Libro N° 6046. Historia Pública Y Privada De La Iglesia Católica Argentina. Wornat, Olga.
© Libro N° 6046.
Historia Pública Y Privada De La Iglesia Católica Argentina. Wornat, Olga. Emancipación. Mayo 25 de 2019.
Título
original: © Nuestra Santa Madre. Historia Pública Y Privada De La
Iglesia Católica Argentina. Olga Wornat
Versión Original: © Nuestra Santa Madre. Historia Pública Y Privada
De La Iglesia Católica Argentina. Olga Wornat
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Miranda
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
Nuestra Santa Madre
Historia Pública Y Privada De La Iglesia Católica Argentina
Olga Wornat
A Jorge Giacobone,
por todos los días de los años felices
A Joseph Contreras,
por el amor y la luz
INVESTIGACIÓN, ARCHIVO Y DOCUMENTACIÓN
KATHERINE CORTES GUERRIERI Y ALICIA ALESSI
PRÓLOGO
Mi abuela se llamaba Doña María del Carmen López. No sabía leer,
pero llegó al puerto de Buenos Aires con un retrato al óleo de los Reyes de
España y un libro entre las manos. El autor del libro era el Reverendo Padre
Tomás Péndola, y se titulaba Consejos para la Juventud. El volumen tenía una
tapa a colores en la que se veía a un niño guiado por un sacerdote, y había
sido impreso en la Casa de Niños Expósitos de Madrid, en 1898. "Vivid,
amados míos, en el temor a Dios", aconsejaba el Padre Péndola. "El
amor y las novelas conducen a muchos al suicidio", advertía en los
párrafos finales. Doña Carmen, mi abuela, nunca lo leyó por sí misma, pero
tampoco lo abandonó, a tal punto habían taladrado con la Iglesia su cabeza;
cargó setenta años con ese libro repleto de signos desconocidos para ella, como
se carga con los límites del destino, o con la cruz.
Yo aprendí a leer antes de ir al colegio, apenas cumplí los
cuatro años. A los ocho, al tomar la primera comunión, podía leer el catecismo
sin ninguna dificultad. Sin embargo, aquel si¬lencioso abismo de la Iglesia
también apareció frente a mis ojos. Frente a mis oídos, en realidad, porque el
abismo provenía de una voz susurrándome detrás de la esterilla del
confesionario, una voz que me preguntaba a mí, al niño de pantalones blancos,
si alguna vez había cruzado la calle sin permiso.
–¿Cómo?
–Sin permiso, hijo... si alguna vez has cruzado la calle solo...
–Sí, Padre.
Hubo un silencio, y luego la voz señaló que cada vez que
cru¬zaba la calle sin permiso, estaba pegándole al Señor Jesucristo un nuevo
latigazo en la espalda. Lo que decía la voz me afectó, y cerré los ojos. ¿Qué
cosa vinculaba la calle Chenault, en la parte pobre de Sarandí, con un látigo
suspendido en el tiempo de Jerusalén? ¿Tanto le dolería al Señor que fuera
libre?
Yo era un niño que no quería pegarle latigazos a nadie, y que
entonces rezó los no sé cuántos padrenuestros y no re¬cuerdo cuántos avemarias,
llena eres de gloria, bendita tú eres en la tierra sin látigos en la que los
chicos cruzan la calle con el viento en la cara.
Cuatro años más tarde, a mis doce, tuve mi última experien¬cia
con la Iglesia, cuando después de una pelea a los gritos con mi padre decidí
escaparme de mi casa en Mar del Plata. Comen¬zaba el invierno del '72 y pasé la
primera noche en un bar de la terminal de micros, y las dos siguientes dentro
de una calesita cubierta por una lona, en una plaza del centro de la ciudad.
Pero el problema no eran las noches sino los días, que se volvían
inter¬minables. En una de esas mañanas eternas me detuve a mirar el edificio
que se levantaba frente a la plaza: era la catedral de Mar del Plata. Allí
alguien me podría ayudar. Esperé toda la mañana y gran parte de la tarde en un
banco de madera, hasta que llegó un sacerdote y le expuse mi problema: yo vivía
ahí, enfrente, en esa calesita, y me había ido de casa. Le ofrecí trabajar en
lo que fuera a cambio de comida y una cama. El Padre, con una sonrisa, declinó
mi oferta.
–Imagínate, hijo mío, si todos los sin techo vinieran a vivir
aquí a la Catedral...
Le dije que sí, que claro, aunque no me lo imaginaba.
Creo que, desde aquella tarde, no volví a esperar nada de la
Iglesia.
Cuando comprendí que nadie tiene en su poder las llaves del
reino de Dios, comencé a creer en la libertad.
Esta exhaustiva y brillante investigación de Olga Wornat habla
de eso: de pequeños hombres proponiéndose Grandes Fines, hundiéndose en la
sombra del poder y en la de su propia conciencia.
Jorge Lanata
Buenos Aires, julio de 2002.
1
Mi tío, el entregador
La ciudad habitada por espectros y verdugos no lo paralizó.
El rostro del hermano desaparecido, el llanto de su madre y los
tres años de búsqueda eran, en esa madrugada, su único im¬pulso. Como un
sonámbulo caminó hacia el encuentro que ha¬bía atormentado sus días y sus
noches. Instantes después, un despacho adusto y sagrado, se transformaría para
él en la antesala del infierno. Sin embargo, en el desvelo, no era consciente
de la vorágine que se le avecinaba. Cuando Jesús María Tito Plaza in¬gresó
sigiloso por el portón de chapa verde de la calle 53, no había amanecido.
Veinticuatro horas antes había aterrizado en Ezeiza, en un vuelo
procedente de México. No había hablado con nadie, no quiso comprometer a nadie.
No había podido pegar un ojo en toda la noche. Con pasos erráticos transitó las
calles que hacía años habían ardido inflamadas de pasiones y utopías. Olió cada
ladrillo, cada esquina, cada ventana. Como un niño perdido buscó vestigios de
aquellas huellas y de aquellas risas. Pero ahora, allí sólo se respiraba la
acidez de la muerte.
Eran las seis de la mañana del 2 de julio de 1979. En la ciudad
de La Plata una luz tenue reflejaba en el cielo encapotado las ramas desnudas
de los tilos de plaza Moreno. Las estatuas empa¬padas en rocío, antiguas
cómplices de amoríos adolescentes, se erguían amenazantes. Un auto negro sin
patente que pasó raudo alertó sus sentidos. Albergaba sentimientos ambiguos.
Una mezcla de temor y rabia le revolvía las entrañas y desgarraba cada
centímetro de su piel y de sus huesos.
En la lejana infancia había aprendido que ese portón de chapa
verde que ahora tenía frente sus ojos, era la entrada secreta que con¬ducía
hasta el despacho de su tío, monseñor Antonio José Plaza, poderoso arzobispo de
la ciudad. Aquel que en los encuentros fami¬liares saludaba a sus cinco
sobrinos, hijos de su hermano Jesús, con una seca y cortante bofetada. Cada vez
que Tito recordaba ese gesto, sentía como antaño una oleada de rechazo y
repugnancia.
Subió la escalera y se deslizó en la habitación como un
fugitivo. Cerró la puerta despacio. Cuidó cada movimiento como si todo hubiera
estado perfectamente calculado, pero no era así. La cabeza le estallaba y las
manos le transpiraban. Se acercó a la ventana. Buscó en los árboles de la plaza
un abrazo que lo alejara del infortunio.
Todo a su alrededor le resultaba ajeno. Sobre el pesado
escri¬torio de roble había un portarretrato con la imagen de Santa Teresa de
Jesús, por la que su tío profesaba pública devoción. Detrás, sobresalía el
majestuoso sillón episcopal tapizado en ter¬ciopelo violeta. Un Cristo de
bronce sobre una cruz de madera pendía de la pared opuesta. Se apoyó en una
esquina del escrito¬rio, cruzó las piernas y esperó.
Una hora y media después lo estremeció el ruido del ascensor.
Tuvo el arrebato de salir corriendo, de perderse para siempre. Pero pensó en su
hermano. Una y otra vez, en décimas de segun¬dos, la absurda tragedia que había
desintegrado a su familia hizo flashes en su mente. Respiró hondo y clavó la
mirada en el pica¬porte. La puerta se abrió de un golpe.
De sotana negra, soberbio pectoral de plata y anillo de oro con
gema oscura, apareció uno de los hombres más influyentes de la Iglesia Católica
Argentina del siglo XX y, en ese momento, Capellán de la Policía de la
Provincia de Buenos Aires.
Se observaron con la ligereza del vuelo de un mosquito.
La robusta figura del tío, con la barriga abultada, se paralizó
apenas traspuso el umbral. La penumbra desnudó un rostro abo¬targado: la
mandíbula apretada, el ceño oprimido, sofocado por la sorpresa. Las aletas de
la nariz se agitaron tensas. El grueso cristal de los anteojos bifocales, de
marco negro y opaco, oculta¬ba una mirada tan oscura como el ropaje. Y aquellas
manos regordetas, que en casi cincuenta años de sacerdocio habían sabido
mostrarse dadivosas y enérgicas, se bloquearon repentinamente.
Esa mañana, monseñor creyó ver un fantasma. Tenía frente a sí al
abogado de presos políticos que llevaba su mismo apellido. Y que creía haberse
sacado de encima en agosto de 1976, cuando, amena¬zado de muerte por los
militares, Tito había partido al exilio.
–¿Qué haces acá?– lo increpó.
–¿Qué hiciste con el Bocha?– respondió Tito, atropellando sus
palabras.
–A tu hermano lo mataron los Montoneros...
–¿Quién te dio la información? ¿Cómo lo sabes?
Durante los cuatro minutos que duró el diálogo, el arzobispo
nunca lo miró a los ojos. Ambos estaban parados en la mitad de la sala. Tiesos.
Y el clima se olía intimidante, sobrecargado.
–Me lo dijo mi amigo, el general Camps...
–Sos un traidor, me das asco. La hiciste rezar a mamá todos
estos años diciéndole que mi hermano estaba vivo, que iba a volver. Y vos
sabías que estaba muerto...
Monseñor Plaza no contestó. Fijó su mirada de reptil en la
ventana y un rictus inconfesable le congeló la cara.
–Queremos el cadáver. Mamá quiere darle cristiana
sepultu¬ra....– insistió el sobrino.
–Ándate, salí de acá ya. A ver si te pasa lo mismo que le pasó a
tu hermano– lo amenazó Plaza.
Dicho esto, el arzobispo giró su cuerpo violentamente. De
espaldas a su sobrino, liquidó la conversación sin pronunciar una palabra más.
Afloró en el aire un silencio filoso como una navaja. Todo había sido dicho.
¿Qué más hacía falta? ¿Qué otra frase podía hacer cambiar el destino de
sombras?
Tito salió con el paso rápido por el mismo pasaje secreto que
conocía desde la infancia. Temblaba por dentro. El hábi¬to negro de su tío le
había atravesado el corazón como una estaca. Bajó las escaleras corriendo y
traspuso el portón. Salía con la fría confirmación de que su hermano había sido
asesi¬nado. Y algo peor aún: que su tío, el enviado de Cristo sobre la Tierra,
había sido el entregador. No tenía dudas. Ni una sola. ¿Por qué iba a tenerlas?
Los ojos esquivos del hermano de su padre, la mueca de su boca... No creyó en
la absurda versión de que los Montoneros habían matado al Bocha. Co¬nocía de
memoria el argumento repetido hasta el cansancio por los usurpadores del poder,
por los asesinos. El mismo que enarbolaba ahora su tío.
Juan Domingo el Bocha Plaza, conocido militante peronista de La
Plata, había sido secuestrado el 16 de septiembre de 1976, a las doce del
mediodía, a quince cuadras de la Curia. Dos horas antes se había entrevistado
con el arzobispo, para pedirle ayuda. Hacía un año que el Bocha vivía en la
clandestinidad, con el ejér¬cito pisándole los talones.
El aire helado de la mañana se le incrustó en la cara y sus ojos
parecían dos aros de fuego. Tito caminó a los tumbos varias cua¬dras. Empezaba
a clarear sobre la ciudad semidesierta. La encru¬cijada comenzaba a abrirse y
sintió ganas de vomitar. Lo invadie¬ron sensaciones extremas, inmanejables.
Pasos que lo seguían, voces que lo nombraban, miradas inquisidoras.
La vida le volvió a pasar frente a los ojos como un rayo: una
película en blanco y negro del cine mudo. Su padre, su madre, su hermano. Los
años lejanos de la niñez. Los amores compartidos en la adolescencia. Los sueños
colectivos. La re¬volución y los Montoneros. Perón o muerte. La impiadosa
locura del final. Su imagen desdibujada y la memoria conver¬tida en un engrudo
de fantasmas.
Giró la cabeza y miró hacia atrás por última vez. Las cúpu¬las
inconclusas de la Catedral de La Plata le parecieron espadas enterradas en el
cielo. La frase de despedida de su tío le taladraba aún los tímpanos.
–Ándate, salí de acá y a. A ver si te pasa lo mismo que le pasó
a tu hermano...
Le sonaba como un disparo en la mitad de la noche.
¿Qué misterioso impulso llevó a Juan Domingo Plaza a recu¬rrir a
su tío para salir del país, cuando los antecedentes del prela¬do sólo podían
presagiarle que en el arzobispado iba a estar más cerca del abismo que de la
salvación? ¿Qué miedos carcomieron sus noches? ¿Qué desesperación? ¿Qué
soledad? ¿Qué angustiante orfandad lo había arrastrado ese mediodía de fin de
invierno hasta las puertas del edificio de la calle 53 y 14? Nadie que
conociera a monseñor Plaza, un arzobispo tan compenetrado con el proceso
militar, un aplaudidor de la mano dura, un amigo de los torturadores, hubiera
cometido esa locura. Nadie salvo el Bocha, coincidía Tito veinticinco años
después:
–El Bocha le fue a pedir ayuda a monseñor Plaza y yo hu¬biera
cometido el mismo error. Frente a la desesperación, mi her¬mano acudió al
poderoso más cercano. Estaba quebrado y solo porque yo, que lo había protegido
en la clandestinidad, hacía quince días que me había tenido que ir del país.
Papá había muerto hacía poco y el Bocha se sentía muy culpable. Estaba
convencido de que la muerte del viejo era consecuencia de su militancia en la
organización y de los conflictos que golpeaban a la familia. Habían tiroteado
la casa varias veces... Más allá de que no teníamos un trato afectuoso con él,
era el hermano de nuestro padre, era nuestro tío, teníamos la misma sangre. El
cura era el único que podía haberlo salvado. ¿A quién iba a recurrir el Bocha?
Pero él, nuestro tío, lo entregó...
El nudo de la historia se tejía y destejía en el seno de su
propia familia. La sangre de su misma sangre. ¿Qué tenebrosos deseos habrían
llevado a monseñor Antonio José Plaza a denunciar a su sobrino, a entregarlo a
los verdugos que lo terminarían matando?
¿Qué turbios intereses pesaron en su conciencia para tomar una
decisión tan extrema? ¿Qué compromisos, lejanos al Evangelio que prometió
predicar, lo empujaron a traicionar a su familia? ¿Qué pactos espurios? ¿Qué
maldad se lo devoró de un golpe y para siempre?
Parte de la respuesta se encuentra en los párrafos del discurso
que, con la voz entonada por la emoción, pronunció en una ca¬lurosa mañana del
11 de noviembre de 1976, ocho meses des¬pués de ocurrido el sangriento golpe
militar que derrocó a Isabel Perón y sesenta días luego de haber recibido en su
despacho al Bocha, el hijo de su hermano Jesús, que le había suplicado ayuda
para salir del país.
Erguido, sonriente y con toda la pompa de su vestimenta
episcopal, Plaza estrenaba aquel día su cargo de Capellán General de la Policía
de la Provincia de Buenos Aires, frente al temible general Ramón Camps, jefe de
la policía bonaerense, con quien el prelado cultivaba una estrechísima amistad.
Emocionado, dijo así:
"La misión que ejercen la Policía de la Provincia de Buenos
Aires y las Fuerzas Armadas en este momento del país, afrontando todos los
problemas y todas las dificultades personales, deben compararse a las de
aquellos que llamados por la Virgen de la Merced se constitu¬yeron en
redentores de cautivos. El pueblo y la patria estaban un poco cautivos y no
eran ajenos a este cautiverio nuestros hermanos desorientados. Hoy, hay un acto
de heroísmo que constitucionalmente ha sido asumido. Nosotros no podemos menos
que agradecer este esfuerzo y este sacrificio, solidarizándonos con cuanto se
realice para el bien de nuestro prójimo y nuestra patria. Al fin de la jornada,
el que salve su alma sabe, y el que no, no sabe nada. Asumo este cargo con la
conciencia de la responsabilidad y gravedad que implica..."
Los uniformados estallaron en aplausos. La Plata, a menos de
cien kilómetros de Buenos Aires, era entonces un polvorín de espanto, una
ciudad cercada por la devastación. En el plan mi¬nuciosamente preparado durante
meses por el Ejército, la Arma¬da y la Fuerza Aérea, la zona tenía carácter de
prioridad dentro del objetivo de la lucha contra la "subversión
apatrida".
La catedral, con sus cúpulas inconclusas, se había convertido en
un patético desfiladero de desesperados familiares de desapare¬cidos que
golpeaban las puertas del pastor mayor de la Iglesia, en busca de ayuda. Muy
pocos tuvieron el privilegio de entrevistar a monseñor Plaza. Menos aún, de
encontrar algún apoyo o una palabra suya de consuelo. Todo lo contrario, según
testimonios de familiares de las víctimas, el arzobispo los derivaba a un
sóta¬no oscuro, donde una persona que aseguraba ser sacerdote, los recibía, les
preguntaba con carácter inquisitorial todos sus datos personales y no les daba
ninguna información. Un día, una de esas madres angustiadas descubrió que
debajo de aquella sotana negra asomaban unas botas similares a las que usa el
personal del Ejército y huyó del lugar, con el horror pintado en el rostro.
Aquella mañana de noviembre de 1976, el jefe de la policía más
sangrienta que haya registrado la historia argentina, le dio al arzobispo un
discurso de bienvenida al cargo y recibió su abrazo y su bendición. Las fichas
estaban definitivamente echadas. Ra¬món Camps tomó el micrófono y dijo con los
ojos incendiados: "El alma de nuestra, patria, es profundamente cristiana,
tan cris¬tiana como argentina, y la integridad de esa alma es la que deseamos
conservar y defender a costa de todos los renunciamientos y sacrifi¬cios. Y
esta iniciativa no tiene otro dueño que la Voluntad Divina, que ha querido que
el primer destinatario del cargo sea monseñor Antonio Plaza, un vocero de la
cristiandad y del catolicismo y un verdadero exponente de la nacionalidad. Por
ello lo investimos con el cargo de Capellán General de la Policía de la
Provincia de Buenos Aires, para que con su obra ayude a la integración del
hombre y a estrechar los vínculos entre el poder terrenal y el espiritual.
Gobierno y religión, mejor Dios ".
El mismo general Ramón Camps rezaba un Ave María y un
Padrenuestro ante una enorme cruz de madera que colgaba de la pared de su
escritorio, antes de salir a hacer un procedimiento. Y cada uno de los
integrantes del grupo de tareas de ese día, llevaba un rosario colgado del
cuello. La locura y el mesianismo reina¬ban en aquellos tiempos frente a una
sociedad impávida. Y una cúpula eclesiástica que miraba para otro lado o
directamente in¬timaba con los uniformados en el poder.
Yo te bendigo...
–Yo te bendigo, no importa que no me puedas ver porque estás
encapuchado, ni tocar, porque estás encadenado, eres bienaventura¬do con mi
presencia– solía decirles monseñor Plaza a los tortu¬rados por su amigo Camps.
Uno de ellos fue Eduardo Schaposnik, que hoy tiene cincuenta
años. Nacido en Berisso, en el seno de una familia de clase me¬dia, era el
único varón entre cuatro hijos. Su padre Eduardo, había sido electo en 1962
diputado nacional por el Partido So¬cialista. Estudiaba en la Facultad de
Medicina de La Plata, hasta que el 4 de junio de 1976 lo secuestró un grupo de
genocidas investidos de poder y uniforme. A partir de ahí Schapo estuvo
desaparecido durante cuatro meses en el destacamento policial de La Plata. De
allí, ya legalizado, fue a parar a la Unidad 9, en la calle 11, entre 75 y 78,
donde sobrevivió hasta 1979, cuando fue trasladado a Caseros. En 1981 lo
llevaron nuevamente a La Plata y, finalmente, en junio de 1982, lo largaron.
Diana, su compañera y madre de su hija mayor, está desaparecida.
Eduardo Schaposnik pasó seis años de su vida privado de la
libertad. Sufrió torturas, vejámenes, atropellos, injusticias y tra¬tos
inhumanos.
A pesar de eso, vive, respira, mira al futuro con esperanza.
Angustiado, pero sin perder la calma, hoy cuenta su historia en su oficina
desde la que recibe pedidos para la MADECORP, la cooperativa de la que es socio
y que se erige humilde detrás del bosque platense, al costado de la vía, justo
en 122, la arteria que divide La Plata de Ensenada. Schapo eligió tener su
lugar de tra¬bajo en Ensenada.
–Mi militancia en la universidad fue socialista, pero donde más
milité fue en el Ministerio de Economía en la división de catastro, era
delegado de los contratados. Tuvimos una lucha gremial impor¬tante. Yo no fui
cuadro montonero, era amigo de algunos montos, pero siempre fui un socialista
independiente. Empecé a actuar en el Frente de Resistencia en el Ministerio,
con los trabajadores de la salud. El día que me levantaron, me subieron vendado
a una ca-mioneta. Me llevaron tirado en el piso y tapado, pero yo conozco mucho
La Plata, y sé que fui a parar al destacamento policial de 1 y 57. Ahí me
dejaron en un galpón y después me trasladaron a otro lugar. Me ilusioné, pensé:
"se dieron cuenta de que no les voy a a servir, que no tengo
información". En realidad, lo que iba a descu¬brir es que había sido
"chupado"y que los represores no torturaban en los lugares oficiales,
que tenían centros clandestinos especiales para torturar. Ahí me hicieron un
simulacro de fusilamiento. Estaba en¬capuchado, me tiraron desde una escalera
de cemento y me gatillaron sin balas. Se me tiraron encima, me patearon, me
picanearon. Me preguntaron por la actividad de mi viejo, por qué se había ido
del país. El se había ido el año anterior...
El relato se interrumpe. Schapo traga saliva y recuerda otra
sesión de tortura, en la que comenzaron leyéndole un poema de su herma¬na.
Había simulado no conocerlo. Dijo que creía que era de Neruda. Se enfurecieron,
siguieron torturándolo y cuando se cansaron de patearlo y de golpearlo,
remataron con la clásica frase:
–Judío hijo de puta.
Schapo inventa una sonrisa forzada y dice:
–Si bien mi padre tenía ascendencia judía, no éramos una
fa¬milia religiosa. Entonces, fui muy poco serio y les dije en mi defensa que
no era judío. No me creyeron, hasta que uno dijo que había que bajarme los
pantalones para comprobarlo. Lo hicieron y dijeron: "Uy, sí, mira, no
miente". Finalmente, me preguntaron: "¿Entonces que sos?". Y a
mí se me iluminó la mente y dije: "cristiano por adop¬ción ". Se
sorprendieron y al menos dejaron de patearme...
Después de muchos días en el calabozo, donde le daban de comer
sopa de ñoquis, Schapo fue enviado junto a otros hombres a la cuadra. Las
condiciones allí eran mejores. Los días previos habían sido de golpes, picanas
y hambre. Aunque lo tuvieran vendado y encadenado a una cama, encontrar algo
sólido con qué alimentarse se parecía a una bendición. Y además, en la cua¬dra
se repartían bendiciones en serio.
–Un día, por debajo de la venda que cubría mis ojos, vi entrar
al general Camps con el Capellán de la policía, monseñor Plaza. El arzobispo se
acercaba a los presos y les entregaba medallitas. Les de¬cía: "que tengas
buenaventuranzas"y nos salpicaba con agua bendi¬ta. Entró como si fuera el
Espíritu Santo que venía a redimir las almas pecadoras. Pero ése no fue el
único acercamiento a la Iglesia que teníamos. Mientras estuve detenido iba a
misa porque era una manera de salir de la celda. El capellán de La Plata era un
borracho que había trabajado mucho con los militantes y alternado en las villas
y barrios bajos. Era un progresista que a, partir de esa época se hundió en el
alcohol para negar lo que le tocaba hacer. Clavi, así se llamaba, no era
jodido, pero sí cómplice. El autorizaba el ingreso de las Biblias para todos
nosotros. Era el único libro que nos dejaban leer en la cárcel. Además de
leerlas, usábamos su papel para armar cigarrillos...
Una vez en libertad, Eduardo Schaposnik fue uno de los pio¬neros
en confesar el horror vivido a la revista Caras y Caretas. Y luego fue testigo
de cargo en el proceso a las juntas militares.
El primer paso hacia el juicio a los principales responsables
del genocidio fue dado por Raúl Alfonsín el 13 de diciembre de 1983, tres días
después de asumir la presidencia. El líder radical firmó entonces el decreto
158, ordenándole al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas iniciar el proceso
contra las tres primeras juntas de gobierno, conformadas por los ex comandantes
Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti; por Roberto
Eduardo Viola, Armando Lambruschini y Ornar Graffigna; y por Leopoldo Fortunato
Galtieri, Jorge Isaac Anaya y Basilio Lami Dozo.
Finalmente, en 1985, en un juicio sin precedentes, los nueve
militares que ocuparon el poder entre 1976 y 1982 fueron senta¬dos por primera
vez en el banquillo de los acusados y frente a un tribunal civil. Tras casi
cinco meses de audiencias orales y públi¬cas, los seis integrantes de la Cámara
Federal porteña –León Carlos Arslanian, Andrés D'Alessio, Ricardo Gil Lavedra,
Jorge Edwin Torlasco, Jorge Valerga Aráoz y Guillermo Ledesma– condenaron a
cinco de los nueve ex comandantes por graves vio¬laciones a los derechos
humanos.
El 9 de diciembre de 1985, tras un juicio cuya cobertura atra¬jo
la atención de más de seiscientos cincuenta periodistas nacio¬nales y
extranjeros, se leyeron las condenas: reclusión perpetua a Videla, prisión
perpetua a Massera, cuatro años y seis meses de prisión a Agosti, diecisiete
años de prisión a Viola y ocho años de prisión a Lambruschini. Graffigna,
Galtieri, Anaya y Lami Dozo resultaron absueltos en ese proceso.
Por orden de la Cámara, las audiencias se grabaron en 147
casetes. Allí quedaron registrados todos los testimonios y la sen¬tencia
histórica. Allí, como tantos otros testigos de cargo, Eduar¬do Schaposnik contó
su calvario. Y entonces monseñor Plaza fue señalado por primera vez como
cómplice directo de la barbarie.
–Después de mi declaración en el juicio, consultaron al
arzobis¬po y él siempre negó todo. La verdad, no me importa. ¿Qué me pue¬de
importar de un cura que entregó a su sobrino? Porque a mí no me engañan con el
verso de la presión. El entregó al hijo de su hermano por convicción. Fue una
decisión personal. Se lo quiso sacar de enci¬ma por completo. Nada de que lo
tuvieran detenido, prefirió que lo fusilaran lo antes que pudieran. El Bocha
era un testigo de las acti¬vidades non santas de monseñor.
El hijo que llegó cerca de Dios
José Antonio Plaza era el sexto hijo de Santiago y Flora Chávez.
Había nacido en Mar del Plata, el 21 de diciembre de 1909, y tal como había
sucedido con todos sus hermanos, sus padres confiaron su educación al colegio
de los Hermanos Maristas. El 5 de marzo de 1923 fue admitido en el seminario
arquidiocesano, a la som¬bra del santuario de Nuestra Señora de Lujan, lugar
donde fun¬cionó hasta que se habilitó el edificio del Seminario Mayor San José,
de la calle 24, entre 65 y 66 de La Plata.
Sus padres vieron que Antonio seguiría los pasos de su her¬mano
mayor Santiago, quien ya ejercía como cura párroco de la ciudad de Bragado,
pero nunca imaginaron que ese hijo de ca-rácter introvertido, lector obsesivo y
de opaco carisma, llegaría tan alto dándoles, tiempo después, la mayor de las
satisfacciones: un lugar de privilegio entre los elegidos de Dios en la Tierra.
Su carrera fue vertiginosa. El 22 de abril de 1931 recibió la
ton¬sura, antiquísima ceremonia preconciliar que consiste en un rapado circular
del tamaño de una taza, realizado con tijera y navaja alrede¬dor del centro de
la cabeza, tarea que es encomendada al director del seminario o al obispo.
Cuando celebraba sus veinticinco años, el 21 de diciembre de 1934, culminó su
carrera. En la capilla Nuestra Señora de la Piedad del Seminario Mayor, recibió
el presbiterado de manos del obispo Juan Pascual Chimento. José Antonio Plaza
inte¬gró así la primera tanda de sacerdotes egresados del Seminario
Arquidiocesano que enorgullecía a la comunidad religiosa platense.
Dos meses después fue designado profesor del seminario. Allí
ocupó el cargo de subprefecto, prefecto y profesor de latín, retó¬rica,
literatura y teología. El 14 de noviembre de 1946, poco antes de fallecer, el
arzobispo Juan Pascual Chimento lo nombró rector del Seminario Menor Nuestra
Señora de Lujan.
José Antonio Plaza no fue un docente cualquiera. Sus ense¬ñanzas
dejaron huellas profundas en sus discípulos. Fue maestro de futuros cardenales
tan diferentes entre sí, como los caminos que eligieron recorrer: Raúl
Francisco Primatesta, Eduardo Pironio, Antonio Quarracino; y el obispo de
Avellaneda, Jeróni¬mo Podestá, quien en la década de los sesenta escandalizó al
país exhibiendo una prohibida relación con Clelia, su secretaria privada.
¿Habrá sido en estos años que comenzó a crecer en él la semi¬lla
de la desaforada ambición que motorizó y alimentó cada una de las acciones de
su vida? ¿Fueron los faustos y los halagos del cargo que lo indujeron a un
travestismo político que lo alejó de su misión pastoral? ¿Cuál fue el pozo
donde se hundió su alma? El 28 de agosto de 1953, en pleno apogeo del gobierno
peronista, el Papa Pío XII lo nombró Obispo de Azul. Ya en esa época, Plaza
hacía gala de su atracción por los poderosos de turno, sin distinción de
banderías políticas. Eran frecuentes las extensas visitas a su ami¬go, el
gobernador peronista Ramón Mercante. El 14 de noviembre de 1955, dos meses más
tarde del derrocamiento de Perón, nueva¬mente Pío XII firmaba en Castel
Gandolfo la bula de nombramien¬to de Plaza como arzobispo de La Plata.
–Con la esperanza que has de dirigir a este pueblo, con la
mis¬ma virtud que hasta ahora has demostrado...– dijo el Papa.
Tenía cincuenta y cuatro años y en ese momento los argenti¬nos
sufrían las consecuencias de una epidemia de polio que dejó miles de niños
afectados por el mal. En medio de la tragedia, en muchos hogares cundía la
culpa que les había sido inculcada por una homilía del flamante Arzobispo de La
Plata:
–La enfermedad que afecta a estos niños desdichados es un
cas¬tigo de Dios por los pecados de sus padres– había sentenciado Plaza sin
ningún pudor. Sus palabras aludían al masivo apoyo popular al peronismo, caído
en desgracia, y del que quería des¬pegarse rápidamente.
Monseñor tuvo siempre raudos reflejos para conseguir un lu¬gar
de privilegio junto a los poderosos de turno, fueran civiles o militares. Dos
años más tarde, en 1957, viajó secretamente a Ca¬racas, Venezuela, donde Juan
Domingo Perón se encontraba exi¬liado. En esos encuentros tropicales, el
patriarca del peronismo y el prelado sellaron un pacto político mediante el
cual Arturo Frondizi, líder de la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI),
llegó poco después a la Casa Rosada. Frondizi obtuvo los votos e ipso facto fue
instaurada la llamada enseñanza libre, un sistema de universidades privadas,
todas en un principio de filiación ca¬tólica, apostólica y romana, en oposición
a la educación laica y gratuita que regía en los claustros públicos desde los
tiempos de la Reforma. La contraprestación de Plaza consistió en iniciar ante
el Vaticano el levantamiento de la excomunión que pesaba desde 1955 sobre Juan
Domingo Perón.
"En 1958, Plaza, se alió con Frondizi y Rogelio Frigerio
obtuvo innumerables prebendas con el verso de la enseñanza libre y otras
actividades menos líricas", escribió Emilio Mignone en su exce¬lente libro
Iglesia y dictadura.
El cajero, el padrino
Monseñor José Antonio Plaza fue un hombre extremadamente
ambicioso y astuto. Estos atributos lo llevaron a no tener escrúpulos de
ninguna índole para relacionarse impúdicamente con un elemento tan poco
religioso como el dinero. Para estos menesteres, sin embar¬go, era casi un
experto. De ahí el apodo con que se lo recuerda todavía en algunos círculos
eclesiásticos: El Cajero.
En los años sesenta logró que el Banco Central autorizara en el
país el funcionamiento de una entidad crediticia uruguaya, el Banco del Este,
que había sido adquirido por intermediación del empresario argentino Pérez
Companc, con quien Plaza mante¬nía una relación que, según todas las fuentes
consultadas, tras¬cendía las cuestiones espirituales. Eso se transformó luego
en el Banco Río de la Plata, hoy Banco Río.
Casi por la misma época, en sociedad con Juan Graiver, Plaza
compró el paquete accionario del Banco Popular Argentino, que terminó en una
verdadera estafa de la cual salió indemne por su condición episcopal. En el
medio del proceso de liquidación, el presidente del Banco, Ernesto Rodríguez
Rossi, un conocido abo¬gado platense de estrechísimas vinculaciones con el
prelado, fue asesinado a balazos en un oscuro episodio. Monseñor y el aboga¬do
Rodríguez Rossi eran socios. A tal punto, que José Ernesto Marsicano, quien
había sido hombre de confianza de Rossi, antes de que éste conociera a Plaza,
oficiaba al mismo tiempo como secretario general del Banco Popular y secretario
privadísimo del arzobispo. Gracias a las aceitadas amistades de Plaza,
Marsicano tenía como secretario personal en el Banco a un sobrino del dic¬tador
Juan Carlos Onganía. Ambos acompañaban al prelado a visitar al entonces Jefe de
Ejército, en la sede de la avenida Alem.
–¿Y, general? ¿Qué hace que no saca a ese inútil de ese lugar y
se pone usted a dirigir los destinos de la patria?– decía Marsicano, mientras
Plaza guardaba sugestivo silencio, con los ojos de reptil puestos en la Casa
Rosada.
Corría por entonces el año 1964 y, con grandes dificultades,
gobernaba el radical Arturo Illia, quien había sido elegido presi¬dente con un
escaso 24 por ciento de votos y que en 1966 sería derrocado por Juan Carlos
Onganía.
El Banco Popular de La Plata fue liquidado por decisión del
Banco Central entre septiembre y octubre de 1965. Juan Graiver y monseñor
Antonio Plaza tenían negocios en común. Y aunque el arzobispo negó siempre
estas vinculaciones, se lo sindicaba vox populi como uno de los accionistas de
la entidad bancaria caída en desgracia y, por lo tanto, socio de la familia
Graiver.
La existencia de gran cantidad de plazos fijos no
contabiliza¬dos y de personas o entidades a cuyo favor se acreditaron
indebi¬damente los fondos, fue la causa sustancial que el Banco Central
esgrimió para la liquidación de la entidad platense. Con un pa¬trimonio de
noventa millones de pesos de ese momento, se exhi¬bían en el Banco Popular
"depósitos no justificados por cinco millo¬nes quinientos mil pesos a
favor del Arzobispado de La Plata", señaló el 2 de octubre de 1965 el
diario El Día de esa localidad. La magna¬nimidad de la Iglesia y la impunidad
de los detentadores del poder político hicieron que, a pesar del escándalo,
ningún funcionario im¬plicado en esa defraudación fuera tan siquiera procesado.
Juan Graiver era un inmigrante polaco. Se había instalado en La
Plata y su primera actividad fue vender corbatas por la calle. De ahí escaló a
prestamista, luego a rematador y constructor, hasta llegar a ser Síndico
titular de la Cámara de Comercio Argentino Israelí.
Tenía dos hijos, Isidoro y David. El menor, Isidoro, era un tipo
sin personalidad que vivía al amparo de la riqueza de su padre y al que nunca
le importó demasiado hacer negocios. El mayor, David, o Dudi, era un tipo
brillante, un auténtico self-made-man, que en el año 1967 y por pedido de su
padre, se hizo cargo del grupo económico familiar, que tenía una deuda de diez
millones de dólares. Ese pasivo provenía de las inversiones que Juan Graiver
había hecho en el Banco Popu¬lar Argentino, asociado a monseñor Plaza.
El periodista Juan Gasparini, en su libro El crimen de Graiver,
escribió: "Ese año, su padre Juan Graiver acababa de fracasar con el Banco
Popular Argentino, acoplado al avis satánica de la curia platense, el arzobispo
Antonio Plaza".
En 1968, David Dudi Graiver consiguió garantías del Banco
Tornquist, avaladas por el Credit Suisse de Zurich, y con par¬te de la fortuna
familiar compró el Banco Comercial de La Plata. Rápidamente, lo transformó en
un Banco de enverga¬dura nacional donde muchos empresarios, entidades
gremia¬les, personajes de la política y por supuesto, de la Iglesia, co¬locaban
sus dineros. El hipódromo de La Plata, UPCN, Smata, monseñor Adolfo Tórtolo, el
vicariato castrense y el arzobis¬pado platense se contaban entre sus clientes.
Tanto Plaza como Tórtolo, dejaban en manos de David el manejo de sus abulta¬das
cuentas bancarias, en bancos de Nueva York y Bruselas. Nadie mejor que un
Graiver, un socio de confianza, para ma¬nejar los dineros de monseñor. El Banco
Comercial de La Plata fue, además, el primer banco corresponsal de Cuba en
Améri¬ca Latina. Pero, a partir de mediados de los años setenta, las cosas
entre los Graiver y el cacique de la curia platense co¬menzaron a transitar por
caminos demasiado diferentes. Como el día y la noche.
En 1975, después de la liberación de los hermanos Juan y Jorge
Born, poderosos empresarios que fueron secuestrados por Montoneros y por los
que se pagó el rescate más grande de la historia argentina, aquella
organización clandestina decidió colocar parte de lo obtenido en manos de David
Graiver. De los sesenta millones de dólares pagados por la familia Born,
catorce fueron a parar a las arcas del hijo menor del ex vendedor de corbatas
devenido banquero, quien con ese dinero adquirió bancos en los Estados Unidos.
Pero, en agosto de 1976, pasados cinco meses del golpe militar, el avión en el
que viajaba David Graiver hacia Méxi¬co cayó llevándose a la tumba a todos sus
tripulantes y sepul¬tando con ellos un mar de secretos. Para esa época los
verdu¬gos militares, tanto del Ejército como de la Armada, desesperaban por
tener rastros del dinero que los Montoneros le habían cobrado a los hermanos
Born. Y los Graiver y todo aquello que tenía que ver con ellos, pasaron a
convertirse en blancos móviles. Uno a uno, fueron parte del Operativo Ami¬go
que Ramón Camps, jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires y amigo del
alma de monseñor Plaza, había pro¬gramado para anotarse puntos ante sus
superiores del Ejérci¬to y sus adversarios de la Armada. El 8 de marzo de 1977
las patotas se llevaron a Juan Graiver. El 14 cayeron Lidia Papaleo, mujer de
David, y las secretarias del Banco, Silvia Fanjul y Lidia Angarola. El 17, les
tocó el turno a Isidoro Graiver y a su madre; al periodista Jacobo Timerman
–por entonces dueño del diario La Opinión, íntimamente relacionado con David
Graiver–; a Edgardo Sajón y a Jorge Rubinstein – que murieron víctimas de la
picana–; y a Oscar Evangelista, Hipólito Tuco Paz y Francisco Paco Fernández
Bernárdez. El clan Graiver se desarticuló bajo las garras de Camps. Y el
poderoso monseñor Plaza, ya capellán de la policía, pegado día y noche al
verdugo más temible de esos años, olvidó más rápido que corriendo su sociedad
con los caídos en desgracia y pactó con la dictadura.
Siempre había procedido de esa manera.
Monseñor fue un santo
–Hace tres años que se fue y yo lo extraño como el primer día.
El fue un padre para mí...– dijo José Ernesto Marsicano, visi¬blemente
conmovido, aquella tarde soleada del Año del Jubileo, en el bar Coliseo de la
esquina de 47 y 10 de La Plata.
Marsicano fue el secretario privado de monseñor Antonio Plaza
desde 1964 hasta su muerte, el 11 de agosto de 1987. Mano derecha y fiel lacayo
de quien fue por más de treinta años arzo-bispo de la capital bonaerense,
compartió las prebendas del po¬der y eso le confirió a él también ser amigo de
políticos, empre¬sarios, militares y genocidas. Sin duda, es uno de los pocos
hombres dispuestos todavía a defender la memoria del cuestio¬nado jerarca de la
Iglesia argentina. Con un hilo de voz, en la que sin embargo se infiltraban
vestigios del mañoso autoritaris¬mo pasado, continuó:
–Fue un santo y el que se atreva a hablar mal de monseñor Plaza
es un gran mentiroso, un desmemoriado, y se las va a tener que ver conmigo.
Todo lo que hizo el viejito fue por amor a Dios y a los demás. Él le pedía
plata a todos. Me acuerdo cuando José Alfredo Martínez de Hoz era gerente de
Acindar y Plaza me dijo: "A él le vamos a pedir todos los hierros para
levantar la Iglesia de Santa Teresa". Monseñor era muy devoto de ella.
La capilla, sencilla, se construyó de manera vertiginosa en la
calle 45 esquina 7 y en la entrada, rodeada de rosales florecidos, hay una
estatua de Santa Teresa, que se confunde con el verde césped del cuidado
jardín.
– Todo era así, él era amigo de generales y políticos, íntimo de
Perón, de Frondizi, de Oscar Allende, de Vitorio Calabró–los dos últimos fueron
gobernadores de la provincia de Buenos Aires– de Onganía. Si sigo nombrando
pesos pesados amigos de monseñor, no termino más. Todas las grandes puertas
estaban abiertas para él. Con lo que le conté de la capilla de Santa Teresa,
imagínese lo que consiguió para la Iglesia y la educación católica cuando
Martínez de Hoz fue ministro de Economía del gobierno militar– se ufanó el
hombrecito, hinchado como un pavo al recordar las épocas de gloria cerca de
Plaza.
Puntualmente, todos los días a las tres y media de la
madru¬gada, la habitación con balcón señorial y vista hacia la catedral, se
iluminaba. Desde su cama, simple, de madera oscura, el sóli-do sexagenario
prendía el velador. Su voz ronca empezaba a ali¬sarse con la oración matinal
que pronunciaba todavía echado, con la mirada depositada en los retratos de sus
padres. Flora y Santiago Plaza ocupaban un lugar preferencial sobre el
escritorio de tapa rebatible, sobre el que aquel hijo dilecto anotaba sus más profundos
pensamientos. El escritorio y la silla eran los únicos muebles pomposos que
había en la habitación que guardaba los sueños y los desvelos del hombre más
poderoso de la Iglesia ar¬gentina. Todo lo demás era austero. La mesa de luz,
el ropero y la cama, de la que se levantaba con sus pijamas color té con leche
y unas pantuflas de cuero marrón con las que se paseaba sobre la pinotea antes
de ponerse la sotana y calzarse los zapatos negros.
Allí, acompañado por el silencio de la ciudad aún dormi¬da,
monseñor tomaba su té o su mate cocido, que él mismo preparaba sobre un pequeño
calentador a garrafa. En una capillita elaborada artesanalmente, de tres metros
por cinco, contigua a la habitación, Plaza se entregaba a la oración y
meditación personal, mucho antes de que cualquier otro cris¬tiano estuviera
dispuesto a acompañarlo y escuchar sus ser¬mones. Se jactaba con justa razón
ante las radios, cuando lo llamaban a primera hora de la mañana para pedirle
opinión sobre la educación libre, el futuro político de los argentinos o las
obras del arzobispado:
–Yo estoy siempre dos horas adelantado a los generales, a los
políticos y a los periodistas...
Marsicano, Corazoncito, como lo llamaba Plaza, fue su ladero
ideal: fiel y multifacético. Durante más de veinte años se encargó del
mantenimiento de la curia, hasta en los más mínimos detalles; pero también
acompañó a su jefe a las reuniones con Perón, con Isabelita, con Camps y con
tantos otros poderosos. Fue también quien se encargó de hacer colocar los
aparatos de aire acondicio¬nado en la habitación y en el despacho episcopal. Y
de traer obre¬ros de confianza para pintar de colores claros, año tras año, la
pieza en la que dormía muy pocas horas el ministro de la Iglesia.
–Parecía malo, sobre todo a la mañana, pero el malhumor le
duraba unos minutos. Cuando se levantaba cruzado no hablaba. Yo lo conocía y me
quedaba callado. Me daba el diario El Día para que lo ley era y él leía Clarín.
Después de un rato estaba todo bien, como siempre. Y si el malhumor era muy
grande, el único que le arranca¬ba una carcajada era Colabello, el sacerdote
organista de la catedral. Ese loco sí que lo hacía reír y poner rabioso. Una
vez, en un Tedeum, culminó la ejecución de música sacra con los últimos acordes
de la Marcha Peronista. La catedral estaba llena de mandatarios milita¬res.
Plaza pensó que nos mataban. Yo no quería ni levantar la cabe¬za, miré de reojo
al viejo. Estaba nervioso y apretaba los labios de bronca contra el curita,
pero también para que no se le escapara una carcajada de satisfacción– rememoró
Marsicano con picardía.
A las seis de la mañana de cada día, cuando el sol recién
co¬menzaba a asomar por detrás de las cúpulas de la catedral, monseñor Plaza
oficiaba misa en la capilla de Nuestra Señora de Genshtad. La capillita había
sido construida a su pedido en los jardines del arzobispado. La imagen de esta
Virgen de proceden¬cia alemana había sido destruida en su lugar de origen.
–Yo ayudé a armar el caminito y dirigí a todos los muchachos
para su construcción– contó Corazoncito.
En el grupo de muchachos voluntarios estaban el hermano de
monseñor, Jesús María Plaza, y su hijo adolescente, Tito, quienes colaboraron
desinteresadamente con la obra. Ni la más macabra fantasía de ese diplomático y
de su hijo podía haber imaginado la tragedia en la que terminarían absurdamente
atrapados.
–Plaza hizo la capillita como una manera de reivindicar a la
Vir¬gen por el sacrilegio que habían cometido en Europa. Quedó hermosa y no se
imagina la cantidad de parejas de separados que querían la bendición de la
Iglesia para volver a casarse y que iban todas las mañanas a rezar allí.
Monseñor los hizo madrugar durante varios años para que demostraran su
verdadero esfuerzo y sacrificio, para hacerlas dignos de merecer la Bendición
Divina. Pero no eran parejitas cualquiera, era gente muy importante de la sociedad
platense. Algu¬nos incluso eran funcionarios, pero él con todos igual: doctrina
y sumisión, sin diferencias. "Dios es igual para todos"– me decía.
Detrás de sus grandes lentes, Marsicano puede mirar por en¬cima
o por debajo del marco según si quiera evadir o enfrentar a quien lo escucha.
El hombrecito, de escaso metro y medio de estatura, y de cabello raído con
generosas entradas, sigue siendo rollizo, a pesar de que los tiempos cambiaron
y ya nada se le compara al esplendor vivido al lado de monseñor.
–Yo tenía una casa al lado de la Policía Federal, en 56 y 14,
con más de diez puertas blindadas con detalles en oro. Se la compré al
arqui¬tecto Krause, era una persona muy importante de la sociedad platense. Ahí
sí que teníamos plata. Entraba de todos lados, nada de coima, todo donaciones.
Monseñor jamás se quedó con algo para él, siempre para los demás. Yo también
daba, pero con tanto como había, ¿qué mal hacía quedarme con algunas cosas
pequeñas para mí? Si después de todo yo era la mano derecha de monseñor, lo
acompañaba a todos lados y podía pasarme noches en vela si lo veía mal...
La casa que por entonces tenía Marsicano se erige vecina al
cuartel de la policía. Tiene las paredes del color verde de los uni¬formes
militares, pequeñas ventanas de madera, cochera en des¬nivel y un diseño
moderno pero que sofoca. Lujosa pero lúgu¬bre, quizá porque uno la sabe sumida
en una historia de tinieblas.
