© Libro N° 9733. Bárbara Roloffin. Hoffmann, E.T.A. Emancipación. Marzo
26 de 2022.
Título original: © Bárbara Roloffin. E.T.A. Hoffmann (1776-1822)
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Original: © Bárbara Roloffin. E.T.A. Hoffmann
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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E.T.A. Hoffmann
Bárbara Roloffin
E.T.A. Hoffmann
«BÁRBARA ROLOFFIN»:
E.T.A. HOFFMANN
RELATO Y ANÁLISIS
Bárbara Roloffin (Barbara Roloffin) es un relato de
terror del escritor alemán E.T.A. Hoffmann (1776-1822), publicado en la
antología de 1819: Los hermanos de Serapion (Die Serapionsbrüder).
Bárbara Roloffin, uno de los grandes relatos de
terror de E.T.A. Hoffmann, narra la historia de una bruja llamada Bárbara
Roloffin, y el proceso judicial en la que se ve envuelta a propósito de sus
actividades en la Berlín del siglo XVII.
El relato comienza con la llegada de un misterioso
extranjero que se instala en la ciudad de Berlín. A pesar de sus hábitos
extraños, casi excéntricos, todos coinciden en que se trata de un hombre
sumamente alegre y amable. Solo la partera local, Bárbara Roloffin, se atreve a
dudar de él.
Esa aguda intuición de los propósitos siniestros
del forastero termina siendo su desgracia, ya que cuando la esposa Walther
Lütkens, consejero de la zona, da a luz a una criatura abominable, todos acusan
a la partera, Bárbara Roloffin, de ser una bruja.
Ella es procesada, condenada, y justo antes de que
se ejecute la sentencia —morir quemada en la hoguera— se produce un hecho
asombroso que por fin aclara la situación, y a su vez genera uno de los
desenlaces más increíbles de la producción literaria de E.T.A. Hoffmann.
El título original de Bárbara Roloffin es:
Nachricht aus dem Leben eines bekannten Mannes, que puede traducirse como:
«Noticias de la vida de un hombre bien conocido»; lo cual ha dado alguna
versión en español titulada: La vida de un personaje bien conocido.
BÁRBARA ROLOFFIN
E.T.A.
Hoffmann
(1776-1822)
En el año 1551, viose paseando por las calles de
Berlín, a la hora del atardecer y durante la noche, a un hombre de buen aspecto
y noble continente, con un jubón guarnecido de martas cibelinas, calzones muy
anchos y zapatos abiertos, la cabeza cubierta de una amplia gorra de terciopelo
con pluma roja. Sus modales eran corteses y amables, saludaba caballerosamente
a todo el mundo, con preferencia a las señoras y señoritas, a las que se
dirigía amablemente con floridos discursos.
—Señora —decía a las damas encopetadas—, dignaos
dar órdenes a vuestro humilde servidor y confiarle vuestros deseos para que al
punto pueda ponerse a vuestro servicio.
Luego, dirigiéndose a las jóvenes, decía:
—¡El cielo os dé un marido digno de vuestra belleza
y virtudes!
Con igual benevolencia trataba a los hombres, por
lo que no era nada extraño que aquel extranjero fuese muy apreciado y que todos
acudiesen en su auxilio cuando se encontraba detenido por algún torrente
callejero y no sabía cómo atravesarlo. Pues si bien era alto y bien formado,
cojeaba de un pie, por lo que se veía precisado a apoyarse en su cayado. Pero
si alguien le daba la mano, de un salto se alzaba como a dos metros del suelo,
yendo a parar algunas veces doce pasos más allá de su lugar de partida.
Esto admiraba no poco a la gente, y más de uno se
rompió una pierna al ayudarle, pero el extranjero se disculpaba diciendo que en
otro tiempo, cuando no era cojo, había sido maestro de danza del rey de
Hungría, y ahora bastaba con que le ayudasen un poco a saltar para que se
apoderase de él el deseo del baile y, muy en contra suya, se veía forzado a dar
saltos en el aire. Contentábase la gente con esta explicación y hasta se
divertía cuando tenían ocasión de ver a un juez, a un cura o a cualquier otra persona
honorable, dando brincos con el extranjero.
Sin embargo, aunque parecía tan divertido y de tan
buen humor, la conducta del extranjero a veces tenía extrañas contradicciones,
pues sucedía que algunas veces por la noche recorría las calles llamando a las
puertas. La gente que abría, quedaba sobrecogida de terror al verle con blancos
ropajes de difunto, lanzando lastimeros gemidos y sollozos. Aunque al día
siguiente se disculpaba, asegurando que era necesario hacer eso para recordar a
los buenos burgueses que somos de carne mortal y que nuestra alma es inmortal,
por lo que siempre deberían de estar precavidos. Al decir esto, solía llorar,
lo que conmovía mucho a sus oyentes.
