© Libro N° 6182.
Los Grandes Personajes De La Historia. Canal De Historia. Emancipación. Julio 6 de 2019.
Título
original: © Los Grandes Personajes De La Historia. Canal De Historia
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Historia
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LOS GRANDES PERSONAJES DE LA HISTORIA
Canal De Historia
CONTENIDO
Prólogo
Ramsés II
Confucio
Aristóteles
Alejandro Magno
Julio César
Cleopatra
Jesús de Nazaret
Atila
Mahoma
Carlomagno
Leonor de Aquitania
Ricardo Corazón de León
Marco Polo
Juana de Arco
Cristóbal Colón
Leonardo da Vinci
Miguel Ángel
Martín Lutero
Felipe II
Isabel I
Miguel de Cervantes
Isaac Newton
Voltaire
George Washington
Napoleón Bonaparte
Beethoven
Simón Bolívar
Charles Darwin
Karl Marx
Marie Curie
Mahatma Gandhi
Winston Churchill
Albert Einstein
Pablo Picasso
Adolf Hitler
Nelson Mandela
Juan Pablo II
Margaret Thatcher
Mijaíl Gorbachov
Bill Gates
Bibliografías
Prólogo
En 2008, el canal de televisión HISTORIA, al que tienen acceso
más de seis millones de personas en la península Ibérica, decidió embarcarse en
la arriesgada tarea de llevar la pequeña pantalla a una edición impresa.
Después de plasmar Los grandes misterios de la Historia, Las grandes batallas
de la Historia y Las grandes profecías de la Historia, nos hemos embarcado en
la tarea de publicar Los grandes personajes de la Historia, confiando en que
tenga tan buena acogida como las publicaciones anteriores.
El título de este libro es profundamente ambicioso, tanto que
parece imposible de abarcar. Decidir quiénes son los grandes personajes que han
marcado una época puede ser en sí mismo motivo de debate. Habrá omisiones y
preferencias, pero el tiempo y el espacio dan cabida a una limitada selección
que el lector seguramente sabrá valorar.
HISTORIA lanza este libro en un momento complejo, social y
económicamente, pero precisamente por eso parece más indicada que nunca su
publicación. La cotidianidad y la estabilidad no producen situaciones
históricas excepcionales; es en los momentos de sacudida, de crisis, cuando se
gestan las principales transformaciones sociales. Pero todo ello no sería
posible si no hubiese detrás un estratega; ésos son los grandes personajes de
la Historia.
Algunos de ellos están incorporados en este libro, en el que
intentamos abarcar desde la Antigüedad hasta el siglo XX: jefes de gobierno,
líderes militares y políticos, pensadores, artistas, poetas, religiosos,
científicos… Personajes todos ellos que marcaron una era y contribuyeron a que
entendamos el mundo de la manera que hoy lo vemos.
Conocer el pasado nos ayuda a entender el presente. Conocer el
perfil de estos líderes es especialmente interesante para analizar sus
similitudes, independientemente de los cientos de años que les separen.
Pensamos que la Historia se hace cada día, en cada momento hay alguien con
capacidad suficiente para cambiar el mundo y hacer historia.
Me gustaría aprovechar esta oportunidad para agradecer al equipo
de HISTORIA y en particular a Esther Vivas su compromiso y lealtad a las
publicaciones como vía de extensión de nuestros contenidos; a Random House
Mondadori y en particular a Alberto Marcos por seguir apostando con nosotros
por el desarrollo de libros que nos ayudan a dar a conocer nuestros contenidos.
Y, por último, agradecer el trabajo de Antonio Lerma y Raquel Martín, que ha
sido fundamental para poder ofrecerles este libro. Para todos ellos nuestro
mayor reconocimiento.
CAROLINA GODAYOL DISARIO
Directora general HISTORIA
Capítulo 1
Ramsés II
Contenido:
§. El gran faraón
§. Una nueva dinastía
§. Combatir el caos: la batalla de Qadesh
§. Gobernar para el presidente y reinar para la eternidad
§. Morir para seguir viviendo
§. El gran faraón
Si hubiese que escoger un solo personaje que representase el
poder alcanzado por el antiguo Egipto ése sería sin duda Ramsés II. Gobernador
durante más de sesenta años, promotor de la mayor extensión territorial y
cultural de Egipto, protagonista de la mítica batalla de Qadesh, constructor
sin precedentes de colosales templos y monumentos, esposo de la bella
Nefertari, padre de más de noventa hijos… Los cuatro magníficos colosos que le
representan a la entrada de Abu-Simbel parecen contemplar la eternidad seguros
de su reconocimiento. Y no se equivocan pues el eco de su voz aún resuena en la
Historia tres mil años después de su muerte. La historia de Ramsés II es la del
esplendor de la civilización egipcia, la que todos, mudos por la grandiosidad
del espectáculo, evocamos al contemplar los restos de una de las más
fascinantes culturas de la historia de la humanidad, la del Egipto de los
faraones.
Ramsés II («nacido de Ra, querido de Amón») fue el más
importante de los faraones del llamado Imperio Nuevo. Resulta difícil
establecer con exactitud el momento en que se inició su reinado, pues las
fuentes existentes para determinarlo (fundamentalmente las listas de faraones
que se depositaban en los templos) son imprecisas. Aunque los egipcios medían
el tiempo a partir de un calendario solar de 365 días casi perfecto
complementado con otro lunar y con un tercero que tomaba como referencia el
ciclo de la estrella Sirio, su forma de concebir el tiempo, y en particular la
historia, no era como la nuestra. Las listas de reyes son sucesiones de nombres
en las que se indica el número de año de reinado (primero, segundo…) junto con
algunas informaciones consideradas relevantes en el mismo. Por esa misma razón
tampoco los egipcios sintieron la necesidad de escribir su historia en los
términos en que hoy en día lo hacemos. Lo esencial en su mentalidad era el
concepto de continuidad y, por tanto, no había por qué relatar los
acontecimientos remontándose a un origen sino continuarlos añadiendo los nuevos
hechos. La primera historia del antiguo Egipto escrita desde su origen fue la
redactada por el sacerdote Manetón, que en el siglo III a. C. recibió el
encargo de hacerlo del sucesor de Alejandro Magno, Ptolomeo II. A él se debe la
división de la historia de Egipto en dinastías que aún hoy manejamos. Ya en el
siglo XIX, con el inicio de la egiptología, la historia de Egipto se dividiría
en tres grandes períodos —Imperio Antiguo, Medio y Nuevo— separados por varias
etapas de inestabilidad denominadas «períodos intermedios». Todos ellos
engloban varias dinastías. Ramsés II accedió al trono egipcio en algún momento
entre 1304 a. C. y 1279 a. C. (fechas extremas contempladas por los
especialistas), es decir, durante el Imperio Nuevo, cuando la cultura egipcia
ya conocía casi dos mil años.
Toda la historia de Egipto está marcada por el marco geográfico
en el que se desarrolló, la llanura aluvial del Nilo encajonada a ambos lados
por el desierto. Esta situación determinó dos cuestiones esenciales en la
conformación de su cultura: por una parte, el aislamiento respecto de otros
pueblos y, por otra, la dependencia de las crecidas anuales del río. El
principal punto de contacto con otros pueblos fue la zona del delta del Nilo,
en el llamado Bajo Egipto, especialmente con los que habitaban en las actuales
Siria y Palestina siendo ésta el área fundamental de conflicto de intereses con
pueblos como los hititas. Durante el Imperio Nuevo, Egipto se abrió como nunca
antes al contacto con las culturas del exterior, por razones tanto bélicas como
comerciales. El reinado de Ramsés II sería el paradigma de ello y en buena
medida son estos contactos los que explicarían el bienestar material que
caracterizó su imperio.
Las crecidas del río Nilo permitieron el florecimiento de la
cultura egipcia que de otro modo habría estado condenada a desarrollarse en
unas condiciones parecidas a la beduina. El desbordamiento anual de las aguas
del río favorecía el depósito de lodo en sus márgenes fertilizando una tierra
que, de no haber sido así, no podría haberse cultivado. La importancia de estas
crecidas era tal que en las listas de reyes se consignaba anualmente el nivel
de cada una de ellas. Este vínculo entre los faraones y las crecidas estaba en
la misma base de la concepción de la sociedad egipcia. Los antiguos egipcios
nunca conocieron una forma de gobierno diferente de la monarquía pues en su
concepción del mundo sólo la monarquía podía garantizar el orden de las cosas
tal y como se había dado en la creación. Cuando en época predinástica surgió la
realeza entre los caudillos territoriales, ésta se legitimó mediante la
vinculación de dicho surgimiento con el origen mítico de los dioses Osiris,
Horus y Seth. De este modo la realeza quedaba incluida en la misma creación y
era parte esencial de su religión. Según este entendimiento de las cosas, los
dioses habían establecido en la creación a los reyes (faraones) como medio
imprescindible para preservar el orden dado al mundo. El faraón creaba orden
con su sola presencia, y parte esencial del «orden» en el mundo egipcio era la
regularidad de las crecidas del Nilo.
Por otra parte, sólo los faraones podían hacer de mediadores
entre los múltiples dioses del panteón egipcio y los hombres. Sólo ellos, o los
sacerdotes en que delegaban sus funciones religiosas, podían rendir culto a los
dioses en el interior de los templos puesto que únicamente ellos tenían la
facultad de poder ponerse en contacto con el mundo divino. Los faraones eran
por tanto la cúspide de una sociedad que se concebía a sí misma en términos
religiosos. En palabras del profesor de Egiptología Antonio Pérez Lagacha, «los
egipcios necesitaban de algo que estuviera por encima de sus fuerzas y
conocimiento para sentirse seguros: unas divinidades que velasen por sus
intereses mediante un intermediario, el rey». De los faraones dependía la
protección del pueblo egipcio de todo aquello que representaba el «caos» y el
«desorden», es decir, todo lo que podía poner en peligro el orden conocido,
como la ausencia de crecidas o los ataques de otros pueblos. Pocos faraones
mantuvieron tanto a raya el «caos» como lo hizo Ramsés II en sus casi sesenta y
siete años de gobierno.
§. Combatir el caos: la batalla de Qadesh
Durante los tres primeros años de su reinado, Ramsés II no llevó
a cabo ninguna campaña militar y centró todos sus esfuerzos en asegurar su
recién adquirida posición mediante el inicio de una intensa política de
construcción de templos y monumentos que se convertiría en seña de su reinado.
Pero entre esas medidas una revelaba las intenciones expansionistas del nuevo
faraón, el traslado de su residencia de Tebas, en el valle medio del Nilo, a
Avaris, en la frontera oriental del delta, que desde ese momento pasó a
denominarse Pi-Ramsés («casa de Ramsés»). Si bien es cierto que de allí
procedían sus antepasados, las razones fundamentales para decidir el traslado
fueron de orden político y táctico. Desde la zona oriental del delta Ramsés II
podía controlar de cerca el siempre preocupante escenario asiático y las
campañas militares, en caso de ser necesarias, podían llegar a sus objetivos
con mucha más rapidez, puesto que Pi-Ramsés se encontraba situada
estratégicamente cerca del camino que conducía tanto a la fortaleza fronteriza
de Sile como a Siria y Palestina.
Por otra parte, al abandonar Tebas Ramsés II hacía una
inteligente apuesta económica, pues asegurando la presencia egipcia en la zona
favoreció el intercambio comercial y cultural con los ricos pueblos de Próximo
Oriente, lo que terminó haciendo del reinado del tercer faraón de la dinastía
XIX una de las épocas más prósperas y culturalmente cosmopolitas de la historia
de Egipto. Como afirma el egiptólogo Ian Shaw, Pi-Ramsés «no tardó en
convertirse en el centro comercial y base militar más importante del país». La
propia ciudad fue reflejo de la riqueza de este intercambio pues, como explica
el historiador Joaquín Muñiz, «se hallaba dividida en dos grandes barrios, uno
consagrado a la gran diosa madre del Asia Anterior, Ishtar, y el otro dedicado
y patrocinado a la antigua diosa madre del delta, Uadjet».
Instalado en Pi-Ramsés, el nuevo faraón no tardó en dejar claro
al rey hitita Muwatali cuáles eran sus objetivos como gobernante de Egipto. En
el cuarto año de su reinado organizó una primera campaña militar con el fin de
recuperar el vasallaje del país de los amorritas (Amurru) que estaba bajo
control hitita y resultaba esencial para asegurar el control de la costa de
Siria y, en consecuencia, de la comunicación marítima de Egipto. El regreso
victorioso de las tropas del faraón apenas tuvo ocasión de celebrarse pues
rápidamente Muwatali respondió con una ofensiva que le permitió recuperar las
posiciones perdidas. La perspectiva de una respuesta egipcia en forma de avance
armado hacia el norte llevó a Muwatali a tomar las disposiciones diplomáticas
necesarias para formar una gran coalición de hasta veinte tribus y pequeños
estados aliados de Anatolia y Siria con la que hacer frente al faraón. Las dos
potencias políticas y militares más importantes del momento estaban listas para
tener un enfrentamiento definitivo por el dominio del Mediterráneo oriental, y
éste tuvo lugar en la batalla de Qadesh.
Al inicio del quinto año de su reinado, Ramsés II comenzó a
preparar un potente ejército con el que enfrentarse a Muwatali. Cuatro grandes
cuerpos armados de militares egipcios, el de Amón procedente de Tebas y a cuyo
frente iba el propio Ramsés II, y los de Re, Ptah y Seth (de Heliópolis, Menfis
y Pi-Ramsés, respectivamente) acompañados de mercenarios shardanos y amorritas,
se dirigieron al encuentro de las tropas del rey hitita. Su número era cercano
a los veinte mil hombres, pero la coalición comandada por Muwatali no era
menor. Como ha indicado el profesor José María Santero, «en ambos bloques puede
calcularse un equilibrio numérico de fuerzas y un equilibrio de técnicas
bélicas, porque el elemento guerrero más decisivo del momento, el carro de
guerra, era conocido y utilizado en los dos bandos. La única diferencia era que
el carro egipcio llevaba dos hombres —un conductor y un guerrero—, mientras que
el hitita llevaba tres —un conductor y dos guerreros».
Lo sucedido en el enfrentamiento de ambos bandos en Qadesh
constituye uno de los pasajes mejor conocidos y documentados de la Antigüedad,
en parte por la increíble labor de propaganda emprendida por Ramsés II tras los
hechos mediante inscripciones y relieves relativos a la batalla en templos y
monumentos, y en parte porque se ha conservado un relato oficial de lo
sucedido, el llamado Poema de Pentaur. Obviamente se trata de fuentes que
transmiten la versión oficial egipcia de los hechos, es decir, aquella que
convenía a sus intereses, por lo que presentan como una gran victoria de Ramsés
II lo que en realidad fue un enfrentamiento que finalizó en tablas.
Hacia finales del mes de abril del quinto año de su reinado,
Ramsés II abandonó la fortaleza de Tharu al frente de la división de Amón. Tras
él iba la de Re y en la retaguardia las de Ptah y Seth. Atravesaron Palestina
hasta llegar a Amurru y, transcurrido un mes, se hallaron en el valle del río
Orontes desde el que se divisaba la ciudad de Qadesh, el lugar en que el faraón
suponía reunido el ejército de Muwatali. Según las fuentes, que quizá de este
modo justifican el posterior error táctico de Ramsés II, dos beduinos shasu
espías del rey hitita llegaron al campamento egipcio haciéndose pasar por
desertores y dieron información falsa al faraón sobre la situación y las
características de las supuestas tropas enemigas. Aseguraron que Muwatali,
impresionado por la magnitud del ejército egipcio, había decidido retroceder
por el norte hacia Alepo para evitar el enfrentamiento. Pero la realidad era
muy diferente. Las poderosas tropas de la coalición asiático-hitita esperaban
que el ardid surtiese efecto escondidas tras la fortaleza de Qadesh, a buen
recaudo de los ojos de su enemigo.
Ninguna noticia como la de la retirada del enemigo aterrorizado
podía disponer más para la batalla el ánimo guerrero del joven Ramsés II. Sin
pensarlo dos veces tomó el mando de la división de Amón tras acordar con las
restantes un punto de reunión cercano a Qadesh y cruzó el Orontes para dar caza
al ejército hitita. Pero cuando la división de Re, sin sospechar peligro
alguno, se encontraba en camino del punto acordado, sufrió la carga devastadora
de los carros del ejército hitita. Sin capacidad para reaccionar por la
sorpresa, las filas de la división de Re se quebraron y sucumbieron
irremediablemente bajo las flechas enemigas. Los que lograron sobrevivir
huyeron hacia el lugar donde se encontraba la división de Amón perseguidos por
los hititas. Ramsés II no había podido reaccionar pues la colina y la fortaleza
de Qadesh le impedían ver la maniobra de las tropas enemigas. Cuando tras
capturar y apalear a unos espías logró hacerlos confesar la verdad ya era
demasiado tarde, las divisiones de Ptah y de Seth se encontraban excesivamente
lejos, pero los carros hititas estaban por todas partes.
Y entonces ocurrió el milagro. El momento se describe así en el
Poema de Pentaur: «Entonces apareció Su Majestad [Ramsés II], parecido a su
padre el dios Montu. Cogió sus armas y se ciñó la coraza (…) se lanzó al
galope, y se hundió en las entrañas de los ejércitos de esos miserables
hititas, completamente solo, sin nadie con él. Al dirigir la mirada hacia atrás
vio que dos mil quinientos carros le habían cortado toda salida, con todos los
guerreros del miserable país de los hititas, así como de los numerosos países
confederados (…)». En ese instante, según el Poema, Ramsés II exclama: « ¡Yo te
imploro Amón, padre mío!», y con la fuerza sobrehumana de un dios acaba con los
enemigos: «Y entonces los dos mil quinientos carros en medio de los cuales
estaba son derribados en tierra ante mis caballos, ninguno de ellos sabe
batirse (…) los precipito al agua como si fuesen cocodrilos; caen unos encima
de otros, y los voy matando a mi antojo».
Más allá de la descripción mítica de la batalla, lo cierto es
que la valiente acción de Ramsés II permitió contener el ataque hitita hasta
que llegó la división de Ptah en su auxilio. No es de extrañar que finalizado
el combate Ramsés II hiciese comer pienso en su presencia a los dos caballos
que tiraban de su carro, Victoria de Tebas y Nut la Satisfecha, en señal de
agradecimiento. Aunque las fuentes atribuyen la intervención egipcia a Ramsés
II en solitario, sólo gracias a la llegada de refuerzos el ejército egipcio
pudo rechazar al hitita. Tanto Muwatali como Ramsés II presentarían el
conflicto como una gran victoria frente a sus enemigos, pero no puede decirse
que hubiese un vencedor claro de la batalla. Las pérdidas habían sido terribles
en ambos bandos y tanto egipcios como hititas renunciaron a continuar
avanzando. Los ejércitos se retiraron y el campo para la elaboración de una
interpretación a la medida de quien hacía el relato quedó abonado.
Una sola cosa había quedado clara tras la batalla, tanto hititas
como egipcios eran poderosos enemigos, por lo que se imponía la necesidad de
lograr una paz de equilibrio que evitase un estallido bélico general de
gravísimas consecuencias para todos los pueblos de Próximo Oriente. Por esta
razón, en los años que siguieron a la batalla de Qadesh y pese a no haberse
firmado ningún acuerdo formal de paz por las partes en conflicto, egipcios e
hititas renunciaron a continuar con su política de hostigamiento mutuo. Qadesh
había supuesto una lección que difícilmente podrían olvidar. Así, cuando tiempo
después el hijo de Muwatali, Mursilli III, se refugiase en Egipto tras ser
depuesto por su tío Hattusilli III, el nuevo monarca hitita en lugar de atacar
a Egipto, por negarse a entregarle al exiliado, optaría por asegurar la
situación de paz. Fruto de ello, Ramsés II y Hattusilli III firmaron un tratado
de paz dieciséis años después del terrible encuentro de Qadesh.
Por fortuna han llegado hasta nuestros días ejemplares del
tratado de paz tanto egipcios como hititas lo cual, a diferencia de lo que
ocurre con Qadesh, permite hacerse una idea bastante fidedigna de lo que en él
se acordó. El contenido del acuerdo revela la madurez política de Ramsés II y
su visión de futuro como gobernante: se hacía una declaración formal de paz que
obligaba a las futuras generaciones, ambas partes renunciaban a intervenir
militarmente en la zona siria, se establecía una alianza defensiva de ayuda
mutua en caso de ataques extranjeros… Con todo ello se fortalecía la base del
crecimiento económico que para Egipto suponía el desarrollo de la actividad
comercial en condiciones pacíficas en la zona nordeste del delta del Nilo. La
prosperidad sin precedentes que alcanzó la sociedad egipcia bajo el gobierno de
Ramsés II fue sin duda consecuencia de la hábil política exterior que éste
desarrolló. En palabras de Ian Shaw, «la paz trajo una nueva estabilidad en el
frente norte y, con las fronteras abiertas al Éufrates, el Mar Negro y el Egeo
oriental, el comercio internacional no tardó en florecer como no lo había hecho
desde los tiempos de Amenhotep III».
Las relaciones pacíficas con los hititas se convirtieron en una
de las claves de la política exterior y económica de todo el reinado de Ramsés
II, de ahí que trece años después de la firma del tratado de paz, y como
símbolo de la continuidad de las intenciones de las dos potencias, se
concertase un matrimonio entre una de las hijas de Hattusilli III y el faraón.
Maa-Hor-Nefrure («Nefura quien completa a Horus»), que así pasó a llamarse, fue
entregada personalmente por su padre a Ramsés II en Damasco y llegó a ser una
de las siete mujeres que ostentó el título de «gran esposa real».
Ramsés II se había revelado como uno de los más grandes
gobernantes de su tiempo y quizá el más brillante de la historia egipcia. Otros
faraones antes que él también habían logrado importantes cotas de desarrollo
para su pueblo, pero Ramsés II logró combinar con acierto todas las facetas
posibles del crecimiento. Estabilidad política y religiosa, potencia militar,
ampliación de los límites exteriores y prosperidad económica de la mano de un
creciente intercambio comercial y cultural, y todo ello durante un larguísimo
período de tiempo, pues Ramsés II gobernó casi sesenta y siete años, algo que
para la época constituía todo un récord. Nada tiene entonces de raro que este
faraón, consciente como pocos antes de la trascendencia de su propia obra,
quisiese dejar memoria de ello. A juzgar por la imagen que aún hoy se conserva
de él, logró su objetivo.
§. Gobernar para el presidente y reinar para la eternidad
Todos los especialistas coinciden en señalar a Ramsés II como el
mayor constructor de la historia de Egipto. La costumbre faraónica de levantar
grandes monumentos religiosos y funerarios como forma de preservar la
continuidad de las tradiciones egipcias y de exaltar los más destacados logros
de cada gobernante, llegó con Ramsés II a su más esplendoroso apogeo. Tanto por
el número como por el colosalismo de las construcciones llevadas a cabo durante
las casi siete décadas que ocupó el trono egipcio, puede afirmarse sin miedo al
error que ni antes ni después faraón alguno llegó a igualarle. Ya en sus
primeros años de gobierno dio muestras de hasta qué punto estaba dispuesto a
desarrollar una política propagandística de prestigio personal usurpando a sus
verdaderos promotores monumentos ya existentes. La apropiación de éstos era
práctica habitual entre los faraones, pero, una vez más, Ramsés II la practicó
con una intensidad verdaderamente frenética. Como indica el profesor Shaw,
«apenas hay un lugar de Egipto donde sus cartuchos (representación jeroglífica
del nombre) no aparezcan en los monumentos».
En sus muchas usurpaciones Ramsés II mostró un especial gusto
por las estatuas de reyes y dioses de época de Amenofis III —último faraón
antes del período amarniense— y los conjuntos monumentales de la dinastía XII.
Estas expresiones artísticas se caracterizaban por su marcado clasicismo y se
las considera como algunas de las mejores expresiones de la tradición cultural
egipcia. Ramsés II buscaba con ellas vincular su reinado con el período clásico
frente a la ruptura con la tradición que había supuesto la etapa amarniense.
Desde que su abuelo iniciase la dinastía XIX, la realeza del Imperio Nuevo
encontraba sus modelos en todo aquello que supusiese una afirmación de la
tradición pues los peligros de hacer lo contrario habían quedado a la vista
tras el convulso período de Amenofis IV y sus sucesores. Desde luego Ramsés II
había aprendido bien sus lecciones de infancia.
La huella constructora del faraón quedaría en innumerables
lugares (Abydos, Luxor, Karnak, Heracleópolis, Menfis, Saqqara…) en los que
erigió un sinfín de templos dedicados a la veneración de los dioses del panteón
egipcio y a la propia. En ellos dejaría testimonio de los hechos de su reinado
y muy en especial de sus victorias militares entre las que la batalla de Qadesh
ocupó un lugar más que destacado. Largas inscripciones jeroglíficas y
maravillosos relieves profusos en detalles cubrieron sus paredes dejando un
legado de incalculable valor para la Historia y el Arte. Pero si una de esas
construcciones destaca entre todas las demás es sin lugar a dudas el templo de
Abu-Simbel. Como ha apuntado el catedrático de Historia Antigua Francisco José
Presedo, «de todos los templos de Nubia, y para algunos de todo el Egipto
antiguo, Abu-Simbel es la obra más extraordinaria».
En realidad fue Seti I quien inició su construcción, aunque
Ramsés II, que prosiguió con ella tras su llegada al trono, no dejó memoria de
ello en ninguna de sus numerosas inscripciones. El templo, de unos 63 metros de
profundidad, está completamente excavado en la roca. En su interior las paredes
de las salas sorprenden por una rica decoración de relieves de temas militares
y escenas de culto entre los que destaca por su grandiosidad el que reproduce
con todo lujo de detalles la batalla de Qadesh. Sin embargo es en el exterior
donde el templo ofrece su imagen más conocida, la de la inmensa fachada a cuyo
frente se sitúan cuatro colosales estatuas del propio Ramsés II de veinte
metros de altura. A sus pies pequeñas figuras retratan a su amada esposa Nefertari
y a algunos de sus hijos. En ningún templo como en éste la deificación del
faraón, que en el interior aparece prestándose culto a sí mismo, ha resultado
tan escandalosamente explícita. En Abu-Simbel, Ramsés II es mediador entre los
dioses y los hombres y un dios en sí mismo. El pasmo, la admiración, la
sorpresa y el temor que semejantes representaciones del faraón debían de
infundir tanto en el pueblo egipcio, que jamás tenía ocasión de contemplarle
directamente, como en cualquier visitante o representante extranjero llegado a
su corte, constituyeron un arma política que Ramsés II manejó con habilidad de
auténtico maestro.
Para la construcción de estos fabulosos monumentos, Ramsés II
empleó, además de arquitectos y obreros especializados, una gran cantidad de
mano de obra procedente en no pocos casos de los prisioneros de sus campañas
militares, razón por la que hasta los libros bíblicos del Génesis y el Éxodo se
hicieron eco de su reinado. Entre los muchos obreros que trabajaron en las
obras de construcción de Pi-Ramsés parece que pudieron encontrarse los hebreos
que habían sido deportados a Egipto. El Génesis recoge su presencia en lo que
denomina como «tierra de Ramsés» al este del delta y que según los
especialistas probablemente se trataría de Pi-Ramsés. La imagen transmitida por
el Éxodo del pueblo de Israel esclavizado por un faraón tirano de cuyo yugo
finalmente consiguió escapar también contribuiría a inmortalizar la memoria de
Ramsés II. Pero nada como los increíbles templos funerarios levantados en su
nombre contribuyó a proyectar en la Historia la imagen de este faraón de
leyenda.
§. Morir para seguir viviendo
Todos los monumentos erigidos por los faraones buscaban hacer
perdurar su memoria para la eternidad, pero en el caso de las grandes tumbas
reales lo que se pretendía sobre todo era garantizar la vida de sus ocupantes
aun después de la muerte. Los egipcios creían firmemente en la vida en el más
allá, por lo que toda su religiosidad giraba en torno a una cultura funeraria
que hacía del culto a los muertos uno de sus principales pilares. En la
concepción egipcia el cuerpo humano no sólo poseía una dimensión material sino
que en él también se hallaba el «Ka» o elemento espiritual. Para que una
persona pudiese vivir en el más allá su «Ka» necesitaba continuar teniendo un
soporte físico, razón por la cual el cuerpo de momificaba. Pero al igual que en
vida, el cuerpo y su «Ka» debían seguir proveyéndose de cuidados y comida. La
presencia en las tumbas de ofrendas en forma de alimentos, joyas, perfumes o
vestidos se explica por esta razón, a la que también obedece la representación
de estos elementos mediante pinturas y relieves; es decir, lo representado
cobraba vida en el más allá. Cuanto más rica era una tumba, mejor vida se
garantizaba para el fallecido después de la muerte, de ahí los lujosísimos
ajuares funerarios de los faraones y miembros de la familia real y la
magnificencia de sus sepulturas.
Como no podía ser de otro modo, Ramsés II ordenó construir
fantásticas tumbas tanto para sí mismo como para sus esposas e hijos. La
devoción de Ramsés II por la primera de sus «grandes esposas reales»,
Nefertari, resulta evidente con la sola contemplación de las bellísimas
pinturas murales que decoran la tumba que hizo excavar para ella a doce metros
bajo tierra en el Valle de las Reinas en Tebas. No cabe duda de que deseaba que
su vida en el más allá fuese inmejorable. Por lo que se refiere a la del propio
Ramsés II, ubicada en el Valle de los Reyes, responde a unas dimensiones mucho
mayores de las habituales en este tipo de monumentos aunque aún no se conoce a
fondo al haber sido parcialmente destruida por varias riadas. Por fortuna,
parece que la momia del faraón se extrajo de la tumba antes de que esto
sucediera. En 1881 se hallaron en una misma tumba varias momias reales que,
según parece, habrían sido depositadas en ella por sacerdotes que intentaban
protegerlas de los expolios que padecían las sepulturas dada la riqueza de los
ajuares funerarios. Aunque resulta difícil identificarlas con total seguridad,
todo parece indicar que la que aparecía bajo el nombre de Ramsés II pudo
efectivamente ser la del faraón. Se trata de un hombre de cerca de noventa años
(lo que corresponde con la edad a la que se supone murió) que debió de padecer
algún tipo de enfermedad reumática y que presenta una gran infección en la
mandíbula que pudo motivar su fallecimiento. Desde luego Ramsés II sobrevivió a
buena parte de sus hijos por lo que no parece raro que quisiese construir para
ellos la que es a día de hoy la mayor tumba del Valle de los Reyes. Los
relieves del faraón ofreciendo a sus hijos muertos a los dioses para que los
acojan y protejan en el más allá hablan, como en el caso de la tumba de
Nefertari, no sólo del rey sino también del hombre.
Se sabe que Ramsés II gobernó Egipto durante casi sesenta y
siete años. De hecho llegaría a celebrar hasta catorce fiestas «Sed» o jubileos
reales, lo cual, teniendo en cuenta que sucedió a su padre con más de veinte
años, quiere decir que vivió mucho más de lo que era frecuente en su época. A
su muerte le sucedió su hijo Merenptah —el cuarto de su segunda gran esposa
Isisnefret— que por entonces debía de tener entre cincuenta y sesenta años,
pero ni él ni ningún otro faraón después pudo compararse con Ramsés II, que ya
en los últimos años de su reinado se había convertido para propios y extraños
en una auténtica leyenda viva. Su habilidad administrativa, su inteligencia y
prudencia políticas, su gusto por la arquitectura y las artes en general, pero,
por encima de todo, su capacidad para dejar memoria de ello, no volverían a
igualarse. Su muerte supuso el fin de una época. El gran Egipto de los faraones
se llamaría por siempre Ramsés II.
Capítulo 2
Confucio
Contenido:
§. El sabio que quiso gobernar
§. Un hijo en el ocaso de la vida
§. El gran maestro del Estado de Lu
§. Camino del desengaño
§. Los últimos años de un maestro
§. El sabio que quiso gobernar
China es hoy la más importante de las potencias mundiales
emergentes, el país más poblado del planeta y uno de los más extensos y ricos
en recursos naturales. Además, China, a diferencia del resto de las
civilizaciones del planeta, posee una cultura de casi tres mil años, lo que
viene a ser como si en el Egipto actual continuase viva la cultura faraónica o
la mesopotámica en Irak. Esa cultura no puede comprenderse sin tener en cuenta
la aportación fundamental que en ella supuso el legado filosófico de Confucio.
Este hombre sencillo que consagró su vida a la enseñanza creyó profundamente en
la capacidad de los hombres para elevarse sobre sus propias miserias y en la
fuerza revolucionaria de la educación para construir una nueva sociedad. El
siglo V a. C. en que vivió fue uno de los momentos esenciales para el
desarrollo cultural de las civilizaciones euroasiáticas, pues en cada una de
ellas surgirían figuras que marcarían su evolución posterior durante siglos.
Buda en la India, Sócrates en la antigua Grecia y Confucio en China aportarían
el sustrato filosófico sobre el que se desarrollarían las grandes líneas del
pensamiento de sus respectivos entornos culturales. La vida de Confucio se
confunde entre la leyenda y la historia, pero su pensamiento continúa siendo
hoy fuente de inspiración espiritual para millones de personas en el mundo.
Confucio nació hacia el año 551 a. C. en una época de profundas
convulsiones sociales y políticas que con el tiempo terminarían dando pie a la
China imperial clásica. La historia antigua de China se divide tradicionalmente
en períodos dinásticos cuya denominación alude al predominio político y
cultural de distintos pueblos. Así, tras las dinastías Xia y Shang, se impuso
la llamada dinastía Zhou (1122-221 a. C.), que sería la de más larga duración
de la historia china y bajo cuyo dominio la cultura clásica china alcanzó sus
más altas cotas de desarrollo. El cultivo de la escritura (existente desde el
tercer milenio antes de Cristo), las artes y especialmente la literatura
motivarían que la época de esplendor cultural por excelencia fuese la primera
de las tres etapas en que suele dividirse la dinastía Zhou, el período Zhou del
Oeste (1122-771 a. C.), que más adelante Confucio lo consideraría como la edad
de oro de la política y cultura chinas y, por tanto, el modelo a cuya
reposición se debía aspirar.
En el siglo VIII a. C. la sociedad Zhou comenzó a reflejar una
creciente inestabilidad cuya manifestación más notable sería la enorme
fragmentación política y la multiplicación de pequeños estados feudales que
nominalmente reconocían la soberanía de los reyes de la dinastía Zhou. Daba así
comienzo el segundo período de esta dinastía, el llamado período de Primavera y
Otoño (771-484 a. C.), al final del cual nació Confucio, que moriría ya en la
última etapa de la dinastía, la denominada de los Reinos Combatientes. La vida
de Confucio se desarrolló por tanto en un tiempo de grandes transformaciones
políticas y sociales pues, como recuerda la historiadora Sue-Hee Kim, «desde el
inicio del período de Primavera y Otoño varios estados feudales tributarios de
Luoyang [capital de la dinastía Zhou] lucharon entre sí para obtener la
independencia. (…) En el siguiente período de los Reinos Combatientes, los
siete estados feudales más fuertes se disputaron la hegemonía hasta que fueron
conquistados y subyugados por el Imperio Quin». En este contexto de guerra
constante nació uno de los mayores defensores de la paz, Confucio.
§. Un hijo en el ocaso de la vida
Pocos son los datos seguros que se conocen acerca de la vida de
Confucio, pues la relevancia que su figura llegó a alcanzar en el mundo chino
sería la causa de la proliferación de biografías sobre el filósofo de tintes
claramente hagiográficos y en las que, por tanto, lo legendario se mezcla con
lo real. La mayor parte de ellos proceden de los escritos en los que, con
posterioridad a su muerte, sus seguidores recogieron su legado filosófico (los
llamados Cuatro libros) y de lo que el primer gran historiador chino, Sima
Qian, relató en su obra Shi-Ji (Crónica de la historia). Todos estos datos se
hallan en la tradición popular china acerca de Confucio mezclados con otros
quizá menos fiables pero fuertemente enraizados en el imaginario común chino.
Confucio nació en el estado de Lu, en la península de Shangdong,
en el seno de una familia perteneciente a la pequeña nobleza pero venida a
menos. Según la tradición china, su padre, Shu-Liang Ho, era un temible
guerrero que al final de su carrera recibió como premio el gobierno del pequeño
territorio de Lu (a unos 560 kilómetros del actual Pekín) en el que se afincó
junto con su familia. Shu-Liang Ho tenía dos esposas y era padre de nueve niñas
y un niño que había nacido enfermo. El guerrero, pese a lo avanzado de su edad,
pues tenía setenta años, deseaba ser padre de un varón plenamente sano. Por
esta razón decidió tomar como concubina a Cheng-Tsai, una joven de dieciséis
años con la que finalmente vio cumplido su deseo. Como recuerda la profesora
Julia Ching, una leyenda popular narra la concepción de Confucio como un hecho
extraordinario: «Según esta leyenda, la madre de Confucio salió un día al campo
y tuvo un sueño en el que vio a un personaje llamado el Emperador Negro. Parece
que se trataba de un figura divina, y que en su sueño se unieron. Después de
eso ella despertó y supo que estaba embarazada». Pero a decir verdad, cuando se
produjo el nacimiento de Confucio su aspecto no recordaba al de una divinidad,
pues si hay algo en lo que concuerdan todos los relatos es en su escasa
belleza.
El pequeño recibió el nombre de Qiu, al que se unió el de
familia que llevaba su padre, Kong; por tanto, su nombre completo según el
orden habitual chino era Kong Qiu. Cuando muchos años después se convirtió en
maestro, se le conoció como Kong Fuzi, que quiere decir «maestro Kong»; a
partir de esta denominación, los misioneros jesuitas que llegaron a China en el
siglo XVII crearon la forma latinizada Confucio. Pese a la gran alegría con que
recibió su nacimiento Shu-Liang Ho, el viejo guerrero apenas pudo disfrutar de
su hijo ya que falleció cuando Confucio contaba sólo tres años. Cheng-Tsai
quedó entonces completamente desamparada pues la pequeña herencia de Shu-Liang
Ho apenas si llegaba para pagar las dotes de sus hijas y el cuidado de su hijo
enfermo. Consciente de que en el mismo lugar que residía la familia del difunto
guerrero poco podrían esperar ella y su hijo, decidió buscar un sitio en el que
comenzar una nueva vida, y así llegó a la ciudad de Chu Fu.
La vida en Chu Fu era dura, pues a la escasez en que vivían las
clases más pobres había que sumar las penalidades de criar a un hijo sola; así,
desde su infancia Confucio conoció de cerca la pobreza y los problemas sociales
asociados a la convulsa situación política china, algo que marcaría su
sensibilidad para siempre. Su madre procuró pese a todo ofrecerle una educación
esmerada y aunque Confucio pronto tuvo que trabajar para que ambos pudiesen
salir adelante, Cheng-Tsai no permitió que la necesidad le apartase de los
estudios. Como indica el director del Instituto Yengching de Harvard, «Confucio
probablemente sirvió en toda clase de trabajos mundanos, como barrer el suelo,
limpiar casas ajenas, repartir comida del mercado, y también todo tipo de
trabajos manuales, de forma que estaba en contacto con la vida diaria de
quienes le rodeaban. Una cosa que le diferenciaba era su increíble curiosidad
por aprender; su madre fue muy perseverante en crear para él un entorno en el
que pudiera prosperar como estudiante y, en el mejor de los casos, que le
permitiera llegar a destacarse en el gobierno, de modo que tenía grandes
aspiraciones para su hijo». El enorme deseo de saber, que el propio Confucio
reconocería como principal rasgo de su carácter, creció todavía más cuando a
partir de los quince años pudo empezar a leer los grandes textos clásicos
chinos. Su formación hasta entonces debió de centrarse en el necesario
aprendizaje de los caracteres de la escritura china, pues como recuerda la
sinóloga Dolors Folch, «es a partir de los quince años, con la comprensión de
unos cuatro mil caracteres que permiten ya enfrentarse al noventa y nueve por
ciento de los textos, cuando el joven puede iniciar el estudio propiamente
dicho».
El encuentro con los clásicos fue para Confucio como una
revelación, pues a partir de su lectura y de la observación de la realidad que
le rodeaba adquirió el firme convencimiento de que en la antigüedad, y más
concretamente en el período Zhou del Oeste, se encontraba el modelo perfecto de
cultura china en el que debía inspirarse la educación de los individuos y el
gobierno de la sociedad. Así, mientras devoraba con avidez los libros de
historia, música, poesía y literatura, cristalizaba en él un modo de ver el
mundo en que la educación surgía como el instrumento más eficaz para el
ennoblecimiento espiritual y la renovación social y política. Confucio se
convirtió en un joven instruido, con un talento e inteligencia extraordinarios
que progresivamente le hicieron ganar el reconocimiento de sus vecinos. Sin
embargo su felicidad se vería truncada por el fallecimiento de su madre.
Confucio tenía entonces diecisiete años, pero a pesar de su juventud se empeñó
en cumplir con las tradiciones chinas de culto familiar y encargarse de que
Cheng-Tsai fuese enterrada junto a su padre. Muchos relatos describen la
desesperación del joven al desconocer el lugar en el que se había dado
sepultura a su padre, por lo que, ataviado con las ropas de duelo, cargó con el
ataúd de su madre hasta un cruce de caminos donde se arrodilló y, haciendo
reverencias a quienes pasaban, les preguntaba si sabían dónde habían enterrado
al guerrero Shu-Liang Ho. Finalmente, una anciana le proporcionó la información
que necesitaba y de este modo Confucio pudo rendir el homenaje merecido a su
madre al darle sepultura junto a su padre. El joven filósofo se había quedado
solo por completo, pero cuando aún lloraba la muerte de su madre su fortuna
cambió súbitamente.
§. El gran maestro del Estado de Lu
Chu Fu, la ciudad donde vivía Confucio, era la capital del
estado de Lu, que por entonces estaba gobernado por el duque de Lu. Sin
embargo, las largas luchas internas por el poder entre los aspirantes al ducado
de Lu terminaron motivando que en la práctica el gobierno del estado se
dividiese entre las tres grandes familias que se disputaban el poder aunque uno
de sus miembros ostentase el título de duque de Lu. Uno de ellos, Ji Sun Shi,
gobernaba en Chu Fu en el tiempo en que Confucio había quedado huérfano, y
preocupado como estaba por la necesidad de administrar mejor los recursos
naturales del territorio que tenía a su cargo, algunos de sus consejeros le
hicieron notar que en la ciudad había un joven cuya inteligencia era alabada
por todos. Confucio fue entonces llamado ante el gobernador de Chu Fu, quien le
ofreció el puesto de inspector de graneros de la ciudad, cargo que desempeñaría
durante varios años y en el que daría muestras de su gran capacidad.
Poco tiempo después de haber iniciado su nueva vida, cuando
tenía diecinueve años, Confucio contrajo matrimonio. Nada se sabe sobre la
identidad de su esposa ni tampoco sobre el número de hijos que tuvo, si bien
parece que su matrimonio no resultó especialmente bien avenido y que, en
efecto, fue padre. En palabras de la profesora Julia Ching, «sabemos que
Confucio además de un hijo tuvo al menos una hija porque encontramos
referencias de que su hija se casó con uno de sus discípulos; hay quien
considera que incluso tuvo una segunda hija, pero es muy poco lo que se sabe
sobre su relación con su esposa. De hecho una leyenda cuya fiabilidad no
podemos contrastar cuenta que Confucio y su mujer se divorciaron, de modo que
por lo que sabemos es posible que Confucio y su mujer no se llevaran bien». Sea
como fuere, lo cierto es que durante más de diez años Confucio se entregó al
desempeño de su cargo de inspector de graneros y a su vida familiar, aunque
continuó leyendo incesantemente las grandes obras clásicas chinas. Conforme
avanzaba el tiempo y en la medida en que por su empleo continuaba en contacto
con los grandes problemas sociales de la época, fue creciendo en él la
necesidad de consagrar su vida a la mejora del mundo en que vivía. Convencido
de la decadencia social y política de su época, comenzó a pensar que se imponía
la necesidad de renovación y que para ello el mejor instrumento era la
educación sin distinciones de todos los miembros de la sociedad,
independientemente de su origen o clase. Había nacido su verdadera vocación, la
de ser maestro, y por ella terminaría abandonando todos sus lazos personales.
Guiado por sus ideas revolucionarias, Confucio abrió una escuela
en Chu Fu en la que aceptaba a discípulos de todas las clases sociales, sin
tener en cuenta si se trataba de hijos de nobles o de familias pobres pues
estaba absolutamente persuadido de que la educación era la única base verdadera
sobre la que construir cambios y mejorar la sociedad. Sus estudios y su
experiencia le habían dotado de una profunda comprensión de los problemas
derivados de la actuación social del ser humano, de forma que estaba convencido
de que la excelencia de una sociedad dependía en buena medida de la de sus
individuos, de ahí la importancia de hacer extensiva la educación a todas las
clases sociales. En consecuencia, la educación de sus alumnos no buscaba
convertirlos en eruditos, sino hacerlos cultivar su espíritu, mejorarlos como
seres humanos para que mejorasen su sociedad. Así, en su escuela se formaba a
los discípulos bajo el ideal confuciano de «hombre noble» o junzi, término
chino equivalente a «aristócrata» al que Confucio dio un nuevo sentido: el
hombre noble no era el de alta cuna, sino el de noble moral.
La fama de Confucio creció al compás que lo hacía el número de
sus discípulos. Nadie antes que él había hecho nada parecido. Como señala
Dolors Folch, «la originalidad de Confucio —que no era nada obvia ya que en
Occidente tardaría milenios en introducirse— es haber proclamado que era
necesario enseñar a todo el mundo. Se trata de una concepción totalmente
innovadora que incluye la idea de que lo importante es la capacidad intelectual
y no el árbol genealógico, y de que lo que diferencia a los hombres entre sí no
es el nacimiento sino la educación». Los planteamientos de Confucio dieron pie
a la formulación de toda una filosofía educativa y ética que se aplicaba
rigurosamente en su escuela. Esto suponía un alto grado de exigencia para sus
pupilos a los que el maestro exigía verdadero interés por el estudio y el
cultivo perseverante de las virtudes confucianas: el amor filial (Xiao), la
humanidad (Ren) y el respeto y práctica de las costumbres o ritos ( Li).
Pero para Confucio la educación era, ante todo, un instrumento
de cambio, de reforma social y política, de tal suerte que formaba a sus
alumnos para convertirlos en funcionarios públicos, es decir, en los
responsables de la administración social y política y, por tanto, en agentes
del cambio. Él mismo deseaba llegar a ser un alto funcionario de algún estado
chino ya que de ese modo pensaba que podría cumplir su sueño de cambiar la
realidad para recuperar los principios que se habían perdido después del período
Zhou del Oeste. Por esa razón ofreció sus servicios una y otra vez a los
gobernantes del estado de Lu, pero una y otra vez fue rechazado. Sin embargo,
cuando creía que jamás tendría la oportunidad de poner en práctica sus ideas
más allá del entorno de sus discípulos, su suerte cambió bruscamente. Corría el
año 501 a. C. y Confucio tenía ya cincuenta años.
§. Camino del desengaño
A finales del siglo VI a. C., el estado de Lu estaba gobernado
por un nuevo y joven duque de nombre Ting; deseoso de fortalecer su poder
frente a las familias dominantes, pensó que si contaba con un ministro sabio
podría lograrlo. Así, hizo llamar a Confucio cuya reputación de hombre sabio y
gran maestro era conocida en todo el territorio y le ofreció convertirle en su
consejero y gobernador de Lu. El filósofo aceptó feliz de poder realizar por
fin su sueño reformador, y con tanta diligencia como perseverancia comenzó a
aplicar sus ideas al gobierno de Lu. Según la tradición popular china, bajo su
administración Lu alcanzó una prosperidad que nunca antes había conocido.
Confucio puso en práctica sus principios de igualdad y justicia social, tomando
medidas tan avanzadas para su tiempo como que la alimentación y bienestar de
los niños y ancianos más desfavorecidos corriesen a cargo del estado.
Paralelamente aseguró la educación inspirada en el modelo de hombre noble para
todos aquellos que deseasen acceder a ella y procuró que todas las medidas
adoptadas para la mejor administración de la sociedad y el combate de sus
grandes problemas bebiesen en la aplicación práctica de las virtudes
confucianas, pues como él mismo reconocería, «cualquiera puede juzgar un caso
criminal tan bien como yo. Lo que deseo hacer es enmendar las condiciones en
las que tales delitos aparecen».
Gracias a su buen hacer Confucio comenzó a prosperar como
funcionario público, y el duque Ting, cuya reputación crecía debido a la
influencia de su consejero en el gobierno, fue confiándole de forma progresiva
mayores y más importantes responsabilidades. Sin embargo, las ventajas
políticas que Ting estaba obteniendo no pasaron desapercibidas para sus
rivales, que, según describen diversas leyendas, decidieron tender una trampa
al joven duque para socavar la influencia de Confucio: mandaron reunir a las mujeres
más bellas de sus dominios y las enviaron como regalo al duque Ting en una
espectacular comitiva de carruajes ornamentados con todo cuidado. Subyugado por
la belleza de las jóvenes, Ting se entregó a disfrutar de los placeres que se
le ofrecían de modo tan tentador y así olvidó durante varios días sus
responsabilidades y obligaciones de gobierno. Confucio, decepcionado por su
comportamiento, pensó que el duque no poseía las cualidades morales necesarias
para ser un buen gobernante y decidió abandonar Lu seguido por sus discípulos.
De este modo el filósofo dio comienzo a una vida itinerante que mantendría
durante trece años.
En el año 497 a. C., Confucio dejó el estado de Lu pues no
estaba dispuesto a renunciar a sus ideales ni a traicionarlos acomodándose a
una vida cortesana construida de espaldas a éstos. El amor por el estudio y el
cultivo interior se convertiría en la fuente de la que, tanto él como los
discípulos que le siguieron, beberían para encontrar la fuerza necesaria con
que hacer frente a las duras condiciones de vida que desde entonces les
rodearon. Aspiraba a encontrar un príncipe o gobernante digno al que ofrecer
sus servicios y por ello comenzó un peregrinar constante por el vastísimo
territorio del este de China. Durante todo ese tiempo Confucio pudo entrar en
contacto directo con el sufrimiento y las privaciones que miles de chinos
padecían bajo la opresión de unos gobernantes ávidos de poder y más preocupados
por lograr imponerse sobre los restantes estados feudales que por paliar las
duras condiciones de vida de sus súbditos; esta nueva perspectiva contribuyó a
hacer aún más fuerte su vocación de participar en el cambio profundo de la
política y la sociedad de su tiempo. La experiencia de Confucio y sus
discípulos en aquellos años queda perfectamente reflejada en una de las
leyendas más conocidas sobre su vida errante. En cierta ocasión, Confucio y
aquellos que le seguían se encontraron con una mujer sentada en el camino que
lloraba desconsolada pues un tigre había devorado a su esposo y a su hijo.
Sorprendidos por su actitud, le preguntaron por qué continuaba en un lugar en
el que podía ser atacada por la fiera, a lo que ella les replicó: « ¿Y a qué
lugar podría ir? Si me voy de aquí probablemente encontraré un gobernante más
cruel». Entonces Confucio miró a sus discípulos y les dijo: «Eso es cierto; un
gobernante tirano es mucho peor que un tigre devorador de hombres».
Con esas profundas convicciones sobre el modo en que debía
conducirse cualquiera que tuviese a su cargo el gobierno de un lugar, Confucio
fue de corte en corte exponiendo sus ideas, pero nadie parecía querer
escucharle. Éstas resultaban incómodas pues para el filósofo la clave de todo
gobierno residía en el ejemplo dado por los gobernantes, en su capacidad para
ser hombres nobles. Sólo aquellos que mediante la educación cultivaban las
virtudes estaban a su juicio capacitados para regir sabiamente la sociedad.
Confucio defendía de este modo la creación de un ideal ético-político que, con
el simple hecho de que un buen gobernante se lo propusiera, podría hacerse
realidad. En palabras del historiador Morris Rossabi, «los ministros pondrían
en práctica la filosofía de Confucio en sus propias vidas y así servirían de
modelo para la gente común. Se trataba de una especie de teoría de la “virtud
de la gripe” en la que creía Confucio: primero se tiene al gobernante que pone
en práctica los ideales, después a sus ministros y luego a la gente común. Es
como contagiarse la virtud, del mismo modo que uno se contagia un resfriado».
En las ideas políticas y sociales de Confucio había una potencia
revolucionaria que el filósofo no se molestó en disimular y que, obviamente, no
debió de pasar inadvertida para los muchos gobernantes que rechazaron tomarlo a
su servicio. Con ellas no se abrían las puertas de una revolución cruenta, sino
de una profunda y progresiva transformación de la sociedad china en la que el
modelo impuesto por las luchas de estados feudales no tenía cabida. Por otra
parte y como recuerda el profesor de Filosofía china Roger Ames, el propio
carácter de Confucio, su alto nivel de exigencia personal y su inflexibilidad
ante la debilidad moral, terminarían siendo factores que coadyuvaron a su
fracaso: «Confucio no contenía fácilmente sus críticas. Se conoce una anécdota según
la cual vio a un anciano tumbado desgarbadamente en una esterilla y con la ropa
a medio poner de forma indecorosa. Confucio se le acercó, le golpeó con su
bastón y le dijo: “Bien lo sabes, como hombre joven no hiciste nada, como
hombre maduro fracasaste en sacar adelante a tu familia, y como anciano no
sabes cuándo es el momento de morir. Usted, señor mío, es una vergüenza”, y lo
volvió a golpear con su bastón».
Trece años después de haber abandonado Lu, Confucio no había
logrado encontrar ningún gobernante dispuesto a ofrecerle un cargo en su
administración. La convulsa situación de China en esa época se convertiría en
el caldo de cultivo adecuado para el surgimiento de otras grandes corrientes
filosóficas además del confucianismo, entre las que ocuparon un lugar
preeminente el taoísmo y el legalismo, pero la filosofía de Confucio, a
diferencia de éstas, puso el acento en la búsqueda de un equilibrio entre las
necesidades de los individuos y las de la sociedad de tal modo que, frente a la
exaltación de la libertad individual que conducía al retiro de la sociedad
defendida por el taoísmo, Confucio consagró el ideal de hombre como ser social
y en esa medida su pensamiento se orientó a la búsqueda de los parámetros en
torno a los que la sociedad y el individuo dentro de ella debía definirse y
reformarse. El paso de los años y la experiencia, lejos de debilitarle en sus
ideas le hicieron más fuerte en ellas, pero el tiempo no pasaba en balde y
Confucio sentía que el suyo finalizaba sin haber logrado convencer de ellas a
quienes poseían suficiente poder como para ponerlas en práctica. Justo entonces
recibió un mensaje procedente de Lu que le hizo concebir una última esperanza.
§. Los últimos años de un maestro
En el año 484 a. C., Confucio recibió una inesperada invitación.
Uno de sus antiguos discípulos que, a la sazón, trabajaba como funcionario del
gobierno de Lu había logrado persuadir al nuevo gobernante del estado para que
le invitase a regresar. El anciano filósofo creyó que por fin sus sueños se
iban a realizar y, esperanzado, emprendió el regreso a Chu Fu. Una vez allí fue
convocado por los hombres más poderosos del gobierno de Lu y uno de ellos,
queriendo saber si era cierto que sus consejos podrían ser de ayuda para su
tarea, le preguntó de qué forma podía lograr que sus subalternos fuesen
honestos. Confucio, sin dudarlo, respondió que el modo de conseguirlo era
siendo honesto él mismo. Una vez más su sinceridad le había condenado y sus
ideas resultaban demasiado peligrosas para quienes aspiraban a detentar el
poder a toda costa.
Ante la imposibilidad de ocupar un alto cargo del gobierno, el
filósofo decidió proseguir con sus estudios y consagrar el resto de su vida a
su tarea de maestro. Algunos relatos aseguran que llegó a tener más de tres mil
alumnos, aunque algo menos de un centenar fueron los que siguieron sus
enseñanzas con auténtica devoción. Entre ellos, Mencio y Xunzi serían los más
importantes en la transmisión de la filosofía confuciana, pero Yen Hui fue el
favorito del maestro. Yen Hui era un joven perteneciente a una de las familias
más pobres de Chu Fu cuya pasión por aprender y elevarse espiritualmente motivó
la admiración y el cariño de Confucio. El hombre que había roto con sus lazos
familiares y había consagrado su vida a la consecución de un ideal, se
encontraba en su vejez con un muchacho que le recordaba a sí mismo y renovaba
sus esperanzas en el ser humano. En palabras de la profesora Ching, «Confucio
contaba con su discípulo favorito Yen Hui que siempre estaba alegre. Aun cuando
era tan pobre que apenas tenía qué comer y vivía en una casa en un callejón,
siempre estaba contento. Las dos cosas que caracterizaban a Yen Hui eran su
alegría en la pobreza y su amor por el estudio». Sin embargo, el consuelo que
Yen Hui proporcionaba al maestro se vio truncado por la muerte del discípulo.
Confucio lloró su pérdida como la de un hijo, y sobreponiéndose al dolor
continuó con la tarea de enseñar a sus demás alumnos.
Confucio nunca puso por escrito sus enseñanzas. Serían algunos
de sus alumnos quienes, tras la muerte del maestro, recogiesen las
conversaciones que mantenían con él y que servían de vehículo a su magisterio
en una obra titulada Lunyu, que en el siglo XVII los jesuitas traducirían como
Analectas. Como apunta la sinóloga Dolors Folch, a diferencia de otros textos
que sirven de pauta para el comportamiento moral de los individuos como la
Biblia o los Upanishads (libros sagrados del hinduismo), las Analectas «no son
en ningún caso un texto carismático. Ni es un libro revelado, ni rezuma ningún
tipo de anhelo místico». Se trata de un libro en que se recogen los principios
del pensamiento de Confucio y el modo sutil con que concibió su tarea como
maestro: «No descubro las verdades a quien no tiene ganas de descubrirlas, ni
intento sacar de nadie aquello que la propia persona no sea capaz de exhalar.
Yo levanto uno de los lados del problema, pero si el individuo con el que trato
no es capaz de descubrir los otros tres a partir del primero, ya no se lo
vuelvo a repetir». Además de las largas conversaciones con sus discípulos,
Confucio dedicó gran parte de su tiempo a recopilar y editar cuidadosamente las
grandes obras clásicas de la antigüedad china, los llamados Libro de historia
(Shu Ching ), Libro de canciones o de odas (Shih Ching), Libro de las
mutaciones (I Ching), Libro de ritos (Li Ching) y los Anales de primavera y
verano (Ch’un Ch’iu), lo que terminaría convirtiendo a sus seguidores en los
principales depositarios y conocedores de esta tradición.
Dedicado hasta su último aliento al estudio, Confucio murió a
los setenta y tres años en el 479 a. C. Estaba convencido de su fracaso porque
pese a sus muchos intentos y desvelos no había logrado cambiar el mundo en que
vivía. Sin embargo, su gran reputación como maestro y hombre sabio habría de
sobrevivirle y la filosofía de Confucio difundida por sus discípulos acabaría
por ser una de las corrientes dominantes del pensamiento chino en el período de
los Reinos Combatientes. Más tarde, durante la etapa imperial Han que puso fin
a las luchas entre estados feudales que tanto habían entristecido y preocupado
a Confucio, su legado filosófico se convirtió en la referencia cultural del
mundo chino. Desde entonces y hasta nuestros días, Confucio y su obra forman parte
indisoluble del imaginario cultural chino y aún hoy sorprenden a quienes
encuentran en ellos ideas que resulta difícil creer que las formulara un hombre
en el siglo VI a. C. Su revolucionaria confianza en el poder transformador de
la educación y su visión radicalmente optimista de la capacidad humana para
mejorar, convierten el pensamiento de Confucio en un legado de valor
incalculable para todo el género humano. En la breve autobiografía que legó por
medio de sus discípulos se condensa toda una forma de entender la vida que aún
marca el camino para millones de personas: «A los quince años me dediqué de
todo corazón al estudio. A los treinta años tenía opiniones formadas. A los
cuarenta años ya no tenía incertidumbres. A los cincuenta años sabía cuál era
la voluntad del cielo. A los sesenta años mis oídos sabían escuchar la verdad.
A los setenta años puedo seguir los deseos de mi corazón sin dejar de hacer
nunca lo que es bueno»
Capítulo 3
Aristóteles
Contenido:
§. El maestro de filósofos
§. De Macedonia a Atenas: la Academia de Platón
§. Un filósofo para educar a un rey
§. El Liceo y la plenitud como maestro
§. El legado histórico del aristotelismo
§. El maestro de filósofos
Con frecuencia tendemos a pensar que personajes como Aristóteles
se encuentran muy lejos de nuestra vida cotidiana. Nadie duda en reconocer en
él a uno de los más importantes filósofos de la Antigüedad junto con Platón y
Sócrates, pero la impresión de que su obra como tal tiene una presencia
limitada al ámbito de la filosofía es asimismo general. Y, sin embargo, nada
más lejos de la realidad. ¿Quién no ha dicho alguna vez que el fin que busca
todo ser humano para su vida es la felicidad? ¿O que el hombre es un ser
sociable por naturaleza? Todos identificamos a un virtuoso como a alguien capaz
de hacer algo del mejor modo posible, y en más de una ocasión habremos afirmado
convencidos que en el término medio está la virtud. La obra filosófica de
Aristóteles es sin duda una de las más valiosas del mundo clásico tanto por su
magnitud como por su profundidad. Pero es su trascendencia histórica la que
explica el lugar que todos, conscientes o no de ello, atribuimos a su autor en
el pensamiento occidental. La filosofía aristotélica está sutilmente encajada
en nuestra forma de ver el mundo, es un recurso inconsciente de nuestro modo de
analizar la realidad y razonar sobre ella. Quizá la figura idealizada del
filósofo de blancas y largas barbas, vestido con una túnica y portando algún
libro mientras enseña a sus discípulos que hemos visto representada hasta la
saciedad en cuadros y libros nos sea lejana, pero lo cierto es que acercarnos a
Aristóteles es hacerlo a nosotros mismos.
Aristóteles nació en el año 384 a. C. en Estagira, en la zona
nordeste de Grecia denominada Tracia que por entonces se hallaba bajo la
influencia política del reino de Macedonia. La Grecia del siglo IV a. C. en que
vivió Aristóteles era aquella a la que había dado paso la guerra del Peloponeso
que entre los años 431 y 404 a. C. enfrentó a Esparta y Atenas y que finalizó
con la derrota de esta última. Si el siglo V a. C. había sido la gran época del
esplendor ateniense representado con la obra política de Pericles, el
embellecimiento de la Acrópolis, el clasicismo artístico de Fidias y la
filosofía laica y relativista de los sofistas, el fin de la guerra marcó el
inicio del declive político de Atenas y el principio de una etapa de crisis en
que ninguna ciudad-estado griega lograría consolidarse como poder hegemónico
estable, para finalmente ceder el paso a un poder extranjero, el macedonio.
Grecia no era pues una única realidad política. Las
ciudades-estado griegas eran entidades políticamente independientes con
desarrollos institucionales y legales diferentes y sistemas sociales diversos.
Pese a ello existía una comunidad cultural determinada por la proximidad
geográfica, los intercambios comerciales y especialmente la lengua común. A lo
largo del tiempo algunas de estas polis (nombre con el que se denomina a las
ciudades-estado griegas) habían ejercido períodos de hegemonía política, comercial
y cultural sobre las restantes —particularmente Atenas, Esparta y Tebas—, pero
la guerra del Peloponeso y sus consecuencias pondría de manifiesto la
incapacidad de todas ellas para mantener una paz estable en aras de un cierto
panhelenismo que hasta entonces sí había funcionado. Consecuencia directa de
tal situación fue la quiebra del ideal de la polis y, con ella, la crisis del
sistema político y económico griego. Como no podría ser de otro modo, la crisis
del siglo IV a. C. también encontraría reflejo en las artes, la literatura, la
religión y la filosofía en las que, frente a la serenidad clásica y la
expresión del sentimiento comunitario del siglo precedente, comenzó a abrirse
paso una preocupación por la expresión de lo individual y sus circunstancias
que preludiaba el helenismo. Sin embargo, como ha indicado el historiador de la
Grecia antigua Víctor Alonso Troncoso, «la crisis de la polis, no obstante,
concitó en Atenas una reacción en los medios intelectuales y filosóficos, que
dio vida a nuevas corrientes de pensamiento y reflexión política. Como el
tiempo del Quijote, época de decadencia, el siglo IV fue un período de máxima
creación y florecimiento del genio crítico, a veces evasivo. Nombres como los
de Platón, Aristóteles, Isócrates y Demóstenes están íntimamente unidos al
espíritu de la época, y su obra enriquece para siempre lo mejor del humanismo
occidental».
§. De Macedonia a Atenas: la Academia de Platón
El nombre de Aristóteles siempre se vincula a Atenas dado que
fue en esa ciudad donde desarrolló su labor más importante como filósofo, pero
no era originario de ella ni por tanto ciudadano ateniense. Aunque carecemos de
datos que permitan confirmarlo, parece que Aristóteles pasó su infancia y los
primeros años de su adolescencia en la corte del rey macedonio Amintas situada
en la ciudad de Pella. Su padre, Nicómaco, era amigo personal y médico de
Amintas, por lo que cabe suponer que, al ser huérfano de madre, debió de crecer
junto a éste. Además, el hecho de que el hijo de Amintas, Filipo —de la misma
edad de Aristóteles—, le llamase años más tarde para que se hiciese cargo de la
educación de su hijo (Alejandro Magno), parece confirmar la presencia del futuro
filósofo en Pella durante sus primeros años. La vida en la corte macedonia así
como la dedicación a la medicina de Nicómaco debieron de favorecer el interés
de Aristóteles por el estudio y la ciencia, de modo que cuando tras la muerte
de su padre se hizo cargo de su tutela un pariente llamado Próxeno, éste no
dudó en enviarle a estudiar a la Academia de Platón en Atenas.
La formación intelectual de los jóvenes griegos, aunque
presentaba diferencias en las distintas polis, comenzaba sobre los seis años,
cuando se les separaba de sus madres para confiarlos a un maestro o pedagogo
que, en las escuelas o palestras, les iniciaba en el estudio de las letras
griegas a través de los textos de Homero y Hesíodo. Además se les instruía en
música y gimnasia, básicamente en las cinco pruebas del pentatlón, es decir,
carrera, salto de longitud, lanzamiento de disco, jabalina y lucha. Esta etapa
solía prolongarse hasta los dieciocho años, edad con la que los jóvenes solían
ingresar en el servicio militar obligatorio. Sólo los miembros de las clases
sociales más altas o los estudiantes más brillantes continuaban con
posterioridad su formación intelectual en las instituciones creadas por los
pensadores más destacados de su época y que, desde los cambios introducidos de
mano de los sofistas, se orientaba claramente al ejercicio de la política.
Aristóteles, cuya familia gozaba de una posición económica desahogada y con
tradición en la formación académica de sus miembros (también su abuelo había
sido médico), llegó hacia el año 367 a. C. a Atenas, con diecisiete años, para
completar sus estudios. La capital del Ática era reconocida por sus contemporáneos
como el más importante centro cultural de toda Grecia, lo que en parte se debía
al gran prestigio intelectual de sus dos grandes centros educativos superiores,
la Escuela de Isócrates y la Academia de Platón.
Ambas instituciones se habían creado casi al mismo tiempo (la
primera en el 390 a. C. y la segunda en el 386 a. C.) y mantenían una fuerte
rivalidad pues, aunque en las dos se formaba a sus alumnos para ejercer la
política, en la Escuela de Isócrates se concedía para ello atención preferente
a la Retórica mientras que en la Academia de Platón el acento formativo se
ponía en la Filosofía. Aristóteles ingresó en la Academia platónica
posiblemente atraído tanto por la formación filosófica que ésta ofrecía como
por la gran reputación de su fundador. Platón, discípulo aventajado de
Sócrates, había fundado su Academia tras la muerte de éste, acusado de impiedad
y condenado a muerte por motivos políticos. El desengaño hacia la democracia
ateniense que supuso la muerte de su maestro determinaría en buena parte la
orientación filosófica de su Academia consagrada al pensamiento puro, y en la
que el ejercicio de la política se entendía como puesta en práctica del mismo y
no como el fin de la formación académica.
Aristóteles permaneció en la Academia durante veinte años, entre
los diecisiete y los treinta y siete años, iniciando su andadura en ella como
estudiante y finalizándola como maestro. La Academia era una institución
caracterizada por ofrecer una formación amplia en todas las disciplinas del
pensamiento científico y por estar abierta al libre ejercicio de la crítica, de
modo que Aristóteles pudo disentir abiertamente de la teoría de la Ideas
defendida por Platón e incluso discutir acerca de ella con su maestro. Como
indica el catedrático de Filosofía griega Tomás Calvo Martínez, «durante su
larga estancia en la Academia tuvo ocasión de participar en el ejercicio vivo
de la filosofía, en largas e intensas discusiones sobre la ciencia, sobre
matemáticas y astronomía, sobre las Ideas y la dialéctica, sobre retórica,
ética y política». A esta etapa pertenecen sus escritos denominados exotéricos,
es decir, aquellos de carácter divulgativo, no destinados a un público
especializado y que publicó él mismo. Estos escritos de juventud se han perdido
y sólo se conservan de ellos sus títulos y algunas referencias a su contenido
procedentes de autores griegos y latinos. El análisis de estos indicios ha
permitido establecer la enorme influencia del pensamiento platónico en los
primeros escritos filosóficos de Aristóteles tanto por lo que a su contenido se
refiere (en ellos Aristóteles aún acepta la teoría de las Ideas de Platón y
otras cuestiones esenciales de su legado filosófico como la defensa de la
inmortalidad del alma) como por su forma, pues son diálogos. A pesar de las
importantes analogías de estos escritos filosóficos con los diálogos
platónicos, pueden detectarse ya algunos rasgos específicamente aristotélicos
entre los que destaca en especial el progresivo abandono de la estructura de
estos textos en preguntas y respuestas cortas frente al desarrollo de largas y
rigurosas demostraciones teóricas.
El peso de la herencia platónica en el pensamiento de
Aristóteles es indiscutible, pero es igualmente cierto que de forma progresiva
éste se fue separando de los principios filosóficos de su maestro para, desde
la crítica, crear su propio sistema filosófico. Las diferencias intelectuales
entre Platón y Aristóteles eran ya sobradamente conocidas en la época que ambos
compartieron en la Academia, y algunos historiadores han visto en ellas el
motivo de que, a la muerte del maestro, el discípulo no fuese designado como su
sucesor al frente de la institución filosófica. Sin embargo y teniendo en
cuenta que el ejercicio de la crítica no sólo no se rechazaba sino que se
alentaba y era bien recibido en la Academia, parece razonable pensar que otras
razones pudieron influir en su debatida sucesión.
Aristóteles formaba junto con Espeusipo y Jenócrates el trío de
alumnos más aventajados de la Academia, de modo que a la muerte de Platón en el
año 347 a. C. los tres eran los más claros candidatos a sucederle. La elección
recayó finalmente en Espeusipo, sobrino de Platón, también crítico como
Aristóteles con la teoría de las Ideas. Quizá la relación familiar entre ambos
pesó en su designación como nuevo director de la Academia, pero en cualquier
caso su elección no sorprendió como tampoco lo habría hecho la de cualquiera de
los otros dos candidatos. Con la desaparición de Platón y la elección de
Espeusipo los alicientes intelectuales de Aristóteles para permanecer en Atenas
eran cada vez menos. Además había razones políticas que aconsejaban su salida
de la ciudad pues un año antes de la muerte de Platón la ciudad de Olinto había
caído en manos del rey macedonio Filipo II que comenzaba a extender su poder
por toda la Hélade. Como apunta Tomás Calvo, la esperable «reacción anti
macedonia de los atenienses pudo aconsejar a Aristóteles alejarse de Atenas,
dados sus viejos vínculos con Macedonia y con el propio Filipo». Así, en el año
347 a. C. Aristóteles, probablemente molesto por la designación de Espeusipo
como sucesor de Platón, deseoso de encontrar nuevos estímulos para su labor
intelectual y consciente de que por su pasado en la corte de Amintas podía ser
sospechoso de simpatizar con el enemigo, salió de Atenas junto con su amigo y
compañero Jenócrates para iniciar una época de viajes que habrían de llevarle
de vuelta a su origen en Macedonia, y convertirse allí en el maestro del mayor
genio político y militar de toda la Antigüedad, Alejandro Magno.
§. Un filósofo para educar a un rey
Decidido a abandonar Atenas, Aristóteles se dirigió a la ciudad
de Assos, en la costa de Asia Menor frente a la isla de Lesbos. La tiranía era
una de las formas de gobierno personal existentes en la antigua Grecia, y Assos
tenía su propio tirano, Hermias, cuyo interés por la filosofía platónica le
había llevado a invitar como huéspedes permanentes en su corte a dos miembros
de la Academia, Erasto y Corisco, que le habían sido recomendados por el mismo
Platón. En palabras del profesor William Keithe Guthrie, «Hermias parecía ser
en pequeño el rey filósofo que Platón había buscado en vano en Sicilia», de
modo que su vivo interés por hacer de su corte una pequeña Academia le llevó a
invitar a incorporarse a ella a Aristóteles y Jenócrates una vez que se hubo enterado
de la muerte de su maestro. Durante tres años Aristóteles desarrolló una
intensa labor investigadora y docente en compañía de ese pequeño círculo de
filósofos platónicos y un grupo reducido de estudiantes, si bien son muy
escasas las noticias que se conservan de esta etapa de su vida.
En Assos, Aristóteles contrajo matrimonio con Pitias, hija
adoptiva de Hermias con la que tendría una hija llamada como su madre. Aunque
nada se sabe de la relación de Aristóteles con Pitias, debió de tratarse de un
matrimonio feliz pues, a pesar de que Aristóteles convivió con Herpilis (madre
del hijo al que dedicó su conocida Ética a Nicómaco) después de morir Pitias,
dejó dispuesto en su testamento que se trajeran los restos de su esposa y se
les diera sepultura junto a los suyos. De Assos Aristóteles pasó a Mitilene (en
Lesbos) donde continuó trabajando hasta que en el año 343 a. C. fue llamado por
Filipo II a Macedonia para que se hiciese cargo de la educación de su hijo,
Alejandro Magno, que por entonces contaba trece años.
Tras la guerra del Peloponeso Atenas había cedido a Esparta su
papel hegemónico en territorio griego. Sin embargo, el poder de esta polis y
sus aliados no logró afirmarse durante mucho tiempo. La guerra de Corinto
(394-386 a. C.) sería el primero de una sucesión de conflictos contra la
pretendida hegemonía espartana que se vería amenazada por puntuales
recuperaciones del poder ateniense y por el ascenso político de Tebas. El
constante clima bélico terminó colapsando la capacidad política de las ciudades
griegas tanto a título individual como de conjunto, por lo que, como afirma el
profesor Alonso Troncoso, «sería el nuevo rey de Macedonia, Filipo II (359-336
a. C.), quien, con clarividencia de gran estadista y un ejército reorganizado,
intervendría con mano de hierro en los asuntos interhelénicos y pondría punto
final al ciclo histórico de la polis griega como ente soberano y creador de
vida internacional». La posibilidad de formar parte de la corte de quien
empezaba a revelarse como soberano más poderoso de Grecia unida a la
inclinación personal hacia Filipo nacida durante la infancia de ambos, llevaría
a Aristóteles a aceptar la propuesta del rey macedonio.
Por otra parte, tanto la aristocracia macedonia como la casa
real de los Argéadas, a la que pertenecían Amintas, Filipo y Alejandro Magno,
estaban fuertemente helenizadas puesto que la cultura griega constituía la
única forma admitida de educación superior en Macedonia. El mecenazgo de poetas
y artistas griegos se había convertido en habitual ya en el siglo V a. C., de
forma que reclamar la presencia de uno de los más reputados miembros de la
Academia de Platón —cuya fidelidad hacia la familia real carecía de toda duda—
para educar a un príncipe no era sino un ejercicio de coherencia. Igualmente
coherente fue la aceptación de Aristóteles, que como discípulo de Platón
compartía con éste el ideal del rey-filósofo y, en consecuencia, la importancia
de la formación filosófica de los príncipes. La oferta de Filipo de alguna
manera abría a Aristóteles la posibilidad de llevar a cabo uno de sus sueños
intelectuales: encargado de la educación de Alejandro Magno podría formar el
espíritu y el intelecto del futuro rey de Macedonia y hacer de él un hombre
sabio (filósofo) que como político gobernase rectamente. Filosofía, política,
realidad y praxis eran para Aristóteles partes de un todo único e indivisible.
A juzgar por la titánica labor política de Alejandro Magno, que
como monarca de Macedonia llegó a crear el mayor imperio de toda la Antigüedad,
la formación recibida de Aristóteles no pudo ser mejor. El papel desempeñado
por éste como preceptor y consejero fue sin duda determinante en la
conformación del carácter y mentalidad del príncipe, pero a decir verdad, desde
el punto de vista político, los ideales del maestro poco tuvieron que ver con
los del discípulo. Como indica Tomás Calvo, «la teoría política de Aristóteles
continuaba aferrada a la ciudad-estado tradicional como institución política
fundamental y como punto esencial de referencia. Los proyectos y las
realizaciones político-militares de Alejandro, por el contrario, se dirigieron
a la formación de un vasto imperio panhelénico dentro del cual aquellas
pequeñas ciudades-estado perderían definitivamente su significación y
protagonismo políticos». En cualquier caso, Aristóteles desempeñó de forma
inmejorable su labor como maestro de un príncipe, e incluso llegó a escribir
para su pupilo una de sus obras, el tratado De Monarchia, que a juicio del
profesor José Alsina «hay razones para suponer que fue escrito a la subida al
trono de su joven pupilo, lo que supone, por otra parte, que este tratado
(donde el filósofo informaba a los griegos del espíritu en el que había educado
al monarca) sería el norte y guía que Alejandro se proponía adoptar durante su
reinado».
La muerte de Filipo II hacia el año 335 a. C. y su sucesión en
el trono de Macedonia por Alejandro Magno supusieron el fin de la tarea como
tutor de Aristóteles, quien, contando con la protección del poderoso monarca,
decidió regresar a Atenas. Tenía cuarenta y nueve años, una larga experiencia y
unas ideas filosóficas propias claras. Como su maestro Platón, sólo le restaba
fundar una institución en la que poder consagrar a ellas el resto de su vida, y
eso fue precisamente lo que hizo mediante la creación del Liceo.
§. El Liceo y la plenitud como maestro
Aristóteles regresó a Atenas en el año 335 a. C. con la
intención de establecerse allí definitivamente. Había estado ausente de la
ciudad casi trece años, pero Atenas continuaba siendo el centro cultural por
antonomasia de toda Grecia. Disponía de medios materiales suficientes para
hacer lo que quisiera pues, además de su fortuna personal, su trabajo como
preceptor de Alejandro le había reportado importantes beneficios. Además gozaba
de prestigio intelectual ya que no en vano había sido uno de los más destacados
miembros de la Academia de Platón —todavía en funcionamiento pero bajo la
dirección de su amigo Jenócrates, que había sustituido a Espeusipo tras su
muerte— y su capacidad le había valido la elección como maestro de quien, ante
el asombro de sus contemporáneos, comenzaba a revelarse como el mayor estratega
y político de todos los tiempos. Con ese bagaje y deseoso de crear una
institución formativa en la que desarrollar plenamente su actividad como
filósofo, Aristóteles fundó en Atenas un nuevo centro de investigación y
docencia, el Liceo, cuya trascendencia terminaría motivando que aún hoy nos
refiramos a algunos reputados centros educativos con ese nombre.
La escuela fundada por Aristóteles se ubicó en un recinto
extramuros de Atenas en el que había un santuario consagrado a Apolo Liceo,
probablemente en el lugar donde se encuentra la actual plaza Syntagma (o de la
Constitución). La proximidad a dicho recinto sería la causa de su denominación
como Liceo, al igual que en el caso de la Academia platónica, pues su cercanía
a un santuario consagrado al héroe Academo había determinado su nombre. El
Liceo también fue conocido con el nombre de Peripato (con frecuencia los libros
de historia de la filosofía se refieren a ella como Escuela Peripatética de
Atenas) y aunque tradicionalmente suele considerarse que el sobrenombre derivó
de la costumbre de Aristóteles de impartir sus clases paseando (el significado
del verbo griego peripatéô es pasear), la mayor parte de autores coinciden en
señalar que en realidad se debió a que maestro y discípulos solían situarse
para recibir las enseñanzas del primero en un peripatos o paseo cubierto que
había en el recinto. Además del peripatos, Aristóteles hizo instalar en uno de
los edificios del santuario una magnífica biblioteca —la primera en la historia
según Estrabón— para la que pudo contar con ayuda de Alejandro Magno.
El Liceo era en muchos sentidos una institución similar a la
Academia, especialmente por lo que a su organización se refiere. A diferencia
de la Escuela de Isócrates y al igual que la Academia de Platón, el Liceo era
antes que una institución jerárquica una suerte de comunidad de amantes de la
actividad intelectual. En palabras del profesor Alsina, «no se trataba de una
mera asociación de alumnos y un maestro sino que su organización era mucho más
complicada. Como director de la escuela (escolarca) era de hecho Aristóteles
una especie de primus inter pares [primero entre iguales]. Su cargo de
escolarca era, digamos, en cierto modo, accidental, y tenía una serie de
deberes de docencia e investigación similares a los que podían tener otros
profesores como Teofrasto, Eudemo, Dicearco o Aristóxeno de Tarento. (…) El
hecho cierto es que el Liceo fue fundado con una decidida voluntad de
investigación en equipo, lo cual es muy moderno». La división de funciones
entre los miembros del Liceo venía determinada por su mayor o menor grado de
formación, de modo que los veteranos (presbýteroi) se encargaban de las tareas
docentes y la dirección de la investigación y los neófitos ( neanískoi)
recibían clases y trabajaban bajo la supervisión de los primeros. Sin embargo,
la permanencia de unos y otros en la institución era completamente voluntaria,
sin que mediase ningún tipo de contrato que les obligase a formar parte de ella
por un tiempo ni a desempeñar funciones concretas. Asimismo, como en el caso de
la Academia, los integrantes del Liceo no estaban obligados a guardar secreto
sobre las enseñanzas en él impartidas, como sí debían hacerlo en cambio quienes
formaban parte de las comunidades de estudio pitagóricas. Los principales
discípulos y colaboradores de Aristóteles en el Liceo fueron: Teofrasto,
Eudemo, Menón, Diocles, Aristóxeno, Dicearco y Heráclides Póntico.
Desde el punto de vista de la orientación filosófica e
intelectual, el Liceo presentaba importantes diferencias con la Academia
platónica, pues los vastos planes de investigación y estudio diseñados en él
por Aristóteles tuvieron un carácter que hoy tildaríamos de claramente
científico. El quehacer académico de los miembros del Liceo abarcaba una gran
variedad de disciplinas, pero Aristóteles dio a su vasto programa de estudios
un marcado giro hacia aquellas basadas en la observación y la experimentación.
Esto no quiere decir que el cultivo de la filosofía quedase relegado, sino que
la propia actividad filosófica (búsqueda del conocimiento) se concebía en unos
términos prácticos radicalmente distintos de los planteamientos platónicos que
vinculaban el conocimiento a una realidad ajena a la terrenal, la del mundo de
las Ideas. Como ha indicado el profesor Guthrie, «la filosofía, según le
parecía [a Aristóteles], era un intento de explicar el mundo natural, y si no
logra hacerlo, o sólo consigue explicarlo mediante un mundo misterioso y
trascendental de prototipos (…) hay que pensar que ha fracasado». La vocación
«científica» de la actividad del Liceo también encontraría reflejo en los
escritos en que se recogieron sus trabajos y así, frente a los diálogos platónicos
de evidentes pretensiones artísticas y estilísticas, la literatura peripatética
renunció a éstas en aras de un estilo conciso y exacto.
Durante los doce años que Aristóteles estuvo al frente del Liceo
desarrolló una actividad intelectual ingente que daría como fruto, por una
parte, los escritos de carácter científico y filosófico que recogen su
pensamiento, los denominados Corpus aristotelicum, y por otra, una serie de
grandes colecciones y proyectos de investigación dirigidos por él o realizados
—en colaboración o en solitario— por miembros aventajados del Liceo. Los
escritos de Aristóteles que conforman lo que hoy consideramos el grueso de su
legado filosófico abarcan los campos de la lógica, la física, la biología, la
metafísica (o filosofía primera, que es como entonces se denominaba), la ética,
la política, la retórica y la poética. Aunque el pensamiento de Aristóteles se
ocupó de todas estas materias, su actividad preferente en el Liceo se centró en
los campos de la zoología y la biología hasta el punto que, como recuerda José
Alsina, «si Aristóteles no es el inventor del término “biología”, sí es,
empero, en rigor, el creador de este campo científico». Efectivamente,
Aristóteles hizo grandes aportaciones en anatomía, embriología y genética a
partir de la simple observación de los seres vivos, llegando a formular una
clasificación taxonómica de éstos que perduró hasta Linneo. Al mismo tiempo, su
preocupación por hacer de todas las facetas del saber un corpus coherente le
llevó a establecer una clasificación de las ciencias en «teoréticas»
(matemáticas, física, teología y metafísica, de carácter contemplativo),
«prácticas» (ética y política, volcadas a la consecución del bien como fin de
la acción) y «poiéticas» (poética y retórica, creadoras de las condiciones de
producción de la belleza), que pervivió durante siglos.
La actividad de Aristóteles al frente del Liceo discurrió
plácidamente hasta que en el año 323 a. C. un hecho cambiaría su situación. La
muerte de Alejandro Magno, que había sometido bajo su poder a todos los pueblos
que encontró a su paso desde Grecia hasta el Indo y desde Egipto hasta Asia
central, desencadenó una reacción anti macedónica en buena parte de dicho
imperio, y sobre todo en Atenas. La relación de Aristóteles con Alejandro
rápidamente le convirtió en un posible objetivo de las iras atenienses, de modo
que tuvo que abandonar la ciudad para proteger su propia vida. Según Diógenes
Laercio, fue amenazado con una acusación por impiedad, y ante la posibilidad de
que volviese a repetirse con él la historia de Sócrates, Aristóteles abandonó
Atenas advirtiendo a sus habitantes: «No permitiré que pequéis por segunda vez
contra la filosofía». Sea cierta o no la anécdota recogida por Laercio, la
verdad es que ante la situación política Aristóteles dejó Atenas para
refugiarse en unas propiedades que poseía en Calcis, en la isla de Eubea, donde
finalmente murió un año más tarde. Tenía setenta y dos años y había consagrado
su vida a la búsqueda del conocimiento. Su obra abarcaba todas las disciplinas
del saber y lo hacía con una profundidad y eficacia difícilmente comparables.
Si en vida su reputación fue equiparable a la de su maestro Platón, los siglos
venideros, al igual que harían con éste, le conducirían a la inmortalidad.
§. El legado histórico del aristotelismo
Tras la muerte de Aristóteles su compañero y amigo Teofrasto
asumió la dirección del Liceo que, como institución educativa e investigadora,
continuó abierta durante siglos. Sin embargo, la orientación filosófica del
Liceo comenzó a sufrir ciertas modificaciones motivadas tanto por el propio
carácter de la obra de su fundador como por las circunstancias culturales del
momento. Como apunta el filósofo Tomás Calvo, «la obra escrita de Aristóteles
presentaba, en efecto, dos caras como el dios Jano. Una de estas caras estaba
constituida por los escritos exotéricos, los diálogos tempranos marcadamente
platónicos tanto en su contenido como en su forma. (…) La otra cara se
manifestaba en los tratados más marcadamente orientados hacia la ciencia
natural y la observación empírica». La mayor parte de los discípulos del Liceo
posteriores a Aristóteles dirigieron su interés hacia los escritos
platonizantes de éste, de modo que en la Antigüedad la obra de Aristóteles se
conoció y popularizó a partir de los citados escritos exotéricos. Por otra
parte, el surgimiento de la escuela filosófica epicúrea, característica de la
época helenística, favoreció el acercamiento de posturas entre las escuelas
estoica, platónica y aristotélica en contra de la primera y, en consecuencia, un
proceso de sincretismo entre ellas.
El interés por los escritos platónicos de Aristóteles supuso que
su aportación más personal, la que constituía el Corpus aristotelicum que se
custodiaba en su biblioteca ya que, a diferencia de los primeros, no había sido
publicado, pasase a un segundo plano. Ello unido a los avatares sufridos por la
biblioteca de Aristóteles tras su muerte terminaría determinando la pérdida del
Corpus aristotelicum hasta que a finales del siglo I a. C. fue recuperado y
editado por Andrónico de Rodas. A partir de la labor de este último comenzaron
a florecer los comentaristas de la obra de Aristóteles, pero el surgimiento de
una fuerte corriente neoplatónica ya en el siglo III d. C. acabaría motivando
que la transmisión del pensamiento aristotélico se realizase bajo el prisma del
neoplatonismo y, una vez más, se centrase en sus primeros escritos. Las
corrientes neoplatónicas que habían surgido en Oriente fueron penetrando de
modo paulatino en el Occidente latino de suerte que, en los primeros siglos del
cristianismo, los llamados Padres de la Iglesia configuraron un pensamiento
cristiano de fortísimo cuño platónico, labor que san Agustín llevaría a su
culminación en el siglo IV. Mientras, la filosofía propiamente aristotélica
permanecía prácticamente desconocida para Occidente.
Sin embargo, el aristotelismo terminaría por irrumpir en el
pensamiento cristiano medieval con una fuerza imparable. El Corpus
aristotelicum seguía vivo en Grecia y de allí pasó a Persia cuando en el 529
Justiniano cerró la Universidad de Atenas, pues los estudiosos griegos se
dirigieron a la entonces culturalmente pujante Persia llevando con ellos la
tradición filosófica griega. La expansión vertiginosa del islam a partir del
siglo VII terminaría siendo la responsable de la recuperación del legado aristotélico
en Occidente ya que la conquista musulmana de Persia permitió la traducción al
árabe de las grandes obras del pensamiento griego. A partir de ahí, las
importantísimas escuelas de traductores árabes ubicadas durante la Edad Media
en Toledo, Salerno y Sicilia recogerían dichas obras para ofrecer traducciones
al latín. Entre los traductores árabes destacaría especialmente la figura del
cordobés Averroes, en el siglo XII, que se convirtió en uno de los más
destacados comentaristas de las obras de Aristóteles. Así, como afirma Tomás
Calvo, «Averroes transmitía un aristotelismo directo y puro, no contaminado de
platonismo», que se introdujo por fin en Occidente en el siglo XIII.
Pero la filosofía estricta de Aristóteles entraba en conflicto
con algunos importantes principios del cristianismo platonizante
(particularmente negaba la creación del mundo al que consideraba eterno y
tampoco admitía la inmortalidad del alma) que finalmente, de la mano de la
lectura ofrecida por santo Tomás de Aquino, terminaron por soslayarse.
Incorporada así al pensamiento escolástico medieval, la obra de Aristóteles se
convirtió en la referencia de toda actividad intelectual y científica y pasaría
a ser parte esencial de nuestro común acervo cultural. Los ataques sufridos por
la escolástica, muy especialmente a partir de la revolución científica del
siglo XVII, pondrían en tela de juicio algunos principios del aristotelismo,
pero pese a ello la aportación aristotélica continuó indisolublemente ligada a
la tradición cultural y filosófica occidental. Incluso en el siglo XIX, cuando
Darwin formuló su teoría sobre la evolución de las especies con la que daba
paso a la biología moderna, reconocería abrumado ante el legado aristotélico:
«Linneo y Cuvier han sido mis dos dioses, pero los dos eran simples escolares
comparados con el viejo Aristóteles».
Aristóteles es sin duda uno de los más importantes filósofos de
la Historia. Su obra alcanza una variedad tal de disciplinas y lo hace con
tanta profundidad que resulta difícil no perder el habla ante semejante legado.
Discípulo de Platón y maestro de Alejandro Magno, fue, por encima de todo, un
hombre que amó profundamente el saber en todas sus posibles facetas. La
indisoluble unión de su obra filosófica con la tradición cristiana desde la
Edad Media convirtió su pensamiento, junto con el de Platón, en el sustrato del
que bebe la historia de nuestra ciencia y filosofía. Sus reflexiones sobre
política y ética en las que esta última se considera parte inseparable de la
primera, o el valor que en ellas concede a la convivencia humana leídas hoy
resultan tan actuales y refrescantes como cuando fueron formuladas allá por el
siglo IV a. C. Y es que leer a Aristóteles es redescubrir quiénes somos.
Capítulo 4
Alejandro Magno
Contenido:
§. El conquistador
§. Filipo II a la conquista de Grecia
§. De niño a general de caballería
§. Alejandro III de Macedonia
§. Gran rey de Persia, faraón de Egipto
§. Completar la conquista: Irán oriental
§. Los últimos años de Alejandro
§. El conquistador
Si el lector tuviese la oportunidad de hablar con una persona
culta del mundo grecorromano que hubiese vivido entre los siglos IV a. C. y V
d. C. y hubiese tenido la oportunidad de preguntarle quién era Alejandro, sin
más, su interlocutor no habría tenido ninguna duda. Sólo por ese nombre se
conocía a Alejandro III, rey de Macedonia (356-323 a. C.) y último
representante de la dinastía de los Argéadas. Los epítetos se quedaban cortos
para este hombre: rey omnipotente, prototipo de conquistador, fundador de un
imperio universal que pereció con él, protagonista de la más elevada de las
grandezas y de algunos episodios de una bajeza deleznable… todo ello en el
tiempo récord de una vida de treinta y tres años y un reinado de trece. Los
militares de todos los tiempos le han tenido por guía y han deseado emular sus
hazañas, empezando por sus generales, que se repartieron su imperio a su
muerte, y acabando por Napoleón; pero también los escritores hicieron de él
punto de partida de un mito literario —basado en algunos aspectos de su
novelesca vida— que empezó en la Antigüedad y termina en algunos representantes
de la actual novela histórica. ¿Quién fue este joven conquistador? ¿Por qué
causó tal impresión a sus contemporáneos y a sus sucesores hasta la actualidad?
¿Qué puede enseñarnos hoy en día? Los acontecimientos de su vida guardan las
respuestas a estas preguntas y mucho más.
En el momento de la rendición de Atenas en el año 404 a. C., que
supone el punto final de la guerra del Peloponeso (la «guerra civil» por la
hegemonía que había enfrentado a las ciudades-estado griegas desde el 431 a.
C.), Macedonia, pese a ser el estado territorialmente más extenso de toda la
Grecia continental, apenas contaba en el ámbito político y cultural heleno. Era
un reino de pastores y campesinos, de costumbres y cultura diferentes a los del
resto de Grecia debido al relativo aislamiento en el que había vivido durante
décadas y que pese a no estar muy cohesionado, gozaba de una posición económica
privilegiada gracias a la gran cantidad de recursos naturales —sobre todo
mineros— con que contaba.
Desde esta posición subalterna pasaría a ser la primera fuerza
política y militar en menos de setenta años. ¿Cómo fue posible? El fin de la
guerra entre las polis griegas no conllevó ni un período de paz duradera ni el
dominio claro de la ciudad-estado vencedora, Esparta, ni una conjunción de
voluntades entre los diferentes estados que permitiese abrir un horizonte de
prosperidad y proyectos comunes para toda Grecia. El panorama fue más bien el
contrario. Las polis continuaron con sus rencillas y divisiones internas que
prolongaron un ambiente bélico de baja intensidad salpicado de crisis de cierta
envergadura. Si Esparta duró poco tiempo como potencia dominante (hasta la
batalla de Leuctra, en el 371 a. C.), su sucesora, Tebas, apenas aguantó en esa
posición nueve años. La batalla de Mantinea, en el 362 a. C., marcó su ocaso y
un panorama general de agotamiento de las ciudades-estado.
Frente a esta situación, Macedonia había logrado una
estabilización paulatina bajo la dinastía de los Argéadas, que habían
cohesionado el reino tribal y habían ido labrando un proyecto de mayor
implicación en los asuntos continentales. En ese punto, el acceso al trono de
un hombre fuerte y con una clara visión política supuso el comienzo de un nuevo
equilibrio de relaciones en Grecia.
§. Filipo II a la conquista de Grecia
En el año 359 a. C. moría el rey Pérdicas III de Macedonia y
accedía al trono un joven de veintidós años, Filipo II. Él era el hombre
llamado a unificar la acción política de toda Grecia y pronto comenzó una
estrategia que combinaba la astucia diplomática, explotando para ello las
rencillas entre las polis y no mostrando ningún empacho en incumplir su palabra
si le convenía, y la agresividad bélica. En poco tiempo logró extender su
autoridad desde el Bósforo hasta el estrecho de Corinto. Fue entonces cuando en
algunas de las ciudades más importantes y de mayor peso de toda Grecia
comenzaron a alzarse voces contrarias a su avance por temor a que supusiese el
fin de su existencia y de su forma de entender la política. En opinión de Brian
Bosworth, profesor de Historia de la Universidad de Australia Occidental, «el
reinado de Filipo fue convirtiéndose en un golpe desagradable. Aquel
desorganizado reino macedonio se había organizado de repente gracias a las
minas. Tenía un enorme poder económico». Efectivamente, Filipo aprovechó la
riqueza económica de su territorio para financiar sus campañas a lo largo de
toda la península Balcánica.
El temor contra Filipo era un temor fundado, pero no tanto en su
capacidad arrolladora como en la propia decadencia de las polis. La figura
emblemática de esta oposición fue la del político y orador ateniense
Demóstenes, que se erigió en adalid de la vieja polis (y de las ideas de
libertad y participación ciudadana que representaba) frente a los defensores de
un nuevo horizonte, el de un estado panhelénico encabezado por Macedonia.
Fueron célebres sus discursos contra el monarca macedonio, las memorables Filípicas,
en las que con gran vehemencia demostraba su posición inquebrantable frente a
lo que consideraba el ascenso de una tiranía. Teniendo en cuenta que la amenaza
procedía de un reino alejado del núcleo de la civilización griega, el rechazo
era todavía mayor. William Murray, profesor de Historia de la Universidad de
Florida, afirma lo siguiente: «Tenemos la impresión de que los macedonios
apenas sabían leer, de que eran rudos, de que estaban por debajo del alto nivel
cultural que mostraban los atenienses, e incluso de que eran una amenaza
representada por su rey, Filipo II».
Mientras continuaban los conflictos de Filipo con diferentes
ciudades, el monarca procedió a reformar su ejército para poner a punto un arma
bélica que asegurase su superioridad militar frente a posibles alianzas de las
ciudades y sus ejércitos, compuestos básicamente por mercenarios. Frente a
ellos Filipo reformó los tradicionales escuadrones de caballería macedónicos,
cuyos miembros eran de extracción noble y se les conocía con el nombre de
«compañeros», y les añadió grandes grupos de soldados de infantería armados con
una larga lanza, a la llamada «sarissa», reclutados entre el campesinado y que
recibieron el nombre de «compañeros de a pie»). El resultado fue una fuerza
equilibrada con una capacidad ofensiva imparable. Según el criterio del
profesor Murray, «la diferencia principal de la falange de Filipo es que en
ésta la armadura corporal del soldado de infantería era menor, pero se
compensaba con el hecho de que el soldado lleva una lanza. Ésta tenía entre
cuatro y cinco metros y medio de largo y disponía de un contrapeso en la parte
más cercana al soldado, que permitía mover su apoyo de modo que el extremo de
la lanza pudiese levantarse. Por supuesto, si disponían de una lanza de esas
dimensiones, se tenía que adiestrar muy bien a los soldados para que pudiesen
moverse con ellas». El poder ofensivo de la falange era letal. En opinión del
profesor Bosworth, «si alguien se encontraba de cara a una falange macedónica
se encontraba con un frente compuesto por miles de esas lanzas. Tenía ese
enorme muro de acero letal aproximándose y le resultaba imposible alcanzar una
posición sólo empujando con su escudo. Así que, si la falange mantenía el
nivel, podía literalmente avanzar hasta alcanzar cualquier posición, algo que
hacía muy bien». Dotado de esta nueva arma, Filipo no tardaría en asentar su
dominio sobre toda Grecia.
Otro de los medios empleados por el monarca macedonio para
consolidar su poder fue el de casarse con mujeres de diversos territorios
helenos. Como recuerda Peter Green, profesor emérito de la Universidad de
Austin (Texas), Filipo «tenía la reputación de tomar una esposa nueva después
de cada campaña. El objetivo de semejante proceder era que quería quedar
diplomáticamente a salvo contrayendo nuevas alianzas». Una de estas mujeres fue
Olimpia (también llamada Olimpíade), una princesa procedente de la región de
Epiro (una región periférica al noroeste de Grecia), que pronto destacó por su
carácter y su interés por el poder. En el verano del año 356 a. C. Olimpia dio
a Filipo un hijo, al que puso por nombre Alejandro (que en griego quiere decir
literalmente «el que protege a los varones»). Como afirma el profesor Green
sobre ella, «tenía carácter, le interesaba la política, la religión y, sobre
todo, la dinastía. Su principal interés, a lo largo de toda su vida, fue
colocar a su hijo Alejandro en el trono. En la medida en que la sucesión de su
hijo se viese afectada, era despiadada». Ésos serían los referentes que tendría
Alejandro en su infancia: un padre belicoso absorbido por sus proyectos de
hegemonía y una madre ambiciosa y dominante. Ambos dejarían una impronta
imborrable en la educación y la personalidad de su hijo.
§. De niño a general de caballería
Alejandro tuvo una educación aristocrática en la corte de Pela,
la capital del reino, aunque todavía tenía gran importancia la ciudad que había
detentado esa condición anteriormente, Egas. Como en la formación de los hijos
de la nobleza macedonia, el componente militar y físico tuvo una gran
importancia, acentuada por el hecho de que su madre impuso que su primer
educador fuese Leónidas, de su mismo origen geográfico, que le dio una
instrucción típicamente epirota, basada casi exclusivamente en la educación
física. Uno de los episodios más rememorados de esta etapa, que duró hasta los
catorce años, tuvo lugar cuando el muchacho tenía sólo trece. A esa edad logró
domar a un caballo que le habían ofrecido a su padre por su extraordinaria
calidad pero que nadie conseguía domar. Alejandro se dio cuenta de que lo que
sucedía era que el caballo se asustaba de su propia sombra, por lo que para
montarlo debía ponerlo de cara al sol. Ante el asombro de los que miraban la
escena, el adolescente logró con una naturalidad sorprendente lo que los
adultos más experimentados no habían podido hacer. Filipo se quedó el caballo
para su hijo y le puso por nombre Bucéfalo, que en adelante se convirtió en el
corcel favorito de Alejandro y le acompañaría a lo largo de sus campañas.
Pero un año más tarde Filipo, quizá como reacción a la excesiva
influencia materna, decidió dar un giro a la educación de su hijo. Le envió a
la ciudad de Mieza, donde se estaba formando una notable escuela filosófica.
Allí es donde Alejandro recibió la instrucción del más notable pensador griego
del momento, Aristóteles de Estagira, desde el año 342 a. C. El cambio en su
adiestramiento fue radical. De una educación eminentemente física y militar
pasó a una intensiva formación intelectual y sensible, profundizando sus
conocimientos sobre literatura y filosofía y abriendo su curiosidad a nuevos
campos como la medicina y la retórica. Sin embargo, el factor militar estuvo
siempre presente y no mucho después su padre pensó en hacerle entrar en
combate. Cuando en el año 339 a. C. Tebas y Atenas se aliaron para detener el
avance de Filipo hacia el sur, el rey macedonio no podía sino responder
plantando cara a lo que constituía un desafío a sus planes. Los atenienses
enviaron tropas hacia la región de Beocia para impedir un avance militar de
Filipo contra Tebas y mandaron embajadas para recabar apoyos, que consiguieron
en Eubea, Acaya, Mégara, Corinto, Acarnania, Léucade y Corcira. El choque se
produjo en Queronea, en el 338 a. C., donde Alejandro participó como comandante
de la caballería macedonia y tuvo un papel brillante al liderar a sus dos mil
jinetes desde el flanco para apoyar la ofensiva de las falanges.
La victoria fue aplastante, pero Filipo se mostró indulgente con
los vencidos ya que tenía en mente un nuevo proyecto, pactar una unión de toda
Grecia para emprender una expedición de castigo contra Persia. El Imperio persa
era entonces la principal potencia política del Mediterráneo y de Próximo
Oriente. Estaba gobernado por la dinastía de los Aqueménidas, cuya autoridad se
extendía desde Egipto (el gran rey de Persia ostentaba el título de faraón
desde su conquista) hasta el actual Afganistán y desde el mar Caspio hasta el
golfo Pérsico. A comienzos del siglo V a. C., las esferas políticas persa y
griega habían entrado en conflicto. Desde que en el año 499 a. C. las ciudades
griegas de Jonia (región que se corresponde con la costa egea de la península
de Anatolia) se rebelaron contra el dominio político de los persas y éstos
comenzaron una campaña de represión que desencadenó la guerra greco persa, y
que conocemos como guerras Médicas (490-479 a. C.), las ciudades-estado habían
soñado con organizar una campaña que liberase a sus hermanas jonias del yugo y
que castigase a los persas por los golpes infligidos en el pasado. Con este
objetivo reunió Filipo en Corinto un congreso de estados helénicos (conocidos
desde entonces como Liga de Corinto) que le nombró jefe militar supremo con el
cometido de poner rumbo a Asia al mando de las tropas que se reclutasen al
efecto. Para preparar el terreno se envió un primer contingente militar al
mando de uno de sus generales, Parmenión. Como señala el profesor Green, «Parmenión
era su general en jefe, de una importancia capital para él, su mano derecha y
hombre de absoluta confianza. Era además un astuto político de primer orden.
Sus grandes bazas eran su absoluta lealtad a Filipo y su indudable habilidad
como gran general».
Sin embargo Filipo nunca pudo encabezar la soñada campaña persa.
En el 336 a. C., cuando celebraba en Egas un festival religioso con el objeto
de atraerse el beneplácito de los dioses en la próxima aventura, fue asesinado
por un miembro de su guardia personal, Pausanias. Parece que el móvil fue una
cuestión de celos, ya que el asesino había sido durante un tiempo amante del
rey y poco después había caído en desgracia. En cualquier caso, el agresor
intentó huir del escenario del crimen, pero algunos de los presentes dieron con
él y lo asesinaron. Como ha señalado el profesor Green, «desde el principio
hubo teorías de la conspiración, sobre todo después de que Pausanias fuese
útilmente asesinado tras su persecución por compañeros de educación de
Alejandro, lo que impedía que pudiese hablar. Las sospechas inmediatamente
cayeron sobre Olimpia y, a través de ella, sobre el propio Alejandro. Lo que es
cierto es que nunca sabremos la verdad». Efectivamente, Olimpia se había
distanciado de su marido a raíz de un nuevo matrimonio de éste, ahora con una
joven de una familia aristocrática macedonia, Cleopatra, treinta años más joven
que él. Si la nueva esposa tenía descendencia masculina (como efectivamente
ocurrió) ésta sería de pura sangre macedonia y tendría preeminencia para el
acceso al trono, ya que Alejandro sólo era macedonio por parte de padre. Por
tanto, los ingredientes para un complot estaban servidos, pero se ignora si
Pausanias fue responsable del magnicidio en solitario. Filipo II fue enterrado
en las cercanías de Egas, en una tumba majestuosa cubierta por un magnífico
túmulo que en la práctica era una colina artificial, rodeado de un fabuloso
tesoro funerario. En la actual ciudad de Vergina puede visitarse esa tumba, que
fue hallada intacta en 1977 por el arqueólogo griego Manolis Andronikos. Su
inesperada muerte dejaba una situación inestable en el reino, con una cuestión
sucesoria abierta y con los preparativos de una expedición continental en
marcha. Ésas fueron las poco halagüeñas condiciones en que accedió al trono
Alejandro. Tenía apenas veinte años.
§. Alejandro III de Macedonia
No son muchas las fuentes que nos han llegado desde la
Antigüedad sobre la vida de Alejandro. Se cuentan básicamente cuatro y sobre
ellas se han realizado todos los estudios sobre el legendario rey. El más
antiguo de los autores que escribió sobre ello y cuya obra nos ha llegado fue
Diodoro Sículo, historiador del siglo I a. C. que dedicó un volumen de su
Biblioteca histórica a la vida de Alejandro; Plutarco, historiador griego del
siglo I d. C., escribió una biografía del rey en sus Vidas Paralelas; Quinto
Curcio Rufo, pretor e historiador romano del siglo I d. C., escribió una
Historia de Alejandro Magno, y por último, Flavio Arriano, filósofo e
historiador griego del siglo II d. C., escribió su Anábasis de Alejandro Magno,
uno de los escritos fundamentales sobre el monarca. Todos estos textos beben en
fuentes más antiguas, muchas coetáneas al rey macedonio, y dan una clara visión
de conjunto aunque en ocasiones divergen en los detalles.
Todos ellos coinciden en que pese a lo agitado del momento de
acceso al trono, en poco tiempo logró poner la situación bajo control. La
oposición interior, formada por miembros de la familia real y parece que
también por algunos generales importantes, fue sofocada cuando el general
Antípatro logró que fuese aclamado por una asamblea de guerreros. Las armas
también desempeñaron su papel, ya que se acabó con los opositores más díscolos
y Olimpia se encargó de eliminar al pequeño hijo de Filipo y Cleopatra, que se
suicidó poco después. Asimismo, en el resto de Grecia se produjeron reacciones
contra el poder macedonio que Alejandro no podía consentir si quería asegurar
su continuidad en el poder. Dos campañas militares, una de intimidación y otra
de castigo, le bastaron para recuperar la obediencia de las ciudades griegas y
que se le reconociese la condición de general en jefe de la Liga de Corinto que
tenía su padre.
Llegado a este punto se planteó emprender la hazaña persa que
había planeado Filipo. Las motivaciones seguían siendo las mismas, pero ahora
el joven rey veía además que una gran victoria le daría una posición de
prestigio en toda Grecia. Posiblemente el proyecto no iba más allá de expulsar
a los persas de Asia Menor, ya que los efectivos que movilizó rondaban los
cuarenta mil hombres, la mitad macedonios y la otra mitad aportados por la Liga
de Corinto y mercenarios. Así las cosas, en la primavera del 334 a. C. las
naves griegas comenzaron a cruzar el Helesponto (nombre con el que se conocía
el estrecho de los Dardanelos) y las fuerzas desembarcaron en Abidos. Alejandro
estaba acompañado ya por las personas más cercanas a él y que marcaron su
reinado: el general Parmenión, sus compañeros de armas Clito y Hefestión (ambos
amigos de la niñez y el último su amante de por vida) y el historiador
Calístenes (sobrino de Aristóteles y cronista oficial de la campaña). Una
primera respuesta persa a la presencia del ejército griego no se hizo esperar y
poco después, en la región de Tróade, tuvo lugar el primer encuentro con las
tropas enemigas. El gran rey de Persia, Darío III, encomendó repeler la
expedición griega al general Memnón, un mercenario griego a su servicio. El
combate tuvo lugar a orillas del río Gránico, un terreno escogido adrede por
Memnón para favorecerle. Allí venció contra todo pronóstico Alejandro, ya que
las tropas griegas tuvieron que atacar a las persas atravesando el río. Según
el profesor Green, la propia actitud de Alejandro tendría un papel decisivo en
la victoria: «Fue un temerario, pero hubo un método en su locura. Una de las
ventajas de liderar un ataque en el frente en vez de dirigirlo desde la
retaguardia es que consigues que la gente te siga, ya que no les estás pidiendo
nada que no estés haciendo tú mismo». En el río Gránico el rey de Macedonia
demostró lo que estaba dispuesto a arriesgar en la empresa, su propia vida.
Con el primer contingente persa vencido, los griegos ocuparon
Sardes, Éfeso y otras ciudades jonias que, con la excepción de Mileto, se
rindieron sin oponer resistencia. La liberación de Jonia había comenzado. Sin
embargo Alejandro sabía que la empresa no iba a ser tan fácil y que Darío
enviaría un nuevo ejército para cambiar la situación. Con el objeto de salirle
al encuentro, se adentró por Asia Menor hasta llegar a la ciudad de Gordio (o
Gordión). Se trataba de la ciudad del mítico rey Midas y le llamó poderosamente
la atención una leyenda local. Cuando visitaba el palacio y el templo de la
ciudadela vio el carro de los reyes fundadores de la ciudad. Era un carro de
bueyes y estaba atado a un yugo por un nudo inextricable y se decía que aquel
que lograrse desatarlo conquistaría toda Asia. Consciente del golpe de efecto
que supondría cumplir con la profecía, Alejandro recurrió a su astucia y,
desenvainando su espada, golpeó con ella hasta que cortó el nudo, mientras
decía: «Ya está desatado». La inyección de moral en las tropas debió de ser
inmediata y muy efectiva, aunque un mensaje así supusiese alejarse de los
objetivos iniciales del proyecto. Para el profesor Bosworth no hay duda:
«Realmente no tenía más opción que retirar su ejército o reforzarlo y emprender
una guerra total de conquista. Sin duda fue ésta la que eligió. No creo que se
plantease otra cosa en ningún momento. Incluso desde el principio no tenía
límite en su ambición de conquista». Ésa es la historia de cómo Alejandro cortó
el nudo gordiano.
Conocedor de los movimientos que estaba efectuando un gran
ejército persa, liderado en esta ocasión por el propio Darío, Alejandro viró
con sus tropas hacia el sur, hasta el norte de la actual Siria. En el otoño del
año 333 a. C., en la llanura costera de Isos, entre el mar y los montes y de
nuevo con un río de por medio, se enfrentaron los dos reyes más poderosos del
mundo. La ventaja numérica era claramente desfavorable a los macedonios, frente
a sus cuarenta mil hombres Darío disponía por lo menos de sesenta mil. En esta
ocasión la desventaja de la falange al tener que remontar la orilla del río fue
compensada por la sagacidad de la caballería, que fue capaz de colarse por los
flancos abiertos que dejó la infantería persa y pudo hostigar al enemigo desde
la retaguardia, dando así a los soldados de a pie la oportunidad de rehacerse
en terreno llano una vez superada la orilla. La victoria fue clara, aunque el
propio Alejandro resultó herido en un muslo. Los persas se batieron en retirada
(el propio Darío huyó del campo de batalla) y los macedonios lograron hacerse
con el campamento enemigo, incluyendo la tienda del rey, donde se alojaban su
esposa y dos de sus hijas. Les habían informado erróneamente de que Darío había
muerto, y Alejandro aprovechó la ocasión para realizar otro de los gestos
propagandísticos que tan hábilmente manejaba. Envió un mensaje en el que
comunicaba a las mujeres que el gran rey estaba vivo y les aseguraba que
respetaría escrupulosamente su condición de personas reales y los privilegios
que llevaba aparejados. Según Bosworth, con esto Alejandro «lo que hacía era
presentarse como el nuevo rey persa: él era el rey legítimo y entre sus
obligaciones se encontraba la de proteger a las mujeres. Haciendo aquello
estaba enviando un mensaje a todo el mundo: ya que como rey persa tenía a las
mujeres de la familia real, la nobleza persa comenzaba a reconocerlo como su
rey». El propósito legitimador de esta actuación demostraba que poco a poco
Alejandro dejaba de verse sólo como rey de Macedonia y empezaba a acariciar la
posibilidad de añadir a sus dominios la primera potencia del momento.
§. Gran rey de Persia, faraón de Egipto
Después de Isos el propio Darío fue consciente de que la amenaza
macedonia sería difícil de parar y propuso a su enemigo un acuerdo para
solventar la guerra, ofreciéndole la soberanía de los territorios al oeste del
Éufrates y la mano de una de sus hijas para sellar el acuerdo. Según Plutarco,
cuando Alejandro recibió la oferta buscó consejo entre sus generales. Parmenión
le habría dicho entonces que él aceptaría la oferta si fuese Alejandro, a lo
que éste respondió que en cambio él sólo lo haría si fuese Parmenión. La
posibilidad de una paz pactada no estaba entre las posibilidades contempladas
por el hijo de Filipo, que decidió continuar su campaña hacia el sur. Era
evidente que estaba centrando su lucha contra los persas en tierra, pero éstos
además eran una potencia naval que podía interferir en el comercio marítimo
griego o contraatacar por mar. Por ello el rey macedonio decidió atacar las
bases navales de la flota persa, las ciudades costeras de la franja
sirio-fenicia. Eran las ciudades de los antiguos fenicios, cuya tradición de
navegación se remontaba a varios siglos, y también uno de los pilares del
florecimiento naval y comercial de Persia, por lo que su control era una buena
baza. Las ciudades portuarias se rindieron salvo Tiro, que junto a Sidón y
Biblos habían sido la tríada clásica del poder naval fenicio.
Lo que al principio no parecía sino un contratiempo menor, acabó
convirtiéndose en todo un reto técnico y militar que obligó a Alejandro a
emplear ocho meses en la toma de la ciudad. El problema, una vez que los tirios
le negaron la entrada para hacer sacrificios en el templo de Heracles —lo que
equivalía a reconocer su rendición—, fue que la ciudad no sólo se componía de
una parte en tierra firme —que resultó sencillo rendir— sino también de una
isla fortificada que estaba situada a ochocientos metros de la costa. Para
lograr su rendición, Alejandro trazó un plan que los tirios consideraron
descabellado: realizar un camino elevado sobre un malecón que construirían sus
tropas desde tierra firme hasta la isla. El esfuerzo fue titánico y sólo
alcanzó éxito después de que participaran en la tarea barcos de guerra
procedentes de Chipre, y además al segundo intento, puesto que un primer
malecón fue destruido por los tirios mediante la colisión de un barco cargado
de material inflamable. Se consiguió rendir la isla fortaleza en julio del año
332 a. C. y Alejandro no mostró piedad para con quienes le habían desafiado:
ocho mil tirios murieron en la defensa y treinta mil fueron vendidos como
esclavos. En esta actitud se pueden apreciar varias intenciones por parte del
rey macedonio. En opinión del profesor Green, «en última instancia continuó con
ello porque no estaba dispuesto a encajar el golpe, le habían irritado y quería
sacrificar en aquel templo aunque tuviese que matar a miles de personas para
conseguirlo». Si bien de nuevo había un aviso para navegantes en aquella
acción, como afirma el profesor Murray, «lo que demostró Alejandro es que si
consideraba algo estratégicamente necesario iba a permanecer y luchar por ello
todo lo que fuese necesario hasta alcanzar su objetivo».
Con todo el Levante bajo control, el siguiente objetivo fue
Egipto. Allí fue recibido como libertador del yugo persa y los sacerdotes de
Menfis le coronaron con la doble corona del Alto y el Bajo Egipto. Su estancia,
en el año 331 a. C., estuvo marcada por dos hechos. El primero fue la fundación
de una ciudad con su nombre en un enclave especialmente dotado para construir
un puerto en la costa occidental mediterránea. El nombre de la nueva ciudad fue
Alejandría, y fue el origen de su política de fundar ciudades como herramienta
para afianzar la presencia griega en los territorios conquistados. Con
posterioridad fundaría más de setenta ciudades repartidas por toda Asia, de las
cuales muy pocas sobrevivieron por largo tiempo. El segundo hecho destacado de
su estancia en Egipto fue su empeño de visitar el templo y oráculo de Amón en
el oasis de Siwah, en el desierto libio. Marchó con su séquito durante seis
semanas por el desierto para alcanzar el que se consideraba oráculo más
importante de Egipto, dedicado al dios egipcio que los griegos identificaban
con Zeus, el padre de los dioses olímpicos. El resultado de la visita fue una
nueva campaña de propaganda a favor del rey macedonio, esta vez afirmando que
el dios le había reconocido como su hijo, lo que le dotaba de una dimensión
sobrehumana y un nuevo fundamento para el tipo de monarquía que desarrollaría
en los años siguientes.
A su salida de Egipto, Alejandro decidió atacar el corazón del
Imperio persa y emprendió el camino que llevaba hacia las capitales del
imperio, en el actual Irán. Pero Darío le salió al encuentro para forzar la
batalla definitiva que decidiría la guerra. Con el objeto de romper la falange
macedónica, el rey persa había reclutado un poderoso ejército y dotado a la
caballería de carros de combate provistos de cuchillas en los radios y ejes de
las ruedas, de forma que podían seccionar al adversario o sus monturas durante
la carga. El choque de los dos ejércitos se produjo en la llanura de Gaugamela,
en las proximidades de la actual Mósul, al norte de Irak. De nuevo la victoria
fue para Alejandro y de nuevo se debió a la astucia que demostró durante el
combate. Darío concentró su superioridad numérica para romper la infantería,
que apenas soportó el avance, ante lo cual el macedonio optó por un ataque
frontal de la caballería con el objeto de hostigar directamente al rey persa y
hacerle prisionero. La guardia real persa no aguantó la carga y una vez más
Darío se dio a la fuga, con la consecuente desbandada de todo el ejército. Pese
a que Alejandro y su caballería se lanzaron a la persecución de Darío con la
intención de capturarlo, tuvo que dar la vuelta ante una llamada desesperada de
Parmenión para que le ayudase a rechazar al ejército enemigo antes de que éste
se retirase al extenderse la noticia de la huida de su líder. En opinión del
profesor Bosworth, «Alejandro demostró allí su brillantez táctica. Lo único que
quizá se le podría reprochar es que abandonó el campo de batalla para perseguir
a Darío, tratando de capturarlo vivo». Aunque Darío había escapado, su ejército
estaba definitivamente destruido y la defensa del imperio había sucumbido.
Alejandro tenía ahora el camino libre para hacerse con todos sus territorios y
fundar un nuevo imperio muy alejado de sus primeros proyectos circunscritos
estrictamente a la órbita de Grecia. Se abría un momento de gloria, pero
también de incertidumbre.
§. Completar la conquista: Irán oriental
Tras Gaugamela, Alejandro hizo su entrada triunfal en las
grandes capitales del Imperio persa. La milenaria Babilonia, que era la ciudad
más importante de Mesopotamia, y las metrópolis iranias de Susa y Persépolis.
En esta última se apoderó del tesoro del gran rey, la mayor concentración de
metales preciosos del mundo. Como afirma el profesor Green, «se estima que el
mínimo de metales preciosos que guardaba era de ciento ochenta mil talentos y
es preciso recordar que un talento equivalía aproximadamente a veintiséis kilos
de peso. Aquello le convirtió en el hombre más rico del mundo conocido». La
orden de Alejandro fue trasladar toda aquella riqueza a Macedonia. En opinión
del profesor Bosworth, «fue como trasladar todo el contenido de Fort Knox en
una tarde. El tesoro fue enviado en una gran caravana escoltada por seis mil
macedonios». Pasó en aquella ciudad los primeros meses del año 330 a. C. y
decidió destruir el magnífico palacio que los reyes de Persia habían construido
allí a lo largo de ciento cincuenta años ordenando su incendio, quizá como una
forma de testimoniar el final del poder de los Aqueménidas.
Sin embargo, Alejandro comenzó a encontrar algunos problemas
entre sus propias tropas. El profesor Green señala que «resulta muy revelador
que fuese tras Gaugamela cuando comenzó a aflorar el agotamiento de las tropas
sobre la base muy razonable de “hemos hecho lo que habíamos venido a hacer,
destruir y controlar el Imperio persa, así que es hora de regresar”». Pero
Alejandro ya estaba construyendo su proyecto de levantar un imperio universal
que abarcase todos los territorios que conocían los griegos de la Antigüedad.
Deseaba extender la campaña hacia el este para hacerse con las provincias
orientales, precisamente adonde había huido Darío. Parte del ejército se negó a
proseguir, por lo que decidió licenciar a los contingentes griegos aliados
aunque ofreció pagar como mercenarios a aquellos que decidiesen quedarse.
Todo el resto del año 330 a. C. discurrió en la persecución de
Darío III para capturarlo. Los motivos por los que Alejandro estaba interesado
en hacer prisionero al rey persa vencido se han discutido a menudo. El profesor
Bosworth opina que «era la forma definitiva de legitimarse. El gobernante
anterior le reconocería no sólo como conquistador, sino como monarca natural de
Persia y se pronunciaría a su favor. Ignoro cuánto tiempo habría sobrevivido
después de esto, pero seguramente ésa era la intención». El profesor Murray
señala además que «la otra gran razón para capturar a Darío vivo o muerto era
evitar que surgiesen posteriormente pretendientes o impostores, y para esto era
mejor tenerle vivo que muerto». De todos modos no fue posible realizar el proyecto.
Tras internarse en Media y Partia, Alejandro tuvo noticia del final de Darío,
que había sido depuesto por sus generales y asesinado por uno de ellos, Bessos.
Sin embargo logró hacerse con el cuerpo de su oponente y lo enterró
solemnemente, al tiempo que se declaró heredero de su legado, por lo que
decidió acentuar el carácter persa de su poder, adoptando medidas que le
acercaban a la población persa pero que le alejaban de su ejército griego y de
sus orígenes. Una primera víctima de esta oposición fue el general Parmenión,
cuyo hijo Filotas fue acusado de conspirar contra Alejandro, oportunidad que
aprovechó para deshacerse de los elementos militares más intransigentes hacia
el giro que estaba experimentando.
El período que abarca entre los años 330 y 327 a. C. fueron los
de la marcha por las provincias orientales, persiguiendo a los asesinos de
Darío y sometiendo los territorios del Imperio persa que todavía escapaban a su
mando. Tras someter los territorios del mar Caspio se adentró por Asia,
atravesando el Hindu-Kush (la estribación más occidental del Himalaya, en los
actuales Pakistán y Afganistán) y adentrándose hasta el río Sir Daria (en los
actuales Uzbekistán y Kazajstán). Bessos fue asesinado por sus seguidores, que
no pudieron continuar la resistencia. Se sometieron los territorios más
orientales del imperio, las provincias de Bactriana y Sogdiana. En esta etapa
Alejandro continuó haciendo suyas las costumbres persas. Se casó con una noble
sogdiana, Roxana, estrechó lazos con la aristocracia local, integró a varios
miles de iranios en el ejército y asumió el ritual de la proskynesis. Éste
consistía en la genuflexión ritual ante el monarca, tradicional entre los
persas pero que a los griegos les resultaba especialmente repulsiva, puesto que
la consideraban un acto muy humillante. Sin embargo Alejandro se mostró
inflexible ante cualquier crítica hacia sus medidas de fusión con las
costumbres persas. Una víctima de dicha rigidez fue su amigo Clito, que la criticó
durante un banquete y le reprochó que la conquista no era mérito personal suyo,
sino una empresa colectiva llevada a cabo por todos los macedonios. Alejandro,
furioso, le atravesó con una lanza. Tampoco corrió mejor suerte Calístenes, que
le mostró en privado su rechazo a su política orientalizante. En opinión del
profesor Green, «para Alejandro era un intelectual que había cumplido su
propósito y estaba comenzando a convertirse en una molestia, por lo que pasó a
ser alguien prescindible, y en efecto acabó prescindiendo de él». El profesor
Bosworth considera que el rey macedonio «se veía como un dios y era tratado
como un dios». La grandeza del proyecto de Alejandro seguía creciendo a medida
que el poder que diseñaba para sí iba despojándose de límites. Ésa fue la razón
de que las fronteras del Imperio persa se le quedasen pequeñas y buscase nuevos
objetivos hacia los que extender sus conquistas.
§. Los últimos años de Alejandro
En el verano del año 327 a. C., Alejandro atravesaba de nuevo el
Hindu-Kush al mando de su ejército y penetraba en el que se conocía como «país
de los cinco ríos» (que no eran otros que los afluentes del Indo) en el Punjab.
El cansancio del ejército era evidente y los motivos de una nueva campaña en
los límites del mundo conocido por los griegos todavía no se han aclarado.
Posiblemente, propósitos concretos como extender la frontera natural del
imperio hasta ese río o asegurar las rutas comerciales entre Persia e India se
combinaban con la megalomanía y la curiosidad de un monarca que había llegado
literalmente al «fin del mundo» de aquel momento. Allí focalizó su última gran
conquista, la que dirigió contra el rey Poros, que gobernaba los territorios
ribereños del río Hidaspes (actual Jhelam). La batalla que libró este rey a
orillas del río, en el 326 a. C. y en la que los indios emplearon una
caballería compuesta por elefantes de guerra, fue el punto culminante de la
campaña de conquista macedónica. Poros fue confirmado como gobernador de los
territorios conquistados y todavía el ejército se abrió paso hasta el más
oriental de los afluentes del Indo, el Hífasis (actual Beas-Sutlej).
Pero allí el ejército se plantó. Un recorrido de más de
dieciocho mil kilómetros les había dejado exhaustos y la falta de objetivos no
compensaba las pérdidas que se estaban sufriendo. Muy a su pesar, a Alejandro
no le quedó más remedio que aceptar la decisión de la tropa y emprender el
regreso. Erigió doce altares —uno en honor de cada miembro del panteón
olímpico— a orillas del Hífasis para marcar el límite oriental de sus
conquistas y organizó el regreso como un descenso por el río hasta el océano, escoltado
por tropas que avanzaban en paralelo por ambas orillas. Todavía sometió a
varias de las ciudades que se levantaban a ambos lados del río, en una de las
cuales recibió una herida de flecha que casi le cuesta la vida. Una vez
llegaron al Índico se continuó el periplo por la costa oceánica hasta alcanzar
Carmania (en el golfo Pérsico) a comienzos del año 324 a. C., desde donde el
rey se dirigió a Susa.
De regreso en el corazón del vasto imperio que había
conquistado, Alejandro se esforzó por continuar su política de fusión entre
griegos y asiáticos, desposando a una princesa aqueménida y obligando a un buen
número de sus oficiales a hacer lo mismo con nobles persas. Fue entonces cuando
falleció Hefestión, perdiendo al último de los apoyos esenciales que le habían
acompañado desde su partida de Macedonia hacía ya muchos años. Poco después se
trasladó a Babilonia, donde quería asentar la nueva capital de su imperio, pero
en el verano del 323 a. C. falleció víctima de una enfermedad no identificada,
aunque tradicionalmente se ha afirmado que fue malaria. Según el profesor
Green, «si nos preguntamos qué fue lo que le mató, disponemos de todo un
conjunto de respuestas a las que recurrir, y es posible que se tratase de una
conjunción de todas ellas. Nunca superó del todo la terrible herida de flecha
que recibió en la India, que casi le mató. Además está la malaria endémica o
cualquiera que fuese la enfermedad que tuvo en sus últimos días».
La muerte del rey fue inesperada. Pese a que Roxana dio a luz un
heredero póstumo, Alejandro IV, determinar quién ejercería la regencia era la
cuestión más urgente y delicada. Los generales de Alejandro solventaron
provisionalmente la cuestión en una asamblea militar celebrada en Babilonia que
conllevó el reparto de las provincias de su imperio. El hijo de Roxana no
llegaría nunca a reinar sobre el imperio de su padre ni dicho imperio, el más
grande que había existido hasta entonces, volvió a unificarse. Uno de los
sucesores de Alejandro, Ptolomeo, que se coronó faraón de Egipto, se hizo con
el cadáver de su rey y lo enterró en Alejandría, donde su tumba fue punto de
peregrinación para buena parte de los grandes políticos de los siglos
posteriores, entre ellos Julio César y Octavio Augusto.
La figura de Alejandro se convirtió casi desde el mismo momento
de su muerte en una leyenda. Fue elevada a prototipo de conquistador y
encarnación de una grandeza arraigada en sus méritos individuales. Su carácter
carismático, su identificación con la divinidad y su poder sin trabas se
convirtieron en los componentes políticos que conformarían las monarquías que
surgieron en el solar de su imperio. Más allá de todo esto, abrió Grecia al
mundo y el mundo a Grecia. El griego se convirtió a partir de él en la lengua
política y culta de todo el Próximo Oriente y el Mediterráneo, ya que sus
generales fueron los fundadores de dinastías que regirían la región hasta el
siglo I a. C. abriendo una nueva época, que los historiadores llaman
helenística, que sólo se cerraría con el auge de una nueva potencia, el Imperio
romano.
Capítulo 5
Julio César
Contenido:
§. El dictador de Roma
§. Un niño modesto pero noble
§. Hacerse soldado para ser político
§. Los tres hombres de Roma: Pompeyo, Craso y César
§. Guerra civil y poder personal
§. El dictador de Roma
No fue el primer emperador de Roma —de hecho, no fue emperador—,
pero sí que fue el personaje fundamental en la azarosa transformación de la
vetusta República romana en Imperio romano, la construcción política que
lograría ver unificado bajo su soberanía todo el mundo mediterráneo, cuna de la
civilización desde el antiguo Egipto hasta la cultura helenística. Sin embargo,
no hubo honor o cargo que no obtuviese en vida: sumo pontífice, general,
cónsul, senador, gobernador provincial… Pero su meteórica carrera fue de todo
menos rutinaria. Entró en escena en un contexto político en rápida
descomposición y compleja evolución, en la que las personalidades más fuertes
de la época pugnaban por acaparar cotas de poder extraordinarias desde las que
reformar el estado al tiempo que forjaban para sí posiciones dominantes,
dictatoriales o casi monárquicas. Cuando parecía que definitivamente era el
vencedor de la guerra civil que había sacudido todo el mundo romano, su
asesinato en el 44 a. C. prolongaría las luchas intestinas durante catorce años
más. Para entonces ya había marcado de forma imborrable el futuro de Roma.
Tanto, que los futuros emperadores, comenzando por el primero, su hijo adoptivo
Augusto, tomarían el nombre de César como parte de su título oficial. No en
vano, desde entonces, ese nombre es símbolo de poder y mando en todo el mundo.
La vida del hombre que lo llevó por primera vez es la que justifica semejante
significado.
A comienzos del siglo I a. C., la República romana era un estado
en constante expansión. La primitiva ciudad del Lacio que dificultosamente
había logrado extenderse por la península Itálica había evolucionado mucho
desde que sus conflictos con la potencia fenicia de Cartago la habían
catapultado a primera potencia del Mediterráneo occidental, a finales del siglo
III a. C. La expansión durante el siglo siguiente por Grecia y algunos
territorios de Asia Menor la habían convertido además en la potencia arbitral
entre los beligerantes reinos del Mediterráneo oriental. Su expansión
territorial la había llevado de la península Ibérica a Anatolia, del norte de
África al sur de la actual Francia.
Pero las dificultades internas habían ido creciendo en la misma
medida que su expansión territorial. Como afirmó Montesquieu, «la república de
los romanos se desplomó bajo el peso de su imperio». Con cada conquista
afluyeron a la ciudad del Tíber riquezas y esclavos, pero las dificultades para
gobernar un gran imperio territorial con el aparato administrativo de una
ciudad-estado iba creando problemas políticos cada vez mayores y tensiones
sociales a las que no se había dado solución. Semejantes ingredientes generaron
desde mediados del siglo II a. C. una situación de larvada conflictividad
interna.
Uno de los primeros síntomas de que la situación comenzaba a
cambiar fue el surgimiento de un partido, el de los populares, que intentaba
reformar las instituciones para que la ciudadanía común recibiese parte de los
beneficios de la expansión territorial. Frente a ellos se hallaba la oligarquía
que detentaba el poder desde hacía siglos, el partido de los optimates, una
aristocracia surgida de la fusión de las más pudientes familias patricias y
plebeyas que acaparaban la institución clave en el gobierno de la República, el
Senado. Éste era una asamblea que originalmente tuvo funciones consultivas y
estaba compuesta por hombres que habían ejercido cargos de importancia en el
estado (las magistraturas), pero debido a que era la única institución que no
se renovaba anualmente, acabó ejerciendo la dirección de la política romana. En
palabras del catedrático de Historia Antigua José Manuel Roldán Hervás, «el
Senado se destacaba como núcleo permanente del estado, el elemento que dotaba a
la política romana su solidez y continuidad». Y desde hacía siglos estaba
copado por los optimates, que imponían una visión tradicional y fuertemente
sesgada a su favor de la política que debía desempeñar la República.
Esta omnipresencia e inmovilismo del Senado acabó por amenazar
con paralizar la acción política y llevó a que surgiesen personalidades fuertes
que pretendían intervenir en la política buscando apoyos fuera del marco
tradicional, sobre todo en el ejército. La crisis de la República romana fue
una etapa de políticos y militares poderosos que, empezando con la pareja rival
de Gayo Mario y Lucio Sila a comienzos de siglo, se prolongaría hasta el
nacimiento del Imperio. Pero ningún hombre tuvo un papel a lo largo de ese
período comparable al de César.
§. Un niño modesto pero noble
Gayo Julio César nació en Roma el 13 de julio del año 100 a. C.
en el seno de una de las más nobles familias del patriciado romano, la gens
Iulia. La alcurnia de la familia era de las más altas de toda la ciudad. La
tradición afirmaba que los Julios descendían de Julo (también llamado Ascanio),
hijo del héroe troyano Eneas que, después de haber huido de la destrucción de
Troya en la guerra cantada por Homero, había acabado en Italia, donde visitó el
solar en el que un descendiente suyo, Rómulo, fundaría Roma. Al ser Eneas hijo
de la diosa Venus, la ascendencia de la familia pretendía remontarse a los
mismos dioses, un hecho que explotaría César a conciencia en sus campañas de
propaganda. El nombre de César estaba presente en la familia desde hacía varias
generaciones sin que se sepa a ciencia cierta cuál era su significado. Desde la
Antigüedad algunos autores apuntaron que el origen estaba en que un antepasado
suyo había destacado por matar un elefante (que en cartaginés se diría caesar,
supuesta razón además de que César acuñase monedas en las que se representaba a
dicho animal), otros porque había nacido por cesárea (al haber sido cortado
—caesus— del vientre de su madre, anécdota que hoy se tiene por falsa) o de la
palabra caesaries, que significa «cabellera». Todavía hoy sigue siendo una
incógnita, pero el caso es que César recibió un nombre por el que se
identificaba claramente desde hacía décadas a la rama de la gens Iulia a la que
pertenecía.
La situación de la familia de César no era ni mucho menos
privilegiada; en palabras del profesor de Filología Clásica Philip Freeman, era
«como un empobrecido linaje victoriano que hubiese vendido tiempo atrás la
plata de la familia, lo único que les quedaba a los Julios hacia finales del
siglo II a. C. era el impecable nombre de la familia». Hacía ya mucho tiempo
que la familia no accedía a las magistraturas del estado ni descollaba por su
fortuna, por lo que poco antes había acudido a los enlaces matrimoniales como
forma de intentar relanzar su relevancia social. Su homónimo padre había podido
casarse con Aurelia, hija de Lucio Aurelio Cotta, que había sido cónsul —la
máxima magistratura del estado— dos veces y pertenecía a la noble familia de la
gens Aurelia. Asimismo, su tía Julia (hermana de su padre) se había casado con
Mario, un importante militar y político que ejerció la jefatura del partido de
los populares desde los años anteriores a su nacimiento. Desde aquel enlace la
familia se mostró siempre cercana a esa tendencia política.
Como correspondía a un descendiente de noble linaje, la familia
procuró proporcionarle una educación esmerada. Aprendió a leer latín en la
traducción de la Odisea que hizo Livio Andrónico y a los diez años se le puso
un profesor de griego, la lengua culta del momento, indispensable en cualquier
buena educación. Marco Antonio Grifón, que así se llamaba el profesor, le
enseñó a leer esa lengua en Homero, además de oratoria y poesía. De joven
comenzó a cultivar la literatura, sobre todo la poesía, que después abandonaría
por la prosa, que años más tarde ejercitaría brillantemente en los relatos que
nos ha dejado de sus campañas militares (La guerra de las Galias y La guerra
civil son sus dos escritos fundamentales). En el año 85 a. C., cuando tenía
quince años y como en el resto de familias que tenían derecho de ciudadanía
romana, llegó a la mayoría de edad y se le reconoció el ejercicio de sus
derechos. La muerte de su padre se produjo poco después y le haría un hombre
completamente emancipado a una edad inusualmente joven.
En aquellos primeros años su figura era todavía la de un
adolescente que seguía aprendiendo a desenvolverse en el mundo de los adultos
en el que repentinamente había sido depositado. Es muy posible que la figura de
su madre, Aurelia, que había sido determinante en su educación anterior,
siguiese ejerciendo una gran influencia en su vida durante mucho tiempo.
Probablemente se debiera a ella la obtención de la primera responsabilidad
pública del joven César, su primer cargo religioso, ya que fue nombrado flamen
dialis (sacerdote de Júpiter) poco después. El estado romano tenía su religión
oficial en la que los ciudadanos podían ejercer funciones que si no eran
especialmente relevantes en el ámbito económico o político, sí que reportaban a
sus titulares un gran prestigio social. Ese mismo año contrajo matrimonio con
Cornelia, hija del cónsul Lucio Cornelio Cinna, que por aquel entonces era el
político que ejercía el poder en Roma. Cuando en el año 87 a. C. el general
Sila abandonó Italia para intentar acabar la guerra que los romanos mantenían
en Oriente contra el rey Mitrídates de Ponto, Mario unió sus fuerzas militares
con las de Cinna y marchó sobre Roma para imponer una política favorable a los
populares. Aunque Mario falleció poco después, su relación familiar con César
facilitaría la concertación de matrimonio, ya que los Julios estarían muy
interesados en seguir estrechando lazos con los políticos populares. Al año
siguiente nacería su única hija, Julia.
Pero poco después Sila volvió victorioso de Oriente y, tras una
breve guerra civil que le costó la vida a Cinna, utilizó el apoyo de su gran
ejército para volver a imponer su poder, aceptando su nombramiento como
dictator (dictador, un viejo cargo que daba poderes excepcionales a un
individuo para solventar una situación de emergencia) por el Senado. Sila
aprovechó el nombramiento para realizar una política favorable a los optimates,
desarrollando importantes reformas legales y administrativas que afianzaban el
poder senatorial y que se vio acompañada de una cruel represión para todos los
que tuviesen algo que ver con Cinna y con los populares. Para César fueron
momentos duros. Sila anuló todos los nombramientos hechos en tiempos de Cinna,
incluyendo el cargo sacerdotal de César, y le ordenó que se divorciase de su
mujer si no quería quedar fuera de la ley. Pese a la amenaza, César se negó.
Como señala el profesor Freeman, «por tozudez, por audacia o por simple amor,
César estaba desafiando a un hombre que había enviado a la muerte a millares de
compatriotas». Fue declarado proscrito, huyó de Roma y se escondió en el campo.
Sólo los ruegos de las vestales (sacerdotisas de la diosa Vesta que asistían a
César y a otros sacerdotes durante los oficios religiosos) y de algunos
conocidos de su madre cercanos al dictador lograron ablandar su voluntad y que
perdonase al fugado. Pero la prudencia aconsejaba alejarse de la capital, que
se había vuelto un lugar peligroso para los populares y sus amigos. Fue
entonces cuando César, para poner tierra de por medio, comenzó un camino que
hasta entonces no había figurado entre sus expectativas, la carrera militar. Ni
él sabía que acabaría convirtiéndose en una de las carreras más brillantes de
la Historia.
§. Hacerse soldado para ser político
Fue así que por primera vez César se alejó de Roma y de Italia.
Con diecinueve años se incorporó al estado mayor del propretor (gobernador) de
la provincia romana de Asia, Marco Minucio Termo, destacando en algunas
acciones militares y en labores diplomáticas, sobre todo con el rey Nicomedes
IV de Bitinia. A esta época se remontan las primeras críticas que se le
hicieron tanto por su gusto excesivo por el lujo y la apariencia externa, que
según sus enemigos habría aprendido en las cortes orientales, como de mantener
relaciones homosexuales. Las primeras se cimentaban en algo que ya era conocido
en Roma antes de su partida. Según el filólogo e historiador Hans Oppermann,
César «concedió un gran valor al aspecto externo. Cuidaba su vestimenta con un
gusto exquisito que rayaba en la afectación. Le gustaba ir bien afeitado y con
los cabellos arreglados; además, se depilaba todo el cuerpo. Siendo de edad
madura, su calvicie le disgustaba, y procuraba disimularla peinándose hacia
delante; no es de extrañar que la autorización del Senado para que llevara
siempre la corona de laurel sobre su frente le causara una profunda alegría».
Era por tanto un rasgo de su personalidad y no algo adquirido en el extranjero.
La homosexualidad, aunque era práctica aceptada con plena normalidad en todo el
mundo helenizado, para la moral romana constituía una de las faltas más
censurables, no sólo por ir contra la tradición sino por ser una muestra de
adopción de costumbres extranjeras. Por ello, la acusación de mantener
relaciones con personas del mismo sexo podía ser muy dañina, razón por la que
era una de las imputaciones más habituales en la política romana del momento.
No hemos conservado evidencia de que César mantuviese relaciones homosexuales,
así que no se puede afirmar con rotundidad, pero las acusaciones en este
sentido se repitieron periódicamente desde su estancia en Asia por esos años.
La noticia de la muerte de Sila en el año 78 a. C. fue clave
para que decidiera volver a Roma, pero por lo delicado de la situación política
se dedicó a sus asuntos particulares, absteniéndose de cualquier tentación
política. Tras ganarse fama de orador en los años siguientes por su
intervención en varios procesos judiciales, decidió regresar a Oriente en el
año 75 a. C., esta vez para mejorar su formación griega y su oratoria en la
célebre Escuela de Rodas. Durante el viaje por mar tuvo lugar uno de los episodios
más célebres de su vida. Su nave fue capturada por piratas, que entonces
infestaban el Mediterráneo oriental y constituían una auténtica amenaza para el
comercio y el orden. César fue hecho prisionero y por él se pidió un rescate a
las autoridades romanas. Estuvo en manos de los piratas por cuarenta días
durante los cuales se ganó su respeto e incluso admiración. Tras lograr la
libertad mediante el pago del rescate, llegó a Mileto, donde reclutó a parte de
las fuerzas romanas y siguió a sus captores hasta que dio con ellos, los
derrotó y los llevó a Pérgamo, donde fueron crucificados.
Su estancia en Oriente sería de nuevo breve. Al morir su tío
Gayo Aurelio Cotta, le legó en herencia la plaza que ocupaba en el Colegio de
los Pontífices, la más alta institución religiosa que asesoraba al estado sobre
asuntos sagrados. Regresó inmediatamente a Roma para tomar posesión del cargo,
donde decidió comenzar su carrera política, pero con prudencia ya que la
situación no había mejorado. En Hispania se había producido un levantamiento
acaudillado por Quinto Sertorio y en Italia un nutrido grupo de esclavos se
habían rebelado contra la autoridad romana liderados por el gladiador tracio
Espartaco. La misión de acabar con la primera fue encomendada a Gneo Pompeyo
Magno, un militar que comenzó su carrera a las órdenes de Sila y que se
perfilaba como nuevo hombre fuerte de Roma, y la de destruir a los esclavos fue
encargada a Marco Licinio Craso, uno de los hombres más ricos de Roma que
además tenía veleidades políticas y militares. Como César obtuvo el cargo de
tribuno militar en el año 73 a. C., tradicionalmente se ha deducido que estuvo
a las órdenes de Craso en la guerra contra los esclavos, lo que habría supuesto
una importante experiencia de aprendizaje tanto militar como político.
Superada la doble crisis, Pompeyo y Craso quedaron como los
hombres más poderosos del momento y el recelo mutuo que se profesaban no fue
obstáculo para que colaborasen hasta obtener el poder efectivo en el año 70 a.
C. cuando ambos fueron designados para ejercer el consulado, una magistratura
que controlaban dos personas precisamente para evitar el surgimiento de poderes
personales y que se encargaban de la dirección del estado y del ejército. Ambos
llevaron adelante, pese a la oposición del Senado, una serie de leyes que
echaron por tierra la obra de Sila y por tanto mermaban el poder senatorial en
favor de los cónsules. Este repentino giro a favor de los populares fue
aprovechado por César para iniciar su carrera civil, obteniendo el cargo de
quaestor (cuestor, administrador de la Hacienda pública, la más baja de las
magistraturas) para el año siguiente. En el ejercicio de este cargo fue enviado
a la provincia de Hispania Ulterior (una de las dos en las que entonces se
dividía la península Ibérica) donde demostró sus dotes de administrador y tomó
conocimiento directo de las provincias occidentales, algo que le sería de gran
utilidad en el futuro.
La década de los sesenta la dedicaría a escalar los peldaños de
la carrera administrativa y a labrarse un futuro político. Sin embargo el
comienzo no fue halagüeño, ya que en el año 68 a. C. fallecieron tanto su
esposa Cornelia como su tía Julia, la viuda de Mario. Ahora viudo, no dudaría
en aprovechar esta condición para afianzar sus relaciones políticas,
contrayendo nuevo matrimonio con la joven Pompeya, nieta de Lucio Sila, el
hombre que le había proscrito años antes. Posiblemente la elección estuviese basada
en una estrategia de tender puentes hacia sus oponentes políticos, los
optimates, a los que pertenecía la familia de su nueva mujer. El matrimonio
sólo duraría seis años, ya que Pompeya puso a César en una delicada tesitura
que le dejaría en evidencia ante Roma entera. En el año 63 a. C. había quedado
vacante el puesto religioso más importante de la religión oficial romana, el de
pontifex maximus (sumo pontífice), tras fallecer su titular. En un acto de gran
audacia política, César se presentó a un cargo para el que se solía elegir a
hombres de mucha edad y reputación inmaculada. Armado con la oratoria que ya le
había dado fama y con ríos de dinero que tuvo que pedir prestado, consiguió el
apoyo de las asambleas populares que designaban el cargo. Para sorpresa de toda
la ciudad, César desbancó a sus dos oponentes, que se adecuaban mucho mejor al
perfil del cargo, y desde entonces fue el máximo responsable de la religión del
estado por el resto de sus días. Al año siguiente, durante la celebración de la
festividad religiosa de la Bona Dea (diosa buena), César, como pontífice, debía
recibir a las mujeres de la ciudad en su casa, ceremonia en la que él debía ser
el único hombre presente. El escándalo saltó cuando un hombre con fama de
mujeriego, Publio Clodio Pulcro, fue sorprendido en la alcoba de la esposa de
César disfrazado de mujer con el supuesto objetivo de seducirla. Aunque se
discutió si Pompeya estaba involucrada o no en el plan de Clodio, César decidió
divorciarse de ella sin esperar más. Cuando le fue recriminado el hecho por no
esperar a que se aclarase la culpabilidad o inocencia de su esposa, respondió
que «la mujer de César no sólo tiene que serlo, sino parecerlo».
En el año 61 a. C. fue enviado a Hispania Ulterior como
propretor debido a la eficiencia administrativa que ya había mostrado en su
estancia anterior, donde combatió a las tribus lusitanas que todavía no estaban
bajo soberanía romana, entabló relaciones con importantes personajes de la
sociedad hispana romanizada (entre ellos, el gaditano Lucio Cornelio Balbo, que
ya había sido un importante aliado de Pompeyo durante su estancia en Hispania)
y aprovechó para enriquecerse personalmente, algo usual en los gobernadores
provinciales de la época tardo republicana y que le fue de mucha utilidad
puesto que había acumulado grandes deudas los últimos años. El final de la
década se presentaba prometedor para César. Deseaba volver a Roma ya que para
el año 59 a. C. podría presentarse a cónsul —cumplía ya los requisitos de
trayectoria y edad— y sus triunfos militares en Hispania le proporcionaban una
inmejorable carta de presentación.
§. Los tres hombres de Roma: Pompeyo, Craso y César
César regresó a Roma en el año 60 a. C. con el proyecto
declarado de presentarse a cónsul para el año siguiente. Su gestión le había
procurado una popularidad de administrador eficaz y militar brillante, ya que
sus tropas le habían aclamado y concedido el título de imperator (general, el
que ejerce el mando) que le facultaba para solicitar del Senado su entrada en
Roma en ceremonia de triunfo. Ésta era una de las ceremonias públicas más
notables y marcaba siempre el punto culminante de la carrera de políticos y
generales. Si el candidato cumplía los requisitos, es decir, haber infligido
más de cinco mil bajas a los enemigos en una sola acción y haber sido
proclamado imperator por sus tropas, el Senado le concedía este honor a
condición de que el solicitante no hubiese entrado en la ciudad ni siquiera
como particular antes de la fecha señalada. En ese caso, el general vencedor
llegaba en un desfile apoteósico, montado en una cuadriga, ataviado con el
manto de púrpura ribeteado de oro propio de Júpiter y coronado de laureles. En
el desfile le precedían trompeteros que le anunciaban, lictores que le abrían
paso y le seguían magistrados, familiares, carros con los despojos y trofeos de
los pueblos vencidos, carteles con los nombres de éstos y los rehenes y cautivos
atados con una cuerda al cuello que, tras ser injuriados y humillados por la
muchedumbre, eran conducidos a prisión y, en la mayoría de los casos,
ejecutados. Evidentemente, César deseaba celebrar su triunfo, pues ¿qué mejor
propaganda de cara a su posible gestión como cónsul? Pero el Senado, que no
deseaba a un popular en el puesto, le puso como plazo para entrar en la ciudad
una fecha posterior a que expirase el tiempo para presentar su candidatura al
cargo. Haciendo gala de gran pragmatismo, César renunció al triunfo para poder
optar a la magistratura, dando con ello una muestra de la agilidad y brillantez
política que desarrollaría a lo largo de toda su carrera. En palabras de
Oppermann, fue «un auténtico político, un hombre que se daba cuenta de las diferentes
posibilidades de cada momento e intentaba aprovecharlas interviniendo con
rapidez, con recursos distintos según la ocasión, aunque su adscripción a los
populares se mantuvo inalterable durante toda su carrera».
Esta adscripción no se alteró cuando efectivamente fue elegido
cónsul. Para poder llevar a cabo esta operación tuvo que forjar antes una gran
alianza con los prohombres del momento, Pompeyo y Craso. El primero había sido
el general más fuerte en la última década y César le había apoyado
reiteradamente, sobre todo cuando se debatió su investidura con poderes
especiales para acabar con la piratería y para una nueva guerra que se había
desatado en Oriente contra Mitrídates de Ponto. Pompeyo se mostró brillante en
el cumplimiento de ambos encargos y estaba sumamente contrariado puesto que
tras su regreso el Senado se había negado a autorizar la reorganización de las
provincias de Oriente que había efectuado tras la guerra y a aprobar la
concesión de tierras para sus veteranos. Por otra parte, Craso deseaba aumentar
su influencia política y conseguir ventajas económicas que le permitiesen
engrosar todavía más sus riquezas y las de sus seguidores. César resultó ser la
pieza que encajó a la perfección entre ambos en el momento oportuno, logrando
que apoyasen su ascenso consular a cambio de que favoreciese sus aspiraciones.
A este pacto privado entre ciudadanos se le llamó Triunvirato (el primero que
hubo en la etapa final de la República) y se selló con garantías privadas. Como
apunta el académico de la Historia Antonio Blanco Freijeiro, «para garantía de
su alianza, César ofreció a Pompeyo la mano de su hija, Julia, hasta ahora
prometida de otro y treinta años más joven que su cónyuge. Julia se mostró tan
afectuosa con Pompeyo y tan hábil en su trato con marido y padre, que mientras
ella vivió, no hubo desavenencias entre ellos, y se llegó a decir que de no
haber sido por la prematura muerte de Julia, no hubiera habido guerra civil».
También César se desposó entonces, por tercera y última vez, con Calpurnia,
hija de Lucio Calpurnio Pisón, aunque las motivaciones de este matrimonio no
parecen claras.
El pacto se mostró sumamente útil y fructífero para los tres
firmantes. César utilizó su cargo para conceder a sus colegas las
contraprestaciones solicitadas a cambio de su apoyo, pero tuvo siempre en
frente al Senado, y fueron especialmente hostiles contra sus políticas
populares Catón el Joven y Cicerón. Debido a dicha obstrucción se vio obligado
a recurrir a otros medios para llevar sus proyectos adelante, en concreto a
presentarlos directamente a las asambleas populares, más fáciles de influir por
su partido que el Senado. Además, César tenía claro cuál quería que fuese su
siguiente paso tras acabar su año como cónsul. Para alcanzar el poder era
necesario cimentar su posición con la adhesión de las tropas; el mando que
había ejercido en Hispania era sólo un primer paso, pues le necesitaba el mando
de una gran campaña militar —como la guerra de Pompeyo contra Mitrídates— si
quería imponerse a sus dos compañeros de pacto. Una vez más el Senado no estaba
dispuesto a facilitarle la tarea y le nombró administrador de montes y pastos
en Italia para el año siguiente, un destino muy lejano a sus ambiciones. De
nuevo el Triunvirato y el recurso a las asambleas populares funcionó, y César
logró que se le encomendase el proconsulado de las provincias de Galia Cisalpina
y de Iliria, a las que poco después se sumaría la Galia Narbonense. Por fin
tenía su futuro próximo asegurado y no estaba dispuesto a perder la
oportunidad.
A comienzos del 58 a. C., César cruzaba los Alpes con cinco
legiones con las que se disponía a pacificar un territorio que era una amenaza
para Roma desde hacía un siglo, cuando las incursiones de los cimbrios y
teutones dejaron a las claras la fragilidad de la provincia romana que ocupaba
una estrecha franja en el litoral mediterráneo galo, articulada en torno a la
ciudad de Narbona y la antigua colonia griega de Marsella. El territorio al
norte estaba poblado por tribus celtas presas de gran inquietud desde que los
germanos y helvecios habían penetrado en su territorio con intención de
instalarse en sus tierras o atravesarlas. Tras un breve período en el que se
dedicó a estudiar la situación, César desarrolló una de las campañas de
conquista más brillantes que ha visto la Historia. Durante tres años pacificó
la Galia central rechazando primero a los helvecios y a los germanos —liderados
por el temible Ariovisto— más allá del Rin, que quedó fijado como frontera
natural de los dominios romanos, y venció a la tribu hegemónica entre los
galos, los eduos. Este avance del poder romano puso en pie de guerra a las
tribus del norte —la llamada Galia Bélgica— que fueron sometidos en el año 57
a. C.; entonces sólo quedaba por controlar la región de Aquitania, al sudoeste.
En ese momento César se vio obligado a hacer un alto en su
campaña, puesto que su mandato en las Galias tenía una validez de tres años y
se hallaba próximo a expirar. Para lograr prolongarlo se reunió con sus
compañeros de Triunvirato en Lucca en el año 56 a. C; allí tuvo que encargarse
de restañar las heridas abiertas entre Pompeyo y Craso, cuya relación había
empeorado durante su ausencia. A cambio de una prolongación de su mandato más
allá de los Alpes, sus dos compañeros de pacto obtuvieron un consulado para el
año siguiente y, tras su cumplimiento, un proconsulado similar al de César:
Pompeyo en Hispania y Craso en Oriente. De regreso a las Galias, centró su
actividad en reforzar el Rin, para lo cual ordenó la construcción del primer
puente sobre el río —de madera— que supuso todo un logro de la ingeniería
militar; además, comandó una expedición naval de castigo a la isla de Britannia
(actual Gran Bretaña) ya que algunas de sus tribus habían enviado refuerzos a
los levantiscos galos de Bélgica (al año siguiente realizaría otra). Sin
embargo todos sus esfuerzos se vieron en peligro cuando a finales del año 53 a.
C. se produjo una insurrección generalizada de las tribus célticas del
territorio sometido. Éstas habían concertado una alianza y nombrado como rey al
arverno Vercingetórix. Las operaciones bélicas se prolongaron un año y medio, y
terminaron con el asedio de los romanos a la ciudad de Alesia, culminado con
una batalla en la que los galos fueron definitivamente derrotados. A finales de
la década del 50 a. C. la Galia fue organizada e incorporada al territorio de
la República romana como una provincia más. Pero semejante proeza militar
generó en Roma asombro y temor al mismo tiempo. Asombro porque César había sido
capaz de someter a los pueblos de un vasto territorio prácticamente
desconocido, incluso había atravesado mares ignotos y alcanzado tierras cuya
existencia ni siquiera se intuía. Y miedo porque ahora contaba con una
maquinaria de guerra absolutamente devota y fiel a su persona, estacionada relativamente
cerca de Italia y de la que podía hacer un uso personalista. El conflicto entre
César y el Senado no podía tardar mucho en estallar.
§. Guerra civil y poder personal
En ausencia de César, la situación política en Roma se había
deteriorado sustancialmente. Las relaciones entre los triunviros se habían
enfriado, en primer lugar porque Craso había muerto en Oriente en el año 53 a.
C. en una insensata campaña contra los partos. Pompeyo, entretanto, se había
distanciado de César debido a la muerte de Julia (en el año 54 a. C.), a la que
sustituyó por la hija de uno de los enemigos declarados de César, Metelo
Escipión. Esta progresiva tensión entre los dos socios, acentuada por el clima
de anarquía reinante en la capital, llevó a que comenzasen a verse como una
mutua amenaza. Pompeyo fue acercándose paulatinamente al Senado, sellando una
alianza por la que se le designaba cónsul único con poderes especiales para la
salvación del estado. Mientras, César se veía amenazado por la trampa que le
querían tender sus enemigos. En palabras del profesor Blanco Freijeiro, «sólo
necesitaban que César volviese a ser un ciudadano de a pie, un particular, que
perdiera la inmunidad de su proconsulado, o de cualquier otra magistratura,
para envolverlo en un proceso del que no saldría con más vida política». Para
evitarlo César contaba con presentarse al consulado para el año 48 a. C.
(primero que le permitía la ley, transcurridos diez años del anterior) pero
para ello necesitaba que se prolongase su gobierno en las Galias hasta finales
del año 49 a. C. El Senado, con la aquiescencia de Pompeyo, rechazó la
solicitud de César en este sentido y no le dejó otra salida que la de la
guerra. El 10 de enero del año 49 a. C., César cruzaba con sus tropas el
Rubicón, un riachuelo que separaba el territorio legalmente bajo su mando de
Italia, bajo la autoridad de la capital.
Ante el comienzo de la contienda Pompeyo optó por dejar vía
libre a César y plantarle cara en el terreno que le era más favorable, Oriente.
Por ello huyó, seguido de los cónsules y buena parte del Senado, a Grecia,
mientras que encomendaba a sus ejércitos de Hispania contraatacar en las
Galias. Ésta fue la razón de que César pudiese adueñarse de Roma y de Italia
sin entablar batalla. Frente al panorama planteado prefirió atacar donde sus
enemigos tenían más tropas concentradas, en Hispania. Acudió por tierra hasta
allí y, en las inmediaciones de la actual Lérida, supo combinar hostigamiento y
diplomacia para lograr la capitulación de sus oponentes sin que fuese necesario
entrar en combate. Volvió rápidamente a Roma, donde se hizo proclamar dictador
y cónsul a la vez, y fue hasta el sur de Italia para embarcar sus tropas hacia
Grecia, donde se refugiaba Pompeyo. Con su audacia habitual, César sorprendió a
sus contrarios cruzando el mar en el momento menos esperado, en invierno, si
bien pudo sacar poco provecho de esta ventaja inicial. El choque definitivo se
produjo en agosto del 48 a. C., en la llanura de Farsalia (Tesalia), donde las
legiones de César vencieron de forma contundente a las de Pompeyo, que sin
embargo logró escapar. Atravesó el Mediterráneo para buscar refugio en Egipto,
donde los reyes hermanos Ptolomeo XIII y Cleopatra VII se disputaban el trono.
El primero había logrado hacerse momentáneamente con el control de Alejandría
expulsando a su hermana cuando recibió al inoportuno visitante. Al darse cuenta
de que la situación le podía beneficiar, decidió asesinar a Pompeyo para
obtener el favor de César, al que fue presentada la cabeza de su oponente
cuando arribó a Alejandría tres días después. En la capital egipcia, César se
vio envuelto en la lucha entre los hermanos y tomó partido por Cleopatra, con
la que mantuvo una larga relación y de la que tuvo un hijo varón, Cesarión.
Después de vencer el cerco planeado por Ptolomeo en el palacio real alejandrino
gracias a la llegada de refuerzos de Siria y Asia Menor, proclamó a Cleopatra
reina única de Egipto.
Una vez consiguió estabilizar Egipto, tuvo que responder a las
numerosas amenazas que habían brotado en la periferia del territorio romano
durante los meses de guerra. En primer lugar, acudió a las provincias de Asia,
donde Farnaces, el hijo de Mitrídates de Ponto, había vuelto a atacar el
territorio romano para hacerse de nuevo con el reino de su padre. La facilidad
con que le venció quedó reflejada en el lacónico mensaje que envió al Senado
informando de su victoria: veni, vidi, vici («llegué, vi, vencí»). Regresó a
Roma para organizar rápidamente el ataque a la región en que los pompeyanos y
senatoriales retenían el poder gracias a sus tropas, la provincia de África. En
abril del 46 a. C. les derrotó en Thapsos, pero uno de los hijos de Pompeyo,
Gneo Pompeyo, logró escapar con sus tropas hacia Hispania, donde puso en jaque
a las fuerzas que había dejado acantonadas César tres años antes. En marzo del
45 a. C. derrotó a las últimas tropas enemigas en Munda (en las cercanías de
Montilla, Córdoba) y así ponía fin a cuatro largos años de guerra civil. De
allí se dirigió a Roma, adonde entró celebrando el triunfo por sus victorias
que llevaba esperando desde hacía seis años. Entre los prisioneros que entraron
detrás del carro de César se hallaba Vercingetórix, al que habían mantenido con
vida hasta entonces para que su presencia ensalzase a su vencedor y para
ejecutarlo a continuación.
Una vez en Roma tuvo que enfrentarse al dilema de qué hacer
ahora que había conseguido el poder absoluto de la primera potencia del
Mediterráneo. Dos vectores guiaron su proyecto político: cimentar su poder
personal dentro del marco tradicional de la República y reformar sus
instituciones para adecuarlas a la nueva realidad de un poder personal. Con
este fin aceptó del Senado su nombramiento como dictador perpetuo, al tiempo
que vaciaba de contenido la asamblea que tanto había obstaculizado su ascenso al
poder. Emprendió importantes reformas con las que pretendía atajar los males
que aquejaban al mundo romano desde hacía décadas: impulsó una política de
colonización de las provincias que sirviese para premiar con tierras a los
militares veteranos e instalar a parte del proletariado urbano que hacía tan
inestable la vida política de las ciudades; extendió la ciudadanía romana a las
poblaciones de varias provincias, reformó el calendario (llamado desde entonces
calendario juliano, que estaría vigente en Europa occidental hasta finales del
siglo XVI —en su honor se llamaría julio al mes en que nació, antes llamado
quintilis , «el quinto mes»—), e impulsó una política de conciliación tras la
guerra civil que acabó por no contentar a nadie: a los optimates porque había
recortado su poder al limitar las prerrogativas del Senado; a los populares
porque su política de conciliación le había hecho mantener a muchos
senatoriales en la esfera del poder.
Además, a todos les disgustaba la concentración de poderes que
estaba llevando a cabo. Con los cargos de sumo sacerdote, general en jefe del
ejército y dictador vitalicio, parecía más un rey que un magistrado y
contrastaba con los discursos en los que había declarado que se proponía
restaurar el orden republicano. Se ha polemizado mucho sobre si en los
proyectos de César figuraba la adopción del título de rey, especialmente
repugnante para los romanos puesto que les recordaba a la dinastía de monarcas
que fueron expulsados de la ciudad en época arcaica por tiranos. En opinión del
profesor Freeman, «las historias que han llegado hasta nosotros sobre las
primeras semanas del año 44 a. C. demuestran que César barajó la idea de
adoptar el título [de rey]. De hecho, sabemos que lo rechazó en público, aunque
sin demasiado entusiasmo, como si quisiera sondear las aguas de la opinión
pública». Aquello ocurrió en el mes de febrero cuando su fiel lugarteniente,
Marco Antonio, le ofreció una corona durante la celebración del festival de las
Lupercales (fiestas en honor a la Loba capitolina, que según la mitología
romana había amamantado a Rómulo y Remo). En medio de un silencio expectante,
César la rechazó declarando que sólo Júpiter era el rey de Roma, con lo que
provocó las entusiastas ovaciones de la plebe.
Pero las sospechas de sus enemigos, que ahora afloraban tanto
entre los optimates como entre los populares, no se disiparon. Se sentían
compelidos a acabar con quien tenía todos los visos de convertirse en un tirano
que terminaría imponiendo una monarquía para acabar con la República. César
había declarado su intención de partir a finales de marzo para comenzar una
campaña contra los partos que pusiese paz definitivamente en Oriente. La
cuestión debía debatirse en la reunión prevista en el Senado para los idus (día
15) de marzo. Era la última oportunidad que veían sus enemigos para pararle los
pies, ya que si partía para otra campaña triunfal en Asia sería imposible
frenarle después. No la desaprovecharon. César murió apuñalado por el nutrido
grupo de senadores conjurado en su contra, entre los que se incluían numerosos
allegados, como el célebre Marco Junio Bruto, un joven aristócrata al que César
había introducido en su círculo íntimo tras la guerra y por el que profesaba un
gran afecto.
Los senadores consiguieron su objetivo inmediato, pero no a
largo plazo, ya que no salvaron la República. Según el criterio de Oppermann,
«la acción de los asesinos de César fue un fracaso político. Con ella
pretendían socavar el poder de César, pero tan sólo asesinaron al hombre,
porque su poder le sobrevivió. Éste es uno de los rasgos originales de César:
la creación de una nueva forma de gobierno». Cuando se abrió su testamento, en
él declaraba su heredero e hijo adoptivo a su sobrino nieto Octavio, quien,
tras una guerra civil de catorce años contra Marco Antonio, pudo continuar la
tarea de su padre adoptivo inaugurando una nueva era, el Imperio romano, del
que fue el primer titular con el nombre de Augusto. De su mano la obra de César
pasaría a la posteridad.++++++
Capítulo 6
Cleopatra
Contenido:
§. La última reina de Egipto
§. Preparar el camino al trono
§. Una mujer faraón
§. Cleopatra y Julio César
§. El destino final: Cleopatra y Marco Antonio
§. La última reina de Egipto
Hacia finales del siglo I a. C. tuvieron lugar una serie de
hechos que marcarían para siempre la historia de Occidente. El mundo
helenístico que había encontrado su más acabada expresión en la obra política
de Alejandro Magno cedía el paso a una nueva potencia que extendía con fuerza
imparable su dominio sobre el Mediterráneo: Roma. Paralelamente, la propia Roma
vivía un proceso de transformación interna que tendría como fruto el fin de la
República y el establecimiento de las bases sobre las que se levantaría el
Imperio romano. En mitad de ese terremoto político, una mujer, heredera de la
milenaria corona de Egipto, llegaría a jugar un papel de tal relevancia que la
Historia terminaría haciendo de ella un verdadero mito. Cleopatra, la última
reina de Egipto, amante de Julio César y Marco Antonio, madre del único hijo
del primero, calculadora política, ambiciosa reina, asesina de sus hermanos,
protectora de sus hijos y su propia verdugo sigue siendo hoy un personaje cuya
trayectoria vital despierta tanta fascinación como controversia.
Tras más de dos mil años de historia, la corona de Egipto cayó
hacia el 525 a. C. en manos del Imperio persa. Daba comienzo con ello la última
fase de su historia, la que los historiadores denominan como Período Tardío y
que se caracteriza por el sincretismo cultural primero con el mundo persa y
después con el grecorromano. Los persas fueron derrotados por Alejandro Magno
en el año 332 a. C. y Egipto quedó incorporado a su vastísimo imperio. A su
muerte, uno de sus generales, Ptolomeo, logró hacerse con la corona egipcia;
empezaba así una nueva dinastía de faraones, la Ptolemaica —pues todos los
faraones adoptaron el nombre de Ptolomeo— o Lágida, cuya última representante
fue Cleopatra. Pero aunque los Ptolomeos se consideraban a sí mismos una
legítima dinastía egipcia, lo cierto es que bajo su reinado Egipto vivió un
profundo proceso de cambio cultural vinculado al origen macedonio y, por tanto,
culturalmente helenístico de su dinastía gobernante. Se produjo una masiva y
constante inmigración de población griega a Egipto y con ella llegaron sus
costumbres y su cultura. Los egipcios comenzaron a usar y acuñar moneda, el
panteón tradicional se enriqueció con dioses helenos cuyos atributos
frecuentemente se mezclaban con los de las deidades locales, buena parte del
funcionariado estatal quedó en manos de griegos y el griego pasó a ser la
lengua de la administración y la corte. Su uso se extendió de tal modo que los
textos legales que debían hacerse públicos terminaron por redactarse en ambas
lenguas, el egipcio y el griego), y a partir precisamente de uno de estos
textos, un decreto de Ptolomeo V inscrito en la famosa piedra Rosetta, se
consiguió por fin descifrar la escritura jeroglífica. En este Egipto
profundamente helenizado nació Cleopatra hacia el año 70-69 a. C.
§. Preparar el camino al trono
La infancia de Cleopatra, sobre la que hay muy pocos datos,
estuvo marcada por los hechos políticos del reinado de su padre, Ptolomeo XII,
y éste por la dependencia de Egipto del creciente poder político y militar de
Roma. Aunque originalmente fueron los propios griegos quienes solicitaron el
apoyo romano para consolidar su dominio en el Mediterráneo oriental, el poderío
militar de Roma fue desplazando paulatinamente el control ejercido por los
herederos de Alejandro Magno, de modo que en el año 168 a. C. la existencia de
un Egipto independiente pudo salvarse gracias a la intervención romana que hizo
frente al ataque del rey de Siria Antíoco IV. Roma se limitó en aquella ocasión
a enviar una embajada al monarca sirio advirtiéndole de que si no se retiraba tomaría
cartas en el asunto; esta amenaza fue suficiente para que las tropas sirias se
replegasen ante el temor a una intervención militar romana. Como recuerda el
historiador Wolfgang Schuller, «cien años antes del nacimiento de Cleopatra
quedó demostrado de este modo que Roma, de manera ofensiva, sin utilizar un
solo soldado, podía obligar a un rey poderoso a retirarse, y que Egipto debía
por tanto su existencia a Roma: esto también era ofensivo. En consecuencia, la
política egipcia se entretejió cada vez más estrechamente con la romana».
