Libro N° 9620. Erebus, Historia De Un Barco. Palin, Michael.
© Libro N° 9620. Erebus, Historia De Un Barco. Palin, Michael. Emancipación. Febrero 19 de 2022.
Título original: © Erebus, Historia De Un Barco. Michael Palin
Versión
Original: © Erebus, Historia De Un Barco. Michael Palin
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://www.librosmaravillosos.com/Erebus_historiadeunbarco/index.html
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el
nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://encrypted-tbn0.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcRBkyblzzlXS0gvAehwj0JtHPJOA63C9aFIN4V4-iQ-m93n3HjnU4PwbItgdHdrwqff-es&usqp=CAU
Portada E.O. de Imagen original:
http://www.librosmaravillosos.com/Erebus_historiadeunbarco/imagenes/portada.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EREBUS, HISTORIA DE UN BARCO
Michael Palin
Erebus, Historia De Un Barco
Michael Palin
CONTENIDO
Introducción
Prólogo
1. Hecho en Gales
2. El norte magnético
3. El sur magnético
4. Orillas lejanas
5. Nuestro hogar en el sur
6. «Más al sur de lo que ningún humano (conocido)
ha llegado»
7. Bailando con los capitanes
8. «Peregrinos del océano»
9. «Nunca se ha visto un lugar tan horrible como
este»
10. «Tres años desde Gillingham»
11. Rumbo a casa
12. «Queda ya tan poco por hacer»
13. Nornoroeste
14. Sin señales
15. La verdad
16. Vida y muerte
17. La historia de los inuits
18. Resurrección
Epílogo
Imágenes
Daguerrotipos
Ilustraciones
Cronología
Bibliografía
Créditos de las imágenes
Agradecimientos
Introducción
Las medias de Hooker
Siempre me han fascinado las historias sobre el
mar. Descubrí las novelas de Horatio Hornblower, escritas por C. S. Forester,
cuando tan solo tenía once o doce años, y recorrí todas las bibliotecas de
Sheffield por si tenían alguna que no hubiera leído.
Con solo veintidós años, Joseph Dalton Hooker se unió a la tripulación del
HMS Erebus como cirujano adjunto. Se convertiría en uno de los grandes
botánicos del siglo XIX.
En busca de emociones más fuertes, pasé a Mar
cruel, de Nicholas Monsarrat, uno de los libros que más me impresionaron
cuando era niño, y eso a pesar de que solo me permitieron leer la edición
«cadete» del texto, en la que habían eliminado todas las escenas con contenido
sexual. En la década de 1950 se produjo una avalancha de películas sobre la
Marina Real y la guerra: The Sea Shall Not Have Them, Above Us the
Waves o El infierno de los héroes. Estas eran historias de
heroísmo, agallas y supervivencia donde los personajes lo tenían todo en
contra. A menos que estuvieran en la sala de máquinas, claro.
La suerte quiso que, mucho más adelante en mi vida,
pasara una gran cantidad de tiempo en barcos, por lo general lejos de casa, con
la única compañía de un equipo de cámaras de la BBC y una de las novelas de
Patrick O’Brian. En distintos momentos, he estado a bordo de un crucero
italiano, hojeando frenéticamente mi Defiéndete en árabe mientras
nos acercábamos a la costa de Egipto, y, en el golfo Pérsico, fui víctima de un
virulento ataque de diarrea en un barco cuyo único retrete era un barril que
colgaba a popa. He hecho rafting de aguas blancas bajo las
cataratas Victoria y pescado peces espada (para después soltarlos) en la
corriente del Golfo, a la que Hemingway llamó «el gran río azul». Me han
llevado directamente contra la pared de un cañón en una moto acuática en Nueva
Zelanda y he fregado las cubiertas de un carguero yugoslavo en el golfo de
Bengala. Nada de esto me ha amilanado. Hay algo en el contacto entre el barco y
el agua que me parece muy natural y reconfortante. Después de todo, emergimos
del mar y, como dijo en una ocasión el presidente Kennedy, «hay sal en nuestras
venas, en nuestro sudor y en nuestras lágrimas. Estamos unidos al océano. Y
cuando volvemos al océano […], regresamos al lugar del que salimos».
* * * *
En 2013 me pidieron que diera una charla en el
Athenaeum Club, en Londres. Me dijeron que escogiera a un socio del club, vivo
o muerto, y contara su historia en una hora. Escogí a Joseph Hooker, que
dirigió el Real Jardín Botánico de Kew durante buena parte del siglo XIX.
Mientras rodaba en Brasil, había oído hablar de cómo había impulsado una
política de «imperialismo botánico» y animado a los buscadores de plantas a
llevar especímenes exóticos que se prestasen a la explotación comercial de
vuelta a Londres. Hooker adquirió tres semillas de árbol del caucho del
Amazonas, las hizo germinar en Kew y exportó los pequeños brotes a las colonias
británicas del Lejano Oriente. Al cabo de dos o tres décadas, la industria del
caucho brasileña estaba acabada y la industria del caucho británico florecía.
En los comienzos de mi investigación descubrí un
aspecto de la vida de Hooker que resultó toda una revelación. En 1839, a la
temprana edad de veintidós años, el barbudo caballero con anteojos al que
conocía gracias a ajadas fotografías victorianas había participado como
cirujano adjunto y botánico en una expedición naval de la Marina a la Antártida
que se había prolongado cuatro años. El barco que lo llevó a aquellos confines
ignotos de la Tierra fue el HMS Erebus. Cuanto más investigaba
sobre este viaje, más me sorprendía saber tan poco al respecto. Me parecía que
el hecho de que una embarcación de vela pasara dieciocho meses en los confines
de la Tierra, sobreviviera a los caprichos del tiempo y de los icebergs y
regresara para contarlo era una gesta de tal magnitud que aún deberíamos
conmemorarla. El HMS Erebus realizó una gesta épica.
Sin embargo, haber ascendido a esas alturas hizo
que la caída fuera mayor. En 1846, esa misma embarcación, junto con su barco
gemelo, el Terror, y ciento veintinueve hombres desaparecieron de
la faz de la Tierra mientras intentaban dar con la ruta del paso del Noroeste.
Fue la tragedia que más vidas se cobró de toda la historia de la exploración
polar británica.
Escribí y entregué mi conferencia sobre Hooker,
pero no logré quitarme de la cabeza las aventuras del Erebus. Aún
seguían allí, en mis pensamientos, en el verano de 2014, cuando pasé diez
noches en el O2 Arena, en Greenwich, con un grupo de vejestorios como yo, entre
los que se encontraban John Cleese, Terry Jones, Eric Idle y Terry Gilliam
—desgraciadamente, entre ellos no estaba Graham Chapman—, en un espectáculo
llamado Monty Python Live — One Down Five to Go. Fueron unas
funciones extraordinarias ante un público extraordinario, pero, tras vender el
último loro muerto y haber cantado la última canción del leñador, me quedé con
una profunda sensación de decepción. ¿Qué haces después de algo así? Una cosa
estaba clara: no podía volver a recorrer el camino andado. Lo que hiciera a
continuación tendría que ser algo completamente distinto.
Dos semanas después, encontré la solución. En el
noticiario vespertino del 9 de septiembre vi una noticia que me hizo detenerme
de inmediato. Durante una conferencia de prensa en Ottawa, el primer ministro
de Canadá anunció al mundo entero que un equipo de arqueólogos submarinos
canadienses había descubierto lo que creía que era el HMS Erebus,
perdido desde hacía casi ciento setenta años, en el lecho marino de algún lugar
del océano Ártico. Su casco estaba prácticamente intacto y el hielo había
preservado su contenido. Desde el momento en que lo escuché, supe que esa era
una historia que había que contar. No solo una historia de vida y muerte, sino
una historia de vida, muerte y una especie de resurrección.
¿Qué le sucedió en realidad al Erebus?
¿Cómo era el barco? ¿Cuáles fueron sus logros? ¿Cómo sobrevivió tanto tiempo y,
luego, desapareció tan misteriosamente?
No soy historiador naval, pero tengo cierto sentido
de la historia. No soy un marino, pero me atrae el mar. Guiado solo por la luz
de mi propio entusiasmo, me pregunté dónde diantre debía empezar mi aventura.
Un candidato obvio era la principal institución impulsora de tantas
expediciones árticas y antárticas desde la década de 1830 en adelante, de la
que algo sabía, después de haberla presidido durante tres años.
Así pues, me dirigí a la sede de la Real Sociedad
Geográfica, en Kensington, y expuse al director de Iniciativas y Recursos,
Alasdair MacLeod, mi obsesión y la osada tarea que quería llevar a cabo. ¿Había
pistas sobre el paradero del HMS Erebus?
MacLeod frunció el ceño y pensó durante unos
instantes: «Erebus… Mmm… ¿Erebus?». Entonces se le
iluminaron los ojos. «Sí —contestó con aire triunfal—, ¡sí, por supuesto!
¡Tenemos las medias de Hooker!».
De hecho, tenían bastante más que eso, pero aquella
fue mi primera incursión en el territorio de la investigación marítima, y,
desde entonces, las medias de Hooker se han convertido en una especie de
talismán espiritual para mí. No eran nada especial: de color crema, altas,
hasta la rodilla, de tejido grueso y algo crujientes. Pero, a lo largo del año
pasado, que he pasado viajando por el mundo acompañado del Erebus y
en el que he estado a punto de ahogarme entre libros, cartas, planes, dibujos,
fotografías, mapas, novelas, diarios, bitácoras de capitanes, diarios de
abastos y demás sobre documentos del barco, he agradecido a las medias de
Hooker el hecho de que me hicieran dar los primeros pasos de este viaje tan
extraordinario.
Michael Palin
Londres, febrero de 2018
Prólogo
El superviviente
Una imagen de sonar, tomada en 2014, del pecio del Erebus. Fue descubierto
en una parte poco profunda del mar, tan cerca de la superficie que al principio
sus mástiles debieron de asomar entre las olas.
Bahía de Wilmot y Crampton, Nunavut, Canadá, 2 de
septiembre de 2014. Cerca de la costa de una isla desolada, llana y sin ningún
rasgo extraordinario, una de las miles del Ártico canadiense, donde los cielos,
el mar y la tierra grises se funden a la perfección en un todo, un pequeño
barco de casco de aluminio bautizado como el Investigator se
mueve lenta, cuidadosa y rítmicamente sobre la superficie de un mar de color
azul hielo. A remolque, justo por debajo de la línea de flotación, arrastra un
esbelto cilindro plateado de alrededor de un metro de longitud. Dentro del
cilindro viaja un sensor acústico que envía y recibe ondas. Las ondas de sonido
rebotan en el lecho marino y regresan al cilindro, desde el que se transmiten
por cable al barco y se traducen a imágenes del lecho del mar.
No hay mucho ruido en el Investigator más
allá del monótono zumbido de sus motores. Hace buen tiempo, el cielo está
despejado y un sol acuoso brilla sobre un mar tranquilo como un espejo. Todo es
silencioso. Pasa el tiempo, pero poca cosa más.
De pronto, hay cierto revuelo: el cilindro ha
evitado por los pelos golpearse contra un banco de arena; todos los que están a
bordo se centran en asegurarse de que su caro sonar permanece intacto. En ese
momento, Ryan Harris, un arqueólogo marino, echa un vistazo de reojo a la
pantalla antes de acudir en su ayuda y ve algo más que arena y piedras en el
fondo del mar. Algo que, de inmediato, lo pone en estado de alerta.
En la pantalla hay una forma oscura: algo sólido e
inusual, tendido allí mismo, a poca profundidad, en el fondo, a solo once
metros por debajo de él. Da un grito de aviso. Sus colegas se arremolinan
frente a la pantalla del ordenador. Él señala hacia la forma. No dan crédito a
lo que ven: bajo el plateado sensor cilíndrico del Investigator,
hay un casco de madera cuyos detalles son poco precisos pero con un contorno
claramente definido. La popa está rota, como si le hubieran dado un mordisco,
los baos quedan a la vista y está cubierto por una capa de vegetación submarina
que parece lana. Lo que están contemplando es un barco. Un barco que
desapareció de la faz de la Tierra, junto con toda su tripulación, hace ciento
sesenta y ocho años. Un barco que tuvo una de las vidas y muertes más
extraordinarias de la historia naval británica y que, de este día en adelante,
protagonizará una de las más notables resurrecciones.
Todavía se muestra orgulloso, tan cerca de la
superficie que, hace tiempo, sus dos mástiles más altos debían de asomar por
encima de las olas. El casco es fuerte, a pesar del impacto o hundimiento en
popa. Filamentos de kelp, una larga alga marrón, cubren la silueta de los
maderos como si fueran vendajes holgados. Se han roto sus tres mástiles, y
también el bauprés. Algunos trozos de estos yacen en el nido de escombros que
lo rodea. Entre los restos del naufragio, semienterrados en la arena, se
encuentran dos de sus hélices, ocho anclas y parte del timón del barco. En
algunos puntos, sus tres cubiertas se han hundido una sobre otra. Muchos de los
baos maestros que discurren de lado a lado del barco parecen todavía muy
sólidos, aunque casi todos los tablones de la superficie han desaparecido, lo
que, al contemplarlo desde arriba, confiere al barco el aspecto de un pescado a
medio filetear.
En la cubierta superior, un enorme cabrestante de
hierro fundido permanece intacto. Cerca de él hay dos bombas Massey de aleación
de cobre. Algunas claraboyas y los iluminadores patentados Preston, que habrían
llevado luz a los hombres bajo cubierta, están en buen estado.
Algunas partes de la cubierta inferior, donde se
habría desarrollado la vida del barco, han quedado expuestas y otras todavía
permanecen ocultas. Los cofres en los que los marineros guardaban sus
pertenencias, y sobre los que se sentaban para comer, se distinguen bajo la
acumulación de sedimento y algas muertas. Los baos están numerados para señalar
las posiciones en las que se habrían colgado las hamacas. Las escaleras y las
escotillas que dan acceso a las cubiertas superiores están fantasmalmente abiertas.
La cocina de a bordo, en la que se preparaban las comidas, también está intacta
y en su sitio. A proa, todavía se distingue el contorno de la enfermería.
Más atrás, parte del camarote del capitán, de la
sala de oficiales y varios de los camarotes de los oficiales son reconocibles a
través de un bosque de madera hundida. En uno de ellos hay un camastro, con
cajones debajo. El espejo —la pared de popa del barco— es el que ha sufrido más
daños, pero el dormitorio del capitán junto a él sigue en su lugar, así como
unas taquillas y un calentador. El sollado, la más baja de las tres cubiertas,
es la menos dañada, pero también en la que resulta más difícil adentrarse. Aun
así, se han recuperado de ella un zapato, botes de mostaza y cajas de
almacenaje. Los buceadores también han encontrado un juego de platos con
dibujos chinescos, el tallo de una copa de vino, una campana del barco, un
cañón de seis libras de bronce, varios botones decorados, una hebilla de
cinturón del Cuerpo de Marines Reales adornada con un león coronado sobre una
corona y un frasco de medicina de un cristal grueso con el nombre «Samuel
Oxley, Londres» grabado en los lados. Originalmente contenía un brebaje
fabricado por Oxley a partir de esencia concentrada de jengibre jamaicano. La
anunciaba como una cura para «el reumatismo, la indigestión, los gases, los
dolores de cabeza y los mareos nerviosos, la hipocondría [me encanta la idea de
que exista una medicina contra la hipocondría], el ánimo alicaído, la ansiedad,
los temblores, los espasmos, los calambres y la parálisis». Esta pócima
sobrehumana que todo lo cura sigue siendo, para mí, uno de los descubrimientos
más emocionantes realizados en el HMS Erebus. Es un recordatorio de
que las aventuras épicas y la fragilidad cotidiana a menudo van de la mano.
Durante el ochenta por ciento del año, el mar se
hiela y sella de nuevo los secretos del barco. Pero, cuando el hielo se
derrite, gente como Ryan —que ha hecho más de doscientas inmersiones— y el
resto del equipo de submarinistas regresarán al agua en busca de más detalles
preciosos. Mi sueño sería conocer el Erebus de una forma tan
íntima como ellos lo han hecho. Aunque sea una sola vez. Lo que necesito ahora
de Hooker no son sus medias, sino su traje de submarinista.
Capítulo 1
Hecho en Gales
Dos planos de la época muestran (arriba) un típico barco bombarda de perfil
y (abajo) el sollado, o cubierta inferior, y la bodega del Erebus y de su barco
hermano, el Terror.
7 de junio de 1826, Pembroke (Gales). Es el sexto
año del reinado de Jorge IV, el primogénito de Jorge III y la reina Carlota.
Tiene sesenta y tres años, discute constantemente con su esposa, lleva un
estilo de vida ostentosamente extravagante y muestra un gran interés por la
arquitectura y las artes. Robert Jenkinson, segundo conde de Liverpool y
miembro del Partido Conservador, es el primer ministro desde 1812. La Sociedad
Zoológica de Londres acaba de abrir sus puertas. Los exploradores británicos están
en acción, y no solo en el Ártico. Alexander Gordon Laing llega a Tombuctú en
agosto, aunque solo un mes más tarde miembros de las tribus locales lo asesinan
por negarse a renunciar al cristianismo. En el norte de Gales se celebran dos
grandes logros de la ingeniería: dos de los primeros puentes colgantes del
mundo, el puente Menai y el puente Conway, se inauguran en un plazo de apenas
unas semanas.
En el otro extremo de Gales, en un estuario cerca
de la vieja ciudad fortificada de Pembroke, la gente se reúne esta mañana de
principios de junio para una celebración un poco más modesta. Jaleado por una
multitud formada por ingenieros, carpinteros, herreros, administrativos y sus
familias, el robusto y ancho buque de guerra que han estado construyendo
durante los dos últimos años se desliza, con la popa por delante, por la rampa
de los astilleros de Pembroke. Los gritos de júbilo se convierten en un rugido
de satisfacción cuando entra en las aguas frente a Milford Haven. El barco
rebota, oscila y se sacude como un ave acuática recién nacida. Su nombre
es Erebus.
No era un nombre alegre, pero es que no había sido
construido para animar, sino para intimidar, y su nombre había sido escogido
deliberadamente. En la mitología clásica, habitualmente se consideraba
que Erebus, el hijo de Caos, representaba el oscuro corazón del
inframundo, un lugar asociado al trastorno y la destrucción. Evocar a Erebus era
advertir a los adversarios de la llegada del caos, de un temible transmisor del
fuego del infierno. El Erebus entró en servicio en 1823 y fue
el penúltimo de un tipo de barcos conocidos como bombardas. Los primeros en
desarrollarlos fueron los franceses, y luego los ingleses los siguieron, a
finales del siglo XVII , para transportar morteros que arrojasen proyectiles
por encima de las defensas costeras con el fin de causar el máximo de daños en
tierra sin necesidad de arriesgarse a un desembarco. De los demás barcos de su
clase, dos fueron bautizados en honor a volcanes —el Hecla y
el Aetna— y para los demás se utilizaron diversas permutaciones de
la ira y la devastación: Infernal, Fury, Meteor, Sulphur y Thunder.
Aunque nunca alcanzaron el prestigio y estatus de los buques de guerra más
populares, su última misión, el asedio de Fort McHenry, en el puerto de
Baltimore, durante la guerra de 1812 acabó inmortalizada en el himno nacional
estadounidense, «The Star Spangled Banner»: «El fulgor rojo de
los cohetes y las bombas que explotaban en el aire» se refiere al fuego de los
barcos británicos tipo bombarda.
El día en que el Erebus se deslizó
por la rampa, los constructores navales de Pembroke se sintieron orgullosos,
pero, ya mientras se estabilizaba a orillas del estuario, su destino no estaba
claro. ¿Era el futuro o ya pertenecía al pasado?
La derrota de los ejércitos de Napoleón en Waterloo
el 18 de junio de 1815 había puesto fin a las guerras napoleónicas, que, tras
un breve período de tranquilidad durante la Paz de Amiens en 1802, habían
angustiado a Europa durante dieciséis años. Los británicos habían desempeñado
un papel muy importante en el esfuerzo bélico aliado y, para cuando el
conflicto llegó a su fin, habían acumulado una deuda nacional de 679 millones
de libras, el doble del producto interior bruto del país. La Marina Real también
se había visto obligada a gastar una enorme cantidad de dinero, pero había
superado a la Armada francesa, y ahora era dueña indiscutible de los mares.
Ello comportaba nuevas responsabilidades, como patrullar contra el tráfico de
esclavos, que Gran Bretaña había abolido en 1807, y operaciones contra los
piratas de la costa del norte de África, pero nada que justificara el tamaño
que había alcanzado en tiempos de guerra. En los cuatro años que transcurrieron
entre 1814 y 1817, los efectivos de la Marina Real descendieron de 145.000
hombres a 19.000. Para muchos, fue una experiencia traumática. Muchos marineros
sin empleo se vieron reducidos a mendigar en las calles. Brian Lavery, en su
libro Royal Tars, pone el ejemplo de Joseph Johnson, que paseaba
por las calles de Londres con una maqueta de la Victory de
Nelson sobre la cabeza. Al mover la cabeza de arriba abajo simulaba el
movimiento del barco a través de las olas y, de ese modo, se ganaba unos pocos
peniques de los que pasaban junto a él. Un marinero de la Marina mercante que
solo encontró trabajo en un buque de guerra quedó horrorizado: «Por primera vez
en mi vida, vi el monstruoso lugar que habría de ser mi residencia durante
varios años, y una angustia que no sé describir me embargó».
Existía un enconado debate sobre el futuro de la
Marina Real. Algunos vieron en el fin de las hostilidades la oportunidad de
reducir el gasto de defensa y empezar a pagar parte de la enorme deuda que se
había acumulado debido al esfuerzo de la guerra. Otros argumentaban que la paz
no duraría mucho tiempo. Napoleón, el emperador derrotado, había sido enviado a
la isla de Santa Elena, pero ya había escapado una vez de su cautiverio, y
muchos tenían fundadas dudas de si este último exilio sería realmente el final
de su asombrosa carrera. Por ello, y para asegurarse, eran partidarios de
reforzar la Marina Real.
A grandes rasgos, se impusieron las Casandras. El
Gobierno autorizó la inversión en nuevos astilleros, entre ellos un gran
complejo en Sheerness (Kent) y otro mucho más pequeño en Pembroke (Gales).
También se inició la rápida construcción de cuatro buques de guerra — Valorous,
Ariadne, Arethusa y Thetis— en los astilleros
apresuradamente excavados en las orillas del estuario de Milford Haven.
El astillero donde se construyó el Erebus sigue
en pie en la actualidad, pero hoy se dedica menos a la construcción de barcos
que a prestar servicio a la gigantesca refinería de petróleo de Milford Haven,
a unos pocos kilómetros río abajo. La rampa desde donde se botó el Erebus en
el verano de 1826 está oculta bajo el suelo de hormigón de la moderna terminal
de transbordadores que une Pembroke con Rosslare, en Irlanda.
Cuando la visito, todavía me hago una idea de cómo
debió de ser en el pasado. El trazado original de las carreteras, que
transcurren frente a las últimas hileras de casas gris pizarra construidas en
la década de 1820 para capataces y jefes que han sobrevivido, es serenamente
impresionante. Estas edificaciones parecen tan recias y orgullosas como
cualquier casa georgiana de Londres. En una de ellas vivió Thomas Roberts, el
carpintero jefe que supervisó la construcción del Erebus. Roberts
llegó a este remoto rincón del suroeste de Gales en 1815, solo dos años después
de que se construyera el astillero.
Compartían con Roberts la responsabilidad de
dirigir esta nueva empresa Richard Blake, el maestro maderero, y James McKain,
el responsable de finanzas. No formaron una cuadrilla feliz. El secretario de
McKain, Edward Wright, afirmó en un juicio que Richard Blake lo había agredido
y lo acusó de «retorcerme la nariz varias veces y amenazarme con golpearme con
su paraguas». Roberts se enfrentó incesantemente con McKain por acusaciones y
contraacusaciones de corrupción y negligencia. Llegados a 1821, McKain, que no
soportaba más la situación, aceptó un trabajo en el astillero de Sheerness y se
marchó. Lo reemplazó Edward Laws. La tóxica atmósfera empezaba a disiparse en
el astillero cuando, el 9 de enero de 1823, llegaron noticias de que la Junta
de Marina había demostrado su confianza en el astillero de Pembroke mediante el
encargo de la construcción de una bombarda de 372 toneladas, diseñada por sir Henry
Peake —el que fuera topógrafo de la Marina—,[1] que llevaría el nombre de Erebus.
No sería un barco muy grande. Con 31,6 metros de
eslora, era la mitad de largo que los grandes buques de guerra y, con sus 372
toneladas, era un pececillo comparado con las 2141 toneladas de la Victory.
Sin embargo, estaba diseñado para oponer resistencia, y se parecía más a un
remolcador que a un esbelto y moderno queche. Sus cubiertas y su casco debían
ser capaces de resistir el retroceso de los dos grandes morteros de a bordo,
uno de trece pulgadas y el otro de diez. Por lo tanto, tenía que estar reforzado
con abrazaderas de hierro clavadas a los maderos de la bodega, lo que aseguraba
el casco y, además, reducía el peso de la embarcación. También debía contar con
una bodega lo bastante amplia y profunda como para almacenar los pesados
proyectiles de los morteros. Además, estaría armado con diez cañones pequeños,
por si tuviera que enfrentarse al enemigo en el mar.
El Erebus fue construido casi por
completo a mano. Primero se dispuso la quilla, muy probablemente confeccionada
con piezas de olmo ensambladas, sobre los bloques del astillero. A la quilla se
unió la roda, la parte de madera que asciende en la proa, y, en el otro extremo
del barco, el codaste, que sostiene el timón. Las cuadernas, hechas de robles
del bosque de Dean (Gloucestershire) que habían sido enviados en barcazas a
través del río Severn, se unieron entonces a aquellas grandes piezas de madera.
Para ello era necesaria una gran habilidad, pues los carpinteros debían
encontrar exactamente la parte del árbol que mejor se adaptara a la curvatura
del barco, teniendo en cuenta, además, cómo podría expandirse o contraerse la
madera en el futuro.
Una vez toda la estructura estaba dispuesta, se
dejaba asentar durante un tiempo. Luego se empezaban a colocar los maderos del
forro, de unos 7,62 centímetros de grosor, empezando por la quilla hacia
arriba, y se añadían los baos y los maderos de las cubiertas que descansaban
sobre ellos.
El Erebus no se construyó con
prisas. A diferencia del que sería su compañero en el futuro, el HMS Terror,
construido en Topsham (Devon) en menos de un año, pasaron veinte meses antes de
que estuviera listo para la botadura. Cuando las tareas de construcción
llegaron a su fin, el responsable de finanzas envió una factura a la Junta de
Marina por valor de 14.603 libras, el equivalente a 1,25 millones actuales
(aproximadamente 1,4 millones de euros).
En total, en Pembroke se construyeron doscientos
sesenta barcos. Luego, casi exactamente cien años después de que el Erebus se
deslizara a las aguas, el Almirantazgo decidió que el astillero era innecesario
y sus tres mil trabajadores fueron reducidos de un plumazo a solo cuatro. Esto
ocurrió en 1926, el año de la huelga general. En la Segunda Guerra Mundial hubo
un indulto temporal durante el que se construyeron en el astillero hidroaviones
Sunderland, y más recientemente almacenes y negocios de distribución se han
trasladado a lo que fueron sus instalaciones y han ocupado parte del espacio de
los viejos hangares, pero, mientras atravieso la gran entrada de piedra del
viejo astillero, tengo la lamentable sensación de que sus días de gloria han
quedado en el pasado y que no volverán jamás.
Tras su botadura en Pembroke, el Erebus se
transportó, como era habitual, a otro astillero del Almirantazgo para que lo
pertrecharan. Como todavía no estaba aparejado por completo de mástiles y
velas, lo más probable es que lo remolcaran hacia el suroeste, que doblara
Land’s End, el extremo suroccidental de Inglaterra, y que luego entrara en el
canal de la Mancha rumbo a Plymouth. Allí, en el bullicioso nuevo astillero que
con el tiempo se convertiría en el cuartel general de Devonport perteneciente a
la Marina Real, se habría transformado en un buque de guerra, con toda su
artillería: dos morteros, ocho cañones de 24 libras y dos de 6 libras, y toda
la maquinaria necesaria para almacenar y mover la munición. Fue en aquel lugar
donde se izaron sus tres mástiles, de los cuales el palo mayor se elevaba unos
cuarenta y dos metros sobre la cubierta.
Pero, tras este frenesí, llegó un largo período de
calma. Aunque estaba aparejado y listo, el Erebus se mantuvo
en «ordinarios» (el término utilizado para describir un barco que no tenía
ninguna misión asignada).[2] Durante dieciocho meses, permaneció anclado en Devonport, a la
espera de que alguien le diera uso.
Me pregunto si existirían entonces algo parecido a
observadores de barcos: colegiales con libretas y lápices que apuntaran las
idas y venidas de las embarcaciones en los grandes astilleros, como yo hacía
con los trenes que entraban y salían de Sheffield. Supongo que les habría
gustado aquel nuevo barco de tres palos, ancho y de casco fornido que parecía
no ir a ninguna parte. Tenía cierto estilo: la proa estaba delicadamente
adornada con tallas, la obra muerta ribeteada de troneras y, a popa, lucían aún
más adornos alrededor de la serie de ventanas del espejo, así como las
características galerías que sobresalían y albergaban las letrinas de los
oficiales.
Si, en cualquier caso, esos escolares hubieran
estado despiertos temprano en las oscuras mañanas invernales de finales de
1827, su recompensa habría sido contemplar una emocionante escena a bordo del
HMS Erebus: cómo retiraban los cobertores, encendían las lámparas,
las barcazas que se acercaban al barco, cómo se aparejaban sus mástiles, izaban
las vergas y desplegaban las velas. En febrero de 1828, el Erebus hizo
una aparición en el Libro de Progreso, que registraba todos los movimientos de
todos los barcos de la Marina Real. Según se anotó, fue «sacada a grada, se
quitaron los protectores y se encobró hasta los topes». Estos eran preparativos
para ponerla en servicio: se la había sacado del agua hasta una de las gradas
(rampas) del puerto, se le habían retirado las planchas de madera que protegían
el casco y se habían reemplazado por un recubrimiento de cobre que cubría toda
la parte sumergida del casco cuando el barco estaba a máximo de carga (lo que
no tardaría en denominarse la marca de Plimsoll o marca de francobordo). Desde
la década de 1760, la Marina Real había experimentado con el recubrimiento de
cobre para impedir los devastadores daños que causaban los teredos, también
conocidos como gusanos de la madera o broma —«las termitas del mar»—, que hacían
agujeros en los maderos y los comían desde el interior. Que el casco se
recubriese de cobre significaba que la partida del barco era inminente.
El 11 de diciembre de 1827, el comandante de la
Marina Real George Haye subió a bordo de la nave y se convirtió en el primer
capitán del HMS Erebus.
Durante las seis semanas posteriores, Haye registró
con minucioso detalle el avituallamiento y aprovisionamiento de su barco: el 20
de diciembre se encargaron 762 kilogramos de pan, junto con 107 litros de ron,
28 kilogramos de cacao y 700 litros de cerveza. Se pulieron y limpiaron las
cubiertas y se prepararon las velas y las jarcias mientras la tripulación,
compuesta por unos sesenta marineros, se familiarizaba con el nuevo barco.
El primer día de servicio activo del Erebus aparece
registrado lacónicamente en la bitácora del capitán: «8.30. Piloto a bordo.
Amarras soltadas, remolcado hasta boya». Era el 21 de febrero de 1828.
A la mañana siguiente dejaron atrás el faro de
Eddystone, que señalaba el bajío rocoso al suroeste de Plymouth en que tantos
barcos habían naufragado, y pusieron rumbo a las famosas aguas turbulentas del
golfo de Vizcaya. Hubo algunos problemas típicos de una primera navegación,
entre ellos una pequeña vía de agua en los aposentos del capitán que mereció
los lamentos de este en su bitácora: «Cada dos horas hay que sacar agua del
camarote» y «Achicando toda la tarde».
Para ser un barco ancho y pesado, el Erebus navegó
a buen ritmo. Cuatro días después de partir, habían cruzado el golfo de Vizcaya
y tenían a la vista el cabo de Finisterre, en el extremo noroeste de España. El
3 de marzo llegaron al cabo de Trafalgar. Muchos miembros de la tripulación
debieron de amontonarse en la borda para ver el lugar de una de las victorias
navales británicas más sangrientas de la historia. Puede que incluso uno o dos
de los más veteranos hubieran estado en aquel lugar junto a Nelson.
Durante los siguientes dos años, el Erebus patrulló
el Mediterráneo. Al revisar las entradas de la bitácora que se encuentra en los
Archivos Nacionales Británicos, tuve la sensación de que no se le exigió mucho.
Bajo el título «Comentarios en la mar», estas notas hacen poco más que registrar
de un modo laborioso y con meticulosidad el tiempo del día, la lectura de la
brújula, la distancia recorrida y todos los ajustes de las velas. «Desplegados
foque y mesana», «Arriba la mayor y la cangreja», «Desplegados los juanetes».
Uno no tiene la impresión de que tuvieran en algún momento mucha prisa. Pero,
claro, tampoco había motivos para apresurarse. Los conflictos internacionales
habían remitido temporalmente. Napoleón había sido derrotado y nadie había dado
un paso adelante para reclamar su corona. Cierto, en octubre de 1827, unos
pocos meses antes de la entrada en activo del Erebus, buques de
guerra británicos, rusos y franceses se habían enfrentado a la Armada turca
para apoyar la causa de la independencia griega en lo que había resultado una
victoria sangrienta y, en último término, no concluyente para los aliados. Pero
esa batalla no había tenido continuidad. Entre las grandes naciones existía,
por una vez, más cooperación que conflictos. Lo peor con lo que los barcos
mercantes tenían que lidiar en el Mediterráneo eran los corsarios —piratas que
operaban desde la costa de Berbería—, pero incluso la actividad de estos se
había reducido tras haber sufrido una campaña naval contra sus bases.
Lo único que debía hacer realmente el Erebus era
pasear la bandera, recordar a todo el mundo la supremacía naval de su país e
incordiar a los turcos en la medida de lo posible.
El Erebus zarpó de Tánger y siguió
la costa del norte de África hasta Argel, donde la guarnición británica celebró
su llegada con una salva de veintiún cañones, a la que el Erebus respondió
con sus propios cañones. Aquí, según apunta el comandante Haye con cierto
misterio, se subieron a bordo seis bolsas «que se decía que contenían 2652
cequíes de oro y 1350 dólares que debían consignarse a diversos mercaderes de
Túnez». En cuanto dejaron Argel aparece la primera mención de un castigo a
bordo: John Robinson recibió veinticuatro latigazos «por escabullirse abajo
cuando había que trabajar».
La pereza, o el no cumplir inmediatamente las
órdenes, se consideraba una falta disciplinaria grave, y Robinson debió de ser
utilizado para dar ejemplo frente a toda la tripulación. Seguramente le
quitaron la camisa y le ataron las muñecas a una reja colocada sobre una
pasarela. Después, el contramaestre, que debió de ser quien administró el
castigo, empezó a azotarlo con el temido gato o látigo de nueve colas, con
nueve lenguas con nudos cuyos impactos parecían zarpazos.
Algunos hombres se enorgullecían de haber
sobrevivido a los latigazos, pues preferían diez minutos de dolor a diez días
de calabozo bajo cubierta. Michael Lewis, autor de The Navy in
Transition 1814-1864, sugiere incluso que «había cierto arte en ser azotado
[…], un marinero de provecho en buena forma podía encajar doce latigazos con
tal entereza y calma que parecía separar el trabajo del látigo de la idea de
infligir dolor como medio de castigo y advertencia, y que, en la mente de los
marineros, la conectaba con lo ordinario y rutinario». Pero pronto se
producirían cambios. Solo unos pocos años después, en 1846, gracias a los
denodados esfuerzos del parlamentario Joseph Hume, todos los castigos con
latigazos en el mar habían de informarse a la Cámara de los Comunes. El efecto
de este requisito fue inmediato. En 1839 se usó el látigo en más de 2000
ocasiones; hacia 1848 ese número había descendido a 719. La prohibición del uso
del látigo de nueve colas en la Marina llegó alrededor de 1880, aunque se continuaron
administrando castigos corporales con vara hasta bastante después de la Segunda
Guerra Mundial.
Aparte de los azotes de Robinson, reinaba la
monotonía y cada día se repetía el mismo ritual de comer, dormir, trabajar y
limpiar. La obsesión con las «hamacas y la ropa bien limpia» era, por supuesto,
más que una cuestión de higiene. Sin esta rutina no podía haber disciplina.
De vez en cuando sucedía algo interesante. El 7 de
abril de 1828, la bitácora del capitán registra que se abordó y registró un
barco con destino a Nueva York que había partido de Trieste. El 24 de junio,
tuvo lugar el «avistamiento de un buque de guerra de línea ruso y un bergantín.
Se intercambió un saludo de trece cañonazos y un bote cubierto llevó al capitán
a lo que resultó el buque insignia de un almirante ruso». Ese mismo día, la
bitácora dice: «Bote ha regresado. Se ha abierto un barril de vino, número 175.
24 galones y un octavo».
Una vez que el Erebus llegó a su
posición cerca de Grecia y las islas jónicas, los «Comentarios en la mar»
empiezan a parecerse al folleto de una agencia de viajes. Encontramos
interminables días de «brisa ligera y buen tiempo» y un itinerario que hace que
nos muramos de envidia: Cefalonia, Corfú, Siracusa, Sicilia y Capri. La misión
del Erebus difícilmente podría haber llevado a la tripulación
a lugares más idílicos. Aunque hombres como Caleb Reynolds, de la Artillería de
Marina, que recibió veinticuatro latigazos por «suciedad y desobediencia a una
orden», o Morris, voluntario de primera clase, al que se le dieron «12 azotes
por la falta de continuado incumplimiento del deber y desobedecer a las
órdenes», no disfrutaron tanto de la expedición. Si tenemos en cuenta dónde se
encontraba y la tranquilidad que reinaba en la zona, no parece que la vida en
el Erebus fuera muy feliz.
Las cosas empezaron a cambiar cuando inició su
segundo año de servicio en el Mediterráneo, con el nombramiento del comandante
Philip Broke. Este era hijo del contraalmirante sir Philip
Bowes Vere Broke, célebre por su audaz captura del USS Chesapeake en
1813, y parece que su estilo de mando era muy distinto al de Haye. Ciertos
rituales continuaron como siempre —la bitácora todavía recoge los detalles
mundanos asociados a lavar la ropa, fregar y pulir con piedra la cubierta, el
estado de las provisiones, la dirección del viento y la disposición de las
velas—, pero, al parecer, los castigos eran mucho menos comunes. El método de
Broke para mantener la disciplina de la tripulación de un barco difería o,
cuando menos, sus prioridades eran distintas en lo que respectaba a las
embarcaciones bajo su mando. Semanalmente, y más adelante casi a diario, se
recogen en la bitácora prácticas de artillería. El 13 de abril de 1829 hubo un
«entrenamiento de una división de marineros con los grandes morteros y de los
artilleros de Marina con los pequeños». El 20 de abril, frente a la isla de
Hidra, tuvo lugar otro «entrenamiento de una división de marineros que
disparaban a objetivos con pistolas». Fuera otra forma de enfrentarse al
sempiterno problema del aburrimiento a bordo o una respuesta a alguna
instrucción específica del Almirantazgo, Broke parecía más inclinado que su
predecesor a ver el Erebus como una máquina de guerra. Pero
nunca tendría ocasión de demostrar su valía, pues, en mayo de 1830, el Erebus había
puesto ya rumbo a Inglaterra sin haber disparado jamás un cañón en combate.
Siguen en la bitácora dos entradas enternecedoras:
«Descendido un bote para que los marineros se bañen» y, al llegar a Gibraltar
el 27 de mayo, «Al pairo,[3] para baño». Parece que el baño era mucho más del gusto del nuevo
capitán que los latigazos.
Tres semanas después, el Erebus era
avistado desde el faro de Lizard. El 18 de junio, su artillería y sus grandes
morteros abrieron fuego por última vez por orden del comandante Broke y, el 26
de junio de 1830, llegó a Portsmouth, donde arrió velas y bajó las banderas
como muestra de respeto por el rey Jorge IV, que había fallecido esa misma
mañana. (Un respeto que no le concedió su necrológica en The Times: «Nunca
hubo un individuo cuya muerte fuera menos lamentada por sus semejantes que este
rey. ¿Qué ojos han llorado por él? ¿Qué corazón ha sentido una punzada de dolor
desinteresado?»). Lo sucedió ese mismo día su hermano menor, que se convirtió
en Guillermo IV. Guillermo había pasado diez años en la Marina Real que le
habían valido los elogios de Nelson y el afectuoso título de «el rey marinero».
Mientras la Corona británica cambiaba de manos, el
comandante Broke y la tripulación del Erebus recibieron su
paga. A pesar de los denodados esfuerzos del capitán para que sus hombres
dispararan los grandes morteros y blandieran sus espadas, el Erebus no
volvería a ser jamás un buque de guerra.
Capítulo 2
El norte magnético
Un momento triunfal de la exploración polar: el descubrimiento del polo
norte magnético por parte de James Clark Ross en 1831.
El hecho de que los años durante los cuales
el Erebus patrulló el Mediterráneo fueran una época de
relativa inactividad para la Marina Real trajo consigo ciertos beneficios. El
reclutamiento forzoso era cosa del pasado. Ahora los hombres podían escoger en
qué nave querían embarcar. La Marina Real se convirtió en un arma más
especializada, más profesional. Y, tras el fin de las guerras napoleónicas, se
abrió un área de actividad marítima no militar que ofrecía oportunidades para
que los capaces, los aventureros y los mejor preparados utilizasen la
superioridad naval británica para perseguir nuevos hitos: ampliar los
conocimientos geográficos y científicos de la humanidad mediante la exploración
y los descubrimientos.
El ímpetu de este nuevo enfoque procedió
principalmente de dos hombres extraordinarios. Uno de ellos fue el polímata
Joseph Banks, que era la encarnación misma de la Ilustración. Banks, escritor,
viajero, botánico e historiador de la naturaleza, había circunnavegado el globo
con el capitán Cook en 1768 y traído consigo una enorme cantidad de información
científica, además de mapas de rincones hasta entonces desconocidos del
planeta. El otro hombre fue uno de los protegidos de Banks, John Barrow, un
funcionario ambicioso y lleno de energía que, en 1804, a la edad de cuarenta
años, había sido elegido segundo secretario del Almirantazgo.
Barrow y Banks forjaron a su alrededor un círculo
de científicos y navegantes emprendedores. Inspirados en gran medida por el
trabajo del naturalista alemán Alexander von Humboldt, su objetivo era
contribuir a un esfuerzo internacional para cartografiar, registrar y
clasificar el planeta, su geografía, su historia natural, su zoología y su
botánica. Serían ellos quienes marcarían el paso de una época dorada de la
exploración británica, motivados más por la curiosidad científica que por la
gloria militar.
La prioridad de Barrow era la región ártica, que
solo se había explorado parcialmente. Desde que John Cabot, un italiano
asentado en Bristol, había descubierto Terranova en 1497, había surgido un
intenso interés en descubrir una ruta norteña hasta «Catay» (China) y las
Indias que compitiera con la ruta por el sur doblando el cabo de Hornos (en esa
época, dominada por españoles y portugueses). Desde su escritorio en las
oficinas del Almirantazgo, John Barrow fue el principal defensor de esta causa.
Utilizó todos los contactos concebibles y se sirvió de su influencia de todas
las maneras imaginables para impulsar la exploración. Defendía que, si la
Marina Real descubría un paso del Noroeste que uniera los océanos Atlántico y
Pacífico, los beneficios para Gran Bretaña en términos de viajes más seguros y
cortos hacia y desde el lucrativo Oriente serían inmensos.
Alrededor de 1815, el año de la batalla de
Waterloo, unos balleneros —los héroes olvidados de la exploración polar y,
además, los únicos que se adentraban con frecuencia en las aguas de los océanos
Ártico y Antártico— regresaron del norte con noticias de que el hielo se estaba
rompiendo alrededor de Groenlandia. Uno de ellos, William Scoresby, opinaba
que, si se atravesaba la masa de hielo que se extendía entre las latitudes de
70 y 80º N, luego las aguas estarían despejadas hasta el mismo polo, lo que ofrecía
la tentadora perspectiva de un paso marítimo al Pacífico. Utilizó pruebas de la
existencia de ballenas arponeadas frente a Groenlandia, con los arpones todavía
en el costado, al sur del estrecho de Bering, para respaldar sus argumentos.
Barrow, que se sentía atraído por la idea de un mar
polar sin hielo, convenció a la Real Sociedad de Londres para el Avance de la
Ciencia Natural que ofreciera una serie creciente de recompensas a todo aquel
que penetrase en las aguas del Ártico. Estas iban desde las cinco mil libras
para el primer barco que alcanzara los 110º O hasta un premio de veinte mil
libras por descubrir el propio paso del Noroeste. Con el apoyo de sir Joseph
Banks, Barrow fue a continuación a hablar, en conjunto con la Real Sociedad,
con el primer lord del Almirantazgo, Robert Dundas, 2.o vizconde de Melville,
con la intención de que aprobara dos expediciones árticas financiadas con
dinero público: una con el objetivo de dar con un paso por mar del Atlántico al
Pacífico y la otra con el de dirigirse al Polo Norte para comprobar si era
cierto que, más allá del hielo, las aguas estaban despejadas.
A Robert Dundas, esta sugerencia debió de parecerle
una oportunidad caída del cielo. Dundas era un escocés cuyo padre se había
hecho tristemente célebre por ser el primer ministro de la historia del país en
ser defenestrado por malversación de fondos públicos, y llevaba seis años en el
Almirantazgo, la mayoría de los cuales los había pasado luchando contra los
recortes de presupuesto aplicados a la Marina Real. La propuesta de Barrow
ofrecía un medio de mantener a algunos de los barcos existentes ocupados y, de
ese modo, ayudaba a contrarrestar las críticas de que la Marina Real tenía
tantos barcos que no sabía qué hacer con ellos. Por consiguiente, acogió de muy
buen grado las propuestas de Barrow.
El Almirantazgo propuso el liderazgo de una de las
expediciones a un marinero escocés, John Ross. John era el tercer hijo del
reverendo Andrew Ross y procedía de una familia que vivía cerca de la ciudad de
Stranraer, en Wigtownshire, cuyo excelente puerto natural era una parada
habitual para los barcos de la Marina Real. En aquella época era habitual que
las familias permitieran que sus hijos se alistaran en la Marina para completar
su escolarización, y John se había incorporado a filas como voluntario de primera
clase a la edad de nueve años. Para cuando tenía trece, había sido transferido
al Impregnable, un buque de guerra de noventa y ocho cañones. A
partir de ese momento, había emprendido una carrera distinguida y había
participado en numerosos combates. A finales de 1818, cuando le llegó la carta
que lo nombraba líder de la expedición en busca del paso del Noroeste apoyada
por el Almirantazgo, tenía cuarenta años, contaba con el respeto de sus colegas
y había pasado la mayor parte de su vida al servicio de la Marina.
Ross, que recibió el mando del HMS Isabella,
hizo uso de cierto nepotismo e incorporó a la expedición a su sobrino de
dieciocho años, James Ross. Inspirado y animado por el ejemplo de su tío, James
se había alistado en la Marina Real al cumplir los once años y había sido
aprendiz de su tío en el Báltico y el mar Blanco, frente al norte de Rusia. Se
incorporó al Isabella como guardiamarina, que,
tradicionalmente, suponía el primer paso para convertirse en oficial.
James era alto y fornido y había aprovechado bien
su carrera en la Marina. Había aprendido mucho sobre los últimos avances
científicos, especialmente en los campos de la navegación y el geomagnetismo.
La habilidad de entender y utilizar las fuerzas magnéticas de la Tierra
constituía uno de los grandes trofeos de la ciencia a principios del siglo XIX
, y James Clark Ross (añadió el «Clark» más adelante, para distinguirse de su
tío) tendría un papel clave en su investigación.
Al mando del HMS Trent, uno de los
barcos a los que se confió la misión de alcanzar el Polo Norte, estaba John
Franklin que, con treinta y dos años, era también un marinero profesional. Como
John Ross, había entrado en combate durante las guerras napoleónicas, en las
que se había visto obligado a entrar en acción de súbito a bordo del HMS Polyphemus en
la batalla de Copenhague, con tan solo quince años. Después había sido
guardiamarina con Matthew Flinders durante una expedición que cartografió buena
parte de la costa de Australia (o Nueva Holanda, que es como se la conocía
entonces). El joven Franklin había aprendido mucho de Flinders, quien, a su
vez, había adquirido buena parte de sus conocimientos del capitán Cook. Antes
de cumplir los veinte años, Franklin había ganado más experiencia de combate
como oficial de señales en el HMS Bellerophon durante la
batalla de Trafalgar. A los veintidós años ya era teniente. Cuando James Ross,
de una belleza sobrecogedora, se encontró por primera vez con el orondo John
Franklin, prematuramente calvo y de cara redonda, en Lerwick (en las islas
Shetlands) en mayo de 1818, cuando el Isabella y el Trent se
preparaban para zarpar hacia el Ártico, debió de contemplarlo como una especie
de héroe. No podía saber entonces que sus caminos volverían a cruzarse en el
futuro, ni que sus nombres estarían íntimamente ligados a la dramática historia
del HMS Erebus.
Como muchos de los mandos navales de la época,
Franklin era un polímata culto que mostraba un especial interés en la ciencia
del magnetismo. Esta era su primera misión al Ártico y se la tomó muy en serio.
Andrew Lambert, su biógrafo, valora qué le rondaba la cabeza en aquellos
momentos: «Puede que no tuviera pedigrí universitario, ni el estatus de un
miembro de la Real Sociedad, pero había viajado por todo el mundo, hecho
observaciones y combatido a los enemigos del rey. Era alguien y, si a la
empresa le aguardaba un futuro brillante, era posible que obtuviera un
ascenso». Por desgracia, la expedición, que él esperaba que alcanzara el
extremo oriental de Rusia, no superó una tormenta entre los icebergs cerca de
Spitsbergen, y John Franklin regresó a Inglaterra al cabo de seis meses.
La expedición de John Ross al paso del Noroeste
gozó, en un principio, de mejor fortuna. Tras alcanzar los 76º N y cruzar sin
percances la bahía de Baffin, el Isabella y su compañero,
el Alexander, se encontraron en el extremo de un cabo en la zona
noroccidental de la bahía. Era la boca del estrecho de Lancaster, que luego se
conocería como la entrada del paso del Noroeste. Pero fue también allí donde
Ross cometió un grave error que se demostraría una mácula permanente para su
reputación. Al mirar hacia el oeste desde el cabo, llegó a la conclusión de que
no se podía pasar por el estrecho, porque parecía que más adelante había unas
altas montañas. Pero lo cierto es que no eran montañas, sino nubes. Tan
convencido estaba de lo que vio, empero, que no solo no ordenó subir a cubierta
a ningún oficial para que confirmara lo que había visto (todos estaban abajo,
jugando a cartas), sino que incluso bautizó la imaginaria cordillera con el
nombre de montañas Croker, en honor al primer secretario del Almirantazgo. Fue
un episodio muy extraño. A continuación, Ross ordenó que el barco diera media
vuelta y pusiese rumbo a casa, aunque no sin antes echar sal en la herida al
bautizar aquel golfo imaginario como bahía de Barrow. Cuando se reveló el
error, Barrow montó en cólera y jamás volvió a confiar en John Ross.
Pero el paso del Noroeste aún ejercía su potente
seducción y el siguiente objeto de la generosidad de Barrow fue William Edward
Parry, capitán del segundo barco de la expedición de Ross, el Alexander,
al que se invitó a realizar un nuevo intento. A los treinta años, Edward Parry,
que era como se lo conocía, era más joven que John Ross o John Franklin, aunque
había formado parte de la Marina más de la mitad de su vida, pues se había
alistado a los trece años. James Clark Ross fue de nuevo alistado a la expedición
como guardiamarina. Otro de los oficiales del Alexander era un
norirlandés al que todos respetaban llamado Francis Rawdon Moira Crozier. Él y
James Ross iban a convertirse en amigos para toda la vida y, al igual que Ross,
Francis Crozier tendría un papel muy importante en el destino del Erebus y
de su barco gemelo, el Terror.
La expedición de Parry partió con dos barcos,
el Hecla y el Griper, en lo que se demostró uno de
los viajes más fructíferos al Ártico. No solo atravesaron el estrecho de
Lancaster, con lo que borraron de un plumazo las montañas Croker del mapa, sino
que, además, se adentraron profundamente en el paso del Noroeste. Tomaron la
decisión sin precedentes de pasar el invierno en una desolada isla, hasta
entonces desconocida, muy al oeste, que bautizaron, en honor del patrocinador
de la expedición, con el nombre de isla Melville. Por fortuna, iban bien
preparados. Se proporcionó a cada hombre una manta de piel de lobo para pasar
la noche y se extremó el cuidado de los suministros, entre los que había
esencia de malta y lúpulo Burkitt, y zumo de limón, vinagre, chucrut y
pepinillos para prevenir el escorbuto. Para cuando Parry y sus barcos
regresaron al estuario del Támesis en noviembre de 1820, habían descubierto
cientos de kilómetros de territorios y aguas previamente desconocidos.
Mientras tanto, Barrow ofreció una nueva
oportunidad a John Franklin, a pesar de lo poco que había logrado su expedición
al Polo Norte. Se le entregó el mando, conjuntamente con George Back y el
doctor John Richardson, de una expedición terrestre para cartografiar el río
Coppermine, que fluía hacia el norte, hasta su desembocadura en el Ártico. Era
un territorio salvaje y difícil y, teniendo en cuenta que Franklin había pasado
toda su carrera en el mar, quizá no era el hombre ideal para encabezar una expedición
terrestre tan exigente. Peor aún, estaba lastrado por el pesado equipo que
necesitaba transportar para cumplir con las obligaciones científicas de la
misión.
Al final, Franklin cartografió muchos territorios
desconocidos a lo largo del curso del río y de la costa del Ártico, pero
postergó demasiado su regreso y, en consecuencia, sus hombres se vieron
atrapados en unas condiciones meteorológicas terribles con la llegada del
invierno. Las reservas de alimentos se terminaron y se vieron reducidos a comer
bayas y líquenes cuando daban con ellos. Franklin recordaría más adelante que
un día «toda la partida se comió los restos de sus zapatos viejos [mocasines de
cuero sin curtir] para fortalecer el estómago ante la fatiga de la jornada de
viaje». Las terribles condiciones en que se hallaban provocaron agudas
divisiones. Diez de los voyageurs canadienses que los
acompañaban (comerciantes de pieles que también actuaban como exploradores y
porteadores) murieron en el trayecto de regreso y se cree que uno de los que
sobrevivió, Michel Terohaute, lo hizo recurriendo al canibalismo. Más tarde,
mató de un tiro a un miembro británico de la expedición, el guardiamarina
Robert Hood, antes de que él mismo fuera abatido a manos del doctor John
Richardson, segundo al mando de la partida.
En aquel momento, algunos consideraron que el caos
y la desorganización al final de la expedición era consecuencia de la
obstinación de Franklin, quien se había negado a escuchar a los voyageurs y
a los inuits locales. Más recientemente, el editor de una edición de 1995 del
diario de Franklin lo describió como «un perfecto ejemplo de la cultura
imperial, no solo en sus muchos aspectos positivos, sino también en sus
dimensiones menos generosas». Pero, cuando llegó a casa un año después y narró
su versión de la lucha por la supervivencia, su libro se convirtió en un bestseller y,
lejos de recibir críticas por haber puesto a sus hombres y a sí mismo en
peligro, John Franklin se convirtió rápidamente en un héroe popular: el hombre
que se comió sus botas.
El ataque múltiple en pinza sobre el paso del
Noroeste organizado por Barrow había dado resultados y, aunque no había tenido
éxito a la hora de descubrir el paso en sí, había capturado hasta tal punto la
imaginación popular que hombres como Parry, Franklin y James Clark Ross se
estaban convirtiendo en estrellas de un nuevo firmamento: un mundo donde los
héroes no luchaban contra el enemigo, sino contra los elementos.
En 1824, mientras el Erebus se
acondicionaba con discreción en un rincón del suroeste de Gales, dos de las
otras bombardas, el Hecla y el Fury, iban a entrar
de nuevo en combate contra el hielo. Impresionado por su resistente diseño y
sus cascos reforzados, Edward Parry, el explorador del momento, los eligió para
encabezar un nuevo asalto al paso del Noroeste.
Este nuevo viaje representaba un avance para el
joven James Clark Ross, alto, envarado y con una mata leonina de espesos
cabellos negros, pues fue nombrado segundo teniente del Fury. La
expedición en sí, no obstante, no tuvo éxito. En primer lugar, el grueso hielo
de la bahía de Baffin impidió el avance de los barcos. Intentaron remolcarse a
sí mismos clavando anclas en el hielo y tirando del barco recogiendo los
calabrotes, pero esta era una técnica muy peligrosa, que, según admitió el
propio Parry, podía acabar terriblemente mal: en una ocasión, explicó, «tres
marineros del Hecla fueron derribados de una forma tan
repentina como si les hubieran disparado cuando el ancla se soltó de súbito».
Luego el Fury encalló en la costa de Somerset Land y tuvo que
ser abandonado. Tras solo un solo invierno, se tomó la decisión de regresar a
casa.
Barrow, sin embargo, aún tenía una confianza
inquebrantable en Parry. Con el entusiasta apoyo de sir Humphry
Davy, de la Sociedad Real, le confió un intento de llegar al Polo Norte. El
otro hombre del momento, James Clark Ross, fue nombrado segundo de Parry.
También a bordo iban el amigo de Ross, Francis Crozier, y un nuevo cirujano
adjunto, Robert McCormick, que tendría un papel importante en las subsiguientes
aventuras de Ross.
La expedición arribó a Spitsbergen en junio y,
desde allí, los hombres continuaron en trineos tirados por renos con el
objetivo de cubrir unos veintidós kilómetros al día en el camino hacia el polo.
Continuaron hacia el norte, viajando de noche y descansando de día para evitar
que la nieve les provocara ceguera. Por desgracia, los renos se demostraron
poco adecuados para remolcar los trineos y fueron sacrificados y utilizados
como alimento; en consecuencia, a finales de julio el progreso de la expedición
se había reducido a 1,6 kilómetros en cinco días. En ese momento, se tomó la
decisión de abandonar y dar media vuelta. Los hombres brindaron por el rey e
izaron el estandarte que habían tenido la esperanza de desplegar en el polo.
Aunque no habían conseguido su objetivo, Parry y
sus hombres habían llevado a cabo una gesta notable. Habían batido la anterior
marca al llegar a los 82,43º N, a solo unos ochocientos kilómetros del Polo
Norte, un récord que se mantendría durante casi cincuenta años. En cuanto a
Ross, había sobrevivido cuarenta y ocho días en el hielo y había matado a un
oso polar. Sin embargo, el hecho es que otro intento de llegar al Polo Norte
había fracasado. The Times declaró en un premonitorio
editorial: «En nuestra opinión, el hemisferio sur representa un campo mucho más
tentador para la especulación y desearíamos de todo corazón que se organizara
una expedición por esas regiones». Eso, sin embargo, no ocurriría hasta mucho
tiempo después.
A su regreso, en octubre de 1827, James Ross fue
ascendido a comandante, pero, sin perspectivas inmediatas de nuevos encargos,
le redujeron su paga a la mitad. No obstante, gracias a su tío, esta situación
no se prolongó demasiado. Solo unos pocos meses después, John Ross, que había
caído en desgracia ante Barrow y la mayor parte del Almirantazgo tras el fiasco
de las montañas Croker, consiguió apoyo financiero para una nueva expedición
polar de su amigo Felix Booth, el productor de ginebra. Una de las condiciones
que impuso Booth fue que el sobrino de Ross lo acompañara durante la
expedición, una condición a la que el brusco y arisco John accedió de
inmediato, a pesar de no haberlo consultado de antemano con James. Incluso
prometió que James sería su lugarteniente. Por suerte para todos, su sobrino,
que estaba en la flor de la vida y necesitaba dinero, aceptó la propuesta.
Booth acordó invertir dieciocho mil libras de la
fortuna que había amasado con el comercio de la ginebra en aparejar la Victory;
no el legendario buque insignia del almirante Nelson, sino un vapor de ruedas
de ochenta y cinco toneladas que se había utilizado antes como transbordador
entre la isla de Man y Liverpool. La idea de Ross era que, puesto que el Victory no
dependía por completo de sus velas, sería capaz de abrirse paso con mayor
facilidad entre la gruesa capa de hielo. La idea tenía su lógica, pero la
tripulación empezó a tener problemas con el motor la mañana siguiente, cuando
zarparon de Woolwich. Incluso al navegar a toda máquina, solo alcanzaban tres
nudos de velocidad. Cuando todavía se encontraban en el mar del Norte
descubrieron que el sistema de calderas tenía una fuga importante (uno de sus
diseñadores sugirió que taparan el agujero con una mezcla de estiércol y
patatas). Aún se avistaba Escocia cuando una de las calderas estalló, al igual
que John cuando le contaron lo sucedido: «Como si hubiera estado predeterminado
que ni un átomo de esta maquinaria fuera otra cosa que una fuente de
vejaciones, obstrucción y maldad». En el invierno de 1829, desecharon el motor
entero para alivio general de todos quienes iban a bordo.
A pesar de estos problemas iniciales, continuaron
su avance y consiguieron algunos éxitos notables. Quizá ligeramente
avergonzado, John Ross condujo a la Victory a través de las
inexistentes montañas Croker y emergió al otro lado del estrecho de Lancaster.
En su ruta, cartografió la costa oeste de una península al sur, que bautizó
como Boothia Felix, cuyo nombre más tarde se abreviaría como Boothia, pero que
sigue siendo la única península del mundo bautizada con el nombre de una marca
de ginebra. La expedición estableció contacto con los inuits locales, lo que
redundó en beneficio de ambas partes. Uno de los inuits quedó particularmente
impresionado cuando el carpintero de Ross le fabricó una pierna de madera para
reemplazar la que había perdido en un encuentro con un oso polar. La nueva
pierna tenía inscrita la palabra «victory» y la fecha.
Pero su mayor logro estaba todavía por llegar. El
26 de mayo de 1831, cuando habían pasado dos años de lo que sería una
expedición de cuatro, James Clark Ross organizó una expedición de veintiocho
días en trineo a través de la península de Boothia con la intención de
descubrir la ubicación del polo norte magnético. Solo cinco días después, el 1
de junio, midió una posición de 89º 90’. Estaba lo más cerca posible del polo
norte magnético. «Casi parecía que habíamos conseguido todo para lo que
habíamos viajado tan lejos —escribió John Ross después—, como si nuestro viaje
y todas sus labores hubieran llegado a su fin y no nos quedara nada más que
hacer que regresar a casa y ser felices durante el resto de nuestros días».
El hecho de colocar la bandera del Reino Unido y la
anexión del polo norte magnético en nombre de Gran Bretaña y el rey Guillermo
IV deberían haber constituido el preludio de un retorno heroico, pero el
caprichoso clima del Ártico se negó a cooperar. El hielo se cerró alrededor de
la expedición, cuya supervivencia estaba en tela de juicio. A medida que la
perspectiva de un tercer invierno atrapados en el Ártico se convertía en una
realidad, el júbilo dio paso a una amarga resignación. En junio, James Ross se
sentía un triunfador. Solo unos pocos meses después, su tío John escribió
abatido: «Para nosotros, la visión del hielo era una plaga, una vejación, un
tormento, un castigo y un motivo de desesperación».
Fue mucho peor de lo que nadie podría haber
supuesto. De no haber sido por su estrecha relación con los inuits del lugar y
la adopción de una dieta rica en aceite y grasas, sin duda habrían perecido.
Desde luego, pasarían casi dos años antes de que los Ross y sus compañeros,
«vestidos con harapos de bestias salvajes […] y demacrados hasta los huesos»,
fueran milagrosamente rescatados por un ballenero. Este barco resultó ser
el Isabella, procedente de Hull, la nave que John Ross había
comandado quince años antes. El capitán del Isabella apenas
daba crédito a lo que veían sus ojos. Había asumido que tanto el tío como el
sobrino debían de llevar dos años muertos. Tantos habían perdido las esperanzas
de volver a verlos que la nación entera quedó conmocionada cuando arribaron a
Stromness, en las islas Orcadas, el 12 de octubre de 1833. Cuando llegaron a
Londres una semana después, la recepción fue de todo punto triunfal. Su
extraordinaria fortaleza, evidente tras sobrevivir cuatro años en el hielo, sus
logros científicos y su habilidad como exploradores se celebraron de forma
unánime. El hecho de que la expedición hubiera estado al borde del desastre,
lejos de desincentivar futuras empresas, aseguró que el Ártico se mantuviera
como uno de los principales objetivos que ambicionaba el Almirantazgo y, años
después, cambió drásticamente el curso de muchas vidas.
John Ross, a quien se había restituido, recibió el
título de caballero. No obstante, su momento de gloria se vio empañado por un
desagradable enfrentamiento con su sobrino sobre quién merecía el crédito de
haber descubierto el polo norte magnético. James reclamaba ser reconocido como
único descubridor, pues él había determinado su posición. Su tío insistió en
que, de haber sabido que su sobrino tenía intención de encontrar el polo, lo
habría acompañado. Para los que trataban estas cuestiones, era James quien era
la estrella ascendente. Comparado con su quisquilloso e impulsivo tío, parecía
un hombre de confianza y determinación, cabal. A finales de 1833, fue ascendido
a capitán y se le encomendó la tarea de realizar el primer estudio del
magnetismo terrestre en las islas británicas.
Apenas se había puesto a ello cuando llegaron
noticias de que había doce barcos balleneros, con los seiscientos hombres de
sus tripulaciones, atrapados en el hielo en el estrecho de Davis, entre
Groenlandia y la isla de Baffin. El Almirantazgo acordó enviar una misión de
rescate y, como era previsible, encomendó a James Clark Ross la tarea de
dirigirla. Este escogió un barco llamado Cove, construido en
Whitby, y nombró a Francis Crozier primer teniente de la nave.
Mientras Ross y Crozier navegaban con rumbo norte
de Hull a Stromness y se adentraban en el Atlántico Norte, el Almirantazgo
empezó a buscar barcos de refuerzo por si hacía falta enviar más ayuda. De las
dos bombardas que se habían transformado para la navegación polar en las
expediciones de Parry, uno, el HMS Fury, había embarrancado en las
rocas frente a la costa de la isla de Somerset y el otro, el Hecla,
se había vendido años atrás. Eso dejaba solo al HMS Terror, un
barco de la clase Vesuvius, construido en 1813, con un largo historial de
servicio activo a su espalda, y al Erebus, que aún no había sido
probado en ese tipo de aguas. El 1 de febrero de 1836, una tripulación reducida
acudió a Portsmouth para quitarle el polvo al Erebus y
trasladarlo hasta Chatham, a la espera de que se requiriese su intervención. En
el ínterin, el Cove se topó con un tiempo terrible y una
galerna lo golpeó con tanta furia que, en general, la gente opinó que lo que
impidió que el barco se fuera a pique fue el liderazgo flemático y la gran
sangre fría de James Ross. Tras regresar a Stromness para hacer reparaciones,
Ross, Crozier y el Cove zarparon de nuevo hacia el estrecho de
Davis. Para cuando llegaron a Groenlandia, resultó que todos los balleneros,
con la excepción de uno, ya habían sido liberados del hielo.
A pesar de esto, los esfuerzos por efectuar el
rescate se consideraron heroicos. Francis Crozier fue ascendido a comandante
(que, aunque resulte confuso, es el rango por debajo de capitán) y a James Ross
se le ofreció el título de caballero. Para gran desilusión de sus muchos
seguidores, lo rechazó, al parecer porque consideraba que el pasar a ser sir James
Ross haría que lo confundieran con su conflictivo tío, recientemente
ennoblecido.
No obstante, «el hombre más atractivo de la
Marina», según Jane Griffin, la futura esposa de John Franklin, tenía, sin
embargo, mucho menos éxito en su vida privada. Entre sus muchos viajes, Ross
había conocido y se había enamorado de Anne Coulman, la hija de dieciocho años
de un adinerado terrateniente de Yorkshire. Ross había hecho lo correcto y
escrito a su padre para expresarle sus sentimientos hacia Anne con la esperanza
de recibir permiso para visitarla en la casa familiar. Coulman le respondió indignado,
acabó inapelablemente con todos los planes de futuro para la relación y expresó
su conmoción por que Ross albergara tales sentimientos «por una mera niña que
todavía va a la escuela». Pero el señor Coulman tenía otros motivos para
oponerse a tal unión. «Su edad [Ross tenía treinta y cuatro años] comparada con
la de mi hija su profesión y las muy inciertas y peligrosas perspectivas que
tiene ante usted me prohíben siquiera considerar su proposición».
Anne, sin embargo, estaba tan enamorada de James
como él de ella. Durante los años siguientes, continuaron viéndose en secreto.
La tenaz oposición de Coulman a su matrimonio hizo que Ross escribiera a Anne
enojado y frustrado: «No me habría parecido posible que las emociones mundanas
pudieran tener una influencia tan grande como para destruir los afectos más
profundos del corazón y hacer que un padre tratara a su hija con tal
insensibilidad y rigor». Por fortuna, una de las mejores cualidades de James Ross
era su persistencia. Cuando decidía algo, no era fácil disuadirlo. Mantuvo el
contacto con Anne, y ella con él. Su perseverancia se vería al final
recompensada.
El HMS Terror pronto zarpó en otra
misión. Abandonó Medway en junio de 1836 como buque insignia de la última
ambiciosa expedición de George Back para ampliar los conocimientos sobre el
noroeste del océano Antártico. Hacia septiembre ya estaba atascado en el moviente
hielo y sufrió su presión durante todo el invierno. Al final, el trozo de hielo
se desprendió de la plataforma y, todavía encajado en un témpano flotante,
navegó a la deriva hasta llegar al estrecho de Hudson. Con el casco dañado y
asegurado con una cadena, el Terror alcanzó por los pelos la
costa de Irlanda, donde embarrancó sin más ceremonias.
Antes del desastre, George Back tuvo unas palabras
de elogio hacia el Terror que podrían haberse dirigido a todas
las bombardas: «Hondo y de gruesa madera como era y, aunque cada acometida
hundía el bauprés en el agua, su cabeceo era tan tranquilo que apenas se
tensaban los cabos». Su descripción del barco en buen tiempo hace que el sapo
parezca un príncipe: «Con los sobrejuanetes y todas las bonetas desplegadas por
primera vez, el gallardo barco exhibió orgulloso todo su expandido plumaje y
flotó majestuosamente sobre las olas del mar».
El Erebus no tuvo una ocasión
similar para impresionar. Aunque había estado sumamente cerca de entrar en
acción, al final simplemente había cambiado un muelle por otro. En Chatham se
le retiró el aparejo y volvió a engrosar la lista de «ordinarios». Estaba convirtiéndose
en el barco que «casi zarpa» de la Marina Real.
Capítulo 3
El sur magnético
Durante todo el principio del siglo XIX, el océano Antártico continuó siendo
terra incognita. La expedición de James Weddell al Polo Sur entre 1822 y 1824
—descrita en sus memorias de 1825— llegó más al sur que ninguna otra hasta
entonces, pero no avistó tierra alguna.
Cuando la recién formada Asociación Británica para
el Avance de la Ciencia se reunió en Newcastle en el verano de 1838, el
magnetismo terrestre era uno de los temas más importantes del orden del día. Se
estimaba que había llegado el momento de cobrarse el premio. Una vez que
entendieran el funcionamiento del campo magnético de la Tierra y lo
codificaran, las brújulas y los cronómetros podrían disponerse con absoluta
precisión y la navegación dejaría de ser un proceso errático que dependía de
los cielos y suposiciones. El resultado sería el equivalente decimonónico de un
GPS.
Uno de quienes defendía con más intensidad la
necesidad de esta investigación era Edward Sabine, un oficial de la Artillería
Real que había navegado con Ross y Parry al Ártico. Como asesor científico del
Almirantazgo, durante los últimos diez años había defendido con vehemencia que
Gran Bretaña debía utilizar su superioridad naval para recabar información
valiosa sobre el campo magnético de la Tierra. Pero también estaba de acuerdo
con el influyente Alexander von Humboldt, un noble prusiano que había realizado
los primeros estudios sobre el geomagnetismo durante un célebre viaje a
Sudamérica en 1802, en que, solo si los diversos países colaboraban, podría
reducirse el mundo a una serie de principios claros, empíricos y científicos.
La teoría que vinculaba el geomagnetismo y la
navegación ya había sido desarrollada por Carl Friedrich Gauss, un astrónomo de
la Universidad de Gotinga. Para poner sus ideas en práctica, Sabine y otros
propusieron que se estableciese una red de estaciones de observación a lo largo
de todo el orbe que informarían de sus datos simultáneamente. James Clark Ross
había descubierto el polo norte magnético y establecido que era diferente del
norte geográfico, también llamado «norte verdadero». Ahora, el siguiente paso
lógico era centrarse en las zonas terrestres inexploradas y, en particular, en
las partes más remotas del hemisferio sur.
Hasta ese momento, la exploración antártica nunca
se había tomado muy en serio. La mayoría de los datos que se tenían sobre las
tierras del sur procedía del capitán Cook, quien, en la década de 1770, había
cruzado en dos ocasiones el círculo polar antártico… y la experiencia no le
había entusiasmado demasiado. Según escribió, aquel era un terreno de «espesas
nieblas, ventiscas, frío intenso y todos los demás elementos que hacen la
navegación peligrosa». En su mayor parte, la región se había dejado en manos de
balleneros y cazadores de focas privados.
En cualquier caso, descripciones como la de Cook no
hicieron sino aumentar la fascinación del público por el lugar. Para los
románticos, la Antártida representaba el misterio de lo desconocido y lo
salvaje. Por ejemplo, la «Balada del viejo marinero», de Samuel Taylor
Coleridge, publicada en 1798, describe un barco maldito que navega a la deriva
en el océano Antártico.
Sopló la buena brisa, corrió la blanca espuma,
siguió libre la estela;
éramos los primeros que jamás irrumpieran
en aquel mar callado.
En el poema de Coleridge, el viaje acaba en
desastre. El héroe de la única novela de Edgar Allan Poe, Las aventuras
de Arthur Gordon Pym (1838), encuentra en el océano Antártico todo
tipo de peligros y depravaciones, desde naufragios hasta canibalismo. Es un
lugar de frío y oscuridad infernales. Un sitio donde las almas atormentadas
sucumben a la locura. El tipo de lugar que los griegos llamaban Érebo.
Mientras los artistas y los poetas estaban ocupados
asustándose a sí mismos y al público, los científicos, como a menudo sucede,
iban en otra dirección, la del conocimiento y la lógica, la de la exploración y
la explicación. Imbuidos del espíritu de la Ilustración, la existencia o
inexistencia de un continente en el Polo Sur constituía otro misterio que había
que resolver. Ahora, las exigencias de la ciencia y un sentimiento recién
despertado del potencial del ser humano se combinaban para empezar a desentrañarlo.
Existían, además, otros motivos. El eminente
astrónomo sir John Herschel insistió en las aplicaciones
prácticas de una expedición al Polo Sur en una reunión celebrada en Birmingham
y apeló a más que a meros argumentos científicos. «Las grandes teorías físicas
—afirmó—, con su estela de consecuencias prácticas, son preeminentes
objetos nacionales, que comportan gloria y utilidad». Con este
empujoncito chauvinista, el comité de Herschel redactó un memorando de
resolución que se presentó al primer ministro, lord Melbourne.
A lo largo del invierno el debate se inclinó de un
lado y, luego, de otro, pero el 11 de marzo de 1839, lord Minto, el primer lord
del Almirantazgo, informó finalmente a Herschel de que se había concedido el
permiso para una expedición antártica. Sería una empresa de prestigio y, en
consecuencia, necesitaba un líder de primer orden. Por fortuna, entre los más
cualificados para encabezarla había dos célebres exploradores polares: James
Clark Ross y John Franklin. Uno era el hombre que había rechazado el título de
caballero; el otro era el hombre que se había comido sus botas.
La carrera reciente de Ross lo había hecho célebre.
También Franklin había tenido éxito, aunque quizá gozara de menor fama. En
1825, tres años después de su primer viaje al Ártico, había lanzado una segunda
expedición por tierra. Durante los meses de invierno se había dedicado a hacer
meticulosas observaciones científicas. Cuando las condiciones mejoraron,
condujo a sus hombres en la exploración de seiscientos cincuenta kilómetros de
costa desconocida, al oeste del río Mackenzie. Y, al final de la temporada,
tras haber aprendido la lección de sus experiencias anteriores, Franklin
decidió no continuar su avance para no poner en peligro la vida de sus hombres
y regresó a Londres.
Nombrado caballero en 1829 y con una mejor
reputación como navegante y líder de expediciones, en el año 1830 Franklin
recibió la orden de tomar el mando del HMS Rainbow, una corbeta de
veintiocho cañones y quinientas toneladas, con órdenes de navegar al
Mediterráneo. Lo que siguió fue un turno de servicio tranquilo, profesional y
exitoso en muchas de las mismas aguas de las que acababa de regresar el Erebus.
El Rainbow contaba con una tripulación de ciento setenta y
cinco hombres y era una nave mucho más grande e impresionante que cualquiera
que hubiera comandado antes. Para su tripulación, Franklin, el más afable y
sociable de los hombres, era un capitán accesible y bondadoso. La vida a bordo
era tan agradable que el barco recibió apodos como el «Paraíso de Franklin» o
el «Arcoíris Celestial».
Las habilidades sociales de Franklin también
contribuyeron a nutrir y mejorar la relación de Gran Bretaña con el Estado
griego, que había conseguido la independencia recientemente, y a solucionar las
disputas internas de sus facciones, en unos momentos en que los rusos, que
anteriormente habían sido aliados de Gran Bretaña y Francia, apoyaban ahora a
un Gobierno provisional muy impopular y los aliados pretendían colocar a su
elegido como nuevo rey del país. Tras una larga búsqueda, británicos y franceses
habían dado con un príncipe bávaro de dieciocho años llamado Otón, hijo del rey
Luis I de Baviera, que, según todas las informaciones, era un blandengue.
Aunque agradecido, eso sí, pues concedió a Franklin la Orden del Salvador por
su ayuda.
Franklin disfrutó de todo lo que vio de la antigua
Grecia durante su turno de servicio, pero la nueva Grecia le causó una
impresión bastante pobre, pues la consideraba corrupta y carente de liderazgo.
Después de haber hecho cuanto pudo para resolver y arbitrar diversas disputas
locales, debió de sentirse aliviado al regresar a Portsmouth a finales de 1833,
justo a tiempo para la Navidad. Sus buenas acciones no cayeron en saco roto: en
agradecimiento a sus esfuerzos, el nuevo monarca, Guillermo IV, lo nombró
caballero comandante de la Real Orden Güelfica de Hannover.
La vida privada de Franklin durante estos años
estuvo marcada por la tragedia. En 1823 se había casado con la poeta Eleanor
Anne Porden y, juntos, habían tenido una hija (también llamada Eleanor), pero
solo cinco días después de que partiera en su segunda expedición ártica, su
esposa falleció, víctima de la tuberculosis. Según todas las fuentes, Eleanor
fue una mujer extraordinaria y muy admirada. A pesar de que era consciente de
que no iba a sobrevivir, insistió en que su marido siguiera adelante con sus planes.
Cuatro años después, el 4 de noviembre de 1828, Franklin contrajo matrimonio de
nuevo. Su nueva esposa, Jane Griffin, hija de un abogado, era rápida,
inteligente y activa, y había sido íntima amiga de Eleanor. Al especular sobre
qué vería en el corpulento explorador, el biógrafo de Franklin, Andrew Lambert,
concluyó que era «un héroe romántico, un icono cultural, y es quizá esta imagen
con la que se casó». Y Jane dedicaría el resto de su vida a proteger e impulsar
esa imagen.
A su regreso del Mediterráneo, Franklin gozaba de
respeto y era feliz en su nuevo matrimonio, pero tenía un problema. No había
ningún nuevo puesto al que pudieran asignarlo y pasó los siguientes tres años
sin empleo. Esta experiencia debió de resultarle extremadamente frustrante.
Entonces, en 1836, surgió una nueva oportunidad, en la forma del cargo de
teniente del gobernador de la Tierra de Van Diemen. Pero, desde luego, este era
un regalo envenenado. El anterior gobernador, George Arthur, había ejecutado una
serie de reformas sociales que habían soliviantado a buena parte de la pequeña
comunidad de habitantes y habían provocado su descontento y cierta división.
Pero, para Franklin y para su ambiciosa esposa, la oferta debió de parecer maná
caído del cielo. Tras varios años de ocio forzoso, al fin recibía una nueva
oportunidad para demostrar su talento. Franklin aceptó de inmediato, y la
pareja zarpó ese mismo año y llegó a Hobart en enero de 1837.
Lo que Franklin no podía saber es que solo poco más
de un año después, el Almirantazgo buscaría un explorador polar con experiencia
para liderar una expedición al Antártida. De haberlo sabido, ¿habría aceptado
el cargo en la Tierra de Van Diemen? El caso es que su ausencia de Inglaterra
en el momento clave lo eliminó como candidato. El Almirantazgo no dudó en
ofrecer el puesto a James Clark Ross, cuya experiencia ártica y cuyo
descubrimiento del polo norte magnético encarnaban las cualificaciones navales
y científicas que buscaban. Y, lo que era más importante, estaba disponible.