Asistía también a todos los entierros, y seguía al
difunto con mucha reverencia, dando muestras de tanta aflicción que sus gemidos
y sollozos le impedían tomar parte en los cánticos religiosos. No obstante el
pesar y la aflicción que demostraba en otros casos, cuando se trataba de las
bodas de sus paisanos, que tenían lugar en el Ayuntamiento, sus demostraciones
de alegría y contento también eran notables; cantaba continuamente con voz bien
timbrada, tocaba la cítara y bailaba horas enteras con la novia y con otras
jóvenes, apoyándose en su pierna sana y disimulando la pierna enferma, y
siempre dando muestras de la mayor corrección.
Sin embargo, lo que más agradaba a los recién
casados de la presencia del extranjero es que acostumbraba a hacer muy ricos
regalos, como cadenas y brazaletes y otros objetos valiosos.
Pronto fueron conocidas en Berlín la virtud, la
liberalidad y los méritos de este personaje, y su fama llegó a oídos del gran
elector, el cual consideró que un hombre tan valioso como el extranjero debería
adornar su corte, por lo que envió a alguien a preguntarle si admitiría con
gusto un empleo. El extranjero contestó por escrito, en un pergamino de vara y
media de largo, con caracteres encarnados, dando humildemente las gracias por
el honor, pero rogando que se le concediese el favor de dejarle gozar su pacífica
vida de paisano. Había escogido vivir en Berlín, mejor que en otras ciudades,
porque en ningún sitio había encontrado a hombres tan amables, tan fieles y tan
educados ni con tanta inclinación a la vida animada, conforme a su gusto.
El elector y sus cortesanos admiraron la elegante y
hermosa letra del extranjero y se dieron por satisfechos. Sucedió en aquel
mismo tiempo, que la esposa del consejero Walther Lütkens quedó embarazada por
primera vez. La vieja comadrona, Bárbara Roloffin, predijo que la bella y sana
señora daría a luz un hermoso niño, por lo que el consejero Walther Lütkens se
llenó de alegría y de esperanza. El extranjero, que había asistido a la boda de
Lütkens, acostumbraba visitarle de vez en cuando; de tal modo que un día al
tardecer, cuando entró inesperadamente, encontróse de pronto con Bárbara
Roloffin.
No bien la vieja Bárbara lo hubo visto, dio un
sonoro y prolongado grito de alegría y se tuvo la sensación de que desaparecían
sus arrugas, se coloreaban sus mejillas y pálidos labios como si volvieran a
recobrar la juventud y la belleza, que se habían alejado de ella mucho tiempo
ha.
—¡Ay, señor caballero! Pero ¿sois vos el que estoy
viendo? ¡Sed bienvenido, os saludo reverentemente! —exclamó Bárbara Roloffin,
al tiempo que caía a sus pies.
El caballero le contestó con acento enojado,
echando chispas por los ojos; pero nadie entendió lo que habló con la vieja,
sino ella, que, volviendo a palidecer y a arrugarse, se fue a esconder a un
rincón.
—Querido señor Lütkens —dijo en seguida el
extranjero al consejero—, cuidad de que no suceda en vuestra casa alguna
desgracia y que el parto de vuestra esposa se desarrolle felizmente. La vieja
Bárbara Roloffin no es tan práctica como pensáis. La conozco desde hace tiempo
y sé que más de una vez ha descuidado a la parturienta y al niño.
Este extraño suceso afectó en gran manera al señor
Lütkens y a su esposa, que concibieron sospechas respecto a Bárbara Roloffin,
al verla tan transformada en presencia del extranjero e incluso pensaron si
ejercería malas artes.
Por lo cual la prohibieron volver a pisar el umbral
de la casa y buscaron otra comadrona. Este modo de obrar encolerizó mucho a la
vieja Bárbara Roloffin, que dijo que el señor Lütkens y su esposa se
arrepentirían amargamente de la injusticia que le hacían.
Poco tiempo después, dicho señor Lütkens vio
destruidas sus esperanzas y convertidas en profundo pesar, al ver que su esposa
daba a luz, en vez del niño que había anunciado Bárbara Roloffin, un horrible
monstruo, con la piel de color oscura, dos cuernos, ojos saltones y
grandísimos, nariz pequeña, boca enorme, lengua blancuzca y cuello escasísimo.