El sobrino era un buen muchacho, era peronista
Recién en el año 2000, a más de trece años del momento en que el
abogado Jesús María Tito Plaza enjuiciara públicamente a su tío por complicidad
con los genocidas y por su participación directa en la entrega de su hermano
desaparecido, Juan Domin¬go el Bocha Plaza, Marsicano se dio por enterado del
hecho. Ofus¬cado y despectivo sentenció:
–Ahora anda uno de los sobrinos diciendo que monseñor dejó que
mataran a su hermano. ¿A usted le parece que ese hombre podía hacer dejar matar
a alguien?¡Por favor, si era un santo..! A mí me mostraba las listas en las que
tachaba gente y me decía: "A todos éstos que están en color, yo los salvo.
Hablo con mi amigo Camps y les dan una nueva oportunidad". Aparte, ¿usted
cree que Camps y los mili¬tares pueden haber matado sangrientamente como dicen
éstos? Yo he comido con ellos. Eran unos señores, incapaces de esas
barbaridades en contra de inocentes. El sobrino, al que le decían el Bocha, fue
un día a verlo. Estaba desesperado y le dijo: "Tío me van a matar, ayúdame
a salir del país". Plaza le dijo: "¿Qué esperas? Rájate ya". Y
le dio, no sé si quinientos o mil pesos. Monseñor se quedó preocupado después
de ese día, pero creyó que se iba. Sin embargo, un par de días después, el
Bocha apareció otra vez a media mañana, estaba enlo¬quecido. Le dijo:
"Tío, me matan". El viejito le insistió: "Te dije que te rajaras,
¿qué haces acá todavía? Yo ya te di la plata, más no puedo hacer". El
Bocha salió corriendo.
¿Creía realmente que Plaza no había podido salvar a su pro¬pio
sobrino? ¿Que no le fue posible exiliarlo vía Vaticano? ¿Que no pudo pedirle a
su amigo Camps que le perdonara la vida?, pregunté. Marsicano insistió:
–Lo que pudo hacer, Monseñor lo hizo. Le dio plata, le dijo que
se fuera. La mano estaba jodida, hasta yo andaba agarrado del pan¬talón de
Plaza para salvarme. El muchacho era peronista y monseñor habló con Camps, pero
al poco tiempo el general le dijo que no había podido hacer nada, que lo había
atrapado el Ejército y que lo ha¬bían matado. Camps trató de tranquilizarlo y
me preguntó si quería verlo. Pero con lo que yo lo quiero a Plaza, preferí
ahorrarle ese cuadro desastroso, lo hubiera angustiado mucho verlo en ese
estado. Pobre muchacho, no parecía malo, era peronista...
–Peronista y fundador de Montoneros– agregué.
–¡Ah, era Montonero..! Que se joda entonces, que se la banque.
¿Para qué le fue a llorar al tío, a llevarle problemas? ¿Por qué no lo pensó
antes?– remató seguro el pequeño bufón, repentinamente olvida¬do de que, como
decía monseñor, Dios era igual para todos.
No ceder jamás la educación al enemigo
Monseñor Plaza adoraba la pompa y los atributos del cargo. Cada
vez que visitaba la casa familiar, ingresaba con la mano extendida, un gesto
que obligaba a todos a besarle el anillo episcopal. Esa manifestación se
repetía ante empresarios, políti¬cos y fieles.
Lograda la alianza con Arturo Frondizi a partir de la
promulgación de la ley de enseñanza libre –que fue propuesta por el ministro
Carlos Domingorena, aunque se le atribuía a Plaza algún grado de autoría–
monseñor se manejó con gran representatividad e independencia en el ámbito de
la educación. Fue durante muchos años titular de la Comisión Episcopal para la
Educación, además de ser el máximo promotor y ejecutor de la fundación de
innumerables colegios católicos en el país y par¬ticularmente en la provincia
de Buenos Aires.
A tal punto fue un cruzado en esa área, que más tarde llegó a
cuestionar con su actitud una declaración de la Conferencia Episcopal. Fue en
1978, cuando el libro Dios el fiel, de Beatriz Casiello, que tuvo mucha
difusión en los colegios católicos, fue sospechado por algunos sectores como
incitador a la subversión. Sin elogiarlo, la Conferencia Episcopal se había
pronunciado di¬ciendo que la información que contenía no era errónea, ni
nega¬ba en algún punto la doctrina católica.
Sin embargo, el 18 de noviembre de 1978, el arzobispo de La
Plata prohibió el texto en las escuelas católicas de su diócesis. Con carácter
simbiótico, el ministro de Educación de la provincia de Buenos Aires, general
Ovidio Solari, tomó idéntica decisión extendiéndola a todo el ámbito
bonaerense. Aunque muchos obispos se sintieron invadidos en sus diócesis, no
tuvieron dema¬siado eco. El secretario de prensa del gobierno bonaerense,
capi¬tán Jorge Cayo, fue muy claro al respecto:
–No nos preocupan los obispos, se prohíbe y basta–dijo, lue¬go
de lo cual monseñor Antonio Plaza agradeció públicamente, mediante una carta,
la cristiana colaboración del general Solari.
Según relató Emilio Minogne, en Iglesia y dictadura, a Plaza
"el desacato e indiferencia a las declaraciones de la Conferencia
Episcopal Argentina en el tema particular del libro, y el enfrentamiento con
sus hermanos obispos, le costarían la presidencia de la Comisión Episcopal de
Educación Católica en 1982". El Obispo de Azul, monseñor Emilio Bianchi Di
Cárcano, fue su reempla¬zante. En qué medida le afectaban a Plaza esas
sanciones, es un verdadero misterio. El mismo misterio que lo convertía en un
arzobispo repudiable para muchos clérigos, y para tantos otros en un modelo de
pastor a seguir.
Cuando en 1963 la Iglesia Católica iniciaba con Juan XXIII la
apertura del Concilio Vaticano II y producía un brusco cam¬bio de postura
interna y externa, se generaron fuertes resistencias de algunos miembros de la
jerarquía local, y no pocos conflictos. Entre los resistentes estaba monseñor
Plaza.
"A principios de los sesenta, comenzaban a aflorar los
efectos de la rápida secularización que experimentaba la sociedad en su
conjunto, entre ellos la critica a toda forma de jerarquía y de autoridad
absoluta", relatan los historiadores Loris Zanatta y Roberto Di Stéfano en
su libro Historia de la Iglesia Argentina. Refiriéndose a los años en que
monseñor Antonio Plaza construía aceleradamente aquel andamiaje donde lo
religioso, la política y el dinero se mezclaban impúdicamente, los autores explican:
"Al inicio de los años sesenta, especialmente en las provincias más
dinámicas, el clero se componía de más de un 50 por ciento de sacerdotes
jóvenes, en general mejor informa¬dos, preparados e inquietos que sus
superiores, frente a los cuales solían dar muestras de cierta independencia y
hasta de fastidio, cuando no asumían actitudes de franca indisciplina. Si se
agrega por último que la Iglesia había sido una de las protagonistas de los
conflictos políticos y sociales que dividieron a los argentinos en esos años,
no sorprende que existiera un terreno fértil para que el adornamiento conciliar
desatase en la Iglesia profundas turbulencias".
El sobrino, la víctima
Juan Domingo el Bocha Plaza era el segundo hijo del ma¬trimonio
de Jesús María Plaza y Josefa Taborda. Como sus hermanos Santiago, Jesús María,
Luis y María del Carmen, había nacido en Villa Sarmiento, partido de Morón, en
la provincia de Buenos Aires. Fue un 24 de junio de 1946, día de San Juan.
A veinticuatro años de su desaparición, Tito, su hermano de
sangre y de la vida, conserva aún un pequeño cuadro en la pared de su casa de
La Plata que atestigua los años felices de la familia Plaza, cuando ninguna
adversidad amenazaba enturbiar la di¬cha. Tito y el Bocha están juntos, los dos
sonrientes, con saco y pantalón oscuro y brazalete blanco. La foto recuerda que
ambos tomaron la primera comunión en la Catedral de Morón cuando estaban por
cumplir los diez años.
De los hijos de Jesús Plaza, el Bocha y Tito eran los más
com¬pinches. Compartían amigos, juegos, picardías y pocos años des¬pués, en la
adolescencia, las primeras novias y un prematuro in¬terés por la política y los
temas sociales.
–Nuestro abuelo materno había nacido en Irun, en el país vas¬co.
Y era marino mercante. El clásico abuelo de los cuentos, canoso, gordito y
colorado. Con el Bocha nos pasábamos horas fascinados, escuchando las aventuras
de sus viajes por el mundo. Mi abuela era la típica cómplice. Nos malcriaba y
no le importaba pelearse con sus hijas por eso. Tuvimos una infancia muy feliz,
con la familia reunida en largas sobremesas, las puertas de calle siempre
abiertas y muchos amigos.
Así recordó Tito aquellos tiempos, una mañana del mes de
septiembre de 2000, en un bar de la ciudad de La Plata, cuando nos encontramos
para reconstruir el antes y el después de la his-toria de los Plaza. Y
hundirnos en el pasado para rastrear los destellos de felicidad de una familia
que, después de aquel me¬diodía del 16 de septiembre de 1976, nunca más volvió
a ser la misma. Tito tenía los ojos húmedos por la intensidad de las imá¬genes
que golpeaban su memoria.
–Recuerdo a mi padre siempre igual: austero, con códigos, leal a
sus amigos, con un corazón de oro. Siempre elegante, pero nunca ostentoso, de
corbata y traje haciendo juego. Tenía los privilegios que tienen los
diplomáticos, pero era un tipo sencillo, simple. Mamá era semianalfabeta, sin
embargo hacían una linda pareja, se querían y nos querían mucho. El viejo era
moderado pero de valores profun¬dos. Una vez, cuando vivíamos en España, sacó a
una mujer a la frontera con Portugal porque la acusaban de demencia para
quedar¬se con la herencia. La llevó escondida en el baúl del auto. Papá era
diplomático de carrera pero tan audaz como nosotros. Vivimos los cinco en
España entre 1958 y 1962, y recuerdo que él arriesgó muchas veces su cargo por
cosas como éstas...
Cuando a finales de la década de los sesenta Juan Domingo el
Bocha Plaza ingresó a la Facultad de Sociología de La Plata, la Argentina
caminaba hacia una etapa de profundos cambios polí¬ticos y sociales. El
gobierno del general Juan Carlos Onganía llegaba a su fin y la ciudad de La
Plata era entonces un hervidero de jóvenes que llegaban en tropel desde
distintas ciudades del interior del país y de países limítrofes, para estudiar
en la Universidad.
Los sueños revolucionarios y una intensa convicción de querer
cambiar el mundo, alimentaban el espíritu de la mayoría. Las orga¬nizaciones
armadas florecían a la vida política del país y La Plata, como otras grandes
ciudades, fue un centro de reclutamiento masi¬vo. Fueron muy pocos los jóvenes
que asistían a la Universidad de la "ciudad de los tilos", como se la
conocía, que no se sumaron al seno de los incipientes grupos guerrilleros que
luego conformaron FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) y Montoneros.
–El Bocha era un atorrante ilustrado, terriblemente inteligente.
Con una condición de liderazgo nata, porque tenía mucho carisma. Era muy de la
ciudad, pero le gustaba mucho el barrio. Nuestros juegos estaban relacionados
con personajes de la historia. Era hincha de Racingy, yo de Boca. En España
éramos chicos cuestionadores del sistema franquista. Esas eran nuestras
preocupaciones. Al Bocha lo echaban de todos los colegios, era muy rebelde, no
se adaptaba a nada. Un día papá se cansó y lo mandó pupilo a un colegio de
mon¬jes en los Pirineos. Y también de allí lo echaron, les hizo la vida
imposible. Mi hermano dejaba huellas en todas partes, era un tipo increíble.
Si la historia de los Plaza es la más incomprensible, y también
la más atroz, porque sintetiza la entrega y la mezquindad de un judas con
ropaje de apóstol que roba la vida y condena al infier-no a su propio sobrino,
no fue la única familia que resultó casti¬gada por el mesianismo en la ciudad
de La Plata.
En enero de 1974, el intento de copamiento a una unidad militar
de Azul por un comando del ERP (Ejército Revoluciona¬rio del Pueblo), había
desembocado en un enfrentamiento entre el presidente Perón y el jefe del
palacio de la calle 6, el goberna¬dor Oscar Bidegain. En un discurso, Perón
había acusado de complicidad al gobierno y a la policía provincial. El
gobernador tuvo que dar un paso al costado. De esos días se recuerda un
estribillo que se hizo célebre en boca de jóvenes de la Juventud Peronista, la
famosa Jotapé. "Policía provincial, orgullo nacional".
En ese clima tuvo lugar la tragedia de la familia Bettini. De
marcado origen católico y conservador, esa prestigiosa familia de la sociedad
platense perdió cinco integrantes y un colaborador en los años de siniestra
locura. El jefe de la familia, Antonio Bettini, fue secuestrado y está
desaparecido. Su suegra de más de ochenta años, su hija y el esposo, habían
desaparecido un tiempo antes que él. Otro de sus hijos murió en un
enfrentamiento cuan¬do ingirió la pastilla de cianuro, antes de que lo apresaran.
Sólo su esposa, su hijo Carlos y la esposa de éste pudieron exiliarse y salvar
sus vidas.
Los Bettini fueron perseguidos no tanto por la pública
militancia montonera de los hijos varones, sino porque se sospe¬chaba que tanto
ellos como toda la familia, manejaba dinero de la "orga", como se
apodaba en la jerga a la organización Montoneros. Poco antes de su secuestro,
el profesor Bettini ha¬bía ido, como tantos otros, a pedir ayuda a monseñor
Plaza, cu¬yas homilías había admirado durante veinte años en la imponen¬te
Catedral de la calle 53. El doloroso resultado de aquella conversación saltaba
a la vista.
La Catedral: una puerta al abismo
Todos los jueves, a lo largo de los siete tortuosos años de
dic¬tadura, las puertas de muchas catedrales del país se cerraron. Tam¬bién la
sede del arzobispado de Buenos Aires y el Centro de re¬uniones de los obispos
en la localidad de San Miguel, en la provincia de Buenos Aires. Los hombres de
Dios nunca quisie¬ron ver o escuchar lo que pasaba en las plazas, especialmente
en la Plaza de Mayo. Todos los jueves a la misma hora, los familiares iban a
pedir por sus desaparecidos. Jamás encontraron respues¬tas, ni siquiera un
cristiano consuelo. Algunos sacerdotes no sólo los ignoraron, sino que también
los privaron del más importante de los sacramentos: la comunión.
¿El pecado? Eran esas mujeres que llevaban el pañuelo blanco en
la cabeza y que pedían explicaciones. Que se arriesgaban mu¬cho más que algunos
hombres. Que no callaban, que rezaban y luchaban por encontrar a sus hijos.
Eran "las locas de la plaza".
Una tarde de primavera de 2000, en su casa de La Plata, Ma¬ría
Isabel Chicha Mariani, fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo, recordó:
–Todos los afectados de La Plata íbamos a ver a monseñor Pla¬za.
Se corría la voz de que maltrataba, a la gente y usaba palabras muy fuertes.
Igual íbamos. No entiendo por qué lo hacíamos. Era como cuando llovía y nos
embarrábamos en la plaza. Así acudíamos también a la Iglesia, sabiendo que nos
íbamos a embarrar...
Hace veinticinco años que Chicha busca a su nieta, Clara Anahí,
secuestrada el 24 de noviembre de 1976. Ese día, el Ejér¬cito rodeó la casa
familiar y asesinaron a su nuera en medio de un brutal enfrentamiento. A la
beba, de sólo tres meses, la escu¬rrieron indefensa por senderos hasta hoy
desconocidos. La nieta continúa desaparecida.
Casi un año después, el 1 de agosto de 1977, su hijo Daniel
también fue asesinado. Nunca supo cómo sucedió y tampoco qué hicieron con su
cuerpo. Una rabia ciega invadió a Chicha que, al principio, no tenía fuerzas
para reconstruirse. Pero en ese camino desolado percibió señales de Clara
Anahí, su nieta se¬cuestrada. Llamados anónimos, insinuaciones vagas sobre su
pa¬radero. Con dolor transitó un camino plagado de pistas falsas, de datos
inútiles. Enfrentó el desprecio, la burla, las acusaciones ve¬ladas. La
indiferencia de los que tenían información y callaban. Como si fuera poca su
desgracia, en La Plata se corrió el rumor de que estaba loca. De que no había
asumido la muerte del hijo, ni de la nuera, ni de la nena.
–Pobre Chicha, está trastornada– murmuraban los vecinos.
Había sido un ama de casa como tantas, sencilla y apegada a la
rutina del barrio. Un año después de la desaparición de su nieta, desesperada,
protagonizó con otras abuelas un último gesto de ingenuidad. Echó al buzón una
carta pidiendo ayuda y espe¬ró una respuesta. La esperanza estaba dirigida al
Papa. Aún hoy sigue esperando alguna respuesta evangelizadora, un consuelo ante
tanta desgracia.
Su memoria esbozó un afiche. Lo dibujó con trazo lento, fuerte y
decidido, a pesar de que casi no ve de un ojo. Se acercaba en esos momentos el
vigésimocuarto aniversario de la tragedia y se¬guía faltando su nieta, el
secreto de su fuerza. Afuera llovía a cántaros y Pepe, su marido, ofrecía té y
tortas fritas. Chicha dejó el marcador con el que delineó la cara de su hijo y
se acomodó en el sillón grande. Por enésima vez relató cada intento suyo que la
llevó a recurrir, ingenuamente y más de una vez, a los hombres de sotana que
tenían mucha información y pocos escrúpulos.
–Como mi nietita tenía tres meses, yo pensaba que ningún
sacerdo¬te se podía desentender del drama. Estaba segura de que me iban a
ayudar. Fuimos a ver al organista de la catedral de La Plata, el padre
Colabella. Mi marido es músico, lo conocía y nos recibió afectuosamen¬te. Fue
en los primeros meses de 1977 y Colabella nos dijo que iba muchísima gente en
la misma situación, pero que no nos podía ayudar. Pensó un poco y agregó:
"Lo único que podría hacer es ir a hablar con los pilotos de los Hércules.
Quizá, con una foto o con el nombre, saben algo de los que llevan al mar".
Yo en ese momento no lo entendí. Los aviones Hércules no significaban nada para
mí.
Efectivamente, por 1977 los vuelos de la muerte que se
cele¬braban como un siniestro operativo de exterminio de los deteni¬dos, eran
sólo conocidos por muy pocas personas cercanas al poder. ¿Cómo sabía Colabella
de su existencia? Y si él lo sabía, ¿podía ignorarlo monseñor Plaza?
En sus caminatas, Chicha Mariani recurrió también al obispo
auxiliar de Plaza, monseñor Mario Picchi, quien prometió ayu¬darla y luego se
declaró "impotente" para hacerlo.
–Por lo menos me escuchaba y en 1977, que a uno lo escucha¬ran,
ya era mucho– recordó Chicha con cierta benevolencia.
Monseñor Mario Picchi se había desempeñado como obispo de Venado
Tuerto desde el 14 de mayo de 1978, cargo del que fue destituido una década más
tarde, el 3 de noviembre de 1988. La decisión se tomó porque se lo encontró
involucrado en el caso Manubens Calvet, en defraudaciones de una mesa de
dine¬ro y en las liquidaciones del Banco Sidesa y de la financiera Carfma.
En 1977, a un mes del asesinato de Daniel Mariani, monseñor José
María Montes, Obispo auxiliar de La Plata, la recibió en una oficina reservada,
ubicada al costado de la catedral.
–Durante el viaje hacia allí, delante del taxi en el que yo
viaja¬ba, iba una ambulancia que llevaba una bolsa con una especie de bulto en
su interior. Le pregunté al chofer qué era eso y me respondió que era una
ambulancia de la policía y que ese bulto era un guerri¬llero. Cuadras y cuadras
anduvo la ambulancia adelante mío. Mi estado al llegar a la entrevista era
calamitoso. Montes me escuchó, fue gentil y me prometió encontrar a mi nieta.
Cuando me iba, le dije extrañada: "Pero monseñor, no le di el nombre de
los padres ni el de la nena". El Obispo me tranquilizó: "Los conozco,
es un caso muy conocido en La Plata, y además ¿cómo me voy a olvidar de Diana y
Daniel si yo los casé?". Creí en él. Por primera vez sentí que había
llegado al lugar del afecto y la esperanza.
María Isabel Mariani volvió a los diez días. Esa última vez el
prelado la recibió serio, sin pizca de afectividad. No se levantó del asiento
ni la dejó sentar. Una vez más, el diálogo absurdo, difícil de perdonar a un
enviado de Cristo en la Tierra:
–Señora, ¿usted es católica? Le tengo que pedir que se deje de
molestar. No pida más por la nena. Ya no es más su nieta, no hay que mover las
cosas.
–Pero... ¿usted se acuerda por qué vine?– preguntó incrédula.
–Sí, sí... Pero no hay que molestar a la gente, se inquieta la
gente, se los puede poner en peligro.
–Pero..., le estoy hablando de la nena... ¿de qué gente me
habla..?
–Sí, sí, me refiero a los que tienen a la nena. Lo que tiene que
hacer es rezar, rezar mucho y quedarse tranquila. Rece.
–Pero monseñor... Hace ocho, nueve meses, que estoy rezando.
Rezo mucho– fue todo lo que la mujer atinó a balbucear, presa de la confusión.
–¡Le falta fe, señora! ¡Rece, que le hace falta fe!–le respondió
a los gritos monseñor Montes.
Dicho esto, se paró, se acomodó la sotana y con el dedo le
señaló la puerta, echándola.
–Vayase.
Pasaron más de veinte años. El recuerdo de ese diálogo con
monseñor Montes retumbaba una y otra vez en la cabeza de Chicha Mariani, porque
su mensaje contenía una certeza. Ese hombre sabía dónde estaba su nieta y era
posible que después del juicio a las juntas, después de los reclamos
internacionales, después del pedido de perdón del Papa y después, por fin, de
tanto esfuerzo, tal vez ese hombre hablara y la verdad saliera a la luz.
El 8 de marzo de 1983 monseñor José María Montes tomó posesión
de la diócesis de Chascomús, de manos del arzobispo de La Plata, Antonio Plaza,
en su calidad de metropolitano. Como obispo de Chascomús, Montes fue
protagonista de algunos es¬cándalos con implicancias oscuras de su vida privada
y algunos cuestionamientos a su condición sexual. Finalmente, se jubiló a los
setenta y cinco años, como establece la ley canónica, y desde ese momento se
mantuvo en una reposada tiniebla.
El 30 de septiembre de 1998, se produjo un hecho histórico de
reparación de la memoria en la calle 8, entre 50 y 51, de la ciudad de La
Plata. Aquello se inscribió con el nombre de Juicio para la Verdad. Casi seis
meses después, el 7 de abril de 1999, quien fuera uno de los promotores de este
espacio de legitimación y reivindicación, el director de Derechos Humanos de la
capital bo¬naerense, Jesús María Plaza, declaró por primera vez en el primer
piso de la Cámara Federal, como ya lo habían hecho muchos ciuda¬danos y algunos
de sus compañeros. Chicha Mariani presenció aquella declaración con Tito, con
quien había compartido búsquedas y en¬frentado injusticas. Siempre dignos,
nunca resignados.
Como tantos otros, monseñor tuvo entonces que dar la cara,
escuchar y responder frente a quienes ese día los juzgaban con el silencio, con
la mirada, y con los gritos ahogados en la garganta, de tanto dolor guardado.
A los setenta y nueve años, con lentes oscuros, apagado y
vie¬jo, intentó inspirar ternura, despertar compasión. Olvidó que quienes lo
escuchaban muchas veces le habían rogado piedad y ayuda. Que él como tantos
otros de su condición, les había bur¬lado la confianza a fuerza de mentiras y
crueldad. Era ya dema¬siado tarde para la comprensión. La sangre había sido
derramada a centímetros suyo sin que hubiera movido un dedo para evitarlo.
–Nos sometieron a un careo y volvió a negar. En la sala había
mucha indignación. Perdí toda esperanza de que algún día hable. El sabe, yo sé
que él sabe. Pero aún hoy, tratándose de niños, siguen callan¬do. A la salida,
una madre le gritó: "Que Dios le perdone lo que acaba de hacer, porque yo
no lo perdonaré nunca"– concluyó Chicha.
En 1999, también monseñor Graselli compareció en el Juicio para
la Verdad de la Cámara Federal de La Plata. Y de nuevo fue el olvido, la falta
de memoria, la aparente perplejidad de un hom¬bre que no reconocía un pasado
atestado de testigos. Negó todo como un autómata, hasta que le preguntaron por
el tristemente célebre fichero de datos sobre desaparecidos que él había
llevado durante los años del proceso, en la capilla Stella Maris de la ciu¬dad
de Buenos Aires. La sala enmudeció cuando oyó de sus la¬bios soberbios y
despectivos:
–Lo tengo en el lugar donde vivo.
Sin pérdida de tiempo fue trasladado al lugar donde había
decidido el destino y las ilusiones de muchos. Volvió con el fi¬chero, que
había conservado intacto, cuidado con perversidad, como una reliquia, después
de más de veinte años.
La abuela Mariani había visto en esa siniestra caja de pandora
la ficha de su nieta. Lo había observado tensa mientras le escribía a Clara
Anahí. Lo hizo las dos veces que lo había visitado a fines de los años setenta.
Ese día en La Plata, con la misma ansiedad que hacía veintidós años, buscó,
revolvió, dio vuelta todas las fichas, pero la de su nieta no apareció.
Graselli insistió ante una sala indignada por la hipocresía:
–Les repito, nunca supe nada de niños desaparecidos.
Un cristiano consuelo
– Yo soy optimista y no soy rencorosa. No olvido, pero no guardo
rencor, por eso me cuesta hablar mal de la Iglesia que formó parte de mi vida.
Desde chica fui educada en un colegio religioso, el de la Misericordia. De mis
años adolescentes guardo muy gratos recuer¬dos, era muy activa en la vida
escolar y parroquial...
Estela de Carlotto sucedió a Chicha Mariani como presidente de
las Abuelas de Plaza de Mayo. En la calle Corrientes, esquina Agüero, justo
enfrente del shopping del Abasto, funciona la sede capitalina de la
organización. Con los ojos fugados hacia algún lugar de la memoria, continúa:
–Cuando me tocó salir a luchar para encontrar a mi hija viva, y
luego de asumir su muerte, cuando proseguí buscando a mi nieto, yo esperé otra
cosa de la Iglesia de la que siempre me había sentido parte. No pedía
demasiado, sabía que no podían recibirme a puer¬tas abiertas. Que los
comprometía. Pero al menos a solas, sin testigos, siempre esperé que me
dijeran: "Estela, cuánto lo lamentamos, com¬prendemos tu dolor, ¿qué
podemos hacer por vos?".
Había sido una buena alumna en el colegio de monjas. Parti¬cipó
de cuantas obras de teatro, coros y bailes criollos hicieran falta para
recaudar fondos para las hermanas, para los necesita-dos, para las capillas...
Pero cuando llegó el momento en que ella necesitó de ayuda, fue recibida a la
distancia con miradas implí¬citas que alertaban: "De eso no se
habla".
–Quizá por todo mi compromiso, yo esperé alguna devolución. Un
gesto, aunque sea en soledad. Esperé oír de ex compañeras, de ex profesoras y
ex confesores: "Podemos hacer algo, ¿con quién necesitas que te
conectemos?". Pero nada. De lo único que yo necesitaba deses-peradamente
hablar era de eso. Lo que ellos llamaban "eso ", era mi sangre, mi
carne. Eran mi hija Laura y mi nietito que llevaba en el vientre. ¿Era tan
difícil para un cristiano entender tanto dolor?
Estela de Carlotto también acudió a la catedral y a su gran
jefe, el arzobispo Antonio José Plaza.
–Lo fui a ver a monseñor Plaza, como a todos los que podía
recurrir en esos días. El no me atendió, pero sí su segundo, monseñor Montes.
Me tomó los datos, pero no pasó nada.
Nada en cuanto a brindar alguna información fidedigna y
desinteresada. Sin embargo, concretó una cita con el esposo de Estela. En un
bar de La Plata, vestido de manera convencional para pasar desapercibido, el
prelado habló a través de su secreta¬rio. El diálogo fue absurdo, repugnante:
–Podemos darle información sobre su hija, pero eso tiene un
precio...– le anticipó. Luego pidió una cifra desorbitante de di¬nero, que para
pagarla los Carlotto tendrían que haber vendido su casa. El hombre recordó que
cuando a él también lo habían "chupado"–el día que había ido a ver
cómo estaba su hija, y se encontró en medio de un operativo militar– Estela
había teni¬do que pagar cuarenta millones de pesos de aquella época para que lo
liberaran. Y entonces pensó que debía hacer lo mismo para salvar a Laura.
–Por suerte unos amigos lo convencieron a mi esposo de que no
hiciera esa locura de empeñar todo, que no tenía sentido. A esa altu¬ra mi hija
ya había sido asesinada. ¿Qué recuerdo puedo yo tener de monseñor Plaza?
Mercenario de ilusiones. Manipulador de vidas inocentes. Cajero de la salvación
y del infierno. Administrador de la vida y de la muerte.
Por tanta muerte a su alrededor, es que Estela sigue apostan¬do
a la vida. Si gran parte de la Iglesia católica le dio la espalda cuando la
necesitaba por suerte no fueron todos.
–La Iglesia de la Santa Cruz, en Urquiza y Estados Unidos, en
Capital, donde está la casa de Nazareth, era el lugar que nos presta¬ban para
reunimos. Allí se hacían las misas, que no era nada fácil. Conseguir que se
hicieran las misas por desaparecidos era todo un triunfo. Por ejemplo, en el
primer aniversario de la muerte de mi hija Laura, en agosto de 1979, mientras
yo estaba en Suecia viendo a otra hija mía que vivía en el exilio, se hizo una
misa en una capilla de La Plata, cerca de donde nosotros vivíamos. Era
especial¬mente para Laura, pero transcurría la celebración y el sacerdote ni la
mencionaba. Marta Ungaro, una chica que tenía y sigue teniendo su hermano
desaparecido, increpó al cura desde su banco. Pero lejos de tranquilizarla o de
darle una palabra de calma, el sacerdote se mostró ofendido y dijo que le
estaba faltando el respeto al ministro de Dios. La chica no se calló: "Qué
ministro de Dios, acá estamos dando una misa para Laura Carlotto, asesinada por
la dictadura y usted ni la menciona. Nómbrela, diga qué pasó, que es una
desapareci¬da, que fue asesinada y que le robaron el hijo..."– le gritó
Marta.
Sólo Dios sabe quiénes fueron los apóstoles y quiénes Judas en
esa tarde de dolor.
Pedir ayuda al Arzopispado
era informar a los verdugos
Hebe de Bonafini, muy lejos de su radicalizada y fundamentalista
posición actual, también acudió a la Catedral platense en busca de ayuda.
Cercada por la angustia de tener dos hijos desaparecidos, fue a pedir
información al edificio de la calle 53.
–Al principio todas íbamos a la Iglesia, a que nos hicieran
mi¬sas, que nos dieran un refugio. En La Plata, en San Pausiano, des¬pués de la
plaza íbamos a rezar porque había madres muy católicas, de la Acción Católica.
Pero me acuerdo que cuando llegábamos sa¬cudían todos los santos con un plumero
y nos tiraban la tierra enci¬ma para que nos fuéramos...
Paradójicamente, San Pausiano estaba ubicada en diagonal 80,
entre 48 y 5, el corazón del poder. La rodeaban edificios de gente influyente
en la vida política y social de la ciudad: la Casa de Gobierno, la Bolsa de
Comercio, la Facultad de Derecho y de Ciencias Exactas. Sin embargo, por el
simple hecho de ser una iglesia les generaba confianza. Hebe de Bonafini siguió
su relato:
–Cuando íbamos a hacer la denuncia ante monseñor Plaza y su
segundo, monseñor Montes, nos enviaban al subsuelo de la catedral. Allí nos
recibía un cura, nos pareció que las preguntas de ese cura eran demasiado
raras, pero no dijimos nada. Una vez, en el '77, fue una madre y contó que su
hijo no tenía ninguna actividad, que sólo trabajaba en una imprenta. Y el caso
fue que a los veinte minutos fueron a allanar la imprenta. Con eso confirmamos
que este tipo algo tenía que ver. Luego descubrimos que no era un cura, sino un
comisario que se llamaba Sossi, que lo ponía Plaza para sacarnos información.
La presidenta de las Madres de Plaza de Mayo asegura que en La
Plata había gente que creía en la revolución en serio y que fue por eso que
allí pusieron los peores curas para que vigilaran. Una ciudad que tenía 60.000
habitantes y sufrió 2.000 desapariciones, gran can¬tidad de presos y
fusilamientos en la vía pública, parecen avalarla.
–Ellos, a través de los casamientos, de las misas que hacían,
espiaban y sacaban información. En las cárceles estaba plagado de curas
botones. Plaza fue visto en los campos de concentración– dijo.
Hebe de Bonafini habla de Plaza con el mismo desprecio con que
lo hace de genocidas y de algunos hombres de la Iglesia, entre ellos de
monseñor Pío Laghi, quien ocupó la Nunciatura Apostólica entre 1974 y 1982.
Sin embargo, ya en Roma, inmerso en la reflexión general que
motivó el Año del Jubileo, el religioso, en una larga conver¬sación conmigo,
relató su verdad y habló con muy poco respeto de ciertos obispos, en particular
de monseñor Plaza.
–Yo tuve la oportunidad de leer una carta escrita de puño y
letra por Pablo VI que decía: "En 1977 le pregunté a Su Eminencia,
monseñor Plaza, por las noticias terribles que llegaban de Argenti¬na, sobre
los desaparecidos y la violación a los derechos humanos. Y él me contestó que
no creyera nada de esas cosas, que todas eran fábulas, que allá estaba todo muy
normal"–contó Pío Laghi, con una mueca de desagrado.
Plaza versus Plaza
Una de las primeras medidas adoptadas por el gobierno radi¬cal
de Alejandro Armendáriz en la provincia de Buenos Aires, en diciembre de 1983,
fue la de dar de baja como Capellán de la Policía al arzobispo Plaza. Desde
México, donde se había asilado, su sobrino Tito aplaudió la decisión del nuevo
gobernador. El abogado Jesús María Plaza intuía que el tiempo de la verdad se
acercaba.
–Le mandé una carta de felicitaciones a Armendáriz y me puse a
su disposición. Esa misma carta se la mandé a algunos medios de comunicación de
la Argentina, pero no fue publicada. Sin embargo, Jorge Fontevecchia llamó por
teléfono a México y me ofreció espacio en sus medios de la Editorial Perfil
para hablar.
Con el advenimiento de la democracia, los mecanismos de poder en
los que se había escudado el arzobispo, empezaron a debilitarse. El 14 de
noviembre de 1984, mientras Plaza viajaba por Europa, Nicolás Argentato, rector
de la Universidad Católi¬ca de La Plata, de la cual el arzobispo era el Gran
Canciller, im¬puso en New York, el título de Doctor Honoris Causa al reve¬rendo
Sung Myung Moon, fundador y cabeza de la poderosa secta que lleva su nombre.
Debido a que Moon estaba preso cum¬pliendo condena por defraudación al fisco de
los Estados Uni¬dos, fue representado en la ceremonia por su segundo, el
coronel coreano Bo Hi Park. No fue monseñor Plaza quien salió a desau¬torizar
al titular de la Universidad, sino el propio Vaticano que echó sombras sobre
Argentato diciendo que éste había contrave¬nido una decisión de su superior,
monseñor Plaza.
Pero las razones de la distinción fueron dos: la primera, una
donación de 120.000 dólares realizada por Moon a la Universi¬dad Católica de La
Plata, admitida por el propio Argentato; la segunda, la coincidencia de fines y
actividades entre la secta, monseñor Plaza y los grupos militares
latinoamericanos que ha¬bían detentado el poder opresor en el Cono Sur.
No hubo duda en ese momento de que había sido el Arzobis¬pado de
La Plata el que había autorizado la condecoración, a tal punto que nunca se
rectificó. Argentato fue apoyado y manteni¬do en su cargo por Plaza hasta que
se jubiló de la diócesis.
–Cuando regrese al país le haré un juicio público al hermano de
mi padre. Estoy convencido de que el fenómeno del genocidio no se perpetró sólo
con los uniformes verdes, sino también con las sotanas y las fajas rojas y con
los trajes de los empresarios– le confió Tito a Jorge Fontevecchia. Luego, a
través de las radios, se escuchó su voz, cargada de dolor.
–Le voy a iniciar un juicio a monseñor Plaza, por cómplice de
los genocidas y por su implicancia directa en la desaparición de mi hermano,
Juan Domingo.
Recordando aquella gesta, Tito explicó dieciocho años después:
–Sabía que el resultado iba a ser negativo, pero había un poder
que iba a ser tocado: el sector de las altas jerarquías del clero en la
Argentina. Bonamín, Tórtolo, Plaza, Ogñenovich y el mismo Primatesta. Mis
abogados fueron Emilio Mignone y los abogados del CELS (Centro de Estudios
Legales y Sociales), Luis Zamora y Rodolfo Baños. A partir de allí Plaza no
volvió a hacer declaraciones públi¬cas, ni tampoco contestó.
La Iglesia argentina recibió el golpe y aunque no hizo leña del
árbol caído, tampoco ayudó a levantarlo. Monseñor Plaza debe haber pensado una
y otra vez que no hay peor astilla que la del mismo palo. Discreto, soportó en
soledad todos los embates pú¬blicos de su sobrino y trató de minimizarlo,
polemizando para afianzar su postura:
"Ese juicio que están haciendo es una revancha de la
subversión y una porquería. Se trata de un Nüremberg al revés, en el cual los
criminales están juzgando a los que vencieron al terrorismo", decla¬raba
al diario La Nación el 21 de mayo de 1985, apenas iniciado el juicio a las tres
primeras juntas militares. En cambio, se negó a hacer comentarios del juicio
que desde el 14 de febrero de ese año le había iniciado su sobrino y a partir
del cual toda una ciu¬dad tomó posición.
Muchos lo apoyaron. Otros, contagiados por la energía del
abogado peronista, acusaron al arzobispo de no haber sido nun¬ca una voz de
consuelo en los años de muerte y desaparición. Otros aseguraron que monseñor
Plaza había colaborado directa¬mente con los dictadores.
El 13 de noviembre de 1985, Julio Desiderio Burlando, a cargo
del Juzgado en lo Penal número 2 de La Plata, sobreseyó definitivamente a
Antonio José Plaza, respecto de los delitos imputados de encubrimiento y
violación de los deberes de funcionario público. Tito Plaza no esperaba otra
sentencia porque no había pruebas concretas para incriminarlo.
Monseñor disfrutó del triunfo por unos días. Ya estaba próximo a
cumplir los setenta y seis años y como estable¬cen las normas canónicas, el
arzobispo había presentado su renuncia. El 19 de diciembre de ese ajetreado
1985 le llegó la noticia que pondría fin a su patético ocaso: Juan Pablo II
aceptaba su renuncia al gobierno pastoral de la Arquidiócesis de La Plata.
Monseñor Antonio Quarracino fue su reemplazante.
El 11 de agosto de 1987 llegó para Antonio José Plaza el momento
tan esperado por los buenos cristianos: el encuen¬tro final con el
Todopoderoso. Murió en La Plata, a los seten¬ta y ocho años, víctima de una
insuficiencia respiratoria.
El miércoles 22 de noviembre de 2000, Eduardo Landaburu se
presentó a declarar en el Juicio por la Verdad. Él fue la última persona que
reconoció haber visto vivo al Bocha Plaza el mediodía del 16 de septiembre de
1979, cuando tras haber ido a la curia para pedirle ayuda a su tío, el
arzobispo, fue secuestrado. Entre la audiencia, de impecable saco negro, con
camisa, pantalón y corbata gris, lo escuchaba Tito.
–Entré a hablar por teléfono al bar ubicado en 7 y 33. En el bar
estaba la policía. Lo vi al chico, lo conocía porque era primo de mi ex mujer,
Cecilia Plaza. Y también a un señor mayor, que después supe era Marbino Díaz
Martínez. El anciano estuvo un mes secuestrado y luego fue liberado. Salió
física y psíquicamente destrozado. Al mes se suicidó. Los tenían a ambos contra
la pa¬red, con las manos detrás del cuerpo. Traté de buscar la mirada del Bocha
para ofrecerle ayuda. Pero él bajó la vista, como si no me conociera. Salí del
bar atontado. Caminé unos pasos y recién ahí me di cuenta de que ese muchacho
me había salvado la vida. Que con un mínimo gesto que hubiera hecho, yo estaría
con ellos y no libre en la vereda. Estoy vivo gracias al Bocha Plaza...
Tito sabía. Su hermano se había mantenido digno hasta el final.
Pero escucharlo ese mediodía soleado, lo conectó una vez mas con el Bocha que
él conoció, el que preservó y cuidó mien¬tras pudo. Su hermano y compañero de
aventuras. Mejor dicho, hasta que su tío, el monseñor, lo entregó a los
verdugos. La plaza Moreno no había cambiado. Los mismos edificios, los mismos
árboles. Sólo un busto de Eva Perón acompañaba a las estatuas que lo habían
observado amenazantes en la revelado¬ra mañana de julio de 1979. Habían pasado
veintiún años, ya no se escondía. Las cúpulas de la catedral, hoy terminadas,
se clava¬ron en el cielo de noviembre. Se sentía tranquilo. La imagen de
monseñor Plaza se escurrió definitivamente. Luminoso, el rostro del Bocha, se
grabó en sus retinas.
2
Aires de cambio y revolución
El Concilio Vaticano II, que el 11 de octubre de 1962 fue
inau¬gurado por el Papa Juan XXIII, marcó y dividió a la Iglesia Católica del
siglo XX. Cuando Angelo Roncalli, un hijo de campesinos pobres de un pequeño
pueblo italiano llamado Sotto il Monte, que en ese momento era Cardenal y
patriarca de Venecia, fue elegido pontífice en 1959, todos esperaban
encontrarse con un jefe igual a los demás: conservador y encerrado entre las
paredes del espléndido reino ro¬mano. A pocos días de asumir, Roncalli demostró
su poderosa per¬sonalidad: una convocatoria de un sínodo para la diócesis de
Roma, instrucciones para la reforma del código canónico y el anuncio de un
nuevo Concilio, el segundo que se realizaba en el Vaticano y el vigésimo
primero en la historia de la Iglesia.
Los concilios anteriores se arreglaban en Roma y los resulta¬dos
eran entregados por escrito una vez resueltos. El nuevo Papa adoptó una actitud
que provocó una verdadera revolución, un corte con el pasado, un abrirse al
mundo. "Quiero que entre aire, aunque algunos se resfríen... ", decía
Juan, el Bueno, como empezaron a llamarlo, sonriente y rompiendo con todos los
protocolos pontificios, cuando explicaba el nuevo Concilio.
Este acontecimiento histórico generó hechos impensados y poco
explicables por analistas, teólogos e historiadores. Uno de los fenómenos más
sorprendentes fue que en un clero como el argentino –que nunca se preció de
avanzado, sino de conserva¬dor– surgiera un movimiento renovador, fuertemente
cuestionador del sistema, como el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo
(MSTM).
La preparación del Concilio llevó cuatro años y cuando se
inauguró convocó a dos mil purpurados de todo el mundo, más autoridades
eclesiásticas, que se arremolinaron en la imponente nave de San Pedro, que fue
convertida en sala de deliberaciones, presidida por Roncalli, ya octogenario y
enfermo. En ese lugar se enfrentaron en acalorados choques verbales renovadores
y con¬servadores, frente a un pontífice al que todos habían creído un hombre de
transición. Allí, en ese lugar milenario, un joven y emocionado Karol Wojtyla,
jefe de la diócesis de Cracovia, era un asistente más. Sonaron los acordes del
Veni Creator y Juan XXIII avanzó solemnemente hacia su silla gestatoria,
acompaña¬do de unos asistentes que portaban abanicos o flabellas ceremo¬niales.
Estaban presentes la mayor cantidad de ancianos de la historia de Iglesia
Católica. Más del triple de obispos presentes en el primer Concilio, más de
cien obispos negros y por primera vez, un obispo japonés.
–Fue impresionante, muy conmovedor, nada así había pasado an¬tes
en la Iglesia. Recuerdo que en un momento un obispo belga se levantó y dijo:
"mi que non place" (a mí no me gusta) y todos empezaron a aplaudir. Y
el Papa dijo: "Bueno, si non plice, hay que empezar de nuevo. Y los
grandes temas son: Sociedad, sacramentos, injusticias, los temas del mundo en
este momento. A ningún cardenal, a ningún obispo le gusta esto, lo sé. Así que
anótense y empecemos a reflexionar de abajo". Y de ahí salieron documentos
de la Iglesia impresionantes, con una vi¬gencia increíble, para cien años de
vida..., dijo a modo de recuerdo, el sacerdote Luis Farinello, activo militante
del MSTM.
–El Concilio mostró que la norma próxima e inmediata de la
moralidad es la propia conciencia. Yo obro bien si sigo mi propia conciencia.
Antes decía: no, usted obra bien si obedece a la Iglesia. Y la Iglesia está
inmersa en el mundo y vive a fondo los procesos huma-nos, no está para dictarle
normas al mundo, sino para aprender de él. El Concilio nos enseñó a criticar
los documentos de la Iglesia y que ella también se equivoca..., dijo el obispo
–ya fallecido– Jerónimo Podestá, protagonista indiscutido de la organización
tercermundista, que provocaría un gran escándalo en la Iglesia argentina, al
reconocer públicamente que estaba enamorado de su secretaria Clelia Luro.
–Fue el gran anhelo de cambio, sintetizado en la palabra
aggiornamiento que usó el Papa Juan XXIII y que infundió el Con¬cilio, lo que
convulsionó a la Iglesia de todo el mundo y por supuesto a la de Argentina,
aunque luego eso se fue frenando y apagando– se lamentó Miguel Ramondetti,
quien en 2000, cuando lo en¬trevisté, acusaba setenta años y no usaba sotana,
porque hacía tiempo que había decidido no oficiar más como ministro de la
Iglesia Católica.
Este verdadero patriarca del MSTM, que carga con tanto exi¬lio
como renunciamientos sobre sus hombros, vive hasta hoy acompañado por María
Esther en una cómoda pero austera casa del partido de San Martín, en la
provincia de Buenos Aires. Ella se mostró muy amable, atendía el teléfono y la
puerta, preparó y sirvió el café y usaba el pelo corto, lo que no denunciaba
necesa-riamente su condición de religiosa, pero lo hacía sospechar.
Por su parte, Ramondetti había abandonado formalmente los
hábitos, aunque no las costumbres arraigadas por años de rigu¬rosa disciplina,
impartida en las instituciones de formación reli¬giosa. Sin embargo, al verlos,
pude percibir que no sólo compar¬tían el techo, sino que se entendían a la
perfección, lo cual era muy lógico: vivieron el exilio juntos y el duro regreso
también.
–¿Cuándo conoció a María Esther?– le pregunté. El hombre, de
apariencia apacible y confiada, se incomodó. Sentí que no le gustaba tener que
dar explicaciones sobre su vida privada, por más que hiciera veinte años que
había renunciado voluntariamente a su condición de sacerdote.
–A María Esther la conozco de la época de Goya. Ella pertene¬cía
a una congregación de religiosas, y trabajaba con los pobres como yo. Pasamos
muchas cosas juntos: la persecución, los cargos injustos y finalmente el
exilio, en Europa. Pero entienda, nosotros acá siempre pagamos las cuentas a
medias y cada cual tiene su habitación y su espacio. Además, ella vive una
vida, consagrada– respondió un tanto fastidiado.
En aquel momento me convenció, aunque sigo creyendo que de
alguna manera, quizás un tanto difícil de aceptar para un lai¬co, constituyen
una verdadera pareja. "La mujer es la tentación. Sólo dos mujeres cuentan
en la vida religiosa: la Virgen María y la madre de cada uno de ustedes",
le habrán dicho una y otra vez en el Seminario. Pero está visto que Ramondetti
se aggiornó. Y aun más: a la luz del nuevo Concilio, que generó también una
revo¬lución en la vida personal e ideológica de muchos clérigos, la Encíclica
de Juan XXIII, Pacem in Terris, que da a conocer la doctrina política, social y
económica de la Iglesia, frente a los graves problemas del mundo, reconoce
–entre otras cosas– el ingreso de la mujer a la vida pública y que ella no
puede ser tratada y considerada como un instrumento del hombre.
