© Libro N° 9432. Crónicas De Marianela. Anónimo. Emancipación. Enero 1 de 2022.
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Anónimo
Crónicas De Marianela
Anónimo
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of Crónicas de Marianela, by Anonymous
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Title: Crónicas de
Marianela
Author: Anonymous
Editor: Pedro L. Balza
Release Date: December 4,
2010 [EBook #34565]
Language: Spanish
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ISO-8859-1
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GUTENBERG EBOOK CRÓNICAS DE MARIANELA ***
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imagen de la cubierta del
libro
DE
MARIANELA
1917.
INDICE
Pag.
Presentación en Sociedad 5
El matrimonio 7
El amor y su apariencia 15
El nó de las niñas 18
El Gancho 23
Las «Planchadoras» 29
La moda y el diablo 33
Los «Tramitadores» 39
Los afeites 45
Las paces 51
Crotalogia 57
Rosalía en «Los Carpinchos» 63
El arte de estar enferma 70
Las inquietudes de Petrona 75
Pequeña defensa de la murmuración 81
Los secretos 84
La desventura de Luisa 89
Desavenencia trascendental 93
Las reinas en la guerra 98
Frivolidad y tilinguismo 100
Inés y los cipreses 110
La fiesta hípica 115
Las angustias de mi protegida 120
La inutilidad de San Juan Bautista 126
Sin presidenta 132
La abuela del rey de los cipreses, o el orgullo
ancestral 140
¡¡Desahuciado!! 148
La viuda de Esquilón va a Mar del Plata 154
ADVERTENCIA.
El interés que han despertado las amenas crónicas
de "Marianela" publicadas en la página femenina de "LA
PRENSA" me ha inducido a solicitar del Director del gran diario, Don
Ezequiel P. Paz, el permiso para editarlas.
La benevolencia gentil del señor Paz ha otorgado el
consentimiento, y hoy aparecen los chispeantes artículos de la distinguida
escritora compilados en este elegante volumen. Notorio es el éxito creciente
que han logrado estas crónicas; aparte su mérito literario, puesto de relieve
en un estilo fácil, terso y armonioso, contienen otra cualidad más esencial
aun, consistente en su sana orientación ética, en una crítica, suavemente
irónica, de nuestros hábitos y costumbres. Trátase, en fin, de un libro interesante,
ameno instructivo, en el cual, a la belleza artística, se unen, en consorcio
admirable, útiles normas de conducta, expuestas con delicado humorismo y
singular gracejo narrativo.
Pedro L. Balza
(Editor)
PRESENTACIÓN EN SOCIEDAD
Su presentación en sociedad es el primer episodio
interesante en la vida de la mujer. Ha terminado la infancia, que acaso sea lo
mejor de la existencia. La trasformación de la niñez en pubertad trae también
un cambio completo en la vida del espíritu.
La niña se ha convertido en señorita. Ya la muñeca
ha quedado abandonada. La mamá de la señorita, con dulce melancolía, la recoge
y la guarda en un mueble tradicional. La señorita no hace caso de su muñeca: le
parece un objeto antediluviano, pues aunque el tiempo pasado es poco, la
trasformación es tanta que todo lo de ayer ha adquirido carácter remoto. Ya
vendrá un día en que vuelva sus ojos, acaso tristes, acaso llorosos, a la
muñeca que alborozó sus horas infantiles. Pero ahora, no; ahora ha quedado relegada
a completo olvido. Porque la señorita se halla trémula de emoción. Se va a
presentar en sociedad; está por asomarse al mundo. Y un tumulto de ideas, mejor
dicho, de imaginaciones—porque, propiamente ideas sobre el mundo, no tiene aun
la señorita—asaltan su mente en ligero torbellino, se agitan, bullen, vuelan y
revuelan como mariposas en torno del foco luminoso.
¿Cómo será el mundo? He ahí la preocupación de la
señorita. Pero esta preocupación está exenta de tristeza, de gravedad, de
pesimismo. Porque, en realidad, no se pregunta: «¿cómo será el mundo?»,
interrogación harto filosófica para sus años y su inexperiencia. Lo que ella se
pregunta es: «¿cómo le pareceré yo al mundo?». Y a medida que se atavía y se
adorna y se embellece con los mil recursos que la moda inventa, piensa la
señorita, frente al espejo que refleja su figura de mujer en esbozo: «yo creo
que le voy a parecer bonita al mundo». Y esta idea optimista, justificada desde
luego, porque la señorita es linda, le produce una alegría exultante,
alborozada, llena de íntimo regocijo. En ese momento del atavío, los detalles
adquieren una importancia fundamental; el gracioso lunar, el rizo juguetón,
todo aquello que constituye su personalidad, su diferenciación de las demás
señoritas que también se presentan en sociedad, adquieren un relieve
preponderante y definitivo. El lunarcillo y el ricito son invencibles; nada,
nada, ¡invencibles!...
Una ligera inquietud invade el espíritu de mamá. Es
necesario que la presentación cause buen efecto. Está en ello comprometido el
buen gusto y el tino educador de mamá. La señora ha leído a Carmen Sylva, la
buena y discreta reina rumana, y repite a su hija estas palabras que pueden
servir de norma en una presentación en sociedad: «La tontería se coloca siempre
en primera fila para ser vista; la inteligencia se coloca detrás para ver». Y
luego agrega por cuenta propia: «discreción, hija mía, compostura, sosiego;
mide lo que dices; más vale que peques por cortedad».
Papá también está un poco impresionado. Cree, como
Terencio, que las mujeres, igual que los niños, se corrigen con leves
sentencias. Y apunta algunas apropiadas al caso. «La señorita silenciosa parece
mejor que la locuaz». El discreto señor hace algunas observaciones filosóficas
sobre la coquetería. A su juicio la coquetería no tiene más fin que hacer subir
las acciones de la belleza. Pero el prudente papá advierte que es necesario
tener sentido de la medida; no hacerlas subir demasiado, porque pueden caer de
golpe una vez descubierto que se abusa del recurso para hacerlas subir. Papá
agrega otros razonamientos graves, discretos, oportunos. «No hay que ser
criticona», dice. Y volviéndose a la esposa, agrega: «Según Schiller, la mujer
tiene ojos de lince para ver los defectos de las demás mujeres». Y luego agrega
por cuenta propia: «Los hombres nos enteramos de los defectos de una dama por
otra dama; pero adquirimos mala idea de quien nos suministra la información».
Ya la señorita está ataviada: un traje primoroso
realza su figura: primor sobre primor. «Está elegantísima», observa la señora
al esposo. «Sí, sí, dice éste, muy elegante, muy linda». Y recordando las
palabras de un pedagogo argentino agrega: «Pero hay que ser también «paqueta»
por dentro: que a la figura elegante no corresponda un espíritu deforme». La
señora confía en que la niña será siempre muy buena. «Es nuestra hija»,
termina. «Es verdad,—asiente el padre conmovido—; será buena, porque es nuestra
hija».
Entre observaciones, besos y mimos, la señorita,
llena de alegría y de ilusiones, se dispone a presentarse en sociedad.
EL MATRIMONIO
Se ha dicho muchas veces que el matrimonio es la
tumba del amor. Por eso sin duda los diversos poetas que han cantado la vida de
Don Juan no casan nunca a su héroe. No han querido someter a prueba su
capacidad amorosa ni la consistencia de su sentimiento.
Y es que Don Juan no es un verdadero enamorado.
Balvo, un filósofo modesto, pero muy discreto, destruye con cuatro palabras
todas las apologías rimadas que se han hecho de Don Juan: «quien ama a muchas,
no ama mucho; quien ama a menudo, no ama largo tiempo; quien ama con variedad,
no ama dignamente».
Entre los poetas y este modesto filósofo, la
elección no es dudosa para nosotras. La consistencia del amor se prueba en el
matrimonio; sólo una larga convivencia nos demostrará si el corazón está bien
puesto, en quicio permanente.
Por lo demás algo hay de cierto en eso de que el
matrimonio es la tumba del amor. No en balde la frase goza de tanta difusión en
el mundo. Pero es porque el amor, en su forma exaltada, sólo es, como dice
Voltaire, un cañamazo dado por la naturaleza y bordado por la imaginación.
Ahora bien: el cañamazo, la belleza física, no resiste la tiranía del tiempo
que imprime las tristes huellas de la decadencia; y la imaginación bordadora
también acaba por sosegarse y quedar sustituída por una dulce y reflexiva calma.
Entonces el amor no tiene más que una salvación: el
cariño. Los poetas, que son los mayores perturbadores del mundo, siempre han
desdeñado, por subalterno, este sentimiento, que es mucho más fundamental y más
sólido que el amor. El amor es la llama; quizá no pase de una fogata fugaz; el
cariño es el rescoldo hecho de la buena y diaria lumbre del hogar, de la mutua
adhesión, del perdón mutuo, de la recíproca tolerancia, de los comunes gozos y
sufrimientos, de las alegrías conjuntas y de la fusión de las lágrimas. El amor
tiene un enemigo que le vence siempre: el tedio. El cariño no tiene enemigo que
le venza, porque está apoyado en el sentimiento de convivencia. Vale más, mucho
más, el calor del rescoldo que el de la fogata. Cuando la fogata no se
convierte en rescoldo, sólo quedan de ella frías cenizas. Brasa y no pavesa ha
de ser lo que quede de la juvenil exaltación espiritual y del ardor de los
sentidos. «¡Te amo!». Es una frase de novela, excesiva, afectada. «Te quiero»,
es una frase más sencilla, más grave, más profunda y más humana. «¡Te amo!»,
dice Don Juan, que nunca fué un hombre honrado. «Te quiero», dice el hombre de
bien, que seguramente cumple lo que dice.
Saber convivir... He ahí el secreto del buen
matrimonio. Dar normas fijas es imposible, puesto que hay tanta variedad de
caracteres y de circunstancias cuantas parejas constituyen la organización
monogámica del mundo.
Desde luego la cualidad esencial de la mujer es la
dulzura. La palabra suave quebranta la ira. Una mujer colérica es el mayor
tormento de un hogar. A mí, personalmente, me produce la impresión de un
canario hidrófobo; algo, en fin, absurdo y horrible. Cuéntase que uno de los
siete sabios de Grecia (Solón, Bías, Tales, Anacarsis, Pitaco, Quilón,
Periandro, no se sabe cuál; lo mismo da, cualquiera....) tenía un discípulo que
estaba enamorado. El novio, lleno de entusiasmo, refería al maestro las
cualidades de su futura. «Es hermosa como el lucero de la mañana»—decía el
joven. El filósofo escribía: «cero».—«Es rica, como la heredera de
Creso»—añadía el doncel. El genio griego volvía a escribir: «cero». (La dote,
pensaría probablemente el filósofo, es la gran virtud de los padres). El
enamorado agregó: «Es inteligente». Y el gran hombre puso otra vez: «cero».—«Es
noble»—«Cero».—«Tiene muy buena parentela».—«Cero».—«Buena educación».—«Cero».
El enamorado miraba atónito a su querido maestro. Por último le dijo: «tiene un
carácter dulce». Y entonces el sabio heleno, el más sabio de los siete sabios,
estampó la unidad a la izquierda de todos los ceros que había ido poniendo,
para demostrar que sólo así adquirían valor las demás cualidades.
Todo es grato al lado de una mujer dulce: todo es
amargo al lado de una irascible. Seductora es la belleza, atrayentes la
espiritualidad y el donaire; pero es la dulzura la que más retiene al hombre. Y
la felicidad del matrimonio está en retenerse mutuamente. Palabras suaves,
conceptos delicados, ademanes tranquilos forman el mayor encanto de la mujer.
Madame Neker, cuyo ingenio lució tanto en los salones de Versalles, en los
momentos precursores de la Revolución, cuando todas las pasiones estaban a punto
de estallar, solía decir a sus amigas que las palabras ofenden más que las
acciones, el tono más que las palabras y el aire más que el tono. La esposa del
famoso hacendista hubiera podido dictar una cátedra de psicología conyugal.
Dulzura, suavidad, amigas mías. Los hombres rompen los eslabones de una cadena
de hierro; en cambio hallan agradable la atadura si ella está formada por
tenues hilos de seda. Sean nuestras palabras como nuestros brazos en las horas
de deliquio: suaves, blandas, dóciles. Yo, como mujer, gusto mucho de oir
hablar a los maridos de sus respectivas esposas. Y he observado que cuando
elogian el ingenio, la gracia, la belleza, la elegancia o cualquier otra
cualidad física o moral, lo hacen sin mayor calor. En cambio, cuando dicen: «mi
mujer es una pastaflora», dan a su expresión un tono de íntima ternura que
revela cuánto impresiona a su espíritu esta cualidad femenina.
La popular frase transcripta encierra las
principales virtudes de la mujer: la bondad, la resignación, el avenimiento a
todas las circunstancias, la tolerancia, la encantadora docilidad.
Defecto grave en la mujer es tener un espíritu
contradictor, una voluntad terne, un carácter terco. A la mujer no debe
costarle ceder. La testarudez es buena y honrosa en los generales que defienden
un fortín. Para la mujer, ceder es conseguir—siempre que el marido sea tierno,
delicado y comprensivo. Jamás la mujer—y esto es importantísimo—debe herir al
marido en aquello en que cifra su amor propio. Téngase en cuenta que el amor
propio es más fuerte que el amor; como que muchas veces se ama por amor propio,
más aun que por amor a la persona amada. Cuidado, pues, mucho cuidado con herir
el amor propio del marido. Yo (y perdonen mis amigas que me ponga como ejemplo;
lo haré pocas veces) estoy casada con un estanciero, hombre bonísimo,
inteligente, gentil, cordial, que me quiere tanto, tanto... como yo a él, lo
que equivale a buscar términos de comparación con lo infinito. Pues bien, mi
marido es aficionado a la historia natural y presume de conocer como nadie (y
conoce, yo lo afirmo, porque le quiero mucho, y esta es una razón definitiva)
la fauna argentina y muy especialmente—aquí está su amor propio—las aves
noctívagas que vuelan por nuestros campos al morir el día. Paseando a esa hora
por la estancia, ha confundido alguna vez el carancho con la lechuza; porque mi
marido nunca tuvo buena vista, excepto cuando me eligió a mí. Bueno; pues yo
nunca le contradigo, porque, además de herir su amor propio de entendido en
aves noctívagas, le molestaría mi advertencia, significándole que tiene malos
ojos, y los tiene hermosísimos, aunque ven poco. ¿Para qué contradecirle? ¿Para
qué herir su amor propio de naturalista? ¿Para qué recordarle que no ve bien?
¿Qué más da que aquello que voló sea lechuza o sea carancho o sea chimango? La
cuestión es que él sea feliz creyéndose un excelente naturalista, dotado de
buenos ojos. Y si es feliz con mi asentimiento, ¿por qué negárselo? Alguna vez
él mismo sale de su error, y entonces, enternecido, paga con un beso mudo la
intención de mi aquiescencia. Y este beso de mi marido vale más, mucho más que
toda la fauna, incluso la humana, que puebla la tierra.
He contado esta nimiedad tan íntima, tan personal,
a guisa de ejemplo, para demostrar que no debe mantenerse contradicción en
cosas sin importancia. (Y no quiere esto decir que las aves noctívagas carezcan
de interés; lo tienen, y muy grande, desde que le interesan a mi marido). Una
herida de amor propio tarda mucho en curarse; quizá no cicatriza bien nunca.
Queda siempre un sordo resentimiento. Y el resentimiento—la misma palabra lo
dice—es el sentimiento más terne, más perenne, de más triste duración.
La incompatibilidad de caracteres es lo más
deplorables de la vida conyugal. Y suele nacer de nimiedades, de intolerancias,
de tozudeces insustanciales. Una mujer díscola es inaguantable. Hay que ser
como la cera, dócil al moldeo, que al fin el moldeador suele adquirir el
carácter de lo moldeado. La vida es breve, y pasarla en disputa constante
equivale a cambiar la felicidad relativa por un potro de tormento. Y nada
resuelve el divorcio; porque, como ha dicho un filósofo—claro que un filósofo
feminista—el divorcio es la disolución de una sociedad en que la mujer ha
puesto su capital y el hombre solamente el usufructo. ¿Y adónde va una sin
capital? No hay que perder el socio, sino avenirse con él, aunque la sociedad
luche con algunos tropiezos. Allanémoslos, en vez de aumentarlos; que al quitar
los nuestros, también él—si no es una mala persona—quitará los suyos,
despejando así el camino de la dicha. Vivir es ya un milagro; no depende de
nuestra voluntad, sino de la Providencia. Saber vivir depende de nosotros
mismos. No malogremos el don de la vida que Dios quiso otorgarnos.
De las condiciones del hombre en el matrimonio no
me atrevo a hablar. Siento invencible timidez para tocar este punto, asaz
complejo y difícil. Los místicos, los santos, que todos fueron solteros,
aceptando todas las cruces, menos la del matrimonio—con lo cual su santidad
desmerece un poco por falta de sometimiento a prueba completa—decían que al
matrimonio, como a la muerte, es difícil llegar bien preparados. No se enojarán
los hombres, si apoyándonos en el testimonio de los santos, decimos que la mujer
llega al matrimonio en condiciones espirituales superiores. Y así debe ser,
porque para el hombre el matrimonio es un accidente, mientras que para la mujer
es el hecho fundamental de su vida.
A pesar de mi temor para hablar de esta materia, me
atrevo a insinuar que entre los hombres dedicados a la vida intelectual, los
mejor dispuestos para el matrimonio son los políticos. El literato, el mismo
filósofo, el pintor, el músico, los artistas, en general, son peligrosos,
porque su arte y su filosofía están siempre en primer término, antes que la
mujer. Además, son un poco raros y no poco arbitrarios. Y entre los políticos
se debe preferir, no a los dogmáticos empecinados, no a los caudillos exaltados,
ni a los oradores famosos, que son también, como los artistas, un poco
peligrosos, sino a los que tienen aptitudes gobernantes. La razón estriba en
que, siendo el gobierno del Estado una serie de concesiones, llegan bien
dispuestos al matrimonio, que es igualmente otra serie de concesiones.
Termino. Me he extendido demasiado. Pero téngase en
cuenta que la cuestión es ardua y llena todas las bibliotecas del universo, sin
que se haya resuelto satisfactoriamente. Sólo insistiré, para concluir, en que
el cariño vale más que el amor, porque es más sostenible, más durable, más
permanente. Lope de Vega, voto de calidad, pues fué un Don Juan efectivo, lleno
de devaneos y tormentosas pasiones, nos dice en unos versos de su comedia «El
mayor imposible», estas palabras razonables sobre la exaltación amorosa:
«Que muchos que se han casado
Forzados de un amor loco,
Suelen después hallar poco,
De lo mucho que han pensado.»
¡Cariño, cariño, dulcísimo y solidísimo
sentimiento! En tí reside la dicha duradera. El cariño surge de convivir. El
amor nace de no haber convivido. Reflexionad sobre esto, amigas mías...
EL AMOR Y SU APARIENCIA
¿Cuál es en la mujer la verdadera edad del amor?
Puntualicemos con más precisión, pues la pregunta formulada es un poco vaga:
¿en qué edad se halla la mujer en mejor disposición espiritual para enamorarse
y, en consecuencia, para unirse a un hombre, segura de que su sentimiento es
firme, permanente, fijo, como la estrella polar?
Un personaje novelesco de Anatole France (creo que
es el bondadoso filósofo señor Bergeret) dice que el amor es como la devoció;
llega un poco tarde: «no se es amorosa ni devota a los 20 años».
La observación es exacta. El amor, en realidad, es
un fanatismo, una de las tantas formas de la exaltación fanática. Ahora bien:
para fanatizarse es necesario que el espíritu esté formado y que nuestras ideas
estén muy hechas, muy elaboradas. Ni el tierno doncel, como si dijéramos el
cadete, ni la señorita, la niña, que acaba de asomarse al mundo, tienen la
aptitud del fanatismo. Es un error creer que los años y la experiencia evitan
que nos fanaticemos. Ocurre, precisamente todo lo contrario. La experiencia y
los años nos aferran a determinadas ideas y dan consistencia definitiva a
ciertos sentimientos.
Pero dejemos los demás fanatismos para ocuparnos
del fanatismo amoroso, de ese sentimiento de exaltada firmeza, de perennidad
indestructible, que nos lleva a entregar a otro corazón el reinado sobre el
nuestro. ¿Cuándo se produce de modo integral, con las potencias todas de
nuestro querer, con la embriaguez absoluta de nuestro espíritu, esta adoración,
en que, usando la pompa verbal de Víctor Hugo, «el amor es la concentración de
todo el universo en un solo ser y la dilatación de este solo ser hasta Dios»?
Porque es menester no confundir el amor con su
apariencia. Al saltar de la niñez a la pubertad, le ocurre a la mujer lo que a
la mariposa al salir de su estado de crisálida. Sus primeros vuelos son
inciertos, aturdidos, inseguros. Las alas son tiernas, débiles, y no han
adquirido aún el sentido de orientación. Y lo mismo para volar que para amar es
requisito indispensable cierto grado de robustez en las alas.
El origen de nuestras desventuras en la vida está
en que la sensibilidad es más precoz que el entendimiento. Lo que más falta nos
hace es precisamente lo último en formarse. La mente es impotente para regir la
confusión tumultuaria de nuestras primeras emociones en su incierto y
atorbellinado vuelo. Y así venimos a ser juguetes, como barquichuelo sin
gobierno, del oleaje de nuestras sensaciones. El naufragar o arribar a buen
puerto depende entonces, no de la seguridad de nuestra brújula, sino del hado favorable
o adverso, independiente de nuestra voluntad y de nuestra orientación
reflexiva.
A los diez y ocho o veinte años la mujer se
impresiona fácilmente. Pero esta impresión suele ser fugaz, versátil,
inconsciente. El error está en tomarla por definitiva, esclavizándose a una
emoción pasajera. El acierto electivo en este caso está librado al azar, a que
la casualidad haya determinado que ésta primera emoción nos haya sido provocada
por persona que realmente lo merezca. Y la elección de marido, como la elección
de esposa, no debe ser una lotería. «Saqué novio de tal baile» es una frase corriente
entre las muchachas. No, no; no hay que sacarse el novio de una vuelta de vals,
sino de muchas vueltas del entendimiento; que el discurrir bien no excluye el
sentir profundamente. Son los poetas los que han dicho que el órgano del amor
es el corazón. Pero los poetas han llenado el mundo de bellas mentiras, sonoras
metáforas, falsas imágenes y seductoras demencias. El origen del amor y de
todas nuestras emociones está en la mente. Ella es el divino crisol en que se
fraguan todas las formas de nuestro sentir. El corazón es como la rueda
catalina de un reloj, que no tiene, por sí, conciencia de su propio movimiento.
De la idea, de nuestra representación mental sobre otra persona, surgen la
adhesión y el amor hacia ella. Entonces es importantísimo que esta idea, punto
de arranque de la emoción, sea acertada, no ligera ni superficial; pues sobre
pobres, falsos o frágiles cimientos, mal se sostendrán las torres y chapiteles
de nuestros ensueños.
La elección debe fundarse en múltiples y atentas
observaciones del sujeto, en el análisis de sus prendas morales, en la índole
de su carácter, en lo que es ahora (punto de relativa importancia), y en lo que
puede ser luego (asunto de capitalísima trascendencia). El sentimiento amoroso
asciende y desciende con el conocimiento. Imaginar no es lo mismo que conocer,
y el amor suele confundir estos dos valores mentales. Con la imaginación
creamos sujetos propios, modelos que nada tienen que ver con la realidad ya
creada. «Mi tipo» suele diferir del tipo, que tiene su propia alma, su carácter
propio y sus propias mañas; alma, mañas y carácter que no corresponden al bello
sujeto fraguado por nuestra fantasía en complicidad con los errores de
percepción de nuestros sentidos. No quiere esto decir que el amor ha de estar
exento de imaginación y de fantasía. Una criatura sin imaginación es como una
tierra sin sol. Pero siempre conviene que la imaginación inicie su vuelo desde
la cúspide del conocimiento y no desde los abismos de la ignorancia. Las alas
parten más raudas y seguras a hender los espacios cuanto más alta y sólida sea
la atalaya de observación desde la cual se lanzan a volar.
A la edad de diez y ocho o veinte años la mujer
carece de aptitudes analíticas y de observación. El mundo es para ella una
maravilla deslumbrante, en cuya presencia el optimismo toma formas de ceguera.
Y el amor tiene mayores garantías de éxito cuando emplea los cien ojos de Argos
que cuando elige cubierto con la venda de Cupido. El amigo Cupido y su venda
constituyen un símbolo que no resiste el menor análisis. Los símbolos de los
griegos, siempre graciosos, no siempre son razonables.
Bella es en el cielo la hora del alba. Bellísima es
en el alma la aurora del amor. Pero la hora de la poesía fascinadora no es la
hora en que se ve con mayor claridad. Según el adagio vulgar, de noche todos
los gatos son pardos. Entre dos luces todos los gatos son azules, que es el
color de la ilusión. Acriollando el adagio, bueno será añadir que conviene huir
de los «gatos» a toda hora, de noche, de día y entre dos luces.
La mujer, al empezar a vivir, al iniciarse en la
sociedad, más que enamorarse, lo que desea es enamorar. La mayor ambición de
una señorita consiste en inspirar amor. No se resigna a pasar inadvertida. De
ahí que trate más de ser ella interesante que de ver quién podría ser
interesante para ella. He ahí un egoísmo que, profundamente analizado, resulta
una generosidad. Pero este punto exigiría, para ser bien explicado, un tomo de
psicología femenina.
Una mujer sólo a los 25 años se halla en aptitud
mental y espiritual para elegir o aceptar esposo—porque no siempre se puede
elegir. Sólo después de diez años de frecuentar salones y alternar en el mundo
se adquiere cierta experiencia para resolver el gran problema con alguna
probabilidad de acierto. Antes de esa edad corremos el riesgo de dejarnos
llevar de impresiones fugaces y transitorias. A los 25 años nuestro espíritu ha
logrado ya cierto grado de serenidad y nuestros sentidos una dulce calma que no
conturba nuestros juicios. Antes, todo es emoción indisciplinada, torbellino de
sensaciones, exaltación sin fundamento, inconsciencia, capricho, delirio. El
discernimiento sólo se alcanza con los años. Y aun es problemático, pues según
un ironista francés «la mujer sólo se equivoca cuando reflexiona». La frase,
aguda y ligera, no convencerá a ninguna de mis lectoras. Podríamos devolverla
al ironista diciendo: «los hombres sólo aciertan cuando se enloquecen».
Así, pues, amigas mías, antes de casarse conviene
haber bailado mucho, haber conversado mucho y haber «flirteado» algo—no
mucho,—haciendo todo esto con espíritu observador e informativo, con intención
fiscal, a fin de descubrir en los sujetos aquellas cualidades, dones y
tendencias que más se aproximen a nuestro ideal. Al matrimonio se debe llegar
con el sujeto ya bien conocido; no con una máscara. Asimismo, nunca es completo
este conocimiento, ya que el matrimonio no es, en el fondo, sino un lento y contínuo
desenmascaramiento que sólo se hace total con el último abrazo en la hora de la
muerte.
Conviene también llegar al matrimonio con una
ligera fatiga del mundo y de sus pompas y vanidades. Así encontraremos el hogar
propio más agradable que los salones y las tertulias. Fidias, que además de un
escultor excelso, era un espíritu filosófico, hizo una vez la estatua de Venus
sobre una tortuga, queriendo indicar a las mujeres de su pueblo que debían ser
lentas para salir de casa. No proclamo con esto el cenobio, el
enclaustramiento; pero sí cierto recogimiento que sólo se acepta con gusto
cuando conocemos bien la sociedad y todo el tejido de menudas pasiones que en
ella bullen y se agitan.
Yo me casé a los 25 años. Antes de conocer a mi
marido, aficionado, como sabéis, a la historia natural y, particularmente, a la
especialidad de las aves noctívagas pamperas, experimenté muchas impresiones en
nuestro gran mundo. Varias veces sentí un principio de amor, un interés
repentino, una relampagueante emoción; pero luego aplicaba serenamente mi
juicio a los fundamentos de toda pasión incipiente, hasta que lograba
disiparla. Es axiomático que las mujeres desconfían de los hombres en general y
confían en ellos en particular. Esto es un poco inexplicable, pero es así. Yo
procuré siempre hacer lo contrario. A cada caso particular apliqué una
saludable desconfianza. Por último me enamoré de veras, con la reflexión y con
el sentimiento. La reflexión me decía que mi naturalista era bueno, leal,
culto, tierno, muy hombre además para luchar en la vida. Y a compás de estas
ideas el sentimiento se encendía en amor. Pero antes de decir «sí» bailamos
mucho, conversamos mucho, y yo, por mi parte, traté de verle el alma a la luz
de un constante análisis. Y cuando vi que era buena y alta y digna y hermosa le
di el más absoluto imperio sobre la mía. Sobre mi persona tenía él también su
concepto. Y ahora y por siempre mi amor me lleva a ser como él me imagina, que
es el amor perfecto. Y siendo como él quiere, soy como yo quiero, y cuanto más
le gusto más me gusto.
Y así el esquife de nuestro amor marcha por el
piélago de la vida, seguro de que nunca zozobrará...
EL NO DE LAS NIÑAS
Facilísimo es dar el «sí»—«el sí de las niñas»—como
reza el título de la ingenua y cursililla comedia de Moratín, que hizo las
delicias de nuestras abuelas. El «sí», a una proposición de matrimonio, cuando
el proponente nos agrada, brota espontáneo, casi sin palabras; lo damos con los
ojos, con el movimiento balbuciente de nuestros labios, oprimiendo con el
nuestro el brazo del cual vamos asidas en el baile. Esta última actitud,
oprimir el brazo, asirnos a él, suele ser la más corriente como reveladora de nuestro
gozoso asentimiento. La que para dar el «sí» emplea mucha retórica, muchos
requilorios, circunloquios y rodeos, mucha charla alambicada y sutil, es que en
realidad no está verdaderamente enamorada. Acepta por causas ajenas al amor;
porque es buen partido, porque quiere emparentar bien, etc., etc. El amor, como
toda pasión vehemente—y es el amor la más vehemente de todas—es conciso en su
expresión, monosilábico, casi mudo. La palabra muere en el nudo que la emoción
forma en la garganta. Todas esas escenas de comedia, en prosa y verso; todas
las páginas amorosas de las novelas, en que salen a relucir las flores, los
arroyuelos, las estrellas, la luna, los ángeles y los serafines, todo,
absolutamente todo eso, es mentira, completamente mentira. El amor, el
verdadero amor, no halla palabras, no encuentra léxico para expresarse. Por eso
el baile es su mejor auxiliar, pues el abrazo—el abrazo danzando, perfectamente
admitido—nos ahorra el estudio del diccionario para dar con los términos
académicos apropiados al caso. El concurso, la gente de un salón, que ve
bailar, no advierte que cierta pareja abrazada y danzante da a su abrazo, en un
momento determinado, un sentido trascendental, de unidad de vidas, de fusión de
espíritus, de enlace de corazones. Yo dí el «sí» así, bailando; pero lo dí sin
palabras. De pronto, preguntó él: «Bueno, ¿y?...» porque él también, como buen
enamorado, era monosilábico, casi mudo. Mi respuesta fué oprimirle el brazo,
latir como nunca he latido y mostrarle mis ojos húmedos. Y el hombre arrancó a
valsar con tal furia que parecía movido por todo el carbón que emplea ahora la
escuadra inglesa en el bloqueo. Nos asimos un poco más, porque el baile lo
exigía. Bueno, amigas mías, entonces supe que es posible no morirse de
felicidad. ¡ Ay, Dios mío, qué recuerdos!...
Quedamos, pues, en que dar el «sí» es facilísimo;
sale solo; se revela en la emoción que nos embarga; por muy quedo que se diga,
lo expresa muy alto el estado de nuestro ánimo. Lo difícil, lo árduo, es decir
«no», negarse a la relación solicitada. En esta ocasión es cuando ha de
revelarse la educación de la mujer, su finura espiritual, los recursos de su
ingenio.
El «no» de las niñas requiere, no una comedia como
el «sí» de las niñas, sino todo un tratado de psicología femenina. Pero hemos
de contraernos a un ligero prontuario sobre la materia. Generalmente, la mujer
llega al difícil trance de tener que decir «no» por culpa de ella misma. Porque
es ella la que alienta las primeras insinuaciones del hombre, aunque su corazón
no esté interesado; unas veces por demostrar a las demás que tiene
pretendiente; otras veces por dar celos con el incauto al que verdaderamente ella
quiere; no pocas veces también por divertirse, por coquetería, o por
curiosidad. El amor propio adopta muchas veces el disfraz del amor por pura
satisfacción de orgullo. Y esto lleva a muchas señoritas a admitir y hasta a
estimular las insinuaciones del hombre, que toma por sentimiento real los
fingimientos de que es víctima en forma de sonrisas prometedoras, de miradas
simulando aquiescencia, de gestos y signos, en fin, que expresan lo contrario
del verdadero propósito. Este juego es peligroso y, desde luego, condenable.
Cuando un hombre inteligente aventura una declaración es porque le anima a ello
el presentimiento de que será aceptado, presentimiento fundado en ciertos
indicios de que es persona grata, como se dice en términos de diplomacia. Sugerir
este presentimiento a un hombre, inducirle en este error, significa en la mujer
sentimientos aviesos, una travesura de mal gusto, pues no se debe jugar con el
corazón ni con las ilusiones de ningún hombre, cuyo porvenir espiritual, en el
resto de su vida, acaso dependa de esta burla de la mujer. Porque deplorable es
para un hombre que ama profundamente no verse amado por aquella a quien ama.
Pero aun es mucho peor hacer escarnio de su afecto, induciéndole en el error de
ser amado sin serlo; pues, en este caso la herida es doble, en el amor y en el
amor propio. Y las heridas de amor propio son aún más difíciles de curar que
las heridas de amor. El hombre que nos insinúa su afecto, que cifra la razón de
su vida en la correspondencia de nuestro corazón al suyo, merece por ello mismo
nuestra atenta simpatía, pues siempre es conmovedor para una mujer producir en
un hombre esta exaltación sentimental. Si no nos gusta o no nos conviene—desde
luego no nos conviene si no nos gusta—debemos hacérselo notar desde el principio
con palabras cordiales y cariñosas con cultura exquisita, sin deprimirle en
forma alguna, poniendo disculpas que lo eleven a sus propios ojos y mezclando
así la desesperanza o desengaño con el consuelo. Probablemente esta conducta de
la mujer, por lo mismo que es una conducta noble, bondadosa, espiritual,
exaltará más el amor del hombre, le hará más profundo y entrañable, desolará
más su alma; pero no tendrá derecho a sentirse herido en su amor propio con
burlas imperdonables. Jamás, en fin, se debe alentar una pasión que no se tiene
el propósito de corresponder. De todas las coqueterías ésta es la más
condenable, porque implica la intención de hacer sufrir, empeño que delata poca
reflexión y una torcida contextura ingénita de nuestro espíritu.
Ya se ve, pues, cómo el «no» es más difícil que el
«sí» de las niñas. Y esta dificultad aumenta, según va dicho, cuando con
nuestra frivolidad y nuestras vanidades hemos inducido en error al
pretendiente. En tal caso, el trance, desagradable siempre, de decir «no»
claramente ha sido buscado por nosotras mismas. En realidad es una conducta que
tiene algo de engaño, ya que condujimos nuestro trato con él en forma que
supusiera una posibilidad de aceptación, con la reserva mental de una negativa
al plantearnos la petición de mano. Lo noble, lo generoso, lo leal, es atajar
discretamente desde el comienzo las insinuaciones, a fin de que nunca pueda
creerse engañado en sus observaciones respecto al estado efectivo de nuestro
espíritu y de nuestra voluntad.
Pero la especie masculina es muy variada. Hay
hombres un poco cegatos en materia de psicología femenina, para los cuales no
basta que la mujer rehuya con discreción sus insinuaciones. Su falta de
percepción es disculpable y justifica el empecinamiento. En este caso se impone
el «no» desde el primer instante, pues al que no entiende de razones con los
ojos, necesario es hacer que las entienda por medio de los oídos. Siempre,
claro está, usando palabras corteses; nada de desaires, nada de enojos, nada de
sentirse molestada por la pertinacia, pues el ciego no es responsable de no
ver, y hasta merece simpatía cuando observamos que la causa de su ceguera está
en que el foco del corazón le ofusca la vista de los ojos. ¿No merece un poco
de piedad un ciego tan sublime? Hay otros que llamaremos «intrépidos», muy
expeditivos en sus procedimientos, que quieren llevar las cosas a paso de
carga, hombres impacientes, exaltados, audaces, de sensibilidad tormentosa y
hasta huracanada. El «no» a un hombre así ha de ser gradual, no repentino, no
brusco, pues nuestra negativa seca y rápida pudiera llevarlo a la exasperación
y hasta ser causa del encarecimiento del plomo troquelado. Existe el hombre que
presume de irresistible, el que tiene de sí mismo un concepto tan optimista que
no admite haya mujer que renuncie a la gloria de unirse a él. La vanidad es un
lente que aumenta las cosas más pequeñas. Con éste conviene envolver el «no» en
un ligero «titeo» educador. Se le hace con ello un servicio, induciéndole a
moderar el concepto fantástico fraguado por su insensatez. Hay el hombre que se
las da de zahorí, de sagaz y penetrante para descubrir los sentimientos de la
mujer. Suele, en su presunción de psicólogo, hacer análisis que no están en la
persona analizada, sino en él mismo. Ha leído algunas novelas modernas,
probablemente de Bourget, que se ha ocupado mucho de psicología femenina, con
sutilezas generalmente exentas de verdad y de sencillez. Con este pretendiente,
que es un vanidoso cerebral, se debe emplear un «no» oscuro, nebuloso, para
aumentar el mar de sus propias confusiones. Detesto los noveleros, los hombres
que carecen de naturalidad. Son, además, peligrosos, porque siempre andan a
caza de complejidades sentimentales. Hay el hombre que cifra todo su éxito en
el apellido heredado y cree que su nombre procérico basta para lograr la más
apetecible conquista. Con éste el «no» tiene que ser histórico. La mujer debe
decirle, siempre de una manera muy fina, que hubiera preferido a su antepasado.
Los hombres que valen no son los que heredan un apellido histórico, sino los
que, llevando uno desconocido, logran meterle en la historia.
¿Para qué seguir presentando más casos? La variedad
es tan grande que no acabaríamos nunca. Baste decir que cada uno de ellos
requiere una negativa especial, ajustada a las circunstancias y al tipo moral y
espiritual del pretendiente. Y con esto queda demostrado que el «no» es mucho
más difícil que el «sí» de las niñas...
EL GANCHO
Son muchas las personas aficionadas a intervenir en
el arreglo y combinación de las bodas. En lenguaje clásico se les llama
casamenteras y han servido muchas veces de tópico a la musa irónica de los
escritores festivos. Este entrometimiento tiene también un calificativo
popular: «hacer el gancho» o «servir de gancho» para que una pareja determinada
concierte su unión. Por regla general es más frecuente la tendencia casamentera
entre las señoras que entre los hombres. Este género de intervenciones se aviene
mejor con el espíritu de la mujer. El hombre siente siempre cierto reparo,
cierto rubor, en mezclarse en estas negociaciones que requieren las delicadezas
y sutiles arbitrios de las damas. Al hombre le parecen, en fin, afeminadas
estas gestiones, y aún cuando él mismo las necesite alguna vez, preferirá
recurrir al auxilio de una dama antes que al apoyo de otro hombre.
