Libro N° 9818. El Fuego De Asurbanipal. Howard, Robert E.
© Libro N° 9818. El Fuego De Asurbanipal. Howard, Robert E. Emancipación. Abril
16 de 2022.
Título original: © The Fire of Asshurbanipal, Robert E. Howard
(1906-1936)
Versión
Original: © El Fuego De Asurbanipal. Robert E. Howard
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://elespejogotico.blogspot.com/2011/12/el-fuego-asurbanipal-robert-e-howard.html
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://img.freepik.com/vector-gratis/fondo-acuarela_220290-40.jpg?t=st=1648320933~exp=1648321533~hmac=6dd73d3f6642d81581b34dceafc1820c07f4796b542f7c126c8c549dd3e2fa3a&w=740
Portada E.O. de Imagen original:
https://encrypted-tbn0.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcSzz3fDyFEFogzQCr1K13R8-oflPqSFC0yCFA&usqp=CAU
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Robert E.
Howard
El Fuego De Asurbanipal
Robert E. Howard
Yar Alí deslizó cuidadosamente su mirada a lo largo
del cañón azul de su Lee Enfield, se encomendó a Alá y atravesó con una bala el
cerebro de uno de aquellos jinetes.
—¡Allaho akbar! —El gran afgano gritó de alegría,
al tiempo que agitaba su arma por encima de la cabeza—. ¡Dios es grande! Por
Alá, sahib, acabo de enviar al infierno a otro de esos perros.
Su compañero miró a lo lejos asomándose
cautelosamente por encima del borde del agujero que, con sus propias manos,
habían excavado en la arena. Era un americano delgado y fuerte llamado Steve
Clarney.
—Buen trabajo, viejo colega —dijo—. Quedan cuatro.
Mira: se retiran.
Los jinetes, ataviados de blanco, cabalgaban
curiosamente los cuatro juntos, como si estuviesen en un conciliábulo,
manteniéndose fuera del alcance de las balas. Eran siete cuando se encontraron
por primera vez con los dos camaradas, pero las balas de los dos rifles que
asomaban por el agujero de arena resultaron mortales.
—Mire, sahib: abandonan la lucha.
Yar Alí se levantó y gritó insultándolos y
burlándose de ellos. Uno de los jinetes se dio la vuelta y disparó. La bala
levantó la arena a unos treinta pies del agujero.
—Disparan como traidores —dijo Yar Alí con
complaciente autoestima—. Por Alá, ¿vio cómo ese cerdo se revolvió en la silla
en cuanto asomé la cabeza? ¡Vamos, sahib, corramos tras ellos y acabemos con
ellos!
Sin prestar atención a esta insensata y violenta
propuesta —sabía que era una de las reacciones propias de la naturaleza afgana—
Steve se levantó, se sacudió el polvo de sus ropas, miró hacia los jinetes, que
ahora no eran más que pequeñas manchas blancas en el horizonte, y dijo
pensativo:
—Esos tipos cabalgan como si tramasen algo, no como
gente que huye del combate.
—Ya —corroboró Yar Alí sin pensárselo, y sin ver
ninguna inconsistencia entre esta actitud de ahora y su anterior sugerencia
sedienta de sangre—, seguramente buscan reencontrarse con algunos camaradas
más, son bandidos que no dejan su presa fácilmente. Haríamos bien yéndonos de
aquí rápidamente, sahib Steve. Volverán, puede que en unas horas, o tal vez en
unos días, todo depende de lo lejos que esté el oasis de su tribu, pero
volverán. Quieren nuestras armas y nuestras vidas.
El afgano sacó el casquillo vacío e introdujo un
único cartucho en el cargador del rifle.
—Mire, es mi última bala, sahib.
Steve levantó la cabeza y asintió.
—A mí me quedan tres.
Los asaltantes que habían abatido fueron despojados
de las armas y de cualquier cosa de valor por sus propios compañeros. No tenía
ningún sentido registrar los cuerpos en busca de más munición. Steve cogió su
cantimplora y la sacudió. No quedaba demasiada agua. Sabía perfectamente que
Yar Alí tenía sólo un poco más que él, a pesar de que el gran afridi, criado en
una tierra árida y estéril, estaba acostumbrado a este clima y necesitaba menos
agua que el americano. Y eso que Steve era, desde el punto de vista del hombre
blanco, fuerte y resistente como un lobo. Mientras inclinaba la cantimplora y
bebía un poco, Steve repasó mentalmente la sucesión de circunstancias que los
habían conducido hasta esta situación. Viajeros sin rumbo fijo, soldados de
fortuna unidos por la casualidad y por una admiración mutua, él y Yar Alí
habían vagado desde la India hasta el Turquestán y Persia. Formaban una curiosa
y sorprendente pareja, pero con unas grandes posibilidades. Guiados por su
incansable e innata necesidad de viajar, el único objetivo para el cual se
habían conjurado, y en ocasiones hasta llegaron a creérselo, era hacerse con
algún tesoro tan desconocido como impreciso, una especie de olla llena de oro
al final de un arco iris que todavía no se había formado.
Fue entonces, en la antigua Shiraz, cuando oyeron
hablar del Fuego de Asurbanipal. La historia les vino por boca de un viejo
mercader persa que apenas creía la mitad de lo que les estaba contando. Oían la
historia que él a su vez había oído, de joven, entre las vacilaciones propias
del delirio. Cincuenta años antes, había estado en una caravana que viajaba por
la costa sur del Golfo Pérsico, la ruta del comercio de perlas, y que persiguió
la leyenda de una extraña perla que estaba lejos, en medio del desierto. La
perla, que se rumoreaba que fue hallada por un buceador y robada por un sheik
del interior, no la encontraron, pero se tropezaron con un turco que agonizaba
a causa del hambre, la sed y una herida de bala en el muslo. Antes de morir
habló, de manera poco inteligible, acerca de la historia de una lejana ciudad
muerta, construida con piedra negra entre las perdidas arenas del desierto en
dirección al oeste, y de una resplandeciente gema guardada entre los dedos de
un esqueleto sentado en un viejo trono. No se había atrevido a traerla consigo
a causa del todopoderoso horror que dominaba aquel sitio, y la sed le llevó de
nuevo hacia el desierto, donde los beduinos le persiguieron e hirieron. Aún
así, consiguió escapar, cabalgando hasta que su caballo desfalleció. El turco
murió sin llegar a decir cómo había conseguido llegar a la mítica ciudad, pero
el viejo mercader pensaba que debía venir del noroeste; seguramente se trataría
de un desertor del ejército turco que intentaba desesperadamente alcanzar el Golfo.
Los hombres de la caravana ni siquiera intentaron
adentrarse más en el desierto en busca de la ciudad. Según las palabras del
viejo mercader, todos pensaban que esa ciudad no era otra que la antigua, muy
antigua Ciudad del Mal de que hablaba el Necronomicón del árabe loco Alhazred;
la ciudad de los muertos sobre la cual pesaba una vieja maldición. Había varias
leyendas que se referían a esta ciudad con nombres diferentes: los árabes la
llamaban Beled-el Djinn, la Ciudad de los Demonios, y los turcos la conocían
como Kara-Shehr, la Ciudad Negra. Asimismo, la fabulosa gema no era otra que
una piedra preciosa que perteneció a un rey hace ya mucho tiempo, un rey que
para los griegos era Sardanápalo y para los pueblos semíticos Asurbanipal. La
historia fascinó inmediatamente a Steve. A pesar de que él mismo reconocía que
sería, sin duda, uno de los miles de mitos falsos creados en Oriente, aún debía
haber alguna posibilidad de que él y Yar Alí diesen con una pista que los
condujese hasta esa olla llena de oro que habían estado buscando toda su vida.
Además, Yar Alí ya había oído antes algunos rumores acerca de una ciudad
escondida entre las arenas. Eran historias que habían seguido a las caravanas
que se dirigían al este, a través de las tierras altas del norte de Persia y de
las arenas del Turquestán, y que se habían adentrado en el país de las montañas
e incluso más allá. Pero siempre eran historias muy vagas, leves rumores sobre
una ciudad negra de los djinn oculta entre las neblinas de un desierto poblado
de fantasmas.