"Exige ser considerada como persona, en paridad de derechos
y obligaciones con el hombre, tanto en el ámbito de la vida doméstica como en
la vida pública. "Toda esta revalorización del papel de la mujer en la
vida, sacude a la Iglesia y sobre todo a sus protago¬nistas, los sacerdotes y
obispos, como Ramondetti y Podestá.
Los historiadores y sus propios compañeros de fe señalan a
Ramondetti como uno de los fundadores del MSTM. Y así lo demuestra
inequívocamente su firma en los primeros documen-tos de esa organización,
debajo de la cual figura un sello que reza: "secretario general del
Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo". Sin embargo, por el camino
que eligió –el del hacer sin necesidad de demostrar algo que estaba convencido,
nunca lo conduciría a ser obispo– insistió:
–Me niego a empezar a nombrar a creadores o fundadores del
Movimiento. El MSTM surgió como una semilla que germina cuando cae en tierra
fértil. Durante el Concilio, un grupo de dieciocho obis¬pos escribió una
proclama o manifiesto que recibimos algunos sacer¬dotes argentinos. Leerlo nos
impactó mucho porque respondía a in¬quietudes y prácticas nuestras. Nos
sentimos identificados con esas ideas de encumbrados hombres de la Iglesia que
reafirmaban y res¬paldaban nuestra posición minoritaria dentro de la de Argentina,
donde éramos mirados como bichos raros– explicó.
El mensaje de los obispos del Tercer Mundo fue firmado un 15 de
agosto de 1967, y en lo esencial afirmaba:
"Ya es tiempo de que los pueblos pobres, sostenidos y
guiados por sus gobiernos legítimos, defiendan eficazmente su derecho a la
vida. Dios se reveló a Moisés, diciendo: "Yo he visto la miseria de mi
pue¬blo; he escuchado el grito que le arrancaran sus explotadores... Y he
resuelto liberarlo..."
"Animados por la esperanza de todos los pueblos del Tercer
Mun¬do, nosotros os exhortamos a permanecer firmes e intrépidos, como fermento
evangélico en el mundo del trabajo, confiados en la pala¬bra de Cristo: poneos
de pie y levantad la cabeza, pues vuestra libe¬ración está próxima."
Como hombres sedientos de agua fresca en un desierto colo¬sal,
los sacerdotes argentinos bebieron de un sorbo ese documen¬to llegado del otro
continente y recordaron la frase que tantas veces repitieran mientras
celebraban misa:
"Éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la vida nueva y
eterna que será derramada por vosotros y por todos los hombres, para el perdón
de los pecados. Haced esto en conmemoración mía".
Pero no iba a ser una tarea fácil. Advirtieron, con bastante
dolor, que ninguno de los dieciocho obispos firmantes de la pro¬clama era
argentino. Movilizados por tantas ideas y proyectos comunes, el grupo de
sacerdotes se encargó, en primer término, de traducir el documento, que estaba
escrito en francés, y se lo enviaron a cuantos curas y obispos pudieron,
pidiendo su firma de apoyo.
–Desde el comienzo yo me definí como sacerdote de la Iglesia
Católica, antes que cura para el tercer mundo. El nombre del Movi¬miento lo
pusieron los laicos, especialmente los periodistas. Nos de¬cían: "ahí se
van a reunir los curitas del Tercer Mundo ", y así quedó. De cualquier
manera, entendíamos por Tercer Mundo, el mundo de los pobres, de los
marginados, de los tratados injustamente por nues¬tra sociedad. Yo viví el
sacerdocio desde mi época del Seminario, en función de ese mundo. No es que los
sacerdotes hayan sido exclusiva¬mente para los pobres, pero sí que Cristo nos
demandaba transmitir la palabra de Dios, la buena noticia, especialmente a los
pobres– destacó Ramondetti.
El patriarca del MSTM nació en Córdoba, en un hogar de
trabajadores rurales. Su padre trabajaba parte del año en el cam¬po y el resto
del tiempo se ganaba la vida como albañil. Su madre fue ama de casa, hasta que
él tuvo nueve años y los golpeó la muerte de su padre. Fue así como la mujer
decidió enfrentar su viudez, junto a sus tres hijos, en Buenos Aires.
–Mi madre se empleó como sirvienta y con eso vivimos
estrecha¬mente. Mi educación escolar fue muy precaria. Hice cuatro años de
primaria en una escuela diurna. Allí, con la mayor de mis hermanas, teníamos
las tres comidas. El resto de los años los hice en la nocturna, porque empecé a
trabajar. Mi primera changa, por la que me iban a pagar diez pesos por mes –mi
mamá ganaba treinta–fue de lechero, empujando el carrito. Yo llevaba la canasta
con las botellas. Trabajé un mes, hasta que me enfermé de escarlatina. Cuando
me repuse y le fui a cobrar, no me pagaron. Fue angustioso para mí porque en mi
casa con¬tábamos con esos diez pesos– contó Ramondetti.
Cuando cumplió los trece, entró a trabajar en una fábrica, donde
fue obrero durante los siete años siguientes. Hasta que en 1943, en un mediodía
soleado de sábado, se despidió de todos sus compañeros de trabajo para
dirigirse al Seminario Metropo¬litano de Villa Devoto. En sólo tres horas pasó
así de experimen¬tado oficial calificado, a seminarista incipiente.
–Como todo hijo de italiano había tomado mi primera comu¬nión,
pero en mi casa no iban siquiera a misa. Recién a los quince años me acerqué a
grupos de Acción Católica y eso fue definiendo mi vocación– explicó.
Terminó sus estudios de Filosofía en coincidencia con el final
de la Segunda Guerra Mundial y la reapertura de los institutos de estudio de la
Iglesia, en Roma. Y tuvo la suerte de ser uno de los elegidos para ir allí a
estudiar Teología. Quizá porque todos los caminos conducen a Roma, tuvo de
compañeros a Angelelli, a Collino y a Podestá.
–Era muy amigo de Collino, compartimos muchas horas de es¬tudio,
pero de a poco fuimos enfrentándonos ideológicamente, hasta terminar uno de
cada vereda–aclaró.
Los curas obreros
A comienzos de los años sesenta, tal como venía pasando en
Europa, sobre todo en España y Francia, se instauró en la Argen¬tina un nuevo
fenómeno: el de los curas obreros. Como sus com-pañeros, ellos también habían
estudiado en el Seminario, goza¬do de las prebendas y sufrido los mismos
sacrificios que implica la vida clerical, pero querían ser y vivir como
obreros. Juan XXIII, en su encíclica Mater et Magistra, del 15 de mayo de 1961,
había condenado fuertemente al capitalismo y apoyó las luchas de los trabajadores.
"Una profunda amargura embarga a nuestro ánimo ante el espectáculo
inmensamente triste de tantos trabajadores de muchas naciones y de enteros
continentes, a los cuales se les da un salario que los somete a ellos y a sus
familias a condiciones infrahumanas ".
Así que muchos curas decidieron trabajar en fábricas, sin
nin¬gún tipo de privilegio. Se vivía entonces la reedición de lo que había
tenido lugar en Francia, luego de la Segunda a Guerra Mundial. En aquellos
años, el Papa Pío XII había admitido que sólo un pequeño grupo, La Legión de
Francia, accediera a las plantas fabriles, despojadas de mano de obra masculina
en fun¬ción de los muertos habidos en las trincheras, a condición de que no
actuaran en cuestiones sindicales.
El 3 de junio de 1963, consumido por atroces dolores, Angelo
Roncalli, el Bueno, murió de cáncer en sus aposentos pontificios y pasó a
convertirse para algunos cristianos, en un "hombre san¬to" y para
otros, en un "revolucionario". Fue reemplazado por el Papa Pablo VI,
–Giovanni Battista Montini, cardenal de Milán– quien terminó la tarea del
Concilio II, en 1966, con la promulgación de la Populorum Progressio, la
encíclica que de¬nunciaba la desigualdad, la codicia, el racismo y el egoísmo
de las naciones ricas, pero no aclaraba cómo debía hacerse para com¬batir las
injusticias. Se descartaba la violencia, "excepto donde sea manifiesta una
tiranía verdadera que pudiese perjudicar los dere¬chos personales fundamentales
y dañar el bien común de un país".
La Argentina, por entonces, vivía bajo una dictadura militar y
los curas obreros se habían instalado antes de la promulgación de la Populorum
Progressio, como verdaderos adelantados.
Juan Carlos Onganía, un general de caballería de la fracción
azul del Ejército, católico integrista preconciliar, creador de la pomposa
frase, "Revolución Argentina ", y al que la jerarquía reli¬giosa
rendía pleitesía, cumplía con los requisitos educativos ce¬rrados y las
abundantes subvenciones económicas que los obis¬pos conservadores ansiaban y se
negaban a declararlo "dictador". El general, al que algunos oficiales
apodaban El caño, por lo hue¬co, y el famoso humorista Landrú de la revista Tía
Vicenta, La Morsa, por sus tupidos bigotes, que había pasado por West Point,
donde había asimilado la Doctrina de la Seguridad Nacional que intentaría más
tarde aplicar a sus compatriotas, había llegado al poder el 28 de junio de
1966. Estaba casado con María Emilia Green Urien, con la que tenía dos varones
y tres mujeres de "ex-celente formación católica".
Muchos sacerdotes y laicos veían aterrados a los jerarcas de la
Iglesia embanderados en una especie de "onganismo" o "amor a
Onganía". El paso del general por los Cursillos de la Cristiandad –una
organización sub Opus Dei– y la presencia de muchos cursillistas en su gobierno
generaba en ámbitos clericales progre¬sistas, inquietudes varias. Se daba de
manera muy sutil una iden¬tificación entre el Ejército y la Iglesia. Ambas
instituciones con¬vergían en fuertes valores: orden, disciplina, verticalismo y
obediencia. Algunos caudillos eclesiásticos militantes del integrismo vieron
concretarse el sueño del gobierno católico y, por ende, del mantenimiento de
sus prebendas y privilegios. Se renovaba aceleradamente la fusión
Iglesia-Estado y su momento de gloria fue la consagración del país al
Inmaculado Corazón de María, en noviembre de 1969, en un acto celebrado a toda
pom¬pa por el mismísimo Onganía. El periodista Rogelio García Lupo, escribía en
el semanario Marcha de Montevideo: "Estamos en pre¬sencia de una organización
secreta, aunque no tanto para cerrarle el camino a nuevos prosélitos: católica,
pero sobre todo dispuesta a ser¬virse de la religión como instrumento de
dominación política, y mi¬litar, aunque con ramificaciones en los civiles,
particularmente los relacionados con el poder económico y cultural. Los
"cursillos" están basados en el antiguo modelo de los ejercicios
espirituales de Ignacio de Layóla. Se prolongan durante tres días y medio, con
la asistencia de un sacerdote, supervisor del tratamiento religioso que los
profeso¬res laicos presentan en los temas de su especialidad".
En este momento se produce una fuerte división: por un lado los
sacerdotes y laicos y por el otro la jerarquía eclesiástica que se resistía al
Concilio. La mayoría se inclina cada vez más hacia tesis revolucionarias. Y van
sucediendo episodios que demuestran el caldeado ambiente que se vivía entonces.
Si Mayo del '68 iba a significar en el mundo una renovación en todos los
frentes, en la Argentina comenzaba un proceso que acabaría trágicamente el 24
de marzo de 1976.
En mayo de 1966, se dividía la CGT, luego que resultara elec¬to
el militante católico Raimundo Ongaro, de los gráficos, al frente de la
"CGT de los Argentinos". En la otra, la vieja central ubicada en
Paseo Colón, convivían todos lo que de una u otra manera habían confluido en la
quiebra del orden constitucional: los vandoristas, que bregaban por un
peronismo sin Perón, al mando del Lobo Augusto Timoteo Vandor, los realistas
capita¬neados por Armando March, el Armando Cavallieri de enton¬ces, y los
participacionistas identificados plenamente con la dic-tadura del momento, por
ejemplo, Rogelio Coria, jerarca de los obreros de la Construcción, Juan José
Taccone de Luz y Fuerza y Adolfo Cavalli de petroleros (Perón estaba harto de
expulsarlo del movimiento pero a Cavalli nada le hacía mella). La CGT de Paseo
Colón era leal a Perón y propiciaba un programa antiimperialista que
contemplaba la nacionalización de las in¬dustrias clave, la participación
obrera en los procesos de decisión empresaria y la reforma agraria.
Desde la revista Cristianismo y Revolución, icono de los
cristianos combativos argentinos, dirigi¬da por el ex seminarista Juan García
Elorrio (y uno de los crea¬dores de los proto-montoneros) y desde el periódico
de la "CGT de los Argentinos", dirigida por Rodolfo Walsh (futuro
Jefe de In¬teligencia de Montoneros), además de lanzarse inflamadas pro¬clamas
revolucionarias, se buscaba convertir al sector combativo en una alianza de
grupos populares que pudieran presionar sobre el gobierno. En Tucumán, provincia
gobernada por el cursillista Roberto Bobby Avellaneda (jefe de un gabinete al
que sólo tenían acceso los católicos de misa y hostia) que venía siendo azotada
por el cierre de ingenios, la desocupación y las ollas populares, la policía
atacó con gases la procesión de San José Obrero, que marchaba hacia el ingenio
Bella Vista. Y, como quien no quiere la cosa, una bomba de gas arrancó el brazo
del santo, en medio del desbande y los gritos. En agosto de 1966, un grupo de
estu¬diantes cordobeses cumplen huelga de hambre por la interven¬ción de la
Universidad, en la parroquia de Cristo Obrero. Obre-ros portuarios en huelga se
hacen presentes a la Asamblea Episcopal de noviembre de 1966, acompañados por
sacerdotes, que llevan la voz cantante de sus reclamos. El 1 de mayo de 1967,
Juan García Elorrio, al mando del comando "Camilo Torres", in¬gresó
en la Catedral Metropolitana, se plantó frente a Caggiano, que estaba oficiando
el Tedeum del Día del Trabajador y al dictador Onganía, y pidió en tono de
barricada, rezar en común una ora¬ción contra las injusticias y la explotación.
Graciela Daleo, Casiana Ahumada –segunda mujer de Elorrio– y Fernando Abal
Medina tiraban volantes alusivos. Los tres, como era de esperar, fueron
arrestados por policías que envió el gobierno en concor¬dancia con los hombres
de la Iglesia. Los gracioso fue ver a Abal Medina agarrarse fuertemente de las
mangas pomposas de Caggiano mientras se lo llevaba la policía. Como corolario,
va¬rios sacerdotes obreros fueron expulsados de la diócesis de San Isidro en
marzo de 1968.
Una catarata de conflictos gremiales y sociales, en los que
siem¬pre aparece involucrado un sacerdote, una religiosa o un laico, se había
desatado, reclamando del Episcopado una declaración que fuera más allá de la
prescindencia del orden temporal, que los obligaba a enfrentarse al gobierno
militar. Mientras Adalbert Krieger Vasena, el "Cavallo" de Onganía,
denunciaba al "marxismo subversivo "como promotor de todo, inclusive
de la inflación, la SIDE, más pragmática, llegaba a la conclusión de que los
disturbios obre¬ros-estudiantiles provenían de una conjura católica. Según los
infor¬mes de inteligencia, sacerdotes conciliares y jesuitas eran quienes
prestaban a las organizaciones sindicales, el matiz subversivo que ostentaban.
No andaban tan errados. Un poco tarde, quizá, con relación a la Iglesia
brasileña, cuyo adornamiento había comenzado en 1963, de la mano del obispo
Helder Cámara, valiente voz profética del Episcopado latinoamericano.
En medio de este mundo que agitaba consignas libertarias y que
se enfrentaba fuertemente a los rígidos esquemas de las cú¬pulas gobernantes,
surgen los curas obreros. Ese había sido el origen del sacerdote español
Francisco Huidobro, quien lle¬gó a Buenos Aires en 1963 y solicitó trabajo como
operario en la fábrica Indupar. Otros dos sacerdotes, los padres Glavina y
Dia¬na, iniciaron sus tareas en industrias cercanas. Huidobro hizo caso omiso a
la recomendación de Pío XII, que por otra parte ya estaba muerto y enterrado, y
había sido reemplazado por el "Papa Bueno", y luego por Paulo VI.
"Fui a Francia donde mi papá tomó la nacionalidad francesa,
llegué acá a la Argentina porque cuando estaba en el seminario, justamente en
la misión de Francia, el ministerio era ir hacia el mundo que está fuera de la
Iglesia. El mundo obrero de Francia, está muy alejado, hay como una pared que
separa a la Iglesia de los obre¬ros. Y esa pared hay que derrumbar. Con hechos
y no con palabras. De allí la llegada de sacerdotes a las fábricas y como yo
soy un anti-guo obrero, me fui a España a trabajar como minero en la época de
Franco, llegue aquí a los treinta años y primero me metí de obrero de la
construcción. Tengo la impresión de que aquí en Argentina va a ser peor la
condición obrera y me vine para este continente un poco para reparar lo que
España y Portugal hicieron en los años de la conquista ", explicó en una
entrevista a la revista Todo es Historia, en una austera habitación de la
parroquia de Villa Dominico, en Avellaneda, territorio del obispo Jerónimo
Podestá. El padre Huidobro –al que sus patrones emplearon pensando
equívocamente que un cura aplacaría los ánimos rebeldes de sus obreros y
sindicalistas– era delegado general cuando en 1965 hubo una huelga, que duró
dos meses y que el sacerdote la llevó adelante, y a consecuencia de la cual,
fue despedido y luego rein¬corporado, aunque no lo dejaron entrar. Junto a los
obreros hi¬cieron un piquete en la puerta y la policía los llevó presos, lo que
generó una gran inquietud en la Iglesia argentina.
En aquella oportunidad, catorce sacerdotes emitieron una
de¬claración de solidaridad y elogio a Huidobro. Uno de los firman¬tes de esa
proclama fue un joven sacerdote, alto, rubio y de ojos azules, que provenía del
otro extremo del arco social y que en su primer reclamo público tenía la osadía
de enfrentarse a su clase, la oligarquía: Carlos Mugica. Entre los otros trece
curas obreros, hubo varios que luego integraron el MSTM: Rodolfo Ricciardelli,
Eliseo Morales, Domingo Bresci, Alejandro Mayol, Juan Tedeschi, Francisco
Suárez, Andrés Lanzón, Juan José Pichi Meissegueir y Alberto Carbone.
Muchos religiosos reclamaban cambios en la Iglesia y en la
socie¬dad. Se gestaba en el centro de la fe católica un gran movimiento de renovación para algunos, de revolución para
otros. Sacerdotes y laicos poblaban las villas miserias en ciudades y campos,
estre¬chando cada vez más los vínculos con los trabajadores.
"Nosotros por lo menos tratamos de vivir dentro del mundo
que nos toca evangelizar, por lo menos nace una simpatía con la Iglesia, con
los curas, que hasta ese momento, era visto como un funcionario de la Iglesia,
es un "vivo" que vive de arriba, que no tiene mujer, pero tiene
mujer, que tiene la plata que quiere. Para conocer al obre¬ro, donde mejor se
lo conoce es en la fábrica, ése es su mundo, su alma está allí. Por eso
queríamos evangelizar la fábrica. ¿Y vos que venís a hacer aquí?¿A repartir
estampitas, medallas...?, dicen.
"No, compañero, yo no vengo por eso, vengo para colaborar
con ustedes a defender la justicia social, no tengo ninguna medallita en el
bolsi¬llo", explicaba Huidobro, años después.
La realidad de la Argentina asomaba a los ojos de curas y
laicos, como una pintura de Berni: en 1968 había 23 millones de habitan¬tes,
dos millones de analfabetos y una enorme deserción escolar, y las provincias
del norte estaban azotadas por el hambre y las enfer¬medades endémicas. Había
concentración de tierras en pocas ma¬nos, lo que obligaba a muchos a emigrar a
las grandes ciudades en búsqueda de trabajo y eso provocaba un aumento de la
pobreza. Esa ola de aire nuevo en medio de esta situación político social
tendría en el clero argentino su expresión en el MSTM, en tanto que en los
laicos se manifestaría a través de la lucha de clases y la guerrilla.
Hoy, muchos miembros de la jerarquía eclesiástica siguen
re¬prochándose y culpándose por haber alimentado las filas de la guerrilla, en
procura de un país más solidario y con menos dife-rencias que, con seguridad,
está aún más lejos que entonces.
El 28 de junio de 1965, unos ochenta presbíteros, entre los que
se encontraba una vez más el padre Mugica, participaron de una reunión en el
colegio Sandford de Quilmes. De allí surgió un documento que fue presentado en
las últimas sesiones del Concilio Vaticano II.
Un año después, hubo otro encuentro en Chapadmalal, que se
centró en la realidad argentina. Lucio Gera, convertido luego en uno de los
teólogos más respetados de la última mitad del siglo XX, se perfilaba entonces
entre los teóricos principales del MSTM. En aquella reunión, Gera propuso:
–Tenemos que repetir las nociones del Vaticano II dentro de cada
uno de nosotros.
Ambos encuentros sembraron las ideas que cosecharon los hombres
de la Iglesia que se encolumnaron un par de años más tarde en el MSTM.
Lucio Gera, doctor en teología y ex decano de la facultad de
Teología de la Universidad Católica Argentina (UCA) desde 1965, hasta finales
de los setenta, escribió los "Apuntes para una inter¬pretación de la
Iglesia argentina", en la revista Cristianismo y Re¬volución, en enero de
1970. El trabajo está firmado junto a Guillermo Rodríguez Melgarejo, actual
mano derecha del carde¬nal Jorge Bergoglio, en el arzobispado de Buenos Aires y
que en ese entonces, tenía militancia en el MSTM.
"En la actualidad no hay una línea dominante en la Iglesia
argenti¬na, en ella repercuten las contradicciones en que se desenvuelve la
na¬ción. (...) La Iglesia no es en este momento, predominantemente
conser¬vadora, ni liberal, ni revolucionaria popular. Esto origina una falta de
inclinación hacia uno u otro proyecto. Es una Iglesia que hoy no opta por
ningún proyecto. Pero no habría que contentarse con esta constatación sino
intuir o detectar cómo representará el futuro. La historia reciente nos muestra
que hasta concluido el Concilio, fue más bien una Iglesia conservadora, en el
período inmediatamente post conciliar dominó – no suficientemente– una linea
liberal, progresista, de modernización y renovación, últimamente comenzaron a
acentuarse –sin haber logra¬do un dominio suficiente como para producir una
inclinación del con¬junto del cuerpo eclesial– las corrientes de origen
sociopolítica, revolu-cionaría y popular. "
Miguel Ramondetti, por otra parte, encontró en Goya,
Corrien¬tes, y principalmente en su obispo, monseñor Alberto Devoto, el lugar
ideal para desarrollar el sacerdocio como él lo entendía. Vivía de su trabajo
de albañil y celebraba misa en el lugar que le pidiesen, sin necesidad de
grandes altares ni demasiados protocolos.
Fue en Goya donde monseñor Devoto le entregó una copia del
mensaje de los dieciocho obispos del Tercer Mundo. Ramondetti quedó
impresionado con el texto y se reunió con Rodolfo Ricciardelli y con Andrés
Lanson, un cura obrero. Jun¬tos tradujeron el texto y entre los tres
difundieron el mensaje, haciéndolo llegar a cuantos sacerdotes pudieron.
El auge del MSTM
–Comenzamos a recibir tantas adhesiones, que no lo podíamos
creer. Los primeros en adherirse fueron 273 sacerdotes. Nos compro¬metimos
entonces a trabajar con todas nuestras fuerzas para poner en práctica el
contenido evangélico y profético del documento– recordó Ramondetti, con los
ojos instalados en esos días de glo¬ria, de juventud y de ilusiones de cambio.
Ese manifiesto no tardó en recibir el apoyo de casi mil
sacer¬dotes de América latina, quienes claramente diferenciaban la in¬justa
violencia de los opresores de la justa violencia de los opri-midos, distinción
mantenida sólo hasta cierto punto por los jerarcas eclesiásticos presentes en
Medellín.
Por eso, el próximo paso fue enviar una carta a los obispos
participantes de la segunda reunión del Consejo Episcopal Lati¬noamericano
(CELAM), en Medellín, en agosto de 1968, firma¬da por 431 sacerdotes argentinos
y más de quinientos latinoa¬mericanos, en la que exponían su postura frente a
la violencia en el continente. El documento preliminar preparado por los
obis¬pos del continente –basado en las estadísticas de Celso Furtado,
economista brasileño proscrito por la dictadura de su país– se¬ñalaba la situación
de atraso y dependencia de América latina de las grandes potencias. Por detrás
de este alboroto de sotanas, se le¬vantaba la figura del sacerdote colombiano
Camilo Torres, funda¬dor de la "teología de la violencia", que en
1965 se había integrado a la guerrilla colombiana. El documento fue descartado
por "hipercrítico y despiadado" por la Conferencia Episcopal
Argenti¬na, en su reunión anual en San Miguel. Mientras tanto, los cató¬licos
argentinos objetaban a la jerarquía de su Iglesia que desde el 28 de junio de
1966, cuando Juan Carlos Onganía, el general poseído del espíritu evangélico y
preparado como un cruzado para combatir las ideas demoníacas de la modernidad,
asumió el poder, ésta no hubiera formulado un solo juicio sobre los hechos
ocurridos en el país. En octubre de 1963, el cardenal Eduardo Pironio investía
a Antonio Quarracino como obispo de Avellaneda, quien reemplazaba a Jerónimo
Podestá, que fue sa¬cado del medio, acusado de "comunista".
Considerado un "realis¬ta" Quarracino se había destacado en su
diócesis de 9 de Julio como un promotor del apostolado rural y había sido uno
de los primeros en admitir que en el conflicto entre Perón y la Iglesia, era
ésta la que había mostrado los flancos más débiles. Claro, eran otros
tiempos...
Mientras tanto, el general Alejandro Agustín Lanuse –otro que
asistía a los cursillos de Onganía– asumía como Jefe del Ejército y en
septiembre participaba en Río de Janeiro de la VIII Conferencia de Ejércitos
con la presencia de todos los Jefes de Ejércitos del continente (es decir, de
todos los regímenes dictato¬riales del área) y compartía el estrellato con el
general Westmoreland, ex comandante de las fuerzas americanas en Vietnam y
máximo experto en la lucha antiguerrillera (se suponía). El encuentro legitimó
la Doctrina de Seguridad Nacional que permitía a los militares intervenir en
los conflictos internos de cada país. Westy, como apodaban al general, no
aportó mucho. Se dedicó a mostrarle las maravillosas playas de Río a su mujer
Kitty y a cambiarse de ropa seis veces al día.
Otro de los hechos curiosos del Concilio Vaticano II fue que,
mientras la participación de América latina fue allí casi nula, jugó un papel
protagónico en la etapa posterior. Lo que en Europa había llevado varias
décadas para realizarse, aquí corrió como una ráfaga que invadió todos los
sectores de la Iglesia, se estuviera o no de acuerdo, probablemente porque las
injusticias y las diferencias eran mucho más agudas y profundas que en el
primer mundo.
En esos días se exigían cambios con urgencias. Grupos
católi¬cos, que en los últimos años se habían enredado en charlas meti¬culosas
acerca de la posición que debía tener el altar y en apasio¬nadas discusiones
acerca del concepto de Iglesia o lo que decía la doctrina respecto de la vida
de ultratumba, se concentraron esta vez en discutir si la salida revolucionaria
podía ser pacífica o de¬bía ser violenta. El sí o no a las armas era la opción.
Se cerró así una gran paradoja: América latina, la gran ausen¬te
en la elaboración de la problemática conciliar, asumió un pa¬pel de compromiso
en su concreción. Lo que en Europa era un mundo difuso que había que alcanzar,
en Argentina era una so¬ciedad surcada por profundas contradicciones a
resolver. La con¬signa clave que en el antiguo continente era el
aggiornamiento, fue planteada por los países del sur como revolución.
Jerónimo Podestá fue un fuerte protagonista de los años de auge
del MSTM. Había ingresado en el seminario en 1940 y se ordenó sacerdote en
1946. Estudió Derecho Canónico en Espa¬ña e Italia hasta 1950 y también asistió
a la prestigiosa Universi¬dad Gregoriana de Roma. Al regreso, fue docente en el
semina¬rio hasta que en 1963, a los 42 años, fue ordenado Obispo, junto a otros
jóvenes brillantes como Eduardo Pironio y Antonio Quarracino. A finales de mayo
de 2000, y a sólo un mes de su muerte, el hombre que a fines de los sesenta
puso en jaque a la Iglesia argentina y que llegó con sus argumentos al
Vaticano, me recibió en su casa del barrio de Caballito. Hacía mucho frío y
Podestá se estaba recuperando de una afección pulmonar, pero se lo veía fuerte
y entero. El caserón en donde vivía junto a su compañera Clelia Luro había
pertenecido a uno de los jefes de los mazorqueros de Rosas y, en su patio,
Jerónimo celebraba misa: era el presidente de la Federación Latinoamericana de
sacerdotes casados. "Llegué a ser Obispo porque aunque parezca mentira, yo
provengo de una familia adinerada de la clase alta y la Iglesia se fija en esas
cosas. Monseñor Antonio Plaza quería nombrar obispos propios, pero conmigo no
tardó en darse cuenta de que había metido la pata. Yo desde que empecé como
obispo, estuve con mi gente en jornadas de trabajo, en manifestaciones. Iba en
mi auto para todos lados y cuando se me pinchaba la rueda, sacaba la de
auxilio, la cambiaba y seguía viaje. Era muy diferente a muchos de mis pares. "
Más allá de su origen pudiente, Jerónimo había tenido un
contacto directo con los pobres mucho antes de definir su condi¬ción
sacerdotal. "Mi madre era muy católica y atendía a todos los que le pedían
algo. Desayunábamos con los pobres en el jardín de mi casa. No les dábamos
limosnitas, los atendíamos con cariño y pre¬ocupación. "Jerónimo Podestá
fue el primero de los obispos en dar su apoyo a los sacerdotes para el Tercer
Mundo y en criticar a la Iglesia. Reconocido por sus pares como uno de los
mejores intelectuales de la Iglesia Católica argentina, realizó grandes
apor¬tes teóricos. Fue compañero de Raúl Primatesta, de Eduardo Pironio y del
reciente cardenal Jorge Mejías, archivista del Vati¬cano, quienes sentían gran
afecto y respeto por Podestá, más allá de las diferencias ideológicas.
"Las religiones están centralizadas para criticar el poder. Así surgieron
las cruzadas y las colonizaciones con sus carnicerías. Y la religión no da
derecho a aplastar ni a perse¬guir a nadie."
Jerónimo conoció a Clelia Luro en 1966, cuando ella se acer¬có
al Obispo a pedirle ayuda para un clérigo que era víctima del alcoholismo. Ella
había estado casada diez años con un sobrino del poderoso Robustiano Patrón
Costas y tenía seis hijas. A fines de ese mismo año, ambos conocerían al hombre
de quien serían amigos incondicionales: Monseñor Helder Cámara. "Fui al
En¬cuentro de Obispos de Mar del Plata y traté de divisar quién era Cámara. De
pronto la veo a Clelia que estaba hablando con él, que la tenía tomada de la
mano. Él nos presentó y me dijo: "No tengas miedo, Clelia va a ser tu
fuerza". A partir de ese día, Clelia Luro se integró a la diócesis como su
secretaria. Al princi¬pio los unía una gran confianza y un sentimiento
platónico. "Hasta que dejé la diócesis no tuvimos relaciones íntimas,
aun¬que el amor verdadero ya se había apoderado de nuestras almas."
Un hecho político fue determinante en el futuro de Jerónimo
Podestá. En 1967, en el Luna Park, lideró un acto para hablar sobre la
encíclica Populorum Progressio, al que asistieron políticos y sindicalistas que
estaban prohibidos por el gobierno militar. Onganía lo definió como el
principal enemigo de su gobierno –lo llamaba "el obispo rojo"– y
pidió a los jerarcas eclesiásticos que lo callaran. Los siempre solícitos
amigos del poder de turno, monseñor Plaza, Tórtolo y, sobre todo, el nuncio Humberto
Mozzoni, lo presionaron para que renunciara.
"Aunque parezca mentira, el nuncio me engañó y fui muy
inge¬nuo. Le firmé una renuncia sin protocolo en 1969, con la condición de que
me gestionaran una reunión con el Papa y sólo después de tomar una decisión
definitiva. No cumplió y envió la renuncia di¬rectamente al Vaticano. Me
hicieron la "cama", como se dice vulgar¬mente. "También es
cierto que Podestá quiso asistir a la reunión pontificia con Clelia, pero en
Roma no aceptaron, lo que empu¬jó su renuncia. Durante ese tiempo, en el
Vaticano, el secretario de Estado, monseñor Benelli exclamó espantado:
"Pero, ¿cómo una mujer puede estar influenciando a un obispo?". A
Clelia la llamaban "esa señora", "esa mujer" o "la
consabida persona", pero jamás pronunciaron su nombre.
Podestá fue designado Obispo de Orrea de Aninico, una dió¬cesis
inexistente de Mauritania, hasta que finalmente en 1972, fue suspendido y se
unió definitivamente a Clelia. "La tradición católica presenta a Jesús
como célibe. Pero los estudios históricos ju¬díos dicen que era un rabino
porque había estudiado en el templo, o sea, que no era un charlatán. Y si era
un rabino, es inconcebible que no fuera casado. Como no tenemos otros
documentos, el único dato que tenemos es el amor entrañable que tenía por María
Magdalena. No es casual que la primera persona que busca para manifestar su
resurrección, sea ella. El celibato es una imposición que no respeta el derecho
de las personas. Debería ser optativo, porque tampoco los curas lo respetan hoy
día... ", me dijo mientras apretaba la mano de Clelia. En 1974 fue
amenazado por la Triple A y dejó el país junto a su compañera y las seis hijas
del primer matrimonio de ella. En 1978, volvió a la Argentina, pero sólo por
unos días. La situación no estaba para que se quedara. Vivieron exiliados en
París, Roma, México y Perú y regresaron definitivamente en 1982, casi con la
llegada de la democracia. Durante la guerra de Malvinas llevó el cáliz de su
primera misa al Frente Patriótico y al año siguiente rechazó la oferta de Oscar
Allende que le ofreció acom-pañarlo en la vicepresidencia en las elecciones de
1983. Nunca perdió su vocación sacerdotal y tampoco su condición de obis¬po.
"Sin la menor duda, yo tengo la formación tradicionalísima de la Iglesia
–dijo en 1996– que dice: "tú eres sacerdote para siem¬pre». Lo primordial
es esa elección interior: ¡Yo quiero ser sacerdote! ¿Y por qué? Porque quiero
enseñar el bien, la enseñanza de Jesucristo."
Desde Goya, a orillas del río Paraná, monseñor Alberto De¬voto
asomaba como uno de los obispos más radicalizados del país. Se enfrentó al
poder militar y a los sectores católicos más tradicionales. Sus frecuentes
reuniones comunitarias con los cam¬pesinos intranquilizaban tanto a la
dirigencia política como a la curia. Le endilgaron todo tipo de calificativos –
"peronista", "marxista", "demagogo"– pero no
lograron hacerle mella y muchos menos callarlo. En la Pascua de 1966 había
realizado su voto de pobreza y desde ese momento se convirtió en la oveja negra
del episcopado argentino donde la fastuosidad era la regla. Que un religioso
salido de sus filas renunciara al anillo, al báculo, al ape¬lativo de monseñor
y también al sueldo que el Estado paga a los obispos, resultaba francamente
intolerable y hasta subversivo.
Por su independencia y desapego a los bienes terrenales se lo
vinculó con el Che Guevara. Por su prosa implacable contra la oligarquía y el
imperialismo, se lo comparó al cura guerrillero colombiano Camilo Torres. Por
su defensa de los pobres, se lo alineó con los curas obreros y con los
sacerdotes del Tercer Mun¬do. Sin embargo él sostenía:
–No estoy enrolado en movimientos de este tipo. Hago con mis
sacerdotes y laicos lo que creo que en cada hora pide la Iglesia. En mi caso
concreto, el voto de pobreza se refiere a mi modo privado de vida, al trato
directo y llano con la gente, a que me inclino a dirigir una atención especial
a los humildes y a que he renunciado al uso de los símbolos de poder y al
sueldo que paga el Estado a los obispos.
En una zona castigada por los vaivenes del cultivo del tabaco e
inmerso en un contexto de profundas transformaciones, tanto del país y del
mundo, Devoto detectó que la Iglesia no podía estar ausente en este proceso.
Coherente con su actitud pastoral, trabajó en el campo con el Movimiento Rural
de la Acción Cató¬lica para despertar en la gente la conciencia de sus derechos
y de su dignidad humana.
En esa posición de aceptación y de no condena a los miem¬bros
del MSTM, se inscribieron otros obispos del interior del país: Angelelli, en La
Rioja; Brasca, en Rafaela, Santa Fe; Di Stéfano, en el Chaco; y De Nevares, en
Neuquén. También el entonces vicepresidente del CELAM, monseñor Antonio
Quarracino, veía con buenos ojos el surgimiento de nuevos aires en la Iglesia
católica:
–Yo era asesor de la Juventud Universitaria Católica y me
acuer¬do que los compañeros porteños hablaban de Quarracino con admi¬ración y
con grandes expectativas, porque expresaba lo que después iba a ser la Teología
de la Liberación. Mi visión de lo que pasó con él se expresa de esta manera: es
muy difícil ser obispo y tener fe. Porque el poder atrae mucho y tiene una
determinada lógica. Muchos obis¬pos terminan fagocitados por esa lógica del
poder y en pos de eso termi¬nan entregando su verdadero deseo cristiano–
explicó Rubén Dri, otro ex integrante del MSTM que se alejó de la condición
clerical.
Dri integra una familia de ocho hermanos, todos nacidos en
Federación, Entre Ríos, un pueblo que a mediados de la década de los setenta
fue sacrificado, lo mismo que buena parte de la fauna ictícola del río Uruguay,
por una represa hidroeléctrica. Cuando las turbinas de Salto Grande comen¬zaron
a funcionar, el río ganó las calles y todos los edificios del pueblo, incluida
la parroquia, fueron sepultados por las aguas. Sus desarraigados habitantes
debieron mudarse a la Nueva Federación, una ciudad de casas idénticas, hechas
de apuro, que da sobre un lago, en cuyo lecho descansa la vieja Federación.
Cuando eso sucedió, Dri trabajaba como sacerdo¬te en una comunidad rural del
Chaco:
–Mi obispo, monseñor Agustín Marosi, no tenía grandes luces
intelectuales –continuó–. Era hijo de italianos y tenía la sabidu¬ría del tano
criollo de no meterse en líos. Entonces, al cura que le hacía líos, lo
marginaba, pero no lo castigaba. Lo dejaba al brazo secular, como en la Edad
Media, para que él hiciera lo que corres¬pondiera. A mí me sacó de todo espacio
eclesiástico, pero me dejó libre. Seguía siendo cura, no me castigó
canónicamente, así que yo podía seguir celebrando misa. Fue inteligente de su
parte, porque ese proceder no lo enfrentaba con la gente que me seguía. Me dejó
tra¬bajar en la villa, pero me echó del clero regular, de las parroquias, así
que no tenía ningún tipo de apoyo. De mi parte yo no quería tampoco ser su
representante.
Rubén Dri se ordenó como sacerdote en Paraná y luego estu¬dió
Teología en la Universidad Pontificia Salesiana, en Turín. No fue el único de
la familia que optó por el camino religioso: uno de sus hermanos era
seminarista y su hermana Teresa fue religio¬sa de la Congregación de las Monjas
Azules. Tampoco fue el único en marchar preso: su primo, Jaime Dri, estuvo
secuestrado en la ESMA –de donde se escapó milagrosamente– y tanto él como
Teresa fueron detenidos en varias oportunidades por su activa militancia católica.
Como muchos de los hombres comprometidos con su épo¬ca, Dri se
exilió en México en 1976. Allí vivió hasta 1984 y trabajó todos esos años en un
Instituto Teológico que fue ce¬rrado por Juan Pablo II. Con el retorno de la
democracia, volvió a Buenos Aires, donde se dedicó a la docencia y se
trans¬formó en uno de los analistas más respetados de la historia de la Iglesia
en la Argentina.
Actualmente, es profesor de Teología e Historia de la
Univer¬sidad de Buenos Aires y vive en un departamento del barrio de Palermo.
Desde allí pontifica que es justo reconocer que en la Iglesia, como en la vida,
los hombres cambian mucho, sobre todo cuando el poder los tienta:
–Otro ejemplo que convalida lo que pasó con Quarracino, es el de
monseñor Ítalo Di Stéfano; él también cambió mucho. Recuerdo que me fue a
visitar cuando estuve detenido en Resistencia, en el '70. Éramos amigos, pero
él cambió, se reacomodó, y no volvimos a ha¬blar. Yo pasé a la clandestinidad
en el '74, estuve dos años clandesti¬no y después pasé al exilio. En el exilio
me enteré que Di Stéfano había pasado del obispado de Roque Sáenz Peña, Chaco,
al de San Juan; y como obispo de San Juan ya vi las posiciones que tenía, así
que no hablé con él. Yo tengo mi juicio sobre él, pero también tengo una deuda
personal: le agradezco el gesto que tuvo conmigo. Me acuerdo que cuando me
visitó y me entregó el pectoral, me dijo que tenía miedo de que la policía me
largase de noche y me secuestrasen. En ese momento él tenía una posición
progresista. No es que estuvie¬se totalmente de acuerdo con lo que yo hacía,
pero participó en el lanzamiento de las Ligas Agrarias. De todas formas, a mí
no me extrañó demasiado su vuelco, porque percibía en él ansias de poder. Di
Stéfano tenía una concepción teológica de la Iglesia de derecha, pero también
una gran necesidad de protagonismo, y como por esos días el protagonismo pasaba
por la izquierda, él tenía su espacio. Cuando eso cambió, él lo hizo en
consecuencia.
Los encuentros
Impulsados por el éxito de la firma del manifiesto y por la
necesidad de que los cambios dejasen el escenario del discurso, para hacerse
carne en cada uno de los católicos, y en cada hom¬bre y mujer argentinos, los
sacerdotes enrolados en el MTSM, realizaron su primer encuentro nacional.
El 1 y 2 de mayo de 1968 se reunieron en Villa Manuela, Córdoba.
Los firmantes fueron trescientos veinte y asistieron vein¬tiún sacerdotes en
representación de dieciocho diócesis. En Villa Manuela se analizó la situación
de las distintas regiones del país y de las villas de emergencia de Buenos
Aires. Los sacerdotes Héctor Botan, Jorge Vernazza y Rodolfo Ricciardelli
denunciaron atro¬pellos policiales y el plan de erradicación.
Entre los firmantes de las conclusiones había, sin duda, altos
desniveles de comprensión y también enormes diferencias en el discurso
político, que marcarían el desarrollo sinuoso y el desti¬no final del
movimiento. De todas maneras, se coincidió en que los curas debían salir de sus
preocupaciones y actividades pura¬mente eclesiásticas, para reencontrarse con
el hombre común y sus problemas. Y, por supuesto, todos en general ratificaron
su opción por los oprimidos.
"Existe en la Iglesia argentina lo que podríamos denominar
catolicismo popular que no está aún totalmente formulado en expresiones
intelectuales, pero sí late en la vitalidad del pueblo. Es un hecho de nuestra
historia que el pueblo ha combinado su fe católica, con una línea nacional–ya
desde el grito de Facundo, "Religión o Muerte", y más reciente en el
peronismo– más allá de los dictados de la Iglesia oficial y de todas las
élites. Se puede afirmar que aún hoy, gran parte del pueblo se identifica
política¬mente con el peronismo. Es una corriente mayoritaria, aun no teniendo
formulaciones teóricas totalmente elaboradas. Pueblo es tierra, patria,
religión, tradición, folklore. El Movimiento de Sa¬cerdotes para el Tercer
Mundo, originariamente identificable con la corriente de protesta social, se
daría ahora más bien en esta línea popular nacionalista, intentando una
presencia profética y de liberación dentro de la problemática argentina y
latinoameri¬cana. Pareciera que el catolicismo popular tiene la virtud de
ope¬rar una purificación de las izquierdas europeizantes, despoján¬dolas de su
carácter marxista-elitista y tornándolas nacionales al reconocerse en las
tradiciones de caudillos como Facundo Quiroga, el Chacho Peñaloza, Artigas,
Ramírez, López, pasando por Irigoyeny el fenómeno peronista. El humanismo
universitario se conecta con el peronismo revolucionario." ,
reflexionaban, en 1970, Lucio Gera y Guillermo Rodríguez Melgarejo, acerca del
MSTM.
Ya en el Tercer Encuentro Nacional, que se realizó Santa Fe, en
los primeros días de mayo de 1970, los sacerdotes comenza¬ron a defenderse de
las imputaciones de los políticos y de la je-rarquía eclesiástica y rechazaron
así las acusaciones que se les ha¬cía, de haberse convertido en un grupo
revolucionario. El comunicado con las conclusiones del encuentro de Santa Fe
afir-maba que "el Movimiento no es, ni quiere, ni puede constituirse en
partido político ".
Pero, pocos días después, el 29 de mayo de 1970, se produjo el
secuestro del general Pedro Eugenio Aramburu y el MSTM hizo, recién a finales
de junio, una declaración al respecto. La misma no incluyó una condena enérgica
al asesinato, como se hubiese esperado, y colocó a Aramburu en igualdad de
condicio¬nes con otros caídos. Este hecho, sumado a la vinculación de algunos
curas con militantes de la organización Montoneros, afec¬tó al MSTM.
La primera consecuencia fue la detención del padre Alberto
Carbone, director de Enlace, la publicación oficial del movimiento. Los
titulares de los diarios opositores al MSTM, fueron lapidarios.
A Carbone se lo había culpado de tener en su parroquia la
máquina de escribir que fue usada para redactar el comunicado con el que
Montoneros se adjudicó el asesinato de Aramburu. Esas pericias determinaron que
el cura fuera detenido y pasara casi un año y medio en prisión, tras lo cual
fue sobreseído.
Con babuchas, una camisa de tela fina, sandalias franciscanas,
medias de lana y una boina que protegía del frío su calva cabeza, Carbone me
recibió en una pequeña y húmeda salita, una maña¬na del invierno de 2000, en
pleno año del Jubileo, y treinta años después de aquellos episodios. Se lo veía
tranquilo y en paz con¬sigo mismo:
–La famosa máquina era de Norma Arrostito (fundadora de la
organización Montoneros). Ellos la secuestraron y después dijeron que era mía.
La verdad, no me impona demasiado. Necesitaban encontrar un chivo expiatorio
dentro del MSTM y me encontraron a mí. De cualquier manera, los muchachos no
estuvieron a la altura de las circunstancias. Después del asesinato no los
volví a ver y jamás me dieron una explicación. Yo no se las pedí, no me hacía
falta. Ellos sabían qué les había inculcado. Sabían de sobra que yo pensaba que
habían errado el camino, siempre se los dije. No me escuchaban.
El cardenal Juan Carlos Aramburu era un tipo extraño, a pesar de
su marcado conservadurismo, nunca le pidió explicaciones a su sacerdote. Dos
veces hizo gestiones para lograr su libertad. Lo cono¬cía y suponía que estaba
sirviendo de blanco. Sin demasiadas pala-bras, se hizo presente cuando Carbone
lo necesitó.
–Aramburu estuvo, me acompañó. Yo no podía pretender que se
jugara públicamente, porque no le convenía, y además porque en el fondo, si
bien simpatizaba con nuestro trabajo de base en las vi¬llas, él era un príncipe
de la Iglesia, y los nobles sólo se encuentran con los criados a escondidas y
en situaciones límites, no en reuniones públicas. Allí cada cual conserva su
lugar. El cardenal me visitaba en la cárcel y me llevaba cigarrillos. Cuando en
el '72 me dejaron libre por última vez, él me vino a buscar con mi abogado. Me
dijo: "Agarrá tus pilchas y tus anotaciones que nos vamos". Me llevó
hasta la casa de mi abogado y después me dijo que, si quería, tenía un lugar en
la casa del clero, en la calle Rodríguez Peña. Allí viví seis años, cuando todos
me consideraban una compañía peligrosa–contó Carbone.
–¿Jubileo?– preguntó luego, con un dejo de ironía.