Después de haberse asegurado los servicios de Ross,
los lores del Almirantazgo comenzaron a buscar embarcaciones dignas de esta
ambiciosa aventura. La Marina Real se había decantado por las bombardas para la
exploración en condiciones extremas desde 1773, cuando dos de ellas, el Racehorse y
el Carcass (nombre de un proyectil explosivo), habían sufrido
un proceso de transformación para hacer frente a una expedición al Polo Norte.
Habían llegado al mar de Barents antes de que el hielo los obligara a dar media
vuelta. A estas alturas, solo quedaban dos barcos tipo bombarda que fueran
candidatos realistas para servir en el océano Antártico. Uno era el HMS Terror,
reforzado y reconstruido tras los daños de diez meses en el hielo durante la
expedición de George Back al Ártico en 1836 y 1837. El otro, que en ese momento
estaba en el río Medway, en Chatham, nunca había salido de las cálidas aguas
del Mediterráneo, pero era ligeramente más grande y se había construido poco
antes que el Terror, por lo que se convirtió en el buque insignia
de la expedición por unanimidad. Tras nueve años de retiro prematuro, y casi
catorce años después de que descendiera por la rampa del astillero de Pembroke
entre vítores, el HMS Erebus estaba camino de convertirse en
uno de los barcos más famosos de la historia. El 8 de abril de 1839, James
Clark Ross fue nombrado su capitán.
Menos de dos semanas después de que se confirmara
la expedición, el Erebus fue puesto en un dique seco en
Chatham para sustituir el recubrimiento de cobre del casco por uno nuevo, ya
que el que tenía había estado en uso desde su primera misión en el
Mediterráneo. Se desmantelaron los elementos que lo convertían en un buque de
guerra para darle líneas más limpias, funcionales y resistentes a las
inclemencias del tiempo. Los tres niveles de la cubierta superior se redujeron
a uno, liso y continuo, tras eliminar el alcázar y el castillo de proa. Esto
aportaría espacio de almacenaje extra, necesario para los nueve botes
auxiliares que el Erebus debía transportar. Estas pequeñas
embarcaciones iban desde los botes balleneros de 9 metros hasta una pinaza de
8,5 metros, dos cúteres y un bote de 3,6 metros que servía a modo de taxi
privado del capitán. Se creó más espacio al prescindir de la mayoría del
armamento del Erebus. Sus doce cañones se redujeron a dos y se
cerraron las troneras que ya no eran necesarias.
Su transformación de buque de guerra a rompehielos
estuvo supervisada por el señor Rice en el astillero de Chatham. El cambio fue
tan profundo, y tan impresionado quedó James Clark Ross, que incluyó el
memorando de los trabajos de Rice en el Erebus en la crónica
de la expedición que publicó. Por eso, hoy sabemos que su casco fue reforzado a
proa y popa con maderos de roble de seis pulgadas de ancho (15,24 centímetros)
y con maderos adicionales dispuestos en diagonal sobre los existentes. Se dispuso
un «grueso fieltro empapado en sebo caliente» entre las dos superficies para
mejorar el aislamiento. Más abajo, el doble casco se reducía a maderos de tres
pulgadas de olmo inglés. El resto del fondo del barco, hasta la quilla, se
recubrió con maderos de tres pulgadas de olmo canadiense (7,62 centímetros). En
la proa, en toda la obra viva, se colocaron planchas de cobre extragruesas.
Todo lo que sobresalía de la popa se eliminó, incluidas las galerías exentas
con las letrinas. Las ornamentadas tallas de la proa, típicas de todos los
buques de guerra, por humildes que fueran, se retiraron. Se sacrificó la
estética en aras de la utilidad y la durabilidad.
Durante el verano de 1839, mientras en Chatham
trabajaban aserradores y cordeleros, veleros, carpinteros y herreros, James
Ross estaba ocupado seleccionando a sus oficiales. Su poco sorprendente
elección para su segundo al mando y capitán del Terror fue el
norirlandés Francis Rawdon Moira Crozier, con quien había navegado tan a menudo
en durísimas expediciones al Ártico que se decía que Ross era una de las pocas
personas a las que Crozier permitía que se dirigieran a él como «Frank».
Crozier, tres años mayor que Ross, era uno de trece
hermanos de una familia de Banbridge, en County Down, a unos pocos kilómetros
al sur de Belfast. Su lugar de nacimiento, una elegante casa georgiana
construida en 1796, sigue en pie. Su padre había ganado dinero en la industria
textil irlandesa, y Francis disfrutó de una infancia cómoda y muy religiosa
(con el tiempo, su padre abandonaría el presbiteranismo y se uniría a la
Iglesia protestante de Irlanda, de modo que abandonó el radicalismo para integrarse
en la clase dirigente). Uno de los hermanos de Francis se ordenó vicario y los
otros dos hicieron carrera en el campo del derecho. Pero, dado que su padre
quería que uno de sus hijos vistiera de uniforme y estaba dispuesto a utilizar
sus contactos en el Almirantazgo para ello, Francis entró en la Marina Real el
12 de junio de 1810, con trece años.
A lo largo de su carrera impresionó a todos cuantos
trabajaron con él. Nada menos que el propio John Barrow lo recomendaba sin
ambages: «Es un joven oficial extremadamente capaz, que, gracias a su talento,
atención y energía, se ha elevado hasta la cima de la Marina». La respuesta a
por qué Crozier nunca alcanzó esa cima propiamente dicha es un misterio. Parece
que algo en su personalidad lo impidió, quizá una falta de sofisticación o de
confianza en tierra, una excesiva conciencia de su limitada educación formal.
Su biógrafo, Michael Smith, lo describe como un hombre «firme como una roca, en
el que se podía confiar», pero añade: «Crozier había nacido para ser segundo al
mando».
Edward Joseph Bird, de treinta y siete años, fue
nombrado primer teniente del Erebus. También él había navegado
junto a Ross, últimamente como segundo de a bordo del HMS Endeavour en
una de las expediciones de Parry. Sir Clements Markham, un
geógrafo y explorador victoriano que durante muchos años presidió la Real
Sociedad Geográfica, describió a Bird como «un excelente marinero, discreto y
retraído». Lucía barba, se peinaba hacia delante su prematuramente ralo cabello
y tenía una constitución notablemente similar a la del rollizo John Franklin.
Ross confiaba ciegamente en él.
En junio, Crozier escribió a Ross con ligera
frustración, preocupado porque aún no se había escogido a ningún primer oficial
que lo acompañara a bordo del Terror. Parecía que no quería tomar
esa decisión por sí mismo. «Personalmente, no conozco a nadie de ningún rango
que nos convenga, pero por fuerza tiene que haber muchos —escribió, y añadió,
de forma un tanto enigmática—. No queremos un filósofo». En esa época, las
palabras «filósofo» y «científico» eran a menudo intercambiables, así que no
está claro si Crozier estaba meramente indicando que prefería a un hombre con
conocimientos navales o señalando que se sentía incómodo rodeado de
intelectuales. Al final, Archibald McMurdo, un escocés competente, fue elegido
como primer teniente de Crozier. Conocía el Terror, pues había sido
tercer teniente a bordo cuando la nave había evitado por muy poco la
destrucción en el hielo durante la expedición de Back en 1836. En cuanto a
Charles Tucker, fue nombrado maestro navegante del Erebus , a
cargo de la navegación de la expedición.
Otros miembros de la tripulación con experiencia en
el Ártico eran Alexander Smith, primer oficial, y Thomas Hallett,
administrador. Ambos habían servido con Ross y Crozier en el Cove.
Thomas Abernethy, que fue nombrado artillero, era una presencia reconfortante.
Aunque sus deberes en cuanto a la artillería eran prácticamente honoríficos,
era un hombre grande y asombrosamente fornido que había acompañado a Ross en
muchas de sus aventuras en el Ártico, y se había convertido en uno de sus
hombres de confianza y en un amigo. Había estado a su lado, por ejemplo, cuando
alcanzaron el polo norte magnético.
Por fortuna para los futuros investigadores e
historiadores, dos cargos del Erebus recayeron en hombres que
registraban todas sus aventuras con minucioso detalle: Robert McCormick y
Joseph Dalton Hooker. McCormick, que había estado en el Beagle con
Charles Darwin, era el cirujano de a bordo y un naturalista, una combinación
que hoy puede parecer extraña, pero que era muy comprensible en esa época
prefarmacéutica en la que los médicos preparaban sus propias medicinas
utilizando las plantas como principio activo —de hecho, la Ley de Boticarios de
1815 hizo que el estudio de la botánica fuera obligatorio en el proceso de
formación de un médico—. McCormick era, como suele decirse, todo un personaje,
y estaba bastante complacido de haberse conocido. En el Beagle,
McCormick se irritaba cada vez más con la libertad que el capitán FitzRoy
concedía a Darwin, a quien, a pesar de no tener ningún estatus naval oficial,
se le permitía a menudo desembarcar en la orilla para llevar a cabo sus
investigaciones mientras que McCormick tenía que permanecer a bordo. Al final,
McCormick consiguió que lo eximieran de seguir en la expedición, sin que nadie
lamentara su partida. Parece que la mala relación era mutua. «Decidió hacerse
molesto para el capitán —le recriminó Darwin, que añadió—: Era un filósofo muy
anticuado».
McCormick sin duda era un hombre que había leído
mucho sobre historia natural, geología y ornitología, y en algún momento
impresionó —o quizá presionó— a Ross lo bastante como para garantizarse un
puesto en la expedición. Así que allí estaba, con sus libros, sus instrumentos
y sus cajas de especímenes, a bordo del HMS Erebus. Por muy
tendencioso que sea, su diario constituye una fuente de información fabulosa
sobre los cuatro años que pasó el barco en el océano Antártico.
Joseph Dalton Hooker era hijo de William Jackson
Hooker, de Norwich, quien, gracias a la influencia del ubicuo sir Joseph
Banks, había sido nombrado catedrático de Botánica de la Universidad de
Glasgow. William comprendió muy pronto que su hijo tenía un talento precoz. Con
seis años había identificado correctamente un musgo que crecía en una pared de
Glasgow como Bryum argenteum. A los trece años, ya estaba
obsesionado con la botánica y recitaba largas listas de nombres de plantas en
latín.
A través de su amplia red de contactos, William
Hooker se había enterado de la expedición al Antártico propuesta y, al
comprender que ofrecía la oportunidad de que un joven naturalista se labrara
una reputación, utilizó toda su influencia para conseguir un nombramiento para
su hijo. Después de todo, aquella era, por motivos tanto científicos como
comerciales, una edad de oro para la botánica. Como escribe Jim Endersby, el
biógrafo de Hooker, «gran parte de la riqueza del Imperio británico se
encontraba en las plantas», desde la madera y el cáñamo para los barcos, al
índigo, las especias, el té, el algodón y el opio que transportaban. Comprender
cómo, dónde y por qué las cosas crecían donde lo hacían suponía un beneficio
inconmensurable para el Gobierno. Por ello, tenía todo el sentido del mundo que
hubiera un botánico en la expedición.
Al final, el único cargo oficial que quedaba para
Hooker era el de cirujano adjunto, y, a tal fin, Joseph se formó como médico
rápidamente. Pero era evidente cuál era su principal interés. «Probablemente
ningún botánico del futuro visitará jamás los países a los que voy, y eso hace
de este viaje una perspectiva sumamente atractiva», escribió a su padre. El 18
de mayo de 1839, seis semanas antes de su vigesimosegundo cumpleaños, Joseph
Hooker recibió la noticia de que su nombramiento como segundo cirujano del
HMS Erebus había sido confirmado. Sería el hombre más joven a
bordo.
A lo largo de toda la expedición, tanto Hooker como
su superior inmediato, McCormick, mantuvieron meticulosos y detallados diarios,
probablemente animados por el ejemplo de Charles Darwin. (Hooker le dijo a su
padre que dormía con un juego de pruebas de El viaje del Beagle bajo
la almohada). Como era habitual en las expediciones financiadas con dinero
público, todos los diarios y cuadernos escritos a bordo se consideraban
propiedad del Almirantazgo y tenían que entregarse al final del viaje. Y, como
señala M. J. Ross, biógrafo y bisnieto de sir James, no había
ningún científico profesional en esa expedición: todos los oficiales y la
tripulación eran miembros de la Marina Real y, por lo tanto, estaban sometidos
a estas restricciones. Las cartas que se enviaban a casa, no obstante, estaban exentas
de examen o apropiación, lo que hace la abundante correspondencia del joven
Hooker con su familia todavía más valiosa. Estas misivas se caracterizan por
una informalidad y una franqueza que resultaría imposible de encontrar en un
informe oficial.
Tras recibir su nombramiento, se ordenó a Hooker
que se presentara en el muelle de Chatham, donde, como explica en su diario,
«pasé casi cuatro tediosos meses […] a la espera de que los barcos estuvieran
completamente listos y equipados». Estaba alojado, o «encasquetado», como se
decía en la Marina, en una antigua fragata llamada HMS Tartar. Por
aquel entonces, era habitual utilizar buques de guerra retirados como
alojamiento temporal. Algunos, como el famoso Fighting Temeraire,
inmortalizado por Turner, se emplearon como barcos prisión y tenían la mala
fama de ser lugares indescriptiblemente inmundos.
Otros miembros de la tripulación también se
encontraban alojados en el Tartar, entre ellos el sargento William
Cunningham, que estaba a cargo del pelotón de marines formado por un cabo y
cinco soldados que se había asignado al HMS Terror. Un destacamento
similar viajaría a bordo del Erebus. El papel de los reales marines
era ejercer como una especie de fuerza policial. Tenían la misión de mantener
el orden y la disciplina a bordo, buscar a los desertores y retornarlos a la
nave, ejecutar los castigos, recoger y enviar el correo, racionar el alcohol,
vigilar la embarcación cuando estuviera atracada en un puerto y ofrecer una
guardia de honor para los dignatarios que visitaran el buque. A pesar de todas
estas funciones, el sargento Cunningham tuvo ocasión de escribir un diario, o
memorando en forma de libro, durante todo el viaje. Gracias a la primera
entrada, sabemos que él y sus hombres llegaron al Medway el 15 de junio de 1839
y que, de inmediato, recibieron órdenes de aparejar los barcos.
A principios de septiembre, el Erebus contó
finalmente con su dotación completa, consistente en doce oficiales, dieciocho
suboficiales, veintiséis marineros y siete marines, lo que sumaba sesenta y
tres personas. Más o menos la mitad de ellas eran «primeras entradas», hombres
que nunca habían servido en la Marina Real, pero que, en muchos casos, tenían
experiencia en balleneros. Se subieron a bordo las provisiones y el equipo, que
incluía ropa de invierno de la mejor calidad. Lo último en cargarse fue la comida
para el viaje, incluidos 6800 kilogramos de ternera y 1240 litros de sopa de
verduras.
El 2 de septiembre, el conde de Minto, primer lord,
y tres lores comisionados séniores del Almirantazgo inspeccionaron el Erebus y
el Terror. Se recibieron las instrucciones finales del Almirantazgo
el día 16 y, tres días después, el Erebus y el Terror
descendieron río abajo hasta Gillingham, donde se ajustaron las brújulas y se
subieron a bordo las últimas provisiones. La madre y el padre de Ross habían
bajado desde Escocia para despedirlo y permanecieron a bordo mientras el barco
descendía por el estuario del Támesis. Por desgracia, al llegar a Sheerness, el
barco encalló en unos bajíos y tuvo que ser remolcado a la mañana siguiente
hasta Margate por el vapor Hecate. Allí permanecieron a la espera
de que los vientos del oeste amainaran y de que se reemplazara un ancla, cosa
que hizo montar en cólera, de manera justificada, a Ross, que protestó
sucintamente contra «la negligencia criminal de aquellos cuyo deber era comprobar
la fiabilidad de aquello de lo que, en una serie de distintas circunstancias,
podría depender el barco y las vidas de cuantos hay a bordo». Aquel no era un
buen comienzo.
Para la gente de Margate, la presencia de aquella
gran expedición a la que la fortuna había obligado a detenerse junto al pueblo
fue todo un espectáculo. Los habitantes acudieron en gran número a ver de cerca
los barcos y algunos fueron invitados a subir a bordo. Nadie debió de ser
recibido con más alegría que los administrativos de pagos navales, que llegaron
el día 25 para entregar tres meses de sueldo por adelantado. El resto del
salario de la tripulación se abonaría directamente a sus familias hasta su regreso.
El último día de septiembre de 1839, el viento
empezó a soplar en dirección este y pudieron iniciar al fin la navegación hacia
el sur por el canal de la Mancha. Dejaron a su piloto en Deal y continuaron
hacia el suroeste, en lo que McCormick describió como «un tiempo espantoso».
Pasarían casi cuatro años antes de que ninguno de ellos viese de nuevo la costa
inglesa.
Capítulo 4
Orillas lejanas
Tradicionalmente, los marineros que nunca habían cruzado el ecuador eran
sometidos a una ceremonia para conmemorar el traspaso de esa línea. William
Cunningham, a bordo del Terror, describió vívidamente su experiencia el 3 de
diciembre de 1839: «Me hicieron sentar en la silla del barbero, y empezó el
proceso de afeitado, para lo que me enjabonaron con una brocha de pintor; el
jabón consistía en todo tipo de porquería que puede encontrarse en un barco».
El Erebus nunca fue un barco
elegante. Con un aparejo funcional estilo bricbarca, con velas cuadradas en el
palo de trinquete y el mayor y una vela de cuchillo en el palo de mesana,
tampoco era particularmente rápido. Con viento a favor, alcanzaba solo entre
siete y nueve nudos. Pero, en la experta opinión del bisnieto de su capitán, el
contraalmirante M. J. Ross, era «un excelente barco marinero» que «oscilaba y
cabeceaba mucho, pero con fluidez, de modo que apenas se tensaban las jarcias
ni las vergas».
Pronto sería puesto a prueba. El 4 de octubre de
1839, a los cuatro días de viaje, mientras pasaban frente a Start Point, el
extremo más meridional de Devon, se topó con una espesa niebla, seguida por una
galerna y una lluvia intensa. A la mañana siguiente, el Terror no
aparecía por ninguna parte. En menos de una semana en el mar, la diáfana
instrucción del Almirantazgo de que los dos barcos permanecieran juntos en todo
momento ya se había incumplido. La situación, todo hay que decirlo, no pareció
preocupar demasiado a Ross. Mientras el cabo Lizard —lo último que verían de la
costa inglesa— se perdía de vista a popa, estaba de muy buen humor. «No es
fácil describir el gozo y la alegría que sentíamos todos —escribió después—
[…], al navegar con brisa favorable sobre las azules olas del mar, embarcados
al fin en la empresa que tanto habíamos deseado iniciar y liberados de la
ansiedad y las tediosas operaciones de nuestros prolongados aunque necesarios
preparativos».
James Clark Ross era un marinero profesional y con
experiencia, cauteloso en sus emociones. Había pasado por todo aquello muchas
veces en su vida, pero en ningún otro momento revela tamaño alivio al verse en
movimiento, lejos de las absurdas discusiones de los funcionarios y de las
ceremonias pomposas, rodeado por sesenta hombres y con una misión que cumplir.
Navegaba en dirección al sur primera vez, y el viaje sería muy largo; si todo
iba bien, iría más al sur de lo que ningún otro barco había ido jamás. El
desafío que tenía por delante era formidable, pero lo aceptaba de buen grado.
En cuanto hizo que el Erebus virara rumbo sursuroeste, era
dueño de cuanto alcanzaban a ver sus ojos.
La vida a bordo se ajustó a las pautas
tradicionales. El día estaba dividido en cuatro guardias de cuatro horas
señaladas por el tañido de la campana del barco. A mediodía se tocaba la
campana ocho veces, seguidas por un tañido a y media, dos a la una, tres a la
una y media, y así hasta que se tocaba otra vez ocho veces a las cuatro,
momento en que se reiniciaba el proceso. La tripulación trabajaba cuatro horas
sí y cuatro horas no, a lo largo del día y la noche. El contramaestre se
plantaba ante las escotillas y llamaba a formar cuando cambiaban las guardias,
y los hombres se reunían en cubierta antes de dirigirse a sus respectivos
puestos.
Los días empezaban temprano. Poco después de las
cuatro de la mañana, el cocinero encendía los fuegos de la cocina y empezaba a
preparar el desayuno. Este debía de consistir en algún tipo de gachas, que se
habrían hecho bajar con un poco de galleta. La guardia de las cinco en punto
limpiaba las cubiertas y pulía los maderos con piedra, mientras otros los
seguían con escobas y cubos y fregaban las cubiertas.
A las siete y media, todas las hamacas estaban
guardadas y, a las ocho campanas, el capitán inspeccionaba los trabajos y, si
los aprobaba, el contramaestre podía anunciar el desayuno con un silbido. (El
silbato del contramaestre era una parte vital de la vida a bordo: cumplía las
funciones que hoy tendría un moderno sistema de megafonía, con diversas
melodías y cadencias según las órdenes que debía transmitir). La comida
principal se tomaba a mediodía y generalmente consistía en algo parecido a
galleta, ternera en salmuera y luego hervida en vinagre a fuego lento (lo que
se conoce en inglés como corned beef), queso y sopa. Una ración de
grog —unos ciento cincuenta mililitros de ron y agua para cada hombre— se
servía con la comida. También en ese momento, si el cielo estaba despejado, con
el sol en su punto más alto sobre el horizonte, se tomaban diversas mediciones
para determinar la latitud del barco. Otra serie de tareas llenaban el resto
del día, entre ellas la comprobación del estado de provisiones y equipo, el
manejo de las velas y el lavado de la ropa. Al terminar la tarde se servía más
grog, se sacaban los violines, se cantaban canciones y se bailaba.
Los aposentos del barco se dividían según el rango:
los camarotes del capitán, oficiales y suboficiales de mayor grado estaban a
popa y los demás rangos ocupaban el espacio hacia la proa. El camarote del
capitán se extendía toda la manga del barco. A popa, tenía cinco ventanas por
las que mirar, cada una de ellas de unos noventa centímetros de altura y con
cuatro paneles de vidrio doble, un marco en el interior y otro en el exterior.
Junto al camarote del capitán estaban los de los oficiales: en el lado de estribor,
al lado del dormitorio del capitán, había otros para el cirujano y el
administrador, ambos de aproximadamente 1,80 por 1,70 metros, con una jofaina
en una esquina, una mesa en la otra y una cama con cajones debajo para
almacenaje; en el lado de babor había cuatro camarotes similares, tres de ellos
ocupados por los tenientes y el otro, por el maestro navegante. Junto a ellas,
más hacia la proa, había cuatro camarotes individuales más pequeños que
alojaban al asistente del capitán, la alacena del asistente, al primer oficial
y al segundo navegante. Tenían poco más que un asiento, un armario, una
minúscula mesa y un camastro estrecho. Más adelante, en el lado de estribor,
había camarotes individuales para el asistente del administrador, el asistente
de la santabárbara y el cirujano asistente (ambos con camastros pero sin
lavamanos). Junto a ellos, el maestro artillero, el contramaestre y el
carpintero compartían una sala de oficiales y unos aposentos comunes, con dos
literas y un camastro.
Entre las hileras de camarotes se encontraba la
sala de oficiales, donde los oficiales comían juntos, servidos por sus propios
asistentes y, en ocasiones, acompañados por el capitán. Los oficiales
contribuían a las raciones de su propio bolsillo, lo que aseguraba que su menú
fuera más variado que el que se servía al resto de la tripulación. Los más
acaudalados llevaban su propio vino y otros manjares. El administrador y los
suboficiales comían aparte en su propia sala, también conocida como la
santabárbara. La escalera y la escotilla principal estaban situadas en el
centro del barco, y tras ellas, en el tercio delantero del barco, estaba el
castillo de proa, un área abierta donde suboficiales, marines y marineros
comían y dormían. Todos, excepto los oficiales y los suboficiales, dormían en
hamacas.
Los hombres comían en mesas de cuatro colocadas a
ambos lados del alargado arcón de velas, donde se guardaban las velas de
repuesto, y utilizaban sus propios cofres de marinero para sentarse a comer y
para guardar sus pertenencias.
Más allá del castillo de proa estaba la cocina y,
finalmente, en la proa, la enfermería. De los planos del barco, se deduce que
solo había dos aseos con cisternas, situados a popa, flanqueados por dos
gallineros y junto a las «cajas de los colores», donde se guardaban todas las
banderas de señales en compartimentos ordenados. Debían de existir otros
excusados, pero solo aparecen señalados el del capitán y el de los oficiales.
En general, había muy poco espacio a bordo y, a
menos que fueras un oficial, la privacidad no existía, pero lo mismo podría
decirse de prácticamente cualquier otro barco o, de hecho, de muchos de los
hogares de los que procedían los marineros, pues a menudo los compartían con
unas familias muy numerosas. Las claves de la vida en alta mar consistían en
mantenerse activo regularmente, asegurarse de que todo se mantuviera inmaculado
y el respeto a las órdenes y a los oficiales que las emitían. Si uno de estos factores
se alteraba, como había sucedido con el capitán Bligh en el Bounty,
existía el riesgo de que se produjera un motín. Por eso, contar con un
destacamento de marines en ambos barcos era muy importante; en el Bounty no
había marines a bordo.
Pero, por lo general, parece que los hombres a
bordo de un barco se llevaban bien entre ellos. Un capellán del HMS Winchester,
citado por Brian Lavery, describe que «una peculiar característica de la
sociedad a bordo es el tono de hilaridad, que a menudo se mantiene hasta un
punto que, en cualquier otro lugar, podría resultar incómodo y exagerado»,
aunque añade que «sería, sin embargo, un gravísimo error concluir, de esta
aparente levedad y buen humor, que los marineros son una clase especialmente
irreflexiva. Al contrario, pocos hombres son más propensos a la melancolía y a
la reflexión seria y profunda». La constante proximidad con los demás a bordo
del Erebus y del Terror inevitablemente
causaba algunas tensiones, incluso entre los oficiales. El día de Nochebuena de
1839, por ejemplo, McCormick, después de que su camarote «estuviera lleno a
rebosar con la colección de especímenes de historia natural del Gobierno», ordenó
que el segundo navegante se llevara parte de las muestras y las almacenara en
la cubierta, solo para descubrir entonces que el primer teniente Bird, «a quien
todo lo relacionado con la ciencia le parecía un aburrimiento […], había
ordenado que volvieran a subirlas, pues allí abajo no pintaban nada». Momentos
de desacuerdo como estos eran la excepción, no la regla.
Ross estaba al mando de la expedición, pero seguía
siendo un súbdito de la Corona que cobraba su sueldo del Gobierno y estaba
obligado a seguir las instrucciones más largas y detalladas que jamás había
emitido el Almirantazgo. La ruta precisa se estableció con detalle y fue
determinada por el programa de observaciones científicas que constituía el
núcleo de la misión del Erebus. La prioridad número uno era visitar
los lugares donde podría medirse el magnetismo terrestre. Después, había que
dedicarse a la observación detallada de las corrientes marítimas, la
profundidad del mar, las mareas, los vientos y la actividad volcánica. Otros
estudios cubrían disciplinas como la meteorología, la geología, la mineralogía,
la zoología, la fisiología de plantas y animales y la botánica. Lo único que la
tripulación no tenía permitido hacer era la actividad para la que el Erebus había
sido concebido originalmente: «En el supuesto de que Inglaterra se viera
envuelta en hostilidades con otra potencia durante su ausencia, tenga claro que
no debe emprender ningún tipo de acción hostil de ningún tipo, pues la
expedición bajo su mando ha sido armada con el único propósito de realizar
descubrimientos científicos».
El Erebus ya había estado
previamente en el golfo de Vizcaya, y parece que en esta ocasión evitó el
tiempo inclemente por el que estas aguas eran célebres. «Durante nuestro
trayecto por el golfo de Vizcaya no tuvimos ninguna ocasión favorable de
determinar la altura de sus olas, ya que no experimentamos ninguna tormenta
violenta», anotó Ross, un tanto decepcionado. Por otra parte, el Terror estaba
disfrutando de una navegación menos placentera, pues había estado al borde del
desastre durante la tormenta que había separado a los dos barcos en la costa de
Devon. Según el libro de memorandos del sargento Cunningham, tres miembros de
la tripulación estaban recogiendo el botalón de foque —un palo largo al que se
podía atar una vela adicional— cuando «estuvieron a punto de perder la vida a
causa del violento cabeceo del barco, que […] sumergió a todos, hombres y
botalón, bajo el agua». El Terror tardó cuatro días en unirse
al Erebus en la primera parada de la expedición, un presagio
no demasiado alentador para el viaje que los aguardaba.
En cualquier caso, el 20 de octubre, casi un mes
después de partir, los dos barcos arribaron a su primera escala, la isla de
Madeira, a unos ochocientos ochenta kilómetros de la costa de África. Allí se
tomaron varias mediciones, entre ellas la de la altura de la montaña más alta
de la isla, el pico Ruivo. Un tal teniente Wilkes, de la expedición de
exploración de los Estados Unidos (quien, al igual que Ross, también se dirigía
al océano Antártico), había hecho recientemente sus propias mediciones; Ross se
sorprendió al ver que diferían de las que él estaba realizando en unos cuarenta
y dos metros, «una variación mucho mayor de la que podría esperarse dados los
precisos y perfectos instrumentos empleados en ambas ocasiones». Más adelante,
a lo largo de su viaje, Ross tendría más motivos para cuestionar la información
recabada por Wilkes y se referiría al teniente en términos mucho menos
educados.
El Erebus permaneció en Funchal
diez días, pero su tripulación no estuvo ociosa. Sus botes auxiliares se
bajaban e izaban constantemente para transportar provisiones desde la ciudad.
El cirujano McCormick se apropió de uno de ellos y procedió a realizar diversos
paseos de exploración por la isla con un lugareño, un tal señor Muir.
El 31 de octubre, los dos barcos levaron ancla
rumbo a las islas Canarias. Fue una travesía tranquila, aunque Ross registró
que sus redes de arrastre capturaron una especie completamente nueva de
animálculo, que, según afirmó con entusiasmo, «constituye la base de la
subsistencia de los animales marinos y, al emitir una luz fosforescente cuando
se lo perturba, hace que la estela del barco en una noche oscura resulte
sorprendentemente brillante». Su estancia en Santa Cruz de Tenerife transcurrió
también sin incidentes, y quizá el momento más notable fue aquel en el que
izaron a bordo a «una vaca viva», según relata Cunningham. Pero un comentario
que hace de pasada sobre el siguiente lugar que visitaron deja claro que estas
islas no eran remansos de paz y tranquilidad. Puede que Cunningham pudiera
comprar «buen vino» y naranjas en Santiago, la mayor isla de Cabo Verde, pero
la nota en la que menciona que sus habitantes «son o han sido esclavos»
constituye un recordatorio de que ese horrible negocio había dominado la región
hasta hacía muy poco. Aunque el comercio de esclavos era ilegal en el Imperio
británico desde 1807, la esclavitud en sí no fue abolida hasta 1833. Y, cuando
el Erebus o el Terror visitaron la zona, la
Marina Real todavía patrullaba las aguas de la costa occidental de África para
interceptar barcos negreros, una tarea que a menudo debía de ser igual de
espeluznante que la guerra. Christopher Lloyd describe en su libro The
Navy and the Slave Trade que, al abordar un barco esclavista en 1821,
un oficial lo halló tan abarrotado bajo cubierta que su cargamento humano «se
aferraba a las rejas de las escotillas para respirar un poco de aire fresco, se
peleaban entre ellos por un poco de agua, mostraban sus lenguas resecas y se
señalaban a sus enjutos vientres como si los dominara el hambre».
Cuando el Erebus y el Terror se
acercaron al ecuador, entraron en las latitudes entre los alisios del noreste y
del sureste. «Violentas ráfagas de viento y torrentes de lluvia se alternaban
con calmas y brisas incomprensiblemente ligeras —observó Ross—, que, combinadas
con el calor sofocante de una atmósfera tan cargada de electricidad, hicieron
que esta parte del viaje fuera desagradable e insalubre». Si a Ross, en su
espacioso camarote de popa, esta parte del trayecto le pareció incómoda,
podemos imaginar cómo lo debieron de pasar aquellos que estaban bajo cubierta,
por mucho que abrieran las escotillas.
El 3 de diciembre de 1839, el Terror cruzó
el ecuador antes que el Erebus. William Cunningham, que jamás había
cruzado esta imaginaria línea antes, era, por lo tanto, un «novato», y el resto
de la tripulación, vestida para la ocasión como el rey Neptuno y sus
asistentes, lo sometió a la tradicional ceremonia de cruce del ecuador, que él
mismo narró en su diario:
Me hicieron sentar en la silla del barbero, y
empezó el proceso de afeitado, para lo que me enjabonaron con una brocha de
pintor; el jabón consistía en todo tipo de porquería que puede encontrarse en
un barco (incluidos excrementos). A mis espaldas, la bomba trabajaba a máxima
potencia. Tras ser rasurado a base de bien con el trozo de una argolla de
hierro, me arrojaron de espaldas en una vela llena de agua […] y acabé empapado
[…], tras lo cual tuve el placer de ver a casi otros treinta pasar por un proceso
similar.
A mediodía, se «empalmó la braza de la mayor» (una
expresión que se utilizaba para anunciar una ración extra de ron) [4] y, «después de la cena, todo el mundo se entregó a los bailes y
las diversiones».
Su primera Navidad lejos de casa se celebró con el
entusiasmo tradicional. Tras las plegarias y un sermón del capitán Ross, trece
de los oficiales se sentaron en la santabárbara para disfrutar de un menú
compuesto por sopa de guisantes, pavo asado y jamón, nabos, pudín de ciruelas y
tarta de calabaza. Dos días después, desayunaron un delfín recién pescado y,
cinco días más tarde, los miembros del Erebus despidieron a la
década que llegaba a su fin «con todo el mundo en cubierta bailando al son del
violín». A bordo del Terror, al tocar la medianoche, el capitán
Crozier hizo que el contramaestre empleara su silbato para convocar a todos a
empalmar la braza de la mayor, «y debo decir —escribió Cunningham— que jamás
había visto a un grupo de marineros responder más rápido a una llamada en toda
mi vida». El violín empezó a tocar «Rule, Britannia!» y, con bailes y bromas
que se prolongaron hasta las dos de la mañana, la tripulación «acabó de dar la
bienvenida a la década de 1840 con tres sonoros hurras».
Podría decirse que la expedición iba a las mil
maravillas, pero el caso es que progresaba muy lentamente.
La necesidad de mediciones paralelas constantes
forzaba a ambos barcos a seguir un rumbo indirecto y muy largo. Habían cruzado
el ecuador magnético el 7 de diciembre, momento en que Ross anotó con
satisfacción que el agua de su brújula de inclinación Fox (un magnetómetro
utilizado para medir el ángulo entre el horizonte y el campo magnético de la
Tierra) quedó en una posición perfectamente horizontal. La había visto ya
apuntar directamente hacia arriba en el polo norte magnético y, si la
expedición tenía éxito, la vería apuntar directamente hacia abajo cuando
llegaran al polo sur magnético. Ahora, las observaciones indicaban que estaban
sobre o muy cerca de la línea de menor intensidad: la zona de calma ecuatorial
magnética, por así decirlo. Ross quería explorar en mayor profundidad este
fenómeno, por lo que ordenó que el barco avanzara en zigzag para cruzar una y
otra vez la línea. Al final, para alivio de los marineros —si bien no de los
científicos—, desembarcaron en la isla de Santa Elena el 31 de enero de 1840.
Aquella era la prisión abierta a la que se había
llevado a Napoleón tras su derrota en Waterloo. A pesar de que eran conscientes
de que ya había escapado de una isla, la de Elba, se había considerado que
aquel punto perdido en medio del Atlántico era uno de los lugares más seguros
del mundo. Y, en efecto, fue allí donde el francés murió, menos de veinte años
después.
McCormick, siempre dispuesto a emprender una
excursión, se hizo con un caballo y trotó montaña arriba para ver dónde había
pasado Napoleón sus últimos días. El gran emperador francés se había visto
reducido a vivir en direcciones absurdas con nombres como «Los escaramujos»
antes de alojarse en la más grande y elegante casa de Longwood. McCormick se
llevó una evidente decepción al descubrir que Longwood tenía un aspecto
decadente y de abandono. «La sala de billar de Napoleón está llena de espigas
de trigo», anotó con tristeza en su diario. En lo que había sido la sala de
estar de Napoleón encontró una aventadora. Continuó revisando la casa casi en
ruinas, embargado por el asombro y cierta pena. «Esta estancia lleva al
dormitorio, bajo cuya segunda ventana descansó la cabeza del gran Napoleón
cuando abandonó este mundo». Uno casi siente cómo su voz desciende hasta
convertirse en un respetuoso susurro. Al día siguiente, visitó la tumba de
Napoleón, alrededor de la cual «chapoteaban patos irrespetuosos».
Entretanto, el Erebus estaba
resultando un buen hogar para Joseph Hooker. «Aquí soy muy feliz y vivo cómodo
—escribió a su padre—. No estoy a menudo ocioso». Él y Ross compartían un
interés similar por las ciencias, por lo que se llevaban bien. El capitán le
había concedido espacio en su camarote para sus plantas, y «una de las mesas
bajo la ventana de popa es completamente mía». En una carta a sus hermanas,
Hooker ofrece un retrato íntimo de su relación. «Dibujo prácticamente a diario,
en ocasiones durante todo el día y hasta las dos o las tres de la madrugada,
siguiendo las instrucciones del capitán. Por la noche, él se sienta en un lado
de la mesa, a escribir y pensar, y yo, al otro, a dibujar». Ross había ordenado
que se arrastraran redes para recoger criaturas marinas, otra cosa que
encantaba a Hooker. «McCormick no les presta atención, así que me las traen a
mí». La única queja de Hooker era que la expedición progresaba muy lentamente.
No culpaba de ello, como no es sorprendente, a la obsesión de Ross por seguir
las líneas magnéticas. En lugar de ello, responsabilizaba de los retrasos al
otro barco: «El Terror ha sido un miserable lastre para
nosotros, pues de vez en cuando hemos tenido que recoger velas [para que no se
quedara muy atrás]».
Sin duda alguna, parece que el Terror fue
el más relajado y menos cerebral de los dos barcos en esta época. En su diario,
Cunningham anota lo más destacado del día: «Se sacrificó un ternero por la
tarde y las vísceras que se tiraron por la borda atrajeron a un tiburón que
cazamos alrededor de las diez de la noche con un anzuelo y un cebo hecho con la
tripa del ternero. Se resistió mucho a que lo izáramos a bordo. Era de la
especie azul y medía 297 centímetros». Al día siguiente, anotó: «Se ha
diseccionado al señor Jack Shark [Juan Tiburón] y todos cuanto había a bordo
han disfrutado de un espléndido banquete gracias a él; su carne era blanca como
la leche y en absoluto desdeñable». Al día siguiente, el tiempo fue
«extremadamente clemente […]. Nos terminamos lo que quedaba del tiburón para
cenar». Hacia el 26 de febrero habían vuelto a quedarse atrás, pero Cunningham
no parecía preocupado por ello. «El final del día ha sido tranquilo —escribió—.
Me sentí particularmente contento, no sé por qué motivo».
El 6 de marzo hubo una gran excitación a bordo
del Erebus cuando, mientras estaban al pairo para una de sus
rutinarias mediciones de profundidad, el cabo con un peso descendió 16.000 pies
(4876,8 metros), la mayor profundidad registrada durante el viaje. Al acercarse
al cabo de Buena Esperanza, el diario de Ross registra repetidos avistamientos
de albatros, una de las aves marinas de mayor tamaño, con una envergadura de
hasta tres metros y capaz de alcanzar velocidades de ochenta kilómetros por
hora. El buen tiempo empezó a cambiar. El 11 de marzo, la niebla era tan densa
que el Terror tuvo que disparar uno de sus cañones para
establecer la posición del Erebus, que respondió con otro cañonazo.
Sin embargo, luego, con un oleaje muy fuerte, que Cunningham consideró «el más
fuerte que he visto desde que navego», los dos barcos volvieron a separarse. En
esta ocasión, no fue el Terror el que se retrasó. Llegó a
Simonstown, en el cabo de Buena Esperanza, veinticuatro horas antes que
el Erebus.
McCormick estaba en cubierta el viernes 12 y
describió su emoción al ver la montaña de la Mesa como solo un geólogo podría
hacerlo. «A las 5.40 de la mañana, vi la montaña de la Mesa por la amura de
babor […]. La estratificación horizontal de la arenisca silícea que conforma la
cumbre de las colinas se ve desde el mar con magnífica claridad». Este no es
precisamente el texto de una postal.
La base naval de Simonstown, originalmente
construida por los holandeses pero conquistada por los británicos en la década
de 1790, se encontraba en la orilla occidental de la bahía de Simon, a unos
pocos kilómetros al sur de Ciudad del Cabo. Tan pronto como el barco ancló en
la bahía, Ross organizó la construcción de un observatorio magnético, mientras
que McCormick marchó para ascender los estratos horizontales de arenisca
silícea y visitar los viñedos de Constantia. Joseph Hooker escribió a su padre
sobre la relación entre los dos cirujanos. «McCormick y yo somos excelentes
amigos y no existen celos entre nosotros […]. No le interesa nada más que la
caza de aves y la colección de rocas. Yo soy nolens volens [lo
quiera o no] el naturalista, por lo cual disfruto de la ventaja del camarote
del capitán y me considero recompensado con ello en abundancia».
Entretanto, el sargento de la Marina Cunningham
lidiaba con el eterno problema de la Armada: los desertores. Los marineros
Coleston y Wallace se habían escabullido, pero un alguacil los había arrestado
y devuelto al barco (resultó que los dos hombres serían reincidentes, pues
volverían a huir del barco en Hobart tan solo unos pocos meses después). A
pesar de los rigores del viaje, muy pocos hombres desertaron en los cuatro años
que duró la expedición. Es posible que eso se debiera a que estuvieron bien cuidados
y relativamente bien pagados. Por lo general, empero, el porcentaje de
desertores reflejaba lo agradable o no del lugar en el que el barco estaba. En
1825, el capitán Beechey, del HMS Blossom, registró que catorce de
sus marineros habían desertado en Río de Janeiro. Sin duda, los incentivos para
desertar en la Antártida debieron de ser mucho menores.
A pesar de todo, Cunningham disfrutó de algo de
tiempo libre. El último día de marzo bajó a tierra firme para relajarse un
poco. «La cerveza […] se servía en raciones de un cuarto [dos pintas, casi un
litro] por “bípedo”, lo que se decía que contribuía a desordenar los áticos de
la gente». De todos los eufemismos que existen para referirse a la ebriedad,
creo que «desordenar el ático» es uno de los más poéticos.
El 6 de abril de 1840, después de una escala de
tres semanas, la expedición zarpó de Simonstown. Y ya era hora, si hemos de
creer lo que apunta Cunningham en su diario. Tres días después de disfrutar de
esa cerveza en la costa, se subieron a bordo tres «terneros» muy grandes. Uno
de ellos se soltó y corneó a un tal señor Evans en el muslo. Esa misma tarde, y
quizá relacionado con lo anterior, Cunningham informó de «una primera guardia
muy problemática debido a que varios miembros de la tripulación estaban borrachos».
Era hora de partir.
Dejaron atrás el puerto, pusieron rumbo a mar
abierto y pasaron junto al HMS Melville, el buque insignia del
almirante Elliot, comandante supremo de la base de Simonstown, cuya tripulación
subió a las jarcias para proferir tres hurras cuando los barcos se cruzaron. La
naturaleza no fue tan respetuosa. Se levantó un viento del oeste tan fuerte que
el Terror quedó atrás y tuvo que ser remolcado para abandonar
el puerto. Para cuando salió a mar abierto, el Erebus se había
perdido de vista. A pesar de disparar cohetes y utilizar señales pirotécnicas
durante toda la noche, no recibió respuesta de su barco hermano.
Las condiciones hostiles de la costa de Sudáfrica
eran conocidas por todos los marineros que habían navegado por aquellas aguas.
Allí se encontraban las corrientes de los océanos Índico y Pacífico, a lo largo
de una extensión de trescientos veinte kilómetros de plataforma continental
conocida como la corriente de las Agujas, que creaba lo que Ross describió como
«un mar durísimo y caótico. Los vientos soplaban desde prácticamente todos los
puntos de la brújula». Para evitarlo, llevó al Erebus hacia el
sur, aunque perdió en el trayecto dos de sus valiosos termómetros marinos, que
el mal tiempo arrancó de sus cabos. Frente a ellos había un largo trayecto
hasta Tasmania, o la Tierra de Van Diemen, que era como todavía se conocía
oficialmente: más de 9500 kilómetros a través de algunos de los mares más
virulentos del mundo, una extensión que, por su latitud, se conocía como los
Cuarenta Rugientes.
Unos vientos del oeste implacables soplaban
incesantemente sobre el Índico, sin ninguna masa terrestre que impidiera su
avance. La combinación de un viento de popa fuerte y enormes olas era un regalo
envenenado. Esta situación permitía al Cutty Sark realizar el
trayecto entre Londres y Sídney en menos de ochenta días, pero también podía
ser muy peligroso. Para Ross, el desafío no tenía que ver con la navegación.
Sus órdenes científicas y de exploración implicaban que, en lugar de dejar que
lo llevara el viento, tenía que navegar contra él a cada tanto para investigar
las islas que había en el camino. No siempre era posible. Solo tuvieron tiempo
de atisbar la costa de las islas del Príncipe Eduardo, donde McCormick registró
su asombro al ver una cala «literalmente forrada de pingüinos» antes de que una
espectacular tormenta los arrastrara más allá y acabara con cualquier
posibilidad de desembarco.
El enorme poder de los elementos sorprendió incluso
a alguien que había viajado tanto como el capitán del Erebus. En un
momento dado, Ross vivió «la lluvia más intensa que jamás he contemplado […],
truenos y los relámpagos más vívidos acompañaron a este gran diluvio, que se
prolongó sin cesura durante más de diez horas».
La resistencia del barco y de su tripulación se
puso a prueba hasta el límite, pues el viento, que soplaba con fuerza 10,
cambiaba de dirección de forma tan virulenta «que pasábamos la noche sumidos en
la angustia, temerosos de que nuestros barcos se hundieran a causa de algunas
de las imprevisibles olas que rompían contra la borda, o por si, debido a las
frecuentes sacudidas y golpes que recibía el barco […], perdíamos alguno de los
palos».
Parece asombroso que alguien viviera en aquellas
latitudes azotadas por las tempestades, pero así era, y se había pedido a Ross
que llevase provisiones a algunos de esos hombres: un grupo de once cazadores
de elefantes marinos varados en la isla de la Posesión, en el archipiélago de
las islas Crozet. Parecía que el viento iba a empujar al Erebus más
allá de la isla, pero, empleando una habilidad considerable, Ross dio la vuelta
y puso proa al oeste. Como no pudo enviar un bote a la orilla, anclaron a
cierta distancia y seis de los cazadores acudieron a ellos. Estos no
impresionaron a Ross. «Parecían más esquimales que seres civilizados […].
Tenían las ropas literalmente empapadas de aceite y despedían un terrible
hedor». McCormick se mostró menos severo. Describió al señor Hickley, el
portavoz de los cazadores, como «su líder, de aspecto viril, que parecía
disfrazado a la perfección de “Robinson Crusoe”». Hooker consideró que Hickley
era un hombre espectacular, «como si fuera algún príncipe africano, especialmente
sucio, pero, a pesar de ello, el más independiente de los hombres». Dejaron a
los cazadores de focas una caja de té, paquetes de café y una carta de su
patrón, que, según apuntó McCormick, «pareció decepcionar al líder del grupo
[…], que evidentemente no esperaba que un barco les llevara víveres, sino que
los recogiese».
Ross, consciente de las instrucciones del
Almirantazgo, puso rumbo a su siguiente destino oficial. De nuevo, las
observaciones magnéticas fueron el motivo primordial de la elección del
siguiente punto de su ruta. «Es probable que las islas Kerguelen resulten
especialmente adecuadas para tal propósito», escribieron los lores del
Almirantazgo. Sin duda alguna, no resultaban especialmente adecuadas para nada
más. Estas islas, descubiertas por el francés Yves-Joseph de Kerguelen-Tremarec
en 1772, se encuentran indudablemente muy lejos de todo: según la primera frase
de una página web de viajes que consulté, están «a 3300 kilómetros de cualquier
tipo de civilización» (lo de «cualquier tipo» es lo que me parece más
prometedor). Para remate, están cubiertas de glaciares y tan al sur que fue
allí donde Ross anotó el primer avistamiento de hielo antártico de la
expedición. No es sorprendente que el capitán Cook las bautizase como las
«islas de la Desolación».
Mientras el Erebus se acercaba a
esta fortaleza yerma, la entrada del 8 de mayo de 1840 del diario de McCormick
ofrece la triste historia de la muerte de uno de los miembros más pequeños de
su dotación, Old Tom, un gallo que se había traído de Inglaterra con una gallina
con el propósito de colonizar la isla que ahora habían alcanzado, pues el
establecimiento de nuevas especies en islas remotas era uno de los objetivos de
la misión. «Tom […] ha muerto hoy —escribió—, cuando ya tenía a la vista los
que iban a ser sus nuevos dominios; el asistente del capitán ha entregado su
cuerpo a las profundidades: ha sido el entierro de un marinero».
Mejores noticias llegaron con el anuncio desde la
cofa de que se aproximaban a la Roca Arqueada de las islas Kerguelen para
desembarcar. Se habían avistado las velas del HMS Terror; era la
primera vez que se divisaban en un mes. Pero el oleaje era tan fuerte que
el Erebus tardó tres días, durante los cuales dio veintidós
bordadas muy cerradas, en llegar a su fondeadero, y pasó otro día entero antes
de que el Terror se le uniera. Luego, ambas naves tardaron
otros dos días en ser remolcadas hasta la entrada del puerto, donde al fin
echaron ancha, se bajaron los botes y se desembarcar los materiales necesarios
para construir un observatorio.
La comunidad internacional había seleccionado
ciertos días para realizar mediciones magnéticas simultáneas, o días de
término. Ross se aseguró con detalle de tener a mano y listos, allí donde
estuviera, los instrumentos para registrar la actividad magnética en ese lugar
al mismo tiempo que todos los demás en el resto del mundo anotaban sus
mediciones. Esto obligaba a asegurarse de que los equipos de medición se
conservaban de forma adecuada. A tal fin, se construyeron en la playa del
puerto de la Natividad de la isla dos observatorios, uno destinado a las
mediciones magnéticas y otro, a las observaciones astronómicas, a tiempo para
los días término del 29 y 30 de mayo. Se generó una gran expectación cuando,
posteriormente, se coordinaron e hicieron públicos los resultados. La actividad
detectada en Kerguelen resultó notablemente similar a la observada y medida en
Toronto, más o menos a la misma latitud, pero en el otro extremo de la Tierra.
A Joseph Hooker le interesaban los desafíos que
presentaban las islas Kerguelen por otros motivos. La expedición del capitán
Cook había identificado solo dieciocho especies de plantas, pero Hooker
encontró al menos treinta solo durante el primer día. Incluso cuando no podía
salir del barco, sacó partido del embate de las olas que provocaban los fuertes
temporales. «Permite que te cuente la placentera ocupación a la que dediqué los
días en que los terribles vientos me confinaron a bordo […]. A pesar de la oscilación
del barco, dibujé para todos vosotros», escribió en una carta dirigida a su
familia. Lo más fascinante para Hooker fue el descubrimiento del maravilloso
vegetal llamado Pringlea antiscorbutica, un tipo de repollo que
crecía en las islas Kerguelen y que ya el botánico del capitán Cook, el señor
Anderson, había identificado como un alimento milagroso para los marineros. Su
tubérculo, que sabía a rábano picante, y sus hojas, que se parecían a la
mostaza o al berro, eran tan eficaces en la prevención del escorbuto que se
había servido durante ciento treinta días a la expedición de Cook, período
durante el cual no se registró ningún caso de la enfermedad. Los hombres de
Ross comenzaron a utilizar ese repollo milagroso de inmediato, lo cual gozó de
aceptación general. Cunningham se encuentra entre quienes dejaron constancia de
su agrado. «Me ha gustado mucho el sabor del repollo silvestre».
El 24 de mayo de 1840 celebraron el vigesimoprimer
aniversario de la reina Victoria disparando salvas y sirvieron pudín de
ciruela, carne en conserva y una doble ración de ron por la noche. Justo al día
siguiente, recibieron por la fuerza un recordatorio de lo lejos que estaban del
estío inglés cuando empezó a descargar sobre ellos una tremenda ventisca. Al
caer la oscuridad, Cunningham la describió como «un huracán completo» sobre el
barco. «Nunca he oído el viento soplar tan fuerte como lo ha hecho esta noche».
McCormick, el cirujano, compartía el entusiasmo de
Hooker por las islas Kerguelen, pero desde una perspectiva geológica. «Estas, y
Spitzbergen, en el hemisferio opuesto, constituyen, a mi parecer, las tierras
más asombrosas y pintorescas que he tenido la suerte de visitar», anotó con
entusiasmo en su diario. Y eso a pesar del hecho de que «ni las islas del
Ártico ni las del Antártico tienen árboles ni arbustos […] que las animen». A
McCormick no le interesaba lo que podía encontrar en las negras rocas basálticas
de aquella solitaria isla, sino lo que había habido allí miles de años antes.
«Bosques enteros […] de madera fosilizada están enterrados bajo grandes ríos de
lava», escribió maravillado al descubrir bajo unos escombros un tronco de árbol
fosilizado con una circunferencia de más de dos metros. Su intención era
explicar ese fenómeno. En Inglaterra, encontrar corales y otras formas de vida
tropical incrustadas en la caliza del norte de Devon le había parecido una
experiencia fascinante. Por los mismos motivos, le intrigaba descubrir bosques
de coníferas sepultados en las islas de Kerguelen, completamente yermas. «Me he
preguntado cómo pudieron existir jamás en este lugar». Pasarían todavía otros
setenta años antes de que Alfred Wegener propusiera la audaz teoría de que los
propios continentes podrían haberse desplazado a lo largo del tiempo, y otros
cincuenta años más hasta que la teoría de las placas tectónicas se probara.
Por lo que respecta a la vida animal de la isla,
parece que McCormick la consideraba más bien una ocasión de practicar su
puntería. Es imposible leer una página entera de sus extensos diarios sin
maravillarse, o quizá desesperar, ante su inagotable capacidad de admirar las
criaturas de la creación para, más tarde, cazarlas. El 15 de mayo identificó
una paloma antártica o picovaina, un «ave singular y bellísima […], tan
valiente y confiada que parece extraña en esta isla, a la que su presencia
confiere encanto y animación, sobre todo para un amante de las razas aladas
como yo». Al día siguiente, añadió de manera sucinta: «He abatido mi primera
paloma antártica». Una semana después, mientras acompañaba al capitán Ross y a
una partida de exploración, cazó «cinco cercetas y charranes, y regresé […] a
las cinco de la tarde». El día siguiente, «cacé un petrel gigantesco […] y una
gaviota de lomo negro que nos sobrevoló». El día 30, «me dirigí a la orilla
alrededor de mediodía, cacé una gaviota de lomo negro desde el bote y un
cormorán grande al desembarcar». Y el día no había llegado a su fin. En el
camino de vuelta al barco, tras visitar al capitán Ross en el observatorio,
cazó «dos palomas antárticas, dos petreles gigantescos, dos cormoranes y una
cerceta que volaba sobre el cabo».
A McCormick le gustaban las aventuras, pero en el
transcurso de una expedición en tierra firme su espíritu audaz estuvo a punto
de costarle la vida. Después de haber salido a buscar minerales y haber llenado
su mochila con «algunos de los mejores especímenes de cristales de cuarzo […],
que pesarían en total unas cincuenta libras [unos veintidós kilos]», al caer la
noche se encontró con el paso cortado por unas cascadas torrenciales. Abandonó
la mochila y, al final, se abrió camino hasta la base de un acantilado solo
para darse cuenta de que desde allí no podría llegar al barco. «La oscuridad de
la noche —recordó un poco después— solo se veía aliviada por el resplandor
intermitente de la espuma blanca y vaporosa que los torrentes enviaban hacia el
cielo; las espectaculares ráfagas de viento, acompañadas por un diluvio, se
combinaban con ceñudos e intimidantes acantilados negros para formar una escena
inimaginable». Cuando al fin regresó al barco, le ofrecieron té acompañado,
precisamente, de unas palomas antárticas asadas que «nuestra atenta y amable
tripulación había cazado en mi ausencia».
Mantenerse activo era la clave para sobrevivir en
cualquier barco tan atestado como aquel, especialmente en aquellos lugares
salvajes e inhóspitos, en los que debía de resultar demasiado fácil perder
cualquier sensación de propósito. El capitán Ross siempre se aseguraba de que
hubiera trabajo que hacer, ya fuera construyendo o trabajando en los
observatorios. Por supuesto, desde un punto de vista personal, el imperativo
científico de la expedición —fuera la historia natural, la zoología, la
botánica o la geología— era claramente algo que lo motivaba y apasionaba tanto
como a McCormick y a Hooker.
Para saber cómo respondían a esta situación los
marineros comunes, solo disponemos de los diarios del sargento Cunningham. Y lo
cierto es que estos ofrecen un retrato bastante lastimoso de unos hombres que
trataban de hacer las cosas lo mejor posible en unas condiciones espantosas.
Hubo tormentas y fuertes vientos cuarenta y cinco de los sesenta y ocho días
que pasaron en las islas Kerguelen. El viento, la lluvia y la nieve azotaron el
puerto mientras se esforzaban por trasladar el equipo a la orilla y de vuelta
al barco. Lo más cerca que llega el sargento Cunningham a registrar algo
parecido a la satisfacción es un día en el que cazó y cocinó varios cormoranes.
Estos, según anotó, conformaron un «auténtico manjar». Por lo demás, la entrada
de su diario del 19 de julio es representativa del resto de las jornadas: «Un
intenso frío glacial; servicio religioso por la mañana. Otro de esos domingos
horribles que un hombre pasa en un barco como este».
Al menos, aquel sería su último domingo en las
islas Kerguelen, pues, a la mañana siguiente, el 20 de julio, tras varios días
siendo empujados al fondeadero por los vientos en contra, el Erebus y
el Terror abandonaron finalmente lo que Ross describió como
«este espantoso y desagradable puerto». Joseph Hooker trató de ver el lado
positivo, aunque no de una forma muy convincente. «Lamenté que nos marcháramos
del puerto de la Natividad; al buscar alimento para la mente, uno se encariña
hasta de los lugares más desdichados del globo». No es precisamente una cita
que pueda utilizar una oficina de Turismo.
Hoy, las islas Kerguelen forman parte de las
Tierras Australes y Antárticas Francesas, y solo se puede llegar a ellas en un
barco que sale de la isla de Reunión solo cuatro veces al año. Los únicos
habitantes que pasan todo el año en el archipiélago son científicos. Plus
ça change.
Puede que el puerto de la Natividad fuera un lugar
desolado y desagradable para la tripulación del Terror y
del Erebus, pero, al menos, les había brindado cierto refugio.
Ahora, de vuelta en mar abierto, se vieron expuestos de nuevo a toda la fuerza
de los Cuarenta Rugientes. Una serie de cadenas de bajas presiones se
sucedieron día tras día, y los icebergs que amenazaban en el horizonte y quince
horas de oscuridad a través de las que navegar hicieron que mantener el rumbo
supusiera un reto para el navegante y el contramaestre.
Con la fuerte lluvia y las constantes turbulencias,
el Erebus perdió de vista al Terror en poco
tiempo. La disparidad entre las dos embarcaciones todavía irritaba a Ross.
Anotó con no poca irritación que hubo de moderar las velas del Erebus mientras
buscaba a su barco gemelo, más antiguo, «con no pocas molestias, pues la nave
se balanceaba en demasía como consecuencia de no desplegar las suficientes
velas para mantenerlo firme». Al final, abandonó la búsqueda y el Erebus continuó
solo.
Por irónico que parezca, fue durante uno de los
pocos días favorables cuando aconteció lo peor.
La tripulación estaba ocupada limpiando y había
hombres en las jarcias que desplegaban las velas para que se secaran cuando se
soltó la vela de un estay que golpeó al contramaestre, el señor Roberts, quien,
según cuenta un testigo, «salió volando y cayó por la borda». Se le lanzaron
inmediatamente un salvavidas y varios remos, pero el barco avanzaba a seis
nudos y quedó rápidamente atrás. Se bajaron dos cúteres al mar, pero, como
habían tenido que reforzarse sus ataduras a causa de las tormentas, se perdió un
tiempo precioso mientras los soltaban. El cirujano McCormick, que se encontraba
en esos momentos paseando por el alcázar, presenció la tragedia. «La última vez
que lo vi asomaba por la cima de una ola, donde uno o dos gigantescos petreles
que volaban sobre su cabeza quizá lo golpearon con sus poderosas alas o el no
menos poderoso pico, pues desapareció por completo entre dos olas».
Uno de los cúteres que fueron al rescate recibió el
impacto de una ola en un costado que lanzó a cuatro de sus ocupantes al agua.
Es poco probable que ninguno de ellos supiera nadar, pues existía entre los
marineros la superstición de que aprender a nadar traía mala suerte, como si
hacerlo fuese admitir de antemano que las cosas iban a ir mal. El intento de
rescate, por lo tanto, podría haber provocado la pérdida de varias vidas de no
haber sido por la rápida reacción del señor Oakley, el suboficial del Erebus ,
y del señor Abernethy, el artillero, en el otro bote, que se apartaron
inmediatamente del barco y rescataron a los cuatro hombres de entre las olas,
«completamente entumecidos y estupefactos por el frío». El sobrecargado cúter
tuvo entonces que navegar junto al barco durante un tiempo y se llenó cada vez
más de agua, hasta que, finalmente, lo izaron a bordo.
Se recuperó la gorra de Roberts, pero eso fue todo.
La figura del contramaestre es tan importante para la vida de un barco que su
muerte debió de conmocionar a todo el mundo. El sonido de su silbato y su orden
de «¡Todo el mundo a cubierta!» eran, con toda seguridad, un sonido tan
habitual a bordo como el de la campana del barco. La expedición había sufrido
su primera baja, justo antes del aniversario de su partida.
El 12 de agosto atisbaron una costa cubierta de
nubes. Las cartas y el sextante les confirmaron que estaban frente al extremo
suroccidental de Nueva Holanda (lo que hoy es Australia Occidental). Al recibir
esa noticia, quizá creyeron que lo peor había pasado, pero la peor tormenta que
sufrirían estaba aún por llegar. Al día siguiente, un temporal furibundo los
azotó. El barco quedó atrapado; el viento soplaba con una intensidad tan
diabólica que la gavia mayor quedó hecha girones y el aparejo de juanete de estay
salió volando, por lo que el palo del que colgaba quedó desnudo. «Una enorme
montaña semoviente de ondulante mar verde se acercó a popa —recordó McCormick—,
y amenazó con sepultarnos. Pasó por encima de la popa por estribor y rompió
sobre la cubierta; me calé hasta los huesos mientras me aferraba a un aparejo
del palo de mesana para evitar que me arrastrara al mar». Su gráfica narrativa
continúa con una memorable descripción de su capitán, atado en su puesto de
cubierta para que no se lo llevara el mar y desafiando a los elementos, como si
fuera el capitán Ahab en Moby Dick: «El capitán Ross mantuvo
su posición en cubierta a barlovento gracias a haber ordenado que lo rodearan
tres veces con la driza de la vela mayor de mesana para fijarlo donde estaba».
La fuerte marejada continuó, y, aunque los vientos amainaron, las escotillas
tuvieron que permanecer cerradas durante todo el día siguiente y «se
encendieron velas en la santabárbara» para ahuyentar la oscuridad bajo
cubierta.
La noche del 16 de agosto, a la luz de una
brillante luna llena, Ross anotó, con lo que debió de ser un inmenso alivio,
las siguientes palabras: «Frente a nosotros se extendía la tierra de Tasmania».
Capítulo 5
Nuestro hogar en el sur
Hobart en 1840, hogar de una mezcolanza de colonos libres y de convictos. La
llegada del Erebus en agosto de ese mismo año causó un gran revuelo local.
En 2004, durante una visita a Tasmania, leí el
libro Viajeros ingleses de Matthew Kneale. Aunque hay mucho
humor negro y excelentes descripciones en esta historia de un emigrante del
siglo XIX a Tasmania, el libro constituye también una elocuente denuncia de la
rigidez y la crueldad de las certezas victorianas, las mismas certezas que
motivaron a Barrow, a Ross, a Sabine y a Minto, y a Melville, Von Humboldt,
Herschel y a todos los grandes personajes que dominaron la vida y la época del
HMS Erebus. El espíritu de la Ilustración estimuló a estos hombres,
inteligentes y de viva curiosidad intelectual, a explorar y descubrir, a
ampliar las fronteras del conocimiento humano, convencidos de que cuantas más
cosas midieran, rastrearan, calcularan y anotaran, mayores serían los
beneficios para la humanidad. Pero este sentido del deber también contenía
implícitamente una sensación de superioridad que, en su peor faceta, alimentaba
el lado oscuro de la creciente confianza en sí mismo que sentía el Reino Unido.
Y en ningún lugar estaban más claramente definidas las luces y las sombras de
la Gran Bretaña victoriana que en la colonia gobernada de forma independiente a
cuyas orillas llegó el HMS Erebus más de tres meses después de
zarpar de Ciudad del Cabo. La Tierra de Van Diemen tenía una población de
43.000 personas, y 14.000 de ellas eran convictos.
A bordo del HMS Erebus en su
trayecto a la bahía de la Tormenta, más allá del faro de Iron Pot y tras
adentrarse en el refugio que ofrecía el estuario del Derwent, había hombres que
habían destacado en muchos viajes y en diversos campos, que habían dominado el
arte de la navegación en las aguas más difíciles del planeta y que llevaban con
ellos cajas —y, de hecho, camarotes enteros— llenos de pruebas científicas. En
tierra, había muchos miles de hombres y mujeres que habían sido forzados a
abandonar su país natal tras haberse juzgado que eran criminales natos,
moralmente insalvables e incapaces de rehabilitarse. Thomas Arnold, el famoso
director de la escuela Rugby, encarnaba esta actitud inmisericorde y la expresó
sin ambages en una de sus cartas: «Si colonizan con convictos, estoy convencido
de que la mácula no solo perdurará durante la vida de estos, sino durante más
de una generación; de que ningún convicto o hijo de convicto debería ser jamás
un ciudadano libre […]. Es la ley de la Providencia Divina, que no está en
nuestras manos cambiar, que los pecados del padre pasen al hijo por la
corrupción de su estirpe». El destinatario de esta carta era el entonces
teniente del gobernador de la Tierra de Van Diemen, sir John
Franklin.
Mientras el Erebus navegaba hacia
el puerto de Hobart a mediados de agosto de 1840, su capitán expresó alivio y
comparó «el bello y frondoso paisaje a ambos lados de las amplias y plácidas
aguas del Derwent» con «las desoladas tierras y el turbulento océano que acabábamos
de dejar atrás». El lugar también resultó agradable a la vista para McCormick:
«Las cercanías de la ciudad de Hobart son muy pintorescas». Las reflexiones del
sargento Cunningham, en cambio, son bastante diferentes: «Siendo esta la Tierra
de Van Dieman [sic], no puedo evitar pensar […] cuántos desdichados la habrán
habitado […] con el corazón lleno de melancolía al saber que habrían de
terminar sus días en ella, desterrados de la sociedad y extranjeros para su
patria, separados de sus esposas, padres, amigos y de todos los vínculos que
unen a un hombre con este vano mundo sublunar. Aparté la vista agradecido al
pensar en lo mucho mejor que era mi situación que la de miles de mis
congéneres».
El debate sobre si el lugar en el que desembarcaron
debía llamarse Tierra de Van Diemen o Tasmania se cerró a favor de esta última
opción quince años después, en 1855. No obstante, existía un nombre todavía
anterior: Lutruwita, que era como los aborígenes conocían la isla y como la
habían llamado desde hacía al menos mil años; esta denominación fue rechazada.
Con la llegada de los presos, se expulsó a la población local. Para cuando
llegó la expedición de Ross, el brutal proceso de arrancar a los habitantes
autóctonos de sus tierras prácticamente había acabado. Aquellos que seguían con
vida fueron confinados a una misión aborigen en la isla Flinders, al norte de
la isla principal, donde se les enseñó a comportarse como ingleses.
La clase educada de Hobart —los que conocían las
costumbres inglesas— probablemente supo de la expedición antártica mucho antes
de que llegara. Los periódicos locales siguieron sus preparativos con gran
interés. Sería, después de todo, una de las empresas más audaces y prestigiosas
que habían presenciado desde que se había establecido oficialmente la colonia,
dieciséis años antes. Se especulaba casi a diario sobre cuales serían los
objetivos de la expedición —encontrar el polo sur magnético, descubrir un nuevo
continente, llegar más al sur de lo que nadie había llegado antes— y sobre sus
posibilidades de alcanzarlos. The Hobart Town Courier describió
con extraordinario detalle todos los instrumentos de tecnología de vanguardia
que había a bordo de los dos barcos, sin olvidar ni siquiera los bastones
huecos que contenían en su interior redes para cazar insectos. «Se quita la
contera y se sacan las redes, listas para utilizarse», decía con gran sorpresa.
Ahora, todas aquellas maravillas se habían hecho
realidad. La expedición había llegado a tierra firme.
El Erebus amarró a las cinco de la
tarde del lunes 17 de agosto. Para entonces, el Terror ya
estaba anclado, y el capitán Crozier y los oficiales subieron a bordo para dar
la bienvenida a su barco gemelo y para llevarles cartas procedentes de casa que
los esperaban a su llegada. Sin perder un instante, McCormick, el cirujano,
celebró su llegada con unos cuantos oficiales, con quienes fue a ver la última
representación de una obra de teatro llamada Rory O’More en el
Teatro Real. Rory O’More era un héroe católico irlandés, un recalcitrante
rebelde que se oponía a los ingleses, que ofrecieron una recompensa de mil
libras por su cabeza. Esta fue rápidamente entregada y se expuso en el castillo
de Dublín para disuadir a otros insurrectos.
Para Joseph Hooker, el desembarco trajo consigo
poca alegría. Una carta de su padre, con el marco negro, le informó de la
muerte de su hermano mayor a causa de la fiebre amarilla, que había contraído
mientras trabajaba como misionero en las Indias Occidentales.
Pocos se alegraron más de ver los dos barcos de la
expedición anclados en la seguridad del estuario del Derwent que el teniente
del gobernador de la Tierra de Van Diemen. Sir John Franklin
no cabía en sí de gozo cuando volvió a ver a su amigo y compañero de
exploraciones James Clark Ross. Formaban una pareja realmente extraña.
Franklin, catorce años mayor, era un hombre de baja estatura (167 centímetros)
y su afabilidad era célebre, mientras que Ross era alto y apuesto y se tomaba a
sí mismo muy en serio. En una película, su papel lo podría haber interpretado
Errol Flynn, también nacido en Tasmania.
«En 1836 —escribe su biógrafo, Andrew Lambert—,
Franklin tenía cincuenta años, era famoso y estaba gordo». Y se hallaba en la
Tierra de Van Diemen porque no había conseguido nada mejor. El sistema de
ascenso dentro de la Marina Real seguía un estricto sistema rota, por lo que
las posiciones de mayor importancia solo estaban disponibles tras la muerte de
quienes las ocupaban. La fama y el éxito no permitían que nadie se saltara el
sistema para obtener un ascenso. Así pues, el capitán Franklin había buscado otras
posiciones acordes a su talento, su experiencia y su propósito de misión
evangélica.
Después de que le ofrecieran (y él rechazara) el
puesto de gobernador de Antigua, aceptó el más lucrativo puesto de teniente del
gobernador de la Tierra de Van Diemen, en gran parte porque sintió que tenía el
deber de poner su talento, gestas y amplia experiencia al servicio de la gran
nueva iniciativa colonial, y porque su enérgica segunda esposa, Jane —una mujer
fuerte, sociable y con una considerable habilidad para mantener una amplia red
de contactos— creyó que sería un peldaño útil en el ascenso social y político
que estaba decidida a que su esposo emprendiera.
Pero las cosas no habían ido según lo previsto. La
petición de sir John de que se redujera el número de convictos
que llegaban a la Tierra de Van Diemen, para así mejorar un poco las
condiciones de los ciudadanos libres de la isla, fue ignorada por el Ministerio
de las Colonias, que, en cambio, procedió a aumentar todavía más las
deportaciones de presos. Cuando se concedió el autogobierno a Nueva Gales del
Sur, su parte de convictos deportados fue desviada al sur. Solo en 1842,
llegaron a la Tierra de Van Diemen 5663 presos.
Para colmo de males, sir John no
era buen político, y, aunque era popular entre la mayoría de los isleños, se
encontró en la difícil situación de tener que ahorrar dinero para complacer al
Ministerio de las Colonias y gastarlo para complacer a los colonos. En teoría,
buena parte de la carga política debería haber recaído en John Montagu, un
funcionario astuto, ambicioso y muy capaz que llevaba años trabajando en la
Tierra de Van Diemen, pero Jane usurpó cada vez más sus funciones y, con la
ventaja de tener acceso directo a su marido, procedió a poner en práctica las
medidas que, en su opinión, eran adecuadas para la colonia. Y, entre las
prácticas que consideraba correctas, estaba la de desviar fondos del Gobierno
para financiar proyectos que le gustaban a ella, como la creación de una
escuela para instruir a los niños en la fe cristiana, fomentar la educación de
los convictos y varios proyectos artísticos. Su injerencia hizo que se
enemistase con Montagu y sus partidarios, que la describían como «un hombre con
enaguas». Como expone el geógrafo Frank Debenham, debió de ser «muy duro»
para sir John y lady Franklin «gobernar una
comunidad que, en parte, disfrutaba de la libertad e independencia propias de
un asentamiento de colonos y, en parte, estaba encadenada por un sistema penal
extremadamente severo». Pero convertir a John Montagu en un adversario fue un
error que tendría graves consecuencias tanto para Jane como para su marido.
Jane Franklin creyó que Hobart carecía de hombres
importantes. Sir John simplemente no tenía adversarios que
estuviesen a su misma altura. En una carta a su padre, Jane deja absolutamente
claro que los Franklin estaban deseosos de abrir de par en par las puertas de
la Casa del Gobierno al glamuroso capitán Ross y a sus intrépidos oficiales:
«La llegada de los capitanes Ross y Crozier alegró mucho a sir John
[…] —escribió—. Se tratan como amigos y hermanos, y la gente de aquí comenta
que ahora ven a sir John bajo una nueva luz, pues se muestra
alegre y feliz con sus nuevos compañeros». Lady Franklin subió
a bordo del Erebus y se fijó en que el capitán Ross tenía
colgado en su camarote el retrato que Negelin había hecho de su marido (es uno
de los mejores: Franklin aparece vestido de uniforme, sonríe jovialmente y las
charreteras le caen como cascadas sobre los hombros). De vuelta en tierra
firme, mostró un interés infatigable en todos los aspectos de la expedición e
invitó tanto a los oficiales de mayor graduación como a los más júniores a
asistir a la Sociedad Científica local, en la que participaba a menudo y donde
los interrogó sobre sus trabajos. Por supuesto, dado que había damas presentes,
debía mantenerse cierto recato: en una ocasión apuntó que, cuando se mostraron
«ciertos dibujos y descripciones de la posición de la cría en la bolsa de
algunos animales marsupiales», fue necesario que «los caballeros se retiraran a
la biblioteca para examinarlos».
No es que las damas de Hobart fueran lo que se dice
pacatas. La historiadora tasmana contemporánea Alison Alexander describe cómo
los rumores locales explicaban la ausencia de hijos en el matrimonio entre el
gobernador y su esposa, y que llevaron a cotilleos muy descarados durante una
cena en la que, evidentemente, Jane y John Franklin no estaban presentes.
«Cuando se retiraron las damas […] se estaban preguntando por qué sir John
no tenía familia. “Oh, querida —dijo una de ellas—, ¿no lo sabes? Siempre se ha
dicho que perdió sus miembros por congelación cuando fue al Polo Norte”».
Aunque figuraba el primero de múltiples listas de
invitados, el capitán Ross no era un hombre dado a desperdiciar el tiempo y
dejó claro desde el principio que su prioridad era construir un observatorio y
ponerlo en funcionamiento. Los Franklin, encantados de ayudar, habían
anticipado esta petición y tenían preparados los materiales necesarios a partir
de los planos que habían recibido desde Inglaterra. La mañana siguiente, Ross y
Franklin escogieron un lugar adecuado. Una pequeña cantera cerca de la Casa del
Gobierno había revelado un lecho profundo de roca arenisca que Ross juzgó que
sería la base ideal para el observatorio, pues la arenisca carece de
propiedades magnéticas y no interferiría con las mediciones. Esa misma tarde un
grupo de doscientos convictos se dirigió al lugar a cavar los cimientos.
Mientras tanto, el Erebus y
el Terror fueron desplazados río arriba, a una pequeña y
tranquila cala lejos del ajetreo del puerto y convenientemente cerca de la Casa
del Gobierno. Posteriormente, el lugar se bautizaría como cala Ross, y no ha
cambiado mucho desde entonces.
Estoy allí en 2017. Es junio, un par de meses antes
de que el Erebus y el Terror llegasen a
puerto, y estoy pasando unos días en Hobart, alojado en el hotel Henry Jones
Art, un ejemplar de una serie de armoniosos edificios bajos del siglo XIX
construidos junto al puerto, con paredes revestidas de piedra y tejados rojos.
Al estar ligeramente alejadas del agua, el tamaño y el color de las fachadas
resultan atractivos, casi venecianos a la luz del bajo sol matutino. Los restos
de un grueso letrero pintado en una pared dicen: «H Jones and Co Pty Ltd. IXL
Jams». Esta fue otrora una fábrica de uno de los negocios de exportación con
más éxito de Hobart. La marca «IXL» era una especie de acrónimo del lema del
fundador, Henry Jones: «I excel at everything» [Destaco en
todo].
Y su negocio estaba a la altura de su lema. Frutas
en conserva de Tasmania se enviaban a todo el mundo con descripciones
exuberantes y etiquetas de colores brillantes: melocotones selectos prisco,
cortados y en almíbar; Boomerang Brand, deliciosas manzanas de Tasmania. La
unión del Reino Unido a la Unión Europea y el abandono de su política de dar
preferencia al comercio con la Mancomunidad de Naciones acabó con H. Jones, así
que la empresa ya no existe.
Para llegar a la cala Ross, camino unos ochocientos
metros a lo largo de la concurrida autopista tasmana que une Hobart con el
aeropuerto. Tengo que detenerme un momento y sacar la cámara para fotografiar
una muestra de arte urbano muy llamativo —dos cajas de conexiones pintadas con
imágenes escandalosamente coloridas de pingüinos, focas, albatros y mujeres
fatales de pelo largo—. Chic antártico. El arte está en auge en Hobart,
estimulado por el enorme éxito del MONA, el Museo de Arte Viejo y Nuevo, que
ocupa unas cuevas a varios niveles excavadas de manera espectacular en los
acantilados que hay unos pocos kilómetros río arriba.
Me aparto de la carretera principal, cruzo un
parque y desciendo hacia una línea férrea que discurre paralela al agua. Mi
acompañante, Alison Alexander, fuente de todo saber sobre la historia de
Tasmania, agarra su bolso y me indica que la siga por la vía. Me asegura que no
se utiliza a menudo mientras aparta una valla metálica para que yo me cuele por
el hueco. Tras seguir un trecho la vía, nos alejamos y cruzamos un bosquecillo
de árboles recién plantados junto a la orilla. «Esta es la cala Ross —me dice Alison—.
Fondearon aquí arriba porque… —dice, y se vuelve al tiempo que señala un mástil
en el que ondea una bandera sobre unos tejados con torretas, que alcanzo a ver
sobre los árboles al estirar el cuello—… era lo más cerca que podían estar de
la Casa del Gobierno. Para descargar y demás». Y, sin duda, para que Ross y
Crozier llegaran rápidamente a las cenas.
Permanezco un rato en la orilla e intento que mi
imaginación me ayude a retroceder ciento setenta y siete años. En todo ese
tiempo no se ha construido nada en este lugar, lo que me sorprende, dado lo
cerca que está del centro de Hobart, una próspera ciudad que parece sufrir una
rápida expansión. La playa, una estrecha franja de piedras sueltas entre el río
y la hierba, debe de estar igual que cuando los cúteres del barco embarrancaban
sobre ella para transportar materiales hacia y desde los barcos. A mi espalda,
la larga y protectora cresta del monte Wellington, que se erige 1271 metros al
oeste de la ciudad, habría dominado el paisaje igual que lo hace hoy. El puerto
principal está a unos ochocientos metros. Sobre el agua se proyectan muelles,
almacenes y un complejo recién construido que alberga un hotel de lujo y una
nueva gran terminal de cruceros. En la década de 1840 habría habido muchísima
más actividad. Barcos que traían convictos y esperanzados colonos y que se
llevaban trigo y lana. También pesqueros y balleneros, pues estas eran aguas en
las que abundaban las ballenas francas australes, que se cazaban aquí a
millares. Cómo han cambiado las cosas. En la actualidad, los tasmanos se
enorgullecen de proteger el medio ambiente, y la idea de matar una ballena les
parece tan ridícula como la de construir un pozo petrolífero en el estuario.
