Libro N° 9606. La Casa Tellier. De Maupassant, Guy.
© Libro N° 9606. La Casa Tellier. De Maupassant, Guy. Emancipación. Febrero 19 de 2022.
Título original: © La Casa Tellier. Guy
De Maupassant
Versión
Original: © La Casa Tellier. Guy De Maupassant
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www.literatura.us/idiomas/gdm_tellier.html
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el
nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://encrypted-tbn0.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcRBkyblzzlXS0gvAehwj0JtHPJOA63C9aFIN4V4-iQ-m93n3HjnU4PwbItgdHdrwqff-es&usqp=CAU
Portada E.O. de Imagen original:
https://i.pinimg.com/564x/52/e9/90/52e990f2ef0ebb84a1c60414370e229a.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA CASA TELLIER
Guy De Maupassant
La Casa Tellier
Guy De Maupassant
Guy De Maupassant
(Tourville-sur-Arques, Francia, 1850 - Passy,
París, 1893)
La Casa Tellier (1881)
(“La Maison Tellier”)
La Maison Tellier
(Paris: Victor Havard, 1881, 308 págs.)
I
Se iba
allá, cada noche, alrededor de las once, como se va a un café, simplemente.
Se
encontraban seis a ocho, siempre los mismos, no eran juerguistas sino hombres
honorables, comerciantes, jóvenes funcionarios de gobierno; tomaban su
chartreuse alegremente con alguna de las muchachas, o bien charlaban seriamente
con Madame, a quien todos respetaban.
Luego
se recogían a dormir antes de la media noche. Los jóvenes algunas veces se
quedaban.
La
casa era de familia, pequeñita, pintada de amarillo, en la esquina de una calle
detrás de la iglesia de Saint-Etienne; por las ventanas se veía la bahía llena
de barcos que descargaban y el gran pantano salado llamado “La traba”; detrás,
el costado de la Virgen con su vieja capilla completamente gris.
Madame
provenía de una buena familia de campesinos del departamento del Eure. Había
aceptado esta profesión igualmente como hubiera sido modista o sirvienta. El
prejuicio de deshonra asociado a la prostitución, tan violento y tan vivo en
las ciudades, no existe en la campiña Normanda. El campesino dice “Es una buena
profesión” y enviarían a sus hijos a mantener un harén de mujeres como los
enviarían a dirigir un internado de señoritas.
Esta
casa, por lo demás, provenía de herencia de un viejo tío de la cual era
propietario. Monsieur y Madame, anteriormente proxenetas cerca de Yvetot, lo
habían inmediatamente liquidado pensando que el negocio de Fécamp era más
ventajoso para ellos; habían llegado una bonita mañana a tomar la dirección de
la empresa que colapsaba en ausencia de sus dueños.
Eran
buena gente, que se hicieron querer inmediatamente por su personal y sus
vecinos.
El
señor Tellier murió de un ataque dos años más tarde. Su nueva profesión lo
mantenían entre la molicie y el sedentarismo; engordó demasiado y dañó su
salud.
Madame, después de enviudar, era deseada, sin éxito, por los
parroquianos del establecimiento; se la reconocía como una persona
absolutamente prudente, y las propias asiladas no habían llegado a descubrir
nada.
Era
alta, entrada en carnes, bien parecida. Su tez, pálida por la oscuridad de ese
albergue siempre cerrado, brillaba como bajo un barniz grasiento. Un delgado
adorno de rulos, falsos y enroscados, rodeaban su frente y le daban un aspecto
juvenil, que contrastaba con la madurez de su figura. Siempre alegre y de cara
animada, atraía fácilmente, con un matiz de moderación que sus nuevas
ocupaciones no habían podido aún hacerla perder. Las palabras soeces le chocaban
siempre un poco; y cuando un muchacho mal educado se refería por su nombre
propio al establecimiento que ella dirigía, se enojaba y sublevada. En fin,
tenía un alma delicada, y, aunque trataba a sus mujeres como amigas, repetía a
menudo que ellas “no eran harina de un mismo costal”.
Algunas veces durante la semana, partía en coche de arriendo con una
fracción de su tropa; y se iban a retozar en la hierba en la orilla del
riachuelo que corre en los extramuros de Valmont. Eran entonces un grupo de
señoritas internas fugadas, con carreras locas, con juegos infantiles, toda una
alegría de reclusas intoxicadas por el aire libre. Se comía la merienda sobre
el césped bebiendo cidra, se volvía a la caída de la noche con un cansancio
delicioso, una dulce emoción; y en el coche besaban a Madame como a una muy
buena madre llena de indulgencia y complacencia.
La
casa tenía dos entradas. En la esquina, una suerte de café de mala fama se
abría en la noche a la gente del pueblo y los marineros. Dos de las personas
encargadas del especial comercio del lugar eran exclusivamente destinadas a las
necesidades de esta parte de la clientela. Servían, con la ayuda de un camarero
llamado Frédéric, un rubiecito imberbe y fuerte como un buey, las botellas de
vino y los jarros de cerveza sobre las mesas de mármoles inestables, y, con los
brazos lanzados al cuello de los bebedores, sentadas a través de sus piernas,
fomentaban el consumo.
Las
otras tres damas (eran solo cinco) formaban una suerte de aristocracia, y
permanecían reservadas a la clientela del primer piso, a menos que fueran
requeridas abajo y que el primero estuviese vacío. El salón Júpiter, donde se
reunían los burgueses del lugar, estaba tapizado de papel azul y ornamentado de
un gran dibujo representando a Leda extendida bajo un cisne. Se llegaba a este
lugar por medio de una escalera de caracol terminando en una puerta estrecha,
humilde de apariencia, dando a la calle, y sobre ella brillaba toda la noche,
detrás de una celosía, un pequeño farol como aquellos que alumbran aún en
ciertas ciudades a los pies de vírgenes empotradas en los muros.
El
edificio, húmedo y viejo, olía ligeramente a moho. Por momentos, un aroma de
agua de colonia pasaba por los pasillos, o bien una puerta entreabierta en el
piso bajo hacía escuchar en toda la casa, como una explosión de trueno, los
gritos populacheros de los hombres del piso bajo, y ponían en la cara de los
señores del primero una mueca inquieta y de disgusto.
Madame, amable con sus clientes y amigos, no se movía del salón, y se
interesaba de las murmuraciones de la ciudad que les atañía. Su conversación
seria contrastaba con los temas sin sentido de las tres mujeres; ella era como
un descanso de los chistes pícaros, de los peculiares panzones que se decían
cada noche en esta orgía decente y mediocre de beber un vaso de licor en
compañía de mujeres públicas.
Las
tres damas del primero se llamaban Fernanda, Rafaela y Rosa la Jaca.
Como
el personal era poco, habían tratado que cada una de ellas fuera como una
muestra, un compendio del tipo femenino, a fin de que todo consumidor pudiera
encontrar allí, un poco más o menos, la realización de su ideal.
Fernanda representaba a la bella rubia, muy gorda, casi obesa, fofa,
hija del campo cuyas pecas se rehúsan a desaparecer, y cuyo pelo ondea, corto,
claro y sin color, parecido a un cáñamo peinado, le cubría insuficientemente el
cráneo.
Rafaela, una Marsellesa, puta de puertos, jugaba el rol indispensable de
la bella Judía, delgada, con los pómulos salientes enlucidos de maquillaje
rojo. Sus cabellos negros, brillantes como el espinazo de un buey, formaban
unos ganchos sobre sus sienes. Sus ojos hubiesen sido bellos si el derecho no
hubiese estado marcado por una nube. Su nariz arqueada caía sobre una mandíbula
prominente donde dos dientes nuevos, en alto, desentonaban al lado de aquellos,
abajo, que habían tomado al envejecer un tinte oscuro como las maderas viejas.
