© Libro N° 8107.
Cántiga De Los Esponsales. Machado De
Assis, J. M. Emancipación. Diciembre 26 de 2020.
Título
original: © Cántiga De Los Esponsales.
J. M. Machado De Assis
Versión Original: © Cántiga De Los Esponsales. J. M.
Machado De Assis
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J. M. Machado De Assis
CONTENIDO
Cántiga De Los Esponsales
Apunte biobibliográfico de Joaquim Maria Machado de
Assis
Cántiga De Los Esponsales
J. M. Machado De Assis
Imagine la lectora que está en 1813, en la iglesia
de Carmo, oyendo una de aquellas buenas fiestas antiguas, que eran la mayor
diversión pública y lo mejor del arte musical. Sabe cómo es una misa cantada;
puede imaginar lo que sería una misa cantada en aquellos años remotos. No llamo
su atención hacia los curas y sacristanes, ni hacia el sermón, ni hacia los
ojos de las jóvenes cariocas, que ya eran bonitas en aquel tiempo, ni hacia las
mantillas de las señoras graves, las casacas, las cabelleras, las cortinas, las
luces, los inciensos, nada. Ni siquiera hablo de la orquesta, que es excelente;
me limito a mostrarle una cabeza blanca, la cabeza de ese viejo que dirige la
orquesta con alma y devoción.
Se llama Román Pires. Tendrá sesenta años, no menos
en todo caso, nació en el Valongo, o por esos lados. Es un buen músico y un
buen hombre; todos los colegas lo quieren.
El maestro Román es su nombre familiar; y decir
familiar o público era la misma cosa en tal materia y en aquellos tiempos. “La
misa será dirigida por el maestro Román”, equivalía a esta forma de anuncio,
años después: “Entra en escena el actor João Caetano”. O a esta: “El actor
Martinho cantará una de sus mejores arias”. Era la sazón adecuada, el aliciente
delicado y popular. ¡El maestro Román dirige la fiesta! ¿Quién no conocía al
maestro Román, con su aire circunspecto, recatado el mirar, sonrisa triste y
paso lento? Todo esto desaparecía al frente de la orquesta; y entonces la vida
se derramaba por todo el cuerpo y todos los gestos del maestro; la mirada se
encendía, la sonrisa se iluminaba: era otro. No significaba esto que él fuera
el autor de las misas; esta, por ejemplo, que ahora dirige en el Carmo es de
João Mauricio; pero él se aplica a su trabajo poniendo en ello el mismo amor
que pondría si fuera suya.
La fiesta terminó; y fue como si se apagara un
resplandor intenso, dejándole el rostro iluminado apenas por la luz ordinaria;
helo aquí descendiendo del coro, apoyado en el bastón; va a la sacristía a
besar la mano a los padres y acepta un sitio en su mesa. Permanece todo el
tiempo indiferente y callado. Termina la cena, sale, camina en dirección a la
Calle de la Madre de los Hombres, en donde vive, en compañía de un negro viejo,
papá José, que es como si fuera su verdadera madre, y que en este momento conversa
con una vecina.
–Ahí viene el maestro Román, papá José –dijo la
vecina.
–¡Eh!, ¡eh!, adiós vecina, hasta luego.
Papá José dio un salto, entró en la casa, y esperó
a su amo, que entró poco después con el mismo aire de siempre. La casa no era
rica, por supuesto; ni alegre. No había en ella el menor vestigio de mujer,
vieja o joven, ni pajaritos que cantasen, ni flores, ni colores vivos o
cálidos. Casa sombría y desnuda. Lo más alegre que allí había era un
clavicordio, donde el maestro Román tocaba algunas veces, estudiando. Sobre una
silla, al lado, algunos papeles con partituras; ninguna suya…
¡Ah!, si el maestro Román pudiera, sería un gran
compositor. Tal parece que hay dos clases de vocación, las que tienen lengua y
las que no la tienen. Las primeras se realizan; las últimas representan una
lucha constante y estéril entre el impulso interior y la ausencia de un modo de
comunicación con los hombres. La de Román era de estas. Tenía la vocación
íntima de la música; llevaba dentro de sí muchas óperas y misas, un mundo de
armonías nuevas y originales que no alcanzaba a expresar y poner en el papel.
