© Libro N° 8290.
La Estrella. Clarke,
Arthur C. Emancipación. Febrero 13 de 2021.
Título
original: © The Star © 1955
Versión Original: © La Estrella. Arthur C. Clarke
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA
ESTRELLA
Arthur
C. Clarke
La Estrella
Arthur C. Clarke
Hay tres mil años luz hasta el Vaticano. En otro
tiempo creía que el espacio no podía alterar la fe; y lo creía al igual que
consideraba fuera de duda el que los cielos cantaran la gloria de la obra de
Dios. A la sazón he visto esa obra y mi fe se encuentra considerablemente
minada.
Contemplo el crucifijo que pende en la pared de la
cabina sobre el ordenador Tipo VI y por primera vez en mi vida me pregunto si
no será un símbolo vacuo.
No he hablado con nadie todavía, pero la verdad no
puede ocultarse. Los datos existen para que alguien los observe, registrados
como están en millas incontables de cinta magnética y miles de fotografías que
llevamos de regreso a la Tierra. Otros científicos las interpretarán tan
fácilmente como yo; más fácilmente, sin duda. No soy quien para simular la
manipulación de la verdad que tan pésimo prestigio proporcionó a mi orden en
los días pasados.
La tripulación está ya bastante deprimida; me
pregunto cómo se tomarán esta última ironía. Pocos de cuantos la componen
tienen una fe religiosa, y, no obstante, no se aprovecharán de este arma
definitiva usándola contra mí; guerra privada, honrada pero fundamentalmente
seria, que ha tenido lugar durante todo el trayecto desde que salimos de la
Tierra. Era divertido tener a un jesuita de Primer Astrofísico. El doctor
Chandler, por ejemplo, nunca pudo asimilarlo del todo (¿por qué serán ateos tan
notorios los hombres entregados a la medicina?). A veces me encontraba ante el
tablero de observación, donde las luces permanecen siempre amortiguadas y el
resplandor de las estrellas con gloria inalterada. Se me acercaba entonces y se
quedaba contemplando el exterior por la gran escotilla oval, mientras los
cielos giraban con lentitud en torno de nosotros a medida que la nave se
balanceaba de punta a punta con la escora que no nos habíamos molestado en
corregir.
—Bueno, padre —acababa diciendo al final—. Esto
prosigue una eternidad tras otra; acaso lo hizo Alguien. Sin embargo, ¿cómo
puede creer usted que ese Alguien ha de tener un interés especial en nosotros y
en nuestro miserable pequeño mundo? Esto es lo que no puedo entender.
—Comenzaba entonces la disputa, mientras las estrellas y las nebulosas giraban
en derredor de nosotros en silenciosos e infinitos arcos que se abrían del otro
lado del plástico de la escotilla de observación.
En mi sentir, era la aparente incongruencia de mi
posición lo que, de veras, divertía a la tripulación. En vano argumentaba yo
con mis tres artículos en el Diario Astrofísico y mis cinco de Noticias
Mensuales de la Real Sociedad Astronómica. Les recordaba que nuestra orden
había conseguido no poca fama por sus trabajos científicos. Podíamos quedar
pocos ya, pero desde el siglo XVIII habíamos hecho aportes a la astronomía y la
geofísica que no podían ni siquiera evaluarse.
¿Dará al traste con mil años de historia mi informe
sobre la Nebulosa del Fénix? Me temo, empero, que dará al traste con muchas más
cosas.
No sé quién bautizó a la nebulosa con ese nombre
que tan malo me parece. Si contiene una profecía, ésta no podrá verificarse
hasta dentro de mil años. Hasta la palabra «nebulosa» es equívoca, ya que el
Fénix es mucho más pequeño que esas magníficas acumulaciones de gas (la materia
de las estrellas nonatas) que se esparcen por toda la longitud de la Vía
Láctea. En escala cósmica, por supuesto, la Nebulosa del Fénix es una cabeza de
alfiler, una tenue cáscara de gas que rodea a una estrella única.
O lo que queda de esa estrella...
El grabado de Loyola hecho por Rubens parece
burlarse de mí desde su lugar, sobre los gráficos de los espectrómetros. ¿Qué
harías tú, Padre, con este conocimiento que ha llegado a mí, tan lejos del
pequeño mundo que era todo el universo que tú conocías? ¿Habría superado tu fe
esta prueba, como la mía ha fallado ante ella?
Miras en la distancia, Padre, pero por mi parte he
ido más allá de lo que pudieras haber imaginado cuando fundaste nuestra orden
hace dos mil años. Ninguna otra nave investigadora ha ido tan lejos de la
Tierra; nos encontramos en las mismísimas fronteras del universo explorado. Nos
propusimos alcanzar la Nebulosa del Fénix, lo conseguimos, y regresamos con el
conocimiento sobre nuestros hombros. Desearía liberar mis hombros de esa carga,
pero en vano te invoco a través de los siglos y los años luz que se alzan entre
nosotros.