Han existido y existen, sin embargo, hombres
casamenteros que lograron por ello la cúspide de la gloria y de la proceridad.
Hay «ganchos» que han pasado a la historia. En todas las bodas reales ha
intervenido el «gancho» diplomático. Los cancilleres de las cortes europeas
hicieron, en el transcurso de los siglos, «ganchos» memorables. Metternich y
Talleyrand, por ejemplo, debieron sus mejores éxitos políticos a este género de
tramitaciones, manteniendo el equilibrio continental, en unos casos, y concertando
la paz, en otros, por medio de su «gancho» para unir princesas y reyes. Las
muchedumbres dejaron de matarse y colgaron las armas gracias a la feliz gestión
casamentera de un canciller, que resolvió una vasta y pavorosa tragedia
tramando una boda oportuna que acabó con el rencor de dos monarquías y de sus
leales súbditos. Estos «ganchos» trascendentales merecieron la admiración y el
aplauso de los pueblos, que siguen venerando la memoria de aquellos insignes
diplomáticos.
El «gancho», tiene, pues, glorioso abolengo
histórico, y no debe desdeñarse mi entrometimiento que ocupa tantas y tan
sublimes páginas en los anales de la humanidad.
Pero descendiendo de la historia a la vida
corriente, mortal y vulgar, discurramos un poco, aunque sea muy someramente,
sobre la intromisión casamentera. Bien está ella cuando se pide, cuando, a fin
de allanar algunos obstáculos, se solicita el patrocinio de una dama para que
venza las resistencias que se oponen al anhelo del pretendiente. El aunar las
voluntades familiares, cuando ya los novios están de acuerdo, es obra buena y
simpática, pues tiende a proteger un amor concertado.
Pero la verdadera casamentera no es la que ejerce
este género de gestiones pedidas, sino aquella que, sin pedírselo nadie, se
pone a concertar bodas y a tramar enlaces, usurpando su papel al azar o a los
designios providenciales que rigen el nacimiento del amor en nuestro espíritu.
Porque el amor, como el rayo, surge de una manera instantánea y fulminante,
cuando menos lo pensamos. En esta rapidez y en este fulgor de relámpago estriba
precisamente el peligro por lo que toca a la duración, pues es difícil mantener
la vida en tan fulmínea tensión espiritual. Por esto en otra crónica hemos
defendido las ventajas del rescoldo sobre la llama, o sea del cariño sobre el
amor.
La psicología de la casamentera es, en el fondo,
sencilla. Su norma es la bondad. La idea de la felicidad ajena guía su
intervención. La casamentera armoniza a su gusto cualidades, tendencias,
fortunas, representación social, etc. «A Fulano le conviene Fulana». «A Fulana
le conviene Fulano». Ella, la casamentera, concierta lo que podríamos llamar
condiciones externas Combina matrimonios en frío, como un matemático resuelve
una ecuación. No tiene en cuenta el estado espiritual de los seres que trata de
unir, si hay o no correspondencia entre sus almas, si existe o no existe
afinidad, si los corazones laten a compás y hay entre ellos mutua resonancia.
El amor, en una palabra, nunca es tenido en cuenta por la casamentera. A su
juicio, siendo armónicas las circunstancias—armónicas a su parecer—el amor
tiene que producirse. Todo el error de la casamentera deriva de creer que el
amor surge de la conveniencia y no al contrario, la conveniencia del amor,
porque, donde no hay amor, todo es inconveniente.
Generalmente la casamentera no ha tenido grandes
pasiones. Ignora las tormentas del corazón. Las solteronas muy metidas en años,
cuya juventud no conoció el ardiente sabor de la vida, y las viudas que no
quisieron mucho a sus maridos, que se casaron por conveniencia, suelen ser las
más inclinadas a ejercer de casamenteras. Como no han usado su corazón,
desconocen en los demás la onda emocional que constituye la base de toda
relación amorosa.
Las casamenteras ponen mucho empeño y mucha
tenacidad en sus empresas. Se parecen en esto al diplomático que realiza un
concierto internacional. Aconsejan, señalan las ventajas de la unión, presentan
las dichas futuras, un porvenir venturoso; hacen grandes apologías de él a ella
y de ella a él, atribuyendo a una y otro virtudes sin cuento. Comprometido su
amor propio, la casamentera incurre en exageraciones graciosas. Los ángeles son
inferiores a la pareja que trata de unir. Y se sorprende de que sus razonamientos
no convenzan. No sabe que en materia de amor, como ha dicho un glorioso padre
de la Iglesia, el corazón tiene sus razones que no conoce la razón.
La elección de consorte es el acto más íntimo, más
importante, más trascendental de nuestra vida. Debe ser también, por lo tanto,
el más autónomo, el más libre, el más exento de toda ajena influencia. No hay
error en una elección a gusto. Toda persona es feliz por tener lo que le
agrada, no por tener lo que los demás creen que es agradable. La felicidad está
en la libre elección, en unirnos al ser que la Providencia pone en nuestro
camino para que encienda en amor nuestro espíritu y colme nuestras esperanzas.
Lo razonable en amor es el ensueño propio y no las lógicas combinaciones de una
casamentera.
Lo primero que se debe considerar en todo consejo
es la posición de quien lo da. Un consejo no es eficaz ni sirve para nada si la
persona que lo ofrece no se coloca en las circunstancias de aquella otra que ha
de recibirlo. La casamentera nunca se percata de esta condición indispensable
en todo consejo. Y aun asimismo, aun colocándose en estas circunstancias, es
difícil el acierto, pues como dice Byron «rara vez sucede que de un buen
consejo resulte algo bueno».
En materia de amor lo principal es el amor, verdad
harto inocente que sólo desconoce la casamentera. Todo lo demás es
circunstancial y accesorio. Fortuna, belleza, equivalencia de posición social,
todo es inútil si falta lo esencial, la reciprocidad de un intenso afecto, la
afinidad de las almas, la adhesión recíproca de los corazones.
Pocas veces la casamentera opera sola, sino en
combinación con otras, aficionadas como ella a tramar enlaces y noviazgos. Para
hacer el «gancho» recurren a mil arbitrios delicados, procurando que la pareja
se hable y se trate, encontrándose de una manera «casual» en todas partes. De
estos encuentros nace a veces un principio de simpatía, que las casamenteras
fomentan con elogios hiperbólicos de la futura al futuro y viceversa. Y justo
es reconocer que algunas veces salen buenos matrimonios de estas gestiones de
las casamenteras. Pero también es verdad que tales enlaces sólo pueden
concertarse entre contrayentes que no tengan un gusto muy personal y definido,
una individualidad espiritual muy pronunciada, un concepto propio de la vida.
Las casamenteras, en fin, sólo pueden lograr su objeto con personas de voluntad
blanda, mente vacía y espíritu sugestionable. Tales personas no suelen ser las
más desgraciadas; pues si bien la mente lúcida y el espíritu rico en
sensibilidad producen muchos goces, también acarrean estas condiciones grandes
tormentos y agobiadoras melancolías. La mediocridad goza siempre el género de
dicha que impera en el Limbo.
No es fácil hacer con discreción el «gancho». En
realidad la casamentera, como el poeta, nace, no se hace. Los procedimientos
son variadísimos, según las personas que se trate de unir, el medio social y
las circunstancias que las rodean. Empieza la casamentera por convertirse en
confidente de cada una de las personas que trata de coyundar. A la muchacha le
comunica todo lo bueno que el mozo diga de ella, y aún aumenta algo de su
propia cosecha; y al mozo todo lo mejor que de él diga la señorita, y si no dice
nada, la casamentera lo inventa. Este intercambio de elogios, traídos y
llevados incesantemente, va haciendo paulatinamente su obra, predisponiendo los
espíritus y encauzándolos en una tibia atracción, cuya mayor temperatura
sucesiva se producirá con el trato y el trabajo continuo y vigilante del
«gancho». En el fondo la casamentera viene a ser, con sus repetidas
ponderaciones de él a ella y de ella a él, una chismosa del bien, si vale
expresarse así. Con relación a la galería, el procedimiento es más breve y
sencillo. La casamentera se limita a decir: «todo está arreglado». Se le piden
informes, detalles, y ella repite impertérrita: «le digo que está arreglado
todo». En el círculo va pasando la voz: «todo está arreglado». Y aunque, en
realidad, nada haya arreglado, acaba todo por arreglarse, debido a esa suave
presión del medio, a la atmósfera favorable, al ambiente, digamos así, que todo
el circulo de relaciones ha creado a la boda. La casamentera ha sabido
convertir a todo el círculo en casamentero. La pareja se encuentra unida sin
saber cómo, y aquella opinión externa, tan unánime, tan complacida en su obra,
tan convencida de la feliz armonía existente en la unión fraguada, acaba por
ejercer una decisiva influencia en el espíritu de los futuros contrayentes, que
ven la intervención providencial, el destino, el hado, donde sólo hubo el
gancho mortal de la casamentera.
Una vez casada la pareja, la casamentera tiene en
el hogar la autoridad y el prestigio que le dan su gestión anterior. Arreglará
las desavenencias que ocurran, los disgustillos transitorios, las pequeñas
trifulcas domésticas. Juzgará sin apelación e impondrá la paz, porque ambos
cónyuges sienten por ella un respeto afectuoso. La casamentera casi pertenece
al nuevo hogar. De esta manera, si es soltera o viuda solitaria, viene a tener
una familia, un poco postiza, es verdad, pero con todas las ventajas y ninguno
de los inconvenientes de la verdadera.
¿Salen bien los matrimonios formados así? Habría
mucho que hablar sobre este punto y no nos queda ya espacio para su desarrollo.
Agregaremos, pues, muy pocas palabras. La felicidad, según un filósofo francés,
no se conjuga en presente, sino en futuro imperfecto. La felicidad, como la
desgracia, se va haciendo, se va tramando en la convivencia, en la vida íntima
y constante. Y así, tanto peligro puede correr un matrimonio formado por un
amor enardecido y apasionado, como otro tibio, suave, cordial, sosegado. Todo
depende de la hondura con que luego, en la vida diaria, eche sus raíces el
cariño, porque es éste, el santo cariño, lleno del sentimiento del deber y de
una rígida y caballeresca lealtad a la fe jurada, el que forma los sólidos
vínculos de la vida matrimonial. Y en último término, todas las circunstancias
preliminares de un enlace quedan olvidadas ante el aleteo de las nuevas vidas y
el pío pío que resuena en nuestro corazón.
LAS «PLANCHADORAS»
Comencemos por desvanecer el error en que el título
de esta croniquilla pudiera inducir al lector. No se refiere el epígrafe a la
respetable clase social que nos aliña las prendas internas, empleando ese
producto que es el signo externo de la civilización: el almidón. No creemos
habernos excedido al aplicar a las planchadoras el calificativo de respetable
clase social. Su misión no puede ser más importante. Gracias a ellas se produce
en la vida cierta nivelación. Al contrario de los socialistas, que buscan la
igualdad haciendo que desciendan las clases altas, las planchadoras elevan a
las bajas por medio del almidonado. Colocado al alcance de todo el mundo, el
almidón es un símbolo igualitario por ministerio de las planchadoras.
Pero, como va insinuado, no nos referimos a estas
planchadoras, sino a las otras, a las señoritas que, en sentido figurado, se
aplica este mismo sustantivo, cuando en los bailes, fiestas y saraos, se ven
relegadas o poco atendidas por los caballeros.
Quedarse «planchando»... Nada aflige tanto a una
muchacha, ni le da una impresión más completa de su poquedad, de su
insignificancia en el mundo. Es un poco difícil determinar los orígenes y
causas de esta desventura. Por regla general, se debe a que la «planchadora» no
ha sido muy favorecida por la naturaleza. No pretendemos hacer ningún
descubrimiento que merezca integrar las páginas de un texto de sociología,
diciendo que suele haber más «planchadoras» entre las feas o poco agraciadas
que entre las bonitas. El imperio de la belleza no tiene rebeldes. La fea, que
«plancha» por serlo, tiene dos causas de aflicción: la primera es una herida de
amor propio al verse relegada; la segunda envuelve una pesadumbre más profunda
y definitiva. Expliquemos su psicología. Ninguna persona, y menos aún una
señorita, naturalmente optimista, tiene una idea exacta de su fealdad. La
naturaleza nunca es cruel del todo. A cambio de los pocos encantos físicos que
nos concedió, suele otorgarnos un juicio favorable sobre nosotras mismas. Y
así, aun a despecho de las acusaciones matemáticas del espejo, nos vemos de
otra manera muy distinta en el cristal ilusorio de nuestro espíritu. Este
encantamiento o autosugestión desaparecen cuando el juicio ajeno se pronuncia
en forma de dejarnos «planchando». Todos nuestros optimismos sobre nuestra
propia figura se desvanecen ante aquel abandono que nos sume en el más completo
desaliento y en la más profunda de las tristezas. En tal sentido, «planchar»
equivale a morir; y no es exagerada la afirmación, pues en realidad muere
aquella favorable representación interna que de nuestra propia figura teníamos.
De estas premisas exactas, nada cuesta deducir—y esto va para los hombres—que
es un acto criminal dejar «planchar» a una señorita. Así, pues, un verdadero
caballero, un espíritu culto, un hombre distinguido de frac adentro debe ser
siempre solícito y obsequioso con las señoritas poco agraciadas, contribuyendo
a mantener en ellas esa deleznable ilusión sobre sus dones físicos. No confío
mucho en ver seguido este piadoso consejo, pues los hombres siempre fueron y
serán humildes esclavos de la belleza.
Pero no todas las feas «planchan». No pocas de
ellas se ven tan atendidas y solicitadas en los bailes como las más lindas. Una
fea se defiende de la «plancha» con dos recursos: bailando bien y teniendo
ingenio y espiritualidad. El bailar bien, con gracia y soltura, es ya una forma
de belleza física. Un cuerpo flexible, ágil, con movimientos rítmicos y
elegantes, hace olvidar las imperfecciones del rostro. Hay, en fin, feas que
tienen diablo, como dicen los franceses, o ángel, según el dicho español. El diablo
o el ángel es ese grado de seducción que dimana de la simpatía, ese aire o
nimbo de las figuras que es como el aleteo externo del alma. La que tenga
ingenio, inteligencia despierta, tampoco «planchará». Una conversación amena,
dotada de espíritu de observación, pronta en sus dichos, ocurrente, estará
siempre atendida y se verá solicitada. Pero es necesario tener sentido de la
medida, no pasarse de lista, pues no gusta generalmente a los hombres verse
dominados intelectualmente por la mujer. De manera que se puede «planchar»
tanto por sobra como por ausencia de despejo.
Frecuentemente se ven también algunas muchachas
bonitas que «planchan». Son figuras de belleza inerte, como los angelones de
retablo. La hermosura sin gracia, decía Ninón, es como un anzuelo sin cebo. Su
espíritu apagado y su inteligencia opaca hacen que su compañía sea aburrida y
tediosa.
Las causas por las cuales se queda una «planchando»
son muy variadas, y es difícil señalarlas todas. Desde luego, muchas veces
tiene la culpa la dueña de casa donde se realiza el baile. La función de la
dueña de casa requiere una gran actividad diplomática, a fin de que todas las
señoritas que asisten a la fiesta sean atendidas y obsequiadas. En esto ha de
demostrar su habilidad, su fino tacto, sus recursos de dama de mundo. El
fracaso de una señorita en un baile recae siempre sobre la dama que ofrece la
fiesta. A este respecto contaré un triste episodio ocurrido no hace muchos años
a una amiga mía, perteneciente a una de nuestras primeras familias. Mi amiga
era linda, inteligente, discreta. Invitada a un baile aristocrático, entró en
el salón y se sentó. Lanzáronse todas las parejas a bailar y ella se quedó
sola. Su situación no podía ser más violenta y desairada. Levantarse e irse,
atravesando el salón, le pareció un acto intempestivo; quedarse allí, sola y
abandonada en medio del baile, no era menos desagradable y molesto. Y en medio
de estas vacilaciones, agobiado su espíritu, rompió a llorar con la más
profunda aflicción. Acudieron a ella, vino la dueña de casa, la preguntaron por
la causa de su llanto, y respondió que se había puesto enferma y que deseaba
retirarse. Los concurrentes al baile, percatados de la verdadera causa de
aquellas amarguísimas lágrimas, hicieron responsable del desaire a la dama que
ofrecía la fiesta, la cual, a partir de aquel momento, resultó triste, medio
aguada y deslucida. Nunca olvidaré el mal rato que sufrí ante la situación
desairada e inmerecida de mi amiga.
Una dueña de casa, discreta, inteligente, debe
evitar estos percances. Lo primero que ha de hacer es darse cuenta de la
situación personal de los concurrentes a la fiesta, de la relación entre
jóvenes y señoritas, de sus simpatías e inclinaciones, etc. Debe presentar a
los que se desconozcan, intervenir como lazo de relación, procurar, en una
palabra, crear un ambiente de familiaridad para que el sarao resulte agradable,
cordial y lucido. Y ha de prestar, sobre todo una atención vigilante y solícita
a las que ya tienen cierta reputación de «planchadoras», para evitar que en su
casa se vean en tan triste soledad. Al efecto, la dueña de casa debe contar con
un grupo de caballeros que sean amigos de confianza, a los cuales pueda pedir
el servicio de que bailen a las «planchadoras». Pero en esto mismo no hay que
abusar; no se debe endosar al mismo caballero una «planchadora» toda la noche.
Por eso conviene que el círculo de amigos sea extenso, para repartir
equitativamente la carga. El mayor éxito, en fin, de la dueña de casa está en
poner en circulación danzante a las «planchadoras», procurando aliviar la
desventura de las proscriptas del baile.
La «planchadora» ignora siempre las causas de su
triste condición. La Providencia la libra de este aflictivo conocimiento. Y
así, cuando por bondad algún caballero la saca a bailar, se aferra a él,
añadiendo a su condición de «planchadora» la de pelma. Le ocurre lo contrario
que a la muy solicitada, la cual evita bailar muy seguido con el mismo
caballero, actitud que podría inducir a la concurrencia en el error de suponer
un principio de compromiso. La «planchadora», por el contrario, prefiere la
murmuración a la «plancha».
Alguna vez se «plancha» sin ser «planchadora»; un
«planchado» fortuito, casual, injustificado; porque, usando el lenguaje
corriente, hay bailes con suerte y bailes con desgracia. He aquí un fenómeno
superior a nuestra capacidad analítica. ¿Por qué en unos bailes tenemos éxito y
en otros no lo tenemos? Misterio. Quizá se deba a que la belleza de la mujer
tiene ascensos y descensos y momentos de plenitud. De todos modos, voy a
permitirme dar a las señoritas un consejo, fruto de mi experiencia. La entrada en
un baile tiene singular influencia para el resto de la noche. Es necesario,
como vulgarmente se dice, entrar con buen pie. Al efecto, nunca se debe entrar
sola en el salón. Ello es de mal agüero. Conviene tener un amigo de confianza
que nos acompañe al hacer nuestra aparición en la tertulia o sarao,
conduciéndonos desde el «toilette», donde hemos dejado nuestro abrigo. Esto es
de un efecto seguro, pues sirve para demostrar que estamos solicitadas desde el
instante de nuestra llegada. Con este y otros pequeños y discretos recursos nos
iremos librando de la «plancha» en las noches de mala fortuna.
No creo haber agotado este tema trascendental de
las «planchadoras», cuya psicología es complejísima. Sólo he querido divagar un
momento sobre su evidente importancia e insinuar algunas advertencias útiles a
las dueñas de casa y a las mismas señoritas que no tienen la suerte de atraer y
sugestionar con el encanto de sus dones físicos y el hechizo de sus donaires
espirituales.
LA MODA Y EL DIABLO
Gracias a Dios y a la actividad inteligente de mi
marido gozo la dicha del ocio para poder cultivar un poco mi espíritu con
lecturas amenas y divagaciones estéticas. El ocio es la primera condición para
poder disfrutar de las manifestaciones artísticas. Sin abandonar mis
obligaciones sociales y mundanas—visitas, tertulias, juntas de caridad, bailes,
saraos, funerales, bodas—consagro la mayor parte del tiempo a la lectura.
Mi mayor placer es poner mi pobre espíritu en
contacto con los espíritus excepcionales, sintiendo cómo ellos dotan de alas al
mío con sus nobles pensamientos y elevada emoción, produciéndome algo así como
la gloria del vuelo y hendiendo con su auxilio las zonas inexploradas de la
conciencia y del alma. El escribir es una actividad reciente en mí. Ya lo
habréis notado por lo endeble y desmañado de mi estilo, por su falta de
elegancia y de precisión, por su pobre ideológica y por esas fallas de sintaxis
que se observan siempre en la prosa femenina por esmerada que haya sido nuestra
educación. La sintaxis enseña a coordinar y unir las palabras para formar
oraciones y expresar conceptos. Pero como el espíritu de la mujer es por
condición ingénita un poco incoordinable y caótico, sus maneras de expresión,
tendientes al charloteo, a imitación del grifo suelto, se rebela a la sintaxis
que es la disciplina del discurso. Hartas disciplinas de hecho y de derecho
tenemos las mujeres para someternos también a ésta de la gramática. Nuestra
única libertad en el mundo es la sintáctica. Y conste que no soy feminista.
Pero de esto hablaremos otro día.
Decía que mis mayores delectaciones están en la
lectura. Mis autores predilectos son aquellos escritores mixtos de poetas y
filósofos, en quienes existe cierta armonía y un ponderado equilibrio entre las
emociones del corazón y el vuelo de la mente. No gusto de los exclusivamente
poetas, porque en ellos todo es exageración y fantasmagoría; ni de los
exclusivamente filósofos, constructores de sistemas, para cuya comprensión,
además de carecer de cultura, no alcanzan las débiles luces naturales de mi
entendimiento.
¿Y a qué viene todo esto? Todo esto viene a cuento
de que el otro día estaba leyendo una comedia de Shakespeare. Me gusta mucho
más leer al glorioso cisne del Avon que oir sus obras en el teatro, pues las
acotaciones del texto suelen tener un interés crítico y poético extraordinario.
Gústanme también mucho más sus comedias, tan graciosas, tan espirituales, que
sus dramas, tan rudos y tan sombríos, con pasiones tan violentas y protervas
que parece no cupieran en el frágil vaso de la naturaleza humana. Pues bien:
leyendo una comedia de Shakespeare toparon mis ojos con esta frase: «La mujer
es un manjar de los dioses cuando no lo adereza el diablo».
Quedéme suspensa y cavilosa. ¿Quién será este
diablo aderezador? Ya sabéis que el gran poeta inglés se expresa siempre en una
forma cortante y misteriosa. Su fuerza, más que en lo que dice, está en lo que
sugiere. Sus frases nos sumergen en la meditación y el ensueño; nos llevan
lejos, lejos, más allá de todos los horizontes visibles. Bueno; yo no sé
expresar bien esto, pues pertenece a honduras de la vida en cuyos bordes mi
pobre cabecita sufre vértigos y mareos. Para esclarecer los oscuros conceptos del
poeta hay en Londres diversas sociedades y cenáculos que discuten
incesantemente lo que quiso decir en tal o cual pasaje de sus obras. Ignoro si
los exégetas de Londres habrán logrado averiguar cuál es el diablo aderezador
que impide algunas veces el que sea la mujer un manjar de los dioses.
Pensando, pensando, pensando—no sé si con acierto,
pues a veces se acierta menos cuanto más se piensa—yo creo haber llegado a
descubrir el diablo aderezador a que se refiere Shakespeare. Este diablo es la
moda. No me cabe duda: la moda surge de las inspiraciones del diablo.
Por lo instable, proteica y multiforme, por su
eterna inquietud y constante mudanza en hechura y colores, la moda es cosa del
mismo diablo, personaje igualmente voluble, tornadizo, trasformista,
desfigurado y quimérico. ¿Quién sino el diablo pudo inspirar el miriñaque, el
polisón y, últimamente, sin ir más lejos, las faldas trabadas que nos obligaban
a un pasito de paloma, menudo, corto, sutil, deslizado? El miriñaque, con su
ruedo de ballestas y flejes, con su amplia circunferencia, era un atavío absurdo,
es decir, nos parece ahora extravagante, pues en su época era natural, lógico y
aun estético, porque el uso y la costumbre forman una segunda naturaleza. El
hábito hace que la locura sea razonable. Dentro del miriñaque el cuerpo iba
suelto, desabrigado, como dentro de una nube. Y nuestras abuelas no sentían los
estremecimientos que produce el aire al calar nuestros huesos.
El diablo de la moda las hacía resistentes al frío,
al viento colado, a la intemperie; porque el diablo, junto con un traje para
congelarnos, nos da la calefacción del orgullo, de la satisfacción, del íntimo
contentamiento de ir peripuestas con arreglo a los últimos cánones y
pragmáticas del lujo. Vino después el polisón, ese promontorio colocado donde
la espalda cambia de nombre, aditamento fantástico, incómodo, grotesco,
ocurrencia, en fin, del mismo demonio, pero que también pareció muy natural,
muy lógico y muy estético en su época. Y, sin duda, tanto el miriñaque como el
polisón tuvieron en su tiempo algo que los hacía atractivos y graciosos, algo
seductor, insinuante, cautivador. La prueba está en que nuestros abuelos
asocian al miriñaque la evocación de su amor; y nuestros padres, al recordar
sus cuitas y congojas amatorias, mezclan también a sus memorias el absurdo
polisón. Nuestros mismos maridos guardan la imagen de nuestras faldas trabadas
y nuestro pasito de palomas, asociando el aire de nuestras figuras a las horas
que con mayor intensidad anhelaron la mirada afectiva de nuestros ojos y los
latidos de nuestro corazón. Y es que, en el fondo, el diablo anda siempre en el
atavío femenino; unas veces en forma de falda trabada, otras en forma de polisón
y otras en el ruedo del miriñaque. Pero siempre es el mismo diablo; no hace más
que trasformarse. Con estas trasformaciones el diablo se divierte y el mundo
también. Y, en realidad, aunque la mudanza sea visible, las modas nunca
desaparecen del todo: unas viven en la memoria de los viejos; otras en el
recuerdo de las gentes maduras: las últimas en nuestro gusto. El fin de todas
es el mismo: irán a los museos, mientras las generaciones que las usaron yacen
en la eternidad, para dejar paso a otros usos, a otras trasformaciones, a otros
gustos y a otros atavíos.
La moda trata de corregir la naturaleza, de
trasformar o desfigurar el cuerpo, que es obra de Dios. He aquí otro indicio de
que la moda es inspiración del ángel rebelde, del diablo. Y este empeño
luciferino de corregir la obra divina en sus líneas fundamentales es muy
antiguo. Ya Calderón de la Barca lo advierte en su «Eco y Narciso».
—Pues ¿hay usos en los talles?
—Sí; yo me acuerdo haber visto
Usarse un año a los pechos,
Y otro año a los tobillos;
Y esto no es mucho, que en fin,
Consistía en los vestidos.
¿Qué se propondrá la moda, es decir, el diablo, al
descentrar el talle de su sitio natural? De sacrilegio estético puede
calificarse esta trasformación de las líneas que el Divino Arquitecto en su
concepción soberana dió al cuerpo femenino. Con razón decía madame Delepinasse
que la mujer se desesperaría si la Naturaleza la hubiera hecho tal como la
arregla la moda. Seguramente renunciaríamos al don de la vida si hubiéramos de
nacer con miriñaque, polisón o faldas trabadas. El concepto estético de la humanidad
es que Dios hizo perfecto el cuerpo de la mujer. ¿Por qué consentimos luego que
lo vista el diablo, alterando el orden perfecto y la armonía divina de las
líneas? Lo racional y lógico sería que los vestidos se ajustaran dócilmente a
este orden y a esta armonía, obra insustituíble del Creador. Pero el diablo,
como ángel rebelde, se sirve de la moda para simular que tiene el poder de
trasformar los cuerpos, la obra de Dios. Sabido es que la cualidad especial del
diablo es la sofistificación, el enredo, la mentira, la paradoja, el barullo y
la confusión. Pero, con todo, no se puede negar que el diablo, por medio de los
artificios de la moda, suele agregarnos a las mujeres algo que seduce, que
trastorna; vamos, un no sé qué que sólo puede ser obra del diablo. Claro está
que ello sucede cuando está acertado en la moda, lo que es muy raro en él, pues
casi siempre el diablo está dejado de la mano de Dios. Pero lo curioso es que,
aun cuando desacertadísimo, nos impone su gusto y nos esclavizamos a las normas
dictadas por su genio maléfico.
Por las modas pasadas, que sólo existen ya en los
museos, advertimos que el propósito al implantarlas no fué la perfección, ni la
comodidad, ni la gracia, sino lo caprichoso, lo mudable, fantástico y
extravagante. Sin embargo, la adopción fué general en el mundo femenino. Ello
se debe a que la moda es para la mujer como una segunda religión. Y el
fanatismo en esta segunda religión se manifiesta en llevar la moda a sus
términos más exagerados. Si se trata del miriñaque, darle más ruedo y amplitud
que nadie; si del polisón, abultarlo más que las demás; si de la falda trabada,
convertirla en manea. Así la moda va, poco a poco, por contagio, exagerándose,
hasta que muere por sus propios excesos. La psicología de estas exageraciones
reside en que no queremos pasar inadvertidas. Las mujeres nos ofendemos cuando
nos miran mucho; pero nos ofendemos mucho más no mirándonos nada. Por aquí
también anda el diablo en su doble forma de coquetería y soberbia.
El tema es muy vasto y abarca otros horizontes de
crítica, fuera de la crítica al diablo, que yo no puedo tratar por mi escasez
de conocimientos y limitada penetración. Entre estos aspectos está el
económico. La constante variación de las modas parece que se relaciona con la
crematística o arte de negociar. El otro día, leyendo un librito de anécdotas
de Chamfort, referentes casi todas a la vida de Versalles, en los días de mayor
esplendor mundano, encontré esta frase: «El cambio de las modas es una contribución
que la industria del pobre impone a la vanidad del rico». Despréndese de este
concepto que las mutaciones calidoscópicas de la moda están movidas por el
anhelo utilitario del pobre. De aquí se deduce también que nuestros atavíos son
obra de la fantasía del proletariado de aguja, y no fruto de nuestro propio
espíritu creador ni de nuestro gusto estético. Así, pues, la responsabilidad de
los adefesios en los atavíos que cubren a la burguesía femenina corresponde al
pueblo que labora en los talleres de confección y al diablo que anda suelto por
muestrarios y escaparates. Bueno es que lo tengan en cuenta los filósofos que
tratan el problema social.
He consultado con mi marido el concepto económico
de Chamfort sobre las modas. Mi marido, especialista, como sabéis, en la
ornitología noctívaga de nuestras pampas, posee también vasta cultura en otras
ramas del conocimiento humano, además de un buen juicio y un equilibrio fuera
de toda ponderación. Es una gloria estar unida a un hombre tan inteligente.
Quizá sea ministro de Agricultura en la próxima situación. Le sobran méritos
para ello. Además, debo recordar aquí, por lo que pueda influir, que estuvo en el
Parque. Bueno: pues mi marido me ha dicho que existe otro filósofo (se me ha
olvidado el nombre) que retruca a Chamfort, diciendo que «las modas son el
medio de que se vale el rico para alimentar al pobre». El concepto es
diametralmente opuesto, y yo no sé cuál de los dos será el exacto. Mi marido,
que es algo burlón, un ironista, un poco dado al titeo filosófico, que es la
sal de la reflexión, dice que da lo mismo que tenga razón Chamfort o el otro, o
ninguno de los dos. Y añade el muy tuno que la cuestión «fundamental» es que yo
esté linda, sea cual fuere la filosofía de la moda...
LOS «TRAMITADORES»
Ya hemos hablado de la presentación en sociedad,
del amor y su apariencia, del cariño, del espíritu nuevo que forma un largo
convivir, del matrimonio, del «gancho», del «sí» y del «no» de las niñas, de
las «planchadoras», de la moda y el diablo. Hemos tocado, en fin—tocar nada
más—temas graves y temas ligeros, procurando dar un poco de gravedad a los
ligeros y un poco de ligereza a los graves, siguiendo en esto el orden mismo de
la vida que mezcla la alegría frívola y la tristeza profunda, el dolor y el placer,
la risa y las lágrimas. Todos estos temas, tratados en forma somera e inhábil,
a la buena de Dios, en parloteo superficial, de mujer exenta de ilustración y
de luces literarias, son temas universales, empequeñecidos, claro está, por mi
poquedad reflexiva y lo alicorto de mi espíritu de percepción. Ya sabéis que
empiezo a escribir ahora. Y cuando se empieza a escribir, como cuando se
comienza a hablar, es inevitable el balbuceo. Me faltan las palabras, huyen los
conceptos, se eclipsan las imágenes y se me enreda el discurso. ¡Ay, Dios mío!
Sufro lo indecible con este encrespamiento, con esta rebeldía de formas,
rasgos, ideas y vocabulario. Y aunque el escribir tiene algo del «crochet»—y yo
hago muy bien «crochet»—confieso mi desesperación al ver que el tejido de mi
prosa es muy inferior al tejido de mis manteletas.
Pero, en fin, aunque desmañadamente, vamos
entretejiendo estos rebeldes y dispersos hilos prosódicos. Los cuales, mal
unidos y tramados, van formando, como decía, un pequeño tejido de pasiones
universales. Ahora bien: anhelo que esta crónica se refiera a una modalidad de
nuestra vida social, tan original en sus costumbres y rápidas evoluciones.
Quiero hablar, en fin, de los «tramitadores» gracioso término aplicado a todas
aquellas personas de algún viso social y mundano que tratan de introducir en
nuestra aristocracia a personas sin abolengo, sin tradición familiar, a jóvenes
y señoritas, y aun a familias enteras que, habiendo logrado la riqueza en estos
saltos intempestivos, rápidos, insospechables, que aquí se operan en el
trasiego de los bienes, desean, una vez opulentos, alternar con lo más
dorado—pase el galicismo—de nuestra sociedad.
El tema es difícil, escabroso, complejo, oscuro y
hasta un tanto laberíntico. Para exponerlo se requiere proceder con cierto
método.
¿Qué es aquí lo aristocrático? Se compone, en
primer término, de los apellidos procéricos, de los que figuran en la historia
de la independencia nacional. Pero estos apellidos históricos, si no están
sostenidos por la fortuna, que ejerce una influencia avasalladora, se ven
relegados al olvido, al ostracismo social. Así, pues, para brillar, no basta el
apellido histórico; hace falta el dinero. Constituyen también aristocracia
aquellas familias que, no figurando en la historia patria, tienen vieja tradición
de riqueza y que se han vinculado, por entronques, con familias históricas. Por
último, existe el prestigio intelectual y político moderno; nombres que han
figurado en nuestra última evolución republicana, en el ajetreo gobernante,
político y parlamentario. Tales son las bases fundamentales de nuestra
aristocracia.
Pero junto a ella, fundidos ya en su seno, figuran
otros elementos, aquellos que han logrado la opulencia en las dos últimas
décadas, en las cuales, mucho más que en el trascurso de la anterior centuria,
se ha desenvuelto la prosperidad del país. Así, pues, la «haut» resulta un poco
heterogénea, un poco mezclada y confusa, como toda nuestra vida. En Europa la
aristocracia está nítidamente definida: la componen los que pueden ostentar un
título nobiliario, otorgado, justa o injustamente, por los reyes, ya sea en
antiguos pergaminos, ya en moderno y deleznable papel de barba. Pero siempre
«papelitos cantan». Aquí no tenemos nada de eso, felizmente. Nos limitamos a
decir: «apellido conocido», «gente bien», «buena familia». Estos títulos—que
acaso sean los mejores, los verdaderamente meritorios—constituyen nuestra alta
clase social. Mas, como va dicho, forman una aristocracia indeterminada,
indefinible en el sentido estricto, compuesta de apellidos históricos
(verdadera aristocracia dentro de la democracia republicana), familias de larga
tradición de riqueza, nombres políticos del último siglo y elementos opulentos
de la última hornada. Yo no sé explicar mejor el fenómeno: pero creo que lo
dicho basta como esbozo de nuestro gran mundo.
Y vengamos al tema verdadero de nuestra
croniquilla. ¿Cómo se entra en este gran mundo? Aquí empieza la función del
«tramitador». No es difícil esta entrada, pues nuestro gran mundo es fácil,
abierto, asequible.
El «tramitador» es persona conocida, «mozo bien»,
hombre, en fin, perteneciente a uno de los grupos en que hemos definido nuestra
aristocracia. Se puede «tramitar» un joven, una niña y aun toda la familia.
Generalmente, aunque se empiece por una sola persona, se acaba por tramitar a
todo el grupo familiar. Comienza la acción tramitadora por grandes e
hiperbólicos elogios de los tramitados, antes de la presentación. El padre, el
jefe de la familia a tramitar, es un hombre lleno de méritos; tiene una estancia
de diez leguas, pobladas por él mismo, con alfalfares magníficos y animales
finísimos. «Hombres así hacen falta al país»—dice el «tramitador». Y tiene
razón: estos son los hombres que hacen falta. Luego agrega que es una persona
muy educada, muy discreta, muy agradable. Habla después del hijo: «es el mejor
estudiante de derecho; saca siempre diez puntos y, socialmente, es de lo más
fino, de lo más culto y muy amigo de sus amigos». Para la niña, para la hija
del estanciero y hermana del futuro jurisconsulto que eclipsará un día la
gloria de Justiniano, tiene el «tramitador» palabras justamente ponderativas:
«es una monada; muy linda; toca el piano admirablemente; habla francés como una
francesa y recita versos de Rostand; interesantísima la muchacha». El «tramitador»
tiene también unos conceptos oportunos para la señora, para la consorte del
terrateniente: «es muy sencilla, muy buena y muy caritativa». Por último resume
así las condiciones de toda la familia: «gente de lo más bien».
Preparado el terreno, vienen las presentaciones. El
«tramitador» está relacionado con todo nuestro gran mundo y le es muy fácil ir
dando a conocer en los altos círculos a sus nuevos amigos.
Al aventajado estudiante le apadrina en su
presentación de socio en el Jockey y le inicia en la vida de los clubs. Quizá
le organice un banquete íntimo para celebrar sus triunfos universitarios,
banquete al que asisten jóvenes muy conocidos, aunque estudian poco. No solo
por estudiar son conocidas las personas. A la niña la recomienda mucho a sus
relaciones femeninas y muy especialmente a unas parientas del propio
«tramitador», señoritas distinguidas que figuran mucho en sociedad, las cuales
toman bajo su protección a la neófita, logrando que sea invitada a las
principales fiestas de nuestro gran mundo. El «tramitador», que todo lo prevé,
tiene buenos amigos entre los cronistas sociales de los diarios. De manera que
la señorita desconocida empieza a ser mencionada constantemente en las
crónicas, entre lo más dorado de nuestra sociedad. Tiene también el
«tramitador» algún pariente que ocupa alta posición en la política o en el
gobierno. Y un día le presenta a su amigo, el rico estanciero. El terrateniente
habla con el personaje político de problemas ganaderos y agrícolas, de la
situación del país, de exportaciones e importaciones, de frigoríficos, de
novillos y pastos, etc. Discurre con sensatez y equilibrio, aunque sin ciencia.
Nutrido de realidad, su visión directa de las cosas suple con ventaja a los
libros. El que siembra diez leguas de alfalfa es un economista que nada tiene
que aprender de Leroy-Boulieau. Nuestro terrateniente queda muy complacido de
haber alternado con el personaje. Al poco tiempo es nombrado por el gobierno
para que forme parte de una comisión informadora sobre la extensión de la
aftosa. Los diarios dan cuenta de sus interesantes opiniones sobre el punto.