Rosa
la Jaca, una pequeña bola de carne toda en el vientre con dos piernas
minúsculas, cantaba de la mañana a la noche, con una voz cascada, unos versos
alternativamente obscenos o sentimentales, contaba unas historias interminables
y triviales, no cesaba de hablar callando sólo para comer y de comer sólo para
hablar. Siempre agitada y ágil como una ardilla, a pesar de su gordura y la
exigüidad de sus patas; y su risa, una cascada de gritos agudos, estallaban sin
cesar, aquí, allá, en el dormitorio, en la despensa, en el café, por todos
lados, sin ningún motivo.
Las
dos mujeres de abajo, Luisa, apodada Cocote, y Flora, la columpio porque
cojeaba un poco, la una siempre vestida como La Libertad con una cinta
tricolor, la otra como Fantasía Española con unos cequíes de cobre que danzaban
en su pelo zanahoria con cada uno de sus pasos desnivelados, tenían el aire de
cocineras vestidas para un carnaval. Parecidas a todas las mujeres del pueblo,
ni más feas ni más bonitas, verdaderas sirvientas de posada, se les apodaba en
el puerto bajo el sobrenombre de las dos bombas.
Una
paz celosa, pero raramente perturbada, reinaba entre estas cinco mujeres,
gracias a la sabiduría de conciliación de Madame y a su inextinguible buen
humor.
El
establecimiento, único en la pequeña ciudad, era frecuentado asiduamente.
Madame había dado al lugar una dignidad como si la tuviera; se mostraba tan
amable, tan atenta hacia todo el mundo; su buen corazón era tan conocido, que
una suerte de consideración la rodeaba. Los clientes la invitaban por cuenta de
ellos, exultados cuando ella les expresaba una amistad más marcada; y cuando se
encontraban durante el día por sus quehaceres, se decían “Esta noche, donde tú
sabes”, como diciendo “En el café, ¿no es cierto?, después de comida”. En fin,
La Casa Tellier era una costumbre, y raramente alguno se perdía la cita
cotidiana.
Sin
embargo, una noche, hacia fines del mes de mayo, el primero en llegar, el señor
Poulin, comerciante de maderas y ex alcalde, encontró la puerta cerrada. El
farolito, detrás de su reja, no estaba encendido; ningún ruido salía del
hospedaje, que parecía muerto. Golpeó suavemente la puerta, luego con más
fuerza; nadie respondió. Caminó por la calle lentamente y cuando llegó a la
plaza del mercado se encontró con el señor Duvert, el armador, que se dirigía
en la misma dirección. Regresaron juntos sin mayor éxito. Pero una gran
batahola se escuchó repentinamente detrás de ellos, y a la vuelta de la casa,
vieron un grupo de marineros ingleses y franceses que aporreaban a golpes de
puño las persianas del café.
Los
dos burgueses se fueron inmediatamente para no verse comprometidos, pero un
apagado “psst” los contuvo: era el señor Tournevau, el salador de pescado, que
habiéndoles reconocido, los llamó. Le dijeron la novedad. No había nadie más
afectado que él, casado, padre de familia y muy dominado. No venía más que los
sábados, “securitatis causa”, decía, haciendo referencia a una medida de
control sanitario, que el doctor Borde, su amigo, le había revelado se efectuaba
periódicamente. Era precisamente su noche y de esta manera estaría contenido
por toda la semana.
Los
tres hombres hicieron un gran rodeo hasta el muelle, encontrando en el camino
al joven señor Philippe, hijo de un banquero, un parroquiano, y el señor
Pimpesse, el recaudador de impuestos. Todos juntos regresaron por la calle “de
los Judíos” para hacer una última tentativa. Pero los marineros enardecidos
sitiaban la casa, lanzaban piedras, dando alaridos; los cinco clientes del
primer piso, retornando a su camino lo más pronto posible, comenzaron a vagar por
las calles.
Se
encontraron con el señor Dupuis, agente de seguros, después al señor Vasse,
juez de los tribunales de comercio; e iniciaron un largo paseo que los llevó
primero al rompeolas. Se sentaron en línea sobre el pretil de granito y miraban
rizarse el oleaje. La espuma sobre la cresta de las olas hacía, en la sombra,
blancuras luminosas, extinguiéndose inmediatamente que aparecían, y el ruido
monótono del mar rompiendo contra las rocas se prolongaba en la noche a todo lo
largo del acantilado. Cuando los tristes caminantes hubieron descansado por un
rato, el señor Tournevau dijo:
—Esto
no es divertido.
—No lo
es —respondió el señor Pimpesse, y regresaron abatidos.
Después de bordear la calle que domina la costa y que se llama
“Sous-le-Bois”, regresaron por el puente de madera sobre el “Retenue”, luego
atravesaron la línea del ferrocarril y desembocaron nuevamente en la plaza del
mercado, donde comenzó de repente una discusión entre el recaudador, el señor
Pimpesse, y el salador, el señor Tournevau, a propósito de una seta comestible
que uno de ellos afirmaba haber encontrado en los alrededores.
Los
ánimos estaban agriados por el tedio, quizás habrían llegado a los puños si los
otros no hubiesen intervenido. El señor Pimpesse, furioso, se retiró. Y un
nuevo altercado se produjo entre el ex alcalde, el señor Poulin, y el agente de
seguros, el señor Dupuis, acerca del sueldo del recaudador y los beneficios que
podría procurarse. Los correspondientes insultos volaban de ambos lados, cuando
una tempestad de gritos formidables se desencadenó, y la tropa de marineros,
cansados de esperar en vano ante una casa cerrada, desembocaron en la plaza. Se
tomaban por el brazo, de dos en dos, formando una larga procesión, vociferando
furiosamente. El grupo de burgueses se ocultó bajo un portal, y la horda
aulladora desapareció en dirección a la abadía. Largo tiempo aún se escuchó el
clamor disminuyendo como un trueno que se aleja; y el silencio se restableció.
El
señor Poulin y el señor Dupuis, indignado el uno con el otro, se fueron cada
uno para su lado sin despedirse.
Los
otros cuatro reanudaron la marcha y volvieron a bajar instintivamente hacia el
establecimiento Tellier. Estaba completamente cerrado, mudo, impenetrable. Un
borracho, tranquilo y obstinado, daba pequeños golpes en la vitrina del café,
luego se detenía para llamar en voz baja al camarero Federico. Viendo que no le
contestaban, decidió sentarse en el umbral de la puerta y esperar los
acontecimientos.
Los
burgueses iban a retirarse cuando un grupo bullicioso de hombres del puerto
apareció al final de la calle. Los marineros Franceses berreaban la Marsellesa,
los Ingleses la Rule Britania. Hubo una pateadura general contra los muros,
después la marea de rufianes reanudó su carrera hacia el muelle, donde una
batalla se declaró entre los marinos de ambas naciones. En la reyerta, un
inglés se quebró el brazo y un francés se partió la nariz.
El
borracho, que permanecía delante de la puerta, lloraba ahora como lloran los
borrachines o los niños contrariados.
Finalmente, los burgueses se dispersaron.
Poco a
poco se restableció la calma en la ciudad perturbada. De vez en cuando, aún por
momentos, un ruido de voces se elevaba, para extinguirse en lontananza.
Sólo
un hombre continuaba vagando, el señor Tournevau, el salador, afligido de
esperar hasta el próximo sábado; esperaba algún incidente, no comprendía; lo
exasperaba que la policía dejara cerrar así un establecimiento de utilidad
pública, que supervisa y tiene bajo su tuición.
Regresó husmeando los muros, buscando el motivo; se dio cuenta de que
sobre el toldo estaba pegado un cartel. Encendió rápidamente una cerilla que
alumbró unas palabras en una letra grande y desigual: “Cerrado por primera
comunión”.
Entonces se fue, comprendiendo que no había caso.
El
borracho ahora dormía, tendido a lo largo y atravesado en la inhóspita puerta.
Al día
siguiente, todos los parroquianos, uno después de otro, encontraron motivos
para pasar por la calle con unos papeles bajo el brazo para despistar; con una
mirada furtiva, todos leyeron el anuncio misterioso: “Cerrado por primera
comunión”.