Entonces, siguiendo el camino de la leyenda, los
dos compañeros llegaron desde Shiraz hasta un pueblo de la costa árabe del
Golfo Pérsico. Allí tuvieron conocimiento de más detalles gracias a un viejo
que de joven había sido pescador de perlas. La vejez le hacía ser
extremadamente locuaz y explicó historias que le habían llegado por boca de
viajeros de otras tribus, que, a su vez, las habían sacado de los temibles
nómadas de las profundas tierras del interior. Y de nuevo Steve y Yar Alí
oyeron hablar de la ciudad negra con bestias gigantes esculpidas en la piedra,
y con el esqueleto de un sultán que agarraba la fabulosa gema. Y así, sin dejar
de tenerse un poco a sí mismo por un pobre tonto engañado, Steve se involucró
de pies a cabeza en la increíble historia. Y Yar Alí, convencido de que el
conocimiento de todas las cosas está en el regazo de Alá, se fue con él. El
poco dinero que tenían apenas les bastó para conseguir un par de camellos y
provisiones para una audaz y rápida incursión en lo desconocido. Su único mapa
se limitaba a los vagos rumores acerca de la supuesta situación de Kara-Shehr.
Fueron varios días de viaje muy duro, espoleando a
los animales y racionando el agua y la comida. Cuando penetraron profundamente
en el desierto, se encontraron con una cegadora tormenta de arena durante la
cual perdieron los camellos. Después de esto vinieron larguísimas millas de
andar dando tumbos a través de las arenas, expuestos a un sol que quemaba todo
lo que tocaba y subsistiendo gracias a la cada vez más exigua agua que les
quedaba en las cantimploras y a la comida que Yar Alí guardaba en una pequeña
bolsa. Ya ni se les pasaba por la cabeza encontrar la mítica ciudad.
Continuaron a ciegas, con la esperanza de dar con un manantial por casualidad;
sabían que detrás de ellos no había ningún oasis que pudiesen alcanzar a pie.
Era una opción desesperada, pero era la única que tenían. Fue entonces cuando
se les echó encima un grupo de guerreros ataviados de blanco. Confundiéndose
con el horizonte del desierto y desde una trinchera poco profunda y excavada
con prisas, los dos aventureros intercambiaron disparos con aquellos jinetes
salvajes que consiguieron rodearlos en muy pocos minutos. Las balas de los
beduinos saltaban a través de su improvisada fortificación, echándoles arena en
los ojos y rozando partes de sus ropas, pero por suerte ninguna les dio. Ése
fue el único poco de suerte que tuvieron, pensó Clarney mientras se veía a sí
mismo como un loco estúpido. ¡Era todo tan descabellado! ¡Pensar que dos
hombres podían desafiar al desierto y sobrevivir, y encima arrancarle de su
profundísimo seno los secretos del tiempo! ¡Y esa loca historia del esqueleto
que agarra con la mano una fabulosa joya en medio de una ciudad muerta, basura!
¡Vaya mierda! Debía de estar completamente loco para darle crédito a una cosa
así, decidió el americano con la lucidez que da el sufrimiento y el peligro.
—Bueno, viejo, —dijo Steve levantando su rifle—
vámonos. Es puro azar ver si moriremos de sed o bien decapitados por los
hermanos del desierto. En cualquier caso, aquí no hacemos nada.
—Dios proveerá —confirmó Yar Alí alegremente—. El
sol se está ocultando. Pronto tendremos encima el frío de la noche. Tal vez aún
encontremos agua, sahib. Mire, el terreno cambia hacia el sur.
Clarney miró protegiéndose los ojos de los últimos
rayos del sol. Más allá de una llanura, una explanada inerte de varias millas
de ancho, la tierra aparecía más escarpada y se evidenciaban unas colinas
desiguales y rotas. El americano se echó el rifle al hombro y suspiró.
—Vamos hacia allá; de todas maneras no somos más
que comida para los buitres.
El sol desapareció y salió la luna, inundando el
desierto de esa extraña luz plateada, una luz que cae desigual y débilmente
formando largas ondulaciones, como si un mar se hubiese congelado de repente y
apareciese completamente inmóvil. Steve, angustiado salvajemente por una sed
que él mismo no había osado aplacar del todo, murmuraba por debajo de su propio
aliento. El desierto era maravilloso bajo la luna, tenía la belleza de una
Lorelei de mármol que atraía los hombres hacia su propia destrucción. ¡Qué locura!
su cerebro lo repetía una y otra vez; el Fuego de Asurbanipal desaparecía entre
los laberintos de lo irreal a cada paso que se hundía en la arena. El desierto
no era ya simplemente una inmensidad material de tierra, sino las grises brumas
de los eones pasados, en cuyas profundidades dormían obsesiones, historias y
objetos perdidos. Clarney tropezó y maldijo su suerte; ¿estaba desfalleciendo
por fin? Yar Alí se balanceaba rítmicamente con el aparentemente fácil e
incansable paso del hombre criado en la montaña, mientras Steve apretaba los
dientes animándose a sí mismo para esforzarse más y más. Estaban llegando a la
zona escarpada y el camino era cada vez más duro. Barrancos no muy profundos y
estrechos desfiladeros cortaban caprichosamente la tierra. La mayoría estaban
casi llenos de arena y no había ni el más mínimo rastro de agua.
—Hubo un tiempo en que esta tierra fue un oasis
—comentó Yar Alí—. Sólo Alá sabe cuántos siglos hace que la arena se apoderó de
ella, de la misma manera que se ha apoderado de muchas ciudades del Turquestán.
Se movían de un lado para otro como cuerpos sin
vida en un oscuro paisaje de muerte. La luna se había tornado roja y siniestra
mientras se ocultaba en el horizonte, y las sombras de la oscuridad se
asentaron en el desierto antes de que llegasen a algún lugar desde donde
pudiesen ver qué había más allá de aquella zona tan accidentada. Ahora incluso
los pies del afgano empezaban arrastrarse por el camino, y Steve se mantenía en
pie sólo gracias a una indomable fuerza de voluntad. Finalmente, consiguieron llegar
hasta una especie de cresta desde donde la tierra empezaba a descender en
dirección sur.
—Descansemos —dijo Steve—. No hay agua, en esta
tierra infernal. Es inútil estar andando todo el rato. Tengo las piernas tiesas
como el cañón de un rifle. Soy incapaz de dar otro paso para salvar el cuello.
Aquí hay una roca pelada, más o menos igual de alta que el hombro de una
persona, orientada hacia al sur. Dormiremos aquí, a refugio del viento.
—¿Y no haremos guardia, sahib Steve?
—No —respondió Steve—. Si los árabes nos cortan el
cuello mientras dormimos, eso que ganamos. No somos más que un par de
moribundos.
Con esta optimista observación, Clarney se dejó
caer redondo en la arena. Sin embargo, Yar Alí se quedó de pie, inclinándose
hacia adelante, escrutando con los ojos la oscuridad que sustituía el horizonte
en que brillaban las estrellas por impenetrables agujeros de sombras.
—Hay algo en el horizonte, allá, hacia el sur
—murmuró con dificultad—. ¿Una colina? No sabría decirlo, pero estoy seguro de
que hay algo.
—Ya estás viendo espejismos —dijo Steve irritado—.
Acuéstate y duerme.
Y, diciendo esto, Steve cayó en poder del sueño. Le
despertó el sol que le daba en los ojos. Se incorporó bostezando, y su primera
sensación fue la de sed. Cogió la cantimplora y se humedeció los labios; sólo
le quedaba un trago. Yar Alí todavía dormía. Los ojos de Steve inspeccionaron
el horizonte en dirección al sur y, de repente, se levantó de un brinco. Empezó
a golpear al afgano, que aún estaba reclinado.
—Eh, despierta Alí. Es cierto, no veías visiones.
Ahí está tu colina y también otra que parece muy extraña.
El afridi se despertó de una manera salvaje:
instantánea y con todos sus sentidos, con la mano saltando hacia su largo
cuchillo como si estuviese ante el enemigo. Dirigió la mirada hacia lo que
señalaban los dedos de Steve y se le agrandaron los ojos.
—¡Por Alá y por Alá! —exclamó—. ¡Hemos llegado a la
tierra de los espíritus! ¡No es ninguna montaña, es la ciudad de piedra rodeada
por las arenas del desierto!