Con tal motivo el estanciero, oscuro hasta entonces, se torna conocido para
todo el país, justamente conocido y respetable, pues tanto su labor como sus
palabras contribuyen al progreso patrio. El «tramitador» no olvida nada. Por
medio de unas parientas, matronas muy distinguidas y muy dadas a la caridad
pública, hace que la señora del terrateniente sea incluída en la comisión
directiva de una tradicional institución de beneficencia. Con esto la excelente
señora alcanza también aquella figuración correspondiente a su edad, a su
posición y a sus gustos.
Detalles más o menos, he ahí el proceso que lleva
al brillo social a una familia que vivió siempre en una discreta penumbra. En
breve tiempo su nombre, repetido por los diversos conceptos ya señalados, viene
a formar parte de nuestra indefinida aristocracia, de nuestro gran mundo. Quizá
algunas personas dadas a lo tradicional y castizo, apegadas a la ranciedad, no
vean con buenos ojos estas improvisaciones. Sin embargo, es una de las
condiciones más simpáticas de nuestra modalidad social, pues prueba su poder
asimilativo en estos rápidos procesos de remoción que caracterizan nuestra vida
colectiva. Pero este es un problema de sociólogos y economistas que no me
corresponde ni puedo yo tratar. Quizá alguna vez cuente lo que mi marido,
hombre de mucho seso, que lleva además un apellido de largo abolengo, piensa
sobre este punto.
Entretanto, terminemos estos ligeros apuntes
descriptivos con unas pocas palabras más sobre el «tramitador». ¿Qué móviles le
inducen a ejercer estas tramitaciones? ¿Son ellas desinteresadas?
Muchas veces, sí. Una pura simpatía le guía. Otras
veces, el espíritu democrático, latente en nuestra sociedad, no obstante
ciertos anhelos de diferenciación de algún reducido grupo, lleva al
«tramitador» a convertirse en lazo entre la burguesía que se forma rápidamente
y la ya constituída. Pero hay también «tramitadores» interesados. Nuestro gran
mundo se va volviendo un poco complejo. Y existen ya figuraciones difíciles en
el orden económico, estrecheces doradas, angustias domésticas por no renunciar al
brillo social, mantenido con arduos apuros y apreturas tristes, ocultas y
silenciosas. De aquí que haya algún «tramitador» interesado. Alguna vez el jefe
de la familia tramitada, hombre de gran poder económico, puede ayudar al
«tramitador» en sus negocios vacilantes con sus influyentes relaciones
bancarias y por los mil medios que tiene a su alcance la sólida opulencia.
Otras veces, el «tramitador» se convierte en heredero de las diez leguas
alfalfadas por medio de un matrimonio un tanto morganático, si vale expresarse
así, en que se unen el brillo del nombre y el más opaco que da el campo bien
alfalfado, aunque exento de gules. La vida es una serie de mutuos
apuntalamientos, de combinación de anhelos, de asociación de aspiraciones
diversas. Unos allegan o ponen el nombre; otros la sustancia. El que tiene
nombre y no sustancia, quiere sustancia. El que tiene sustancia y no nombre,
quiere nombre. En el fondo lo queremos todo: nombre y sustancia, y también
amor. El equilibrio y la felicidad surgen de la obtención de lo complementario,
de aquello que nos falta. En saber conseguirlo reside el secreto de la
felicidad. Y por eso no debe decirse que existen matrimonios desiguales, ya que
cada uno pone en esta sociedad divina y humana lo que al otro le falta, coordinándose
así los deseos dispares.
En estos casos, salta a la vista que el
«tramitador» se está tramitando a sí mismo...
LOS AFEITES
Los viajeros y turistas que visitan Buenos Aires
con propósito de estudiar nuestra sociedad y nuestras costumbres suelen
maravillarse de lo general que es aquí la belleza femenina. Llámales igualmente
la atención la extraordinaria variedad en la hermosura. No existe, como en
Europa, la uniformidad de tipo: rubias en el Norte, morenas en el Sur. En los
viejos pueblos europeos se ha consagrado una copiosa literatura a la apología
de estas distintas formas de belleza. Los poetas del Sur dicen que Dios concedió
la mujer rubia a los pueblos del Norte para consolarlos de la ausencia del Sol.
Los vates del Norte, por su parte, ven el infierno en los ojos negros de las
mujeres del Sur. Pero sabido es que la poesía es el arte de la simplicidad y de
la exageración, o de la exageración simplista, pues las pasiones, como todo
fenómeno individual, nada tienen que ver con el color del pelo o el matiz del
cutis. Y así, hay rubias muy exaltadas y volcánicas que viven entre las neveras
y témpanos de Siberia, mientras no es raro ver en los cármenes del Mediterráneo
morenas lánguidas y desmayadas, como sumidas en sueño letárgico a compás del
vaivén de las hamacas. Así como las tormentas se producen en todos los puntos
de la tierra, hay también ciclones pasionales en todas las zonas del espíritu
universal. Lo único cierto es que la pasión es en el Sur más gritona, más
aparatosa, más visajera; pero ello no quiere decir que sea más intensa. El loro
alborota más con sus pasiones que el mudo pingüino, sin ser por esto más
apasionado.
Como iba diciendo, la belleza es aquí variadísima.
Difícil sería decir si hay más rubias que morenas, o más morenas que rubias. Lo
que puede afirmarse es que cada una, en su tipo propio, es trasunto y dechado
de la hermosura femenina. Se atribuye ello a la fusión de razas heterogéneas en
este crisol argentino. Mi marido que, como sabéis, es muy inteligente, suele
disertar de sobremesa acerca de este tópico, teniéndome a mí por amable
auditorio. Según él, lo esencial de la hermosura es la salud, que ya por sí
misma es una belleza. Y esta salud originaria la traen consigo los montañeses
de todas las latitudes europeas que constituyen la mayor parte de la
inmigración, montañeses no contaminados de la vida urbana y decadente de los
viejos pueblos. A juicio de mi marido, este proceso social va creando en Buenos
Aires el arquetipo de la belleza física. La atención que presto a cuanto
dice—pues no tenéis idea de la elocuencia y solidez razonadora de mi esposo—es
para él un estímulo intelectual, y así sus disertaciones sobre la belleza de la
mujer argentina participan de la profundidad de la ciencia y del encanto del
arte. Yo le escucho con gran gusto, y al sorprenderme de sus arrebatos líricos,
me dice que lo atribuye al modelo que tiene delante... ¡Si es lo más gentil!...
Pero nuestras beldades, o algunas de ellas, se han
empeñado en estropear o destruir con los artificios de afeites y pinturas su
propia hermosura natural. Esta pésima costumbre, que ya estaba casi desterrada,
vuelve a renacer ahora en forma alarmante.
¿Qué móvil puede guiar a la mujer que se pinta?
¿Engañarse a sí misma? Esto es pueril, pues dentro de nuestra propia conciencia
sabemos que la belleza pintada—suponiendo que esta pintura lo sea—es una
belleza pegadiza, falsa, histriónica. El anhelo de íntima perfección se funda,
por otra parte, en no ensañarnos a nosotras mismas, ni en pensamiento ni en
obra. ¿Engañar a los demás? Tampoco, ya que a la legua se ve que está pintada
una cara. Y aunque no se viera, la intención del engaño no sería menos censurable.
Entre la mujer que se pinta y la máscara no hay más diferencia que de grado de
enmascaramiento. La que es linda no necesita pintarse, pues nada añade la
pintura a su lindeza, antes la deforma y destruye. La que es fea, o poco
agraciada, no conseguirá con inanes y fútiles ingredientes químicos aquella
hermosura que le fué negada por la Naturaleza.
Esta tendencia de la mujer al afeite es muy remota
y tiene raíces psicológicas o instintivas difíciles de descubrir. Ya en las
cuevas de los trogloditas la mujer se pintaba, creyendo agregar con ello
encantos a su figura. Las indias se pintaban también. Según Miranda, el
historiador del Uruguay, las mujeres charrúas se hacían unas rayas azules
perpendiculares, desde la frente a la mandíbula. No es, por lo tanto, el tocado
pinturero fruto de nuestra civilización moderna y refinada. Tiene un origen
salvaje. Esto debía bastar para que la tendencia fuera desterrada de nuestras
costumbres. En este sentido, los hombres han progresado más que las mujeres.
Entre los hombres existe también la pintura en forma de tatuaje. Pero ningún
hombre distinguido la emplea. Sólo los marineros se pintan un ancla en los
brazos o se estampan en el pecho el velamen y la arboladura del bergantín, la
imagen náutica, en fin, del barco en que viven. Y esto es pasable, ya que tal
pintura es el símbolo de su oficio, el emblema de su lucha épica con los
elementos trágicos de la Naturaleza.
Pero ¿es posible pintar la belleza en un rostro en
que no exista? Se simulará, por unas horas, la frescura, el color; mas no las
líneas, que es donde reside la verdadera belleza. La contextura orgánica de un
rostro, la armazón ósea, no hay pintura que pueda trasformarla, como los
dorados de un chapitel no reforman la arquitectura de un templo torcido o
contrahecho.
Me anticipo a reconocer la inutilidad del
razonamiento en su aspecto fundamental estético. La mujer vana y superficial
seguirá pintándose, con arreglo a los cánones que en la moda imperen. Porque
también en esto de la pintura existe la moda. Nos lo demuestran unos versos
clásicos de la comedia de Calderón de la Barca titulada «Eco y Narciso».
«—Un tiempo se dieron
En usar ojos dormidos;
No había hermosura despierta,
Y todo era mirar bizco.
Usáronse ojos rasgados
Luego, y dieron en abrirlos
Tanto, que de temerosos
Se hicieron espantadizos.
Las bocas chicas, entonces
Eran de lo más valido,
Y andaban por esas calles
Todos los labios fruncidos.
Dieron en usarse grandes,
Y en aquel instante mismo
Se despegaron las bocas,
Y, dejando lo jasifo
De lo pequeño, pusieron
Su perfección en lo limpio
De lo grande, hasta enseñar
Dientes, muelas y colmillos.»
En estos versos del clásico dramaturgo castellano
está encerrada la evolución de la moda del afeite en el trascurso de su vida.
Se ha repetido hasta la saciedad que la cara es el
espejo del alma. Este dicho vulgar tiene vida permanente por la verdad que
encierra. Efectivamente, el rostro y, sobre todo, los ojos, constituyen,
digamos así, el reflejo de nuestra vida interna. Las manos, los brazos, los
componentes todos de nuestro cuerpo, no revelan nuestra personalidad psíquica.
La revelación está en la cara y en la mirada. Ahora bien: ¿qué género de
personalidad pueden acusar un rostro y unos ojos pintados? No será una
personalidad real, con su espíritu revelado, sino una personalidad de farmacia
o de fabricación química, esto es, lo menos personal que puede existir. De aquí
que, el pintarse la cara, espejo del alma, equivalga a pintarse el alma misma.
Las deducciones que de estas premisas se desprenden
son un poco escabrosas. No hemos de hacerlas. Sólo diremos que ni el
enmascaramiento físico, ni el moral, duran en la vida, ni puede fundarse
felicidad alguna en tales y tan deleznables artificios.
Con todo, puede admitirse en las jóvenes este
pueril error de pretender acentuar con afeites su propia belleza. El deseo de
agradar implica siempre una forma de generosidad. También supone egoísmo (los
instintos son muy confusos y contradictorios) ya que pretende acrecer con este
recurso falso la hermosura natural. Pero ¿qué decir de las señoras de edad,
casadas, con prole, quizá con nietos, que se pintan? Una dama, entrada en años,
luchando con el tiempo en su tocador, constituye el espectáculo más grotesco y
risible que pueda darse. Las canas y las arrugas ennoblecen a quien sabe
llevarlas. ¡Anular el tiempo con afeites! Debajo de la pintura está visible la
realidad; y el aparentar treinta años, cuando se tiene cincuenta, sólo revela
que los veinte de diferencia no han dejado en nuestro espíritu la gravedad de
pensamiento que da el tiempo. La impresión de ridiculez que nos produce una
vieja pintada dimana de que sus ideas no concuerdan con el reposo y la
serenidad correspondientes a los años que tiene. En las jóvenes la pintura es,
en el fondo, una coquetería, y queda muy mal el coqueteo a cierta altura de la
vida. El rasgo esencial de la vejez es un tranquilo desengaño, y causa risa ver
una mujer engañándose a sí misma de que aun no está desengañada. Según
Schopenhauer (la cita va por cuenta de mi marido, que lee filosofía alemana)
las ideas y los sentimientos deben ser concordes con la edad y la experiencia
adquirida en la vida. El afeite en las viejas viene a ser algo así como una
chochera pictórica. Y la chochez, respetable cuando es natural, resulta risible
cuando se opone vanamente por medio de estos artificios a los estragos del
tiempo, pidiendo a la química de tocador la juventud y la belleza que huyeron.
Nada más bello que el rielar del alma en el rostro,
revelando nuestro estado emocional, el pudor, el sonrojo, la dulce alegría,
todos los movimientos espontáneos de nuestro espíritu. La pintura es una
ficción teatral, histriónica, cosa, en fin, de la farándula. Todas las artistas
se pintan, a fin de dar la sensación de los distintos personajes representados.
Pero una señorita distinguida no debe representar más que un solo papel, el
suyo, el natural, el que le asignó la Providencia al crearla. Su carrera natural
es el matrimonio, y la vida íntima y familiar no debe convertirse en una
comiquería. Si yo fuera hombre no me casaría con una señorita que cambia de
color su pelo. Tendría mis sospechas de que un día pudiera cambiar también su
condición espiritual, y aun su misma adhesión; que quien no es constante
consigo misma, con su propia naturaleza, con sus propios atributos físicos,
puede extender a cosas más graves su frívola veleidad. En la propensión a lo
teatral hay siempre algún peligro. En la Edad Media se hacía un mundo aparte
del mundo teatral. No todo era absurdo en los tiempos medioevales, digan lo que
quieran los historiadores y sociólogos modernos.
La mayor hermosura es la sinceridad, en la cara y
en el alma, en la figura moral y en el espejo que la refleja. Y vaya, para
terminar, este humilde consejo: el mejor afeite es el agua fresca. Nos la echan
para cristianarnos. Usémosla siempre cristianamente...
LAS PACES
Las paces, así, en plural, constituyen un problema
no menos arduo que la paz, en singular.
La paz se refiere al retorno a la tranquilidad y al
sosiego de dos o más naciones en lucha, o de varios partidos enzarzados en
guerra civil y fratricida. Las paces aluden a la avenencia y reanudación del
amor en el matrimonio después de la discordia.
Aunque a primera vista parezca lo contrario, es más
fácil hacer la paz que «hacer las paces». Ya oigo exclamar: ¡Qué paradoja! No
hay tal paradoja; espero demostrarlo. Lo que ocurre es que la diferencia de
magnitud entre ambos conflictos, el conyugal y el internacional, hace creer a
los espíritus superficiales que este último tiene un arreglo infinitamente más
difícil que el primero. Esto es un error de juicio, que consiste en atribuir a
la extensión de la trifulca o pelotera internacional móviles más irreductibles
a concordia que aquellos que determinan las disidencias y ciscos conyugales.
Las guerras no son más duraderas porque sean más grandes. Hay guerras chicas
que no se acaban nunca. Ninguna guerra internacional dura treinta años,
mientras existen matrimonios que llegan como el perro y el gato a las bodas de
diamante. Basta este hecho para probar que es más fácil hacer la paz que «hacer
las paces».
Y el fenómeno se explica fácilmente. Para hacer la
paz hay reyes, diplomáticos, cancilleres, ministros, políticos, gobernantes,
etc., todos los que han lanzado a los pueblos a la pelea. Para «hacer las
paces» no hay acción intermediaria y pacificadora, porque los guerreros—los
cónyuges—empiezan por ocultar su propia guerra. En las guerras internacionales
los combatientes sienten el orgullo y el honor de la pelea. En las guerras
conyugales, por el contrario, se siente la vergüenza de mantenerlas. Y por eso
se ocultan. Los cónyuges simulan la paz sin estar hechas las paces, ofreciendo
al exterior una dulce concordia, mientras la guerra civil arde en casa. Esta
incomunicación de la guerra con el medio exterior es precisamente lo que
dificulta «hacer las paces». Así, pues, los contendientes, los cónyuges, han de
buscar, en medio de su contienda, los métodos y las maneras de apaciguar su
discordia. Y aquí está, precisamente, la dificultad. ¿Cómo ser simultáneamente,
guerreros y diplomáticos, actores e intermediarios? ¿Cómo suspender las
hostilidades? Dicho sin metáforas, en lenguaje directo: ¿Quién ha de ceder
primero? ¿Quién de los dos se anticipará a ofrecer el beso o el abrazo de
reconciliación, forma protocolar de los armisticios conygales?
Ya se ve, pues, que no hemos exagerado al decir que
es más fácil hacer la paz que «hacer las paces».
Ahora bien: discurramos un poco sobre los mejores
métodos para concertar armisticios conyugales y llegar a la armonía definitiva.
Se trata de un punto psicológico complicado, del cual depende el renacimiento
de la dicha eclipsada.
Desde luego, sólo aludiremos a desavenencias
exentas de gravedad. No queremos referirnos a esos conflictos insolubles
dimanados de la deslealtad, de haber faltado a la fe jurada ante los altares de
Dios y las leyes humanas. He aquí—volviendo a nuestro primer argumento—uno de
los casos en que es más difícil «hacer las paces» que hacer la paz. Ninguna paz
es irrealizable, mientras que hay paces que son imposibles en absoluto.
Un disgusto por causa sin importancia puede
agrandarse hasta la tragedia. La intemperancia en las palabras, la ira, la
cólera, un concepto envenenado, un gesto desdeñoso, pueden convertir una
fruslería en odio ardiente, en sordo rencor, en desamor repentino,
irreconciliable. Del amor al odio, aunque parezcan estados de ánimo antípodas,
no hay más que un paso. Y cuanto más sensibles y más espirituales son los
cónyuges, más rápidamente se pasa de un estado a otro. Los temperamentos
arrebatados lo mismo se arrebatan hacia la derecha que hacia la izquierda. A
una gran capacidad de amor corresponde una gran capacidad de rencor y de odio;
pues en los espíritus ricos en sensibilidad y emoción, cada sentimiento tiene
su contrafigura. Quien es capaz de amar mucho es también capaz de odiar sin
límites. Sólo en el teatro se ven personajes cuyos sentimientos tienen una sola
dirección; es lo que se llama unidad de carácter. Pero la vida es muy distinta
de como se ve en el teatro, cuya literatura es la más inferior y simplista. No
hay tal unidad en la vida psíquica de ninguna persona real, de carne y hueso,
con su espíritu complejo, ondulante y variable, con sus pasiones en lucha
consigo mismas y con las pasiones, anhelos y deseos de los demás. Una
sensibilidad muy fina, como flor del aire, nos puede hacer muy felices, pero
también muy desgraciados: nos dará grandes ilusiones, contentamientos
exultantes y desbordados, y también tristezas agobiadoras y melancolías
profundas. A un alma muy amorosa y tierna le hiere una injusticia, una mala
palabra, un concepto descortés, un acto egoísta, en una forma mucho más aguda
que a los seres de sensibilidad normal. Y así su ternura y su exquisitez
sentimental reaccionarán al punto violentamente en sordo rencor. No se confunda
el rencor con la venganza; se puede ser rencoroso sin ser vengativo. La
venganza es pasión baja, innoble; el rencor, metido como un ascua en el alma,
es un sentimiento producido por una ofensa a las mejores cualidades de nuestro
espíritu. Y siendo éste bueno, será rencoroso, pero no vengativo, pues la
propia idea de su figura moral, de su noble condición, le impedirá dar escape
al rencor en venganza.
Gran parte de estas reflexiones se las debo a mi
marido, que es tan inteligente como bueno, pues ya supondréis que yo me
perdería en estas complejidades psicológicas y en estos distingos sutiles entre
venganza y rencor.
Decíamos que el máximo amor está muy cerca del
repentino y máximo odio. Si Romeo y Julieta, en medio de sus coloquios y
deliquios, «bajo la pálida gracia elísea de las noches de luna» hubieran tenido
una palabra hiriente o un concepto depresivo, aquel su estado de gloria se
habría interrumpido al instante, y el vivo rescoldo de su amor se tornaría en
llamarada de odio, o en triste y helada melancolía, o en torvo rencor, aunque
luego desapareciese tal estado de ánimo para retornar al amor.
¿Cómo realizar este retorno? Aquí está nuestro
problema. Hay que «hacer las paces». Ya oigo la respuesta. Debe empezar el que
tenga la culpa del disgusto. Pero es el caso que cada uno de los cónyuges cree
que la culpa la tiene el otro. Y como no hay cancilleres ni diplomáticos en
esta guerra, oculta entre cuatro paredes, es ella insoluble, mientras uno de
los contendientes no se rinda a discreción.
Corresponde a la mujer rendirse, con razón y todo.
No es voto sospechoso el voto de una mujer. El amor propio, la terquedad, el
hincapié, la persistencia testaruda, son condiciones que no favorecen a nuestro
sexo. Nuestra fuerza está en nuestra debilidad. No sé quién ha dicho que debe
emplearse más presteza para sofocar un resentimiento que para apagar un
incendio. Y si el resentido es el marido, la presteza debe ser mayor. Una
palabra dulce calma la ira. Nuestras respuestas, sin dejar de ser veraces, han
de ser suaves, tranquilas, bondadosas, con arreglo a esta bella fórmula de San
Francisco de Sales: «Quien te dice una verdad con cortesía te echa rosas a la
cara».
La mujer ha de ser abeja cargada de miel y
desprovista de aguijón. Nuestra mayor victoria es el dominio sobre nuestros
nervios; la sensación más exquisita es regir nuestra sensibilidad. «La
perfección está hecha con nadas y es algo más que nada la perfección»—dice
Miguel Angel, que sabía modelar, no sólo las figuras, sino también las almas—.
Es una desdicha que nuestro propio carácter sea el obstáculo de nuestra
felicidad. «Nada puede hacerme daño, excepto yo mismo—dice San Bernardo—; el
mal que me agobia lo llevo conmigo y jamás sufro realmente sino por mi culpa».
Alude el santo varón a los disgustos que dimanan de nuestro carácter, de
nuestra irritabilidad, de nuestra intemperancia, de los enconos de nuestro
pobre corazón.
Como véis, gústame leer a los escritores santos, o
a los santos escritores. Y entre éstos el que más me place y divierte es San
Juan Crisóstomo, un detractor furibundo del sexo femenino, que llama a la mujer
«un mal necesario», «una tentación de la Naturaleza», «una fascinación mortal»
y otras cosas por el estilo. San Juan Crisóstomo—perdóneme el santo varón—debió
llegar a la santidad por la influencia desgraciada de algún desengaño amoroso.
Si así fuera, debía ser más justo con nuestro sexo, ya que, gracias a los
desvíos de alguna ingrata, pudo alcanzar su estado de perfección y de gloria
eterna.
Pero este santo misógino (así me dice mi marido que
se llama a los enemigos de la mujer) era, por lo demás, hombre de mucho
talento. Yo leo constantemente su definición de la paciencia, una de las
principales virtudes de la mujer. Esta definición encierra el mejor método para
«hacer las paces», y aun para evitar toda guerra conyugal. Divide la paciencia
en nueve grados o mandamientos. «El primer grado de la paciencia es no empezar
la injusticia; el segundo, después que el otro la empezó, no vindicarse de igual
manera; el tercero, no hacer al que veja lo que tú padeces; el cuarto,
atribuirse a sí misma los males que sufre; el quinto, atribuirse más que lo que
quiere el que lo hizo; el sexto, no odiar al que hace estas cosas; el séptimo,
amarle; el octavo, hacerle bien; el noveno rogar a Dios por él».
Olvidemos las diatribas de San Crisóstomo a nuestro
sexo, en gracia a este consejo tan prudente, tan profundo y tan bello,
verdadero resumen de la bondad.
Anticipémonos siempre a «hacer las paces». No
detenga nuestros generosos impulsos un erróneo empeño de amor propio. Quede
siempre ahogado el amor propio por el amor conyugal. El marido lucha con los
demás hombres por nuestra vida y por la prole común. Un día llega un poco
irritado a casa; quizá tiene una intemperancia, un gesto agrio, fruto de su
desazón. Seamos sedante, y que nuestra palabra dulce y animosa le haga olvidar
los disgustos y penalidades en el tráfago de la vida.
Yo tuve una vez un pequeño disgusto con mi marido
por una futesa, por una nonada. De pronto, sin pensarlo, dile una respuesta
airada. No me contestó. Quedóse triste y melancólico. Vi todo lo que pasaba por
su espíritu; me pareció que su amor y la alegría, dimanada de este mismo amor,
se derrumbaban; que ya no me querría nunca como siempre me quiso. ¡Ay, Dios
mío! ¡qué pena! ¡qué angustia! Era necesario arreglar aquello en seguida,
sincerarse, pedir disculpa, «hacer las paces». Yo no pensaba si tenía o no razón.
¿Qué importaba esto? Lo importante, lo abrumador para mí era que se había
quedado triste y serio, melancólico y apenado en mi compañía, que fué siempre
su mayor alegría. Una ola de lágrimas se agolpaba a mis ojos y un nudo de
angustia cerraba en mi garganta el paso a toda palabra.
Se puso a leer un libro de filosofía alemana, uno
de esos libros que, por su profunda aridez y sequedad, levantan cefalalgias. Yo
advertía que no se enteraba de nada, tanto por la propia oscuridad del libro
(creo que era de Kant) como por su estado de ánimo. La intrincada filosofía no
llegaba a su espíritu, en el cual sólo había la espina clavada de mi pequeña
ofensa.
En tales circunstancias tuve un rasgo luminoso. Fuí
a mi pequeño anaquel, donde tengo mis libros preferidos. Tomé uno de Keble, el
dulce místico y lírico inglés. Lo abrí por una página señalada con una cintita
azul. Me acerqué, trémula, a mi marido; puse mi dedito índice, todo tembloroso,
sobre unos versos y le dije: «¿Quiéres leer esto?» Leyó:
«¡Ah, qué dulce es la sonrisa
Del hogar hermoso y tibio,
La recíproca mirada
Que denuncia regocijo,
Cuando al fin dos corazones
Se han fundido en uno mismo.
Y uno en otro confiados
Viven en su amor tranquilos.
¡Ah, qué santas alegrías!
¡Ah, qué goces no sentidos
Vuelan como blancas hadas
Por la cuna de los hijos!
¡Cada cuadro es un recuerdo,
Cada mueble es un amigo,
Cada lágrima es un beso,
Cada dicha es un suspiro!»
Mi marido abrió los brazos. ¡Qué alegría, Dios mío!
Y es que no hay canciller como un poeta lírico para «hacer las paces...»
CROTALOGIA
Frecuentemente recibo cartas en que se comenta las
croniquillas que vengo publicando en esta página femenina. En estas cartas hay
de todo: críticas, asentimientos, discretas censuras, aplausos, observaciones
oportunas y algunos disparates. Sin ponerme colorada, agradezco los elogios que
mis amables comunicantes dedican a mi estilo. Yo no escribo bien. Creo, además,
que no escribe bien nadie, ni aun los que mejor escriben. La mayor parte de las
operaciones del alma y de los movimientos del espíritu son irreverables en
lenguaje articulado. Ninguna forma idiomática existente puede asir y aprisionar
lo recóndito de nuestra vida interna. Con la palabra sólo puede expresarse lo
vulgar de la vida. Lo importante, lo profundo, lo inefable, jamás se logra
traducir con lenguaje. Hay en el alma muchas cosas confusas que no tienen
nombre en ningún idioma. De ahí que sea la música, con su inconcreción y su
infinitud indefinida e indefinible, el arte embriagador por excelencia. El
sonido expresa lo inexpresable, milagro que nunca logra la palabra. Por eso un
¡ay! solamente y, sobre todo, el quejido que acompaña a la emisión de la
sílaba, dice más que todo un tomo de filosofía sobre el dolor. No sé si me
explico. En todo caso, ello demostraría una vez más (aparte mi torpeza
literaria) que el instrumento verbal es insuficiente para traducir la onda
espiritual. Y por ello doime ahora clara cuenta de la razón de mi marido al
decir que cuando mejor me comprende es al oirme cantar. Yo canto un poquito, no
como una tiple, sujeta a puntuación musical, a corcheas y semicorcheas, fusas y
semifusas, sino como un jilguero que saluda a cada aurora con trinos distintos
emitidos por su pico improvisador. Por mi parte, cuando mejor comprendo a mi
marido es al mirarme en silencio, a hito mudo. Una mirada así expresa mejor lo
inexpresable que toda expresión hablada.
Bueno... Tornemos a las cartas. Entre ellas me he
fijado especialmente en una que debe proceder de una muchacha joven y bonita.
«¿Y cómo sabe usted que es bonita y joven?»—preguntarán mis lectoras. Deduzco
que es joven por los conceptos que emite. El tiempo no sólo imprime cambios en
nuestro rostro, sino también en nuestras ideas. Y me imagino que es linda por
la ortografía y la sintáxis que gasta, pues rara vez la belleza física y la
belleza gramatical andan juntas. Generalmente las feas saben más gramática que
las bonitas; suelen ser más aplicadas, sin duda porque les roba menos tiempo el
espejo. No tiene, por otra parte, gran importancia la perfección ortográfica en
una mujer bonita. Su sola presencia, aunque su ortografía sea imperfecta, será
siempre más grata que un texto de Séneca. Además, como una mujer linda habla
con los ojos, apenas se requieren otros métodos de expresión. Comprendo que
todo esto no es pedagógico, pero quizá sea verdad, y si no lo fuese, téngase en
cuenta que no será la primera cosa inexacta que se ha escrito en este mundo.
En la referida carta se viene a decir que las
anteriores crónicas son excesivamente graves y un tanto sermonarias, a pesar de
ir envueltos los temas en una ligera ironía, en un «pequeño chichoneo», según
palabras textuales de mi comunicante. Agrega que debo tratar asuntos más
divertidos, más alegres, como fiestas, bailes, saraos, etc.
Reconozco la razón de la señorita que me escribe. Y
ello me demuestra que no es absolutamente necesaria la ortografía para razonar
bien. Deseo, pues, complacer a mi bella comunicante. Y con tal fin elijo por
tema de esta crónica la crotalogía, es decir, el arte de tocar los crótalos,
nombre que los divinos griegos daban a las castañuelas. Creo que mi comunicante
quedará complacida, pues no hay nada más alegre que unas castañuelas. El tema
sólo corre el peligro de no estar bien tocado. Pero téngase en cuenta que si no
es cosa fácil tocar bien las castañuelas, aun es más difícil escribir sobre
ellas, abarcando todos los puntos de su historia gloriosa y de su significación
en el arte y en la sociedad durante el trascurso de los siglos, a través de las
edades clásicas y de los modernos tiempos.
Conviene anticipar que la palabra crotalogía no es
invención mía. Sirve ella de título a un libro escrito en el siglo XVIII por el
señor licenciado Francisco Agustín Florencio. En mi pequeña biblioteca guardo
un elegante ejemplar como un tesoro bibliográfico. Divídese la obra en catorce
capítulos luminosos y repiqueteadores que encierran la monografía más perfecta
y acabada del arte castañuelero. El licenciado, hombre de una probidad
admirable, declara que no sabe tocar las castañuelas, lo cual no impide que
enseñe en catorce capítulos cómo han de tocarse. Para enseñar una materia no es
absolutamente imprescindible saberla, cosa que se observa en la «Crotalogía»
del licenciado Francisco Agustín Florencio y en casi todas las cátedras de las
Facultades modernas.
Pero el ilustre licenciado tiene un precursor
eminentísimo en esta apología de las castañuelas. Nada menos que Plinio, el
gran Plinio, el Joven, se le anticipó en muchos siglos en el elogio. Plinio, el
autor de las «Cartas» (catorce volúmenes) y del «Panegírico de Trajano»
(oración memorable), habla del excesivo lujo que las señoras romanas usaban en
las castañuelas.
Porque es de advertir que en la Roma de los tiempos
del emperador Trajano, las castañuelas se formaban con perlas. Pero dejemos la
palabra al licenciado Francisco Agustín Florencio, el cual dice en su
imponderable «Crotalogía»: «A estas perlas preciosas les hacían sus agujeritos
por la parte superior: de este modo las juntaban de dos, tres o más y las
traían pendientes de los dedos, agradándose sumamente del sonido que hacían
dando unas con otras: así formaban un preciosísimo instrumento que tocaban con
los dedos, además de un adorno gracioso y rico: y a lo uno y lo otro llamaban
«crotalia», esto es, «castañuelas».
Debió existir en aquellos siglos una competencia
terrible de boato y esplendor entre las damas, pues Plinio, literato oficial de
Trajano, pero austero y solemne moralista, a pesar de su adulación forzosa al
gran emperador, dice en un pasaje de sus «Cartas»: «Supuesto que los hombres
han mirado siempre como una obligación, dictada por la misma Naturaleza, el
complacer a las damas, amarlas y servirlas, se han visto también precisados a
sufrir algunos excesos en que les ha hecho caer su natural propensión a adornarse
y a emplear en su servicio las mayores preciosidades de la Naturaleza»: Alude
Plinio en estas palabras inmortales a las perlas que las señoras romanas usaban
como castañuelas. Y agrega el licenciado Francisco Agustín Florencio en su
«Crotalogía»:
«Llegaron éstas (las damas romanas) a tal extremo
en su lujo, que escogían entre muchas perlas preciosas, o margaritas, aquellas
que, además de ser de una grandeza extraordinaria, tenían la figura redonda por
un extremo y piramidal por el otro, de modo que asemejasen a una almendra».
Trajano, el insigne emperador romano, llamado el
Optimo, era español, de Itálica (Andalucía) y fué muy dado a la galantería y a
todo lo que significara esplendidez y rumbosidad. No fué un emperador
economista, ni un ahorrativo, ni un roñoso de Estado (valga la frase); que
tales cualidades no son propias ni del español antiguo ni del moderno. El
español tendrá todos los defectos que se quiera menos el de «amarrete» con las
damas y el de ser económico en los gastos del Estado. Así se explica que
Trajano estimulara el lujo y la fastuosidad, convirtiendo los metálicos
crótalos griegos en castañuelas de perlas. Sin duda presentía que, al andar de
los siglos, serían las castañuelas el instrumento nacional femenino de su
patria nativa, independizada del imperio romano. De manera que los «paliyos» no
son una creación española: vienen de Grecia, pasan por Roma y arraigan en
España, la cual agrega el jaleíto, los ¡olé! ¡olé! estimulantes del
palitroqueo. Por uno de esos movimientos inconscientes del espíritu, Trajano, desde
su solio de Roma, tuvo la intuición (el genio es intuitivo), de que aquél
instrumento sería la manifestación natural de la alegría exultante de su tierra
nativa.
Hasta aquí llega lo que podríamos llamar la
prehistoria de las castañuelas. La historia moderna es familiar a todos los
oídos; el repiqueteo está en todos los tímpanos. La castañuela está ya tan
difundida en el mundo como el arpa eólica en los cielos.
Pero conviene recoger algunas observaciones del
licenciado Francisco Agustín Florencio estampadas en su monumental
«Crotalogía». Habla extensamente de las maderas que deben emplearse en la
construcción del instrumento: el granadillo, el nogal, el boj, el palosanto, el
sándalo, el tíndalo, etc., etc. El autor se inclina, finalmente, por el marfil
teñido, influído, sin duda, su espíritu por las rumbosidades de Trajano que
prefería el leve y sutil sonido de las perlas.
Habla luego el licenciado de los colores de las
maderas en contraste con el cutis de las tocadoras. Y así aconseja que se
armonicen, usando las morenas castañuelas blancas, y las rubias que empleen las
de palosanto, ébano y otras maderas oscuras. Por último habla de la
correspondencia que debe existir entre las cintas de las castañuelas y las de
los zapatos, cofias y redecillas. Al señor licenciado no se le olvida nada que
signifique armonía y gracia plástica.
El último capítulo de la «Crotalogía» está
consagrado a la manera de aprender a tocar sin necesidad de maestro. Es el
capítulo más genial de la obra. Como el licenciado, según su propia
declaración, no sabe tocar, tenía que inventar un método en que el maestro no
fuera necesario, o mejor dicho, en que sólo la lectura de su «Crotalogía» nos
pusiera en condiciones de repiquetear. Así como de la lectura atenta de un tomo
de filosofía se sale al cabo filosofando, de la lectura de la «Crotalogía» se
sale también castañeteando.
La idea del licenciado Francisco Agustín Florencio
de suprimir la enseñanza práctica se ajusta a la pedagogía moderna, en la que
todo está librado a la eficacia de los textos por sí mismos. Por otra parte, no
existiendo solfa ni partituras para tocar las castañuelas, la «Crotalogía» es
imprescindible y viene a llenar esta evidente deficiencia de los compositores.
Para tocar las castañuelas no hay más que traducir el propio capricho digital,
la interna nerviosidad cuyo último escape está en la punta de los dedos. Ahora
bien: como los nervios son distintos en cada criatura, el licenciado no podía
prever tan enorme variedad, y así ha preferido eludir toda previsión, que es
una forma de tenerlo todo previsto.
Respecto a la gracia, siendo ella don divino, cae
fuera de la acción pedagógica del licenciado don Francisco Agustín Florencio.
Las castañuelas es el único instrumento no sujeto a pautas ni a solfas. Cada
cual las toca como le da la gana, en libre inspiración, y aquí está
principalmente la razón de su arraigo en España, después de haber pasado por
Grecia y por Roma.
Espero que habré dejado complacida a mi bella
comunicante. El tema de esta crónica no puede ser más alegre. Pero si yo, con
mi tendencia a la gravedad, lo hubiera entristecido, lea mi amiga la
«Crotalogía» del licenciado Francisco Agustín Florencio, que es un libro
clásico muy divertido. Y si aún asimismo no consiguiera alegrarse, átese los
«paliyos» a los «dediyos» que han de ser seguramente muy remononos, y dése tres
«pataítas», con el cuerpo retrechero en jarras y los brazos en vuelo, que es la
postura de los ángeles terrestres. Desde aquí la acompañará mi jaleo con los
sacrosantos: ¡olé! ¡olé!...
ROSALIA EN «LOS CARPINCHOS»
La crónica de esta semana me la da hecha una carta
que acabo de recibir de mi mejor amiga, compañera en el colegio y luego en los
salones, Rosalía Arregui del Moral de Pérez y Cámpora. Esta retahila de
apellidos merece una pequeña explicación. Mi amiga es rica por sí y por su
marido, aunque ha venido un poco a menos, cómo ella misma explica en su carta,
debido a dos causas coincidentes: el excesivo gasto del matrimonio en Buenos
Aires y ciertas especulaciones malogradas por la crisis. La fortuna de Rosalía arranca
de su abuelo, el vasco Arregui, hombre tenaz y laborioso, que empezó de
alambrador de campos y terminó en gran estanciero. La de Ricardo, el esposo de
mi amiga, proviene igualmente de su abuelo, el señor Pérez, uno de los primeros
registreros de la calle Rivadavia, allá por los tiempos de la presidencia de
Sarmiento. El segundo apellido de Rosalía, el sonoro del Moral, pertenece a
nuestro patriciado del año 19, época del directorio de Pueyrredón, del cual fué
muy amigo y eficaz colaborador don Sofanor del Moral, ascendiente de Rosalía
por línea materna. El segundo apellido de Ricardo, el resonante y prestigioso
Cámpora, viene de un bizarro coronel, don Márcos Cámpora, que acompañó a San
Martín en su gran campaña del paso de los Andes. Así, pues, los dos primeros
apellidos, Arregui y Pérez, representan la creación de la fortuna en su doble
actividad, comercial y pastoril. Y los dos segundos, del Moral y Cámpora,
significan el abolengo, la tradición, la historia patria. Y es natural que
Rosalía luzca estos dos apellidos aristocráticos junto a los otros oscuros,
aunque meritorios. En las crónicas sociales el nombre de mi amiga ocupa tres
líneas, bien merecidas, desde luego, ya que ella resume en sus cuatro apellidos
la historia militar y política del país y la representación de los modernos
progresos económicos. Claro está que la significación social de mi amiga reside
en los dos segundos apellidos. A ellos debe—y muy justamente—su merecida
representación en nuestro gran mundo. Con los apellidos de Rosalía ocurre lo
que con los hombres del Evangelio: «Los últimos serán los primeros». Pero ello
no quita para que los manes y cenizas de los primitivos Arregui y Pérez sientan
cierto íntimo orgullo por su entronque con Cámpora y del Moral.