II
Es que
Madame tenía un hermano carpintero radicado en su pueblo natal, Virville, en el
Eure. En los tiempos que Madame era aún posadera en Yvetot, había sostenido en
la pila baustimal a la hija de este hermano que nombraron Constanza, Constanza
Rivet; siendo ella misma una Rivet por su padre. El carpintero, que sabía a su
hermana en buena posición, no la perdía de vista, aunque no se encontrasen a
menudo, retenidos ambos por sus ocupaciones y viviendo además lejos uno de
otro. Pero como la niñita cumplía doce años y hacía este año su primera
comunión, él cogió la ocasión para un reencuentro, y escribió a su hermana que
contaba con ella para la ceremonia. Los ancianos padres habían muerto, ella no
podía negarse a su ahijada; aceptó. Su hermano, que se llamaba José, esperaba
que a fuerza de atenciones llegaría a obtener quizás que dejara un testamento a
favor de la pequeña, porque Madame no tenía niños.
La
profesión de su hermana no le turbaba en absoluto sus escrúpulos y el resto,
las personas del pueblo, no sabían nada. Se decía solamente, cuando se hablaba
de ella, “La señora Tellier es una burguesa de Fécamp”, asumiéndose que podía
vivir de sus rentas. De Fécamp a Virville se contaban menos de veinte leguas;
veinte leguas de tierra para los campesinos son más difíciles de cruzar que el
océano para alguno de la ciudad. La gente de Virville no había jamás pasado más
allá de Rouen; nada atraería a los de Fécamp a un villorrio de quinientos
hogares, perdido en medio de la llanura y que era parte de otro departamento.
En fin, no se sabía nada.
A
medida que la época de la comunión se acercaba Madame sentía una gran
inquietud. No tenía un relevo, y no osaría de ninguna manera dejar su casa, ni
siquiera durante un día. Todas las rivalidades entre las damas de lo alto y de
los bajos estallarían infaliblemente; luego Federico se emborracharía sin duda,
y cuando estaba achispado, fastidiaba a la gente por nimiedades. Por fin se
decidió a llevar a todo el mundo, excepto al camarero, a quien le dio dos días
de licencia.
Consultado, el hermano no hizo ninguna objeción, y se encargó de alojar
a la compañía completa por una noche. Así las cosas, el sábado por la mañana el
tren expreso de las ocho llevaba a Madame y sus compañeras en un vagón de
segunda clase.
Hasta
Beuzeville fueron solas y parlotearon como cotorras. Pero en esta estación
subió una pareja. El hombre, un viejo campesino vestido con una blusa azul, con
un cuello plisado, las mangas amplias ajustadas en los puños y adornadas de un
pequeño bordado blanco, tocado de un antiguo sombrero de copa alta donde el
pelo rojizo parecía cerda, tenía en una mano un inmenso paraguas verde, y en la
otra un canasto grande que dejaba asomar las cabezas alarmadas de tres patos.
La mujer, rígida en su atavío rustico, tenía fisonomía de gallina con una nariz
puntiaguda como un pico. Se sentó al frente de su hombre y permaneció sin
moverse, impresionada de encontrarse en medio de una compañía tan elegante.
Había,
en efecto, dentro del vagón, un resplandor de colores brillantes. Madame toda
en azul, en seda azul de pies a cabeza, llevaba encima un chal de falsa
cachemira francesa, roja, relumbrante, fulgurante. Fernanda resoplaba dentro de
un vestido escocés cuyo corpiño apretado a toda fuerza por sus compañeras
levantaba sus caídos pechos en una doble cúpula siempre agitada que parecía
líquido bajo la ropa.
Rafaela, con un tocado emplumado que simulaba un nido lleno de pájaros,
llevaba un vestido lila, con lentejuelas doradas, con un aire oriental que se
ajustaba a su fisonomía de judía. Rosa la Jaca, con falda rosa de amplios
vuelos, parecía una niña demasiado gorda, una enana obesa; las dos bombas
parecían estar envueltas en ropas extrañas hechas de viejas cortinas de
ventanales, de esas viejas cortinas rococó de la época de la Restauración.
Tan
pronto las damas dejaron de estar solas en el compartimiento, tomaron una
expresión grave, y se pusieron a hablar de cosas relevantes para dar una buena
impresión. Pero en Bolbec apareció un señor con patillas rubias, con unas
sortijas y una cadena de oro, que puso en el portaequipaje sobre su cabeza
muchos paquetes envueltos en tela de hule.
Tenía
un aspecto de bromista y niño bueno. Saludó, sonrió y preguntó con desenfado:
—¿Las
damas cambian de guarnición?
Esta
pregunta dejó en el grupo una confusión embarazosa. Madame, una vez recuperado
el aplomo, respondió secamente, para vengar el honor del gremio:
—Usted
podría ser más educado.
Él se
excusó:
—Perdón, debí decir de convento.
Madame
no encontró nada que replicar, o juzgó que la rectificación era suficiente.
Hizo un saludo digno apretando los labios.
Entonces el señor, que se encontraba entre Rosa la Jaca y el viejo
campesino, se puso a guiñarles los ojos a los tres patos cuyas cabezas salían
del canasto; luego, cuando sintió que había interesado a su publico, comenzó a
hacer cosquillas a los animales bajo el pico, acompañándolo de dichos jocosos
para divertir a la concurrencia:
—Nos
han quitado nuestra la-lagunita ¡Cua! ¡cua! ¡cua! Para encontrarnos con el
asa-asador, ¡Cua! ¡cua! ¡cua!
Los
pobres animales torcían el cuello para evitar las caricias, haciendo ingentes
esfuerzos para salir de su prisión de mimbre; luego, repentinamente, los tres
al mismo tiempo lanzaron un miserable grito de aflicción: “¡Cua! ¡cua! ¡cua!
¡cua!” Entonces hubo una explosión de risas entre las mujeres. Se agachaban, se
empujaban para ver; se interesaron locamente en los patos; y el señor redoblaba
su gracia, su ingenio y sus bromas.
Rosa
se cruzó y se recostó entre las piernas de su vecino, besó a los tres animales
sobre el pico. Inmediatamente cada mujer quiso besarlos a su turno; y el señor
las sentaba sobre sus rodillas, las hacía saltar, las piñizcaba; pronto ya las
tuteaba. Los dos campesinos, más espantados que sus aves, movían sus ojos
enloquecidos sin osar hacer el menor movimiento y sus viejos rostros arrugados
no hacían una sonrisa o una mueca.
Entonces el señor, que era vendedor viajero, ofreció como broma unos
tirantes a las damas, y, tomando uno de sus paquetes, lo abrió. Era una
artimaña, el paquete contenía ligas.
Las
había en seda azul, en seda roja, en seda violeta, en seda malva, en seda
escarlata, con unas hebillas de metal formadas por dos cupidos enlazados y
dorados. Las chicas lanzaron gritos de alegría, luego examinaron el muestrario,
imbuidas de la gravedad natural de toda mujer que palpa un objeto de vestir. Se
consultaban con la mirada o con una palabra cuchicheada, se respondían a sí
mismas, y Madame manipulaba con ansia un par de ligas naranjas, más grandes,
más imponentes que las otras: verdaderas ligas de patrona.
El
señor esperaba, alimentando una idea:
—Vamos, mis gatitas, debemos probarlas —dijo.
Fue
una tempestad de exclamaciones; y ellas se tiraron sus faldas entre sus piernas
como si hubiesen temido una violación. Él, tranquilo, esperaba su hora. Dijo:
—Si
ustedes no quieren, yo reempaco.
Luego
finalmente:
—Yo
regalaría un par, a elección, a las que se probaran.
Pero
ellas no querían, muy dignas, con el talle levantado. Las dos Bombas, sin
embargo, parecían tan tristes que renovó la proposición. Flora Columpio sobre
todo, torturada de deseo, dudaba visiblemente. Él la presionó:
—Vamos, mi hija, un poco de coraje, toma, el par lila, irá bien con tu
vestido.