Esta era la causa única de la tristeza del maestro Román. Naturalmente, el
vulgo no se daba cuenta; unos decían esto, otros aquello: enfermedad, falta de
dinero, algún disgusto antiguo; pero la verdad es esta: la causa de la
melancolía del maestro Román era no poder componer, no poseer el medio de
traducir lo que sentía. Y no porque escatimara el gasto de papel o el paciente
trabajo, durante muchas horas, al frente del clavicordio; pero todo le salía
informe, sin idea ni armonía. En los últimos tiempos hasta sentía vergüenza de
los vecinos, y ya ni siquiera intentaba nada.
Y, no obstante, si pudiera, terminaría al menos
cierta pieza, un canto de esponsales, comenzado tres días después de su
casamiento, en 1799. La mujer, que tenía entonces veintiún años, y murió de
veintitrés, no era bonita, ni mucho ni poco, pero sí muy simpática, y lo amaba
tanto como él a ella. Tres días después de su boda, el maestro Román sintió en
su interior algo parecido a la inspiración. Imaginó entonces el canto
esponsalicio, y quiso componerlo; pero la inspiración no logró salir. Como un
pájaro que acaba de ser aprisionado, y forcejea por atravesar las paredes de la
jaula, abajo, encima, impaciente, aterrorizado, así batía la inspiración de
nuestro músico, encerrada dentro de él sin poder salir, sin encontrar una
puerta, nada.
Algunas notas llegaron a reunirse; él las escribió;
asunto para una hoja de papel, apenas. Insistió al día siguiente, diez días
después, veinte veces durante sus años de casado. Cuando murió su mujer releyó
aquellas primeras notas conyugales, y se sintió más triste aún, por no haber
podido dejar en el papel la sensación de esa felicidad ya extinta…
–Papá José –dijo él–, hoy no me siento muy bien.
–Tal vez el señor comió algo que le cayó mal…
–No, desde esta mañana estaba así. Vaya a la
botica…
El boticario mandó cualquier cosa que él tomó esa
noche; al día siguiente el maestro Román no se sentía mejor. Es preciso agregar
que padecía del corazón: molestia grave y crónica.
Papá José sintió temor cuando vio que el malestar
no cedía al remedio, ni al reposo, y quiso llamar al médico.
–¿Para qué? –dijo el maestro–. Esto pasa.
El día no terminó peor y él pasó buena noche; no
así el negro, que solo consiguió dormir dos horas. Los vecinos, una vez que se
hubieron enterado de aquella dolencia, no tuvieron otro motivo de conversación;
los que mantenían relación con el maestro fueron a visitarlo. Y le decían que
no era nada, que eran achaques de la edad; alguien agregaba graciosamente que
era un truco, para librarse de las derrotas que el boticario le propinaba en el
juego de “gamao”; otro, que era cuestión de amores. El maestro Román sonreía,
pero para sus adentros se decía que aquello era el final. “Todo acabó”,
pensaba.
Una mañana, cinco días después de la fiesta, el
médico lo encontró realmente mal; y el maestro se lo notó en la expresión, por
detrás de las palabras engañadoras:
–Esto no es nada; es preciso no pensar en músicas…
¡En músicas! De pronto esta palabra del médico
trajo al maestro una idea casi olvidada.
Al quedarse solo con el esclavo, abrió la gaveta
donde guardaba desde 1799 el canto de esponsales iniciado. Releyó aquellas
notas arrancadas con tanto trabajo y nunca concluidas. Y tuvo entonces una idea
singular:
–Terminar la obra, fuese como fuese; cualquier cosa
estaría bien, con tal de que significara dejar un poco de alma sobre la tierra.
–¿Quién sabe? En 1880, tal vez, se interpretará
esta obra y se contará que un tal maestro Román…
El comienzo del canto remataba en un cierto la:
este la, que resultaba bien allí donde estaba, era la última nota escrita. El
maestro Román ordenó llevar el clavicordio a la habitación del fondo, que daba
al solar: necesitaba aire.
Por la ventana vio, en la ventana trasera de otra
casa, una dulce pareja de recién casados, asomados, abrazados por los hombros y
de manos unidas. El maestro Román sonrió con tristeza.
–Ellos llegan –se dijo–, yo salgo. Compondré al
menos este canto que ellos podrán tocar…
Se sentó ante el clavicordio; reprodujo las notas y
llegó al la…
–La, la, la…
Nada, no lograba seguir. Y, sin embargo, él sabía
de música como el que más.