Ahora, he aquí la carta de mi amiga Rosalía:
«Los Carpinchos», julio 15 de 1916.
Queridísima Marianela: No te puedes figurar cuánto
te recuerdo desde este retiro de «Los Carpinchos» donde voy pasando el
invierno, si no como en la gloria, por lo menos como en el limbo, que es el
lugar intermedio entre la gloria y el infierno. No hay que ser ambiciosa,
queriendo alcanzar el cielo de un solo golpe. Leo tus crónicas femeninas y me
río mucho con ellas, porque te leo entre líneas, que es lo más divertido en
toda la lectura. Pero, para leer entre líneas, es necesario conocer mucho el
espíritu y la vida de quien escribe; saber por qué dice ciertas cosas; qué fin
tienen determinados conceptos; a quién se dirige tal frase; cuál es el objeto
de tal palabra; ver, en fin, la intención que guió la pluma. Y como yo te
conozco tanto, puedes imaginarte lo que me divierto leyéndote. A Ricardo le
digo siempre: «Mira, esto lo dice Marianela por las de Fulano, y estotro por
las de Zutano, etc.» De manera que, ante mi marido, yo vengo a poner
ilustraciones en el texto. Si estuvieras aquí ¡cuánto nos reiríamos! ¿Por qué
no vienes a pasar unos días? Ya sabes que tenemos buena casa y bastantes
comodidades, aunque sin lujo, porque, hijita, hemos venido a trabajar, a ver si
nos rehacemos de los disparates cometidos, que ¡ay! no han sido pocos.
Mi vida en «Los Carpinchos» trascurre dulcemente.
Al principio me aplanaba esta soledad; me aburría como una ostra, como dice
nuestro noble amigo, o nuestro amigo el noble. Pero luego, poco a poco, fuí
viendo que entre los cuatro terrosos tabiques de un pobre rancho existen las
mismas pasiones, las mismas inquietudes, los mismos anhelos, las mismas
desventuras y las mismas alegrías que en la ciudad más populosa. Es cuestión de
saber ver, de fijarse, de poner interés en cuanto nos rodea. El espectáculo del
mundo, más que en el mundo mismo, está en los ojos que lo contemplan. La
humanidad es igual en todas partes, en «Los Carpinchos» y en el teatro Colón.
«Visto un león, están vistos todos los leones; vista una oveja, están vistas
todas las ovejas»; y vista una persona, casi están vistas todas las personas.
¡Qué bien dirías tú todo esto que yo no acierto a expresar sino en términos de
una humilde pastora! Aquí hay amores, odios, despechos, celos, ambiciones,
vanidades, todo ello en cuatro ranchos, lo mismo que en las ciudades. Tenemos
dos puesteros que andan detrás de la cocinera; uno de ellos es ahorrativo y
laborioso; el otro es un perdulario que, «vuelta a vuelta» está en la pulpería,
muy guitarrero y cantor. Pues la cocinera prefiere a éste, que no va con buen
fin, y no al otro, que quiere casarse de veras. Y es inútil que yo la diga
nada. En cambio, tenemos una chinita a quien le gusta mucho el laborioso y
ahorrativo, pero éste está entusiasmado con la cocinera y no hace caso de la
chinita. Pon ahora celos tormentosos, ansiedades, odios ardientes, angustias,
todo, en fin, como en las ciudades; sólo cambian los trajes; en lugar de frac,
chiripá; en vez de vestido de seda y escote, una faldilla de percal y un
pañuelo al cuello. Pero, por debajo de unos y otros atavíos, los instintos son
los mismos y los corazones arden igual.
Por lo demás, mi vida trascurre dulcemente. Cuido
de las gallinas, que son de lo más ponedoras; tengo también una pollada de
patitos, que no te puedes imaginar lo que gozan cuando los llevo a una lagunita
que hay inmediata a la estancia. Los días claros me entretengo en contemplar
los reflejos del sol en sus plumas azules. Están lindísimos los patitos. Tengo
también una pareja de cisnes, a los cuales sólo les falta el esquife de
Lohengrin. ¡Qué fastuosos y qué infatuados son estos cisnes! Nadan entre los patos
con el aire de dos señores feudales entre una plebeya y vil democracia. Doy
también grandes paseos por el campo. Y me quedo horas muertas mirando los
teros. Me entusiasma este pájaro, tan elegante, tan señoril, tan paquete, tan
erguido, tan gracioso en su manera de caminar. Parece que va siempre vestido de
frac, con las plumas tan planchadas, pulcro, coquetón, peripuesto, andando
despacito por la pampa, como si fuera la platea, y volviendo la cabeza a un
lado y otro, acompasadamente, cual si hiciera a los palcos el regalo de su
mirada. Las dos puntitas rojas que tiene en el codo de las alas parecen los
símbolos de una condecoración. Lástima que toda esta gracia y toda esta
elegancia las eche a perder cuando vuela y cuando chilla. Su vuelo es tardo,
desigual, como de beodo en los aires; su chillido es inarmónico, estridente.
Posado y andando, en cambio, tiene una finura y una delicadeza encantadoras.
Nunca debía levantarse del suelo ni abrir el pico. Es como esos buenos mozos
que pierden mucho cuando hablan.
Después, en casa, leo, toco el piano, tarareo la
ópera que se va a dar en el Colón, me entero de lo que dicen los diarios, de
los noviazgos, de las reuniones, bailes y fiestas. Entretanto, Ricardo trabaja
en el campo; cura ovejas, marca novillos, hace apartados, traza nuevos
potreros, levanta alambrados. No te puedes imaginar la actividad que
desarrolla. Va poniendo la estancia que es una maravilla. Está fuerte, curtido;
colorado. Su contacto con la Naturaleza, con el sol, el aire, las lluvias, le
da un brío y una fortaleza admirables. Me dice que es necesario rehacer la
fortuna; que hemos de volver a ser tan ricos como antes. Hijita, casi nos
fundimos del todo. Cuando la especulación, se metió a comprar cosas. En la
Pampa, en Mendoza, en Río Negro, en las provincias, en todas partes compraba
leguas y leguas con dinero de los Bancos. Y no quería vender nada. Todo iba a
valer tanto y cuanto; todo iba a subir a las nubes. Y siempre esperando
compradores fantásticos que vendrían de Inglaterra, de Francia, de no sé dónde,
para hacer ferrocarriles y obras de riego y qué sé yo cuántas cosas más. Yo,
que estoy por lo positivo, le decía: «Vende, Ricardo, vende». Sólo pude lograr
que vendiera unos terrenos. Le pagaron una barbaridad. Y nos fuimos a Europa.
Gastamos toda la ganancia en París y en los balnearios, sobre todo en los
balnearios. Como es tan generoso—ya conoces a Ricardo—me hizo comprar no sé
cuántos trajes; me regaló un montón de alhajas, dos automóviles, ¡la mar!, como
dicen los españoles. Cuando volvimos, hijita, la crisis. Las tierras que había
comprado no valían nada. Llovieron los vencimientos, los pagarés, las letras.
¡Qué apuros! Ricardo no dormía; tenía los nervios como una prima de violín.
Todos los días metido en los Bancos, pidiendo, suplicando, él, que es tan
altivo y tan hombre, inclinado y haciendo reverencias a esos señores gerentes,
que se dan un corte, hijita, como si fueran reyes. Al verle así, tan triste y
tan abatido, le dije: «Bueno, Ricardín mío, a liquidar; prefiero que nos
quedemos en la calle antes de verte sufrir de esa manera. Pagas a todo el mundo
y viviremos con lo que quede, tranquilos y felices». Total: vendió todas las
tierras, casi media Rusia, por la quinta parte de lo que habían costado. Y como
no alcanzaba para pagar, tuvo que vender también dos estancias de las tres que
teníamos. Nos quedamos con la mía, la heredada de mi abuelo, porque Ricardo es
tan delicado que prefirió vender las suyas, sabiendo que yo tenía mucho cariño
al campo donde había nacido mi padre. Gracias al remoto vasco Arregui nos hemos
salvado. ¡Dios le tenga en la gloria! Pero, ¡qué temporal, querida Marianela,
qué temporal hemos corrido!...
Una vez liquidadas todas las deudas, nos quedó,
como te digo, la estancia vieja y unos trescientos mil pesos. Y entonces me
dijo Ricardo: «¿Tú te atreves a enterrarte unos cuantos años en «Los
Carpinchos?»—«Yo me entierro contigo en el fin del mundo»—le respondí. Gran
abrazo. Los abrazos en la desgracia saben mejor aún que en la felicidad.
Levantamos la casa de la avenida Alvear; echamos a los porteros, a los
sirvientes, a los lacayos, a los «chauffeurs», una punta de vagos que puestos
en fila, llegaban a la acera de enfrente, y nos vinimos a «Los Carpinchos», a
trabajar, hijita, como unos gringos recién llegados. Con la platita que
salvamos de la quema, compramos vacas. Tenemos como tres mil. Y dice Ricardo
que pronto se harán cinco o seis mil. También tenemos muchas ovejas. «A la
vuelta de pocos años—me dice Ricardo—nos podremos farrear anualmente en Europa
unos dos mil novillos, alrededor de trescientos mil pesos de renta».—«¡No,
Ricardo, no por Dios!—le digo,—porque ya le he visto las orejas al lobo, y no
quiero verte con insomnios y sufriendo como un condenado cada vez que tenías
que ir a ver a los señores gerentes, que Dios confunda».
No tienes idea de cómo trabaja Ricardo. Se levanta
al alba; aún relucen las estrellas. Muchos días no vuelve hasta la noche;
almuerza en cualquier puesto para no perder tiempo. Llega cubierto de polvo,
otras veces de barro, sucio de sarnífugos, de bañar ovejas, hecho un gauchote,
un facineroso. En tal facha, por embromarme, abre los brazos y se viene hacia
mí. Yo grito: «¡Sal de ahí, adorado sarnifuguero!» Se baña, se fregotea durante
una hora, se pone un traje de casa, y a la mesa, a cenar. Mientras cenamos me
hace la crónica social de todos los ranchos, que suele ser tan divertida como
la de los salones. La tragicomedia es la misma, como te he dicho; sólo cambian
el medio, las formas y los trajes. La humanidad es una misma edición; sólo
varían las cubiertas; unos cuantos ejemplares de lujo y los demás a la rústica;
pero el contenido es igual.
Luego toco un poco el piano. Y aquí viene una
escena que quiero contarte. Ya sabes que Ricardo tiene una voz de tenor muy
fuerte, pero muy desafinada, porque carece de buen oído para la música. Pues
bien: muchas noches me hace tocar la pira del «Trovador» y se pone a dar unos
gritos formidables. Pero en lugar de cantar «madre infelice, etc.», hace esta
reforma:
«No debo nada,
Ya soy feliz
Con Rosalía...»
Y al decir Rosalía da un do de pecho estupendo que
deja tamañito a Tamagno. Cuando el viento es favorable le oyen los de Zubiaurre
desde su estancia, que queda a tres leguas. El do es terrible, pero el pecho es
magnífico, y lo que hay dentro del pecho, el corazón, supera a toda
magnificencia. Al gritar Rosalía parece que se le dilatan los pulmones. Con
ninguna otra palabra su voz sube tan alto. Yo me río como una loca; pero la
verdad es que ese do de pecho penetra en lo más hondo del mío. ¿Quieres creer
que hasta como tenor me gusta Ricardo? ¡Es el colmo, hijita! Su energía
pulmonar, sin entonación musical, como un grito primitivo, me produce una
embriaguez y una emoción superior a todos los poemas. Todas las galanterías y
todas las finuras que me dijo de novio en los salones me parecen ahora
insignificantes y artificiales ante ese grito estupendo con que lanza mi nombre
a los aires libres del campo. Quizá me estoy volviendo un poco salvaje. Ya ves,
pues, que hasta tenemos ópera en «Los Carpinchos». Y es un canto apasionado,
¡oh! apasionadísimo...
Algunas veces se le mete en la cabeza a Ricardo que
yo estoy triste. «Te aburres, Rosalía; lo veo, lo noto: sufres la nostalgia de
Buenos Aires. ¿Quieres que nos vayamos por unos días?»—«No me aburro—le
digo;—no hay tal nostalgia; me hallo muy contenta. Estando a tu lado, me sobra
todo el mundo».
Yo sé que él no quiere volver hasta que podamos
brillar como antes y ocupar la misma posición. Y aunque algunas veces—la
verdad—se apodera de mí cierta melancolía, la venzo al instante y me muestro
alegre, satisfecha y feliz con esta vida. Es necesario que encuentre en mí un
firme apoyo y un fuerte estímulo para realizar su ideal. Después de todo, lo
hace por mí más que por él. Además, en los disparates hechos, la culpa fué mía
tanto como suya, quizá más mía. Así, pues, quietos aquí, cuidando vacas y ovejas,
gallinas y patos, y cantando la pira...
Estuve tentada de irnos una semana a Buenos Aires
para asistir al baile que dió el Intendente. Me escribió Matilde, diciéndome
que Adela me iba a mandar invitación y que no faltara. Vacilé; pero, al fin,
resolví quedarme. Y ahora me alegro, pues según me dicen las de Arnedillo en
una larga carta, el baile fué un fiasco completo, aunque parece que hubo mucha
«gente». Además, el ambigú estuvo servido de una manera deplorable. Figúrate
que el Presidente de la República tuvo que ir al mostrador para poder tomar una
copa de champaña. Si nada menos que el Presidente tuvo que andar así, ¿cómo
andarían los demás? Es verdad que, como don Victorino está por caer, ya nadie
le hará caso. El mundo, sobre todo el mundo de frac, es desvergonzadamente
exitista. Los gauchos son más piadosos y tiernos con el árbol caído. Un
Presidente, cuando está por caer, ya no está sobre nadie, y depende de todos.
¡Pobre don Victorino, viejo, pesado, con su humanidad tan densa, tan maciza,
rebulléndose para alcanzar su copa! Pero el hombre, como buen gaucho al fin,
llegó hasta el mostrador. Don Victorino es de los que han sabido llegar a todas
partes. A mí me es muy simpático.
Bueno; ya he charlado bastante. Ricardo te envía un
saludo y yo mi mejor abrazo.—Rosalía.»
Sólo me resta pedir disculpa a mi amiga Rosalía por
lanzar su carta a los cuatro vientos de la publicidad. Lo hago porque, aparte
el pequeño chismorreo final, la carta encierra una enseñanza y revela las
mejores virtudes que pueden adornar a una mujer.
EL ARTE DE ESTAR ENFERMA
Señora Rosalía Arregui del Moral de Pérez y
Cámpora.
«Los Carpinchos».
Mi buena y queridísima amiga: debo comenzar por
pedirte dos veces perdón: primero por haber lanzado a los cuatro vientos de la
publicidad tu sabrosa carta desde «Los Carpinchos», contando con singular
donaire expresivo tus cuitas, las volteretas de vuestra fortuna, tu excelente
conformidad, el brío emprendedor de Ricardo en la estancia y sus esperanzas y
las tuyas en un próximo y brillante porvenir. El segundo perdón que te pido es
por no haberte contestado antes. He estado enferma, como habrás visto en las
crónicas sociales de los diarios, donde queda, para los fines de la posteridad,
el historial del curso de mi dolencia. Hemos sido muchas las personas
«importantes» que hemos sufrido este invierno las destemplanzas del tiempo.
Ignoro hasta dónde ha tenido la culpa la atmósfera y hasta qué extremo han
podido influir las crónicas sociales.
Lo mío ha sido influenza, una enfermedad que no se
sabe bien en qué consiste, como sucede con casi todas las enfermedades, y que,
por dolernos con ella todo el cuerpo, lo más acertado será suponer que consiste
en todo el cuerpo. La pesqué al salir del Colón, después de escuchar las
locuras líricas de «Lucía», un aria cuyo interés principal reside en sujetar la
locura a pentágrama, ritmo y compás, cuando la verdadera locura se distingue
precisamente por no sujetarse a nada, cosa que, por lo visto, ignoraba Donizzeti.
En cuanto hay reglas, ya no hay locura. Pero a los músicos no les basta la
razón para hacer arte, y de ahí que recurran a pasiones extravasadas, heroísmos
máximos, deliquios, amores quiméricos, frenesíes, éxtasis, arrobamientos,
divinos estados de ánimo, para luego ordenar en el pentágrama todos estos
delirios. Ordenar y delirar son conceptos que se excluyen, excepto en la cabeza
de los músicos, donde toda confusión tiene su natural asiento. Pero, en
realidad los músicos, al meter los delirios y locuras entre las cinco rayas
paralelas y los huecos de las mismas que forman el pentágrama, sujetan a razón
su melografía delirante; de donde se desprende que la razón, aun tratándose de
locuras melodiosas, es y será siempre, antes que la música, el arte de las
artes, la facultad soberana del humano espíritu. Por lo demás, la música
expresa sentimientos divinos, si bien tiene el defecto de expresarlos en tono
demasiado alto, al revés de los ángeles que permanecen siempre callados, pues
al ascender de la tierra al cielo perdieron, en su purificación absoluta, el
uso de la palabra, con la que tanto se peca en la vida.
Como te iba diciendo, hizo presa en mí la influenza
al salir del teatro. Hacía un frío terrible, siberiano. Jorge—ya sabes lo
cariñoso que es y cuánto se preocupa por mi salud—me advirtió que me abrigara
bien. No hice el caso que debía. Y en el trayecto de la puerta del teatro al
automóvil, una corriente de aire me dejó transida. Ya sabes que no abuso del
descote; pero, asimismo, no puede una llamar la atención cubriéndose más de lo
debido. Una vez en el coche me puse a imitar a la Barrientos, chacoteando un
poco con mi marido. El tercer gorgorito fué un ronquido de agonía. Y llegue a
casa arrecida, tiritando. Total: veinte días de cama.
Se encargó de mi asistencia el doctor Gómez Pulido.
Ya le conoces. Es un médico de gran talento social y mundano. Y como el talento
da para todo, supongo que ha de tenerlo también para la ciencia. Yo no creo que
los galenos toscos y ásperos sean mejores que los finos de porte y de palabra.
No pocos simulan cierta tosquedad para demostrar a los incautos que el estudio
y las preocupaciones científicas les han impedido adquirir maneras elegantes. Y
la verdad, farsa por farsa, prefiero la farsa fina, discreta, cortés, delicada.
Pulido es en este sentido lo más pulido que cabe. Amable, atento, obsequioso; y
ya que mate, como los otros, lo hace siempre con cortesía. Varias señoras nos
hemos empeñado en convertirle en el médico de moda. A mí me lo han recomendado
mucho las de Zubizarrendo, las de Martínez Torrebaja, las de Pérez Campanilla
y, sobre todo, la viuda de Esquilón, que ya sabes el empeño que pone en todas
las cosas. Yo creo que entre todas lograremos imponerle y que acabará por ser
el médico de cabecera de todas las familias conocidas. La de Esquilón,
especialmente, es para Pulido un anuncio mejor que cualquier almanaque.
A mí me ha asistido admirablemente; y aunque me
haya curado sola, le estoy muy agradecida. La medicina, en el fondo, es una
retórica científica, el arte de poner palabras nuevas a enfermedades viejas. Y
en tal sentido da gusto oir a Pulido. Está al cabo de todas las palabras nuevas
que inventa la ciencia. Antiguamente la medicina se limitaba al conocimiento de
algunas yerbas para curar heridas y contener la efusión de sangre. Pulido, en
su vasta sabiduría, conoce estas yerbas antiguas y todas las palabras modernas
de las Facultades de Berlín, París y Estocolmo.
No creas que mi enfermedad ha sido cosa de juguete.
Durante una semana estuve muy malita. ¡Y me entró una tristeza! Me pareció que
se había suspendido todo en mí, virtudes y defectos, cualidades buenas y malas,
todo, todo, quedándome sólo una puerilidad infantil o una chochez repentina: no
sé explicarlo... algo así como si estuviera hueca y no quedara de mi cuerpo más
que el molde externo. Parece que deliré algunos días, (sin pentágrama). Según
me dice Jorge, te nombré varias veces: ¡Rosalía! ¡Rosalía! Ya ves que hasta en
los delirios te tengo presente. Me aseguran que no dije grandes insensateces.
Hubiera preferido decirlas, antes que grandes verdades, pues una de las cosas
que más pavor me causa es oir razonar a la locura.
Felizmente no proferí disparates desatados ni
formulé razones sorprendentes; sólo hubo tonterías, con lo cual me tranquilizo
pensando que apenas salí de mi estado normal. No te rías maliciosamente, pues
yo, como casi todo el mundo—salvo unos cuantos seres elegidos—representamos la
normalidad, traducida en la infinita extensión de la tontería en la tierra.
Al entrar en la convalecencia pasé horas de
profunda melancolía. Una tarde leía un librito de un místico flamenco, pequeño
por su tamaño, grande por su contenido. En una de sus páginas tropezaron mis
ojos con estas líneas: «La enfermedad es como citación y último emplazamiento
que Dios hace a fin de que entremos en razón con El». Una como ola de
religiosidad ganó mi espíritu, abatiendo en él cuanto existe de frivolidad, de
aturdimiento, de ilusiones superficiales, y dándole un sentido abismático, una
tristeza reflexiva abrumadora. El dolor ensancha mucho el entendimiento.
Lloré...
Por fortuna aquello pasó pronto. A medida que fuí
adquiriendo fuerzas, desapareció, poco a poco, aquel estado moral, que en el
fondo no era más que cobardía ante esa cosa terrible que se llama eternidad, el
problema de los problemas, el único problema verdadero, pues todos los demás
quedan resueltos con la exhalación del último hálito. Toda enfermedad apaga el
valor y enciende el espíritu.
Te estoy hablando de cosas que no entiendo bien.
Quizá no las entiende bien nadie. La palabra sólo sirve para expresar cosas
vulgares; pero la humanidad está tan ensoberbecida con esta facultad del
lenguaje, que cree tener en la palabra el instrumento revelador de todo cuanto
nos sucede. Yo no entiendo estas palabras: «eternidad», «infinito», «vida»,
«muerte». Sin embargo, nos explicamos con ellas; nos explicamos sin
entendernos, y esto es precisamente lo más entretenido de la vida. Y así vamos,
apaciblemente, acercándonos a un fin desapacible. Todo esto me lo sugirió la
lectura del místico flamenco, al cual debí, durante algunas horas, un verdadero
estado de gracia.
Pero luego, al ir ganando vida, me puse lo más
dengue y melindrosa. La tendencia de todo enfermo es envolver a todo el mundo
en el tono de su dolencia. Mi enfermedad era la cosa más importante que había
existido en el mundo. A Jorge le he mareado, afirmándole a cada momento que he
estado al borde del sepulcro. Le he preguntado mil veces si lloró cuando estaba
tan mal; él dice que no, porque siendo muy tierno, tiene el pudor de no
demostrarlo; pero yo sé, por las sirvientas, que andaba gimoteando por los rincones.
También le preguntaba si se hubiera vuelto a casar si yo llego a morirme. Su
respuesta fué muda, pero elocuente. Nada espiritualiza tanto el amor como el
envolverlo en la idea de la muerte, pues con ello se traslada al mismo cielo.
Ya ves cómo una pequeña enfermedad puede dar sublimidad a la vida. Si la
humanidad fuera inmortal se vulgarizaría de una manera deplorable.
Esta charla a grifo suelto es ya muy larga. Y no he
hablado aún del interesante contenido de tu carta. Te felicito por tu actitud
al encerrarte en la estancia, ayudando a Ricardo a reconstruir la fortuna. Pero
de todo esto hemos de hablar despacio otro día. Entretanto, hago votos por el
crecimiento de vuestros rebaños, porque tus cisnes sigan tan fastuosos, tan
lindos tus patitos y tan ponedoras tus gallinas. Jorge me encarga te salude, lo
mismo que a Ricardo. Y tú recibe mi más estrecho y apretado abrazo.—Marianela.
LAS INQUIETUDES DE PETRONA
Ayer vino a visitarme mi amiga Petrona. Tomamos té
y charlamos mucho, mejor dicho, charló Petrona, porque yo apenas hice más que
oirla.
Petrona es una excelente mujer; buena esposa,
tierna madre, bondadosa suegra. Si las virtudes domésticas merecen la
canonización, Petrona es digna de un sitio preferente en el santoral.
La economía privada de toda la familia de mi amiga
gira en torno de la economía pública del Estado. Petrona está casada con un
hombre de notorio talento, muy bueno además, que ha sido dos o tres veces
ministro en gobiernos ya un poco remotos. Es abogado, carrera admirable que,
entre nosotros, supone aptitudes para todo género de funciones. Y así el marido
de Petrona lo mismo puede dirigir la Hacienda que la Instrucción Pública. Sin
embargo, parece que su fuerte es la agricultura y la ganadería. Hace tiempo escribió
una memoria—resumen de otras varias escritas en otros países—sobre cultivos
donde no llueve, deduciéndose del luminoso estudio que es mejor sembrar donde
las lluvias son regulares. Este notable descubrimiento da idea de la solidez de
juicio y la serenidad reflexiva del marido de mi amiga. Suele también, de tarde
en tarde, escribir algunos artículos en los grandes diarios acerca del porvenir
de la ganadería, «nuestra industria madre». Estos artículos, por lo que toca a
si existe o no aumento en el número de cabezas, están inspirados por un
prudentísimo sentido dubitativo. La cabeza racional del ex ministro no aventura
nunca afirmación alguna sobre las cabezas irracionales, mientras la razonadora
estadística no las haya contado de una manera perfecta. En cambio es
resueltamente afirmativo al sostener que no se deben vender ni exportar las
vacas, que constituyen «la gallina de los huevos de oro». Este extracto que
hago aquí de las fundamentales ideas del marido de Petrona basta para demostrar
que no podía estar en mejores manos el tesoro agrario del país.
Mi amiga tiene tres hijas casadas: Margarita con un
alto empleado de un ministerio; Petronila, con un secretario de legación; y
María Inés, con un ingeniero burócrata que nunca vivió en carpa, lo que no le
impide discutir, desde la oficina, las obras que otros ejecutan en el campo.
Descripta la familia, fácilmente se explican las
inquietudes de mi amiga Petrona en este histórico momento político. Tiembla por
todo y por todos. Está alarmadísima ante la idea de que el nuevo gobierno
considere inexistente a su marido como ministrable: destituya al yerno
empleado; declare disponible al diplomático; y, por último, haga salir de la
oficina al ingeniero, enviándole a ejecutar obras y realizar mensuras y
planimetrías en los desiertos.
—¿Pero qué va a pasar aquí, Marianela? ¿Tú no sabes
nada?
—Nada.
—Ni nadie, hijita, nadie sabe nada. ¡Qué cosa! ¿no?
Es una cosa tremenda. Un Presidente tan callado, tan mudo, tan metido en sí
mismo, sin vérsele en ninguna parte. Yo no me lo explico. Todo el mundo, cuando
obtiene un nombramiento o es objeto de una alta distinción honorífica, es
comunicativo, cordial, expansivo, deseando ver amigos y conocidos para hacerles
partícipes de su íntima satisfacción.
—Es verdad Petrona: la satisfacción es la única
cosa que aumenta dando participación; todas las demás cosas disminuyen
repartiéndolas.
—Cuando a mí me nombraron presidenta de las
«Hermanas de Santa Catalina» no pude parar un momento en casa. En seguida vine
a contártelo. Y de aquí me fuí a casa de otras amigas con el mismo fin. ¡Es tan
grato recibir parabienes, enhorabuenas, congratulaciones! No vale la pena de
obtener una presidencia si luego no gozamos de esas mil manifestaciones con que
los demás celebran nuestro triunfo.
—¿Crées que lo celebran?
—Bueno; lo celebren o no, hacen como que lo
celebran y nos lo dicen, y ello es siempre halagador para nuestros oídos. Por
mi parte—¡qué quieres, Marianela de mi alma!—no me explico ese silencio, ni esa
reclusión, sin dejarse ver de nadie.
—¿Y qué te importa?
—Pero ¡cómo no ha de importarme! En primer término,
ya sabes que Eleuterio, mi marido, es de lo poquito bueno que existe entre el
elemento político. Nadie puede decir nada de él. Y mira que pudo hacer cosas
cuando estuvo en el gobierno. Pues, nada, salió con una mano atrás y otra
adelante. Y además de honesto, ya sabes que hay pocos que sepan más que él.
Todo el mundo le señala para Agricultura. Sabe todo lo que se puede hacer con
la tierra.
—Excepto adquirirla....
—Cierto, hijita, excepto adquirirla. ¡Ah! ¡Si me
hubiera hecho caso a mí! Bueno; pues, como te digo, todo el mundo señala a
Eleuterio como ministro de Agricultura. También tú lo habrás oído decir.
—¿Cómo no? Lo dice todo el mundo, y a la vez todo
el mundo lo oye. Los rumores se forman así, hablando y oyendo todo el mundo
simultáneamente.
—Pero, hijita, no hay forma de saber nada. Ya sabes
que yo no soy politiquera—la mujer en su casita—; pero, claro, he tratado de
explorar, de averiguar algo por medio de una amiga que es muy amiga de una
parienta del doctor Crotto. Nada, hijita, no he podido saber nada, porque el
doctor Crotto tampoco sabe nada. Nadie sabe nada. Es horrible esta duda.
Eleuterio está sereno; espera tranquilo. Ya conoces la gravedad de su carácter.
Cuando alguien le habla de ser ministro, cambia de tema. Y se pone a conversar
de cultivos, de riego, de sistemas colonizadores. Está lo más preocupado por la
falta de buques para trasportar la próxima cosecha. También le preocupa mucho
el maíz. Dice que el maíz se lo deben comer los chanchos de aquí y no los
chanchos de Europa. ¿Qué más dará?
—No, Petrona; lo que quiere decir Eleuterio es que
es mejor exportar carne que maíz.
—¡Ah!...
—El chancho valoriza el maíz comiéndoselo.
—Pero si se lo come, ya no hay maíz.
—Pero queda el chancho.
—Es verdad. ¡Que tonta soy!
—Se trata de una máquina viva de trasformación.
Pero abandonemos este punto tan poco espiritual. Sigue, Petrona, sigue...
—Pues, nada, que no se sabe nada. Rumores y más
rumores, y al fin... nada. Eleuterio estuvo en el Parque, y yo creo que esto se
tendrá en cuenta. Entonces estábamos de novios, y no te puedes imaginar cómo me
conmoví cuando vino desde el cantón a verme, en un ratito de armisticio. Luego,
al volverse al cantón, ¡qué escena! Yo no le dejaba; lloré, supliqué. Pero él,
con esa gravedad tan suya, me dijo: «Primero está el deber, Petrona». Siempre
ha sido lo más esclavo del deber. Y se fué. Sufrí un síncope, y, cuando se me
pasó, la figura de mi novio se me agigantó en el espíritu con proporciones
napoleónicas.
—El amor es un cristal de aumento.
—Luego Eleuterio abandonó el partido. Figúrate;
veinticinco años de abstención. ¿Quién está tantos años abstenido? Además, no
tenía derecho Eleuterio de privar al país del concurso de su talento. Es lo que
le dijo el general Roca y le repitió el doctor Pellegrini. «El país necesita de
usted»—le dijo el general. Ya sabes la habilidad que tenía el general para
atraerse a los hombres de valer. Y aunque Eleuterio ha sido constante en sus
principios, aceptó, por patriotismo. Pero él es siempre el mismo hombre de
acero.
—El cañón y el florete se componen de igual
materia; y aunque el florete se doble y el cañón no, ambos son de acero. Sigue,
Petrona...
—Yo creo, Marianela, que lo importante en un hombre
político es su origen, lo que fué primero, no lo que fué después. Lo primero es
lo primero. Y él fué revolucionario, contribuyendo con su sangre...
—Creo que exageras, Petrona.
—Bueno; si no fué con su sangre, porque tuvo la
suerte de no caer herido, contribuyó con sus tiros al éxito de ahora. Y esto,
unido a su talento y a lo mucho que sabe, son títulos suficientes para... en
fin, hija, por algo le señala todo el mundo para Agricultura.
—Todo el mundo tiene siempre razón, Petrona.
—Es lo que digo yo.
—Y todo el mundo...
—Pero no se sabe nada. No hay forma de saber nada.
Y lo que más me alarma es que los muchachos, mis yernos, se queden en la
calle...
—¿Tú crées?...
—¿Y cómo no?...
—¿No están seguros?...
—¡Qué esperanza!... Se dice que en las reformas va
a caer medio mundo. ¡Figúrate! ¿Qué va a ser de las muchachas?
—¿No tienen posición tus yernos?
—Ni donde caerse muertos; el empleo, y nada más. El
de Margarita, el que está en el ministerio, está muy considerado; pero... ¡vete
tú a saber lo que pasará! Parece que más bien ha sido demócrata. Ya se lo decía
yo todos los días: «Andate con cuidado, que Lisandro no llega; se queda no más
en el último recodo». El de Petronila está con ella allá, en Europa, en una
legación. Si le declaran disponible, se tendrán que venir no más. ¿Y cómo ponen
casa? ¿Con qué? Además. Petronila está ya acostumbrada a esa vida de las
embajadas y de las recepciones. ¡Cualquiera la acostumbra a vivir en una casita
en Flores o en Belgrano, después de haber alternado con princesas, duquesas y
marquesas! ¡Tan luego ella!... que es de lo más aristócrata y no habla más que
de gente copetuda. Cuando el Centenario se hizo lo más amiga de la infanta
Isabel. Y siempre nos escribe Petronila para que trabajemos aquí, a fin de que
trasladen a su marido a España. Sí, sí... adonde me parece que le van a
trasladar es a Buenos Aires. Pues de la otra, de María Inés, la del ingeniero,
no te digo nada. Si envían a su marido al Chaco o a Misiones, Inesita se muere.
¿Cómo se separa de él? ¡Ni pensarlo! ¿Y cómo va ella al desierto? ¡Qué
esperanza! En fin, hijita, un conflicto, mejor dicho, tres conflictos.
Tendremos que cargar con todos en casa. Ya se lo he dicho a Eleuterio. La casa
es grande y caben todos. Pero, aunque mis yernos son buenos y las muchachas lo
mismo—ya sabes lo bien que las he educado—pues, claro, nunca faltarán
desavenencias, disgustillos, incompatibilidades de carácter; porque,
naturalmente, donde hay tanta gente, ¿cómo entenderse todos bien? Te aseguro,
Marianela, que no sé qué hacer; si traerlos a todos a casa o dejarlos que se
las compongan como puedan, ayudándolos, eso sí, ¿cómo no va una a ayudar a sus
hijos? con algunos pesos, no muchos, porque, la verdad, tampoco nosotros
andamos muy boyantes; pues Eleuterio se metió los otros años, cuando el barullo
de los terrenos, en algunas especulaciones, y al venirse todo barranca abajo,
como él es así, ha pagado a todo el mundo y nos hemos quedado medio en la
calle. Yo le decía que hiciera como los demás; pero ¡qué esperanza! Siempre me
respondía lo mismo: «Ante todo el deber, Petrona». Claro que el deber es el
deber; pero también quedarse medio fundidos cuando los demás, hijita, hacen lo
que hacen, tratando de salvarse, aunque haya que clavar a medio mundo...
—No te apures, Petrona; todo se ha de arreglar.
—Hijita, no sé cómo. Si Eleuterio fuera a
Agricultura, sí, se arreglaría todo; porque estando él en el gobierno nadie se
atrevería a mover a mis yernos. Pero, hijita, no se sabe nada; no hay manera de
saber nada. ¡Qué cosa! ¿no? ¡Es una cosa tremenda! Luego, Eleuterio es así; no
da un paso; no hace ninguna gestión; espera tranquilo. Cuando yo le hablo del
asunto mueve la cabeza con incredulidad. «Pero si todo el mundo lo dice»,
agrego yo. Y él responde: «En nuestro país, todo el mundo es el Presidente». Y
no dice más. Se encierra y se pone a leer unos libros muy grandes en que hay
pintadas plantas de trigo y de maíz, ovejas, vacas y caballos, arados y
máquinas. Bueno, Marianela, me voy.
Petrona se pone el abrigo y se dispone a salir.
—Todo se arreglará—repito, por vía de consuelo.
—Tiemblo, hijita, tiemblo. No se sabe nada; no hay
manera de saber nada. Y es terrible esto de no poder averiguar nada en ninguna
parte.
PEQUEÑA DEFENSA DE LA MURMURACION
Toda la humanidad condena la murmuración y toda la
humanidad la ejerce con gusto y la sufre con disgusto. Nadie puede decir que no
ha murmurado en su vida; nadie tampoco puede asegurar que se vió libre de la
murmuración de los demás. En esto somos todos, simultáneamente, victimarios y
víctimas, roedores y roídos. La condición murmuradora debe tener raíces muy
hondas en el espíritu humano cuando ha resistido la crítica de los filósofos y
moralistas de todos los siglos y sigue resistiendo con toda lozanía la condenación
general.
La murmuración es, ante todo, una cosa agradable.
No hagan aspavientos ni remilgos mis lectoras. A todas nos gusta murmurar:
todas murmuramos, y la vida sin murmuración sería aburridísima y tediosa.
Quedamos, pues, en que es agradable murmurar. Ahora bien: ¿es conveniente? Yo
creo que sí. No se escandalicen mis lectoras. La murmuración (no confundirla
con la maledicencia, que es cualidad ruin) es una forma de crítica leve
ejercida en tertulia sobre el carácter, gustos, aficiones y manera de
conducirnos en sociedad. La idea de ser motivo de murmuración influye
poderosamente en nuestro espíritu para corregirnos de muchas ridiculeces y
tonterías, de muchas vanidades, de muchos pequeños defectos. Ella es un freno
para dominar los impulsos de nuestro carácter, para medir nuestras palabras,
para ordenar nuestras ideas, para componer armónicamente nuestras maneras y
gestos. A la murmuración se debe casi todo el progreso de las costumbres y el
refinamiento del trato social. La misma moda le debe su armonía; todo el mundo
teme exagerar, ajustando su gusto a las convenciones generales. Suprimid la
murmuración, y los impulsos individuales harán imposible la vida de relación.