Ptolomeo XII, también conocido por el sobrenombre de Auletes
(«el flautista»), accedió al trono de Egipto en torno al año 80 a. C. El faraón
precedente había sido asesinado y él era en realidad uno de sus hijos
ilegítimos, de modo que ya desde el comienzo de su reinado se vio obligado a
recurrir a todo tipo de argucias para afianzar su poder. Tras un primer y fugaz
matrimonio del que tuvo a una hija, Berenice IV, repudió a su esposa y volvió a
casarse con una mujer cuya identidad se desconoce. De ella tuvo primero a
Cleopatra y después a dos varones, ambos llamados Ptolomeo, y otra hija más,
Arsínoe. Auletes sabía que, por encima de todo, su poder y el mantenimiento de
la independencia de Egipto dependían de las buenas relaciones con Roma, que en
cualquier momento podía hacer del antiguo reino una más de sus provincias. Por
esta razón su política exterior se centró en tratar de impedir por todos los
medios una intervención directa de Roma en Egipto, y entre dichos medios el que
resultó ser más eficaz fue el abono de grandes cantidades de dinero y riquezas
a los políticos más influyentes de la ciudad eterna. Mientras que Gayo Julio
César y Gneo Pompeyo (que gobernaban Roma junto con Craso en el llamado Primer
Triunvirato) disfrutaban de los generosos donativos de Ptolomeo XII, la
población egipcia veía crecer la presión fiscal para financiar las cada vez
mayores deudas adquiridas por su faraón. La situación llegaría a ser
insostenible cuando, ante la anexión de Chipre al estado romano acaecida en el
año 58 a. C., Ptolomeo redoblase sus exigencias fiscales para, con el aumento
de sus regalos, evitar correr la misma suerte. El rey de Chipre, hermano del
faraón, se había suicidado y éste no mostraba intención alguna de vengar la
afrenta. La suma de todo era excesiva y tanto la corte como la población de
Alejandría se levantaron contra Ptolomeo que fue finalmente expulsado de Egipto
y sustituido en el trono por su hija Berenice.
Aunque las fuentes no dan información concreta al respecto, es
probable que Cleopatra acompañase a su padre en el exilio que le llevó primero
hasta Chipre (a casa de Catón) y luego a Roma (a una de las fincas de Pompeyo),
con el fin de conseguir los apoyos necesarios para recuperar su trono. A los
acreedores romanos de Ptolomeo les convenía su retorno a Egipto para asegurar
el cobro de su deuda, pero la intervención militar era algo que había que
pensar con detenimiento. Por otra parte, como recuerda la egiptóloga Joyce
Tyldesley, «entretanto, consciente de que necesitaba la aprobación romana si
quería conservar la corona, Berenice envió una sólida delegación de cien
personas, encabezada por el extraordinario filósofo y académico Dión de
Alejandría, para defender su causa. Auletes reaccionó con brutal indiferencia,
y una vergonzosa combinación de asesinato, coacción y soborno impidió que la
delegación hablase. El escándalo resultante que amenazaba con implicar a los
prominentes banqueros que apoyaban a Auletes, se ocultó rápidamente tras el
tapiz oficial».
Para evitar problemas, Ptolomeo marchó a Éfeso y desde allí
continuó tejiendo la red necesaria para repescar su trono. En el año 55 a. C.,
su ya habitual método del soborno le granjeó el apoyo militar necesario del
gobernador de Siria, Aulo Gabinio, para atacar Egipto. No en vano el
historiador romano Plutarco escribió: «Gabinio tenía un cierto temor a la
guerra, aunque estaba totalmente fascinado por los diez mil talentos». Con la
ayuda de las tropas sirias, Auletes recobró el poder en Egipto, ejecutó a Berenice
y sus partidarios y continuó con su política de presión fiscal para pagar sus
deudas. Cuatro años más tarde murió y, conforme a lo establecido en su
testamento, le sucedieron sus hijos mayores, Cleopatra y Ptolomeo. La primera
tenía dieciocho años. El segundo era sólo un niño de diez. Pero Cleopatra, que
había sido educada para ocupar el trono, había extraído la lección esencial del
reinado de su padre: la suerte de Egipto dependía de Roma, y para mantener el
poder los recursos de un faraón podían ser de todo tipo. Los años siguientes
demostrarían lo bien que la había aprendido.
§. Una mujer faraón
El testamento de Auletes precisaba que le habían de suceder sus
dos hijos mayores, lo que suponía que ambos debían casarse. El matrimonio entre
hermanos no era ajeno a la tradición real egipcia, pues ya durante la etapa del
Imperio Antiguo se había producido esporádicamente con las primeras dinastías
gobernantes. Desde el punto de vista político, estos matrimonios incestuosos
presentaban ventajas nada desdeñables ya que reducían el número de posibles
pretendientes al trono, y con ello los conflictos sucesorios, y mantenían
alejados de la corona a personas no pertenecientes a la realeza, lo que
permitía asegurar la preparación adecuada de los futuros reyes y conjuraba en
buena medida el peligro de los advenedizos. Por otra parte, y no menos
importante para la mentalidad egipcia, el matrimonio entre hermanos era un modo
de vincular a los reyes y reinas de Egipto con los dioses de su panteón entre
los cuales, según los relatos mitológicos, también se habían producido. El
matrimonio entre hermanos no era posible para los egipcios, pero sí para sus
dioses y para sus faraones. Los primeros Ptolomeos, tan conscientes de las
ventajas políticas de este tipo de matrimonio como deseosos de legitimar su
nueva dinastía, no dudaron en recurrir a él, y de paso también se vinculaban
con la tradición del Imperio Antiguo. Por tanto, cuando Ptolomeo XII dejó
establecida su sucesión recurriendo al reinado conjunto de sus hijos y, en
consecuencia, a su matrimonio, no estaba haciendo nada que pudiese sorprender
ni a sus herederos ni a su pueblo.
Sin embargo no tenemos datos que demuestren el matrimonio entre
Cleopatra VII y Ptolomeo XIV, quizá porque, como recuerda la profesora
Tyldesley, «es probable que fuera tan sólo un matrimonio de nombre. La
diferencia de edad entre hermana y hermano constituía un inconveniente.
Cleopatra, con dieciocho años, era demasiado mayor para permanecer soltera,
mientras que Ptolomeo, con tan sólo diez, era demasiado joven para consumar un
matrimonio». En cualquier caso, la edad de Ptolomeo motivó que tuviese que gobernar
mediante un consejo regente, situación que fue aprovechada por Cleopatra para
hacerse con el poder y, tomando su primera decisión política, presentarse como
reina única de Egipto. La adopción de su sobrenombre, Thea Filopátor («diosa
que ama a su padre»), era una forma de subrayarlo al vincular su reinado a su
padre y no a su hermano.
Parece pues que durante más o menos el primer año y medio de su
reinado, Cleopatra gobernó en solitario como faraón mujer de Egipto. La
tradición egipcia no contemplaba la posibilidad de que un faraón fuese mujer.
De hecho, no existía la palabra «reina» como título propio, sino que todas las
mujeres reales eran denominadas en función de su relación con el faraón:
«esposas del rey», «grandes esposas reales», «madres del rey» e «hijas del
rey». En los casos en que, ante situaciones como la minoridad del faraón, una
mujer gobernaba, recibía el título de «rey mujer». Paradigmático fue el caso de
la reina Hatshepsut, que durante el Imperio Nuevo trató de romper con esa
tradición imponiendo su gobierno, pese a lo cual se hacía representar con ropa
y atributos masculinos. Sin embargo Cleopatra no tuvo que hacer frente a ese
problema ya que en la época ptolemaica varias fueron las mujeres que llegaron a
gobernar Egipto. Por tanto, sin miedo a ser rechazada, no dudó en dejar a su
hermano de lado, presentarse como reina de Egipto, es decir, como faraón mujer,
y en hacerse representar como tal, esto es, con rasgos claramente femeninos.
A pesar de su éxito inicial, los partidarios de su hermano no
estaban dispuestos a dejarse atajar y finalmente, quizá aprovechando el
descontento popular por la política de apoyo a Pompeyo contra Julio César por
hacerse con el poder de Roma, y que recordaba demasiado a la política seguida
por Auletes, consiguieron imponerse sobre la joven reina. Cleopatra se vio
obligada a huir de Alejandría y buscar refugio en Tebas y Palestina, pero
estaba dispuesta a luchar por lo que consideraba suyo y comenzó a reclutar
soldados para imponer su regreso mediante la fuerza de las armas. Como recuerda
la historiadora Janet Loui se Mente, «fue educada para ser el faraón. Su padre
la educó para el poder más que a ninguno de sus hermanos o hermanas y cuando
intentó marchar sobre Alejandría probablemente lo hizo no tanto contra su
hermano como contra la parte de la corte que pretendía alejarla al darse cuenta
de que era una mujer que sabía lo que quería, y eso a la tierna edad de
diecinueve años». Pero Cleopatra nunca llegó a marchar contra Alejandría pues
otros hechos vinculados con Roma vendrían a precipitar la situación.
En enero del año 49 a. C. había estallado la guerra civil en
Roma. La muerte de Craso había supuesto el fin del Triunvirato y entre Pompeyo
y Julio César la situación era ya irreconciliable. El primero, tras sus
triunfantes campañas militares en la Galia, había acumulado un enorme poder así
como popularidad entre los militares. Convencido de que lo mejor para Roma era
poner punto final a su decadente vida política y establecer un régimen de corte
personal que permitiese el gobierno eficaz de su cada vez más extenso
territorio, César reclamaba para sí ese papel. Por su parte, Pompeyo, no menos
deseoso de poder, guardaba la apariencia de apoyo al Senado y se arrogaba la
defensa de la tradición política romana. El enfrentamiento culminó con la
declaración de guerra de César a Pompeyo y al Senado mediante el simbólico acto
de cruzar el río Rubicón hacia Italia seguido de su ejército. La contienda
terminaría inclinándose a favor del primero, que derrotó ampliamente a Pompeyo
en la batalla de Farsalia (Grecia). Éste, vencido pero con ánimo de
recomponerse, huyó hacia Egipto, donde esperaba contar con el apoyo del hijo de
su viejo amigo Auletes que, por otra parte, había sido reconocido como legítimo
rey de Egipto frente a Cleopatra por el Senado. Cuando llegó a la costa (en
Pelusio), una embarcación enviada por Ptolomeo XIII en la que entre otros se
hallaba un conocido compañero de armas, el centurión Lucio Séptimo, le dispensó
la bienvenida invitándole a embarcar para conducirlo ante el faraón. Confiado,
Pompeyo así lo hizo, pero cuando al llegar a la playa tendió su mano para que
le ayudasen a levantarse con dignidad, Séptimo le atravesó con su espada. Su
esposa, Cornelia, contempló desde el barco que les había llevado al puerto de
Pelusio cómo lo decapitaban y arrojaban su cuerpo al mar.
Los consejeros del joven Ptolomeo querían congraciarse con César
pues no podían gobernar sin el apoyo de Roma y, por otra parte, suponían que
Pompeyo estaba del lado de Cleopatra, quien avanzaba desde el este con su
ejército. El asesinato de Pompeyo, aunque indigno, era a juicio del joven rey
la mejor opción política en una situación desesperada. Cuatro días más tarde,
César llegó a Alejandría en persecución de Pompeyo y fue recibido por los
consejeros de Ptolomeo con la cabeza de Pompeyo en la mano. Algunas fuentes
afirman que perdió el conocimiento, otras —las más— que lloró, pero además
debió de respirar aliviado por la muerte de su enemigo. Aun así no estaba
dispuesto a dejar pasar el asesinato público de un ciudadano romano, por lo que
inmediatamente desembarcó y, desafiante, desfiló por la ciudad con sus lictores
(magistrados) portando los símbolos de su poder. Las revueltas populares ante
la afrenta que suponía la afirmación de un poder considerado extranjero no se
hicieron esperar, pero al caer la noche César ya se había apoderado del palacio
real. En los disturbios que siguieron durante las jornadas posteriores tendría
lugar el tristemente célebre incendio que acabó con la Biblioteca de
Alejandría, pero para entonces el conflicto entre Cleopatra y su hermano había
comenzado a resolverse y no precisamente por las armas, o no por las armas de
guerra, sino por las de la seducción.
§. Cleopatra y Julio César
Establecido en el palacio de Alejandría, César hizo llamar a su
presencia a Ptolomeo y Cleopatra. La guerra civil que el enfrentamiento entre
ambos parecía traer sin remedio no convenía a los intereses estratégicos de una
Roma en situación interna asimismo inestable, de modo que decidió dar una
solución al problema sucesorio egipcio. Ptolomeo contaba con una situación de
partida teóricamente más favorable para que el conflicto se resolviese a su
favor pues había mostrado su fidelidad a César con la muerte de Pompeyo y, a
diferencia de su hermana, tenía el apoyo de los alejandrinos. Además, ésta se
encontraba fuera de la ciudad, junto con su ejército, por lo que Ptolomeo
fácilmente podría entrevistarse primero con César y convencerle de las bondades
de su reconocimiento como faraón por parte de Roma. No contaba con la astucia
de Cleopatra.
Al recibir la convocatoria de César, Cleopatra abandonó sus
tropas y partió con toda rapidez y en secreto hacia Alejandría. Había planeado
un golpe de efecto que pasaría a la historia gracias a la pluma de Plutarco:
burlando la vigilancia de los partidarios de su hermano, logró introducirse en
palacio envuelta en un fardo de tela de un mercader siciliano, Apolodoro, que
la condujo hasta la presencia de César y, desenrollando el paquete, dejó caer a
los pies de éste a una seductora, agitada y feliz Cleopatra. La historia se ha
popularizado y adornado tanto que frecuentemente se dice que Cleopatra iba
envuelta en una exótica (y anacrónica) alfombra persa, pero no es eso lo que
cuenta Plutarco. En cualquier caso, cabe imaginar la sorpresa de César por la
osadía de una mujer a la que sacaba más de veinte años y a la que, sin duda,
encontró interesante.
Mucho se ha escrito acerca de la belleza de Cleopatra y su poder
de seducción, a pesar de que no se conserva ningún retrato; no obstante, las
fuentes de la época, al contrario que el mito, no afirman que fuese una mujer
especialmente bella aunque sí seductora. Como recuerda Janet Louise Mente,
«Plutarco describe a Cleopatra al menos en dos pasajes, uno en el que dice:
“Cleopatra tiene una voz como un instrumento de muchas cuerdas”. Así que debía
de haber algo en ella, tal vez su voz o el modo en que hablaba, que hacía que
los hombres, que la gente en general se interesara por ella. Y también dijo que
Platón hablaba de cuatro modos distintos de alagar, pero Cleopatra conocía
miles. Así que quizá no era una mujer hermosa, pero debía de tener muchos
encantos». Para el historiador Wolfgang Schuller no cabe duda de que fueron dos
cosas las que cautivaron a César, «la astucia, en la que él pudo reconocer a
alguien que le igualaba en calculada osadía, y por supuesto el atractivo de la
joven como mujer». Cleopatra era una mujer refinada, de modales cortesanos y
amplia cultura conforme al reputado modelo helenístico. Según las fuentes,
dominaba multitud de lenguas diferentes, incluida la egipcia, que sus sucesores
habían abandonado en aras del griego, y no necesitaba de intérpretes para
tratar con extranjeros. Nada de lo que vio César aquella noche en Alejandría
debió de desagradarle. Cuando al día siguiente Ptolomeo llegó para
entrevistarse con César, descubrió estupefacto que su hermana había evitado su
vigilancia, se le había adelantado, había intimado con César y había logrado
convencerle para que la apoyase. No es de extrañar que, como relata Plutarco,
sin poder contener su ira comenzase a gritar mientras arrojaba al suelo la
diadema que llevaba en la cabeza.
La solución al conflicto se produjo rápidamente. César procedió
a leer ante una asamblea pública el testamento de Auletes dejando de este modo
claro que esperaba que se diese cumplimiento a lo que en él se establecía, es
decir, el reinado conjunto de ambos hermanos. Cleopatra VII y Ptolomeo XIII
pasaron a ocupar el trono de Egipto, pero era la primera quien, recordando las
lecciones aprendidas, había asegurado el vínculo con Roma: nueve meses más
tarde daba a luz al único hijo varón de César, Ptolomeo César, también conocido
como Cesarión. César y Cleopatra se convirtieron en amantes pero los meses
siguientes no resultaron precisamente tranquilos. El reparto equitativo de
poder no había contentado a nadie, ni siquiera a Cleopatra, pero ella sabía que
gozaba del favor de César y que lo mejor que podía hacer era aguardar a que los
acontecimientos se decantasen por sí solos. Y así sucedió, pues los partidarios
de Ptolomeo XIII y su hermana Arsínoe trataron de oponerse por las armas a la
decisión del general romano. El resultado fue la muerte de Ptolomeo y sus
colaboradores, la captura de Arsínoe y el nuevo matrimonio nominal de Cleopatra
con su hermano menor Ptolomeo XIV para reinar conjuntamente. Ptolomeo XIV tenía
trece años, Cleopatra era la protegida de César y Egipto dependía por completo
de Roma. La reina tenía vía libre.
Una vez apaciguada la situación interna de Egipto, César se
entregó a un placentero y suntuoso viaje por el Nilo junto con su amante.
Obviamente no fue sólo un viaje de placer pues, como apunta Wolfgang Schuller,
«al hacer este viaje y llevar consigo soldados romanos manifestaba ante Egipto
que la cuestión del poder había sido resuelta a favor de Cleopatra, que gozaba
del apoyo de Roma». Por otra parte, Cleopatra exhibía su triunfo segura de que
su hijo sería la garantía de la independencia de Egipto y de su perpetuación en
el poder. Aunque la vida en Alejandría era más que apetecible, César no podía
abandonar sus obligaciones políticas, de forma que en el verano del año 47 a.
C. salió hacia Asia Menor para defender los intereses militares romanos y un
año más tarde hacía su entrada triunfal en Roma conmemorando las victorias
habidas desde el año 58 a. C. en Galia, Egipto, el Ponto y África. Arsínoe, la
hermana de Cleopatra que había tratado de arrebatarle el trono, encadenada como
prisionera, formaba parte del séquito.
Pero el nacimiento de Cesarión y su relación con César habían
hecho acariciar a Cleopatra el sueño de compartir el poder conjunto de Egipto y
Roma. En palabras del historiador Antonio Loprieno, «es posible que la aventura
amorosa de Cleopatra con César la ayudara a tomar conciencia no tanto de su
papel personal como del papel de Egipto en el Imperio romano. A través de su
relación con César percibió que Roma prestaba una atención especial a Egipto y
quería que él jugase esa carta a favor de los intereses de Egipto tanto como
fuese posible». Guiada por esa idea, se presentó en Roma con su hijo y su
hermano-esposo en el otoño del 46 a. C. César acogió la visita con auténtica
alegría e instaló a la reina egipcia en una villa situada al otro lado del
Tíber. Aunque la relativa lejanía del alojamiento de Cleopatra no facilitó su
presencia en el centro de la vida social romana, lo cierto es que su estancia
en Roma, y particularmente el comportamiento de César al respecto (como la
erección de una estatua de oro de Cleopatra como Venus), causó no poca
irritación y se convirtió en un motivo más de crítica y afrenta para los
enemigos del hombre más poderoso de Roma. Finalmente, las tensiones internas de
la política romana cristalizaron en el famoso asesinato de César en los idus de
marzo del año 44 a. C. Los sueños y la seguridad de Cleopatra saltaban en
pedazos y un mes más tarde abandonaba Roma para regresar a Egipto. Nada hacía
presagiar que poco después, para desesperación de los romanos, volvería a estar
íntimamente situada en el centro del poder político junto a Marco Antonio.
§. El destino final: Cleopatra y Marco Antonio
En torno a julio del año 44 a. C., Cleopatra regresó a Egipto y
poco después de un mes su hermano-esposo falleció. Las fuentes egipcias no dan
explicaciones sobre la muerte de Ptolomeo XIV, pero las romanas —que describen
a Cleopatra bajo la perspectiva del enemigo— afirman que su hermana lo envenenó
o bien ordenó que lo asesinaran. Fueran cuales fuesen las causas de la muerte
del jovencísimo faraón, se imponía la necesidad de buscar un nuevo corregente
varón para el trono egipcio y, agotados los hermanos, la línea natural señalaba
a Cesarión. ¿Asesinato? No es posible saberlo, pero sin duda que la muerte de
su hermano no podía resultar más adecuada políticamente para los intereses de
Cleopatra. Así, con tres años Cesarión pasó a ser Ptolomeo XV y a gobernar
Egipto con su madre. El sobrenombre que ésta escogió para él era toda una
declaración de las intenciones políticas de Cleopatra: Ptolomeo XV, Theos
Filopátor Filómetor («dios que ama a su padre y a su madre»). Quizá algún día
el hijo de César podría gobernar Roma además de Egipto. Sólo había que esperar
y dejar pasar el tiempo.
Entretanto en Roma se sucedían los acontecimientos a raíz del
asesinato de César. La apasionada lectura que hizo Marco Antonio de su
testamento desató una oleada de ira popular contra sus asesinos, los defensores
de la Roma republicana, especialmente Casio y Bruto. El poder estaba nuevamente
del lado de César. No sin problemas se formó un segundo Triunvirato integrado
por los incondicionales del general asesinado —Octavio, Marco Antonio y Lépido—
que abordó como tarea prioritaria la captura de los asesinos que habían huido
hacia la zona oriental del Mediterráneo. Cleopatra trató de retrasar cuanto
pudo su intervención como reina de Egipto en el conflicto, pues su cautela
política la aconsejaba aguardar hasta que se hubiese decantado la situación
hacia alguno de los dos bandos, más aún cuando las tropas de Casio estaban tan
cerca de Egipto. Sólo cuando éstas se retiraron para acudir a la llamada de
Bruto, Cleopatra decidió enviar una poderosa flota de guerra en apoyo de Marco
Antonio y Octavio. Los barcos egipcios no tuvieron ocasión de intervenir pues
fueron devastados por una violenta tempestad, y antes de que la reina pudiese
armar una nueva flota las tropas de los triunviros vencieron a los asesinos de
César en Filipos.
La actitud titubeante de Cleopatra no había pasado desapercibida
y por esa razón el victorioso Marco Antonio reclamó su presencia en Asia Menor
para que aclarase la postura de Egipto en relación con Roma. Como años antes
cuando sorprendió a César envuelta en sábanas, Cleopatra preparó un encuentro
impactante con uno de los nuevos hombres fuertes de Roma. Según Plutarco: «Se
resolvió a navegar por el río Cidno en galera con popa de oro, que llevaba
velas de púrpura tendidas al viento, y era impelida por remos con palas de
plata, movidos al compás de la música de flauta, oboes y cítaras. Iba ella
sentada bajo dosel de oro, adornada como se pinta a Venus». Cuando llegó al
punto de encuentro, en lugar de visitar a Antonio le invitó a participar en un
fabuloso banquete en su barco. Al día siguiente repitió su invitación y colmó a
Marco Antonio y sus invitados de magníficos regalos. Nuevamente desplegaba sus
habilidades políticas y su innegable poder de seducción. Como indica el
profesor Schuller, «sin duda a Cleopatra le costó poco convencer a Antonio de
que ella no solamente no había ayudado a los asesinos de César, sino también de
que incluso había tratado de prestar apoyo a los partidarios de éste con barcos
de guerra». Unas semanas después Cleopatra regresaba a Alejandría y tras ella,
un mes más tarde, llegaría Marco Antonio.
Una vez más las pasiones políticas y humanas de Cleopatra
coincidían y, una vez más, dieron un fruto que unía los destinos de Roma y
Egipto: en el otoño del año 40 a. C., Cleopatra dio a luz mellizos. Marco
Antonio era padre de un varón llamado Alejandro y de una niña llamada
Cleopatra. Pero en Roma las intrigas políticas continuaban y, tras la
desaparición de Lépido de la escena pública, Octavio, hijo adoptivo de César,
acumulaba poder y con él se alimentaba el conflicto con Antonio, que ante la
situación —y antes del nacimiento de sus hijos— había optado por regresar a
Roma. Mientras Cleopatra traía al mundo a los hijos de Marco Antonio, éste
acordaba en Brundisium una reorganización del Triunvirato con Octavio que se
selló con su matrimonio con la hermana de éste, Octavia. Durante los tres años
siguientes el pacto de poder que entregaba a Marco Antonio los dominios
orientales de Roma y a Octavio los occidentales funcionó, pero en el año 37 a.
C. Antonio, que aparentemente se dirigía hacia el este para combatir a los
partos, en lugar de seguir su rumbo decidió desviar su camino para volver a
encontrarse con Cleopatra en Egipto.
Una vez allí sucedió algo inesperado que las fuentes romanas
atribuyen a la desaparición de la voluntad de Marco Antonio en manos de la
pasión de Cleopatra: el romano solicitó ayuda militar de Egipto para abordar su
campaña militar contra los partos y Cleopatra accedió a dársela a cambio de la
devolución administrativa de buena parte de los territorios orientales que
Egipto había perdido en tiempos de los primeros Ptolomeos. Marco Antonio aceptó
y Cleopatra recibió el control de Chipre, Creta, Libia, Siria, Fenicia, Cilicia
y Nabatea. Además, reconoció a los hijos de Cleopatra como propios. Ambos
volvían a ser amantes y desde Roma la situación se veía con preocupación. El
poder de Cleopatra había aumentado hasta ser el mayor de los faraones de su
dinastía aunque la soberanía finalmente pertenecía a Marco Antonio y a Roma.
Pero como Octavio y sus partidarios advertían, Marco Antonio le pertenecía a
ella.
En el año 36 a. C., Cleopatra daba a luz a otro hijo, Ptolomeo
Filadelfos. Poco después Antonio decidía reanudar su campaña contra los partos,
pero tras sufrir varias derrotas que mermaron sus tropas volvió a retirarse a
Alejandría. Entretanto, su esposa Octavia se puso al frente de una expedición
organizada por su hermano Octavio para enviarle refuerzos. Cuando Antonio se
enteró de ello escribió a Octavia pidiéndole que regresase a Roma. La ofensa
sería hábilmente empleada por Octavio, que emprendió una intensa campaña de
desprestigio de su rival político en la que le hacía aparecer como una
marioneta en manos de la calculadora y ambiciosa Cleopatra.
Finalmente, un nuevo hecho llevaría la tensión con Roma a un
punto insostenible: las llamadas Donaciones de Alejandría. Para conmemorar un
acuerdo con los medos que le permitía frenar a los partos, Marco Antonio
organizó un desfile al modo de los triunfos romanos. A renglón seguido se
convocó una asamblea pública en la que los hijos de Cleopatra y Antonio, y
también Cesarión, fueron proclamados soberanos de los territorios orientales
devueltos a Egipto, e incluso de otros más hacia el este, hasta la India, que
aún se esperaba conquistar. Marco Antonio y Cleopatra mostraban al mundo su
sueño político conjunto. Como indica el historiador Robert Gurval, «lo que
llamamos las Donaciones de Alejandría refleja la tradición romana de
administración en el este. Marco Antonio distribuyó territorios a Cleopatra y
sus hijos. En ese momento probablemente provocaron poca preocupación o
problemas para Antonio en Roma. Al año siguiente cuando comenzó la propaganda
de guerra entre Octavio y él, el primero usó los regalos para acusar a Marco
Antonio de traidor a su patria». La campaña de desprestigio dirigida por
Octavio arreció y, como señala asimismo Gurval, «la propaganda de Octavio
contra Marco Antonio y Cleopatra tuvo un gran éxito, y no porque fuera verdad o
porque la mayoría de los romanos la considerasen cierta, sino porque éstos
temían las consecuencias de que pudiera ser cierta. El miedo es una herramienta
poderosa e importante en cualquier forma de propaganda y los romanos temían a
Cleopatra como extranjera y como mujer».
En el año 32 a. C., en un rito solemne, Octavio declaraba la
guerra a Cleopatra, la mujer que hacía peligrar el poderío de Roma y que había
acabado con la voluntad de Marco Antonio.
El enfrentamiento entre Octavio y Marco Antonio tuvo lugar el 2
de septiembre del año 31 a. C. en Accio. Se trató de una batalla naval en la
que la flota egipcia que apoyaba a las fuerzas de Marco Antonio y que estaba
comandada por Cleopatra abandonó el escenario de la batalla antes de que ésta
concluyese. Los historiadores romanos hablan de deserción cobarde de Cleopatra
pero actualmente se cree que ésta obedeció las directrices de Antonio para
evitar que el tesoro egipcio que trasladaban sus barcos, así como la propia
reina, cayesen en manos enemigas. Al parecer de Robert Gurval, «el hecho más
importante que nos enseñan las fuentes históricas sobre la batalla de Accio es
que la flota egipcia, unos sesenta barcos completos, Cleopatra y, lo que es aún
más importante, el tesoro egipcio, escaparon de la batalla. Eso probablemente
no se debió a la cobardía de Cleopatra sino a la estrategia de Marco Antonio».
Su derrota fue abrumadora y, tras pensar en quitarse la vida, sus fieles le
convencieron de que se reuniese con Cleopatra en Alejandría.
El fin de la pareja se acercaba. En un último intento de salvar
el sueño político para sus hijos, ambos enviaron misivas a Octavio para llegar
a un acuerdo, pero la situación no admitía vuelta atrás. Éste se dirigió a
Egipto en persecución de Antonio, que preparó sus fuerzas para salirle al
encuentro. Corría el verano del año 30 a. C. y Octavio ponía seguro sus pies en
Egipto en el puerto de Pelusio. Las tropas de Marco Antonio lo traicionaron
cuando lo saludaron y se unieron al enemigo. Desesperado, se dirigió a
Alejandría en busca de Cleopatra, y por el camino le llegaron rumores de que la
reina se había suicidado. Abandonado por todos desenvainó su espada y decidió
poner fin a su vida. Sin embargo Cleopatra estaba viva y refugiada en el
magnífico mausoleo que había hecho construir para su muerte. Le hicieron llegar
el cuerpo aún con vida de Marco Antonio y ella misma, ayudada de una sirvienta,
logró hacerlo entrar en el mausoleo a través de una ventana antes de que
muriese desangrado en sus brazos.
Poco después, Octavio hizo su entrada en Alejandría y capturó a
Cleopatra. Pretendía llevarla en su cortejo cuando hiciese su entrada triunfal
en Roma, pero como no podía ser de otro modo, Cleopatra no estaba dispuesta a
consentirlo. En los días siguientes trató de quitarse la vida privándose del
alimento, pero Octavio la amenazó con matar a sus hijos. La última gran
demostración de sus encantos iba a tener lugar: solicitó hablar con Octavio y
le hizo creer que aspiraba a lograr la intercesión de su esposa Livia para
proteger a sus hijos. Debió de hacerlo con toda la habilidad de la que era
capaz pues Octavio se convenció de que había renunciado a sus intenciones
suicidas y de que deseaba una solución diplomática. Como afirmó Plutarco, «se
retiró contento, pensando ser engañador, cuando realmente era engañado». Tras
la entrevista Cleopatra visitó la tumba de Antonio, se bañó y arregló con sus
mejores galas y organizó una cena en sus aposentos. Cuando apareció un criado
portando una cesta de hermosos higos nadie sospechó que bajo los frutos se
escondía un áspid. Finalizada la cena, Cleopatra se quedó a solas con dos de
sus sirvientas, Eiras y Carmion, y envió un mensaje a Octavio pidiendo ser
enterrada junto a Marco Antonio. Cuando éste recibió la misiva salió corriendo
con algunos de sus hombres para intentar impedir lo inevitable. Al llegar a la
habitación de Cleopatra ésta yacía muerta sobre el lecho. Eiras estaba muerta a
sus pies y Carmion con su último aliento colocaba bien la diadema de la última
reina de Egipto.
La muerte de Cleopatra marcó el final de una época. El Egipto de
los faraones pasaba a la historia y la Roma imperial iniciaba su andadura bajo
Octavio Augusto. El sueño de dominar el Mediterráneo oriental e incluso de
emular los logros de Alejandro Magno desaparecía con Cleopatra y Marco Antonio,
y con ellos expiraba un tiempo. Roma se abría paso borrando del mapa su huella,
pues como recuerda Robert Gurval, «cuando Octavio dejó Alejandría para celebrar
su triunfo en Roma, Cesarión había muerto y el hijo mayor de Marco Antonio
había sido ejecutado. De los tres hijos de Cleopatra y Marco Antonio, los dos
chicos habían desaparecido y la hija había sido entregada en matrimonio a un
rey africano. La estirpe de los Ptolomeos había llegado a su fin. Octavio había
sido aconsejado por el filósofo Ario Dídimo, que tomó prestada una frase de la
Ilíada de Homero: «No es bueno que haya demasiados Césares». Sin embargo, la
memoria de Cleopatra permaneció viva y terminarían siendo los historiadores
romanos quienes la elevasen a mito.
Capítulo 7
Jesús de Nazaret
Contenido:
§. El profeta de las tres culturas
§. El humilde hijo de un carpintero
§. Los primeros pasos de un profeta
§. Predicación y enseñanzas de un joven rabí
§. Jerusalén: triunfo y muerte
§. El profeta de las tres culturas
De ninguna figura de la Historia se ha escrito tanto como de
Jesús de Nazaret. Los fieles de las Iglesias cristianas del mundo conocen su
historia tal y como la ha transmitido la tradición. Pero ésta no siempre es
unívoca. Ya durante el Renacimiento los humanistas y reformadores se dieron
cuenta de que en la Biblia existían contradicciones, omisiones e inexactitudes,
lo que les llevó a discutir sobre los textos bíblicos y a comenzar un proceso
de depuración de las fuentes que se podían considerar fiables en la transmisión
de su mensaje. Este proceso se ha desarrollado hasta la actualidad y uno de sus
resultados ha sido el surgimiento con el paso de los siglos de una figura
histórica de Jesús diferente de la imagen religiosa que de él se ha
transmitido. Por tanto, el Jesús de la fe y el Jesús de la Historia son dos
figuras distintas surgidas del mismo personaje histórico. El primero es asunto
de fe y, en consecuencia, personal e incontrovertible. El segundo ha sido
revisado por historiadores, teólogos, filósofos, filólogos, antropólogos… la
lista es interminable. Todos animados por las mismas cuestiones: ¿quién fue
realmente Jesús?, ¿qué podemos afirmar de él con seguridad? Éstas son preguntas
que no tienen una respuesta definitiva y posiblemente no lleguen a tenerla
nunca, pero algunas de las conclusiones a las que se ha llegado ya permiten
acercarnos un poco más al hombre que nos presenta la Historia.
El cristianismo es la religión más practicada en los países
occidentales y una de las más numerosas en todo el mundo. Católicos,
protestantes y ortodoxos son sus grupos mayoritarios, pero también existen
infinidad de pequeñas confesiones cristianas (coptos, armenios, melquitas,
maronitas y un largo etcétera) que profesan la religión inspirada en la figura
de un profeta judío que vivió y predicó en torno al cambio de era, Jesús de
Nazaret. Los datos que de él tenemos al margen de los Evangelios son escasos. Éstos,
además, durante siglos se han leído e interpretado conforme a tradiciones no
siempre respetuosas con su contenido original y que a veces ignoraban el
contexto histórico y cultural en que vivió Jesús.
Palestina, el país donde vivió y predicó, era un territorio
históricamente pobre y débil, de escaso interés económico para sus poderosos
vecinos, los egipcios de más allá de la península del Sinaí y las prósperas
ciudades comerciales fenicias al norte. Su importancia radicaba en que era una
vía de comunicación natural entre Asia y África, al ser la pequeña franja de
terreno transitable entre el Mediterráneo y el desierto sirio, por lo que fue
ambicionada y sometida por los grandes imperios conquistadores de Oriente. Allí
se habían asentado los israelitas desde finales del primer milenio antes de
Cristo, que entre los siglos VIII y V a. C. fueron sucesivamente derrotados y
dominados por asirios, babilonios y persas. Desde el siglo III a. C. la región
fue controlada por los reinos griegos surgidos tras la muerte de Alejandro
Magno, primero por los Ptolomeos de Egipto y posteriormente por los Seléucidas,
reyes griegos de Siria. A partir de este momento se fundaron ciudades griegas y
la cultura helenística se difundió con fuerza por la región. Finalmente, a
mediados del siglo I a. C., una disputa dinástica produjo la intervención del
general Pompeyo, que puso el territorio bajo dominación romana. Por tanto,
Palestina era un dominio político del Imperio romano y un territorio
culturalmente helenizado sobre un sustrato de cultura judía fuertemente
arraigado. En este país del Mediterráneo oriental, lugar de paso frecuentado
por pueblos y culturas, en el que se mezclaban lenguas, conocimientos y
religiones, nació Jesús.
§. El humilde hijo de un carpintero
El nacimiento y familia de Jesús pueden parecer uno de los
puntos menos controvertidos de su vida, ya que los Evangelios proporcionan una
información precisa:
Por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que
se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo
gobernador de Siria Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad.
Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad
de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para
empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Mientras estaban allí,
se le cumplieron los días del alumbramiento y dio a luz a su hijo primogénito,
le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el
albergue.
Lucas 2, 1-7
El relato de la posterior visita de los Magos y su encuentro con
el rey Herodes (Mateo, 2) parecen aportar mayor precisión si cabe, pero no todo
es tan sencillo. Herodes el Grande era hijo del gobernador puesto por los
romanos en Galilea, Antípatro, y a su muerte recibió del Senado de Roma el
título de rey de Judea, ampliando los territorios que su padre había gobernado.
Su reinado se extendió entre los años 37 y 4 a. C., fecha de su muerte. La
historia no ha hallado noticias de ningún censo realizado por el gobernador de
Siria Cirino que obligase a empadronarse a los habitantes de Galilea, ni de
ninguno que incluyese a todos los habitantes del Imperio romano en época de
Augusto. Sin embargo, el historiador judío-romano Flavio Josefo informa de que
Cirino realizó un censo de población en Judea con motivo de su incorporación a
la provincia de Siria, pero se llevó a cabo en el año 6 d. C. y en ningún caso
incluyó a la población de Galilea. Entonces, ¿cuándo nació Jesús? ¿Cómo se pudo
dar una fecha errónea de datación para su nacimiento? Actualmente la mayoría de
los historiadores consideran que Jesús debió de nacer entre los años 7 y 4 a.
C., ya que se otorga fiabilidad a su ubicación durante el reinado de Herodes el
Grande. Fue mucho más tarde, en la primera mitad del siglo VI d. C., cuando el
papado propuso cambiar el sistema de datación y tomar el nacimiento de Jesús
como punto de referencia. Los cálculos fueron realizados por un monje erudito,
Dionisio el Exiguo, que fijó erróneamente el acontecimiento en el año 753 ab
urbe condita (desde la fundación de Roma, que es como se databa durante el
Imperio romano). Más allá de lo chocante o curioso que pueda suponer esta
cuestión, es un ejemplo inmejorable de las dificultades que plantea cuadrar los
datos proporcionados por la Biblia con los conocimientos históricos.
Como señala Bart D. Ehrman, profesor de Religión de la
Universidad de Carolina del Norte, «no han llegado hasta nosotros testimonios
sobre los acontecimientos narrados en los Evangelios. Éstos por sí mismos no
señalan haber sido escritos por Mateo, Marcos, Lucas y Juan. En realidad estos
cuatro libros son anónimos y quienesquiera que los escribiesen no se
identificaron en ellos. La tradición de que fueron escritos por estos autores
surgió varias décadas después de su fecha real de composición, realizada posiblemente
por cristianos de la segunda o tercera generación después de Jesús, a finales
del siglo I d. C.». El criterio del también profesor de Religión Jonathan Reed
es muy similar: «Existe por lo menos un lapso de cuarenta años entre la vida de
Jesús y la escritura de los Evangelios y sus autores no escribieron con la
intención de dejar un registro exacto de lo que hizo Jesús, o de cómo eran la
economía y la sociedad. La razón por la que escribieron estos textos fue
convertir a la gente a la nueva fe, al cristianismo». Por tanto, los estudiosos
actuales no consideran los Evangelios como textos que se puedan tomar al pie de
la letra, sino que deben ser sometidos a una crítica textual, una herramienta
técnica característica de los estudios filológicos.
De los cuatro Evangelios sólo los de Mateo y Lucas mencionan
Belén como lugar de nacimiento de Jesús, haciéndose eco de lo que había dicho
el profeta Miqueas. Marcos y Juan guardan silencio al respecto. Muchos eruditos
actuales consideran que es posible que Jesús naciese realmente en Nazaret, de
unos padres llamados efectivamente José y María. Todos los Evangelios coinciden
en que fue su hijo primogénito, y en que le pusieron el nombre hebreo Yehošu’a
(literalmente, «Yahvé salva»), que se vertió primero al griego y más tarde al
latín como Jesús. Asimismo, los Evangelios son bastante claros al decirnos que
José y María tuvieron más hijos. Como comenta el profesor de Teología Jeffrey
S. Siker, «la mayoría de los Evangelios señalan a Jesús, a sus hermanos e incluso
a sus hermanas. Pablo menciona a Jesús y a sus hermanos, así que no hay duda de
que no era hijo único. También hay menciones sobre cuántos, al menos dos o tres
hermanos y posiblemente unas pocas hermanas. Así que procedería de una familia
judía media compuesta por cinco o seis hermanos». Tras la muerte de Jesús, uno
de estos hermanos, Santiago, se convertiría en el líder del naciente movimiento
cristiano.
Pero nada de lo que sucedería con posterioridad debió de estar
presente en la infancia de Jesús y de sus hermanos y hermanas, que posiblemente
fuera como la del resto de muchachos de su entorno. A este respecto ha señalado
David L. Barr, profesor de Estudios religiosos, «no hay nada de misterioso en
la infancia de Jesús. Creció como cualquier otro niño judío, primero entre las
mujeres y más tarde en compañía de los hombres. Fue al colegio, aprendió un
oficio…». El profesor Gregory J. Riley añade: «Se nos ha dicho que su padre fue
carpintero e incluso que él mismo lo fue. Debemos asumir por tanto que fue un
artesano y que vivió en lo que podríamos llamar clase media. Ésta vivía
usualmente en casas de una o dos habitaciones, en lo que podríamos llamar una
choza, limpia pero pequeña. Se trasladaban exclusivamente a pie, tenían sólo
las ropas que vestían. Era una vida de subsistencia. Una hambruna podía costar
muchas vidas en cualquiera de estas aldeas». Jesús pasaría su infancia y
juventud en su lugar de nacimiento, Nazaret, aunque prácticamente nada se
conoce sobre sus primeros veinticinco años de vida, sobre los que los
Evangelios guardan silencio. Como destaca el profesor Barr: «Cómo fue la
infancia de Jesús, dónde fue a la escuela, cómo fue su adolescencia son cosas
que a nosotros nos parecen interesantes, pero que a los antiguos no les llamaba
la atención en absoluto». Uno de los pocos episodios que conocemos es el que
relata el Evangelio de Lucas:
Al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en
medio de los maestros, escuchándoles y haciéndoles preguntas. Todos los que le
oían estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le
vieron quedaron sorprendidos y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho
esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando». Él les dijo: «Y
¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?».
Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio.
Lucas 2, 46-50
Sin embargo las opiniones sobre la verosimilitud de este
episodio varían. El propio profesor Barr indica al respecto: «Sencillamente la
vida de Jesús no fue importante para la gente hasta que comenzó a proclamar que
el Reino de Dios se acercaba. Después de que surgiese el interés en su figura,
se volvió la vista atrás y se crearon relatos sobre su vida anterior, la
historia de Lucas de Jesús en el Templo es una de ellas». Esta falta de
información sobre sus primeros años ha llevado a hablar de «vida oculta» o
«años perdidos» de Jesús. En opinión del profesor de Humanidades J. Andrew
Overman, «los años perdidos de Jesús fueron llamados así acertadamente porque
no sabemos nada sobre ellos. Sólo se puede conjeturar sobre cómo habría sido su
vida durante aquellos años. Basándonos en nuestras reconstrucciones sobre
Galilea se puede suponer que probablemente se habría puesto de aprendiz con su
familia y habría aprendido un oficio. Los Evangelios se refieren a él con la
palabra griega tecton, que erróneamente se ha traducido por «carpintero», mas
seguramente habría sido un cantero, albañil o trabajador de la construcción.
Probablemente fue alguien que trabajaba la piedra, que era muy abundante en
Galilea».
Galilea en aquella época era una tierra frecuentada por hombres
que vivían con gran profundidad su fe judía. A este respecto, el profesor Barr
afirma: «Nuestra imagen actual de Galilea es la de una zona de una fuerte
piedad judía y un gran énfasis en lo que podríamos llamar la “persona santa”,
en otras palabras, el chamán, la persona que tiene una experiencia única de
Dios y cuyas palabras y actos derivan de ella. Es algo que parecía bastante
corriente en la forma galilea de ser judío». Sin embargo, cerca de Nazaret
también se hallaba la ciudad griega de Séforis, a la que podría haber acudido
Jesús según algunos historiadores. Independientemente de las influencias que
hubiese podido recibir en su infancia, no es hasta su vida pública cuando
comienza a mostrarse a los demás como un profeta que transmite la palabra de
Dios, pero ¿cuándo se produjo el cambio de un joven artesano galileo de
religión judía a un profeta del Dios de Israel? Esa revelación o llamada le
llegaría a través de otra persona, Juan el Bautista.
§. Los primeros pasos de un profeta
Aproximadamente en el año 26 d. C., cuando contaba treinta años,
Jesús abandonó su Nazaret natal y viajó hacia el sur, a las tierras desiertas
de Judea. Posiblemente con anterioridad había conocido a los santones,
sanadores carismáticos y profetas judíos que frecuentaban las colinas de
Galilea, pero cuando abandonó ésta iba en busca del más famoso y controvertido
de los hombres santos de aquel momento. Según S. Scott Bartchy, profesor de
Historia de las religiones, «Juan el Bautista era una persona que creía en el
fin del mundo social en que vivía o, al menos, en que éste estaba cerca. No
podía imaginar cómo los seres humanos podrían salir por sí solos de la gran
depresión de maldad en que estaban sumidos, y que aunque el fin se acercaba,
aquellos que deseasen estar preparados, podían». Este tipo de predicaciones no
eran nuevas en el mundo judío. La presencia primero helenística y después
romana había llevado a muchos judíos a pensar en una degradación de sus
costumbres y su ambiente debido al mestizaje cultural propio del mundo
helenístico en el que Palestina estaba inmerso y, en este contexto, las
profecías de un salvador que sacaría al pueblo de Israel de su estado de
postración se habían hecho presentes de nuevo con mucha fuerza. Muchos llamaban
a este salvador mesías, palabra hebrea que significa «ungido», ya que los
antiguos reyes de Israel eran ungidos por los profetas como símbolo de
legitimidad divina. La palabra griega christós, de donde deriva el nombre
Cristo, significa precisamente lo mismo. En opinión de John P. Meier, profesor
de Teología, «un cierto número de judíos no esperaba a ningún mesías, otros
esperaban una figura divina que bajaría del cielo, otros pensaban en un nuevo
rey como David, una figura mucho más terrenal, otros pensaban en una vida
renovada en este mundo, otros en términos quizá más de un mundo celestial». La
predicación de Juan se centraba en la pronta llegada de un salvador que
acabaría con la postración de Israel, un mensaje que para las autoridades
hebreas, especialmente para su rey títere en manos de Roma, Herodes Antipas
(que había sucedido a su padre Herodes el Grande tras su muerte y que reinaría
hasta el 39 d. C.), resultaba especialmente peligroso.
Los historiadores consideran que la peregrinación de Jesús hasta
el río Jordán para recibir el bautismo de manos de Juan el Bautista es cierta.
Según el profesor Bartchy, «si los cristianos hubiesen querido manipularla [la
relación de Jesús con Juan], el transcurso de los hechos habría sido el
contrario y habrían presentado a Juan yendo hasta Jesús». El profesor Siker
añade que, «si Jesús acudió a bautizarse por la misma razón que acudían tantos
otros, como muchos historiadores argumentan, fue debido a que tenía algún
sentimiento de arrepentimiento. Jesús se sintió conmovido por el mensaje de
Juan y fue bautizado por arrepentirse de sus pecados, y tuvo algún tipo de
experiencia transformadora que le llevó a inaugurar su propio ministerio
público, en parte modelado y realizado siguiendo el de Juan».
Antes de comenzar su predicación experimentó un proceso de
recogimiento y reconciliación consigo mismo durante su estancia a solas en el
desierto de Judea, en torno al año 27 d. C., según el Evangelio, no por propia
voluntad:
A continuación el Espíritu le empuja al desierto, y permaneció
en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás. Estaba entre los
animales del campo y los ángeles le servían.
Marcos 1, 12-13
Según el profesor David Barr, «el desierto es en la tradición
judía un lugar muy adecuado para encontrarse con Dios, es algo que remite al
encuentro de Moisés con Dios en el desierto del Sinaí antes de que condujese a
su pueblo a la Tierra Prometida. Muchos profetas fueron al desierto para
encontrarse con Dios; eran personas que podían ir a despoblados, ayunar y tener
visiones, y después volver para contar a la gente lo que Dios les había
comunicado. Probablemente la analogía más cercana hoy en día estaría en
religiones de los indígenas americanos o africanos donde existe este tipo de
figura santa que tiene un acceso especial a Dios para compartirlo con la
gente». La experiencia de las tentaciones en el desierto se ha solido entender
como que Jesús fue tentado por el pecado; quizá habría que entenderla más en el
sentido de la palabra original griega, que más que «culpa» o «tentación» quiere
decir «prueba»: Jesús estaba siendo probado como se prueba el metal para
verificar si es sólido y auténtico.
A su salida del desierto se encontraría con una noticia
inquietante, el arresto de Juan el Bautista por orden de Herodes Antipas. Sin
lugar a dudas aquello supuso una advertencia sobre el destino que podían correr
los profetas apocalípticos que revolvían al pueblo en un sentido que podía
volverse contra las autoridades civiles. De hecho, un grupo de judíos de la
primera década después de Cristo, los zelotas, se habían rebelado
infructuosamente contra el poder civil al afirmar que sólo Dios era el rey de
Israel, por lo que habían negado la obediencia y el pago de impuestos a Roma,
auténtico corazón de la política imperial. Según el profesor Barr, «los romanos
administraban su presencia [en Palestina] con mano firme. Si alguien no pagaba
sus impuestos o si se rebelaba, podían aplastarle sin piedad, pero si se
cumplían esas dos cuestiones básicas, pagar impuestos y no hablar de rebelión,
todo lo demás les resultaba completamente aceptable». De todos modos Jesús
abandonó Judea y regresó a Galilea, donde comenzaría su predicación.
No se sabe a ciencia cierta cuándo se produjo este regreso,
probablemente en el verano del año 27 d. C. El joven artesano que había
abandonado su patria volvía como un hombre inspirado por Dios y comenzó su
tarea como profeta itinerante siguiendo el ejemplo de Juan y de los antiguos
profetas. Su regreso a Nazaret no fue especialmente brillante. Según cuenta el
Evangelio de Marcos:
Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La
multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: « ¿De dónde le viene esto?, y
¿qué sabiduría es esta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus
manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José,
Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?». Y se
escandalizaban a causa de él.
Marcos 6, 2-3
El Evangelio de Lucas (4, 28-30) cuenta cómo Jesús tuvo que
escapar de la multitud airada de su población natal, a la que no volvería ya
nunca más; sería ahora entre extraños donde crearía su propia comunidad, una
comunidad de discípulos unidos por su fe en él. En opinión del profesor Siker,
«los discípulos son algo inusual porque lo que era típico en la Palestina del
siglo I d. C. era que fuese el discípulo el que iba a buscar a su maestro, su
rabí. Pero no tenemos mucha evidencia sobre rabíes marginales que vagaban y
creaban grupos de discípulos así que, a este respecto, Jesús es un caso muy
poco usual. (…) Es muy presumible que Jesús tuviese una relación previa con
estas personas, que le conociesen o hubiesen tenido algún tipo de contacto con
él». Cuando rodeado de sus discípulos volviese a intervenir en la sinagoga,
esta vez en Cafarnaúm, ya no sería un fracaso, sino que ejercería una gran
influencia sobre la audiencia y empezaría a obrar maravillas, al liberar a uno
de los presentes de la posesión de un espíritu maligno (como relata Marcos 1,
23-27). Era el primer paso de su propia vida pública como maestro y profeta, en
la que supo dar un contenido nuevo al judaísmo.
§. Predicación y enseñanzas de un joven rabí
Se ignora con qué edad comenzó Jesús su ministerio. El Evangelio
de Lucas afirma que tenía treinta años, pero el de Juan supone que tendría que
ser mayor. Tampoco se sabe a ciencia cierta cuánto tiempo duró esta misión,
pudo variar entre unos pocos meses y cuatro años. Lo que está claro es que
comenzó una larga peregrinación por tierras al norte (las ciudades de Sidón y
Tiro, la ciudad siria de Cesárea, penetrando en el territorio conocido como
Decápolis) para virar después hacia el sur, hacia Jericó y finalmente a
Jerusalén. A lo largo de todo este recorrido su fama creció y los Evangelios
mencionan que realizó multitud de milagros y curaciones inexplicables. En
opinión del profesor Barr, «no hay duda de que Jesús hizo actos de poder que
impresionaron a sus contemporáneos. Actualmente pensamos que el mundo está
regido por leyes naturales de manera que un milagro tendría que ser algo
realizado por Dios o un poder divino de forma que alterase dichas leyes para
que las cosas no sucediesen como tenían que pasar. Los antiguos no tenían ese
concepto de ley natural. Dios lo hacía todo, hacía que el sol saliese por la
mañana, que lloviese o que no lloviese, y esas cosas se podían controlar
mediante la oración o las fuerzas divinas, de modo que un milagro no era una
violación de la ley natural, era sencillamente una acción de Dios en un momento
concreto. Cuando las personas eran curadas, pensaban en Jesús como una persona
con poder». Pero si los milagros atraían a la gente, ésta no permanecía al lado
de Jesús por esos fenómenos inexplicables, sino por sus enseñanzas, enraizadas
profundamente en la tradición moral judía, que, como otros profetas y el mismo
Juan, predicaba la compasión por los demás, la preocupación por los pobres y el
amor por el prójimo. Pero Jesús fue más allá al predicar una nueva forma de
vida en la que se debía ofrecer amor incluso a los que odiaban:
Habéis oído que se dijo: «Ojo por ojo y diente por diente». Pues
yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla
derecha ofrécele también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte
la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete
con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le
vuelvas la espalda.
Mateo 5, 38-42
En la aplicación de su doctrina rompió con las leyes judías al
frecuentar a gentiles, recaudadores de impuestos y personas de reputación
dudosa. Especialmente polémica fue su cercanía y relación con las mujeres,
algunas de las cuales entraron a formar parte del grupo que le seguía en sus
predicaciones, razón por la que fueron criticadas y mal vistas por la sociedad
judía. En opinión del profesor Barr, «el hecho de que incluso algunas mujeres
viajasen con Jesús es algo chocante. Se suponía que las mujeres tenían que
proteger el honor de la familia, no estar con otros hombres, ni mucho menos
abandonar su hogar sin su marido o algún guardián masculino que las acompañase.
Así que éstas son algunas de las acciones contraculturales y anti familiares
que hizo Jesús con las mujeres». En el juicio que hace de prostitutas y
adúlteras (como en Juan 8, 3-11) pone de manifiesto algunas de sus ideas más
radicales. Como apunta el catedrático emérito de Estudios religiosos John
Dominic Crossan: «La visión de Dios que tiene Jesús se puede describir como de
igualitarismo radical, de rechazo a trazar discriminaciones, líneas de
demarcación y jerarquías que separasen a unos de otros, inferiores de
superiores, puros de impuros, hombres de mujeres, esclavos de hombres libres,
paganos de judíos. Era un rechazo a incorporar las distinciones básicas que la
mayoría de la sociedad aceptaba». Incluso parece que Jesús quería renunciar a
su familia:
Llegan su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, le envían a
llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: « ¡Oye!, tu madre,
tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Él les responde: « ¿Quién
es mi madre y mis hermanos?». Y mirando en torno a los que estaban sentados en
corro, a su alrededor, dice: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla
la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».
Marcos 3, 31-35
En opinión del profesor Barr, «parece que Jesús quiso abandonar
a su familia. En aquel tiempo esto era algo muy radical e inmoral porque los
hijos tenían responsabilidades para con sus padres, especialmente en el caso
del primogénito. Pero él quiso dejarlo todo a cambio de lo que creía que Dios
le estaba demandando hacer».
Con sus atípicas enseñanzas Jesús comenzó a ganarse enemigos
entre el judaísmo ortodoxo, especialmente entre los fariseos, que defendían una
lectura estricta de las leyes y a los que las interpretaciones que hacía Jesús
en nombre de la compasión resultaban completamente rechazables. A lo largo de
sus predicaciones y viajes se van acercando más a Jesús, pero no para aprender
de él y seguir sus enseñanzas, sino para acosarle con preguntas y pruebas con
objeto de deslegitimarle de cara a su auditorio.
Y envían hacia él algunos fariseos y herodianos, para cazarle en
alguna palabra. Vienen y le dicen: «Maestro, sabemos que eres veraz y que no te
importa por nadie, porque no miras la condición de las personas, sino que
enseñas con franqueza el camino de Dios: ¿es lícito pagar tributo al César o
no? ¿Pagamos o dejamos de pagar?». Mas él, dándose cuenta de su hipocresía, les
dice: « ¿Por qué me tentáis? Traedme un denario, que lo vea». Se lo trajeron y
les dice: « ¿De quién es esta imagen y la inscripción?». Ellos le dicen: «Del
César». Jesús les responde: «Lo del César, devolvédselo al César, y lo de Dios,
a Dios». Y se maravillaban de él.
Marcos 12, 13-17
Aunque tuvo un éxito indudable saliendo airoso de las trampas de
sus enemigos, al parecer un hecho singular hizo que se replanteara seriamente
su misión, la muerte de Juan el Bautista, mandado asesinar por Herodes Antipas
después de varios meses de arresto. Aunque los Evangelios nos transmiten el
relato de que fue asesinado para satisfacer la vanidad de Herodías, mujer de
Herodes, el historiador Flavio Josefo afirma que éste temía que el ministerio
de Juan degenerase en una revuelta abierta contra su autoridad. En opinión del
profesor Crossan, «el primer gran momento traumático de la vida adulta de Jesús
debió de ser la muerte de Juan el Bautista. Para quienes habían aceptado el
mensaje de Juan, y Jesús era uno de ellos, parecía que Dios había permitido su
muerte y a medida que los días pasaban y ésta no tenía consecuencias para sus
asesinos, parecía que Dios no hacía nada. En cierto sentido se pudo pensar que
Juan podía haberse equivocado». El final trágico del Bautista era una
advertencia clara y contundente para el resto de profetas del momento. Sin
embargo, la vivencia de una experiencia reveladora debió de decidir a Jesús a
seguir adelante, su transfiguración, relatada en Mateo 17, 1-9. Como afirma el
profesor Riley sobre este episodio, «parece tratarse claramente de una
epifanía, una revelación de que Jesús era realmente un tipo de ser divino que,
momentáneamente, revela ser quien es. Esto para la gente de la Antigüedad era
algo perfectamente normal. Los dioses podían caminar por la tierra y, por ejemplo,
Zeus podía revelar quién era realmente abandonando cualquier aspecto que
pudiese haber adoptado». Es tras este episodio cuando Jesús parece estar del
todo convencido de su misión y decide dar un paso sustancial. Ya no predicará
en las colinas y los campos de Galilea, ni en los pueblos y ciudades pequeñas
donde los fariseos y las autoridades recelaban de él. Su siguiente paso sería
llevar su predicación al corazón de su fe y la fortaleza de sus enemigos,
Jerusalén, la capital de los antiguos reyes de Israel y del Templo de Salomón.
§. Jerusalén: triunfo y muerte
Jerusalén era la capital espiritual del judaísmo y la Pascua, la
fiesta que rememoraba la liberación del pueblo judío de su cautiverio en
Egipto, era la festividad más importante de todo el año, en la que miles de
peregrinos afluían a la ciudad para su celebración. En torno al año 30 d. C.,
presumiblemente a la edad de treinta y tres años, Jesús de Nazaret acudió a la
ciudad para la celebración de tan solemne fiesta, y fue recibido triunfalmente
por la multitud como el auténtico Mesías:
Los que iban delante y los que le seguían, gritaban: « ¡Hosanna
[palabra hebrea de aclamación que primitivamente significaba «salva, pues»]!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, de
nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!». Y entró en Jerusalén (…)
Marcos 11, 9-11
Su entrada no podía suponer un mayor peligro para las
autoridades judías. Para el profesor Crossan, «la fiesta de Pascua constituía
un auténtico polvorín porque reunía a grandes multitudes en un mismo lugar
celebrando su liberación de la opresión egipcia por Dios cuando en aquel
momento estaban bajo la opresión romana. En dicha situación con muy poco podía
prender una revuelta». De hecho ha llamado la atención de los estudiosos el
peligro evidente en que se puso Jesús yendo a la capital. Como señala el profesor
Barr, «algunos creen que cuando acudió allí esperaba encontrar una batalla
final en la que Dios le rescataría y le llevaría a su Reino. Otros piensan que
fue llevado por una especie de deseo de muerte, un deseo de martirio. Sospecho
(…) que en ese momento climático fue para participar en la festividad y crear
todo el impacto que pudiese en el pueblo reunido para la fiesta. Pero para
entonces la maquinaria de destrucción se había puesto en marcha y acabaría por
matarle».
Sus primeros pasos en la ciudad no ayudaron a rebajar la tensión
o a que la atención se apartase de él. Acudió al Templo, donde arremetió contra
los mercaderes y cambistas que hacían negocio en el patio anterior al
santuario, derribando sus puestos y expulsándolos del recinto (Marcos 11,
15-19). A este respecto, apunta el profesor Ehrman: «El modo en que funcionaba
el Templo era que la gente podía llevar sus animales a los sacerdotes para que
los sacrificasen. Por eso había gente en el Templo vendiendo animales. La
pregunta es por qué desbarató esas mesas y expulsó a los cambistas y a los
mercaderes de animales. Es posible que cuando Jesús acudió al Templo quisiese
representar una parábola. Organizando todo aquel alboroto estaba simbolizando
la futura destrucción del Templo cuando Dios juzgase a su pueblo». Semejante
acción le costó la enemistad de la casta sacerdotal del judaísmo, los saduceos,
pertenecientes a la aristocracia de familias ricas de Jerusalén. Éstos
trabajaban estrechamente con las autoridades romanas para asegurar que el
transcurso de la Pascua fuese pacífico, y lo que estaba claro era que desde ese
momento tanto los saduceos como los fariseos deseaban acallar el revuelo
levantado por el profeta llegado de Galilea. Los días siguientes los dedicó
Jesús a predicar en la ciudad. Sus enseñanzas apocalípticas ponían cada día más
nerviosas a las autoridades religiosas, temerosas de un estallido de violencia
en la ciudad. Según el profesor Ehrman: «Los líderes judíos tenían problemas
con Jesús por sus propios motivos. Probablemente le encontraban ofensivo porque
afirmaba que Dios les juzgaría a ellos y a su Templo. Para ellos era una
amenaza porque si la multitud decidía seguirle le daría la espalda a ellos, así
que decidieron que debían apartar a Jesús de su camino».
Es en este contexto cuando se habría desarrollado el relato de
la Pasión transmitido por los Evangelios. Uno de los discípulos de Jesús, Judas
Iscariote, se habría puesto de acuerdo con los saduceos para traicionar al
profeta y entregárselo con objeto de imputarle fraudulentamente algún delito.
El jueves anterior a la Pascua, Jesús la habría celebrado por adelantado con
sus discípulos en una cena en la que les anunció la traición de que iba a ser
víctima y su próxima muerte, e instituyó la eucaristía. Después habría acudido
a orar al Monte de los Olivos, donde permanecería por unas horas antes de que
los hombres de los sacerdotes del Templo acudiesen a prenderlo guiados por
Iscariote. Conducido ante el consejo sacerdotal (Sanedrín) presidido por el
sumo sacerdote Caifás, se habría intentado imputarle delitos falsos, fracasando
por la inconsistencia de los falsos testimonios presentados. Conminado por
Caifás a declarar si era el Mesías, la respuesta de Jesús —que varía de un
Evangelio a otro— sería considerada por los sacerdotes blasfemia, penada por
las leyes judías con la muerte y, por tanto, suficiente para condenarle. El
problema de los saduceos era entonces que no podían ejecutar la sentencia, ya
que era competencia del poder secular. En opinión de la profesora de Exégesis
del Nuevo Testamento Adela Yarbro Collins, los sacerdotes «habían llegado a un
acuerdo con los romanos por el que administraban el gobierno religioso local
bajo autoridad romana, así que tenían la responsabilidad de mantener el orden,
y un Mesías, alguien que afirmaba de sí mismo que era el Mesías, subvertía ese
orden. El Mesías era por definición el gobernante supremo del pueblo, así que
no era compatible con el poder romano».
Por esta razón Jesús acabaría en presencia de la máxima
autoridad romana en Palestina, el procurador Poncio Pilatos (que ejerció el
cargo entre los años 26 y 36 d. C.). Sin embargo éste no consideró que Jesús
fuese reo de muerte, por lo que por dos veces expresó a los saduceos su
intención de liberarle después de azotarle. Finalmente, los sacerdotes agitaron
a la población de Jerusalén para que reclamasen su muerte. Pilatos intentó
nuevamente liberarle haciendo recaer en él la gracia pascual de dejar libre a
un reo, pero la multitud instigada insistió en exigir su muerte. Al final
Pilatos cedió y dictó sentencia a muerte mediante crucifixión. La mayoría de
los estudiosos consideran que este relato de tira y afloja entre saduceos y
romanos es mera ficción. En opinión del profesor Crossan, «esto es ficción
cristiana escrita muchos años después. La idea de la multitud acallando a
gritos a Pilatos resulta sencillamente inconcebible. Se trata de propaganda
paleocristiana que obedecía a un planteamiento de la secta judía de los
cristianos que consideraban su enemigo a las autoridades judías y estaban
interesados en llevarse bien con las romanas, así que le hicieron el juego a
las autoridades romanas. Posiblemente lo que habría serían órdenes claras para
los soldados y procedimientos establecidos entre Caifás y Pilatos. (…) Es
probable que el asunto no pasara más allá en la cadena de mando de un centurión
o un cargo similar».
Fuera como fuese, la condena del poder religioso judío y la
aquiescencia del poder civil romano llevaron a Jesús a la cruz, uno de los más
espantosos tormentos utilizados por las autoridades romanas para las
ejecuciones. El tormento no era exactamente como se ha solido representar en el
arte y la cultura popular. Como indica el profesor Ehrman, «los romanos tomaban
estacas y las clavaban atravesando los huesos de las muñecas, no las manos como
se suele representar en el imaginario popular. Atravesando la muñeca se
conseguía que cuando la persona era colgada de la cruz los miembros no se
desgarrasen, de modo que la víctima quedaba sujeta a ésta. No eran alzados a
gran altura, como se suele imaginar, sino sólo lo justo para elevarlos del
suelo y poder dejarlos a la vista de todo el que pasase. La muerte solía
producirse por asfixia debido al estiramiento de los pulmones: para que la
persona pudiese respirar tenía que empujar hacia arriba desde los pies, así que
aguantaba mientras sus fuerzas respondían. Se conocen casos de crucifixiones
que duraron tres y cuatro días». A este respecto, el profesor Crossan señala:
«La crucifixión romana estaba pensada como una forma de terrorismo de Estado
con el fin de amedrentar a las clases inferiores. Normalmente los cuerpos se
dejaban en la cruz hasta que eran devorados por animales salvajes. Se
abandonaban allí y no los recogían hasta que no quedaba nada para ser
enterrado. Era eso lo que hacía la crucifixión tan terrible. Pensamos en ella
como algo muy doloroso pero los romanos no calculaban el dolor, calculaban la
vergüenza. Dejar el cuerpo sin enterrar realmente aniquilaba a una persona en
el mundo antiguo». Sin lugar a dudas, con semejante pena las autoridades
romanas dejaron claro que acabaron considerando también a Jesús como un
individuo peligroso al que se castigó con gran severidad.
Según el relato evangélico, Jesús murió en la cruz prácticamente
solo, seguido únicamente por tres de las mujeres que le acompañaron durante su
predicación —y según el Evangelio de Juan (19, 25-27), también por su madre y
uno de sus doce discípulos—, entre el escarnio con que le obsequiaban aquellos
que habían urdido su final, en un paraje extramuros de Jerusalén llamado
Gólgota (en arameo, «lugar del cráneo», traducido al latín como Calvaria). Los
Evangelios coinciden en que su cuerpo no quedó expuesto tras su muerte.
Crucificado en la hora tercia (nueve de la mañana) del viernes previo a la
Pascua, murió en torno a la hora sexta (tres de la tarde) de ese mismo día. Un
rico seguidor de Jesús, José de Arimatea, obtendría de Pilatos el permiso para
tomar su cuerpo sin vida y depositarlo en un sepulcro de su propiedad.
A partir de aquí acaba la posible reconstrucción histórica de la
peripecia vital de Jesús de Nazaret y empieza el terreno de la fe. Los cuatro
Evangelios terminan con el relato de la resurrección de Jesús y sus apariciones
posteriores a sus discípulos. Pero independientemente de lo que sucediese tras
su muerte, lo que es indudable es que su mensaje no murió con él. A partir de
ese momento sus seguidores comenzaron a organizarse como un grupo estable
dentro de la comunidad judía y, pocos años más tarde, gracias a la actividad
misionera de Pablo de Tarso, el mensaje de Jesús comenzó a llegar a amplias
zonas del Mediterráneo oriental e incluso a la misma Roma. La razón de su
supervivencia y difusión quizá sea, como afirma el profesor Crossan, que «Jesús
encarna un sueño, un profundo y antiguo sueño hondamente arraigado en el
espíritu humano por un mundo de justicia e igualdad radicales, por un mundo no
de dominación sino de capacidad para actuar, y sobre todo por el anuncio de que
lo que preocupa a Dios no es un mundo de dominación sino de justicia. Ése es el
legado siempre perdurable de Jesús, y mientras que ese sueño siga vivo, Jesús
también seguirá vivo».
Capítulo 8
Atila
Contenido:
§. El azote de Dios
§. Migraciones continentales
§. La educación de un demonio
§. Juventud de un caudillo guerrero
§. Cambio de estrategia: el giro hacia occidente
§. El azote de Dios
La imagen que ha sobrevivido del rey de los hunos en la
imaginación popular hasta el siglo XXI es la de un cruel y sanguinario caudillo
bárbaro que anegó el Imperio romano en sangre y que llegó a plantarse a las
puertas de la misma Roma, donde sólo la intervención de un enérgico Papa logró
contener su avance y que se retirase más allá de las fronteras. Pero la
realidad de Atila y del tiempo que le tocó vivir es mucho más compleja.
Efectivamente, fue un líder tribal de una actividad combativa inagotable que provocó
una fuerte desestabilización en un mundo romano ya de por sí muy debilitado,
pero ni fue tan salvaje ni la conjuración del peligro que supuso su avance
sobre Roma fue mérito de sus adversarios. Ya desde su época fue víctima de una
campaña propagandística que le calificó nada menos que de «flagelo de Dios»,
cuyos ecos han perdurado hasta nuestros días a costa de una realidad histórica
en la que es posible que Atila, además de verdugo, fuese víctima.
En el siglo V d. C. el Imperio romano luchaba por su
supervivencia. Hacía más de doscientos años que el abatimiento de la economía,
el decaimiento de la sociedad y la mediocridad de sus gobernantes amenazaban la
existencia del estado que había logrado unificar el Mediterráneo bajo una sola
autoridad política y crear una cultura que se creía inmortal. Las ciudades cada
vez tenían menos población, el comercio que las abastecía menos pulso, las
propiedades del campo se convirtieron en la principal fuente de riqueza y
posición social y, finalmente, el poder político estaba cada vez más
debilitado. A finales del siglo III y comienzos del IV, dos emperadores,
Diocleciano primero y Constantino más tarde, lograron mitigar la situación
llevando a la práctica un programa que supuso una auténtica refundación del
imperio, pero que apenas logró que éste sobreviviese ciento cuarenta años.
A estos signos de una crisis que atacaba los mismos cimientos de
la sociedad y la política romanas se vino a sumar el problema de los pueblos de
las fronteras. Los griegos y los romanos llamaban «bárbaros» a los pueblos que
no sabían hablar sus lenguas (griego y latín), viviesen donde viviesen. Desde
el siglo I d. C., los romanos habían convivido en una relación de vecindad
vigilante con sus vecinos del norte, a los que llamaban «germanos» y que vivían
más allá de la frontera estable del imperio, situada en la línea trazada por el
curso de los ríos Rin y Danubio. Esta situación comenzó a cambiar durante el
siglo III, cuando una serie de tribus de Europa oriental empezaron a
desplazarse hacia el sur y el oeste, con lo que desestabilizaron a las que
estaban asentadas en los territorios limítrofes del imperio. Las provincias
romanas fronterizas comenzaron a sufrir ataques reiterados y repentinos frente
a los cuales la táctica tradicional de los romanos de dividir para vencer no
fue efectiva. Las defensas tampoco se mostraron preparadas para soportar las
reiteradas agresiones, por lo que se impusieron soluciones militares urgentes.
De ahí que el ejército fuese cobrando cada vez más importancia en el mundo
romano, siendo éste el siglo en que surgió la figura arquetípica del emperador
soldado, aupado al poder desde el generalato y que centraba su autoridad en el
apoyo de las tropas.
¿Causa o síntoma de la crisis? Las incursiones de los bárbaros
posiblemente fueron las dos cosas, pero lo que los romanos pronto tuvieron
claro es que no se trataba de episodios puntuales, sino que se hallaban frente
a un problema a largo plazo y de difícil solución. En los dos siglos siguientes
llegarían a ser conscientes de la gravedad extrema que podía adquirir y la
amplitud de sus consecuencias.
§. Migraciones continentales
Las relaciones entre germanos y romanos no cambiaron de
pacíficas a bélicas de un día para otro. Fue un proceso largo y discontinuo en
el que las relaciones amistosas se fueron alternando con las hostiles. Quizá
paradójicamente los bárbaros fueron adquiriendo mayor presencia en algunas
facetas de la realidad romana durante sus últimas décadas de existencia. Como
afirma el historiador Patrick J. Geary, «ése era un mundo en el que los
bárbaros y los romanos habían estado en estrecho contacto durante siglos. Los
unos eran necesarios para los otros. Los romanos habían necesitado de los
bárbaros durante el siglo anterior. Los necesitaban como esclavos, los
necesitaban para su comercio y los necesitaban además como reclutas para sus
tropas, porque el ejército romano estaba formado cada vez más por bárbaros».
Efectivamente, el decaimiento demográfico hizo necesario que miembros de tribus
germanas aliadas del imperio suplieran a los soldados romanos, cada vez más
escasos, en las legiones.
Pero ¿quiénes eran los hunos? ¿Cómo intervinieron en este
escenario de crisis? No eran un pueblo germano de los del centro y norte de
Europa a los que estaban tan acostumbrados los romanos. Su origen se sitúa en
las grandes estepas de Asia central, donde habitaban como un pueblo nómada, con
una economía comunitaria de base ganadera. Como el resto de los pueblos
esteparios asiáticos, desarrollaban una vida organizada en torno a la sumisión
a un jefe tribal, sobre la necesidad de dominar grandes extensiones de terreno
que servía de pasto para su ganado —de ahí la importancia fundamental del
caballo en la vida colectiva— y una gran capacidad organizadora que en
ocasiones les llevaba a federarse con otras tribus. Por razones desconocidas
(se ha propuesto la posibilidad de cambios en el clima y un fuerte crecimiento
de su población) y junto con sus primos lejanos, los llamados heftalitas o
hunos blancos, comenzaron a moverse a grandes distancias en la segunda mitad
del siglo IV. Los hunos empezaron a migrar hacia Occidente y los hunos blancos
hacia el sur y sudeste. Los primeros supusieron una fuerte desestabilización
para el mundo romano, los segundos lo fueron para las civilizaciones persa e
india.
Hacia el año 375, los hunos cruzaron el río Don (en la actual
Rusia) hacia Occidente y rápidamente chocaron con los ostrogodos, que se habían
establecido en un amplio territorio al norte del Mar Negro en el siglo III.
Derrotados éstos, emprendieron la huida hacia el oeste, presionando hostilmente
a los pueblos germánicos asentados a lo largo de la frontera norte del Imperio
romano. Estos pueblos fronterizos ya no se contentaban con hacer razias
ocasionales en territorio romano, sino que por primera vez en muchos siglos
comenzaron a presionar para asentarse en territorio del imperio. Michelle
Salzman, catedrática de Cultura clásica de la Universidad de Boston, considera
que los hunos «cuando llegaron de Asia empujaron a los ostrogodos, que a su vez
empujaron a los visigodos, que presionaron sobre la frontera del Danubio y
quisieron penetrar entonces en el Imperio romano. A esto se le ha llamado la
primera lección de billar de la Historia de la que tenemos noticia. Y cuando
chocaron contra los visigodos, quedaron aterrorizados por estos hunos que
parecían tan distintos, actuaban tan distinto y vivían de un modo tan distinto
al de los germanos, que eran los únicos bárbaros que los romanos habían
conocido en sus fronteras durante siglos».
Los germanos occidentales habían logrado cierto grado de
sedentarización a lo largo de la frontera romana y los orientales tenían
también cierto desarrollo social y político ya que habían recibido influencia
griega y romana a través de las rutas comerciales que desde el Mar Negro
ascendían hasta el Báltico. Pero los hunos eran algo completamente ajeno
incluso para los germanos. Eran un pueblo asiático nómada y de costumbres
salvajes que causaron gran impacto no sólo entre los romanos, sino también
entre los bárbaros vecinos del imperio. Como afirma la profesora Salzman,
«parecían bárbaros incluso a los bárbaros, a los bárbaros germanos. Los hunos
ni siquiera cocinaban su carne, cosa que los germanos sí hacían. Según los
romanos, vivían a caballo, dormían a caballo, hacían el amor en carretas y no
tenían casas, no vestían ropa limpia. Eran absolutamente distintos y
aterradores. No se podía confiar en ellos, eran traicioneros… al menos ésa es
la mitología sobre ellos». La base de este pánico estaba en la irrupción
violenta que habían protagonizado, pero también en el hecho de su radical
diferencia. Eran algo absolutamente desconocido en siglos y el miedo que
producían no sólo procedía de su actitud más o menos violenta, sino de esta
diferencia cultural absoluta.
El problema fue, además, que no se contentaron con permanecer
donde habían expulsado a los ostrogodos, sino que continuaron avanzando hacia
Occidente, y a finales del siglo IV quedaron instalados en la llanura del
Danubio, que los romanos llamaban Panonia, en la actual Hungría. Allí
encontraron un campo fértil para desarrollar su cultura nómada en un terreno
favorable para su economía ganadera y sus desplazamientos a caballo, muy cerca
de la frontera del Imperio romano… quizá demasiado.
§. La educación de un demonio.
Para entonces el imperio había recibido de lleno el impacto de
la huida de los germanos ante el avance de los hunos. Los ostrogodos, después
de haber sucumbido ante el pueblo asiático, habían avanzado hacia Tracia (en la
península Balcánica), zona tradicionalmente ocupada por los visigodos. Éstos
fueron los primeros en romper las fronteras imperiales para asentarse en
territorio romano, hecho que el emperador Valente no tuvo más remedio que
tolerar. Pero pronto los visigodos se sintieron coaccionados y humillados por
las autoridades romanas y se rebelaron. En el año 378 se enfrentaron los
visigodos y los romanos en Adrianópolis y aquéllos acabaron con la otrora
invencible infantería romana. Era su primera derrota en muchas décadas, ya que
no pudieron hacer frente a la caballería de los pueblos bárbaros, que
desarrollaban una táctica militar completamente nueva para ellos. Atila se
encargaría setenta años más tarde de explotar esta ventaja al máximo.
El final del siglo IV estuvo dominado por la figura del último
gran emperador romano, Teodosio I, de origen hispano, pues era oriundo de la
ciudad romana de Cauca (actual Coca, en la provincia de Segovia). Fue capaz de
combinar sabiamente la negociación y las hostilidades con los bárbaros para
mantenerlos a raya, aunque debió aceptar el asentamiento de los visigodos en
territorio romano, con los que firmó un pacto en el año 382 por el que quedaban
instalados como aliados y soldados al servicio de Roma. Sin embargo la amenaza
no había desaparecido. La creciente preocupación por el problema bárbaro en las
fronteras, junto al surgimiento de usurpadores del título imperial en la Galia,
hizo que Teodosio trasladase la capital del imperio de Roma a Milán en el año
389.
Teodosio I fue el último emperador que logró tener bajo su
autoridad todo el territorio del Imperio romano, que se había vuelto demasiado
vasto y problemático como para que fuese gobernado por un solo hombre. Esto le
llevó a decidir la institucionalización de lo que de hecho era una tradición
desde hacía varias décadas: el gobierno por separado de las dos partes
esenciales del imperio. A su muerte en el año 395 dividió el imperio, dejando
el Imperio romano de Oriente a su primogénito Arcadio, de dieciocho años, y el
Imperio romano de Occidente a su hijo menor, Honorio, apenas un niño de diez
años. El primero tendría su capital en Constantinopla y el segundo la tendría
teóricamente en Roma (pero permanecería en Milán hasta que en el año 402
Honorio decidió trasladarla a Rávena).
Este momento de extrema delicadeza coincidió con el del
asentamiento de los hunos en Panonia, que se iban a aprovechar en las décadas
siguientes de la debilidad de los sucesores de Teodosio I. Muy posiblemente
coincidió también con el del nacimiento de Atila, cuya fecha se desconoce, pero
que la mayoría de historiadores suelen situarla en torno al cambio de siglo por
considerarla la más probable. Era hijo del rey Mundzuk, que había liderado el
viaje de su pueblo hasta Europa central. Se sabe que su padre murió poco
después de su nacimiento, y que fue sustituido como jefe tribal por su hermano
Ruga (también conocido por los nombres de Rua o Rugila). Él sería el encargado
de la primera educación de Atila y de su hermano Bleda. Aunque no se tiene
constancia de cómo era la educación de un caudillo tribal, ésta debería ser la
básica y necesaria para su integración en todas las actividades que permitían
la subsistencia de la comunidad nómada y en la que las costumbres guerreras
ocuparían un puesto privilegiado.
Sin embargo, la vecindad con los romanos también pudo influir en
la educación del joven hijo de Mundzuk. Es muy probable que en estos primeros
años de vida cerca de las fronteras del Imperio romano los hunos se amoldasen
bien, después de un primer choque bélico, a la convivencia con los germanos e
incluso con los romanos. Como el resto de los pueblos esteparios asiáticos, los
hunos no tenían un sentimiento de comunidad basado en la etnia, sino que se
basaba en la colaboración de cada uno de sus miembros para la supervivencia del
grupo. Así, como afirma el profesor Geary, «aunque el liderazgo huno provino
inicialmente de Asia central, la confederación de los hunos, al igual que la
mayoría de estos pueblos bárbaros, no se componía de un único grupo étnico. Estaba
formado por una gran variedad tanto de bárbaros como de romanos. El imperio de
los hunos era un “empleador en igualdad de oportunidades”. Cualquiera que
luchase con los hunos y apoyase su liderazgo podía ser uno de ellos». Esto no
era algo nuevo, ya que las fronteras del imperio habían sido permeables durante
siglos y no era extraño que romanos de las provincias limítrofes se integrasen
en comunidades bárbaras en tiempos de paz, mecanismo que también había
funcionado a la inversa, viviendo pequeños grupos familiares de germanos en
territorio imperial.
Es más, hay constancia de la integración de los hunos en las
costumbres de los pueblos vecinos del imperio. Consta que a comienzos del siglo
V los romanos y los hunos practicaban la antigua costumbre del intercambio de
rehenes como garantía del mantenimiento de la paz entre ambos pueblos. Esta
costumbre antiquísima consistía en que un príncipe o destacado miembro de una
tribu fronteriza con el imperio era enviado a Roma como rehén, mientras que un
hijo de una importante familia romana era enviado a la comunidad bárbara en
contraprestación. A los rehenes se les educaba y criaba como si fueran un
miembro más de las familias que habían entregado al rehén contrario. Hay
constancia de que Aecio, el que después sería el más poderoso de los generales
del Imperio romano de Occidente, fue enviado como rehén a los hunos para que lo
educasen en sus costumbres. Varios historiadores sostienen que los hunos
enviaron en contrapartida a Atila, que habría permanecido durante varios años
de su infancia cerca de la corte imperial romana. La profesora Salzman destaca
que «el intercambio de rehenes había sido durante siglos el medio por el que
una cultura aprendía sobre otra. Los romanos y los hunos intercambiaron
rehenes, ése fue el modo en que Aecio aprendió la lengua de los hunos y sus
técnicas de campaña. De un modo similar, ése fue el modo en que Atila aprendió
las técnicas militares romanas. Era algo así como una escuela de
especialización para líderes militares y diplomáticos». No han llegado hasta
nosotros noticias sobre cómo fue la estancia de Atila entre los romanos, pero
viviera lo que viviese con ellos, no le produjo una impresión lo
suficientemente favorable como para que en el futuro le pesase a la hora de
mostrarse indulgente con sus antiguos anfitriones.
§. Juventud de un caudillo guerrero
En el año 433 falleció el rey de los hunos, Ruga, al que
sucedieron simultáneamente sus dos sobrinos, Atila y Bleda. Ambos compartieron
la jefatura hasta la muerte de este último en el 445, momento a partir del cual
Atila quedó como rey único de los hunos. Pero ya antes, desde el momento mismo
de su ascenso, fue Atila quien tuvo la voz dominante sobre cómo había que regir
a los hunos y hacia dónde debían encaminarse en el futuro. Tenía un objetivo
muy claro. Pronto desplegó una energía inagotable dirigida a reforzar la unidad
del conglomerado tribal que componía su pueblo y a mejorar su capacidad
militar. Puso de nuevo en marcha la maquinaria de guerra del pueblo de las
estepas y el destino hacia el que dirigir la ofensiva era ahora el Imperio
romano. Comenzó desde entonces a realizar campañas anuales de hostigamiento
contra el Imperio de Oriente, donde su titular Teodosio II (hijo de Arcadio) se
mostró impotente para repelerle. En opinión de la profesora Salzman, los hunos
«bajo Atila fueron unificados y fue con su liderazgo y el de su hermano cuando
comenzaron a saquear el Imperio de Oriente. Los emperadores de Oriente no
podían vencerles en el campo de batalla, así que optaron por pagarles las
cantidades que les reclamaban. Cuando los emperadores de Oriente se negaron a
pagar más fueron contra Occidente. Básicamente querían que se les pagase,
querían oro».
Después de la primera envestida, Teodosio II se avino a pactar
la paz con los hunos en el año 435, aunque duró muy poco. Éstos pronto hallaron
una excusa para adentrarse de nuevo en territorio romano y conseguir que el
emperador pagase de nuevo a cambio de la calma en su territorio. Las campañas
guerreras de los hunos estaban dirigidas al pillaje y a la obtención de
rescates y regalos con los que el emperador de Oriente compraba la paz. Atila
no lograba sólo enriquecerse, sino que reforzaba su liderazgo repartiendo entre
su clientela tribal el botín y el dinero obtenidos. Como dice de nuevo la
profesora Salzman, «Atila era un jefe tribal que gobernaba gracias a que era el
más poderoso y a que era capaz de distribuir bienes entre sus seguidores. Si no
conseguía más oro o botín quedarían insatisfechos y le abandonarían para ir a
otro lugar». Esto significa que la riqueza obtenida de los romanos se convirtió
en una formidable fuerza para conseguir que su autoridad aumentase entre los
hunos, que se sentían cada vez más poderosos y unidos al ver cómo sólo con su
amenaza hacían temblar al Imperio de Oriente.
Durante estos años el emperador se dedicó a enviar embajadas al
campamento de los hunos para que ofreciesen auténticos tesoros a Atila —bajo la
forma diplomática de «regalos»— a cambio de arrancarle promesas de una paz que
solía durar poco. Gracias a una de estas embajadas conservamos el único
testimonio de un contemporáneo sobre los hunos. Con una de estas embajadas
acudió el historiador grecorromano Prisco, que estuvo durante unas semanas en
el campamento base de los hunos y llegó a entrevistarse con el propio Atila.
Ciertamente la imagen que proporciona dista mucho de la que ha llegado hasta
nuestros días. Prisco habla de unas gentes de costumbres no tan rudas, cuyo
campamento era una auténtica ciudad de madera, y de Atila, que vivía en una
morada fastuosa y del que afirmó que tenía un gran sentido de la política. Esta
impresión se ve corroborada por cómo fue capaz de manejar al emperador Teodosio
II para que satisficiese sus constantes demandas de mayores riquezas. Atila se
convirtió con el paso de los años y de las campañas contra el Imperio de
Oriente en un auténtico maestro de la extorsión y la diplomacia.
Si bien es cierto que la visión de Prisco es muy atractiva,
tampoco se puede tomar al pie de la letra por el hecho de ser la única fuente
de época que ha sobrevivido y que no se vio contaminada por los prejuicios que
en ese momento había hacia los bárbaros en el mundo romano. La opinión de los
historiadores, como señala la profesora Salzman, es que «Prisco es la única
fuente contemporánea que tenemos sobre Atila. Pero incluso Prisco, al que se ha
tomado por un historiador muy astuto, era a fin de cuentas griego y
aristócrata, y ésa fue la perspectiva desde la que analizó a Atila. ¿Así fue
realmente Atila o era un intento de Prisco para presentarle desde una
perspectiva determinada? El conflicto entre el mito y lo que hoy conocemos como
Historia es algo que no podemos separar realmente en el mundo antiguo y sus
fuentes. Su idea de la Historia era muy distinta. La Historia eran las
historias, y los buenos relatos eran aceptados como Historia. No había nada de
hechos objetivos y ciencia pura tal y como hoy concebimos la Historia. Así que
Prisco presenta problemas de interpretación, aunque desde luego es mejor que
nada».
Quizá una muestra de las contradicciones de Prisco es el hecho
de que la imagen algo más civilizada que pinta de los hunos choque con su
propio testimonio sobre su forma de proceder en la guerra. Para Salzman:
«Prisco nos transmite un relato maravilloso sobre la ciudad de Nissus [o
Naissus, que se corresponde con la actual Niš, en Serbia]. Unos embajadores
romanos pasaron por ella camino de su destino. Directamente no pudieron
aproximarse por el hedor que producían los cuerpos humanos descomponiéndose. Cuando
intentaron acampar en el margen del río tampoco pudieron porque no había
espacio disponible. La rivera estaba completamente ocupada por huesos humanos.
Éste era el tipo de devastación que Atila utilizaba para lograr que las
ciudades se rindiesen, y aquellos que no lo hacían eran aniquilados, como
Nissus». De lo que no cabe duda es que el texto ilustra a la perfección el
ambiente que habían generado las incursiones de los hunos en el Imperio de
Oriente. Pero ¿cuánto tiempo podría durar esa situación? ¿Podría el emperador
Teodosio II desactivar el peligro huno? Pronto iba a quedar claro que más fácil
que enfrentarse a los hunos era distraer su atención hacia algún otro objetivo.
§. Cambio de estrategia: el giro hacia occidente
Efectivamente, las embajadas del emperador de Oriente plantearon
la posibilidad de que Atila probase fortuna en el Imperio de Occidente. No se
trataba de una táctica nueva para la diplomacia de Constantinopla ya que a
principios de siglo la había ensayado con éxito rotundo con los visigodos.
Éstos, tras el pacto de amistad en el año 382, se habían instalado en la región
del Ilírico (al oeste de la península Balcánica), pero descontentos por su
situación se sublevaron de nuevo en la primera década del siglo V. Llegaron a
amenazar militarmente Constantinopla, pero a base de oro y de habilidades
diplomáticas fueron desviados hacia el Imperio de Occidente. Durante toda la
primera década del siglo asolaron el norte de la península Itálica, y aunque
inicialmente fueron detenidos por el general Estilicón, tras la muerte de éste
en 408 no encontraron ya freno a sus correrías. En agosto del año 410
incendiaron y saquearon Roma durante tres días en un episodio que sacudió las
conciencias de toda la romanidad civilizada y, tras continuar por el sur de
Italia, acabaron estableciéndose en la Galia occidental.
Pero no resultó fácil que Atila se dejase convencer para cambiar
de estrategia. Era consciente de la mayor riqueza del Imperio de Oriente y de
la situación de debilidad que vivía el de Occidente, que posiblemente
resultaría mucho menos rentable. Una inesperada propuesta de matrimonio fue la
tentación perfecta que acabó por decidirle. En la primavera del año 450 recibió
una misiva que no llegaba desde Constantinopla, sino desde Rávena. La remitente
era Honoria, hermana del emperador Valentiniano III (sucesor de Honorio desde
el año 425). Ésta había sido obligada a casarse por orden de su hermano menor
el emperador con un senador que le era leal después de que la hubieran
sorprendido manteniendo relaciones con uno de sus asistentes de palacio. Como
se negaba a aceptar resignadamente su nueva situación, hizo llegar a Atila una
carta, de manos de su leal criado Jacinto, en la que le solicitaba ayuda, le
enviaba cierta cantidad de oro y su anillo como muestra de autenticidad del
mensaje. Atila lo tomó como una propuesta de matrimonio, dando al hecho unas
consecuencias impredecibles. Los historiadores han sido tradicionalmente muy
duros a la hora de valorar la iniciativa de Honoria ya que consideran que se
comportó de forma irreflexiva y puso en peligro a todo el Imperio de Occidente.
Pero su actitud también puede verse desde otro prisma. Según la profesora
Salzman, «el papel de Honoria es muy interesante. Ella es vista como un peón en
cierta medida. Ése fue el modo en que las mujeres funcionaron en el mundo antiguo.
Se las casaba, se las mataba, se les mutilaba. Se cimentaban alianzas usando a
las mujeres. Lo que Honoria hacía ofreciéndose a Atila en matrimonio era seguir
el patrón tradicional del papel de las mujeres. El papel que podría desempeñar
una mujer de la familia imperial haciendo una alianza con un rey extranjero era
el de validar su posición en el mundo romano y convertirse en importante por sí
misma». Así que es posible que Honoria actuase por rebeldía o por el deseo de
obtener un mayor peso político dentro del imperio y en contraposición al de su
hermano, el emperador Valentiniano.
Atila envió una embajada a Rávena exigiendo la liberación de
Honoria para que se casase con él. Además, solicitaba la mitad del territorio
del Imperio de Occidente como dote. Las aspiraciones del rey de los hunos
fueron rechazadas. Al año siguiente los hunos cruzaban el Rin y comenzaban la
invasión de la Galia. Los resultados de los primeros enfrentamientos entre el
ejército romano y los hunos fueron desastrosos para el primero. Según el
profesor Geary, «la gran fuerza que posibilitó el éxito militar de los hunos
fue su habilidad para moverse en las estepas, las llanuras onduladas de Europa
oriental y Asia central. Eran jinetes fantásticos, prácticamente nacían y
crecían a caballo. Pudieron usar las estepas como más tarde hicieron los árabes
con el desierto y como hicieron los británicos en los océanos durante los
siglos XVIII y XIX. Podían viajar a grandes distancias, salir de la nada,
golpear duramente y desaparecer de nuevo entre las praderas». Aunque la Galia
no era el territorio de las estepas asiáticas, pudieron adaptar con relativa
facilidad sus técnicas ofensivas en un avance rápido. Saquearon la ciudad de
Metz y se adentraron en el territorio hasta Orleans, ciudad a la que pusieron
sitio.
La aplicación de estas tácticas en las zonas abiertas de Europa
occidental era algo a lo que los romanos no estaban habituados y el equilibrio
de fuerzas se inclinó de forma irremediable a favor de los bárbaros. Ponían
además en juego tácticas de una movilidad sorprendente frente a la pesada
infantería romana. Como señala Claudia Rapp, profesora de la Universidad de
California-Los Ángeles, «usaban la técnica del ataque y retirada aparente. Así
podían atacar, aparentar que se retiraban para que el enemigo les persiguiese,
y entonces dar la vuelta contra el enemigo, justo en el momento en que menos lo
esperaba y cuando su desorden les permitía vencerle con facilidad».
De nuevo el pánico hacía presa en el ejército y la población. La
desolación que en la década anterior había acaudillado Atila en la península
Balcánica se extendía sin control ahora por la Galia, que ya venía siendo
azotada por los germanos desde comienzos de siglo. Franz H. Bäuml, catedrático
emérito de Historia medieval de la Universidad de California-Los Ángeles,
comenta al respecto que «una y otra vez aparece la imagen en los cronistas de
los hunos a caballo cargando, de masas de jinetes que parecían pegados a sus
monturas. Parece que ésta fue una experiencia aterradora para los ejércitos
imperiales. Una experiencia que por supuesto no habían tenido anteriormente».
Además, fue éste el momento en que comenzó a desarrollarse una campaña que
caracterizó a los hunos —más en concreto a Atila— como el mal supremo, casi
como un azote divino que venía a castigar a los romanos. El mismo Bäuml
considera que Atila «fue caracterizado como un peligro. Sirvió para un
propósito muy concreto en la sociedad romana y cristiana: cualquier cosa que
fuese considerada como innecesariamente destructiva o como malvada se la
equiparaba a Atila». En un momento en el que el poder político pasaba por horas
críticas, nunca estaba de más el eliminar cualquier atisbo de expresión de descontento
interno, y los hunos venían muy a propósito para ello.
Ese mismo poder no se quedó quieto ante la agresión de Atila.
Entonces se recurrió al más brillante militar del que disponía el imperio, el
general Flavio Aecio. El mismo que había sido enviado como rehén a los hunos
durante su niñez era ahora la mayor esperanza para derrotarlos. Aecio recurrió
a una táctica ingeniosa para plantar cara. Decidió combatir la superioridad de
la caballería huna con el otro pueblo bárbaro que había demostrado gran
capacidad militar contra las legiones imperiales en el pasado reciente. Así, se
alió con los visigodos y acudió al encuentro de Atila, con el que se midió en
la batalla de los Campos Cataláunicos, en las cercanías de la actual Troyes.
Aprovechando que el terreno no era demasiado propicio a la caballería huna, las
tropas romano-godas de Aecio lograron vencer de una forma contundente. El
profesor Geary señala: «Allí, en un área más boscosa, lejos de las zonas en las
que podía mantener suficientes caballos como para sostener su avance, tuvieron
terribles problemas. En el momento en que se encontraron con el ejército
romano-godo bajo el mando del general romano Aecio eran más un ejército de
infantería que de caballería, y el resultado fue desastroso para ellos». A
Atila no le quedó más remedio que retirarse a Panonia y lamerse las heridas
durante el invierno, meses que aprovechó para preparar la nueva ofensiva.
En el año 452 el objetivo elegido fue Italia. Las autoridades
romanas, embriagadas con el éxito del año anterior, se confiaron en que la
respuesta del bárbaro tardaría más en llegar. Atila entró por el norte tomando
y saqueando Aquilea, Milán y Pavía. Ante la inexistencia de oposición se
dirigió rápidamente al sur, y marchó directamente sobre Roma como antes lo
habían hecho los visigodos. La capital espiritual del imperio se preparaba de
nuevo para el asalto. Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, Valentiniano
III abandonó Rávena y se refugió en Roma, donde reunió al Senado y decidió
enviar una embajada compuesta por tres integrantes para que negociase la
salvación de la ciudad con el rey de los hunos. La embajada estuvo dirigida por
el papa León I y, ante la sorpresa y alivio generalizados, logró que Atila se
retirase. Se desconocen por completo los términos de la reunión, que la Iglesia
católica se encargó de publicitar como una intervención divina auspiciada por
el Papa para lograr la salvación de la ciudad. La realidad seguramente fue más
compleja. Por un lado, la embajada llevaba una oferta del emperador quizá
consistente en la promesa del pago de un tributo anual e incluso es posible que
con la concesión de la mano de Honoria. Por otro lado, Atila tenía buenos
motivos para no seguir con la campaña de Italia. Su ejército por entonces
estaba sufriendo los rigores del hambre y de una epidemia de peste, y el
resultado del pillaje y el saqueo era ya demasiado elevado como para
arriesgarlo codiciosamente avanzando hacia el sur y sobrecargando los carros
que debían transportarlo más allá del Danubio. Como afirma el profesor Geary,
«en el momento en que Atila se entrevistó con el papa León I a las puertas de
Roma su ejército estaba padeciendo una epidemia de peste. El terreno de Italia
no era adecuado para el tipo de tácticas a caballo al que estaba habituado.
Tenía graves problemas y su decisión de aceptar cualquier compensación que le
propusiese el Papa y abandonar Italia parecía responder a una intención de
salvar la cara al tiempo que retiraba a su ejército de la península Itálica».
No por ello la victoria sobre los romanos de Occidente dejaba de ser más
rotunda y las expectativas para saquear durante los años siguientes, muy
favorables.
Pero no hubo años siguientes. Inesperadamente Atila murió en el
año 453, antes de poder caer de nuevo sobre Italia. La tradición no confirmada
sostiene que murió tras la celebración de la boda con una de sus mujeres, al
parecer ahogado como resultado de una hemorragia nasal mientras dormía. Tras su
muerte la misma tradición afirma que fue enterrado en el lecho del río Tisza
(en la actual Hungría). Los hunos trabajaron durante días levantando diques que
contuviesen el lecho del río, en medio del cual se enterró al rey de los hunos
con un formidable ajuar funerario. Una vez terminado el entierro y las
celebraciones consiguientes se habrían roto los diques para que el río
regresase a su cauce y la tumba de Atila nunca pudiese ser perturbada.
Con el entierro de Atila se terminó prácticamente el poder de
los hunos. Atila tuvo descendencia, pero sus hijos y sucesores no fueron
capaces ni de mantener la unidad del grupo tribal ni de mantener unida su
fuerza para continuar aterrorizando y extorsionando a los Imperios romanos de
Oriente y Occidente, dedicación que se había vuelto su principal fuente de
riqueza en las décadas anteriores. Según el criterio de la profesora Salzman,
«después de la muerte de Atila el imperio [de los hunos] desapareció al poco
tiempo. No era un imperio construido sobre la administración o el buen
gobierno, al modo del romano, o incluso sobre la protección frente a otros
bárbaros. Era un imperio construido sobre el pillaje para la satisfacción de
los líderes tribales y no hubo una persona capaz de ganarse la buena voluntad
de sus seguidores. Desde luego no lo fueron sus hijos, que enseguida se
pelearon y se dividieron entre ellos el imperio». Ése fue el modo en que
desapareció el principal pueblo asiático que había puesto patas arriba toda la
geopolítica del mundo antiguo en el siglo V.
Aunque la desintegración de los hunos fue un alivio para los
romanos, es posible que su desaparición no les beneficiase a largo plazo. El
profesor Bäuml, al referirse a la desaparición de Atila, destaca que «el efecto
de su muerte sobre el Imperio romano fue también desastroso porque su presencia
garantizaba cierto grado de orden en las fronteras del imperio. Los romanos
pagaban un tributo a Atila porque obtenían algo a cambio que, fuera lo que
fuese, merecía la pena. En este sentido, la presencia de los hunos en Panonia
habría tenido la virtud de ejercer de tapón o elemento disuasorio para que
otros grupos tribales procedentes del norte y del este avanzasen hacia la
frontera romana. Pero una vez desaparecidos los hunos, las migraciones hacia
Occidente continuaron y los bárbaros siguieron penetrando en un imperio que
sobrevivió muy poco tiempo a Atila. Si éste murió en el año 453, sólo
veintitrés años más tarde, Odoacro, rey de los hérulos —uno de esos pueblos que
penetraron en territorio romano tras la desaparición de los hunos— depuso a
Rómulo Augústulo, último emperador de Occidente. Reunió al Senado y junto con
él decidió enviar a Constantinopla las insignias imperiales, lo que formalmente
significaba que el imperio quedaba reunificado. Pero ya nadie se engañaba. Los
bárbaros se habían asentado a todo lo largo del territorio romano occidental y
habían fundado sus propios reinos en lo que una vez fue solar del dominio
romano.
Quizá resida ahí el atractivo de Atila y de todos los pueblos
que desde el siglo III establecieron contacto con el mundo romano. Como ha
señalado la profesora Rapp, «los estudiosos se han acostumbrado a ver
movimientos en la Historia en términos de conflicto entre Oriente y Occidente,
donde un pueblo bárbaro oriental amenaza la civilización occidental. Considero
que ésa es parte de la razón de la fascinación hacia Atila de los siglos
posteriores hasta el presente». Porque la imagen que nos legaron los romanos de
Atila y, por extensión, del resto de los pueblos que llamaban «bárbaros» no se
correspondía con una realidad demasiado dura para ellos, en la que una potencia
en franca decadencia no fue capaz de detener el ascenso de unos pueblos que
quizá no poseían su desarrollo cultural, pero que fueron capaces de instalarse
en lo que un día fue su imperio y dotar de sangre nueva y nuevas energías a una
sociedad en declive.
Capítulo 9
Mahoma
Contenido:
§. El padre del islam
§. Una infancia difícil
§. La revelación
§. La hégira y la vida en Medina
§. El triunfo del Islam: la vuelta a La Meca
§. El padre del islam
Cerca de mil millones de personas en todo el mundo profesan la
religión musulmana, es decir, creen en un único Dios, Allah, que reveló su
voluntad a los hombres a través de un profeta, Mahoma. En un momento de la
Historia en que la situación política internacional parece más que nunca
favorecer el distanciamiento del mundo occidental, de tradición cristiana, del
islámico, cabe preguntarse quién fue ese hombre de origen humilde, huérfano,
que no sabía ni leer ni escribir y que se dedicaba al comercio, pero que dio
pie a una de las tradiciones religiosas más importantes y ricas del mundo.
Mahoma logró en vida unificar las tribus de Arabia formando una única comunidad
política y religiosa, y tan sólo cien años después de su muerte su legado
espiritual y político fue capaz de sostener un imperio que iba desde el norte
de África hasta la India. Las claves que explican tan imponente obra deben
buscarse en su vida.
Aunque el proceso de construcción de la religión musulmana es
uno de los que mejor se conocen históricamente, las fuentes de que disponen los
historiadores para reconstruir la vida de Mahoma y los orígenes del islam son
relativamente escasas. Principalmente se trata del Corán, o libro sagrado de
los musulmanes, que recoge la revelación hecha por Allah a Mahoma, el relato
biográfico que sobre el Profeta compuso Ibn Ishaq más de un siglo después de su
muerte, y el hadit, o conjunto de dichos y hechos atribuidos a Mahoma que se
transmitieron oralmente hasta que en el siglo IX fueron puestos por escrito.
Resulta por tanto difícil distinguir los hechos históricamente contrastables
del resto de elementos que conforman la tradición, si bien ésta ofrece un
relato coherente sobre la vida de Mahoma.
§. Una infancia difícil
Mahoma nació en el año 570 de la era cristiana en la ciudad de
La Meca, en la actual Arabia Saudí. Por entonces la península Arábiga estaba
habitada fundamentalmente por grupos tribales tanto nómadas como sedentarios.
Los primeros se dedicaban al pastoreo y al comercio, mientras que los segundos
se asentaban en los escasos enclaves fértiles en los que era posible practicar
la agricultura. En ambos casos la unidad esencial de la organización social era
la tribu cuyos miembros reconocían unos antepasados comunes aunque no existiese
entre ellos vínculos de sangre. Cada tribu a su vez se dividía en múltiples
clanes entre cuyos integrantes sí existían lazos de parentesco. Entender la
forma en que se organizaba la sociedad árabe de la época resulta indispensable
para comprender hasta qué punto la labor llevada a cabo por Mahoma fue
revolucionaria, pues a su muerte había logrado establecer un nuevo modo de
organización social no basado en la tribu ni en los lazos de sangre, sino en la
profesión de una fe común.
Mahoma pertenecía a la tribu de los Qurays (qurasíes) y dentro
de ella al clan de los Hasim (hasimíes) que se dedicaba al comercio y gozaba de
cierta relevancia dentro de la tribu. La Meca, pese a estar ubicada en una zona
particularmente árida e inhóspita, era una de las ciudades más prósperas de
Arabia, en parte por su importante actividad comercial (sobre todo en relación
con el vecino Imperio bizantino) y en parte porque en ella se encontraba uno de
los principales santuarios y puntos de peregrinación para los árabes, la Kaaba.
Se trataba (y se trata) de un gran santuario de forma cúbica en uno de cuyos
ángulos se encontraba la gran Piedra Negra (probablemente un meteorito) a la
que entonces se rendía culto. Según la tradición, el santuario había sido creado
originalmente por Adán, pero tras el Diluvio el patriarca bíblico Abraham lo
habría reconstruido engastando en su ángulo sudeste la Piedra Negra que le
habría entregado el arcángel san Gabriel. La tribu a la que pertenecía Mahoma,
los qurasíes, era la más importante de La Meca puesto que tenía a su cuidado la
custodia de la Kaaba.
Desde el punto de vista religioso, la Arabia del siglo VI puede
dibujarse como un gran cruce de tradiciones. Por una parte, había amplios
grupos de población cristiana, así como de judíos y algunos más pequeños
seguidores del zoroastrismo persa. Junto con ellos coexistía la religión
politeísta de la mayor parte de las tribus árabes que, en palabras del profesor
de Historia medieval Eduardo Manzano, podría definirse como «un paganismo que
tenía muchos puntos de contacto con otras religiones politeístas de origen
semítico». En la Kaaba se rendía culto a multitud de dioses y espíritus
representados mediante ídolos más o menos toscos y también mediante piedras,
aunque el santuario estaba especialmente dedicado a las tres diosas
principales, Al-Uzza (identificada con el planeta Venus), Al-Lat (que
correspondía con el Sol, que es femenino en árabe) y Manat (el destino). Las
tres diosas eran consideradas hermanas e hijas de un gran dios que tenía
preeminencia sobre el resto, Allah. Pero la influencia de las religiones
monoteístas también se hacía notar en la tradicional religiosidad árabe y no
faltaban quienes eran monoteístas, los llamados hanifes.
Según la tradición musulmana, poco antes del nacimiento de
Mahoma la situación en Arabia, y especialmente en La Meca, había llegado a un
grado de laxitud religiosa que hacía que parte del pueblo árabe desease la
pronta venida de un hombre, un profeta, que diese un vuelco a la situación. A
ello se unirían los desmanes que los enriquecidos mequíes cometían con los
grupos menos favorecidos y que habrían llevado a una corrupción de las
costumbres propias de los beduinos de la que, según este relato, escapaban los
qurasíes. Y precisamente en esa situación se produjo el nacimiento de Mahoma,
el hijo de un camellero qurasí llamado Abd Allah que dejó a su hijo huérfano
unos pocos meses antes de nacer. La escasez de recursos de su madre Amina unida
a la costumbre de enviar a los hijos de los notables de La Meca a criar con una
nodriza en las tribus del desierto para asegurar su educación en la tradición,
motivó que siendo aún muy pequeño Mahoma fuese entregado a una nodriza, Halima,
del clan de los Saad, que llevó al niño a las regiones montañosas de Taif donde
aprendería a cuidar el ganado al tiempo que las costumbres de las tribus
árabes.
La tradición rodea de hechos sorprendentes el nacimiento de
Mahoma, tales como que una estrella en el cielo avisó del suceso a los judíos
del oasis de Yatrib, que los magos persas de Zaratustra vieron apagarse el
fuego sagrado que ardía en su templo desde hacía mil años, o que la luz de la
noche se hizo tan intensa que su madre pudo ver desde La Meca el zoco de
Damasco. Lo que sí parece probable es que, siguiendo la costumbre árabe, al
recién nacido se le cortase el pelo para entregar su peso en oro como limosna a
los pobres. Sea como fuere, el niño fue enviado al desierto y no volvería a ver
a su madre hasta los seis años, si bien también entonces sería por muy breve
espacio de tiempo. Poco después de su reencuentro, la madre de Mahoma también
falleció, por lo que durante los dos siguientes años de su vida el pequeño
quedó bajo el cuidado de su abuelo paterno Abd al-Muttalib que murió cuando
Mahoma tenía ocho años. En esa situación el clan pasó a ser el protector del
menor que quedó confiado a su tío Abu Talib.
Abu Talib, al igual que su padre y su hermano, era un importante
comerciante por lo que desde niño Mahoma se acostumbró a viajar con él en sus
grandes caravanas de camellos. En sus frecuentes viajes Mahoma pudo contactar
con las múltiples corrientes religiosas de Arabia, de ahí que las fuentes
musulmanas recojan el encuentro de carácter profético que tuvo su tío con un
monje eremita del desierto de Siria. Según este relato, un día la caravana de
Abu Talib llegó a la hermosa ciudad cristiana de Bosra donde había un eremita
llamado Bahira que nunca se acercaba a los comerciantes que paraban por allí.
Sin embargo, poco antes de la llegada de la caravana en la que venía Mahoma
junto con su tío, Bahira tuvo un sueño en el que vio acercarse a un grupo de
camelleros uno de los cuales tenía la cabeza rodeada por una aureola y sobre él
flotaba una nube. Cuando llegaron los comerciantes Bahira se dirigió a ellos e
incluso compartió con algunos su comida, y viendo a Mahoma reconoció al
camellero de su sueño por lo que se dirigió a él y le dijo: «Tú eres el enviado
de Dios, el profeta que anuncia mi libro santo». Llegado el momento de
despedirse, Bahira advirtió a Abu Talib que cuidase del niño pues sí,
especialmente los judíos, veían en él lo mismo que él había reconocido,
querrían hacerle daño.
Bajo los cuidados atentos de su tío, Mahoma aprendió todo lo
necesario para desempeñar el oficio de comerciante —lo que no incluía ni leer
ni escribir— por lo que con veinticinco años ya se había ganado una buena
reputación como tal. Fue entonces cuando por sus virtudes una joven y rica
viuda de La Meca veinticinco años mayor que él, Jadiya, se fijó en Mahoma.
Jadiya gozaba de una posición muy desahogada gracias a su actividad comercial,
de modo que pronto decidió pedir a Mahoma que entrase a su servicio como
comerciante. Pero la intención de Jadiya era convertir a Mahoma en su esposo y
finalmente se lo hizo saber mediante una proposición de matrimonio. Pese a la
diferencia de edad, Mahoma aceptó, y si bien es cierto que el matrimonio supuso
su ascenso social y económico, también lo es que debió de tratarse de un
matrimonio excepcionalmente bien avenido y enamorado ya que, aun a pesar de que
Jadiya sólo le dio hijas, Mahoma le fue fiel mientras vivió y no desposó a
ninguna otra mujer hasta después de su muerte. El matrimonio se celebró el año
595 y Mahoma continuó trabajando como mercader pero sin las duras condiciones
que había conocido hasta entonces. En el clan de su esposa conoció a muchos
hombres de costumbres piadosas que sin ser ni judíos ni árabes creían en la
existencia de un único Dios, es decir, eran hanifes. Probablemente estos
contactos, unidos a los conocimientos adquiridos en sus muchos viajes como
comerciante sobre las grandes tradiciones religiosas presentes en Arabia,
fueron moldeando la espiritualidad de Mahoma, que poco a poco comenzó a
compartir el gusto de algunos hombres de la época de retirarse a orar y meditar
en algunos montes o cuevas cercanas a La Meca. Su fama de hombre justo,
caritativo y piadoso fue creciendo paulatinamente en la ciudad y llegó a
alcanzar un notable reconocimiento público.
De esta forma apacible transcurrió la vida del futuro Profeta
hasta los cuarenta años, edad en la que sufrió su primera experiencia y a
partir de la cual cambiaría radicalmente su mundo. La figura de Jadiya
desempeñaría entonces un papel de primer orden y Arabia conocería un proceso de
cambio religioso y político tal que nada volvería a ser como hasta entonces. El
vaticinio del eremita Bahira se convertiría en una deslumbrante realidad pero,
como recuerda la profesora Anne-Marie Delcambre, «la visión del monje hubiera
sido más acertada si hubiese puesto en guardia a Mahoma y a su tío contra su
propio pueblo».
§. La revelación
Mahoma había tomado por costumbre retirarse periódicamente a
orar a una gruta situada en el monte Hira (también llamado Jabal al-nur o
«monte de la luz») a pocos kilómetros de La Meca. Según la tradición islámica,
estaba rezando cuando se le apareció el arcángel Gabriel que le exhortó a leer
en un libro y le anunció su condición de Profeta. Ibn Ishaq, empleando los
versículos del Corán, recoge lo sucedido del siguiente modo: «Cuenta el Profeta
a ese respecto. Dormía cuando [el arcángel Gabriel] me trajo un paño de seda
con un libro. Me dijo, ¡lee! Yo le dije, ¡no leo! Entonces me sofocaba con el
libro de tal modo que pensé que iba a morir. Enseguida me soltó y repitió,
¡lee! Yo repliqué otra vez, ¡no leo!». Así sucedió hasta tres veces más hasta
que finalmente Mahoma preguntó: « ¿Qué debo leer?» Y el ángel respondió: «
¡Predica en el nombre de tu Señor, el que te ha creado! (…) Y así leí esas
palabras y Gabriel me dejó. Al despertar me pareció que aquellas palabras
habían quedado grabadas en mi corazón. Salí de la gruta y, mientras estaba de
pie en el monte, oí una voz del cielo que me llamaba y decía, ¡Mahoma! Tú eres
el enviado de Dios y yo soy Gabriel».
Aterrado y lleno de agitación al no entender lo que le sucedía,
Mahoma regresó a su casa. Temía haber oído la voz de algún demonio y así se lo
contó a Jadiya: «Por Dios te juro Jadiya que jamás he odiado nada como los
ídolos y los adivinos paganos, pero ahora tengo miedo de ser yo mismo un
adivino de esa índole, pues he visto luces y oído voces». Jadiya, convencida de
que su esposo había visto y oído al arcángel Gabriel, le consoló y tranquilizó.
Quiso además pedir el consejo de un amigo de la familia, el hanif Waraqah ibn
Naufal, quien tras escuchar el relato sentenció: «Si eso es verdad, Mahoma es
el Profeta de nuestro pueblo». Ibn Naufal conocía la tradición profética
cristiana y judía, por lo que rápidamente relacionó la experiencia de Mahoma
con las descritas por los profetas de aquellas religiones, y también por ello
anunció a Mahoma que como Profeta le esperaba la persecución y expulsión de su
pueblo.
A pesar de las palabras tranquilizadoras de Jadiya, Mahoma
continuó atribulado pues las revelaciones continuaron durante un tiempo sin que
supiese bien qué mensaje quería Dios transmitirle con ellas. Aunque las
revelaciones le llegaban en momentos de trance en los que con frecuencia tenía
fiebre y temblores, Mahoma fue paulatinamente aceptando el papel que parecía
que Dios había escogido para él. Sin embargo, cuando comenzó a resignarse, las
revelaciones desaparecieron súbitamente. Éste es el período que la tradición
islámica denomina fatra y que según las distintas fuentes pudo prolongarse
entre seis meses y tres años. Mahoma pasó entonces una etapa de gran
sufrimiento espiritual pues era el hombre que, sin esperarlo, Dios había
escogido para hacerle saber su voluntad y ahora parecía que Éste lo había
abandonado de forma asimismo inesperada. Cabe imaginar las dudas y angustias
que debió de sentir al pensar que quizá sus actos podían haber ofendido a Dios.
Pero finalmente la etapa de silencio terminó y las revelaciones volvieron y así
un día escuchó: «Tu Señor no te ha abandonado ni te aborrece. La última vida
será para ti mejor que la primera. Tu Señor te dará y quedarás satisfecho».
A partir de ese momento Mahoma percibió con entera claridad la
misión que como Profeta Dios le encomendaba. Debía predicar entre los hombres
la existencia de un único Dios, Allah, que habría de recompensar a los buenos y
castigar a los malvados a la llegada del Juicio Final. Por ello debían
someterse a su voluntad, abandonar sus riquezas y la corrupción de sus
costumbres, renunciar a la avaricia y el engaño, tratar con caridad a los
pobres, oprimidos y despojados… El mensaje profético de Mahoma no podía ser
menos éticamente o moralmente censurable, ni más contrario a los intereses
comerciales y económicos de los grupos dominantes de La Meca. El mensaje del
nuevo Profeta no sólo ponía en entredicho la acumulación de riqueza en manos de
unos pocos y el modelo social mequí, sino que además hacía peligrar algo que
era esencial en el mismo, el papel de la Kaaba como santuario politeísta y por
tanto como punto de atracción de peregrinos y de los beneficios que su
presencia reportaban. Por otra parte, no pocos mequíes sentían que las palabras
de Mahoma eran un ataque declarado a sus dioses y creencias, de modo que cuando
éste comenzó su predicación pública en torno al año 610, sus palabras no fueron
precisamente bien acogidas. Conforme las revelaciones continuaron, Mahoma,
siguiendo con la importantísima tradición de los poetas en el mundo árabe, las
iba memorizando y recitando públicamente (la palabra «Corán» procede del
término árabe con el que se designa la recitación oral solemne, quran). Los
primeros creyentes de la primitiva comunidad islámica fueron algunos miembros
de la familia del Profeta —su mujer Jadiya, el hanif Ibn Naufal, el antiguo
esclavo adoptado por Mahoma Zayd y su primo Alí— y un influyente comerciante de
paños, Abu Bakr, que llegaría a convertirse en uno de los cuatro primeros
califas. Más tarde comenzaron a unírseles algunos de los mequíes menos
influyentes o más jóvenes, es decir, aquellos que más podían desear el cambio
que predicaba el Profeta. En la medida en que iba ganando seguidores su presencia
comenzó a resultar más incómoda en la ciudad, por lo que la oposición inicial
fue transformándose en abierto rechazo. Como indica el profesor de Teología
Adel-Theodor Khoury, «la resistencia adquirió forma de persecución cuando los
habitantes de La Meca comprobaron que con la nueva predicación no sólo se ponía
en tela de juicio su estilo de vida, sino que también se veían amenazados sus
pingües negocios en torno a la Kaaba».
En un primer momento los miembros más poderosos de los qurasíes,
que conviene no olvidar que controlaban el santuario, trataron de convencer a
Mahoma para que abandonase su predicación. Para ello recurrieron a la
intermediación de su tío Abu Talib, que era además el jefe del clan al que
pertenecía Mahoma. Aunque el Profeta sentía gran cariño por el hombre que le
había criado no renunció a continuar con su misión, pues estaba convencido de
que ésa era la voluntad de Dios. Según la tradición islámica, los qurasíes
trataron de convencerle de todas las formas posibles e incluso llegaron a
ofrecerle dinero o le pidieron que realizase algún tipo de milagro. Pero Mahoma
continuó firme en su postura y reprochó a los qurasíes su negación a creer en
el mensaje del único y verdadero Dios, Allah. La situación estaba servida para
que terminase estallando el enfrentamiento entre musulmanes (término que quiere
decir «los que se someten» a la voluntad de Dios) y mequíes.
A los primeros comenzaron a tratarlos como proscritos: se les
negaba el trabajo y se prohibía su contacto así como el comercio o el
matrimonio con ellos. En aquellas duras circunstancias Mahoma perdió primero a
su esposa, pues Jadiya murió el año 619, y poco después a su tío Abu Talib. Con
ello el Profeta quedaba completamente desprotegido ya que su tío, como cabeza
del clan, había garantizado la protección de éste para Mahoma según las
costumbres árabes. La muerte de Abu Talib supuso que su lugar en el clan fuese
ocupado por su hermano Abu Lahab, uno de los principales defensores de los
intereses comerciales vinculados a la Kaaba y al que Mahoma había acusado
abiertamente de idólatra por ello. Tal acusación representaba para los árabes
un ataque a todo el clan por lo que, como afirma Anne-Marie Delcambre, «Mahoma
se convirtió en un objeto de horror, en un hombre fuera de la ley, que había
vulnerado la ley del clan. Un hombre excluido de su clan era un hombre
socialmente muerto: cualquiera podría matarle, venderle o maltratarle, sin
temor a venganza alguna porque su clan ya no le defendería». La situación para
Mahoma y sus seguidores se había vuelto insostenible en La Meca. Se imponía
salir de la ciudad, pero el camino a seguir habrían de indicarlo unos peregrinos
recién llegados desde el oasis de Yatrib.
§. La hégira y la vida en Medina
En el verano del año 620, varios peregrinos del oasis de Yatrib
se dirigieron a La Meca para acudir conforme a la costumbre a la Kaaba. Según
la tradición, allí encontraron predicando a Mahoma y quedaron impresionados por
sus palabras y el profundo convencimiento con que las decía. En Yatrib existía
una tensa situación motivada por los inacabables enfrentamientos entre las dos
tribus que se disputaban el predominio sobre la ciudad, los Aws y los Jazray. A
través de los peregrinos había llegado la noticia de la existencia de un hombre
en La Meca que se proclamaba enviado de Dios y los miembros de ambas tribus
pensaron que si le pedían que se asentase en la ciudad podría ejercer de
mediador en sus querellas. Al año siguiente cinco de los peregrinos que habían
visto a Mahoma regresaron a buscarle acompañados de otros siete para
trasladarle la oferta, y, tras largas negociaciones, en julio del año 622
Mahoma emprendió con buena parte de sus seguidores el viaje a Yatrib. Desde
entonces la ciudad pasaría a llamarse Medina (Madinat al-Nabi o «la ciudad del
Profeta») y la emigración del Profeta y los primeros musulmanes desde La Meca a
Medina se convertiría en el punto de arranque del cómputo temporal del mundo
islámico. Es la llamada Hégira.
La importancia crucial atribuida a la Hégira radica en que
precisamente a partir del momento en que Mahoma se asentó en Medina nació la
comunidad musulmana como tal y se definieron los principios básicos que rigen a
toda sociedad islámica. Los cristianos calculan los años tomando como punto de
partida el nacimiento de Cristo, pues se considera que ése es el momento en que
Dios se encarna en un hombre con la misión de salvar a la humanidad de sus
pecados. Sin embargo, en la religión musulmana el nacimiento del Profeta no es
el momento crucial para la humanidad, pues no se le considera un ser divino,
sino que lo es aquel en el que la revelación de Mahoma se hace realidad
palpable con la creación de la comunidad de los musulmanes, de ahí que los
musulmanes de todo el mundo calculen los años desde el 16 de julio del año 622.
Los distintos pactos acordados entre Mahoma y los habitantes de Medina se
designan con el erróneo nombre de «Constitución de Medina», ya que no se trata
de lo que entendemos actualmente por una constitución sino que son una serie de
acuerdos para organizar la convivencia. Mediante ellos Mahoma garantizó no sólo
que los musulmanes serían bien acogidos en Medina, sino que cualquier musulmán
que fuese atacado o perseguido sería defendido por todos los habitantes de la
ciudad, prestándoles protección como si de su propio clan se tratara. Tal
protección se extendería además a cualquier individuo que se convirtiese en
musulmán. De este modo Mahoma establecía como base de la convivencia y la organización
social una nueva umma («comunidad») no definida por los lazos de sangre
(clanes) ni por la genealogía común (tribus), sino por la participación en una
fe común. Como señala la profesora Delcambre, «Mahoma se había convertido en un
jefe, no en un jefe de tribu, sino, como Moisés, en el jefe de un pueblo».
Según la tradición musulmana, Mahoma fue, junto con su amigo el
comerciante Abu Bakr, el último en salir de La Meca. Varios grupos de
musulmanes se habían adelantado, pero el Profeta quiso permanecer en la ciudad
hasta asegurarse de que la partida se desarrollaba sin contratiempos. A pesar
de la salida de sus seguidores, los mequíes seguían viendo tanto en Mahoma como
en su mensaje una futura fuente de problemas, por lo que organizaron un complot
para asesinarle antes de que partiese hacia Medina. Armados con sus espadas
sorprenderían al Profeta mientras dormía y acabarían fácilmente con su vida.
Sin embargo Mahoma fue advertido por su primo Alí, que se prestó a ocupar su
lugar en la cama para engañar a los asesinos. Cuando éstos fueron a buscarle
encontraron a Alí. Mientras, Mahoma había escapado con Abu Bakr aprovechando el
engaño. En su huida ambos se refugiaron en una cueva a cuya entrada,
providencialmente, una araña tejió una tupida tela y una paloma se puso a
empollar sus huevos. Los perseguidores al ver ambas cosas pensaron que hacía
mucho tiempo que nadie entraba allí, de modo que pasaron por delante salvando,
sin saberlo, la vida de aquel a quien querían matar. Mahoma y Abu Bakr tardaron
varias semanas en llegar a Yatrib. Montaban en unos camellos que había comprado
el comerciante, por lo que poco antes de llegar a su destino Mahoma le compró
la camella en que iba montado, pues como forma de reforzar su dignidad de
hombre del desierto quería entrar en la ciudad a lomos de su propia montura. La
camella del Profeta, Qaswa, jugaría un importante papel cuando éste llagase
allí ya que al principio todos los habitantes de Yatrib querían ofrecer
alojamiento a Mahoma. Consciente de que elegir a unos y no a otros podía
convertirse en motivo de celos y disputas, Mahoma decidió soltar la brida de
Qaswa y levantar su nueva casa allí donde la camella se parase a reposar. Así
lo hizo y cuando el animal se detuvo en un solar que pertenecía a dos hermanos
huérfanos, el Profeta les compró el terreno y ordenó edificar allí su casa.
En Medina el papel desempeñado hasta entonces por Mahoma como
líder espiritual se modificó sustancialmente. Se había convertido en el
responsable de una comunidad humana en todos sus aspectos, por lo que, como
apunta el profesor Khoury, «en Medina Mahoma ya no siguió siendo exclusivamente
el profeta inspirado y el asceta apartado del mundo, sino que se fue
convirtiendo cada vez más en el estadista perspicaz y ponderado, en el
legislador sabio, en el caudillo político, en el estratega y, para decirlo brevemente,
en la figura central de la comunidad islámica primitiva». Así, Mahoma tomó
todas las medidas necesarias para la organización política, social y religiosa
de la nueva comunidad, medidas que aún hoy se encuentran en la base
organizativa de todas las sociedades musulmanas. Incluso las costumbres y
pautas de vida cotidiana del Profeta se convirtieron en el ejemplo que todo
buen musulmán debía seguir en su propia vida. La casa de Mahoma y la primera
mezquita levantada en Medina, con sus agradables patios y jardines interiores,
pasaron a ser el referente para todas las posteriores. En el caso de las
mezquitas además se fijó el modo en que los creyentes debían ser llamados a la
oración, la voz del muecín repitiendo: «Allah es el más grande, no hay más Dios
que Allah. Mahoma es su Profeta. Venid a la oración. Venid a la felicidad».
Asimismo se establecieron algunas de las obligaciones de todo musulmán, como la
profesión de fe o shahada (es decir, la obligación de afirmar que no hay más
Dios que Allah y que Mahoma es su Profeta), la limosna fija o zaka y la oración
cinco veces al día o salat realizada en dirección a La Meca. Las otras dos
grandes obligaciones de los musulmanes, el ayuno o sawm y la peregrinación a La
Meca o hadjdj, se matizarían a partir de hechos posteriores.
El establecimiento de la obligación de rezar en dirección a La
Meca responde a la labor de creación de una identidad diferenciada para la
comunidad islámica respecto de las otras dos grandes religiones monoteístas
—cristianismo y judaísmo— que también Mahoma abordó durante su estancia en
Medina. Mahoma compartía buena parte de la tradición cristina y judía, pero
consideraba que la revelación de los profetas bíblicos había sido distorsionada
por las comunidades humanas. En un hábil desarrollo teológico, Mahoma apeló al
tronco común de las grandes religiones monoteístas de modo que reivindicó la
religión de Abraham (el primer hanif) como la única y verdadera religión que ya
existía antes de los profetas del cristianismo (Jesús) y del judaísmo (Moisés).
El islam suponía la recuperación de esa verdadera religión, de ahí que desde
entonces la costumbre de orar en dirección a Jerusalén fuese sustituida por la
obligación de hacerlo en dirección a La Meca, es decir, al lugar en el que se
hallaba el santuario erigido por Abraham, la Kaaba.
También otras costumbres de carácter cotidiano y cuestiones
legales se definieron entonces. Entre las primeras se estableció qué alimentos
podían tomarse y cuáles no (caso del cerdo, el alcohol o los animales que no
hayan sido desangrados tras su sacrificio), el modo en que debían ingerirse
(empleando siempre la mano derecha y sin soplar), cuándo no era recomendable
tomarlos (como la cebolla o el ajo crudos antes de acudir a orar), qué
vestimenta debían emplear tanto hombres (turbante, vestidos que no fuesen de
seda o brocado y perfumes en lugar de joyas) como mujeres (uso voluntario del
velo y prohibición de usar pelucas para evitar su confusión con las judías) o
las normas de cortesía que deben guardarse en las reuniones sociales. Entre las
segundas Mahoma estableció la posibilidad de que los musulmanes desposaran
hasta cuatro mujeres siempre y cuando el esposo pudiese garantizar el mismo
trato y condiciones para todas ellas (el propio Mahoma llegó a tener tras la
muerte de Jadiya hasta nueve esposas) y, contrariamente a lo que suele creerse,
otorgó derechos a las mujeres de los que carecían en la sociedad tradicional
árabe, como el derecho a la vida (al prohibir el infanticidio femenino), a la
educación al igual que los varones o a la percepción de herencias, lo que
suponía el reconocimiento de su independencia económica y de su derecho a
comprar y vender propiedades.
Aunque la ingente tarea desarrollada por Mahoma en Medina supuso
la articulación de la primitiva comunidad islámica, la situación de los
musulmanes en la ciudad no era sencilla. La fortuna de los más acaudalados no
era suficiente para garantizar la supervivencia de la comunidad, tampoco podían
trabajar unas tierras de las que no eran propietarios, ni beneficiarse de unos
negocios que pertenecían a los habitantes de la ciudad. La hospitalidad
ofrecida por los medinenses que se habían convertido ayudaba a paliar la
situación, pero no resultaba suficiente para atender a una comunidad de
creyentes cada vez más numerosa. Por otra parte, las cosas con relación a La
Meca estaban aún pendientes de una solución, por lo que en el año 624 Mahoma
decidió que había llegado el momento de pasar a la acción y completar su obra.
§. El triunfo del Islam: la vuelta a La Meca
Como caudillo político y hombre de Estado, Mahoma buscó el modo
de consolidar la labor desarrollada hasta entonces y al tiempo de solventar los
graves problemas materiales que acuciaban a los musulmanes en Medina. Tomó así
la decisión de recurrir a la costumbre beduina de la razia y atacar una gran
caravana mequí que se dirigía a La Meca procedente de Gaza. Los qurasíes más
acaudalados tenían no pocas riquezas invertidas en la caravana de la que
esperaban obtener grandes beneficios comerciales, de modo que cuando se
enteraron de que Mahoma y sus seguidores planeaban atacarla, no dudaron en
preparar un gran ejército con el que hacerles frente. El encuentro tuvo lugar
en Badr y la tradición musulmana describe épicamente que los qurasíes superaban
a los musulmanes en proporción de tres a uno. Lo cierto es que el
enfrentamiento se saldó con una gran victoria de Mahoma y los suyos,
contribuyendo a afianzar su postura. Además, como indica Anne-Marie Delcambre,
«a partir de aquel momento ya no se habla de razias, sino de la guerra santa,
el djihad, contra los enemigos de Allah». La guerra santa se definiría entonces
como una guerra defensiva para garantizar la paz y el bienestar de la comunidad
musulmana en la que el ataque se incluye como forma de defensa.
El conflicto con los mequíes estaba declarado y para asegurarse
el triunfo era necesario acabar con cualquier posibilidad de disensión interna
en Medina. En ese contexto se produjeron varios enfrentamientos con los judíos
de Medina, que podían servir de apoyo a los intereses de los habitantes de La
Meca, y que terminaron con la expulsión de la ciudad además de la confiscación
de los bienes de muchos de ellos, y con el asesinato de otros muchos. Pero
mientras Mahoma y sus seguidores se ocupaban de poner orden en casa, los
mequíes preparaban su réplica a la derrota de Badr. En el año 625, un potente
ejército se dirigió hacia Medina con intención de acabar con Mahoma y los
suyos. Se produjo un nuevo enfrentamiento armado en un pequeño monte de las
afueras de la ciudad llamado Uhud. Las fuentes musulmanas narran que antes de
producirse el choque trescientos de los mil hombres con que creía contar el
Profeta lo abandonaron —son los que la tradición musulmana denomina
«hipócritas»—, pese a lo cual la batalla tuvo lugar. La derrota musulmana fue
irremediable, e incluso Mahoma resultó herido. Aun así, los mequíes no
aprovecharon para asestar el golpe de gracia en Medina, en parte porque también
habían sufrido importantes pérdidas y en parte porque querían dejar claro que
sus enemigos eran los musulmanes, no los habitantes de la ciudad. En la batalla
no habían conseguido acabar con Mahoma, por lo que la estrategia de debilitar
su situación interna parecía la más efectiva.
Pero en los dos años que siguieron a la derrota musulmana de
Uhud la posición de Mahoma, lejos de debilitarse, se fue haciendo
paulatinamente más fuerte. Los últimos grupos judíos que quedaban en Medina
fueron expulsados y se castigó a quienes vulneraron el apoyo a los musulmanes
al que estaban comprometidos. Por otra parte, Mahoma comenzó a recabar el apoyo
de nuevos grupos tribales de la región del Hiyaz que hasta entonces habían
permanecido neutrales y que se unieron a la nueva fe predicada por el Profeta.
Los mequíes, temerosos de lo que todo ello podía suponer, decidieron intentar
poner punto final al problema y prepararon un ejército de diez mil hombres para
asediar Medina. Según las fuentes, Mahoma sólo contaba con el apoyo de unos
tres mil hombres, pese a lo cual no se arredró y dispuso la defensa de la
ciudad. Aconsejado por un esclavo persa, Mahoma ordenó cavar un foso alrededor
de la ciudad y dispuso el almacenamiento de la cosecha y víveres suficientes
para resistir el asedio. Cuando el ejército mequí comprobó la efectividad de
las medidas dictadas por el Profeta terminó por retirarse tras dos semanas de
sitio fallido. Como afirma el profesor Eduardo Manzano, «el frustrado asedio de
Medina marcó el principio del fin de la supremacía mequense».
Mahoma era consciente del vuelco que había dado la situación y
con gran habilidad política no dudó en aprovecharlo. En el 628 organizó una
gran expedición pacífica de musulmanes a La Meca con la única intención
aparente de peregrinar al santuario de la ciudad. Los mequíes debían elegir
entre impedir la entrada de peregrinos, y, en consecuencia, hacer frente a una
posterior respuesta armada, o bien llegar a un acuerdo pacífico con los
musulmanes. El llamado Pacto de al-Hudaybiyya confirmó la solución pacífica.
Con él se establecía una tregua de diez años entre ambos bandos y se autorizaba
a Mahoma a realizar su peregrinación al año siguiente durante tres días en los
que los mequíes abandonarían la ciudad. La peregrinación se llevó a cabo
conforme lo establecido, pero en el año 630, con el pretexto del asesinato de
un musulmán, Mahoma decidió dar un último golpe de mano. Al frente de un
ejército que las fuentes estiman en diez mil hombres, se dirigió a La Meca para
tomar definitivamente la ciudad. Los mequíes, rendidos a la evidencia,
permitieron su entrada sin oponer resistencia alguna. Mahoma se dirigió
entonces a la Kaaba y destruyó más de trescientos ídolos dejando sólo la Piedra
Negra que recordaba su fundación por Abraham. Los qurasíes fueron perdonados y
no se tomaron represalias contra los habitantes de la ciudad. El islam había
triunfado y Mahoma había logrado su reconocimiento en La Meca sin derramar ni
una gota de sangre.
Tras el triunfo de La Meca, Mahoma regresó a Medina para
continuar con su labor de estructuración de la comunidad musulmana y al tiempo
logró extender el poder musulmán por toda la península Arábiga cuyas tribus
fueron sometiéndose a la nueva religión a cambio de pactos de no agresión. Sin
embargo, en el año 632 Mahoma comenzó a sentirse enfermo y sintiendo que se
acercaba el momento de su muerte decidió hacer una última peregrinación a La
Meca. Se cortó el pelo y la barba, hizo oraciones y sacrificios y se dirigió a
la ciudad. Esta peregrinación pasaría a ser conocida en la tradición musulmana
como «Peregrinación del adiós» y se convirtió en el modelo a seguir por todos
los musulmanes cuando, al menos una vez en su vida, peregrinan a La Meca. De
vuelta a Medina la salud de Mahoma se agravó súbitamente y murió en junio de
ese mismo año.
La extensión que alcanzó con posterioridad a su muerte el poder
político y religioso musulmán cambiaría la historia de Oriente y Occidente. Con
su mensaje religioso, Mahoma puso las bases para levantar un colosal aparato de
poder que para extenderse sólo necesitaba la fe de quienes formaban parte de
él. Desde el punto de vista político, su obra fue revolucionaria, pues cambió
por completo los fundamentos de la sociedad árabe y alumbró una nueva forma de
organización social; desde el punto de vista espiritual, su legado da sentido
aún hoy a la vida de millones de personas en todo el planeta.
Capítulo 10
Carlomagno
Contenido:
§. El emperador europeo
§. Juego de dinastías
§. Fronteras seguras, poder consolidado
§. Un guerrero que favoreció los saberes y las artes
§. La renovación del Imperio Romano
§. Final de un reinado… ¿y final de un sueño?
§. El emperador europeo
Anualmente se concede en la ciudad alemana de Aquisgrán el
premio Carlomagno a alguna persona que se haya destacado en la defensa de
Europa y su proceso de unificación. Es uno de los galardones internacionales
más prestigiosos y el nombre y el lugar elegidos para su concesión pretenden
tener un especial simbolismo. Ambos rememoran al fundador del Imperio
carolingio, el primer imperio del Occidente medieval. Además de ser una de las
figuras más relevantes de toda la Edad Media y de las que mayor admiración despertaron
desde su muerte, Carlomagno se ha ganado el apelativo de «padre de Europa».
Dicho sobrenombre responde al hecho de que unificó bajo su mando todas las
tierras cristianas del Occidente medieval y luchó incansablemente para defender
y extender sus fronteras. Quizá la imagen que nos ha llegado responda más a la
leyenda que a la Historia y en su vida además de luces hubo sombras que
intencionadamente se han venido orillando hasta la actualidad. Ambas componen
el perfil de una de las figuras que más definieron la Edad Media y cuyo legado
más influyó en la vida de las generaciones que le siguieron hasta nuestros
días.
A mediados del siglo VIII Europa se hallaba profundamente
fragmentada. Atrás habían quedado los tiempos del Imperio romano en que todo el
Mediterráneo obedecía la voluntad de los Césares. La supervivencia del Imperio
romano de Oriente como Imperio bizantino se había hecho a costa de un mayor
aislamiento de Occidente y de su redefinición desde una identidad romana latina
a otra griega que cada vez lo hacía más extraño para sus vecinos del oeste. La
irrupción del islam en el siglo VII había supuesto el último reparto no sólo
del espacio mediterráneo sino también de Europa desde el momento en que el
reino visigodo de Toledo se había incorporado a las tierras musulmanas tras su
invasión por fuerzas del norte de África en los años 711-714.
Un puñado de reinos germánicos se repartían lo que quedaba de la
Europa romana, cristiana y occidental: los lombardos en el norte de Italia, los
reinos de anglos y sajones en Britannia y, el mayor de todos ellos, el reino
franco, instalado en los territorios que los romanos llamaban Galia y Germania
Inferior. El resto del territorio europeo estaba ocupado por las tribus
bárbaras que se esparcían más allá de la frontera de Europa que habían dejado
trazada desde hacía siglos los romanos y que seguía los cauces de los ríos Rin
y Danubio.
Estos reinos habían surgido como resultado de la fusión de los
pueblos germanos que habían penetrado en el Imperio romano desde el siglo III,
que se habían fusionado con las sociedades romanas provinciales en diferente
grado y habían constituido sus propios estados tras la caída del Imperio romano
de Occidente en el año 476. Eran reinos débiles, que respondían a la dinámica
que se planteaba en cada uno de los territorios en que se asentaban y que no
tenían una visión global heredera del Imperio romano que les permitiese trazar
un futuro estable. En una vasta área cuyas fronteras limitaban con los dos
imperios más florecientes y avanzados del momento, el bizantino y el islámico,
así como con las tribus guerreras más salvajes y violentas, la supervivencia no
estaba asegurada, y el ejemplo de Roma era demasiado reciente como para
ignorarlo. Se trataba de plantar cara a una doble amenaza, la de la
civilización y la de la barbarie, igualmente interesadas en extender su área de
influencia por Europa. Los reinos germánicos necesitaban que alguien
garantizase la supervivencia del Occidente cristiano frente a los múltiples
peligros que lo atenazaban, y ese alguien sólo podía surgir en el más
importante de ellos, el reino franco. Sin embargo el camino para que las circunstancias
permitiesen su llegada iba a ser tortuoso.
§. Juego de dinastías
Carlomagno llegó al trono en el año 768, año en que murió su
padre, el rey Pipino el Breve. Éste no pertenecía a una estirpe real y el reino
franco tampoco era una unidad fuerte en la que la sucesión dinástica estuviese
asegurada. Tras el poderoso Clodoveo, que unificó el territorio y se convirtió
al catolicismo a comienzos del siglo VI, el reino se había hecho y deshecho
constantemente cuando los reyes lo dividían por herencia y sus sucesores
luchaban para reunificarlo. Este hecho que hoy podría parecer insólito venía
determinado por la tradición germánica, que consideraba el reino como
patrimonio particular del monarca. De hecho la dinastía de Carlomagno, los
Carolingios, no eran los reyes tradicionales de los francos, sino unos
advenedizos que llevaban poco tiempo ciñendo la corona. Con anterioridad habían
sido «mayordomos de palacio» —el más importante cargo de la corte y de la
administración— de uno de los tres reinos en que se había dividido el reino
franco a mediados del siglo VII, Austrasia. Habían demostrado un gran poder
militar al imponerse a los otros dos reinos —Neustria y Borgoña— y al haber
comenzado a luchar por asentar la frontera oriental frente a frisones y
bávaros, dos de las tribus bárbaras que amenazaban la estabilidad de Europa.
En el 714 accedió al cargo de mayordomo de Austrasia el abuelo
de Carlomagno, Carlos Martel, que si no fue el fundador de la dinastía, sí que
cimentó definitivamente su poder y su prestigio. Logró reunir en su persona los
cargos de mayordomo de los tres reinos, lo que suponía aunar prácticamente todo
el poder en su persona, pese a que teóricamente éste seguía residiendo en el
rey, que pertenecía a la dinastía tradicional, los Merovingios. Pronto le haría
falta poner en marcha toda la autoridad acumulada, puesto que en la tercera
década del siglo VIII los musulmanes de al-Ándalus cruzaron los Pirineos y
comenzaron una campaña de conquista de la Galia. El territorio sur del reino
franco, el levantisco ducado de Aquitania, cayó ante el empuje musulmán, pero un
ejército reunido por Carlos Martel logró derrotar a los andalusíes en los
alrededores de Poitiers en el año 732. Éstos se replegaron hasta un rincón en
el sudeste de la Galia, llamado Septimania, donde se hicieron fuertes. La
derrota de los Merovingios fue la legitimación moral que permitiría el asalto
de los Carolingios al trono.
Fue el padre de Carlomagno quien emprendió la tarea. Pipino
accedió al trono en el año 741 y diez años más tarde tomó la iniciativa de
encerrar en un monasterio al último de los Merovingios, Childerico III, y
proclamarse rey. Pese al prestigio de su padre y el suyo propio, Pipino sabía
que necesitaba un apoyo que afianzase la legitimidad de lo que no era sino una
toma del poder por la fuerza. Para ello buscó a quien mejor le podía
proporcionar legitimidad moral y espiritual, la Iglesia. Solicitó confirmación
de la usurpación al papa Zacarías, que se la concedió a cambio de apoyo militar
contra el asedio con que los lombardos llevaban atenazando al papado desde
hacía varios años. Pipino penetró con un ejército en Italia, derrotó al rey
Astolfo de los lombardos y conquistó un conjunto de tierras que entregó al
papado, y que serían la base de los Estados Pontificios gobernados por los
papas hasta el siglo XIX. Cerró brillantemente su reinado expulsando a los
musulmanes de Septimania e imponiendo su autoridad al ducado de Aquitania, que
se había mostrado reticente ante el cambio dinástico. A su muerte Pipino siguió
la tradición germánica de repartir el reino entre sus dos hijos: Carlos (que
con el tiempo sería conocido como Karolus Magnus, «Carlos el Grande», de donde
deriva el nombre de Carlomagno) y Carlomán. Un reino dividido y un hermano con
el que compartir el poder constituía un modesto comienzo para quien llegaría a
ser conocido como «grande» al final de su vida, pero pronto empezaría a dar
signos de que no estaba dispuesto a conformarse con lo que había recibido por
herencia.
§. Fronteras seguras, poder consolidado
No conocemos con seguridad la fecha ni el lugar de nacimiento de
Carlomagno. Se ha propuesto como fecha más segura el año 742, aunque algunos
historiadores la retrasan hasta el 748. En cualquier caso era un adulto cuando
llegó al poder y recibió una educación militar al lado de su padre en sus
luchas en el exterior contra los lombardos y en el interior contra los
aquitanos. Siguiendo estas enseñanzas, sus primeros pasos se encaminaron a
asegurar la tarea de su padre y fortalecer la estabilidad militar del reino.
Pero los enfrentamientos con su hermano no facilitarían los primeros pasos.
Parece que en estos momentos jugó un importante papel de mediadora la madre de
ambos, Bertrada, quien impidió que su rivalidad llegase a conflicto abierto. En
cualquier caso no duraría mucho, ya que Carlomán falleció en el año 771 por
causas desconocidas. Carlomagno ignoró entonces los derechos de sucesión de sus
sobrinos y se hizo con la totalidad del reino, emprendiendo su tarea de lucha
en las fronteras.
El primer objetivo sería el frente que habían abierto sus
antecesores en el nordeste, la dominación total de Frisia (en los actuales
Países Bajos). La situación en aquella frontera era complicada. Las incursiones
de saqueo de las tribus frisonas seguían siendo frecuentes pese a las victorias
francas, y la relación que mantenían con las tribus sajonas asentadas más al
este les permitía un apoyo táctico y logístico que dificultaba en gran medida
el control de la zona. En el año 772 Carlomagno comenzó la conquista de
Sajonia, ya que consideraba que sólo sometiéndola podría establecer la paz. Le
costó treinta años tener dominado el territorio, a lo largo de los cuales se
sucedieron victorias francas y sublevaciones de la población tribal sajona. El
resultado de las primeras campañas fue de éxito. Los sajones eran un grupo
tribal heterogéneo, así que se optó por golpearles en el punto que los mantenía
unidos, la religión. Practicaban una religión animista y adoraban a las fuerzas
de la naturaleza y lugares sagrados como bosques, cuevas y lagos. Una de las
primeras acciones de Carlomagno consistió en tomar el santuario del árbol
sagrado (Irminsul) situado en Eresburg, ordenar que fuese talado y tomar su
tesoro como botín de guerra. El golpe tuvo el efecto deseado y en poco tiempo
comenzó a organizar administrativamente y a evangelizar a Sajonia para
incorporarla al reino franco. Pero un aristócrata sajón, Widukind, se refugió
entre los daneses, una tribu vikinga que habitaba la península de Jutlandia, y
preparó una rebelión que estalló con crudeza en el año 779. Durante seis años
Carlomagno tuvo que organizar campañas anuales de castigo y conquista
sistemática en las que abundaron los episodios de crueldad. En el 782 los
francos exterminaron alrededor de cuatro mil quinientos rebeldes sajones en
Verden an der Aller, lo que supuso la matanza más famosa de una larga serie de
represalias que incluyeron también las deportaciones colectivas. La revuelta no
terminaría hasta el 785, fecha en la que Widukind reconoció su derrota y aceptó
el bautismo. A pesar de ello los levantamientos de los sajones se repetirían
periódicamente hasta que en el año 804 la promulgación de un código de leyes
que reconocía la validez legal de las tradiciones sajonas permitió la
pacificación del territorio.
Otros dos éxitos vinieron a consolidar la victoria de Carlomagno
en el frente oriental. El primero fue la incorporación del ducado de Baviera a
su reino. El duque Tassilón, católico y vasallo del rey franco, intentó
sustraerse a la dependencia de éste acercándose a los lombardos. La reacción de
Carlomagno fue fulminante. En el 788 convocó una dieta (reunión de
aristócratas) en Ingelheim y ordenó la deposición del duque, integrando el
territorio en el reino franco. El otro éxito fue el ataque y destrucción del
reino de los ávaros. Éstos eran una tribu asiática esteparia que se había
instalado en la llanura del Danubio (Panonia) en el siglo VI. Desde el momento
en que se incorporó Baviera habían pasado a ser vecinos de los francos, que no
estaban muy dispuestos a consentir sus correrías y razias por el imperio. En el
año 791 Carlomagno lanzó el primer ataque, que culminaría cinco años más tarde
con la captura del tesoro de los ávaros y la destrucción de su reino.
El segundo frente exterior en el que actuó Carlomagno fue
Italia. Allí la expansión del reino lombardo seguía amenazando a los papas y
sus recién adquiridos territorios, por lo que Adriano I volvió a pedir ayuda al
rey de los francos. Perpetuando la alianza forjada por su padre, en el año 773
comenzó la invasión del reino lombardo, cuyo titular, el rey Desiderio, era por
entonces su suegro. La resistencia militar de éste no tuvo éxito y al año
siguiente Carlomagno tomó la capital del reino, Pavía, y se hizo coronar rey
con la corona de hierro de los lombardos. Desde entonces dicho reino pasaba a
ser parte integrante del franco. Carlomagno viajó entonces a Roma y confirmó la
donación de territorios que había hecho su padre al papado. A cambio recibió
del pontífice el título de «patricio de los romanos».
En el año 777, en uno de los escasos momentos de paz de estos
primeros años, cuando se encontraba en su palacio de Paderborn desarrollando
sus planes para administrar y evangelizar Sajonia, le llegó una extraña
embajada. Una legación enviada por los valíes (gobernadores musulmanes)
Al-Husayn de Zaragoza y Sulayman de Barcelona acudió a pedirle ayuda, ya que
desde hacía un tiempo se habían rebelado contra la autoridad del emir (rey) de
Córdoba, Abdal-Rahmán I. Las motivaciones por las que Carlomagno aceptó la
petición de ayuda han sido discutidas, pero en opinión del catedrático de
Historia medieval José Luis Martín «le ofrecieron la entrega de Zaragoza y con
ella el control de la vertiente sur de los Pirineos, es decir, de las tierras
que habrían de servir de protección a los dominios francos de Septimania».
Fueron por tanto motivaciones estratégicas, y no religiosas o de cruzada, las
que animaron al monarca a organizar una expedición armada para el año
siguiente. La empresa se llevó a cabo finalmente y logró la toma de Huesca y
Pamplona, pero no de Zaragoza, que contra todo pronóstico no se entregó al
ejército franco. Ante la decepción se decidió el regreso a la Galia por el
Pirineo occidental. Es éste el momento en que un grupo de vascones tendió una
emboscada en Roncesvalles a la retaguardia del ejército y le infligió una
aplastante derrota. Además de suponer un pésimo punto final a la primera
intervención de los francos en Hispania, la escaramuza acabó convirtiéndose en
el tema del primer cantar de gesta de la literatura francesa, el Cantar de
Roldán; en él se narra la derrota del caballero Roland aunque alterando
bastante la realidad histórica ya que en el poema la iniciativa de enviar un
ejército se atribuye a Carlomagno en vez de a los rebeldes andalusíes y los
vencedores de Roldán pasan a ser musulmanes en vez de vascones. Si duda alguna,
Roncesvalles fue lo más cerca que estuvo Carlomagno de un desastre militar.
Pese a todo hay historiadores que consideran que el resultado no
fue tan negativo, como Josep Maria Salrach, catedrático de Historia medieval,
quien considera que «la expedición, aunque fracasada, debió de servir para
avivar las disidencias de la zona y facilitar posteriores tentativas
carolingias». Efectivamente, en el año 785 la ciudad de Gerona se entregó a los
francos y diez años más tarde éstos avanzaban conquistando territorios en
Cataluña central (Vic, Caserras y Cardona). La culminación llegaría en el año
801, cuando un ejército carolingio dirigido por el hijo de Carlomagno, Luis, y
en el que participaba un grupo de godos al mando de Berda, tomaba Barcelona.
Por fin se cumplía uno de los objetivos francos en la península Ibérica y se
hacía en un momento de apoteosis para el monarca, ya que aquellos años del
cambio de siglo fueron los que marcaron su cenit, que le llevaría a dejar de
ser rey para convertirse en emperador y, por tanto, sucesor de los Césares de
Roma.
§. Un guerrero que favoreció los saberes y las artes
Las conquistas de sus primeras décadas de reinado y la alianza
con el papado le llevaron a una situación inédita desde la caída de Roma. Por
primera vez uno de los reinos germánicos reunía bajo su poder todas las tierras
cristianas del Occidente europeo y llevaba a cabo un esfuerzo continuo por
extender la fe de los apóstoles más allá de sus fronteras. Carlomagno era muy
consciente de esta situación y pretendió reforzar las facetas cultural y
religiosa de su mandato como un medio de reforzar su autoridad.
En cuanto a la primera de estas facetas, Carlomagno fue un
monarca especialmente atento con la promoción de las letras, la educación y las
artes, que en su concepción tenían que estar subordinadas al poder. Según el
historiador Eginardo, del que nos ha llegado una biografía contemporánea del
rey, Carlomagno no era un hombre especialmente cultivado. Hablaba con fluidez
latín, entendía griego y pese a sus reiterados intentos, nunca aprendió a
escribir, más allá de su célebre firma monogramática. Sin embargo, después de
que en el 794 comenzase a asentar la residencia de la corte en Aquisgrán (la
antigua Aquis Granum romana, así llamada por las fuentes de agua termal que en
ella brotaban, empezó a reunir un nutrido grupo de intelectuales formados en la
tradición romana de muy diversa procedencia. El anglo Alcuino de York, el
lombardo Paulo Diácono o el visigodo Teodulfo fueron tan sólo algunos de los
más importantes. La voluntad de Carlomagno a este respecto fue clara desde el
principio: deseó que en su corte se realizase un esfuerzo para elaborar un
cuerpo de textos en los que se recogiese la cultura clásica y cristiana y que
sirviese para la formación no sólo de clérigos sino del mayor número de
personas. A ello se debe una de sus medidas más conocidas, la de que en todas
las diócesis y monasterios de sus territorios se abriese una escuela en la que
pudiesen aprender los conocimientos elementales todos los niños, cuya
asistencia era obligatoria. Pese a que el cumplimiento de la medida fue muy
limitado, se trataba del intento más importante de mejorar la formación del
conjunto de la población en varios siglos.
En todo este esfuerzo de promoción de la cultura había un claro
propósito de conectar con el mundo romano. A ello se debía que todos los sabios
que reunió en Aquisgrán fuesen clérigos, puesto que la Iglesia había sido el
principal depositario de la cultura grecolatina desde la caída del Imperio de
Occidente. Otra muestra de ello fue la acuñación de monedas en cuyo anverso
figuraba el perfil de Carlomagno ataviado con vestimenta romana, corona de
laureles al estilo de los Césares y con la leyenda Karolus Imp[erator]
Aug[ustus] («Carlos Emperador, Augusto»). Se trataba de salvar y rehabilitar la
cultura de la antigua Roma poniéndola a disposición de la población de finales
del siglo VIII. Debido a la magnitud de este proceso cultural y artístico se ha
hablado de un Renacimiento carolingio que, más allá de sus logros, supuso el
desplazamiento de los núcleos culturales desde el Mediterráneo hasta Europa
central y septentrional.
Desde los primeros momentos de su reinado la política religiosa
jugó un papel trascendental en el quehacer de Carlomagno. Así, toda su
actividad conquistadora en las fronteras orientales se vio acompañada de una
evangelización sistemática —y forzada— de los vencidos; era una forma más de
reforzar su sujeción a la autoridad conquistadora. Pero además desarrolló una
política de elevación de la monarquía atribuyéndole una función sacerdotal, de
intermediario entre Dios y los hombres. Una plasmación sublime de esta
concepción nos la legaría en el ámbito de la arquitectura, ya que la capilla
palatina de Aquisgrán (prácticamente el único ejemplo de arquitectura
carolingia que nos ha llegado en buen estado de conservación) se concibió para
plasmar esta concepción de la religión al servicio del poder. La capilla se
construyó entre los años 792 y 798 y se debe al arquitecto Eudes de Metz,
aunque se ha discutido mucho sobre la intervención del propio Carlomagno en su
diseño. Se trata de la capilla del antiguo palacio imperial —hoy desaparecido—
construida con una planta octogonal y cubierta con una cúpula al modo de las
iglesias de los últimos años del Imperio romano (sobre todo las edificadas en
Rávena, última capital del imperio) y las construidas por los emperadores
bizantinos en Constantinopla. En ella el espacio reservado al trono del monarca
se ubicaba en el piso superior, con visión directa sobre el altar situado en la
planta inferior, que estaba reservada al sacerdote y el público, y la cúpula
superior, en la que un mosaico representaba una imagen apocalíptica de Cristo.
El mensaje que transmitía no admite dudas. Según la profesora de Arqueología
Gisela Ripoll, «reflejaba la prepotente posición del soberano como vicarius Dei
[vicario de Dios], es decir, ocupaba un lugar más cercano a Cristo, puesto que
los fieles tenían su lugar en la planta baja». La capilla, dedicada al Salvador
y a la Virgen, fue consagrada por el papa León III en el año 805, muestra de
que el pontífice no pudo o no tuvo mucho inconveniente en transigir con esta
concepción de la figura de un monarca sacerdote. Era lógico que no lo tuviese,
pues él mismo se había encargado de otorgársela cinco años antes en la forma de
una corona imperial.
§. La renovación del Imperio Romano
Lo cierto es que las relaciones entre el rey carolingio y el
papado se habían ido estrechando con anterioridad. En la última década del
siglo, los intelectuales del círculo palatino habían desarrollado la idea de
que Carlomagno, como único monarca que regía el Occidente cristiano (exclusión
hecha de las islas Británicas y el reino de Asturias en la península Ibérica),
merecía ejercer una supremacía sobre el resto de monarcas del momento, que
tenía su adecuada plasmación en la renovación del Imperio romano en su persona.
El papa León III, que se había visto forzado a pedir ayuda a Carlomagno debido
a que veía peligrar su posición por una revuelta del patriciado romano, aceptó
la idea pero trató de volverla en su favor. El emperador acudió a Roma con una
fuerza armada para reinstalar al Papa y, en la misa del gallo en la basílica de
San Pedro del Vaticano del año 800, fue coronado emperador. Las fuentes de la
época nos han transmitido el relato inverosímil de un Carlomagno coronado por
sorpresa por una iniciativa espontánea del pontífice. Hoy sabemos que lo que
sucedió es que tras una negociación entre el círculo papal y el del rey franco
se decidió emplear el ritual de coronación bizantino pero invirtiendo el orden
de éste: primero se coronó emperador a Carlomagno y después se invitó a la
asamblea del pueblo a aclamarle. Con ello el soberano franco mantenía la
legitimidad religiosa de su nueva dignidad imperial pero el Papa conseguía que
se diese la imagen de que él era la fuente del poder imperial y que sólo los
obispos de Roma tenían la potestad de coronar emperadores. Muy posiblemente
Carlomagno no percibió el gesto como un menoscabo de su posición puesto que él
era más poderoso y el papado estaba debilitado y dependía de él política y
militarmente. Pero los papas habían asentado un mecanismo del que sacarían
mucho provecho en el futuro. De hecho los pensadores de la política de los
siglos posteriores dedicarían buena parte de su esfuerzo a dilucidar quién
estaba por encima dentro del pueblo cristiano. La lucha entre el supremo poder
eclesiástico y el civil estaba servida.
Carlomagno no dudó desde su nueva posición imperial en tomar
decisiones de política religiosa e incluso de carácter doctrinal. En opinión
del catedrático de Historia medieval Emilio Mitre, «Carlomagno nunca se planteó
dejar al Papa un importante papel ni político, ni tan siquiera teológico dentro
del regnum christianum [reino cristiano]». El monarca que tenía a Europa bajo
su mando ejercía ahora una función sagrada de mediación con Dios y sus
disposiciones en cuestiones incluso de organización eclesiástica fueron
aceptadas por el Papa. De hecho, Carlomagno ya había convocado sínodos de
obispos para solventar problemas doctrinales y de carácter administrativo con
anterioridad. Un ejemplo evidente fueron los que convocó para luchar contra la
herejía. Cuando los obispos de la península Ibérica se reunieron en un concilio
en Sevilla en el año 784 por el que adoptaron oficialmente la teoría del
adopcionismo (que afirmaba que en cuanto a su naturaleza humana Cristo era hijo
adoptivo de Dios), Carlomagno convocó una serie de concilios —el primero de
ellos en Ratisbona en el 792— en los que declaró herética esta doctrina y
obligó a retractarse a uno de sus promotores, el obispo Félix de Urgel, que era
una de las diócesis reinstauradas por Carlomagno en Cataluña.
Por tanto la imagen del monarca piadoso al servicio de la
Iglesia que en ocasiones se ha querido presentar de Carlomagno no encaja bien
con la evidencia histórica. De nuevo en opinión del catedrático de Historia
medieval Emilio Mitre, «Carlomagno fue presentado por su biógrafo Eginardo (…)
como un cristiano ejemplar. Sin embargo, sus comportamientos religiosos estaban
plagados de sombras: la actitud despótica con la que trató frecuentemente al
papado; sus reiteradas interferencias en nombramientos y asuntos eclesiásticos;
su brutalidad en el sometimiento y evangelización de los sajones; su vida
familiar un tanto irregular…». No fue la santidad la que le permitió
reconstruir un imperio en Occidente, y en los años siguientes tampoco sería la
que mantendría y acrecentaría su poder.
§. Final de un reinado… ¿y final de un sueño?
Los años que siguieron a la coronación imperial en Roma fueron
años de consolidación de un poder que no tenía contestación posible en todo
Occidente. La refundación de un imperio en Europa occidental que se declaraba
heredero del romano no cayó nada bien en Constantinopla. Aunque el poder de los
emperadores bizantinos en Occidente se reducía desde hacía años al sur de
Italia, éstos no estaban muy dispuestos a renunciar a la universalidad del
título de emperador de Roma que seguían ostentando. La tensión no tardó en
convertirse en enfrentamientos armados reiterados que tuvieron por escenario
los territorios fronterizos entre los dos imperios: Venecia, la península de
Istria y la costa dálmata. Pese a un primer tratado de paz firmado con el
emperador Nicéforo en el 803, dos años más tarde volvieron a estallar las
hostilidades y no fue hasta el 812 cuando Miguel I reconoció el título imperial
de Carlomagno a cambio de la soberanía bizantina sobre Venecia, Istria y
Dalmacia. Pasarían más de trescientos años hasta que volvieran a coexistir dos
imperios romanos en Europa.
En el resto de territorios del imperio, los años iniciales del
siglo IX fueron de nueva expansión militar y tuvieron por resultado el
acrecentamiento de los territorios bajo soberanía carolingia. Esta ofensiva
permitió a Carlomagno incorporar en el año 804 todos los territorios germanos
hasta el río Elba, lo que suponía lograr extender la frontera de la
civilización europea más allá del Rin, donde los romanos la habían dejado
setecientos años atrás. Al año siguiente, su hijo Carlos continuó las campañas
en el este de Europa y comenzó a luchar con los checos, el primer pueblo de
origen eslavo que había llegado a las fronteras del imperio. En el 808 su hijo
Luis continuó las conquistas en Hispania, apoderándose de la plaza andalusí de
Tarragona y llegando casi hasta el Ebro. En el 810 Carlomagno concertó la paz
con los daneses, el pueblo vikingo más cercano al imperio, ya que pocos años
antes habían comenzado las oleadas de pillaje de algunos de estos pueblos en
las islas Británicas. A comienzos de la segunda década del siglo, Carlomagno
tenía un imperio seguro que dejar a sus sucesores.
Parte importante de esa seguridad partía además de la
administración y el estilo de gobierno que había implantado, cuya base estaba
en la aceptación de las limitaciones que imponía un territorio tan vasto y
heterogéneo. Por ello aceptó la diversidad de los territorios que gobernaba y
de sus leyes y tradiciones, pero se reservó para sí el ejercicio de algunas
competencias con el objeto de dar unidad y coherencia al imperio, como las
fiscales, económicas y eclesiásticas. Reformó las medidas, las unidades de cuenta
y el sistema monetario, que se basó en el denario de plata. Dividió el
territorio en unidades territoriales uniformes llamadas condados, de los que
hubo más de doscientos, al frente de los cuales situó a un conde que disponía
en su territorio de las mismas prerrogativas y dictaba justicia en su nombre.
En las fronteras creó unos departamentos especiales, llamados marcas, a cuya
cabeza puso a unos gobernadores con el nombre de «marqueses», cuyos poderes
eran mayores que los de los condes para poder hacer frente a las situaciones de
peligro inherentes a los territorios fronterizos. Creó un cuerpo de delegados
imperiales que recorrían el imperio inspeccionando el cumplimiento de sus
órdenes, llamados missi dominici («enviados del emperador»). Mantuvo unido el
ejército otorgando a sus subordinados tierras en usufructo, lo que constituiría
el origen del régimen feudal en Europa. En definitiva, adaptó los instrumentos
del poder de los reinos germánicos a la nueva realidad imperial y en la medida
de las posibilidades creó un aparato de gobierno eficiente para todo el
territorio que gobernó.
En este aspecto se ayudó de sus hijos. Carlomagno en su vida
privada siguió el concepto germánico de matrimonio, carente de cualquier valor
sagrado y en el que se admitían como legales las uniones de carácter privado,
en contra del criterio de la Iglesia, que las rechazaba. En este sentido, el
matrimonio se entendía como un medio de asegurar la descendencia y trazar
alianzas familiares. De hecho, la primera unión del emperador —con Himiltrude,
madre de su primer hijo, Pipino— fue una de estas uniones privadas. El hecho de
que al niño se le pusiese el nombre de su abuelo y que fuese considerado su
heredero da una muestra de hasta qué punto se consideraban estas uniones como
algo válido entre los francos. Un segundo matrimonio lo unió con la hija del
rey lombardo Desiderio, cuyo nombre real es desconocido aunque tradicionalmente
se le hayan otorgado los de Desiderata o Ermengarda. Esta esposa fue repudiada
—otra costumbre condenada por la Iglesia— cuando la política carolingia hacia
los lombardos cambió en el año 771. El tercer matrimonio de Carlomagno fue con
Hildegard, madre de varios de sus hijos varones candidatos a sucederle.
Carlomagno llegó a tener dos esposas más y varias concubinas, cuyos vástagos
fueron considerados ilegítimos.
De entre sus hijos varones destacaron Pipino, Carlos y Luis. El
primero estuvo al frente de la administración de los territorios italianos y el
segundo de Aquitania, colaborando con su padre en la tarea de gobernar el
imperio. El proyecto del emperador fue repartir su territorio entre los tres,
pero las muertes de Pipino en el 810 y la de Carlos en el 811 dejaron como
único sucesor a Luis. Ante la perspectiva de una muerte próxima, el propio
Carlomagno lo coronó emperador en Aquisgrán en el 813. El 28 de enero de 814
fallecía en la ciudad alemana el que había sido el último rey de los francos y
primer emperador de Occidente desde la caída de Roma. Su hijo Luis, llamado el
Piadoso, continuaría su obra pero durante su reinado las tendencias
disgregadoras se hicieron más fuertes. En el año 843, por el Tratado de Verdún,
los nietos de Carlomagno se repartieron su imperio. Con ello se ponía fin a una
iniciativa política que había llevado a la unidad del Occidente cristiano
europeo bajo un solo gobernante. Militar de aliento inagotable, de talento
político y con visión de futuro, su mayor aportación, en opinión del profesor
Salrach, fue que «contribuyó en gran medida a forjar las bases de una cierta
personalidad europea, occidental y cristiana». La mejor prueba de ello es que
el sueño de recrear el Imperio romano de Occidente tardó poco en retoñar en las
tierras que precisamente Carlomagno había contribuido a incorporar a esa
cristiandad. Fue Otón I quien en el año 962 sería coronado emperador, fundando
el Sacro Imperio Romano Germánico, que duraría mil años y que siempre
consideraría como su inspirador a Carlomagno.
Capítulo 11
Leonor de Aquitania
Contenido:
§. La mujer que gobernó en un mundo de hombres
§. Reina de Francia
§. La segunda cruzada
§. Reina de Inglaterra
§. Independiente hasta el final
§. La mujer que gobernó en un mundo de hombres
Con frecuencia la presencia de las mujeres en la Historia
resulta borrosa, difícil de rescatar, y esta falta de claridad aumenta cuanto
más hacia atrás se va en el tiempo. Deliberadamente oscurecidas por sus
contemporáneos y después olvidadas por quienes escribían la Historia durante
siglos, la imagen finalmente transmitida las presenta relegadas a un segundo
plano, como sujetos pacientes de una acción protagonizada en exclusiva por
hombres. Hoy, gracias al trabajo de muchos historiadores, esta imagen se ha
corregido y las mujeres empiezan a ocupar el lugar que les corresponde en la
Historia, el de coprotagonistas de su tiempo. Leonor de Aquitania es la gran
protagonista femenina del siglo XII europeo: impulsora de la literatura
cortesana de los trovadores, participante en la Segunda Cruzada a Tierra Santa,
esposa de Luis VII de Francia y luego de Enrique II de Inglaterra, divorciada
por su voluntad, madre de Ricardo Corazón de León, instigadora de la
conspiración de sus hijos contra su segundo marido, encarcelada durante quince
años… Leonor ni permaneció en un segundo plano, ni quiso dejar que otros
tomasen decisiones por ella. Por su compleja personalidad, ya en vida comenzó a
rodearla la leyenda y, con el paso de los siglos, una Leonor seductora,
frívola, culta, maquiavélica y apasionada nacida de ella se ha instalado en la
imaginación colectiva. Los relatos del cine y la literatura han consagrado al
personaje, pero es la historia de su vida la que nos desvela en realidad quién
fue esta mujer fascinante.