Los barcos que más surcan el Derwent estos días son
los catamaranes transbordadores que llevan y traen a la gente del MONA o los
cruceros que hacen escala en su camino por el mundo. Y, por supuesto, los
barcos que van hacia el sur. Hobart es la puerta del Antártico para Australia.
La misma noche de mi llegada, mientras camino por el muelle, me detengo ante la
ancha proa de color rojo óxido de un barco de exploración antártica
contemporáneo, el rompehielos Aurora Australis, un buque
oceanográfico en el que cabrían tres Erebus. Está al lado de un
muelle, con un aspecto cansado, desgastado por sus viajes. Luego me dicen que
justo este mes se ha retirado del servicio activo.
Un trecho colina arriba tras la cala Ross se
encuentra la espléndida Casa del Gobierno, que se construyó en 1856. En su
predecesora, construida en el mismo lugar, Jane Franklin celebró sus famosas
cenas. Nunca se cansaba de presumir del capitán Ross, aunque no siempre sin
cierta desaprobación. En una carta a su amiga la señora Simpkinson, escribió
con entusiasmo que «¡El capitán Ross tiene un cabello gris espeso e
indomable!», pero matizó su afirmación con una nota de desilusión: «Ha
envejecido mucho desde la última vez que lo vi». Nunca tuvo miedo de decir lo
que pensaba. En otra de sus fiestas, en la que Ross estaba presente, estaba
criticando los dones artísticos de un invitado local, un tal capitán Cheyne,
«quien —según dijo— hizo unos dibujos terribles de la Casa del Gobierno».
En esa misma reunión, mientras disfrutaban de
un brandy, Ross explicó a todos los presentes la importancia de su
observatorio magnético, que formaba parte de una cadena de dieciocho que se
erigirían en distintas partes del mundo. No reparó en elogios dirigidos al
Almirantazgo por lo bien que se había preparado la expedición y dijo que había
recibido prácticamente todo lo que les había solicitado. Su única frustración,
no obstante, era no haber conseguido a su candidato como teniente de
artillería, un hombre muy capaz llamado Fitzjames, que se estaba labrando una
gran reputación a cargo de la artillería del HMS Ganges en el
Mediterráneo oriental. Sir John Franklin, que asentía
afablemente desde la cabecera de la mesa mientras Ross hablaba, no podía
imaginar entonces que, unos pocos años después, el teniente Ross y él llevarían
al Erebus a desaparecer sin dejar rastro.
Los esfuerzos de los convictos que trabajaban en el
observatorio de Rossbank consiguieron que, en nueve días, la construcción
hubiera avanzado lo bastante como para instalar el equipo de medición a tiempo
para realizar las observaciones de los días término 27 y 28 de agosto.
Mientras los trabajos en tierra avanzaban, las
tripulaciones habían tenido tiempo de explorar la ciudad. Al sargento
Cunningham le gustó Hobart. «La ciudad se ubica en un lugar muy agradable. Y
está bastante anglificada —escribió, aunque añadió una advertencia—: Un recién
llegado debe elegir sus compañías con cuidado, pues no se distingue a los
convictos de los ciudadanos libres». Ross era un líder relajado y permitió que
hubiera mucha socialización fuera de horas entre los marineros y la guarnición
militar. Cunningham, por ejemplo, pasó mucho tiempo con su homólogo, el
sargento Cameron del 51.er Regimiento de Infantería: los dos
hombres asistían a conciertos que se celebraban en el teatro, jugaban al quoits en
el cuartel y hacían excursiones a la montaña. Y aunque, al parecer, Hooker se
sentía abrumado por la vida social del lugar («Recibimos un aluvión de
invitaciones a cenas, bailes y fiestas»), su superior inmediato, Robert
McCormick, disfrutó a fondo de ella. Solo durante su primera semana en Hobart
subió a bordo de un paquebote australiano que se preparaba para regresar a
Sídney, se presentó y se dio a conocer en el Hospital Colonial, probó «por
primera vez en mi vida» la sopa de canguro y acogió una serie ininterrumpida de
visitas de dignatarios locales a bordo del Erebus, incluidos un tal
doctor Wingate, del barco de transporte de convictos Asia; un tal
señor Anstey, un abogado, y un tal señor Bedford, un cirujano. El doctor
Clarke, el inspector general de las Fuerzas Armadas, subió a bordo para almorzar
con él un día y, esa misma noche, McCormick recibió una invitación para ir a
cenar a la Casa del Gobierno: «Sentados a la mesa había veinte comensales». Y
allí recibió otra invitación más, de otro de los asistentes, el señor Gregson,
que vivía en un lugar especialmente bonito al otro lado del Derwent. McCormick,
encantado de volver a estar cerca de la naturaleza, visitó el lugar al mismo
día siguiente. «Vi varios periquitos y dos pichones azules, y, de vuelta, una
alondra».
Francis Crozier, en el ínterin, se había enamorado
profundamente de la sobrina de Franklin e íntima amiga, confidente y secretaria
de la esposa de este, Sophia Cracroft. Sus afectos fueron recibidos con
inconstantes flirteos. Para echar sal en la herida, Sophy no hizo el menor
esfuerzo por ocultar que la atraía mucho más el glamuroso Ross que el decente e
incólume Crozier, a quien describió con desdén como un «horrible radical con
una pésima pluma». Lady Franklin, quien, en cambio, desarrolló
una especie de estima protectora hacia Crozier, fue lo bastante sagaz como para
comprender que su relación con la temperamental Sophy estaba condenada al
fracaso. Lo trágico es que el propio Crozier no lo vio nunca así.
Pero, mientras las tripulaciones del Erebus y
del Terror estaban ocupadas disfrutando —o padeciendo la
tortura del amor no correspondido— y los barcos se calafateaban y repintaban, y
sus cubiertas se pulían, llegaron noticias que hicieron que Ross comprendiera
que tenía competencia.
Más temprano ese mismo año, el explorador francés
con el largo nombre de Jules Sébastien César Dumont d’Urville había llegado a
Hobart. Conocido por el público británico como DuDu, era toda una leyenda,
famoso por haber encontrado la Venus de Milo en un campo de Grecia. D’Urville,
un hombre discreto, pero también un científico y explorador entusiasta, irritó
a Ross al afirmar haber descubierto no solo la Venus, sino también la costa del
continente antártico. Sus dos barcos, el Astrolabe y el Zélée,
afirmó, habían seguido una costa durante unos doscientos cuarenta kilómetros, y
él y algunos de sus oficiales habían desembarcado y reclamado en nombre de
Francia aquellas tierras, que habían bautizado como Tierra Adelia en honor de
su esposa (hoy se recuerda más a Adelia por haber dado nombre al pingüino
Adelia, uno de los miembros más pequeños y graciosos de su especie, que se
reúne en grandes números para aparearse). Sus barcos habían seguido luego una
pared de hielo de cien kilómetros, que creía que se elevaba sobre tierra firme.
A esta le dio el nombre de Côte Clairée [Costa Clara]. D’Urville admitía que su
propósito real había sido llegar antes que Ross al polo sur magnético, pero, a
pesar de ofrecer cien francos de recompensa a todos los miembros de la
tripulación si llegaban a los 75º S, y cinco francos más por cada grado
adicional, sus barcos —que no estaban reforzados para hacer frente al hielo y
cuyas tripulaciones sufrieron un brote de escorbuto— no lo habían conseguido.
Tras haber perdido a dieciséis hombres, se retiraron a Hobart.
Por si las afirmaciones D’Urville no fueran lo
bastante irritantes, Charles Wilkes, al mando del barco de exploración
estadounidense Vincennes , también había afirmado unos pocos
meses antes haber visto y cartografiado una costa antártica.
En público, Ross se mostró respetuoso, pero estaba
furioso. «Que los comandantes de cada una de esas dos grandes empresas
nacionales hayan escogido exactamente el mismo lugar para avanzar hacia el sur,
que sabían perfectamente que la expedición bajo mi mando se preparaba para
explorar […], me soprendió sobremanera», escribiría después.
Aunque no existía ninguna rivalidad declarada, Ross
dejó claro que no iba a aceptar consejos de un extranjero. Como defendería
luego en su crónica de la expedición: «Convencido de que Inglaterra siempre
había estado a la vanguardia en lo que se refiere a los descubrimientos en el
hemisferio sur, al igual que el norte, consideré que no se compadecería con la
preeminencia que siempre ha mantenido si siguiéramos los pasos de la expedición
de cualquier otra nación». Habían herido tanto su orgullo personal como su
patriotismo, así que Ross replanteó su ruta hacia la Antártida y evitó
deliberadamente cualquier indicio de que estaba siguiendo a la competencia.
Después de casi tres meses en la Tierra de Van
Diemen, las tripulaciones empezaron a inquietarse. Cuanto más se alargara la
escala, mayor era el riesgo de que se deteriorase la disciplina. Una noche de
octubre, Cunningham fue llamado a la comisaría de policía para encargarse de
dos desertores, Thomas Farr y William Beautyman, que habían sido capturados en
el campo, cerca de la ciudad. Al mismo día siguiente, el 8 de octubre, tres
marineros del Terror atacaron a un oficial de policía, lo
derribaron a golpes y le robaron un dólar. Parecía que la historia de amor con
la expedición había llegado a su fin en las calles de la ciudad.
Aunque los marineros corrientes se comportaran de
forma indebida, la popularidad de los oficiales crecía cada vez más. El 30 de
octubre, el Hobart Town Courier publicó una crónica de un
baile celebrado en honor de la expedición en la Casa de Aduanas, el edificio
que actualmente ocupa el Parlamento de Tasmania y que sigue siendo uno de los
más bonitos de Hobart. Después de comentar que «la ciudad se deshizo de su
habitual aspecto de aburrida tranquilidad», el Courier dio
rienda suelta a la hipérbole. «La fama de esta expedición es […] como el rayo;
es eléctrica, vibra simultáneamente de norte a sur. En el mismo instante en que
los capitanes Ross y Crozier realizan observaciones en este lugar […], hombres
de ciencia están haciendo las mismas observaciones en diversas partes del mundo
[…]. Como si fueran una poderosa máquina científica, están destinados a
desvelar un gran secreto, una especie de sistema planetario imitativo que rige
a las frágiles criaturas de la Tierra como nosotros». Y había todavía más: «Por
lo tanto, no resulta sorprendente que, allí donde va esta expedición, sea
saludada como una estrella a la que la humanidad adora».
«Ahora, el 9 de noviembre, estamos listos para
zarpar», escribió Joseph Hooker a su hermana Maria, con un tono coloquial que
salvaba la vasta distancia que los separaba. «El barco está lleno a reventar
—continuó—, casi no podemos movernos en nuestra sala […]. Nadie, ni siquiera el
capitán, sabe cuándo regresaremos aquí; puede que en seis meses, o puede que en
dieciocho, todo dependerá de lo que encontremos en el sur [el sur
inexplorado]». Hooker parecía tener ganas de hablar de cualquier cosa menos del
riesgo y la envergadura de la misión que tenían por delante. Estaba
especialmente preocupado por el coste de mantenimiento de la nave. «Los fondos
de la sala son muy escasos, tanto que tendré que prestar todo lo que no gaste
para pagar las deudas. Toda la ropa, jabón, velas y libros son sumamente
importantes, y de todo debemos tener suficiente para dieciocho meses, así que
me temo que tendré que dejar algunos pagarés». La vida en el mar era cara para
los oficiales, de los que se esperaba que se costearan de su bolsillo los lujos
personales y que, además, contribuyeran a sufragar los gastos generales de su
comida. El joven Joseph, según parece, tenía medios para capear la situación
mejor que otros. Su despedida tiene cierto tono de alegría forzada por la
desesperación. «¿Quieres que te lleve a casa algún loro? Son muy bonitos y
silenciosos».
Antes de que partieran hacia la Antártida, se
produjeron algunos cambios de última hora en los equipos. El teniente Henry
Kay, el sobrino de Franklin, que había llegado desde Londres en el Erebus,
fue elegido para quedarse en Hobart a cargo del observatorio, con la ayuda de
Scott, del Terror, y de Dayman, uno de los compañeros de la sala de
oficiales de Hooker. Dos hombres habían desertado y no se los había podido
encontrar. «Me alegro —escribió Hooker al oírlo—, pues no queremos a nadie que
no quiera estar con nosotros». Más trágico fue lo que le sucedió a Edward
Bradley, el capitán de la bodega del Erebus, a quien Ross había
calificado como «uno de nuestros mejores hombres». Murió en un accidente
mientras limpiaba los tanques a bordo; quedó atrapado en un tanque en el que se
había encendido un fuego.
Bajo el influjo de esta mala noticia, la expedición
finalmente zarpó con la marea en las primeras horas del jueves 12 de
noviembre. Sir John Franklin subió al Erebus para
despedirlos. A juzgar por cómo describe la escena Hooker, fue un momento
emotivo: «El viejo caballero derramó unas lágrimas cuando subió a bordo y,
mientras nos estrechaba las manos uno a uno, nos decía: “Dios los bendiga a
todos”. Fue un momento de mucho sentimiento». Sir John acudió
luego al Terror a despedirse y causó una buena impresión al
sargento Cunningham. «Es un anciano muy paternal y cariñoso —escribió—, y se
preocupa mucho por nuestro bienestar. Subimos a las jarcias y lo despedimos con
tres sinceros hurras, y uno extra por haber venido a despedirnos». Cuando se
aseguró de que habían pasado sin percances el faro de Iron Pot, Franklin
desembarcó, junto con el piloto, y se marchó en el Eliza, un yate
gubernamental.
Debió de ser una despedida agridulce para sir John.
Él era un marino, no un funcionario, y tuvo que resultarle difícil ver cómo las
velas de la expedición desaparecían tras el horizonte. Lady Franklin
estaba también apenada por su partida, pero no acompañó a su marido a
despedirlos, y argumentó en una última carta al capitán Ross que, «para serle
sincera, aunque me gustaría verlo camino del océano del Sur como usted desea,
no estoy segura de que me alegre de que se marche». Y luego, como si
comprendiera que tenía que contenerse, regresó al mayestático «nos»: «Nuestros
corazones están con ustedes. Rezamos sin descanso por que Dios en su
misericordia los proteja y bendiga y haga que vuelvan a nosotros sanos y
salvos, felices y victoriosos. Siempre afectuosa y sinceramente suya, Jane
Franklin».
No tenemos razón alguna para afirmar que Ross
sentía lo mismo que lady Franklin en su emotiva carta de
despedida. El capitán Crozier, por otra parte, había pedido a John Davis,
segundo navegante delTerror, que, antes de partir, los dibujara a él,
Ross y sir John en pie en los jardines del observatorio, y
había enviado el dibujo como regalo de despedida. Lady Franklin
se refirió a ese dibujo en otra de sus cartas a Ross como «una de las ideas más
maravillosas que ha pasado por la cabeza del capitán Crozier», aunque no pudo
resistirse a añadir lo siguiente: «La precisión del retrato compensa
sobremanera cualquier defecto que pueda tener como cuadro… Al mirarlo, casi
oigo el croar de las ranas».
Antes de marcharme de Tasmania, Alison Alexander y
su esposo, James, profesor de Psicología de la Universidad de Tasmania, ya
jubilado, me invitan a cenar. Imagino que forman parte de la élite cultural
contemporánea de la ciudad. Alison desciende de una de las primeras familias de
convictos que llegaron, que, en Tasmania, es lo más cercano a una aristocracia.
Para complacerme, ha intentado recrear el tipo de comida que se habría servido
a los oficiales del Erebus en el invierno de 1840: una cena
compuesta por una deliciosa y espesa sopa de verduras, pierna de cordero con
cebolla frita, patatas y brócoli, servida a la luz de las velas sobre un mantel
de encaje. Uno de sus otros invitados es la encarnación de la nueva Tasmania.
Bob, un hombre bronceado y barbudo que, en su día, fue miembro de la Marina
Mercante, amasó una gran fortuna gracias a la pesca de abulones y ahora quiere
comprar un viñedo. Su esposa, Chris, asistió a la misma escuela que Alison,
frente a los barracones de Anglesea, donde los marineros y los oficiales de la
expedición de Ross pasaron muchas noches con sus colegas del ejército.
Más tarde, paseo un poco antes de dormir. Es una
costumbre que tengo cuando estoy en el extranjero, del mismo modo que,
antiguamente, la gente caminaba dentro de los límites de la parroquia. Paseo
por el muelle que hay cerca de mi hotel y miro hacia el mar. Empieza a hacer
bastante frío. A lo lejos, en el Derwent, una luz roja atraviesa la oscuridad.
Es el faro de Iron Pot. Al contemplar cómo su luz perfora la noche sobre el
agua puedo dejar volar la imaginación fácilmente y siento la conexión entre el pasado
y el presente. Entre el Erebus y yo. Y me sorprendo al
desearle buena suerte en su gran aventura.
Capítulo 6
«Más al sur de lo que ningún humano (conocido) ha llegado»
Joseph Hooker describió que la visión de este volcán activo de 3800 metros
de altura «nos instiló a todos una sensación de asombro y maravilla, pues nos
hizo comprender lo insignificantes que éramos en comparación». Ross decidió
bautizarlo con el apropiado nombre de monte Erebus. Este grabado se basa en una
acuarela de John Davis, segundo navegante del Terror.
Mientras todo contacto humano quedaba atrás a popa,
unas violentas lluvias descargaron sobre el barco y un viento favorable lo
impulsó en dirección sur. Habían pasado casi catorce meses desde que los
oficiales y la tripulación del HMS Erebus habían abandonado
Londres y, aunque el trayecto se había caracterizado por los incidentes y, en
ocasiones, había sido peligroso, al menos habían viajado en aguas conocidas,
por las que, por remotas que fueran, no eran los primeros en navegar. No obstante,
pronto se adentrarían en lo desconocido, en una parte del mundo para la que no
había mapas.
La rutina de la vida en el mar se restableció de
nuevo. Había velas que plegar y desplegar, cubiertas que limpiar, comida que
preparar y guardias que mantener, pero, aunque pareciera que todo había vuelto
a la normalidad, el cirujano McCormick tenía la sensación de que el momento que
vivían era sumamente especial. Los esperaba un destino muy importante. «Lo que
nos depare el futuro para los próximos nueve meses —escribió en su diario— es
excepcionalmente nuevo, terriblemente interesante y prometedor; grandes
descubrimientos nos aguardan en una región del orbe tan inmaculada y nueva como
en el primer amanecer tras la creación». Desconocemos, empero, cuál era la
opinión de Ross sobre la existencia de este tipo de ideas en la mesa del
capitán. La retórica y las emociones exaltadas no iban con él. Su mente se
centraba en los aspectos prácticos de la expedición. Y, en particular, en la
consumación de lo que un historiador ha denominado la «cruzada magnética». Unos
cuantos cientos de kilómetros al sur los esperaba la posibilidad de culminar
las ambiciones de toda una vida. Si todo iba bien, James Ross completaría una
gesta extraordinaria: colocar una bandera británica en el polo sur magnético,
del mismo modo que lo había hecho en el polo norte magnético, diez años antes.
Estaba convencido de que ese era su sino.
Cerca de los 50º S, Australasia se convierte en una
cadena de islas volcánicas deshabitadas. Las islas Auckland habían sido
descubiertas en 1806 por un ballenero, Abraham Bristow, a sueldo de los
Enderby, una familia ballenera cuyos barcos estaban cartografiando el océano
Antártico mucho antes de que Barrow y el Almirantazgo hicieran de la
exploración antártica un asunto oficial. Ahora, el 20 de noviembre de 1840,
estas islas fueron la primera escala del Erebus y el Terror en
esta nueva etapa de su travesía.
El desembarco fue una pesadilla. Ross y el
navegante entablaron un furibundo combate contra los fuertes vientos que se
prolongó cinco horas a fin de alcanzar el fondeadero, conocido engañosamente
como «Sarah’s Bosom» [el Seno de Sara]. Lo primero que Ross vio en la desolada
playa fueron dos postes con carteles clavados. Entonces, subió a un bote y
cruzó las espumosas olas para investigar.
Uno de los carteles resumía los detalles de una
visita reciente a la isla realizada por Dumont d’Urville, y su última frase
debió de sacar de quicio a Ross: «Du 19 Janvier au 1 Février 1840, découverte
de la Terre Adélie et détermination du pôle magnetique Austral!» [Del 19 de
enero al 1 de febrero de 1840, descubrimiento de la Tierra Adelia y
determinación del polo sur magnético]. Ross, por supuesto, ya estaba al tanto
de que D’Urville no había llegado realmente al polo sur magnético, pero el
recordatorio de que el francés podía ganarle la partida sin mucha dificultad
debió de estremecerlo. Para colmo, el segundo cartel mostraba el mensaje de que
uno de los barcos que participaban en la expedición de Wilkes, el bergantín
estadounidense Porpoise, comandado por un tal teniente Ringgold,
también había estado allí «en su camino de regreso de una expedición para
explorar el círculo polar antártico». Había incluso una botella con un mensaje
dentro, que afirmaba que el Porpoise había bordeado la barrera
de hielo. El único consuelo que Ross extrajo de aquella situación es que no se
hacía mención alguna a Wilkes ni a su supuesto descubrimiento del continente de
la Antártida.
Una vez asumidas todas aquellas irritantes
noticias, comenzó el ritual de desembarco, a esas alturas bien ensayado. Se
ordenó a toda la tripulación que talase árboles y cavara para colocar los
cimientos de un nuevo observatorio. Entretanto, McCormick, curioso hasta la
médula, aprovechó la oportunidad para explorar la isla. Destacó que, «a lo
largo de esta excursión, encontré pocas señales de vida animal». Pero, claro,
en cuanto dio con la fauna, sacó la escopeta y comenzó a disparar: cazó un
cormorán, una gaviota de lomo negro y un «excelente halcón» antes de regresar
al barco.
Hooker, en el ínterin, disfrutaba de lo lindo.
Aunque se hallaban muy al sur, el clima de la isla era benigno y húmedo, por lo
que musgos, líquenes y todo tipo de helechos crecían con exuberancia. Antes de
abandonar las islas Auckland, descubrieron ochenta especies de plantas
angiospermas, más de cincuenta de las cuales jamás se habían catalogado antes.
«El terreno, en su totalidad, parecía cubierto de vegetación», escribió Hooker,
entusiasmado. El capitán Ross parecía igual de impresionado por aquella profusión
botánica, pues comentó que era una suerte que los oficiales médicos no hubieran
que atender a ningún enfermo y pudiesen pasar todo el tiempo recogiendo
muestras. Asimismo, dio su sincera aprobación, por ejemplo, a que Hooker
subiera un helecho de ciento veinte centímetros a un barco que ya estaba
abarrotado.
A Ross también le gustaban las islas por otros
motivos, pues veía en ellas un enorme potencial para la creación de una extensa
colonia penal. Todos los convictos de las colonias de Nueva Gales del Sur,
Nueva Zelanda y la Tierra de Van Diemen (ahora libres)podían trasladarse a
aquel lugar. Expondría su idea a Franklin. Además, había grandes manadas de
ballenas francas y cachalotes que creía que podían explotarse comercialmente, y
le agradó enterarse, más adelante, de que la empresa ballenera de Charles Enderby
había pedido permiso para acometer tales tareas.
Hoy en día, tenderíamos a dejar intacta la belleza
natural de islas como esa, pero la motivación de Ross, y de quienes habían
ordenado su expedición, era la expansión, el desarrollo y la ilustración. Lo
que nosotros consideramos una explotación descarada era para ellos una
oportunidad de llevar, siempre que fuera posible, las ventajas de la ciencia a
un mundo salvaje y abandonado. McCormick cazaba pájaros para estudiarlos y
entenderlos mejor. Como Abraham Bristow antes que él, Ross decidió dejar ganado
en las islas Auckland, pues sentía que empezar a cultivar las tierras salvajes
y propagar los valores occidentales por todo el orbe era su deber para con
aquellos que inevitablemente vendrían tras él. A tal fin, se descargaron
cerdos, gallinas, cabras y conejos, junto con unos arbustos de fresas y
grosella silvestre con los que Franklin había obsequiado a Ross en Hobart. En
la actualidad, la mayoría de los descendientes de aquel ganado han muerto o se
han retirado de las islas Auckland, que permanecen deshabitadas. Irónicamente,
habida cuenta de las actividades de McCormick, las islas son ahora un santuario
de aves.
Una vez terminadas las observaciones magnéticas,
el Erebus y el Terror levaron anclas y
navegaron unos doscientos sesenta kilómetros al sur, hasta la isla Campbell.
Este era otro fondeadero prometedor, con un gran puerto natural de aguas
profundas y agua y comida en abundancia, pero, por primera vez desde aquel
lamentable primer día en Sheerness, tanto el Erebus como
el Terror embarrancaron debido a que no interpretaron
correctamente un banco de arena cerca de la entrada del puerto. La tripulación
del Erebus liberó la nave al atar cuerdas a los árboles de la
orilla y al tirar de ellas, pero el Terror quedó varado y su
tripulación pasó la noche bombeando sus tanques de agua potable y descargando
todo tipo de provisiones para aligerarlo y que quedara liberado con la marea
alta a la mañana siguiente.
Mientras Ross medía la subida y la bajada de las
mareas, McCormick se maravilló ante el gran número de albatros que anidaban en
la isla. «Sus bellos cuellos blancos se vislumbran por encima de la hierba […]
y salpican las colinas en todas direcciones». Solo encontró un huevo por nido,
y se llevó varios de ellos consigo de vuelta a la embarcación. Estaba muy
contento de haber matado tres págalos parásitos, un ave al que consideraba
enemigo natural del albatros; sin embargo, al día siguiente, varios de ellos contraatacaron
y «me acometieron con ferocidad. Volaron en círculos sobre mi cabeza y se
abalanzaron con el pico abierto para herirme en el rostro». Desde la cubierta
del reflotado Terror, el sargento Cunningham quedó asombrado al
contemplar a miles de pingüinos «en formación a lo largo de la playa, como si
fueran soldados». También había abundantes plantas: con la ayuda del capitán
Ross, Hooker recopiló más de doscientas especies en los dos días que pasaron
allí. Era como si la naturaleza ofreciera una última muestra de su poderío con
aquella abundancia de fertilidad. El 8 de mayo de 2018, la isla Campbell fue
testigo de otra muestra de un poderío distinto, cuando la ola más alta jamás
registrada en el hemisferio sur, de 23,77 metros de altura, rompió contra sus
playas.
A las nueve en punto de la mañana del 17 de
diciembre, levaron anclas y desplegaron las velas. Una fresca brisa evolucionó
en una tormenta y, a mediodía, la isla Campbell, su última parada antes del
océano Antártico, desapareció bajo el horizonte.
El Erebus y el Terror se
encontraban ahora en aguas por las que solo habían navegado antes un puñado de
personas. El interés británico por estas lejanas aguas polares tenía su origen
casi por completo en la demanda de aceite de ballena, que mantenía las lámparas
de la nación encendidas y las manos limpias. La Compañía Enderby animaba a sus
capitanes a explorar tan al sur como fuera posible. Uno de ellos, John Biscoe,
había circunnavegado la Antártida entre 1830 y 1832 y navegado hasta los 67º S,
mientras que, en 1838, John Balleny, contratado por Enderby para liderar una
expedición de caza de focas, había encontrado un pequeño archipiélago cerca de
la latitud 66º S y 163º E, que más tarde sería bautizado con el nombre de islas
Balleny.
Ross tenía mucho en común con los capitanes
balleneros. Él también era un hombre práctico. Su crónica del ambiente a bordo
en su trayecto al sur no es romántico, sino serio, a la par que desafiante y
positivo. «Estamos en posesión de los mejores medios humanos para conseguir
nuestro propósito —escribió—. Nuestros barcos eran, en todos los aspectos, los
más adecuados para llevar a cabo esta misión, cargados con provisiones y
artículos de la mejor clase para tres años y tripulados por oficiales y
marineros en quienes tengo motivos para depositar la mayor confianza». Al mirar
a su alrededor, mientras las temperaturas descendían y la lluvia se convertía
en aguanieve, y, más tarde, en nieve, observó «alegría y satisfacción en todos
los rostros».
La tripulación pasó su segunda Navidad atrapada en
una cellisca con viento del norte. «Un día muy desagradable —anotó Cunningham,
para luego añadir, con mejor humor—: Comimos y bebimos mucho». McCormick pasó
el día, como había hecho desde que habían partido de la isla Campbell,
desollando pájaros, secando plantas y ordenando y almacenando las recientes
adiciones a la colección de historia natural de la expedición. Para no perder
ninguna oportunidad de aumentar la cantidad de muestras recogidas, estaba trabajando
en una técnica para disparar a pájaros al vuelo de modo que cayeran en la
cubierta y no en el agua. El 30 de diciembre, incluyó un petrel atlántico
completamente blanco en sus vitrinas.
Los días eran cada vez más fríos y los icebergs,
más grandes. El 28 de diciembre, bien entrado el día, Cunningham describió que
uno de ellos tenía «una forma parecida a la de un barco desarbolado». Calculó
que tenía algo más de tres kilómetros de circunferencia y unos treinta metros
de altura. Ross, quien poseía una basta experiencia en relación a los icebergs
árticos, consideró que sus equivalentes antárticos eran muy distintos: mucho
más monolíticos, con menos diversidad de formas y, por lo general, más grandes
y altos. También pasaron junto a numerosas ballenas, en general cachalotes y
yubartas de un tamaño inusualmente grande, tan grandes en número que los barcos
no podían navegar sin atravesar las manadas.
Me corroe la envidia al pensar en la oportunidad
que tuvieron de contemplar tantas de estas hipnóticas criaturas. Cuando viajé a
la península antártica en 2014, la aparición de una sola ballena bastaba para
que todo el mundo subiera a cubierta, binoculares y cámaras en mano. En
ocasiones, si había suerte, quizá emergían dos o tres. Contemplarlas era a la
vez adictivo y sorprendentemente tranquilizador. De todas las criaturas de la
creación, las ballenas se me antojan las menos propensas a las prisas. Sus vidas
parecen el equivalente humano de un largo baño. Se movían con belleza y
gracilidad, desplazaban una cantidad de peso enorme con el mínimo esfuerzo. Y,
sin duda, no existe despedida mejor que la de la lánguida y calma elevación y
caída de su cola. Quiero pensar que la compañía de las ballenas ofreció la
misma sensación de calidez a los tripulantes en su largo y cada vez más
peligroso viaje hacia el sur.
El año 1841 llegó de forma espectacular. Cuando el
sol de medianoche ascendió sobre el horizonte, se empalmó la braza de la mayor
y se repartió una doble ración de ron, no solo para celebrar el Año Nuevo, sino
la llegada al círculo polar antártico. Habían alcanzado los 66º S 30’ E, «más
al sur que los “franceses” o los “yanquis”», anotó Cunningham con cierta
satisfacción. Las condiciones cambiaban rápidamente. Los barcos se encontraban
ahora en el límite del casquete polar y las temperaturas durante el día apenas
superaban los cero grados. Se ofrecieron provisiones adicionales para celebrar
el Año Nuevo y se repartió ropa para el clima extrafrío: una chaqueta y
pantalones de un tejido de lana muy denso y casi impermeable, dos pares de
calzas, dos bufandas para proteger la garganta del frío, un par de botas de
agua y un gorro de lana conocido como «peluca galesa», el equivalente de la
Marina Real del típico gorro de lana marinero.
El capitán Ross parecía compartir la emoción de
quienes no habían estado antes entre el hielo. No había esperado ver tanto tan
pronto y contemplaba el océano congelado con satisfacción, «pues no presentaba
ninguna de esas muestras de impenetrabilidad de las que se nos había hablado».
Entonces, el 5 de enero, la dirección del viento
cambió y ofreció la oportunidad de poner a prueba esa teoría. Mientras
bordeaban el casquete, Ross, que confiaba en lo que le decían desde la cofa,
consideró que había las suficientes pistas, o canales libres de hielo, como
para arriesgarse a atravesarlo. Aquel fue un momento crucial; era la primera
gran prueba de la capacidad de aquellos antiguos barcos bombarda para abrirse
camino entre una capa de hielo denso sin la ayuda de motor alguno. El Erebus se
abrió camino y rompió el hielo poco a poco pero con constancia, a pesar de la
férrea resistencia que oponía la naturaleza. Tras pasar cerca de «una hora
golpeando con fuerza», llegaron a una zona con una capa de hielo mucho más
ligero y avanzaron con mayor rapidez, aunque «a cada tanto sufrimos violentas
sacudidas, que ninguna otra cosa salvo barcos reforzados de este modo podrían
haber resistido». Las naves habían pasado su primer examen.
A lo largo de los días siguientes, mientras
avanzaban a buen ritmo hacia el sureste, el objetivo de Ross de alcanzar el
polo sur magnético parecía cada vez más cerca. Las proas reforzadas de los
barcos rompían sin problemas capas de hielo de entre quince y veinte
centímetros de espesor, aunque el timonel y los vigías debían mantenerse
constantemente alertas para encontrar los canales entre el hielo y evitar los
ocasionales icebergs. Estos témpanos despertaron la imaginación de McCormick:
uno de ellos, destacó, se asemejaba a la iglesia de un pueblo. El 7 de enero
disparó a un pingüino y, más adelante, ese mismo día, a cuatro más: «Acabé con
dos de ellos de un solo tiro». Esto lo satisfizo en diversos sentidos. «En
consecuencia, se me brindó la ocasión de poner pie por primera vez sobre una
capa de hielo antártico para recoger un pingüino».
Paulatinamente, el hielo se espesó y el progreso se
ralentizó. El 8 de enero una impetuosa tormenta los obligó a detenerse. Sin
embargo, antes de que se disipara, Ross dedujo —mediante la observación del
color oscuro reflejado en el cielo— que debía haber mar abierto por delante. Y,
en efecto, hacia el mediodía del 9 de enero, se adentraron de nuevo en aguas
abiertas y navegaron a cuatro nudos gracias a la fuerte brisa.
El Erebus y el Terror habían
conseguido algo notable. A vela y solos, los dos barcos habían atravesado con
éxito doscientos quince kilómetros de hielo.
A Ross no le gustaba confiar su destino a la
suerte, pero, en este caso, había hecho una apuesta con un riesgo calculado.
Había llevado a sus barcos hacia lo desconocido. El hielo podría haberlos
atrapado y aplastado. Y no habían diseñado un plan B. Una vez tomado el rumbo,
dar media vuelta habría resultado prácticamente imposible. A pesar de lo
sensato, flemático y pragmático que era, Ross no pudo disimular su alivio
cuando pusieron rumbo al polo sur magnético: «Nuestras esperanzas y
expectativas de alcanzar ese interesante punto crecieron hasta nuevos límites».
McCormick, en cambio, parecía menos preocupado por
lo que fuera a decir la historia y más interesado en Billy, la cabra del barco,
una de las mascotas favoritas de los marineros, que había pasado el día entero
en su barril después de que le dieran oporto en la santabárbara. «Está pagando
el precio de su libertinaje», escribió McCormick con diversión, solo para poco
después añadir una conmovedora coda: «De forma inesperada, durante la primera
guardia, he descubierto que el pobre Billy está moribundo».
Ross y su timonel habían estado observando durante
un tiempo un fenómeno polar conocido como ice-blink, o cielo de
hielo, por el que, debido al reflejo de la luz, las nubes y el cielo parecen
elementos sólidos. Este suceso había tenido lugar célebremente en 1818, cuando,
muy a su pesar, John Ross había confundido las nubes con montañas en su
expedición para descubrir el paso del Noroeste. Debido al alud de críticas que
había provocado aquella confusión, no resulta sorprendente que el sobrino
de sir John mostrara más curiosidad y asumiese que lo que
parecía una larga costa blanca en el horizonte muy bien podría ser otro
espejismo polar. Pero entonces, a las dos de la mañana, el teniente Wood, el
oficial de guardia, despertó al capitán para informarle de la inconfundible
presencia de una sólida masa de hielo.
Con el grito de «¡Tierra a la vista!», el teniente
Wood confirmó que no solo el Erebus y el Terror se
habían convertido en las primeras embarcaciones de vela en atravesar el
casquete polar, sino que, además, eran los primeros barcos que tenían pruebas
irrefutables de la existencia de un continente antártico.
Sorprendentemente, Ross no se mostró eufórico. Lo
único que veía era que aquella «costa» le cerraba el paso hacia su objetivo,
más importante que aquel descubrimiento: el polo sur magnético. No obstante,
como para todos los demás, aquella visión le ofreció una lección de humildad y
le causó una sensación de asombro a medida que se acercaron a tierra firme.
«Contemplamos un paisaje de ensueño […] con dos espléndidas cordilleras […].
Los glaciares que descendían desde sus cimas llenaban los valles entre ellas y
se proyectaban varios kilómetros mar adentro […]. El cielo era de un azur
diáfano, bañado por la luz más clara del sol […], allí estaba todo cuanto se
deseara para dar lustre a un paisaje tan majestuoso». Para Joseph Hooker, fue,
sencillamente, «uno de los paisajes más bellos que jamás he contemplado».
Y había otro motivo de celebración. Las mediciones
mostraban que el Erebus y el Terror habían
llegado a 71º 14’ S, con lo que habían superado al mismísimo capitán Cook.
«Ahora solo nos queda ir más allá de la marca de Weddell», escribió el capitán
Ross en referencia a los 74º 15’ S que había alcanzado el capitán ballenero, un
récord que llevaba vigente desde 1823.
El primer gesto de gratitud de Ross no estuvo
dirigido a los constructores del barco ni a la tripulación que lo había llevado
hasta allí, sino a aquellos que habían encargado la expedición. Bautizó la
montaña más alta de la cordillera que tenía ante él con el nombre de monte
Sabine, en honor a Edward Sabine, un amigo de la infancia que había sido uno de
los defensores más vehementes de la expedición, y luego bautizó la majestuosa
cadena de montañas a su noroeste como cordillera del Almirantazgo, en honor a sus
patrones. Con tales acciones seguía una antigua tradición. La atribución de
nombres a los accidentes geográficos era competencia y derecho del capitán, y
se hacía sobre la marcha, sin necesidad de ninguna consulta formal ni
aprobación oficial posterior, de ahí que, por ejemplo, Dumont d’Urville
bautizara su rincón del océano Antártico con el nombre de su esposa.
A medida que la expedición entraba en tierras
desconocidas, se desató un auténtico frenesí de bautizos. Las cumbres
individuales de la cordillera fueron bautizadas con los nombres de los miembros
del consejo del Almirantazgo: monte Minto, por el primer lord; monte Adam y
monte Parker, por los lores navales de mayor rango. Una larga lista de lores de
rango inferior también fueron honrados con diversas montañas. A petición del
capitán Crozier, un cabo cercano recibió el nombre de cabo Downshire, por el marqués
de Downshire, un rico terrateniente irlandés amigo de la familia Crozier. «Una
extraordinaria serie de altos y oscuros acantilados, probablemente volcánicos»,
se convirtió en el cabo Adare, por el vizconde Adare, amigo de Ross, y otra en
cabo Barrow, en palabras de Ross, en honor al «padre de la exploración ártica
moderna».
Cuando visité la Antártida Occidental para la
grabación de la serie documental Pole to Pole [De polo a
polo], emitida por la BBC, recuerdo que sentí curiosidad por la cercana
cordillera del Comité Ejecutivo, bautizada así por los estadounidenses en la
década de 1940. ¿Qué sería lo siguiente, me pregunté? ¿La meseta del Contable
Mayor, el pico de la Máquina de Cáfe? Ahora sé que simplemente seguían una
honorable tradición. Aburrida pero honorable.
Lo siguiente era anexionar formalmente esta tierra
recién descubierta, lo que requería más que devanarse los sesos en busca de
nombres: exigía poner pie físicamente en ella. La mañana del 12 de enero de
1841, se bajaron botes para descender a la orilla, pero, debido a que las olas
que golpeaban el hielo generaban muchísima espuma, se decidió poner rumbo a una
de las pequeñas islas frente a la orilla. Thomas Abernethy pilotó hábilmente
uno de los cúteres entre las fuertes corrientes y, al fin, los hombres desembarcaron
en lo que resultó ser lecho de guano. McCormick describió la peculiar sensación
de poner pie en un montón de excrementos de pingüino que llevaban allí mucho
tiempo. «El espesor era tal —escribió— que daba la sensación de que estábamos
pisando una superficie elástica, como si fuera una turbera seca». Se colocó la
bandera británica y se brindó con jerez por la reina Victoria y el príncipe
Alberto y su nueva adquisición, la isla Posesión.
Ross registró la asistencia a la ceremonia de un
gran número de pingüinos, que demostraron su resistencia a la colonización «al
atacarnos vigorosamente cuando vadeamos el guano entre sus filas y picarnos con
sus afilados picos». Aquellos que estaban en la orilla hubieron de soportar,
además, el hedor de décadas de excrementos. A pesar de ser consciente del
desagradable olor, el siempre pragmático Ross escribió que el guano «podría
resultar en algún momento valioso para los agricultores de nuestras colonias australianas».
Tras confirmar que el «perfume que emana esta
colonia no era precisamente el de un dulce árabe», McCormick caracterizó la
actividad de los pingüinos con mayor sensibilidad de lo que lo que lo hizo su
capitán y describió cómo emergían del agua con una profunda sensación de
asombro. «Observé a un pájaro realizar el salto más extraordinario, desde el
mar hasta la cima de un trozo de hielo perpendicular […], aterrizó de pie como
un gato». Me alegró leer estas líneas, pues, durante mi propia excursión a la Antártida,
me pareció que sus saltos desde el mar, que desafían la gravedad, constituyen
uno de los trucos más extraordinarios de la evolución. Pero, mientras que, para
mí, los pingüinos no eran más que un inofensivo entretenimiento, para McCormick
eran especímenes: «Tumbé a un pingüino viejo con mi martillo de geólogo y lo
metí en el macuto […] junto a otros pocos especímenes recogidos con prisas de
las rocas de lava negras». Para el agradecido Cunningham, los pingüinos eran
una fuente de alimento. «Un pingüino delicioso —anotó—; lo cocinaron en una
empanada marinera [y] no sabía para nada a pescado, como otros que he comido».
Las condiciones meteorológicas descartaban
cualquier posibilidad de un desembarco en el propio continente, o Tierra de
Victoria, que era como lo habían bautizado. De hecho, su principal objetivo
durante los días siguientes fue evitar que las violentas tormentas los
empujaran hacia la orilla. Así pues, continuaron su avance hacia el sur. Ross
anotó el gran número de ballenas con las que se cruzaron. Al verlas «bufar o
expulsar chorros de agua —escribió en un tono profético a la par que
alarmante—, hasta este momento […] han disfrutado de una vida tranquila y
segura, pero, ahora, sin duda se las hará contribuir a la riqueza de nuestro
país, en proporción directa a la energía y perseverancia que muestren nuestros
mercaderes, que, como es bien sabido, no andan escasos de ninguna de las dos
cosas».
Lo que al principio interpretaron como un espejismo
resultó otra isla, que, debido a que fue descubierta el día del cumpleaños de
la prometida de Ross, este, siempre pragmático, bautizó como isla Coulman, en
honor a su futuro suegro. Asimismo, Anne Coulman recibió un cabo en el extremo
sur de la isla de su padre.
A estas alturas, la tripulación debía de comprender
ya cuál era el objetivo de su expedición. Su fin era explorar. Cada milla
náutica, cada recoveco entre las nubes, permitía ver algo que nadie había
presenciado antes. Pero, poco a poco, las condiciones eran cada vez más duras.
Las temperaturas habían descendido todavía más y el gélido viento del sur, que
no ayudaba, soplaba con creciente fuerza. Para continuar, el Erebus tuvo
que recoger velas, algo que debió de resultar duro y generar incomodidad entre
la tripulación. «Todo está congelado —escribió Cunningham—, todos los cabos
están helados y cuelgan carámbanos de las jarcias y el equipo». Según era
tradición, los hombres que recogían las velas no vestían guantes, pues se creía
que estos impedían un buen agarre.
Por fortuna, a continuación llegó un breve período
de buen tiempo, durante el cual, con viento de popa y todas las velas
desplegadas, navegaron a buen ritmo. Este progreso, que acercaba a Ross a su
siguiente objetivo, lo animó: «Olvidamos los vientos en contra y el mal tiempo,
pues ahora teníamos el convencimiento de que pronto llegaríamos a una latitud
superior a la alcanzada por cualquier otro hombre».
El sábado 23 de febrero de 1841, alcanzó este
objetivo. El récord registrado por Weddell era de 74º 15’ S. Ahora el Erebus y
el Terror se encontraban a 74º 23’ S o, según el sargento
Cunningham consignó en su diario, «más al sur de lo que ningún humano
(conocido) ha llegado». Tras estas palabras, añadió, con una modestia quizá
excesiva: «Lo cual tiene cierto mérito».
La doble ración de ron con la que celebraron esta
gesta difícilmente podría haberles sabido mejor, y pocas veces el tradicional
brindis para ocasiones como estas («Por nuestras esposas y nuestras amantes,
¡por que nunca se conozcan!») debió de pronunciarse con más gozo. No importaba
que el tiempo hubiera empeorado una vez más, ni que la nieve no cesara y los
vientos soplaran con violencia. McCormick registró que esa noche el capitán
Ross cenó con sus oficiales en la santabárbara y levantó su copa: «¡Que tengamos
todavía más suerte!».
La esperanza de Ross ahora era que hubiera un punto
en que el viento y la corriente movieran la banquisa lo bastante para que se
abriera un paso y, con ello, tener la posibilidad de convertirse en los
primeros en explorar el continente de la Antártida. Y el 27 de enero sucedió
exactamente eso. En consecuencia, Ross y varios oficiales embarcaron en uno de
los cúteres del Erebus mientras Crozier y sus hombres
del Terror los seguían en uno de sus botes balleneros. El
ballenero se demostró la embarcación más estable de las dos, por lo que Ross se
reunió con Crozier en ella. Cuando estaban muy cerca de la costa, una ola elevó
el barco y Ross saltó a las rocas. Desde allí, lanzó la cuerda que había
llevado a otros oficiales para que lo siguieran, «sin embargo, no evitaron
calarse hasta los huesos». Joseph Hooker resbaló en la roca y cayó entre la
popa del bote y la pared de roca; habría muerto aplastado de no ser porque lo
sacaron de allí en el último momento.
Ross permaneció en tierra lo bastante como para
tomar posesión de lo que, al final, resultaría otra isla, que bautizó en honor
a sir John Franklin. Con uno de los hombres al borde de la
muerte por hipotermia, tan solo tuvieron tiempo para recoger unas cuantas
muestras de rocas, volver al ballenero y remar a toda prisa para regresar al
barco. Llegaron a bordo «completamente empapados y con un frío glacial». Pocas
de las posesiones de su majestad habían sido tan difíciles de conseguir como la
isla Franklin.
Pero las maravillas se sucedían. Al navegar todavía
más al sur gracias a un viento favorable, avistaron, por la amura de estribor,
la silueta de otro imponente pico. Pero este era distinto a los demás. Cuando
los cielos se despejaron, vieron que una columna de humo ascendía a lo alto
desde la cima. Y no se trataba de un espejismo ni de un efecto óptico. Aquello
no era la espuma que el azote del viento arrancaba a una cima expuesta, sino un
volcán activo de casi tres mil ochocientos metros de altura. Joseph Hooker, a
quien claramente la experiencia de haber estado a punto de morir no le había
dejado graves secuelas, apuntó asombrado que era «una imagen que sobrepasaba
todo cuanto alcanza la imaginación […] y que nos instiló a todos una sensación
de asombro y maravilla, pues nos hizo considerar lo insignificantes que éramos
en comparación y, al mismo tiempo, nos ofreció una indescriptible muestra de la
grandeza del creador a través de sus obras».
Cunningham, igualmente asombrado, contempló la
actividad del volcán desde la cubierta del Terror. «Primero
expulsaba mucho humo, negro como el carbón, cuyo color se aclaraba poco a poco,
y finalmente emergía la llama, con una gran furia durante algún tiempo, tras lo
cual remitía durante unos pocos minutos para, más tarde, reaparecer». Lo llamó
la Montaña Ardiente. Otro testigo de este espectáculo geológico fue el herrero
del Erebus , un irlandés llamado Cornelius Sullivan, que
escribió unas memorias de su viaje para un amigo que también serviría en esa
nave, aunque más adelante. Para Sullivan, era la Espléndida Montaña Ardiente.
«No desembarcamos allí ni lo consideramos un lugar seguro. Lo máximo que nos
acercamos a este fenómeno de la naturaleza fue a ocho millas».
La atribución de un nombre recayó en James Ross.
Dejando a un lado por una vez a todos sus amigos y benefactores, decidió
bautizarlo en honor del resistente barco que lo había llevado sano y salvo
hasta allí: monte Erebus. El volcán extinto, más pequeño, que se
erigía a su lado recibió el nombre de monte Terror. El infernal nombre de Erebus desde
luego resultó apropiado cuando, en noviembre de 1979, el vuelo 901 de la
compañía Air New Zealand se estrelló contra el volcán. Fallecieron doscientas
cincuenta personas.
En esos momentos, ambos barcos avanzaban a buen
ritmo hacia el sur, más allá del paralelo 76º. Al rodear una isla, bautizada
rápidamente en honor de sir Francis Beaufort, el hidrógrafo de
la Marina Real, encontraron, frente a ellos, un fenómeno natural tan
impresionante como el volcán que acababan de dejar atrás. «Vimos —escribió
Ross— una larga línea blanca que se extendía desde su extremo oriental hasta
donde alcanza la vista». Era un acantilado de hielo vertical, llano en la cima
y de unos sesenta metros de altura que se elevaba por encima de los barcos.
Aquella escena hizo que todo el mundo se parara en
la regala a contemplarla. En el Erebus, McCormick trepó a la cofa,
pero no vio «dónde terminaba el gran muro de hielo, que hemos bautizado como la
Gran Barrera del Sur». Sullivan, el herrero, no tenía palabras para
describirla: «No hay imaginación tan enorme que pueda transmitir una idea adecuada
del sublime resplandor del Muro de Hielo de la Antártida […], esta noble pared
de hielo que fortifica el continente […]. La tierra está a sesenta metros de
altura […]. La enorme masa de hielo que cercaba el terreno hacía del lugar una
escena cautivadora». Era la longitud de la barrera lo que más lo asombraba:
«Durante todo el trecho que hemos navegado, la barrera mantiene la misma forma
y volumen».
El descubrimiento de un obstáculo tan enorme
decidió por sí mismo uno de los asuntos pendientes: se descartó de una vez por
todas continuar el avance hacia el polo sur magnético. «Sería como tratar de
atravesar en barco los acantilados de Dover», admitió Ross. Pero habían llegado
muy cerca. Hasta el siglo siguiente, con la expedición del Nimrod de
Shackleton, nadie se acercaría al polo más que ellos.
Y no es que la expedición de Ross no realizara
grandes hazañas. Habían descubierto y bautizado una nueva masa de tierra y
nuevas islas. Habían encontrado dos volcanes. Y todavía quedaban diversos
accidentes geográficos por bautizar en las cartas de Ross. Tras honrar lo
bastante a sus jefes, en Londres, Ross dirigió su atención hacia los más
cercanos a él para bautizar dos promontorios cercanos. Uno lo llamó cabo Bird,
en honor a su primer teniente. Otro, el cabo al pie del monte Terror, recibió
el nombre de su segundo al mando, Francis Crozier, «que me honra con su amistad
desde hace más de veinte años […] y a cuyo celo y cordial cooperación debe
atribuirse, además de a la voluntad de Dios, la felicidad y el éxito de esta
expedición».
El descubrimiento de Ross tendría un papel
fundamental en la futura exploración de la Antártida. La Gran Barrera del Sur
resultó colosal, el borde de una plataforma continua de hielo de noventa metros
de grosor y del tamaño de Francia. Al principio, se consideró un obstáculo
insalvable, pero, más tarde, demostraría ser una vía de entrada magnífica al
interior del continente, un acceso llano y estable que resultaría vital tanto
para Amundsen como para Scott en sus viajes al polo. En cuanto al cabo Crozier,
una lengua de basalto negro que se adentra unos doscientos cincuenta metros en
el mar, este accidente se labraría una terrible reputación entre los futuros
exploradores. En The Worst Journey in the World, una crónica
escrita más de setenta años después de la expedición polar de Scott, Apsley
Cherry-Garrard dejó escrita una poderosa descripción: «Es en el cabo Crozier
donde el límite de la barrera, que se prolonga durante seiscientos cincuenta
kilómetros como un acantilado de hielo de sesenta metros de altura, se
encuentra con la tierra. La barrera se desplaza contra esta tierra a una
velocidad que, en ocasiones, no es inferior a unos mil seiscientos metros al
año. Quizá pueda imaginar el caos que esto ocasiona: hay elevaciones provocadas
por la presión a cuyo lado las olas del mar son meros surcos en un campo
arado».
El Erebus y el Terror zarparon
rumbo al oeste y bordearon la barrera durante unos ciento cincuenta kilómetros
a través de un mar tranquilo y de un azul profundo, rodeados por ballenas que
arrojaban agua y contemplando cómo descomunales bloques de hielo se desprendían
de los acantilados y caían al mar. McCormick quedó tan impresionado ante la
titánica escala de aquel muro de hielo que permaneció en cubierta toda la noche
«para verlo todo, y fui sobradamente recompensado por el […] sacrificio de una
noche en vela y sin descanso con aquel panorama majestuoso y sublime […], que
me impedía apartar la vista, como si fuera una escena sorprendente y cambiante
de un teatro».
El 2 de febrero, Ross anotó que su posición era
78,4º S. Al día siguiente, lanzó un barril por la borda con una nota dentro que
contenía información acerca de su posición y actividades recientes y la
petición a quien lo encontrara de que lo hiciera llegar al secretario del
Almirantazgo. La nota estaba firmada por Ross y sus oficiales.
Entonces, un aumento de la densidad de la banquisa
y un cambio en la dirección del viento llevaron a Ross a decidir, tras
consultarlo con Crozier, que debían virar hacia el este una vez más para
intentar estudiar la barrera más de cerca. Sobre el hielo, se cruzaron con
focas, petreles negros y pingüinos emperador. Tres de estos últimos, los de
mayor tamaño de la especie, fueron subidos a bordo, aunque no como mascotas.
«Eran pájaros muy fuertes, y tuvimos bastantes dificultades para matarlos
—escribió Ross, que añadió un apunte culinario—: Su carne es muy oscura y sabe
a pescado rancio». Mientras estas aves engrosaban la despensa, los hombres
continuaron alimentándose con cuanto encontraban sobre el terreno. Se
capturaron y sacrificaron dos focas para obtener aceite de cara al invierno y
los depósitos de agua dulce del barco se reabastecieron con trozos de témpanos
que flotaban junto al barco.
Las aves, como siempre, resultaban especialmente
interesantes al cirujano del barco, McCormick. Cuando vio sobrevolar el barco
lo que creyó que era una nueva especie de Lestris, o escúa ártica,
un ave descrita por Audubon, el gran ilustrador de aves estadounidense, como un
«constante enojo para las gaviotas de menor tamaño», disparó de inmediato. El
tiro no despachó al pájaro, que, tras descender cerca de la cubierta, se recuperó
y echó a volar con una pata rota. McCormick se sintió obligado a justificarse,
cosa poco habitual en él: «A pesar de que mis deberes como ornitólogo me
obligan a quitar la vida a las más bellas e interesantes de todas las criaturas
[…], nunca lo hago sin un profundo estremecimiento de dolor y un cargo de
conciencia, pues hasta ese punto adoro la raza alada».
Según anotaría al caer la noche, ese mismo día,
«entre la medianoche y la una de la madrugada, he añadido dos elegantes
petreles blancos a mi colección: uno que ha caído muerto en el alcázar y otro
sobre la claraboya de la santabárbara […]; he abatido también un tercero […],
que ha caído al mar».
El 9 de febrero, con la masa de hielo al norte que
se cerraba tras los barcos y los amenazaba con atraparlos contra la barrera,
Ross detectó «una bahía excepcional», la única muesca que había advertido hasta
entonces en la ininterrumpida pared de hielo. Decidió llevar los barcos hasta
ella. A unos cuatrocientos metros de la entrada, se detuvo para sondear la
profundidad; era de trescientas treinta brazas (unos quinientos cincuenta
metros). Tras acercarse más, quedó claro que un espolón de hielo que se proyectaba
mar adentro había creado aquella cala, aparentemente protectora. Aquel fue un
momento de los que te hacen contener la respiración. Estaban más cerca de la
base de la Gran Barrera del Sur de lo que habían estado jamás. Al levantar la
vista, veían gigantescos carámbanos que colgaban del borde del acantilado.
Cornelius Sullivan, como tantos hombres, estaba emocionadísimo. «Todos subimos
a cubierta para presenciar aquel espectáculo, el más extraño y magnífico que
ningún humano ha contemplado desde que se creó el mundo. Permanecimos inmóviles
durante varios segundos antes de poder siquiera hablar con el hombre que
teníamos al lado […]. Entonces, deseé ser artista o dibujante en lugar de
herrero y armero».
Esa belleza y majestuosidad eran, no obstante, muy
peligrosas, pues el mar, resguardado de los vientos, se congelaba rápidamente y
capas de hielo se acumulaban alrededor de los barcos. De pronto, ya no se veía
agua por ninguna parte, ni siquiera desde la cofa. Ross confesaría más adelante
que temía que acabaran precipitándose a su destrucción contra la barrera. Por
fortuna, una brisa se levantó justo a tiempo y, con la ayuda de los marineros,
que desembarcaron en la superficie de hielo con picos y palas, el Erebus y
el Terror fueron conducidos a una posición más segura. Cuando
Ross miró hacia atrás, ya no quedaba rastro alguno del canal por el que habían
salido. Habían escapado por muy poco de quedar atrapados en el hielo.
Los dos barcos exploraron el borde de la banquisa
durante tres días más, en un intento de dar con la manera de penetrarla. Los
mástiles, las vergas y las jarcias estaban cubiertos de hielo que, según
recordaba McCormick, «repiqueteaba sobre las cubiertas al caer desde arriba,
donde colgaba […] formando largos collares o brazaletes […], como si al barco
le hubieran salido canas». No encontraron un camino entre el hielo, por lo que
Ross ordenó dar media vuelta. Al poco tiempo, contemplaban de nuevo el monte Erebus.
Incluso después de todo lo que habían visto, su sentido de la maravilla no se
había embotado. El monte Erebus obsequió a sus visitantes con una función y
despidió humo y llamas hacia las alturas. «Nunca he visto paisaje más
espléndido como el que he contemplado durante esta primera guardia —escribió
William Cunningham—, va más allá de lo que soy capaz de describir. La tierra,
el volcán, el hielo, el horizonte, y, en lo alto, el sol, que brillaba con
fuerza».
Descubrieron una bahía que conectaba el monte
Erebus con el continente y la bautizaron con el nombre de bahía de McMurdo, en
honor al primer teniente del Terror. Después se descubrió que Ross
había cometido uno de sus poquísimos errores de observación y que el monte
Erebus y el monte Terror se hallaban en una isla. La bahía de McMurdo, en
consecuencia, fue rebautizada como estrecho de McMurdo y la isla que Ross había
considerado que formaba parte del continente recibió su nombre. En el mapa de
la Antártida, pocos nombres son más recurrentes que el suyo. El mar por el que
navegó después de atravesar la banquisa se convirtió en el mar de Ross, hoy en
día la mayor área marina protegida del mundo, donde existe una prohibición de
pesca en un área de 1.100.000 kilómetros cuadrados. Tras numerosos debates
sobre la definición del concepto de barrera, la Gran Barrera de Sur se conoce
hoy como la barrera de hielo de Ross.
Cuando las dos pequeñas embarcaciones iniciaron el
trayecto de vuelta y dejaron la Antártida a popa, Ross anotó su decepción:
«Pocos pueden comprender el profundo remordimiento que sentí al verme obligado
a abandonar […] la esperanza que tanto tiempo había albergado: tener el orgullo
de plantar la bandera de mi país en los dos polos magnéticos del globo». Su
tripulación, en cambio, no debió de sentir más que alivio. Desde su partida de
Hobart, habían transcurrido más de tres meses, de los cuales habían pasado seis
semanas entre el hielo. Se les había exigido mucho; no solo plegar y desplegar
las velas en temperaturas bajo cero, sino también despejar con picos y palas el
camino del barco por el hielo y, en ocasiones, remolcarlo a través de la
banquisa.
Y lo habían hecho sin tener que lamentar la muerte
de nadie; al parecer, la salud de todos era, de hecho, excelente. La expedición
de D’Urville, que había tenido lugar solo unos meses antes, se había visto
obligada a abandonar debido a las múltiples congelaciones y a un brote de
escorbuto. Pero, cuando el Erebus y el Terror se
alejaron de un mundo donde, según apuntó Cunningham, nunca había visto el sol
hundirse en el horizonte, las tripulaciones de ambas naves gozaban «de una
perfecta salud, gracias a Dios». No solo los hombres estaban sanos, sino que
era evidente que no les faltaban alimentos, si hemos de creer la descripción
que hace McCormick del almuerzo de un domingo tras haber pasado meses en la
Antártida. «Hoy hemos comido un poco de ternera asada fresca —escribió—, que
fue sacrificada el diciembre pasado y había estado colgada del palo de mesana
en una bolsa de pan desde entonces. Estaba muy sabrosa, incluso más tierna y
jugosa que si la hubiésemos acabado de sacrificar. Abrí un tarro de miel de
Tasmania que me habían regalado mis buenos amigos, los Gregson […]. También
abrí una botella de whisky».
No es que el trayecto de vuelta a Hobart fuera
fácil. Durante un temporal, Ross y Crozier se encontraron con que los barcos
estaban siendo empujados peligrosamente cerca de una costa montañosa que Wilkes
había cartografiado recientemente. Ross estuvo a punto de no poder esquivar los
témpanos de hielo y doblar el cabo nororiental de la masa de tierra hacia la
que los vientos los conducían de forma implacable. A la mañana siguiente, no
obstante, cuando el cielo se despejó y se calmó el viento, no había ninguna
masa de tierra a la vista. Cuando anocheció, estaban a unos pocos kilómetros
del límite del lado oriental de una cadena montañosa según Wilkes, pero, hasta
donde alcanzaron a ver, solo había mar abierto en todas direcciones.
El domingo 7 de marzo, McCormick confirmó que lo
único que se veía desde la cubierta del Erebus era una
sucesión de grandes icebergs a babor. «Hemos alcanzado el punto donde la
expedición ártica estadounidense cartografió tierra, sin embargo, solo hemos
encontrado mar abierto», escribió. Claramente, la Tierra de Wilkes no era más
que un espejismo.
Este descubrimiento debió de suponer un alivio para
Ross y causarle cierta satisfacción. Cuando al fin escribió sobre lo
acontecido, supuso generosamente que el teniente Wilkes debía de haber
«confundido las densas y bien definidas nubes que continuamente flotan sobre
las grandes masas de hielo con una masa de tierra, un error que nosotros mismos
hemos tenido que cuidar de evitar en numerosas ocasiones». Estoy seguro de que,
a pesar de su legendaria flema, Ross no pudo evitar contener una sonrisa al escribir
lo que anotó a continuación: «Antes de medianoche, alcanzamos la posición del
extremo oriental de la supuesta tierra y trazamos nuestro rumbo […] con vela
moderada, bordeando la cordillera».
El tiempo era imprevisible. Las condiciones
cambiaban constantemente y no había dos días seguidos iguales, como revelan las
entradas del diario de Cunningham durante los primeros días de abril.
Jueves 1: Buen tiempo: una intermitente brisa a
favor […]. La nave avanza a 7 nudos constantes.
Viernes 2: Una calma […], ambos barcos han bajado
botes […]. Profundidad de 1500 brazas [2740 metros]; cubierta limpia y pintura
pulida.
Sábado 3: Fuerte temporal; viento a favor; mucha
oscilación; velas de gavias recogidas para arriba; media de 7 nudos […]. Noche
despejada y con buen tiempo.
Domingo 4: Desplegados los juanetes, 7 nudos; ambos
barcos han oscilado mucho. Durante la guardia de la mañana, una ola ha barrido
de la cubierta un bote de babor, que luego ha pasado flotando a nuestro lado,
aparentemente intacto, pero sin el mástil ni los remos.
Cunningham previó problemas por ese bote: «Si algún
barco lo recoge, pensarán que el Erebus se ha perdido, y no es
así».
Desde luego que no se había perdido. Ni siquiera en
esos momentos cesaron las observaciones magnéticas de Ross. Edward Sabine le
había dicho que las regiones en las que estaban navegando ahora serían las de
mayor actividad magnética. En consecuencia, Ross se aseguró de tomar
debidamente las mediciones y descubrió que, al igual que la Tierra de Wilkes,
las poderosas fuerzas magnéticas que se habían pronosticado no existían (en
realidad, estaban mucho más al sur). McCormick, mientras tanto, continuó con la
preparación de sus colecciones para su almacenaje. El menos feliz de los
«científicos» de a bordo era Joseph Hooker, quien protestaba por su largo
confinamiento en la nave y por el escaso interés botánico del círculo polar
antártico. «La completa desolación de los 70º S resultó totalmente inesperada».
Esta primera incursión en aguas antárticas había
sido un viaje hacia lo desconocido para los ciento veintiocho hombres que
conformaban la expedición, y el hecho de que hubieran logrado tanto y
regresado, en palabras de Ross, «sin haber sufrido bajas, calamidades ni
enfermedades de ningún tipo» atestigua tanto la valía de los marineros como la
de sus líderes. Para el Erebus, que durante los primeros trece años
de vida no había visto nada más allá de la bahía de Nápoles y el Tirreno,
supuso una gran hazaña. Junto a su barco gemelo, y solo sufriendo la pérdida de
un bote y unos pocos remos, había superado condiciones a las que ningún otro
barco había tenido que enfrentarse en toda la historia. No sabemos si Rice y su
equipo del astillero de Chatham estaban al tanto de sus éxitos, pero habrían
hecho bien en sentirse merecidamente orgullosos de lo que habían conseguido al
convertir aquellas bombardas en buques de exploración polar.
El 6 de abril de 1841, una semana antes de la
Pascua, avistaron la costa de la Tierra de Van Diemen y, a medianoche, vieron
la luz del faro de Iron Pot, que los guio mientras remontaban la bahía de la
Tormenta hasta la desembocadura del Derwent. El piloto local subió a bordo a
las nueve y media de la mañana siguiente. El tiempo aquel día era inestable y
soplaban fuertes vientos cruzados, pero eso no impidió que sir John
Franklin acudiera a verlos y recibiera tres hurras de los hombres del Erebus en
cuanto subió a bordo desde el Eliza, que lo había llevado desde el
río para recibirlos. En el momento en que llegaron a la cala Ross y echaron el
ancla, ya atardecía. Cornelius Sullivan celebró su llegada sanos y salvos con
un gran despliegue de alivio y alegría: «Todos gozaban de buena salud, y los
licores, la comida fresca y un permiso en tierra, junto con una gota del
creador, pronto hicieron que nuestros lobos de mar olvidaran las frías caricias
de las regiones heladas, pues ya no pensaban en los 78º S mientras se
deleitaban en la posada de Charley Probins, el Gordon Castle de Horbart».
Capítulo 7
Bailando con los capitanes
Los habitantes de Hobart reaccionaron con inmensa alegría al regreso del
Erebus y organizaron un baile de celebración y —como anuncia este póster de un
teatro— incluso una obra que recreaba su primer viaje antártico.
Tan pronto como el Erebus hubo
echado el ancla en la cala Ross en abril de 1841, el sociable McCormick se
propuso resarcirse de sus 146 días en alta mar. El mismo día en que arribaron
cenó en los barracones de Anglesea, donde retomó su vieja amistad con los
oficiales del 51.er Regimiento de Infantería. A la mañana siguiente, tomó
prestado uno de sus caballos y se acercó a Risdon para visitar a sus amigos,
los Gregson. Le complació especialmente encontrar que su loro no solo seguía
vivo, sino «que había mejorado mucho su capacidad de hablar».
William Cunningham también se reencontró con sus
conocidos del 51.er Regimiento, en particular con su viejo amigo, el corneta
mayor. Estaba contento de haber vuelto sano y salvo, aunque en su diario se
registra cierto abatimiento: «Fue una decepción no tener esperándome ninguna
carta de mis amigos».
Mientras McCormick y Cunningham pasaban el tiempo
en sociedad, Ross se mantenía ocupado. Sabía que las instrucciones que le había
dado el Almirantazgo exigían que pasara un segundo verano en el océano
Antártico si era necesario. Los barcos tendrían que limpiarse y repintarse por
completo, habría que cambiarles todo el aparejo y calafatear una vez más los
cascos. Luego estaba la cuestión de los ascensos. Ross recomendó al comandante
Crozier, a quien describió en una carta a Beaufort como «una persona totalmente
de fiar», y al primer teniente del Erebus, Edward Bird, a quien
difícilmente podría haber alabado más: «Con frecuencia me vi obligado a cederle
durante muchas horas la dirección entera de la expedición debido a su probada
habilidad y su discreción».
Por último, Ross se sentó a escribir su crónica del
viaje para el Almirantazgo. Esta no llegó a Inglaterra hasta finales de verano
y, a pesar de sus logros, no fue del todo bien recibida. Impresionó mucho a
Beaufort, el hidrógrafo de la Marina, y a Edward Sabine, hasta el punto de que
Beaufort calificó la expedición como «uno de los pocos viajes modernos que
pasará a la historia». Sin embargo, los mandamases del Almirantazgo, en
Whitehall, no se mostraron nada entusiasmados. En una decisión poco justificable,
Minto, el primer lord, censuró el informe, que Ross le había dedicado. Como
Sabine explicaría después a Ross por carta, nunca se publicó en la gaceta del
Almirantazgo debido a «la extraordinaria noción de lord Minto, según la cual,
al no haberse producido derramamiento de sangre en la misión, no debe aparecer
en la gaceta». Este flagrante desprecio a las gestas de Ross se vio agravado
por la exigüidad del reconocimiento que se le concedió. Aunque se había
acordado que debía ser recompensado, la forma que debía tomar esta recompensa
era objeto de debate. Barrow y lord Haddington —que pronto sucedería a Minto
como primer lord— querían que se lo nombrara caballero mediante patente real,
una elevación de rango que supondría a Ross cuatrocientas libras. Si esperaba a
su regreso y aceptaba el título por otorgamiento personal, le costaría solo
cien; Beaufort le aconsejó esto último. El informe de Ross se presentó en la
Cámara de los Comunes el 7 de septiembre de 1841. Sabine compró treinta
ejemplares.
La reacción internacional a su informe fue mucho
más fervorosa. Las gestas de Ross hicieron las delicias de Von Humboldt y
fueron muy bien recibidas en Francia. A McCormick y Hooker les habría gustado
saber que uno de los principales científicos franceses consideraba que las
colecciones de historia natural de la expedición superaban a las de D’Urville,
que calificó de «escasas y poco interesantes».
Por supuesto, los exploradores antárticos siempre
serían considerados héroes en Hobart, y la ciudad a la que Ross se refirió como
«nuestro hogar en el sur» les dio la bienvenida con un entusiasmo sin límites.
El Teatro Real Victoria, en la calle Campbell, una sala de conciertos junto a
los muelles a la que la flor y nata de Hobart no habría acudido ni por todo el
oro del mundo, no perdió un instante en celebrar el éxito de la expedición y
programó «una épica obra naval basada en los gloriosos descubrimientos de los
capitanes Ross y Crozier». Con el pegadizo título de La expedición al
polo sur, o Los descubrimientos de los capitanes Ross y Crozier ,
compartió sesión con El ladrón del Rin. El estreno tuvo lugar
apenas un mes después de su regreso, y parece que las prisas se hicieron
evidentes en el resultado. McCormick, el único de los oficiales de rango
superior de la expedición que acudió a verla, lo hizo desde «un palco
delantero, resguardado por cortinas, en el que solo estábamos nosotros». Le
pareció «que no estaba muy bien producida, y los actores no son mucho mejores»;
el Hobart Town Advertiser opinó que los retratos de los dos
capitanes «no hacen justicia a la energía de los dos distinguidos personajes a
los que representan».
La hija de sir John Franklin,
Eleanor, no tuvo permiso para ver la obra —«A papá le desagrada el teatro»—,
pero la joven sí que oyó hablar de ella. «Dicen que es extremadamente ridícula
[…]. Sir John Franklin, por ejemplo, aparece con una abundante
mata de pelo», comentó en broma a una amiga.
Mientras tanto, se planeaba un acto mucho mayor,
más majestuoso y elegante. Un acontecimiento de una magnitud que Hobart no
había presenciado nunca: un baile de celebración que tendría lugar a bordo de
los barcos, en conmemoración de sus éxitos y en agradecimiento a la gente de
Hobart por su hospitalidad. Se fijó el 1 de junio como fecha, y la
planificación del acto se puso en marcha con la creación de un comité, en el
que el cirujano McCormick fue nombrado secretario de honor para el HMS Erebus.
Este papel le dio una oportunidad de combinar sus facetas como científico y
hombre sociable. El martes 18 de mayo escribió: «Asistí a la reunión del comité
del baile y recibí un espécimen del ornithorhynchus [el
ornitorrinco con pico de pato, que se encuentra solo en Australia oriental]
[…], por desgracia, murió durante el trayecto, aunque conservé su piel».
El viernes 21, cuando quedaba poco más de una
semana, los dos barcos fueron remolcados lo más cerca posible de la orilla y se
amarraron juntos. El domingo 23, el comité del baile se reunió en el camarote
de Ross y se procedió a enviar las invitaciones, algunas a los dignatarios de
la ciudad y otras, a los oficiales de ambas naves «en agradecimiento a los
amigos de los que habían recibido tantas atenciones personales durante su
estancia».
El 1 de junio, el cielo estaba despejado y la noche
era fresca. El «baile del Erebus y el Terror»
comenzó a las ocho en punto. Los carruajes que llegaban a la casa del
gobernador eran dirigidos a la cala Ross a través de un camino abierto
especialmente para la ocasión que discurría entre los árboles que crecían junto
a la orilla. Allí, sir John había despejado el terreno y
creado un prado, donde los coches podían dejar a los invitados. Los dos barcos,
adornados con linternas de papel, no estaban junto a la orilla del río, pero un
puente confeccionado con botes permitía el acceso. El Erebus hizo
las veces de pista de baile y el Terror se designó salón
comedor y bar. Se dispusieron lonas sobre las cubiertas para que los presentes
se resguardaran. Al llegar, los invitados atravesaban un par de altas farolas,
en fila de a dos, y, luego, un pasillo cubierto por una lona y decorado con
banderas y ramas de zarzo dorado y otras plantas nativas, «como si fuera la
entrada de una gruta —anotó McCormick en su diario—, de modo que, tras
discurrir por un estrecho y oscuro pasaje durante unos cincuenta o sesenta
metros, emergían a una luz resplandeciente al subir por la pasarela a la
cubierta de popa».
Los dos capitanes y sus oficiales, en uniforme de
gala, daban la bienvenida a todos los invitados a medida que estos subían a
bordo. Alguien había tenido la brillante idea de colgar en los barcos todos los
espejos que la expedición había traído consigo como regalos para los nativos
aislados que pudieran encontrar. En total, se colgaron setecientos espejos,
que, según explicó un invitado de diecisiete años, «reflejaban la luz a la
perfección».
El camarote del capitán Ross y la santabárbara
—bastiones masculinos por antonomasia— albergaron los tocadores de las damas
durante toda la velada; a tal fin, se equiparon con espejos, ganchos,
horquillas, broches y frascos de agua de colonia. Las escaleras que llevaban a
la cubierta inferior, por las que los hombres habitualmente pasaban a la
carrera de camino a las jarcias, se habían cubierto con paño rojo y la entrada
de la escotilla estaba decorada con escarapelas y cintas rojas.
La «sala de baile» estaba rodeada de banderas y
contaba con dos tarimas para músicos. En una, un escenario cubierto de tela y
adornado con guirnaldas de flores, la banda del 51.er Regimiento tocaba bajo un
retrato de la joven reina Victoria. La otra tarima, que estaba justo detrás del
palo mayor, la ocupaba la banda de cuadrilla de la ciudad de Hobart.
A las once en punto se sirvió la cena a bordo del
HMS Terror. Los trescientos invitados tardaron un tiempo en cruzar
la pasarela que unía los dos barcos, pero, una vez a bordo, los esperaba un
fabuloso banquete. La regala del barco estaba adornada con tela negra y
escarlata, y se habían colocado velas frente a los espejos. A McCormick le
pareció que «[el teniente] McMurdo […], con su habitual buen gusto, había
dispuesto una decoración que no dejaba nada que desear y, sin duda, superaba lo
que habíamos conseguido en el Erebus». Los candelabros, en
particular, llamaron la atención al envidioso McCormick: «Estaban
confeccionados elegantemente con relucientes bayonetas de acero, lo que les
confería un aspecto mucho más marinero que las piezas comunes de cristal que
habíamos alquilado nosotros».
Una cena a base de pollo, pasteles de carnes,
tartas, pasteles y mermeladas con frutas ya estaba dispuesta en las mesas, y, a
disposición de los comensales, había vino, oporto, jerez y champán. Ross y
Crozier se sentaron a derecha e izquierda de sir John
Franklin. «Se hicieron múltiples brindis y se dieron sendos discursos,
acompañados de vítores cada vez más fuertes a medida que se vaciaban los vasos
de vino», comentó McCormick. Bailaron sobre la cubierta del Erebus hasta
las seis de la mañana.
La noche se consideró un gran éxito. Cunningham
escribió en su diario que «todo transcurrió con clamoroso éxito y alegría».
Esta línea contrasta con la entrada mucho más breve del día siguiente:
«Limpiando los restos; dolor de cabeza». Los periódicos no se contuvieron y lo
calificaron como «el Glorioso Primero de Junio». Una «dama a la moda» de
diecisiete años dio su veredicto en una carta a una amiga: «El baile en la Casa
del Gobierno […] se considera el mejor que jamás se ha celebrado allí. Tuve el
honor de bailar con el capitán Ross y con el capitán Crozier». Dos noches
después, estaba bailando en una cuadrilla, recreándose con las atenciones de
otros miembros de la expedición, que, al parecer, fueron generosas, aunque no
precisamente románticas: «No pasa un día sin que alguno de los oficiales se
acerque a visitarnos y nos traiga muestras de granito, huevos de albatros y
todo tipo de cosas del sur».
Una de las ausencias más notables al baile fue la
de lady Franklin, que había estado de viaje a Nueva Zelanda
durante los últimos cuatro meses y, sin duda, debió de arrepentirse de haber
escogido aquel momento para emprender su viaje. Regresó a Hobart en la balandraFavourite casi
tres semanas después del baile y, a su llegada, sir John y el
capitán Ross le dieron la bienvenida. En una carta a su hermana Mary, le
explicó la gran alegría que sintió al ver que los dos capitanes seguían en
Hobart y lo mucho que los echaría de menos cuando se marcharan.
Ross dejó a Crozier coordinando todas las
actividades en el observatorio de Rossbank y viajó al sur de la isla, donde
recopiló muestras, recabó información sobre la geología y la botánica de la
península tasmana y exploró los puertos naturales y la profundidad de la
plataforma costera. Incluso cuando no estaba oficialmente de guardia, anotaba,
evaluaba y calculaba cuanto veía a su alrededor. Su sincero compromiso con el
saber y su voluntad de mejorar el mundo lo llevaron a hacer otra de sus
recomendaciones desvergonzadamente intrusivas. Su posterior crónica del viaje
detalla su frustración de que «un país tan maravilloso siga siendo un páramo
silvestre, a pesar de que podría producir alimento en abundancia para una gran
población, mientras, en cambio, tantos miles en Inglaterra apenas tienen qué
llevarse a la boca a diario».
En cuanto concernía a la naturaleza, Ross era como
McCormick y tantos de sus contemporáneos: curioso, pero nada sentimental. En
esos momentos, la población del mundo ascendía a menos de mil millones y los
recursos eran abundantes. Hoy, con la población cerca de los ocho mil millones,
la destrucción de nuestro hábitat se considera una amenaza, no una obligación.
Para Ross, los mares y bosques tasmanos, llenos de vida, no estaban allí para
ser conservados, sino para explotarse. Si el objetivo era convertir el mundo en
un lugar mejor, había que hacerlo más productivo. Si había peces, debían
pescarse; si había bosques, había que talarlos. Su obsesión con el precio de la
madera no le permitía ver los árboles. Los bosques debían convertirse en campos
de cultivo, y las calas tranquilas con buenos fondeaderos, en puertos
productivos.
Por lo que respecta a los habitantes aborígenes de
la isla, ni Ross ni ningún otro miembro de la expedición dijo gran cosa. A esas
alturas, casi todos estaban muertos o habían sido deportados a la cercana isla
Flinders. Hooker registró una entrada particularmente conmovedora: «De los
pobladores que habitaron esta isla otrora, solo quedan tres, todos hombres: un
anciano, un hombre de mediana edad y un niño. Son muy salvajes, pero casi nunca
se los ve por ninguna parte».
Ross era un hombre de férrea voluntad y de carácter
fuerte que había tenido éxito en lo que se había propuesto y que consideraba
que el mundo estaba al servicio del hombre. Y de ahí a considerar que los
británicos eran los más adecuados para explotarlo solo había un pequeño paso.
Capítulo 8
«Peregrinos del océano»
El Erebus y el Terror pasaron las Navidades de 1841 en el hielo. John Davis,
a bordo del Terror, retrató la escena.