La murmuración nos pule, nos corrige, nos afina. El grado de perfección íntima
que vamos alcanzando lo debemos, más que a nuestro propio esfuerzo, a la
crítica de los demás, a la murmuración. Su mismo carácter discreto, silencioso,
en voz baja, hace que sea más eficaz. Una crítica franca, clara, en voz alta,
nos exaltaría, induciéndonos a la rebeldía, más que a corregirnos. A pesar de
su índole cautelosa, la murmuración corre mucho. Don Quijote dice que la
murmuración en voz baja tiene un alcance mucho más prodigioso que la bocina de
Rolando, que se oía desde Roncesvalles hasta Zaragoza. Don Quijote rechaza la
murmuración, sin duda por ser el único Caballero perfecto que ha existido en la
tierra y no merecer su conducta el menor reproche. Sin embargo, fué objeto en
vida de grandes murmuraciones y se murmura mucho aún de su santa memoria.
La justicia de la murmuración salta a la vista,
teniendo en cuenta que ella, por abundante que sea, es siempre inferior al
número de nuestros defectos. Con tener la murmuración ojos de lince, nunca los
ve todos. De manera que, siendo exacto este principio, en vez de desear su
abolición, debemos fomentarla. Se murmura poco todavía...
El otro día, hallándome en una fiesta social, me
refería un amigo erudito esta frase de Pascal: «Si los hombres supieran lo que
dicen unos de otros, no habría cuatro amigos en el mundo». No habrá muchos más.
Mi amigo, como todo erudito, es algo inocente y cree que los hombres no saben
que todos murmuran de todos.
Metastasio era más profundo que Pascal en cuanto
atañe a la psicología del murmurador. En su «Clemencia Tito», dice lo
siguiente: «Si le mueve la ligereza, no le hago caso; si es la locura, le
compadezco; y si sólo son sus ímpetus de malicia, le perdono».
He ahí una sabia posición contra los murmuradores.
Pero ¿y si la murmuración es justa, como sucede casi siempre? Claro que el
murmurado tiende a creer que es injusta, suponiéndola muy justa cuando él se
convierte, a su vez, en murmurador.
La civilización tiene su origen en un vasto
conjunto de temores, desde las leyes escritas hasta las prácticas sociales. Al
temor a la murmuración debemos en gran parte la lenta y trabajosa perfección de
nuestra conducta. El ejercicio de la murmuración tiene sus dificultades: hay
que ser espiritual, ingenioso, prudente, observador, hábil de expresión. De lo
contrario el murmurador, en lugar de crucificar a los demás, se crucifica a sí
mismo.
Muchas personas se alaban de no ser murmuradoras.
Yo no creo que exista absolutamente nadie que no haya murmurado alguna vez. Las
que murmuran poco no suele ser por virtud, sino por falta de ingenio. Además,
no hay tal virtud en no murmurar, ya que de la murmuración general, como hemos
demostrado, surge el progreso de las costumbres, como de la crítica estética
dimana el progreso de la belleza. El mundo todo es un continuo rumor
murmurador. Dios lo hizo en seis días y lo entregó a la murmuración de sus hijos
por los siglos inacabables.
LOS SECRETOS
El abate Delille, traductor de las «Geórgicas» y
autor de «Los jardines» y de un ditirambo para la fiesta del Sér Supremo, en
los turbulentos días de la Revolución Francesa, era un hombre dulce e
ingenioso. Un día quiso sorprender a la Academia Francesa, en la cual entró en
1774, leyendo unos versos de carácter virgiliano. El buen abate deseaba
mantener el secreto de esta lectura hasta el momento de realizarla; pero le
costaba mucho contenerse. La víspera de la recitación encontróse con un amigo y
le expresó así sus temores sobre su pequeño y poético secreto: «Quisiera que
nadie lo supiese de antemano; pero temo decírselo a todo el mundo».
En estas pocas e ingenuas palabras del abate
Delille está encerrado el secreto de la propagación de los secretos.
¿Por qué nos cuesta tanto guardar un secreto?
Muchas son las causas psicológicas que nos impulsan a la revelación. La primera
de todas estriba en que un secreto es una especie de carga, de la cual sólo nos
libramos soltándola en otros oídos. La misma razón que tuvo quien nos trasmitió
el secreto la tenemos, a nuestra vez, para trasmitirlo. «Se lo digo a usted en
secreto». Esta frase tan generalizada es una verdadera paradoja, pues una vez
comunicado deja de existir el secreto en nuestra conciencia. En realidad, un
secreto es un pequeño martirio, un pequeño cilicio, un leve hormigueo de la
memoria, una ligera y constante inquietud del espíritu. En medio de la
multiplicación de nuestras ideas, de sus vuelos y revuelos, de nuestros anhelos
diarios, de nuestros quehaceres, de nuestras tristezas y alegrías, el secreto
está clavado en nuestro cerebro, ocupando una gran parte de su actividad. Esta
fijeza, esta permanencia concluye por ser molesta. Necesitamos desembarazarnos
de este estorbo. Y ello no se logra más que con el olvido. Ahora bien: para
olvidar una cosa, el único medio eficaz es comunicarla. Así, pues, los secretos
van corriendo de boca en oído por la necesidad psicológica de olvidarlos. La
reserva, la incomunicación, hace que el secreto acabe por convertirse en idea
fija, en obsesión, en manía. Los mismos criminales prefieren la cárcel y la
horca al peso de su secreto. De ahí que acaben siempre por declarar su
barrabasada. Edgard Poe tiene un cuento espeluznante sobre este punto. Un
marido ha emparedado a su mujer; pasan muchos años; nadie sospecha que haya
cometido tal delito. Un día el propio marido señala a la policía el muro donde
se halla el esqueleto de su cónyuge. El hombre no podía aguantar por más tiempo
su propio secreto.
La variedad de los secretos es infinita. Y los que
más cuesta guardar son aquellos de carácter pintoresco, aquellos cuya
revelación sabemos que ha de regocijar a quienes los trasmitimos. La idea de
divertir a los demás implica cierto altruísmo que disculpa la divulgación. El
prurito de mostrarnos enterados nos induce otras veces a lanzar la noticia que
nos comunicaron con toda reserva. La comunicamos también «reservadamente», y,
poco a poco, de reserva en reserva, la noticia acaba por convertirse en el secreto
del Polichinela. Frecuentemente, el deseo de dar una prueba de amistad nos
impulsa a romper el sigilo que prometimos. Como con la familia no debe haber
secretos, he ahí otro motivo justificado para la revelación. Siempre, en fin,
hallamos una causa aprobatoria de nuestra indiscreción. Pero, en realidad, el
verdadero origen radica, como hemos dicho, en que un secreto abarca una zona
excesiva de nuestra memoria y de nuestro espíritu, acabando por sernos
insoportable su peso. La comunicación, aunque sea a una sola persona, con las
«reservas» del caso, nos liberta de esa especie de tiranía que el secreto
ejerce en nuestra conciencia. Una vez soltada la noticia, parece que nuestro
espíritu y nuestra memoria se aligerasen, como si se levantara la piedra que obstruía
el aleteo de nuestra vida interior. Respiramos...
Un secreto nunca se trasmite como se recibe.
Siempre se le agrega algo. Aquí el arte se complica con el problema moral.
Porque toda persona es un artista de sus propias narraciones. Al trasmitir un
secreto, conservando lo fundamental, le añadimos el cúmulo de nuevos detalles
que nos sugiere la fantasía. Y así, de trasmisor en trasmisor, de cuentero en
cuentero, o de chismoso en chismoso, la noticia o secreto llega a trasfigurarse
casi en absoluto. Por esto en la Historia, que es, como dice Galdós, la destilación
del rumor de los siglos, todo es discutible. Cada historiador, con unas cuantas
verdades—si acaso las halla—arma su cuento como le parece. Yo entiendo poco de
este vastísimo problema por la insuficiencia de mis conocimientos y mi alicorta
reflexión; pero mi marido, que gusta leer a los filósofos, dice que hay uno—no
recuerda cuál—que no cree en la historia antigua, desde que ha visto escrita la
historia moderna.
Por virtud de los agregados, un secreto divulgado
puede volver a ser un secreto perfecto. No hay paradoja. Me explicaré. Un
secreto, un verdadero secreto, supone un hecho cierto, un suceso ocurrido. Los
agregados que cada indiscreto le va poniendo pueden alterar completamente el
hecho, trasformarlo en absoluto. Con esta alteración radical de la verdad, el
hecho vuelve a quedar en secreto. Más claro: los secretos vuelven a serlo por
la mentira armada entre todos los reveladores. De manera, pues, que cuanto más
se divulga un secreto mayores son las probabilidades de que sea guardado.
Cuanto más se propala más se conserva, porque al fin queda sepultado bajo la
balumba de agregados embusteros. Y así, en suma, el mayor secreto es el secreto
a voces.
Hay muchas personas propensas a convertirlo todo en
misterio. Al trasmitir la más insignificante noticia exigen reserva. Proceden
así por miedo. Son seres pusilánimes que temen verse comprometidos a cada
instante. La recomendación de guardar reserva tiene siempre por origen la
cobardía. Pero es verdaderamente curioso que los espíritus timoratos y débiles
son precisamente los menos capaces de guardar un secreto. Parece natural que el
temor a comprometerse debía hacerlos más reservados. La psicología humana es
tan complicada, que ocurre justamente lo contrario. Un espíritu fuerte,
resuelto, exento de temores, guarda mejor un secreto que un espíritu pusilánime
y medroso.
Me han sugerido estas pequeñas disquisiciones sobre
la psicología de los secretos dos cartas que he recibido de mis amigas Rosalía
y Petrona. Recordarán mis lectoras la carta de Rosalía desde «Los Carpinchos»,
contándome su vida y milagros. Yo la publiqué en estas columnas, porque todo
cuanto me decía mi excelente amiga constituye un ejemplo de buen juicio, de
fortaleza espiritual y de perfecta casada. Según me dice Rosalía, le han
escrito muchas amigas felicitándola por su buena conformidad en su reclusión
voluntaria en la estancia, ayudando a su marido, con la gracia de su presencia,
a reconstruir la fortuna, perdida, o muy quebrantada, en especulaciones y lujos
excesivos. Parece que algunas amigas la llaman la divina pastora. Opina Rosalía
que debí eliminar de la publicación algunos detalles íntimos de su carta; pero
yo los dejé intencionalmente, por la pintoresca vivacidad que daban al relato.
Rosalía, en resumen, está conforme con que yo haya revelado el secreto de su
vida.
En cambio, Petrona está enojadísima por haber
publicado su conversación conmigo. Yo siento mucho perder la amistad de esta
muy querida amiga. La política no da más que disgustos... cuando se cultiva
desinteresadamente. Petrona dice que he abusado de su confianza al decir que su
marido, Eleuterio, aspira a la cartera de Agricultura en el próximo gobierno.
Me parece que Petrona está un poco ofuscada. Yo creo que lo primero, para que
un hombre llegue a ser ministro, es que se sepa que quiere serlo. Y, sobre todo,
que conozca este deseo quien ha de nombrarlo. En tal sentido me parece que he
hecho un favor a don Eleuterio en vez de causarle un perjuicio. Su deseo era un
secreto; ya no lo es para nadie. Todo el mundo, según mi ex amiga Petrona,
desea que su marido sea ministro. Pero todo el mundo no sabía si don Eleuterio
estaba dispuesto a dar gusto a todo el mundo. Yo he aclarado este punto,
llevando a conocimiento del país lo que necesitaba saber con toda urgencia,
esto es: que don Eleuterio está dispuesto a consagrar sus luces, que son focos
extraordinarios, a la agricultura y a la ganadería, puntales de la economía
pública. Por otra parte mi patriotismo me obligaba a revelar el secreto de don
Eleuterio, pues hubiera podido ocurrir que por desconocer su deseo quien ha de
nombrarlo, que es hombre también de mucho secreto, perdiera el país la
colaboración de un estadista que puede ser la lumbrera del futuro gobierno. Ya
ve Petrona que en vez de una charlatana, como ella me llama en su colérica
carta, he sido prudente y he obrado con suma discreción, velando por los
intereses, siempre sagrados, de la patria. Lo inconveniente, por lo tanto,
hubiera sido guardar el secreto, ocultando que los deseos de todo el mundo y de
don Eleuterio son felizmente coincidentes.
Además, en política no hay secretos; todo acaba por
saberse, aunque confusamente; y es casi seguro, aunque yo no lo hubiera dicho,
que todo el mundo habría concluído por saber, o por sospechar, al menos, que
don Eleuterio está dispuesto a ser ministro. Yo no he hecho más que ahorrar
trámites, ganar tiempo, difundiendo la grata noticia de que el marido de
Petrona aceptará la cartera de Agricultura. La misión esencial del periodismo
es secundar la obra del gobierno, contribuyendo a su sólida organización. Y nada
más sólido que don Eleuterio.
El resto de mis revelaciones carecía de
importancia. Me limitaba a decir que, según Petrona, nadie sabe nada; todo es
un secreto. Los secretos perfectos estriban precisamente en que nadie sepa
nada, porque en cuanto alguien sabe algo, pronto lo sabe todo el mundo, hasta
que, alterado el hecho de revelación en revelación, todo el mundo vuelve a no
saber nada.
Estoy afligida. La política me ha hecho perder una
excelente amiga. Maldigo de la política, y juro que nunca he de volver a
meterme en ella.
LA DESVENTURA DE LUISA
Mi amiga Luisa está desconsolada. Ayer estuvo en mi
casa, y, al contarme sus cuitas, rompió en llanto. Su gran desconsuelo no está
en relación con la causa que lo produce. Mi amiga tiene fáciles lágrimas, y no
menos fácil tiene la risa. Con esto queda dicho que es muy sensible a todas las
emociones. Se casó hace un año con Daniel; una boda por amor, muy a gusto,
además, de ambas familias, que pertenecen al cogollito de nuestra «haut». El
noviazgo fué un idilio ante el cual palidecen los deliquios de Romeo y Julieta.
En los salones, fiestas y saraos no se separaban un instante. Un escritor
francés, un poco irónico siempre que habla de amor, dice que la causa de que
los enamorados no se fastidien de estar juntos consiste en que siempre están
hablando de sí mismos. Luisa y Daniel, en el trascurso de su noviazgo, no
lograron agotar el tema. Su adhesión espiritual superaba cuanto ha imaginado el
más excelso poeta lírico. Pero todo ha terminado, si nos guiamos por las
copiosas lágrimas de Luisa.
—¡Ay, Marianela, qué desgraciada soy!
—¿Tanto, tanto?
—¡Mucho, mucho!
—Pues ¿qué te pasa?
—Que Daniel me abandona.
—¡Cómo! ¿Qué dices?
—Sí, me abandona. Ya no soy para él lo que antes
era. ¡Así son los hombres!...
—Oye, Luisita; las mujeres hablamos mal de los
hombres en general, y los amamos en particular. Este es nuestro error
principal; error al cual se debe nada menos que la vida del universo.
—Bueno, bueno: no me vengas con historias, ni con
filosofías. Lo que te digo es que yo soy muy desgraciada.
—¿Por qué?
—Porque me abandona... ¿no te lo he dicho? ¿no lo
has oído? Me abandona, me deja sola. Vuelve a casa a las cinco y a las seis de
la mañana; de día casi todos los días. Y las noches que se queda en casa—muy
pocas—yo sé por qué se queda. ¡Ah, le conozco! Pero casi siempre se marcha.
—¿Y a dónde va?
—Dice que al Jockey; pero ¡quién sabe a dónde irá!
Y esto es lo que me mortifica y me desespera.
—¿Pero tú no tienes medios de saber si realmente va
o no va al Jockey? ¿Para cuándo está el teléfono? El teléfono es el mejor
fiscal de los maridos distraídos en devaneos.
—Sí, ya pregunto; y, realmente, siempre está allí.
En cuanto llamo, viene él mismo al aparato. Me dice unas cuantas
tonterías—porque, eso sí, es de lo más galante—pero, hijita, se queda allí.
—Entonces, tus celos...
—Tengo celos del Jockey. Porque si el Jockey está
antes que yo, ¡que se hubiera casado con el Jockey! ¿No te parece?
—No, no me parece. Es más: yo creo que si no fuera
al Jockey, tú no le querrías tanto. Un marido un poquitín calavera—un poquito
nada más ¿eh?—es más seductor, tiene más sal. La absoluta santidad masculina no
suele hacernos absolutamente felices a las mujeres. Los santos—suponiendo que
los haya—no están bien más que en el cielo. Aquí, en la tierra, los
calaveras—claro, con medida—son más amados que los ángeles. Un ángel terrestre
está un poco fuera de su sitio.
Luisita, inundados sus ojos de lágrimas, se ríe al
mismo tiempo, y traduce así mis argumentos:
—Bueno; yo no querría que mi marido fuera un
zonzo...
—No he dicho zonzo; he dicho ángel.
—Sí, sí, ya te comprendo, y tú también a mí. Las
noches que se queda en casa, vieras, hijita, ¡qué alegría! Pero ¡se queda tan
pocas!...
—Si se quedara muchas, la alegría sería menor. Si
estuviera siempre a tu lado, quizá te entrara el tedio, que es el mayor enemigo
del amor y la verdadera desgracia de las personas felices. Reflexiona sobre tu
desazón y verás que no hay motivo para que sea tan grande.
—La verdad es que él es galante, cariñoso,
espléndido. Mira qué collar me regaló el día de mi santo.
Luisita me muestra la sarta de perlas que lleva al
cuello. «Pero Daniel no es bueno—agrega—porque me abandona».
—¡Magnífico collar!—exclamo.—La mayor parte de los
hombres son más capaces de grandes acciones que de acciones buenas. Este regalo
es una gran acción. Conténtate. Luisita, con tener un marido que, si no hace
buenas acciones yéndose al Jockey todas las noches, hace grandes acciones
regalándote collares como éste. Es posible que ambas acciones sean malas; pero
esto pertenece al dominio de los economistas, donde no quiero meterme.
—Yo no quiero collares, yo no quiero perlas, yo no
quiero más regalos que él mismo, su presencia, su compañía, que es para mí el
mayor regalo. Pero se va ¡se va todas las noches y me deja sola! ¡Y es que ya
no le intereso!
—No, Luisita, no. ¡Cómo no has de interesarle!
—O le interesa más el Jockey.
—Tampoco. El hombre comparte ambas seducciones: tu
compañía y el trato de los amigos. Quizá distribuye mal el tiempo. Y el que lo
distribuya mejor tiene que ser obra tuya.
—¿Y cómo?
—Disputándoselo al Jockey, procurando sustraerle de
ese centro hípico. ¿Te enojas mucho cuando llega tarde?
—¿Y cómo no he de enojarme?
—Mal hecho. Es cuando debes ser más amable, más
cariñosa. La primera y más importante cualidad de una mujer es la dulzura, una
dulzura constante, inalterable, eterna. Oye, Luisita: nada hay más duro que una
piedra; nada hay más blando que una gota de agua; pues bien: la gota de agua
acaba por ablandar a la piedra. No seas roca, aunque tengas razón para ello,
sino gota de agua, y acabarás por vencer. Nada de ira, nada de altercados y
peleas. No es de hierro la mejor cadena, sino aquella que forman los blandos
eslabones de nuestros brazos. La brusquedad no retiene: ahuyenta. Cuanto más
tarde llegue Daniel, más tierna y más solícita debes ser con él. No hay mejor
apoyo para la mujer que la propia blandura de su corazón. Esto, que parece
nuestra debilidad, es nuestra fuerza. Un día Daniel reconocerá que obra mal: le
remorderá la conciencia, y el grato recuerdo de tu bondad le arrancará del
Jockey Club. Cultiva además tu espíritu y tu ingenio con buenas lecturas, de
modo que tu conversación sea más vivaz y entretenida que la de sus amigos del
Jockey, cosa que no te será muy difícil con poco empeño que en ello pongas. «El
arte de la vida es hacer de la vida una obra de arte». Este concepto es de uno
de mis poetas predilectos, a quien debo, en buena parte, la formación de mi
pobre espíritu. Por lo demás, Luisita, el matrimonio es una serie de
concesiones. En él, cada uno quiere, por medio del otro, alcanzar un fin
personal; pero siendo el amor y el matrimonio la más espiritual combinación de
egoísmos, la excesiva esclavitud o sometimiento de uno de los dos, refluye
sobre el otro, en virtud de la fusión de las almas; de manera que tanto siente
la esclavitud la esclava como la esclavizadora. Del conocimiento intuitivo de
esta condición del amor, nace la tolerancia, el mutuo ceder, hasta que los
egoísmos se convierten en recíproca generosidad. Cuando se quiere mucho se
transige mucho.
—¡Ay, hijita, le quiero!... ¡tú no sabes cómo le
quiero! Y con todo transijo, menos con que se quede toda la noche en el Jockey.
Con eso no transijo, ¡no transijo y no transijo!
—Está bien, Luisita. No debes transigir. Pero la
transigencia, como la intransigencia, tiene sus métodos. Se puede ser
intransigente con bondad, con dulzura, con suavidad. No te pongas nunca
furiosa; no seas agria, díscola, violenta. La cólera es el peor de los métodos.
—Cuando llega estoy lo más enfadada. Pero sólo con
verle se me pasa el enojo. Su presencia es para mí lo que para los pájaros la
aurora. Luego, ya sabes cómo es de gracioso y ocurrente. Hijita, empieza a
hablar y a embromarme y... bueno, al ratito no más, ya me estoy riendo como una
loca. No tengo carácter y, claro, hace lo que quiere.
—Tienes que disputárselo al Jockey.
—Sí, sí; pero, ¿cómo? ¿cómo? El otro día, no
sabiendo ya qué hacer, me fuí al Socorro, a pedirle a la Virgen que me ayude a
sacarle del club.
—¿Y se lo dijiste luego a él?
—Sí. ¿Y sabes lo que me contestó? Que otro día le
pida a la vez que gane el premio internacional Torbellino, un caballo que ha
comprado y con el cual sueña a todas horas. ¡Ay, Marianela, yo no sé qué va a
ser de mí! ¡Ese Jockey!... ¡Ojalá se hunda! ¡Ojalá se quiebren las patas todos
los caballos de carreras!...
Con estas maldiciones hípicas y un abrazo se
despide mi amiga Luisita, que tiene fáciles las lágrimas y no menos fácil tiene
la risa.
DESAVENENCIA TRASCENDENTAL
Alguna vez os he hablado de mi excelente marido y
de mi felicidad inalterable desde el día en que el amor nos unió con la
bendición del altar y la sanción de la ley. Por cierto que he recibido algunas
cartas en que, si no censura, había cierta extrañeza por hablar yo de mi marido
en estas crónicas superficiales, deleznables y pasajeras. ¿Por qué la
extrañeza? Falta de costumbre en las lectoras, sin duda. Yo creo que lo que
mejor se observa y sobre lo que mejor se discurre no es sobre lo extraño y
lejano, sino sobre lo que está más cerca, sobre cuanto nos rodea y nos es
propio. Como mejor se ven las cosas no es con telescopio ni con microscopio,
sino con los ojos de la cara, directamente. Todo cristal para prolongar la
vista deforma los objetos. Así, pues, estoy convencida de hablar de mi corazón
con más acierto que sobre el corazón de los demás, y tengo también la evidencia
de que comprendo y expongo mejor lo que pasa en mi recogido hogar que aquello
que está sucediendo en los dilatados ámbitos del universo. Creo además que,
partiendo de lo particular e inmediato, se ve mejor lo general, mientras que,
procediendo a la inversa, quizá no logremos ver ni lo uno ni lo otro, ni lo
general ni lo particular. Y en último caso procedo así porque mi alicorta
inteligencia carece de vuelo para generalizar. Mis pequeñas facultades de
observación no pasan del reducido mundo que me rodea, de mi casa, de mis amigas
y del centro social en que—por dicha mía—me ha tocado nacer y vivir. Pero
abandonemos este tema. Creo que lo dicho basta como respuesta al punto a que se
refieren mis discretas y amables comunicantes. Y vamos a nuestro asunto.
Jorge, mi marido—lo diré una vez más,—es un hombre
adorable. Toda palabra humana es pálida para revelar la intensidad de mi
cariño. Ante su presencia mi corazón es un altar encendido para adorar su
bondad, su nobleza y su inteligencia. Sin embargo, la otra noche, en la mesa,
hemos disputado por primera vez, amablemente, eso sí, pues no podía esperarse
otra cosa de la cultura de Jorge y del respeto que, aun estando en desacuerdo,
me inspira siempre la palabra cortés y discreta de mi marido.
La causa de la discusión fué nuestro hijo, Jorgito,
un niño de cuatro años, que es el doble eslabón de nuestra eslabonada vida, un
eslabón de rulos rubios que nos da la sensación de unir apretadamente nuestros
corazones aquí, en la tierra, mientras dure nuestro aliento mortal, y allá, en
el cielo, cuando nuestras almas se desprendan de la materia transitoria.
Estábamos en los postres. El niño jugaba con una
manzana, haciéndola rodar, una vez en dirección hacia su padre, otra vez hacia
mí. La diversión del chico consistía en engañarnos, amagando hacia mí y
dirigiéndola hacia Jorge, o viceversa. Nosotros nos dejábamos engañar,
resonando en nuestras almas las risas alborozadas de Jorgito. Mi niño se ríe
como deben reirse los ángeles cuando salen en el cielo las auroras. De pronto
dijo mi marido:
—Se va a parecer a mí, en carácter y en todo.
—No lo creo—respondí.
—¿No lo crees, o no lo quieres?
—Ni lo creo ni lo quiero.
—Entonces quieres decir que no soy yo un modelo
digno de seguirse.
—No quiero decir eso. Yo creo que tú eres un
modelo; para mí, al menos, lo eres; quizá para otra no lo fueras, a pesar de tu
bondad ingénita y de todas las condiciones morales con que prendaste mi
corazón. Pero los gustos no son iguales y hasta se dan muchos casos de
aberración en el gusto, gustando lo peor. Hay hombres de cualidades detestables
que son muy amados por mujeres inteligentes. La psicología humana, la femenil
sobre todo, es un arcano de complicaciones. Hay mujeres que aman más
profundamente cuanto más irregular es la conducta del marido. El martirio es
para ellas un estimulante espiritual. La perfección les produce tedio. Sólo
hallan la felicidad por contraste con los disgustos. Un marido un poco
calavera, algo donjuanesco, un poco embrollón en sus justificaciones, tiene
para ellas una seducción misteriosa. Son imaginaciones perturbadas, una manera
de ser que no se vence con la educación ni con ninguna pedagogía. Ya ves que
para una de éstas tú no serías un modelo, aunque para mí lo eres, que es lo
principal.
—No comprendo cómo, teniéndome tú por un modelo de
hombre, no deseas que nuestro hijo se me parezca.
En este momento Jorgito rompió a llorar, porque no
hacíamos caso del rodar de su manzana. Ambos le cubrimos de besos. Luego quiso
sentarse en mis rodillas, como de costumbre, después de cenar. Levantó sus
ojitos hasta los míos, en una tiernísima mirada de despedida, precursora del
sueño, y recostando su cabeza sobre mi pecho, se quedó dormido. Su pequeño
corazón latía sobre el mío, fundidos ambos en ritmo de amor inefable.
—Es ilusión de todos los padres querer que sus
hijos se parezcan a ellos. Este deseo lo sienten igualmente los esposos
modelos, los padres ejemplares, como tú, que aquellos otros que carecen de
estas virtudes. Pero esta ilusión sale siempre frustrada, tanto para aquellos
que pudieran erigirse en ejemplo, como para los que están muy lejos de ser
modelos dignos de imitación. La paternidad, como la maternidad, anhela, no sólo
la reproducción de su imagen física, sino también de la espiritual. Ello es una
quimera. La Naturaleza no se repite; nada hace igual; la más absoluta variedad
es su principio creador. Yo, en mi ignorancia, no sé dar una explicación
científica; posiblemente no habrá ninguna ciencia que lo explique. Pero sin
auxilio alguno de los libros sabios, a simple vista no más, podemos ver esta
milagrosa variedad de los seres. Y bastan unos simples rasgos para producirla.
El rostro humano se compone de tres elementos: unos ojos, una nariz y una boca.
Y cada ser que integra la humanidad es distinto. No cabe con menos recursos una
diferenciación mayor. Ni con los siete colores del prisma, ni con las siete
notas del pentágrama, en sus combinaciones innúmeras, se puede producir en los
colores y en los sonidos una variedad tan asombrosa como la existente en las
fisonomías humanas. En la misma manera de andar, en el aire, nos diferenciamos.
Las aves de una misma especie se diferencian igualmente; cada tero, cada
chimango, tiene personalidad en su vuelo; cortan el aire y cruzan el espacio de
una manera propia, haciendo giros y piruetas que caracterizan la
particularísima idiosincrasia de sus alas y la gracia individual del espíritu
que en el ámbito azul las mueve.
Jorge se ríe de este pequeño, empírico y trivial
curso de historia natural.
—Pero hablábamos—me dice—del orden moral.
—Ocurre otro tanto. El espíritu y la razón tienen
tantos grados y diferencias como criaturas existen en el mundo. Tampoco hay
caracteres iguales, como no hay un timbre de voz igual a otro, ni una mirada
igual a otra mirada. Nuestras almas son tan distintas como nuestros rostros.
—Yo no he hablado de una identidad absoluta entre
Jorgito y yo, sino de un parecido moral. ¿Por qué no quieres que se me parezca?
—Porque quiero que sea original, único. Yo deseo
que sea bueno, tan bueno como tú, pero con una bondad propia, con la suya.
Porque así como hay muchas maneras de ser malo, hay también muchas de ser
bueno. En todos los libritos de mística, en todos los devocionarios, leerás
estas sencillas palabras: «las vías del Señor son innúmeras», queriendo
expresar con ello que los caminos para llegar al cielo son infinitos; que hay,
en fin, muchas formas de ser buenos y de practicar el bien. Y yo quiero que
Jorgito tenga su camino propio, hecho por la huella de su alma, como deseo que
tenga en el mundo un puesto digno, conquistado por su propio esfuerzo, aunque,
claro está, nosotros hemos de ayudarle; pero quiero decir que mi deseo es que
en su lucha por la vida tenga armas propias, suyas, originales, obtenidas por
medio de una interpretación personal del mundo. Y si Dios, en su infinita
bondad, se dignara concedernos la suprema merced de besarle en la frente e
iluminar su inteligencia con los destellos del genio, desearía igualmente que
fuera la suya una genialidad única, personal, sin parecido alguno con las demás
lumbreras que han florecido en la tierra. Quiero, pues, que sea un modelo, pero
no imitado ni imitable. Deseo para él el don de la máxima personalidad.
—¿Tú no sabes que los seres muy originales no
suelen ser los más felices?
—Yo creo que lo más desdichado es no tener
personalidad.
—Ya que no quieres que se parezca a mí, supongo
que, en algo, desearás que se parezca a tí.
—En una sola cosa. Deseo que cuando se case tenga
por su compañera la intensidad de amor que yo siento por tí. Es algo difícil...
—No, no; en esto no transijo. Quiero que su amor
sea como el mío por tí.
—Bueno: arreglemos este punto; que acumule en el
suyo el de los dos. ¡Vaya una suerte que espera a la futura!...
Jorgito seguía dormido con placidez encantadora. Le
llevamos a acostar. Su padre arregló el almohadón de la cuna. La cabecita de
rulos rubios parecía una rosa dorada. Nos quedamos mirándole, mudos y
conmovidos.
—Después de todo lo que hemos hablado—dijo
Jorge—quién sabe la suerte que le espera en el mundo.
—¡Ay, sí, quién sabe, quién sabe! ¡Que Dios te
proteja, alma de mi alma!...
LAS REINAS EN LA GUERRA
En medio de la tragedia de los pueblos, los reyes
continúan en perfecta salud. «Y esto es lo principal», como decían los
cortesanos de Versalles en tiempos de Luis XIV.
La salud del rey, en momentos de hondas
perturbaciones y cataclismos sociales, es de una importancia fundamental. En
las guerras, como en el ajedrez—que es el remedo más perfecto de las
batallas,—el desastre definitivo está en el jaque-mate al rey. Mientras no se
pierden más que alfiles, peones, caballos, torres, o la dama, la partida, con
todos sus accidentes, tropiezos, errores tácticos y estratégicos, no está aún
perdida. Pero, cuando se pierde el rey, cuando sufre jaque-mate, todo se acabó
de una manera irremediable y definitiva.
Después del mate al rey, sigue en importancia
desastrosa el jaque a la reina. En la defensa del rey y la reina se cifra, por
lo tanto, toda la estrategia del ajedrez. Pero aunque la similitud entre el
ajedrez y las batallas humanas, político-militares, es muy grande, existe, sin
embargo, la radical diferencia que hay entre la vida y el puro mecanismo de
unos muñecos de madera. Aclaremos un poco el punto. En el ajedrez, el rey y la
reina se mueven con el mismo propósito: dar jaque-mate al otro reinado; es la
lucha del matrimonio de monarcas blancos contra el matrimonio de monarcas
negros. La lucha es clara, simple, aparte la complejidad de los accidentes de
la batalla ajedrecista. No ocurre así en la vida. En una conflagración de
muchos tronos y de muchos pueblos, puede ocurrir—ocurre con frecuencia—que los
deseos y simpatías del rey y de la reina no sean coincidentes por razones de
parentesco, de raza, de educación, hasta de capricho, pues no hay que olvidar
que los monarcas tienen las mismas pasiones que los demás mortales, pequeño
detalle que nos hace dudar de su origen divino. A veces sus pasiones son
inferiores a las más comunes y vulgares. Por eso ha dicho un clásico escritor
francés, gran ironista, que es más fácil estar por encima de los reyes que a su
altura. Ahora bien: el rey y la reina tienen su círculo palatino: políticos,
militares, gentilhombres, azafatas, cortesanos, etc., los cuales se dividen
entre los anhelos de la reina y los anhelos del rey. He aquí embarullada,
confundida, anarquizada la partida de ajedrez; pues si unos alfiles, caballos,
torres y peones tiran para un lado y otros para otro, la batalla ordenada se
torna en encrespado bochinche civil. Ya la Santa Biblia, con su gran sabiduría,
alude en el Eclesiastés a estas desavenencias reales: «Los pecados y errores de
los príncipes destruyen y trastornan los Estados y los hacen pasar a manos
extranjeras». (Perdonadme que mezcle el ajedrez, los reyes y la Biblia. Las
personas de poca erudición, como yo, hacemos siempre un pequeño baturrillo con
lo poco que sabemos.)
Todas las monarquías son de origen cosmopolita.
Ningún rey, ninguna reina, tienen la sangre pura del pueblo en que reinan. Como
se casan solamente entre sí, porque la ley prohibe el matrimonio morganático,
resulta que los verdaderos extranjeros en todo pueblo son el rey y la reina.
Así, pues, en vez de sangre azul, puramente azul, la tienen de todos los
colores. La pureza sanguínea está mejor fijada en los caballos de carreras.
El diverso origen del rey y de la reina hace que
sus tendencias, deseos, ideas, gustos, sentimientos, humor y emociones sean
distintos. Los príncipes reinantes de cada país derivan de los diversos tronos
conflagrados. Y así, al tratarse de entrar o no entrar en la guerra, la reina
puede preferir un grupo de beligerantes y el rey otro. En las cuatro monarquías
balkánicas, en ese trágico tute de reyes, ha debido ocurrir algo de esto. La
historia lo aclarará, si es que la historia aclara algo.
Desde luego, el rey manda: pero el rey, al mismo
tiempo que rey, es marido, sujeto, por lo tanto, a las mismas influencias,
peripecias y contingencias, buenas y malas, de todo marido. En los palacios
reales pasan las mismas cosas que en otra casa cualquiera, y a veces peores.
Napoleón, por ejemplo, el único emperador por derecho propio, que pasó los
Alpes, los Pirineos, la Selva Negra, las montañas austríacas y rusas, no
hubiera podido pasar un túnel. Si entonces hubiesen existido túneles. El
aditamento que sus dos mujeres, Josefina y María Luisa, le pusieron en su
cabeza, genial y estratégica, se lo hubiera impedido.
Con estas premisas llegamos al nudo de la cuestión.
¿En qué grado una reina puede cambiar la historia de un pueblo, influyendo
sobre el ánimo del monarca? Ello depende de muchas causas. El alcance de esta
influencia se relaciona, en primer término, con el amor. Si el rey está muy
enamorado, la reina hará lo que quiera. Y reinando sobre el rey, la reina
reinará sobre el reino. Porque el hombre, que se cree el rey de creación, no
suele ser, cuando está enamorado, más que el esclavo de la mujer. En la historia
universal, desde Troya hasta ahora, el amor ha jugado un papel importantísimo,
usurpando con frecuencia su lugar a la majestad de la lógica para llevar por el
mundo el soplo de la locura. Los investigadores e intérpretes de la historia
antigua y moderna debían atenerse siempre al popular aforismo francés:
«Cherchez la femme».
La influencia de la reina puede estar basada
también en que el rey sea tonto, cosa muy posible, pues la tontería es muy
democrática y se mete en cualquier cabeza, sin respetar jerarquías. Puede
suceder asimismo que el monarca sea un ignorante, porque si se reina por
derecho divino, no se estudia ni se aprende sino por esfuerzo propio,
quemándose las pestañas como cualquier simple mortal. «Un rey ignorante es un
asno con corona», según siglos hace dijo uno de ellos, Alfonso V. El estudio es
un trabajo plebeyo, y no está bien que los reyes desciendan a ocupaciones
propias de los vasallos. Alfonso V merecía, por su sentencia, ser destronado.
Pues bien: ya por estar muy enamorado, ya por ser
tonto o ignorante, la prerrogativa real cae, de hecho, en manos de la reina.
Ella impone sus deseos al rey y, por consecuencia, al pueblo, este colosal
organismo infantil a quien siglos de experiencia tornan cada día más niño.
Inútil me parece señalar ejemplos. Bastará decir que no pocos de los grandes
sucesos que conmovieron al mundo nacieron en las cámaras reales.
Y he aquí cómo las reinas hacen la historia, o, por
lo menos, «las historias». Sometido el rey al influjo de la voluntad de la
reina, puede ésta llevar al pueblo a un campo guerrero contrario a las
conveniencias nacionales, cambiando así el curso de su historia y haciéndole
infeliz en vez de venturoso, aunque la ventura colectiva quizá no sea más que
un puro sueño abstracto. No quiere esto decir que las reinas yerren con más
frecuencia que los reyes, los cuales, aunque de origen divino, pocas veces tienen
la divina gracia del acierto humano. Sólo quiero establecer que el juego de las
influencias dentro de los matrimonios, reales o plebeyos, es siempre el mismo,
aunque sus consecuencias, claro está, son muy distintas en trascendencia
histórica. Estos inconvenientes de los reinados no tienen, según mi pobre
juicio político (ya sabéis que yo no entiendo de estas cosas), más que un
remedio: suprimirlos. En tal sentido nuestra América, tan atrasada, según los
europeos, ha resuelto el problema en toda su extensión continental. Según
Eleuterio, el marido de mi ex amiga Petrona, que es, como sabéis, hombre muy
grave y reflexivo, los pueblos europeos acabarán por adoptar las instituciones
republicanas de los americanos, con las cuales es posible que se maten con más frecuencia,
pero será por propia iniciativa y gusto propio, y no por mandato del rey o por
antojo de la reina.
En los magnos sucesos históricos, la reina se
diferencia del rey por su menor sensibilidad ante lo que podemos llamar
sentimiento responsable. A la reina, como mujer, apenas le preocupa la
posteridad. El rey, en cambio, suele ser muy sensible al juicio de los siglos
futuros. A la reina lo que más le importa es el triunfo inmediato de sus ideas
y deseos, sobre todo, de sus deseos. El hombre es un fatuo del porvenir: la
mujer rara vez pasa de vanidosa presente. Y quizá la mujer se halle en esto
mejor orientada. La posteridad se compone de las gentes que aún no han nacido.