Steve saltó locamente a sus pies. Al tiempo que
miraba fijamente y con respiración violenta, un grito salvaje se escapó de sus
labios. A sus pies, la pendiente desde la cresta donde estaban descendía hasta
una amplia llanura de arena que se extendía hacia el sur, y, lejos, a través de
las arenas, hacia donde llegaba la vista, la «colina» tomaba forma lentamente,
como un espejismo que crecía de las arenas ondulantes. Vio grandes muros
desiguales, murallas imponentes; parecía que todo junto se arrastrase por la
arena como una criatura con vida, ondulante por la parte superior de los muros,
vacilante en la estructura global. Desde luego, no era sorprendente que a
primera vista pareciese una colina.
—¡Kara-Shehr! —exclamó Clarney con fuerza—.
¡Beled-el Djinn! ¡La ciudad de los muertos! ¡Después de todo no era una
alucinación! ¡La hemos encontrado! ¡Cielos, la hemos encontrado! ¡Venga, vamos!
Yar Alí movió la cabeza vacilando y musitó algo
acerca de espíritus malignos, pero siguió adelante. La visión de los restos de
la ciudad se había llevado de la cabeza de Steve la sed y el hambre, e incluso
la fatiga, que unas pocas horas de sueño no habían podido reparar del todo.
Andaba con dificultad pero ansiosamente, sin preocuparse por el calor que iba
en aumento, los ojos le brillaban con la lujuria del explorador. En estos
momentos se daba cuenta de que no era sólo la codicia por la fabulosa gema lo que
había inducido a Steve Clarney a arriesgar su vida en esa naturaleza salvaje y
cruel, sino que en el fondo de su alma acechaba ese viejo e innato sentimiento
del hombre blanco: la necesidad de buscar y explorar los rincones más
escondidos del mundo, y esa necesidad había sido despertada de un profundo
sueño por todas aquellas viejas historias. A medida que cruzaban la vasta
llanura que separaba aquel terreno escarpado de la ciudad, veían cómo las
murallas rotas iban adoptando una forma más clara, como si estuviesen creciendo
en el cielo de la mañana. La ciudad parecía construida a base de enormes
bloques de piedra negra, pero era imposible saber cuál había sido la altura
inicial de los muros, ya que la arena se había amontonado desde la base hasta
una altura considerable. En algunas partes los muros se habían derribado y la
arena los cubría completamente.
El sol alcanzó su cénit y la sed irrumpió con
fuerza a pesar del entusiasmo, pero Steve controló intensamente su sufrimiento.
Tenía los labios resecos e hinchados, pero no tomaría el último trago hasta que
no hubiesen alcanzado la ciudad en ruinas. Yar Alí se mojó los labios con el
contenido de su cantimplora y quiso compartir lo poco que le quedaba con su
amigo. Steve negó con la cabeza y siguió andando. Fue durante el terrible calor
del mediodía en el desierto cuando alcanzaron las ruinas, y, atravesando el
derruido muro por un agujero bastante grande, pudieron fijar su vista en la
ciudad muerta. La arena había bloqueado las viejas calles y había dado una
forma fantástica a aquellas enormes columnas, que quedaban tumbadas y medio
ocultas. Estaba todo tan destrozado y tan cubierto de arena que los dos
exploradores apenas pudieron identificar un poco del plano original de la
ciudad. La ciudad ahora no era más que una inmensidad de montones de arena y de
piedras que se caían a trozos sobre las que flotaba, como una nube invisible,
un aura de inexpresable antigüedad. Justo delante de ellos discurría una
avenida ancha cuya configuración no había conseguido borrar la destructiva
fuerza ni de la arena ni del viento. A cada uno de los lados del amplio camino
había alineadas unas columnas enormes, no especialmente altas, incluso teniendo
en cuenta la arena que no dejaba ver la base, pero increíblemente anchas.
Encima de cada columna había una figura esculpida en la fuerte piedra; eran
imágenes sombrías y enormes, mitad humana y mitad bestia, que contribuían así a
la irracionalidad que flotaba en toda la ciudad. Steve profirió un grito de
sorpresa.
—¡Los toros alados de Nínive! ¡Los toros con cabeza
de hombre! ¡Por todos los santos, Alí, aquellas viejas historias eran ciertas!
¡La leyenda entera es cierta! Debieron de venir aquí cuando los babilonios
destruyeron Asiria, ya que todo esto es idéntico a las imágenes que he visto,
reconstruye escenas de la vieja Nínive ¡Mira allí!
Señaló el inmenso edificio que estaba al otro
extremo de la calle ancha. Era un edifico colosal, muy sólido, cuyas columnas y
paredes, hechas con resistentes bloques de piedra negra, habían resistido
contra la arena y el viento, contra el paso del tiempo. Aquel ondulante y
destructivo mar de arena que se había adueñado de la ciudad se extendía por sus
bases, penetrando por puertas y pasillos, pero hubiesen sido necesarios miles
de años para inundar toda la estructura.
—La morada de los demonios —musitó Yar Alí con
desagrado—.
—¡El templo de Baal! —exclamó Steve—. ¡Vamos! Temía
que hubiésemos tenido que dar con todos los templos escondidos por la arena y
cavar para encontrar la preciosa gema.
—Poco bien nos hará —murmuró Yar Alí—. Moriremos en
este sitio.
—Podemos contar con eso, seguro. —Steve desenroscó
el tapón de su cantimplora—. Tomemos nuestro último trago. En cualquier caso,
aquí estamos a salvo de los árabes. Nunca se atreverán a venir hasta aquí a
causa de sus supersticiones. Beberemos y después moriremos, eso está claro,
pero primero encontraremos la joya. Quiero tenerla en mi mano en el momento en
que desfallezca. Tal vez dentro de unos pocos siglos algún aventurero
afortunado encuentre nuestros esqueletos y la gema. ¡Aquí está, para él, sea quien
sea!
Con esta mueca irónica Clarney agotó su cantimplora
al tiempo que Yar Alí hizo lo propio. Se habían jugado su último as, el resto
quedaba a la merced de Alá. Mientras caminaban por aquella avenida, Yar Alí,
que jamás había temblado ante un enemigo humano, miraba a derecha e izquierda
nerviosamente, como si esperase descubrir un rostro fantástico y con cuernos
espiándole desde detrás de una columna. El mismo Steve sentía la inquietante
antigüedad de aquel sitio y temía encontrarse con un inminente ataque a cargo
de cuádrigas de bronce que corrían por las calles desiertas, u oír de repente
el amenazante son de trompetas de guerra. Se dio cuenta de que el silencio de
las ciudades muertas era mucho más intenso que el silencio del desierto.
Finalmente, llegaron a las puertas del gran templo. Hileras de columnas
inmensas flanqueaban la amplia entrada, llena de arena que llegaba hasta los
tobillos, desde donde pendían grandes marcos de bronce que en algún tiempo
albergaron fuertes puertas cuya cuidada madera se había podrido hacía siglos.
Entraron en un gran salón en penumbra que tenía un sombrío techo de piedra
sostenido por columnas que parecían los troncos de un bosque. El efecto de toda
la construcción era de un esplendor enmudecedor y de tal magnitud que parecía
un templo construido por gigantes para albergar a los dioses más sombríos y
enigmáticos.
Yar Alí caminaba temeroso, como si fuese a
despertar a los dioses que estaban dormidos, y Steve, a pesar de estar libre de
las supersticiones del afridi, sentía como si la impenetrable majestuosidad de
aquel sitio le abrazase el alma con sus oscuras manos. No había resto de
ninguna huella en el polvo que reposaba en el suelo; había pasado más de medio
siglo desde que aquel turco huyese de aquellos salones despavorido, como si se
lo llevasen los demonios. Respecto a los beduinos, era fácil ver por qué esos supersticiosos
hijos del desierto evitaban esta ciudad encantada, y realmente estaba
encantada, pero no por fantasmas, sino, probablemente, por las sombras del
esplendor perdido. A medida que avanzaban a través de la arena del salón, que
parecía no tener fin, Steve se planteó muchas preguntas. ¿Como pudieron
aquellos fugitivos de la ira de unos rebeldes violentísimos construir esta
ciudad? ¿Cómo cruzaron el país de sus propios enemigos (ya que Babilonia está
entre Asiria y el desierto arábigo)? De hecho, no tenían otro sitio donde ir:
al oeste está Siria y el mar, y el norte y el este estaba ocupado por los
«peligrosos medas», aquellos terribles arios cuya ayuda fortaleció el brazo de
Babilonia en el momento de pulverizar a su enemigo. Posiblemente, pensó Steve,
Kara-Shehr —o como se llamase en aquellos tiempos remotos— se construyó como
una ciudad fronteriza antes de la caída del imperio asirio. ¿Con qué propósito
huirían los supervivientes de aquella destrucción? En cualquier caso, era
posible que Kara-Shehr hubiese sobrevivido a Nínive unos cuantos siglos. Era
una ciudad extraña, sin duda, como un ermitaño, apartada del resto del mundo.
