Libro N° 9763. Rashomon. Akutagawa, Ryunosuke.
© Libro N° 9763. Rashomon. Akutagawa, Ryunosuke. Emancipación.
Abril 2 de 2022.
Título original: © Rashomon. Ryunosuke Akutagawa
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Original: © Rashomon. Ryunosuke Akutagawa
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Ryunosuke Akutagawa
Rashomon
Ryunosuke Akutagawa
Era un frío atardecer. Bajo Rashomon, el sirviente
de un samurai esperaba que cesara la lluvia. No había nadie en el amplio
portal. Sólo un grillo se posaba en una gruesa columna, cuya laca carmesí
estaba resquebrajada en algunas partes. Situado Rashomon en la Avenida Sujaltu,
era de suponer que algunas personas, como ciertas damas con el ichimegasa o
nobles con el momiebosh, podrían guarecerse allí; pero al parecer no había
nadie fuera del sirviente. Y era explicable, ya que en los últimos dos o tres
años la ciudad de Kyoto había sufrido una larga serie de calamidades:
terremotos, tifones, incendios y carestías la habían llevado a una completa
desolación. Dicen los antiguos textos que la gente llegó a destruir las
imágenes budistas y otros objetos del culto, y esos trozos de madera, laqueada
y adornada con hojas de oro y plata, se vendían en las calles como leña. Ante
semejante situación, resultaba natural que nadie se ocupara de restaurar
Rashomon. Aprovechando la devastación del edificio, los zorros y otros animales
instalaron sus madrigueras entre las ruinas; por su parte ladrones y
malhechores no lo desdeñaron como refugio, hasta que finalmente se lo vio
convertido en depósito de cadáveres anónimos. Nadie se acercaba por los
alrededores al anochecer, más que nada por su aspecto sombrío y desolado.
En cambio, los cuervos acudían en bandadas desde
los más remotos lugares. Durante el día, volaban en círculo alrededor de la
torre, y en el cielo enrojecido del atardecer sus siluetas se dispersaban como
granos de sésamo antes de caer sobre los cadáveres abandonados.
Pero ese día no se veía ningún cuervo, tal vez por
ser demasiado tarde. En la escalera de piedra, que se derrumbaba a trechos y
entre cuyas grietas crecía la hierba, podían verse los blancos excrementos de
estas aves. El sirviente vestía un gastado kimono azul, y sentado en el último
de los siete escalones contemplaba distraídamente la lluvia, mientras
concentraba su atención en el grano de la mejilla derecha.
Como decía, el sirviente estaba esperando que
cesara la lluvia; pero de cualquier manera no tenía ninguna idea precisa de lo
que haría después. En circunstancias normales, lo natural habría sido volver a
casa de su amo; pero unos días antes éste lo había despedido, no obstante los
largos años que había estado a su servicio. El suyo era uno de los tantos
problemas surgidos del precipitado derrumbe de la prosperidad de Kyoto.
Por eso, quizás, hubiera sido mejor aclarar: “el
sirviente espera en el portal sin saber qué hacer, ya que no tiene adónde ir”.
Es cierto que, por otra parte, el tiempo oscuro y tormentoso había deprimido
notablemente el sentimentalismo de este sirviente de la época Heian.
Habiendo comenzado a llover a mediodía, todavía
continuaba después del atardecer. Perdido en un mar de pensamientos
incoherentes, buscando algo que le permitiera vivir desde el día siguiente y la
manera de obrar frente a ese inexorable destino que tanto lo deprimía, el
sirviente escuchaba, abstraído, el ruido de la lluvia sobre la Avenida Sujaku.
La lluvia parecía recoger su ímpetu desde lejos,
para descargarlo estrepitosamente sobre Rashomon, como envolviéndolo. Alzando
la vista, en el cielo oscuro se veía una pesada nube suspendida en el borde de
una teja inclinada.
“Para escapar a esta maldita suerte -pensó el
sirviente- no puedo esperar a elegir un medio, ni bueno ni malo, pues si
empezara a pensar sin duda me moriría de hambre en medio del camino o en alguna
zanja; luego me traerían aquí, a esta torre, dejándome tirado como a un perro.
Pero si no elijo…”
Su pensamiento, tras mucho rondar la misma idea,
había llegado por fin a este punto. Pero ese “si no elijo…” quedó fijo en su
mente. Aparentemente estaba dispuesto a emplear cualquier medio; pero al decir
“si no…” demostró no tener el valor suficiente para confesarse rotundamente:
“no me queda otro remedio que convertirme en ladrón”.
Lanzó un fuerte estornudo y se levantó con
lentitud. El frío anochecer de Kyoto hacía aflorar el calor del fuego. El
viento, en la penumbra, gemía entre los pilares. El grillo que se posaba en la
gruesa columna había desaparecido.