«A primera hora de la mañana del 7 de julio [de
1841] —escribió Ross—, levamos anclas y descendimos por el río; su
excelencia sir John Franklin y muchos de nuestros amigos
subieron a bordo para acompañarnos en nuestra partida y alargar la despedida».
Ross y los hombres del Erebus y
el Terror se disponían a abandonar Tasmania, adonde no
regresarían. Habían pasado casi dos años desde que habían partido de Inglaterra
y los esperaba al menos otra temporada en el océano Antártico. Era la ocasión
de aumentar todavía más los triunfos que ya habían conseguido, de encontrar una
ruta hacia el polo sur magnético, de aprender más sobre la barrera de hielo y
sobre las tierras montañosas que había tras ella, de confirmar, de una vez por
todas, que bajo el hielo se escondía un nuevo continente.
No debió de resultarles fácil irse. La isla se
había portado muy bien con ellos, les había brindado la oportunidad de llevar
una vida cómoda y los había acogido con amistad. Ahora iban a cambiar todo
aquello una vez más por los riesgos de la nieve y el hielo. «Tasmania me trató
extraordinariamente bien», escribió Cunningham en su diario. McCormick confió
al suyo lo mucho que añoraba la agradable compañía de la familia Gregson, en
Risdon, donde pasó el último día antes de zarpar. Hooker se había hecho muy amigo
de un tal teniente Breton, cuya casa describió como «completamente inglesa […];
la mesa de la sala de estar estaba cubierta de tantos periódicos nuevos y
pequeños cachivaches como lo están a menudo las mesas en casa […]. Un cambio
agradable tras cuatro meses encerrados en nuestros angostos camarotes». Crozier
tenía sentimientos contradictorios con respecto a la perspectiva de abandonar
Tasmania. Aunque Sophy Cracroft lo había rechazado, seguía enamorado de ella;
no obstante, tendría que guardarse para sí estos sentimientos durante otro
largo viaje por el glacial océano Antártico.
Lady Franklin se despidió de ellos la noche de la víspera de su partida
y confesó después que «nuestra última velada me pareció muy melancólica». Tenía
intención de mantener correspondencia con Ross, aunque, como demuestra una
carta que ella le envió dos meses después de que el oficial se hubiera
marchado, era evidente que Ross sería el que menos participaría en el
intercambio. «Mi querido capitán Ross —lo reprendió—, por favor, envíeme la
amable, larga y jugosa carta que me prometió. He estado escribiéndome con el
capitán Crozier […]. Asegure a todos mis amigos del Erebus que
guardo un gratísimo recuerdo de todos ellos […]. Que Dios lo bendiga, querido
capitán Ross. Su muy afectuosa y sincera amiga, Jane Franklin».
La hospitalidad de su esposo había causado una
impresión muy favorable a todos. Ross, en particular, agradecía especialmente
la forma tan activa en que había apoyado la construcción y el mantenimiento del
observatorio, y Hooker no escatimó en elogios hacia Franklin. «Aunque dedicara
una carta entera a abordar el tema —escribió a su hermana—, no diría lo
bastante acerca de sir John Franklin […]. Es, en todos los
sentidos, un honor para su profesión, como cristiano y como marinero». Acto
seguido, Hooker pasa a relatar la calidez de las bienvenidas y las despedidas
de Franklin, sobre todo a su regreso de su primera travesía por el Antártico.
«Habrías sonreído de haber visto la rapidez con que acudió al barco a
recibirnos, con el sombrero en la mano y el más cálido apretón de manos, como
(por usar una expresión vulgar) si estuviera dándole a la palanca de una
bomba».
Quizá quien más lamentó la partida de la expedición
fuera el propio Franklin. Aquella fiesta final había sido todo un éxito, pero
ahora tenía que enfrentarse a una oposición cada vez mayor a su Gobierno, tanto
por parte de los habitantes locales desafectos como por parte del Ministerio de
las Colonias. La situación acabaría con su destitución y su propia partida de
Tasmania en menos de dos años. Ni él ni su mujer aceptaron jamás lo que había
pasado. Y fue precisamente ese cese lo que, en último término, hizo que aquella
no fuese la última vez que Franklin viera el HMS Erebus, a pesar de
que en esos momentos el barco se alejase de la ciudad de Hobart, adonde no
regresaría nunca.
Siguiendo las órdenes del Almirantazgo, Ross puso
primero rumbo al noreste, hacia Sídney, donde tenía instrucciones de erigir una
base «equipada para determinar todos los elementos magnéticos». Las dos naves
llegaron a la bahía de Botany y, una semana después, pasaban entre los dos
brazos de la bahía y se adentraban en lo que Ross calificó como «uno de los
puertos más espléndidos del mundo». El viento había cesado por completo, y
el Erebus y el Terror tuvieron que ser
remolcados al interior de aquel magnífico puerto por sus propios botes.
A Cunningham le gustó la actividad que vio en el
puerto de Sídney: «Todo el mundo parece en movimiento». Reparó en que,
constantemente, llegaban barcos con nuevos colonos procedentes del Reino Unido.
«Un navío con muchos emigrantes de ambos sexos a bordo llegó por la tarde desde
Escocia». Unos pocos días más tarde, el 26 de julio, «un gran barco de
emigrantes arribó desde Inglaterra». Esa noche se celebró una gran cena para
todos los oficiales en el club Australian. Aunque no se contaba entre los
invitados, Cunningham llevó a alguno de los oficiales a la fiesta: «He ido a la
ciudad en el bote por la noche; me gusta mucho el aspecto del lugar».
En cambio, a Hooker le gustaba más Hobart que
Sídney. Le pareció que las calles no se encontraban en buenas condiciones y que
las tiendas estaban poco surtidas en comparación con las de la capital tasmana.
Se mostró agradecido, no obstante, de que le presentaran a Alexander MacLeay,
un exsecretario de las colonias que no solo manifestó un gran interés por las
colecciones de Hooker, sino que lo puso a cargo de su jardín de diez hectáreas,
que resultó todo un paraíso de la botánica. A través de este hombre, Hooker
conoció a toda una serie de interesantes y excéntricos científicos, entre ellos
un tal doctor Buckland, «que podía determinar la edad de una calavera por su
sabor».
La expedición completó sus tareas en Sídney en tres
semanas y zarpó rumbo a la bahía de las Islas, en Nueva Zelanda, el 5 de agosto
de 1841. El Erebus nunca fue uno de los barcos más rápidos de
su época, y Ross se quejaba de que, incluso a toda vela, no alcanzaba mucho más
de ocho nudos en las aguas del mar de Tasmania… y el Terror era
todavía más lento. Había, sin embargo, mucho que ver y que hacer. Peces
voladores aterrizaban sobre la cubierta, los albatros y los cachalotes los
acompañaron durante todo el viaje y el 9 de agosto fueron testigos del
estallido de un meteorito en el cielo del suroeste. Aquel fue el preludio de
una lluvia de estrellas fugaces que se esperaba a mediados de mes. Ross se
aseguró de haber instruido a todos los hombres de guardia sobre qué debían
buscar. Estos se entregaron a la tarea con tal celo que uno de ellos se negó a
ser relevado; argumentó que estaba seguro de que dos o tres de ellas estaban a
punto de caer, pues «llevaba tiempo vigilándolas y ¡ya veía cómo temblaban!».
Al medir la profundidad y temperatura del agua,
descubrieron que, en el fondo del mar, crecía un arrecife de coral de tal
extensión que Ross estimó que, «en épocas futuras, podría formar una isla entre
Nueva Gales del Sur y Nueva Zelanda». Leer su descripción del crecimiento del
coral hoy, cuando parece que está desapareciendo de todas partes, es una
experiencia desgarradora.
Veintiún días después de abandonar Sídney, llegaron
a la bahía de las Islas, en el extremo norte de Nueva Zelanda. Este era el
primer asentamiento británico en el país y lo utilizaban principalmente
balleneros. En cuanto entraron en la bahía, Cunningham quedó impresionado al
ver un gran ballenero estadounidense con nueve botes balleneros a su alrededor,
y casi igual de impresionado por la inusual visión de un barco acondicionado
para la venta de grog. «Al principio creí que se trataba de una capilla», comentó.
Los balleneros habían vivido en relativa armonía
con los nativos maoríes, pero, recientemente, el Gobierno británico se había
mostrado muy activo para formalizar su derecho sobre la totalidad de Nueva
Zelanda. Dieciocho meses antes de que la expedición de Ross llegara a la bahía
de las Islas, el capitán William Hobson había firmado un tratado con los jefes
maoríes mediante el cual garantizaba la protección y la posesión de sus tierras
a cambio de que reconocieran la soberanía británica. La ejecución del Tratado
de Waitangi, pues así fue llamado, exacerbó las tensiones, en particular
aquellas derivadas de la definición de las propiedades y la presión sobre los
maoríes con el fin de que estos vendieran sus tierras. Para cuando llegaron
Ross y sus hombres, estas tensiones habían dado lugar a brotes de violencia
entre los maoríes y los colonos.
Ross, consciente de que la situación era muy
volátil, ordenó a sus hombres que no se alejaran mucho de los barcos y que
permanecieran armados en todo momento. Estas reglas no coartaron las costumbres
de McCormick, quien, al día siguiente de su llegada, ya exploraba el lugar: «Me
acerqué a la imprenta de Colenso —dijo—, caminé un rato por las colinas […],
que están cubiertas con lo que aquí llaman matorral del té, una planta
aromática de agradable fragancia con bonitas flores blancas». Por la tarde,
«pasé de nuevo por el observatorio […] y abatí dos tuis mieleros, un bellísimo
pájaro más o menos del tamaño de un estornino». Trabó amistad con un tal
Williams, un exteniente de la Marina Real que se había convertido en misionero,
al que describió como «un hombre excelente y digno, con cierta inclinación a la
corpulencia». Williams celebraba misas en maorí y afirmaba haber tenido cierto
éxito en la conversión de la población indígena al cristianismo. McCormick
invitó a Williams y a su esposa a bordo y les ofreció algunos de sus
especímenes antárticos, mientras que Ross, por su parte, les enseñó los
instrumentos magnéticos del observatorio. La colección de McCormick era, a
estas alturas, tan grande que debió de sentir cierto alivio (y quizá también
los demás oficiales) al cabo de unos días, cuando descargó varias cajas de
muestras y especímenes en el HMS Jupiter, que acababa de llegar de
Auckland y partía hacia Londres.
Mientras tanto, Hooker, que se había aprovisionado
bien de botellas y frascos en Sídney, estaba ocupado creando su propia
colección, fundamentalmente compuesta por peces e insectos. El capitán Ross no
cesó en animarlo en su empeño. El capitán se mostraba, en palabras de Hooker,
«infatigable en sus incesantes paseos por la playa, durante los cuales lo
recogía todo, y después me lo envía todo para que lo clasifique y almacene».
Además, se aseguró de que hubiera espacio en su camarote para que Hooker trabajase
allí. En el camarote del capitán, tenía a su disposición una gran mesa de
dibujo bajo la ventana de estribor, «donde no se permite que nadie me
interrumpa». También contaba con cajones, un armario y un estante en el
camarote, por lo que «no tengo excusa alguna para no trabajar. El capitán Ross
se asegura hasta de comer a horas en que no me moleste y, por la noche, yo
ocupo un lado de su mesa y tengo permiso para mantener la lámpara encendida
tanto tiempo como necesite».
El segundo aniversario de la partida de la
expedición, que Cunningham no pasó por alto («Hoy hace dos años que abandonamos
Inglaterra»), estuvo marcado por la tragedia. Dos de los marines regresaban
al Erebus cuando su bote volcó. Uno de ellos, George Barker,
se ahogó y el otro se salvó solo gracias a la providencial intervención de unos
soldados que habían presenciado el accidente desde la orilla. Cunningham, que
también era marine, lamentó la pérdida de un hombre «muy querido por sus
compañeros, pues era un tipo alegre y feliz, así como uno de los hombres más
fuertes de la expedición». John Davis, el segundo navegante del Terror,
de veinticinco años de edad, secundaba este pesar. En una carta a su hermana
Emily, describió a Barker como «una de esas personas joviales que con sus
chistes hacen que la concurrencia ría sin parar en su presencia».
La tragedia volvió a golpear solo unos pocos días
después. Los nativos prendieron fuego a la casa de una mujer inglesa, la señora
Robertson, y la asesinaron junto a su criado y sus tres hijos. Temerosos de que
se produjera una escalada de la violencia, la expedición, escoltada por el
HMS Favourite, salió de la bahía de Islas justo antes de las cinco
de la mañana del 23 de noviembre de 1841. «Nuestras cubiertas semejaban una
granja —escribió McCormick—, […] con sus bueyes, ovejas, cabras, cerdos y
pollos, y las aletas estaban adornadas con ristras de calabazas».
Una vez fuera de la bahía, el HMS Favourite prorrumpió
en los tradicionales tres vítores de despedida antes de desviarse en su regreso
a Auckland. El Erebus y el Terror continuaron
rumbo suroeste hacia la isla de Chatham, que Ross tenía muchas ganas de visitar
para realizar allí mediciones magnéticas y explorar su potencial como base
ballenera.
Al parecer, las dos escalas que habían hecho en
rápida sucesión minaron la salud del segundo navegante, Davis. «Por supuesto,
me mareé mucho —recordó—. Habíamos estado, con pocas interrupciones, seis meses
en puerto, así que me lo esperaba. Parece que no consigo acostumbrarme del todo
a la mar, es una desgracia que he de aceptar». Tanto tiempo en tierra conllevó
asimismo cierta pérdida de disciplina, algo comprensible, quizá, por el hecho
de tener que volver al tajo tras haber disfrutado de largos períodos de
relativa libertad. En cualquier caso, en su segundo día en el mar, James
Rogers, uno de los contramaestres del Erebus, que había sido
recientemente degradado y había recibido treinta y seis latigazos por
«comportarse como un amotinado», se dirigía a cubierta para recibir otro
castigo cuando se liberó de sus guardias y se lanzó al agua por la popa del
barco. Fue rescatado y volvió a subir a bordo, pero el incidente hizo que John
Davis trazara una comparación un tanto injusta entre su propio barco, el Terror,
y el Erebus: «La disciplina de ese barco no es tan buena como la de
este —argumentó—. Para mi gusto, hay demasiada familiaridad entre los hombres y
los oficiales».
De hecho, parece que esta fue la única vez que Ross
creyó necesario castigar a uno de sus marineros (su bisnieto, el
contraalmirante M. J. Ross, dijo que su antepasado no era partidario de los
castigos públicos, aunque sí que imponía una estricta disciplina). Por irónico
que parezca, solo una semana después, se infligió el primer castigo corporal en
el HMS Terror. En la bitácora de Crozier se lee: «Castigado Jn
Irvine con 48 latigazos por robo». Cunningham lo menciona en su diario como
«algo muy inusual entre nosotros, pero, claramente, el individuo merecía el
castigo, pues había robado a uno de sus camaradas, estaba sucio y su conducta
general era muy irregular».
El disgusto personal de Cunningham ante la suciedad
de Irvine subraya la importancia de la higiene personal a bordo de un barco. A
menudo, la tripulación estaba formada por «divisiones», cada una de las cuales
supervisaba un oficial, que se aseguraba de que se mantuvieran los exigentes
niveles de higiene. Había distintos días de la semana dedicados al lavado, el
afeitado y el remiendo. Algunos de los oficiales disponían de jofainas en sus
camarotes, pero los hombres habitualmente se aseaban en los lavamanos o las
bañeras del castillo de proa si no hacía excesivo frío. A medida que las
temperaturas descendían, los hombres se vieron más y más confinados a
permanecer bajo cubierta, y los controles de higiene se hicieron más necesarios
que nunca para mantener la limpieza. En su primera travesía invernal a bordo,
en 1821, Parry instauró un sistema metódico. Como describe en su diario: «Se
conceden tres cuartos de hora tras el desayuno para que los hombres se preparen
para revista; luego se llama a las divisiones puntualmente a las nueve y cuarto
y […] entonces tiene lugar una estricta revisión de los hombres, tanto en lo
referente a su higiene personal y buen estado de salud como a si la ropa que
visten les ofrece el abrigo necesario».
La influencia de Parry fue tal que, sin duda, Ross
y Crozier tomaron precauciones similares.
Tres semanas después de abandonar Nueva Zelanda,
tuvieron la primera muestra de lo que estaba por llegar. Tras emerger de una
densa niebla, se encontraron frente a tres enormes icebergs tabulares de cima
plana. El mayor de ellos, directamente frente al barco, tenía enormes cavernas
excavadas por el agua del mar y de él se desprendían columnas de hielo.
Mientras el barco pasaba a menos de ochocientos metros de la mole de hielo,
Ross estimó su altura en cuarenta metros y su circunferencia en unos mil doscientos
metros. Las temperaturas cayeron rápidamente y, el 18 de diciembre, se
encontraron rodeados de hielo. Al principio, el hielo era ligero y fácil de
dispersar, pero, a medida que avanzaban, su densidad aumentó, hasta el punto de
que Ross se vio obligado a virar al oeste para evitarlo.
Los barcos navegaban lentamente, guiados de una
zona de agua abierta a otra por los gritos de los marineros en la cofa. Sobre
el barco volaban charranes, petreles del Cabo y petreles blancos. Las focas que
había sobre el hielo tenían tan poco miedo que matarlas con un golpe de maza en
la cabeza y subirlas a bordo para alimentarse resultaba una tarea sencilla. En
el estómago de una de ellas encontraron cuatro kilos de piedras de granito, lo
que intrigó a Ross, pues estaban a mil seiscientos kilómetros de la costa más
cercana.
La temperatura comenzó a descender por debajo de
cero grados. Davis escribió a su hermana para quejarse de que le habían salido
sabañones, que le «molestaban sobremanera y daban muchos problemas». «Intenté
evitarlos aplicándome ron en los pies todas las noches —continuó—, pero de nada
sirvió. Si me hubieras visto en esos momentos, no habrías reconocido a tu
hermano: tenía el cabello muy largo y me había dejado crecer la barba para que
me diera calor; vestía una gruesas botas y un gorro como el de Jim Crow [5] con una camisa de cuadros […]. Todos lucimos unas pintas
increíbles, como si fuéramos a un baile de disfraces». Continuó protestando por
que la gata del barco se hubiera metido en su cajón y hubiese arañado seis de
sus cartas de navegación, pero pronto lo debió perdonar, porque el día 19 tuvo
tres gatitos. «Puede que algo así no te parezca importante, pero para nosotros
lo es, pues un gatito tiende a aliviar la monotonía de un viaje como este». Al
día siguiente, «se los enseñaron al capitán Ross en una bandeja limpia y
calentada».
Pasaron el día de Navidad, descrito por Cunningham
como «sumamente placentero», navegando entre hielo denso muy cerca de la línea
de once icebergs, la mayor parte de la jornada entre una espesa niebla. El
capitán Ross, junto a algunos oficiales y guardiamarinas, celebró la festividad
comiendo un ganso asado en la santabárbara, pero no había mucho que festejar,
pues el cielo estaba gris y en las cubiertas inferiores hacía un frío
especialmente intenso debido a los bloques de hielo que se habían almacenado allí
para disponer de agua potable. Ya hacía mucho más frío que el año anterior en
las mismas fechas. Cuando, un par de días después, McCormick y Ross desollaron
y prepararon tres grandes pingüinos que habían cazado para hacer conservas,
tenían las manos tan entumecidas por el frío que dedicaron unas cuatro horas a
cada una de las aves. McCormick anotó que encontró guijarros y pescados a medio
digerir en sus estómagos. Gracias en parte a los especímenes que Ross y otros
llevaron de vuelta de sus viajes, pronto se comprendió el papel de los
guijarros en la construcción de los nidos de los pingüinos y que el pescado a
medio digerir era comida para sus crías.
Cada vez avanzaban más lentamente. Los barcos
habían encontrado la banquisa mucho antes que durante el verano anterior y,
aunque habían navegado cuatrocientos kilómetros a través del hielo, los últimos
cincuenta les habían llevado toda la última semana. Con la llegada de la
Nochevieja, aún no habían llegado al círculo polar antártico. Y la situación
era cada vez peor.
«Viernes 31 de diciembre. Nochevieja […], el hielo
se ha cerrado por completo a nuestro alrededor», escribió Cunningham en su
libro de memorando. Quedaron atrapados en una banquisa sólida en la que el
hielo, formado por trozos compactos, no se movía y, en ocasiones, con un sonido
que recordaba a un disparo, emergía de repente y formaba pirámides que daban a
la superficie un aspecto recortado. A pesar de todo, Ross todavía era
optimista. Estaba seguro de que pronto encontrarían una forma de continuar, y la
tripulación estaba animada: «Dimos la bienvenida al Año Nuevo con […] confianza
y alegría».
El segundo navegante, Davis, compartía dicho
optimismo. Aprovechando el hecho de que se podían caminar entre los dos barcos,
comió en el Erebus y, después, fue a visitar a Joseph Hooker
para «tallar en la dura nieve la figura de una mujer, a la que llamamos nuestra
“Venus de Medici”. Le dimos forma sentada y medía unos ocho pies [dos metros y
cuarenta centímetros]». Luego, cavaron en el hielo y tallaron una habitación
subterránea con una mesa y un sofá de hielo. La celebración de Nochevieja que
siguió fue sonada. Un pingüino que pasara por allí habría visto a marineros que
tocaban cuernos y gongs y sostenían cerdos bajo el brazo para que chillaran, en
un esfuerzo de cada uno de los barcos por proferir el mayor alboroto posible.
Esto era una muestra de los buenos ánimos de la tripulación, pero también
constituía una rotunda afirmación de su existencia en el silencioso y estático
mundo que los rodeaba. El pingüino, y todas las demás criaturas vivas de los
alrededores, debió de huir mucho antes de que aquella cacofonía de sonidos
alcanzara su clímax, cuando ambos barcos tañeron las campanas cuarenta y dos
veces para dar la bienvenida al nuevo año.
Al llegar la medianoche, el capitán Ross reunió a
las dos tripulaciones en la recién creada sala de hielo para estrecharse la
mano y brindar por la salud de todos. Era una situación peculiar, como Davis
subrayó, pues estaban «todos despiertos»: nadie dormía ni estaba de guardia, ya
que el confinamiento de los barcos en el hielo significaba que no había
necesidad de subir a las jarcias, ni de plegar o desplegar velas, pilotar el
barco desde el timón o poner vigías en la cofa. La expedición de Clark Ross entró
en 1842 formando un perfecto retablo sobre el hielo, en el que todos, fuera
cual fuera su rango o puesto, tenían un papel. Según Cornelius Sullivan,
algunos marineros del Terror subieron al Erebus,
donde se bailó en cubierta hasta las cinco de la madrugada, tras lo cual hubo
uno o dos «combates pugilísticos en el castillo de proa que terminaron
pacíficamente». En palabras del sargento Cunningham, «el sábado 1 de enero fue
recibido con jovialidad y diversión. Ojalá el año termine igual que empieza».
Después de desayunar, el día de Año Nuevo todos los
hombres recibieron un nuevo juego de ropa de invierno: una chaqueta, unos
pantalones, dos pares de calcetines largos que sobresalían de la caña de las
botas, dos edredones, dos pares de manoplas, una peluca galesa [6], un cuchillo, un poco de cuerda y una camisa roja. A Davis, el segundo
navegante, le gustó especialmente aquella camisa roja: «Es muy práctica, ya que
dura quince días». Entre lavados, asumo que quiere decir.
Las tripulaciones no perdieron tiempo en salir al
hielo y despejaron la nieve para crear una sala de baile de hielo junto a la
que construyeron, también con hielo, un pub. Un cartel, colgado de
un gancho del barco y un piolet, e ilustrado con Baco en un lado y Britannia en
el otro, proclamaba que el nombre del pub era «Los Peregrinos
del Océano». En el reverso del cartel, el nombre era diferente: «Los pioneros
de la ciencia», algo que, según Davis, le pareció muy gracioso al capitán Ross.
Por una vez, el líder de la expedición se soltó un
poco su sedoso pelo. «El capitán Crozier y la señorita Ross inauguraron el
baile con una cuadrilla», escribió Davis a su hermana. A pesar de su seriedad
presbiteriana, Ross no era ajeno al travestismo. Durante la primera expedición
de Parry, cuando todavía no era más que un guardiamarina, había interpretado
dos papeles femeninos en obras representadas durante el invierno ártico, el de
la señora Bruin, en El alcalde de Garratt, y el de Poll en El
paso del Noroeste, o El fin del viaje. Una vez que Crozier y él hubieron
terminado su danza, se abrió la pista de baile a todos. Hubo bailes
populares, reels escoceses y, como no podía ser de otra forma,
se repartieron helados a todos.
Gracias al talento artístico del segundo navegante,
Davis, no solo disponemos de una crónica escrita, sino también de un testimonio
gráfico de que las expediciones no consistían solo en lo que aparece en las
crónicas oficiales. Su acuarela Año Nuevo en el hielo, 1842. Lat. 66,32
S Long. 156,28 O es, si tenemos en cuenta las circunstancias, uno de
los cuadros más conmovedores que conozco, con la banda tocando, las banderas
ondeando y un marine que cae de espaldas al suelo. La carta de Davis a su
hermana Emily captura un espíritu de puro gozo: «Te habrías reído si nos
hubieras visto, calzados con las gruesas botas impermeables, bailando y
resbalando por doquier […], y lo mejor de todo es que no hubo una mala palabra
en toda la fiesta».
El recuerdo más vívido de mis propios viajes a la
Antártida es el de la formidable escala del paisaje blanco y el tremendo
silencio que lo dominaba todo. Un silencio que solo rompían los crujidos,
chasquidos y gemidos del hielo al moverse. Imagino a los marineros bromeando,
bailando valses y reels de ocho personas, los únicos seres
humanos en todo el extremo sur de la Tierra, y la escena se me antoja
increíblemente surrealista: el hielo, tan a menudo retratado como un cruel
adversario, se transforma brevemente en una pista de baile de un blanco
reluciente.
Durante esa noche, al menos, todos eran iguales.
«Alrededor de la una de la mañana, cuando los capitanes se marcharon, primero
los bombardeamos con bolas de nieve y, luego, los vitoreamos, y se tomaron
ambos tratamientos con el mismo buen humor», escribió Davis. Incluso Ross, que
soslayó la mayoría de las frivolidades en su posterior crónica, no fue inmune a
la cálida emoción del momento. «Si nuestros amigos de Inglaterra hubieran
presenciado la escena, habrían pensado que éramos una banda muy feliz, y estoy
convencido de que, en efecto, ese era el caso». Las festividades continuaron al
día siguiente, con una especie de patosos Juegos Olímpicos Antárticos. Se
plantaron postes engrasados que había que escalar y se soltaron cerdos
engrasados que había que atrapar, todo ello acompañado por el estrepitoso
sonido de los gongs (que, por lo general, se utilizaban cuando había niebla
para mantener el contacto con los otros barcos) y de los cuernos utilizados a
modo de trompetas.
El hielo no mostraba indicios de ir a liberarlos.
El 3 de enero, McCormick anotó que podía caminar desde el Erebus al
menos ochocientos metros en todas las direcciones. Y, como no era hombre de
quedarse a bordo si podía evitarlo, eso es exactamente lo que hizo. Se cuidaba
bien de tener siempre una escopeta a mano, por lo que no resulta sorprendente
que, cuando un petrel blanco pasó volando junto a él, se calara la escopeta al
hombro y lo disparara. Pero, en esa ocasión, sucedió algo distinto. El petrel
cayó en una parte inaccesible del iceberg,
[…] pero su compañero, que volaba con él en esos
momentos, se posó de inmediato junto al pájaro herido y, tras colocar el pico
junto al de la moribunda criatura, empezó a emitir un doloroso lamento por su
compañero, que se moría, inclinó el pico sobre el cuerpo postrado del otro y
dio forma a una nota lastimera, susurrante y gorjeante […], luego, como
empujado por algún impulso o sentimiento instintivo […] de que aquello era la
muerte y ya no podía hacer nada, echó a volar y se alejó. Mientras yo me esforzaba
por rodear los riscos del témpano para recoger al otro […], el pobrecillo
levantó débilmente la cabeza y dio unos tambaleantes pasos sobre el hielo, en
lo que, al parecer, fue su último esfuerzo.
Lo que sigue parece una conversión camino de
Damasco. «¡Qué poco sabemos de la vida y la mente de los animales! Pues, sin
duda, tienen mente, llámesela instinto o como se quiera. Están construidos de
forma muy similar a la de su amo y señor, el hombre […]. El mismo cerebro y los
mismos nervios, que, como a él, los convierten en seres conscientes, también
deben de dotarlos de la capacidad de pensar».
Para un cazador de pájaros de gatillo fácil, esta
constituía una admisión tremenda, pero McCormick no se detuvo ahí, sino que
continuó con una valoración de la gente como él mismo: «Muchos de estos vejados
y subestimados seres deberían hacer que se avergonzase, pues exhiben a menudo
atributos morales del más alto orden».
Pasaron otros tres días antes de que el viento
empezara a soplar desde el este y encontrasen suficiente agua despejada como
para liberarse del témpano, y dejar atrás a la Venus de Medici y la pista de
baile de hielo, que flotaron a la deriva como un diminuto recuerdo de la más
extraordinaria fiesta de Año Nuevo.
En los días siguientes, aquellos recuerdos felices
debieron de parecer producto de la fantasía. Los barcos se vieron de nuevo
rodeados por el hielo. Avanzaban con extrema lentitud y, en ocasiones, se veían
reducidos a flotar en pequeñas piscinas de agua, como si fueran especímenes
atrapados en uno de los botes de McCormick. Lo único positivo —mientras
flotaban a la deriva de vuelta al punto que habían alcanzado en Navidad— era
que ambos barcos permanecían juntos. Había un tráfico regular sobre el hielo que
separaba el Erebus y el Terror. Se dedicaban a la
caza de focas siempre que era posible, y destacaban especialmente en esta tarea
los señores Oakley y Abernethy. Una de las criaturas, que pesaba más de 385
kilos, dio más de setenta litros de aceite. Al abrir otra, encontraron más de doce
kilos de pescado en su estómago.
El 12 de enero de 1842, el hielo por fin se abrió
lo bastante como para que los barcos pusieran rumbo al sur. El Erebus avanzó
treinta kilómetros en una noche, pero por la mañana el hielo volvía a ofrecer
más resistencia y se desplegaron hombres con pértigas y ganchos para intentar
apartarlo. Ambos barcos estaban ahora confinados a unos ochocientos metros de
agua despejada y, para reducir las posibilidades de que chocaran, Ross ordenó
que los barcos se amarraran a lados opuestos del mismo iceberg. Y así estaban
cuando, el día 17, un fuerte oleaje y una precipitada caída del barómetro los
advirtió de la llegada de un fuerte temporal desde el noreste. Lo precedió una
calma casi sobrenatural. La temperatura subió por encima de los cero grados,
una espesa niebla envolvió los barcos y empezó a nevar. Un enorme iceberg
emergió de la niebla frente a ellos, tan cerca que lo único que Ross pudo hacer
fue ordenar que se desplegaran todas las velas en ambos barcos y rezar por sus
vidas. Evitaron estrellarse contra él por apenas unos palmos. De hecho, la
punta de la botavara de la cangreja llegó a arañar el hielo al pasar junto al
témpano.
A la mañana siguiente, el oleaje había aumentado
tanto que las dos amarras que sostenían al Erebus se rompieron
a causa de la tensión y se llevaron con ellas dos de las anclas de hielo. Doce
horas después, el temporal finalmente descargó sobre los barcos y levantó unas
olas enormes que rompían contra las cimas de los icebergs más altos: «El viento
sopla con una fuerza prácticamente similar a la de un huracán en la India
Occidental», escribió McCormick.
Cornelius Sullivan estaba bajo cubierta en el Erebus cuando
se inició la tormenta: «Cada impacto amenazaba con hacer pedazos los maderos.
Esperábamos ver caer los mástiles en cualquier momento». En el Terror,
John Davis registró temores igual de apocalípticos. «A veces —escribió—,
creíamos que los témpanos contra los que chocábamos nos harían picadillo». Este
era el mismo hombre que con tanta jovialidad había descrito la jarana en el
hielo hacía menos de tres semanas. «Allí estábamos, dos barcos inmanejables a
la deriva en un mar desconocido […] y sin poder hacer nada».
Ross estaba comprensiblemente preocupado. «Poco
después de medianoche —anotó más adelante—, nuestros barcos se encontraban en
un océano montañoso lleno de fragmentos de hielo duros como rocas de granito
flotante […], y la destrucción de los barcos parecía inevitable». Durante
veintiocho horas, el destino de ambas naves pendió de un hilo. Ross no pudo
hacer otra cosa que encomendarse a Dios mientras «nuestros barcos oscilaban y
crujían entre los enormes fragmentos de témpanos demoledores, sobre los cuales
el océano subía y bajaba […], y los hacía chocar entre sí con temible
violencia». «Todos nos aferramos a algo —recordó—, y esperamos el final con la
completa resignación a la voluntad de Dios, el único que podía salvarnos y
protegernos del gran peligro que corríamos».
La mañana del 21 de enero, la tempestad remitió
ligeramente. La popa del Erebus había quedado dañada a causa
de las cabezadas del barco entre las enormes olas y por los impactos del hielo
y el Terror señaló que la tormenta le había dañado el timón y
no era posible repararlo. La tripulación bajó un bote para que el capitán Ross
examinara los daños. Desde luego, parecían más graves que los que había sufrido
su propio barco. El timón del Terror estaba hecho añicos y su
codaste, tan retorcido y estropeado que sería difícil instalar el recambio.
Aparte de eso, le sorprendió y alivió ver los escasos daños severos que habían
sufrido las dos embarcaciones teniendo en cuenta el calvario por el que habían
pasado, y le impresionó cómo Crozier había mantenido su barco estable durante
la tormenta gracias a la cuidadosa estibación de la carga de la bodega para
conferirle el mayor equilibrio posible. Por supuesto, habían sobrevivido al mal
tiempo en el Atlántico Sur antes, pero esta era la primera vez que la
naturaleza los había bombardeado con bloques de hielo día y noche, mientras
trataba de alancearlos con esquirlas de hielo, duras como el granito, desde
debajo de la superficie.
La mayoría de los marineros estaban exhaustos.
Habían permanecido en los puestos de emergencia durante toda la noche y todo el
día anterior. También Ross estaba cansado. Davis registró cómo «la habitual
sonrisa había desaparecido del rostro del capitán, que parecía angustiado y
preocupado». Ross envió a todos los marineros de los que pudo prescindir a
descansar bajo cubierta. Los demás comenzaron las labores de carenado de los
barcos de inmediato.
El timón roto fue izado a bordo y los carpinteros
se dispusieron a retirar la madera astillada y a reemplazar las secciones
irrecuperables mientras los armeros y Cornelius Sullivan, el herrero, forjaban
nuevas piezas para unir todas las partes. Acabaron las tareas ese mismo día,
pero todavía les quedaba mucho por hacer. Parte del cobre que recubría ambos
barcos había sido arrancado por la fricción del hielo y tenía que reemplazarse.
Entretanto, los carpinteros del Terror trabajaban en la
construcción de un timón completamente nuevo.
La calma dominó los días posteriores, pero no por
ello fueron menos frustrantes. La expedición permaneció a merced del hielo y
los vientos y no avanzó mucho. Era necesario mantener una vigilancia constante,
veinticuatro horas al día, en busca de pistas —grietas en el hielo que ofrecían
posibles caminos para los barcos— y a fin de alertar acerca de la existencia de
cualquier iceberg pesado que las olas empujaran contra el barco. Por si fuera
poco, el Terror estuvo a punto de incendiarse. El calefactor
patentado por Sylvester, encendido las veinticuatro horas del día para secar
las húmedas bodegas, se calentó tanto que algunas partes del barco no se podían
ni siquiera tocar y diversos bloques de madera se incendiaron. Empezó a salir
humo y tuvo que arrojarse agua a la bodega para evitar que se incendiara. Nada
de lo que habían experimentado durante el primer viaje los había preparado para
una situación así.
No hubo señales de que algo estaba cambiando hasta
el 1 de febrero. Al anochecer, vieron que se encontraban cerca del borde de la
masa de hielo. El hielo que los rodeaba, sin embargo, era pesado, y el Erebus se
llevó unos cuantos golpes muy fuertes antes de lograr salir a agua abierta a
las dos de la madrugada del día siguiente.
Cornelius Sullivan expresó el alivio que sintieron
todos: «Gracias a Dios y a estos barcos construidos en Gran Bretaña nos
hallamos de nuevo en el seno del mar abierto tras haber permanecido encerrados
en el centro de nuestro enemigo por espacio de cuarenta y siete días». Por su
parte, Davis escribió también sobre la indescriptible alegría que lo llenaba,
pero no se olvidó de anotar que su progreso era desalentador. Desde Nochebuena,
solo habían ganado ciento sesenta kilómetros.
El frío era muy intenso. Una cuerda de una pulgada
y media [3,81 centímetros] se hinchaba con el hielo hasta alcanzar una
circunferencia de no menos de treinta centímetros. Cuando el mar barría las
cubiertas, los hombres de guardia, o el timonel (no había puente cubierto en
ninguno de los dos barcos), se transformaban en trozos semovientes de hielo.
Una mañana, mientras se picaba el hielo pegado a la proa, se encontró un pez
congelado en un costado del barco. Se retiró con sumo cuidado para descongelarlo
y, cuando se estaba a punto de hacer un dibujo para inmortalizar el fenómeno,
el gato del barco se abalanzó sobre el pez y se lo comió de un bocado.
Justo después de la medianoche del 22 de febrero,
se toparon con otro temporal durante el cual oyeron un grito del vigía, que
anunció que la Gran Barrera del Sur estaba a la vista. Pero no hallaron el modo
de atravesarla. Ross insistió durante un tiempo con la esperanza de encontrar
algún acceso, sin embargo, el hielo estaba cerrándose rápidamente y la barrera
parecía infinita. El 23 de febrero, a aproximadamente dos kilómetros y medio
del muro de hielo, el Erebus esperó a que el Terror lo
alcanzara para que ambos barcos registrasen su posición al mismo tiempo.
Estaban en 161º O y 78º 9’ 30” S; habían superado su anterior récord en nueve
kilómetros y medio. Davis, el segundo navegante, a bordo delTerror,
confesó sus sentimientos en una carta a su hermana. «El Erebus sondeó
la profundidad y nos colocamos a su lado de modo que nadie pudiera decir que un
barco estaba tras el otro. Nadie batirá la marca en esta longitud, de eso estoy
seguro». Hasta cierto punto, tenía razón. Ninguna otra embarcación de vela
llegaría jamás tan al sur como lo habían hecho ese día el Erebus y
el Terror. De hecho, ningún barco de ningún tipo llegaría tan al
sur en los siguientes sesenta años. Ross, que ya había alcanzado los 82º 43’ N
en 1827, podía alardear ahora de haber conseguido una gesta solo compartida por
sus compañeros de expedición Edward Bird y Thomas Abernethy: haber estado más
al norte y más al sur que nadie en la Tierra.
Sin embargo, la segunda expedición no había estado
a la altura de las expectativas generadas por la primera. El polo sur magnético
los atormentaba, pero estaba más allá de su alcance; el hielo había atenazado a
los barcos demasiado tiempo y, en un momento dado, habían estado más cerca del
desastre que en ningún otro instante desde su partida de Inglaterra. Era el
momento de retirarse para evitar mayores daños a los barcos, dirigirse a un
puerto seguro y reabastecerse. La temporada había llegado a su fin. Ross
comunicó por señales a Crozier que planeaba poner rumbo a las islas Malvinas.
Ese día, mientras medían la profundidad, el siempre
curioso cirujano McCormick echó un último vistazo a la implacable barrera de
hielo que había estado frente a ellos tanto tiempo y que había frustrado todos
sus intentos de desembarcar en el continente antártico. El resultado fue una de
las mejores descripciones que aparecen en su diario.
Era un día despejado, el sol brillaba en un claro
cielo azul y sus rayos caían sobre la barrera y conferían un hermoso efecto a
sus verticales y aserradas caras, y resaltaba el relieve de sus diversos
ángulos y salientes, que se alternaban entre el sol y la sombra para formar un
largo muro de hierro perpendicular de cien pies [treinta metros] de altura […].
A lo largo de su base, numerosos fragmentos de hielo, de todas las formas y
tamaños, estaban dispersos o amontonados de forma caótica […] y provocaban huecos
en los espectaculares acantilados, vaciados por el aterrador poder de estos
agitados mares que los vientos de los temporales ponen en movimiento al barrer
la vasta y poderosa superficie del océano Antártico.
El breve verano antártico había acabado, y el
tamaño y la frecuencia de los icebergs iba en aumento. El último día de
febrero, según recordó Davis, «navegamos entre un gran número […], algunos de
varias millas de longitud, y en una ocasión contamos hasta noventa». Era un
momento muy peligroso. Evitaron uno de los icebergs por menos de treinta
metros. «Contuve la respiración cuando pasábamos junto a él —escribió Davis—.
Los marineros estaban en cubierta para dar una bordada, pero no habríamos
podido evitarlo». Cuando el Erebus lo hubo dejado atrás, su
tripulación solo pudo contemplar cómo el Terror se enfrentaba
a las agitadas aguas que lo separaban del iceberg: «La tripulación del Erebus afirmó
que fue una escena maravillosa, pero sin duda resultó mucho más maravillosa
para quienes la contemplaban desde la seguridad de nuestro barco que para
quienes lo vivían».
Resulta tentador asumir que, a medida que los
barcos navegaron hacia el norte a principios de marzo, los peligros
disminuyeron. Sin embargo, lo cierto es que sucedió todo lo contrario. Había
menos icebergs, pero era más difícil divisarlos, pues las noches se alargaron
hasta durar ocho horas. No obstante, el sargento Cunningham tenía plena
confianza en que todo iría bien, y por eso escribió, en la entrada del 12 de
marzo de su diario, que «el trayecto hacia las Malvinas está siendo muy
agradable». Tras esa tranquilizadora entrada, encontramos otra de un cariz muy
distinto: «Domingo 13: espero no volver a vivir nunca un día como este».
A pesar de que los vientos soplaban con más fuerza,
el Erebus navegaba todavía a siete nudos cuando, justo antes
de la una de la mañana, James Angelly, desde la cofa, dio la alarma a treinta
metros por encima de sus cabezas. «¡Todos a cubierta!». Se despertó a los
hombres que dormían en las hamacas, que se presentaron medio desnudos y
completamente confundidos. Entre estos se encontraba John Davis. «Estaba
durmiendo y, además, de baja por la mano —escribió después—. Me despertó el
ruido de las gavias al plegarse y permanecí despierto, escuchando. Sabía que
algo no iba bien por las constantes órdenes que se daban al timonel. Al final,
alguien gritó por la escalera de la escotilla de proa: “¡Todo el mundo a ayudar
a cubierta! ¡Todos, sin excepción!”. Y, a continuación, sentimos el choque.
“¡Dios mío! —grité—. ¡Hemos impactado contra un iceberg!”».
A partir de ese momento, los acontecimientos se
sucedieron con rapidez. Ross hizo virar su barco a babor para evitar que fuese
aplastado, solo para encontrarse con que el HMS Terror, con las
gavias y el trinquete desplegados, había virado a estribor y se dirigía
directamente hacia el Erebus. El Terror no tenía
la menor posibilidad de evitar el iceberg y el barco al mismo tiempo. La
colisión era inevitable. A bordo del Terror, John Davis recordó lo
que sucedió a continuación. «Abrí la puerta para evitar que se atascara, me
vestí apresuradamente con un par de prendas y subí corriendo por la escalera de
la escotilla. Esperaba encontrarme con la pared de un iceberg por encima de
nuestras cabezas, pero, en su lugar, justo junto a la pasarela estaba la proa
del Erebus […], cuyo cobre sobresalía por encima de nuestra
regala, había perdido el mastelero del palo de trinquete y el bauprés. Y,
entonces, chocó contra nosotros con una fuerza que casi me arrojó al suelo».
El capitán Ross describió el momento del impacto:
Cuando chocó contra nosotros, casi todo el mundo
cayó al suelo. Nuestro bauprés, el mastelero del palo de trinquete y varias
vergas se rompieron y los barcos quedaron unidos, con los aparejos enredados, y
se golpeaban uno contra el otro con temible violencia, eran empujados contra la
cara de barlovento del enorme témpano […], contra el cual las olas rompían y
lanzaban espuma hasta cerca de la cima de sus perpendiculares paredes. En
ocasiones [el Terror], se elevaba sobre nosotros, casi exponía su
quilla, y luego descendía cuando era nuestro turno de elevarnos en la cresta de
la ola y amenazábamos con caerle encima, mientras el estruendo de la obra
muerta y los botes al romperse aumentaba el horror de la escena.
Al tratar de evitar el iceberg, los dos barcos
habían puesto rumbo de colisión y, ahora, estas dos resistentes naves, que
habían sobrevivido a todos los embates de la naturaleza, eran arrojados
repetidamente uno contra el otro por las olas. En el Erebus,
Cornelius Sulllivan contempló horrorizado cómo el Terror impactaba
contra su barco con tal fuerza que hundió su ancla en los maderos del casco, de
veinte centímetros de grosor. El bauprés del Erebus «estalló
en átomos» y la parte de arriba del trinquete y todas las botavaras, estáis y
jarcias fueron arrancadas. «Nosotros, pobres peregrinos del océano —recordó
Sullivan—, pensamos que vivíamos nuestros últimos momentos en esta vida».
Con la excelente perspectiva que se tenía a bordo
del Terror, el sargento Cunningham describió lo que sucedió a
continuación. «Luego, se separaron durante un momento (que creó un suspense
horripilante para los pobres desventurados medio desnudos que poblaban sus
cubiertas). Nos embistió de nuevo en el costado con un terrible estrépito […] y
estuvo a punto de partir nuestras cuadernas, destrozó nuestras defensas de goma
e hizo saltar el forro de hierro». Los dos barcos permanecieron unidos unos
instantes antes de separarse de nuevo; entonces, los mástiles se partieron y un
alud de vergas se precipitó sobre la cubierta. En medio del caos, el capitán
Crozier aprovechó el momento para dirigir al Terror hacia un
hueco aterradoramente pequeño en la pared de hielo que se cernía sobre ellos.
Al recordar aquel momento tan angustioso para su hermana, Davis describió los
pensamientos que le cruzaron la mente durante esos instantes de crisis: «Emily,
¿cuáles eran mis temores? Tenía miedo de presentarme ante un Dios severo pero
misericordioso y justo; no estaba preparado para morir. ¡Lo que habría dado en
ese momento por tener aunque fuera un solo día para prepararme ante ese
horrible desafío…! ¡Una rápida sucesión de todo tipo de pensamientos me invadió
el cerebro! Toda mi vida pasó ante mis ojos en unos pocos segundos, y ¿a qué
podía encomendarme, sino a su misericordia?».
El Terror se deslizó a través del
hueco sin apenas margen. No estaba claro, no obstante, que el Erebus fuera
a tener la misma suerte. De hecho, al sargento Cunningham, que se esforzaba por
penetrar la oscuridad tras él, le pareció que todo había terminado: «Ya no
veíamos el desgraciado Erebus y, de hecho, no concebíamos cómo
podría salvarse».
El Erebus corría un grave peligro.
La colisión lo había dejado casi por completo ingobernable; las vergas caídas
se habían enredado con el aparejo de las vergas inferiores e imposibilitaban
que la tripulación desplegara velas. Al igual que Crozier unos momentos antes,
Ross tuvo que pensar rápidamente y, en la subsiguiente crónica de la
expedición, describió con detalle lo que sucedió a continuación:
La única forma de salir de esta horrible y
desastrosa situación era recurrir a la peligrosa maniobra de intentar dar
marcha atrás […]. El barco se bamboleaba mucho y la posibilidad de que los
mástiles se partieran cada vez que los penoles inferiores golpeaban contra los
acantilados del témpano, que se elevaban muy por encima de nuestros palos,
hacía muy peligroso recoger la mayor; pero, tan pronto se dio la orden, el
espíritu intrépido de los marineros británicos se impuso y los hombres subieron
corriendo las jarcias con la misma actitud que si se tratara de una ocasión
normal, y, aunque más de una vez fueron empujados fuera de la verga, en poco
tiempo soltaron la mayor. Entre el rugido del viento y del mar, era difícil
escuchar y ejecutar las órdenes que se daban, así que pasaron tres cuartos de
hora antes de que pudiéramos rotar las vergas y amurar la mayor bien fuerte, un
recurso al que quizá nadie había recurrido antes en un tiempo así. Pero tuvo el
efecto deseado; el barco empezó a moverse hacia atrás, hundió la popa en el mar
y dejó que las olas barrieran los botes, incluido el del capitán, mientras los
penoles bajos rascaban la rugosa cara del iceberg […]. Tan pronto como lo
hubimos dejado atrás, apareció otro directamente a popa; nos dirigíamos hacia
él, y el problema ahora era dar la vuelta al barco y conseguir que apuntara
entre los dos témpanos, donde había un espacio abierto no mayor que tres veces
la eslora; por fortuna, lo logramos y, en unos pocos minutos con el viento a
favor, el barco navegó rápidamente por el estrecho canal, entre dos altas y
perpendiculares paredes de hielo […], al instante siguiente, teníamos agua
despejada a sotavento.
El Terror utilizó una señal
pirotécnica para indicar que estaba a salvo. Cuando vio una escena similar no
muy lejos, Cunningham supo que sus peores temores se habían demostrado
infundados y que también el Erebus había escapado de los
icebergs («lo que hizo que nuestros corazones latieran llenos de júbilo»). Al
dirigir la mirada hacia la oscuridad, vieron lo afortunados que habían sido
ambos barcos al poder escapar. El iceberg no era un témpano solitario, sino que
formaba parte de una larga y continua cadena que no podía atravesarse por
ningún otro punto más que por el estrecho hueco que los había salvado de la
destrucción.
Sullivan no tenía dudas de a quién atribuir su
supervivencia: «Dios Todopoderoso, amigos, fue quien nos salvó de una muerte
horrible a tres mil millas de tierra firme». Cunningham estaba de acuerdo:
«Debo decir que fue la más maravillosa intervención de la providencia divina lo
que evitó que nos encontráramos con nuestro creador». También Davis lo tenía
claro: «Al rayar el alba, y después de habernos comunicado con el Erebus,
me dirigí a mi camarote; jamás un pecador dio gracias al altísimo en su trono
de una forma más sincera que yo en ese momento».
Cuando McCormick escribió su versión de cómo habían
sobrevivido, no fue tan lejos para buscar a quién dar gracias:
Desde luego, en un momento de crisis tan peligroso,
nadie envidia la responsabilidad del capitán […]. Sin embargo, el capitán Ross
se demostró a la altura de las circunstancias y, con los brazos cruzados, se
mantuvo en pie en la parte de atrás del alcázar y dio con calma la orden de
desplegar la mayor. Su actitud, aunque firme en todo momento, dejó entrever […]
la cuasi desesperación con la que contempló el resultado de esta última
maniobra, la única que teníamos posibilidad de ejecutar.
La marcha atrás que Ross y su tripulación
ejecutaron en una situación de extrema dificultad y peligro habría sido una
maniobra compleja incluso en condiciones óptimas. Había sido este inmenso
riesgo, más que el inmenso poder de Dios, lo que había salvado las vidas de sus
hombres.
En el Terror, Crozier también había
actuado con sangre fría. «Cuando todo hubo terminado, el capitán dijo que no
tenía la menor idea de lo que había hecho durante aquella hora ni de cómo
habíamos escapado», escribió Davis, que, a continuación, nos ofrece un comentario
que permite hacernos una idea de lo aterradora que fue la experiencia para la
tripulación: «Solo uno perdió la razón, pero dos o tres no podían dejar de
llorar».
Las señales intercambiadas entre los dos barcos
confirmaron que el Terror no había sufrido daños graves y que
el Erebus, ahora seguro a sotavento de los icebergs, ya tenía
hombres en cubierta que despejaban las vergas rotas y las jarcias destrozadas,
mientras otros aguardaban su turno para relevarlos.
Un meteoro cruzó el cielo.
A lo largo del día siguiente, a pesar de que era
el sabbat, por lo general sacrosanto, la tripulación trabajó en las
reparaciones. Mientras unos se dedicaban a recorrer el aparejo, los carpinteros
fabricaban un nuevo bauprés y otros buscaban la causa de una vía de agua en la
amura de estribor. Se determinó que la había producido el ancla que se había
incrustado en el casco durante la colisión. Al final, decidieron que era más
seguro no retirarla, por lo que el ancla permaneció clavada en el Erebus,
como un símbolo desafiante de la experiencia cercana a la muerte que habían
superado. Ambos barcos habían sufrido daños en sus timones, en el caso
del Terror, tan graves que hubo que fabricar uno nuevo con planchas
de roble que se reforzaron utilizando sierras para el hielo. El revestimiento
de cobre de ambos barcos, en palabras de Davis, se había «arrugado como papel
de estraza».
En dos días, la tripulación del Erebus había
reparado el mastelero del trinquete y desplegaba las velas en la verga más
alta, lista para aprovechar los fuertes vientos del oeste, que lo impulsaron a
unos raudos siete u ocho nudos. Puede que hubiera recibido un duro castigo,
pero navegaba unos doscientos cincuenta kilómetros cada día.
Cuando se acercaron al cabo de Hornos, cuya
terrible reputación era por todos conocida, temieron que el tiempo empeorara;
sin embargo, no hallaron más que cielos despejados y vientos suaves. «Nos
acercamos rápido al cabo de Hornos —apuntó Cunningham—. A 7 nudos». El 29 de
marzo, mientras los capitanes Ross y Crozier y los oficiales medían la
profundidad y la temperatura del mar, Cunningham aprovechó la oportunidad para
dedicarse a algunas tareas domésticas. «Ropa de cama aireada. Hamacas limpias
colgadas y limpiadas las sucias. Muy contento con todo lo hecho».
Si el tiempo era favorable, el puerto seguro de las
islas Malvinas estaría a solo una semana de distancia y, con él, tendrían la
posibilidad de descansar, recuperarse y reparar los daños de los últimos
turbulentos cuatro meses. Es lógico que pensaran que lo peor había pasado.
Pero entonces, al despuntar el alba el 2 de abril,
estalló una tormenta. A esas alturas, los hombres ya estaban familiarizados con
los temporales y, en consecuencia, con los primeros indicios ya se encontraban
en la verga de la mayor recogiendo velas como habían hecho mil veces antes. Esa
vez, sin embargo, algo fue mal. James Angelly, uno de los contramaestres
del Erebus y el hombre que había divisado los icebergs que
habían estado a punto de acabar con ellos aquella catastrófica noche unas
semanas antes, se hallaba en lo alto de las jarcias cuando sucedió lo
impensable. A pesar de su experiencia, que lo convertía en parte de la élite de
la tripulación, perdió agarre, resbaló y cayó, como una piedra, al agua. De
inmediato, se le lanzó un salvavidas y, al principio, pareció que lo había
agarrado. El Erebus viró tan rápido como pudo y se dirigió
hacia Angelly, pues el mar estaba demasiado agitado como para bajar uno de los
cúteres. Se encontraban a menos de doscientos metros cuando el viento cambió de
súbito y los obligó a maniobrar de nuevo. Mientras giraban, Ross vio a Angelly
«sentado firmemente sobre el salvavidas», pero advirtió con cierta alarma que
«no se había atado a él con las cuerdas a tal fin». Para cuando el barco se
acercó una vez más, no había nadie agarrado al salvavidas. «Para nuestro
inconmensurable pesar —registró Ross—, nuestro desventurado camarada había
desaparecido».
Cunningham, a bordo del Terror, no pudo
evitar observar que el Erebus había tenido más mala suerte de
la que le correspondía, pues «había perdido a tres hombres en el agua, a uno
por asfixia y otro estaba gravemente herido». El marine George Barker, el
contramaestre Roberts, Edward Bradley, capitán de la bodega, y ahora el
contramaestre James Angelly habían perecido. «Gracias a Dios nosotros no hemos
sufrido aún ningún accidente de ese tipo».
Dos días después, divisaron la isla Beauchene, la
más meridional de las setecientas que conforman el archipiélago de las
Malvinas. Su avistamiento debería de haber animado a la tripulación, pero
el Erebus no tenía humor para celebrar nada después de haber
perdido a un compañero. Las palabras de John Davis, escritas a bordo del
HMS Terror, aunque un tanto melodramáticas, debían de reflejar los
sentimientos de muchos mientras las dos exhaustas tripulaciones se acercaban al
primer asentamiento humano que habían visto desde noviembre. «Hemos tenido un
viaje exitoso pero trágico, y hemos salvado la vida solo gracias a una de las
escapadas más milagrosas de los anales de la historia naval del mundo. Por
ello, la gente está desanimada». La lluvia y la espesa niebla que los
recibieron mientras buscaban dónde anclar seguramente no mejoraron el humor de
los marineros. No se celebró ninguna gran recepción, pues la visibilidad era
tan mala que nadie en la orilla los vio.
Capítulo 9
«Nunca se ha visto un lugar tan horrible como este»
Un boceto, que se atribuye generalmente a John Davis, del Terror, de Puerto
Soledad, donde la expedición de Ross fondeó el 6 de abril de 1842.
Con la ayuda de cartas de navegación detalladas
compiladas por el capitán FitzRoy, que había llegado a las Malvinas con el
HMS Beagle nueve años antes, el Erebus echó
el ancha en Puerto Soledad, en la entrada de una larga ensenada conocida como
bahía de la Anunciación el 6 de abril de 1842. A la niebla y la lluvia se
sumaron las decepcionantes noticias de que no habían llegado cartas de casa y
el hecho de que, debido a un retraso en el envío de suministros desde Buenos
Aires, la comida que se disfrutaba a bordo era probablemente más apetitosa y
variada que la disponible en tierra firme. Como Joseph Hooker explicó
tristemente en una carta a su padre, «nunca se ha visto un lugar tan horrible
como este. La Tierra de Kerguelen es un paraíso en comparación […], no hay
cartas ni periódicos ni sociedad digna de ese nombre, ni hombres ni mujeres, no
hay de nada, excepto muchas vacas […], gansos silvestres, conejos y zorros».
Solo el comandante del Terror, Crozier, y el teniente Bird,
del Erebus, tenían motivos reales de celebración: una de las pocas
noticias que sí que habían llegado a las Malvinas era la de que sus ascensos,
recomendados por Ross hacía muchos meses, se habían confirmado.
La colonia era un lugar decrépito. El teniente
gobernador Richard Moody, un oficial de los Reales Ingenieros de veintiocho
años, llevaba en su puesto solo dos meses y, probablemente, se sintiera
sobrecogido ante la llegada de un explorador tan eminente y famoso como James
Clark Ross, por no mencionar a los ciento veintiséis hombres que lo
acompañaban. De pronto, la población de las islas se había doblado. Hooker,
quien en ocasiones se había mostrado crítico con la reticencia de Ross en lo
referente a informar al público británico de sus gestas, se alegró al saber que
«el gobernador dice que nuestros últimos éxitos causaron una profunda sensación
de triunfo en Inglaterra». No obstante, sus palabras hacia el propio gobernador
no fueron tan benévolas. «El administrador acaba de estar en la orilla. Ya
había oscurecido cuando llegó y encontró a su excelencia (el teniente
gobernador) en una estancia sin ninguna vela y acompañado por un pedante
secretario. A pesar de que estaba empapado por la lluvia, no le ofrecieron ni
siquiera un vaso de vino ni de grog». No había pan ni harina en el
asentamiento, y el propio gobernador se encontró en la ingrata situación de
tener que mendigar un poco de harina de unos barcos que llevaban en el mar
cuatro meses y medio.
Cuando llegué a las Malvinas descubrí que, ciento
setenta y cinco años después, la población había crecido de sesenta a algo más
de tres mil personas. La mitad de ellas habían nacido en las mismas islas. Del
resto, en el último censo, 740 aparecían registradas como ciudadanos
británicos, 241 santaeleneros, 142 chilenos y 469 como ciudadanos de «otras
nacionalidades». Entre estos otros había tres georgianos, un esrilanqués y
setenta y cuatro zimbabuenses, que formaban parte de una operación de limpieza
de minas. Los vi trabajando, lenta y metódicamente, buscando y desactivando
minas terrestres que llevaban allí desde la guerra de 1982, junto a la
rudimentaria y vieja carretera que conecta la base aérea de Monte Agradable con
la capital, Puerto Argentino. La guerra, o, como algunos prefieren denominarlo,
el conflicto (pues nunca se declaró oficialmente la guerra), terminó hace más
de treinta y cinco años. Fue una victoria para Gran Bretaña, que muchos
consideraron que infundió ánimos a la población, una señal de que todavía
éramos capaces de vencer. Cuando James Clark Ross y el Erebus llegaron
aquí en 1842, sus recuerdos de los éxitos militares británicos eran mucho más
recientes. Hacía menos de treinta años que Napoleón había sido derrotado en
Waterloo y aún seguían con vida muchas personas que recordaban haber recibido
la noticia de la victoria de Nelson en Trafalgar.
Las Malvinas nacieron de un conflicto. Para cuando
terminó la guerra de los Siete Años, en 1763, los franceses habían perdido la
mayoría de sus colonias en América del Norte, la India y las Indias
Occidentales y buscaban desesperadamente algún medio para reestablecer su
influencia como potencia global. Louis-Antoine de Bougainville, un soldado y
marinero —más conocido por ser el hombre que dio su nombre a la flor que adorna
tantas paredes y jardines tropicales más que por ser el primer francés en
circunnavegar el orbe—, concibió un plan para ello. Su idea, en palabras del
historiador Barry Gough, «era plantar la flor de lis en las Malvinas». Luis XV
ofreció el apoyo real, pero no dinero, por lo que Bougainville financió la
expedición de su propio bolsillo. Armó barcos, reclutó marineros del puerto de
Saint-Malo, en Bretaña, y llegó a las islas en febrero de 1764, que bautizó
(por la ciudad de sus marineros y constructores de barcos) como «les Îles
Malouines», que luego se traduciría al español como las islas Malvinas,
mientras que atribuyó a la capital el nombre de Port Louis, en honor a su
patrón real. No está especialmente claro por qué escogió las Malvinas. Sus
primeras impresiones de las islas no fueron prometedoras: «Una tierra yerma y
deshabitada […], un profundo silencio roto solo por el grito de un monstruo
marino; por doquier encontramos una extraña y melancólica uniformidad».
Pero Francia no era el único país que reclamaba las
islas. Tras haber desembarcado en algún otro punto del archipiélago, los
británicos también reivindicaban su soberanía, mientras que los españoles
exigían su posesión en virtud del Tratado de Tordesillas, por el cual, en 1494,
el Nuevo Mundo se había repartido entre España y Portugal. Durante los
siguientes cincuenta años, las Malvinas fueron reclamadas en diversos momentos
por franceses, británicos y españoles, y, con el auge de la industria ballenera
en el sur del Atlántico, también por los estadounidenses. Entonces, en 1820, un
nuevo país, Argentina, nacido del naufragio del Imperio español, ratificó su
soberanía sobre las islas.
Cuando me siento a cenar frente al mar en Puerto
Argentino (un bacalao austral deliciosamente cocinado), oigo que, en la mesa de
al lado, unos comensales hablan en español. Son un grupo de argentinos que han
participado en el maratón de las Malvinas que se ha celebrado hace menos de una
semana. Tanto el ganador como el segundo fueron argentinos, lo que no sentó
bien a los isleños. Tampoco gustó la reciente visita de los Nadadores
Argentinos para la Paz, que lucieron camisetas que mostraban las Malvinas como
parte de Argentina.
Lo primero que hago la mañana siguiente, de camino
a una reunión con el editor de Penguin News, el principal periódico
de las Malvinas, es fijarme en los carteles manuscritos pegados en las ventanas
del Centro de Exploración Marina: «Abandonad la reclamación de soberanía»,
«Reconoced nuestro derecho a la autodeterminación», «No hay diálogo posible
hasta que Argentina abandone la reclamación de soberanía sobre nuestras islas».
Para ser justo con todos los bandos, los intereses extranjeros en las Malvinas
a lo largo de su historia se han basado más en su localización que en lo que
son. Y la visita de Ross en 1842 no se apartó de este patrón.
Una de las prioridades de la recién llegada
expedición era la confección de cartas de navegación de su viaje hasta el
momento, responsabilidad que Ross delegó en el segundo navegante del Terror,
John Davis. Hacia el final de una larga carta a su hermana Emily, admitió que
la presión lo superaba. «Casi he perdido la vista, pues trabajo día y noche
para ultimar las cartas que deben salir ya rumbo a Inglaterra». Al día
siguiente, escribió con alivio: «He terminado mi carta y el capitán Ross dice
que no podría ser mejor». Cuando uno lee el final de esta larga y reveladora
misiva, no puede evitar sentir lo mucho que este joven, y muchos otros de sus
compañeros de viaje, debía de añorar a su familia y seres queridos después de
haber pasado dos años y medio lejos de su hogar. «Dale un beso a mi queridísima
madre de mi parte —pide al despedirse—; también os envío besos a Ellen y a ti,
y cariño y recuerdos para todas las chicas y amigos. Siempre tu afectuoso
hermano, Jack».
Con el invierno a la vuelta de la esquina, la
necesidad más imperiosa era asegurar una fuente regular de alimento para las
tripulaciones, por lo que se enviaron partidas para que cazaran y sacrificaran
todo cuanto fuera comestible, principalmente gansos, conejos y el ganado
silvestre del lugar, descendientes del ganado que los franceses habían llevado
con ellos a las islas en su primera visita, en 1764. Hooker describió que estas
reses estaban «provistas de un coraje indomable y de una salvaje ferocidad», y
pasó a relatar un dramático enfrentamiento entre un cazador y su presa: «El
valiente artillero del Erebus fue derribado por el toro al que
había herido, que, enloquecido, lo embistió y, con los cuernos, dejó a cada
lado de su cuerpo profundos surcos en la tierra».
Sin duda alguna, Ross debió de sentirse aliviado al
ver llegar a Puerto Soledad el queche de la Marina Real Arrow, que
había estado explorando las islas. Sus hombres aconsejaron a las partidas sobre
cómo cazar a aquellas enjundiosas pero peligrosas bestias. Les recomendaron
utilizar perros.
La primera salida del doctor McCormick tuvo lugar
el 11 de abril. Parece que a esas alturas ya había recuperado las ganas de
disparar a animales. Encontró conejos en las dunas que había cerca de la playa
y cazó nueve, y «unos cuantos pájaros en el camino de vuelta», entre ellos un
halcón, cuatro tordos y una avutarda magallánica macho. El 9 de mayo abatió
tres ostreros, un conejo, dos halcones negros y otro halcón con el lomo gris
ceniza y blanco. Diez días después, añadió cuatro avutardas magallánicas más a
su botín —«sus cuerpos asados aportaron una deliciosa variedad a nuestra mesa»—
junto con «cuatro carancas, cuatro patos vapor, un halcón marrón, tres patos,
tres cormoranes y dos bellísimas palomas antárticas». También salió a cazar
ganado acompañado de Thomas Abernethy. Había algo hemingwayano en estas
excursiones. Un proyectil atravesó la boca de un viejo toro, que cargó contra
ellos y fue derribado con un segundo disparo, cuando ya estaba cerca de
McCormick. «Fue un momento angustioso. La furiosa bestia, que sacudía la
cornamenta y escupía sangre por la nariz, se abalanzó sobre mí —recordó
McCormick— […], cuando disparé, dio un salto y cayó con tal […] fuerza a unos
pocos pies de donde yo estaba que la tierra tembló bajo mis pies».
La necesidad de mantener a raya el aburrimiento era
constante, sobre todo, según parece, los domingos. En su entrada del 17 de
abril, tras describir el servicio religioso, el sargento Cunningham explicó los
peligros que suponía tener un día libre. «Todos se embriagaron sin darse cuenta
con una droga nociva conocida como ron. A las ocho de la tarde, me dirigí a la
orilla con la tripulación de un bote para devolverlos a bordo; los había
encontrado tirados por la hierba. Uno de ellos casi se muere durante la primera
guardia y se le tuvo que hacer un lavado gástrico».
El 3 de mayo, el Arrow zarpó rumbo
a Río de Janeiro cargado con cartas para sus seres queridos y la petición de
Ross de que se enviara un nuevo bauprés tan pronto como fuera posible. La
tripulación lanzó tres vítores cuando el queche pasó por la popa del Erebus rumbo
al este, por la bahía y hacia el Atlántico.
A medida que se acercaba el invierno austral,
dedicaron los días a hacer observaciones magnéticas, enviar partidas de caza en
busca de reses, reparar la parte superior del mástil y colocar un bauprés
improvisado. Se construyó un embarcadero para transportar a hombres y bienes de
los botes a la orilla. Para mantener a la tripulación ocupada, el capitán Ross
los puso a trabajar en la construcción de observatorios para comprobar las
mediciones magnéticas y en lo que Cunningham llamó «casas de tierra», en las que
se alojó temporalmente la carga mientras los barcos se sacaban del agua,
colocaban de lado, carenaban y recalafateaban. También se erigió un
observatorio astronómico y meteorológico cerca del fuerte construido por
Bougainville.
El día después de mi llegada me conducen de Puerto
Argentino a la vieja capital de Puerto Soledad (el antiguo Port Louis) para ver
si queda rastro algún de la presencia del Erebus y el Terror.
Camino por las elevaciones, donde todavía hay indicios de la presencia de los
observatorios, y, luego, bajo a la orilla en la que fondearon los barcos y en
la que se vararon para su reparación. La tierra que Hooker describió como «baja
y razonablemente verde» apenas ha cambiado. Un estrecho valle discurre hacia el
mar. Una línea de piedras, los restos del muelle que construyeron, todavía se
adentra en la bahía. Una sólida granja de piedra, construida como cuartel
militar en 1843, domina la suave cuesta, con amplias vistas de la bahía de la
Anunciación y de los terrenos bajos de dos brazos que limitan su salida al mar.
Para la tripulación del Erebus, que llevaba dos años y medio sin
ver a sus familias y amigos, aquel paisaje desolado debió de resultar
frustrante, e incluso ser una fuente de desesperación para alguno; pero, para
mí, que salí de Londres hace solo dos días, el espacio de las Malvinas resulta
reconfortante e incluso liberador. Disfruto del sencillo placer de respirar
hondo aire puro y de caminar directamente hasta los pájaros de la orilla
—cormoranes, martinetes comunes, ostreros— sin que a ninguno de ellos le
importe un bledo mi presencia.
Las Malvinas siempre han estado envueltas por una
pureza prístina. Al parecer, no hubo moscas en la isla hasta después de 1870.
Cuando llegaron, se consideraron algo raro y exótico. Las ancianas de Puerto
Argentino almacenaban moscardones en cajitas. Charles Darwin, que pasó más
tiempo en las Malvinas que en las Galápagos, cabalgó desde Puerto Soledad con
algunos de los gauchos que se ganaban la vida cazando y también dio paseos
durante los cuales encontró fósiles de más de cuatrocientos millones de años de
antigüedad. Estos constituirían luego una parte crucial de las pruebas de la
existencia de las placas tectónicas. «A mis ojos […], el aspecto de las
Malvinas cambió después de ese paseo», escribió más adelante.
Hooker, a quien la primera impresión de las
Malvinas había deprimido, también cambió de opinión cuando empezó a explorar un
poco más allá de Puerto Soledad. Clasificó sesenta y cinco especies de
angiospermas y se interesó especialmente por el tussock local,
que crecía allí donde había agua y alcanzaba gran altura.
Mi exploración de las Malvinas la hago desde el
aire, en uno de los vuelos regulares que realiza el SAGIM, el Servicio Aéreo
del Gobierno de las Islas Malvinas. Parece el modo perfecto de salir de Stanley
y evitar coincidir allí con la llegada del último gran crucero de la temporada,
que desembarcará a mil pasajeros en la isla durante las siguientes horas. Así
que pago cincuenta libras para hacer un viaje en uno de los bimotores
Britten-Norman Islander que vuelan por las islas para entregar el correo y transportar
objetos y pasajeros a las comunidades aisladas de Puerto Argentino.
El viaje resulta una experiencia estimulante. El
extremo sur de la isla Soledad, llamado Rincón del Toro, es una gran extensión
de hierba baja. Es un paisaje con un litoral muy accidentado, marcado por
ensenadas sinuosas y lagos y lagunas en la superficie. Entonces, como en una
película, la tierra se acaba a nuestros pies, el cielo se despeja de nubes y
nos encontramos sobre el océano abierto, rumbo a la agreste costa de la Gran
Malvina, afilada por el sol. En muy poco tiempo sobrevolamos arcos de roca y acantilados
escarpados. Aquí las ensenadas se convierten en fiordos. Viramos y descendemos
hacia el pequeño asentamiento de Puerto Esteban, cuyo aeródromo no es más que
un prado inclinado e irregular y cuya terminal aérea es una cabaña en la que
cabría a duras penas medio coche.
Reciben al avión la esposa y la familia del
granjero que me acompaña a bordo, acompañados de un curioso grupo de caracaras
australes, unas rapaces grandes, curiosas y sin miedo que merodean alrededor de
cualquier cosa brillante o reluciente. Se conocen casos de aves que han
arrancado embellecedores de coches, y el equipo de los cámaras es uno de sus
objetivos favoritos. El piloto me advierte que no debo apartar la vista del
teléfono móvil. Estos pájaros no necesitan la contraseña, simplemente lo harán
añicos a picotazos, dice. Después de que baje el granjero, volamos otros
veinticinco kilómetros hasta otro prado para recoger a alguien de la población
de Puerto Santa Eufemia, una localidad sobrecogedoramente pequeña, para luego
volver a cruzar el estrecho de San Carlos mientras volamos bajo sobre las
islas. Esto fue lo primero que debieron de ver de las Malvinas los hombres
del Erebus y del Terror. Dos de estas, la de los
Leones Marinos e isla María, cuentan con alojamientos turísticos rodeados por
un número prodigioso de aves marinas, focas y pingüinos.
El turismo, junto con las reservas de petróleo y
una floreciente industria pesquera, es uno de los brotes verdes de la
recuperación económica para las Malvinas. Mientras iniciamos el descenso hacia
Puerto Argentino, observo cómo del crucero Veendam, de 57.000
toneladas, desembarca la mayoría de sus 1350 pasajeros, que se dirigen a los
reconfortantes brazos de las tiendas, bares, cafés y restaurantes de Puerto
Argentino.
A bordo del Erebus, de 372 toneladas,
se celebraba el vigesimotercer cumpleaños de la reina Victoria. «Un día
tormentoso y húmedo», según Cunningham, en el que dispararon unas salvas y se
dio una doble ración de carne y ron para todos. Esa noche, los oficiales se
congregaron a bordo para una gran cena. A la mañana siguiente, a las seis en
punto, toda la tripulación se reunió para aprovechar la marea alta y llevar el
barco a la playa, volcarlo de lado e inspeccionar de cerca los daños sufridos
en el Antártico. Luego, los carpinteros trabajaron día y noche para sustituir
los maderos deteriorados y restaurar parte del recubrimiento de cobre. En
treinta y seis horas, el barco estaba listo para ser reflotado. A continuación,
habría que hacer lo mismo con el Terror, tarea que se demostraría
mucho más difícil. Cuando el invierno llegó de verdad a las Malvinas, las
labores de reparación prosiguieron bajo el viento, el aguanieve y la nieve.
Un incidente desolador tuvo lugar en estas nefastas
condiciones. Uno de los niños (uno de los jóvenes aprendices de marinero, que
habitualmente tenían entre quince y diecisiete años) del Erebus acusó
a uno de los gauchos de la isla de cometer «un crimen contra natura» contra él.
El gobernador Moody ordenó de inmediato que se abriese una investigación, que
determinó que la acusación era falsa. El castigo al niño fue drástico. Fue
sentenciado «a recibir tres docenas de latigazos por encima de las calzas en tres
zonas diferentes del asentamiento». En su diario, Cunningham utilizó un tono
moralista a la par que displicente. «Lo considero un castigo muy justo y leve
[…]. De haberse tratado de un adulto, ciertamente creo que habría merecido la
soga. Ha llovido durante toda la noche». Quizá veamos en estas palabras una
traza del vehemente rechazo a las exhibiciones públicas de homosexualidad, que
sin duda debían de formar parte de la vida a bordo, aunque en privado. No
encontramos ninguna referencia a este tema en ninguno de los documentos
contemporáneos.
Hacia finales de junio, se avistó un barco que
entraba en la bahía de la Anunciación. Resultó el HMS Carysfort, un
buque de guerra procedente de Río de Janeiro. Esta embarcación estaba bajo las
órdenes de lord George Paulet y no solo traía noticias de casa, sino las muy
necesarias provisiones y un bauprés nuevo para el Erebus.
Cunningham, por ejemplo, se alegró muchísimo de recibir cartas y algunos
periódicos viejos de Inglaterra, aunque se mostró totalmente disgustado por la
conducta de la tripulación del Carysfort durante su permiso en
tierra firme al día siguiente. «Todos se emborracharon como cubas —escribió, y
añadió—: Y un hombre bebió hasta el punto de que murió asfixiado, pues la bomba
de vaciado de estómago no funcionó debido a que un trozo de carne de ternera se
le atascó en la garganta al bombear»; lo enterraron dos días después. En otra
ocasión, parece que algunos de los hombres del Carysfort irrumpieron
por la noche en una tienda propiedad de un irlandés llamado John Scully para
robar licor. Parece que el propio barco también tenía mala suerte: como
consecuencia de un intento de cargar agua, uno de sus botes encalló en las
rocas y tuvo que ser abandonado hasta que unos hombres del Erebus consiguieron
liberarlo a la semana siguiente.
Pero, fuera la que fuese la opinión del Erebus acerca
de la tripulación del Carysfort, claramente esta disfrutó de la
compañía del Erebus. Una carta de su segundo al mando, John
Tarleton, a su hermana Charlotte describe toda una serie de cordiales
encuentros: «Se celebró una serie de cenas, de modo que casi todos los días
estábamos comprometidos o en nuestro barco o en el otro, primero los capitanes
y luego los demás. Hicimos sitio para veinte en la santabárbara y los
agasajamos con champán». El capitán Ross le pareció «un hombre de la mejor
clase, cuya compañía era un placer compartir». Del recientemente ascendido
segundo al mando, Tarleton hizo una observación que, curiosamente, era
compartida por muchos otros: «El capitán del Terror, Crozier, es,
imagino, un devoto seguidor y un hombre más adecuado para ser un segundo que
para estar al mando».
En lo que los hombres del Carysfort y
el Erebus parece que estaban completamente de acuerdo es en la
pobre opinión que tenían del gobernador. Hooker ya había apuntado que «su
excelencia» no tuvo el mínimo detalle de ofrecer al administrador del barco una
copa. A Tarleton le pareció que Moody era «un perfecto mojigato. Un día me
ofreció una cena miserable en su casa, durante la cual dijo más tonterías de lo
que uno creería humanamente posible». Quizá eso afectó a la opinión que el
teniente Tarleton tenía sobre las Malvinas. Aunque disfrutó de la vida social y
de la caza y de las muchas cenas entre oficiales, nada de eso mejoró la opinión
que tenía acerca de la región bajo la responsabilidad del gobernador Moody: «No
hay ni un solo matorral que me llegue por encima de la rodilla […], una pequeña
colonia podría subsistir en isla Soledad, pero aquí no hay nada ahora mismo que
compense al capitalista».
Con ese sentimiento, y después de una cena de
despedida a bordo del Erebus, el HMS Carysfort lanzó
tres vítores y se marchó por la bahía de la Anunciación.
Aunque el Erebus y el Terror habían
sido reparados y reaparejados a finales de julio, Ross tuvo que permanecer en
aquel entorno yermo y tormentoso hasta el siguiente día de término magnético,
que no llegó hasta septiembre. Siempre en busca de formas de mantener a los
hombres ocupados y de reducir el creciente número de incidentes debido a peleas
o a borracheras, dirigió su atención hacia el pequeño cementerio sobre el
puerto.
«Para que nuestra gente hiciera un ejercicio
saludable y se ocupara en algo útil —escribió—, les ordené que construyeran un
muro de siete pies [dos metros y diez centímetros] de anchura y otros tantos de
altura alrededor del punto que hasta entonces se había utilizado como
camposanto, pero que, hasta ese momento, carecía de ningún tipo de valla o
cerca». No había muchas tumbas que cercar. Una, sin embargo, pertenecía a una
figura importante de la exploración antártica: el capitán Matthew Brisbane, que
había acompañado al capitán ballenero escocés James Weddell en el viaje en el
que alcanzó el punto más al sur en 1823. Brisbane había sido un habilidoso
aunque desventurado navegante que había sobrevivido a tres naufragios, y en
cada una de las ocasiones había construido un bote para salvarse a partir de
los restos del naufragio. Mientras estaba a cargo del asentamiento británico en
Puerto Soledad en 1833, sin embargo, un grupo de argentinos renegados y de
presos nativos rebeldes lo sacaron a rastras de su casa y lo asesinaron junto
con otras personas. Entonces, su cuerpo se enterró de cualquier manera. Nueve
años después, Ross, que sin duda sentía cierta afinidad por otro explorador
como él, ordenó que se diera sepultura como era debido a sus restos en el cementerio,
alrededor del cual se había erigido un nuevo muro, y encargó una nueva lápida
para la tumba. La inscripción decía: «En recuerdo de Matthew Brisbane, que fue
bárbaramente asesinado el 26 de agosto de 1833. Sus restos fueron trasladados a
este lugar por las tripulaciones de los barcos de su Majestad británica “Erebus” y “Terror” el
25 de agosto de 1842».