La cabeza quedaba entre los hombros, el cuerpo era hinchado y rugoso, los
brazos apenas si llegaban a sus riñones y tenía muslos largos y flacos.
El señor Lütkens gemía y se lamentaba:
—¡Justo cielo! —decía—. ¿Qué vamos a hacer ahora?
¿Podrá este niño seguir jamás las huellas de su padre? ¿Se ha visto alguna vez
un consejero con la piel oscura y dos cuernos en la cabeza?
El extranjero consolaba al pobre señor Lütkens lo
mejor que podía.
—Una buena educación —decía— puede mucho.
A pesar de la forma y figura del recién nacido, que
podrían considerarse heterodoxas, aseguraba que los grandes ojos miraban con
gran inteligencia y que en su frente, entre los cuernos, había espacio para una
buena dosis de sabiduría. Si el niño no podía llegar a ser consejero, llegaría
a ser un gran sabio, a quien no le afectaría la fealdad; sino, por el
contrario, le haría más estimado.
Era muy natural que en su interior el señor Lütkens
atribuyese su desgracia a la vieja Bárbara Roloffin, sobre todo cuando se
enteró de que, durante el parto de su esposa, estuvo sentada en el umbral de la
casa.
Además, la señora Lütkens le aseguraba llorando
que, durante los dolores, siempre había tenido presente el odioso rostro de
Bárbara Roloffin, sin poder librarse de esta visión. Poco fundamento tenían las
sospechas del señor Lütkens para motivar una acusación. Pero quiso el cielo
que, poco tiempo después, se descubriesen todos los crímenes de la vieja.
Sucedió que pasados algunos días, a eso del
mediodía, se desencadenó una tormenta, acompañada de un viento tempestuoso. Las
personas que transitaban por las calles vieron cómo Bárbara Roloffin, que
acudía a un parto, era llevada por los aires, pasando por encima de techos y
campanarios, siendo después hallada indemne en una pradera de las inmediaciones
de Berlín.
Desde entonces ya no se dudó más de las artes
maléficas de la vieja Bárbara Roloffin. El señor Lütkens presentó su denuncia y
la vieja fue encarcelada.
Al principio negó obstinadamente todo, hasta que,
al aplicarle tormento, no pudiendo resistir los dolores, confesó que estaba en
tratos con Satanás desde hacía tiempo y que ejercía las artes maléficas.
También dijo que había embrujado a la señora de Lütkens y sustituido con un
monstruo horrible al niño que llevaba en su seno, y que en otra ocasión, con
otras dos brujas de Blumberg, a las que hacía poco el galán diabólico ahogó,
había dado muerte y hervido a varios niños cristianos para provocar la carestía
en el país.
La sentencia que los jueces pronunciaron contra
ella y que no se hizo esperar, fue la de ser quemada viva en la plaza del
Mercado Nuevo.
Cuando llegó el día de la ejecución, condujeron a
la vieja Bárbara, entre una inmensa multitud, a la plaza y la hicieron subir
donde estaba preparada la hoguera. Ordenáronle que se quitase las hermosas
pieles que llevaba, lo que se negó a hacer, y tanto insistió que los corchetes
se vieron obligados a atarla al poste vestida tal cual estaba.
Ya se había pegado fuego a la hoguera por los
cuatro costados cuando se vio al extranjero que, como un gigante por encima de
toda la multitud, lanzaba hacia la vieja fulgurantes miradas.
Densas nubes de humo se iban ya levantando y las
llamas comenzaban a prender en el vestido de la mujer, cuando ésta, con voz
estridente y terrible, gritó:
—¡Satanás, Satanás, cumple el pacto que hemos
firmado! ¡Socórreme, Satanás, socórreme! ¡Todavía no ha concluido mi tiempo!
De repente, el extranjero desapareció y, del lugar
que ocupaba, salió un enorme y negro murciélago, que con gran ruido se lanzó
entre las llamas, remontándose en seguida por los aires con el vestido de
pieles de la vieja, mientras la hoguera, derrumbándose con estrépito, se
apagaba.
El pueblo estaba poseído de terror y de espanto.
Todos veían claro ahora que el magnífico extranjero no era otro que el diablo
en persona, que pensaba ejercer sus malas artes entre los vecinos de Berlín,
por haberse portado durante tanto tiempo con tanta benevolencia y piedad, y que
esto había llegado a tal extremo que incluso engañó al consejero Lütkens con
sus mañas infernales y a otros muchos hombres sabios y damas inteligentes.
¡Tan grande es el poder del demonio que sólo la
gracia divina puede protegernos de sus malignos lazos!
E.T.A. Hoffmann (1776-1822)


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