Con la cabeza metida entre los hombros paseó la
mirada en torno del edificio; luego levantó las hombreras del kimono azul que
llevaba sobre una delgada ropa interior. Se decidió por fin a pasar la noche en
algún lugar que le permitiera guarecerse de la lluvia y del viento, en donde
nadie lo molestara.
El sirviente descubrió otra escalera ancha, también
laqueada, que parecía conducir a la torre. Ahí arriba nadie lo podría molestar,
excepto los muertos. Cuidando de que no se deslizara su espada de la vaina
sujeta a la cintura, el sirviente puso su pie calzado con sandalias sobre el
primer peldaño.
Minutos después, en mitad de la amplia escalera que
conducía a la torre de Rashomon, un hombre acurrucado como un gato, con la
respiración contenida, observaba lo que sucedía más arriba. La luz procedente
de la torre brillaba en la mejilla del hombre; una mejilla que bajo la corta
barba descubría un grano colorado, purulento. El hombre, es decir el sirviente,
había pensado que dentro de la torre sólo hallaría cadáveres; pero subiendo dos
o tres escalones notó que había luz, y que alguien la movía de un lado a otro.
Lo supo cuando vio su reflejo mortecino, amarillento, oscilando de un modo
espectral en el techo cubierto de telarañas. ¿Qué clase de persona encendería
esa luz en Rashomon, en una noche de lluvia como aquélla?
Silencioso como un lagarto, el sirviente se
arrastró hasta el último peldaño de la empinada escalera. Con el cuerpo
encogido todo lo posible y el cuello estirado, observó medrosamente el interior
de la torre.
Confirmando los rumores, vio allí algunos cadáveres
tirados negligentemente en el suelo. Como la luz de la llama iluminaba
escasamente a su alrededor, no pudo distinguir la cantidad; únicamente pudo ver
algunos cuerpos vestidos y otros desnudos, de hombres y mujeres. Los hombros,
el pecho y otras partes recibían una luz agonizante, que hacía más densa la
sombra en los restantes miembros.
Unos con la boca abierta, otros con los brazos
extendidos, ninguno daba más señales de vida que un muñeco de barro. Al verlos
entregados a ese silencio eterno, el sirviente dudó que hubiesen vivido alguna
vez.
El hedor que despedían los cuerpos ya descompuestos
le hizo llevar rápidamente la mano a la nariz. Pero un instante después olvidó
ese gesto. Una impresión más violenta anuló su olfato al ver que alguien estaba
inclinado sobre los cadáveres.
Era una vieja escuálida, canosa y con aspecto de
mona, vestida con un kimono de tono ciprés. Sosteniendo con la mano derecha una
tea de pino, observaba el rostro de un muerto, que por su larga cabellera
parecía una mujer.
Poseído más por el horror que por la curiosidad, el
sirviente contuvo la respiración por un instante, sintiendo que se le erizaban
los pelos. Mientras observaba aterrado, la vieja colocó su tea entre dos tablas
del piso, y sosteniendo con una mano la cabeza que había estado mirando, con la
otra comenzó a arrancarle el cabello, uno por uno; parecía desprenderse
fácilmente.
A medida que el cabello se iba desprendiendo, cedía
gradualmente el miedo del sirviente; pero al mismo tiempo se apoderaba de él un
incontenible odio hacia esa vieja. Ese odio -pronto lo comprobó- no iba
dirigido sólo contra la vieja, sino contra todo lo que simbolizase “el mal”,
por el que ahora sentía vivísima repugnancia. Si en ese instante le hubiera
sido dado elegir entre morir de hambre o convertirse en ladrón -el problema que
él mismo se había planteado hacía unos instantes- no habría vacilado en elegir
la muerte. El odio y la repugnancia ardían en él tan vivamente como la tea que
la vieja había clavado en el piso.
Él no sabía por qué aquella vieja robaba cabellos;
por consiguiente, no podía juzgar su conducta. Pero a los ojos del sirviente,
despojar de las cabelleras a los muertos de Rashomon, y en una noche de
tormenta como ésa, cobraba toda la apariencia de un pecado imperdonable.
Naturalmente, este nuevo espectáculo le había hecho olvidar que sólo momentos
antes él mismo había pensado hacerse ladrón.
Reunió todas sus fuerzas en las piernas, y saltó
con agilidad desde su escondite; con la mano en su espada, en una zancada se
plantó ante la vieja. Ésta se volvió aterrada, y al ver al hombre retrocedió
bruscamente, tambaleándose.
-¡Adónde vas, vieja infeliz! -gritó cerrándole el
paso, mientras ella intentaba huir pisoteando los cadáveres.