Fue cuando le expliqué por qué creía que el año 2000 era el
momento ideal para empezar a escribir un libro sobre la Iglesia argentina, en
el que se pudieran reconocer errores y limpiar cul-pas, muchas de ellas
injustamente adjudicadas. Y continuó:
–¿Usted está segura de que la Iglesia argentina va a pedir
perdón por sus complicidades y sus omisiones? Ojalá que así sea. ¿Sabe? Yo
nunca estuve en contacto con la jerarquía, mucho me¬nos ahora, que estoy desde
hace casi diez años en este lugar aleja¬do, donde cumplo mi misión sin
molestar. Mi única preocupa¬ción son los pobres. Pero me encantaría que mi
Iglesia tome el buen ejemplo del papa Juan Pablo II y pida profundamente
perdón. Eso sí: como hombre de la Iglesia le aseguro que el perdón es imposible
si no hay arrepentimiento.
Aquella conversación con el padre Carbone tuvo lugar en agos¬to
de 2000, en la parroquia del barrio Rivadavia, en Merlo, par¬tido de Moreno,
donde el obispo de Morón, monseñor Justo Laguna, le dio, hace una década, la
posibilidad de ejercer el sacerdocio, ya que por entonces la zona pertenecía a
su diócesis. Veinte días después de esa charla, en el Encuentro Eucarístico de
Córdoba, la Iglesia hizo público su pedido de perdón. Fue un digno –y tardío–
regalo de primavera.
La ruptura
El celibato y la filiación política –sobre todo la opción por el
peronismo– fueron los temas que desde el comienzo enfrentaron a distintos
miembros del MSTM, y esas diferencias se intensificaron hasta el final en 1973.
Dos pesos fuertes del grupo, el padre Carlos Mugica y monseñor Jerónimo
Podestá, obispo de Avellaneda, tuvie¬ron sobre el celibato un enfrentamiento
tan violento, que a partir de allí sólo dialogaron mediante emisarios. Mugica
estaba a favor del celibato y Podestá, en la posición contraria.
El popular Obispo de Avellaneda fue acusado por muchos
sacerdotes de banalizar la opción por los pobres del MSTM in¬troduciendo en el
debate una cuestión menor como el celibato. Pero para Podestá ése era "el
tema" porque ya era pública su estre¬cha relación con Clelia Luro, su
secretaria, quien luego se con¬virtió en su mujer.
Algunos memoriosos recuerdan el entredicho entre Podestá y
Mugica:
Podestá: –Me parece Carlos que tenes una teología muy floja.
Mugica: –Y a mí me parece que vos tenes una teología muy
pelotuda.
El padre Luis Farinello, uno de los más jóvenes exponentes del
MSTM, recordó así aquellas agitadas discusiones:
–En la última etapa de las reuniones de los sacerdotes del
Tercer Mundo, había curas que se habían casado y que venían con sus parejas. El
padre Carlos Mugica era el que más se enojaba con el tema del celibato. Para él
era una cuestión secundaria. "Acá lo im¬portante es la justicia, los
pobres. Este no es un problema de brague¬tas", decía. "Si se quieren
casar, háganlo y listo, pero no nos hinchen las pelotas. No confundamos las
cosas, vayanse".
Mugica era así de apasionado y claro; no andaba con eufe¬mismos.
Esos fueron años de fortísimas convulsiones sociales y
políti¬cas. De grandes controversias: la Argentina era una caldera a punto de
estallar y las organizaciones guerrilleras, algunas de las cuales tuvieron su
origen en los grupos católicos estudiantiles y en el mismísimo seno de la
Iglesia, arreciaban con sus operaciones militares, con la simpatía de grandes
sectores populares. El 3 de agosto de 1971, cuatro clérigos tercermundistas
fueron deteni¬dos y puestos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN).
Ellos eran: Rubén Dri, José María Ferrari, Néstor García y Juan Carlos Arroyo,
y un ex sacerdote, Santiago Mac Guire. La deten¬ción despertó quejas y las
mismas llegaron a la jerarquía eclesiás¬tica y al gobierno, quienes rápidamente
iniciaron tratativas para neutralizar un posible conflicto entre ambos poderes.
En ese mo¬mento, Lanusse necesitaba el apoyo de los jerarcas católicos para
concretar el Gran Acuerdo Nacional y el arzobispo de La Plata, monseñor Antonio
Plaza, pidió por los curas detenidos. De cual¬quier manera el conflicto estaba
en el mismo seno de la Iglesia.
El 11 de julio, el arzobispo de Buenos Aires y cardenal
prima¬do, Antonio Caggiano, quien en ese momento oficiaba también de Vicario de
las Fuerzas Armadas, se había lanzado en un dis-curso contra los sacerdotes y
laicos que "erróneamente se enrolaban en caminos revolucionarios que
implican siempre la violencia, en lugar de amar a todos por igual, a los pobres
y a los poderosos, a los débiles y a los ricos ".
El camino hasta aquí tenía su historia. En abril de 1969, la
Conferencia Episcopal Argentina firmó –con sesenta y cinco obispos– un
documento que puede ser considerado revolucio¬nario: "La evangelización
comprende todo el ámbito de la promo¬ción humana. La misión de la Iglesia en
Argentina es trabajar por la liberación del hombre e iluminar el proceso de
cambio de las es¬tructuras injustas y opresoras". Parecía mentira, al
punto tal que los sacerdotes de base no podían creer lo que leían. Pero este
comunicado de corte contestatario, provocaría que un mes más tarde, el 29 de
mayo cuando estalló el cordobazo –la mítica protesta popular que marcaría la
historia argentina– algunos culparan a la Iglesia de impulsar los violentos
disturbios. A partir de ese momento, los obispos asustados, guardaron absoluto
si¬lencio, perdiendo la oportunidad –quizá– de protagonizar una etapa de
cambios profundos. Y en agosto de 1970, la Comisión Permanente del Episcopado
presidida por Antonio Caggiano, Adolfo Tórtolo y Vicente Zaspe, reiteró la
necesidad de una trans¬formación, pero advirtió que el comunicado anterior que
habla-ba de "revolución social" no era avalado por los prelados, ya
que "auspiciar esa revolución es propiciar todas las violencias. No es
po¬sible considerar necesaria la erradicación definitiva y total de la
pro¬piedad privada de los medios de producción, sin negar principios
fundamentales de la doctrina". La crisis estaba instalada.
En la revista católica Esquiú, de diciembre de 1972, el
arzo¬bispo coadjutor de la diócesis de Buenos Aires, dio a conocer un
comunicado que decía, entre otras cosas:
"A ningún sacerdote, religioso o religiosa, le está
permitido actuar en partidos políticos o movimientos similares.
"El asumir una función directiva (liderazgo) o militar
activa¬mente en un partido político, es algo que debe excluir a cualquier
presbítero a no ser que en circunstancias excepcionales lo exija real¬mente el
bien de la comunidad, obteniendo el consentimiento del obispo.
"Las circunstancias excepcionales que pudieran existir, no
se dan en la actualidad.
"Por su misión el sacerdote debe ser lazo de unión en medio
de los sectores de la más diversa condición y aún de ideologías opuestas.
"
Los síntomas más inquietantes de esta crisis, según un artícu¬lo
de la revista Panorama, del 14 de enero de 1971, eran los si¬guientes:
"Éxodo progresivo del personal eclesiástico. Se estimaba
que en la década del '60 se redujeron al estado laico alrededor de 500
sacerdo¬tes y 1300 monjas: aproximadamente un 10 por ciento del total de curas
y monjas de la Argentina. La proporción –mínima en sí– adquiere visos de
tragedia si se tiene en cuenta que en los últimos años el número de novicios
disminuyó entre el 50 y 70 por ciento, según las regiones".
"En este momento se advierte una fisura en la Iglesia, no
sé si más grave que en otros tiempos. Existen idiomas distintos, aunque esto
cause dolor. Hay quienes piensan predominantemente en la Iglesia como
estructura y para ellos tiene una importancia fundamental la unidad jurídica,
la verticalidad, la obediencia como subordinación", dijo Jerónimo Podestá
a Panorama.
El 17 de noviembre de 1972 se produjo el esperado retorno de
Perón a la Argentina. En el charter, además de Isabelita, el brujo López Rega,
el croata Milo de Bogetich, Hugo del Carril, Nilda Garre, Raúl Lastiri, Norma
López Rega, Juan Manuel Abal Medina, Jorge Taiana, Héctor Cámpora y su mujer
Nene, Marilina Ross y trescientos invitados más, estaban los sacerdotes Carlos
Mugica y Jorge Vernazza, los que antes de partir del aeropuerto italiano,
ofi¬ciaron una misa –vestidos con sus camperas de cuero– en la capi¬lla aledaña
a la mismísima basílica de San Pedro.
Sorpresivamente, una vez en Buenos Aires, la mañana del 6 de
diciembre, el viejo caudillo visitó la Villa 31 de Retiro, donde Mugica
trabajaba en la capilla de Cristo Obrero. El sacerdote no se encontraba en ese
momento en el lugar y al enterarse, salió disparado hacia la residencia de
Gaspar Campos. Tres días des¬pués, una mañana lluviosa, Perón recibió a los
sacerdotes del Tercer Mundo. Pero los frutos de ese encuentro no tuvieron el
mismo sabor para todos. A gusto de algunos asistentes, el general se dirigió a
los curas en un tono muy paternalista. Para los marcadamente peronistas, como
Mugica, aquella fue una reunión inolvidable. Y para los sacerdotes del
interior, más inclinados hacia la independencia partidaria, fue el principio
del fin del MSTS.
"Mis primeras palabras quiero que sean para trasmitirles un
sa¬ludo muy afectuoso de monseñor Casaroli, Secretario de Estado del Vaticano.
Con él hablamos largamente sobre la Argentina y los curas del Tercer Mundo, con
los que comparte muchas de sus posiciones. Me encargó que les diese un saludo
muy afectuoso cuando tuviera la oportunidad de hablar con ustedes...",
comenzó diciendo Perón, ante la mirada –atenta de algunos y desconfiada de
otros– de los clérigos rebeldes.
"Yo he seguido muy de cerca todo este proceso, porque
también me he preocupado como todos los católicos, por la situación de la
Iglesia que no es tan confortable. Naturalmente hay nuevas ideas a las cuales
la Iglesia tiene que avenirse porque hay en el mundo una evolución acelerada y
profunda, a la que no puede escapar nadie que viva en el mundo.
"(...) Parece que el mundo comienza a cristianizarse ahora.
Esto nos impone a todos la necesidad de cambiar este sistema
demo-liberal-burgués basado en el sacrificio y crear otro sistema donde no
exis¬te tal sacrificio y donde esté contemplado el hombre como tal. Este
sistema nosotros lo concebimos como justicialismo, hace ya cerca de treinta
años.
"(...) Nosotros, desde 1946 a 1955, liberamos al país.
Nadie metía sus narices acá sin llevarse su merecido. Este era un país
soberano. Pero la sinarquía internacional, manejada desde las Naciones Unidas,
que he¬mos visto funcionar acá donde estaba el comunismo y el capitalismo
unidos contra este país que se había liberado. Estaba además, el sionis¬mo, que
también actuó. La masonería y desgraciadamente la Iglesia Católica. ¿Por qué?
Porque habíamos cometido el delito de empezar a pensar por nosotros mismos.
Pero esa sinarquía internacional nos echó encima todo su poder y terminó por
aplastarnos.
"(...) Le preguntaba a Andreotti (Giulio) en Italia, así en
confianza, conversando con él y le decía: "allá está la Democracia Cristiana, está el
Socialismo, está el Comunismo, está el Neo-fascismo". Yo le pregun¬taba:
(¿dígame presidente, cuáles son sus mejores amigos?". Me habló despacito y
me dijo: "los comunistas). Quiero decir que allí han aman¬sado y casi han
adiestrado a los comunistas. Por eso creo que las democracias modernas deben
ser integradas, donde cada uno lucha por su idea...
"(...) Hoy el mundo, señores, ha abandonado los esquemas
capi¬talistas. Va a un sistema socialista. De eso no hay que asustarse, por¬que
hoy el socialismo va desde el internacionalismo dogmático del comunismo hasta
las monarquías socialistas nórdicas de Europa, donde está el rey con las
princesas y todo lo demás... "
Y, para finalizar, el picaro caudillo confesó lo siguiente:
"Volviendo a la Iglesia yo debo advertirles que soy fraile:
soy hermano mayor de la Orden Mercedaria, pero sólo de chico por¬que fui a la
escuela de la Merced y ahí quedé prendido al mercedarismo (sic) y no me separé
jamás y desde hace veinte años, soy hermano mayor, de manera que he seguido y
sigo la vida de la Iglesia y así como el país tiene que cambiar de mentalidad
la Iglesia tiene también que cambiar de mentalidad. Tengo la im¬presión de que
el Vaticano tiene en claro esto, he conversado mucho con ellos, quiere esa
evolución... ".
A los ojos de Rubén Dri, la "última reunión del MSTM, en
1973", estuvo marcada por dos hechos: uno, externo, que era la represión;
y otro, interno, que en lo eclesiástico pasaba por las contradicciones
existentes respecto de la concepción de la Iglesia; y en lo político, por
posiciones que iban desde el verticalismo peronista al marxismo.
–En el ámbito eclesiástico, la concepción más vertical era la
porteña, con su aceptación del celibato y la obediencia al obispo; en contra
del interior, donde esos temas se trataban de otra manera. Desde el interior
nosotros decíamos que el celibato no era un problema del Movimiento, sino de
cada regional. Para nosotros no era un problema si se era célibe o no, sino si
el cura que dejaba el celibato creaba o no un problema para esa comunidad.
Pensábamos que eso debía ser resuelto en ese lugar, sin que el movimiento se
metiera– explicó Dri.
En el ámbito político, volvían a enfrentarse en el seno del
MSTM, a la manera de unitarios y federales, las posiciones de los curas
porteños y los del interior.
–La posición porteña, donde estaban Mugica y compañía, era la
opción del verticalismo peronista, en cambio, en el inte¬rior, teníamos
opciones peronistas más independientes y también otras más marxistas– continuó
Dri. Esas contradicciones no las pudimos superar. Eso y la represión nos
jugaron en contra, así que se tomó una decisión: dejar por el momento las
reuniones nacionales (de cualquier manera se hicieron algunas aisladas) y en
cambio, expandir la base con la que trabajábamos. Esto es, dejar de ser un movimiento
de curas, para ser un movimiento cristiano, abrirlo a monjas y laicos.
Uno de esos laicos fue Roberto Cirilo Perdía, integrante de la
Conducción Nacional de Montoneros, desde 1972 has¬ta su disolución en 1983,
quien así explicó la relación que tenía esa organización con los curas del
MSTM:
–Con ellos teníamos dos tipos de relaciones: las personales y
las orgánicas. Yo conocía a varios de ellos y participé de reuniones en la
diócesis de Reconquista con casi diez curas de la zona. Cuando an¬daba por esos
lugares yo paraba en las parroquias y comía con los padres. Pero en lo orgánico
hubo relaciones contradictorias: algunos eran más peronistas y otros no,
algunos apoyaban la lucha armada y otros no. Nosotros teníamos una posición
tomada: éramos peronistas que estábamos organizando una acción político
militar, una defini¬ción clara y rotunda, y desde esa definición teníamos con
el MSTM muchos puntos en común y muchas diferencias.
Nosotros éramos más homogéneos, pero de cualquier manera eran
muchos más los puntos en común que las disidencias y hacia afuera aparecía como
un fenómeno más o menos coincidente. Ellos no colaboraban con nosotros como
organización, en ese sentido sólo teníamos un acuerdo político que se hizo
explícito en los do¬cumentos, pero sí había compromisos de tipo individual.
Otro de esos laicos fue Juan Carlos Dante Gullo, ex diri¬gente
de la Juventud Peronista (JP) de la Capital Federal.
–En los años setenta, nuestra relación con la verdadera Iglesia
de Cristo era muy estrecha. Teología de la Liberación, Concilio Vati¬cano II,
Sacerdotes del Tercer Mundo, Camilo Torres y la revista Cristianismo y
Revolución eran temas permanentes de nuestra re¬flexión y acción. Un dato
importante sobre nuestra relación con esa Iglesia progresista fue que a fines
de 1972, acompañando una huel¬ga, la JP hizo su primer afiche y utilizó la
imagen de una cruz con palabras del Evangelio que se referían al compromiso con
los herma¬nos, con el pobre y con el que sufre. La figura de Juan
XXIII–continuó Gullo–fue para nosotros, jóvenes militantes, una imagen
referencial, no a nivel religioso, sino por su concepción del mundo. Muchos
leía¬mos las encíclicas y muchas de las palabras que descubríamos allí nos
servían para describir nuestra realidad. También nos habíamos en¬ganchado con
la frase de Pablo VI: "Si quieren paz que den justicia". Teníamos en
la cabecera la cruz, la referencia permanente de Juan XXIII, el Papa bueno, y
con ellos convivían las figuras de Evita, el Che y Camilo Torres.
Dante Gullo estuvo preso entre abril de 1975 y octubre de 1983;
una vez liberado siguió militando en la Corriente Nacio¬nal y Popular, y
trabajando en la APDH. En 2001 armó el Parti¬do Popular Nuevo Milenio, que
compartió lista con la Alternati¬va para una República de Iguales (ARI) de
Elisa Lilita Garrió, en las elecciones del 14 de octubre de ese año. Aparte de
eso, tiene una oficina en la zona de Tribunales, donde funciona su agencia de
publicidad en la vía pública.
–Los curas tercermundistas no tenían una prédica de la bondad
por la bondad misma, predicaban con lindas palabras y liberadoras basadas en la
realidad –recordó–. Uno podía trasladar la con¬ducta como hombre de la Iglesia
a la de hombre de la sociedad y como hombre de la sociedad se exigía una
conducta casi de santo. La concepción del Hombre Nuevo era la de un ser con los
pies sobre la Tierra, consciente de la problemática de su tiempo, del
agotamiento del sistema y de la posibilidad de una sociedad más equitativa, más
justa, de darle paso a la revolución. Bajo esa concepción lo mejor que uno
podía hacer era dar la vida por su hermano, de esa manera se instalaba en la
militancia y en la lucha armada. Por eso nosotros no dejábamos de reconocer y
respetar a las organizaciones especiales, o sea a las guerrilleras, porque en
definitiva ellos eran los que llevaban la lucha hasta las últimas
consecuencias.
La profecía de Benítez
Para el ex montonero Roberto Cirilo Perdía, la Iglesia tuvo un
papel principalísimo en la formación de los hombres de la organización, hasta
el punto que a su juicio, la piedad cristiana se expresaba aun frente al
crimen.
–La historia de Montoneros sobre el ajusticiamiento de Aramburu,
dice textualmente: "Dios se apiade de su alma". Eso es una prueba
contundente de que hubo una fuerte influencia de secto¬res de la Iglesia en la
formación de nuestra vida y en la conforma¬ción de la organización. Nosotros la
reconocemos más allá de los errores que pudimos haber cometido –reflexionó.
El ex jefe Mario Eduardo Firmenich, dijo siempre lo mismo, a la
par que reivindica su catolicismo y no se arrepiente de nin¬gún hecho violento
del pasado. Al contrario, se remonta a párra¬fos de la Biblia cuando le
cuestionan.
Pero el cura tercermundista Hernán Benítez tenía otra opi¬nión
al respecto: para él no eran los curas del Tercer Mundo los responsables, sino
Perón. Adelantándose muchos años a esos he-chos, el confesor de Evita le
reprochaba en una carta, que desde su cómodo exilio en Caracas incitara a los
jóvenes a la violencia. Con fastidio e ironía, se adelantaba así en 1958 al
futuro:
"Las nuevas generaciones convertirán a Perón en un héroe,
en un visionario, y la guerra civil, en la única solución, el único remedio
para salvar la Argentina. Visto el hombre a la distancia desaparecen en él las
contradicciones... De lejos relampaguea sólo el héroe... Sólo el Redentor de la
clase obrera... Los hijos de los gorilas, por repudio a sus padres se volverán
peronistas y guerrilleros. De lejos sólo verán lo positivo de Perón".
Benítez fue quizás el único interlocutor que en persona o
epistolarmente trató a Perón de igual a igual. Había acompa¬ñado a Evita en su
gira por Europa en 1947 y fue el deposita¬rio de sus confesiones, incluso,
según se cree, de aquella en la que la abanderada de los humildes habría
admitido haber te¬nido una hija extramatrimonial con el actor Pedro Quartucci,
que él y su mujer criaron como propia cuando Eva se casó con Perón, y que
todavía reclama, sin suerte, ser reconocida como una Duarte.
Benítez se decía evitista y justicialista, pero no admitía que
lo llamasen peronista. No obstante, entre 1955 y 1958, man¬tuvo una relación
epistolar con Perón, que Marta Cichero re¬cogió en su libro Cartas peligrosas.
En una de esas misivas, fechada el 28 de diciembre de 1956 –apenas fracasada la
re¬belión del 9 de junio, que epilogó con la masacre de decenas de civiles en
León Suárez y el fusilamiento del general Valle, jefe de los sublevados–
Benítez le reprochaba al líder justicialista, como si estuviera dirigiéndose a
otra persona, su convocatoria a los jóvenes a tomar las armas y a la vez, su
cobardía. Decía así:
"Perón tenía aplastada la rebelión militar de septiembre
del '55 en todos los frentes. Me lo certificó el general Iñíguez, quien
coman¬daba la represión. Les regaló el triunfo a nuestros enemigos cuando
contaba él con todo el poder, con toda lafueza, con todas las ramas. ¿Y
pretende ahora que el pueblo indefenso, desarmado, aplastado, desorganizado,
haga todo cuanto él no hizo ni dejó hacer? Era sin duda ético y era moral, en
septiembre del '55, que él, como legítimo gobernante, aplastara la seguramente
ilegítima rebelión armada go¬rila. Ilegítima por pretender anteponer el bien de
una minoría al bien de la mayoría del país.¿Es ahora ético, es moral, es
sensato, arrojar en masa a la muerte al pueblo inerme, desprotegido, apre¬miado
de necesidades vitales de subsistencia? ¿Al pueblo al que él abandonó a su
suerte cuando a sí mismo se puso a buen resguardo?
"¿No es falacia criminal exigirles ahora a los vencidos
guerra, sangre, muerte, cuando el vencedor se mandó a mudar pretextando
precisamente que se iba para evitar guerra, sangre, muerte?
"¿Qué puede pensar de este plan demencial el sacerdote que
ha pasa¬do días enteros, durante semanas y meses, enjugando las lágrimas de las
viudas y de los huérfanos, de los asesinados y de los fusilados?"
En esa misma carta, el cura le remarcaba a Perón las
diferen¬cias sustanciales que los separaban: uno confiaba en la insurrec¬ción
de las masas y el otro en la democracia consensuada. Por eso, a su propuesta de
acompañar la vía violenta, Benítez respon¬dió negativamente.
"Si respondiera sí a su carta (dolorosamente tan a tono con
las anticristianas e inhumanas "directivas", e
"instrucciones" del "Comando Superior Peronista"
caraqueño), apostataría, no sólo del sacerdote y del cristiano, sino del hombre
que soy y me siento. Usted sostiene, como un ritornello, que el nuevo rumbo de
la historia y el nuevo rostro de los tiempos está signado por la insurrección
de las masas, la guerra, la muer¬te. Pero éste es el rumbo del antropoide del
que partimos y del demonio que llevamos dentro. No es el rumbo del superhombre
cristiano, no nietszcheniano, que también llevamos dentro. "Yo sostengo
que la historia –pese a sus contradicciones y retro¬cesos– camina a la
justicia, al pluralismo ideológico, a la compren¬sión, a la libertad y a la
democracia consensuadas en una palabra, a la vida, aquende, en este mundo, y a
la vida allende, en la eterni¬dad. Creo en el triunfo del ángel", le
respondió.
Dos años más tarde, el debate de Benítez con Perón terminó en
ruptura. Fue cuando el sacerdote le exigió sin cortapisa que cesara con su
incitación a la guerra subversiva. Su advertencia, escrita el 14 de enero de
1958, resultó profética: "En las actuales circunstancias, ¿no se da cuenta
el general que la represión dejará ya no 30, ni 300 víctimas asesinadas, sino
3.000, sino 30.000?".
3
"Estoy dispuesto a morir pero no a matar"
–Cuando llegué corriendo al lugar había un charco de sangre. Me
acuerdo que llovía en la villa. Y a mí me temblaban las manos, el cuerpo, y
sentía que la cabeza me estallaba. Me quedé duro, para¬do frente al charco de
sangre. Y de pronto un hilo rojo comenzó a bajar por las canaletas de la
vereda, hacia la tierra donde había un árbol. La lluvia caía intensamente y la
sangre se deslizaba hacia la tierra. La tierra chupó la sangre de Carlos. Se
chupó toda la sangre. Parecía un milagro de Dios ante tanta locura...
Hacía veintiséis años que una ráfaga de metralleta había
des¬trozado el cuerpo del sacerdote Carlos Mugica, pero el hombre hablaba como
si todo hubiera sucedido hacía apenas unos días. Su voz sonaba entrecortada y
tenía los ojos cargados de lágrimas. Se quedaba largos ratos en silencio, con
la mirada fija en una de las paredes de aquella habitación pequeña y austera,
recordando detalles y dolores, añejos pero aún punzantes.
Carlos Mugica y Orlando Yorio habían sido compañeros.
Más que eso, amigos y cómplices de sueños y utopías. Mugica fue
el líder, el más carismático de aquellos hombres del Movimiento de Sacerdotes
del Tercer Mundo (MSTM) que apostaron al cam¬bio desde la estructura religiosa,
el exponente de una generación que provocó un cisma en la Iglesia Católica
argentina, y que acom¬pañó a los movimientos revolucionarios que surgían en
Latinoamérica y otras partes del mundo. Y Yorio había sido uno de esos
implacables y fieles militantes de sotana de la orden de los Jesuitas, que
sacrificaron todo atrás de un ideal.
Una cama, una mesa de luz, una cruz de madera en la pared, una
pequeña biblioteca atiborrada de libros era todo lo que pare¬cía quedarle de
aquella revolución inconclusa. Eso y los recuer¬dos. A través de la ventana,
llegaba a la habitación el canto de los pájaros y las voces de los niños
jugando en la calle de tierra. Una brisa destemplada venía desde el río. La
casa estaba ubicada a unos veinte minutos de ómnibus desde Montevideo, la
capital del Uruguay.
Yorio tenía entonces sesenta y cinco años y una salud
resquebra¬jada por la impiedad de los verdugos de la Escuela de Mecánica de la
Armada, la famosa ESMA, donde había permanecido encerrado en calidad de
detenido desaparecido durante seis meses, en 1977, junto a Francisco Jalics,
otro jesuita. Había sido salvajemente torturado, pero las presiones del
Vaticano y del Papa Paulo VI sobre el dictador Videla, surtieron efecto y una
noche fueron liberados en un descam-pado de la provincia de Buenos Aires.
Un domingo de abril de 2000, Yorio recordó frente a mí su
profunda amistad con Mugica y la militancia de ambos en el MSTM. Los
tumultuosos conflictos con la jerarquía eclesiástica, la locura, la muerte y
también las derrotas posteriores, se roba¬ron toda la conversación. Cada media
hora, Leonor, amiga fiel y compañera de la vida, ingresaba a la habitación para
controlar su presión arterial y su estado emocional, intensamente movilizado
por el repaso del pasado. Pocos meses después, Orlando Yorio moría de un paro
cardíaco. Se fue en pleno sueño, sin sufrimien¬tos. Su cuerpo está enterrado en
el cementerio de Montevideo, la ciudad que lo cobijó cuando tuvo que salir de
Buenos Aires, bajo la presión de las amenazas de los mafiosos de la bonaerense.
Martín de Biase, en su libro Entre dos Fuegos, vida y muerte del
sacerdote Carlos Mugica, contó que un mes antes del trágico 11 de mayo de 1974,
Carlos Mugica había buscado refugio, como tantas otras veces, en Los Toldos,
una localidad de la provincia de Buenos Aires donde el padre Mamerto Menapace,
su amigo y compañero desde 1969, lo esperaba para un retiro espiritual.
Necesitado como nunca de amor y protección, Carlos le es¬cuchó
hablar a Mamerto acerca de "la violencia de la luz y la vio¬lencia de las
sombras". Aquellas palabras se le clavaron en el me-dio del pecho, recordó
Yorio.
Turbado y conmovido, le oyó explicar que toda verdad, por el
sólo hecho de manifestarse, ejerce presión sobre aquel que no la acepta. Esa es
la violencia de la luz. Esta actitud de compromiso, conmueve siempre al opresor
y puede despertar en él una de estas dos reacciones opuestas: que acepte esa
verdad y se convier¬ta o, por el contrario, que agreda a quien predica la
verdad. En este caso, estamos ante la violencia de las sombras... En
conse¬cuencia, decía Mamerto, ponerse a la luz cuando las sombras andan sueltas
es un peligro y, si alguien opta por esa violencia, lo más probable es que lo
maten.
Después del retiro del que participaron muchos otros
sacer¬dotes, los dos amigos se quedaron a solas. En el libro, Martín De Biase
relata que el padre Menapace, rompió entonces el silencio y le preguntó:
–¿No tenes miedo de que te maten?
–No, no tengo miedo de morir. De lo único que tengo miedo es de
que Aramburu me eche de la Iglesia ––le había respondido Mugica, refiriéndose
al poderosísimo arzobispo de la ciudad de Buenos Aires.
Entonces, Menapace le aseguró:
–Yo no sé si Aramburu puede ponerte frente a la situación de
irte, pero de lo único que podes estar seguro es que, pase lo que pase, Dios te
va a ser fiel.
Mugica escuchó como a una profecía cada una de las palabras de
su amigo. La Iglesia, la que lo vio nacer en Cristo y la que lo vería morir a
su puerta. La gran madre de la que nunca imaginó salir, porque prefería
entregar la vida, apagarse, antes de que se apagase alguna luz de su gran casa.
Ésa, su madre, no lo abando¬naría. Eso creía.
–La Iglesia es a la vez santa y prostituta. Pero aun con todas
sus deficiencias sigue siendo mi madre. Y, aunque la madre de uno sea una puta,
uno la sigue queriendo inmensamente –explicaba Mugica, parafraseando a San
Agustín con la ductilidad que creía necesaria para que los otros, que en
algunos casos eran agnósti¬cos y en otros de entendederas cortas, lo
entendieran y sobre todas las cosas lo aceptaran.
Como en una pieza de teatro en la que los actores adelantan el
diálogo de escenas futuras, Mugica y Menapace se despidieron con un abrazo.
Carlos le había dicho: "Hermano, este año muchos nos vamos a encontrar con
Dios". Después del asesinato, Menapace juró: "Realmente se encuentra
junto a Dios".
–Yo solamente le temo a la tortura. La tortura destruye a la
gente, la aniquila. Le pido a Dios que no me toque nunca. Pero la muerte, sé
que no me da miedo. Dios está cerca y yo estoy listo –decía Mugica de manera
insistente, sofocado por el presagio de un final cercano que lo acosaba, y que
finalmente lo atrapó en un torbellino siniestro.
"(...) Un hombre y un sacerdote, que no había vacilado en
su vida en asumir netamente posiciones divisivas, se vio rodeado en su muerte
de hombres y mujeres de todas las clases y tendencias, es decir: de los
segmentos superiores e inferiores, diestros y siniestros, que inte¬gran (o
desintegran) la sociedad argentina. Por otra parte, una muerte que es
indiscutiblemente resultado de causas políticas. Fue acompa¬ñada y celebrada
con la mayor seriedad religiosa, sin ninguna nota disonante, si no es por una
tardía y equívoca, que despertó la oposi¬ción de los presentes. Nadie podía
dudar que allí se enterraba a un sacerdote, no a un militante político",
decía el entonces sacerdote Jorge Mejías, director de la revista católica
Criterio, en un edito¬rial escrito a raíz del asesinato de Mugica. Y había más:
"(...) No se trata de hacer panegíricos. No los hubo
felizmente en la Recoleta. Hubieran quedado minúsculos ante la realidad de la
muerte. Como alguien ha hecho notar, el padre Mugica era una contradicción
viviente. Nadie puede negar la profundidad y sinceri¬dad de su compromiso
sacerdotal, marcado por un vibrante amor por los pobres de este mundo, o
quizás, para ser más exactos, por los marginados de nuestra sociedad de
consumo. Había que ir a la villa la noche del domingo 12 para comprobarlo. Aquella
muchedumbre de hombres y mujeres había perdido su norte. Habían perdido a quien
no se conformaba con asistirlos, sino que procuraba hacerlos conscientes de sí
mismos y caminar con sus propios pies, para reivin¬dicar sus derechos".
–Carlos no huía del mundo. Podría haber sido asesinado en un
mitin político, en un bar mientras conversaba con una chica o a la salida de un
cine. En cualquiera de esas circunstancias su imagen habría tenido una
connotación diferente a la que luego permaneció. Sin embargo, era y se sentía
sacerdote. Cayó como cura, en la puerta de una parroquia y después de haber
celebrado misa. Dios le fue fiel –reflexionó finalmente Yorio.
Saludos a las sirvientas
A los veintidós años, Mugica se había acercado a la Iglesia sin
imaginar que la fe iba a marcar profundos surcos en su camino y que su vida
iría a transformarse en un sendero apasionante, su¬friente y liberador para
tantos, aunque trágico para él.
–Empezó a trabajar en grupos de Acción Católica, en el
San¬tísimo Sacramento. Era rubiecito, con dos faroles celestes como ojos, y muy
flaquito e inquieto. No había cumplido los trece cuando colaboró por primera
vez y tenía el deseo oculto de ser o parecer más grande. En estos años creo que
empezó su vocación sacerdotal. Fue muy gracioso verlo en una procesión barrial
de la Virgen. Le había pedido prestado un pantalón largo a su herma¬no mayor,
porque él aún no tenía edad para usarlos. El resultado fue que cada, dos pasos,
se agarraba con una mano los pantalones que le sobraban por todos lados y que
se le caían a pesar del cinturón –contó emocionado el padre Alberto Carbone,
quien a los setenta y tres años, es cura párroco de la iglesia Nuestra Señora
de la Paz, en el Barrio Obrero Rivadavia, del partido de Merlo-Moreno.
Carbone está hoy totalmente alejado de la exposición pública a
la que fue sometido a principios de los años setenta, cuando su nombre aparecía
en titulares cuerpo catástrofe en los diarios, que lo exhibían como cura
montonero y lo ligaban al asesinato del ex presidente de la dictadura, Pedro
Eugenio Aramburu. En su casa se había encontrado la máquina de escribir en la
que los guerri¬lleros habían escrito el comunicado adjudicándose el hecho,
si¬tuación que lo llevó a la cárcel. Carbone se mantiene lejos de las reuniones
de las cúpulas eclesiásticas, pero nunca está ausente de donde militan la
pobreza y la necesidad, como en sus años de juventud.
–Yo lo quería muchísimo. Carlos era un tipo especial, lleno de
vida y amor por los pobres. Y profundos deseos de cambiar el mundo. No medía
los riesgos, se metía en todas partes, peleaba contra los poderosos, se jugaba
por lo que pensaba.. Fue el gran exponente del movimiento liberador que empezó
a gestarse en aquellos años aden¬tro de la Iglesia y que luego fue aplastado
por los de arriba. A veces pienso qué hubiera sido de él si hoy estuviera vivo.
Creo que no era de este mundo... –dice Carbone con melancolía.
Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe, tal su nombre com¬pleto,
había nacido el 7 de octubre de 1930. Apenas un mes antes se había producido el
primer golpe militar que registró la historia argentina: el 6 de septiembre el
gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen caía derrocado por un movimiento
revolu¬cionario liderado por el teniente general José Félix de Uriburu.
Tercero entre siete hermanos, todos se habían criado en un
amplio y antiguo piso de estilo francés, de la calle Arroyo 844. Cuando la
familia terminó de ampliarse y los hijos estaban me-dianamente crecidos, los
Mugica se mudaron a un edificio no menos distinguido, sobre la calle Gelly Obes
2230.
El jefe de tan prolífera familia era ingeniero civil, abogado y
político del muy conservador Partido Demócrata. Se llamaba Adolfo Mugica. Su
mujer, Carmen Echagüe, hija del ex gober-nador de la provincia de Buenos Aires,
Pascual Echagüe, había soñado siempre con que uno de sus hijos fuera sacerdote.
Carlos cumplió con el deseo materno, aunque difícilmente ella hubiera imaginado
un sacerdocio como el suyo. Carlos Mugica se metió a ser cura por amor a los
pobres y por amor a Cristo. Nunca se imaginó escalando puestos dentro de la
conservadora Iglesia ar-gentina de esos años, a pesar, de que por su origen
social, tenía todo lo que se necesitaba para llegar a la cúspide. Consciente
del dolor de cabeza constante que significaba para su madre, Carlos Mugica vivía
comprándole sus dulces preferidos y le decía:
–Esto es para endulzar los disgustos que te traigo.
Aunque en un momento de su vida definió claramente su op¬ción
por los pobres, y la practicó entre otras cosas con su trabajo diario en las
villas, siguió viviendo largos años con sus padres.
–Me gusta charlar y discutir con papá, que sigue siendo
"gorila" en algunas cosas, y leer el diario y comentarlo juntos por
la mañana –explicaba. Así era Carlos, un burgués que se refugiaba en la villa y
un villero que descansaba en la casa familiar de la calle Arroyo.
María Marta, la menor de sus hermanas, definió una vez a su
familia como "tradicional, con dos valores esenciales: la patria y la
religión". Y él reconocería después que durante su juventud no había
tenido en cuenta el mundo de los humildes y que en aque¬llos días, cuando
escribía cartas a su familia, las terminaba siem¬pre con esta frase:
"Saludos a las sirvientas".
Ese sacerdote al que todos conocieron como "el cura de
Perón" había sido en sus orígenes profundamente antiperonista. Y ade¬más,
el único entre siete hermanos que jamás se educó en cole¬gios católicos.
Mugica cursó sus estudios primarios en la escuela estatal Cin¬co
Esquinas, de Libertad y Quintana y los secundarios en el Nacional Buenos Aires,
donde fue un alumno de regular para insuficiente. Se llevó muchas materias a
diciembre, varias a marzo y fue suspendido por mala conducta en cinco
oportunidades. Su fa¬milia no tuvo otra alternativa que enviarlo a cursar
tercer y cuarto año al ILSE. Allí las cosas mejoraron. Quizá como una manera de
tomarse revancha, se esforzó durante esos dos años, volvió al Cole¬gio Nacional
para cursar quinto año y terminó graduándose allí.
Fanático del fútbol, ni bien terminó el secundario fue a
probarse al Club All Boys, pero no pudo ingresar al plantel: había cumplido los
dieciocho y estaba excedido en edad para la categoría amateurs, cuyo tope eran
los diecisiete años. Pero su amor por el fútbol no terminó en sueño frustrado:
no perdió oportunidad para mezclarse en picados con los cracks de la época, con
los que jugó tan en serio como un profesional. Arroyo, así se llamaba el equipo
que integraba junto a sus amigos Ricardo Pereyra Iraola, los dos hermanos
Tezanos Pinto y los Rodríguez Larreta. Mugica llevaba la camiseta número diez,
la del habilidoso estratega.
Siguiendo los pasos de su padre, ingresó a la Facultad de
De¬recho de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Allí conoció a Roberto
Guevara Lynch, hermano del Che y se hicieron amigos. Algunos años después,
ambos viajarían a Bolivia para reclamar los restos de Ernesto Guevara.
Cursó dos años de abogacía con muy buenas calificaciones, pero
su vocación sacerdotal pudo más y en marzo de 1952 ingre¬só al Seminario de
Villa Devoto, donde lo esperaba una férrea disciplina. El padre Héctor Botan,
compañero de Mugica en el seminario y luego en el MSTM, recordó así esa etapa
preconciliar:
–Éramos dóciles, no cuestionábamos las reglas establecidas, y en
ese tiempo Mugica no era especialmente rebelde. Por el contrario, era conocido
por su disciplina y sujeción a las normas. Si nos mandába¬mos alguna
chiquilinada, por menor que fuera, Carlos se arrepentía y confesaba. No
delataba a los otros, pero los superiores lo averigua¬ban a raíz de su relato.
Su disciplina y su obsesión por superarse quedó reflejada en una
libretita que llevaba siempre consigo y en las luchas por temas que se
conservan en el archivo del Centro de Investigación y Acción Social (CIAS,
jesuítas). Allí constan, día por día, las cosas en las que se proponía mejorar
y las acompañaba –escritas de puño y letra– con citas y frases como éstas:
"Me preocupa ser el factor de pecados de otros. Tengo mucho
amor propio."
"Tengo dudas sobre mi salvación y aflojo en mis propósitos,
me cuesta mucho estar dispuesto a lo que venga, a la cruz si es
necesario."
"No entiendo por qué el Señor me permite estas vacilaciones
egocéntricas."
Ciertos apuntes de ejercicios revelan prácticas ya superadas,
como cuando hablaba de los "propósitos de mortificación ".
Mugica numeraba: "1) usar cilicio toda la cuaresma, una vez
al día durante una hora; 2) disciplina los viernes y cuando haya faltas que
reparar...; 4) leer someramente el diario en espectáculos y depor¬tes...
". Entre los propósitos a corregir figuraba: "Comportarme en clase.
Serenidad en el fútbol".
"Es necesario que olvide todas aquellas cosas que no tienen
que ver con la búsqueda del reino de Dios: fútbol, comida, alegrías algo
mundanas.
"Debo tratar de hacer lo más agradable a Dios, lo más
perfecto.
"Vivir más recogido porque quiero cumplir perfectamente con
la voluntad de Dios. Puntos débiles: la comida y la falta de humildad en las
conversaciones, y un sentimiento de inferioridad que me pro¬duce cierta
inquietud.
"A esto me ayudará el pensar en la humildad de Jesús hista
los 30 años, permaneciendo escondido a pesar de ser quién era, y la de su
Bendita Madre durante la concepción y después del nacimiento, siempre
escondida."
Aunque ya desde esa época se proponía controlar los excesos de
su personalidad, su entrañable amigo Ricardo Capelli recordaría muchos años
después facetas que hablaban muy en contra¬rio y que fueron su sello a pesar de
sus esforzados intentos plas¬mados en su pintoresca libretita.
–Era capaz de putearte en plena calle y después te llamaba a las
tres de la mañana para pedirte perdón. Aunque se lo aceptaba, él insistía en
darte explicaciones. ¡Y el malhumor!!! Era terrible, sobre todo cuando jugaba
al fútbol y su equipo iba perdiendo. Se ponía tramposo: si hacían el gol del
empate, empezaba a gritar: "Es la hora, es la hora, hora, referí",
aunque aún faltaran cinco minutos.
Además estaba siempre ocupado y entonces decía pequeñas
men¬tiras para seguir en lo que le interesaba. Una vez vino una mina de Barrio
Norte para pedirle la extremaunción para su padre. Carlos me dijo: "Decíle
que no estoy". Diez minutos después corría desorbi¬tado y gritando:
"¡Qué cagada!¿Dónde está esa mujer?".
De su impulsividad también dio cuenta su amigo y compañe¬ro del
seminario, Alejandro Mayol, quien se popularizó en los años sesenta como el
Padre Alejandro. Con su guitarra a cuestas, Alejandro cantó, grabó discos, hizo
shows en televisión –algo insólito para un integrante del clero de esa época– y
fue el ideó¬logo y coautor, junto a Ariel Ramírez, de La Misa Criolla.
–A Mugica lo llamábamos La Bestia porque era inagotable,
emprendedor para todo. Para rezar, discutir, bromear, estudiar... Devolvía los
libros irreconocibles, todos marcados con anotaciones propias. Comía y dormia
como si fuera el último día–recordó Mayol.
El enfrentamiento entre Perón y la Iglesia argentina repercu¬tió
en las costumbres del seminario. Luego del intento de golpe
"gorila" del 16 de junio de
1955, las iglesias del centro y de la zona norte, como Vicente López y San
Isidro, fueron incendia¬das. También ardieron los ochenta mil libros y legajos,
algunos de la época de la Colonia, de la biblioteca de la Curia. Y hasta surgió
en el seno del gobierno la idea de tomar y expropiar la Catedral de Buenos
Aires. Se vivía un clima de inseguridad y amenazas, y frente a la
desprotección, les permitieron a los seminaristas irse a sus casas, al
principio, una vez por mes; luego una vez por semana; y también se toleró la
ropa de calle.
En septiembre de 1955, al ocurrir el derrocamiento de Perón,
Mugica trabajaba en un conventillo de la calle Catamarca, con el padre Iriarte,
quien muchos años después recordaría así aquellos días:
–Su padre estaba prófugo, dos de sus hermanos en la cárcel y
Carla había reconocido haber participado "del júbilo orgiástico de la
oligarquía" por la caída de Perón. El festejó la caída del régimen junto a
su amigo Ricardo Capelli, pero desde ese momento algo cam¬bió en él. "Si
el pueblo está triste, yo estoy en la vereda equivocada. Cuando volvía a casa,
a mi mundo que en esos momentos estaba paladeando la victoria, sentí que algo
de ese mundo ya se había derrumbado, pero me gustó ", reconoció. Y a
partir de allí trazó una diferencia con la burguesía a la que pertenecía.
–Soy un converso al peronismo y los conversos, dicen, son más
fanáticos– advertiría años más tarde Mugica.
Probablemente en su conversión al peronismo operó un doble
sentimiento de culpa: él pertenecía a la Iglesia y provenía a la vez de la alta
clase social, y tanto una como la otra, habían apoyado y feste¬jado en la
primavera de 1955 el derrocamiento de Perón. De ahí que luchó el resto de sus
días para revertir la idea que muchos pobres tenían sobre la Curia; para ellos
los señores de las catedrales se iden¬tificaban con la oligarquía y los
regímenes opresivos. No fue una tarea fácil. Y de haber estado con vida durante
la dictadura que go¬bernó el país entre 1976 y 1983, hasta le hubiera resultado
imposi¬ble. Para lograrlo, se integró a los grupos de seminaristas que
realiza¬ban actividades misioneras en el interior del país.
En 1956 su padre pasó a integrar la Junta Consultiva Nacio¬nal
del nuevo gobierno militar y luego, durante el gobierno de Arturo Frondizi,
pero ya en 1961, fue ministro de Relaciones Exteriores y Culto. En 1956,
también ingresaron nuevos profe¬sores al seminario. Uno de ellos fue Jorge
Mejía, director de Cri¬terio, quien actualmente es el Cardenal encargado del
Archivo del Vaticano y presidente de la Congregación para los Obispos. Entre
los más renovadores, además de Mejía, se contaban los teólogos Lucio Gera y
Rafael Tello. Los nuevos directores espiri¬tuales fueron Carmelo Giaquinta y
Jorge Vernazza, este último uno de los principales referentes del MSTM en
Capital Federal. Y todos ellos influyeron en Carlos Mugica.
Según el padre Iriarte, su ultra católica y conservadora familia
vivió abrumada por la manera que tenía aquel hijo de vivir el sacerdocio. Y
tenía sus motivos:
–De alguna manera él siempre se encargaba de implicarlos,
usan¬do las propiedades familiares o enfrentando a sus padres con la rea¬lidad
de los pobres. Era sabido que si el fin de semana hacía calor, Carlos irrumpía
en la quinta familiar que tenían en Berazategui con un séquito de gente
humilde. Entraban todos juntos y ahí nomás se tiraban a la pileta. Era curioso
ver cómo su madre, su padre y sus hermanos iban desapareciendo poco a poco. Uno
a uno se replega¬ban en el interior de la casa.
Nadie pudo entender nunca cómo Adolfo Mugica, cajetilla y
antiperonista como era, no le prohibía a su hijo hacer estas cosas. Por el
contrario, disfrutaban mucho de la compañía mutua y de las discusiones
ideológicas que el sacerdote remataba con alguna broma:
–Gracias a mí, vos podes mandarte cualquier cagada porque tenes
acomodo en el cielo– le decía riendo a su padre.
Su ordenación
Después de ocho años de estudios en el Seminario Metropo¬litano,
Mugica se ordenó el 21 de diciembre de 1959 en la Cate¬dral de Buenos Aires. La
Iglesia Católica argentina tenía en ese momento al cardenal Antonio Caggiano,
arzobispo de Buenos Aires, como máxima autoridad.
Aquella fue una ordenación numerosa y algo rebelde. Con¬servador
a ultranza, el arzobispo de Buenos Aires pretendía reali¬zar la tonsura en las
cabezas de los quince nuevos sacerdotes, pero no logró que ninguno de ellos se
propusiera espontánea¬mente para quedar medio calvo. Entonces, Caggiano les
dijo a cada uno en el momento de imponerle las manos:
–Lo consagro con la condición de que se haga la tonsura.
Sus palabras causaron irritación en los quince nuevos curas.
Sabían que la consagración no debía concretarse con amenazas paternalistas,
sino en recogimiento y silencio. De ahí en más, la relación entre los jóvenes
renovadores y la jerarquía eclesiástica fue cada vez más distante.