La lápida todavía sigue allí, igual que el
cementerio, ahora carente de uso y lleno de hierbas. El tiempo ha erosionado el
muro de tierra que levantaron los hombres del Erebus y
el Terror y es fácil atravesar la improvisada valla que ahora
rodea el viejo cementerio. Allí, en la esquina noroeste, bajo uno de los
escasos árboles de las Malvinas, se erige una réplica de la lápida de Brisbane.
La original fue retirada de este lugar tan expuesto en la ladera de la colina y
se conserva en el excelente museo Dockyard, en Puerto Argentino.
Mientras camino de vuelta del museo unos días
después, me encuentro con un explorador moderno, un miembro de la tripulación
del Ernest Shackleton, un buque hidrográfico británico que opera en
el Antártico, que acaba de arribar a puerto desde las islas Georgias del Sur
con científicos y observadores procedentes de varios remotos destinos
antárticos a bordo. Me invitan a subir, donde observo que todavía se están
readaptando a la vida «normal» tras muchos solitarios meses recopilando datos
extraordinariamente detallados en la periferia de la Antártida. Estos Hooker y
McCormick contemporáneos asienten con aprobación cuando conocen mi interés por
sus homólogos de la década de 1840. El barco gemelo del Ernest
Shackleton se llama James Clark Ross.
Tras mi visita, regreso a Puerto Argentino por el
camino que sigue la orilla. En el mar, recortados contra el cielo del
anochecer, hay un surtido de barcos naufragados en diversos estados de
desintegración que constituyen emblemas de los peligros de estas aguas del
Atlántico Sur. El sendero lleva a la calle mayor de Puerto Argentino, Ross
Road, por lo que me siento como pez en el agua. ¿Y qué hay del capitán Crozier,
a quien Tarleton juzgó «más adecuado para ser un segundo que para estar al
mando»? Está inmortalizado en Crozier Place, el único centro comercial de
Puerto Argentino.
Capítulo 10
«Tres años desde Gillingham»
En su tercer viaje antártico, el Erebus se detuvo en Tierra del Fuego para
construir un observatorio magnético allí. «Los fueguinos —escribió Ross más
adelante— pueden describirse con justicia como la raza más abyecta y miserable
de seres humanos», aunque admitió también que eran una buena compañía. Este
grabado alemán data de 1881.
Una vez que se hubieron completado las mediciones
magnéticas el día de término, se aparejaron los barcos para una breve
expedición en la que debían medir la actividad magnética alrededor del cabo de
Hornos. El cirujano McCormick, en una de las escasas ocasiones en que se
requirieron sus servicios como médico, administró la última fase de un
tratamiento a la hija enferma de uno de los residentes de las Malvinas, el
capitán Allen Gardiner, de cuarenta y seis años, un hombre de la Marina y
«ferviente» misionero. Su hija sobrevivió, pero Gardiner y otros seis, incluida
su joven segunda esposa, morirían de hambre más tarde, mientras trataban de
llevar el Evangelio a los nativos de Tierra del Fuego.
El 8 de septiembre de 1842, con viento de popa y
todas las velas desplegadas, el Erebus salió de la bahía de la
Anunciación en una mañana. Su teniente primero, el señor Sibald, permaneció
atrás, en tierra, junto a un equipo de otros seis oficiales para mantener el
observatorio de Puerto Soledad. El HMS Terror partió sin su
respetadísimo primer teniente, Archibald McMurdo, a quien se le había
diagnosticado una enfermedad estomacal crónica que lo había puesto en la lista
de bajas y debía regresar a Inglaterra para recibir tratamiento. Ross había
escrito una carta al Almirantazgo para explicar la situación y recomendado a
McMurdo para un ascenso. Con el tiempo, alcanzaría el rango de vicealmirante y
moriría treinta y dos años después, tras haber dejado su impronta en el mapa de
la Antártida en la forma del estrecho de McMurdo, una barrera de hielo, una
estación polar, un sistema de valles secos y una «autopista» polar.
Las dos embarcaciones tardaron unos diez días en
cubrir los seiscientos ochenta kilómetros que los separaban del cabo de Hornos.
No fue un trayecto tranquilo. Cuando solo hacía dos días que habían partido de
las Malvinas, Cunningham registró que su barco «navegaba con dificultad a
través de mares muy crecidos». La noche del sábado 10 de septiembre, el viento
«soplaba más fuerte de lo que he visto en mi vida». Hacia el 12, se había
convertido en «un huracán de tomo y lomo. En ocasiones, el barco ha estado a punto
de volcar». Y el tiempo no mejoró. El día 15 «el mar se agitaba con violencia».
Pasaron la mayor parte de esta agotadora semana bajo cubierta, con las velas de
tormenta y las escotillas cerradas. En cambio, cuando llegaron al cabo de
Hornos, donde, a menudo, hacía mal tiempo, el mar estaba en calma y los cielos
se habían despejado. «Es probable que no hayamos visto este cabo de terror y
tempestades en todo su esplendor», escribió Ross con cierto pesar.
Ahora comprendo su decepción, pues yo experimenté
algo similar al doblar el cabo de Hornos mientras rodaba para la BBC a bordo de
un barco de la patrulla naval chilena, el Isaza. La nave estaba
preparada para hacer frente a mares crecidos y temporales huracanados, y se nos
había advertido contundentemente acerca de lo que podía pasar y de cómo
debíamos atarnos en nuestros camastros si no queríamos salir disparados, así
que, cuando llegamos al mítico cabo, la experiencia fue decepcionante. El feroz
océano estaba calmado como la represa de un molino. Ross, que no estaba seguro
de que sus barcos estuvieran completamente a salvo debido a las rocas que lo
rodeaban, se contentó con mirar y maravillarse, pero nuestros huéspedes
chilenos bajaron una zódiac y nos desembarcaron en el propio cabo de Hornos. No
fue solo el tiempo suave y agradable lo que ese día contribuyó a mejorar la
reputación del cabo, sino también la presencia de un perro enorme y cariñoso
llamado Bobby, que bajó corriendo por el peñasco donde América llegaba a su fin
para darnos la bienvenida y se pegó efusivamente a nuestro cámara como si
llevara meses sin ver una pierna humana.
Recuerdo que pensé que era un privilegio estar
allí, disfrutando de la experta compañía de los hombres de la Marina chilena.
Me disculpé con el capitán del Isaza por robarle tanto tiempo
y espacio. Después de todo, nosotros éramos seis y ellos veinte en un barco de
unos cuarenta y cinco metros. Ahora que sé que en el Erebus había
sesenta y tres personas en un barco de unos treinta y dos metros, no me siento
tan mal.
El cabo se encuentra en el extremo meridional de
las islas Wollaston y fue en una de estas, la isla Hermite, donde Ross avistó
un puerto, la cala de Saint Martin, donde el Erebus y el Terror podían
fondear. Para Darwin, que había visitado las islas Wollaston trece años antes,
aquella era «una de las regiones más inhóspitas dentro de los confines del
mundo». La expedición de Ross fue recibida con granizo, nieve y vientos
helados. En estas condiciones, las tripulaciones acamparon en la cala, donde
encendieron fuegos que atrajeron a los nativos fueguinos. Un grupo de ellos se
acercó en una canoa y les indicó el mejor lugar para echar el ancla, y pronto
llegaron otros. Cunningham describió una canoa en la que había «cuatro hombres,
una mujer y un niño, todos completamente desnudos, salvo por los hombros[…]. La
mujer se levantó, sin ser consciente de la delicada situación en la que estaba,
expuesta a la impertinente mirada y los comentarios de la tripulación de ambos
barcos». Verla lo conmovió. «Pobre criatura —continuó Cunningham—; la suya debe
de ser una existencia miserable, pues, además de tener un hijo pequeño, tiene
que remar en la “canoa” y, al parecer, es la única que trabaja».
Ross se dirigió en bote a la orilla y escogió un
lugar para levantar un observatorio. Despejarlo resultó complicado. Un
destacamento grande de hombres, bajo la dirección del capitán Crozier, arrancó
árboles y matorrales durante varios días, solo para descubrir que bajo ellos
había un pantano. Tras negarse a aceptar la derrota, clavaron pilares en el
fango hasta que alcanzaron la base de arcilla. Con unos barriles llenos de
tierra construyeron una plataforma razonablemente firme y erigieron el
observatorio en el lugar designado.
Para Hooker, las islas Wollaston eran una fuente
inagotable de fascinación. En algunos sentidos, se parecían a las Hébridas
Occidentales escocesas: había estrechos brazos de mar similares que se
adentraban en la tierra y profundas bahías protegidas por cordilleras bajas.
Descubrió más especies de plantas idénticas a las de Gran Bretaña en la isla
Hermite que en ningún otro lugar del hemisferio sur. También le intrigó que
tantas especies de las islas de Tierra del Fuego fueran las mismas que había
observado en lugares remotos de las islas Kerguelen y de la Tierra de Van
Diemen. Puesto que los vientos dominantes y las corrientes oceánicas del
Atlántico Sur se mueven de oeste a este, solo podía asumir que la flora de las
Kerguelen y Tasmania se había originado en Tierra del Fuego y que las semillas
habían sido transportadas por el viento desde esta inhóspita región a lo largo
de miles de kilómetros de tormentoso océano.
Ross, por otra parte, no vio más allá de la
desolación de la isla en la que habían acampado: «Este paisaje salvaje
—escribió— se torna sombrío […] e incluso intimidante por la total ausencia de
naturaleza animada, y por el cielo nublado, las constantes tormentas y el
océano irritado, a lo que se añade un silencio que solo rompen la voz hueca del
agua y los gritos de los salvajes».
El domingo 25 de septiembre, Cunningham anotó,
lúgubremente, las siguientes palabras: «Tres años desde Gillingham». Al día
siguiente, el asistente de la santabárbara del Terror fue
llevado a un cañón y se le propinaron veinticuatro latigazos por «negligencia».
Cuando Ross y sus oficiales empezaron a trabajar en
el observatorio, aumentó el número de nativos curiosos que se congregaba en el
refugio —mitad cabaña, mitad tipi indio— para ver qué estaba pasando. A Ross no
le impresionaron lo más mínimo. «Los fueguinos pueden describirse con justicia
como la raza más abyecta y miserable de seres humanos», afirmó, para, a
continuación, compararlos desfavorablemente con los que llamaba «sus prototipos
norteños, los esquimales». Los hombres, explicó, eran pequeños, con una
estatura medida de no más de un metro y medio, y eran haraganes, pues no solo
permitían que las mujeres remaran en las canoas, sino que también eran ellas
las que buceaban para buscar las huevas marinas y las lapas que constituían su
principal fuente de alimentación. Pero incluso el severo capitán Ross tuvo que
admitir que eran una compañía agradable. Tenían un gran talento para la
imitación que fascinaba a los marineros y siempre estaban dispuestos a bailar o
cantar con ellos. Una mañana, Ross se encontró con que algunos de sus hombres
estaban enseñándoles a los fueguinos cómo lavarse la cara. Como no les gustó el
picor del jabón en los ojos, se lavaron las manos y los pies. Antes de que la
expedición se marchara, se encontró la forma de entregar a cada nativo un juego
de ropa.
A principios de noviembre, zarparon de la cala de
Saint Martin tras haber hecho sitio a bordo para ochocientas hayas jóvenes que
transportaron a las peladas Malvinas.
Una vez allí, parte de la tripulación comenzó de
inmediato a descargar y plantar los árboles. Otros se dedicaron a ayudar en las
reparaciones de un ballenero inglés, el Governor Halkett, que había
efectuado una escala de emergencia en las Malvinas tras descubrir una fuga en
su tanque de aceite de ballena. Les llevó una semana vaciar y varar el barco,
tapar el agujero en la proa y volver a cargarlo, lo que les dio tiempo de sobra
para que las partidas de caza reabastecieran de carne la despensa del Erebus y
el Terror. McCormick hizo cuanto pudo para obtener huevos, gansos,
conejos y patos vapor. Y, para lograrlo, en esta ocasión no solo utilizó la
escopeta. Una entrada particularmente espeluznante del 17 de noviembre revela
que estaba experimentando con otros medios de ejecución. «Esta tarde he probado
los efectos del ácido cianhídrico con tres pingüinos para determinar la forma
más rápida y humanitaria de acabar con su existencia. Un chorrito del ácido
diluido destruyó a un pájaro en un minuto y cincuenta segundos».
Para cuando estuvieron listos para marcharse, ya
habían reunido a bordo un pequeño zoológico. «Nuestras cubiertas se habían
convertido en toda una granja —escribió McCormick—. En el centro de la
cubierta había cinco ovejas y el mismo número de cerdos salvajes, con una
camada de lechones. A babor había tres terneros […]. En un bote, dos pavos y un
ganso […], a popa, a ambos lados del timón había conejos, gansos, focas y agachadizas,
y en uno de los lados había un buey y una ternera, y pescado desecado por doquier».
Pero lo que no toleraba era la carne de caballo, y le horrorizó descubrir que
un desayuno reciente había consistido no en carne de res, como había asumido,
sino de un «joven potro» que había sido, «inconscientemente, por utilizar una
expresión suave, sacrificado el día anterior por una partida de
guardiamarinas». Para McCormick, el cirujano, quien, desde que habían partido
de Inglaterra, había disparado a prácticamente todo tipo de criatura viviente
con la que se había cruzado, matar a un caballo era ir demasiado lejos: «No
había nada que de ningún modo justificara tomar la vida de estas bondadosas e
inofensivas criaturas, y es muy triste […] que la dulce vida de libertad que
llevan estos nobles animales […] haya sido cercenada por tamaño arbitrario acto
de crueldad».
Con las provisiones finales aseguradas a bordo,
el Erebus y el Terror partieron en su tercer
viaje antártico el sábado 17 de diciembre de 1842, con la esperanza de romper
una vez más el récord de máxima latitud sur. Pero algo había cambiado: el humor
de la expedición no era el mismo. Las anteriores etapas del viaje se habían
iniciado con entusiasmo general; en esta ocasión, hubo disidentes. Hasta el
momento, Ross gozaba de una admiración casi unánime. Ahora Hooker, al escribir
a su padre unos pocos meses después, dejaba entrever las primeras críticas al
líder de la expedición. «Creo que deberíamos haber ido a algún lugar mejor que
las Malvinas durante el último horrible invierno —escribió—. El honor, el vano
honor retuvo allí a los oficiales». También dejó entrever que había pocas ganas
de emprender una tercera temporada de exploración antártica. «Apenas puedes
concebir lo mucho que, durante nuestra estancia en las Malvinas, deseamos que
el Almirantazgo nos ordenara regresar y nos mandase a cualquier otra parte».
Este no era un sentimiento compartido por el líder
de la expedición. Ross estaba de acuerdo con la primera parte —nadie, subrayó,
sentía «el menor remordimiento» por abandonar las Malvinas—, pero, al escribir
su crónica del viaje, afirmó que la tripulación era optimista y positiva; «todo
el mundo se regocijaba ante la perspectiva que se abría a nosotros, la de
acometer de nuevo el asunto más importante de nuestro viaje». Sin duda, estas
son unas bonitas palabras, pero la realidad era que se había llegado a un punto
de inflexión. A lo largo de los meses siguientes, el capitán se distanciaría
cada vez más de sus hombres. La expedición no volvió a ser la misma después de
su estancia en las Malvinas.
Además, empezaron el trayecto con mal pie. Mientras
los barcos navegaban por el estrecho hacia el océano, la guarnición de Puerto
Soledad, que se había reunido para despedirlos, disparó unas salvas un tanto
caóticas, en el curso de las cuales el capitán de un bergantín mercante se
fracturó la mano y, según Cunningham, «un hombre del asentamiento se rompió el
brazo derecho y casi se voló las dos manos». «Viramos en su dirección
—continuó—, y ambos subieron a bordo para que tratáramos sus heridas».
Una vez en camino, el tiempo fue al principio
engañosamente bueno, pero, tan pronto doblaron el cabo San Felipe y salieron a
mar abierto, las tormentas empezaron a sacudir los barcos y una sucesión
implacable de temporales del oeste golpeó el costado de estribor de las naves.
Los hombres hubieron de asegurar las escotillas y tres de los cerdos se
ahogaron.
En Nochebuena se detectó el primer iceberg, a los
61º S. Aquella fue una noche muy dura, durante la cual el barco cabeceó
furiosamente. La experiencia fue demasiado para uno de los pájaros de
McCormick: «Encontré a una de mis pequeñas mascotas, un joven ostrero que había
traído de las Malvinas, incapaz de sostenerse en pie y jadeando como si le
faltara el aire. Hasta ese momento, se había mostrado muy vivaz y había comido
bien, pero, a partir de entonces, solo aceptó una brizna o dos de comida. Se
aferró a la vida durante el resto del día, pero sus ojos se apagaban poco a
poco y, cuando me fui a dormir por la noche, lo encontré fuera de su cesta,
muerto sobre el suelo».
A pesar del duelo por su mascota, el sociable
McCormick fue el alma de las celebraciones navideñas. Presidió un almuerzo que
calificó de «realmente suntuoso para estas regiones», las aguas frente a isla
Elefante, donde, setenta y cuatro años después, Ernest Shackleton dejaría a su
naufragada tripulación para partir hacia las islas Georgias del Sur, en uno de
los viajes de rescate más célebres de la historia marítima. El capitán y los
oficiales del HMS Erebus corrieron bastante mejor suerte.
Pasaron la Navidad de 1842 en la santabárbara, y se dieron un banquete
compuesto por ternero y champán.
Tres días después, mientras los barcos continuaban
su singladura hacia el sur, se divisó tierra firme por primera vez. Se trataba
del extremo norte de la península antártica, una larga y relativamente estrecha
franja de tierra que se curva hacia el este desde el continente como si fuera
el aguijón levantado de un escorpión.
Ross tenía intención de continuar hacia el sur
igual que James Weddell había hecho veinte años antes, cuando había llegado a
los 74º S. Sin embargo, tenía en su contra la corriente y la marea, y surgió el
inconveniente añadido de la aparición de unos islotes rocosos no
cartografiados, que Ross bautizó como islotes Peligro. Al parecer, no son
peligrosos para los pingüinos. En 2016 se anunció el descubrimiento de una
supercolonia de un millón y medio de pingüinos Adelaida en uno de ellos. Me
intrigó saber cómo una colonia de ese tamaño había podido pasar desapercibida
hasta entonces. ¿Cómo es posible no ver un millón y medio de pingüinos?
Tuve la fortuna de explorar esa parte de la
península en 2015, y una de las cosas que me sorprendió fue cuántos de los
nombres que se habían dado a los accidentes geográficos eran un reflejo del
estado mental de los hombres que las habían bautizado. Aparte de los islotes
Peligro, encontramos el cabo Anhelo, el cabo Decepción, punta Desilusión y la
bahía de la Exasperación, ante lo que solo cabe oponer la isla Útil, que se
encuentra al otro lado de la península. Es un paisaje impresionante y dramático
que inspira fuertes emociones. No solo están los altos picos en tierra, sino
que también en el agua hay estructuras igual de impresionantes. El angosto
estrecho por el que navegó Ross entre la isla Joinville y la punta de la
península se conoce como el callejón de los Icebergs. Un gigantesco témpano
desprendido de la plataforma de hielo, conocido como B15-K, mide sesenta
kilómetros de longitud y tardamos dos horas en dejarlo atrás. En el verano de
2017, un iceberg de un billón de toneladas y del tamaño de la isla de Trinidad
se separó de la barrera de hielo Larsen y flotó a la deriva por el mar de
Weddell. Con una altura de ciento ochenta metros y una profundidad de
doscientos diez por debajo de la superficie, se formó porque la plataforma de
hielo se quebró debido a la presión de su propio peso.
Hacía que tiempo que la expedición no había hecho
crecer las posesiones coloniales británicas, pero este error se rectificó el 6
de enero de 1843, cuando Ross y Crozier, seguidos por un grupo de oficiales,
navegaron en bote a un islote rocoso que bautizaron como isla Piramidal.
Durante una breve ceremonia, se plantó la bandera del Reino Unido y se anexionó
la isla en nombre de la Corona. El doctor McCormick suplicó que lo dejaran
formar parte del grupo, pero Ross se negó para respetar la regla que decía que
no podía dejarse un barco sin un médico a bordo, y era el turno de Hooker de
pisar tierra firme. McCormick permaneció en la cubierta del Erebus ,
frustrado y resignado a «atisbar lo que pudiera con ayuda del catalejo». Me
habría gustado que le hubieran permitido participar en la toma de posesión de
la isla, pues sus observaciones siempre eran originales. Al día siguiente, su
diario contiene esta descripción de un pingüino: «[…] caminaba tieso como un
palo […], con el aspecto de un viejo monje que va a misa».
A principios de febrero, Ross comenzó a retirar sus
barcos a regañadientes de la cada vez más gruesa banquisa, a través de la cual
se habían abierto camino durante unas asombrosas seis semanas. Como registró
William Cunningham en su diario, a bordo se asumió que iban «a retirarse hacia
el cabo de B. Esperanza». Pero Ross no tenía intención de poner la proa hacia
el «cabo de B. Esperanza» todavía. Estaba obcecado en encontrar las aguas
despejadas por las que había navegado Weddell y que, según estaba convencido,
le permitirían conducir la expedición más al sur de lo que nadie había llegado.
Durante los siguientes diez días, navegaron hacia
el este, bordearon la banquisa y la tantearon cuidadosamente en busca de alguna
forma de atravesarla, pero todavía estaban a setecientos setenta kilómetros de
su anterior récord cuando Ross finalmente reconoció la derrota. Era principios
de marzo y el hielo invernal comenzaba a cerrarse a su alrededor. Justo antes
de que los azotara un temporal, Ross ordenó que se izara la enseña roja, una
señal para el Terror de que su tercer y último viaje antártico
había llegado a su fin.
Para Robert McCormick, fue un momento muy emotivo.
«Subí a cubierta justo cuando el barco viró y contemplé por última vez la
banquisa, que ahora quedaba a popa». Ese mismo día, William Cunningham escribió
simplemente: «¡Hurra!».
Las tripulaciones del Erebus y
el Terror estaban en buenas condiciones físicas y, además,
cobraban paga doble, pero es imposible que el castigo de la exposición a los
elementos durante tanto tiempo no hiciera mella en ellos. La vida en la Marina
Real comportaba largos períodos de ausencia de casa. Todos los marineros lo
sabían y lo aceptaban —de hecho, era el motivo por el que algunos se
alistaban—, pero pocos habían tenido que soportar condiciones tan duras durante
tanto tiempo como los hombres del Erebus y el Terror.
Más de un año de los tres y medio que llevaba fuera la expedición lo habían
pasado en o cerca del continente más inhóspito del planeta, donde no existía
alivio posible del implacable frío ni ningún contacto humano de ningún tipo,
más allá de con los demás hombres hacinados en los dos barcos que los habían
llevado a aquellos salvajes lares. Y allí estaban, en una tercera temporada,
agarrando los cabos congelados con las manos entumecidas, empapados hasta los
huesos, aferrados a las jarcias mientras los barcos cabeceaban e icebergs tres
veces más altos que el palo mayor aparecían por sorpresa de entre las
tinieblas. Y Ciudad del Cabo estaba todavía a cuatro mil kilómetros de
distancia.
El sargento Cunningham, de los marines, que es lo
más cercano que tenemos a la voz de un marinero común, incluye
disciplinadamente en su diario todos los detalles prácticos del viaje —cómo
estaban dispuestas las velas, la velocidad, el rumbo fijado, las condiciones
climatológicas— y solo muy de vez en cuando manifiesta su opinión personal.
Mientras continuaban hacia el norte entre mares agitados, azotados por ráfagas
de viento frío y constantes temporales de aguanieve y nieve, su lacónico
comentario constituye más bien una muestra de resignación que una acusación:
«El barco es muy incómodo, pero no se puede evitar». Tampoco McCormick se queja
mucho: «Mar muy agitado y fuerte viento de popa, que, con el mal tiempo, hace
que nuestra situación no sea nada deseable». Esto es lo más alarmista que se
muestra.
Para encontrar sentimientos más extremos uno debe
leer las cartas que se enviaban a casa, que, a diferencia de los diarios, no
debían entregarse al Almirantazgo. Y es en una larga carta de John Hooker a su
padre, escrita en el Erebus después de que hubieran llegado a
aguas más tranquilas el 3 de abril, donde atisbamos un lado más oscuro de esa
historia. Hooker escribe amargamente sobre la angustia y el estrés que
empezaban a sufrir todos incluso antes de iniciar esta tercera temporada en el
Antártico. «Cuando te conté desde las Malvinas lo fácil que iba a ser el viaje,
solo te dije lo mismo que se decía a la tripulación, para que los hombres no se
vinieran abajo […]. Entre nosotros, los oficiales, no era ningún secreto que
todos desdeñábamos la perspectiva de absoluta monotonía y miserables
condiciones que nos esperaba, y no había nadie, en ninguno de los dos barcos,
que no hubiera renunciado con gusto a su paga si con ello hubiera sido posible
conseguir que nos ordenasen con honor que hiciéramos el sacrificio de ir a otra
parte».
Y continúa, apuntando al corazón mismo de la
motivación de Ross para emprender el viaje: «Muy pocos tienen el más mínimo
interés en la ciencia de este viaje», argumenta. «En mi opinión, la mitad de
ellos no esperaba estar fuera tanto tiempo. Creían que disfrutarían de la caza
de osos y urogallos, el buen tiempo y los agradables pasatiempos de un viaje
por el glacial océano Ártico. Desde luego, se equivocaron lamentablemente;
desde el día en que salimos de puerto hasta que regresamos y echamos el ancla, no
ha habido el menor momento de disfrute, excepto para criaturas anómalas como
yo, que somos felices con una absurda muestra de musgo o de algas». Se deduce
que cundía la sensación de que la determinación de Ross —fuera en cortejar a
Anne Coulman a pesar de la oposición tajante de su padre o en costear la Gran
Barrera del Sur con la esperanza de hallar cómo llegar todavía más al sur—
rozaba un empecinamiento que a sus hombres les resultaba muy difícil de
soportar.
Hooker era consciente del riesgo que podría suponer
para su reputación que se hicieran públicos sus sentimientos, que rozaban el
motín, y advierte expresamente a su padre de que no comparta nada de la carta
excepto los hechos y observaciones científicos. Oficialmente, después de todo,
la expedición antártica fue un éxito. Extraoficialmente, se cobró un precio
traumático en quienes participaron en ella. La forma en que Hooker se despidió
del Antártico —«¡No te imaginas la alegría que sentimos al abandonarlo para
siempre!»— está en la misma línea que el simple «¡Hurra!» de Cunningham;
simplemente es más personal. Lo que Hooker revela es que, después de tres años
y medio fuera de su hogar, su admiración por su capitán ya no era absoluta. «El
capitán Ross dice que no comandaría otra expedición al sur ni por todo el oro
del mundo […]; si lo hiciera, ninguno de nosotros lo acompañaría».
El 26 de marzo, el diario de Cunningham registra
que hubo una buena brisa, que el barco avanzaba a seis nudos y, lo más
importante, que «no se han avistado icebergs». Es la única frase en todo su
diario que aparece subrayada.
El 4 de abril de 1843, la montaña de la Mesa
apareció en el horizonte y, tras intercambiar banderas con el barco insignia
del almirante, el HMSWinchester, un barco piloto, escoltó al Erebus y
al Terror al interior de la bahía de Simon. Ross y Crozier se
presentaron ante el contraalmirante Percy Josceline, el comandante en jefe,
casi exactamente tres años después de abandonar Sudáfrica para emprender su
aventura hacia la Antártida.
En su haber tenían dos grandes logros sin
precedentes. Sin pérdidas graves de vida, y sin que ninguno de los barcos
hubiera sufrido ningún daño grave, Ross y Crozier habían traído de vuelta de
los confines del mundo dos pequeños veleros y ciento veintiocho hombres. Por
muchas críticas que se pudieran hacer al estilo distante y, en ocasiones,
obsesivo de Ross, había cumplido las instrucciones del Almirantazgo al pie de
la letra, y solo le había quedado pendiente el objetivo de llegar al polo sur
magnético. También su segundo al mando había hecho todo lo que se había
requerido de él. En el más viejo y más pequeño de los dos barcos, el capitán
Crozier había demostrado ser un navegante hábil y capaz, completamente dedicado
a su barco y a su tripulación. Durante las tormentas más fuertes, había dado
ejemplo al hacer guardia las veinticuatro horas durante la mayoría de ellas y
echar cabezadas en una silla o en la propia cubierta.
Pero la expedición había hecho mella en ambos
líderes. Después de tres años fuera, Crozier tenía el cabello lleno de canas, y
los considerables peligros que Ross y él habían superado juntos habían dejado
una huella en su persona. En una cena con los dos capitanes, la hija del
almirante Josceline, Sophia Bagot, hizo una observación muy reveladora. «Les
temblaban tanto las manos que apenas podían sostener un vaso ni una copa
—escribió a una amiga—. Sir James Ross me dijo […]: “¿Ves cómo
nos tiemblan las manos? Esto es consecuencia de una noche en la Antártida”».
Capítulo 11
Rumbo a casa
La isla de Ascensión fue una de las últimas escalas del Erebus antes de
regresar a Inglaterra en septiembre de 1843.
Si los hombres de Ross creyeron que ahora los
barcos navegarían directos a casa, es que no conocían a su líder. Mientras
el Erebus y el Terror eran remolcados fuera
de la bahía de Simon el 30 de abril de 1843, Ross apuntó que habían «vuelto
definitivamente la espalda a las regiones antárticas e iniciado nuestro viaje
de regreso a casa —pero añadió, en un tono inquietante—: aunque todavía nos
queda un objetivo por cumplir: ir a Río de Janeiro para realizar nuestras
mediciones magnéticas». Casi oigo el distante rechinar de dientes en la sala de
oficiales cuando recibieron estas noticias.
El desvío hacia Río de Janeiro los llevó hasta una
de las posiciones avanzadas británicas más solitarias, Ascensión, una isla de
origen volcánico que se eleva desde el fondo del Atlántico y tiene más de seis
mil cuatrocientos metros de profundidad. En 1815, el Almirantazgo británico
había apostado allí una guarnición porque era la tierra más cercana a Santa
Elena, la isla en la que se mantuvo preso a Napoleón. El hecho de que Santa
Elena estuviera a unos mil doscientos cincuenta kilómetros de distancia demuestra
lo paranoicos que estaban acerca de posibles misiones de rescate.
Incluso hoy, Ascensión es todavía bastante
inaccesible. Para visitarla, mi única opción es tomar un vuelo de la RAF que
hace la ruta dos veces a la semana y que se detiene allí para repostar y,
luego, sigue hasta las Malvinas. El mapa que se muestra en la pantalla para el
viaje de diecisiete horas es algo peculiar, pues al principio solo muestra
Brize Norton, Washington y Ankara, pero después, una vez sobre el Atlántico,
los nombres desaparecen por completo. Durante varias horas, la pantalla parece
un cuadro de Yves Klein, y así sigue hasta que un pequeño punto emerge en la
esquina superior derecha, seguido, minutos después, por uno de los anuncios de
cabina más surrealistas que se pueden escuchar en un vuelo: «Dentro de poco
iniciaremos el aterrizaje en la isla de Ascensión».
Para mi sorpresa, el aeródromo de Ascensión es
enorme; cuenta con una pista de aterrizaje larga y una gran plataforma
asfaltada. Esto, según me explican más tarde, es consecuencia de la época en
que la isla era uno de los puntos de aterrizaje designados para el retorno de
los transbordadores espaciales de los Estados Unidos. Durante la guerra de las
Malvinas, fue una de las bases aéreas con más tráfico del mundo y constituía un
eslabón fundamental en el tránsito incesante de bombarderos Vulcan.
Esta mañana, en la pista solo hay un solitario
avión de transporte C-17 cuando nos remolcan hacia un grupo de edificios de
servicio de aspecto provisional. Uno de ellos es el área de tránsito, conocida
con el sugerente nombre de la Celda, donde los pasajeros esperan mientras el
avión se reabastece de combustible para el siguiente vuelo de ocho horas hasta
las Malvinas.
En lugar de pasar una hora en la Celda, me da la
bienvenida un joven entusiasta y bronceado que se presenta como el
administrador de Ascensión. Me señala su coche, con la matrícula A1, y me lleva
para hacerme un recorrido turístico relámpago por la isla. Empieza con una
visita a la elegante Casa del Gobierno, en buenas condiciones y que está a
medio camino de la cima de un volcán inactivo al que llaman la Montaña Verde.
Desde un frondoso jardín hay una vista magnífica de la llanura costera que se
extiende a nuestros pies, seca y quemada por el sol. Cualquier elevación está
plagada de mástiles, antenas, radomos de alerta temprana y antenas parabólicas.
Puede que la guerra terminara y que el transbordador espacial sea cosa del
pasado, pero la posición céntrica de la isla de Ascensión, en el punto del
océano en que la distancia de África y Sudamérica es menor, la convierte en un
nexo clave para las comunicaciones. Es un minúsculo resquicio del Imperio
británico, pero uno que merece la pena conservar.
El 28 de mayo de 1843, el Erebus flotaba
en las profundas aguas azules que contemplo y el cirujano McCormick debió de
contemplar la misma vista que yo, pero al revés. También subió a la cima de la
Montaña Verde, como lo había hecho Charles Darwin en su paso por la isla diez
años antes. Esta empinada cuesta volcánica, que se levanta unos novecientos
quince metros por encima del nivel del mar, es un paraíso para un naturalista:
ofrece toda una variedad de ecosistemas, que van desde lo que es prácticamente
un desierto a la selva tropical.
Las otras grandes atracciones de esta pequeña pero
pródiga isla son sus tortugas gigantes. McCormick vio varios cientos de ellas y
estimó que la mayor debía de pesar más de ciento ochenta kilogramos. Al
amanecer, durante otra visita, en esta ocasión de vuelta de las Malvinas, vi un
grupo de estas tortugas, que habían acudido a la orilla para poner sus huevos
al abrigo de la oscuridad y que en ese momento se arrastraban de vuelta al
océano. Exhaustas tras cavar en la arena y dar a luz, se movían con una lentitud
infinita y dejaban caer la cabeza a cada tanto al ver la distancia que les
quedaba por recorrer. Con la llegada del alba y el creciente calor, tuvieron
que redoblar sus esfuerzos. En el cielo, unas fregatas volaban en círculo y
aguardaban para cazar a los jóvenes en cuanto salieran de los huevos. Al
parecer, solo uno de cada mil alcanza la edad adulta.
El cirujano McCormick cenó sopa de tortuga la noche
antes de que partieran hacia el último objetivo de su viaje. Río de Janeiro, al
suroeste, constituía una fuente de provisiones mayor y mejor que las islas, y
era el único lugar donde se podía instalar el nuevo bauprés al Erebus.
McCormick aprovechó la oportunidad para experimentar la vida de aquella ciudad,
y se detuvo a investigar el Pharoux, un «hotel nuevo y excelente», antes de
acudir a Madame Finot, en la Rua do Ouvidor, para adquirir una caja de insectos.
Al pasar junto a una tienda, le llamaron la atención treinta muchachas criollas
que hacían collares con plumas. Podemos imaginar el efecto que la visión de
treinta chicas criollas debió de tener en un joven que había pasado los últimos
tres años navegando por el Antártico. Pero McCormick no va más allá de una mera
mención a las mujeres y comenta que ese día compró dos loros, uno gris y uno
verde.
Ross, por su parte, dejó constancia de la
frustración que sentía por el hecho de que todas las cartas que debían recibir
los dos barcos se hubieran enviado por error a Montevideo, y no pudieran llegar
a Río hasta al cabo de un mes. Decidió que no podía esperar tanto tiempo y, tan
pronto como completó sus observaciones magnéticas y se hubo instalado el nuevo
bauprés, no perdió tiempo en desplegar las velas. Aprovechando la ventaja de un
austro inusualmente fuerte, dejaron el Pan de Azúcar atrás y pusieron rumbo a
Londres.
Estaban todavía a más de ocho mil kilómetros de
casa, pero los vientos les fueron favorables y, al cabo de solo dos meses, el
30 de agosto, avistaron el faro de Saint Agnes, en las islas Sorlingas. La
larga crónica de Ross, ahora a punto de terminar, explica que, al alba del 2 de
septiembre, «las costas de la vieja Inglaterra aparecieron ante nuestros ojos».
McCormick, como siempre, describe el momento con un poco más de intensidad: «Un
día excelente, pero con un viento suave en contra. A las nueve en punto de la
mañana, cuando subí a cubierta, vi por fin la tierra de la vieja Inglaterra,
tras unos cuatro años lejos de ella». Dos días después, estaban cerca del cabo
Beachy y McCormick dio con unas palabras a la altura del momento. Era un día de
celebración. «El mar está tranquilo como un lago y lo surcan incontables naves;
mientras, desde la costa, animan la escena los fértiles campos dorados de maíz,
parte en gavillas, parte todavía sin cosechar». En Folkestone, Ross abandonó su
barco y tomó el tren a Londres. En cuanto bajó, se dirigió a Somerset House,
junto al Támesis, a presentar su informe al Almirantazgo. Allí, según
recordaría luego, recibió «la más calurosa bienvenida por parte de lord
Haddington, sir William Gage y mis estimadísimos amigos el
almirante Beaufort y sir John Barrow».
En la mañana del jueves 7 de septiembre de 1843,
el Erebus y el Terror llegaron a Woolwich y,
a primera hora de la tarde, echaron el ancla. Su largo viaje por fin había
concluido. Durante cuatro años, el Erebus había sido el hogar
de sesenta y tres hombres: una casa estrecha y abarrotada sacudida por
incontables tormentas, azotada por encrespadas olas y por vientos salvajes,
vapuleada y aprisionada por el creciente hielo, congelada hasta cubrirse de
carámbanos y dañada por la colisión contra un gran témpano. Y, a lo largo de
toda su travesía, no recibió sino elogios por su desempeño. En el obligatorio
informe de calidad de navegación para el Almirantazgo, redactado por Charles
Tucker, su navegante, así como por el carpintero del barco, y firmado por Ross
como capitán, el Erebus recibió una evaluación positiva, si
bien lacónica. «¿Se balancea bien o mal durante la navegación? Bien.
¿Cabecea bien? Bien. ¿Se comporta, en términos generales, bien o
mal durante la navegación? Muy bien».
Para quienes habían hecho del Erebus y
el Terror su hogar durante los últimos cuatro años, había
llegado el momento del adiós. El líder de la expedición, aunque solo tenía
cuarenta y cuatro años, ciertamente no tenía intención de hacerse a la mar de
nuevo… ni tampoco estaba en condiciones de hacerlo aunque lo hubiera deseado.
El largo viaje lo había dejado exhausto.
Ross fue nombrado caballero (título que entonces sí
aceptó) y recibió toda una serie de honores de diversas instituciones, entre
los que se contaron medallas de las Reales Sociedades Geográficas de Londres y
París y un doctorado honoris causa de la Universidad de
Oxford. John Murray le encargó un libro y le pagó un cuantioso adelanto de
quinientas libras, pero Ross tardó cuatro años en finalizar la tarea. No perdió
tiempo, empero, en contraer matrimonio con su paciente prometida, Anne Coulman,
tras conseguir finalmente el favor de su padre con la promesa de que, en
adelante, no participaría en más expediciones. Este matrimonio, más que ninguna
otra cosa, fue una indicación muy clara de sus intenciones. Ross había decidido
colgar las botas.
El futuro de Francis Crozier, que fue caballero de
honor [7] en la boda de Ross, se vería asimismo determinado por una mujer,
pero, en su caso, la historia no tendría un final tan feliz. Sophy Cracroft, de
quien Crozier se había enamorado en Tasmania, regresó a Londres con los
Franklin en junio de 1844. A pesar de que ya lo había rechazado una vez,
Crozier intentó ganarse su favor de nuevo, y le escribió cartas y organizó
encuentros a lo largo de ese verano. Pero las cosas no habían cambiado
significativamente desde su estancia en Tasmania, por lo que ella lo rechazó de
nuevo, e insistió en que no quería casarse con un hombre que se pasaba la vida
en el mar. ¿Trataba simplemente de ser educada? El biógrafo de Crozier, Michael
Smith, así lo da a entender: «En 1844, Crozier no tenía mucho a su favor como
pretendiente. Su cabello gris y amplia cintura delataban que era alguien que
había soportado las cargas de una vida muy exigente, y aparentaba más de sus
cuarenta y siete años».
Nadie ponía en duda que fuera un hombre
extraordinariamente capaz y decente. Su habilidad fue reconocida con su
elección como miembro de la Real Sociedad de Londres para el Avance de la
Ciencia Natural. Tampoco hay ninguna prueba de la existencia de quejas
asociadas a su liderazgo como las que Hooker reveló sobre el mando de Ross.
Crozier tenía buena relación con todos sus hombres, ilustrada por el hecho de
que regaló su reloj de plata, que había llevado durante quince años, al
sargento William Cunningham, el marine de Belfast cuyo diario sigue siendo uno
de los relatos más honestos de la expedición antártica.
Nunca sabremos si su origen irlandés jugó en contra
de los reconocimientos y ascensos de Crozier o si, simplemente, no fue lo
bastante agresivo en su persecución, pero el caso es que el éxito de la
expedición no le bastó para superar el fracaso de su cortejo a Sophy Cracroft.
Crozier se sumió en una profunda depresión y, en lugar de volver a hacerse a la
mar, se tomó un año sabático de la Marina, durante el cual percibió solo la
mitad de su salario, y se dedicó a viajar por Europa.
El destinatario del reloj de Crozier nunca se
volvió a hacer a la mar. El sargento Cunningham se casó dos años después de
regresar a casa. Ascendió a sargento de suministros y, luego, se convirtió en
un yeoman de la Guardia Real. Murió de cirrosis en 1884, a la
edad de setenta y cinco años. Su compañero de viaje, John Davis, el pintor y
ameno corresponsal, tuvo una carrera ilustre y se convirtió en asistente naval
del hidrógrafo e inventó un nuevo y mejorado sextante. Falleció en 1877, a la
edad de sesenta y tres años.
El año posterior a su regreso, Robert McCormick fue
elegido miembro del Real Colegio de Cirujanos. Sus esperanzas de ascenso en la
Marina Real descansaban primordialmente en sus labores como naturalista, pero
la institución naval decidió que cualquier ascenso debía valorarse únicamente
de acuerdo con las calificaciones médicas, que, por causas ajenas a la propia,
no había tenido ocasión de demostrar. Su insistencia a la hora de defender su
caso no lo ayudó, de modo que, cuando finalmente fue ascendido en mayo de 1859,
fue al cargo de inspector adjunto de hospitales, posición que ocupó hasta su
jubilación, a la edad de sesenta y cinco años. Por irónico que parezca, incluso
sus aportaciones como naturalista quedaron ensombrecidas por las de otros
—entre ellos, Hooker— y tuvo que autopublicarse su biografía. Al menos,
sobrevivió a muchos de sus más exitosos colegas, pues murió en 1890, a la edad
de noventa años.
El otro gran superviviente fue Joseph Hooker. En la
última carta a su padre se advertía cierta desilusión. «He recibido grandes
muestras de amabilidad por parte del capitán Ross, lo cual te agradezco
—escribió, con lo que reconocía el papel de su padre al asegurarle un puesto en
el viaje—; si otros, que las merecían más, las hubieran recibido también, esta
habría sido una expedición feliz. En conclusión, debo honrar y estar muy
agradecido al capitán Ross, y así lo haré siempre, pero, en cuanto a estimarlo,
no puedo ni podré jamás». Aunque poco quedaba del entusiasmo y la alegría
juveniles con las que había partido, al menos Hooker había descubierto su
vocación. «La botánica ha sido lo único que ha hecho tolerables muchos meses
que, de otro modo, habrían sido para mí, igual que para otros, casi
insoportables». El joven cirujano adjunto se convertiría en uno de los
botánicos más notables de la era victoriana. Es el autor de Flora
Antártica, una elegante crónica de cuatro volúmenes de sus investigaciones
durante la expedición, y después sucedería a su padre como director del Real
Jardín Botánico de Kew, un cargo que detentaría durante veinte años. Recibió
multitud de honores y condecoraciones, entre ellas el nombramiento como
caballero y la Orden del Mérito. Hooker tenía veintidós años cuando el Erebus zarpó
hacia el Antártico y noventa y tres cuando el capitán Robert Falcon Scott, que
se disponía a partir hacia el Polo Sur, le pidió que fuera él quien izara la
bandera que marcaba el inicio de la expedición. Joseph Dalton Hooker, nacido
durante el reinado de Jorge III, murió el 10 de diciembre de 1911, cuando el
título de monarca lo ostentaba Jorge V.
La recepción que se celebró en honor de la
expedición a su retorno fue respetuosa, pero discreta. Habían estado fuera
mucho tiempo. Sus mayores éxitos habían acontecido durante las primeras etapas
del viaje y, a pesar de los múltiples logros que habían conseguido después,
Ross no fue el tipo de hombre que cortejara a la opinión pública con continuos
informes de sus progresos. Hooker se quejó más de una vez de lo que llamaba «la
insensata decisión de Ross de no enviar noticias a casa». Se concedieron los
correspondientes ascensos y elogios, pero no hubo gran interés en montar
exhibiciones ni giras de conferencias y, más allá de la crónica del viaje del
propio Ross, se escribió muy poco sobre el tema en aquellos momentos.
Tendrían que pasar veinticinco años desde el
regreso de los barcos para que todos los datos que habían recabado sobre el
magnetismo terrestre se analizaran y publicasen. Para entonces, la cruzada
magnética ya no era una empresa tan apremiante. El negocio ballenero se había
reducido a medida que el gas reemplazaba progresivamente al aceite de ballena
en la iluminación, y había menos motivos para enviar tantas embarcaciones tan
al sur. Las ballenas francas, de las que muchos balleneros dependían para su sustento,
eran implacablemente explotadas en el hemisferio norte, y pocas alcanzaban ya
el sur del Atlántico.
Durante los siguientes sesenta años, la Antártida y
su océano cayeron prácticamente en el olvido.
La mayoría de quienes habían tomado parte en la
expedición de Ross ya habían fallecido hacía tiempo cuando una nueva generación
de exploradores revivió el interés popular en la Antártida, pero sus sucesores
eran plenamente conscientes de la deuda que tenían con Ross y Crozier y los
hombres del Erebus y el Terror. Roald Amundsen, el
viajero polar por antonomasia, los homenajeó, casi setenta años después, en su
libro El Polo Sur.
Con dos pesadas naves —que para nosotros hoy serían
auténticas «bañeras»—, estos hombres navegaron directamente al corazón de la
banquisa, cosa que todos los exploradores anteriores habían considerado con
toda certeza un viaje hacia la muerte. No es que esto nos resulte difícil de
comprender, es que resulta simplemente imposible hacerse una idea de lo que
supuso aquello, pues, ahora, con solo un gesto de mano podemos poner en marcha
la hélice y escapar de la dificultad en la que nos hayamos encontrado. Aquellos
hombres eran héroes, héroes en el sentido más elevado de la palabra.
El capitán Scott estaba de acuerdo con Amundsen. En
su introducción para El viaje del Discovery, describió la
expedición de Clark Ross como una de «las más extraordinarias y famosas jamás
realizadas». «Pocas cosas —continuó— podrían haber parecido más imposibles que
atacar aquella gran región del círculo polar antártico cerrada por el hielo y,
sin embargo, de esta aciaga perspectiva, Ross arrancó un mar abierto, una gran
cadena montañosa, un humeante volcán y cientos de accidentes de gran interés
para un geógrafo». Su conclusión sobre la expedición era generosa: «Podría
decirse que fue James Cook quien definió la región antártica y James Ross quien
la descubrió».
El HMS Erebus, con una tripulación
simbólica a bordo, fue remolcado río abajo desde Woolwich a Sheerness, donde se
le reparó el forro de cobre del casco y, luego, se vació y se le retiraron el
aparejo y las partes superiores de los mástiles.
Durante cuatro años habían resonado en sus
cubiertas las órdenes, los pasos apresurados de los marineros, el sonido de las
velas al agitarse y la campana del barco que tocaba la media hora. Ahora,
cuando 1843 llegaba a su fin y los londinenses corrían a comprar sus ejemplares
de Cuento de Navidad, en el barco reinaba el silencio. Su ancha
manga y sus líneas sólidas y robustas se mecían suavemente frente a la costa de
Kent, donde el estuario del Támesis se encuentra con el mar del Norte. Era solo
otra nave a la espera de que le encomendasen una tarea. Aunque había algo que
distinguía al Erebus de todos los demás barcos: nunca más, en
los anales de la historia marítima, un barco impulsado solo por velas se
acercaría siquiera a lo que habían conseguido el Erebus y
el Terror.
Capítulo 12
«Queda ya tan poco por hacer»
El Erebus y el Terror zarpan hacia el paso del Noroeste.
Una de las consecuencias inmediatas del éxito de la
expedición antártica, por paradójico que parezca, fue un renovado interés por
el Ártico. Apenas habían atracado el Erebus y el Terror cuando
el capitán Frederick Beechey, que había servido con sir John
Franklin en la expedición de 1818 al Polo Norte, empezó a servirse de los
logros de Ross para despertar el interés en otra excursión naval al gélido
norte. No consiguió gran cosa hasta que el incansable segundo secretario del
Almirantazgo, John Barrow, se implicó en el asunto. Este había impulsado la
expedición de Ross al sur, pero su corazón —y sus ambiciones— siempre
estuvieron en el norte. Ahora tenía casi ochenta años y vio en esta situación
una última ocasión de conseguir el objetivo al que había dedicado gran parte de
sus esfuerzos a lo largo de su vida: el descubrimiento del paso del Noroeste.
Durante los últimos veinticinco años se habían hecho tantos progresos que solo
quedaban más o menos unos ciento cincuenta kilómetros entre el este y el oeste por
explorar. Lo único que faltaba era unir los puntos. Pero era más fácil decirlo
que hacerlo.
Entiendo por qué. Yo mismo recorrí parte del paso
del Noroeste en agosto de 2017, a bordo de un buque oceanográfico ruso
reforzado para el hielo llamado Akademik Sergey Vavilov. Lo primero
que comprobé es lo enormes que eran las distancias comparadas con lo pequeñas
que parecen sobre un mapa. Lo que parecía ser un complicado y casi acogedor
encaje de islas y estrechos canales era, en realidad, una enorme área de anchos
mares y enormes altiplanos sin árboles. El estrecho de Lancaster tiene cien
kilómetros de altura en su extremo este y nunca hay menos de sesenta kilómetros
de agua entre las islas a cada uno de sus lados. La isla Devon, al norte, es la
mayor isla deshabitada del planeta, una masa terrestre cubierta de tundra del
tamaño de Croacia. Al sur se encuentra la isla Baffin, la quinta isla más
grande del mundo, con una extensión que dobla la de Gran Bretaña. Teníamos los
instrumentos más modernos, mapas y cartas precisos, localización por GPS,
sonares que medían la profundidad y estaban diseñados para hacer la navegación
lo más simple posible y un barco muchísimo más grande y resistente que
cualquiera de los que Barrow tenía a su disposición. Pero, en la práctica,
nuestro capitán debía adaptar nuestra ruta cada hora para evitar formaciones de
hielo. No parecía que las cosas hubieran cambiado tanto.
Que Ross hubiera regresado sano y salvo del
Antártico demostraba lo que una expedición pública bien planeada podía
conseguir. Así pues, el secretario Barrow concitó sus formidables poderes de
persuasión para hacer un último intento de la meta más importante de su vida.
En diciembre de 1844 propuso a Haddington, el nuevo primer lord del
Almirantazgo, «una propuesta para completar el descubrimiento de un paso del
Noroeste». El documento se abría con una exposición clara de sus argumentos:
«Existe la sensación generalizada en las diversas sociedades científicas y en
los individuos que se dedican a investigaciones científicas […] de que el
descubrimiento o, más bien, la finalización del descubrimiento, de un paso
desde el Atlántico al Pacífico rodeando la costa norte de América del Norte no
debe abandonarse después de haber conseguido tanto y cuando queda ya tan poco
por hacer».
Barrow reforzó su causa políticamente al agitar el
espantajo de los rusos (quienes, en aquellos tiempos, poseían Alaska), que
podrían completar la gesta primero. La navegación exitosa por el paso del
Noroeste, advirtió, «si se permite que la lleve a cabo otra potencia,
Inglaterra —por haber descuidado la tarea y tras haber abierto las puertas
tanto por el este como por el oeste— será el hazmerreír de todo el mundo por
haberse quedado en el umbral». Apoyó su tesis con argumentos científicos que
indicaban que una nueva expedición podría contribuir a completar el estudio
magnético del mundo, que aún era un motivo poderoso. Para dar jabón al
Almirantazgo, llamó la atención sobre el potencial entrenamiento que una
expedición de este tipo ofrecía a los marineros del futuro, en unos momentos en
los que la Marina Real no tenía guerras en las que pudieran curtirse los
oficiales jóvenes. Y, para poner de su parte a los contables, argumentó que el
viaje podía realizarse en un solo año y que supondría un tercio de lo que había
costado la reciente expedición al Antártico. Por último, pero no por ello menos
importante, destacó el hecho de que ya se disponía de dos barcos preparados
para navegar por el hielo, listos y sin usar en el estuario del Támesis. En
suma, Barrow fue extremadamente convincente y consiguió un enorme apoyo.
Los pesos pesados de la exploración polar, sir John
Franklin, sir Edward Parry y sir James Clark
Ross, ofrecieron pleno apoyo a la proposición de Barrow. Todos ellos, con la
excepción de Ross, recomendaron que el motor de vapor, a pesar de haber fallado
en el Victory de John Ross, se considerara un componente
esencial de cualquier futuro intento. El coronel Sabine y el consejo de la Real
Sociedad secundaron el potencial comercial de la expedición y defendieron que
supondría una contribución importante a la causa de la observación magnética y
de la mejora de la navegación. El efecto acumulativo de este entusiasmo
abrumador persuadió al primer ministro, sir Robert Peel, que
dio a la propuesta todo su apoyo. Sir John Barrow conoció esta
decisión la víspera del día en que dejaba su puesto en el Almirantazgo. No
podría haber deseado mejor regalo de despedida.
Pero el tiempo era esencial. Si quería mantenerse
el ímpetu, la expedición debía estar lista en cuestión de meses. Si tenían que
llegar al estrecho de Lancaster, la puerta de entrada del paso del Noroeste,
antes de que el hielo lo cerrara, habrían de zarpar a principios de mayo de
1845.
La cuestión más apremiante era la elección del
líder de la nueva expedición. James —ahora sir James— Clark
Ross era el primero de la lista. A esas alturas, había sido un miembro clave en
siete expediciones y había demostrado sobradamente en el Antártico que era un
hombre de fiar. Sabiendo lo que sabemos ahora acerca del estado de sus manos en
Ciudad del Cabo, quizá no resulte sorprendente que rechazara la oferta. Su
promesa a su nueva esposa y a su suegro se citó como razón para su negativa,
así como su afirmación de que, con cuarenta y cuatro años, era demasiado mayor
para este tipo de aventura. Este último argumento parece muy poco convincente,
sobre todo porque, a continuación, prestó su pleno apoyo a la candidatura de su
amigo de cincuenta y nueve años sir John Franklin. Lo que
resulta evidente es que Ross ya estaba harto de explorar.
La candidatura de Franklin contaba con otro
poderoso paladín. Lady Jane Franklin, ahora de vuelta en Gran
Bretaña, no dejó un pasillo por recorrer para apoyar a su marido, que,
recordemos, había sido despedido fulminantemente de su puesto de gobernador en
la Tierra de Van Diemen por lord Stanley, entonces ministro para las
Colonias. Lady Franklin procedió a utilizar su amistad con
James Ross, que tan asiduamente había cultivado en Tasmania, para cobrarse
favores que le debían. Habló con fervor de su marido: «Lo que más me preocupa
—escribió a Ross— es que en la actual crisis que afecta a nuestros asuntos y
después de haber sido tratados de forma tan injusta por el Ministerio de las
Colonias, me parece que le afectará mucho si su propio departamento lo pasa por
alto […]. Me aterra el efecto que pueda tener en su mente que se vea sin empleo
inmediato y honorable».
No está claro si este ruego se produjo antes o
después de que Ross escribiera a sir Francis Beaufort, el
hidrógrafo de la Marina Real, para recomendar a Franklin como una persona
«sumamente cualificada para el mando de tal expedición», pero el caso es que
sus súplicas tuvieron el efecto deseado. No todo el mundo, sin embargo, estaba
convencido. Lord Haddington, por ejemplo, se entrevistó con Franklin en el
Almirantazgo y expresó cierta preocupación de que, con sus sesenta años, fuera
demasiado viejo para una expedición como la que tenían en mente. Franklin
replicó, indignado, que no tenía sesenta años, sino apenas cincuenta y nueve.
Por su parte, sir John Barrow había expresado claramente su
preferencia por una estrella en alza de la Armada, el comandante James
Fitzjames, de treinta y dos años. Pero, al final, debió de ser sir Edward
Parry quien tuvo la última palabra. Le dijo a Haddington que, en su opinión,
Franklin era «un hombre más adecuado para ir que ningún otro que conozco», y
añadió: «Y si no le permites ir, la decepción acabará con él».
Así pues, a pesar de la sospecha de que había sido
elegido por pena, se confirmó el nombramiento de sir John
Franklin como líder de la última expedición en busca del paso del Noroeste, con
James Fitzjames como su segundo al mando a bordo del Erebus.
Inicialmente, el puesto de capitán del HMS Terror y de segundo
al mando de toda la expedición se ofreció a un tal capitán John Lort Stokes,
que había comandado el Beagle en su tercer viaje por el
Pacífico, pero, cuando este lo rechazó, la inevitable elección fue Francis
Crozier. De hecho, lord Haddington ya había ofrecido el mando de toda la
expedición a Crozier, que se había debatido entre aceptarlo o no durante su
viaje de recuperación emocional por Europa. Curiosamente, James Clark Ross no
apoyó la decisión de Haddington; da la sensación de que era consciente del
frágil estado de salud de Crozier y de que intentara protegerlo de una carga
demasiado pesada. Lo que sabemos acerca del estado mental de Crozier parece
apoyar esta tesis. En una carta escrita desde Florencia a finales de 1844,
explicó a Ross su decisión de rechazar el liderazgo de la expedición: «Siento
sinceramente que no estoy a la altura de ese reto. De hecho, todavía dudo de mi
capacidad de liderazgo. Tú, a ese respecto, así como a otros, sabes exactamente
lo que pienso». Hubieron de pasar unos pocos meses antes de que Crozier se
sintiera lo bastante recuperado como para aceptar el puesto de segundo al mando
de la expedición, cargo en el cual se confirmó debidamente el 3 de marzo de
1845.
En comparación con la travesía por el Antártico, la
génesis de esta última expedición estuvo plagada por las dudas y los
compromisos: relacionados con la edad, la preparación física y mental y, en
algunos casos, incluso con la necesidad de que la expedición tuviera lugar. El
doctor Richard King, un personaje amigo de la polémica y muy obstinado que
había formado parte de diversas expediciones árticas, estaba convencido de que
la extensión y el grosor del hielo condenarían al fracaso todo intento de travesía
marítima por el paso del Noroeste. King escribió a John Barrow para advertirle,
de manera muy gráfica, de que estaba enviando a Franklin al Ártico «para que se
convirtiera en el corazón de un iceberg».
Pero no había tiempo para debatir. Los barcos se
estaban aparejando y oficiales y marineros se amontonaban para ser elegidos.
Incluso Crozier se dejó llevar por la emoción general y aseguró a Ross lo
siguiente: «Me siento bastante seguro de que acerté al presentarme como
voluntario para ser el segundo de sir John, y también en no
ofrecerme como líder, pase lo que pase». Puede que esta mejora de ánimo
estuviera influida por el hecho de que, mientras se llevaban a cabo los
preparativos en el astillero de Woolwich, Crozier se alojó en la casa de James
y Anne Ross, en la cercana Blackheath.
Siempre se tuvo claro qué barcos participarían en
la expedición. Tras su éxito antártico, el Erebus y el Terror se
habían labrado una formidable reputación como los barcos resistentes al hielo
más fuertes y fiables de la Marina Real británica. El 5 de febrero, se ordenó
que el Erebus pusiera fin a su retiro temporal en Sheerness y
fuera remolcado río arriba, hasta el Real Astillero de Woolwich, donde el
maestro carpintero Oliver Lang se encargó de su reacondicionamiento, y
del Terror, para navegar por el Ártico.
La ribera de Londres ha cambiado de forma dramática
incluso durante el transcurso de mi vida. Hasta bien entrada la década de 1940,
el de Londres era el puerto con mayor actividad del mundo y se extendía a lo
largo de dieciocho kilómetros de orilla; cada año se cargaban y descargaban en
él sesenta mil barcos. Hoy en día, el comercio no llega tan río arriba. Las
importaciones y exportaciones de Gran Bretaña pasan por Felixstowe y Tilbury y
London Gateway. Persiste la nostalgia por los viejos tiempos y esta parte de
Londres todavía está dominada por el legado del pasado. Aunque ya no hay
muelles operativos, el moderno ferrocarril que me lleva a Woolwich recibe el
nombre de Docklands Light Train [el tren ligero de los
muelles]. Sus convoyes sin conductor pasan por estaciones con nombres como
Pontoon Dock [muelle de Pontones], Canary Wharf [embarcadero de las Canarias] y
Heron Quays [atracadero de la Garza]. Desde el tren, observo el enorme volumen
que ocupaba la refinería de azúcar Tate & Lyle, la que otrora fuera el
centro de un gigantesco negocio de importación. Ahora el vapor de sus chimeneas
se desvanece sobre un cartel colgado en la pared que dice «¡Salvemos nuestra
azúcar!». Luego la línea de tren se hunde bajo el Támesis y emerjo en la
primera estación en la orilla sur, Woolwich Arsenal. Un viento gélido que hace
entrecerrar los ojos azota desde el río mientras saco un mapa y encuentro el
camino a través de la plaza del General Gordon hasta los edificios del viejo
arsenal. La mayoría han sido demolidos y, en su lugar, se están levantando
apartamentos de lujo. Una serie de siete torres menos lujosas discurre hacia el
este junto al río. Se accede a ellas a través de una calle llamada Erebus Drive,
por lo que supongo que era aquí donde debían de encontrarse los muelles y los
talleres, y donde se aparejó la nave para su último viaje. El río parece frío,
revuelto e incoloro.
En la entrada a la obra del nuevo complejo
residencial sobreviven dos de los edificios originales del arsenal. Uno es
ahora un pub llamado Dial Arch. Su propósito original es
evidente gracias a dos grandes columnas a ambos lados de un reloj de sol, en
cuyas cimas hay una pirámide de balas de cañón. Junto a él hay un edificio de
techo bajo y característico ladrillo rojo con una torre con techo de plomo
sobre la entrada y un cañón sobre los adoquines de la plaza frente a ella. Es
la Real Fundición, ahora parte del Museo Nacional Marítimo, y aquí, si no estoy
equivocado, se almacenan las únicas copias de los planos para convertir
al Erebus de una bombarda a un barco de explorador polar.
Llamo a un timbre y me dejan entrar en lo que
parece la oficina más tranquila que he visto en mucho tiempo. En un mundo donde
tanta gente trabaja ensimismada ante sus pantallas con los auriculares puestos,
los ocupantes de la Real Fundición desempeñan sus tareas en un agradable y
acogedor desorden, rodeados de teteras y tazas de café sobre bandejas
manchadas, archivadores apilados sobre fotocopiadoras y fotos pegadas con celo
en la pared. Pero, tras este ambiente relajado, se encuentra un extraordinario
archivo de más de un millón de planos de barcos y una colosal colección de
fotografías, que actualmente se está digitalizando. Me traen una serie de
planos del Erebus y el Terror; son
fascinantes.
Están elegantemente firmados por el «señor Oliver
Lang, Woolwich Yard, 17 de marzo de 1845» (solo dos meses antes de que la
expedición partiera). Me atraen las finísimas líneas de los detalles, dibujadas
con precisión sobre papel para cartuchos y todavía claramente legibles, incluso
ciento setenta años después.
Hay muchísima información sobre el interior y el
exterior del Erebus. Los constructores de barcos tienen un lenguaje
propio. Al terminar la mañana, he aprendido sobre el sollado, las curvas, los
alefrices, los sobreplanos, los machos y las hembras del timón y los
escotillones. Sé que no recordaré todos los términos, e imagino que así lo
querrían quienes diseñaron aquellos planos. Por mucho que desee aprender sobre
el Erebus, siempre seré un marinero de agua dulce. Pero esta visita
me ha acercado mucho a la nave. Comprendo mucho mejor su armazón, cómo fue
reforzado y cómo se diseñaron cuidadosamente todos los elementos de su
interior. Aquí, en la Fundición Real, aprendo cómo un barco resistente se
reforzó todavía más. Entiendo cómo fue capaz de conseguir tanto. En estas
rígidas láminas de papel para cartuchos se encuentra la fórmula de su
supervivencia.
Gran parte del trabajo que llevaron a cabo Lang y
sus hombres fue superficial. Reforzaron el casco y las cubiertas, sellaron e
impermeabilizaron las amuradas y aumentaron el refuerzo de hierro de la proa.
Dado lo bien que había funcionado todo en el Antártico, no se cambió gran cosa
del interior. Se mantuvo en la cocina el sistema de cocina y producción de agua
patentado por Fraser. Este estaba diseñado para utilizar el vapor que se creaba
al cocinar para destilar agua a partir de nieve y hielo.
La calefacción la aportaba el sistema del señor
Sylvester, uno de los primeros mecanismos de calefacción central, que repartía
el aire caliente de un horno de ladrillo a través de «un tubo de hierro
cuadrado, de aproximadamente treinta centímetros de diámetro, que recorre todo
el costado y distribuye un agradable calor a todos los camarotes y hamacas»,
según lo describía su fabricante en 1839. Este sistema ya había demostrado su
valía y contaba, además, con el entusiasta aval de un tal capitán James Ross de
Londres. «El admirable comportamiento de este valiosísimo invento del señor
Sylvester es digno de todos los elogios».
La alteración más drástica de los dos barcos fue la
controvertida instalación de un sistema de propulsión con una hélice alimentada
por vapor, uno de los primeros que se instaló en un buque de guerra con casco
de madera. Sir Edward Parry, que supervisaba todos los
preparativos, justificó su instalación en una carta al Almirantazgo escrita en
enero de 1845: «Creo que podemos beneficiarnos […] de la incorporación de un
pequeño motor de vapor (equivalente a la producción de una velocidad de tres o
cuatro nudos) en cada uno de los barcos empleados en esta misión», escribió,
para, a continuación, sugerir la instalación de, «quizá, un par de pequeñas
locomotoras de cincuenta caballos de potencia, con una hélice móvil, todo lo
cual podría montarse en un espacio reducido y completamente a salvo de daños
producidos por el hielo, y no se emplearía combustible excepto para impulsarse
a través de los estrechos e imprevisibles canales entre las masas de hielo
cuando no haya otro medio de hacerlo».
Este era el encargo que recibieron Oliver Lang y su
equipo. Y contaban solo con tres meses para llevarlo a cabo. Puesto que no
había tiempo para construir nuevo equipo, Parry sugirió que utilizaran
locomotoras de segunda mano, más ligeras y mucho más pequeñas que los motores
de vapor marítimos de la época. La empresa Maudslay, Sons and Field, que estaba
a cargo de la reforma de las embarcaciones, consiguió dos locomotoras, aunque
existen diferentes versiones sobre su supuesta procedencia. En una carta a Ross,
Crozier le dijo que de la línea de Dover. El Illustrated London News,
en cambio, afirmaba que habían salido del ferrocarril de Greenwich. Los
respetados expertos en la expedición de Franklin Peter Carney y William
Battersby se han decantado por el ferrocarril de Londres y Croydon. Su
conclusión, muy bien fundamentada, es que las dos locomotoras que cedieron sus
motores a la causa de la exploración ártica fueron la n.º 2, «Croydon», y la
n.º 6, «Archimedes».
Fuera cual fuera su origen, los dos motores
llegaron a Woolwich el 18 de abril y se transportaron al muelle donde estaban
amarrados los barcos. James Fitzjames presenció la llegada de una de ellas
desde la ventana de su cuarto: «Diez caballos negros como el carbón remolcan la
locomotora, que pesa quince toneladas».
Las locomotoras se bajaron entonces a la bodega de
cada barco, a un compartimento de dos cubiertas de altura justo detrás del palo
mayor, y conectadas por un eje de 9,7 metros con una hélice de bronce para
cañón de 2,1 metros. Lang había rediseñado la popa de los barcos para dejar un
espacio en el que retraer la hélice cuando no se utilizara. El Illustrated
London News informó de que los lores del Almirantazgo estaban
especialmente impresionados por esta ingeniosa solución para incluir un motor
de vapor a unas embarcaciones de vela, «gracias a lo cual se obviaba por
completo la dificultad de colocarlo y quitarlo en el exterior».
Entre aquellos que no estaban tan entusiasmados con
la instalación de motores de vapor se contaba sir James Clark
Ross, que, por una vez, coincidía con su tío, sir John. Ambos
opinaban que los motores eran demasiado pesados para este tipo de viajes y que,
además, no había pruebas que confirmasen su buen rendimiento. También les
preocupaba que la instalación de la maquinaria para levantar la hélice
debilitara el codaste y pusiera en peligro la seguridad del timón. Además,
estaba la cuestión del peso extra que suponía el carbón necesario para
alimentar las locomotoras. Este problema se resolvió en parte con la creación
de un «combustible patentado» más ligero, que consistía en ladrillos elaborados
mediante la compresión de carbón en polvo y alquitrán de hulla.
A pesar de las dudas, la maciza bombarda que había
salido del astillero de Pembroke hacía casi veinte años era uno de los barcos
mejor equipados de la Armada. El Erebus y el Terror contaban
con la tecnología marítima más avanzada y con una capacidad de veinticinco
caballos de potencia para ayudarlos a atravesar el hielo, pero tampoco era esta
una potencia que fuera a marcar la diferencia. Un rompehielos moderno tiene una
potencia de cuarenta mil caballos.
Mientras se daba inicio a los trabajos en los
barcos, se puso en marcha la selección de oficiales y tripulación. Fue el
comandante James Fitzjames, y no el propio sir John Franklin,
quien se encargaría de buscar el personal necesario, a pesar de que no tenía
experiencia en el Ártico. Lo que sí tenía, no obstante, era el apoyo total
de sir John Barrow, quien, por supuesto, lo había propuesto
como líder de la expedición.
Puede que sir John tuviera un
interés personal en este asunto: hay ciertos indicios que sugieren que
Fitzjames había ayudado al hijo de Barrow, George, a solucionar algún tipo de
situación vergonzosa en la que se había visto envuelto durante el tiempo en que
estuvo destacado en Oriente. «Un asunto de honor o, quizá, puede que incluso un
incidente homosexual», sugiere el biógrafo de Fitzjames, William Battersby,
quien lo califica como «el hombre misterioso de la expedición de Franklin». No
está ni siquiera claro quiénes eran los padres de Fitzjames. Battersby sugiere
que era el hijo ilegítimo del diplomático sir James Gambier,
un mujeriego que fue cónsul general británico en Río de Janeiro. Fitzjames
había entrado en la Marina Real en 1825, más o menos con trece años, y había
participado en una expedición para explorar el río Éufrates en los inicios de
su carrera, para luego servir como teniente de artillería en la guerra contra
China, que se conoce con el mucho más transparente nombre de Primera Guerra del
Opio.
Según todas las fuentes, Fitzjames era un tipo
popular, una compañía excelente, un imitador de legendario talento y, en suma,
un hombre que agradaba a todos. Sabía cómo entretener a la gente y era
observador y elocuente. Mientras servía a bordo del HMS Cornwallis durante
la Primera Guerra del Opio, expresó sus impresiones de Shanghái en verso.
El sur de la ciudad, donde los chinos té toman,
tiene grutas y puentes de formas muy curiosas
y laberínticas que asemejan las que observamos
en nuestros limpios platos de porcelana blancos.
Asimismo, era un hombre valiente. En 1835, se lanzó
al río Mersey para salvar a un hombre que se estaba ahogando. La agradecida
Ciudad y Corporación de Liverpool le concedió una copa de plata, conocida como
la copa Fitzjames.
Con el día de la partida de la expedición cada vez
más cerca, Fitzjames se mudó a Woolwich y alquiló unas habitaciones en el
número 14 de la calle Francis. El coronel Sabine, el principal asesor
científico de la expedición, se hospedaba cerca, en la Academia de Woolwich,
donde estableció unas instalaciones para adiestrar a los nuevos oficiales en el
uso de los instrumentos de observación magnética. Entretanto, Fitzjames no
perdió tiempo en designar hombres para ocupar los puestos que faltaban. El 4 de
marzo, Charles Osmer, de cuarenta y seis años (uno de los miembros de más edad
de la expedición, pero que recientemente había contraído matrimonio y tenía un
hijo de tan solo un año), fue nombrado intendente y administrador del HMS Erebus.
Había navegado por el Ártico con Beechey, en el estrecho de Bering. Charles
Frederick Des Voeux, que había navegado con Fitzjames antes, fue escogido
primer oficial del Erebus, y Henry Le Vesconte, que había sido
segundo al mando de Fitzjames en un barco llamado Clio, fue nombrado
teniente. El doctor Stephen Stanley, que había navegado con Fitzjames a bordo
del Cornwallis, se convirtió en cirujano jefe, con el doctor Harry
Goodsir como su adjunto. Al igual que Joseph Hooker en el Antártico, Goodsir
era un naturalista además de médico.
Entre los muchos hombres que se reclutaron durante
ese frenético mes de marzo, hubo dos personas a las que Fitzjames conocía bien.
James Fairholme, que había estado con él en la expedición del Éufrates, fue
elegido para ser uno de los tres tenientes del Erebus, y Edward
Couch, que había servido con él en la guerra de China, fue reclutado como
suboficial. Fitzjames ha sido criticado posteriormente por escoger a viejos
amigos en lugar de a veteranos de la expedición polar, pero su decisión tenía
cierto sentido. Para alguien que iba a pasar muchos meses, quizá años,
encerrado en una nave con esa gente, lo lógico es que se rodeara de personas
con las que sabía que se llevaba bien. Y tampoco es que los que tenían
experiencia en la exploración polar fueran ignorados. Aparte del propio capitán
y de Charles Osmer, el segundo navegante, Henry Collins, había trabajado en
barcos balleneros, y el teniente Graham Gore había navegado en la expedición al
paso del Noroeste de George Back.
Los seis años que habían pasado entre la expedición
de Ross y la de Franklin habían sido testigos de la invención de un proceso
fotográfico, conocido —en honor a su inventor, Louis Daguerre— con el nombre de
daguerrotipo. En 1839, alrededor del mismo momento en que la expedición de Ross
partía hacia la Antártida, Robert Cornelius tomó en Filadelfia el primer
retrato de rostro completo de un ser humano. Para cuando la expedición regresó,
en 1843, la fotografía ya formaba parte de la vida cotidiana.
Lady Franklin, que siempre estaba alerta en busca de los últimos
avances científicos, contrató los servicios de un fotógrafo, William Beard,
para que hiciera daguerrotipos de tres cuartos de los principales oficiales del
HMS Erebus, retratos que, posteriormente, se publicaron en el Illustrated
London News de septiembre de 1851. La colección tiene un valor
incalculable, pues se trata de la primera serie de retratos de ese tipo, pero,
asimismo, es infinitamente conmovedora, ya que nos presenta a un grupo formado
en su mayor parte por hombres jóvenes llenos de confianza y esperanzas. Nos
brinda la oportunidad de poner rostro a los hombres, a los nombres de aquellos
que no regresarían.
Franklin no sale demasiado bien. A pesar del
impresionante bicornio y de las medallas, parece que la chaqueta le viene
pequeña y que le resulta incómoda, y tiene el rostro pálido y las mejillas
caídas. Según lady Franklin, había sufrido de gripe desde su
regreso a Gran Bretaña. También desde entonces lo angustiaba el hecho de tener
que dar constantemente su versión de lo que había ido mal en la Tierra de Van
Diemen y, apremiado por su esposa, estaba colaborando en un panfleto para
justificarse, cuya elaboración le causaba no pocos dolores de cabeza. Además,
estaba sometido a un riguroso calendario de apariciones públicas. A diferencia
de la expedición antártica, esta era una empresa muy popular y sir John
debía estar disponible en todo momento para recibir a un alud continuo de
visitantes importantes en los astilleros y para asistir a toda una serie de
actos oficiales. El 20 de marzo, cuando quedaban menos de dos meses para
zarpar, la Real Artillería, deseosa de destacar su participación en las labores
de investigación magnética de la expedición, celebró un banquete en la sala de
oficiales de Woolwich al que asistieron más de cien oficiales y científicos,
con Franklin como invitado de honor. Un mes después, Franklin acompañó al
primer lord durante la recaudación de dinero para una iglesia de marineros en
Bishopsgate y, ese mismo día, cenó en la Real Sociedad Geológica. En este caso,
la cámara no engaña. He aquí un hombre que carga el peso del mundo sobre sus
hombros.
En cambio, a Fitzjames, con sus treinta y dos años,
sin sombrero y con el cabello rizado y unas largas patillas que parecen un
reflejo de sus charreteras, se lo ve cómodo y libre, con la chaqueta abierta,
que revela un elegante chaleco y un catalejo en la sangradura del codo del
brazo izquierdo. No debe sorprendernos saber que Fitzjames, un hombre
divertido, bosquejó rápidos retratos a lápiz de sus compañeros oficiales, lo
que ayuda a que sus fotos, en las que posan con la mayor formalidad, cobren
vida.
Henry Thomas Dundas Le Vesconte, el hombre de
veintinueve años que sostiene en la mano izquierda el libro de señales
del Erebus, es el único que se fotografió frente a una parte
reconocible del barco. Esta es una imagen especialmente valiosa, pues sobre su
hombro derecho vemos la doble rueda del timón con el que se pilotaba el barco.
Por increíble que parezca, esta es la única fotografía que existe del Erebus.
Fitzjames comentó que Le Vesconte era «tímido y reservado» y patizambo.
James Reid, el patrón del hielo de Aberdeen, mira
hacia el infinito, con el catalejo elevado como si ya entonces buscara
obstáculos. «Tosco, inteligente y poco refinado, con un cerrado acento del
norte», escribió de él Fitzjames.
El teniente Des Voeux, con la gorra en la mano
izquierda y la derecha dentro de la chaqueta, parece que quiere aparentar más
de los diecinueve años que tiene. Era «un joven impecable, listo, agradable,
animoso y servicial» según Fitzjames, que añadió que Des Voeux tenía un ojo de
cristal.
Stephen Stanley, el cirujano, se reclina hacia
atrás cómodamente y muestra un rostro franco y el cabello cuidadosamente
peinado, con un rizo sobre la oreja. «Tiene, desde luego, la inclinación a ser
apuesto, pero está gordo, tiene el cabello negro azabache y unas manos muy
blancas que mantiene siempre abominablemente limpias, lo cual, junto al hecho
de que siempre lleva la camisa remangada, transmite la sensación de que no le
importaría amputar la pierna a alguien de inmediato, si no antes».
El teniente Edward Couch desafía la moda del vello
facial de la época y nos muestra una tranquila sonrisa. «Un tipo pequeño, de
cabello negro y rostro elegante […]. Escribe, lee, trabaja y dibuja, todo ello
en silencio. No encuentro nada notable en su carácter, salvo por el hecho de
que quizá sea, en mi opinión, algo obstinado».
El tercero de los jóvenes tenientes que sirvieron
como suboficiales en el Erebus fue el joven de veintiún años
Robert Orme Sargent, a quien Fitzjames describió como «un tipo agradable y muy
presentable. De muy buen carácter».
El doctor Harry Goodsir, que posa sentado en
escorzo, apoyado sobre el brazo derecho, era un cirujano adjunto extremadamente
bien cualificado. Tenía treinta y ocho años y procedía de una familia escocesa
con mucho talento. A esas alturas, ya había sido conservador del Museo del Real
Colegio de Cirujanos de Edimburgo, y ahora, además, era el naturalista de la
expedición. Fitzjames claramente lo apreciaba y respetaba. «Es alto y camina
recto, casi sobre la punta de los pies, con las manos metidas en los bolsillos
de la chaqueta. Tiene una risa encantadora».
El teniente Graham Gore, que contaba también
treinta y ocho años, posa sentado para la cámara, con los brazos cruzados con
fuerza, como si se protegiera del frío, con la visera de la gorra bajada hasta
el ceño y la vista puesta en algo ni muy lejano ni muy cercano. Minando
cualquier vanidad que tuviera Gore, Fitzjames escribió de él: «Toca la flauta
terriblemente bien; dibuja, en ocasiones, muy bien, y otras, muy mal, pero es,
en general, un tipo fantástico».
El capitán Crozier es el único miembro de la
tripulación del Terror que fue fotografiado, lo que parece
confirmar que, para Jane Franklin, aquella era la expedición de sir John
Franklin y, dado que el Erebus era el buque insignia, era este
el único que le interesaba. Fitzjames no realizó ningún retrato a lápiz de
Francis Crozier.