Entonces se decidió y, levantando su falda, mostró una robusta pierna de
vaquero, con una media burda mal estirada.
El
señor se agachó, abrochó la liga bajo la rodilla primero, después más arriba;
le hacía cosquillas suavemente a la muchacha, para hacerle emitir grititos con
unos bruscos estremecimientos. Cuando terminó, le dio el par lila y dijo:
—¿A
quién le toca?
Todas
gritaron al mismo tiempo:
—¡A
mí! ¡a mí!
Comenzó por Rosa la Jaca, que descubrió una cosa informe, completamente
redonda, sin tobillo, una verdadera “salchicha de pierna”, como decía Rafaela.
Fernanda fue felicitada por el vendedor entusiasmado de sus poderosas
columnas. Las flacas tibias de la bella judía fueron menos exitosas. Luisa
Cocote, por broma, cubrió al señor con su falda, y Madame se sintió obligada a
intervenir para terminar con esa farsa embarazosa. Por fin la propia Madame
estiró su pierna, una bella pierna Normanda, gruesa y musculosa; y el vendedor,
sorprendido y encantado, se sacó galantemente su sombrero para saludar aquella
ejemplar pantorrilla, como un verdadero caballero francés.
Los
dos campesinos, paralizados, inmovilizados por el estupor, miraban de lado, con
un solo ojo; se parecían tanto a los pollos que el hombre de las patillas
rubias, parándose, les hizo en la nariz “Co co ro có”, desatándose de nuevo un
huracán de risas.
Los
viejos se bajaron en Motteville, con su canasto, sus patos y su paraguas; y se
escuchó a la mujer decir a su marido al alejarse:
—Son
pécoras que van a ese diabólico París.
El
simpático vendedor Porteballe se bajó en Rouen, después de comportarse tan
grosero que Madame se vio obligada a ponerlo bruscamente en su lugar. Agregó
como moraleja:
—Nos
enseña a no hablar con el primero que venga.
En
Oissel cambiaron de tren, y en la estación siguiente encontraron al señor José
Rivet que les esperaba con una carreta grande llena de asientos y tirada por un
caballo blanco.
El
carpintero besó educadamente a todas las damas y les ayudó a subir en su
carreta. Tres se sentaron sobre las tres sillas del fondo; Rafaela, Madame y su
hermano sobre los tres asientos de adelante; y Rosa no halló dónde sentarse,
instalándose como pudo en las rodillas de la gran Fernanda; luego el equipaje
se puso en marcha. Pero muy pronto, el trote brusco del caballo sacudía tan
violentamente el vehículo que las sillas comenzaron a bailar, tirando las pasajeras
al aire, a la derecha, a la izquierda, con unos movimientos de peleles, de
muecas de alarma, de gritos de terror, combinado de vez en cuando con unas
sacudidas más fuertes. Se aferraron a los costados del vehículo; los sombreros
caídos en la espalda, sobre la nariz o hacia los hombros; y el caballo blanco
iba siempre, alargando la cabeza, la cola erecta, una colita de ratón sin pelo
con la cual se golpeaba las ancas de vez en cuando. José Rivet, con un pie
apoyado en el pescante, la otra pierna replegada sobre sí mismo, los codos muy
elevados, sostenía las riendas, y de su garganta escapaban constantemente una
suerte de cloqueo que hacía parar las orejas al jaco, y apurar su trote.
De
ambos lados del camino la campiña verde se desbordaba. Las colzas en flor
mostraban de trecho en trecho un mantel amarillo ondulante de donde se elevaba
un saludable y fuerte aroma, un perfume penetrante y dulce, transportado desde
muy lejos por el viento. Entre el centeno ya crecido unos arándanos mostraban
sus pequeñas cabezas azul celeste que las mujeres quisieron recoger, pero el
señor Rivet no quiso detenerse.
Luego,
de vez en cuando, un campo todo entero parecía regado de sangre de tanto que
las amapolas lo habían invadido. Y al medio de esas praderas coloreadas así por
las flores de la tierra, la carreta, que pasaba llevando ella misma un ramo de
flores de colores más ardientes, pasaba al trote del caballo blanco,
desapareciendo detrás de los grandes árboles de una granja, para reaparecer al
fondo del follaje y caminar de nuevo a través de los campos amarillos y verdes,
salpicados de rojo o de azul, la brillante carretada de mujeres que huían bajo
el sol.
Dieron
la una cuando llegaron a la puerta del carpintero.
Estaban exhaustas y pálidas de hambre, no habían tomado nada desde la
salida. La señora Rivet se abalanzó, las hizo descender una después de la otra,
las besaba inmediatamente que tocaban tierra; y no perdía oportunidad de besar
a su cuñada, que quería acaparar. Comieron en el taller desocupado de las mesas
de trabajo por el almuerzo del día siguiente.
Una
tortilla francesa casera seguida de una carne asada, regada de buena sidra
burbujeante, devolvió la alegría a todo el mundo. Rivet, para brindar, tenía
tomado un vaso, y su mujer servía, cocinaba, traía los platos, los retiraba,
murmuraba en la oreja de cada una “¿No quiere un poco más?” Una pila de tablas
apoyadas en las paredes y unos montoncitos de virutas barridos en la esquina
despedían un perfume de madera cepillada, un olor a carpintería, esa inhalación
resinosa que penetra al fondo de los pulmones.
Preguntaron por la pequeña pero estaba en la iglesia, no regresó hasta
la tarde.
El
grupo salió para hacer un paseo por el pueblo. Era un pueblito atravesado por
una calle ancha. Una decena de casas en fila a lo largo de esta única vía
cobijaba a los comerciantes del lugar, el carnicero, el abacero, el carpintero,
el tabernero, el zapatero y el panadero. La iglesia al fondo de esta suerte de
calle estaba rodeada de un estrecho cementerio; y cuatro tilos inmensos,
plantados delante de su portal, la ensombrecían completamente. Estaba construida
en pedernal tallado, sin ningún estilo, y coronada de un campanario de pizarra.
Detrás de ella la campiña volvía a aparecer, recortada, aquí y allá por
arboledas escondiendo las granjas.
Rivet,
por etiqueta, aunque vestía ropa de trabajo, daba el brazo a su hermana que
paseaba majestuosamente. Su mujer, muy emocionada por el vestido de lentejuelas
doradas de Rafaela, se ubicó entre ella y Fernanda. Rosa la glotona trotaba
detrás con Luisa la Cocote y Flora Columpio, que cojeaba, extenuada.
Los
vecinos salían a las puertas, los niños detenían sus juegos, una cortina
levantada dejó entrever una cabeza tocada de un gorro de indiana; una vieja con
muleta y casi ciega se santiguó como al paso de una procesión; y todos seguían
mirando por largo tiempo a las hermosas damas de la ciudad que habían venido de
tan lejos para la primera comunión de la pequeña de José Rivet. Una inmensa
consideración recaía sobre el carpintero.
Al
pasar delante de la iglesia, escucharon los cantos de los niños: un cántico
gritado hacia el cielo por unas vocecitas agudas; pero Madame les impidió
entrar, para no perturbar a aquellos querubines.
Después de un paseo por la campiña, y después de enumerar las
principales propiedades, el rendimiento de la tierra y la producción de ganado,
José Rivet retornó a su rebaño de mujeres y lo instaló en sus alojamientos.
Como
el lugar era muy pequeño, se les había repartido de dos en dos en las
habitaciones.
Rivet,
por esta vez, dormiría en el taller sobre las virutas; su mujer compartiría su
cama con su cuñada, y en el dormitorio del lado, Fernanda y Rafaela
descansarían juntas, Luisa y Flora se encontraban instaladas en la cocina sobre
unos colchones tirados en el suelo y Rosa ocupaba un pequeño clóset negro al
lado de la escalera, encontrado con un armario estrecho donde yacería esa noche
la comulgante.