Leonor de Aquitania nació probablemente en Poitiers entre 1120 y
1122. Era hija de Guillermo X, duque de Aquitania, y Leonor de Châtellerault, y
la única heredera del duque dado que su hermano mayor, Guillermo, murió siendo
aún un niño. Como tal le correspondía la soberanía del condado de Poitou y del
ducado de Aquitania, un amplio territorio extendido entre Poitiers y Burdeos
que pronto convertiría a Leonor en una pieza esencial en el equilibrio político
entre las dos fuerzas en tensión en la Europa del siglo XII, Francia e
Inglaterra. Prácticamente no se sabe nada de su infancia, pues las fuentes de
la época no se ocuparán de ella hasta que entre al escenario político mediante
su primer matrimonio, ya con quince años. Pese a ello, todo parece indicar que
Leonor recibió una esmerada educación como correspondía, por una parte, a la
importante tradición cultural de la corte aquitana y, por otra, a una heredera
llamada a convertirse en señora feudal de los grandes barones del ducado. Así,
bajo la atenta mirada de su padre, Leonor no sólo aprendió a leer y escribir,
algo muy poco frecuente para la educación de una mujer en la época, sino que
estudió filosofía, literatura y música, y llegó a dominar al menos tres
lenguas: provenzal, francés y latín. Además, practicaba las principales
actividades de ocio propias de la corte aquitana: la equitación, la cetrería y,
por supuesto, la poesía.
Leonor creció en el ambiente cálido, desenfadado y culto que
rodeaba a los duques de Aquitania. Su abuelo, Guillermo IX, apodado el
Trovador, había sido uno de los personajes más singulares de su tiempo. Hombre
culto y temperamental, se hizo tan famoso por su comportamiento libertino como
por su capacidad para componer y declamar poesía. En torno a él floreció un
rico mundo cortesano en el que poetas y trovadores se convirtieron en seña de
identidad y los cantos de amor cortés inspirados en damas de leyenda marcaron
el inicio de una revolución literaria en toda Europa. Al tiempo, Guillermo IX
desafiaría las normas morales imperantes con su desordenada vida sentimental.
Repudió a su esposa, Felipa de Toulouse, para vivir con su amante, la
vizcondesa de Châtellerault, y llegó a ser excomulgado por ello. Su relación
dio pie a todo tipo de fabulaciones (como el supuesto retrato de la vizcondesa
desnuda que Guillermo llevaba en el interior de su escudo) que no hicieron sino
crecer cuando impuso a su propio hijo, Guillermo X, el matrimonio con la hija
de su amante, Leonor de Châtellerault. Fruto de esa unión nacería Leonor de
Aquitania, quien, educada en ese ambiente, demostraría a lo largo de su vida
ser su digna heredera.
§. Reina de Francia
Cuando en 1137 Leonor contrajo matrimonio con el rey de Francia,
Luis VII, tanto la casa ducal de Aquitania como la dinastía real francesa, los
Capeto, sellaban un acuerdo de importantes ventajas políticas para ambas
partes. La corona francesa lograba incorporar a sus dominios los territorios
feudalmente vinculados a los duques de Aquitania, fortaleciendo de ese modo su
poder frente a los cada vez más poderosos duques de Normandía, mientras que
Guillermo X se aseguraba evitar los problemas que podían surgir tras su muerte
al ser su heredera una mujer. Leonor, como duquesa de Aquitania y por tanto
señora feudal de su ducado, debía recibir homenaje y obediencia de los
múltiples señores de sus dominios y que eran sus vasallos, pero como mujer,
aunque la soberanía sobre sus posesiones le pertenecía, no podía ejercerla y
era necesario que la delegase en un varón a través del matrimonio. De esta
forma, Leonor continuaba siendo señora de Aquitania y Poitou y su marido, Luis
VII, sólo sería reconocido como señor en tanto que esposo de ella. La fidelidad
de sus vasallos pertenecía a Leonor, pero en pleno siglo XII habría sido
impensable que una mujer en solitario pudiera detentar semejante poder
político.
El matrimonio entre Luis VII y Leonor fue, como entonces eran
todos los matrimonios de la aristocracia, un instrumento político al servicio
de la consolidación del poder de dos dinastías en que la relación personal
entre los contrayentes no jugaba papel alguno. Leonor contaba entonces unos
quince años y Luis VII tenía la misma edad, sin embargo no podían ser más
distintos, lo que a la larga terminaría minando su unión y, con ella, el
equilibrio político establecido. Según las crónicas de la época, por lo general
muy críticas con Leonor, cuando ésta llegó a París desconcertó a todos en la
corte. Su desenfado, su gusto por la vida cortesana, por el lujo, sus extrañas
costumbres a la mesa —empleaba cubiertos— o sus ropas escotadas y de vivos
colores parecían frívolos e inapropiados para las austeras normas de la corte
de los Capeto, de modo de Luis VII observaba sin comprender a una mujer que,
según dichas fuentes, prácticamente nubló sus sentidos por causa de su belleza.
Sea como fuere, lo cierto es que las costumbres de la corte aquitana y francesa
eran por entonces muy distintas y la educación que ambos esposos habían
recibido había hecho de ellos dos personas de carácter radicalmente opuesto. El
profesor Gerardo Vidal Guzmán lo describe con toda precisión: «Luis VII se
había educado entre los muros de Saint Denis, bajo la mirada atenta de su abad,
invirtiendo años de formación en las disciplinas del trivium y del quadrivium.
Por algún tiempo había incluso ambicionado convertirse en monje y sólo la
desgraciada muerte de su hermano mayor lo había forzado a asumir las
responsabilidades de Estado, la primera de las cuales era el matrimonio. Tenía,
por lo tanto, un tono austero, medido y monacal que chocaba con el talante
gozador de su mujer. La joven reina en cambio se había educado en la corte más
refinada de Europa; amaba la poesía, la música, los torneos, los banquetes.
Soñaba con aventuras heroicas de caballeros andantes y con hermosas doncellas
que hacían suspirar el corazón de sus amados; era incapaz de concebir la vida
sin el brillo de la cortesía. No se trataba de una diferencia fácil de
sobrellevar. Aunque con el tiempo Luis llegaría a amarla, a Leonor siempre le
aburriría ese marido chato y sin desplante. Envuelto en jaculatorias y rodeado
de clérigos, el rey era a sus ojos un hombre beato y pusilánime; el exacto
reverso del caballero ideal que había nutrido sus fantasías románticas desde
que era una niña».
Durante los primeros años de matrimonio, Luis, deseando
complacer la voluntad de su esposa, se embarcó en más de una ocasión en
aventuras bélicas menos aconsejables para la corona francesa que para los
intereses familiares de la duquesa de Aquitania. Aunque las fuentes acusan
directamente a Leonor de emplear arteramente sus encantos para manejar al rey y
lograr apartarle de la benéfica influencia de sus consejeros, ambos eran
entonces demasiado jóvenes y por tanto su experiencia política era todavía muy
limitada, lo que se tradujo en decisiones de gobierno no siempre afortunadas.
Entre todas ellas una terminaría pesando especialmente a Luis, la campaña
militar emprendida contra el conde de Champagne, Teobaldo II, en 1143. La
hermana menor de Leonor, Petronila, se había enamorado perdidamente de un
hombre mucho mayor que ella, el senescal Raúl de Vermandois, que estaba casado
con una sobrina del conde de Champagne. Petronila y Vermandois hicieron uso de
sus influencias sobre algunos prelados para lograr la nulidad del matrimonio
del senescal y poder casarse, lo que irritó terriblemente al conde de
Champagne, que no dudó en acudir al Papa para que mediase en el asunto. La
excomunión del nuevo matrimonio así como de los prelados cómplices agravó aún
más la situación de enfrentamiento entre Teobaldo II y Raúl de Vermandois, que
terminó dirimiéndose por las armas. Fue entonces cuando Leonor, aprovechando la
existencia de otros motivos políticos que también enfrentaban al rey francés
con el conde de Champagne, influyó en su esposo para que emprendiese una
campaña militar contra éste. Durante su curso, las tropas de Luis VII atacaron
violentamente la ciudad de Vitry-le-François cuyos habitantes se refugiaron en
la iglesia. El fuego que se había iniciado en algunas casas saqueadas alcanzó
el templo y, ante el espanto del rey, el tejado del edificio se desplomó sobre
sus ocupantes. El hecho conmocionó durante días a Luis VII, que se negó a
comer, hablar y moverse de su lecho. Era un hombre profundamente religioso, y la
idea de ser responsable de la muerte de un gran número de cristianos refugiados
en la casa de Dios le atormentaría hasta el fin de sus días. Este tipo de
episodios serían finalmente la causa de que el monarca, aconsejado por sus más
fieles servidores —en especial el abad de Saint-Denis, Suger—, tratase de
mantener a Leonor al margen de las tareas de gobierno, algo que, como
demostraría el tiempo, su independiente mujer no estaba dispuesta a tolerar.
§. La segunda cruzada
En 1145 Leonor dio a luz a la primera de sus hijas, María. Hacía
varios años que el matrimonio esperaba con impaciencia la llegada de un
heredero y cuando por fin la reina quedó en estado, el resultado de su embarazo
fue una niña. Leonor era joven, de modo que nada hacía presagiar por el momento
que no pudiese dar al rey de Francia el deseado heredero varón, así que la
primogénita fue recibida con alegría. Sin embargo no sería su nacimiento el
hecho más importante para los reyes de Francia aquel año, sino la decisión
tomada por ambos de encabezar una Segunda Cruzada a Tierra Santa.
Las Cruzadas fueron una serie de campañas militares llevadas a
cabo por algunos monarcas de los reinos de la cristiandad occidental junto con
buena parte de la nobleza feudal. Apoyándose en el concepto agustiniano de
«guerra justa», es decir, la legitimidad del empleo de la guerra para la
defensa de la Iglesia, pretendieron contener el avance turco en el Mediterráneo
oriental que suponía una amenaza para el Imperio bizantino (cristiano) y
recuperar para la cristiandad los Santos Lugares, especialmente Jerusalén. La
Primera Cruzada se desarrolló entre los años 1096 y 1099, y fruto de la misma
nacerían en Tierra Santa diversos reinos feudales independientes: Jerusalén,
Antioquía y Edesa. Las Cruzadas reforzaban el poder de la Iglesia en relación
con las monarquías europeas y al tiempo servían a éstas de válvula de escape de
la numerosa nobleza feudal cuya actividad militar había decrecido con la
consolidación política de los distintos reinos medievales. Por otra parte, la
dimensión de la Cruzada como instrumento de salvación y redención de pecados
caló profundamente en una sociedad en la que el peso de la religión era
determinante para su propia definición, de forma que desde que el papa Urbano
II predicó la primera, el ideal de Cruzada impregnó el ambiente en toda la
cristiandad occidental.
En 1144 cayó en manos de los turcos selyúcidas el primer
principado fundado por los cruzados en Oriente, Edesa. La noticia, traída a
Europa a través de los peregrinos que retornaban de Tierra Santa, causó una
gran conmoción en la cristiandad occidental, lo cual unido al deseo de Luis VII
de hacer realidad el voto de ir a la Cruzada que la muerte había impedido
cumplir a su hermano y al interés personal de Leonor, que tenía lazos
familiares con algunos príncipes de aquellos reinos, motivó que en la Navidad del
año 1145 Luis VII anunciase ante los grandes barones de Francia reunidos en
Bourges su intención de encabezar una Segunda Cruzada. Pero en aquella asamblea
no sólo el rey tomó la cruz en señal de su empeño, sino que ante la sorpresa de
todos Leonor también lo hizo. Como señora de Aquitania, Leonor no estaba
dispuesta a abandonar a sus vasallos en la sagrada empresa que les conduciría a
Tierra Santa y tomando la cruz lo afirmó públicamente. Tras el asombro inicial,
varias damas de la nobleza francesa —entre ellas, las condesas de Flandes y
Tolosa— se sumaron al entusiasmo de la reina y, emulándola, decidieron partir
con los cruzados cuando llegase el momento. A comienzos de 1146, el papa
Eugenio III aprobó la propuesta y ordenó a Bernardo de Claraval la predicación
de la nueva Cruzada. El fabuloso entusiasmo que despertó el discurso del monje
cisterciense en la asamblea reunida al efecto en el mes de marzo en Vézelay es
descrito del siguiente modo por la historiadora Régine Pernoud: «Una vasta
asamblea se había congregado para la fiesta pascual en la colina de Vézelay,
donde Bernardo, el abad de Claraval, que de algún modo era la conciencia viva
de la cristiandad de la época, había acudido para lanzar un brillante
llamamiento para sumarse a la Cruzada, renovando el del papa Urbano II en el
Concilio de Clermont cincuenta años antes. Sus palabras habían provocado una
profunda sacudida en toda la cristiandad. Y se contaba que había tenido que
recortar de su propia túnica las pequeñas cruces que todos tenían que ponerse
en el hombro como signo de su voto de cruzado». Finalmente, dos grandes
ejércitos formados tras el emperador alemán, que también había atendido a la
llamada de la Cruzada, y el rey de Francia, salieron hacia Tierra Santa entre
finales de mayo y junio de 1147.
Desde el punto de vista militar, la Segunda Cruzada fue un
rotundo fracaso pues las tropas cristianas fueron engarzando una derrota tras
otra frente a los turcos. Aunque oficialmente se justificó el fracaso por la
falta de apoyo decidido de Bizancio, lo cierto es que se cometieron importantes
errores tácticos y que los ejércitos formados por multitud de peregrinos, que
en muchos casos carecían de formación militar, no resultaron lo eficaces que
debían haber sido. La presencia femenina también se convertiría en objeto de
las críticas por la derrota, pues la lentitud de movimientos de los convoyes se
achacó a su causa y se afirmó que las mujeres con su presencia habían
convertido la empresa religiosa en un viaje de recreo. En palabras de Régine
Pernoud, «se murmuraba que en muchos de los pesados convoyes, cubiertos con
forros de cuero o con una tela fuerte, se amontonaban, además de las tiendas
indispensables para las etapas, muchos cofres con herraduras que contenían los
abrigos, trajes y velos de las damas. Es decir, además de jarros, jofainas y
demás enseres imprescindibles, gran cantidad de ropa de casa y accesorios de
aseo —palanganas, jabones y espejos, peines, cepillos, tarros de polvos y
cremas hechas con la más fina manteca de cerdo, la de las manos— que esas damas
que habían tomado la cruz junto a sus esposos juzgaban indispensables para su
periplo, así como sus alhajas, pulseras, collares, fíbulas y diademas. (…)
Ninguna de las damas que formaban parte de la expedición tenía intención de
prescindir de la mayor comodidad posible; tampoco ninguna había renunciado al
número que le parecía indispensable de doncellas y sirvientes». Luis VII era
consciente de las críticas motivadas por la iniciativa de su esposa, y su
incomodidad por ellas fue creciendo al tiempo que también lo hacía la decepción
de Leonor por las decisiones del rey francés. Sin embargo, el mayor punto de
fricción entre los esposos se produciría antes de las derrotas militares, a
raíz de la llegada del ejército francés a Antioquía.
Raimundo de Poitiers, tío de Leonor, era príncipe de Antioquía,
uno de los reinos fundados por los cruzados. Cuando tras un duro viaje la
expedición militar francesa llegó a las costas de Antioquía, en marzo de 1148,
Raimundo los recibió feliz por el reencuentro con su sobrina y, sobre todo, con
la esperanza de establecer con Luis VII una estrategia de ataque a las
posiciones turcas. El príncipe, que conocía la situación de la zona
perfectamente, deseaba atacar Alepo y así se lo hizo saber al rey francés. Pero
éste parecía estar más interesado en cumplir primero con su promesa de
peregrinar hasta Jerusalén que en iniciar las maniobras militares que tan
necesarias consideraba Raimundo, por lo que éste decidió buscar apoyo en su
sobrina. Según las fuentes, la intimidad entre tío y sobrina fue más allá de lo
estrictamente familiar, o desde luego así lo creyó Luis, quien, cuando vio a su
esposa amenazarle con negarse a seguirle si no cambiaba de estrategia, lo que
suponía que los vasallos de Leonor tampoco lo harían, e incluso con divorciarse
de él alegando consanguinidad entre ambos, no dudó de que su frívola mujer le
estaba engañando. Siguiendo las recomendaciones de sus consejeros, Luis partió
precipitadamente de Antioquía, llevándose por la fuerza a Leonor. Se trataba de
evitar a toda costa el descrédito que para el monarca suponía tanto la sospecha
de adulterio de su esposa como la posible ruptura del contingente militar
francés en caso de que ella cumpliese con sus amenazas. Tanto si lo engañó como
si no, Leonor estaba convencida del error táctico de Luis, y los hechos de
Antioquía supondrían la quiebra irreparable de su matrimonio.
Tras el fracaso de la expedición, cuyos errores, entre otras
cosas, costarían la vida a Raimundo de Poitiers, el contingente francés regresó
a Europa. En el camino de retorno, en octubre de 1149, Luis VII y Leonor, más
distanciados que nunca, se detuvieron en la ciudad italiana de Tusculum para
presentarse ante el Papa después de su peregrinación. Eugenio III supo entonces
de las desavenencias entre ambos y de lo sucedido en Antioquía. Luis amaba a su
mujer pese a todo y, además, no podía permitirse el lujo de perder el poder que
suponía mantener unidos a su corona los territorios patrimoniales de Leonor.
Ella estaba decepcionada y quizá resignada a la falta de entendimiento con su
esposo. Y Eugenio III estaba inquieto, muy inquieto por su posible separación.
El Papa se hallaba en Tusculum porque poco antes había sido expulsado de Roma
por los seguidores del movimiento reformista encabezado por Arnaldo de Brescia,
y más que nunca necesitaba el apoyo de un rey francés poderoso, no mermado en
sus capacidades políticas y militares, razón por la que hizo todo lo posible
por que ambos se reconciliasen. Tal y como lo describió entonces Jean de
Salisbury, «el Papa les aquietó después de atender por separado las quejas de
los cónyuges. (…) El matrimonio no debía romperse so pretexto alguno. Decisión
que pareció complacer infinitamente al rey. El Papa les hizo yacer en el mismo
lecho, adornado con las vestiduras más preciadas. Durante los días que
permanecieron allí se empeñó, mediante entrevistas privadas, en hacer renacer
su mutuo afecto». Fuese o no exagerada la descripción de Salisbury, Eugenio III
no debió de hacerlo mal del todo, pues cuando los reyes de Francia abandonaron
Tusculum, Leonor estaba nuevamente embarazada. El tiempo demostraría, sin
embargo, que sus desvelos iban a servir de poco.
§. Reina de Inglaterra
El nacimiento en 1150 de la segunda hija de Leonor de Aquitania
y Luis VII, Alix, no contribuyó a acortar la distancia entre el matrimonio
real. En casi trece años, la reina sólo había dado a Luis dos hijos, que además
eran mujeres, de modo que la cuestión sucesoria se convirtió en una grave
preocupación para el rey y sus consejeros. Las desavenencias entre ambos eran
cada vez mayores cuando, en el verano de 1151, un encuentro cambiaría para
siempre la vida de Leonor.
El vasallo más poderoso de Luis VII era Godofredo el Hermoso,
conde de Anjou y duque de Normandía, y que en nombre de su mujer Matilde, hija
de Enrique I de Inglaterra, luchaba por el trono inglés que le había sido
arrebatado a ésta por su primo Esteban de Blois. Luis veía con enorme recelo
las pretensiones de Godofredo sobre Inglaterra, pues temía que el poder que
podían llegar a acumular los Anjou pudiera poner el suyo en peligro. Por esa
razón había tomado parte en el conflicto a favor del rey inglés, y en el verano
de 1150 envió un ejército en apoyo de Eustaquio de Boulogne, hijo de Esteban de
Blois, para atacar Normandía. Con ese conflicto de fondo pero con la excusa que
ofrecía la captura por parte del duque de Anjou de uno de sus vasallos (Giraud
Bellay) sin tener derecho a ello, se produjo en agosto de 1151 un encuentro en
París entre Godofredo el Hermoso y Luis VII. A él también asistieron Enrique
Plantagenet, hijo del conde de Anjou, y Leonor. La reunión se saldaría con la
liberación del prisionero y la aceptación de un equilibrio pacífico entre las
partes simbolizado en el homenaje rendido al rey de Francia por parte de
Enrique Plantagenet como nuevo duque de Normandía, quien ostentaba el título
por abdicación de su padre desde 1150, pero también supondría el punto final de
la relación entre Leonor de Aquitania y Luis VII. La reina se había enamorado
del joven duque al que sacaba diez años.
Decidida a poner fin a su matrimonio, Leonor apeló a la
consanguinidad con su marido para obtener el divorcio, pues la Iglesia entendía
como incesto todas las uniones entre parientes hasta el séptimo grado. Como
recuerda el medievalista Georges Duby, «en la aristocracia lo eran todos. Lo
cual permitía a la autoridad eclesiástica, y de hecho al Papa cuando se trataba
del matrimonio de reyes, intervenir a capricho para atar o desatar y
convertirse de este modo en dueño del gran juego político». Resulta obvio que
el parentesco entre Luis y Leonor era notoriamente conocido, tanto por los
cónyuges como por la sociedad europea de la época, y hasta entonces no había
supuesto ningún obstáculo para su unión. La apelación de Leonor a la
consanguinidad no podía resultar más escandalosa, ni más efectiva. El concilio
reunido para dictaminar sobre el asunto en marzo de 1152 en Beaugency no podía
resolver otra cosa que la nulidad del matrimonio. Luis VII, avergonzado por la
situación y convencido además de que Leonor no sería capaz de darle un hijo
varón, cedió ante lo inevitable. El divorcio solicitado y obtenido por una
mujer que no sólo olvidaba su obligación de sumisión como tal, sino también la
discreción a que estaba obligada como reina por dar satisfacción a sus pasiones,
constituyó un escándalo de primer orden que se recordaría durante siglos.
El 21 de marzo de 1152, Leonor obtuvo la nulidad matrimonial,
abandonó Beaugency y se dirigió a Poitiers donde instaló su corte como duquesa
de Aquitania. Menos de dos meses después, el 18 de mayo, Leonor y Enrique
Plantagenet contraían matrimonio en la catedral de Saint-Pierre. Poco antes del
inicio del proceso de divorcio, la inesperada muerte de Godofredo el Hermoso
había convertido a Enrique en conde de Anjou además de duque de Normandía, de
modo que la unión con Leonor convertía a los nuevos esposos en señores de un
vastísimo territorio. Ambos eran conscientes del valor político de la nueva
situación, así como de las posibilidades de construcción de un verdadero
imperio que con ello se abrían, y ambos estaban dispuestos a convertir en
realidad sus aspiraciones. Como apunta el historiador Alain-Gilles Minella,
«para comprender la historia de esta pareja no hay que perder nunca de vista
que su misma unión influyó en el curso de la Historia y que, si bien es cierto
que se trata de un hombre y una mujer, el poder creado con la unión de sus
respectivos territorios hizo concebir posibilidades hasta entonces
inimaginables. Al servicio de la desmedida ambición de Enrique, compartida en
gran parte por Leonor, esta unión permitirá la creación de lo que en ocasiones
se ha llamado el “imperio Plantagenet”».
Como señores feudales, los dominios territoriales de Enrique y
Leonor en el continente superaban a los de los Capeto, pero además el
Plantagenet estaba dispuesto a pelear por sus derechos al trono de Inglaterra
como nieto de Enrique I y no tenía intención de esperar mucho tiempo para
hacerlo. Así, tras unos meses en que se dedicó a recorrer junto a Leonor los
territorios feudales de ésta, y que en virtud de su matrimonio pasaba a
administrar, Enrique, apoyado y alentado por su mujer, regresó a Normandía para
preparar la invasión de Inglaterra. A comienzos de 1153, las tropas bajo su
mando desembarcaban en la isla y ponían rumbo a Londres. La situación de guerra
civil asolaba el suelo inglés desde hacía décadas, pues los partidarios de la
madre de Enrique frente al rey Esteban de Blois se hallaban enfrentados en una
lucha que parecía no tener fin y que había arrastrado al país a un estado de
auténtico caos. Aunque en un primer momento el rey reunió a su ejército para
hacer frente a la invasión, cuando ambos contingentes se encontraron a las
orillas del Támesis no se produjo el enfrentamiento. El tiempo era malo y el
río estaba crecido, por lo que había que esperar para atravesarlo. Sin embargo,
al cabo de unos días Esteban ordenó la retirada de sus tropas. La calma
obligada de esas jornadas había permitido reflexionar al monarca inglés.
Consciente del enorme poder que Enrique había acumulado en sus manos y, por
tanto, de la gran capacidad económica y militar de que disponía, optó por
proponer una salida negociada al conflicto que, cuando pocos días después murió
su único heredero, se reveló como la mejor solución posible. Por el Tratado de
Wallingford firmado el 6 de noviembre de 1153, Esteban reconocía a Enrique como
su heredero aunque conservaría su corona mientras viviese. Finalmente la guerra
civil inglesa se resolvía sin ninguna batalla y asimismo convertía a Enrique y
Leonor en los soberanos más poderosos de Europa.
Mientras Enrique peleaba por sus derechos en Inglaterra, Leonor
daba a luz al primero de los muchos hijos que tendrían y esta vez, como si se
tratase de una burla para Luis VII, sería un varón, Guillermo. Las cosas no
podían ir mejor para el nuevo matrimonio y el año 1154 confirmaría la
tendencia. Así, en el mes de octubre falleció Esteban de Blois y unos flamantes
Enrique y Leonor fueron coronados reyes de Inglaterra por el arzobispo de
Canterbury el 19 de diciembre. A partir de ese momento ambos se dedicarían en
cuerpo y alma a consolidar su obra política, manteniendo el statu quo en el
continente con la corona francesa y reconstruyendo el poder de la monarquía en
Inglaterra. Ante la enorme extensión de los territorios que debían gobernar,
Enrique y Leonor establecieron un sistema de reparto de responsabilidades, de
modo que mientras el rey estaba ausente de sus dominios continentales, la reina
permanecía en ellos para supervisar su administración y viceversa. Como afirma
el profesor Gerardo Vidal Guzmán, «fue una época dorada en la que todo pareció
salir bien a la joven pareja. Hacia 1158 Enrique era el monarca más poderoso de
Europa, y Leonor llevaba una vida activa, fecunda y triunfante. Cuando su
esposo se ocupaba de los asuntos continentales, ella hacía de reina de
Inglaterra, y sólo volvía a ocuparse de Aquitania cuando su marido era
requerido en la isla. Estaba ocupada en labrar el destino de la más alta
dinastía de Occidente». Aunque ambos pasaban gran parte del tiempo alejados, se
reunían siempre para las grandes celebraciones anuales, especialmente Navidad y
Pascua, y pese a sus prolongadas separaciones, tuvieron ocho hijos entre 1153 y
1166: Guillermo —fallecido a la edad de tres años—, Enrique, Matilde, Ricardo,
Godofredo, Leonor, Juana y Juan. A su alrededor floreció un mundo cortesano de
gran riqueza en el que cristalizaron los ideales del mundo de la caballería y
de las composiciones poéticas del amor cortés. Vivían entregados a su obra y
compartían la pasión con que la abordaban. Pero si la corriente de
entendimiento entre Enrique y Leonor había cimentado un imperio, la quiebra de
su relación estaría a punto de hacerlo saltar por los aires.
§. Independiente hasta el final
A finales de 1166, poco después de que Leonor diese a luz al
último de sus hijos, la reina sufriría un revés que marcaría el resto de su
vida. Enrique había conocido a la hija de un caballero normando llamada
Rosamunda Clifford de la que se había enamorado y con la que no ocultaba su
condición de amantes. El orgullo y el corazón de Leonor no podían aceptarlo,
por lo que la reina decidió trasladarse a vivir a Poitiers y se llevó con ella
al favorito de sus hijos, Ricardo, que por entonces contaba diez años. Enrique
aceptó sin poner trabas la nueva situación ya que de ese modo quedaba libre
para entregarse a su idilio y, al fin y al cabo, la separación física de su
mujer había sido una tónica habitual desde el inicio de su matrimonio. Leonor
por su parte buscó refugio en sus tierras, allí donde verdaderamente se sentía
feliz, y en poco tiempo convirtió su corte en reflejo de la que en ese mismo
lugar había conocido en su infancia. En palabras de Gerardo Vidal, «bajo su
mirada, Poitiers no tardó en convertirse en el centro de la vida cortés y
caballeresca del tiempo. Con más libertad que nunca floreció la música, la
poesía amorosa, las cortes de amor, los torneos, los banquetes… Se trataba del
mundo que Leonor siempre había soñado». Y en ese mundo crecería el futuro
Ricardo Corazón de León.
Al compás que la relación de Enrique con Rosamunda Clifford se
hacía más sólida, la distancia entre el rey y su esposa crecía. Sus encuentros
se fueron distanciando y la capacidad que habían tenido para entenderse fue
desapareciendo poco a poco. Al tiempo sus hijos se hacían adultos y un nuevo
problema comenzaba a perfilarse en el horizonte: el reparto de la compleja
herencia de Leonor y Enrique II. Tras varios meses de reflexión, Enrique tomó
una decisión al respecto: su hijo mayor, Enrique el Joven, heredaría las
posesiones de los Plantagenet (la corona inglesa, el ducado de Normandía y los
condados de Anjou y Maine); Ricardo recibiría las posesiones feudales de Leonor
(Aquitania y Poitou); Godofredo, Bretaña, y Juan, el menor, no recibiría nada
(desde entonces, según algunos autores, se le conocería por ese motivo como
«Juan sin Tierra»). El reparto era difícil pues no resultaba posible complacer
las aspiraciones de todos sus hijos y Leonor, consciente de ello, decidió que
desde ese momento ésa sería su mejor arma contra su marido. Como afirma
Alain-Gilles Minella, «Enrique hace de ellos [sus hijos] instrumentos al
servicio de su política, Leonor instrumentos al servicio de su venganza y para
arrebatar el poder al Plantagenet». En junio de 1170 el monarca inglés hizo
coronar a Enrique el Joven como heredero del trono de Inglaterra; la coronación
no suponía la abdicación de su padre sino su asociación al trono como forma de
garantizar la continuidad dinástica. Dos años más tarde, mientras Enrique II
estaba embarcado en plena campaña para conquistar Irlanda y conseguir así el
perdón pontificio tras el asesinato del arzobispo de Canterbury, Thomas Becket,
Leonor hacía coronar a Ricardo en una ceremonia fastuosa como heredero de sus
territorios feudales. La reina recordaba así a su esposo que, en Aquitania y
Poitou, él no era más que un simple administrador.
En la Navidad de 1172, Enrique, Leonor y sus hijos se reunieron
en Chinon. Hacía más de dos años que los monarcas no se habían visto, pero la
reina tenía preparada una sorpresa que Enrique no podía ni imaginar. El
monarca, obsesionado por ostentar un poder centralizado sobre todos sus
territorios, se negaba a ceder ninguna parcela de poder a sus hijos, y Leonor
aprovechó la situación para conspirar junto a ellos en contra de su propio
padre. Los hechos se precipitaron a partir de la concertación del futuro matrimonio
de Juan sin Tierra con la hija del conde de Maurienne cuya negociación había
comenzado en 1171. En aquella Navidad, Enrique y Leonor accedieron al
matrimonio y establecieron como dote para su hijo la entrega de algunas
posesiones —Loudun, Mirabeau y Chinon— que formaban parte de la herencia de
Enrique el Joven. El conflicto estaba servido pues éste, furioso, no sólo se
negó a desprenderse de lo que le correspondía, sino que reclamó a su padre el
usufructo de su herencia. Enrique II, que no tenía intención alguna de
abandonar el poder hasta su muerte, se negó a las exigencias de su hijo. Sólo
se trataba de un estallido de cólera de un heredero demasiado joven, nada que
debiese preocuparle. Sin embargo, varios días más tarde, cuando creía que el conflicto
había pasado, el rey de Inglaterra descubrió que tanto Enrique el Joven como
Ricardo y Godofredo habían huido de Chinon para refugiarse en Francia. Mientras
tanto, por todos sus dominios se extendía la sublevación de unos vasallos que
reclamaban a sus jóvenes herederos. Una mente había diseñado todo, Leonor, y
estaba en Poitiers.
Con el apoyo de Luis VII, se formó con rapidez una coalición de
fuerzas en torno a Enrique el Joven, y en junio de 1173 comenzó el
enfrentamiento armado entre el rey de Inglaterra y sus herederos. Pero el
Plantagenet era un hueso duro de roer. Empleando hasta la última moneda de su
fortuna reunió un ejército de cerca de veinte mil mercenarios y con él plantó
cara a los sublevados hasta derrotarlos. En el otoño de 1173, Enrique II había
recuperado el control de la situación, había llegado a un acuerdo con sus hijos
y cercaba a su esposa Leonor en sus dominios. Una noche de noviembre, mientras
trataba de escapar disfrazada de hombre, fue capturada por los partidarios del
monarca. Leonor fue conducida al castillo de Chinon y allí comenzaría un
encierro que habría de mantenerse durante quince largos años.
En 1189, tras la muerte de su padre, Ricardo Corazón de León se
convertía en rey de Inglaterra pues sus hermanos mayores, Enrique y Godofredo,
fallecieron en 1183 y 1186, respectivamente. El favorito de Leonor se convertía
en el gran heredero del imperio que con tanto afán había construido junto a su
marido, y su primera decisión como monarca sería liberar a su madre. Ella tenía
entonces casi setenta años pero aún daría muestras del temple y el carácter que
habían sido su signo de identidad. Leonor se convertiría en la gran valedora de
Ricardo frente a las pretensiones de Juan sin Tierra, logrando ponerles fin. En
1191, cuando Ricardo se encontraba camino de Tierra Santa, Leonor llevaría
hasta Sicilia a su futura esposa, Berenguela de Navarra, y mientras Ricardo se
hallaba inmerso en la Tercera Cruzada, se erigiría en cabeza de la resistencia
a las pretensiones del rey de Francia, Felipe Augusto, y de su hijo menor.
Dirigió la organización del rescate de Ricardo cuando éste estuvo preso, y lo
llevó personalmente a Colonia en enero de 1194 para liberarlo. Sólo con la
muerte de Ricardo, en 1199, Leonor dejó de defender su derecho al trono para
situarse entonces detrás del nuevo heredero, Juan sin Tierra. Retirada al final
de sus días en el monasterio de Fontevraud, Leonor aún sacaría fuerzas con casi
ochenta años para viajar en 1200 hasta Toledo para recoger a su nieta Blanca de
Castilla y entregarla como esposa a Luis VIII de Francia. Su extraordinaria
fortaleza terminaría por quebrarse el 1 de abril de 1204.
Leonor de Aquitania dibujó junto con Enrique II las líneas
maestras por las que discurrió la historia de la Edad Media europea. Su
inteligencia política y su resolución dieron pie a la creación del gran imperio
Plantagenet en el que cristalizaría la cultura de la caballería que serviría de
alimento a la sociedad posterior. En torno a Leonor se desarrolló la poesía de
los trovadores y la lírica del amor cortés que en la siguiente generación daría
lugar a la rica literatura del ciclo artúrico. Pero, además, Leonor fue una
mujer que, contrariamente a los usos de su época, optó ser dueña de su vida y
sus decisiones y supo buscar para ello los huecos que la sociedad medieval
dejaba. En pleno siglo XII logró su nulidad matrimonial para poder casarse con
quien deseaba, y en pleno siglo XII se volvió contra su esposo para afirmar su
independencia. Apasionada o calculadora, enamorada o ambiciosa, no puede
negarse que Leonor de Aquitania a nadie dejó indiferente ni en el siglo XII ni
en la actualidad.
Capítulo 12
Ricardo Corazón de León
Contenido:
§. El rey de las cruzadas
§. El cachorro de león
§. De joven guerrero a rey cruzado
§. Un rey contra los infieles
§. Un rey extraviado
§. Una muerte inesperada
§. El rey de las cruzadas
Tuvo una vida corta y un reinado fugaz, tan sólo de diez años.
Sin embargo, dejó un recuerdo perdurable por generaciones no sólo entre sus
vasallos sino en el conjunto de Europa, que hizo de él un ejemplo de rey, de
soldado, de cristiano y de caballero. Fue hijo del fundador de un poderoso
imperio que abarcaba desde la frontera escocesa al norte hasta los Pirineos al
sur, y continuó una historia de rivalidad con el reino de Francia que
perduraría durante siglos y que sólo finalizaría tras un baño de sangre que
afectó a generaciones enteras. No nació heredero al trono, privilegio que le
correspondía a su hermano mayor, pero cuando llegó a ser el primero en la línea
de sucesión demostró que estaba capacitado para asumir la dura tarea que se
avecinaba. La Tercera Cruzada, su prolongado cautiverio en Centroeuropa y las
luchas con el rey de Francia en sus territorios continentales le mantuvieron
demasiado tiempo alejado de su reino, que supo sin embargo administrar
sabiamente mediante leales consejeros. Su temprana muerte no hizo sino
acrecentar la leyenda de un rey ausente pero virtuoso y amante de su pueblo.
Ésta es la historia de Ricardo I de Inglaterra, llamado Corazón de León.
El siglo XII fue el siglo del desarrollo de la caballería en
Europa no sólo como una forma de entender la guerra, sino como una cultura y
una forma de practicar las relaciones sociales por parte de la nobleza. De un
caballero no se esperaban sólo excelentes aptitudes militares, sino también una
educación esmerada, un trato exquisito hacia los demás, especialmente hacia las
mujeres y los desvalidos y a ser posible la capacidad para cultivar las artes
propias del llamado «amor cortés», la poesía y la música. Durante la Edad
Media, uno de los modelos perdurables de caballero fue Ricardo I de Inglaterra,
un rey de reinado corto y ajetreado, alejado de su reino al ocuparse de
intereses que hoy en día podrían parecer muy lejanos a los de sus vasallos.
Entonces, ¿por qué fue un rey que penetró tan rápidamente en la imaginación
popular dejando una imagen de impecable ejemplaridad? ¿Fue realmente un buen
rey para su pueblo o dilapidó su tiempo, esfuerzo y dinero en aventuras lejanas
y poco provechosas?
Parte de las respuestas a estas preguntas dependen del complejo
escenario político internacional en el que se desarrolló su vida y su tarea de
gobierno. Los intereses de Inglaterra no se limitaban al sur de la isla de Gran
Bretaña, sino que comprendían toda la fachada atlántica de la actual Francia.
El padre de Ricardo, el rey Enrique II de Inglaterra, por herencia de sus
padres y por su matrimonio con Leonor de Aquitania, era no sólo rey del reino
insular, sino además duque de Normandía, de Aquitania y conde de Anjou, títulos
que le hacían gobernante de un territorio en Francia más extenso que el del
propio rey de Francia. Esto complicaba sobremanera sus relaciones con el rey
Luis VII, de la dinastía de los Capeto, a quien Enrique debía fidelidad ya que
poseía sus feudos continentales como su vasallo. Además, el hecho de que la
reina de Inglaterra, Leonor de Aquitania, hubiese estado casada en primeras
nupcias con el rey francés, que entre otros motivos la había repudiado por no
darle heredero varón, no facilitaba las relaciones entre los que eran los dos
reyes más poderosos de Europa occidental.
Asimismo, Francia no sólo se dividía entre los territorios que
obedecían a Luis VII y Enrique II de Inglaterra, sino que toda la parte
meridional, ribereña con el Mediterráneo, eran feudos de los poderosos condes
de Tolosa, la tercera fuerza política que se disputaba el poder en el país. Por
tanto el escenario francés era sumamente intrincado, dificultaba las relaciones
internacionales y el mantenimiento de la paz, y exigía de sus protagonistas el
desarrollo de una gran actividad política, diplomática y militar de forma
constante si querían adquirir ventaja sobre sus enemigos. Sin embargo, todo
esto en principio no tendría que haber afectado a la vida de Ricardo, ya que
cuando nació no era el heredero al trono de su padre, era tan sólo un segundón
de los que tantos problemas y quebraderos de cabeza daban a sus padres en la
Edad Media, sobre todo si éstos eran poderosos, como era el caso del rey
Enrique de Inglaterra.
§. El cachorro de león
Ricardo nació el 8 de septiembre de 1157 en el palacio real de
Oxford, era el tercer hijo varón de los reyes Enrique y Leonor, aunque el
primero de sus retoños, Guillermo, había muerto el año anterior a la edad de
tres años. Por tanto era el segundogénito varón, que seguía a su hermano mayor,
Enrique, en la sucesión al trono de Inglaterra. Su padre no llevaba mucho
tiempo ciñendo la corona, ya que había accedido al trono en 1154 al morir el
rey Esteban de Inglaterra, primo de su madre, y con ello había instaurado una
nueva dinastía, la de los Plantagenet o Angevinos (nombre que deriva de su
condición de conde de Anjou). Cuando nació su hijo en Oxford y durante sus
primeros años de vida, estuvo ausente ocupándose de asentar su dominio en los
amplios territorios que dominaba en Francia. Su acceso al trono había supuesto
un cambio dramático en las relaciones de poder dentro del reino galo y el
período entre 1154 y 1177 fue de guerra latente entre ambos reinos, situación
que de forma intermitente se repetiría durante el resto de la vida del rey.
La educación del joven príncipe corrió por tanto a cargo de su
madre, mujer de cultura y talento excepcional, que no sólo le formó en las
tareas propias de la realeza o la nobleza medievales, como la caza o el
ejercicio de las armas, sino que le dotó además de una educación literaria y
artística. Según John Gillingham, profesor emérito de Historia medieval de la
London School of Economics and Political Science, «en las leyendas Ricardo
aparece como un inglés sin ningún aprecio por los franceses, pero en vida no
fue así en absoluto. Sus padres fueron franceses, hablaba francés y provenzal
(la lengua del sur de Francia), por cultura y educación era un francés
integral. Es cierto que tuvo una educación excelente, sabemos que componía
canciones y versos en francés y provenzal, y es que sabía leer y escribir
perfectamente francés. También sabemos que leía latín ya que gastaba bromas
acerca de la gramática latina a costa de un arzobispo de Canterbury que no era
tan culto como él. De acuerdo con la educación tradicional y leyendo sus
cartas, Ricardo se encontraba entre los príncipes más cultos de la Europa de
esos días». Dentro de esta educación el ideal caballeresco tuvo un papel
importante, ya que en el siglo XII la ideología y la cultura de la caballería
estaban completamente definidas. En compañía de su madre pudo escuchar y
disfrutar de los cantares de gesta franceses que le inculcaron un gusto por las
acciones guerreras y por el ideal de caballero, cuya aspiración última era
velar para que el ejercicio de la violencia se hiciese por una causa justa. Su
educación incluía además el ejercicio de otras habilidades, como el juego del
ajedrez, ya que, como señala el profesor Gillingham, «en aquella época muchos
pensaban que el ajedrez era un juego entre dos pequeños reinos en el que los
jugadores aprendían el arte de gobernar mientras administraban sus recursos,
por eso se consideraba el ajedrez como un buen ejercicio para aprender a
superar las dificultades reales de la vida».
Pronto tendría que poner en marcha su aprendizaje en cuestiones
de estrategia, política y guerra pues, a medida que crecía, se iba haciendo más
evidente que entre el rey Enrique, hombre dominante y celoso, y sus hijos las
desavenencias irían en aumento. Ricardo era el segundo de cuatro hermanos
varones: Enrique era mayor que él, y Godofredo y Juan, menores. Los cuatro
pronto aspiraron a obtener en herencia alguno de los territorios del vasto
imperio paterno e incluso alguna misión o gobierno como representantes de su
padre mientras éste viviese. Pero Enrique no se mostraba muy inclinado a
confiar en sus hijos. En 1170 daría el primer paso de un cambio progresivo de
actitud, asociando al trono como su legítimo heredero a su primogénito, Enrique
el Joven. Quizá una explicación de este cambio sea que el nacimiento de un
heredero al trono de Francia, al tener por fin el rey Luis VII el tan ansiado
hijo varón, era una señal de que el futuro podía ser complicado e inestable. En
palabras de David Bates, medievalista de la Universidad de East Anglia, «el
nacimiento de Felipe Augusto en 1165 fue un suceso muy importante en la
historia de los Capeto, pero especialmente para el futuro de Ricardo Corazón de
León. Al cabo de muchos años intentando tener un sucesor, el rey de Francia
tuvo un hijo que sería el heredero del poder y el prestigio familiar. En la
época medieval, un período muy militar, un hijo que pudiera manejar la espada y
dominar una sociedad muy masculina era absolutamente vital».
Poco después el viraje de Enrique hacia sus hijos se confirmó y
encomendó a un Ricardo de tan sólo quince años el sometimiento de algunos
barones díscolos de las posesiones de Aquitania. El encargo no era baladí, ya
que la importancia de la región era capital para el imperio angevino. En
palabras del profesor Gillingham, «el ducado de Aquitania cubría grandes
extensiones de tierras ricas y prósperas, particularmente los estratégicos
puertos de Burdeos y La Rochela desde los que se comerciaba con las más importantes
mercancías de la Europa medieval; desde ellos se exportaba vino y sal». La
actuación militar del joven Ricardo fue brillante, y comenzó a forjar su fama
como gran guerrero e inteligente estratega. Permaneció en Aquitania
administrando los territorios de su padre en su nombre y empezando a foguearse
en el terreno resbaladizo y peligroso de la política francesa. En 1179, tras la
muerte de Luis VII, acudió a la coronación de su sucesor, Felipe II, al que con
el tiempo llamarían Felipe Augusto, y que acabaría por convertirse en el
enemigo más encarnizado de Ricardo. La razón primordial de esta rivalidad que
degeneró en enfrentamiento era el deseo del rey francés de reincorporar los
terrenos de los angevinos a la corona de Francia y para ello no dudó en
inmiscuirse en las disputas familiares de Enrique II con sus hijos. En opinión
del profesor Bates, «lo que Felipe intentaba hacer era tan sólo causar
problemas, socavar la moral de los angevinos para mantenerlos permanentemente
en vilo. Ricardo se había estado peleando con su padre desde los quince años y
también sus hermanos se habían peleado con él y con su padre. Felipe Augusto
tenía muchas oportunidades de entrometerse y, al hacerlo, debilitar el poder de
la familia Plantagenet». En una de las disputas familiares murió Enrique el
Joven, en 1183, por lo que Ricardo pasó a ser el heredero del trono de su
padre, con el que las relaciones no mejoraron ni lo harían después. Pero
entonces un hecho cambiaría su vida radicalmente, un acontecimiento que no llegaría
ni de Inglaterra ni de Francia, sino del extremo oriental del Mediterráneo.
§. De joven guerrero a rey cruzado
En el año 1187 toda Europa se vio estremecida por una noticia a
la vez política y religiosa. Casi un siglo antes, la Primera Cruzada había
culminado con la toma de Jerusalén en 1099 y con el establecimiento en
Anatolia, Siria y Palestina de unos estados latinos gobernados por aristócratas
de Europa occidental, siendo el más importante de ellos el reino de Jerusalén.
Las potencias musulmanas del entorno reaccionaron violentamente a esta
agresión, que había tenido éxito entre otras razones debido a su división
interna. El surgimiento de un jefe militar poderoso y políticamente astuto,
Salah-al-Din ben Ayyûb, que los occidentales llamaron Saladino, permitió la
reorganización de la ofensiva musulmana, que culminó en la batalla de Hattin
con la derrota definitiva de los ejércitos cristianos, la toma de Jerusalén y
el desplome de los estados que habían fundado los cruzados. Al año siguiente,
Federico I Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, decidió
vestir la cruz y emprender una campaña de auxilio para los cristianos latinos
de Oriente. El papa Clemente III recogió su iniciativa y pidió a todos los
reyes y caballeros cristianos la participación en la empresa. Ricardo fue uno
de los primeros en contestar al llamamiento, y en noviembre de ese mismo año se
comprometió a participar en la expedición. Las motivaciones que tenía para
actuar así eran claras; según el especialista en las Cruzadas Jonathan
Riley-Smith, catedrático emérito de la Universidad de Cambridge, «que aquel
lugar que ellos habían liberado para el cristianismo y para Jesús se hubiese
perdido fue considerado un desastre, una humillación para la cristiandad y una
ofensa contra Dios. Por supuesto, en la edad de Ricardo se tenían esas ideas,
pero había otras razones muy acuciantes por las que debía responder tan
rápidamente como él lo hizo: sus antepasados y otros habían tomado parte en las
Cruzadas desde el principio y sus primos eran los gobernantes de Jerusalén».
Pero no fue nada sencillo prepararse para la partida. En ese
momento se hallaba inmerso en un conflicto con su padre, que se resistía a
nombrarlo heredero de la corona inglesa. El rey Enrique, envejecido y enfermo,
inició una última campaña en Francia para doblegar a Ricardo, que se había
aliado con Felipe de Francia para defender sus intereses. Finalmente los dos
derrotaron al viejo rey, que tras ceder a las exigencias de su hijo murió solo
en el castillo de Chinon. Debido a que era el mes de julio y el calor no
permitía el traslado del cuerpo a Grandmont, donde deseaba ser enterrado,
recibió sepultura en la abadía de Fontevraud, muy cercana a Chinon. Allí se le
unirían con posterioridad para su descanso eterno su esposa Leonor y el propio
Ricardo, y todavía hoy se pueden contemplar in situ las bellas efigies
escultóricas que adornan sus tumbas. Así, con treinta y un años, Ricardo
Plantagenet se dispuso a hacerse cargo de su herencia. El 20 de julio de 1189,
en Ruán, se le invistió duque de Normandía en una ceremonia en la que el
arzobispo le ciñó la espada ducal y le otorgó el estandarte del ducado. Sin
perder tiempo cruzó el canal de la Mancha y fue coronado rey de Inglaterra en
la abadía de Westminster con el nombre de Ricardo I el 3 de septiembre. Su primera
tarea fue la de poner paz tras los conflictos familiares que habían dividido al
reino, perdonando a los partidarios de su padre, y preparar la expedición a
Tierra Santa. Para entonces se había unido a la iniciativa Felipe de Francia,
aunque parece que por motivos muy distintos. En opinión del profesor Bates,
«Ricardo fue a las Cruzadas por sentido del deber; Felipe Augusto probablemente
no tenía tanto entusiasmo sino que era una cuestión de prestigio: si uno iba el
otro tenía que ir». Por tanto se estaba preparando una magnífica operación
militar en la que participarían los tres monarcas más influyentes del Occidente
medieval, los de Alemania, Inglaterra y Francia. Aunque la gran iniciativa
estaba ya en marcha, para que se lograse el gran objetivo de reconquistar
Jerusalén había todavía mucho por hacer.
§. Un rey contra los infieles
Para llevar a cabo la marcha hasta el Levante, Ricardo optó por
una vía distinta que la de sus compañeros. Si éstos se pusieron en marcha por
tierra (Federico Barbarroja hacia la península Balcánica y Felipe de Francia
hacia el sur de Italia), Ricardo optó por reunir una gran flota con la que
desplazarse directamente con su tropa, caballos, armas y provisiones hacia el
Mediterráneo, bordeando la costa de la fachada atlántica francesa y a
continuación la península Ibérica. En la organización de la expedición demostró
una capacidad excepcional para la planificación y la organización. Como afirma
el profesor Gillingham, «el ajedrez es una cuestión de administrar los recursos
militares y económicos, mover los alfiles y las torres para conseguir los
objetivos. Ricardo fue famoso, particularmente en las leyendas, por ser un
valiente jinete a caballo penetrando entre las filas moras, pero yo considero
que su mayor capacidad fue una suprema capacidad de organización».
Sin embargo, antes de emprender el viaje tenía que asegurar la
integridad de sus territorios durante su ausencia. El gran punto débil era una
vez más las posesiones francesas del imperio angevino. Ricardo logró llegar a
un acuerdo con Felipe de Francia: mientras que los dos estuviesen en Tierra
Santa se respetarían mutuamente en sus posesiones y el botín que obtuviesen de
la guerra lo repartirían entre ambos. Pero Ricardo todavía tenía que asegurarse
de que el conde Raimundo V de Tolosa no intentase aprovechar su ausencia, ya
que había decidido no ir a Palestina. Para solventar este problema optó por una
vía diplomática, concertando una alianza con el reino vecino de sus posesiones
continentales por su frontera meridional, Navarra. Acordó con el rey Sancho VI
el matrimonio con su hija Berenguela y partió hacia Sicilia, donde debía
reunirse con Felipe II. El profesor Gillingham valora así la operación: «Era
algo predecible que mientras Ricardo iba de Cruzada, el conde de Tolosa atacase
el ducado de Aquitania, por eso quería estar seguro de que mientras estaba
fuera hubiese un aliado que le guardara las fronteras de Aquitania. ¿Con quién
podría casarse? Con Berenguela de Navarra. Era un matrimonio diplomático
inteligentemente calculado para suprimir la amenaza del conde que se quedaba en
casa». No obstante, a quien no gustó nada la concertación de la boda real fue a
su entonces aliado Felipe de Francia, que esperaba que el joven rey inglés se
casase con su hermana. En opinión del profesor Bates, «el matrimonio de Ricardo
con Berenguela echó por tierra un acuerdo de hacía más de veinte años. Eso
significaba que Ricardo ponía fin a cualquier esperanza de amistad futura con
los Capeto».
Sin esperar a celebrar el enlace Ricardo partió, acordando que
su futura esposa se le uniese en el camino. Corría el mes de julio de 1190. El
rey inglés efectuó una primera escala del viaje en Sicilia, donde se reunió con
Felipe de Francia, que sin embargo partió antes hacia Tierra Santa, mientras
que Ricardo permanecía en la isla italiana aguardando la llegada de su futura
esposa. Una segunda escala se efectuó en Chipre, isla que conquistó en quince
días con el objeto de utilizarla como base en la retaguardia para las campañas
de los cruzados. Allí se casaría con Berenguela el 12 mayo de 1191 en la
capilla del castillo de Limasol, y poco después sería coronada reina de
Inglaterra por el obispo de Evreux.
Para cuando por fin llegó a Palestina se encontró con que el
ejército de Felipe estaba ocupado en mantener el sitio de la ciudad de Acre,
sufriendo al tiempo la ofensiva del ejército de Saladino por la retaguardia. La
situación que se planteó no fue fácil puesto que la tensión entre los dos reyes
no había hecho sino aumentar durante el viaje, y ya en tierra un nuevo motivo
vendría a añadir más leña al fuego. En este caso era la existencia de varios
pretendientes al trono de Jerusalén, lo que enfrentaba a ambos monarcas: Guido
de Lusignan contaba con el apoyo de Ricardo y Conrado de Montferrat era el
candidato de Felipe de Francia. Pese a la dureza de la adaptación al nuevo
medio, al hostigamiento del enemigo y a que el rey Ricardo padeció escorbuto
durante el asedio, éste culminó felizmente en julio de 1191, cuando la
guarnición musulmana de Acre terminó por rendirse. Fue una gran victoria de los
reyes inglés y francés, aunque hubo quien quiso aprovecharse de los éxitos
ajenos. Como recuerda el profesor Riley-Smith, «Ricardo y Felipe estaban de
acuerdo en repartir sus conquistas entre ellos. Como vencedores del sitio de
Acre deberían compartirlas, pero ¿qué es lo que ocurrió? Que el duque de
Austria desplegó de repente su estandarte sobre las almenas reclamando una
parte de Acre por derecho de conquista. Algunos soldados ingleses arriaron, con
razón, el estandarte del duque de Austria Leopoldo». El altercado con el duque
de Austria no tendría consecuencias para Ricardo, por el momento.
Tras el esfuerzo de Acre, Felipe Augusto decidió dar por
concluida la aventura cruzada, por la que no sentía mucho entusiasmo, y se
preparó para regresar a Francia bajo promesa a Ricardo de no intentar
arrebatarle sus territorios mientras permaneciese en Palestina. Ricardo optó
por no volver e intentar conquistar Jerusalén, pero antes tenía que solventar
el problema que le planteaban los prisioneros de la guarnición de Acre. Entre
las condiciones de la rendición figuraba que Saladino debería pagar un fuerte
rescate por los cautivos, pero la fecha de plazo para el pago había expirado y
no había noticia del sultán. La tesitura en que le dejaba no era nada cómoda
para el rey, tal y como apunta el profesor Gillingham: «La gente comenzó a
sospechar que lo que Saladino quería era que Ricardo se quedase en Acre, pero
éste quería continuar la campaña y dirigirse a Jerusalén. ¿Cómo podía hacerlo
dejando a dos o tres mil prisioneros en Acre a los que había que alimentar y
custodiar?». Con una crueldad inusitada, Ricardo ordenó la ejecución de los
prisioneros. Dos mil setecientos fueron ajusticiados para que las mesnadas de
Dios pudiesen avanzar en su piadosa campaña de recuperación de los lugares
sagrados de la cristiandad.
Cuando se aprestó con su ejército a salir para Jerusalén,
Ricardo ya era el jefe indiscutible de los cruzados y se había ganado fama de
guerrero de valor indiscutible, que le valió su sobrenombre de Corazón de León,
y talento militar frente a los infieles. Se decidió a seguir la marcha hacia el
sur antes de intentar adentrarse en Palestina con el objeto de contar con el
aprovisionamiento por mar de la flota inglesa. La marcha, en unas condiciones
climáticas adversas y con el hostigamiento continuo del enemigo, fue durísima.
Como señala el profesor Gillingham, «sólo pudieron continuar porque la flota
los seguía y los apoyaba desde la costa, eso significaba que los heridos y los
afectados por insolación podían ser llevados a bordo de los barcos y otros
hombres de refresco tomaban el relevo en esta marcha increíble». En medio de
esta odisea, Saladino optó por cortarle el paso e intentar destruir sus fuerzas
para acabar de una vez por todas con los cruzados en Palestina. El choque de
los dos ejércitos se produjo en Arsuf, en el mes de septiembre. La victoria fue
para Ricardo, que supo utilizar con habilidad en el campo de batalla el arma de
choque de los cruzados, la caballería, que fue lanzada en el momento justo para
desbaratar las tropas enemigas. Vencidos los infieles, siguió avanzando hacia
el sur hasta conquistar el puerto de Jaffa, que fue la base de operaciones
desde la que intentó alcanzar en varias ocasiones la Ciudad Santa. No pudo
conquistarla debido a la debilidad de sus líneas de suministros en un medio
claramente hostil.
Sin embargo, en mayo de 1192 comenzaron a llegar noticias
inquietantes desde Inglaterra. Pese a que había dejado a consejeros leales al
cargo del gobierno, los rumores y noticias que llegaban sobre un intento de
usurpación del poder por su hermano menor Juan, que conspiraba en este sentido
con Felipe Augusto, resultaron sumamente alarmantes. En opinión del profesor
Gillingham, «si la conspiración tenía éxito Ricardo era consciente de que toda
Inglaterra, toda Normandía y quizá Anjou se perderían en su ausencia. Tenía que
volver».
§. Un rey extraviado
Ante la posibilidad de una amenaza a su poder en su propia
familia, Ricardo se apresuró a entablar negociaciones con Saladino. En
septiembre acordó una tregua por la que los musulmanes se comprometían a
respetar el control cristiano de la costa desde Tiro hasta Jaffa y a respetar a
los peregrinos que quisiesen llegar a Jerusalén. Aunque en comparación con los
objetivos iniciales de la campaña estos logros puedan parecer un fracaso en
toda regla, no es ésa la opinión del profesor Riley-Smith: «Lo que consiguió
Ricardo fue algo inmenso; por supuesto que estaba muy enojado por no haber
podido tomar Jerusalén, pero su principal éxito fue recuperar la costa. Además,
la flota egipcia de galeras fue confinada a un puerto desde donde podría hacer
muy poco daño». Por tanto, la supervivencia de los estados latinos de Oriente
quedaba por el momento garantizada y el hecho de que controlasen los puertos
mediterráneos les permitiría mantener el contacto con Europa occidental, para
lo que contaban además con la base de Chipre, conseguida gracias al esfuerzo
personal de Ricardo.
Pero antes de partir un hecho siniestro empañaría su labor en
Tierra Santa. Por una coalición de fuerzas de los cristianos de Oriente se
había visto obligado a aceptar en el último momento a Conrado de Montferrat
como rey de Jerusalén, decisión que le contrarió profundamente. En palabras de
Riley-Smith, «se encontraba ante el hecho de que uno de sus adversarios iba a
ser puesto al frente de Palestina y de las conquistas que a él tanto le habían
costado. El que un oponente político y dinástico del rey de Inglaterra
estuviera al cargo de Palestina era demasiado para él; aunque estuviera a miles
de kilómetros de los territorios de Ricardo, Palestina significaba mucho para
la gente de aquellos tiempos. Hubiese sido una gran humillación para el trono
de Inglaterra y para los esfuerzos diplomáticos ingleses». La noche del 28 de
abril de 1192, Conrado, guerrero respetado y oponente de Ricardo dentro del
bando cristiano de la Tercera Cruzada, murió asesinado. Aunque no se pudo
hallar a los culpables de la atrocidad, inmediatamente se sospechó de Ricardo
por lo oportuno del crimen y por su enemistad personal con el pretendiente
protegido de Francia.
Bajo la sombra de la sospecha zarpó Ricardo I de Inglaterra de
la ciudad de Acre el 9 de octubre de 1192 rumbo a su reino, pero no llegaría
hasta el 13 de marzo de 1194. Tan gran retraso en el regreso se debe a una
sucesión de desgracias en el viaje del rey. Por razones que no están claras, su
barco se separó de la flota inglesa y naufragó en el norte del mar Adriático.
Ricardo se vio entonces en la necesidad de seguir una vía terrestre que
atravesase Europa desde el Adriático hasta el mar del Norte para embarcar de
nuevo y llegar a Inglaterra. Para emprender el viaje decidió mantener su
identidad oculta, disfrazándose con unos pocos acompañantes de mercaderes. Para
algunos historiadores, como el profesor Riley-Smith, la decisión no fue muy
acertada: « ¿Por qué decidió cuando llegó a tierra viajar disfrazado? No tiene
sentido. Quizá porque sabía que viajaba por una Europa que estaba molesta con
el asesinato de Conrado». Las prevenciones del rey estaban justificadas. Cerca
de Viena fue detenido por soldados del duque Leopoldo de Austria. Como recuerda
Riley-Smith, «Conrado era primo de Leopoldo de Austria, primo del emperador
Enrique VI de Alemania y primo de Felipe de Francia. Los Montferrat eran una
familia muy inteligente…», por lo que su captor tenía motivos para no sentir
misericordia por el extraviado rey inglés. Además, ahora tenía una oportunidad
de oro para cobrarse el agravio que le habían infligido los ingleses en la toma
de Acre unos años antes.
El duque Leopoldo decidió que se encerrase a Ricardo en el
castillo de Dürnstein, a orillas del Danubio, donde comenzó un largo
cautiverio. En ese momento, privado de las armas y de la posibilidad de
ejercitarse físicamente, dedicó buena parte de su tiempo al cultivo de la
poesía y la música que había aprendido de niño junto a su madre y que serían
unas grandes aliadas para sobrellevar la que sin duda fue una de las
situaciones más dramáticas de su existencia. Christopher Page, profesor de
Música y Literatura medieval en la Universidad de Cambridge, señala que «existe
un manuscrito francés de finales del siglo XIII, quizá compuesto dos o tres
generaciones después de la muerte de Ricardo. Tiene el rótulo “rey Ricardo”
escrito sobre el primer verso de un poema con música, de modo que nadie duda de
que es de Ricardo Corazón de León. Son suyas tanto la letra como la música ya
que se refiere a su cautiverio. Comienza: “Nadie puede cantar estando cautivo,
a menos que esté muy dolorido”, y continúa diciendo que maldecirá a sus amigos
si le dejan allí por dos inviernos más…». La noticia del cautiverio de Ricardo
no llegó hasta principios de 1193 y en torno a ella existe la leyenda, de época
medieval, de que fue gracias al trovador Blondel que se pudo averiguar su paradero.
Extrañado como otros muchos por la tardanza del rey y sospechando que podía
haber sido hecho prisionero por alguno de sus numerosos enemigos, el juglar
recorrió la ruta que debería de haber seguido Ricardo en su regreso por tierra
cantando junto a los fuertes y prisiones una canción inglesa reconocible por su
soberano. En Dürnstein la habría reconocido efectivamente Ricardo, que le
habría hecho llegar algún tipo de mensaje explicando su situación y que Blondel
habría trasladado hasta Inglaterra.
Sin embargo el cautiverio se alargaría un año más. La liberación
se dificultó cuando Leopoldo, que había exigido un rescate a cambio de la
libertad del rey, decidió vender a su prisionero al emperador Enrique VI del
Sacro Imperio Romano Germánico, que elevó la suma del rescate a ciento
cincuenta mil marcos de plata. Como explica el profesor de Historia en la
Universidad de Newcastle Simon Lloyd, «la demanda del emperador Enrique VI fue
de ciento cincuenta mil marcos por el rescate de Ricardo, una cifra exorbitante
para la época. Al final la administración inglesa pagó sólo cien mil marcos (…)
más de tres veces el presupuesto anual real de entonces. El esfuerzo de la
economía inglesa fue terrible, lo mismo que el de los contribuyentes ingleses;
no hay duda de los estragos que produjo en la economía». La operación se vio
sumamente dificultada por el hecho de que Felipe Augusto hizo todo lo posible
por prolongar el cautiverio de Ricardo, entre otras cosas para apoyar la
insurrección que desde los territorios angevinos de Francia había comenzado
Juan Plantagenet con objeto de hacerse con la corona de su hermano. Ricardo
tuvo noticia de ello en prisión, y no permaneció impasible ante el curso de los
acontecimientos. Como recuerda el profesor Gillingham, «de alguna forma tenía
que seguir jugando al ajedrez de la política europea mientras estaba en
prisión. Juan y Felipe Augusto estaban interesados en que siguiese allí. Como
parece que no tenían mucho interés en pagar una gran suma por él, a Ricardo no
le quedaba más remedio que intentar influir en el emperador. Intentó conseguir
el favor de varios príncipes alemanes para que intercedieran por él, pero para
el emperador la única intercesión era que llegara el rescate». De hecho hizo
pasar a Ricardo por un juicio por la muerte de Conrado y no fue hasta que
recibió cien mil marcos a comienzos de 1194 cuando decidió por fin devolver la
libertad al monarca inglés. Sin más dilaciones Ricardo emprendió el regreso a
su reino. Por fin, tras casi cuatro años de ausencia, volvía a pisar suelo
inglés.
§. Una muerte inesperada
La noticia de la libertad de Ricardo y de su regreso a
Inglaterra produjo pánico entre los seguidores de Juan, que temían una
inminente y cruenta venganza del rey. Sin embargo, dando muestras de un
espíritu de reconciliación similar al que mostró con los partidarios de su
padre tras acceder al trono, perdonó a su hermano menor y a sus seguidores.
Ordenó medidas que reafirmasen su poder, como la celebración de una segunda
coronación, esta vez en la catedral de Winchester, y se preparó para encarar el
principal peligro que amenazaba a su reino. El apoyo de Felipe Augusto a Juan
en su rebelión había tenido un precio, la ocupación de varios de los
territorios franceses de Ricardo. Como éste no estaba dispuesto a admitir
ninguna situación diferente a la de su partida, en el mes de mayo de 1194,
apenas dos meses después de haber regresado a Inglaterra, embarcó para combatir
a los franceses en el continente. Comenzó entonces una guerra con Francia que
se prolongó por cinco años y que tendría como escenario fundamental Normandía.
Como señala el profesor Gillingham, «lo que más molestaba a Felipe Augusto es
que el río Sena que une París con el mar pasaba por Normandía. Lo que quería
realmente era apoderarse del valle del Sena y apoderarse de Normandía, quería
la ciudad de Ruán». Para cortar el avance de Felipe hacia el canal de la
Mancha, Ricardo ordenó construir la gran fortaleza Château Gaillard, que
cumplió su cometido a la perfección.
Pudo negociar con Felipe un armisticio de un año que
aprovecharía para marchar hacia Aquitania. Las razones de este viaje han sido
discutidas. Según el profesor Gillingham, «de acuerdo con una versión Ricardo
fue hacia el sur porque había tenido noticia de un tesoro que había sido
descubierto en tierras de un caballero de Limousin. De acuerdo con otra versión
tuvo que viajar al sur porque debía hacer frente a una revuelta del vizconde de
Limoges y el conde de Angulema. No sería extraño que ésa fuese la razón
auténtica, precisamente contra ellos habían tenido que luchar los duques de
Aquitania en el pasado para retener el control del gobierno. Felipe Augusto,
como enemigo suyo que era, había conspirado contra la casa de los Angevinos,
tratando de que el vizconde de Limoges y el conde de Angulema quebrantasen su
obediencia hacia el duque de Aquitania y se pasaran a su lado». Allí
encontraría inesperadamente la muerte. Al llegar a Aquitania, en marzo de 1199,
puso sitio al castillo de Châlus. Inspeccionando las defensas de la fortaleza
se expuso al campo de tiro de un ballestero que no desaprovechó la oportunidad
y le hirió en un hombro. Los médicos sólo pudieron sacarle la flecha a costa de
gangrenar la herida. El 6 de abril moría y su cuerpo era trasladado a Fontevraud
para reunirse con su padre en su última morada.
Ricardo no dejó descendencia legítima, por lo que la corona pasó
a su hermano Juan, que reinaría hasta 1216 con el nombre de Juan I de
Inglaterra. En opinión del profesor Gillingham, «como Ricardo no había tenido
ningún heredero le sucedió el traidor de su hermano, lo cual iba a costarle muy
caro al reino. El magnífico edificio que Ricardo había tratado de construir,
esa gran estructura política en la que había trabajado tanto se derrumbó
enseguida en manos de Juan, en quien nadie confiaba». En sus primeros cinco
años de reinado perdió frente a Felipe Augusto buena parte de los territorios
continentales de los Plantagenet. Algunos autores señalan este hecho como el
origen de su sobrenombre: Juan «sin Tierra». En ese mismo período de tiempo,
según el mismo Gillingham, su hermano «se convirtió muy pronto en un personaje
de leyenda, aunque se puede decir que casi lo fue en vida, pero desde luego
entró en ella después de su muerte. Se le consideró modelo de reyes, sabio,
prudente, generoso, todo lo que se podía esperar de un rey y desde luego de un
heroico guerrero».
Considerando su trayectoria, tanto desde su nacimiento como la
que se ciñe a sus años de reinado, la figura de Ricardo Corazón de León emerge
como la de un hombre que atendió a los intereses dinásticos de su familia,
manteniendo su imperio territorial; siguió su sentido del deber, acudiendo a
una Cruzada de la que fue el alma y el brazo ejecutor, y encaró la adversidad
intentando sacar lo mejor de sí mismo, como cuando componía versos durante su
cautiverio, una imagen que es al tiempo la más triste y la más emocionante de
alguien que también fue capaz de cometer grandes crueldades en la guerra. Esto
unido a su increíble peripecia por gran parte del mundo conocido en la Europa
medieval, explica por qué desde el momento de su muerte alimentó la imaginación
popular y el mundo literario culto de la caballería. Capaz de concitar la
admiración tanto del campesino como del poeta, del guerrero y del clérigo,
reunió la esencia de todo lo que se consideraba deseable, noble y virtuoso en
un hombre de su época. Ricardo Corazón de León fue, más que ningún otro, el rey
caballero.
Capítulo 13
Marco Polo
Contenido:
§. El viajero de las maravillas
§. Una familia modesta pero valiente
§. Los preparativos del gran viaje a China
§. Viajar para contarlo
§. Las peripecias asiáticas de un veneciano
§. De regreso a Europa
§. La celebridad, después de la muerte
§. El viajero de las maravillas
En 1271 un joven de diecisiete años, Marco Polo, abandonó su
ciudad natal en compañía de su padre y su tío para comenzar un viaje que le
mantuvo alejado de su patria durante veinticuatro años. En ese período de
tiempo atravesó todo el mundo conocido hasta Extremo Oriente donde entró al
servicio del más poderoso monarca de su tiempo, al que sirvió eficientemente y
del que recibió honores y riquezas. Sin embargo abandonó todo esto para volver
a Italia y llevar una vida modesta, alejado de las maravillas que había
conocido y que dejó recogidas en un libro. Muchos son los interrogantes que
rodean la vida del comerciante más célebre que ha dado a la Historia la
Serenísima República de Venecia, comenzando por los datos exactos sobre su vida
y acabando por la veracidad del relato en que contó su viaje y que fue el
cimiento de su fama. De lo que en ella hay de cierto e imaginado se dará cuenta
en las siguientes páginas.
En el siglo XIII Venecia ya era una de las ciudades más
importantes de Europa. Hacía más de cien años que era uno de los núcleos
comerciales más activos del continente gracias a su hegemonía en el comercio
con la costa oriental del Mediterráneo. Las caravanas que desde Asia traían
ricas telas, perfumes, plantas medicinales, especias, perlas, piedras preciosas
y mercancías de valores fabulosos llegaban a los puertos musulmanes y
bizantinos donde eran embarcadas en navíos de los comerciantes venecianos que
desde la ciudad de la Laguna las distribuían por toda Europa, labrando así su
prosperidad.
Las bases de este comercio estaban en los territorios
estratégicos que los venecianos habían conquistado en el mar Adriático y el
Mediterráneo oriental y en la alianza que desde el año 1082 mantenían con el
emperador de Bizancio, que les permitía comerciar sin restricciones en su
territorio. Al mismo tiempo, el contacto de la civilización europea con el
Próximo Oriente gracias a las Cruzadas y las peregrinaciones a Jerusalén había
crecido de forma muy notable desde el final del siglo XI. Esto había producido
que los productos asiáticos se conociesen cada vez más en Europa y que en
consecuencia su demanda creciese de forma sostenida. Se trataba de mercancías
cuyo origen se situaba en tierras lejanas y que sólo estaban disponibles en
cantidades muy reducidas, lo que hacía que su valor fuese muy elevado y que el
comercio con ellas resultase muy lucrativo. Ciertamente los mercaderes
venecianos habían sabido hacerse en poco más de un siglo con un mercado
privilegiado en el que apenas tenían competencia. La única potencia marítima
que podía intentar desbancarles era Génova, cuya posición era muy potente en el
Mediterráneo occidental pero que apenas había penetrado en el comercio de los
productos asiáticos.
§. Una familia modesta pero valiente
Los Polo (o Paulo) eran una familia de comerciantes venecianos
que tenían una participación pequeña pero activa en el comercio con el Levante
mediterráneo. Una tradición iniciada en el siglo XVI afirma que la familia
tenía su origen en una villa costera de Dalmacia, Sebenico (en la actual
Croacia), que era una de las numerosas posesiones venecianas en la costa
oriental del Adriático. Según esta tradición, el traslado de la familia a
Venecia se habría producido en el año 1033, pero los historiadores no han encontrado
testimonios documentales que puedan confirmar esta información. El primer
representante del que hay constancia escrita es Andrea Polo, abuelo de Marco y
del que apenas se sabe nada. Tuvo tres hijos: Marco (llamado el Viejo para
distinguirle del viajero), Niccolò (padre de Marco) y Matteo (llamado también,
en dialecto véneto, Maffeo). Los tres se dedicaron al comercio con Oriente. De
hecho, Marco el Viejo, que dirigió los negocios familiares durante décadas,
vivió largo tiempo en la capital del Imperio bizantino, Constantinopla (actual
Estambul), hasta que regresó a Venecia entre 1275 y 1280.
En el seno de esta familia nació el hijo de Niccolò y su mujer
Fiordalisa Trevisan, Marco. Tradicionalmente se ha señalado como año probable
de su nacimiento 1254, pero esta fecha tampoco se ha podido confirmar con
seguridad. Se sabe además que tuvo un hermano, Matteo, y que no llegó a
convivir mucho tiempo con sus padres. A temprana edad quedó huérfano de madre y
su padre estuvo ausente largas temporadas por su dedicación al comercio. El
niño fue educado en el seno de la familia y se le instruyó para que de adulto
trabajase en el negocio familiar, como hacían su padre y sus tíos. Según Nicola
di Cosmo, profesor de Historia de China y Asia central de la Universidad de
Harvard, «la educación típica de los mercaderes venecianos, como los Polo,
duraba hasta que el muchacho llegaba a los catorce o quince años. En ese tiempo
aprendía, por supuesto, a leer, escribir y aritmética (el “ábaco”, como era
llamado entonces). También aprendía contabilidad. En suma, los conocimientos
básicos necesarios para la actividad comercial».
Mientras que el niño era educado en casa, su padre Niccolò y su
tío Maffeo se habían lanzado a un viaje en busca de nuevos horizontes para la
familia. En 1261 salieron de Crimea, a orillas del Mar Negro, rumbo a Oriente.
En ese momento el interés en establecer relaciones directas con China era
prioritario. La razón fundamental era que las rutas que durante siglos habían
dirigido el comercio desde el Lejano Oriente hasta el Mediterráneo se habían
visto repentinamente desarticuladas por la irrupción de las invasiones de los
mongoles, a quien los europeos de entonces llamaban «tártaros». En 1206 el rey
Temüdjin, que fue conocido en Europa con el nombre de Gengis kan, se hizo con
el mando de todas las tribus de los pueblos mongoles comenzando una serie de
campañas de conquista desde Mongolia hacia el sur y el oeste. Una de las
primeras víctimas de estas campañas fueron los reinos de China del norte (Pekín
fue conquistada en 1215). Las largas guerras, que no se detuvieron con su
muerte pues sus hijos las continuaron hasta 1260, perturbaron el tráfico
comercial entre Oriente y Occidente. Esta interrupción del comercio tradicional
fue un acicate para que mercaderes como los Polo decidiesen arriesgar su propia
vida para abrir nuevas rutas y posibilidades para el comercio. En cierta medida
ése era el espíritu valiente que había permitido a los mercaderes venecianos
abrirse camino en el comercio con Asia. Como afirma el profesor Cosmo, «la
supervivencia de Venecia dependía de su sentido de la iniciativa comercial, de
modo que era una especie de deber patriótico. Por supuesto había otra visión
sobre esto, ya que existía una creciente demanda de productos orientales en
Europa y los beneficios que proporcionaban eran fabulosos».
Pero también hubo motivaciones diplomáticas y religiosas en los
viajes a China que se hicieron a mediados del siglo XIII. En unos siglos en que
periódicamente los europeos se embarcaban en las Cruzadas, circulaban todo tipo
de leyendas sobre posibles aliados más allá de los territorios de los
sarracenos. Así, en el siglo anterior y tras las primeras derrotas en
Palestina, surgió la leyenda del Preste Juan, un rey-sacerdote cristiano que
desde Asia central atacaba a los musulmanes por Oriente aliviando la presión
militar sobre los cruzados. Las campañas de los mongoles hicieron albergar a
algunos mandatarios europeos esperanzas de que estas habladurías pudiesen
materializarse. En 1245 el franciscano Giovanni dei Piano Carpini fue enviado a
China por el papa Inocencio IV, y regresó de su viaje años más tarde. En 1253
fue el flamenco Guillermo de Rusbroek quien fue enviado por el rey de Francia
Luis IX y por Inocencio IV para solicitar la alianza de los mongoles contra los
musulmanes antes de comenzar las Sexta Cruzada. El viaje de Niccolò y Maffeo
Polo se inició sólo ocho años más tarde.
§. Los preparativos del gran viaje a China
Los tíos de Marco regresaron a Venecia en 1269. Entonces se supo
que habían tenido éxito en su viaje y que habían llegado hasta China, donde
habían entrado en contacto con el emperador de origen mongol que entonces regía
el país. Se trataba de Kubilai kan, nieto de Gengis kan. Más allá de la
leyenda, como ha afirmado Morris Rossabi, profesor de Historia de la
Universidad de Columbia (Nueva York), «Kubilai fue una de las grandes figuras
del siglo XIII. No fue sólo un conquistador y un dominador como su abuelo
Gengis kan. Era un hombre verdaderamente civilizado, había recibido una
educación, toleraba la diversidad religiosa… era un individuo ciertamente
excepcional». Tras permanecer un tiempo en su reino y al tener noticia de que
partían, el soberano les comunicó que tenía deseo de establecer comunicación
con el Papa, del que ya había tenido noticias por las embajadas que había
enviado y por lo que de él contaban los cristianos que llegaban a China. Les
dio unas cartas a él dirigidas y les proporcionó una credencial de plomo con su
sello que garantizaba su inmunidad mientras viajasen por sus dominios. Además,
les expresó su deseo de que le enviasen cien sacerdotes para tener conocimiento
de la religión cristiana y de obtener una muestra del óleo de la lámpara de la
iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. Cargados con estas misivas y con el
éxito de haber llegado por una ruta segura que podían volver a emplear en el
futuro, regresaron a Europa.
No se conoce con exactitud cuáles fueron los preparativos que
hicieron en Venecia los dos hermanos para reemprender el regreso a China,
aunque debieron de ser rápidos, ya que en la primavera de 1271 se encontraban
en el puerto de San Juan de Acre (en el actual Israel) en compañía del hijo de
Niccolò, Marco, que les acompañaría en su nueva aventura. El joven debía estar
preparado para una larga ausencia, como la que había mantenido alejado a su
padre desde hacía una década, pero eso era algo que iba prácticamente en la
educación y el espíritu de los comerciantes de Venecia. Como afirma el
explorador y escritor irlandés Timothy Severin, «la forma de pensar de un
comerciante medieval era completamente ajena a nuestro concepto moderno. Un
comerciante veneciano no tenía la misma noción del tiempo. Estaba preparado
para pasarse años y años fuera de su hogar».
Se sabe que en Acre se entrevistaron con el legado papal
Teobaldo Visconti, que se encontraba de paso mientras cumplía su promesa de
peregrinar a Tierra Santa. En 1268 había muerto Clemente IV y todavía no se
había elegido un sucesor, por lo que no era posible facilitarles una respuesta
a las cartas que tenían de Kubilai. Los venecianos, deseosos de emprender el
viaje, no esperaron más y abandonaron el puerto camino a Oriente. Pero cuando
estaban en Armenia recibieron la noticia de que Visconti había sido elegido
Papa el 1 de septiembre con el nombre de Gregorio X, por lo que regresaron a
Acre a esperar noticias de él. Efectivamente, el papa Gregorio les envió a dos
dominicos para que les acompañasen en el viaje, en vez de los cien sacerdotes
que había solicitado Kubilai kan, con instrucciones precisas para responder en
su nombre a sus cartas. Es de suponer que en algún momento los venecianos se
habrían acercado a Jerusalén a recoger la muestra del santo óleo que les había
pedido el rey mongol.
Sin embargo, al poco de empezar el viaje, los dos dominicos
abandonaron el empeño. En la ciudad de Ayas (en la actual Turquía) fueron
testigos del ataque lanzado por el sultán de Egipto contra el rey León III de
Armenia y, atemorizados, entregaron a los venecianos los escritos que llevaban
consigo y se despidieron. Pese a este contratiempo, los Polo no se arredraron y
continuaron con el viaje. De nuevo el espíritu aventurero veneciano y la
ventaja nada desdeñable de que ya tenían experiencia en viajar hacia Oriente
afianzaron su empeño de seguir adelante.
§. Viajar para contarlo
El viaje que comenzaban los Polo estaba llamado a convertirse en
uno de los más célebres de toda la Historia. Seguramente no fue muy distinto
del que habían emprendido el padre y el tío de Marco una década antes, pero
éste alcanzó celebridad universal porque muchos años después el propio Marco lo
pondría por escrito. Gracias a ello los historiadores se han encontrado con una
fuente excepcional y única para documentar los viajes a China en la Edad Media.
El libro fue escrito veinticinco años después del viaje y sin embargo la
riqueza de la información que proporciona es asombrosa. Para muchos
historiadores la clave que explica esta precisión en la narración reside en las
dotes excepcionales de su autor. Para el profesor Rossabi, «Marco Polo era
extremadamente inteligente y observador. El hecho de que fuese capaz de
recordar todos los variados detalles que se encuentran en el libro, muchos de
los cuales son comprobables y parecen ser bastante precisos, señala que era un
hombre excepcional, muy receptivo. Su inteligencia está fuera de toda duda».
La variedad de datos aportados en el libro de los viajes de
Marco Polo va desde las costumbres y usos de los pueblos que habitaban las
tierras que atravesó hasta detalles de la flora y fauna de Asia. En opinión de
Timothy Severin, «si Marco Polo fuese un viajero moderno, se le podría
describir como un antropólogo o un etnógrafo. Estaba muy interesado en las
costumbres y hábitos de los pueblos. Por un lado, era un mercader y siembre
buscaba los productos naturales del país, pero al tiempo estaba pendiente de la
gente, de sus costumbres sociales, lo que comían, su arquitectura, todo lo que
atraía su mirada». Su interés lo abarcaba todo, lo nuevo y lo ya conocido, lo
que veía y lo que le contaban. De hecho este interés enciclopédico le llevó a
incluir información que sólo había conocido de oídas o de la que había tenido
noticia por otras vías y no sólo aquello que había visto con sus propios ojos.
Esto ha originado que en el libro haya fallos, lagunas o pequeñas
contradicciones que han llegado a poner en duda la fiabilidad de la obra
completa. Según el profesor Rossabi, «todavía hay cierta controversia sobre si
realmente Marco Polo llegó a China. Él afirma que su padre y su tío jugaron un
importante papel en una gran batalla que enfrentó a los mongoles con la dinastía
Song. Lamentablemente la batalla tuvo lugar tres años antes de que Marco Polo
llegase a China. A pesar de estos errores y contradicciones, mi criterio es que
no hay duda de que llegó a China, ya que hay muchos datos en su obra que son
exactos».
Otro de los factores que pueden explicar estas incoherencias
ocasionales del libro es el de las circunstancias en que fue escrito. En 1298,
tres años después de regresar de China, Marco Polo fue apresado por los
genoveses en un combate naval frente a la costa dálmata, ya que desde 1293
Venecia y Génova estaban en guerra. Marco fue llevado prisionero a Génova y en
su celda coincidió con un escritor, Rustichello de Pisa. Fue durante este
cautiverio cuando Rustichello puso por escrito las historias y las descripciones
que Marco Polo le iba contando sobre su viaje a China. Tradicionalmente se ha
afirmado que Marco dictaba a Rustichello el relato, pero en las últimas décadas
algunas voces ponen en duda esta versión. Según el medievalista francés Jacques
Heers, «la óptica y los puntos de vista de ambos no están siempre de acuerdo,
lo que da lugar a ciertas incongruencias. Las Maravillas son, de hecho, una
obra de colaboración». El libro no tuvo un título formal, corrió en versiones
manuscritas durante doscientos años y la imprenta a partir de entonces fue muy
generosa con él en ediciones. Fue conocido con los títulos deLos viajes de
Marco Polo, El libro de las maravillas, Il Milione o sencillamente El libro de
Marco Polo.
§. Las peripecias asiáticas de un veneciano
Pese a estos solapamientos y lagunas, sí ha sido posible
reconstruir el itinerario que siguieron los tres venecianos a través de Asia
hasta llegar a China. El plan inicial era salir de los territorios cristianos
de Oriente (Armenia) hasta el valle alto del Éufrates para girar hacia el sur y
dirigirse a Ormuz. En aquel entonces esta ciudad portuaria era el extremo
occidental de todas las rutas marítimas que partían hacia la India y China. El
plan era tomar un navío que les llevase hasta China y hasta allí llegaron con
ese objetivo. Pero parece que por problemas en la nave tuvieron que renunciar a
su proyecto y al final optaron por una vía terrestre que atravesaba Persia, los
reinos tribales del Asia central (el actual Afganistán) hasta Badakhshán, y
desde allí, por la depresión del Tarim y el desierto de Gobi, se adentraba en
el territorio chino. Quitando algún encuentro ocasional con bandidos, el viaje
no fue demasiado sobresaltado. Según Severin, los Polo aprovecharon la
organización del sistema de comunicaciones instaurado por los mongoles en los
reinos asiáticos: «Cada vez que llegaban a un puesto fronterizo negociaban con
dos o tres soldados para que los escoltasen a ellos y a sus carros
desvencijados. A medida que se introducían en un territorio más difícil tenían
que pasar las mercancías a las alforjas de los animales. Eso significaba que
sólo se podían transportar bienes de alto valor en pequeña cantidad, y
finalmente esa pequeña cantidad acabarían siendo las joyas, ya que los hermanos
Polo comerciaban con ellas, y podían llevarlas encima». Éste era el método
usado normalmente por los comerciantes, que les permitía aprovechar sus
recursos intentando obtener la mayor seguridad posible.
El viaje fue largo —tres años según el propio Marco Polo— debido
a las inclemencias del clima, que retrasaron mucho su avance. Finalmente
pudieron adentrarse en el territorio bajo soberanía del Gran Kan, desde donde
la ruta fue más fácil ya que contaban con el salvoconducto con el sello que
Kubilai había proporcionado a Niccolò y Maffeo en su primer viaje. El propio
Marco Polo afirma en su libro que en cuanto el rey tuvo noticia del regreso de
los comerciantes venecianos les hizo llevar a su presencia. El primer encuentro
entre Marco Polo y Kubilai kan se produjo en su palacio de verano de Shangdu
(que él llamó en su libro Ciandu y que posteriormente se ha conocido por el
nombre de Xanadú). La impresión que produjo el palacio en el joven de veinte
años debió de ser profunda, y la descripción que de él dejó en el libro da
muestra de la sofisticación y el refinamiento de una civilización que era
prácticamente desconocida en Europa: «A tres jornadas de la ciudad de Cigamor
se encuentra al aquilón la ciudad de Ciandu, que edificó el gran rey Kubilai,
en la cual hay un palacio de mármol muy grande y hermoso, cuyas salas y
habitaciones están adornadas de oro y pintadas con gran variedad. Junto al
palacio se extiende el bosque del rey, cercado en derredor de muros de mármol
que tienen quince millas de perímetro. En ese bosque hay fuentes y ríos y
muchas praderas; está poblado de ciervos, gamos y cabras para que sirvan de
alimento a los gerifaltes y halcones del rey. (…) A menudo caza allí el
soberano, y lleva a la grupa del caballo que monta un leopardo domesticado. (…)
En medio del bosque tiene el rey una casa bellísima hecha de cañas y dorada
totalmente por fuera y por dentro y adornada con pinturas diversas, que están
cubiertas de barniz con tal esmero que no puede borrarlas la lluvia». Ésta
sería sólo una de las descripciones que legaría al mundo un hombre fascinado
por la revelación de una civilización tan avanzada o más que la europea y de la
que apenas se tenía conocimiento en su patria.
Marco Polo relata también la grata acogida que les brindó el rey
y cómo se le entregaron las misivas papales a él destinadas y el óleo de la
lámpara del Santo Sepulcro que había solicitado. Kubilai debió de quedar muy
complacido, puesto que hizo permanecer al joven Marco junto a él, tomándole a
su servicio y encargándole varias misiones de relevancia en regiones
fronterizas o vecinas a su imperio. En opinión de Timothy Severin, Marco
«estaba muy cualificado para esto porque después de todo no tenía un interés
personal en ello. Era ciertamente un buen observador y un comerciante, lo que
tuvo que resultar muy importante para el Gran Kan. Kubilai estaría interesado
en información, especialmente en la comercialmente valiosa, aquella que podría
incrementar su riqueza». Además hablaba varios idiomas asiáticos después de
tres años de viaje, por lo que reunía unas condiciones inusuales que lo
convertían en un invitado muy útil para el mandatario chino.
Así fue como comenzó un servicio que le llevaría en 1277 a ser
nombrado comisionado de segunda clase y agregado al consejo privado del kan.
Ese mismo año emprendería misiones a Sichuán y Yunnan, en 1284 viajaría hasta
Ceilán y en 1288 a Tíbet y Birmania. Se ha sugerido que también podría haber
servido al kan formando parte de embajadas a destinos tan lejanos como la India
e incluso Java. Durante tres años se le encomendó también la administración del
gran centro comercial de Yangzhou. Según el profesor Rossabi, «Marco Polo
estaba deslumbrado con Yangzhou, una ciudad de tres millones de habitantes
aproximadamente. Una ciudad bellamente salpicada de canales, lagos, parques…
Era sofisticada, mucho más que Venecia o cualquier otra ciudad europea del
momento».
§. De regreso a Europa
Pese a que la fortuna de los Polo en China estaba siendo
favorable, solicitaron a Kubilai kan permiso para regresar por razones
desconocidas. Es presumible que el rey se resistiese a dejar marchar a quienes
se habían convertido en valiosos sirvientes. El profesor Rossabi afirma que
«habían desempeñado para él un papel importante como enviados extraordinarios.
Le habían ayudado a interpretar y traducir textos latinos y en otras lenguas de
modo que realmente los valoraba. Seguramente no deseaba dejarles partir de
China en aquel momento». Pero la ocasión se presentó en 1292. En aquel año el
Gran Kan había concertado el matrimonio de una joven princesa de su familia,
que aparece en las fuentes con el nombre de Cocachín o Cogatim, con un alto
dignatario persa o tártaro. Por ello encargó a los tres comerciantes venecianos
que escoltasen a la princesa hasta Ormuz y, en caso de cumplir con éxito la
misión y entregarla allí a los enviados de su futuro marido, quedarían libres
para regresar a Occidente. Se proyectó un viaje por vía marítima, siguiendo en
sentido inverso la ruta que originalmente pensaron los Polo para llegar a
China. Fue preparado con detalle y a los venecianos se les volvió a entregar el
salvoconducto sellado y una partida de fondos para facilitar el desarrollo del
viaje. Ésta se les entregó en papel moneda, inventado ya por los chinos y con
validez incluso en algunos territorios fuera de sus fronteras. Partió un
séquito marítimo de varios navíos, pero una sucesión de tormentas y
enfermedades diezmaron la tripulación y el pasaje. Llevó un año entero llegar
hasta el puerto persa de Ormuz, donde arribaron en 1293.
Allí los Polo se separaron de la princesa, quien, según Marco,
les concedió una pequeña escolta para que llegasen salvos a un punto desde el
que navegar a Venecia. Ese puerto fue Trebisonda (en la actual costa turca del
Mar Negro), capital de un reino aliado de los genoveses. En él fueron víctimas
de un atropello ya que se les requisó buena parte del equipaje que traían desde
China, incluyendo las ganancias de todos los años de comercio durante su
estancia en Extremo Oriente. Como afirma el profesor Cosmo, «los beneficios de
los diecisiete años que pasaron en China estaban aparentemente perdidos.
Sabemos de esta pérdida gracias a documentos notariales encontrados en Venecia,
que describen un intento del gobierno veneciano para recobrar las pérdidas de
los Polo». Efectivamente, parece que en 1301 Génova pagó como indemnización por
este episodio mil libras en moneda veneciana a la familia de comerciante.
Pese al episodio, los tres viajeros pudieron salvar lo
suficiente como para embarcarse y llegar a Venecia veinticuatro años después de
haber partido de allí. Los problemas que debieron de encontrar al llegar no
fueron menores. En palabras del profesor Cosmo, «parece que incluso sus
familiares tuvieron problemas para reconocer a aquellos tres hombres. Tras una
ausencia tan larga apenas hablarían, y con dificultad, su lengua nativa.
Estaban más familiarizados con el persa, el turco y el mongol que con el italiano.
Su vestimenta era oriental. Sus caras no les eran familiares. Sin duda alguna
encontraron un mundo muy distinto a su regreso, pero probablemente porque ellos
habían cambiado más que Venecia». Marco Polo regresaba con cuarenta y un años a
su hogar con una dilatadísima y valiosa experiencia pero sin las riquezas que
le había proporcionado su gran viaje.
Pero la estancia en Venecia de Marco Polo no fue por mucho
tiempo. Génova estaba en guerra con Venecia desde 1293, en uno de los
frecuentes episodios bélicos entre las dos repúblicas rivales por hacerse con
el control del comercio en el Mediterráneo. En septiembre de 1298, Marco estaba
a bordo de una galera veneciana que intervino en el combate naval frente a
Curzola (la actual Korčula, en la costa adriática de Croacia). La embarcación
fue asaltada por los genoveses, que llevaron presos a todos sus pasajeros hasta
Génova. Durante todo un año estuvo en prisión y fue entonces cuando coincidió
con Rustichello de Pisa, que se encargaría de poner por escrito sus vivencias
en China.
En 1299 Marco Polo fue liberado y regresó a Venecia, donde por
fin pudo instalarse y dedicarse a sus negocios. Ha llamado poderosamente la
atención que con posterioridad a su viaje a China no se dedicase a empresas
comerciales a gran escala con Asia. Su padre murió hacia 1300 (su tío Marco el
Viejo lo había hecho ya con anterioridad), y el resto de la familia siguió
manteniendo el contacto con Constantinopla, aunque siempre para negocios de
tráfico de productos asiáticos a pequeña escala. Se sabe que contrajo
matrimonio con Donata Badoer y que tuvieron tres hijas —Fantina, Bellela y
Moretta— que lograron matrimonios ventajosos; de hecho, la última se casó con
un miembro de la poderosa familia Dolfin, Ranazzo. Pero muy poco más se sabe
sobre el viajero que hizo fortuna en el imperio del Gran Kan.
Murió tras un año de enfermedad en 1324, aproximadamente a los
setenta años, una edad avanzadísima para la época. Se ha conservado su
testamento, que aporta poco más de lo señalado hasta ahora, pero que recoge su
disposición para manumitir a un esclavo de raza tártara llamado Pietro, que
posiblemente llevaría con él desde su viaje de regreso. Fue enterrado en la
parroquia de San Lorenzo de Venecia, donde solían ser enterrados los miembros
de su familia, aunque no se sabe exactamente dónde ya que sus restos fueron
trasladados hace más de doscientos años durante unas obras en la iglesia sin
que haya quedado constancia de dónde fueron depositados.
§. La celebridad, después de la muerte
Durante los veintinueve años que transcurrieron entre el regreso
de Marco Polo, su padre y su tío a Venecia y la muerte de Marco, éste no
recibió en ningún momento reconocimiento alguno de sus paisanos. De hecho es
muy posible que éstos no creyesen las historias contadas por los viajeros a su
regreso, sobre todo cuando con posterioridad no emplearon la valiosa
experiencia que habían adquirido en China para mejorar económica y socialmente.
Algo parecido pasó con el libro de Marco Polo. Su circulación manuscrita parece
haber sido temprana (en francés, latín e italiano) pero pronto se ganó la
reputación de relato fabuloso y poco fiable. De hecho, el nombre italiano Il
Milione («el millón») procede de las fabulosas sumas de las que en él se
hablaba. En palabras de Timothy Severin, «siempre que Marco Polo menciona algo
relacionado con China las cantidades son colosales, de modo que se decía: “¡Oh!
Este hombre habla constantemente de miles y de millones”. Esa sensación
persiste hoy en día». En pocas décadas se llegó a apodar a Marco PoloMesser
Milione («micer millón») o sencillamente Marco Milione.
Efectivamente, su narración está adornada con multitud de
detalles introducidos para atraer la atención del lector y despertar su
fantasía sobre tierras tan lejanas, pero la investigación moderna ha podido
verificar la autenticidad de muchos de los datos que se aportan en él. Incluso
en cuestiones concretas las aportaciones de Marco Polo son insustituibles,
puesto que proporciona visiones que no están contenidas en otros documentos.
Como comenta el profesor Rossabi, «las fuentes chinas proporcionan una imagen
burocrática de Kubilai kan pero Marco Polo nos da alguna información sobre su
persona. Sus observaciones, su inteligencia y, junto con ello, la relevancia de
su libro no pueden ser minusvaloradas. Tuvo un gran impacto en el deseo de los
europeos de aumentar sus relaciones con Asia oriental y ha permanecido como la
primera visión europea sobre esa parte del mundo».
Sin lugar a dudas son estos dos puntos los que concentran la
importancia del legado de Marco Polo a la Historia y justifican la celebridad
que adquirió, aunque en el inicio tuviese su aportación alguna carga
peyorativa. Fue el primer europeo que trató de dar una visión lo más completa
posible del mundo chino, haciéndolo de forma respetuosa y sabiendo transmitir
la idea de que más allá de Europa existían pueblos desarrollados con reyes
civilizados, estados complejos y sistemas culturales refinados. A partir de
Marco Polo Europa tuvo la conciencia de que no estaba sola en el mundo. Pero
además el libro de Marco Polo fue un estímulo para las generaciones que le
siguieron, sobre todo en el siglo posterior. «La contribución de Polo fue la
información. Estaba llamado a convertirse en una fuente de maravillas y
curiosidades, así que más adelante la gente se sentiría tentada de comprobar si
lo que describía existía de verdad. Marco Polo era realmente una mina de
información y esa mina sería explotada durante siglos», afirma Timothy Severin.
Cuando portugueses y españoles se lanzaron a la exploración del
Atlántico en el siglo XV lo hicieron con el deseo de comprobar lo que había
dejado escrito Marco Polo: los portugueses, dando el gran rodeo de la
circunnavegación de África para llegar a Extremo Oriente; Colón, navegando
hacia el desconocido Occidente pero con el mismo objetivo. Es conocido el hecho
de que Cristóbal Colón tuvo un ejemplar de El libro de las maravillas (impreso
en Amberes en 1485) que anotó de su puño y letra y que ha llegado hasta
nuestros días. Es la prueba más palpable de que el espíritu de Marco Polo se
prolongó en los siglos siguientes en varias generaciones de hombres que se
embarcaron rumbo a… ¿lo desconocido? No, rumbo a lo que había visto a mediados
del siglo XIII un comerciante veneciano.
Y sin embargo el relato del largo viaje de Marco Polo tiene
todavía el poder de cautivar la imaginación de quien se acerca a él y de
transportarlo al descubrimiento de tierras lejanas, física e imaginariamente.
Se ha recogido por escrito una anécdota apócrifa según la cual al correr por
Venecia la noticia de que Messer Milione estaba gravemente enfermo y que su
muerte era cuestión de días, quizá de horas, unos familiares se acercaron a
despedirse de él. En la soledad de su alcoba uno de ellos le preguntó si había
mentido en todo lo que había contado y puesto por escrito. Dicen que la
respuesta del moribundo fue: «No conté ni la mitad de lo que vi».
Capítulo 14
Juana de Arco
Contenido:
§. La guerrera santa
§. La Francia de la Guerra de los Cien Años
§. La voz de Dios: de Domrémy a Orléans
§. Un reino para el rey de Francia
§. La guerrera santa
En 1431 una joven de apenas diecinueve años, exhausta tras un
largo proceso inquisitorial que no había conseguido su retractación, era
conducida a la hoguera en nombre de Dios. Inglaterra respiraba aliviada.
Francia, dividida en luchas políticas intestinas, contemplaba absorta cómo
aquella que había puesto en las manos del heredero de los Valois una corona que
parecía condenado a perder caía víctima de sus enfrentamientos internos. La
historia de esta campesina, adolescente, virgen, santa y guerrera estaba llamada
a convertirse en uno de los mitos fundacionales de la identidad nacional
francesa, en el símbolo de su dignidad por antonomasia. Desde su contemporánea
Christine de Pizan, pasando por Voltaire, Mark Twain, Bernard Shaw o Carl
Dreyer, la literatura, el teatro e incluso el cine se han conmovido con su
epopeya. Ésta es la historia de Juana de Arco, la Doncella de Orleans.
Juana de Arco nació en el seno de una familia campesina de una
pequeña villa de la Lorena francesa, Domrémy, hacia 1412. Hija de Jacques Darc
e Ysabeau (el apellido de su madre no se ha establecido con certeza) y hermana
menor de tres varones, es poco lo que se sabe con seguridad sobre su infancia.
La reconstrucción de sus datos biográficos procede de las actas de los procesos
de condena por herejía y posterior rehabilitación de los que fue protagonista y
que han llegado a nuestros días de forma fragmentaria y a través de copias, ya
que los originales se han perdido. Como ha indicado el medievalista Georges
Duby en su obra sobre ambos procesos, del primero de ellos sólo se conservan
algunos vestigios recopilados en 1456 por los investigadores que estuvieron a
cargo de la rehabilitación de Juana. Es principalmente de los fragmentos de los
interrogatorios que estos documentos trasladan de donde los historiadores han
podido extraer datos como la fecha y el lugar de nacimiento de la joven heroína
francesa o cómo fue su entorno familiar de niñez y adolescencia.
Todo parece indicar que la infancia de la llamada «Doncella de
Orleans» fue la convencional de una niña campesina de la Europa del siglo XV.
La sociedad fuertemente patriarcal de la época establecía unos patrones
sociales y de género claramente definidos y aceptados. La sociedad en su
conjunto debía ser reflejo de un orden natural que se entendía fijado por Dios
y cuya alteración se entendía en términos de desafío y por tanto de pecado.
Dicho orden asignaba papeles diferenciados a hombres y mujeres, pues mientras a
los primeros les correspondía el ámbito de lo activo y público, a las segundas
les correspondía el de lo pasivo y privado. Así, mientras los varones debían
asegurar la manutención de la unidad familiar mediante su trabajo fuera del
hogar, las mujeres quedaban consagradas a lo doméstico y, en consecuencia, a
todo lo relacionado con el cuidado de los miembros de la familia. Bien es
cierto que la participación de las mujeres campesinas en los trabajos
propiamente agrícolas está documentada desde la Antigüedad, y en ese sentido no
cabe duda de que Juana de Arco no fue una excepción. Juana creció aprendiendo a
combinar las labores domésticas que su madre le enseñaba con las tareas del
campo cuando su participación en éstas se hacía necesaria.
Como era entonces habitual, y tal y como ella misma reconoció en
los interrogatorios, no sabía leer, de modo que sus conocimientos,
especialmente en materia religiosa y política, procedían de la transmisión oral
recibida en el marco de la vida privada. Su madre, de la que no se sabe nada,
debió de ser esencial en la formación espiritual de Juana, como también debió
de serlo la entonces frecuente presencia de miembros de las órdenes mendicantes
—especialmente la franciscana— en el campo francés, asunto este que se
revelaría determinante en su posterior experiencia mística. Pero si todo fue
normal y predecible en la formación de Juana de Arco, ¿qué pudo motivar que una
joven de dieciséis años que decía escuchar la voz de Dios y de los santos no
sólo estuviese convencida de que tenía por misión liberar a Francia del yugo
inglés, sino que además convenciese al mismo delfín Carlos de tal misión y que,
lo que resulta aún más espectacular, la llevase a cabo?
§. La Francia de la Guerra de los Cien Años
El tiempo ha dejado interpretaciones de la figura de Juana de
Arco para todos los gustos, desde aquellos que la han presentado como una
iluminada o una visionaria, hasta quienes han visto en ella una loca, una
rebelde o una elegida por Dios. Lo cierto es que, ya fuese un poco de cada cosa
o nada de ninguna de ellas, de lo que no cabe duda para cualquier historiador
es de que la joven Doncella de Orleans fue producto de la Francia de su tiempo
y sólo en ese contexto de comienzos del siglo XV, es decir, en el de la guerra
de los Cien Años, puede entenderse el surgimiento de una figura de sus
características.
La llamada guerra de los Cien Años (1337-1453) fue en realidad
un enfrentamiento sostenido largamente en el tiempo entre las coronas inglesa y
francesa aderezado con importantísimos conflictos internos, y salpicado por
etapas de relativa calma. En el momento en que nació Juana de Arco (1412) la
guerra se hallaba en la que tradicionalmente se reconoce como su tercera etapa
(1396-1422), y por tanto su infancia transcurrió en esta fase del contencioso.
Pero la guerra se había gestado mucho antes y lo que había nacido como un
conflicto dinástico de carácter feudal era para entonces un enfrentamiento
abierto por el control de la corona de Francia que se apoyaba en las divisiones
internas de los propios franceses. Simplificar una guerra tan compleja como la
de los Cien Años a un maniqueo enfrentamiento entre Francia e Inglaterra no
sólo es históricamente falso, pues, entre otras cosas, en el siglo XV no
existía un estado-nación inglés ni uno francés, sino que además impediría
entender la historia de Juana de Arco y muy especialmente los motivos por los
que fue procesada y condenada.
La Inglaterra y la Francia medievales no eran un territorio
único bajo el mando de un rey. Las monarquías feudales eran en realidad
conglomerados de múltiples territorios que bajo el reconocimiento teórico de un
mismo rey tenían sus propias leyes e instituciones. Los lazos que ligaban a
unos territorios con otros eran de carácter feudal, es decir, nacían del
reconocimiento de la autoridad de unos señores sobre otros mediante la
institución del vasallaje. De este modo, un vasallo reconocía la autoridad de
un señor al que jurídicamente estaba sometido y al que estaba obligado a
prestar consejo político y auxilio militar ( consilium et auxilium). Pero las
complejas redes matrimoniales establecidas entre las grandes familias europeas
complicaban aún más la situación, ya que un rey podía recibir por matrimonio o
herencia un territorio del que era señor y al mismo tiempo ser vasallo de otro
rey, lo cual, lógicamente, podía desembocar en disputas por conflicto de
intereses.
Desde el siglo XI, los monarcas ingleses (primero de la casa de
Normandía y después de la dinastía Plantagenet) poseían amplios dominios en
territorio francés, de modo que hacia finales del siglo XII el rey inglés era
también duque de Normandía, Poitou y Aquitania y conde de Anjou, Maine y
Turena, y, en consecuencia, vasallo del rey francés en todos esos territorios.
Con tal panorama el conflicto estaba asegurado y así fue hasta que en 1259,
mediante la Paz de París, los dominios ingleses en Francia quedaron reducidos a
un pequeño territorio de Aquitania llamado Guyena. Aun así, los enfrentamientos
no cesaron ya que con frecuencia los reyes ingleses trataron de obviar su
condición de vasallos de los monarcas franceses en este territorio, y éstos por
su parte emplearon su prerrogativa de señores como forma de hostigar a los
ingleses. Fruto de ello fueron las confiscaciones temporales del feudo de
Guyena llevadas a cabo por los segundos en 1294, 1323 y 1337, la última de las
cuales fue el detonante del conflicto que conocemos como guerra de los Cien
Años. Ante la ofensa que suponía la confiscación del territorio y aprovechando
la coincidencia con los problemas sucesorios de la corona francesa (Felipe VI
de Valois había sido proclamado rey de Francia en 1328 excluyéndose, entre
otros candidatos al trono, a Eduardo III de Inglaterra, que como nieto por vía
materna de Felipe IV de Valois podría haberlo reclamado), Eduardo III proclamó
la ilegitimidad del Valois y rompiendo con París reclamó para sí la doble corona
de Francia e Inglaterra. Comenzaba una guerra que habría de durar más de un
siglo y en la que Juana de Arco jugaría un papel determinante.
No menos importante que el enfrentamiento entre ambas coronas en
el devenir de la guerra de los Cien Años fueron los respectivos conflictos
internos. La resistencia de Escocia a la hegemonía inglesa tenía su
contrapartida francesa con los problemas de los reyes franceses en Artois,
Flandes o Bretaña, por poner algunos ejemplos. Además, las tensiones cortesanas
de carácter político contribuían a un mayor envenenamiento de la situación. La
intensidad de estas exigencias internas motivó la relajación de la tensión
anglo-francesa en varios períodos, si bien la cuestión de fondo permanecía sin
resolver. Cuando en 1412 nació Juana el conflicto bélico continuaba por tanto
abierto, pero ¿cuál era la situación concreta de Francia e Inglaterra entonces?
El brillante reinado de Carlos V (1364-1380) había concluido con
una auténtica recuperación del prestigio real francés; el control de los
conflictos internos parecía por fin una realidad y los acuerdos alcanzados en
los territorios de influencia inglesa parecían garantizar una calma relativa.
Pero a su muerte, la minoría de edad de su heredero, Carlos VI, impuso un
período de regencia en el que rápidamente se configuraron en la corte grupos de
poder enfrentados tanto por su forma de entender la política como por sus
intereses particulares. La conclusión de la regencia en 1388 no puso fin a la
situación pues las muestras de locura evidente del rey desde 1392 sólo
contribuyeron a agravarla. En este escenario de facciones políticas, dos
actores destacaban particularmente: el duque de Borgoña, Juan sin Miedo, y el
duque Luis de Orleans. El primero simpatizaba con la línea política más
reformista defendida principalmente por la facción cortesana de los burgueses
recientemente ennoblecidos, eran los llamados «borgoñones». El segundo era una
de las cabezas visibles de la facción contraria a los reformistas e integrada
por la vieja nobleza emparentada con el rey, eran los «armañacs». El asesinato
de Luis de Orleans a manos de sicarios de Juan sin Miedo en 1407 y la aplicación
del reformismo furibundo de los borgoñones generaron un enfrentamiento de tal
calado que los historiadores no dudan en referirse a él como guerra civil.
Hacia 1412 la situación estaba completamente descontrolada. Ambas facciones
pugnaban por hacerse con los resortes del poder en Francia y para ello no
dudaron en pedir apoyo militar a Enrique IV de Inglaterra. En palabras del
profesor de Historia medieval Emilio Mitre, «después de más de veinte años de
tregua, la guerra civil y la guerra internacional iban a prender de nuevo en
una Francia a la que la locura de un rey, la frivolidad de una reina y la
desmedida ambición de la alta nobleza dejaban reducida a la impotencia».
Y obviamente Inglaterra no estaba dispuesta a dejar pasar
semejante oportunidad. La casa de Lancaster había accedido al trono inglés con
Enrique IV en 1399 tras destronar al rey legítimo Ricardo II. La necesidad de
asegurar su recién adquirido poder condujo al monarca a una política de control
interno férreo que consiguió sofocar los grandes focos tradicionales de
conflicto, especialmente Gales. Con las cuestiones domésticas bajo control, la
posibilidad de intervenir en Francia so pretexto del conflicto entre borgoñones
y armañacs parecía cuando menos tentadora. Pero sería su hijo Enrique V, que le
sucedió en 1413, quien verdaderamente decidió aprovecharla y lo supo hacer tan
bien que el mismo Shakespeare inmortalizaría su hazaña.
En el verano de 1415, Enrique V, tras dar por fracasadas unas
negociaciones diplomáticas con los armañacs, entonces en el poder, que no
colmaban sus expectativas (se le había ofrecido Aquitania pero se le negaba
Normandía) consideró que había llegado el momento propicio para intervenir
militarmente en Francia. La división interna jugaba a su favor y si bien
contaba con la oposición de los armañacs, el apoyo de los borgoñones parecía
probable. Sin embargo, una vez desembarcado en territorio francés y tras asediar
y ocupar Harfleur, la lluvia y la disentería pusieron en jaque su operación. El
rey inglés no dudó en replegar sus fuerzas hacia Calais pero cuando lo hacía
fue interceptado por un gran ejército reclutado por los armañacs. La batalla de
Azincourt es sin lugar a dudas una de las más conocidas de la época medieval.
La derrota de la mayor parte de la nobleza francesa a manos de un grupo de
hombres de armas y arqueros comandados por Enrique V cuando todo hacía
presagiar la derrota inglesa adquirió rápidamente el carácter de epopeya.
Cayeron quinientos ingleses pero el número de bajas del bando francés fue diez
veces superior. Cuando poco tiempo después un triunfante Enrique V regresase a
Inglaterra pocos se atreverían a poner en duda sus posibilidades de éxito.
Una vez asegurado el apoyo de los borgoñones mediante un pacto
con el duque de Borgoña por el que éste se comprometía a reconocer vasallaje al
rey inglés cuando hubiese logrado hacer realidad la doble monarquía
anglo-francesa, y con un bando armañac hundido tras la derrota de Azincourt,
Enrique V volvió a desembarcar en Normandía en 1417. Desde entonces y en sólo
dos años fue engarzando una victoria tras otra (Bayeux, Alençon, Vire,
Saint-Lô, Rouen…) mientras Francia se descomponía en luchas intestinas. El asesinato
de Juan sin Miedo, cabeza del bando borgoñón, a manos de los armañacs
terminaría de precipitar la situación: el 21 de mayo de 1420, borgoñones e
ingleses firmaron el Tratado de Troyes. Por él se reconocía al demente Carlos
VI como rey de Francia hasta su muerte, pero se pactaba el matrimonio de
Enrique V con su hija Catalina y se le reconocía como heredero de Francia, es
decir, que a la muerte de su suegro se convertiría en rey de Francia e
Inglaterra. Controlar hasta entonces como regente, y con el apoyo borgoñón, a
un rey loco resultaba mucho más sencillo que eliminarlo cometiendo regicidio.
El único obstáculo era la existencia de un hijo del monarca
francés, el delfín Carlos, que entonces contaba diecisiete años, pero el
tratado también se ocupaba de él. La connivencia de la reina con el bando
borgoñón vino a facilitarlo aún más: según el Tratado de Troyes, el delfín
Carlos era «ilegítimo», lo que corroboró su madre, y «reo de horribles crímenes
y delitos», pues el asesinato de Juan sin Miedo se había producido en su
presencia, y como tal no podía acceder al trono. Sin embargo, el «supuesto delfín
del Vienesado», como se referían a él los firmantes del tratado, se convirtió
para buena parte de los nobles franceses en el símbolo de la oposición al
invasor inglés. Frente a un acuerdo impuesto a un rey enfermo mental y la
ruptura de la línea sucesoria directa, el delfín Carlos encarnaba la
independencia de la corona francesa y la continuidad dinástica por vía directa
de los Valois. En consecuencia, de forma paralela al aparato de gobierno
organizado por ingleses y borgoñones en París, en la zona sur de Francia se
organizaba otro en torno al delfín. Y en aquellas circunstancias de forma
súbita sucedió lo que nadie podía imaginar, que una campesina de diecisiete
años fuese la encargada de restituirle la corona.
§. La voz de Dios: de Domrémy a Orléans
El mundo en que nació y creció Juana fue pues el de las dos
Francias tradicionalmente definidas en los libros de historia: la «Francia
inglesa», defensora de la tesis de la doble monarquía, y la «Francia francesa»,
que la rechazaba. Cuando se firmó el Tratado de Troyes Juana de Arco sólo tenía
ocho años, pero tanto sus consecuencias como el contexto de conflicto de
décadas estuvieron presentes en su vida desde el comienzo. Domrémy, el pueblo
de Juana, estaba situado en la antigua frontera carolingia entre Francia y
Lorena, y por tanto en una zona que era escenario habitual de los
enfrentamientos entre los duques de Orleans (armañacs) y los de Borgoña
(borgoñones). Domrémy pertenecía a la Francia francesa, pero Maxey, el pueblo
vecino, pertenecía a los duques de Borgoña. Las «luchas» por la corona de
Francia eran, como ha indicado Georges Duby, parte de los juegos cotidianos de
los niños de ambos pueblos. Y no sólo eso, las luchas reales entre
ingleses-borgoñones y bandas profrancesas de Lorena estuvieron asimismo
presentes en la infancia y juventud de Juana.
Cuando cumplió diez años la situación política dio un nuevo
vuelco, pues en 1422 murieron Enrique V y el demente Carlos VI de forma
prácticamente simultánea, con apenas dos meses de diferencia. El heredero del
rey inglés era un niño de meses, Enrique VI, por lo que el control de Francia
quedó en manos de los duques de Borgoña y de Bedford que actuaron, sobre todo
el segundo, como regentes. Por su parte, los partidarios del delfín Carlos
procedieron a reconocerle como rey aunque no hubiese sido proclamado de modo
ortodoxo. Carlos VII aparecía así como un rey no consagrado (tradicionalmente
los reyes franceses eran coronados y ungidos con los santos óleos en una
ceremonia de consagración), débil y lleno de dudas sobre la legitimidad de su
propio origen. Frente a él el duque de Bedford estaba dispuesto a manejar con
mano dura el gobierno y a continuar asegurando el dominio inglés en Francia.
Como muestra de ello, en 1428 el regente decidió proceder a la toma de una
ciudad clave para hacerse con el control del valle del Loira: Orleans.
El ejército inglés y un pequeño contingente de borgoñones
iniciaron el asedio de Orleans tratando de aislarla del exterior. Para ello
construyeron un red de bastillas (fortificaciones) a su alrededor que impedía
tanto la comunicación como la llegada de suministros. El hambre, la enfermedad
y la desesperación se encargarían de hacer el resto. En la primavera de 1429
los habitantes de Orleans plantearon seriamente la capitulación. Y justo
entonces apareció a sus puertas una tropa de partidarios de Carlos VII cuyo
estandarte lo portaba una joven desafiante vestida de hombre que cambió el
curso de los acontecimientos.
Pero antes Juana de Arco había tenido que convencer a Carlos VII
de que precisamente ella era la llamada a liberar Orleans y a devolverle la
corona de Francia. ¿De dónde procedía su propio convencimiento? La misma Juana
lo aclaró a cuantos quisieron preguntarle y a quienes la juzgaron para después
condenarla: de la voz de Dios. Con sólo trece años Juana comenzó a escuchar una
voz que, según declaró, oyó por primera vez en el jardín de su padre un
mediodía de verano. Varias veces por semana la voz le decía que debía abandonar
su casa pues tenía por misión salvar a Francia y hacer de Carlos VII su rey. La
fuerte religiosidad de Juana y el convencimiento de haber sido elegida como
instrumento para establecer la voluntad de Dios condujeron a la entonces adolescente
a tomar un voto, el de mantenerse virgen por el resto de su vida. La castidad
de Juana suponía una decisión consciente de desarrollar una vida al margen de
lo que la sociedad de su tiempo consideraba como ideal para toda muchacha que
no hubiese ingresado en un convento, el matrimonio. Para ello no sólo era
necesario una firme voluntad sino también un carácter enérgico dispuesto a
asumir las consecuencias de escoger una vía propia frente a un modelo
imperante. Aunque las fuentes no permiten establecerlo con certeza, parece que
cuando el padre de Juana consideró que había llegado el momento de empeñar su
palabra en el matrimonio de su hija, que contaba dieciséis años, tuvo que
aceptar que ésta no respondiese por ella. Juana de Arco no había sido escogida
para una vida ordinaria.
La voz, o las voces, ya que Juana llegaría a declarar que lo que
había oído en el jardín de su casa eran las voces del arcángel san Miguel y
varios ángeles que le llevaban la voz de Dios, la acompañaron hasta el final de
sus días. ¿Santidad o locura? Desde la opinión, todo puede argumentarse; desde
el punto de vista histórico, la única respuesta posible es sin duda alguna el
misticismo. Desde el siglo XII, en el contexto de florecimiento de nuevas
formas de religiosidad que trajo consigo la difusión de múltiples corrientes
consideradas heréticas, muchas mujeres habían adoptado formas de vida religiosa
que no pasaban por su ingreso en un monasterio. La adhesión a una herejía era
la actitud más extrema, pero sin llegar a ese punto existían otras vías para las
mujeres que no sentían que la vida cotidiana y la expresión religiosa que en
ella cabía fuesen suficientes. La profesora Adeline Rucquoi en sus trabajos
sobre la mujer medieval apunta cómo el misticismo fue una de las máximas
expresiones de esta libertad interior. En sus palabras, las grandes místicas de
la Edad Media como Hildegarda de Bingen o Catalina de Siena «toman la palabra
ante los grandes de este mundo como mensajeras de Dios». Y eso mismo hizo Juana
de Arco, cuya libertad de espíritu la llevaría a mantenerse en sus principios
aun cuando fuese a costa de su vida, y cuya fortísima religiosidad quedaría
patente en los interrogatorios del proceso judicial que la llevó a la hoguera.
En ellos Juana declaró haber aprendido todo lo que sabía en materia de fe de su
madre, si bien es igualmente cierto que, como indica el profesor Duby, en su
formación espiritual la presencia entonces frecuente de miembros de órdenes
mendicantes que predicaban en el campo debió de jugar un papel notable.
Probablemente fue de ellos de donde Juana extrajo sus conocimientos sobre la
vida de los santos.
Curiosamente, entre los santos más populares de la época se
encontraban san Miguel, santa Catalina de Alejandría y santa Margarita, y Juana
afirmaría haber escuchado las voces de los tres. Además, santa Catalina había
decidido permanecer virgen y santa Margarita había abandonado su casa con
hábitos de hombre y el pelo cortado. Parece evidente que en la imagen de los
santos, y más concretamente en la de las santas místicas, Juana encontró un
modelo con el que se identificaba. Cuando con dieciséis años expuso a su padre
las razones por las que debía abandonar Domrémy su fe en ellas era absoluta y
nada pudo hacer para detenerla.
Según Juana, san Miguel le había dicho que debía dirigirse a la
vecina localidad de Vaucouleurs y allí solicitar ayuda a su capitán Robert de
Baudicourt —conocido armañac— para que pudiese ser conducida a presencia de
Carlos VII. En 1428, con auxilio de uno de sus tíos Juana consiguió llegar a
Vaucouleurs, aunque una vez allí Baudicourt se negó a recibirla en varias
ocasiones. Pese a ello no desistió y quizá por eso o quizá porque en torno a
Juana había empezado a formarse un grupo de seguidores que comenzaban a creer
que una joven campesina virgen había llegado para salvar a Francia después de
que se perdiese por los pecados de una reina, Baudicourt terminó accediendo a
prestar unos hombres armados que junto con él la acompañarían al encuentro de
Carlos VII en su castillo de Chinon. Cuando Juana estuvo segura de que por fin
su misión se había puesto en marcha tomó otra decisión que la marcaría por
siempre: abandonó sus vestidos de mujer, se vistió al modo de un hombre y se
cortó su melena. Según Georges Duby, cuando llegó a Chinon la corte de Carlos
VII contempló a una mujer vestida con «justillo negro, calzas, ropón corto de
un gris oscuro, cabellos negros cortados en círculo y sombrero negro sobre la
cabeza». A comienzos del siglo XV era algo digno de verse.
Tras once días de viaje en los que la comitiva atravesó un
amplio territorio bajo dominio inglés sin encontrar oposición alguna, Juana
llegó a Chinon causando tanta sorpresa como inquietud. A través de Baudicourt
envió una misiva al delfín en la que solicitaba que éste la recibiese. ¿Debía
creer Carlos VII en una campesina iluminada que vestía como un hombre y
afirmaba poder devolverle la corona de Francia? Era necesario no poner en
peligro el precario prestigio del delfín, así que se formó una comisión de teólogos
que durante seis semanas examinó a la misteriosa doncella. Sus costumbres
religiosas fueron observadas con detalle, como también lo fue su comportamiento
público y privado. Nada parecía indicar que fuese una impostora. Aun así Carlos
VII le pidió una señal de que había sido elegida por Dios, a lo que Juana
replicó que la señal se mostraría ante la sitiada ciudad de Orleans. Convencido
de la honestidad de Juana, el joven Valois accedió a poner bajo su mando un
pequeño ejército con el que liberar la plaza. Y la señal se produjo.
§. Un reino para el rey de Francia
Cuando las tropas de Juana llegaron a Orleans su fama había
comenzado a correr por toda Francia. Ella sabía que debía combatir para liberar
la ciudad, pese a lo cual intentó convencer a los ingleses por la vía
diplomática de que abandonasen el sitio. Según los documentos de su primer
proceso, Juana les envió una carta antes de iniciar las operaciones: «Rey de
Inglaterra y vos, duque de Bedford, que os denomináis regente del reino de
Francia (…) entregad a la Doncella, que ha sido enviada por Dios, rey del cielo,
las llaves de todas las ciudades que habéis usurpado y violado en Francia (…)
si no obráis de esta manera, soy jefe de guerra y os aseguro que en cualquier
parte de Francia donde encuentre partidarios vuestros, los combatiré, los
perseguiré y los haré huir de aquí quieran o no». Las negociaciones fracasaron
y Juana de Arco, una mujer sin formación militar, dirigió el ataque.
El 4 de mayo de 1429, las tropas de Juana tomaron la bastilla de
Saint-Loup, y en los días siguientes la de los Agustinos y la de Tourelles. El
8 de mayo los ingleses, incapaces de reaccionar ante el empuje de una campesina
que parecía tocada por Dios pese a estar herida, decidieron levantar el sitio.
El triunfo militar era indiscutible y el efecto psicológico que se originó por
la victoria no podía ser más beneficioso para los intereses franceses. Una
mujer había derrotado a los ingleses. No era posible un ridículo mayor. El 18
de junio Juana volvió a derrotarlos en Patay cuando trataban de cortar su
avance. El prestigio inglés parecía irrecuperable.
La señal se había producido y Juana había sido el instrumento de
la voluntad de Dios ante los ojos de todos, en consecuencia la consagración de
Carlos VII por fin podía producirse. El 17 de julio de 1429, en la catedral de
Reims, como era costumbre entre los reyes franceses, y acompañado por Juana de
Arco, el heredero de la casa de Valois era coronado y ungido como rey de
Francia. El Tratado de Troyes saltaba por los aires y lo hacía de la mano de un
campesina que había devuelto la corona a su rey. A partir de ese momento Carlos
VII y sus partidarios depositaron en Juana el peso de las operaciones militares
contra los ingleses. Ya antes de la coronación Juana había ganado Troyes y en
el verano de 1429 ocuparía Laon, Senlis y Soissons.
París seguía siendo foco de la resistencia borgoñona y Juana
había prometido a Carlos VII sofocarlo. A finales de agosto la heroína de
Orleans llegaba a Saint-Denis en las afueras de París, pero a partir de
entonces la suerte de Juana comenzó a cambiar. En la puerta de Saint Honoré de
la ciudad sufrió su primera derrota militar. No faltaron los agoreros que
vieron en la derrota una señal muy diferente a las anteriores: el abandono de
Dios. El invierno se avecinaba y las arcas de Carlos VII estaban exhaustas, por
lo que la vía de la negociación empezó a ser vista por el monarca y buena parte
de sus partidarios como la más adecuada para lograr sus objetivos. El inicio de
conversaciones con el duque de Borgoña no podía ser del agrado de Juana pues
concebía su misión en otros términos. De ahí que ante la falta de fruto de las
negociaciones, Juana de Arco decidiese abordar una nueva empresa: levantar el
cerco de Compiègne. El pequeño grupo de partidarios con el que contó para la
ocasión cayó derrotado al iniciar el ataque y ella misma fue apresada por los
borgoñones. Su captor, Juan de Luxemburgo, no dudó ni un segundo en ofrecer la
prisionera a los ingleses, quienes habrían dado cualquier cosa por hacerse con
ella.
Diez mil francos fue el precio por el que Juana fue vendida. La
compra la gestionó en nombre de los ingleses el obispo de Beauvais, Pierre
Cauchon —acérrimo borgoñón y enemigo declarado de Carlos VII—, mientras Juana
estaba presa en el castillo de Beaurevoir. Tras varios intentos de fuga,
incluido un salto desde la torre del castillo al que sobrevivió milagrosamente,
no parecía fácil decidir el lugar en el que podía estar a buen recaudo.
Superadas las dudas iniciales sobre quién debía dirigir el proceso al que
someterían a la prisionera, ésta fue conducida a Ruán, donde el 3 de enero de
1431 el rey de Inglaterra encargó a Cauchon la instrucción del caso.
Juana acabó recluida en una celda estrecha, sin alimentos ni
bebida en buen estado, vigilada por hombres y privada de recibir los
sacramentos. Entre el 9 de enero y el 20 de febrero tuvieron lugar diez
sesiones preliminares para preparar el interrogatorio que comenzó el día 21. En
sus respuestas mostró inteligencia y firmeza de convicciones y mantuvo
constantemente que escuchaba voces enviadas por Dios. A finales del mes de
marzo los jueces procedieron a leer los setenta artículos que componían su
acusación. Se la acusaba de haber disuadido a Carlos VII de conseguir la paz
incitándole al derramamiento de sangre y se la consideraba sospechosa de varios
crímenes por cuestiones de fe (herejía). Sus afirmaciones se consideraron
invenciones blasfemas. No se le dejó ni un resquicio para su defensa.
Agotada por el acoso y las argucias inquisitoriales, también fue
amenazada con los instrumentos de tortura. El 9 de mayo se los mostraron, algo
que el tribunal consideró suficiente por el momento. A finales de ese mismo
mes, en el cementerio de Saint Ouen, Cauchon arrancó a Juana su único momento
de debilidad al lograr que firmase la abjuración de sus errores y aceptase
vestirse de mujer. Después de eso el obispo de Beauvais pronunció su sentencia:
«Es así como tú, Juana, llamada vulgarmente la Doncella, has sido convencida de
varios errores en la fe de Jesucristo, por lo cual has sido llamada a juicio y
has sido escuchada… Por ello y para que hagas penitencia saludable te hemos
condenado y condenamos con sentencia definitiva a cadena perpetua, con pan de dolor
y agua de tristeza».
Pero la condena no era bastante para los enemigos de Juana que
sabían que cualquier nueva debilidad de la acusada podía conducirla a la
hoguera. Y la debilidad sucedió, pues el 28 de mayo Juana volvió a vestir ropa
de hombre. Se ha apuntado la posibilidad de que la agredieran sexualmente y de
que adoptara las ropas masculinas como un modo de intentar protegerse de sus
propios carceleros. Sea como fuere, cuando los jueces interrogaron nuevamente a
Juana por los motivos que la habían llevado a retractarse de lo dicho en Saint
Ouen ella afirmó que lo hacía por su propia voluntad, que consideraba más
conveniente portar hábito de hombre mientras estuviese entre hombres y que
nunca había escuchado el juramento por el que supuestamente había renunciado a
él. Con esas afirmaciones sus enemigos tenían más que suficiente para poder
acusarla de reincidencia en sus pecados.
La mañana del 30 de mayo, en la plaza del Mercado Viejo de Ruán,
Pierre Cauchon leyó a Juana su sentencia. Se la excomulgaba por haber «mostrado
falsamente signo de contrición y penitencia», haber «perjurado en el santo y
divino nombre de Dios, blasfemado condenablemente» y mostrarse como
«incorregible hereje», es decir, se la condenaba por relapsa. Pronunciada la
sentencia, fue entregada a la justicia secular y sin que mediase como era
habitual una sentencia laica, el procurador de Ruán la condujo al lugar donde
debía ser quemada. La Doncella de Orleans murió con sólo diecinueve años.
Resulta cuando menos sorprendente que Carlos VII, que debía su
corona a Juana, no tratase de hacer nada para rescatar a la joven. Según
parece, tanto él como sus consejeros consideraron una buena idea apartar del
rey a una adolescente iluminada que había comenzado a cosechar fracasos
militares y que se mostraba defensora a ultranza del enfrentamiento bélico con
los ingleses frente a la negociación diplomática. Lo cierto es que hasta 1449,
fecha en que Carlos VII entró en Ruán tras su liberación, éste no ordenó que se
comenzase a recabar información sobre el proceso que había tenido lugar en
1431. Ya en 1450 se inició la revisión del proceso para reivindicar la memoria
de Juana. Su rehabilitación solemne sería proclamada por el inquisidor Jean
Brehal y el arzobispo de Ruán Guillaume d’Estouteville seis años más tarde.
El eco de la muerte de Juana de Arco recorrió toda Europa. La
figura de la campesina guerrera guiada por Dios había conmovido a sus
contemporáneos. El proceso claramente sólo había sido la conversión de una
cuestión política en una cuestión de fe. Deslegitimando a Juana y a su misión
se deslegitimaba a Carlos VII, de ahí la importancia que para los ingleses y
sus aliados tenía el condenarla por herejía. Muchos siglos más tarde la Iglesia
la reconoció no como hereje sino como santa, siendo beatificada en 1909 y
canonizada en 1920. El legado de Juana de Arco llegó mucho más lejos de lo que
ella misma pudo imaginar jamás. La Historia la convertiría en la
personificación del espíritu nacional francés, de la independencia y la
dignidad de un país que aún hoy rinde homenaje a la Doncella de Orleans.
Capítulo 15
Cristóbal Colón
Contenido:
§. El intrépido navegante
§. De Génova a Lisboa
§. Castilla: de Córdoba a Palos
§. El primer viaje
§. Los últimos años del almirante del mar océano
§. El intrépido navegante
Pocas figuras de la Historia son al tiempo tan conocidas y
desconocidas como la de Cristóbal Colón. La importancia del legado que dejó a
la humanidad, el descubrimiento de América, nunca se ha discutido, pero no pasa
lo mismo con muchos aspectos de su biografía. Sus oscuros orígenes familiares,
su convicción en el proyecto de la navegación a Asia por Occidente o sus
chocantes teorías cosmográficas y geográficas son sólo algunos de los aspectos
que han provocado más discusiones. Todavía hoy los historiadores siguen
debatiendo sobre el perfil poliédrico y escurridizo de uno de los más grandes
marinos que han visto los tiempos. Además, su trayectoria tiene cierta
dimensión trágica: salido de la nada logró encumbrarse a la mayor de las
glorias para morir en la más absoluta de las marginaciones. Quizá representa
como nadie el prototipo de genio incomprendido que no obtuvo el reconocimiento
que merecía, pero es posible que esto no sea tan injusto si se tiene en cuenta
que Colón nunca llegó a ser realmente consciente de la importancia de su
hallazgo. Murió con la convicción de que el territorio al que había arribado
era una estribación de Asia oriental. Paradojas del destino de una de las
personas que de forma más nítida han marcado el inicio de la modernidad y han
trazado una divisoria en la Historia universal.
A finales de la Edad Media Europa estaba preparada para abrirse
al mundo. Por un lado, su crecimiento económico había producido una mayor
demanda de mercancías suntuarias de origen lejano: las especias, los ricos
tejidos y las perlas que llegaban de Asia oriental por la Ruta de la Seda
tenían cada vez mayor aceptación entre las clases adineradas de Occidente.
Además, el perfeccionamiento técnico de los conocimientos científicos europeos
cada vez permitía emprender aventuras que sólo unas décadas antes eran impensables.
Los cambios en la concepción del mundo (el estudio del legado grecolatino había
llevado ya a comienzos del siglo XV a la aceptación de la esfericidad de la
Tierra) y el perfeccionamiento de los barcos (aparición de la carabela) e
instrumentos de navegación (la brújula, el sextante) llevaron a que se
abandonase la navegación de cabotaje para dar los primeros pasos de la
navegación en alta mar. Por fin se podían efectuar los primeros intentos de
navegación oceánica.
Los países que más se implicaron en estos cambios fueron los de
la fachada atlántica, sobre todo Portugal desde la segunda década del siglo XV.
Las motivaciones para emprender la aventura fueron, por una parte, el espíritu
de Cruzada (continuar la lucha contra los musulmanes que se venía desarrollando
durante siete siglos en la península Ibérica), la búsqueda de tierras
cristianas más allá del islam (la leyenda del Preste Juan y su fabulosa
contribución a una posible recuperación de Tierra Santa para la cristiandad) y
el deseo de acceder directamente a las fuentes de los fabulosos bienes que
llegaban de Extremo Oriente (además del oro y los esclavos, que se podían
obtener de la prácticamente desconocida África subsahariana). Asimismo, la
irrupción de los turcos en Próximo Oriente, que además de la caída del Imperio
bizantino supuso la desarticulación de las rutas terrestres que conectaban con
Asia, añadió un aliciente en la búsqueda de rutas marítimas hacia la India y
China. Todo ello hizo que el siglo XV fuese una de las edades de oro de la
navegación y en ella tendría un papel destacado un marino de oscuro origen que
enderezaría su carrera en la península Ibérica.
§. De Génova a Lisboa
Sobre los orígenes familiares de Cristóbal Colón se han vertido
ríos de tinta, que se han plasmado en especulaciones de todo tipo y de muy
escasa base científica. Tradicionalmente se ha identificado al descubridor de
América con Cristoforo Colombo, el primero de los cinco hijos del tejedor
Domenico Colombo y Susanna Fontanarossa, nacido en Génova en 1451. De ser así,
su origen sería el de una modesta familia de tejedores y laneros asentada en
una de las ciudades portuarias más prósperas del Mediterráneo. Se ha apuntado
que muy posiblemente Susanna sería de origen judío, lo que explicaría la
sistemática labor del descubridor de borrar cualquier huella de su pasado,
razón por la cual se sabe tan poco de sus orígenes. También se han propuesto
otros orígenes, sobre todo en el Levante de la península Ibérica, en las zonas
de arraigada tradición marinera de Cataluña y Mallorca. Sin embargo, la tesis
genovesa es la que goza de mayor aceptación hoy en día por contar con una base
documental más sólida.
La República de Génova era una de las tres grandes potencias
marítimas del Mediterráneo, en liza con la República de Venecia y la Corona de
Aragón. Sus negocios abarcaban no sólo el Mediterráneo, sino que a través de
colonias de comerciantes se extendía también hacia el Atlántico. Parece que dos
de los hijos de Domenico Colombo, Cristoforo y Bartolomeo, pronto se sintieron
atraídos por la profesión marinera. Desde muy joven el primero se enroló en las
expediciones comerciales por el Mediterráneo y aprendió de forma eminentemente
práctica el arte de la navegación. Asimismo participó en algún conflicto bélico
en el arma naval, como el que enfrentó por la soberanía del reino de Nápoles a
Renato de Anjou y Alfonso V de Aragón.
Un cambio sustancial en su vida le vendría dado por el azar. El
13 de agosto de 1476, la nave en la que estaba embarcado naufragó cerca del
cabo de San Vicente. Colón se pudo salvar y llegó a la costa portuguesa. Como
recuerda su biógrafa Nancy Levinson, «cuando el barco se hundía Colón se las
arregló para escapar. Con la ayuda de un remo pudo nadar casi diez kilómetros
hasta la costa». La fortuna le había llevado hasta el país que en aquel
entonces era el paraíso de los navegantes. En palabras del catedrático de
Geografía Robert Fuson, «los portugueses disponían de los mejores marineros, de
los mejores navegantes, estaban haciendo más navegaciones que nadie en aquel
entonces, durante las décadas de 1470 y 1480». De hecho, tras el naufragio
llegó a Lagos, en el Algarbe, que era uno de los centros marineros más activos
desde donde partían las expediciones portuguesas hacia la costa atlántica
africana. Fascinado muy posiblemente por el ambiente que encontró en el reino
lusitano, decidió marchar a Lisboa, donde rehízo su vida. En los años
posteriores navegaría hacia los países europeos del Atlántico norte y, sobre
todo, realizaría frecuentes viajes a Madeira, Azores y Canarias. También
contrajo matrimonio con la portuguesa Felipa Perestrello Moniz, con quien tendría
en 1480 a su hijo primogénito Diego.
Pero el aspecto más sobresaliente de estos años fue la
maduración del proyecto de navegar hacia Occidente para abrir una nueva ruta
marítima hacia las lejanas tierras de Catay y Cipango, nombres que entonces
recibían China y Japón. Fueron años en los que con una decisión inusitada se
lanzó al estudio de los conocimientos que podían hacer realidad su proyecto.
Como señala Nancy Levinson, «con las historias de Marco Polo y los sueños que
estaba tejiendo en su cabeza comenzó a buscar más escritos de cosmógrafos y
geógrafos antiguos». Efectivamente, los relatos bajomedievales de viajes a
Oriente captaban vivamente la imaginación de todos los navegantes que en el
siglo XV se enrolaban en las muy arriesgadas aventuras descubridoras. Además se
enfrascó en el estudio de las obras que en ese momento centraban el debate
sobre la forma y dimensión de la Tierra. Hacía ya mucho tiempo que la
recuperación de los textos de la Antigüedad clásica sobre geografía habían
asentado definitivamente que la Tierra era esférica (uno de los autores que
había enunciado ese principio fue, entre otros, Aristóteles). Como apunta
Robert Fuson, «el mundo era redondo para cualquiera que supiese un poco de
geografía». Pero el debate en aquel momento se centraba en el tamaño de la
circunferencia terrestre, puesto que hasta aquel entonces se consideraba que un
viaje hacia Occidente no era posible debido a las dimensiones del globo
terráqueo. Colón tuvo acceso a una obra fundamental del momento, la
correspondencia y el mapa que el cosmógrafo florentino Toscanelli había enviado
al rey Juan II de Portugal en 1474, así como a obras importantes de Eneas
Silvio Piccolomini y Pierre d’Ailly. Lo más destacado de esta actividad fue
que, como destaca Fuson, Colón «pensaba que la Tierra era un veinte por ciento
más pequeña de lo que era en realidad, por lo que tenía una idea equivocada e
incluso disparatada; si hubiese estado en lo cierto, nadie habría ido con él ni
podría haber conseguido lo que hizo». En varios viajes que emprendió a Guinea
pudo realizar comprobaciones que confirmaban su teoría. La conclusión era, como
indica Geoffrey Simcox, profesor de Historia de la Universidad de
California-Los Ángeles, que «el cálculo era que sólo había un océano que
separase Europa de China sin que existiese un continente entre medias. Nadie
sabía que hubiese una masa de tierra de por medio».
Pero ¿cómo fue posible que un navegante de formación básicamente
práctica, por mucha experiencia que tuviese, decidiese investigar sobre uno de
los debates científicos más complejos de su tiempo? A los historiadores siempre
les ha llamado la atención la decisión colombina a la hora de acometer su
proyecto, que en sus inicios era una quimera. A mediados del siglo XX, el
historiador español Juan Manzano lanzó una teoría, sin base documental que la
confirmase, que podría explicar la decisión y el acierto milagroso de Colón a
la hora de trazar su proyecto. Manzano defendía que muy posiblemente, en alguno
de los numerosos viajes que Colón realizó a Madeira o a las Azores, habría
conocido a algún marinero que habría alcanzado tierra hacia Occidente antes que
él y que, por motivos desconocidos, no pudo dar a conocer su descubrimiento o
desarrollarlo en posteriores viajes. Quizá se tratase de algún marino portugués
que al regresar de un viaje desde Guinea se hubiese visto empujado hasta las
Antillas por una tormenta. El caso es que el conocimiento de esta información a
priori encajaría bien con la trayectoria de Colón en Portugal y con su
determinación para hacer demostrable un proyecto del que repentinamente se
mostraba convencido. Los historiadores llaman a esta conjetura «teoría del
protonauta anónimo» o «del predescubrimiento de América». Fuera como fuese,
Colón creía tener un proyecto que podía defender con solidez y estaba dispuesto
a luchar por él para lograr financiación y apoyo oficial. Ambas cosas sólo podía
encontrarlas en un sitio, la corte.
§. Castilla: de Córdoba a Palos
Los cosmógrafos y geógrafos de la corte de Juan II de Portugal
ya habían rechazado la información aportada por Toscanelli, y cuando Colón les
presentó su proyecto entre 1483 y 1484, no tuvo mejor suerte. El rechazo del
proyecto no le desanimó, y optó por probar fortuna en otro sitio. Decidió
cruzar la frontera y llegó a Castilla en los primeros meses de 1485, poco
después de que muriera su esposa. Le costaría un año entero lograr una
audiencia con los Reyes Católicos para exponerles su plan. El encuentro se
produjo el 20 de enero de 1486 en Córdoba y el resultado fue la convocatoria
regia de una junta de expertos para que dictaminasen sobre el proyecto. Se
convocó a astrónomos, geógrafos, cosmógrafos, letrados y navegantes, que no
dudaron en rechazar las propuestas del genovés. En palabras de Robert Fuson, «a
los cosmógrafos y geógrafos reales les transmitió su teoría sobre el tamaño de
la Tierra, y afirmó que la idea que tenían basada en las mediciones que se
habían hecho durante años era incorrecta; se equivocaban en un veinte por
ciento, eran treinta mil kilómetros y no cuarenta mil. Evidentemente no les
convenció y desaprobaron su plan, estaba equivocado». Pese al revés Colón
decidió no darse por vencido e insistir. Pasó los años 1487 y 1488 entre Córdoba
y Sevilla, sobreviviendo a base de comerciar con libros impresos y dibujando
mapas para navegantes. En estos años de soledad y angustia inició su relación
con Beatriz Enríquez de Arana, mujer humilde con la que nunca se casaría y que
daría a luz a su hijo Hernando el 15 de agosto de 1488.
En estos momentos de dudas y soledad sólo encontró apoyo en
algunos sectores del clero. Fueron el franciscano Antonio de Marchena, el
dominico Diego de Deza —maestro del príncipe don Juan, hijo de los reyes) — y
el franciscano de La Rábida Juan Pérez, quien jugó un papel decisivo. Parece
que Colón exploró la posibilidad de probar fortuna en otros reinos y con tal
objeto envió a su hermano Bartolomé, con quien siempre estuvo muy unido, a
ofrecerlo a las cortes de Francia e Inglaterra, donde no cosechó ningún éxito.
Pese a ello, fray Juan Pérez acogió a Colón en La Rábida en 1491 y 1492, y
movilizó los recursos necesarios para que los reyes reconsiderasen la
propuesta. Parece que algunos cortesanos de peso apoyaron también la
iniciativa, como Luis de Santángel, Juan Cabrero o Gabriel Sánchez, todos de
origen aragonés. Quizá la intercesión de éstos fuese la que inclinaría el ánimo
del rey Fernando, que, contra lo que se suele afirmar, fue quien más apoyó a
Colón de los dos regentes. La imagen de la reina Isabel entregando sus alhajas
personales para financiar el primera viaje a América fue un falso cliché que
acuñó el romanticismo decimonónico, más interesado en resaltar los tintes
melodramáticos de la historia que en hacer justicia a la verdad.
¿Cuál fue la razón última para que los reyes apostasen por Colón
ignorando el dictamen que había pronunciado la junta de expertos por ellos
mismos convocada? Como apunta el profesor Simcox, Colón «ofreció una forma de
alcanzar a la potencia vecina rival, los portugueses. Éstos estaban realizando
todos los descubrimientos y comenzaban a experimentar los beneficios que podían
reportar, adquiriendo un imperio y riqueza, algo que no estaba haciendo
España». Finalmente, Colón fue llamado al cuartel de los reyes en Santa Fe, en
el Reino de Granada, durante los últimos días de la campaña de reconquista del
último reino musulmán que quedaba en la península Ibérica. Se le comunicó la
resolución real de apoyar su proyecto, y entonces comenzó una negociación entre
el navegante y la Corona sobre las condiciones de la empresa. Tras llegar a un
acuerdo, los representantes de ambas partes, el secretario aragonés Juan de
Coloma representando a los reyes y fray Juan Pérez a Colón, ambos firmaron el
acuerdo el 17 de abril de 1492. Eran las llamadas Capitulaciones de Santa Fe.
Se trataba de un contrato que regulaba las relaciones entre ambas partes. Colón
aceptaba tomar posesión de los territorios que descubriese en nombre de los
reyes y éstos le otorgaban a cambio el título de «almirante del mar océano»
(con prerrogativas similares al ya existente de «almirante mayor de Castilla»),
los oficios de virrey y gobernador de los territorios descubiertos y la décima
parte de todas las ganancias que arrojase la empresa. El 12 de mayo abandonaba
Granada rumbo a la villa onubense de Palos para preparar la flota con la que se
haría a la mar.
No fue tarea fácil. La Corona aportó algo más de la mitad del
presupuesto total de la expedición, unos dos millones de maravedíes, y el resto
se repartió entre la villa de Palos y el propio Colón. Se ignora de dónde sacó
éste su parte. Además, los reyes ordenaron a las poblaciones costeras de la
zona poner a su disposición tres carabelas. Finalmente la villa de Palos se
encargaría de aportar dos, la Pinta y la Niña, como contribución extraordinaria
por una deuda pendiente con la Corona. La tercera nave no fue una carabela,
sino una nao, llamada Santa María, que fue aportada por su propietario, el
marino y cartógrafo Juan de la Cosa, vecino de El Puerto de Santa María.
Reclutar a la tripulación fue casi una misión imposible. Tras un mes de
peregrinación por los pueblos de la zona para enrolar a los marineros, Colón
sólo había logrado que se apuntasen cuatro convictos condenados a muerte, pues
era potestad tradicional de los almirantes de Castilla sacar de prisión a los
reos que quisiesen participar en una flota. La suerte cambió cuando uno de los
marinos más respetados del paraje, Martín Alonso Pinzón, entró en contacto con
él a través de los monjes de La Rábida. Entusiasmado con la empresa, logró que
sus parientes y próximos se alistasen, el propio Martín ejercería de capitán de
la Pinta, su hermano Vicente Yáñez Pinzón haría lo propio en la Niña y Colón
capitanearía la Santa María . Al amanecer del 3 de agosto de 1492 las tres
embarcaciones se hacían a la mar en la que acabaría siendo la navegación más
trascendental de la Historia.
§. El primer viaje
Inicialmente, pese a lo arriesgado de la aventura, los ánimos
permanecieron altos. El primer destino eran las islas Canarias, donde se
realizarían los últimos preparativos antes de poner rumbo a lo desconocido. Las
incomodidades a bordo eran importantes. Como recuerda Nancy Levinson, las naves
«eran extraordinariamente pequeñas, es increíble que cuarenta hombres pudiesen
arreglárselas a bordo de la Santa María. No podían dormir todos al mismo tiempo
y tenían que turnarse para ello». Durante aquellas primeras jornadas
experimentaron también algún contratiempo técnico, como la rotura del timón de
la Pinta, que se pudo solventar en la primera escala. El 8 de septiembre
zarparon los tres navíos con rumbo oeste manteniendo todo lo posible la latitud
del paralelo de Canarias. Desde el comienzo Colón demostró que era un marino
excepcionalmente dotado. Tras años de navegación en el Atlántico norte,
demostró haber entendido que este océano estaba dominado por unos vientos que
le favorecerían en su empresa, los Alisios. En palabras de Geoffrey Simcox, «se
había dado cuenta de que había un sistema de vientos circular en el Atlántico
que le podía llevar hacia Occidente y después de vuelta hacia Europa. Así que
lo que hizo fue fundamentalmente seguir ese sistema circular de navegación. Que
pudiese seguirlo y aprovecharse de él fue una obra maestra de la navegación».
Como medida de precaución, antes de partir de Canarias había
advertido a los otros dos capitanes de que no esperaba llegar a su objetivo,
Cipango, hasta pasadas las setecientas cincuenta leguas de Canarias. Como
medida adicional, durante el viaje llevó dos contabilidades sobre la distancia:
una oficial, que disminuía para no inquietar de más a la marinería, y una
secreta, en la que dejaba constancia de los cálculos que consideraba reales.
Pero según pasaban las semanas la inquietud iba haciendo mella, y el día 1 de
octubre la preocupación del almirante era evidente. El día 6 la alarma ya era
general y se reunieron los tres capitanes. Martín Alonso Pinzón propuso cambiar
el rumbo a sudoeste cuarta oeste, Colón se negó en redondo. La noche del 6 al 7
se produjo el primer intento de motín entre los marineros de la Santa María. Su
capitán logró calmar los ánimos pero por contrapartida se vio obligado a
aceptar el cambio de rumbo propuesto por Pinzón. En la noche de 9 al 10 el
malestar era generalizado y los hermanos Pinzón plantearon un ultimátum al
almirante: si en los días siguientes no hallaban tierra darían la vuelta.
No hizo falta agotar el ultimátum. La noche del 11 al 12 de
octubre de 1492, sobre las dos de la madrugada, uno de los avistadores de la
Pinta, Juan Rodríguez Bermejo, apodado Rodrigo de Triana, avistó tierra. Se
decidió dejar la flota quieta hasta el amanecer. Nancy señala que «la noche
anterior al desembarco hubo una espera de tres horas, entre las dos y las cinco
de la madrugada, cuando comenzaba a clarear. Fueron horas trascendentales en
las que los marineros cayeron de rodillas y lloraron de alivio y alegría». A la
mañana siguiente se aproximaron a la isla que habían avistado la noche
anterior, Colón desembarcó y tomó posesión de ella en nombre de los Reyes
Católicos. Se trataba de una de las islas Bahamas (no ha podido identificarse
con exactitud) y le puso el nombre de San Salvador, aunque los indios la
llamaban Guanahaní. El impacto en el almirante fue doble. Por un lado, dejó
constancia de lo agradable y exuberante de la naturaleza que iba encontrando a
su paso; por otro, comenzaron los primeros encuentros con los indígenas de
aquellas islas. El primer encuentro entre europeos y americanos debió de ser
indescriptible. Nancy Levinson apunta la reacción del almirante: «Estaba
asombrado y atónito de encontrar a gente “desnuda como su madre los parió”, que
fue lo que anotó, ya que él esperaba gente vestida con bellos y ricos ropajes
en edificios de oro relucientes bajo el sol». Los indígenas, según Robert
Fuson, «lo primero que debieron de pensar fue que [los europeos] llegaban
directamente del cielo, inmortales que bajaban del Olimpo o algo similar.
Posiblemente vieron a los españoles como algo sobrenatural, como si se tratase
de un OVNI aterrizando, con un asombro total».
Colón estaba convencido de que había dado con la evidencia que
probaba que su proyecto estaba en lo cierto. Como apunta Geoffrey Simcox,
«cuando Colón vio tierra y desembarcó por primera vez probablemente pensó que
estaba en un archipiélago en la costa oriental de China. Desde el principio
pensó que estaba en Asia y que las tierras del emperador de China se
encontraban tras el horizonte o justo detrás del próximo grupo de islas». Ésta
es la razón por la que navegó a toda prisa por las Bahamas en busca de algún
indicio de tierra continental. El 28 de octubre llegó a Cuba, isla que bautizó
con el nombre de Juana en honor al príncipe don Juan, heredero de Isabel y
Fernando. El 6 de diciembre divisó la isla de Santo Domingo, que bautizó con el
nombre de La Española y procedió a reconocer sus costas. Durante este proceso,
el 24 de diciembre, la Santa María encalló, aunque logró salvar su cargamento
gracias a los indígenas dirigidos por el cacique Guacanagarí. Tomando dicho
acontecimiento como una señal divina, Colón decidió fundar allí el primer
destacamento de españoles, al que puso por nombre Fuerte de la Navidad, donde
dejó a treinta y nueve hombres con víveres para más de un año. Continuó la
exploración de La Española por un tiempo pero ordenó el regreso a España el 16
de enero de 1493.
Con la misma naturalidad que había mostrado para fijar el rumbo
a la ida, ahora no tuvo problema para decidir que se siguiese la dirección
nordeste cuarta este hasta alcanzar el paralelo de las Azores, virando entonces
hacia el este. El 15 de febrero, tras una espantosa tormenta, llegaron al
archipiélago portugués, y el 4 de marzo avistaban el estuario del Tajo. Ante la
imposibilidad de que los barcos continuasen la travesía, la Niña atracaba en
Lisboa (por problemas durante una tormenta, la Pinta, mandada por Martín Alonso
Pinzón, llegaría a Bayona, Galicia). Apenas ocho meses después de su salida de
Palos, Colón había regresado para contarlo. Se podía llegar a Asia navegando
hacia Occidente.
SIC TRANSIT GLORIA MUNDI
(«ASÍ PASA LA GLORIA DEL MUNDO»)
El regreso de Colón a la Península tras su aventura ultramarina
produjo un impacto mayúsculo. Primero de todo en la propia corte portuguesa,
que todavía no había logrado llegar a Asia oriental circunnavegando África, lo
cual no sucedería hasta la llegada de Vasco da Gama a Calicut en 1498. A
solicitud del rey, Colón se entrevistó con Juan II, deseoso de conocer adónde
había llegado realmente el genovés. Diez días después de su llegada a Lisboa
zarpó rumbo al sur, con destino a Palos, donde el recibimiento fue triunfal, y
un mes más tarde acudió a Barcelona a informar en persona a los Reyes
Católicos. La preocupación inmediata de los monarcas fue asegurar que los
descubrimientos hechos y los que se pudiesen llegar a hacer en las «Indias
Occidentales» fuesen para Castilla en exclusiva. La rivalidad con Portugal
llegó en ese momento a su mayor grado de tensión. Por este motivo, Isabel y
Fernando lograron primero que el papa Alejandro VI dictase cuatro bulas
favorables a sus pretensiones y, tras una larga negociación con Portugal,
después los monarcas llegaron a un acuerdo con el Tratado de Tordesillas
(1494), por el que se repartían los territorios por descubrir de forma
amistosa, trazando una divisoria imaginaria de las áreas de influencia de ambos
países a trescientas setenta leguas al oeste del archipiélago portugués de Cabo
Verde.
Sin embargo, el efecto más inmediato de los informes que
presentó Colón a los reyes fue el de decidir una nueva expedición que zarpase
en el menor plazo posible. Como señala Robert Fuson, los reyes «se quedaron lo
suficientemente impresionados como para ordenar un segundo viaje, que debería
ser realmente magnífico: diecisiete naves y entre mil doscientas y mil
quinientas personas. La idea de Colón era la de establecer una colonia: llevar
colonos, plantas y animales. Llevó caballos y cerdos consigo». Pero se han
señalado también otras posibles motivaciones de este segundo viaje colombino,
como el de dotar de un contingente armado a esas tierras frente a posibles
hostilidades portuguesas, construir puntos fortificados y asentamientos, y el
de comprobar cómo la flora y fauna doméstica europea se podía adaptar a los
nuevos territorios.
La partida esta vez fue desde Cádiz, el 25 de septiembre de
1493, apenas seis meses después de su regreso. El itinerario fue similar al del
viaje anterior, primero Canarias y después cruzar el Atlántico aprovechando los
vientos alisios. El viaje sólo duró veintiún días. La llegada al Caribe se
produjo en un punto más al sur que el primer desembarco. Las primeras islas en
ser divisadas fueron las Antillas Menores, Dominica, Guadalupe y otras más
pequeñas, hasta que descubrió una gran isla que los nativos llamaban Borinquén
(actual Puerto Rico) y de allí puso rumbo a La Española. El paisaje que
encontró fue desolador. Los indios taínos habían acabado con todo el
contingente español en el Fuerte de la Navidad, a causa de los abusos cometidos
en ausencia de Colón. El almirante optó por no castigar a nadie y, un poco más
al este, fundó la villa de La Isabela, primer asentamiento español en el Nuevo
Mundo. Decidió explorar el interior de la isla en un intento de encontrar oro y
las tierras asiáticas que seguía buscando y, ante el fracaso, se embarcó de
nuevo para continuar la labor de exploración. Descubrió Jamaica (a la que llamó
Santiago) y exploró Cuba. Tan convencido estaba de que era Catay, que incluso
lo hizo certificar por el escribano de La Isabela y firmar por todos sus
acompañantes con el compromiso de no desdecirse so pena de una multa y de
cortarles la lengua. Como en sus años de espera tras la corte de los Reyes
Católicos, Colón seguía demostrando su tozudez y obstinación, que llegaban a
extremos insospechados cuando tenían que ver con su proyecto descubridor.
De regreso a La Isabela se reencontró con su hermano Bartolomé y
tuvo noticia de las primeras defecciones de españoles indignados con la gestión
del almirante al frente de los territorios de América. En opinión del profesor
Simcox, «Colón era un excelente navegante y un marino brillante, pero no era un
buen administrador y no supo cómo manejar a esa gran cantidad de rudos colonos
que habían llegado a las Indias Occidentales». El problema es que las
expectativas de éstos se estaban viendo defraudadas por lo que encontraban en
aquellas islas, y la actitud autoritaria del almirante no parecía ser lo más
apropiado para apaciguar los ánimos y concertar voluntades en esos delicados
momentos. Haciendo caso omiso, Colón zarpó a la búsqueda del continente, y
aunque su descubrimiento oficial tuvo lugar en 1498, parece que entre finales
de 1494 y comienzos de 1495 Colón tenía ya la certeza de haber encontrado
tierra firme, información que no haría llegar a los reyes. Antes de zarpar de
regreso a España le llegaron también rumores de las protestas de los nativos
por el maltrato y la esclavización a los que se veían sometidos por los
españoles. Sobre este proceder puntualiza Simcox que «Colón era un hombre de su
tiempo, al igual que los colonos, que estaban allí para enriquecerse. Durante
la Edad Media hubo un floreciente mercado de esclavos, la esclavitud era algo
habitual de la sociedad europea. Por tanto no era en absoluto extraordinario
para Colón y los colonos recurrir a ella», pese a que con ello cometiesen una
flagrante injusticia para con los pobladores de un continente que había
permanecido al margen de esa Europa durante siglos. El 20 de abril de 1496
ponía rumbo de regreso a Europa con dos carabelas, que llegarían a Cádiz en
junio. En el otoño se trasladó a Burgos para informar a los reyes de los
asuntos indianos. Pero el momento de gloria de Colón había pasado y ya nunca
gozaría de la reputación que adquirió al regreso de su primer viaje.
§. Los últimos años del almirante del mar océano
Pese a las quejas que llegaban ya a la Península de la mala
administración y los desmanes por parte de Colón y su familia en los
territorios descubiertos, los reyes acogieron al almirante con generosidad,
confirmándole sus privilegios y honores. La primavera siguiente tomaron las
primeras disposiciones para un tercer viaje que, sin embargo, se retrasó más de
un año en su ejecución. La nueva expedición estuvo compuesta por ocho navíos y
salió de Sanlúcar de Barrameda el 30 de mayo de 1498. Durante el viaje Colón
sufrió un primer ataque de gota, la enfermedad que tanto le haría padecer en
años sucesivos. El punto de llegada fue distinto respecto a los viajes
anteriores. Los barcos llegaron a la isla de Trinidad y exploraron la
desembocadura del Orinoco, en la actual Venezuela. El inmenso río y el paisaje,
fauna y flora que contempló en sus orillas le causaron una gran impresión, por
lo que no dudó en situar allí el Paraíso terrenal. Decidió entonces dirigirse a
La Española, donde el destacamento español había cambiado de ubicación.
Siguiendo las órdenes de Bartolomé Colón se habían trasladado a una población
de nueva creación, Santo Domingo; por entonces los colonos se hallaban
divididos entre partidarios y detractores de los Colón. La llegada del
almirante tendría que haber servido para apaciguar los ánimos, pero no fue
posible y las divisiones se acentuaron. El 21 de mayo los Reyes Católicos
firmaron el nombramiento de Francisco de Bobadilla como sucesor de Colón al
frente de la administración española en los territorios recién descubiertos.
Era un golpe en toda regla a la acción de Colón justo en el momento en que
anunciaba a los reyes el hallazgo de Tierra Firme al sur. El 23 de agosto hacía
su entrada Bobadilla en Santo Domingo y, pese a su indulgencia inicial, no pudo
reprimir las críticas de los partidarios de Colón, por lo que ordenó la prisión
de los hermanos Colón y su posterior regreso a España. El profesor Simcox
describe así el retorno de Colón a Europa: «Fue enviado de vuelta como un caído
en desgracia. Una vez que estuvo a bordo del barco camino de España, el capitán
le ofreció quitarle las cadenas ya que allí no hacían falta. Colón se negó, las
llevó como un símbolo casi de martirio, como algo que dramatizaba su caso».
De regreso en España fue presentado ante los reyes el 16 de
diciembre de 1500, y rápidamente fue liberado. Además, los monarcas quisieron
restituirle algunos derechos económicos. Permaneció durante largos meses junto
a la corte en Granada, esperando recibir un trato favorable para su caso. Por
fin los reyes decidieron organizar un cuarto viaje comandado por Colón, aunque
él se sentía viejo y desbordado por el encargo, cuyo objetivo era hallar el
camino directo de las fuentes de las especias y descubrir si existía algún
estrecho que permitiese facilitar la exploración. Colón aceptó a disgusto,
aunque aquello encajase con la composición de lugar que se había hecho sobre
los territorios descubiertos. En opinión de Robert Fuson, «en su mente veía
Sudamérica como un continente, sin duda, pero como una parte meridional de
Asia. Centroamérica sería la península Malaya, y si podía rodearla llegaría
hasta el océano Índico». Un estrecho en Centroamérica facilitaría enormemente
la labor y permitiría a Castilla una ventaja indudable en la navegación hacia
Extremo Oriente. Zarpó de Cádiz el 11 de mayo de 1502 con cuatro navíos y una
tripulación de ciento cincuenta hombres. Llegó al otro lado del Atlántico el 15
de junio, y enseguida se centró en su tarea de explorar la costa continental,
pero fue un completo desastre. Como señala el profesor Fuson, «el intento de
navegar a tierra firme fue un fracaso, no logró instalar el primer
asentamiento, tuvo problemas con los indios, tuvo problemas con las tormentas,
los barcos se estaban pudriendo… tuvo toda clase de problemas». No obstante,
dos episodios demostraron que todavía tenía talento de navegante y alma de
aventurero. A su llegada a La Española, antes de partir hacia Centroamérica,
fue capaz de predecir que se avecinaba un huracán y aconsejó que no saliese la
flota que escoltaría al ya ex gobernador Bobadilla a España. Su consejo fue
ignorado, con el resultado de más de quinientos tripulantes muertos y toda la
flota perdida. Por otra parte, y ya de regreso a La Española desde Tierra
Firme, sus naves encallaron en Jamaica debido a su mal estado. Allí tuvo que
esperar más de un año a que enviasen un barco de rescate, durante el cual tuvo
todo tipo de problemas con los indígenas. Parece que la predicción de un
eclipse lunar sirvió a Colón para amedrentar a los nativos y mantener el nivel
de tensión con ellos en niveles aceptables. Por fin puso tasa a tantos
sinsabores. El 12 de septiembre de 1504 abandonaba Santo Domingo rumbo a
España, y ya no volvería a ver nunca más el Nuevo Mundo que había descubierto.
Llegó a Sanlúcar de Barrameda el 12 de septiembre e intentó
desde entonces servirse de las influencias para conseguir que la corte le
reconociese los derechos que seguía reclamando sobre sus descubrimientos. Pero
para entonces ya estaba muy enfermo y decepcionado. Como recuerda Geoffrey
Simcox, «en sus últimos años, Colón estaba amargado, desilusionado,
decepcionado. Sentía que la corona española no le había tratado como se
merecía». El 20 de mayo de 1506, a los cincuenta y cinco años de edad, fallecía
en Valladolid el que fue muy probablemente el mejor marino de la Historia, el
almirante del mar océano. En sus escritos dejó constancia de que se sentía
poseedor de una misión divina que le había movido a realizar la navegación
hacia Occidente. En opinión de Robert Fuson, Colón «estaba obsesionado y se
creía que era la Divina Providencia la que actuaba y la que le había escogido.
Se veía como un instrumento de Dios, actuando bajo la corona española para
desempeñar su misión».
Nunca llegó a ser consciente de que había revelado al mundo un
tesoro fabuloso, todo un continente lleno de secretos por descubrir. Poco
después de su muerte, la generación de navegantes que tomó el relevo
demostraría la verdadera dimensión de lo que se había encontrado y entonces,
como había sucedido en el siglo anterior, la forma de entender el mundo y las
gentes que en él habitaban cambió definitivamente ante una nueva realidad que
demostraba a Europa, Asia y África que no estaban solas en el planeta. Gracias
a Cristóbal Colón el mundo fue desde entonces un poco más pequeño y la
humanidad, un poco más grande.
Capítulo 16
Leonardo da VincI
Contenido:
§. El genio más allá del arte
§. Los orígenes humildes de un genio
§. Volando en solitario: Florencia
§. Al servicio de «El Moro»: Milán
§. De nuevo en Florencia
§. Milán y el exilio: el ocaso del maestro
§. El genio más allá del arte
Pocas personalidades de la historia del arte y la cultura fueron
tan polifacéticas como la de Leonardo da Vinci. Fue sobre todo pintor,
dibujante, ingeniero, naturalista e inventor; aunque también desarrolló
proyectos de escultura y arquitectura que nunca llegaron a tener una plasmación
material, lo que también ocurrió con la inmensa mayoría de sus invenciones.
Hombre autodidacta, inquieto e incomprendido en su tiempo, desarrolló una vida
solitaria e itinerante que le proporcionó un aura de hombre admirado y maldito
al mismo tiempo. Su obra y su ingenio ya cautivaron a sus contemporáneos y
desde entonces lo ha seguido haciendo incesantemente. ¿Dónde radica el
magnetismo de Leonardo? Si fue un hombre de proyectos más que de realizaciones,
¿por qué ha alcanzado una posición cimera en la Historia? No es fácil responder
a estas preguntas, ya que la información fiable sobre su vida no es muy
abundante, algo que sí sucede con otros grandes personajes del Renacimiento;
pero lo que ha llegado hasta nosotros de él es suficiente para encandilar no
sólo a las generaciones pasadas y presentes, sino también a las que están por
venir.
A mediados del siglo XV Italia estaba inmersa en un profundo
proceso de transformación cultural y artística. El movimiento que conocemos
como Renacimiento llevaba décadas en marcha y su renovadora concepción del
hombre y de sus relaciones con la naturaleza y la sociedad era tan relevante
que acabó por desbordar las fronteras de Italia, que en aquel entonces estaba
dividida en reinos, repúblicas y los Estados Pontificios, para acabar abarcando
a toda Europa. Frente a la concepción medieval del hombre, sin sentido propio y
cuya actividad estaba siempre enfocada hacia Dios, el Renacimiento propuso
recuperar el legado cultural de la Antigüedad grecolatina como una forma de
volver a situar al hombre en el centro del universo. Este proyecto de reforma
cultural, conocido con el nombre de Humanismo, produjo una profunda
transformación en los conceptos y las formas de trabajo de los intelectuales y
los artistas italianos. Desde la tercera década del siglo algunas ciudades de
Italia comenzaron a descollar como grandes centros de creación literaria y
artística. Frente al arte esencialmente religioso de la Edad Media, comenzaron
a surgir promotores privados de las artes, los mecenas, que destinaban una
parte importante de sus recursos a los encargos de obras de arte con las que al
tiempo embellecían sus moradas, fomentaban su prestigio público y creaban
cenáculos de discusión cultural que servían de imanes para atraer a los
creadores mejor dotados del momento. Ciudades como Venecia, Roma y, sobre todo,
Florencia se erigieron como focos de esplendorosa creación, que pronto
comenzaron a ejercer una importante influencia en el resto de Italia e incluso
fuera de ella.