Y conociendo a las que ahora existen, no es de suponer que sean mejores ni más
sensatas las que aparezcan sobre la tierra en las futuras edades. La reina, más
instintiva siempre que el rey, tiene un juicio más exacto de la posteridad.
Resultará un poco extraño a mis habituales lectoras
que yo trate esta materia de psicología palatina. Debo sobre este punto una
explicación reveladora del origen de mis conocimientos. En realidad, yo no he
pisado en mi vida un palacio real ni he conocido nunca a ningún monarca ni a
ninguna reina. No he estado en Europa. Desciendo de un vasco remoto que en el
primer tercio del siglo pasado empezó a apoderarse de la tierra por centenares
de leguas. Por diversos entronques familiares, he venido a pertenecer, al cabo
de un siglo, al patriciado de mi país y a su alta sociedad. El nombre y la
opulencia—más aun la opulencia—determinaron que fuese elegida de la comisión de
damas para recibir y obsequiar, cuando el Centenario, a una altísima dama,
nacida en alcázar. Me hice muy amiga de ella, honrándome mucho con su
intimidad. Y en nuestras conversaciones, a fin de satisfacer mi curiosidad,
tuvo la complacencia de hablarme frecuentemente de las cortes europeas que ella
conoce tanto, de sus costumbres y hasta de sus secretos. Así, pues, este
pequeño ensayo sobre reyes y reinas está hecho con el auxilio de las
reminiscencias de aquellas parlas interesantísimas...
FRIVOLIDAD Y TILINGUISMO
El jueves último dí en mi casa una fiesta sin
pretensiones de sarao, una pequeña reunión en obsequio de mis sobrinas, Carmen
y Lucía, hijas de mi hermana mayor. Invité a las amigas de las muchachas y a
varios jóvenes, pertenecientes, unas y otros, a nuestro gran mundo.
La fiesta tenía por objeto principal presentar a
mis sobrinas en sociedad. Debo deciros sobre ellas algunas palabras. Carmen y
Lucía son mellizas, muy lindas ambas y bastante vivaces, sobre todo Lucía, mi
ahijada. Apenas cuentan 16 años. A Estefanía, mi hermana, le urgía mucho esta
presentación. Yo la decía con frecuencia que me parecía pronto para lanzar a
las niñas al torbellino del mundo. Hícela sobre este punto algunas reflexiones,
censurando la costumbre, ya tan difundida en Buenos Aires, de presentar a las
niñas en sociedad cuando apenas han salido de la infancia. Ello me parece un
grave error. A esa edad ni el espíritu ni la mente tienen, no ya madurez, ni
siquiera aquel grado de equilibrio elemental que se necesita para frecuentar
los salones y actuar en la sociedad. Claro está que la experiencia del mundo
sólo se adquiere andando en el mundo. Pero bueno es llegar a él con todas las
cautelas que sugiere la razón formada; porque el mundo, al decir de un santo
que tengo en gran devoción, «es un pomposo bajel sobre procelosos mares». Al
día siguiente de ponerlas de largo ya se quiere lucirlas en sociedad. Pero,
para entrar en los «procelosos mares» a que alude el santo, no basta llevar los
vestidos de largo; se requiere que sea no menos largo el entendimiento. Para la
salud misma no es conveniente experimentar las impresiones del mundo cuando
apenas se ha iniciado la pubertad. Su cerebro pueril y la infantilidad de su
espíritu hacen que se hallen cohibidas, llenas de cortedad, incapaces de
sostener una conversación, ni siquiera de comprenderla cuando los conceptos son
un poco sutiles. De ahí que las pobrecitas, a todo cuanto se les dice,
respondan maquinalmente con esta insustancial muletilla: «¿Ha visto?» ¡qué
cosa! ¿no? ¡Qué cosa! ¿no? ¿ha visto?...»
Como viera que todas estas razones contrariaban a
mi hermana en su prisa por lucir a sus hijas, accedí al punto a sus deseos. No
quería yo que ella interpretara mis observaciones como disculpa para eludir las
molestias y aún las críticas a que da ocasión toda fiesta. Mi hermana deseaba
que la presentación tuviera lugar en mi casa, por haber en ella amplios salones
y ser el hogar tradicional de la familia, donde tuvieron lugar memorables
fiestas en los antiguos tiempos de la castiza sociedad porteña. Nosotras,
nuestra madre, nuestra abuela, tres generaciones femeninas, en una palabra,
fueron presentadas al mundo en estos vetustos salones. Aunque la casa es mía
exclusivamente, por haberla preferido en el reparto de la herencia a otros
bienes de mayor valor, siempre creo que pertenece a toda la familia para estos
fines de lucimiento común, para mantener el apellido y honrar a nuestra
estirpe. Así, pues, estaba descontado que la presentación de Carmen y Lucía
tuviera lugar en mi casa. Mis reparos se referían solamente a su corta edad.
Jorge, mi marido, concluyó por acallar mis escrúpulos. «Tu hermana lo quiere;
¡déjala! Hazla el gusto. ¡Qué te vas a meter tú a reformar las costumbres!» Mi
marido dice que el mundo está dirigido por la insensatez y que es inútil oponerse
a este hecho evidente. Como Jorge discurre muy bien y sabe mucha filosofía,
justifica su aserto con razones que por ser muy atinadas y, sobre todo, por ser
suyas, a mí me parecen definitivas. Yo creo a mi marido con amor, que es la
forma de credulidad más profunda.
A las once comenzaron a llegar las amigas de mis
sobrinas, un grupo de muchachas presentadas en sociedad este mismo año o el
anterior. Muy lindas, muy elegantes todas ellas. Notábase que su principal
preocupación era su propio atavío. Poco después llegaron los jóvenes: Pedrito,
Carlos, Raúl, Enrique, Evaristo, otros varios. Estos donceles merecen párrafo
aparte.
Llegaban como recién salidos de la sastrería,
planchados, engomados, prensados, rígidos, ¡encorsetados! La raya del pantalón,
perfecta, como hecha con tiralíneas. Me han dicho que usan ahora una jareta en
el talle, con cuyos cordones se obtiene esta rigidez del pantalón, como si
estuvieran puestos sobre un maniquí de madera. Usan el «saco» entallado, con
vuelo de miriñaque, como nuestras abuelas. Gastan calcetines de colores muy
vivos; azul-añil, verde-esmeralda, rojo de aurora, prendas, en fin, propias de las
bailarinas de la Opera. Llevan el pantalón remangado, y cuando están en coro
con las muchachas, los colores se confunden, no distinguiéndose los sexos.
Entre todos forman un arco iris. Pero lo interesante es lo externo de la cabeza
de estos mozos, su peinado. Parece que es obra lenta y minuciosa el tocado de
sus testas. Comienza con un lavatorio con agua de lino; luego se pasan media
mañana con la toalla rodeada a la cabeza, a manera de turbante oriental, hasta
que el pelo se seque. Por ultimo, comienza el peinado: esencias odoríferas,
propias de una odalisca, mucho cosmético. El agua de lino apelmaza el cabello
en forma compacta, convirtiéndolo en una pasta como de cemento armado, que
defiende el cerebro contra la penetración de toda idea. Si se les toca con los
nudillos, su cabeza suena a hueco, como un coco después de sacarle la pulpa.
Todo es liso en la cabeza de estos jóvenes, por dentro y por fuera. Dícenme que
es muy elegante llevar así el cabello, largo y empastado, como una peluca
natural, si caben juntos los dos términos. Para terminar el tocado se ponen una
espesa capa de vaselina, a fin de que brille mucho el pelo, única cosa
brillante en sus cerebros. Después, cuando van de visita, dejan en los
respaldos de los sillones y almohadillas la huella de sus peinados. Están
poniendo perdidos los muebles de todas las casas que frecuentan.
Al poco rato se generalizaba la conversación.
Pedrito, uno de los jóvenes, hablaba con una niña, refiriéndose a otra ausente.
Comentaban un principio de relación entre esta señorita, llamada Pilar, y un
amigo de Pedrito, relación que se había cortado apenas iniciada. La niña
preguntó a Pedrito: «¿Y cómo va el «apunte» de Pilar y su amigo?»
—«Forfey»—repuso Pedrito.
Como yo no entendiera, pregunté a mi marido lo que
había dicho.
—«Forfey»—me dijo Jorge—es una palabra inglesa para
significar que un caballo se ha retirado de la carrera.
—¡Qué horror! ¡Vaya una manera de hablar con las
niñas que tienen estos jóvenes!
En otro grupo se comentaba una gran fiesta dada
últimamente. Mi sobrina Lucía preguntó:
—¿Estuvieron las de García Nájera, Clotilde y
Sofía?
—No entraron en el marcador—respondió el joven
Evaristo.
Aludiendo al noviazgo fracasado de otra señorita,
dijo Raúl, uno de los más frívolos de mis invitados: «Esa carrera no se corre».
Se habló luego de si Clotilde era o no era
elegante. «Es cache»—dijo Enriquito, que entiende mucho de modas.
Todos los fragmentos de conversación que escuché
eran parecidos. Los jóvenes se expresaban por medio de vocablos hípicos para
significar cualidades morales y episodios de los saraos, tertulias y reuniones.
No logré oir una sola frase espiritual, un concepto agudo, una palabra
verdaderamente fina y elegante. La función parlante de los mozos era puro
ejercicio de la campanilla y la laringe, sin intervención del espíritu ni del
cerebro, cuya masa gris está tan apelmazada, compacta y oscura como el pelo. Estos
pobres mozos de nuestra «haut» desconocen los deleites que procura una mente
docta, nutrida de lectura selecta, un espíritu iniciado en las altas emociones
del arte y de la poesía. Para sus ojos mentales el mundo está vacío; no hay en
él más que unos cuantos caballos alígeros, un sastre y un poco de agua de lino
para convertir su cabeza en un ciprés.
No es suya toda la culpa. Se han educado en la
blandura de nuestras riquezas improvisadas, repentinas, y son incapaces del
menor esfuerzo, de la menor constancia, de la menor fatiga. Y como el ignorar
no cuesta nada, poseen una necedad que está contentísima de sí misma. El menor
estudio les produce neuralgias, y así renuncian los pobrecitos a la adquisición
de todo tesoro intelectual, que es el tesoro de los tesoros, prefiriendo el
otro, el tesoro amonedado de papá, para derrocharlo en forma dispendiosa en los
clubs, en las carreras, en otras cosas peores aún, y acabar, a la postre,
siendo unos desdichados. ¿Qué serán éstos mocitos cuando lleguen a viejos? Sin
hábitos de trabajo, sin capacidad de adquisición, sin habilidad comercial, sin
cultura universitaria ni de otro género alguno, ¿qué será de éstos viejecitos?
Felizmente para ellos, pocos llegarán a octogenarios.
¡Qué diferencia con la generación anterior, la de
sus padres! Estos sabían, y saben trabajar, estudiaban, se afanaban por ser
algo en el mundo. Había en ellos energía, vigor, constancia, empeñoso esfuerzo.
Y así, durante su juventud, lo mismo sujetaban un «rodeo» con espíritu varonil
que dirigían con sencilla elegancia un cotillón. Bajo el guante blanco
advertíase la vitalidad de las manos dominadoras de toros. En aquellas manos
veía la mujer un firme apoyo y en aquellos corazones una inalterable y noble constancia.
Pero de estos «señoritos góticos» como dicen en España, ¿qué apoyo puede
esperar una mujer?
Entre las niñas que asistían a la fiesta estaba
Inés, hija de mi excelente amiga Clotilde, cuya situación económica es bastante
precaria. Inés ha recibido una educación esmerada y es, además, muy inteligente
y muy espiritual. Yo siento por ésta interesante y bella criatura hondo afecto.
Desearía hacer por ella lo que haría por una hija. Y así, en todas las fiestas
que doy y en todas aquellas en que intervengo o tengo alguna influencia, hago
que asista mi protegida. En una palabra: deseo casarla bien. Los jóvenes de
cabeza de ciprés que asistían a la fiesta, al saber que Inés era pobre, huían
de ella como de la peste. Estos tigrecitos buscan, no niñas interesantes, sino
estancias y mucha plata. Inés permanecía silenciosa y cohibida entre aquella
colección de mentecatos y tilingos. La llamé aparte: «Estás triste, hija mía;
¿por qué no te diviertes, por qué no conversas, tú, que eres tan espiritual y
tan ingeniosa?»—«No—me respondió;—no me atrevo, ni me conviene, porque en
seguida la hacen a una reputación de sabihonda, de marisabidilla, y la aislan a
una más. Hay que ser superficial, frívola, y como a mí no me gusta eso, pues...
me callo».—«Bien hecho—la dije,—no te aflijas, hija mía; yo te buscaré un novio
digno de tí. No te aseguro que sea rico; pero sí inteligente y espiritual y
culto y muy hombre, merecedor, en una palabra, de los tesoros de tu alma».
Inesilla se conmovió profundamente. El agua de las lágrimas bailaba en las
pupilas de sus ojos azules, en que se mezclan la vivacidad y la ternura.
Aceleré cuanto pude el fin de la fiesta. Quería
librar mi casa de aquella atmósfera de majadería. Los cipreses acabaron por
serme molestos. No veía la hora de verlos desfilar a la calle. Todos ellos
ostentaban apellidos prestigiosos en nuestra historia política o en nuestra
breve historia económica. Pero con el linaje de estos mocitos ocurre lo que
dicen los franceses, refiriéndose a las patatas: «lo bueno está debajo de
tierra». Mi hermana, en cambio, se hallaba encantada con la reunión y le
satisfacía mucho el papel que habían hecho las niñas, sobre todo Carmencita,
que es la más frívola.
Cuando logré poner punto final a la fiesta, llevé a
mis sobrinas a una salita retirada y les dije: «No busquéis novio, hijas mías,
entre estos tilingos que tienen la cabeza más vacía que un farol. Estos mocitos
de la «haut» bonaerense no valen nada, ni valdrán nunca nada. Fijaros más bien
en esos muchachos pobres que llegan del interior, de los rincones provincianos,
a estudiar en las Facultades de la capital, haciendo su carrera en medio de las
mayores estrecheces, librados exclusivamente a su esfuerzo propio. Esos tienen
porvenir; esos serán algo, y podréis sentir el orgullo de ir colgadas del brazo
de verdaderos hombres. De aquellos rincones de nuestras provincias salieron los
espíritus luminosos que hicieron la patria: Sarmiento, Alberdi, Rawson, los Gallo,
Vélez Sársfield, Avellaneda, etc. Llegaron pobres como las ánimas benditas, y a
fuerza de estudio, de virtud, de sobriedad, se convirtieron en los directores
de nuestra sociedad naciente, en los escultores de un nuevo pueblo; y luego, ya
muertos, fueron, son y serán, por los siglos infinitos, los dioses penates de
la patria. Fijaros en esos provincianitos pobres que estudian, que sufren y se
desvelan; que antes de figurar en los salones, prefieren conquistar un puesto
en las actividades intelectuales del país. En sus manos caerán un día las
cosas, el mando, el poder, el prestigio, todo lo que tiene un alto y permanente
valor en la vida y en la historia. Estos otros jóvenes que habéis conocido son
ahora ricos en dinero, que no en ideas ni en espiritualidad; tampoco lo serán
mañana en dinero, pues su vida dispendiosa y absurda lo hará volar. Junto a
tales hombres la vida de una mujer inteligente es aburrida, tediosa, y su
porvenir negro. Huid de ellos, huid de esas cabecitas de ciprés en que todo es
oquedad, insustancia, vacua mentecatez, tilinguismo ¡huid, huid!...»
Mis sobrinas se retiraron cabizbajas y un tanto
mohinas. No sé si me harán caso. Lo dudo...
INES Y LOS CIPRESES
Al día siguiente de la fiesta que dí en mi casa
para presentar en sociedad a mis sobrinas, vino Inesilla, mi protegida, a
visitarme y a darme las gracias por haberla invitado.
—¡Qué dices, muchacha!—exclamé—¡las gracias te las
debo a tí por haber asistido y haber honrado mi casa con tu graciosísima
presencia!
Y la di un apretado beso, expresión efusiva de mi
hondo cariño.
—No diga usted eso, señora.
—Ya te he dicho muchas veces que no me llames
señora; llámame Marianela, con absoluta confianza, como si fuera una hermana
mayor. Yo comparto mi cariño entre mi marido, mi hijo y tú. Ya lo sabes.
—Yo también la quiero a usted mu...
La pobrecilla no pudo terminar. Se abrazó a mí,
diciéndome con su congoja lo que no pudieron expresar sus labios.
—Vamos, vamos... siéntate. Hijita, eres sensible
como una flor del aire. No se te puede decir nada. Y el caso es que yo
también... Bueno, bueno, siéntate. Charlemos alegremente sobre la fiesta de
ayer. Vamos a murmurar un poquito. ¿Qué te parecieron los cipreses?
—¿Por qué los llama usted cipreses?
—¿No te parece bien puesto el nombre?
—Sí, muy bien; realmente parecen cipreses: su
peinado apelmazado, liso, compacto, pegadito, imita la copa de ese árbol
funerario. También se parecen a él por el cuerpo rígido, atiesado, derechito.
El ciprés no parece una obra de la Naturaleza, sino de la mecánica. Los demás
árboles, aunque sean de la misma especie, son variados en sus formas, en la
estructura de sus ramas y horcajos. Cada árbol tiene su personalidad, su aire
propio, su figura individual. Los cipreses, por el contrario, son todos iguales.
Visto uno, vistos todos.
—Como ellos.
—Sí, sí; pero en el orden moral... El ciprés es un
árbol triste, melancólico; sugiere ideas de muerte, de tumbas, de soledad;
evoca el sentimiento del vacío y de la nada.
—Oye, Inesita: mucho más aún que en lo externo, se
parecen esos jóvenes en lo moral a los cipreses. Verás... El ciprés no produce
nada, ni siquiera bellotas, que es el fruto de los árboles más humildes en la
jerarquía vegetal. Tampoco esos mocitos de la «haut» producen cosa alguna; por
lo tanto el parecido en este punto es idéntico. El ciprés es triste y
melancólico; ello proviene, no del lugar en que se halla, sino de su propia
forma; puesto en un parque de rosas es igualmente triste. Este carácter lamentable
procede de la monotonía de sus líneas, profundamente aburridoras. Lo mismo
ocurre con los cipreses humanos, atildados, recortaditos y fililis como los
cipreses vegetales. Estos últimos nos producen el sentimiento del vacío y de la
nada. ¿Y acaso los otros, los cipreses humanos, no producen el mismo
sentimiento de la vaciedad y de la nada? El árbol simboliza la muerte: junto a
él la tumba. Esos jóvenes, ayunos de espiritualidad, de cultura, de
ilustración, sin inquietudes intelectuales, de voluntad desmayada, abúlicos,
son, en una misma pieza, tumba y ciprés. Ya ves, pues, que en lo moral se
parecen tanto o más que en su forma externa. La única diferencia consiste en
que unos son cipreses plantados y los otros semovientes. Pero hablemos de otra
cosa: ¿bailaste mucho?
—Todo lo que quise. Ya advertí que se preocupaba
usted de mí. Una vez que me quedé sentada, por cansancio, vi que hablaba usted
con Evaristo; el ciprés se dirigió en seguida hacia mí y me invitó a bailar. Yo
se lo agradezco a usted...
—Estás equivocada. Fue iniciativa suya. Tú no
necesitas que la dueña de casa se ocupe de tí, porque siempre estás solicitada.
—Lo dice usted por consolarme.
—Siempre tan suspicaz, hija mía. Tu precoz espíritu
crítico no hace más que martirizarte. Este agradecimiento tuyo, injustificado
en este caso, me recuerda un gracioso episodio que te voy a contar. Hace dos
años di otra fiesta en mi casa. Invité a mi ex amiga Petrona (ya sabes que se
ha enojado conmigo) y a su cuñada Pepa. Los jóvenes atendían a ésta muy poco.
Ello se explica; la pobre está ya muy metida en años (pasa de los 35), y no es
muy agraciada. Petrona ha hecho cuanto ha podido para casarla y... nada
¡imposible! La criatura es incolocable. Verdad es que Petrona, con esos humos
aristocráticos que tiene, la ha perjudicado más que nadie. Todo le parecía
poco. Y ella misma, la misma Pepa, creía que por ser hermana de un ministro,
iba a calzar con un Anchorena, como dice Del Campo en el «Fausto». Ilusiones...
Pues bueno: como te digo, los jóvenes no la atendían, no la sacaban a bailar.
Para una dueña de casa es un martirio que una señorita planche. Hablé a unos y
otros; me ayudó también Jorge, mi marido, que recurría a su hermano Raúl,
cuando ya no sabíamos a quién endosársela. Así logramos que bailara casi toda
la noche. Al día siguiente vino Petrona a visitarme, y como es tan ingenua y
tan pintoresco su lenguaje, exclamó, dándome un abrazo: «¡Ay, Marianela, muchas
gracias por haber hecho girar a la Pepa!».
Inés se ríe del dicho de Petrona, pero noto que al
punto vuelve a quedarse ligeramente triste. Trato de animarla:
—¿Y qué tal la conversación de los cipreses? ¿Muy
interesante, eh?...
—Mucho. Pedrito me habló de las carreras; lleva la
cuenta de los minutos y segundos que emplea cada caballo en dos mil metros.
—¡Qué interesante! ¿Estarías muy divertida con tal
conversación?
—Pues me divertí. Me dió por hacerme la entendida
en carreras. Le hablé de las teorías de Barey, el célebre cuidador inglés,
según el cual una palabra colérica aumenta el pulso de un caballo en diez
pulsaciones por minuto. Luego, ya por mi cuenta, le dije que para correr sus
caballos debe elegir un «jockey» que tenga voz de tenor, porque las vibraciones
de este timbre son un estímulo mayor para los animales que la voz baritonal. No
se dió cuenta del titeo. Por el contrario, se quedó asombrado ante mis conocimientos
y me comprometió para otras dos piezas. ¡Qué galante!...
—¡Graciosísimo, muchacha, graciosísimo!—exclamé,
riéndome;—ya noté que te asediaba mucho y que estaba lo más obsequioso contigo.
—Era por los caballos. Les debo el honor de dos
valses con Pedrito.
—Y los otros cipreses, ¿qué te dijeron?
—Evaristo me habló también del hipódromo; criticó
mucho que la pista de Palermo no tenga césped, como las pistas de París y de
Londres. Aseguró, en tono desdeñoso, que aquí estamos muy atrasados en estas
cosas, que son tan importantes en todo país civilizado. «Créame,
señorita—agregó con gravedad imponente:—después de haber estado en Longchamps y
en Epsom, en los grandes hipódromos de París y Londres, no se puede ir a
Palermo. Vuelve uno lleno de polvo, hecho un asco ¡impresentable!» A Evaristo
no le llaman la atención los caballos; le interesa la pista, y, sobre todo, el
verde. Está deseando que se acabe la guerra para volverse a Europa, porque
aquí, sin césped en la pista de Palermo, ya no puede vivir.
—Y Enriquito, ¿qué te dijo?
—¡Ay, no me hable! Es el más frívolo y el más
insulso de todos.
—Sí, hijita, ese es el arquetipo del tilinguismo.
—No me habló más que de modas femeninas y de si tal
muchacha es más elegante que tal otra. Cree que la moda vuelve otra vez a la
época de la Pompadour. Está conforme «en principio» con la adopción de aquel
traje, pero «previas» algunas reformas que me explicó con gran riqueza de
detalles. Hizo la crítica de los vestidos que llevaban varias niñas el día del
premio del «Jockey Club». Parece que Clotilde se presentó con un sombrero un
tanto estrambótico. Me preguntó si la había visto. Y como le dijera que no, exclamó
al punto: «Era un sombrero ¡digno! de verse».
—¿Y Carlitos Nuezvana, ¿estuvo muy espiritual?
—Ese me habló de modas masculinas. Estaba muy
disgustado porque, debido a la guerra, no puede hacer venir sus trajes de
Londres, de donde los ha traído siempre. En Buenos Aires no hay sastres: «son
talabarteros». Se hallaba molestísimo con el traje de frac que le habían hecho
aquí. «Vea usted este frac; el corte es imposible; las solapas no se plegan,
los faldones son cortos, ¡estoy ridículo!» Le dije que el secreto de la
elegancia no está en que lo que uno se pone le mejore a uno, sino en mejorar
uno lo que uno se pone. Pero no entendió el sentido de esta definición de la
elegancia. Entonces le dije que es el aire de la persona y no el vestido lo que
la hace ser naturalmente elegante. Y le agregué que él era muy «airoso», que
era todo aire, de pies a cabeza. Me dió las gracias. Por último agregó: «Estoy
lo más contrariado por estos inconvenientes de la conflagración».
—Y con Ernesto, ¿cómo te fué?
—A Ernesto le da por la aristocracia. Sólo me habló
de si eran o no eran conocidas las personas que asistieron a las diversas
fiestas dadas este invierno. La calidad de las gentes que concurren a las
reuniones constituye su preocupación. El hombre es de un aristocratismo
completamente empingorotado. Parece que hubiera nacido en medio de la corte de
la casa de Austria. El pobrecito es más hueco que una caña de pescar. Se me
ocurrió hablarle de política, preguntándole: «¿Votó usted por los
radicales?»—«¡Qué esperanza!—me respondió;—no es gente conocida...»
—¿De manera que te aburriste en grande?
—No, eso no. La tontería tiene siempre algo de
divertida.
—Tienes razón, hijita. Además la tontería es tan
variada como la inteligencia. Hay tontos de muchísimas clases, como hay
inteligentes de muchas maneras. Pero el tonto es siempre más perfecto como
tonto que el inteligente como inteligente. La Naturaleza, cuando crea un
inteligente, le deja siempre alguna falla, alguna tontería. En cambio, cuando
crea un tonto, la Naturaleza es maestra; lo crea completo, sin pero, perfecto,
redondo. Dios te libre, hijita, de uno de éstos.
—Pues hay uno que...
—¿Te persigue? ¡No me digas! ¿Le conozco yo?
—Sí; estaba aquí anoche.
—¡Qué me dices! Cuenta, cuenta...
—Otro día. Ahora tengo que irme. Van a venir a
buscarme. Ya le contaré, porque necesito su consejo. Mamá—ya la conoce usted—en
siendo rico y persona conocida... Pero yo no quiero ¡no quiero! Y habrá lucha.
Y tiene usted que ayudarme, porque yo no me caso con un tilingo, por mucha
plata que tenga y por muy conocido que sea. ¡Eso no, eso no!...
Vinieron a buscarla y se fué. Pero quedamos en que
vendrá a verme uno de estos días y me expondrá su problema. Me ha dejado llena
de curiosidad y un poco intranquila.
LA FIESTA HÍPICA
Una tarde clarísima, luminosa, radiante; el cielo
azul, altísimo, límpido, traslúcido. La primavera ha cubierto de verde follaje
la desnuda vegetación invernal. Se oyen entre la enramada píos de amor. Todo es
vitalidad, alegría, florescencia.
La muchedumbre urbana invade el hipódromo, a
presenciar la gran carrera del año. La tribuna popular forma una masa compacta,
densa, apretada, inmóvil casi por falta de espacio para moverse, rebullendo
sobre sí misma. En el otro extremo, en la tribuna del «paddock» la clase media
ofrece su nutridísimo concurso a la fiesta. En medio, entre el vasto tinglado
para el pueblo y el «paddock» de los pudientes, la tribuna del Jockey, atestada
igualmente de selecto público: aristocracia, alta burguesía, «sportsmen», «clubmen»,
«dandys», numerosos «cipreses», embajadores extranjeros que han venido a
presenciar la trasmisión del mando presidencial, los cuales llevarán a sus
respectivos países, tendidos a lo largo del Continente, la impresión de la
brillante vida bonaerense. De retorno en Lima, Asunción, La Paz, Río, Méjico,
etc., estos embajadores contarán las maravillas de nuestra rápida evolución
social y económica, el refinamiento de nuestra vida, nuestros progresos
sorprendentes. En los círculos sociales y políticos de sus respectivos
países—un poco remisos al progreso, lentos en su desarrollo, un poco estrechos
en su economía, trágicos en su política, caóticos y confusos en su total
existencia—narrarán lo que vieron en Buenos Aires, dando a sus oyentes la
sensación de haber contemplado en el Sur el foco civilizador del Continente, un
foco en que, por virtud del progreso, de la cultura y de la riqueza colectiva,
por la tolerante convivencia de todas las ideas, en sólida y arraigada paz, es
ya su luz fija y segura, irradiando sobre todos los pueblos que moran en
lamentable turbulencia entre el mar Caribe y el río de la Plata.
También asisten a las carreras dos miembros de
nuestro flamante gobierno, en representación, según me dicen, del excelentísimo
señor Presidente de la República, hombre poco dado a lo ostentatorio de los
grandes festivales, sobrio en sus costumbres, un tanto cartujas. El hecho de
esta representación oficial se comenta favorablemente entre los socios del
Jockey, interpretándose como un puente de plata entre las tres tribunas o
tinglados que dividen las clases sociales en el hipódromo. El suceso se interpreta
como un indicio de que no será modificado el régimen existente, ni se
producirá, como en Babel, una deplorable confusión de las gentes. La ligera
intranquilidad de los «clubmen» ha desaparecido con la presencia de la
representación oficial.
Un rumor sordo, de muchedumbre lejana, llega de las
tribunas populares a las del Jockey: un vocerío compacto de emoción, de
alegría, de ansiedad, al ver cruzar los corceles alígeros, raudos como flechas
disparadas por arcos a máxima tensión.
Los gorriones, tranquilos moradores del tejaroz o
alero de las tribunas, han saltado al centro del campo que circunda la pista.
Estos animalitos, los más sabios de la fauna volátil, han descubierto el
secreto de combinar su libertad salvaje con su integración en la sociedad
humana. Son domésticos hasta donde quieren y libres sin limitación. Al poco
rato, volando sobre la muchedumbre, vuelven a los aleros, solicitados por
tierna prole, amor que les infunde coraje para cruzar a ras del aliento y de la
gritería de cien mil personas. Allá, en el tejado, ágiles y voluptuosos,
disponiendo de la casa del hombre y del cielo azul, se ríen de toda aquella
muchedumbre pendiente de las patas de los caballos, inferiores a la ligereza de
sus alas.
En la explanada y tribunas del Jockey daban la nota
de su gracia y de su belleza numerosas damas y señoritas ataviadas con trajes
primaverales, de vistosas muselinas, espumillas y otras telas ligeras. No había
lujo excesivo ni ostentoso. Cierta parquedad en el adorno personal denotaba, al
par de un gusto depurado, los efectos de una crisis un tanto pertinaz. El buen
gusto y la economía tienen íntima relación. Al estrecharse un poco los
presupuestos destinados al atavío, la mujer aguza su ingenio para suplir con el
arte los adornos costosos. Y entonces está mejor, porque no consiste la
elegancia en gastar mucho, sino en gastar bien. El único lujo ostentoso que se
veía el domingo era el de los «cipreses». Estos pintureros y pisaverdes
examinaban atentamente los trajes de las señoritas. A uno de ellos muy
presumido le oí decir, refiriéndose a una niña cuya elegancia no se ajustaba a
sus cánones: «¡es cache!». El pavipollo revoleó la varita y siguió al encuentro
del rey de los cipreses, de Carlitos Nuezvana.
Los dos motivos de conversación general eran las
carreras, sus accidentes y sorpresas, y los puestos de significación política
que aún faltan por llenar. Se hablaba al mismo tiempo de «Vadarkblar» y del
futuro intendente, de «Saint Emilion» y del nuevo jefe de policía, de «Sangre
Azul» y del que llenará la vacante de la dirección de Correos. La carrera tras
de estos puestos era, según el decir de la gente, tan competida y disputada
como la que dentro de unos momentos se realizaría en la pista entre los aristócratas
de la sangre hípica. En una y otra carrera había favoritos. Pero entre los
corceles esta condición de favoritos dimanaba exclusivamente de su valer,
demostrado en carreras anteriores, mientras que en la carrera tras de los
puestos no era el valer demostrado la condición esencial para ser favoritos,
sino otras circunstancias humanas, en que el mérito deriva de los codos para
abrirse camino en las competencias de la política.
Las damas y señoritas ponían gran interés en las
carreras, examinando el programa, las cotizaciones, los dividendos de las ya
corridas, y pidiendo y dando «pálpitos» para las que iban a correrse. En un
grupo, una señorita muy espiritual ofrecía un «pálpito» a un mozo, ligeramente
atezado, miembro de la embajada del Brasil. «Muito obrigado—repuso éste,
agregando, con el fino y galante romanticismo de su país—; pero a ese «pálpito»
prefiero, hermosa señorita, el órgano con que usted palpita».—«¡Ay, qué gracioso!»—exclamó
la muchacha—«¡Es una declaración en toda regla!»—añadieron a coro los del
grupo, celebrando aquel rasgo espiritual.—«¡Aceptado! ¡aceptado!»—decía ella,
riéndose y siguiendo la broma. El fino y gentil brasileño, dirigiéndose
alternativamente a la niña y al grupo, repetía: «Obrigado, muito obrigado...».
Pasó un señor muy elegante, con traje gris, galera
gris, polainas blancas, muy expresivo en sus ademanes y gestos. «¿Quién
es?»—pregunté a mi marido.
—El Payo.
—¿El payo Roqué?
—El mismo que viste y calza.
—Viste y calza muy bien.
Evoqué recuerdos de mi infancia, ya un poco lejana.
Con todo, el Payo estaba aún resplandeciente, conservando su ingénita gallardía
y aquel garbo propio de los buenos mozos.
Cruzó el Ministro de Agricultura. Y me acordé al
punto de mi ex amiga Petrona. Su marido, Eleuterio, se ha quedado sin cartera.
Siento cierto remordimiento pensando en que quizá aquella malhadada croniquilla
que escribí, relatando la conversación que tuvo conmigo, haya podido influir en
la postergación de un hombre de los méritos agrícolas de Eleuterio.
En el «buffet», Julia Elena, como esposa del
presidente del Jockey, hace los honores de la casa, con la discreción, la
finura y el buen gusto en ella habituales. Los embajadores y diplomáticos besan
su mano al entrar. Esta costumbre, tan arraigada en los altos círculos sociales
europeos, es objeto de controversia entre el elemento argentino que circula por
los pasillos. Yo no me atrevo a dar una opinión definitiva sobre este punto. Me
parece, sin embargo, que no arraigará entre nosotros esta forma de rendir
homenaje a la mujer.
La gran carrera va a empezar. En el marcador
aparece favorito «Vadarkblar». Existe un detalle que hace subir la cotización.
Su dueño ha asistido siempre a las carreras con indumentaria democrática, de
saco y sombrero flexible. Hoy ha venido de jaquet y galera, con el empaque
elegante de quien está seguro de concentrar las miradas. Esta «paquetería» en
un hombre habitualmente sencillo y demócrata, aunque adversario de Lisandro, es
objeto de abundantes comentarios. «Vadarkblar ganará»—repite todo el mundo;—el
jaquet y la galera del propietario son prendas de seguridad. Corre la voz, y,
en vista de estos signos infalibles, la cotización sube como la espuma. «Es una
fija». Yo me fijo también en el distinguido propietario, y ante su aire de
ganador, me animo con unos boletitos que le hago sacar a mi marido. Siento
cierto remordimiento, pues me parece que los del Jockey jugamos con ventaja
sobre los de la tribuna popular, porque ellos no han visto, como nosotros, al
propietario, y les falta, por lo tanto, este «dato» seguro del jaquet y la
galera, infalibles detalles de ganador que nos ofrece nuestro distinguido y
simpático consocio. Pero en las carreras, como en los demás juegos, es difícil
no prevalerse de cualquier circunstancia favorable, de cualquier ventaja más o
menos legal. Tiendo mi vista con lástima a toda la colosal muchedumbre de la
tribuna popular. ¡Pobrecitos, no saben nada! Sólo aquí, en la tribuna del
Jockey, estamos en el secreto. Yo acaricio mil boletos entre la mano y el
guante. «¡Vamos a ganar, Jorge, vamos a ganar!» Y haciendo una confusión
lamentable entre política y carreras, añado: «¡No hay que hacerle; los
radicales se lo llevan todo por delante! ¡No se puede con ellos!»
¡Ay, nuestro favorito derrotado! «Vadarkblar» sólo
da que hablar como perdedor. He estrujado mis boletitos. ¡Y yo que creía tan
seguro el «dato» del jaquet y la galera!...
Al salir para tomar nuestro automóvil nos cruzamos
con un amigo. «¿Y... cómo les fué?»
—¡Al tacho!—responde mi marido.
Yo le aprieto el brazo y le digo: «¡Jorge, qué
palabra tan inelegante!...»
LAS ANGUSTIAS DE MI PROTEGIDA
Mi protegida Inesilla—ya os he hablado varias veces
de ella—vino a verme la otra tarde. Apenas entró en casa, noté en su gracioso
semblante cierta turbación, un estado de inquietud y desasosiego que me
alarmaron.
—¡Ay, Marianela, mi buena amiga, mi querida
protectora, las cosas que a mí me pasan no le pasan a nadie!...
Y rompió a llorar sobre mi hombro en forma
acongojada y angustiosa.
—¡Muchacha! ¡Me alarmas! Sosiégate, ¿Qué te
pasa?...
—¡Es horrible, horrible! ¡Quisiera no haber
nacido!...
—¡No digas eso, criatura! El mundo hubiera perdido
la gracia de tu presencia en él. Pero cálmate, no te sofoques, no te aflijas.
Siéntate y... cuenta, cuenta. ¿Qué te sucede?
—Que se me ha declarado... ¡ay de mí!...
—¿Ay de tí? ¡Ay de él, en todo caso!... Pero
¿quién?
—¡Quién ha de ser! ¡¡El rey de los «cipreses»...!!
—¡Hijita!... Me habías asustado. Creí que se
trataba de alguna desgracia.
—¿Y le parece a usted poca desgracia?—dijo llorando
y riendo a un tiempo, momento de transición en que mi protegida se torna
verdaderamente divina.
—No creo que la declaración de un rey, ¡de un rey
nada menos! sea causa de aflicción. Ninguna mujer llora ante un matrimonio
morganático.
—Sí, ríase usted...
—Es un honor que haya descendido un rey hasta tus
plantas.
—Gracias, gracias.
—Pero, vamos, cuenta, cuenta, hija mía, con ese
graciosísimo pico que Dios te ha dado. Me tienes impaciente. ¿Cómo fue la
cosa!...
—Pues verá usted. ¿Se acuerda de la conversación
que tuvimos al otro día de la fiesta que dió usted para presentar en sociedad a
sus sobrinas Carmen y Lucía?
Hago memoria. Ante la suspensión de mi mente, Inés
agrega con verba rápida:
—¿No recuerda usted que, al irme, la dije que había
un ciprés que me perseguía y que...?
—¡Sí, hijita! ¿Cómo no? Ahora caigo. Estaba
trascordada. Me había olvidado, porque creí que era una broma tuya.
—Sí, sí... broma... no está mala broma. Bromazo ha
resultado.
—Pero... vamos a ver: ¿Quién es el rey de los
cipreses?
—¿No lo sabe usted?...
—¡Hay tantos que pueden aspirar a esa corona!...
Entre los cipreses, como todos son iguales, cualquiera puede ser el rey.
—Pues es Carlitos Nuezvana.
—¡No me digas! Está bien puesto el nombre. Merece
el cetro. ¿Y se te ha declarado? ¿Cuándo? ¿Dónde? Cuenta, muchacha, cuenta...