La suerte estaba echada. Tras un breve forcejeo el
hombre tomó a la vieja por el brazo (de puro hueso y piel, más bien parecía una
pata de gallina), y retorciéndoselo, la arrojó al suelo con violencia:
-¿Qué estabas haciendo? Contesta, vieja; si no,
hablará esto por mí.
Diciendo esto, el sirviente la soltó, desenvainó su
espada y puso el brillante metal frente a los ojos de la vieja. Pero ésta
guardaba un silencio malicioso, como si fuera muda. Un temblor histérico
agitaba sus manos y respiraba con dificultad, con los ojos desorbitadas. Al
verla así, el sirviente comprendió que la vieja estaba a su merced. Y al tener
conciencia de que una vida estaba librada al azar de su voluntad, todo el odio
que había acumulado se desvaneció, para dar lugar a un sentimiento de satisfacción
y de orgullo; la satisfacción y el orgullo que se sienten al realizar una
acción y obtener la merecida recompensa. Miró el sirviente a la vieja y
suavizando algo la voz, le dijo:
-Escucha. No soy ningún funcionario imperial. Soy
un viajero que pasaba accidentalmente por este lugar. Por eso no tengo ningún
interés en prenderte o en hacer contigo nada en particular. Lo que quiero es
saber qué estabas haciendo aquí hace un momento.
La vieja abrió aún más los ojos y clavó su mirada
en el hombre; una mirada sarcástica, penetrante, con esos ojos sanguinolentos
que suelen tener ciertas aves de rapiña. Luego, como masticando algo, movió los
labios, unos labios tan arrugados que casi se confundían con la nariz. La punta
de la nuez se movió en la garganta huesuda. De pronto, una voz áspera y
jadeante como el graznido de un cuervo llegó a los oídos del sirviente:
-Yo, sacaba los cabellos… sacaba los cabellos… para
hacer pelucas…
Ante una respuesta tan simple y mediocre el
sirviente se sintió defraudado. La decepción hizo que el odio y la repugnancia
lo invadieran nuevamente, pero ahora acompañados por un frío desprecio. La
vieja pareció adivinar lo que el sirviente sentía en ese momento y, conservando
en la mano los largos cabellos que acababa de arrancar, murmuró con su voz
sorda y ronca:
-Ciertamente, arrancar los cabellos a los muertos
puede parecerle horrible; pero ninguno de éstos merece ser tratado de mejor
modo. Esa mujer, por ejemplo, a quien le saqué estos hermosos cabellos negros,
acostumbraba vender carne de víbora desecada en la Barraca de los Guardianes,
haciéndola pasar nada menos que por pescado. Los guardianes decían que no
conocían pescado más delicioso. No digo que eso estuviese mal pues de otro modo
se hubiera muerto de hambre. ¿Qué otra cosa podía hacer? De igual modo podría
justificar lo que yo hago ahora. No tengo otro remedio, si quiero seguir
viviendo. Si ella llegara a saber lo que le hago, posiblemente me perdonaría.
Mientras tanto el sirviente había guardado su
espada, y con la mano izquierda apoyada en la empuñadura, la escuchaba
fríamente. La derecha tocaba nerviosamente el grano purulento de la mejilla. Y
en tanto la escuchaba, sintió que le nacía cierto coraje, el que le faltara
momentos antes bajo el portal. Además, ese coraje crecía en dirección opuesta
al sentimiento que lo había dominado en el instante de sorprender a la vieja.
El sirviente no sólo dejó de dudar (entre elegir la muerte o convertirse en
ladrón) sino que en ese momento el tener que morir de hambre se había
convertido para él en una idea absurda, algo por completo ajeno a su
entendimiento.
-¿Estás segura de lo que dices? -preguntó en tono
malicioso y burlón.
De pronto quitó la mano del grano, avanzó hacia
ella y tomándola por el cuello le dijo con rudeza:
-Y bien, no me guardarás rencor si te robo,
¿verdad? Si no lo hago, también yo me moriré de hambre.
Seguidamente, despojó a la vieja de sus ropas, y
como ella tratara de impedirlo aferrándosele a las piernas, de un puntapié la
arrojó entre los cadáveres. En cinco pasos el sirviente estuvo en la boca de la
escalera; y en un abrir y cerrar de ojos, con la amarillenta ropa bajo el
brazo, descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche.
Un momento después la vieja, que había estado
tendida como un muerto más, se incorporó, desnuda. Gruñendo y gimiendo, se
arrastró hasta la escalera, a la luz de la antorcha que seguía ardiendo. Asomó
la cabeza al oscuro vacío y los cabellos blancos le cayeron sobre la cara.
Abajo, sólo la noche negra y muda.
Adónde fue el sirviente, nadie lo sabe.
FIN