Cuando
la niña regresó, le llegó una lluvia de besos; todas las mujeres la querían
acariciar, con esa necesidad de expansión tierna, esa actitud profesional de
cariño, que en el vagón les había hecho a todas besar los patos. Cada una la
sentó en sus rodillas, manosearon sus finos cabellos rubios, la estrecharon en
sus brazos con ímpetus de afección vehemente y espontáneos. La niña muy
prudente, compenetrada de piedad, como inconmovible por la absolución, se dejaba
hacer, paciente y contemplativa.
Como
la jornada había sido agotadora para todos, se acostaron muy pronto después de
cenar. Ese silencio infinito de los campos envuelve al pueblito de una manera
casi religiosa, es un silencio quieto, penetrante y extenso hasta las
estrellas. Las muchachas, acostumbradas a las tumultuosas veladas del hotel
galante, se sentían emocionadas por este silencio de descanso de la campiña
dormida. Tenían escalofríos en la piel, no de frío, sino estremecimientos de soledad
que provenían de un corazón inquieto y turbado.
En
seguida que se acostaron, de dos en dos, se abrazaron como para protegerse de
esta invasión de calma y profundo sueño de la tierra. Pero Rosa la Jaca, sola
en su clóset negro, y poco acostumbrada a dormir con los brazos vacíos, se
sentía embargada por una emoción vaga y dolorosa. Se revolvía en su cama sin
poder dormir, cuando escuchó, detrás del tabique de madera pegada a su cabeza,
unos débiles sollozos como los de un niño que llora. Temerosa, llamó débilmente,
y una vocecita entrecortada la respondió. Era la niña que dormía siempre en el
dormitorio de su madre; tenía miedo en su desván estrecho. Rosa, encantada, se
levantó, y suavemente, para no despertar a nadie, fue a buscar a la niña. La
trajo a su cama cálida, la apretujó contra su pecho en un abrazo, la mimó, la
envolvió de su ternura de manifestaciones exageradas, luego, ya calmada, se
durmió. Al amanecer la comulgante reposaba su frente sobre el seno desnudo de
una prostituta.
A las
cinco, al Ángelus, la pequeña campana de la iglesia sonando a todo repique
despertó a estas damas que dormían normalmente la mañana entera, único descanso
de sus fatigas nocturnas. Los campesinos de la aldea estaban ya en pie. Las
mujeres del lugar iban afanosas de puerta en puerta, charlando animosamente,
llevando con cuidado unos vestidos cortos de muselina almidonada como cartón, o
unos cirios enormes, con un lazo de seda con franjas de oro en el medio. El sol
ya alto brillaba en un cielo completamente azul que mantenía en el horizonte un
tinte un poco rosado, como una huella tenue de la aurora. Familias de gallinas
se paseaban delante de sus casas, y, de vez en cuando, un gallo negro de cuello
brillante levantaba su cabeza coronada de púrpura, batía las alas, y lanzaba al
viento su canto de bronce que repetían los otros gallos.
Llegaron unos carruajes de los municipios vecinos, descargando en las
pisaderas de las puertas las altas normandas en vestidos oscuros, con el chal
cruzado sobre el pecho afirmado por una joya de plata antiquísima. Los hombres
habían puesto el guardapolvo azul sobre la levita o sobre el viejo vestido de
tela verde cuyos faldones asomaban por debajo.
Cuando
los caballos estuvieron en las pesebreras, había a lo largo de todo el ancho
camino una doble línea de cacharros rústicos, carretas, cabrioles, tílburis,
carros con asientos, coches de todas las formas y de todas las edades, apoyados
de punta o bien con el culo por tierra y los varales al cielo.
La
casa del carpintero estaba llena de una actividad de colmena. Las damas en bata
y enagua, el pelo suelto sobre la espalda, unos cabellos ralos y cortos que se
diría descoloridos y raídos por el uso, se ocupaban de vestir a la niña.
La
pequeña, de pie sobre una mesa, no se movía, mientras que Madame Tellier
dirigía su batallón volante. La lavaron, la peinaron, le pusieron la toca, la
vistieron y con la ayuda de muchos alfileres ordenaron los pliegues del traje,
ajustaron el talle demasiado ancho, arreglaron la elegancia del atuendo. Luego
que terminaron, se hizo sentar la paciente recomendándole no moverse; y la
tropa de mujeres nerviosas corrieron a ataviarse a su vez.
La
pequeña iglesia volvía a llamar. Su tañido débil de campana pobre ascendía
perdiéndose en el cielo, como una voz demasiado feble, rápidamente ahogada en
la inmensidad azulada.
Las
comulgantes salían de sus casas, dirigiéndose hacia el edificio comunal que
contenía las dos escuelas y la alcaldía, situado a un extremo del pueblo,
mientras que “la casa de Dios” estaba al otro extremo.
Los
parientes, de gala pero con una expresión incómoda y unos movimientos torpes de
cuerpos siempre encorvados sobre el trabajo, seguían a sus retoños. Las niñas
desaparecían en una nube de tul blanco parecido a la crema batida, mientras que
los niños parecían embriones de camareros de café, caminaban con las piernas
separadas para no manchar sus pantalones negros.
Era un
honor para la familia cuando un gran número de parientes, venidos de lejos,
rodeaba al niño: de esta manera el triunfo del carpintero era completo. El
regimiento Tellier, patrona a la cabeza, seguía a Constanza; el padre daba el
brazo a su hermana, la madre caminaba al lado de Rafaela, Fernanda con Rosa, y
las dos Bombas juntas, la tropa se desplegaba majestuosamente como un estado
mayor en uniforme de parada.
El
efecto en el pueblo fue pasmoso.
En la
escuela las niñas se organizaron bajo la toca de la monja y los muchachos bajo
el sombrero del profesor, un hombre buen mozo que se las traía; partieron
atacando un cántico.
Los
niños a la cabeza formaban sus dos filas entre las dos líneas de coches sin
caballos; las niñas seguían en el mismo orden; como todos los vecinos habían
cedido el paso a las damas de la ciudad por respeto, ellas quedaron
inmediatamente detrás de los pequeños, prolongando aún más la línea de la
procesión, tres a la izquierda y tres a la derecha, con sus atavíos brillantes
como un ramillete de fuegos artificiales.
Su
entrada en la iglesia enloqueció a la población. Se empujaban, se daban vuelta,
se empinaban por verlas. Y las devotas hablaban demasiado alto, estupefactas
por el espectáculo de estas damas más engalanadas que las casullas de los
cabildos. El alcalde ofreció su banca, la primera banca a la derecha junto al
coro, y Madame Tellier se ubicó junto a su cuñada, Fernanda y Rafaela. Rosa la
Jaca y las dos Bombas ocuparon la segunda banca junto al carpintero. El coro de
la iglesia estaba lleno de niños de rodilla, las niñas a un lado y los niños al
otro, y los largos cirios que sostenían en sus manos parecían lanzas inclinadas
en todas direcciones.
Ante
el facistol, tres hombres de pie cantaban a toda voz. Prolongaban
interminablemente las sílabas del latín sonoro, eternizando los amén con unas
a-a indefinidas que el serpentón sostenía con su nota monótona impelida sin
fin, bramado por el instrumento de cobre de ancho hocico. La voz aguda de un
niño replicaba, y de vez en cuando, un sacerdote sentado en un sitial y tocado
con una birreta cuadrada se levantó, barbullando alguna cosa y sentándose de
nuevo, mientras que los tres cantores comenzaban nuevamente, los ojos fijos
sobre el grueso libro de cantos abierto ante ellos y sostenido por las alas
desplegadas de un águila de madera montada sobre el pedestal.
Luego
se hizo un silencio. Todos los presentes al mismo tiempo se pusieron de
rodillas, apareció el oficiante, anciano, venerable, con su pelo blanco,
inclinado sobre el cáliz que sostenía en su mano derecha. Delante de él
caminaban los dos monaguillos en sotanas rojas, y detrás apareció una
muchedumbre de cantores con gruesos zapatos que se alinearon a ambos lados del
coro.