La, do… la, mi… la, si, do, re… re… re…
¡Imposible! ninguna inspiración. No aspiraba a una
pieza profundamente original; tan solo algo que no pareciese de otro y que se
relacionase con la idea comenzada. Volvía al principio, repetía las notas,
intentaba revivir un retazo de la sensación extinguida, se acordaba de su
mujer, de aquellos tiempos primeros. Para completar la ilusión, dejaba correr
su mirada por la ventana en dirección a la pareja de recién casados. Ellos
seguían allí, con las manos unidas y rodeándose los hombros con los brazos; pero
ahora se miraban uno al otro, en vez de mirar hacia abajo. El maestro Román,
agotado por el malestar y la impaciencia, tornaba al clavicordio; pero la
visión de la pareja no le traía la inspiración, y las notas siguientes no
sonaban.
–La, la, la…
Desesperado, dejó el clavicordio, tomó el papel
escrito y lo rompió. En ese momento, la joven absorta en la mirada del esposo,
empezó a canturrear de cualquier modo, inconscientemente, alguna cosa nunca
antes cantada ni sabida, una cosa en la cual cierto la proseguía después de un
si con una linda frase musical, justamente aquella que el maestro Román había
buscado durante años sin hallarla jamás. El maestro la oyó con pesar, sacudió
la cabeza, y esa noche expiró.
FIN
Histórias sem data, 1884
Apunte biobibliográfico de Joaquim Maria Machado de
Assis
Joaquim Maria Machado de Assis nació en Río de
Janeiro, en el Morro de Livramento, el 21 de junio de 1839, hijo de los mulatos
libres Francisco José de Assis, pintor de casas, y de Maria Leopoldina Machado
de Assis, lavandera. Huérfano muy niño, fue criado por su madrastra, la mulata
Maria Inés quien le enseñó las primeras letras. Pasó por la escuela pública,
pero realmente su formación fue autodidacta. Una gran ambición intelectual le
acompañó toda su vida. En uno de sus primeros trabajos, en la panadería de Mme.
Guillot, aprende a leer y traducir francés y cercano a los setenta años todavía
inicia el estudio del griego.
En 1855, entra en contacto con el grupo de
escritores que se reunían en la librería de Paula Brito y publica su primer
poema, «Um anjo». Comienza entonces una actividad intelectual que se mantendrá
ininterrumpida hasta su muerte en 1908. En 1856 trabaja como aprendiz de
tipógrafo en la Imprensa Nacional. En el 58 es revisor de pruebas en la editora
de Paula Brito y un año después en el Correio Mercantil. Su nuevo oficio lo
introduce plenamente en el medio periodístico y literario. Colabora en Marmota,
Paraíba, Espelho -revista efímera que funda con Eleuterio de Sousa en 1858- y
Correio Mercantil. Su primera colaboración en prosa es una traducción de
Lamartine y su primer estudio crítico importante, «O pasado, o presente e o
futuro da literatura», reflexiona sobre la formación de una literatura
nacional.
En 1860 pasa a colaborar en Diario do Rio. Machado
será el encargado de reseñar los debates del senado. Obligado a reflexionar
sobre la política y la vida social, la experiencia representará para el
muchacho de veintiún años un interesante aprendizaje. Esta parte de su obra
muestra un excelente periodista que empieza a forjar ese modo inconfundible de
decir, tan llano y profundo a la vez, marcado por una inteligente ironía.
En esta década publica buena parte de su producción
teatral: Hoje avantal, amanha luva (1860), Queda que as mulheres têm para os
tolos (1861), que aparece como una supuesta traducción, Desencantos (1861),
Caminho da porta (1863), O protocolo (1863), Quase ministro (1863) y Os deuses
de casaca (1866). Si como dramaturgo no logra el reconocimiento, sí lo alcanza
como poeta con las poesías románticas de Crisálidas (1864). Son sus primeros
libros.
Dos acontecimientos vitales en la biografía de
Machado sucederán en los años inmediatos: su ingreso en la administración del
estado -primero en 1867 en el Diario Oficial y después en 1873, en la
Secretaría de Agricultura- y su matrimonio con Carolina Xavier de Novais, en
1869. Con la seguridad proporcionada por su condición de funcionario, en cuya
escala irá ascendiendo hasta su jubilación como director de la Dirección de
Comercio, Machado podrá consagrarse a la literatura. También Carolina
contribuyó a esta vocación. No solo le proporcionó la estabilidad emocional de
una vida feliz. En Carolina, Machado encontró a una lectora culta que lo indujo
al conocimiento de los autores ingleses que tanto habrían de influir en su
narrativa de madurez y a una lectora inteligente con la que discutió su propia
obra.