§. Los orígenes humildes de un genio
Leonardo nació el 15 de abril de 1452 en el pequeño pueblo de
Vinci, en el territorio de Toscana, que entonces pertenecía a la República de
Florencia. Era hijo ilegítimo de un respetado notario de la localidad, Ser
Piero, y de una joven campesina de nombre Caterina. Debido a que Piero
pertenecía a una familia de fortuna y posición elevada no desposó a la madre de
su primogénito, pero sí se hizo cargo de él acogiéndole y criándole en su casa.
Así, poco después de su nacimiento, su padre y su madre habían contraído
matrimonio con otros cónyuges. Su padre se casaría otras cuatro veces y daría
al artista once hermanastros, aunque siguió siendo hijo único durante muchos
años ya que las dos primeras esposas de su padre no le proporcionaron
descendencia. La educación del niño no debió de ser muy cuidada, seguramente a
causa de su condición de ilegítimo. El hecho de que fuese zurdo indica que
nunca tuvo un maestro que corrigiese lo que en aquel entonces se consideraba un
defecto que era cruelmente modificado en las escuelas. Los primeros biógrafos
del siglo XVI afirman que la infancia del que con el tiempo acabaría siendo un
gran maestro debió de transcurrir al aire libre disfrutando y aprendiendo de la
naturaleza, a la que siempre otorgó un lugar privilegiado en su quehacer; de
hecho, dejó escrito que «es más noble imitar la naturaleza, que nos presenta
imágenes reales, que no imitar las palabras, que son obras y hechos de los
hombres».
La futura ocupación del muchacho seguramente fue una
preocupación prioritaria para su padre y el resto de su familia. Según afirma
el historiador del arte James Beck, de la Universidad de Columbia, «dado que
era ilegítimo, no podía seguir la carrera de su padre y convertirse en notario.
Por eso tuvieron que buscar alguna dedicación para el joven. Debieron de
percatarse de que estaba excepcionalmente dotado. (…) Así que cuando
comprobaron que estaba interesado en el arte posiblemente le animaron a continuar
con la actividad, ya que no disponía de muchas alternativas». Parece que la
posición ventajosa de su padre en la sociedad del momento le permitió movilizar
los recursos necesarios para que el chico ingresase en uno de los talleres de
los importantes artistas que trabajaban en Florencia en aquel momento. En torno
al año 1469 Leonardo acudió con su padre a la ciudad e ingresó en el taller de
uno de los más destacados artistas del momento, Andrea Verrocchio, en el que se
formaron además de él algunos genios de la pintura del Renacimiento como
Domenico Ghirlandaio (maestro de Miguel Ángel), Pietro Perugino (maestro de
Rafael) o el mismo Sandro Boticelli.
En los talleres de los artistas se podía aprender el ejercicio
de las mejores técnicas artísticas del momento. Verrocchio era un artista muy
versátil que cultivaba la pintura, la escultura y la orfebrería. Por tanto,
todas estas técnicas estarían a disposición del joven Leonardo para formarse en
el mundo de las artes. Además era un artista muy bien relacionado, ya que
pertenecía al círculo de los que trabajaban para Lorenzo de Medici, llamado el
Magnífico, y frecuentaban su palacio. Como apunta Denise Bud, profesor de
Historia del arte en la Universidad de Rutgers, «parece que el padre de
Leonardo tuvo un papel crucial al reconocer su talento cuando era un
adolescente y al llevarle al taller de Andrea Verrocchio, donde tendría las
mejores oportunidades para alcanzar el éxito».
En el taller de Verrocchio también adquirió una formación en
arquitectura e ingeniería. Parece que le produjo un especial impacto el encargo
que recibió su maestro de coronar la linterna de la cúpula de la catedral de
Florencia. El gigantesco tambor octogonal del templo llevaba décadas sin cubrir
hasta que el genial arquitecto Filippo Brunelleschi diseñó y dirigió la
construcción de una cúpula entre 1425 y 1436, en lo que se considera la obra
que abre la arquitectura moderna. La linterna que debía coronar el edificio
tardó mucho más en realizarse, y se llevó a cabo siguiendo también un diseño de
Brunelleschi. Todo el conjunto se coronaba con un inmenso orbe (una gran bola
metálica en cuya cima se situaba una cruz y que simbolizaba el mundo cristiano)
que fue encargado a Verrocchio en 1470. El taller tuvo que diseñar y ejecutar
la mole de dos toneladas de cobre dorado y de dos metros y medio de diámetro, y
además diseñó el sistema que debía elevar semejante monstruo por el cielo hasta
ocupar su lugar. Es fácil imaginar al joven Leonardo de dieciocho años tomando
parte con excitación en el que era el mayor reto tecnológico del momento y que
supondría su iniciación en la ingeniería, disciplina que acabaría
convirtiéndose en una de líneas de trabajo de toda su vida.
Ese mismo año realizó su primer trabajo pictórico, una pequeña
pero muy importante intervención en un Bautismo de Cristo pintado por su
maestro. El cuadro presenta en un paisaje a Jesús y a san Juan Bautista con sus
pies sumergidos en el río Jordán justo en el momento en que el santo bautiza al
Redentor, mientras que en la esquina inferior izquierda dos ángeles contemplan
la acción. De los dos ángeles, uno está en segundo plano en posición frontal y
otro en primer plano de espaldas volviéndose para ver la escena; este último
fue el que pintó Leonardo. El resultado impresionó a todos. Leonardo pintó con
gran pericia y una libertad ajena a los patrones de moda una figura de dibujo
cuidado, levemente difuminada, y con un tratamiento de los ropajes que era digno
de un gran maestro. Según el historiador del arte y máximo especialista en
Leonardo, Pietro Marani, «por primera vez en la historia de la pintura Leonardo
representó una figura girada mirando hacia el espectador. Aquello fue una
revolución en el arte porque hasta entonces todas las figuras se representaban
frontalmente, de una forma muy estática, arcaica y típicamente medieval. Así es
como introdujo el movimiento en las figuras». En las décadas que siguieron
Leonardo consagraría grandes esfuerzos a desarrollar un código de comunicación
de sus figuras basado en las posturas que adoptaban. También se ha afirmado que
la reacción en su maestro ante la intervención de Leonardo fue demoledora y
que, sintiéndose superado por su discípulo, decidió abandonar la pintura. Dicha
afirmación pertenece al mundo de la leyenda, pero lo cierto es que desde el
período 1470-1472, al que pertenece el Bautismo, Verrocchio no volvió a
cultivar el arte del pincel y a partir de entonces se centró en la escultura y
la orfebrería. Era evidente tanto para el maestro como para el discípulo que
aquél tenía ya poco que enseñar y que éste podía emprender nuevos proyectos por
su cuenta.
§. Volando en solitario: Florencia
De todas formas fue el propio Leonardo quien sintió que había
llegado a la madurez artística que le permitiría proseguir su camino en
solitario, ya que en 1472 aparece inscrito en la Compañía de San Lucas de
Florencia, el gremio de pintores de la ciudad, con tan sólo veinte años. Sin
embargo éste no fue el comienzo de una fecunda carrera de pintor. Como
sucedería a lo largo de toda su vida, Leonardo pintaría poco (hasta nosotros ha
llegado una veintena escasa de obras de su mano, muchas de ellas en mal estado
de conservación). Mucho se ha discutido sobre los motivos; ya desde antiguo se
apuntó que sus múltiples intereses y dedicaciones posiblemente le robaran el
tiempo necesario para pintar más cuadros. En aquella primera etapa florentina
comenzó a realizar algunos lienzos como La Anunciación (1472), un par de
madonnas y su primer retrato conservado, el que realizó a la dama florentina
Ginebra de Benci con motivo de su boda en 1474.
Pese a esta parquedad de resultados pictóricos, Leonardo
comenzaría a cultivar una costumbre que mantuvo a lo largo de toda su vida y
que acabaría constituyendo uno de sus principales legados, los cuadernos de
notas. En estos años empezó a escribir sus ideas en pliegos sueltos de papel,
normalmente acompañadas con gran profusión de dibujos, diseños, cálculos y todo
tipo de adiciones en lo que supone una obra artística y científica de primer
orden. Como indica el escritor y ensayista Serge Bramly, autor de varias
biografías del artista, «Leonardo podía escribir en ellos cualquier idea que le
viniese a la cabeza, todo lo que hubiese leído y escuchado en las calles o a
los amigos. En ocasiones es muy difícil saber si la idea que ha anotado es
realmente suya…». Tras su muerte, los cientos de páginas que dejó anotadas y
dibujadas fueron agrupados y cosidos formando códices de un valor
extraordinario (sólo han llegado veinte hasta nuestros días). Esto explica que
dichos volúmenes no reflejen una exposición lineal del pensamiento o los
planteamientos de Leonardo en las artes y saberes que cultivó. El historiador
del arte Richard Turner lo deja claro cuando afirma que «los cuadernos de notas
son fragmentarios y contradictorios. Están compuestos de toda clase de materiales
que abarcan un conjunto muy amplio de conocimientos, incluso dentro de una
misma página. Para decirlo claramente, son la antítesis de las notas que
tomaría hoy en día un estudiante universitario. La razón es que Leonardo,
sencillamente, no era un pensador sistemático».
Otro de los aspectos de sus anotaciones que más ha llamado la
atención es el hecho de que escribiese usando escritura inversa, también
llamada especular. Esto quiere decir que para que otra persona pudiese leer lo
que había escrito debía poner el texto ante un espejo para que la letra fuese
legible de forma normal. Se ha especulado si la motivación para proceder así
estuviese en la voluntad del redactor de ocultar el contenido de sus
anotaciones a los demás. Los historiadores del arte no están de acuerdo con
esta teoría. Como afirma Richard Turner, «la cuestión es que si era zurdo, la
forma normal de escribir es de derecha a izquierda. Así no se empuja la pluma,
se tira de ella. Además es muy posible que desarrollase este procedimiento
porque no tuvo un maestro de primeras letras que le obligase a escribir de la
forma estándar». El profesor Budd se ha mostrado asimismo contrario a estas
teorías, porque «pese a ello la letra de Leonardo es muy legible con el uso de
un espejo. Considero que probablemente fue un capricho que desarrolló porque
simplemente era más fácil para él».
Un primer sobresalto en su juventud florentina, que posiblemente
sería el primer motivo que le llevaría a plantearse abandonar la ciudad, llegó
en 1476. Aquel año se formularon dos denuncias por sodomía ante el tribunal de
la Signoria (órgano de gobierno de la República florentina). Fueron dos
denuncias anónimas —práctica habitual y legal en aquel momento— por las que se
acusaba al modelo Iacopo Salterello de mantener relaciones carnales con cuatro
hombres, entre los que se encontraba Leonardo. Las denuncias fueron finalmente
retiradas, al parecer debido a la buena posición social de los otros acusados,
pero la humillación pública a la que fue sometido le dejó una profunda huella y
la etiqueta de homosexual le acompañaría a lo largo de su vida (y de hecho le
ha seguido acompañando hasta nuestros días). Con independencia de que lo fuese
o no, según el profesor Beck «parece que mantuvo algún tipo de relación con
otros hombres, pero en el contexto de los talleres artísticos del siglo XV
aquello no era nada extraordinario». Efectivamente, la estrecha relación que
Leonardo mantuvo con dos hombres que entraron en su taller muy jóvenes y que le
acompañaron durante toda su vida cumpliendo las funciones de modelos,
discípulos y criados ha dado pie a todo tipo de fabulaciones al respecto. El
primero fue Gian Giacomo Caprotti, apodado Salai («diablillo»), que entró en el
taller en 1490 a la edad de diez años. Dieciséis años más tarde lo haría
Francesco Melzi, de quince años, y sería quien heredaría los cuadernos de notas
del maestro a su muerte.
Una nueva decepción llegó en 1481. Aquel año, por intermediación
de los Medici, una selección de pintores florentinos fue enviada a Roma para
cumplir un encargo del papa Sixto IV: pintar varios paneles de las paredes de
la Capilla Sixtina con escenas de las vidas de Moisés y de Jesucristo. Los
elegidos fueron Boticelli, Perugino y Ghirlandaio, considerados la élite de la
pintura florentina del momento, pero no Leonardo. El dolor que le causó este
nuevo golpe quedó reflejado en la pintura que estaba ejecutando en ese momento,
su San Jerónimo, que por cierta crueldad del destino se conserva en la
actualidad en la Pinacoteca Vaticana. En este óleo representaba al santo
penitente en su retiro en el desierto (espiritual, se entiende, puesto que su
soledad no le impedía estar representado en medio de un paisaje nada árido) tan
sólo acompañado por el animal que se le suele asociar en la iconografía
cristiana, el león. El gesto demacrado del anciano se ha tomado habitualmente
como trasunto de los momentos amargos que vivió entonces el pintor.
Pero Leonardo nunca acabó su San Jerónimo, con ello inauguraba
una costumbre que repetiría asiduamente a lo largo de su carrera y que fue una
de las causas de la impopularidad que le rodeó a la hora de conseguir encargos
de ricos y poderosos patronos. De hecho la que estuvo llamada a convertirse en
obra maestra irrefutable de su primer período florentino tampoco llegaría a
finalizarse jamás. Se trata de La adoración de los Magos (conservada en la
Galería de los Ufizzi, en Florencia), que le fue encargada en 1481 por los
monjes de San Donato de Scopeto, cerca de Florencia. La situación económica por
la que pasaba el pintor en aquellos momentos no debía de ser muy buena puesto
que aceptó cláusulas que en una situación normal las habría rechazado. Se le
obligó a hacerse cargo de los gastos de material y se le impusieron importantes
sanciones económicas si no entregaba la obra en treinta meses. Se trataba de un
encargo mayor y todo un reto compositivo para el joven maestro. Aunque nunca
llegaría a finalizarlo, en el cuadro ensayó muchas de las soluciones que
desarrollaría más tarde y que serían parte esencial de sus aportaciones al arte
pictórico: la combinación de un grupo central estático en forma triangular
rodeado de varios grupos que daban dinamismo al conjunto; la integración de los
personajes en el paisaje y la arquitectura, y la contraposición de rasgos de
los personajes para destacar la belleza de la imagen. No se conocen a ciencia
cierta los motivos que llevaron a Leonardo a abandonar la obra, aunque los últimos
momentos de su vida en Florencia se habían vuelto demasiado amargos y la
tentación de trasladarse a otra ciudad en busca de un nuevo ambiente en el que
desarrollar con mayor libertad su potencial debió de rondar su mente a menudo.
Cuando en 1482 se le presentó la oportunidad no pareció pensárselo demasiado.
§. Al servicio de «El Moro»: Milán
A comienzos de 1482 Leonardo aceptó un encargo de Lorenzo el
Magnífico para entregar un objeto al duque de Milán, el poderoso guerrero
Ludovico Sforza, apodado «El Moro». El motivo oficial parecía ser la entrega de
un instrumento musical destinado a la corte del duque, pero estas embajadas
artísticas normalmente solían encubrir fines políticos, diplomáticos y
militares en la Italia del Renacimiento. Allí tuvo noticia el artista de que El
Moro proyectaba construir un gran monumento ecuestre en honor a su padre, el
duque Francesco Sforza. El proyecto, junto con la febril actividad militar y
fortificadora que se vivía en la capital lombarda, llamaron de inmediato la
atención de Leonardo. Escribió una arriesgada carta en la que ofrecía sus
servicios al duque. Sorprendentemente lo hacía como ingeniero militar para
tiempos de guerra. Es evidente que, por su situación estratégica para penetrar
en la península Itálica, sabía que Milán era un territorio ambicionado desde
antaño por varias potencias extranjeras, por lo que las rentas ducales siempre
iban destinadas sobre todo a armamento e instalaciones militares y sólo de
forma secundaria a fines artísticos. Por supuesto, Leonardo también se ofrecía
en su carta como escultor (pensando en el proyectado monumento), arquitecto y
pintor para tiempos de paz. En opinión de Richard Turner, «aquello fue un
auténtico descaro. Él se presentaba como capaz de hacer cualquier cosa. Se le
iban a pedir tareas relacionadas con la guerra, el armamento, las defensas… y
afirmaba que podía hacerlo todo. (…) Y en realidad él no había hecho nada de
eso, así que se trató de una gran operación de autopromoción».
Al parecer la carta surtió efecto puesto que Leonardo entró a
servir en la corte de los Sforza y pronto comenzó a comprobar que las
diferencias con su experiencia en Florencia iban a ser muy acusadas. En
palabras de Serge Bramly, «Leonardo fue muy feliz en Milán. Ludovico El Moro le
dejaba hacer lo que quería y para él era una situación muy cómoda». De estos
años datan buena parte de sus diseños militares y urbanísticos, pensados para
mejorar la capacidad bélica de los milaneses y para mejorar los proyectos de
reforma que el duque desarrollaba en su capital. También fueron años de grandes
hallazgos artísticos. Dejando aparte el retrato que realizó a la amante del
duque Cecilia Gallerani (la Dama del armiño que se conserva actualmente en un
museo en la ciudad polaca de Cracovia), dos son sus grandes aportaciones de
este período. La primera de ellas la conocida como Virgen de las rocas. Se
trata de un caso insólito en la producción de Leonardo ya que realizó dos
versiones completamente acabadas del mismo cuadro. Este hecho no ha dejado de
llamar la atención de los estudiosos, que tras varias conjeturas parecen haber
resuelto la cuestión. Parece que la primera versión de la obra, que se conserva
en el Museo del Louvre, podría haberla empezado en Florencia y luego la llevó a
Milán como muestra de sus capacidades artísticas para posibles clientes. Una
vez en la nueva ciudad fue presentada a la Cofradía de la Inmaculada
Concepción, que, satisfecha con lo que se le mostró, le encargó una
representación de este precepto mariano. Sin embargo Leonardo se limitó a
realizar para su cliente una réplica, con variaciones, del cuadro presentado
(que sería la segunda versión, actualmente en la National Gallery de Londres),
quizá porque el pago que se le ofreció no ascendía lo suficiente como para
emprender la confección de una obra nueva. Richard Turner juzga así el
resultado: «No se había visto nada similar en la pintura italiana. Era una
pintura extraña, con una composición piramidal, en la que estaban la Virgen, el
Niño (que bendice a un san Juanito arrodillado) y un extraño ángel que casi
parece una esfinge, situados en medio de un mundo de estalactitas y
estalagmitas, un mundo empapado de humedad, un mundo de medias luces».
El otro encargo que recibió en Milán llegó hacia 1495 y le daría
también fama universal y algún que otro problema. Según el profesor Budd, «el
encargo provino de Ludovico Sforza, que estaba decorando el convento de Santa
María delle Grazie posiblemente con el propósito de que sirviese para albergar
su tumba. Así que le encargó para el refectorio [comedor]La Última Cena. En la
pared opuesta debía ir una Crucifixión acompañada de retratos de él y de su
familia». La elección del tema no era novedosa ya que era muy frecuente en los
refectorios de conventos y monasterios, pero Leonardo le dio un tratamiento
completamente distinto. Por un lado, no escogió el momento del pasaje bíblico
que se representaba tradicionalmente, es decir, la institución de la eucaristía,
sino que eligió el momento en que Cristo revela a sus apóstoles que va a ser
traicionado. Esta elección estuvo motivada por el deseo de representar a un
Jesús sereno en contraste con las reacciones que su anuncio provoca entre los
presentes. Además, el tratamiento formal no fue el usual. En vez de una fila de
personajes alineados detrás de una mesa —a excepción de Judas, al que se solía
situar delante— Leonardo representó detrás de la mesa a Jesús en posición
triangular en el centro y a ambos lados a los doce apóstoles organizados en
cuatro grupos, dos a cada lado del Mesías. Todo ello en un entorno sencillo que
no distrajese al espectador de lo que se estaba representando. Según Pietro
Marani, «Leonardo intentó representar las figuras de una forma muy natural y
humana, de modo que las acciones transmitiesen las actitudes, el movimiento
interior de sus mentes».
Los estudios y dibujos preparatorios parecen indicar que el
maestro dispuso al detalle los gestos y posturas de los personajes
representados, pero por desgracia la técnica que empleó provocó que el mural
comenzase a deteriorarse muy pronto. Efectivamente, Leonardo no quiso usar la
tradicional técnica del fresco porque obligaba a trabajar muy deprisa una vez
que se había preparado la superficie de la pared. Su método de trabajo era más
reposado, casi contemplativo, y gustaba de retocar varias veces lo que iba
haciendo, algo que era imposible en el fresco. Así que aplicó directamente
sobre el muro una mezcla todavía no muy bien identificada de pigmentos y
aglutinantes. El resultado del experimento fue desafortunado y desde el siglo
XVIII la pintura ha conocido por lo menos ocho restauraciones (pudo sufrir más,
pero no han sido documentadas). Como afirma el profesor Budd, «se debate sobre
cuánto de lo que hay allí se debe realmente a Leonardo. Lo que hay que hacer
es, en cierto sentido, desligarse de la obra. Definitivamente, lo que tenemos
de Leonardo se reduce a la composición». Aunque sólo sea por eso, la Última
Cena fue una obra que levantó instantáneamente la admiración del público en
general y de los colegas del pintor en particular, y que desde entonces ha
cautivado a todos cuantos se han acercado a contemplarla.
Durante todos estos años en Milán Leonardo trabajó
incansablemente en el proyecto de monumento ecuestre en memoria del padre del
duque. Deseaba realizar una escultura asombrosa, que dejase atrás lo que en
este terreno habían hecho Donatello y su maestro, Verrocchio, considerados como
los grandes genios de la escultura del siglo. Sus dibujos y estudios muestran
un primer proyecto en el que el caballo debía estar en corveta, esto es, de pie
sobre los cuartos traseros y con los delanteros en el aire, pero que le resultó
imposible de llevar a la práctica porque la técnica del momento no lo hacía
posible. Lo cambió por un modelo en que el caballo marchaba al paso, pero de
dimensiones colosales. Llegó a hacer el modelo en arcilla que tendría que
servir para proceder al vaciado en bronce de la escultura. La presentación del
modelo admiró a todo el mundo y el duque le proporcionó el material necesario
para su ejecución. Pero la situación política no le permitió acabar su
proyecto. En 1499 los franceses conquistaron Milán y desalojaron del poder a la
familia Sforza, por lo que el mecenazgo de Ludovico cesaba irremediablemente.
El bronce que se destinó al caballo fue requisado para fabricar cañones con los
que defender la plaza de los franceses y parece ser que, una vez que éstos
entraron en la ciudad, usaron el modelo de arcilla para practicar el tiro con
él. Ése fue el fin del sueño de escultor de Leonardo, jamás intentaría volver a
cultivar este género. De repente, sin la protección de un mecenas que le
facilitase el desarrollo de los grandes proyectos que ambicionaba, permanecer
en Milán dejaba de tener sentido, por lo que una vez más se preparó para
iniciar un viaje incierto en busca de un lugar en el que poder desarrollar su
talento.
§. De nuevo en Florencia
Parece que Leonardo probó suerte en otra de las grandes
capitales del arte en la Italia del Renacimiento, Venecia. Allí intentó
reproducir el método que tan buen resultado le había dado en Milán y ofrecer
sus servicios al Dux (máximo magistrado de la República veneciana),
especialmente como ingeniero. Pero ahora sus pretensiones fueron rechazadas.
Durante su estancia en aquella ciudad conoció al más importante de sus pintores
en ese momento, Giorgione, que quedó impresionado por su dominio del claroscuro
y su capacidad no sólo para representar la belleza sino también la fealdad. Una
vez rechazado parecía que no había mucha más opción que volver a Florencia,
adonde llegó a mediados de 1500. El ambiente en la ciudad había cambiado
durante sus diecinueve años de ausencia y para su sorpresa muchas de sus obras
habían sido comentadas y admiradas en los círculos artísticos e intelectuales
de la ciudad del Arno. Parte de este éxito se debía a que una generación más
joven de artistas había entrado en escena y entre ellos Leonardo comenzaba a
ser considerado como un maestro digno de admiración y de ser imitado. Sin
embargo, el más importante de todos estos jóvenes creadores no se iba a mostrar
especialmente simpático con el retornado. Efectivamente, en aquel momento Miguel
Ángel era la personalidad dominante en Florencia y la entrada de un rival de
primer orden en el escenario, junto a su carácter avinagrado, no hicieron que
las relaciones fuesen precisamente pacíficas. Es conocida la anécdota de que
paseando un día por las inmediaciones del Palazzo Spini, Leonardo intervino en
una conversación sobre cómo se debía entender un pasaje de Dante. Aprovechando
que Miguel Ángel pasaba por allí el maestro indicó que seguro que el joven
escultor podría responder a la pregunta. Miguel Ángel se ofendió al pensar que
se trataba de una burla y le espetó agriamente que el caballo que iba a fundir
y que le iba a dar tanta fama había sido abandonado para su vergüenza y para
decepción de los milaneses.
En 1504 y ante el alborozo de los florentinos, la Signoria
encargó a Miguel Ángel y a Leonardo la elaboración de dos frescos para uno de
los salones de su sede y que deberían realizar al tiempo. El tema de ambos
frescos sería el de batallas de la historia de Florencia en las que la
República había salido victoriosa. A Leonardo le fue encomendado representar La
batalla de Anghiari. La expectación ante la competición de los dos grandes
genios del momento en un mismo espacio y al mismo tiempo prometía ser un espectáculo.
Pero la decepción llegó pronto. Leonardo comenzó los trabajos rápidamente pero
al poco tuvo que abandonarlos porque volvieron a surgir problemas con la
técnica empleada para realizar el mural: de nuevo se negó a emplear el fresco,
motivo por el que fue criticado. La única parte de la obra que llegó a ejecutar
se conoce hoy en día gracias a la copia que cien años más tarde realizó Rubens.
Para descargo de Leonardo, Miguel Ángel no realizó el mural que le fue
asignado, por lo que la competición acabó en tablas.
Leonardo permanecería en Florencia hasta 1506. Sólo salió de la
ciudad en el año 1502, cuando se puso al servicio de César Borgia, hijo del
papa Alejandro VI y uno de los señores más poderosos de la Italia del momento,
al que sirvió como ingeniero militar. Pero fue un mecenazgo fugaz ya que al año
siguiente estaba de vuelta en la ciudad de la que había partido. Fueron años
provechosos en todas las facetas de su producción. Parece que fue el momento en
el que más llamó su atención el vuelo de los pájaros y acarició más de cerca el
proyecto de desarrollar una máquina de volar. Sin embargo era muy consciente de
que sus proyectos no eran realizables en la práctica y los relatos del maestro
que arriesgaba la vida de sus discípulos obligándoles a probar sus máquinas
experimentales pertenecen al terreno de la leyenda. Asimismo, éstos son los
años en que se retomaron con fruición los estudios anatómicos basados en la
disección de cadáveres. Es un hecho conocido que dicha práctica estaba
prohibida por la Iglesia y que pese a que varias universidades italianas habían
conseguido dispensa papal para practicarla durante el siglo anterior, todavía
no eran algo común. Leonardo cultivó el estudio anatómico directo desde joven,
algo que le puso en alguna ocasión en aprietos con las autoridades
eclesiásticas, pero es en su segunda etapa florentina cuando llega este interés
a su clímax. A esta etapa pertenece uno de sus dibujos más conocidos al
respecto en el que representa la cara de placidez de un anciano centenario al
morir para proceder a continuación a dibujar la disección de su cadáver con
objeto de esclarecer el motivo de su muerte.
En el terreno de la pintura fueron años de grandes hallazgos.
Dos obras concentraron el reconocimiento público de Leonardo en este período.
La primera de ellas (inacabada y que se conserva en la National Gallery de
Londres) fue Santa Ana, la Virgen y el Niño, obra de 1505 que originalmente
había sido encargada por los hermanos servitas al pintor Filippino Lippi para
el retablo mayor de la iglesia de la Anunziata. Cuando Lippi se enteró de que
Leonardo habría deseado realizar la pintura se retiró gustosamente del encargo
ya que admiraba al maestro y deseaba ver qué proponía para ejecutarlo. Leonardo
elaboró un cuadro admirable en el que sintetizó los hallazgos artísticos que
había ido acumulando hasta su plena madurez: el uso del claroscuro, la sabia
distribución de volúmenes para crear equilibrio (técnica llamada contrapposto),
su modelo de belleza femenina, la puesta en escena de paisajes surgidos de la
observación de la naturaleza pero artificialmente diseñados para generar una
atmósfera evocadora… Fue un nuevo éxito público de Leonardo que afianzó la
admiración de los florentinos. Incluso llegó a acometer dos años más tarde una
segunda versión de la obra en la que profundizaba en los mismos aspectos; ésta
sí que la finalizó y hoy en día se halla en el Louvre.
Si Santa Ana, la Virgen y el Niño marcó el éxito público de
Leonardo en su segundo período florentino, fue otra obra la que a partir de
1505 absorbió todos sus esfuerzos en privado y se volvería casi en una obsesión
en la que volcó su ansia de perfección en el ejercicio del arte. En aquel año
recibió el encargo de Francesco del Giocondo de retratar a su mujer, Lisa (el
nombre de Mona Lisa sería la contracción de ma donna Lisa, «mi señora Lisa»).
Leonardo aceptó el encargo, pese a que no era muy dado a realizar retratos.
Pero en éste precisamente desarrolló todo su potencial creativo. Le dio una
composición muy estudiada: la mujer aparece sentada con las manos apoyadas
sobre el brazo de una silla, el busto casi de perfil y el rostro girado hacia
el espectador; detrás de ella una repisa y en los extremos laterales de ésta
dos columnas apenas insinuadas que encuadran la escena como si estuviese en una
logia que da a un paisaje, el cual se abre amplio y despejado al fondo del
cuadro. El rostro de la mujer fue pintado de una manera inquietante, siguiendo
su técnica tradicional del sfumatto (difuminado) lo idealiza ligeramente, une
sus rasgos: las cejas a la nariz y éstos a la boca, cuyas comisuras se debaten
entre la sonrisa y la melancolía. El paisaje es típicamente leonardesco, en
equilibrio inestable (como el resto de componentes del cuadro) entre la
naturaleza observada y la fantasía desbocada, como si la potencia de las
fuerzas naturales quisiesen competir con la calma triste de la retratada.
Leonardo lo domina todo en este retrato: el espacio, el movimiento, la luz. En
opinión del profesor Beck, «es la espiritualidad inherente al ser humano lo que
Leonardo fue capaz de plasmar en un cuadro que eleva a una figura humana para
convertirla en un tipo de majestad». Muy posiblemente Leonardo concibió la obra
como un desafío total a sus capacidades, quizá por eso no la entregó nunca a
quien se la encargó y quizá por eso la consideró siempre como inacabada,
pendiente del último retoque. La Gioconda, aunque no fue la última obra que
empezó Leonardo muy posiblemente marcó un punto de llegada en su vida, la
culminación de su genio creador a partir del cual los logros irían agotándose
lentamente. Los años posteriores se encargarían de demostrarlo.
§. Milán y el exilio: el ocaso del maestro
En 1506 Leonardo se hallaba de nuevo de viaje. Por razones que
no conocemos (se ha sugerido que por desavenencias económicas) dejó Florencia
para dirigirse de nuevo a Milán, que había abandonado tan sólo seis años antes.
Allí entró al servicio del gobernador francés Charles d’Amboise, siguiendo al
de sus sucesores Gastón de Foix y Giacomo Trivulcio. Es en este momento cuando
llegaron a la corte francesa noticias del gran maestro florentino que estaba en
Milán y el rey Luis XII se interesó en su obra. La fama de Leonardo había
atravesado definitivamente los Alpes. De nuevo el maestro se sentía a gusto en
la capital de Lombardía y por segunda vez se vio obligado a abandonarla por
motivos políticos. Los franceses se vieron forzados a evacuar el Milanesado ante
la amenaza de invasión y Leonardo buscó refugio en Roma, donde uno de los
Medici, León X, ocupaba la cátedra de san Pedro. Allí permaneció durante cuatro
años a lo largo de los cuales se esforzó por mantener el contacto con
Florencia. En 1516 le llegó la oferta del nuevo rey de Francia, Francisco I,
para que dejase Italia y se instalase en el castillo de Cloux, cerca de
Amboise. Leonardo aceptó. Ya mayor, acompañado de sus siempre fieles Salai y
Francesco Melzi y con sus cuadernos y algunas de sus obras más queridas
emprendió de nuevo el viaje.
Poco después de llegar a Francia en 1517 sufrió un ataque de
hemiplejía que durante una temporada afectó seriamente a su movilidad. En este
exilio elegido fue acogido como un mito viviente y la corte le recibió con los
brazos abiertos y le brindó todo tipo de facilidades para que continuase con su
trabajo. Pero ya mayor y muy cansado, el maestro poco más hacía que continuar
anotando y dibujando en sus cuadernos. Falleció en Cloux el 2 de mayo de 1519 a
los sesenta y siete años de edad. Sus biógrafos contemporáneos afirman que poco
antes de morir sufrió un repentino ataque de arrepentimiento y decidió confesar
sus pecados (pese a que durante su vida había dado muestras claras de
descreimiento) y que murió en brazos del rey que tanto había hecho para que fuese
a trabajar a Francia. Por supuesto no hay constancia documental que pueda
corroborar un final tan novelesco.
Sin embargo, en el momento de su muerte Leonardo gozaba ya de un
aura sobrehumana. Había sido un hombre de inquietudes inabarcables y había
cultivado brillantemente casi todas las facetas del conocimiento, aunque
hubiese finalizado sólo unos pocos de los proyectos que emprendió. La mayoría
de sus éxitos los cosechó en el campo de la pintura, en el que creó alguno de
los iconos más potentes que han sobrevivido al paso de los siglos y han sido
objeto de revisión constante por las generaciones que le siguieron. Sus
invenciones —algunas de una inocencia casi infantil—, pese a que se han
mostrado irrealizables en la práctica, han atizado en los que le siguieron
sueños tan antiguos como la propia humanidad: volar, conocer la esencia de la
naturaleza, los secretos del cuerpo humano. Esa mezcla de inquietud por
progresar, por hacer realidad las ilusiones (pese a que la realidad pueda ser
en ocasiones muy amarga) y de encontrar espacios en los que el espíritu humano
pueda desenvolverse con mayor libertad son las claves que han hecho de Leonardo
una de las figuras más admiradas de la Historia y que le aseguran el aprecio de
los siglos venideros.
Capítulo 17
Miguel Ángel
Contenido:
§. El artista eterno
§. Un espíritu sereno y atormentado
§. El primer viaje a Roma: La Piedad
§. Conquistar la inmortalidad: la Capilla Sixtina
§. El artista eterno
No existe juez más duro que el paso del tiempo. Entre los miles
de pintores, escultores, literatos, poetas, músicos o arquitectos que han
existido a lo largo de la historia de la humanidad sólo unos pocos han
sobrevivido a su propio tiempo, y de ellos un número aún menor se ha ganado un
lugar en la memoria colectiva. La serena armonía del Partenón de Fidias, la
belleza de la poesía de Shakespeare, el milagroso aire que se respira en Las
Meninas de Velázquez o el profundo lirismo de la música de Mozart poseen algo
en común: la capacidad de conmover a quien en cualquier tiempo se acerca a
ellas. Sólo la conexión con lo más profundo de las pulsiones humanas garantiza
la resistencia al discurrir de la Historia. Sentirlas primero pero, sobre todo,
desarrollar la capacidad de transmitirlas después distingue el legado de los
genios del arte del legado del resto de los mortales, permitiéndoles ingresar
en el pequeño grupo de los que han vencido al tiempo. Miguel Ángel Buonarroti
se halla por derecho propio entre los elegidos.
Michelagnolo di Lodovico di Buonarroti Simoni nació el 6 de
marzo de 1475 en la pequeña población florentina de Caprese. Su padre, Lodovico
di Buonarroti, ejercía allí el cargo de podestà (primer magistrado municipal)
aunque toda su familia procedía de Florencia. Su madre, Francesca, de la que se
tienen muy pocos datos, había dado ya a luz a otro varón, Lionardo, pero
durante el embarazo de Miguel Ángel sufrió una caída de un caballo que mermó
gravemente su salud. Por esta razón, siendo sólo un bebé de meses Miguel Ángel
fue separado de sus padres para encomendar su cuidado a un ama de cría. La
familia acababa de regresar a Florencia ya que al mes del nacimiento de su
nuevo vástago expiró el mandato de Lodovico en Caprese. La búsqueda de ama de
cría para el pequeño dio fruto en la cercana villa de Settignano y lo que había
obedecido a una cuestión completamente fortuita se convirtió en un hecho
determinante en la vida del futuro artista.
Settignano estaba en una zona montañosa y era conocida por su
cantera. La mujer que había tomado a su cuidado al más joven de los Buonarroti
era hija y esposa de cantero, por lo que Miguel Ángel aprendió lo que era el
mundo viendo tallar a los hombres en la roca. En Florencia habría aprendido a
leer y a escribir, pero en Settignano aprendió todos los secretos del manejo
del martillo y el cincel que se convertirían en sus compañeros de por vida. La
muerte de su madre cuando tenía seis años favoreció la prolongación de su
estancia en Settignano hasta que cumplió los diez, momento en que regresó a
Florencia para reunirse con su padre y sus hermanos (tras él su madre había
alumbrado a otros tres hijos) y en el que inició estudios ordinarios. Los
Buonarroti eran una familia de mercaderes y banqueros perteneciente al
patriciado urbano de Florencia, ninguno de sus miembros se había dedicado jamás
a nada que guardase relación con el arte y dada su posición social tampoco
esperaban que eso sucediese. Pero la Florencia que encontró Miguel Ángel a su
retorno de Settignano no contribuyó a que desease continuar la tradición
familiar.
Desde el siglo XIV y al compás del desarrollo de una floreciente
actividad comercial, las ciudades-estado italianas dieron cobijo a una
creciente burguesía que hizo del gusto por el arte una expresión de su estatus
social. Semejante clima favoreció un importante desarrollo de las artes y las
humanidades que habría de desembocar ya en siglo XV en lo que conocemos como
Renacimiento. Nacía una nueva forma de concebir el mundo en la que, de la mano
del Humanismo y frente a la mentalidad medieval, el hombre pasaba a ocupar un
lugar central. La mirada se volvía hacia la Antigüedad clásica en búsqueda de
una «edad de oro» de la humanidad que debía servir como modelo para el arte, la
filosofía, la literatura… Junto con Roma y Venecia, Florencia, gobernada por la
acaudalada familia Medici, se convirtió en uno de los principales focos de
desarrollo y difusión del Renacimiento italiano. La corte de los Medici era
punto de encuentro de los principales artistas y humanistas del momento y la
ciudad era un escaparate de todo ello.
Como consecuencia de las nuevas corrientes de pensamiento, poco
a poco fue abriéndose paso una nueva concepción no sólo del arte sino también
del papel de los artistas. Hasta entontes éstos eran considerados simples
trabajadores manuales, artesanos, con una actividad propia de aquellos que
pertenecían a las clases sociales más bajas. Frente a ello, en la concepción
renacentista del arte éste no se entendía como una actividad artesanal sino
casi filosófica, intelectual, que dignificaba a quien la ejercía. Sin embargo,
la mentalidad de Lodovico Buonarroti debía de estar más cerca de las ideas
tradicionales que de las nuevas corrientes que habían fascinado a su joven
hijo, por lo que cuando éste le notificó su intención de ser artista rechazó la
idea de plano. Pero Miguel Ángel no estaba dispuesto a aceptar un no por
respuesta y tras tres años de insistencia logró por fin que su padre cediese.
§. Un espíritu sereno y atormentado
El 1 de abril de 1488, con trece años recién cumplidos (algo
tarde para las costumbres de la época), Miguel Ángel entró a trabajar como
aprendiz en el taller del afamado pintor Domenico Ghirlandaio. Ghirlandaio
simpatizaba con las nuevas corrientes artísticas por lo que el ingreso en su
taller supuso una inmersión en la mentalidad renacentista. De él aprendió las
más modernas técnicas pictóricas y, especialmente, la de la exigente pintura al
fresco que años más tarde el aprendiz llevaría a su máxima expresión en la
Capilla Sixtina. La ciudad ofrecía además numerosas obras de arte de las que
aprender y Miguel Ángel supo aprovecharlas. Acostumbraba a visitar varias de
sus iglesias para copiar modelos de las pinturas de Massaccio y Giotto, si bien
incluso en estas obras de juventud ya se traslucía una poderosa personalidad
que no se conformaba con la simple reproducción de lo que veía.
El trato habitual con los principales artistas de la ciudad
permitió que, dos años más tarde, Miguel Ángel entrara a formar parte del grupo
de aquellos que frecuentaban la corte de Lorenzo de Medici. En su calidad de
hombre más poderoso de Florencia, Lorenzo el Magnífico, como se le conocía,
supo rodearse de los más destacados filósofos, poetas y artistas de su época
cuyos trabajos alentaba como mecenas. Los jardines de su palacio en los que
podía verse una impresionante colección de esculturas griegas y romanas eran el
punto de encuentro de muchos de ellos. En línea con la mentalidad renacentista,
estos artistas dejaban de ser artesanos de taller para convertirse en agentes
activos de la erudición y la política de su tiempo. Como indica el ex
conservador del Museo Thyssen, Tomás Llorens, «el nuevo artista, el que
trabajaba en el entorno de un príncipe, actuaba más bien como un asesor, en
diálogo y concurrencia con filósofos, literatos y asesores políticos». Miguel
Ángel, que procedía de una familia de clase alta, siempre llevaría a gala esta
diferencia de tal modo que en su vejez escribiría: «Nunca he sido pintor ni
escultor a la manera de los que tienen tienda abierta. Siempre he procurado
mantener el honor de la familia. Y si he servido a tres Papas ha sido a la
fuerza».
Aun entre tantos artistas, el talento del joven Miguel Ángel
destacaba sobre el resto, así que pronto llamó la atención de Lorenzo el
Magnífico y acabó invitándole a vivir en su palacio. Según recoge el amigo y
biógrafo del artista Ascanio Condivi en la Vita di Michelangelo Buonarroti,
publicada en 1553, la invitación se produjo con motivo de la realización de una
copia de la cabeza de un fauno que adornaba los jardines del palacio: «[Miguel
Ángel] estudiaba un día la cabeza de un fauno, al parecer antiguo, con barba
larga y ademán riente, aunque la boca apenas si se podía discernir porque había
sido dañada por el tiempo (…) y decidió copiarlo en mármol. Lorenzo el
Magnífico tenía en aquel lugar unos bloques de mármol en los que se estaba
trabajando para usarlos en la decoración de la noble biblioteca que él y sus
antepasados habían reunido. (…) Miguel Ángel rogó a los canteros que le dieran
una piedra y pidió prestado el cincel. Y así copió el fauno con tanta habilidad
y tanta diligencia que lo concluyó en unos pocos días, supliendo con la
imaginación lo que faltaba en el modelo antiguo, como los labios; y los
representó abiertos como corresponde a un hombre que se está riendo, de manera
que podía verse el hueco de la boca con todos sus dientes. En ese momento pasó
el Magnífico y vio al muchacho ocupado en pulir la cabeza. Dándose cuenta de la
calidad de la obra, se dirigió a él, y viendo la escasa edad del autor, quedó
maravillado y alabó la hermosura del trabajo; aunque bromeando, como se bromea
con un muchacho, dijo: « ¡Oh! Pero este fauno lo has hecho muy viejo, y sin
embargo le has dejado todos sus dientes. ¿No sabes acaso que a los viejos de
esa edad siempre les falta alguno?». Mil años le pareció a Miguel Ángel que
duraba el breve espacio de tiempo que transcurrió hasta que Lorenzo se fue y él
pudo quedarse solo para corregir su error. Le quitó un diente de arriba, e hizo
con el taladro un agujero en la encía, como si hubiera caído con su raíz.
Esperó así con gran ansiedad a que el Magnífico volviera. Finalmente volvió. Al
ver la voluntad y determinación del muchacho rió mucho; pero luego haciendo
honor a su carácter de padre de todo talento, y considerando la hermosura de la
obra y la juventud del autor, decidió otorgar su favor al joven genio, y le invitó
a vivir en su casa».
Miguel Ángel pudo de este modo acceder a las grandes colecciones
artísticas de la familia Medici así como a su magnífica biblioteca, lo que
marcaría enormemente su formación y desarrollo artístico. También allí entró en
contacto con algunos de los miembros más influyentes de la sociedad italiana
como Giovanni Medici o Giulio Medici, los futuros papas León X y Clemente VII
que serían determinantes con sus encargos para la carrera del artista. De su
estancia en la corte de los Medici datan sus dos primeros trabajos escultóricos
que se conservan,La batalla de los centauros y La Virgen de la escalera. Se
trata de dos relieves de tema pagano y religioso, respectivamente, en los que
la forma de trabajo contrasta a simple vista. Los marcados volúmenes del
primero y el vigoroso movimiento de las figuras transmiten toda la fuerza del
enfrentamiento físico, mientras que el bajísimo relieve de la Virgen y la
serenidad de sus líneas refuerzan la espiritualidad de la obra.
Tradicionalmente suele verse en este contraste un reflejo de la compleja
personalidad de su autor. En palabras del especialista en su obra Charles de
Tolnay, «estas oscilaciones deben entenderse más bien en términos de la
necesidad que sentía el joven artista de expresar, por medio de obras diversas,
las dos tendencias que en su naturaleza luchaban entre sí: una contemplativa
que trataba de evocar una imagen interior de belleza, y otra activa en la que
convergían las fuerzas turbulentas de su propio temperamento».
Mucho se ha escrito sobre el difícil y atormentado carácter de
Miguel Ángel. Tuvo fama de irritable, orgulloso, colérico, solitario,
arrogante… y eternamente insatisfecho. Lo cierto es que ni a los demás ni a sí
mismo les resultaba fácil convivir con su genio creativo. Su nariz partida como
consecuencia de una de sus frecuentes disputas con otros artistas —en este
caso, con Pietro Torrigiano— era la señal evidente de ello. Consciente de
poseer una capacidad fuera de lo normal, el terrible florentino llegaría a
confesar: «La gente es muy dada a difundir mentiras sobre los pintores de
renombre; son raros, insoportables y rudos en el trato, y sin embargo nadie más
humano que ellos… La dificultad de trato con estos artistas no radica
únicamente en su orgullo, porque rara vez encuentran personas que comprenden
sus obras».
Miguel Ángel sólo pasó dos años en la corte de Lorenzo el
Magnífico, pues éste murió en abril de 1492, por lo que el artista regresó a la
casa de su padre. La muerte del más brillante de los Medici marcó el final de
una etapa de la historia de la ciudad que no volvería a producirse. La
prosperidad económica de Italia había comenzado a flaquear, en parte por el
fenómeno de acaparamiento de la riqueza en unas pocas manos que se había
vinculado a la misma, y en parte por la crisis comercial motivada por la presencia
turca en el Mediterráneo. Todo ello generó un caldo de cultivo propicio para el
descontento del pueblo, que culpaba a los Medici de la situación, y para el
florecimiento de corrientes de carácter religioso que clamaban por una
depuración de las costumbres. La cabeza visible de todo ello fue el fraile
dominico Girolamo Savonarola, predicador apocalíptico que tras la marcha de los
Medici gobernó Florencia entre 1494 y 1498. En una reacción de péndulo, los
otrora considerados protectores de las artes fueron acusados de vanidad,
codicia y paganismo. Por toda la ciudad se multiplicaban las hogueras en las
que se quemaba todo aquello que se entendía como signo de la inmoralidad
precedente: vestidos, libros, cuadros de contenido mitológico… Aunque la situación
no se prolongó demasiado tiempo, ya que el propio Savonarola fue declarado
hereje y condenado a morir en la hoguera, la nueva Florencia no parecía el
lugar más adecuado para un artista, por lo que Miguel Ángel no tardó en salir
de allí. En 1494 se fue a Bolonia y tras un breve retorno a Florencia dirigió
sus pasos a la ciudad que inmortalizaría su nombre, Roma.
§. El primer viaje a Roma: La Piedad
El 25 de junio de 1496, Miguel Ángel llegó a Roma con la
intención de darse a conocer y, según Condivi, siguiendo las indicaciones de
Lorenzo di Pierfrancesco, el mecenas de Botticelli. Durante su pequeño regreso
a Florencia Miguel Ángel había tallado como entretenimiento una figura de un
Cupido durmiente inspirándose en los modelos de la Antigüedad. Cuando Lorenzo
di Pierfrancesco lo vio, sorprendido por la maestría de la pieza le dijo: «Si
consiguieras darle un aspecto tal que pareciera haber estado enterrado mucho
tiempo, yo podría mandarlo a Roma, donde lo tomarían por antiguo, y podrías
venderlo mucho mejor». Y así sucedió, sólo que el anticuario que la vendió
consiguió por la pieza doscientos ducados pero envió a su autor treinta.
Ofendido por el engaño, Miguel Ángel marchó a Roma para solventarlo. Tenía
veintiún años.
A su llegada a la ciudad ya le acompañaba cierta fama como
escultor por lo que rápidamente recibió encargos como tal. El primero, una
estatua de Baco, le fue encargado por el banquero Jacopo Galli cuando apenas
había transcurrido una semana desde su llegada, pero sería su segundo encargo
el que le catapultaría directamente a la fama entre sus contemporáneos. Fue el
cardenal Jean Bilhères, embajador de Francia en la corte pontificia, quien
encargó al artista recién llegado una escultura de una «Piedad», es decir, una
imagen de la Virgen sosteniendo a su hijo muerto. El tipo de imagen no era muy
frecuente en el gusto de la imaginería italiana pero sí en el de la francesa, y
el cardenal quiso ofrecer la escultura al Papa como símbolo del apoyo francés a
la Iglesia católica de la Contrarreforma. Miguel Ángel trabajó en La Piedad
entre 1498 y 1499 y abordó el tema tratado de un modo completamente diferente
al que solía hacerse. En lugar de una Virgen dolorosa y anegada en llanto,
concibió la imagen de una jovencísima madre que sostiene tiernamente, casi como
acunándolo, el cuerpo inerme de su hijo. La obra de una inconmensurable belleza
y serenidad causó un enorme impacto cuando se mostró al público. Según recoge
Condivi en la biografía del escultor, el tratamiento dado al conjunto debió de
extrañar a alguno de los miembros del séquito del cardenal pues estaban
acostumbrados al realismo de la imaginería francesa, por lo que uno de ellos le
preguntó con reproche que dónde había visto una madre más joven que su hijo. Miguel
Ángel respondió lacónicamente: «In paradiso».
En 1501 el autor de La Piedad regresó a Florencia precedido de
la enorme fama que la obra le había proporcionado. Una vez allí comenzó a
trabajar en la talla de quince figuras de mármol para la catedral de Siena,
pero en 1503 abandonó el trabajo para hacerse cargo de la obra que más
popularidad le proporcionó en vida. Desde hacía varias décadas la catedral de
Florencia había dado por perdido un proyecto —concebido a comienzos del siglo
anterior— de creación de una serie de figuras monumentales como parte de su
decoración exterior. En su momento se había llegado a encargar al gran maestro
del Quattrocento italiano Donatello la talla de un David con ese motivo. Sin
embargo, aunque la estatua medía casi dos metros, resultó pequeña para su
emplazamiento, y las dificultades técnicas no permitieron resolver el problema.
Cuando Miguel Ángel recibió la propuesta de la catedral de hacerse cargo de la
realización de un David empleando para ello una sola pieza de mármol de
colosales dimensiones no dudó en dejarlo todo para aceptar el reto.
La piedra empleada tenía casi cinco metros y medio, y
precisamente por sus enormes dimensiones y porque otro escultor ya había
comenzado a tallarla sin éxito, había sido abandonada en la obra de la
catedral. Buonarroti hizo construir una valla alrededor del bloque de piedra y
trabajó en él hasta terminarlo sin permitir que lo viese nadie. En 1504 los
florentinos boquiabiertos pudieron contemplar por primera vez el desnudo
masculino más famoso de la Historia. Una estatua de cinco metros y treinta y
cinco centímetros que haría decir a Giorgio Vasari: «De verdad que quien vea
esta obra de escultura ya no hace falta que se preocupe por ver ninguna otra de
ningún otro artista, ya sea de nuestro tiempo, ya sea de cualquier otro». Tal y
como apunta la historiadora del arte Helen Manner, «es el trabajo que
verdaderamente resume todo lo que había aprendido hasta ese momento. Es por
supuesto un desnudo masculino colosal y él había estado estudiando la
Antigüedad clásica. Había estado realizando algunas disecciones para aprender
más sobre el cuerpo humano. Además, el David representaba a Florencia y a su
identidad cívica, era un símbolo de la libertad cívica y eso era algo en lo que
Miguel Ángel creía profundamente». La estatua fue colocada en la Piazza della
Signoria donde podían contemplarla todos aquellos que pasasen por la ciudad.
Desde ese momento la fama se convertiría en compañera inseparable de su autor.
No puede negarse el gusto de Miguel Ángel por todo aquello que
pudiese retar a su capacidad como artista y precisamente de tal gusto nacería
la otra gran obra que llevó a cabo en su etapa florentina. Poco antes de su
regreso a Florencia se había producido el de Leonardo da Vinci, quien contaba
entonces cuarenta y ocho años y estaba en la cúspide de su fama. Los dos
artistas mantenían una tensa relación debido a una mutua y pública rivalidad
que sostendrían de por vida. Ambos, pese a admirar las obras del rival, no
perdían la oportunidad de dedicarse ásperas palabras cuando podían, y así
Leonardo tratando de infravalorar el trabajo de Miguel Ángel como escultor,
llegaría a escribir: «El escultor al crear su obra lo hace con la fuerza de su
brazo, por lo que con frecuencia va acompañado de mucho sudor. El polvo del
mármol cae sobre él cubriéndole entero, de manera que aparenta el aspecto de un
panadero y su casa está llena de la porquería de los trozos de piedra y de
polvo». El segundo, ya en su vejez y al recordar estas palabras, le dedicó
otras no menos ácidas: «El hombre que escribió que la pintura es más noble que
la escultura no sabía lo que decía, y si no comprendió mejor las demás cosas
sobre las que escribía, estoy seguro de que mi criada habría sido capaz de
haber escrito más inteligentemente».
Cuando en la primavera de 1504 ambos recibieron el encargo del
gobierno de Florencia de decorar la Sala del Consejo del Palacio Vecchio con
enormes escenas murales que representasen victorias de la ciudad no dudaron ni
un segundo en aceptar un encargo que permitiría la comparación pública de su
destreza. Leonardo se reservó la parte izquierda del muro este de la sala y
Miguel Ángel la derecha. Sin embargo, el épico enfrentamiento entre los dos
genios renacentistas acabaría en tablas, pues ninguno de ellos finalizó el
encargo. Da Vinci había decidido recrear La batalla de Anghiari entre Florencia
y Milán empleando para ello una nueva técnica de pintura mural inspirada en la
antigua romana, pero la novedad no resultó y su trabajo comenzó a deteriorarse
antes de acabarlo. Decepcionado, optó por olvidarse de él. Por su parte, Miguel
Ángel pensó en representar La batalla de Cascina entre su ciudad y Pisa, pero
sólo llegaría a hacer el cartón para la obra. Conservado durante varios años en
el lugar que la gran pintura tendría que haber ocupado, Benvenuto Cellini
confesaría al contemplarlo junto con los restos del mural de Leonardo: «Ningún
artista, ni antiguo ni moderno, ha alcanzado ese nivel y mientras sigan
intactos servirán como escuela para todo el mundo». Pero Miguel Ángel tenía una
magnífica razón para dejar inconcluso su trabajo; la poderosa voz del papa
Julio II reclamaba su presencia en Roma.
§. Conquistar la inmortalidad: la Capilla Sixtina
Julio II era uno de los hombres más ricos, poderosos e
influyentes de toda Europa. Sólo los mejores artistas de la época eran llamados
para trabajar a su servicio al igual que sucedía en otras relevantes cortes de
monarcas europeos. Pero a comienzos del siglo XVI Roma, además de ser uno de
los polos más importantes de la vida política europea, era el centro cultural
más importante de Occidente. El Papa era un hombre enérgico y ambicioso que
deseaba dejar memoria de su poder haciéndose enterrar en una tumba fastuosa
cuyo proyecto decidió encargar al mejor escultor de su tiempo, Miguel Ángel, en
marzo de 1505. Como indica el especialista Tomás Llorens, «este encargo,
recibido justamente cuando el artista cumplía treinta años, señaló sin duda el
punto crucial de su carrera». El encargo del pontífice consagraba a Buonarroti
como artista pero al tiempo le unía a lo que el propio Miguel Ángel terminaría
denominando como «la tragedia de su vida». Y es que el proyecto de la tumba de
Julio II llegaría a conocer un sinfín de variaciones. Inicialmente el artista
concibió un ambicioso monumento funerario exento que incluía no menos de
cuarenta esculturas de tamaño natural. Con mil ducados de adelanto inició los
preparativos para conseguir el material necesario, el mármol de Carrara, y
montar un taller junto a la plaza del Vaticano para que el pontífice pudiese
visitar frecuentemente las obras. Pero los numerosos problemas de financiación
unidos a los no menos importantes de carácter técnico, entre ellos la
imposibilidad de albergar una tumba de ese tamaño en la reforma de la basílica
de San Pedro proyectada entonces por Bramante, fueron motivando el progresivo
enfado del escultor. Las diferencias personales con Julio II tampoco
contribuyeron a mejorar la situación. En palabras de Tomás Llorens, «es
indudable que debió de haber conflicto y fascinación mutua entre estas dos
personalidades tan representativas de una época que situaba el carácter y la
energía de la voluntad en el centro de su sistema de valores». El resultado de
todo ello fue que un furioso Miguel Ángel salió clandestinamente de Roma para
regresar a Florencia.
Durante varios meses rechazó todas las órdenes enviadas por el
Papa para hacerle regresar, si bien en noviembre de 1506 el artista retornó a
la Ciudad Eterna y retomó su tarea. Sin embargo ésta se vería nuevamente
interrumpida en 1508, aunque en esta ocasión por voluntad expresa del
pontífice. Un nuevo encargo, la decoración pictórica de la bóveda de la Capilla
Sixtina, acapararía todo su esfuerzo durante cuatro interminables años. Miguel
Ángel no recibió con demasiado entusiasmo el encargo; por encima de todo, él se
consideraba escultor y el nuevo trabajo era adecuado para un gran pintor que,
además, manejase con auténtica maestría la técnica de la pintura al fresco.
Pese a todo el florentino tomó los pinceles y comenzó a trabajar en una obra
que por sus dimensiones y dificultad parecía no acabar nunca. El propio Miguel
Ángel en mitad de su agotador trabajo confesaba a su padre en una carta: «Estoy
bastante preocupado porque el Papa no me ha dado un solo céntimo en todo el
año, y no le voy a pedir nada ya que mi trabajo no progresa de una manera que
me haga pensar que merezco algo. Todo ello es debido a la dificultad del
trabajo y también al hecho de que la pintura no es mi profesión; sin embargo
así continúo, pasando el tiempo sin ningún fruto. Que Dios me ayude».
Encaramado a un andamio a veinticuatro metros del suelo, Miguel Ángel debía
permanecer de pie durante horas, doblado hacia atrás y levantando el cuello
para poder ver lo que pintaba. De sus pinceles surgían poco a poco las escenas
bíblicas desde la creación del mundo hasta el Diluvio universal, los profetas y
las sibilas, y lo hacían con una fuerza digna de su genio. Además tenía que
luchar con la impaciencia del Papa, que constantemente le preguntaba por la
finalización de la obra. No es de extrañar que se declarase exhausto.
Finalmente la bóveda de la Capilla Sixtina quedó descubierta el 31 de octubre
de 1512 y la creación del artista florentino se reveló a los ojos de sus
contemporáneos como un milagro. Treinta y tres paneles con más de trescientas
figuras abrumaban por su magnitud y sorprendían por su belleza. El pintor
resultaba ser tan grande como el escultor. Que se refiriesen a él como «El
Divino» ya no podía sorprender a nadie.
Pocos meses después de su inauguración, el gran promotor de la
Capilla Sixtina murió. Miguel Ángel retomó entonces los trabajos de su tumba si
bien nunca llegaría a acabarlos. Pero entre 1513 y 1516 el artista alumbró para
este proyecto otra increíble obra maestra, la escultura de Moisés. La imponente
figura del patriarca bíblico sentado, de mirada terrible y que sostiene su
larga barba aún hoy parece a punto de cobrar vida. Puede que también su autor
lo pensara pues se suele afirmar que cuando la finalizó golpeó con el mazo su
rodilla y le espetó: « ¡Habla!». El predicamento de Miguel Ángel era enorme a
estas alturas de su vida, siendo constantemente reclamado para la realización
de más encargos. Aunque, como todos los artistas de su época, contaba con varios
ayudantes, muchos de sus trabajos quedaron inconclusos pues gustaba encargarse
de la parte más importante del proceso creativo de todos ellos. En 1519 comenzó
a trabajar en la capilla funeraria de sus antiguos mecenas, la familia Medici,
en la iglesia florentina de San Lorenzo. Terminar el proyecto le llevaría
quince años. Como indica la artista italiana Primarosa Cesarini, «Miguel Ángel
tenía a muchas personas trabajando para él. Los artistas contaban con ayudantes
para realizar obras como la Capilla Sixtina, el mausoleo de Julio II y la
capilla de los Medici en Florencia. Resultaba imposible para un solo hombre
hacerlo todo. Además hay que tener en cuenta que aquéllas eran las escuelas de
bellas artes de la época».
Instalado definitivamente en Roma desde el fallecimiento de su
padre en 1534, su trabajo continuó siendo muy fecundo. A esta época pertenecen
algunos de los más bellos poemas que escribió a lo largo de su vida y que
dedicó tanto a Tommaso de Cavalieri, un joven discípulo, como a Vittoria
Colonna, noble viuda que se codeaba con los más destacados intelectuales
renacentistas de la ciudad. Refiriéndose al primero, escribió a un amigo en una
carta: «Desde que entregué mi alma y corazón a Tommaso puedes imaginarte lo
duro que es estar tan lejos de él. Consiguientemente, si deseo sin descanso
estar allí noche y día es sólo para volver a vivir de nuevo, lo cual no puede
hacerse sin el alma. Y ya que el corazón es sin duda la morada del alma es algo
natural que mi alma vuelva al lugar que le corresponde».
La madurez del artista fue encontrando progresivo reflejo en sus
múltiples obras, cuya espiritualidad iría creciendo hasta alcanzar las
fabulosas cotas expresivas de su nueva intervención en la Capilla Sixtina. En
1534 Pablo III le encomendó la realización del mural de El Juicio Final de la
capilla. Tomando como guía el relato del Apocalipsis de san Juan, Miguel Ángel
representó a Cristo como Dios y Juez separando las almas de los justos de las
de los condenados que se despeñan arrastrados por demonios hacia el abismo. El
contraste con las pinturas que él mismo había realizado en la bóveda subrayaba
aún más el terrible dramatismo del mural. Invirtió en la tarea siete años y el
resultado de ella fue tan impactante que cuando el pontífice pudo verlo
descubierto cayó sobre sus rodillas pidiendo a Dios que intercediese por él en
el día del Juicio. Sin embargo no todas las reacciones fueron como la de Pablo
III. Algunos miembros de la curia defensores de la moral de la Contrarreforma
se mostraron contrarios a la obra. La profusión de desnudos se consideraba
obscena y motivó la protesta del cardenal Biagio da Cesena, entre otros. Miguel
Ángel se vengó retratando al cardenal en el fresco como Minos, el príncipe del
infierno, desnudo, adornado con orejas de burro y rodeado por una serpiente.
Cuando el Papa trasladó a Miguel Ángel la airada protesta del cardenal por la
ofensa no dudó en contestarle que si bien el pontífice podía librar a Biagio
del purgatorio, no tenía poder para hacerlo del infierno. Aunque la imagen de
Minos no se modificó, en los años siguientes muchos de los desnudos del fresco
se cubrieron con paños pintados.
En 1546 Miguel Ángel se hizo cargo de los trabajos
arquitectónicos de la basílica de San Pedro a los que se dedicaría hasta su
fallecimiento en 1564. Sólo llegó a completar el proyecto de la cúpula del
edificio, que terminaría por convertirse en uno de los ejemplos más brillantes
de la arquitectura del Renacimiento. Mayor, casi ciego y sin necesidad de
hacerlo por dinero, al final de su vida acometió la realización de varias
esculturas que dejó inacabadas. En una carta a Giorgio Vasari dejaba testimonio
de ello: «Mis manos tiemblan, mis ojos están prácticamente ciegos. No soy más
que un saco de huesos y nervios. (…) Estoy enfermo con todos los achaques que
afligen a los ancianos, tan viejo que la muerte me está tirando de la manga
para llevarme con ella. Estoy esculpiendo otra Piedad. Que Dios me permita
terminarla». Se trataba de la Piedad Rondanini, una de sus obras más
conmovedoras, que no llegaría a finalizar.
En sus ochenta y ocho años de vida Miguel Ángel dejó una
herencia de incalculable valor para la Historia del Arte. Sus obras conmovieron
y sorprendieron a partes iguales a sus contemporáneos, que le reconocerían como
uno de los mayores artistas de todos los tiempos. Más de cuatrocientos años
después de su muerte sigue produciendo los mismos sentimientos en quienes
contemplan el resultado de su trabajo. Abarcó todas las disciplinas del arte y
en todas alcanzó cotas tan elevadas que resulta difícil creer que sean fruto de
las manos y la mente de un solo hombre. El lugar en la Historia que ocupa
Miguel Ángel casi parece un premio pequeño para tan inmenso legado.
Capítulo 18
Martín Lutero
Contenido:
§. El reformador de la cristiandad
§. Hacia la ruptura con Roma
§. Las «noventa y cinco tesis»
§. De reformador a hereje
§. De hereje a reformador
§. El reformador de la cristiandad
Acomienzos del siglo XVI un auténtico terremoto reformador
recorrió la vida religiosa y política de Europa. El catalizador de semejante
convulsión fue un fraile agustino alemán, Martín Lutero, que sin proponérselo
dio pie a los dos procesos esenciales que definen toda la historia moderna
europea, la Reforma protestante y la Contrarreforma o Reforma católica. Las
consecuencias espirituales y políticas de la quiebra de la cristiandad que vino
de su mano tuvieron su expresión más evidente en las llamadas «guerras de
religión» que habrían de durar hasta mediados del siglo siguiente. Pero más
allá de eso, la secularización de la política que tan natural parece en
nuestros días, o la tolerancia religiosa propia de las sociedades occidentales
actuales, son el fruto de una evolución histórica marcada por aquellos
enfrentamientos. La figura de Lutero pasaría a la Historia como la del gran
reformador devoto, justo y valiente para unos, y como la del auténtico diablo
destructor de la unión cristiana para otros. Entre los dos mitos se sitúa una
realidad histórica no siempre fácil de reconstruir pero absolutamente
apasionante. Lutero destapó la caja de Pandora y sobre su estela se escribió la
historia de una Europa que aún hoy es deudora de todos aquellos procesos.
Martín Lutero nació el 10 de noviembre de 1483 en la localidad
alemana de Eisleben, situada en el condado de Mansfeld. Fue bautizado al día
siguiente conforme a la costumbre de la época de hacer recibir a los recién
nacidos el sacramento cuanto antes por si morían, posibilidad nada remota a
tenor de la altísima mortalidad infantil habitual entonces. El nombre de Martín
fue por tanto el que correspondía al santo del día del bautismo. Era el segundo
de los hijos del matrimonio formado por Hans Ludher y Margarita Ana Lindemann,
que aún tendría seis vástagos más. Cuando Lutero contaba algo más de seis meses
su familia se trasladó a Mansfeld pues se trataba del centro industrial y
minero más importante de la zona y Hans, que trabajaba como minero, vio en el
traslado la posibilidad de labrar un futuro más próspero para su familia. No se
equivocaba. Tras varios años desempeñando las duras tareas de zapador y
entibador, fue medrando hasta que en 1491 logró convertirse en uno de los
cuatro encargados de la administración municipal de Mansfeld. Puede decirse que
los Lutero pasaron a formar parte de la pequeña burguesía local y que, en
consecuencia, la cuidada educación que trataron de procurar a sus hijos fue la
que consideraban correspondiente a tal condición.
Lutero permaneció en casa de sus padres hasta los trece años,
edad a la que comenzó a acudir a la escuela local de la parroquia de San Jorge
en la que aprendió a leer, escribir, contar, ciertas nociones de latín y
catecismo. Sobre la educación recibida por Lutero en el ámbito familiar se han
hecho cientos de especulaciones, e incluso se llegó a hablar de una infancia
desgraciada, un padre alcohólico, traumas sexuales y todo tipo de aditamentos
morbosos al servicio de la defensa o denostación del mito creado en torno a su
figura. Sin embargo hoy los historiadores coinciden en señalar que la realidad
fue mucho menos pintoresca y, como recuerda Ernest Gordon Rupp, especialista en
Lutero y su obra, «nada extraordinario parece haber existido en el hogar ni en
la educación de Lutero». Tanto en la escuela de Mansfeld como en casa Lutero
recibió una formación religiosa convencional si bien nunca conservaría buen
recuerdo de la primera por sus estrictos métodos y la frecuencia con la que se
recurría al castigo. Así, muchos años después escribiría: «Ahora ya no existe
aquel infierno y purgatorio de nuestras escuelas, en las que fuimos
martirizados con los modos de declinar y de conjugar los verbos latinos y
donde, con tantos vapuleos, temblores, angustias y aflicciones no aprendimos
absolutamente nada».
Tras un año de estancia en Magdeburgo para acudir a su escuela
superior, y donde probablemente conoció a los Hermanos de la Vida Común, grupo
religioso formado por miembros del clero y laicos que defendían la necesidad de
una renovación espiritual de la Iglesia, los padres de Lutero decidieron que
continuase sus estudios en la ciudad de Eisenach, situada a unos cien
kilómetros de Mansfeld. Después de un viaje a pie, el joven Martín Lutero llegó
a su destino a mediados del mes de abril de 1498. Allí se matriculó en la
Georgenshule en la que cursó tres años de estudios humanísticos y donde
aprendió a hablar y escribir en latín con corrección y soltura. El encuentro
con los clásicos así como con una educación esmerada fue una experiencia muy
estimulante para un adolescente con grandes inquietudes aunque, como apunta su
biógrafo Rafael Lazcano, «los niveles de pobreza por los que atravesó el
estudiante Lutero en Eisenach no debieron de ser pequeños, con frecuentes
privaciones y penurias, hasta el punto de verse obligado a mendigar trozos de
pan por la ciudad para quitarse el hambre». Pese a la difícil situación
material de Lutero en Eisenach, su familia había conseguido prosperar, por lo
que una vez finalizados los estudios en la Georgenshule sus padres, conocedores
de la capacidad intelectual de Lutero y deseosos de garantizarle un estatus
acorde con la situación social familiar, le enviaron a iniciar estudios
universitarios a Erfurt. Así, en 1501 se matriculó en los cursos de Artes que
se exigían como paso previo al ingreso en las facultades mayores de Derecho,
Teología y Medicina, y en 1505, al terminarlos, con objeto de complacer a su
padre, se matriculó en la Facultad de Derecho de Erfurt. Sin embargo, la
formación recibida en esos años unida a la religiosidad personal de Lutero le
hacían desear otro camino vital, por lo que el 17 de julio de ese mismo año,
defraudando las expectativas paternas, Lutero ingresó como novicio en el
convento de agustinos de Erfurt. Deseaba hacer de la religión una forma de
vida, quería profundizar en su formación espiritual y teológica y se sentía
inclinado a la vida monacal. Nada hacía presagiar que una década más tarde su
ruptura con la Iglesia sería la más sonada de la historia de la cristiandad.
§. Hacia la ruptura con Roma
Resulta imposible hacer una valoración ajustada de la figura de
Martín Lutero sin tener en cuenta las particulares características espirituales
de la Europa del siglo XVI. Desde el punto de vista religioso, toda Europa
formaba desde la Edad Media una unidad que reconocía como cabeza al Papa de
Roma. Pero en esa cristiandad así definida no faltaban las corrientes críticas
que, frente a lo que consideraban una corrupción de las buenas costumbres y
dogmas cristianos, abogaban por una reforma de las mismas. No pocas de esas
corrientes fueron declaradas heréticas a lo largo de los siglos, si bien la
unidad de la cristiandad occidental se mantuvo. A comienzos de la Edad Moderna
las críticas hacia la mala formación del clero, así como hacia la indefinición
doctrinal de la Iglesia en numerosas cuestiones, arreciaron de mano de los
humanistas, quienes además, en su rescate de la cultura clásica, criticaron
duramente las imprecisiones de la versión de la Biblia aceptada por la Iglesia,
la llamada «Vulgata». Por otra parte, las sociedades de la Europa medieval y
moderna estaban fuertemente sacralizadas, es decir, en ellas el papel de lo
religioso ocupaba un lugar esencial en su definición y conformación. Política y
religión no eran entonces esferas claramente separadas y la religión impregnaba
los actos de la vida cotidiana, la cultura y la forma de entender el mundo de
todos los individuos. En ese mundo maduró y se formó Lutero, y en Erfurt entró
en contacto tanto con las corrientes más conservadoras del pensamiento religioso
como con las que se mostraban más críticas con la Iglesia.
El convento de San Agustín de Erfurt tenía fama por la calidad
de la formación que en él se impartía, pues poseía un Studium generale y una
cátedra de Teología agregada a la universidad de la ciudad. Dentro de la orden
agustiniana, el convento de Erfurt era de los que estaban adscritos a la
Congregación de la Observancia de Alemania, es decir, la de aquellos conventos
agustinos alemanes en los que se seguía un cumplimiento (observancia)
especialmente estricto de los principios de la orden. Como indica el profesor
Lazcano, la vida cotidiana de Lutero quedó definida por el «rezo común en el
coro, comidas en comunidad, respeto del tiempo de silencio, prohibición de
posesión de bienes (sobre todo de libros), uso de un hábito igual para todos,
dedicación a la oración y al estudio, veto del trato con mujeres, y salida del
convento sólo con la autorización del prior». Tras un año de noviciado realizó
sus votos perpetuos a finales de septiembre de 1506 y fue ordenado sacerdote en
abril del año siguiente. Unos meses más tarde el vicario general de su orden,
Juan de Staupitz, decidió su traslado al convento agustino de Wittenberg para
que pudiese seguir estudios de Teología al tiempo que se ocupaba de dar clases
de Filosofía vinculado a la cátedra de Ética aristotélica del citado convento.
Al año siguiente regresaba a Erfurt ya como profesor de Teología, pero sus
deseos de profundizar en esta disciplina y obtener el doctorado en la misma
volverían a llevarle a Wittenberg, donde obtendría el grado de doctor en
Teología ya en 1512. Sin embargo, antes de ello Lutero vivió una experiencia
que habría de marcarle profundamente: su viaje a Roma.
A finales de 1511 Lutero fue escogido junto con otro fraile
agustino, Juan de Mecheln, para realizar un viaje a Roma en representación de
los conventos de su congregación. Tenían la misión de presentar ante el general
de la Orden Agustina en Roma, y en última instancia ante el mismo Papa, las
razones por las que la citada congregación rechazaba la incorporación jurídica
de los conventos de la provincia de Sajonia. Independientemente de la
importancia que sin duda Lutero concedió a su encargo, y que acabó en fracaso,
cabe imaginar la emoción con la que el devoto religioso se dirigió a la ciudad
en la que residía el centro de la vida espiritual cristiana. No obstante, todo
parece indicar que lo que allí encontró antes que espolear su identificación
con la Iglesia más bien contribuyó a distanciarle de algunas de sus prácticas,
pues la Roma de Julio II en la que Miguel Ángel pintaba la Capilla Sixtina y
realizaba un colosal sepulcro a mayor gloria del pontífice tenía mucho más en
común con cualquier corte laica europea que con el referente de espiritualidad
que se suponía también era. Sería inexacto afirmar que el viaje a Roma supuso
una crisis espiritual para Lutero, ni que en él se fraguaron algunos de los
principios doctrinales de su posterior formulación teológica, pero de lo que no
cabe duda es de que contribuyó a reforzar en el agustino la imagen de una
Iglesia muy perfectible y de un pontificado con tantas sombras como luces.
A su regreso al convento de Wittenberg, Lutero se convirtió en
uno de los cinco profesores que conformaban la Facultad de Teología de la
universidad de la ciudad, y en los siguientes años alternó sus obligaciones
docentes con el desempeño de diversos cargos dentro de su orden. Desde el 6 de
octubre de 1513 ocupó la cátedra de Sagrada Escritura, algo que le complacía
especialmente ya que su gran pasión como teólogo era precisamente el estudio de
la Biblia al que se entregó con denuedo. El estudio de la Biblia formaba parte
sustancial de la religiosidad de Lutero pues estaba convencido de que las
respuestas que buscaba como creyente se encontraban en ella. Por otra parte,
Lutero rechazaba en buena medida la imperante teología escolástica frente a la
que reivindicaba una teología de cuño paulino-agustiniano en la que daba
especial valor a la experiencia directa del cristiano con Dios, sin mediadores,
otorgaba una capacidad muy superior a la gracia divina y la fe frente a las
acciones humanas como forma de obtener la salvación y, sobre todo, rechazaba la
posibilidad de «atesorar» buenas obras como garantía para lograrla. Este último
punto guardaba relación con el profundo desprecio que, al igual que otros
muchos religiosos críticos de la época, Lutero sentía por el método de
compraventa de indulgencias aceptado por la Iglesia y ampliamente difundido por
toda Europa.
Las indulgencias eran una suerte de título que garantizaba a
quienes lo adquirían la posibilidad de redimir almas del purgatorio, disminuir
el número de días que habrían de pasar en él tras la muerte, o incluso evitarlo
en el caso de las llamadas «indulgencias plenarias». Teológicamente la cuestión
tenía una justificación complicada, pero a grandes rasgos puede decirse que la
Iglesia se consideraba depositaria de los sufrimientos de Cristo y de los
méritos de los santos y por ello podía administrar la salvación que de ellos
dependía. Cuando se producía la predicación de indulgencias, que es el nombre
que recibía su venta, que siempre se vinculaba a fines teóricamente píos
(financiación de Cruzadas, de obras de catedrales…), los fieles podían
adquirirlas a cambio de una determinada suma de dinero, lo que en la práctica
terminó convirtiéndose en un mercadeo del perdón de los pecados. Como indica el
profesor Rupp, «a principios del siglo XVI las indulgencias habían llegado a
constituir una parte importante de las finanzas pontificias administrada por
los grandes banqueros Fugger, y en la que intervenía tal número de
intermediarios de diferentes categorías eclesiásticas que la posibilidad de
escándalo nunca fue remota». Lutero, cuya fuerte impronta de la antropología de
san Agustín le hacía desconfiar de la capacidad humana para obtener la
salvación mediante buenas obras, no podía encontrar moralmente más rechazable
un sistema que directamente permitía comprar sus efectos aunque no llegasen ni
a realizarse.
Las profundas creencias de Lutero se traslucían en su trabajo
como profesor de la Universidad de Wittenberg, donde paulatinamente fue ganando
prestigio como teólogo crítico. Las disputas en materia de teología eran
entonces frecuentes entre los especialistas sin que con ello se plantease una
ruptura con el orden establecido. Del mismo modo, las peticiones de reformas de
abusos de las costumbres de la Iglesia eran también frecuentes y, en muchos
casos, daban pie a importantes movimientos reformadores en el interior de la
institución eclesiástica. Cuando en 1517 Lutero, convencido de la necesidad de
depurar algunas cuestiones doctrinales de la Iglesia (especialmente las
vinculadas con las indulgencias), hizo públicas sus críticas en sus llamadas
«Noventa y cinco tesis» lo último en que pensaba era en una ruptura formal con
la Iglesia de Roma.
§. Las «noventa y cinco tesis»
Tradicionalmente, en los colegios y en los libros suele comenzar
a explicarse la Reforma protestante con un hecho no exento de connotaciones
teatrales: hacia el mediodía del 31 de octubre de 1517, Lutero atravesó la
plaza de la catedral de Wittenberg para clavar en su puerta sus célebres
«Noventa y cinco tesis». Este hecho, cuya existencia real discuten los
historiadores, era sólo uno de los medios habituales empleados para dar pie a
discusiones doctrinales que en ningún caso pretendían plantear una ruptura con
el orden religioso establecido. Se trataba sólo de abrir una vía para el debate
sobre la necesidad de reconsiderar y reformar ciertos aspectos de la vida
social, política y religiosa que, con el paso del tiempo, se habían ido
asociando a la Iglesia. En cualquier caso, considerar que la doctrina teológica
luterana nace con las «Noventa y cinco tesis» es un claro error ya que, como
afirma el historiador Quentin Skinner, «empezar la historia de la Reforma
luterana en el punto de partida tradicional es comenzar por la mitad. La
célebre acción de Lutero de clavar las Noventa y cinco tesis en la puerta de la
catedral de Wittenberg (…) simplemente constituye la culminación de una larga
jornada espiritual emprendida por Lutero a partir de su nombramiento, seis años
antes, para la cátedra de Teología en la Universidad de Wittenberg».
Efectivamente, la profundización en sus estudios teológicos, y
especialmente en la filosofía de san Agustín con la que tanto se identificaba,
fue causa de que Lutero, cuyos sentimientos religiosos eran muy profundos, se
sintiese enormemente atormentado por el íntimo convencimiento de la incapacidad
del hombre para lograr la salvación y de su necesaria condena vinculada a la
justicia divina. En la base de toda la formulación teológica desarrollada por
Lutero estaba la idea de que el hombre, por su naturaleza, era incapaz de no
pecar; en consecuencia, nada podía hacer para «justificarse» ante los ojos de
un Dios que encarnaba la justicia y, por tanto, para salvarse. El
convencimiento de que el hombre sólo podía condenarse desató en Lutero una gran
crisis de fe a la que como teólogo trató de dar respuesta. Y ésta llegó en 1515
en lo que él mismo bautizó como su «experiencia de la torre». Lutero estudiaba
en una sala de la torre del convento agustino de Wittenberg y fue allí,
mientras preparaba un nuevo curso de conferencias académicas, cuando al leer el
Salmo 30 («Libérame en virtud de tu justicia») encontró la solución a sus
cuitas: la justicia divina no consistía tanto en el castigo como en la
capacidad para salvar a los hombres si éstos, pese a su naturaleza pecadora,
tenían fe. Su angustia quedó de golpe disuelta y como él mismo llegaría a decir
sintió que «había renacido por completo y había entrado en el paraíso por las
puertas abiertas». En palabras del profesor Skinner, «cuando Lutero tuvo esta
visión interna fundamental, todos los demás rasgos distintivos de su teología
encontraron su lugar».
Así, desde 1515 Lutero comenzó a definir los principios básicos
de su pensamiento teológico y, al mismo tiempo, comenzó a difundirlos en sus
clases. Pero si sus ideas podían discutirse en el ámbito académico e incluso
aceptarse, ¿qué motivó que Lutero publicase sus «Noventa y cinco tesis» en
1517? Y, más aún, ¿qué sucedió para que lo que se había planteado como una
reforma de abusos más terminase convirtiéndose en una ruptura formal con la
Iglesia? Antes que nada, conviene recordar que Alemania era entonces un
conglomerado de principados y territorios que reconocían obediencia a un
emperador. En estas circunstancias, un asunto casual vino a precipitar los
hechos: el príncipe Alberto de Hohenzollern era arzobispo de Magdeburgo y, por
esas fechas, presentó su candidatura a la sede arzobispal de Maguncia. Por su
parte, el príncipe de Sajonia, señor de Lutero, tenía intereses contrarios a
los de Alberto de Hohenzollern y cuando éste llegó a un acuerdo con Roma por el
que se le concedía el arzobispado de Maguncia a cambio de que durante varios
años vendiese indulgencias destinadas a financiar las obras del Vaticano, el
príncipe de Sajonia decidió prohibir la venta de dichas indulgencias en su
territorio. Esta decisión poco tenía que ver con los escrúpulos morales del
príncipe de Sajonia hacia las indulgencias, sino que respondía a sus intereses
políticos y económicos. Prohibiendo su venta no sólo contribuía a debilitar la
posición de su enemigo, sino que además se aseguraba que el dinero de sus
súbditos no saliese de su territorio y que la propia venta de indulgencias que
él mismo practicaba no se viese resentida. Lutero, por su parte, no podía estar
más de acuerdo con la prohibición, pero pronto sería evidente que iba a servir
de poco. Los habitantes de Wittenberg, así como de otras ciudades de Sajonia,
deseosos de obtener las preciadas indulgencias que les aseguraban la
disminución de días de purgatorio, no dudaron en desplazarse a localidades
vecinas en las que la prohibición carecía de vigencia. El trasiego comercial
protagonizado fervorosamente por sus vecinos fue la gota que hizo derramar el
vaso de la paciencia de Lutero, quien, indignado, envió una queja formal al
arzobispo Alberto de Maguncia el mismo día en que clavaba sus «Noventa y cinco
tesis» en la puerta de la catedral de Wittenberg. En ellas hacía una crítica
feroz del sistema de indulgencias y de las cuestiones en que consideraba que la
doctrina o la práctica de la Iglesia se había desviado de lo que debía ser. El
ataque contra las indulgencias rápidamente encontró eco tanto entre los
humanistas de la época como entre amplias capas de la población alemana que las
veían como una trivialización de cuestiones religiosas en aras de la obtención
de beneficios económicos; en consecuencia, los escritos de Lutero se publicaron
y empezaron a circular por toda Alemania. Probablemente unas décadas antes los
textos de Lutero no habrían tenido tanta repercusión, pero la difusión de la
imprenta fue la clave de la rápida divulgación de sus ideas. Pese a ello, como
indica el historiador Heinrich Lutz, «ni el monje agustino, ni el importante
grupo de humanistas, teólogos y magistrados, pronto también de maestros
artesanos y posaderos, que comenzaron a leer y a difundir sus escritos, podían
hacerse una idea de las posibles consecuencias de este desarrollo. Nadie
pensaba en una división dentro de la Iglesia o en la formación de una “segunda
Iglesia”». Se trataba sólo de plantear una reforma de abusos desde el interior
de la propia Iglesia, pero las cosas iban a llegar infinitamente más lejos.
§. De reformador a hereje
Lutero clamaba por una reforma, pero de sus escritos se
derivaban ideas que podían hacer peligrar el orden de cosas conocido: si como
afirmaba, sólo la fe salvaba a los hombres, y por tanto de nada servían las
indulgencias, ¿qué papel le quedaba a la Iglesia en medio de ello? Lutero
defendía la relación directa del creyente con Dios, sin mediación ninguna, sólo
la de su fe. La Iglesia definida como institución mediadora y administradora de
la gracia de Dios desaparecía de un plumazo en ese modelo. La única guía que
necesitaban los fieles era la que debía proporcionarles la lectura de la Biblia
que tanto agradaba al agustino. Quedaba claro que, a la luz de sus
interpretaciones teológicas, el papel de la Iglesia como institución cuando
menos debía revisarse. No es de extrañar por tanto que, ante la creciente
popularidad de sus postulados, en 1518 se abriese un proceso por herejía a
Lutero en Roma.
En otoño de ese mismo año el agustino fue interrogado en
Augsburgo por el legado pontificio, el cardenal Cayetano. Lutero deseaba llegar
a un entendimiento, pero el legado del Papa no le dio ninguna oportunidad para
ello y le exigió la declaración de culpabilidad, la retractación inmediata y el
silencio posterior. Lutero no estaba dispuesto a callar pues estaba
absolutamente convencido de la verdad de sus afirmaciones, por lo que no sólo
se ratificó en ellas sino que además, empujado en buena medida por el interrogatorio
del cardenal, llegó a poner en entredicho la infalibilidad del Papa y la
primacía de su poder frente a la del concilio. En esa situación y desoyendo la
conminación del legado para que se entregase, regresó a Wittenberg. El legado
recurrió al príncipe de Sajonia, pero en diciembre de 1518 éste respondió con
una negativa tajante a que Lutero fuese enviado a Roma para ser juzgado o a que
se le confinara sin darle la oportunidad de explicarse. El Papa estaba atado de
manos, pues por razones políticas no le convenía granjearse el descontento del
príncipe de Sajonia. Por entonces se preparaba la inminente sucesión de la
corona imperial y tanto el emperador Maximiliano, que moriría a comienzos de
1519, como el Papa necesitaban contar con el apoyo del príncipe de Sajonia para
la elección del nuevo emperador. Ni el pontífice podía actuar contra el
príncipe ni tampoco podía pedir al emperador que lo hiciese. La coyuntura
política benefició en última instancia a Lutero, que pudo evitar su traslado a
Roma. Finalmente la sucesión imperial se produjo y en junio de 1519 Carlos V
fue nombrado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (nombre que recibía
entonces Alemania), pero como indica el profesor Rupp, el tiempo que había
transcurrido fue suficiente para que se produjese un salto cualitativo: «Se
habían desencadenado ya tales fuerzas que, cuando el Papa y el emperador
estuvieron dispuestos a actuar de común acuerdo, no tuvieron ya que enfrentarse
con un simple clérigo sino con toda una ola de rencores de orden político
contra Roma».
Mientras los acontecimientos políticos se precipitaban, el
debate teológico era cada vez más intenso y en ese contexto tuvo lugar la
«Disputa de Leipzig» del verano de 1519. Se trató del enfrentamiento público de
Lutero con el teólogo tomista y conservador de la Universidad de Leipzig
—tradicional enemiga de la de Wittenberg— Johannes Eck. El durísimo
enfrentamiento de ambos teólogos terminaría llevando a Lutero a radicalizar sus
posturas en relación con el papado y los concilios. Espoleado por Eck, Lutero terminó
reconociendo la falibilidad (capacidad de equivocación) de éstos y, teniendo en
cuenta que tampoco reconocía la infalibilidad del Papa, el reconocimiento de la
autoridad de la Iglesia saltaba por los aires. La única autoridad era para
Lutero la Biblia. La declaración de semejantes ideas como heréticas era sólo
cuestión de días: el 15 de junio de 1520, Roma condenaba como heréticas las
doctrinas de Lutero mediante la bula Exsurge Domine. Como se hacía en tales
casos, la bula debía publicarse en todas las iglesias de la cristiandad y había
que quemar los libros heréticos de Lutero allí donde los hubiese.
La condena dio lugar a una auténtica «guerra de hogueras» ya que
el nuncio apostólico que tenía que ejecutar lo dispuesto en la bula comenzó a
encontrar problemas para hacerlo en el momento en que se adentró en Alemania.
Los estudiantes de las zonas de Maguncia y Colonia —seguidores de Lutero— se
las ingeniaron para arrojar los tratados escolásticos criticados por el
agustino a las hogueras en que debían arder sus obras y, como recuerda el
profesor Teófanes Egido, el 10 de diciembre de 1520 los estudiantes y
profesores de la Universidad de Wittenberg hicieron aparecer la siguiente
convocatoria en la puerta de la iglesia: «Si estás interesado en conocer el
verdadero Evangelio, no dejes de acudir hacia las nueve de la mañana a la plaza
de la Santa Cruz extramuros. De acuerdo con la antigua costumbre apostólica,
allí serán quemados los libros impíos del Derecho papista y de la teología
escolástica, ya que la osadía de los enemigos de la libertad evangélica ha
llegado hasta el extremo de arrojar a la hoguera los escritos espirituales y
evangélicos de Lutero. ¡Ánimo, piadoso e instruido joven! No faltes a este
santo y edificante espectáculo porque quizá haya sonado la hora de
desenmascarar al Anticristo». El mismo Lutero acudió a la cita y, arrojando la
bula condenatoria a las llamas, dijo: «Que el fuego te atormente por haber
atormentado tú a la verdad». Ya no era posible la vuelta atrás.
§. De hereje a reformador
La quema de la bula que condenaba sus escritos fue un acto de
gran valor simbólico para los seguidores de Lutero, pero la defensa de su
postura no se limitó a ello. Desde la Disputa de Leipzig, el teólogo de
Wittenberg no había dejado de publicar una obra tras otra en la que daba forma
a su doctrina y se afirmaba en ella. A lo largo de 1520 vieron la luz su
Tratado sobre el papado de Roma, en el que defendía una Iglesia sin jerarquías
y abogaba por la abolición del papado; el Manifiesto a la nobleza cristiana de
Alemania, en el que apelaba a la capacidad reformadora de los señores
territoriales frente al Papa invitando a la creación de una nueva Iglesia
alemana desvinculada de éste, o La cautividad babilónica de la Iglesia, en la
que, negando la capacidad mediadora de la Iglesia, sólo reconocía como
sacramentos instituidos en la Biblia el bautismo y la eucaristía, definiendo
los demás como inventos humanos para justificar la Iglesia jerárquica. Lutero
atacaba el fundamento mismo de la Iglesia y del pontificado de Roma, por lo que
el 3 de enero de 1521 el Papa publicaba la bula Decet Romanum Pontificem por la
que se le excomulgaba y declaraba hereje. Poco después, Lutero publicaba su
obra Sobre los votos monásticos en la que rechazaba los votos de castidad, obediencia
y pobreza de monjes y monjas. Los abandonos de conventos empezaron a sucederse
y la situación de quiebra comenzó a parecer irremediable.
La única posible solución al conflicto podía darse en la reunión
de la Dieta de Worms (la Dieta era algo así como el Parlamento del imperio) que
habría de celebrarse ese mismo año. Pero se trataba además de la primera Dieta
de Carlos V como emperador y su postura tajante a favor de Roma no iba a dejar
mucho espacio para la negociación con los príncipes territoriales que apoyaban
a Lutero. Aún así, el nuevo emperador sabía que debía obrar con cautela por lo
que decidió permitir la comparecencia de Lutero ante la Dieta. Como recuerda el
profesor Rupp, «cuando en la mañana del 16 de abril de 1521 entró en las calles
de Worms, su cortejo, ampliado a las proporciones de una verdadera procesión,
no fue seguido por miradas malévolas de incontables enemigos, sino por las
aclamaciones del pueblo alemán, de cuyo ruidoso entusiasmo por Lutero,
Alexander [el nuncio apostólico] se lamentó amargamente». Al día siguiente
Lutero compareció ante la Dieta; le preguntaron por la autoría de los escritos
condenados y si estaba dispuesto a retractarse de lo dicho en ellos. En una
muestra de habilidad Lutero solicitó que se le concediese tiempo para responder
ya que si debía discriminar entre sus escritos necesitaba reflexionar sobre
ello. La Dieta consintió en retrasar la respuesta hasta el día siguiente y con
ello Lutero logró obtener el tiempo necesario para preparar una contestación
adecuada. Cuando finalmente compareció para responder, tras dar razones sobre
cada una de sus obras, afirmó que le resultaba imposible retractarse puesto que
no era «prudente ni justo obrar contra la propia conciencia», pero además
añadió que si cualquiera de los presentes podía demostrarle fundamentándose en
la Biblia que sus afirmaciones eran erróneas estaría dispuesto a retractarse e
incluso a arrojar sus obras al fuego. En palabras del profesor Rupp, «conminado
a dar una simple respuesta, había conseguido pronunciar todo un discurso y, en
la opinión de muchos, en quienes se perdía el tono irónico de sus palabras,
había dificultado el veredicto sugiriendo la posibilidad de una retractación».
Si bien la comparecencia de Lutero no sirvió para alterar la
postura de partida de la Dieta, sí sirvió para constatar que estaba dispuesto a
defender a cualquier precio su postura, y que además contaba con un enorme
apoyo popular. Como era de esperar la Dieta finalizó con la ratificación de la
condena realizada por el Papa y el 8 de mayo se publicaba el Edicto de Worms
por el que Lutero, calificado como hereje, quedaba fuera de la ley y pasaba a
ser considerado y tratado como un proscrito. Sin embargo el Edicto no llegó a
aplicarse con la diligencia debida pues, por un lado, Carlos V abandonó
rápidamente Alemania para ocuparse del conflicto abierto que mantenía con
Francia, y por otro, buena parte de los príncipes territoriales simpatizaban
con las tesis luteranas. Lutero regresó a Wittenberg para continuar avanzando
en la definición doctrinal de su movimiento de reforma y entregarse a la labor
de hacer su propia traducción al alemán del Nuevo Testamento, que vería la luz
en 1522 y en 1533 se completaría con la del Antiguo Testamento. Entretanto, los
poderes políticos de toda Europa veían proliferar de modo imparable grupos de
seguidores que, inspirados en los argumentos del alemán, daban su propia
interpretación a las tesis reformadoras. Las esperanzas de hallar una vía de
conciliación para el conflicto que evitase la definitiva ruptura de la
cristiandad en varias confesiones se depositaron en la celebración de un
concilio que Roma no terminaba de convocar.
En 1523 Carlos V inició en sus dominios la persecución de los
reformadores y al año siguiente estallaba en Alemania la guerra de los
Campesinos, en la que la revuelta de las clases populares contra los abusos
económicos de las dirigentes empleó como inspiración teórica las ideas de
igualdad entre los hombres defendidas por Lutero. Europa se partía sin remedio
por causas religiosas que se mezclaban indisolublemente con otras políticas. La
realidad distaba mucho de lo que Lutero había querido iniciar con su protesta,
pero a esas alturas ya no estaba en su mano frenar el conflicto. Pese a ello,
no dudó en hacer llamamientos públicos a la paz pues la revolución que él
pretendía no era bélica sino espiritual. En ese sentido continuó profundizando
en la senda que él mismo había abierto, y así en 1524, siendo consecuente con
sus propuestas, abandonó los hábitos y un año más tarde se casó con una ex
monja, Catalina Bora, con la que llegaría a tener seis hijos. Paralelamente,
los acontecimientos en Alemania seguían su curso, y así en 1526 se convocó una
nueva Dieta en Spira que, ante el creciente éxito de los planteamientos de
Lutero entre los príncipes territoriales, terminó concediendo un margen amplio
a la voluntad de éstos para acogerse en sus territorios a las tesis
reformadoras y, en consecuencia, para proceder a la desamortización de los
bienes del clero allí donde la Reforma se aplicase. Esta situación duraría muy
poco y tres años más tarde una nueva Dieta celebrada en la misma ciudad
revocaba lo dicho en la anterior. Las resoluciones de la Dieta se acompañaron
por un solemne documento de «protesta» de las ciudades y príncipes reformados
en el que declaraban que las nuevas resoluciones pretendían obligarles a actuar
en contra de sus conciencias. La protesta terminaría provocando que desde
entonces y hasta nuestros días los seguidores de la Reforma luterana fuesen
conocidos con el nombre de «protestantes».
El regreso de Carlos V a Alemania en 1530 se tradujo en la
última posibilidad de dar una solución política de conciliación al
enfrentamiento que dividía el imperio. La Dieta convocada en Augsburgo era el
último cartucho de la diplomacia. Lutero, como proscrito, no pudo acudir, pero
en su lugar lo hizo Philipp Melanchthon, teólogo muy cercano al ex agustino.
Ante la Dieta en pleno presentó la «Confesión de Augsburgo», un documento de
tono conciliador en el que se hacía una síntesis precisa de la profesión de fe
luterana. Sin embargo los teólogos antiluteranos —sobre todo Eck y Cocleo— no
estaban dispuestos a ceder en ninguna de sus ideas y redactaron la «Refutación
de Augsburgo» para demostrarlo. La Dieta había vuelto a fracasar como
instrumento de conciliación. Sólo quedaba el horizonte de esperanza del
concilio, pero para cuando éste comenzó en 1545, la situación había llegado a
un punto de ruptura tal que el concilio se había convertido en el de la
definición de la Contrarreforma católica. Se trataba del Concilio de Trento.
Lutero ni siquiera pudo preparar su réplica pues el 18 de febrero de 1546,
durante un viaje a su ciudad natal de Eisleben, falleció. La guerra se había
revelado como la única respuesta posible a las diferencias espirituales. La
cristiandad se rompía con violencia pues era imposible discernir el límite
entre lo religioso y lo político. La defensa de la fe se entendía como una
cuestión de Estado y viceversa, y serían necesarias muchas décadas de absurdo
enfrentamiento bélico confesional para comenzar a poner las bases de su
separación sobre la idea de tolerancia.
Lutero había puesto en marcha sin proponérselo un proceso de
reforma de la Iglesia cuyas consecuencias espirituales y políticas dividirían a
Europa durante siglos. Con su inmensa labor teológica dio soporte a una nueva
definición del cristianismo que abrazarían millones de creyentes, pero además
daría pie a una serie de dinámicas históricas de consecuencias esenciales para
la política, la religión y la filosofía que conocemos. En un mundo como el
actual en que cuesta entender la mezcla indisoluble que de política y religión
hacen los regímenes islámicos radicales justificando la muerte por motivos
religiosos, conviene más que nunca volver la mirada sobre nuestro propio
pasado. La secularización de la política y la construcción de la tolerancia
religiosa es uno de los principales logros de la cultura democrática occidental
y el fruto de un largo y complicadísimo proceso que comenzó en el siglo XVI y
del que Lutero fue en buena medida el detonante.
Capítulo 19
Felipe II
Contenido:
§. El monarca de la hegemonía hispana
§. La formación de un príncipe
§. La irrupción en la escena pública
§. El comienzo de la hegemonía hispana
§. Gobernar la monarquía hispánica
§. La leyenda negra
§. El monarca de la hegemonía hispana
Felipe II fue la cabeza visible del edificio político más
poderoso de la Europa del siglo XVI, la Monarquía Hispánica. Llegó a gobernar
sobre un territorio tan extenso que imperios como el romano o el alejandrino,
en comparación, quedaban ensombrecidos como miniaturas. Monarca ambicioso,
campeón del catolicismo, ególatra, solitario, inflexible, asesino cruel pero
también político prudente, trabajador inagotable, amante de las artes y las
ciencias o padre afectuoso son algunas de las características que, entre la
realidad y el mito, le ha atribuido la Historia. Bajo su reinado la Monarquía
Hispánica inició una etapa de hegemonía en Europa que habría de durar hasta
mediados del siglo XVII, la presencia colonial en Asia y América alcanzó
límites insospechados y el desarrollo del arte y la literatura darían inicio al
irrepetible Siglo de Oro. Todo ello impulsado por un rey reconocido por sus
contemporáneos como el más poderoso monarca de la cristiandad y un hombre de
personalidad tan compleja y extraordinaria que cualquier juicio emitido sobre
él resulta necesariamente incompleto y todo acercamiento a su figura,
necesariamente apasionante.
A juicio del historiador Geoffrey Parker, biógrafo y
especialista en la figura del monarca, «la de Felipe II es la historia de un
hombre solo, porque fue durante su existencia una figura solitaria, el único
protagonista sobre el escenario. Y esto hizo que vivir su vida fuera agotador,
que escribir sobre ella sea muy difícil y que estudiarla sea algo confuso».
Efectivamente, Felipe II concentró en sus manos un poder y por ende una
responsabilidad política tales que la soledad fue consustancial a su cargo, algo
que su personalidad tímida e insegura contribuiría a acentuar. Cuando en 1556
su padre, Carlos V, abdicó, Felipe II heredó la corona de los territorios
hispánicos de la Monarquía, además de los italianos, los de los Países Bajos en
el norte de Europa y, por supuesto, los americanos. Con el paso del tiempo
lograría incorporar también la corona de Portugal con su imperio ultramarino,
llegando a gobernar sobre una extensión territorial tan vasta que, con razón,
se afirmaba que en ella no se ponía el sol. Además, su reinado fue largo, de
cuarenta y dos años, en los que la guerra sería casi una constante y su
actividad como monarca, frenética. Por ello, acercarse a Felipe II es una labor
complicada pues son tantas las posibles facetas para abordar que difícilmente
se puede escoger sin dejar algo importante en el tintero. Sin embargo, más allá
de los avatares políticos, económicos y sociales de su reinado está la
peripecia vital del hombre que vivió condicionado por la magnitud de la figura
de su padre, que se casó cuatro veces, que vio morir a nueve de sus once hijos,
que conoció el nacimiento de la leyenda negra que le presentaba como parricida
perverso y adúltero, que encontró refugio en una religiosidad firme, y que
terminó entendiendo el ejercicio del poder como un acto de conciencia en el que
la mano de Dios guiaba el destino de España.
§. La formación de un príncipe
El 27 de mayo de 1527, Isabel de Portugal, en presencia de su
esposo Carlos V, daba a luz en Valladolid a su primer hijo, el futuro Felipe
II. Su padre, Sacro Emperador Romano, ostentaba, además de la corona imperial
alemana, la castellana (con sus territorios americanos), la aragonesa (con los
dominios ultramarinos de Nápoles, Sicilia y Cerdeña) y era asimismo soberano de
los Países Bajos. Su nacimiento fue por tanto recibido con la alegría propia de
la llegada de un heredero y desde ese mismo momento su vida se encaminaría al
desempeño de tan importante papel. Durante los primeros años de su vida, el
joven príncipe, junto con su hermana María, estuvo al cuidado de su madre
mientras que Carlos V se ocupaba de la defensa de los intereses de la corona en
Europa frente a las amenazas turca y protestante. Las ausencias de su padre
durante su infancia fueron muy frecuentes, de modo que Felipe II creció bajo la
influencia de una figura paterna lejana y de tintes casi legendarios. Pese a
ello, el emperador siempre se ocupó con esmero de todo lo relativo a su
educación pues no en vano se trataba de su heredero. Precisamente por ello
había optado porque el príncipe permaneciera en la Península pues Carlos V aún
poseía vivo el recuerdo de la revuelta de las Comunidades de Castilla cuando en
1520 su llegada fue recibida como la de un rey extranjero.
Bajo el cuidado de su madre, Felipe II creció en un ambiente
relajado y sencillo; tanto, que con siete años aún no sabía leer ni escribir,
razón por la que con esa edad se le asignó su primer tutor, Juan Martínez de
Silíceo, quien comenzó su educación con la ayuda de un cortesano que hizo para
el príncipe una cartilla de primeras letras, una gramática castellana sencilla
y tradujo al castellano el texto para educación de príncipes que Erasmo de
Rotterdam había dedicado a su padre, Institutio principis christiani. Al año
siguiente Felipe fue separado de Isabel de Portugal pues desde el 1 de marzo de
1535 el príncipe contó con su propia casa, es decir, una residencia y una corte
propias, en la que a partir de entonces se desarrolló su vida. Mientras que
Silíceo y los restantes preceptores del futuro monarca se encargaban de su
formación intelectual y religiosa, el cuidado de su educación física y sus
modales quedaron encomendados a un ayo designado por Carlos V, Juan de Zúñiga,
de cuya severidad Felipe se quejaría con frecuencia a su padre. El rigor, la
austeridad y la disciplina formaban parte de las cualidades que el emperador
consideraba indispensables en la formación de un príncipe, y en ese sentido la
elección de Zúñiga no pudo ser más acertada pues, como recuerda Geoffrey
Parker, «aprendió bajo la atenta mirada de Zúñiga a hacer todo con dignidad y
gracia; adquirió un aire de autoridad que inducía a todos los que se
encontraban con él a tratarle con respeto. (…) Zúñiga también le enseñó el
autodominio y autodisciplina: Felipe se acostumbró a ocultar sus sentimientos y
contener sus emociones».
La preocupación de Carlos V por evitar que su hijo creciese en
un ambiente complaciente que debilitase su carácter y lo hiciese fácilmente
manipulable le llevó en 1541 a sustituir a Silíceo por considerarle en exceso
indulgente con su pupilo. Juan Martínez de Silíceo era además el confesor del
príncipe y como el propio emperador explicó a su hijo, «no sería bien que en lo
de la conciencia os desease tanto contentar como ha hecho en el estudio». Desde
entonces Felipe contó con nuevos y destacados maestros, pues Juan Ginés de
Sepúlveda se encargó de enseñarle geografía e historia; Honorato Juan,
matemáticas y arquitectura, y el humanista Cristóbal Calvete de Estrella, latín
y griego. Pronto dio muestras de vivo interés por los estudios y
particularmente por la lectura y la música, de modo que desde los trece años
viajaba con sus propios juglares y coro, y también con esa edad comenzó a
adquirir libros para formar su biblioteca y que leía con auténtica avidez. Pero
lo que más agradaba al joven príncipe era el contacto con la naturaleza.
Gustaba de dar largos paseos y disfrutaba con la belleza de las plantas y las
flores, algo que más tarde encontraría su reflejo en la preocupación por el
diseño de los jardines de sus palacios; aunque nada le hacía tan feliz como la
caza y la pesca. Su afición por estas disciplinas era tal que con sólo diez
años su padre tuvo que limitar el número de piezas que podía cazar por semana
en sus cotos para evitar que los esquilmase, y hasta el final de sus días
continuó practicando ambas actividades siempre que sus ocupaciones le dejaban
oportunidad.
Por otra parte, Carlos V se encargó personalmente de encaminar
la educación política de su hijo como futuro monarca componiendo para él con
este motivo cuatro escritos denominados «Instrucciones» por recogerse en ellos
recomendaciones para conducirse sabiamente en el gobierno de la monarquía. La
primera la escribió en Madrid en 1529 poco antes de salir hacia los Países
Bajos y cuando Felipe sólo tenía dos años. Tan temprana fecha puede resultar
sorprendente, pero teniendo en cuenta la incesante actividad bélica de Carlos V
y la elevada mortalidad de la época, formaba parte de su responsabilidad como
monarca asegurar en la medida de lo posible la correcta educación de su sucesor
tanto si vivía para ocuparse de ella directamente como si no. A la Instrucción de
1529 le siguieron las de Palamós de 1543, Augsburgo en 1548 y Bruselas en 1556.
En ellas Carlos V ofrecía a su hijo un completísimo compendio de consejos sobre
los principios con que debía regirse un buen monarca y cómo debía manejarse
ante todo tipo de situaciones, incluidas las derivadas de la existencia de
facciones de poder dentro de la corte, dejando además a la posteridad un
valiosísimo testimonio del arte de la política de comienzos de la Edad Moderna.
La educación recibida hizo de Felipe un joven introvertido,
prudente, tremendamente autoexigente, responsable, meticuloso, amante de la
soledad y la naturaleza y, sobre todo, consciente de la grandeza y
responsabilidad de su destino. La figura inmensa de su padre, físicamente
ausente pero sin embargo presente, sería clave en la formación del príncipe
Felipe como futuro monarca, y al tiempo se convirtió en fuente de inspiración y
constante punto de ingrata comparación. Felipe II fue sin duda uno de los monarcas
mejor formados de su época, y quizá su único punto débil fue la incapacidad
para comunicarse en otras lenguas más allá del castellano: aunque entendía
perfectamente el francés, el italiano y el portugués, era incapaz de hablarlas
no por ignorancia sino por timidez. Así, cuando en 1543 fue nombrado regente de
los reinos hispánicos al ausentarse Carlos V para dirigirse a Gante, estaba
listo para hacerse cargo por primera vez de las tareas de gobierno. Bajo la
atenta mirada y control de su padre, Felipe II debutaba en su papel regio.
Tenía dieciséis años y se preparaba para contraer matrimonio por primera vez.
§. La irrupción en la escena pública
Como recuerda el historiador Joseph Pérez, «cuando Carlos V
salió de España en 1543 lo que más le preocupaba era asegurar la continuidad de
la dinastía. Felipe ya tenía edad de ejercer el poder, y en parte se lo
permitieron, pero era hijo único [varón] y el emperador, precavido, pensó que
el chico debía casarse lo antes posible. El matrimonio era un asunto de Estado,
destinado a garantizar la descendencia del monarca y mantener y acrecentar en
lo posible su poder político». Por esa razón se preparó su matrimonio con María
Manuela de Portugal, prima hermana por partida doble, pero con cuyo enlace se
lograba acercar el acariciado sueño de hacerse con la corona portuguesa. El
matrimonio se celebró por poderes en mayo de 1543 y la infanta llegó a España
en el mes de noviembre. Entretanto, Carlos V, preocupado por los deberes
conyugales a los que debía hacer frente su hijo (un adolescente de dieciséis
años como su esposa), no dudaba en advertirle de los peligros del abuso de los
placeres de la carne y así, en la Instrucción de 1543 le recordaba: «Os habéis
mucho de guardar cuando estuviéredes cabe vuestra mujer (…) conviene mucho que
os guardéis y que no os esforcéis a estos principios de manera que recibiésedes
daño en vuestra persona, porque demás que eso suele ser dañoso, así para el
crecer del cuerpo como para darle fuerzas, muchas veces pone tanta flaqueza que
estorba a hacer hijos, y quita la vida. (…) Y porque eso es algo dificultoso,
el remedio es apartaros de ella lo más que fuere posible; y así os ruego y encargo
mucho que, luego que habréis consumado el matrimonio, con cualquier achaque
[excusa] os apartéis, y que no tornéis tan presto, ni tan a menudo a verla, y
cuando tornáredes sea por poco tiempo». Siguiese o no los consejos paternos, de
la unión con María Manuela de Portugal nacería dos años más tarde el primer
hijo de Felipe II, el príncipe don Carlos, cuyo trágico destino contribuiría a
alimentar la leyenda negra en torno a su padre.
Felipe II era regente, estaba preparado para hacerse cargo de
las tareas de gobierno, se había casado, había enviudado (María Manuela de
Portugal falleció pocos días después de dar a luz a su hijo) y había tenido un
heredero varón. Pero nunca había salido de España y, como soberano, algún día
tendría que gobernar sobre un amplio conjunto de territorios dispersos por toda
Europa. Carlos V era consciente de ello y, además, su propia experiencia con la
revuelta Comunera de Castilla recomendaba evitar que su sucesor no hubiese sido
presentado ante los distintos reinos y se hubiese familiarizado con ellos antes
de ser proclamado como su nuevo soberano. Por ello en 1548 dio órdenes a su
hijo para que iniciase un viaje por sus dominios europeos y se reuniese con él
en los Países Bajos, de modo que pudiese conocer a sus futuros súbditos y, de
paso, recibir nociones prácticas de gobierno directamente de su padre. La gira
europea, conocida como «Felicísimo viaje» a partir de la descripción que de
ella hizo Calvete de Estrella, comenzó por Italia con una estancia en la
capital de la Lombardía, Milán, donde conoció a Tiziano y se hizo retratar por
él convirtiéndole desde entonces en su pintor de cabecera, y siguió por los
territorios alemanes de Innsbruck, Múnich y Heidelberg para finalizar en
Bruselas, capital de los Países Bajos pertenecientes a los Habsburgo, y en la
que el príncipe se reunió con su padre el 1 de abril de 1549. A pesar de todo
el cuidado puesto por Carlos V y del interés de Felipe por causar una buena impresión,
lo cierto es que, posiblemente por la inexperiencia del príncipe, el viaje no
terminó siendo precisamente un éxito; en palabras de Geoffrey Parker: «Primero
ofendió a los italianos, a quienes les pareció un arrogante; luego despreció a
los alemanes, que opinaban que era un orgulloso; y finalmente fue irrespetuoso
con los holandeses, que le consideraron muy distante».
Aunque la primera impresión causada por el joven regente en los
Países Bajos no fue la esperada, Carlos V continuó empeñado en que su sucesor
conociese de cerca a los futuros súbditos de unos territorios en los que la
extensión del protestantismo auguraba un futuro político complicado. Por esa
razón decidió emprender en su compañía un lento recorrido por los mismos que
prolongó la permanencia de Felipe II hasta 1551. Más seguro y tranquilo, el
futuro monarca pudo enderezar la situación y durante los meses siguientes supo
dar muestra de la cuidadosa educación que había recibido. Se desenvolvió con
facilidad en el ambiente cortesano, supo adaptarse al nuevo contexto y además
aprendió junto a su padre cómo debía comportarse aquel en quien estaba
depositado el gobierno de la Monarquía Hispánica. Fue también entonces cuando
Felipe II descubrió el arte flamenco, especialmente la pintura, la arquitectura
y la música, que ya no dejaría de cultivar hasta su muerte. Comenzó a adquirir
pinturas de los más destacados maestros de los Países Bajos, como Roger van der
Weyden, cuyo Descendimiento de la cruz (actualmente en el Museo del Prado)
envió a España para decorar sus futuras residencias; Patinir o El Bosco, por el
que llegó a sentir auténtica fascinación. La arquitectura típica del norte de
Europa con sus fachadas de ladrillo y tejados y chapiteles de pizarra causaron
en él una impresión tan grata que más adelante haría copiar dicho estilo en
muchas de las construcciones que ordenó hacer en España.
Finalmente, en la primavera de 1551 Felipe II regresó a España
para continuar haciéndose cargo de sus labores como regente, si bien ahora las
tareas de gobierno las realizaría sin más asesoramiento que el de su propio
padre que ya reconocía en él al futuro monarca. En 1554 Carlos V dio orden para
que comenzasen las obras de un pequeño palacio en Yuste en el que pensaba
retirarse tras ceder la corona a su hijo y ese mismo año abdicó en Felipe II la
soberanía de Nápoles y el ducado de Milán. La razón de la abdicación parcial no
era otra que el matrimonio de Felipe II con la reina de Inglaterra María Tudor,
pues para que éste se realizase entre contrayentes de igual estado era
necesario que Felipe II ostentase un título de rey. El enlace era del máximo
interés para los intereses dinásticos de los Habsburgo, pues como indica Joseph
Pérez, con él «a Carlos V se le presentaba una ocasión excelente para afianzar
la seguridad de los Países Bajos y hacer frente a la amenaza francesa». Aunque
el contrato matrimonial establecería la independencia de la corona inglesa y
Felipe II sería exclusivamente rey consorte de Inglaterra, si de la unión nacía
un heredero éste recibiría, además de Inglaterra, Borgoña y los Países Bajos,
mientras que al príncipe don Carlos, primogénito de Felipe II, le
correspondería España, Nápoles y Sicilia. De este modo, los Habsburgo
aumentarían sus dominios dinásticos, evitarían que Inglaterra fuese un elemento
de inestabilidad para los Países Bajos y cercarían a Francia. La conveniencia
del enlace era mucha y por ello Felipe II no tuvo más remedio que aceptar el
matrimonio con una mujer que, además de ser su tía, le sacaba más de diez años
y, según sus contemporáneos, no era agraciada en absoluto. Como recuerda el
historiador Antonio-Miguel Bernal, al tener noticia de los planes del
matrimonio, el amigo y consejero de Felipe II Ruy Gómez de Silva escribió al
secretario de Carlos V, «para hablar verdad con vuestra merced, mucho Dios es
menester para tragar este cáliz».
La boda se celebró el 25 de julio de 1554 en Inglaterra, hasta
donde se desplazó Felipe II con el único interés de concebir un heredero. En su
calidad de rey consorte, Felipe no podía intervenir en los asuntos de Estado y
aunque la recatolización de Inglaterra pretendida por su esposa podía
agradarle, todo parece indicar que ni tuvo parte en la violenta política que
ésta escogió para lograrla y ni siquiera estuvo de acuerdo con ella. Sólo una
razón explicaba su presencia en Inglaterra, tener un heredero, pero María Tudor
resultó ser estéril y en esas circunstancias nada le retenía allí. Nuevas
responsabilidades le llamaban ya que Carlos V, cada vez más cansado, necesitaba
su apoyo en Flandes. En octubre de 1555 su padre renunció a la soberanía de los
Países Bajos, y unos meses más tarde, en enero de 1556, el emperador abdicaba
definitivamente la corona española en su hijo. Felipe II llegaba por fin al
lugar que para él había reservado la Historia.
§. El comienzo de la hegemonía hispana
Felipe II recibió todos los títulos que había ostentado su padre
a excepción del de emperador, que correspondió a su tío Fernando. Se convertía
así en cabeza de un conglomerado de territorios diversos que le reconocían como
soberano y que, en conjunto, constituían la llamada Monarquía Hispánica: los
reinos peninsulares junto con los virreinatos americanos, y los territorios de
Italia y los Países Bajos. Aunque como recuerda Antonio-Miguel Bernal, «con la
abdicación de Carlos V hay que pensar que se desvanece la idea de un imperio
cristiano de raíz bajomedieval», es decir, un único imperio de toda la
cristiandad occidental, la monarquía de Felipe II fue por su constitución y
vocación un verdadero imperio. Las victorias frente a Francia en las batallas
de San Quintín (1557) y Gravelinas (1558) con que se abría su reinado, dieron
paso al tiempo que los historiadores denominan como «hegemonía hispana» cuyo
punto de inicio sería el tratado de paz firmado con Francia en
Chateau-Cambresis en 1559. Con él se ponía fin a un enfrentamiento bélico de
más de diez años y Francia, demasiado ocupada con sus conflictos religiosos
internos, dejaba de ser un estorbo para los intereses de los Habsburgo. Como
forma de sellar el tratado se pensó en una alianza matrimonial entre Francia y
España. Isabel de Valois, hija del rey francés Enrique II, sería la novia, y si
bien en un primer momento se contempló la posibilidad de desposarla con el
príncipe don Carlos, finalmente se concertó el matrimonio con el propio Felipe
II, que en 1558 había enviudado de nuevo.
Aunque Isabel tenía sólo quince años y Felipe II treinta y tres,
y el matrimonio no se consumó hasta un año después de celebrarse puesto que la
joven reina aún no había alcanzado la pubertad, Isabel de Valois se convirtió
en el gran amor de la vida del apodado «rey Prudente». La unión se realizó
primero por poderes en Notre Dame de París el 22 de junio de 1559 y con el
duque de Alba en representación de Felipe II. Tras la ceremonia, como relata
Joseph Pérez, «el duque acompañó a la nueva reina hasta su habitación y, para
mostrar que tomaba posesión simbólicamente del lecho nupcial en nombre de su
señor, delante de todos puso en él un brazo y una pierna antes de retirarse».
Cuando acabaron las celebraciones en Francia, Isabel partió hacia España y a
finales de enero de 1560 llegó al punto de encuentro con su esposo, el palacio
del duque del Infantado de Guadalajara. Según describe Joseph Pérez, «Felipe II
se presentó de incógnito esa noche, y observó a su mujer en un pasillo, a
escondidas. El encuentro oficial entre los dos esposos se produjo el 29 de
enero de 1560 por la mañana. Isabel le observó con tanta atención que Felipe II
exclamó: “¿Qué miráis? ¿Si tengo canas?”». La boda se celebró el 3 de febrero y
hasta agosto de 1561 en que la reina desarrolló, Felipe II no consintió en
tener relaciones con ella. En el verano del año siguiente Isabel creyó estar
embarazada; para celebrarlo, ambos fueron varios días a Segovia de cacería. Se
había tratado de una falsa alarma pero en los meses siguientes los hijos tampoco
llegaban. Felipe II no parecía estar preocupado, su esposa era joven y nada
hacía pensar que pudiese tener dificultades para concebir y, además, la
sucesión dinástica ya contaba con un heredero, el príncipe Carlos. Sin embargo
la madre de Isabel, regente de Francia desde la muerte de Enrique II, sí estaba
impaciente por el nacimiento de un hijo que asegurase el pacto entre coronas y
así se lo hizo notar a Felipe II, preocupada por su estancia de varios meses en
Aragón lejos de Isabel. El monarca, no sin risas, aseguró a su suegra que se
ocuparía de ello, y efectivamente así lo hizo. A su regreso a Castilla en la
primavera de 1564 se llevó a su mujer a disfrutar de una larga estancia en
Aranjuez que, a juzgar por las cartas de la reina en esa época, fue muy feliz
para ambos. En julio Isabel estaba embarazada.
Pero la felicidad habría de durar poco ya que unas semanas más
tarde la reina enfermó y los tratamientos médicos de la época a base de purgas
y sangrías terminaron por provocarle un aborto. Durante días estuvo al borde la
muerte y en ese tiempo Felipe II permaneció sin salir del palacio junto al
lecho de su esposa. Habría que esperar a comienzos de 1566 para que la reina
volviese a quedar embarazada y en aquella ocasión el embarazo llegaría a
término. Como apunta Geoffrey Parker, Felipe II se trasladó junto con la reina
a Segovia sin separarse de ella hasta que se presentó el parto, y entonces
«permaneció allí (…) cogiéndole la mano y dándole una poción especial que había
enviado su madre para aliviar el dolor en el momento del alumbramiento.
Después, aunque había esperado un hijo, el rey no pudo ocultar su orgullo y su
deleite de haber engendrado una preciosa niña, Isabel, la persona que más tarde
en vida iba a significar más que nada en el mundo para él». En octubre de 1567
la reina dio a luz a otra hija, Catalina Micaela, que junto con su hermana
mayor Isabel Clara Eugenia fueron el mayor apoyo afectivo que le quedaría a
Felipe II tras la muerte en octubre de 1568 de su esposa debido a una
complicación en el embarazo de otra niña. A ellas dirigiría años más tarde el
monarca las cariñosísimas cartas publicadas por el historiador Fernando Bouza,
llenas de recomendaciones para el cuidado de su salud y el de sus nietos y de
una cercanía y humanidad que chocan con la imagen distante y severa del rey
transmitida por la Historia. La muerte de Isabel de Valois se producía pocos
meses después de la del príncipe don Carlos, y ambas coincidieron con la
revuelta de los moriscos en Las Alpujarras, marcando un año negro en su
reinado. El ánimo del rey decayó profundamente, guardando luto por su esposa
durante más de un año. Sin desearlo pero consciente de la necesidad de tener un
heredero varón, volvió a contraer matrimonio en 1570 con su sobrina Ana de
Austria. Con ella tendría siete hijos, de los que sólo sobrevivió el futuro
Felipe III.
§. Gobernar la monarquía hispánica
Los años de matrimonio con Isabel de Valois fueron de relativa
calma para Felipe II. Con Francia contenida e Inglaterra en buena sintonía
diplomática con la Monarquía, el rey centró su política exterior en el ámbito
mediterráneo para poner freno a la peligrosa expansión turca. La revuelta
morisca de Las Alpujarras de 1568, que finalmente se saldaría con una feroz
represión y el exilio forzado de los moriscos de Granada, no dejó de ser
trasunto del problema turco que no se consideró controlado hasta la victoria
naval de Lepanto en 1571. Desde entonces y hasta finalizar su reinado, Felipe
II dio un giro atlántico a su política exterior, alcanzando su mayor éxito con
la anexión de Portugal en 1580. Tras la muerte del rey portugués Sebastián,
quedó vacante el trono por ausencia de descendencia directa. Felipe II hizo
valer los derechos que le correspondían, como hijo de la emperatriz Isabel de
Portugal y primo del padre del rey muerto, aunque finalmente se impuso a sus
competidores por las armas. Con la incorporación de Portugal, y por tanto de su
imperio ultramarino en Asia y América, a la Monarquía Hispánica, ésta
consolidaba su posición hegemónica en Europa. El contrapunto a este triunfo lo
pondrían los conflictos en el norte de Europa con Inglaterra y los Países
Bajos. El apoyo que los protestantes flamencos recibían de los ingleses
terminaría siendo la causa de la ruptura de relaciones con Inglaterra en 1572,
que llegaría a su punto culminante con el envío fracasado de una gran armada,
la llamada «Invencible», para invadir el reino enemigo en 1588. Por su parte,
en los Países Bajos la difusión del calvinismo, la creciente intransigencia del
rey (cuya cara más visible fue la represión dirigida por el duque de Alba) y la
política centralista dictada desde España terminaron propiciando el fracaso de
toda tentativa conciliadora y provocando la rebelión de las provincias del
norte, Holanda y Zelanda, que finalmente retiraron al rey su obediencia en
1581.
Toda la política de Felipe II estuvo guiada por un principio
fundamental, la defensa a toda costa de la religión católica. Como recuerda
Geoffrey Parker, «se creía depositario de la Providencia y estaba convencido de
que España tenía un destino que cumplir». En el contexto contrarreformista de
la segunda mitad del siglo XVI esto se tradujo en una postura política de
creciente intransigencia ante posibles soluciones de tolerancia religiosa, lo
que en la práctica supuso el mantenimiento de décadas de política bélica
ininterrumpida con un coste difícilmente asumible. Sólo al final de su reinado,
rendido ante la evidencia de que no había solución bélica para el conflicto de
los Países Bajos, terminó aceptando la segregación de éstos de la Monarquía
Hispánica y nombró a su hija Isabel Clara Eugenia como gobernadora de dicho
territorio.
Gobernar la monarquía era una labor verdaderamente complicada
dado el carácter heterogéneo y disperso de sus posesiones, pero Felipe II se
entregó a ello con denuedo. Como apunta Geoffrey Parker, «como jefe de Estado
Felipe era un modelo de aplicación y diligencia. Normalmente se despertaba a
las ocho de la mañana y pasaba casi una hora en la cama leyendo papeles. Hacia
las nueve y media se levantaba, le afeitaban sus barberos y sus ayudas de
cámara le vestían. Luego oía misa, recibía audiencias hasta el mediodía y
tomaba el almuerzo, que era su primera comida del día. Tras una siesta corta,
el rey se recluía a trabajar en su despacho hasta las nueve, hora de la cena.
Después seguía trabajando hasta que estaba demasiado cansado para seguir». El
problema fue el carácter excesivamente personal que Felipe II quiso imprimir a
su labor de gobierno. Aunque estaba asesorado por una extensa red de Consejos
(órganos colegiados de consulta), la elaboración de una política planificada a
gran escala y a largo plazo era muy difícil, ya que se trataba de un imperio
extenso y complejo que exigía dar respuestas coordinadas a multitud de
problemas que casi siempre estaban relacionados. Las complicaciones
burocráticas de la monarquía se vieron agravadas por la firme voluntad del rey
de leer personalmente todos aquellos documentos que debían llevar su firma y de
escuchar la opinión de los consejeros sobre cada asunto. Esto se traducía en
una carga administrativa aplastante que difícilmente podía asumir un solo
hombre. Pese a todo, Felipe II continuó entregado a su labor hasta el final de
sus días y sólo cuando sus achaques se lo impedían abandonaba unas jornadas su
draconiano ritmo de trabajo. Fue sin duda un hombre entregado a la tarea de ser
un rey digno para la Monarquía más grande de su tiempo, pese a lo cual, o quizá
por ello, la Historia no siempre le hizo justicia.
§. La leyenda negra
El término «leyenda negra» es inseparable de la figura de Felipe
II. Aunque en realidad la expresión se acuñó a comienzos del siglo XX a partir
de un ensayo de Julián Juderías publicado en 1914, la atribución de una faceta
oscura a la historia de España durante la época de su hegemonía, es decir, los
siglos XVI y XVII, comenzó mucho antes. Fueron los enemigos de Felipe II los
primeros en poner en circulación escritos en los que el monarca hispano y por
extensión los españoles quedaban retratados como seres crueles, intolerantes y
capaces de las mayores vilezas. La leyenda negra comenzó a tomar forma a partir
de la publicación de la Apología de Guillermo de Orange, cabeza de los rebeldes
holandeses contra el monarca español. En el texto se encontraban presentes los
tres grandes ingredientes que terminaron conformando dicha leyenda: la crueldad
personal de Felipe II, acusado de incesto y del asesinato, entre otros, del
príncipe don Carlos e Isabel de Valois; el fanatismo y la intolerancia de los
españoles, representados en las atrocidades cometidas por los soldados de sus
tercios y por la Inquisición, y las masacres cometidas contra los indios
americanos, partiendo de la manipulación de los escritos en defensa de los
mismos de fray Bartolomé de las Casas.
Sin duda alguna el episodio de la biografía de Felipe II más
explotado por la leyenda negra fue el de la muerte de su hijo y heredero. El
príncipe don Carlos había sido el fruto de su primer matrimonio con María
Manuela de Portugal. La consanguinidad de los progenitores propiciada por las
políticas matrimoniales de las dinastías gobernantes en España y Portugal dio
como resultado un hombre enfermo mental y físicamente. Como recuerda Geoffrey
Parker, «en vez de ocho bisabuelos solamente tenía cuatro, y en vez de
dieciséis tatarabuelos, sólo tenía seis». Ya existían antecedentes de trastorno
mental en la familia, entre ellos el de la abuela común de los padres de don
Carlos, la reina de Castilla Juana la Loca. Desde sus primeros años de vida el
príncipe dio muestras de problemas en su desarrollo físico e intelectual, pero
fue a partir de las prolongadas ausencias de su padre entre los años 1548-1551
y 1554-1559 cuando sus facultades comenzaron a deteriorarse de forma más
evidente. Con trece años no era capaz de leer y escribir correctamente y su
carácter era irascible e inestable. Desde 1560 sufrió crisis febriles
episódicas que minaron una salud que terminaría de quebrantarse a raíz de un
accidente dos años más tarde. Estando en Alcalá de Henares se precipitó por
unas escaleras y se hirió gravemente en la cabeza. El rey acudió de inmediato y
más de una docena de médicos trataron de salvarle la vida. El príncipe cayó en
coma pero gracias a una trepanación logró evitar la muerte. Sus capacidades se
resintieron gravemente y sus accesos de cólera terminaron siendo notorios entre
todos los miembros de la corte. Se mostraba cruel con los animales, maltrataba
a sus criados, llegó a amenazar con un cuchillo al duque de Alba y obligó a un
zapatero que le había hecho unas botas estrechas a cocerlas y comérselas como
castigo.
Felipe II había mantenido la esperanza de que su hijo pudiera
sucederle y por ello se le había reconocido como heredero al trono en las
Cortes de Toledo de 1560. El rey trató de animarle para que comenzase a
participar en los asuntos de Estado, pero el progresivo deterioro de su salud y
el empeoramiento motivado por el accidente de 1562 le convencieron de la
conveniencia de mantenerle apartado de las grandes cuestiones políticas. El
príncipe se sintió marginado y la relación entre padre e hijo fue empeorando
con el tiempo. Sin embargo, fueron hechos vinculados a la compleja crisis con
los Países Bajos los que terminaron motivando el trágico desenlace de la
situación. Parece que don Carlos intentó tomar parte en el conflicto entre los
rebeldes flamencos y su padre, para lo que entre 1565 y 1566 entró en contacto
con los embajadores flamencos, el conde de Egmont y el barón de Montigny. Como
indica Joseph Pérez, «si es verdad que don Carlos se puso en contacto con ambos
o con alguno de los dos, a su padre no debió de sentarle nada bien su
intromisión en un asunto político tan delicado. No se podían mostrar
divergencias que alentaran a los rebeldes». A partir de entonces comenzó a
hacer planes para escapar de España y dirigirse a Flandes, razón por la que a
finales de 1567 solicitó al hermanastro del rey, don Juan de Austria, que le
proporcionase un barco con el que huir. Don Juan rápidamente alertó al rey,
quien, tras consultar con juristas y teólogos, decidió que era de suma
importancia para la defensa de la Monarquía evitar que el príncipe saliera de
España. La petición que hizo el príncipe de unos caballos al maestro de postas
el 18 de enero de 1568 hizo saltar todas las alarmas y poco antes de medianoche
Felipe II, acompañado de varios de sus consejeros, puso bajo arresto a su hijo.
En los días siguientes, los grandes de España, los consejos del reino, las
ciudades, el papado y las potencias extranjeras fueron informados de la
reclusión del heredero en bien del reino. A lo largo de los siguientes meses el
rey trató de tapar la penosa situación, prohibiendo a su esposa Isabel de
Valois y a su hermana Juana llorar por el príncipe, a don Juan llevar luto por
él y a los consejeros y grandes del reino mencionar su nombre. En palabras de
Geoffrey Parker, «ante esta tragedia personal, el sentimiento de deshonor y de
vergüenza ante la incapacidad de su único hijo pesaba más que cualquier
sentimiento de dolor y compasión». Ante todo, Felipe II era rey.
Recluido en sus aposentos del alcázar de Madrid, la situación de
don Carlos no hizo sino empeorar. Desesperado, había amenazado con quitarse la
vida y por este motivo Felipe II ordenó, entre otras medidas, que se le
entregase la comida ya cortada para no poner a su alcance objeto punzante
alguno. En esas circunstancias el prisionero apeló al único recurso disponible
en su situación, la huelga de hambre. Pero su precario equilibrio emocional no
le ayudó en el intento, de modo que comenzó a alternar jornadas de ayuno con
otras de ingesta desmedida, y para paliar el sofocante calor del verano de
Madrid, se hacía llevar agua helada que bebía y usaba para empapar su lecho. La
delicada salud del príncipe no aguantó tan anárquico comportamiento mucho
tiempo, y el 24 de julio de 1568 falleció víctima de sí mismo y del hecho de
haber nacido heredero de Felipe II. A los pocos meses, su madre, Isabel de
Valois, también murió.
En el contexto de la crisis con los Países Bajos, la Apología de
Guillermo de Orange aprovechó estos hechos para elaborar un relato con el que
atacar al rey español: Felipe II, llevado por la lujuria, habría ordenado
asesinar a su hijo y a su mujer con el objeto de lograr la aprobación del
papado de una nueva boda con su sobrina Ana de Austria ante la necesidad de
engendrar un nuevo heredero. Como afirma el historiador y biógrafo del rey
Prudente, Manuel Fernández Álvarez, «de lo que se trataba era de la imperiosa
necesidad de justificar la rebelión del vasallo contra su rey y señor natural.
Esa justificación sólo se podía conseguir si las maldades del rey eran tan
enormes que incluso obligaban a ello. (…) En definitiva, la guerra entre la
Monarquía Católica y los Países Bajos se pasaba del campo de batalla, entre los
soldados de una y otra parte, a una guerra de propaganda, una guerra de papel
que acabó desplazando del primer plano a la militar». Una década después el
relato fue recogido, aumentado y ampliamente difundido por el ex secretario de
Felipe II, Antonio Pérez, quien sobre todo en sus conocidas Relaciones de 1591
se hacía eco de él. Pérez, tras verse envuelto junto con la princesa de Éboli
en una turbia intriga cortesana que terminó con el asesinato del secretario de
Juan de Austria, Juan de Escobedo, acusó a Felipe II de ordenar el asesinato.
Fue encarcelado en 1579 pero logró escapar primero a Aragón, donde la negativa
a entregarle a la Inquisición terminó motivando una revuelta popular, y después
a Francia. Desde el exilio, alineado con los enemigos de Felipe II, emprendió
una campaña de denostación del rey que tendría una gran repercusión entre sus
contemporáneos. La leyenda negra poco a poco iba popularizándose en toda
Europa. Tres siglos más tarde, la ópera Don Carlo de Verdi terminaría de
convertir la muerte del primogénito de Felipe II en su pasaje más conocido.
Pero como bien ha indicado Ricardo García Cárcel, la leyenda negra, alimentada
de hechos sólo en parte reales y deformados con una intención claramente
política, no fue más que el precio que hubo que pagar por la hegemonía hispana
de la época moderna.
En la madrugada del 13 de septiembre de 1598, Felipe II fallecía
tras una larga convalecencia en sus habitaciones de El Escorial. Desde que
encargase su construcción a Juan de Herrera en 1563, el conjunto de monasterio,
palacio y panteón era su refugio favorito y en él se retiraba siempre que le
era posible para llevar una vida más parecida a la de un monje que a la de un
rey. Sus últimos tres años los pasó prácticamente inválido, pese a lo cual no
abandonó sus responsabilidades y continuó dirigiendo la política de la mayor
Monarquía de todos los tiempos. Fue un hombre de voluntad inquebrantable,
trabajador hasta la extenuación, de enormes inquietudes intelectuales y firmes
convicciones religiosas. En más de una ocasión su profunda fe en la misión
providencial de la Monarquía Hispánica le llevó a anteponer en política los
principios religiosos al sentido común y, en más de una ocasión, su papel de
rey pesó demasiado sobre su trayectoria como hombre. Su reinado marcó la
historia moderna de Europa y América con un modo de entender la política que
estaría vigente hasta mediados del siglo siguiente y que, para bien y para mal,
puso a España en el centro del mundo.
Capítulo 20
Isabel I
Contenido:
§. La Reina Virgen
§. De hija bastarda a posible heredera
§. Tres hermanos para un trono
§. De María «la sanguinaria» a la Inglaterra isabelina
§. Isabel I, reina de Inglaterra
§. La Reina Virgen
Isabel I de Inglaterra, la Reina Virgen, es sin lugar a dudas
uno de los personajes de la Edad Moderna que más fascinación ha despertado a lo
largo de los siglos posteriores a su reinado. Glorificada por unos como
personificación de todas las virtudes deseables en un gobernante, y denostada
por otros como encarnación de la egolatría personal y la indecisión política,
Isabel I ocupa un lugar imprescindible en la conformación de la identidad
nacional inglesa. Declarada ilegítima por su propio padre, encarcelada por su
hermana, centro de casi todas las intrigas cortesanas de la Inglaterra del
siglo XVI, Isabel I jamás se arredró ni como mujer ni como reina. Con su
habilidad política construyó magistralmente un mito en torno a su figura y a su
reinado, que la convertiría en leyenda viva y haría de la Inglaterra isabelina
la referencia de una época dorada. Cómo logró hacerlo es la historia de su
vida.
La infancia de Isabel I fue cualquier cosa menos tranquila y
sencilla. Los constantes y drásticos cambios a los que se vio sometida
marcarían para siempre la compleja y a veces difícilmente comprensible
personalidad de la futura reina. El 7 de septiembre de 1533, mientras su madre,
Ana Bolena, daba a luz, su padre, Enrique VIII, esperaba impacientemente el
nacimiento de un varón. Ana Bolena era la segunda esposa del rey inglés. Su
primer matrimonio con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos y tía de
Carlos V, había durado dieciocho años en los que no había logrado obtener su
ansiado heredero. Tal situación, unida a la pasión que despertó en el monarca
la joven Ana Bolena, terminarían motivando que Enrique VIII forzase la nulidad
del primer matrimonio y contrajese nuevas nupcias con la madre de Isabel I en
1533. La boda se celebró con la nueva reina embarazada de seis meses, pero
pocas semanas después las esperanzas del rey volvieron a verse frustradas. Al
igual que con Catalina de Aragón (con la que había tenido una hija, María
Tudor), el heredero varón se hacía esperar. Pero como demostrarían los hechos
en los siguientes tres años, Enrique VIII no estaba hecho para la paciencia.
§. De hija bastarda a posible heredera
Al año siguiente de contraer matrimonio, Enrique VIII, que
esperaba que su esposa pudiese darle más hijos, promulgó una ley, «Acta de
Sucesión», declarando que sólo podrían considerarse como sus legítimos
herederos los hijos que tuviese con Ana Bolena. En la práctica esto suponía
borrar de la línea sucesoria a María Tudor en favor de la pequeña Isabel, pero
el ánimo del rey no era que su nueva hija llegase a convertirse en reina de
Inglaterra, sino asegurar la posibilidad de que le sucediese en el trono un varón
si es que nacía. Ana Bolena volvió a quedarse embarazada pero perdió a su hijo
antes de que naciese. Enrique VIII comenzó a convencerse de que su esposa no
habría de darle el heredero que tanto deseaba, pues quizá Dios utilizaba ese
instrumento para castigarlo.
No era extraño que el monarca inglés temiese ser objetivo de la
ira divina. Para conseguir la nulidad de su primer matrimonio, exigida por Ana
Bolena, y ante la negativa del Papa a concedérsela, Enrique VIII hizo que su
unión con Catalina de Aragón fuese declarada nula por un tribunal eclesiástico
inglés. Con ello no sólo desobedecía al pontífice sino que negaba de forma
pública su autoridad. En el contexto de una Europa cuya unidad religiosa se
estaba resquebrajando de forma irremediable como fruto de las corrientes
espirituales nacidas de la Reforma protestante, la postura de Enrique VIII
suponía una franca ruptura con Roma y, por tanto, una decisión de
importantísimas consecuencias políticas. La separación se consagró legalmente
en 1534 con la promulgación del «Acta de Supremacía» en la que se establecía
que el rey inglés era y debía ser «por justicia y por derecho el jefe supremo
de la Iglesia de Inglaterra». De este modo nacía la Iglesia anglicana. La
persecución de católicos no se hizo esperar, como tampoco la desamortización de
los bienes eclesiásticos, tan beneficiosa económicamente. Se exigió juramento
de fidelidad a la nueva confesión inglesa y, como recuerda el profesor de
Historia moderna Heinrich Lutz, «el reconocimiento de la ruptura con Roma mediante
juramento fue exigida e impuesta con uso de la violencia».
Entretanto, Isabel había sido trasladada a la que se convertiría
en su principal residencia hasta su ascenso al trono, el palacio de Hatfield en
Hertfordshire. Tenía sólo tres meses cuando Ana Bolena, siguiendo los usos de
la época, decidió encomendar el cuidado de su hija a toda una corte de criados,
asistentes, nodrizas y damas de compañía que se ocuparían de ella en Hatfield.
Allí la pequeña pasó los primeros años de su vida rodeada de todo tipo de
atenciones y bajo el vigilante seguimiento de sus padres. Todas las decisiones
que la rodeaban (el tiempo que debía prolongarse su lactancia, qué debía
comer…) se trataban directamente con el rey como si fuesen asuntos de Estado,
pues a fin de cuentas se trataba de su única heredera legítima. Su madre se
ocupaba personalmente de todo el ceremonial relativo a la pequeña y ponía
especial interés en el cuidado de los vestidos y adornos que debía emplear.
Vestidos de damasco o seda verdes y amarillos, abrigos de terciopelo negro,
rojo o naranja y delicados gorros de raso adornados con oro se encargaban de
dejar claro que la pequeña era la hija del rey. Con esa misma intención la
reina ordenó que la hermanastra de Isabel, la declarada ilegítima María Tudor,
entrase al servicio de la heredera como una más de sus damas de compañía. El
mensaje político era tan evidente como la humillación que semejante orden
suponía tanto para Catalina de Aragón como para la propia María Tudor, quien no
tuvo más remedio que obedecer y trasladarse a Hatfield. Las bases para el
futuro enfrentamiento de las dos hermanas estaban sentadas. Como afirma la
biógrafa de Enrique VIII Margaret George, «la batalla entre Ana Bolena y
Catalina de Aragón continuó en la siguiente generación a través de sus hijas.
Ciertamente María percibía así la situación, habría sido imposible que lo
hiciese de otro modo».
No obstante, todos los desvelos de Ana Bolena por asegurar la
posición de su hija pronto se revelaron inútiles. La preocupación del rey por
lograr un hijo varón, la inquietud por todas las consecuencias religiosas y
políticas que había traído consigo la tortuosa nulidad de su primer matrimonio,
los rumores sobre la promiscuidad de la reina y el nuevo interés de Enrique
VIII por Jane Seymour, acabaron dando pie a una acusación formal de adulterio y
traición. Ana Bolena fue detenida, juzgada y decapitada cuando su hija tenía
sólo tres años. Dos semanas después de la ejecución, el monarca inglés se
casaba con Jane Seymour, e Isabel corría la misma suerte que María Tudor al ser
declarada bastarda.
En 1537 el nuevo matrimonio de Enrique VIII daba por fin el
fruto que tanto había ansiado. El nacimiento del futuro Eduardo VI ponía fin a
los afanes del monarca, pero también conllevaría la muerte de Jane Seymour
pocas semanas después del parto. Pasarían tres años antes de que Enrique VIII
volviese a pensar en contraer matrimonio, si bien entre 1540 y 1541 se casó
sucesivamente con Ana de Cleves (cuyo enlace se anuló sin llegar a consumarlo
después de siete meses) y con Catalina Howard (dama de compañía de la anterior
y que sería ejecutada por adulterio). En 1543 el rey contrajo por última vez
matrimonio con Catalina Parr, una joven viuda que mostró hacia las hijas de
Enrique VIII una actitud de sincero afecto. La edad y salud del rey
evidenciaban a esas alturas que no habría de tener más herederos. Por una
parte, la continuidad en el trono por vía de varón estaba asegurada con
Eduardo, el hijo de Jane Seymour, pero por otra, mantener a dos hijas como
bastardas podía complicar tremendamente la futura sucesión. La posibilidad de
que surgiesen facciones rebeldes hacia el heredero fue conjurada por Enrique
VIII en 1544 con una nueva «Acta de Sucesión» en la que tanto María Tudor como
Isabel volvían a ser reconocidas como hijas legítimas y recuperaban su derecho
a heredar el trono de Inglaterra. La prioridad concedida legalmente a los
varones situaba en ese momento a la futura Isabel I como tercera en la línea de
sucesión. No parecía previsible que su derecho se hiciese algún día efectivo.
§. Tres hermanos para un trono
El reconocimiento de Isabel y de María Tudor como hijas
legítimas de Enrique VIII se tradujo en el regreso de ambas a la corte. Por
primera vez desde su nacimiento Isabel vivió en un ambiente familiar pues
Catalina Parr sentía un afecto sincero por la hija de Ana Bolena. Bajo su
tutela Isabel comenzó a recibir la cuidada educación que debía corresponder a
la hija de un rey: idiomas, historia, literatura, música, teología, filosofía…
La futura reina demostró entonces que era inteligente, brillante y hábil. En
palabras de la especialista en el reinado de Enrique VIII, Alison Weir,
«recibió una educación asombrosa para una mujer de su época. Estudió los
clásicos y teología y todas las disciplinas que también estudiaba su hermano
Eduardo. Se convirtió en una joven muy formada y culta, tanto, que de hecho
llegó a superar a su tutor, quien afirmó sobre ella: “Yo le enseño palabras,
ella a mí cosas”».
Es probable que por influencia de Catalina Parr Isabel comenzara
a moldear su religiosidad en las ideas reformadas del protestantismo. En los
años posteriores a la muerte de Enrique VIII, la reina viuda dio muestras
públicas de su simpatía por las ideas defendidas por Lutero y pasó a
considerarse una protestante convencida. Los principios religiosos de la
Reforma habían prendido con fuerza en Inglaterra tras la ruptura de Enrique
VIII con Roma, si bien no puede decirse que el rey llegase a adoptar nunca posturas
meridianamente definidas al respecto. Lo que el monarca había dejado claro era
la independencia de su poder respecto a la Iglesia católica. Como afirma el
profesor Carlos Gómez-Centurión, «Enrique VIII continuó íntimamente anclado en
la tradición católica —excepción hecha de la autoridad papal, claro— y se negó
a cualquier compromiso con luteranos o calvinistas». Frente a esta postura, la
última esposa del rey sí pareció profesar un protestantismo convencido cuyos
principios probablemente transmitió a Isabel cuando se hizo cargo de su
educación. Años más tarde, las profundas convicciones protestantes de Isabel I
permitirían la definición doctrinal definitiva de la Iglesia anglicana.
Pese a los constantes cambios que caracterizaron su infancia y
los difícilmente asumibles trajines matrimoniales de su padre, todo parece
indicar que la futura Isabel I sintió auténtica fascinación por Enrique VIII.
Si bien es cierto que el monarca inglés, desde el punto de vista personal,
cambiaba de esposa con la misma facilidad con la que se mudaba de traje,
también lo es que como rey fue un coloso político capaz de hacer lo que otros
muchos monarcas europeos hubiesen deseado, romper su subordinación con Roma.
Desde el punto de vista político, Enrique VIII dejaba tras de sí un legado
valiosísimo pues con la promulgación del «Acta de Supremacía» de 1534 había
logrado un reforzamiento del poder real sin precedentes, tanto dentro como
fuera de sus fronteras. La ruptura con Roma le convertía en un monarca que no
se sometía a ningún poder ajeno a su propia corona, que no reconocía más
autoridad que la emanada de esa misma corona y que no tenía que rendir cuentas
a ningún poder externo. Además, la conversión del rey inglés en la cabeza de la
Iglesia de Inglaterra aseguraba el mantenimiento de esa situación para el
futuro. Es fácil imaginar la admiración que la labor regia de Enrique VIII
debía despertar en una joven heredera cuya formación y aptitudes la hacían
desear ocupar algún día el trono de su padre para poder emularle. En este
sentido, el profesor John Morrilla apunta que «si Isabel tuvo alguna ardiente
ambición en sus años de formación, ésa fue la de ser reina. Ella no ambicionaba
hacer nada, sino exclusivamente ser reina tal y como creía que era su derecho».
En 1547 Enrique VIII enfermó y murió, y fue sucedido en el
trono, tal y como estaba dispuesto, por su hijo Eduardo VI. Sin embargo el
joven rey era menor de edad, por lo que se inició una regencia a cuyo frente se
situó uno de sus tíos, Edward Seymour, que fue nombrado Lord Protector del
reino. En una situación necesariamente interina, el regente trató de reforzar
por todos los medios a su alcance su posición de poder en la corte, pues no
faltaban facciones políticas, particularmente las encabezadas por los miembros
de la familia Tudor, que deseaban desplazarle. Como era habitual en tales
situaciones comenzó a rodearse de personas de su entera confianza para el
desempeño de los cargos cortesanos, razón por la que hizo llamar a su hermano
Thomas Seymour.
Thomas Seymour era un hombre ambicioso y deseaba la cercanía al
trono por encima de todo. Aunque unos pocos meses más tarde terminaría por
casarse con Catalina Parr, de la que había sido amante hacía bastante tiempo, a
su llegada a la corte trató de que fuese la misma Isabel quien aceptase su
proposición de matrimonio. La futura reina de Inglaterra tenía entonces catorce
años, por lo que un matrimonio celebrado a esa edad no habría generado
escándalo alguno en la época. Fue la primera vez que Isabel rechazó casarse, y
no sería la última. Como consecuencia de la boda de Catalina Parr, Isabel, que
hasta entonces había permanecido con la última mujer de su padre, comenzó a
vivir con el nuevo matrimonio. Quizá como consecuencia de la propuesta
rechazada, o quizá por los intereses políticos en desacreditar a la heredera,
comenzaron a circular rumores sobre una supuesta relación entre ella y Thomas
Seymour. Algunos especialistas como el historiador Diagramad MacCulloch no
dudan en afirmar que debió de existir algún fundamento para los rumores, pues
incluso la propia Catalina Parr tomó cartas en el asunto al culpar a Isabel del
comportamiento disoluto de su esposo. Los rumores se reprodujeron después de la
muerte de Catalina, y entonces llegó a circular la creencia de que Isabel podía
estar esperando un hijo de Thomas Seymour. Todo ello generó grandes problemas a
la que un día sería aclamada como Reina Virgen y, como apunta el profesor
MacCulloch, quizá éstos se encuentren en la base de la elección de ese preciso papel.
Aunque los escandalosos rumores sobre Isabel motivaron que su
hermano Eduardo VI se negase a recibirla en la corte durante más de un año,
finalmente el joven rey decidió pedirle que regresase. Entretanto, la situación
política del país era extremadamente delicada. El propio hermano de Edward
Seymour había intentado derrocarlo como regente; finalmente caería víctima de
la crisis iniciada con motivo del comienzo de hostilidades con Francia, siendo
sustituido en sus funciones por John Dudley, duque de Northumberland. La
delicada salud de Eduardo VI, que siempre había sido un niño enfermizo, hacía
presagiar que moriría antes de tener descendencia. En esa situación las
posibles herederas de la corona inglesa eran, por orden, María Tudor e Isabel.
La primera era abiertamente católica, lo que para John Dudley y sus
partidarios, e incluso para el mismo Eduardo VI, era un serio inconveniente.
Dudley era protestante y sabía que con el acceso de María Tudor al trono sus
posibilidades de conservar el poder que en aquel momento ostentaba eran
inexistentes. Isabel no parecía católica, pero tampoco fácil de manejar como lo
era Eduardo VI. Ante semejante panorama el nuevo Lord Protector hizo todo lo
posible por asegurar su continuidad en el poder en el caso de que el joven monarca
falleciese, y el peón del que se sirvió fue una joven por la que Eduardo VI
mostraba inclinación, Jane Grey. Ésta era hija de una sobrina de Enrique VIII,
y por tanto, en caso de ausencia de herederos, podía alegar su derecho al trono
inglés. Si Dudley conseguía hacer desaparecer a las dos herederas de la línea
sucesoria podría convencer fácilmente a Eduardo VI de que nombrase heredera a
una joven con la que tenía una buena relación desde su infancia y que, a la
postre, también poseía derechos de sangre. Por si eso fuese poco, el duque de
Northumberland concertó el matrimonio de su hijo mayor con Jane Grey, de tal
forma que cuando ésta accediese al trono su posición de poder fuese
prácticamente intocable. Paralelamente comenzó a convencer a Eduardo VI, cuya
salud se deterioraba por momentos, de que estableciese una nueva línea de
sucesión en la que María Tudor e Isabel quedasen excluidas, lo que finalmente
logró. Cuando en 1553 el rey murió, el duque de Northumberland ocultó el deceso
durante varios días para dar tiempo a los preparativos de la proclamación como
reina de Inglaterra de Jane Grey. Sin embargo, y aunque la proclamación llegó a
realizarse, Jane Grey sólo ocupó unos días el trono pues la presión de los
partidarios de María Tudor convirtió la audacia del duque en algo insostenible.
María Tudor fue aclamada como reina de Inglaterra y todos los
participantes en el complot para arrebatarle sus derechos fueron procesados y
ejecutados. La nueva reina había subido al trono arropada por la multitud que
reclamaba para tal dignidad a una hija de Enrique VIII. Pero María Tudor era
también hija de Catalina de Aragón y era católica.
§. De María «la sanguinaria» a la Inglaterra isabelina
El entusiasmo inicial con que los ingleses recibieron a su nueva
soberana se vio rápidamente enfriado cuando ésta comenzó a hacer notar sus
intenciones de dar un vuelco a la situación religiosa del país. María Tudor
había recibido una educación católica y su vida se había visto terriblemente
marcada por la ruptura del matrimonio de sus padres y, a consecuencia de ello,
su declaración como bastarda. Los únicos apoyos con que había contado Catalina
de Aragón en todo ese proceso eran los procedentes de su sobrino Carlos V,
defensor a ultranza del catolicismo en las luchas confesionales que azotaban
toda Europa, y del Papa, que se negaba a disolver el matrimonio con Enrique
VIII. La ruptura con Roma y el abrazo al protestantismo de Inglaterra sólo
habían supuesto problemas y más problemas para la que ahora era reina, por lo
que no tenía ninguna razón para querer mantener la continuidad de la situación
precedente.
La agresiva política de recatolización de Inglaterra emprendida
por la reina le valdría el sobrenombre de María «la Sanguinaria». Las leyes
contra los herejes se restituyeron y las persecuciones de protestantes la
llevarían a ordenar la ejecución de más de trescientos de ellos. Cuando en 1554
la reina contrajo matrimonio con el futuro Felipe II, la situación parecía
tomar un rumbo sin posible marcha atrás. Felipe II aún no había accedido a la
corona de la Monarquía Hispánica, pues su padre Carlos V no abdicaría
definitivamente hasta dos años más tarde. Pese a ello, y dado el enorme interés
estratégico de la alianza matrimonial con Inglaterra, Carlos V abdicó en su
hijo el título de rey de Nápoles para que el matrimonio pudiese realizarse en
pie de igualdad entre los contrayentes. Como recuerda la profesora María José
Rodríguez-Salgado, «Carlos V expresó su deseo de otorgar a Felipe un título que
estuviera a la altura del de su esposa, de forma que no sufriera el deshonor de
ser considerado inferior». A mediados del siglo XVI, la Monarquía Hispánica era
el mayor aparato político de la época. El poder de los monarcas Habsburgo se
extendía por buena parte de Europa y América, y la incorporación de Inglaterra
a su corona permitía asegurar sus intereses en el norte del continente —sobre
todo en los Países Bajos— así como cerrar el cerco de control territorial sobre
su enemiga Francia. Pero para los ingleses, el matrimonio de María Tudor con
Felipe II suponía la subordinación de los intereses de su corona a los del Imperio
español, lo cual, unido a la segura vuelta al catolicismo que se vinculaba
indisolublemente al Habsburgo, componía un cuadro no muy deseable.
El caldo de cultivo era propicio para que surgieran complots
políticos que tratasen de sacar a la reina de su trono, y el papel que en esa
situación podía atribuírsele a la única heredera, Isabel, ponía a ésta en un
lugar más que comprometido. Aunque Isabel vivía discretamente retirada de la
corte en el palacio de Hatfield, no tardaron en llegar a ella cartas y
peticiones en las que se proponía su acceso al trono por el bien de Inglaterra.
Su actitud fue la de mantener una prudente distancia pues desde muy temprano en
su vida había aprendido lo caras que podían costar las intrigas cortesanas.
Pese a ello, cuando bajo la dirección de Thomas Wyatt se produjo un
levantamiento popular con la intención de derrocar a la reina, Isabel quedó
señalada como partícipe en su organización. La revuelta comandada por Wyatt fue
rápidamente sofocada por la reina inglesa, pero Isabel no salió indemne de los
hechos. Durante dos meses fue confinada en la Torre de Londres mientras se
llevaba a cabo la investigación sobre lo sucedido. Finalmente, y ante la falta
de pruebas, la reina tuvo que liberar a su hermanastra, y para evitar una
posible repetición de lo acaecido, se optó por enviarla lejos de Londres. En
los seis meses siguientes Isabel vivió en Woodstock, cerca de Oxford, bajo
arresto domiciliario.
Pero las cosas no iban mucho mejor para María Tudor. El
matrimonio de la reina hacía aguas por todas partes pues, entre otras razones,
no conseguía dar un hijo a Felipe II. Si la sucesión no quedaba asegurada con
un heredero del monarca hispano sólo quedaban dos posibles candidatas al trono
inglés: Isabel, que parecía inclinada al protestantismo, y la reina de Escocia
María Estuardo, que como nieta de una hermana de Enrique VIII podía hacer valer
sus pretensiones al trono si María Tudor no solventaba su complicada relación
con la primera. Aunque María Estuardo era católica, también era reina consorte
de Francia por su matrimonio con Francisco II, lo que para el rey Habsburgo
suponía la posibilidad de que Inglaterra quedase bajo la órbita de la potencia
rival. En ese estado de cosas, y temiendo por la salud de María Tudor, a la que
creía embarazada (si bien más tarde se comprobaría que era un embarazo
psicológico), Felipe II convenció a su mujer para que perdonase a su
hermanastra.
La situación política de María Tudor era cada vez más
comprometida. La campaña emprendida contra Francia en 1557 no sólo se convirtió
en un fracaso sino que hizo tambalear peligrosamente las arcas de la corona
inglesa y sumió a la reina en un mar de deudas a las que progresivamente era
más difícil hacer frente. Para colmo de males, su matrimonio parecía haber
pasado a la historia, pues Felipe II, convencido de la incapacidad de su esposa
para darle un heredero, había regresado a España. Enferma, desesperada y con un
país que mayoritariamente estaba en su contra, María Tudor decidió finalmente
designar a Isabel como su sucesora a cambio de que ésta se comprometiese a
mantener la fe católica en Inglaterra así como al pago de sus deudas. Isabel
aceptó las condiciones impuestas sin dudarlo. Sabía que una vez en el trono
podría hacer aquello que juzgase más conveniente para Inglaterra. Ésa sería su
obligación, por encima incluso de cualquier otra fidelidad contraída, ni
siquiera el juramento hecho a una reina moribunda. La hora de su triunfo se
acercaba.
§. Isabel I, reina de Inglaterra
Tal y como lo describe Alison Weir, «María [Tudor] murió a las
siete en punto de la mañana. Isabel estaba leyendo bajo un roble en el hermoso
parque de Hatfield cuando vio a varios de sus consejeros venir hacia ella.
Sabía lo que significaba. Los consejeros se arrodillaron y la reconocieron como
su reina. Durante unos breves instantes no pudo articular palabra pero
finalmente se puso de rodillas en la hierba y dijo en latín: “Ésta es la
voluntad de Dios. A nuestros ojos resulta maravilloso”. Resueltamente regresó a
la casa y comenzó la tarea de nombrar su Consejo». Seis días después hizo su
entrada triunfal en Londres. Tras el tortuoso período que había supuesto el
reinado de su predecesora, Isabel I fue proclamada reina de Inglaterra en
noviembre de 1558.
Su reinado se identifica tradicionalmente con una época dorada
para la historia de Inglaterra y si bien es cierto que durante los más de
cuarenta años que duró su gobierno la prosperidad económica, la prudencia en
política exterior, el definición firme de la identidad confesional anglicana y
el fortalecimiento del poder real fueron la tónica predominante, también lo es
que, como ha indicado el profesor Gómez-Centurión, «hay tantos tópicos sobre
aquella reina y sobre aquel reinado, que desmentirlos uno a uno sería labor
para varias generaciones de historiadores». Pese a los tópicos, no hay duda de
que el reinado de Isabel I puede identificarse con una de las etapas
fundamentales de la construcción nacional inglesa. Isabel había heredado una
situación política y religiosa enormemente complicada. La ruptura de su padre
Enrique VIII con Roma había supuesto una nueva conciencia de poder y soberanía
de la corona inglesa. Inglaterra había quedado definida como un reino
totalmente independiente de cualquier jurisdicción externa, ya fuese espiritual
o temporal. No obstante, para poder lograr el fortalecimiento definitivo del
poder real inglés se imponía la necesidad de completar la labor que había
emprendido Enrique VIII y que los hechos posteriores a su muerte parecían
comprometer. En esa tarea la definición religiosa de Inglaterra ocupaba un
lugar prioritario. Isabel I lo sabía e inmediatamente después de acceder al
trono se puso manos a la obra.
En 1559 la reina promulgó el «Acta de Supremacía» y el «Acta de
Uniformidad». Isabel I recuperaba con ambas el papel de cabeza de la Iglesia de
su país y se definía no ya como «jefe supremo» de la misma, como había hecho su
padre, sino como «gobernadora suprema en lo espiritual y lo temporal del
reino». Al mismo tiempo procedió a definir doctrinalmente la Iglesia anglicana
identificándola claramente con el protestantismo aunque en un tono moderado que
se alejaba de las corrientes calvinistas que triunfaban en buena parte de
Europa. Como indica el profesor Heinrich Lutz, «Isabel pretendía fundar, sobre
la base de un amplio consenso y sin sentencias de muerte, una política
religiosa de tono moderado, que asumía muchas de las formas tradicionales de la
jerarquía y la liturgia, y que en 1563 recibió una cuidadosa fijación dogmática
distanciada respecto al luteranismo continental y al calvinismo». Sin embargo
la política tolerante inicial de la reina terminó dando paso a la exigencia de
uniformidad religiosa en aras de la afirmación del poder real. La represión
contra los disidentes religiosos que se encontraban en los extremos del
anglicanismo (católicos y puritanos —calvinistas ingleses—) cada vez fue mayor
y más violenta. Isabel I había conseguido romper con la indefinición doctrinal
imperante en Inglaterra desde el reinado de Enrique VIII y con ello había
otorgado a la corona inglesa una postura de poder sin precedentes. El proceso
de ruptura con Roma ya no tenía vuelta atrás y, en consecuencia, en 1570 Pío V
excomulgó a la reina inglesa a través de la bula Regnans in excelsis.
Como parte de la política de fortalecimiento del poder regio
Isabel I emprendió una sistemática campaña de culto a su persona. Empeñada como
estaba en difundir una imagen prestigiosa entre sus súbditos, no dudó en
recurrir a todos los resortes del arte, la palabra o la imprenta para lograrlo.
Sus retratos representaban a una reina joven y enérgica en la que se encarnaban
todas las virtudes de un buen monarca. La atemporalidad de las
representaciones, en las que no permitía que se reflejase su envejecimiento,
contribuía a subrayar la imagen de continuidad y solidez que perseguía. Como
indica Alison Weir, «en aquella época los veinticinco años con los que accedió
al trono no hacían que se la considerase muy joven. Así que después de varios
intentos desastrosos por retratar su imagen ordenó destruir los retratos y
pidió a Nicholas Hilliard, en torno al año 1572, que crease una imagen de ella
que el resto de pintores pudiesen copiar. Y así se hizo». Isabel I no quería
retratar a la mujer, lo que deseaba era fabricar una imagen idealizada del
poder real que ella representaba. Con esa misma intención facilitó la
divulgación de su imagen como Gloriana, Astrea o la Reina Virgen.
Gloriana era el nombre que recibía el personaje que representaba
Isabel I en la obra del poeta inglés Edmund Spenser, La Reina de las Hadas. En
ella Gloriana recibía el tributo de varios caballeros que personificaban las
virtudes caballerescas medievales. Cuando en 1588 las tropas inglesas
infligieron la más humillante derrota a la Armada Invencible enviada por Felipe
II, sus soldados aclamaron a la reina al grito de « ¡Gloriana!». La
identificación con el personaje mitológico de Astrea no era políticamente menos
interesante. Según la mitología griega, Astrea era hija de Zeus y Temis y en
una primitiva edad de oro había difundido entre los hombres los sentimientos de
justicia y virtud. Pero éstos al ser vencidos por los vicios fueron olvidando
las enseñanzas de Astrea que, entristecida, regresó al cielo convirtiéndose en
la constelación de Virgo (la Virgen). Como Astrea, Isabel I se identificaba con
la encarnación de la justicia y su reinado con la edad de oro. Su imagen de
Reina Virgen no hacía sino reforzar la misma idea.
La cuestión de la virginidad de Isabel I también guardaba
relación con una de las características más notables de su reinado: la negativa
firme y constante a contraer matrimonio aunque ello supusiera el fin de la
dinastía Tudor. El Parlamento inglés insistió varias veces a lo largo de su
reinado en la necesidad de que la reina se casase, pues era el único modo de
asegurar un heredero. Pero quizá las experiencias vividas por Isabel durante su
infancia pesaban demasiado en el ánimo de la reina. Sabía el precio que se
podía pagar por una acusación de adulterio y sabía lo valiosa que podía llegar
a ser la independencia de un monarca. La suerte tampoco la acompañó en este
aspecto, pues el único afecto sincero que parece que sintió, el que le inspiró
su consejero Robert Dudley, nunca pudo materializarse. Dudley estaba casado y
la aparición de su mujer muerta en su casa disparó los rumores sobre un posible
asesinato para facilitar el matrimonio de la reina. Isabel le apartó de la
corte mientras duró la investigación y tuvo claro desde ese momento que una
posible relación con su consejero podría perjudicarla políticamente.
El pertinaz rechazo de Isabel al matrimonio preocupó
especialmente al Parlamento en 1562 cuando la reina enfermó de viruela. Si
moría, la candidata con más posibilidades de hacerse con el trono inglés era la
católica María Estuardo. Recuperada de su enfermedad, y pese a la presión del
Parlamento, Isabel I continuó negándose a casarse. Sin embargo, la cuestión de
la posible sucesión en María Estuardo seguía pendiente y por ello, cuando en
1568 la reina de Escocia pidió refugio a su prima al verse atacada por los
calvinistas rebeldes de su país, los consejeros de Isabel I consideraron que se
les había presentado una ocasión de oro para acabar con el peligro de una
posible reina católica en el futuro. La participación de María Estuardo en
varios complots que pretendían acabar con la vida de Isabel I acabó
confirmándose, y con la excusa de que era necesario investigar su
responsabilidad en la muerte de su ex marido Henry Darnley, la reina de Escocia
fue encarcelada, siendo prisionera de su prima durante diecinueve años. Una
nueva acusación de participación en un complot contra la reina inglesa
encabezado por sir Anthony Babington sería la prueba definitiva para que
finalmente Isabel I cediese a las indicaciones de sus consejeros y ordenase
procesar y ejecutar a María Estuardo.
Otro pilar sobre el que se sostuvo el prestigio de Isabel I fue
su calculada política exterior. Como indica el profesor Gómez-Centurión,
«Isabel y sus colaboradores trataron de mantener una prudente distancia con
respecto a los conflictos continentales y una posición lo más ambigua posible
frente a España y Francia». La agudización de los conflictos religiosos
internos de Francia desde 1572 fue paralela al fortalecimiento de la presencia
española en el norte de Europa. Francia, demasiado ocupada en sus propios
problemas, dejó de ser percibida por Inglaterra como un problema; pero España,
con la que durante los primeros años del reinado se había tratado de mantener
una relación pacífica, se convirtió desde mediados de la década de los setenta
en la principal amenaza exterior para los ingleses. El comercio con Flandes era
indispensable para la economía inglesa; por este motivo, la presencia allí de
los tercios españoles para combatir a los rebeldes protestantes, así como el
descubrimiento de varias conspiraciones católicas para asesinar a la reina,
fueron, entre otros, los ingredientes con que se alimentó la animadversión
inglesa. Una de las caras visibles del enfrentamiento sería la patente de corso
otorgada por Isabel I a Francis Drake para castigar los puertos españoles a
ambos lados del Atlántico. Felipe II respondería con el proyecto de invasión de
Inglaterra para el que congregó una gran flota armada, la llamada Armada
Invencible. La estrepitosa derrota de ésta en 1588 confirmó la fortaleza en el
trono de una reina cuyo nombre había pasado a ser lo mismo que decir
Inglaterra.
La Inglaterra isabelina pone nombre a una etapa de la historia
reconocida por su brillo y su importancia en la construcción de la identidad
nacional inglesa. El esplendor cultural del reinado de Isabel I, aunque
desmedidamente ponderado por la posteridad, fue un fiel reflejo de ello. La
música de Thomas Tallis o el teatro de William Shakespeare adornaron el reinado
de una mujer que apoyándose en su decidida acción de gobierno consiguió hacer
de sí misma una leyenda viva. Como afirma Gómez-Centurión, «Isabel fue adorada
por sus súbditos, que veían en ella la firmeza del poder monárquico, la
garantía de la justicia, los progresos de la reforma religiosa, la
independencia internacional, la abundancia de las cosechas, la riqueza del
comercio y tantas y tantas cosas más». Quizá el mito sea exagerado, pero no
cabe duda de que Isabel I escribió con su nombre algunas de las más fascinantes
páginas de la historia de Inglaterra y de toda la historia moderna.
Capítulo 21
Miguel de Cervantes
Contenido:
§. El soldado escritor
§. Peregrinaje familiar
§. El manco de Lepanto
§. El cautiverio de Argel
§. Y vuelta a vagabundear
§. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
§. El soldado escritor
Ninguna obra literaria escrita en español ha alcanzado una
difusión y un reconocimiento comparables con el Quijote de Miguel de Cervantes.