Las palabras son transparentes en tu libro de
reglas. Ad Maiorem Dei Gloriam, dice el mensaje, pero se trata de un mensaje en
el que ya no puedo creer. ¿Habrías seguido creyendo tú de haber visto lo que
hemos encontrado?
Por supuesto, sabíamos lo que era la Nebulosa del
Fénix. Todos los años, sólo en nuestra galaxia explotaban más de cien
estrellas, aumentando durante horas o días su fulgor en miles de veces antes de
sumergirse en la muerte y la negrura. Son las novas ordinarias, las consabidas
catástrofes del universo. He registrado los espectrogramas y curvas de luz de
docenas de ellas desde que comencé a trabajar en el observatorio lunar.
Pero tres o cuatro veces cada mil años tiene lugar
algo distinto junto a lo que hasta una nova palidece con total insignificancia.
Cuando una estrella se convierte en supernova puede, durante un breve instante,
apagar el brillo de todos los soles de la galaxia. Los astrónomos chinos
detectaron una en 1054 sin saber que fenómeno fue. Cinco siglos más tarde, en
1572, estalló una supernova en Casiopea con tanto brillo que fue visible a la
luz del día. En los mil años transcurridos desde esa fecha han tenido lugar
tres explosiones más.
Nuestra misión era visitar los restos de una
catástrofe tal para reconstruir los sucesos que la habían precedido y, de ser
posible, saber la causa. Nos adentramos con cautela en las capas concéntricas
de gas que habían estallado tres mil años antes y que se encontraban todavía en
expansión. El calor era inmenso y radiaba aún con feroz luz violeta, demasiado
tenue empero para hacernos daño. Cuando la estrella explotó, sus estratos
exteriores irrumpieron hacia arriba con velocidad tal que habían salido por completo
de su campo de gravitación. Hoy forman un caparazón hueco tan grande que puede
abarcar mil sistemas solares, rodeando lo que brilla y arde en su centro y que
no es sino el objeto fantástico que es ahora la estrella: una masa blanca, más
pequeña que la Tierra, pero con un peso un millón de veces mayor.
Las capas de gas brillante nos rodeaban y
desvanecían la noche normal de los espacios interestelares. Volamos en el
interior de una bomba cósmica que había detonado milenios atrás y cuyos
fragmentos incandescentes eran todavía metralla. La inmensa escala de la
explosión y el hecho que su onda expansiva hubiera alcanzado ya un volumen de
espacio de muchos billones de millas, despojaba a la escena de todo movimiento
perceptible. Un ojo desnudo tardaría décadas antes de captar un movimiento en
las torturadas espirales de gas; sin embargo, la sensación del estallido lo
dominaba todo.
Habíamos comprobado nuestra dirección primaria
horas antes y nos encaminábamos despacio hacia la pequeña estrella que teníamos
al frente. Había sido un sol como el nuestro en otro tiempo, pero había
despilfarrado en pocas horas la energía que habría mantenido su brillo durante
un millón de años. A la sazón se encontraba como un tacaño desplumado que
escatimara sus recursos en un intento de reparar su pródiga juventud.
Seriamente, nadie esperaba encontrar planetas. Si
alguno hubo antes de la explosión se habría convertido en ráfagas de vapor y su
sustancia se habría confundido con la estructura de la estrella misma. Pese a
todo investigamos rutinariamente, como siempre que nos aproximábamos a un sol
desconocido, y dimos con un mundo diminuto que daba vueltas en torno de la
estrella a una distancia inmensa. Tenía que haberse tratado del Plutón de aquel
desvanecido sistema solar, dando vueltas en las fronteras de la noche. Demasiado
lejos del sol central para haber conocido la vida, su distancia misma lo había
salvado del destino que sin duda habían seguido todos sus compañeros.
Los fuegos de la explosión habían afectado su capa
rocosa y quemado la costra de gas helado que en sus días lo habría cubierto.
Aterrizamos y encontramos la bóveda.
Sus constructores hicieron seguramente lo mismo que
habríamos hecho nosotros. La señal monolítica que se erguía sobre la entrada
era a la sazón una masa fundida, pero desde que tomamos las primeras
fotografías desde lejos supimos que aquello había sido obra de la inteligencia.
Poco después detectamos la capa de radiactividad que había quedado enterrada en
la roca. Aún cuando el pilón que descollaba sobre la Bóveda hubiera sido
destruido, esta capa habría permanecido, inmóvil, pero como faro eterno que llamaba
a las estrellas. Nuestra nave descendió hacia aquel gigantesco ojo de buey como
una flecha corre hacia la diana.
El pilón debió alcanzar una milla de altura cuando
fue construido, pero a la sazón parecía un cabo de vela que hubiera sido
derretido y convertido en amasijo de cera. Nos costó una semana pasar por la
capa rocosa fundida, ya que no teníamos las herramientas apropiadas para el
caso. Nuestro programa original fue dejado de lado; aquel monumento solitario,
que hablaba de un trabajo realizado a una distancia tan grande del sol
destruido, sólo podía tener un sentido. Una civilización que supo cercana su
muerte había alzado su último adiós a la inmortalidad.
