues si permanece aquí mucho tiempo es posible
que le clave en el corazón un cuchillo de monte, para que su sangre dé color a
las mejillas de mi hija, que, como usted ve, están muy pálidas. Huya pronto de
aquí si no quiere que le persiga o arroje sobre usted un arma. Indudablemente,
estas palabras las debí pronunciar en un tono terrible, pues, lanzando un grito
de espanto, el bueno de B. se separó de mí y salió precipitado de la casa.
Cuando se marchó B., el consejero volvió al
aposento donde se hallaba Antonieta tendida en el suelo, sin conocimiento. Vio
que trataba de incorporarse, que abría un poco los ojos, pero que volvía a
cerrarlos como si se hubiera muerto. Krespel comenzó a gritar inconsolable. El
médico, que acudió al llamamiento del ama de llaves, declaró que Antonieta
padecía un ataque grave, pero que no era de peligro; y, en efecto, se
restableció rápidamente, mucho antes de lo que su padre se podía imaginar. La
joven se unió a Krespel íntimamente, demostrándole un cariño sin límites; se
compenetró con sus caprichos, con sus rarezas y sus extravagancias. Le ayudaba
a desarmar violines antiguos y a armar los modernos.
—No quiero cantar más, sino vivir para ti —decía
muchas veces, sonriendo, a su padre, cuando se había negado a acceder al ruego
de alguien que le había pedido que cantase.
Krespel, sin embargo, procuraba evitar estos
momentos, y por eso aparecía muy poco en sociedad y evitaba sobre todo que se
encontrase donde hubiese música. Sabía muy bien lo duro que era para Antonieta
el renunciar al arte en que se había distinguido tanto. Cuando Krespel compró
el admirable violín que enterrara con Antonieta y lo iba a desarmar, su hija le
miró con mimo y le preguntó:
—¿También este?
El consejero no sabía qué fuerza superior le
impulsó a dejar intacto el violín y a tocar en él. Apenas comenzó a tocar las
primera notas, cuando Antonieta exclamó:
—Ahí estoy yo... Ese es mi canto...
En verdad, los sonidos argentinos de aquel
instrumento tenían algo maravilloso, parecían salir del pecho humano. Krespel
se sintió profundamente conmovido; tocó con más gusto que nunca, y conforme
atacaba las escalas, dándoles toda la expresión de que era capaz, Antonieta
palmoteaba y exclamaba encantada:
—¡Qué bien lo he hecho! ¡Qué bien lo he hecho!
Desde aquella época su vida fue mucho más tranquila
y alegre. Muchas veces le decía a su padre:
—Quisiera cantar un poco, padre.
Krespel descolgaba el violín y tocaba las más
lindas canciones de Antonieta, lo cual le producía inmensa alegría. Poco antes
de llegar yo, el consejero creyó oír en el cuarto junto al suyo que tocaban el
piano; escuchó atento y distinguió claramente que B. preludiaba una pieza con
su estilo acostumbrado. Quiso levantarse, pero se sintió como preso por fuertes
ligaduras que no le permitieron moverse. Antonieta comenzó a entonar en voz
baja una canción, llegando poco a poco a subir, subir hasta el fortissimo, y
bajando de nuevo al tono profundo en que B. escribiera para ella una de sus
canciones amorosas conforme al estilo del antiguo maestro. Krespel me decía que
se encontraba en una situación incomprensible, pues sentía una satisfacción
inmensa al tiempo que una profunda angustia.
De repente le rodeó una gran claridad y vio a
Antonieta y a B. abrazados y contemplándose con arrobo. Las notas de la canción
y las del acompañamiento seguían sonando sin que Antonieta cantase ni B.
pusiese las manos en el instrumento. El consejero cayó en una especie de
desmayo, en el cual siguió oyendo la música y viendo la imagen. Cuando volvió
en sí, le pareció que había tenido una pesadilla horrible. Precipitadamente
penetró en el cuarto de Antonieta. Con los ojos cerrados, iluminado su rostro
por una sonrisa celestial, con las manos cruzadas, yacía sobre el sofá, como si
estuviese dormida y soñase con todas las delicias del cielo. Estaba muerta.
___________________________
E.T.A. Hoffmann (1776-1822)