Traducido a todas las lenguas y editado sin interrupción desde que viese por
primera vez la luz en 1605, el libro cuyo prólogo recogía el deseo frustrado de
su autor de que «como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más
gallardo y más discreto que pudiera imaginarse», no sólo lo sería en efecto,
sino que además le consagraría como el más destacado escritor en nuestra lengua
y padre de la novela moderna. El Quijote es una novela de novelas, repleta de
episodios tan variados como divertidos, sorprendentes y sutiles, pero es
también en sus muchos pasajes reflejo de la vida de su autor: aventurero en
Italia, soldado en Lepanto, cautivo en Argel, preso en España, económicamente
desdichado, familiarmente desbordado y conocedor por todo ello de los más
diversos tipos humanos. En la azarosa vida de Cervantes está la clave de la
rebosante humanidad de sus personajes, de su verosimilitud y cercanía, aun
cuando han pasado más de tres siglos desde que su pluma les diese vida. Y es
que, si no fuese porque para hacerle justicia debería escribirla su propio
protagonista, la vida de Cervantes bien podría ser un relato de la mejor
literatura.
El día 9 de octubre de 1547, el segundo de los hijos varones de
Rodrigo Cervantes y Leonor de Cortinas era bautizado en la parroquia de Santa
María la Mayor de Alcalá de Henares. Su nombre, Miguel, hace suponer que
posiblemente naciese diez días antes, el 29 de septiembre, festividad del santo
homónimo, aunque no consta por ningún documento la fecha exacta de su llegada
al mundo. Rodrigo Cervantes era a su vez hijo de uno de los personajes notables
de la Alcalá de la época, Juan de Cervantes, abogado de profesión y familiar de
la Inquisición que llegaría a disfrutar de una posición económicamente
desahogada, pero cuya fortuna no compartiría Rodrigo. Éste, sordo desde la
infancia, ejercía como cirujano, es decir, el oficio entonces más bajo de la
escala médica cuya escasa consideración social lo asimilaba prácticamente con
un artesano. La ausencia habitual de su padre, que residió durante muchos años
en Córdoba antes de regresar a la ciudad complutense, y su desinterés por la
suerte de su esposa e hijos hizo que Rodrigo, lejos de compartir su cómoda
situación, se viese abocado a una estrechez que no mejoraría cuando a la
responsabilidad de mantener a su madre se sumase la de hacer lo propio con su
mujer e hijos. Miguel de Cervantes tenía tres hermanos mayores —Andrés, Andrea
y Luisa— y después de él le seguirían otros dos menores —Rodrigo y Magdalena—,
por lo que nada tiene de extraño que con tantas cargas familiares y tras un
incidente con uno de sus pacientes que vino a perjudicar su reputación como
cirujano, Rodrigo decidiese ir con su familia (excepto Magdalena, que aún no
había nacido) a buscar mejor fortuna fuera de Alcalá.
§. Peregrinaje familiar
A comienzos de 1551, Rodrigo Cervantes, su madre, su mujer y sus
hijos se instalaron en Valladolid, pero tampoco aquí se vería favorecido por la
suerte pues, como recuerda el hispanista Jean Canavaggio, «bastarán ocho meses
para que Rodrigo vea desvanecerse sus ilusiones; y necesitará casi dos años
para salir de la trampa en que un buen día se encontró cogido». En efecto,
necesitado de dinero con el que abordar los gastos de la mudanza, y quizá
demasiado confiado en las posibilidades que la próspera Valladolid le ofrecía
para hacer fortuna, Rodrigo fue adquiriendo deudas que terminaron por obligarle
a solicitar un crédito usurario de cuarenta mil maravedíes para hacerles
frente. Incapaz de asumir su pago en el plazo de vencimiento, acabaría por ser
encarcelado en julio de 1552 y sus escasos bienes serían embargados. Aunque
alegando su condición de hidalgo lograría ser liberado, el acoso de sus
acreedores le volvería a llevar en dos ocasiones más a la prisión, razón por la
que en 1553 decidió volver a trasladar su residencia y dirigirse a Córdoba.
Miguel de Cervantes tenía entonces seis años, edad suficiente como para ser
consciente de la desgracia paterna y recordarla el resto de su vida, pero
difícilmente podía imaginar que algún día conocería la misma cárcel que
Rodrigo.
Entre 1553 y 1565, Rodrigo Cervantes residió en Córdoba primero
y después en Sevilla. Los datos que se conservan sobre esos años son muy
escasos y no permiten afirmar con seguridad nada acerca de la infancia y
primera formación académica del futuro escritor. Una descripción de un colegio
de jesuitas que años más tarde haría en su novela El coloquio de los perros ha
llevado a sospechar su posible asistencia a una escuela de la citada orden,
pero no se han encontrado documentos que lo corroboren, de modo que como afirma
el académico de la lengua Martín de Riquer, «nada sabemos de cierto sobre los
estudios de Miguel de Cervantes». De la vida familiar de Cervantes durante la
etapa sevillana sólo se tiene constancia de un desventurado asunto relacionado
con su hermana mayor que constituirá el primero de los episodios de desengaño
amoroso y deshonra que jalonarían la vida de las mujeres que rodearon al
escritor. Según parece, Andrea, que debía rondar los veintiún años, conoció en
la ciudad a un tal Nicolás de Ovando, miembro de la oligarquía local ya que era
hijo de un magistrado del Consejo de Castilla y sobrino del vicario general de
Sevilla. Ilusionada y quizá también alentada por deseos de medrar, inició con
él una relación amorosa en la que, probablemente para lograr sus favores,
Ovando llegó a prometerle matrimonio. Como en una de las muchas obras teatrales
de la época, el enamorado no cumplió su palabra y Andrea quedó embarazada de
una niña, Constanza, que nacería en 1565. Conforme a los usos de la época, Andrea
reclamó legalmente una reparación de su honor que le fue concedida en forma de
dinero. Los desengaños y reparaciones terminarían por convertirse en una
constante en la vida de las hermanas de Cervantes e incluso en las de su
sobrina y su hija, y aunque debieron de disgustar al autor ya que dejaban en un
lugar dudoso la reputación familiar, a juzgar por el trato que dio a episodios
similares en sus obras y por la protección que siempre dispensó a las
desengañadas, los recibió con indulgencia, y como apunta Jean Canavaggio, «esas
aventuras no fueron sinónimas de oprobio (…); entre todos los nombres que han
de llevar sus heroínas, el de Constanza será su predilecto».
En 1566 la familia Cervantes cuyo deambular por el sur de España
no le había servido precisamente para mejorar (poco antes de partir de Sevilla
Rodrigo volvió a verse envuelto en un proceso por deudas) se instaló en Madrid.
La ciudad, convertida en sede de la corte desde 1561 vivía entonces un
vertiginoso proceso de crecimiento que atrajo sin duda a Rodrigo, quien, recién
cobrada la herencia de su suegra, vio en ella una oportunidad para prosperar si
combinaba sabiamente inversiones y trabajo. Por entonces Miguel de Cervantes
tenía diecinueve años y se había convertido en pupilo del catedrático de
Gramática y humanista Juan López de Hoyos. Este dato es el único seguro acerca
de los estudios del escritor, aunque tampoco se sabe cuánto tiempo fue su
discípulo ni qué tipo de estudios cursó. Desde luego nada indica que, como
tradicionalmente se ha dicho, llegase a cursar estudios universitarios, de modo
que, en palabras del historiador Alfredo Alvar Ezquerra, «de las muchas cosas
que resultan fascinantes en la capacidad creadora de Cervantes es que no tuvo
una educación reglada, académica».
En Madrid, Rodrigo Cervantes comenzó a frecuentar el trato de
algunos hombres de negocios italianos con los que compartía negocios, pero
sería su relación con un antiguo miembro de la compañía teatral sevillana de
Lope de Rueda, Alonso Getino de Guzmán, la que marcaría definitivamente la vida
de su hijo. Las inquietudes literarias ya habían hecho su aparición en Miguel,
que con toda probabilidad frecuentaría los cenáculos de la capital; sus
primeros pasos literarios los daría precisamente de la mano de Getino. Éste se
alojaba en casa de Rodrigo Cervantes, no sabemos si como inquilino o como
invitado ya que probablemente se habían conocido en Sevilla, por lo que el
trato con Miguel era cercano y asiduo. En 1567 la esposa de Felipe II, Isabel
de Valois, dio a luz a la segunda de sus hijas, la infanta Catalina Micaela, y
la organización de las fiestas celebradas por tal motivo en Madrid estuvo a
cargo de Alonso Getino. Como entonces era costumbre se levantaron en la ciudad
varios monumentos temporales, es decir, construcciones (arcos, tablados,
puertas, graderíos…) de materiales desechables con el único fin de engalanar
las calles para la ocasión que después eran destruidas y que los historiadores
denominan «arquitecturas efímeras». En el medallón de uno de los arcos de
triunfo levantados a tal efecto pudieron leerse los primeros versos de Miguel
de Cervantes: «Serenísima reina en quien se halla / lo que Dios pudo dar a un
ser humano…». El poema era una simple composición de circunstancias, pero
estaba inspirada en otra inédita del poeta Pedro Laynez, lo que viene a
confirmar el contacto de Cervantes con los ambientes literarios del Madrid de
la época.
Al año siguiente verían la luz nuevos versos de Cervantes, pero
en esta ocasión por un motivo menos feliz, la muerte de la joven reina. Juan
López de Hoyos publicó la Relación oficial de las exequias de Isabel de Valois
y solicitó a su discípulo la composición de cuatro poemas dedicados a la
soberana con el fin de incluirlos en la publicación. La carrera literaria de
Cervantes parecía comenzar a encauzarse pues, además de talento, poseía algunos
contactos que podían ser de gran utilidad. Pero cuando todo parecía favorecerle
su rastro desaparece súbitamente de Madrid para reaparecer en Roma en diciembre
de 1569, apenas tres meses después de la publicación de sus poemas. Allí su
vida daría un giro inesperado pues Cervantes abandonaría la pluma por la
espada. ¿Qué pudo haber sucedido para que tomase semejante decisión justamente
cuando su vocación empezaba a convertirse en realidad? Un documento del Archivo
de Simancas parece ser la clave del asunto.
§. El manco de Lepanto
El 15 de septiembre de 1569 se publicaba en Madrid una real
provisión en la que se declaraba: «Sepades que por los alcaldes de nuestra casa
y corte se ha procedido y procedió en rebeldía contra un Miguel de Cervantes,
ausente, sobre razón de haber dado ciertas heridas en nuestra corte a Antonio
de Sigura (…) sobre lo cual el dicho Miguel de Cervantes por los dichos
nuestros alcaldes fue condenado a que, con vergüenza pública, le fuese cortada
la mano derecha, y en destierro de nuestros reinos por tiempo de diez años».
Cervantes había protagonizado una pelea con un maestro de obras, Antonio
Sigura, en la que había hecho uso de su espada. Estos altercados eran entonces
muy frecuentes, pero la ley prohibía el empleo de armas en el entorno del
alcázar real so pena de cortar la mano a quien lo hiciera. Consciente de su
situación, y sin ningún deseo de quedar manco, Cervantes escapó de Madrid para
evitar las consecuencias legales de su lance. Parece que primero se dirigió a
Sevilla y desde allí embarcó rumbo a Italia. Una vez en Roma, y a través de su
padre, iniciaría un proceso de reconocimiento de hidalguía con el ánimo de que,
en atención a su condición, la pena física le fuese conmutada. Entretanto, para
ganarse la vida entró al servicio de monseñor Giulio Acquaviva en calidad de
ayuda de cámara, empleo que pudo haber logrado por intermediación de un
pariente, el cardenal Gaspar de Cervantes y Gaete. Sin embargo permanecería
poco tiempo en su nuevo trabajo porque difícilmente podía hacerse a una vida de
servidumbre alguien con un ánimo tan vivo como para verse envuelto en el asunto
por el que había tenido que salir de España. Así, en el verano de 1571,
Cervantes abrazó la carrera de armas.
Por entonces Felipe II, aliado con Venecia y la Santa Sede,
preparaba una gran flota armada, bajo el mando de don Juan de Austria, para
tratar de frenar el avance del Imperio otomano por el Mediterráneo que hacía
peligrar los intereses estratégicos y económicos de Occidente. Tras la toma
turca de Chipre ocurrida en julio de 1570, Pío V se convertiría en el gran
valedor de la citada alianza defensiva que nacería en la primavera siguiente
bajo el nombre de Santa Liga. La empresa militar que se preparaba era de enorme
envergadura, por lo que cientos de jóvenes en busca de aventuras o de una
ocupación digna con posibilidades de futuro se alistaron como soldados. El
propio hermano menor de Miguel de Cervantes, Rodrigo, se contaba entre ellos,
de tal forma que en julio de 1571 ambos formaban parte de la compañía de Diego
de Urbina perteneciente al Tercio de Miguel de Moncada. A comienzos del mes de
agosto, Juan de Austria en una solemne ceremonia tomaba el mando de la
operación, y el 23 del mismo mes la escuadra española comandada por Juan Andrea
Doria y Álvaro de Bazán zarpaba hacia Mesina para encontrarse con las naves
venecianas y romanas. Se habían reunido contra el turco casi doscientas
galeras, cerca de un centenar de otras embarcaciones entre naos, fragatas y
naves de servicio, y un contingente militar de más de ochenta mil hombres.
A bordo de una galera española, La Marquesa, en la que habían
embarcado las tropas bajo mando de Diego de Urbina, Miguel y su hermano
llegaron el 6 de octubre a las proximidades del canal de Lepanto. En él
aguardaba la flota turca de doscientas cincuenta galeras y noventa mil hombres,
pero con menos de la mitad de las piezas de artillería que la española. Al alba
del día siguiente Miguel de Cervantes, enfermo, temblaba de fiebre en el
interior de La Marquesa cuando fue aconsejado por el propio Urbina y sus compañeros
que no saliese a cubierta a prestar batalla en tal estado. Sin embargo, tal y
como se recogería años más tarde (en 1578) en una información para la que
prestaron declaración algunos de ellos, «Miguel de Cervantes respondió al dicho
capitán y a los demás que le habían dicho lo susodicho, muy enojado: “¡Señores,
en todas las ocasiones que hasta hoy en día se han ofrecido de guerra a Su
Majestad, y se me ha mandado, he servido muy bien, como buen soldado; y así
ahora no haré menos, aunque esté enfermo y con calentura; más vale pelear en
servicio de Dios y de Su Majestad, y morir por ellos, que no bajarme so
cubierta!”». Y en efecto combatió con valentía en la encarnizadísima batalla
que siguió y que se recordaría desde entonces como una de las más cruentas
luchas navales de la Historia, tanto que, a decir de los testigos, «se hubiera
dicho que el mar y el fuego no eran sino uno». Finalmente el terrible
enfrentamiento se saldaría con la victoria de la Santa Liga, lo que supondría
para Occidente acabar con el mito de la invencibilidad naval turca y, para
Miguel de Cervantes, no poder usar nunca más su mano izquierda.
En el transcurso de la batalla Cervantes recibió tres disparos
de arcabuz, dos en el pecho y uno en la mano, de los que se recuperaría en los
meses siguientes en un hospital en Mesina, si bien la mano izquierda le
quedaría para siempre anquilosada. Pese a ello, en abril del año siguiente
retomó su vida de soldado y esta vez se incorporó a la compañía de Manuel Ponce
de León del Tercio de Lope de Figueroa. En ella sirvió hasta bien entrado el
año 1575, tomando parte en las acciones armadas de Navarino, Túnez y La Goleta
y haciendo vida de guarnición durante su último año de servicio en Cerdeña,
Lombardía, Nápoles y Sicilia. La recreación llena de detalles y verosimilitud
que años después tendrán sus ambientaciones italianas y sus personajes
vinculados a la vida militar beberían sin duda de la experiencia de estos años.
A finales del verano de 1575 todo parecía indicar que don Juan de Austria sería
llamado a Flandes para tomar el relevo del duque de Alba. Cervantes, quizá
cansado de la errante vida militar, con una mano inutilizada y sabedor de la
complicada situación económica por la que atravesaba en España su familia,
pensó entonces que había llegado el momento de regresar a su patria. En
atención a sus servicios consiguió dos cartas de recomendación de Juan de
Austria y el duque de Sessa con las que planeaba solicitar algún tipo de merced
en reconocimiento de sus méritos (especialmente por su valiente participación
en Lepanto) y tal vez lograr el perdón de los años de destierro que según la
real provisión de 1569 aún le quedaban por cumplir. Pero cuando sus deseos
parecían cristalizar, un nuevo golpe del destino daría un giro radical a su
vida: el 26 de septiembre, cuando la galera El Solen la que había embarcado
rumbo a España se encontraba frente a las costas de Cataluña, una flota turca
al mando del corsario Arnauti Mamí la interceptó y se entabló una lucha en la
que los españoles que no perecieron fueron hechos prisioneros para luego ser
vendidos como esclavos. Entre ellos se encontraban Miguel de Cervantes y su
hermano Rodrigo.
§. El cautiverio de Argel
Una de las facetas de la presencia turca en el Mediterráneo que
resultaba especialmente peligrosa para los intereses de la Monarquía Hispánica
de Felipe II era la acción de los piratas berberiscos procedentes de Argel,
Trípoli y Túnez, cuyas incursiones en las costas de España e Italia buscaban
hacerse con el mayor número posible de cautivos cristianos. Una vez llegaban a
tierras africanas, los vendían como esclavos y el destino que les guardaba
solía depender de su condición social, de modo que los más humildes eran
empleados como mano de obra, los que poseían algún tipo de formación
especializada (sobre todo los armadores de barcos) los destinaban a tareas
relacionadas con su oficio, y aquellos que se suponían miembros de las clases
sociales algo más altas se convertían en cautivos de rescate, es decir, se
pedía una suma a cambio de su liberación. Paradójicamente, las cartas de
recomendación de Juan de Austria y el duque de Sessa que llevaba consigo
Cervantes como garantía de futuro sirvieron para persuadir erróneamente a sus
captores de su relevancia, por lo que fue vendido junto con su hermano como
esclavo al segundo de abordo de Arnauti Mamí, Dalí Mamí (conocido como «el
Cojo»), quien fijó su rescate en la nada desdeñable cantidad de quinientos
escudos de oro.
Como cautivo de rescate la situación de Cervantes en Argel era
algo menos penosa que la de quienes no se consideraban merecedores de rescate
ya que no tenía que emplearse en faenas duras. Sus días transcurrían encerrado
en los llamados «baños», nombre que recibían las prisiones y cuyo ambiente
retrataría magistralmente el escritor en sus comedias Los tratos de Argel y Los
baños de Argel. Como recuerda Jean Canavaggio, «aunque Cervantes se apiade del
destino de sus compañeros (…) nos da del mundo musulmán una representación
infinitamente más matizada que la deformación caricaturesca a la que nos
acostumbran la mayoría de las veces los escritos polémicos de sus
contemporáneos». A juicio de Canavaggio, las descripciones de Cervantes son tan
precisas que muy posiblemente, arguyendo su invalidez y como sucedía en casos
similares, le hubieran permitido salir durante el día del presidio y, aun
cargando con sus grillos, recorrer las calles de la ciudad. De lo que no cabe
duda es de que durante los años que vivió como cautivo en Argel, Cervantes
continuó cultivando la poesía, lo que apunta un cierto trato de consideración
por parte de sus captores que respondería a su convencimiento de que se trataba
de un individuo de cierta relevancia en España.
Prisionero y consciente de la enorme dificultad que para su
familia sería reunir la cantidad suficiente para conseguir su rescate y el de
su hermano, e impulsado una vez más por su vivo carácter, Cervantes trataría de
escaparse hasta en cuatro ocasiones de su encierro. La primera de ellas tuvo
lugar en enero de 1576: Cervantes y un grupo de compañeros de cautiverio
lograron persuadir —seguramente con la promesa de una recompensa— a un musulmán
para que les condujese a pie hasta Orán, donde podrían embarcar hacia la
Península. Sin embargo, tras algunas jornadas de camino el guía los abandonó;
así las cosas, perdidos y sin posibilidad de orientarse, no les quedó más
remedio que volver a Argel donde fueron nuevamente encerrados en condiciones
aún más duras. La suerte sonrió poco después a dos de ellos (Castañeda y Antón
Marco) pues fueron rescatados y regresaron a España, lo que les permitió
contactar con la familia de Miguel y Rodrigo, que comenzó a hacer todo lo
posible por conseguir el dinero para el rescate de sus hijos. Se endeudaron,
vendieron sus bienes y acudieron al Consejo de Castilla solicitando ayudas en
atención a la condición de hidalgos de sus hijos y a los servicios prestados
antes de su cautiverio, pero no lograron nada de unas autoridades desbordadas
por centenares de peticiones idénticas. Haciendo entonces uso de la más genuina
picaresca, Leonor, la madre de Cervantes, se hizo pasar por viuda, gracias a lo
cual obtuvo una ayuda de sesenta ducados para el rescate de sus hijos. Con este
dinero, más lo que habían logrado reunir, tres religiosos mercedarios: fray
Jorge de Olivar, fray Jorge de Ongay y fray Jerónimo Antich, partieron con la
tarea de traer de vuelta a los cautivos.
Entretanto, en Argel la falta de libertad se hacía cada vez más
difícil de soportar y Miguel continuaba trazando planes de fuga. La llegada de
los mercedarios en la primavera de 1577 pareció dar un soplo de esperanza a
ambos hermanos, pero en el momento de ajustar el trato con Dalí Mamí éste
decidió aumentar la cuantía del rescate de Miguel. La cantidad que tenían los
monjes no llegaba para cubrir lo exigido a cambio de los dos y ante ello el
escritor prefirió que el rescatado fuese su hermano menor. Rodrigo partió
entonces libre hacia España pero con el encargo de contactar en Valencia,
Mallorca o Ibiza con algún marino de los que se arriesgaban a acercarse a las
costas argelinas para rescatar cautivos cristianos, y con dos cartas de sendos
caballeros de la orden de San Juan también presos para garantizar el apoyo de
las autoridades locales. El plan pensado para liberar a unos quince hombres
había sido cuidadosamente trazado por Cervantes mientras tenían lugar las
negociaciones de su rescate, de modo que hizo de la contrariedad de que sólo
uno de los dos hermanos pudiese ser rescatado un instrumento para lograr su
liberación y la de varios de sus compañeros. Conforme a lo acordado con
Rodrigo, Cervantes y sus compañeros de evasión aguardarían la llegada de un
barco a finales de septiembre escondidos en la gruta del jardín de la casa del
alcaide Hasán (tres millas al este de Argel) cuyo jardinero, un esclavo navarro
llamado Juan, les prestaría ayuda. Cervantes sería el encargado de llevar a los
cautivos hasta allí y de tratar con un renegado apodado «el Dorador» para
garantizar los suministros necesarios para su subsistencia. En el mes de mayo,
tal y como lo había previsto, Cervantes aprovechó la ausencia de Dalí Mamí —y
por tanto su menor vigilancia— para conducir a los catorce cautivos hasta la
gruta. Allí permanecieron varios meses a lo largo de los cuales el escritor,
como relata Alfredo Alvar, «recogía dinero de limosnas de otros mercaderes
cristianos de Argel. (…) Con esos dineros compraba víveres y cubría las
necesidades de los catorce escondidos». Finalmente, el 20 de septiembre el
propio Miguel se dio a la fuga reuniéndose con sus compañeros. Pero en la
madrugada del 29 de septiembre el barco que su hermano había conseguido hacer
salir desde Mallorca al mando de un antiguo cautivo no llegó. Dos veces había
tratado de acercarse a la costa y en su último intento había sido descubierto.
La voz comenzó a correr por todo Argel y «el Dorador», temeroso de las
represalias, decidió delatar a los cautivos fugados ante el bey de la ciudad
Hasán Bajá, que ordenó capturarlos. Conducidos ante Hasán Bajá, Miguel de
Cervantes se presentó como responsable único de la fuga y exculpó de toda
responsabilidad en su organización a sus compañeros. El bey, quizá impresionado
por el comportamiento de Cervantes o quizá pensando en el rescate que podía
obtener, decidió perdonarle la vida (suerte que no compartió el pobre
jardinero), si bien mandó que lo cargasen de cadenas y lo encerrasen en su
propia prisión.
Varios meses más tarde Cervantes salido de ella pues, como
cautivo, pertenecía a Dalí Mamí; pero para entonces ya había maquinado un nuevo
plan de fuga. En esta ocasión sus esperanzas de libertad se depositaban en la
posibilidad de que un cómplice hiciese llegar varias cartas al general del
presidio español de Orán, Martín de Córdoba, en las que exponía con todo
detalle un nuevo plan de fuga por tierra hasta dicha plaza y para el que
solicitaba su ayuda. La suerte volvió a resultarle contraria y el emisario fue
capturado cuando llevaba las cartas a su destino. El plan que contenían las
misivas y la firma de Cervantes dejaban poco lugar para las dudas sobre la
autoría del mismo, por lo que el escritor fue llevado nuevamente ante Hasán
Bajá. Su obstinación irritó al bey, que en un primer momento le condenó a
recibir dos mil palos, es decir, a morir, si bien la intercesión de algunos
cristianos y mahometanos que le apreciaban logró que Hasán le perdonase
nuevamente. Aún se intentaría evadir una vez más, en mayo de 1580, aprovechando
la intención de un renegado de Granada de retornar a España. Cervantes le
convenció para que con la ayuda de un mercader valenciano comprase una fragata
con la que organizar una nueva evasión de unos sesenta cautivos. Cuando todo estaba
preparado, uno de los participantes en la fuga, el ex dominico Juan Blanco de
Paz, delató el plan ante Hasán Bajá. El escritor, convencido de que nada podría
librarle de la muerte, escapó y permaneció escondido durante un tiempo en casa
de un cristiano. Sin embargo, al ver que nada podía hacer y que la vida de
quienes le acogían estaba en peligro, terminó por presentarse voluntariamente
ante el bey para asumir la responsabilidad de la fuga. Milagrosamente Hasán
Bajá le perdonó aunque volvió a encerrarle en su prisión en las peores
condiciones posibles. Cinco meses más tarde, Miguel de Cervantes estaba
encadenado en una de las galeras del bey que se disponía a partir hacia
Constantinopla cuando en el último instante llegó el pago de su rescate. Pocas
semanas antes se habían presentado en Argel varios frailes trinitarios con
trescientos escudos que su familia había enviado con tal fin, pero su rescate
estaba fijado en quinientos. Los frailes lograron reunir en varios días la
cantidad que faltaba con la ayuda de algunos mercaderes cristianos, y cuando el
destino de Cervantes parecía estar sentenciado cambió nuevamente. El 19 de
septiembre de 1580 quedaba libre y el 27 del mes siguiente volvía a poner los
pies en España. Tenía treinta y tres años y en los once que había pasado fuera
de su patria había acumulado tal cantidad de experiencias que su prodigiosa
capacidad literaria no desaprovecharía.
§. Y vuelta a vagabundear
El 27 de octubre de 1580, Miguel de Cervantes llegó a Denia y
desde allí se dirigió a Madrid para reunirse con su familia (sus padres, sus
hermanas Andrea y Magdalena y su sobrina Constanza, ya que su hermano servía
como soldado en Lisboa). La emoción del reencuentro no le impidió ver la
difícil situación económica en que los suyos habían quedado tras los esfuerzos
para conseguir su rescate y el de su hermano, de modo que rápidamente tuvo que
comenzar a pensar cómo ganarse la vida. Descartada la vuelta a la vida militar
y consciente de que, como indica Martín de Riquer, «las letras, por otra parte,
no podían ser una solución económica para un hombre como él, sin ningún grado
universitario, que hasta entonces no había publicado ningún libro y era
virtualmente un desconocido», Cervantes pensó que habida cuenta de sus muchos
desvelos podría presentar ante la corte una petición de merced que fructificase
en algún tipo de cargo. Con esa intención se dirigió a Portugal, donde Felipe
II prestaba juramento como rey ante las cortes lusas, pero después de presentar
sus alegaciones lo único que logró fue el encargo de realizar una misión de
recopilación de información en Orán. Su estancia en el norte de África fue en
esta ocasión breve, pues su entrevista con el gobernador Martín de Córdoba
apenas le llevó un mes, al cabo del cual regresó a Lisboa para rendir cuentas y
continuar en su intento de obtener algún cargo. Dirigió entonces su solicitud
al Consejo de Indias, con ánimo de que algún puesto vacante en la administración
americana le permitiese encauzar una nueva vida al otro lado del Atlántico,
pero sus deseos se verían frustrados de tal forma que en febrero de 1582 se
hallaba de regreso en Madrid.
Por esas fechas Cervantes, que comenzó a usar arbitrariamente
como segundo apellido Saavedra, estaba ya plenamente entregado a la redacción
de La Galatea, la novela pastoril que vería la luz en 1585 y que se convertiría
en la primera de sus obras publicadas. Pero con anterioridad, entre 1583 y 1584
su vida afectiva conocería grandes cambios. Dedicado a su actividad literaria,
Cervantes frecuentaba en Madrid los cenáculos de literatos y artistas; muy
probablemente en uno de ellos fue donde conoció a Ana de Villafranca (también
conocida como Ana Franca de Rojas). Era la joven esposa de un tabernero de la
calle Tudescos con la que Cervantes entabló una relación de la que nada se
sabe, pero que a mediados de noviembre de 1584 daría como fruto una hija
ilegítima, Isabel de Saavedra, la única que tendría el autor. En palabras de
Jean Canavaggio, «la curiosidad de los biógrafos está hecha a medida de la
discreción de Cervantes sobre esa aventura». Sea como fuere, el autor de La
Galatea no se encontraba en Madrid y había finalizado la relación cuando nació
su hija, pues en el mes de septiembre se dirigió a la localidad manchega de
Esquivias para cumplir con la promesa hecha a su amigo, el escritor Pedro
Laynez, de encargarse de la publicación de sus obras una vez éste hubiese
muerto. Allí vivía la viuda de Laynez y allí dirigió sus pasos Cervantes sin
sospechar que se quedaría hasta tres años y, además, como hombre casado.
Catalina Salazar y Palacios era una jovencísima viuda de diecinueve años que
frecuentaba la casa de la esposa de Laynez, lugar en el comenzó a tratar con
Cervantes. Tan sólo dos meses después de su llegada a Esquivias, el escritor
contraía matrimonio con Catalina a los treinta y siete años y se decidía a
permanecer en la localidad durante un largo tiempo. Pero ni la paz de la
localidad manchega ni las dulzuras del matrimonio lograron sosegar el espíritu
inquieto del autor, por lo que en 1587 fijaba su residencia en Sevilla para
desempeñar su nuevo cargo de comisario real de abastos.
Por aquellas fechas la ciudad hispalense estaba agitada a causa
de los preparativos para formar la gran flota armada que Felipe II dirigiría
contra Inglaterra en 1588. Entre las muchas tareas administrativas que
requerían de funcionarios públicos para su realización estaba la requisa de
grandes cantidades de cereales y aceite para el suministro de la flota, por lo
que Cervantes, viendo la posibilidad de obtener un trabajo, y quizá atraído por
el regreso a la Sevilla de su infancia, aceptó el citado puesto de comisario de
abastos. La ocupación, ingrata por naturaleza, le trajo más disgustos que
alegrías, pues con frecuencia se vio obligado a hacer frente a las demandas y
protestas de los distintos municipios que tenía que recorrer para exigir la
entrega de las cantidades fijadas. Pese a ello continuó ejerciendo el mismo
cargo aun después de la partida de «la Invencible», e incluso en 1592 fue
encarcelado en Écija acusado por un corregidor de haber vendido unas fanegas de
trigo sin autorización. En 1594 se le encargó el cobro de los atrasos de
tercias y alcabalas (impuestos reales) que se debían en el reino de Granada, y
si como comisario de abastos no siempre había tenido fortuna, como recaudador
su suerte no mejoraría. En septiembre de 1597 Cervantes depositó lo recaudado
en un banco de Sevilla, pero el banquero quebró, y ante la imposibilidad de
entregar las sumas recogidas, fue encarcelado tres meses en Sevilla.
Cansado de tantos sinsabores, hacia el año 1600 abandonaría
Andalucía para regresar a Esquivias con su mujer. Se tienen muy pocos datos
fiables de su vida en esos años, pero parece que viajó frecuentemente a Madrid
y Toledo y que la recepción de los bienes de uno de sus cuñados que había
profesado como franciscano le permitió olvidarse por un tiempo de los cargos
contables y dedicarse plenamente a escribir. La novela que le haría inmortal se
fraguaba en ese tiempo y quizá pensando en la conveniencia de estar cerca del
entorno cortesano cuando se publicase, Cervantes decidió trasladarse con toda
su familia a la ciudad en que Felipe III había fijado la corte, Valladolid.
Como apunta Jean Canavaggio, «por la gracia del Caballero de la Triste Figura,
los dos esposos, tanto tiempo separados, reanudaban en el ocaso de su
existencia la vida en común. No terminará ya hasta la muerte del escritor».
§. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
A finales de 1603, Cervantes y su familia (incluyendo a Isabel,
la hija que había tenido con Ana de Villafranca, fallecida en 1598) estaban
instalados en Valladolid. La primera parte del Quijote estaba ya muy adelantada
y para el verano del año siguiente la había finalizado. Una vez apalabrada la
edición con el librero Francisco de Robles en unos mil quinientos reales, se
hicieron con el privilegio de impresión (licencia real) necesario para publicar
el libro. Al tiempo, Cervantes debió de dirigirse a algunos escritores e
intelectuales reputados de su entorno tanto en Madrid como en Valladolid para
que, conforme a la costumbre de la época, escribiesen algunos poemas
laudatorios de la obra que incluir al comienzo de la misma, pero, como recuerda
Martín de Riquer, no debió de tener mucho éxito a juzgar por las palabras de
Lope de Vega, con quien se llevaba mal: «De poetas no digo, buen siglo es éste;
muchos en cierne para el año que viene, pero ninguno hay tan malo como
Cervantes ni tan necio que alabe a don Quijote». Esta situación terminaría
siendo la causa de que el escritor optase por incluir al comienzo de su obra
una serie de poemas y textos burlescos sobre este tipo de alabanzas cuya
autoría atribuyó a personajes fantásticos contribuyendo de este modo a subrayar
el carácter humorístico de su novela. Con el texto definitivo, el impresor
madrileño Juan de la Cuesta comenzó a preparar los primeros pliegos y a
comienzos de 1605 El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha veía la luz por
primera vez. El éxito de la divertida novela que ridiculizaba los libros de
caballerías fue arrollador y en pocas semanas Juan de la Cuesta tuvo que
preparar una segunda edición cuyo privilegio la hacía extensiva a Portugal. Los
protagonistas de la novela se hicieron enormemente populares hasta el punto que
empezaron a incorporarse en las representaciones teatrales y los disfraces de
las fiestas de aquellos días. Pero su creador pudo entregarse poco tiempo a las
mieles del éxito ya que en junio de ese mismo año un suceso fortuito volvía a
traerle un nuevo revés del destino. La noche del 27 de junio de 1605, un
destacado personaje de la corte, Gaspar de Ezpeleta, fue atacado y herido
mortalmente a la puerta de la casa del escritor. Los vecinos acudieron a
prestarle ayuda ante los gritos de auxilio y Cervantes y su hermana Magdalena
lo recogieron y cuidaron hasta que murió dos días más tarde. El alcalde
encargado de la investigación tenía una relación estrecha con el principal
sospechoso del crimen, un escribano cuya esposa era amante de Ezpeleta, y para
tratar de desviar la investigación terminó ordenando el encarcelamiento de casi
todos los vecinos. Así, Cervantes acababa encerrado en la misma cárcel que su
padre. A los pocos días, dada la arbitrariedad del proceder del alcalde, fueron
liberados pero aún estuvieron pendientes del proceso hasta que se dio por
finalizado sin ninguna aclaración satisfactoria. Los hechos agravaron el
descrédito de la familia Cervantes, a cuyas mujeres se las llamaba
despectivamente «las cervantas», dada su dudosa reputación. Esto unido a la
tristeza y desencanto del autor, lo convencería para mudarse nuevamente. En
1606 se instaló con sus hermanas, su mujer, su sobrina y su hija en Madrid,
ciudad en la que residiría hasta su muerte.
En los años que siguieron, Cervantes, que con el Quijote había
ingresado por derecho propio en el olimpo literario del Siglo de Oro, continuó
entregado a su tarea de escritor y en su casa de la calle León alumbró entre
otras obras sus Novelas ejemplares (1613), el Viaje del Parnaso (1614) y la
segunda parte del Quijote (1615). Cuando en abril de 1616 le sorprendió la
muerte, acababa de finalizar Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Pocos días
antes de morir profesó como hermano en la Venerable Orden Tercera de San
Francisco, de la que era novicio desde hacía tres años, y a sólo tres días de
su muerte, plenamente consciente de que su tiempo finalizaba, firmó la
dedicatoria del Persiles: «El tiempo es breve, las ansias crecen, las
esperanzas menguan, y con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de
vivir». Aun al día siguiente encontró fuerzas para redactar el prólogo de la
obra y en él despedirse del mundo: «Mi vida se va acabando y al paso de las
efemérides de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo,
acabaré yo la de mi vida. (…) ¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós,
regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos
en la otra vida». El 22 de abril, poco más de una semana después de la muerte
de Shakespeare, fallecía en Madrid don Miguel de Cervantes. En los registros
parroquiales de la iglesia de San Sebastián, conforme a los usos de la época,
se consignaría como fecha de su muerte la del entierro, el 23 de abril, dando
pie a una confusión que aún en nuestros días motiva que en tal fecha se celebre
en su recuerdo el día del Libro.
Miguel de Cervantes fue un escritor de talla extraordinaria. Sin
formación académica al uso, su talento literario bebió de la intensidad de su
experiencia vital y de la sensibilidad con que supo abordarla. Con su Quijote
nació la novela moderna pues, como recuerda Jean Canavaggio, «este relato
instaló por primera vez en el interior del hombre la dimensión imaginaria. En
lugar de contar desde fuera lo que le ocurre al héroe, le da la palabra y la
libertad de usar de ella a su guisa (…) esta revolución copernicana no había
sabido hacerla nadie antes de Cervantes». Pero es que, además, Cervantes
consiguió dotar a sus relatos de una lucidez ante la vida y a sus personajes de
una calidez humana tales que los llevaría a quebrar la barrera del tiempo
haciéndolos, con él, inmortales.
Capítulo 22
Isaac Newton
Contenido:
§. El explorador del universo
§. Los increíbles descubrimientos de un genio ágrafo
§. Comprender el universo: teología, alquimia y… matemáticas
§. La culminación de una carrera
§. El explorador del universo
Suele decirse que Isaac Newton afirmó sobre sí mismo que si
había llegado a ver algo más lejos que los demás, era porque había estado
subido sobre hombros de gigantes. En un mundo dominado por las nuevas
tecnologías parece difícil reconocer la aportación de los pensadores y
científicos anteriores al siglo XX, y sin embargo la ciencia moderna tal y como
la conocemos no podría haberse desarrollado sin la aportación de este auténtico
genio de las matemáticas, la física, la astronomía y el cálculo. Albert Einstein
al estudiar su obra quedaría abrumado por la dimensión de sus descubrimientos e
intuiciones, y aunque sería el primero en desafiar algunos de sus presupuestos,
siempre reconoció la deuda de su pensamiento con el del científico inglés del
siglo XVII. Asociamos su imagen a la de un estudioso que al observar la caída
de una manzana cambió la concepción del universo hasta entonces conocida. Pero
¿quién fue Isaac Newton? ¿Por qué este hombre al que fascinaba tanto el estudio
como disgustaban las relaciones sociales marcó un antes y un después en la
Historia?
Durante el siglo XVII y como consecuencia de los trabajos
previos de Nicolás Copérnico, Galileo Galilei y Johannes Kepler, entre otros,
Europa asistió a un proceso de renovación del conocimiento que tradicionalmente
denominamos Revolución científica. Fruto de ello nacía la ciencia moderna,
basada en el método experimental y el empleo del lenguaje matemático, y se
ponían en entredicho las pautas de desarrollo del saber que desde la Edad Media
había marcado la escolástica. Los nuevos planteamientos no sólo supusieron un
cambio radical en el terreno estrictamente científico sino que, en la medida en
que en la época ciencia y filosofía eran actividades comunes para quienes las
practicaban, la Revolución científica también supuso un cambio en la forma de
concebir el mundo. Se ponían así los cimientos para la racionalización del
pensamiento científico en todas sus facetas abriéndose la puerta a la
Ilustración del siglo XVIII.
De la mano de las teorías de multitud de filósofos y científicos
como Descartes, Leibniz, Pascal, Halley, Huygens, Fermat, Harvey, Boyle… surgió
una nueva forma de abordar el conocimiento de la naturaleza. Ésta por primera
vez se concebía como algo ordenado y regido por unas leyes de carácter
universal que, mediante la experimentación y la aplicación de modelos
matemáticos, podían descubrirse y explicarse. Los avances en matemáticas,
física, astronomía, medicina, filosofía, química, historia, biología, etc.,
marcarían desde entonces las vías de evolución de las ciencias hasta bien
entrado el siglo XX. Pero nada en este proceso habría sido igual sin las
revolucionarias aportaciones del coloso del saber que fue Isaac Newton.
Cuando en la Navidad de 1642, en la localidad inglesa de
Woolsthorpe del condado de Brinkinshire, una mujer llamada Hannah Newton daba a
luz a un niño, nada hacía presagiar que aquel bebé sietemesino y extremadamente
débil no sólo iba a sobrevivir sino que iba a convertirse en el científico más
importante que jamás ha conocido la Historia. Isaac Newton nació en unas
circunstancias verdaderamente malas. Inglaterra estaba sumida en una guerra
civil que habría de alargarse hasta 1649 y que terminaría con la ejecución del
rey Carlos I. Asimismo era hijo póstumo, pues su padre, un pequeño
terrateniente analfabeto de igual nombre, había muerto tres meses antes, y
además era prematuro, tan pequeño que, en palabras de su propia madre, «habría
cabido en una botella de un cuarto». Con estas condiciones de partida, el
futuro no resultaba precisamente prometedor.
Sin embargo y contra todo pronóstico, el pequeño logró salir
adelante aunque no para tener una infancia muy ortodoxa. Su madre,
probablemente angustiada con la difícil situación económica que en la época
suponía ser una joven viuda, se casó por segunda vez cuando Isaac tenía sólo
tres años. Su padrastro, el rector de la cercana parroquia de North Witten
Barnabas Smith, decidió que lo mejor para el pequeño sería que lo criaran sus
abuelos maternos. Con ellos pasaría los siguientes ocho años aunque la casa de
su madre se encontraba sólo a unos dos kilómetros y medio de distancia. Pese a
los cuidados de sus abuelos, la separación de su madre, la muerte de su padre y
el rechazo de su padrastro marcaron de por vida la afectividad de un niño que,
además, poseía una capacidad intelectual fuera de lo normal. En sus primeros
años de colegio Newton parecía no ser un estudiante brillante, no le resultaba
fácil relacionarse con sus compañeros y se mostraba interesado por todo tipo de
artilugios mecánicos en lugar de por los juegos que solían gustar a los chicos.
Así, cuando tras el fallecimiento de su padrastro, en agosto de 1653, su madre
regresó a Woolsthorpe, se encontró con un niño más bien raro, bastante hosco y
que no parecía destacar en nada en especial.
Hannah Newton quería que su hijo se hiciera cargo algún día de
la granja y los terrenos familiares. Para ello era necesario recibir cierta
formación académica para que pudiera ocuparse de su administración, razón por
la que decidió enviar a Newton a la escuela de Grantham. Allí, de modo casi
providencial, se alojó en casa de un farmacéutico, el señor Clark, lo que puso
al jovencísimo Newton en contacto con la medicina y la química por primera vez
en su vida. Su mente inquieta encontró entre los libros y materiales del
farmacéutico un campo que le invitaba al conocimiento y la reflexión. Se sabe
que ya entonces fabricaba como entretenimiento cometas, pequeños molinos de
viento a escala y relojes de sol y de agua, probablemente siguiendo las
indicaciones de su libro favorito, Los misterios de la naturaleza y el arte, de
John Bate, uno de los que había tomado de la biblioteca del farmacéutico.
Newton comenzó entonces a destacar como estudiante en el colegio, aunque le
costaba mantener una línea constante de trabajo y su tendencia a aislarse
socialmente no mejoró con ello.
Cuando cumplió diecisiete años su madre pensó que había llegado
el momento de que volviese a Woolsthorpe para ponerse al frente de la finca
familiar, y entonces, tal y como afirma Isaac Asimov, «claramente se distinguió
como el peor granjero del mundo». Pocos ejemplos resultan tan ilustrativos de
su falta de aptitud para aquel tipo de trabajo como los recordados por el
profesor de Astronomía de la Universidad de California Timothy Ferris: «Enviado
a recoger el ganado, lo hallaron una hora más tarde parado en el puente que
conducía a los pastos, observando atentamente el fluir de la corriente. En otra
ocasión fue a su casa montando un caballo y llevando otro de la brida, sin
darse cuenta de que el segundo se había escabullido». Obviamente a Isaac Newton
poco o nada le interesaban las vacas, los caballos, los pastos y las cosechas.
Por fortuna, Henry Stokes, su profesor en Grantham, y su tío materno William
Ayscuogh, conscientes de que Newton nunca podría ser terrateniente pero que
poseía dotes para el estudio, lograron convencer a Hannah para que desistiese
de sus intenciones y le enviase a estudiar al Trinity College de Cambridge en
1661. Allí, para asombro de todos, Newton se convirtió en la figura más
destacada de la universidad.
§. Los increíbles descubrimientos de un genio ágrafo
Los estudios emprendidos por Newton en Cambridge, como era
normal en su tiempo, eran más bien eclécticos. Un estudiante universitario que
se preciase debía formarse tanto en disciplinas científicas como en
humanidades, lo que suponía una actividad intelectual de gran intensidad.
Además, como indica el profesor del Trinity College Michael Atiyah, «por aquel
entonces la enseñanza en Cambridge de cuestiones como el espacio no era
avanzada o sofisticada comparada con los niveles actuales. Muchos estudiantes
tenían que aprender las cosas por sí mismos. (…) Es probable que la educación
formal fuese bastante limitada y que Newton tuviese que hacer casi todo por sus
propios medios». No es de extrañar que Newton, que nunca había destacado por su
gusto para relacionarse con los demás, pasase prácticamente todo el tiempo
estudiando y leyendo sin dedicar tiempo a hacer amigos. El hecho de que, al no
contar con apoyo económico suficiente de su madre, tuviese que dedicarse a
realizar pequeños trabajos para financiar sus estudios, tampoco ayudó a
combatir su creciente aislamiento.
En el transcurso de sus años como universitario, Newton, que
parecía no conocer límite en su deseo de acercarse a las obras de los más
relevantes pensadores de todos los tiempos y también de su época, quedó
fuertemente impresionado con las obras de René Descartes. Los Principia
Philosophiae del filósofo francés le interesaron sobremanera, muy en especial
en las cuestiones referentes a filosofía mecánica, y fue su estudio lo que le
pondría en contacto con su principal mentor en la universidad, el profesor de
la cátedra Lucasiana de matemáticas —la más importante entonces y ahora en
Cambridge—, Isaac Barrow. Bajo la tutela de Barrow, Newton se adentró en las
ideas de Galileo sobre el movimiento y la gravedad, las leyes de Kepler
relativas al movimiento de los cuerpos celestes y las revolucionarias
aportaciones de Descartes en álgebra y geometría.
La importancia dada por Descartes a la posibilidad de describir
el movimiento mediante el álgebra favoreció un interés auténticamente voraz de
Newton por las matemáticas, de modo que entre 1663 y 1664 se entregó a ellas
con tal pasión que logró aprender todo lo que entonces se sabía sobre la
matemática moderna. En palabras del profesor de Historia de la ciencia Richard
S. Westfall, «conocía todos los problemas que los mejores matemáticos de su
época eran capaces de resolver y sabía que era mejor que muchos de ellos».
Newton estaba convencido de que el movimiento también podía describirse
mediante la geometría pero matemáticamente no era posible con los conocimientos
disponibles. Como si fuera algo tan normal como fabricar los relojes de sol de
su infancia, Newton inventó para poder hacerlo una nueva rama de la matemática,
el cálculo infinitesimal, que terminaría de desarrollar en los años siguientes.
Cuando hacia la primavera de 1665 obtuvo la graduación de sus estudios
universitarios junto con una beca para proseguirlos, sus avances en el terreno
del cálculo, de haber sido públicos, le habrían consagrado como el más
importante matemático de Europa. Pero Newton no parecía mostrar ningún interés
en dar a conocer sus investigaciones mediante la única forma que entonces
existía para hacerlo, publicarlas. Como él mismo reconocería en una carta, «no
veo qué hay de deseable en la estima pública, si yo pudiese adquirirla y
mantenerla. Quizá aumentaría mis relaciones, que es lo que principalmente deseo
reducir».
Un año más tarde, Newton se vio obligado a abandonar Cambridge
ante la epidemia de peste que asolaba el país y que motivó el cierre temporal
de la universidad. Pasó los siguientes dieciocho meses en su casa de
Woolsthorpe y los avances que realizó en ese tiempo han hecho que 1666 sea
considerado el Annus mirabilis de la vida del científico. Sus investigaciones y
conclusiones en los terrenos de las matemáticas, la óptica y la física
marcarían un nuevo punto de partida para la ciencia. Aunque para el gran público
la faceta más conocida de estos avances es la referida a la teoría de la
gravitación universal, y por tanto al último de ellos, lo cierto es que la
trascendencia de sus aportaciones en los dos primeros no fue menor. Como
matemático Newton consiguió completar la creación del cálculo infinitesimal que
había comenzado anteriormente, poniendo con ello, tal y como afirma el profesor
Ferris, «la geometría en movimiento». Su método de «fluxiones», como él mismo
lo denominó, permitió la medición del movimiento en continuo cambio así como la
de las áreas de formas complejas.
La luz constituyó otro de sus objetos primordiales de estudio en
Woolsthorpe. Siguiendo los principios de experimentación y observación
propuestos por Francis Bacon en el siglo anterior, Newton decidió abordar el
entonces candente problema para los científicos de la naturaleza de la luz y el
color. Para ello se encerró durante semanas en una habitación a oscuras en la
que se dedicó a observar el comportamiento del único rayo de luz que dejaba que
pasase entre unas gruesas cortinas. Haciendo pasar la luz a través de un prisma
y estudiando el modo en que se comportaba al incidir en una pantalla, descubrió
que la luz blanca estaba en realidad compuesta por una banda de colores
consecutivos que siempre presentaban el mismo orden: rojo, naranja, amarillo,
verde, azul, añil y violeta, es decir, el arco iris. Por primera vez se
explicaba que la luz blanca es en realidad una combinación de colores y que, en
consecuencia, el color es una propiedad de la luz y no de los objetos.
Pero sin duda alguna la más conocida de sus «revelaciones» de
aquel año fue la referida a las leyes de la gravitación. Tradicionalmente suele
decirse que mientras estaba estudiando Newton vio caer una manzana de un árbol
de su jardín, y que este hecho le hizo pensar que la fuerza que atraía a la
fruta y que la hacía caer debía guardar relación con la misma que hacía moverse
a la Luna en relación con la Tierra y la mantenía en su órbita. Aunque, como ha
señalado el profesor Bernard Cohen, «no poseemos ninguna evidencia de que
Newton hubiese llegado a una noción tan avanzada hasta algo después», él mismo
afirmó que fue entonces cuando consiguió dar con la explicación de las leyes
del movimiento planetario enunciadas por Galileo y Kepler. Ambos habían defendido
el heliocentrismo y descrito el movimiento de los cuerpos celestes en órbitas
alrededor del Sol, pero no habían hallado la explicación de por qué sucedía de
ese modo. Newton lo consiguió al descubrir la gravitación universal, y con ello
además demostró, frente a las creencias aristotélicas, que las mismas leyes
físicas operaban en los cuerpos terrestres y los celestes.
En poco más de un año Newton había revolucionado el panorama de
la ciencia del siglo XVII, pero como si aquello no tuviese importancia alguna
decidió no poner por escrito sus descubrimientos. El desinterés por publicar
sus hallazgos parecía directamente proporcional a su pasión por llegar a ellos.
Pero cuando en 1667 regresó al Trinity College y mostró una copia de sus
trabajos en matemáticas a Isaac Barrow, éste, consciente de lo que tenía entre
manos, trató de convencerle para que al menos escribiese un artículo en el que
diese a conocer sus avances. Casi dos años de ruegos y razones hubo de costarle
a Barrow el ver publicado el primer artículo de Newton, «El análisis», sobre el
cálculo infinitesimal. No exagera el profesor Cohen cuando afirma que «cada descubrimiento
que Newton hacía tenía dos facetas. Primero, Newton hacía el descubrimiento, y
segundo, otras personas tenían que descubrir lo que él había descubierto».
El creciente prestigio de Newton en el entorno científico y
universitario motivó que en 1669 aceptase suceder a Barrow en la cátedra
lucasiana de matemáticas, lo que le convertía en miembro permanente de la
comunidad académica. Completamente volcado en sus estudios, compró dos hornos y
convirtió parte de sus habitaciones en Cambridge en un laboratorio en el que,
según el testimonio de su secretario Humphrey Newton (al que no le unía ningún
parentesco pese al apellido), trabajaba hasta la extenuación: «Consideraba una
pérdida de tiempo todas las horas que no dedicaba al estudio, tarea que hacía
de forma tan concentrada que apenas abandonaba su habitación. (…) Era siempre
muy serio en sus estudios, comía muy frugalmente y a menudo se olvidaba por
completo de hacerlo. Rara vez se iba a la cama antes de las dos o las tres de
la mañana. El fuego no solía apagarse y se quedaba una noche sin acostarse y yo
lo hacía a la siguiente hasta que acababa sus experimentos químicos».
Entre sus muchas tareas en la universidad, Newton aprovechó las
conclusiones a las que había llegado al estudiar la luz para desarrollar un
nuevo modelo de telescopio. Hasta entonces el único tipo conocido era el
telescopio refractor construido por Galileo que empleaba una gran lente en la
parte delantera para recoger la luz. Newton sabía por sus estudios de óptica
que el modelo refractor producía efectos indeseables de color en las
observaciones, y deseaba diseñar un modelo en el que éstos se evitasen. Empleando
un espejo en lugar de una lente para recoger la luz, creó el telescopio
reflector que por su eficiencia y sencillez desplazó al anterior. Las noticias
acerca del nuevo modelo de telescopio llegaron a oídos de la Royal Society, que
en 1672 invitó a su creador a que hiciese en ella una demostración de su
funcionamiento. Newton construyó un nuevo telescopio (que aún hoy se conserva
en la institución) y acudió a Londres para presentarlo ante la comunidad
científica.
Fue nombrado miembro de la Royal Society, y Henry Endelberg, el
secretario de la institución, solicitó su permiso para registrar el invento. La
situación halagó a Newton hasta tal punto que, contrariamente a lo que solía
ser su carácter, ofreció a Endelberg escribir un pequeño artículo sobre sus
investigaciones acerca de la luz para acompañar la presentación del telescopio.
Sin embargo la alegría le duró poco, pues cuando presentó sus investigaciones a
los miembros de la institución algunos de ellos las recibieron con escepticismo
y crítica. Robert Hooke, presidente de la Royal Society, le acusó de haber
tomado datos de su trabajo «Micrographia» para su escrito sobre la luz, lo que
disgustó tanto a Newton que además de mantener durante el resto de su vida una
nefasta relación con el astrónomo, le determinó a evitar la controversia
pública en relación con sus investigaciones. Nunca había sentido la necesidad
de publicar y después de aquello se sentía reforzado en su actitud. La
decisión, según dejó escrito, estaba clara: «Veo que me he convertido en un
esclavo de la filosofía. Resueltamente me despediré de ella por toda la
eternidad excepto para aquello que pueda servirme para mi propia satisfacción».
Pero sus palabras en esta ocasión no marcaron el futuro.
§. Comprender el universo: teología, alquimia y… matemáticas
Con motivo de la aceptación de la cátedra Lucasiana, en 1669
Newton fue ordenado ministro de la Iglesia anglicana, pues el Trinity College
lo imponía como condición para ocupar el puesto. Newton era un protestante
convencido y, sobre todo, un hombre de una profunda espiritualidad que no
encontraba contradicción alguna en dedicarse a la ciencia y poseer firmes
creencias religiosas. Siempre planteó sus estudios en unos términos que no sólo
no excluían la labor creadora de Dios, sino que hacían de Él la mente inteligente
que se hallaba detrás del orden natural. La filosofía mecánica de Descartes
había terminado por apartar a Dios de la naturaleza pues, según el filósofo
francés, el orden natural podía explicarse en términos mecánicos sin necesidad
de recurrir a agentes metafísicos. Newton no compartía este planteamiento y se
mostraba preocupado por la creciente secularización de la concepción de la
naturaleza a la que conducía. Creía profundamente en un Dios creador, una
inteligencia racional que en lugar de estar por encima de la naturaleza formaba
parte de ella, se revelaba a los hombres en su orden. Cuanto más profundizaba
en sus estudios, con más firmeza creía en la existencia de Dios; es más,
entendía que la búsqueda de las leyes que regían el orden natural, a la que
había consagrado su vida, era en realidad la búsqueda del diseño divino del
universo. Como él mismo afirmó: «Este sistema supremamente bello del Sol, los
planetas y los cometas, sólo podía provenir de la concepción y el dominio de un
Ser inteligente y poderoso».
Los estudios en teología formaban parte del quehacer habitual de
los miembros del Trinity College, como también lo eran del de buena parte de
los filósofos y científicos de la Edad Moderna. Newton, convencido como estaba
de que el estudio de la naturaleza era una forma de hacer comprensibles los
planes de Dios, también se dedicó a ellos con tanto ahínco como a todo lo que
hacía. Durante años combinó sus estudios en matemáticas, física y astronomía
con el de las Sagradas Escrituras. La interpretación de los textos bíblicos en
el siglo XVII era algo tan importante para los científicos como el estudio
mismo de la ciencia. Se consideraba la Biblia como fuente de certezas para la
historia, la política y, por supuesto, también la ciencia. Se trataba de la
palabra revelada de Dios a los hombres y por tanto su estudio conducía a
verdades universales. De igual modo que la observación de la naturaleza
permitía descubrir las leyes que la regían, y que Newton entendía como
expresión divina, el estudio de la Biblia conducía, por otras vías, al
conocimiento de la concepción divina del universo y por tanto al de sus leyes
naturales.
En sus investigaciones teológicas Newton se ocupó de cuestiones
tan diversas como los libros proféticos de la Biblia, las cronologías de la
antigüedad histórica en ella recogidas, la posible reconstrucción de las
dimensiones del Templo del rey Salomón conforme a los datos del Libro de
Ezequiel… Pero entre sus muchas preocupaciones en este campo la que llegó a
ocupar un lugar más relevante fue el estudio sobre la Trinidad. Durante años se
interesó por el enfrentamiento que mantuvieron Arrio y san Atanasio en los
siglos III y IV sobre la existencia de la Trinidad. Para el primero, que la
negaba, Cristo era sólo un hombre, mientras que el segundo creía en la triple
divinidad de Padre, Hijo y Espíritu Santo. La Iglesia terminó declarando
herética la tesis arriana, pero Newton, que estaba convencido de que con ello
se había realizado un inmenso fraude, se convirtió firmemente al arrianismo.
Esta postura, que continuaba siendo tan herética entonces como en el siglo V,
le terminaría generando grandes problemas en Cambridge, pues un ministro de la
Iglesia anglicana no podía defender tales ideas. Aunque Newton nunca lo hizo
público oficialmente, su arrianismo era un secreto a voces en la universidad y
terminó siendo la causa de que en 1675 consiguiese la dispensa de sus votos
como clérigo. Pese a ello, el Trinity College permitió que continuase siendo
profesor y que mantuviese la cátedra Lucasiana, si bien nunca pudo llegar a ser
director de la institución.
Simultáneamente a sus estudios en teología, Newton dedicó buena
parte de sus esfuerzos a la investigación sobre la alquimia, es decir, a la
especulación sobre las posibles transmutaciones de la materia que, en buena
medida, había llevado al desarrollo de la química. Desde la Antigüedad la
alquimia era considerada una ciencia apta sólo para ciertos iniciados que eran
depositarios de saberes excepcionales sobre los elementos de la naturaleza.
Casi todos los estudiosos de la vida y obra de Newton coinciden en señalar que
muy probablemente la inclinación del científico inglés por la alquimia fue una
forma de respuesta a los límites que necesariamente imponía el pensamiento
mecanicista a la filosofía natural. Descubrir las leyes de la naturaleza de
alguna forma suponía despojarla de espíritu, algo que Newton rechazaba. Su
búsqueda científica era una búsqueda de Dios y la alquimia era otra herramienta
con la que hallarlo, una vez más, en la naturaleza. Como afirma el profesor
Allan Chapman, «no buscaba oro ni ninguna otra sustancia particular. Buscaba la
sabiduría que quienes practicaban la alquimia creían que se obtenía al aprender
cómo estaba compuesta la materia. Era una actividad casi metafísica».
La dedicación a todas estas otras ramas del saber era para
Newton parte de su trabajo como científico y en ningún caso supuso el descuido
de sus investigaciones en matemáticas, física y el resto de disciplinas que hoy
consideramos propiamente ciencia. De hecho, las décadas de los setenta y
ochenta del siglo XVII fueron de una extraordinaria actividad desde ese punto
de vista, y a mediados de la segunda fue cuando Newton publicó su Philosophiae
Naturalis Principia Mathematica («Principios matemáticos de la filosofía
natural»), en la que describía las tres leyes del movimiento y que aún hoy se
reconoce como el trabajo científico más importante jamás escrito.
La publicación de los Principia Mathematica, como casi todo en
la vida de Newton, llegó a hacerse casi por casualidad y gracias al empeño de
terceros. Desde que Kepler había descrito el movimiento elíptico de los
planetas, todos los astrónomos buscaban una demostración matemática de su
teoría, pero no habían logrado encontrarla. Tres miembros de la Royal Society,
Edmond Halley, Christopher Wren y su presidente y rival de Newton, Robert Hooke
también discutían sobre el asunto una tarde de enero de 1684 mientras tomaban
algo en una taberna de Londres. Hooke, quizá tratando de impresionar a sus
compañeros de mesa, afirmó que había logrado la explicación matemática del
problema pero que había decidido reservarse la solución para que otros tuviesen
también el placer de llegar a ella. Wren, que como astrónomo, geómetra y físico
sabía que la solución era casi un milagro, decidió ofrecer a cualquiera de sus
dos acompañantes un libro valioso como premio si alguno de los dos lograba
entregarle por escrito la prueba de haberla hallado. Dos meses más tarde el
enigma seguía sin respuesta.
Pero Halley, que había tratado con Newton en 1680 por el interés
que éste había mostrado en la aparición del cometa bautizado con el apellido
del primero, pensó que el excéntrico profesor del Trinity College quizá podría
decirle algo sobre la solución del problema. Resuelto a intentar hallar una
respuesta, fue a Cambridge para visitar a Newton. El encuentro entre ambos ha
pasado a la historia y se ha narrado cientos de veces. El profesor Bernard
Cohen lo relata del siguiente modo: «Halley recordó que en Cambridge había un
profesor despistado que no había publicado demasiado, un hombre muy inteligente
que quizá tendría la respuesta. De modo que fue allí y probablemente preguntó a
Newton: “Si un planeta se mueve describiendo una elipse, ¿qué clase de fuerza está
operando sobre él?”. A lo que Newton respondió: “Una fuerza inversa al
cuadrado”. Halley dijo: “¿Cómo puede saberlo?”, y Newton contestó: “Porque lo
he comprobado”. Halley replicó: “De acuerdo, entonces permítame ver la prueba”.
Newton comenzó a buscar por su habitación en una suerte de charada y dijo: “No
puedo encontrarla”, y Halley contestó: “Bien, pues envíemela porque será algo
verdaderamente importante”».
Tres meses más tarde Halley recibió un pequeño escrito titulado
«Sobre el movimiento de los cuerpos giratorios» en el que Newton demostraba
matemáticamente el movimiento circular de los cuerpos celestes y enunciaba la
ley de gravitación universal. Consciente del alcance de lo allí escrito, Halley
regresó rápidamente a Cambridge para tratar de convencerle de que, en contra de
lo que acostumbraba, escribiese un libro sobre la gravitación y la dinámica del
sistema solar. De este modo vieron la luz los Principia Mathematica. Sin
embargo aún quedaba publicar la obra, algo que Halley quería que se hiciese a
cargo de la Royal Society, pero la institución, dado lo apurado de su situación
económica, no parecía muy dispuesta a asumir. Las incansables gestiones y el empeño
personal que puso en ello Halley, llegando incluso a pagar los costes de
impresión de su bolsillo, permitieron que la obra viese la luz en 1687. En ella
quedaban formuladas las tres leyes del movimiento (principio de inercia,
definición de una fuerza en función de su masa y su aceleración y principio de
la acción y reacción) y de ellas se deducía la ley de gravitación universal.
Como recuerda Isaac Asimov, «el gran libro de Newton representó la culminación
de la Revolución científica que había empezado siglo y medio antes con
Copérnico».
El impacto de la obra fue enorme en toda Europa pues con ella se
asentaban las bases para el desarrollo de la ciencia moderna. La obra dejaba
preguntas por resolver, algunas de las cuales, como cuál es la causa productora
de la gravedad, siguen aún hoy pendientes de solución, pero marcaba un punto de
inflexión en la historia de la ciencia. Desde aquel momento Newton pasó a la
primera línea pública de la erudición europea de su tiempo y atrajo la atención
de la clase dirigente inglesa. Jacobo II, que había recibido un ejemplar de
losPrincipia enviado por Halley, llegó a hacer una recensión personal sobre la
obra. Newton comenzó a tener una presencia destacada en la vida pública de su
país, situación que se vio reforzada por el hecho de que fuese nombrado parlamentario
por la Universidad de Cambridge en 1689. Su acceso a la política se había visto
favorecido por las tensiones de carácter religioso acaecidas en 1687. Jacobo
II, católico declarado que pretendía la vuelta al catolicismo de Inglaterra,
quiso nombrar a un monje benedictino para el cargo de Master of Arts de
Cambridge. La abierta oposición de Newton al nombramiento y su inusualmente
encendida defensa del protestantismo le valieron el puesto de parlamentario
cuando se volvió a reunir la Cámara tras la expulsión de Jacobo II y su
sustitución por Guillermo de Orange. Pese a ello, Newton siguió dando muestras
del carácter que le había dado fama. En el período parlamentario de 1689-1690,
es decir, en el que participó, sólo una vez intervino públicamente. En mitad
del silencio de un Parlamento que esperaba sus palabras con expectación se
limitó a solicitar que cerrasen una ventana porque había corriente.
§. La culminación de una carrera
Aunque en 1693 pasó por una profunda depresión nerviosa, quizá
motivada por el agotamiento que conllevaba su trabajo o, como indican algunos
autores, producida por una intoxicación con mercurio a raíz de sus estudios en
alquimia, poco después logró recuperarse y reincorporarse a una vida pública
que poco a poco parecía incomodarle menos. Su frecuente trato con la clase
política le terminó procurando un cargo público como el de secretario de la
Casa de la Moneda cuya sede se encontraba en la Torre de Londres. Aunque el
nombramiento no pretendía que Newton se involucrase directamente en el
funcionamiento de la institución, sino que pudiese disfrutar de la renta
asociada al cargo, el científico decidió acometer su nueva tarea con el mismo
afán con el que abordaba todas sus dedicaciones. Fue un administrador tan
eficiente que en 1699 lo nombraron director de la Casa de la Moneda. La
acuñación especial que promovió con motivo de la llegada al trono de la reina
Ana en 1702 motivó que ésta viajase tres años después a Cambridge para
concederle el título de caballero. Sir Isaac Newton se había convertido en uno
de los hombres más famosos de Inglaterra.
En 1703, tras la muerte de Robert Hooke, Newton vio
incrementados sus honores oficiales con su nombramiento como presidente de la
Royal Society. Como ha indicado el profesor Michael Atiyah, «en muchos sentidos
se podría decir que fue la primera figura científica política. En nuestros días
damos por supuesto que los científicos aconsejan a los gobernantes. Newton fue
probablemente el primer científico de ese calibre, y su presencia en la Royal
Society consistía en desempeñar ese papel». Al año siguiente y a través de la
Royal Society publicó su Óptica en el que recogía y depuraba sus antiguas
teorías sobre la luz.
Fue desde su cargo como director de una de las principales
instituciones científicas europeas que mantuvo sus famosas polémicas con John
Flamsteed y Gottfried Leibniz. El primero de ellos era director del Royal
Observatory de Greenwich desde 1675. Su trabajo de observación astronómica
había servido para ilustrar los Principia Mathematica de Newton, que ahora como
director de la Royal Society le solicitaba nuevos datos para su publicación.
Flamsteed, receloso entre otras cosas porque desarrollaba su trabajo financiándolo
él mismo, rehusó la invitación. Newton recurrió entonces a una treta para
hacerse con los datos del astrónomo. Solicitó al príncipe de Gales que amparase
la publicación de los datos de Flamsteed, que él mismo se ofrecía a revisar.
Con el patrocinio real, el astrónomo de Greenwich no se atrevió a rechazar de
nuevo la oferta. Pero la publicación se demoró y Newton nunca le dio
explicaciones. Cuando poco después Halley publicó un libro en el que incluía
parte de la información de Flamsteed, éste se sintió utilizado y traicionado.
Por su parte, Newton, que preparó la segunda edición de sus Principia en 1714,
decidió eliminar todas las menciones al astrónomo existentes en la primera
edición.
El carácter de Newton no parecía fácil y la polémica con Leibniz
guardó relación con uno de sus principales rasgos, la falta de interés por dar
a conocer a tiempo sus descubrimientos. El filósofo alemán había publicado sus
trabajos sobre cálculo en 1676 arrogándose la paternidad del cálculo
infinitesimal al que él también había llegado. Newton siempre defendió que su
desarrollo de este cálculo había sido previo aunque no tenía forma de
demostrarlo. Sus discípulos y muchos de sus seguidores que conocían la capacidad
del científico inglés defendieron siempre su primacía en el hallazgo. La
disputa fue muy sonada entre los intelectuales de la época y todavía hoy en día
se discute acerca de ello, aunque de los manuscritos de Newton parece poder
deducirse que no mentía.
En los años finales de su vida Newton disfrutó de un enorme
reconocimiento dentro y fuera de las fronteras de su país. Las grandes figuras
de la Ilustración como Voltaire reconocían en él a un genio de la ciencia que
había iniciado un nuevo tiempo para el conocimiento. Cuando Newton murió en
1727 recibió honores de Estado, siendo enterrado en la abadía de Westminster,
junto a miembros de la realeza y aquellos otros personajes que su país
consideraba sus hijos más honorables. Desde entonces no ha cesado la admiración
por la obra de Newton. Einstein se reconocía atónito ante la dimensión de su
legado y la actual carrera espacial continúa caminando de la mano de las
teorías que ofreció al mundo. Nada de raro tiene que Bill Anders, uno de los
astronautas del Apollo 8, preguntado por su hijo sobre quién impulsaba la nave
espacial en que iba a viajar, respondiese: «Creo que Isaac Newton realiza la
mayor parte del impulso ahora».
Capítulo 23
Voltaire
Contenido:
§. El espíritu de la Ilustración
§. Un joven rebelde y lenguaraz
§. Del destierro al éxito
§. El «Salomón del Norte»
§. La libertad al final de la vida
§. El espíritu de la Ilustración
Pocas veces un nombre es tan evocador de un tiempo y de una
forma de ver el mundo como lo es el de Voltaire en relación con la Ilustración.
La firme creencia en la capacidad de progreso de los hombres mediante la razón,
el rechazo de la superstición y la mojigatería, la defensa de la igualdad entre
los hombres o el vehemente alegato por la tolerancia hacen de la obra y la vida
de este polifacético filósofo la perfecta encarnación del espíritu de las
Luces. No hubo un tema sobre el que no escribiese, una cuestión sobre la que no
opinase o un asunto sobre el que no se interesase de suerte que, con una
lucidez poco frecuente, Voltaire se convirtió en la conciencia crítica de la
Europa del siglo XVIII. Desde el teatro, el ensayo, el cuento o la poesía, su
lengua afilada encontró su blanco predilecto en la estupidez, la cerrazón, el
oscurantismo, el inmovilismo y la hipocresía, y esa incapacidad para permanecer
callado le sirvió para granjearse numerosos enemigos y constantes altercados
con la justicia. Expulsado de París, de Prusia y de Ginebra, su vida fue un
fiel reflejo de su gran inquietud intelectual y sus escritos, sinónimo de
escándalo. Las ideas de Voltaire corrieron impresas por toda Europa y
alimentaron el espíritu crítico de quienes bebiendo en la Ilustración pusieron
punto final al Antiguo Régimen con la Revolución francesa de 1789, inaugurando
así un nuevo tiempo. Nuestra historia contemporánea, nuestra forma de ver el
mundo, nuestros más hondos principios no pueden entenderse sin tomar en
consideración el legado de este inmenso agitador de conciencias, y por ello su
vida y su obra continúan siendo en nuestros días un soplo de lúcido aire
fresco.
François-Marie Arouet, conocido por la posteridad como Voltaire,
nació en París el 21 de noviembre de 1694. No se sabe demasiado acerca de su
vida familiar puesto que en ese aspecto el filósofo siempre se mostró
especialmente reservado. Su padre, François Arouet, procedía de una familia
burguesa de Poitu dedicada a la pañería. La prosperidad del negocio permitió a
François Arouet seguir la carrera de Derecho y hacerse notario, cargo que con
el paso de los años vendería para convertirse en cobrador de la Cámara de
Cuentas de París. En el ejercicio de su profesión trató con algunos miembros de
la nobleza de la ciudad de modo que entre sus clientes se encontraban los
Sully, los Richelieu o los Saint-Simon. Su madre, Marie-Marguerite Daumard,
procedía asimismo de Poitu y era hija de un escribano del Parlamento, por lo
que gozaba de una posición económica desahogada que mejoraría con su
matrimonio. Mujer culta y refinada, murió cuando Voltaire tenía sólo siete
años, y desde entonces la única figura femenina de su entorno fue su hermana
mayor, Marguerite-Catherine. Los Arouet tuvieron cinco hijos de los que sólo
sobrevivieron tres: Marguerite, Armand y el menor de todos, Voltaire. Voltaire
era menudo, delgado, debilucho y extraordinariamente inquieto, por lo que cuando
nació sus padres no tenían demasiadas esperanzas en que pudiese salir adelante.
Así, a los pocos días del nacimiento, uno de sus primos comunicaba a su familia
de provincias su llegada al mundo con un lacónico «el niño parece muy poquita
cosa». Afortunadamente para la historia de la humanidad la «poquita cosa» dio
enormemente de sí durante más de ochenta años.
§. Un joven rebelde y lenguaraz
Tras la muerte de Marguerite Daumard en 1701, François Arouet
confió la educación de Voltaire a su padrino, el libertino abate de
Châteauneuf, cuya influencia sería clave en la conformación de la personalidad
del futuro escritor. Quizá por su recomendación Arouet decidió que su hijo
menor estudiase en un colegio jesuita, ya que deseaba que Voltaire recibiese
una sólida formación académica y que, además, pusiese los cimientos de futuras
buenas relaciones de sociedad. Nueve años antes, inspirado por idénticas
intenciones, había tomado la decisión de enviar a Armand a un colegio regentado
por jansenistas (corriente rigorista del catolicismo francés, fuertemente
conservadora en lo moral y que los jesuitas combatirían con vigor) cuya
influencia era entonces muy notable, pero en el momento de escolarizar a
Voltaire consideró más útil a este fin una institución de orientación
antagónica. Como indica el filólogo y biógrafo de Voltaire, Carlos Pujol,
«hombre práctico y tolerante, posiblemente sin principios religiosos muy
arraigados, debió de considerar que en aquel momento el partido jesuita llevaba
las de ganar y proporcionaría a su hijo unas relaciones más provechosas para el
futuro». Así, con diez años Voltaire ingresó en el colegio Louis-le-Grand en el
que permanecería hasta 1711 y de cuyos maestros conservaría grato recuerdo por
el resto de sus días. Pronto se reveló como un alumno inteligente, precoz,
travieso y descarado, capaz de componer versos con asombrosa facilidad y sacar
de quicio a compañeros y profesores. En el colegio hizo algunas de las
amistades más sólidas de su vida con jóvenes que, como bien había pronosticado
su padre, ocuparon con el paso de los años importantes cargos en la vida
pública de Francia, como Agustín de Ferriol, conde D’Argental, consejero del
Parlamento y ministro plenipotenciario, o el marqués D’Argenson, ministro de
Asuntos Extranjeros. Fue también en esa época cuando su padrino, el abate
Châteauneuf, comenzó a hacer que frecuentara los círculos mundanos de París
introduciéndole en la sociedad libertina del Temple, cuyas reuniones literarias
en las que se respiraba un espíritu epicúreo e impío marcarían por siempre su
personalidad. También de la mano de su mentor conoció Voltaire a la entonces
celebérrima cortesana Ninon de Lenclos, quien, encantada con el ingenio y la
mordacidad del joven, le legó a su muerte dos mil francos para que comprase
libros.
En 1711, a instancias de su padre, que temía por el futuro de su
díscolo vástago, Voltaire inició con desgana estudios de Derecho. Como le
aburría, en lugar de estudiar pasaba el tiempo entregado a la composición de
odas y epigramas soñando con una vida refinada, llena de reuniones sociales y
en compañía de la mejor aristocracia. Convencido de la necesidad de meter a su
hijo en cintura y después de enviarle sin éxito alguno a residir una temporada
en Caen, François Arouet optó por mandarle a La Haya como secretario del nuevo
embajador y hermano de su padrino, el marqués de Châteauneuf. Pero allí
Voltaire, que por su cargo tenía contacto asiduo con los muchos protestantes
franceses refugiados en Holanda, se enamoró de una joven, Olympe, que resultó
ser hija de uno de los personajes más influyentes de La Haya, madame Dunoyer,
una protestante huida de Francia responsable de la publicación de una hoja
periódica, La Quintessence, llena de ecos de sociedad y críticas a la monarquía
francesa. Madame Dunoyer no estaba dispuesta a permitir que su hija mantuviese
una relación con un joven de dudoso porvenir y el tutor de Voltaire tampoco
estaba por la labor de favorecer el idilio con la hija de un personaje tan
polémico para la alta sociedad francesa, de modo que entre unos y otros, y a
pesar de la resistencia de los enamorados, pusieron fin al romance devolviendo
a Voltaire a París.
De regreso en Francia, Voltaire trató por todos los medios
posibles de conseguir que Olympe pudiese reunirse con él; incluso llegó a
tratar de convencer al confesor real, el jesuita Le Tellier, de la necesidad de
«rescatar» a la joven de la herejía protestante que la envolvía en Holanda.
Enfurecido por su comportamiento, y como la ley permitía que un padre
encarcelase a un hijo menor si lo consideraba necesario, François Arouet le
amenazó con conseguir una orden de destierro, por lo que Voltaire tuvo que renunciar
a sus pretensiones y plegarse a la voluntad paterna. Ingresó entonces como
escribiente en una notaría, pero a los pocos meses demostró que lo que de
verdad le gustaba escribir eran poemas satíricos sobre la situación social y
política cuya publicación escandalizaba a lo más granado de la sociedad
parisina. La relación con su padre era cada vez más difícil, y en casa tampoco
se entendía con un hermano cuyo furor jansenista le situaba en las antípodas de
su carácter. Como apunta el filósofo Fernando Savater, «como el hermano mayor
se entregaba ferozmente a escribir panegíricos de los convulsionarios
jansenistas, el buen notario llegó a esta alarmante conclusión: “Tengo por
hijos a dos locos; el uno en prosa y el otro en verso”». Desesperado, decidió volver
a cambiar de residencia a Voltaire y enviarle en esta ocasión a Saint-Ange para
que continuase sus estudios de Derecho. Aun así Voltaire siguió escribiendo y
poco a poco fue ganando fama por su ingenio entre sus contemporáneos.
En 1715 falleció Luis XIV. Con su muerte se ponía fin a uno de
los reinados más carismáticos de la historia monárquica de Francia pero cuya
etapa final se había visto ensombrecida por una corriente de puritanismo moral
y beato propiciado por la influencia de madame de Maintenon sobre el Rey Sol.
Ante la minoría de edad del heredero, Luis XV, se hizo cargo de la regencia el
duque Felipe de Orleans, de costumbres bastante más relajadas que pronto fueron
blanco de la crítica de sus principales opositores, el duque de Maine y el
conde de Toulouse, ambos hijos bastardos de Luis XIV. Voltaire tomó partido por
los círculos de oposición al regente y, como no podía ser de otro modo, puso su
pluma al servicio de su causa. Así, en 1716, como recuerda Carlos Pujol, «cuando
Felipe de Orleans vendió por economía la mitad de los caballos del rey, el
joven Arouet comentó [en unos versos] que hubiera sido preferible vender la
mitad de los asnos de dos patas que había heredado del difunto monarca». Esta
intervención le costó una orden de confinamiento en el castillo de
Sully-sur-Loire, pese a lo cual, al año siguiente la publicación de un poema
cargado de burlas contra el regente, Puero regnante, terminaría motivando su
encierro en la Bastilla (una de las prisiones de París) durante once meses.
Allí escribiría su tragedia Edipo que, dedicada a la madre del regente, se
estrenó con gran éxito en 1719. En ella su autor firmaría por primera vez como
Voltaire, nombre que adoptaría desde entonces y sobre cuyo origen no se sabe
nada en firme pues hay quienes consideran que se trataría de un anagrama de
Arouet le Jeune, mientras que otros piensan que se trata del nombre de una
antigua posesión familiar, e incluso hay quienes suponen que es una corrupción
del apelativo cariñoso con que le trataba su madre, petit volontaire («pequeño
testarudo»).
A partir del estreno del Edipo la fama de Voltaire fue creciendo
y su presencia en los círculos aristocráticos de Francia se volvió habitual.
Fueron años de estrenos teatrales y publicaciones satíricas en los que el éxito
social del autor se mezcló son sus frecuentes altercados por causa de sus
escritos escandalosos. En 1722 la muerte de su padre procuró a Voltaire una
renta de más de cuatro mil libras gracias a la cual consiguió una tranquilidad
económica que le permitió centrarse en sus escritos. Voltaire disfrutaba de su
predicamento; era requerido en las reuniones de la alta sociedad, y la vida
refinada y llena de lujo le placía tanto como la buena lectura o la escritura.
Pero un hecho que marcaría para siempre sus reflexiones le haría despertar
bruscamente de su sueño aristocrático.
§. Del destierro al éxito
Entre los muchos personajes que no soportaban a Voltaire por su
mordacidad y sus posturas libertinas y anticlericales se encontraba el
caballero de Rohan-Chabot, miembro de una de las familias nobles y mejor
situadas de Francia y con el que el escritor tenía frecuentes roces. En cierta
ocasión, mientras Voltaire conversaba con su amiga la actriz Adrianne
Lecouvreur, el caballero de Rohan se dirigió de modo impertinente al escritor
preguntándole con sorna cuál era en verdad su apellido, si Voltaire o Arouet, a
lo que el aludido contestó: «Señor caballero, cualquiera que sea mi nombre, yo
lo inmortalizo, mientras que vos arrastráis el vuestro». Ofendido por el
desaire, Rohan decidió vengarse, y unos días más tarde, mientras Voltaire
asistía a una cena en el palacio de los duques de Sully, fue avisado de que
unos caballeros preguntaban por él en la calle. Sin sospechar nada salió a su
encuentro, pero los emisarios le propinaron una paliza mientras el caballero de
Rohan contemplaba la escena sentado en su coche y gritaba: « ¡No le peguéis en
la cabeza, que podría salir algo bueno!». Cuando por fin le dejaron, Voltaire,
apaleado e indignado, regresó al palacio de los Sully y pidió a los anfitriones
y a algunos asistentes que declarasen contra el caballero de Rohan en la
denuncia que pretendía elevar. La sorpresa del autor fue mayúscula cuando su
petición fue acogida con risas. Ningún miembro de la aristocracia francesa iba
a declarar en contra de un igual para ayudar a un miembro del tercer estado.
Voltaire tenía dinero y fama, pero no era noble, de modo que Rohan no había
hecho otra cosa que poner en su lugar a un plebeyo deslenguado cuyo ingenio
podía entretener a las clases más altas pero en ningún caso convertirle en un
igual. Sin embargo el escritor no estaba dispuesto a dejar pasar la afrenta, de
modo que comenzó a tomar clases de esgrima con el firme propósito de desafiar
al caballero de Rohan. Todo París se hizo eco del asunto y cuando Rohan supo de
las intenciones del autor no tuvo problemas para hacerse con una orden de
encarcelamiento. Encerrado durante unos días en la Bastilla se le condujo
finalmente a Calais para que, desterrado y con la prohibición de acercarse a
París a menos de cincuenta leguas, embarcase rumbo a Inglaterra.
A comienzos del mes de mayo de 1726, Voltaire llegó a su
destino. Su estancia en Inglaterra se prolongó durante dos años, que fueron de
inmejorable provecho intelectual para el autor. Acogido en un primer momento en
Londres por su amigo el vizconde de Bolingbroke, Voltaire, que no olvidaba lo
sucedido, fijó su alojamiento en Wandsworth, en la casa de campo de un
comerciante burgués, Everard Falkener, con el que tenía una excelente relación.
De la mano de Bolingbroke se le abrieron todas las puertas de la sociedad
inglesa y pronto comenzó a tratar con algunas de las personalidades más
relevantes del mundo de la literatura y la ciencia del país, como Young,
Clarke, Congreve, Pope, Swift o Berkeley. Aprendió inglés con rapidez y gracias
a ello pudo acercarse a la obra de los filósofos empiristas que le causó
auténtica fascinación. Asimismo leyó a Shakespeare, cuyas representaciones
teatrales le entusiasmaron en grado sumo, y asistió conmovido al fastuoso
entierro de su admirado Newton en la abadía de Westminster. Voltaire quedó
hondamente impresionado por el reconocimiento que la sociedad inglesa rendía a
sus intelectuales, así como por el clima propicio al libre pensamiento y el
debate científico frente a la rigidez y las trabas que había encontrado en
Francia. Inglaterra se convertiría desde entonces para el filósofo en el
paradigma de lo mejor de la sociedad de su tiempo hasta el punto de que
llegaría a afirmar: «Éste es un país en el que se piensa libre y noblemente,
sin que contenga ningún temor servil. Si siguiera mi inclinación, me instalaría
aquí con el único propósito de aprender a pensar».
Entre los meses de febrero y marzo de 1729 retornó a Francia y
en el mes de abril se le autorizó a regresar a París. Una de las lecciones que
había aprendido de la sociedad burguesa de Inglaterra era que para ser libre
era necesario ser económicamente independiente, de forma que dedicó buena parte
de sus esfuerzos a hacer crecer su fortuna personal mediante operaciones de
especulación financiera y comercio que le dieron fabulosos resultados. Al mismo
tiempo su actividad literaria fue creciendo en intensidad y durante los años
siguientes cosechó importantes éxitos teatrales con obras como Brutus (1730) o
Zaïre (1732). Pero la inconveniencia de su pluma continuó granjeándole
problemas, como sucedió en 1730 a raíz de su escrito de protesta por lo
sucedido tras la muerte de la actriz Adrianne Lecouvreur. La legislación
eclesiástica en Francia prohibía dar sagrada sepultura a los actores que no
hubiesen renunciado públicamente a su profesión, por lo que el cuerpo de la
actriz, pese a su notoriedad, fue arrojado a un vertedero y cubierto de cal. La
indignación de Voltaire por la hipocresía de la sociedad francesa y el trato
inhumano dado a una de las representantes de su cultura se hizo pública
mediante uno de sus temidos poemas en el que, ensalzando la sociedad inglesa,
criticaba ferozmente la francesa. En consecuencia, las amenazas de las
autoridades eclesiásticas hicieron conveniente que abandonase París por un
tiempo. Al año siguiente la aparición del primer volumen de su Historia de
Carlos XII escandalizó de tal modo por la independencia de sus opiniones como
historiador que fue rápidamente confiscado, pero sería la publicación en 1734
de sus famosas Cartas filosóficasla que produjese mayor alboroto (un año antes
habían visto la luz en Inglaterra sin problemas). En esta obra retomaba el
elogio del país vecino y la crítica al propio, afirmaba con rotundidad su
postura deísta y atacaba duramente a la Iglesia. Como recuerda Fernando
Savater, «la distribución de este libro causó un revuelo mayúsculo, uno de los
mayores de la vida pródiga en escándalos de Voltaire. El editor fue detenido,
se lanzó una orden de arresto contra Voltaire, que tuvo que huir, y el libro
fue quemado públicamente por orden del Parlamento “como escandaloso y
atentatorio a las buenas costumbres, la religión y al respeto debido al
gobierno”».
Voltaire se refugió en Cirey en el castillo de su amiga madame
de Châtelet, con la que un año antes había iniciado una relación amorosa que
duraría dieciséis. Gabrielle Émile Le Tonnelier de Breteuil, marquesa de
Châtelet, era una mujer casada, extraordinariamente culta y tan célebre por sus
aficiones literarias y científicas como por su falta de prejuicios. La ausencia
de entendimiento con su marido, once años mayor que ella y al que lo único que
parecía interesar era el ejército, motivó que ambos llevasen vidas separadas y
que Émile tuviese varios amantes. Cuando conoció a Voltaire se deslumbró por su
inteligencia y ella, por su parte, despertó al tiempo en el filósofo el interés
por la metafísica, la física matemática y por sí misma. En Cirey ambos iniciaron
una vida en común consagrada al estudio que el mismo Voltaire describiría del
siguiente modo en sus Memorias: «Era la señora marquesa du Châtelet, la mujer
de Francia con más disposición para todas las ciencias. (…) Raramente se ha
unido tanta armonía espiritual y tanto gusto con tanto ardor por instruirse; no
le gustaban menos el mundo y todas las diversiones de su edad y sexo. Sin
embargo, lo abandonó todo para ir a sepultarse en un castillo arruinado, en la
frontera de la Champaña y la Lorena. (…) Embelleció el castillo adornándolo con
jardines bastante agradables. Yo construí una galería; monté un gabinete de
física muy bien equipado. Llegamos a reunir una biblioteca numerosa. (…) Sólo
buscábamos instruirnos en este delicioso retiro, sin enterarnos de lo que
pasaba en el resto del mundo. Nuestra mayor atención se dirigió durante mucho
tiempo hacia Leibniz y Newton. (…) Cultivábamos en Cirey todas las artes».
El retiro de Voltaire y Émile Cirey duró varios años en los que
el filósofo comenzó una relación epistolar con el príncipe Federico de Prusia,
que había accedido al trono en 1740 y con el que había tenido varios encuentros
personales. Las inquietudes literarias y filosóficas del monarca le llevaron a
pedirle encarecidamente que se trasladase a vivir en su corte. Entretanto,
Voltaire continuó publicando y provocando escándalos con sus escritos;
especialmente sonado fue el motivado por la aparición de la primera parte de El
siglo de Luis XIV (1739) que fue rápidamente secuestrado por las autoridades.
El inicio del gobierno personal de Luis XV en 1743 marcó un cambio en la vida
pública de Voltaire. El ya maduro filósofo continuaba aspirando a conseguir el
favor de la corte de Francia y vio en su amistad con Federico II de Prusia la
posibilidad de lograrlo ofreciendo sus servicios como diplomático y espía. Pese
a sus gestiones en este sentido entre agosto y octubre de 1743, no obtuvo el
reconocimiento esperado, por lo que optó por una vía diferente y tan antigua
como efectiva para conseguir su propósito.
Apoyándose en la influencia de varios de sus amigos que formaban
parte del gobierno —Richelieu y los hermanos D’Argenson— Voltaire logró hacerse
un hueco en la corte de Luis XV. Publicó entonces varias obras de carácter
panegírico sobre el monarca y aceptó el encargo de escribir la ópera-ballet La
princesa de Navarra que, con música de Rameau, se estrenaría con motivo de las
bodas del Delfín. Asimismo, gracias a su habilidad, Voltaire logró la bendición
del papa Benedicto XIV para su polémica obra teatral Mahoma (frecuentemente el
filósofo en sus escritos literarios hacía que personajes infieles o gentiles
diesen lecciones de moral a otros personajes cristianos que encarnaban los
valores de lo que se entendía como civilización) obteniendo así un refrendo público
inmejorable. También se granjeó el apoyo y la amistad de la favorita del rey,
la marquesa de Pompadour, una de las principales defensoras y protectoras del
pensamiento ilustrado francés y la Enciclopedia. Con semejantes valedores,
pronto comenzaron a llegar los nombramientos honoríficos y reconocimientos de
todo tipo. En 1745 fue nombrado cronista oficial de Luis XV y al año siguiente
obtendría su consagración oficial absoluta con los nombramientos de
gentilhombre ordinario de cámara y miembro de la Academia francesa. No en vano
afirmaría en sus Memorias: «Concluí que para hacer la más pequeña fortuna, más
valía decir cuatro palabras a la amante del rey que escribir cien volúmenes».
Voltaire había logrado el éxito social que siempre había
deseado. Con su ingreso en la Academia quedaba reconocido oficialmente como uno
de los más importantes intelectuales de la Francia de su tiempo y, por otra
parte, las rentas asociadas a sus nuevos cargos no hicieron sino incrementar su
ya más que notable fortuna. Su relación con la marquesa de Châtelet continuaba
siendo muy cercana, si bien platónica, ya que desde 1748 Émile estaba enamorada
de un nuevo amante, el marqués de Saint-Lambert. La inesperada muerte por
sobreparto de su querida amiga en 1749 sumió al filósofo en una sincera
desolación. Incómodo en París sin su compañía, Voltaire decidió entonces dar un
giro a su vida y aceptar las reiteradas invitaciones de Federico II. Como
deseaba vivir la experiencia de formar parte de la corte de un auténtico rey
filósofo, el 18 de junio de 1750 Voltaire salió de París rumbo a Prusia. No
podía imaginar que no volvería a ver la Ciudad de la Luz hasta más de treinta
años después, casi al final de su vida.
§. El «Salomón del Norte»
En julio de 1750 Voltaire llegó a Potsdam donde fue recibido con
grandes fastos por Federico II. El encuentro discurrió del mejor modo posible.
El «Salomón del Norte», como Voltaire le llamaba con frecuencia, deseaba hacer
de su corte un lugar de referencia de la cultura de la época y la presencia de
Voltaire era un trofeo de primer orden. Hasta entonces la corte prusiana sólo
era famosa por la escasa sensibilidad cultural de Federico I y el
desproporcionado desarrollo militar que había patrocinado. En palabras de
Carlos Pujol, «a los ojos del extranjero Prusia se parecía sospechosamente a un
gigantesco cuartel. En Potsdam, por ejemplo, para una población de unos
dieciocho mil habitantes, había doce mil soldados, y en Berlín aproximadamente
una quinta parte de la ciudad la constituían militares». La inclinación de
Federico II por la música, la poesía y las ciencias fue constante motivo de
enfrentamientos con su padre, pese a lo cual el futuro rey perseveró en ella.
Ya como rey se empeñó en llenar su corte de personajes variopintos que le
diesen lustre intelectual, y con ellos mantendría finalmente una relación
ambivalente debido a las tensiones encontradas entre sus ideales filosóficos y
su realidad práctica como monarca. Sin embargo, el comienzo de la estancia de
Voltaire en Potsdam no pudo resultarle más grata y así lo constató en sus
Memorias : «¡No había manera de resistirme a un rey victorioso, poeta, músico y
filósofo, y que simulaba quererme! (…) Estar alojado en las habitaciones que
había tenido el mariscal de Sajonia, tener a mi disposición los cocineros del
rey cuando quería comer en casa, y los cocheros cuando quería pasear, eran los
favores más pequeños que me hacían. Las cenas eran muy agradables. No sé si me
equivoco, pero me parece que allí había mucho ingenio: el rey lo tenía y hacía
tenerlo; y lo más extraordinario de todo es que nunca he asistido a almuerzos
en los que reinase tanta libertad».
Como miembro de la corte de Federico II, Voltaire fue nombrado
chambelán y caballero de la orden del Mérito, con una pensión de seis mil
táleros (moneda prusiana). No tenía ninguna obligación concreta y sus días
transcurrían perfeccionando el francés del monarca, puliendo sus escritos y
conversando sobre ciencia, literatura y filosofía con él y otros intelectuales.
Pero tan idílica situación pronto comenzó a deteriorarse. El filósofo francés
discutía a menudo con el rey por cuestiones de dinero y, según parece,
participó en un negocio de bonos del Estado más bien turbio que al monarca le
supuso un gran disgusto. El fuerte carácter de ambos les hacía enzarzarse con
frecuencia en discusiones estériles y las intrigas patrocinadas por las
envidias de otros personajes de la corte terminaron jalonando su relación de
constantes altibajos. Uno de estos asuntos sería la causa de que Voltaire
decidiese poner punto final a su experiencia prusiana: uno de los protegidos de
Federico, Maupertuis, director de la Academia de Berlín, discutió por una
cuestión científica con el matemático Samuel Koenig y llegó a enojarse tanto
por las críticas de éste, que usó su influencia para tratar que la Academia le
retirase la pensión que percibía como bibliotecario. Voltaire, que tenía mala
relación con Maupertuis y estaba convencido de la injusticia que se estaba
cometiendo con Koenig, tomó partido por el matemático con la publicación de un
libelo anónimo. El libelo fue contestado por otro de Federico II apoyando a
Maupertuis y Voltaire, como siempre, en lugar de contener su pluma, dio rienda
suelta a su mordacidad en un escrito titulado Historia del doctor Akakia,
médico del papa. La publicación enfureció al rey de Prusia y ordenó que
confiscaran la edición, pero la obra ya circulaba libremente por el extranjero.
La única salida que le quedaba a Voltaire para evitar las posibles represalias
era abandonar Prusia, así que en marzo de 1753, alegando motivos de salud,
consiguió la autorización regia para salir de Berlín.
Sin despedirse de nadie y con verdadera prisa, Voltaire se
dirigió a Leipzig, pero una vez allí escribió un apéndice a su Doctor Akakia;
además llevaba consigo un volumen de poemas eróticos y satíricos compuestos por
el rey. Al echarlo en falta y temer que lo publicasen, Federico II ordenó
detener al filósofo. Cuando éste y su secretario estaban a punto de llegar a
Francia, fueron interceptados por un agente en Frankfurt, que mantuvo retenido
a Voltaire durante más de dos meses hasta recuperar el volumen, pero el vivo
pensador lo había mandado enviar a Hamburgo. El atropello se aireó por toda
Europa, pero las muestras de simpatía que recibió Voltaire al ser liberado no
le convertían en un personaje menos controvertido e incómodo para la corte
prusiana que para la francesa. El filósofo comenzó entonces a buscar un lugar
en el que instalarse; tras pasar el otoño de ese año en la abadía de Sénones
como invitado del benedictino Antoine Calmet para estudiar su biblioteca,
decidió dirigirse a Ginebra para encontrar por fin un refugio tranquilo. Pero
en la vida de Voltaire la tranquilidad no formaba parte del programa.
§. La libertad al final de la vida
Después de vencer las dificultades que la ley suiza imponía a
los católicos para la adquisición de propiedades, en 1755 Voltaire consiguió la
autorización para comprar una finca situada cerca de Ginebra llamada Saint-Jean
y que él rebautizaría como Les Délices. Entre las grandes obras que acometió
para acondicionar el lugar a su gusto, hizo construir un teatro en el que, en
cuanto estuvo instalado, se empezaron a representar obras para su disfrute y el
de sus numerosos invitados, y también por este motivo comenzaron sus problemas
con las autoridades locales. Suiza era un país calvinista y según su austero
credo religioso el teatro era una diversión frívola y poco edificante. Molesto
por la actitud del filósofo, el Ayuntamiento de Ginebra prohibió las representaciones
teatrales, prohibición a la que Voltaire hizo más bien poco caso. Ese mismo año
el terrible terremoto de Lisboa le inspiraría un poema cuya publicación en 1756
volvió a ponerle en el punto de mira de los calvinistas, pues en él ponía en
entredicho la bondad de la Providencia que consentía una catástrofe
indiscriminada de semejante magnitud. Sin embargo, la gota que derramaría el
vaso de la paciencia de las autoridades de Ginebra fue la aparición en 1757 del
artículo «Ginebra» de la Enciclopedia , obra culmen del pensamiento ilustrado
francés.
Desde la aparición en 1751 del primer volumen de la
Enciclopedia, Voltaire había colaborado asiduamente con la redacción de
diversas voces. El artículo sobre Ginebra apareció en el séptimo volumen y en
él se criticaba duramente el rigorismo calvinista así como su rechazo al
teatro. Aunque la autoría se debía a D’Alembert, Voltaire se hallaba tras él y
los calvinistas de Ginebra no dudaron en acusarle como inspirador del artículo.
La polémica llegó a tal punto que los pastores calvinistas ginebrinos redactaron
una declaración conjunta contra la voz de la Enciclopedia que se publicaría en
febrero de 1758. Para entonces ya había dado comienzo en París una virulenta
campaña contra los «filósofos», que era como se denominaba a los abanderados
del pensamiento ilustrado, y que terminaría siendo la causa de la interrupción
de la edición de la Enciclopedia. Así las cosas, Voltaire ni se podía plantear
el regreso a París ni tampoco consideraba lo más recomendable permanecer sin
moverse de Les Délices, por lo que empezó a buscar nuevamente un lugar en el
que instalarse.
El filósofo francés deseaba encontrar un lugar en el que poder
sentirse completamente a sus anchas, pero sabía que su lengua incontrolable le
procuraría problemas allá donde fuese. Por esa razón pensó en adquirir unos
terrenos en Francia junto a la frontera con Suiza, de tal forma que según le
conviniese pudiera desplazarse de un lugar a otro. Fernay fue el lugar escogido
por Voltaire para poder pasar los últimos años de su vida viviendo sujeto sólo
a su voluntad y actuando libremente. Como apunta el escritor Agustín Izquierdo
Sánchez, «Voltaire continúa una vida privada de hombre de letras retirado en
las posesiones que había adquirido para poder vivir con cierta independencia y
libertad. Había tomado conciencia de que esa forma de vida es imposible estando
en relación con los poderosos, pues el trato de igual a igual que desde su
juventud había intentado establecer con la aristocracia, se convertía
ineludiblemente en una relación de sumisión».
En Fernay Voltaire desplegó una actividad incansable con el
único fin de convertir sus tierras en un lugar agradable y productivo tanto
para él como para los colonos que las ocupaban. Después de demoler un antiguo
castillo, hizo construir para su residencia una casa amplia con una magnífica
biblioteca y un teatro para sus representaciones privadas. Dotó de casas y una
escuela a sus colonos, puso a producir tierras incultas, creó plantaciones y se
entregó con verdadero empeño a lograr el bienestar de todos los que allí
vivían, como si se tratase de una pequeña sociedad modélica ajustada a sus
ideales. Fernay se convirtió en lugar de paso obligado para todos los
ilustrados europeos que, llegados de todas partes, visitaban a quien ya era
considerado como una de las mayores figuras de las Luces.
Voltaire continuó escribiendo y siendo protagonista de
incontables combates dialécticos. A esos años pertenecen algunas de sus obras
más relevantes como Cándido o el optimismo (1759), elTratado sobre la
tolerancia (1763) o el Diccionario filosófico portátil(1764), que concibió al
tiempo que se erigió en voz denunciante y protector público de todos los
atropellos que motivados por la injusticia, la intolerancia o la arbitrariedad
llegaban a sus oídos. En palabras de Fernando Savater, «retirado de las grandes
capitales, Voltaire inicia su reinado espiritual sobre Europa. Llega el momento
de militar activamente en pro de los ideales por los que ha abogado toda su
vida. Multiplica los panfletos, las sátiras, los artículos. Defiende a los
filósofos enciclopedistas y ridiculiza a sus enemigos. Comenta y explica la
Biblia desde un punto de vista racionalista, que indigna a los clérigos. Pero
sobre todo, entabla un feroz y desigual combate por la tolerancia». Especial
relevancia tuvo en este sentido su actuación en el llamado «caso Calas»
acaecido en 1762. Un anciano hugonote, Jean Calas, fue condenado a muerte,
torturado y estrangulado bajo la acusación de haber ahorcado a su propio hijo
porque deseaba convertirse al catolicismo. Se trataba de un claro caso de fanatismo
religioso dirigido contra una familia protestante, pues ni el hombre había
asesinado a su hijo ni éste había querido hacerse católico. Conmovido por la
barbarie desplegada en nombre de las ideas religiosas, Voltaire puso a trabajar
su pluma y su cerebro (su Tratado sobre la tolerancia nació de sus reflexiones
por esta causa) hasta lograr el reconocimiento judicial del error y la
rehabilitación de la familia Calas y de la memoria del condenado. En los años
siguientes otros casos como el Sirven, el del caballero La Barre o el caso
Montbailli, por citar algunos, continuaron dando fe de la decidida voluntad de
Voltaire de combatir los males de la sociedad contra los que siempre había
clamado.
Los años pasaban y Voltaire, aunque parecía imbuido de una
inagotable energía creadora, iba haciéndose viejo. Anhelaba regresar a París,
pero la última prohibición decretada por Luis XV continuaba vigente. En 1774
falleció el monarca; su hijo, Luis XVI, pese a haber sido educado en los
principios de la Ilustración, tampoco sentía demasiado aprecio por el filósofo.
Entretanto, Voltaire escribía una obra de teatro, Irene, con la esperanza de
poder estrenarla en la capital francesa. Las gestiones de sus amigos en la
corte y la existencia de una opinión pública mayoritaria favorable al anciano
filósofo, terminó por convencer al nuevo rey para que autorizara su regreso.
Por fin, el 10 de febrero de 1778, tras veintiocho años de ausencia, Voltaire
volvió a París. Se le dispensó una recepción multitudinaria. Cientos de
personas se agolpaban en las calles para ver pasar su carruaje, tuvo que
conceder innumerables audiencias, la Academia le obsequió con un acto
conmemorativo en el que se le dispensaron honores como al más célebre escritor
francés vivo, y finalmente acudió al estreno de su Irene; cuando el público lo
vio sentado en su palco, se interrumpió la representación para brindarle una
ovación interminable. Fueron semanas de verdadera felicidad para Voltaire, cuyo
genio por fin era reconocido allí donde más lo deseaba. Sin embargo su salud
era ya muy delicada y el trajín y las emociones terminaron por agravar su
estado. Dos meses después de su apoteosis pública, y después de que se negara a
retractarse de sus ideas religiosas anticlericales, el gran filósofo francés
fallecía. Era el 30 de mayo de 1778 y había vivido con una intensidad
inigualable ochenta y tres años.
La obra escrita de Voltaire constituye uno de los legados más
valiosos de la historia de la filosofía y la literatura europeas. Sobre las
ideas ilustradas de las que fue abanderado se construyeron las revoluciones
liberales burguesas de finales del siglo XVIII que pusieron fin al Antiguo
Régimen y abrieron la puerta al mundo y la sociedad contemporáneos. Hoy en día
sus obras siguen siendo de lectura obligada para quienes aspiran a mantener su
conciencia despierta pues continúan resultando tan ricas en sentido común,
sabiduría y humanidad como cuando fueron escritas. Desde sus brillantes ensayos
hasta sus relatos deliciosos y llenos de humor e irreverencia, Voltaire brinda
al lector una forma de entender la vida que hace de la lucidez, la tolerancia y
la capacidad de razonar su motor primero. Fue un personaje incómodo,
controvertido, deslenguado y desmedido, pero por encima de todo lleno de
vitalidad, de curiosidad y de firmes convicciones en la capacidad humana para
transformar en un lugar mejor el mundo. Hizo de su vida lo que quiso y dio con
ello una lección de libertad espiritual tan rara de ver como envidiable.
Consciente de ello, afirmó en sus Memorias: «Oigo hablar mucho de libertad,
pero no creo que haya habido en Europa un particular que se haya forjado una
como la mía. Seguirá mi ejemplo quien quiera y pueda». Y es que, aún hoy desde
la tumba, Voltaire sigue con su lengua incontenible desafiándonos a todos.
Capítulo 24
George Washington
Contenido:
§. El soldado de la libertad
§. El hijo de un plantador de Virginia
§. De miliciano a miembro de la élite terrateniente
§. La lucha por la libertad
§. Construyendo una nación
§. El soldado de la libertad
Pocos personajes hay a lo largo de la Historia de los que pueda
afirmarse que en el momento de su muerte despertaron el apoyo y la admiración
unánimes del público. Si a esto sumamos que dichos sentimientos se han
prolongado a lo largo de las décadas y los siglos, la lista de candidatos se
reduce drásticamente. Uno de esos pocos casos es el del primer presidente de la
república federal de los Estados Unidos de América, George Washington
(1732-1799). ¿Cuáles son las razones de dicho beneplácito? ¿Cómo el hijo del
propietario de una mediana plantación de la colonia británica de Virginia llegó
a convertirse en una de las primeras figuras políticas de finales del siglo
XVIII y en el padre de la primera democracia contemporánea? Ésta es su
historia.
A mediados del siglo XVIII Virginia era un lugar tranquilo para
vivir, o al menos lo parecía. Se trataba de uno de los territorios británicos
de Norteamérica eminentemente rurales, volcado en la agricultura de
exportación, en la que una amplia clase de terratenientes y labradores de
diversa fortuna cimentaba su subsistencia en la plantación de productos que
agentes británicos llevaban a Londres, desde donde se redistribuían al resto de
Europa. La mano de obra esclava era la usada generalmente en las colonias del
Sur y cimentaba la prosperidad y el bienestar colectivo de los amos blancos.
Éstos se sentían orgullosos de la situación que se habían labrado y de ser
súbditos de Su Majestad Británica.
Sin embargo este bienestar no gozaba de una consistencia sólida.
La presencia británica en esas tierras apenas contaba con un siglo de vida y
varios factores externos ponían en peligro la tranquilidad de los plantadores.
Por una parte, las tribus indígenas no habían sido controladas del todo, y
menos si tenemos en cuenta que los colonos virginianos veían en las tierras del
valle del río Ohio la más prometedora posibilidad de prosperidad económica para
el futuro. Por otro lado, la presencia de otras potencias europeas en América
del Norte —Francia (en Canadá y Luisiana, al norte y al oeste) y España (en
Florida, al sur)— representaba otra amenaza, ya que tenían unos intereses
territoriales y económicos que chocaban frontalmente con los de Gran Bretaña y
sus ciudadanos de ultramar.
§. El hijo de un plantador de Virginia
En un contexto así nació, el 22 de febrero de 1732, George
Washington. Hijo del plantador Augustine Washington y de su segunda mujer Mary,
vio la luz en Pope’s Creek, en el condado de Westmoreland, al norte de la
colonia. Su infancia transcurrió en varias granjas entre los ríos Potomac y
Rappahannock, creciendo en una sociedad en la que la riqueza y las relaciones
familiares marcaban profundamente el porvenir de cualquier niño. Aunque la
familia Washington no era de las más modestas, estaba lejos de la élite
terrateniente colonial, por lo que en principio no era presumible que el futuro
del joven Washington fuese muy brillante. La temprana muerte de su padre en
1743, cuando sólo contaba con once años, tampoco favoreció sus oportunidades
para labrarse un porvenir. Heredó entonces la titularidad de una pequeña granja
cuyo usufructo fue legado a su madre, mientras que el grueso de los bienes
paternos pasó a manos de su hermanastro mayor.
Lawrence Washington (nacido en 1718) se había educado en
Inglaterra, era soldado en el Regimiento Americano del Ejército Real británico
y miembro de la Casa de Ciudadanos de Virginia ( Virginia House of Burgesses,
asamblea de representantes de los colonos); en definitiva, representaba todo a
lo que su hermanastro podía aspirar. Por suerte para él pronto comenzó a gozar
de la protección fraterna, que conllevó su entrada en un ambiente más elevado
que al que estaba acostumbrado. Ello se debió a que Lawrence había logrado
ascender socialmente no ya por los bienes que había heredado de su padre, sino
por el ventajoso matrimonio que había contraído con Anne Fairfax, joven
perteneciente a una de las más notables familias de la alta sociedad
virginiana. De hecho, una de las influencias más notables ejercidas sobre
Washington durante su adolescencia fue la desempeñada por Sally Fairfax, esposa
de John William Fairfax, familiar de la esposa de Lawrence y vecino de la más
importante finca familiar de los Washington: Mount Vernon, a orillas del
Potomac. Sally tomó bajo su responsabilidad su formación social, le enseñó a
desenvolverse en un ambiente culto y educado, en el que su alumno nunca terminó
de sentirse cómodo; desde entonces dio muestras de un carácter tímido y una
actitud reservada, quizá resultado de la conciencia de una extracción social
inferior al mundo en el que empezaba a desenvolverse.
A medida que se fue relacionando con los propietarios de primera
clase de Virginia, las oportunidades comenzaron a abrirse. A los veinte años y
gracias a su relación con los Fairfax, Washington consiguió un cargo de oficial
en la milicia de Virginia, el cuerpo de civiles armados para la defensa del
territorio, justo en un momento en que la paz de la colonia empezaba a verse
amenazada por tensiones limítrofes con las guarniciones francesas del oeste y
las tribus indias con las que estaban aliadas. Los colonos franceses del Canadá
estaban muy interesados en mantener vías comerciales norte-sur para conectar
con Luisiana y el comercio marítimo francés del golfo de México. Para lograr
dicho objetivo, una de las vías fundamentales de comunicación era el valle del
Ohio, razón por la que entraron en conflicto con los colonos virginianos, que
la consideraban su primer territorio de expansión hacia el oeste. Como ha
señalado el historiador Donald Higganbotham, «la tierra era el bien más
preciado en aquella sociedad agrícola, necesaria para ampliar los cultivos de
tabaco que quedaban baldíos cada cuatro a ocho años (…) era además el principal
bien que se podía dejar en herencia». Los indígenas, tercera fuerza en disputa,
sólo querían mantener a los europeos lo más alejados posible, por lo que
estimaban como más beneficioso el modelo francés de presencia aislada en
fuertes armados cada cierta distancia que la presencia intensiva para la
explotación económica del territorio a la que aspiraban los virginianos.
La participación del oficial de la milicia Washington durante
sus primeros momentos de servicio no fue ciertamente brillante, pero sí llamó
la atención. Su primera intervención, en el otoño de 1753, fue la misión de
entregar al comandante de un destacamento francés una carta por la que se le
conminaba a abandonar el territorio, acción de la que se debía asegurar el
oficial. La carta fue entregada pero los franceses permanecieron en el terreno
que se les invitaba a abandonar. Más tarde, en la primavera de 1754, se le
encomendó la misión de expulsar a otra guarnición francesa del territorio de
Ohio reclamado por Virginia. En el desempeño de la misma, parte de las tropas a
su mando se enzarzaron con un destacamento francés. En el tiroteo murió el
comandante Jumonville, enviado para dirigir las operaciones galas en el Fuerte
Duquesne. Las represalias de los franceses fueron inmediatas, provocando
choques armados con los británicos que degeneraron en hostilidades continuadas
en todo el territorio fronterizo. Estos hechos fueron elcasus belli argüido por
Francia para declarar la guerra a Gran Bretaña y dar comienzo al gran conflicto
global del siglo XVIII: la guerra de los Siete Años, que los colonos británicos
llamaron guerra Franco-India y que en América se desarrolló entre 1754 y 1763.
El episodio de la muerte de Jumonville y la participación de Washington fueron
objeto de gran controversia en Virginia: mientras que parte de la opinión
pública lo condenó como una imprudencia intolerable, otra lo defendió por considerar
que la reacción del enemigo era exagerada y no era sino un pretexto para
afianzar sus posiciones en el territorio de Ohio.
§. De miliciano a miembro de la élite terrateniente
En los cuatro años siguientes Washington fue movilizado otras
dos veces para combatir a los franceses, adquiriendo una experiencia en el
mando y la dinámica militar que años más tarde le resultarían vitales. En 1758
solicitó su ingreso como oficial del ejército regular británico y, aunque la
respuesta del mando ponderaba su actividad al servicio de la milicia, la
instancia fue rechazada. Sin lugar a dudas dicha resolución constituyó una
profunda decepción para el joven oficial que, más allá de su actividad como
ciudadano movilizado, quería avanzar en su compromiso con la causa británica.
Tal fue el desengaño, que ese mismo año abandonó las armas y decidió dedicarse
de lleno a su vida civil. Tal expectativa era posible ya que en 1752 su
hermanastro Lawrence había muerto y él se había convertido en el heredero de
sus propiedades territoriales, incluyendo el solar familiar de Mount Vernon.
Allí Washington se dedicó intensamente a la agricultura,
siguiendo el ejemplo de su padre, con el ánimo de por lo menos mantener la
posición social que había adquirido gracias a su hermanastro. Uno de los hechos
que más le favoreció en este empeño fue su matrimonio, en enero de 1759, con
Martha Custis, viuda acaudalada del terrateniente Daniel Parke Custis y madre
de dos hijos. Con anterioridad el novio había cortejado a varias mujeres con el
objetivo de casarse, pero todos los intentos habían fracasado ya fuese por
motivos de rechazo personal o por desinterés hacia su posición social de
segunda. La boda con Martha agrandó de forma sustancial el patrimonio de
Washington, ya que su esposa era propietaria de más de siete mil hectáreas
dedicadas al cultivo de tabaco y de cientos de esclavos. Aunque para ella los
beneficios que podría aportarle un nuevo matrimonio eran evidentes, como una
mayor estabilidad social y familiar, en ningún caso había supeditado su futuro
a la aparición de un pretendiente ventajoso: desde que quedó viuda había
administrado directamente las tierras que su marido había legado mostrando una
independencia de criterio y una capacidad de iniciativa inusuales. Por todo
ello el acercamiento de los futuros cónyuges obedeció al mutuo interés y a
partir de ese momento su esposa se convirtió para Washington en un apoyo
constante hasta el día de su muerte. Él se encargó de la crianza y educación de
los hijos de ella. Nunca tuvieron hijos propios, posiblemente porque la
infección de viruela que padeció a los diecinueve años en un viaje a Barbados
con su hermanastro le dejó estéril.
Dos hechos determinaron la existencia del matrimonio Washington
en los años siguientes. El primero fue la dura crisis económica de los años
posteriores a la guerra. La dependencia de la economía agraria norteamericana
del crédito británico, la caída del precio del tabaco y los nuevos impuestos
introducidos por la Corona plantearon a los plantadores de Virginia serios
problemas que no todos fueron capaces de superar. En esta tesitura Washington
demostró ser un emprendedor audaz: sustituyó los cultivos coloniales
tradicionales (sobre todo el tabaco) por cereales como el maíz y el trigo, y
desarrolló innovadores métodos de rotación de cultivos que combinaba con la
crianza de ganado; cambios arriesgados que le permitieron eludir los canales
tradicionales de comercialización con los mercaderes británicos y así sortear
con mayor facilidad los tiempos de adversidad. Sin embargo estas dificultades
fueron afianzando en Washington la idea de que la responsabilidad de la penuria
de las colonias era la excesiva dependencia de la economía de la metrópoli.
El segundo factor que determinó la vida de aquellos años fue la
creciente tensión política con Gran Bretaña por el desarrollo de una nueva
política imperial más centralizada y en la que las colonias jugaban un papel
absolutamente dependiente. La tradición política de las colonias, bajo el
paraguas del reconocimiento de la soberanía del monarca de Gran Bretaña, era la
propia de una tierra de frontera de reciente colonización: la presencia de
gobernadores representantes del rey garantizaba la supervisión de la actividad
política, mientras que las asambleas de colonos elaboraban reglamentaciones que
eran revisadas por los primeros, lo cual constituía un mecanismo bastante
autónomo con un control de la Corona más o menos efectivo. Pero de nuevo la
guerra Franco-India vino a trastocar lo que no era sino un equilibrio precario.
Los elevados costes de la guerra y la necesidad de regular de forma uniforme un
extenso territorio que, tras la Paz de París de 1763, que ratificaba la
victoria británica sobre Francia, se extendía desde Canadá al norte hasta
Florida al sur, llevaron a que el gobierno de Londres plantease desde entonces
una política más intervencionista centrada en la afirmación del poder real
frente al de los colonos.
Dicha política se centró en el intento de someter al comercio
libre no regulado (tradicionalmente tolerado y ahora definido legalmente como
«contrabando») a una represión creciente que tenía por objetivo aumentar los
ingresos en las aduanas reales (Sugar Act o Ley del Azúcar, 1765); en la
creación de un nuevo impuesto sobre el papel ( Stamp Act o Ley del Timbre,
1765), así como en la obligación de las colonias de mantener un ejército
regular de diez mil hombres en suelo americano y a los gobernadores reales.
Estas medidas, sobre todo las dos últimas, provocaron una reacción unánime de
rechazo en las trece colonias, ya que sus habitantes consideraban que violaban
sus derechos y prácticas tradicionales. Especialmente sangrante les resultaba
el que dichas medidas se dictasen usando la ficción política de que el pueblo
colono estaba representado en el Parlamento de Londres, donde no acudía ningún
representante elegido en América. El propio Washington escribía en una carta de
1765: «Creo que el Parlamento de Gran Bretaña no tiene más derecho a meter sus
manos en mi bolsillo sin mi consentimiento que yo en los tuyos buscando tu
dinero».
Fue este sentimiento el que animó al plantador virginiano a
comenzar una actividad política que evolucionó desde un moderantismo inicial
hasta un claro rechazo a la unión con Gran Bretaña años más tarde. Ya en 1758
había sido elegido miembro de la Cámara de Ciudadanos de Virginia, donde
desarrolló su actividad junto a destacados líderes contrarios a la nueva
política imperial como Patrick Henry. Según el profesor norteamericano Richard
Brookhiser, Washington jugó un papel de segunda fila en esos años, pero su
asistencia a la asamblea fue una especie de aprendizaje político: «Permaneció
allí durante dieciséis años. No tomó la iniciativa, apenas intervino, pero allí
estuvo. Estuvo participando en política desde la base y viendo cómo
funcionaba».
Las medidas de rechazo de los colonos obligaron a retirar las
leyes promulgadas no sin que antes el Parlamento británico dictase una ley por
la que declaraba su total competencia en legislación colonial, fuera cual fuese
la materia y los territorios e instituciones afectados ( Declaratory Act, marzo
de 1766). Pronto usaron esta potestad cuando se establecieron nuevos impuestos
sobre las importaciones (Leyes Townshend, 1767), se concedieron monopolios de
productos de importación a la Compañía de las Indias Orientales y se prohibió
la colonización de tierras al oeste de los Montes Apalaches. Ahora no sólo se
cercenaban las tradiciones políticas sino que además se intervenía el comercio
transatlántico, se estrangulaba todavía más la libertad mercantil y se privaba
a los colonos de la posibilidad de optar por la colonización del Oeste como vía
de prosperidad económica en un tiempo en el que los golpes de la depresión
económica hacían de esa posibilidad una sólida esperanza para el futuro.
§. La lucha por la libertad
La reacción contraria de los colonos no se hizo esperar, y esta
vez la marcha atrás parcial del gobierno británico no pudo frenar el
movimiento, que había comenzado a coordinarse a lo largo de toda la costa
atlántica. Puesto que las asambleas de colonos dejaron de reconocer la
autoridad de los gobernadores reales, en cada colonia se organizó una
representación política independiente que, de forma coordinada con las demás,
se encargó de preparar una respuesta a las continuas violaciones de los
derechos coloniales por parte de la autoridad real. Este proceso culminó con la
elección de cincuenta y cinco representantes para un Primer Congreso
Continental, inaugurado en septiembre de 1774 en Filadelfia. George Washington
fue uno de los elegidos por la Cámara de Ciudadanos de Virginia y en la reunión
defendió, junto con sus compañeros virginianos y los delegados de
Massachusetts, la postura más radical. Sus principios fundamentales fueron el
apoyo al reconocimiento de los nuevos poderes de las colonias y la creación de
una asociación continental —órgano de acción conjunta de los trece territorios—
que pusiese en práctica las resoluciones del Congreso de boicot a los productos
británicos y resistencia a la autoridad real, al tiempo que aglutinaba todos
los esfuerzos.
A partir de este punto la situación comenzó a desbordarse. Las
asambleas de las colonias iniciaron el alistamiento de voluntarios dispuestos a
luchar con las armas por los derechos de los norteamericanos, constituyendo así
milicias capaces de oponerse por la fuerza a las decisiones de los
gobernadores. En abril de 1775 se produjeron los primeros tumultos entre la
milicia de Massachusetts y el ejército regular británico, acontecimiento que
aceleró la toma colectiva de partido y que de hecho se considera el punto de
partida de la guerra de la Independencia de los Estados Unidos (1775-1783).
Poco después, en mayo, se reunió en Filadelfia el Segundo Congreso Continental,
para el que Washington fue de nuevo elegido. Era muy consciente de la nueva
situación que se había creado, y muestra de ello es que fue el único asistente
que se presentó a la primera sesión con uniforme militar. Los días de
tranquilidad como plantador en Mount Vernon habían quedado atrás y el hacendado
virginiano estaba dispuesto a retomar las armas para defender sus derechos y
los de sus compatriotas ante el ejército británico. Al mes siguiente, y a
propuesta de John Adams, el Congreso le nombró por unanimidad comandante en
jefe del ejército americano. El 23 de agosto Jorge III proclamó a las trece
colonias americanas en rebelión, lo que significaba que Gran Bretaña se
preparaba para aplastar la insurrección de sus territorios transatlánticos por
la fuerza.
Las razones de esta elección han sido objeto de cierta
controversia, pero parece claro que en el ánimo de los delegados en Filadelfia
pesó la notable posición social de Washington entre la alta sociedad virginiana
(en las colonias del Sur el peso de los leales a Gran Bretaña era especialmente
importante frente a un Norte más movilizado), su experiencia militar en la
guerra Franco-India y su notable capacidad de gestión demostrada como
administrador de tierras; el Congreso era consciente de que el mando supremo
del ejército debería encargarse no sólo de las operaciones militares sino
también de organizar la tropa con escasos recursos. El nuevo general también
era muy consciente de las limitaciones de la situación y desarrolló desde el
principio unas líneas de actuación encaminadas a sacar el máximo rendimiento de
los recursos de los que disponía. Frente al ejército regular de la primera
potencia europea, Washington contaba en 1775 con menos de treinta mil
milicianos que no habían recibido instrucción militar, que habían demostrado
una indisciplina reiterada y para los que contaba con poco armamento y
provisiones. Por eso dirigió sus esfuerzos a obtener los recursos materiales y
humanos necesarios para hacer frente al adversario, a mantener la disciplina
entre sus tropas (y dotarla por lo menos de la instrucción militar básica en la
medida de lo posible) y a fomentar el entusiasmo en una guerra que pronto
empezó a dar síntomas de alargarse indefinidamente.
Washington contó desde el principio con un apoyo unánime: el
Congreso Continental había declarado que el ejército fuese común a las trece
colonias con el objetivo de presentar un frente unido, por lo que no cabía
esperar una dispersión de las energías. Pero aunque pronto se llamó a los
colonos a alistarse el ejército americano siempre estuvo en minoría frente al
británico. Mientras que éste llegó a contar con ochenta mil hombres en 1778
entre tropa regular y mercenarios alemanes, el número de colonos oscilaba entre
los veinte y los cincuenta mil. La inferioridad numérica fue constante a lo
largo de todo el conflicto. Por eso Washington decidió explotar las
circunstancias que dificultaban en mayor grado la situación al ejército
enemigo. La primera de ellas era la distancia, más de cinco mil kilómetros
separaban a los soldados británicos de sus hogares y de los centros de decisión
y apoyo a su actividad, que junto a los problemas de abastecimiento, el inmenso
territorio que había que dominar (en el que no se reconocía su autoridad
fragmentada y dispersa) y, sobre todo, la oposición de la mayoría de la
población eran bazas que podían contrarrestar la desventaja inicial.
Posiblemente en estos momentos iniciales el comandante en jefe norteamericano
no era consciente de que iba a ser precisamente este cambio de concepción de la
campaña lo que le permitiría ganar la guerra. Pero éste es un hecho que sólo
sería evidente tras varios años de guerra y después de haber derramado mucha
sangre.
Los británicos, siguiendo la táctica militar del siglo XVIII,
plantearon una campaña convencional, buscando desde el principio acciones
militares a gran escala, aisladas y a campo abierto, que les permitiesen
aplastar a un enemigo que consideraban muy inferior. Washington respondió con
una guerra de desgaste: sabía que con los recursos militares de que disponía no
podía vencer en campo abierto, por lo que prefirió una táctica en apariencia
vacilante que mezclaba escaramuzas con retiradas a tiempo para ir golpeando al
enemigo en varios frentes y dejar que los factores adversos fuesen minando el
poder militar británico. De ahí que las críticas que en ocasiones se le
hicieron por no ser un militar brillante según los estándares del momento estén
en buena medida mal fundadas. En sus campañas hubo cierta dosis de
improvisación, pero las líneas de su estrategia estuvieron definidas desde los
primeros meses del conflicto y el tiempo acabó dándole la razón: fue una guerra
revolucionaria diferente a todas las anteriores, en la que el factor decisivo
fue el apoyo de la población civil.
Pese a que algunos consideraban sin fundamento que Washington
tenía un perfil militar bajo, no faltaron episodios memorables a lo largo de
seis largos años de guerra. El primero de ellos fue el que llevó a cabo en el
invierno de 1776-1777 al romper con la convención de la inactividad militar
durante la estación invernal y, en un golpe de audacia, salir de Filadelfia
para tomar el Fuerte de Trenton el día de Navidad, y desde allí el de Princeton
el 3 de enero. Más allá de la victoria moral que supuso para un ejército
rebelde en minoría, la captura de mil prisioneros —mercenarios alemanes de
Hesse— y la incautación de todo su material bélico y provisiones, le
permitieron equipar y alimentar a sus maltrechas tropas.
El transcurso de 1777 no fue especialmente destacado para
Washington, que tuvo que abandonar la defensa de Filadelfia tras dos derrotas a
manos de los británicos mandados por William Howe, pero la gran victoria del
general Horatio Gates en Saratoga permitió compensar el curso militar del año.
Este acontecimiento dejó claro a los británicos que una victoria rápida contra
los rebeldes no era posible y demostró a las potencias europeas enemigas de
Gran Bretaña que podían sacar grandes ventajas si apoyaban a los rebeldes. En
1778 Francia firmó con éstos un tratado de colaboración y apoyo que vino a
sumarse al apoyo comercial que ya mantenía desde el comienzo del conflicto. Un
año más tarde España se alió con Francia en su lucha contra Inglaterra con la
intención de recuperar territorios perdidos a manos de los británicos desde
comienzos de siglo: Menorca, Gibraltar y Florida. A ello se sumó el apoyo
comercial brindado por la República de los Países Bajos y la neutralidad
tácitamente favorable a los colonos por parte de Suecia, Dinamarca y Rusia, que
desembocaron en el aislamiento diplomático británico.
Junto a los momentos de victoria, tampoco faltaron los de
penuria. El invierno de 1777-1778 fue especialmente duro para las fuerzas al
mando de Washington. Con once mil hombres a sus órdenes decidió establecer el
campamento de invierno en Valley Forge (Pensilvania). La situación no podía ser
más apremiante: carecían de provisiones y suministros y el frío era extremo. En
esas circunstancias y según la costumbre del siglo XVIII, el comandante de la
tropa se podía retirar a su domicilio hasta que pasada la estación volviese a
reiniciarse la actividad militar. Washington no sólo no se fue sino que
desplegó todos sus recursos para intentar aliviar el sufrimiento de sus
soldados. Escribió reiteradamente al Congreso apelando a su patriotismo para
que enviase comestibles, combustible y todo lo necesario para la subsistencia.
Él, que ya había renunciado tras su nombramiento militar a cualquier
remuneración que fuese asociada al cargo, no podía satisfacer las exigencias de
la situación y tuvo que contemplar cómo un cuarto de los militares a su cargo
morían de frío y a causa de varias enfermedades. En lo que se consideró un
hecho insólito en aquel momento, su esposa Martha acudió al campamento de
invierno a apoyar a su marido. Ambos habían mantenido correspondencia durante
toda la guerra, y él, al no volver para pasar con ella los meses que se le
permitía, siempre la invitaba a visitarle (cuando las circunstancias lo
permitiesen). En aquella ocasión acudió y brindó ánimo, ayuda y aliento no sólo
al comandante, sino a todo aquel que estuviese necesitado.
Desde 1778 la estrategia británica se desvió en tratar de
controlar primero las colonias del Sur y desde allí reconquistar el Norte en lo
que fue un intento por dar una vuelta a los acontecimientos. Pero poco a poco
la situación se fue decantando a favor de los colonos americanos, que desde
1780 contaban con el apoyo de un cuerpo de voluntarios franceses que había
desembarcado a las órdenes del conde de Rochambeau. Washington se había
mantenido en el norte desde la primavera de 1778, momento en el que había
reconquistado Filadelfia, vigilando la actividad del cuartel general británico
en Nueva York. Sin embargo, en 1781 salió al mando de sus hombres para forzar
la rendición de las fuerzas que al mando del general lord Cornwallis
permanecían en el puerto virginiano de Yorktown. Bloqueado por mar por barcos
franceses y por tierra por los rebeldes, Washington logró su rendición el 17 de
octubre de 1781. Tras este golpe, el resto de las guarniciones británicas se
rindieron sucesivamente. Yorktown fue el golpe que inclinó la balanza hacia uno
de los bandos, la guerra estaba sentenciada y los colonos habían vencido.
Comenzó entonces un complejo y dilatado proceso de negociaciones diplomáticas
para concertar un tratado de paz, que no se logró hasta septiembre de 1783. La
complejidad estaba básicamente en que no incumbía sólo a Gran Bretaña y a los
rebeldes, sino que Francia y España también habían contribuido a la victoria
norteamericana y exigieron ser reconocidos como vencedores de su principal
enemigo en el marco político internacional. En el Tratado de Versalles, Gran
Bretaña reconoció la independencia de sus colonias, constituidas como una única
república. Era el acta de nacimiento a nivel internacional de un nuevo país:
los Estados Unidos de América.
Al otro lado del Atlántico se abría un momento completamente
nuevo para los ex colonos británicos. Durante la guerra las colonias se habían
declarado independientes por separado y habían redactado sus propias
declaraciones de derechos y leyes, aunque habían reconocido también un nexo
común. Los Artículos de la Confederación, aprobados en 1777, iniciaron la
experiencia de un gobierno conjunto mediante un Congreso que resultó inoperante
en la práctica: se convirtió en la expresión testimonial de la existencia de
unos intereses comunes y de la hermandad de los trece territorios más que en
una institución útil y efectiva. Acabada la guerra, y una vez superada la lucha
por sacudirse el yugo de la metrópoli, era la hora de construir la nación, una
oportunidad irrepetible en la que se abría un proceso político sin precedentes
que el mismo Washington calificó en alguna ocasión de «el experimento confiado
en manos del pueblo americano». En ese momento muchos vieron en él la principal
figura llamada a realizar la formidable empresa que había que emprender, ya que
le consideraban uno de los máximos responsables del éxito militar. Para
sorpresa de todos, en noviembre de ese mismo año viajó a Annápolis, donde
estaban reunidas sus tropas, les dirigió un mensaje de despedida y renunció a
su cargo y honores militares para volver a la vida civil. El estupor en la
opinión pública fue general. Se suele afirmar, en lo que constituye una de esas
citas tan célebres como nunca constatadas, que el rey Jorge III comentó al
conocer la renuncia del comandante en jefe: «Por Dios, si hace eso es que es el
hombre más grande de la Tierra». El día de Nochebuena de 1783, Washington llegó
a Mount Vernon después de ocho años de ausencia.
Su retiro fue una decisión meditada, que nacía de la concepción
que tenía de sí mismo como un ciudadano alzado en armas para defender su país y
las libertades amenazadas de sus compatriotas, y de la que tenía de la política
como un servicio a los demás, no como un fin en sí mismo, sino como un
instrumento para conseguir salvaguardar los intereses de la colectividad. De
ahí que rechazase entrar en política en 1783, pero la política del momento
decidió no renunciar a él. Seguía siendo uno de los más importantes plantadores
de Virginia y su actividad pública en el ahora estado federado independiente
siguió existiendo, por mucho que quisiese mantenerla en un nivel bajo. Cuando
las autoridades de los trece estados fundacionales decidieron convocar una
nueva asamblea en Filadelfia para redactar una Constitución, Washington fue de
nuevo elegido por Virginia.
§. Construyendo una nación
Los cincuenta y cinco miembros de la Convención Constitucional
de Filadelfia comenzaron sus sesiones en la primavera de 1787. George
Washington fue elegido por unanimidad presidente del cuerpo constituyente. Su
intervención en los debates fue escasa, consciente de que su opinión podía
decantar el sentido de los mismos, consideró que a su cargo de presidente de la
asamblea le correspondía un papel arbitral entre las distintas corrientes
políticas allí representadas, conciliarlas y fomentar un acuerdo que permitiese
que el texto saliese adelante. Es un hecho aceptado que cuando la Convención
discutió sobre la forma y facultades del poder ejecutivo en el nuevo estado, la
figura de Washington estaba en la mente de todos como el más probable
presidente de la nueva nación por su prestigio, su talante moderado y
conciliador y su compromiso con la causa de la independencia. No sólo fue
decisiva esta influencia a la hora de rechazar una presidencia triple en la
figura de un triunvirato, sino que se pensó en él como modelo de persona que
sería capaz de manejar los enormes poderes que finalmente se dieron a la
institución presidencial: el presidente sería al tiempo jefe del Estado, del
Gobierno y de las fuerzas armadas, tendría derecho de veto, nombraría a los
diplomáticos y miembros del Tribunal Supremo y dispondría de sus propias
instituciones administrativas, la Administración Federal, para la ejecución de
sus decisiones. La Convención acabó sus trabajos a finales del verano y la
Constitución de los Estados Unidos de América, la primera de la Historia, se
aprobó el 17 de septiembre de 1787.
Las expectativas creadas en la Convención no fueron defraudadas.
El primer colegio electoral de Estados Unidos eligió por unanimidad como primer
presidente de la República a George Washington el 4 de marzo de 1789, y el 30
de abril tomó posesión en la primera capital del nuevo estado: Nueva York. Su
presencia en el cargo se vio como una garantía de estabilidad para el primer
gobierno por su carisma, su probado patriotismo y sus dotes políticas. Su
mandato duró ocho años al ser de nuevo elegido en noviembre de 1792. Centró la
actividad de su gabinete en poner en marcha los mecanismos establecidos en la
Constitución sin dejar a nadie de lado. De hecho, tuvo la habilidad de combinar
en su gobierno a los miembros de las dos grandes corrientes políticas del momento,
que progresivamente se fueron configurando en los primeros partidos políticos
del país. El secretario del Tesoro (figura equivalente a la de ministro de
Hacienda) Alexander Hamilton encabezaba a los Federalistas frente al secretario
de Estado (similar a un ministro de Asuntos Exteriores) Thomas Jefferson, que
lideraba a los Republicanos. Combinando ideas de ambos grupos, el presidente
sacó adelante las medidas que consideró más favorables para dotar de
estabilidad al joven país. Defendió a los Federalistas en sus propuestas para
la consecución de una efectiva independencia económica y financiera mediante
una ley tributaria que dotase de ingresos estables al estado, la Tariff Act de
1789, una ley que creara un sistema financiero propio, la Bank Act de 1791, y
otra que regulase la creación de la moneda nacional, la Coinage Act de 1792.
Desde 1793, la radicalización de la Revolución francesa tras la ejecución de
Luis XVI, que llevó a Gran Bretaña a forjar una alianza con las monarquías
absolutistas europeas y con los Países Bajos (conocida como «Primera
Coalición») para declarar la guerra a Francia, obligó a Washington a dar mayor
importancia a la política internacional. Aunque por el tratado firmado durante
la guerra, en 1778, Estados Unidos era aliado de Francia, el presidente declaró
la neutralidad del país, lo que no le impidió reconocer más tarde a la
República Francesa. En 1794 el enviado norteamericano John Jay cerró con Gran
Bretaña un tratado comercial que fue ratificado por el presidente y que le supuso
las primeras críticas importantes a su gestión. Sin lugar a dudas, durante los
últimos años de su mandato la política internacional fue la que marcó el debate
público y la agenda política, y fueron estos asuntos los que hicieron pasar más
apuros al presidente.
Para 1796 tocaba realizar la tercera elección presidencial. El
19 de septiembre de ese año Washington volvió a sorprender a sus compatriotas
al publicar un mensaje de despedida (Farewell Adress) en el mayor periódico de
Filadelfia, The American Daily Advertiser. En él anunciaba que no optaría a un
tercer mandato. Era sin duda una respuesta a los que le acusaban de tener
veleidades de perpetuarse en el poder como si fuese un rey. En dicho mensaje
confirmaba públicamente sus convicciones republicanas, apelaba a la unidad de
los estadounidenses frente a los efectos disgregadores de un partidismo
excesivo, y alertaba contra la tentación de dejarse arrastrar por los
vendavales de la política internacional aliándose con países extranjeros, ya
que los intereses de Europa no eran los de América.
Después de publicar el mensaje se retiró, por tercera vez, a
Mount Vernon. Allí reemprendió de nuevo su actividad de empresario agrario. El
12 de diciembre de 1799, tras pasar varias horas inspeccionando sus granjas y
terrenos, enfermó y dos días más tarde murió a los sesenta y siete años. La
noticia de su muerte fue acogida con señales generales de reconocimiento tanto
por la incipiente clase política del joven país como por la opinión pública en
general. Todos fueron conscientes desde el principio de que Estados Unidos no
podría haber llegado a donde estaba sin la gran obra de su primer presidente,
tanto en la guerra como en la paz.
El reconocimiento y la admiración que despertó la figura de
George Washington al final de su vida se cimentaron no sólo en su protagonismo
durante la guerra de la Independencia que logró la emancipación de los Estados
Unidos de América. Logró además atraerse el elogio general por la coherencia
entre los principios que defendió con las armas y su actuación posterior en la
política nacional. A Washington no le interesó el poder en sí mismo, sus tres
retiradas de la vida militar y pública (las tres elegidas por él en momentos en
los que podría haber continuado) son clara muestra de ello. Muy posiblemente si
no se hubiese producido la crisis económica y política de la década de 1760
nunca habría abandonado la tranquilidad de Mount Vernon (su punto de eterno retorno)
y habría llevado una existencia tranquila en la Virginia que le vio nacer.
Afortunadamente para la historia de la democracia no fue así.
Capítulo 25
Napoleón Bonaparte
Contenido:
§. El corso que dominó Europa
§. Prácticamente un extranjero
§. Soldado de fortuna en tiempos de revolución
§. Campañas en el extranjero: el camino hacia la gloria
§. Un corso al frente de Francia
§. El imperio: la guerra perpetua
§. Deslizarse por la cuesta descendente
§. El corso que dominó Europa
Pocos personajes a lo largo de la Historia han despertado mayor
interés que Napoleón Bonaparte. De extracción social modesta y procedente de un
territorio periférico de Francia, no sólo se encumbró a lo más alto en su país,
sino que alteró el mapa de Europa a su antojo durante dieciséis años. Combinó
ideales de libertad con el ejercicio del poder sin límites para asegurar los
logros de la Revolución en Francia y conseguir la difusión de sus novedades por
el continente. Odiado y admirado a partes iguales por sus contemporáneos, la
valoración que hoy en día hacen de él los historiadores se halla igualmente
dividida. No cabe duda de que los tres lustros en que ocupó el poder en Francia
marcaron el inicio de una nueva era para toda Europa y es posible que para el
mundo. Además, muchos aspectos de su vida han sido objeto de especulación
durante décadas: sus innovaciones militares, su relación con las mujeres, las
causas de su muerte, su personalidad carismática y extremista… Facetas de un
personaje irrepetible que tuvo una peripecia vital fascinante.
Córcega es una isla rocosa del Mediterráneo occidental que hasta
el final del siglo XVIII había pertenecido a la República de Génova.
Históricamente, y al igual que la vecina Cerdeña, sus relaciones la habían
unido al ámbito italiano aunque desde el siglo XVI Francia había expresado el
deseo de hacerse con ella. En 1768 Génova, que tenía serios problemas para
retener la isla bajo su soberanía por el ánimo independentista de sus
habitantes, cedió sus derechos territoriales a Francia. Pese a que durante un
año los habitantes de la isla ejercieron una importante resistencia al nuevo
país soberano de la isla, en 1769 todos los núcleos rebeldes habían sido
sofocados. La actitud conciliadora de los primeros dirigentes franceses en la
isla hizo mucho más fácil la transición y poco a poco la isla fue
incorporándose a la vida francesa.
En la isla residía Carlo Bonaparte, un notable abogado de
Ajaccio que había estudiado en Pisa y había logrado el puesto de asesor del
tribunal de dicha localidad. Durante un tiempo fue partidario del líder corso
Pascal Paoli, que había luchado contra Génova y Francia para lograr la
independencia de la isla. Pero la derrota de Paoli, con trece hijos que
alimentar fruto de su matrimonio con su mujer Leticia Ramolino, y con escasos
recursos económicos pese al origen del matrimonio en la baja aristocracia, aceptó
la autoridad francesa y se acercó al gobernador, el conde de Marbeuf.
§. Prácticamente un extranjero
El segundo de los hijos del matrimonio Bonaparte recibió el
nombre de Napoleón. Había nacido el 15 de agosto de 1769, poco más de tres
meses después de la derrota definitiva de los corsos. Pronto se pudo beneficiar
de la cercanía de su padre con las autoridades francesas, ya que éste le
consiguió una beca para estudiar en la escuela de Autún, desde donde pasaría
más tarde a la escuela militar de Brienne, con los gastos pagados a expensas
del rey. Napoleón tomó posesión de la plaza en 1779, con apenas diez años y con
escasos conocimientos de francés e italiano, ya que su lengua natal era el
corso. Este hecho, junto con su lugar de nacimiento, le hicieron objeto de las
burlas de sus compañeros, que le consideraban un francés de segunda clase.
Muchas veces se ha afirmado que estas humillaciones despertarían en el joven el
deseo de superarse para dejar callados a aquellos que se mofaban de él. Hizo
gala de un carácter taciturno y una aplicación desbordada hacia el estudio. En
1784 sus esfuerzos se vieron recompensados cuando lo admitieron en la Escuela
Militar de París, donde un profesor de matemáticas le describió del siguiente
modo en un informe: «Napoleone de Buonaparte. Reservado y trabajador, prefiere
el estudio a cualquier clase de diversión, se complace en la lectura de buenos
autores; muy aplicado en las ciencias abstractas; poco curioso de las demás;
conocedor a fondo de las matemáticas y la geografía; silencioso, amante de la
soledad, caprichoso, altanero, sumamente inclinado al egoísmo, poco hablador,
enérgico en sus réplicas, con mucho amor propio, ambicioso y aspirante a todo;
este joven es digno de que se le proteja».
Según el criterio del especialista en historia militar Timothy
Pickles, «probablemente Napoleón era un genio. Tenía una capacidad intelectual
asombrosa. Además de sus estudios en el arte de la guerra se mostró muy
interesado en la política y la filosofía. Su cerebro era una esponja que lo
absorbía todo. Era como si tuviese un ordenador que lo procesaba todo y en el
que quedaba todo para cuando lo pudiese necesitar. Era como acudir a una
biblioteca y encontrar el libro que necesitaba en cada momento». Gracias a su
acceso a la academia tuvo la posibilidad de obtener una educación no sólo
militar, aunque en ésta también destacó el joven corso. Mostró especial interés
en la artillería, rama de la disciplina militar que jugaría más tarde un papel
esencial en sus revolucionarias tácticas militares. En 1785, cuando contaba
dieciséis años de edad, fue nombrado oficial del ejército francés. Para
entonces ya había quedado huérfano de padre, así que comenzó a trabajar y a
dedicar parte de sus ingresos al sostenimiento de su numerosa familia.
La Revolución de 1789 sorprendió a Napoleón en Auxone, desde
donde contempló los acontecimientos con gran atención. Éstos se sucedían
rápidamente con un sentido que muchas veces escapaba a quienes los vivían,
siendo frecuentes las polémicas sobre si era necesaria la Revolución y si lo
que estaba aconteciendo era bueno para Francia. Napoleón acogió los cambios
como algo positivo, sobre todo para su Córcega natal, pues consideraba que con
el nuevo contexto la isla podría conseguir mayores cotas de autonomía. Con este
pensamiento se apresuró a regresar a la isla y se incorporó rápidamente a la
Guardia Nacional, el cuerpo de voluntarios movilizados para defender la
Revolución, en la que ocupó el cargo de teniente coronel. Allí chocó con los
patriotas, acaudillados de nuevo por Paoli, y en unos disturbios durante la
Pascua de 1792 no dudó en abrir fuego contra sus paisanos. Tuvo que acudir a
París para justificar su actuación, que presentó como defensa de las ideas
revolucionarias, y fue recompensado con un ascenso a capitán. Tras fracasar en
la toma de la isla de Magdalena, próxima a Cerdeña, se enzarzó otra vez con los
patriotas, que le hostigaron e incendiaron su casa. En agosto de 1793, en
compañía de su madre y otros familiares, los Bonaparte abandonaron definitivamente
Córcega. La isla del Mediterráneo que marcó tanto su infancia y que le dejó un
sentimiento indeleble de simpatía y cercanía a Italia, rechazaba a aquel hombre
cuyos designios eran demasiado grandes para caber en su pequeña extensión.
§. Soldado de fortuna en tiempos de revolución
En esos momentos Bonaparte comenzaba su peripecia en un contexto
especialmente favorable para el ascenso vertiginoso… pero también para la
caída. Muy pronto aprendería que lo que podía parecer un golpe de fortuna podía
transformarse con facilidad en un paso hacia el cadalso. Muchos hombres y
mujeres habían experimentado desde 1789 el camino que va de un futuro
prometedor a la guillotina. Cuando Napoleón desembarcó en la costa francesa
recién llegado de Córcega, la ciudad portuaria de Tolón se hallaba ocupada por
los ingleses, enemigos de Francia por la supremacía internacional durante los
últimos cien años y de la Revolución recientemente iniciada. Camino de Aviñón,
Napoleón se topó con su paisano Salicetti, diputado corso y comisario del
ejército encargado de recuperar la plaza, que decidió darle el mando de la
artillería en la operación. Una vez llegado al campo de batalla y tras elaborar
un plan detallado para liberar la plaza, convenció al comandante Dugommier para
llevarlo a la práctica con resultados espectaculares. El 18 de diciembre de
1793, los ingleses evacuaban el puerto y Bonaparte se convertía en el héroe
indiscutible. En recompensa se le nombró general de brigada, el más joven del
ejército con sólo veinticinco años.
Pero la fama le llegaba en mal momento. Por entonces los
jacobinos estaban en el poder y Napoleón fue propuesto a Robespierre para
dirigir la artillería del ejército que se iba a enviar a Piamonte, reino aliado
de Inglaterra en la guerra contra Francia. El joven general fue aceptado poco
antes de la caída de los jacobinos en julio de 1794, y fue denunciado como
colaborador de Robespierre. Estuvo preso por un breve período de tiempo; al
quedar libre se le privó del mando militar, lo que en la práctica equivalía a
condenarle al ostracismo. En varias cartas de estos meses habla de la tentación
del suicidio.
La situación en Francia era todavía muy inestable pese al fin
del Terror. El gobierno lo había asumido el cuerpo legislativo, llamado
«Convención», que tuvo que defenderse de ataques tanto de los revolucionarios
radicales como de los realistas partidarios de la vuelta a la monarquía. Un
episodio protagonizado por estos últimos permitiría la rehabilitación del
general Bonaparte. En octubre de 1795, la Convención recibía noticias de que
los realistas preparaban un golpe y designó a Paul Barras, uno de los líderes
que había orquestado la caída de los jacobinos, como responsable de defenderla.
Éste no era militar y pensó en Napoleón por el recuerdo de su actuación en
Tolón y porque estaba convencido de sus sinceros sentimientos revolucionarios.
Le otorgó el mando de ocho mil hombres, con los que tuvo que defender el
palacio parisino de Las Tullerías (sede de la Convención) frente a treinta mil
asaltantes. La clave del éxito fue que pudo hacerse con cuarenta cañones con
los que no dudó en disparar a la muchedumbre armada. Ese día pasó de marginado
a salvador de la Revolución. Por el servicio prestado se le concedió el cargo
de comandante en jefe del ejército del interior.
Bonaparte pasó a participar completamente de la vida militar y
pública de una nueva etapa de la Revolución, el Directorio. La Convención se
había disuelto aprobando una nueva Constitución menos democrática que las
anteriores pero que primaba la estabilidad del país. Fue éste un momento en el
que se disiparon completamente los miedos que habían llegado a su cenit con el
Terror y la vida social parisina resurgió con una fuerza que no conocía desde
antes de 1789. En ese mundo de salones, tertulias y funciones Napoleón conoció
a la mujer que le subyugaría desde el primer momento, Josefina Beauharnais,
viuda de treinta y dos años y con dos hijos de su primer matrimonio. Él cayó
rendido ante ella, que inicialmente no se mostró muy interesada. Como sostiene
Nancy Fitch, profesora de la Universidad del Estado de California en Fullerton,
«Josefina se estaba haciendo mayor. Había tenido numerosas relaciones con
personas prominentes de la alta sociedad parisina, pero los romances no siempre
acaban en matrimonio… Ella no estaba segura de qué perspectiva se le podía
presentar. Tampoco estaba segura de que aquel oficial del ejército llegase
lejos, pero al final se decidió porque consideró que probablemente sería un
buen compañero para ella y para sus hijos». Contrajeron matrimonio el 9 de
marzo de 1796 cuando hacía menos de un año que se conocían. Los vientos de
guerra que soplaban entonces no les permitirían permanecer mucho tiempo juntos
después de la ceremonia.
§. Campañas en el extranjero: el camino hacia la gloria
La guerra no había terminado y el Directorio quería llevar
adelante la proyectada campaña de Italia, para la que pensó en Bonaparte como
general en jefe. Al llegar a Niza diecisiete días después de su boda con
Josefina, Napoleón se encontró un ejército hambriento, mal equipado, sin
disciplina ni formación militar. Sin pensarlo dos veces se dedicó a transformar
a las tropas que le habían dado, despertando en los soldados el sentimiento de
solidaridad, vocación militar y servicio a Francia. En año y medio resolvió la
crisis del ejército, derrotó a los piamonteses y expulsó a los austríacos de
Milán y Lombardía, obligándoles a firmar la Paz de Campo Formio (octubre de
1797) que puso fin a la guerra y por la que Francia se anexionaba el reino de
Piamonte y la actual Bélgica (antiguos Países Bajos Austríacos). Pero durante
esos meses Napoleón desplegó además sus grandes dotes de estratega. Después de
años de estudio del arte de la guerra había llegado a sus propias conclusiones,
y la aplicación de éstas resultó revolucionaria. Como afirma el capitán Brian
Toy, profesor de la Academia Militar de los Estados Unidos en West Point,
«jamás se había visto nada igual. Antes la guerra era un juego de caballeros.
Dos ejércitos se encontraban en el campo de batalla, cargaban el uno contra el
otro y esperaban a que uno de los dos se rindiese. Pero Napoleón no esperaba a
derrotar al enemigo, actuaba hasta obligarle a la total rendición. Dividía sus
fuerzas, destrozaba uno de sus flancos y después iba a por el otro». Además,
participaba directamente en las acciones militares, pues estaba convencido de
que el ejemplo despertaría la adhesión de sus hombres y les enardecería para
entrar en batalla, y por entonces comenzó a rodearse de algunos de los
principales colaboradores militares que tuvo a lo largo de su carrera, como
Massena o Berthier.
Su regreso a Francia fue triunfal; tanto, que el Directorio, que
ya había comenzado a desconfiar de él durante la guerra, elaboró el proyecto de
una nueva campaña para mantenerlo alejado de Francia. Su popularidad y el apego
de sus hombres hicieron que los políticos del momento comenzasen a verlo como
una amenaza. La nueva campaña pretendía hacer frente a Gran Bretaña, que
continuaba en guerra con Francia. El escenario elegido para esta operación fue
Egipto, territorio bajo soberanía otomana pero de gran importancia para los
intereses comerciales británicos, ya que Inglaterra controlaba el comercio
naval con el Levante mediterráneo. La operación era arriesgada, pero Napoleón,
que desde su época de estudiante se sentía atraído por la civilización del
Antiguo Egipto, aceptó con entusiasmo. Preparó la expedición con algunos de los
políticos que le acompañarían a lo largo de toda su carrera y que ya ocupaban
cargos de relevancia durante el Directorio, como Talleyrand, entonces ministro
de Asuntos Exteriores, o Fouché. En mayo de 1798 partió de Tolón con una
impresionante flota en la que lleva más de cincuenta y cuatro mil hombres, no
todos soldados. Como recuerda la profesora Fitch, «Napoleón comprendió que
había cosas en Egipto de las que podían aprender los franceses. Llevó consigo
un equipo completo de científicos. La idea era intentar comprender la historia
y las ciencias de Egipto. Fueron a ver las pirámides, descubrieron la piedra
Rosetta…». Por tanto no fue sólo una expedición militar, sino también científica.
En julio estaban ya en suelo egipcio y los comienzos de la estancia fueron
prometedores: venció la resistencia egipcia en la batalla de las Pirámides, que
le abrió las puertas de El Cairo. Pero la situación cambió rápidamente cuando
el almirante Horatio Nelson destruyó la flota francesa, dejando incomunicado al
ejército francés. Esto, junto a las noticias preocupantes que le llegaban de
Francia (pérdidas de los territorios italianos y avance de los enemigos hacia
las fronteras), le deciden a abandonar Egipto.
Pero además también hubo razones personales. En Egipto Napoleón
tuvo noticia de las infidelidades de Josefina. Pese a que el asunto no era
nuevo y al parecer en algunos círculos parisinos era un secreto a voces, sólo
uno de sus más cercanos camaradas militares, Junot, tuvo el valor para
informarle de lo que sucedía. Él se lo agradeció pero no se lo perdonó: fue el
único de sus primeros compañeros que no recibiría posteriormente el bastón de
Mariscal de Francia. Napoleón se quejó amargamente a su hermano mayor, José, en
una carta secreta que Nelson interceptó y que los periódicos de Londres
publicaron antes de que pudiese llegar a Francia. La humillación era ahora más
dolorosa si cabe. Pese a que la separación de la pareja parecía inevitable,
ella le rogó una nueva oportunidad que él le concedió posiblemente por el
cariño que había tomado por los hijos de Beauharnais, que ahora quería como si
fuesen suyos.
A su regreso a Francia la situación política estaba nuevamente
muy deteriorada. La guerra había prendido de nuevo en Italia y se había formado
otra vez una coalición de países contra Francia, que esta vez comprendía a Gran
Bretaña, Austria, Rusia, Nápoles, Portugal y el Imperio otomano, que todavía no
había recuperado Egipto. Dentro del país se respiraba un ambiente de
descomposición que llevaba a muchos a desear que una figura enérgica se
encargase de regenerar el país. Napoleón aprovechó inmediatamente ese ambiente
y en colaboración con varios de los más importantes políticos del momento
preparó su asalto definitivo al poder. El 9 de noviembre de 1799 (18 de
brumario del año VIII en el calendario revolucionario) se hizo con el poder sin
necesidad de derramar una gota de sangre; once días más tarde presentó un nuevo
gobierno hecho a su medida. Había puesto orden en sus asuntos domésticos y
ahora se propuso hacer lo mismo con Francia, y quería ser él quien llevase la
batuta de la situación. Era el comienzo de una carrera hacia un poder cada vez
con menos límites.
§. Un corso al frente de Francia
El país acogió la nueva situación con un suspiro de alivio. Eran
muchos los problemas que se afrontaban y Napoleón parecía el hombre indicado
para acometerlos sin temor y con expectativas de éxito. El nuevo hombre fuerte
no decepcionó las esperanzas que en él se habían depositado, abriendo el que
fue su período más brillante desde el punto de vista político y administrativo,
el Consulado. Napoleón comenzó un ambicioso programa de reformas internas que
comenzó por hacer una nueva Constitución (la del año VIII, que con
modificaciones estaría vigente hasta su abdicación quince años más tarde) y que
estaba alentado por el deseo de poner en orden un país desbaratado por años de
desórdenes y guerras. Promulgó el Código Civil (todavía vigente y que fue
exportado a varios países), firmó un Concordato con la Santa Sede en 1801 (por
el que el catolicismo era reconocido como religión mayoritaria pero se mantenía
la separación entre Iglesia y Estado), reorganizó el poder judicial, la
educación (creó los liceos de educación secundaria), creó el Banco de Francia
como autoridad monetaria para promover el crecimiento económico del país… Para
el escritor y especialista en Historia militar Dana F. Lombardy, «esto añade
una dimensión a Napoleón que le hace más importante que un general y que un
conquistador. Es un hombre que comprende la faceta pacífica y civil de la vida,
y que quiso moldearla de la forma que le pareció mejor».
La contrapartida a esta actividad reformadora también estaba
clara. En esta nueva etapa el poder perdió representatividad y se volvió más
personal. Era ejercido por un colegio de tres magistrados, llamados «cónsules»
(de ahí que esta etapa de la historia de Francia reciba el nombre de
Consulado), entre los que Napoleón dominaba absolutamente y tomaba todas las
decisiones. Sin embargo el experimento también comenzó a dar resultados en el
exterior. En 1800 desarrolló una segunda campaña en Italia; tras vencer a los
austríacos firmó un acuerdo muy ventajoso, la Paz de Luneville (febrero de
1801) y el resto de miembros de la coalición vacilaron. El éxito sin
precedentes llegó cuando tras largas negociaciones firmó en Amiens la paz con
Gran Bretaña (marzo de 1802). Ahora parecía que por fin la situación
internacional había quedado estabilizada y Napoleón podía centrarse en sus
reformas.
Fueron seis años en los que demostró una capacidad de trabajo
asombrosa. Era un hombre dedicado en cuerpo y alma a su labor y que imponía a
sus colaboradores un ritmo en ocasiones muy difícil de seguir. Su vida pública
adquirió gran notoriedad, y olvidadas ya todas las tentativas de infidelidad,
marcó el ritmo de la vida parisina junto con su esposa Josefina. Sin embargo
ella quiso construirle un refugio para que pudiese retirarse a descansar y
planear el futuro que deseaba para Francia. Con ese objeto reformó el
castillo-palacio de Malmaison. En palabras de la profesora Fitch, «Malmaison
fue un proyecto muy preciado para Josefina. Lo redecoró sin escatimar gastos.
Estaba dispuesta a gastar cuanto fuese necesario para reformarlo. Era una casa
de campo, una finca, un lugar en el que estar y descansar, y había sido
diseñado para ser exactamente eso». Todavía hoy se puede contemplar en el museo
que ocupa el palacio el modo de vida de un hombre que combinaba la convicción
de estar llamado a una misión grandiosa con su talento indiscutible y una
energía inabarcable.
Pero estas cualidades estaban perdiendo terreno frente a la
ambición. Como afirma Pickles, «Napoleón estaba conduciendo a Francia a la
gloria. El problema de la gloria, y en particular de la gloria militar, es que
es como cabalgar sobre un tigre, no puedes bajarte de él». Bonaparte además no
parecía tener mucho interés en apearse del felino. En 1802 llevó a cabo una
reforma constitucional por la que se nombró cónsul vitalicio. En marzo de 1804
Fouché presentaba ante el Senado una propuesta para nombrarle emperador, la
discusión fue escasa y tras ella se proclamó un senadoconsulto por el que el
gobierno de la República era confiado «al emperador Napoleón». Comenzaba el
imperio. Para unos era un paso más en la construcción de una Francia nueva y
poderosa, para otros (como el compositor Beethoven, que al recibir la noticia
de la proclamación imperial le retiró la dedicatoria de su Tercera Sinfonía)
era la traición definitiva de quien había comenzado como un defensor de la
Revolución y terminaba como un tirano. Las potencias europeas recibieron el
gesto como el atrevimiento de un advenedizo que pretendía equipararse con
dinastías que llevaban siglos gobernando desde el trono con la bendición del
clero. Nadie permaneció indiferente ante la proclamación de un nuevo imperio en
Europa, y Napoleón I, emperador de los franceses, tal fue su título oficial, no
les iba a dar motivos para permanecer indiferentes.
§. El imperio: la guerra perpetua
El 2 de diciembre de 1804 tuvo lugar en la catedral de Notre
Dame de París la coronación imperial de Napoleón. El papa Pío VII acudió a
ungir y coronar al nuevo monarca europeo a la usanza de los emperadores que
desde Carlomagno habían sido coronados por los obispos de Roma. La decisión del
pontífice no había sido fácil. Él mismo tenía serias dudas sobre su asistencia
al evento. Los cardenales austríacos se oponían tajantemente pero los italianos
le animaban alegando que, al fin y al cabo, el nuevo emperador era de origen
italiano. Seguramente en su ánimo acabó pesando más el deseo de conservar las
buenas relaciones con Francia, que tanto había costado enderezar desde la
ruptura que siguió a la Revolución. Ante una nutrida concurrencia Napoleón
llevó a cabo uno de los gestos que le consagraron para la posteridad: ante la
mirada atónita de todos los presentes se coronó a sí mismo con una corona de
laureles dorados y, a continuación, coronó a su mujer emperatriz. Europa quedó
absolutamente enmudecida ante el gesto. A la coronación le siguió la
construcción del aparato característico de las monarquías: una aristocracia
imperial, una corte imperial, nuevos títulos y rangos… Al año siguiente unificó
todos los territorios del centro y norte de Italia creando el Reino de Italia,
que ostentaría él mismo hasta su salida del poder. En los años posteriores
repartió entre los miembros de su familia coronas de reinos que había creado o
de otros ya existentes, pero Italia, que tanto significaba para él, se la
reservó.
Bajo esta superficie lo que se había construido era el poder sin
cortapisas de un hombre. Una nueva reforma constitucional arrumbó los pocos
límites que quedaban a su autoridad, que pronto tuvo que aplicar Napoleón a
abordar el problema que marcaría todo su reinado: la guerra. En 1805 se formó
una tercera coalición de países para hacer la guerra a Francia: Austria, Rusia,
Nápoles, Suecia y el eterno enemigo, Gran Bretaña. Francia contó esta vez con
algunos aliados, pequeños estados alemanes que habían caído bajo su órbita y
España, que contaba con la segunda flota más poderosa después de la británica.
Ese mismo año acabó con un resultado diverso. Se tuvo que despedir de cualquier
proyecto marítimo ya que la escuadra combinada franco-española fue destruida en
Trafalgar. Pero en tierra fue su año de gloria indiscutible, fue el año de
Austerlitz. Si Waterloo fue su derrota definitiva, Austerlitz fue la cima; una
de las batallas más genialmente resueltas por el estratega sin parangón que fue
Bonaparte, con detalles teatrales como el que aprovechase una fuerte niebla
para ocultar parte de sus tropas, que posteriormente usó como factor sorpresa,
o como bombardear un lago helado que cruzaba el enemigo para que fuese
engullido por las aguas gélidas. También lo fue porque supuso la victoria más
contundente contra sus enemigos, que no pudieron oponer resistencia a su
política continental. Extendió el territorio de Francia por Centroeuropa y el
Mediterráneo y creó los reinos de Nápoles (ahora separado de Sicilia), Holanda
y Westfalia, cuyas coronas dio a sus hermanos José, Luis y Jerónimo. En
definitiva, Austerlitz fue el gran triunfo de Napoleón, que le llegó al año de
ser coronado.
Con estas acciones Napoleón intentaba poner en marcha una unidad
europea en torno a Francia, ya que en los países que iba conquistando o que
quedaban bajo su influencia imponía muchas de las reformas administrativas y
legales que la Revolución y él mismo habían introducido en su país de origen.
Con la fuerza de las armas pretendió ir extendiendo su idea de la política y su
idea de Europa, y la guerra se hizo necesaria para mantenerla a largo plazo.
Como afirma el capitán Toy, «con Francia y Alemania bajo control Napoleón
llevaba consigo las ideas de libertad de la Revolución francesa, pero también
sus guarniciones y sus tropas. A medida que pasaban los años la situación fue
cada vez más difícil de llevar. Había que pagar impuestos para el mantenimiento
del ejército y el precio acabó siendo demasiado alto. Así que muchas de esas
naciones estuvieron dispuestas a unirse para sacudirse el yugo francés». En su
propia idea de una Europa francesa estaba el germen de su destrucción, como
pudo comprobar más tarde.
Sin embargo sus victorias no lograron acallar la guerra. En 1806
fueron Prusia, Sajonia y Rusia las que entraron en conflicto con Francia y,
aunque volvió a vencer en los campos de batalla, fue el año en que comenzaron
una serie de errores que le llevarían al desastre. El primero de ellos fue
pensar que podía doblegar a Gran Bretaña hiriéndola en uno de sus puntos
fuertes, el comercio. En noviembre de 1806 promulgaba el «bloqueo continental»,
por el que prohibía el comercio de todo el continente con los británicos con el
objeto de causar su ruina económica y desestabilizarlos socialmente. Fue un
error de cálculo importante ya que inmediatamente se articularon redes de
contrabando para eludir el bloqueo en toda Europa, logrando que no fuese
operativo en la práctica. Además, obligó a Napoleón a emprender la conquista de
Portugal, aliado secular de los británicos y que se negó a acatar el bloqueo.
El proyecto inicial de manipular a los débiles Borbones españoles para lograr
una rápida solución del problema portugués degeneró en la ocupación de España
en 1808. Depuso a la dinastía reinante y concedió la corona a su hermano José,
pero éste fue incapaz de dominar la situación y la población se rebeló de forma
generalizada contra la ocupación francesa. El problema español se gangrenó
debido a la puesta en práctica de una guerra de guerrillas y por las muestras
de cansancio del ejército imperial a la hora de manejarse a escala continental.
Ese mismo año las tropas francesas sufrían su primera derrota en campo abierto
en Bailén, frente al ejército español. Gran Bretaña se aprestó a ayudar a los
rebeldes españoles. El propio Napoleón llamó a la situación de guerra en la
península Ibérica «la úlcera española» que le acabaría desangrando. Según
Patrick L. Hatcher, profesor emérito de la Universidad de Berkeley
(California), «se tambaleó y cayó presa del brote nacionalista que surgió en
España y en otros países de Europa y que finalmente destruyó su imperio».
Mientras, otros problemas privados iban minando la moral del
emperador. El primero de ellos fue la falta de un sucesor para asegurar el
futuro de la estirpe imperial que había fundado. Estaba muy claro que Josefina
no podría tener más hijos, razón por la que tomó la decisión de divorciarse de
ella. En opinión del profesor Hatcher «fue una ruptura dolorosa para ambas
partes, sobre todo para Josefina. Ella no deseaba el divorcio pero sabía que no
podría darle la única cosa que le había pedido sinceramente, un hijo. Fue un
divorcio que se vio obligada a aceptar. En el fondo él estaba cortando los
lazos con su más antigua confidente». El príncipe Eugenio Beauharnais, hijo de
Josefina y virrey de Napoleón en el reino de Italia, dejó anotado: «Las
lágrimas del emperador en este momento bastan para la gloria de mi madre». El
16 de diciembre de 1809, Josefina se retiró de París a Malmaison. Dos meses más
tarde Napoleón contrajo segundas nupcias con la archiduquesa María Luisa de
Austria, hija del que había sido uno de sus enemigos tradicionales, el
emperador Francisco I. Al año siguiente le dio el ansiado heredero, bautizado
como Napoleón y al que concedió el título de rey de Roma. Aunque éste era un
problema menos, los nubarrones que se cernían sobre el horizonte no se
disiparon lo más mínimo.
§. Deslizarse por la cuesta descendente
En 1811 y pese a la existencia de problemas importantes como la
guerra de España o la beligerancia británica, el imperio de Napoleón había
llegado a su máxima extensión territorial, estaba organizado en ciento
cincuenta y dos departamentos y tenía setenta millones de súbditos (de los
ciento setenta y cinco millones de habitantes que tenía Europa en ese momento).
Pero un movimiento inesperado en el tablero internacional inclinó un poco más
la balanza a favor de las potencias contrarias a Francia. Rusia decretó a
finales de 1810 la ruptura del bloqueo continental y el boicot al comercio
francés. La actitud del imperio de los zares había sido hasta entonces de
neutralidad o de tibia enemistad hacia el emperador de los franceses, pero la
nueva situación del escenario europeo no les había reportado beneficios y por
fin el zar Alejandro I se había decidido a cambiar de estrategia. Napoleón cayó
en la provocación y en junio de 1812 comenzó la campaña de Rusia con objeto de
doblegar al zar y obligarle a volver a la situación anterior.
Las fuerzas estaban muy igualadas —trescientos cincuenta mil
efectivos franceses contra trescientos mil rusos— pero los rusos desplegaron
una táctica de guerra de guerrillas y evitaron los enfrentamientos a campo
abierto para alargar la situación. Era la estrategia tradicional que ya había
puesto en práctica el zar Pedro I en la guerra contra Suecia un siglo antes (y
que volvería a aplicar Stalin contra el Tercer Reich). Sencillamente había que
esperar a que pasaran los meses, que se retirase el buen tiempo y dejar que
actuasen los tres generales del ejército ruso: el frío, la distancia y el
hambre. A medida que las tropas napoleónicas se adentraban en el interior de
Rusia, el ejército zarista fue replegándose mientras aplicaba una política de
tierra quemada: no había que dejar nada aprovechable para los franceses. Eso
incluyó a la capital. Napoleón entró en Moscú el 14 de septiembre, al día
siguiente comenzó el incendio de la urbe provocado por los propios rusos. Ante
lo suicida de la situación, Napoleón decidió emprender la retirada en octubre.