Carlos Mugica corría sin embargo con ciertas ventajas: su padre
era amigo de monseñor Caggiano, así que el cardenal lo nombró a principios de
1960, y con sólo veintinueve años, en el secretariado de la Curia. Ése era un
cargo que sacerdotes de mayor antigüedad se desvivían vanamente por alcanzar.
Pero Mugica no demostró nin¬gún apuro. Le comunicó al arzobispo que pasaría un
año en misio¬nes rurales junto a monseñor Juan José Iriarte, que acababa de ser
designado obispo de Reconquista, y que luego estaría a su disposi¬ción para
ejercer su función en la Curia. Y así fue.
Las miserables condiciones de vida de los hacheros terminaron de
definir su compromiso con los más humildes. De uno de sus primeros confesores
del seminario, el padre Alejandro Aguirre, Mugica había aprendido una enseñanza
que nunca olvidaría: "La felicidad está en las cosas de los demás". A
los sin nada no le cabía otra.
Su primera experiencia pastoral la tuvo en 1961, cuando se lo
asignó a la parroquia Nuestra Señora del Socorro, en la calle Carlos Pellegrini
1535, casi Juncal, como vicario cooperador y adminis¬trador de los sacramentos.
Allí debió soportar críticas por su re¬ferencia al compromiso social cristiano
y "porque se metía dema¬siado en política", al decir de los fieles de
esa distinguida comunidad.
Un episodio memorable fue el del 7 de julio de 1963. Por obra y
gracia de la proscripción del peronismo, ese día resultó electo presidente el
radical Humberto Arturo Illia, por sólo el 23 por ciento de los votos. Ante una
feligresía constituida en su gran mayoría por fervientes antiperonistas, Mugica
se lamentó en su homilía:
–Hoy es un día triste, la mayoría del pueblo ha quedado fuera
del comicio...
Uno atrás de otro, los fieles se fueron retirando del templo y
el párroco Miguel Lloverás le pidió de ahí en más que se ciñera sólo a
"cuestiones religiosas".
Pero hubo varios episodios más de enfrentamiento entre Mugica y
sus feligreses. En noviembre de 1964 uno de ellos lo tildó públicamente de
comunista y a consecuencia de esto él pi¬dió muy ofuscado su retiro.
–Unas estúpidas señoras gordas le dijeron al párroco que yo
hacía política en misa– explicó fastidiado.
En ese tiempo fue designado asesor de la Acción Católica en el
Colegio Nacional Buenos Aires y en las facultades de Ciencias Económicas y
Medicina, de la UBA, donde actuaba la Juventud Universitaria Católica (JUC).
Tanto la ACA como la JUC habían recibido más elogios que
críticas, cuando se vivía en un clima preconciliar. Ya en 1962, se concretó la
renovación de autoridades y asumió la presidencia Francisco del Campo. Se
sumaron, además, presbíteros de gran capacidad intelectual y compromiso que más
adelante serían in¬tegrantes del MSTM. Eran: en la UBA, Alejandro Mayol
(Far¬macia y Bioquímica), Pedro Gelman (Arquitectura), Domingo Bresci y Rodolfo
Ricciardelli (Ingeniería) y Carlos Mugica (Cien¬cias Económicas y Medicina).
Otros vinculados de manera in¬formal fueron Lucio Gera, Rafael Tello y Miguel
Masciliano.
Desde un comienzo Mugica se transformó en un líder natu¬ral. Lo
admiraban y tomaban como modelo por su espíritu de lucha y su compromiso. Si
alguien no tenía una vida coherente, le pedía que no participara más. Era
impulsivo y una vez echó a una chica porque tenía un Rolex. Sus actitudes, más
el fantasma que sobrevolaba a toda la sociedad y especialmente a la jerarquía
eclesiástica argentina, acusaban a la JUC de marxista.
Desde 1963, Mugica también se desempeñaba como profe¬sor de
Teología en las facultades de Psicopedagogía y Derecho, de la Universidad del
Salvador. Sus clases eran desestructuradas y simples, pero siempre apasionantes
y generadoras de polémica. No era un pensador teórico sino vivencial y sus
alumnos lo ama¬ban. Hasta tal punto que le solicitaron algo inusual al director
del Departamento de Teología, el jesuíta Ignacio Pérez del Viso: volver a tener
al padre Carlos como profesor al año siguiente.
Por esos días, el clérigo que más suspiros arrancara entre sus
feligresas, hizo también su primera aparición en los medios: una homilía por
semana en Radio Municipal.
Siempre omnipresente, montado en su moto Gilera y con su pequeña
agenda en el bolsillo, él se las arreglaba para estar en todos los lugares en
que lo necesitaran. Llegaba tarde a las re-uniones y se retiraba antes para ir
a otra. Para muchos era extra–o, pero a la vez pintoresco y saludable, que
aquel profesor de Teología, cura de la Iglesia del Socorro, sacerdote radial y
a la vez secretario del arzobispo de Buenos Aires, fuera a la cancha los
domingos y se desplazara en moto por toda la ciudad. Pero, para Mugica, era
simplemente ser él.
A ciertas horas cumplía con la ortodoxia y usaba sotana negra y
breviario en el bolsillo. En la calle, como una copia de James Dean: campera de
cuero y polera negra, regalo de su hermano Alejandro, al que más amaba de la
familia. Con el tiempo, la sotana se fue transformando en una túnica raída, y
un pulóver gastado y sucio reemplazó la polera de firme color negro.
Contacto montonero
Cuando en 1964 Mugica volvió a su colegio, el Nacional Buenos
Aires, como asesor de la Juventud de Estudiantes Católi¬cos (JEC), una rama de
la Acción Católica Argentina (ACA), conoció allí a los futuros integrantes de
Montoneros.
Mario Eduardo Firmenich, Carlos Gustavo Ramus y Fernan¬do Abal
Medina, eran por entonces militantes de Tacuara, una organización de extrema
derecha, clerical y antiperonista.
Mugica podía comprender a algunos de esos muchachos –él también
había sido antiperonista– pero tenía profundas diferen¬cias de metodología y
también ideológicas. En ningún momento olvidó que era un ministro de Cristo en
la tierra y continuó fiel a la prédica del Evangelio. Según las autoridades de
la ACA, la JEC –que Firmenich presidía– era la menos importante de las tres
agrupaciones que componían la Quinta Rama Especializada. Las reuniones se
realizaban semanalmente en Alsina 830. En esas horas de encuentro había un
primer espacio para la oración, el siguiente para dialogar sobre la relación
del adolescente con la sociedad y finalmente sucedían las conclusiones a las
que llama¬ban "iluminación".
Con su efervescencia y pasión, se convirtió en el consejero
espiri¬tual de la rama escolar y fue quien, según Firmenich, "nos enseñó
que el cristianismo era imposible sin el amor a los pobres y a los perseguidos
por su defensa de la justicia y su lucha contra la injusticia".
El mensaje de Mugica causó profunda impresión en los futu¬ros
montoneros porque él mismo se encargó de ponerlo en prác¬tica. Los futuros
jefes montoneros lo seguían a todas partes: la villa y los retiros en el campo.
En el verano de 1966, quince integrantes de la ACA partici¬paron
en una misión rural organizada por la Acción Misionera Argentina (AMA, dirigida
por el obispo Búfano, que tiempo des¬pués los expulsaría a todos por
"comunistas"), en Tartagal, en el inhóspito chaco santafecino, y la
conducción de la misma estuvo a cargo del padre Mugica.
–Yo trabajaba en la zona y tenía una vida religiosa activa,
cuando me enteré del campamento me acerqué. Allí conocí al padre Mugica y a
muchos con quienes después conformaríamos Montoneros. Había mucha reflexión y
guitarreadas– recordó el ex jefe monto-nero, Roberto Cirilo Perdía.
Entre esos otros, estaba también Graciela Daleo, entonces una
bella joven ultracatólica, que soñaba con ser monja misionera. Tiempo más
tarde, cambió el sueño del hábito por el fusil y se convirtió en una ferviente
militante montonera, que además, estuvo "desaparecida" en la ESMA un
año y medio, durante la dictadura. Era tal la relación que Daleo mantenía con
Mugica, que no sólo se confesaba con él y asistía todos los domingos a sus
misas, sino que un día le pidió su opinión porque Mario Firmenich estaba enamorado
de ella. "Salí con Mario... El cura la autorizó a salir con el futuro jefe
montonero, que en ese en¬tonces le escribía a su amada almibarados poemas de
amor.
–Mugica era implacable en sus exigencias, durísimo. Estaba
con¬vencido de que la miseria de los hacheros podía revertirse y en ese
momento, sólo veía la solución en la metralleta– recordó Daleo. "Graciela
lloraba mucho en esas charlas, le parecía que el padre Mugica era durísimo,
inflexible, y lo peor era que muchas veces le parecía que tenía razón. Se
miraba a la luz de la doctrina y se veía llena de egoísmo, de maldad, de falta
de compromiso con la miseria de sus hermanos. (...) También era cierto que, muchas
veces Mugica les parecía brillante, revelador, les explicaba que había que
ligar el compromiso cristiano al compromiso terrenal, y citaba palabras como
las de Cristo echando a los mercaderes del templo, o el Buen Pastor que se
ocupa más de las ovejas descarnadas del rebaño... ", cuentan Martín
Caparros y Eduardo Anguita, en uno de los tomos de La Voluntad. Los futuros
guerrilleros Mario Firmenich y Carlos Ramus también integraron esta misión
religiosa entre desarrapados hacheros del norte argentino y sus familias.
–¿Sabes cuál es el ayuno que me agrada? Romper las cadenas
injus¬tas, desatar las ligaduras de la opresión, liberar al oprimido y romper
todo yugo, partir tu pan con el hambriento, acoger en tu casa a los pobres sin
hogar, cubrir al que veas desnudo y tratar misericordiosamente al que es de tu
carne. Entonces prorrumpirá tu luz como la aurora y no tardará en brotar tu
salvación. Entonces iré detrás de ti y delante de ti irá la justicia– decía
Mugica a sus muchachos, bajo la luz de los faroles a querosén, con la voz
encendida por la pasión y afiebrado con las palabras del profeta Isaías.
En 1967 el grupo se dividió, tenían muchas diferencias y
dis¬cutían por cualquier cosa. Mugica rechazaba ya la guerra de gue¬rrillas por
considerarla incompatible con el evangelio. En cam¬bio, Abal Medina, Ramus y
Firmenich empezaron a prepararse para la lucha armada, rompieron con sus
organizaciones católi¬cas seculares y pasaron a la clandestinidad. Firmenich
sacrificó para eso sus estudios de ingeniería y la presidencia de la JEC.
"Desde mediados de 1967 en adelante, se produjo un
distanciamiento entre el que fuera nuestro asesor espiritual y nosotros, los
que habíamos sido sus discípulos", explica Firmenich en un artículo con su
firma, publicado años después en el diario Noticias. "Estas diferencias
comenzaron después de aquella misión, que habíamos realizado en Tartagal. En
aquella oportunidad, Carlos Mugica fue el primero en proclamar que la única
solución estaba en la metralle¬ta (fueron sus palabras textuales). Después de
aquello, estuvimos casi un año realizando militancia política, a la par que
habíamos for¬mado un grupo integrado por varios compañeros, entre los que
está¬bamos Carlos Mugica y nosotros tres (Firmenich, Abal Medina y Ramus), en
el cual se debatía si la violencia política era moralmente lícita. Para
nosotros el problema aparecía bastante claro: si la oligar¬quía y el
imperialismo utilizaban la violencia para explotar al pue¬blo, ¿por qué razón
el pueblo no tenía derecho a responder con la violencia para conquistar su
liberación? Mugica, sin embargo, entró en la duda. Naturalmente esto condujo
rápidamente a la disolución del grupo y ocasionó el distanciamiento. A medida
que nosotros fui¬mos concretando en la práctica aquella necesidad que tenía el
peronismo de profundizar la lucha armada contra la dictadura, las diferencias
fueron aumentando."
La primera evidencia pública de la pertenencia de Mugica al MSTM
ocurrió en diciembre de 1968. Junto a veintidós sacerdotes firmó en aquella
oportunidad una carta dirigida al dictador Juan Carlos Onganía, en la que se
descalificaba el Plan de Erradicación de las Villas de Emergencia, dispuesto
por el gobierno militar de la "Revolución argentina". Se la lle¬varon
personalmente y se alinearon en silencio frente a la Casa de Gobierno. La
fotografía de entonces, publicada en Prime¬ra Plana, es impresionante, conmovedora.
Parece una nimie¬dad, pero entonces, bajo aquel régimen era un gesto
revolu¬cionario, especialmente si se tiene en cuenta que Onganía era un general
de comunión diaria, al que la jerarquía eclesiástica miraba con muy buenos
ojos, porque había venido a poner "orden" y a luchar contra el
"comunismo".
"Estoy convencido de que en el seno de las Fuerzas Armadas
y de los órganos de represión existen grupos paranoicos de mentalidad nazi que
quieren impedir de cualquier modo el proceso de liberación del pueblo y la
prédica de la verdad por los hombres de la Iglesia. Hace poco un alto jefe de
la Marina me dijo: "Cuidado padre, que tenemos la Gestapo metida
adentro". Y yo le respondí: "Nada ni na¬die me impedirá servir a
Jesucristo y su Iglesia luchando junto al pueblo por su liberación). No temamos
la represión. Temamos que con nuestro silencio culpable y cobarde nos
enfrentemos un día con el juicio de Dios", dijo Mugica en esos días, con
palabras casi premonitorias sobre los años trágicos por venir.
"Hendido el ceño sobre los ojos cielo y los labios prietos,
na¬die descubriría en Carlos Mugica la imagen tradicional del sacer¬dote
católico. Menos la de un profeta social del tercermundismo. Por detrás de la
sotana raída o –con más frecuencia– del pullover viejo sucio, se adivina una
prestancia natural que sugiere can¬chas de rugby, salones mundanos, clubes
aristocráticos, clase ocio¬sa. Y habría algo de verdad: como tantos
revolucionarios de nuestra época (Ernesto Guevara Lynch, Fidel Castro Ruiz),
Car¬los ha emergido del corazón mismo de la oligarquía...", era la
descripción que hacía la revista Primera Plana, en su edición del 5 de
noviembre de 1971.
Las mujeres
Mugica recorría las villas para conocer los problemas de la
gente y en la 31, de Retiro, era líder y mediador de conflictos. Lo ayuda¬ban
en la tarea militantes de la Juventud Universitaria Católica (JUC) y de la
Juventud de Estudiantes Católicos (JEC). Uno de ellos fue Fernando Galmarini,
luego integrado a la organización Montoneros y en la década de los años
noventa, funcionario del gobierno de Menem y de Duhalde. En su grupo permanente
de colaboradores estaban Ema Almirón y Lucía Cullen, esta última, hija del
en¬tonces titular de la Corte Suprema de Justicia de la provincia de Buenos
Aires.
–El gran amor de su vida fue Lucía. Era una mujer hermosísi¬ma,
hija de una familia burguesa de clase alta, de grandes ojos claros y estaba
profundamente enamorada de Carlos. Ella jugaba al fútbol sólo por lealtad a
él–contó el dirigente justicialista Julio Bárba¬ro, quien de joven militó en la
Democracia Cristiana y luego en la organización peronista de derecha, Guardia
de Hierro.
Bárbaro era uno de los tantos muchachos católicos que visita¬ban
asiduamente a Mugica en el cuarto de la terraza del edificio de Gelly Obes y
Copérnico, donde el sacerdote vivía con sus padres. En esa habitación de quince
metros cuadrados que origi¬nariamente había sido pensada como departamento de
servicio, sólo había una cama, una cruz, una kitchenette y muchos libros.
Carlos la había elegido para él. Ese era su lugar y las sirvientas debieron
emigrar cerca de los patrones, en la planta baja.
–Mugica nos confesaba en la parroquia, en un bar o en su cuarto.
Recuerdo que en 1967 nos autorizó, a mí y a mi novia, a tener relacio¬nes
prematrimoniales. Para nosotros, su palabra era muy importante y esa
autorización, en el catolicismo de esa época, era como descular el mundo. Era
toda una transgresión que él nos diera permiso para coger. Después de ese
episodio, una pareja me vino a contar que estaban deses¬perados por tener
relaciones prematrimoniales, pero que no se anima¬ban. Me acuerdo que les dije:
"Ustedes eligieron la violencia, andan armados y aceptaron matar. Si
aceptaron matar antes de coger, están locos. Si les resulta más natural matar
que hacer el amor, a ustedes les está fallando algo en la cabeza... "– rió
Bárbaro.
Así como frecuentaba a Mugica, Bárbaro también conocía a sus
grandes amigos, entre ellos al cura guitarrero Alejandro Mayol. Tanto lo
admiraba, que cuando decidió casarse, lo eligió para su misa de esponsales.
Pero nunca imaginó la sorpresa que le daría el cura unos meses después.
–Fue algo muy curioso, porque me casó el 18 de octubre de 1968 y
a los tres meses, en enero de 1969, se casó él con Beatriz Braga. Vino toda la
guerrilla al casamiento de Alejandro. Me acuerdo que lo hicimos en la quinta de
un amigo mío, en San Miguel.
EL SEXO ERA UN TEMA DE CONFLICTO ENTRE LOS CATÓLICOS DE LOS AÑOS
SESENTA. MUGICA, COMO CLÉRIGO, LO AFRONTABA CON MADUREZ, PERO COMO HOMBRE, LO
TRANSITABA CON PROFUNDO SACRIFICIO.
–Nosotros queríamos alquilarle el confesionario. Es que allí
iban las mejores minas de Buenos Aires, embobadas por la fama de seduc¬tor que
tenía Mugica y por la pinta– contó Ricardo Capelli.
Juran, sin embargo, que el sacerdote fue célibe, y que no hubo
hombre que sufriera más por mantener sus votos de castidad. Que había llegado a
infligirse fuertes castigos corporales para matar el deseo por el sexo opuesto.
Es que las mujeres lo acosa¬ban a toda hora: lo acompañaban a las villas,
jugaban al fútbol para complacerlo, le clavaban los ojos, le pedían consejos,
se le metían en la casa, revoloteaban como moscas a su alrededor y se
enamoraban perdidamente. Otros, que también intimaron con él, dicen que a lo
mucho que se animó fue a acostarse con una mujer en la misma cama, sin tocarse.
–Siempre iba acompañado de una runfla de "Camilas
O'Gorman", de ojos iluminados– recordó una de sus mejores amigas, Elena
Goñi, haciendo referencia al trágico romance en¬tre un cura español y una mujer
de la alta sociedad argentina, a quienes Juan Manuel de Rosas, ordenó ejecutar
como castigo.
Entre esas "Camilas", revoloteó la propia Elena, una
chica ca¬tólica de clase alta, que como muchas en esos tiempos, se metie¬ron a
hacer trabajo social en las villas miserias, atraídas por el ideal de cambio y
revolución. Elena en muchas oportunidades le ofreció al sacerdote abandonar
todo para acompañarlo en su misión. La respuesta de Carlos Mugica fue cortante
y práctica:
–Tu primera militancia es tu hija, a mi no me rompas las
pelotas.
Carlos Mugica fue estoico por fidelidad a su Iglesia. Y porque
sabía que a su Santa Madre le bastaba con que pisara una sola vez el palito
para desvirtuar su obra y desoír su llamado a terminar con los pobres. Toda la
nomenclatura conservadora de la Iglesia Católica argentina de esos años, le
caería encima y lo destroza¬rían de un puñetazo. Un amorío hubiese sido ideal
para callarlo, para banalizar sus planteos por un mundo más justo. Para
obli¬garlo a suavizar su discurso y retornarlo al punto del que nunca debería
haber salido, para domesticarlo, para sacarlo del medio. Como pasó con Jerónimo
Podestá, al margen de la estupidez del celibato obligatorio que tantas
consecuencias trajo y trae. Mugica advirtió entonces que eran muchos los
motivos para evitar el error y se convirtió en guardián implacable de sus
múltiples ten¬taciones. Sufría horrores, pero se reía. Aunque a veces lloraba
para controlar el deseo, se reía, y decía resignado:
–Es terrible. Los que tienen que liberarnos del celibato son los
viejos de mierda de la jerarquía, a los que ya no se les para...
El viaje a París
En octubre de 1967, cuando fue asesinado el Che Guevara, Mugica
impactado, viajó a La Paz para reclamar la entrega de sus restos y averiguar
por el paradero de Regís Debray y Ángel Bus-tos. Lo recibió el general Juan
José Torres, pero no tuvo éxito. Desde Madrid, Perón escribía una carta al
mayor Bernardo Alberte, en la que se refería a la muerte de Guevara: "Su
muerte me desgarra el alma, porque era uno de los mejores, quizás, el
me¬jor". De Bolivia, el sacerdote partió a París y se instaló en una
habitación del pensionado religioso, en el número 61 de la Rué Madame. En su
periplo por Europa, Carlos Mugica se encontró con el Mayo Francés. Recorrió las
calles, habló con los jóvenes, curioseó y trajo novedades: "la revolución
está en marcha", juraba.
Fanático de Racing como pocos, viajó a Glasgow, Inglaterra, para
ver el partido que la Academia jugaba por la Copa Intercontinental contra el
Céltic. En el estadio colmado de ar-gentinos, estaba el intelectual John Bebe
William Cooke, delega¬do de Juan Domingo Perón e inspirador de la guerrilla
peronista rural "Uturuncos", quien le propuso visitar Cuba.
¿A qué viajó a París Carlos Mugica? Las fuentes míticas
asegu¬ran que fue a vivenciar los cambios sociales que se estaban dando en el
primer mundo, y de hecho lo hizo, porque vivió allí todo el Mayo Francés. Pero
otras versiones dicen que se fue huyendo de una mujer, Lucía Cullen, quien lo
movilizaba y conflictuaba de tal manera, que ponía en señal de peligro su
elección del celiba¬to. Al respecto, Julio Bárbaro, su compañero y respetuoso
oyente de sus homilías en la capilla de la calle Nazca, tiene una versión
intermedia:
–Carlos se fue a París y Lucía lo siguió. Pero él no huía, él la
enfrentaba. Le explicaba que la amaba, pero que amaba mucho más a la Iglesia y
a Cristo. Carlos no quería largar la sotana, como hizo Alejandro Mayol, y a la
vez, su profunda religiosidad le impedía transitar el pecado. Si algo había de
incuestionable en Carlos Mugica, era su gran coherencia, alimentada por la fe.
La fe lo llevó al sacrificio y a vivir lo que él llamaba "un amor
plató¬nico y espiritual" con Lucía. No fue simple, pero transitó ese
ca¬mino con estoica hombría. A su regreso de París, me dijo: "Te juro,
Julio, que con Lucía dormimos en la misma habitación, pero ella lo hizo en la
cama y yo siempre en el piso". ¿Qué necesidad tenía de darme explicaciones
a mí?
Marta Mugica, hermana de Carlos, me recibió una helada tarde de
invierno del año 2000, en su casa de Vicente López, en la provincia de Buenos
Aires. Conversamos muchas horas. Del-gada, de gestos ásperos y firmes, y la
misma mirada clara de su hermano, Marta vive aferrada a los recuerdos.
Divorciada y con un hijo cura, la casa está inundada de fotografías del
asesinado líder de los sacerdotes del Tercer Mundo. Una imagen de la vir¬gen de
Guadalupe –de la que es devota fanática– en un costa¬do de la puerta de
entrada, con flores y velas permanentemente encendidas. Y en una habitación del
piso superior de la casa, los apuntes, los libros, las agendas y la ropa
manchada de sangre y agujereada por los balazos que Carlos Mugica llevaba el
día que lo mataron y que Marta conserva con unción religiosa.
–Mi hermano era un santo, un ser con un aura especial. ¿Las
mujeres? Se volvían locas por él, siempre estaba rodeado de las más lindas
chicas de Buenos Aires. Él estuvo muy enamorado en su ju¬ventud. Pero esa mujer
nunca le correspondió y se casó con otro. Al punto tal, que el mismo Carlos fue
el que realizó la ceremonia reli¬giosa. Fue tremendo para él y una gran prueba
verla a ella en la Iglesia, de la mano de otro hombre. Lucía Cullen fue muy
impor¬tante, su íntima amiga. Ella lo amaba mucho, claro que sí, pero Carlos y
a había elegido a Dios. Un día, mi hermano me confesó que si alguna vez
resolvía dejar los hábitos, se casaba con Lucía. "Somos de la misma clase
social y vemos el mundo de la misma manera. Haríamos una buena pareja", me
dijo. Pero esto nunca pasó y cada uno siguió su camino...
Lucía Cullen ingresó en Montoneros y allí conoció al mí¬tico
dirigente José Luis Nell Tacci, un ex integrante del grupo católico
nacionalista Tacuara, que había participado en 1964 en el asalto al Policlínico
Bancario, episodio con el que se inicia la guerrilla urbana peronista. Así como
Carlos Mugica, José Luis Nell era un hombre carismático, idealista y
temera¬rio. Y Lucía no fue ajena a sus encantos. Fue preso y condena¬do y luego
escapó de los Tribunales a Uruguay, donde tomó contacto con los Tupamaros. Con
ellos no sólo adquirió for¬mación teórica, sino que participó de robos,
secuestros y aten¬tados. Nell cayó preso otra vez, fue brutalmente torturado y
más tarde, organizó la famosa fuga del penal uruguayo de Punta Carretas.
Regresó a la Argentina y se dedicó a organi¬zar la Juventud Peronista donde era
famoso por su historia y su audacia en los operativos militares. Se enamoró de
Lucía y se casaron. Sin embargo, la tragedia llegaría para marcar el destino de
la pareja.
El 20 de junio de 1973, el día en que Juan Domingo Perón
regresaba a la Argentina de su exilio español, Nell iba al mando de una de las
columnas de Montoneros que ingresaba a Ezeiza a recibirlo. En medio del
infernal tiroteo desatado por los grupos de la ultraderecha peronista enlazados
con la Triple A y grupos de milita¬res que habían copado el palco oficial, Nell
cayó acribillado en me¬dio del campo. Sobrevivió, pero los balazos le habían
quebrado la columna vertebral, y a partir de ese momento debió movilizarse en
silla de ruedas. El guerrillero no pudo soportar la situación y se su¬mergió en
una depresión de la que no logró salir. Lucía y Carlos seguían encontrándose
como podían y mantenían largas charlas. Dicen que él la apoyaba mucho en esos
momentos de desesperación y angustia. Como paradoja, Mugica venía en el charter
de invitados que traía a Perón a la Argentina el mismo día en que Nell caía
grave¬mente herido en Ezeiza. Un día de la primavera de la 1974, Nell le pidió
a Lucía, que como prueba de su amor le ayudara a quitarse la vida, que no
aguantaba vivir en ese estado. Y ella, llorando y abraza¬da a él, asintió al
pedido. Le colocó una pistola en la mano derecha y José Luis Nell se voló la
cabeza. Habían pasado cuatro meses del asesinato de Mugica. En 1976, en un bar
de Buenos Aires, ella tam¬bién desaparecía para siempre bajo las garras de los
dinosaurios de la dictadura.
Antes de volver de Europa a la Argentina, Mugica se dio el gusto
de viajar a Cuba. Lo hizo vía Praga y con pasaporte falso gracias a las
gestiones del Bebe Cooke. No obtuvo una entrevista personal con Castro, pero se
llevó una impresión muy favorable del régimen de La Habana, que muchas veces
hizo pública. So¬bre todo sentía admiración por la figura del Che Guevara. A su
regreso, el sacerdote asuncionista Ramiro López lo destinó al barrio de
Comunicaciones y le encargó la construcción de una capilla. Jorge Goñi había
creado los campeonatos de fútbol entre las distintas villas, como una manera de
conseguir mejoras es¬tructurales para esos barrios y Mugica lideró los
entrenamientos en el de Comunicaciones.
–Lo conocí cuando venía a la casa de mis abuelos maternos en la
villa de Retiro donde yo vivía con mi mamá y mis hermanos.
El secuestro de Aramburu
El 29 de mayo de 1970, Día del Ejército, se produjo el
se¬cuestro del general Pedro Eugenio Aramburu, quien había sido designado
presidente de facto en 1955 por la llamada Revolu¬ción Libertadora, tras el
derrocamiento de Juan Domingo Perón. Una organización armada autodenominada
Montoneros, salió entonces a la palestra y se adjudicó el hecho. Poco después,
dos de los implicados se enfrentaron a balazos con la policía en la pizerría La
Rueda de Williams Morris, y murieron los guerrille¬ros Gustavo Ramus y Fernando
Abal Medina. Éstos habían sido discípulos de Mugica en el Nacional Buenos
Aires, eran activos militantes católicos, habían pertenecido al Comando Camilo
To¬rres de Juan García Elorrio, y sus familiares pidieron una misa por ellos.
Otro sacerdote combativo, el padre Hernán Benítez – quien fuera confesor de
Evita y había mantenido en los primeros años de la Resistencia una fluida
relación epistolar con Perón en el exilio– y Mugica rezaron el responso en la
Iglesia de San Fran¬cisco Solano, de Mataderos.
"Se comprometieron con la causa de la justicia, que es la
de Dios, porque comprendieron que Jesucristo nos señala el camino del
servi¬cio. Que este holocausto nos sirva de ejemplo ", señaló Mugica.
"Perdón a Dios por la suerte de ellos, que fueron
asesinados por la Nación, que no supo comprenderlos, darles un camino, colmar
su sed de justicia. La sociedad los ha juzgado, castigado y destruido, pero si
tienen que responder ahora a la inquisitoria del Señor –has dado de comer al
hambriento y de beber al sediento– ellos pueden responder que han dado sus
vidas para que en el mundo no hubiera hambre ni sed", dijo Benítez.
Tres días después Mugica y Benítez eran detenidos por los
presuntos delitos de "apología del crimen e incitación a la
violen¬cia". Pero los liberaron a la semana.
En ese convulsionado año, sin embargo, Mugica no paró de
mostrarse polémico y provocador. Una vez viajó a Necochea, donde se alojó en la
casa de una familia amiga de Ricardo Capelli, y a poco de estar manifestó
necesidad de dar misa el domingo. Mandó entonces a su amigo a pedirle permiso
al párroco, el sa¬cerdote De Luis, un cura tradicional sostenido por los
terrate¬nientes de la zona. De Luis fue terminante: le hizo saber que de
ninguna manera cedería la misa de las siete de la tarde al padre Carlos.
–Está bien –contestó el amigo– le voy a decir a Mugica que usted
no lo autoriza..
Al oír el apellido, De Luis dibujó en su cara una expresión
incrédula, se tornó repentinamente amable y accedió al favor. El mito Mugica ya
estaba en marcha. Ese personaje irresistible y controvertido, había comenzado a
transitar la leyenda.
Ese domingo la Iglesia estaba abarrotada con lo mejor de la
so¬ciedad de Necochea. Los dueños de la tierra lo vieron aparecer alto, rubio,
imponente y con su sonrisa magnética. Las chicas suspiraron cuando se encaramó
al pulpito. Desde allí Mugica comenzó su ser¬món con una frase que congeló el
murmullo general:
–Sé que muchos de ustedes están en la boludez...– dijo. Y ahí
mismo les encomendó a los presentes el deber de orar para ser perdonados.
Hubo entonces un silencio incrédulo y miradas cruzadas. Al¬gunos
fruncían el ceño, otros sonreían nerviosos. Al terminar la misa, Mugica salió
de la parroquia totalmente ajeno al vendaval que había desatado, pero ellos,
los de su clase, lo rodearon y co¬menzaron a insultarlo. Lúdico y burlesco, el
cura se abrió paso entre quienes lo cercaban, bailando y canturreando:
"Guarda, guarda, que se viene, se viene, el comunismo... ".
Afuera había periodistas, micrófonos y cámaras, así que aque¬llo
fue un verdadero escándalo que trascendió los límites de Necochea. Muchos se
enfurecieron y otros se quedaron hipnoti-zados: no podían asimilar el contraste
entre su origen y su elec¬ción de vida.
Sus gestos desafiantes y exagerados dotaban a Mugica de un poder
que crecía ajeno a su voluntad. Cada actitud en defensa de sus convicciones, lo
enfrentaba con el establishment. Se acercaba, a lo mejor sin saberlo, a su
destino de mártir. Era como si el destino fuese un caballo ingobernable que lo
arrastraba en an¬das, corcoveando y al galope, hacia un final ya escrito.
El cura De Luis quiso suavizar las cosas, sacarlo del centro de
la escena. Le pidió que el próximo domingo celebrara una misa para las monjas
en la intimidad del convento, pero la noticia corrió por toda la ciudad y el
lugar se llenó de gente. Apenas entró, las mujeres de hábito riguroso lo
rodearon. Entonces él, con su carisma inagotable, preguntó:
–¿Dónde puedo ir a mear?
Las monjas se sonrojaron y no atinaron a contestarle. Recién
ahí, él reparó en la sorpresa que había provocado, y entonces afirmó muy serio:
–Los curas también meamos, ¿o qué piensan ustedes? Mugica
comenzó la misa con un pedido:
–Recemos el Padre Nuestro tomados de las manos. ¿Está aquí
alguno de los que ayer me amenazó.. ? Quisiera mostrarle lo que es Dios, lo que
es la vida, lo que es ser pobre...– explicó. Y se ganó el corazón de todos.
Más tarde sonaron las guitarras y fue como describe la can¬ción
Fiesta de Juan Manuel Serrat: cada uno olvidó su origen y todos se sintieron
hermanos.
–A Mugica lo conocí en 1971 y era un sacerdote que representa¬ba
la Iglesia que nosotros concebíamos. Como él, entre nosotros ha¬bía muchos
curas con los que trabajábamos juntos por la liberación de los pueblos. Carlos
era un compañero más. Vos lo oías y decías "este flaco es fabuloso ".
Con él podías hablar cosas de la vida en un café y te daba la confianza de un
par, pero a la vez lo rodeaba un halo que lo elevaba, no importaba la
circunstancia ni la ropa que llevara. Era un hombre comprometido con su tiempo.
Sabía que su rol había sido determinante y que su prédica y contacto con muchos
sectores juveniles tenía consecuencias, lo que no significa que avivara el
fuego. No lo quieran disfrazar con una metralleta en la mano, porque eso no era
lo de él, pero tampoco ponerlo todo el tiempo rezando y con una imagen
celestial. Como todos nosotros en esa época, él era protagonista de su tiempo.
Políticamente fue reconocido. Viajó en el charter de regreso de Perón, ahí no
estaba cualquiera. Una de las primeras visitas que hizo Perón estando en Gaspar
Campos, fue a la villa de Mugica– recordó el ex dirigente de la Juventud
Peronista de la Capital Federal, Juan Carlos Dante Gullo.
La opción por el peronismo
En 1972, con la vuelta del general Perón a la escena política,
las diferencias entre los sacerdotes del Tercer Mundo fueron in¬eludibles y con
ellas, también la fractura. Mugica no tardó un segundo en definirse:
–En el Evangelio no hay ninguna receta política para el
cristia¬no, pero hay criterios de opción. Y ahí podemos discrepar. Usted tie¬ne
que optar por aquel movimiento que exprese a los humildes, que desde los pobres
luche por el bien de todos. Personalmente, yo pienso que ese movimiento hoy, en
la Argentina, es el peronismo– dijo.
Coherente con esta postura, tomó la decisión de viajar junto al
padre Jorge Vernazza en el charter que trajo a Perón de regreso, lo cual fue
muy mal visto por el grupo de sacerdotes no justicialistas.
–Admiraba profundamente a Carlos Mugica. Yo también per¬tenecía
el MSTM, pero era muy joven. Nunca me voy a olvidar de una reunión del
Movimiento, en la que participé, que se hizo en la casa de Gaspar Campos. No lo
podía creer: tenía enfrente mío al general Perón y a Mugica. Ellos se entendían
muy bien, había cierta alquimia–recordó el padre Luis Farinello, devenido en
las elec¬ciones de octubre de 2001 candidato a senador por la provincia de
Buenos Aires en representación del Polo Social, una agrupa¬ción de
centroizquierda.
El 25 de mayo de 1973 Héctor J.Campera asumió como pre¬sidente
de la Nación y José "el Brujo" López Rega le ofreció una asesoría en
el Ministerio de Bienestar Social, que tenía a su car¬go. Mugica aceptó a
condición de no recibir ninguna remunera¬ción, pero casi de inmediato surgieron
diferencias. Tres meses después el cura renunció.
–Llegué a la conclusión –dijo– de que no había comunica¬ción
entre el Ministerio y los villeros.
Tal como ya había hecho con Onganía, se atrevió a cuestionar
públicamente el plan de viviendas y de erradicación de villeros que el ministro
había diseñado. El Brujo respondió poniendo en duda la honestidad de su
adversario y Mugica lo increpó perso¬nalmente en el Ministerio. Esa misma noche
dijo en la villa:
–López Rega me va a mandar a matar.
El 2 de julio de 1973, una organización autodenominada Acción
Nacionalista Argentina, colocó una bomba en el domici¬lio de Mugica. Una semana
después, a las dos de la madrugada, dos individuos ingresaron al edificio donde
vivía el sacerdote, cortaron la electricidad de los ascensores y comenzaron a
golpear su puerta al grito de "¡Carlos, abrí!". Mugica no estaba en
su casa. Desde el retorno a la democracia, en 1973, cuando se le pregun¬taba a
Mugica por el tema de la violencia, él respondía invaria¬blemente:
–Estoy dispuesto a que me maten, pero no a matar.
Su asesinato
El 11 de mayo de 1974, luego de celebrar misa en la parro¬quia
del padre Vernazza, de San Francisco Solano, en el barrio de Mataderos, Mugica
se retiró en compañía de su amigo, Ricardo Capelli. A poco de abandonar el
templo, un hombre joven, del¬gado, de barba y bigotes, descendió de un
automóvil con una ametralladora en la mano. Enfrentó al sacerdote y le disparó
veinte proyectiles, quince de los cuales impactaron en su cuerpo.
Tendido en la vereda, recibió de Vernazza los últimos
sacra¬mentos. Mugica alcanzó a decirle:
–Nunca más que ahora debemos permanecer unidos junto al pueblo–.
A las pocas horas, falleció en la sala de operaciones del hospital Salaberry.
Capelli fue herido por las mismas balas que recibió Mugica. Eran
amigos entrañables y fueron juntos hasta el umbral de la muerte. Para Carlos
fue el final. Para Ricardo, el principio de una sucesión de catorce operaciones
y de un exilio de veinticinco años. Con la garganta oprimida, contó así aquel
trágico momento:
–Verlo morir fue un sufrimiento psíquico y moral muy grande. No
pude ir al velorio. Estábamos en la parroquia de San Francisco Solano, del
padre Vernazza. Había terminado la misa y Carlos y yo salimos por la sacristía.
Me adelanté, porque él siempre se quedaba charlando con alguien, llegué al auto
y escuché una voz que lo llamaba con tono imperativo: "¡Padre
Carlos!!!", le dijo. Y de inmediato escuché el tableteo de una
ametralladora. Vi a un hombre de espalda, que subía a un auto y a Carlos con
una bala cerca del corazón. Después supe que las balas fueron quince. Lo
subieron enseguida al Citroen de un vecino, para llevarlo al Salaberry, pero
allí no pudieron hacer nada.
Se ha escrito que no le temía a la muerte y que sabía que lo
iban a matar. Pero según Ricardo Capelli, Mugica era un aman¬te de la vida, un
aprendiz de Cristo pleno de confianza, que es-pantaba su propio espanto y el de
los otros, los que lo querían y le pedían que se escondiera un tiempo, con una
convicción:
–Soy cura. No se van a animar conmigo.
Después de su asesinato, su familia le ganó un juicio
millona¬rio al Estado, pero no lo repartió entre los humildes a los que Carlos
Mugica había consagrado su vida. Alegaron problemas familiares y se fueron con
el dinero. No comprendieron el pro¬fundo alcance de su entrega.
Ninguna organización se adjudicó el asesinato. En principio,
acusaron a los Montoneros, quienes habían sido criticados por Mugica luego de
que se retiraran del último acto del 1 de Mayo de 1974. que Perón presidió
desde el balcón de la Casa Rosada, poco
antes de morir. El líder del peronismo los había tratado de "estúpidos
imberbes" y en respuesta los Montoneros plegaron sus banderas y dejaron la
plaza vacía. El sacerdote no pudo en¬tender que hicieran semejante cosa. Poco
después, Montoneros pasó a la clandestinidad.
Para Elena Goñi, su gran amiga, Carlos Mugica había sido
con¬tundente respecto de la violencia, desde el principio de la democra¬cia.
Ella estaba presente cuando el sacerdote le dijo a Firmenich:
–Se acabó esta joda. Ahora que el gobierno es constitucional,
ustedes se meten los fierros en el culo.
En mayo había ido al diario La Opinión y le había ofrecido a su
director, Jacobo Timerman, escribir una serie de artículos. Pac¬taron la
presentación de una nota para el domingo 12. Según Timerman, Mugica le había
confesado el dolor que sentía por su enemistad con Mario Firmenich. Estas
divergencias eran más fuertes que las que el líder guerrillero admitiría
posteriormente. Unos días antes, en un discurso que había pronunciado en
Cór¬doba, Firmenich no había mencionado ni una sola vez a Perón, y eso había colmado
a Mugica:
–¡Ni una sola vez lo nombró! ¡Qué hijo de puta! Así que si
quieren formar el Partido Montonero, fenómeno. Que se presenten en las
eleccio¬nes a ver si sacan más votos que el peronismo– exclamó.
Dos días después, el clérigo entregó su artículo en el que
rei¬teraba su rechazo a la violencia revolucionaria, ya que, escribió, "el
pueblo se ha podido expresar libremente, se ha dado sus legítimas autoridades.
La elección de aquella vía, entonces, procede de grupos ultra minoritarios,
políticamente desesperados y en abierta contra¬dicción con el actual sentir y
la expresa voluntad del pueblo".
No obstante, alrededor de Carlos Mugica ya se había instala¬do
la violencia. Cada paso que daba, alimentaba el odio de uno u otro bando.
Parecía encarnar la sentencia bíblica del Evangelio según San Juan: "Si me
persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes". Podría haberse ido
del país, pero no lo hizo. Por com¬promiso, por heroísmo, por inconsciencia o
por convicción, re¬solvió quedarse.
–Si en este momento recibo una bala, no sé si viene de algún
grupo de derecha o de izquierda. ¿Irme? En un momento tan com¬plicado, en el
que mucha gente está jugándose y perdiendo la vida, yo no puedo escaparme. El
pastor no puede abandonar a su suerte a sus ovejas– razonaba.
¿Fue su muerte una venganza de los Montoneros, de los que se
había separado al comienzo del gobierno constitucional, por¬que ya no había una
dictadura contra la cual luchar, sino autori-dades legítimas votadas por el
pueblo? Firmenich lo negó:
–En los últimos tiempos, él había recibido amenazas
telefó¬nicas; eran amenazas de muerte, y se habían hecho en nombre de nuestra
organización. ¡Qué disparate! ¿Cómo nosotros íbamos a amenazar de muerte a
Carlos Mugica? ¿En qué política revolu¬cionaria cabe matar a los hombres del
pueblo por diferencias acerca de cuál es la mejor manera de destruir al mismo
enemigo?
Durante muchos años persistió la duda sobre quién fue el autor,
hasta que en marzo de 1984, Juan Carlos Juncos, custodio del ex ministro de
Bienestar Social e integrante de la organiza¬ción parapolicial autodenominada
Triple A, creada por López Rega, confesó ante el juez Eduardo Hernández
Agrámente que había intervenido junto a otras tres personas en el asesinato de
Mugica. Aseguró que la orden había sido dada por el mismo López Rega, porque
"Mugica estaba molestando políticamente con su actividad".
El padre Alberto Carbone, integrante del MSTM, también fue
tajante:
–A mí no me parece que tenga sustento la teoría de que
Montoneros pudo haberlo matado, era muy común en esa época que se dijera algo
así, y que le adjudicaran a esa organización cuanto trabajo sucio hacían otros.
A Carlos lo mató la Triple A. Además, yo recuerdo que lo estába¬mos velando
cuando recibí un llamado de los muchachos de Montoneros, que me transmitieron
su pesar y me aseguraron que ellos no tenían nada que ver con ese asesinato.
¿Por qué los Montoneros habían llamado al padre Carbone, con
quien sólo habían compartido horas de actividad universitaria, para explicarle
que ellos no eran los responsables de esa muerte absur¬da que nadie entendió ni
aceptó nunca?
Quien sabe, la historia de aquellos años de sangre y fuego fue
tan compleja, tan retorcida, tan disímil, que seguramente nunca nos enteremos
de los verdaderos motivos de muchos acontecimientos.
El sepelio
Más de siete mil personas se acercaron con dolor a despedir al
cura villero, pero su amado general Perón no concurrió al entie¬rro ni
pronunció una sola palabra de condolencia.
En la parroquia, la mayoría de los asistentes le adjudicaban el
crimen a Montoneros. A las cuatro y media de la tarde arribaron el diputado
Leonardo Bettanín y el titular de la Regional prime¬ra de la Juventud
Peronista, Juan Carlos Anón, ambos ligados a la organización armada. La
multitud les gritó: "¡traidores! ¡asesi¬nos!" y los sacaron a golpes
de puño y a puntapiés. El dirigente montonero Norberto Habbeguer y su esposa,
Flora Castro, tam¬bién fueron al sepelio y de una manera educada, pero
intimidatoria, les sugirieron que se retiraran. Se despidieron del padre Mugica
desde la vereda.
Desde Roma, el Vaticano reconoció el testimonio de Mugica. Su
órgano oficial, el periódico L'Obsservatore Romano lo definió como una
"víctima del amor", y añadió que "lo asesinaron a traición, con
determinación, agregando a la lista de las víctimas del odio, una vida pura. Es
justo recordarlo... y auspiciar que su sangre inocente fecunde los esfuerzos
para la pacificación de los hermanos en Argentina... Nos incli¬namos en el
dolor, con reverenda y admiración".
La revista Cabildo, reconocida por su tendencia ultraderechista,
señaló que "el padre Mugica murió en su ley, víctima del engranaje que él,
en alguna medida, había contribuido a levan¬tar un engranaje de violencia, de
mitos, de odios y resentimientos. Murió víctima de su orgullo, de su ingenuidad
y de sus erro¬res. Olvidó que el marxismo es también una religión total, fuerte
y en crecimiento, inexorablemente inmisericorde, que no perdo¬na a sus
enemigos, ni menos aún a sus adeptos".
Unos días después del asesinato, profundamente conmovido por la
desgracia, el padre Héctor Botan, amigo de Mugica, fue a verlo al arzobispo de
la ciudad de Buenos Aires, el poderoso Juan Carlos Aramburu, en busca de una
palabra de consuelo. En cam¬bio, le oyó decir:
–Bueno, supongo que aquí acaban todas nuestras discusiones sobre
Mugica...
Paso seguido, abrió uno de los cajones de su escritorio y
prác¬ticamente le arrojó a la cara los artículos que Firmenich había escrito
para el diario Noticias. Aramburu se había tomado el tra-bajo de subrayar los
párrafos en los que el jefe montonero expre¬saba su vieja amistad con el
sacerdote asesinado. Acusador y de¬terminante, sentenció:
–AHORA ME VAS A DECIR QUE MUGICA NO ERA MONTONERO.
La Organización Montoneros había difundido un comunica¬do en el
que se afirmaba que "a pesar de las diferencias que mante¬nía nuestra
organización con algunas de las últimas posiciones pú¬blicas de Mugica,
reivindicamos su acción como parte del campo popular. El objetivo de este
asesinato –agregaban– es ahondar y hacer insuperables esas diferencias".
No contento con eso, Mario Firmenich escribió enseguida cuatro
artículos sucesivos en el diario Noticias, ésos que monseñor Aramburu le había
refregado al padre Botan en las narices como prueba irrefutable del origen
montonero de Mugica. En los dos primeros recordaba su relación estrecha con el
sacerdote y su posterior "distanciamiento". En el tercero, realizaba
su descargo ante las acusaciones. Se quejaba de que "los medios de
comunica¬ción nos quieren adjudicar el crimen". Y si bien reconocía que
los llamados de amenaza habían existido, aseguraba que no habían sido
realizados por su agrupación sino por "sectas ultraizquierdistas"
conformadas por "caraduras y oportunistas que... usan nuestro nombre,
pretendiendo fortalecer sus propias posiciones políticas a costillas de nuestra
fuerza y nuestra representatividad".
Según Firmenich, "estaba creada la situación para que el
verda¬dero enemigo diera un golpe audaz, destinado a que las fuerzas del
pueblo, que no coinciden en cómo destruirlos a ellos, se dediquen a destruirse
entre sí. De este modo, las diferencias nunca podrían ser superadas, porque se
oscurecen con los odios personales y con el erró¬neo deseo de la
venganza".