Habríamos tardado generaciones enteras en examinar
todos los tesoros que encontramos en la Bóveda. Ellos tuvieron mucho tiempo
para prepararla, ya que el sol debió dar sus primeros avisos muchos años antes
de la explosión final. Todo lo que quisieron preservar, todos los frutos de su
genio, lo llevaron hasta aquel mundo distante en los días que precedieron al
fin, esperando que cualquier otra raza los encontrara y no hiciera caso omiso
de ellos.
¡Si hubieran tenido un poco más de tiempo! Podían
viajar con soltura de un planeta a otro, pero todavía no habían aprendido a
salvar los golfos interestelares; y el sistema solar más cercano se encontraba
a cien años luz de distancia.
Aun cuando no hubieran sido tan
desconcertadoramente humanos como mostraban sus esculturas, no hubiéramos
podido menos que admirarlos y lamentar su destino. Dejaron miles de registros
visuales y máquinas para proyectarlos, junto con elaboradas instrucciones
gráficas de las que no resultaba difícil deducir su lenguaje escrito.
Examinamos muchos de aquellos registros y revivimos con ellos por vez primera,
en seis mil años, la calidez y hermosura de una civilización que tuvo que ser
superior a la nuestra de muchas maneras. Acaso habían dejado memoria sólo de lo
mejor. Pero sus mundos eran encantadores y sus ciudades habían sido construidas
con una gracia que se relacionaba con la de cualquiera de las nuestras. Las
contemplamos en pleno funcionamiento y escuchamos su habla musical a través de
los siglos. Recuerdo todavía una viva escena: un grupo de niños en un banco de
extraña arena azul que jugaban con las olas como los niños juegan en la Tierra.
Y hundiéndose en el horizonte, todavía cálido,
amable y vitalizador, se encontraba aquel sol que pronto habría de trocarse en
traidor y de olvidarse de toda aquella felicidad inocente.
Posiblemente, de no haber estado tan lejos de la
Tierra y de no habernos encontrado por ende tan propensos a la soledad, no nos
habríamos conmovido tanto. Muchos habíamos visto ruinas de antiguas
civilizaciones en otros mundos, pero nunca nos habían afectado tan
profundamente.
La tragedia era única. Para una raza, sucumbir y
decaer era una cosa, como las naciones y las culturas habían hecho en la
Tierra. Pero ser destruida tan completamente en pleno florecimiento, sin dejar
supervivientes... ¿cómo podía conciliarse ello con la misericordia de Dios?
Mis colegas me preguntaron esto y les di las
respuestas que supe. Acaso tú lo habrías hecho mejor, Padre Loyola, pero nada
he encontrado en los Ejercicios Espirituales que pueda servirme. No habían sido
malvados; no sé a qué dioses adoraban, si acaso adoraban a alguno. Pero los he
visto después de muchos siglos y he contemplado durante largos instantes el
empeño que pusieron en su último esfuerzo por preservarse mientras ese empeño
era iluminado por el sol que estaba amenazado.
Sé las respuestas que me darán mis colegas cuando
regrese a la Tierra. Dirán que el universo no tiene propósito ni plan, puesto
que cada año explotan cien soles, en este mismo instante hay una raza en algún
lugar del espacio que se encuentra en trance de extinción. Tanto si ha obrado
bien como si ha obrado mal en el curso de su existencia, ello no cuenta a la
hora definitiva; no hay justicia divina porque no hay Dios.
No obstante, por supuesto, cuanto hemos visto no
prueba nada. Quien argumentase así estaría sometido a las leyes de la emoción,
no de la lógica. Dios no necesita justificar sus actos ante los hombres. Aquel
que hizo el universo puede destruirlo cuando quiera. Es una arrogancia
—peligrosamente próxima a la blasfemia— el decir lo que puede y no puede hacer.
A pesar de los mundos y las civilizaciones
incluidas en esta consideración, podría haber aceptado este razonamiento. Pero
hay un punto en el que la fe más profunda se resquebraja y, a la sazón, una vez
hechos mis cálculos, he alcanzado ese punto.
Antes de llegar a la nebulosa nos era imposible
decir cuándo se había producido la explosión. No obstante, a la sazón, gracias
a la evidencia astronómica y a los registros encontrados en el planeta
superviviente, he podido fechar la catástrofe con precisión. Sé en qué año
llegó a la Tierra la luz despedida por aquel estruendo colosal. Sé con qué
brillantez lució en otros tiempos sobre los cielos de la Tierra la supernova
cuyo cadáver se va empequeñeciendo tras nuestra nave. Sé también que ocasionó
un resplandor a poca altura, antes del amanecer, brillando como un faro en
aquella alba oriental.
Razonablemente no puede haber dudas; el viejo
misterio está resuelto por fin. Sin embargo..., ¡oh, Dios!, había tantas
estrellas que pudiste haber usado...
¿Qué necesidad había de llevar a aquellas gentes a
la destrucción y que el signo de su aniquilación resplandeciese sobre Belén?
F I N
Título Original: The Star © 1955.
Digitalización, Revisión y Edición Electrónica de
Arácnido.
Revisión 4.

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