Durante la misma perdió un cuarto de millón de hombres. Suponía no sólo un
fracaso de su política internacional, sino también un golpe difícilmente
recuperable en las fuerzas de que disponía para mantener el orden europeo que
había construido.
Era la gran oportunidad para los enemigos del emperador. Rusia,
Inglaterra y Prusia se unieron para concentrar esfuerzos. En 1813 el poder
francés se desbarató en Alemania y en España. Se proyectó un ataque combinado a
Francia para comienzos de 1814. Los partidarios de la restauración de la
dinastía borbónica comenzaron a conspirar en el interior con la ayuda del zar
mientras los aliados avanzaban sobre París. La fortuna, que tan favorable había
sido para Napoleón, ahora le volvía la espalda. El país estaba agotado tras el
prolongado esfuerzo bélico y la perspectiva de una guerra sin fin había
desmoralizado a la población. El 6 de abril de 1814, los mariscales lograban
que Napoleón abdicase. A cambio se le respetaba el título de emperador, se le
concedía como residencia en el exilio la isla de Elba (una pequeña isla entre
Córcega e Italia) y una pensión anual de dos millones de francos pagadera por
el gobierno francés. Aquel mismo día era proclamado rey Luis XVIII, hermano del
decapitado Luis XVI.
Pero Napoleón permaneció sólo diez meses en Elba. El
incumplimiento de las condiciones de su abdicación y los rumores de que las
potencias vencedoras le querían desterrar a algún destino más lejano, le
llevaron a eludir la vigilancia británica y a embarcarse hacia Francia en
febrero de 1815. Estaba informado del descontento que habían producido las
primeras actuaciones del nuevo rey, que había revocado todos los avances
conquistados desde 1789. Cuando desembarcó en Francia el recibimiento fue
apoteósico. En palabras del profesor Hatcher, «la nostalgia de los campesinos,
la de los artesanos y la de la burguesía llevó a Francia a caminar de nuevo
hacia la libertad, la igualdad y la fraternidad». La prueba de fuego fue el
encuentro entre Napoleón y las tropas enviadas para detenerle. Adelantándose a
la fuerza que le acompañaba, se presentó ante los realistas y les dijo: «Si
alguno de vosotros quiere matar a su emperador ahora puede hacerlo». No hubo ni
un disparo, la respuesta unánime fue: « ¡Viva el emperador!». El nuevo rey huyó
y Napoleón entró en París sin derramar una gota de sangre; era de nuevo el
gobernante del país y propuso a sus enemigos medidas para lograr la paz. Los
aliados no sólo las rechazaron sino que se reorganizaron rápidamente para
preparar un nuevo ejército que le derrotase definitivamente. Por su parte,
Napoleón logró reunir en una Francia agotada un ejército de trescientos mil
hombres, con el plan de asestar un golpe de gracia antes de que sus enemigos
comenzasen el ataque.
Cuando en el mes de junio tuvo noticias de que británicos y
prusianos estaban reuniendo sus tropas en Bélgica no dudó de que era el momento
de presentar batalla. Su plan inicial era derrotarles por separado antes de que
pudiesen reunir sus ejércitos. El 18 de junio de 1815 se desarrolló en los
alrededores de la localidad de Waterloo la batalla que enfrentó a Napoleón con
el duque de Wellington. Si inicialmente las cosas fueron bien para los
franceses (que habían derrotado a los prusianos por separado dos días antes) el
hecho de que no conociesen la posición exacta de los restos del ejército
prusiano (que contra pronóstico llegó a tiempo para socorrer a Wellington), la
tormenta que cayó el día anterior (que dejó en mal estado el campo de batalla
perjudicando especialmente a la temida artillería francesa) y un error táctico
del mariscal francés Ney (que confundió una reorganización de tropas del
enemigo con una retirada general por lo que ordenó un avance de las tropas
francesas que resultó letal) inclinaron la balanza a favor de los aliados. El
emperador estaba definitivamente acabado.
Napoleón se retiró a Malmaison a esperar la sentencia que le
dictasen sus enemigos. Allí había fallecido Josefina el 29 de mayo de 1814. A
María Luisa y a su hijo no los veía desde su primera abdicación (pese a que
había solicitado reiteradamente a su mujer que se reuniese con él en Elba). A
esas alturas sólo conservaba muy pocos apoyos. En julio ya estaba embarcado
hacia el nuevo destino que se le había señalado para el exilio, la isla de
Santa Elena (un islote rocoso en medio del Atlántico sur que pertenecía a Gran
Bretaña), donde llegó en el mes de octubre. Allí pasó el resto de su vida, tan
sólo acompañado por un reducido número de sirvientes. Falleció el 5 de mayo de
1821. La causa oficial de la muerte fue un cáncer de estómago, aunque no se le
realizó autopsia. Muy pronto se señaló la posibilidad de un posible
envenenamiento con arsénico. Todavía hoy no está clara la causa de la muerte.
El hombre que había salvado la Revolución y que había
transformado Europa conforme a sus proyectos mediante el uso de las armas murió
aislado en un rincón del mundo. Pero su estela perduró después de su muerte. En
Francia su huella fue indeleble y las reformas que aplicó fueron aprovechadas
por quienes le sustituyeron. Sus enemigos admiraron su brillantez y estudiaron
con aplicación sus aportaciones en los campos de la guerra y el gobierno. Su
nombre resonó en Europa como el de un vendaval que cambió la faz del continente
irremediablemente. Había muerto un hombre y había nacido una leyenda.
Capítulo 26
Beethoven
Contenido:
§. El músico pasional
§. Los difíciles primeros pasos
§. Un joven pianista en Viena
§. La música interior
§. La plenitud del genio
§. Ejercer de padre
§. El músico pasional
Cualquiera que haya escuchado alguna de las numerosísimas
composiciones de Beethoven ha experimentado la profunda impresión sensible que
el legado musical de este genio continúa produciendo más de siglo y medio
después de su muerte. Y es que su música habla con un lenguaje atemporal de las
emociones humanas y lo hace de un modo tan intenso que abruma pensar cómo debió
de percibir la vida quien así se expresaba. Beethoven fue un hombre entre dos
mundos. Nacido en la Europa del Antiguo Régimen y educado en las ideas de la
Ilustración, cuando sólo tenía diecinueve años vio estallar la Revolución
francesa. El mundo tal y como había sido durante siglos desaparecía arrollado
por una ola de libertad y de cambio que también él trasladó a su música. Tomó
la herencia del Barroco y el Neoclasicismo para abrir nuevos caminos en la
composición e interpretación que le convertirían en el padre del Romanticismo;
pero más allá de ello, su música logró tocar directamente el alma humana y
conmoverla al emplear su misma lengua.
Ludwig van Beethoven nació a mediados de diciembre de 1770 en la
localidad alemana de Bonn, perteneciente al territorio de los príncipes
electores arzobispos de Colonia. Era el primero de los hijos del matrimonio
formado por Johann van Beethoven y María Magdalena Leym, que más tarde tendrían
otros dos vástagos, Caspar Anton Carl y Nikolaus Johann. Los Beethoven eran una
familia de músicos pues ya el abuelo del compositor (de igual nombre que éste)
había sido maestro de capilla en la corte del arzobispo de Colonia (desde la
Edad Media los príncipes electores de Colonia y su corte residían en Bonn).
Johann, al igual que su padre, estudió música, y formó parte del coro del
electorado, pero sus dotes se vieron mermadas por el desarrollo de un temprano
alcoholismo heredado de su madre y por el constante temor a ser comparado con
su padre. Las consecuencias del alcohol terminaron por arruinar su voz por lo
que se vio obligado a abandonar su empleo en el coro y sus sentimientos de
frustración fueron intensificándose. Al nacer su primer hijo, Johann, siguiendo
las costumbres de la época no dudó en que debía continuar la tradición
familiar, de modo que cuando rondaba los cuatro años comenzó a encargarse de su
educación musical, pero la forma en que lo hizo marcaría para siempre la
afectividad del futuro maestro.
§. Los difíciles primeros pasos
En la Europa de 1770, Mozart era ya un músico consagrado pese a
su juventud (tenía catorce años). Desde sus primeros años de vida había
asombrado al mundo con su precocidad y su talento, de modo que su ejemplo
estaba entonces muy presente entre quienes cultivaban o se dedicaban a la
música, incluido Johann van Beethoven. Al poco de iniciar su formación musical,
Beethoven comenzó a dar muestras de estar especialmente dotado para la música,
razón que hizo acariciar a su padre el sueño de convertir a su hijo en otro
pequeño Mozart. Absolutamente empeñado en lograrlo, Johann sometió a su hijo a
una férrea y cruel disciplina de aprendizaje, obligándole a pasar innumerables
horas frente al clavecín y combinando la exigencia con los castigos. En
palabras del profesor del conservatorio Juilliard School Michael White, «cuando
el pequeño tocaba las notas que no eran, se equivocaba en el fraseo o la música
no sonaba como el padre quería, éste le castigaba dándole una bofetada, un
puñetazo o empujándole. Sabemos que en varias ocasiones su padre le encerró en
el sótano por no haber tocado todo lo bien que se suponía que tenía que
hacerlo». La situación no mejoró cuando Johann pidió la ayuda docente del actor
y músico Tobías Pfeiffer, pues con frecuencia ambos volvían borrachos a casa de
madrugada y obligaban a levantarse a Beethoven para que ensayase en el
clavecín.
Milagrosamente Beethoven no aborreció la música y pese a todo
aprendió mucho de armonía y teoría musical en esos años. Sus estudios
ordinarios en la escuela local nunca fueron bien y con diez años terminó por
abandonar el colegio para dedicarse en exclusiva a la música. Ya entonces
afloraron algunos de sus más característicos rasgos de personalidad, como la
tendencia al ensimismamiento y la soledad, el despiste y la incomodidad en el
establecimiento de relaciones sociales. Sin duda alguna las largas horas de
estudio sin contacto con otros niños, pero sobre todo las duras condiciones
afectivas que rodearon su infancia, marcarían indeleblemente su carácter. Con
once años, y casi por casualidad, Beethoven pudo por fin salir de la opresiva
tutela que como profesor ejercía su padre. Éste le presentó a una prueba con la
intención de que fuese admitido en la orquesta de la corte del príncipe elector
Maximiliano Francisco, hermano del emperador José II y tan amante de la música
como éste. El príncipe se hallaba casualmente presente cuando Beethoven
interpretó una fuga a dos voces compuesta por él mismo y, sorprendido por la
habilidad del joven músico, decidió hacerse cargo de los costes de su formación
musical y encargársela a su organista Christian Gottlob Neefe. La habilidad
como organista y pianista que mostraba el nuevo aprendiz pronto le hizo ganarse
la admiración de sus compañeros de la orquesta de la corte quienes, por otra
parte, se apenaban de la difícil situación económica y familiar de Beethoven.
Como recoge en su biografía Juan van den Eynde, varios comentarios al respecto
fueron recogidos en una nota de trabajo de la orquesta que terminó cayendo en
las manos de Maximiliano: «El príncipe elector tuvo conocimiento de esta nota,
que hablaba claramente de la penuria económica que vivían en su casa y,
conmovido, le asignó cien táleros al año, la mitad del sueldo de su padre.
Ludwig llegó de esta forma a ser músico de la orquesta de la corte del príncipe
elector de Colonia con tan sólo doce años».
Como discípulo de Neefe y miembro de la orquesta de la corte del
príncipe elector, Beethoven comenzó a moverse en un ambiente que nada tenía que
ver con la opresora realidad de su casa. La corte de Maximiliano era un lugar
abierto a las ideas ilustradas que su hermano José II había convertido en
símbolo de su gobierno. El cultivo de las artes, la filosofía, la literatura y,
por supuesto, la música era uno de los rasgos distintivos de estas cortes
ilustradas en las que, alentados por los mecenas pertenecientes a la
aristocracia, los artistas trabajaban intensamente. Al tiempo que estudiaba la
música de Bach y Haydn, Beethoven descubría el pensamiento de Kant y Voltaire y
las ideas de libertad y fraternidad universal se abrían paso en su espíritu.
Pronto el deseo de romper con las normas establecidas para dar paso a nuevas
realidades encontraría también eco en su música.
A finales del siglo XVIII Viena era la capital cultural de
Europa por excelencia. Desde el punto de vista musical, la presencia de Mozart
y Haydn hacía de la ciudad el destino soñado por todo músico, y Beethoven no
era una excepción. Su habilidad al piano, especialmente para la improvisación,
hizo que Beethoven se ganase la admiración del favorito del príncipe
Maximiliano, el conde Ferdinand Waldstein, quien en 1787 convenció a éste para
que propiciara el primer viaje del músico a Viena. Emocionado, partió hacia la
ciudad imperial en marzo con el vivo deseo de conocer de cerca su sofisticado
ambiente musical y de ser presentado a alguno de los grandes maestros. Sin
embargo la estancia en Viena se vio truncada por la enfermedad de su madre,
razón por la que sólo pudo permanecer allí tres semanas. Aun así tuvo ocasión
de lograr uno de sus sueños, que le presentasen a Mozart. Gracias a las
recomendaciones de Waldstein y al aval del príncipe elector consiguió que una
tarde Mozart escuchase una de sus composiciones pero, ante su contenida
reacción, Beethoven solicitó al afamado compositor que eligiese un tema sobre
el que improvisar. Mozart escogió una fuga cromática quizá pensando en ponerle
en un aprieto, pero Beethoven estuvo improvisando maravillosamente durante casi
una hora. Cuando finalizó, Mozart exclamó: « ¡Atención a él! Un día dará al
mundo algo de qué hablar». Sería la última vez que ambos músicos coincidirían.
Beethoven regresó rápidamente a Bonn, donde finalmente murió su
madre el 17 de julio no sin antes encargarle el cuidado de sus hermanos
menores. Con un padre enfermo, Beethoven se convirtió en el cabeza de familia
con sólo diecisiete años. Su trabajo en la orquesta de Bonn no le permitía
llevar una vida demasiado holgada, pero sí proseguir con su formación y
comenzar a componer con bastante intensidad. Sus composiciones responden en
esta etapa a la labor propia de un músico de corte y por tanto, mayoritariamente,
a las fórmulas musicales impuestas por entonces. Aunque no puede decirse que en
los cinco años que aún permanecería en Bonn llegaría a desarrollar un estilo
musical propio, en varias de sus composiciones comenzaron a advertirse los
rasgos de su compleja personalidad musical. Ése sería el caso de la Cantata
para la muerte del emperador José II. La obra encargada por el círculo de
ilustrados cercano a Neefe con el que simpatizaba Beethoven anticipaba algunos
motivos musicales que retomaría más adelante en sus sinfonías tercera, sexta y
séptima; por su dificultad técnica —otro de los rasgos característicos de su
música— llegaría a tener problemas para encontrar quien la interpretase. Pero
sería precisamente esta Cantata la que terminaría por convertirse en su
pasaporte definitivo a Viena.
§. Un joven pianista en Viena
En el verano de 1792, Haydn pasó por Bonn en su viaje de regreso
a Viena desde Inglaterra. Con ocasión de ello, Maximiliano Francisco preparó
una recepción en la que, posiblemente gracias a la intervención del conde de
Waldstein, se presentó al gran músico austríaco la partitura de la Cantata.
Gratamente sorprendido, Haydn afirmó que Beethoven merecía continuar estudiando
y que con gusto él mismo se haría cargo de su formación si se decidía a ir a
Viena. Las palabras no podían ser más ajustadas a los deseos de Beethoven ni la
oportunidad más propicia, de modo que tras la marcha de Haydn, Waldstein no
tuvo dificultad en convencer al príncipe para que volviese a enviar a Beethoven
a Viena. Cargado con varias cartas de recomendación y con el firme propósito de
hacerse un hueco entre los círculos de mecenazgo de la aristocracia vienesa,
partió por segunda vez en su vida hacia la ciudad en noviembre de ese mismo
año.
Beethoven ansiaba con todas sus fuerzas formar parte de la
sociedad culta de Viena y sabía que para ello era necesario encontrar mecenas
para su trabajo. La aristocracia de la ciudad, en sintonía con las formas
ilustradas de la corte imperial, gustaba de rodearse de artistas de todas
clases a los que integraban en su vida cotidiana —frecuentemente los alojaban
en sus propias casas— y cuya labor financiaban. Por esa razón la competencia
era enorme y, al igual que Beethoven, decenas de músicos pugnaban por lograr el
favor de las familias más influyentes. En esa competición no resultaba poco
importante la impresión que las formas y el aspecto de los aspirantes causaban
a los posibles mecenas cuando eran presentados en sociedad, y en ese terreno
Beethoven tenía poco que hacer. Su aspecto era rudo, sus modales más bien
hoscos, su genio endemoniado, llevaba la melena siempre alborotada, su cara
estaba picada por la viruela y ni siquiera se movía con gracia. No en vano
Luigi Cherubini le describiría como «oso civilizado». Pero aunque el joven
compositor parecía carecer de dotes sociales, contaba con su talento.
Al llegar a Viena, Beethoven comenzó a recibir clases de Haydn y
rápidamente empezaron a surgir los primeros desencuentros con su maestro. Haydn
reconocía la capacidad de Beethoven, pero no compartía las innovaciones que
éste introducía en sus composiciones de modo que la relación entre ambos
estaría siempre marcada por sus encontrados puntos de vista y, al tiempo, por
la mutua admiración. Mientras que discutía y aprendía con Haydn, Beethoven
comenzó a buscar protectores entre la aristocracia vienesa, para lo cual se
prodigó como intérprete de piano en salones de sociedad y en los entonces
frecuentes duelos interpretativos entre músicos. Las cartas de presentación de
Waldstein harían el resto, y pronto despertó el interés de varios aristócratas
que quisieron convertirse en sus protectores. Entre ellos destacarían
especialmente el príncipe Karl Lichnowsky y su esposa Christiane.
Las osadas interpretaciones al piano de Beethoven sorprendieron
a la sociedad vienesa por la fuerza e intensidad con que las abordaba. En
palabras del violinista Philip Setzer, «desarrolló una forma de arte en la que
la emoción era lo primero que impresionaba. Su intención era desconcertar al
auditorio». Aclamado por los más jóvenes e incomprendido por los más
conservadores, su fama creció exponencialmente de modo que a mediados de la
década de los noventa era una celebridad y ofrecía recitales por toda la ciudad.
El príncipe Lichnowsky y su mujer no dudaron en ofrecerle su apoyo invitándole
a alojarse en su casa. Beethoven había logrado lo que con tanto afán perseguía.
Su talento era reconocido y la sociedad vienesa se rendía ante él, pero al
tiempo sentía que la protección que le dispensaban —y que le resultaba
necesaria para subsistir— le imponía una cierta sumisión a la que no estaba
dispuesto a adaptarse. Si bien era cierto que deseaba formar parte de los
círculos aristocráticos y que incluso dejó que se extendiese la creencia de que
su origen era noble, su forma de entender la creación artística le producía un
visceral rechazo de las servidumbres asociadas al mecenazgo. Como indica el
pianista y compositor Robert Greenberg, «Beethoven estaba convencido de que,
como creador, por encima de él sólo estaba Dios. Un aristócrata no era más que
alguien que había nacido con un título. En muchos aspectos Beethoven es el
primer artista moderno, el creador-héroe, el creador endiosado, el creador que
no trabaja para quien le encarga la música, sino para su propia musa». Las
discusiones con sus protectores llegarían a ser muy sonadas, pero el
reconocimiento general era tal que se le consentían como excentricidades de un
genio con verdadero mal carácter.
Durante los primeros años pasados en Viena, Beethoven desarrolló
una actividad frenética como pianista, pero también supo encontrar tiempo para
la composición; así, escribió sonatas y conciertos para piano, sonatas para
violín, música de cámara y sus dos primeras sinfonías. En todas ellas las
innovaciones que rompían con las estructuras musicales tradicionales auguraban
un nuevo tiempo en la música. En 1800 estrenó con gran éxito suPrimera Sinfonía
y dos años más tarde la Segunda, ambas impregnadas de un fuerte clasicismo pero
en las que su concepto de orquesta engrandecida (crecida en instrumentos) ya
estaba presente. Comenzaba un nuevo siglo; tras los aires revolucionarios que
recorrían Europa desde 1789 se abría paso la figura heroica de Napoleón, Beethoven
había triunfado como músico, pero una sombra comenzaba a ceñirse sobre él, la
sordera.
§. La música interior
Hacia 1798 Beethoven, cuya salud no era buena y con frecuencia
padecía problemas digestivos, comenzó a notar dificultad en la percepción de
algunos sonidos. Poco a poco un molesto zumbido se instaló en sus oídos y
empezó a perder capacidad auditiva. Aterrado por las consecuencias que tal
circunstancia pudiera tener sobre su carrera, decidió hacer todo lo posible
para ocultarlo, de modo que su fama de hombre despistado y huraño se hizo cada
vez mayor. Evitaba el contacto con los demás y la angustia por la evidente
enfermedad fue haciendo mella en su ya complicado carácter. En junio de 1801
daba rienda suelta a su tristeza en una carta dirigida a su amigo Franz
Wegeler: «Un demonio envidioso, mi mala salud, me ha jugado una mala pasada;
quiero decir que desde hace tres años mi oído es cada vez más débil… mis orejas
zumban continuamente, día y noche. Llevo una vida miserable; desde hace casi
dos años evito cualquier compañía, porque no puedo decir a la gente: soy sordo.
Si tuviese cualquier otra profesión, la cosa sería más fácil; pero con la mía
es una situación terrible. Para darte una idea de esta extraña sordera, te diré
que en el teatro tengo que colocarme muy cerca de la orquesta para oír a los
cantantes. Los sonidos agudos de los instrumentos y de la voz, si están un poco
lejos, ya no los percibo; es maravilla que, al hablar conmigo, la gente no se
dé cuenta de mi estado. Como siempre fui muy distraído lo achacan a eso. Lo que
sucederá ahora sólo el cielo lo sabe».
A principios de 1802 su situación física empeoró, y por si esto
fuera poco sufrió uno de los muchos desengaños amorosos que jalonaron toda su
vida. Se había enamorado de una de sus jóvenes alumnas de piano, la condesa
Giuletta Guicciardi, de sólo dieciséis años, y creía que ella le correspondía.
Entre ambos existía una importante diferencia social que en la época suponía
una barrera infranqueable, pero pese a ello Beethoven, siempre poco realista en
las cuestiones amorosas, estaba convencido de que podría llegar a casarse con
ella. Sin embargo la condesa terminaría haciéndolo con un hombre de su misma
condición social, lo que sumió al compositor en una fuerte depresión agravada
por su mala salud. Preocupado por su delicado estado físico, pues a la sordera se
le sumaban nuevos problemas digestivos, un doctor de su confianza, Schmidt, le
recomendó una estancia en el campo, por esta razón Beethoven se trasladó a
Heiligenstadt donde permanecería casi un año.
En Heiligenstadt Beethoven pasó por una auténtica crisis
personal, e incluso llegó a pensar en el suicidio. Consultó con varios médicos
y probó con todo tipo de remedios, pero no logró mejorar de ninguno de sus
problemas de salud. Pensó que su vida había perdido sentido y que la sordera se
convertiría en un problema insuperable y reflejó sus angustias en una carta
dirigida a sus hermanos que nunca llegaría a enviar y que se conoce como
Testamento de Heiligenstadt: «Vosotros los que pensáis o decís que soy malévolo,
obstinado o misántropo, cuánto os equivocáis acerca de mí (…) hace seis años
que estoy desesperadamente agobiado, agravado por médicos insensatos, de año en
año engañado con la esperanza de una mejoría, finalmente obligado a afrontar la
perspectiva de una enfermedad perdurable. (…) Aunque nací con un temperamento
fiero y altivo, incluso sensible a los entretenimientos sociales, poco a poco,
me vi obligado al retiro, a la vida en soledad. Si a veces intenté olvidar todo
esto, con cuánta dureza me devolvió a la situación anterior la experiencia
doblemente triste de mi oído defectuoso (…) mi desgracia es doblemente dolorosa
para mí porque es muy probable que se me interprete mal; para mí no puede haber
alivio con mis semejantes, ni conversaciones refinadas, ni intercambio de
ideas. Debo vivir casi solo, como el desterrado. (…) Si me acerco a la gente un
intenso terror se apodera de mí, y temo verdaderamente verme expuesto al
peligro de que se conozca mi condición. (…) Tales incidentes me llevan casi a la
desesperación; un poco más de todo eso y acabaría con mi vida. Sólo mi arte me
ha retenido. Ah, me pareció imposible abandonar el mundo hasta que hubiese
expresado todo lo que sentía en mí».
Afortunadamente aún le quedaba mucho que expresar; cuatro meses
más tarde, y algo menos postrado, regresó a Viena con energías renovadas. Su
estancia en Heiligenstadt había sido una auténtica catarsis y de allí regresó
decidido a que la sordera no acabase con él ni con su música. Como afirma el
violinista Isaac Stern, «en su cabeza siempre había música y entonces decidió
abrirse paso entre las tinieblas que anegaban su vida para encontrar el sol y
la luz, y pese a todo lo consiguió».
§. La plenitud del genio
A finales de 1802 Beethoven regresó a Viena y comenzó a trabajar
con viva intensidad. Escribió entonces varias de sus obras maestras entre
sinfonías, sonatas y cuartetos, y, como antes de su retiro, volvió a conquistar
a la sociedad de su tiempo. Beethoven, como buena parte de los intelectuales de
su época, admiraba profundamente a Napoleón y creía que de su mano podría
surgir una nueva patria universal que rompiese con las injusticias y
desigualdades ante las que se había levantado la Revolución francesa. Por ello
mientras estaba componiendo su Tercera Sinfonía pensó en dedicarla al
conquistador corso. Sin embargo los hechos le demostrarían que Napoleón estaba
lejos de ser el héroe soñado. En 1804 extendió su guerra de conquista por
Europa y se autoproclamó emperador. El hecho causó una decepción tal en
Beethoven que rompió la dedicatoria y dio un nuevo título a su sinfonía. El
episodio fue narrado por el alumno y amigo del compositor Ferdinand Ries del
siguiente modo: «En esta sinfonía Beethoven tenía presente a Bonaparte, pero
como era cuando desempeñaba el cargo de primer cónsul. Por entonces Beethoven
lo estimaba mucho (…) yo y varios de sus amigos más íntimos vimos un ejemplar
de la partitura depositado sobre su mesa con la palabra “Bonaparte” en el extremo
superior de la portada. (…) Fui el primero en comunicarle que Bonaparte se
había proclamado emperador, y la cólera lo dominó y gritó: “Entonces, ¿no es
más que un ser humano vulgar? Ahora también él pisoteará los derechos del
hombre y se limitará a satisfacer su ambición. ¡Se elevará por encima del
resto, se convertirá en tirano!”. Beethoven se acercó a la mesa, tomó por un
extremo la portada, la desgarró en dos y la arrojó al suelo. Reescribió la
primea página y sólo entonces la sinfonía recibió el título de Sinfonía
Heroica».
En los años siguientes, y a pesar del avance de su sordera,
compuso entre otras muchas obras su Quinta Sinfonía y la Sexta Sinfonía o
Pastoral. El amor por la naturaleza que desprende esta última habla de la
profunda sensibilidad de un hombre cuyo mundo exterior se hacía cada vez más
pequeño pero cuyo mundo interior crecía al compás de su música de forma
imparable. A partir de 1809, y tras una serie de recitales desastrosos por su
sordera, decidió dejar de tocar en público y desde entonces y hasta su muerte
sólo se dedicó a componer. También por entonces Beethoven encontró una nueva —y
en esta ocasión feliz— inspiración amorosa. Tras varios desengaños, en 1812
aparecía en su vida la «Amada Inmortal» a la que dedicaría su famosísima carta
y que fue el gran amor de su vida. Mucho se ha especulado sobre la identidad de
la mujer que Beethoven denominó «Amada Inmortal» y todo parece indicar que
debió de tratarse de Antonie Brentano, la esposa del amigo del compositor Franz
Brentano. Beethoven visitaba a los Brentano con asiduidad pues formaban parte
de la nobleza vienesa que compartía el gusto por su música. Entre ambos surgió
un amor profundo que haría que Antoine le describiese como «una persona
excelente, grande y excelente. Un ser humano más grande que artista». Sin
embargo la relación terminaría rompiéndose cuando a finales de 1812 Beethoven
decidiese retirarse consciente de la relación imposible con la esposa de su
amigo. Volvió entonces a deprimirse y comenzó a descuidar su aspecto de tal
modo que era fácil encontrarlo vagando por las calles de Viena completamente
desaliñado y borracho.
Entre septiembre de 1814 y junio de 1815 tuvo lugar el Congreso
de Viena, la reunión de potencias encargada de restablecer el orden político en
Europa tras la conmoción napoleónica. Beethoven, que musicalmente estaba en el
punto más alto de su fama (en 1814 se había estrenado con enorme éxito su única
ópera, Fidelio), fue reclamado para ocuparse de los actos musicales de
conmemoración de la reunión. Más recuperado, asumió con gusto el encargo que
evidenciaba ante el mundo su relevancia como músico. Aún le quedaba mucho por
hacer, pero en lo que le restaba de vida un importante cambio en su situación
personal iba a convertirse en el centro de su existencia.
§. Ejercer de padre
En noviembre de 1815 murió de tuberculosis su hermano Caspar
Carl. Tenía una mujer, Johanna, con la que Beethoven tenía una pésima relación,
y un hijo de nueve años, Karl. Antes de morir su hermano lo mandó llamar y le
pidió que se encargase del cuidado de su hijo junto con su esposa, a lo que el
compositor se negó puesto que deseaba ser el tutor en exclusiva del pequeño.
Temiendo su reacción, Caspar Carl añadió un codicilo a su testamento indicando
su expresa voluntad de que el cuidado de su hijo fuese asumido por su hermano
de modo conjunto con su mujer. Pese a ello, Beethoven no estaba dispuesto a
compartir la tutela y por ello comenzó una larga batalla legal que se
prolongaría hasta 1820. Beethoven se comportó de modo cruel con su cuñada e
incluso con el pequeño, pues hizo de la obtención de su custodia una auténtica
obsesión. Como indica el profesor Michael White, «no le importaba cuánto
sufrimiento causara, ni si heriría los sentimientos del muchacho o de la madre,
o de otros amigos. Estaba obsesionado y poseído por ese deseo por una razón,
quería ser el padre que nunca tuvo».
Finalmente, y tras varias sentencias intermedias, Beethoven ganó
la batalla legal en el verano de 1820. En el transcurso del proceso había
tratado de hacerse cargo de la educación de su sobrino y, sobre todo, de
alejarlo de su madre convencido de que era lo mejor para el niño. Karl creció
en una situación de enorme inestabilidad emocional que en los años siguientes
habría de pasarle factura. Beethoven resultó ser un padre poco afectuoso y muy
estricto que, por otra parte, vivía absolutamente entregado a su música. Los
gastos asociados al proceso legal, unidos a los que generaba la crianza del
sobrino y al descenso de los ingresos del compositor motivado por la progresiva
desaparición de los mecenas al compás de los nuevos tiempos, dejaron a
Beethoven en una situación de precariedad material ante la que no le quedó más
remedio que endeudarse. A principios de 1820 sus acreedores le perseguían por
Viena y el músico trabajaba cuanto podía para mitigar esa escasez. En 1823
compuso su Missa Solemnis por la que obtuvo algunos ingresos que aliviaron su
difícil situación.
Por otra parte, la relación con su sobrino era muy conflictiva
puesto que Beethoven estaba empeñado en controlar constantemente las amistades
y salidas del joven dado su carácter inestable y rebelde. A comienzos del
verano de 1826 ambos tuvieron una agria discusión en la que Karl golpeó a su
tío y terminó por escapar de casa. Se dirigió a Baden y adquirió dos pistolas,
y tras escribir una nota de suicidio dirigida a Beethoven se disparó en la
cabeza. Por fortuna la herida no comprometió su vida y logró recuperarse tras
una larga estancia en el hospital. El intento de suicidio de Karl marcó un
punto de inflexión en la relación entre tío y sobrino, que desde entonces se
dulcificó, lo que permitió su reconciliación. Con ánimo de que Karl terminara
de recuperarse, ambos se trasladaron a la casa de campo de un amigo en
Gneixendorf, pero allí la delicada salud del compositor comenzó a empeorar
inexorablemente. A finales de 1826 regresaron a Viena para que Karl pudiese
incorporarse conforme a su deseo al ejército. Por entonces, Beethoven estaba
sentenciado; murió el 26 de marzo de 1827. Más de veinte mil personas acudieron
en Viena al funeral del genio.
El legado musical de Beethoven constituye uno de los mayores
tesoros artísticos de la humanidad, revolucionario por sus dimensiones, su
técnica, su lenguaje y sobre todo por su espíritu. En 1824 terminó una de sus
obras más bellas y personales, su Novena Sinfonía. Una vez más Beethoven rompía
con lo establecido y por primera vez incorporaba un coro al conjunto orquestal
haciendo de la voz humana un instrumento más. En ella plasmó sus ideas más
queridas al incluir en su movimiento final la Oda a la Alegría, inspirada en
los versos del poeta Schiller. Beethoven hacía un himno a la hermandad entre
los hombres y a la fe en ellos y aunque no pudo escuchar la ovación con que fue
acogido su estreno, su espíritu satisfecho supo que había logrado transmitir lo
que sentía.
Capítulo 27
Simón Bolívar
Contenido:
§. El libertador de la América española
§. Una juventud entre las dos orillas del Atlántico
§. Guerra y revolución en España… y también en América
§. Los españoles a la ofensiva
§. La gran estrategia libertadora
§. La epopeya andina: Ecuador, Perú y Bolivia
§. El final de un sueño
§. El libertador de la América española
Cuando se están celebrando doscientos años de las independencias
de los países de Iberoamérica, la figura de Simón Bolívar vuelve a emerger con
el halo de mito que siempre le ha rodeado. Ya lo hizo en vida, aunque en sus
últimos días acabase prácticamente solo, amargado y con una profunda sensación
de fracaso después de haber liberado a todo un continente de la opresión
colonial. Seis países (Bolivia, Colombia, Ecuador, Panamá, Perú y Venezuela) le
reconocen como Padre de la Patria, y con José de San Martín forma la pareja de
símbolos de una generación heroica que cambió la faz del hemisferio sur en sólo
dieciséis años. Sin embargo, bajo la superficie de la leyenda se esconde el
hombre; el brillo de las proezas siempre oculta las contradicciones y titubeos
de quien estuvo llamado a realizar una obra titánica. Quizá precisamente por
eso, por cómo desempeñó la misión que decidió asumir, es por lo que después de
conocer su vida se puede concluir que el ropaje de mito en absoluto le queda
pequeño.
La costa continental del mar Caribe (Venezuela y la costa
atlántica de Colombia, que los españoles llamaban durante el período colonial
«Costa Firme») siempre ha sido un ámbito geográfico abierto al mundo. Sus
puertos gozan de la mayor actividad en nuestros días, son la puerta de salida
de las preciadas materias primas americanas y punto de llegada de otros
géneros, y sobre todo de gentes, ideas y actitudes nuevas. A finales del siglo
XVIII el panorama no era muy distinto. A lo largo de una serie de bulliciosos
puertos dispersos por la costa (Cartagena de Indias, Puerto Cabello, La
Guaira…), hombres, riquezas e ideas transitaban sin cesar. Entonces eran parte
de los territorios españoles en América (formaban parte del Virreinato de Nueva
Granada, cuyo territorio se corresponde a grandes rasgos con los actuales
Panamá, Colombia, Venezuela y Ecuador) y su contacto por vía marítima con la
península Ibérica y con el resto de territorios españoles en América (tanto las
islas españolas del Caribe como con el Virreinato de Nueva España, hoy México)
era constante.
El centro de toda aquella actividad era Caracas, sede donde
residía el Capitán General de Venezuela, máxima autoridad española del
territorio que en teoría estaba subordinado al virrey de Nueva Granada pero que
en la práctica actuaba con casi total independencia, así como las máximas
instituciones económicas, culturales y religiosas. Era entonces una ciudad
cosmopolita y dinámica, donde residían los grandes criollos que llevaban un
tren de vida refinado y europeizante gracias a las ganancias que les proporcionaban
las plantaciones de productos tropicales (azúcar, cacao y tabaco…) en las que
se empleaba básicamente mano de obra esclava.
Se trataba, como otros territorios de la América española, de
una sociedad avanzada, en la que la prosperidad hacía que las clases acomodadas
acariciasen la posibilidad de gestionar el futuro del país, todavía dentro del
reconocimiento al rey de España. Es cierto que cada vez se veía con peores ojos
a los funcionarios llegados de la Península, como una barrera burocrática que
acudía a implantar decisiones que en muchos casos no favorecían a los
habitantes de las colonias y que entorpecía con trabas económicas el desarrollo
comercial de la región. Además, las turbulencias de la crisis mundial de ese
final de siglo venían a enturbiar el futuro de todo el continente. La guerra de
la Independencia norteamericana (1775-1783), la Revolución francesa (17891799)
o la mucho más cercana de Haití (donde los esclavos negros se levantaron contra
sus amos blancos en 1790 comenzando una cruenta guerra que culminó con la
declaración de independencia en 1804) obligaron a todos a tomar conciencia de
la situación y en muchos casos a tomar partido. Las ideas de libertad
cimentaban las ansias de política de los ricos criollos urbanos, pero las de
igualdad y la supresión de la esclavitud en las colonias francesas, hacían
temer un levantamiento racial que acabase con su modo de vida y su riqueza.
§. Una juventud entre las dos orillas del Atlántico
En esa ciudad de Caracas nació el 24 de julio de 1783 Simón José
Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios, en el seno de una acomodada
familia de origen vasco afincada en Venezuela desde hacía décadas; de hecho, el
pueblo vizcaíno que fue cuna de sus antepasados, Cenarruza, añadió en su honor
el apellido Bolívar a su nombre, que sigue llevando en la actualidad. Era hijo
del coronel Juan Vicente Bolívar y de María Concepción Palacios, aunque apenas
conoció a sus padres ya que quedó huérfano siendo sólo un niño. Con dos años y
medio falleció su padre, y su madre cuando contaba nueve. Por eso pasó a vivir
con su abuelo materno, Feliciano Palacios, y a la muerte de éste, con su tío
Carlos Palacios. La convivencia con él fue difícil, por lo que huyó de casa y
se refugió en la de su hermana casada María Antonia, donde no pudo permanecer
por mucho tiempo. La familia decidió entonces enviarle a residir a casa del
maestro de primeras letras Simón Rodríguez, hombre de amplia cultura ilustrada
y pensamiento avanzado que proporcionaría al niño su primera instrucción. Junto
a él le dieron clase otros sabios del momento, entre los que estaba el joven
Andrés Bello, que más tarde sería uno de los más importantes pensadores y
escritores de Latinoamérica. Siguiendo las convenciones de las clases
acomodadas de la época Simón ingresó con catorce años en un cuerpo de civiles
movilizados, llamado Batallón de Milicias de Blancos de los Valles de Aragua,
al que había pertenecido su padre. En aquel entonces la instrucción militar se
consideraba como parte de la formación que debía recibir un joven blanco y no
obedeció a que sintiese una especial vocación militar como en ocasiones se ha
afirmado.
En 1799 otra decisión familiar daría un giro a su vida y
marcaría su futuro: se le envió a Madrid para que permaneciese bajo la tutela
de sus tíos, Esteban y Pedro Palacios, comerciantes establecidos en la ciudad.
Bajo su dirección y la del criollo ennoblecido Jerónimo de Ustáriz y Tobar,
marqués de Ustáriz, recibió en la capital del imperio una educación esmerada y
cortesana, posiblemente con la idea de hacerle ingresar en el cuerpo
diplomático español, proyecto que finalmente no llegó a materializarse. De su
estancia en Madrid sacaría sin embargo una sólida formación intelectual y
cosmopolita, propia del ambiente ilustrado del momento, y allí conoció a María
Teresa Rodríguez del Toro, mujer dos años mayor que él, de la que se enamoró
profundamente y con la que contrajo matrimonio el 26 de mayo de 1802 en la
madrileña parroquia de San José. El matrimonio se planteó entonces volver a
Venezuela para que Simón se hiciese cargo del importante patrimonio que había
heredado de sus padres, proyecto que llevaron a la práctica rápidamente, pero
que se vio truncado por la muerte de la esposa en enero de 1803 de fiebre
amarilla. Como signo de respeto y fidelidad hacia su esposa muerta jamás volvió
a contraer matrimonio, aunque esto no le impidió tener otras relaciones
amorosas, algunas de las cuales le marcaron intensamente.
Bolívar, abandonando la idea que había concebido con su mujer,
regresó a Europa a finales del mismo año. Esta vez apenas paró en Cádiz ni en
Madrid y se dirigió a París, donde se instaló en la primavera de 1804. Allí
conoció la vida oficial del Consulado (régimen que consideró vacío y corrupto),
frecuentó tertulias, teatros y salones y aprovechó para entablar relación con
importantes intelectuales del momento, sobre todo aquellos que habían
demostrado interés por la situación y el futuro de la América española, como
Alexander Humboldt o Aimé Bonpland. El 2 de diciembre de 1804 asistió en la
catedral de Notre Dame a la coronación imperial de Napoleón Bonaparte. Lo que
contempló allí le produjo una gran impresión: la arrogancia demostrada por un
emperador que se coronó a sí mismo le repugnó de tal modo que se afirmó
irreversiblemente en su ideario republicano, pasando a considerar cualquier
forma de monarquía como despreciable. Se reencontró por entonces con su maestro
de infancia Simón Rodríguez, con el que comenzó un viaje por Italia. Estando
junto a él en Roma, el 15 agosto de 1805, en el Monte Sacro, realizó un
juramento que le dio fama posteriormente: no daría descanso a su brazo ni
reposo a su alma hasta que no viese libre a América de la tutela española. El
historiador John Lynch describe así la excitación que en aquellos momentos
vivía el joven Bolívar: «Su imaginación, ya colmada de cultura clásica y
filosofía moderna, ardía inflamada por las esperanzas con las que ahora pensaba
en su futuro y en el de su país».
De vuelta a París, ya a finales de 1806, tuvo noticias de la
agitación política que vivía Venezuela. Francisco Miranda, un venezolano que
había sido soldado en el ejército español y que había pasado a proponer la
independencia de su país, había desembarcado para fomentar una guerra contra
las autoridades españolas. Enseguida decidió emprender el regreso, embarcando
en un barco neutral en Hamburgo. En enero de 1807 desembarcó en Charleston
(Estados Unidos) y aprovechó para conocer varias ciudades de la joven república
angloamericana, y en junio ya estaba de nuevo en Caracas. En esos primeros
momentos Bolívar se dedicó a poner en orden sus asuntos económicos y a ser
espectador de la situación política.
§. Guerra y revolución en España… y también en América
En 1808 comenzaron a llegar inquietantes noticias de España. El
motín de Aranjuez, la invasión napoleónica, el Dos de Mayo en Madrid… El vacío
de poder era evidente y pronto comenzó a discutirse cuál debía ser la actitud
de las Indias ante los sucesos de la Península. El rechazo a José Bonaparte fue
común en toda la América española, y a lo largo de 1809 la desconfianza comenzó
a prender en algunos núcleos del poder colonial —Quito, La Paz, Chuquisaca
(actual Sucre)— en los que se destituyó a las autoridades españolas por
considerarlas colaboradoras con los invasores, y se nombraron Juntas que
juraron defender los derechos de Fernando VII y tomaron el poder. Este
movimiento se extendió a lo largo de 1810 a otras ciudades sudamericanas:
Buenos Aires, Santiago de Chile, Bogotá y Caracas. Allí prendió la chispa
insurreccional el 19 de abril cuando una Junta destituyó al capitán general
Vicente Emparán y se hizo cargo del gobierno del territorio. Entre sus primeras
decisiones estuvo la negación de toda legitimidad a la Regencia que en España
encabezaba la lucha contra los invasores (al igual que hicieron el resto de
Juntas latinoamericanas) y la elección de tres sujetos para solicitar ayuda al
gobierno británico en Londres. Los elegidos fueron Bolívar (que sin embargo no
había participado en la deposición del capitán general), su antiguo maestro
Andrés Bello y Luis López Méndez.
Así es como de nuevo se embarcó para Europa. En Londres
desempeñó una doble tarea: por un lado, se encargó de las negociaciones con el
secretario del gobierno británico lord Wellesley; por otro, tomó contacto con
el luchador por la independencia Miranda, que se había refugiado allí tras el
fracaso de sus intentos de 1806. Según explica el historiador Demetrio Ramos,
«la embajada fracasó porque el momento elegido no podría resultar más
desfavorable, pues Inglaterra poseía un tratado de alianza con España y tenía
que respaldarla para que se sostuviera en la lucha contra Napoleón,
circunstancia que hacía impensable el apoyo a los independentistas
iberoamericanos». Así pues, los embajadores venezolanos tuvieron que volver con
las manos vacías.
Mientras tanto, en Venezuela las tensiones habían ido creciendo
ya que no todas las ciudades reconocían la autoridad de la Junta de Caracas. En
un intento de encauzar la situación, ésta convocó un Congreso representativo
para debatir la situación. Este Congreso fue el que firmó, a solicitud de la
Sociedad Patriótica de Caracas (que presidía Miranda, quien había regresado a
finales del año anterior), la declaración de independencia de Venezuela, la
primera de toda Iberoamérica, el 5 de julio de 1811. Bolívar para entonces
estaba implicado de lleno en política. Formaba parte de la Sociedad Patriótica
de Caracas, que le concedió el grado militar de coronel, participó en el
sometimiento por la fuerza de la ciudad de Valencia (Venezuela) a la autoridad
del Congreso y se le encargó la guardia de la importante plaza de Puerto
Cabello, que perdió a manos de los realistas. Éstos, liderados por el militar
español Domingo Monteverde, fueron ganando rápidamente posiciones y, el 12 de
julio de 1812, ante ellos capituló Miranda, que había recibido plenos poderes
del Congreso para salvar la joven República. Bolívar formó parte de los
militares que no aceptaron esta capitulación y decidieron capturar a Miranda,
quien fue posteriormente entregado por sus compañeros a las autoridades
realistas y enviado a España; cuatro años más tarde murió en una prisión de
Cádiz.
Perdida ya la República, Bolívar pudo escapar por los pelos
gracias a que un amigo le consiguió en el último momento un salvoconducto para
embarcar hacia la isla holandesa de Curazao, de donde partiría para Cartagena
de Indias en octubre de 1812. Poco después publicó el primero de sus escritos
políticos, el llamado «Manifiesto de Cartagena», en el que afirmaba las
necesidades de formar un ejército profesional para garantizar la independencia
y centralizar la acción de gobierno en los territorios de la América hispana y
proponía pasar a la ofensiva estratégica como forma de caminar con paso firme
hacia la emancipación. Bolívar era un hombre de ideas pero también de acción,
así que reunió un pequeño grupo de exiliados venezolanos y con ellos comenzó a
marchar tierra adentro siguiendo el río Magdalena. Limpió sus márgenes de
cuadrillas enemigas y, con la aprobación del Congreso de Nueva Granada (pues
así se llamó durante sus primeras décadas la Colombia independiente), el 14 de
mayo de 1813 comenzó una campaña de liberación de Venezuela que concluiría
brillantemente con su entrada en Caracas el 7 de agosto. En sólo tres meses
desarrolló la que se ha conocido con posterioridad como «Campaña admirable»,
que fue una sucesión de hábiles maniobras y combates desarrollados a una
velocidad de vértigo. Durante la misma dictó el Decreto de guerra a muerte
contra los españoles. Según el historiador colombiano Gustavo Vargas Martínez,
con él hizo «el deslinde político-ideológico entre amigos y enemigos… Afirmó
que eran americanos los que luchaban por la independencia sin importar país de
nacimiento ni color de piel; y que eran enemigos los que, aunque nacidos en
América, no hicieran nada por la libertad del Nuevo Mundo». A su paso por
Mérida (Venezuela) la multitud le recibió al grito de «¡Libertador!», título
que le concedió oficialmente el Ayuntamiento de Caracas en octubre del mismo
año.
Pero en los meses siguientes los fieles al rey de España se
reorganizaron bajo el mando de José Tomás Boves, que con su ejército de
llaneros fue derrotando a los republicanos en una serie de enfrentamientos
entre mayo y julio de 1814. Finalmente logró entrar en Caracas, produciendo la
desbandada de los jefes militares «rebeldes». Bolívar se dirigió primero a la
región oriental del país para buscar refugio, pero ante el ambiente poco
amigable que halló, dirigió de nuevo sus pasos hasta Cartagena de Indias. Decidió
entonces ponerse de nuevo al servicio del Congreso y cumplió brillantemente su
orden de someter la capital, Bogotá. Pero poco más pudo hacer ya que su
actuación se volvió factor de encendida polémica entre las diferentes facciones
políticas y, ante el riesgo de guerra civil entre quienes defendían la
independencia, decidió exiliarse en la isla británica de Jamaica en mayo de
1815.
§. Los españoles a la ofensiva
Entretanto, el fin de la guerra de la Independencia en España
supuso un refuerzo para los realistas americanos, los leales a Fernando VII. El
rey organizó un ejército en la Península y puso a su frente al general Pablo
Morillo, que llegó a comienzos de ese año a Venezuela, haciendo su entrada en
Caracas el mismo mes de mayo de 1815. A partir de este momento la lucha por la
independencia se convirtió en una guerra colonial.
Mientras, en las Antillas Bolívar procedió a realizar una
intensa campaña propagandística a favor de la independencia en la revista The
Royal Gazette y a publicar varios escritos para alentar a sus camaradas, que
derrotados por los realistas y el ejército de Morillo, estaban perdiendo la
República de Nueva Granada; el más célebre de ellos fue la llamada «Carta de
Jamaica»). Debido a la indiferencia de las autoridades británicas de la isla
ante sus peticiones de apoyo optó por acudir a otro sitio en busca de auxilio.
El objetivo elegido esta vez fue Haití, donde tuvo más suerte. El presidente de
la joven república de antiguos esclavos, Alexandre Pétion, le propuso brindarle
la ayuda necesaria para organizar una expedición a Venezuela a condición de que
si tenía éxito aboliese la esclavitud. Bolívar, que había sido propietario de
grandes plantaciones y cientos de esclavos, no dudó en aceptar lo que se le
proponía.
Procedió entonces a reunir a los militares independentistas que
andaban desperdigados en el exilio antillano y partió de Haití en marzo de
1816, desembarcando poco después en la isla de Margarita, en el Oriente
venezolano. Intentó entonces una estrategia de conquistar las ciudades de la
costa (tras su éxito inicial con la toma de Carúpano, tras el cual decretó la
libertad para los esclavos negros), pero a principios de 1817 era ya consciente
de que ese procedimiento era poco efectivo para lograr su objetivo último:
restaurar una república independiente. Los realistas le hostigaban desde la
región central y, según Vargas Martínez, «había comprendido que debía hacerse
fuerte donde el enemigo era débil». Por ello, y a medida que el ejército
realista avanzaba hacia el este, se adentró en el inhóspito interior y
conquistó la provincia de Guayana, cuya capital, Angostura (hoy Ciudad
Bolívar), cayó en el mes de julio.
Ahora Bolívar estaba encerrado en el interior (situación que le
incomodaba) pero donde la mano de Morillo no podía llegar. Contaba con el río
Orinoco como vía de comunicación privilegiada, delante de él estaba la gran
sabana de Los Llanos y detrás, la selva amazónica. Aprovechó esa situación y
sin esperar más comenzó a construir el estado de la nueva república creando
instituciones como el Consejo de Estado, el de Gobierno o la Alta Corte de
Justicia y un órgano de prensa, El Correo del Orinoco. Allí también tuvo que
hacer frente a las primeras tentativas contra su autoridad ya que uno de sus
generales, Manuel Piar, intentó levantar contra él a los esclavos negros
liberados. Bolívar logró su captura, le formó un consejo de guerra y fue
fusilado en el mes de octubre. Fue entonces cuando Bolívar decidió convocar a
los representantes del país a un Congreso para redactar una Constitución en
Angostura, que se abrió formalmente en febrero de 1819.
§. La gran estrategia libertadora
Con una base estable en Angostura, Bolívar trazó una gran
estrategia que le permitiese llevar a cabo la ambición que desde hacía años
acariciaba: lograr no sólo la liberación de Venezuela, sino la de toda América
meridional y articularla políticamente en un solo estado. Primero intentó, a
comienzos del año 1818, abrirse paso hacia Caracas en la conocida como «Campaña
del Centro» y en la que pese a varios éxitos militares fue definitivamente
rechazado por Morillo. Si quería avanzar en su empresa tendría que ser más
audaz, y lo fue tanto que el enemigo jamás esperó el golpe con que finalmente
decidió atacar Bolívar. Contaba a su favor con que los adeptos a la causa de la
independencia crecían a gran velocidad, y ya no era algo coyuntural. Con sus
hechos de armas y sus escritos estaba logrando levantar un auténtico
sentimiento patriota en la población. Según Demetrio Ramos, Bolívar «sabía que
la diferencia capaz de asegurar el triunfo final consistía en que sus soldados
eran verdaderos patriotas y luchaban en su tierra, si bien también reclutó
extranjeros, sobre todo ingleses». Había recibido noticias de que uno de sus
generales, Francisco de Paula Santander, había organizado un importante
ejército cerca de Nueva Granada, y que otro, José Antonio Páez, había logrado
reunir una formidable fuerza de caballería. Era el momento de asestar el golpe
definitivo a Morillo.
En mayo envió a Páez a los valles de Cúcuta como maniobra de
distracción mientras él reunía sus más de dos mil soldados con los mil
trescientos de Santander y procedía a cruzar los Andes para atacar al enemigo
en Nueva Granada. Tan temeraria era la empresa que la hacía descabellada; los
españoles no podían esperar semejante estratagema y por eso habían concentrado
sus fuerzas para hacer frente a Páez y asegurar la tranquilidad en Venezuela.
Bolívar era consciente de todo ello. Mes y medio después ya había cruzado la
gran cadena montañosa y comenzaba una serie de enfrentamientos con los
realistas que culminaron en la batalla de Boyacá el 7 de agosto. El ejército
español fue derrotado y se capturó a todos sus jefes y oficiales, con lo que
toda la parte occidental de la América meridional quedó liberada, incluida
Bogotá. El virrey Juan de Sámano, al enterarse de lo ocurrido, abandonó la
capital apresuradamente, dejando allí el tesoro real intacto, calculado en un
millón de pesos de oro. Era el derrumbe sin paliativos de toda la
infraestructura militar e institucional española en Nueva Granada. Al
comprender lo beneficioso de la situación, Bolívar regresó a Angostura y
propuso al Congreso aprobar un proyecto de Constitución que fue admitido el 17
de diciembre de 1819. Ése fue el texto legal que fundó la República de
Colombia, la que los historiadores llaman hoy «Gran Colombia» ya que incluía a
las actuales Panamá, Colombia, Ecuador y Venezuela. De todos estos territorios
los dos primeros estaban ya liberados, quedaban pues los dos últimos. El
siguiente objetivo a batir era ahora la zona donde se concentraban las fuerzas
españolas de Morillo, entre las cordilleras, los llanos y el mar.
Pero de nuevo los sucesos de España volvían a dar un giro a la
situación. En enero de 1820 el militar español Rafael de Riego se sublevó en la
provincia de Cádiz contra el gobierno absolutista de Fernando VII. De forma
inesperada cayó el régimen absolutista y se restauró la Constitución de 1812.
Para los rebeldes americanos la noticia era doblemente buena. En primer lugar,
porque Riego se había levantado con las tropas de un ejército que estaba
destinado a luchar contra los independentistas americanos y que ya no cruzaría
el Atlántico. En segundo lugar, porque la repentina restauración del régimen
liberal dividió internamente no sólo a la sociedad y la clase política
españolas, con lo que el poder colonial quedaba todavía más debilitado, sino
también a las tropas españolas en América. Conscientes de esta debilidad, las
autoridades peninsulares se avinieron a negociar. El 25 de noviembre de 1820,
Bolívar y Morillo firmaron un armisticio en Trujillo (Venezuela), y al día
siguiente, un acuerdo de regularización de la guerra para suavizar las
condiciones de la «guerra a muerte» cuando volviesen a estallar las
hostilidades.
El armisticio apenas duró seis meses, durante los cuales Morillo
cedió el mando de las tropas realistas al general Miguel de la Torre y regresó
a España. De nuevo en guerra, el objetivo de Bolívar era ya Caracas, paso
necesario para liberar de una vez por todas Venezuela e incorporarla de forma
efectiva a la Gran Colombia. Los ejércitos de Bolívar y La Torre se encontraron
el 24 de junio de 1821 en el campo de Carabobo. La victoria del Libertador fue
absoluta gracias al despliegue brillante de las fuerzas de que disponía. El
ejército enemigo quedó destrozado. De hecho, La Torre tuvo que huir con una
parte reducida de sus hombres, perseguido por la caballería colombiana, a
Puerto Cabello, donde resistiría asediado hasta 1823. Bolívar entró en Caracas
el día 29 y permaneció el tiempo justo para dejar las cosas en orden. Su deseo
era aprovechar que había liberado Venezuela y que Nueva Granada estaba en calma
para atender el flanco débil de la República, el sur. Desde Bogotá marchó con
un ejército para acabar con las partidas realistas al mando del coronel Basilio
García en el límite meridional de Nueva Granada. Más allá esperaba el tercer
territorio a incorporar a la República, Ecuador, donde resistían también las
fuerzas españolas.
§. La epopeya andina: Ecuador, Perú y Bolivia
En 1822 dos ejércitos colombianos marchaban hacia Quito. Desde
el norte avanzaba Bolívar, que había vencido a García en Bomboná el 7 de abril.
Desde el sur lo hacían las tropas al mando de uno de sus hombres de más
confianza, el general venezolano Antonio José de Sucre. Éste se enfrentó a los
realistas en Pichincha el 24 de mayo, liberando definitivamente Ecuador de la
presencia militar española. Ese mismo día lograba por fin entrar Bolívar en
Quito y añadir Ecuador a la República de Colombia. Permaneció allí varias
semanas decidiendo cuáles deberían ser sus siguientes pasos. Tras calcular
detenidamente si efectuar su plan de intervenir en Perú, que a esas alturas era
el gran núcleo realista que subsistía en Sudamérica, decidió llevarlo a la
práctica, en parte porque era el único escollo que quedaba para lograr el sueño
de una independencia de todo el continente, y en parte porque consideró que la
Gran Colombia no tendría nunca estabilidad mientras existiese un poder español
con sede en Lima.
Pero de Quito Bolívar no sólo se llevó la victoria. Allí conoció
a la mujer que más le marcaría desde el fallecimiento de su esposa, Manuela
Sáenz. Bolívar no había vuelto a contraer matrimonio, pero había mantenido
relaciones con varias mujeres. El caso de Manuela sería distinto, puesto que
fue la relación más duradera que mantuvo. Esta quiteña era hija natural de un
español y su amante americana. A los veinte años contrajo matrimonio con un
aburrido comerciante británico afincado en Perú, James Thorne, que la llevó a
vivir a aquellas tierras. Estaba casualmente en Quito en compañía de su padre
cuando entró el Libertador victorioso. Se enamoraron y ella se convirtió,
además de en su apoyo, en una de las primeras defensoras públicas de la persona
y obra de Bolívar, pese a que pasaron por numerosos vaivenes afectivos. En
palabras de Lynch, «la relación, que había comenzado en el baile con motivo de
la victoria, sobrevivió a las separaciones, la distancia, las peleas y a sus
propios temperamentos, igualmente apasionados, y entró para siempre en la
historia…».
Para intervenir en Perú era necesario concertar esfuerzos con el
general José de San Martín, que ya estaba allí trabajando por la independencia
pero que sólo había obtenido un éxito parcial. El militar argentino, que había
logrado la independencia de Argentina, Uruguay y Chile, tenía la misma visión
global de la situación que Bolívar, al considerar necesaria la total expulsión
de los españoles como único método para garantizar la independencia americana.
Por ello se encontraron en Guayaquil en julio de 1822. Aunque no se tienen
testimonios directos de lo tratado por ambos, los acontecimientos de las
siguientes semanas hicieron evidente que habían trazado a grandes rasgos un
plan conjunto para liberar Perú. La situación de este virreinato era muy
incierta ya que las autoridades republicanas se hallaban en una situación muy
apurada y los realistas contaban con notables apoyos sociales y bases de
operación territoriales. En semejante trance, el Congreso de Perú llamó
formalmente a Bolívar para que acudiese en su ayuda a mediados de 1823. En
septiembre ponía pie en el puerto de El Callao y de inmediato comenzaba a
organizar las tropas de los independentistas para pasar a la lucha.
Pero una vez más un golpe inesperado vino a complicar una
situación que no era fácil. La guarnición de El Callao se pasó al bando
realista y pocos días después tomó Lima, la capital. El Congreso, ante la
gravedad de la situación y la evidencia de que tendría que disolverse para
salvar la vida de sus miembros, decidió conceder a Bolívar plenos poderes y el
título de dictador. Bolívar reunió las fuerzas independentistas (un ejército
compuesto por colombianos, argentinos y peruanos) y emprendió una ofensiva estratégica,
que culminó con su victoria sobre los realistas en Junín, el 6 de agosto de
1824. Pero éstos no estaban vencidos del todo y comenzaron a reorganizarse en
el interior. Bolívar no acudió personalmente a la persecución de los españoles,
sino que permaneció organizando el futuro político del país, ante las
interminables disensiones de los políticos peruanos, y velando por la
estabilidad de los territorios recientemente emancipados. Como afirma Demetrio
Ramos, «en la última fase de la campaña del Perú, Bolívar, absorbido por
preocupaciones de toda índole, confió el mando del ejército a Sucre, en cuyas
dotes militares confiaba tanto como en su fidelidad. Este último no defraudó
las esperanzas del Libertador…». Efectivamente, el 9 de diciembre de 1824,
Sucre obtuvo la victoria definitiva en Ayacucho, donde derrotó al ejército que
dirigía el propio virrey La Serna. Fue la última batalla por la independencia,
el poder español en Sudamérica había sido finalmente derrotado y el virrey
aceptó regresar a España con la parte de su ejército que así lo desease. Pese a
que el general realista Olañeta no aceptó la derrota y se declaró dispuesto a
resistir en el Alto Perú (la actual Bolivia), su asesinato en abril de 1825,
cuando Sucre ya avanzaba para someterle, disipó cualquier sombra de resistencia
realista.
Sólo dos días antes de la batalla de Ayacucho, Bolívar envió una
invitación a los gobiernos independientes de Colombia, México, Centroamérica,
Chile y Río de la Plata para reunirse en 1826 en Panamá con el objetivo de
entablar negociaciones para hacer una gran confederación de estados
hispanoamericanos desde Texas hasta Cabo de Hornos, desde la Patagonia hasta
California. Era el gran sueño de la unión americana con el que tanto tiempo
había fantaseado y que finalmente no llegó a realizarse, ya que a la cita no
acudieron todos los invitados y los acuerdos que se tomaron no fueron ni lo
ambiciosos ni lo sólidos que él habría deseado.
Después de Ayacucho Bolívar se presentó ante el Congreso peruano
para renunciar a la dictadura, como también lo hizo al millón de pesos de oro
que le ofreció el mismo como recompensa. Aún permaneció tiempo en aquellas
latitudes al encargarse de la organización política del Alto Perú. Ordenó
reunir a una asamblea para que decidiese sobre el futuro del país y ésta
declaró la independencia de la república el 6 de agosto de 1825. Cinco días
después tomaría el nombre de República Bolívar (más tarde modificado por
Bolivia). Además, el Libertador redactaría un proyecto de Constitución para la
nueva república que le haría llegar en mayo de 1826. Pero para entonces Bolívar
tenía ya nuevas y acuciantes preocupaciones.
§. El final de un sueño
La situación en la Gran Colombia se había ido deteriorando desde
su partida. La desconfianza mutua entre venezolanos y neogranadinos, los
regionalismos arraigados y las rencillas entre los altos mandos que el
Libertador había dejado al cargo de cada región, Santander en Nueva Granada y
Páez en Venezuela, habían llevado a este último a comenzar un movimiento
secesionista en abril de 1826. El gran artífice de la independencia decidió
emprender el regreso hacia el norte, y en diciembre se presentó en Maracaibo,
donde dictó un decreto por el que declaró que Venezuela quedaba bajo su mando
personal. Esta vez su prestigio fue suficiente para apagar la revuelta y entró
triunfante en Caracas el 12 de enero de 1827. Sería la última vez.
Partió después a Bogotá para asumir la presidencia de la
república, lo que le valió la enemistad de Santander, que durante su ausencia
la había estado ejerciendo interinamente. Para limar las asperezas entre el
partido que le era favorable y los partidarios de Santander convocó un Congreso
en Ocaña (Colombia) en 1828 que fracasó al no ser capaz de consensuar una nueva
Constitución para la Gran Colombia. Ante la descomposición política galopante,
Bolívar acudió a una opción ya ensayada otras veces: en agosto asumió la
dictadura para poner orden en la situación e intentar salvar su obra política.
Fue entonces cuando tuvo lugar el célebre complot para
asesinarle. La idea del grupo liderado por Pedro Carujo era adentrarse en el
palacio de San Carlos, sede del gobierno, la noche del 25 de septiembre y
asesinarle mientras dormía. Pero Manuela Sáenz, que se encontraba con Bolívar,
alarmada porque sucedía algo irregular, avisó a su amante para que huyera.
Mientras, ella salió al encuentro de los conspiradores y les plantó cara,
logrando entretenerles lo suficiente para que la víctima del plan escapase descolgándose
por una ventana. A raíz de ese episodio él le concedió el título de
«Libertadora del Libertador». Pero su más firme defensora también le puso en
algún aprieto ese mismo año. Enojada por el acoso de Santander, ordenó a una
compañía de granaderos fusilar una efigie del vicepresidente, lo que ocasionó
un sonoro escándalo político por el que Bolívar tuvo que rendir cuentas. En una
carta a uno de sus amigos más cercanos, el general José María Córdova, en la
que explicaba lo sucedido, dice: «Usted la conoce de tiempo atrás. Yo he
procurado separarme de ella…». Pero no podía. Bolívar estaba prematuramente
envejecido, con evidentes síntomas de agotamiento físico y moral, y ya no podía
prescindir de uno de los pocos apoyos que le quedaban.
1829 no trajo mucha más tranquilidad. Un nuevo problema vino a
acaparar su atención. Fuerzas de Perú ocuparon zonas de Ecuador en la que era
la primera guerra entre las repúblicas hermanas y un paso más en la
descomposición del proyecto político que tanto le había costado levantar y que
tan fugaz estaba resultando. Le llevó prácticamente todo el año expulsarlas.
Pero en cuanto abandonó Bogotá, Santander y Páez volvieron a las andadas; este
último declaró la separación formal de Venezuela de la República de Colombia.
Alarmado por la situación, Bolívar regresó y convocó un nuevo Congreso
constituyente, en el que esta vez no participaría, que permitiese aclarar la
situación. Renunció a todos sus poderes irrevocablemente y comenzó un último
viaje: el exilio.
Profundamente decepcionado y convencido de que empezaba a ser un
problema, quizá pensó, como muchos años atrás antes de partir para Jamaica, que
era mejor expatriarse que ser un factor de división entre los republicanos.
Recibió la noticia de que varias fuerzas del ejército se habían levantado a su
favor, pero no cambió de opinión. Cuando llegó a Cartagena de Indias encajó
otro golpe, la noticia de que Sucre, uno de sus últimos leales, había sido
asesinado en Ecuador. Su salud, muy quebrantada, recayó. Aceptó la oferta de
hospitalidad del español Joaquín de Mier para pasar su convalecencia
descansando en su finca de San Pedro Alejandrino, cerca de Santa Marta, frente
al Caribe. Allí murió agotado el 17 de diciembre de 1830, tras haber dictado su
última proclama en la que suplicaba que se trabajase por la unidad de la Gran
Colombia, afirmando: «Si mi muerte sirve para que cesen los partidos y se
consolide la Unión, bajaré tranquilamente al sepulcro».
Durante sus cuarenta y siete años de vida recorrió noventa mil
kilómetros (equivalentes a dos vueltas y media al mundo por el Ecuador),
escribió en torno a diez mil cartas, ciento ochenta y nueve proclamas, veintiún
mensajes, catorce manifiestos, dieciocho discursos, una breve biografía (del
general Sucre) e intervino o inspiró directamente cuatro Constituciones. Sin
embargo su gran obra quedaba inconclusa. Había logrado hacer realidad la
independencia de gran parte de Sudamérica, pero no había logrado articular
políticamente la nueva realidad que había emergido tras la liquidación del
poder colonial. Pero no todo había sido en balde. Lo mucho que había hecho
palidece ante los ideales de libertad y solidaridad latinoamericana que habían
prendido en toda América y que no morirían con él.
Capítulo 28
Charles Darwin
Contenido:
§. El padre de la biología moderna
§. A bordo del Beagle
§. El regreso a Inglaterra de un científico admirado
§. El Origen de las especies y sus consecuencias
§. El padre de la biología moderna
De vez en cuando escuchamos contar en un informativo o leemos en
un periódico la noticia del hallazgo de los restos de un nuevo homínido que
ayuda a completar el mapa del largo proceso evolutivo del hombre. La reacción
suele ser de interés y curiosidad, pero en ningún caso de irritación u ofensa.
Y es que en nuestros días casi nadie duda de la existencia del proceso
evolutivo de las especies. Sin embargo, cuando hace poco más de ciento
cincuenta años el científico inglés Charles Darwin se atrevió por primera vez a
formular públicamente esta idea, la mayor parte de sus contemporáneos vieron en
él a un loco o a un degenerado. La publicación de El origen de las especies en
1859 pulverizó la biología clásica y puso de manifiesto la necesidad de separar
ciencia y religión si verdaderamente se quería que la primera avanzase. Gracias
a sus teorías sobre la evolución de las especies naturales, Darwin terminaría
convirtiéndose en el padre de la biología contemporánea, pero el proceso que le
llevó a ello no fue menos apasionante que su asombroso resultado.
Si algo caracterizaba a la sociedad inglesa de comienzos del
siglo XIX en que nació y creció Charles Robert Darwin era su fuerte
conservadurismo. Por entonces Inglaterra era el país industrialmente más
avanzado de Europa, pero desde el punto de vista social las desigualdades eran
enormes y el poder político y económico se encontraba controlado por una
minoría cuyo conservadurismo moral y religioso formaba parte de su definición
como grupo social. La familia de Darwin pertenecía a esa élite burguesa y conservadora
y en esos principios fue educado. Darwin nació en la localidad inglesa de
Shrewsbury el 12 de febrero de 1809. Su madre, Susannah Darwin, estaba enferma
por lo que una buena parte del peso de su educación doméstica recayó en su
padre, Robert Darwin. Al igual que su padre, Erasmus Darwin, Robert era un
reputado médico, por lo que la relación de Charles con el mundo de la ciencia
fue desde su infancia algo natural y cotidiano. De hecho sintió gran admiración
tanto por su padre como por su abuelo, cuyas investigaciones sobre la
naturaleza, parcialmente enunciadas en su obra Zoonomía, terminarían influyendo
en las posteriores ideas biológicas de su nieto.
Darwin creció sin grandes preocupaciones. Su familia disponía de
un sólido patrimonio que le aseguraba el disfrute de todo lo necesario, aunque
probablemente el carácter sensible de Charles no siempre se sintió confortado
por el estricto modo en que su padre le educaba. Quizá por ello y quizá también
porque con sólo ocho años perdió a su madre, Darwin desarrolló una personalidad
tendente a la soledad y la introversión que encontraba en los paseos y
excursiones por el campo su actividad más satisfactoria. Tal y como
correspondía a un niño de su extracción social, al cumplir los trece años fue
enviado a la escuela de Shrewsbury para iniciar su formación académica, lo que
habría de convertirse en una experiencia menos brillante de lo esperable para
un hombre de su capacidad. La educación tradicional de la época se basaba en la
memorización de aquello que debía aprenderse. A Darwin le resultaban
insoportablemente aburridas las lecciones de historia y lenguas clásicas, y en
lugar de repetirlas sin cesar, en cuanto disponía de un rato libre prefería
dedicarse a cazar y montar a caballo. Sus calificaciones reflejaban su falta de
interés y sólo las disciplinas relacionadas con la ciencia conseguían llamar su
atención. Aun así, como él mismo recordaría en su Autobiografía, «tenía
aficiones sólidas y variadas y mucho entusiasmo por todo aquello que me
interesaba, y sentía un placer especial en la comprensión de cualquier materia
o cosa compleja».
Pero Darwin no era un buen estudiante y su escasa preocupación
por los estudios, unida a su cada vez mayor dedicación a la caza y la
equitación, preocupaban a su padre, que empezó a pensar que podía convertirse
en un joven ocioso. Como recuerda el profesor de Biología Gene Kritsky, «ponía
las botas justo al lado de su cama para que cuando se levantase por la mañana
pudiese meter los pies directamente en ellas, coger su escopeta y salir a
cazar. No quería perder un solo instante». Convencido de la necesidad de
encontrar una ocupación para su hijo, Robert Darwin decidió enviarle en 1825 a
la Universidad de Edimburgo para que continuase con la tradición familiar de
hacerse médico. Charles tenía dieciséis años y en los dos cursos en que
permaneció en la universidad continuó sin encontrar una vocación. La medicina
no le interesaba tanto como para dedicarle el tiempo que requería su estudio, y
además, como reconoció años más tarde, estaba convencido de que no necesitaría
vivir de su profesión: «Me convencí, por diversas circunstancias, de que mi
padre me dejaría una herencia suficiente para subsistir con cierto confort, si
bien nunca imaginé que sería tan rico como soy; sin embargo, mi convicción fue
suficiente para frenar cualquier esfuerzo persistente por aprender medicina».
Por otra parte, el método de lecciones magistrales seguido por la mayor parte
de sus profesores le desagradaba ya que prefería la enseñanza basada en la
lectura y, para colmo de males, las dos ocasiones en que se vio obligado a
asistir a intervenciones quirúrgicas (una de ellas la de un niño) le
impresionaron tan profundamente (aún no se empleaba cloroformo para dormir a
los pacientes) que salió huyendo antes de que concluyeran. Como él mismo diría,
«nunca más volví a asistir a una, pues ningún estímulo hubiera sido
suficientemente fuerte como para forzarme a ello».
Aunque la relación de Darwin con la medicina no era precisamente
buena, durante los dos años que pasó en Edimburgo tuvo la ocasión de tratar con
algunos de los más destacados naturalistas de la época, especialmente Robert
Grant, cuyo interés por la zoología marina compartían. Ambos solían salir a
buscar animales en las charcas que se formaban por las mareas para después
diseccionarlos, y dado que Grant era un gran admirador de las teorías
transformistas del francés Lamarck («transformismo» era el término empleado
entonces para referirse al evolucionismo), puso a Darwin en contacto con ellas.
La influencia que recibió de ello no parece que fuese determinante, si bien él
mismo reconocería que de algún modo contribuyó a crear el caldo de cultivo del
que más tarde saldría su teoría sobre la evolución de las especies: «Un día,
mientras paseábamos juntos, expresó abiertamente su gran admiración por Lamarck
y sus opiniones sobre la evolución. Le escuché con silencioso estupor y, por lo
que recuerdo, sin que produjera ningún efecto sobre mis ideas. Yo había leído
con anterioridad la Zoonomía de mi abuelo, en la que se defienden opiniones
similares, pero no me había impresionado. No obstante, es probable que al haber
oído ya en mi juventud a personas que sostenían y elogiaban tales ideas haya
favorecido el que yo las apoyara, con una forma diferente, en mi Origen de las
especies».
Pero la disección de ejemplares zoológicos marinos no era lo que
había motivado la presencia de Darwin en la universidad. Para desesperación de
su padre, el estudio de la medicina, atendiendo a sus pobres resultados, no
parecía una disciplina en la que Darwin pudiese encontrar una profesión, por lo
que decidió proponerle el que entonces era un buen camino para un joven de su
condición: el inicio de una carrera eclesiástica en el Christ’s College de
Cambridge. No se trataba de una cuestión de vocación religiosa sino de una vía
para el desarrollo de una carrera acorde con su posición social. Darwin
reflexionó sobre la propuesta. Por un lado, el anglicanismo no impedía a sus
ministros el desarrollo de una vida familiar y, por otro, aún era creyente, de
modo que resolvió seguir el consejo de su padre y en 1828 ingresó en la
Universidad de Cambridge. La vida universitaria resultaba francamente agradable
para un chico de veintidós años pues, lejos del control de su padre, además de
estudiar encontró tiempo para divertirse. Así, como indica el biólogo y
biógrafo de Darwin, Francisco Pelayo, «durante su estancia en esta institución
continuó practicando sus deportes favoritos, la caza y cabalgar campo traviesa,
no privándose de juergas nocturnas con sus correspondientes borracheras,
cánticos intempestivos e interminables partidas de cartas». Además, los
estudios que cursaba le obligaban a ocuparse de materias que despertaban su
interés como la geometría y, sobre todo, la teología natural, en la que, entre
otras cuestiones, se estudiaba la adaptación de los seres vivos al medio
ambiente.
Sin embargo fue su encuentro con la botánica a través del
profesor John Stevens Henslow lo que habría de dejar una huella más profunda en
la formación de su espíritu científico. Henslow era un excelente docente,
apasionado por su objeto de estudio y capaz de transmitir su entusiasmo a los
estudiantes que acudían a sus clases. Para ellos solía organizar excursiones al
campo y a los ríos cercanos para disertar sobre el terreno acerca de las
plantas y animales que encontraban. Pocas cosas podían ser más del gusto de
Darwin, que terminó por convertirse en compañero inseparable de su maestro.
Comenzó a coleccionar con auténtica avidez insectos —sobre todo escarabajos— y
plantas, y convencido por Henslow empezó a estudiar geología con el profesor
Adam Sedgwick. Aun así, nada le interesaba más que el estudio de las especies
animales, de modo que devoraba las obras sobre biología e historia natural y
hacía constantes salidas para recoger especímenes aunque, como recuerda su
biógrafa Rebecca Stefoff, no siempre con éxito: «Cogía un escarabajo con una
mano y después veía otro y lo cogía con la otra. Si luego veía otro más que le
interesaba mucho, acababa por meterse uno en la boca mientras tomaba el
tercero. Pero si el que se metía en la boca tenía un sabor desagradable, lo
escupía y a la vez soltaba el último, de modo que acababa con un solo
escarabajo y un horrible sabor de boca».
Finalmente Darwin obtuvo su licenciatura en Teología en 1831,
pero sus intereses estaban claramente centrados en la historia natural y la
geología. La buena relación desarrollada con el geólogo Adam Sedgwick durante
sus años de estudio fue la causa de que, una vez licenciado, éste le invitase a
acompañarle a una excursión por el norte de Gales para estudiar terrenos
geológicos antiguos, con lo que Darwin pudo convertirse en un experto geólogo
en la práctica sobre el terreno. Ambos fijaban rutas que seguían por separado,
estudiaban las formaciones geológicas que encontraban y recogían fósiles y
rocas para después comparar sus resultados. La experiencia adquirida entonces
por Darwin habría de resultarle muy útil en el futuro, pues a su regreso a
Shrewsbury le aguardaba la experiencia más importante de su vida científica, un
viaje marítimo alrededor del mundo digno de una novela de Julio Verne.
§. A bordo del Beagle
Tras regresar de Gales, Darwin, que preparaba unas jornadas de
caza en Shrewsbury, recibió una inesperada carta de su maestro Henslow. En ella
le comunicaba que el barco de Su Majestad Británica Beagle iba a realizar un
viaje de circunnavegación por las costas de Sudamérica y las islas del Pacífico
para llevar a cabo un estudio cartográfico. Cuando llegó a su conocimiento que
se necesitaba a un experto en historia natural que se encargase de su estudio
durante el viaje, Henslow no dudó en recomendar al joven Darwin para la tarea.
No es difícil imaginar todo lo que debió de pasar por la cabeza de Darwin: la
excitación por la increíble posibilidad de estudio que se le ofrecía, la
sorpresa por lo inesperado y el temor ante lo desconocido. Deseaba embarcarse en
la aventura del Beagle, pero al tiempo sabía que para hacerlo tendría que
vencer un duro obstáculo, la oposición de su padre. Como indica en este sentido
el historiador de la ciencia Richard Milner, «realmente, el doctor Darwin tenía
miedo de perder a su hijo. Miles de jóvenes se lanzaban a la aventura durante
los días del Imperio colonial británico y muchos de ellos no volvían. Intentó
por todos los procedimientos convencer a su hijo de que no era una buena idea,
pero cuando se dio cuenta de que Charles estaba decidido, le dijo que si
encontraba una sola persona de sentido común que apoyara esa loca idea le daría
su autorización». Afortunadamente para Darwin esa persona fue su tío Josia
Wedgwood. Darwin había preparado ya la carta de contestación rechazando la
propuesta y, consecuentemente, se dirigió a la localidad de Maer para continuar
con sus planes de cacería. Su tío, que compartía los días de caza con Darwin,
al enterarse de la situación, se ofreció a llevarle de regreso a Shrewsbury y
hablar con su padre para convencerle. Al día siguiente un Darwin exultante
salía hacia Londres para entrevistarse con el capitán del Beagle, Robert
FitzRoy.
FitzRoy era un hombre de carácter áspero e ideas fijas. Estaba
convencido de que las características físicas de las personas estaban
relacionadas con su forma de ser y sus capacidades, de modo que cuando conoció
a Darwin pensó que, dada la forma y tamaño de su nariz, no era adecuado para el
puesto vacante. Sin embargo, sus buenos modales y cuidada educación le
agradaron y tras las dudas iniciales terminó por aceptarle como compañero de
viaje. En su Autobiografía Darwin recordaría las dificultades para lograr su
objetivo al tiempo que valoraba la enorme importancia que llegó a tener el
viaje: «El viaje del Beagle ha sido con mucho el acontecimiento más importante
de mi vida, y ha determinado toda mi carrera; a pesar de ello dependió de una
circunstancia tan insignificante como que mi tío se ofreciera para llevarme en
coche las treinta millas que había hasta Shrewsbury, cosa que pocos tíos
hubieran hecho, y de algo tan trivial como la forma de mi nariz». Aún hubo de
esperar dos largos meses antes de comenzar el viaje, en los que el temor fue
ganando poco a poco al científico. El Beagle no era una embarcación muy grande
ni muy segura. Se trataba de un bergantín de 242 toneladas, 10 cañones y 25
metros y medio de eslora. El camarote que debía compartir con FitzRoy era
pequeño y no cabía en él erguido, la tripulación de más de setenta hombres le
resultaba por completo desconocida y el viaje prometía ser muy, muy largo. La
angustia llegó a producirle molestias de corazón pero, pese a todo, estaba
decidido a seguir adelante con su aventura.
El 27 de diciembre de 1831, el Beagle zarpaba del puerto de
Plymouth rumbo a las islas Canarias y de allí se dirigió a la isla de Santiago,
en el archipiélago de Cabo Verde. Se iniciaba así un viaje en el que Darwin
podría llegar a sus propias conclusiones sobre las teorías vigentes acerca de
la historia de la geología y de la aparición de las especies que había
estudiado en la universidad. A comienzos del siglo XIX, todas las explicaciones
relativas a ambas cuestiones se vinculaban de una forma u otra al relato
bíblico de la Creación, desarrollando razonamientos de toda clase que permitían
salvar las inevitables contradicciones entre los descubrimientos científicos y
el relato sagrado. Entre quienes se dedicaban a la historia de la Tierra
existían fundamentalmente dos corrientes de pensamiento: la de los
«catastrofistas», que creían que en el pasado se habían producido inundaciones
periódicas que explicaban la extinción de ciertas especies, la última de las
cuales había sido el Diluvio universal del Antiguo Testamento, y la de los
«actualistas», que consideraban que los cambios sufridos por la Tierra en el
pasado se debían a las mismas causas que producían los cambios contemporáneos,
y en ambos casos se daban a un idéntico ritmo lento y gradual. Por otra parte,
las teorías sobre la aparición y extinción de las especies, aunque con
variaciones, eran mayoritariamente creacionistas, es decir, afirmaban que las
especies naturales habían sido creadas por Dios conservando desde ese momento
la misma forma. Sólo unas pocas voces, como la de Lamarck, habían empezado a
apuntar hacia explicaciones no creacionistas del origen de las especies. Con
todo ese bagaje abordaba Darwin la experiencia que le ofrecía su viaje.
Durante su estancia en la isla de Santiago Darwin pudo poner a
prueba sus conocimientos de geología, comprobando sobre el terreno que las
teorías defendidas por los geólogos actualistas frente a los catastrofistas
eran acertadas. Estableció una rutina de trabajo incansable. Iba a todas las
excursiones que podía para observar las formaciones geológicas de los distintos
lugares. Recogía muestras de minerales, fósiles, plantas y animales y las
clasificaba con minuciosidad. Además, dedicaba buena parte de su jornada a
anotar con todo detalle lo que había visto, lo cual se tradujo en un
completísimo diario que no sólo enviaba a su familia junto con la
correspondencia en cuanto tenía oportunidad, sino que más adelante llegaría a
publicarse por la valiosísima información que contenía. Desde Cabo Verde el
Beagle partió hacia Brasil para dar comienzo a dos años de constantes viajes
por las costas occidentales y orientales de Sudamérica. En Argentina, tras
vencer las reticencias del dictador Juan Manuel de Rosas, que pensó que era un
espía, Darwin logró autorización para adentrarse en Tierra de Fuego. Escoltado
por un grupo de gauchos a caballo pudo observar a los indígenas y su entorno
durante varios días, lo que le impresionó enormemente. Como afirma el profesor
James Moore, «no estaba preparado para la forma semianimal y primitiva en que
vivían, ni para su desnudez ni para el modo en que dormían apretujados contra
el suelo. A duras penas podía entender que un mismo Dios hubiese creado a seres
humanos entre los que existía tanta diferencia como la que había entre los
indígenas y él mismo o los profesores que bebían jerez en Cambridge». Todo lo
que iba encontrando a su paso contribuía a debilitar las teorías aceptadas por
la mayor parte de científicos de su tiempo sobre la historia natural, y al
tiempo creaba en él la certidumbre de que otra explicación menos ortodoxa se
abría paso desde la experiencia.
En la Pampa argentina encontró y documentó fósiles de
gigantescos mamíferos extinguidos que serían esenciales para llegar a sus
conclusiones sobre el evolucionismo de las especies naturales. Pero de todo el
viaje probablemente fue en las islas Galápagos donde halló las más importantes
y numerosas evidencias que le llevarían a ellas. Sus observaciones de la fauna
autóctona, especialmente sobre los distintos tipos de pájaros pinzones y
tortugas, lo convencieron de los procesos de transformación de las especies a
partir de antepasados comunes. Recabó una ingente cantidad de datos sobre
animales y plantas de las islas y continuó su viaje hasta llegar a Australia.
Los cinco años que duró la travesía del Beagle fueron para
Darwin una experiencia inolvidable. Como científico había tenido a su
disposición el mayor y más completo de los laboratorios, la naturaleza en
estado puro. Su titánica tarea le había consagrado como naturalista y geólogo
en Inglaterra, pues mientras duró el viaje envió periódicamente muestras de
todo lo que recogía al profesor Henslow, que difundió entre la comunidad
científica sus hallazgos y conclusiones. Pero algo en su interior había cambiado,
su concepción de la generación y desarrollo de la vida ponía en entredicho
todas las teorías aceptadas y sabía que, antes o después, sus ideas terminarían
teniendo graves consecuencias.
§. El regreso a Inglaterra de un científico admirado
El 2 de octubre de 1836 el Beagle fondeó en Inglaterra. Darwin
había vuelto a su tierra natal y su retorno se esperaba con auténtica
expectación. Después de reencontrarse con los suyos una breve temporada, se
afincó durante varios meses en Cambridge siguiendo el consejo de Henslow, pues
allí podría preparar la publicación de los diarios de su viaje que todos los
naturalistas ingleses esperaban con inquietud. La Geological Society de Londres
no tardó en reclamar su presencia, por lo que trasladó su residencia a esta
ciudad durante dos años en los que, mientras preparaba varios volúmenes sobre
los resultados de su expedición científica, participó en las reuniones y
conferencias de la institución, e incluso llegaron a nombrarlo secretario.
Asimismo, tomó parte en las reuniones de la Zoological Society exponiendo los
resultados de sus estudios sobre fauna sudafricana viva y extinguida. La
estrecha colaboración con algunos de los más reputados biólogos del momento,
como Richard Owen, George R. Waterhouse, Thomas Bell…, permitió la publicación
de diecinueve volúmenes sobre sus conclusiones entre 1838 y 1843. La síntesis
sobre sus observaciones geológicas habría de esperar hasta 1846. Éstas y todas
las publicaciones relativas a su viaje tuvieron gran éxito y fueron
públicamente aclamadas por los principales científicos de la época.
En medio de ello, en 1839, Darwin contrajo matrimonio con su
prima Emma Wedgwood. La fortuna de ambos les permitió llevar una vida muy
acomodada y tranquila que favorecía la incesante actividad intelectual de
Darwin. Instalaron su residencia en un pequeño pueblo a veinticinco kilómetros
de Londres, Down, y llegaron a tener diez hijos, de los que sobrevivieron
siete. La vida cotidiana de los Darwin discurría sin grandes sobresaltos,
aunque la salud del científico nunca fue buena. Parece probable que contrajese
algún tipo de enfermedad durante su largo viaje, lo que terminaría limitando
mucho su vida social. Los esfuerzos de Darwin se centraban en su familia y en
el avance de sus investigaciones. La relación con sus hijos era, contrariamente
a los usos habituales, muy afectuosa, y así llegaría a plasmarlo por escrito:
«Me he sentido inmensamente feliz en mi casa y debo deciros a vosotros, mis
hijos, que ninguno me habéis ocasionado nunca ni un minuto de ansiedad, excepto
por motivos de salud. (…) Cuando erais muy pequeños mi mayor deleite era jugar
con vosotros, y pienso con añoranza que esos días ya no pueden volver. Desde
vuestra niñez hasta ahora, que sois adultos, todos vosotros, hijos e hijas,
habéis sido siempre atentos, considerados y afectuosos con nosotros y entre
vosotros. Cuando todos, o la mayoría de vosotros estáis en casa (como gracias
al cielo sucede muy frecuentemente), ninguna reunión puede ser para mí más
agradable, y no deseo otra compañía».
También la relación con Emma era muy estrecha pues encontró en
ella una esposa que le cuidaba con atención y sabía comprenderle. De Emma
llegaría a decir: «Me maravilla mi buena suerte de que ella, tan infinitamente
superior a mí en cualidades morales, consintiera en ser mi esposa». Emma era
una mujer fervientemente religiosa y siempre estuvo preocupada por las
consecuencias que en ese terreno podían tener las teorías de Darwin. Aun así
fue siempre respetuosa con su labor científica si bien, ya desde poco antes de
contraer matrimonio, había dejado claros sus principios y temores en una carta
en la que se sinceraba al respecto: «Espero que las investigaciones científicas
de no creer nada hasta que no está probado, no influencie tu mente demasiado en
otras cosas que no se pueden probar de la misma manera, y que si son verdaderas
es probable que estén por encima de nuestra comprensión».
Los temores de Emma Wedgwood no eran infundados. Desde su
regreso del viaje a bordo del Beagle, Darwin estaba convencido de que las
especies naturales se modificaban gradualmente con el paso del tiempo. Asimismo
sabía que tales modificaciones no dependían ni de agentes externos ni de la
voluntad de los organismos, pero no terminaba de discernir el mecanismo al que
respondían los cambios. La respuesta llegó en el otoño de 1838 de la mano de la
lectura del Ensayo sobre el principio de la población del sociólogo y
economista Thomas Malthus. Como explica el profesor Francisco Pelayo, «aplicada
la doctrina de Malthus a los reinos vegetal y animal, venía a decir que dado
que en la naturaleza se producían más individuos de los que podían sobrevivir,
era necesario que hubiera una competencia o lucha entre individuos de la misma
especie, de especies diferentes y de todos contra las condiciones del medio
externo. En las circunstancias provocadas por la lucha por la existencia, las
variaciones favorables tendían a conservarse y las desfavorables a extinguirse.
El resultado era la formación de nuevas especies». Darwin había hallado la
clave explicativa de los cambios de los organismos: en la naturaleza obraba un
mecanismo de selección natural que tenía lugar a través de un proceso de lucha
por la existencia, o lo que es lo mismo, las especies naturales evolucionaban
para mejorar su adaptación. Las especies mejor adaptadas sobrevivían, las peor
adaptadas terminaban por extinguirse.
En junio de 1842 resumió sus conclusiones sobre el evolucionismo
en un pequeño ensayo que ampliaría dos años más tarde, pero quizá el temor a
las consecuencias de lo que sus teorías planteaban le llevó a dejarlas en un
segundo plano. Entregó sus escritos en un sobre a Emma y le pidió que en caso
de que falleciese se encargase de publicarlos. Darwin sabía que con sus
planteamientos sobre el origen y evolución de las especies lanzaba una andanada
a la línea de flotación de las creencias religiosas sobre la creación de los
seres vivos, y eso, en la sociedad anglicana y conservadora de su tiempo, podía
costarle la reputación como científico y el aislamiento social para él y su
familia. Durante ocho años (hasta 1854 aproximadamente) centró sus esfuerzos en
el estudio de los moluscos y aunque continuó reflexionando sobre sus ideas
evolucionistas se cuidó de no publicarlas.
Pero un hecho fortuito le haría cambiar de opinión en 1856. Un
año antes, otro destacado naturalista, Alfred R. Wallace, había publicado un
artículo en el que esbozaba algunas de las mismas conclusiones a las que había
llegado Darwin sobre la evolución de las especies naturales. Su amigo, el
geólogo Charles Lyell, pese a ser contrario a sus ideas aconsejó a Darwin que
revisase sus escritos y los publicase antes de que otro colega le tomase la
delantera, de modo que cuando en junio de 1858 Darwin recibió un manuscrito
enviado por el mismo Wallace ya tenía prácticamente acabado su propio ensayo
sobre el asunto. Ambos científicos habían llegado a las mismas conclusiones sin
mantener contacto alguno y por vías diferentes, por lo que Lyell aconsejó a
Darwin que presentase el artículo de Wallace junto con una síntesis de sus
ideas de forma conjunta ante la comunidad científica londinense, ya que así los
dos investigadores compartirían la autoría del hallazgo. Los trabajos fueron
leídos en la Linnean Society de Londres pero no despertaron demasiada
expectación. Deseoso de ampliar sus explicaciones, una vez que se había
decidido a publicarlas, Darwin pensó que lo mejor sería abordar la tarea de
presentar sus teorías en una obra más extensa y clara. El origen de las especies
aparecía en el horizonte.
El Origen de las especies y sus consecuencias
Darwin era consciente de que la publicación de sus tesis
evolucionistas no iba a dejar indiferente a nadie, pero su inquietud como
científico le empujaba a hacerlo. Así, el 24 de noviembre de 1859 salieron a la
venta los primeros mil doscientos cincuenta ejemplares de su obra El origen de
las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas
favorecidas en la lucha por la existencia , y ese mismo día se agotaron. Lo
mismo sucedería con la segunda y tercera edición de 1860 y 1861. Un terremoto
científico sacudía toda Europa. La obra describía la teoría de la selección
natural, refutaba las posibles objeciones que se le podrían plantear y defendía
la evolución frente a las tradicionales explicaciones creacionistas. Al
desprenderse de toda explicación religiosa Darwin daba un salto en el vacío y
abría la puerta de la biología moderna. Nada tiene de raro que El origen de las
especies diese pie a todo tipo de controversias. Las ideas de Darwin fueron
criticadas hasta la saciedad y ridiculizadas en todo tipo de escritos y
caricaturas. Bajar al hombre del pedestal bíblico de la Creación para
convertirle en un animal más que había evolucionado a partir de especies
comunes con los primates no podía ser una tarea fácil. Especialmente sonado fue
el debate que tuvo lugar en Oxford en 1860 entre el arzobispo anglicano
Wilberforce y T. H. Huxley, seguidor de Darwin; a la pregunta hecha por el
primero de si el hombre descendía del mono por vía paterna o materna, el
segundo contestó: «Si tuviese que escoger, preferiría descender de un humilde
mono y no de un hombre que emplea sus conocimientos y su elocuencia en
tergiversar las teorías de aquellos que han consumido sus vidas en la búsqueda
de la verdad».
A pesar de todas las críticas y del inicial clima de rechazo de
su obra, Darwin continuó trabajando en la misma línea y así en 1868 publicó su
libro sobre Las variaciones de animales y plantas en estado de domesticación y
en 1871 se atrevió a publicar otro en que de forma detallada aplicaba sus tesis
evolucionistas al caso concreto del hombre, La descendencia del hombre y la
selección con relación al sexo . Sin embargo, cuando esta última obra vio la
luz no fue recibida como lo había sido su Origen de las especies. En algo menos
de dos décadas el clima social y científico se había modificado. Las tesis de
Darwin con su cuidada demostración habían empezado a ser aceptadas por muchos
científicos de la época tanto dentro como fuera de Inglaterra. Sus ideas continuaban
causando incomodidad en los estratos más conservadores de la sociedad pero de
forma progresiva fueron calando en el resto. Los hallazgos fósiles venían a
corroborar sus propuestas y el asombrado mundo de la ciencia comenzaba a darse
cuenta de que las aportaciones de Darwin habrían de marcar un antes y un
después en la Historia.
Las voces que se alzaban para criticar duramente a Darwin
continuaron haciéndolo durante mucho tiempo aún. Llegaron a formarse incluso
organizaciones científicas de carácter religioso en las que se pretendía
combatir las afirmaciones de Darwin y demostrar que la verdadera ciencia no
tenía por qué entrar en conflicto con las creencias cristianas. Pero los
planteamientos de Darwin parecían alimentarse de una fuerza imparable, la que
en buena medida les insuflaba su autor, que no dejó de publicar profundizando
en ellos hasta su muerte. Cuando ésta acaeció el 19 de abril de 1882, su
apenada esposa no podía llegar a creer que el gobierno inglés solicitase su
permiso para enterrar a Darwin junto con las grandes glorias nacionales en la
abadía de Westminster. Su tumba se ubicó junto a la de Isaac Newton. El
reconocimiento que le ofrecía la sociedad de su tiempo no podía ser mayor.
La obra de Darwin constituye uno de los legados más importantes
para la historia de la ciencia. Con su teoría de la evolución de las especies
naturales puso las bases de la biología moderna y consagró la secularización
del pensamiento científico. Pero más allá de eso Darwin consiguió que los
hombres cambiasen la percepción que habían tenido sobre sí mismos durante
siglos. La inclusión del ser humano en la naturaleza como un elemento más
sujeto a sus variaciones habría de traer consigo importantísimos cambios en la
antropología y la filosofía. Nuestras ideas actuales sobre la historia de la
humanidad se elevan sobre la obra de un hombre cuya fascinación por todo
aquello que le rodeaba fue tan grande como su deseo de encontrar una
explicación racional a lo que veía. Difícilmente una vida puede ser más
provechosa.
Capítulo 29
Karl Marx
Contenido:
§. El filósofo revolucionario
§. La educación de un joven de origen judío
§. De la agitación estudiantil a la revolución europea
§. Una madurez dedicada al estudio
§. Presencia política y escritura: los años finales
§. El filósofo revolucionario
Pocas figuras definidoras de nuestro tiempo han sido tan
controvertidas como la de Karl Marx, en buena medida por las lecturas, usos y
abusos que se hicieron de su obra tras su muerte más que por lo que realmente
hizo o escribió. Al mismo tiempo es posiblemente una de las figuras que recogen
con mayor exactitud los problemas y las contradicciones del siglo XIX europeo.
Filósofo, economista, periodista, historiador, político…, pocos campos
escaparon a la curiosidad y la actividad de un hombre movido por un afán
indestructible, comprender la realidad que le rodeaba para cambiarla. Gran
parte de su talento residió en que fue capaz de condensar las inquietudes
intelectuales de su tiempo, de exponerlas con claridad y de darles respuestas;
en que supo vislumbrar qué fuerzas estaban actuando para modelar el mundo nuevo
surgido de la Revolución francesa y la Revolución industrial, e intentó dar una
solución a las graves tensiones sociales que habían introducido. Lo que se hizo
después con su obra, sobre todo a partir de la Revolución bolchevique de 1917,
no es capaz de ocultar la vida y el legado de uno de los padres de un mundo
fascinante, el nuestro.
En julio de 1815 los monarcas de los principales reinos de
Europa (Francia, Gran Bretaña, Rusia, Austria y Prusia) o sus embajadores
plenipotenciarios firmaban el acta final del Congreso que les había reunido en
Viena desde el año anterior con la intención de redefinir el mapa de Europa
tras las convulsiones producidas por las guerras de la época de la Revolución
francesa y el Imperio napoleónico. Su firma suponía un intento de detener la
Historia, de neutralizar la obra de la crisis revolucionaria francesa y
regresar al estado en que se encontraban las cosas antes de 1789. Pronto
comprobarían los reyes que volvían a disfrutar de poder ilimitado que no
podrían permanecer tranquilos sentados en sus tronos durante mucho tiempo.
Uno de los beneficiarios de los reajustes territoriales que se
realizaron fue el reino de Prusia, uno de los muchos estados en que Alemania
estaba dividida entonces. Dichos estados habían perdido el armazón que los
mantenía unidos hasta comienzos del siglo XIX, el Sacro Imperio Romano
Germánico, que había sido disuelto por Napoleón tras mil años de historia y que
jamás sería restaurado. Sin embargo, las guerras napoleónicas habían despertado
en toda Alemania un sentimiento nacionalista que abogaba por la unión de todos
los pueblos de habla germana en un solo país, sentimiento que había sido
exaltado reiteradamente por los defensores de los ideales de libertad e
igualdad de la revolución. Evidentemente el rey de Prusia, Federico Guillermo
III, prefirió aferrarse al absolutismo restaurado en el Congreso de Viena y
aprovechar la situación para aumentar sus territorios tanto en Prusia oriental
como occidental. A este último distrito se agregó el territorio de Renania (que
antes había pertenecido al Imperio napoleónico) en una de cuyas ciudades,
Tréveris, nació Karl Marx.
§. La educación de un joven de origen judío
Karl Heinrich Marx nació el 5 de mayo de 1818, hijo del abogado
del Tribunal Supremo Heinrich Marx y de su mujer Henriette (cuyo apellido de
soltera era Pressburg). Ambos cónyuges eran de origen judío (Mordecai era el
apellido hebreo de la familia paterna) y contaban con numerosos rabinos entre
sus antepasados. Debido al endurecimiento de las condiciones de los judíos tras
la anexión de Renania por Prusia ambos decidieron convertirse al
protestantismo, siendo bautizado el padre por la Iglesia evangélica en agosto
de 1817 y la madre en 1825. Los ocho hijos del matrimonio, de los que Karl era
el segundo, fueron bautizados un año antes. Con doce años fue enviado al
Gymnasium (centro de formación similar a un liceo) Federico Guillermo de su
ciudad natal. Su padre era un hombre de clase acomodada, formado en ciencia
jurídica y muy versado en la obra de los pensadores ilustrados franceses y
alemanes, por lo que quería que sus hijos recibiesen una educación esmerada que
les permitiese ganarse la vida de forma respetable. En 1835 Karl superó el
examen de madurez que finalizaba su formación secundaria y comenzó estudios de
derecho en la Universidad de Bonn, donde junto con otros estudiantes comenzó a
frecuentar la compañía de escritores e intelectuales. En aquellos momentos las
universidades alemanas eran centros de gran agitación intelectual y política,
en las que se discutía ardientemente sobre la situación de Europa, ya que el
período de restauración al absolutismo se había visto truncado por una oleada
revolucionaria en 1830. Ésta había provocado una nueva caída de la dinastía
Borbón en Francia, la independencia de Bélgica frente a Holanda y serias
conmociones en Polonia, Italia y la propia Alemania, donde se produjeron
revueltas contra varios soberanos, entre ellos el prusiano. Sin embargo, de esa
lucha poco fruto obtuvieron los súbditos de Federico Guillermo III en cuanto a
reconocimiento de libertades, participación política o avances en la
unificación de Alemania. Pero lo que había quedado claro era que las ideas de
libertad y nacionalismo que habían sacudido los principados alemanes desde
principios de siglo seguían bullendo en las mentes de sus súbditos.
Durante esos años se desarrolló otra de las influencias básicas
en la formación del joven Marx gracias a su estrecha relación con la familia de
una amiga de la infancia, Jenny von Westphalen. Su padre, el barón Ludwig von
Westphalen, le introdujo en el conocimiento de Homero y el teatro griego
antiguo (que siempre leyó en su lengua original), de los escritores románticos
del momento y de grandes clásicos de la literatura como Dante, Shakespeare y
Cervantes. Hay quien incluso afirma que fue el barón quien le dio a leer por
primera vez a los socialistas utópicos franceses que, como Saint-Simon, habían
comenzado a criticar los nefastos efectos sociales de la Revolución industrial.
Sin lugar a dudas aquella familia fue un gran apoyo para el estudiante que, poco
antes de matricularse en la Facultad de Derecho de la Universidad de Berlín en
el otoño de 1836, se prometió secretamente en matrimonio con Jenny.
Aquellos años universitarios fueron de mucho provecho vital e
intelectual. Continuó sus estudios en derecho y asistió además a cursos de
filosofía e historia. El medio universitario de Berlín estaba dominado en aquel
entonces por los seguidores del filósofo Georg W. F. Hegel, que había fallecido
cinco años antes pero que seguía siendo la figura intelectual más brillante e
influyente de toda Alemania. Marx entró en contacto asiduo con sus seguidores,
los «jóvenes hegelianos», y estudió profundamente su filosofía, la última
representante de la corriente conocida como «idealismo», y a la que se ha
señalado como una de las fuentes esenciales de su pensamiento. Realizó sus
primeras incursiones en la literatura cultivando la poesía e intentando hacer
lo mismo con la novela y el teatro, presidió una «unión estudiantil treverina
de amigos de la juerga» y se batió varias veces en duelo. Semejantes muestras
de alegría juvenil no fueron muy bien recibidas en su familia. Según el
filósofo e historiador de las ideas Isaiah Berlin, «su padre, alarmado por
semejante disipación intelectual, le escribió infinidad de cartas desbordantes
de consejos ansiosos y afectuosos, rogándole que pensara en el futuro y se
preparara para ser abogado o funcionario civil. Su hijo le enviaba consoladoras
respuestas, pero no modificó su vida». El patriarca de los Marx falleció en
1837 sin poder ver terminados los estudios de su hijo y dejando a toda la
familia en una situación económica delicada.
Pero Karl pudo continuar estudiando hasta que en 1841 acabó su
tesis doctoral (sobre la filosofía griega del período helenístico, que dedicó
al barón Von Westphalen) y vio la luz su primera publicación, unos poemas que
con el nombre de «Cantos salvajes» se incluyeron en un número de la revista
Ateneo, realizada por sus compañeros de universidad. En aquel momento Marx ya
había fraguado un proyecto para su futuro, deseaba dedicarse a la docencia
universitaria y, con el objetivo de conseguir una pronta colocación, se
trasladó de nuevo a Bonn, donde enseñaba uno de sus amigos de Berlín, Bruno
Bauer. Pero las dificultades de éste con las autoridades académicas y la
censura pronto le mostraron que una actividad docente en libertad no era
posible en Prusia. Si la universidad se le cerraba, ¿hacia dónde encaminaría
sus pasos? Una temprana oportunidad le daría la respuesta.
§. De la agitación estudiantil a la revolución europea
En el mes de abril de 1842, el joven Karl Marx se trasladó a
Colonia, la más importante ciudad de la Renania prusiana, a la búsqueda de una
ocupación en la que ganarse la vida. En aquel momento la ciudad vivía una gran
excitación política, puesto que se había reunido una asamblea de autoridades de
la región, la llamada Sexta Dieta Renana, encargada de discutir sobre la
libertad de prensa y religiosa. Marx comenzó a colaborar con una revista que se
había fundado en enero con objeto de defender los intereses de la pequeña
burguesía de la región, titulada Gaceta Renana, en la que publicó artículos
sobre la situación política y social de Prusia que le dieron gran notoriedad
como joven radical pero también le granjearon crecientes problemas con la
censura, pese a lo cual fue nombrado director de la publicación algo más tarde.
En el mes de enero siguiente el Consejo de Ministros, presidido por el rey,
ordenó el cierre de la revista; en esta resolución fue determinante la presión
del embajador ruso, ya que la Gaceta había publicado varios artículos críticos
con el absolutismo de los zares. Ante semejante situación, Marx dimitió y
decidió exiliarse. En una carta personal afirmaría entonces: «En Alemania no
puedo comenzar nada nuevo. Aquí está uno obligado siempre a falsificarse».
El objetivo elegido para el exilio fue París, donde llegó a
finales de 1843, junto con Jenny, a la que había convertido en su esposa poco
antes pese a la oposición de la familia de ésta. Según el profesor Berlin,
«esta hostilidad [familiar] sólo sirvió para avivar la apasionada lealtad de la
joven mujer, seria y profundamente romántica, cuya existencia quedó
transformada por la revelación que le hiciera su marido de un nuevo mundo;
Jenny consagró todo su ser a la vida y obra de su cónyuge». París era el lugar
ideal para que el matrimonio de exiliados comenzase su nueva vida en común. La
ciudad del Sena no sólo era la capital cultural de Europa, sino que gracias al
ambiente de relativa tolerancia política que demostraban los gobiernos del rey
Luis Felipe de Orleans se había convertido en destino para los exiliados
políticos de los países sometidos a regímenes absolutistas. Allí comenzó Marx
una frenética actividad en varios frentes. En primer lugar, comenzó un estudio
en profundidad de las otras dos grandes fuentes de su pensamiento: los
economistas clásicos ingleses Adam Smith y David Ricardo, que desde la década
de 1770 habían puesto las bases de la ciencia económica, y el socialismo
utópico francés, que desde hacía varias décadas criticaba los efectos disolventes
que estaba produciendo en la sociedad la Revolución industrial. Como
consecuencia de sus inquietudes sociales y su conciencia de exiliado, empezó a
frecuentar reuniones de obreros y a relacionarse con agrupaciones políticas que
defendían los intereses de los trabajadores (como la llamada «Liga de los
Justos», una sociedad secreta revolucionaria fundada por obreros alemanes
exiliados, principalmente ebanistas y sastres). Por último, entró en contacto
con algunos de los grandes pensadores políticos y sociales del momento, como el
socialista utópico Blanqui o los anarquistas Proudhon y Bakunin (exiliado en la
capital francesa desde su Rusia natal).
Pero la más importante de las amistades que trabó en aquel viaje
fue con un joven alemán dos años menor que él, que también había sido
universitario en Berlín, que participaba de sus inquietudes filosóficas y
políticas y que conocía de primera mano las calamidades ocasionadas por la
Revolución industrial porque había pasado varios años en Manchester dirigiendo
la sucursal del negocio familiar. Su nombre era Friedrich Engels, quien, según
el profesor Berlin, «mostraba un intelecto penetrante y lúcido y un sentido de
la realidad como muy pocos, o quizá ninguno, de sus contemporáneos radicales
podían ostentar. (…) Su destreza para escribir rápida y claramente, su
paciencia y lealtad ilimitadas, lo convirtieron en ideal aliado y colaborador
del inhibido y difícil Marx». Engels quedó fascinado por la personalidad
compleja y seductora de Marx, y pronto comenzaron a colaborar y a definir una
postura conjunta frente a los proyectos políticos de otros socialistas y
radicales; el primer fruto de esta colaboración fue el opúsculo titulado La
sagrada familia, que era una respuesta a Bruno Bauer y los jóvenes hegelianos.
Comenzaba así una amistad y colaboración de por vida, de la que Engels dejó
escrito que «después de Marx, yo siempre he tocado el segundo violín», pero a
la que supo aportar una sensibilidad social que siempre humanizó el rigor
teórico del filósofo de Tréveris.
La actividad de Marx acabó significándose ante los ojos del
gobierno francés, encabezado entonces por el liberal conservador François
Guizot, que ordenó en 1845 su expulsión junto con otros exiliados alemanes. Por
ello se trasladó a Bruselas, donde fue aceptado por el gobierno a condición de
que se dedicase únicamente a sus estudios filosóficos y no mantuviese actividad
política. Sin embargo Marx no cumpliría con esta condición y no abandonaría su
actividad. Allí se le unió Engels y viajaron juntos a Gran Bretaña, donde
entraron de nuevo en contacto con la Liga de los Justos y con los líderes del
movimiento cartista (organización de trabajadores británicos que luchaban por
el reconocimiento del derecho a voto de los obreros y por la mejora de sus
condiciones de vida y trabajo) como G. J. Harney. En 1846 empezaron a organizar
una red de comités de correspondencia que se extendió por París, Londres y
zonas de Alemania, en lo que fue el comienzo de un esfuerzo de coordinación
internacional de la acción política de los obreros y sus aliados.
Toda esta actividad intelectual y política culminó en 1848, que
fue un año especialmente significado en la historia de Europa y en la vida de
Marx. En febrero apareció en Londres la primera edición del que acabaría por
convertirse en el texto político más publicado y leído a lo largo de la
Historia, el Manifiesto comunista. Fue escrito conjuntamente por Marx y Engels
a raíz de un encargo de la Liga de los Justos, que cambió su nombre a partir de
entonces por el de Liga de los Comunistas. En este texto Marx presentaba ya
madura su visión de la Historia, cuyo motor era para él la lucha de clases.
Además avanzaba ya algunos puntos cruciales de sus teorías filosóficas y
económicas, como la denuncia de que el capitalismo era un sistema con serias
deficiencias que acabarían por derribarlo y que el proletariado era la clave no
sólo de su propia liberación como clase oprimida sino de la emancipación de la
sociedad en su conjunto. Su llamada a la acción política colectiva para cambiar
un mundo cada vez más injusto (resumida en el célebre colofón de la obra:
«¡Proletarios de todos los países, uníos!») fue una de las claves de la
perennidad de un texto que si inmediatamente no tuvo mucha repercusión fuera de
los círculos de exiliados alemanes, fue cobrando más peso a medida que avanzaba
el siglo.
Ese mismo año Europa se vio sacudida por una oleada
revolucionaria como no había conocido antes. En Francia se derrocó al rey Luis
Felipe I y se instauró la Segunda República, e Italia, Austria (donde el
emperador Fernando I tuvo que abdicar en favor de su sobrino Francisco José I
para calmar los ánimos) y Alemania (donde se celebró en Frankfurt una gran
reunión de alemanes de todos los estados para discutir la unificación) se
vieron sacudidas por una oleada incendiaria de dimensiones inéditas. Los años
de crisis económica (agraria pero también financiera e industrial), las ansias
de libertad y los ideales democráticos y nacionalistas fueron los principales
motivos de estos acontecimientos, que Marx siguió con mucha atención. Aunque
pronto pasó de la observación a la acción. Fue expulsado de Bélgica y decidió
volver a Colonia, donde fundó con Engels un periódico en el que exponer su
visión de los acontecimientos e intervenir en ellos, la Nueva Gaceta Renana,
que apareció entre junio y el 18 de mayo de 1849 y en la que escribieron
cientos de artículos de análisis y crítica de la actitud de la burguesía ante
lo que estaba sucediendo. Tras su cierre por orden gubernativa, Marx asumió la
dirección de la Asociación Obrera de Colonia, a raíz de lo cual fue procesado
por incitación a la rebelión y después absuelto. Pese a ello fue
definitivamente expulsado de Prusia, trasladándose a Londres en otoño, ciudad
que sería su residencia durante el resto de sus días. Allí tendría la
oportunidad de asentarse, de reflexionar sobre los acontecimientos de aquel año
(los gobiernos sofocaron una a una las algaradas revolucionarias) y de
proseguir con su labor intelectual de estudio y escritura, que daría como fruto
alguna de las obras que han marcado indeleblemente nuestro tiempo.
§. Una madurez dedicada al estudio
Instalado en Londres junto al resto de su familia, Karl Marx
comenzó una vida que se vio pronto marcada por las penurias económicas y, desde
1867, por la falta de salud. El matrimonio Marx tuvo desde 1844 siete hijos de
los que sólo sobrevivieron tres niñas. Además, el célebre pensador tuvo un hijo
ilegítimo con una antigua sirvienta de la familia, Helene Demuth, cuya
paternidad fue asumida por Engels para evitar la ruptura del matrimonio de su
admirado amigo. Pero la generosidad de Engels no se detuvo ahí, y pasó a
desempeñar un papel esencial en el sostenimiento de la familia durante su
estancia en Gran Bretaña. Pese a que Marx ejerció intensamente el periodismo
hasta el final de su vida y en ocasiones logró importantes ingresos por
contratos de publicación de obras o la percepción de herencias, sobre todo la
de su madre, fallecida en 1864, nunca obtuvo ingresos suficientes para mantener
a su familia durante mucho tiempo, y periódicamente pasaban por etapas de gran
penuria económica. Engels, sin embargo, había heredado el negocio familiar, lo
que le permitió ser un próspero hombre de negocios industrial además de
pensador y escritor, empleando buena parte de sus ganancias en la causa
socialista y en fines filantrópicos. En numerosas ocasiones ayudó económicamente
a Marx y a partir de noviembre de 1868 decidió liquidar sus deudas y pasarle
una asignación mensual que asegurase su subsistencia y la de su familia, con lo
cual se convertía en su mecenas además de amigo.
En Londres Marx se dedicó en cuerpo y alma al estudio de la
filosofía, la economía y la historia desde el verano de 1850, en que tuvo
acceso a la Biblioteca Británica, en la que pasó más de veinte años
investigando en sus riquísimos fondos. Comenzó a trabajar en el desarrollo de
sus ideas con el objeto de completar sus teorías ya expuestas en los años
anteriores, dando al conjunto de su obra un valor difícilmente soslayable.
Según el profesor de Historia de la Universidad de Chicago Daniel Boorstin, «Marx
fue una figura de transición perfecta entre la era del por qué religioso, que
intentaba explicar el mundo a partir del fin (¿con qué finalidad?), y la era
del por qué científico (¿por qué causa?). De la salvación a la evolución.
Salvaguardó el concepto de la Historia como un proceso dotado de sentido y
capacidad de evolución, revelando al propio tiempo las leyes del cambio
social». Efectivamente, frente a los socialistas anteriores, que solían
agruparse bajo la etiqueta de «utópicos», Marx intentó fundamentar sus
postulados filosóficos y sociales en una base sólida contrastada mediante la
aplicación de métodos científicos. La metodología y las herramientas teóricas
que le permitieron dar este carácter a sus reflexiones le fueron proporcionadas
por la ciencia económica, que llevaba ya años estudiando. Muy pronto su
propósito de definir sus ideas sobre el hombre, la sociedad y la historia se
transformó en un magno proyecto de análisis del sistema económico capitalista
que recogió en su gran obra El Capital. Crítica de la economía política. Como
señala el filósofo Jacobo Muñoz, «en El Capital y otros textos afines (…) Marx
elabora, sin solución de continuidad con sus estudios más ortodoxamente
históricos, una teoría totalizadora del modo de producción capitalista, o lleva
a cabo, como también suele decirse, un análisis teórico del capitalismo “en su
medida ideal”». Este hecho le ha llevado a ser considerado uno de los grandes
economistas de la Historia, y su aportación a la ciencia económica fue así
descrita por Joseph A. Schumpeter, uno de los más grandes economistas del siglo
XX: «Marx fue el primer gran economista que entendió y enseñó de una manera
sistemática cómo la teoría económica puede transformarse en análisis histórico
y el relato histórico en histoire raisonnée [“historia razonada”]».
Pero nada más llegar a Londres retomó su labor periodística, que
se extendería más allá de Europa, ya que en 1851 comenzó a colaborar en el
diario New York Tribune. De hecho, en esos primeros meses en Londres Marx se
sintió atraído por la idea de emigrar a Estados Unidos, donde pensaba que quizá
tendría un futuro mejor, pero no pudo llevar a cabo jamás esta tentativa (más
tarde intentaría nacionalizarse británico, pero su solicitud fue rechazada).
Fruto de esas primeras colaboraciones con medios estadounidenses fue el libro
El dieciocho de Brumario de Luis Bonaparte en el que analizaba muy críticamente
el golpe de Estado del presidente de la República Francesa Luis Bonaparte, que
un año más tarde se haría coronar emperador de los franceses con el nombre de
Napoleón III. Este escrito le enemistaría para siempre con el nuevo monarca
francés, que a comienzos de la década de 1860 instigaría al biólogo y político
Karl Vogt para que acusase públicamente a Marx de ser un falsario que vivía de
contribuciones de los obreros siendo en realidad un agente doble de la
aristocracia. Aquél fue el comienzo de una «leyenda negra» sobre Marx que su
actividad política posterior y su número creciente de enemigos no hicieron sino
aumentar. En opinión del historiador Eric Hobsbawm, «el destacado papel de Marx
en la Asociación Internacional de Trabajadores (la denominada “Primera
Internacional”) y el surgimiento en Alemania de dos importantes partidos de
clase obrera, ambos fundados por miembros de la Liga Comunista que le tenían en
gran estima, llevaron a una renovación del interés por el Manifiesto y por sus
otros escritos. En particular, su defensa elocuente de la Comuna de París de
1871 (…) le proporcionó una considerable notoriedad en la prensa como un
peligroso líder de la subversión internacional temido por los gobiernos».
Efectivamente, la actividad política no desapareció de la vida de Marx en esta
etapa, como tampoco lo había hecho en las anteriores.
§. Presencia política y escritura: los años finales
Buena parte de la actividad política de Marx en aquellos años se
centró en el apoyo a la gran iniciativa internacional de coordinación del
movimiento obrero, la Primera Internacional. Ésta se fundó el 28 de septiembre
de 1864 en el Saint Martin’s Hall de Londres con el nombre de Asociación
Internacional de Trabajadores. Estaba impulsada por obreros sindicalistas
ingleses y franceses y su propósito era la organización internacional de la
clase obrera con objeto de vehicular la lucha por su emancipación económica,
por la abolición de la sociedad de clases y favorecer la solidaridad entre los
trabajadores de las diferentes naciones. Es evidente que buena parte de su
ideario estaba inspirado en la obra de Marx. Éste asistió pasivamente a sus
primeras sesiones, pero desde que se le encargó la redacción de sus estatutos
pasó a convertirse en uno de los personajes clave de la organización, centrando
sus propuestas en que potenciase a escala mundial la acción de las asociaciones
obreras nacionales (que no debían desaparecer), que la emancipación de la clase
obrera fuese realizada por ella misma y que para conseguirlo se implicase en la
lucha por el poder político, sin el cual no sería posible el logro de sus
objetivos. Fue este último punto el que tensó la relación con el ala anarquista
de la organización, encabezada por Bakunin (quien proponía la destrucción del
Estado como forma de abrir paso a una nueva sociedad y no hacerse con el
poder), que se agravó desde 1867 y que terminaría con la expulsión de los
anarquistas de la Asociación en el Congreso de La Haya en 1872, lo que en la
práctica supuso el debilitamiento y extinción de la organización, que se
disolvió en 1876. Ya antes había celebrado congresos en Ginebra (1866), Lausana
(1867) y Bruselas (1868).
Como ya se ha dicho, Marx apoyó el experimento social más
interesante desarrollado por obreros en el siglo XIX, la llamada «Comuna de
París». Entre julio y septiembre de 1870 tuvo lugar la guerra franco prusiana
que se saldó con la derrota completa de las tropas francesas ante las de Prusia
dirigidas por Bismarck, quien en la batalla decisiva de Sedán (1 de septiembre)
capturó al propio Napoleón III. Mientras que las tropas prusianas avanzaban
sobre París, se proclamaba la Tercera República Francesa y el gobierno huía
hacia Versalles para ponerse a salvo. Entre marzo y mayo de 1871 la capital fue
escenario de una insurrección proletaria que rechazaba la autoridad del
gobierno de Versalles y elegía una asamblea comunal, que se organizó en
comisiones según competencias. Se procedió entonces a levantar un nuevo modelo
político en el que el poder era de origen estrictamente popular, y en el que se
tomaron medidas como la proclamación de los derechos ilimitados de prensa y
reunión, enseñanza gratuita y obligatoria, abolición del trabajo nocturno o la
formación de comités de obreros que autogestionasen los talleres fabriles
abandonados por los empresarios que habían huido. Pero al tiempo que el
gobierno francés cerraba un humillante tratado de paz con Prusia (cuyo rey,
Guillermo I, había aprovechado la ocasión para proclamarse emperador de una
Alemania unificada), envió sus tropas a sitiar París, en la que entraron en
mayo y reprimieron duramente el movimiento. Pese a que muchos de sus postulados
lo situaban más cerca del anarquismo que del socialismo, Marx lo consideró como
un modelo de revolución, y en su obra La guerra civil en Francia dejó escrito
que «la antítesis directa del Imperio era la Comuna. El grito de “¡República
social!” con que la revolución de febrero fue anunciada por el proletariado de
París, no expresaba más que el vago anhelo de una república que no acabase sólo
con la forma monárquica de dominación de clase. La Comuna era la forma positiva
de esa república». La Internacional fue acusada por sectores de la opinión
pública internacional de ser la instigadora principal de la Comuna, pero el
propio Marx negó esa posibilidad en una entrevista concedida al periódico
neoyorquino World, a pesar de lo cual los movimientos obreros fueron
considerados como enemigos del orden público y perseguidos en varios países de
Europa.
Pese a esta presión gubernamental, las décadas siguientes fueron
testigo del surgimiento de los partidos políticos de clase obrera, cuya
presencia era todavía escasa en los años setenta y ochenta del siglo XIX. Marx
intentó prolongar el esfuerzo de la Internacional manteniendo correspondencia
con los líderes de estos partidos, aunque a la postre el resultado fue escaso.
Como afirma el sociólogo Salvador Giner, «Marx y Engels iban entrando en
contacto con los revolucionarios más importantes, Weitling y Ferdinand Lasalle,
entre otros. Con casi todos ellos, más pronto que tarde llegaron a la ruptura.
Marx deseaba imponer una teoría socialista sólida, inspirada en principios
científicos, y no podía soportar las veleidades románticas y retóricas de la
mayoría de los dirigentes del socialismo de aquel tiempo, por no mencionar a
los anarquistas con sus ensoñaciones». Pese a ello siguió siendo una autoridad
intelectual y moral para el movimiento obrero a escala internacional. La
publicación del primer volumen de El Capital, aparecido en el otoño de 1867,
había supuesto un cambio en este sentido, ya que la calidad de la obra fue
reconocida no sólo entre los socialistas sino también en amplios sectores de la
sociedad culta europea. El propio Bakunin, uno de sus más acérrimos enemigos,
dejó escrito sobre Marx: «Muy pocos hombres han leído tanto como él y, puede
añadirse, tan inteligentemente como él».
Los últimos años de su vida los dedicó a proseguir con la
escritura de El Capital, que no logró ver acabado (Engels publicó póstumamente
los volúmenes segundo y tercero a partir de los manuscritos que dejó Marx) ya
que tanto el periodismo como su intensa actividad investigadora le distrajeron
de esa meta. En aquellos años amplió sus inquietudes incluyendo entre sus
intereses la obra del filósofo francés Auguste Comte (cuyo sistema, llamado
«positivismo», estudió con atención) y la del biólogo británico Charles Darwin.
Por este último sintió gran admiración y mantuvo cierta relación ya que le
envió una copia del primer volumen de la edición inglesa de El Capital en 1873,
que Darwin le agradeció cordialmente, y en 1880 solicitó su permiso para
dedicarle el segundo volumen de la obra, que el biólogo rechazó por no querer
herir los sentimientos religiosos de su entorno familiar.
Para entonces la salud de Marx y la de su mujer estaban ya muy
deterioradas. Realizaron varios viajes al balneario de Karlsbad (Alemania) para
intentar mejorarla. Jenny Marx falleció el 2 de diciembre de 1881, pero su
marido no pudo acudir a su entierro por expresa prohibición del médico. Mes y
medio más tarde Marx partió a Argel con objeto de intentar recobrar su salud.
Durante el viaje se detuvo en Argenteuil (Francia), en casa de su hija Laura y
su yerno el socialista francés Paul Lafargue. Ambos habían contraído matrimonio
en abril de 1868 y habían mantenido una cálida cercanía con el filósofo. En una
conversación mantenida con su yerno durante esta estancia y haciendo referencia
a las deformaciones que se hacían de su pensamiento, le dijo la célebre frase:
«Ce qu’il y a de certain c’est que moi, je ne suis pas marxiste» («Lo cierto es
que yo no soy marxista»). Tras regresar a Londres su enfermedad empeoró,
falleciendo el 14 de marzo de 1883.
Tras su muerte su influencia fue asegurada por Engels, que
ejerció de albacea intelectual hasta su muerte en 1895. El auge creciente de
los partidos obreros de finales del siglo XIX, gracias a la extensión del
sufragio universal masculino, llevó de nuevo el pensamiento de Marx al primer
plano de la acción política. Casi un siglo después de su nacimiento, en 1917,
la Revolución bolchevique liderada por Lenin quiso llevar a la práctica sus
teorías, dando lugar al marxismo soviético, muy diferente de las propuestas
presentadas por Marx. Su filosofía quiso ser abierta y crítica, lejos de los
dogmatismos que hicieron con ella los dirigentes soviéticos de Rusia y los
países de Europa del Este tras la Segunda Guerra Mundial; de hecho era más un
método crítico de análisis que un sistema dogmático. Ése fue el problema. De
una actitud vital y una forma de enfrentarse a los problemas de la humanidad se
fabricaron unas recetas para la construcción de regímenes que acabaron
olvidando los intereses de la clase trabajadora que reclamaban como principio
legitimador. Casi un siglo después de la Revolución rusa y más de veinte años
después de la caída del muro de Berlín, la figura de Marx sigue estando sujeta
a polémicas y prejuicios. Pero los efectos negativos introducidos por la
globalización del capitalismo (la destrucción del medio ambiente, el aumento de
la desigualdad social planetaria y los períodos de crisis económica prolongada,
entre otros) quizá nos estén indicando que todavía podemos sacar algunas
enseñanzas de aquel hombre tan citado e invocado como incomprendido.
Capítulo 30
Marie Curie
Contenido:
§. La Nobel altruista
§. El deseo de estudiar
§. El triunfo de la voluntad
§. Hacia el primer Premio Nobel
§. Soledad, otro Nobel y una guerra
§. Ser útil hasta el final
§. La Nobel altruista
Pocas veces una vida y una vocación llegan a identificarse tanto
como en el caso de Marie Sklodowska Curie. No descubrió la radiactividad, pero
sus aportaciones al estudio de los fenómenos radiactivos con el descubrimiento
del radio y el polonio la harían merecedora hasta en dos ocasiones de sendos
Premios Nobel en Física y Química, además de convertirla en la primera mujer en
ejercer la docencia en la Sorbona de París, y eso en un tiempo en el que la
ciencia era un campo reservado a los hombres. Marie Curie fue una mujer
absolutamente entregada al estudio, disciplinada, perseverante, brillantísima,
espartana hasta rayar en el ascetismo, con una capacidad de sacrificio personal
que la llevaría a anteponer el avance de sus investigaciones a su propia salud,
y con una honradez y sentido ético tan elevados que jamás consintió en hacer de
sus investigaciones una fuente de lucro particular. Tanto ella como su marido,
el también científico Pierre Curie, con quien trabajó inseparablemente hasta
quedar viuda, se negaron a patentar el radio, lo que les habría permitido
evitar estrecheces y las más que precarias condiciones en que realizaron
durante años sus experimentos. Su único interés fue el avance del conocimiento
y la contribución al progreso de la humanidad, a la que ofrecieron
altruistamente sus descubrimientos. La vida de Marie Curie es una historia de
lucha, coraje, sacrificio y constancia, pero sobre todo es la historia de una
mujer que vivió para una pasión: saber.
Desde el siglo XVIII Polonia era una nación repartida entre tres
estados: Rusia, Prusia y Austria. Aunque en tiempo de Napoleón éste creó con su
territorio el Gran Ducado de Varsovia, la caída del emperador francés y el
nuevo reparto de poderes establecido por el Congreso de Viena (1815)
determinaron su anexión a la Rusia de los zares. La sucesión de dominaciones
extranjeras sería la causa del surgimiento de un fuerte sentimiento
nacionalista en Polonia que, a lo largo del siglo XIX, alentó varios levantamientos
revolucionarios contra el poder ruso. Tras uno de ellos, ocurrido en 1863,
Rusia recrudeció su política represora sobre toda muestra de identidad cultural
o política polaca, llegando incluso a prohibir el empleo de la lengua autóctona
y, por supuesto, su enseñanza. En esa Polonia oprimida nació el 7 de noviembre
de 1867 Marya Salomee Sklodowska, a quien décadas más tarde el mundo entero
conocería por su nombre de casada, Marie Curie.
§. El deseo de estudiar
Marie fue la menor de los cinco hijos que tuvo el matrimonio
formado por el profesor de matemáticas y física Wladyslaw Sklodowski y la
también profesora Bronislawa Boguska. Sus hermanos mayores eran Sofie, Helena,
Bronislawa y Jozef. En el hogar de los Sklodowski se respiraba un ambiente
propicio al estudio, de modo que tanto Wladyslaw como Bronislawa procuraron
ofrecer a todos sus hijos, independientemente de su sexo, una educación
esmerada alentándolos a cursar carreras universitarias. La situación económica
de la familia era complicada, pues los ingresos que ambos progenitores obtenían
en sus respectivos trabajos como profesores no eran muy elevados, razón por la
que desde muy pequeña Marie aprendió a distinguir entre lo necesario y lo
superfluo y a ser muy austera en lo personal. En 1873, el despido de Wladyslaw
del Liceo de Varsovia como consecuencia de la política rusa de marginación de
los ciudadanos polacos del funcionariado, complicó aún más una situación que se
vería agravada por dos tragedias sucesivas, la muerte de Sofie por tifus en
1876 y la de su madre por tuberculosis en 1878.
Marie asistió junto con sus hermanas a una escuela local en la
que rápidamente despuntó como estudiante, de forma que con diez años asistía al
mismo curso que su hermana Helena, dos años mayor que ella. En la escuela no
sólo recibió la formación habitual, sino que, como era frecuente en muchas
instituciones educativas de Polonia, también asistió a clases de historia y
lengua polacas que de forma clandestina se impartían para quienes quisieran. El
amor por su patria y la defensa de su cultura formaban parte de las
convicciones más profundas de la familia Sklodowski (el abuelo de Marie había
tomado parte activa en la rebelión de 1863) y continuarían siéndolo para Marie
durante toda su vida. En junio de 1883 finalizó los estudios equivalentes a la
actual secundaria como la alumna más brillante de su promoción, si bien su
altísimo nivel de exigencia la llevó a la extenuación física y psicológica, por
lo que su padre decidió que pasase un año de reposo en el campo junto con unos
parientes. Su vocación por saber era tan profunda que siempre se exigiría los
mayores esfuerzos para llegar a las metas que se marcaba, aunque su salud
pudiera resentirse.
En otoño del año siguiente, ya recuperada, Marie regresó a casa
y aunque tanto su deseo como el de su padre habría sido iniciar una carrera, la
precaria economía familiar no se lo permitió. Decidida a colaborar al sustento
común y a hacer al tiempo todo lo posible por continuar su formación, resolvió
junto con su hermana Bronislawa (a la que familiarmente llamaban Bronia, y que
desde la muerte de la madre se convertiría en su gran confidente) comenzar a
dar clases particulares combinándolas cuando podían con la asistencia a la
«Universidad volante» de Varsovia, una organización clandestina orientada a la
educación superior de mujeres y la difusión de la cultura polaca. Pese al
enorme esfuerzo tanto de Marie como de su hermana, los ingresos que obtenían
por sus clases no eran suficientes como para costear los estudios superiores de
ambas. Bronia deseaba estudiar medicina en la Universidad de París, la Sorbona,
y en los dos años en que se había dedicado a dar clases sólo había logrado
ahorrar el dinero suficiente para pagarse el viaje y costear los gastos de
matrícula del primer año. Marie pensó entonces que si buscaba un trabajo fijo
podría ayudar a su hermana a pagar sus estudios, y quizá más adelante Bronia
podría hacer lo mismo con ella. No estaba dispuesta a renunciar a su deseo de
estudiar una carrera, pero sí a aplazarlo para que también su hermana pudiera
conseguirlo. Así, en septiembre de 1885, Marie se dirigió a una agencia de
trabajo para solicitar empleo como institutriz, y ese mismo otoño entró al servicio
de la familia de un abogado de Varsovia. Mientras, Bronia partía hacia París.
La experiencia de Marie resultó ser bastante dura, pues como
ella misma escribiría en diciembre de 1885 a su prima Henrietta Michalowska, no
encontró un entorno precisamente acogedor en la familia para la que trabajaba:
«Querida Henrika: Desde que nos separamos mi existencia ha sido la de una
prisionera. Como sabes, me coloqué en casa de los B., la familia de un abogado.
Ni a mi peor enemigo desearía que viva en tal infierno. Mis relaciones con la
señora B. llegaron a ser tan frías que, no pudiéndola soportar, se lo dije. Y
como ella era exactamente tan entusiasta de mí como yo de ella, nos hemos
entendido a las mil maravillas. Es una de esas familias ricas en donde, cuando
hay gente, se habla francés —un francés de camareros—, y en donde no se pagan
las facturas en seis meses (…) están dominados por el más sombrío
embrutecimiento». Nada tiene de raro que, en esa situación, Marie procurase
cambiar de trabajo rápidamente, de forma que a comienzos del año siguiente
abandonó Varsovia para empezar a trabajar en casa de una adinerada familia de
Szczuki, a cien kilómetros de la ciudad. La vida como institutriz con los
Zorawski mejoró mucho respecto a su triste precedente pues en esta ocasión la
trataron con consideración y afecto. Se ocupaba de la educación de sus dos
hijas, Bronka y Andzia, de dieciocho y diez años, respectivamente, y en sus
escasos ratos libres continuaba leyendo y estudiando por su cuenta para no
abandonar su formación. Marie era una joven muy independiente, de firmes
convicciones políticas y de ideas avanzadas para su época, particularmente en
relación con la formación de las mujeres, y aunque por su trabajo se veía
obligada a disimularlas, su espíritu continuó forjándose en ellas durante esos
años. Así, en abril de 1886 escribía nuevamente a su prima: «Vivo como se tiene
por costumbre vivir en mi posición. (…) ¿La conversación en sociedad? Chismes y
más chismes. Los únicos temas de conversación son los vecinos, los bailes, las
reuniones, etc. Por lo que al baile se refiere habría que ir muy lejos en busca
de mejores bailarinas que estas jóvenes. (…) No son malas criaturas; algunas
incluso son inteligentes, pero su educación no ha desarrollado su espíritu. (…)
En cuanto a los muchachos, hay muy pocos que sean amables y menos aún
inteligentes. Para las unas y para los otros, palabras tales como
“positivismo”, “cuestión obrera”, etcétera, son verdaderas “bestias negras”,
suponiendo que las hayan oído pronunciar alguna vez, lo cual sería una
excepción. (…) ¡Si vieras qué ejemplar conducta tengo! Voy a la iglesia cada
domingo y días de fiesta, sin invocar jamás un dolor de cabeza o una “gripe”
para quedarme en casa. No hablo casi nunca de la educación superior de las
mujeres. Y de una manera general, observo en mis propósitos la discreción que
mi obligada condición me impone». Y en diciembre decía: «He adquirido la
costumbre de levantarme a las seis de la mañana, para poder trabajar más, pero
no puedo hacerlo siempre. (…) Leo en este momento la física de Daniel, de la
que he leído ya el primer tomo, la sociología de Spencer en francés y las
lecciones de anatomía y de fisiología de Paul Beers, en ruso. Leo muchas cosas
a la vez. (…) Cuando me siento absolutamente inepta para leer con provecho,
resuelvo problemas de álgebra y de trigonometría, que no soportan faltas de
atención y me devuelven al buen camino». Tenía sólo diecinueve años, pero su
carácter y sus intereses estaban ya plenamente definidos.
Marie permaneció en casa de los Zorawski hasta junio de 1889 y
en ese tiempo encontró ocasión para organizar unas clases gratuitas junto con
Bronka para los hijos de obreros y campesinos del lugar, y también para
enamorarse en el verano de 1888 de Kazimierz, el hijo mayor de sus patrones.
Aunque era correspondida, los padres de Kazimierz se opusieron a la relación
dada la diferencia social entre ambos, de modo que Marie tuvo que pasar sobre
su humillación y su tristeza para seguir trabajando en casa de los Zorawski
todavía un año más. A su regreso a Varsovia continuó trabajando como
institutriz hasta que en marzo de 1890 recibió una carta de su hermana Bronia.
En ella le notificaba su próximo matrimonio con un estudiante de medicina e
invitaba a su hermana a que, con su ayuda, ahorrase dinero durante un año para
seguir sus pasos. Llena de dudas por tener que dejar a su padre y a su hermana
Helena y tras muchos meses de duro trabajo y privaciones para conseguir
ahorrar, en los primeros días de noviembre de 1891 Marie se subía a un vagón de
cuarta clase del tren que por fin la conducía a la Sorbona.
§. El triunfo de la voluntad
El 3 de noviembre de 1891 Marie comenzó sus clases en la
Facultad de Ciencias de la Sorbona. Era una de las poquísimas mujeres que
conformaban el aproximadamente tres por ciento de la población universitaria
femenina en la época, lo cual suponía de por sí un obstáculo añadido. Con el
dinero que había ahorrado apenas podía cubrir sus gastos y el transporte hasta
la universidad, ya que se alojaba en casa de su hermana Bronia —ya casada— en
las afueras de París. Además, rápidamente pudo comprobar que su formación
autodidacta tenía algunas carencias, por lo que se entregó en cuerpo y alma al
estudio con el fin de alcanzar el nivel necesario para sacar todo el
rendimiento a las clases que recibía de algunos profesores tan importantes como
Gabriel Lippmann, Paul Appell o Henri Poincaré. Pese a todo no podía ser más
feliz pues, como reconocería en su autobiografía, «todo lo que vi y aprendí que
era nuevo me encantaba. Era como si se me abriese un nuevo mundo, el mundo de
la ciencia, que por fin me era permitido conocer con toda libertad».
Pero la vida en casa de su hermana estaba llena de distracciones
y el tiempo que perdía en ir y volver de la universidad se le antojaba
excesivo, así que a los pocos meses de llegar a París, Marie logró convencer a
Bronia para que la dejase alquilar una pequeña buhardilla a sólo quince minutos
de la facultad. Estaba completamente obsesionada con aprovechar la oportunidad
que por fin había logrado, y en su obsesión Marie, como le sucedería muchas más
veces, se olvidó de sí misma. Para economizar los escasos cien francos
mensuales de los que disponía, pasaba sin calefacción y prácticamente no comía.
Todo su tiempo y sus energías estaban volcadas a una sola cosa, estudiar. Como
no podía ser de otro modo, su salud se fue deteriorando hasta que un
desvanecimiento producido por anemia supuso la señal de alarma para Bronia y su
marido. Marie tuvo que regresar a casa de su hermana para poder recuperarse,
aunque en pocas semanas recobró su agotador ritmo de trabajo. Tras los
obstáculos iniciales, Marie comenzó a revelarse como una alumna muy brillante,
incluso llegó a colaborar en el laboratorio del profesor Lippmann. Finalmente,
en julio de 1893 se presentó a los exámenes para obtener la licenciatura en
Física, y cuando los resultados se hicieron públicos Marie figuraba como la
primera de su promoción. En aquel año sólo otra mujer había conseguido
licenciarse en toda la Sorbona.
Con el comienzo del nuevo curso Marie obtuvo una beca de
estudios de la Fundación Alexandrowitch que financiaba a alumnos especialmente
aventajados. Gracias a ese dinero pudo comenzar su segunda licenciatura, esta
vez en Matemáticas, en una situación mucho más desahogada y sin depender de la
ayuda de pudiera hacerle llegar su padre. Años más tarde, Marie se convertiría
en la única becada de la Fundación que devolviese el dinero recibido para que
otros estudiantes como ella pudiesen disfrutar de la ayuda. Fue en ese mismo
año cuando Marie conoció en casa de unos amigos a Pierre Curie, quien por
entonces era ya una reputado físico gracias a sus investigaciones sobre el
principio de electricidad polar (piezoelectricidad). La impresión que produjo a
Marie quedaría recogida en su autobiografía: «Cuando entré en la habitación vi,
enmarcado por la ventana francesa que se abría al balcón, un hombre joven y
alto con pelo castaño rojizo y grandes, limpios, ojos. Advertí la expresión
grave y amable de su cara, al igual que un cierto abandono en su actitud,
sugiriendo el soñador absorto en sus reflexiones. Me mostró una sencilla
cordialidad y me pareció muy agradable. Después de aquel primer encuentro
expresó el deseo de verme de nuevo y continuar nuestra conversación de aquella
tarde sobre asuntos científicos y sociales en los que ambos estábamos
interesados, y sobre los que parecíamos tener opiniones similares». En efecto,
durante los meses siguientes Pierre Curie frecuentó a Marie y rápidamente
surgió entre ambos una amistad que para el primero se convertiría en poco
tiempo en amor. Al finalizar el curso Marie obtuvo su licenciatura en
Matemáticas; para entonces Pierre Curie ya le había propuesto matrimonio, pero
no sería hasta el otoño del año siguiente, al regreso de Marie de una larga
visita a su padre en Varsovia, cuando se decidiría a aceptar la propuesta del
científico. Contrajeron matrimonio el 26 de julio de 1895 en una ceremonia
sencilla y civil.
Pierre, que acababa de doctorarse, trabajaba como profesor en la
Escuela Municipal de Física y Química Industriales de París y Marie comenzó a
prepararse para obtener también una plaza de profesora. Ambos dedicaban todo el
tiempo que podían a estudiar y llevaban una vida tranquila sin casi ninguna
distracción social. En septiembre de 1897 Marie dio a luz a la primera de sus
hijas, Irène, y a pesar de sus nuevas responsabilidades familiares se propuso
iniciar sus estudios de doctorado. Fue entonces cuando centró su atención en
los trabajos del físico francés Antoine-Henri Becquerel, que en 1896 había
descubierto el fenómeno de la radiactividad (todavía no llamado así puesto que
tal nombre se debería a los trabajos de Marie) al observar que las sales de
uranio dispuestas sobre una placa fotográfica cubierta de papel negro producían
modificaciones en la placa sin presencia de luz. Becquerel estudiaba las
propiedades del uranio con vista a la producción de rayos X, pero tanto a Marie
como a Pierre Curie el fenómeno de la radiactividad les había interesado
enormemente, por lo que Marie decidió escoger como tema de investigación para
su tesis doctoral la naturaleza de las radiaciones que Becquerel había descrito
en las sales de uranio. Una vez decidido el tema, hacía falta encontrar un
espacio que sirviese de laboratorio, y gracias a las gestiones de Pierre en la
Escuela de Física y Química les fue cedido con tal fin un antiguo almacén
acristalado en el sótano del edificio que albergaba la institución. Húmedo, frío,
sometido a bruscos cambios de temperatura… nada más lejos de lo que debe ser un
laboratorio; pero allí el matrimonio Curie lograría increíbles avances
científicos.
§. Hacia el primer Premio Nobel
A finales de 1897 Marie comenzó a trabajar en el laboratorio.
Sus primeros trabajos los describe del siguiente modo el catedrático de
Historia de la ciencia y biógrafo de Marie Curie, José Manuel Sánchez Ron: «Lo
que hizo Marie en aquellas sus primeras investigaciones en el campo de la
radiactividad fue, por un lado, estudiar la conductibilidad del aire bajo la
influencia de la radiación emitida por el uranio, descubierta por Becquerel, y,
por otra parte, buscar si existían otras sustancias, aparte de los compuestos
del uranio, que convirtiesen el aire en conductor de la electricidad. (…) De
esta manera Marie examinó un gran número de metales, sales, óxidos y
minerales». Los experimentos de Marie tras varios meses de trabajo le
permitieron llegar a varias conclusiones: por una parte, pudo determinar que
todos los compuestos de uranio emitían radiación y que ésta era mayor en la
medida en que dichos compuestos presentaban más cantidad de uranio. Pero
asimismo comprobó que dos minerales de uranio, la pechblenda (óxido de uranio)
y la calcolita (fosfato de cobre y de uranio) eran mucho más radiactivos que el
mismo uranio, lo que la llevó a intuir que debían de existir en ellos elementos
mucho más activos. El descubrimiento del radio y el polonio despuntaba en el
horizonte.
Para poder comprobar la hipótesis de Marie era necesario aislar
los nuevos elementos cuya existencia intuía. La tarea era científicamente tan
compleja y requería tanto trabajo que Marie solicitó a Pierre su colaboración.
En palabras de Sánchez Ron, «en la colaboración de Marie y Pierre, y en la
medida en la que sea posible distinguir con claridad responsabilidades
diferentes, ella asumió sobre todo las tareas asociadas a los análisis químicos
y él las asociadas a los físicos». Unos meses después, el 18 de julio de 1898,
Marie y Pierre Curie presentaban ante la Academia de Ciencias de Francia un
artículo conjunto titulado «Sobre una nueva sustancia radiactiva contenida en
la pechblenda». Habían descubierto un nuevo elemento de la naturaleza al que
Marie, en honor a su patria, había denominado polonio. Además, en su artículo
se empleaba por primera vez el término «radiactividad» y desde entonces sería
adoptado por toda la comunidad científica. Durante sus trabajos, Marie obtuvo
indicios de la existencia en la pechblenda de otro elemento también radiactivo
pero que, según sus cálculos, debía de estar presente en dicha sustancia en una
proporción muy pequeña. Para identificarlo, Pierre y Marie pidieron ayuda al
químico Gustave Bémont, que aceptó unirse a sus trabajos. Tras unos meses, el
26 de diciembre, el matrimonio Curie y Bémont presentaban ante la Academia un
nuevo artículo («Sobre una nueva sustancia fuertemente radiactiva contenida en
la pechblenda») en el que anunciaban al mundo el descubrimiento de un nuevo
elemento al menos novecientas veces más radiactivo que el uranio y al que
bautizaron con el nombre de radio.
Los experimentos de los Curie les habían permitido identificar
la existencia de dos nuevos elementos radiactivos, el polonio y el radio. Pero
en el caso del segundo aún les restaba la dificilísima tarea de conseguir
aislarlo en estado puro. A ello consagrarían los siguientes cuatro años,
trabajando sin descanso con toneladas de residuos de pechblenda procedentes de
las minas de San Joachimsthal en Bohemia y constantemente expuestos a la
radiación emitida por las sustancias estudiadas. Como afirmaría la propia
Marie, «no teníamos dinero, laboratorio, ni ayuda para llevar a cabo esa labor
importante y difícil (…) puedo decir sin exageración que ese período fue, para
mi marido y para mí, la época heroica de nuestra existencia común». Finalmente,
el 28 de marzo de 1902 Marie pudo presentar ante la comunidad científica una
muestra de un decigramo de cloruro de radio y la cuantificación del peso
atómico del nuevo elemento. En junio del año siguiente, una Marie embarazada
obtenía su doctorado en Ciencias Físicas con la tesis Investigaciones sobre las
sustancias radiactivas. Sin embargo los estragos que sobre su salud estaba
produciendo la exposición a la radiación la harían perder a la hija que
esperaba en el mes de agosto. Cuando terminaba de reponerse, en noviembre de
1903 una noticia volvería a dibujar una sonrisa en su cara: Pierre y Marie
habían sido merecedores del Premio Nobel de Física de ese año compartido con
Henri Becquerel. Su trabajo y su perseverancia eran recompensados como
merecían, pero su vida nunca volvería a ser la misma.
§. Soledad, otro Nobel y una guerra
El Nobel trajo consigo el reconocimiento internacional del
trabajo del matrimonio Curie pero también los inconvenientes de la pérdida del
anonimato del que hasta entonces habían disfrutado. Los nombres de Pierre y
Marie llenaron las páginas de la prensa de la época. Grandes titulares hablaban
de una mujer que en un mundo de hombres había descubierto una nueva sustancia
cuyas posibles aplicaciones físicas, médicas y químicas parecían abrir un
sinfín de posibilidades. De todas partes llegaban telegramas de felicitación y
los medios de comunicación de todo el mundo hacían lo imposible por conseguir
una entrevista con el increíble matrimonio de científicos. Aturdidos por la
situación, los Curie prefirieron no acudir a Estocolmo a recoger el premio
poniendo como pretexto la no interrupción de su actividad docente. Pero lo
cierto es que, como la propia Marie escribió a su hermano en esos días, su
único deseo era recobrar la normalidad: «Estamos atareados a causa de la enorme
correspondencia y de las visitas de fotógrafos y periodistas. Quisiéramos
escondernos bajo tierra para tener un poco de paz. Hemos recibido una propuesta
de América para ir a dar una serie de conferencias sobre nuestros trabajos. Nos
piden qué suma queremos cobrar. Sean cuales fueren las condiciones, tenemos la
intención de rechazarlas. No hemos aceptado los banquetes que se querían
organizar en nuestro honor. Rechazamos esto con gran energía y la gente
comprende al final que no cederemos». Los Curie se sentían incómodos siendo el
foco de atención de medio mundo y, por añadidura, se desesperaban por la
pérdida de tiempo que ello suponía con relación a su actividad científica. Por
otra parte, ninguno de los dos gozaba de buena salud pues las radiaciones a las
que tanto tiempo llevaban expuestos comenzaban a pasarles factura. De hecho, la
mala salud de Pierre les obligaría a aplazar el discurso sobre sus
investigaciones en Estocolmo al que quedaban obligados con la aceptación del
premio hasta junio de 1905.
A pesar de los inconvenientes, el Nobel supuso importantes
mejoras en la vida de Pierre y Marie. Por un lado, el premio llevaba asociada
la percepción de una importante suma de dinero que pudieron destinar a su
investigación y, por otro, supuso que se abriera la puerta a numerosos
reconocimientos en Francia que hasta entonces se les había negado. Entre ellos
destacaron especialmente la creación de una cátedra de Física general y
radiactividad en la Sorbona para Pierre Curie en 1904 y su admisión como miembro
de la Academia de Ciencias francesa al año siguiente. Marie fue nombrada jefe
de trabajo del laboratorio de su marido en la Facultad de Ciencias en 1904, y a
finales de 1905 ambos consiguieron cambiar su maltrecho laboratorio por uno
nuevo anejo a dicha facultad. Pero por encima de todos los premios y honores
recibidos, la mayor alegría que vivieron los Curie en esa época sería el
nacimiento de su segunda hija, Ève, el 6 de diciembre de 1904.
Por fin las condiciones de trabajo de Pierre y Marie habían
mejorado, y aún lo habrían hecho más si cualquiera de los dos hubiese aceptado
patentar su descubrimiento. Las múltiples aplicaciones del radio comenzaron a
revelarse de forma casi inmediata a su descubrimiento, en especial en el campo
de la medicina para el tratamiento de enfermedades como el cáncer. Una patente
habría encarecido terriblemente su uso, pero habría hecho a los Curie
inmensamente ricos. Sin embargo se trataba de dos seres humanos excepcionales y
con una ética fuera de lo común, de modo que jamás aceptarían patentar el radio
por considerarlo patrimonio de la humanidad y porque, además, rechazaban el
lucro como fin de la actividad científica.
La alegría de Marie por la concesión del Nobel y el nacimiento
de su hija pronto se vería ensombrecida por una desgracia que marcaría el resto
de su vida científica y personal, la prematura muerte de Pierre el 19 de abril
de 1906 en un accidente de tráfico. Marie quedó destrozada, pero, como siempre,
se aferraría a su enorme coraje y voluntad para salir adelante. Rechazó todas
las ofertas de pensiones honorarias, homenajes y colectas, y unas semanas
después del accidente volvía a hacerse cargo del funcionamiento del
laboratorio. La Sorbona le propuso entonces ocupar la cátedra de Física de su
marido y de ese modo Marie se convirtió en la primera mujer admitida como
profesora en la universidad parisina. El 15 de noviembre, ante una expectación
sin precedentes, Marie daba su primera clase. Una multitud de curiosos había
aguardado durante horas para asistir al espectáculo que en la sociedad europea
de comienzos del siglo XX suponía ver a una mujer impartiendo clase en una
universidad. Marie, sin inmutarse por la presencia de decenas de personas que
nada tenían que ver con la ciencia, retomó las clases con total normalidad en
el mismo punto en que las había dejado su marido. La mayor parte de los
presentes no entendieron nada, pero sabían que estaban asistiendo a un hecho
histórico. En los años siguientes, Marie continuó dedicada a sus
investigaciones sobre la radiactividad y las propiedades del radio. En 1908
publicó un estado de la cuestión sobre el asunto titulado La obra de Pierre
Curie, y en 1910 una monografía sobre sus estudios con el título Tratado sobre
la radiactividad. Al año siguiente depositaba 21 miligramos de cloruro de radio
puro en la Oficina Internacional de Pesos y Medidas de París con lo que dejaba
establecido el patrón internacional del elemento que había descubierto.
A pesar de sus importantes aportaciones científicas, Marie no
logró entrar en la Academia de Ciencias de Francia, perdiendo en la votación
realizada para ello en enero de 1911, pues como recuerda José Manuel Sánchez
Ron, «las Academias de Ciencias han sido tradicionalmente muy poco proclives a
admitir mujeres entre sus miembros (…) la Academia de Ciencias de París no
admitió como miembro de pleno derecho a una mujer, la matemática Yvonne
Choquet-Bruhat, hasta 1979». Sin embargo, el desplante de la Academia francesa
se vio ampliamente compensado unos meses después, ya que a comienzos de
noviembre recibía la noticia de que había sido designada por segunda vez para
recibir un Premio Nobel, en esta ocasión de Química. Esta vez, Marie viajaría a
Estocolmo junto con su hija Irène y su hermana Bronia para recoger el galardón.
El Nobel no podía llegar en mejor momento, ya que en esos días Marie estaba
viviendo un auténtico calvario personal que había puesto su nombre en boca de
miles de personas: el 4 de noviembre uno de los principales periódicos de
París, Le Journal, sorprendía a sus lectores con un artículo sensacionalista en
el que se descubría que Marie mantenía una relación amorosa con el también
científico Paul Langevin. El problema era que Langevin estaba casado y tenía
hijos y, como indica Sánchez Ron, «la sociedad de aquella época no parecía
estar dispuesta a aceptar que la viuda de una gloria nacional, ella misma
también una figura de la nación, desafiase la moral tradicional». El
aireamiento sin recato ni consideración de su vida privada y la banalización de
sus sentimientos fueron un golpe durísimo para Marie cuya salud terminaría
quebrándose, teniendo que ser hospitalizada entre diciembre de ese año y
febrero del siguiente.
Como siempre, Marie encontró su mejor consuelo en el trabajo.
Por entonces comenzaron a proliferar en Europa los primeros Institutos del
Radio, dedicados a las muchas aplicaciones prácticas de la radiactividad, de
suerte que Marie tuvo incluso que rechazar la dirección del que en 1912 se
proyectaba crear en Varsovia ya que toda su ilusión estaba depositada en el
acuerdo al que habían llegado el Instituto Pasteur y la Sorbona para crear un
Instituto del Radio en París con dos laboratorios, uno dedicado a la investigación
física que estaría asociado a la cátedra de Marie y otro volcado a la
investigación biológica y médica. La construcción del Instituto comenzó en
1912, y a punto de finalizar, se vería interrumpida por el estallido de la
Primera Guerra Mundial en agosto de 1914. Dos días antes de que la declaración
oficial de guerra de Alemania a Francia convirtiese en realidad lo que toda
Europa temía, Marie escribía a sus hijas que estaban veraneando en Arcouest
(Bretaña) para tranquilizarlas, pero al tiempo ponía de manifiesto su voluntad
de ser útil en caso de que estallase el conflicto: «Querida Irène, querida Ève.
Las cosas parecen ir mal, esperamos la movilización de un momento a otro. (…)
No os asustéis. Tened calma y ánimo. Si la guerra no estalla inmediatamente,
iré a encontrarme con vosotras el lunes. Si no, si mi partida se hace
imposible, me quedaré aquí y os haré volver tan pronto como sea posible. (…) En
este caso iréis a Brunoy. Tú y yo, Irène, buscaremos la forma de ser útiles».
Y, desde luego, encontró la forma de serlo.
§. Ser útil hasta el final
Durante las primeras semanas de la guerra París estuvo amenazado
por una posible invasión alemana. En esas circunstancias, el gramo de radio
propiedad de Francia que se encontraba depositado para la investigación en el
laboratorio de Marie se convertía en un codiciado tesoro para los enemigos
tanto por su altísimo valor (cerca de un millón de francos-oro) como por las
aplicaciones para las que podía emplearse. Consciente de ello, Marie se hizo
cargo personalmente de su traslado a un lugar seguro, la caja fuerte de un
banco de Burdeos, al que lo llevó por su propia mano en compañía de un
representante del gobierno francés. El tesoro que transportaba en sus brazos
pesaba el gramo de radio y veinte kilos de plomo que lo rodeaban como
protección.
A su regreso a París, Marie pensó que una de las mejores formas
en que podía ser útil durante la guerra era aplicando sus conocimientos a la
medicina. Los aparatos de rayos X podían prestar un magnífico servicio no sólo
en la retaguardia, sino en el frente y en los hospitales de campaña si se
conseguían llevar hasta allí. Con ellos se podía determinar la ubicación de
balas o metralla, además de diagnosticar otras lesiones. Así, Marie en compañía
de su hija Irène solicitó fondos a la Cruz Roja francesa y a la Unión de
Mujeres de Francia para montar la primera unidad móvil de radiología. Un coche,
una dinamo, un aparato de rayos X, un equipo radiológico y poco más era todo lo
que necesitaba, y una vez que lo consiguió no dudó en ir con él allí donde
fuese necesario. Como recuerda Sánchez Ron, «al final de la guerra, Marie había
ampliado su servicio radiológico, llegando a poner en servicio veinte coches,
conocidos en la zona de guerra como “pequeños Curie”». Además de los coches
radiológicos, Marie también se dedicó durante la contienda a formar a
enfermeras en la manipulación de aparatos de radiología y supervisó la
instalación de cerca de doscientas salas radiológicas en hospitales. Pese a sus
servicios no recibió ninguna condecoración del gobierno de Francia.
En septiembre de 1918 finalizó la guerra. Europa se afanaba por
recuperar la normalidad y Marie también, pero había empeñado toda su fortuna
personal en las actividades que había desarrollado durante el conflicto, de
modo que no tenía recursos con los que volver a poner en marcha su laboratorio.
El gobierno francés tampoco disponía de fondos para poder destinarlos a la
investigación y, lo que era más grave, había desaparecido el suministro de
radio con las empresas que, antes de la guerra, se dedicaban a producirlo. La
situación parecía insalvable cuando inesperadamente un hecho cambió su rumbo.
En mayo de 1920, Marie, en contra de su costumbre, consintió en recibir a una
periodista americana que llevaba mucho tiempo insistiendo para lograr
entrevistarla. Se trataba de Marie Meloney, redactora de la revista
estadounidense femenina The Delineator. Durante la entrevista celebrada en el
laboratorio de Marie, la periodista quiso saber de qué cantidad de radio
disponía Marie para su trabajo, y quedó muy sorprendida cuando supo que sólo
contaba con el gramo perteneciente al gobierno y que no tenía ninguna cantidad
del elemento que había descubierto que fuese de su propiedad. Meloney no podía
creerlo, especialmente teniendo en cuenta que si Marie o su esposo hubiesen
patentado el radio dispondrían de una enorme fortuna, pero, una vez más, Marie
reiteró su intención de no patentarlo al no considerar el radio como algo
propio sino perteneciente a la humanidad. Por último, la periodista le preguntó
qué echaba en falta en su laboratorio, a lo que Marie respondió con toda
franqueza que lo que necesitaba para continuar investigando era un gramo de
radio puesto que, dado su precio, no le resultaba posible adquirirlo. La
sinceridad y calidad humana de Marie impresionaron enormemente a la periodista,
que no sólo publicó la entrevista sino que además propuso a Marie un medio para
conseguir lo que necesitaba: si ella accedía a viajar a Estados Unidos, dar una
serie de conferencias y escribir una autobiografía, Meloney organizaría una
campaña publicitaria para lograr mediante una suscripción popular el dinero
necesario (100.000 dólares) para comprar el gramo de radio. Marie aceptó y
gracias al éxito de la empresa emprendida por Meloney su sueño se hizo
realidad. En mayo de 1921, Marie, acompañada por sus hijas, llegaba a Estados
Unidos para recibir de manos de su presidente en nombre del pueblo americano un
gramo de radio que, tal y como ella misma se encargó de que quedase por escrito
en el momento de recibirlo, sería de su propiedad mientras viviese para su
libre uso en la investigación y, tras su muerte, pertenecería a su laboratorio
con el mismo fin.
El viaje a Estados Unidos, que repetiría en 1929 para conseguir
el primer gramo de radio para Polonia, permitió la puesta en marcha del
laboratorio de Marie a pleno rendimiento y desde entonces la gran científica
polaca se prodigó en viajes por el resto de Europa (incluida España, que ya
había visitado en 1919 y a donde volvió en 1931). Su reputación internacional
era gigantesca tanto por sus aportaciones a la ciencia como por su dimensión
humana. Marie era una leyenda viva. Especial significado tendría para ella el
viaje a Polonia de 1925 cuando puso el primer ladrillo del futuro Instituto del
Radio de Varsovia. Su actividad investigadora continuaba siendo, como siempre,
incesante, pero además ahora empleaba su fama para contribuir también al
progreso de la ciencia. Sin embargo su salud era cada vez más delicada. Entre
1923 y 1930 fue operada hasta cuatro veces de la vista y todo su cuerpo se
resentía por efecto de las radiaciones a las que había estado expuesta durante
años. Marie trataba de disimular sus graves problemas de vista y superar su
decaimiento físico. Animaba a su hija Irène, que había seguido sus pasos y los
de su padre, en su proyecto de producir radiactividad artificialmente y llegó a
ver cómo lo lograba. Pero no tendría la satisfacción de verla recoger el Premio
Nobel de Química que se le concedió en 1935 por ello, pues el 4 de julio de
1934 Marie moría víctima de una anemia perniciosa causada por los estragos de
la radiación en su cuerpo.
Marie Curie es uno de esos personajes que hacen más digna la
historia de la humanidad. Su vida fue una lección constante de voluntad,
vocación, entrega y altruismo, que además serviría para abrir nuevos horizontes
en el mundo de la ciencia. Su inteligencia la llevó a intuir la existencia de
sustancias radiactivas diferentes al uranio, y su tesón le permitió descubrir
el polonio y el radio. Pudo enriquecerse y se negó por razones éticas, jamás
consintió en beneficiarse de su posición y trabajó buscando siempre el progreso
y bien comunes, incluso en las más tristes condiciones de la guerra. Nada
tienen pues de extraño las palabras que Albert Einstein le dedicó tras su
muerte: «Cuando una personalidad tan destacada como la señora Curie llega al
fin de sus días, no debemos darnos por satisfechos sólo con recordar lo que ha
dado a la humanidad con los frutos de su trabajo. Las cualidades morales de una
personalidad tan destacada como la suya quizá tengan un significado aún mayor
para nuestra generación y para el curso de la historia que los triunfos
puramente intelectuales. Hasta estos últimos dependen, en un grado mucho mayor
de lo que suele creerse, de la talla del personaje». Pocos, muy pocos seres
humanos dejan tras de sí un legado comparable.
Capítulo 31
Mahatma Gandhi
Contenido:
§. El pacifista rebelde
§. De Porbandar a Durban, pasando por Londres
§. Sudáfrica: el aprendizaje de sí mismo y de la política
§. De regreso en la India
§. La lucha por la independencia
§. La última lucha contra la violencia
§. El pacifista rebelde
Si el siglo XX fue con diferencia el que mayor número de muertos
produjo como resultado de guerras, masacres y otras formas de violencia
practicadas por el ser humano, la figura de Mohandas Gandhi se eleva de ese
tenebroso contexto como una luz de esperanza. Nacido en la India y educado en
Gran Bretaña, vivió veintiún años de su vida en Sudáfrica, de donde volvió a su
país natal para luchar por su independencia. Pero la lucha política de Gandhi
no destacó tanto por lograr finalmente sus objetivos como por haberlo hecho
tomando como base la no-violencia, un método de acción política basado en la
expresa renuncia a la violencia como principio y como arma de deslegitimación.
Ello fue posible gracias a sus irrepetibles dotes personales y a un largo
proceso de reflexión moral y religiosa que le permitieron plantear estrategias
políticas que pusieron en jaque a la mayor potencia mundial del momento sin
poner en juego el derramamiento de una gota de sangre.
A mediados del siglo XIX la península Indostánica se encontraba
bajo completo dominio británico. Desde hacía un siglo las compañías comerciales
británicas primero y después las autoridades coloniales habían ido dominando
directamente el territorio o poniendo bajo su tutela (con la forma legal de
protectorados) los quinientos sesenta y cinco estados principescos en que se
dividía. La India oriental británica, que incluía los territorios de los
actuales estados de Pakistán, India, Sri Lanka, Bangladesh y Myanmar, era para
Gran Bretaña una fuente inagotable de materias primas e ingresos al tiempo que
un mercado reservado indispensable para asegurar el crecimiento de su
industria; para los indios suponía la subordinación a un poder extranjero que
les cargaba de impuestos, interfería en sus tradicionales relaciones políticas
y sociales y les prohibía la fabricación de cualquier producto que pudiese
competir con sus intereses económicos.
Pero era además un mosaico intrincadísimo de estados, castas
sociales, razas (arios e indostánicos) y religiones (la hindú y la musulmana
eran las mayoritarias, pero también había comunidades de jainas, sijs,
zoroastristas, cristianos y judíos) que dificultaba en gran medida la
gobernación del territorio. Para ello fue indispensable la integración de
población indígena tanto en la administración como en las fuerzas militares y
de seguridad, método que garantizaba el dominio de una pequeña minoría europea
sobre millones de nativos. En este contexto llegó al mundo el principal
responsable de que semejante estado de cosas fuese a cambiar en menos de un
siglo.
§. De Porbandar a Durban, pasando por Londres
Mohandas Karamchand Gandhi nació el 2 de octubre de 1869 en la
ciudad portuaria de Porbandar, capital de un pequeño principado de igual nombre
en el actual estado indio de Gujarat, a orillas del mar Arábigo. Pertenecía a
la casta de los vaishyas («mercaderes») que sin ser de las superiores tampoco
era de las consideradas degradantes. Era el menor de los cuatro hijos del
matrimonio de Karamchand Gandhi y su mujer Putlibai. Su padre y varios
representantes de generaciones anteriores de su familia habían ocupado el cargo
de primer ministro del pequeño estado, sin que ello les hubiese proporcionado
una posición social dominante o una gran riqueza.
El pequeño Mohandas creció en un contexto religioso ecléctico,
ya que su padre era hindú y su madre pertenecía a la secta Pranami, que
combinaba creencias del hinduismo y el islam y predicaba la tolerancia
religiosa. Como el resto de los indios, vivió en un medio en el que varias
religiones estaban presentes y a las que se habituó desde buen principio,
tomando enseñanzas de todas ellas. Quizá ésta fuese una de las razones por las
que en el futuro se consideraría un heterodoxo al no adherirse a ninguna ortodoxia
férrea.
Siguió su educación sin ser un estudiante brillante y su
adolescencia se vio marcada, como la de muchos de sus compatriotas, por un
temprano matrimonio. A los trece años se casó con Kasturbai, que sería su única
esposa. La experiencia le marcó de tal modo que fue un enemigo declarado del
matrimonio infantil por el resto de su vida. Los inicios de su vida marital se
vieron marcados por una voluntad de dominar a su mujer —a imitación de sus
mayores— y una afición desmedida por el sexo, que acababa de descubrir. Pero
pronto algunas experiencias le hicieron adoptar un modo de vida más contenido,
especialmente una que vivió con dieciséis años. Su padre había caído gravemente
enfermo y Mohandas se encargaba personalmente de su cuidado. Una noche abandonó
la habitación paterna para estar con su esposa. Como señala su biógrafo Dennis
Dalton, «en ese momento murió su padre. Un criado fue hasta él y le dijo: “Tu
padre acaba de morir”. La primera reacción de Gandhi fue decir: “Dios mío, ¿qué
he hecho?”. Durante el resto de su vida se referiría a este momento como aquel
en que abandonó a su padre, en que no cumplió con su deber… y aquello se
convirtió en la base de su gran sentido del deber y la responsabilidad. Con el
tiempo llegó a la conclusión de que debía comportarse como el hijo de toda la
sociedad, una persona diligente y consciente de sus deberes al servicio de la
humanidad».
Tres años más tarde abandonó la India para estudiar derecho en
Londres, después de que su madre lo obligara a jurar que evitaría el vino, las
mujeres y la carne. Cuando llegó a la capital del Imperio británico el impacto
fue inmediato, el joven indio se vio abrumado por una ciudad gigantesca y
cosmopolita en la que no encajaba; este hecho, unido a su carácter tímido, le
llevó al retraimiento. Sin embargo, en sus primeros tiempos en la capital se
vio seducido por el modo de vida inglés, e intentó cultivar las costumbres de
un caballero británico. Gastó buena parte de sus haberes en ropa elegante y en
acudir a clases de baile, francés y violín. Pero el elevado nivel de gastos
unido a la toma de contacto con la vida universitaria le llevaron a ser más
sensato y a aprovechar sus estudios en la metrópoli. En 1891 regresó a la India
para poner en práctica los conocimientos adquiridos y comenzar una carrera de
abogado. No obstante, los estudios no habían mitigado su carácter inseguro, que
pronto le jugó malas pasadas profesionales. Así lo recuerda el profesor indio
de Teoría política Bhikhu Parekh: «Volvió a la India, se hizo cargo de su
primer caso y, cuando se encontró en la corte de justicia delante del juez fue
incapaz de abrir la boca, se quedó paralizado. Esto le dejó profundamente
disgustado». Experiencias posteriores no enderezaron sus poco prometedores
comienzos, por lo que no se lo pensó mucho cuando en 1893 le llegó la
oportunidad de cambiar de aires, cuando una firma musulmana buscó sus servicios
legales para representarles en Sudáfrica. Allí viajó con la idea de permanecer
un año, pero acabaría estando veintiuno. La experiencia no fue sólo
profesional: cuando Gandhi abandonase la colonia británica de El Cabo sería un
hombre completamente distinto.