Seguramente, como dijo Yar Alí, hubo un tiempo en
que esta tierra era un país fértil, regado por oasis y manantiales; y en la
zona accidentada que habían cruzado la noche anterior habría habido canteras
que proporcionaron la piedra necesaria para construir la ciudad. ¿Qué causó entonces
la decadencia de la ciudad? ¿Fue el avance de la arena del desierto y el
agotamiento de los manantiales lo que indujo a la gente abandonarla? ¿O ya era
Kara-Shehr una ciudad silenciosa antes de que la arena superara las murallas?
La ruina de la ciudad, ¿fue provocada por el exterior o se debió a causas
internas? ¿Fue una guerra civil lo que diezmó a sus habitantes o, por el
contrario, fueron exterminados por un poderoso enemigo procedente del desierto?
Clarney movió la cabeza en un gesto lleno de perplejidad y preocupación. Las
respuestas a todas estas preguntas se perdían en el laberinto de tiempos
inmemoriales.
—¡Allaho akbar!
Habían cruzado aquel enorme y sombrío salón y al
final de todo se encontraron con un terrorífico altar de piedra negra detrás
del cual se asomaba amenazante la figura de una antigua divinidad, una imagen
salvaje y horrible. Steve se encogió de hombros cuando identificó aquella
imagen monstruosa; se trataba de Baal, en cuyo altar negro se le ofrecía, en
otros tiempos, el alma inocente de una víctima indefensa retorciéndose y
gritando de desesperación. Este ídolo encarnaba por completo en su profundísima
y hostil bestialidad el alma de esta ciudad endemoniada. Seguramente, pensó
Steve, los creadores de Nínive y de Kara-Shehr estaban hechos de una pasta muy
diferente a la de la gente de hoy. Su arte y su cultura eran demasiado
siniestros, demasiado secos respecto a los aspectos más ligeros de la
humanidad, como para ser enteramente humanos; por lo menos, en el sentido en
que el hombre moderno concibe la humanidad. La arquitectura intimidaba;
mostraba un alto nivel técnico, pero resultaba demasiado hosca, grande y basta
para alcanzar la comprensión por parte del mundo moderno.
Los dos aventureros cruzaron una puerta estrecha
que se abría al final del salón, justo al lado del ídolo, y que conducía hacia
una serie de habitaciones amplias, sombrías y llenas de polvo, y conectadas
entre sí por pasillos flanqueados de columnas. Avanzaron por ellos envueltos en
una luz gris, fantasmagórica, y llegaron a una escalera ancha cuyos enormes
escalones de piedra ascendían y se perdían en la oscuridad. En este momento,
Yar Alí se detuvo.
—Nos hemos atrevido demasiado, sahib —murmuró—. ¿Es
sensato arriesgarnos más?
Steve, que ardía de impaciencia, captó la intención
del afgano.
—¿Quieres decir que no deberíamos subir estas
escaleras?
—Tienen un aspecto terrible. ¿Hacia qué cámaras de
silencio y horror deben de llevar? Cuando un fantasma habita una casa desierta,
siempre acecha en las habitaciones de arriba. Un demonio puede arrancarnos la
cabeza en cualquier momento.
—Sea como sea, ya somos hombres muertos —gruñó
Steve—. Si quieres, puedes volver atrás y vigilar si vienen los árabes mientras
yo voy a la parte de arriba.
—Eso es como tratar de ver el aire en el horizonte
—respondió el afgano con desgana, al tiempo que cogía el rifle y desenfundaba
su largo cuchillo—. Ningún beduino llega hasta aquí. Vamos, sahib. Estás loco
igual que todos los occidentales, pero no dejaré que te enfrentes a los
fantasmas tú solo.
Los dos compañeros empezaron a subir las escaleras.
A cada paso, los pies se les hundían en el polvo acumulado a lo largo de los
siglos. Fueron subiendo y subiendo hasta una altura tal que el suelo se perdía
en una oscuridad incierta.
—Nos dirigimos a ciegas hacia nuestro destino
fatal, sahib —musitó Yar Alí—. ¡Allah il Allah, y Mahoma es su profeta! Siento
la presencia de un mal dormido durante mucho tiempo y presiento que nunca
volveré a oír cómo silba el viento en el Khyber Pass.
Steve no respondió. No le gustaba el silencio
mortal que se extendía por todo el templo ni tampoco la inquietante luz gris
que se filtraba desde algún sitio escondido. Ahora, por encima de sus cabezas,
la penumbra se aclaró un poco y vieron que estaban en una habitación circular
enorme, iluminada tristemente por la luz que se filtraba a través de un techo
alto y agujereado. De repente, otro haz de luz contribuyó a la iluminación de
la sala. Un fuerte gritó se escapó de los labios de Steve y de Yar Alí. De pie
en el último peldaño de la escalera de piedra, los dos miraban a través de
aquella gran habitación, con las baldosas cubiertas de polvo y las paredes de
piedra negra completamente desnudas. Desde el centro de la habitación, unos
enormes escalones llevaban hacia un podio de piedra, y sobre este podio se
erigía un trono de mármol. Alrededor del trono brillaba y relucía una luz
extraña. Los dos aventureros se maravillaron cuando vieron su origen. En el
trono yacía un esqueleto humano, un conjunto casi deforme de huesos que se
desmenuzaban. Una mano sin carne se apoyaba sobre el amplio brazo del trono de
mármol, y en esta horrible garra latía, como si estuviese viva una enorme
piedra de un rojo muy intenso.
¡El Fuego de Asurbanipal! Incluso después de haber
encontrado la ciudad perdida Steve no pensó que realmente fuesen a dar con la
gema, incluso dudaba acerca de su existencia. Pero ahora no podía dudar, tenía
la evidencia ante sus ojos, deslumbrándole con ese increíble, maligno, brillo.
Con un fuerte grito de emoción saltó rápidamente por la habitación y por los
escalones que conducían al trono. Yar Alí estaba a sus pies, pero cuando Steve
estaba a punto de coger la gema, el afgano le cogió del brazo.
—¡Espere! —exclamó—. ¡No la toque todavía, sahib!
Sobre las cosas antiguas siempre recae una maldición, y seguro que ésta es tres
veces maldita. ¿Por qué si no ha permanecido intacta durante siglos, aquí, en
una tierra de ladrones? No es bueno tocar las posesiones de los muertos.
—¡Bah! —bufó el americano—, ¡Supersticiones! Los
beduinos estaban asustados a causa de las historias que les contaban sus
antepasados. Teniendo como tienen el desierto por morada, sistemáticamente
recelan de las ciudades, aunque no hay duda de que ésta tenía una mala
reputación ya en sus mejores tiempos. Ademas, nadie excepto los beduinos habían
visto antes este sitio, aparte de aquel turco, que probablemente estaba medio
loco como consecuencia del sufrimiento.
—Estos huesos pueden ser los del rey del que
hablaba la leyenda, el aire seco del desierto conserva este tipo de cosas
indefinidamente, pero lo dudo. Pueden ser de un asirio o, más probablemente, de
un árabe, algún pobre diablo que se hizo con la gema y después murió en el
trono por alguna u otra razón.
El afgano apenas le oía. Estaba mirando a la enorme
piedra con ojos de fascinación y de terror, de la misma manera que un pájaro
mira hipnotizado los ojos de una serpiente.
—¡Mírelo, sahib! —susurró—. ¿Qué es? Una gema como
ésta no puede haber sido tallada por manos mortales. Mire cómo palpita ...
¡como el corazón de una cobra!