Una
campanilla sonó en medio de un gran silencio. El oficio divino comenzaba. El
sacerdote circuló lentamente delante del tabernáculo de oro, hizo unas
genuflexiones, salmodió con una voz cascada, temblorosa de vejez, las oraciones
preparatorias. En cuanto se callaba, todos los cantores y el serpentón rompían
al unísono, y los hombres también cantaban en la iglesia, con una voz más
callada, más humilde, como deben cantar los feligreses.
De
pronto el Kyrie Eleison saltó hacia el cielo, empujado por todos los pechos y
los corazones. Unos granitos de polvo y fragmentos de madera carcomida cayeron
incluso de la antigua bóveda sacudida por esta explosión de gritos. El sol que
golpeaba sobre las tejas del techo hacía un horno de la pequeña iglesia; una
gran emoción, una expectante ansiedad, la proximidad del inefable misterio,
oprimía el corazón de los niños, apretando la garganta de sus madres.
El
sacerdote, que se había sentado un rato, volvió hacia el altar, y, la cabeza
descubierta, cubierta de sus cabellos de plata, con unos gestos trémulos, se
acercaba al acto sobrenatural.
Se
volvió hacia los fieles, y, con las manos extendidas hacia ellos, pronunció:
“Orate, fratres, orad mis hermanos”. Todos oraron. El anciano cura balbucía las
palabras misteriosas y supremas; la campanilla tintineó repetidamente, la
muchedumbre prosternada clamaba a Dios; los niños caían en una intensa
ansiedad.
Fue
entonces cuando Rosa, la frente en sus manos, se acordó de repente de su madre,
la iglesia de su pueblo, su primera comunión. Se creyó de vuelta a aquel día
cuando era pequeña, toda envuelta en su vestido blanco, y se puso a llorar.
Lloró quedamente primero; las lágrimas lentamente salían de sus párpados, luego
con sus recuerdos, su emoción en aumento, y, el cuello hinchado, el pecho
palpitando, sollozó. Había sacado su pañuelo, secado sus ojos, se tapaba la
nariz y la boca para no gritar; todo fue en vano; una especie de gemido salió
de su garganta, y otros dos suspiros profundos, desgarradores, le respondieron;
porque sus dos vecinas, abatidas junto a ella, Luisa y Flora, cogidas de los
mismos recuerdos lejanos gemían también con torrentes de lágrimas.
Como
las lágrimas son contagiosas, Madame, a su vez, sintió pronto sus párpados
húmedos, y se volvió hacia su cuñada. Vio que toda su banca lloraba también.
El
sacerdote engendraba el cuerpo de Dios. Los niños ya no pensaban, lanzados
sobre las baldosas por una especie de miedo devoto, y, en la iglesia, de tanto
en tanto, una mujer, una madre, una hermana, tomada por la extraña simpatía de
tiernas emociones, perturbadas también por estas hermosas damas de rodillas que
se estremecían de emoción e hipos, empapaban sus pañuelos de indiana a cuadros
y con la mano izquierda apretaban violentamente su corazón desbocado.
Como
la pavesa que salta esparce el fuego a través de un sembrado maduro, las
lágrimas de Rosa y sus compañeras se extendieron a toda la concurrencia.
Hombre, mujeres, viejos, jóvenes en blusón nuevo, todos pronto sollozaban, y
sobre sus cabezas parecía flotar una cosa sobrehumana, un alma expandida, el
hálito prodigioso de un ser invisible y todopoderoso.
Entonces, en el coro de la iglesia, un pequeño golpe seco sonó: la
monja, golpeando sobre su libro, dio la señal de la comunión; y los niños,
temblando de una fiebre divina, se aproximaron a la santa mesa.
Toda
una fila se arrodilló. El anciano cura, sosteniendo en la mano el cáliz de
plata dorado, pasaba delante de ellos su ofrenda: entre dos dedos, la hostia
sagrada, el cuerpo de Cristo, la redención del mundo. Ellos abrían la boca con
unos espasmos, unas muecas nerviosas, los ojos cerrados, la cara totalmente
pálida; y la lengua plana extendida sobre sus barbillas temblorosas como el
agua que corre.
Súbitamente en la iglesia una suerte de locura, un rumor de muchedumbre
en delirio, una tempestad de suspiros con unos gritos contenidos. Pasaba como
esas ráfagas de viento que abaten los bosques; y el sacerdote permanecía de
pie, inmóvil, una hostia en la mano, paralizado por la emoción, diciendo:
—Es
Dios, es Dios que está entre nosotros, que manifiesta su presencia, que
desciende a mi voz sobre su pueblo arrodillado.
Y
balbució unas oraciones atolondradas, sin encontrar las palabras; unas
plegarias del alma, en un ímpetu furioso hacia el cielo.
Terminó de dar la comunión con tanta sobreexcitación de fe que sus
piernas casi no lo sostenían, y cuando él mismo bebió la sangre del Señor, se
sumergió en un acto de agradecimiento desesperado.
Detrás
de él la gente, poco a poco, se calmó. Los cantores, elevados por la dignidad
de la sobrepelliz blanca, replicaban con una voz menos segura, aún húmeda; y el
serpentón también parecía ronco como si el instrumento mismo hubiese llorado.
Entonces el sacerdote levantó las manos, en un signo de que se quedaran
quietos, y pasando entre las dos filas de comulgantes perdidos en éxtasis de
bondad, se aproximó a la baranda del coro.
La
asamblea estaba sentada en medio de un ruido de asientos, y todos se sonaban
con fuerza. Cuando percibieron al cura, se hizo un silencio. Comenzó a hablar
en un tono muy bajo, vacilante, velado.
—Mis
queridos hermanos, mis queridas hermanas, mis niños, estoy agradecido desde el
fondo del corazón: Me han dado la más grande alegría de mi vida. Sentí que Dios
descendió sobre nosotros a mi llamado. Él vino, está presente, llenó vuestras
almas, hizo desbordar vuestros ojos. Soy el más antiguo sacerdote de la
diócesis, soy también, hoy día, el más feliz. Un milagro se ha hecho entre
nosotros, un verdadero, un gran, un sublime milagro. Mientras Jesucristo penetraba
por primera vez en el cuerpo de estos pequeños, el Espíritu Santo, la paloma
celeste, el soplo de Dios, cayó sobre vosotros, se apoderó de vosotros, ustedes
se abrazaron, doblegados como cañas ante la brisa.
Luego,
con una voz más clara, se volvió hacia las dos bancas donde se encontraban las
invitadas del carpintero:
—Gracias sobre todo a ustedes, mis queridas hermanas, que han venido de
tan lejos, y cuya presencia entre nosotros, cuya fe visible, cuya piedad tan
viva ha sido para todos un saludable ejemplo. Ustedes han sido la edificación
de mi parroquia; vuestra emoción ha enfervorizado los corazones; sin ustedes,
puede ser, esta gran jornada no habría sido de este carácter verdaderamente
divino. Ha sido suficiente algunas veces sólo de una pequeña elite para decidir
al Señor a descender sobre el rebaño.
Se le
quebró la voz. Agregó:
—Es la
gracia que yo anhelo. Así sea.
Y se
volvió hacia el altar para terminar el oficio.
Ahora
todos tenían prisa por salir. Los propios niños se movían, cansados de la
prolongada tensión espiritual. Estaban famélicos, por lo demás, y los
parientes, poco a poco, se iban, sin escuchar el último evangelio, para
terminar los preparativos de la comida.
Era
una muchedumbre a la salida, una muchedumbre bulliciosa, una mezcla de voces
ruidosas donde cantaba el acento normando. La gente formaba dos filas, y cuando
aparecían los niños, cada familia se precipitaba al suyo.