§. Sudáfrica: el aprendizaje de sí mismo y de la política
El joven abogado indio conoció en sus propias carnes el ambiente
que se vivía en la colonia africana nada más llegar, sobre todo para quienes no
tenían la piel de color blanco. Debía viajar de Durban a Pretoria, por lo que
adquirió un billete para ir en un vagón de primera clase de un tren que cubría
dicha línea. Cuando subió al vagón un viajero blanco se quejó al revisor de su
presencia, ya que los nativos de territorios colonizados sólo tenían permitido
viajar en tercera clase. Gandhi se negó a trasladarse a tercera porque había
pagado para viajar en ese vagón. Cuando el tren llegó a la primera estación
importante, Petermaritzburg, fue expulsado de muy malos modos (literalmente
arrojado) del tren, y tuvo que pasar toda la noche en el andén a la espera del
primer convoy del día siguiente para continuar el viaje. Él mismo dijo que
aquella noche se la pasó decidiendo si volver a la India o si permanecer en
Sudáfrica y hacer algo para que abusos de ese tipo no volviesen a producirse.
En opinión de Arun Gandhi, nieto de Mohandas y activista político por la paz y
los derechos humanos, «aquella humillación fue realmente lo que despertó en él
el deseo de cambiar las cosas, y pasó toda la noche sentado en el andén
pensando cómo se podría hacer justicia».
Esto le llevó a comenzar una actividad en la comunidad india de
Sudáfrica, muy nutrida desde la década de 1860, para desarrollar mecanismos de
solidaridad que les permitiesen defenderse de los abusos y las humillaciones.
Como abogado, decidió servirse de los instrumentos que le proporcionaba la ley
para actuar. Así lo explica Dennis Dalton: «Como abogado creyó que cambiando
las leyes cambiaría el comportamiento humano. Así que desde 1893 hasta 1906 se
empleó a fondo en los tribunales de justicia para hacer algo. Pero el problema
es que los británicos fueron más inteligentes que él, de modo que siempre que
se cambiaba una ley se promulgaba otra que perpetuaba de algún modo la
discriminación». Eran las acciones de un hombre que se movía dentro del sistema
y que todavía aceptaba la autoridad colonial británica. De hecho, Gandhi
participó junto con los británicos como camillero en la guerra de los Bóers,
que enfrentó a las autoridades coloniales británicas con los descendientes de
los antiguos colonos holandeses entre 1899 y 1902, y también en la rebelión de
los zulúes de 1906, que fue cruelmente reprimida por los británicos. La
experiencia en este segundo conflicto le dejó profundamente marcado. En
palabras de Arun Gandhi, «fue la experiencia de la guerra zulú la que realmente
le puso en contacto estrecho con una violencia inhumana, dándose cuenta de que
aquello no era una guerra entre dos pueblos, sino una auténtica masacre».
Aquello le llevó a comenzar una profunda reflexión sobre la
dominación no sólo de los colonizadores europeos, sino de cualquier ser humano
sobre sus semejantes. Según Dennis Dalton, «comenzó a reflexionar sobre el modo
en que los zulúes eran dominados por los británicos y en lo que significaba la
propia dominación. Entonces pensó que él mismo ejercía una dominación sobre su
familia, especialmente sobre su mujer. Había contraído matrimonio a los trece
años y él mismo había sido lo que con el tiempo denominaría un marido
dominante, celoso y cruel. Y es de esta forma tan fascinante como, a partir de
sus reflexiones surgidas de la rebelión zulú y de la forma en que dominaban los
británicos, lo interioriza y se cuestiona qué parte de culpa le correspondía en
semejante comportamiento. Y se respondió que era culpable en su propio
matrimonio, en su relación con Kasturbai». Fruto de estos pensamientos comenzó
un profundo proceso de reflexión espiritual y religioso que pronto le llevaría
a desarrollar una nueva forma de actuar en política. De momento, a los treinta
y siete años, y tras haber tenido cuatro hijos con su esposa, decidió hacer
voto de castidad como una forma de controlar sus sentidos y su sexualidad (una
práctica muy arraigada en la religión hindú, que lo consideraba como expresión
de una realidad superior). En opinión de Bhikhu Parekh, «así es como se volvió
totalmente puro, a partir de ese momento no habría a su alrededor impureza,
violencia o agresión alguna».
Pero pronto esta filosofía que comenzó por aplicar en su ámbito
más cercano tuvo la posibilidad de trasladarse al ámbito público. En 1907 las
autoridades británicas aprobaron una ley que obligaba a todos los inmigrantes
indios a registrarse con sus huellas dactilares y que facultaba a la policía a
registrar sus casas para asegurar el cumplimiento de la ley. En esta ocasión
puso en marcha por primera vez el satyagraha (literalmente en sánscrito,
«aferrar firmemente la verdad»). Con esta palabra designó a su doctrina de
poner en práctica la desobediencia civil (o no colaboración con las
autoridades) combinada con la no-violencia. Puestas en práctica de forma
colectiva daban como resultado una resistencia pasiva por parte de la población
que dejaba desarmadas a las autoridades: los desobedientes no delinquían,
sencillamente se limitaban a no colaborar con las autoridades en aquellas
cuestiones que consideraban injustas o ilegítimas; si se reprimían
violentamente sus manifestaciones, como era frecuente, no oponían la violencia
a la autoridad agresora, que quedaba deslegitimada ante la sociedad. El método
de nuevo se puso en práctica, y con éxito creciente, a raíz de otras medidas en
Sudáfrica, como la invalidación por las autoridades británicas de los
matrimonios de indios y musulmanes, o las regulaciones injustas de la
inmigración. En estas ocasiones llamó a la participación activa de las mujeres
en la movilización, ya que consideraba injusto el papel pasivo que la sociedad
india solía atribuirles e incluyó la huelga pacífica entre las medidas de
presión, comprendió la importancia de la prensa como medio para dar a conocer
su mensaje y aprendió cómo comunicar políticamente. Como señala el profesor
Parekh, Gandhi «descubrió en Sudáfrica por primera vez un método de resistencia
no violenta. Se levantaba frente a su oponente, le decía que no estaba
dispuesto a ceder, pero también le aseguraba que no se le haría ningún daño».
Y todo ello como resultado de un programa de desarrollo moral
personal iniciado por su convicción de que un líder político debía ser puro. El
Dalai Lama, Premio Nobel de la Paz, ha destacado muchas veces la importancia
revolucionaria del método de resistencia pasiva elaborado por Gandhi. Según él,
«Mahatma Gandhi pensó que para poner en práctica la no-violencia, era necesario
que ésta estuviese primero en su propia mente, de forma que la semilla de la
paz y la reconciliación se desarrollase. Sin eso ¿cómo podría predicar la
auténtica no-violencia?». Pero Gandhi tendría que trabajar mucho para que esta
convicción funcionase en un contexto más adverso al que dirigía su mirada desde
hacía tiempo, su India natal. Sus desvelos por mejorar las condiciones de sus
compatriotas emigrados le hicieron pronto popular en su país de origen, adonde
quiso trasladarse en 1915. El trabajo que le esperaba para aplicar allí sus
renovadoras ideas políticas iba a ser muy arduo.
§. La lucha por la independencia
La oportunidad para poner en marcha todo lo aprendido y
desarrollado en los años anteriores se presentó en 1919. En el mes de marzo de
aquel año las autoridades británicas aprobaron un paquete de medidas legales
que so pretexto de abortar conspiraciones revolucionarias perpetuaban las
limitaciones de los derechos civiles que se habían decretado durante la Primera
Guerra Mundial. Gandhi reaccionó lanzando su primera campaña nacional de
resistencia pasiva, que incluyó una llamada a la huelga general y manifestaciones
de masas. La situación se complicó cuando en Jallianwalla Bagh, en abril, el
batallón al mando del brigadier Dyer disolvió a tiros una manifestación.
Murieron trescientas setenta y nueve personas y más de mil cien resultaron
heridas. Aquel acto desacreditó a las autoridades británicas ante los ojos de
la mayoría de los indios y de buena parte de la opinión pública internacional;
pocos meses más tarde Gandhi publicó tres artículos en los que declaraba que la
sedición era un deber y demandaba el fin del gobierno británico en la India. La
lucha por la independencia había comenzado.
Un año más tarde lanzó un movimiento nacional de no cooperación
que duró dos años enteros. La convocatoria proponía una acción total a lo largo
y ancho del país, llamando a no utilizar los servicios públicos, no acudir a
las cortes de justicia ni a los colegios y, más adelante, no pagar impuestos ni
servir en el ejército. La iniciativa resultó muy polémica y fue criticada por
considerarla casi anarquista. Gandhi fue arrestado y juzgado en marzo de 1922.
Haciendo gala de su carisma e inteligencia, transformó el juicio a su persona
en un juicio al gobierno colonial británico. Rechazó contratar un abogado, usó
el proceso como plataforma desde la que exponer sus demandas, se declaró
culpable de luchar por cambiar un sistema injusto y conminó al juez a condenarle
a él o al sistema colonial en su conjunto, no le dejó otra opción. Gandhi fue
condenado a seis años de prisión pero fue el vencedor moral del episodio. Pasó
poco tiempo encarcelado, y después de aquello las autoridades coloniales
británicas se guardarían mucho de volver a procesarle. Habían aprendido que una
medida de represión mal aplicada podía volverse en un arma poderosa en manos
del enemigo. Aunque aquel movimiento de resistencia no alcanzó sus objetivos de
paralizar la administración colonial británica, acabó popularizando la causa de
la independencia frente a Gran Bretaña y logró politizar a grandes masas de
indios hasta entonces renuentes a participar en la vida pública. De nuevo era
la autoridad moral del Mahatma y su aplicación a la política la que iba
consiguiendo victorias en un largo camino. A juicio de Dennis Dalton, «Gandhi
fue único porque como líder político mostró que la actitud de no-violencia
podía funcionar en política. Cada vez que demostraba que poseía autoridad moral
luchaba por no perderla, cosa que sucedería si se producían actos de violencia
por parte de su comunidad, los indios. Descubrió la efectividad política de la
autoridad moral».
En los años siguientes se centró en campañas menos directas
contra la dominación británica, pero de gran importancia desde el punto de
vista social. Se dedicó a promover la mejora de la situación de las mujeres, el
desarrollo de industrias rurales y la unión entre hindúes y musulmanes. Este
tema le fue preocupando progresivamente más puesto que una parte cada vez mayor
de los grupos musulmanes consideraban que las campañas de Gandhi no sólo les
perjudicaban, sino que además estaban diseñadas contra ellos, acusaciones que
siempre negó categóricamente. En 1926 decidió guardar un año de silencio que
dedicó a la reflexión.
En 1930 lanzó una nueva campaña de resistencia pasiva ante la
decisión del gobierno británico de imponer un impuesto sobre la sal. La
elección del momento vino determinada no sólo porque fuese una medida sumamente
injusta sino porque afectaba a todos los indios por igual, tanto hindúes como
musulmanes, y sobre todo a los más pobres. Decidió organizar una peregrinación
pacífica a la villa costera de Dandi, donde llegó el 5 de abril tras
veinticuatro días de marcha, a lo largo de la cual animó a los indios a fabricar
y vender su propia sal al margen de la medida del gobierno. Periódicos de todo
el mundo siguieron la marcha con interés creciente, ya que la figura de Gandhi
se había vuelto muy popular internacionalmente. La represión de las autoridades
británicas no se hizo esperar. Se arrestó a más de sesenta mil personas, el
propio Gandhi entre ellas. La importancia de los desórdenes convenció al virrey
de la necesidad de negociar. El Mahatma fue dirigido directamente al palacio
virreinal y, en palabras de Bhikhu Parekh, «le dieron el vaso de agua que había
pedido, lo apoyó sobre la mesa y sacó algo de sus ropajes. El virrey por
curiosidad le preguntó: “¿Qué es eso?”. A lo que respondió: “Excelencia, no se
lo diga a nadie, ésta es la sal que he fabricado ilegalmente”. La echó en el
agua, la disolvió y se la bebió».
La importancia que el movimiento nacionalista indio estaba
cobrando empezaba a hacer tambalear la confianza del gobierno de la metrópoli
en que podría retener durante tiempo indefinido la joya de la corona del
Imperio británico. Por ello invitaron a negociar a Gandhi, que llegó a Londres
en septiembre de 1931. Las negociaciones no resultaron muy fructíferas (el
escollo fundamental fue que el gobierno no reconocía a Gandhi como
representante de todos los indios, sino del colectivo hindú), pero el líder indio
logró encandilar a la opinión pública. Se reunió con intelectuales y artistas,
como George Bernard Shaw o Charles Chaplin; visitó diferentes puntos del país,
incluyendo centros fabriles en los que solicitó el perdón de los obreros por
los daños que el boicot a los productos británicos en la India podía estar
produciéndoles, y fue invitado por el rey al palacio de Buckingham, donde
acudió vestido con su indumentaria habitual, un paño que cubría su cintura y
una capa para protegerse del frío. Cuando un periodista le preguntó por lo
inapropiado de su escasa vestimenta, respondió que «el rey llevaba ropa
suficiente para los dos». De nuevo el talante y la presencia de Gandhi le
permitieron ganarse a la población de la calle, pero el pulso político por el
futuro de la India no había acabado, por lo que a sus sesenta y dos años tuvo
que prepararse de nuevo para continuar la lucha que había consumido ya buena
parte de su vida.
§. La última lucha contra la violencia
El resto de la década de 1930 Gandhi vivió con gran preocupación
la creciente tensión entre musulmanes e hindúes. Los dos grandes partidos
representantes de ambas religiones, el Congreso Nacional Indio y la Liga
Musulmana, se habían enzarzado en una encarnizada lucha. En 1935 los británicos
de la India habían aprobado una ley por la que reconocían cierta autonomía a
los territorios, en función de la cual se debían celebrar elecciones dos años
más tarde. A lo largo de la campaña se comenzó a reclamar una independencia por
separado de hindúes y musulmanes, opción que Gandhi rechazaba taxativamente al
afirmar que dicha división era artificial. Él consideraba que la India era una
civilización en la que habían convivido durante siglos diferentes razas,
lenguas, culturas y religiones, y que aplicar un principio de nacionalidad
basado en la religión era falsear la realidad. Incluso cuando el Congreso
Nacional Indio aceptó la idea de la independencia por separado, Gandhi siguió
rechazándola por impracticable y trabajó para intentar crear un clima favorable
a la reconciliación.
Desde 1939, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, la
situación se precipitó. La decisión unívoca del virrey de declarar a la India
en guerra contra Japón sin consultar con los partidos llevó al rechazo del
Congreso Nacional Indio a colaborar con los británicos a no ser que se
reconociese la independencia. En un célebre discurso en agosto de 1942 Gandhi
reclamó la independencia inmediata, hecho que le llevó de nuevo a la cárcel, en
la que pasaría esta vez dos años. En 1944 falleció Kasturbai. La niña que unió
su vida a la suya con trece años y que se había convertido con el paso del
tiempo en un apoyo incansable de su actividad le había dejado, justo en el
momento en que el cariz que iban tomando los acontecimientos la hacían más
necesaria que nunca.
Acabada la guerra en 1945, la coyuntura se mostró favorable a la
independencia. Gran Bretaña había salido económicamente empobrecida de la
contienda y no disponía de recursos para reconstruir el aparato imperial, que
para los indios se había vuelto del todo insoportable. Se convocaron elecciones
para el mes de diciembre, de las cuales debería salir el partido que dirigiese
la independencia. Pese a que venció el Congreso, debido a la mayoría numérica
de los hindúes en el conjunto del territorio, la asamblea constituyente que
debía reunirse fue boicoteada por la Liga y por los príncipes de los estados
indios, que veían peligrar su posición privilegiada si sus territorios se
integraban en un estado nuevo. Para entonces una violencia sin precedentes
había estallado en el norte del país entre hindúes y musulmanes, que
presionaban así para forzar la situación a favor de la independencia por
separado.
El impacto que todo esto tuvo en el ánimo de Gandhi fue
inconmensurable, como han afirmado quienes le conocieron o estuvieron cerca de
él en esos momentos. Según afirma lady Pamela Hicks, hija de Louis Mountbatten,
primer conde de Mountbatten de Birmania y último virrey de la India, «la idea
de dividir la India realmente rompió el corazón de Gandhi. En ocasiones él
podía encontrar soluciones políticas imposibles porque su corazón estaba
convencido de que era lo correcto, pero a menudo el mundo no permite que se
realice lo correcto». Philip Talbot, periodista que siguió de cerca a Gandhi
durante este período, afirma que «la última vez que hablé con él le encontré
realmente deprimido, y me dijo: “No puedo ver nada a mi alrededor. Hay
oscuridad por todas partes y los hombres se comportan como bestias. No, peor
que bestias, porque éstas no matan a sus semejantes”». Una vez más, no
permaneció de brazos cruzados y emprendió primero un ayuno de protesta por la
violencia y más tarde decidió ir en peregrinación por la paz al distrito
bengalí de Noakhali, el más afectado entonces por la violencia religiosa. Allí
permaneció entre octubre de 1946 y febrero de 1947, trabajando activamente por
la reconciliación.
En opinión de Bhikhu Parekh, la actitud de Gandhi en aquellos
meses no pasó desapercibida, «creo que no hubo un solo indio que no se sintiese
avergonzado y orgulloso a la vez. Avergonzado de que hubiese sido tan
profundamente defraudado por muchos y orgulloso de que en esos días de oscura
brutalidad surgiera entre ellos una figura que les hizo sentirse orgullosos de
ser indios… Y entonces fue cuando Gandhi dijo: “No hay más que violencia a mi
alrededor. Toda mi vida ha fracasado y mi muerte tiene que conseguir aquello
que mi vida no ha podido conseguir”. Se negó deliberadamente a llevar
protección, incluso en las situaciones más difíciles, y dijo a uno de sus
colaboradores: “Moriré a manos de un asesino y cuando lo haga, recordad, por
favor, que si acepto valientemente esa bala con el nombre de Dios en mis
labios, sólo entonces habré sido un verdadero Mahatma”». Su actitud contraria a
la partición del territorio y a la independencia por separado ya le había
atraído las iras de los grupos nacionalistas hindúes extremistas.
Cuando fue finalmente proclamada la independencia, el 15 de
agosto de 1947, se hizo por separado la del territorio mayoritariamente hindú,
la India, de la del mayoritariamente musulmán, Pakistán. Gandhi no participó en
la celebración del acontecimiento. La tristeza por la sangre que se estaba
derramando no le permitía alegrarse, la muerte de tantos inocentes no era
motivo de celebración. La división de la India británica era un hecho, con el
problema añadido de que en cada uno de los dos nuevos países había amplias
bolsas de miembros de la religión contraria. En los meses siguientes los
desplazamientos de diecisiete millones de personas añadieron el drama de los
refugiados a la ola de violencia que no cesaba.
La mañana del 30 de enero de 1948, Gandhi se dirigía caminando a
su reunión de oración diaria por la paz en Nueva Delhi cuando un estudiante que
militaba en una organización hindú radical se acercó a él y le descerrajó tres
tiros. Su fatal presagio se cumplió y la muerte le sorprendió sin haber logrado
la pacificación y la reconciliación de los pueblos de la India. Aunque su
muerte tuvo un efecto pacificador. El asesinato produjo un estupor sin límite
tanto entre sus aliados como entre sus enemigos y la violencia se detuvo
siquiera temporalmente. A los actos de la cremación acudieron más de un millón
de personas. A esas alturas Gandhi había sobrepasado para el conjunto de la
población india cualquier valoración humana y tanto partidarios como enemigos
lo consideraban una especie de santo. Ante una situación política que se había
desbordado, aquel hombre siguió fiel a sus principios y no se había dejado
arrastrar por las pasiones homicidas que habían llenado de sangre y muerte su
amada tierra. Lejos de esto se había reafirmado en sus convicciones, viejas,
sólidas, en perpetua adaptación a la realidad cambiante, y había trabajado por
el mundo mejor que había soñado desde que una noche fuese expulsado de un vagón
de tren porque no se quería amoldar a las convenciones racistas de su tiempo.
Éste es en parte el valor del legado de Gandhi. Martin Luther
King dijo muchos años después de su muerte: «Cristo me dio el mensaje, Gandhi
me dio el método». No sólo fue un ejemplo de hombre comprometido con erradicar
la injusticia y conseguir un mundo mejor, sino que para conseguirlo desarrolló
unos procedimientos radicalmente nuevos en la historia de la humanidad, tan
acostumbrada a que los conflictos se solucionen a base de violencia y muerte.
La no-violencia, la no-colaboración con las autoridades injustas y la
resistencia pasiva a sus decisiones se mostraron más efectivas que el más
moderno de los tanques o el más eficiente de los aviones. Es por esta razón que
Gandhi es una figura para el futuro, un faro de aliento que nos ayuda a seguir
teniendo esperanza en el ser humano a pesar de que lo que vivió en el siglo XX
no nos permita ser muy optimistas.
Capítulo 32
Winston Churchill
Contenido:
§. El hombre que plantó cara al nazismo
§. La juventud imperial de Mr. Churchill
§. Un político poco interesado en la discreción
§. La gran guerra y después
§. De ministro liberal a reaccionario conservador
§. La cima de una carrera política
§. El ocaso del político
§. El hombre que plantó cara al nazismo
De pocos políticos del siglo XX se ha escrito tanto como de
Winston Churchill. Este hecho no se ha debido a su dilatada carrera política en
su país de origen, Gran Bretaña; a su personalidad polémica, provocadora e
incluso polemista; ni siquiera a haber sido un escritor prolífico y exitoso. La
imagen de Churchill está asociada en la memoria colectiva europea a la Segunda
Guerra Mundial. Para ser más exactos, al año que transcurrió entre julio de
1940 y julio de 1941, cuando estuvo al frente del gobierno del único país de
Europa que había quedado en pie después de haber declarado la guerra al Tercer
Reich. Fueron esos meses heroicos de resistencia ante la potencia militar que
arrasaba el continente los que elevaron a Churchill desde la categoría de
político hasta la de símbolo colectivo de lucha contra el fascismo, la
violencia y la sinrazón. ¿Quién estaba detrás de la imagen de ese hombre que
caminaba por las ruinas en llamas del Londres bombardeado por la Luftwaffe
comprobando el estado en que había quedado la ciudad y animando y consolando a
sus habitantes? Ésta es una pregunta a la que sólo el acontecer de su ajetreada
vida puede dar respuesta.
La primera mitad del siglo XX fue un tiempo de crisis
prolongadas y transformaciones radicales. Si el siglo comenzó con la hegemonía
mundial de las potencias europeas, que dominaban el mundo mediante inmensos
imperios coloniales, cuando frisaba su ecuador aquellos imperios estaban en vía
de desvanecerse y la hegemonía mundial había pasado a dos nuevas
superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética. Gran Bretaña vivió
aquellas décadas como un tiempo de profunda reestructuración. Comenzó el siglo
cediendo a Estados Unidos el puesto de primera potencia económica mundial y
llegó a 1950 con el proceso de desguace de su imperio colonial, el primero del
mundo, ya puesto en marcha. No fueron unos años sencillos. Dos guerras
mundiales (la Primera entre 1914 y 1918 y la Segunda de 1939 a 1945) fueron los
trágicos jalones que marcaron el discurrir de los británicos y de todos los
europeos, puesto que fue la vieja Europa uno de los escenarios en los que se
vivió con mayor intensidad las calamidades de dos conflictos bélicos cuyas
dimensiones nunca se habían conocido antes. En ese tránsito de primera potencia
imperial del mundo a nación replegada en su insularidad europea es en el que se
enmarca la vida y la acción política de Churchill.
§. La juventud imperial de Mr. Churchill
Winston Leonard Spencer-Churchill (que durante toda su vida
pública usó el nombre de Winston Churchill) nació el 30 de noviembre de 1874.
Era hijo de lord Randolph Henry Spencer-Churchill (tercer hijo del duque de
Marlborough) y de Jennie Jerome, la hija de un millonario estadounidense de
ascendencia franco-escocesa. Ambos se habían casado furtivamente en París ya
que la aristocrática familia del novio se oponía a la relación y, siete meses
más tarde, en el palacio de Blenheim, la fabulosa mansión que en el siglo XVIII
había construido el primer duque de Marlborough en la comarca de Oxfordshire,
durante la celebración de un baile, lady Churchill se sintió indispuesta por
los dolores del parto. Ni siquiera pudo llegar a sus habitaciones y tuvo que
dar a luz en el guardarropa de señoras al primogénito de sus dos hijos varones.
Su padre (1849-1895) fue un destacado miembro del Partido
Conservador, que había sido elegido como diputado para la Cámara de los Comunes
en 1873 y que, tras enrolarse en el ala avanzada del partido, contribuyó de una
forma definitiva a su renovación y al triunfo electoral de 1886, tras el cual
llegó a ocupar el cargo de canciller del Exchequer (equivalente a ministro de
Hacienda) dentro del gabinete presidido por lord Salisbury. Tan sólo duró
cuatro meses en el cargo, del que dimitió sorpresivamente para retirarse de la
política, parece que a raíz de un enfrentamiento con los ministros militares
del gobierno. Fue el fin de su carrera, tras el cual se retiró absolutamente de
la vida pública y se dedicó a languidecer en privado con actividades que no le
reportaban ningún beneficio y que mermaban de forma notable el patrimonio
familiar.
Mientras tanto, su hijo seguía la clásica educación victoriana,
basada en el aislamiento de la familia (mediante el internamiento del alumno),
la férrea disciplina y los castigos físicos. El hijo de lord Churchill, que
había pasado sus cinco primeros años de vida en Irlanda, ingresó en una escuela
digna de la familia aristocrática de la que procedía, aunque fuese de una rama
segundona. Se trataba de la escuela de Saint James de Ascot, que tuvo que
abandonar a los pocos meses de ingresar en 1881 por problemas de salud. Aquel
niño del que se esperaba que destacase en un sistema educativo asfixiante y
amenazador se demostró desde los primeros años un inadaptado y un rebelde
empedernido. Fue trasladado posteriormente a otro centro en Brighton (se creyó
que el aire marino sería beneficioso para su salud) y a la prestigiosa escuela
de Harrow (donde no aprobó el examen de acceso pero fue finalmente admitido por
ser hijo de tan célebre político). El joven Winston no terminó la educación
reglada, decepcionando las expectativas que en él se habían depositado, y su
estancia durante once años en aquellos tres colegios sólo sirvió para acumular
castigos y resentimiento.
Así que el futuro del adolescente fue un quebradero de cabeza
para sus padres. Siguiendo una de las vías usuales en las ramas secundarias de
la nobleza, decidieron que se matriculase en la Academia militar de Sandhurst.
Tras suspender tres veces el examen de ingreso, sólo pudo aprobar como cadete
de caballería (para esta arma el candidato debía disponer del patrimonio
suficiente para pagarse la montura y su equipo, por lo que la demanda de plazas
era menor que en el resto). Dicha modalidad de ingreso tampoco fue del agrado
de sus padres, ya que lo elevado de los gastos no iban bien a una familia que
había ido perdiendo estatus social y económico a medida que su cabeza iba
declinando.
Sin embargo, el joven Churchill comenzó su instrucción en la
Academia militar de Sandhurst y allí descubrió una de sus vocaciones, el
ejército. Mientras que la disciplina de los colegios se le había hecho
insoportable y su carácter rebelde le había llevado a encararse a sus
superiores, en cuanto ingresó en la institución descubrió con placer que en el
ambiente marcial, donde la disciplina era infinitamente mayor, disfrutaba con
el ejercicio físico, el compañerismo entre los reclutas y el desarrollo de los
conocimientos militares y la estrategia. Terminó su formación militar en
febrero de 1895 obteniendo el grado de subteniente de húsares, y pronto comenzó
a ejercer sus deberes militares en diferentes lugares del mundo. Se estrenó ese
mismo año, pasando un mes como observador en la guerra colonial que mantenían
los rebeldes cubanos con el poder colonial español; de ahí pasaría dos veces a
la India, Sudán (donde jugó un papel relevante en la batalla de Ondurman, que
decidió la guerra a favor de Gran Bretaña) y Sudáfrica. Mostró un gran interés
por estar en lugares en los que hubiese acción militar, para lo que se sirvió
de los contactos de su madre, que acababa de enviudar.
Fueron también años —sobre todo los transcurridos en la India—
de lectura voraz y estudio autodidacta, ya que por entonces fue desarrollando
una actitud intelectual y un interés creciente por la escritura. Como en
aquellos años estaba permitido combinar la dedicación militar con determinadas
profesiones, Churchill alternó y comenzó a publicar sus crónicas en diferentes
periódicos. Durante su segunda campaña se decidió a superar el periodismo y
comenzó a escribir libros sobre sus vivencias en otros continentes. Así
aparecieron La historia de la Malakand Field Force en 1898 y al año siguiente
The River War (traducida al castellano como La guerra del Nilo), relatos de
gran formato en los que mezcla la autobiografía y la crónica vivaz de sus
estancias en tierras exóticas. Estos primeros frutos de la pluma de Churchill
alcanzaron un éxito notable tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos, hecho
al que contribuyeron las críticas vertidas en ellos contra altos mandos
militares, que encendieron una viva polémica.
La celebridad de los libros y crónicas periodísticas publicados
en Gran Bretaña por el joven oficial de caballería no sólo llamaron la atención
de la opinión pública sobre su persona, sino que hicieron nacer en su entorno
personal la idea de que intentase emprender la carrera política, que tan
abruptamente había dejado su padre. Sin lugar a dudas la opción en la que
militar sería el Partido Conservador, el mismo al que tanto había aportado su
padre, que le encontró un hueco en la circunscripción inglesa de Oldham para
las elecciones de 1899. No tuvo éxito, por lo que hubo de buscar una dedicación
con la que salir adelante (había renunciado a su cargo militar para presentarse
a las elecciones). La de corresponsal de guerra parecía la más adecuada, y un
nuevo escenario bélico acababa de surgir para desempeñar dicha profesión,
Sudáfrica. Allí había estallado una guerra entre Gran Bretaña y los
descendientes de los antiguos colonos holandeses, los llamados bóers, por el
control total del territorio, clave en el proyecto imperial británico en
África. La guerra no empezó bien, ya que un enemigo que teóricamente era muy
inferior infligió varias derrotas al poderoso ejército colonizador, y el
desánimo había cundido en la opinión pública. Sin embargo los diarios comenzaron
a recoger una historia que polarizó la atención, la de un joven arriesgado que
salvó un tren blindado británico de un ataque bóer haciéndose provisionalmente
con el mando y pasando a todos los heridos a los primeros vagones del convoy,
que posteriormente fue hecho prisionero, escapó de sus carceleros, logró
abrirse camino en territorio enemigo sin conocer su idioma (el afrikaans),
llegó a la neutral Mozambique y telegrafió a su periódico la crónica de su
peripecia. Aquello fue considerado algo sensacional y alcanzó inmediatamente
una gran resonancia pública, y su protagonista era nada menos que el hijo de
lord Churchill, que un año más tarde lo publicó todo en su libro La guerra de
los bóers. De Londres a Ladysmith vía Pretoria . Una vez a salvo solicitó su
readmisión como oficial de caballería y permaneció durante un año combatiendo
en aquella contienda, que finalmente ganarían los británicos.
Tal fue la celebridad que le proporcionó el episodio, que volvió
a renunciar al ejército para volver a presentarse a las elecciones que se
celebraron en octubre de 1900 por el mismo distrito en el que había fracasado
pocos meses antes. Pero aquella vez triunfó, haciendo su entrada en la Cámara
de los Comunes. El ancho mundo había resultado muy atractivo para el joven
oficial de caballería británico que se dejaba llevar por su juventud, pero
pronto descubriría que en su país natal podía desempeñar tareas tan
apasionantes o más.
§. Un político poco interesado en la discreción
En el invierno de 1900-1901 un joven aventurero y escritor
británico de nombre Winston Churchill comenzó un ciclo de conferencias por
Estados Unidos. Como carta de presentación tenía sus crónicas periodísticas de
seis años ejerciendo como corresponsal de guerra, su experiencia militar y el
reciente escaño que había obtenido en las elecciones de su país. En Nueva York,
el encargado de presentarle ante el público fue el escritor Mark Twain, ya
sexagenario, que no dudó en pronunciar las siguientes palabras: «Señoras y
señores, tengo el honor de presentarles a Winston Churchill, héroe de cinco
guerras, autor de seis libros y futuro primer ministro de Inglaterra». La broma
fue inmediatamente captada por todos, pero el hombre a quien estaba dedicada
demostró pronto que no se tomó tan a broma las palabras de su anfitrión
estadounidense.
En 1901 ocupó su escaño en la Cámara de los Comunes del palacio
de Westminster, pronunciando su primer discurso en el mes de marzo. Sin embargo
no le fue encomendado ningún cargo de responsabilidad por los gabinetes
sucesivos de Salisbury y Arthur Balfour, sino que quedó relegado a diputado de
pelotón, posición que no le agradaba en absoluto. Por ello y ante la creciente
descomposición política de los conservadores, en mayo de 1904 cometió la
temeridad de traicionar al partido que le había abierto sus puertas y en el que
había militado su padre para pasar a engrosar las filas de su gran rival, el
Partido Liberal. La mayoría de sus compañeros de escaño no se dejaron engañar
por su pretexto de discrepar con la política de libre comercio y derechos
aduaneros; de hecho, los temas económicos no le interesaron nunca, aunque
desempeñó importantes cargos de responsabilidad en este ámbito. Al año
siguiente apareció la biografía que en aquel momento estaba escribiendo sobre
su padre; muchos quisieron ver en la acción del hijo una reproducción de los
gestos altaneros y autosuficientes de lord Randolph. Pero no hace falta
recurrir a antecedentes familiares para explicar aquel episodio ya que formaba
parte del peculiar estilo político que Winston Churchill fue desarrollando a lo
largo de una carrera política de más de cincuenta años. Según el historiador
francés Marc Ferro, «a ese hombre intempestivo y de talento reconocido por
todos le gustaba ser insoportable. Intervenía en el Parlamento en cualquier
circunstancia y hablaba si era necesario delante de los bancos vacíos, como un
actor sin papel que siempre se colocaba al frente del escenario. Pero la prensa
recogía con gusto elementos de sus alocuciones…».
La provocación, los gestos tajantes, la actitud arrogante, el
gusto por hacer sentir incómodos tanto a sus rivales como a sus compañeros,
todo ello era parte del peculiar modo de actuar en política de un hombre
inteligente, sensible y con un peculiar olfato para desentrañar las claves de
los acontecimientos políticos al tiempo que se iban sucediendo. Junto a su
labor periodística y narrativa, la sagacidad política fue uno de los puntales
de su prestigio en el medio político británico. Además, según pasaban los años
se ganó cierta fama de imprevisible, lo que le hizo muy importuno para los
primeros ministros de los gobiernos de los que formó parte. Según el escritor e
historiador alemán Sebastian Haffner, «en el transcurso de los años había
generado demasiados titulares. (…) Churchill parecía siempre predestinado a
causar sensación, acaso sin pretenderlo. (…) La primera vez, en la guerra de
los bóers, esta cualidad le había permitido abrirse paso, pero lo cierto es que
desde entonces no hizo sino perjudicar su reputación».
De hecho los liberales no terminaron de considerarle como un
extraño, aunque le recibieron con alborozo, como una muestra más del clima
político que les llevaba a formar gobierno, así como por destacar desde el
primer momento en su oposición contra los conservadores. Éstos por su parte lo
convirtieron en objeto de su odio por la traición cometida. El caso es que el
cambio de partido fue premiado a corto plazo, satisfaciendo las expectativas
del tránsfuga. En las elecciones de enero de 1906 obtuvo su primer escaño por
los liberales y fue nombrado secretario de Estado para las Colonias por el
gobierno que presidía el liberal Campbell-Bannerman. Bajo su sucesor Asquith,
que ocupó el 10 de Downing Street en 1908, accedió por primera vez a cargos
ministeriales, en este caso al de Comercio, y más tarde fue trasladado al de
Interior. Aunque demostró ser un ministro eficaz, su cercanía al «ala radical»
del partido (que defendía dotarle de mayor contenido social, era especialmente
crítica con su cúpula y estaba liderada por David Lloyd George) hizo de él un
individuo muy incómodo para los dirigentes liberales. Para neutralizarle,
Asquith supo aprovecharse de su vocación militar y le nombró en 1911 ministro
de Marina y Primer Lord del Almirantazgo, lo que ponía bajo su mando a la
Armada Real Británica, la más poderosa del mundo en ese momento. La treta se
mostró infalible ya que las ambiciones coloniales de Alemania hacían presagiar
la posibilidad de una guerra europea y Churchill se entregó en cuerpo y alma a
prepararla desde su nuevo cargo. Modernizó técnicamente la armada, la dotó de
nuevo potencial ofensivo y renovó la cúpula de mando pensando en una posible
confrontación con la más pequeña pero mucho más moderna armada alemana. No
pasaría mucho tiempo hasta que se hizo necesario poner en funcionamiento las
reformas bélicas por él emprendidas.
§. La gran guerra y después
El verano de 1914 se recuerda por ser uno de los más frenéticos
en la política europea del siglo XX. El asesinato en Sarajevo del archiduque
Francisco Fernando de Habsburgo, heredero del trono austro-húngaro, el 28 de
junio dio paso a mes y medio de declaraciones de guerra que enfrentaron durante
cuatro años a Alemania y Austria-Hungría con el Reino Unido, Francia y Rusia.
Tras décadas de rivalidad política, colonial y económica, las grandes potencias
europeas del siglo XIX se embarcaban en una guerra por la supremacía
internacional que desencadenó una oleada de muerte y destrucción de dimensiones
desconocidas. Ésa es la razón de que hasta el estallido de la Segunda Guerra
Mundial a finales de la década de los treinta la Primera fuese conocida
sencillamente como «la Gran Guerra».
Cuando Gran Bretaña declaró la guerra al Imperio alemán el 4 de
agosto de 1914 el gobierno estaba presidido por el liberal Herbert Henry
Asquith, que junto a su ministro de la Guerra, Herbert Kitchener, y al de
Marina, Winston Churchill, fueron quienes delinearon la estrategia británica
durante los primeros meses de contienda. Sin embargo el último no logró
permanecer en el cargo ni siquiera un año completo. Pese a que las medidas que
había tomado desde 1911 se revelaron adecuadas para la contienda que se desencadenó
tres años después, varias decisiones arriesgadas una vez iniciadas las
hostilidades le costaron el puesto. En otoño amagó con ponerse al frente de las
tropas aliadas sitiadas en la plaza de Amberes (Bélgica y Luxemburgo habían
sido ocupadas por Alemania y el grueso de la batalla se libraba en el norte de
Francia). A principios de 1915 defendió la estrategia de desbloquear la guerra
(que ya se había estancado en lo que se conoció como «guerra de posiciones»,
consistente en largas batallas libradas desde frentes de trincheras que no se
movían durante meses) abriendo por sorpresa un nuevo frente en los Balcanes,
que consideraba el punto débil del enemigo. Logró imponer esta visión a sus
compañeros de gobierno pero la operación fracasó. El 18 de marzo de 1915,
fuerzas británicas desembarcaron en la península de Gallípoli, en los
Dardanelos, con el objetivo de atacar Turquía, aliada de Alemania, y desde allí
ascender rápidamente hacia el norte. Los turcos lograron neutralizar la
ofensiva británica echando por tierra la operación; la insistencia de Churchill
en resistir en ese nuevo frente precipitó su pérdida de apoyos en la armada y
que fuese depuesto el 17 de mayo. Además, su caída se había vuelto inevitable
desde el momento en que se hizo necesario un gobierno de concentración para
mantener el esfuerzo bélico. Como era de esperar, los conservadores exigieron
como condición para entrar en dicho gobierno la cabeza del ministro de Marina.
Apeado de la dirección de la guerra, Churchill no quiso
permanecer al margen de ella, así que solicitó su readmisión en el ejército y
se trasladó al frente occidental en otoño, pasando siete meses como oficial en
Flandes. Pese a su deseo de entrar en acción, la desesperante dinámica bélica
impuesta en ese frente le impidió destacarse en combates contra el enemigo, por
lo que solicitó nuevamente su baja militar y en mayo de 1916 volvía a ocupar su
escaño en la Cámara de los Comunes. Ese mismo año se renovó la cabeza del
gobierno de concentración, pasando a ocupar el cargo de premier Lloyd George,
antiguo compañero de Churchill antes de su nombramiento para el Ministerio de
Marina. Aunque en los primeros meses no pudo conceder una cartera a su antiguo
camarada porque su postura era todavía muy débil frente a los conservadores,
quienes mantenían su veto sobre el ex ministro y veían con desconfianza su
trayectoria durante la contienda, fue afianzándose hasta que en julio de 1917
le nombró ministro de Armamento sin consultar a los conservadores y con gran
revuelo público. Churchill ocupó ese cargo hasta el armisticio, a partir del
cual pasó a desempeñar sucesivamente las carteras de Guerra, del Aire y de las
Colonias. Hasta que cayó ese gobierno en 1922 se convirtió en uno de los más
cercanos colaboradores del primer ministro, llegando a ser conocido como «la
sombra de Lloyd George». No era la primera vez que presidía un departamento del
gobierno y fue creciendo su fama como buen administrador de los asuntos públicos.
En opinión de Sebastian Haffner, «Churchill siempre fue un excelente ministro
de gabinete, enérgico y lleno de ideas, aunque también un poco propenso a
entrometerse en la jurisdicción de sus colegas, y prácticamente todos sus
cargos están vinculados a algún mérito históricamente significativo». Pero el
ejercicio de las altas responsabilidades del gobierno, que tanto le
apasionaban, no fueron suficientes para acallar su inquietud y poco a poco se
fue gestando otro de los golpes de timón que cambiarían la carrera de Churchill
y que dejarían sin habla a la opinión pública.
§. De ministro liberal a reaccionario conservador
En 1922 se rompió la coalición entre los partidos Liberal y
Conservador que había llevado a Gran Bretaña a la victoria en la Gran Guerra y
que había sido vista como garantía de estabilidad para los momentos posteriores
a la firma del armisticio. A partir de ese momento se abrió un período de
profundos cambios. Fueron los años en que se resquebrajó el tradicional sistema
bipartidista británico, ya que a la izquierda de los liberales había surgido el
Partido Laborista (muy cercano a la ideología socialista y popular entre las
masas obreras) que le estaba comiendo el terreno a pasos agigantados. Entre
1922 y 1924 Churchill no ganó en las elecciones y no obtuvo escaño en los
Comunes. Frente al cambiante panorama político propuso temporalmente la
creación de un partido de centro que sirviese de colchón y contrapeso de los
extremos políticos. Pero ideológicamente, desde el final de la guerra llevaba
experimentando un regreso a sus postulados conservadores. Un regreso vehemente
y vigoroso, ya que el motivo que acabó con las veleidades progresistas de
Churchill fue la Revolución rusa de 1917 y el consiguiente surgimiento del
comunismo como movimiento político a escala internacional, que consideró desde
el principio como un peligro inmenso para la supervivencia de su país y de la
misma civilización europea. Ya dio muestras tempranas de estas actitudes en los
momentos finales de la guerra, mostrándose partidario de prolongar la actividad
bélica en el frente oriental con el objetivo de apoyar a los sublevados contra
el poder soviético en Rusia, y en el ámbito nacional vertió su animadversión
hacia el comunismo en el nuevo y pujante Partido Laborista, que en realidad
distaba mucho de comulgar con el bolchevismo.
Así estaban las cosas cuando en 1924 fue admitido de nuevo en el
Partido Conservador, liderado ahora por Stanley Baldwin, pero con reservas y
sin muestras públicas de reconciliación. Churchill repetía el gesto que había
realizado veinte años antes y de nuevo era recibido con estupor por la opinión
pública. Pese al paso del tiempo parecía seguir conservando intacta su
capacidad para generar titulares en la prensa, y con motivo. No obstante y
gracias a que se había ganado una gran fama entre los sectores más ultramontanos
del conservadurismo por su anticomunismo militante, Baldwin lo incluyó cuando
formó gobierno en 1925 (con el apoyo de los liberales y tras el primer y fugaz
gabinete laborista). Pero no estaba muy dispuesto a que le amargase la labor de
gobierno, por lo que decidió concederle una cartera, la de Hacienda, que le
mantuviese ocupado y que no estimulase su ya de por sí vigorosa iniciativa.
Sabía que no rechazaría su nombramiento como canciller del Exchequer (por haber
sido el puesto que había ocupado su padre en el gobierno) pese a que no le
interesase su área de trabajo. Y así fue efectivamente. Churchill ocupó el
cargo hasta 1929; durante su mandato se aprobó el regreso de Gran Bretaña al
patrón oro, decisión que le valió duras críticas del economista John Maynard
Keynes, aunque la opinión pública la aceptó positivamente, y jugó un papel
destacado en la respuesta del gobierno a la huelga general convocada por los
sindicatos en 1926. Pero su nuevo cargo no aumentó su interés por las
cuestiones fiscales, aunque lo desempeñó impecablemente, como el resto de sus
gestiones al frente de un ministerio. Fueron años en los que se centró con
renovada pasión en la escritura, que culminó con la publicación de su visión
personal de la Primera Guerra Mundial (los cinco volúmenes de su Crisis mundial
se publicaron entre 1923 y 1931) y que continuaron a lo largo de la década
siguiente, en los que publicó una gran biografía de su antepasado el primer
duque de Marlborough (destacado militar de comienzos del siglo XVIII) y una
Historia de los pueblos de habla inglesa.
Esta fecundidad narrativa a lo largo de la década de 1930 se
debe a que durante todo ese período estuvo fuera del gobierno (aunque los
conservadores gobernaron desde 1935). Fueron años en los que compaginó su
escaño en los Comunes con una exitosa actividad como columnista y con un cierto
repliegue a su vida familiar. En 1908 se había casado con Clementine Hozier y
habían tenido juntos un hijo y tres hijas. Fue un matrimonio discreto y que
duró toda la vida. Si Churchill salía con cierta asiduidad en la prensa por su
actividad política, nunca lo hizo por su vida familiar. Fueron también años de
soledad política, puesto que fue prácticamente la única voz que se levantó
contra la política de apaciguamiento aplicada por los gobiernos británicos para
intentar contentar a la Alemania de Hitler. Churchill se había mostrado
contrario con anterioridad a estrategias de cesión parcial para acabar con
conflictos en los que consideraba que las cuestiones de principio jugaban un
papel importante, tal fue el caso de la política desarrollada con los
independentistas indios liderados por Gandhi. Cuando en 1933 Hitler llegó al
poder y puso en marcha una política militar de rearme y una internacional de
expansión territorial, Churchill percibió inmediatamente el peligro. En palabras
de Marc Ferro, «Winston Churchill, solo contra todos, hizo saltar la alarma
contra Hitler, “un peligro para la paz y la civilización”. Lo hizo ya en 1933.
Pero nadie le escuchaba, pues en los círculos políticos era “un hombre
acabado”, un has been». Efectivamente, sus críticas eran consideradas como un
discurso trasnochado, romántico, poco realista con la situación internacional,
pronunciado por un viejo partidario de la guerra como solución de lo que
consideraba como amenazas. Pero el tiempo se dedicaría a demostrar en breve que
no estaba tan alejado de la realidad y que el riesgo bélico que representaba
Hitler era muy real.
§. La cima de una carrera política
La política de acercamiento no disimulado a Alemania practicada
desde 1937 por el nuevo primer ministro conservador, Neville Chamberlain,
comenzó a mostrarse insuficiente a finales de 1938, puesto que no lograba
frenar las reclamaciones crecientes del Reich. El gobierno nazi, tras la zona
desmilitarizada de Renania, Austria y Bohemia, enfocaba ahora sus apetencias
territoriales hacia Polonia. La creciente actividad diplomática encaminada a
intentar desactivar un mecanismo bélico que Hitler ya había puesto en marcha
fracasó definitivamente el 1 de septiembre de 1939, cuando sus tropas
traspasaron la frontera polaca comenzando una rápida invasión. Dos días después
Gran Bretaña declaraba la guerra a Alemania y Chamberlain remodelaba su
gobierno, otorgando a Churchill la cartera de Marina y el puesto de Primer Lord
del Almirantazgo. Era el reconocimiento público de que tenía razón en sus
llamadas para frenar a Hitler y un encargo para que pusiese a punto la armada
para entrar en combate. No iba a resultar tarea fácil puesto que Alemania se
había remilitarizado más deprisa y profundamente que las potencias vencedoras
de la Primera Guerra Mundial.
El invierno pasó con la infructuosa campaña de Noruega, que
intentó frenar el abastecimiento de materias primas procedentes de países
escandinavos con destino a la industria de guerra alemana. El fracaso de la
iniciativa supuso un desgaste del gobierno Chamberlain, que se desmoronó con la
ofensiva alemana sobre Francia. Ante el derrumbamiento del único aliado contra
el Reich, el premier dimitió y el rey Jorge VI llamó a Churchill para encabezar
un gobierno de concentración con laboristas y liberales. Se trataba de un doble
mensaje a la opinión pública. En primer lugar, el logro prioritario de la
unidad nacional para hacer frente a la crisis bélica; en segundo lugar,
establecer como objetivo prioritario la victoria, encargando la formación de
gobierno al hombre que había defendido la guerra con Alemania como única forma
de preservar el orden internacional y la supervivencia nacional. Indudablemente
Churchill era el hombre necesario para la hora más oscura de la historia de
Gran Bretaña.
Él mismo dejó claro su planteamiento de la situación en sus
primeros discursos tras el nombramiento. El 13 de mayo declaraba ante la Cámara
de los Comunes, dirigiéndose a los ministros del nuevo gobierno y por extensión
al conjunto de la ciudadanía: «No tengo nada que ofrecer que no sea sangre,
esfuerzo, sudor y lágrimas. Tenemos delante de nosotros una terrible prueba que
reviste la más seria gravedad. Tenemos delante de nosotros muchos, muchos meses
de lucha y sufrimiento»; y tras la derrota de Francia, el 18 de junio,
declaraba: «(…) la batalla de Francia ha tocado a su fin. La batalla de
Inglaterra puede empezar en cualquier momento. Del resultado de esta batalla
depende la civilización cristiana. Nuestros modos y costumbres dependen de
ella. (…) Toda la furia y el poder del enemigo se abatirán muy pronto sobre
nosotros. Hitler sabe que, si no nos reduce a la impotencia en nuestra isla,
perderá la guerra. Si llegamos a plantarle cara, toda Europa recuperará un día
su libertad. (…) Si caemos, entonces el mundo entero, incluido Estados Unidos,
se sumirá en el abismo de una nueva barbarie…». Las sospechas del nuevo premier
no tardaron en hacerse realidad. Entre julio y octubre tuvo lugar la batalla de
Inglaterra, que enfrentó a la fuerza aérea alemana (la Luftwaffe) con la RAF
(Real Fuerza Aérea británica). Los bombardeos sobre instalaciones militares y
objetivos civiles fueron masivos, las pérdidas humanas enormes, pero se logró
rechazar la agresión alemana. La imagen del primer ministro caminando entre las
ruinas humeantes de Londres haciendo con la mano el símbolo de la victoria y
escuchando y consolando a sus habitantes pasó inmediatamente a la Historia.
Durante el período que va de junio de 1940, en que llegó al
cargo, a junio de 1941, en que Gran Bretaña estuvo sola frente a Hitler,
desarrolló una energía y actividad inagotables para resistir frente al poder
nazi. Relegó a los antiguos partidarios del apaciguamiento, unificó el mando
militar nombrándose ministro de Defensa (cargo de nueva creación que dejaba a
los restantes ministros militares bajo sus órdenes) así como presidente de los
Estados Mayores de todas las fuerzas armadas, puso en marcha la movilización
masiva de hombres y recursos, desarrolló una gran actividad propagandista
pronunciando innumerables discursos para mantener alto el ánimo de la población
y, finalmente, mantuvo una intensa correspondencia privada (al margen de los
cauces diplomáticos normales) con el presidente de Estados Unidos, Franklin
Delano Roosevelt, a quien expuso su convicción de que si no entraba en la
contienda Hitler intentaría hacerse con el control del Atlántico. Esta táctica
tendría su éxito definitivo en diciembre de 1941, cuando tras el ataque japonés
a la base de Pearl Harbor, Estados Unidos dio el paso de entrar en la guerra y
apoyar a Gran Bretaña.
Desde entonces los esfuerzos del premier británico se
encaminaron a intentar dirigir la coalición internacional de potencias, de la
que formaba parte también la URSS, que había entrado en guerra con Alemania
tras sufrir un ataque sin previa declaración de guerra en junio de 1941. Para
ello realizó numerosos viajes con el objeto de establecer reuniones y acuerdos
a dos y a tres bandas. Mientras desarrollaba este plan director prestó ayuda a
la URSS y apoyó a De Gaulle en la organización de una estructura política de
resistencia a la ocupación nazi de Francia. Defendió una estrategia
mediterránea y balcánica antes de abrir un frente occidental en Francia, que
fue rechazada en la Conferencia de Teherán (febrero de 1943) por sus aliados,
pese a lo cual se llevó a cabo la campaña de Italia y apoyó al mariscal Tito en
Yugoslavia.
En los últimos meses de la guerra se mezclaron los momentos de
dolor con los de júbilo por la aproximación de la victoria definitiva contra el
nazismo. En noviembre de 1944, Churchill acompañó a De Gaulle en su entrada en
el París recién liberado. Su paseo por los Campos Elíseos fue uno de los
momentos más gratificantes de la guerra. Sin embargo, en la Conferencia de
Yalta (febrero de 1945) se escenificaron las diferencias entre los aliados y se
frustró definitivamente su proyecto de mantener a Stalin y el comunismo aislado
en Rusia, ya que éste dejó claro que no iba a renunciar a un área de influencia
en Europa oriental. Poco después, a las 15 horas del 8 de mayo, desde el número
10 de Downing Street anunciaba al país por la radio el final de la guerra. Era
el colofón glorioso a unos años de una dureza extraordinaria en los que él
había jugado un papel esencial y que sin lugar a dudas constituyeron la cima de
su carrera política. Churchill había abandonado su halo de político voluble y
poco realista de los años treinta para convertirse en el símbolo de la victoria
militar más importante en la historia de Gran Bretaña. Pero la gloria en el
poder le duraría muy poco.
§. El ocaso del político
La derrota de Alemania y el fin de la guerra supuso la
liquidación de la coalición de concentración nacional que había mantenido a
Churchill como primer ministro. El mes de julio se celebraron elecciones y para
sorpresa del resto de Europa, triunfó el laborista Clement Attlee, que
permanecería en el poder hasta 1951. La cercanía del fin de la guerra a la
derrota electoral de Churchill le proporcionó sin embargo una salida brillante
del poder. Los años posteriores fueron de declive en su actividad interior (se
encontraba sumamente agotado física y mentalmente tras seis largos años de
guerra) y de gran prestigio internacional. Pese a que mantuvo su escaño, se
dedicó intensamente a la escritura, dejando por escrito sus vivencias en la
Segunda Guerra Mundial (seis volúmenes aparecidos entre 1948 y 1954).
En el verano de 1949 sufrió un primer y leve ataque de apoplejía
que no le impidió presentarse de nuevo a las elecciones en 1951, apoyándose en
el ala liberal de su partido. Ganó esta vez y formó un nuevo gobierno. Pero su
capacidad no era la de seis años antes y cedió grandes parcelas de decisión a
sus colaboradores (en aquellas fechas se hablaba oficiosamente en Londres de un
«primer ministro a media jornada»). En 1953 sufrió un nuevo y más grave ataque
de apoplejía que le obligó a abandonar temporalmente el poder y que llevó a
hablar abiertamente de la necesidad de un recambio. Sin embargo, ese mismo año
se produjo un acontecimiento inesperado. La Academia Sueca dio la campanada
cuando anunció el ganador del Premio Nobel de Literatura: el primer ministro
británico Winston Churchill, de setenta y nueve años. La concesión resultó
controvertida. Pese a que poseía una vasta obra escrita que iba desde las
crónicas de guerra a los relatos históricos pasando por sus análisis de las
contiendas mundiales, sus discursos o varios relatos de viajes, muchos
consideraron que la concesión del premio fue una compensación de la Academia
puesto que el Comité Nobel del Parlamento noruego no quiso entregarle el de la
Paz. Además, aunque la Academia justificó el premio a Churchill «por su
maestría en la descripción histórica y biográfica así como por su brillante
oratoria en defensa de elevados valores humanos», varios sectores cuestionaron
la calidad literaria de su obra. No obstante, el premio fue una concesión que
no pudo disimular la decadencia de sus facultades, por lo que en abril de 1955
decidió dimitir definitivamente del cargo de primer ministro. La noche
anterior, en un gesto sin precedentes, la reina Isabel II aceptó su invitación
a cenar en Downing Street. Rechazó por segunda vez el título de duque que se le
había propuesto (ya lo había hecho diez años antes, aunque sí aceptó el de
caballero). Pese a que mantuvo su escaño no volvió a intervenir en el
Parlamento y quedó prácticamente replegado en su ámbito privado, en el que
falleció, a los noventa años, el 24 de enero de 1965.
Entre el público que asistió a los actos celebrados los días
posteriores a su muerte (funeral y traslado del féretro) figuraban jóvenes que
habían nacido al final de la guerra o inmediatamente después. Para ellos la
figura de Winston Churchill era ya algo que pertenecía más al terreno de la
leyenda que al de la realidad. Aquel hombre había estado apenas presente en la
opinión pública durante algunos años de su infancia y sin embargo había
sobrevivido hasta la mitad de la década de 1960. Ellos eran el futuro y
Churchill representaba el siglo XX, era una figura que, surgida de la Belle
Époque anterior a la Primera Guerra Mundial, había participado activamente en
las dos contiendas mundiales y el turbulento período que había transcurrido
entre ellas. Si esos jóvenes podían vivir en un mundo libre y en un país
democrático en el que planear un futuro en paz era gracias a la obra de uno de
los hombres que habían puesto las bases del mundo de posguerra. Unas bases que
demostraron ser sólidas y han permitido el desarrollo de su país y de toda
Europa durante más de medio siglo.
Capítulo 33
Albert Einstein
Contenido:
§. El genio ético
§. Una carrera de obstáculos
§. Un año para la Historia: 1905
§. Un incómodo personaje público
§. Fama mundial y exilio político
§. La Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias
§. El genio ético
Si dando un paseo por la calle nos cruzásemos con un hombre de
aspecto descuidado, pelo largo completamente encrespado, sin calcetines,
fumando en pipa y con un violín bajo el brazo, lo último que se nos ocurriría
pensar es que pudiese tratarse del mayor genio que jamás haya existido en la
historia de la ciencia. Albert Einstein fue un hombre que nunca pasó
inadvertido. Desde su inconfundible y peculiar aspecto hasta su compromiso
político con el pacifismo y el sionismo, su polémica participación en el proceso
que conduciría a la creación de la bomba atómica o, por supuesto, su inmensa
contribución al progreso de la física, todo aquello que hizo, dijo o escribió
alcanzó una trascendencia pública que muy pocos personajes de su época llegaron
a tener. Convertido en un mito de la ciencia con algo más de treinta años,
puede afirmarse que su trayectoria vital es uno de los más fieles reflejos del
siglo que le tocó vivir. Dos guerras mundiales, el ascenso del nazismo, la
persecución judía, la Guerra Fría, la «caza de brujas» en Estados Unidos… Cada
uno de los hitos que marca el siglo XX no puede describirse sin hacer alguna
referencia al hombre que en medio de todos ellos intuyó cómo funcionaba el
universo y lo demostró con su Teoría de la relatividad.
Albert Einstein nació el 14 de marzo de 1879 en la pequeña
localidad alemana de Ulm. Su madre, Pauline, procedía de una familia de clase
media relativamente acomodada. Estricta y con gran inquietud cultural, fue la
responsable de la formación musical de Einstein, lo que más tarde determinaría
que tocar el violín fuese, junto con la ciencia, la principal pasión de su
hijo. Su padre, Hermann, gozaba de una posición económica familiar menos
desahogada y se ganaba la vida construyendo dinamos e instalaciones eléctricas
en un pequeño negocio de su propiedad. Ambos eran judíos, si bien ninguno de
los dos era religioso ni seguía las costumbres hebreas, razón por la que
Einstein y su única hermana (Maja, dos años menor que él) crecieron en un
ambiente marcadamente tolerante en ese aspecto. El negocio familiar no marchaba
demasiado bien, lo que motivó el traslado de la familia a Múnich cuando
Einstein tenía sólo un año. Por entonces se estaba llevando a cabo la
electrificación de Alemania y la naciente industria electroquímica encontraba
en las ciudades un mercado en el que desarrollarse. Convencido por su hermano
Jakob, Hermann Einstein decidió probar fortuna en Múnich, donde instaló un
negocio junto con Jakob. Fue allí donde Albert comenzó a ir al colegio y, dada
la postura religiosa familiar, sus padres no encontraron problema alguno en
enviarle a una institución católica.
Suele creerse que Einstein fue un niño con problemas escolares,
lo cual no es del todo cierto. Parece que tuvo un desarrollo algo más lento de
lo habitual en algunas cuestiones como el habla, y que sus padres llegaron a
estar seriamente preocupados por la posibilidad de que tuviese algún tipo de
retraso mayor, pero cuando comenzó a asistir al colegio su desarrollo era el
normal de cualquier niño de su edad. Es verdad que había materias en las que no
era muy brillante, pero sencillamente se debía a que eran las que menos
despertaban su interés, algo por otra parte perfectamente normal en cualquier
niño. Por el contrario, mostró gran aptitud para todas las disciplinas
relacionadas con la ciencia, es decir, las que de verdad llamaban su atención.
Como estudiante Einstein era en general despistado, poco disciplinado e incluso
rebelde, pero como él mismo reconocería, su actitud académica estaba
íntimamente relacionada con el profundo rechazo que desde pequeño sintió por el
sistema escolar imperante en la época en Alemania. El aprendizaje basado en la
disciplina, la obediencia y sobre todo la memoria le resultaba absolutamente
ajeno y lejos de estimularle le aburría y desmotivaba. La situación no mejoró
con su ingreso en 1888 en el centro de educación secundaria Luitpold Gymnasium,
pues como años más tarde afirmó: «Mi flaqueza principal estaba en mi escasa
memoria, especialmente en cuanto a palabras y textos se refiere. Sólo en
matemáticas y en física me hallaba, gracias a mis esfuerzos personales, más
adelantado que el resto de la clase».
Al hablar de sus «esfuerzos personales» Einstein se refería al
fuerte componente autodidacta que tuvo su formación científica inicial ya que
con apenas once años comenzó a leer obras de divulgación científica que en
buena medida le facilitó un estudiante de medicina judío, Max Talmud, que
acudía semanalmente a comer a casa de sus padres. Los Libros populares de
Ciencias Naturales de Aaron Bernstein, entre otros, supusieron un auténtico
terremoto intelectual para un adolescente que era incapaz de aprender nada
empleando exclusivamente la memoria. Como indica el físico Michio Kaku, «fue
Talmud quien mostró a Albert las maravillas de la ciencia más allá de la árida
y maquinal memorización de la escuela». De su mano Einstein vivió lo que
bautizó como su «segundo milagro», el regalo de un libro de geometría que
devoró con auténtica ansiedad. El «primer milagro» había tenido lugar cuando
tenía cinco años y su padre le enseñó una brújula. Ambos hechos los recogió el
propio Einstein en sus Notas autobiográficas del siguiente modo: «Experimenté
un asombro semejante a los cuatro o cinco años, cuando mi padre me enseñó una
brújula. Su precisión no se ajustaba en absoluto al comportamiento de los
fenómenos que sucedían en el mundo (…) creo recordar que esta experiencia me
impresionó de manera profunda e imborrable. Detrás de las cosas debía de haber
algo tremendamente oculto. (…) A los doce años me asombré por segunda vez, pero
de manera muy distinta, pues se debió a la lectura de un librito sobre
geometría euclídea del plano, que cayó en mis manos al comienzo del curso. (…)
La certeza y la seguridad de sus afirmaciones me causaron una impresión difícil
de describir».
Las lecturas de Einstein al margen del programa formativo que
seguían todos los chicos de su edad influyeron decisivamente no sólo en su
formación intelectual sino también en la de su carácter. La búsqueda de los
distintos puntos de vista sobre un mismo asunto, en lugar de la memorización de
principios no argumentados, terminaría por generar en él un profundo rechazo
por el principio de autoridad (base del método educativo decimonónico) y todo
lo que representaba. Paralelamente, estas lecturas fueron socavando las
creencias religiosas que había adquirido desde la escuela primaria y que
igualmente se asentaban en la sunción acrítica de los textos bíblicos. Como él
mismo afirmó, el doble proceso fue prácticamente inevitable: «Los libros de
divulgación científica que leía me demostraron que los relatos bíblicos no
podían ser ciertos y, consecuentemente, terminé siendo un librepensador
fanático. (…) La impresión de aquellos años derivó en una desconfianza hacia
toda autoridad, en un escepticismo hacia las creencias de cualquier sociedad,
actitud que jamás abandoné, si bien más tarde, cuando alcancé una mejor
comprensión de las relaciones causales, se moderó». Y precisamente el rechazo
del principio de autoridad y de las «verdades» establecidas le permitió pocos años
más tarde hacer saltar por los aires la física newtoniana con su Teoría de la
relatividad.
§. Una carrera de obstáculos
Hacia 1884 el negocio de Hermann Einstein atravesaba serias
dificultades por lo que la familia se mudó nuevamente, esta vez a la localidad
italiana de Pavía, donde con el apoyo de la familia de Pauline estableció un
nuevo taller. Para evitar la interrupción de sus estudios, Albert no acompañó a
sus padres ya que debía finalizar la secundaria. Sin embargo la separación duró
muy poco. El profundo desagrado que Einstein sentía por el sistema educativo
alemán, unido al cada vez más cercano peligro del servicio militar en el
ejército prusiano, le determinaron a abandonar Múnich para reunirse con sus
padres. No sin trabajo logró que un médico le hiciese un certificado según el
cual por motivos de salud la reunión con su familia era necesaria; esto y la
carta que generosamente redactó para él su profesor de matemáticas en la que
daba fe de que aunque no hubiese terminado los estudios de secundaria su nivel
era universitario, le permitieron escapar a Pavía en 1895. Fue también entonces
cuando por primera vez —aunque no por última— quiso renunciar a la nacionalidad
alemana, lo cual logró oficialmente el 28 de enero de 1896. Desde entonces y
hasta que en 1901 obtuvo la ciudadanía suiza, permaneció apátrida. La razón
fundamental para ello fue la siguiente: «La exagerada mentalidad militar del
estado alemán me era extranjera, incluso de niño. Cuando mi padre se trasladó a
Italia hizo gestiones, a petición mía, para liberarme de la ciudadanía alemana,
porque lo que yo quería era ser ciudadano suizo». La aversión por el militarismo
se convertiría en otro de los rasgos esenciales de la personalidad del
científico, que los conflictos bélicos de las siguientes décadas se encargarían
de reforzar.
El interés de Einstein por la ciudadanía suiza guardaba asimismo
relación con el deseo de iniciar sus estudios universitarios en el entonces
célebre Instituto Politécnico de Zúrich. Albert no poseía los requisitos
necesarios para acceder a él, pero existía la posibilidad de hacerlo
presentándose a un examen especial de ingreso que no dudó en hacer pero que
suspendió. Un año más tarde, tras haber pasado un curso finalizando su
formación secundaria en la Escuela Cantonal de Aarau (también en Suiza y en la
que se encontró con un sistema educativo tolerante completamente distinto del
alemán), lograría aprobarlo. Matriculado en la Matematische Sektion del
Politécnico, inició estudios superiores y con ellos unos años de felicidad
intelectual que nada tuvieron que ver con los de sus primeros centros
educativos. Además, allí conoció a Mileva Maric, una joven estudiante serbia,
compañera de clase, con la que terminaría casándose en 1903.
Tres años antes, cuando Einstein tenía veintiún años, finalizó
su carrera, graduándose en Física y Matemáticas. Había sido un buen estudiante,
muy brillante en no pocas disciplinas, sobre todo las vinculadas a la física,
pero su tendencia a no acomodarse a las normas terminaría por pesar en el ánimo
de sus profesores que, una vez graduado, no quisieron concederle un puesto de
profesor ayudante con el que pudiese dar inicio a la carrera académica. Ni
Heinrich Weber (a cuyo laboratorio de física experimental hubiese querido
incorporarse) ni Adolf Hurwitz (uno de sus profesores de matemáticas) aceptaron
su propuesta, como tampoco lo hicieron el director de la División de Física
Experimental de la Universidad de Gotinga, Eduard Riecke, y Wilhelm Ostwald,
físico-químico de la Universidad de Leipzig. No resulta sorprendente que,
profundamente desanimado, afirmase en una carta dirigida a Mileva en 1901:
«¡Pronto habré honrado con mi oferta a todos los físicos desde el Mar del Norte
hasta la punta meridional de Italia!». Pero ni siquiera así consiguió Einstein
que aceptasen su solicitud de ayudantía. La posibilidad de dedicarse
profesionalmente a la física parecía desvanecerse sin que pudiese hacer nada,
por lo que al no contar con ningún soporte económico familiar (el negocio de su
padre seguía sin funcionar y además su noviazgo con Mileva no había sido bien
recibido), terminó aceptando un trabajo de profesor de matemáticas en la
Escuela Técnica de Winterthur del que sería despedido al poco tiempo por su
incapacidad para adaptarse al inflexible régimen docente del internado. Aun en
medio de esas circunstancias, y manteniéndose con grandes dificultades gracias
a lo que obtenía de dar clases particulares, logró sacar tiempo para publicar
el que sería su primer artículo, «Deducciones del fenómeno de la capilaridad»,
pues pese a las decepciones su vocación seguía intacta. Para colmo de males, a
finales de ese mismo año Mileva, que había regresado a su casa tras suspender
los exámenes finales del Politécnico, le escribió para notificarle que estaba
embarazada. Como apunta Michio Kaku, «estar separado de Mileva era una tortura,
pero intercambiaban cartas constantemente, casi a diario. El día 4 de febrero
finalmente supo que era padre de una pequeña niña, nacida en la casa de los
padres de Mileva en Novi Sad y bautizada Lieserl». El nacimiento de una hija
ilegítima a comienzos del siglo XX no era desde luego una situación fácil para
ninguno de los progenitores, más aún cuando el padre no ganaba dinero
suficiente ni para mantenerse a sí mismo. Lo sucedido con Lieserl es aún hoy un
misterio pues la última pista que se tiene de ella es una carta de 1903 en la
que se dice que estaba enferma de escarlatina. Quizá falleció por la enfermedad
o quizá fue entregada en adopción al tratarse de una hija nacida fuera del
matrimonio.
La suerte de Einstein parecía no querer enderezarse cuando a
mediados de 1902, y gracias a la mediación de su amigo del Politécnico Marcel
Grossman, consiguió un trabajo estable con un salario modesto como técnico
experto de tercera clase en la Oficina de Patentes de Berna. Allí trabajó
durante los siguientes siete años y allí, aprovechando la tranquilidad que le
ofrecía el empleo y armado sólo de lápiz, papel y su cabeza, alumbró las
increíbles teorías que terminarían revolucionando la física y sorprendiendo al
mundo.
§. Un año para la Historia: 1905
El trabajo de la Oficina de Patentes no era desde luego lo que
Einstein había deseado al finalizar su carrera, pero resultó ser un buen
empleo. Por una parte, le proporcionaba estabilidad económica y, por otra, le
permitía disponer de un ambiente muy tranquilo y bastante tiempo libre para
dedicarlo a profundizar en sus estudios de física, que era lo que
verdaderamente le interesaba. Gracias a lo primero pudo casarse con Mileva en
1903, tener a su primer hijo, Hans Albert, en 1904, y al segundo, Eduard, en 1910.
Para tratar de aumentar los ingresos familiares Einstein puso un anuncio en el
periódico ofreciéndose para dar clases de matemáticas y física, hecho que le
puso en contacto con un estudiante de filosofía, Maurice Solovine, y el
matemático Konrad Habicht, con los que comenzó a reunirse periódicamente para
discutir sobre ciencia, filosofía, literatura, física… Las reuniones de lo que
Einstein llamó su «Academia Olímpica» se convirtieron en un acicate para sus
investigaciones así como en un foro de discusión y análisis de sus novedosas
propuestas. Ello unido a la presencia como compañero en la misma Oficina de
Patentes de su amigo el ingeniero Michele Besso, hizo que el ambiente que
rodeaba a su rutina laboral terminase siendo verdaderamente estimulante y
adecuado para el desarrollo de sus inquietudes científicas.
En 1905 Albert Einstein publicó tres artículos en la revista
Annalen der Physik que hicieron temblar los que hasta entonces parecían seguros
pilares de la física. El primero de ellos versaba acerca del llamado efecto
fotoeléctrico, es decir, aquel que describe la emisión de electrones producida
cuando la luz incide sobre ciertos metales y que, en última instancia, permite
explicar la transformación de la luz en corriente eléctrica. A comienzos del
siglo XX el fenómeno fotoeléctrico se conocía y se había descrito, pero no se
había logrado una explicación matemática de por qué la energía de los
electrones liberados era proporcional a la frecuencia de la luz. Einstein
aplicó la teoría de los números cuánticos (descubierta sólo cinco años antes
por Planck) partiendo de la hipótesis de que la luz, como había afirmado Newton
pero se había rechazado con posterioridad, era un fenómeno corpuscular y no
ondulatorio. El resultado fue la explicación matemática del fenómeno
fotoeléctrico y, de paso, el derrumbe de las teorías asumidas por los físicos
desde el siglo XVIII acerca de la naturaleza de la luz. Como indica el profesor
Isaac Asimov, «las teorías de Planck fueron aplicadas por primera vez a
fenómenos físicos que no podían explicarse por las vías de la física clásica.
(…) Esto abrió casi todo el camino, incluso quizá realmente todo, del
establecimiento de la nueva mecánica cuántica». La trascendencia de la
aportación hecha por Einstein con este trabajo terminaría motivando que años
más tarde, en 1922, se le concediese el Premio Nobel de Física.
El segundo trabajo desarrollaba matemáticamente el movimiento
browniano de las partículas en suspensión, lo que le llevó a deducir una
ecuación que permite establecer el tamaño de las moléculas, así como de los
átomos que las componen. Pero fue su tercer trabajo, la formulación de la
denominada «Teoría de la relatividad especial», el que le terminaría reportando
mayor fama. En ella Einstein, que se centró en el caso especial de los sistemas
de movimiento uniforme, establecía que todo movimiento es relativo al punto de
referencia escogido para observarlo. Partiendo de esta afirmación creó y
explicó matemáticamente un sistema teórico conceptual, la Teoría de la
relatividad especial, que eliminaba las contradicciones que habían surgido
entre la mecánica de Newton y la electrodinámica de Maxwell, es decir, los dos
pilares sobre los que reposaba la física conocida. Como resultado de ello
surgían además consecuencias inesperadas como que el transcurso del tiempo
variaba con la velocidad del movimiento. Como explica el científico y académico
José Manuel Sánchez Ron, «la relatividad especial que sustituyó a la mecánica
que Isaac Newton había establecido en 1687, condujo a resultados que socavaban
drásticamente conceptos hasta entonces firmemente afincados en la física, como
los de tiempo y espacio, conduciendo (…) a la creación del concepto matemático
y físico de espacio-tiempo de cuatro dimensiones». La incapacidad de Einstein
para adaptarse a las normas establecidas y aceptar el principio de autoridad
había dado, cuando sólo tenía veintiséis años, un grandioso e increíble fruto.
Por si esto fuera poco, ese mismo año publicó un artículo breve
en el que explicaba una de las consecuencias de la Teoría de la relatividad
especial. En él establecía la proporción existente entre masa y energía y
formulaba la famosísima ecuación que la expresa: E = m × c². Gracias a ello
daba explicación a la producción de energía vinculada a los procesos
radiactivos, y abría la puerta a la posibilidad de convertir una pequeña
cantidad de masa en una enorme cantidad de energía. Desgraciadamente, varias
décadas más tarde la aplicación de este principio permitiría la fabricación y
lanzamiento de las bombas atómicas con las que se puso fin a la Segunda Guerra
Mundial. La polémica participación de Einstein en este asunto constituye uno de
los puntos más interesantes y controvertidos de su biografía, pero difícilmente
puede entenderse sin tener en cuenta lo sucedido con anterioridad.
§. Un incómodo personaje público
La publicación de los artículos de 1905 marcó un antes y un
después en la historia de la ciencia y también en la vida de Einstein. Aunque
al comienzo su revolucionaria Teoría de la relatividad fue recibida con
escepticismo, poco a poco y conforme se la iba sometiendo a distintas pruebas
de las que salía airosa, fue ganando adeptos. Entre ellos, el matemático y
antiguo profesor de Einstein en el Politécnico, Hermann Minkowski, quien,
convencido de la colosal aportación que ésta suponía, la presentó de forma pública
en una conferencia pronunciada en la Universidad de Gotinga en 1907. Como
indica el escritor Mario Muchnik, «para Einstein fue el comienzo del éxito». Al
año siguiente el mismo Minkowski presentó la Teoría de la relatividad especial
ante el Congreso de Científicos y Médicos Alemanes reunido en Colonia. La
reputación de Einstein iba aumentando de forma paulatina, de modo que en 1909
no sólo fue él mismo quien defendió su Teoría ante el Congreso de Científicos y
Médicos Alemanes, sino que abandonó la Oficina de Patentes de Berna al ser
elegido como profesor adjunto de la Universidad de Zúrich. Las ofertas de
trabajo de las más prestigiosas instituciones comenzaron a llegar en cascada, y
así en 1911 la Universidad de Praga le ofreció un puesto de profesor titular.
Ese mismo año tuvo lugar la primera de las conferencias sobre física
patrocinadas por Ernest Solvay (que desde entonces serían anuales) a la que se
convocó a los físicos más prestigiosos incluyendo a Einstein. Como recoge
Muchnik, Marie Curie, Poincaré, Rutherford o Plank, entre otros, recibieron con
auténtico entusiasmo al joven científico cuyas teorías estaban planteando una
auténtica revolución. La primera llegaría a afirmar: «En Bruselas pude apreciar
la claridad de su mente, la vastedad de su documentación y la profundidad de
sus conocimientos. Si se tiene en cuenta que el señor Einstein es aún muy
joven, se puede cifrar en él las mayores esperanzas y ver en él a uno de los
teóricos más importantes del futuro».
Las cosas comenzaban a marchar bien para Einstein, que además
acababa de tener a su segundo hijo con Mileva (en julio de 1910). Por entonces
recibió ofertas para incorporarse a las universidades de Leiden, Utrecht y
Viena, pero no aceptó ninguna de ellas. Desde 1911, Einstein trabajaba
denodadamente en la búsqueda de una teoría de la interacción gravitacional que
fuese compatible con los principios que había establecido en su Teoría de la
relatividad especial. Cuando en 1912 recibió la oferta de una cátedra en el
Instituto Politécnico de Zúrich, su antigua alma mater, no dudó en aceptarla.
Allí trabajaba el matemático Marcel Grossmann, lo que le permitiría investigar
conjuntamente con alguien que le diese el enfoque matemático que necesitaba
para establecer su nueva teoría. A finales de 1913 ambos publicaron un artículo
titulado «Esbozo de una teoría general de la relatividad y de una teoría de la
gravitación». Sólo quedaban algunos flecos por cerrar, pero la Teoría general
de la relatividad despuntaba en el horizonte.
Para entonces Einstein había abandonado el Politécnico de Zúrich
pues el mismo Max Planck le había hecho llegar una oferta difícilmente
rechazable: la Real Academia Científica de Prusia le ofrecía pasar a formar
parte de sus miembros, al tiempo que se le ofertaba un puesto de profesor sin
obligaciones docentes en la Universidad de Berlín y la dirección de la división
de investigaciones científicas del Instituto Kaiser Wilhelm. En abril de 1914
Einstein se trasladó con su familia a Berlín y volvió a aceptar la nacionalidad
alemana, requisito necesario para el desempeño de sus nuevos cargos. Una vez en
Berlín, el 25 de noviembre de 1915 presentó ante la Academia prusiana la
formulación definitiva de la Teoría general de la relatividad. En palabras del
profesor Sánchez Ron, «nadie antes o después de Einstein produjo en la física
una teoría tan innovadora, tan radicalmente nueva y tan diferente de las
existentes anteriormente». El prestigio de Einstein entre la comunidad
científica era enorme, por lo que su presencia pública se fue haciendo cada vez
más notable.
Pero las opiniones políticas del científico, que ya no pasaba
desapercibido al menos entre la comunidad académica, no encajaban precisamente
bien con el clima que se respiraba en Alemania hacia 1914. En el mes de agosto
estalló la Primera Guerra Mundial y en los primeros días del conflicto se
produjo la invasión alemana de Bélgica. La crítica internacional provocó que un
grupo de noventa y tres intelectuales alemanes firmasen e hiciesen público un
Manifiesto al mundo civilizado en el que justificaban la intervención bélica y
hacían una ardiente defensa del militarismo alemán como expresión de su
cultura. Einstein era un pacifista convencido y el rechazo que sentía por el
militarismo y sus manifestaciones en todos los órdenes de la sociedad era algo
tan arraigado en él que ya de adolescente le había hecho renunciar a la
nacionalidad alemana y abandonar Múnich. Aunque mostrarse públicamente en
contra de la postura oficial del estado alemán podía ser peligroso en ese
momento, cuando el pacifista alemán Georg Nicolai hizo circular una réplica al
vergonzoso Manifiesto, Einstein no dudó en firmarlo. Sólo dos personas más se
atrevieron a hacerlo.
En el Manifiesto a los europeos, título de dicho documento, se
criticaba abiertamente el apoyo de la comunidad científica alemana a la
invasión de Bélgica, el recurso a las armas como solución de los conflictos y
se abogaba por el paneuropeísmo. Así en él podía leerse: «La guerra que ruge
difícilmente puede dar un vencedor; todas las naciones que participan en ella
pagarán, con toda probabilidad, un precio extremadamente alto. Por
consiguiente, parece no sólo sabio sino obligado para los hombres instruidos de
todas las naciones el que ejerzan su influencia para que se firme un tratado de
paz que no lleve en sí los gérmenes de guerras futuras. (…) Nuestro único
propósito es afirmar nuestra profunda convicción de que ha llegado el momento
de que Europa se una para defender su territorio, su gente y su cultura.
Estamos manifestando públicamente nuestra fe en la unidad europea, una fe que
creemos es compartida por muchos; esperamos que esta manifestación pública de
nuestra fe pueda contribuir al crecimiento de un movimiento poderoso hacia tal
unidad». Pero desgraciadamente las palabras del Manifiesto iban a ser
proféticas en lo que habría de suceder si no se ponía fin al enfrentamiento.
Los tratados de paz que pusieron fin a la Primera Guerra Mundial tras cinco años
de enfrentamiento bélico y la muerte de millones de personas prepararon el
escenario para la Segunda. Mientras, Einstein había logrado señalarse como un
individuo poco grato a los ojos del régimen político alemán, algo que tampoco
mejoraría con el final de la guerra.
§. Fama mundial y exilio político
Los años de la Primera Guerra Mundial fueron también muy
agitados en lo personal para Einstein. En 1914 se separó de Mileva, que regresó
a Serbia con sus hijos. En 1919 se divorció finalmente de ella para, pocos
meses después, volver a casarse con una prima que había cuidado de él durante
el conflicto, Elsa Löwenthal. Pese a la situación de guerra, Albert Einstein
continuó trabajando y avanzando en sus investigaciones. La Teoría de la
relatividad había supuesto su consagración en el mundo científico, pero aún la
ponían en entredicho muchos eruditos que no terminaban de aceptar la
vulneración que suponía de los principios clásicos de la física. Einstein
trataba de buscar una comprobación de su teoría que fuese inapelable y una
forma de lograrlo era demostrar una de las consecuencias que se derivaban de su
aplicación: que la trayectoria de la luz sufría una desviación en presencia de
campos gravitacionales, algo que podía observarse en el espacio. Para poder
hacer las mediciones necesarias para la comprobación hacía falta que se
produjesen unas condiciones en las que ésta fuese posible, y ésas eran las que
proporcionaba un eclipse total de Sol: al quedar oculto por la Luna era posible
observar la desviación de la luz de las estrellas por efecto del campo gravitacional
del Sol. El estallido del conflicto había impedido que se realizase una
expedición a Rusia programada en el verano de 1914 para hacer el ansiado
experimento, pero una vez finalizada la guerra, la posibilidad de retomarlo
renacía. El 29 de mayo de 1919 se produjo un eclipse solar total visible desde
una pequeña isla al oeste de África, la isla Príncipe, y con él surgió la
oportunidad buscada. Una expedición británica fue la encargada de realizar el
experimento y el resultado fue un éxito arrollador. La física newtoniana había
pasado a la historia.
El impacto del resultado del experimento, y por tanto de la
comprobación de la Teoría de la relatividad, fue tal que de la noche a la
mañana Einstein se vio directamente catapultado a la celebridad. Al día
siguiente los titulares del Times proclamaban: «Revolución en ciencia. Nueva
teoría del universo. Ideas newtonianas desbancadas». La fama internacional del
físico alemán alcanzó un grado sin precedentes en la historia de la ciencia y
todo lo concerniente a la Teoría de la relatividad y al propio Einstein se
convirtió en objeto de interés público. De algún modo, tras el fracaso
colectivo que había supuesto la guerra, la existencia de un científico que en
las condiciones más adversas para el florecimiento del conocimiento había sido
capaz de alumbrar un nuevo modo de explicar el universo, se convertía en un
símbolo de esperanza para muchos.
Sin embargo, la situación política de la Alemania de posguerra
no fue precisamente favorable para que un librepensador, pacifista,
simpatizante con la izquierda política y, además, judío se expresase
libremente; más aún cuando todas sus declaraciones alcanzaban un enorme nivel
de resonancia pública e internacional. No se identificaba con el creciente
nacionalismo que recorría el país en reacción a la postración en que éste había
quedado tras el conflicto, lo cual le hacía sospechoso de ser contrario a los intereses
alemanes; en 1918 escribía a un amigo: «Por herencia soy un judío, por
ciudadanía un suizo, y por mentalidad un ser humano, y sólo un ser humano, sin
apego especial alguno por ningún estado o entidad nacional». Por otra parte, el
fuerte clima antisemita de Alemania en esas fechas (el antisemitismo no comenzó
con el nazismo sino que se acentuó con él llegando a los más horribles
extremos), motivó que por primera vez en su vida Einstein reivindicase su
condición de judío y colaborase activamente con el movimiento sionista, es
decir, aquel que reclamaba la creación de una patria nacional judía en
Palestina. Pero el sionismo de Einstein, que no podía ser peor visto por las
autoridades alemanas, tampoco era muy ortodoxo. Su rechazo radical de todo nacionalismo
le llevaba a rechazar la creación de un estado judío en Palestina, abogando por
el entendimiento mutuo de las partes. Así, en 1929 escribía a un amigo: «Si no
logramos encontrar el camino de la honesta cooperación y acuerdos con los
árabes, es que no hemos aprendido nada de nuestra vieja odisea de dos mil años,
y merecemos el destino que nos acosará».
Su apoyo público a los judíos y su propia condición de tal
fueron la causa de que se iniciase en Alemania una «campaña antirrelativista»
que rechazaba las teorías de Einstein por considerarlas contrarias a la
«ciencia aria». Sus libros eran quemados y sus aportaciones ridiculizadas por
proceder de un judío que reclamaba para sí la condición de científico. Uno de
los ejemplos más conocidos de esta campaña fue la reunión que tuvo lugar en la
Filarmónica de Berlín en 1920. Mario Muchnik recoge del siguiente modo lo
sucedido: «Cuando el segundo orador tomó la palabra, después de que el primero
señalara que la relatividad era contraria al espíritu ario germano, entre el
público se oyeron cuchicheos: “Einstein, Einstein”. Y es que el propio Einstein
había llegado para ver de qué se trataba. En efecto, allí estaba, en un palco,
muerto de risa y aplaudiendo las afirmaciones más bestias. Al salir dijo a sus
amigos: “Fue de lo más divertido”». Einstein no estaba dispuesto a que la
irracionalidad, los prejuicios y el autoritarismo le callasen y continuó
comportándose y haciendo declaraciones que así lo demostraban. Pese a todo, su
prestigio internacional era indiscutible y muestra de ello fue el Premio Nobel
de Física correspondiente a 1921 y que recibió en 1922. Su presencia era
reclamada en todos los foros científicos y cuando viajaba era recibido por los
gobiernos de los distintos países (incluido el español, en 1923) como una
auténtica eminencia. Y fue precisamente durante una visita a Estados Unidos en
1933 cuando Hitler llegó al poder en Alemania.
§. La Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias
La elevación del nazismo a práctica política efectiva en
Alemania que supuso el triunfo de Hitler fue la causa de una incendiaria
declaración de repudio por parte de Einstein en la que afirmó su intención de
no regresar al país. Pocos meses después, mientras estaba en Bélgica, sus
cuentas bancarias fueron intervenidas por el gobierno nazi, su casa precintada
y él mismo fue públicamente declarado enemigo del régimen. Cuando se publicó el
álbum de las fotos de los opositores al Reich, la suya estaba entre las de la
primera página sobre las palabras: «Descubrió una discutida teoría de la
relatividad. Muy loado por la prensa judía y el pueblo alemán, sorprendido así
en su buena fe. Mostró su gratitud haciendo propaganda mentirosa acerca de
atrocidades, contraria a Adolf Hitler. Aún no ha sido ahorcado». Evidentemente
el regreso, además de no deseado por el propio Einstein, era inviable de todo
punto. En esas circunstancias el eminente físico, gracias a la ayuda de unos
amigos que pusieron a su disposición una embarcación privada para que pudiese
salir discretamente desde Bélgica hasta Inglaterra, pudo dirigirse a Estados
Unidos, adonde llegó el 17 de octubre de 1933, y allí permanecería hasta su
muerte.
Ese mismo año Einstein volvió a renunciar a su nacionalidad
alemana, e hizo lo propio con su cargo de la Academia de Prusia y los restantes
que poseía en instituciones alemanas. Se trasladó a vivir con su mujer a
Princeton pues se le ofreció incorporarse al recién creado Instituto de
Estudios Avanzados de la ciudad que había nacido con la intención de ser uno de
los centros de investigación punteros del mundo. Allí Einstein pudo dedicarse
con completa tranquilidad a la investigación en la teoría que terminaría
ocupando su quehacer científico hasta el final de su vida, la llamada «Teoría
del campo unificado», o búsqueda de un marco geométrico común para las
interacciones electromagnética y gravitacional que no pudo llegar a encontrar.
Sin embargo, el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939
volvió a situarle en el ojo del huracán. Las cotas de horror alcanzadas por el
régimen de Hitler parecían haber llevado al mundo al borde del abismo.
Cualquier disparate era posible y cualquier crimen encontraba justificación.
Cuando tan sólo un mes antes de que estallase la guerra Einstein recibió la
noticia de que las investigaciones alemanas para lograr la bomba atómica
estaban muy avanzadas, no dudó de que semejante arma en manos de Hitler podía
suponer el fin del mundo civilizado. Convencido de ello y a petición de tres
físicos de su confianza que le apremiaron a hacerlo, el 2 de agosto de 1939
Einstein dirigió una carta al presidente de Estados Unidos Franklin D.
Roosevelt en el que le advertía de la situación. En ella indicaba que los
últimos avances en investigación acercaban la posibilidad de obtener una gran
reacción nuclear en cadena a partir de una masa de uranio, que en Alemania se
estaban llevando a cabo trabajos en ese sentido en el Instituto Káiser Wilhelm,
que la venta de uranio de las minas de Checoslovaquia (invadida por Alemania)
se había detenido y que el hijo del subsecretario de Estado alemán trabajaba en
el citado instituto. Por todo ello, Einstein aconsejaba que se iniciase un
programa de investigación preferente para, por el bien de la humanidad,
adelantarse a los alemanes. Al no lograr una respuesta, Einstein volvió a
escribir a Roosevelt en marzo de 1940 y poco tiempo después Estados Unidos
ponía en marcha el «Proyecto Manhattan» que culminaría con la fabricación de la
bomba nuclear. Contrariamente a lo que suele creerse, Einstein no participó en
el proyecto. Su papel se limitó al de alentarlo, además, claro está, de hacerlo
posible gracias al establecimiento de la relación entre masa y energía que
había formulado en 1905. El horror llevado al extremo que supuso la Segunda
Guerra Mundial logró que el convencido pacifista renunciase a sus principios.
Aun así, como recuerda Mario Muchnik, «cinco años después, cuando los nazis
estaban cerca de rendirse incondicionalmente, Einstein envió a Roosevelt una
tercera carta suplicando que no se arrojara la bomba atómica sobre Japón. La
carta fue hallada sobre el escritorio de Roosevelt, sin abrir, el día en que
murió». Truman, su sucesor, daría la orden de lanzar las bombas sobre Hiroshima
y Nagasaki.
El final de la guerra abrió una nueva etapa de la historia
política internacional marcada por la llamada «Guerra Fría», en la que el
bloque soviético, por un lado, y el americano, por otro, se lanzaron a una
enloquecida carrera armamentística en la que ambos bandos multiplicaron su
arsenal de armas nucleares. No es de extrañar que Einstein, preguntado en una
entrevista por cuál sería el arma de la Tercera Guerra Mundial, replicase no
saberlo, pero que no tenía dudas de que la de la Cuarta serían las piedras y
los palos puesto que no quedaría ninguna otra cosa. Sus constantes
declaraciones públicas en contra de la carrera armamentística y de las armas
nucleares, así como sus conocidas posturas políticas de izquierda, terminaron
por convertirle en sospechoso de filo comunismo durante la época de la «caza de
brujas» que, de la mano de la Guerra Fría, se produjo en Estados Unidos en la
década de los años cincuenta. John Edgar Hoover, jefe del FBI, y el senador
Joseph McCarthy, presidente del Comité de Actividades Antiamericanas del
Congreso, situaron al científico en su punto de mira. Secretamente considerado
«enemigo de América», su correo fue controlado y su teléfono intervenido, e
incluso se pensó en retirarle la ciudadanía americana que se le había concedido
en 1940. Pese a todo, Einstein continuó denunciando públicamente los desmanes
de la caza de brujas e incluso en 1953 se negó a presentarse a declarar ante
uno de los tribunales que frecuentemente se convocaban para hacer declarar a
cualquiera que fuese sospechoso de simpatizar con el comunismo y, además, para
que delatase a vecinos o amigos. Su negativa se acompañó de una recomendación
pública para que todos los intelectuales que se viesen en la misma situación
obrasen de idéntico modo en razón del bien común, ya que si un número
suficiente de ellos se negaba a hacerlo la situación terminaría por
desbloquearse. «Sólo veo el camino revolucionario de la no cooperación, como la
entendía Gandhi», declaró. En 1955 fue uno de los firmantes de la «Petición de
prohibición de armas nucleares y de la guerra», redactada por el filósofo
Bertrand Russell, en la que se abogaba por la formación de un gobierno
internacional mundial como forma de evitar la reproducción de los horrores
pasados. Einstein no llegó a ver su publicación, pues el 18 de abril de ese
mismo año murió en Princeton.
Albert Einstein fue sin duda alguna el mayor científico de su
tiempo y el más trascendente para la historia de la física desde Isaac Newton.
Sus aportaciones cambiaron por completo el panorama de los estudios acerca del
universo y sentaron las bases para el desarrollo de la ciencia actual. Pero
además, la enorme repercusión de sus investigaciones le convirtió en uno de los
personajes más influyentes de su siglo. Cuando en 1999 la revista Time le
escogió como «Personaje del siglo XX», en sus páginas se decía: «Como el mayor
pensador del siglo, como un inmigrante que huía de la opresión hacia la
libertad, como un idealista político, Einstein engloba de la mejor forma
posible lo que los historiadores considerarán significativo del siglo XX. (…)
Dentro de cien años, cuando entremos en otro siglo —incluso dentro de diez
veces cien años, cuando entremos en un nuevo milenio— el nombre que demostrará
ser más perdurable de nuestra propia asombrosa era será el de Albert Einstein:
genio, refugiado político, humanista, investigador de los misterios del átomo y
del universo». Poco más puede añadirse.
Capítulo 34
Pablo Picasso
Contenido:
§. La mirada del siglo XX
§. Jugar con los pinceles
§. París y la formación de un genio
§. Revolución en las artes: las vanguardias
§. De una guerra mundial a otra
§. Una obra culminante: el Guernica
§. La mirada del siglo XX
El siglo XX contempló un cambio en el ámbito de la producción
artística como no se había conocido con anterioridad. Desde la primera década
de la centuria comenzó a vivirse una mutación acelerada no sólo en el conjunto
de las expresiones artísticas, sino en el propio concepto de arte, de actividad
creadora, de relación entre el artista y su obra, y entre ésta y el público. En
aquellos años iniciales las galerías de arte comenzaron a poblarse de pinturas
y esculturas que dejaron atónitos a sus espectadores, que vacilaban entre la
incredulidad, el espanto y la fascinación. Se trató de una auténtica revolución
en la que los artistas erigieron la libertad por encima de cualquier otro valor
y en la que una figura emergió como catalizador y símbolo de los nuevos
tiempos. Se trataba de un artista español instalado en París, de nombre Pablo
Picasso. El camino desde su Málaga natal hasta el centro del universo artístico
moderno, la capital del Sena, fue una historia mezcla de genio y esfuerzo.
Desde entonces desarrolló una vasta carrera artística en la que demostró una
potencia creadora, una independencia y una libertad que le han convertido en el
auténtico protagonista del arte contemporáneo. Su larga vida de noventa y dos
años es una de las historias que mejor sintetizan lo que tuvo de heroico y
dramático para la humanidad el tiempo en que vivió.
París, 1900. La capital de Francia es la capital cultural del
mundo. Por supuesto no es la única urbe europea en la que se cocinaban las
principales novedades artísticas e intelectuales del momento. Ciudades como
Viena, Berlín o Londres también eran importantes focos de influencia, pero en
París convergían las corrientes más fecundas de todo el viejo continente.
Contaba con un pasado cultural glorioso al que se venían a añadir el dinamismo
que le proporcionaba el desarrollo industrial y la llegada de conocimientos de
otras civilizaciones gracias a la expansión colonial francesa. Mientras que
Londres hacía gala del aislamiento pretendidamente autosuficiente que frente al
resto de Europa practicaban las élites anglosajonas, Viena y Berlín habían
llegado tarde —o directamente no habían llegado, como es el caso de la primera—
a la apertura cultural que supuso el reparto colonial de África y Asia en la
segunda mitad del siglo XIX. Además, París era el cruce de caminos entre las
grandes áreas europeas de civilización: a su herencia latina mediterránea, que
se enriquecía con los aportes fronterizos de Italia y España, se sumaba el
contacto secular que había practicado con la cultura inglesa y germánica,
aunque las relaciones políticas con las potencias de ambas zonas habían ido
cambiando a lo largo de los siglos.
Si algo quedaba claro en aquel fin de siècle (término con el que
se suele denominar a este particular momento cultural) era que los principales
intelectuales y artistas se sentían incómodos ante el ambiente tradicional que
presidía las instituciones políticas y culturales. Frente al academicismo
rígido y opresivo, las tendencias artísticas surgidas en las últimas décadas
habían comenzado a experimentar con el arte. El impresionismo había renovado
los conceptos de luz y espacio, y el modernismo había supuesto una liberación
formal absoluta de la dictadura del clasicismo. Una pléyade de nuevos
protagonistas, Cézanne, Gauguin, Toulouse-Lautrec o Van Gogh, por citar sólo
algunos de ellos, estaban traspasando las fronteras de las aportaciones que
habían supuesto estos movimientos y proponían nuevas formas de representar la
realidad y expresar las emociones. Era sin lugar a dudas el punto al que tenía
que acudir cualquier artista que quisiese conocer las aportaciones más
recientes y los retos que se planteaban en el despuntar de un siglo que parecía
haber llegado cargado de la promesa de un progreso infinito. A esa ciudad
arribó en una mañana del otoño de 1900 un grupo de tres jovencísimos artistas
españoles, uno de ellos era Pablo Ruiz Picasso.
§. Jugar con los pinceles
Málaga a finales del siglo XIX era un importante centro agrario
y portuario de la Andalucía oriental. Allí nació Pablo Ruiz Picasso el 25 de
octubre de 1888, en los años finales del reinado de Alfonso XII. Era hijo de
José Ruiz Blasco, de cuarenta y tres años, y de María Picasso López, de
veintiséis. Su padre era pintor, profesor de dibujo en la Escuela de Bellas
Artes de San Telmo y conservador del Museo Municipal de Málaga. Al parto
asistió su hermano, Salvador Ruiz, médico y jefe del distrito sanitario del
puerto malagueño, que protagonizó una conocida anécdota. Al nacer el niño
estaba aletargado, lo que llevó a los presentes a creer que estaba muerto. Para
comprobar si el recién nacido respiraba, Salvador espiró el humo del cigarrillo
que fumaba en su cara, lo que provocó una tos incontrolada que le sacó del
aletargamiento, por lo que es posible que sin esta intervención el bebé hubiese
tenido alguna secuela nociva. El núcleo familiar en que se crió estaba formado,
además de por sus padres, por dos hermanas menores que nacieron en 1884 (Lola)
y 1887 (Concepción), una abuela, dos tías y una criada. Por tanto se crió en un
universo completamente femenino (excepción hecha de su padre). Muchos han visto
en esta circunstancia y en la supuesta actitud consentidora de las mujeres de
su familia los orígenes de las actitudes machistas de las que haría
demostración a lo largo de toda su vida.
El niño fue de una precocidad asombrosa. Sus primeros dibujos y
su primer cuadro están datados en el bienio 1889-1890. Con tan sólo ocho años
era capaz de tomar los lápices y los pinceles para pintar, en lo que constituye
posiblemente el comienzo más precoz de una carrera artística de toda la
historia. Su padre fue muy consciente del don especial que tenía para las artes
y desde muy pequeño mimó su formación plástica. Por desgracia, la situación
económica de la familia era apurada. Ganarse la vida como pintor en la España
del siglo XIX era sumamente difícil para aquellos que no pertenecían a los
círculos oficiales, lo que obligaba en muchos casos a solicitar constantemente
puestos de trabajo y, en caso de que surgiesen oportunidades, trasladarse con
toda la familia en busca de una vida mejor. Eso fue lo que sucedió a la familia
Picasso, que en 1891 se trasladó a La Coruña, donde el cabeza de familia había
conseguido la plaza de profesor de dibujo en la Escuela de Bellas Artes de
dicha capital. Allí pasaría la familia un total de cuatro años, cruciales en la
educación del joven Pablo. Además, su precocidad hizo que su padre, que tenía
una salud muy precaria, esperase de él que en un plazo corto pudiese contribuir
con su talento al sostenimiento de la familia, expectativas de las que fue
consciente desde muy joven y que le marcaron con un especial sentido de la
responsabilidad.
En la capital gallega Pablo siguió primero estudios de
secundaria (en el instituto Da Guarda) hasta que en el curso 1892-1893 pudo
ingresar en la Escuela de Bellas Artes en la que impartía clases su padre.
Durante este último año su hermana menor, Conchita, murió de difteria, en la
que constituyó la primera muerte que jalonaría su vida de un dolor que en
ocasiones posteriores quedaría plasmado de forma impresionante en sus pinturas.
A medida que iba creciendo y que con los estudios iba formando sus habilidades
y su sabiduría artística, su destreza comenzó a adquirir caracteres de
auténtico maestro según el criterio de su entorno; tanto, que su padre decidió
abandonar el ejercicio de la pintura en privado, asombrado y quizá abrumado por
lo que iba consiguiendo su hijo. Desde entonces sólo pintaría en el ejercicio
de la docencia artística.
En 1895 don José logró un destino más estimulante para su joven
hijo. Se trataba de un puesto de profesor de dibujo y pintura en la Escuela de
Arte de la Lonja, en Barcelona. Antes de tomar posesión de su plaza para el
comienzo del curso en otoño, la familia viajó a Málaga y posteriormente a
Madrid, donde Pablo visitó por primera vez el Museo del Prado, al que
regresaría en varias ocasiones en los años finales del siglo y cuya colección
le produjo una profundísima impresión, como demuestran algunas copias que
realizó entonces. Cuando la familia Picasso se instaló en Barcelona ésta era la
ciudad más moderna de España, en la que la industrialización había cobrado
mayor impulso y donde la influencia europea se dejaba sentir con mayor vigor.
Sin lugar a dudas era un ambiente mucho más proclive al desarrollo de las
capacidades del joven Picasso que ningún otro lugar del país. Ingresó en la
Escuela de la Lonja en 1896, superando con mérito los exámenes de ingreso, y en
los dos años posteriores perfeccionó su arte, ejecutando dos obras según el
gusto oficial que alcanzaron un notable éxito. La primera de ellas, La primera
comunión, fue acogida en la Exposición de Bellas Artes de Barcelona, y la
segunda, Ciencia y caridad, ganó una mención de honor en la Exposición Nacional
de Bellas Artes celebrada en Madrid en 1897. Su autor tenía sólo dieciséis años
de edad.
En el curso 1897-1898 se trasladó a Madrid, ya que se había
matriculado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, el gran centro
de enseñanza artística de la España decimonónica. Durante su estancia madrileña
Picasso volvería en reiteradas ocasiones al Prado, donde llamarían su atención
sobre todo los pintores del Siglo de Oro español, en especial, El Greco y
Velázquez. De todos modos el aprendizaje en la Academia no debió de ser lo
suficientemente atractivo ya que decidió volver a Barcelona junto a su familia.
Pasó el verano en el pueblo tarraconense de Horta de San Juan (también conocido
como Horta de Ebro) en casa de su amigo Manuel Pallarés, donde le produjeron
una gran impresión la naturaleza y la vida campesina, pues hasta entonces
siempre había vivido en ciudades.
A su regreso a Barcelona comenzó a entrar en contacto con
algunas de las principales figuras del intenso movimiento de renovación
artística que vivía la ciudad, el modernisme. Ramón Casas, Santiago Rusiñol,
Joaquín Mir, Hermenegildo Anglada Camarasa fueron tan sólo algunos de los
artistas con los que coincidió en el templo de la bohemia barcelonesa del fin
de siglo, Els Quatre Gats («Los cuatro gatos»), un local a medio camino entre
la cervecería, el hostal y la sala de exposiciones. Fue en esta época cuando
estrechó su relación con Manuel Pallarés (con quien alquilaría su primer
estudio en el número 4 de la calle de la Plata gracias a una ayuda económica de
su padre) y con Carlos Casagemas. En febrero de 1900 se inauguró su primera
exposición individual, precisamente en Els Quatre Gats, y realizó su primer
grabado, una de las técnicas en las que se revelaría como un auténtico maestro.
Pero aquél fue el año en que un acontecimiento internacional llamó la atención
del público más que ningún otro, la Exposición Universal de París. Si la ciudad
del Sena era ya de por sí un imán para cualquier joven artista, el evento dio a
Picasso la excusa perfecta para dar el salto a un horizonte más amplio que el
que podía proporcionar España a un hombre de su talento.
§. París y la formación de un genio
En el otoño de 1900 llegaron desde Barcelona a París tres
jóvenes artistas: Carlos Casagemas, Manuel Pallarés y Pablo Ruiz Picasso. Los
tres se instalaron en un estudio que poco antes había dejado vacío el pintor
barcelonés Isidro Nonell y aprovecharon su estancia para empaparse del ambiente
de la ciudad. Entre esa fecha y 1904 la vida del joven pintor transcurriría
entre Barcelona (donde vivía su familia), París (donde fue introduciéndose en
su cosmopolita ambiente artístico) y alguna estancia breve en Madrid y Málaga.
En aquel primer viaje a la ciudad del Sena conoció además al marchante de arte
Pedro Mañach, que firmó un contrato con él por el que se comprometía a
entregarle todo lo que pintase a cambio de ciento cincuenta francos mensuales.
Para Navidades Picasso había regresado a Barcelona y, como
resultado de la experiencia parisina, comenzaba a experimentar con su
producción artística. Inició una etapa de indagación formal y búsqueda de su
propia identidad artística que abarcaría cuatro años y en la que dio muestras
de una acusada y original personalidad. Tras un comienzo desconcertante en el
que parecía estar absorbiendo todas las novedades que estudió en París (y al
que pertenece el conmovedor e impactante cuadro La muerte de Casagemas que
pintó al conocer el suicidio por desamor de su íntimo amigo en el verano de
1901), los tonos azules se fueron apoderando de su paleta, las figuras se
alargaron (en clara remembranza del arte de El Greco), las atmósferas se
cargaron de melancolía y los temas recorrían el mundo de los marginales y
desheredados, sobre los que posaba una mirada tierna y llena de empatía. Fue su
célebre «etapa azul», que marcaría el inicio de una búsqueda de la autenticidad
artística que ya no acabaría nunca. A ella pertenecen obras comoLa vida, El
guitarrista ciego o La Celestina, y aparecerían temas que ya no le
abandonarían, como el papel recurrente y totémico de la mujer o los
autorretratos, que siempre fueron uno de sus géneros favoritos. También fue la
época en la que adquirió la costumbre de firmar sus lienzos sencillamente como
Picasso y en la que realizó su primera escultura, técnica que cultivaría con
gran éxito más adelante.
Muy pronto logró ir abriéndose paso en París. En 1901 realizó un
segundo viaje y expuso junto al también español Francisco Iturrino en la
galería de uno de los más importantes marchantes de arte del momento, Ambroise
Vollard. Aunque éste inicialmente no fue muy receptivo hacia su obra, en el
futuro tendría un papel decisivo en su carrera. Para el artista malagueño estos
años fueron de tanteo del terreno para intentar encontrar un representante que
realmente apreciase el valor de su trabajo. Las diferencias con Mañach eran ya
patentes y en enero de 1902 rompieron el contrato que los vinculaba. Pese a
estos vaivenes económicos y a no haber logrado una independencia económica
firme, decidió establecerse definitivamente en París durante su cuarto viaje a
la ciudad, en abril de 1904. Allí alquiló un estudio en el artístico barrio de
Montmartre (en el que viviría con alguna interrupción hasta 1912) y que su
amigo el poeta Max Jacob, al que había conocido en 1901, bautizaría con el
nombre Bateau-Lavoir por afirmar que le recordaba a los barcos que servían de
lavadero en el Sena. En esos meses conoció a tres personas que marcarían su
vida en los próximos años: los poetas Guillaume Apollinaire y André Salmon, y
la que sería su primera pareja estable, Fernande Olivier, la mujer que le
descubrió el amor.
En esta etapa su producción pictórica continuó en constante
evolución. La carga trágica de sus temas se fue rebajando, y la paleta fría
centrada en el azul fue cambiando hacia colores otoñales entre los que
predominaba el rosa. Los personajes de sus lienzos pasaron a ser los del circo
—acróbatas, saltimbanquis, forzudos, arlequines— y actores, a los que
frecuentaba en el cabaret «Le Lapin Agil» y el «Cirque Médrano», ambos en
Montmartre. Se trata de la etapa rosa a la que pertenecen obras comoLa acróbata
de la bola, El muchacho de la pipa, Los dos hermanos y algunos retratos como el
de La señora Canals. En 1906 logró que Vollard le comprase algunas de estas
obras, en lo que constituyó un importante paso para hacerse con un circuito
comercial que le diese estabilidad. Su vida en París no era precisamente
cómoda, ganaba poco dinero y las privaciones eran muchas, pero el cariz que
estaba tomando el ambiente cultural parisino compensaba con creces los
sacrificios.
§. Revolución en las artes: las vanguardias
Por aquel entonces se estaba produciendo un gran terremoto en el
terreno artístico y París era una vez más el epicentro. En 1903 se inauguró el
primer Salón de Otoño, un evento artístico destinado a dar a conocer al gran
público las creaciones más interesantes del arte contemporáneo. El primero se
dedicó a Paul Gauguin, que había muerto poco antes. Quizá era la señal de que
la generación del postimpresionismo llegaba a su fin (Van Gogh había muerto en
1890, Toulouse-Lautrec en 1901 y Cézanne lo haría en 1906) y de que una nueva
época se avecinaba. El acta de nacimiento de ésta llegó dos años más tarde. En
el Salón de Otoño de 1905 expusieron su obra un grupo de jóvenes artistas,
entre los que destacaban Henri Matisse y André Derain, con un conjunto de pinturas
en las que los protagonistas eran los colores puros usados en superficies
planas como clara reacción al impresionismo. Un crítico, Louis Vauxcelles,
incómodo ante lo que consideraba una agresión estética, calificó a estos
artistas de fauves («fieras»). Era el nacimiento del fauvismo, primero de los
movimientos de renovación del arte que conocemos como vanguardias. Con este
nombre se denomina a la serie de corrientes que entre esa fecha y hasta la
Segunda Guerra Mundial se sucedieron rápidamente y que tenían como denominador
común la ruptura con la tradición artística asentada desde el Renacimiento, el
uso de nuevos materiales y soportes, y la redefinición del papel del artista y
su obra en la sociedad. Los artistas jóvenes ya no desean reproducir la realidad,
de eso ya se ocupaba la fotografía desde hacía más de cincuenta años, e incluso
el cine; lo que querían era analizarla, reconstruirla y representarla de una
forma nueva, que fuera capaz de transmitir al espectador sentimientos y
experiencias estéticas nuevas. A largo plazo la puesta en práctica de estos
principios constituyó una auténtica revolución en el mundo del arte.
Picasso no se acercó a los fauvistas ni compartió su estética.
Pero asistió con muchísima atención a su propuesta y a lo que estaba
sucediendo. En el otoño de 1906, tras haber pasado el verano con Fernande en el
pueblo leridano de Gósol, en el que ensayaría fórmulas artísticas que
desarrollaría durante los dos años siguientes, le presentaron a Matisse, con
quien mantuvo una de las relaciones de amistad más importantes de su vida.
Ambos reconocían en el otro a un gran amigo y al mejor artista que conocían. Desde
ese momento Picasso comenzó un nuevo proceso de indagación creativa. El maestro
fauvista había vuelto a despertar en él el interés por el arte prehistórico y
primitivo (desde la escultura africana y oceánica hasta las obras del arte
ibérico o del arcaísmo griego) y en sus personajes se fueron introduciendo
alteraciones en la proporción y deformaciones en los rostros, tratados como si
fuesen máscaras, tal y como se puede apreciar en el retrato de Gertrud Stein,
una intelectual y mecenas norteamericana que le fue presentada ese mismo año.
Al tiempo se dejó llevar por la fascinación que le producía la obra de Cézanne,
con sus volúmenes puros y desnudos, y sus formas y espacios se fueron volviendo
cada vez más sencillos y planos. Su paleta se diversificó y ahora parecían
mezclarse el rosado con el azul.
Como punto culminante de esta experimentación Picasso trasladó a
un lienzo una serie de estudios que había hecho en papel sobre el tema Marinero
y mujeres en un burdel. El resultado fue una obra maestra que causó un impacto
sensacional entre sus contemporáneos, Les Demoiselles d’Avignon («Las señoritas
de Aviñón», como la bautizó Apollinaire al recordar una incursión del grupo de
amigos en la ciudad provenzal, aunque parece que Picasso aceptó el nombre
porque le recordaba a un burdel que había frecuentado en el carrer Avinyó
—«calle Aviñón»— de Barcelona). Se trata de una obra que desconcierta al
espectador. En ella se representa a las cinco prostitutas en un espacio
completamente deshecho en planos superpuestos. Las dos figuras centrales
parecen estar posando o tumbadas, mientras que las que están de pie en los
extremos dan la impresión de correr cortinajes inexistentes para entrar en la
escena. Por último, otra figura femenina está sentada en la esquina inferior
derecha (de espaldas y volviendo la cabeza para contemplarnos, como si
interrumpiésemos la escena) detrás de una mesa sobre la que descansa un bodegón
de fruta. La sensación de interpelación al espectador se ve acentuada por las
miradas de las dos mujeres centrales, que se diría que también nos miran. La
paleta combina de nuevo el azul con el rosa, el gris y el blanco y los rostros
aparecen deformados en máscaras ibéricas o africanas. La fisonomía parece haber
sido descompuesta y reensamblada en un ejercicio de representación de la
realidad que no se limita a imitarla. El cuadro no se exhibió en público hasta
1916, pero todo el círculo cercano a Picasso pudo contemplarlo desde que fue
terminado en 1907, y su efecto fue inmediato. Su reputación entre artistas y
marchantes de arte se incrementó rápidamente y marcaría un punto de inflexión
en su carrera.
La obra sirvió de punto de partida para un proceso de maduración
que le llevaría a crear la vanguardia con la que más se le ha identificado, el
cubismo, al que poco después se sumaría Georges Braque (se habían conocido en
1906) y otros artistas como el madrileño Juan Gris o el holandés Piet Mondrian,
que desde este estilo dio el salto al arte abstracto. En los meses siguientes
la paleta se fue apagando hacia los grises y ocres y los objetos comenzaron a
caracterizarse por una geometrización cada vez más acentuada. El artista
descomponía el objeto a representar en sus diferentes facetas y formas, y
aspiraba a representarlas todas sobre el lienzo, no sólo las que eran visibles
por el ojo. Esta etapa del cubismo —llamado «analítico»— desembocó en cuadros
de extrema complejidad, en el que los planos geométricos parecían quedar
reducidos a miles de pequeños cristales de colores cada vez más oscuros que
recomponían la figura (de ahí su nombre de cubismo «cristal») para llegar a un
último momento de síntesis en el que el artista superó el afán totalizador
seleccionando subjetivamente las formas geométricas que componían la figura
(cubismo «sintético»). Este recorrido, que ocuparía la obra de Picasso por lo
menos desde 1908 hasta 1916, tuvo como resultado decenas de paisajes, bodegones
y retratos en los que quedaba recogida su genial forma de entender la realidad
y dejarla plasmada en una pintura. Momentos brillantes de esta etapa de su
carrera fueron el verano que pasó en Horta de Ebro en 1909 (cuyo fruto fueron unos
paisajes cubistas de solemnidad contemplativa y serenidad clásica), los
retratos que realizó en 1910 a los marchantes Ambroise Vollard y Daniel-Henri
Kahnweiler (en los que los representados quedan reducidos a efigies facetadas e
intrincadas) y muchísimos bodegones en los que hizo su aparición en 1911 la
técnica del collage (se pegaban al lienzo pedazos de periódico, letras
impresas, cartulinas de colores o linóleo como una forma de insertar en la obra
fragmentos de realidad).
La situación del pintor malagueño mejoró sustancialmente durante
esta etapa. Los cubistas encontraron un apasionado defensor desde 1908 en el
marchante Kahnweiler, que fue buscando cauces para que el movimiento encontrase
espacios para exponer y coleccionistas interesados en sus obras. En 1911
Picasso firmaría un contrato por el que Kahnweiler se convirtió en su
representante, al tiempo que comenzaba una serie de importantes exposiciones
internacionales que dieron a conocer el cubismo en Berlín, Ámsterdam o Nueva
York. En el plano personal fue además el año de su primera gran ruptura
sentimental. El pintor finalizó su relación con Fernande, deteriorada desde
hacía tiempo, a la que sustituyó al poco tiempo por Eva Gouel. Sería la primera
separación que iniciaría la larga serie de mujeres que ocuparían su vida, tan
esenciales para él pero a las que hacía padecer todos los sinsabores y desvelos
de su genio artístico. Picasso no podía vivir sin su amor, pero a veces les
imponía auténticos tormentos. Según su propio nieto, Olivier Widmaier Picasso,
«mi abuelo era un rey sol, un astro dominante. Las mujeres eran los planetas
satélites, girando satisfechas sobre sí mismas, acercándose a la estrella, a
veces alejándose, si es que él no decidía enviarlas al otro extremo de la
galaxia, donde se extinguían».
Eran los años en los que comenzaba su fama internacional y en
los que su obra llamaba la atención de artistas de todo el mundo. Sin embargo,
todos tenían muy claro desde entonces que Picasso era un artista solitario.
Quitando a Braque, con el que realmente colaboró durante los meses en los que
maduró el cubismo, la creación era para él fruto de la soledad. Como sostiene
el historiador del arte Juan J. Luna, «no tenía discípulos, pero sí legiones de
imitadores, ingenuos en cierto modo; cuando comenzaban a seguir una senda nueva
por él abierta, encontraban que el polifacético e imprevisible genio ya la
había recorrido íntegramente hasta sus últimas consecuencias y, agotadas sus
posibilidades, la abandonaba para iniciar otro camino estético». Efectivamente,
Picasso no se quedó estancado en el cubismo. Aunque en su producción la
estética cubista siguió presente de forma continuada hasta 1923, desde mediados
de la segunda década del siglo XX comenzó a explorar nuevas vías de expresión
que le llevaron por derroteros muy diferentes. Pero esa trayectoria se hizo en
un contexto muy distinto, no ya en el París luminoso del final de la Belle
Époque, sino en la Europa inmersa en el horror de la Primera Guerra Mundial.
§. De una guerra mundial a otra
La Primera Guerra Mundial fue un momento duro en la vida de
Picasso, no sólo por el terrible sufrimiento que la contienda supuso en la vida
de la población europea, sino también por su propia trayectoria en esos años.
El preludio lo había puesto la muerte de su padre, fallecido en 1913 en
Barcelona, ciudad a la que volvería en ocasiones durante la contienda, que pasó
fundamentalmente en París. Allí protagonizó en 1915 un hecho sorprendente para
el medio artístico. En ese año pintó y dio a conocer al público dos retratos,
uno de Ambroise Vollard y otro de Max Jacob, absolutamente realistas, con un
dibujo inspirado en el pintor neoclásico Ingres y alejado del estilo conceptual
del cubismo. Sus amigos y seguidores se mostraron absolutamente sorprendidos.
La crítica habló de crisis, retorno a los orígenes, llamada al orden frente al
caos en que había degenerado la evolución de los estilos artísticos… Todavía
hoy los historiadores del arte se preguntan por qué Picasso decidió desarrollar
desde entonces y durante diez años una línea figurativa convencional, aunque
siempre influida por su genial concepción de la realidad artística y sin que
eso supusiese el abandono del lenguaje contemporáneo. En esa etapa Picasso fue
dos pintores en uno, ya que siguió desarrollando el cubismo sintético.
Ese mismo año también murió tras una larga enfermedad Eva Gouel,
lo que le sumió en una soledad emocional absoluta en un momento en el que la
subsistencia en París era difícil. Pero un encuentro le fue planteando nuevos
horizontes que le permitirían superar la crisis. Le presentaron al escritor y
artista francés Jean Cocteau, que le puso en contacto con el empresario ruso
Sergei Diaghilev, director de la que había sido desde principios de siglo la
más prestigiosa e innovadora compañía de ballet en Francia, Les ballets russes.
Desde entonces comenzó a colaborar con el empresario para el diseño de
decorados, telones y figurines de nuevas producciones. Durante cinco años
colaboraría con la compañía en los montajes de los ballets Parade (1917, con
música de Erik Satie), El sombrero de tres picos (1919, con música de Manuel de
Falla) y Pulcinella (1920, con música de Igor Stravinsky). Pero la aportación
más importante de los ballets rusos para Picasso fue el de una nueva
estabilidad emocional. En febrero de 1917 viajó con Cocteau a Roma para
continuar el trabajo en Parade, donde conoció a la bailarina Olga Koklova, con
la que se casaría al año siguiente y que sería la madre de su primer hijo,
Paulo, nacido en 1921. Todavía tendría que superar antes del fin de la guerra
la muerte de su gran amigo Apollinaire en 1918.
Los años siguientes son de optimismo, un estado de ánimo que
queda reflejado en su obra. A sus obras figurativas, como los retratos deOlga
sentada en un sillón (1917) o Paulo vestido de Arlequín (1923), y las
pertenecientes al cubismo sintético tardío, cuyo punto de llegada sería la obra
maestra Los tres músicos (1921), se vinieron a sumar un tercer grupo de
inspiración grecorromana. El viaje a Italia de la primavera de 1917, además de
a Roma, le llevó a Nápoles, Pompeya y Herculano, donde redescubrió la tradición
clásica antigua que despertó en él un renovado entusiasmo por pintar obras de
ambiente mediterráneo, gran monumentalidad en las formas e inspiración antigua;
a este grupo pertenecen obras comoTres mujeres en una fuente (1921), o La
flauta de Pan (1923). El conjunto de estos cuadros compone un momento de
serenidad y contemplación en la obra de Picasso, como si el torrente incesante
de su discurrir artístico hubiese encontrado un remanso momentáneo. Pero el
remanso duró poco. A mediados de la década comenzó a distanciarse de Olga, de
la que se separaría definitivamente en 1935. Al mismo tiempo, el ambiente
artístico de posguerra se había visto sacudido por una nueva corriente
creativa, el surrealismo, que postulaba la ruptura con la conciencia (introduciendo
en las expresiones artísticas el mundo del subconsciente y los sueños) y la
subversión de las convenciones sociales. El movimiento surgió en torno al
escritor André Breton y estuvo compuesto por un grupo muy compacto en el que
Picasso no entró, pero por el que sintió una gran simpatía. Algunas de sus
obras fueron expuestas en la primera exposición de los surrealistas en 1925 y
en su producción de los años siguientes existen obras que denotan la influencia
del grupo, como la Bañista sentada (1930). Asimismo aparecieron rasgos de un
fuerte simbolismo, como la presencia reiterada del minotauro, ser mitológico al
que atribuye un significado telúrico y sexual de gran potencia simbólica y que
algunos autores han visto como un reflejo del propio Picasso en su obra (el
ejemplo más acabado del uso del minotauro figura en la serie de grabados Suite
Vollard, de 1931).
Los años treinta estuvieron marcados por la convivencia entre la
angustia y la serenidad. La angustia se expresó en algunas obras que,
arrancando de su inspiración surrealista de la década anterior, fueron
adquiriendo tintes más tensos y crispados. El contrapunto a estas creaciones lo
traería de nuevo una relación amorosa. En 1927 Picasso había conocido a
Marie-Thérèse Walter, una joven de dieciocho años con la que empezó una
relación adúltera de la que nacería su hija Maya, en 1935, y que le inspiró una
serie de coloridos retratos en los que predominan las líneas curvas y los
colores vivos, y que transmiten gracia, placidez y sensualidad (como El sueño o
Mujer ante el espejo, ambos de 1932). La escultura cobraría nuevo protagonismo
(gracias a su colaboración desde 1928 con el escultor barcelonés Julio
González, que le enseñó a soldar el hierro dando como fruto numerosas
esculturas metálicas) y temas que no cultivaba desde sus años de aprendizaje
reaparecerían gracias al viaje a España que realizó en 1934, como las corridas
de toros. Pero la tendencia general de estos años fue de una creciente angustia
vital, sin duda inducida por el contexto crítico de la situación política del
momento, que tendría un primer estallido con el comienzo de la Guerra Civil
española en julio de 1936.
§. Una obra culminante: el Guernica
El 20 de noviembre de ese año, el gobierno de la República, en
un gesto que quería atraer la atención de la opinión pública internacional,
nombró director del Museo del Prado a Picasso, siguiendo así la tradición
decimonónica de nombrar artistas al frente de dicha institución. El malagueño,
que se comprometió desde el principio con la causa del gobierno legítimo, no
tomó posesión del cargo ni se trasladó a la Península, pero sí aceptó el
encargo que le realizaron las autoridades culturales republicanas. En 1937
habría de celebrarse en París una nueva Exposición Universal y la República en
guerra quería mostrar al mundo que era capaz de montar un pabellón en el que
participasen los mejores artistas españoles y extranjeros comprometidos con la
causa republicana. El edificio fue diseñado por el arquitecto racionalista José
Luis Sert; para su interior realizaron obras artistas de la talla de Joan Miró,
Julio González o Alexander Calder. A Picasso se le encargó la confección de un
gran lienzo que hiciese de mural para una de las paredes del interior del
pabellón. Picasso había conocido para entonces a una nueva musa, la pintora y
fotógrafa de veintinueve años Dora Maar, con la que había iniciado una
apasionada relación. Estando con ella recibió la noticia de que el 28 de abril
la aviación alemana había arrasado la pequeña localidad vizcaína de Guernica
provocando una matanza entre la población de la comarca que había acudido a
ella por ser día de mercado. La impresión que produjo en el artista fue
inmensa. El 1 de mayo comenzó a realizar los primeros bosquejos y en junio la
obra estaba acabada (Dora Maar dejó un testimonio gráfico de gran valor al
fotografiar las diferentes fases en la evolución de la obra). El resultado fue
un gran lienzo, de tres metros y medio de alto por casi ocho de largo, en el
que se presenta una escena articulada en torno a la figura central de un
caballo herido del que ha caído el guerrero que lo montaba. A la derecha del
grupo central, dos mujeres se asoman para contemplar la escena mientras dan la
espalda a una figura que en el extremo grita en un edificio en llamas. A la
izquierda del grupo central, la enigmática figura de un toro parece proteger a
una madre que sostiene en brazos a su hijo muerto. La escena transcurre en un
trasfondo oscuro, aunque la imagen de la bombilla cenital parece evocar el
disco solar (el bombardeo se produjo de día). Juan J. Luna describe el Guernica
como un «formidable grito de denuncia de todas las guerras del pasado y del
futuro. Por su siempre demostrada habilidad para la síntesis y la tremenda
fuerza simbólica del cuadro, Picasso, al originar esta vibrante creación, la
convirtió, sin proponérselo, en bandera universal del pacifismo y en una
crítica descarnada de la prepotencia destructiva que los fuertes desalmados
ejercen sobre los débiles inermes; asimismo supuso la constatación del triunfo
de la injusticia y el terror en un mundo que se dirigía irremisiblemente hacia
el infierno…». Ese infierno de la Segunda Guerra Mundial seguiría inspirándole
obras llenas de angustia y dolor hasta el fin de la contienda, que pasó
encerrado en su estudio parisino bajo la atenta vigilancia de las autoridades
invasoras alemanas. Sin embargo, el calvario de la guerra no iba a durar
siempre.
Los años posteriores a 1945 estuvieron marcados por una nueva
fase creadora caracterizada por el abandono del tono tenebroso y la adopción de
temas y colores alegres, que dejan patente la ilusión del artista por un
contexto de libertad. Como en ocasiones anteriores, este nuevo estallido
creativo se vio acompañado de una nueva relación amorosa. En 1943 conoció a la
pintora Françoise Gilot con la que iniciaría una relación de la que nacerían
sus hijos Claude (1947) y Paloma (1949) antes de su separación en 1953. En este
tiempo abordó una producción febril en pintura, escultura, grabado y una nueva
expresión, la cerámica, que empezó a cultivar en 1947 y de la que dejaría más
de tres mil quinientas piezas antes de su muerte. Desde los años cincuenta sus
pinturas empezaron a ser una suerte de reflexión sobre la historia del arte y
el papel de los artistas en el proceso creador. Comenzó a realizar series de
lienzos en los que hacía variaciones de grandes obras de maestros antiguos y
modernos, como Las mujeres de Argel de Delacroix (1955), Las meninas de
Velázquez (1957) o El rapto de las Sabinas de David (1963).
Todavía Picasso tuvo tiempo de conocer al último amor de su
vida. Después de que Françoise lo abandonase con sus dos hijos, en 1954 conoció
a Jacqueline Roque, de veintisiete años, con la que contraería segundas nupcias
en 1961. Los años finales del maestro fueron de producción frenética, como si
fuese consciente de que su tiempo se acababa y quisiese exprimir el que le
quedaba para dejar expresado todo su mundo interior. Fueron años en que pasó la
mayor parte del tiempo en varias localidades del sur de Francia, en el ambiente
mediterráneo que tan familiar le resultaba y que le recordaba a su España
natal. La muerte le sorprendió en Mougins el 8 de abril de 1973, y fue
enterrado en su propiedad de Vauvenargues dos días más tarde. Tenía noventa y
dos años y llevaba ochenta y cuatro pintando.
Picasso es el gran nombre del arte del siglo XX. A lo largo de
su dilatada carrera abrió con paso magistral las sendas por las que caminarían
varias generaciones posteriores de creadores hasta llegar a nuestros días. Su
inagotable capacidad creadora fue un ejemplo de independencia y autenticidad en
el ejercicio de su profesión a la que se entregó con toda la pasión que nació
de su genio. Fue ante todo y por encima de todo un artista, con las luces y las
sombras que tal condición conllevó para quienes le rodearon. La amplitud de su
legado es inabarcable pues con él se marca un antes y un después en la historia
de las expresiones artísticas. En palabras del Premio Nobel de Literatura
Octavio Paz, «la vida y la obra de Picasso se confunden con la historia del
arte del siglo XX. Es imposible comprender la pintura moderna sin Picasso,
pero, asimismo, es imposible comprender a Picasso sin ella. No sé si Picasso es
el mejor pintor de nuestro tiempo; sé que su pintura, en todos sus cambios
brutales y sorprendentes, es la pintura de nuestro tiempo».
Capítulo 35
Adolf Hitler
Contenido:
§. El verdugo de Europa
§. De estudiante mediocre a voluntario de guerra
§. La gran guerra, la posguerra y el nacimiento del
nacionalsocialismo
§. La república asediada
§. La construcción de la gran Alemania
§. La Segunda Guerra Mundial
§. El verdugo de Europa
Desde el origen de la humanidad los hombres de pensamiento y
religión se han enfrascado en el debate de definir qué es el bien y qué es el
mal y cuál es la línea que los separa. El siglo XX ha redefinido profundamente
ese debate. Sus guerras, matanzas y crímenes, impensables en épocas anteriores
y desarrollados a escalas inimaginables, han dotado de nuevo contenido a las
ideas sobre el mal, de cómo se llega a él, de si es posible evitarlo y cómo. En
la escala de los crímenes cometidos contra la humanidad en el siglo XX —y en
toda la Historia— Adolf Hitler ocupa sin duda el primer puesto. Fue el
responsable de que una de las naciones más civilizadas de la Tierra abrazase un
régimen totalitario que impuso el terror sistemático y los crímenes masivos
dentro y fuera de sus fronteras. Puso en pie un partido político y un sistema
de gobierno que se confundían con su persona y en los que su voluntad era el
argumento definitivo e inapelable. Ni siquiera ha transcurrido un siglo de su
fallecimiento y en gran medida sigue siendo un misterio para los historiadores
que han intentado acercarse a él. El recorrido por su vida puede aportar muchas
claves para entender la historia del siglo XX, pero sigue arrojando
incertidumbres que todavía hoy encienden un acalorado debate.
A finales del siglo XIX Alemania era una de las naciones más
jóvenes y prometedoras de Europa. Pese a que contaba con una lengua y una
cultura milenarias, los estados que componían el ámbito germánico no se
unificaron hasta 1871 (excepto Austria, que entonces era junto con Hungría la
columna vertebral del viejo imperio regido por la dinastía de los Habsburgo).
En aquella fecha, gracias a la habilidad del canciller prusiano Otto von
Bismarck, el rey Guillermo I de Prusia fue proclamado emperador de Alemania. El
nuevo imperio se volcó en un programa de modernización económica y crecimiento
militar con el objetivo de alcanzar un papel preponderante entre las potencias
europeas y mundiales. Pero sus anhelos se truncaron con la Primera Guerra
Mundial (1914-1918), de la que Alemania salió como principal derrotada y a la
que se cargó con la responsabilidad del estallido del conflicto.
La contienda terminó con un acuerdo de paz, el Tratado de
Versalles, por el que se obligaba a Alemania a ceder parte de su territorio a
la recién nacida república independiente de Polonia, devolver a Francia los
territorios de Alsacia y Lorena (anexionados tras la guerra franco prusiana de
1870), permitir a este mismo país que ocupase el territorio al oeste del Rin,
cercenar su ejército y aceptar el pago de unas desmesuradas compensaciones de
guerra. La sensación de humillación que causó la derrota y el tratado de paz
entre una parte de la población alemana fue dolorosa y persistente.
Aquel mismo año de 1919 se promulgó en la ciudad alemana de
Weimar la Constitución de la nueva República Federal Alemana, que se constituía
así en sucesora del Imperio alemán. Aunque la Constitución fue un texto
admirable, el más avanzado de la Europa del momento, el régimen de democracia
parlamentaria que instauró se mostró crónicamente débil. La penuria económica
de los años de posguerra, la desconfianza de parte de la población hacia la
clase política (incluido el ejército, que la consideraba responsable de la
derrota por haber minado la moral de la población, postura que se bautizó como
«teoría de la puñalada por la espalda») y la relegación de Alemania en la
esfera política internacional eran los principales puntos débiles de la que
desde entonces se conoce como República de Weimar. Entre los oponentes a aquel
régimen político había infinidad de grupúsculos de extrema izquierda y extrema
derecha, entre los que se encontraba el Partido Nacional Socialista de los
Trabajadores de Alemania, fundado en Múnich y en el que muy pronto tendría un
papel sobresaliente un veterano de la Gran Guerra. No era alemán de nacimiento,
ni militar de carrera, ni había alcanzado una gran graduación como voluntario
durante la contienda; pero pronto su penetrante mirada, su oratoria brillante y
el enigmático magnetismo que emanaba le fueron procurando adeptos e influencia
dentro del partido. Su nombre era Adolf Hitler.
De estudiante mediocre a voluntario de guerra
Adolf Hitler, que en su partida de nacimiento fue inscrito con
el nombre de Adolfus, nació en la localidad austríaca de Braunau, a orillas del
río Inn (que hacía de frontera entre el Imperio austro-húngaro y el alemán), el
20 de abril de 1889. Era hijo del tercer matrimonio del empleado de aduanas
Alois Hitler y su mujer, Klara Pözl. De los seis hijos del matrimonio sólo
sobrevivieron Adolf y una hija llamada Paula, aunque el miembro de la familia
con quien mantendría una relación más cercana sería con su hermanastra Angela,
hija del primer matrimonio de su padre. Se ha especulado mucho sobre la
infancia del dictador; por un lado, se han intentado buscar en esa etapa
explicaciones psicoanalíticas que explicasen su evolución posterior y, por
otro, se ha querido ver en sus antepasados elementos intencionadamente
ocultados. Sin embargo no se ha podido demostrar que esa infancia fuese
dramática ni que su abuelo fuese judío, ambas cuestiones que se afirmaron ya
durante su vida. De hecho tuvo una infancia cómoda y estable, pese a que la
familia se trasladó varias veces de domicilio, y su padre fue un hombre severo
con sus hijos, pero no más que cualquier otro de aquella época.
Durante su infancia y adolescencia no destacó en los estudios.
Los testimonios, tanto de sus antiguos maestros como de sus compañeros, si bien
destacan que era un muchacho dotado, dejan claro que se trataba de una persona
perezosa e inestable que no tenía la constancia necesaria para sacar provecho
de su etapa escolar. A los once años abandonó la escuela de primeras letras de
Leonding para comenzar la secundaria en la ciudad de Linz, más grande y activa,
y en la que se sintió en cierto modo desplazado. Pero guardaría buen recuerdo
de su estancia pues Linz siguió siendo su ciudad austríaca predilecta y a la
que más favoreció durante sus años de gobierno. En el instituto siguió la misma
trayectoria errática de su educación anterior. Su padre deseaba para él que
llegase a ser funcionario, pero su muerte cuando Hitler tenía trece años fue un
duro golpe para la familia y, bajo la tutela mucho más permisiva de su madre,
el joven fue abandonando progresivamente los estudios al tiempo que se dedicaba
a frecuentar cafés, bibliotecas y galerías de arte. Se rodeó de un halo de
bohemio e inadaptado bajo el que ocultar su fracaso educativo, del que siempre
le quedó un resabio amargo. Poco después falleció su madre, posiblemente la
persona a la que más unido estuvo a lo largo de su vida. El médico que la
atendió, el judío Eduard Bloch, recordaría posteriormente el momento señalando
que Hitler fue el hombre más triste y desconsolado que había visto en su vida,
y que le agradeció entre lágrimas las atenciones que había tenido con la
enferma. Durante el dominio nazi en Austria, Bloch jamás fue detenido ni
molestado.
Sin ataduras familiares, acudió a Viena para solicitar su
ingreso en la reputadísima Academia de Bellas Artes. A comienzos del siglo XX y
pese a la decadencia manifiesta del Imperio austro-húngaro, Viena continuaba
siendo una de las grandes capitales culturales del continente, y allí quería
labrarse el futuro Hitler, en quien las inquietudes artísticas se habían
manifestado desde hacía tiempo. El tribunal consideró que, aunque dotado de
cierta capacidad para copiar obras ajenas, el candidato carecía de la originalidad
y la formación suficientes para ingresar en la prestigiosa institución (de
nuevo lo intentaría en 1908, pero fracasó de nuevo). Cuando acudió para
reclamar explicaciones sobre su suspenso, el presidente del tribunal le
recomendó que se dedicase a la arquitectura, para la que le consideraba más
cualificado. Parece que se tomó en serio el consejo, que le descubrió otra de
sus vocaciones frustradas, ya que el abandono de la secundaria le impedía
continuar los estudios necesarios para hacerse arquitecto.
Sin ingresos y sin relaciones con las que poder subsistir en la
capital imperial, pronto comenzó a degradarse su vida diaria, ya que la
herencia de sus padres no podía durar mucho tiempo en una megápolis como
aquélla, en la que el coste de la vida era mucho mayor que en la provinciana
Linz. Comenzó a frecuentar asilos para desahuciados y desempleados, intentó
subsistir vendiendo sus pinturas con escaso éxito y pese a que se resistía a
aceptar trabajos manuales, por considerarlos degradantes, tuvo que ceder por
necesidad. En aquellos años de Viena parece que se impregnó del discurso
xenófobo de ciertos sectores, donde además de austríacos convergían húngaros,
checos, croatas y gentes de todos los rincones del imperio de los Habsburgo.
Parece que el desagrado por el país que le vio nacer y su deseo de no servirle
fue el que le llevó a huir a Múnich en 1913 para evitar el servicio militar;
allí logró subsistir pintando paisajes y dedicó el tiempo a trazar quiméricos
planes para llegar a ser arquitecto. No parece que entre las motivaciones
estuviese la cobardía, ya que cuando estalló la Primera Guerra Mundial corrió a
alistarse en el ejército alemán, compartiendo el entusiasmo generalizado de los
primeros momentos del conflicto. Se le encuadró en el Regimiento de Infantería
Bávaro de Reserva número 16, con el que fue movilizado al frente occidental.
Pero a diferencia de las masas que, enardecidas, se lanzaron frenéticas a
celebrar la guerra y que pronto cayeron en el desánimo, Hitler experimentaría a
lo largo del cruento conflicto de cuatro años la transformación más importante
de su vida: encontraría su verdadera vocación e inspiración, la violencia.
§. La gran guerra, la posguerra y el nacimiento del
nacionalsocialismo
La experiencia de la guerra transformó radicalmente a Hitler. De
joven inadaptado con veleidades artísticas pasó a convertirse en un soldado
voluntario que se creía poseído por una misión trascendente, luchar por la
victoria de la nación alemana. En las trincheras no cambió mucho su forma de
proceder. Demostró hacia sus compañeros cierto desprecio, no forjó ninguna
amistad e hizo gala de su carácter huraño y solitario. Su valor en el combate y
su frialdad le granjearon fama de invulnerable entre sus compañeros, y en
diciembre de 1914 ya había recibido la Cruz de Hierro de segundo orden. Por
aquella época se sintió profundamente asqueado por la tregua espontánea que
celebraron los contendientes con motivo de la Navidad. En 1918 recibió la Cruz
de Hierro de primera clase, hecho que llamó la atención puesto que sólo tenía
la graduación de cabo (de la que nunca pasaría).
Lo hirieron en dos ocasiones durante la contienda, la primera a
finales de 1916 en la batalla del Somme. Fue enviado a Berlín para recuperarse
durante unas semanas, donde percibió la profunda desmoralización de la sociedad
civil alemana, de la que culpó a la clase política, a los judíos y los
marxistas, a quienes identificaba ya como enemigos de la nación. De nuevo en el
frente, durante una acción del ejército alemán en 1918 en las cercanías de
Yprés sufrió los efectos del gas mostaza. Lo trasladaron al hospital militar de
Pasewalk, donde el psiquiatra Edmund Forster lo trató de la ceguera temporal
que le había ocasionado el gas, empeorada con una crisis de ansiedad. Allí
recibió la noticia de la abdicación del káiser Guillermo II, de que había
estallado una revolución en varias ciudades y de que la derrota era inevitable.
A la conciencia de luchar por Alemania se juntó ahora en la mente de Hitler la
de la necesidad de vengar a su patria derrotada frente a las potencias
extranjeras y devolverle un papel glorioso en el concierto internacional.
Cuando salió del hospital, Hitler regresó a Múnich, donde se
dedicó a observar el nuevo ambiente político, no muy favorable a la
recientemente instaurada república. En opinión de la historiadora Mary
Fulbrook, «la República de Weimar (…) iba asociada a un sistema político
progresista así como a un conjunto de compromisos sociales entre los que se
contaba un estado del bienestar bastante avanzado, pero nació de la agitación y
la derrota, en condiciones cercanas a la guerra civil; se veía obstaculizada por
un duro acuerdo de paz y una economía inestable; estaba sometida de forma
constante a ataques procedentes tanto de la derecha como de la izquierda,
debido al rechazo de un gran número de alemanes a la democracia como forma de
gobierno». Hitler estaba entre ese grupo de alemanes, y en los años de la
inmediata posguerra se dedicó a estudiar a los grupos de extrema derecha
existentes en Múnich con la intención de integrarse en alguno de ellos. Eran
muchos y todos tenían como denominador común el racismo, la xenofobia y el
nacionalismo exaltado. Fruto de este contacto, Hitler elaboró poco a poco los
elementos que acabarían conformando su ideología: el racismo como forma de
demostrar la superioridad étnica de Alemania, el antisemitismo (por considerar
a los judíos como corruptores de la pureza germánica), el revanchismo ante los
vencedores del Tratado de Versalles y el pangermanismo (que proclamaba que la
extensión territorial del país era indispensable para garantizar la
supervivencia de la raza alemana). Destaca el hecho de que el concepto de raza
no tuviese una base clara en el pensamiento de Hitler, quien mezclaba de forma
grosera las ideas de nación, cultura, lengua y etnia. Además, tomó las ideas
del «darwinismo social», una teoría desarrollada por el francés Gobineau en el
siglo XIX, que hacía una burda adaptación de la teoría de la evolución de
Darwin al ámbito social afirmando que en él eran las razas las que luchaban por
la supervivencia y que sólo las más fuertes eran las que sobrevivían al proceso
de selección «natural».
A finales de 1919 ingresó en el Partido de los Trabajadores
Alemanes ( Deutsche Arbeiterpartei, DAP), que pese a su nombre era hostilmente
antisocialista; allí comenzó a destacar por su oratoria y su carisma. Por
aquella época empezó a demostrar que si como pintor o arquitecto no habría
tenido ningún futuro, para la interpretación dramática tenía un talento innato.
Se dedicó a estudiar las técnicas de escenificación de varios artistas y las
adoptó a la perfección para refinar un mensaje que no era en absoluto novedoso.
Hitler no aportó contenido sino forma a una corriente política que existía
antes de que él llegase. Pronto alcanzó la jefatura del partido, que cambió su
nombre por el de Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes (
Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei, NSDAP), que rápidamente se pasó
a denominar por el más sencillo nombre de Partido Nazi). En 1920 el partido
adquirió un semanario que utilizaría como plataforma para difundir su mensaje
y, con la ayuda de Ernst Röhm (excombatiente de la Gran Guerra que
inmediatamente después había ingresado en uno de los numerosos grupos
paramilitares de extrema derecha que surgieron) organizó una milicia para crear
ambiente de inseguridad pública mediante la lucha en las calles denominada
Sturmabteilung («tropas de asalto» o SA, apodados «camisas pardas»). Otros
colaboradores de esta primera época que permanecieron posteriormente al lado de
Hitler fueron Hermann Goering, Alfred Rosenberg o Rudolf Hess. En opinión del
historiador Álvaro Lozano, «tal era la cantidad de antiguos combatientes que se
podía definir al partido durante ese período como un grupo ultranacionalista
apoyado por una fuerza paramilitar con la voluntad de derribar al gobierno».
En febrero de 1920 se publicaron los veinticinco puntos del
programa del NSDAP, que se pueden resumir en un racismo antisemita (ignorando
deliberadamente el hecho de que muchos judíos habían combatido en las filas
alemanas durante la Primera Guerra Mundial), anticomunismo (el bolchevismo era
considerado como el otro enemigo interior de la nación alemana), un
nacionalismo exacerbado y expansivo (que reclamaba la rectificación del Tratado
de Versalles y la unión de todos los territorios habitados por germano-hablantes
en una «Gran Alemania»), el control de la prensa y de la creación artística y
literaria (con la excusa de luchar contra los difamadores de «la verdad» se
aspiraba a monopolizar la información) y la abolición de los beneficios de las
grandes empresas (en lo que era una concesión al ala anticapitalista del
partido, punto que fue convenientemente olvidado cuando la gran industria
comenzó a financiar al partido años más tarde).
Un primer intento de poner en marcha el programa nazi se produjo
en noviembre de 1923, cuando Hitler y seiscientos miembros de las SA, apoyados
por algunos militares como el héroe de guerra general Ludendorff, intentaron
realizar un golpe de Estado en Múnich (conocido como « putsch de la
cervecería»). Sencillamente pretendían obtener el poder irrumpiendo en la
cervecería Bürgerbräukeller en la que el presidente bávaro Gustav von Kahr se
hallaba reunido con un grupo de funcionarios y empresarios. Nadie se sumó a la
iniciativa y, pese a intentar la toma del Ministerio de la Guerra, el golpe fue
abortado, sus protagonistas detenidos y juzgados. Hitler fue condenado a tres
años de prisión por alta traición, de los que cumplió sólo unos meses con
varios compañeros de partido en la prisión de Landsberg (saldría el 2 de
diciembre del año siguiente). Sin embargo, el golpe frustrado y el proceso que
le siguió le brindaron notoriedad en todo el país, hecho que quiso aprovechar
para dar una dimensión nacional al partido. Con esa determinación procedió a
redactar en prisión un libro mezcla de autobiografía y programa político, al
que puso por título Mein Kampf («Mi lucha»). En palabras de Álvaro Lozano, «la
gran controversia sobre Mein Kampf es si se trataba de un plan preciso que
esperaba cumplir o si simplemente era un sueño de juventud. Debemos considerar
la obra como algo más que un mero sueño. Si en algún momento Hitler cesó en
esas ideas fue por motivos tácticos, sin abandonar nunca sus objetivos
principales». Hitler había fallado en su primer intento para hacerse con el
poder, si bien aprendería la lección para los años venideros. Su breve período
en la cárcel no le sirvió para fijar el objetivo, que ya tenía desde hacía
tiempo, sino para refinar los métodos con los que llegar a él. Los años
siguientes serían testigo de ello.
§. La república asediada
Tras el final de la Gran Guerra, los grupos antisistema se
habían alimentado básicamente de la precaria situación económica de la
inmediata posguerra. Pero desde 1924 la situación comenzó a mejorar gracias al
llamado «Plan Dawes», que permitió dosificar el pago de las reparaciones de
guerra que tanto agobiaban al país y estabilizar la inversión norteamericana.
Asimismo, la habilidad política del ministro de Asuntos Exteriores Stresseman
permitió romper el aislamiento internacional de Alemania tras la guerra,
simbolizado en su ingreso en la Sociedad de Naciones (antecedente de la ONU) en
1926. Éstos también fueron años de un gran florecimiento cultural y científico
de Alemania, donde trabajaban científicos como Albert Einstein y Max Planck,
músicos como Kurt Weil y Paul Hindemith, pintores como Paul Klee y Wassily
Kandinsky, arquitectos como Walter Gropius y Mies van der Rohe; se produjeron
movimientos de vanguardia en el arte como la Bauhaus y surgieron nuevos ámbitos
de experimentación que permitieron el nacimiento de nuevos géneros como el
cabaret.
Pero aquel florecimiento fue pasajero. La crisis económica de
1929 erradicó de un plumazo las inversiones norteamericanas y con ello la
mínima estabilidad económica que vivía Alemania. Si el problema de los años de
la inmediata posguerra había sido la inflación, que había depauperado
gravemente al conjunto de la población, ahora la pesadilla era el paro, que en
1933 afectaba a más de seis millones de alemanes. La desesperación del
desempleo brindó la oportunidad de oro a Hitler para convertir a su partido en
un movimiento nacional. En opinión de Mary Fulbrook, el Partido Nazi
«representaba un poderoso atractivo para gran cantidad de alemanes asustados y
desesperados, que sólo habían vivido en la democracia de Weimar la humillación
nacional, el desastre económico, conflictos sociales y una gran incertidumbre
personal».
La inestabilidad política se volvió inevitable. El presidente de
la República, Paul von Hindenburg, maniobró usando la facultad que le otorgaba
la Constitución para nombrar canciller al margen del resultado electoral.
Designó en 1930 a Brüning para el cargo, que puso en marcha unas medidas contra
la crisis que se demostraron inútiles desde el principio; en 1932 fue
sustituido por Von Pappen, del partido de centro minoritario, que cedió ante
las demandas de los nazis para intentar hacerse con su apoyo, ahora que eran un
movimiento de masas. Hitler era consciente de que a cada día que pasaba se
volvía más importante para la gobernabilidad del país, y en las elecciones de
julio de 1932 el NSDAP tocó techo, obteniendo catorce millones de votos y 230
diputados en el Reichstag (parlamento), que no eran suficientes para obtener la
mayoría. Hindenburg se resistió todavía al nombramiento de Hitler como
canciller y prefirió convocar de nuevo elecciones para diciembre, en las que
los nazis obtuvieron tres millones de votos menos que seis meses antes. El
presidente encargó entonces formar gobierno al centrista Schleicher, que pronto
se ganó su enemistad. El 30 de enero de 1933, Hindenburg encargaba a Hitler
formar un gobierno en el que los nazis serían minoría. Hitler llegaba así al
poder mediante procedimientos completamente legales, al amparo de la
Constitución y siendo el NSDAP el partido con mayor representación en el
Reichstag (196 diputados, aunque ya había comenzado su reflujo electoral).
En este acceso al poder habían convergido varios factores. En
opinión de la profesora Fulbrook, el Partido Nazi «representaba un amplio
movimiento de masas, a diferencia de los partidos limitados a los intereses de
grupo, tan característicos de la política de Weimar. (…) Su ideología, amplia y
poco concreta —anti moderna, anticapitalista, anticomunista, racial, völkisch
[«étnica»]—, podía adaptarse a todas las necesidades, y con su creciente
sofisticación en el uso de los medios de comunicación y la escenificación de
rituales políticos (…) podía llegar a convertirse en una forma de religión
pagana y poderosa; gracias a la carismática figura de su líder (…) el nazismo
podía adoptar el papel de salvador y destino de Alemania, conducida por el
hombre fuerte que muchos alemanes llevaban esperando tanto tiempo». A esta
combinación había que añadir el uso de la violencia y la intimidación. En aquel
período de permanente crisis, las organizaciones paramilitares de diferente
signo incrementaron su actividad presionando y atemorizando a sus rivales, y
entre ellas las SA fueron las más violentas y activas.
La violencia tendría un papel esencial en los siguientes pasos
que daría Hitler para afianzarse en el poder. Había alcanzado la jefatura del
gobierno, pero su objetivo era destruir el régimen democrático, y quería
hacerlo desde las propias instituciones, único método que le aseguraría el
éxito —no como en el putsch de Múnich— y al que los nazis llamaron la
«revolución legal». Su proyecto era declarar la situación de emergencia para
obtener de forma legal poderes excepcionales que emplearía para destruir las
instituciones democráticas. En este empeño ayudaría sobremanera un hecho que
aún hoy en día resulta polémico. El 27 de febrero de 1933, un incendio
devastador destruyó la sede del Reichstag. Poco después se apresó al culpable,
un joven holandés llamado Marinus van der Lubbe, cuyas motivaciones y
conexiones nunca se han aclarado del todo. Hitler aprovechó la ocasión para
declarar el estado de emergencia y comenzar una encarnizada represión de
socialdemócratas y, sobre todo, comunistas, que habían sido incapaces de
coordinarse con anterioridad para plantar cara al avance nazi. Poco después
Hindenburg sancionaba, a petición de Hitler, una «ley para la defensa del
pueblo y el estado» por la que se suspendían las libertades políticas y se
afirmaba el poder gubernamental. Hitler decidió entonces convocar elecciones
para obtener una coartada electoral con la que legitimar su actuación. El
resultado de la convocatoria, celebrada el 5 de marzo, fue decepcionante para
los nazis, que aumentaron su resultado sólo hasta los 288 escaños,
insuficientes para modificar la Constitución, que era la vía que contemplaba
Hitler para eliminar definitivamente cualquier traba a su poder que pudiese
subsistir. Pese a ello logró aprobar (con el apoyo del partido de centro y la
oposición de los socialdemócratas) una «Ley de Habilitación» que le otorgaba la
capacidad de dictar leyes al margen del Parlamento. En el verano todos los
partidos excepto el nazi fueron prohibidos o se disolvieron, y en diciembre una
ley declaraba que el NSDAP era el único partido existente en Alemania. Los
sindicatos fueron también proscritos por una ley de mayo, que creaba al tiempo
el Frente Alemán del Trabajo, en el que quedaban encuadrados automáticamente
todos los trabajadores. En marzo una «Ley de Unificación» abolía el sistema
federal, con lo que el país pasaba a ser un estado centralizado más acorde con
la doctrina hitleriana. En estos meses Hitler se mostró como un político
habilidoso que supo aunar su conocido carisma, el uso de una efectiva propaganda,
la fuerza bruta en las calles y un gran olfato para dividir y debilitar a los
partidos oponentes.
El poder que iba acumulando era cada vez mayor y no estaba
dispuesto a que nadie le entorpeciese en el camino. Dar los pasos hasta este
punto había sido en parte posible gracias a los apoyos que había recibido de
las élites socioeconómicas del país desde comienzos de la década. La
desestabilización social y la supuesta amenaza de una revolución comunista
habían lanzado a los grandes industriales y propietarios a los brazos de
Hitler. Como señala la profesora Fulbrook, «los estamentos nacionalistas, industriales,
agrarios y militares, al apreciar la fuerza de semejante movimiento de masas y
su propia falta de una base popular, creyeron poderlo “controlar”, “domar” y
utilizar para otorgar a sus planes —dirigidos a la destrucción de la
democracia— una legitimidad que no podían conseguir por sí mismos. Hitler no
necesitó “hacerse” con el poder: las viejas élites se limitaron a abrir la
puerta y darle la bienvenida…». Pero algunos sectores del partido, como las SA
de Röhm, defensoras a ultranza del ideario anticapitalista que inicialmente
tenía el partido, se agitaban para conseguir la puesta en práctica de las
medidas que perjudicaban a quienes sostenían ahora económicamente al partido.
En la madrugada del 30 de junio de 1934, durante la llamada «noche de los cuchillos
largos», Röhm y doscientos miembros de las SA fueron asesinados y su
organización neutralizada como elemento de discordancia política. Era la
institucionalización de la violencia como medio de gobierno dentro del partido
y de Alemania. Poco después, el 2 de agosto, murió Hindenburg. Hitler no se
molestó ni en convocar elecciones, se autoproclamó jefe de Estado con el título
de Führer («líder») y asumió todos los poderes. Desde ese momento llamó a su
régimen el Tercer Reich («imperio»), del que afirmaba que duraría mil años,
como lo había hecho el Sacro Imperio Romano Germánico. La mayor pesadilla de la
Historia había comenzado.
§. La Segunda Guerra Mundial
La contienda marcaría el clímax y el declive del régimen nazi.
La invasión de Polonia, que Hitler efectuó para recuperar territorios perdidos
en el Tratado de Versalles, llevó a que Gran Bretaña y Francia declarasen la
guerra a Alemania (con la URSS se había cubierto las espaldas firmando un pacto
de no agresión ocho días antes de invadir Polonia). En los primeros momentos
Hitler tomó la delantera conquistando Dinamarca y Noruega en abril de 1940, con
el objetivo de asegurar los suministros de materias primas necesarias para la
fabricación de material de guerra desde Suecia; al mes siguiente, el Benelux y
Francia, que quedaría dividida entre el territorio ocupado bajo administración
alemana y el territorio del régimen satélite de Vichy. Desde ese momento y
hasta junio de 1941 Inglaterra fue el único enemigo del Tercer Reich que se
mantuvo en pie ya que el intento de doblegarla mediante un ataque aéreo masivo
en el verano de 1940 fracasó. A mediados del año siguiente Hitler decidió
lanzar su ofensiva sobre la URSS en lo que constituyó el mayor error
estratégico de la contienda y el punto inicial de su caída. La entrada en la
guerra de Estados Unidos en diciembre de 1941 y la consiguiente colaboración
entre los aliados (Gran Bretaña, la URSS y Estados Unidos) dieron a la guerra
unas dimensiones superiores a lo que Hitler podía manejar, pese al apoyo de
Italia y Japón. A finales de 1942, las tropas alemanas comenzaban el repliegue
en la URSS y los aliados desembarcarían en Sicilia en el verano de 1943 y en
Normandía un año más tarde. La derrota se acercaba lenta pero inexorablemente.
La política que impuso Hitler en los territorios ocupados estuvo
basada en un régimen de terror (aquí no era posible intentar ninguna
legitimación ya que los nazis eran invasores) en el que la Gestapo y las SS
desplegaron por todo el continente su campo de actuación. Inmediatamente
surgieron movimientos de resistencia en todos los países, cuya población fue
objeto de represión y de reclusión en campos de trabajo. De este modo se
liberaba a la población alemana de las tareas realizadas por los reclusos permitiéndole
dedicarse al esfuerzo bélico. El más siniestro de los proyectos emprendidos por
Hitler fue el de radicalizar y extender su política antisemita por el
continente. Si ya desde la invasión de Polonia se aplicaron duras medidas de
represión a la población judía, el 20 de enero de 1942, en la Conferencia de
Wannsee, se decidió adoptar lo que los nazis llamaron «la solución final». Se
ordenó el traslado de toda la población judía a campos de concentración en
Europa centro-oriental donde serían sometidos a trabajos forzados y al
exterminio sistemático. Con esta medida daba comienzo la eliminación programada
de seres humanos en lo que eran auténticas fábricas de muerte, a las que fueron
conducidos posteriormente homosexuales, gitanos y disidentes políticos (entre
otros, comunistas y republicanos españoles). Fue así como Hitler cargó sobre
sus espaldas el más horrendo crimen de la historia de la humanidad. En cuanto a
la responsabilidad del pueblo alemán en semejante atrocidad, la profesora
Fulbrook afirma que «sea cual fuere el grado en que la gente “conocía” las
perversiones del régimen nazi, la mayor parte de los alemanes decidieron
desentenderse o no creer lo que no les concernía directamente».
Sin embargo, el prolongado esfuerzo de guerra acabó erosionando
la popularidad del Führer. Alemania había confiado en que la guerra sería dura
y rápida y no en una campaña que se eternizaba y que acabó abarcando todo el
continente. Las condiciones de vida fueron deteriorándose, y desde el verano de
1943 las principales ciudades alemanas sufrieron los bombardeos intensivos de
los aliados. Durante aquellos años cuajaron pequeños grupos de resistencia
interior que intentaron llevar a cabo acciones de oposición, si bien con escaso
éxito. El suceso más conocido a este respecto fue el intento de asesinar a
Hitler por una facción del ejército contraria a sus proyectos. En julio de
1944, el coronel Von Stauffenberg colocó un maletín-bomba dentro del cuartel
general de Hitler, conocido como «la Guarida del Lobo». Aunque el artefacto
estalló, Hitler salió ileso del atentado.
De todas formas el hundimiento del Reich ya estaba en marcha. La
reapertura del frente occidental con el desembarco de Normandía supuso el golpe
de gracia para una Alemania cada vez más agotada. El Ejército Rojo expulsó a
los alemanes de Rusia en agosto de 1944, lo que hizo a Hitler volver a Berlín
para encargarse de la defensa de Alemania. La ofensiva final comenzó en el mes
de enero siguiente, y en marzo los soviéticos se abalanzaban sobre la capital
del Reich. Hitler ya se encontraba refugiado en el búnker situado bajo la
Cancillería, donde recibió la noticia de la ejecución y vejación pública de los
cadáveres de Mussolini y su amante Claretta. Posiblemente fue éste el motivo de
su decisión de suicidarse antes de que pudieran capturarlo. En el búnker también
se encontraba su amante desde hacía años, Eva Braun. La había conocido cuando
trabajaba como ayudante de su fotógrafo oficial a comienzos de la década de
1930. Aunque comenzaron pronto una relación personal ella nunca tuvo cabida en
el régimen. Desde 1936 residía en la casa de descanso de Hitler en Baviera y
sólo lo veía en contadas ocasiones. Posiblemente para recompensarla, se casó
con ella el 29 de abril; al día siguiente ambos se suicidaron. Era el fin
definitivo de la megalomanía de un hombre y del frenesí genocida en que había
sumido a todo un continente a lo largo de casi seis años.
Álvaro Lozano resume así el balance de la guerra: «Al menos
trece millones de personas habían perdido la vida debido a los crímenes del
régimen nazi, no a actos de guerra. Entre ellos, seis millones eran judíos, más
de tres millones eran prisioneros soviéticos, al menos dos millones y medio de
polacos, cientos de miles de trabajadores forzosos y, muchos otros, incluyendo
a gitanos, yugoslavos, holandeses, noruegos, griegos, ciudadanos de casi todos
los países europeos que fueron ocupados por Alemania». Los historiadores y la
opinión pública se preguntan todavía cómo fue posible llegar a ese trágico
resultado. Aunque la repetición de los factores que propiciaron el ascenso de
Hitler al poder y el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial es muy
difícil, no por ello su figura deja de ser un constante recuerdo del deber
moral de la humanidad para con el respeto a los derechos humanos y para con la
memoria de las víctimas de sus crímenes.
Capítulo 36
Nelson Mandela
Contenido:
§. El liberador de un pueblo
§. El que empuja la rama de un árbol
§. Un abogado interesado en la política
§. Prisionero 466/64
§. La libertad en el horizonte
§. Construir la democracia
§. El liberador de un pueblo
Nelson Rolihlahla Mandela, de noventa y cuatro años, es un
hombre que lleva marcadas en la piel y en la memoria las huellas del
sufrimiento. Al final de su vida (de la que casi un tercio transcurrió en la
cárcel) se puede hacer balance de su trayectoria como una de las más
llamativas, conmovedoras y esperanzadoras de todo el siglo XX y comienzos del
XXI. Nació en un país en el que la mayoría negra salió de la pesadilla del
colonialismo para caer en el infierno del apartheid, el cruel sistema que
mantuvo la supremacía blanca a costa de los derechos humanos de millones de
personas. De joven fue el responsable de que el Congreso Nacional Africano,
principal partido político de la comunidad negra, abandonase su política de
protesta dentro del sistema para adoptar estrategias más próximas a las de
quienes luchaban por la descolonización de las tierras de África y Asia, lo que
terminaría por llevarle a prisión. Una vez que fue liberado, con más de setenta
años, pudo trabajar para hacer realidad su sueño, la instauración de un régimen
democrático y no discriminatorio en Sudáfrica. Sin duda el hecho de que ese
sueño fuese compartido por sus compatriotas de nación y raza es la clave para
entender por qué este hombre se elevó a la categoría de símbolo de lo que el
ser humano quiere superar para lograr un futuro mejor, de libertad y justicia
para todos.
Sudáfrica es uno de los territorios africanos en los que la
presencia colonial europea fue más temprana. Frecuentada ya por los portugueses
en su camino hacia la India, los primeros en instalarse de forma permanente
fueron los holandeses en el siglo XVII. Fueron sustituidos paulatinamente por
los británicos, que vieron reconocida su soberanía sobre la colonia en el
Congreso de Viena de 1815. Desde entonces hicieron del extremo meridional de
África objeto de la codicia de sus comerciantes e industriales, ya que era una
tierra rica como pocas en recursos naturales y de un gran valor geoestratégico,
donde podían obtener materias primas baratas y grandes mercados para su
creciente industrialización, relegando a un plano secundario la voluntad y la
situación de sus habitantes. Aunque algunos de éstos no se mostraron muy
conformes con la nueva situación. La población descendiente de los colonos
holandeses, los bóers, protagonizaron una guerra contra Gran Bretaña entre 1899
y 1902 en la que salieron perdiendo y sólo lograron que el control británico se
cerrase todavía más sobre ellos.
Aunque desde entonces las relaciones de Sudáfrica con la
metrópoli británica fueron encauzándose, esto se hizo sobre la base de un pacto
de autonomía política (consagrada por la creación de la Unión Sudafricana en
1910 como dominio dentro del Imperio británico) a cambio de un respeto
escrupuloso de los intereses económicos de la élite europea que dirigía los
negocios de la colonia. La contrapartida de este arreglo con la minoría blanca
que controlaba todos los resortes del poder fue la construcción progresiva de
un sistema que consagraba el racismo como base de las relaciones sociales y
económicas que se iría agravando con el paso del tiempo. En ese país en el que
la mayoría negra vivía marginada de la riqueza, el bienestar y la participación
política, pero en el que todo se sustentaba en su trabajo, fue en el que nació
el hombre llamado a acabar con semejante injusticia.
§. El que empuja la rama de un árbol
El 18 de julio de 1918 nació en Mvezo, un pueblo de una idílica
región rural de Transkei (uno de los departamentos orientales de Sudáfrica), el
hijo de Henry Mgadla Mandela y su esposa Nonqaphi Nosekeni, Rolihlahla; el
nombre significa literalmente en lengua isiXhosa «el que empuja la rama de un
árbol», pero coloquialmente quiere decir «que causa alboroto». Su padre era el
consejero principal del regente de los Tembu, grupo tribal al que pertenecían y
en cuyo seno transcurrió la infancia del niño. Como señala Rick Stengel,
biógrafo de Mandela: «Creció en un mundo aparte. Básicamente era un mundo
africano. No creció entre blancos y no tenía el sentimiento de inferioridad que
tenían muchos africanos porque aquél era todo su mundo, el mundo de su padre y
de su madre, el mundo de su aldea. Era una sociedad ritualista en la que la
familia era muy importante. Era un vaquero, llevaba a pastar las vacas por las
mañanas, bebía la leche de las ubres de las vacas. Era la existencia más simple
que se pueda imaginar… un mundo idílico». Su padre disfrutaba de una posición
acomodada con ganado, cuatro esposas y trece hijos, pero aquello no significaba
que Rolihlahla no conociese a los blancos colonizadores que dominaban el país,
ya que ocasionalmente visitaban la aldea para tratar asuntos con los Tembu. En
palabras del propio Stengel, «siendo niño veía a los blancos como dioses que
venían de otro sitio que él no conocía y que ocasionalmente los visitaban. Los
miraba con temor y respeto porque veía la forma en que los mayores, incluido su
padre, trataban a los blancos y supo, de la forma que intuyen los niños, que
algo ocurría».
A la edad de siete años comenzó a acudir a una escuela rural
cerca de Qunu, y el primer día vivió una experiencia que le acercaría un poco
más al mundo exterior. Su maestra, miss Mdingane, le puso otro nombre, uno
británico, siguiendo la extendida costumbre de dar a los nativos un nombre que
pudiesen entender con facilidad los colonos blancos, que no mostraban mucho
interés por aprender las lenguas sudafricanas. El nombre elegido fue Nelson,
sin que se sepa a ciencia cierta cuál fue la razón de esta elección. Sin
embargo, el hecho que dio realmente un vuelco tanto a su educación como a su
vida entera fue el fallecimiento de su padre en 1927; a partir de entonces fue
acogido como pupilo del regente Jongintaba Dalidyebo, que se encargó de que
recibiese la formación necesaria para sustituir a su padre en el cargo de
consejero. Dejó su aldea natal para trasladarse a la residencia del jefe, «el
gran lugar». Para Stengel, esta etapa en la infancia de Mandela le dejó una
huella imborrable, especialmente las reuniones del consejo de la tribu, adonde
lo llevaban para que aprendiera. «Observaba todo con admiración y respeto
porque todos esos jefes eran grandes hombres, elocuentes y fuertes, y cuando
tenían estos encuentros cada uno de ellos hablaba por turno, muchos de ellos
criticaban al regente con severidad, lo que a Nelson le sorprendía mucho… para
él todo esto quedó grabado como un modelo de democracia.»
Pero aquella formación no descuidaba la educación reglada del
niño, que siguió sus estudios y desde 1934 acudió a diferentes instituciones
educativas: al instituto en Engcobo, al college en Fort Beaufort y, por fin, a
la Universidad de Fort Hare, un centro especializado en ofrecer educación
universitaria a la población negra. Allí dio sus primeras muestras de rebeldía.