—La cosa empezó la noche de la fiesta que usted
dió, dedicada a sus sobrinas. Comenzó por insinuaciones, no muy ingeniosas. Ya
sabe usted que el pobrecito carece de sal en la cabeza.
—Sí, hijita; no tiene más que agua de lino y
cosmético, con cuyos elementos se plancha el pelo. Por dentro y por fuera, todo
es plancha. Sigue...
—Las insinuaciones fueron muy directas, por dos
razones. La primera, porque sus recursos de palabra son muy pobres.
—El mozo «tilinguea» en cuanto abre la boca. Claro;
no estudia, no lee, no cultiva su espíritu y...
—Y la segunda... La segunda razón es la que más me
hiere. El hombre...
—El ciprés.
—Bueno. El rey de los cipreses no puso cautela ni
parsimonia en sus insinuaciones, porque creía... así me pareció a mí... que me
hacía un honor ofreciéndome su amor.
—Y así es, hijita; se trata del rey nada menos, de
Nuezvana I...
—Como lleva un apellido tan conocido y es además
tan rico, pues... claro... no se imagina que alguien pueda decirle que no, y
mucho menos yo, que en apellido le puedo igualar, pero en plata...
—El apellido, hijita, vale cuando se sabe elevarlo.
El que no sabe abrillantarlo, o, por lo menos, mantener su brillo, valdría más
que no lo hubiera heredado. Y en cuanto a la plata, no se necesitan millones
para ser feliz.
—Tenía la seguridad absoluta de que yo le aceptaría
encantada. Y por eso me hablaba con un descaro frío, sin esa emoción que en
tales trances produce la duda. Sus galanterías, exentas de espiritualidad, me
produjeron un efecto deplorable. Bailábamos un vals, y me pareció que iba
enlazada a un muñeco que le habían dado cuerda. Le miraba el pelo renegrido,
hecho una pasta, como un casco de alquitrán. No se le movía un cabello, y no
pude menos de pensar que su inteligencia y su espíritu eran lo mismo, inmóviles.
—Pero ¿cómo se te declaró? ¿qué te dijo?
—Después de elogiar mi elegancia (ya sabe usted que
no habla más que de elegancia) me dijo que él «estaba dispuesto» a iniciar
relaciones conmigo. Luego agregó que «se atrevía a suponer» que no sería
rechazado. Esto lo dijo con un airecito de seguridad impertinente, en el cual
adivinaba yo este pensamiento: «¡qué he de ser rechazado!...»
—Y tú... ¿qué le dijiste?
—Estuve por darle allí mismo unas calabazas más
redondas y más duras que su cabeza. Pero me contuve. Me daba cierta lástima
apabullarle en su doble orgullo de rico y de aristócrata. Sólo me limité a
decirle: «No hay atrevimiento en su pretensión». Y agregué, con cierto retintín
que él no podía pescar; «ya que usted «está dispuesto» (recalqué mucho esta
frase) veré si yo me dispongo. En estos casos las disposiciones deben ser
mutuas. Y aunque usted me honra mucho con su inclinación, necesito pensarlo...»
—Muy bien, hijita, muy bien dicho. ¡ Si eres más
viva!... ¿Y él, qué dijo ante esa filigrana de respuesta?
—Dijo que él no lo había pensado; que...
—¡Claro! ¡qué va a pensar él!...
—Que yo le había gustado «por mi elegancia y por mi
belleza» y que no necesitaba pensar más. Se me ocurrieron varias respuestas
irónicas (¡qué sereno y agudo tiene una el entendimiento cuando no ama!); pero
me limité a decirle: «pues yo sí, necesito pensarlo, porque es para mí asunto
de capital importancia».
—¿Y cómo terminó la escena?
—Pues terminó dándome un plazo de ocho días para
contestarle.
—¿Así, imperativamente, como un rey, como el rey de
los cipreses?
—Así, así... El mozo tiene su arranque, a pesar de
su tilinguismo y de su mentecatez. Mis discretas evasivas enardecían el
espíritu del ciprés. En el resto de la noche le eludí por completo. Bailé con
el cuñado de usted, con Raúl. ¡Qué diferencia!...
—¿Eh?...
—Pero mi conflicto ahora no es con Carlitos, sino
con mi propia familia. Mamá lo ha sabido. Y ya la conoce usted... Claro: ella
quiere mi felicidad. Y mi felicidad la ve en el apellido de Carlitos, en las
estancias de Carlitos, en las casas de Carlitos, en las herencias que le van a
caer a Carlitos de su abuela, de sus tías, de sus tíos, de no sé quién más...
campos aquí y allá, media avenida Alvear, otro tanto en Callao y Florida, cien
mil vacas, un millón de ovejas... ¡qué sé yo! Mamá ve la felicidad en los
campos y en las estancias y en las casas y en las vacas y en las ovejas; en
todo esto ve la felicidad, menos en el propio Carlitos, es decir, en mi unión
con Carlitos. Yo no digo nada por no irritarla; me limito a monosílabos...:
sí... no... qué sé yo... Mis hermanas me atosigan: «¿qué más quieres?» Mis
cuñadas creen que me ha tocado la lotería. Mi hermano es amigo de Carlitos, y
se le figura que tengo una suerte loca. Si papá viviera... ¡ah!... él no vería
más que mi corazón, ¡pobre viejo!...; riquezas, estancias, apellido, todo
estaba de sobra si mi corazón no era feliz. Era un criollo a la antigua,
romántico, bravo, generoso, altivo. ¡Sabía ser pobre. ¡Ay, Marianela, la gran
miseria de nuestros días es no saber ser pobres!...
La muchacha rompió a llorar: «¡Si viviera mi
viejo!...»
—¡Aquí estoy yo para sustituir a tu viejo! No
llores, criatura. No parece sino que se hubiera desplomado el cielo. Con
decirle que no, estamos del otro lado.
—Sí, sí, eso es fácil decirlo. Pero... ¡viera usted
cómo están todos en casa! Las tías de Carlitos han rodeado a mamá. No les cabe
en la cabeza que su sobrino pueda ser calabaceado. Su amor propio sufriría...
¡figúrese usted!... ¡con el orgullo que tienen! Sería un campanazo en todo
Buenos Aires. Además... esto es lo triste... parece que hay por medio deudas,
favores, pagarés, hipotecas... ¡qué sé yo!... Y, claro, con la boda todo se
arreglaba.
—¡Naturalmente! Todo, menos lo tuyo.
—Pero, ¿no debo yo sacrificarme por todos?
—No, hijita; ¡eso nunca! Todo se arregla, deudas,
hipotecas, pagarés, todo: lo que no tiene arreglo posible es un matrimonio sin
amor, a disgusto.
—Y mucho menos aún queriendo a otro. ¡Esto es
horrible!...
Inesita volvió a arrojarse en mis brazos, llorando
a lágrima viva.
—¿Cómo? ¿qué dices? ¿quieres a otro?
—¡Con toda mi alma!...
—¿Le conozco yo?
—Sí. Es pariente cercano de usted; le ve usted
todos los días...
—¿Mi cuñado?... ¿Raúl?
Por toda respuesta, la muchacha me echó los brazos
al cuello. No se agarran los náufragos a su leño con mayor firmeza.
—¿Pero él?...
—También él...
—Pero... vamos por partes... ¿se te ha declarado?
—Casi.
—Con «casi» no hacemos nada... ¡claridad!
¡claridad!...
—Bueno... sí... se me ha declarado.
—Y tú, ¿qué le has respondido?
Inesita casi me ahoga entre sus brazos: «¡¡Que
sí!!...»
Mi alegría no tiene límites: «¡Inesita de mi vida,
angelito, hermana mía, no sabes lo feliz que me haces! Con Jorge, con Jorgito,
contigo, con Raúl... ¡todos juntos! ¡qué lástima que la vida no sea eterna!
¡Nuestra dicha no va a caber en el mundo: va a necesitar todos los espacios del
cielo!...»
Abro el piano y toco una marcha nupcial. No sé qué
nuevos sonidos arranca mi alegría a las teclas. «Con esta marcha me casé yo;
con esta misma te casarás tú».
—Sí, sí, ¡ay de mí!—dice tristemente mi dulce
hermanita:—antes de llegar a esa marcha, ¡buena lucha nos espera con mamá, con
mis cuñadas, con las tías de Carlitos, con la abuela del rey de los
cipreses!—¡y que no es orgullosa la señora!—; con los pagarés, con las
hipotecas, con...
—¡Con el diablo a cuatro! Va a ser la guerra de los
capuletos y montescos, agramonteses y beamonteses, federales y unitarios, una
guerra civil encarnizada. Pero venceremos. Tenemos de aliado al amor, que es
como tener de nuestra parte a Dios. Hay que hablar con Jorge y con Raúl esta
noche misma. Hay que trazar la batalla con nuestro estado mayor. Reclamo en
esta guerra el puesto de capitana. ¡Inesita, mi vida, qué feliz soy! Pero,
sécate esas lágrimas; que no te vea yo llorar. ¡Firmes!...
LA INUTILIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA
Cubierto de crudas pieles de camello sujetadas por
tosca correa que, al andar de los siglos, había de llamarse cíngulo en la
liturgia católica, el Bautista inició en las orillas del Jordán el sacramento a
que diera su nombre inmortal: el bautismo. Seducidos por su elocuencia sencilla
y conmovedora, comenzaron «a caer» a las orillas del río algunos judíos
propensos a las alucinaciones, para escuchar las homilías de aquel giróvago
fluvial. Bautista era un moralista espontáneo, vale decir sincero, sin sistema ético
ni dogma filosófico; lo que se dice un buen hombre. Y, como tal, censuró la
unión de Herodes Antipas con su cuñada y sobrina Herodías, esposa de Filipo. El
tetrarca Herodes Antipas (no hay que confundirle con el otro, con su padre, el
degollador de los inocentes), era hombre que no aguantaba críticas a su
conducta privada, ni a sus procederes políticos, y así el austero censor, el
buen Bautista, vino a dar con sus huesos en la cárcel. Herodías, por su parte,
cobró al creador del bautismo un odio mortal, de mujer herida en su dignidad.
Poco después Salomé, hija de Herodías y graciosísima bailarina, cautivaba el
corazón de Herodes Antipas, danzando en su presencia; y seducido el magnate
oligarca por tan perfecto arte coreográfico, ofreció a Salomé cuanto ella
pidiera. Herodías aprovechó la coyuntura para vengarse en la forma más cruel
que puede idear el rencor femenino; y sugestionando a su hija, pizpireta
inconsciente, como toda bailarina, hizo que pidiera al tetrarca, en premio a
sus bailes, la cabeza del pobre Bautista, que al punto le fué ofrecida en un
azafate o canastillo de mimbres, y no en plato o bandeja, como se presenta en
la ópera de Strauss, en medio de una confusa e inarmónica trompetería
orquestal.
La intervención en un problema familiar y privado
costó a Bautista la vida, trágico episodio que nos debe enseñar a ser cautos,
no metiéndonos nunca en los asuntos de la casa ajena.
Pero la institución del bautismo triunfó de una
manera absoluta. Tan grande y pleno fué este triunfo, que las palabras
«bautizar» y «cristianar» se hicieron sinónimas. Y no hay cristiano sin
bautismo. Por eso, sin duda, los exégetas llaman a Bautista el precursor, pues
fué el que dió la primera norma de todo buen cristiano, por medio de esta
ablución que había de limpiarnos del pecado de haber nacido.
El Estado moderno, vanidoso y absorbente, quiere
tener la prioridad sobre el baptisterio, obligando a que los súbditos recién
llegados al mundo sean inscriptos en sus registros antes de acercarlos a la
santa pila para señalarlos con la sal y los óleos. Apenas nacemos, ya el Estado
comienza a hacernos víctimas de sus coacciones autoritarias en nombre de un
orden que, la verdad, no aparece por ninguna parte. Pero, aunque el Estado
quiera tener esta prioridad, lo cierto es que su bautismo civil es una pobre imitación,
sin gracia ni belleza, del primitivo y legítimo que Bautista inició en las
orillas del Jordán, adonde buena falta haría llevar los registros, los libros y
todas las cuentas del Estado. Y es que aquellos remotos judíos tenían fantasía,
espíritu creador, rodeándolo todo de grave pompa e imponente solemnidad.
Una vez nacidos, sin que se nos consulte sobre un
hecho tan fundamental para nosotros, nos ponen nombre en la pila bautismal y
nos inscriben en el registro civil. Con este nombre, los hombres tratan y
contratan. Las mujeres también tratamos y contratamos, con ciertas
restricciones impuestas por los hombres, porque ellos solos han hecho las
leyes. Ellos, en sus códigos, determinan cuándo las mujeres somos capaces y
cuándo incapaces, habiendo resuelto que seamos menos capaces cuando estamos a
su lado, ya que las casadas no pueden comprar, ni vender, ni contratar, ni
comprometerse, como las solteras mayores de edad. De manera que la mujer
disminuye sus aptitudes junto al hombre, se vuelve más incapaz, más tonta,
suposición que, la verdad, no honra mucho a los hombres. Generalmente ocurre lo
contrario; los hombres se vuelven más tontos junto a las mujeres. Los códigos,
sin embargo, no lo creen así, y este error esencial de la legislación hace que
los códigos sean unos libros mucho más divertidos que las novelas. Pero dejemos
este punto para otra oportunidad.
Gracias al nombre que nos dan en la pila y en el
registro, el mundo tiene cierta apariencia de orden. El encasillamiento
bautismal establece las diferencias individuales en la vasta edición humana que
hace la Naturaleza. Anotados al nacer, el resto de nuestra vida no es más que
una serie de anotaciones. Nuestras relaciones con las demás personas
bautizadas, con el Estado, con la Iglesia, con el registro de la propiedad, con
la policía, etc., es una anotación continua. Se anota a las personas al nacer,
al obligarse entre sí, al pagar los impuestos, o al no pagarlos—porque de todo
hay,—al casarse, al reproducirse y al morir. Es una anotación constante, desde
la cuna al sepulcro. Por último se inscribe el nombre en la losa de la tumba,
con una serie de adjetivos encomiásticos que dicen, no lo que el difunto fué en
vida, sino lo que debiera haber sido. Lo característico de la criatura humana,
lo que la diferencia del resto de los animales, es su resistencia a la
desaparición del nombre; pero, al fin, se borra, se va, retorna al reino
infinito de la nada. El ensanche de ciudades y pueblos invade los cementerios;
se levantan losas y monumentos; y, al fin, no queda recuerdo alguno de la
humanidad soterrada o reducida a polvo. Del bisabuelo para atrás no recordamos a
nadie, ni nos importa un ardite su remota existencia, salvo que los
ascendientes difuntos hayan fundado aristocracia y sirvan para dorarnos, en
cuyo caso guardamos sus nombres en unos pergaminos vetustos, para «darnos
corte» a costa de sus cenizas heroicas o venerables, por cualquier concepto.
Pero aun esto mismo se olvida; todos los nombres, en fin, acaban por yacer en
el olvido, «la muerte de la muerte», que dijo un poeta muy romántico y más
triste que un sauce.
Creo haber dejado establecida la importancia del
bautismo, de ese santísimo sacramento nacido en las orillas del Jordan y
adoptado con un éxito evidente por toda la humanidad a través de los siglos.
Ahora bien (pase el giro parlamentario): en Buenos
Aires está corriendo gran peligro la institución bautismal. No es que la gente
deje de bautizarse y de inscribirse en el registro civil; pero el nombre puesto
por la Iglesia y por el Estado, en completo acuerdo, sufre luego una
trasformación radical. Un mote familiar y cariñoso puesto en el hogar o por los
amigos, sustituye al nombre civil y de pila. Entre la joven población masculina
ya nadie se llama Pedro, Juan, Diego, Carlos, Enrique, Joaquín, Jaime, Jorge,
Raúl, Roberto, etc.
Los nombres sustitutos son éstos: «Cucho»,
«Chocho», «Cacho», «Gogo», «Gogó», «Tito», «Toto», «Totó», «El chino», «Baby»,
«El Bebe», «Nenín», «Charlín», «El gordo», «El flaco», «Nono», «Fito», «El
rubio», «El negro», «Perucho», «El gringo», «El mono», «Taco», «Cotaco», «El
alemán», «El inglés», «El vasco», «El Tuerto», «Pototo», «Poroto», «Lalo», «El
nene», «Peringote», «Piringo», «El gallo», «El gato». En fin... cuento de nunca
acabar. Y entre las señoritas ocurre otro tanto: «Mangacha», «Mecha», «Mechita»,
«Cochonga», «Chucha», «Cocha», «Coca», «La gringa», «Neneite», «Nenana», «La
Negra», «Fifa», «Tina», «Tinita», «Mimí», «Nini», «Nina», «Sisi», «Potota»,
«Chiveta», «Matesa», «La gata», «Loló», etc., etc.
Como se ve, el bautismo ha desaparecido. El
sacramento no vale un sacramento, y pase lo irreverente de la expresión popular
en gracia a la exactitud. Y ocurre preguntar: ¿para qué llevar a los recién
nacidos a la pila bautismal e incribirlos en el registro civil, si luego hemos
de llamarlos de un modo distinto de lo convenido con la Iglesia y con el
Estado? Esto, francamente, no es serio. No es serio burlarse así de dos
instituciones como la Iglesia y el Estado, sobre cuyos seculares cimientos
reposa toda la chapitelería de la civilización. Si no gustan ya a la gente los
nombres cristianos, los que figuran en el santoral, hágase un nuevo calendario
con los motes familiares trascriptos. Todo es aceptable, menos bautizar a la
gente de una manera y llamarla de otra, pues ello origina una confusión
anárquica por la cual se viene abajo todo el casillero en que los libros
parroquiales y los registros civiles han ido metiendo pacientemente la
filiación de las personas.
Yo no creo que los nombres de los santos sean tan
desdeñables para caer en semejante desuso y relegarlos al olvido,
sustituyéndolos por apodos caprichosos. Por otra parte, tanto la Iglesia como
el Estado son sumamente tolerantes y admiten cualquier nombre, a gusto del
consumidor. No pocos de éstos desean para sus hijos nombres sonoros, gloriosos
e inmortales, y así van algunos por el mundo cubiertos de ridículo con esta
etiqueta bautismal y civil: Epaminondas Pérez, Aristóteles Rodríguez, Sócrates
González. También se convierten en nombres algunos apellidos célebres.
Ejemplos: Wáshington Martínez, Franklin Gutiérrez. Las instituciones civiles y
eclesiásticas admiten cualquier nombre, fuera del santoral: pero, una vez
bautizado con el nombre de Epaminondas, es depresivo llamarle «Poroto»; si se
le ha puesto el nombre de Sócrates, resulta ridículo y ofensivo para la antigua
Grecia filosófica llamarle «El mono»; y si, en fin, se le puso el nombre de
Washington, o de Franklin, es inadmisible llamarle «Piringo» o «El gringo».
Hay quien sostiene que los apodos son más lógicos
que los nombres. Cuando el mote alude a una condición moral, a un rasgo del
carácter, a una modalidad particular del espíritu, tiene, indudablemente, una
determinación más apropiada que el nombre. Es el bautismo correspondiente a la
idiosincrasia del sujeto. Existe cierta lógica en esperar a que el individuo
acuse su personalidad para luego aplicarle la denominación correspondiente;
porque si el individuo es tímido como un conejo casero, resulta paradógico ponerle
el nombre de Napoleón. Pero el bautismo no tiene por objeto calificar con
precisión a los nacidos, sino absolverlos del delito de nacer—porque se
delinque naciendo—y evitar que, en el caso de nacer y morir simultáneamente,
frecuente desventura doble, vayamos al Limbo, mansión dedicada a los que no se
han estrenado en la vida con ningún acto molesto para los demás.
El mote tiene, pues, cierta lógica cuando
caracteriza al individuo. Pero los apodos transcriptos no dicen nada, no
determinan las condiciones morales de las personas: son palabras sin sentido,
verdaderas ñoñerías, que no pueden suplantar a los nombres bautismales, de tan
rico y remoto contenido filológico.
Como se ha visto, corre entre nosotros gran peligro
el sacramento instituido o iniciado en el Jordán por aquel santo varón,
giróvago fluvial, que perdió la cabeza por el raro capricho de la bailarina
Salomé.
SIN PRESIDENTA
La intervención de varias y bondadosas amigas ha
influido de modo decisivo para que Petrona y yo hagamos las paces, después de
unos meses de enojo y distanciamiento por parte de ella, pues, por lo que a mí
toca, nunca dejé de considerarla como amiga; porque, dicho sea en secreto entre
los doscientos mil lectores de «La Prensa», aunque Petrona padece cierto
«tilinguismo» verboso, yo siempre la consideré una dama excelente, perfecta
esposa y madre amantísima, no ya sólo de sus hijas, sino también de los maridos
de sus hijas; lo que se dice, en fin, una buena mujer, cosa difícil, porque,
según un filósofo (me lo ha dicho mi marido, que lee filosofía) la mujer es un
hombre imperfecto.
Las bondadosas gentes que hacen a mis escritos la
merced de sus ojos recordarán la causa del enojo de Petrona. Debióse a una
malhadada croniquilla mía en que relataba las inquietudes de mi amiga ante el
hermético silencio que precedió a la composición del actual ministerio. Yo dije
que, según Petrona y según todo el mundo, inclusive yo misma, partícula
diminuta del universo, pero con derecho opinante—que un grillo es un grillo y
se le oye—el hombre señalado para la cartera de Agricultura por todo el mundo, incluídos
los grillos, era Eleuterio, el marido de mi amiga, notable cultor de las
ciencias agrarias y especialista, sobre todo, en el mejor aprovechamiento del
maíz, que debe, según su doctrina, trasformarse en carne, sirviendo para ello
de agente digestivo cierta especie de la fauna doméstica, cuyo nombre no debe
estamparse en esta página dedicada a la elegancia. Y bien (pase el galicismo):
mi amiga se enojó mucho, empecinada en que yo había puesto en ridículo a un
hombre tan eminente y de tan sólida reputación agrícola como Eleuterio.
Inútiles fueron mis excusas. Cuando una cosa no se entiende como es debido, es
porque en ello interviene más la voluntad que el entendimiento. Por lo demás,
cabe en lo posible que mi inexperiencia periodística, en vez de un buen
servicio, se lo hiciera flaco. Pero mi intención, tratando de hacer atmósfera a
la candidatura de Eleuterio, fué buena, inmejorable; y los actos no han de
juzgarse por los resultados, siempre contingentes y problemáticos, sino por la
intención que los guía, teniendo en cuenta que quien escribe no puede evitar
las interpretaciones torcidas de la malicia humana, que siempre es mucha.
Felizmente, las paces están hechas, aunque haya
costado casi tanto como concertar la paz europea. Las paces—díjelo ya otra
vez—son más difíciles de concertar que la paz. Es cierto que en este caso las
negociadoras han sido muy eficaces, especialmente la viuda de Esquilón, muy
unida a Petrona por su común afición a la política. No menor influencia han
tenido dos cartas, una para mí y otra para Petrona, dos chispeantes y graciosas
epístolas de Rosalía Arregui del Moral de Pérez y Gámpora, dirigidas desde «Los
Carpinchos», de donde no se mueve Rosalía, va ya para dos años, quieta junto a
su pastor en la soledad de los campos, persistente en ayudarle con la gracia de
su presencia a reconstruir la fortuna, alegre, feliz, y viviendo, en fin, entre
corderillos, recentales y aves domésticas, con arreglo a los clásicos preceptos
de las geórgicas de Virgilio.
Urgían estas explicaciones, un tanto menudas, pero
necesarias, para que no crean mis lectoras, al verme otra vez amiga de Petrona,
que soy una veleta tornadiza que hago y deshago amistades por simple capricho,
incapaz de aquella serena constancia y ponderado equilibrio de humor que,
dentro de las naturales destemplanzas de los nervios femeniles y de la
extremada sensibilidad de nuestras vanidades diarias, ya señaladas por el viejo
Salomón, han de ponerse en el cultivo de las relaciones y de los afectos.
Y basta de prólogo, que ninguno largo fue bueno.
Para iniciar las paces ofrecí la otra tarde un té
en mi casa, principio del tratado que pensamos ratificar con una comida. Como
sólo se trataba de un armisticio, celebrado con infusión de la China, no
asistieron más que Petrona y la viuda de Esquilón; esta última en calidad de
intermediaria para entregarnos, en medio de la infusión, a la efusión del
primer abrazo reconciliatorio.
Roto el hielo y reanudada la amistad, charlamos
mucho. Como antes va dicho, ambas tienen gran afición a la política, en su
aspecto, claro está, femenino, pues ni ellas ni yo poseemos luces para tratar
el tema a fondo, suponiendo que en el tema político haya fondo y reinen alguna
vez las luces. Pero esta afición es distinta en cada una de mis amigas. La de
Esquilón quedóse viuda muy temprano; es rica y no tiene hijos. Perdió el
marido, el doctor Esquilón, en una provinciana trifulca electoral. Era un orador
abundante, como un grifo suelto, y cuando vió que la palabra no bastaba, porque
los adversarios llevaban los gauchos en silencio a las urnas, el doctor
Esquilón enmudeció y echó mano de las más desaforadas violencias. Se discute
aún si el tiro partió de la comisaría, o de los amigos, o de los contrarios, o
de un asesino suelto, enemigo personal por esto o por aquello. Probablemente no
se sabrá nunca la causa; la verdad está ya tan soterrada por tal cúmulo de
versiones contradictorias e interesadas, que nunca se logrará desenterrarla. Lo
único cierto es que el tiro se llevó la vida del doctor Esquilón, privando al
país de una de las laringes mejor organizadas para emitir sonidos articulados
que, a veces, parecían conceptos para hacer felices a los pueblos. Todo terminó
con una placa de bronce heroico sobre su sepulcro, dedicada por sus amigos, con
unas líneas laudatorias, resistentes a las lluvias, al sol y a la acción
corrosiva del tiempo, que al fin acabará con ellas. Margarita, la viuda,
quedóse sola, admirando en silencio el brío de su joven marido y su exaltado
fervor político para defender, si no las ideas, unos cuantos electores con unas
cuantas papeletas más o menos limpias. Con razón dice mi esposo que el sufragio
universal cuesta más de lo que vale. Margarita lloró mucho. Pero, al fin, todo
tiene fin, hasta las lágrimas. Joven, linda y rica, la vida, páramo a raíz de
la muerte del pobre Esquilón, perdió, poco a poco, su aspecto desolado,
recobrando sus muchos encantos y seducciones. Hoy Margarita se ha devuelto al
mundo, con evidente deseo de vivir, y hasta ofrece un continente risueño,
cierta alegría discreta, disciplinada por la viudez, que aumenta la gracia de
su rostro hechicero. Hace activa vida social: viste con elegancia; usa atavíos
de colores discretos; conversa con soltura y cierta abundancia, que se le pegó,
sin duda, del malogrado orador; y pasa, en fin, entre las niñas, por otra más
experimentada, gozando entre las matronas de aquella tierna simpatía que
merecen siempre los infortunios prematuros. Resumen de todo lo dicho: es muy
simpática la viuda de Esquilón.
Su gusto por la política dimana del interés que le
merecen las luchas de los hombres, las competencias del talento, los anhelos de
florecimiento, los empeños de amor propio, los esfuerzos por la popularidad.
Las ideas políticas la interesan muy poco; apenas las distingue unas de otras.
Verdad es que quizá no se distingan en nada. Lo que la apasiona es el juego de
las actividades «partidistas», la maña de cada cual para triunfar, el deporte
político, en una palabra. La tragedia de su marido parece que fuera un estímulo
de este gusto, consecuencia, sin duda, de haber estado unida, aunque por poco
tiempo, a un excelente deportista, a un luchador político.
Petrona, por el contrario, tiene de la política un
concepto utilitario. Le interesan los políticos, los que mandan o los que estén
a punto de mandar, por lo que puedan influir en la seguridad de los empleos de
sus yernos y, ante todo y sobre todo, por las probabilidades que el juego
político, en su trabajoso ajetreo, ofrezca a Eleuterio para acercarse a la
anhelada y merecida cartera de Agricultura, para resolver—ya es hora—eso del
maíz.
—Hace ya tiempo—digo a Petrona, para halagarla y
también por justicia—que Eleuterio debía ser ministro. ¡Un hombre que sabe
tanto!...
—¡Qué quieres, Marianela: así son las cosas! En
este país no se sabe apreciar a los hombres; el que se mata a estudiar en
silencio, se queda atrás, y el que charla, sigue viaje...
—Para nosotras, para las señoras—salta la de
Esquilón—la política está aburridísima en estos momentos que, según dicen, son
históricos. Yo no sé qué falta, pero algo falta.
—Falta la presidenta—dice Petrona.—elemento
necesario, imprescindible, de toda presidencia completa.
—¡Cierto, Petrona!—exclama la joven viuda, dándose
una palmadita en la tersa frente;—ahora caigo. Yo pensaba y pensaba: «Pero,
señor, ¿qué falta aquí, qué falta?» Y no caía. Es claro: falta la presidenta.
Por eso no hay fiestas, ni recepciones, ni nada. Está resultando esto más
triste y más lúgubre que una capilla protestante.
—Se dice que los del gobierno son lo más
ahorradores—apunta Petrona.
—¿Y para qué quieren la plata? Todos los
ahorradores son gente muy triste—agrega Margarita.—Además, no se necesita mucha
plata para que el gobierno dé algunas fiestas en que las señoras podamos
divertirnos, murmurar algo, chismear un poquito y enterarnos de cómo andan las
cosas de los políticos, hablar con ellos, que son, hijita, más chismosos que
nosotras. La presidencia se debió inaugurar con un gran baile. Como yo he
dejado ya el luto—las cosas ¡ay! no tienen remedio—es la fiesta que más me
hubiera gustado. ¡Qué diferencia con Sáenz Peña!
—¡Ah, Roque...!—exclama Petrona.
—¡Tan culto, tan ilustrado, tan espiritual, tan
rumboso!—dice la de Esquilón.—Dió a la presidencia cierta majestad amable, un
tono que nunca tuvo, una distinción suprema, entre aristocracia de corte y
aristocracia de estancia. Sáenz Peña se ocupó siempre mucho de las señoras.
—Mi familia por parte de padre—dice Petrona—siempre
fue roquista; pero yo, últimamente, me hice roquera. Y así logré meter a
Bernadito, a mi yerno, en la diplomacia. En cuanto le hablé, una noche en el
Colón, «concedido, concedido», me dijo; «recuérdemelo, Indalecio»—añadió,
dirigiéndose al doctor Gómez, que también es muy fino.
La viudita tiene un golpe de erudición que nos deja
asombradas a Petrona y a mí. «Sáenz Peña sabía que el hombre reina y la mujer
gobierna, como dice Ponson du Terrail».
—Si Eleuterio me hubiera hecho caso—afirma Petrona,
siempre atenta al positivismo político—otro gallo nos cantara; pero se fue con
los cívicos y... ¿qué iba a hacer con los cívicos? Buena gente, eso sí, muy
respetable, digna, dignísima; pero, hijita, están siempre esperando que vayan a
buscarlos con palio a su casa y que les lleven la presidencia en una bandeja de
plata.
—En política hay que moverse—dice la de Esquilón—;
si no, no se saca nada.
—¡Claro!—asiente Petrona.—Luego, Eleuterio fué de
traspié en traspié; primero se fué con Benito, que sólo gana las elecciones del
Jockey; después, con Lisandro, que en sacándole del Rosario... ¡se acabó! Yo
siempre le decía a Eleuterio: «Hijito, estás obsesionado con el maíz, y no ves
la realidad». Pero, nada, no conseguí nada: que la lealtad, que los principios,
que los amigos son los amigos... Así nos ha ido.
—Los hombres, algunas veces, debían de hacer caso
de las mujeres—afirma con aire sentencioso la de Esquilón.
—Siempre—sostiene con firmeza Petrona.—Pero lo
cierto—agrega—es que falta la presidenta. Por medio de ella y de su círculo,
las señoras, aunque de modo indirector, intervenimos en la política, sabemos lo
que ocurre entre telones, recogemos rumores, los lanzamos y, sobre todo, siendo
amiga de la presidenta, puede una hacer algo por los suyos. Porque, claro, el
presidente no puede negarle liada a la presidenta.
—Así debe ser—digo yo, que, aun cuando nada me
interesa la política, deseo congraciarme del todo con Petrona;—así debe ser: el
presidente preside al pueblo y la presidenta preside al presidente.
—Debía ser como las monarquías—agrega la de
Esquilón;—que no hay rey sin reina. Yo hablaba mucho de esto con la infanta
Isabel cuando el Centenario. Nos hicimos lo más amigas. Me dijo que a los reyes
les obliga a casarse no sé quién; creo que la Constitución. Parece que la gente
del pueblo, o la Constitución—no sé bien—exige que se asegure la sucesión de la
corona.
—En las monarquías—dice Petrona—todo marcha sobre
seguro. En cambio aquí, nadie estát seguro; siempre está una pensando: si
destituirán a este yerno, si lo echarán al otro; en fin, una intranquilidad
terrible.
La viuda de Esquilón, en su política de altura, no
hace caso de estas angustias y sigue evocando sus' gratos recuerdos de la
infanta: «Me decía doña Isabel que, una vez casado el rey, forma éste su
círculo palaciego, mientras la reina forma otro. La reina madre, cuando existe,
también organiza el suyo. La madre de la reina, que no es la reina madre, forma
otro. Los príncipes y las princesas constituyen otros círculos menores. ¡Qué
lindo! El palacio arde en pasiones. Intrigas, preferencias, luchas sordas por
el favor real: los políticos y sus señoras andan de un círculo en otro, en
competencia de predominio; unas veces arrimados a la reina, otras veces al rey,
otras a los príncipes, según el giro de las influencias. Grandes bailes,
grandes saraos, en salones suntuosísimos; las señoras vestidas de corte, los
caballeros cubiertos de casacas; los diplomáticos relumbrantes de oro galonado;
los militares con más cruces que un cementerio. Pasa el rey.... unos se
inclinan, otros se yerguen militarmente, que es una forma de inclinarse. Pasa
la reina..., reverencia general hasta el suelo. Se estudian, se analizan las
sonrisas del rey y de la reina, deduciendo preferencias. ¡Eso, eso es
política!—termina la joven viuda, asfixiada por la emoción descriptiva».
Cobra ligeramente aliento y prosigue: «En cambio
aquí, como el presidente llega a la meta ya viejecito, la presidenta suele ser
otra viejecita ya cansada, concluida, reumática, cuyo mayor deseo es que la
dejen tranquila. ¡Y luego hablan de las jóvenes repúblicas! La juventud está en
las monarquías. Puede ser viejo el rey, como el de Austria, pero está siempre
llena toda Austria y toda Hungría de príncipes y princesas, de infantes y de
infantas, de archiduques y archiduquesas, de juventud monárquica, en una palabra».
—Y menos mal—arguye Petrona—cuando, aunque viejita,
hay presidenta. Pero ahora...
—Tampoco la había—me atrevo a insinuar—cuando
mandaba don Victorino.
—Cierto—dice la de Esquilón;—pero era distinto que
ahora; entonces estaban María Rosa y Teresa, que son muy discretas y muy
distinguidas, y sabían muy bien sustituir la falta de presidenta en las fiestas
sociales. Ellas daban tono al gobierno con su ingenio y con su conversación
espiritual. Don Victorino podía estar tranquilo: había presidentas. Yo soy muy
amiga de ambas y constantemente hablábamos de política.
—Pues yo—dice Petrona,—cuando quería saber algo de
candidaturas ministeriales y altos empleos me valía de Anita. Claro que yo no
soy amiga de Anita, de una ama de llaves; me lo impide mi condición social;
pero me hice muy amiga de una familia modesta que tiene relación con Anita y,
por ahí, lo sabía todo. De algún medio hay que valerse para estar enterada.
Pero ahora ¡qué cosa! ¿no? no hay forma de saber nada.
Me canso de esta labor taquigráfica para tomar al
pie de la letra una sesión política tan importante y trascendental. Y hago
punto. Sólo agregaré mi satisfacción y contento por haber hecho las paces con
Petrona, tan buena y tan amante de los suyos...
LA ABUELA DEL REY DE LOS CIPRESES, O EL ORGULLO
ANCESTRAL
El portero me trae una tarjeta: «Es una señora
vie-jita—dice—, y pregunta si la señora puede recibirla». Leo: Melchora Ponce
del Ebro de Nuezvana.
Ordeno que la hagan pasar a un saloncito. «Díganla
que tenga la bondad de esperarme un momento». Y en seguida llamo a mi doncella
para que me ayude a ponerme un traje de circunstancias, un vestido negro, de
cierta severidad, pues me parece que la entrevista va a ser grave.
Mientras me visto procuro dominar el desasosiego
que me ha invadido al leer la tarjeta. ¡Misia Melchora en mi casa! Es necesario
dominar los nervios y ordenar las ideas. Seguramente viene a hablarme de la
pretensión de su nieto, Carlitos Nuezvana, el rey de los cipreses, respecto a
Inesita, mi querida protegida, mi futura hermana. Quizá me proponga que la
ayude a concertar el matrimonio. ¡Pobre señora! No sabe lo que ocurre.
Confieso que la entrevista me resulta un poco
imponente. No es para menos. Misia Melchora es lo más alto entre lo más
eminente o empingorotado de nuestra sociedad. Sus apellidos, así los propios
como el de su consorte, fallecido 25 años hace, significan doble tradición,
colonial y patricia. Un Nuezvana fue virrey del Perú, caballero ostentoso que
imitaba en Lima el boato borbónico, según cuenta Ricardo Palma en sus apologías
de aquellos magnates. Otro Nuezvana fue obispo y dio lustre con sus austeras virtudes
a la iglesia naciente de Chuquisaca. Oidor de Charcas fue otro Nuezvana. Ignoro
lo que oiría en Charcas este oidor. La fama de los Ponces y de los Ebros data
aún' de más antiguo. Uno de los Ponces vino de piloto en la expedición de don
Pedro de Mendoza. Luego pasó al Paraguay y fundó varios pueblos que siguen casi
lo mismo que cuando él puso la primera piedra. Un Ebro fue capitán de una de
las «naos» de Gaboto. Otro acompañó a Alonso de Vera y Aragón en las
exploraciones del río Bermejo, y se internó en el Chaco, creyendo que eran de
oro los quebrachos. Por espacio de tres siglos figuran estos apellidos,
llevados por frailes, navegantes, militares, corregidores, adelantados,
oidores, etc., en los cronicones de los diversos virreinatos de la era colonial,
advirtiéndose su andariega presencia desde Méjico hasta la Asunción, pues el
antiguo español aprendía la geografía andando.
Después, en la edad moderna, los Nuezvanas, Ponces
y Ebros—descendientes, naturalmente, de los anteriores—alcanzaron tanto o mayor
esplendor que sus tataradeudos. Un Ponce fue coronel de la independencia y
brilló por su bizarría en Ayacucho. Un Nuezvana, licenciado en derecho
canónico, orador ampuloso y ergotista, figura entre los que proclamaban la
necesidad de una restauración monárquica como régimen argentino. Los Nuezvanas
siempre fueron algo fastuosos. Un Ebro, militar aguerrido, tuvo gran
importancia en las guerras gauchas, combatiendo al Chacho y a Facundo Quiroga.