Constanza se encontró tomada, rodeada, abrazada por toda la familia de
mujeres. Rosa, sobre todas, no dejaba de abrazarla. Finalmente, ella la tomó de
una mano, Madame Tellier se apoderó de la otra; Rafaela y Fernanda levantaban
su larga falda de muselina para que no la arrastrara por el polvo; Luisa y
Flora cerraban la marcha con la señora Rivet; y la niña, recogida, penetrada
totalmente por el Dios que ella portaba, se puso en camino en medio de esta
escolta de honor.
El
banquete estaba servido en el taller sobre grandes planchas sostenidas por unos
caballetes.
La
puerta abierta, dando sobre la calle, dejaba entrar toda la alegría del pueblo.
Se festejaba en todas partes. En cada ventana se veía unas mesas de gente
endomingada, y unos gritos salían de las casas en fiesta. Los campesinos, en
brazos de camisa, bebían sidra vaciando las copas al seco, y en medio de cada
reunión se veían dos niños, aquí dos niñas, allá dos muchachos, comiendo en
cada una dos familias.
De vez
en cuando, bajo el pesado calor de mediodía, una carreta de bancos atravesaba
el lugar al trote saltarín de un viejo rocín, y el hombre en blusón que
conducía lanzaba una mirada de envidia sobre todo este despliegue de fiesta.
En la
casa del carpintero la alegría guardaba un cierto aire de reserva, un resto de
la emoción de la mañana. Rivet bebía sin medida. Madame Tellier miraba la hora
a cada rato, porque para no tomar dos días seguidos sin trabajar debían tomar
el tren de las 3:55 que las dejaría en Fécamp por la noche.
El
carpintero hacía toda clase de esfuerzos para distraer la atención y
mantenerlas hasta el día siguiente; pero Madame no se dejaba distraer; ella
nunca bromeaba cuando se trataba de negocios.
Inmediatamente terminado el café, ordenó a sus asiladas se prepararan
rápidamente; luego se volvió a su hermano:
—Tú,
te vas a aparejar ahora —y se fue a terminar sus últimos preparativos.
Cuando
bajó, su cuñada la esperaba para hablar acerca de la pequeña; y mantuvieron una
larga conversación en la cual nada se resolvió. La campesina astuta, falsamente
enternecida, y Madame Tellier, que tenía a la niña en sus rodillas, no se
comprometía a nada, prometía vagamente; se ocuparía de ella, había tiempo, se
volverían a ver.
Mientras tanto el coche no llegaba, y las mujeres no bajaban; se
escuchaban grandes risotadas, empujones, explosiones de gritos, aplausos.
Entonces, mientras la esposa del carpintero se dirigía al establo para ver si
el vehículo estaba listo, Madame finalmente subió.
Rivet,
muy borracho y a medio desvestir, trataba, pero en vano, de violentar a Rosa
que se moría de la risa. Las dos Bombas lo retenían por los brazos, tratando de
calmarlo, espantadas por esta escena después de la ceremonia de la mañana; pero
Rafaela y Fernanda lo incitaban, retorcidas de jolgorio, se mantenían a los
lados; lanzaban gritos agudos a cada uno de los esfuerzos inútiles del
borrachín. El hombre furioso, la cara roja, todo desguañangado, sacudía con
violentos esfuerzos las dos mujeres aferradas a él, y tiraba con todas sus
fuerzas las faldas de Rosa farfullando “¿Puta, no quieres?” Pero Madame,
indignada, saltó, tomó a su hermano por los hombros, y lo tiró hacia atrás tan
violentamente que fue a golpear contra el muro.
Un
minuto más tarde, se le escuchó en el patio, bombeándose agua en la cabeza;
cuando subió a su carreta, estaba totalmente calmado.
Se
pusieron en camino como en la víspera, y el caballito blanco comenzó su paso
vivo y danzarín.
Bajo
el sol ardiente, la alegría dormida durante la comida se liberó. Las muchachas
se divertían ahora de las sacudidas del cacharro, empujando ellas mismas las
sillas de sus vecinas, estallando de risa en todo momento, recordando las vanas
tentativas de Rivet.
Una
luz salvaje llenaba los campos, una luz que enceguecía los ojos; y las ruedas
levantaban dos polvaredas que volaban largo tiempo detrás de la carreta sobre
la gran vía.
De
repente Fernanda, que amaba la música, suplicó a Rosa que cantara; ella entonó
vigorosamente “El gordo cura de Meudon”. Pero Madame inmediatamente la hizo
callar, encontrando que era una canción poco conveniente para ese día. Agregó:
—Cántanos mejor alguna cosa de Béranger.
Entonces Rosa, después de haber dudado algunos segundos, hizo su
elección y con una voz cansada comenzó “La abuela”:
Mi abuela, un día de su santo,
tras beber dos dedos de vino puro,
nos decía, meneando la cabeza:
¡cuántos enamorados tuve en tiempos!
¡Cómo echo de menos
mis brazos rollizos
mi pierna torneada
y el tiempo perdido!
Y el
coro de muchachas, que Madame personalmente dirigía, replicaba:
¡Cómo echo de menos
mis brazos rollizos
mi pierna torneada
y el tiempo perdido!
—¡Eso
está bueno!—dijo Rivet, entusiasmado por el ritmo; y Rosa continuó:
¿Cómo, mamá, ¿no era usted formal?
—No, realmente, y a los quince años
aprendí yo sola a usar mis encantos
porque, de noche, no dormía.
Todos
juntos coreaban el estribillo; Rivet golpeaba con el pie el pescante, llevaba
el ritmo con las riendas sobre las ancas del caballito blanco quien, como si
hubiera sido impulsado por el ritmo, se puso al galope, un galope tempestuoso,
precipitando a las damas unas sobre las otras en el fondo de la carreta.
Ellas
se pusieron a reír como unas locas. Y la canción continuó, vociferada a grito
pelado a través de la campiña, bajo un cielo abrasador, en medio de unos
cultivos maduros, al paso furioso del caballito que aceleraba ahora a cada
repetición del estribillo, y picaba cada vez cien metros de galope, con gran
alegría de los viajeros.
De vez
en cuando, algún cantero se enderezaba, y miraba a través de su máscara de
alambres a esta carreta furiosa y rugiente, seguida por la polvareda.
Cuando
descendieron en la estación, el carpintero se emocionó:
—Es
una pena que ustedes se vayan, lo habríamos pasado muy bien.
Madame
le respondió sensatamente:
—Cada
cosa a su tiempo, no puede ser siempre solo diversión.
Entonces una idea iluminó la mente de Rivet.
—Vean,
yo las iré a ver a Fécamp el mes próximo —dijo.
Miró a
Rosa con un aire astuto, con ojos brillantes y de granuja.
—Vamos
—concluyó Madame—, hay que ser bueno: Puedes venir si tú quieres, pero no hagas
tonterías.
No
respondió, y como se escuchó silbar al tren, se puso a besar a todas. Cuando le
tocó a Rosa, se empeñó en encontrar su boca que ella, riendo detrás de sus
labios cerrados, lo evitaba cada vez con un rápido movimiento de lado. La tenía
abrazada; pero no podía lograrlo, debido a su gran látigo que tenía en su mano
y que en sus esfuerzos agitaba desesperadamente tras la espalda de la muchacha.
—Los
pasajeros para Rouen, embarcarse —gritó el asistente del conductor. Se
subieron.
Un
corto pitido se escuchó, repetido enseguida por el resoplido potente de la
locomotora que escupió ruidosamente su primer chorro de vapor mientras las
ruedas comenzaban a rodar lentamente con gran esfuerzo.
Rivet,
solo en el interior de la estación, corrió al andén para ver una vez más a
Rosa; y a medida que el carro lleno de mercancía humana pasaba delante de él,
se puso a restallar el látigo, saltando y cantando con todas sus fuerzas:
¡Cómo echo de menos
mis brazos rollizos
mi pierna torneada
y el tiempo perdido!
Luego
miraba perderse a lo lejos un pañuelo blanco que alguien agitaba.