Cuando lo eligieron como representante de los estudiantes, se sumó a una
campaña de boicot contra la política de la universidad, lo que le valió su
expulsión en 1940, al año de haber ingresado. De vuelta a Transkei se encontró
con que el regente había concertado para él un matrimonio de conveniencia, algo
por lo que no estaba dispuesto a pasar, por lo que decidió huir e ir a la
ciudad junto con su primo Justin, para quien habían buscado una esposa también
sin su consentimiento. Así es como llegó Nelson Mandela a Johannesburgo y entró
en contacto por primera vez de forma directa con la discriminación que vivían
los negros en su país. Como señala Stengel, «de alguna forma extraña el racismo
de la ciudad le definió como un hombre negro y de alguna forma comenzó el fuego
interno del resentimiento que finalmente condujo a una rebelión en toda regla».
Fue la toma de contacto con aquella sociedad controlada por blancos, en la que
los negros estaban segregados en todos los ámbitos de la vida desde la cuna
hasta la tumba, lo que hizo que empezara a tomar conciencia de su propia
condición y de la discriminación que vivían los suyos. El sentimiento de rebeldía
contra esta situación iría produciendo un cambio en el interior del joven
Nelson, y «el que empuja la rama de un árbol» iría dando paso a un rebelde.
§. Un abogado interesado en la política
En 1941 se produjo un encuentro que marcó la vida de Nelson
Mandela. Cuando no llevaba ni un año en Johannesburgo le presentaron a Walter
Sisulu, uno de los más desatacados activistas del Congreso Nacional Africano
(ANC), el partido político fundado en 1912 con el objetivo de acabar con la
discriminación de la comunidad negra y lograr para ella una representación
política en el Parlamento. Sisulu recuerda bien la primera impresión que le
causó Mandela: «Me impresionó al instante su porte, su manera de acercarse… era
brillante, un joven muy despierto», y enseguida se dio cuenta de su potencial
para el partido. Según él mismo ha declarado, «tenía al hombre adecuado y si
podía, quería desarrollarlo al máximo posible». Quizá como un primer paso para
lograrlo le brindó la oportunidad de tener una mayor estabilidad laboral. Desde
su llegada a la ciudad había ejercido como guardia en unas instalaciones
mineras, pero de la mano de Sisulu comenzó a trabajar para un bufete de
abogados.
En esta época combinó el trabajo con la continuación de sus
estudios, siguiendo la carrera de leyes en la Universidad de Sudáfrica, y con
sus primeras actividades en el Congreso Nacional Africano. Como señala Rick
Stengel, «Walter [Sisulu] comenzó a llevarle a reuniones y, tal y como había
hecho de jovencito, observaba y callaba, escuchaba los discursos, captó la
variedad de opiniones y comenzó a politizarse. En la organización fue subiendo
muy despacio, era muy tímido y se daba cuenta de que su inglés no era muy
bueno, así que en la primera etapa no habló demasiado». También en esta época
comenzó a construir su vida familiar apartado de los Tembu. En Johannesburgo
entró en contacto con la familia de Sisulu y enseguida captó su atención su
prima, Evelyn Ntoko Mase, con la que contrajo matrimonio en 1944 en una
ceremonia civil porque no podían permitirse una boda tradicional. Juntos
tendrían cuatro hijos antes de su divorcio en 1958.
Su perfil político se fue reforzando con el tiempo. La Segunda
Guerra Mundial fue un tiempo de sacrificios para Sudáfrica, que había adquirido
su independencia en el seno de la Commonwealth británica en 1934 y, por tanto,
había entrado en la guerra en apoyo de Gran Bretaña. La población negra no vio
recompensado su esfuerzo y, en cambio, adquirió una mayor conciencia política
durante esos años. Fue por entonces cuando Mandela comenzó a frecuentar a un
grupo de jóvenes militantes del partido, reunido en torno a Anton Lembede, que
se propusieron replantear las tácticas de la dirección, basadas en el respeto
al marco institucional vigente y la solicitud de un cambio dentro de los
estrechos cauces que permitía. Frente a esto, el grupo de jóvenes comenzó a
desarrollar un mensaje de nacionalismo africano radical, muy en la línea de los
movimientos descolonizadores que fraguaron en África en esa década, y
consideraban como base de su acción el principio de autodeterminación nacional
frente a los colonizadores. En el grupo, además de Mandela, también estaban
Sisulu y un viejo compañero suyo de Fort Hare, Oliver Tambo, que se convertiría
desde entonces en su íntimo amigo. En septiembre de 1944 fundaron en el seno
del partido la Liga Juvenil del Congreso Nacional Africano (ANCYL). En palabras
del periodista Allister Sparks, «en la comunidad negra se seguía dando la
actitud de “sí, amo; no, amo” y creo que ese tipo de comportamiento se había
extendido a la mayoría de los miembros del CNA y eso es lo que Mandela estaba
desafiando y cambiando con la militancia que él, Sisulu y otros trajeron
mediante la Liga Juvenil».
Sin embargo, los años siguientes de la Liga y del Congreso
Nacional Africano se verían marcados por un ambiente cada vez más siniestro. En
1948 el Partido Nacional ganó las elecciones (en las que participaban sólo
blancos) con un programa de institucionalización de la segregación racial
completa en Sudáfrica. La puesta en marcha de este programa tuvo como resultado
la construcción en los años siguientes de un régimen que consagraba en las
leyes y en la práctica la discriminación para la comunidad negra, llegando
incluso a la segregación física de ésta. El nuevo sistema político recibió el
nombre de apartheid, voz neerlandesa que significa «apartamiento, separación» y
que en afrikáans (variedad del neerlandés hablada en Sudáfrica por los
descendientes de los colonos holandeses) adquirió el sentido concreto de
«segregación racial». Ante la nueva situación el auditorio del discurso
radicalizado de la Liga Juvenil se amplió de forma exponencial, y ésta comenzó
a proponer campañas no violentas de boicot, nocooperación, desobediencia civil
y huelgas como instrumentos para presionar al gobierno y entorpecer la
aplicación de las leyes segregacionistas. Mandela tuvo un papel destacado y
creciente en la organización de estas acciones. Sorprendió a sus compañeros por
su disciplina y su inagotable capacidad de trabajo, empezando a adquirir por
ello cierta relevancia pública. Como asevera Sparks, «Mandela representaba la
línea divisoria, el cambio del viejo enfoque constitucional a otro más
desafiante, fortalecido y agresivo, eso le dio una imagen muy particular, se
convirtió en el símbolo de la militancia para la juventud de aquella época y
eso lo transmitió al Congreso Nacional Africano».
Gradualmente fue escalando puestos en la organización: en 1948
fue elegido secretario nacional de la Liga Juvenil y en 1951, su presidente.
Para entonces la militancia del Congreso Nacional Africano había llevado a los
principales cargos directivos a miembros de la Liga (con Sisulu a la cabeza
como secretario general) para adecuar el partido a la nueva situación, y desde
esta última se diseñó (en un comité del que formaban parte Mandela, Sisulu,
Tambo y otros) el nuevo programa del partido, más radical y cercano a los
postulados de la organización juvenil. La nueva estrategia del partido no tardó
en acarrear problemas legales a sus dirigentes y militantes. En 1952 el
Congreso lanzó una «campaña de desafío» al apartheid que fue coordinada por
Mandela en todo el país, por lo que el gobierno le encausó junto con Sisulu y
otros dieciocho militantes con la acusación de haber violado la legislación
anticomunista. El tribunal dictaminó que los acusados habían promovido entre
los militantes sólo acciones pacíficas, así pues fueron absueltos, un golpe de
fortuna que no se repetiría más adelante. Pese a ello se restringió su libertad
de movimientos y de comunicación, y no se le permitía acudir siquiera a las
celebraciones de cumpleaños de sus hijos. En momentos tan difíciles superó el
examen de admisión a la abogacía profesional, y a continuación abría junto a
Tambo el primer bufete de abogados de Sudáfrica para población negra. Para Rick
Stengel, «se convirtió en La Meca de todas las personas negras que tenían problemas
legales en Sudáfrica. Sólo existía ese bufete de abogados y la gente acudía a
visitarles. Para entrar todos los días en su despacho tenía que abrirse paso
entre docenas de personas que esperaban en el vestíbulo para verle».
Al año siguiente, el Congreso Nacional Africano comenzó a temer
seriamente que el gobierno lo ilegalizara, por lo que encargó a Mandela que
preparase un plan para que el partido pudiese continuar su actividad en la
clandestinidad. Tomando como referencia su apellido, se le llamó «Plan M».
Durante la década de los cincuenta se le prohibió aparecer en público varias
veces (la primera en 1953 por dos años y la segunda en 1956 por cinco años
más), prohibiciones hacia las que progresivamente fue desarrollando una actitud
menos beligerante ya que, como él mismo afirmó con posterioridad, no estaba
dispuesto a convertirse en su propio carcelero. Por eso continuó organizando
actividades para el ANC en el ámbito privado y trabajando en su despacho de
abogado. Pero todas sus prevenciones no sirvieron para aliviar el cerco en
torno a su persona. En diciembre de 1956 fue arrestado junto a otros ciento
cincuenta y cinco miembros del partido acusados de traición. Aunque fue
liberado más tarde, quedaba pendiente de la celebración de un juicio que le
podía costar muy caro.
Semejante vorágine política y personal fue demasiado para su
matrimonio con Evelyn, que tuvo que sufrir privaciones y soledad por la
actividad de su marido. Se separaron en 1955 y se divorciaron oficialmente tres
años más tarde. Pero poco después encontraría a quien se convertiría en su
segunda esposa, Winifred Nomzamo Zanyiwe Madikizela, conocida entre sus amigos
como «Winnie». Con ella contrajo matrimonio en junio de 1958, poco después de
formalizar el divorcio con Evelyn. A diferencia de su boda anterior, ésta se
celebró siguiendo el estilo tradicional, en una iglesia de Bizana, aunque no
tuvieron ni tiempo ni dinero para hacer una luna de miel, ya que el novio tenía
que comparecer de nuevo ante los tribunales para hacer frente a su
procesamiento por traición. Los escasos momentos de felicidad que pudo vivir
tras la boda se verían pronto empañados por los nubarrones que se cernían sobre
su futuro.
§. Prisionero 466/64
La década de los sesenta comenzó en Sudáfrica con un ambiente de
inestabilidad, agitación social y fragilidad política. Mientras el gobierno
preparaba una nueva Constitución por la que el país quedaría definido como
república, se concluyó el macrojuicio a los dirigentes del Congreso Nacional
Africano por traición, que venía desarrollándose desde hacía cuatro años. Por
fin, en 1961, el tribunal decidió exculpar a los acusados, pero dicha sentencia
apenas tuvo repercusiones porque el ambiente se había degradado a pasos
agigantados. En marzo de 1960, en Sharpeville, una ciudad de Transvaal, tras
varios días de protestas la policía se vio superada por los manifestantes
negros y abrió fuego indiscriminadamente matando a sesenta y nueve personas. La
ola de protestas que desató en el país la masacre fue abrumadora, lo que obligó
al gobierno a decretar el estado de emergencia y dar el arriesgado paso de
ilegalizar el Congreso Nacional Africano. Ahora la lucha contra el apartheid
tendría que desarrollarse en la clandestinidad. Mandela se vio forzado a vivir
separado de Winnie y de las dos hijas que habían tenido, cambiando de
residencia a menudo y disfrazándose para sortear los controles policiales. Su
popularidad en aquella época fue inmensa. En opinión de Allister Sparks,
«cuando Mandela pasó a la clandestinidad su figura de hombre se adornó de una
imagen romántica, se convirtió en un ídolo, en una figura heroica y gloriosa
particularmente para todos los jóvenes negros sudafricanos». Entre los
opositores al régimen se le comenzó a conocer como «la Pimpinela Negra».
El resultado político de la represión creciente hacia los
activistas por los derechos de la población negra fue la radicalización de su
discurso y sus tácticas. Mandela, junto con otros dirigentes del ANC, fundaron
una nueva agrupación dentro del partido, Umkhonto we Sizwe (literalmente,
«arpón del pueblo», y abreviado usualmente como MK), un brazo armado encabezado
por Mandela con el que combatir al gobierno. La decisión de emprender el camino
de la lucha armada partía de la convicción de que la violencia ya existía en el
país, de que era inevitable y de que el gobierno no dejaba otro camino que el
de tomar las armas al desatender sus peticiones pacíficas. Según el criterio de
Sparks, la trayectoria en sólo dos años del Congreso Nacional Africano obedecía
a una lógica sencilla: «La combinación de la masacre y la prohibición de la
resistencia pacífica fue realmente la gota que colmó el vaso y entonces el ANC,
liderado por Mandela, que era más su cerebro que su líder, llevó a la
organización a adoptar una estrategia de guerrilla violenta».
En 1962 Mandela, con el nombre falso de David Motsamayi, viajó
durante varios meses fuera del país. Acudió a la Conferencia del Movimiento de
Liberación Panafricano celebrada en Etiopía, recibió adiestramiento militar
junto a otros miembros del MK en dicho país y Argelia y viajó también a
Londres, donde mantuvo encuentros con numerosos exiliados. En julio regresó a
Sudáfrica, donde se le detuvo, juzgó y condenó a cinco años de prisión por
abandono ilegal del país. Fue en esta ocasión cuando pisó por primera vez la
prisión de Robben Island, una isla en el océano a varios kilómetros de Ciudad
del Cabo donde pasaría la mayor parte de sus años de internamiento. Allí tuvo
noticia de que la estructura clandestina del ANC había sido descubierta y
desmantelada por la policía, siendo acusado formalmente, junto con otros nueve
miembros del partido, de sabotaje y de conspiración para derrocar al gobierno.
El proceso (llamado «proceso de Rivonia» por ser en esta localidad al norte de
Johannesburgo donde se produjeron las detenciones de la cúpula del ANC) duró
ocho largos meses. Los acusados plantearon una estrategia de acción basada en
considerar el juicio como un proceso político, y tomaron la decisión dramática
de que si la condena era a muerte no recurrirían. Como señala Rick Stengel al
valorar su actitud ante el proceso, «lo que intentaban hacer era condenar todo
el sistema sudafricano. Mandela dijo: “Quisiera llevar a juicio a Sudáfrica,
quisiera llevar a juicio a los opresores”. Se declararon culpables de las acusaciones,
pero diciendo: “Vosotros sois los auténticos criminales”».
La expectativa de la pena capital no era en absoluto
descabellada y Mandela consideró que tanto él como sus compañeros debían estar
preparados para cualquier desenlace. Como recuerda uno de los encausados, Ahmed
Kathrada, «así es como fuimos a juicio, esperando lo peor. Su actitud durante
el proceso fue prepararnos para esa posibilidad. Tanto que, como el proceso era
muy rígido, nos persuadió para que no presentásemos una apelación si nos
sentenciaban a muerte». El alegato final de Mandela, de cuatro horas de
duración, fue una acusación contra el apartheid en bloque, que terminó con las
siguientes palabras: «He luchado contra la dominación blanca y he luchado
contra la dominación negra. He amado el ideal de una sociedad libre y
democrática en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con las
mismas oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y que espero
alcanzar. Pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a
morir». En junio de 1964 todos los acusados menos dos fueron condenados a
cadena perpetua. Los condenados fueron conducidos inmediatamente a Robben
Island, donde Mandela fue clasificado como el «prisionero 466/64». Estaría en
aquella isla dieciocho años de los veintisiete y medio totales que pasaría
privado de libertad.
Todos sus biógrafos coinciden en señalar la importancia de los
años de prisión en la maduración de la personalidad de Mandela. En primer
lugar, por la privación del contacto con el exterior, ya que durante su
encarcelamiento apenas le fue permitido recibir visitas y cartas. Los
condenados por el proceso de Rivonia, como presos políticos, fueron separados
de los prisioneros comunes, aislados y tratados con inferioridad de condiciones
que al resto. En la prisión no había relojes, las luces estaban encendidas las
veinticuatro horas del día, no había acceso a ningún medio de comunicación y se
les obligó a trabajar en una cantera en la isla durante trece años. La relación
con sus carceleros fue muy difícil inicialmente, aunque con el tiempo Mandela
se ganó su respeto e incluso el afecto de algunos, como por ejemplo James
Gregory, Christo Brand y Jack Swart, con los que ha mantenido una relación
cercana tras su puesta en libertad.
Durante su estancia en Robben Island murieron su madre y su hijo
Thembekile, víctima de un accidente de tráfico. No se le permitió asistir al
entierro de ninguno de los dos. Su esposa Winnie trabajó duro para mantener
viva la memoria de su marido y el resto de los encarcelados como parte esencial
del activismo contra el apartheid, lo que le valió todo tipo de represalias de
las autoridades, incluyendo prohibiciones, arrestos y acoso continuo, algo que
se convirtió en una de las fuentes fundamentales de preocupación para Mandela
durante sus años de cárcel. Según comenta Rick Stengel, «esto fue motivo de
gran angustia para él, a sus hijos tuvieron que mandarles lejos a la escuela.
No tenían dinero, Winnie fue perseguida y tuvo que vivir alejada de sus hijos.
Eso realmente lo torturó».
Con posterioridad sería trasladado de prisión sólo con algunos
de sus compañeros. La primera vez fue en 1982, cuando lo llevaron a la prisión
de Pollsmoor, y posteriormente en 1988, cuando lo trasladaron a la prisión
Victor Verster, en la región de El Cabo. Para entonces la actitud del gobierno
sudafricano había variado hacia los presos políticos del Congreso Nacional
Africano, y sobre todo hacia Mandela, ya que las perspectivas de perpetuar el
régimen indefinidamente eran cada vez menos realistas.
La libertad en el horizonte
En la década de 1970 algunos hechos internos e internacionales
hicieron que el apartheid comenzase a dar sus primeros síntomas de debilidad.
Mientras la oposición interna continuaba, aunque debilitada desde el
encarcelamiento de la cúpula del Congreso Nacional Africano, las potencias
occidentales lo tenían cada vez más difícil para mirar hacia otro lado. Aunque
habían rechazado formalmente el régimen sudafricano, lo toleraban por los
fuertes intereses económicos de sus compañías en la zona y por considerarlo un
bastión de la lucha contra el comunismo en África, que se había hecho presente
en las guerras por la independencia de las antiguas colonias portuguesas de
Angola y Mozambique, ambas fronterizas en aquel entonces con territorio
sudafricano. Pero el rechazo de las opiniones públicas de las sociedades
occidentales se dejó sentir especialmente a partir de 1976. En junio de aquel
año se produjeron importantes disturbios protagonizados por estudiantes en la
ciudad de Soweto, que fueron duramente reprimidos por la policía, ocasionando
ciento setenta y seis muertos. El acontecimiento fue el detonante de un
levantamiento popular anti- apartheid en el interior como no se producía desde
los años cincuenta, y la cruenta represión policial fue el motivo de que cientos
de miles de personas se movilizaran en Europa y Norteamérica.
Cada año que pasaba el gobierno sudafricano estaba más
convencido de que no podía prolongar la situación sin el apoyo occidental. En
1985 se produjo un acuerdo internacional por el que se imponían sanciones
económicas al país por la segregación racial, que en el contexto de crisis
económica que entonces vivía supuso un duro golpe para el gobierno. El ascenso
de Gorbachov al poder en la URSS y el deshielo de la Guerra Fría le privaba,
además, de su última coartada a nivel internacional. No les quedaba más remedio
que negociar con la oposición para llegar a una salida. Para Rick Stengel,
Mandela fue consciente desde prisión de que algo estaba cambiando, de que de
repente los presos del Congreso Nacional Africano eran más valiosos. «Mandela
vio el ambiente de cambio, vio el rechazo que producía el apartheid en los
demás, vio que cambiaba la situación y que cambiaba a su favor, porque el
gobierno abría algo la mano, el gobierno buscaba una manera para salir de ese
lío.»
En 1985 se produjeron los primeros contactos del ministro de
Justicia Kobie Coetsee con Mandela, que poco después rechazó la propuesta que
le hizo el gobierno de dejarle en libertad si renunciaba a la violencia. Pese a
ello las negociaciones no se interrumpieron. Mientras tanto en el interior
Mandela se había convertido en el símbolo de los opositores. El eslogan
«Liberad a Mandela» junto con sus últimas fotos de los años sesenta, justo
antes de ingresar en prisión, se volvieron omnipresentes en los actos de
protesta. Para Ciryl Ramaphosa, activista del Congreso Nacional Africano de
aquellos años, «Nelson Mandela iba más allá de la vida, era un símbolo para
todos nosotros. Era una inspiración. Nos manifestábamos por él, con su nombre.
Queríamos ser como él, darlo todo por esta lucha». Ese liderazgo desde la
cárcel se volvió otro factor de presión para el gobierno, que estaba preocupado
por la maltrecha salud de Mandela después de dos décadas en prisión (en sus
últimos cinco años de cárcel tuvo que ser hospitalizado tres veces por
problemas de próstata y tuberculosis). Si Mandela llegaba a morir en prisión se
convertiría en un mártir que, usado por la oposición, podía tener efectos
devastadores.
El cambio definitivo comenzó a llegar en septiembre de 1989,
cuando ganó las elecciones el moderado Frederik Willem de Klerk que, como nuevo
presidente, comenzó a desmantelar las leyes del apartheid y a liberar a los
presos políticos. El ambiente de cambio y esperanza que se apoderó del país
durante los siguientes meses renovó a la sociedad sudafricana con un aliento de
libertad. El 2 de febrero de 1990 se legalizó de nuevo el Congreso Nacional
Africano, y ocho días más tarde el presidente en persona anunció que al día
siguiente se liberaría a Mandela. Por fin el 11 de febrero salía de prisión
acompañado de su esposa y, trasladado a Ciudad del Cabo, se dirigió a una
multitud de medio millón de personas. Según Ciryl Ramaphosa, «oír a ese hombre
que había estado apartado de nosotros todos esos años fue una de las
sensaciones más fuertes que sentimos la mayoría de nosotros. Para mucha gente
fue un sueño hecho realidad». Desmond Tutu, antiguo arzobispo anglicano de
Ciudad del Cabo y Premio Nobel de la Paz en 1984 por su oposición al apartheid
desde los disturbios de Soweto, recuerda sobre aquel día que «parecía como si
la primavera hubiese llegado en mitad del invierno, creo que nuestra gente
pensaba: “Dios nos ama, nos ha oído y nos ha permitido entrar en la tierra
prometida”. Él representaba todo lo que esperábamos, significaba que íbamos a
cruzar el Jordán». El propio Mandela se mostró sorprendido por la acogida que
le brindaron sus compatriotas y declaró: «Yo estaba totalmente abrumado, no
esperaba semejante entusiasmo. Si le dijese que soy capaz de describir mis
sentimientos estaría sencillamente desvariando. Me dejó sin aliento».
El impacto todavía era mayor porque se trataba de un hombre del
que no se tenía una sola imagen en treinta años, toda una generación había
crecido sin verle ni oírle, se ignoraba cuál sería su aspecto o su estado
físico cuando saliese de la cárcel. Como apunta Allister Sparks, «ahora sabemos
que, de hecho, Mandela fue llevado por todo el país preparándolo
silenciosamente para su liberación ya que había sido apartado de la vista de
toda una generación. Nadie sabía cómo era, apareció en playas, entró en tiendas,
pero nadie le reconoció. Fue una de las más extraordinarias situaciones. Todas
las personas del mundo conocían su nombre pero él podía caminar por Ciudad del
Cabo sin ser reconocido». Ese hombre había recuperado su libertad y se
enfrentaba, con setenta y un años, al reto más importante de su vida: lograr
que el sueño por el que tanto había luchado y sufrido se hiciese realidad en
los siguientes meses.
§. Construir la democracia
Un año después de su salida de prisión, en 1991, la primera
Conferencia Nacional del recientemente legalizado Congreso Nacional Africano
eligió a Nelson Mandela como presidente del partido. Había comenzado antes una
fase de negociación con el gobierno para poner los cimientos de uno de los
procesos de transición a la democracia más difíciles vividos en el siglo XX.
Ambas partes, oposición y gobierno, llegaron a un acuerdo de cambio pacífico.
El gobierno lograba así su objetivo de evitar una guerra civil y la comunidad
negra veía por fin colmadas sus aspiraciones de libertad, igualdad civil y
representación política. Como reconocimiento a esta ingente labor, el Comité
Nobel noruego decidió otorgar el Premio Nobel de la Paz conjuntamente a Nelson
Mandela y a Frederik Willem de Klerk en el año 1993, en palabras de la
Fundación Nobel, «por su trabajo para acabar pacíficamente con el régimen del
apartheid y por sentar las bases de una nueva Sudáfrica democrática». Mandela
declaró públicamente que aceptaba el premio en nombre de todos los sudafricanos
que habían sufrido y sacrificado tanto para llevar la paz a su tierra.
Esa nueva Sudáfrica fue una realidad el 27 de abril de 1994,
cuando toda la población adulta sudafricana sin discriminación de raza ni sexo
pudo votar en las primeras elecciones realmente democráticas del país. Los
meses anteriores habían sido de una frenética campaña electoral en la que
Mandela fue cabeza de lista por el Congreso Nacional Africano. En la campaña,
como en los meses que habían transcurrido desde su excarcelación, llamó mucho
la atención su discurso únicamente enfocado hacia un futuro de reconciliación y
trabajo en común, en el que no había que dejar lugar para el rencor y el
resentimiento si se quería culminar con éxito el cometido que se había
comenzado. Como señala Rick Stengel, «creo que se dio cuenta a tiempo de que
para crear una Sudáfrica unida y no racial tenía que hacerse de forma que
estuviese desprovista de amargura, no podía mostrar resentimiento, debía ser
más fuerte que todo eso». Mandela fue el gran vencedor de aquella jornada
electoral y el 10 de mayo siguiente, a los setenta y cinco años, se convirtió
en el primer presidente de la Sudáfrica democrática, cargo en el que
continuaría hasta 1999.
Sus años de mandato estuvieron marcados por la redacción de una
nueva Constitución democrática para el país y por el desarrollo de políticas
que pusiesen las bases del bienestar y la igualdad de oportunidades para la
población negra del país. En lo personal lo más destacado fue su divorcio de su
esposa Winnie, cuya trayectoria se había ido radicalizando en los últimos años
de prisión de su marido, y además en la década de 1990 se vio implicada en
varios escándalos judiciales. En 1998, el día de su octogésimo cumpleaños
contrajo terceras nupcias con la activista mozambiqueña a favor de los derechos
de la infancia Graça Machel, con la que sigue casado en la actualidad.
Desde que dejó la presidencia de su país, su actividad pública
ha sido intensa y se ha centrado en las tres fundaciones que ha creado. El
Centro de la Memoria Nelson Mandela-Fundación Nelson Mandela es una institución
dedicada a la preservación de la memoria de la lucha contra el apartheid como
un requisito ineludible para guiar los pasos de Sudáfrica en el siglo XXI; el
Fondo Nelson Mandela para los Niños se ocupa de promover la salud y las
oportunidades educativas para los más pequeños en el país, y la Fundación
Mandela-Rhodes es una iniciativa que busca potenciar a estudiantes
universitarios para la creación de futuros líderes africanos. Ha dedicado
también importantes esfuerzos a la lucha contra el sida en África, donde los
efectos de la pandemia son devastadores, como él mismo pudo padecer ya que su
hijo mayor Makgatho murió en 2005 a causa de dicha enfermedad.
El legado que deja Nelson Mandela al final de su vida es
admirable. Su trayectoria es una de las más sorprendentes, apasionantes y
ejemplares de todo el siglo y un referente y una esperanza para el futuro de
África. Como señala Allister Sparks, «Mandela deja un poderoso legado que es
una especie de cimiento para la nueva sociedad. Puede que vaya mal, pero estoy
seguro de que nos ha dado una gran oportunidad, este país podía haber acabado
en un baño de sangre de no ser por un hombre que ha sufrido más que ningún otro
saliendo de la cárcel diciendo “no siento rencor”». El criterio de Ciryl
Ramaphosa se encamina en la misma dirección: «No habríamos podido negociar el
final del apartheid sin Nelson Mandela». Pero más allá de su significación para
su país y su continente, su obra supone un mensaje para toda la humanidad. Su
capacidad de dejar a un lado su dolor y resentimiento personales para lograr
una meta guiada por el interés colectivo es un ejemplo que va más allá de las
fronteras. Con personas que pudieran imitar su conducta sacrificada y entregada
a la consecución de un mundo mejor, la humanidad tendría garantizada, por lo
menos, una convivencia en paz. Ahí reside la grandeza de su figura, su
significación universal, en que en un tiempo de incertidumbre y amenazas que
nublan el futuro del planeta, él es el ejemplo viviente de que se pueden
alcanzar acuerdos entre posturas a priori irreconciliables que traigan para
todos un horizonte de esperanza.
Capítulo 37
Juan Pablo II
Contenido:
§. El Papa del telón de acero
§. De actor a sacerdote
§. El camino hacia el Vaticano
§. Fumata Blanca
§. Un pontificado inesperado
§. El Papa del telón de acero
Cuando en 1978 el cardenal polaco Karol Wojtiła fue elegido
Papa, la multitud congregada en la plaza de San Pedro se preguntaba si el nuevo
pontífice era africano. ¿Wojtiła? Los periodistas que cubrían la noticia no
sabían pronunciar ni escribir su apellido. Sin embargo, el 3 de abril de 2005
los medios de comunicación de todo el mundo anunciaban la muerte de un hombre
cuyo magisterio moral había logrado reconocimiento más allá de los límites de
la Iglesia católica. Lo que sucedió para que un joven actor de teatro,
deportista y poeta, un seminarista clandestino bajo el nazismo, un arzobispo
enfrentado a un régimen comunista y un Papa tan innovador por su ecumenismo
como conservador por su moral se convirtiese en un auténtico fenómeno de masas
es la historia que se cuenta a continuación.
El 18 de mayo de 1920, en una Polonia que acababa de estrenar su
independencia tras el final de la Primera Guerra Mundial nacía Karol Józef
Wojtiła. «Lolús» como le llamaban cariñosamente en casa o «Lolek» como lo
hacían sus amigos del colegio, era el tercer hijo de Karol Wojtiła y Emilia
Kaczorowska. De sus dos hermanos mayores sólo vivía por entonces el primero,
Edmund, pues la segunda, Olga, había muerto a los pocos meses de nacer. La
familia Wojtiła vivía en el pequeño pueblo de Wadowice, situado al sur de
Polonia, en una zona fuertemente rural. El domicilio familiar, hoy convertido
en museo, era más bien pequeño ya que se limitaba a una cocina y dos
habitaciones, una de las cuales daba a la inmediata iglesia de Santa María,
parroquia habitual de la familia que era católica.
La educación que Karol Wojtiła recibió durante su infancia fue
estricta pero al tiempo afectuosa y muy determinante en su posterior
personalidad. Su padre, sastre de formación, servía como oficial en el ejército
polaco (con anterioridad lo había hecho en el austro-húngaro) e inculcó en su
hijo el gusto por el deporte, especialmente el fútbol, la natación y los largos
paseos por el monte, así como un fuerte sentido de la responsabilidad y la
disciplina. Su madre, de salud muy delicada, era una católica fervorosa que le
enseñó las primeras nociones religiosas que recibiría en la vida. De este modo,
entre excursiones, vida familiar y juegos con los compañeros de la escuela
primaria de Wadowice y después de la estatal Marcin Wadowita, discurrieron los
primeros años de su vida. En 1929, con sólo nueve años el joven Wojtiła perdía
a su madre, por lo que su padre, que ya dos años antes se había retirado para
atenderla, quedó al cargo de los dos hijos.
Entretanto, el devenir político de Europa preparaba las bases
para un futuro conflicto armado. Aunque el final de la Primera Guerra Mundial
en 1918 había supuesto la independencia de Polonia, su situación geográfica,
entre una Alemania económicamente devastada y en la que comenzaba a germinar el
fascismo y la recientemente cristalizada URSS de Stalin, hacía del país una
zona muy inestable. Entre abril y octubre de 1920 tenía lugar la guerra
ruso-polaca que finalizaría con la derrota de los primeros gracias a la ayuda
de las tropas francesas que detuvieron el avance de las rusas a la misma puerta
de Varsovia. Polonia se convertía junto con Rumanía en una suerte de cordón
sanitario frente al comunismo. Pero su comprometida situación conduciría a la
necesidad de firmar pactos de no agresión tanto con la URSS en 1932 como con
Alemania en 1934.
Para entonces una nueva desgracia se cernía sobre la familia
Wojtiła, pues en 1932 Edmund, que trabajaba como médico en el cercano hospital
de Bielsko Biala, murió contagiado de escarlatina. Karol se había convertido en
hijo único y la unión con su padre se hizo aún más fuerte. Por ello cuando al
finalizar sus estudios de secundaria se planteó comenzar una carrera
universitaria, ambos decidieron no separarse, y juntos se trasladaron a vivir a
Cracovia, donde el joven Wojtiła ingresó en la Universidad Jagelónica.
Matriculado en la Facultad de Filosofía en Filología Polaca, cursó asignaturas
de etimología polaca, lengua rusa, teatro y drama polacos del siglo XVIII…
El interés de Wojtiła por el teatro ya se había iniciado durante
sus estudios de secundaria cuando de la mano de su profesor Mieczylaw
Kotlarczyk debutó en el teatro escolar de Wadowice. Según parece, poseía una
buena voz y gusto por la declamación y la poesía. A su llegada a la universidad
encontró un grupo de compañeros que compartían su afición por el teatro y con
los que, junto con su antiguo profesor Kotlarczyk, formó un grupo teatral.
Además, a través de uno de sus compañeros, Juliusz Krydynski, empezó a
frecuentar las reuniones literarias y musicales de casa de los Szokocka en las
que se leían versos de autores contemporáneos y composiciones propias. Sin
embargo esta apacible vida de estudiante se vería truncada un año después. El 1
de septiembre de 1939 las tropas alemanas de Hitler invadían Polonia. Había
estallado la Segunda Guerra Mundial.
§. De actor a sacerdote
Alemania había invadido Gdansk y todos los jóvenes polacos como
Karol fueron movilizados para defender a su país del ataque. El avance alemán
resultaba imparable y en sólo veintiocho días habían entrado en Varsovia. El
ejército polaco se rindió y Karol, como el resto de hombres movilizados, fue
licenciado y regresó a Cracovia. Pero allí encontró una situación completamente
distinta de la que había dejado. Los alemanes habían hecho detener a casi todos
sus profesores, la universidad había sido cerrada, los teatros clausurados y
las reuniones culturales prohibidas. De Wadowice tampoco llegaban buenas
noticias. La amplia comunidad judía con la que Karol había convivido durante su
infancia, al igual que la de Cracovia y las de todo el país, era objeto de la
persecución nazi. La sinagoga que día tras día había visto llenarse cuando iba
al instituto había sido dinamitada, y a no pocos de sus amigos los habían
enviado a campos de concentración.
En esas circunstancias desesperadas urgía encontrar un trabajo y
no sólo porque el salario era necesario para poder mantenerse y mantener a su
padre, sino porque los hombres sin empleo —y eso incluía a los estudiantes—
eran arrestados y deportados a Alemania para realizar trabajos forzados en la
industria bélica. Gracias a los Szokocka pudo emplearse como ayudante de
dinamitero en la cantera de Solvay que abastecía una fábrica de sodio del
distrito de Cracovia. El trabajo se realizaba en condiciones durísimas, a la
intemperie y con medios muy escasos. A los pocos meses fue trasladado de la
cantera a la fábrica donde se ocupaba de acarrear cal en cubetas y mezclarla
con agua para las calderas. Esta experiencia le convertiría muchos años después
en el único pontífice que previamente había sido obrero, lo cual marcó tan
profundamente su forma de ver el mundo que, como recoge Eusebio Ferrer en una
de sus biografías, él mismo confesaría: «La experiencia que adquirí durante
aquel período de mi vida no tiene precio. He dicho muchas veces que le concedo,
tal vez, más valor que a un doctorado, lo cual no significa que subestime los
títulos universitarios».
En 1941 falleció su padre, de modo que con veintiún años Wojtiła
se quedó completamente solo. Pese a la dureza de las condiciones de vida
impuestas por la guerra trató de continuar con su formación intelectual
estudiando y cultivando el teatro. Junto con su amigo Juliusz y otros
participantes de las reuniones en casa de los Szokocka, pasó a formar parte de
un movimiento clandestino de oposición al nazismo y al comunismo denominado
«Unia», dedicado a la defensa de la tradición y cultura polacas. En consecuencia,
entró en la compañía teatral clandestina dirigida por Tadeusz Kudlinski y
participó con varios de sus amigos en el grupo teatral Teatro Rapsódico,
fundado por su antiguo maestro Kotlarczyk, al que había acogido en su casa.
Organizaban pequeñas reuniones en domicilios particulares en las que se hacían
representaciones teatrales y lecturas públicas de obras literarias y poéticas
como una forma de lucha por el mantenimiento de una cultura propia que el
nazismo estaba tratando de aniquilar. Aquellas reuniones no eran actos lúdicos
sino de resistencia cuyos participantes corrían el peligro de ser descubiertos,
detenidos y deportados o asesinados por ello.
Fue también en esos años cuando conoció a una de las personas
que marcarían con más fuerza su vida, el sastre Ian Tyranowski, de manos del
que cristalizaría su vocación sacerdotal. Tyranowski le introdujo en la
espiritualidad carmelita y le facilitó las obras de santa Teresa y san Juan de
la Cruz, que Karol leía frecuentemente de madrugada cuando tenía que cuidar de
la caldera en la fábrica. El misticismo del segundo le impresionó de tal modo
que, además de dedicarle años después su tesis doctoral, le hizo ver claramente
su vocación. Cuando comunicó a sus amigos del grupo teatral la decisión de
hacerse sacerdote ninguno de ellos podía creerlo. Todos estaban convencidos de
que su camino era el teatro y ninguno de ellos podía imaginar lo que esta
decisión iba a suponer en el futuro.
Hacerse sacerdote tampoco era algo sencillo en la Polonia
dominada por los nazis. Los seminarios habían sido cerrados y los hábitos,
lejos de proteger de la persecución, hacían sospechoso a quien los portaba. Por
esta razón los obispos polacos habían organizado un seminario clandestino e
itinerante en el que Karol ingresó y permaneció durante toda la guerra. No por
ello abandonó su actividad como obrero, que necesitaba para mantenerse y
justificarse ante los ocupantes, ni su participación en el grupo de teatro. En
los últimos meses del conflicto el recrudecimiento de las persecuciones afectó
también a los miembros de la Iglesia, por lo que se vio obligado a refugiarse
con otros compañeros del seminario en la residencia del arzobispo de Cracovia,
Sapieha, en la que permaneció hasta que en enero de 1945 el ejército soviético
liberó la ciudad.
No obstante, lo que sucedió en Polonia difícilmente puede
considerarse como una liberación. Tras la entrada de las tropas aliadas en
Berlín en octubre de 1944, y por tanto con Alemania vencida pero con la guerra
sin finalizar en el frente japonés, Roosevelt, Churchill y Stalin (Estados
Unidos, Inglaterra y la URSS) pactaron en Yalta un nuevo reparto de poder que
terminaría dando paso a la llamada Guerra Fría. Por lo que a Polonia se
refería, quedaba en la órbita soviética, es decir, se convertía en un país bajo
régimen comunista. El horror nazi había finalizado, pero la libertad propia de
las democracias tampoco llegaría a Polonia. El nuevo régimen, de naturaleza
totalitaria, si bien podía suponer un horizonte esperanzador en algunas
cuestiones como la justicia social o el reparto de la riqueza, no estaba
dispuesto a tolerar ninguna expresión que pudiese cuestionarlo. La libertad en
todas sus manifestaciones políticas o culturales se cercenaba en aras de un
orden nuevo. La libertad religiosa también quedaba condenada al concebirse toda
religión como un elemento adormecedor y adoctrinador de las conciencias. Con la
conciencia bien despierta, Karol Wojtiła era ordenado sacerdote por el
arzobispo Sapieha en su capilla privada el 1 de noviembre de 1946.
§. El camino hacia el Vaticano
Nada más ser ordenado sacerdote, y como si de una señal se
tratase, Sapieha decidió enviarle a completar sus estudios en teología a Roma,
ciudad en la que permanecería dos años. Matriculado en el Angelicum, la
universidad dominica, obtuvo su doctorado eclesiástico con una tesis sobre san
Juan de la Cruz y aprovechó para viajar por Francia, Holanda y Bélgica. Con
esta experiencia tan distinta de la de los años anteriores regresó a Cracovia
en 1948. Allí recibió su primer destino como sacerdote, el de coadjutor del
pequeño pueblo de Niegowic, que ejerció hasta que a finales del año siguiente
se le nombró coadjutor de la parroquia de San Florián en Cracovia y capellán
universitario. El ejercicio, muy en especial de este segundo cargo, le permitió
desarrollar una actividad pastoral centrada en grupos de jóvenes estudiantes
con los que se sentía especialmente cómodo. Las reuniones de universitarios
estaban prohibidas, por lo que optó por organizar grupos de excursionistas que
en realidad lo eran de evangelización. Con ellos Karol Wojtiła, al que llamaban
«tío Karol» para evitar problemas con la policía, realizaba largos paseos,
escaladas, rutas de varios días en kayac… actividades que siempre le habían
gustado y que de un modo entonces innovador supo combinar con su labor
sacerdotal.
A la muerte de Sapieha en 1951, su sucesor al arzobispado de
Cracovia, Baziak, muy satisfecho con los resultados que había logrado con los
grupos de estudiantes y deseando aprovechar su capacidad, decidió concederle
una licencia para que pudiese preparar el examen de habilitación para ejercer
como profesor en la universidad laica de la ciudad (su primera universidad, la
Jagelónica). Así, en 1953 comenzó a dar clase en la Facultad de Teología y a
finales de ese mismo año obtuvo el doctorado civil, si bien a los pocos meses
la supresión de la facultad por el gobierno motivó que se le destinase a la
Universidad Católica de Lublín. Pero Baziak, consciente de la valía de Wojtiła,
pensó que su aportación podía ser especialmente valiosa, en Cracovia luchando
por la libertad religiosa, y por ello el 28 de septiembre 1958, ante la
sorpresa del propio elegido, le consagró como obispo de Cracovia. Con treinta y
ocho años era inusitadamente joven para el cargo, pero Baziak le tranquilizó al
respecto: el Papa era perfectamente consciente de la edad de su nuevo obispo.
Pese al nombramiento, Karol Wojtiła continuó manteniendo sus actividades
habituales si bien cada vez pudo conocer más de cerca la tensa relación que las
autoridades eclesiásticas polacas mantenían con el gobierno.
El año 1962 trajo importantes novedades a su vida. La muerte de
Baziak supuso su nombramiento como vicario capitular y administrador
provisional de la archidiócesis de Cracovia. Y como titular provisional de
dicho arzobispado tuvo que acudir a Roma para responder a la llamada que el
nuevo pontífice Juan XXIII planteaba a la cristiandad con el primer concilio
ecuménico. El Concilio Vaticano II se convertiría en una auténtica revolución
interna en la Iglesia católica. Su carácter ecuménico (es decir, universal para
todas las confesiones cristianas, no sólo la católica) planteaba la apertura de
la Iglesia católica al mundo moderno y convertía la defensa de la libertad
religiosa (tan anhelada para su país por Wojtiła) en su mismo centro. El
Concilio se desarrolló en cuatro sesiones entre 1962 y 1965 y ya a las dos
últimas Wojtiła acudió en calidad de arzobispo metropolitano de Cracovia, pues
su nombramiento como tal tuvo lugar en enero de 1964. Su participación fue muy
activa en parte por su facilidad para comunicarse en varias lenguas (además del
latín, que era obligatorio, hablaba alemán, francés, inglés, italiano, polaco y
español) y en parte porque fue uno de los principales abanderados de la
cuestión de la libertad religiosa y miembro de la comisión encargada de
redactar la constitución conciliar, el llamado «Esquema XIII».
Una vez clausurado el Concilio y como arzobispo de Cracovia, le
aguardaba la tarea de poner en marcha las conclusiones y decretos del mismo en
su diócesis, y para ello tuvo que hacer frente a enormes dificultades. Defender
la libertad religiosa en Polonia era lo mismo que enfrentarse abiertamente con
su régimen político, pese a lo cual se mantuvo firme en su postura. Buen
ejemplo de ello fue lo sucedido en 1965 en Nowa Huta, la ciudad creada ex
profeso para una población de más de ciento veinte mil personas, en su mayoría
obreros, y en la que no se había previsto la construcción de ninguna iglesia.
Wojtiła, que como obispo había celebrado en 1959 la misa del Gallo en un lugar
de la ciudad llamado Mistrzejowice, comenzó a negociar con el gobierno la
obtención del permiso necesario para poder construir en aquel lugar, que los
fieles habían tomado como su templo, una iglesia. Pero las autorizaciones no
llegaban y un día el arzobispo Wojtiła, apoyado por la comunidad católica de la
ciudad, decidió elevar en el lugar escogido una gran cruz de madera en torno a
la que poder rezar. Ante tal desafío las autoridades ordenaron la entrada de
máquinas excavadoras para que derribasen la cruz, pero el arzobispo y quienes
le apoyaban se pusieron delante para evitarlo. La protesta se mantuvo hasta que
finalmente en 1971, ante la asistencia masiva de fieles a la celebración de la
misa del Gallo, una vez más oficiada por Wojtiła, las autoridades cedieron y
permitieron la construcción de la iglesia.
En medio de toda aquella lucha y como estrategia para hacerla
más efectiva, el sucesor de Juan XXIII, Pablo VI, había decidido elevarle al
cardenalato, lo que hizo de su propia mano en la Capilla Sixtina el 26 de junio
de 1967. El gobierno polaco curiosamente no puso trabas al nombramiento pues
consideraban que frente al cardenal Wyszynski, que mantenía la postura de
negarse a negociar con los comunistas, Wojtiła, mucho más joven y de mentalidad
más abierta, podía servirles para favorecer cierta división en la Iglesia
polaca que convenía a sus intereses. Sin embargo, la colaboración de ambos
cardenales se convirtió en la tónica habitual y logró el efecto contrario. Así,
Wojtiła pudo continuar con su política de enfrentamiento no violento con las
autoridades que cada vez encontraban en él un elemento más incómodo. Cuando un
sacerdote era detenido por ejercer su función pastoral, el mismo cardenal
aparecía al día siguiente en su parroquia para sustituirle en misa hasta que
era liberado. Karol Wojtiła era para el gobierno polaco una auténtica piedra en
el zapato y a Wyszynski obviamente no le molestaba.
Ésta era la situación cuando en 1978 murió Pablo VI y, como
cardenal, Karol Wojtiła fue llamado al cónclave que en Roma debía elegir al
nuevo pontífice. El escogido fue el arzobispo de Venecia Albino Luciani, que
como Papa adoptaría el nombre de Juan Pablo I. Su nombramiento suponía la
continuidad de la línea trazada por Juan XXIII en el Concilio Vaticano II, es
decir, la más aperturista dentro de la Iglesia. Lo que nadie podía imaginar es
que su pontificado iba a durar tan sólo treinta y tres días ya que el nuevo
Papa falleció súbitamente el 29 de septiembre de 1978 mientras dormía, parece
que por un fallo cardíaco. Al tiempo que las especulaciones sobre la causa de
su muerte llenaban los periódicos, los miembros del cónclave eran nuevamente
llamados al Vaticano. Había que escoger un nuevo Papa, pero en aquella ocasión
Karol Wojtiła no haría las maletas de regreso.
§. Fumata Blanca
Una vez finalizadas las exequias de Juan Pablo I, el cónclave
cardenalicio debía reunirse en el Palacio Apostólico del Vaticano en el que,
como era y es tradición, permanecería incomunicado hasta que se produjese la
nueva elección de Papa. La sesión debía iniciarse el 14 de octubre a las cinco
de la tarde, hora en la que se pronunciaba el extra omnes («fuera todos») con
el que se cerraban las puertas de la Capilla Sixtina. Curiosamente el último en
entrar al cónclave cuando casi daban las cinco fue Karol Wojtiła. Por la mañana
había aprovechado para acercarse al santuario de la Madonna de la Grazie en
Mentorella, a unos cincuenta kilómetros de Roma, pero su coche sufrió una
avería y el cardenal Wojtiła tuvo que hacer autoestop para regresar a la
ciudad. Unos minutos antes de las cinco un camionero dejaba al cardenal polaco
en la plaza de San Pedro.
Las votaciones de los cónclaves son secretas y las papeletas con
las que se realizan se queman inmediatamente después de finalizar cada
votación, por lo que casi todo lo que se sabe de ellas forma parte del terreno
de la especulación. En aquel otoño de 1978, según recoge Santiago Martín,
coincidiendo con la mayor parte de biógrafos de Karol Wojtiła, parece que el
grupo considerado más progresista del cónclave decidió apostar por la
candidatura del polaco Wojtiła cuando vieron que su candidato (Benelli) no tenía
demasiadas posibilidades frente al del grupo más conservador (Siri). El hecho
de que su candidatura fuese propuesta, según parece, por el progresista
cardenal de Viena Franz König convenció a los primeros de la conveniencia del
cardenal polaco.
Sea como fuere, al menos dos tercios del cónclave integrado por
ciento once cardenales votaron a su favor. El cardenal Villot, como chambelán y
cumpliendo con el protocolo establecido, se dirigió al cardenal electo Karol
Wojtiła y le preguntó si aceptaba el nombramiento. Éste contestó: «En la
obediencia de la fe ante Cristo mi Señor, abandonándome a la Madre de Cristo y
a la Iglesia, y consciente de las grandes dificultades, acepto». Preguntado a
continuación por el nombre que deseaba adoptar, respondió: «Juan Pablo II». De
este modo dejaba claro desde el principio el lazo que iba a unir su pontificado
con la tarea emprendida por sus predecesores. Momentos después se dirigió a una
pequeña sala cercana al altar de la Capilla Sixtina donde tres sotanas blancas
de distinta talla aguardaban al nuevo Papa. Pasados algunos minutos de las seis
de la tarde del 16 de octubre de 1978, la fumata blanca anunciaba al mundo que
el cónclave había tenido fruto.
Cuando el cardenal Felici abrió el balcón situado sobre la
puerta principal de la basílica de San Pedro y proclamó según la fórmula
acostumbrada: «Anuntio vobis gaudium magnum. Habemus Papam Sactam Romanae
Ecclesiae, reverendissimum ac ilustrissimum dominum Carolum cardinalem Wojtiła»
(«Os anuncio una gran alegría. Tenemos Papa de la Santa Iglesia Romana,
reverendísimo e ilustrísimo señor Karol cardenal Wojtiła»), un rumor
sorprendido recorrió la plaza de San Pedro. Pocos sabían quién era ese tal
Wojtiła. Desde hacía 456 años no había sido elegido un solo Papa que no fuese
italiano. Sin embargo y desde el primer minuto de su pontificado, Juan Pablo II
supo cómo ganarse a las masas. Sus primeras palabras se dirigieron a los miles
de fieles que se congregaban en la plaza y… fueron en italiano. Con sólo la
primera frase la plaza estalló en aplausos.
Si en Roma las muestras de júbilo eran grandes, en Polonia la
elección de Karol Wojtiła como Papa parecía casi un milagro, un premio a la
resistencia pacífica de un pueblo frente a la opresión. La capacidad de unir y
movilizar a los polacos del cardenal Wojtiła se multiplicaba de forma
exponencial con su elección como pontífice y eso era algo que tensaba
enormemente a las autoridades soviéticas. Hasta qué punto tenían motivos para
ello sería algo que ya los primeros años de pontificado de Juan Pablo II se encargarían
de demostrar.
§. Un pontificado inesperado
La elección de Juan Pablo II había sorprendido desde el
principio y pronto se vio que la sorpresa iba a convertirse en una de las señas
de identidad de su pontificado. Para empezar, el nuevo Papa no parecía muy
aferrado al rígido protocolo vaticano. Se prodigaba en audiencias, hablaba con
los periodistas en los pasillos del Vaticano, en los aeropuertos o donde
surgiese la ocasión, buscaba de forma deliberada la cercanía con los fieles a
los que tocaba y abrazaba… Estaba claro que se mostraba dispuesto a conseguir
que la Iglesia fuese visible ante el gran público. Y una de las formas más
efectivas de lograrlo y que se convertiría en la principal seña de identidad
del pontificado fue la realización constante de viajes a todas partes del
mundo.
En los casi veintisiete años en que fue Papa, Juan Pablo II
llegó a realizar la increíble cantidad de 104 giras internacionales en las que
visitó hasta 130 países, lo que en kilómetros viene a ser unas treinta vueltas
al planeta. Su actividad viajera comenzó a los pocos meses de su elección con
un viaje a México en enero de 1979 que se convertiría en un auténtico e
inesperado baño de masas. Juan Pablo II acudía a Puebla donde debía celebrarse
una Conferencia Episcopal latinoamericana bajo el telón de fondo de división de
la Iglesia que planteaba la cercanía o rechazo de la llamada Teología de la
Liberación. En el recorrido de doscientos kilómetros que separaban la capital
mexicana de la ciudad de Puebla más de dos millones de personas concurrieron
para saludarle, de modo que no pudo sentarse en el coche que lo trasladaba en
ningún momento. El viaje a México marcaba un patrón que se reproduciría en
todos sus viajes. Así sucedería cuando unos meses más tarde visitase Polonia,
Estados Unidos, Turquía y, ya en años posteriores, Irlanda, Inglaterra, España,
Portugal, Francia, Alemania, Camerún, Costa de Marfil, Senegal, Nigeria, Perú,
Guatemala, Australia… La presencia internacional del Papa lograda a través de
sus viajes no tenía precedentes y lo convirtió en el primer pontífice «global»
de la Historia. Su carácter de «Papa viajero» fue algo que al principio resultó
difícil de asimilar para una jerarquía eclesiástica acostumbrada a que el mundo
acudiese al Vaticano y no al revés, pero Juan Pablo II supo ver las enormes
ventajas que para la Iglesia podía suponer lo contrario desde el punto de vista
pastoral. No en vano se reclamaría siempre sucesor de san Pablo, el apóstol
viajero portador del mensaje evangélico, además de San Pedro.
Pero la cercanía con los fieles que tanto cultivaba el Papa
estuvo a punto de costarle la vida el 13 de mayo de 1981. Aquel miércoles por
la tarde Juan Pablo II, como acostumbraba a hacer todas las semanas, había
salido a la plaza de San Pedro para saludar a los cientos de peregrinos que se
congregaban para verle. El paseo se daba en un coche descubierto —popularmente
llamado «papamóvil»— que permitía al pontífice dar la mano, recoger niños en
brazos para bendecirlos y abrazar a algunos de los fieles. Acababa de finalizar
el paseo y su coche se dirigía a la tribuna en la que iba a dirigirse al
público cuando se oyeron unos disparos y Juan Pablo II cayó desplomado. Mehmet
Alí Agca, un joven turco de veintitrés años, había disparado contra el
pontífice hiriéndole gravemente en el abdomen y en un brazo. Tras la confusión
inicial, el Papa fue conducido rápidamente al hospital Gemelli. Al llegar
estaba prácticamente desangrado. Una intervención que se alargó durante horas y
varias transfusiones consiguieron salvarle milagrosamente la vida. Las
consecuencias del atentado lo mantuvieron convaleciente durante varios meses y
le dejaron secuelas físicas para el resto de su vida. Pese a todo, sólo cuatro
días después del atentado pudo dirigir, desde su cama del hospital, el rezo del
Ángelus a través de Radio Vaticana, durante el cual se dirigió a Alí Agca para
perdonarle. Tres años más tarde se entrevistaría con su agresor en su celda de
la cárcel de Rebibbia. Aunque éste nunca confesó quién estaba detrás del
atentado, los biógrafos del pontífice coinciden en señalar que ciertas
autoridades soviéticas pudieron estar implicadas.
Y es que una de las líneas esenciales del pontificado de Juan
Pablo II fue la lucha abierta y declarada contra el comunismo, cuya cara más
amarga había conocido en su Polonia natal. Si antes de ser nombrado Papa Karol
Wojtiła había hecho todo lo posible para defender la libertad religiosa en su
país, siendo pontífice retomó la lucha aún con más fuerza. En junio de 1979,
pocos meses después de su designación, Juan Pablo II hizo la primera de sus
visitas oficiales a Polonia. Comenzó el viaje en Varsovia y terminó en
Cracovia, pasando antes por Auschwitz. Miles de polacos se movilizaron para
recibirle hasta el punto de que las autoridades se vieron completamente
desbordadas, e incluso llegaron a temer que se produjese una sublevación
popular. El Papa en sus intervenciones públicas hizo hincapié en que los
católicos debían demostrar su compromiso y su fe pacíficamente pero sin miedo,
lo que la sociedad polaca en un contexto de represión política entendió como un
llamamiento a la movilización pacífica. Un año después, cientos de obreros
polacos entre los que destacaba la militancia católica comenzaron a asociarse a
un sindicato llamado Solidarnosc (Solidaridad) encabezado, entre otros líderes,
por Lech Walesa. Los sindicatos eran ilegales pero los polacos mantuvieron una
huelga, también ilegal, ante unas autoridades estupefactas que en agosto de
1980 no tuvieron más remedio que legalizarlo. En 1981 el Papa recibía en el
Vaticano a Walesa, al frente de una delegación del sindicato. Poco después la
llegada al poder de Jaruzelski supuso un recrudecimiento de la dictadura en
Polonia, incluyendo medidas de represión y cárcel para los afiliados a
Solidaridad y la ilegalización de éste. El Papa no dudó en enviar una carta
personal a Jaruzelski pidiendo libertad para los polacos. En 1983 las
autoridades polacas permitieron una nueva visita pontificia, si bien en el
itinerario se excluyó de forma deliberada Gdansk, la ciudad en cuyos astilleros
había nacido Solidaridad.
La lucha de los polacos y de buena parte de los países del
llamado «telón de acero» por la conquista de sus libertades terminaría
recogiendo sus frutos en 1989. Ya antes habían comenzado a producirse tímidos
cambios en el bloque soviético, introducidos por el nuevo primer ministro que
llegó al poder en la URSS en 1985, Mijaíl Gorbachov. Las políticas reformistas
introducidas por éste pretendían ser un freno a la descomposición interna que
padecían los regímenes políticos del Pacto de Varsovia. Las nuevas medidas
tuvieron poca oportunidad para aplicarse ya que a finales de la década de los
ochenta los acontecimientos se precipitaron. Polonia, Alemania Oriental,
Checoslovaquia y Hungría fueron los primeros países en desligarse de una Unión
Soviética que se derrumbaba de forma irremediable. La demolición el 9 de
noviembre de 1989 del muro de Berlín (que dividía la ciudad desde 1961) a manos
de los propios berlineses de un lado y otro del telón de acero fue el símbolo
por antonomasia del cambio que se estaba produciendo. Pocos días después Juan
Pablo II declaraba: «Dios ha vencido en el Este».
Los grandes protagonistas del proceso reconocieron el papel
determinante que el Papa había jugado desde el comienzo. Estados Unidos,
principal potencia política en la lucha contra el comunismo durante la Guerra
Fría, había contado con el apoyo vaticano en todo aquello que el conflicto
suponía de lucha por el reconocimiento de las libertades de pueblos sometidos a
dictaduras. El buen entendimiento de Juan Pablo II con los presidentes Ronald
Reagan y George Bush reforzó de cara a la comunidad internacional la actitud de
la primera potencia mundial. Ello no impidió que en sus varios viajes a aquel
país el Papa criticara las políticas de escalada armamentística y los desmanes
a que conducía un capitalismo sin límites. Por su parte, los actores del cambio
político en los países del este de Europa como Lech Walesa o el propio Mijaíl
Gorbachov recordaban a la muerte del pontífice la deuda que con él tenía aquel
proceso. La prensa internacional recogió las palabras del primero, refiriéndose
a su primer viaje a Polonia: «Después de oírle decir lo de “que tu espíritu se
extienda y mude la faz de la tierra” supimos que así sería. Un año después
éramos diez millones [los afiliados a Solidaridad] y el régimen socialista
estaba contra la pared». Las palabras de Gorbachov no fueron menos expresivas:
«Hoy podemos decir que todo lo que ha ocurrido en Europa Oriental no habría
sucedido sin la presencia de este Papa. Juan Pablo II ha jugado un papel
decisivo».
La oposición del pontífice al comunismo no se limitó
exclusivamente al ámbito europeo, siendo ésta la clave explicativa del rechazo
tajante que mostró en Latinoamérica al movimiento religioso y social de la
Teología de la Liberación. A mediados de la década de los sesenta y como
consecuencia de las fortísimas desigualdades sociales presentes en todos los
países de Latinoamérica (buena parte de los cuales se hallaban sometidos a
dictaduras militares) así como de la llegada de los aires de acercamiento de la
Iglesia a la sociedad preconizados por el Concilio Vaticano II, surgió en el
seno de la Iglesia Católica iberoamericana una corriente de pensamiento
defensora de un mayor compromiso con las masas desfavorecidas. Agrupados
especialmente en torno a los teólogos Leonardo Boff y Enrique Dussel, sus
miembros proponían adoptar una postura activa para cambiar esa realidad, lo que
incluía la intervención en política del clero si la situación lo hacía
necesario. Su inspiración marxista y la participación de algunos de sus
militantes en política, e incluso en ocasiones en grupos guerrilleros, fueron
las razones que condujeron al pontífice a rechazar en bloque sus propuestas
pese a la enorme fuerza que había adquirido al despertar un apoyo popular
masivo.
Ya en su primer viaje apostólico a México dio muestras de su
decisión. Juan Pablo II sabía que en la Conferencia Episcopal latinoamericana
de Puebla tendría que posicionarse a favor o en contra de las posturas
defendidas por la Teología de la Liberación, y aunque aún tardaría varios años
en hacerlo mediante un documento eclesiástico oficial, las palabras que dirigió
a los obispos allí reunidos no dejaban lugar a dudas. El Vaticano no estaba
dispuesto a apoyar ningún movimiento social o religioso inspirado en el
marxismo, mucho menos si en nombre de la justicia social algunos miembros de la
Iglesia podían llegar a justificar la violencia. Esta misma actitud motivó la
sonadísima reprimenda pública que el Papa dispensó a Ernesto Cardenal en 1983
durante su viaje a Nicaragua. Cardenal, como ministro de Cultura, formaba parte
del gobierno sandinista del país junto con otros tres sacerdotes. La imagen del
sacerdote arrodillado ante un Papa que le regañaba airadamente mientras le
señalaba con el dedo índice en el aeropuerto de Managua dio la vuelta al mundo.
Mucho después, en el año 1998, también lo haría la del primer Papa que ponía
los pies en la Cuba de Fidel Castro.
El rechazo frontal de Juan Pablo II a la Teología de la
Liberación supuso que parte de la opinión pública lo considerara como un Papa
conservador. La etiqueta no era nueva ya que algunos de sus primeros pasos al
frente de la Iglesia se vieron bajo ese mismo prisma. La elección de los
miembros de la curia entre algunos reconocidos conservadores, la negativa a
reformar el sínodo de obispos para que ganase peso en el gobierno de la
Iglesia, la audiencia concedida al obispo Marcel Lefebvre (que se negaba a aceptar
las reformas del Concilio Vaticano II) o la prohibición a Hans Küng (uno de los
principales teólogos asesores de aquel Concilio) para ejercer como docente en
la Universidad de Tubinga, harían al Papa acreedor de las críticas de los
sectores más progresistas de la Iglesia. La faceta más visible de este
conservadurismo fue la relativa a las cuestiones de carácter moral. El Papa,
educado en el muy tradicional catolicismo del Este, fue especialmente estricto
en todo lo referido al celibato del clero, el sacerdocio femenino y la moral
sexual, condenando el uso de los anticonceptivos, las relaciones fuera del
matrimonio y el aborto. Asimismo, su apoyo a algunas prelaturas personales como
el Opus Dei fue visto como una apuesta por las fuerzas más conservadoras de la
Iglesia.
Una de las facetas más novedosas de su pontificado fue el
impulso que dio al ecumenismo inspirándose en la filosofía del Concilio
Vaticano II. El hermanamiento de las distintas confesiones cristianas y el
reconocimiento de otras religiones contribuyeron notablemente a la proyección
de la imagen internacional del Papa y a su conversión en una figura
mundialmente respetada. Ya en 1979 viajó a Turquía para reunirse con el
patriarca ortodoxo Dionisios I, y de igual modo lo haría en 1997 con el
patriarca armenio Aram I; en este caso firmó una declaración teológica común
con la Iglesia ortodoxa de Armenia. En 1982, durante su viaje al Reino Unido se
reunió con el primado de la Iglesia anglicana, y al año siguiente, con motivo
del quinto centenario del nacimiento de Lutero, dirigió una carta a los
miembros de las Iglesias evangélicas para propiciar el acercamiento mutuo. Pero
sin duda alguna fue su acercamiento a la comunidad judía el que tuvo una mayor
repercusión internacional. En 1986 visitó la Sinagoga de Roma, con lo que abría
un camino que le llevaría en marzo de 2000 a visitar Jerusalén. Allí las
cámaras de medio mundo recogieron la imagen del Papa orando ante el Muro de las
Lamentaciones en el que introdujo una plegaria de perdón por las ofensas
cometidas históricamente contra los judíos.
El final de su pontificado estuvo marcado por su declive físico.
Las secuelas que en él había dejado el atentado de 1981 se complicaron con
otros problemas como un tumor intestinal del que fue operado en 1992, Parkinson
y grandes problemas de movilidad. Pese a ello, Juan Pablo II no renunció a su
intensa actividad pública. El 2 de abril de 2005, tras varias semanas de
agravamiento de su estado general, fallecía un pontífice que representaba toda
la historia del siglo XX. Su labor al frente de la Iglesia católica no dejó
indiferente a nadie pues había sabido convertirse en uno de los protagonistas
indiscutibles del mundo contemporáneo. Baste decir que a su llegada a la Santa
Sede sólo sesenta y ocho países mantenían relaciones diplomáticas con el
Vaticano, pero a su muerte el número de embajadores allí acreditados superaba
los ciento setenta. Juan Pablo II fue un Papa de masas, capaz de arrastrar tras
de sí a millones de jóvenes en las Jornadas Mundiales de la Juventud pese a ser
defensor de un discurso moral muy conservador, capaz de despertar la admiración
de fieles de otras iglesias, capaz de obtener el respeto de los líderes
mundiales de las más diversas ideologías, y capaz de congregar a su muerte a
más de tres millones de peregrinos en Roma. Sin duda alguna con él finalizaba
un siglo.
Capítulo 38
Margaret Thatcher
Contenido:
§. La dama de hierro
§. Una juventud en tiempos difíciles
§. Una mujer en el partido conservador
§. Mrs. Thatcher, MP («Señora Thatcher, Miembro del Parlamento»)
§. Mrs. Thatcher, Shadow Prime Minister («Señora Thatcher,
Primera Ministra en la Sombra
§. Inquilina del Nº 10 de Downing Street
§. La Unión Europea
§. La dama de hierro
La evolución de Gran Bretaña en la segunda mitad del siglo XX y
posiblemente la de Europa entera no sería del todo inteligible sin tener en
cuenta la trayectoria de la primera mujer que ocupó el cargo de jefe de
Gobierno en un estado occidental, Margaret Thatcher. Muchos dudaban de que
fuese capaz de gobernar un país sumido en una profunda crisis económica y
moral. Sin embargo desplegó una actividad incombustible, puso en práctica un
nuevo programa político no del todo conforme a los valores tradicionales de su
partido, el Conservador, y sobre todo hizo gala de un estilo personal,
autoritario y áspero pero inteligente y seductor al tiempo, que cautivó tanto
al electorado como a la clase política internacional. El resultado no pudo ser
más brillante para los conservadores, ya que acabó dirigiendo la política
británica durante once años, convirtiéndose así en el primer ministro que ocupó
durante más tiempo el cargo en su patria a lo largo de todo el siglo XX. Su
historia es un sorprendente relato de ambición e intelecto, pero al mismo
tiempo arroja un balance contradictorio, ya que logró reactivar la economía y
la política británicas a un precio que muchos continúan criticando hoy en día.
El Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial se enfrentaba a un
futuro incierto y sombrío. Durante más de un siglo había sido la primera
potencia política mundial y poco a poco había visto cómo se recortaba su
omnipotencia a lo largo de la primera mitad del siglo XX. Entre 1900 y 1910
Estados Unidos le había tomado la delantera como primer productor industrial y
líder económico; años después, su intervención decisiva en las dos guerras
mundiales había terminado por arrebatar a los británicos la iniciativa en la
política internacional. El mundo bipolar que surgió de la Guerra Fría, en el
que el antiguo sistema multipolar de potencias dio paso al enfrentamiento total
de las dos superpotencias nucleares emergentes (Estados Unidos y la Unión de
Repúblicas Socialistas Soviéticas), no hizo sino dejar más patente todavía la
postración británica. Otro hecho añadió más dramatismo si cabe a la situación.
La Segunda Guerra Mundial se vio inmediatamente seguida del proceso de
descolonización, que dio al traste tan sólo en quince años con su dominio
mundial. Aunque el proceso no supuso en muchos casos la pérdida de los
privilegios económicos de las compañías británicas en las ex colonias, fue un
duro golpe en el orgullo nacional, pues se había perdido la joya de su poderío,
la baza incontestable de su poder internacional. De ser un imperio en cinco
continentes pasaba a ser un pequeño país insular en el noroeste de Europa. A la
fuerza tenía que ser una transición difícil.
La población británica fue muy consciente desde el principio de
los serios problemas que traería consigo la posguerra. Los años treinta habían
sido una pesadilla de crisis económica, graves tensiones sociales y extremismos
políticos, y estos problemas no se habían solventado durante la contienda,
sencillamente se habían pospuesto. Tanto electores como partidos políticos lo
tenían muy presente y es posible que fuera la principal razón de que el
político que había dirigido brillantemente la actuación bélica, el conservador
Winston Churchill, no triunfase en las elecciones generales celebradas en 1945,
poco después de finalizar la guerra. El gabinete laborista liderado por Clement
Atlee puso en marcha un proyecto que garantizase la estabilidad social y política
necesaria para afrontar con éxito la reconstrucción. La solución dada no fue
original, ya que consistió en construir un estado del bienestar a imagen de lo
que estaban haciendo el resto de los principales países de Europa occidental
por aquellos mismos años. En consecuencia, se nacionalizaron la mayor parte de
las grandes industrias y se crearon servicios públicos de educación, salud,
vivienda y transporte. La idea era poner en marcha un complejo sistema que
pusiese en manos del estado los recursos necesarios para garantizar un trabajo,
una vivienda, educación y salud al conjunto de la población. La élite del país
aceptó un proceso tan ambicioso (y caro) sólo a cambio de que no se tocasen sus
privilegios económicos. El resultado fue un consenso en torno a un nuevo modelo
de economía y sociedad que fue incluso asumido por los conservadores y que
garantizaría la estabilidad y cierto crecimiento económico en el siguiente
cuarto de siglo. Pero en la década de 1960 los problemas del sistema empezaron
a ser evidentes y una conciencia de decadencia se extendió ampliamente entre
los británicos. En este contexto una joven inglesa de firmes convicciones
conservadoras, Margaret Thatcher, luchaba por hacerse un hueco en el Partido
Conservador, que pronto le daría muestras de estar necesitado de sus aptitudes.
§. Una juventud en tiempos difíciles
Margaret Hilda Roberts nació el 13 de octubre de 1925 en
Grantham, una pequeña ciudad en la comarca inglesa de Lincolnshire. Era la
segunda hija de Alfred Roberts y su esposa Beatrice Ethel Stephenson. Ambos
pertenecían a la Iglesia metodista, de la que eran fervientes practicantes, y
su padre trabajaba en la tienda de ultramarinos que tenía en propiedad. La
familia vivía en la casa que había sobre dicha tienda, y las dos hijas tuvieron
una infancia que si bien no estuvo marcada por la pobreza que en aquellos años
acorralaba a las clases humildes, pues el negocio familiar ya prosperaba antes
de la guerra, en cambio sí que fue de una austeridad espartana, marcada por el
carácter sobrio de su padre y la severidad del credo metodista. La niña se
formó en un núcleo de relaciones sociales muy volcado hacia la congregación
religiosa a la que pertenecían, en la que desempeñaban un papel relevante los
principios de ayuda mutua, caridad y sinceridad. También en su casa vivió el
interés por la política, ya que su padre fue concejal independiente del
ayuntamiento por un tiempo. Aunque no perteneciese al Partido Conservador, la
ideología que se respiraba en su hogar coincidía en buena medida con los
principios tradicionales que defendía el partido tory.
El padre de Margaret, que no pudo completar sus estudios, estuvo
decidido desde el principio a que su hija pudiese acceder a la educación que él
no pudo tener y que tanto admiraba. Asistió a la escuela pública local y
posteriormente cursó enseñanza secundaria en el colegio para señoritas Kesteven
& Grantham de su ciudad natal, donde sus buenas calificaciones le
permitieron obtener becas con las que sufragar los gastos escolares y que
finalmente le proporcionarían la oportunidad de acceder a una beca para ir a la
Universidad de Oxford. En el Somerville College de dicha institución ingresó en
octubre de 1943 para realizar estudios de ciencias químicas. Su tutora de
entonces fue Dorothy Hodgkin, especialista en cristalografía de los rayos X y
ganadora en 1964 del Premio Nobel como reconocimiento a las posibilidades que
esta técnica brindaba para investigar las estructuras de importantes sustancias
bioquímicas. La profesora Hodgkin siempre guardó un buen recuerdo de Margaret a
su paso por las aulas: «Yo la clasificaba como buena [estudiante]. Se podía
siempre confiar en que realizase un ensayo correcto y bien interpretado».
El contexto de la Segunda Guerra Mundial hizo su experiencia
cotidiana en Oxford bastante más dura de lo que en principio se podría esperar,
ya que parte de las instalaciones y los recursos de la universidad habían sido
militarizados para el desarrollo de experimentos que se consideraban entonces
prioritarios. El carácter serio que había absorbido la joven de su ambiente
familiar le llevó a dar una absoluta prioridad a los estudios. En este campo,
según su biógrafo Hugo Young, sus compañeros de Oxford «se acuerdan de que se
manejaba muy bien en el laboratorio, que estudiaba mucho, era eficiente y muy
organizada, pero nada indica que fuera particularmente brillante en teoría
química». Pese a ello realizó sus estudios con una eficacia sorprendente y con
buenas calificaciones. Siempre le quedó de aquellos años un vivo interés por la
ciencia y por el método científico, que, junto al credo metodista de sus
padres, muchos han señalado como las influencias fundamentales en la forja del
temperamento de la joven Thatcher.
Al mismo tiempo fue en la universidad donde empezó a desarrollar
su militancia política, al ingresar en la Asociación estudiantil conservadora
de Oxford, de la que llegó a ser elegida presidenta, y en cuyo seno conoció a
varios políticos importantes del momento. Ejerciendo esta responsabilidad vivió
la derrota conservadora en las elecciones de 1945, posiblemente uno de los
factores esenciales que la llevaron a dar un paso y poner en práctica su
vocación política cuando terminase la carrera, lo que sucedió en 1947, año de
su graduación en ciencias químicas. Mediada la veintena, el conjunto de
influencias y estímulos que había recibido impulsaron su decisión de luchar
para abrirse camino en un ámbito poco propicio a la participación de las
mujeres, la política.
§. Una mujer en el partido conservador
Nada más salir de la universidad, Margaret Roberts ingresó en el
Partido Conservador y mostró inmediatamente su disposición a representarlo en
la lucha por los votos que podrían devolver a los conservadores al poder. El
partido la ubicó en el distrito de Dartford, en el condado de Kent, con la
vista puesta en los siguientes comicios. Por esta circunscripción concurriría
en las citas electorales de 1950 y 1951, durante las cuales el partido la
publicitó como la mujer candidata más joven de Gran Bretaña, pero en ambas
ocasiones fracasó y no logró obtener un escaño para la Cámara de los Comunes.
Aquello no fue una sorpresa para nadie, ya que Dartford era una circunscripción
de clase trabajadora en la que la posguerra estaba dejando sentir su cara más
amarga: los racionamientos, la carestía y las dificultades laborales estaban a
la orden del día. Sin embargo fue la primera experiencia política real que
tuvo, en la que afloraron rasgos que después serían definitorios de su imagen.
Era una joven especialmente comunicativa, a la que le resultaba muy fácil
entablar conversación con cualquiera, ya perteneciese a su misma tendencia
política o a cualquier otra; no rehuía la discusión sobre los temas que
importaban al electorado, aunque fuesen aquellos en los que su partido no podía
presentar propuestas atractivas para un auditorio proclive a los laboristas, y
además se expresaba en un lenguaje sencillo y directo, con una confianza en sí
misma realmente envidiable.
En aquella localidad del sudeste de Inglaterra fue donde conoció
a Denis Thatcher, un empresario local que dirigía un negocio familiar. El
noviazgo duró dos años y el 13 de diciembre de 1951 se casaron, menos de dos
meses después de que la novia hubiese sido derrotada por segunda vez en
contienda electoral. Desde entonces, y siguiendo la costumbre anglosajona, la
joven Margaret Roberts tomaría el apellido de su marido, dando origen al nombre
con el que ha sido conocida en todo el mundo. Pero quizá el cambio más
importante que trajo el matrimonio a su vida no fue el apellido, sino el credo
religioso. Denis era divorciado y, como el metodismo no aceptaba ni el divorcio
ni los matrimonios con divorciados, Margaret renunció a la fe que le inculcaron
sus padres y abrazó el anglicanismo de su marido. La pareja tuvo a sus dos
únicos hijos, los gemelos Mark y Carol, en agosto de 1953. Ya en la década de
los sesenta, el marido cambiaría de ramo y comenzaría a trabajar en la
industria del petróleo, en la que desarrollaría el resto de su carrera.
Los años cincuenta fueron un período de cambios laborales. La
posición económica de su marido era más que holgada, permitiéndoles tener
servicio y todo tipo de comodidades en casa. Pero sobre todo facilitó a
Margaret el no tener que trabajar y poder reemprender los estudios (después de
salir de la universidad apenas había ejercido tres años como química en una
empresa de plásticos y otra de control alimentario). Quizá por su actividad en
política se sintió atraída por las ciencias jurídicas, y en enero de 1952
comenzó a cursar estudios de derecho, y en diciembre de 1953 consiguió la
habilitación para ejercer como abogada, especializada en materia tributaria.
Todo ello hizo que Margaret se planteara la posibilidad de ampliar su horizonte
profesional (y posteriormente político). En febrero de 1952 escribió en un
periódico local sobre las ideas que cimentaban esta actitud. Según Hugo Young,
«la joven señora Thatcher escribió que las mujeres no debían quedarse en casa.
Que debían tener una carrera. “De esta forma se desarrollan unas cualidades y
unos talentos en beneficio de la sociedad que, en caso contrario, se
desperdiciarían”. En su opinión no tenía sentido decir que la familia se
resiente. De hecho, las mujeres no sólo debieran trabajar sino luchar por alcanzar
la cima de su profesión y oficio. Por encima de todo, esto debía aplicarse a
las mujeres políticas. Debiera haber más mujeres en Westminster —en aquella
época, de 625 diputados, sólo había diecisiete mujeres—, y no debieran
conformarse con los rangos inferiores que ocupan. “Insisto en que si una mujer
demuestra estar capacitada debe tener las mismas oportunidades que los hombres
para los cargos relevantes en el Consejo de Ministros ¿Por qué no una mujer
canciller? ¿O ministra de Asuntos Exteriores?”».
Fueron años en los que estuvo muy volcada en su vida personal y
en el que la política pasó temporalmente a un segundo plano. De hecho no se
presentó a las elecciones de 1955, en las que los conservadores revalidarían su
mayoría parlamentaria y formarían un nuevo gobierno, ahora encabezado por
Anthony Eden, que sustituía así a un viejo y cansado Churchill en retirada. En
1958 volvió a la actividad política, asumiendo el reto de representar al
partido en la circunscripción de Finchley, al norte de Londres, para las
elecciones generales que se debían celebrar al año siguiente. El nuevo marco en
el que desplegar sus habilidades políticas no podía ser más favorable, ya que
se trataba de una población de propietarios y clase media con una sólida
comunidad de votantes conservadores. Los resultados de las elecciones del 8 de
octubre de 1959 fueron más que satisfactorios para ella. Los conservadores
ratificaron una mayoría parlamentaria que les permitió continuar en el poder y
la señora Thatcher finalmente había logrado el escaño que tanto deseaba en la
Cámara de los Comunes. Después de varios años de lucha por fin iba a poder
poner el pie en el palacio de Westminster.»
§. Mrs. Thatcher, M P («Señora Thatcher, Miembro del
Parlamento»)
En 1959 Margaret Thatcher entró por primera vez en el Parlamento
británico. Había sido elegida por la circunscripción de Finchley para
representar a sus votantes en la Cámara de los Comunes. Continuaría siendo
elegida por dicha localidad en todas las elecciones siguientes hasta que en
1992 abandonaría la Cámara baja para ingresar en la de los Lores (ya como
baronesa Thatcher). En los años posteriores a su primera elección su actividad
política sería como la de cualquier diputado raso. En el Parlamento inglés
éstos suelen recibir el nombre de backbenchers («los que ocupan los bancos de
atrás») debido a que al no tener responsabilidades ni en el gobierno ni en la
oposición su labor se centraba en la actividad parlamentaria y ocupaban los
asientos finales de la cámara. Su trabajo duro en los primeros años fue
recompensado pronto por el primer ministro conservador Harold Macmillan, que en
1961 la acercó un poco más al primer banco de los Comunes (donde se sentaba el
gobierno) al nombrarla subsecretaria parlamentaria del ministro de Pensiones y
Seguridad Social.
Se trataba de uno de los llamados cargos junior, reservados a
los recién llegados al Parlamento y que ocupaban el peldaño más bajo del
escalafón. Para la señora Thatcher era un paso importante ya que consagraba su
entrada en el aparato central del partido. Su actividad política ya no se
restringiría a una circunscripción más o menos lejana, de la que tenía que ser
correa de transmisión en Londres, sino que tendría una presencia indiscutida
ante los principales dirigentes del conservadurismo. Progresivamente fue
escalando puestos y a partir de 1964 comenzaría a tener una presencia mucho más
llamativa, conquistando alguno de los puestos senior, los más importantes. En
las elecciones de octubre de ese año Thatcher fue reelegida, pero los
conservadores no lograron revalidar su mayoría parlamentaria, lo que supuso su
salida del gobierno. Mientras el laborista Harold Wilson era nombrado primer
ministro, los conservadores se preparaban para continuar con una de las
antiguas e inamovibles tradiciones de la añeja democracia británica. Es
costumbre que el principal partido de la oposición forme después de las
elecciones un shadow cabinet («gobierno en la sombra»), en el que el jefe de la
oposición debería formar un equipo paralelo al que ejercía el poder, con igual
estructura y con carteras ocupadas por especialistas en cada materia. La
filosofía que inspira esta práctica es la de que, en caso de que una emergencia
exigiese el recambio del gobierno por otro de la oposición, hubiese un equipo
experimentado y formado listo para tomar el relevo. Poco después de la derrota
de 1964, el nuevo líder de los conservadores, Edward Heath, formó su propio
gobierno en la sombra, y en él entraría a formar parte Margaret Thatcher en
octubre de 1967 como ministra en la sombra de Energía. En aquellos años se
destacó también por ser una de los pocos diputados conservadores que apoyaron
los proyectos de ley para descriminalizar las conductas homosexuales y
parcialmente el aborto, así como por oponerse a otro proyecto que proponía la
relajación de los requisitos legales para obtener el divorcio.
Su presencia en la cúpula del partido se fue incrementando y,
cuando los conservadores regresaron al poder tras las elecciones de junio de
1970, pasó a ejercer su primer cargo gubernamental en el gabinete de Edward
Heath. Fue nombrada ministra de Educación y Ciencia en un momento especialmente
complicado para la sociedad británica. El panorama económico, que no había sido
especialmente alentador en los últimos años, comenzó a adquirir tintes
dramáticos con la crisis del petróleo desatada en 1973. Ciertamente, el boicot
realizado por los países árabes productores de petróleo a las potencias
occidentales por su apoyo a Israel durante la cuarta guerra Árabe-Israelí
(también llamada «guerra de los Seis Días») no fue la causa de la crisis, pero
sirvió de catalizador para una serie de tendencias negativas que hasta entonces
se habían manifestado con moderación. Desde enero de 1972 el desempleo superó
el millón de personas y la conflictividad laboral fue persistente y agresiva.
El gobierno no fue capaz de trazar respuestas claras y efectivas para los
problemas que atenazaban al país y la inquietud tanto en el gobierno como en la
población comenzaba a ser evidente. Thatcher no practicó una gestión
especialmente brillante como ministra de Educación. Tuvo que hacer frente a la
hostilidad estudiantil y tomar medidas impopulares ante unos problemas
presupuestarios crecientes. Desde los años cuarenta uno de los símbolos del
estado del bienestar había sido el vaso de leche que se daba a los alumnos que
acudían a las cada vez más numerosas escuelas públicas. El estado benefactor no
sólo se preocupaba por la formación de sus futuros ciudadanos, sino que
completaba su alimentación en un momento de penuria como fue la posguerra. Ante
la crisis galopante, el gabinete Heath decidió suprimir la leche que se daba a
los niños, medida que aplicó la ministra y que le valió ser conocida por el
pareado y mote Margaret Thatcher, Milk Snatcher («Margaret Thatcher, la
arrebata-leche»). No corrían buenos tiempos para nadie, pero menos que nadie
para los conservadores en el poder, que pronto comenzarían a sentir en sus
propias carnes el coste de la crisis.
§. Mrs. Thatcher, Shadow Prime Minister («Señora Thatcher,
Primera Ministra en la Sombra»)
El desconcierto del gobierno conservador le pasó factura en las
urnas. En las elecciones generales de octubre de 1974 Heath no fue reelegido, y
los laboristas formaron gobierno con una mayoría escasa en el Parlamento. La
derrota desató una gran crisis interna dentro del Partido Conservador. Se abrió
un proceso de discusión interna con objeto de elegir un líder reforzado tras la
derrota electoral. Todos esperaban que Heath, del que se suponía que asía
fuertemente las riendas del partido, fuese reelegido. Para entonces ya habían
surgido voces que proponían adoptar soluciones diferentes para la situación de
crisis. El diputado Keith Joseph comenzó a lanzar ideas de desarrollar
políticas económicas ultraliberales —inspiradas en los economistas Friedrich
Hayek y Milton Friedman— que rompiesen por completo el consenso de posguerra
cuya obra fundamental había sido el estado del bienestar. Pero Joseph no se
presentó a las elecciones internas. En cambio Thatcher sí lo hizo, y el proceso
fue de sorpresa en sorpresa. En la primera vuelta Heath no obtuvo votos
suficientes para seguir adelante, y en la segunda salió victoriosa la señora
Thatcher en una liza que le había enfrentado a cuatro rivales varones. Era una
auténtica bofetada contra la aristocracia del partido con la que las bases
imponían su deseo de un cambio de rumbo.
La nueva líder conservadora dejó claro desde la misma noche de
su victoria interna que las cosas no iban a ser iguales. En la rueda de prensa
que siguió a su elección como líder tory (la noche del 11 de febrero de 1975)
daba ya muestras de lo que en el futuro sería su estilo político y avanzaba
parcialmente el núcleo de la ideología que inspiraría su acción de gobierno:
— ¿Qué es lo que le ha llevado al éxito?
—Me gustaría pensar que fueron mis méritos.
— ¿Ampliaría usted eso?
—No, no necesita ampliación. ¿Es que a usted no le gustan las
respuestas breves y directas? A los hombres les gustan las respuestas largas,
enrolladas y superficiales.
— ¿Usted ve su victoria de hoy como la de Margaret Thatcher en
solitario o también como una victoria para las mujeres del Reino Unido?
—Ninguna de las dos. Nadie puede ganar solo. Únicamente se gana
teniendo a mucha gente pensando y trabajando en el mismo sentido en que uno lo
hace. No es una victoria de Margaret Thatcher, no es una victoria para las
mujeres del Reino Unido. Es una victoria para alguien que está en política.
— ¿Qué cualidad le gustaría que tuviese el Partido Conservador
durante su liderazgo?
—La cualidad de ganar.
—Y ¿qué cualidades filosóficas?
—Una cualidad filosófica conservadora, una filosofía
característicamente conservadora, no se gana estando en contra de las cosas, se
gana estando en pro de las cosas y hablando claramente sobre ellas.
—En pro ¿de qué?
—En pro de una sociedad libre, con el poder bien distribuido
entre los ciudadanos y no concentrado en manos del estado, manteniendo el poder
por una distribución amplia de la propiedad privada entre los ciudadanos y no
en manos del estado.
En lo que a política internacional se refiere, Thatcher destacó
desde el principio por su anticomunismo. El 19 de enero de 1976 pronunció un
célebre discurso en el Kensington Town Hall en el que atacó a la URSS al
considerarla una amenaza inminente para los países y la civilización
occidentales. Cinco días más tarde la respuesta soviética se produjo en el
diario oficial del Ministerio de Defensa, el Krásnaya Zvezdá(«Estrella roja»),
que publicaba un artículo del periodista y militar Yuri Gavrílov titulado «La
mujer de hierro amenaza…» en el que defendía a su país de las acusaciones de la
dirigente conservadora. El rotativo británico Sunday Times se hizo eco del
titular traduciéndolo por «la dama de hierro», apelativo que agradó a Thatcher
y asumió dándole la vuelta, dándole una connotación positiva. A ella le gustaba
presentarse como una solución fuerte para los problemas de Gran Bretaña, y el
revuelo que causó el cruce de acusaciones y ataques le proporcionó mucha
publicidad y no pocas críticas. Como afirma el historiador Tony Judt, «su
disposición a buscar la impopularidad y a enfrentarse a ella no sólo no le
causó daño alguno entre sus colegas, sino que puede que formara parte de su
atractivo». El mote la acompañaría ya a lo largo de toda su vida pública.
La dama de hierro pasó cuatro años ejerciendo la labor de cabeza
de la oposición primero ante Harold Wilson y después, cuando éste renunció a
principios de 1976, ante James Callaghan. Aunque Thatcher fue avanzando
rápidamente como cabeza visible del Partido Conservador, Callaghan demostró ser
un hueso duro de roer. Finalmente fue el clima económico y social en
descomposición constante el que acabó por decantar la balanza hacia ella. La
crisis económica (el Fondo Monetario Internacional se vio obligado a intervenir
para salvar la libra en 1976) y un repunte severo de la conflictividad social
en los últimos meses de 1978 y primeros de 1979 (meses que recibieron el nombre
de «invierno de descontento») produjeron una sensación de anarquía y de
situación fuera de control que acabó costando el gobierno a los laboristas. El
29 de mayo de 1979 el gabinete perdía una moción de confianza, lo que le obligó
a convocar elecciones para el 3 de mayo. La campaña electoral fue ardua, pero
Thatcher se mostró hábil e inteligente y logró sacar partido del desgaste
laborista. En palabras de Hugo Young, «los conservadores estaban bastante
seguros de vencer los comicios de 1979. Y tal vez fuera algo factible, después
de un invierno tan catastrófico y de que a los laboristas se les desmoronara su
argumento de que eran los únicos aptos para gobernar. Sólo más tarde quedó
patente hasta qué punto se estaba acabando irrevocablemente la época
socialista». La que comenzó entonces fue una época nueva, la del thatcherismo.
§. Inquilina del Nº 10 de Downing Street
El resultado de las elecciones proporcionó al Partido
Conservador una amplia mayoría, por lo que Margaret Thatcher recibió de la
reina Isabel II el encargo de formar gobierno. Pese a su victoria, tenía un
duro camino por delante. Los problemas del país continuaban y el hundimiento de
los laboristas no significaba que tuviese el apoyo de la mayoría de la opinión
pública. Consciente de ello, lanzó reiterados mensajes de conciliación tras su
llegada al gobierno, el más célebre de ellos el pronunciado a la puerta del
número 10 de Downing Street el día de su llegada, el mismo 4 de mayo: «… me
gustaría recordar unas palabras de san Francisco de Asís que creo que son
particularmente adecuadas para este momento: “Donde hay discordia, traigamos
armonía; donde hay error, traigamos verdad; donde hay duda, traigamos fe, y
donde hay desesperación, traigamos esperanza”… y a todo el pueblo británico —a
quienquiera que hayan votado— les diría esto. Ahora que han pasado las
elecciones, juntémonos y esforcémonos para servir y fortalecer al país del que
estamos tan orgullosos de formar parte». Aquélla fue una de las bases de su
política, enfatizar el orgullo nacional británico. La crisis de los años
anteriores no había hecho sino acrecentar la sensación de decadencia, algo que
la nueva primera ministra no estaba dispuesta a consentir.
Pero las huelgas continuaban, el país estaba en lo más profundo
de la depresión y el paro superó los tres millones de personas. Así las cosas
hubo de tomar medidas que iban en contra de su mismo programa —subir los
impuestos y los tipos de interés— y hacer grandes esfuerzos para controlar la
inflación. Las primeras decisiones le valieron duras críticas, no sólo de
políticos, sino también de economistas académicos y, aunque a menor nivel que
en años anteriores, la presión huelguística de los sindicatos seguía adelante.
Sin embargo, algunos factores hicieron que a mitad de legislatura su imagen
mejorase ante la opinión pública. A mediados de 1981 la tendencia económica
comenzó a cambiar y la alianza formada con el nuevo presidente de Estados
Unidos, el republicano Ronald Reagan (en el cargo desde noviembre de 1980), un
hombre con un programa político y económico muy similar al suyo, le fueron
dando credibilidad. Pero fue en la primavera de 1982 cuando le llegó el
auténtico golpe de suerte. En un gesto insólito, la Junta Militar argentina
puso en marcha una operación militar con objeto de desatar una oleada de fervor
nacionalista con la que intentar tapar los crímenes en que se cimentaba, por lo
que en abril de ese año el ejército argentino invadió las islas Malvinas (un
archipiélago del Atlántico sur a cuatrocientas millas del país austral que
llevaba siglo y medio bajo dominio británico). La intención de la Junta no era
en ningún caso desatar una guerra, sino aprovechar la debilidad coyuntural del
gobierno británico para forzarle a negociar. La primera ministra respondió
acorde a su carácter, y eso que inicialmente no hubo un apoyo claro por parte
de la administración Reagan, más proclive a una solución diplomática. En un
momento en el que los recortes afectaban de forma importante a las fuerzas
armadas británicas, Margaret Thatcher no dudó en responder militarmente a la
agresión. Supo ver que Argentina no había preparado a conciencia la operación y
que su inferioridad táctica y material era patente. Tras una campaña rápida y
brillante, las fuerzas argentinas se rindieron el 14 de junio. La guerra había
durado sólo setenta y cuatro días y de las novecientas bajas que se produjeron,
más de dos tercios fueron de argentinos. Semejante éxito proporcionó una
popularidad enorme a Thatcher, provocó un repunte del orgullo patrio y dio la
imagen de una política exterior independiente y fuerte. El éxito fue
aprovechado al máximo y en las elecciones que se celebraron un año después, en
junio de 1983, obtuvo una histórica victoria con una mayoría de 144 escaños de
ventaja sobre los laboristas.
Su segundo mandato, que se extendería hasta 1987, fue en el que
realmente puso en marcha su auténtico programa político. Basado en una imagen
radicalmente individualista de la realidad (se hizo célebre su frase «no existe
eso que llaman sociedad. Existen hombres y mujeres como individuos, existen
familias») impulsó un proyecto de recorte drástico de la presencia estatal en
la sociedad y la economía, de desregulación de todos los mercados, bajada de
impuestos y privatización de los recursos estatales. La filosofía de estas
actuaciones estaba inspirada en la creencia de que los agentes privados podían
conseguir la prosperidad pública de forma más eficiente que el estado, un
principio que su aliado Reagan plasmó en la declaración «el gobierno no es la
solución a nuestro problema, es el problema». Siguiendo este principio,
Thatcher emprendió una serie de privatizaciones en masa, comenzando por la
empresa clave de comunicaciones British Telecom y que se extendería al resto de
las compañías de titularidad estatal, algunas de las cuales fueron reflotadas y
vendidas a costa de que los costes sociales fuesen asumidos por el estado. La
medida, junto a la política emprendida para desmontar el poder de los
sindicatos en el modelo laboral británico, dio lugar a una oleada de huelgas
mineras que plantearon al gobierno un pulso que llegó a durar un año. Thatcher
no cedió a las presiones sindicales y acabó triunfando en su doble propósito.
La energía desplegada por la primera ministra en esta cuestión ha hecho hablar
a algunos de una continuación de la guerra de las Malvinas en el interior. En
opinión del historiador Tony Judt, «para ella, la lucha de clases,
convenientemente actualizada, era el material del que estaba hecha la política.
Sus políticas, con frecuencia concebidas a la carrera, eran secundarias en
comparación con sus objetivos, que, a su vez, estaban en gran medida
supeditados a su estilo. El thatcherismo era más una cuestión de “cómo” se
gobernaba que de lo que hacía realmente al gobernar. Sus desventurados sucesores
conservadores, náufragos en el desolado paisaje post-thatcheriano, carecían de
políticas, de objetivos y también de estilo».
En este contexto de gran tensión social, la primera ministra y
su gobierno fueron víctimas de un atentado de la organización terrorista IRA.
El 11 de octubre de 1984 el gobierno en pleno estaba alojado en el Gran Hotel
de Brighton, donde el Partido Conservador celebraba su conferencia anual. En la
madrugada del 12 hizo explosión una bomba que acabó con la vida de cinco
personas e hirió a otras treinta y cuatro. Ni Thatcher ni ningún miembro de su
gobierno fueron asesinados. Era un intento del grupo secesionista de intimidar
a la primera ministra, que desde su acceso al poder se había mostrado muy dura
con los terroristas de Irlanda del Norte, sobre todo cuando se negó a ceder a
la huelga de hambre de varios presos de dicha organización entre marzo y octubre
de 1981. El atentado no hizo sino convencerla en la conveniencia de no ceder
ante la presión terrorista y aumentar la colaboración con la República de
Irlanda para encontrar soluciones factibles al problema del Úlster.
En política exterior, la primera ministra continuó su apoyo a la
posición norteamericana de rechazo al comunismo. A finales de 1983 había
expresado públicamente su confianza en el nuevo y pretencioso plan de defensa
estratégica ideado por la administración Reagan, que recibió el nombre de
«Guerra de las Galaxias». Pero la irrupción de un nuevo dirigente soviético,
Mijaíl Gorbachov, cambió radicalmente el panorama. Thatcher fue una figura
clave en la apertura de Occidente hacia la nueva política soviética. Gorbachov
visitó Londres a finales de 1984, y fue durante su primer encuentro con ella
cuando le comunicó su intención de encontrar interlocutores en Occidente con
los que poder trabajar por un futuro mejor para el planeta. Thatcher
inmediatamente captó la sinceridad del mensaje del líder soviético, se dio
cuenta de que era un nuevo tipo de mandatario diferente de los jerarcas del
Partido y no dudó en transmitir sus impresiones al resto de gobiernos
occidentales. Después de ese encuentro afirmó en una entrevista concedida a la
BBC: «Me gusta el señor Gorbachov, podremos hacer negocios juntos». Tres meses
después éste fue elevado a la Secretaría General del Partido Comunista de la
Unión Soviética y ponía en marcha la política de distensión definitiva con el bloque
capitalista.
§. La Unión Europea
Margaret Thatcher todavía ganaría unas terceras elecciones
generales en junio de 1987, manteniendo una holgada mayoría frente a los
laboristas. Fueron sus años finales, en los que profundizó en el camino
trazado, especialmente en lo tocante a reformas económicas, a la alianza con
Estados Unidos y su apoyo para acabar con la Guerra Fría. Sin embargo, la gran
novedad del mandato llegaría en política internacional, y sería la de un
acerado anti europeísmo. El Reino Unido se había incorporado a la Comunidad Económica
Europea en 1973 y había intervenido en todas sus políticas con completa
normalidad hasta 1984. En dicho año Thatcher consiguió un sustancioso descuento
en la contribución económica anual que hacía su país bajo pretexto de que éste
apenas recibía fondos europeos pertenecientes a la Política Agraria Común. El
proceso de integración europeo había cobrado nuevos bríos con la firma del Acta
Única Europea en 1985, a la que Thatcher no se opuso, pero cuando en los años
siguientes comenzó a hablarse de avanzar en la integración territorial y
económica, la primera ministra se mostró radicalmente contraria a lo que
consideraba una forma de federalismo encubierto. En septiembre de 1988, en una
reunión europea en Brujas (Bélgica) pronunció su más célebre discurso al
respecto, en el que afirmó: «La Comunidad Europea es una manifestación de la
identidad europea, pero no la única. (…) Intentar suprimir el carácter nacional
y concentrar el poder en el centro de un conglomerado europeo podría ser
altamente dañino y podría poner en peligro los objetivos que esperamos lograr.
(…) No hemos hecho retroceder las fronteras del estado en Gran Bretaña sólo
para ver cómo se vuelven a imponer a escala europea, con un superestado
ejerciendo un nuevo dominio desde Bruselas. (…) Hagamos de Europa una familia
de naciones que se comprendan mejor mutuamente, que se aprecien recíprocamente,
que hagan las cosas juntas, pero gozando de nuestra identidad nacional no menos
que de nuestra empresa común europea».
El anti europeísmo de la líder conservadora era una nueva
edición del patriotismo exacerbado que tanto éxito le había proporcionado con
la guerra de las Malvinas. Pero en esta ocasión la operación no fue tan
exitosa. Una parte de la opinión pública británica consideraba que se quedaba
corta y otra se mostró decepcionada porque diese la espalda al proyecto europeo
en vez de intentar liderarlo. Además ocasionó fricciones dentro del partido y
del gobierno. Thatcher ya había tenido que aceptar la ruidosa dimisión de uno
de sus ministros (el de Defensa, Michael Heseltine, por el uso de las bases
británicas en el ataque estadounidense a Libia en 1986); en esta ocasión fue el
de Hacienda, Nigel Lawson, el que dimitió por la postura de Thatcher ante la
integración de la libra esterlina en el Sistema Monetario Europeo. La relación
con el titular de Asuntos Exteriores, Geoffrey Howe, también se volvió
excepcionalmente tensa. Además, algunas de sus nuevas medidas ocasionaron una
oposición popular importante, la más destacada de todas fue la implantación de
un nuevo impuesto municipal, el poll tax, que tuvo que ser finalmente retirado.
En 1990, cuando el partido llevó a cabo una de sus elecciones internas, se
alzaron varios candidatos alternativos muy críticos con el liderazgo
autoritario de la señora Thatcher. Posiblemente consciente del desgaste que
había sufrido en la última legislatura, y con unas encuestas que mantenían la
valoración electoral del partido por encima de la suya propia, decidió hacerse
a un lado. El 22 de noviembre de 1990 se retiró de las elecciones internas y
seis días después dimitió del cargo de primera ministra, siendo sustituida por
uno de sus ministros, John Major.
La vida posterior de la que había sido líder indiscutible del
conservadurismo se fue replegando progresivamente de la política. En 1992 la
reina le concedió el título de baronesa Thatcher e ingresó en la Cámara de los
Lores, lo que en la práctica significaba su retirada de la política activa. Los
años posteriores estuvieron marcados por sus intervenciones cada vez menores en
la vida pública y por la tarea de escribir dos gruesos volúmenes de memorias
políticas que aparecieron en 1993 y 1995. En 2002 anunció su completa retirada
de la actividad pública tras haber sufrido varios accidentes cerebro
vasculares, y al año siguiente falleció su marido, uno de los puntales de su
dilatada actividad política.
Su legado ha resultado ser tan polémico como incuestionable. Su
éxito al reactivar la economía británica era manifiesto y cuando el «Nuevo
Laborismo» de Tony Blair se lanzó a la conquista del gobierno, no llevaba en su
programa un proyecto de revertir las reformas estructurales emprendidas por la
dama de hierro. Sin embargo, desde múltiples sectores se lanzaron críticas que
sintetiza así el historiador Tony Judt: «Como economía, el Reino Unido de
Thatcher era un lugar más eficiente. Pero como sociedad, sufrió un cataclismo
de desastrosas consecuencias a largo plazo. Al desmantelar todos los recursos
que estaban en manos colectivas, al insistir a gritos en una ética
individualista que prescindía de cualquier valor no cuantificable, Margaret
Thatcher causó un grave daño al tejido que sustentaba la vida pública
británica. Los ciudadanos se transformaron en accionistas o partes interesadas,
cuyas relaciones interpersonales con el colectivo se calibraban en función de
activos y títulos de crédito, sin tener en cuenta ni servicios ni obligaciones.
Cuando todo, desde las empresas de autobuses hasta las eléctricas, estuvo en
manos privadas que competían entre sí, el espacio público se convirtió en un
mercado». Veinte años después de su abandono de la política activa todavía no
se han propuesto alternativas claras al programa de Thatcher. Posiblemente sólo
el tiempo permitirá hacer una valoración ajustada de su paso por la política
europea del siglo XX y de su herencia para el XXI.
Capítulo 39
Mijaíl Gorbachov
Contenido:
§. El arquitecto de la Perestroika
§. Un campesino en Moscú
§. La carrera provinciana del camarada Gorbachov
§. En el Kremlin: momentos de optimismo
§. En el Kremlin: momentos de frustración
§. El arquitecto de la Perestroika
En un momento en el que los medios de comunicación abusan
constantemente del adjetivo «histórico» para calificar cualquier acontecimiento
o personaje, independientemente de su relevancia, apenas media docena de
individuos se han ganado a pulso el apelativo de «padres de nuestro tiempo».
Figuras cuya actividad ha cambiado el mundo y han configurado el siglo XXI tal
y como lo vivimos. Entre ellas juega un papel destacado el último presidente de
la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Mijaíl Gorbachov, que ocupó el
poder entre 1985 y 1991. Fue el hombre que accedió al mando de la superpotencia
comunista en un contexto de graves dificultades económicas y anquilosamiento
político. Su programa fue el de modernizar el proyecto soviético, no el de
destruirlo, pero cuando abrió la espita de las reformas la sociedad civil salió
en tropel y se vio completamente desbordado. Pese a su fracaso en la política
interior su aportación a la política internacional (ya que es a él a quien hay
que atribuir la iniciativa de acabar con la Guerra Fría) y su integridad
política (que le llevó a no emplear la violencia contra sus enemigos cuando la
transición se le fue de las manos) hacen que la balanza se incline
definitivamente a su favor. Quizá sea ésa la contradicción y la grandeza de
este hombre: fue un comunista convencido que quiso poner al día una ideología
que admiraba profundamente y acabó llevándola a la tumba, pero a cambio brindó
a la humanidad un horizonte de paz como no conocía desde hacía muchas décadas.
El final de la Segunda Guerra Mundial configuró rápidamente un
nuevo escenario internacional que caracterizaría la historia de las cuatro
décadas siguientes. Los países se fueron alineando en torno a dos
superpotencias mundiales que llenaban el escenario y que aspiraban a la
hegemonía mundial: Estados Unidos y la URSS. La separación del mundo en bloques
herméticos (capitalista y comunista, aunque existía un grupo de países
neutrales llamados los «no alineados») que aspiraban a la destrucción del
rival, la carrera para hacerse con armamentos cada vez mayores y más
sofisticados (incluyendo la carrera espacial) y las filosofías y prácticas
políticas irreconciliables hicieron que las relaciones internacionales
adquiriesen un grado de tensión que no permitieron que desapareciese el
horizonte de guerra que había marcado toda la primera mitad del siglo. A la
Segunda Guerra Mundial no le siguió un período de paz, pero tampoco hubo un
enfrentamiento directo entre los dos antagonistas, de ahí que a este conflicto
se le diese el nombre de «Guerra Fría». Pero ahora se trataba de una guerra más
grave y mortífera de las que se habían producido hasta entonces y eso que las
dos guerras mundiales del siglo XX habían dejado muy alto el listón. Con la
obtención de la bomba atómica por parte de la Unión Soviética, a partir de 1949
se hizo tangible la posibilidad de una guerra de aniquilación total; había
comenzado la era nuclear en la que todavía estamos inmersos.
En la URSS, aunque la pesadilla del régimen estalinista terminó
con la muerte del «zar rojo» en 1953, la tímida liberalización emprendida por
Kruschev (1953-1964) fue un episodio pasajero que dio paso al gobierno del
aparato del Partido Comunista, que recibía el nombre de nomenklatura,
encabezada por la figura fuerte de Breznev (1966-1982). Los mandatos breves de
Andropov (1982-1984) y Chernenko (1984-1985) apenas pudieron cambiar una
situación que a comienzos de los ochenta era de gran dificultad y con la que
tendría que lidiar un jurista procedente de la lejana región de Stávropol, que
había hecho carrera en el Partido y que accedió a su Secretaría General en
marzo de 1985, Mijaíl Gorbachov.
§. Una infancia en el campo
Mijaíl Sergueyévich Gorbachov nació en la aldea de Privolnoye,
situada en la región de Stávropol, en el Cáucaso norte, una región con fama de
contar con algunos de los paisajes más hermosos de toda Rusia. Nació el 2 de
marzo de 1931, hijo de Serguéi y María, ambos de ascendencia ruso-ucraniana
(sus familias se habían trasladado desde Ucrania a aquella región por su
riqueza agrícola, ya que era uno de los graneros de toda la URSS). Su padre
trabajaba como operario de cosechadora y su madre en una granja colectiva. Fue
hijo único durante dieciséis años, hecho que le proporcionó un gran
protagonismo familiar. Él mismo ha declarado sobre sus padres: «Siempre sentí
su cariño. Fui el primer hijo en mi familia y también el primer nieto. Por
supuesto, en cierta medida me mimaron y consintieron. En ocasiones era un poco
mandón con ellos… Recuerdo aquel tiempo con mucho cariño».
Sin embargo pasó la mayor parte de su infancia antes de ir a la
escuela con sus abuelos maternos Pantelei y Vasilisa Gopkalo. Junto a ellos
pudo experimentar pronto la crudeza del clima político en la Rusia de los años
treinta ya que el estalinismo hizo presa en su familia, como en tantas otras de
todo el país. Su abuelo Pantelei fue arrestado en 1937 acusado de ser miembro
de una «organización contrarrevolucionaria trotskista» y permaneció catorce
meses encarcelado mientras se investigaba la acusación. En palabras del propio
Gorbachov: «Fue torturado en 1937, no sólo interrogado, sino torturado. Le
ataron a una caldera e intentaron romperle los brazos… Fue algo que realmente
minó sus fuerzas, de hecho murió bastante joven». Fue liberado en diciembre de
1938 y volvió a casa. Pese a su encarcelamiento por las autoridades soviéticas
siguió siendo un hombre muy apreciado en la comunidad y al año siguiente fue
elegido de nuevo director de la granja colectiva. Pero la familia de su padre
también padeció los crímenes del estalinismo. Su abuelo paterno Andréi
Gorbachov fue arrestado en la primavera de 1934 acusado de sabotear la cosecha.
La realidad era que en aquel momento la severa sequía en el sur de Rusia había
arruinado los campos y provocado una gran hambruna, sencillamente no había nada
que cosechar. Lo enviaron a un campo de trabajo en la región de Irkutsk, en
Siberia, de donde volvió en 1935. Tras varios años de gobierno sin límites por
parte de Stalin, éste ya había consolidado los mecanismos que le permitían
cometer sus crímenes con total impunidad, puesto que sus mayores defensores
eran sus víctimas. Gorbachov ha recordado a este respecto: «Francamente, no
sabíamos nada, en realidad apenas sabíamos de nada; incluso con lo que había
tenido que pasar mi familia. Yo confiaba completamente en mi abuelo [materno] y
él solía decirme: “Stalin no ha tenido nada que ver con esos crímenes”. Jamás
culpó ni al estado soviético ni a Stalin».
Poco después, Mijaíl comenzó a acudir a la escuela. Allí destacó
pronto por su interés, su gran curiosidad, su deseo de conocer cosas nuevas y
por su gran responsabilidad. Como señala Matilda Ignatenko, que fue su
profesora en la escuela: «Era el más maduro de entre sus compañeros, por lo
menos ésa era mi impresión. Tenía algo diferente frente a los demás, podía
liderarlos». En sus años de escuela desarrollaría una gran afición al teatro,
ya que los alumnos formaron una pequeña compañía que solía representar algunas
obras.
Pero la Segunda Guerra Mundial trastocó su infancia. En 1941 las
tropas alemanas comenzaban la invasión de Rusia, y Stalin llamó a la
movilización masiva en la que denominó «Gran guerra patriótica». El padre de
Mijaíl fue movilizado y se le puso al mando de un escuadrón. A finales de mayo
de 1944 la familia recibió por error una notificación de que el padre había
muerto en combate. Durante tres días le lloraron cuando en realidad sólo estaba
herido de gravedad en una pierna. Afortunadamente la herida sanó y Serguéi pudo
volver al trabajo agrícola. Durante la guerra recibió una medalla al valor y
dos de la Orden de la Estrella Roja por sus destacadas acciones de guerra. La
familia perdió a seis miembros en la contienda y los alemanes llegaron a ocupar
el pueblo durante una temporada.
Tras la guerra el joven Mijaíl comenzó a colaborar con su padre
en las tareas del campo, en las labores de la recolección del fruto con la
cosechadora. Fueron años fructíferos para el joven, que compatibilizó sus
estudios con el duro trabajo. De hecho fue recompensado con la Orden de la
Bandera Roja del Trabajo por los sobresalientes resultados que obtuvieron en la
recolección del cereal en 1949. Tenía dieciocho años y fue el galardonado más
joven hasta el momento con aquella distinción. Él mismo recordó esta etapa como
muy dura pero muy gratificante a la vez. Tal como ha declarado sobre el trabajo
con su padre: «Trabajábamos juntos con la cosechadora y el tractor, recogíamos
juntos la cosecha. Así que no era sólo una relación entre padre e hijo, sino
entre dos hombres. Siempre he estimado mucho el hecho de que mi padre me
tratase con respeto».
La condecoración y la finalización brillante de sus estudios de
secundaria le abrieron las puertas para aspirar a un futuro mejor. Pudo obtener
una beca para estudiar en la Universidad Estatal de Moscú, la mejor de toda la
Unión Soviética. Su padre le animó a seguir ese camino de forma entusiasta.
Además, durante su último año en secundaria había sido aceptado como candidato
a miembro del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). Le quedaba mucho
camino por delante, pero para sus vecinos ya había demostrado que era alguien
excepcional. Raisa Kopeikina, una vecina y compañera de escuela, recordaba:
«Después de terminar con brillantez la escuela, fue el único de nosotros que
fue a Moscú, en un momento en el que apenas sabíamos qué aspecto tenía un tren.
Fue a la Universidad de Moscú como un chico sencillo procedente de un pueblo
lejano». ¿Sería capaz de encauzar con éxito su estancia en la capital del
Imperio soviético? En su medio había destacado con cierta facilidad, pero Moscú
era una ciudad enorme, extraña, llena de dificultades… pero también de
oportunidades.
§. Un campesino en Moscú
En 1950 Mijaíl Gorbachov llegó a Moscú para cursar estudios de
derecho en la Universidad Estatal. La elección de sus estudios fue
convencional, ya que los graduados en Derecho eran la principal mina de
funcionarios para el estado soviético. Parecía que el estudiante, pese a
proceder de un medio alejado de la política nacional y a no tener mucho mundo,
tenía claro por dónde quería que discurriese su vida. En 1952 fue admitido como
miembro del PCUS. Con posterioridad a su etapa en el poder, él mismo afirmó que
no dio este paso animado por los beneficios que le pudiese reparar, sino por
convicción: «Fui miembro del partido de Lenin y Stalin. Amaba los ideales
comunistas de libertad, igualdad y justicia; todo lo que estaba en el programa
del Partido, todo lo que proclamaban los líderes del PCUS. Teníamos fe en
ello». Acontecimientos posteriores pondrían a prueba esa fe.
La impresión que causaba en sus compañeros era la propia de una
persona humilde de extracción rural en la gran ciudad. Como recuerda Nadezhda
Mijailova, compañera de universidad: «La primera impresión que daba era la de
un chico de provincias, sin formación, tosco y sin ningunos modales. Pero era
carismático, amable, curioso y muy diligente. Sus compañeros de habitación
recuerdan que continuaba trabajando cuando ellos se acostaban y que cuando se
despertaban él ya se había levantado para estudiar». En la facultad no tuvo
problemas para hacer amistades. De hecho sobresalió por desplegar unas
capacidades sociales y comunicativas que más adelante le serían muy útiles en
la política nacional e internacional. También comenzó a dar muestras de un
temperamento fuerte, de reacción espontánea ante lo que le disgustaba o
indignaba, y que en ocasiones le costaba controlar, aunque se pusiese en
peligro por ello. Adquirió notoriedad por protestar por escrito ante un
profesor que se limitaba a recitar en clase uno de los últimos libros de
Stalin. Según Vladimir Liberman, compañero de clase en la facultad, «la nota
decía: “Está dando clase a alumnos de universidad. La gente de la clase ha
superado la educación secundaria. Saben leer”». En aquella ocasión fue
sencillamente amonestado por su actitud.
Su etapa universitaria coincidió con la de la muerte de Stalin
(1953) y el proceso de tímida apertura y revisión de la obra del dictador
emprendida por el nuevo primer secretario del PCUS, Nikita Kruschev. Fue una
época de conmoción en la sociedad soviética. ¿Cómo era posible que el líder que
había conducido al país a la victoria en el que posiblemente era el momento más
crítico de su historia fuese responsable de las atrocidades que ahora se le
imputaban? Gorbachov no dudó un segundo de lo que afirmaba Kruschev, e incluso
ha llegado a decir que «mucha gente no me creyó cuando decía que la culpa era
de Stalin. Me quedé realmente perplejo con las reacciones de la gente. Ése era
el resultado de la forma en que Stalin había hecho las cosas. El país estaba
completamente cerrado, aislado. No había información ni oposición». Quizá fue
ya en este período tan temprano cuando comenzó a ser consciente de que las
cosas podían hacerse mejor, siempre dentro del orden y los ideales a los que se
mantenía fiel.
El año de la muerte de Stalin fue además un año señalado en la
vida familiar de Gorbachov. Se casó con Raisa Titarenko, una estudiante de
filosofía en su misma universidad (de hecho era un año menor que él pero se
había incorporado a la enseñanza universitaria un año antes). Se casaron el 25
de septiembre y permanecieron en Moscú dos años más, hasta que consiguieron su
título universitario en sus respectivas disciplinas. Pero el futuro de la
pareja no estaba en la capital. El recién licenciado en leyes deseaba volver a
su tierra natal para comenzar allí su carrera profesional; se lo propuso a su
esposa y así lo hicieron. En un viaje en tren que duraba más de veinticuatro
horas los dos comenzaron una nueva etapa de sus vidas.
§. La carrera provinciana del camarada Gorbachov
La pareja se estableció en la capital de la región, Stávropol, y
Mijaíl comenzó a trabajar en la oficina del fiscal territorial del distrito. Al
tiempo comenzó a desempeñar un papel muy destacado en las actividades de la
Liga de Jóvenes Comunistas (Komsomol) y por su capacidad de organización se le
ofreció un cargo en el Partido como director del Departamento de propaganda
regional en el Comité territorial de la Liga; en 1961 alcanzaría el cargo de
director de la organización a nivel regional. En 1966 abandonó la actividad
sectorial al ser elegido Primer secretario y miembro del buró del Comité del
Partido Comunista en Stávropol, y en 1970 lo fue como Primer secretario del
Comité territorial del Partido. Desde el cargo se interesó especialmente por la
situación de la economía agrícola de la zona, que era de una importancia
crucial —para la región y para todo el país— y de la que conocía bien las
condiciones ya que había trabajado aquella misma tierra durante sus años de
adolescencia y primera juventud.
Su actividad al frente del Partido Comunista en la región no
dejó muy buen recuerdo entre sus compañeros de la formación, por lo menos entre
los que todavía militaban en el comunismo algunos años después de la caída de
la URSS. Nikolai Naumov, político comunista de Stávropol, no se muerde la
lengua al recordar aquella época y la labor de Gorbachov: «Durante el tiempo en
que estuvimos trabajando juntos me demostró que era un trepador. Cuando había
que tomar una decisión importante solía decirme: “Nikolai, hay que hacer ruido
con este proyecto. Así nos prestarán atención desde el comité del distrito.
Destacaremos”».
Entre otros sectores provinciales, como la prensa, la valoración
no era tan negativa, aunque en absoluto pueda calificarse de elogiosa. Ése era
el caso del periodista Alexandr Mayatsky, que sostiene: «Cuando estaba aquí
nunca pensamos que llegaría tan alto. Era un representante del Partido normal,
del montón, nada le diferenciaba de sus predecesores». Si bien había algunas
cualidades que le diferenciaban frente a otros burócratas de partido,
«Gorbachov fue el único primer secretario del comité de Stávropol que era
realmente abierto con la prensa. Invertía mucho tiempo en reuniones con la
dirección de los periódicos locales y su equipo. Fue el único cargo importante
que llamaba con asiduidad a los periódicos para hacer comentarios sobre lo que
se había publicado». El talante comunicador y abierto que había desarrollado en
la universidad no desaparecería a lo largo de su carrera como político. Además
de ser un rasgo de su personalidad, se iría convirtiendo con el tiempo en una
seña de identidad, en una marca distintiva de su estilo político.
En un sentido parecido se manifiesta también Natalya
Moskovskaya, profesora de inglés que fue compañera de estudios de Irina (nacida
en 1957), la hija de los Gorbachov: «Me pareció que Gorbachov nunca permitió a
su hija aprovecharse de su posición. Irina fue una estudiante normal, una chica
normal y nunca intentó aprovecharse de la situación». Las dos chicas realizaron
un viaje de estudios a Berlín Oriental y a su regreso dejó una profunda
impresión en Moskovskaya: «Le recuerdo haciéndonos preguntas después de nuestro
regreso de un viaje a Alemania Oriental, fue muy amistoso, muy informal; era
una persona con la que se podía hablar con facilidad; aunque detentase una
posición que supuestamente le tendría que hacer comportarse de otra forma, no
lo hizo».
Su mujer Raisa también desarrolló una carrera profesional en
Stávropol, ciudad a la que acabó tomando mucho afecto. Desempeñó su trabajo
como profesora en la Facultad de Económicas del Instituto Agrícola de
Stávropol, dando clases de filosofía, estética y teología tanto a estudiantes
de grado como de posgrado. Mijaíl Chuguyov, profesor de filosofía en el mismo
centro, la recuerda como una buena compañera pero en absoluto destacada
políticamente: «Entre nosotros, ella nunca expresó ideas liberales, ni opiniones
sobre cambios en el país ni nada por el estilo. Para ser franco, nos
sorprendimos mucho cuando comenzó todo». En 1967 tuvo la satisfacción de
obtener su doctorado en el centro para el que trabajaba.
Gorbachov aprovechó además las oportunidades que le brindaba
Stávropol para mejorar sus relaciones con los gerifaltes del PCUS. Nikolai
Naumov afirma al respecto que «Stávropol tiene una zona lúdica que los
dirigentes del Partido solían frecuentar. Tuvo oportunidad de pasar tiempo con
ellos. Lo empleó para fabricarse una imagen favorable con los jefes del
Partido». Efectivamente, la región de Stávropol es una zona termal con
numerosos balnearios, centros de reposo y diversión que en los años sesenta y setenta
fueron muy visitados por los miembros de la nomenklatura de Moscú. Como
dirigente regional del Partido, Gorbachov estaba obligado a recibirlos y a
encargarse de que todo fuese como la seda durante su estancia. Entre las
personalidades con las que trabó una buena amistad por esta razón figuran
Alexei Kosygin (presidente del Consejo de Ministros) y, sobre todo, Yuri
Andropov (que le antecedería en el cargo de secretario general del Comité
Central del PCUS tras la muerte de Breznev), que elogió a Gorbachov como un
hombre de unas dotes naturales extraordinarias. En 1978 las relaciones que
había trabado surtieron efecto y fue nombrado en sesión plenaria secretario del
Comité Central del PCUS. El 6 de diciembre de 1978 la familia Gorbachov
emprendía el regreso a Moscú. Tras una carrera de veinte años en provincias
volvían a la capital, pero esta vez ya no era un joven campesino que acudía a
estudiar, sino un experto burócrata que llegaba para hacerse cargo de los
asuntos más graves del país. Desgraciadamente para él, la gravedad de los
mismos no haría sino aumentar con el tiempo.
En el Kremlin: momentos de optimismo
Su primera tarea desde Moscú fue la de supervisar la agricultura
nacional, el sector en el que tanto había trabajado en su tierra natal, lo que
le exigió realizar muchos viajes a lo largo y ancho de toda la URSS. La
diligencia con la que desarrolló su tarea hizo que dos años más tarde fuese
nombrado miembro del Politburó del Partido, el cuerpo supremo de gobierno de la
formación. Esta experiencia, coincidente con los últimos años de Breznev en el
poder, fueron los de aprendizaje de cómo funcionaba la política en la capital.
En sus propias palabras: «Pensé que una vez me convirtiese en miembro de la
dirección del país en Moscú sería capaz de mejorar las cosas. Pero allí el
sistema era más rígido. Allí no se podía hacer prácticamente nada. Incluso los
ministros del gobierno eran impotentes. En realidad, el sistema estaba poniendo
las cosas imposibles para todo el mundo».
A comienzos de los ochenta la necesidad de cambios era evidente
en la Unión Soviética y en el conjunto de los países del bloque comunista. En
todos ellos se llevaban años de estancamiento e incluso depresión económica (ya
que los planes centralizados de crecimiento habían comenzado a mostrarse
ineficaces hacía tiempo), de atraso tecnológico (una diferencia que se iba
acrecentando a medida que los países de la órbita capitalista se adentraban en
la revolución de la microinformática) y se había constatado un descenso
llamativo de los estándares más elementales de calidad de vida (entre los
cuales el aumento de la tasa de mortalidad infantil y la caída de la esperanza
de vida al nacer eran los más alarmantes). Por último, la existencia de un
estado hiper burocratizado dificultaba cualquier intento de dinamizar la
situación. Éste era el panorama al que tuvieron que enfrentarse los herederos
de Breznev, el último de los cuales y más duradero exponente fue Gorbachov, que
fue elegido secretario general del Comité Central del PCUS en marzo de 1985.
Sus primeros momentos los dedicó a observar, ya que deseaba
conocer la situación del país con detalle y analizar la obra de sus
predecesores concienzudamente, aunque desde el mismo momento de su designación
comenzó a notarse que algo estaba cambiando en las más altas esferas del
estado. Para comenzar, era un hombre sensiblemente más joven de lo que los
soviéticos estaban acostumbrados a ver en el liderazgo del Partido. Gorbachov
tenía cincuenta y cuatro años (en 1980 la media de edad de los miembros del Politburó
estaba en setenta años) y era el primer secretario general que aún no había
nacido cuando estalló la Revolución de 1917 (aunque pronto él propondría llevar
adelante su propia revolución). Además, desplegó completamente su talante
abierto con los medios de comunicación, ante los que comenzó a aparecer
acompañado de su esposa Raisa. Era algo doblemente inédito: un político que
hablaba a la prensa con espontaneidad y que además solía comparecer con su
esposa. Pável Palaschenko, que fue intérprete al servicio de Gorbachov,
recuerda: «Se veía inmediatamente que Gorbachov era una clase diferente de
líder. No usaba notas, hablaba de una forma improvisada, realmente respondía a
las preguntas que se le hacían».
A estos gestos pronto se unieron los deseos de introducir
cambios en el país. Toda esta voluntad de cambio fue concretada en dos
conceptos (casi dos palabras mágicas, podría decirse): Perestroika
(«reestructuración») y Glasnost («transparencia»). Ambas estaban relacionadas
pues formaban parte del mismo proyecto de regeneración de la Unión Soviética
que lideró Gorbachov. El proyecto consistía en una redefinición económica y
política del país. En lo económico, pretendía una utilización de métodos
racionales en la producción y consumo, y la sustitución de un sistema de
planificación centralizada por una economía en la que el mercado jugase un
papel mayor. En lo político, el objetivo era una democratización más profunda
del sistema, la priorización de las necesidades de los ciudadanos, el
reconocimiento de su iniciativa colectiva y un nuevo planteamiento de las
reglas del juego internacional. Quizá fue en este último campo donde antes
comenzaron a manifestarse los resultados. El propio Gorbachov explica así cuáles
fueron sus motivaciones: «Yo había viajado, había visto el mundo. Había visto a
la gente corriente que vivía en Occidente, y sentí que eran felices con sus
vidas. Así que pensé que probablemente tenía que haber cosas buenas en la
sociedad occidental. La humanidad vivía en países diferentes, con sistemas
diferentes, pero yo sentía que era la misma humanidad».
Fue esta convicción la que le llevó a impulsar un cambio que
implicaba reconocer al rival como a un igual y no satanizarlo como había hecho
la propaganda soviética durante décadas. El 19 de noviembre viajó a Ginebra y
tuvo su primera reunión con el presidente de Estados Unidos Ronald Reagan. Las
sensaciones entre ambos mandatarios no pudieron ser de mayor afinidad. El 15 de
enero siguiente, en un paso sin precedentes, Gorbachov propuso a Estados Unidos
el desarme nuclear total, y en abril una reducción de las tropas estacionadas
en Centroeuropa. Finalmente, el 11 de octubre se volvieron a reunir en la
capital de Islandia, Reikiavik, iniciando una serie de reuniones periódicas de
las que salieron acuerdos para la reducción drástica de armas nucleares. La Guerra
Fría llegaba a su fin, no tanto por la destrucción del arsenal nuclear (que no
se hizo en su totalidad) como porque significó la renuncia expresa de los dos
rivales a alcanzar la hegemonía mundial mediante el uso de la violencia. En
tiempo récord, Gorbachov había aprendido sobre política internacional lo que
muchos dirigentes no son capaces de aprender en años. Georgy Arbatov, asesor de
Gorbachov en política exterior, guarda buen recuerdo de los tiempos en que
había que enseñar al presidente el arte de la diplomacia: «Con él era sencillo
porque tenía interés y era receptivo. Él escuchaba atentamente, pese a que era
temperamental y quería interrumpir para decir lo que pensaba inmediatamente;
pero si tenías una buena relación con él, podías pararle y decirle: “Mijaíl
Sergueyévich, déjeme terminar”». Pese a su impaciencia tuvo el mérito
indiscutible de la iniciativa, algo de lo que él mismo era consciente. Como él
mismo ha afirmado: «Creo que todos los líderes políticos de ese tiempo son
dignos de alabanza. Pero déjeme decirle sin falsa modestia que la iniciativa de
las autoridades soviéticas fue muy importante. Frecuentemente teníamos que
tomar la iniciativa para poner a nuestros compañeros en situación simplemente
de reaccionar o de responder».
Al mismo tiempo, ese año comenzó a experimentarse un creciente
aperturismo en derechos humanos dentro de Rusia: se reconoce y tolera a la
disidencia y hay una creciente libertad de expresión. En palabras del político
liberal Grigori Yavlinski: «De repente, de forma inesperada, [Gorbachov] se dio
cuenta de que no era posible matar a nadie por sus opiniones políticas, de que
no era posible encarcelar a nadie porque esté en desacuerdo contigo. Ésa fue la
más importante, la más seria y crucial de las ideas de toda la transformación
rusa. El resto de cosas simplemente sucedieron como consecuencia de la
inesperada e inusual decisión del secretario general del Partido Comunista de
la Unión Soviética». Y no sólo eso. Se reconoció y respetó a los disidentes,
actitud simbolizada por el levantamiento del arresto domiciliario en el exilio
interior al Premio Nobel de la Paz de 1975, el físico nuclear Andréi Sajarov,
que después de haber sido uno de los científicos estrella del programa nuclear
soviético, criticó duramente la carrera armamentística (que sólo llevaría a la
extinción del ser humano y la destrucción del medio ambiente) y defendió con
vehemencia los derechos humanos como base de cualquier sistema político.
Asimismo, comenzó a tolerarse una mayor libertad de expresión:
los periódicos empezaban a mostrar mayor capacidad informativa y comenzaban a
publicarse en la URSS las obras prohibidas en las décadas anteriores. El
símbolo de esta naciente libertad intelectual fue la publicación de las obras
de los dos premios Nobel rusos de Literatura que habían sufrido represión:
Boris Pasternak (Premio Nobel de 1958, célebre por su novela El doctor Zhivago)
y Alexandr Solzhenitsyn (Premio Nobel de 1970), que en la revista Nóvy Mir
comenzó a publicar por entregas su obra Archipiélago Gulag, que antes sólo
había podido publicar en Europa occidental y que criticaba duramente la
política represiva del régimen soviético contra los disidentes políticos. La
reacción de la población la define de este modo Natalya Moskovskaya: «Estábamos
hambrientos de todas esas novelas que permanecían en las estanterías y en los
cajones de las mesas de los escritores, y le agradecimos a Gorbachov la
oportunidad de abrir nuestros ojos y conocer tantas cosas nuevas sobre nuestro
país y nuestra historia».
El gran disgusto de aquel año 1986 fue el desastre de la central
nuclear de Chernóbil, cuyo reactor estalló el 26 de abril. La tardanza en
proporcionar una información exacta y completa de la situación fue tomada como
una mofa del principio de transparencia informativa que tanto cacareaba el
gobierno. Anatol Chernyaov, asesor de Gorbachov en aquellos momentos, describe
así su reacción ante la crisis: «Cuando tuvimos toda la información, allá por
mediados de mayo, se puso furioso. Dijo en las reuniones que teníamos que decir
la verdad sobre el asunto a Occidente y que había que tomar las medidas
necesarias para abordar las consecuencias. Incluso se puso desagradable en
algunos momentos, sólo le faltó insultar a los expertos y académicos en las
reuniones del Politburó». Pero Chernóbil no fue el peor de los contratiempos
que tuvo Gorbachov. El tiempo se encargaría de demostrarle que, pese a sus
éxitos iniciales, las cosas no iban a salir como él las había pensado.
§. En el Kremlin: momentos de frustración
Los años posteriores serían los de intentar profundizar en las
reformas políticas. En palabras del propio Gorbachov: «Primero pensamos que el
sistema podía ser mejorado, y fue después cuando vimos que no era así. En la
Conferencia del Partido Comunista de 1988 tomamos decisiones que transformarían
el sistema más que mejorarlo». En aquella conferencia se decidió convocar unas
elecciones para el Parlamento de la URSS, que tuvieron lugar el 26 de marzo de
1989, en las que se disputaron el resultado los candidatos oficiales y muchos
alternativos, todos dentro del PCUS. Fue una medida arriesgada, cuyas
motivaciones explica así Gorbachov: «¿Por qué lo hicimos? Porque sentía que
existía la posibilidad real de que la élite del Partido Comunista pudiese
deshacerse de mí y arrebatarme el poder, y eso habría sido el final de
cualquier reforma en el país». Otra vuelta de tuerca vendría en febrero de 1990
con la supresión del artículo de la Constitución que prohibía la existencia de
partidos diferentes al comunista, con lo que significaba de renuncia al
monopolio del poder y de reconocimiento del pluripartidismo, y en julio de 1991
llegaría la última reforma. En una reunión del pleno del Comité Central,
Gorbachov consiguió que decidiese adaptarse al nuevo marco pluripartidista, por
lo que declaró que abandonaba la ideología marxista-leninista. Era el fin del
comunismo como proyecto de cambio político basado en la lucha de clases y la
revolución; ahora sería la democracia la que tomaría el relevo.
Pero para cuando esta decisión se tomó, las fuerzas que había
desatado la Perestroika eran ya incontrolables. En Europa del Este, desde 1989,
se habían venido sucediendo la caída de los regímenes comunistas, entre otras
razones porque quedó muy claro que la URSS no intervendría militarmente como lo
había hecho en Hungría en 1956 y en Checoslovaquia en 1968. La caída del muro
de Berlín en noviembre fue el símbolo de que comenzaba una nueva era. Pero las
tensiones nacionalistas que se habían dejado sentir en los países de Europa del
Este comenzaron a afectar también a Rusia. En 1989 se produjeron los primeros
problemas en el Cáucaso y al año siguiente, en las elecciones celebradas en las
tres repúblicas bálticas, las opciones nacionalistas salieron venciendo. En
1991 estalló la crisis. En enero comenzaron los enfrentamientos entre el
ejército soviético y la población letona y lituana, produciéndose los primeros
muertos. Según criterio de la política Galina Stavrovoita: «Los militares no
estaban bajo su completo control, pero eso no le justifica. Él era el
comandante en jefe del Ejército Rojo, del ejército soviético, y por supuesto
tuvo que haber algún indicio, alguna orden…». La realidad multinacional, las
fronteras imprecisas durante décadas y la mezcla étnica eran un cóctel
demasiado inestable que acabó por estallar. Gorbachov intentó encauzar el
proceso negociando con varios de los nuevos líderes de la URSS la firma de un
nuevo Tratado de la Unión para el 20 de agosto que redefiniese el estado
federal.
No tuvo ocasión de ponerlo en práctica. La víspera de la fecha
señalada, un sector del ejército y del PCUS aisló a Gorbachov en su residencia
de vacaciones durante setenta y dos horas en las que trataron de hacerse con el
control del país. El intento de golpe de Estado fracasó por la debilidad de los
apoyos de los golpistas y por la resistencia de la ciudadanía en Moscú y en
otras zonas del país. Durante aquellas jornadas de agosto un nuevo líder
emergió en las calles de Moscú para alzar su voz contra los que pretendían
parar el cambio. Era el presidente de la Federación Rusa, Boris Yeltsin, que
había salido vencedor en unas elecciones el 12 de junio anterior. Aunque
Gorbachov regresó a Moscú después de la intentona ya era una figura
prácticamente fuera de juego. El poder estaba ahora en manos de los presidentes
de las repúblicas federadas (ahora ya independientes), que reunidos el 8 de
diciembre decidieron confederarse temporalmente en una Comunidad de Estados
Independientes. Gorbachov era presidente de una realidad que ya no existía.
Consciente de ello, presentó su dimisión el 25 de diciembre. Era el fin de su
carrera política y de la historia de la Unión de Repúblicas Socialistas
Soviéticas. ¿Qué es lo que había fallado? Posiblemente el escenario se volvió
demasiado complejo en muy poco tiempo y aunque Gorbachov era un dirigente con
una extraordinaria proyección internacional, la valoración de su gestión en el
interior dividía a la población soviética. Sus reformas económicas no habían
dado resultado, actos como su apoyo a la reunificación de Alemania le hicieron
impopular entre los sectores más conservadores del comunismo, y la sensación de
desintegración le restaba apoyos dentro de su propio partido. En retrospectiva,
él mismo ha declarado: «Mi error, el error de mis compañeros y el mío propio,
fue que avanzamos muy lentamente en las reformas de la Unión». Nunca podremos
saber si realmente un ritmo más acelerado en reformas hubiese evitado la
explosión del Imperio soviético.
Desde 1992 Gorbachov se ha dedicado a la política internacional
y a las tareas de promoción de la investigación sobre Rusia, las relaciones
internacionales y la sostenibilidad ecológica del planeta. En ese mismo año
constituyó la Fundación Internacional para Estudios Socioeconómicos y
Políticos, conocida como Fundación Gorbachov, que pretende ser de las
principales reservas de ideas para construir el futuro de todo el mundo. En
1993 puso en marcha otra de las iniciativas que absorben buena parte de su actividad,
la Cruz Verde Internacional, organización que se dedica a nivel global a buscar
medios para salvaguardar la riqueza ecológica del planeta.
Si hay un símbolo que resuma la figura de Gorbachov quizá ése
sea el Premio Nobel de la Paz que le fue concedido en el año 1990. En él
convergen el cenit de su prestigio exterior y de lo que nos dejó como legado
más precioso, la paz. Hoy en día su figura sigue siendo objeto de debate: en
Occidente se le sigue considerando un hombre importante; en su país de origen
su gestión es materia de disputas y discusiones, ya que los nostálgicos de los
tiempos soviéticos le consideran el responsable de la fractura de la URSS y del
fin del régimen comunista. Sin embargo, no se pueden discutir su sentido del
deber, su lealtad, su integridad tanto para celebrar los aciertos como para
asumir los fracasos; son virtudes de las que hizo gala a lo largo de su vida
pública. Sin lugar a dudas, repasando los hechos encontraremos en el futuro
nuevos motivos para valorar en su justa medida la gran figura de Mijaíl
Gorbachov.
Capítulo 40
Bill Gates
Contenido:
§. El pionero del futuro
§. El chico de gafas al que le gustaba la electrónica
§. ¿Aficionados excéntricos u hombres de negocios?
§. El gran salto
§. Navegando en solitario
§. Éxito comercial y problemas legales
§. ¿Un discreto segundo plano?
§. El pionero del futuro
Según la revista Forbes , es la segunda mayor fortuna del
planeta (durante años fue la primera gracias a un patrimonio valorado en
cincuenta y nueve mil millones de dólares) y la quinta persona más poderosa.
¿Realmente la figura de Bill Gates (1955) ha cambiado el rumbo de la Historia?
Quizá su nombre permanezca como el de otros tantos millonarios que destacaron
en el mundo de la economía y las finanzas y que tan sólo son recordados por
haber dejado su nombre a museos e instituciones benéficas… o quizá no. Figura
controvertida donde las haya, Gates recoge en una sola persona el devenir de la
segunda mitad del siglo XX en lo que de proyección hacia el futuro tiene. Nadie
como él supo ver el enorme campo de desarrollo económico que representaba la
revolución informática, y pese a las acusaciones reiteradas de copia de ideas
ajenas, abuso de posición dominante en el mercado y prepotencia para con sus
competidores, no cabe duda de que ha sabido aprovechar las infinitas
oportunidades que se le han presentado y que ello le ha llevado al puesto
privilegiado del que goza en nuestros días.
Es un hecho constatado que buena parte del desarrollo científico
y tecnológico producido en el siglo XX ha sido resultado de las situaciones
bélicas que tanto proliferaron a lo largo de aquellos cien años. Tras la
Segunda Guerra Mundial (1939-1945) los esfuerzos extraordinarios que habían
realizado los países aliados para mejorar las comunicaciones y la capacitación
tecnológica de sus respectivos ejércitos no se detuvieron. La división del
mundo en bloques liderados por las dos superpotencias que se amenazaban
mutuamente con la destrucción nuclear llevó a que siguiesen invirtiéndose
durante décadas cantidades ingentes de dinero para el desarrollo de armas,
sistemas de comunicación e ingenios tecnológicos que mejorasen tanto la
capacidad ofensiva como defensiva de los Estados Unidos de América y la Unión
de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
El desarrollo prodigioso de la informática durante la segunda
mitad del siglo tiene precisamente su origen en el esfuerzo bélico de las
décadas de 1930 y 1940. Para hacerse una idea de este avance basta recordar los
ordenadores de los años cuarenta: tenían miles de componentes, usaban como
unidades de entrada y salida lectores de tarjetas o cintas perforadas, pesaban
toneladas y ocupaban una o más estancias. Su contraste con los equipos de
sobremesa que hoy en día pueblan buena parte de los hogares del planeta es
evidente. Del temido y mitificado «cerebro electrónico» (así bautizó la prensa
estadounidense a los primeros ordenadores presentados a los medios de
comunicación) al PC transcurrieron menos de cuarenta años, y al notebook, menos
de setenta. Aquél fue recibido con temor e incomprensión generalizados; éstos
han entrado a formar parte de nuestra vida cotidiana y condicionan actualmente
nuestra concepción del trabajo y el ocio. Por todo esto no se ha dudado en
hablar de «revolución informática» o «tercera revolución industrial» para
referirse a los cambios que la informática ha traído en un intervalo de tiempo
sorprendentemente breve.
Las razones de este progreso casi milagroso han sido varias. La
primera de ellas fue el avance de la ciencia y la técnica, que permitió la
aparición de materiales y soportes con los que hoy se fabrican los equipos
informáticos, y el avance de la lógica y las matemáticas que sirven de base a
los lenguajes de programación que hacen funcionar los ordenadores. La segunda
fue el crecimiento de los mercados y de la economía de consumo y su extensión a
escala mundial tras la caída del bloque comunista a finales de la década de
1980, que permitió el surgimiento de la informática como negocio rentable y
mantuvo los avances técnicos cuando el fin de la Guerra Fría hizo caer
drásticamente las partidas de investigación en los presupuestos militares del
mundo occidental.
§. El chico de gafas al que le gustaba la electrónica
Cuando nació William Henry Gates III, el 28 de octubre de 1955,
buena parte de estos avances estaban todavía en pañales. Gates nació en el seno
de una acomodada familia de Seattle (estado de Washington, Estados Unidos). Su
padre, William Gates II (1925), era un conocido y respetado abogado de la
ciudad que durante sus estudios en la Universidad de Washington conoció a la
que acabaría siendo su mujer. Mary Maxwell Gates (1929-1994) pertenecía a una
de las más importantes familias del Gran Noroeste. Su abuelo, J. W. Maxwell,
fundó el First National Bank de Seattle, y sus padres, Willard (también
banquero) y Adele Maxwell, pertenecían a lo más granado de la sociedad del
momento. Mary destacaba por su viveza e inteligencia, que en la universidad la
llevaron a ser líder estudiantil, mientras que Gates era un discreto, tímido y
aplicado estudiante de derecho. Aunque a primera vista pareciese que no
congeniaban, se casaron en 1951 y permanecieron juntos hasta el fallecimiento
de ella cuarenta y tres años más tarde. Mary siguió las convenciones de la
época y tras la boda abandonó su carrera como maestra para dedicarse a su
familia y a las obras de caridad, entonces una ocupación prioritaria de las
amas de casa de alta sociedad. Al igual que sus padres, alcanzó notoriedad
social, llegando a formar parte del patronato de la Universidad de Washington y
a ser directora de la organización benéfica norteamericana United Way
International.
El matrimonio tuvo dos hijas y un hijo. La primera en llegar fue
Kristi, nacida en 1951. Bill fue el segundo. Durante su infancia estuvo muy
ligado a su madre. De hecho, antes de escolarizarle, ella solía llevarle a las
conferencias voluntarias que impartía en escuelas de la ciudad. Desde muy
temprano demostró ser un niño taciturno y muy curioso. Sus padres le inculcaron
una educación estricta y competitiva, ya que fomentaban entre sus hijos los
juegos y competiciones, siendo especialmente recordados en su ambiente familiar
los que tenían lugar en la casa familiar de verano en el idílico entorno de
Hood Canal: eran una mezcla de campamento y simulacro de juegos olímpicos que
organizaba todos los veranos la familia Gates. Otro de los episodios más
destacados de su infancia es que, con tan sólo siete años, Bill pudo visitar
con el resto de su familia la Exposición Universal de Seattle en 1962, dedicada
a los avances que marcarían el siglo XXI. En el certamen entró en contacto por
primera vez con los ordenadores, ya que la computación era uno de los avances
tecnológicos a los que más atención se prestó en dicho evento, y muy
posiblemente fue una de las primeras ocasiones en las que pudo demostrar su
talento natural en matemáticas y ciencias exactas.
Los padres de Gates eran defensores de la enseñanza pública, por
lo que el niño acudió a la escuela primaria pública, aunque para la secundaria
sus padres decidieron ingresarle en uno de los colegios privados más
importantes del estado, el Lakeside School, en 1969. La decisión paterna estuvo
ocasionada porque pensaron que su hijo estaría más atendido y dirigido en ese
centro pues había comenzado a desarrollar cierta independencia emocional y
rebeldía preadolescente en los años previos. Allí, a los trece años, Gates se
inició en la informática y la programación.
En aquel entonces era infrecuente que una institución educativa
contase con un ordenador entre las instalaciones dedicadas a la formación de
sus alumnos, pero Lakeside era un caso distinto. El colegio tuvo la fortuna de
que una compañía de la ciudad le ofreciese para fines educativos el uso de su
ordenador a través de una línea de teletipo con terminal en la escuela. El
Gates adolescente demostró de inmediato un gran interés por la novedad y
comenzó a pasar largos ratos en el «cuarto del ordenador», que también
frecuentaban otros chicos de la escuela, entre los que se encontraba uno dos
años mayor que él, Paul Allen. Pese a la diferencia de carácter evidente entre
ambos (Gates era competitivo y dinámico y Allen más tranquilo y contemplativo),
entablaron amistad rápidamente y juntos comenzaron a realizar proyectos de
programación que pronto se revelaron útiles y rentables. Así, en 1970 crearon
el programa Traff-O-Data, utilizado para medir el tráfico en el área
metropolitana de Seattle, con el que ganaron veinte mil dólares. Pese a que su
buena posición familiar podía haberle facilitado el camino en aquel momento,
Bill desde muy joven demostró querer ganar su propio dinero y labrarse una
posición propia al margen de su familia. Era la primera vez que Gates evidenciaba
cierto talento comercial, pero aquello no sorprendió demasiado a su entorno.
Según uno de sus biógrafos, Paul Andrews, «el padre de uno de los amigos de
infancia de Bill decía que tenía un olfato especial para los negocios». Su
trayectoria posterior confirmaría esta temprana impresión.
Gates se graduó en Lakeside en 1973. Aunque ya con anterioridad
Allen y él habían estado explorando la posibilidad de empezar a trabajar en
compañías de informática e incluso habían hablado de crear la suya propia, los
padres de Bill insistieron en que finalizase sus estudios acudiendo a la
universidad. Este deseo se materializó en la aceptación de la solicitud de
ingreso del joven en la Universidad de Harvard, por lo que tuvo que trasladarse
desde su hogar paterno en la costa Oeste hasta Cambridge (estado de
Massachusetts). Allí pensó durante un tiempo en seguir los pasos de su padre y
estudiar derecho, pero lo que realmente le atrajo y comenzó a absorber su
tiempo fue el Harvard Computer Center, un centro universitario en el que por
fin podía tener a su alcance ordenadores para el aprendizaje y desarrollo de
programas informáticos. De hecho, la computación era la actividad que consumía
prácticamente todo su tiempo. Como recuerda el actual director ejecutivo de
Microsoft, Steve Ballmer, que fue de los pocos amigos duraderos que hizo Gates
en la universidad, éste se entregaba con pasión a lo que llamaba su atención:
«Él estaba completamente dedicado a lo que estuviese haciendo. Podía entrar en
su habitación y tirarse directamente sobre la cama sin desvestirse, cama que
por supuesto estaba sin hacer porque no tenía nunca tiempo para eso…
Sencillamente se quedaba dormido… con la puerta abierta y vestido de arriba
abajo… y en cuanto había descansado, ¡bum! De pie y a la siguiente cosa que
tuviese que hacer».
Pero pronto se desencantó con el ambiente y la educación
universitarios. Intentó estudiar matemáticas, pero desistió en cuanto se dio
cuenta de que no podía ser el primer estudiante de Harvard en la materia. Al
final encontraría un motivo para dejar la universidad, y sorprendentemente se
lo proporcionó su antiguo compañero del colegio, Paul Allen. Después de
graduarse, Paul se había trasladado de Seattle a Boston (ciudad vecina a
Cambridge, donde se encontraba el campus de Harvard) ya que había aceptado un empleo
allí. En diciembre de 1974 vio la cubierta de la revista Popular Electronics y
corrió al campus para enseñársela a su amigo. La revista llevaba la noticia del
lanzamiento, previsto para el 1 de enero de 1975, del Altair 8800, el primer
microordenador puesto a la venta en el mercado. Para ambos fue evidente que una
nueva era había comenzado.
§. ¿Aficionados excéntricos u hombres de negocios?
El Altair lo fabricaba la empresa Micro Instrumentation and
Telemetry Systems (MITS) con sede en Albuquerque (estado de Nuevo México) y su
director, Ed Roberts, estaba buscando a alguien que pudiese crear un software
específico para su producto, que había obtenido un inesperado y gran éxito en
sus primeras semanas a la venta. Paul Allen viajó hasta Albuquerque en febrero
de 1975 con un programa específico desarrollado por Gates y él para mostrárselo
a Roberts. Cuando cargó el programa en el Altair funcionó. El director de MITS
se interesó inmediatamente en lo que aquellos dos muchachos podían ofrecerle.
Gates abandonó sus estudios en Harvard antes de completar su
segundo año y se trasladó también a Albuquerque. Sus padres se mostraron
profundamente decepcionados por la decisión de su único hijo varón, no sólo por
abandonar sus estudios, sino también por la elección del sector profesional y
el lugar en el que comenzar su aventura profesional. Pero Bill no se acobardó;
ese verano, Gates, de diecinueve años, y Allen, de veintiuno, fundaron
Microsoft con el objetivo de desarrollar software específico para MITS, su
principal cliente en aquel momento. Fueron meses de mucho trabajo y de lucha
constante. Lucha contra el ambiente general entre los aficionados a la
computación. Hasta entonces la informática había sido algo de científicos y
amateurs de toda condición que se sentían atraídos por ese incipiente campo.
Entre ellos el lanzamiento del primer microordenador fue un auténtico bombazo
que sirvió para estimular el desarrollo de programas tomando como base los que
Microsoft creaba para MITS, que después ponían en común y compartían. Bill
Gates escribió una carta abierta a los aficionados denunciando que estas
prácticas equivalían a robar el trabajo que otros estaban haciendo de forma
profesional: «Como gran parte de los aficionados deben saber, la mayoría de ellos
roban el software que usan. Por el hardware hay que pagar pero el software es
para compartir. ¿Quién se preocupa de si se ha pagado a las personas que lo han
desarrollado? ¿Es esto justo? Pero todos ellos deben saber que finalmente
saldrán perdiendo». Este escrito enemistó a Microsoft con la mayoría de
aficionados y dejó claro de que desde ese momento el software comenzaba a ser
un negocio que generaba beneficios y cuyos productos estaban sujetos a derechos
que sus autores iban a defender celosamente.
Microsoft también tuvo que luchar por mantenerse como proveedor
de software de MITS. En primer lugar, porque su director, Ed Roberts, no les
tomaba demasiado en serio. Para él no dejaban de ser dos extravagantes chicos
amantes de los microchips y no verdaderos hombres de negocios. Además, la
empresa no marchaba de la forma que Roberts deseaba, por lo que en mayo de 1977
tomó la decisión de venderla. El choque con Gates y Allen fue inmediato, ya que
éstos no estaban dispuestos a perder los derechos sobre los programas que
habían creado para MITS. Roberts no cedió, Microsoft acudió a los tribunales
para reclamar lo que consideraba suyo, y ganó.
Sin el imán de MITS ejerciendo de ancla en Albuquerque,
Microsoft pronto cambió de sede. A finales de 1978 y con ventas próximas al
millón de dólares, la empresa se trasladó a Seattle. Allen y Gates estaban
felices de volver a casa, pero no iba a resultar fácil ya que había
desaparecido su principal cliente. Para Bill el regreso fue además una
reconciliación con sus padres, que ahora fueron de gran ayuda para asegurar que
la empresa se asentase en el estado de Washington. Bill se convirtió de hecho
en el principal agente de marketing de la compañía, y en sus operaciones acudió
frecuentemente a su madre para que usase de su influencia y le abriese
importantes puertas en su nueva ubicación. Bill Gerberding, antiguo rector de
la Universidad de Washington, recuerda que «Mary formaba parte de varios
consejos de dirección como el de nuestra propia universidad. Estaba en el
consejo nacional de United Way, donde también estaba el director general de
IBM… y así es como su hijo conoció al director general de IBM, a través de
ella».
§. El gran salto
IBM (International Business Machines) era una de las más
antiguas empresas presentes en el sector de la informática. De hecho había sido
la primera en comercializar calculadoras y computadoras electromecánicas en los
años cincuenta, antes de que apareciese la revolucionaria novedad del
microprocesador que en los setenta permitió la creación de los
microordenadores. Evidentemente no quería quedarse al margen del importante
mercado que se abría y a comienzos de los ochenta estaba preparando el
lanzamiento de su propio microordenador, bautizado con el nombre de PC
(Personal Computer). Para ello necesitaba que una empresa desarrollase el
software adecuado para el PC, indispensable para el éxito comercial de la
operación. Esa empresa fue Microsoft y Gates fue quien lo hizo posible. En
noviembre de 1980 tuvieron lugar los primeros encuentros entre directivos de
IBM y la pareja Gates-Allen. El desafío era importante: el fabricante de
ordenadores deseaba un sistema operativo propio para sus aparatos, y de nuevo la
juventud de sus interlocutores no le convenció al principio. Allen y Gates
recurrieron a un golpe de efecto para hacerse con el encargo. Convencieron a la
compañía para que les ofreciese una oportunidad, compraron por cincuenta mil
dólares un sistema operativo ya existente (DOS, Disk Operating System) y lo
adaptaron a los ordenadores de IBM, creando el MS-DOS (Microsoft Disk Operating
System). Después de presentar el producto al cliente, éste no sólo quiso que se
instalase en sus ordenadores, sino que solicitó la compra a Microsoft del
código fuente y sus derechos, opción a la que Gates y Allen se negaron. Debido
a ello IBM se vio obligada a pagarles una licencia de instalación de cada copia
del sistema operativo en sus máquinas. Poco después, Microsoft comenzó a vender
su sistema operativo a otros fabricantes de ordenadores que se fueron
introduciendo en el mercado a imitación de los productos de IBM. El resultado
fue que hacia 1983 un treinta por ciento de los ordenadores del mundo
funcionaban con software de Microsoft, cuyos beneficios ascendieron a los
dieciséis millones de dólares.
Pero IBM no fue la única empresa importante para la que
comenzaron a trabajar. En abril de 1976 dos antiguos amigos de instituto que
una vez graduados habían trabajado para empresas informáticas de Silicon
Valley, Steve Wozniac y Steve Jobs, fundaron su propia empresa: Apple Computer.
En 1980 alcanzaron importantes niveles de ventas y prestigio en el sector
gracias a su microordenador Apple III, al que siguió el que se ganó la
reputación de «máquina perfecta», el Macintosh. Este éxito se basaba en la incorporación
de componentes externos y una presentación gráfica que hacían mucho más fácil e
intuitivo el uso del ordenador, lo que permitió atraer a buena parte del
público que hasta entonces rechazaba la informática por considerarla algo
difícil y sólo apta para iniciados. Microsoft fue contratada para desarrollar
algunos de los programas destinados a los ordenadores Apple, aunque pronto la
colaboración entre ambas empresas acabó convirtiéndose en competencia.
§. Navegando en solitario
En 1983 Microsoft experimentó un cambio de importancia capital.
En aquel año Paul Allen se vio obligado a apartarse de su actividad profesional
debido a que se le había diagnosticado la enfermedad de Hodgkin, un tipo de
linfoma. Aunque superó la enfermedad nunca volvió a incorporarse a la primera
línea de trabajo en la empresa que había cofundado. Para Bill Gates fue un duro
golpe personal y le obligó a cambiar todo el planteamiento de cómo trabajaba la
compañía, donde la sensación de pérdida irreparable fue generalizada. Su
biógrafo Paul Andrews definió así la situación: «La Historia está demostrando
que su conjunción daba como resultado un dinamismo increíble… Habitualmente los
comparo con los Beatles Lennon y McCartney. Las canciones que escribieron juntos
son las que recordamos siempre y las que ponemos una y otra vez. Eran grandes
escritores de canciones por separado, todavía escuchamos las canciones que cada
uno compuso. Pero juntos eran todavía más grandes que la suma de las partes.
Paul y Bill eran también así».
Bill Gates se convirtió de este modo en el único responsable a
la cabeza de Microsoft. En abril de aquel año fue elegido por la revista Time
como el representante de una nueva generación de hombres de negocios cuyo
mérito residía en comprender y liderar no sólo el campo del avance tecnológico
sino el de la estrategia empresarial. De hecho habían llamado la atención
poderosamente las rutinas de trabajo que se aplicaban en Microsoft, que a
menudo se habían descrito como «un campamento veraniego de matemáticas», donde
la capacidad creativa y el bombardeo de ideas jugaban un papel esencial. Gates
se rodeaba de equipos muy dinámicos en los que el reto de presentar nuevas
ideas era constante y en el que el ritmo de trabajo era frenético y absorbente.
Jeff Raikes, de Microsoft, todavía recuerda que una mañana, la nueva secretaria
de Gates, Miriam Lubow, «llegó y no sabía si llamar a la policía porque había
un tipo durmiendo debajo de un escritorio. Resultó que era Bill».
A ello se habían unido una rápida internacionalización (la
compañía abrió su primera delegación en Tokio en 1977 y en Europa al año
siguiente) y diversificación de los productos desarrollados. Ya no eran sólo
sistemas operativos, sino aplicaciones que aumentaban exponencialmente la
utilidad práctica de los ordenadores y, por tanto, el número de sus potenciales
compradores. En 1983 lanzó al mercado el procesador de textos Word y en 1986 un
entorno gráfico para su sistema operativo MS-DOS que hacía mucho más asequible
el trabajo informático: Windows. Los usuarios se dieron cuenta rápidamente de
que muchas de sus características (el uso imprescindible del ratón y el de
iconos para la ejecución de comandos, entre otras) lo hacían sospechosamente
similar al sistema operativo de los Macintosh de Apple. La polémica fue
mayúscula, puesto que Apple había otorgado a Gates pleno acceso al software del
nuevo Macintosh cuando la compañía de la manzana era todavía cliente de
Microsoft. Gates había intentado comprar una licencia de uso para incorporar
algunas de las novedades de Apple en sus programas, pero la estrategia de esta
compañía consistía en vender sus propios ordenadores con su propio sistema
operativo, por lo que desecharon la solicitud de Microsoft. Gates procedió
entonces a aplicar algunas de las novedades de Apple a sus programas. Las dos
compañías se amenazaron mutuamente: Apple con demandar a Microsoft por Windows,
Microsoft con denegar a Apple el acceso a software de su propiedad que
necesitaba para sus ordenadores. Las demandas no se hicieron esperar mucho, y
finalmente Gates ganó ante los tribunales cuando logró demostrar que, pese a
las apariencias formales, cada función individual de Windows era diferente a
sus análogas en Macintosh.
En 1986 se produjo un nuevo salto cualitativo en la escalada de
la compañía. Microsoft salió a Bolsa, y Gates conservó el cuarenta y cinco por
ciento de las acciones. Pero no todo el mundo veía con buenos ojos el éxito
creciente de la compañía: la omnipresencia de sus productos estaba empezando a
levantar ampollas. Uno de los primeros inconvenientes que se presentó fue que
IBM decidió prescindir del sistema operativo de Microsoft para desarrollar el
suyo propio (bautizado con el nombre de OS/2). Irónicamente, la empresa de
Gates había tenido cierto papel en su desarrollo. El envite era importante ya
que IBM era el principal fabricante de ordenadores y podía privar a Microsoft
de una importante cuota del mercado del software. Pero su respuesta fue
potenciar y actualizar la apuesta por Windows, cuyo resultado fue el
lanzamiento de Windows 3.0 el 22 de mayo de 1990. Fue todo un superventas. A
comienzos de esa década la lucha por el mercado se produjo entre estos dos
sistemas operativos, y finalmente OS/2 fracasó estrepitosamente. Ese mismo año
vio la luz el paquete de programas de ofimática Microsoft Office, que reunía
varios de los programas previamente desarrollados por la empresa (Word y la
hoja de cálculo Excel, entre otros) e introducía mejoras sustanciales. Otra vez
el éxito del producto fue arrollador, dando importantes beneficios y cuota de
mercado a su fabricante.
§. Éxito comercial y problemas legales
Sin embargo no todo fue éxito en estos años, ya que fue entonces
cuando la Comisión Federal de Comercio comenzó a investigar las denuncias
contra Microsoft por abuso de posición dominante en el mercado. Se acusaba a la
empresa de bajar los precios de sus productos para eliminar posibles
competidores y de obligar a los fabricantes de hardware a pagar tasas y
derechos incluso si no llegaban a instalar el sistema operativo de Microsoft en
sus aparatos. Desde ese momento el éxito de Microsoft fue acompañado de un
deterioro de su imagen pública y de la de su fundador, que era presentado por
los medios, no ya como el talento del siglo, sino como un rudo hombre de
negocios sin escrúpulos. El Departamento de Justicia del gobierno de Estados
Unidos abrió una nueva investigación en 1993 y llegó a acusar formalmente a
Microsoft por prácticas abusivas. Finalmente el caso fue archivado en julio de
1994 cuando Microsoft aceptó renunciar al cobro de ciertas tasas por derechos
de software a los fabricantes de ordenadores. Pero fue una tregua temporal. En
octubre de 1997 el Departamento de Justicia presentó una demanda contra
Microsoft ante la Corte del Distrito Federal acusando a Microsoft de violar el
acuerdo de 1994.
Para la compañía fue un momento duro: los frentes legales se
multiplicaban y el valor en Bolsa de las acciones caía continuamente pese al
éxito de sus productos informáticos. Gates, haciendo gala de su talento para el
marketing, atrajo la atención con iniciativas llamativas para contrarrestar la
imagen peyorativa que de él daban los medios, como comparecer en una de las
convenciones comerciales disfrazado de Spock de Star Trek. Estas actividades
estuvieron acompañadas de medidas para rebajar la tensión dentro de la
compañía, entre las que destacó la organización de una competición lúdica
veraniega para sus trabajadores que llamó «Micro-Juegos», inspirados en el
recuerdo de las actividades de su niñez en Hood Canal.
Fue en uno de esos eventos donde le presentaron a una de las
nuevas ejecutivas contratadas por la compañía, Melinda French. Pronto comenzó
entre ellos una relación especial y el hombre glacial y sin sentimientos que
presentaba la prensa acabó contrayendo matrimonio con Melinda el 1 de enero de
1994 en Hawai. No fue el único acontecimiento importante en la vida personal de
Gates durante ese año. Poco después de la boda la familia recibió la noticia de
que su madre, Mary, padecía cáncer de mama, enfermedad de la que falleció en la
madrugada del 10 de julio de 1994. Fue un duro golpe para el director de
Microsoft y una de sus consecuencias inmediatas fue la de aumentar su interés
por las actividades filantrópicas, especialmente por las relacionadas con la
investigación sanitaria en general y la enfocada a la cura de enfermedades en
particular.
Para superar la crisis Gates decidió diversificar la actividad
de la empresa. Convencido desde finales de los ochenta del campo que se abría a
la informática en materia de información y entretenimiento, posibles gracias al
desarrollo de la tecnología multimedia, creó una división multimedia en 1989.
Uno de los primeros frutos de esta iniciativa fue la comercialización en 1993
de la Microsoft Encarta, la primera enciclopedia multimedia en soporte CD-Rom.
Siguiendo con esta estrategia, en 1996 creó un operador de televisión por cable
con la cadena NBC-Universal llamada MSNBC. Ésta fue la línea que mantuvo en la
década siguiente cuando Microsoft desembarcó en nuevos campos como el de las
videoconsolas.
1995 fue un año de remontada para Microsoft. En esa fecha lanzó
al mercado un nuevo sistema operativo, Windows 95, que comenzó una larga serie
(Windows 2000, XP, Vista y 7) que le ha llevado a afianzar una extraordinaria
posición en el mercado mundial del software. Pero también fue la fecha en que
comenzaba a abrirse un nuevo campo para la informática y en el que la compañía
de Seattle no estaba tan preparada: internet. El desarrollo de redes de
información que conectaban ordenadores distantes a través de grandes servidores
había tenido su inicio como toda la informática en el contexto de la Guerra
Fría: en 1967, el gobierno de Estados Unidos hizo pública la existencia de la
red militar de información ARPANET, primer antecedente de las modernas redes
informáticas mundiales de información. A mediados de los noventa la puesta en
marcha de la World Wide Web, red de servidores que permitían la conexión de
ordenadores de todo el mundo, disparó la demanda de programas que gestionaban
dichas conexiones, los llamados «navegadores». Las ventas estaban dominadas por
la compañía Netscape, cuyo navegador homónimo era el más demandado. La
respuesta de Gates fue contundente. Desarrolló su propio navegador, Internet
Explorer, y decidió incluirlo en todas las copias de Windows que se instalasen
en nuevos ordenadores. Inmediatamente se le acusó de guerra sucia para eliminar
a la competencia. El resultado fueron nuevos problemas legales: en 1998 se
abrió una causa antimonopolio contra Microsoft promovida por el gobierno de Estados
Unidos y diecinueve de los estados de la Unión. El propio Gates tuvo que
comparecer ante el Senado para defender sus tácticas comerciales. En 2000 un
juez federal ordenó dividir la compañía en dos y sólo cuando se llegó a un
acuerdo con el Departamento de Justicia en el año 2002 la causa fue archivada.
La proliferación de nuevos pleitos por las prácticas comerciales
de la compañía produjeron que la mala imagen de ésta se perpetuase y que las
autoridades de otros países comenzasen a investigar las actividades de
Microsoft en sus respectivos mercados. En 2004 la Comisión Europea inició
acciones legales contra Microsoft por monopolio y abuso de posición dominante;
fue condenada a una multa millonaria y a realizar modificaciones en sus
productos. El cumplimiento de la condena no fue del todo satisfactorio para la
Comisión, que en 2008 impuso una nueva multa a la compañía por su falta de celo
a la hora de cumplir con la pena que se le había impuesto.
§. ¿Un discreto segundo plano?
A mitad del proceso, en el año 2000, Bill Gates sorprendió a la
opinión pública al anunciar que abandonaba la primera línea en la dirección de
Microsoft. El puesto de director general de la empresa fue cedido a su amigo de
Harvard Steve Ballmer, permaneciendo como arquitecto jefe de software y
presidente de la compañía. Gradualmente ha ido abandonando el trabajo diario en
la misma: en junio de 2006, Craig Mundie asumió las responsabilidades de jefe
de estrategia e investigación, y finalmente en junio de 2008 anunció su
abandono de la actividad cotidiana en Microsoft para centrarse en su trabajo en
actividades filantrópicas.
Completando el camino que inició a la muerte de su madre, y
continuando en buena medida el camino iniciado por ella, Bill Gates y su esposa
fundaron en 2000 la Bill & Melinda Gates Foundation, institución a la que
cada vez ha dedicado más tiempo. Pese a mantener el puesto de presidente no
ejecutivo de Microsoft y ejercer de asesor para la empresa, Gates ha ido
retirándose de la actividad empresarial para dedicarse de lleno a la benéfica.
La fundación fue diseñada con tres líneas esenciales de actuación: la lucha
contra las enfermedades, la promoción del desarrollo en los países del Tercer
Mundo y la mejora de la educación y las oportunidades de los menores. Especial
impulso se ha dado al primero de los puntos, ya que la ambición de la fundación
era evitar las muertes de miles de personas en el mundo por enfermedades que
tienen una cura disponible hoy en día pero que por motivos económicos no pueden
llegar a países desfavorecidos. Asimismo, la lucha dentro del tercer programa
citado por facilitar el acceso a internet y a la informática a los necesitados
(contribuyendo así a cerrar la que se ha venido a llamar «brecha digital») ha
sido otro de los objetivos prioritarios de la fundación.
Sin embargo, la actividad de Gates no se ha limitado en los
últimos tiempos a su fundación. A comienzos de los noventa fundó una empresa
dedicada a la compilación y servicio de imágenes de todo tipo: Corbis. La idea
era hacer un gran banco de imágenes en soporte informático que pudiese servir
de recurso a profesionales de la publicidad, el marketing, los medios de
comunicación y la edición. Fue una idea de éxito y los objetivos iniciales se
cubrieron con rapidez. A éstos se fueron uniendo otros que son los que han
cobrado mayor protagonismo en la última década. Efectivamente, Gates ha volcado
grandes dosis de esfuerzo en conseguir la conservación digital de imágenes de
procedencias muy variadas, incluyendo colecciones históricas de frágil
conservación en su soporte original. Para ello financió la construcción de dos
instalaciones diseñadas a propósito para lograr que dicho patrimonio llegase a
las generaciones futuras. La primera de ellas es la Film Preservation Facility
(FPF) en Pensilvania (Estados Unidos) y la segunda la Sygma Acces and
Preservation Facility situada en las afueras de París (Francia).
También otras facetas de Gates son reseñables, como su pasión
por los libros y la lectura. Ha participado en varias publicaciones sobre su
persona y su actividad empresarial y es autor en solitario de dos libros:The
road ahead (traducido al castellano como Camino al futuro, 1995, que tuvo una
segunda edición revisada en 1997) y Business at the speed of thought (traducido
como Los negocios en la era digital, 1999). Una de sus acciones de mayor
trascendencia pública fue la adquisición en 1994 por más de treinta millones de
dólares del llamado Códice Leicester o Códice Hammer, el último manuscrito de
Leonardo da Vinci conservado en manos privadas y el único en una colección
estadounidense, que contiene una gran colección de escritos científicos del
genio del Renacimiento italiano. Esa pasión por los libros ha llevado a que en
la Bill & Melinda Gates Foundation uno de los programas destacados de su
labor en Estados Unidos sea el de financiación y promoción de bibliotecas.
Entre 1995 y 2009 (excluyendo el año 2008) fue coronado por la
revista Forbes como el hombre más rico del mundo. Como se puede deducir de lo
afirmado hasta aquí, el origen de la fortuna de Gates puede ser discutido. Si
procede de su esfuerzo personal, de las posibilidades de promoción que le
proporcionó su entorno familiar, de malas prácticas empresariales mantenidas en
el tiempo o de un talento genial para la informática que le ha permitido ver
oportunidades de mercado donde sus competidores no fueron capaces, es algo que
seguirá estando sujeto a controversia durante mucho tiempo. El paso de los años
y el alejamiento de Gates del primer plano de la actividad económica permitirán
poco a poco ir otorgando a su trayectoria una dimensión más ajustada. De lo que
no cabe duda es de que se trata de un personaje cuya labor durante años ha
determinado el curso de una revolución tecnológica que ha entrado en la vida
cotidiana de buena parte de la población del planeta. Evidentemente no ha sido
el único protagonista de este proceso, complejo y diverso donde los haya, pero
más allá de polémicas, su vida es ejemplo de una generación que promovió la
irrupción de la microinformática en la sociedad y la economía desde mediados de
la década de 1970, y, en esa medida, la de alguien que ha dejado una base sobre
la que se está construyendo hoy en día el futuro.
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