Es relativamente fácil conseguir información sobre
los oficiales de la expedición. Para saber más sobre la tripulación, sin
embargo, tenemos que contentarnos con los libros de reclutamiento y los libros
de descripción, que mantenían el intendente y el administrador de todos los
barcos de la Marina Real. Aunque nunca sabremos qué aspecto tenían los
marineros rasos, estos registros, que el historiador naval Ralph Lloyd-Jones ha
estudiado concienzudamente, contribuyen a hacer que estas personas, tantas veces
olvidadas, cobren vida.
James W. Brown, registrado como «calafateador», era
de Deptford, muy cerca de Woolwich, y se había dedicado a esta tarea muchos
años. Su trabajo era ocuparse de que las junturas del barco fueran herméticas,
y utilizaba para ello trozos de estopa recubierta de alquitrán. John Cowie, un
marinero a bordo del Erebus de treinta y dos años, estaba
casado y se había tatuado su nombre en el brazo derecho. Esta era una práctica
común en la Marina Real, según sugiere, sin darle la menor importancia,
Lloyd-Jones, «por si un cuerpo mutilado debía identificarse». Francis Pocock,
otro marinero, había sido un pescador que faenaba en la desembocadura del
Medway. Su descripción es la de un hombre de un metro y sesenta y dos
centímetros de altura, pecoso, con ojos marrones, el cabello de color claro y
marcas de viruela. John Strickland,originario de Portsmouth, tenía veintiún
años y una tez «florida, marcada ligeramente por la viruela», mientras que el
asistente de John Franklin, Edmund Hoar, que tenía un ancla tatuada en el brazo,
había sido vacunado (existía una vacuna contra la viruela desde su
descubrimiento, en 1796, por parte de Edward Jenner). Joseph Lloyd, un hombre
de veinticinco años procedente de Greenwich, fue licenciado del Erebus diez
días antes de zarpar, probablemente porque estaba casado y debió de
arrepentirse de zarpar al Ártico. O quizá tuviese el don de la clarividencia.
Catorce miembros de la tripulación del Erebus eran
«primeras entradas», hombres que no habían servido antes en la Marina Real,
pero muchos de los cuales tenían experiencia en barcos balleneros o quizá ya
habían navegado por el Ártico como civiles. La mayoría de los hombres que
constituían las primeras entradas estaban en la veintena, aunque el primer
fogonero del Erebus, James Hart, de Hampstead, tenía treinta y
tres.
Aunque los barcos ya habían estado abarrotados
durante la anterior expedición, ahora, a bordo del Erebus y
el Terror, había once hombres más que durante la expedición por el
Antártico. Los puestos adicionales correspondían a los de tres fogoneros de
primera clase en cada barco (es de suponer que necesarios para el
funcionamiento de los motores de vapor), un ingeniero extra por nave y, por
primera vez, expertos en hielo, hombres cuya especialidad era, precisamente,
navegar a través del hielo: estos eran James Reid, a bordo del Erebus,
y Thomas Blanky, en el Terror. Ambos habían trabajado anteriormente
en balleneros. Blanky, cuyo nombre real era Blenkinhorn, también había
regentado durante un tiempo un pub en la localidad de Whitby.
Para formar parte de esta expedición, James Reid había rechazado una oferta de
trabajo en el Neptune, que tenía como destino Quebec. Se lo explicó
así a su esposa en una carta: «Hay a quien le parece extraño que forme parte de
la expedición, pero ellos también lo harían si supieran tanto del hielo como
yo». Y añadió, en una bravata no del todo convincente: «Esto demostrará que no
temo a la muerte, como algunos hombres».
Además de un contramaestre, un ingeniero y un
carpintero, todos los cuales eran suboficiales mayores, había veintidós
suboficiales en el Erebus, que ocupaban puestos que se explican por
sí solos, como el de velero, el de calafateador, el de cocinero y el de
herrero, así como veinte marineros. No había marineros ordinarios, el rango más
bajo y peor pagado de la Marina, en ninguno de los dos barcos, un claro indicio
del selectivo proceso a la hora de organizar la expedición.
Solo nueve hombres entre las dos tripulaciones
habían navegado con Ross en el Antártico: cinco a bordo del Terror y
cuatro en el Erebus. Entre estos estaban Richard Wall, de cuarenta
y cinco años, de Staffordshire, quien conservó el puesto de cocinero en
el Erebus. Su conducta durante el viaje antártico había sido
descrita como «muy buena». James Frederick Elgar Rigden, de treinta y cuatro,
que había servido en el Erebus durante su expedición
antártica, fue nombrado timonel del capitán. El libro de descripciones de la
embarcación registra que medía «ciento setenta y un centímetros, que gozaba de
una buena complexión y que tenía los ojos grises, el cabello castaño y dos
marineros y sus iniciales —JR— tatuados en el brazo derecho». Era uno de los
catorce hombres a bordo del Erebus que procedían de Kent, un
condado marinero. Además, en el Erebus había siete marines
reales y dos niños (guardiamarinas). La dotación sumaba un total de sesenta y
ocho hombres, con una media de edad de veintiocho años.
Con los hombres trabajando once horas al día, las
principales labores de ingeniería terminaron a tiempo para una visita de alto
nivel que realizaron los lores del Almirantazgo durante la tercera semana de
abril. Visitaron una sala de prueba de las anclas, admiraron el aparato de
calefacción de Sylvester y las bombas de doble acción Massey, instaladas para
vaciar la sentina de la inevitable acumulación de agua que se filtraba por el
casco de madera. También repararon en la «fuerte chapa de hierro» que reforzaba
la proa y en que se había retirado todo el recubrimiento de cobre del casco,
«pues no se espera ningún peligro derivado de los ataques de moluscos o
percebes».
Con los motores ya instalados y las cubiertas y la
proa reforzadas, ahora se centraron en cargar a bordo los suministros y
provisiones para lo que el Almirantazgo había calculado que sería una
expedición de tres años. Para iluminar a los hombres bajo los grises y nublados
cielos del Antártico se almacenaron 1225 kilos de velas, hechas de aceite de
ballena o de colza, junto con miles de lámparas Argand, lámparas de aceite con
pábilo y pantallas tubulares de vidrio. A fin de asegurar la supervivencia de sesenta
y ocho hombres que no tendrían ninguna oportunidad de reabastecerse en ruta,
solo el Erebus recibió 8325 kilos de galletas; 31,7 toneladas
de harina; 278 kilos de pemmican (una conserva consistente en una masa de
grasas y proteínas); 7446 kilos de ternera en trozos de 3,6 kilos y 7403 kilos
de cerdo en trozos de 1,8 kilos conservados en escabeche en barriles; 5410
kilos de azúcar; 2187 kilos de chocolate y 5167 litros de sopa concentrada (de
verduras o de carne). Y, fundamental para combatir el escorbuto, cargaron
también 2155 kilos de zumo de limón, arándanos, nueces encurtidas, manzanas
secadas al sol y zanahorias almacenadas en tierra. Además, se cargaron a bordo
ocho mil latas de carne en conserva. En 1810, un francés, Nicolas Appert, había
descubierto la fórmula para preservar la carne en latas, que había demostrado
su valía en las dos anteriores expediciones al Ártico, además de en la
expedición de Ross a la Antártida. Se subieron también a bordo 3 toneladas de
tabaco y 909 litros de vino, y, para asegurar que se mantendrían las
importantísimas raciones de grog, entre los dos barcos transportaban 20.457
litros de ron procedente de las Indias Occidentales con entre un 65 y un 70 por
ciento de alcohol.
Sir John Franklin estaba especialmente preocupado por el bienestar
educativo y recreativo de sus tripulaciones. Los barcos contaban con
instrumentos de tecnología punta para llevar a cabo investigaciones magnéticas,
geológicas, botánicas y zoológicas. Asimismo, el señor Beard, el fotógrafo, les
entregó una cámara para hacer daguerrotipos. Durante los meses de invierno se
impartirían clases por la tarde para los hombres, para lo cual se cargaron
libros de «aritmética común», papel, tinta, plumas, pizarras y tizas.
Ambos barcos disponían de bien surtidas
bibliotecas. La mayoría de las embarcaciones disponía de la básica «biblioteca
del marinero», pero, para esta expedición, el número de títulos en cada barco
se amplió hasta los mil doscientos, entre los que había volúmenes técnicos
sobre la propulsión a vapor, crónicas de anteriores expediciones árticas,
revistas geográficas y náuticas, los últimos bestsellers,
como Los papeles del club Pickwick y Nicholas Nickleby,
y obras que no pasaban de moda como Las leyendas de Ingoldsby y El
vicario de Wakefield, de Oliver Goldsmith. También había pilas de la
revista satírica Punch, que había empezado a publicarse cuatro años
antes y sobreviviría hasta 2002. Y, por supuesto, dado el entusiasmo
evangelizador de Franklin, también disponían de obras religiosas.
Había dos organillos para fines recreativos, cada
uno con un repertorio de cincuenta canciones distintas. Como en la expedición
antártica, los oficiales tendrían que pagar de su propio bolsillo su suministro
personal de comida y bebida, y pequeños lujos como los disfraces para las obras
de teatro que se representasen a bordo, instrumentos musicales y, en el caso de
Franklin, una vajilla de porcelana con sus iniciales y un botellero diseñado a
medida. Todos los oficiales estaban obligados a comprar un juego de cucharas y
tenedores de plata.
El Illustrated London News del 24
de mayo de 1845 publicó grabados de algunos de los aposentos. El camarote de
Fitzjames parece acogedor, a pesar de lo pequeño que es. Media unos ciento
ochenta centímetros de ancho y contaba con una cama con unos estantes encima,
una lámpara de aceite, un escritorio, un lavamanos y un ojo de buey con un
prisma que le aportaba más luz, conocido como iluminador Preston, fijado en el
techo (el suelo de la cubierta superior). Las ilustraciones muestran que el
camarote de sir John Franklin, con ventanas dobles a popa,
ocupaba toda la anchura del barco, y que tenía la cama a un lado, armarios en
el otro y taquillas para las cartas de navegación. En una de las mesas
laterales se ven las piezas de un ajedrez, ya dispuestas para jugar.
En resumen, todo indicaba que se trataba de la
expedición mejor equipada y estudiada de cuantas se habían emprendido.
A medida que se acercaba la fecha de partida,
aumentó la sensación de esperanza y expectación. La era de paz y progreso, que
alcanzaría su apogeo en el momento de la Gran Exposición [8], seis años después, había generado una sensación de confianza y
optimismo que recorría todo el país. Pero la confianza nacional siempre es un
asunto precario, y necesita de una constante y rigurosa dieta de gestas. El
descubrimiento del paso del Noroeste era exactamente el tipo de plato que el
Almirantazgo deseaba servirle; una gloriosa proclamación de cómo la unión de
los avances navales, científicos y tecnológicos británicos había permitido
realizar una hazaña aparentemente imposible. El éxito de la expedición
confirmaría que Gran Bretaña podía ser tan grande en tiempos de paz como lo
había sido en tiempos de guerra. Los logros de la expedición antártica de James
Clark Ross eran apreciados, pero habían pasado prácticamente desapercibidos. En
cambio, se esperaba que la expedición de Franklin fuera heroica.
No todo el mundo se dejó llevar por la creciente
oleada de optimismo y confianza. Había algunos para los que «el aura de
invencibilidad» —una expresión acuñada por Michael Smith, el biógrafo de
Crozier— que se había generado enmascaraba graves errores que podrían resultar
letales. Archibald McMurdo, el ejemplar segundo al mando de Crozier en el
Antártico, dudaba que Franklin fuera a regresar. El doctor Richard King, que
acuñó la expresión «núcleo de un iceberg» para lanzar una advertencia acerca
del destino que le aguardaba a Franklin, mantuvo con firmeza que la expedición
sería «un borrón imperecedero en los anales de nuestros viajes de
descubrimiento». Mucho menos fácil de ignorar era la opinión de sir John
Ross, que coincidía con la de King: estaba completamente seguro de que la única
forma de abordar el desafío que suponía el paso del Noroeste era mediante la
realización de expediciones más pequeñas y flexibles. Según su propia
experiencia, algunos de los canales árticos eran estrechos y poco profundos, por
lo que, cuanto mayores y más pesados fueran los barcos, más posibilidades había
de que quedaran atascados en el hielo. John Ross se reunió con Franklin poco
antes de su partida y lo apremió a que, al menos, dejara por el camino
indicaciones de su ruta y depósitos de comida y botes de reserva, por si luego
necesitaba retirarse. Franklin, sin duda presionado por doquier, no estaba
dispuesto a considerar la posibilidad de una derrota. Las últimas palabras que
dedicó John Ross reiteraban su consejo. «Yo mismo me presentaré voluntario para
ir en tu busca —le prometió— si no tenemos noticias de ti en febrero de 1847,
pero, por favor, deja una nota en el túmulo de piedras donde pases el invierno,
si sigues adelante, para indicar qué ruta has tomado».
Tras la inspección de los lores navales efectuada
el 24 de abril, Franklin se trasladó a sus aposentos en el Erebus.
La publicidad, gracias a publicaciones como el Illustrated London News,
había hecho que las visitas a bordo se cotizaran muy caras. Sir John
Richardson, que había vivido situaciones muy duras junto a Franklin en diversas
aventuras árticas, llevó a su sobrino, también llamado John, para despedir a la
tripulación. Al rememorar aquella visita, John hijo escribió a un amigo: «Lo
que más recuerdo […] fue que mi tío me regaló medio soberano y que del barco
emanaba un terrible hedor».
En el Támesis, el Terror probó su
nuevo motor. La nave alcanzó una velocidad de cuatro nudos, pero, según John
Irving, uno de los tenientes del Terror, el barco emitió «unas
espantosas nubes de humo y unos horripilantes gemidos que sorprenderían, y
mucho, a un esquimal».
Las mismas probabilidades tenían de sorprender a
los esquimales con el regalo que lady Franklin hizo al
HMS Erebus: un mono. «Me resulta fácil imaginar lo bien que se lo
pasarán disfrazándolo —escribió— […]. Me habría gustado regalarle también algo
parecido al Terror, pero, al no saber si el capitán Crozier
aprobaría el regalo de un mono, pensé que lo mejor sería comprar una cacatúa».
El 5 de mayo de 1845, el Almirantazgo envió las
instrucciones de navegación a sir John. Consistían en
veintitrés cláusulas. La mayoría estaban relacionadas con la importancia de la
investigación científica y, en particular, con las mediciones del magnetismo
terrestre. Había también una orden relativa al uso de los motores solo «en
circunstancias difíciles». Los excelentísimos lores fueron tajantes en cuanto a
la ruta que debía seguir Franklin. Había de navegar directamente hacia el oeste
a través del estrecho de Lancaster y el estrecho de Barrow hasta el cabo Walker
y, de ahí, al mar de Bering. Se le ordenó expresamente no examinar ninguno de
los canales que se desviaran hacia el norte o el sur. No recibió órdenes
específicas de erigir túmulos de piedras ni de dejar señal alguna de su
progreso, aunque, tras ordenarse que «deben tratar a todos los esquimales o
indios que encuentren como amigos y ofrecerles presentes», en una cláusula se
añade: «Si es posible, debe inducirlos, mediante recompensas, a que lleven
mensajes a las bases de la Compañía de la Bahía de Hudson».
La práctica habitual de tirar por la borda
cilindros con anotaciones de posición se mantendría, aunque hasta esto se
consideraba que tenía menos que ver con facilitar un posible rescate que con
«determinar el movimiento de las corrientes en los mares árticos». El
Almirantazgo no quería oír hablar acerca de la posibilidad de que las cosas
salieran mal. No aceptaba una actitud derrotista. Las instrucciones que recibió
la expedición encarnaban la confianza y certeza de la época. «Cuando haya
pasado el estrecho de Bering, debe dirigirse a las islas Sándwich [hoy Hawái]
[…], tras zarpar de las islas Sándwich, debe ir a Panamá y, luego, enviar a un
oficial a Inglaterra, adonde él mismo debe regresar rodeando el cabo de
Hornos».
El 8 de mayo, lord Haddington, el primer lord del
Mar, celebró una recepción en honor de sir John Franklin, a la
cual asistieron la mayoría de los grandes nombres de la exploración polar del
siglo XIX. Barrow, Parry, James Clark Ross, Sabine y Back brindaron por el
éxito de la expedición que finalmente resolvería el misterio del paso del Noroeste
de una vez por todas.
Cuatro días después, entre una enorme expectación
popular, el Erebus y el Terror fueron
remolcados río abajo hasta Greenhithe, un pueblo en la orilla sur del Támesis,
ahora a medio camino entre el puente de Dartford y el centro comercial
Bluewater. Allí se cargaron los últimos suministros, entre ellos, la pólvora
para sus tres cañones de seis libras (que todos los barcos de la Marina Real
llevaban como precaución). La tripulación recibió cuatro meses de sueldo por
adelantado (una paga doble, además, debido a que su destino era el Ártico); el
resto lo cobrarían sus familias mientras estuvieran fuera. Entonces se produjo
un retraso de casi una semana debido a la tardía llegada de los últimos
suministros de alimentos. A esas alturas, todo el mundo ansiaba zarpar.
Franklin, Fitzjames y Crozier sabían que, cuanto antes alcanzaran el principio
del estrecho de Lancaster, mejores serían las condiciones de navegación que
encontrarían durante su búsqueda del paso del Noroeste.
A pesar de la frustrante demora, el teniente
Fairholme dibujó una bella imagen de la vida a bordo mientras esperaban la
partida en una carta a su padre: «Lady Franklin nos ha agasajado,
entre otros regalos, con un mono increíble, que, junto con el viejo Neptuno, un
terranova que vendrá con nosotros, y un gato, serán todas las mascotas
permitidas […]. Parece que la noche del sábado se celebra, siguiendo la
auténtica tradición marinera, alrededor de mi camarote, pues oigo un violín que
suena tan fuerte como es posible y me llegan dos o tres canciones distintas
desde el castillo; en breve, parece que reina una atmósfera de felicidad».
El domingo 18 de mayo, sir John
dijo misa a bordo del Erebus. Según todas las fuentes, habló con
gran elocuencia y convicción. «Hizo gala de la oratoria más bella e
impresionante que jamás he escuchado, incluso en boca de un sacerdote»,
escribió Fairholme. Era una ocasión emotiva. La esposa de Franklin, Jane, su hija
Eleanor (de su primer matrimonio) y Sophy Cracroft asistieron al servicio, y
Eleanor y Sophy se quedaron después en el barco para ayudarlo a organizar los
libros en las estanterías de su camarote.
No quedaba mucho más por hacer. James Fitzjames
redactó su última misiva a sir John Barrow antes de marcharse,
en la que le dio las gracias por su ayuda y apoyo, y le prometía, de forma muy
concreta, «que encontraremos el paso del Noroeste este año, y desembarcaré en
Petropávlovsk [capital de la península rusa de Kamchatka] y le estrecharé la
mano allí el 22 de febrero de 1846». Sir Roderick Murchison,
presidente de la Real Sociedad Geográfica, añadió su propia contribución al
imperante ambiente de total confianza: «El mero nombre de Franklin es, por sí
mismo, una garantía nacional».
A las diez y media de la mañana del 19 de mayo se
levaron anclas, los barcos giraron trescientos sesenta grados para asegurarse
de que sus brújulas funcionaban y la expedición de Franklin partió por fin en
busca del paso del Noroeste, con veinticuatro oficiales y ciento diez hombres a
bordo. Una multitud los despidió desde el muelle. Sir John
saludó vigorosamente a su familia mientras su barco se alejaba. La imagen del
HMS Erebus, recién pintado de negro con una característica raya
blanca a lo largo del casco, liderando la expedición con más suministros y
material que jamás había zarpado de orillas británicas debió de reafirmar a
todos en su absoluta convicción de que se había hecho todo cuanto era posible.
A día de hoy, todavía existe en Greenhithe un pub junto
al río llamado «Sir John Franklin», donde puedes tomar una pinta de
cerveza y un filete con patatas mientras contemplas el río desde exactamente el
mismo punto en que su familia vio a Franklin por última vez.
Capítulo 13
Nornoroeste
Un boceto a lápiz del capitán James Fitzjames del Erebus y el Terror
anclados en las islas Whalefish, cerca de Disko, el 8 de julio de 1845. La nota
que lo acompaña afirma que «se envió a casa desde Groenlandia, junto con las
últimas cartas, dirigidas a lady Franklin».
Desde la Piscina de Londres [9] hasta el mar, el Támesis ha sido desde tiempos inmemoriales una de
las grandes vías fluviales del mundo y, a pesar de ello, siempre se ha
mantenido resueltamente humilde. A pesar de la exaltación y la importancia de
la misión, no se despejó el paso para el Erebus y el Terror.
Los barcos de exploración polar mejor equipados de la historia de este país
tuvieron que abrirse camino entre transbordadores, barcazas, cúteres, lugres y
balsas que transportaban carbón del noreste, buques de guerra recién construidos
que se sometían a pruebas y altos y veloces clíperes con rumbo al Lejano
Oriente; todos ellos al servicio, de una manera u otra, de la ciudad más
próspera del mundo. Y no era solo en la superficie del Támesis donde había un
atasco. Todos los desperdicios de Londres, humanos e industriales, se volcaban
sin control en sus aguas, y seguiría siendo así de no ser por sir Joseph
Bazalgette, quien, veinte años más tarde, dotaría a la capital de su primer
sistema efectivo de alcantarillado.
El inicio de la expedición de Franklin en estas
aguas abarrotadas y tóxicas en mayo de 1845 fue, sin duda, poco elegante.
Debido al retraso forzoso de la partida, el Almirantazgo decidió minimizar los
problemas que podrían causar los vientos e hizo que unos vapores remolcaran los
barcos hasta su salida de aguas británicas. El barco encargado de remolcar a la
expedición de Franklin fuera de Londres fue el HMS Rattler, una
nueva corbeta de nueve cañones, un tercio más larga que el Erebus,
notable por haber sido el primer buque de guerra impulsado por una hélice a
vapor del mundo. Entre el popurrí de barcos que acompañaron a la expedición
estaba el Barretto Junior, un barco de transporte que llevaba
suministros que serían transferidos al Erebus y al Terror a
su llegada a Groenlandia. Remolcó esta embarcación el HMS Monkey,
un remolcador de nombre muy apropiado si tenemos en cuenta el regalo que había
hecho lady Franklin a los oficiales.
Una vez fuera del estuario del Támesis, la pequeña
flota viró hacia el norte para seguir la costa este de Gran Bretaña, y avanzó a
buen ritmo hasta que la llegada de una fuerte tormenta la obligó a anclar
frente a Aldeburgh, en Suffolk. Las inclemencias del tiempo en todo el mar del
Norte alarmaron tanto al Almirantazgo que se envió un mensaje a Franklin en el
que se le aconsejaba que diera media vuelta y tomase una ruta más segura a
través del canal de la Mancha, doblando el cabo Lizard y, luego, siguiendo
hacia el norte por el mar de Irlanda. Franklin y Crozier se negaron en redondo
a considerar tal desvío, pues implicaba perder todavía más tiempo, y, para
cuando recibieron la orden, ya estaban de nuevo en marcha.
El temporal que vivieron en Aldeburgh supuso la
primera experiencia de Fitzjames a bordo del Erebus con mal
tiempo. Se refirió al barco en su diario como «una vieja bañera» y, en el
apogeo de la tormenta, comparó su buque y el Terror con
«barquitos en un reloj musical que suben y bajan en un sólido mar verde». Sir John
Franklin evaluó el rendimiento de su barco de una forma menos alarmante. En una
carta a Jane, describió que, cuando se vieron temporalmente separados de su
escolta de barcos debido a la niebla frente a la costa de Northumberland, «los
viejos Erebus y Terror se portaron muy bien».
Nunca serían los barcos más rápidos, pero Franklin respetaba la pareja que
formaban. «Es muy agradable ver —continuó— que el Erebus y
el Terror navegan tan cerca el uno del otro, pues eso quiere
decir que se harán buena compañía durante el viaje». El mal tiempo, sin
embargo, sí que afectó a algunos de los otros barcos. Con el deterioro de las
condiciones a las que se enfrentaban y al verse obligados a lidiar con un persistente
viento del noreste, se hizo evidente que el Monkey no era
capaz de seguir remolcando el barco de transporte Barretto Junior hasta
Escocia. Fue enviado de vuelta a Woolwich y sustituido por la fragata con
ruedas de paletas HMS Blazer.
Con el paso de los días, oficiales y hombres se
acostumbraron a su nuevo entorno y, en muchos casos, a sus también nuevos
compañeros. Fitzjames jugó al ajedrez con Charles Osmer, el administrador de
cuarenta y seis años. «Al principio sentí la tentación de pensar que se trataba
de un anciano estúpido —admitió—, pues no cesaba de hablar y tomaba rapé, pero
es tan jovial y alegre como un jovenzuelo, sabe un montón de dichos peculiares
y graciosos y siempre está de buen humor, siempre está riéndose, nunca es aburrido,
se toma su “pizca” después de cenar, juega unas manos y me gana al ajedrez».
Una vez en el mar, Franklin dejó de ser la figura
pálida e incómoda que observamos en su daguerrotipo. Lady Franklin
informó a James Clark Ross de la transformación: «Te gustará saber que sir John
se ha recuperado completamente de su tos […] y no toma más que un poco de rapé
al día, y eso solo porque el administrador lo tienta». Citó el diagnóstico del
doctor Stanley: «Se ha librado por completo de los últimos vestigios de la
gripe, tiene un aspecto muy distinto del que tenía en Greenhithe y su salud y
energía son todo lo buenas que cabría desear». Mantenía abiertas las puertas de
su camarote y permitía a Goodsir, el naturalista, utilizar una de las mesas, y,
asimismo, permitió al doctor Stanley que disecara sus pájaros en otra. El
teniente Edward Couch, uno de los suboficiales del Erebus, escribió
que era «un tipo magnífico. El capitán dirige el servicio religioso por la
mañana y por la tarde los domingos. Es todo un obispo. Dicen los muchachos que
prefieren oírlo a él que a los clérigos de Inglaterra».
Una semana después de su partida, cuando los barcos
se hallaban frente a las islas Farne, Franklin informó al Almirantazgo de que
el viento soplaba con tanta fuerza y la crecida del mar era tal que existía el
riesgo de que arrastraran los cables con que se remolcaban los barcos, lo cual
generaría un riesgo grave de colisión. Ordenó a los barcos que se soltaran y
que pusieran rumbo a Stromness, en las Orcadas, su último punto de reunión
antes de llegar a Groenlandia.
El viento amainó mientras navegaban hacia el norte
y, para cuando llegaron a las Orcadas, el teniente Fairholme se dejó llevar por
la poesía: «Nunca he contemplado cosa más bella que el paisaje de anoche,
mientras navegábamos por los estrechos entre estas pequeñas islas. En sí
mismas, no tienen nada de hermoso, pues son totalmente yermas, pero el cielo
era tan espectacular y el mar, que lo reflejaba como un espejo, estaba tan en
calma que la escena era digna del golfo de Esmirna».
Entraron en el puerto de Stromness un sábado, el
último día de mayo de 1845. Se produjo un retraso más largo de lo esperado
mientras se reagrupaban tras el tormentoso trayecto desde Londres. El Barretto
Junior transportaba diez novillos vivos, con el objetivo de
sacrificarlos y preservar su carne. Cuatro de ellos, empero, habían perecido
durante el viaje al norte y habían de reemplazarse. Pero la gente de Stromness,
muy devota, no estaba dispuesta a vender ganado en el sabbat, por
lo que no pudieron adquirir nuevos terneros hasta pasado el fin de semana. Otra
razón para el retraso se apunta en una carta de James Reid, patrón del hielo, a
su esposa. Tras apuntar que su capitán «no permite palabras soeces a bordo»,
añadió: «Sir John Franklin no zarpará en domingo».
Se permitió a los oficiales que bajaran a tierra,
pero Crozier no dejó que ninguno de los marineros del Terror desembarcaran,
por temor a que se emborrachasen. A bordo del Erebus, por otra
parte, Fitzjames accedió a las peticiones de Robert Sinclair, capitán de la
cofa, y el marinero de primera Thomas Work, ambos procedentes de las Orcadas,
que solicitaron un permiso por motivos familiares, para visitar, en el caso de
uno, a su esposa, a la que no había visto en cuatro años, y en el del otro, a
su madre, de la que llevaba alejado diecisiete años. Ambos regresaron
puntualmente al barco el lunes, pero, debido al tiempo desfavorable, hubo que
retrasar la partida otro día. Esa noche, las luces de Stromness resultaron una
tentación demasiado grande. Thomas Work soltó uno de los cúteres del barco y se
llevó a otros tres marineros a la orilla. Regresaron mucho más tarde esa misma
noche, claramente en peor condición de la que habían salido.
No se sabe si Franklin fue informado de este
suceso, pero cuando Fitzjames descubrió su infracción, se mostró indulgente.
Admitió que, «según las reglas del servicio, estos hombres deberían ser
rigurosamente castigados», pero juzgó que, en esa ocasión, «los hombres sabían
perfectamente que habían obrado mal». A las cuatro de la mañana, ordenó que
David Bryant, el sargento de marines, y el teniente Gore registraran el barco
en busca de licores y los tiraran por la borda. Tardaron dos horas en librar al
barco de todo el alcohol ilegal, pero se permitió a los infractores permanecer
en la expedición, por lo que quedaron muy agradecidos. En vista de lo que
sucedería después, un oficial más autoritario e inflexible que Fitzjames podría
haberles salvado la vida.
Stromness es un pueblecito con una larga tradición
marinera. Situada en la costa occidental de la mayor de las islas Orcadas, esta
población se encuentra en el lado de un cabo que se dobla hacia el sureste y
que la protege de la fuerza del Atlántico. Cuando visité las islas, los vientos
soplaban violentamente sobre sus bajas colinas y hacían que los molinos
funcionasen a toda velocidad y limpiaban los cielos de nubes. Una luz clara se
extendía sobre las franjas de tierra verde sin árboles que se adentraban en el
mar y dibujaba complejas formas sobre los antiguos acantilados de piedra que
hay cerca de la ciudad. El Erebus, el Terror y la
flotilla que los acompañaba debieron de echar el ancla cerca del laberinto de
calles que forma el centro de Stromness, y sus mástiles seguramente se elevaban
por encima de los techos y las chimeneas de las casas de piedra que llegan
hasta el mar. Verían un sencillo almacén de piedra con su muelle propio, cuya
pared casi tocaba el agua. Ese era el cuartel general de la Compañía de la
Bahía del Hudson, que prácticamente había monopolizado el comercio en el Ártico
desde finales del siglo XVII. La compañía reclutaba a muchos de sus hombres en
las Orcadas, pues los habitantes de las islas a menudo preferían arriesgarse a
pasar privaciones entre el hielo y la nieve que intentar ganarse la vida con
las pequeñas granjas de las islas.
Aunque los oficiales seguían mostrándose
absolutamente optimistas con respecto a su misión, encontramos una muestra de
que los marineros rasos tenían una visión más realista acerca de lo que estaba
por venir en una última carta de Alexander Wilson, el carpintero adjunto
del Terror , dirigida a su esposa, Sarah. Empieza con la
constante ansiedad de todos los marineros: la carta no recibida.
Querida esposa:
Creía que habría una carta tuya aquí cuando
llegara, pero espero recibirla mañana. Confío en que los niños estén bien y que
a Sarah le haya mejorado la cara y espero que los mandes cada día a la escuela.
Espero también, querida esposa, que vayas tan a menudo como puedas a un lugar
de culto y deposites toda tu confianza en el señor […]. Si es la voluntad de
Dios que no volvamos a vernos, confío en que nos reuniremos en el cielo para
disfrutar de la vida eterna. Querida esposa, todas las noches me tiendo en mi
hamaca y rezo en silencio por ti y por mis queridos niños. Querida esposa, sé
que este viaje será una prueba muy dura para todos nosotros, pero aquí
disponemos de todo para sentirnos cómodos.
Como puerto fronterizo del Atlántico Norte,
Stromness era un lugar de salidas y llegadas, pero, debido a que el océano más
allá de los portales de arenisca roja del estrecho de Hoy es muy traicionero,
fue necesario emplear los servicios de veintiséis prácticos en Stromness y en
varios puntos de la costa atlántica para pastorear a los barcos hasta el mar.
Las olas eran, en ocasiones, tan altas que los prácticos no podían regresar a
la costa y tenían que quedarse a bordo hasta que el barco regresara de Terranova,
Nueva York o dondequiera que fuera. Los peligros del océano engendraban
supersticiones. Una mujer llamada Bessie Miller, que vivía en una choza en una
colina aledaña a Stromness, «vendía» vientos a los marineros. Si deseabas un
viento favorable, valía la pena pagar a Bessie para que te lo preparara. Tan
arraigada estaba la tradición que incluso quienes no creían ni una palabra de
todo aquello subían también la colina para visitarla. Por si acaso. No existe
ningún registro de que nadie de la expedición de Franklin fuera a ver a Bessie.
El martes 3 de junio de 1845, los barcos estuvieron
al fin listos para zarpar. Alexander Wilson tuvo el tiempo justo de añadir una
rápida posdata a su carta: «Lunes por la noche. Mi querida esposa, no he
recibido todavía carta tuya y vamos a zarpar por la mañana. Así que adiós,
adiós, quizá, si me has enviado una, nos seguirá adonde vayamos y, si no te
viene devuelta, ten por seguro que la he recibido. Adiós y que Dios te
bendiga».
Al salir el sol, el Blazer y
el Rattler remolcaron al Erebus, al Terror y
al Barretto Junior hasta el estrecho de Hoy. En su lado de
estribor quedaron las últimas luces de Stromness y, a babor, el oscuro y
majestuoso silencio de las colinas y los acantilados de la isla de Hoy. Bajo
ellos, las corrientes del Atlántico y del mar del Norte se encontraban y
formaban remolinos. Más allá de la salida del estrecho, había olas altas con
crestas de espuma y tempestuosos vientos salados. Difícilmente podría existir un
lugar más épico desde el cual contemplar Gran Bretaña por última vez, y debió
de despertar emociones contradictorias en los marineros, especialmente en
aquellos que nunca habían ido antes al Lejano Norte.
A ochenta kilómetros al oeste de la isla de North
Rona, cuando juzgaron que habían dejado atrás las últimas rocas de la costa y
los vientos en contra, llegó el momento de que el Rattler y
el Blazer recogieran sus cables de remolque y regresaran a
casa. Todo el mundo sabía que aquella no era una despedida rutinaria. Owen
Stanley, un oficial del Blazer, dibujó los barcos elevándose y
cayendo entre las olas, con un rastro de humo que emergía de la chimenea
del Rattler. Según un testigo lo describió:
Al oír el silbato del contramaestre, las
tripulaciones del Rattler y el Blazer subieron
en un instante a los obenques, todos ellos deseosos de superar a los demás en
la agradable tarea que estaban a punto de acometer. Se dio la orden, y tres
vítores, tan potentes y sentidos como jamás hayan salido de los pulmones de
marineros británicos, llegaron a los oídos de sir John
Franklin y sus gallardos colegas.
Los barcos de escolta se llevaron con ellos a un
marinero de primera del HMS Terror que se temía que sufría
tuberculosis, o tisis, como se conocía entonces comúnmente esa enfermedad. La
tuberculosis debía evitarse a toda costa en barcos tan atestados, máxime al
inicio de una larga travesía. En la sala de oficiales del Erebus,
se bromeó sobre la enfermedad y se hizo circular el rumor de que quizá Jacko,
el mono del barco, también la sufría. Tras examinar al simio, el médico del
barco informó a Fitzjames de que, «desde luego, tiene una tos muy fea, pero el
único otro síntoma que manifiesta es su tendencia patológica a zampar todo
aquello a lo que le echa el guante».
El teniente Fitzjames contempló cómo se alejaban
los barcos que los habían escoltado hasta allí: «En una hora o dos, se
perdieron de vista y nos dejaron a solas con una o dos gaviotas y la visión de
la rocosa Rona para entretenernos; era este el momento de ver si alguien se
estremecía ante la empresa que teníamos por delante. Pero el grito unánime fue:
“¡Ahora, por fin nos hemos puesto en marcha!”. Nadie echó la vista atrás.
Brindamos por la salud de lady Franklin en la mesa del viejo
caballero y, puesto que era el cumpleaños de su hija, también por la de ella».
El viento acreció y empezó a soplar hacia el norte. El Erebus abría
el convoy, seguido por el Terror. No eran barcos rápidos, por lo
que el Barreto Junior, a pesar de ir cargado al máximo, se vio
obligado a dejar desplegadas las mínimas velas para no adelantarlos.
Podemos imaginarnos a James Fitzjames en la pequeña
mesa en su estrecho camarote, cuatro veces más pequeño que el amplio espacio
que tenía el capitán, en el camarote contiguo, pero acogedor, con una
estantería sobre la cama y, en el mamparo, una fotografía de su íntimo amigo y
padre adoptivo, William Coningham. Había prometido a Elizabeth, la esposa de
este, que le escribiría una crónica del viaje. Ese era el día en que comenzaría
su labor. Tomó su pluma de puercoespín y la introdujo en el tintero:
En el barco de su majestad Erebus, en
alta mar, 8 de junio de 1845, diez de la noche
Parecías muy interesada en que mantuviera un diario
para tu lectura personal. Estoy escribiendo, de hecho, un diario, pero, como
tal, deberá entregarse al Almirantazgo; para complacerte, no obstante, he
determinado escribir de vez en cuando sobre las cosas que más me llamen la
atención, sea en forma de carta o en cualquier otra que en el momento se me
ocurra.
Debemos estar agradecidos de que Fitzjames
escribiera de forma tan atractiva y diligente, según él mismo explica, para lo
que incluso permaneció despierto hasta las dos de la madrugada a fin de anotar
sus pensamientos y observaciones, antes de entrar en su guardia a las cinco de
la mañana.
Doy comienzo hoy porque me encuentro de muy buen
humor. Hoy, todo el mundo se estrecha la mano a sí mismo [probablemente, una
metáfora de la confianza y el orgullo que sentían].
El viento nos es favorable, navegamos a siete
nudos, el mar está razonablemente tranquilo, aunque oscilamos un poco, pero
este barco tiene la feliz característica de ser bastante estable bajo cubierta,
por mucho que en cubierta parezca que oscile y cabecee mucho.
Ahora que la prolongada despedida había llegado a
su fin, empezó el trabajo real de la expedición. Sir John
Franklin reunió a sus oficiales para repasar juntos las instrucciones del
Almirantazgo «y la necesidad de observarlo todo, desde una pulga a una
ballena». También subrayó lo importante que era que todos tomaran apuntes,
escribieran diarios e hicieran bocetos y pinturas de cuanto observaran.
Su celo científico solo era comparable a su
entusiasmo evangélico. Por mal tiempo que hiciera, los domingos daba un sermón.
En opinión de Fitzjames, Franklin era un orador más que admirable. «Sir John
Franklin ha dicho misa hoy y ha pronunciado un sermón tan bello —anotó en una
ocasión— que ha desafiado a cualquier hombre a no verse elevado por la fuerza
que ha transmitido». La franqueza de Franklin, su buen carácter y su entusiasmo
por la misión se ganaron tanto a los oficiales como a la tripulación. En una
carta dirigida a casa, Fairholme solo tenía elogios para bien: « Sir John
es un hombre nuevo desde que partimos […], parece diez años más joven y toma
parte en todo lo que acontece con tanto interés como si no hubiera pasado ni un
día desde su primera expedición». Es evidente que el propio Franklin se
regocijaba de la buena voluntad hacia él de la tripulación. Escribió a sir Edward
Parry para decirle que «te alegraría el corazón ver el celo con que trabajan
los oficiales y los hombres de ambos barcos, y la concordia que reina entre
ellos».
Sir John disfrutaba de la compañía de otros, y la esperaba. Siempre
estaba disponible en su camarote y, todas las noches, invitaba a tres oficiales
a cenar con él. El capitán Crozier era uno de los invitados habituales a esas
veladas, pero, como es lógico, dado que debía ser transportado de un barco a
otro en bote tanto a la ida como a la vuelta, a través de un Atlántico Norte
que a menudo estaba agitado, descubrió que esa constante hospitalidad era
agotadora. Puede que su reticencia hacia esas cenas tuviera también que ver con
la propensión de Franklin a aprovecharse de su público cautivo para quejarse
sobre lo mal que lo habían tratado en la Tierra de Van Diemen y para hablar
sobre el panfleto que, una vez terminado, justificaría sus actos. En cualquier caso,
aunque admitió a su antiguo comandante, James Clark Ross, que «sir John
es muy amable y, si por él fuera, me tendría allí cenando cada día», Crozier
dejó claro que «no soporto ir al Erebus». En varias ocasiones,
llegó al extremo de fingir estar enfermo.
Puede que otro de los motivos de la reticencia de
Crozier fuera la constante presencia de Fitzjames junto a sir John.
No había guerra abierta entre ambos, pero el deseo expreso del Almirantazgo de
que Fitzjames se ocupara de las observaciones magnéticas había sentado muy mal
a Crozier. Y era comprensible. Tras cuatro años en la expedición de Clark Ross,
era un marino con mucha más experiencia que Fitzjames. Había sido elegido
miembro de la Real Sociedad precisamente por sus hallazgos en el campo del
magnetismo terrestre.
Una vez que el tiempo se hubo calmado, echaron una
red a una profundidad de trescientas brazas (unos quinientos cincuenta metros).
Harry Goodsir, el naturalista de a bordo, quedó encantado cuando se reveló que
se habían recogido moluscos y plancton, cuyo papel en la ecología marina no
perdió tiempo en revelar a sus colegas oficiales. Fitzjames quedó mucho menos
impresionado y se burló de Goodsir por «entrar en éxtasis por una bolsa llena
de cosas gomosas, que acaba de subirse en una red y que resulta que es alimento
para ballenas y otros animales».
Es difícil saber cómo les fue a los desventurados
terneros que seguían vivos a bordo del Barretto Junior durante
las tempestades que capearon los barcos, pero, según Fairholme, los animales
domésticos del Erebus estaban adaptándose rápidamente al mar.
Neptune, el perro, al que ya todos llamaban Old Nep, subía y bajaba corriendo
las escaleras sin ningún problema. «Es el perro más adorable que he visto nunca
—escribió Fairholme—, y es el favorito de todos». Jacko, el mono, era «un
consumado ladrón» que «irrita y molesta a todo el barco, y, a pesar de eso, no
hay nadie a bordo que quiera hacerle daño ni por todo el oro del mundo».
A lo largo de los días siguientes, mientras los
barcos navegaban entre una molesta combinación de niebla y espuma, bajo
cubierta continuaron los trabajos de preparación para los largos días, meses e
incluso años que tenían por delante. Los libros seleccionados para el viaje se
sacaron del almacén y colocaron en las estanterías de la sala de oficiales.
Reid, el campechano patrón del hielo escocés, continuó entreteniendo a los
oficiales más jóvenes con sus conocimientos de los mitos y el lenguaje del mar,
como, por ejemplo, cuál era el mejor modo de quitar la sal a un pez muy salado
y cómo identificar el espejismo solar causado por el reflejo del sol sobre el
hielo. De vez en cuando, había algún gran acontecimiento que celebrar: el
trigésimo aniversario de la batalla de Waterloo, por ejemplo, se celebró el 18
de junio con un brindis en la mesa del capitán a la salud del duque de
Wellington.
También fue este un día señalado para James
Fitzjames. En una carta a William Coningham, habló sobre un posible ascenso.
«Hubo conversaciones antes de que partiéramos de Inglaterra acerca de un
ascenso de grado, si bien no de sueldo por ahora; si eso fuera cierto, creo que
es más que probable que obtenga el grado de capitán. Con esta idea en mente,
tomé un vaso de brandy y agua a las diez y media y brindé a tu
salud». Añadió que su hábito de escribir cartas a altas horas de la noche no
había pasado desapercibido, «pues Reid acaba de decir, rascándose la cabeza:
“Vaya, señor Jems, parece que no duerme usted nunca, ¡está siempre
escribiendo!”. Le digo que, cuando duermo, el sueño me cunde el doble que a
otra gente».
Poco a poco se acercaron a Groenlandia. Fitzjames,
por ejemplo, quedó impresionado por la claridad de las aguas del norte: «El mar
tiene la más delicada de las transparencias; es de un bello, delicado y frío
verde o azul ultramarino. Grandes olas, como si estuvieran talladas en grandes
botellas de cristal, se acercaban rodando a nosotros para después romper con
una bella cresta de espuma como si fueran de cerveza oscura». Al incrementarse
las posibilidades de que hubiera hielo en la ruta, se instaló sobre la verga
del mastelerillo del palo mayor una cofa protegida, inventada por William
Scoresby, el ballenero convertido en explorador ártico, en 1807. Esta consistía
en un cilindro de lona confeccionado con aros que, a treinta metros por encima
de la cubierta, se convertiría en los dominios de Reid, el patrón del hielo.
Hacia la última semana de junio los vientos
empezaron a soplar hacia el suroeste y los empujaron entre mares crecidos
frente al cabo Farewell, en el extremo meridional de Groenlandia, y hacia el
estrecho de Davis. Según parece, Franklin había esperado que hiciera
exactamente ese tiempo, pues escribió a casa y comentó que «habría ido en
contra de la vasta experiencia de los marineros de Groenlandia que hubiéramos
doblado el cabo Farewell sin una tormenta».
A las once en punto del día 25, mientras el sol
comenzaba a ponerse, Fitzjames escribió muy entusiasmado a Elizabeth Coningham:
«Tengo mucho sueño y estoy cansado, pero no quería irme a dormir sin escribirte
el primer día en que hemos visto tierra ártica. El aire es maravillosamente
fresco y vigorizante, y todo el mundo está de buen humor, tanto personalmente
como al tratar al prójimo. He estado en cubierta todo el día, realizando
observaciones». Sus colegas oficiales estaban pescando, por así decirlo. «Goodsir
está atrapando los animales más extraordinarios con una red […], Gore y Des
Voeux están en el otro lado, con el puro en la boca mientras manejan redes y
largas pértigas y Osmer se ríe de ellos». Resumió el espíritu de entusiasmo:
«Nos llevamos muy bien, estamos encantados de estar aquí y ya imaginamos atajos
a través de América hasta el Pacífico».
Parece que incluso el capitán Crozier se sumó a
este entusiasmo. Al escribir a su sobrino mientras dirigía al Terror por
el estrecho de Davis, le aseguró que «todo está saliendo a pedir de boca. Los
oficiales rebosan juventud y celo […]. Ojalá podamos hacer algo que esté a la
altura del país que tan generosamente nos ha equipado. Eso me haría muy feliz».
Siendo Crozier como era, sin embargo, no pudo evitar matizar su optimismo:
«Será sobrada recompensa por todas mis angustias —añadió—, y, créeme […], no
son pocas».
El buen tiempo llegó a su fin. Descendió una niebla
espesa que hizo caer la temperatura cerca del punto de congelación. Pasaron
junto a un bergantín de las islas Shetland y se acercaron a él para permitir
que su capitán subiera a bordo. Estaba pescando bacalao en los bancos y salmón
en los fiordos, «un plan nuevo en estas regiones», destacó Fitzjames. Resultó
que el capitán había viajado en una ocasión con Thomas Work, «el anciano
hombrecillo» que no había visto a su esposa en cuatro años, y se alegró mucho
de encontrarlo a bordo.
Al día siguiente, cruzaron el círculo polar ártico
y se adentraron en un nuevo mundo de icebergs y luz diurna constante.
Fitzjames, como muchos otros a bordo, nunca había presenciado un paisaje así.
«Había imaginado que los icebergs eran grandes masas transparentes, grandes
rocas de hielo», escribió, para luego continuar, maravillado: «Parecen
gigantescas masas de nieve y están recorridos por cavernas y profundos
desfiladeros». A medida que la costa de Groenlandia apareció ante ellos,
decepcionantemente borrosa bajo las nubes bajas y con los picos de sus montañas
ocultos, distinguió glaciares y fiordos. Un poco después, atravesaron navegando
una manada de unos cientos de morsas, «que se sumergían y salpicaban con sus
aletas y colas, y nos miraban con rostros lúgubres y de aspecto solemne
mientras asomaban sus pequeñas cabezas bigotudas y encolmilladas».
Ahora que se hallaban al norte del paralelo sesenta
y cinco, Franklin se dispuso a cumplir las instrucciones del Almirantazgo y
empezó a dejar con cierta regularidad cilindros de hojalata con un registro de
su posición. Crozier debía de conocer este procedimiento de sus días en la
Antártida. Los informes tenían que escribirse en un papel azul muy recio que se
llevaba específicamente para este propósito. En las instrucciones, escritas en
seis idiomas (inglés, francés, español, holandés, danés y alemán), se solicitaba
a quien encontrara el cilindro que lo entregara al secretario del Almirantazgo
en Londres. Cuatro años después, uno de los cilindros de Franklin apareció en
la costa de Groenlandia, a menos de trescientos veinticinco kilómetros de donde
se había lanzado. Fue el único que jamás se encontró.
Fairholme, en el ínterin, estaba fascinado por el
cada vez mayor número de icebergs, que no se parecían a nada que hubiera visto
antes: «Mientras pasábamos cerca de uno de estos, que acababa de comentar que
era más o menos del tamaño de North Foreland, se hizo pedazos de repente con un
estruendo tremendo, emitió espuma a una gran altura y dejó tras de sí un campo
de hielo roto y afilado».
Casi a medio camino de la costa occidental de
Groenlandia se encuentra Disko, la mayor de las islas frente a la costa
groenlandesa. En 1845, era una base comercial y de caza de focas danesa que
daba sustento a una población nativa de unas cien personas. Unos pocos
kilómetros al sur, en la bahía de Disko, están las islas Whalefish. Sir Edward
Parry había navegado por esta ruta antes, y se la recomendó a Franklin como un
lugar seguro, a salvo de los elementos, donde transferir materiales del Barretto
Junior, como ubicación de un observatorio y como lugar donde realizar el
último aprovisionamiento de los barcos antes de dirigirse al Ártico. La
escuadra echó el ancla en la bahía con la intención de continuar navegando
hacia las islas Whalefish a la mañana siguiente.
Resultó mucho más difícil de lo previsto. Debido a
un inusual error del patrón del hielo, James Reid, el Erebus empezó
a dirigir a los demás barcos en la dirección equivocada, hacia el extremo norte
de la bahía de Disko. Resulta extraño que el capitán Crozier, que había estado
antes allí y debía de saber que navegaban en la dirección equivocada, no
enviara ningún mensaje por señales y se limitara a seguir al otro barco. Quizá,
después de todo, solo estuviera haciendo lo que mejor sabía hacer: seguir las
órdenes de un líder. Pero, por lo que sabemos de sus sentimientos hacia el
segundo de a bordo del Erebus, resulta tentador pensar que no solo
dejó deliberadamente que Franklin y Fitzjames descubrieran por su cuenta el
error, sino que también experimentaran la vergüenza de reconocer que lo habían
cometido.
Una vez que se detectó el fallo, dieron media
vuelta, pusieron rumbo al sur y encontraron las islas, pero no fueron capaces
de localizar el lugar donde debían echar el ancla. Se fletó uno de los cúteres
desde el Erebus , y el teniente Le Vesconte se acercó remando
para examinar la costa más de cerca. Fue recibido por cinco inuits en kayaks,
dos de los cuales guiaron a los barcos a un canal estrecho, bien protegido y
casi cerrado por completo por tierra donde finalmente fondearon.
«El paisaje es magnífico, pero está desolado»,
escribió Fitzjames, y añadió que estaba poblado por enormes mosquitos. James
Thompson, ingeniero a bordo del Terror, corroboró sus palabras y
envió a casa una gráfica descripción de mosquitos que «se han ensañado conmigo
en los brazos y que son mucho más grandes que los bichos ingleses». El patrón
del hielo Reid se lamentó en una carta a su esposa de que, «por desgracia, me
han torturado, y tengo la cara y las manos hinchadas a causa de sus picaduras».
Todo esto hizo que la construcción del observatorio y las tareas repetitivas
necesarias para la medición de la profundidad y la variación del campo
magnético resultaran incómodas, además de irritantes.
No obstante, aprovecharon muy bien el contacto con
los inuits. Goodsir y Fairholme pasaron tiempo en el asentamiento inuit local
para compilar un diccionario de palabras y frases inuits que pudiesen
resultarles útiles. Fitzjames y Fairholme incluso probaron los kayaks. A
Fitzjames, en concreto, le parecieron muy estrechos y difíciles de maniobrar.
«Aquí tienen las canoas más pequeñas imaginables; ayer decidí meterme en una de
ellas, así que me quité los pantalones y remé durante un rato, pero al final volqué
y me quedé con la cabeza bajo el agua hasta que me rescataron».
Tardaron nueve días, en los que los hombres
trabajaron desde las cuatro de la mañana hasta las seis de la tarde, en
transferir el cargamento del Barretto. «Estamos totalmente ocupados
con las tareas de rellenar todos los huecos y rincones del barco con
suministros —escribió Franklin—. En mi camarote se han guardado […] patatas,
almacenadas en diez cajas colocadas de forma conveniente, de modo que no interfieran
ni con la mesa del señor Goodsir ni con la mía, ni con otra en la que creo que
el señor Le Vesconte se sentará para confeccionar las cartas». Siete de los
novillos subidos a bordo en Stromness habían muerto para cuando llegaron a
Disko. En ese momento fueron sacrificados los otros tres y a cada barco se le
entregaron tres o cuatro cuartos de novillo para que los colgaran de las
jarcias y dispusiesen de carne fresca para las primeras Navidades de la
expedición.
A pesar del trabajo de carga y de la rutina diaria
de realizar las mediciones magnéticas, los jóvenes oficiales se lo estaban
pasando en grande. «No te imaginas lo felices que somos —escribió Fitzjames—.
Osmer acaba de venir de cubierta (medianoche) y está bailando con una comba
imaginaria. Le he dicho: “¡Qué hombre más feliz, siempre se te ve contento!”, y
me ha contestado: “Bueno, señor, si no estoy contento aquí, no sé dónde iba a
estarlo”».
Pero ¿en qué pensaban los dos capitanes, que tenían
muchísima más experiencia que los oficiales, acerca de las condiciones que los
aguardaban?
Consciente de que, una vez que se separaran del
barco de transporte, podrían transcurrir meses, quizá incluso años, antes de
que volviesen a enviar cartas a casa, sir John Franklin pasó
gran parte de su tiempo en las islas Whalefish escribiendo numerosas misivas
dirigidas a amigos, familia, socios de negocios y colegas de la Marina. La
carta más larga fue la que redactó para su esposa Jane. Se alargó hasta las catorce
páginas y, gracias a ella, podemos hacernos una idea bastante precisa de las
cosas que le preocupaban mientras se disponía a llevar a sus hombres por el
paso del Noroeste.
Sir John claramente quería hacerlo bien por su mujer, y, aunque ella
no estuviera físicamente a bordo del Erebus, su espíritu lo
acompañaba en todo momento. La carta se abre con las siguientes palabras:
«Queridísima mía: Comienzo el mes a tu servicio». Es consciente de que su
esposa quiere ser considerada parte de la expedición y de que le gusta ser
caracterizada como amiga de todos. «Fitzjames ha estado trabajando en un
bosquejo del puerto y tiene intención de enviarte una copia. El señor Gore ha
hecho para ti un dibujo muy fiel al natural de nuestra separación del Blazer y
el Rattler. Me alegra ver el cariño que sienten por ti los
oficiales». «Estoy seguro de que harían cualquier cosa por complacerte», le
asegura.
En lugar de centrarse en cuestiones navales o de
exploración, Franklin dedica gran parte de la misiva a considerar de nuevo el
trato que recibió en la Tierra de Van Diemen o, más concretamente, el que
recibió ella. Sir John debía entregar una copia
del panfleto que habían escrito para defender su versión de lo sucedido con
Montagu y lord Stanley, y le cuenta que había pedido a sus colegas que le
diesen su opinión sobre el escrito. Fitzjames lo había leído, por supuesto, así
como también Gore y Fairholme, «y todos y cada uno de ellos se indignaron al
ver cuán vil puede ser Montagu». También lo compartió con Crozier, que mostró
una comprensión similar: «Hablamos un poco sobre el panfleto una vez que nos
quedamos a solas. Me repitió que la conducta de lord Stanley y del señor
Montagu era deleznable. Creo que tiene intención de escribirte unas líneas al
respecto». Es difícil saber cómo se sentía de verdad el propio Franklin con
relación al panfleto. Su esposa era la fuerza impulsora del documento. A veces
parece tan indignado como ella, pero, otras, podría decirse que se limitaba a
seguirle la corriente.
Sir John también se detiene en su propia capacidad para liderar.
Incluso en esta etapa, con la expedición ya en marcha, uno tiene la impresión
de que necesita repetirse constantemente a sí mismo que es el hombre adecuado
para dirigirla. Es plenamente consciente de las reservas respecto a su edad y a
su carencia de experiencia reciente que se plantearon antes de que consiguiera
el puesto, y es evidente que todavía le molestan. También siente como un
agravio la existencia de un candidato más adecuado que él, alguien a quien todo
el mundo, incluso su propia esposa, admira: James Clark Ross.
Sus sentimientos hacia Ross son ambivalentes. Por
un lado, Franklin aprecia el hecho de que fuera Ross quien lo recomendara. «En
lo que concierne a la expedición, ha mostrado una actitud benevolente hacia
mí—escribió—, y ha actuado como lo haría un hombre convencido de que yo no
habría osado aprovecharme de él y proponer mis servicios si él hubiera tenido
la menor intención de haber ido». Por otra parte, el hecho de saber que Ross
había sido la primera elección se estaba demostrando un trago amargo. Y sabía
aún peor porque Ross, además, había dejado caer que había rechazado tentadoras
ofertas del Almirantazgo y una promesa de posponer la expedición un año si
aceptaba encabezarla. Que Ross apuntase que «la navegación del océano Ártico no
es ni mucho menos tan peligrosa como la del Antártico» no había contribuido
precisamente a reforzar la autoestima de sir John.
Para enfrentarse a sus diversos demonios, sir John
recurre a lo que considera una de sus virtudes: «Creo que quizá tengo el tacto
necesario para mantener a los oficiales y a los hombres felices en mayor grado
de lo que Ross era capaz, y es por este motivo: él es un hombre a todas luces
ambicioso y que quiere hacer todo por su cuenta. Ese no es uno de mis
defectos».
Y eso, a juicio de Franklin, no era la única
diferencia: «Mis oficiales son de una clase social distinta y están mejor
educados que los de cualquier expedición anterior —Parry lo corrobora—, y,
desde luego, si recordamos los oficiales que viajaron con Ross, no había ni
uno, con la excepción de Hooker, que estuviera por encima de lo común en el
servicio». Este revelador ápice de prejuicio encaja tan poco con todo lo que
sabemos de Franklin que solo podemos asumir que lo causa su profunda necesidad
de justificarse.
La relación de Franklin con Francis Crozier, y la
enigmática conducta de este último, es otra de sus múltiples preocupaciones. No
pasó por alto la constante ausencia de su segundo al mando en su mesa durante
la cena. Era, después de todo, un hombre con la voluntad de congregar y crear
armonía, y consideraba que aquellas reuniones constituían una forma de
estrechar los lazos de lo que hoy en día llamaríamos su equipo, y el hecho de
que Crozier solo aceptase su invitación en dos ocasiones lo molestó. «Entre
nous —confía sir John a su esposa—, no creo que su
ánimo haya mejorado desde que zarpamos, ni tampoco se ha encontrado en buenas
condiciones». Franklin sospechaba que el amor no correspondido de Crozier por
Sophy era la causa principal, pero no halló la forma de hablar sobre el tema
con él. «Nunca ha mencionado a Sophy ni tampoco hecho la menor alusión a la
joven, y, en ocasiones, me pregunto si sería agradable o correcto que fuera yo
quien la sacase a colación».
El distanciamiento de Crozier se manifestó también
de otra forma. Dada la cantidad de tiempo que había pasado con los Franklin en
Hobart, sir John claramente esperaba que Crozier enviara algún
tipo de mensaje a lady Franklin. Sin embargo, en su misiva
informa de que, mientras estaban en tierra recogiendo muestras de la flora del
lugar, Crozier le dijo «que había estado anoche escribiéndote, pero que había
roto la carta por temor de que, al leerla, juzgaras que estaba alicaído». A
continuación, regresa a la que cree que es la causa de la frialdad de Crozier:
«No me cabe la menor duda de que, si la causa de su decaimiento está
relacionada con Sophy, en algún momento me concederá la oportunidad de
conversar con él acerca de ese tema».
Que Crozier no era feliz es una verdad innegable,
pero, dada la diversidad de sus agravios y penas, me pregunto si tan siquiera
él mismo sabía exactamente qué le sucedía. Es evidente que se sentía molesto
por que lo hubieran ignorado y hubieran acudido a Fitzjames para ocuparse de
las observaciones magnéticas. También es diáfano que percibía ofensas que no
eran reales: «Mi té con azúcar no ha hecho acto de presencia», escribió en una
ocasión. «No puedo decir mucho a favor de la puntualidad de Fortnum and Mason.
Enviaron mis cosas al capitán Fitzjames en el Erebus, pero, por
alguna extraña razón, sí que escribieron mi nombre correctamente y con
precisión para asegurarse de que me llegara la cuenta». No le había gustado que
Fitzjames permitiera que algunos de sus hombres desembarcasen en Stromness, y
era muy crítico con la forma en que se llevaba el Erebus («Mira
el estado en el que está el barco de nuestro comandante —escribió en una
ocasión—; es un caos»). Tampoco le gustaban los motores de vapor auxiliares, que
consideraba que añadían mucho peso a la carga y ofrecían muy poco a cambio: «Me
encantaría que la locomotora volviera a operar en la línea de Dover, con el
ingeniero subido en ella; es un muermo al que todo se le hace un mundo y ahora
está bastante descontento porque no tiene al fogonero principal para ayudarlo a
no hacer nada».
El descontento y el malestar de Crozier se
transmiten muy claramente en una de las últimas cartas que escribió desde las
islas Whalefish. Está dirigida a su viejo amigo y compañero de exploraciones
James Clark Ross. Crozier y Franklin había recibido noticias de que, aunque la
primavera y la fractura del hielo habían llegado en el momento esperado, el
último invierno en el Ártico había sido muy duro, y se creía que el próximo
podía ser aún peor. Había que seguir el calendario establecido. «Todo va bien y
está tranquilo, pero, en mi opinión, es tarde […] —escribió—. Lo que temo de
salir tan tarde es que no tengamos tiempo de mirar alrededor y juzgar por
nosotros mismos la situación, y que, en su lugar, nos metamos en el hielo y
repitamos lo ocurrido en 1824 [una referencia a la expedición de Parry, en la
que Crozier sirvió como guardiamarina y que tardó ocho semanas en navegar desde
Groenlandia al estrecho de Lancaster y permaneció atrapada en el hielo durante
todo el siguiente gélido invierno]. James, me gustaría que estuvieras aquí; de
ser así, no tengo ninguna duda de que seguiríamos el rumbo apropiado […]. No me
quejo, ojo. De hecho, nunca he estado menos dispuesto a la queja».
Se anima ligeramente al recordar el viaje que
habían hecho juntos. «Goodsir, a bordo del Erebus, es un tipo de lo
más diligente […], se parece mucho en sus hábitos a Hooker, nunca se muestra
ocioso, siempre está haciendo dibujos perfectos de todo lo que recoge […].
Tiene el afortunado don de hacer que todo el mundo a su alrededor se involucre
en sus investigaciones». Pero, entonces, las dudas regresan con redobladas
fuerzas. «James, querido, estoy tristemente solo, no hay un alma en ninguno de
los dos barcos con la que pueda ir a hablar […]. No sé qué más puedo decirte,
siento que no estoy del mejor humor para escribir, pero en realidad estoy, por
desgracia, solo y, cuando vuelvo la vista hacia el último viaje, veo la
causa [la cursiva es mía] y, por lo tanto, no tengo ninguna
perspectiva de alegrarme».
Crozier, según parece, echaba de menos a James
Clark Ross al menos tanto como a Sophy Cracroft. Franklin, sin duda, debía de
sospecharlo.
Entre los oficiales superiores, Fitzjames seguía
siendo el más optimista y animoso, y nunca perdió de vista el objetivo final:
el océano Pacífico. En su última carta a John Barrow júnior, le pidió que diera
recuerdos a sus padres. «Tenemos intención de brindar por la salud de sir John
el día que pasemos por el estrecho de Bering», le prometió, aunque reconoció
que los barcos iban ahora muy cargados y que eso comportaba riesgos. «Si
completamos el paso esta temporada —continuó—, tendremos que desembarcar en
algún lugar para descargar parte del cargamento, pues no sería seguro entrar en
el Pacífico como navegamos». Si había críticas, no eran las que uno espera oír
dirigidas a un hombre de cincuenta y nueve años. En una carta, Fitzjames confió
que sentía que sir John estaba corriendo riesgos innecesarios
al navegar demasiado rápido: «La única dificultad que tuve fue conseguir
que sir John arriara un poco las velas cuando era necesario».
Hacia el final de su diario para Elizabeth
Coningham, encontramos un indicio de otras preocupaciones que quedaban ocultas
por el cuidado espíritu de optimismo e invencibilidad que cultivaba Fitzjames.
En él, explica una conversación con Franklin en la que habla de «una gran
dificultad» con la que se van a encontrar. Se trata del tiempo que les llevaría
cruzar la bahía de Baffin hasta el inicio del estrecho de Lancaster, la puerta
de entrada del paso del Noroeste. En su primer viaje, Parry no había tardado más
de diez días, pero en su segundo viaje le llevó cincuenta y cuatro días abrirse
camino entre el hielo. Fitzjames no era un hombre del Ártico, pero empezaba a
comprender que la gran incógnita era siempre el comportamiento del hielo. «Todo
son conjeturas —concluye—, puede que nos vaya bien este año o puede que no».
Una vez terminada la transferencia de carga, llegó
la hora de que el Barretto Junior regresara a Londres, con
cartas escritas en el último momento y cuatro miembros de la tripulación que
estaban demasiado enfermos como para continuar la expedición. No hay ningún
registro que determine qué mal los aquejaba, aparte del comentario de pasada de
Crozier, quien dijo que «dos estaban enfermos y dos eran completamente
inútiles». El Erebus perdió a un hombre, lo que redujo su
dotación a sesenta y siete personas, y el Terror perdió un
armero, un velero y a uno de sus suboficiales, con lo que la suya quedó en
sesenta y dos.
«El barco está lleno hasta los topes —escribió
Fitzjames el 11 de julio—, disponemos de provisiones para tres años […]. La
cubierta está repleta de carbón y barriles, y solo hay un pequeño pasillo a
proa y popa; el barco navega muy bajo sobre el agua». De hecho, no había sido
posible cargarlo todo. El teniente Griffiths, capitán del Barretto
Junior, informó de que traía de vuelta «dos anclas de leva, dos cabos, un
bote, dos cables de remolque, algunos barriles de ron, ternera y cerdo y otros
suministros que no fueron necesarios».
La mañana del 12 de julio, el teniente Griffiths
fue el invitado de honor de una comida de despedida a bordo del HMS Erebus.
Disfrutaron de ternera curada especialmente para ellos. Dos días antes, le
habían pedido que subiera a bordo para probar algunas de las conservas
enlatadas y le habían parecido, por lo general, buenas. Las zanahorias «estaban
tan frescas como si las acabaran de sacar de la tierra, las patatas también
eran buenas, y dulces, pero lo cierto es que sabían poco a patata».
Los hombres debieron de sentir las emociones a flor
de piel a medida que la comida llegaba a su fin. Aunque solo había sido una
pequeña y humilde parte de una gran empresa, el comandante y la tripulación
del Barretto Junior habían tenido un papel fundamental a la
hora de asegurar que el Erebus y el Terror atravesaran
sanos y salvos las aguas del Atlántico Norte sin el riesgo adicional que
hubiera comportado un exceso de carga. Sir John Franklin
manifestó su agradecimiento en una última carta al Almirantazgo, en la que
elogió al teniente Griffiths por el «celo […] con el que ha realizado la tarea
que se le ha encomendado» y lo recomendó para un ascenso. Griffiths se mostró
igual de agradecido y reconoció que tanto él como su barco habían formado parte
de algo totalmente extraordinario: «Nunca se volverá a reunir un grupo de
valientes como este […]. ¡Que Dios los bendiga y los devuelva a través del
estrecho de Bering a su Inglaterra natal, investidos de una fama imperecedera!
En Inglaterra, nadie celebrará su regreso con más entusiasmo y cordialidad que
yo».
Esa misma tarde, el Barretto Junior levó
anchas y puso proa rumbo a casa. Pero su nombre no se perdió en la bruma de la
historia. Aunque resulte sumamente irónico, aparecerá en Hobart cinco años
después, transportando convictos a la Tierra de Van Diemen, lugar de origen de
muchos de los problemas de sir John Franklin.
A las seis en punto de la mañana siguiente, el
domingo 13 de julio de 1845, el Erebus y el Terror levaron
anclas y, con rumbo nornoroeste, zarparon hacia la bahía de Baffin y el
estrecho de Lancaster. Finalmente, estaban solos.
Capítulo 14
Sin señales
Un cartel del Almirantazgo que ofrece una recompensa de veinte mil libras a
cualquiera que pueda ofrecer «ayuda efectiva» a la expedición perdida de
Franklin. La recompensa por dar información era de diez mil libras.
Su progreso inicial fue registrado por los barcos
que se cruzaron con ellos durante las siguientes dos o tres semanas. Durante
una escala en la base comercial danesa de Upernavik el 19 de julio de 1845, el
capitán Stratton, del ballenero Eagle, dijo que había visto dos
bricbarcas, que creía que eran el Erebus y el Terror,
adentrándose en la bahía de Baffin. Unos pocos días después, fueron
identificados más allá de toda duda por dos balleneros, el Enterprise y
el Prince of Wales, que, al advertir que estaban rodeados por el
hielo en el norte de la bahía de Baffin, se acercaron a ellos.
El capitán Martin, del Enterprise,
afirmó haber hablado tanto con sir John Franklin como con
algunos de sus oficiales. Comentó que, a pesar del hielo, confiaban en alcanzar
la entrada del estrecho de Lancaster a mediados de agosto. En una declaración
posterior y más detallada, Martin afirmó que Franklin le había confirmado que
tenían provisiones para cinco años, las cuales podían hacerse durar siete, si
era necesario.
El 26 de julio, el capitán Dannett, del Prince
of Wales, vio al Erebus y al Terror en la
latitud 74,48º N y longitud 66,13º O. Algunos de sus oficiales subieron a bordo
y hablaron con Dannett, y sir John lo invitó a cenar en
el Erebus. Al final, no acudió a tal banquete. El tiempo mejoró y,
con buena visibilidad y viento a favor, Dannett decidió que no podía demorarse,
y sus caminos se separaron al día siguiente. Este, según se asume por lo
general, es el último avistamiento de la expedición del que se tiene
constancia, excepto por lo que atañe a los inuits, aunque, en una declaración
jurada posterior, el capitán Martin afirmó haber visto la cima de los mástiles
de los barcos británicos sobre la línea del horizonte entre los días 29 y 31 de
julio.
La llegada del Barretto Junior a los astilleros
navales de Deptford, en el Támesis, el 11 de agosto, con noticias y cartas de
la expedición, y con la valoración de su comandante acerca del optimismo y el
buen ánimo de los expedicionarios, fue recibida con grandes celebraciones. La
positividad del teniente Griffiths, después confirmado por el capitán del Prince
of Wales, hizo que el Almirantazgo respirara aliviado. Los barcos estaban
de camino, provistos de todo lo necesario y sin retrasos graves.
Jane Franklin también tuvo oportunidad de
relajarse. Pero, debido a su mente activa y agitada, siempre encontraba algo de
que preocuparse. El 1 de septiembre, escribió a sir James
Clark Ross sobre un amigo común, Francis Crozier. Lady Franklin
estaba al tanto de que este había escrito a Ross desde Groenlandia, y expresó
su convencimiento de que «debía de haberme escrito a mí también, pero no me ha
llegado ninguna carta». Por si acaso aquello constituía un indicio de algún
tipo de diferencia entre Crozier y su marido, se esforzó por señalar que «sir John
Barrow me habló el otro día con gran estima del capitán Crozier […] y afirmó
que era la mejor persona que podía haberse nombrado para acompañar a sir John
en la expedición».
La acosaban las preocupaciones, pero, con la
expedición en marcha, lady Franklin no podía hacer otra cosa
que esperar. Para no pensar constantemente en el Ártico, pasó algunos de los
siguientes doce meses viajando. Junto a su hijastra Eleanor como acompañante,
visitó Francia, Madeira y los Estados Unidos. Hacia finales de 1846, cuando
habían pasado diecisiete meses desde la partida de la expedición, escribió de
nuevo a James Clark Ross. En esa ocasión no se esforzó en absoluto por
disimular su angustia. Era como si ya se prepara para lo peor.
«En ocasiones —escribió—, pienso que quizá es mejor
vivir en la feliz ignorancia y no ser conscientes de un desastre que puede que
ya les haya sucedido, o de cualquier terrible dificultad que todavía tengan que
superar, que contemplar sus vicisitudes en un espejo mágico como los de los de
los cuentos de hadas. No me atrevo a ser optimista en cuanto a su éxito; de
hecho, esa mera noción me resulta presuntuosa, pues la única aspiración de mi
alma es que estén sanos y salvos». Precisamente, había sido ella quien, con la
excepción de James Ross, más había presionado para que sir John
liderara la expedición. Ahora que había conseguido su objetivo, ¿acaso sentía
remordimientos por haber depositado una responsabilidad tan pesada sobre los
hombros de un hombre de cincuenta y nueve años que no había capitaneado un
barco desde hacía doce?
«Si la divina providencia —continuaba su carta—
hace que no seamos testigos de su regreso en el momento esperado, ¿serás tú
quien vaya a buscarlos como tan noblemente hiciste por los balleneros
[atrapados en el estrecho de Davis diez años antes]? A veces, este pensamiento,
que no me atrevo a manifestar ante otros, me brinda cierto consuelo […]. Estoy
segura de que no escatimarás esfuerzos, si es necesario, para conseguir que el
Gobierno ponga rápidamente a nuestra disposición medios efectivos cuando llegue
el momento, y que estos no se demoren».
Con la llegada de 1847, aún no se habían recibido
noticias de la expedición, y algunos creyeron que ya había llegado el momento
de tomar medidas. Entre los primeros en dar la alarma se encontraba el capitán
Beechey, quien, en el mes de abril, presentó al Almirantazgo la propuesta de
enviar un barco que siguiera la estela del Erebus y el Terror hasta
el estrecho de Barrow. También sugirió el envío de una partida en bote que
descendiera por el río Back hasta la costa. El Almirantazgo, empero, rechazó su
plan, pues lo consideró excesivo y prematuro. También desestimaron una
propuesta de rescate de sir John Ross. A pesar de que tenía la
edad para jubilarse, había prometido a Franklin, por supuesto, que iría a
buscarlo si no se sabía nada de él hacia 1847, pero su mala relación con Barrow
seguía tiñendo la visión que se tenía de él en el Almirantazgo y, como
consecuencia, la tajante respuesta a su petición fue que aún no se requería una
expedición de socorro. A continuación, acudió a la Real Sociedad, que estaba de
acuerdo con el Almirantazgo: «Si partís, quedaréis atrapado en el hielo como
Franklin y tendremos que ir en vuestra búsqueda, y quizá luego debamos enviar a
alguien más para salvar a vuestros rescatadores», dijo su presidente, el
marqués de Northampton. «Sin duda alguna, su excelencia no debe de implicar que
no se va a hacer esfuerzo alguno por rescatar a Franklin y sus valientes
compañeros», repuso Ross.
En junio de 1847, el doctor Richard King —quien,
como sir John Ross, había expresado grandes dudas sobre la
sabiduría de la empresa ártica— predijo de un modo taxativo que el escorbuto y
el hambre pondrían en peligro a las dos tripulaciones si habían de pasar un
tercer invierno en el Ártico, y se presentó voluntario para dirigir la
expedición de rescate. Y no se trataría de una expedición de rescate ordinaria.
«Propongo —escribió al Almirantazgo— emprender el viaje más osado que jamás se
haya intentado en las regiones septentrionales de América».
Richard King era un hombre solitario que no formaba
parte de las altas esferas. Se había granjeado pocas afinidades debido a un
carácter a menudo brusco e inflexiblemente egotista. Sin embargo, no era
alguien a quien pudiera ignorarse. Sus lúgubres augurios exasperaron e
inquietaron a la única figura que destacaría entre quienes defendían mantener
la búsqueda de la expedición: lady Jane Franklin. En diciembre
de 1847, lady Jane escribió a James Ross.
Pensarás que el doctor King ha ejercido una maligna
e injustificable influencia en mí. De su persona, no deseo decir nada. No
anhelo que sea él la persona que lleve a cabo el proyecto, pero no puedo evitar
desear que la Compañía de la Bahía del Hudson recibiera instrucciones o, al
menos, una petición del Gobierno para explorar las zonas a las que tú y sir J.
Richardson no podíais llegar de forma inmediata y a las que, si hubieras de
llegar, sería solo porque todas las demás opciones de búsqueda han sido en vano
[…], y entonces, ¿no lleva razón al decir que será demasiado tarde?
James Ross opinaba, al igual que Parry y Sabine,
que tanto King como John Ross estaban siendo irresponsablemente alarmistas y
que era mucho mejor ofrecer una recompensa de mil libras por cualquier
información que los balleneros de la bahía del Hudson consiguieran.
Había otros, próximos a las tripulaciones, que
compartían la preocupación de Jane Franklin. John Diggle, que había navegado
junto a James Clark Ross por el océano Antártico y cuya hija, nacida unos pocos
meses antes de su partida, fue bautizada como Mary Anne Erebus Diggle, se había
alistado en la expedición de Franklin como cocinero del HMS Terror.
Al conocer que iba a organizarse una expedición de rescate, su padre escribió
una carta, fechada el 4 de enero de 1848, dirigida a Diggle:
Te escribo estas breves líneas con la esperanza de
que tanto tú como tus compañeros de los dos barcos estéis bien […], pues
tememos no volver a veros tras leer en el periódico la crónica sobre vuestra
posición y conocer que estáis atrapados en el hielo y que sufrís de esa temible
afección que es el escorbuto. Rogamos a Dios que, cuando el HMS Plover os
alcance, nuestros pensamientos resulten infundados. Rogamos a Dios para que así
sea. Querido hijo, se despiden de ti, te recuerdan su infinita gratitud, tu querido
padre y tu querida madre, John y Phoebe Diggle.
Al cabo de unos pocos meses, los padres de John
recibieron su respuesta. Era un sobre azul sobre el cual se había escrito
«Devuélvase al remitente. Ha sido imposible hacerla llegar al destinatario».
Para cuando John Diggle llevó a cabo su intento
frustrado de contactar con su hijo, el Almirantazgo evaluaba la situación como
muy preocupante, y, quizá algo avergonzado por su demora a la hora de
reaccionar, dispuso no una, sino tres expediciones de socorro durante el
invierno de 1847-1848. La primera, bajo el mando del comandante Moore del
HMS Plover, zarpó hacia el estrecho de Bering con órdenes de buscar
a la expedición en la costa de la América rusa (que pronto se convertiría en
Alaska). Su búsqueda no tuvo resultados.
Se envió una partida por tierra, liderada por sir John
Richardson, íntimo amigo de Franklin y, con sesenta años, prácticamente de la
misma edad, y el doctor John Rae, de Stromness, que trabajaba para la Compañía
de la Bahía del Hudson. La estatua de Rae se erige en el puerto de Stromness
sobre un túmulo de arenisca de las Orcadas y con vistas al mar. Viste botas de
trampero y una chaqueta forrada de piel y lleva un rifle colgado al hombro. Es
todo un héroe local. Rae y Richardson se abrieron paso por la parte baja del
río Mackenzie hasta la costa y exploraron los canales entre las islas Banks,
Wollaston y Victoria. Gracias a su viaje, se exploraron muchos territorios,
pero no encontraron ni rastro de Franklin ni de sus hombres.
A pesar de su decisión de permanecer en casa con su
esposa y sus hijos, sir James Clark Ross fue objeto de
presiones insoportables por parte de Jane Franklin para que se uniera a la
búsqueda. Cuando finalmente cedió, lady Franklin aprovechó a
fondo su ventaja con una elegante pero implacable determinación. En una carta
fechada el 3 de agosto de 1847, le agradeció efusivamente su decisión: «Su
noble devoción es un gran consuelo para mí. Si eres tú quien los rescata del
peligro o la muerte, tendrás tu recompensa». Pero, a continuación, hizo una
petición más: «En el caso de que la expedición regrese en otoño sin haber
conseguido lo que se espera de ella, ¿no tomarás acaso el mando de otra? […].
El Gobierno ha sido sumamente generoso al sufragar los gastos de estas dos
expediciones simultáneas. Creo que es muy probable que hayan aceptado
emprenderlas gracias a ti». Y, tras dejar a Ross sin espacio de
maniobra, concluyó su misiva con un clímax emocional perfectamente orquestado:
«Con un hogar tan feliz como el tuyo, el sacrificio que contemplas al ponerte
al servicio de tus amigos y de tu país es verdaderamente grande, tanto que mi
admiración se extiende a la heroica y generosa aquiescencia de tu esposa, que
tanto debe de haberte ayudado a aceptarlo».
James Ross no tuvo más elección que hacer lo
correcto y volver al mar. Para ayudar a buscar al Erebus y
al Terror, dos barcos que tan bien conocía, se llevó consigo a tres
oficiales que habían navegado con él por el Antártico. Edward Bird, su primer
teniente en el Erebus, recibió el mando del Investigator.