En el último artículo, agregaba que "sólo los enemigos que
Car¬los tuvo siempre podían tener interés en matarlo. Aquellos para los que él
era el "cura comunista; el cura que, queriendo cristianizar a los bolches,
se hizo bolche "parafraseando a "El Caudillo".
Demasiadas explicaciones para quien se sabe inocente. Pero aun
así Firmenich no terminó ahí, también le dio explicaciones al padre Alberto
Carbone:
–Alberto, Mario quiere verte para explicarte que nosotros no
matamos a Mugica–le dijo una voz.
En el encuentro, Firmenich repitió lo dicho en el diario
Noti¬cias y Carbone casi no abrió la boca.. Habían pasado muchas cosas en el
medio y las distancias eran demasiado grandes.
El larguísimo editorial de Mejías, en Criterio, tenía los
siguien¬tes párrafos:
"(...)Felizmente la reacción parece unánime, salvo los
asesinos y sus cómplices verbales o mentales. Es en realidad, la sociedad misma
argen¬tina que se defiende sin saberlo. La muerte en su seno de un sacerdote
católico es un crimen que la afecta colectivamente. Toca la conciencia de
todos, como decíamos. Algo en ella ha sido herido y contra ella se reaccio¬na y
se la defiende. En la muerte de este hombre indefenso, consagrado en principio
al servicio de Dios y de los pobres, todos hemos sido tocados. Los lazos
básicos, inconscientes, que unen a los hombres, más allá de la verborragia
fraternizante y de la prédica vacía sobre los derechos del hombre, salen a la
luz. Un día, por lo menos. Es preciso exorcizar la muerte de uno de nosotros,
producida por uno de nosotros.
"(...) Se dice que durante su agonía en el hospital
Salaberry, el padre Mugica, todavía consciente, pedía la unión entre los
argentinos. El había creído que ella se realizaría por un camino. Otros,
igualmente cristianos, han podido y pueden pensar diversamente. La cuestión no
es el medio, sino el fin. A las puertas de la muerte y de la eternidad, él debe
haber visto esa necesidad de unidad de manera diferente de cómo la veía en el
tiempo de sus luchas. Debe haber percibi¬do el fin más que los medios. O más bien,
debe haber sentido como una referencia implícita, que su muerte era el
verdade¬ro medio que podía traer la ansiada unidad. "
Seis días después del homicidio, la revista de la ultraderecha
peronista, El Caudillo, publicó un artículo tan contrario a sus editoriales
anteriores, que resultó hipócrita. Aseguraba haberle realizado una entrevista a
Mugica antes de su muerte y decía que el sacerdote había afirmado en esa
oportunidad que los Montoneros lo habían condenado a muerte. Lo curioso fue que
nunca se publicó el texto del pretendido reportaje.
Todos los caminos condujeron al subcomisario Rodolfo Almirón
Sena, jefe operativo de la Triple A, cuando se señaló al autor material del
asesinato. La señora María Ester Tubio deTozzi lo vio dentro de la Iglesia y su
descripción coincide con la que aportaron Carmen Artero de Jurkiewicz y Nicolás
Margoumet. Ambos lo habían visto disparar sobre Mugica, en la calle, desde una
distancia de 1,20 metros. Las pericias demostraron que la ametralladora usada
podía ser una Ingram M-10, de proceden¬cia norteamericana, o bien una Franchi,
modelo 57, italiana. Luego se sabría que las Ingram eran comúnmente utilizadas
por los miembros de la Triple A –Almirón incluido– en buena parte de los
aproximadamente dos mil atentados que se atribu¬yeron a la organización.
Miguel Bonasso, en su libro El presidente que no fue, citó una
revelación del padre Hernán Benítez efectuada años después del crimen: "La
Iglesia sabe que al padre Mugica lo mató el comisario Rodolfo Almirón, que era
el jefe de la custodia de López Rega".
Para Marta Mugica también queda claro quiénes fueron los
ase¬sinos de su hermano. Según me relató la tarde en que la visité en su casa.
"Yo por los Montoneros no pongo las manos en el fuego, Carlos estaba
amenazado por ellos, lo odiaban por las críticas que él les hacía en público.
Decían que Carlos los perjudicaba con la gente. Pero por las pruebas, fueron
los de la Triple A. Ellos se les adelantaron...".
Y para muestra de su pensamiento basta repasar un episodio que
sucedió en el año 1995, cuando una muchedumbre que par¬tió del cementerio de la
Recoleta, recordaba los veinte años de su asesinato.
–Señor le voy a pedir que se retire. Yo soy la hermana de Carlos
Mugica y usted nos está ofendiendo con su presencia. ¡Vayase de aquí! Usted
hizo mucho daño al país...
–No me voy a retirar. Yo fui discípulo del padre Mugica...
–¡Por favor! Usted es un mentiroso. Si hubiera sido discípulo de
mi hermano otra hubiera sido su historia. ¡Vayase de aquí!
–No me voy a retirar. El padre Mugica fue mi asesor
espiritual...
–¡Mentira! Usted es un asesino, salga de aquí...
Este diálogo fue registrado por las cámaras de Crónica TV, el 13
de mayo de 1995, a las 17 horas en plena avenida Figueroa Alcorta, justo frente
a ATC, cuando los manifestantes, en su mayoría habitantes de la villa 31 de
Retiro, regresaban del acto.
Los protagonistas fueron el ex jefe montonero Mario Eduar¬do
Firmenich y Marta Mugica. Mientras la mujer hablaba, una catarata de insultos,
golpes de puño y empujones surgió de la multitud y fue a dar en la cara de
Firmenich, que se retiró co¬rriendo. De algún lugar voló una piedra y le pegó
en el cuello. Firmenich se detuvo, sacó un pañuelo y se secó la sangre que
brotaba. En su rostro no se movió un músculo. Su mujer, María Elpidia Martínez
Agüero lo tomó de un brazo y le dijo: "Vamos Pepe, salgamos rápido de
aquí".
–¡Asesino, asesino!– gritaba la gente enfervorizada. Habían
pasado veinte años, pero los odios y rencores de una década sangrienta,
demasiado tumultuosa, seguían intactos.
El falso culpable
El sumario se cerró por primera vez dos meses después del
homicidio, con apenas 162 fojas. El juez a cargo de la causa era Julio Lucini.
Fue reabierta diez años después, al sobrevenir nue-vamente la democracia. Juan
Carlos Junco, un convicto preso en la cárcel de Neuquén, confesó ser el asesino
de Mugica y de dos sindicalistas: Rogelio Coria y José Ignacio Rucci. El juez a
cargo de la instrucción, Eduardo Hernández Agramonte, se empeñó en creerle y la
prensa anunció la resolución del caso. Era el vera¬no de 1984. Meses después,
el Servicio Penitenciario Federal re¬veló que dos de las personas que Juncos
había mencionado como sus acompañantes en el atentado, se encontraban en
prisión. Junco reconoció entonces que había inventado toda su declaración para
ser trasladado a Buenos Aires y poder así ser visitado por su ma¬dre, que
estaba muy enferma.
Su vuelta a la villa
Eran las dos y media de la tarde del 9 de octubre de 1999 cuando
el padre Carlos Mugica comenzó su peregrinaje hacia su tumba definitiva. El sol
ardía sobre las mejillas oscuras y sudoro¬sas de cientos de hombres y mujeres
que se acercaron a la recoleta Iglesia del Pilar, desde donde partió la
procesión. Una bandera laboriosamente confeccionada, que el viento hacía
flamear con furia, decía en letras rojas: "Villa 31". La llevaban
como un es¬tandarte hombres de brazos fuertes, moldeados por el trabajo. Gente
de buen vestir –todos familiares y amigos de Mugica– y más de treinta
sacerdotes, se confundían entre aquellos paraguayos, bolivianos y cabecitas
negras del interior del país, que al fin y al cabo eran el cuerpo y el alma de
la ceremonia.
Todos comulgaron su amor por el padre Carlos Mugica durante las
casi tres horas que duró la caminata desde la Recoleta hasta el corazón de la
Villa 31, en Retiro. En sus corazones, las palabras del cura tercermundista
seguían vivas:
–Nada ni nadie me impedirá servir a Jesucristo y a su Iglesia,
luchando junto a los pobres por su liberación. Si el Señor me concede el
privilegio, que no merezco, de perder la vida en esta empresa, estoy a su
disposición...
Niños de poco más de diez años y algunos adolescentes sostenían
con dificultad los carteles que decían: "Carlos Mugica no ha muerto, vive
en nuestra hermandad". Por su corta edad no habían podido conocerlo, pero
sabían casi todo sobre él. Como sus padres, siguen viviendo en Retiro, cerca de
la capi¬lla Cristo Obrero, donde el sacerdote nacido en el seno de una familia
de clase alta se había entregado al apostolado has¬ta morir acribillado a
balazos en 1974, cuando ellos aún no habían nacido.
La emoción embargó a la muchedumbre cuando el féretro llegó a la
villa y comenzó a recorrer su camino hacia la morada definitiva. De hombro en
hombro lo habían cargado durante todo el trayecto, turnándose para que nadie
dejara de llevarlo. El dolor se había clavado en el pecho de esos mismos
hombres ha¬cía veinticinco años, cuando también a pulso alzaron su cuerpo en la
Capilla Cristo Obrero, donde había sido velado en medio de la bronca y el
desconsuelo popular.
–Hacía mucho tiempo que teníamos el proyecto de traer los
res¬tos de Carlos a la Villa 31 para que descanse junto la gente a la que él le
brindó la vida, pero sólo cuando empezamos a trabajar el tema con el arzobispo
de Buenos Aires, monseñor Jorge Bergoglio, tuvimos la convicción de que ese
sueño de todos se iba a hacer realidad– comentó el padre Guillermo Torres, o
Willie, como lo apodan los vecinos de la Villa 31, a la que llegó hace cuatro
años.
A la entrada del barrio, mezclado entre quienes esperaban para
darle la bienvenida a Mugica, se encontraba el futuro cardenal pri¬mado de la
Argentina. Monseñor Bergoglio estaba tan conmovido como los peregrinos.
Erguido, pero con humildad, caminó con ellos esas calles zurcadas por el
abandono y la marginación, hasta llegar a la capilla Cristo Obrero, donde se
celebró la misa.
Había llegado a la villa con la timidez de siempre y con ciertas
sombras, aquéllas que pocos feligreses conocen: su cuestionado papel como
Provincial de los jesuitas en la época de la dictadura (1973-1979), su mano
férrea en la dirección del Colegio Máxi¬mo de los Jesuitas, en San Miguel, y su
silencioso camino al po¬der, de monje jesuita a cardenal primado. En voz baja
se le acha¬caba la desprotección en que habría dejado a los dos sacerdotes de
esa orden, Yorio y Jalics, que fueron secuestrados y vivieron el mismo horror
que miles de detenidos políticos.
Porque no sabían de esas sombras, o porque prefirieron dejar¬las
pasar, el caso fue que a Bergolio lo recibieron como un rayo de luz: era uno de
los primeros obispos que visitaba la Villa 31. La gente agradeció el gesto y se
olvidó de los murmullos. Monse¬ñor recuperó la confianza con las primeras
palmadas que le die¬ron aquellas manos oscuras y francas que lo saludaron. Todo
iba a estar bien, lo presentía.
En la puerta de cada una de las casillas, sus moradores habían
puesto una mesa con un mantel blanco prolijamente estirado, para que el féretro
pudiera ser apoyado por unos instantes. El paso fue lento y sentido. Cada
familia reunida lo acariciaba, le rezaba en reserva y luego se despedía de
Mugica con un beso y un "bienvenido a tu casa, padre". Así fue en
cada una de las casas. Todos habían preparado desde la mañana temprano las
mesas para recibirlo y darle las gracias.
Cuando los restos llegaron finalmente a la capilla, llegó el
mo¬mento culminante: la misa. Dando muestras de su bajo perfil, el arzobispo de
Buenos Aires le cedió la palabra al sacerdote Héctor Botan, amigo entrañable de
Mugica y compañero del MSTM.
Botan los hizo llorar y reír. Contó anécdotas de la vida de
Carlos Mugica, al que definió como "un sacerdote que se desveló por la
suerte de los pobres", y recordó entre otras, una de sus frases célebres:
–Cuando una mujer te hace picar la espalda, mejor rajemos...
La capilla y el galpón de tinglado bajo el cual descansa Mugica
desde ese día, dentro de un gran nicho de ladrillos a la vista, con plaquetas
recordatorias, estaban esa tarde totalmente decoradas. La gente había trabajado
mucho para ese regreso. Flores, carteles, can¬cioneros, demostraciones de
danzas populares del Paraguay y de Bolivia, murgas... Todas las expresiones se
hicieron sentir para darle la tan esperada bienvenida. Un grupo de jóvenes
había pintado du-rante toda la noche, en un paredón, una leyenda en letras
negras y rojas, que recogía sus últimas palabras: "Padre Carlos:
"Ahora más que nunca debemos estar junto alPueblo ".
No fue aquella la primera vez que monseñor Bergoglio puso sus
pies en una villa. Lo había hecho desde su misión pastoral como jesuíta y lo
siguió haciendo luego de sus ascensos dentro de la jerarquía eclesiástica pero
tal muestra de cariño popular lo impresionó. Respiró profundo, miró a su
alrededor y dijo lo que hacía mucho tiempo, aquellos hombres ansiaban escuchar:
–Oremos por los asesinos materiales, por los ideólogos del
cri¬men del padre Carlos y por los silencios cómplices de gran parte de la
sociedad y de la Iglesia Argentina– pidió Bergolio.
Quizás era demasiado tarde para tremenda confesión. Había muchos
muertos en el medio, mucha sangre derramada de ino¬centes, muchos culpables sin
castigo. Sin embargo, la risa y el llanto se abrazaron. Y la sangre de Mugica
fluyó, viva e inmortal, entre sus fieles y pobres seguidores de la villa.
4
Guerrilleros de Dios
"Estoy con Montoneros porque para mí ellos son la síntesis
de las últimas décadas de la historia de la lucha del pueblo argentino por la
justicia y por la liberación de mi patria. Estoy con Montoneros desde que se
fundó la organización. Mi compromiso ha tenido dis¬tintos niveles, desde el
comienzo, en 1969. Mi compromiso es ideoló¬gico, político, pero nace de la fe y
toda mi militancia revolucionaria no es incompatible con la fe. Necesariamente
la fe exige. Supongo que la misma pregunta que me haces se la habrán hecho a
los sacer¬dotes, religiosos y obispos que estaban comprometidos con la defensa
de los indios en América, cuando los conquistadores llevaron a cabo este
terrible genocidio contra esos pueblos indígenas.
"También le habrán planteado la misma cuestión a los curas
que se opusieron a la dominación española en el siglo XIX, cuando las luchas de
independencia en América.
"Actualmente somos muchos los sacerdotes y religiosos en
América Latina que estamos comprometidos con las luchas de nuestros pue¬blos y
con las organizaciones revolucionarias, que interpretan los más nobles
sentimientos populares".
Así, con estas palabras, el sacerdote asuncionista argentino
Jorge Adur respondía en julio de 1980, en Porto Alegre, a la revista brasilera
Denuncia. No había sido la primera vez que se definía con toda claridad como
cura montonero. En realidad, Adur, era "capellán" de Montoneros. Poco
después era secuestra¬do y desaparecido.
La congregación de los asuncionistas de Argentina está in¬cluida
junto con la de Chile dentro de una misma provincia re¬gional, y la formación
de los religiosos se hace, parte en Buenos Aires y parte en Santiago. De ahí
que en 1961, Jorge Adur fuese ordenado sacerdote en el país trasandino. De
regreso, pasó varios años en la Parroquia de las Mercedes, en el barrio de
Belgrano, hasta que fue enviado como superior y formador, es decir, como
promotor vocacional, a la Capilla Nuestra Señora de la Unidad, en La Lucila,
donde funcionó durante varios años una casa de formación de la Congregación de
Asuncionistas.
La casa se había establecido allí en marzo de 1953 con el nombre
de Escuela Apostólica San Agustín, como continuación de la que había funcionado
junto a la Parroquia San Martín de Tours, en la Capital Federal; aunque hacia
1974 volvieron a mudarse y se insta¬laron en La Manuelita, en San Miguel,
provincia de Buenos Aires.
El carisma de esa congregación francesa era y sigue siendo
"vivir en comunidad".
–En la Asunción, la vida religiosa tiene como objetivo el
creci¬miento del Reino de Dios en comunidad. Por eso, aún si se aprecia la
oración como una forma privilegiada de la vida, en la congregación se considera
el apostolado como elemento esencial para la realización del Reino– me explicó
uno de sus clérigos.
Si a los pares de Adur y a sus fieles les costaba horrores
lograr conciliar el rezo con el fusil, él tenía un particular punto de vista
para explicar tal contradicción. Ya instalada en el país la dictadu¬ra de Jorge
Rafael Videla, decía:
–Yo creo que la violencia es un mal. Pero cuando el hombre lucha
contra el mal, contra el pecado, debe luchar de todas formas para libe¬rarse de
ese mal, de ese pecado. En este caso, en la Argentina, se da una situación de
violencia estructural, a la que nosotros no solamente respon¬demos
políticamente, sino también respondemos con las armas.
Hay que recordar que la encíclica Populorum Progressio, en su
número 31, dice que "en momentos en que un país está instaurada una
dictadura militar que viola los derechos humanos, que va con¬tra el bien común,
se justifica el uso de la violencia, para librar a la comunidad de los males
que padece".
Justificaba "la violencia de abajo"como respuesta a la
"violen¬cia de arriba", pero lo suyo era también una fórmula de
supervi¬vencia. Como le dijo a la revista brasilera:
"La dictadura militar, cuando ursurpó el poder, persiguió a
los sacerdotes que consideraba peligrosos, para matarlos o hacerlos in¬gresar a
la lista de los desaparecidos. Yo tengo en la memoria más de quince y se me
olvidan. Entre ellos está el caso de monseñor Angelelli, que murió en un
extraño accidente en la carretera, un "accidente muy querido" por las
fuerzas represivas, ya que este obispo estaba del lado de los pobres y de los
que luchan".
El padre Adur asumió como capellán de Montoneros el 1 de julio
de 1978. Desde la clandestinidad, la organización se ocupó de distribuir la
Carta al pueblo argentino que el cura escribió co¬municando su decisión de
"asumir personal y públicamente" la capellanía. De tal forma, para
Adur aquel era un ejército del pue¬blo y la Iglesia que él representaba, no
podía sino acompañarlo. Esa carta decía así:
"Antes que nada es el Evangelio el que me dice:
"cuando alguien te pida hacer mil pasos con él, harás dos mil..."
(Mt.5.4l)
"Pongo entonces mi sacerdocio y mi vida religiosa en la
Iglesia, al servicio de todos, porque la más alta expresión de la caridad a la
cual tendemos los cristianos, se expresa en la política como un instru¬mento
social exigido por la justicia. Este servicio es junto a aquellos que se
entregan con la más alta abnegación y enfrentando heroicos riesgos (...)
"He vivido diecisiete años de sacerdocio sin descansos, con
los po¬bres y los ricos, con los oprimidos y los sin voz. Hoy les anuncio con
alegría que continuaré junto a los que amo, asumiendo el desafio de la hora
histórica. Difícil prueba para nuestro pueblo, pero seguro cami¬no para la
pacificación y la libertad.
"Desde la Iglesia, a la que todo le debo y por la cual todo
lo he perdido, comparto los destinos de los hombres que viven y mueren por los
grandes intereses del pueblo. Como en otros momentos no menos doloro¬sos, pero
extremadamente esperanzadores, recuerdo aquella frase evangé¬lica: "No hay
más grande amor que aquel que da la vida por los suyos, sus amigos" (Jn.
15.13)."
Jorge Adur fue el noveno de doce hijos, que nació del
matrimo¬nio formado por el inmigrante Mohamed Adur, oriundo de Nebek, pueblito
pequeño cercano a Damasco, en Siria y de la vasca Juana Dominga. La pareja tuvo
siete hijas y cinco varones, y todos nacie¬ron en la casona de la avenida
Boulevard España 1183, de Nogoyá, Entre Ríos. "Mi madre no paraba de
contar nuestras diabluras, sin embargo, cuando hablaba de Jorge no podía más
que contar sobre su coherencia, su entrega, su abnegación. Él fue muy especial",
dice, casi veinticinco años después de la tragedia, Dardo Adur, hermano de
Jorge, de cincuenta y cinco años, Licenciado en Ciencias Políticas y el menor
de la familia. "Era muy prolijo y hábil. Compartía la habita¬ción con una
de mis hermanas y mi tía, y allí tenía un pequeño taller. A fines de los años
cuarenta cuando vino al país Pío XII (antes de ser ungido Papa) se había hecho
una campaña para confeccionar rosarios. Jorge hizo las cuentas del rosario con
los frutos del Paraíso, el árbol que teníamos en el jardín. Dejaba secar los
frutos, los esmaltaba, luego los agujereaba y les pasaba un alambre.
"Dardo habla de su hermano y se emociona. Aunque haya transcurrido mucho
tiempo de su desapa¬rición, los recuerdos de la niñez y la adolescencia en común
parecen cercanos. Jorge Adur era un autodidacta y en la casa familiar se
con¬servan retratos, caricaturas y paisajes que solía esbozar antes de viajar
en busca de su vocación. No sólo le gustaba la pintura sino que además se
inclinó por la música, al punto tal, que en su ciudad todavía lo recuerdan.
"Aprendió piano en el Conservatorio de Nogoyá y tocaba muy bien, realizaba
conciertos–rememora un amigo de la ado¬lescencia–y cuando era adolescente se
convirtió durante un tiempo en el ayudante de la directora del Instituto. Jorge
Adur fue al Colegio Nacional de su ciudad natal y formó parte de los jóvenes de
la Acción Católica que actuaban en la Iglesia Nuestra Señora del Carmen. En las
misas tocaba el armonio y su padrino espiritual fue el sacerdote Adolfo Gestner,
luego obispo de Concordia. En 1950, luego de unos meses en el seminario de
Paraná, viajó a Buenos Aires e ingresó a los Asuncionistas," "Hacía
tres años que había muerto mi padre y yo que era un niño recuerdo que la
partida de Jorge fue para mí, y para muchos de mi familia, un segundo duelo. A
partir de ese momento, nuestra comunica¬ción fue por carta y pasaron casi ocho
años sin vernos. En el 66 viaje a Buenos Aires a estudiar a la Universidad del
Salvador y allí nos reencontramos. Jorge ya era sacerdote y trabajaba en el
barrio de La Cava, en San Isidro. Yo me metí con Mugica en la villa de
Retiro", continúa Dardo. "Cuando asesinaron a los padres palatinos en
San Patricio, querían matar a Jorge. El era asesor de los palatinos, pero ese
día no volvió a dormir a la parroquia porque se quedó a dormir en la casa de un
amigo. Desde entonces tomó conciencia de que su vida corría mucho peligro.
Entonces se fue de Buenos Aires, buscó dónde esconderse. A mediados de 1976,
con mi hermana Manuela hicimos 1100 kilóme¬tros para ir a buscarlo. Estaba en
Los Toldos, en el convento de Mamerto Menapace que era su amigo. Nos recibió
con la entereza y serenidad de siempre. La que nunca le vi perder, creo que con
esa misma cara debe haber caído desde las alturas, si es cierto que lo
arrojaron desde un avión. Aquella noche la pasamos los tres allí, con Mamerto,
que tuvo una acti¬tud maravillosa. Al otro día nos fuimos y lo dejamos a Jorge
en la Nun¬ciatura, en la calle Rodríguez Peña, allí lo estaban esperando. Su
protec¬ción fue negociada entre Pío Laghi y Massera, aunque él no me aclaró
nada, lo supe por otro lado. La última vez que lo vimos fue mientras subía al
avión de Alitalia". Una vez en Roma, Adur recibió de parte de Pablo VI, el
título de Asesor de Juventudes para América latina, mientras que dentro de su
Congregación se transformó en el secre¬tario del Obispo de París. "Cuando
estaba en Europa teníamos noti¬cias de él por gente conocida. Una vez un
muchacho que había viajado de mochilero nos contó que lo había visto con traje
de fajina, pero en su función eclesiástica". A través de radio Colonia la
familia Adur se enteró sobre el trágico destino del clérigo. "Escuchamos
que jóvenes profesionales y un sacerdote habían sido secuestrados en la
frontera de Argentina con Brasil. Y a partir de ese momento empezamos a
rastrear datos por todas partes. Me reuní con Vicente Zaspe, el arzobispo de
Santa Fe. Recuerdo que hablamos a la luz de una pequeña lámpara y en tono muy
bajo. Cuando yo le conté que creía que a Jorge lo habían agarrado en Brasil
levantó la voz y me dijo: "¡Qué imprudente! Me cansé de decirle que no
pisara América Latina, no entiendo por qué se arriesgó así..."
Roberto Cirilo Perdía, integrante de la Conducción Nacional de
Montoneros desde 1972 hasta su disolución en 1983, explicó veinte años después
la importancia que para ellos revestía tener un capellán.
–Nosotros creamos en 1978 la figura de la Capellanía en el
Ejército Montoneros con una finalidad política. La idea principal tenía que ver
con una gestión que estábamos haciendo para lograr el reconocimiento como
fuerza beligerante por parte de Naciones Unidas. Planteábamos que desde ese
lugar podíamos llegar a discutir el tema de los presos en la Argentina –dijo.
El concepto de fuerza beligerante nació en las guerras
anticoloniales de África y, básicamente, había habido en aquel mo¬mento dos
posiciones centrales: el reconocimiento de la fuerza y el control del
territorio, presupuestos que Montoneros también perse¬guían. Tener un capellán
era, de alguna manera, darle entidad de ejército popular a la guerrilla.
–El padre Adur no se incorporó como un militante montonero, él
se incorporó como capellán con el permiso y consentimiento de su orden, que era
la Congregación de los Padres de la Asunción. Él no se clandestinizó, el
superior de su orden lo autorizó formalmente. El cele¬bró misas con grupos de
compañeros –aclaró Perdía.
–Jorge Adur fue un militante entrañable y a la vez, tenía una
vocación religiosa conmovedora. Nunca participó personalmente de nin¬guna
operación militar, jamás agarró un fusil, no hizo nada que tuviera que ver con
la violencia. Y si alguna vez le hubiéramos dado a elegir, lo hubiéramos puesto
frente a esa disyuntiva, él se quedaba con el sacerdocio, abandonaba
Montoneros, estoy seguro. Recuerdo cuándo le tocó ir a ocuparse espiritualmente
de los compañeros que estaban entrenando en el Líbano. Nosotros le explicamos a
la gente de AlFatah, que llegaba el capellán de la organización y seguramente
en nuestro malísimo inglés, entendieron cualquier cosa y pensaron que era un
ministro o algo así. Cuando Jorge bajó del avión con su traje oscuro, se
encontró con que lo esperaba una guardia de honor de guerrilleros palestinos
armados que lo saludaron como si fuera un presidente. Fue muy gracioso...
–recuerda Mario Montoto, ex militante de Montoneros, devenido exitoso
empresario.
En la Asunción todos se levantaban a las 6.45 con el tiempo
justo para cepillarse los dientes y hacer la cama. A las 7 celebraban misa y
luego desayunaban. Adur compartía las tareas de la limpieza de la casa y la
preparación de las comidas los sábados y domingos. Duran¬te la semana no hacía
falta, una señora les cocinaba. Uno de los clérigos lo recordó de esta manera:
–Era muy carismático y con una gran vocación, justamente por eso
estaba encargado de la formación, esa labor no se la dan a cualquiera. Hombre
de oración y de gran brillo intelectual. Sereno, siempre dispues¬to a
escucharnos y a recibir a cualquier persona que llegara a la capilla. Le
gustaba la música clásica y tenía muy buena relación con las jóvenes. Había
nacido en Nogoyá, en el centro oeste de Entre Ríos, y le gustaba tomar el mate.
Nosotros lo cargábamos, le decíamos "panza verde"... Guardaba un gran
afecto por la familia y se veía mucho con una her¬mana soltera que vivía en
Buenos Aires y que murió en 2000. Como muchos de los sacerdotes que se sumaron
al Concilio Vaticano II, él esta¬ba enmarcado en la opción preferencial por los
pobres. Nosotros nos en¬teramos de su vinculación con Montoneros cuando fue de
público cono¬cimiento, pero su labor como formador fue intachable y sus
consejos siempre fueron religiosos, nunca con contenido político.
Estrella Federal
A través de la revista clandestina Estrella Federal –órgano
oficial de Montoneros– de agosto de 1978, se le comunicó a la
"tropa"que el padre Jorge Adur era su capellán. Esa edición nú-mero 5
traía la noticia en tapa junto con la Carta al pueblo escrita por Adur y otros
dos documentos reveladores. Uno era la repro¬ducción del reportaje conjunto al
cura y al comandante monto¬nero Horacio Mendizábal, que les efectuó en París el
periodista Francisco Ortiz Pinchetti, a quien le fue dada la primicia sobre la
capellanía. Y el otro, la comunicación oficial que se le hizo acerca de eso al
Vaticano en fecha 10 de julio de 1978.
"Viste Adur el uniforme del Ejército Montonero: la chamarra
de cuero negro con las insignias de su grado –capitán– sobre el alzacuellos del
sacerdote. Lo es y lo parece en todo momento. Por su apariencia apacible, por
su serenidad y también por el tono casi pastoral de su voz", describía
Ortiz Pinchetti en su artículo.
"Por primera vez en la historia reciente, un movimiento
revolu¬cionario, un ejército popular, tiene oficialmente un capellán. La
designación del padre Adur fue conocida aquí por Proceso como pri¬micia
mundial", se ufanaba.
"Y algo más: el sacerdote cuenta con el consentimiento de
su con¬gregación. En breve, el Ejército Montonero comunicará oficialmen¬te la
designación a la Santa Sede", anunciaba.
–¿Será usted clandestino, padre Adur?–le preguntó el periodista.
–Mire, yo clandestino, en la lucha de mi pueblo, no sirvo para
nada. Yo cuidaré mi vida, pero diré siempre: soy el padre Adur, soy el capellán
del Ejército Montonero, me pueden escribir o me pueden ver en tal lugar, donde
esté–respondió.
–Otra posibilidad es que tenga conflictos con la jerarquía de su
país–insistió Ortiz Pinchetti.
La respuesta de Adur fue toda una denuncia:
–En la Iglesia argentina, es cierto, ciertas maneras mías y de
otros sacerdotes, de interpretar la situación que vive nuestro país, ha creado
dificultades –reconoció–. Pero también es cierto que la Igle¬sia argentina, no
sólo en sus cristianos sino también en su jerarquía, está en estos momentos
prácticamente en el borde con respecto a la agresión, al genocidio de la
dictadura militar... Claro, tendré dificultades con hombres como Victorio
Bonamín (provicario castrense) o como Adolfo Tórtolo (arzobispo de Paraná y
dirigente de la Conferencia Episcopal Argentina), que son el apoyo no sólo
teológico, sino ideológico del enemi¬go del pueblo argentino. Tendré
dificultades, sí, que habrá que encarar a su debido tiempo. Estoy convencido de
que lo que justifica mi actitudes lo que hay detrás de todo esto: la justicia
para nuestro pueblo. Y no se trata sólo de ponerme del lado de él, sino también
de mostrarle lo que lo hará feliz. Hay una linda frase de Jesús en el
Evangelio, cuando llorando ante Jerusalén, dice: "Jerusalén, si conocieras
lo que te puede dar la paz..." –remató Adur.
El comandante Horacio Mendizábal (militante católico,
origi¬nario de la Democracia Cristiana) también aportó lo suyo en aquel
artículo; dijo que le había costado mucho lograr convencer al cura para que
aceptara la capellanía y luego explicó que la decisión de institucionalizar esa
figura en el Ejército Montonero tenía "todo ese sentido político de
recuperar la historia de los ejércitos populares y de¬mostrarle a las masas que
la Iglesia no es Bonamín o Tórtolo que bendi¬cen las picanas y la represión,
sino que la Iglesia son los católicos que pelean y los sacerdotes que están al
lado del pueblo".
–¿Por qué el padre Adur?–le preguntó el periodista.
–Bueno, porque para ser nuestro capellán no cualquier sacerdote,
sino uno que realmente expresara el amor a su pueblo y que fuera concu¬rrente
con su lucha. Y el padre Adur hace diez años que está del lado de esta lucha
–explicó Mendizábal.
Carta al Vaticano
La comunicación al Vaticano fue dirigida al cardenal Jean Villot
–miembro conspicuo de la logia masónica P2– en su carácter de secretario de
Estado de la Santa Sede y firmada por Horacio Mendizábal como "Comandante
4to. Secretario del Partido Mon¬tonero. Jefe del Ejército Montonero".
Luego de describir un pano¬rama de las luchas populares desde las Invasiones
Inglesas hasta la guerra de la Independencia, y desde la Resistencia peronista
hasta el terror de la dictadura de Videla, "desatando la más san¬guinaria
persecusión contra hombres y mujeres, 30.000 de los cuales se encuentran
presos, han sido muertos o están desaparecidos", Mendizábal le apuntaba a
Villot:
"La barbarie sin par de la actual dictadura no fue
obstáculo suficiente para que el pueblo argentino ejerciera su defensa propia
debiendo llegar a empuñar nuevamente las armas, recayendo en esta oportunidad
histórica la responsabilidad del enfrentamiento mili¬tar en nuestro Ejército
Montonero, heredero de las luchas de los hu¬mildes y desposeídos de nuestra
patria".
"Esta tradición argentina contó siempre con la
participación, bajo muy distintas formas, de sacerdotes y laicos de la Iglesia
Católica (...)
–agregaba–. Muchos son los ejemplos que nos vienen a la memo¬ria
de los hombres de Iglesia que han dado su testimonio, desde el lejano pero
siempre recordado Fray Luis Beltrán, que concilio su prédica evangelizadora con
las tareas logísticas que requería el Ejér¬cito Libertador del general San
Martín, hasta los más próximos y tan abnegados mártires de la actual
resistencia como monseñor Angelelli, el padre Carlos Mugica, los sacerdotes
palatinos asesinados brutalmente en 1976, o las secuestradas hermanas religiosas
sor Alice Domon y sor Renée Duquet, entre tantos otros".
"El Ejército Montonero –proseguía– integrante del pueblo
ar¬gentino y consecuente defensor de sus derechos, es profundamente respe¬tuoso
de sus tradiciones cristianas y valora especialmente el significado que tiene
para este pueblo (...) que hombres de la Iglesia compartan activamente su justa
causa, aun quedando sujetos a los mismos ries¬gos físicos que hoy padece el
hombre argentino.
Mayor es la impor¬tancia actual de dicho testimonio en tanto que
en nuestro país exis¬ten algunos pocos, pero muy promocionados hombres de esa
misma Iglesia, que sirven de apoyo teológico e ideológico a los opresores del
pueblo, desvirtuando postulados evangélicos y la doctrina eclesial"
–puntualizaba.
En el siguiente párrafo, Mendizábal concluía con que "por
los motivos aludidos hemos resuelto crear en nuestra fuerza la institución de
la Capellanía y solicitarle al R. P. Jorge Adur tuviera a bien aceptar ser su
titular, petición que fue aceptada quedando oficializada su designación el día
1 de julio de 1978".
Por último, la carta precisaba que "por esta nota, cumplo
en comunicar oficialmente a Su Eminencia y, por su intermedio, a su santidad
Paulo VI, los fundamentos y circunstancias de la mencio¬nada resolución".
Secuestro de los seminaristas
Dos años antes, el viernes 4 de junio de 1976, aproximadamente a
las siete de la mañana, un grupo comando había llegado a la casa de los
asuncionistas, en el barrio Las Manuelitas, en San Miguel, provincia de Buenos
Aires, en varios automóviles. Vestían ropa de fajina de tipo mili¬tar y
cargaban armas largas, pero según testimonios de vecinos, el que daba las
órdenes era un hombre vestido de civil.
Habían venido en busca del padre Adur, pero no lo encontraron.
En la casa sólo encontraron a dos seminaristas, los hermanos Carlos Felipe Di
Pietro y Raúl Eduardo Rodríguez, ambos profesos perpe¬tuos del Colegio Máximo
de los jesuítas y alumnos de Teología del padre Adur. El hombre de civil
decidió llevárselos, así que los cargaron en un Ford Falcon junto a varios
bultos. Los comandos habían desvalijado la biblioteca en la convicción de que
había literatura marxista.
Del informe sobre esos hechos que el superior regional de los
asuncionistas remitió al nuncio apostólico en Buenos Aires pi¬diéndole asilo
político para Adur, puede deducirse que Di Pietro fue presionado por sus
captores para hacer caer al religioso en una trampa y poder apresarlo:
"Hacia las 11.45 del mismo día (4 de junio)–se lee en el
docu¬mento– el superior regional de la congregación es llamado por teléfono por
el hermano Di Pietro, quien dice querer saber dónde se encuentra el padre Jorge
Adur, pues desea hacerle llegar un telegrama que le ha¬bría sido enviado a la
casa donde habita. "
"Hacia las 15.45 del mismo día–continúa el escrito– el
supe¬rior regional es avisado de los hechos por vecinos del lugar.
Inmediata¬mente se pone en contacto con el señor obispo de San Martín, para
informarle de lo acontecido. Luego, con algunas personas de su confian¬za,
evalúa los hechos. Dada la violencia y la inseguridad que se viven en el país,
la situación es considerada muy grave. Aparentemente, el objeti¬vo del
operativo habría sido producir la detención del padre Adur".
Di Pietro, nacido el 8 de agosto de 1944, había ingresado a los
veintidós años, el 6 de marzo de 1967, al Centro Vocacional que los padres
asuncionistas tenían en La Lucila. Según decía, había decidido su vocación
movido por la influencia que sobre él ejercía aquella comunidad.
De La Lucila se trasladó al barrio La Manuelita, en San Miguel,
con los miembros de su comunidad, entre los que se encontraban Raúl Rodríguez,
Luis Ramón Rendón, Paul Smolders y Jorge Adur.
Rodríguez había nacido en Lobos, provincia de Buenos Aires, el
29 de marzo de 1947. Ingresó al centro vocacional asuncionista el 1 de octubre
de 1967. Durante sus primeros años en la comunidad cursó regularmente el
primero, segundo y tercer año en el Colegio Domingo Faustino Sarmiento y luego
rindió libre cuarto y quinto año, según figura en el boletín En memoria de
ellos, escrito por el padre Roberto Favre en 1996.
Cuando Di Pietro y Rodríguez fueron secuestrados, el padre Adur,
que había sido avisado del operativo, se encontraba conve¬nientemente oculto y
a salvo. Pero su hermana no tuvo la misma suerte: fue sacada de la oficina
donde trabajaba e interrogada acerca del paradero del cura.
En el informe al nuncio Pío Laghi, el superior de los
asuncionistas continuó describiendo así lo sucedido:
"Su hermana es interrogada por personas que se dicen de la
Poli¬cía Federal. El mismo viernes 4 de junio, hacia las 10 de la maña¬na, fue
buscada por el grupo de personas en su trabajo de la ciudad de Buenos Aires...
"A posterior tomamos conocimiento que el padre Adur fue
ayu¬dado por algunos amigos y se encuentra oculto. El otro integrante de la
comunidad, el hermano Luis Ramón Rendan, diácono, también se oculta por algunos
amigos y luego se traslada a la República de Chile por disposición del superior
provincial.
"Al visitar la casa donde sucedieron los hechos, el
superior regio¬nal pudo comprobar desorden en papeles y libros.
"Un automóvil con dos hombres en su interior fue observado
en los días siguientes al 4 de junio en las proximidades de una casa de
familia, que el padre Adur suele visitar.
"Frente a la gravedad de los hechos y sus posibles
consecuencias, se realiza una gestión ante la Nunciatura Apostólica, tendiente
a ase¬gurar la protección del asilo para el padre Adur"– finalizaba el
documento.
–El padre Adur fue un sacerdote abnegado, un gran formador para
nosotros. No fue un hombre que tuviera dudas sobre su voca¬ción, todo lo
contrario. Mientras estuvo con nosotros cumplió sacerdotalmente con su misión.
–El día que secuestraron a los dos seminaristas, él había hecho
un viaje, no sabíamos adonde estaba. Después nos enteramos de que estaba en
Francia y no volvimos a tomar contacto con él –contó otro miembro de la
congregación.
Los Tacuara
Tacuara tenía un atractivo puramente romántico para los jó¬venes
católicos argentinos sedientos de acción. Era una organiza¬ción violenta, de
extrema derecha, que los activistas de la Unión Nacionalista de Estudiantes
Secundarios (UNES) habían forma¬do después del golpe militar del 16 de
septiembre de 1955. En parte, porque muchos pertenecían a familias respetables;
y en parte, porque profesaban un virulento anticomunismo, sus miembros gozaron
casi siempre de inmunidad policial. Eran adoctrinados por el ultranacionalista
cura Julio Menvielle, admirador del corporativismo y por el seminarista Alberto
Ezcurra. Amaban a Adolfo Hider y a Benito Mussolini; condenaban el sionismo y
ponían en duda que el Holocausto hubiera existido; se proclamaban resistas y
sanmartinianos; y eran capaces de matar a puntapié a quien se atre¬viera a
sugerir que el Padre de la Patria había sido masón.
Sistemáticamente, cada 11 de septiembre, Día del Maestro, los
chicos de Tacuara destrozaban en nombre de Facundo Quiroga y del Chacho
Peñaloza alguna estatua de Domingo Faustino Sar-miento; y cada 2 de febrero,
aniversario del Pronunciamiento contra Juan Manuel de Rosas, hacían lo mismo
con el busto del "traidor" Justo José de Urquiza.
Los fundadores de la Organización Montoneros, Fernando Abal
Medina y Carlos Gustavo Ramus, pertenecieron desde sus catorce años a Tacuara.
La familia de Ramus poseía un campo en Timote donde las cruces gamadas eran
parte de la decoración del living. Entre sus simpatizantes también se
encontraba Rodolfo "Gabriel o el loco" Galimberti, quien ingresó a
Tacuara a los ca¬torce años y luego se transformó en líder de la Juventud
Peronista, y jóvenes que después integraron al ERP, las FAP y los Tupamaros.
Norberto Crocco –hermano de Noemí, la mujer de Aldo Rico– y
Carlos Capuano Martínez, este último ligado a la Iglesia Cristo Rey de Córdoba,
y ambos miembros de la Juventud de la Acción Católica Argentina, fueron
tacuaras antes de convertirse en montoneros. Crocco admiraba al mariscal
Rommel. También fue tacuara el dirigente de la JEC, Mario Firmenich, hijo de
yugoslavos croatas, quien por entonces se confesaba católico, antisemita y de
extrema derecha.
El lema de Tacuara era "Religión o muerte" y según
escribió Mario Diament en un reportaje a Juan Manuel Abal Medina, hermano de
Fernando, que se publicó en la revista Siete Días en 1983, el grupo estaba
vinculado a los servicios de inteligencia.
Aunque por su afinidad con el corporativismo de Mussolini, podía
suponerse que también simpatizaban con Perón, nada les resultaba más ajeno.
Probablemente la quema de las iglesias, en junio de 1955, y su pertenencia a
una clase adinerada y católica, los separaba de la chusma de los cabecitas
negras, y los colocaba en la vereda de enfrente. Los tacuaras eran
antiperonistas. Sin embargo, cuando en los sesenta ingresaron a sus filas
jóvenes peronistas católicos, comenzó a crecer el ala "izquierda" de
la agrupación. Y así nace el Movimiento Nacionalista Revolucio¬nario Tacuara
(MNRT), dirigidos por José Luis Nell (es herido de gravedad el 20 de junio en
Ezeiza) y Joe Baxter, un estudiante de abogacía de origen inglés, que más tarde
se fuga a Uruguay y crea las semillas de lo que después fue el Ejército
Revolucionario del Pueblo (ERP).
El historiador inglés Richard Gillespie en su libro Soldados de
Perón, dice: "Definidos como los "peronistas jóvenes que querían
pelear", el MNRT, como recordó un antiguo afiliado, leía cuanto de
subversivo y clandestino –incluso papeles de la OAS (Organisatión Armee
Secrete)– sin que le importara la ideología política. Había en ello mucho de
infantilismo y romanticismo".
"La tendencia a beber en tales fuentes de información
provenía principalmente del deseo de aprender a dirigir una lucha guerrillera
aun cuando la mayor parte de los escritos (muchos de ellos prove¬nientes de
Cuba y Argelia) que devoraban los miembros de aquel movimiento impartían ideas
izquierdistas. "
Ezcurra fue parte del MNRT y más tarde, regresó a su voca¬ción
en el seminario de Paraná y se ordenó sacerdote en 1971.
En cambio, otro dirigente montonero, Dardo Cabo –hijo de un
legendario dirigente metalúrgico– había dirigido un grupo na¬cionalista
católico, también derechista, pero peronista, llamado Movimiento de la Nueva
Argentina, antes de ser encarcelado en 1966. La historia merece ser contada por
el surrealismo que encierra. La "Operación Cóndor" fue elucubrada por
Dardo Cabo y consistió en la ocupación pacífica y simbólica de las Malvinas.
Desviaron un avión de Aerolíneas Argentinas, justo en el momento en que el prín¬cipe
Felipe de Edimburgo desembarcaba en Buenos Aires y era reci¬bido por el
gobierno de la "revolución argentina". En el avión viajaba Raúl
Ricardo García, luego director del diario Crónica, que viajó como rehén y
consiguió la primicia. El grupo estaba compuesto además de Cabo, por quince
jóvenes peronistas más: Alejandro Giovenco (que desembarcó en las islas con una
cruz en el cuello y en el año 1975 cuando integraba un grupo de la
ultraderecha, cami¬nando por la calle rumbo a un atentado el explosivo que
llevaba explotó antes de tiempo, y le voló el brazo),y María Cristina Verrier,
una bella joven hija de un juez, que trabajaba de actriz y a la que Cabo había
enamorado con su audacia y sus historias militantes. Cuando regresaron a la
Argentina, todos terminaron presos. Al salir de la cárcel, Dardo Cabo se
convirtió en jefe de la organización Descamisados (en 1973 se fusionaron con
Montoneros), junto a los militantes católicos Horacio Mendizábal y Norberto
Habegger, lue¬go director del diario Noticias.
Cristianismo y Revolución
La revista Cristianismo y Revolución apareció por primera vez en
septiembre de 1966. La evolución de las ideas políticas de Juan García Elorrio,
quien ejerció una gran influencia sobre los premontoneros, se plasmaron en cada
una de sus notas y edito¬riales. También los jóvenes de la Juventud Peronista
(JP), fuesen o no católicos, se la devoraban. Su lectura era obligatoria para
poder estar a la page, tal como en los años cincuenta lo era leer a Proust y en
los sesenta a Sartre.
–Yo particularmente no fui un militante cristiano. Vengo de una
familia donde se preocuparon porque tomara la primera comu¬nión, pero después
no tuve una formación religiosa más amplia. Sin embargo, como cualquier joven
militante de los setenta me devoraba la revista Cristianismo y Revolución. No
se podía actuar, relacio¬narse ni intercambiar ideas sin leer esa revista –
reconoció Dante Gullo, ex militante de la JP.
Hijo de un matrimonio de clase media alta, con panteón fami¬liar
en el Cementerio de la Recoleta y el corazón en la derecha cató¬lica, Juan
García Elorrio no pudo menos que ingresar al Seminario de San Isidro para ser
cura. Pero no tardó mucho en darse cuenta de que su destino no sería el
sacerdocio: a los veintiún años abandonó aquella vieja casa rodeada de árboles,
cercana a la Catedral, y tomó como lema de vida las máximas de Camilo Torres y
el Che Guevara: "El deber de todo católico es el de ser revolucionario. El
deber de todo revolucionario es el de hacer la revolución".
Antes de que muriera sospechosamente atropellado por un auto en
1970, Juan García Elorrio tuvo tiempo para reconciliar a los católicos con la
violencia.
"Camilo Torres, silenciado y retaceado por sus propios
hermanos cristianos, nos señala el carisma evangélico en la lucha por la
libera¬ción de nuestros pueblos y su nombre es bandera del movimiento
revolucionario latinoamericano", decía el primer editorial de
Cris¬tianismo y Revolución. En la revista publicaban sus comunicados el ERP,
los Montoneros, y las Fuerzas Armadas Peronistas.
A propósito de Juan García Elorrio, aunque influyó
podero¬samente en los jóvenes católicos que ingresaban en manada a la
guerrilla, todos los testimonios aseguran que a pesar de su gran carisma, no
fue muy querido por sus compañeros. Y menos aún por las mujeres, debido a su
autoritarismo y misoginia.