Steve la estaba mirando y sintió una sensación
extraña, indefinida, como de ansiedad y desasosiego. Perfecto conocedor de las
piedras preciosas, nunca había visto una que fuese como ésta. A primera vista,
se suponía que era un rubí enorme, como decían las leyendas. Pero ahora ya no
estaba tan seguro, y tenía la inquietante sensación de que Yar Alí estaba en lo
cierto y que no era una gema normal. No podía clasificarla en un estilo de
tallado concreto, y la intensidad de su brillo era tal que no podía mirarla con
detalle durante mucho rato. Por otro lado, el decorado global no era el más
adecuado para atemperar los nervios: la gran cantidad de polvo en el suelo
sugería una antigüedad decadente; la luz gris evocaba una cierta irrealidad;
las grandes paredes negras se alzaban siniestras y amenazadoras, sugiriendo la
existencia de algo escondido.
—¡Cojamos la piedra y vayámonos! —murmuró Steve,
que sentía un inusitado terror en el interior del pecho.
—¡Espere! —Los ojos de Yar Alí brillaban y fijó la
mirada, pero no en la gema, sino en las sombrías paredes de piedra—. ¡Somos
moscas que han caído en la tela de araña! Sahib, tan cierto como que Alá existe
que es algo más que los fantasmas de viejos temores lo que acecha en esta
ciudad de horror. Siento el peligro como lo he sentido otras veces, como lo
sentí en una cueva en la jungla donde una pitón acechaba en la oscuridad sin
ser vista, como lo sentí en el templo de Thuggee donde los estranguladores de Shiva
se nos abalanzaron encima desde sus escondites, como lo siento ahora mismo,
sólo que diez veces más intenso.
A Steve se le erizó el pelo. Sabía que Yar Alí era
un auténtico veterano en estas cosas, y que no era presa de un temor estúpido o
un pánico absurdo. Recordaba muy bien los incidentes a los que había aludido el
afgano, igual que recordaba otras ocasiones en las que el instinto telepático
de Yar Alí le había advertido del peligro antes de poderlo ver u oír.
—¿Qué es, Yar Alí? —dijo en voz baja.
El afgano movió la cabeza, tenía los ojos llenos de
una luz misteriosa y extraña mientras escuchaba en la oscuridad las sugerencias
ocultas de su subconsciente.
—No lo sé, sé que está cerca y que es muy viejo y
muy peligroso, creo —De repente se detuvo y se giró, el brilló de sus ojos
desapareció y fue sustituido por una mirada intensa de temor y de recelo, como
la de un lobo—. ¡Escuche, escuche, sahib! —dijo atropelladamente— ¡Los
espíritus están subiendo por la escalera!
Steve se quedó inmóvil cuando oyó que unas pisadas
sigilosas sobre la piedra se acercaban.
—¡Por Judas, Alí! —exclamó—. ¡Hay algo ahí fuera!
Las viejas paredes resonaron con un coro de gritos
salvajes al tiempo que una horda de siluetas feroces se extendía por toda la
sala. Durante unos segundos de asombro y de locura Steve creyó realmente que
estaban siendo atacados por guerreros reencarnados procedentes de un tiempo
olvidado. Pero el alevoso zumbido de una bala que le pasó rozando y el
desagradable olor de la pólvora le indicaron que sus enemigos eran
suficientemente materiales. Steve maldijo su suerte; amparados en una seguridad
imaginaria, habían caído como ratas en la trampa en que ahora les tenían los
árabes. Incluso después de que el americano tirase de rabia su rifle, Yar Alí,
apoyando el suyo en las caderas, disparó rápidamente y con un efecto letal a
aquellas dianas, arrojó con fuerza su rifle vacío sobre la horda que le acosaba
y bajó las escaleras como un huracán, con su cuchillo del Khyber de tres pies
brillando en su fuerte mano. En su gusto por la batalla se percibía un cierto
alivio al darse cuenta de que sus enemigos eran humanos. Una bala le quitó el
turbante de la cabeza, pero un árabe cayó partido en dos ante el primer y
demoledor golpe de ese hombre de las montañas.
Un beduino alto llegó a apoyar el cañón de su
pistola en el costado del afgano, pero antes de que pudiese apretar el gatillo
una certera bala disparada por Clarney le atravesó el cerebro. El alto número
de agresores dificultaba el ataque al gran afridi, cuya rapidez de movimientos,
similar a la de un tigre, hacía que dispararle fuese tan peligroso para él como
para ellos mismos. La mayoría fue a rodearle, golpeando con cimitarras y
rifles, mientras que otros cargaron escaleras arriba contra Steve. Aquí no había
pérdida; el americano simplemente sostenía su rifle y lo disparaba hacia una
ruina fantasmagórica. Los otros llegaron rugiendo como panteras. Ahora que
estaba dispuesto a gastar su último cartucho, Clarney vio dos cosas en un
brevísimo instante, un guerrero salvaje, con la barba llena de saliva y con la
cimitarra alzada, que estaba prácticamente encima suyo, y otro que, con las
rodillas en el suelo apuntaba su rifle hacia Yar Alí. En un segundo, Steve
eligió disparar por encima del hombro del de la cimitarra, matando al del rifle
y ofreciendo voluntariamente su vida a cambio de la del amigo, ya que aquel
largo cuchillo se dirigía a su propio cuello. Pero justo cuando el árabe se
acercaba más, gruñendo con todas sus fuerzas, su sandalia resbaló sobre el
escalón de mármol y la afilada hoja se desvío de su arco y golpeó el cañón del
rifle de Steve. Rápidamente, el americano se apoyó en el rifle y tan pronto
como el beduino recobró el equilibrio y alzaba de nuevo su cimitarra le golpeó
con todas sus fuerzas, le agarró y cayeron los dos juntos.
Entonces una bala le golpeó fuertemente el hombro
dejándolo medio aturdido. Mientras se tambaleaba, un beduino le rodeaba los
pies con la tela de un turbante y se reía cruelmente. Clarney se dejó caer por
las escaleras para contraatacar con más fuerza. Una pistola le apuntó dispuesta
a volarle el cerebro, pero una orden determinante la detuvo.
—No lo matéis, pero atadle de pies y manos.
Al revolverse entre el montón de manos que lo
zarandeaban, a Steve le pareció que ya había oído esa voz en algún sitio. En
realidad, la cuestión de reducir al americano fue tarea de pocos segundos para
los árabes. Incluso después del segundo disparo de Steve, Yar Alí le había
cortado un brazo a uno de los asaltantes, y había recibido un terrible golpe de
rifle en su hombro izquierdo. La chaqueta de piel de carnero, que llevaba a
pesar de la calor del desierto, le había salvado de media docena de cuchillos afiladísimos.
Un rifle disparó tan cerca de su cara que la pólvora le quemó y le hizo
enfurecerse aún más y lanzar un fuerte grito sediento de sangre. Al tiempo que
Yar Alí movía su cuchillo envuelto en sangre, el del rifle levantó su arma por
encima de la cabeza, sosteniéndola con las dos manos y dispuesto a golpearle
definitivamente; pero el afridi, con un feroz aullido, se movió rápido como un
gato de la jungla y le hundió su largo cuchillo en la barriga. Sin embargo, en
ese momento la culata de un rifle, empuñada por toda la fuerza y toda la maldad
de su portador, golpeó violentamente la cabeza del gigante, ensangrentándolo y
haciéndole caer de rodillas.
De acuerdo con la tenacidad y ferocidad de su raza,
Yar Alí se levantó de nuevo, tambaleándose como un ciego, y empezó a golpear a
adversarios que apenas podía ver, pero una lluvia de golpes lo derribó de
nuevo, y a pesar de que yacía en el suelo los atacantes no cesaban de
golpearle. Hubiesen acabado con él en poco rato de no haber sido por otra orden
perentoria de su jefe. Una vez lo ataron, a pesar de estar inconsciente, lo
arrastraron hasta donde se encontraba Steve, que había recobrado completamente
el sentido y se había dado cuenta de que tenía una herida de bala en el hombro.
Steve miró con rabia al árabe alto que estaba enfrente de él y que, a su vez lo
miraba con suficiencia.
—Bien, sahib —dijo, y Steve se dio cuenta entonces
de que no era un beduino,¾ ¿no te acuerdas de mí?
Steve frunció el ceño; una herida de bala no
contribuye precisamente a la concentración.
—Me resultas familiar, ¡por Judas! ¡Tú eres
Nureddin El Mekru!
—¡Cuánto honor¡ ¡El sahib me recuerda! —Nureddin
saludó burlescamente al estilo árabe—. Y también recordarás, sin duda, la
ocasión en que me hiciste este regalo, ¿no?