III
Durmieron hasta que llegaron, con un sueño apacible de conciencias
satisfechas; y cuando entraron al albergue, refrescadas, descansadas para el
trabajo de la noche, Madame no tuvo empacho en decir:
—Es lo
de menos, ya me aburría esa casa.
Cenaron pronto, y cuando se hubieron puesto los trajes de combate
esperaron a los clientes habituales; y el pequeño farol iluminaba, el pequeño
farol de virgen, indicando a los transeúntes que en la majada estaba de vuelta
el rebaño.
En un
abrir y cerrar de ojos la noticia se difundió, no se supo cómo, no se supo por
qué el señor Philippe, el hijo del banquero, tuvo la amabilidad de avisar por
un mensajero al señor Tournevau, prisionero en su familia.
El
salador tenía justamente cada domingo varios primos a cenar, estaban en el café
cuando un hombre se presentó con un mensaje en la mano. El señor Tournevau, muy
nervioso, rompió el sobre y se puso pálido: No había más que estas palabras
trazadas con un lápiz: “El cargamento de bacalao regresó; el barco entró a
puerto; buen negocio para usted. Venga rápido”.
Buscó
en sus bolsillos, dio veinte centavos al mensajero y enrojeciendo hasta las
orejas dijo:
—Es
necesario, debo salir.
Le
entregó a su mujer la esquela lacónica y misteriosa. Llamó, luego, cuando
apareció la sirvienta:
—Mi
abrigo, pronto, rápido y mi sombrero.
Apenas
estuvo en la calle se puso a correr silbando una melodía, y el camino le
parecía dos veces más largo de tanto que era su impaciencia.
El
establecimiento Tellier tenía un aire festivo. En el piso bajo las voces
ruidosas de los hombres del puerto hacían un ensordecedor griterío. Luisa y
Flora no sabían a quién atender, bebían con uno, bebían con otro, mereciendo
más que nunca sus sobrenombres de “las dos Bombas”. Se las llamaba de todas
partes a la vez; no daban abasto para el trabajo, y la noche para ellas se
anunciaba ajetreada.
La
tertulia del primero estuvo completa a las nueve. El señor Vasse, el juez del
tribunal de comercio, el pretendiente habitual pero platónico de Madame,
conversaba muy bajito con ella en una esquina; y sonreían ambos como si a un
entendimiento se hubiera llegado esta vez. El señor Poulin, el ex alcalde,
tenía a Rosa a caballo en sus piernas; y ella nariz con nariz con él, pasaba
sus manos cortas por las patillas blancas del viejecillo. Un extremo de muslo
desnudo sobresalía por debajo de la falda de seda amarilla levantada, cortando
el paño negro del pantalón, y las medias rojas estaban sujetas por unas ligas
azules, regalo del vendedor viajero.
La
gorda Fernanda, tendida sobre el sofá, tenía los dos pies sobre la barriga del
señor Pimpesse, el recaudador de impuestos, y el torso sobre el chaleco del
joven señor Philippe, del cual colgaba al cuello su mano derecha, mientras en
la izquierda tenía un cigarrillo.
Rafaela parecía estar en tratos con el señor Dupuis, el agente de
seguros, y ella terminaba la conversación con estas palabras:
—Sí,
mi amor, esta noche, está bien.
Luego
hizo sola un pie de vals rápido a través del salón:
—Esta
noche todo lo que quieran —gritó ella.
La
puerta se abrió bruscamente y el señor Tournevau apareció. Unos gritos de
entusiasmo estallaron: ¡Viva Tournevau! Y Rafaela, que seguía girando, fue a
caer sobre su corazón. Él la tomó en un abrazo formidable, y sin decir una
palabra, la levantó del piso como a una pluma, atravesó el salón, llegó a la
puerta del fondo, y desapreció en las escaleras a los dormitorios con su fardo
viviente, en medio de aplausos.
Rosa
que excitaba al ex alcalde, lo besaba una y otra vez y le tiraba sus dos
patillas al mismo tiempo para mantener derecha su cabeza, aprovechando el
ejemplo:
—Vamos, haz como él —decía.
Entonces el viejecillo se levantó y, ajustándose el chaleco, siguió a la
muchacha buscando en su bolsillo donde dormía su dinero.
Fernanda y Madame quedaron solas con los cuatro hombres, y el señor
Phillippe gritó:
—Yo
pago la champaña. Madame Tellier, envíe a buscar tres botellas.
—Entonces Fernanda, abrazándolo, le dijo al oído:
—¿Bailemos, quieres?
Él se
levantó, y, sentándose delante de la espineta centenaria, dormida en una
esquina, hizo salir un vals, un vals ronco, lloroso, del vientre plañidero del
instrumento. La muchacha gorda abrazó al recaudador, Madame se abandonó en los
brazos del señor Vasse, y las dos parejas giraban intercambiándose besos. El
señor Vasse, que había sido antaño un gran bailarín, hacía figuras, y Madame le
miraba con ojos cautivadores, con esos ojos que responden “sí, un sí”, más
discreto y más delicioso que una palabra.
Federico trajo el champaña. El primer corcho saltó y el señor Phillipe
hizo la invitación a una contradanza.
Los
cuatro bailarines la danzaron a la manera acostumbrada, adecuadamente,
dignamente, con afectación, reverencias y saludos.
Después se pusieron a beber. Entonces el señor Tournevau volvió,
satisfecho, confortado, radiante. Gritó:
—No sé
qué le pasa a Rafaela, pero ella está perfecta esta noche.
Luego,
cuando le pasaron una copa, lo bebió de un trago murmurando “Caramba, esto sí
que es lujo”.
Sobre
la marcha, el señor Phillipe inició una ágil polca, y el señor Tournevau se
abrazó con la bella judía que tenía en el aire, sin dejar que sus pies tocaran
el suelo. El señor Pimpinesse y el señor Vasse habían vuelto con un renovado
impulso. De vez en cuando una de las parejas se paraba delante de la chimenea
para embucharse una copa de vino espumoso; el baile amenazaba con eternizarse,
cuando Rosa entornó la puerta con una palmatoria en la mano. Estaba con el pelo
suelto, pantuflas, en bata de noche, animadísima, toda arrebolada:
—Quiero bailar —gritó.
Rafaela preguntó:
—¿Y tú
tío?
Rosa
exclamó:
—¿Él?
Duerme ya, él se duerme enseguida.
Cogió
al señor Dupuis que estaba libre sobre el diván, y la polca se reanudó.
Pero
las botellas estaban vacías. “Yo pago una”, dijo el señor Tourmevau. “Yo
también”, anunció el señor Vasse. “Lo mismo yo”, concluyó el señor Dupuis.
Entonces todos aplaudieron.
La
fiesta estaba armada. De vez en cuando, Luisa y Flora subían rápidamente,
hacían una apresurada vuelta de vals, mientras que sus clientes, abajo, se
impacientaban; luego volvían corriendo a su café, con el corazón henchido de
pena.
A
medianoche se bailaba aún. Algunas veces una de las muchachas desaparecía, y
cuándo se la buscaba para un frente a frente, se daban cuenta en ese momento
que un hombre también faltaba.
—¿De
dónde vienen ustedes? —preguntó graciosamente el señor Phillippe, justo en el
momento que el señor Pimpesse entraba con Fernanda.
—De
ver dormir al señor Poulin —contestó el recaudador.
La
frase tuvo un éxito enorme y todos sucesivamente subían a ver dormir al señor
Poulin con una u otra de las señoritas que se mostraron de una complacencia
inusual. Madame cerraba los ojos; tenía largo ratos privados con el señor Vasse
como para ultimar los detalles de un affaire ya acordado.
Finalmente, a la una, los dos hombres casados, el señor Tournevau y
Pimpesse, dijeron que se retiraban, y querían saldar sus cuentas. Se les cargó
solamente el champaña, y, más aún a seis francos la botella en vez de diez
francos, el precio de costumbre. Y como ellos se asombraron de esta
generosidad, Madame, radiante, les respondió:
—Porque no todos los días es fiesta.