"Graciela no tenía un buen recuerdo de García Elorrio, pero
la noticia de su muerte la conmovió por algún momento. Después, mientras seguía
hablando por teléfono, se acordó de cuando él la echó del Camilo y, enseguida,
de cuando una vez que estaban cami¬nando por la calle Córdoba y Pueyrredón y
Juan estaba con bronca con una militante."
–Son todas iguales. A las mujeres la política les entra por la
vagina, y así les va –recuerdan sobre una anécdota de Graciela Daleo, Caparros
y Anguita en La Voluntad.
A finales de los sesenta la Argentina era una hoguera. En abril
de 1964, sobre una colina ubicada encima del río Las Piedras, en Oran, Salta,
un grupo de guerrilleros –el Ejército Guerrillero del Pueblo– hambrientos y
desahuciados, fueron apresados por el Ejército. Entre ellos –era su jefe– se
encontraba Jorge Ricar¬do Massetti, un militante nacionalista ultracatólico,
periodista obsesivo, amigo de Rodolfo Walsh, que había estado con el Che en
Sierra Maestra y luego de la revolución, en 1959, fue el mítico jefe de la
agencia de noticias Prensa Latina. Ésta fue la segunda experiencia de guerrilla
rural en la Argentina. La primera fue Uturuncos, en 1960. En septiembre de
1968, se descubría en Taco Ralo, a 120 kilómetros deTucumán, un campamento
gue¬rrillero rural, integrado por Néstor Verdinelli, Envar el Kadre, Amanda
Peralta de Dieguez, Samuel Slutzky, Dionisio Pérez y el seminarista español
Arturo Ferrer Gadea, quienes se definieron como "argentinos,
revolucionarios y peronistas". El mayor Alberte, secretario del Partido
Justicialista (asesinado en 1976) los reco¬noció como tales y la CGT de Ongaro
les mandó un abogado. Luego fueron parte de las Fuerzas Armadas Peronistas
(FAP) en el seno de la cual estaban además, Carlos Caride y los seminaristas
Arturo Ferré Gadea y Gerardo Ferrari, vinculados íntimamente a Cristianismo y
Revolución.
Pero también eran reporteados en el mensuario curas del Ter¬cer
Mundo, como el padre Hernán Benítez. En septiembre de 1970, a poco del
secuestro del general Pedro Eugenio Aramburu, se le preguntaba al cura lo
siguiente:
–¿No cree usted, padre Benítez, que los curas del Tercer Mundo,
con su prédica de la violencia, son un poco responsables en el fondo del
asesinato de Aramburu?
–En el fondo, del asesinato de Aramburu, más responsables que
los curas del Tercer Mundo, es usted, soy yo, es el cardenal Caggiano y el
propio Aramburu –respondió Benítez. Y continuó: "Porque observe usted, los
jóvenes señalados por la policía como ejecutores del hecho, no son de
extracción peronista. No son gente del pueblo. No son hijos o parientes de los
veintinueve argentinos, unos asesinados, otros ejecutados, en junio del '56.
Huelen a Barrio Norte. Católicos de comunión y misa regular. Algunos, hijos de
militantes de los co¬mandos civiles. Al caer el peronismo contaban con cinco o
diez años.
Nacieron y crecieron oyendo vomitar pestes contra el peronismo.
¿Qué los lleva a reaccionar violentamente contra el medio social en que se
acunaron? A mi entender, dos causas: primera, la convicción de que sólo la
violencia barrerá con la injusticia social. Por las buenas ja¬mas los
privilegiados han cedido uno sólo de sus privilegios. Estos jóvenes sienten con
una fuerza que no sentimos los viejos, la mons¬truosidad de que un quince por
ciento posea más bienes que el ochenta y cinco por ciento restante. Viven en
estado de indignación y de irri¬tación del que apenas podemos formarnos idea
(...)".
Juan Manuel Abal Medina, hermano de Fernando, uno de los
fundadores de Montoneros asesinado en William Morris, él también dirigente
peronista, luego exiliado en México, decía so-bre su hermano: "Saliendo
del Buenos Aires, Fernando ingresó en la Facultad de Ciencias Económicas
–quería estudiar economía política–. Y allí comienza una vinculación más
cercana de él con grupos vinculados al catolicismo post conciliar, por llamarlo
de alguna manera: los grupos vinculados a la teología de la liberación, en
especial el de Cristianismo y revolución, que en aquel entonces era el centro
periférico de la Argentina. Para estas mismas épocas yo me vinculo con quien
fue mi primer maestro político: Marcelo Sánchez Sorondo; y colaboro con él como
secretario de redacción del periódico Azul y Blanco, durante ocho años. Esta
actividad comienza estando yo todavía en el Buenos Aires y dura hasta que tuve
24 años. En un determinado momento Fernando se aleja un poco de la familia.
Esto nos sorprendió a todos. Intenté conversar con él en varias ocasiones. Pero
a pesar de todo lo abierto que era en sus demás cosas, en este tema de por qué
dejaba de estar en casa por semanas, era muy cerrado..."
Una época tan alborotada también engendraba sus anticuerpos y la
censura se había convertido en algo cotidiano. Todo aquel que generaba la menor
sospecha de "inmoralidad" o "comunis¬mo" era inmediatamente prohibido. En los albores
de 1968, las cincuenta comisarías de Buenos Aires habían sido instruidas
mediante una circular que debía reprimir el auge de las camisas floreadas y los
pelos largos. La prioridad era la guerra anti hippie, aun cuando la mayoría de
las comisarías no contaran con los elementos necesarios para atender sus
funciones específicas. Como anécdotas divertidas de la época valen las
siguientes: una de las víctimas del largo de la cabellera como problema de los
organis¬mos de seguridad fue el plástico Ernesto Deira, rapado luego que fuera víctima
de una razzia en la inauguración de un café concert que los uniformados
confundieron con un mitin "castrocomunista". En una conferencia de
prensa, el jovenzuelo Luis Ángel Dragani, vocero de la cuasi ignota Federación
Argen¬tina de Entidades Anticomunistas, denunciaba que gracias a la astucia de
uno de sus miembros –había conseguido un curso de detective por
correspondencia– había logrado infiltrar las filas hippies y se habían enterado
de que sus lideres pretendían con¬vertirlos en guerrilleros al servicio de
Pekín, amén de anular la voluntad juvenil suministrándoles drogas como Dexamil
Spansule 2 (cuyo único resultado sería convertirlos en anoréxicos o fanáti¬cos
del estudio). Baluarte creativo de la década, el Instituto Di Tella había
estimulado una forma de investigación colectiva que rompió con las pautas
tradicionales del quehacer intelectual ar¬gentino. Allí se sintetizó y procesó
toda la experiencia de van¬guardia que habían hecho plásticos y músicos. En
mayo de 1968 el Instituto fue clausurado a causa de un evento en el que se
exponía un baño público creado por el artista Roberto Plate y al que el público
tenía acceso. El descubrimiento de un grafitti con contenidos
"porno-políticos" (como el de cualquier baño de este tipo) desató las
iras de los censores, provocó el cierre del organis¬mo y el proceso de desacato
a su director, el ingeniero Enrique Oteiza. A principios de junio fueron
profanadas tumbas del ce¬menterio israelita de Liniers. La liberación en Munich
de William Harsters, jefe de la policía de la ocupación alemana en Holanda,
responsable de la muerte de mas de ochenta mil judíos, entre ellos Ana Frank,
coincidió con la aparición de una fuerte canti¬dad de publicaciones
antisemitas. Mientras tanto, el sacerdote nazi Julio Menvielle, de Tacuara, se
enorgullecía, en declaracio¬nes a la revista Panorama, de que "el
sentimiento antijudío es cada vez más fuerte en el país" y la Guardia
Restauradora Nacionalista proponía colgar en Plaza de Mayo al psicoanalista
Mauricio Goldenberg. En 1969, los militantes católicos, Emilio Maza, Carlos
Capuano Martínez, Susana Lesgart (asesinada en la cárcel de Trelew en 1972),
Ignacio Vélez y Gustavo Ramus realizan el copamiento de la localidad de La
Calera en Córdoba, que provocó primero un shock en la población y luego una
gran adhesión. Maza fue herido y un sacerdote amigo lo escondió. Aquí aparece
vincula¬do por primera vez, Elbio Gringo Alberione, sacerdote muy relacio¬nado
a la teología de la liberación, que luego abandonó los hábitos y se convirtió
en uno de los miembros de la conducción de la organi¬zación guerrillera. Un año
más tarde vendría el lanzamiento de Montoneros, con el secuestro y asesinato de
Aramburu.
En el equipo de Cristianismo y Revolución o el Comando Ca¬milo
Torres militaban, entre otros, Casiana Ahumada, esposa de García Elorrio, quien
después de la muerte de su marido se con¬vertiría en la directora de la
revista, Graciela Daleo, Mario Firmenich, Carlos Ramus, Fernando Abal Medina,
José Sabino Navarro y Emilio Maza. A mediados de 1967 eran treinta mili¬tantes
que no habían cumplido los veinticinco años, divididos en células casi
militares de tres niveles distintos de funcionamien¬to. José Sabino Navarro,
venía de la JOC de Córdoba, era diri¬gente mecánico del Smata y tomó el mando
de Montoneros cuan¬do fue asesinado Fernando Abal Medina, el 7 de septiembre de
1970 –años después declarado Día del Montonero– en la con¬fitería La Rueda de
William Morris. Sabino Navarro, el Negro, era un correntino parco,
introvertido, aguerrido, de fuertes con¬vicciones políticas y muy querido por
sus compañeros.
El Comando Camilo Torres dirigido por Juan María Elorrio fue
precélula de Montoneros. Su nombre no hacía suponer que sus militantes debieran
ser forzosamente cristianos, aunque mu-chos lo eran. Una excepción fue Norma
Arrostito –mujer de Fernando Abal Medina– que sólo se convertiría al
catolicismo estando presa en la ESMA. La mayoría creía en las posiciones de la
Iglesia Tercermundista, aunque iban más allá. Consideraban que la violencia iba
a ser el método revolucionario por excelencia y se inspiraban en la Revolución
Cubana. También iniciaban un acercamiento al peronismo, aunque desconfiaban de
las dotes transformadoras de Perón.
Cristianismo y Revolución fue un gran movilizador en la
radicalización de los 400 sacerdotes argentinos y del puñado de obis¬pos que
apoyaron el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mun¬do (MSTM). Aunque
fueron contados los que ayudaron a los gue¬rrilleros o justificaron sus
actividades, muchos de ellos –aun cuando trabajaran por la paz– se negaron a
condenarlos públicamente y pidieron, en vez de ello, que se cuestionara el
sistema generador de su violencia", dice el escritor inglés.
"En un país donde el 90 por ciento de la población estaba
bautizada y el 70 por ciento había recibido la primera comu¬nión, las ideas
católicas radicales socavaron decisivamente la in-fluencia conservadora que la
jerarquía eclesiástica ejercía sobre millares de argentinos. Especialmente los
jóvenes despertaron la preocupación por los problemas y los cambios sociales,
legitima¬ron la acción revolucionaria y encauzaron a muchos hacia el Movimiento
Peronista", aclara Gillespie, quizás el historiador que mejor desmenuzó
aquellos años. En realidad, para el pu¬ñado de católicos que constituyeron el
núcleo montonero, sus fundadores, esas ideas eran el elemento más importante de
las modificaciones en la acción.
El 18 de mayo de 1965, Carlos Mugica representó a la opi¬nión
católica en el encuentro Diálogos entre Católicos y Marxistas. Fue en la
Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y estaba acom¬pañado por Guillermo
Tedeschi. En la tribuna opuesta se encon¬traban Fernando Nadra y Juan Carlos
Rosales, dirigentes del PC.
Mugica dejó bien en claro las diferencias entre unos y otros: el
concepto de Dios y oración, el sentido del sexo y del arte, la concep¬ción del
amor al prójimo y el concepto de persona, fueron puestos en blanco y negro.
Pese a ello, aquel encuentro significó el principio del fin de la Juventud
Universitaria Católica (JUC).
Los obispos no aprobaron esta reunión. Eduardo Díaz de Guijarro,
presidente de los estudiantes católicos, fue citado para dar explicaciones ante
la Comisión Permanente del Episcopado, la cual decidió en diciembre de ese año
intervenir la JUC. En los hechos, se la empujó así a su desintegración. A la
hora de juzgar, monseñor Adolfo Tórtolo fue uno de los más duros, mientras que
el cardenal Caggiano se mantuvo con un espíritu concilia¬dor. Unos años
después, aquellos ex militantes de la JUC secues¬traban a Aramburu.
Una fe militante
Donde cayó Camilo,
nació una cruz,
pero no de madera sino de luz,
cuando iba por su fusil,
Camilo muere para vivir.
CANCIÓN DE DANIEL VIGLIETTI
EN HOMENAJE AL CURA GUERRILLERO
Nada más romántico que un cura guerrillero, para la genera¬ción
argentina de los años setenta. Por más que el 15 de febrero de 1966 los agentes
del régimen colombiano terminaron con la existencia física del padre Torres, su
figura siguió señalando el camino de la liberación latinoamericana en la década
siguiente.
Tras su muerte, entre sus documentos personales se halló la
siguiente confesión:
"Soy revolucionario como colombiano, porque no puedo ser
ajeno a las luchas de mi pueblo. Soy revolucionario como sociólo¬go, porque
gracias al conocimiento científico que pude adquirir de la realidad llegué al
convencimiento más absoluto de que so¬luciones eficaces no se logran sino
gracias a la revolución. Soy revolucionario como cristiano, porque la esencia
del cristianismo es el amor al prójimo y solamente por la revolución puede
hallar¬se el bien de la mayoría. Soy revolucionario como sacerdote, por¬que la
entrega al prójimo exigida por la revolución es un requisi¬to de caridad
fraterna indispensable para realizar el sacrificio de la misa, que no es una
ofrenda individual, sino de todo el pueblo de Dios, por intermedio de
Cristo".
"Yo he dejado los deberes y los privilegios del clero, pero
no he dejado de ser sacerdote. Creo que me he entregado a la revolución por
amor al prójimo. He dejado de decir misa para realizar ese amor al prójimo en
el terreno temporal económico y social. Creo que así sigo el mandato de
Cristo."
Había nacido en Bogotá el 3 de febrero de 1929. Ordenado
sacerdote viajó a Bélgica y en la Universidad de Lovaina se doc¬toró en
sociología y ciencias políticas. Cuando volvió a su tierra no dejó de realizar
conferencias, clases y cursos universitarios. También escribió ensayos y
libros, todo con el único objetivo de lograr la revolución social en su patria
y en toda América latina. Luego de convencerse de que no alcanzaba con las
palabras, se incorporó al Ejército de Liberación Nacional (ELN). El gobier¬no
de Guillermo León Valencia lanzó sobre el cura y su grupo todo el poderío
militar de que disponía. En combate desigual, Camilo cayó junto a otros cuatro
combatientes.
Pero Medellín había incitado a una revolución teológica que se
extendió por amplios sectores de la Iglesia católica durante los años sesenta y
produjo un impacto particularmente fuerte en los jóvenes argentinos.
Esa teología fue impartida al embrión de los Montoneros por dos
hombres, cuyas diferentes actitudes respecto de la violencia, re¬flejaban el
dilema de los radicales católicos. Juan García Elorrio adoptó el punto de vista
de Camilo Torres, según el cual "la revolución no sólo está permitida,
sino que es obligatoria para todos los cristiano: que vean en ella la manera
más eficaz de hacer posible un mayor amor para todos los hombres". Carlos
Mugica hizo la opción por los pobres y por la democracia, con la vuelta de
Perón al poder.
Mateo Perdía y Arturo Paoli
Nacido en Pergamino, provincia de Buenos Aires, Roberto Cirilo
Perdía se crió en el seno de una familia cristiana con dos tíos que fueron
curas pasionistas: Mateo y Marcos. El primero fue presidente durante casi ocho
años de la Confederación Lati¬noamericana de Religiosos (CLAR). Durante su
mandato, entre la segunda mitad de la década del setenta y comienzos de los
años ochenta, el CLAR tuvo pronunciadas diferencias con la Con¬ferencia
Episcopal Latinoamericana (CELAM), conducida por el cardenal colombiano Alfonso
López Trujillo.
–Mateo fue párroco de la Iglesia de la Santa Cruz y provincial
de los pasionistas en Argentina y Uruguay. El ayudó para que la parroquia,
donde residía, fuera utilizada por el grupo originario de las Madres de Plaza
de Mayo –recordó su sobrino, quien actual¬mente trabaja en la Universidad de
Lanús, haciendo una maes¬tría en Políticas Públicas.
Su último cargo fue como asesor de la Subsecretaría de Dere¬chos
Humanos, hasta 1998, en pleno gobierno de Carlos Menem, cuando renunció Alicia
Pierini. En su libro La otra historia, Ro¬berto Perdía escribió:
"En la iglesia de la Santa Cruz se hicieron a comienzos de
1977 las primeras reuniones presididas por Azucena Villaflor de De Vicenti,
madre de un desaparecido dirigente peronista. En ellas se infiltró Alfredo
Astiz y él fue quien entregó a Azucena, a otros familiares y a las monjas
francesas Alice Domon y Léonie Duquet, todos secuestra¬dos y desaparecidos
entre el 8 y el 10 de diciembre de 1977".
A comienzos del año 2001, durante una larga entrevista a
propósito de este libro, contó que había tenido un diálogo per¬manente con
Mateo antes de estar en la organización, durante su militancia y todo el tiempo
que estuvo en el exilio.
–Nos encontrábamos en algún lugar del mundo, porque él vi¬vía
bastante amenazado. Entraba y salía con bastante cuidado de la Argentina y así
desarrollaba su actividad. Hasta que murió, hace de esto cinco años, tuve con
él un diálogo muy fuerte. Por todo esto, mi relación personal con la Iglesia no
sólo viene de la posición de la organización sino también de una tradición
familiar. Con Mateo me unían no sólo lazos familiares, sino una manera de
pensar, que nos identificó con el Concilio Vaticano II, entre otras cosas.
Roberto Cirilo Perdía se recibió de abogado en la Universi¬dad
Católica Argentina, y también estudió en esa casa dos años de sociología. No
iba a misa periódicamente, sólo en ocasiones participaba de alguna ceremonia.
En cambio, era presidente del Centro de Estudiantes de Derecho y dirigente
bancario.
–Un día me incorporé a un grupo que se llamaba Economía Humana,
que había formado un abogado, Juan Zabala Rodríguez. Allí se reflexionaba sobre
el círculo de la pobreza y sobre todo uno se capacitaba. En una de esas charlas
lo conocí al cura Arturo Paoli, me impresionó mucho su pensamiento y en 1964 me
fui con él a Reconquista, al norte de Santa Fe, a trabajar con los hacheros,
hasta el '68 o '69.
Arturo Paoli era un sacerdote italiano, de manera que intentó
trabajar en la Argentina sobre el diálogo entre cristianos y marxistas, al
modelo de su país. Pero se encontró con que los cristianos de acá no eran como
en Italia, de la Democracia Cristiana, sino peronistas. En esa comunidad,
Perdía fue el referente de los jóve¬nes que trabajaban junto al padre y también
abogado de distin¬tos gremios, pero tenía vínculos permanentes con Buenos Aires
y muy pronto los tendría también con el grupo del cura Mugica.
–Ahí lo conocí a él, a Abal Medina, a Firmenich, a Ramus, cuando
fueron a misionar en el '66 al norte de Santa Fe, en Tartagal. Yo era uno de
los referentes de los jóvenes que trabajaban con el padre Paoli y por eso nos
conocimos. Pasé varios días con ellos en el campamento, nos poníamos a charlar,
a guitarrear, a jugar al fútbol y nuestra teoría era reflexionar la realidad a
la luz del Evangelio. Después de ese encuentro, cada tres o cuatro meses yo
venía a Buenos Aires y nos reuníamos en el altillo que Mugica tenía arriba de
la casa de los padres, cerca de Las Heras y Pueyrredón, con toda la banda:
Abal, Firmenich, Ramus, Lucía Cullen. Después de las reuniones del altillo, a
veces bajábamos a comer a la casa de los padres –recordó Perdía.
Ya en 1967, ese grupo se reunía con sectores peronistas donde se
discutía si lucha armada "sí" o lucha armada "no", lo cual
no era exclusivo de la Argentina, ya que se discutía en toda América latina el
tema de la violencia. Perdía mantenía esas discusiones dentro del grupo de
Paoli pero también con el de Mugica:
–En el marco de la Iglesia yo seguía vinculado a Paoli y el
obispo era Iriarte, que venía de sectores progresistas y cada vez se corría más
a la derecha. Participaba de reuniones en la parroquia y la misa era también un
ámbito de discusión y reflexión, siempre en un clima cristiano de compromiso.
El cura Paoli no era un sacerdote comprometido con la violencia ni
propagandizador, pero sí muy jugado en la defensa del po¬bre y bajo ese punto
de vista planteaba que había que seguir los caminos de Dios, aunque no era de
decir "cuidado, no lleguen hasta ahí". En cambio, el área porteña era
más acelerada, ahí sí había una decisión en términos de un compromiso armado y
Mugica acompañaba ese proceso y lo impulsaba. Si tuviera que comparar las
actitudes de Paoli y Mugica, diría que el primero decía "compromiso con la
gente" y que Mugica agregaba "con la gente y hasta donde haga
falta".
El grupo del Norte tenía la idea de que la respuesta violenta
debía darse en la medida en que la gente la fuera asumiendo y de hecho ya
habían practicado algunos primeros ejercicios con los sindicatos de los
hacheros de la zona para lograr a fuerza de pis¬tola lo que con el sentido
común no se conseguía:
–Hacíamos firmar actas de convenios colectivos arma en mano y al
otro día íbamos con abogados y escribanos a que se ejecutara lo firmado
–recordó Perdía–. Estas cosas yo las hablaba con Mateo y él tenía una idea
parecida a la que tenía Paoli. No era alguien que estimulara la violencia, pero
tampoco la reprimía. Después, cuando decidimos organizar una corriente
específica armada, lo conversé con él y no le extrañó. Ni me desalentó con un
"no" absoluto, ni me alentó especialmente. Muchas cosas que hice las
aprendí de Paoli, lo cual no me exime de mi responsabilidad, como tampoco la
tuvo él de muchas macanas que me mandé–explicó.
El ex montonero también recordó que en las reuniones que el
grupo de Paoli mantenía con el de Mugica, iba surgiendo un compromiso fuerte,
que primaba sobre las diferencias de opinio-nes. Lo explicó así:
–Había una especie de compromiso tácito: al primero que se
largue como estructura político militar, los demás lo apoyamos. Yo, en el '66,
había leído algo que me impresionó mucho acerca de la guerrilla colombiana:
"Ahora que sonaron los primeros tiros, que están los primeros muertos,
¿dónde están los que hablaron?", decía. Nuestro compromiso, entonces,
tenía que ver con estar, con no des¬aparecer. Ya cuando aparecieron los
primeros muertos, estuvimos y no evaluamos ni tácticas ni estrategias. Posiblemente
ése fue un error político, pero era un compromiso cristiano y humano. Y así
pasó: cuando sonaron los primeros tiros se acabaron las discusiones, se
aca¬baron las palabras. No en vano, la organización siempre se definió como una
corriente que reivindicó el aspecto cristiano de la cultura popular, y más allá
de que hubiera compañeros judíos o ateos, ese espíritu cristiano siempre primó.
Lo que no significaba que se hicieran ceremonias ni instruc¬ción
religiosa, claro.
La relación con el Episcopado
Así como hubo curas próximos o decididamente montoneros, en el
otro extremo del arco se alineaban aquellos que llegaron a confraternizar
profundamente con la dictadura. En tanto, en el medio del abanico se
arracimaban los que silenciosamente trata¬ban de preservar el clero de mayores
desgracias y también los que callaban por miedo o conveniencia. Pero para
Perdía sólo caben dos distinciones:
–Hubo tipos que nos dieron mucho, un Carlitos Mugica, un Paoli,
un Mateo, un Adur, a quienes reivindico totalmente y con los que estoy
totalmente identificado. Y hubo otra iglesia absolutamente cómplice de la
dictadura.
Tenía sus razones.
En diciembre de 1976, a los pocos meses del golpe militar, la
Organización Montoneros le envió una carta al Episcopado Ar¬gentino
planteándole sus razones acerca de la elección de la vía violenta. En ella se
reivindicaba el espíritu cristiano de esa lucha y se le pedía su mediación para
acabar con las desapariciones de personas. Pero no hubo respuesta. La misma
suerte corrieron otras tres o cuatro cartas del mismo tenor, que fueron
enviadas en años sucesivos. El padre Adur fue el emisario de la última, fechada
en 1982. Días después desaparecía cuando viajaba de retorno a Brasil. La
primera decía así:
"Debemos dejar claro una vez más que jamás hemos cometido
el desatino de pretender desarrollar la apología de la violencia como una cosa
buena en sí misma. Por el contrario, como que la padecemos con rigor y la
ejercemos con dolor, sabemos que la violencia de la guerra (pues no se trata de
otra cosa), produce sufrimientos, pérdidas irreparables a los pueblos, mucho
más cuan¬do como en el caso argentino, se trata de una guerra civil. Sin
embargo, resulta inalienable e indiscutible universalmente el ejer¬cicio de la
violencia en defensa de la patria, en defensa propia del pueblo y en defensa
propia de sus individuos. Tal como lo hicimos en 1975, nuestro Partido
levantaba permanentemente una propuesta de pacificación nacional (...)
"Confiamos en que la Iglesia argentina, tan golpeada
tam¬bién por la violencia asesina de la dictadura, sepa interpretar nuestros
anhelos de paz y justicia. Su voz mesurada y apaciguadora suele ser escuchada
en medio de los más fragosos combates, y su posición le permite mediar donde
nadie lo logra. Queda en vues¬tras manos y en la voluntad de los responsables
de esta guerra la última palabra. Es nuestro deseo obtener vuestra respuesta
por escrito o bien oralmente, en fraternas conversaciones personales. "
La carta era firmada por Firmenich, Perdía, Yaguer y Roque, en
nombre de la Conducción Nacional de Montoneros.
En la carta del 29 de mayo de 1980, la organización señalaba las
coincidencias entre el Documento del Episcopado Argenti¬no, cuyo título era
Evangelio, diálogo y sociedad, y el difundido por el Movimiento Peronista
Montonero el 20 de abril de 1980, llamado La justicia social y la soberanía
popular son el camino ha¬cia la democracia y la paz.
En uno de los párrafos de esa misiva la Conducción Nacional de
Montoneros pedía lisa y llanamente un acercamiento de posi¬ciones con la Junta
Militar, pero ni aún así el Episcopado Argen¬tino se dignó a interceder para
que la paz fuera posible.
"Citando a Pablo VI, acerca del diálogo para la paz (...)
no sólo compartimos el deseo de paz–decían los montoneros– sino que vuestra
invitación en el documento nos sugiere una nueva instancia para iniciar el
diálogo para la paz. Así entonces, pensamos que el Episcopado Argentino podría
garantizar que la Junta Militar tuvie¬ra en sus manos nuestro documento, y
eventualmente, también ofi¬ciar como canal de comunicación entre las partes e
inclusive como mediador. He aquí entonces nuestra petición concreta".
El Episcopado hizo mutis por el foro, pero la historia dejó
algunas enseñanzas y hoy en la Iglesia argentina soplan nuevos vientos. El
mismo Perdía no dejó de reconocerlo:
–En el último tiempo veo ciertos cambios en el seno de la
Igle¬sia. En los primeros días de julio de 2001 estuve en la misa por la
memoria de los palatinos asesinados y me impresionó ver la presencia de catorce
obispos y del cardenal. También me sorprendió la masiva presencia del clero en
el sepelio de monseñor Novak, que fue un tipo representativo de dos temas
fundamentales en la Argentina: el de los derechos humanos y la pobreza. En esos
dos actos yo percibo una Iglesia que, acorde con la crisis de la sociedad, se
está ubicando en otro lugar más cercano y comprometido –reflexionó.
De todas maneras, en el Episcopado argentino sigue habien¬do
grandes divisiones ante las manifestaciones del Papa Juan Pa¬blo II, condenando
las graves violaciones a los derechos huma¬nos que se cometieron durante la
dictadura y la cuestión de los desaparecidos.
–Hay sectores que dijeron que la Iglesia debería hacer cumplir
lite¬ralmente la exigencia papal, otros hacen oídos sordos y algunos llegaron a
cuestionar las palabras del Papa sugiriendo que está mal asesorado.
–En lo personal, hay sacerdotes que me escriben dando aliento,
otros para saber cómo estoy y otros para condenarme duramente. Yo lucho por el
socialismo sin que haya ninguna incompatibilidad en¬tre mi fe y esto, por el
contrario–puntualizó el ex jefe montonero.
Los miles jóvenes que en los setenta optaron por la violencia,
habían asumido que los esfuerzos constitucionales para provocar un cambio
habían sido frustrados reiteradamente. Y ésa fue la explicación que dieron los
protagonistas de la guerrilla cada vez que tenían que justificar el uso de la
violencia. El veto militar al resultado de las elecciones de 1962, la
proscripción del peronismo en 1963,y el golpe militar de 1966, la fuerte
represión estudian¬til, provocada por unos generales reaccionarios y ultracatólicos,
decididos a quedarse en el trono largo tiempo, son ejemplos cla¬ros. La
síntesis perfecta de la cruz y la espada. Con el paso del tiempo, muchos
–participantes y simpatizantes– creyeron que la violencia traería como
contrapartida justicia social. No fue así y el país desembocó en tragedia y
ruptura democrática. Sin em¬bargo, la aceptación de la lucha armada y el
nacimiento de las organizaciones guerrilleras en todas sus expresiones del
naciona¬lismo, izquierdistas y populares, no habrían ocurrido nunca sin los
cambios producidos en la Iglesia católica, a través del Conci¬lio Vaticano II
de Juan XXIII y Pablo VI. Mal que les pese a algunos dentro de la jerarquía
católica, a la hora de reconocer errores, omisiones y complicidades.
5
Jinetes del Apocalipsis
–Esa imagen no se me borró jamás; era un hombre con sotana negra
y cinturón violeta. Sólo pude verlo desde la cintura para abajo porque estaba
encadenada y encapuchada, y hasta hoy me pregunto cuál sería su cara...
Miriam Lewin fue secuestrada el 17 el mayo de 1977 por una
patrulla de la Fuerza Aérea, en la avenida Crovara de La Matan¬za. Tenía sólo
dieciocho años, militaba en Montoneros y, tal como Firmenich recomendaba desde
su dorado exilio, llevaba una pas¬tilla de cianuro entre sus ropas. Le habían
enseñado que era su deber suicidarse antes que delatar a un compañero bajo
torturas y poner en peligro a toda la célula de la organización. Cuando se vio
perdida, Miriam se la metió en la boca. Pero sus captores la vieron y
rápidamente ordenaron un lavaje de estómago para sal¬varla, ahí nomás en la
calle y frente a algunos transeúntes aterra¬dos que pasaban. Incluso, uno de
ellos que la quiso defender, fue atacado a culatazos y patadas por los
atacantes, que bajo amena¬zas de muerte desapareció del lugar.
Pero lo de ellos no fue una actitud de buenos cristianos: creían
que viva podría aportar una preciosa información. Pero no fue así: Miriam jamás
dijo una palabra durante los dos años en que permaneció desparecida. La
torturaron y mantuvieron detenida en un centro ilegal situado en Virrey
Ceballos 632 del barrio de Congreso, próximo a la Jefatura de Policía, en la
Capital Federal, hasta que la Armada la pidió creyéndola comprometida en un
atentado contra esa fuerza. El 27 de mayo de 1978 Miriam fue trasladada a la
ESMA y llevada a la Capucha, la sala de torturas. Un día en que, encadenada y
encapuchada, la bajaban por las escaleras para ir al baño, divisó frente a sí
la parte inferior de una sotana. El hombre que la llevaba puesta subía y si no
tropezó con él fue porque el guarda que la acompañaba le había levantado
levemente la capucha para que pudiese ver los escalones.
Muchas órdenes religiosas usan sotana negra, pero sólo los
obispos y arzobispos llevan cinturón de seda violeta. Miriam nunca supo de
quién se trataba, pero su testimonio es una prue-ba más del
"fraterno" compromiso que altas autoridades de la Iglesia argentina
tuvieron con los Jinetes del Apocalipsis: los mili¬tares del Proceso de
Reorganización Nacional (PRN). Poco antes de que éstos llegaran en sus briosos
corceles, Pablo VI había en¬viado a la Argentina al nuncio Pío Laghi. "Ese
país está viviendo momentos muy peligrosos. Se ha declarado una lucha fraticida
y me temo que el único que podría frenarla ya está demasiado viejo para
hacerlo" –le indicó, haciendo alusión a su persona.
Santo perfil
–No sé por qué decidí ir a su país cuando el Papa me propuso. Ir
a la Argentina fue lo peor que hice en mi vida, si me hubiera queda¬do en
Jerusalem, nada de esto hubiera pasado. La gente en su país es extraña,
retorcida, mentirosa. Allí pasaron cosas horribles, a mí, por ejemplo, me
destruyeron la vida con infamias... –dijo Pío Laghi antes de despedirnos, una
tarde de diciembre de 2000, muy cerquita de la navidad, en la residencia para
cardenales donde vive, a metros de la Plaza de San Pedro. Lo miré y no supe qué
responderle mientras él estrechaba mi mano con calidez. En sus ojos pude ver
cierta angustia y un rencor velado conservado des¬de el fondo de los tiempos.
Pío Laghi nació en Castiglioni di Forli el 21 de mayo de 1922.
Quinto y último hijo de una familia de campesinos, sus padres, Antonio y Laura,
enfrentaron la pobreza de la posguerra y fue¬ron trasladándose de pueblo en
pueblo por Italia. El fascismo llegó ese mismo año y el resultado fue obvio:
Pío creció en un clima de ferviente autoritarismo.
A los diez años, mientras estudiaba en la escuela parroquial,
trabajaba en la peluquería del fígaro Archimede, en Faenza. Para el secundario
se anotó en el Instituto Salesiano y a los dieciséis años ingresó al Seminario,
donde cursó el liceo clásico. A los diecinueve obtuvo el "maturita clásica
", el bachillerato, y en sep¬tiembre de 1941 comenzó el curso de Teología
en el Seminario de Faenza.
En 1942 se inscribió en la Pontificia Universidad Lateranense de
Roma, pero fue por un rato, nomás. En julio de 1943, cuan¬do los aliados
desembarcaron en Italia, los bombardeos lo lleva-ron fuera de la ciudad. Benito
Mussolini fue ejecutado y el país se sumergió en la guerra civil, así que Laghi
prefirió quedarse en Faenza, hasta que todo pasó. De regreso a Roma, completó
sus estudios de Teología y el 20 de abril de 1946 se ordenó en la capilla del
Obispado de Faenza.
Su experiencia pastoral comenzó a los veinticuatro años en
Puerto Garibaldi, un pueblo de pescadores destruido por la guerra. "Los
niños tienen miedo de mi sotana negra y cuando apa-rezco escapan. Trataré de
tener paciencia y buen corazón para ser pequeño entre los
pequeños"–escribió en su diario.
Entre 1947 y 1950 rindió su tesis doctoral, ingresó a la
Facul¬tad Jurídica del Laterano, en Roma, y tres años después accedió a la
Pontificia Academia Eclesiástica, la escuela que prepara a los diplomáticos de
la Santa Sede. Pablo VI pidió personalmente su traslado a Roma.
Su primer destino, en 1952, fue Nicaragua, como agregado de la
Nunciatura. En 1954 fue trasladado a Washington y luego a Nueva Delhi, como
auditor de la Nunciatura. En 1964 regresó a Roma, donde lo ascendieron a
consejero para los Asuntos Pú¬blicos de la Iglesia. Allí preparó el histórico
viaje de Pablo VI a Nueva York, el 4 de noviembre de 1965. Y obtuvo la
autoriza-ción para publicar las Actas y Documentos de la Santa Sede relati¬vos
a la Segunda Guerra Mundial.
En 1969 fue nombrado delegado apostólico en Jerusalén y
Palestina. Cuando llegó a Tierra Santa tenía cuarenta y siete años y acababa de
terminar la Guerra de los Seis Días. Allí solucionó un conflicto por un
histórico edificio católico en el centro de Jerusalén, que había sido vendido a
una entidad judía de Nueva York por 600.000 dólares.
En abril de 1974, la Secretaría Apostólica decidió su traslado a
la Argentina en forma urgente, por los acontecimientos del país, que sangraba
por izquierda y por derecha.
Antes de que pudiera deshacer las valijas, el escenario estaba
montado: a las catorce y diez del 1 de julio de 1974, mientras el DC-10 de
Alitalia que lo traía a bordo aterrizaba en Ezeiza, la radio y la televisión
anunciaban la muerte del general Juan Do¬mingo Perón y José El Brujo López Rega
movía los hilos de una patética "Isabel Presidente". Que la viuda de
Perón se llamara en realidad María Estela Martínez pero usara su nombre
artístico, constituía todo un síntoma de la descomposición reinante: Ar¬gentina
tenía una bailarina de folklore como Jefa de Estado. El Brujo o el
"Hermano Daniel", según los ámbitos esotéricos en los que se movía,
también comandaba la Triple A –Alianza Anticomunista Argentina– una banda de
asesinos a sueldo de ultraderecha, compuesta por miembros de los servicios de
inteli¬gencia, policías, militares y ciertos militantes peronistas. Del otro
lado, los Montoneros habían roto con Perón, y junto con el ERP, se cobraban
cada día su cuota de violencia. Inflación, corrup¬ción, el poder sindical
desmadrado, ataques terroristas... El país estaba sumido en las sombras y en el
caos.
Pío Laghi depositó su valija en el centro mismo de la
encruci¬jada. Por cualquiera de los caminos que eligiera, llegaría a la prueba
más difícil reservada al alma humana: la del poder. Poco después de la caída de
Isabel, debería ejercerlo en medio de la dictadura más atroz y con el clero
argentino fragmentado y la cúpula del Episcopado aplaudiendo a los jerarcas
militares. A la derecha, los conservadores, llamados a dejar en la memoria de
la Iglesia su mancha más oscura; al centro, los progresistas, que peleaban como
podían en la búsqueda de la justicia; y por fin, a la izquierda, estaban los
combativos, que abrazaron la violencia y sirvieron así equivocadamente al
régimen, que desplegó el más perverso plan de venganza.
Más tarde, cuando todos esos personajes se insertaron en el
teatro sangriento inaugurado por el golpe militar, Laghi en su función de
representar al Papa ante la Iglesia y el gobierno, debe¬ría lidiar con todos
ellos. Era un hombre de una fe inquebranta¬ble. Pero Dios parecía estar ausente
en la Argentina de entonces y el nuncio sintió la soledad con mayúsculas.
Esa soledad comenzó ni bien tocó tierra. En Il Cardinale e i
des¬aparecidos–un libro editado en Italia en 1999 y que no se conoce en habla
hispana– sus autores, los periodistas argentinos Bruno Passarelli y Fernando
Elenberg, contaron que a Laghi lo fueron a recibir a Ezeiza unos cuantos
prelados, entre ellos Adolfo Tórtolo, Antonio Caggiano y Raúl Primatesta, pero
absolutamente nadie del gobierno, y contaron la siguiente anécdota:
"Al día siguiente de su arribo, Laghi participó del funeral
de Perón en el Palacio Legislativo y fue inocente protagonista, a las pocas
horas del inicio de su misión diplomática, de un nuevo y desconcertante
episodio. Hubiera querido unirse a los otros em¬bajadores acreditados para dar
a la nueva presidenta el consuelo del Santo Padre, pero no había podido
presentar las cartas cre-denciales debido al rápido devenir de las
circunstancias (...) Se quedó en silencio, absorto en la plegaria, sin que nadie
lo reconocie¬ra (...) En los diarios del día siguiente Laghi leyó una nueva e
increí¬ble noticia que agravó su desorientación. Isabelita había recibido en la
residencia de Olivos, como "delegado pontificio" a un tal monseñor
Andrés Karame que era anunciado como "representante del Santo Padre"
y de la Iglesia oriental. A Isabelita le había transmitido las condolencias de
Pablo VI y del patriarca oriental Máximo Hakim. "El religioso, cuya
iniciativa resultaba inexplicable para monseñor Laghi, era un árabe, obispo de
la Iglesia Maronita Católica del rito Oriental. Pero sucedió una cosa más grave
todavía: en la puerta de la residencia presidencial de Olivos, Karame hizo
breves declaracio¬nes a la prensa: "Me ha mandado el Papa para presentar,
en su nom¬bre, las condolencias de la Iglesia a la señora". Laghi quedó
confun¬dido. Leyó repetidamente la noticia creyendo haber comprendido mal. Al
fin se consoló pensando que sólo en una batahola tan grande como aquella que
vivía el país sudamericano, se podían justificar gestos tan aventurados e
irresponsables como el descrito."
Por el testimonio de quienes fueron favorecidos por la
inter¬vención de Pío Laghi o abandonados a su suerte por sus omisio¬nes durante
la dictadura militar, por sus declaraciones a los me¬dios de comunicación, por
sus amistades, por las entrevistas que concedió, por la larga y cruda
conversación que mantuvo con¬migo en Roma en diciembre de 2000, se puede
reconstruir a pinceladas el retrato de un hombre contradictorio y complejo. Es
apenas el perfil de un ser atormentado que, como dice Brecht, "luchó, pero
sólo un día". Buscar en él a un hombre mejor o im¬prescindible, es
precipitarse al vacío.
El golpe
Al día siguiente del golpe, Laghi recibía en la Nunciatura
Apostólica, situada sobre la elegante avenida Alvear de Buenos Aires, los
primeros llamados de parientes y amigos que pedían por las personas detenidas
por los militares. Aunque pudiera sos¬pechar una pizca de ilegalidad, la figura
del entonces general Jor¬ge Rafael Videla era todavía para él la de un militar
de pocas palabras y de ferviente vocación católica, lector fanático de la
Biblia, que se presentaba con una frase tranquilizadora: "Yo he dividido
mi despacho de presidente de la Nación en dos partes: en una atiendo mis tareas
oficiales y a la otra la he transformado en capilla y allí rezo y me inspiro en
la idea de Dios". Ni siquiera existía aún, como figura dialéctica, el
término desaparecido y tampoco era posible imaginar los "traslados"
de personas vivas que atontadas con Pentotal (o Pentonaval, en la jerga
militar) eran arrojadas al mar desde aviones de la Armada.
Eso sí, apenas llegó, el nuevo Nuncio construyó una relación
personal con Robert Hill, el embajador de Estados Unidos en Argentina, –un
republicano de pura cepa, defensor de la Doc-trina de Seguridad Nacional que
había llegado al país en 1973– la que le rindió buenos frutos. De acuerdo con
esto, estuvo al tanto de la gravedad de la crisis en la que estaba envuelta la
Ar-gentina, es más, también supo con detalles –según las comuni¬caciones
secretas que Laghi envió al Vaticano en esa fecha y co¬rroboradas personalmente
con una fuente pontificia– del golpe que se avecinaba y de los probables
protagonistas militares. Nunca pudo ignorar que el jefe del Episcopado,
monseñor Adolfo Servando Tórtolo, había sido enviado por Videla a convencer a
Isabelita de renunciar al cargo, cuando ésta se encontraba acosa¬da por el
juicio político y el incendio. María Seoane y Vicente Muleiro, en El Dictador,
cuentan que Isabel se reunió con Pío Laghi en la Nunciatura la tarde del 8 de
enero de 1975.
"El 13 de enero, Laghi se reunió con su amigo Hill y el
secretario político de la embajada estadounidense, Wayne Smith. Les contó con
lujo de detalles, cómo había sido la reunión de Isabel con los militares. Hill
a su vez, contó su reunión con Laghi en un documento secreto (confidential a
114, priority 4122) enviado a su jefe Kissingery que sólo se conocería
veintidós años después, cuando una investigación periodística reveló y analizó
documentos secretos de la Embaja¬da de Buenos Aires, desclasificados por el
departamento de Esta¬do. Hill le escribió a Kissinger: "1) Laghi relató la
confrontación de la Sra. de Perón en la tarde del 5 de enero con los tres
comandantes en Jefe. Según la Sra. de Perón ella los había invitado a Olivos
por otro tema, pero al llegar los tres inmediatamente le exigieron que
renunciara por el bien del país. Le aseguraron que estaban a favor del proceso
de institucionalizacion y que no querían violar la Constitución: sin em¬bargo
estaban sometidos a la tremenda presión de los oficiales subordi-nados que ya
no aceptaban a la Sra. de Perón como presidenta y querían poner fin a la
corrupción de su gobierno. Por la tanto para evitar un golpe lo mejor que ella
podía hacer era apartarse y permitir que el poder pasara a un sucesor constitucional.
Si no (ellos) no se hacían responsa¬bles. 2) La Sra. de Perón le dijo a Laghi
que se negó rotundamente e insistió en que era la única peronista con
suficiente respaldo para contro¬lar la situación. Si ella se hacía a un lado
dejando a Luder en su lugar, en dos meses habría una desintegración total de la
base política del go¬bierno, y en consecuencia, los propios militares se verían
forzados a asu¬mir el control directo. Y esto, insistió ella, sería desastroso
para el país, ya que favorecería a los terroristas y volcaría al movimiento
peronista hacia la izquierda . Les dijo que mantener el orden y la disciplina
en sus instituciones era problema de ellos y no debían usar ese argumento para
exigir su renuncia. 3) El punto de vista de los comandantes militares era
bastante distinto, sostenían que era más probable evitar la desintegra¬ción con
su ausencia que con su presencia. La Sra. de Perón le dijo a Laghi que
especialmente el almirante Massera usó un lenguaje muy duro. Le contó que
Massera le dijo que los militares no temían una lucha si ésta era una de las
consecuencias. La Sra. de Perón contó enton¬ces que les dijo a los comandantes
que tendrían que sacarla arrastrando de la Casa Rosada, usando la fuerza
fisica. Admitió haberse puesto muy emotiva y haber estallado en llanto (lo que
hace suponer que debe haber sido muy perturbador para Videla, altamente
disciplinado y nada sensible) ". No se sabe cuánto tiempo, desde aquel
fatídico 24 de marzo de 1976, le llevó al nuncio comprender que el brazo ejecutor
del terror, el planificador del exterminio, era el mismo Estado. El mismo
participó, como indican los documentos secretos enviados por Hill a Estados
Unidos y los suyos propios enviados a Roma, de los prolegómenos de la peor
crisis institucional de la historia argen¬tina, de los inicios de la tragedia.
"Es cierto que hablé con Isabel Perón y que ella me contó que los
militares la presionaban para que se fuera. ¿Cómo podía yo imaginar todo lo que
vino después? ¿Cómo podía ima¬ginar por un segundo que esta gente iba a hacer
lo que hizo?", me dijo Laghi casi disculpándose, cuando hablamos en Roma.
Pero no de¬bió haber sido mucho más allá de septiembre de 1979, cuando sus
dudas se aclararon. El 6 llegó a Buenos Aires una delegación de la Comisión Internacional
de Derechos Humanos de la OEA, presidi¬da por Andrés Aguilar, Luis Demetrio
Tinoco Castro y Marco Gerardo Monroy Cabra, que recogió testimonios de
familiares de desaparecidos, visitó las cárceles donde estaban los presos
"blanquea¬dos" (en su mayoría, detenidos antes del proceso militar) y
entrevistó a políticos, sindicalistas, periodistas, jueces, autoridades
universita¬rias, religiosas, militares y policiales, entidades profesionales,
comer¬ciales, empresariales y de derechos humanos, y hasta a los ex presi¬dentes,
lo que incluyó a Isabelita, detenida en El Messidor. Por supuesto, la comisión
también se reunió con el cardenal primado, Raúl Primatesta, presidente de la
Conferencia Episcopal, quien ex¬puso sus puntos de vista acerca de la situación
de los derechos hu¬manos en la Argentina.
Es cierto que no se halló un solo centro ilegal de detención y
tampoco a ningún desaparecido, ni siquiera en la ESMA, a la que visitaron. Esto
tenía su explicación: los que aún tenían la suerte de estar vivos, fueron
trasladados en masa a las islas del Delta y perma¬necieron allí mientras duró
la observación "in loco" de la comisión, que se extendió entre el 6 y
el 20 de septiembre de 1979.