John Robertson, que había sido cirujano en el Terror, y el hombre
que tan a menudo había ayudado a Ross en momentos de gran dificultad, Thomas
Abernethy, se unieron a Ross a bordo del Enterprise. Junto a ellos
iba un irlandés de treinta años, Francis Leopold McClintock. En el verano de
1848, cruzaron la bahía de Baffin y se adentraron en el estrecho de Lancaster,
pero no llegaron mucho más allá, pues un hielo muy denso les impidió avanzar
hacia el oeste y, a su alrededor, se estaba formando rápidamente hielo nuevo.
Su descripción del empeoramiento temprano de las condiciones climatológicas
concuerda con los registros meteorológicos de la época, que recogen que los
tres inviernos árticos posteriores a la partida de la expedición de Franklin
fueron excepcionalmente fríos. Las condiciones a las que Ross se enfrentó en
1848 fueron probablemente similares a las que Franklin debió de encarar cada
año desde su partida.
Se retiraron a Port Leopold, en la isla Somerset
(que Ross había explorado dieciséis años antes), extendieron la lona sobre las
cubiertas y se dispusieron a pasar allí el invierno. El frío era tan intenso
que no pudieron sacar los trineos para explorar el área circundante hasta el
siguiente mes de mayo. Ross y el teniente McClintock avanzaron por la costa
norte de la isla Somerset, que formaba la costa sur del estrecho de Lancaster.
Ross no había llevado con él perros, de modo que tuvieron que tirar ellos mismos
de los trineos, y eso exigió un tremendo esfuerzo físico de los hombres. Las
probabilidades de encontrar algún indicio del paso de la expedición se vieron
reducidas porque, prácticamente en todo momento, se encontraron todas las vías
marítimas bloqueadas. Ross y McClintock comenzaron a explorar la parte
occidental de la isla Somerset, que daba al estrecho de Peel, y comprobaron
que, allí, el hielo acumulado tenía tal grosor y parecía tan permanente que,
tras dejar provisiones en varios puntos, se retiraron. Para cuando regresaron a
su nave, habían cubierto cerca de mil kilómetros en treinta y nueve días.
No se puede culpar a Ross por tomar la decisión de
regresar. Aquel era un terreno muy difícil y, a diferencia de durante su
experiencia en el Antártico, sus hombres sufrían. En el camino de vuelta a Port
Leopold, solo cuatro de ellos tenían las fuerzas necesarias para tirar de los
trineos. Otros dos no podían caminar. Varios padecían escorbuto, entre ellos
John Robertson, el cirujano del Enterprise. Todos los miembros de
la expedición, con la excepción de McClintock, aparecieron por uno u otro
motivo en la lista de bajas durante las siguientes dos o tres semanas.
Lógicamente, llegaron a la conclusión de que era poco probable —de hecho,
prácticamente imposible— que Franklin y sus barcos hubieran optado por una ruta
a través del estrecho de Peel. Y, al ver que, en el estado en el que se
hallaban, era posible que no sobreviviesen otro invierno, decidió que la
expedición debía regresar a casa.
Para muchos, entre ellos Jane Franklin, la decisión
de Ross supuso una sorpresa y una decepción, pues tenían la esperanza de que
Ross permaneciera en el Ártico y continuase la búsqueda un segundo verano.
Pero, si dejamos a un lado el estado de salud de sus hombres, uno se pregunta
si Ross podría haber soportado otro año allí. Su sentido del deber hacia un
viejo amigo, manipulado hábil y deliberadamente por lady Franklin,
lo había impulsado a aceptar emprender este primer viaje. Pero había contraído
matrimonio hacía poco, tenía dos hijos aún pequeños y también a un editor que
esperaba a que terminase su crónica del viaje antártico. ¿De verdad deseaba la
presión, la incomodidad y las tribulaciones de otro viaje ártico cuando había
muchos hombres más jóvenes, dispuestos y preparados para emprenderlo? Sospecho
que ya estaba cansado.
Lady Franklin hizo una última súplica. Su ruego aparece recogido en una
carta fechada el 12 de noviembre.
Te suplico, por cuanto consideras bueno y sagrado,
que te dejes influenciar por lo que digo. Recuerda, como yo lo hago, la
generosa insistencia con la que anhelaste […] que mi marido recibiese el mando
[…]. Recuerda también cuán concienzudos fueron tus esfuerzos a la hora de
asegurar para sir John los servicios y la compañía de tu
querido y fiel Crozier, y, aunque sé que no es necesario ningún estímulo para
despertar tu afectuoso interés hacia tus dos amigos, permíteme
que recurra a esos hechos como razones adicionales por las que te pido que
emplees tu energía inagotable en pensar en medios para su rescate y que no
dejes de hacerlo hasta que se hayan barrido todos los mares y orillas del
Ártico.
Si de verdad esperaba que el chantaje emocional que
se hace evidente en este sonoro y elocuente fragmento lo convenciera para
volver al Ártico, iba a llevarse un chasco. James Ross nunca volvería a zarpar
en busca de Franklin. Pero lady Franklin no desistió. Ayudada
y alentada por Sophy Cracroft, quien se había convertido en una activista tan
consumada y pugnaz como su tía política, puso en su punto de mira a cualquiera
que tuviera la menor influencia y pudiera ayudarla a dar con su esposo. Tan
continuada fue la presión que ejerció y tan apasionadas sus cartas que su casa
en Bedford Place se conocía como La Batería.
Paradójicamente, la falta de éxito de Ross impulsó
la campaña de lady Franklin. Que un explorador tan eminente
como James Clark Ross volviera con las manos vacías añadió un tono más sombrío
y realista a la búsqueda de Franklin. La suya fue la más conocida de las tres
expediciones de socorro, todas ellas bien financiadas, y el hecho de que
ninguna de ellas hubiera encontrado ni siquiera un rastro de la ubicación de
Franklin hizo que tanto el Almirantazgo como el pueblo británico empezase a
pensar que, quizá, había ocurrido un desastre. Y eso dio lugar a una respuesta
muy potente, aunque cada vez más desesperada.
A medida que las esperanzas de rescate eran
sustituidas por una sobria conciencia de que se estaba produciendo una
tragedia, el destino de Franklin estimuló la imaginación del mundo entero.
Mientras recreaciones de las yermas extensiones árticas congregaban a
multitudes en Londres y Brighton, se producían falsos avistamientos de los
barcos y aparecían mensajes fraudulentos en botellas, la primera de las treinta
y seis expediciones que se organizarían durante la década siguiente se dirigía
al gélido norte. El Almirantazgo envió al Enterprise (esta
vez, sin James Ross) y al Investigator al estrecho de Bering
con la tarea de buscar a los hombres de Franklin en el lado occidental del
paso. Dos barcos a vela y dos a vapor se dirigieron al estrecho de Lancaster,
el otro extremo del paso. La Compañía de la Bahía del Hudson envió una expedición,
liderada por sir John Ross y financiada por donaciones
públicas, a bordo del yate de doce toneladas Mary (bautizado
en honor a su esposa). Incluso el excirujano del Erebus, Robert
McCormick, el amante de los pájaros, realizó un viaje de tres semanas durante
el cual remontó el canal de Wellington en un bote que tenía el apropiado nombre
de Forlorn Hope [Vana Esperanza]. Lady Franklin,
a la que nunca la echaba para atrás dar un paso adelante, solicitó ayuda al zar
Nicolás de Rusia y al presidente de los Estados Unidos, Zachary Taylor. No
obtuvo nada de San Petersburgo, pero el Gobierno de los Estados Unidos fletó
dos barcos que partieron desde Nueva York en mayo de 1850.
Esta extraordinaria concentración de esfuerzos tuvo
al fin su recompensa. El 23 de agosto de 1850, el quinto verano desde la
partida de Franklin, Erasmus Ommanney, el capitán del HMS Assistance,
encontró los primeros restos de la expedición en el cabo de Riley, en el
extremo suroeste de la isla Devon: «Fragmentos de suministros navales, harapos,
latas de carne en conserva». Mientras peinaban la orilla en busca de algo más
sustancial, alguien distinguió un túmulo en un promontorio de la cercana isla
Beechey. A esas alturas, se había unido a Ommanney el comandante del HMS Pioneer,
una embarcación de vapor británica que se sumó a la expedición. Su capitán,
Sherard Osborn, relató más adelante la emoción que supuso tal descubrimiento en
su libro Stray Leaves from an Arctic Journal [Páginas sueltas
de un diario ártico]. Los hombres corrieron hacia «los oscuros y amenazadores
acantilados […], tan verticales que ni un copo de nieve podía posarse en ellos
[…], escalaron la abrupta pendiente y desmontaron el túmulo, y dieron la vuelta
a todas sus piedras […], pero, ¡ay!, no encontraron documento ni registro
alguno».
Otros barcos que se encontraban en el área se
reunieron en la isla, incluido, por una exquisita casualidad, uno que había
recibido el nombre de The Lady Franklin, capitaneado por William
Penny. Fue uno de sus marineros quien anunció la extraordinaria noticia de que
se habían encontrado tres tumbas en la desolada y gris playa cubierta de
derrubio. Las tres lápidas de madera declaraban que allí descansaban los restos
de John Torrington, el fogonero principal, «que dejó esta vida el 1 de enero de
1846 a bordo del HMS Terror a la edad de veinte años»; John
Hartnell, marinero de primera del Erebus que «murió el 4 de
enero de 1846 a la edad de veinticinco años», y William Braine, un real marine
del Erebus que «murió el 3 de abril de 1846, a la edad de
treinta y dos años». En la madera que marcaba su tumba había una cita:
«“Escoged hoy a quien habéis de servir”, Josué 24:15».
Más allá, en la misma playa, encontraron huellas de
trineos en la grava, tan profundas que llevaron a Sherard Osborn a hacer la
profética observación de «lo poco que se inculcó a la gente de Franklin la
importancia de que el equipamiento de viaje fuera ligero y portátil». Y había
un segundo túmulo en las cercanías. Medía algo más de dos metros de altura y
había sido erigido con seiscientas latas de comida llenas de gravilla.
Los hallazgos de la isla Beechey fueron reveladores
a la par que frustrantes. El teniente Osborn resumió muy bien el estado de
ánimo imperante: «A todo el mundo le parecía inexplicable que no hubiéramos
encontrado ningún registro, ninguna prueba escrita de las intenciones de
Franklin y Crozier al abandonar aquel lugar». El rastro que parecía empezar
allí no llevaba a ninguna parte.
Lo mejor que podían hacer era seguir la ruta que el
Almirantazgo había ordenado seguir a Franklin. Así pues, el capitán Ommanney
continuó rumbo oeste, hacia el cabo de Walker, el extremo septentrional de la
isla del Príncipe de Gales. No dio con nada, pero llegó a la conclusión de que
Franklin no pudo haber seguido la ruta prevista directamente hacia el sur desde
el cabo de Walker a través del estrecho de Bering, pues habría estado bloqueada
por una banquisa muy antigua y totalmente impenetrable. Estaba totalmente en lo
cierto. Ahora sabemos que Franklin se dirigió hacia el sur mucho antes, por el
estrecho de Peel.
La desaparición de la expedición parecía tan real
como inexplicable. Luego apareció otra pista mucho más al sur. Un equipo que
había viajado por tierra, liderado por John Rae, estaba explorando la costa
oeste el estrecho de Victoria cuando Rae se topó con dos objetos que parecían
restos de un naufragio. Uno era el soporte de un bote de madera de roble y el
otro parecía la parte del mástil de un cúter. Tenía una cuerda blanca atada por
dos clavos de cobre. Ambos clavos llevaban grabada la ancha flecha que se
estampaba en todo el equipo de la Marina Real. Puesto que no había confirmación
de la ruta que Franklin había tomado tras desviarse de la fijada por el
Almirantazgo, Rae asumió que los fragmentos habían sido arrastrados allí desde
el norte. Pasarían varios años antes de que alguien se diera cuenta de que los
dos barcos podrían estar mucho más cerca de lo que él pensaba.
A medida que se acercaba el séptimo aniversario de
la desaparición, cada vez más gente se hacía preguntas. El Almirantazgo no
podía hacer nada por evitarlo. El interés en la expedición seguía siendo muy
elevado, y adquirió un carácter claramente nacionalista.
Las donaciones llegaban desde todos los rincones
del país. Gracias al ingente trabajo del historiador Richard Cyriax, sabemos
que una de ellas procedía de la localidad natal de Franklin, Spilsby
(Lincolnshire), y otra de la Sociedad Filosófica y de Historia Natural de
Belfast, de la que Crozier era miembro. Una donación que debió de conmover
especialmente a lady Franklin fue la generosa suma de 1872
libras recaudada por los habitantes de la Tierra de Van Diemen, «pues en esta
colonia en particular se siente la mayor simpatía por nuestro antiguo y
respetado teniente del gobernador». Lady Franklin empleó esta
contribución para financiar la expedición Isabel de 1852. Esta
fue dirigida por el comandante Augustus Inglefield y, aunque no encontró ningún
rastro de Franklin, aparte de un puñado de reliquias, exploró y cartografió
territorio previamente desconocido del Ártico e identificó y bautizó la isla de
Ellesmere, la décima mayor isla del mundo y una de las masas terrestres más
accidentadas y espectaculares del planeta.
Los hallazgos hechos hasta entonces demostraron,
casi con toda certeza, que la expedición no había navegado al oeste del cabo
Walker, ni tampoco parecía que hubiera tomado ninguno de los otros helados
canales que iban hacia el sur. Eso dejaba abierta la opción del norte, el canal
de Wellington, entre la isla de Cornwallis y la de Devon. El Almirantazgo había
recomendado que Franklin considerara esta ruta si encontraba que su camino
estaba bloqueado por el hielo, así que era una alternativa válida.
En consecuencia, una expedición del Almirantazgo
dirigida por sir Edward Belcher llevó al velero Assistance y
al vapor Pioneer hacia el norte por el canal de Wellington,
mientras Henry Kellett, con el Resolute y el Intrepid,
investigaba la isla de Melville. Belcher se quedó otro invierno en la isla
Beechey, donde dejó un refugio y un depósito de provisiones, al que dieron el
nombre de Northumberland House, antes de regresar a casa con solo un barco
intacto, tras haberse visto obligados a abandonar los otros en el hielo. Ni él
ni Kellett encontraron rastro alguno de Franklin, ni de sus hombres ni sus
barcos. Pero, claro, ambos estaban todavía buscando donde el Almirantazgo había
ordenado a Franklin ir, en lugar de donde había ido en realidad.
Se produjeron algunos éxitos secundarios. Un hombre
con el magnífico nombre de Robert John Le Mesurier McClure, al mando del Investigator,
y Richard Collinson, al mando del Enterprise, habían participado en
la búsqueda desde 1850. Habían atravesado con sus barcos el estrecho de Bering
sin sufrir percances y estado muy cerca de encontrar el paso hasta la isla de
Melville cuando sus barcos quedaron atascados en el hielo. En 1853, tras haber
abandonado su barco en el hielo y sobrevivir a dos durísimos inviernos, McClure
y su tripulación viajaron por tierra desde el oeste hasta encontrarse con
algunos de los hombres de Belcher, que venían del este. McClure afirmó que
aquel había sido el primer cruce del paso del Noroeste, aunque no se hubiese
producido estrictamente por mar.
Dado que las constantes búsquedas no daban ningún
resultado, el Almirantazgo creyó que, puesto que no se sabía nada de la
expedición desde hacía ocho años, no había ninguna posibilidad de que ninguno
de sus miembros hubiera sobrevivido y, por lo tanto, no tenía sentido arriesgar
vidas y fondos públicos en otro fútil intento de rescate. Se estima que ya
habían gastado unas setecientas mil libras en la búsqueda (el equivalente a
treinta y cinco millones de euros actuales). Además, ahora tenían otras preocupaciones:
después de tres décadas de paz en Europa, Gran Bretaña se había visto envuelta
en una guerra con Rusia en Crimea.
El 20 de enero de 1854, el Almirantazgo dejó claro
que, si no había noticias de la supervivencia de la expedición antes de marzo
de ese año, los nombres de los hombres del Erebus y el Terror se
borrarían de la lista de la Marina y se declararían muertos al servicio de su
majestad. Lady Franklin se negó a aceptar tal decisión, que
describió como «presuntuosa a ojos de Dios». Rechazó su pensión de viudedad y
se negó a vestir de luto. Para ella, que no hubiera noticias quería decir que
aún podía recibir buenas noticias.
Capítulo 15
La verdad
Algunos de los objetos de la expedición de Franklin recuperados por el
explorador John Rae en su viaje por la costa del Ártico en 1854, que iban desde
cubertería hasta una de las medallas de sir John Franklin.
Justo cuando parecía que todo había acabado,
llegaron del norte noticias que lo cambiarían todo. Y vinieron de la mano de un
personaje que ya había jugado antes un papel en la historia de Franklin.
En 1854, John Rae, el hombre de las Orcadas que
trabajaba para la Compañía de la Bahía del Hudson y que había encontrado
algunos objetos en una búsqueda por tierra unos pocos años antes, estaba
explorando la costa del Ártico e intentaba completar la primera exploración de
esta área remota. Viajaba de acuerdo con las costumbres de los inuits,
construyendo iglúes en ruta. El 21 de abril, arribó a las orillas de la bahía
de Pelly, donde encontró a «un esquimal muy inteligente» que conducía un trineo
tirado por perros. Se les unió otro inuit, Inukpuhiijuk, que tenía interés en
comerciar con Rae. En el transcurso de la conversación, Rae, a través de un
intérprete, le preguntó, como hacía habitualmente, si había visto a
algunos kablunas (extranjeros) en la región. Él no, pero había
oído a otros hablar de un gran grupo de hombres blancos que habían muerto en
algún lugar al oeste de la zona, «más allá de un gran río». El inuit llevaba
consigo la cinta de oro de la gorra de un oficial, que Rae le había comprado
antes de continuar su misión. A su regreso a la bahía de Pelly, Rae se encontró
de nuevo con Inukpuhiijuk, que, en esa ocasión, le llevó más objetos que habían
encontrado otros inuits, entre ellos una cuchara y un tenedor de plata con un
escudo familiar y las iniciales F. R. M. C. grabadas en ellos. Rae no sabía en
ese momento que aquellas eran las iniciales de Francis Rawdon Moira Crozier.
Luego le llevaron todavía más objetos: la medalla
de la Orden Real Güélfica hanoveriana, que se le había entregado por sus
servicios en el Mediterráneo veinte años antes; cubertería de plata propiedad
de siete de los oficiales del Erebus y un chaleco con la
inscripción FDV 6.1845 (las letras FDV eran las iniciales de Charles Frederick
Des Voeux, suboficial del Erebus).
Poco a poco, con la ayuda de Inukpuhiijuk y de
otros inuits, Rae recompuso la historia de lo que parece que fueron los últimos
días de la expedición. Le contaron que se había visto a unos cuarenta hombres
viajando hacia el sur desde la isla del Rey Guillermo «hacía cuatro inviernos»,
es decir, en 1850. Tiraban de trineos, uno de los cuales transportaba un bote.
Ninguno de ellos hablaba inuktitut, pero comunicaron a través de gestos que su
barco, o barcos, habían sido aplastados por el hielo y que se habían visto
obligados a abandonarlos y caminar hacia el sur en busca de alimento. La
mayoría de los hombres estaban muy delgados y débiles, pero describieron a su
líder como un hombre alto, ancho y de mediana edad, una descripción que, desde
luego, encajaba con la de Francis Crozier. Los inuits lo llamaban Agluka. Este
hombre compró carne de foca a los nativos y, luego, ambas partes, incapaces de
continuar la conversación, retomaron su camino.
Más adelante esa misma temporada, según informaron
los inuits, se descubrieron los cuerpos de treinta hombres en el continente y
cinco más en una isla cercana. Algunos de los cadáveres se hallaban en tiendas
y otros, bajo un bote bocabajo. Todos se encontraban cerca de lo que parecía la
desembocadura del río Back.
Esto supuso toda una revelación. Pero lo que
aconteció después conmocionó a todos. «Al estudiar el estado mutilado de muchos
de los cuerpos y de los contenidos de las ollas —dijo Rae, según le había
explicado el inuit—, es evidente que nuestros desventurados compatriotas se
vieron obligados a recurrir a la más horrible de las alternativas para
mantenerse vivos».
A su regreso a Londres, Rae presentó su informe al
Almirantazgo. El efecto fue demoledor. Se envió a la mayor brevedad una copia
a lady Franklin, que la recibió a las dos de la madrugada. Fue
Sophy quien le dio las malas noticias. «No hay palabras —escribió esta después—
que alcancen a describir el horror de esa noche».
Muy a pesar del propio Rae, The Times publicó
su informe dirigido al Almirantazgo y otros periódicos se hicieron eco de las
afirmaciones de la práctica del canibalismo, «la más horrible de las
alternativas». Toda la nación quedó horrorizada y repugnada al conocer tales
noticias. Pero, debido a que las revelaciones eran tan sobrecogedoras y
ofensivas, la gente las rechazó de plano. Era imposible que ningún inglés se
hubiera comportado de ese modo, se dijo. Rae no debería haberse fiado de la
palabra de los inuits. En el popular semanario que dirigía, Household
Words [Palabras caseras], Charles Dickens, que era uno de los
paladines más influyentes de Jane Franklin, se lanzó a una defensa apasionada
de los hombres de la expedición, a quienes consideraba «la flor y nata de la
Armada inglesa». Enojado, los comparó con los inuits: «La noble conducta y el
ejemplo de hombres como ellos, y de su gran líder —escribió— […], supera por el
peso de todo el universo el valor que puedan tener los chismorreos de un
repugnante puñado de salvajes primitivos que se sienten como en casa entre la
sangre y la grasa de ballena».
«¿Por qué debería la gente molestarse tanto por
estas injurias? —se preguntó Dickens—. Porque ESTÁN […] muertos». Y bramó:
Por eso debe preocuparnos. Porque sirvieron a su
país con honor y merecen que los tratemos mejor, y ya no pueden pedir en esta
tierra justicia o respeto por sí mismos […]. Porque no hay un Franklin que
pueda regresar y escribir una crónica honesta de sus tribulaciones y
resignaciones […]. Porque yacen dispersos en aquellos inmensos desiertos de
nieve y están tan indefensos contra lo que de ellos puedan pensar las
generaciones venideras como contra los elementos en los que se están
convirtiendo y contra los vientos que pueden traerlos a casa […], por lo tanto,
debemos conservar su recuerdo con ternura, especialmente entre los niños. Por
eso, no debe enseñarse a nadie a estremecerse sin motivo al recordarlos o
conocer la historia de su final. Por todo ello, confiemos en su entereza, en su
fortaleza, en su elevado sentido del deber, en su valor y en su religión.
Se concedió a John Rae el derecho de réplica
en Household Words. Este defendió a sus informantes inuits y a su
intérprete de la acusación, que estaba calando hondo en la opinión pública, de
que habían sido los propios inuits quienes habían atacado a los hombres de
Franklin y quienes habían cometido los actos de canibalismo. Pero sus
argumentos cayeron en oídos sordos. En lugar de recibir el aplauso que merecía
por haber descubierto las primeras pruebas reales de que aquellos hombres
habían fallecido y, lo que era todavía más importante, de dónde habían
fallecido, Rae fue amordazado por el establishment. Lady Franklin
trató de impedir que se le pagasen las diez mil libras que se habían dispuesto
como recompensa para la primera persona que encontrara pruebas acerca del
destino que había sufrido la expedición, y, aunque al final se le abonaron, Rae
no recibió ningún reconocimiento público. Si se había nombrado caballeros a
tantos exploradores árticos —Parry, Franklin, John Richardson, John y James
Ross—, ¿por qué no iba a nombrarse con el mismo título a un hombre como John
Rae, que conocía las regiones árticas tan bien como cualquiera de ellos?
Todavía se lo recuerda con gran afecto y admiración
en las Orcadas. He visto su estatua en Stromness y su vieja casa, la
magníficamente ruinosa Hall of Clestrain, con vistas a su ciudad natal, al otro
lado de la bahía. El mejor monumento es su tumba, en la catedral de San Magno,
en Kirkwall. Rae aparece esculpido de costado, vestido con sus pieles árticas y
los brazos con las manos entrelazadas bajo una barba majestuosa. Junto a él hay
un libro abierto y un rifle. Es un hombre en su trabajo. No hay en la estatua
nada de heroicidad vana. Rae fue un explorador al estilo de Amundsen y Nansen,
que escuchaba a los nativos y aprendió de ellos qué llevar, qué comer y cómo
sobrevivir. A lo largo de su vida, cartografió dos mil ochocientos kilómetros
de territorio desconocido y perdió a un solo hombre. No puede haber mayor
contraste con la desastrosa expedición cuyo fin fue el primero en descubrir.
Entretanto, en Londres, Jane Franklin todavía se
negaba a creer que su marido no estuviera vivo. El informe de Rae la había
conmocionado, pero no había extinguido sus ansias de luchar. Continuó
escribiendo con regularidad cartas, a menudo repletas de cotilleos, a sir John,
que enviaba en los barcos de rescate. Una de ellas, que fue confiada al capitán
William Kennedy del Isabel, dice: «Mi queridísimo amor: Confío en
que ni por un momento hayas pensado que tu país y tus amigos te han abandonado
o dejado a tu suerte […]. Dales mis más afectuosos recuerdos a tus amigos y
compañeros». La carta estaba fechada el 30 de marzo de 1853, casi ocho años
después de que Franklin y sus compañeros hubieran desaparecido.
Animada por los ulteriores descubrimientos de
restos por parte de dos comerciantes de pieles de la bahía del Hudson, James
Anderson y James Stewart, lady Franklin, que ya había
invertido alrededor de 35.000 libras (1,75 millones de euros actuales) de su
propio bolsillo en lo que ahora no solo era una búsqueda, sino la Búsqueda,
recurrió de nuevo a sus contactos. Charles Dickens dio una conferencia en un
acto para recaudar fondos en la Real Sociedad Geográfica, que le dio una nueva
ocasión, en palabras del biógrafo de Franklin, Andrew Lambert, «para defender
que era él, y no Rae, quien estaba en lo cierto en 1854. Franklin y sus hombres
murieron como nobles héroes cristianos, no como bestias salvajes».
Se recaudaron tres mil libras entre el público, lo
bastante para fletar y equipar el Fox, un yate de tres mástiles y
motor de vapor. Con 177 toneladas de desplazamiento, más o menos la mitad que
el Erebus, era una embarcación más pequeña y manejable de lo que
habitualmente se enviaba al océano Ártico, y su escaso calado hacía que
estuviese en mejores condiciones para operar en los canales llenos de
sedimentos frente a la costa de Norteamérica. Contaba con una tripulación de
veinticinco hombres, la mayoría de los cuales tenían experiencia previa en el
Ártico, y lo capitaneaba Francis Leopold McClintock, un irlandés de Dundalk de
treinta y ocho años, el mismo hombre que había navegado con Ross en 1848,
cuando, entre ambos, habían desarrollado y refinado el uso de trineos. En esta
ocasión, sin embargo, se aseguró de no repetir el error de hacer que fueran
humanos quienes tiraran de ellos y se llevó perros consigo. Esta no fue una
expedición preparada o equipada con lujo. Estaba diseñada para ser rápida, ligera
y adaptable, y se pusieron en práctica las lecciones aprendidas de los nativos
en lugar de las enseñanzas de las academias navales.
El Fox zarpó de Inglaterra en
julio de 1857, pero se quedó atorado entre el hielo invernal en la bahía de
Baffin, por lo que no pudo continuar su avance hasta finales de abril del año
siguiente. Guiándose por el informe de Rae, la expedición viajó al sur por el
estrecho de Peel, pero, una vez más, el hielo les cerró el camino y tuvieron
que dar un rodeo por la punta de la Tierra de Somerset, que —después de que
William Kennedy y Joseph-René Bellot descubrieran un canal de más de un
kilómetro y medio que dividía la península de Boothia— ahora se sabía que era
una isla. McClintock intentó llevar al Fox por ese estrecho
canal, que recibía el nombre de canal de Bellot en honor a su descubridor, pero
descubrió que su extremo occidental estaba cerrado por el hielo. En
consecuencia, estableció una base en el extremo oriental del estrecho y, hasta
febrero de 1859, él y sus hombres no pudieron organizar su primera expedición
de reconocimiento en trineos.
De camino hacia el sur a lo largo de la costa
occidental de la península de Boothia, McClintock y dos compañeros se
encontraron con unos inuits que tenían reliquias que vender e historias que
contar. Uno de ellos les habló del hundimiento de un barco de tres palos al
oeste de la isla del Rey Guillermo. En abril, cuando el termómetro marcaba
treinta grados bajo cero, McClintock y su segundo al mando, el teniente William
Hobson, junto con diez hombres y cuatro trineos (dos tirados por personas y dos
por perros), partieron hacia esa isla. En su ruta se encontraron con un anciano
inuit llamado Unali que les habló de un segundo barco al que el hielo había
obligado a embarrancar más al sur, en un lugar llamado Utlulik o Utjulik. Otros
le hablaron del cuerpo de «un hombre muy grande» con unos «dientes muy largos»
que se había encontrado a bordo del barco. Según todos los indicios, McClintock
y sus hombres se acercaban cada vez más a la zona cero del desastre. Había
llegado el momento de comprobar si los rumores se convertían en pruebas
fehacientes.
Cuando alcanzaron el cabo Victoria, en la costa
suroeste de la península de Boothia, el grupo se dividió. McClintock continuó
rumbo sur, hacia la desembocadura del río Back, en la zona donde, tres años
antes, John Rae había recibido las primeras noticias de los descubrimientos de
los inuits. El teniente Hobson y su partida salieron a investigar la
información del barco naufragado en la costa oeste de la isla del Rey
Guillermo.
El informe de Hobson, fechado el 1 de agosto de
1859, nunca se publicó, y no se localizó una copia hasta hace muy poco, en la
Biblioteca y los Archivos de Canadá. Se dio a conocer, con comentarios de Doug
Stenton, en la revista Arctic de abril de 2014. Este informe,
menos formal que un diario o una bitácora, cuenta una historia apasionante.
Empieza con un relato de cómo Hobson y su equipo viajaron hacia el oeste a
través de la superficie helada del estrecho de James Ross. Hobson dibuja la
escena cuidadosamente y con precisión: «El hielo parecía tener el grosor de un
año y, aunque en muchos lugares estaba levantado, encontramos vías entre las
cordilleras heladas; numerosas masas de hielo de gran tamaño, evidentemente
formadas en otros lugares, habían quedado atrapadas al congelarse el mar; eran
tan grandes que, en el aquel tiempo terrible, a menudo se creía que eran
islas».
La isla del Rey Guillermo, el escenario donde se
desarrolló gran parte de la tragedia, ha sido calificada como una isla desierta
polar. Hobson la describe como «un mero banco de guijarros escupido por el mar
[…], una orilla baja y yerma de piedra caliza». Casi totalmente llana y siempre
gris, sin lugar que ofreciera abrigo frente a los gélidos vientos y las fuertes
ventiscas, debió de ser un entorno cruel e implacable tanto para los
supervivientes como para quienes los buscaron.
A primera hora del 3 de mayo de 1859, solo cinco
días después de salir del cabo Victoria, encontraron un montículo de piedras y
los restos de un campamento en las cercanías del cabo Felix, en el extremo
norte de la isla. Con una creciente emoción, abrieron el montículo, pero dentro
solo había un trozo de papel en blanco doblado en forma de triángulo y un trozo
de cuerda. La decepción casi los atormentó. Hobson escribió que «albergo pocas
dudas de que este papel ha contenido en algún momento información y de que los
elementos han borrado lo que había escrito en él (probablemente a lápiz)».
Parecía que aquel lugar había sido el campamento de unos doce oficiales y
marineros. Había tres pequeñas tiendas que se habían derrumbado, bajo las
cuales «se extendían pieles de oso y mantas, al parecer, tal y como sus últimos
ocupantes las habían usado».
A lo largo de la orilla había un rastro de objetos
descartados: hornillos de cocina, una brújula de inclinación, chapas, los
restos de un par de gafas, fragmentos de botellas rotas, rollos de cordel,
barras de cortina de latón (la historiadora Ann Savours cree que las llevaban
como presente para los nativos), un botiquín de caoba y algo de tabaco. Hobson
no estaba completamente seguro de por qué se había establecido allí aquel
campamento, pero no tenía dudas de que se había «abandonado apresuradamente, y
creo que sus ocupantes debieron de regresar a su barco». «No soy capaz de
imaginar, bajo ninguna otra circunstancia, que la gente dejara atrás sus
tiendas y su equipo para dormir y cocinar».
Las pruebas crecían. El 5 de mayo encontraron una
pícea de cinco metros y medio que se había cortado por la mitad con una
tronzadera, probablemente para utilizarla como combustible. Al día siguiente se
toparon con otro montículo más pequeño, con un pico roto y un bote de té o café
vacío en su interior. Tras pasar una hora buscando infructuosamente documentos,
continuaron hacia el sur, donde encontraron un tercer montículo con «una gran
cantidad de equipo» a su alrededor. Había mucho que investigar, así que erigieron
su tienda cerca. Al mediodía del 6 de mayo, se pusieron manos a la obra.
La descripción que ofrece Hobson de lo que sucedió
a continuación es sumamente lacónica. «Pronto descubrimos un pequeño cilindro
entre algunas piedras sueltas que era evidente que habían caído de lo alto del
montón de piedras», escribió. La siguiente observación decía así: «Contenía una
breve nota acerca de los movimientos de la expedición perdida». Pero esas
escuetas palabras no hacen justicia a lo que había encontrado. Esa «breve
nota», hoy conocida como la nota del cabo Victoria, es uno de los documentos
más significativos de la historia de la exploración.
En puridad, no es la nota del «cabo Victoria».
Richard Cyriax, un experto en la expedición de Franklin, ha apuntado que el
montículo de piedras en el que se encontró estaba en realidad seis kilómetros
al norte del cabo, cartografiado por primera vez por James Clark Ross en 1830,
que le dio nombre. Estaba escrita en un formulario reglamentario —uno de los
que se daba a las expediciones para que dejaran por el camino o lanzaran por la
borda con el fin de indicar su posición y que tenía la instrucción, impresa en
seis idiomas, de que «quienquiera que encuentre este papel» debía «enviarlo al
secretario del Almirantazgo, en Londres, con una nota que indique el
momento y lugar en que fue encontrado; o, si resulta más cómodo, entregarlo
a ese propósito al cónsul británico en el puerto más cercano»—.
Aunque con manchas de óxido originadas por la lata
que lo contenía, la letra era claramente legible y fue identificada como la de
Fitzjames. Daba una fecha —28 de mayo de 1847 (casi dos años después de que los
barcos hubieran salido de Greenhithe)— y una posición: «Los barcos de su
majestad Erebus y Terror pasaron el invierno
en el hielo en lat. 70º 5’ N long. 98º 23’ O». A continuación, explicaba cómo
habían llegado hasta allí. «Después de pasar el invierno de 1846-1847 en la
isla de Beechey […] tras haber ascendido por el canal de Wellington hasta lat.
77 y regresado a la zona occidental de la isla de Cornwallis». Nombraba a sir John
Franklin como comandante de la expedición y recogía las tranquilizadoras
palabras «Todo va bien», subrayadas para darles más énfasis. Al final del acta
oficial, había unas escasas palabras adicionales. «Esta partida, formada por
dos oficiales y seis hombres, salió de los barcos el lunes 24 de mayo de 1847».
La nota estaba firmada por «GM. Gore, ten.» y «Chas F Des Voeux, subof.».
Puede que la nota afirmara con confianza que todo
iba bien, pero, incluso en esos momentos, ya había señales de que las cosas se
estaban torciendo. Para empezar, Fitzjames se había confundido con las fechas:
fue en 1845-1846, no en 1846-1847, cuando pasaron el invierno en la isla de
Beechey. La explicación de Richard Cyriax es que el error en la fecha se debe
simplemente a un lapsus y explica que no se daba mucha importancia a este tipo
de documentos. Pero también podría ser un indicio de que los miembros de la
expedición estaban cada vez más desorientados. Y el hecho de que el propio
Franklin ni escribiera ni firmara la nota no auguraba nada bueno.
Pero es el mensaje que Hobson halló embutido en los
márgenes de la nota el que se demostró especialmente importante. Escrito por
Fitzjames unos once meses después, el 25 de abril de 1848, explica, en una
caligrafía de trazos delgados e inseguros, un dramático cambio de las
circunstancias.
Los barcos de su majestad Terror y Erebus fueron
abandonados el 22 de abril a cinco leguas NNO de aquí, tras estar inmovilizados
desde el 12 de sept. de 1846. Los oficiales y la tripulación, ciento cinco
almas, bajo el mando [del cap]itán FRM. Crozier desembarcaron aquí, en lat. 69º
37’ 42”, long. 98º 41’. [Este p]apel fue encontrado por el teniente Irving bajo
el montículo supuestamente erigido por sir James Ross en 1831,
cuatro millas al norte, donde el difunto comandante Gore lo depositó en junio
de 1847.
Las peores noticias aparecían al final de la nota.
«Sir John Franklin murió el 11 de junio de 1847, y las muertes
entre los miembros de la expedición hasta esta fecha ascienden a nueve
oficiales y quince hombres». Esta última suma estaba firmada por «James
Fitzjames, capitán del HMS Erebus» y «F. R. M. Crozier, capitán y
oficial senior». Tras su rúbrica, Crozier añadió: «Partimos mañana, día 26,
hacia el río Back».
Si reconstruimos lo sucedido, parece que Gore y Des
Voeux partieron con más de una nota en un contenedor sellado. Confundieron la
posición del cabo Victoria (bautizado por James Clark Ross en 1830, no en 1831,
como parece que creía Fitzjames) y dejaron el registro en un montículo de
piedras apiladas seis kilómetros al norte. Luego, continuaron hacia el sur y
dejaron una copia idéntica del registro (que no se enmendó posteriormente, pero
que ha sido recuperada desde entonces). Para cuando regresaron a los barcos, sir John
Franklin había muerto, solo tres semanas después de que Fitzjames hubiera
escrito y subrayado «Todo va bien». A partir de entonces, a juzgar por las
líneas añadidas a la así llamada nota del cabo Victoria, todo fue lo bastante
mal como para que los ciento cinco hombres restantes decidieran abandonar los
dos barcos. Cruzaron hasta la isla del Rey Guillermo once meses después,
momento para el cual también Gore ya había fallecido. El teniente Irving
encontró el primer registro sellado en un montículo a seis kilómetros al norte
del cabo Victoria y se lo llevó a Crozier y Fitzjames. Añadieron las últimas
malas noticias, sellaron el contenedor de nuevo y lo dejaron en el montículo,
donde Hobson lo encontró once años después.
Debido a las fuertes nevadas, Hobson no pudo
realizar una inspección más detallada del lugar, de modo que, tras dejar una
copia del documento, se lo llevó junto con los diferentes objetos que había
encontrado y avanzó por la costa hacia el sur. No le resultó nada fácil
avanzar. «Literalmente, no hay costa alguna que sirva de guía». El viento y las
constantes nevadas los desorientaron hasta tal punto que su nuevo campamento
resultó no estar en absoluto junto al mar, sino junto a un lago más de seis
kilómetros tierra adentro.
El 24 de mayo de 1859 descubrieron un bote grande
en la playa. Estaba enterrado en la nieve y apenas era visible. Tras despejar
laboriosamente el hielo, duro como una piedra, y la nieve que lo tapaban,
comprobaron que era uno de los cúteres de los barcos, de 8,5 metros de eslora,
aligerado para poder transportarlo por tierra con un resistente trineo que
encontraron cerca, sobre el cual se había arrastrado el bote por el interior de
la isla. Solo el trineo pesaba trescientos cuarenta kilos y se estima que habrían
sido necesarios siete u ocho hombres para tirar de él mediante unos cabos
balleneros que se hallaron también muy cerca. En la proa encontraron dos rifles
y abundante munición. Y eso no fue todo. «En la cámara […] había una mandíbula
humana de gran tamaño. Se encontraron cerca otros huesos de tamaño similar». Un
cronómetro con el nombre Parkinson & Frodsham que se encontró junto a los
restos llevó a Hobson a creer que podría tratarse del cuerpo de un oficial. En
el bote se hallaron también los huesos de otro hombre.
El bote contenía toda una serie de artículos que lo
que quedaba de la expedición debió de considerar lo bastante importante como
para llevarlos consigo en el largo camino al sur hasta el río que algunos
llamaban Gran Río Pez y otros río Back. Entre estos objetos había once
tenedores de postre, once cucharas de postre y cuatro cucharillas de té «con
los escudos de los oficiales del Terror y del Erebus»,
junto con cinco petacas, varios libritos religiosos, un ejemplar de El
vicario de Wakefield, una pequeña lata de pemmican, múltiples restos de
mantas, pieles de oso, chaquetas de lana cocida, pantalones, guantes, medias,
botas de piel, una pipa de sepiolita y varias de arcilla.
Hobson, que sufría escorbuto, regresó con este
sensacional descubrimiento al Fox setenta y cuatro días
después de su salida. McClintock y su partida llegaron cuatro días después. Al
principio, habían tenido menos éxito. No habían encontrado nada de la
expedición en el estuario del río Back y apenas habían podido hablar con unos
pocos nativos. Pero entonces, mientras regresaban a través de la isla del Rey
Guillermo, habían encontrado un esqueleto humano descolorido, tendido bocabajo
sobre una colina de grava. La nieve lo cubría parcialmente y, gracias a los
trozos que quedaban de su uniforme, lo identificaron como un asistente,
probablemente Thomas Armitage, el asistente de la santabárbara del Terror.
Lo más intrigante de todos estos sombríos
descubrimientos fue un pequeño cuaderno que se encontró cerca, que contenía una
serie de escritos y dibujos prácticamente indescifrables. Entre ellos había un
certificado de marinero a nombre de Henry Peglar, quien se creía que había sido
íntimo amigo de Armitage. Los «Documentos Peglar», que es como se han terminado
por llamar, se resisten obstinadamente a la interpretación o traducción. Estos,
escritos a lo largo de la expedición, no parecen tener ningún sentido, e
incluyen juegos de palabras con frases escritas al revés y fragmentos de lo que
parecen cartas a otros. Russell Potter, quien los llama «los manuscritos del
mar Muerto del Norte», ha dedicado denodados esfuerzos a descifrarlos. En una
página, Peglar escribió un pareado que empieza así: «Muerte, dónde está tu
aguijón, la tumba en cala Confort». El primer verso forma parte del servicio
religioso funerario, y cala Confort era el nombre de un célebre cementerio de
marineros en la isla de Ascensión. Así pues, ¿son estos versos parte de un
panegírico? Y, si es así, ¿de quién? Dos líneas más abajo aparecen las palabras
«el difunto estuvo en Trafalgar». El único hombre de la expedición asociado con
Trafalgar era Franklin, que combatió en esa batalla. ¿Es posible que aquellas
palabras se compusieran para el funeral de Franklin? ¿Y que fueran obra no de
un oficial, sino de un marinero raso como Henry Peglar? Los documentos Peglar
continúan siendo un enigma, pero, dada la casi total ausencia de material
escrito de la expedición, constituyen un enigma muy valioso.
Más arriba, siguiendo la costa, McClintock encontró
el barco que Hobson había descubierto. Le pareció significativo que la proa del
barco apuntara al norte. Lo consideraba un indicio de que los hombres que
tiraban de él lo estaban llevando hacia los barcos, no alejándose de ellos.
El 23 de septiembre de 1859, el Fox, el
más pequeño y, sin embargo, el más exitoso de todos los barcos que habían
participado en las expediciones de búsqueda y socorro, arribó a los muelles
Blackwall, en Londres. Con él, llegó la confirmación definitiva de que el gran
sueño de John Barrow había terminado en desastre. Ni Franklin ni ninguno de sus
hombres regresarían jamás.
Cinco años antes, la crónica de Rae de los últimos
días de la expedición había sido recibida con horror y ultraje. El mensaje de
heroísmo frente a la más terrible adversidad que el Fox trajo
consigo fue recibido con una patriótica gratitud. Ahora, la nación podía dar
comienzo al proceso de duelo y hablar del sacrificio que habían hecho aquellos
hombres. Rae tuvo que luchar por recibir su merecida recompensa, pero Hobson
fue ascendido de inmediato, y el Parlamento votó otorgar un bonus de cinco mil
libras a los oficiales y a la tripulación de McClintock. Este fue nombrado
caballero por la reina Victoria y recibió la medalla de Patrón por parte de una
agradecida Real Sociedad Geográfica.
La narración que hizo McClintock del viaje,The
Voyage of the ‘Fox’ in the Arctic Seas [El viaje del Fox en
los mares árticos], fue un gran éxito de ventas. Por supuesto, le ayudó la
dramática y trágica historia que tenía que contar, pero es evidente que supo
tocar la fibra más sensible. A pesar de todos los avances científicos, el
terrible poder de la naturaleza se había reafirmado. Para todos aquellos que se
sintieron amenazados porEl origen de las especies de Darwin,
publicado el mismo año que The Voyage of the ‘Fox’, el destino de
la expedición fue interpretado como un clásico caso de hubris. Su
relato inspiró el sobrecogedor cuadro de los últimos restos de la expedición,
con bandera incluida, destrozados por osos polares sobre la banquisa. El título
lo dice todo: El hombre propone, Dios dispone.
El único consuelo, dentro de todas estas
calamidades, fueron las noticias de que se habían descubierto cuerpos lo
bastante al sur como para demostrar que Crozier había llevado a sus
desventurados hombres hasta el último eslabón de la cadena de conexiones
marítimas que formaban el paso del Noroeste. En la euforia catártica que siguió
al regreso del Fox, había que ser un hombre o una mujer muy
valiente para atreverse a poner en duda que la expedición de Franklin —si bien
no el valiente capitán en persona— había conseguido su objetivo. Esto es lo que
se inscribió en los pedestales de las estatuas que se estaban erigiendo y lo
que apareció en la citación que acompañó a la concesión de la Medalla del
Fundador de la Real Sociedad Geográfica a lady Jane Franklin,
la primera mujer en recibir esta condecoración a manos de la organización.
Capítulo 16
Vida y muerte
El 24 de mayo de 1859, una expedición dirigida por el teniente William
Hobson encontró un bote en la isla del Rey Guillermo. Contenía los restos de
dos hombres, uno de ellos probablemente era un oficial; el otro, un joven «de
tamaño mucho menor que el otro».
A principios de la década de 1860, la ruta de la
expedición perdida de Franklin estaba ya bastante clara. A esas alturas se
sabía que, tras abandonar Groenlandia, el Erebus y el Terror habían
cruzado la bahía de Baffin, navegado por el estrecho de Lancaster y que
Franklin y Crozier habían instalado su campamento de invierno en la isla de
Beechey. En ese mismo año de 1845 o, más probablemente, al inicio del verano de
1846, habían navegado hacia el noroeste, ascendido por el canal de Wellington,
probablemente en busca de una forma de rodear la gruesa capa de hielo que
bloqueaba el camino por el estrecho de Barrow. Al no encontrar modo de
atravesarlo, circunnavegaron la hasta entonces inexplorada costa de la isla de
Cornwallis. (Puede que fuera un callejón sin salida en la búsqueda del paso del
Noroeste, pero esta constituyó una exploración notable de una parte del mapa
que no volvería a visitarse hasta al cabo de cien años).
Con el hielo acumulándose de nuevo al oeste,
Franklin debió de decidir dirigir sus barcos al sur para intentar buscar alguna
forma de cruzar por allí. Parece que encontraron agua despejada y que navegaron
hacia el sur por el estrecho de Peel, que pasaron entre la isla de Somerset y
la del Príncipe de Gales y se mantuvieron en movimiento, hasta que, hacia
finales del verano de 1846, alcanzaron el estrecho de Victoria. Allí
seguramente se toparon con una barrera de hielo oceánico impenetrable de varios
años y doce o quince metros de grosor, que, en la memorable y evocadora imagen
de Ann Savours, «se arrastraba, revolvía y gemía mientras se abría paso hacia
el sur de lo que después pasaría a llamarse el canal de McClintock».
Por qué no tomaron la ruta más protegida por el
lado oriental de la isla del Rey Guillermo todavía es un misterio, pero lo más
probable es que se debiera al desconocimiento del terreno. Debemos recordar que
Franklin y Crozier debían estudiar, inclinados sobre sus mesas en los amplios
camarotes de popa, cartas de tierras descubiertas hacía muy poco, cuyos
detalles eran a menudo muy vagos. Puede que tuvieran platos con sus monogramas
y cubertería de plata personalizada, pero no disponían de mapas decentes. Las
cartas que el Almirantazgo había entregado a Franklin no mostraban la Tierra
del Rey Guillermo como una isla, sino como un terreno unido por un istmo a la
península de Boothia. Asimismo, tres experimentados exploradores árticos —sir John
Ross, Peter Dease y Thomas Simpson— estaban convencidos de que el estrecho de
James Ross estaba conectado al continente. Franklin y Crozier y sus hombres,
por lo tanto, continuaron navegando hacia el sur y se adentraron en una trampa
de hielo que los conduciría a la muerte. La nota del cabo Victoria apunta que
el primer día en que se encontraron «inmovilizados» fue el 12 de septiembre de
1846. Seguían detenidos, por lo que sabemos, en abril de 1848. Su posición, por
irónico que resulte, estaba sobre la línea en la que se encuentran las mareas
del Atlántico y el Pacífico; era lo más cerca que estarían en el futuro de
cualquiera de los dos océanos.
Los inviernos árticos son brutales, sobre todo
porque tres meses transcurren en la oscuridad más absoluta. Hacia abril de
1848, Franklin y sus hombres habrían soportado seis meses de esa negrura. Para
más inri, su viaje coincidió con uno de los años más fríos en el Ártico de la
historia reciente. Incluso los veranos llegaban y acababan sin que el hielo
cediera.
Por desgracia, no contamos con una crónica de la
vida a bordo del Erebus durante lo que resultó otro invierno
excepcionalmente duro. ¿Qué pasó con Jacko, el mono, y Neptune, el perro? ¿Cómo
de duro fue el golpe que supuso la muerte de Franklin, solo un mes después que
Gore y Des Voeux? En retrospectiva, los imaginamos viéndose abocados a la
tragedia, y resulta tentador imaginar una escena de inmisericorde sufrimiento
mental y físico. Pero los barcos estaban bien equipados, y se había pensado
mucho en qué podría hacer la tripulación precisamente en esas circunstancias. Había
libros, herramientas de carpintería, organillos y otros instrumentos musicales,
y sabemos que sir John era un hombre que daba mucha
importancia a la religión y a la educación y a ayudar a sus marineros a
desarrollarse como personas. ¿Mantendría Crozier, su sucesor como líder de la
expedición, estas actividades? ¿Cuánto ejercicio pudieron hacer los hombres?
¿Cómo pasaban el tiempo?
La idea más cercana que podemos hacernos acerca de
la vida a bordo del Erebus y el Terror durante
su largo confinamiento es ver qué sucedió en otros barcos en situaciones
similares. Quizá el ejemplo más similar lo encontramos en la expedición de
Parry de 1819 con elHecla y el Fury. Al igual que sir John
Franklin, sir Edward había recibido el encargo de localizar el
paso del Noroeste. Los balleneros, que estaban acostumbrados al Ártico, se
asegurarían de haber terminado el trabajo a finales de verano. Pero Parry, que
aún tenía mucho por hacer, no tuvo más opción que quedarse y pasar como pudiera
los largos meses de oscuridad.
En su libro, Journal of a Voyage [Diario
de un viaje], describe la desolación de su hogar invernal: «La quietud
semejante a la muerte de este espantoso yermo» y «la ausencia total de
existencia animada». También nos permite ver lo temible que podía ser el frío,
un frío tan intenso que te arrancaba la piel. Un día en que la temperatura
alcanzó los -31 ºC, «tocar cualquier superficie metálica se convirtió en una
experiencia dolorosa […], se hizo necesario […] actuar con gran cautela al
manejar nuestros sextantes y otros instrumentos y, en particular, el ocular de
los catalejos».
Sabemos ahora que, a medida que el invierno se
acercaba, Parry desmanteló la mayoría de los mástiles de su Hecla y
tendió una lona de caravana sobre la cubierta para crear un refugio y un lugar
donde hacer ejercicio. El valioso trabajo de Ann Savours sobre el tema muestra
que los hombres de Parry recibieron órdenes «de dar vueltas corriendo a la
cubierta mientras mantenían el paso al ritmo de una melodía del órgano o, de
forma también muy frecuente, de una canción que ellos mismos cantaban».
Parry también confiaba mucho en el teatro de
aficionados, por lo que animó a los hombres a que construyeran decorados y
representaran obras. De hecho, escribió una él mismo: El paso del
Noroeste, o El viaje completado , un título un poco arriesgado, dadas
las circunstancias. Estos entretenimientos teatrales eran muy populares: «El
efecto que producen en la mente de los hombres, que no disponen de otro recurso
personal —declaró entusiasmado en su diario el administrador del Hecla,
William Hooper—, es beneficioso en grado sumo». La expedición también trabajó
en un semanario, la North Georgia Gazette and Winter Chronicle,
«compuesta y editada […] a menos de quince grados del polo norte de la Tierra».
El propósito de Parry con todos estos recursos era el de «fomentar el buen
humor y la concordia entre nosotros, así como dar a los hombres algo en qué
ocuparse durante las horas de constante oscuridad».
El HMS Resolute, uno de los barcos de
la escuadra enviada en busca de Franklin en 1852, siguió su ejemplo. Llevaban
consigo una imprenta y produjeron dos periódicos: el Illustrated Arctic
News y el Aurora Borealis. Su Teatro Real del Ártico
representó una comedia musical navideña escrita a propósito para la ocasión,
titulada Zero, y, por si fuera poca diversión, se estableció
también el Casino Real Ártico. El capitán del Resolute, Horatio
Austin, asistió a un baile de disfraces vestido, según apuntó uno de los
oficiales, como «un tipo extraño que gritaba: “¡Arreglo sillas viejas!”» y no
lo reconocieron hasta que su «familiar risa» reveló a «nuestro siempre alegre
comodoro».
Por supuesto, la expedición de Franklin no iba a
pasar uno, sino tres inviernos seguidos en el Ártico, y en las últimas fases,
su experiencia debió de parecerse más a la descrita por Henry Piers, el
cirujano adjunto del Investigator, que quedó atascado en la gruesa
capa de hielo frente a la isla de Banks en 1852.
[…] imagine cualquiera un barco helado, con la
cubierta forrada de un pie o dieciocho pulgadas [cuarenta y cinco centímetros]
de nieve […], una temperatura de -35 ºC o -40 ºC con fuerte viento […] y los
finos copos de nieve […] que lo traspasan y lo cubren todo mientras el viento
aúlla entre las jarcias; entonces imagínese a sí mismo sobre esa cubierta
nevada, iluminado por una sola vela en una linterna; con cinco o seis oficiales
caminando por el lado de estribor y manteniendo algún tipo de conversación y veinte
o treinta hombres, completamente en silencio, caminando lentamente por el lado
de babor, tapados hasta los ojos y cubiertos por nieve en polvo o vapor
congelado […]; entonces se hará una idea de cómo transcurrieron muchos de los
ejercicios durante los días de invierno.
Ese fue el segundo invierno del Investigator.
Un tercer invierno en tales condiciones, que fueron similares a las que
hubieron de soportar los que estaban a bordo del buque insignia de Franklin,
resulta casi inimaginable. Si el nombre del Erebus hacía de
verdad honor a las más oscuras profundidades del infierno, debió de sentir que
había regresado a casa.
Otro asunto muy debatido es el estado de salud de
la tripulación en el momento en que decidieron abandonar los barcos.
Unos cincuenta años después de la partida de la
expedición, sir Clements Markham, también viajero ártico y
presidente de la Real Sociedad Geográfica, culpó de sus muertes directa y
totalmente a la calidad de la comida enlatada que habían llevado con ellos.
Destacó el hecho de que la empresa que había suministrado comida enlatada a la
expedición antártica había sido descartada por el Almirantazgo en favor de una
oferta más barata de una empresa creada por un húngaro, Stephen Goldner, que
producía la comida siguiendo una fórmula propia en una fábrica de Galatz
(Moldavia). Puesto que se trataba de un proveedor nuevo, Fitzjames, al parecer,
había dispuesto que, antes de zarpar de Londres, se examinaran una de cada diez
latas, pero Franklin puso reparos, seguramente porque quedaba poco tiempo y
estaba seguro de que las autoridades ya habían tomado todas las medidas
necesarias. «Así pues —concluyó Markham—, el Almirantazgo, con perfecta
ignorancia y total despreocupación, se dispuso a llenar los barcos con vísceras
que no eran adecuadas para el consumo humano, bien escondidas en latas
cilíndricas pintadas de rojo. De este modo, esos valientes fueron condenados a
muerte, a sufrir un envenenamiento lento, incluso antes de zarpar».
Que defendiera sus argumentos con esta vehemencia
cuando había pasado toda una generación desde los hechos sugiere que la
culpabilidad de Goldner había sido objeto de debate desde hacía tiempo, y las
acusaciones hacia sus latas reaparecerían en un libro publicado en 1939.
En Historic Tinned Foods, J. C. Drummond, un historiador
especializado en estos temas, especuló que «es posible que la comida que
Goldner elaboró para el Erebus y el Terror se
estropeara porque tuvo que apresurarse su preparación, ya que, de lo contrario,
no podría servir los pedidos». Esta es una noción que se ha retomado más
recientemente en el libro Ice Blink, de Scott Cookman, quien
sugiere que la comida enlatada provocó botulismo a la expedición.
Sin duda, es significativo que alrededor de la
época de la expedición de Franklin se prepararan packs más
grandes de entre dos y seis libras (novecientos y dos mil setecientos gramos).
Y, puesto que unas latas más grandes necesitarían, por supuesto, que se
dedicara más tiempo a calentar el contenido para destruir las bacterias, las
prisas de Goldner supusieron un riesgo muy elevado. Por lo tanto, no es
sorprendente que, desde 1849 en adelante, informes serios de latas defectuosas
y carne en mal estado llegaran de muchos de los almacenes de vituallas y que,
en 1850, la Royal William Yard ordenara destruir nada menos que cinco toneladas
de la carne de Goldner. Aun así, su comida enlatada ganó un premio en la Gran
Exhibición de 1851 y, a pesar de la certeza con la que lo acusó Markham, no hay
ninguna prueba sólida de que la comida de Goldner fuera responsable de la
muerte de los hombres. Si realmente hubiera estado en mal estado, habría que
preguntarse cómo fue posible que tantos de la expedición sobrevivieran durante
tanto tiempo.
Más recientemente se ha propuesto una explicación
distinta. En 1984, un equipo dirigido por Owen Beattie exhumó los primeros tres
cuerpos de la expedición, que habían sido enterrados en la isla de Beechey:
John Hartnell y William Braine, del Erebus , y John
Torrington, del Terror. El análisis de muestras de cabellos mostró
niveles de plomo muy elevados. En un revolucionario libro titulado Frozen
in Time [Congelados en el tiempo], Beattie y John Geiger propusieron
la teoría de que la abundante cantidad de plomo utilizada para sellar las latas
de comida podría haberse filtrado a los alimentos que se suponía que debían
mantener vivos a los hombres y, de ese modo, se habría acelerado su muerte.
Otras pruebas circunstanciales parecen apoyar la
tesis del envenenamiento. Como subraya Russell Potter, la dieta habría sido muy
distinta según la cubierta. Mientras que la mayor parte de la tripulación
habría comido una dieta bastante básica compuesta por cerdo salado y galleta,
cocinada por el miembro de la tripulación designado como cocinero durante
aquella semana, los oficiales séniores, en cambio, habrían comido con el
capitán, y consumido los alimentos de los que ellos mismos se habían provisto,
cocinados por sus propios asistentes. Sabemos que el capitán Crozier y el
teniente Fairholme se habían adquirido provisiones en Fortnum & Mason y,
sin duda, no fueron los únicos. Los oficiales seguramente llevaron al viaje té,
tabaco, vino y licores de la mejor calidad, y también comida enlatada, que
entonces se consideraba un lujo. La nota del cabo Victoria registra que, hasta
abril de 1848, habían fallecido nueve oficiales y quince marineros. Si tenemos
en cuenta que la proporción entre oficiales y tripulación era de uno a seis, se
trata de una cifra de oficiales fallecidos extremadamente alta, y se ha citado
como otra prueba de que la comida en conserva podría haber sido la culpable de
lo sucedido a la expedición.
El plomo también ha sido propuesto como culpable en
los últimos años, a medida que han emergido más restos y las técnicas forenses
han avanzado y permitido llevar a cabo pruebas más precisas. Pero la tesis ha
cambiado ligeramente. En 2008, William Battersby, el biógrafo de James
Fitzjames, señaló, al referirse a los altos niveles de ese metal tóxico
encontrados en los tejidos blandos de los fallecidos, que se había utilizado
comida de latas selladas con plomo en varias expediciones anteriores, entre ellas
el viaje al Antártico de Clark Ross, y que en estas no se había producido
ningún percance. Por ello, sugirió que la fuente más probable de ese plomo para
quienes estaban a bordo del Erebus y del Terror era,
de hecho, el sistema de agua caliente, con sus cañerías y tanques de plomo, que
sabemos que sufrieron modificaciones para la expedición de Franklin. Para ser
justos, no obstante, hay que añadir que también esta teoría ha sido puesta en
tela de juicio. Peter Carney ha argumentado que el barco se calefactaba
exactamente mediante el mismo sistema Sylvester que se había empleado durante
la expedición al Antártico (en su opinión, el problema estaba en el proceso
mediante el cual se fundía el hielo para conseguir agua potable y lavar),
mientras que estudios de Keith Millar, Adrian Bowman y otros investigadores de
la Universidad de Glasgow han señalado que, dado el predominio de las tuberías
de plomo en la Inglaterra victoriana, es normal encontrar restos del metal en
los restos humanos de ese período.
Una teoría alternativa tiene su origen en la
expedición de búsqueda frustrada de sir James Ross y Francis
McClintock en 1848. John Robertson, el cirujano que los acompañó, no solo
destacó que era imposible vivir de la tierra (no fueron «visitados por venados,
conejos ni urogallos —dijo—, ni tampoco pudimos proveernos de un solo pez»),
sino que, además, fue muy crítico con las provisiones que habían llevado con
ellos. Las describió como «de mala calidad y escasas, y las carnes en conserva
eran una vergüenza para el proveedor». En cuanto al zumo de limón, descubrieron
que no se había preparado adecuadamente y que era inútil para prevenir el
escorbuto —la falta crónica de vitamina C—, el azote de tantas expediciones.
Muchos de los miembros de la expedición, entre ellos el propio Robertson,
sufrían esta enfermedad en grado avanzado para cuando regresaron a su barco.
Por lo tanto, no es sorprende que McClintock
creyera en esos momentos —una creencia que luego retomó uno de los más
respetados estudiosos de Franklin, Richard Cyriax, cuyo libro, Sir John
Franklin’s Last Arctic Expedition, fue publicado por primera vez en 1939—
que la principal causa de muerte entre los miembros de la expedición no fue la
intoxicación alimenticia, sino el escorbuto. Cyriax apoyó esta tesis con el
testimonio del inuit que había afirmado haber visto a hombres blancos con
dientes en malas condiciones y las encías inflamadas (dos de los síntomas más
característicos de la enfermedad). Una mujer inuit le dijo al explorador
estadounidense Frederick Schwatka, que partió en busca de los restos de
Franklin en 1878, que los hombres que ella había encontrado estaban delgados y
tenían las bocas «secas, duras y negras». La discrepancia entre la primera nota
del cabo Victoria, fechada el 28 de mayo de 1847, en la que no se menciona
ninguna muerte, y el texto añadido menos de un año después, que hace alusión a
veinticuatro defunciones, sugiere que ese último invierno en el hielo fue
mortal. Eso coincide con el ritmo de deterioro de las provisiones
antiescorbúticas, como el zumo de limón, a lo largo del tiempo, y con la
inevitable reducción de las existencias de fruta y verduras frescas, que
podrían haber aportado la tan necesaria vitamina C. Cyriax también subrayó que
el escorbuto tiende a incubarse durante un largo período de tiempo y que los
síntomas no aparecen hasta pasados unos dieciocho meses, pero, cuando esto
ocurre, avanza muy rápido. Esto podría explicar el rápido aumento de muertes
durante ese tercer invierno fatal, y por qué Crozier y el resto de los hombres
sintieron que no tenían más opción que evacuar los barcos e intentar sobrevivir
en tierra firme.
El viaje por tierra debió de resultar durísimo para
los más fuertes y en mejor forma, y devastador para aquellos debilitados
mortalmente por el escorbuto. A las expediciones del Almirantazgo no se las
enseñaba cómo vivir de la tierra en la que se encontraban. Los barcos, en
palabras de Russell Potter, «se veían como poderosas casas móviles de
descubrimiento fortificadas». Se los había provisto de cuanto la expedición
podía necesitar, mientras no se aventuraran fuera del barco. Y, una vez que el
escorbuto se apoderó de ellos, carecieron de medios para curarlo. Al caminar
debieron de agravarse sus efectos. Seguramente, se les inflamaron más las
encías y se les empezaron a caer los dientes. Luego llegarían las hemorragias
subcutáneas, la falta de aliento y una fatiga abrumadora. Al final, los hombres
no debían de poder ni tan siquiera tenerse en pie. Probablemente, cayeron
mientras caminaban, y sus compañeros, que ya no tenían fuerzas para
enterrarlos, los debieron de dejar allí donde habían perecido.
Sin duda, ninguna teoría da respuesta a la muerte
de todos y cada uno de los hombres. Una explicación todavía más plausible es
necesariamente más general: que los hombres de Franklin se vieron debilitados
por la falta de una dieta equilibrada y que esto los dejó expuestos a
infecciones y enfermedades. En 2016, un equipo dirigido por Jennie Christensen
examinó una uña del pie y otra de la mano de John Hartnell, uno de los hombres
encontrados en la isla de Beechey. Las uñas retienen los nutrientes en el cuerpo
de una persona y ofrecen un registro de la salud de un individuo durante los
últimos meses de su vida. Descubrieron que Hartnell había muerto a causa de una
tuberculosis (ya se habían deshecho de un enfermo de tisis poco después de
partir de Stromness). También había señales significativas de un déficit de
zinc, lo que sugiere que el contenido nutricional de los suministros de carne
fresca o enlatada no alcanzaba, desde el principio, un nivel saludable. Gracias
a las investigaciones de Keith Millar, Adrian Bowman y otros, basadas en los
registros de expediciones de búsqueda contemporáneas, se ha llegado a la
conclusión de que los hombres de Franklin debieron de sufrir desórdenes
respiratorios y gastrointestinales comunes, exacerbados por las condiciones extremadamente
duras en que vivieron. El escorbuto debió de ser un factor importante que
contribuyó al aumento de la tasa de mortalidad y al deterioro general de la
forma física de los hombres. La mayor parte de las muertes no se debió a su
mayor consumo de carne enlatada, concluyeron, sino que probablemente tenga su
explicación en el hecho de que los oficiales se encargaban de la mayor parte de
la caza y, por lo tanto, pasaban más tiempo expuestos a las todavía más
terribles condiciones existentes fuera del barco.
Al final, cualquier intento de dar con una
respuesta, o una combinación de circunstancias, que explique el destino que
corrió la expedición se asemeja a navegar a través del hielo. Cuando una pista
se cierra, otra se abre. Un reciente y sorprendente estudio del ADN de los
restos óseos, por ejemplo, reveló que, en cuatro casos, en los huesos
analizados no había rastro del cromosoma Y, lo cual indica que se trata de
huesos de mujeres europeas. De hecho, la explicación más probable de la
discrepancia es que los estudios de muestras antiguas de ADN suelen cometer el
error de no ampliar el cromosoma Y (que indica el sexo masculino) debido a
problemas con la cantidad o la calidad de material disponible. Pero los
investigadores implicados han señalado una intrigante posibilidad: «No podemos
descartar el […] análisis —dicen— sin apuntar antes que se sabe de la
existencia de mujeres que sirvieron disfrazadas en la Marina Real en los siglos
XVII y XVIII », y, como ejemplos, citan a Hannah Snell, Mary Lacy y Mary Ann Talbot.
De esta última se dice que sirvió en al menos dos barcos durante las guerras
napoleónicas y que no reveló que era una mujer hasta después de que la hirieran
y verse obligada a abandonar la Marina. La presencia de mujeres a bordo
del Erebus y el Terror es otro intrigante
giro en la constante búsqueda de explicaciones.
Al final, no obstante, lo único que se puede
asegurar es que los que sirvieron en la expedición de Franklin estaban
sencillamente en el lugar equivocado en el momento equivocado. Acabaron en el
rincón más inhóspito de un remoto archipiélago durante una época a la que hasta
los inuits aborígenes denominaron «los años sin veranos».
Es terrible imaginar la cruel situación en la que
se hallaron una vez que abandonaron los barcos, cualesquiera que fueran las
razones de su muerte. Cuando los mástiles de los barcos que habían sido su
hogar durante tres años desaparecieron a sus espaldas, ¿qué esperanza podían
albergar que los impulsara a seguir adelante? En el mejor de los casos, un sol
muy débil iluminaría tenuemente en lo alto del cielo y tendrían que haber
arrastrado sus pesados trineos completamente cargados por una nieve y un hielo
muy compactos. En los barcos, al menos, estaban protegidos frente a los gélidos
vientos. En la baja y llana isla sin árboles estaban completamente expuestos, y
el frío debió de ser insoportable. ¿De dónde sacaron la voluntad para
continuar? ¿Hubo alguna figura que los animara, que los inspirase a seguir
adelante? ¿Estuvo Francis Crozier a la altura de la ocasión? ¿Qué esperanzas
nacieron cuando se encontraron con una partida de inuits, de la que se
despidieron tras un breve intercambio? ¿En qué momento perdieron toda
esperanza, si es que no la habían perdido antes? Me gustaría creer que la
determinación de sobrevivir, innata en todos nosotros, bastó para mantener a
raya a la desesperación. Pero no hay otra manera de verlo: sufrieron una muerte
terrible.
Podría argumentarse que se podrían haber salvado si
la expedición de rescate hubiera partido en su búsqueda antes, que mejores
mapas los habrían ayudado tanto a ellos como a quienes fueron a socorrerlos y
que Franklin y el Almirantazgo deberían haber dado más importancia a levantar
montículos con mensajes en los que se indicara la ruta que habían tomado. Hay
quienes culpan a Crozier por llevar a los supervivientes en la dirección
equivocada tras dejar el barco, a pesar de que era consciente de que había suministros
en la playa Fury, dejados allí por la expedición de Parry en 1825 (suministros
que estaban en perfecto estado cuando los consumió una partida cuarenta y cinco
años después). En cambio, se dirigió al suroeste, hacia uno de los más
difíciles y peligrosos ríos del continente y un puesto en la bahía del Hudson
que se encontraba a dos mil kilómetros de distancia. Pero es que no tenía
muchas opciones. A los hombres, que a duras penas debían de poder con los
trineos que cargaban la comida y los suministros, les habría costado avanzar en
cualquier dirección, y la playa Fury estaba algo lejos. Se cree que se llevaron
consigo tres botes (Hobson encontró uno en la isla del Rey Guillermo y los
inuits afirmaban que habían encontrado otros dos), así que quizá el plan fuera
encontrar aguas abiertas lo antes posible, en las que los botes habrían sido un
medio de transporte mucho más cómodo y rápido.
Solo podremos saber en qué pensaban los líderes de
la expedición si salen a la luz nuevos documentos. La Marina Real era muy
estricta en lo que concierne al mantenimiento de registros. Las bitácoras del
capitán y el primer oficial y el libro de enfermos del cirujano del barco
estaban entre los que se habrían llevado al día en el Erebus y
el Terror, y, a menos que la disciplina se hubiera desmoronado por
completo, se habrían mantenido hasta el final. El arqueólogo marino Ryan Harris
ha señalado que las bitácoras de los barcos estaban escritas en papel de lino,
que podría haber sobrevivido en el agua helada. Hay algunos que todavía tienen
esperanzas de que estos documentos se encuentren en las embarcaciones; otros
temen que los inuits, que no tenían ni usaban papel, simplemente tiraran
cualquier documento de este tipo que encontraran. Lo más probable es que
desaparecieran hace mucho tiempo. Pero la historia aborrece el vacío y,
mientras haya algo que no sepamos, siempre habrá alguien que quiera saberlo. Un
desastre de estas proporciones pide una explicación de magnitud similar. Estos
hombres no deben haber muerto en vano.
Capítulo 17
La historia de los inuits
Las memorias de Charles Francis Hall, Life with the Eskimaux [La vida con
los esquimales], publicadas en 1864 y que se abrían con la ilustración que
aparece sobre estas líneas, ofrecen un relato de la amistad que trabó con los
inuits mientras intentaba descubrir el misterio de la expedición de Franklin.
El 21 de abril de 1848, Viernes Santo, fue la
última noche de la que se tiene constancia que la expedición pasó a bordo del
barco. El artículo II de las instrucciones del Almirantazgo, que indicaba que
«los dos barcos no deben separarse bajo ningún concepto», se había obedecido al
pie de la letra. El Erebus y el Terror se
habían mantenido juntos hasta el final. En ese momento, fueron abandonados a la
deriva con el hielo, vacíos y desiertos, y a merced de los elementos.
O quizá no. Investigaciones basadas en un estudio
más detallado de los testimonios orales de los inuits dibujan un escenario
distinto. John Rae había demostrado que era importante escuchar a los inuits;
de hecho, así obtuvo las primeras noticias de la suerte que había corrido la
expedición. Dos kablunas que llegaron después que él y que,
como Rae, vivieron con los inuits y aprendieron su idioma recopilaron mucha más
información.
Uno de ellos fue Charles Francis Hall, quien estaba
convencido de que Dios le había encomendado la tarea de encontrar a los
supervivientes de la expedición de Franklin, que, según estaba convencido,
vivían entre los nativos. Hall era un estadounidense forjado en la frontera, y
había trabajado como herrero, grabador y editor. En 1860 se subió a bordo de un
ballenero estadounidense que lo dejó en la isla de Baffin. No encontró ningún
rastro de Franklin, pero permaneció allí dos años y trabó una amistad que duraría
toda la vida con dos nativos, Taqulittuq y Ipivik. Entonces, en 1869, durante
un segundo viaje por el Ártico, descubrió lo que era el santo grial de los
buscadores de Franklin: la isla del Rey Guillermo. Sus anfitriones inuits,
empero, no estaban dispuestos a perder el tiempo recorriendo los yacimientos de
la expedición en la isla. Allí no había casi nada que cazar, y debían seguir
con sus vidas. Frustrado, Hall no visitó todos los yacimientos, pero sí que
recopiló una enorme cantidad de historias que sus anfitriones compartieron con
él y que se convertirían en la base de algunas conjeturas muy interesantes.
A este acerbo contribuyó en 1878 otro
estadounidense, el teniente Frederick Schwatka, del Ejército de los Estados
Unidos. Schwatka fue el comandante de una expedición de investigación, en este
caso no guiada por inspiración divina, sino impulsada y financiada por la
Sociedad Geográfica estadounidense. Tras pasar el verano peinando la isla del
Rey Guillermo y la península de Adelaida, trabajando codo a codo con los
inuits, corroboró muchas de las historias que estos habían compartido con Rae y
Hall. Fue Schwatka quien descubrió, entre muchas otras reliquias, un esqueleto
que resultaría el del teniente John Irving. Fue uno de los únicos dos cuerpos
de la expedición de Franklin que pudieron repatriarse, y ahora yace enterrado
en el cementerio Dean, en Edimburgo.
En su libro Unravelling the Franklin
Mystery, publicado en 1991, David C. Woodman echó mano de todos estos
testimonios para confeccionar una crónica alternativa de los últimos días de
los barcos y su tripulación. No es definitiva —ninguna crónica de la expedición
de Franklin podrá serlo jamás—, pero sí da que pensar. Concluye con las
siguientes palabras: «Durante ciento cuarenta años, la crónica de la tragedia
que Rae recibió de Inukpuhiijuk y Sijitaku ha sido aceptada y apoyada […], se
trata de una reconstrucción de los hechos notablemente precisa, pero no es la
historia completa».
Algo esencial en el testimonio de los inuits,
recogido por Schwatka y Hall, es el hecho de que vieron por primera vez
el Erebus y el Terror a finales de 1848 o
incluso en 1849, después de que, supuestamente, los barcos se
hubieran abandonado. No solo eso, sino que todas sus declaraciones coincidían
en que había gente en las naves en ese momento: vieron actividad a bordo y, de
hecho, algunos de los inuits subieron a las embarcaciones y hablaron con la
tripulación. Sin embargo, la nota del cabo Victoria dice claramente que todos
los miembros restantes de la expedición abandonaron los barcos el 22 de abril
de 1848 y emprendieron el camino hacia el sur. No hay motivo, sin embargo, para
asumir que todos permanecieran juntos. Es evidente que algunos llegaron al continente
y fallecieron en un lugar que Schwatka bautizó como «cala Inanición». Sin
embargo, que los inuits vieran hombres en los barcos hasta finales de 1849
indica que al menos parte de la tripulación regresó.
Woodman encontró una prueba muy importante que
apoya la idea de que algunos hombres regresaron a los barcos. Se trata del
descubrimiento por parte del teniente Schwatka de una tumba en el cabo
Victoria, cuyos restos pudieron identificarse, gracias a una medalla en los
harapos del uniforme pegados a los huesos, como los del teniente Irving
del Terror. La tumba estaba perfectamente excavada y tenía grandes
piedras a su alrededor. La debió de cavar una partida de hombres en buena
forma. Pero ¿cuándo? Irving se encontraba en buenas condiciones y vivo en el
momento en que se redactó la nota del cabo Victoria, así que no pudo haber
muerto antes de que se marcharan, en abril de 1848. El descubrimiento de esta
tumba demuestra, según Woodman, que Irving, y probablemente otros, regresaron y
volvieron a ocupar al menos uno de los barcos, lo que explicaría los repetidos
testimonios de los inuits, que afirmaban haber visto a hombres blancos en la
parte noreste de la isla del Rey Guillermo mucho después de su supuesta partida.
Eso llevó a Woodman a defender la teoría de que el grupo de ciento cinco no
llegó en realidad muy lejos antes de dividirse: algunos debieron de seguir
hacia el sur en busca de animales que cazar, otros seguramente se dirigieron al
este en busca de los depósitos que dejó allí la Compañía de la Bahía del Hudson
y otros debieron de regresar a los barcos.
Si tenemos en cuenta toda esta información, y si
añadimos los rumores y las narraciones populares, parece que los últimos días
de los hombres de Franklin transcurrieron más o menos de la siguiente manera:
en abril de 1848, diez meses después de la muerte de Franklin, Crozier y
Fitzjames llevaron al resto de los hombres, con tres trineos, unos veinticinco
kilómetros a través del hielo, hasta el cabo Victoria. Allí, se nos dice, el
teniente Irving fue al montículo de piedras que había a unos pocos kilómetros de
distancia y recogió una de las dos notas en las que se decía «todo va bien»,
depositadas allí once meses antes por Gore y Des Voeux. El optimista mensaje de
la nota fue enmendado por Fitzjames, a la luz de los luctuosos acontecimientos
del invierno pasado. Crozier añadió su rúbrica y, con un pulso algo más débil,
indicó que partían al día siguiente hacia el río Back. Dejaron mucho material
en el cabo Victoria, posiblemente para aligerar la carga. Esto explicaría los
montones de mantas y cuerdas que encontró Hobson. Debieron de recorrer unos
ochenta de costa antes de detenerse, y dejaron el bote atrás, probablemente
para utilizarlo como refugio y aligerar aún más la carga. Fue entonces cuando
el grupo se dividió por primera vez y aquellos que todavía estaban en una forma
razonablemente buena tomaron parte de las provisiones y continuaron hacia el
sur. Es posible que este grupo volviera a dividirse en su camino al río Back.
Los otros, quizá porque sufrían escorbuto en una fase muy avanzada, no se
podían mover, y se quedaron atrás, mientras que otros debieron de estar lo
bastante bien como para regresar de algún modo al barco.
Un rastro de esqueletos señala el progreso hacia el
sur. Uno de ellos, encontrado al este del cabo Herschel, es probablemente el de
Thomas Armitage, que llevaba consigo el cuaderno de Peglar cuando cayó. Otro
cuerpo, que se creyó en su momento que era el de Henry Le Vesconte, fue
redescubierto por Hall y, luego, devuelto a Inglaterra. La expedición de
Amundsen, en 1904, encontró dos esqueletos más. La teoría de que los últimos
supervivientes cruzaron el estrecho y descubrieron el paso del Noroeste se apoya
en el hecho de que se han encontrado varios cuerpos en el continente, en la
cala Inanición, a solo unos pocos kilómetros del río Back. Aquel fue el final
del camino para la partida que se dirigió al sur.
Si el testimonio de los inuits es correcto, el
puñado de hombres que había permanecido en la isla del Rey Guillermo y fue
visto en el barco sobrevivió, casi con toda seguridad, un cuarto invierno,
pero, luego, abandonó los barcos —de nuevo, según afirman los inuits— para
cazar caribús y jamás regresó.
No hay ninguna prueba que sugiera que a finales de
1850 alguno de los ciento veintinueve miembros de la expedición de Franklin
continuara con vida. Eso quiere decir que, de todas las misiones de rescate que
se organizaron, solo la más temprana tuvo alguna oportunidad de encontrarlos
con vida.