En 1870, aparece su segundo volumen de poesías,
Falenas. Pero esta década estará marcada por el desarrollo del narrador. Contos
fluminenses (1870) e Histórias da meia-noite (1873), publicados por la que será
su principal editora, Garnier, recogen relatos aparecidos previamente en Jornal
das familias. Resurreição (1872), su primera novela, es también una obra
convencional, aunque ya se percibe en ella uno de los principales rasgos de
Machado como novelista: la penetración sicológica. En sus tres siguientes novelas,
emparentadas temáticamente, A mão e a luva (1874), Helena (1876) y Iaiá Garcia
(1878), el escritor parece empeñado en dar solución al problema que se había
planteado en su inteligente ensayo «Instinto de nacionalidade» (1873): «Lo que
ante todo se debe exigir del escritor -afirma allí- es cierto sentimiento
íntimo que lo torne hombre de su tiempo y de su país, incluso cuando trate
asuntos remotos en el tiempo y en el espacio». En estas novelas, quizá
reflexionando sobre el abandono de su buena madrastra, defiende la ambición de
mudar de clase, incluso a costa de sacrificios en el plano afectivo. El extraño
hilo social que recorre estas desencantadas páginas, en las que la práctica del
paternalismo ocupa un primer plano, marca distancia con la narrativa romántica
de José Alencar.
Pero no será este ciclo de la ambición con el que
Machado resuelva el problema del realismo brasileño. Después de la grave crisis
de salud que lo aquejó entre octubre de 1878 y marzo de 1879, escribe Memórias
póstumas de Bras Cubas (1881), con la que logra trasponer a la forma las
relaciones sociales brasileñas. Con esta novela, narrada por el difunto Bras
Cubas, Machado abandona la fórmula del realismo europeo y con ella el dominio
de la racionalidad convencional. La arbitrariedad con la que el gran señor Cubas
cuenta su vida traduce la desfachatez de la dominación de clase en el Brasil y
señala el conflicto entre la profunda solidez de lo estamental y la
superficialidad de lo burgués en la vida nacional. Memórias, por encima de su
frágil carácter autobiográfico, sugiere revolucionariamente que la identidad se
fija en niveles impersonales: el inconsciente y la sociedad.
Con esta novela, inicia Machado su etapa de madurez
que lo eleva a la altura de los grandes maestros del realismo decimonónico. Es
el inicio también de su inteligente y esquiva lección de historia del Brasil,
que nos revela una sociedad en las antípodas de la patria romántica que
conformó la narrativa de Alencar. Si las Memórias se ambientan entre 1805 y
1869, desnudando la organización servil y familiar de entonces, Quincas Borba
(1891) y Dom Casmurro (1990) muestran el periodo de crisis entre 1867 y 1871,
cuando el capitalismo empezó a debilitar las estructuras estamentales del
Imperio. Y, finalmente, Esaú e Jacob (1904) y Memorial de Aires (1908) se
ocuparán de los años más cercanos marcados por los hitos de la Abolición de la
esclavitud y la proclamación de la República.
Tan brillantes como sus novelas, serán sus cuentos
de esta etapa, que hacen de Machado un maestro del género, tal vez el primer
gran cuentista latinoamericano. Papéis avulsos (1882), que incluye «O
alienista», Histórias sem data (1884), Várias histórias (1896) y Páginas
recolhidas (1899) son testimonio de ello.
Casi todas estas obras maestras de la narrativa
fueron escritas en medio de la vida plácida y ordenada del funcionario Machado.
Y alguna con posterioridad a su jubilación forzada en 1897. Para entonces hacía
algún tiempo que era considerado el mejor escritor brasileño. Su aclamación
como presidente de la Academia Brasileña de Letras, de la que fue miembro
fundador, constituyó un reconocimiento más.
Machado murió el 29 de septiembre de 1908.
Datos extraídos de:
BOSI, Alfredo, História Concisa da Literatura
Brasileira, São Paulo, Cultrix, 1970, pp. 193-203.
GLEDSON, John, Machado de Assis: Ficção e História,
Rio de Janeiro, Paz e Terra, 1986.
PEREIRA, Lúcia Miguel, Machado de Assis. Estudo
crítico e biográfico, São Paulo, Companhia Editora Nacional, 1936.
SCHWARZ, Roberto, Ao Vencedor as Batatas. Forma
literária e processo social nos inícios do romance brasileiro, São Paulo, Duas
Cidades, 1977.
——, Um mestre na periferia do capitalismo-Machado
de Assis, São Paulo, Duas Cidades, 1990.
Francisco José López Alfonso
(Universitat de València)
Fuente:
http://www.cervantesvirtual.com/portales/joaquim_maria_machado_de_assis/apunte_biografico/

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