Sus oscuros ojos se ensombrecieron envolviendo una
amenaza y el sheik se señaló una cicatriz fina y blanca en la mandíbula.
—Lo recuerdo —gruñó Steve, a quien el dolor y la
ira no le hacían precisamente muy dócil—. Fue en tierras de Somalia, hace ya
varios años. Tú te dedicabas al tráfico de esclavos entonces. Un pobre negro se
te escapó y acudió a mí a pedir refugio. Viniste a mi campamento y con tu
estilo belicoso empezaste una pelea; durante la refriega te encontraste con un
cuchillo de carnicero que te cruzó la cara. ¡Ojalá te hubiese cortado tu
asqueroso cuello entonces!
—Tuviste tu oportunidad —respondió el árabe—. Ahora
se han cambiado las tornas.
—Pensaba que tu radio de acción estaba más hacia el
oeste —continuó Steve—, El Yemen y Somalia.
—Dejé el tráfico de esclavos hace tiempo —respondió
el sheik—. Es un juego que desgasta demasiado. Encabecé una banda de ladrones
en El Yemen durante algún tiempo, pero de nuevo me vi forzado a cambiar de
sitio. Vine para acá con un puñado de seguidores fieles y, por Alá, esos
salvajes casi me cortan el cuello la primera vez que nos encontramos, pero
vencí sus recelos y ahora lidero muchos más hombres de los que me han seguido
durante años. Los hombres contra los que luchasteis ayer estaban a mis órdenes,
eran exploradores que yo había mandado por delante. Mi oasis se encuentra
bastante lejos, hacia el oeste. Hemos cabalgado durante varios días, ya que iba
de camino hacia esta ciudad. Cuando mis exploradores volvieron y me dijeron que
se habían topado con dos aventureros, no cambié mi rumbo, pues antes tenía que
ir a Beled-el Djinn por cuestión de negocios. Nos hemos acercado a la ciudad
desde el oeste y hemos visto vuestras pisadas en la arena. Las hemos seguido y
nos hemos encontrado con que erais como búfalos ciegos que no se daban cuenta
de que nos acercábamos.
Steve amenazó:
—No nos hubieseis cogido tan fácilmente si no fuese
porque pensábamos que ningún beduino se atrevería a penetrar en Kara-Shehr.
Nureddin se mostró de acuerdo:
—Pero yo no soy un beduino. He viajado lejos y he
visto muchas tierras y muchas razas diferentes, y también he leído muchos
libros. Sé perfectamente que el temor es humo, que los muertos son muertos, y
que los djinn, los fantasmas y las maldiciones son brumas que se van con el
viento. Es precisamente a causa de las historias acerca de la piedra colorada
por lo que he venido hasta este desierto perdido. Pero me ha llevado meses
pesuadir a mis hombres para que me acompañasen hasta aquí.
—¡Pero finalmente estoy aquí! Y tu presencia es una
sorpresa deliciosa. Sin duda, ya habrás adivinado por qué te he atrapado con
vida; tengo planeado un entretenimiento bastante elaborado para ti y para ese
pathan salvaje. Ahora cogeré el Fuego de Asurbanipal y nos iremos.
Se giró y se dirigió hacia el trono, pero uno de
sus hombres, un gigante con barba y con un solo ojo, exclamó:
—¡Detente, señor! ¡Un mal muy antiguo reinó en este
lugar antes de los días de Mahoma! El djinn aúlla por estas salas cuando el
viento sopla, y muchos hombras han visto fantasmas bailando en las murallas
bajo la luz de la luna. Ningún mortal ha desafiado a esta ciudad durante miles
de años excepto uno, hace unos cincuenta años, que huyó desesperado. Has venido
desde El Yemen y no conoces la vieja maldición que pesa sobre esta ciudad
depravada y sobre esa piedra maléfica, que late como el corazón rojo de Satán.
Te hemos seguido hasta aquí en contra de nuestros principios porque has
demostrado ser un hombre fuerte y porque dices que tienes un conjuro contra
todos los seres malignos. Dijiste que sólo querías echarle un vistazo a esta
piedra preciosa, pero ahora nos hemos dado cuenta de que tu intención no es
otra que la de quedártela. ¡No ofendas al djinn!
—¡No, Nureddin, no ofendas al djinn! —repitieron a
coro el resto de beduinos. Los rufianes que siempre habían sido fieles al sheik
se mantenían en un grupo compacto, aparte del de los beduinos, y no dijeron
nada; envilecidos por los crímenes y otras acciones nada piadosas, eran menos
sensibles a las supersticiones que los hombres del desierto, que habían
escuchado durante siglos la temible historia de la ciudad maldita. Steve, a
pesar de que odiaba a Nureddin con todo el veneno que podía destilar su alma, se
dio cuenta del magnetismo de ese hombre, una capacidad de liderazgo innata que
le había permitido imponerse a los temores y tradiciones de muchos años.
—La maldición recae sobre los infieles que irrumpen
en la ciudad —respondió Nureddin—, no en los creyentes. Fijaos, en esta
habitación hemos vencido a nuestros enemigos Kafar!
Uno de aquellos halcones del desierto que lucía una
barba blanca negó con la cabeza.
—La maldición es más antigua que Mahoma, y no
distingue entre razas o creencias. Unos hombres terribles se agruparon en esta
ciudad negra en el amanecer de los tiempos. Oprimieron a nuestros antepasados
de tiendas negras y lucharon entre ellos; las murallas negras de esta ciudad se
tiñeron de sangre y vibraron con los gritos de fiestas profanas y los susurros
de oscuras intrigas. Os voy a contar cómo vino hasta aquí esta piedra: a la
corte de Asurbanipal llegó un mago al que la oscura sabiduría de los tiempos no
le estaba negada. Con el fin de ganar honor y poder para sí mismo, desafió los
horrores de una enorme cueva sin nombre que se encuentra en una tierra oscura y
desconocida, y de aquellas malignas profundidades extrajo esa gema brillante,
tallada por las propias llamas del infierno. Gracias a su temible dominio de la
magia negra, hechizó al demonio que custodiaba la antigua gema y la robó,
dejándolo dormido en aquella caverna desconocida. Una vez que este mago
—llamado Xuthltan— se hubo instalado en la corte del sultán Asurbanipal empezó
a hacer magia y predecir sucesos escrutando el interior de la piedra, que sólo
sus ojos podían contemplar sin quedar completamente cegados. Entonces la gente
llamó a esta piedra el Fuego de Asurbanipal, en honor del rey.
»Pero la desgracia se cernió sobre todo el reino y
la gente empezó a decir que era a causa de la maldición del djinn. Entonces el
sultán, asustado, le ordenó a Xuthltan que cogiese la gema y la devolviese a la
caverna de donde la había robado, antes de que se produjesen males todavía
peores. Pero no era intención del mago deshacerse de la gema en la que había
podido leer los extraordinarios secretos de la época pre-Adamita, por lo que
huyó a la ciudad rebelde de Kara-Shehr, donde pronto estalló una guerra civil y
los hombres lucharon los unos contra los otros para hacerse con la gema. En ese
momento el rey de la ciudad, anhelando apoderarse de la piedra, atrapó al mago
y lo torturó hasta la muerte. Y fue en esta misma habitación donde vio cómo
moría, el rey se sentó en el trono con la gema en su mano, como se había
sentado antes, como se ha sentado a lo largo de los siglos, ¡como está sentado
precisamente ahora!»
El árabe señaló con el dedo la masa de huesos que
ocupaba el trono de mármol y los bravos hombres del desierto retrocedieron
atemorizados; incluso a algunos de los secuaces más fieles a Nureddin se les
heló el aliento, pero el sheik se mantuvo imperturbable.