Hubo también, así en los tiempos antiguos como en
los modernos, otros Nuezvanas, Ponces y Ebros insignificantes y oscuros; pero
misia Melchora sólo considera como suyos a los que figuran en la historia. Y
existe en su espíritu, en cuanto a legítimo orgullo, cierta dualidad: suele
gloriarse a veces de su rancio abolengo y timbres hispánicos; y otras, en
cambio, envanécese del justo honor dimanado de sus ascendientes patricios. Como
los nombres son los mismos, originarios unos de otros, la gloria de misia Melchora
asume cierto carácter de guerra civil, familiar y casi doméstica, en la cual
los manes heterogéneos libran gran trifulca e histórica zarabanda. Pero misia
Melchora aviene y concilia las memorias, atribuyendo a todos sus ascendientes
por línea propia y marital, ya sean personajes coloniales, ya proceres
argentinos, las cualidades de la hidalguía castellana, llena de soberbia
altivez y de un orgullo cuyos límites alcanzan a los cuernos de la luna.
Uno de los motivos de envanecimiento de misia
Melchora es la existencia actual del duque de Nuezvana, que tiene el derecho,
como grande de España, de presentarse cubierto ante los reyes. Pertenece a los
Nuezvanas que no salieron nunca de la península, esperando los tesoros de los
Nuezvanas indianos y medrando políticamente con los méritos de sus conquistas,
exploraciones y hazañas en los desiertos de Indias. Por todas estas
circunstancias, misia Melchora, a semejanza del grande, de España, viene a ser
«la grande» de Buenos Aires.
Pero todos estos timbres valdrían muy poco
socialmente en nuestra democracìa si no estuviesen fortalecidos por una fortuna
colosal. Y esta fortuna se debe precisamente a un Nuezvana oscuro y a un Ponce
y un Ebro insignificantes. En tiempos de Carlos III, este Nuezvana grís y opaco
se apañó, por concesión real, los mejores campos, ahí no más, junto a las casas
de Buenos Aires. Un Ponce fué abastecedor de los ejércitos que realizaron la
conquista del desierto. El estado le pagó en tierras que después han valido un
dineral; se adueñó de media Pampa Central. Y un Ebro, casi contemporáneo,
hombre de matemáticas, educado en Inglaterra, obtuvo, al iniciarse las empresas
ferroviarias, diversas concesiones de caminos de hierro, que luego cedió a los
ingleses por sendas libras esterlinas. Este Ebro no construyó ningún camino,
pero hizo el suyo admirablemente.
Las tres ramas—Nuezvana, Ponce y Ebro—fueron poco
fecundas y todo vino a caer en manos de mi distinguida visitante y de dos
hermanas estériles, ya difuntas, a quienes heredó misia Melchora. Esta
excelente señora hubo de su matrimonio un hijo, padre de Carlitos Nuezvana, y
varias hijas, casadas con lo mejorcito de nuestra sociedad. Así, pues, misia
Melchora es archimillonaria. Sus estancias no tienen fin. Mi cuñado Raúl, a
quien le da por hacer ironías con las matemáticas, ha hecho un cálculo, según
el cual, puestos en línea recta los alambrados de los campos de misia Melchora,
resultan más largos que las vallas de alambre electrizado de las trincheras
europeas, que llegan desde Bélgica hasta el Danubio.
Por lo demás, misia Melchora es una distinguidísima
matrona. Su defecto principal, el orgullo, está, en parte, justicado por su
grande y doble abolengo y el resto, que es mucho, procede de la atmósfera de
adululación en que vive, pues tanto sus hijas (su único hijo, el padre de
Carlitos, murió) como sus nietos y yernos—sobre todo los yernos—se desviven por
complacerla, persiguiendo, según malas lenguas, que nunca faltan, el quinto
testamentario, que constituye un pico superior al de la Mirándola. Todo esto ha
estropeado un poco el carácter de misia Melchora, haciéndola adquirir una idea
desmesurada de sí misma. Por Carlitos siente verdadera idolatría, entre otras
razones, por ser el único nieto que lleva el apellido de Nuezvana, ilustrado
por un virrey del Perú, por un obispo de Chuquisaca, por un oidor de Charcas,
por un duque y grande de España y por la propia misia Melchora.
Calculad ahora mi inquietud ante esta entrevista.
Yo la conozco un poco; pero he mantenido siempre con ella un trato ceremonioso.
Acabada de vestir, me doy un par de vueltas en el espejo, ensayando gestos y
posturas de cierta gravedad; procuro, a la vez, serenarme, y me dirijo al
saloncito con paso firme, no exento de parsimonia.
—¡Misia Melchora! ¡qué sorpresa!...
—¿La sorprende a usted mi visita?
—Me sorprende y me halaga que usted se haya servido
honrar mi casa con su presencia.
—Muchas gracias, Marianela.
—Está usted cada día más joven—la digo, aunque, en
realidad, parece una pasita, pero encendida y vibrante aún por el calor del
orgullo.
—No me diga, Marianela; estoy ya concluyéndome,
llena de achaques, hecha una ruina. Por un lado, los años—¡76, Marianela!—; por
otro, los disgustos, que nunca faltan.
—¿Disgustos, usted, misia Melchora?...
—Disgustos, sí, hija mía, disgustos. Precisamente
vengo a hablar con usted de un asunto que me trae profundamente disgustada. Y
es más: vengo a pedirla que me ayude a resolver el problema.
—Si tiene solución y yo puedo, cuente usted
conmigo, misia Melchora.
—Puede usted... es decir... yo creo que puede
ayudarme. Y vamos al asunto. Sabe usted, como yo—mejor que yo quizá—que
Carlitos, mi nieto, se ha enamorado como un loco de Inesita, la niña de
Clotilde Rodríguez de Garaizábal. Mi nieto no vive, no duerme, ni descansa,
pensando en ella. Está desesperado, aunque ello sea impropio de la compostura y
serenidad propias de los Nuezvanas. Pero el amor es el amor, y avasalla y
enloquece a todas las clases sociales. Imagínese cómo estará el muchacho, que
ya ni se peina, que era antes su principal cuidado. No sale de casa, y se pasa
el día en sus habitaciones, en pijama y desgreñado. Apenas come; ha perdido no
sé cuántos kilos. Está pálido como la cera y tiene un mirar entre loco y
moribundo, unas veces lánguido, otras furioso. Yo no sé ya qué hacer. Me he
asustado mucho, porque... ¡le viera usted!... da pena; se ha quedado como un
hilo. He llamado a Güemes; pero ¡qué va a hacer Güemes en esto! Después de
verle, al irse, me ha palmeado a mí—ya sabe usted que Güemes es lo más
cariñoso—y me ha dicho, riéndose, que el diagnsótico lo haría, mejor que él,
alguna muchacha, y que la más eficaz medicina para Carlitos está en el
sacramento con música de marcha nupcial.
—El doctor Güemes no sólo es un gran clínico, sino
también un gran psicólogo.
—Está en todo, hijita. ¡Qué hombre! En cuanto le ha
visto, le ha adivinado el mal. Pero, claro, es un mal en que él no puede hacer
nada.
En los ojitos apagados de misía Melchora tiemblan
dos lágrimas.
—¿Y ella?—preguntó.
—Pues ahí está el cuento. No le ha desairado del
todo. Pero no le hace tanto caso como al principio. Ahora parece que le rehuye.
¿Qué pretenderá esa niña? No tiene en qué caerse muerta y...
—Todos tenemos en qué caernos muertos, señora. Si
no ¿dónde iríamos a parar? Y el desinterés, sobre todo en esta época, es una
virtud bastante rara.
—Ya sé que la quiere usted mucho.
—Cierto; la quiero; es una niña muy interesante.
—Y que la protege usted.
—Yo, señora, puedo proteger muy poco. Además,
Inesita no necesita protección. La protegen su propia belleza y su alma
incomparable.
—Pues yo protejo a toda su familia. Si no fuera por
mí, ya estarían fundidos. Cierto que Clotilde y sus hermanas, las tías de
Inesita, me corresponden, haciendo cuanto pueden por vencer la resistencia de
la muchacha y arreglar esta boda en que se halla comprometido mi amor propio y
el de toda mi familia. Ningún Nuezvana ha sido nunca desdeñado en la sociedad
de Buenos Aires. Carlitos podría dirigirse a la principal niña argentina, a la
primera fortuna y al primer apellido, en la seguridad de que no sería rechazado.
Pero se le ha metido en la cabeza que ha de ser con esa muchacha, «¡O ella, o
la muerte!»—me ha dicho con una firmeza que me ha dejado aterrada. Yo no sé qué
hechizo, qué seducciones, qué encantos encuentra en esa niña.
—¡Ah, es encantadora!...
—Sí... no es fea; pero, vamos, no es ninguna cosa
del otro mundo.
—No, señora, es de este mundo; una belleza mortal,
pero digna de ser inmortal.
—Además, carece de fortuna.
—El poco caso que hace Dios de la plata se nota por
la gente a quien se la concede—respondo gravemente y un poquito amostazada;
pero misia Melchora no comprende este concepto místico, escudo con que los
pobres se defienden contra la vanidad de los ricos.
—Carece, igualmente, de apellido.
—No, misia Melchora, eso no; lleva uno muy bonito,
muy sonoro, muy armonioso: Garaizábal. Además, con cualquier apellido es
posible la vida. La aristocracia, bien mirada, es lo mismo que la democracia.
Todo surge de la nada y vuelve a la nada, misia Melchora.
—Pero mientras se vive, conviene ser alguien en el
mundo.
—Nacemos, sufrimos, morimos y nos olvidan. He ahí
todo. El resto es espuma, aire, humo, ruido. Pero, Inesita es alguien. Y si no,
pregúnteselo usted a su nieto.
—El amor es loco, Marianela.
—Es la única locura sensata. Hay otras, el orgullo
el envanecimiento, la soberbia, que son mucho más insensatas. Pero todos
padecemos estos defectos. Ahora bien: debemos aplicar la reflexión a
reprimirlos todo lo posible; porque, si la vanidad de los demás resulta
intolerable cuando lastima la nuestra, pasa igual a los otros cuando la nuestra
lastima la suya. El trato social se hace posible a fuerza de limarnos todos un
poquito.
—Bien, Marianela. Volvamos a nuestro asunto.
—Volvamos, misia Melchora.
—Mi nieto es bueno; usted le conoce. Yo le he
educado muy bien, en Inglaterra y en Francia. Es un muchacho sin vicios. No ha
estudiado una carrera porque, gracias a Dios, no la necesita. Comenzó a ir a la
Facultad; pero le daban vahídos, sobre todo cuando estudiaba derecho romano.
Entonces yo le dije que lo dejara. De todos modos, no había de defender
pleitos. Así que, ¿para qué estudiar? Luego, el país está lleno de doctores, y
ya es más distinguido no serlo. Desde entonces se dedicó a leer novelas francesas;
las conoce todas. Y así ha completado su educación, que no deja nada que
desear. Yo había pensado, si se casara con esa niña, regalarles «Los Chajales»,
un campo de veinte leguas, con quince mil vacas; esto para sus gastos, aunque
no gastarían nada, porque yo desearía que vivieran conmigo, en mi palacio de la
Avenida Quintana, pues no quisiera que mi nieto saliera de mi casa. De todo
esto he hablado con Clotilde y está encantada de la idea. Yo necesito compañía,
Marianela, y, claro, aunque quiero profundamente a todos mis nietos, siento
cierta preferencia por Carlitos, porque es el que ha de perpetuar un gran
apellido; es un Nuezvana, y con esto está dicho todo: Por otra parte—ya se lo
he dicho a Clotilde,—una vez casados los muchachos, todas nuestras cuentas
quedarían arregladas; todo se quedaría en casa, unidas para siempre las dos
familias. Clotilde me asegura que su hija se casará con mi nieto. Ella, claro,
hace todo lo que puede, por respeto a mí y porque, realmente, le parece bien la
boda. Pero... no sé... me parece que la muchacha no está decidida. Y yo quiero
salir de una vez del paso. Por eso he venido a verla a usted.
—¿Y qué puedo hacer yo?
—Clotilde me ha dicho que usted tiene mucha
influencia sobre su hija.
—Ignoro la influencia que pueda yo ejercer en esto
sobre ella. Y diga usted, misia Melchora: si Clotilde, a viva fuerza, quieras
que no quieras, obligara a su hija a casarse, ¿usted aceptaría para su nieto un
matrimonio así formado?
—Todo, menos un campanazo; todo, menos que mi
nieto, un Nuez vana, quede desairado y en ridículo.
—¿De manera que usted cree que es más ridículo que
Inés no acepte a su nieto, suponiendo que no le quiera, pues yo no lo sé, que
casarse con él no queriéndole?
—Yo no puedo aceptar una situación ridícula ante
todo Buenos Aires.
—¿Y qué culpa tiene Inés en ello?
—Es cierto; no tiene ninguna culpa. Pero, en fin,
yo he venido a verla a usted, por consejo de Clotilde, para que influya sobre
la voluntad de la muchacha. ¿Quiere usted hacerme este favor? ¿Le parece a
usted mi nieto digno de ella?
—Dignísimo, misia Melchora. Por lo demás, yo sólo
prometo a usted hablar a Inesita y contarla todo lo que usted me ha dicho, lo
de «Los Chajales», que es seductor, y lo de vivir con usted una vez casada, que
aun es mucho más seductor que «Los Chajales». Respecto a influir en su
espíritu, ya no respondo; eso es muy delicado, pues si no fuera todo lo feliz
que merece, mi tormento duraría toda mi vida.
—¿Y cree usted que existe alguna niña que no sea
feliz con el apellido y con la fortuna de un Nuezvana?
—Sí, señora, lo creo; es posible, aunque parezca
absurdo. Porque nos casamos, antes que con el apellido y la fortuna, con la
persona. El matrimonio es, ante todo, un negocio espiritual, y puede haber
apellido y fortuna, y no haber espíritu.
—Si ha existido espíritu en los Nuezvanas, la
historia lo dice.
—Sí... pero Inesita no se va a casar con la
historia, con un Nuezvana pasado, sino con uno viviente, que acaso no llegue a
entrar en la inmortalidad, como sus antepasados.
—Bueno; lo que deseo, en resumen, es una respuesta
definitiva, porque, con Clotilde, ya no me entiendo; no sé a qué atenerme; ella
dice que sí, lo desea, lo sé; pero nunca me trae la respuesta de la muchacha. Y
esto es lo que yo deseo. ¿Se compromete usted a darme esta respuesta?
—Me comprometo. Hablaré con Inés, y la sacaré a
usted de dudas.
—Gracias, Marianela.
—No hay de qué, misia Melchora. Tengo el mayor
gusto en servirla a usted en esto y en todo lo poco que yo pueda.
—Gracias, gracias.
Poco después salía de mi casa la excelente señora,
habiendo dejado en ella cierta atmósfera de tradición secular, de enhiesto
orgullo, de olímpica y desmesurada soberbia.
¡¡DESAHUCIADO!!
Señora doña Melchora Ponce del Ebro de Nuezvana.
Mi distinguida y muy respetable amiga: Escribo a
usted afligida por el resultado adverso de las gestiones a que me comprometí
cuando tuvo usted la benevolencia de honrarme con su visita. Dimana esta
aflicción mía del sufrimiento moral que a usted y a su nieto, excelente joven,
lleno de merecimientos, han de causarles estas líneas, triste revelación de mis
frustrados deseos de servir a usted colmando los suyos. Hablé con Inesita.
Hícela una narración de cuanto usted me dijo. Cuando oyó lo de «Los Chajales» con
las quince mil vacas y lo de vivir con usted, la niña rompió a llorar de
gratitud. ¡Es adorable la criatura! Pero su desconsuelo no tuvo límites cuando
supo el estado adolorido, mustio y desfalleciente en que se halla Carlitos.
Como no terminara su llanto, pedíla se sosegase y me expusiera su verdadera
intención con claridad y sin temor. Y rompió la pobrecita a parlar a
borbotones, a saltos, sin precisa ilación coherente, entrecortarlas las
palabras por la congoja y los sollozos. De usted y de su nieto me dijo cosas
tan honrosas y justas como ustedes se merecen. Me habló luego del alma, del
corazón, de la vida, de la dirección de sus sentimientos, del matrimonio. En
medio de su verbosidad atropellada, fruto del aluvión tumultuario de sus
emociones, díjome algunas cosas fundamentales y henchidas de un espiritualismo
conmovedor. Como no es posible que yo traslade aquí todo cuanto ella me dijo en
el seno de la más íntima confianza, la aconsejé que, una vez tranquilizada y
recogida en su casa (la entrevista tuvo lugar en la mía), ordenara sus ideas en
una carta dirigida a mí, y en la cual, con su habitual discreción, pusiera las
cosas en su punto. Accedió a mi deseo. Y hoy he recibido la esquelita que le
adjunto para que usted y su nieto sepan a qué atenerse. Aunque usted, misia
Melchora, no necesita consejos, pudiendo, por el contrario, darlos muy atinados
y oportunos, me atrevo a insinuar la conveniencia de comunicar con precaución a
Carlitos la fatal noticia, pues en el estado de melancolía a que le ha conducido
su amor desconsolado, pudiera tener el mismo fin de Werther, de aquel doncel
alemán tan sentimental, tan tierno, el cual no hubiera servido para trompeta de
órdenes de Hindenburg, pero que nos ha dejado, en cambio, el eco elegíaco de su
dolor, espejo perdurable y eterno modelo de los dolores de amor.
Observara usted que Inesita me llama en su carta
«hermana». Sería por mi parte una deslealtad ocultar, a usted el significado de
este sustantivo. Inesita está enamorada de mi cuñado Raúl y creo que ambos se
han comprometido, sin más autorización que la de sus propios corazones. La
familia de Inesita no lo sabe aún. Ahora bien: como Clotilde, la madre de
Inesita, las tías y las hermanas de ésta son partidarias decididas de que la
muchacha se case con Carlitos, héme metida en un conflicto, pues comprenderá usted
que el fuero de familia me compele y obliga—a pesar de mi carácter poco dado a
la lucha—a defender a mi cuñado en una pretensión que juzgo justa. Así, pues,
mi respetable y querida misia Melchora, esa criatura, esa Inesita, tan rebelde
a que nadie guíe su corazón, ha venido a este mundo para constituir el tormento
de usted y el mío, sin contar el de Carlitos. El de usted ha terminado; el mío
empieza; porque no ha de escapar a la fina penetración de su inteligencia los
malos ratos que me esperan frente a la oposición de Clotilde y de sus hermanas,
de las tías de Inesita, de las hermanas y cuñados de ésta, de sus primos y
primas, de toda la familia, en fin, la cual es natural que prefiera para
Inesita el apellido y la fortuna de un Nuezvana antes que el oscuro nombre y la
casi pobreza de mi pariente.
Por lo tanto, compadézcame, misia Melchora. La vida
tiene imposiciones penosas y es menester afrontarlas. Como si todo esto no
fuera bastante, agregue usted que mi cuñado, desde el instante en que la niña
le ha dado el «sí», se ha puesto como loco y se le ha acrecentado el valor, (ya
era de suyo grande), de una manera extraordinaria. Está dispuesto a
atropellarlo todo si alguien tratase de violentar la voluntad de la muchacha y
la suya propia, que, en este caso, forman una sola. Y dos voluntades sumadas
por el amor son invencibles. Los muchachos me han convertido en amaparadora de
su ideal, y no negaré a usted que este papel de potencia protectora ha hecho
surgir cierta exaltación valerosa en mi espíritu naturalmente apocado. El
origen del valor está en la calidad de la misión que lo suscita y promueve.
Una vez más lamento lo ocurrido. Con el respecto de
siempre y con afecto mayor que nunca saluda a usted su humilde amiga.
Marianela.
Queridísima hermana mía. Marianela de mi alma: Todo
puedes exigirlo de mí, menos que ordene mis ideas en medio de la turbación y de
las inquietudes en que vivo. Yo no tengo ideas: todo se ha convertido en mí en
sentimiento inexpresable, cuya única manifestación son las lágrimas. ¿Por qué
habré nacido, Dios mío? Mi existencia sólo sirve para hacer sufrir a los demás,
sin culpa mía, bien lo sabes. ¡Ay, Marianela! Te escribo desde mi cuartito, a
las dos de la mañana. Todos duermen en casa. Se han pasado el día atosigándome
con sus planes, que no son los míos. La ventana está abierta. Las estrellas me
envían sus resplandores. En medio del divino y luminoso ramo celeste fulgura mi
estrella, la del Norte, remedo vivo de la fijeza de mi corazón. El astro
adquiere figura de rostro humano... y a él van mis ojos imantados por su
atracción irresistible. Perdona si al hablarte del estado de mi espíritu
recurro a las gloriosas alturas. Ello sólo indica que me faltan los medios de
expresión humana. Cuando no podemos desahogar el alma de las cosas confusas y
sin nombre que en ella laten, a través de los ojos de la carne, inundados de
lágrimas, los ojos del espíritu se levantan al cielo, al gran misterio, y allí
quedan posados en muda contemplación, suspenso el tiempo, suspensa la vida
misma. Yo no sé lo que te digo, Marianela, porque la onda de mis emociones me
anonada y confunde, haciendo imposible todo discernimiento claro y ordenado.
Acumula todos los amores que han merecido el canto sublime de los poetas y de
los genios, y no serán, reunidos, pálido reflejo del que yo siento por quien tú
sabes. El cielo, mi cielo, el universo, el mío, la eternidad, mi eternidad, la
gloria de las glorias, la mía, todo se concentra en él: y todos los caminos,
los de esta vida y los de la otra, son calvarios y sendas de espinas sin su
compañía y sin el brazo suyo para conducirme. Mi alma ya no es mía; está
trasfundida en otra. Mi corazón ha perdido su ritmo propio para latir a compás
de otro. Mis ensueños navegan por el mar infinito de la eternidad, dulcemente
sometidos a la brújula que Dios me ha dado. Si estas palabras no sirven para
revelarte el estado de mi espíritu, inventa tú las que quieras para reflejarlo,
en la seguridad de que no existe en el vocabulario término alguno que alcance a
reflejar mi éxtasis, el arrobamiento de este amor mío.
Pocas palabras más. ¿Crees tú que en tal estado de
espíritu puedo ni debo engañar a nadie, ni a mí misma? Yo deploro la actitud de
toda mi familia. Mi pobre madre, mis tías, mis hermanas, mis cuñados, todos
quieren que yo sea feliz, ¡quién no duda! Pero no se es feliz a la manera de
los demás, sino a la propia manera. Yo creo en el desinterés de todos y que en
realidad se persigue mi dicha exclusivamente, sin preocuparse de que, de
soslayo, alcance también a otros. Ahora bien: la casada he de ser yo, y nadie
mejor que yo misma puede entender mi dicha.
Respecto a Carlitos, no puedes imaginarte cuánto
siento no poder corresponder a la vehemencia de su pasión, que nada hice—bien
lo sabe él—por alentar ni infundir. Es un joven distinguidísimo, bueno, lleno
de méritos; y, en virtud de estos mismos merecimientos, no debe ser engañado
con una correspondencia fingida de que yo soy incapaz. Se curará de su pasión,
me olvidará. Con su apellido, su fortuna, su generoso espíritu y bello
carácter, que valen más que apellido y fortuna, encontrará otra más digna que
yo de los tesoros de su amor. Yo no puedo ofrecerle más que mi simpatía y mi
gratitud por haber descendido a poner su ideal en mi humilde persona.
Por lo que toca a misia Melchora, me conmueve su
generosidad. «Los Chajales» constituyen un verdadero reino; pero yo sería allí
una reina intrusa, puesto que no puedo dar, en cambio, mi corazón, que ya no me
pertenece. No merece tampoco misia Melchora ser engañada. Yo no puedo entrar en
aquella casa, llena de tradición caballeresca, de noble altivez, de epopeya
histórica. Me sentiría confundida ante los retratos que sirven de ornamento
sagrado a los salones. El virrey, los conquistadores, el obispo de Chuquisaca,
el oidor de Charcas, los patricios de la Independencia, el grande de España,
todos los Nuezvanas, Ponces y Ebros que honran con sus virtudes las páginas de
la historia, cobrarían vida en sus cuadros para mirarme airadamente y decirme:
«¡Sal de aquí, falsaria, mentirosa, hipócrita, codiciosa!». Y tendrían razón.
Yo andaría por aquellos salones azorada, aturdida, llena de vergüenza. Y las
voces seguirían: «has venido aquí por dorar con los nuestros tu apellido
oscurísimo; te has casado con Carlitos para apoderarte de «Los Chajales» y de
toda la fortuna que nosotros legamos a nuestros descendientes; tú no estás
enamorada de Carlitos, sino de sus tesoros: ¡eres una pérfida, una ambiciosa
vulgar, una mujer despreciable, indigna de llevar nuestro nombre hidalgo y
heroico!». ¡Ay, qué miedo, sobre todo cuando me mirara monseñor Nuezvana, el
obispo de Chuquisaca, y me amenazara con el infierno, bien merecido por cierto!
La misma mirada de misia Melchora no podría
resistirla cuando escudriñara mis verdaderos sentimientos. ¡No, no!; pobreza,
oscuridad, fatiga, todo es preferible a este remordimiento, a verse interrogada
por tantos varones ilustres que fueron espejos de santidad y cifra y compendio
de todas las virtudes caballerescas.
Yo espero que misia Melchora, heredera de toda esta
tradición, que ella sabe mantener tan dignamente, hallará buenas mis razones y
guardará un poco de simpatía para esta pobre muchacha.
Te abraza con todo su corazón.
Inés
Indudablemente, esta Inesilla no vive en nuestra
época. Y ello nos va a proporcionar a todos bastantes disgustos.
LA VIUDA DE ESQUILÓN VA A MAR DEL PLATA
Pocas veces sufro de tedio. Mi propia vida
interior, cuando la externa no ofrece interés, basta para entretenerme. Sin
embargo, sentíme ayer tarde acometida por invencible melancolía. «¿Qué
hacer?»—me dije—. Y para combatir la murria, ocurrióseme ir a visitar a mi
amiga Margarita, la viuda de Esquilón, en quien la sensibilidad y estado de
ánimo constituyen siempre un divertido espectáculo. Pedí el automóvil y partí,
rumbo a la Avenida Quintana, donde vive mi amiga en su magnífico palacete.
Entré de rondón en la casa. Todo estaba en ella
revuelto, con ese desorden precursor de una mudanza. Los armarios de par en
par, y por todas partes baúles abiertos, grandes y pequeñas cajas, enseres de
todo linaje. La servidumbre iba y venía de un lado a otro, trasladando ropas,
sombreros y trebejos diversos. Saliendo de una habitación interna, apareció
Margarita, envuelta en una ligerísima bata, sofocada, jadeante, encendida. Me
tendió sus torneados y blancos brazos.
—¡Marianela!!!...
—¿Pero qué barullo es éste? ¿Levantas la casa? ¿Te
mudas?
—Preparándome para Mar del Plata. Hace una semana,
hijita, que estoy trabajando como una negra, preparándolo todo, y nunca se
acaba. Las modistas se han demorado, y, por fin—¡ay, gracias a Dios!—hoy han
traído lo que faltaba.
—¡Pues no llevas poco equipaje!
—Catorce baúles y veinte cajas. No se puede meter
todo en menos espacio. Vienes admirablemente, Marianela, con una oportunidad
que... ¡ni que te hubiera llamado, hijita! Porque quiero consultarte, sobre
algunos vestidos... y también quiero que veas los sombreros...; a ver qué te
parecen...; yo confío mucho en tu gusto...; tienes que ver también cuatro
trajes de baño distintos... son preciosos... es decir, veremos lo que te
parecen.
Margarita habla atropelladamente, como si las
sensaciones y las «ideas» no dieran lugar, en su afluencia vertiginosa, a la
ordenación y concierto de la palabra.
—Me voy a poner el corsé—dice—para probarme los
trajes: yo me los pruebo y tú apruebas o desapruebas. ¿Te parece? ¿Conforme?
¡Dí que sí!
—Sí, mujer, sí. No me dejas hablar. Tú te lo dices
todo.
—Bueno... voy a ponerme el corsé.
—¿Quieres que te ayude?
—Como quieras; pero estoy muy ágil; un poco
fatigada no más por los baúles; porque no me fío de las muchachas; a lo mejor,
se olvidan de lo más esencial. Y luego le hacen hacer a una el gran papelón.
La ayudo a ponerse el corsé. No necesita este
entallamiento artificial, porque su cuerpo es perfecto, armonioso, de líneas
correctísimas, dignas de los cinceles que inmortalizaron el arquetipo de la
belleza clásica.
—¡Estás lindísima, hijita!—exclamo, mientras corro
los cordones del corsé.
—Como si no me hubiera casado—dice ella, resumiendo
en esta frase todo cuanto se puede decir de la frescura de su cuerpo.
Nos vamos a una salita, donde hay un espejo de
cuerpo entero. La doncella y las sirvientas comienzan a traer trajes. Los hay
de todos colores y formas: blancos, azules, marrones, grises, color de lirio,
de violeta, de rosa; están todos los matices de la flora; unos muy escotados,
otros poco, otros nada. Cada vez que se pone un traje me señala las medias, los
zapatos, los sombreros y las «aigrettes» correspondientes. Los zapatos están en
fila sobre un largo estante; más de cuarenta pares; los hay de todos los
colores; altos, bajos, ni altos ni bajos. Las medias forman como un iris, con
todas sus infinitas combinaciones.
Todos los trajes le quedan admirablemente.
«¡Precioso, hijita, precioso!—exclamo cada vez que se pone uno;—todo cuanto te
pones te cae maravillosamente. Eres el prototipo de la elegancia, la cifra,
compendio y resumen de la gracia femenil».
Con presteza y soltura de actriz, la viudita se
viste y se desnuda; dáse vueltas en el espejo, torna la cabecita, rubia y
rulosa, hacia los hombros, para contemplarse el perfil; se arregla el busto;
sus manos vuelan ligeras, raudas, del pelo al talle, del talle a la falda, en
toquecitos rápidos, a los cuales obedecen las prendas con no sé qué docilidad
animada, como dichosas de servir de ornato a tan retrechera y remonona
criatura.
De pronto se pone un traje negro, severo y elegante
a la vez.
—¿Y éste?—pregunto.
—Para ir a misa a Stella Maris. ¿Te gusta?
—¡Lindísimo, muy grave, muy chic!...
—¡Oh, la gravedad chic es lo más chic de la
gravedad! Hay que recordar, de vez en cuando, que una, es viuda.
En la salita, colgado en alto, hay un retrato al
óleo. Es un mozo de rasgos enérgicos, de bigote negro, con cierto aire
tribunicio, de «mitinero» electoral, a cuya afición ¡ay! debió su triste fin,
ya relatado en otra ocasión. La viuda vuelve hacia él sus grandes ojos azules,
de Dolorosa de Rubens, y suspira: «¡Ay, Arturito, qué felices fuimos!...»
Dos lágrimas resbalan por las mejillas de
Margarita. El doctor Esquilón, inmortalizado en el óleo, adquiere en su mirada
una ternura indescifrable. La viuda sigue llorando y arreglándose los lazos de
un traje color crema que se ha puesto para que yo vea cómo le queda.
—Ya no tiene remedio, hijita—la digo para
consolarla y ahuyentar la triste visión.
—Era muy bueno, Marianela, muy bueno. ¡Qué energía,
qué brío! ¡Yo creo que hubiera ido lejos!...
—¡Pobre!...; más lejos de lo que se ha ido...; pero
es necesario, Margarita, olvidar. No te vas a encerrar, no te vas a recluir.
—Eso digo yo. Tengo 24 años; viuda a los 20: ¡es
horrible! ¿Qué te parece este traje?...
—¡Precioso!...
—Viuda a los 20...: ¿qué hago yo en el mundo? He
guardado luto riguroso cuatro años...; las medias de este traje son aquéllas...
y aquéllos los zapatos...; encerrada a los 24 años; suponiendo que viva 70,
son... yo no sé cuántos...
—Cuarenta y seis.
—Cuarenta y seis de encierro. He llorado estos
cuatro años... tú no sabes cómo he llorado... ¿te gusta aquella «aigrette»?...;
ya no me quedan lágrimas.
—Mucho, me gusta mucho.
—Nunca tuvimos un disgusto. Era lo más
complaciente...; aquel abrigo ¿te gusta?; es una salida de baile que imita al
capote del kronprinz en campaña...; muy bueno era Arturo. No le puedo olvidar,
hijita. En balde trato de distraerme... aquel gorrito ¡qué mono! ¿no? es para
la playa...; le tengo siempre presente, y no creo que pueda volver a querer a
nadie como...
—¿Y estos palitroques?—pregunto, señalando unas
varas que veo sobre un baúl.
—Para el golf. En Mar del Plata hay que ir todos
los días al golf. Me han hecho cuatro trajes para este deporte.
—¿Irás también al Club?
—No; sólo pienso ir al «Ocean»... Y, claro, al
Brístol. Ya mi administrador ha escrito a don Pedro Mugaburu para que me
reserve un departamento en el anexo, frente al mar. También me guardan mesa en
el comedor, en el mejor sitio, a la derecha del caminito del centro, que es
donde se coloca la «haut», toda la gente conocida. Es muy difícil conseguir
este sitio; todos quieren estar allí, aunque no sean conocidos...
—Para serlo.
—Claro; así se va sabiendo que existen. Por fin,
después de muchas cartas, don Pedro parece que lo ha arreglado todo; le ha
contestado a mi administrador que esté tranquila, que tendré la mejor mesa,
junto a la terraza y al lado del caminito para ver entrar y salir la gente.
—¿Y para que te vean?
—No, eso no me importa. ¿Quién se va a fijar en mí,
en una pobre viuda?
—Vamos... no sea hipócrita conmigo. ¿Piensas
bailar?
—Ahí tienes un problema que me está dando muchos
dolores de cabeza. No sé qué hacer. Lo pienso y lo pienso día y noche y... no
sé, no sé si me animaré a bailar. A tí ¿qué te parece?
—Que debes bailar; no mucho, pero un poquito.
—Es que si empiezo... no sé si me detendré; porque,
hijita, a pesar de mis penas y de mis amarguras... es una cosa, Marianela, que
bailo sola.
—La juventud, Margarita, los fueros de la
Naturaleza que se imponen a toda concepción triste de la vida.
—No he querido ir en carnaval por eso, porque no
sabía qué hacer.
—El primer baile de una viuda me parece mejor en
semana santa; está más en carácter. La primera noche un par de vueltas nada
más, muy discretas, como cediendo a un compromiso muy insistente y muy
inevitable. Luego, poco a poco, te vas lanzando.
—Lo que más me preocupa es el primer baile;
empezar; no sé cómo empezar, hijita; siento una cosa... así... vamos... que no
sé cómo empezar.
—No te preocupes; ya se encargará alguno de
allanarte el camino, de iniciar el modo de dar las primeras vueltas.
—¿Sabes lo que estoy pensando? Me gustaría bailar
el primer baile contigo; que fuera como una humorada tuya. Así se rompía el
hielo. ¿Por qué no vienes a Mar del Plata? Anda, vamos...
—No puedo; estoy metida en un berenjenal, hijita,
que no sé cómo voy a salir.
—¿Por...?
—Por lo de Inesita. ¿Sabes que se casa con Raúl,
con mi cuñado?
—Sí, ya me lo han dicho, ¡Pobre Carlitos Nuezvana!
Creo que está desesperado, que ya no se pone agua de lino en la cabeza, ni
siquiera se peina. ¡A lo que ha venido a parar el rey de los cipreses! ¡Qué
destronamiento terrible!
—Pues aquí me tienes luchando con todos, con
Clotilde, con sus hermanas, con misia Melchora...
—¡Pobre misia Melchora! Para su orgullo es un golpe
terrible. ¡Hijita, los Nuezvanas lo llenan todo en Buenos Aires! Luego, claro,
su cariño de abuela; verle así, tan desesperado al pobre chico. En fin, para la
vieja es un golpe tremendo.
—¿Y qué hacerle?
—¡Ah, claro!; no hay qué hacerle. Si Inesita no
quiere... no hay qué hacer. ¿Y por qué no te llevas a los muchachos, a Raúl e
Inesita, a Mar del Plata? Invitas también a Clotilde, a la mamá de Inesita, y
nos juntamos allí todos. La aparición de los muchachos en el Brístol sería todo
un éxito. ¡Un noviazgo tan sonado...! Entrarían como los Reyes Católicos. En
los salones del Brístol los noviazgos adquieren una solemnidad, una importancia
que no tienen en ninguna otra parte. ¡Figúrate los comentarios, después de lo
que ha pasado! En fin... ¡un exitazo para Raúl y para Inés! Vamos a Mar del
Plata.
—No sé lo que haré. Quizá en marzo, si logro
arreglar las cosas. Ya se lo he dicho a Jorge y está conforme.
—Hijita, tienes un marido ideal.
—Así es, gracias a Dios. Pero hablemos de tí. Tú
llevas algún plan a Mar del Plata.
—¡Marianela!... Ninguno, ¡qué cosas tienes!...
—No seas gazmoña, Margarita. ¿Qué tiene ello de
particular? Es la cosa más natural. Eres joven, linda, rica. ¿Vas a vivir sola
toda la vida? ¿No es justo, no es lógico que formes una familia? Ya sabes que
yo soy buena amiga, discreta, que si te puedo ayudar en algo...
—¡Ay, Marianela, demonio malo, que me estas
sonsacando lo que no quiero decir...! ¡No me tires de la lengua, no me tires,
no me tires...!
—Vamos... no seas tonta. Si quieres que vaya a Mar
del Plata y bailemos el primer baile, me tienes que contar... a ver, habla.
—Pues, bueno; no hay nada; pero... puede haber.
¡Qué bien me vendría que me acompañaras a Mar del Plata!
—¿Flirteo?... ¿Principio?... Iré si me necesitas.
—Bueno; entonces te contaré. Aunque ya te puedes
imaginar...
—No digas más, Margarita, ¡no digas más!... ¿Ha
vuelto? ¡Era de ley!
—Ya sabes lo que pasó. Yo vacilé entre Arturo
Esquilón y él; al fin me decidí por Esquilón, que ya había terminado la
carrera. Y el otro, hijita, se quedó soltero, triste, aplanado; para él no
había otra. ¡Me conmueve y arranca lágrimas esta fidelidad!...
—Me lo explico, Margarita. Buen mozo, y tiene
porvenir en la política. ¡Hijita, te da por los políticos! Creo que habla muy
bien.
—En público y en privado; y... sobre todo al
oído... Da gusto oírle...
—¿Qué es?
—Muy guapo.
—No, mujer, digo en política.
—¡Ah!... conservador de la provincia; ugartista,
mejor dicho. Hijita, los ugartistas no serán muchos, pero todos son lo más
vivos, lo más inteligentes. Pero no hay nada, te digo que no hay nada
todavía...
—¿Está ya él en Mar del Plata?
—No; va el sábado.
—No hay nada, y sabes cuándo va...
—No me sofoques, Marianela, no me sofoques!...
—Y tú ¿cuándo vas?
—El martes.
—¿Y él lo sabe?
—Sí...
—¡Y dices que no hay nada!...
—¡Vete, Marianela, vete; te echo, te echo!...
Margarita me abraza y me besa en medio de un
alborozo en que palpita a brincos su joven corazón.
—¿Vendrás, Marianela? Mira que me haces mucha
falta...
—Iré. Después de arreglar lo de Inesita, iré a
arreglar lo tuyo. Yo me desvivo por estos arreglos, en que se trata de hacer
felices a quienes merecen serlo. Van a ser mis dos grandes obras del año. A ese
ugartista lo pescamos, Margarita, ¡lo pescamos en Mar del Plata! ¡Iré, iré,
adiós, adiós...!
End of the Project Gutenberg EBook of Crónicas de
Marianela, by Anonymous
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CRÓNICAS DE
MARIANELA ***

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