¿Y qué hay del Erebus y el Terror?
La presencia de un barco, o barcos, se mencionaba en todas las historias de los
inuits; en su fascinante testimonio se hace mención en repetidas ocasiones a
unos hombres que salieron a cazar focas y vieron un barco en un lugar llamado
Utjulik, «el lugar de las focas barbudas», al sur de la isla del Rey Guillermo.
Los inuits lo abordaron y, más tarde, le dijeron a Charles Hall que allí no
había nadie, salvo el cuerpo de un hombre blanco muy grande tendido en el
suelo: «Este hombre muerto tenía carne, es decir, sus restos estaban en
perfectas condiciones. Hicieron falta cinco hombres para levantarlo. El lugar
olía muy mal». Ofrecieron suficientes detalles sobre el interior del barco y
sobre el tipo de objetos que hallaron a bordo como para identificarlo como
el Erebus o el Terror.
Un sorprendente giro de los acontecimientos fue el
avistamiento de dos barcos que parecían el Erebus y el Terror en
un iceberg frente a Terranova en 1851. Los avistó un barco que pasó junto al
témpano, el Renovation, pero no se llevó a cabo ningún intento de
acercarse a ellos. En la década de 1920, el comandante Rupert Gould, un hombre
muy interesado en lo que él denominaba «hechos sin explicación», estudió
cuidadosamente el informe del Almirantazgo sobre el avistamiento y, lejos de
descartarlo, lo llevó a realizar una serie de intrigantes descubrimientos. Los
dos barcos avistados eran de apariencia muy similar al Erebus y
el Terror; ambos tenían cubiertas llanas y uno de ellos era de un
tamaño ligeramente mayor que el otro. Estaban cerca, incrustados en el hielo
flotante, por lo que seguramente habían llegado hasta allí desde algún lugar
del Ártico, y parecían haberse desmantelado con cuidado. Ninguno de los dos era
un ballenero y ambos estaban desiertos. Gould estudió las corrientes del Ártico
y descubrió que había contracorrientes que iban de oeste a este, por lo que era
plausible que hubieran arrastrado los barcos abandonados hasta el Atlántico.
Gracias a descubrimientos recientes, sabemos que no se trataban de las
embarcaciones de Franklin, pero, entonces, ¿qué barcos eran?
Probablemente, tanto el Erebus como
el Terror desaparecieron poco después que sus tripulaciones.
Apenas se encontraron restos de los barcos y de sus contenidos entre las
comunidades inuits. Si hubieran permanecido a flote durante mucho tiempo,
habrían sido desmantelados, pero Hall, Schwatka y los demás no vieron ningún
indicio que apuntara a esa posibilidad. Que no permanecieran mucho tiempo a
flote encaja con las historias de los inuits, que afirmaban haber visto un
barco que se hundía tras ser aplastado por el hielo y otro, probablemente
el Erebus, que los nativos agujerearon por error al intentar
arrancar un poco de madera para encender fuego y que se hundió en aguas tan
poco profundas que la punta de sus mástiles asomaba sobre la superficie del
agua.
La relación con los inuits continúa siendo un
misterio. La isla del Rey Guillermo no ofrecía muchas presas que cazar, pero sí
las suficientes como para atraer a partidas de inuits, y resulta muy extraño
que en los dos años que estuvieron atrapados en el hielo nadie del Erebus y
el Terror buscara a los inuits para comprarles comida o
conseguir alguna información sobre su localización y cómo salir de aquel lugar.
Exploradores árticos como Parry y James Ross habían dado ejemplo en lo
referente al modo de relacionarse con los nativos. Sabemos que algunos de los
oficiales del Erebus estaban compilando un diccionario de
frases inuits en la bahía de Disko, de lo que se deduce que debían de tener la
intención de usarlo. Entonces, cuando se vieron atrapados por el hielo en 1848,
¿por qué parecía que estaban tan mal preparados? ¿Es posible que Franklin, que
había recibido algunas críticas tras su desastrosa expedición al río Coppermine
de 1819-22 por seguir demasiado al pie de la letra las órdenes de la Marina
Real, careciera todavía de la flexibilidad y adaptabilidad que lo habrían
impulsado a aprovechar al máximo la experiencia y conocimientos de los inuits?
Por desgracia, parece que, para cuando se hizo
imprescindible, la mayoría de las oportunidades de estrechar lazos con los
lugareños se habían ignorado durante demasiado tiempo. La expedición estaba
orgullosa de lo bien provista y equipada que estaba, y, sin embargo, cuando
llegó el momento de la verdad, fueron víctimas de una debilidad fatídica.
Pensaban que tenían todo cuanto necesitaban, y parece que continuaron firmes en
esta creencia hasta que fue demasiado tarde. Cuando dejaron sus fortalezas de
madera y se expusieron al terreno, lo que más necesitaban era la información
que les podían dar los lugareños. Pero, para entonces, ya estaban moribundos.
Probablemente, los inuits lo sabían. El estado de aquellos hombres debió de
alarmarlos, y quizá también repugnarlos. Era demasiado tarde para que ambas
partes colaboraran.
En una cena de la Sociedad Geográfica de los
Estados Unidos celebrada en octubre de 1880, el teniente Schwatka dijo a los
asistentes que consideraba que la destrucción de cualquier registro
significativo de la expedición de Franklin se había establecido más allá de
toda duda razonable y, en su libro The Long Arctic Search [La
larga búsqueda del Ártico], concluyó que el «problema de Franklin» había sido
resuelto «en todos sus aspectos importantes». El secretario de la Real Sociedad
Geográfica, en Londres, parecía compartir su opinión. En un escrito donde
elogiaba el viaje de Schwatka, que calificó de «una hazaña sin parangón», sir Clements
Markham le rindió homenaje en nombre de sus compatriotas ingleses, que «siempre
sentirían gratitud por la amistosa gesta de los valientes estadounidenses, que,
con ternura, recogieron y enterraron algunos de los huesos de nuestros héroes, una
tarea que, como bien sabemos, conllevó una dosis no pequeña de peligro y
dificultades».
La indignación que causó la búsqueda, el orgullo
nacional herido que la hizo imperativa y el voraz apetito de los periódicos y
editores, y de sus lectores, por los detalles más macabros se habían reducido.
Se había producido una palpable sanación emocional. Treinta y cinco años
después de que la expedición de Franklin partiera de Inglaterra, la búsqueda de
explicaciones había dado tan pocos frutos como la de supervivientes.
Una cosa que no menguó con los años fue la energía
de Jane Franklin. Puede que se hubiera visto forzada a aceptar, a
regañadientes, la muerte de su marido, pero, en cierto modo, le resultó más
fácil trabajar en pro de su reputación ahora que estaba muerto. Los
desafortunados acontecimientos ocurridos en la Tierra de Van Diemen ya no
levantaban ampollas. Se había tenido el buen gusto de rechazar las oscuras
acusaciones de canibalismo. La sugerencia de que su marido era demasiado viejo
o incapaz para dirigir la expedición había sido acallada por el destino que
había tenido. Ahora, la tarea de lady Jane era la de asegurar
que la reputación de su difunto esposo se venerase de algún modo más
permanente. Puede que nunca encontraran su cuerpo, pero haría que su imagen
viviera eternamente en piedra y bronce. Con la ayuda de algunos amigos poderosos,
presionó al Parlamento para que aprobara una contribución de dos mil libras a
fin de erigir una estatua en honor a sir John. Se inauguró en
1866 en Waterloo Place, en Londres, junto a la elegante fachada del club
Athenaeum, del que Franklin había sido miembro fundador. El escultor, Matthew
Noble, presenta a sir John en pie, desafiante, y con una sola
palabra («Franklin») grabada bajo él en el pedestal. En palabras de un
comentarista moderno, Robert Douglas-Fairhurst: «En vida, fue un hombre calvo,
rechoncho y tirando a bajito; en la muerte se transformó en una apuesta figura
de mandíbula firme y ocho pies [dos metros y cuarenta y tres centímetros] de
altura, posada sobre un imponente pedestal de granito».
Un panel en relieve retrata su entierro en el
hielo. Su ataúd está medio envuelto en una bandera y hay dolientes a ambos
lados. Esta escena es producto de la imaginación del escultor, porque el lugar
y, de hecho, la causa de la muerte de Franklin continúan siendo un misterio sin
resolver. En una inscripción en el pedestal de mármol bajo la estatua, su honor
se restaura por completo. El hombre que se comió sus botas se convierte en «El
gran navegante ártico», quien, «junto a sus valientes compañeros […], sacrificó
sus vidas para completar el descubrimiento del paso del Noroeste».
Esta última afirmación nunca se demostró
fehacientemente, pero lady Jane la defendió con la ferocidad
de una madre que guarda su nido. Atacó enérgicamente a Robert McClure por
afirmar, en este caso con pruebas, que había sido el primero en descubrir el
paso, aunque en trineo y barco, en 1853-54. Se dice que se enfureció al conocer
la inscripción de la estatua de Franklin en Hobart (Tasmania), que tuvo la
temeridad de afirmar que sir John había «perdido la vida en su
búsqueda del paso del Noroeste». No solo lo había buscado, sino que lo había
encontrado, respondió ella, indignada.
En mi opinión, el mejor homenaje, aunque dedicado
solo a los oficiales, es un relieve de mármol tallado por Richard Westmacott
que se encuentra en la entrada de la capilla del Real Colegio Naval de
Greenwich. Está flanqueado por dos figuras de perfil. Una representa la
esperanza y la otra, la desesperación. A lady Franklin nunca
le gustó mucho esta representación menos triunfalista de la dura realidad de la
expedición. Como escribe Andrew Lambert, biógrafo de Franklin, «no estaba ni
mucho menos a la altura de la imagen heroica que Jane exigía». El relieve se
encuentra sobre la tumba de uno de los dos únicos miembros de la expedición
cuyos cuerpos fueron identificados y retornados a Inglaterra. Una placa de
mármol dice: «Aquí yacen los restos de uno de los compañeros de Franklin que
pereció en las regiones árticas». Durante mucho tiempo, se pensó que estos
huesos, recuperados por Charles Hall, eran los restos del teniente Le Vesconte,
pero, a día de hoy, se ha establecido casi con toda seguridad que se trata de
los de Harry Goodsir, el cirujano adjunto del Erebus. Durante mucho
tiempo, este evocador monumento, quizá considerado en su tiempo un tanto
morboso, se mantuvo oculto tras el altar de la capilla.
Con el inicio de la década de 1880, la mayoría de
los protagonistas de la misión del paso del Noroeste habían fallecido. No solo
Franklin y Crozier, sino también John Barrow, que murió en 1848, más o menos al
mismo tiempo que los líderes de la expedición de la que tanto había alardeado
encontraban su fin entre el hielo. Francis Beaufort, Edward Parry, sir John
y sir James Ross llevaban muertos casi veinte años. De la
vieja guardia, solo Edward Sabine seguía con vida. Tenía noventa y dos años, y
era el último superviviente de aquella época dorada de la exploración que se
había iniciado tras la batalla de Waterloo.
El clima febril que había envuelto la búsqueda y el
espanto ante los sucesivos descubrimientos ya habían remitido. La resignación y
el agotamiento, más propensos a la nostalgia que a la ira, se habían abierto
paso y habían sustituido al horror, retratado de forma tan gráfica por
Landseer. En 1874, John Everett Millais capturó estos nuevos sentimientos en su
cuadro El paso del Noroeste. Un viejo capitán con la mirada perdida
aparece sentado en su escritorio, sobre el cual hay un mapa abierto. Su hija
está sentada en el suelo, recostada hacia él, con la mano posada sobre la del
anciano mientras lee el cuaderno de bitácora de un barco que tiene abierto
sobre el regazo. Esta era la imagen que se tenía de la expedición de Franklin a
finales de la era victoriana. Quizá sea un poco sentimental, pero transmite una
sensación de tristeza evocadora e inquietante, habla de la pérdida de un sueño.
Pero, con la confirmación de la muerte de su marido, la vigorosa lady Franklin
vio su estatus consolidado como nunca. Ahora era una celebridad internacional,
universalmente admirada por su persistencia, lealtad y dedicación. A pesar del
dinero que había destinado a la búsqueda de la expedición, alquiló una gran
casa en Kensington Gore, la misma calle de Londres en la que luego establecería
su cuartel general la Real Sociedad Geográfica. Allí vivió con bastante lujo e
hizo contactos enérgicamente, celebró grandes cenas y vigiló los textos de
monumentos y homenajes y la precisión factual de la serie de libros que se
publicaron sobre la expedición. A pesar de haber fallecido, lady Franklin
manejaba a su marido a su antojo, igual que en vida.
El 18 de julio de 1875, a la edad de ochenta y tres
años, Jane Franklin, en muchos sentidos la protagonista de este drama en el que
todos los demás personajes son masculinos, llegó al fin de su camino. Murió
negándose hasta el final a tomar su medicina, pues no tenía fe en esa ciencia.
Las necrológicas fueron sentenciosas: «Nuestro pesar se ve mitigado por el
pensamiento de que la muerte le revelará lo que queda del misterio ártico, el
gran problema y propósito de su vida», dijo una de ellas. Pero nada le habría
gustado más a la difunta esposa de Franklin que saber que Francis McClintock,
Richard Collinson y Erasmus Ommanney fueron algunos de los porteadores de su
ataúd en su funeral, y que Joseph Hooker y William Hobson acudieron a él para
rendirle un último homenaje.
Dos semanas después de su muerte, llegó el triunfo
inequívoco y definitivo de su campaña para la glorificación de su marido, con
la inauguración de su busto en la abadía de Westminster. Se encuentra justo
tras la puerta oeste, en un nicho de alabastro. McClintock tiene una placa
conmemorativa debajo del busto. El doctor John Rae, el portador de las malas
noticias, cuenta con una losa en el suelo.
El monumento incluye una inscripción compuesta por
el hombre con el que finalmente contrajo matrimonio la sobrina de Franklin,
Alfred Lord Tennyson.
Aquí no: el blanco norte tiene tus huesos, y tú,
heroica alma navegante,
realizas ahora tu viaje más feliz,
hacia un polo que no es de esta Tierra.
Estos breves versos plasman las contradictorias
emociones que convirtieron a Franklin en un ejemplo del espíritu victoriano. La
afirmación de un sacrificio que no se podrá juzgar en la Tierra, sino solo en
el cielo. Un sacrificio que se elevó por encima del fracaso para convertirse en
una hazaña sublime. Algo que unió a toda una nación en el dolor; pero en ese
dolor estaba la gloria.
Esos mismos sentimientos aparecerían de nuevo en la
exaltación del protagonista de otro heroico fracaso, Robert Falcon Scott, cuya
muerte en el camino de vuelta del Polo Sur en 1912 provocó un trauma nacional
parecido. Y asomaría otra vez unos pocos años después, en los campos de batalla
de Francia. Dulce et decorum est pro patria mori.
En Waterloo Place, en Londres, al otro lado de la
calle donde se erige la primera estatua de Franklin, encontramos un monumento
conmemorativo en honor al capitán Scott. Su fracaso fue no llegar el primero al
Polo Sur. El de Franklin fue el de no ser el primero en cruzar por mar el paso
del Noroeste. El hombre que se adelantó a Scott en el Polo Sur fue Roald
Amundsen. El primer hombre en cruzar el paso del Noroeste por mar fue Roald
Amundsen. Pero en Londres no hay ningún monumento erigido en su honor.
Capítulo 18
Resurrección
Primer buceo junto al recién descubierto Erebus.
En la década de 1920, a medida que el mundo
recuperaba el equilibrio tras la Primera Guerra Mundial, el interés en Franklin
y su final se despertó de nuevo, pero, como explica el experto en Franklin
Russell Potter, se trataba de «un tipo nuevo de curiosidad, no impulsada por la
esperanza de rescatar a nadie ni de resolver nada, sino una especie de
infatigable tendencia a investigar más allá de lo desconocido».
El ímpetu de la era moderna de la investigación
sobre Franklin no surgió tanto del orgullo nacional británico como de un
sentimiento cada vez mayor de identidad canadiense. Cuando Franklin partió en
busca del paso del Noroeste, esa nación no existía aún. No fue hasta 1867,
veinte años después de su muerte, cuando una confederación de colonias se unió
y dio forma al Dominio de Canadá. A principios del siglo XX, este se había
extendido hacia el oeste e incluía nueve provincias. Durante la Gran Guerra,
muchos canadienses lucharon y murieron con los aliados y, en 1920, se reconoció
su sacrificio y el joven país fue admitido en la Liga de las Naciones.
El destino de Franklin fascinaba a cierto número de
canadienses. Inextricablemente vinculado a la fascinación que sentían por el
remoto y secreto Lejano Norte, era un misterio que no había sido resuelto por
completo y que, por lo tanto, requería una investigación más exhaustiva. Un
ejemplo de quienes se sintieron llamados a responder a este desafío fue Lachlan
Burwash, un funcionario que se dedicaba a explorar y cartografiar la vasta
aglomeración de tierras e islas del Lejano Norte para el Departamento del Interior
de los Territorios del Norte. Durante una expedición a la isla del Rey
Guillermo, los inuits le hablaron de una pila de cajas de madera que habían
encontrado en la isla de Matty, en el estrecho de James Ross. Eso lo llevó a
especular acerca de la posibilidad de que uno u otro de los barcos hubiera
tomado la ruta oriental al llegar a la isla del Rey Guillermo.
En la década de 1930, William «Paddy» Gibson, de la
Compañía de la Bahía del Hudson, hizo varios viajes desde su base en Gjoa Haven
a la zona en la que habían muerto los últimos integrantes de la partida del río
Back. Recogió y enterró con sumo cuidado los restos que encontró dispersos en
la superficie, entre ellos varios cráneos.
A finales de la década de 1940, Henry Larsen, de la
Real Policía Montada de Canadá, voló hasta la isla del Rey Guillermo y aterrizó
cerca de la bahía del Terror para llevar combustible. En los
días siguientes, emprendió una meticulosa exploración a pie de la costa oeste.
En el cabo Felix encontró, entre dos rocas cubiertas de musgo, los restos de un
cráneo, que luego fue identificado como el de un hombre blanco joven. Hasta
entonces, no se habían encontrado restos de la expedición de Franklin tan al
norte.
Aviones ligeros e hidroaviones ampliaron el área de
exploración y aprovecharon al máximo los cortos meses estivales, mientras que,
en su época como comisionado de los Territorios del Noroeste, el piloto Robert
Pilot —nombre más que apropiado— creó un grupo al que bautizó con el nombre de
Investigación Franklin. Entre otras cosas, siguieron pistas relativas a la
localización del posible funeral de Franklin, para lo que se basaron en las
historias de los inuits, que hablaban de un hombre que había sido transportado
a la península de Boothia por kablunas para ser enterrado allí
y que fue despedido con salvas de cañón.
Todos estos esfuerzos se tradujeron en el hallazgo
de nuevas pruebas, en ocasiones, contradictorias; sin embargo, no aportaron
nada nuevo que pusiera en duda los descubrimientos de Rae, Hall y Schwatka.
Estas investigaciones fueron, en su mayor parte, el producto de aficionados
entusiastas que encontraron pistas, pero no ofrecieron nuevas soluciones a los
enigmas pendientes.
A principios de la década de 1980, el enfoque de la
investigación cambió por completo. Se restringió el ámbito de la búsqueda, que
quedó en manos de profesionales, y, gracias a ello, se obtuvieron resultados
asombrosos. El antropólogo Owen Beattie llevó a cabo una inspección meticulosa
en la isla del Rey Guillermo. Examinó las áreas de interés metódica y
cuidadosamente, habitualmente a pie, y encontró mudas pruebas del horror de
aquellos meses finales. Halló fémures con marcas de cortes que sugerían la práctica
del canibalismo y fragmentos de huesos que indicaban que los cráneos se habían
fracturado deliberadamente.
Fue el examen de Beattie de los yacimientos de la
isla del Rey Guillermo, que llevó a cabo con paciencia y detenimiento, lo que
dio lugar a una de las revelaciones más sensacionales de toda la búsqueda de
Franklin. En 1984, voló con su equipo a la isla de Beechey, con el permiso para
exhumar los tres cuerpos que se habían enterrado allí en 1846. El primer ataúd
que abrieron fue el de John Torrington, el fogonero de veinte años del
HMS Terror. En su libro Frozen in Time, Beattie y John
Geiger describen el olor de la podrida tela azul que cubría el ataúd y cómo
aflojaron la tapa mientras unas negras nubes de tormenta se amontonaban sobre
sus cabezas y las paredes de la tienda que habían construido para proteger el
yacimiento se agitaban con el viento, que soplaba cada vez más fuerte. Una vez
liberado del permafrost que lo atenazaba, el ataúd, de caoba, se reveló
resistente. Me pregunto cuántos ataúdes debía de llevar consigo la expedición
de Franklin. ¿Cómo es posible que los subieran a bordo sin que su visión minara
el optimismo dominante de los participantes de aquella empresa?
Las fotografías demuestran lo inquietantemente bien
que las gélidas condiciones habían conservado los restos de John Torrington.
Inquietantemente, digo, porque parece muy joven. Y también porque podría haber
muerto ayer. Tiene los ojos abiertos, que nos observan desde sus viejas
órbitas, y los labios contraídos, por lo que sus dientes quedan a la vista,
como si la muerte lo hubiera sorprendido a media frase. Beattie y su colega
Arne Carlson tardaron cuatro horas en completar la autopsia: «Todas las estructuras
internas estaban completamente congeladas. Fue necesario descongelar cada uno
de los órganos para tomar muestras».
La siguiente tumba que se abrió fue la de John
Hartnell, un marinero de primera del Erebus. El ataúd estaba
enterrado a menos de un metro bajo la superficie, a solo la mitad de
profundidad que el de Torrington. Beattie encontró el puño de una camisa que se
había desprendido del cuerpo. Resultó imposible distinguir ninguna de las
facciones de Hartnell hasta que se descongeló el hielo que lo cubría. Se echó
con cuidado agua templada sobre el hielo y, poco a poco, su rostro emergió.
Tenía un aspecto más grotesco que el de Torrington, más parecido al de una
máscara de carnaval, y parecía haber sufrido más. La cuenca de uno de los ojos
estaba vacía y tenía los labios separados, como si hubiera muerto con un grito
ahogado. Al igual que a Torrington, se hicieron abundantes fotografías del
cuerpo de Hartnell antes de volver a enterrarlo. Estas imágenes dieron la
vuelta al mundo. Eran las primeras fotografías de miembros de la expedición de
Franklin desde la publicación de los daguerrotipos de los oficiales del Erebus en
1851. Los confiados hombres de los daguerrotipos eran el «antes». Estos
horribles retratos eran el «después».
Pasados dos años, en 1986, Beattie y su equipo
regresaron a la isla de Beechey para completar el examen de los restos de John
Hartnell y la exhumación del cuerpo del tercer hombre enterrado allí: William
Braine, uno de los siete marines reales a bordo del Erebus. Fueron
necesarias veinticuatro horas cavando en el permafrost para llegar al ataúd de
Hartnell. Lo que salió a la luz a medida que se desnudaba el cuerpo,
lentamente, fue algo que nadie esperaba. Una incisión suturada en forma de Y le
recorría el pecho y llegaba hasta el abdomen, lo que indicaba que, poco después
de su muerte, se había realizado una autopsia; es de suponer que al médico del
barco le preocupó la causa de la muerte y su potencial contagio. Durante la
exhumación, se estimó que el peso de William Braine a la hora de su muerte era
de tan solo cuarenta kilos. Beattie y Geiger lo describieron como,
«literalmente, un esqueleto cubierto de piel». Los tres hombres habían
fallecido prematuramente y su muerte, por causas desconocidas, había sucedido
menos de un año después de que salieran de Londres.
El trabajo de Beattie en la isla de Beechey reabrió
el debate sobre si la comida enlatada había llevado a la tumba a los miembros
de la expedición, pues, aunque la causa probable de muerte en los tres casos
era tuberculosis, en sus cuerpos se descubrieron niveles de plomo entre tres y
cuatro veces superiores a lo que se esperaba. Durante su estancia en la isla,
Beattie examinó también el montículo de latas vacías y descubrió que el plomo
que se había utilizado para soldar y sellar las latas se había aplicado en
exceso y sin cuidado, lo que sugería que una cantidad excesiva de plomo podría
haber contaminado la comida. Investigaciones recientes han puesto en duda esa
teoría, pero la publicidad que ese descubrimiento tuvo en su día dio un
tremendo impulso al interés internacional en el destino que había corrido la
expedición.
Desde la década de 1990 en adelante, David Woodman
intensificó sus esfuerzos y rastreó el área donde creía que podía encontrarse
el Erebus. Utilizó sonares y detectores de metales, pero la zona
que había que peinar era muy grande y de difícil acceso, así que, a pesar de la
energía que dedicó a la búsqueda, no obtuvo ningún fruto. Sí que examinó, no
obstante, grandes zonas, que se descartarían en futuras búsquedas. Las
investigaciones ganaban cada vez más impulso. El Erebus debía
de estar por alguna parte, en las profundidades de aquel lugar. Solo hacían
falta más recursos, mejores equipos y el mismo tipo de determinación por
recuperarlo que había llevado a organizar las expediciones árticas.
En 1994, un documental de la CBC titulado The
Mysterious Franklin Disappearance [La misteriosa desaparición de
Franklin]se basó en las búsquedas efectuadas en la isla de Beechey por un
hombre llamado Barry Ranford. Margaret Atwood, que escribió un prólogo para el
libro de Beattie y Geiger sobre los descubrimientos de la isla de Beechey,
participó en el documental, al igual que Pierre Berton, autor de The
Arctic Grail [El grial del Ártico]. Su implicación confirmó que el
final de Franklin ahora formaba parte de la historia canadiense. Había tenido
lugar en su país, y se debía recordar que muchos de los testimonios que tan
vitales habían resultado para las investigaciones procedían de sus compatriotas
inuits.
En agosto de 1997, un acuerdo discreto pero muy
importante cerrado entre los Gobiernos británico y canadiense permitió que el
proceso avanzase todavía más. Recibió el nombre de «Memorando de acuerdo entre
los Gobiernos de Gran Bretaña y Canadá en lo referente a los pecios del
HMS Erebus y HMS Terror». Según sus términos,
«Gran Bretaña, como propietaria de los pecios, asigna por el presente la
custodia y el control de los pecios y de sus contenidos al Gobierno de Canadá».
Una cláusula posterior definió la cuestión de la
propiedad: «Una vez que cualquiera de los pecios haya sido localizado e
identificado, Gran Bretaña asignará a Canadá todo lo recuperado de ese pecio,
así como sus contenidos». No se incluyó en este acuerdo el oro que pudiera
recuperarse ni los artefactos que resultasen de extraordinario interés o
importancia para la Marina Real. Canadá, por su parte, se aseguraría de que
cualquiera que entrara en contacto con los pecios los «tratara con reverencia y
se abstuviera de transportar a la superficie cualquier resto humano que se
descubriera en el pecio o en sus cercanías». Entretanto, el establecimiento de
un territorio de mayoría inuits en abril de 1999 subrayó la creciente
preocupación y el respeto por la parte que jugaron en la historia. A partir de
ese momento, la tumba de Franklin dejó de estar en los Territorios del Noroeste
y pasó a encontrarse en Nunavut.
Animado por esta transferencia de propiedades, el
ritmo de la búsqueda de Franklin se aceleró con el cambio de milenio. Entre
mediados de la década de 1990 y 2008, veintiuna expediciones viajaron al norte,
la mayoría financiadas con capital privado. Estas fueron desde las
exploraciones en trineo o motonieve de David Woodman y Tom Gross a un equipo de
rodaje de documentales irlandés-canadiense y una expedición estadounidense
patrocinada por American Express que siguió la misma ruta que Franklin bajo el
lema «Vivan los sueños».
En 2008, se produjo un avance espectacular. El año
anterior, los rusos, cuyo interés en el océano Ártico tanto había alarmado a
Barrow y al Almirantazgo, habían realizado un gesto visualmente muy atractivo:
habían plantado una bandera de titanio, con su mástil y su pedestal, en el
lecho marino, exactamente en el Polo Norte. Fue un anuncio muy efectivo de su
intención de reclamar la soberanía sobre las aguas árticas y provocó una
respuesta contundente del primer ministro canadiense, Stephen Harper, líder del
Partido Conservador. Harper dejó claro que el Ártico era una prioridad para su
país: «Canadá tiene una elección que tomar en cuanto a la defensa de su
soberanía sobre el Ártico: ejercerla o perderla». Pero se trataba de una
cuestión complicada. En puridad, cada país tiene un área de control de doce
millas náuticas desde sus costas (unos veintidós kilómetros), lo que se conoce
como aguas territoriales. Más allá de eso, todas las aguas son internacionales.
Eso quiere decir que el estrecho de Lancaster y el de Barrow son lo bastante
anchos como para que los atraviese una franja de agua internacional. Y, con el
calentamiento del Ártico, las aguas del paso del Noroeste podrían estar
despejadas de hielo durante más tiempo, lo cual lo convierte en una alternativa
atractiva para el tráfico Atlántico-Pacífico, que podría ahorrarse diez días de
viaje en comparación con la ruta por el canal de Panamá.
El caso es que Harper siguió adelante y, además de
reclamar la soberanía canadiense sobre el lecho marítimo del Polo Norte,
anunció planes para construir ocho barcos patrulla encargados de la vigilancia
del Ártico, con lo que disputaba de ese modo la afirmación hecha por los
Estados Unidos de que los mil quinientos kilómetros del paso del Noroeste,
desde el mar de Beaufort a la bahía de Baffin, se encontraban en aguas
internacionales. Para que quedara claro su mensaje, Harper se aseguró de
visitar el Lejano Norte unos pocos días cada verano cargado de caramelos, como
dinero para un nuevo aeropuerto o una nueva carretera.
Uno de los efectos secundarios de esta sensibilidad
hacia todos los temas relativos al Ártico fue la dotación de fondos al
Departamento de Parques de Canadá para que financiara una expedición apoyada
por el Gobierno con el fin de encontrar los barcos de Franklin. El área en
donde era probable que se hallasen el Erebus y el Terror era
patrimonio histórico nacional desde 1992. Había llegado el momento de averiguar
dónde estaban exactamente.
La primera expedición, dirigida por Robert Grenier
y Ryan Harris, con el historiador inuit Louie Kamookak como consultor, se
dirigió al norte durante el breve verano de 2008 e identificó lugares en los
que se podría trabajar de forma productiva más adelante. Al año siguiente, no
se financió ninguna búsqueda. En 2010, un equipo de Parques de Canadá que
estaba trabajando más al oeste, en la bahía Mercy, frente a la isla de Banks,
encontró un pecio. No era ni el Erebus ni el Terror,
sino el HMS Investigator, uno de los barcos enviados en busca de
Franklin y que el capitán McClure había abandonado en el hielo.
Ese mismo año, dos filántropos multimillonarios se
unieron a la búsqueda: Jim Balsillie, fundador y primer ejecutivo de la empresa
que desarrolló la BlackBerry, y el emprendedor Tim Macdonald. Ambos anunciaron
planes para crear la Fundación de Investigación del Ártico y para fletar un
barco diseñado especialmente para el rastreo y la búsqueda. Se llamaría
MV Martin Bergmann, en honor a un científico y biólogo marino
canadiense que murió en 2011, a la edad de cincuenta y cinco años. El cerco se
estrechaba.
Los arqueólogos de Parques de Canadá regresaron al
área durante las siguientes tres temporadas, pero el mal tiempo, la falta de
cartas de navegación adecuadas y la dificultad de peinar con precisión una
franja tan amplia de agua resultaban cada vez más frustrantes. Sin embargo, se
preveía que las condiciones en el verano de 2014 fueran buenas y, bajo el
nombre de Expedición del Estrecho de Victoria 2014, el Gobierno canadiense se
volcó en la empresa y puso a su disposición todos los recursos necesarios. La Armada,
la Guardia Costera, el Servicio Polar, el Servicio Hidrográfico e incluso la
Agencia Espacial canadienses fueron solo algunas de las instituciones
gubernamentales que contribuyeron a la búsqueda.
El resultado fue una flota que recordaba a las de
las grandes búsquedas de la década de 1850, pero con el equipo y la tecnología
punta del siglo XXI. Un potente rompehielos de la Guardia Costera canadiense,
el Sir Wilfrid Laurier, tuvo un papel fundamental en las labores.
Transportaba dos robots submarinos motorizados, uno de ellos un torpedo color
canario de doscientos treinta centímetros —denominado VAS (vehículo autónomo
submarino)— que incorporaba un sonar tan novedoso que todavía no se había
probado. Y, quizá para hacer un guiño a la continuidad histórica, uno de los
barcos auxiliares más pequeños de Parques de Canadá recibió el nombre de Investigator;
a diferencia de su predecesor de la década de 1850, este tendría suerte.
A pesar de las optimistas previsiones
meteorológicas iniciales, la perspectiva no era muy prometedora. El hielo
cubría el estrecho de Victoria a una escala como no se había visto en cinco
años. Eso confinó a un grupo de los barcos al área alrededor del golfo de la
Reina Maud. Estaba bastante más al sur de la zona de búsqueda propuesta, pero,
al menos, no estaba cubierta de hielo.
Doug Stenton, un arqueólogo que participó en las
labores de búsqueda, sacó el máximo provecho del obligado cambio de planes y
exploró una serie de pequeñas islas alrededor de la bahía de Wilmot y Crampton,
justo frente a la costa de la península de Adelaida. Su plan era encontrar una
buena ubicación para instalar un GPS que recibiera señales por satélite que
mostraran la profundidad del agua y la navegabilidad de aquellos angostos y
traicioneros canales. Al ver que en una de las islas había una tienda redonda
inuit abandonada, pidió al piloto de la guardia costera, Andrew Stirling, que
se acercara para desembarcar y verla más de cerca. Mientras Stenton hacía
fotografías y medía el yacimiento, Stirling se puso a pasear por la orilla para
matar el tiempo. Se detuvo de inmediato al ver un objeto de metal oxidado que
asomaba entre la arena. Aunque era piloto, había aprendido lo bastante de
arqueología para distinguir un objeto peculiar cuando lo veía.
Lo que miraba en ese momento era un trozo de hierro
en forma de U, largo, pesado y oxidado. Llamó a Stenton para que lo evaluara.
El veterano arqueólogo quedó sorprendido e impresionado. Tras fotografiarlo, lo
cogió y examinó cuidadosamente. Había encontrado lo que buscaba: la
característica flecha ancha que lo señalaba como propiedad de la Marina Real.
Muy cerca, Stirling había encontrado un trozo de madera curado con un clavo
oxidado incrustado. Todo indicaba que eran fragmentos de algún tipo de equipo
de tamaño notable, no de un bote, un trineo o un campamento, sino de la propia
cubierta de un barco. Un barco antiguo. Una vez de vuelta a bordo del Sir
Wilfrid Laurier, el también arqueólogo Jonathan Moore echó un vistazo a su
ordenador. Encontró los detallados planos de los barcos de Franklin, los mismos
que yo había contemplado en el Museo Marítimo Nacional, en Woolwich. Le llevó
más o menos media hora identificar que lo que Sterling había encontrado en la
playa se correspondía, de hecho, con algo a bordo de los barcos desaparecidos.
Era un pivote del pescante, una pieza del mecanismo que se utilizaba para subir
y bajar los botes por el costado del barco.
Lo que emocionó a toda la tripulación del Sir
Wilfrid Laurier esa noche no fue solo el descubrimiento del objeto en
sí, sino lo que implicaba haber encontrado esa pieza en ese lugar en
particular. El pivote era demasiado pesado como para haberse alejado mucho del
barco, demasiado pesado para que el viento lo arrastrase. El barco del que
había salido tenía que estar cerca. Probablemente muy cerca.
No tuvieron que esperar mucho tiempo. El pivote se
descubrió el 1 de septiembre. Y el 2 de septiembre, mientras se configuraba de
nuevo la zona de búsqueda y el laborioso trabajo de «pasar la cortadora de
césped» por el océano empezó de nuevo, las imágenes del sonar revelaron que
estaban en lo cierto. En las profundidades de aquellas aguas había un barco,
once metros por debajo de ellos. Posado sobre el lecho marino.
La confirmación definitiva del descubrimiento tuvo
que esperar hasta el 7 de septiembre, cuando un vehículo operado por control
remoto con una cámara incorporada fue lanzado al agua. El mar estaba cada vez
más embravecido y la visibilidad empeoraba por momentos. El suspense en
el Sir Wilfrid Laurier fue máximo hasta que los primeros
vídeos en primer plano confirmaron con absoluta claridad que el pecio del lecho
marino era el de uno de los barcos de la expedición de Franklin, con el casco
roto en la popa, pero por lo demás con el mismo aspecto que el día que lo
habían fabricado. Bill Noon, capitán del Sir Wilfrid Laurier, no
pudo contener las lágrimas. Creía que el hielo en el estrecho de Victoria los
había mantenido lejos de la zona de descubrimientos, pero, de hecho, había
sucedido todo lo contrario. «Alguien nos estaba empujando a una respuesta —dijo
en aquellos tiempos—. Alguien había esperado lo bastante y quería resolver el
enigma».
Al resolverse un misterio, surgieron una multitud
de enigmas nuevos. El barco se había desplazado mucho más de lo que nadie había
esperado, excepto los inuits, que habían tenido razón desde el principio. ¿Cómo
había acabado tan al sur, en Utjulik? ¿Navegó hacia el sur o lo llevó hasta
allí el hielo? ¿Hubo hombres a bordo hasta el final o se había abandonado antes
de alcanzar el lugar en que reposó finalmente? Y luego estaban las emocionantes
posibilidades que abría aquel hallazgo. ¿Qué objetos podía haber aún a bordo?
¿Cómo de bien se habrían conservado en las frías aguas del Ártico? Y, lo más
tentador de todo: si se trataba del Erebus, ¿era concebible que los
arqueólogos encontraran un día el cuerpo de sir John Franklin,
no enterrado en la península de Boothia, como sugerían algunas de las historias
de los inuits, sino en un ataúd en lo más profundo de su buque insignia, a la
espera de una repatriación que no llegaría nunca?
El 9 de septiembre de 2014, durante una conferencia
de prensa en Ottawa, el primer ministro Harper anunció al mundo entero que se
había encontrado uno de los barcos de Franklin. Fueron necesarios unos pocos
días más, y una serie de buceos de los arqueólogos submarinos, para confirmar,
más allá de toda duda, que no solo se trataba del barco de Franklin, sino
también del de James Clark Ross, Haye y Philip Broke.
Hacía mucho tiempo que los hombres que habían
servido en él habían fallecido, pero, con los brindis en Canadá y en todo el
mundo por su descubrimiento, el Erebus volvió a nacer.
Epílogo
De vuelta en el paso del Noroeste
Ruinas de la casa Northumberland, un refugio construido para Franklin en la
década de 1850, con la esperanza de que siguiera con vida, es un conmovedor
recordatorio del último viaje del Erebus.
Ah, for just one time I would take the Northwest Passage
To find the hand of Franklin reaching for the Beaufort Sea
Tracing one warm line through a land so wide and savage
And make a Northwest Passage to the sea. [10]
Canto a pleno pulmón el estribillo de este clásico
de Stan Rogers en el bar del Akademik Sergey Vavilov, un buque
oceanográfico ruso reforzado para el hielo, en la ensenada del Príncipe
Regente, en Nunavut (Canadá). Es agosto de 2017, media tarde, y el sol todavía
brilla por encima del horizonte, rayos de intensa luz dorada atraviesan el
grueso cristal de las ventanas. Mañana cruzaremos el estrecho de Bellot, y
desde ahí nos dirigiremos al estrecho de Sound, muy cerca del mismo corazón de
la historia de Franklin. Cantando conmigo, acompañados por la guitarra de
Russell Potter, hay algunos de los noventa y cinco entusiastas de la expedición
Franklin que estamos aquí en este breve verano ártico para ver por nosotros
mismos todos los lugares sobre los que tanto hemos leído. Para contemplar lo
que Franklin y sus hombres habrían visto y, si es posible, comprender un poco
mejor la gloria y el desastre que sufrió la expedición.
He sido afortunado de participar en este viaje.
Estamos en el paso del Noroeste y, a pesar de todas las ventajas que ofrece la
tecnología moderna, el poder de los elementos restringe la mayoría de estos
cruceros a los meses de agosto y septiembre. Y el entusiasmo por todo lo
relativo a la expedición de Franklin es tal que todas las plazas de estos
barcos se venden con un año de antelación. Al conocer mi interés, a pesar de
que me enteré del viaje bastante tarde, One Ocean Expeditions ha hecho todo lo
posible para meterme con calzador en el barco. «Con calzador» es la expresión
clave, pues el único rincón que les quedaba vacío es el camarote del piloto. Es
diminuto, y la ducha del baño es una de esas en las que tienes que ir girando
para mojarte entero, pero está en el sexto nivel de la cubierta, un lugar
noble, a medio camino entre el puente y el bar.
Westward from the Davis Strait, ’tis there ’twas
said to lie
The sea route to the Orient for which so many died,
Seeking gold and glory, leaving weathered, broken bones
And a long forgotten lonely cairn of stones .[11]
«¡Ahora, todos juntos!».
Ah, for just one time I would take the Northwest
Passage.[12]
Cinco días antes disfrutaba de las vistas del
estrecho de Davis desde treinta y cinco mil pies de altura. Siempre intento
conseguir asiento junto a la ventanilla cuando vuelo, y, tres horas y media
después de despegar de Heathrow, fui recompensado con una espectacular vista de
la costa de Groenlandia. Todos los demás pasajeros tenían la vista fija en
pantallas o trataban de dormir, pero yo no podía despegar la mirada de aquella,
la más majestuosa de las islas. Volamos sobre ella y emergimos al océano desde su
costa occidental, no muy al sur de la bahía Disko, donde otrora Franklin y sus
hombres bromearon y escribieron sus últimas cartas a casa y cazaron patos y
quedaron en verse en Rusia al cabo de un año.
El vuelo de conexión de Edmonton a Yellowknife y la
bahía Resolute en un avión con un dibujo de un oso polar en la cola ofreció
nuevas vistas. Praderas verdes, granjas y algunos bosquecillos dieron paso a
lagos y grandes bosques. Alrededor de Yellowknife vi las cicatrices causadas
por una terrible serie de incendios. En la última etapa hasta la bahía Resolute
los árboles desaparecieron y volamos sobre una aparentemente infinita e
inhóspita tundra de aspecto intimidante. Unas estrías glaciares causadas por la
acción del hielo se extienden a lo largo de cientos de kilómetros de roca en
líneas paralelas salpicadas por lagos de hielo. Una tierra dura y desierta,
bautizada adecuadamente con el nombre de «The Barrens» [los páramos].
Aterrizamos en la bahía Resolute menos de treinta y
seis horas después de despegar de Londres. Estoy en la isla de Cornwallis,
descubierta por elErebus y el Terror. Mi barco,
el Akademik Sergey Vavilov, es más sólido y resistente que
elegante, cualidades que no puedo evitar asociar con el Erebus.
Igual que este, su proa ha sido reforzada para la navegación polar. Igual que
el Erebus, fue construido con otra finalidad. Nadie está seguro de
cuál, pero probablemente para labores de captación de inteligencia cuasimilitares.
Aunque la Unión Soviética se hundió el año después de su construcción, todavía
hay algo de los viejos tiempos soviéticos en el Vavilov. Su
tripulación rusa, cuarenta y un marineros, que hacen que el barco siga en
marcha, son casi invisibles, excepto cuando nos ayudan a subir y bajar de las
zódiacs que nos llevan y traen de la orilla. El capitán, que se apellida Beluga
(igual que las ballenas que esperamos ver), es un hombre sorprendentemente
distante. Además de los hombres que pilotan y mantienen el barco, hay veintidós
personas más en «plantilla». Entre ellos, se encuentran los cocineros y las
camareras, y personas encantadoras como Tatiana y Maria, que se llevan mi ropa
sucia y la devuelven lavada y planchada a la mañana siguiente. Alguien ha
engañado a Tatiana y le ha dicho que soy una famosa estrella del cine, pero
ella no es capaz de conciliar mi fama con mi minúsculo camarote y mi cabello,
siempre despeinado. No me atrevo a decirle, ni a Maria ni al capitán Beluga, ni
a ninguno de los rusos, que el último papel cinematográfico que he interpretado
es el de Viacheslav Molotov en La muerte de Stalin.
Durante los primeros días a bordo del barco abundan
los avisos de peligro. Los osos polares pueden ser letales, pero es menos
probable que ataquen a un grupo que a un individuo solo. Tienen el olfato muy
desarrollado y pueden correr más rápido que un caballo si están hambrientos.
Permanezcan siempre cerca de su guía. No se alejen…, como hizo Franklin. Tengan
muchísimo cuidado al subir y bajar de las lanchas de desembarco. No se muevan
hasta que sus guías estén listos. Y, sobre todo, cuando bajen a tierra, no
toquen nada. Por lo que veo de los montones de rocas planas sin árboles en la
distancia, no habrá mucho que tocar.
Todas estas advertencias aumentan la tensión, hacen
que sintamos con más intensidad cuán extraordinario es el lugar donde estamos,
a cientos de kilómetros por encima del círculo polar ártico, ya en el corazón
del paso del Noroeste.
Alrededor de las cuatro de la mañana, despierto de
mis confusos sueños y de mi reposo afectado por el jetlag y
veo que el sol ya está en lo alto del cielo. Echo un vistazo al mapa y veo que
navegamos por el estrecho de Barrow, una de las grandes avenidas del paso del
Noroeste. A la hora del desayuno estamos frente a la isla de Beechey, un lugar
que me resulta extrañamente familiar.
Desde un elevado promontorio vertical de roca
negra, la costa se curva alrededor de la bahía en la que el Erebus y
el Terror se refugiaron ese primer invierno que pasaron fuera
de Gran Bretaña. Es la época más cálida del verano y, aun así, los gélidos
vientos alcanzan los treinta nudos, encrespan el mar y retrasan el desembarco
un día. A la mañana siguiente, el tiempo se ha calmado y me desembarcan en la
primera lancha zódiac. Por lo general, cada lancha transporta a unas doce
personas, pero en la primera solo vamos seis. Además de Russell Potter y de mí,
hay cuatro guías, todos armados con rifles, que patrullarán el área y montarán
guardia para protegernos de los osos polares.
En consecuencia, Russell y yo disfrutamos del lujo
de tener el yacimiento para nosotros solos. En un extremo de la playa están los
restos de la casa Northumberland, construida por la tripulación del North
Star uno de los barcos de la expedición del capitán Belcher enviada en
busca de Franklin en 1852. La casa se construyó para servir como refugio y
almacén de suministros a la tripulación de Franklin, en caso de que regresaran
a ese punto. Ahora está en ruinas, rodeada de los restos de lo que una vez
fuera una sólida pared de piedra seca. Alrededor hay maderos y aros de tonel
oxidados, así como latas aplastadas sobre los guijarros de caliza. En las
cercanías, hay un mástil y algunos maderos del yate de sir John
Ross, el Mary, en el que vino a buscar supervivientes. Russell y yo
caminamos tranquilamente por el yacimiento mientras oímos el ruido de nuestras
botas, que crujen al pisar los guijarros del derrubio. Comprendo ahora por qué
nos han advertido de que no debemos mover nada. Los restos de estos pequeños asentamientos,
construidos con esperanza, yacen en desorden, pero se trata de un desorden
natural. Su objetivo era mantener los elementos a raya, y esos mismos elementos
los están recuperando poco a poco. Esto es historia viva. No debemos
interrumpir el trabajo del tiempo.
Caminamos hacia las tumbas. No parecen gran cosa:
tres túmulos sobre el duro suelo, cada uno marcado con un montón de piedras más
grandes, lo bastante pesadas para proteger los cuerpos de los depredadores,
pero no tanto como para conferir a sus tumbas grandeza o nobleza. Pienso en las
imágenes de Franklin en los bustos y estatuas de todo el mundo, y luego observo
de nuevo estos toscos montones de piedras, los únicos monumentos conmemorativos
a William Braine, John Torrington y John Hartnell. Los monumentos erigidos en
casa nos recuerdan cómo era John Franklin en la flor de la vida. Gracias a las
exhumaciones en esta playa, solo sabemos cómo son William Braine, John
Torrington y John Hartnell en la muerte. La gloria y el desastre.
Me alegro de haber tenido tiempo de presentar mis
respetos a las primeras bajas de la expedición antes de que lleguen los demás.
Es el momento de imaginar sus barcos en la bahía con las largas y silenciosas
paredes de la costa a su alrededor. Es el momento de imaginar cómo bajaron los
cuerpos a un bote y los llevaron a la orilla. Las tumbas habrían sido excavadas
de antemano (algunas más profundas que otras). Debió de resultar duro excavar
dos veces la profundidad del ataúd en el permafrost. Seguramente, sir John
rezó una oración, puede que incluso pronunciara uno de sus discursos… y eso
debió de ser todo. Me vienen a la mente preguntas, como ¿por qué no se los
enterró en el mar? ¿Por qué estos tres hombres murieron tan pronto, y con solo
unas semanas de diferencia? Miro hacia la bahía, que lleva el nombre del Erebus y
el Terror. Es un punto tan aislado y desolado como su tocaya en el
Antártico. Hay unos pocos témpanos que se han reunido allí, ya son más que
cuando llegamos. En unas pocas semanas, este paisaje gris y marrón será todo
blanco, como una mortaja extendida sobre un cadáver. Me pregunto cuándo se
corromperán finalmente los cuerpos de Torrington, Braine y Hartnell. Mucho
después que el mío, eso seguro.
Ah, for just one time I would take the Northwest
Passage
To find the hand of Franklin reaching for the Beaufort Sea.
De vuelta a bordo del Vavilov, cruzamos
el estrecho de Lancaster y vemos los verticales y dramáticos acantilados de la
isla del Príncipe Leopoldo. Aquí todo te hace sentir pequeño. Nos subimos a las
zódiacs y nos acercamos al pie de estas titánicas paredes pobladas por miles de
pájaros: araos, fulmares, gaviotas y gaviones hiperbóreos que graznan
constantemente mientras se zambullen en busca de alimento en el agua. Algunas
veces no tienen suerte. Vemos que un oso polar que está nadando devora un arao
aliblanco que estaba flotando sobre el agua. De hecho, hemos visto bastantes
osos polares, tantos, que Martyn Obbard, que es el experto residente en osos
polares, ha tenido que cancelar varias veces su charla sobre ellos por nuevos
avistamientos.
Disfruto del regreso al Vavilov a
última hora de la tarde y de tener tiempo para entrar en calor. Me siento en la
pequeña mesa junto a la ventana de mi camarote de piloto mientras tomo notas y
leo un poco. Por lo que recuerdo del artículo del Illustrated London
News, mi camarote es solo un poco más pequeño que el del teniente Fitzjames
en el Erebus.
Por la noche, antes de irme a dormir, miro un rato
por la ventana. Fuera, reina una serenidad total en el rosado resplandor del
perpetuo crepúsculo ártico, que se refleja sobre la ondulada superficie de la
ensenada del Príncipe Regente.
La mañana después del improvisado concierto hay
expectación en la cola del desayuno, pues tenemos luz verde para cruzar el
estrecho de Bellot y seguir la ruta de Franklin por el lado oeste de la
península. Los augurios son buenos. La fuerza del viento es cero en la escala
de Beaufort y el estrecho parece despejado. Pero Boris, el joven y atento líder
de nuestra expedición, cuyo entusiasmo es, por lo general, contagioso, no
parece tan feliz como habitualmente. Me señala el cuadro del hielo, que se
cuelga en la entrada del comedor todas las mañanas. Hay una gran mancha roja en
el estrecho de Victoria que rodea la isla del rey Guillermo. El rojo indica la
presencia de hielo grueso e impenetrable, así que la cosa no pinta bien. Pero,
como lo que todos queremos más que ninguna otra cosa es llegar a la ubicación
del pecio, seguimos el plan y entramos en el estrecho para echar un vistazo a
lo que hay al otro lado. Después de todo, las condiciones meteorológicas
podrían cambiar. Pero la ausencia de viento, que parecía tan buena en un
momento dado, ahora podría volverse en nuestra contra, porque sin viento el
hielo simplemente no se mueve.
El estrecho de Bellot es un canal estrecho pero muy
importante; está sometido a fuertes corrientes y mareas, y el capitán tiene que
estar convencido de que es seguro navegar por él antes de cruzarlo. Es seguro,
y mientras lo atravesamos, disfrutamos de impresionantes paisajes glaciales.
Franklin no conocía la existencia del estrecho. No apareció en ninguna carta de
navegación hasta que Joseph René Bellot, un explorador francés que murió al
caer a través de una fractura del hielo mientras buscaba a Franklin, lo
descubrió en 1852. Si Franklin hubiera sabido de la existencia de esta vía,
habría tenido otra opción para entrar y salir del estrecho de Peel y salvar las
vidas de sus hombres.
Me siento absurdamente emocionado cuando Boris
apunta que la orilla sur del estrecho de Bellot es el punto más septentrional
del continente americano. Es algo extraordinario; estoy navegando frente a la
punta norte de América con un café en la mano. También he visitado su extremo
sur, el cabo de Hornos, así que se puede decir que he visto sus dos puntas.
Al cabo de poco tiempo, entramos en el estrecho de
Peel. No tiene buen aspecto; aparte de una pequeña franja de agua despejada a
lo largo de la orilla, el hielo se extiende hasta donde alcanza la vista, hasta
la borrosa silueta de la isla del Príncipe Guillermo. La temperatura ha
descendido perceptiblemente. Hemos encontrado el mismo hielo, en el mismo tipo
de sitio, que el Erebus y el Terror cuando
quedaron atascados aquí durante años.
Después de tanto hablar de calentamiento global, yo
esperaba algo muy diferente. Desde luego, no esperaba que el hielo se
impusiera. Le pido a Mark Nuttall, otro de los expertos residentes, su opinión.
El consenso general, me explica, es que el calentamiento global en el Ártico
sobrepasó el punto de inflexión en 1999. Desde entonces, la gente ha asumido
que no se trata de un fenómeno meteorológico temporal. En cuestión de pocos
años, la temporada de trineo y caza en el oeste de Groenlandia, por ejemplo, se
ha recortado de diciembre-junio a marzo-junio. Sin embargo, no es tan simple
como parece. Debido al aumento de las temperaturas, los glaciares se desprenden
más rápido, lo que ha provocado que haya más, en lugar de menos, hielo
flotante. En el archipiélago ártico, hay muchas bahías y pequeños canales donde
el hielo puede quedar atrapado, y, cuando eso ocurre, las condiciones no son
muy distintas de las que encontró Franklin en su época.
Damos media vuelta y ponemos proa de vuelta al
estrecho de Bellot, en busca de la seguridad de la protegida costa este. Me
siento estafado, triste y desesperado por haber perdido la oportunidad de ver
dónde empezó a desintegrarse la expedición de Franklin. Pero lo que he visto me
basta para sentir todavía más respeto por ellos y por las fuerzas de la
naturaleza a las que tuvieron que enfrentarse.
Y un día, si Dios quiere, volveré al paso del
Noroeste, esta vez con un traje de submarinista, para contemplar el barco con
mis propios ojos.
Tracing one warm line through a land so wide and
savage
And make a Northwest Passage to the sea.
Imágenes
Joseph Banks, amigo del capitán Cook y gran impulsor de la exploración
polar.
John Barrow, segundo secretario del Almirantazgo y entusiasta de la
exploración de los polos.
John Ross, quisquilloso e impulsivo explorador ártico.
«Pasaje por el hielo», de A Voyage of Discovery (1819), de John Ross.
Una maqueta a escala (1:40) del Erebus, tal y como estaba en 1826.
James Clark Ross, «el hombre más atractivo de la Marina».
Robert McCormick, cirujano del Erebus y azote de pájaros.
Francis Crozier, «más adecuado para ser un segundo que para estar al mando».
Puerto Natividad, en las islas de Kerguelen, pintado por John Davis, segundo
navegante del Terror.
El maravilloso repollo Pringlea antiscorbutica, que Joseph Hooker encontró
en las islas de Kerguelen. Este es un grabado de su The Botany of the Antarctic
Voyage (1844).
El pingüino Adelaida, según la imagen de The Zoology of the Voyage of HMS
Erebus & Terror ( 1844- 75). En la expedición de Ross al Antártico, el
pingüino apareció en el menú unas cuantas veces.
El observatorio de Rossbank, en Hobart: cuadro pintado por el artista
convicto Thomas Bock, basado en un boceto original de John Davis. En el centro
se observan (de izquierda a derecha) a John Franklin, James Ross y Francis
Crozier.
Una página del diario antártico de Joseph Hooker, con su acuarela de un
iceberg.
Un cronómetro utilizado en el Erebus.
«Parte de la barrera del Polo Sur», 2 de febrero de 1841, acuarela de John
Davis, del Terror.
«Bienvenida al año 1842», de John Davis.
«El HMS atraviesa la cadena de icebergs», 13 de marzo de 1842, de John
Davis.
Jane Franklin, a los veinticuatro años.
John Franklin, a los cuarenta y dos años.
Invitación de Eleanor Franklin al baile del Erebus y el Terror.
El Erebus y el Terror en Nueva Zelanda, agosto de 1841, según los imaginó el
pintor marino John Wilson Carmichael unos pocos años después.
Daguerrotipos de los oficiales de la expedición
ártica de Franklin de 1845.
John Franklin.
James Fitzjames.
Francis Crozier.
Henry Le Vesconte.
James Reid.
Charles Des Voeux.
Stephen Stanley.
Edward Couch.
Robert Sargent.
Harry Goodsir.
Graham Gore.
James Fairholme.
Charles Osmer.
Henry Collins.
Imágenes
Los camarotes de John Franklin y James Fitzjames según aparecieron en el
Illustrated London News el 24 de mayo de 1845.
«Despidiéndose del Erebus, 4 de junio de 1845»: un boceto de Owen Stanley,
un oficial del HMS Blazer.
«El Consejo del Ártico planeando la búsqueda de sir John Franklin» (1851).
De izquierda a derecha: George Back, Edward Parry, Edward Bird, James Ross,
Francis Beaufort, John Barrow júnior, Edward Sabine, William Hamilton, John
Richardson y Frederick Beechey.
Salida de las partidas del Resolute y el Intrepid en busca de la expedición
perdida de Franklin (1853).
Una acuarela de las tumbas de la isla de Beechey pintada por el explorador
estadounidense Elisha Kent Kane (1850).
La nota del cabo Victoria, descubierta por el teniente William Hobson en
1859.
John Rae, el hombre de las Orcadas, fue el primero en descubrir lo que le
había sucedido a la expedición de Franklin.
«El hombre propone, Dios dispone»: el comentario pictórico de Edwin Henry
Landseer sobre la expedición de Franklin (1864).
Monumento conmemorativo a sir John Franklin en Waterloo Place, Londres,
erigido en 1866.
Monumento conmemorativo a la expedición de Franklin en el Antiguo Real
Colegio Naval en Greenwich, erigido en 1858.
El cuerpo de John Torrington, exhumado por Owen Beattie en 1984.
Reliquias de la expedición Franklin: la medalla güélfica encontrada por John
Rae.
Un plato encontrado a bordo del Erebus.
Un ejemplar de Christian Melodies. Las letras «G. G.» en la guarda sugieren
que perteneció al teniente Gore.
Un cronómetro de bolsillo.
Un botiquín encontrado por Francis McClintock cerca del cabo Victoria.
Las tumbas de la isla de Beechey hoy. Tres de ellas indican el lugar de
descanso de miembros de la expedición de Franklin. La cuarta es la de Thomas
Morgan, que formó parte de la expedición de rescate de McClure y murió en 1854.
El pecio del Erebus.
La campana del Erebus.
Cronología
|
1815 |
La batalla de Waterloo pone fin a las
guerras napoleónicas. |
|
1818 |
La expedición de John Ross para encontrar
el paso del Noroeste regresa, tras confundir unas nubes con las «montañas
Croker». |
|
1819-20 |
William Edward Parry conduce a dos barcos,
el Hecla y el Griper, a través del estrecho de
Lancaster hasta la isla de Melville. |
|
1819-22 |
La expedición de John Franklin al Ártico
casi acaba en tragedia y le granjea el apodo de «El Hombre que se Comió sus
Botas». |
|
1828-9 |
Bajo el mando del capitán George Haye,
el Erebus patrulla el Mediterráneo. |
|
1829-30 |
El Erebus sigue
patrullando el Mediterráneo bajo el mando del capitán Philip Broke. |
|
1829-33 |
Segunda expedición ártica de John Ross.
James Clark Ross alcanza el polo norte magnético del 1 de junio de 1831, pero
él y su tío se quedan aislados y casi perecen de hambre hasta que los rescata
un ballenero. |
|
1839 |
Erebus reacondicionado para la expedición
antártica de James Clark Ross, zarpa con el Terror el 30 de
septiembre. |
|
1840 |
El Erebus llega a la
Tierra de Van Diemen (16 de agosto), donde sir John Franklin
es teniente gobernador. Zarpa para el Antártico el 12 de noviembre. |
|
1841 |
El Erebus cruza el círculo
polar antártico (1 de enero) y navega frente a la Gran Barrera del Sur, para
luego regresar a la Tierra de Van Diemen (6 de abril), después de haber
llegado más al sur que ningún barco antes. |
|
1842 |
La segunda expedición antártica de James
Clark Ross llega a 160º Oeste y 78º 9’ 30” Sur (23 de febrero) y después
navega a las Malvinas. La tercera expedición antártica de Ross zarpa el 17 de
diciembre, pero el hielo la obliga a regresar. |
|
1843 |
El Erebus regresa a
Inglaterra con escalas en la isla de Ascensión y en Río de Janeiro, y llega a
Woolwich el 7 de septiembre. James Clark Ross es nombrado caballero. |
|
1845 |
El Erebus es
reacondicionado para la expedición ártica de sir John
Franklin. Zarpa con el Terror desde Greenhithe el 19 de
mayo. Visto por última vez en dirección a la bahía de Baffin a finales de
julio. |
|
1845-6 |
El Erebus pasa el invierno
frente a la isla de Beechey, donde tres miembros de la tripulación mueren y
son enterrados (enero-abril 1846) |
|
1846 |
El Erebus queda «atrapado»
en el hielo frente a la isla del Rey Guillermo (12 de septiembre). La
tripulación permanece en el barco hasta 1848. |
|
1847 |
La nota del cabo Victoria confirma que
«Todo va bien» (28 de mayo). Sir John Franklin muere (11 de
junio). |
|
1847-8 |
Tres expediciones de socorro enviadas desde
Inglaterra, entre ellas una dirigida por sir James Clark
Ross, pero no encuentran nada. Se envían más expediciones de socorro. |
|
1848 |
El Erebus es abandonado
(22 de abril). Un añadido a la nota del cabo Victoria (25 de abril) confirma
que veinticuatro hombres han muerto y que los supervivientes se dirigen al
río Back. El grupo luego se divide y algunos regresan al barco. |
|
1854 |
Mientras explora la costa del Ártico,
inuits locales cuentan a John Rae que a finales de 1850 todos los miembros de
la expedición de Franklin estaban muertos. |
|
1859 |
El teniente William Hobson, del Fox,
descubre la nota del cabo Victoria. |
|
1866 |
La estatua de sir John
Franklin es inaugurada en Waterloo Place, Londres. |
|
1984 |
Los cuerpos de John Torrington y John
Hartnell son exhumados en la isla de Beechey. |
|
2014 |
Se descubre el pecio del Erebus. |
|
2016 |
Se descubre el pecio del Terror. |
Bibliografía
· Alison Alexander, The Ambitions of Jane
Franklin: Victorian Lady Adventurer, Allen & Unwin, 2013; edición en
castellano: Las ambiciones de Jane Franklin, traducción de Paula
Zumalacárregui, Proyectos Editoriales Casiopea, 2017.
· William Battersby, James Fitzjames: The
Mystery Man of the Franklin Expedition, Dundurn, 2010.
· Owen Beattie y John Geiger, Frozen in Time:
The Fate of the Franklin Expedition, Bloomsbury, 2004; edición en
castellano: Atrapados en el hielo , traducción de Adolfo
Martín y Lorenzo Cortina, Plaza & Janés, 1992.
· Capitán Richard Campbell, MR (ed.), The
Journal of Sergeant William K. Cunningham, R.M. of HMS Terror ,
Hakluyt Society, 2009;
https://www.hakluyt.com/PDF/Campbell_Part1_Introduction.pdf.
· Scott Cookman, Ice Blink: The Tragic Fate
of Sir John Franklin’s Lost Polar Expedition , Wiley, 2001.
· Richard J. Cyriax, Sir John Franklin’s Last
Arctic Expedition, Arctic Press, 1997 [1939].
· J. E. Davis, A Letter from the Antarctic,
W. Clowes, 1901.
· Ernest S. Dodge, The Polar Rosses,
Faber & Faber, 1973.
· J. C. Drummond et al., Historic
Tinned Foods, publicación n.º 85, International Tin Development and
Research Council, 1939.
· Jim Endersby, Imperial Nature: Joseph
Hooker and the Practices of Victorian Science , University of Chicago
Press, 2008.
· Fergus Fleming, Barrow’s Boys, Granta
Books, 2001.
· John Geiger y Alanna Mitchell, Franklin’s
Lost Ship, HarperCollins, 2017.
· Barry Gough, The Falkland Islands/Malvinas:
The Contest for Empire in the South Atlantic , Athlone Press, 1992.
· Pat Griggs, Joseph Hooker: Botanical
Trailblazer, Real Jardín Botánico, 2011.
· Alice Jane Hamilton, Finding John Rae,
Ronsdale Press, 2017.
· Joseph Hooker, Proyecto Correspondencia, Real
Jardín Botánico de Kew; http://jdhooker.kew.org/p/jdh
· Jean King con John B. Hattendorf y J. Worth
Estes, A Sea of Words: A Lexicon and Companion for Patrick O’Brian
Seafaring Tales , Henry Holt, 1995.
· Andrew Lambert, Franklin: Tragic Hero of
Polar Navigation, Faber & Faber, 2010.
· Brian Lavery, Royal Tars, Conway, 2010.
· Robert McCormick, Voyages of Discovery in
the Arctic and Antarctic Seas, and Round The World , vols. 1 y 2,
Cambridge University Press, 2014 [1884].
· Ken McGoogan, Fatal Passage, Bantam,
2002.
· Granville Allen Mawer, South by Northwest,
Wakefield Press, 2006.
· E. A. (Ted) Michener, Ice in the Rigging,
Museo Marítimo de Tasmania, 2015.
· Sra. de Stuart Peters: The History of
Pembroke Dock, Elliot Stock, 1905.
· Russell A. Potter, Finding Franklin: The
Untold Story of a 165 Year Search, McGill-Queen’s University Press, 2016.
· James Clark Ross, Voyage of Discovery and
Research in the Southern and Antarctic Regions , vols. 1 y 2,
Cambridge University Press, 2011 [1847].
· John Ross, Narrative of a Second Voyage in
Search of a Northwest Passage and of a Residence in the Arctic Regions ,
A. M. Webster, 1835.
· M. J. Ross, Polar Pioneers: John Ross and
James Clark Ross, McGill-Queen’s University Press, 1994.
· M. J. Ross, Ross in the Antarctic,
Caedmon de Whitby, 1982.
· Ann Savours, The Search for the North West
Passage, St Martin’s Press, 2007.
· Michael Smith, Captain Francis Crozier:
Last Man Standing?, The Collins Press, 2014.
· Tony Soper, Antarctica, Bradt Travel
Guides, 2013.
· Tony Soper, The Northwest Passage,
Bradt Travel Guides, 2012
· Barbara Tomlinson, Commemorating the
Seafarer: Monuments, Memorials and Memory, Boydell Press, 2015.
· Hugh N. Wallace, The Navy, The Company and
Richard King, McGill-Queen’s University Press, 1980.
· Chris Ware, The Bomb Vessel, Conway
Maritime Press, 1994.
· Paul Watson, Ice Ghosts: The Epic Hunt for
the Lost Franklin Expedition, W. W. Norton, 2018.
· David C. Woodman, Unravelling the Franklin
Mystery, McGill-Queen’s University Press, 2015.
* * * *
Artículos
· William Battersby, «Identification of the Probable
Source of the Lead Poisoning Observed in Members of the Franklin
Expedition», Journal of the Hakluyt Society, septiembre de 2008.
· William Battersby y Peter Carney, «Equipping HM
Ships Erebus and Terror, 1845», Newcomen
Society, vol. 81, julio de 2011.
· Peter Carney, «Further Light on the Source of the
Lead in Human Remains from the 1845 Franklin Expedition», Journal of
the Hakluyt Society , septiembre de 2016.
· Frank Debenham, «The Erebus and Terror at
Hobart», Polar Record, vol. 3, 1942.
· Michael Durey, «Exploration at the Edge», Great
Circle, vol. 30, n.º 2.
· Ralph Lloyd-Jones, «The Men Who Sailed with
Franklin», Polar Record, vol. 41, 2005.
· Ralph Lloyd-Jones, «The Royal Marines on Franklin’s
Last Expedition», Polar Record, vol. 40, 2004.
· Keith Millar, Adrian W. Bowman y William Battersby,
«A Re-analysis of the Supposed Role of Lead Poisoning in Sir John Franklin’s
Last Expedition, 1845–1848», Polar Record, vol. 51, 2015.
· Keith Millar, Adrian W. Bowman, William Battersby y
Richard R. Welbury, «The Health of Nine Royal Naval Arctic Crews, 1848 to 1854:
Implications for the Lost Franklin Expedition», Polar Record, vol.
52, 2016.
· Ann Savours, «The North West Passage in the
Nineteenth Century: Perils and Pastimes of a Winter in the Ice», Hakluyt
Society, 2003.
· Douglas R. Stenton: «A Most Inhospitable Coast: The
Report of Lieutenant William Hobson’s 1859 Search for the Franklin Expedition
on King William Island», Arctic, vol. 67, diciembre de 2014.
· D. Stenton, A. Keenleyside, S. Fratpietro y R.
Park: «DNA analysis of Human Skeletal Remains from the 1845 Franklin
Expedition», Journal of Archaeological Science: Reports, 2017.
· Hugh N. Wallace: «Richard King (1810–1876)», Arctic
Profiles, vol. 40, 1987.
Créditos de las imágenes
Las imágenes en blanco y negro están reproducidas
con permiso de: Alamy: 12 (Pictorial Press), 68 (Chronicle). Bridgeman Images:
190 (De Agostini Picture Library), 262 (© British Library Board). FIMNT
Collection: 164. Getty: 38 (Hulton Archive/Stringer), 54 (De Agostini Picture
Library), 138 (De Agostini Picture Library), 200 (Illustrated London
News/Stringer), 312 (© David Lefranc). © Museo Marítimo Nacional, Greenwich,
Londres: 24. © Parques de Canadá/Thierry Boyer: 20, 300. Scott Instituto de
Investigación Polar, Universidad de Cambridge: 224. Museo Victoria and Albert,
Londres: 130. Wikimedia Commons: 176.
Las imágenes en color están reproducidas con
permiso de: Alamy: pingüino Adelaida (520 Collection), estatua de Franklin (CAM
Image). Bridgeman Images: El hombre propone, Dios dispone (Royal
Holloway, Universidad de Londres), Pasaje por el hielo (Junta
de la Biblioteca Británica), cronómetro polar (© Christie’s Images). Registro
de Derbyshire: invitación al baile (ref. D3287/31/8). Getty: foto de las tumbas
de la isla de Beechey (© Rick Price), camarotes de Franklin y Fitzjames
(Archivos de Hulton). Galería Nacional de Canadá: acuarela de las tumbas de la
isla de Beechey. Biblioteca Nacional de Australia: Despidiéndose del
Erebus. © Museo Marítimo Nacional, Greenwich, Londres: Bienvenida
al año 1842, El HMS Erebus atraviesa la cadena de icebergs,
Parte de la barrera del Polo Sur, Christmas Harbour, reliquias de la
expedición Franklin. © Parques de Canadá/Thierry Boyer: campana del barco,
pecio del Erebus. Real Sociedad Geográfica: retrato de Francis
Crozier. © Scott Instituto de Investigación Polar, Universidad de Cambridge:
modelo a escala del Erebus. Galería y museo de Tasmania: pintura
del Observatorio de Rossbank. Wikimedia Commons:El Consejo del Ártico
planeando la búsqueda de sir John Franklin, monumento
conmemorativo de la expedición de Franklin, diario de Hooker, retrato de John
Rae, Pringlea antiscorbutica, Ross en Nueva Zelanda, nota del cabo
Victoria.
Agradecimientos
Aunque mi libro se centra en la vida del HMS Erebus,
su historia está íntimamente ligada a la de su barco hermano, el HMS Terror, y
por eso me pareció que el descubrimiento del Terror a menos de ochenta
kilómetros al norte de donde se había hundido el Erebus, el 3 de
septiembre de 2016, era una asombrosa y gran noticia. La embarcación se
encuentra a una profundidad de veinticuatro metros y en buen estado. Que se
hundiera en un lugar conocido con el nombre de bahía del Terror lleva a pensar
que quizá debería haberse encontrado mucho antes, pero el hecho de que sepamos
dónde están ambos barcos de la expedición de Franklin y que podamos examinarlos
hace que estos sean tiempos muy emocionantes para todos los interesados en su
historia. Me dicen que no hay planes de reflotar ninguno de los dos barcos, y
que los arqueólogos marinos darán prioridad al trabajo en el Erebus,
pues está a menor profundidad y es más vulnerable al deterioro. Aunque el
Terror fue hallado por la Fundación de Investigación Ártica, Parques de Canadá
se ha hecho ahora cargo de ambos pecios.
Y ese es un lugar tan bueno como cualquier otro
para empezar mi larga lista de agradecimientos. Ryan Harris y Jonathan Moore,
de Parques de Canadá, han sido de gran ayuda para mí y me han mantenido
informado sobre el descubrimiento y el progreso de los trabajos en los dos
barcos hundidos.
Desde el principio del proyecto, John Geiger me ha
animado y apoyado. Estoy en deuda con Russell Potter por su actualizadísima web
Visions of the North y por revisar mi texto y ser una compañía excelente
durante toda esta aventura. Matthew Betts ha contestado generosa y rápidamente
todas mis interminables preguntas sobre detalles técnicos del barco y de la
vida a bordo. Mary Williamson, tataranieta de la sobrina de Franklin, me ha
enviado una valiosísima colección de cartas familiares y otros detalles, al igual
que Rick Burrows, tataranieto de James Reid, el patrón del hielo del Erebus.
Claire Warrior y Jeremy Michell, del Museo Marítimo Nacional de Londres, han
sido muy generosos con su tiempo y sus consejos, y Celene Pickard y Julian
Dowdeswell, del Instituto Scott de Investigación Polar, han sido también una
gran ayuda. Ann Savours me agasajó en su casa y me aportó una cantidad ingente
de información, que aumentó en su correspondencia regular conmigo. Keith Millar
me ha provisto de útiles y pertinentes actualizaciones. Me siento enormemente
agradecido por el ánimo y entusiasmo de Becca Harris, Roz Savage, Leanne
Shapton, Andrew Gimson, Linda Davies, Henry Beker y Bob Clarke, cuyo
tatarabuelo Henry Toms navegó en el Fox con Leopold
McClintock. El personal de las bibliotecas de la Real Sociedad Geográfica, el
club Athenaeum, el Real Jardín Botánico y los Archivos Nacionales de Kew fueron
una fuente inagotable de ayuda.
En relación a mi búsqueda de sitios en los que
estuvo el Erebus alrededor del mundo, debo dar las gracias a
las siguientes personas por haberse tomado la molestia de compartir sus
conocimientos conmigo y por haberme ofrecido su hospitalidad al tiempo que,
además, buscaban información de gran importancia para mí: John Evans y Ted
Goddard, del astillero de Pembroke; Alison Alexander, Rona Hollingsworth,
Annaliese Jacobs, Ian Terry y David Owen, de Hobart; Alison Barton, Melanie
Gilding, Joan Spruce y Tansy Bishop, de las islas Malvinas; el Museo Histórico
de los Muelles de las islas Malvinas, que amablemente compartió el manuscrito
de las cartas de John Tarleton conmigo; Norman Shearer en Stromness; y el
capitán, tripulación, conferenciantes de a bordo, organizadores del viaje y
compañeros de viaje del barco de One Ocean Expeditions Akademik Sergey
Vavilov en el paso del Noroeste durante el mes de agosto de 2017. Y
también muchísimas gracias a Steve Abbott, Paul Bird y Mimi Robinson, en mi
oficina, quienes me han guiado durante el proceso de escritura de muchos
libros, pero ninguno como este.
Aunque siempre lamentaré no haberlo conocido, el
nombre de Louie Kamookak, el historiador inuit que murió en marzo de 2018 a la
edad de cincuenta y ocho años, apareció una y otra vez durante mi investigación
para este libro. Kamookak quería, sobre todo, encontrar la tumba de Franklin, y
es muy triste pensar que su tiempo llegó a su fin antes de conseguirlo. Pero no
será olvidado. Todo aquel que siente curiosidad por el final de la expedición
de Franklin está en deuda con él por su investigación tenaz y meticulosa.
En último lugar, pero no por ello menos importante,
quiero dar gracias a Susan Sandon, de Penguin Random House, por animarme a
escribir este libro, y a mi editor Nigel Wilcockson, por ser un supervisor tan
cuidadoso, meticuloso, entusiasta y empático durante nuestro largo viaje
juntos.
Necesariamente, he tenido que confiar en el trabajo
duro llevado a cabo por autores e investigadores publicados. Nunca podré
mostrarme agradecido a todos ellos personalmente, pues algunos ya no están
vivos, pero les doy las gracias con humildad y sinceridad a todos ellos, sin
cuyos excelentes trabajos nunca podría haber terminado, y ni siquiera empezado,
este libro.
Notas:
[1] A pesar del nombre de su cargo, el topógrafo de la Marina era el
encargado de diseñar los modelos de buques que emplearía la Marina Real
británica
[2] La Marina Real británica clasificaba los gastos de los barcos en
tres categorías: los «ordinarios», que cubrían gastos básicos, como el
mantenimiento de los muelles, los gastos de «servicio marítimo», que eran los
de los barcos y la tripulación capaces de hacerse a la mar, y los de
«reparaciones extraordinarias», que implicaban una reconstrucción o reparación
importante. Así pues, un barco que ya no era apto o no se necesitaba en
servicio activo se incluía en gastos «ordinarios», de ahí la procedencia de la
expresión.
[3] Estado de un buque de vela después de maniobrar para mantenerse en
el mar casi parado lo más proa al viento posible.
[4] La braza (o verga) de la mayor es el cabo que controla el ángulo
de la vela mayor, sin el cual no se puede gobernar el barco. Solía ser un
objetivo que destruir en combate y repararla (no se podía hacer un nudo) era
una de las tareas más complejas y peligrosas. Al marinero que lo hacía a menudo
se lo recompensaba con una ración de ron, de modo que la expresión «empalmar la
braza de la mayor» acabó siendo sinónimo de una ración de ron extra.
[5] Sombrero de fieltro con una ala muy ancha y flexible, bautizado
así por una canción de plantación del mismo nombre popularizada en la década de
1830 por el cantante estadounidense Thomas Dartmouth Rice, que se pintaba la
cara de negro (el origen del denostado blackface) y bailaba mientras la
interpretaba. No solo se hizo célebre en los Estados Unidos, sino también en
Londres y Dublín, donde acudió de gira.
[6] Un gorro de lana que tiene una extensión tejida por detrás que
semeja rizos y que cubre la nuca y hace que sea más adecuado en climas muy
fríos. Tiene la ventaja de que, al ser la parte superior del gorro lisa, puede
llevarse debajo de otros sombreros y evita que el frío o la lluvia lleguen al
cuello de la camisa. Charles Dickens, por ejemplo, en Cuento de Navidad, nos
dice que el señor Fezziwig (de quien Scrooge fue aprendiz y que, con su
carácter jovial y comunitario, representa la antítesis de aquello en lo que él
se ha convertido) lleva una peluca galesa.
[7] Fue su best man, es decir, el principal asistente del novio en la
boda. Esta posición, que suele recaer en el mejor amigo del novio, suele
traducirse erróneamente por «padrino». En España y otros países
hispanohablantes, el «padrino» suele ser quien acompaña a la novia al altar
—habitualmente, el padre de la novia—, no el mejor amigo del novio. Por tanto,
me he permitido la libertad, antes de optar por la traducción habitual y
errónea, de acuñar el equivalente masculino de dama de honor, que, a mi
parecer, refleja mejor el concepto original.
[8] La Gran Exposición de los Trabajos de la Industria de Todas las
Naciones, nombre con el que se bautizó la primera exposición universal de la
historia, se inauguró el 1 de mayo de 1851 en Londres y fue concebida para
mostrar el progreso del mundo entero.
[9] Recibe este nombre la franja del Támesis que va del puente de
Londres a Limehouse. Es una parte del Támesis sometida a las mareas y,
entonces, era navegable por barcos de mástiles altos.
[10] Ah, por una sola vez, recorreré el paso del Noroeste, / y
encontraré la mano de Franklin extendida hacia el mar de Beaufort, / trazaré
una cálida línea por una tierra tan vasta y salvaje / y cruzaré el paso de
Noroeste hasta el mar.
[11] Al oeste desde el estrecho de Davis, allí se decía que estaba / la
ruta marítima a Oriente por la que tantos murieron, / en busca de oro y gloria,
dejando huesos rotos y gastados / y un montículo de piedras olvidado hace
tiempo.