—En el momento de morir —continuó el viejo
beduino—, Xuthltan maldijo la piedra cuya magia no le había salvado y gritó
unas palabras terribles que rompieron el hechizo que pesaba sobre el demonio de
la caverna y lo liberó. E invocando a los dioses olvidados, Cthulhu, Koth y
Yog-Sothoth, y a los moradores pre-adamitas de todas las ciudades oscuras
ocultas bajo el mar y en las profundidades de la tierra, les impelió a
recuperar lo que era suyo, y en su último aliento condenó al falso rey. Y esta
condena consistió en que el rey permanecería sentado en su trono, con el Fuego
de Asurbanipal en la mano, hasta el día del Juicio Final. Entonces la gran
piedra gritó como si estuviese viva, e inmediatamente, ante los ojos del rey y
de sus soldados, una bruma negra que se movía en círculos se alzó desde el
suelo y liberó un viento fétido. Y de este viento surgió un espantoso espectro
que alargó sus terribles zarpas y las dejó caer sobre el rey, que desfalleció y
murió al contacto con ellas. Los soldados huyeron despavoridos y, con el resto
de habitantes de la ciudad, se lanzaron al desierto, donde perecieron o
consiguieron llegar completamente destrozados hasta las lejanas poblaciones de
los oasis. Kara-Shehr quedó desierta y silenciosa, y se convirtió en madriguera
para reptiles y chacales. Las pocas veces que las gentes del desierto se han
aventurado en la ciudad, se han encontrado con el rey muerto en su trono,
asiendo la resplandeciente gema, pero nunca se han atrevido a tocarla, ya que
saben que el demonio que la vigila está cerca, acechando, de la misma manera
que nos está acechando ahora, mientras permanecemos aquí».
Los guerreros se estremecieron y empezaron a mirar
a su alrededor. En ese momento Nureddin tomó la palabra:
—Entonces, ¿por qué no apareció cuando los
extranjeros entraron en la sala? ¿Acaso está tan sordo que el ruido del combate
no lo ha despertado?
—Todavía no hemos tocado la gema —respondió el
viejo beduino—, y tampoco lo han hecho los extranjeros. Los hombres pueden
verla y continuar vivos, pero ningún mortal que la haya tocado ha sobrevivido.
Nureddin siguió hablando, pero en cuanto vio
aquellos rostros tan obstinados se dio cuenta de la inutilidad de todos sus
razonamientos. Entonces cambió su actitud radicalmente.
—Yo soy quien manda aquí —dijo con voz firme
mientras dejaba caer la mano sobre la funda de su pistola—. ¡No me he esforzado
tanto ni he asesinado por esta gema como para ahora echarme atrás por culpa de
unos temores sin ningún fundamento! ¡Quedaos todos ahí! ¡Si alguno intenta
detenerme, su cabeza peligrará!
Los miró fijamente, con un brillo amenazador en los
ojos, y todos recularon, impresionados por el poder de su carácter despiadado.
Se acercó con paso firme a los escalones de mármol. Los árabes mantuvieron el
aliento, acercándose poco a poco hacia la puerta; Yar Alí, que por fin había
recuperado el conocimiento, emitió un gemido de impotencia; «¡Dios!», pensó
Steve, «¡Qué escena más extraña!». Dos prisioneros atados sobre el suelo lleno
de polvo, unos guerreros salvajes agrupados entre sí y sosteniendo sus armas,
el olor agrio de la sangre y de la pólvora quemada todavía flotando en el aire,
cuerpos que yacen envueltos en sangre, con el cerebro y las entrañas esparcidos
por el suelo; y, sobre el pedestal, el terrible sheik ajeno a todo excepto al
maligno brillo carmesí que surgía de entre los dedos del esqueleto que
descansaba en el trono de mármol.
Un silencio tenso se apoderó de todos cuando
Nureddin alargó lentamente la mano, como si estuviese hipnotizado por la
vibrante luz carmesí. En el subconsciente de Steve se despertó un estremiciento
débil, como de algo inmenso y desagradable que se despertaba de repente después
de un largo letargo. Los ojos del americano se dirigieron instintivamente hacia
aquellas paredes siniestras y enormes que le rodeaban. El brillo de la joya
había cambiado de una manera sorprendente; ahora era de un rojo más intenso,
más profundo, que aparecía hostil y amenazador.
—Corazón de todos los males —murmuró el sheik—,
¿cuántos príncipes han muerto por ti desde los inicios del mundo? Probablemente
es la sangre de los reyes lo que palpita en tu interior. Los sultanes,
princesas y generales que te han lucido como suyo ahora no son más que polvo y
han caído en el olvido, pero tú aún brillas con una intensidad majestuosa,
fuego del mundo.
Nureddin cogió la piedra y un gemido estremecedor
surgió de las gargantas de los árabes. Un gemido que cortó rápidamente un grito
inhumano. A Steve le pareció que era la magnífica joya quien había gritado como
si estuviese viva. La piedra se escurrió de la mano del sheik. Es posible que
se le cayese a Nureddin, pero a Steve le pareció que la piedra se movió
convulsivamente, igual que se podría mover una cosa viva. Cayó desde el
pedestal y fue saltando de escalón en escalón, con Nureddin saltando detrás suyo,
maldiciendo el momento en que se le escapó de la mano. La piedra llegó hasta el
suelo, cambiando de dirección de repente y, a pesar de la cantidad de polvo y
de arena, fue rodando como una bola de fuego hasta la pared de detrás. Nureddin
ya la tenía prácticamente en su poder —la piedra golpeó la pared y se detuvo— y
alargó el brazo para hacerse de nuevo con ella.
Un alarido de terror rompió aquel tenso silencio.
Sin previo aviso, la sólida pared se abrió y de su interior surgió un tentáculo
que golpeó y envolvió el cuerpo del sheik, igual que una pitón aprisiona a sus
víctimas, y lo sacudió y arrastró hasta la oscuridad. Entonces, la pared se
tornó lisa y sólida de nuevo; lo único que se oyó fue un grito agudo que se iba
apagando y heló la sangre de todos los que lo percibieron. Aullando sonidos
ininteligibles, los árabes salieron en estampida, formando una masa alborozada
que luchaba contra la puerta de salida, rompiéndola y bajando después
alocadamente por las enormes escaleras. Steve y Yar Alí permanecieron allí sin
ninguna ayuda, oyendo en la lejanía el frenético clamor de los que huían y
mirando horrorizados a aquella siniestra pared. El griterío dejó paso en poco
rato a un silencio aún más terrorífico. Manteniendo el aliento, oyeron de
repente un sonido que les heló la sangre en las venas: el ruido de algo
metálico o de una piedra que se deslizaba suavemente por una ranura. En ese
instante la puerta oculta empezó a abrirse y Steve vio un brillo entre la
oscuridad que podría haber sido el brillo de unos ojos monstruosos. Steve cerró
sus propios ojos; no se atrevía a mirar cualquiera que fuese el horror que
surgiese de esa repulsiva negrura. Sabía que hay tensiones que el cerebro
humano no puede resistir, y todos los instintos primitivos del alma le
imploraban que todo esto fuese una pesadilla y una locura. Sintió cómo Yar Alí
también cerraba los ojos y cómo los dos yacían en el suelo como dos hombres
muertos.
Clarney no percibió ningún sonido, pero sintió la
presencia de un mal terrible, demasiado espantoso como para ser comprendido por
una mente humana; un ser de mares de otros mundos, de los oscuros confines
cósmicos. Un frío mortal se esparció por toda la sala. Steve sintió el brillo
de unos ojos inhumanos que le abrasaban con la mirada y le inutilizaban todos
los sentidos. Sabía que si miraba, si abría los ojos aunque sólo fuese un
instante, la locura más absoluta se apoderaría de él inmediatamente. Sintió en
la cara un aliento asqueroso que le estremeció el alma y supo que el monstruo
se había inclinado encima suyo, pero permaneció inmóvil, como un hombre
congelado por una pesadilla. Se aferraba con fuerza a un único pensamiento: ni
él ni Yar Alí habían tocado la joya que este demonio custodiaba. Después dejó
de percibir aquel olor nauseabundo, sintió que el frío que flotaba en el aire
iba decreciendo y oyó como la puerta secreta se deslizaba de nuevo sobre sus
goznes. Aquella criatura maligna regresaba a su escondite. Ni siquiera todas
las legiones del infierno hubiesen sido capaces de evitar que los ojos de Steve
se entreabriesen mínimamente. Sólo pudo vislumbrar durante un segundo cómo se
acababa de cerrar la puerta secreta, y éste único segundo le bastó para perder
la consciencia totalmente. Steve Clarney, aventurero de nervios de acero, había
desfallecido por primera y única vez en su azarosa vida.
Cuánto tiempo permaneció ahí inconsciente, Steve
nunca lo sabrá, pero no pudo ser demasiado, ya que un susurro de Yar Alí le
hizo volver en sí:
—Túmbese de lado, sahib, moviéndome un poco
alcanzaré sus ataduras con mis dientes.
Steve sintió cómo los fuertes dientes del afgano
roían sus ligaduras, y mientras permanecía con la cara contra el polvo del
suelo notó que el hombro herido se le despertaba con unas punzadas
inaguantables —se había olvidado de él por completo hasta entonces— y empezó a
reunir todos los componentes de su consciencia, que hasta entonces vagaban
desordenados por su mente. ¿Hasta dónde, se preguntaba asombrado, habían
llegado las pesadillas del delirio, originadas en el sufrimiento y en la sed
que quemaban la garganta? El combate con los árabes había sido real —las
ataduras y las heridas lo demostraban— pero la terrible muerte del sheik
—aquella cosa que surgió del agujero negro de la pared— probablemente había
sido fruto del delirio. Nureddin debía de haber caído por un pozo u otro tipo
de agujero.
Steve notó que ya tenía las manos libres y se alzó,
sentándose en el suelo. Revolvió sus ropas en busca de una navaja que había
pasado inadvertida a los árabes. No miró hacia arriba ni al resto de la
habitación mientras cortaba las cuerdas que le inmovilizaban las piernas, y
después liberó a Yar Alí moviéndose con gran dificultad, ya que su hombro
izquierdo estaba rígido y era totalmente inútil.
—¿Dónde están los beduinos? —preguntó mientras el
afgano estaba a sus pies levantándose—.
—Alá, sahib —susurró Yar Alí—, ¿está usted loco?
¿Acaso lo ha olvidado? ¡Vayámonos rápido, antes de que el djinn regrese!
—Fue una pesadilla —murmuró Steve—. ¡Mira! ¡La joya
está de nuevo en el trono!
Su voz se apagó de repente. Allí estaba otra vez
aquel palpitante resplandor en el viejo trono, reflejándose en el mismo
polvoriento esqueleto, cuyos dedos de hueso sostenían de nuevo el Fuego de
Asurbanipal. Pero a los pies del trono yacía un objeto que nunca antes había
estado allí: era la cabeza de Nureddin El Mekru, que había sido cortada de su
cuerpo y vanamente alzaba los ojos hacia la luz gris que se filtraba a través
del techo de piedra. Los labios descoloridos se contraían dejando ver los dientes
en una mueca horrible, y los ojos reflejaban un horror insoportable. En la
gruesa capa de polvo y arena que cubría el suelo, había tres huellas
diferentes: las del propio sheik hasta el sitio donde rodó la joya y topó con
la pared, y, encima de ellas, dos grupos más de pisadas, unas yendo hacia el
trono y otras regresando hacia la pared, grandes, sin una forma definida, como
anchas y lisas, con dedos o garras enormes; no eran ni de hombre ni de animal.
—¡Por Dios! —exclamó Steve, quedándose sin respirar
unos instantes—. Ha sido real, y también lo es la Cosa, la Cosa que vi.
Steve recordó la huida de aquella sala como una
pesadilla impetuosa, durante la cual él y su compañero bajaron disparados por
una escalera sin fin que parecía un agujero gris de temor, corrieron a ciegas a
través de polvorientas y silenciosas habitaciones, pasaron por delante del
ídolo que reinaba amenazador en el salón más grande y fueron a dar de lleno con
la resplandeciente luz del sol del desierto, donde cayeron extenuados
intentando recuperar el aliento.
Y de nuevo a Steve le hizo reaccionar la voz del
afridi:
—¡Sahib, sahib, Alá se ha compadecido de nosotros,
nuestra suerte ha cambiado!
Steve miró a su compañero con la mirada de alguien
que está en trance. Las ropas del afgano estaban hechas jirones y llenas de
sangre. Estaba rebozado de arena y cubierto de sangre, y su voz era una especie
de graznido, pero sus ojos estaban radiantes y alzaba la mano señalando
trémulamente con el dedo.
—¡A la sombra de aquel muro en ruinas! —graznó,
esforzándose por humedecerse los labios ennegrecidos—. ¡Allah il Allah! ¡Los
caballos de los hombres que hemos matado! ¡Con cantimploras y bolsas de comida
junto a las sillas! ¡Esos perros han huido sin detenerse a coger los caballos
de sus camaradas!
Un nuevo soplo de vida surgió del pecho de Steve,
que se levantó tambaleándose.
—¡Vámonos de aquí! —dijo sin abrir casi la boca—.
¡Vámonos de aquí rápido!
Como muertos vivientes fueron dando tumbos hasta
los caballos, los soltaron y subieron a las sillas como pudieron.
—Nos dirigiremos hacia las montañas —dijo Steve, y
Yar Alí asintió vivamente—. Es posible que los necesitemos antes de alcanzar la
costa.
A pesar de que sus desquiciados nervios pedían a
gritos el agua que sonaba en las cantimploras sujetas a las sillas, espolearon
las monturas y, balanceándose en la silla, cabalgaron raudos a lo largo de las
calles llenas de arena de Kara-Shehr, entre los palacios en ruinas y las
columnas que se caían a trozos, cruzaron las destrozadas murallas y se
adentraron en el desierto. Ni una sola vez echaron la vista atrás hacia aquella
masa oscura que albergaba viejos horrores, y ni siquiera hablaron una palabra
hasta que las ruinas se desvanecieron en la distancia. Fue entonces, y sólo
entonces, cuando aminoraron y satisficieron su sed.
—¡Allah il Allah! —imploró devotamente Yar Alí—.
Esos perros me han golpeado y golpeado hasta no dejarme ni un hueso sano.
Desmonte, se lo pido, sahib, y déjeme examinarle el hombro en busca de esa
maldita bala. Luego se lo vendaré lo mejor que pueda.
Mientras le curaba, Yar Alí preguntó, evitando la
mirada de su amigo:
—¿Usted dijo, sahib, dijo algo acerca, acerca de
ver una cosa? ¿Qué es lo que vio, en nombre de Alá?
Un temblor fuerte y violento sacudió el vigoroso
cuerpo del americano.
—¿No estabas mirando cuando..., cuando la Cosa
devolvió la joya a la mano del esqueleto y dejó la cabeza de Nureddin en el
pedestal?
—¡No, por Alá! —juró Yar Alí—. ¡Tenía los ojos tan
cerrados como si me los hubiesen soldado con hierro fundido por Satán!
Steve no respondió hasta que los dos camaradas
hubieron saltado de nuevo a las sillas de los caballos y reanudado su largo
viaje hacia la costa, que tenían grandes posibilidades de alcanzar, dado que
ahora disponían de caballos, comida, agua y armas.
—Yo sí que miré —dijo el americano con voz triste—.
Y ojalá no lo hubiese hecho; sé que soñaré con ello durante toda mi vida. Sólo
eché una breve ojeada; y no podría describírtelo de la manera que un hombre
describiría una cosa de este mundo. Espero que Dios me ayude; no era una cosa
terrenal, ni tampoco imaginable. Hay que saber que el hombre no es el primer
habitante de la tierra; hay seres que ya estaban aquí antes de su llegada, y
ahora aparecen como supervivientes de épocas antiguas y desconocidas. Es posible
que mundos de dimensiones que nos son extrañas permanezcan aún hoy
imperceptibles en este universo material. En el pasado, los brujos invocaban a
demonios que estaban dormidos y los controlaban con ayuda de la magia. No es
descabellado suponer que un mago asirio invocase a uno de estos demonios
primitivos y lo atrajese hasta la tierra para vengarle y para custodiar algo
que, sin duda, procede del mismo infierno. Intentaré explicarte lo que pude
entrever, y después no volveré a hablar de ello jamás. Era gigantesco, negro y
siniestro; era una monstruosidad deforme y desgarbada que caminaba erguida como
un hombre, pero que parecía más bien un sapo, y que además tenía alas y
tentáculos. Sólo lo vi de espaldas; si lo hubiese visto de frente, si le hubiese
visto la cara, no me cabe ninguna duda de que hubiese enloquecido por completo.
El viejo árabe tenía razón; ¡que Dios nos proteja, era el monstruo que Xuthltan
trajo de las remotas y oscuras cavernas de la tierra para custodiar el Fuego de
Asurbanipal!
______________________
Robert E. Howard (1906-1936)