Curiosamente, los "desaparecidos" de la ESMA fueron a
dar a la casa de ejercicios espirituales que el Arzobispado de Buenos Aires
tenía en una isla del Tigre, según testimonió uno de los detenidos, Mario
Villani, por más que a la hora de tener que dar explicaciones, la Curia dijo
que esa propiedad ya no le pertenecía por cuanto se la había vendido –¡oh,
casualidad!– a la Armada. Y curiosidad o no, quien la vendió fue monseñor
Esteban Graselli, secretario del Vicariato Castrense y amigo de Pío Laghi. Esa
casa tenía un sugestivo nombre: El Silencio. Y como todas en el Delta, se
le¬vantaba sobre pivotes en previsión de las crecidas del Paraná. La mayor
parte de los detenidos fueron mantenidos debajo de la casa, atados a esos
pivotes.
–Recuerdo que durante más de dos semanas nos tuvimos que
aguan¬tar los mosquitos y que se nos mojaban los pies cuando llovía y el río
subía. Nos tenían atados a los pivotes, debajo de la casa–contó una ex
detenida.
Cuando los investigadores se fueron, y una vez que la isla había
sido utilizada, los marinos la vendieron a una compañía privada, en octubre de
1980.
Pero el informe de trescientas páginas que produjo y editó poco
después la CIDH fue catastrófico para el gobierno. Luego de leerlo –y Laghi sin
duda lo leyó– nadie pudo seguir alegan¬do que no sabía lo que pasaba en la
Argentina. En Buenos Aires, Córdoba, La Plata y Rosario, la comisión hizo
investigaciones y recibió denuncias. Por cada una de ellas el gobierno se vio
obli¬gado a dar una explicación falsa, pero explicación al fin, y en cada caso
la CIDH evaluó si la misma se justificaba o no. De más está decir que no le
creyó ni una sola. Valga enunciar algunas de las que se detallan en ese
informe:
CASO 4802. MARIO LERNER
Fue asesinado en el tercer piso de su casa siendo arrojado
lue¬go al primer piso, el día 17 de marzo de 1977, pasadas las nueve de la
noche, por fuerzas de la policía. El gobierno contestó que fue muerto en la
calle luego de resistirse. La comisión evaluó que había que seguir investigando
el caso ya que "la respuesta no des¬virtúa las alegaciones del
denunciante".
CASO 2553. CLARA ANAHI MARIANI.
Fue robada cuando tenía tres meses de edad, luego de que su
madre, que la llevaba en brazos, fuera acribillada a balazos –literalmente, la
ametralladora la partió en dos– en el fondo de la casa. El informe de la CIDH
consigna, sin dar nombres, que según el denunciante "es un comentario ya
generalizada en el país, que se regalan o venden algunos bebés sacados tanto de
sus hogares, donde se producen enfrentamientos, como de los lugares de donde
"desaparecen" sus padres de las cárceles donde nacen. Clara Anahí
debe haber sido regalada o vendida como tantos otros niños. Monseñor nos dijo
que él había rescatado a varios niñitos que estaban en poder de policías que ya
los habían inscripto como suyos". El gobierno reconoció el operativo pero
negó que se hubiera recogido un beba. La CIDH dictaminó reabrir la
investigación "por no encontrar elementos de convicción que desvirtúen los
hechos denunciados".
CASO 2484. DAGMAR INGRID HAGELIN.
La CIDH recibió la denuncia de que la joven de diecisiete años,
hija de suecos, fue tiroteada y secuestrada por un grupo de hombres vestidos de
civil el 27 de enero de 1977, en El Palomar, partido de Morón. La embajada
sueca recibió de la policía la información de que el operativo había sido
realizado por las Fuer¬zas Armadas. El 9 de enero de 1979 el gobierno respondió
a la CIDH que no se registraban antecedentes de su detención y por nota del 5
de mayo negó su participación en los hechos. La co¬misión dictaminó luego de su
visita la conveniencia de activar ante la justicia la causa por "privación
ilegítima de la libertad". Hagelin fue vista en la ESMA en sillas de
ruedas y varios deteni¬dos aseguraron que la "trasladaron" porque
devolverla lisiada equi¬valía a reconocer un atropello a los derechos humanos
que ha¬bían negado.
¿Qué otra prueba hacía falta? Represión indiscriminada,
tor¬tura, aniquilamiento, desaparición, robo de niños y de bienes... No cabía
ninguna duda de que tal cantidad de casos no podían ser frutos de
"excesos" sino de una feroz política de Estado.
Con el infierno como escenario, Pío Laghi se movió en una
Iglesia de doble cara. La menos pública, que no se calló ni se doblegó frente a
los abusos, estaba representada por los monseñores Jaime de Nevares, Miguel
Esteban Hesayne, Enrique Angelelli, Al¬berto Devoto y Carlos Ponce de León.
Otra, que directamente avalaba las acciones de la dictadura, la encabezaban los
obispos Adolfo Tórtolo, Victorio Bonamín, José Miguel Medina, Antonio Plaza,
Horacio Bozzolli y un séquito de vicarios castrenses que concebían la
purifi¬cación a través de la sangre. Por fin, estaban los conservadores,
aun¬que equidistantes, como Primatesta, con el que simpatizó enseguida y
entabló amistad.
Mientras tanto, la Iglesia complementaba a la Junta Militar.
Cuando la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA llegó en
septiembre de 1979 a la Argentina, el cardenal Primatesta recibió a sus
miembros y les entregó un informe lava¬do que no sólo no aportó datos, sino que
justificó la actitud de las Fuerzas Armadas, según testimonios de gente de
CIDH.
Aunque no caben las disculpas, el nuncio –según él mismo
de¬claró años más tarde– no se animó a entrometerse en los poderes, ni en la
acción del Episcopado argentino. Se lo impedía su investi¬dura diplomática y
además, hacerlo hubiera contradecido el espíritu de no intervención recomendado
por el Concilio Vaticano II.
El documento Sollicitudo Ommium Ecclesiarum aprobado por Pablo
VI en 1969, precisaba sin matices que "el nuncio debe respetar y sostener
a los episcopados locales con fraterno y dis¬creto consejo" sin enfrentar
a la jerarquía local. Ningún pontífi¬ce podía imponer su voluntad por encima de
la conferencia episcopal del país. Laghi había colaborado en la redacción de
este punto, a las órdenes del secretario del Consejo para Asuntos Públicos de
la Iglesia, cardenal Antonio Samoré, quien fue luego mediador en el conflicto
argentino chileno por el canal del Beagle, Laghi, desde la comodidad de su
despacho romano, estableció el criterio que limitaba la intervención del
nuncio, sin saber que alguna vez sería su prisionero. Fue así como optó por no
romper relaciones con los militares. Se limitó a realizar negociaciones
subterráneas, secretas, en silencio, para aliviar el sufrimiento de los
detenidos y de sus familias. Y esta opción fue la que años más tarde lo
arrastró frente a la mirada interrogante de las víctimas y de sus familias.
Justo él, un representante de Dios.
Viaje al Jardín de la República
Parecía un viaje cualquiera, una visita más de las que realiza
un hombre de su rango. Llegó a Tucumán respondiendo a la invitación del obispo
de Concepción, monseñor Juan Carlos Fe¬rro, quien estaba ansioso por mostrarle
al nuncio las obras de restauración de la curia local. Todo transcurrió en un
clima ama¬ble, pero al final, ya con un pie en el aeropuerto, Pío Laghi fue
protagonista de una situación que teñiría de sospechas sus seis años en
Argentina.
Era junio de 1976, –tres meses después del golpe– y el ge¬neral
Antonio Bussi gobernaba la provincia con mano de hierro. El Operativo
Independencia funcionaba a pleno y las tropas del ejército se agazapaban en el
monte tucumano, asesinando a mansalva. A punto de partir, Bussi le pidió Laghi
que confortara a su tropa. Frente a él, al segundo comandante de la V Brigada,
coronel Alberto Cattaneo, y a un grupo de jefes y oficiales, Laghi bendijo y
legitimó así la lucha antisubversiva:
"Los valores cristianos están amenazados por una ideología
que es rechazada por el pueblo y la Nación reacciona como cualquier organismo
vivo, generando anticuerpos frente a los gérmenes que intentan destruir su
extructura e instrumentando su defensa con los medios que la situación impone.
"Como dice monseñor Primatesta, nunca la violencia es
justa, pero la justicia no debe ser violenta, aunque hay situaciones en la
cuales la autodefensa exige a veces tomar actitudes que pueden im¬plicar el
respeto del derecho hasta el límite de lo posible (...)
"Por eso cada uno tiene su cuota de responsabilidad: la
Iglesia y las Fuerzas Armadas; la primera está insertada en el proceso y
acompaña a la segunda, no solamente con sus oraciones, sino con acciones en
de¬fensa y promoción de los derechos humanos y de la Patria (...) Sigan las
órdenes "con subordinación y valor", como dicen ustedes."
El diario La Nación publicó las declaraciones el 27 de junio de
1976 y el país conoció así la clara expresión de la derecha episcopal. Pero,
tiempo más tarde, Laghi rechazó estas palabras y no las reconoció como suyas:
"Claro, ellos controlaban la prensa, la manejaban a su
antojo, yo protesté, pedí una rectificación pero no me escucharon. Allí empecé
a entender que estábamos frente a gente muy desleal, muy artera", le
confesó Pío Laghi al periodista Bruno Pasarelli.
Ese viaje a la provincia del noroeste argentino, denominada
Jardín de la República por su extraordinario verdor, tuvo tam¬bién otra
derivación que se conocería más tarde. El 24 de sep-tiembre de 1984, el
escritor Ernesto Sabato, titular de la Conadep, le entregó al presidente Raúl
Alfonsín, junto al informe final con el reporte de las 8.961 personas
desaparecidas, otra lista secreta en sobre lacrado que contenía el detalle de
1.351 personas que fueron acusadas de complicidad por los sobrevivientes. En ella
figuraba el nuncio Pío Laghi, quien para entonces, ya era Nun¬cio apostólico
del Vaticano ante los Estados Unidos.
Precisamente, el libro sobre Pío Laghi que escribieron Pasarelli
y Elenberg, comienza su primera página con estas palabras:
"Para el cardenal Pío Laghi, el 21 de marzo de 1997 fue uno
de los días más amargos de su vida. Aquella mañana cuando, desde la oficina de
prefecto de la Congregación para la Educación Católica –que tiene una vista
espectacular a la Plaza San Pedro– inició la lectura de los diarios italianos
del día, se le heló la sangre. En la página diez, dedicada a las noticias
internacionales, el Corriere della Sera publicaba un amplio articulo a cuatro
columnas cuyo título en caracteres destacados decía: "Cardenal y verdugo".
Lo acompañaba un subtítulo inequívoco: Argentina. Pío Laghi acusado de ser
parte integrante de la dictadura militar.
"En un recuadro se anticipaba que la Asociación Madres de
Pin¬za de Mayo, con sede en Buenos Aires, lo había denunciado ante la
magistratura italiana por haber participado en "el secuestro, tortura y
homicidio de miles de personas" durante su gestión en calidad de Nuncio
Apostólico en Argentina entre 1974 y 1980. "
Por supuesto, no fue aquella la primera vez que monseñor Laghi
supo que lo acusaban, era sí la primera vez que la noticia salía en el
principal diario de Italia.
En el documento secreto de la Conadep, la acusación provenía del
testimonio 0440 de Juan Martín, ex desaparecido y exiliado en Madrid. Martín
contó que su encuentro con el Nuncio se dio en unos galpones próximos al
helipuerto, en el Ingenio Nueva Baviera de Tucumán, convertido en campo de
concentración. El sobrevi¬viente dijo que recibió la orden de presentarse ante
Pío Laghi junto con dos detenidos más. Le sacaron las esposas y la venda de los
ojos. Le ordenaron lavarse, le dieron ropa en buen estado y pudo afeitarse por
primera vez. Los llevaron a los tres a plena luz, ante altos oficiales y
clérigos. Martín quedó perplejo:
–Su presencia era imponente: alto, fornido, vestido con sotana y
cubierta la cabeza con un sombrero de ala, ancha y copa semicilíndrica, el
nuncio no facilitaba precisamente la comunicación–describió.
El general Bussi había tomado la iniciativa y casi gritando para
sobrepasar el ruido ensordecedor de las hélices del helicóp¬tero, lo había
presentado sin decir su nombre:
–Éste es uno de los detenidos.
A continuación, según Martín, el Nuncio le preguntó delante de
sus secuestradores si estaba bien cuidado.
–Pregúntele si alguna vez usamos la picana eléctrica... Eso de
la violación de los derechos humanos que a usted tanto le inte¬resa...
–interrumpió Bussi, envalentonado.
Martín llevaba cinco meses secuestrado, lo habían torturado
salvajemente, pero era obvio que no podía decirlo delante de Bussi. El Nuncio
le preguntó si su familia sabía que estaba dete¬nido y cuál era su nombre,
hecho lo cual lo abrazó, le entregó una Biblia y lo invitó a tener fe y
esperanza.
Pero Laghi negó que tal escena hubiera existido y dio sus
ex¬plicaciones: aseguró que él nunca usó un sombrero negro de ala ancha y copa
semicilíndrica y dijo que la fecha de detención de Martín fue dos meses
posterior a su visita aTucumán. Pero aque¬llos datos volvían desde casi una
década atrás y aunque algunas voces se alzaron en su defensa, nunca se disipó
la duda.
"Cometí un error al ir a Tucumán, lo reconozco. Nunca
imaginé que allí me esperaba gente tan perversa. Nunca vi a nadie, como me
culpan. Nunca vi una persona torturada, ni encadenada. No sé de qué me hablan.
Eso no quiere decir que entre la gente que me traje¬ron para saludarme hubieran
metido alguien en esas condiciones. Pasaron muchos años de aquello. Después los
diarios deformaron todo lo que dije, pedí que rectificaran y nunca me
respondieron. ¿Cómo puedo darme cuenta?", me aclaró en Roma sobre este epi¬sodio,
sentado frente a mí.
Monseñor Jaime de Nevares le declaró al diario Clarín, el 13 de
abril de 1995, respecto a estos hechos: "Laghi se ocupó mucho del problema
de los perseguidos y los desaparecidos".
Y el propio Emilio Mignone, fundador del Centro de Estu¬dios
Legales y Sociales (CELS) y con una hija desaparecida, con¬sideró factible que
"el detenido haya visto a otro prelado, probable¬mente a un capellán
militar".
Como quiera que sea, el anticipo del Corriere della Sera se
cum¬plió: el 4 de mayo de 1997 la presidenta de las Madres, Hebe de Bonafini,
con el patrocinio del abogado Sergio Shocklender, com¬pareció ante la
Procuración de la República de Roma pidiendo el procesamiento de Laghi, no
obstante saber que como ciudadano vaticano, el ex nuncio tiene inmunidad. Según
Passarelli y Elenberg, "da la impresión de que el verdadero objetivo de la
denuncia no sería sólo Laghi, sino también Juan Pablo II y la Iglesia en general,
por su rol durante la masacre argentina de los años setenta".
Independientemente del papel de Laghi, el informe de la Conadep
y el Diario del Juicio permitieron reconstruir el aniqui¬lamiento sistemático
que llevó adelante el llamado Proceso de Reorganización Nacional (PRN) y
demostrar la fuerte identifi¬cación del cristianismo de derecha con la
dictadura. Los milita¬res se jactaban de las excelentes relaciones que
mantenían con la curia, pero torturaban y asesinaban al clero que había optado
por la denuncia o el esclarecimiento. El general Albano Harguindeguy, ministro
del Interior, se encargaba en forma di¬recta y personal de todos los hechos
vinculados con el sector progresista de la Iglesia católica, mientras los ritos
y los símbolos de la fe cristiana acompañaban a los detenidos en los campos de
concentración.
En una entrevista concedida a la revista Familia Cristiana,
reproducida por el diario Clarín, el 13 de marzo de 1977, el entonces almirante
Emilio Massera –luego destituido de su grado militar– y que Pío Laghi ayudó a
que se entrevistara con el Papa en 1977, expresaba:
"Nosotros, cuando actuamos como poder político, seguimos
sien¬do católicos; los sacerdotes católicos, cuando actúan como poder
espi¬ritual, siguen siendo ciudadanos. Sería pecado de soberbia pretender que
unos y otros son infalibles en sus juicios y sus decisiones. Sin embargo, como
todos obramos a partir del amor, que es el sustento de nuestra religión, no
tenemos problemas y las relaciones son óptimas, tal como corresponde a
cristianos ".
Por su parte, el coronel Juan Bautista Sasiaiñ, jefe de la
Policía Federal, afirmaba en La Nación del 10 de abril de 1976:
"El Ejército valora al hombre como tal, porque el Ejército
es cristiano".
Pero los testimonios prestados en 1984 ante la Conadep y en 1985
en el juicio a las juntas militares, develaron la hipocresía y demostraron el
grado de alienación reinante:
ELENA ALFARO. DDJ, P.317. EX DETENIDA EN EL CENTRO DE DETENCIÓN
EL VESUBIO, declaró ante la mirada asombrada del tribunal: "Siempre la
Iglesia estaba presente, los desaparecidos esta¬ban obligados a llevar el
Rosario, les pegaban y les hacían rezar el Rosario, y en una pistola vi la
inscripción: "Por la Patria y por Dios".
LISANDRO RAÚL CUBAS. LEGAJO NRO. 6974, dio un testimo¬nio
alucinante sobre el pacto entre la Iglesia y las Fuerzas Arma¬das. En la
Navidad de 1977, quince prisioneros encapuchados, engrillados y esposados con
las manos detrás de la espalda fueron llevados al Casino de Oficiales. El
capitán Acosta les anunció que iban a oír misa, a confesarse, y a comulgar para
celebrar la fiesta navideña: "Yo por mi formación cristiana y la presión
de lo que estaba viviendo me confesé"–reconoció.
JUAN MARTÍN. LEGAJO NRO. 0440. "Antes de permitirnos
acos¬tar en el suelo, el personal de guardia nos obligaba a rezar en voz alta
un Padre Nuestro y un Ave María. "
GRACIELA DALEO Y ANDRÉS CASTILLO. LEGAJO NRO. 4816.
"Massera, Chamorro, Acosta y algunos de los miembros del grupo de tareas
N° 3 les desean (Feliz Navidad) a unos treinta prisioneros, engrillados y
esposados."
SACERDOTE PATRICK RICE. LEGAJO NRO. 6976. "Nos llevaron a
la Comisaría 36 de la Policía Federal de Villa Soldati. Me tortura¬ron y decían
que los romanos no sabían nada cuando perseguían a los cristianos en
comparación a los militares argentinos. "
SACERDOTE ORLANDO VIRGILIO YORIO. LEGAJO NRO. 6328. "Un
hombre me interrogó y me dijo: "Usted es un cura idealista, un místico,
diría yo, un cura piola, solamente tiene un error que es haber interpreta¬do
demasiado materialmente la doctrina de Cristo. Cristo habla de los pobres, pero
cuando habla de los pobres habla de los pobres de espíritu y usted hizo una
interpretación materialista de eso, y se ha ido a vivir con los pobres
materialmente. En la Argentina, los pobres de espíritu son los ricos y usted en
adelante deberá dedicarse a ayudar a los ricos que son los realmente
necesitados espiritualmente"
Viaje al Infierno
No fueron uno o dos los curas que sufrieron en carne propia los
rigores de la dictadura. Por el contrario, una gran cantidad de seminaristas,
sacerdotes, pastores y religiosas resultaron detenidos, todos fueron torturados
y en su mayoría se encuentran "desaparecidos". Algunos eran
tercermundistas, otros, montoneros, pero muchos carecían de una postura
ideológica, simplemente trataban de ayudar a los familiares a sobrellevar su
angustia y dolor, lo mínimo esperable de cualquier cristiano auténtico. Esta es
parte de esa lista:
JORGE ÓSCAR ADUR. Sacerdote asuncionista, párroco de Nues¬tra
Señora de la Unidad, en La Lucila, salió del país en 1976, pero fue secuestrado
en Brasil, en julio de 1980. Se convirtió en capellán de los Montoneros.
Desaparecido.
HÉCTOR FEDERICO BACCINI. Ex seminarista, organista, Ríe
secues¬trado en La Plata el 25 de noviembre de 1976. Desaparecido.
CARLOS ARMANDO BUSTOS. Sacerdote de los Franciscanos Ca¬puchinos
a punto de ingresar a la Fraternidad del Evangelio del padre Carlos de
Foucauld. Trabajaba como taxista. Fue secues¬trado en la calle por policías de
civil cuando se dirigía la misa de la Basílica de Pompeya, el 9 de mayo de
1977. Trabajó mucho tiempo en la villa de "Ciudad Oculta", en Buenos
Aires, desde donde mantuvo relación directa con el Movimiento de Sacerdo¬tes
para el Tercer Mundo, aun cuando Mugica hizo su apuesta por el peronismo, siendo
él un crítico feroz del régimen. Des¬aparecido. Gracias a la inciativa de los
capuchinos, todos los años se le realiza un homenaje en la Iglesia de Pompeya.
MAURICIO SILVA. Uruguayo de nacimiento, entró muy joven a la
congregación de los salesianos. Su hermano Jesús también tomó la misma opción.
Realizó sus estudios en Argentina y sus prime¬ras experiencias fueron en la
Patagonia. Luego entró de novicio a la Fraternidad y cuando terminó, entró a
trabajar a una fábrica de ladrillos. Intenso y de profunda vocación, más tarde
se metió con los "cirujas"–los que revisan la basura para juntar
cartón, latas y cualquier producto que puedan vender– donde estuvo un largo
tiempo. En 1973 decidió dedicarse al mundo de los barrenderos, y por lo tanto
se hizo barrendero de la municipali¬dad de Buenos Aires. Realizó una intensa
actividad política y gremial. Salió de la Argentina durante la dictadura y en
1977, a pesar de los consejos en contra, decidió regresar, y una vez en el
país, continuó con su vida de siempre: barrendero. En junio de 1977, junto al
regional latinoamericano de la Fraternidad, Joao Cara, visitó a Pío Laghi en la
nunciatura, estaba también su secretario Kevin Mullen. "Quédense
tranquilos, que el gobierno se compormetió a no tocar más a curas y
religiosas", dijo Cara, años después. El 7 de junio del mismo año, el
cardenal Aramburu les dijo lo mismo que Mullen, pero agregó que en la última
Asamblea de los obispos, un general había ido a visitarlos en helicóptero para
decirles que el go¬bierno no tenía nada contra los curas y las monjas. Y
Aramburu le entregó a Mauricio un documento que le permitía dar misa y
confe¬sar. Cuando fue detenido, llevaba esos documentos encima. Mauricio Silva
desapareció alrededor de junio-julio de 1977. Cara fue a la nunciatura y Mullen
pegó un puñetazo a la mesa y dijo: "¡No!¡Esto no debe ser. Los militares
nos habían prometido!". Varios meses des¬pués, monseñor Pichi, del
arzobispado de La Plata, les informó que había localizado a Silva en Campo de
Mayo y que estaba a disposi¬ción de la justicia militar. Un mes más tarde,
Pichi les dijo que no tenía noticias del sacerdote. Informaciones vaticanas
dicen que el Papa Paulo VI pidió por él y que los militares lo mataron, porque
no podían dejarlo vivo en el estado deplorable en que estaba y por eso
decidieron "trasladarlo".
VÍCTOR BOINCHENKO. Pastor protestante, oriundo de Cosquín, fue
secuestrado en Córdoba el 3 de Abril de 1976.
CARLOS ANTONIO DI PIETRO Y RAÚL EDUARDO RODRÍGUEZ. Seminarista y
religioso asuncionistas secuestrados el 4 de junio de 1976 en San Miguel,
provincia de Buenos Aires. Vivían en la Comunidad de los Religiosos
Asuncionistas ubicada en el barrio La Manuelita de San Miguel, de donde fueron
sacados por civi¬les y uniformados.
EMILIO FOURCADE. Sacerdote secuestrado el 8 de marzo de 1976.
Estuvo en el Campo de La Ribera y luego fue "trasladado".
ANÍBAL GADEA. Seminarista católico secuestrado en 1977.
JORGE GALLI. Sacerdote, fue secuestrado en 1976, en San
Ni¬colás, provincia de Buenos Aires.
LUIS OSCAR CERVAN. Religioso católico secuestrado el 4 de
noviembre de 1976, en Tucumán.
PABLO MARÍA GAZARRI. Sacerdote, trabajaba en la Parroquia de
Nuestra Señora Del Carmen, del barrio de Villa Urquiza, de Capital Federal.
Estaba por ingresar en la Fraternidad del Evan¬gelio con el fin de dedicarse al
apostolado entre los pobres. Fue secuestrado en la calle el 27 de noviembre de
1976, estuvo en la ESMA y fue "trasladado".
FRANCISCO JALICS. Sacerdote jesuita, fue secuestrado el 23 de
mayo de 1976 en el Barrio Rivadavia. Estuvo en la ESMA y posteriormente en una
casa en Don Torcuato. Fue liberado el 23 de octubre de 1976 junto al padre
Yorio, sacerdote de la misma Comunidad. Salió del país.
JUAN IGNACIO ISLA CASARES. Seminarista obrero de la Parro¬quia
Nuestra Señora de la Unidad de Olivos, de donde era pá¬rroco el padre Jorge
Adur. Fue secuestrado y posiblemente asesi¬nado el 4 de junio de 1976 en
Boulogne, partido de San Isidro, provincia de Buenos Aires. Su hermano Marcelo,
que estaba se¬cuestrado en otro auto, presenció el tiroteo y vio que ponían un
cuerpo en el baúl del auto.
MAURICIO AMILCAR LÓPEZ. Pastor protestante, fue rector de la
Universidad de San Luis y pertenecía al Consejo Mundial de Iglesias como
delegado ejecutivo. Secuestrado el 1 de enero de 1977, en su casa en Mendoza.
Le robaron dinero, objetos de valor y documentación personal. El Consejo
Mundial de Iglesias exhortó a Videla a ubicar el paradero del pastor.
RAÚL EDUARDO RODRÍGUEZ. Religioso asuncionista, seminarista de
la Congregación de la Sagrada Familia de San Isidro, secuestrado el 4 de junio
de 1976 en la Comunidad de los Religiosos Asuncionistas de San Miguel,
provincia de Buenos Aires, junto con Carlos Di Pietro. Fue sacado por civiles y
uniformados. Realizaba trabajo pastoral en villas de emergencias y era
estudiante de Teología.
NELIO ROUGIER. Sacerdote de Hermanitos del Evangelio, fue
secuestrado en septiembre de 1975 en Tucumán, cuando viajaba desde Córdoba.
PATRICK RICE. Sacerdote católico de nacionalidad irlande¬sa,
secuestrado el 12 de octubre de 1976 en la Capital Federal. Perteneciente a la
orden de los Pequeños hermanos del Evange¬lio o la Fraternidad de Charles de
Foucauld, Patrick trabajó mu¬cho tiempo en relación directa con el arzobispo
Aramburu, con el que logró armar una buena relación. La característica de esta
orden era la mimetización de sus integrantes con los obreros: Rice fue albañil
muchos años hasta que lo secuestraron. Libera¬do el 3 de diciembre de 1976, fue
custodiado hasta que partió en el avión. Estuvo como detenido desaparecido y
luego fue "legali¬zado". Fue bárbaramente torturado.
HENRI DE SOLAN. Hermano de la Fraternidad del Evangelio,
tra¬bajaba en la provincia de Corrientes. Fue detenido en septiembre de 1976 y
deportado a Francia en febrero de 1978, acusado de facilitar una máquina de
escribir a un grupo opositor al gobierno.
JAMES WEEKS. Sacerdote norteamericano, fue secuestrado en
Córdoba el 3 de agosto de 1976 junto a cinco seminaristas. Libe¬rado, salió del
país.
JULIO SAN CRISTÓBAL. Hermano de La Salle, fue secuestrado el 5
de febrero de 1976.
ALICE DOMON. Religiosa francesa de las Misiones Extranjeras de
París secuestrada en la Iglesia de la Santa Cruz de la Capital Federal el 8 de
diciembre de 1977. Estuvo prisionera en la ESMA y luego fue
"trasladada". Desaparecida.
LÉONIE RENÉE DUQUET. Religiosa francesa de las Misiones
Ex¬tranjeras de París, catequista de Castelar, tenía sesenta años cuando fue
secuestrada en Ramos Mejía el 10 de diciembre de 1977. Fue llevada a la ESMA, y
finalmente "trasladada". Desaparecida.
Ambas monjas fueron terriblemente torturadas. En sus peores
momentos de dolor, la hermana Alice que estaba en "Capucha"
pre¬guntaba por la suerte de sus compañeros, en forma particular por el
"muchachito rubio", que no era otro que el capitán Astiz, infiltrado
entre los familiares de desaparecidos que concurrían a la Iglesia de la Santa
Cruz , en el barrio de Flores, y delator de un grupo de doce personas más, que
gracias a él fueron secuestrados y asesinados.
A punta de pistola, Alice fue obligada a enviar una carta en
fran¬cés a su congregación junto a una foto, sacada durante su cautiverio
delante de una bandera y un cartel del Partido Montonero, que fue armada en la
ESMA, tal como se testimonió en el juicio.
Si la actitud de la Iglesia, del nuncio y por ende del Vaticano,
hubiera sido otra, el destino de todas esas personas hubiera varia¬do de manera
radical. En julio de 1976 los "duros" y los "blandos" de la
dictadura estaban en plena definición de territorios, y una postura enérgica de
parte del clero, sobre todo del Papa, podría haber resuelto a favor de los
segundos el control del Estado. Y seguramente la salvación de mucha gente.
La masacre de San Patricio
El episodio más sangriento que recuerde la historia de la
Iglesia Argentina se registró el 4 de julio de 1976: cinco pa¬dres palotinos
fueron masacrados en el interior de la casa parroquial de la Iglesia de San
Patricio. El cruel episodio pudo haber sido el punto de inflexión, el momento
límite para tor¬cer el brazo asesino de la dictadura, pero la respuesta de la
jerarquía eclesiástica fue sólo de estupor. No hubo convicción y ni coraje.
En el Ministerio del Interior había un archivo con más de
trescientos nombres de sacerdotes considerados miembros o sim¬patizantes del
Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM), cuyos integrantes habían
hecho pública su opción por los pobres, y aquel día se decidió que la campaña
represiva con¬tra el ala progresista de la Iglesia comenzara en Estomba 1942,
en el barrio residencial de Belgrano R, donde los palotinos te¬nían un colegio
y una parroquia.
Tanto Jorge Rafael Videla como su par de la Fuerza Aérea,
Orlando Ramón Agosti, y buena parte de sus familiares, se ha¬bían educado en el
colegio que los palotinos tenían en Mercedes, provincia de Buenos Aires, pero
eso no importó para nada. No eran aquéllas horas de lealtades ni de
agradecimientos, sino de locura, rapiña y fanatismo.
Los sacerdotes Alfredo Kelly, Alfredo Leaden y Pedro Duffau,
junto a los seminaristas Salvador Barbeito Doval y José Emilio Barletti, fueron
sacados de sus habitaciones y acribillados a bala¬zos por la espalda. Cinco
armas diferentes, 68 balazos repartidos entre cinco hombres pacíficos y
desarmados, marcaron uno de los crímenes más aberrantes de la historia de la
Iglesia argentina.
Hubo ensañamiento. Hubo crueldad. Y un profundo silencio de la
jerarquía eclesiástica, junto a inverosímiles hipótesis con las que se intentó
explicar la matanza. Y hay una causa judicial es-tancada que nunca encontró a
los autores del quíntuple crimen. Pero en las paredes quedó la evidencia. Los
asesinos escribieron: "Por envenenar las mentes vírgenes de nuestros
jóvenes. Por los poli¬cías dinamitados en Coordinación. Curas hijos de
puta".
Pío Laghi quedó espantado. La habitación era un lago de sangre.
Una sensación de horror lo invadió. Se arrodilló en el lugar y se puso a rezar
durante un largo rato. No pudo evitar que su sotana y sus pantalones se
mancharan, pero no le importó. Ese mismo día, en la ceremonia de unción de
monseñor Espósito, el nuevo obispo de la diócesis de Zárate-Campana, el nuncio
tomó la palabra e improvisó una homilía. Repudió el quíntuple asesinato con
palabras durísimas y pidió su esclarecimiento, pero reconoció con espanto que
eso iba a ser muy difícil "por la situación de ilegalidad que impera en el
país" y por la libertad con que se movían "ciertos grupos que parecen
gozar de una inadmisible protección". El nuncio estaba furioso, y se
notaba.
"Si alguien me hubiera dicho que iba a vivir una situación
seme¬jante no le hubiera creído. Era un horror, cada día que pasaba era un
horror. Todos teníamos miedo, yo tenía miedo, la gente que tra¬bajaba conmigo
tenía miedo. Los militares mentían y mentían todo el tiempo. Y encima tenía que
soportar que los obispos que iban a ver al Papa a Roma le contaran mentiras, me
desmentían siempre... ", me decía recordando aquellos años.
El funeral fue ese mismo día, con los cinco ataúdes alineados.
El oficio religioso estuvo a cargo del arzobispo de Buenos Aires, cardenal Juan
Carlos Aramburu, y alrededor de sesenta sacerdo¬tes. En mitad del oficio
fúnebre entró el comandante del Primer Cuerpo de Ejército, el entonces general
Carlos Suárez Masón. Hubo murmullos y tensión, sobre todo cuando se levantó
para comulgar. Pero Laghi no le negó la comunión.
El 29 de abril de 1985, durante el juicio a las juntas
militares, el periodista Robert Cox contó un encuentro que tuvo con Pío Laghi
unos días después del hecho:
–Nos reunimos en una habitación en penumbras en la nun¬ciatura,
nos sentamos muy cerca uno del otro junto a una mesa baja, solamente Pío Laghi
y yo, y el nuncio tenía la misma impre-sión que yo, es decir que esto había
sido hecho por las fuerzas de seguridad, que esto no era un incidente aislado,
sino otra de las piezas del rompecabezas que iban cayendo en su lugar... y
estaba verdaderamente horrorizado. Recuerdo con precisión cuáles fue¬ron sus
palabras, me dijo: "Tuve que darle la hostia al general Suárez Masón,
puede imaginar lo que siento como cura". Hizo un gesto que no consideró
apropiado para repetir ante este tribunal y agregó: "Sentí ganas de
pegarle con el puño en la cara".
Si con su testimonio Roberto Cox quiso defenderlo, también puso
al descubierto que el nuncio contaba con mucha información.
Al día siguiente, la Comisión Ejecutiva de la Conferencia
Episcopal (Primatesta, Aramburu y Zaspe) redactó una carta que envió a la junta
militar, compuesta por Videla, Massera y Agosti, que terminó convirtiéndose en
un documento absolutorio:
"Sabemos, por las palabras del señor ministro del Interior
y por la presencia en las exequias del señor ministro de Relaciones Exteriores
y Culto y de otros altos jefes militares, cómo el gobierno participa de nuestro
dolor, y nos atreveríamos a decir, de nuestro estupor".
Al final, se preguntaban con tibieza: "¿Qué fuerzas tan
podero¬sas son las que con toda impunidad y todo anonimato pueden obrar a su
arbitrio en medio de nuestra sociedad?".
Ayer no hubiese sido difícil averiguarlo, exigir el condigno
castigo y apostar con esto a que el régimen parara la mano. Graciela Daleo y
Andrés Castillo testimoniaron ante la Conadep que "... el teniente Pernía
participó de esta operación, según sus propios dichos jactanciosos". Pero
el caso es que hasta hoy no hay ni siquiera un pedido de investigación.
Si aquel documento de la CEA fue un espanto, la reacción del
Vaticano no fue mejor. En un telegrama enviado a Primatesta el Papa se limitó a
expresar su "enérgico rechazo de los excecrables crímenes que contradicen
el espíritu civil del pueblo argentino".
Con su tibia reacción, Juan Pablo II acababa de definir el
rum¬bo de la dictadura.
Resulta paradojal, si se tiene en cuenta que en junio de 1955
(véase el Capítulo 2) ante un hecho mucho menor como fue la expulsión del
obispo Manuel Tato y del canónigo Ramón Novoa, la respuesta de la Sagrada
Congregación Consistorial Vaticana fue la excomunión "latae
sententia" de los responsables, lo que incluía al presidente Juan Domingo
Perón.
Laghi pidió una entrevista con el ministro del Interior,
gene¬ral Albano Harguindeguy. El martes 13 se presentó en Balcarce 50 y dialogó
con él. Luego le informó al secretario del Estado Vaticano, Cardenal Jean
Villot: "El principal tema tratado fue el estado de los detenidos
políticos, el secuestro y la eliminación de per¬sonas al margen de la ley y la
violación de fundamentales derechos humanos". Harguindeguy sólo le repitió
que había ordenado la apertura de una investigación.
En ese momento –según me contó– Laghi tomó conciencia del
carácter de sus interlocutores: "Me di cuenta que frente a mí se levantaba
un muro que, de a poco, fui entendiendo que era de cinismo. Los peores hombres
son los que saben ser vivos, presuntuosos y cínicos...".
Nada detenía ya la furia de los represores.
Dos semanas después de la masacre, el 18 de julio, un grupo de
civiles que se identificó como de la Policía Federal secuestró en la parroquia
de Chamical, al sur de La Rioja, a los sacerdotes Gabriel Longueville y Carlos
de Dios Murías. Fueron torturados y luego asesinados. Sus cuerpos fueron
encontrados tendidos so¬bre las vías del ferrocarril, a siete kilómetros de
Chamical. El 24 de julio, varios hombres encapuchados fueron a buscar al
párroco de Sañogasta, en el oeste, pero el cura se había ido por recomenda¬ción
del obispo Enrique Angelelli. Cuando el laico que los aten¬dió les dijo que el
párroco no estaba, lo acribillaron a balazos. Se llamaba Wenceslao Pedernera.
Dos hechos habían servido de preanuncio: el 20 de marzo, en una
solicitada publicada por el diario local El Sol, se advertía que "no habrá
paz en la diócesis riojana mientras permanezca allí su pastor, monseñor
Angelelli". El 24 de marzo, día del golpe militar, en la zona de El
Chamical, varios sacerdotes fueron detenidos, indagados y luego liberados.
Muerto en la ruta
A diferencia de monseñor Aramburu o del propio nuncio, el obispo
de La Rioja no perdió un solo minuto y se puso a investigar en persona los tres
asesinatos. Llevaba dos semanas en eso cuando el 4 de agosto, mientras volvía
de celebrar una misa en la que denun¬ciaba los asesinatos ocurridos en su
diócesis, Angelelli murió. Fue en un supuesto accidente automovilístico en la
ruta entre El Chamical y La Rioja, a la altura de Punta de los Llanos. La
camioneta que manejaba fue embestida por un Peugeot blanco y volcó. El obispo
aún vivía cuando lo sacaron de la camioneta, lo arrastraron más de veinticinco
metros por el asfalto y lo abandonaron. El cadáver fue encontrado a la mañana
del día siguiente.
Laghi llamó entonces a Harguindeguy, a quien le pidió un avión
para ir a La Rioja junto con monseñor Raúl Primatesta, y le dijo: "Ustedes
deben demostrarme que se trató de lo contrario de lo que yo pienso que ha
sucedido. ¡¡¡ Ustedes lo mataron, fueron ustedes!!!".
Pasados casi treinta años, se defendió de las acusaciones
di¬ciendo esto:
–Cuando me enteré de lo de Angelelli, le hablé a Harguindeguy
pidiendo un avión para ir a La Rioja, diciéndole que quería saber la verdad, si
eran ellos los que lo habían matado. Les grité, les dije que habían sido ellos.
Estaba harto de tanta muerte... Me dijo que no, que era un accidente, y lo
mismo me repitió el cardenal Primatesta, que fue conmigo a La Rioja... ¿Cómo
iba a suponer que estaba tra¬tando con monstruos, capaces de arrojar personas
desde los aviones y otras atrocidades semejantes? Se me acusa de delitos
espantosos por omisión de ayuda y de denuncia, cuando mi único pecado era la
ignorancia de lo que realmente sucedía.
Monseñor Angelelli estaba en la mira del Papa. El Vaticano lo
consideraba el símbolo de la radicalización del clero argentino y su
acercamiento al tercermundismo lo convirtió en un personaje preocupante para
Pablo VI. Cuando algunos obispos acudieron a Roma para una visita "ad
liminá" el sumo pontífice los recibió uno por uno. Pero la audiencia
privada de Angelelli se posterga¬ba una y otra vez. La estuvo esperando casi un
mes. Al fin, cuan¬do el Sumo Pontífice se decidió a atenderlo, lo trató de
manera fría y distante. Escuchó su exposición sin asentir y sólo lo
inte¬rrumpió una vez, cuando el obispo le dijo:
–Con su fervor católico La Rioja salva a Cristo. Pablo VI le
respondió disgustado y cortante:
–No, Angelelli, usted está equivocado, en todo caso es La Rioja
la que se salva "en" Cristo. Bueno, monseñor, venga mañana que le voy
a entregar las instrucciones a las que deberá atenerse cuando regrese a su
diócesis.
Fue aquella una carta personal con las normas pastorales que
Angelelli debería seguir para volver a las fuentes doctrinarias, ex¬cluyendo de
su obra y de su lenguaje toda extravagancia extre¬mista, según me manifestó en
una entrevista el secretario de Es¬tado, Agostino Casaroli, el 14 de mayo de
1998.
Era tal la incomodidad que generaba el obispo de La Rioja que la
Prefectura de la Casa Pontificia dio instrucciones para que no quedasen fotos
del encuentro. Casaroli, con fineza argumental, me dijo: "Yo he sido
siempre un hombre que estuvo a favor de las aperturas, pero a veces cerrar es
útil y a veces se vuelve indispensable, y aquel momento de la Iglesia fue uno
de esos".
Por su parte, Pío Laghi, cuando lo vi en Roma, me dio las
seguridades de que había hecho todo lo posible para averiguar lo que había
sucedido con Angelelli y que seguía haciéndolo. Me mostró una carta fechada el
5 de abril de 2000, que le había dirigido el obispo de Concepción, Tucumán,
monseñor Bernar¬do Witte, junto con un informe sobre lo que había averiguado
respecto a la muerte de Angelelli.
En esa carta hay un párrafo que llama mucho la atención y que
dice:
"Hoy cumplo la promesa: le envío el resultado de mis
investiga¬ciones. Le aclaro que abrí los ojos en el año 1978, cuando el
secreta¬rio de monseñor Enrique Angelelli, el presbítero Ortiz, me entregó una
caja de documentos del Obispado, que él mismo se había lleva¬do a su casa.
Supongo y sé que "purificó" los contenidos, ya que alejó todo aquello
que podría aclarar la verdad sobre el asesinato o acci¬dente misterioso. Luego
él mismo pidió la reducción al estado laical. Mis indagaciones han sido
posibles por el prudente e inteligente apo¬yo del que entonces era mi
secretario canciller, y hoy monseñor, Fabriciano Sigampa, mi sucesor en la
querida La Rioja".
Junto con el informe, Witte le envió a Laghi una carta escrita
por el arzobispo emérito de Mendoza, monseñor Cándido Rubiolo, fechada el 10 de
marzo de 2000, en respuesta de una suya, reclamándole datos sobre el caso
Angelelli, y que también me mostró. En lo sustancial, en esa carta Rubiolo le
decía a Witte:
"Respecto del documento acerca de la muerte dudosa de
monseñor Angelelli, mi opinión es favorable, pues no ha sido posible obtener
más datos fidedignos.
"En cuanto al ex sacerdote A. Pinto, te informo que al día
siguiente del accidente fue traído al Sanatorio Allende de Córdoba, donde yo lo
visité de inmediato y conversé con el médico doctor Suárez, que lo aten¬día.
Sin pensar que yo iría de administrador a La Rioja, recuerdo que en esa
conversación el doctor Suárez me comentó que el tipo de daño causado en el
sacerdote imposibilitaba que pudiese recordar el "antes" y el
"después" del accidente, pues se producía un "corte" en la
grabación del mismo, en el cerebro. Estando el presbítero Pinto en el Hogar de Ancianos en La Rioja, reponiéndose
pasados varios días del accidente, por encargo del señor nuncio apostólico y
estando a solas con él, le pedí que me narrara cómo había sido el accidente. Su
respuesta fue que no recordaba nada; yo le creí, teniendo presente lo informado
por el médico del sanatorio Allende.
"Lamentablemente no me hice acompañar por nadie y no tuve
después la posibilidad de desmentir sus falsas informaciones. Te doy libertad
para hacer uso de este informe. Quizás en la Nunciatura pueda haber algún
informe dado al nuncio de entonces, monseñor Pío Laghi."
Angelelli había llegado a La Rioja después de ser obispo
auxi¬liar en Córdoba. Con los conflictos obreros y estudiantiles que tuvieron
lugar en esa provincia en 1968 y que culminaron luego en el Cordobazo, le
buscaron un destino menos conflictivo. A las autoridades eclesiásticas de La
Rioja les pareció ideal. ¿Qué po¬dría hacer en esa provincia atrasada, sin
sindicatos, sin indus¬trias, impregnada de usureros y terratenientes?
Pero sin duda, Angelelli cambió a la Iglesia y revolucionó a La
Rioja. Desde el pulpito cuestionó los privilegios sociales y económicos, los
latifundios improductivos, la explotación del minero, del obrero y del peón.
Con su respaldo se fundaron cooperativas de producción, sindicatos, centros
vecinales, co¬operadoras, grupos parroquiales, de campesinos, de artistas.
Piadoso, ingenuo y humilde, se convirtió en un dirigente de masas. Cómo habrá
sido la cosa que en junio de 1973, cuan¬do Carlos Saúl Menem era gobernador, un
grupo derechista produjo la expulsión violenta de monseñor Angelelli de la
parroquia de Anillaco, supuesto lugar de nacimiento del lue¬go presidente
justicialista.
En su libro Mi vida misionera, monseñor Bernardo Witte –sucesor
de Angelelli en el obispado de La Rioja– estimó que quienes mataron al obispo,
a los otros dos sacerdotes y al laico, provenían de dos sectores que actuaron
en coordinación recí¬proca: la Base Aérea de El Chamical y miembros de la
organización "Defensores de la Fe" de Anillaco, aquellos enemigos de
Angelelli desde la primera gobernación de Menem, entre los que se encontra¬ba
Amado Menem, el hermano mayor del ex presidente.
En una parte del informe que monseñor Witte firmó el 29 de marzo
de 2000 sobre estos cuatro crímenes, y le envió a Laghi, se lee:
"Se supone que los autores de los crueles asesinatos vivían
en la misma provincia de La Rioja, contando con el apoyo estratégico de otros
cómplices.
"Busqué infatigablemente desde mi llegada a La Rioja (1977)
datos precisos sobre los trágicos sucesos, como me lo pidió la Santa Sede.
Creía sinceramente que había llegado la hora de la verdad, cuando se inició en
1988 en El Chamical el proceso contra los asesinos de los sacerdotes, confiando
encontrar allí la pista que aclarara el caso del llorado pastor monseñor
Enrique Angelelli.
"Es deplorable que la Justicia de Chamical no aclarara nada
sobre los autores del asesinato de los sacerdotes de la propia ciu¬dad. Muchos
ciudadanos, feligreses fieles y admiradores de los sacerdotes asesinados,
declararon con valentía y aportaron datos importantes. Había todo un clima de
esperanza de encontrar a los autores.
"Cumplí mi deber de ciudadano y como sucesor de monseñor
Angelelli, declarando en el mencionado juicio lo que había oído de terceros.
Hasta di el nombre y apellido del posible secuestrador de los sacerdotes. Una
religiosa de la parroquia observó a esta persona en la noche del secuestro.
"Pero el juicio de El Chamical no aclaró nada, ni en
relación al asesinato de los sacerdotes, ni del laico, ni del
"accidente" fatal de monseñor Angelelli. El fracaso del proceso
chamicalense generó una desilusión muy fuerte, especialmente en el clero, entre
religiosas y laicos más cercanos a la vida eclesial. "
En la última parte del informe, Witte señala:
"Me permito concluir con las palabras del propio monseñor
Angelelli, pronunciadas en la casa parroquial de El Chamical, el mismo día de
su trágica muerte: Han matado a dos de mis queridos sacerdotes, han matado al
laico Wenceslalo, pero a quien buscan queda latente: Me buscan a mí".
El caso de Angelelli no fue el único "accidente". En
vista de lo bien que les había salido éste, un año después, el 11 de julio de
1977, el obispo de San Nicolás de los Arroyos, Carlos Ponce de León, también
moría de similar manera. Sucedió mientras se dirigía a la Capital Federal con
su colaborador Víctor Oscar Martínez, con el objeto de llevar a la Nunciatura
Apostólica do-cumentación relativa a la represión ilegal implementada en esa
diócesis y la de Villa Constitución, en la provincia de Santa Fe. Esa documentación
involucraba a Suárez Masón, jefe del Primer Cuerpo de Ejército; al coronel
Camblor, jefe del Regimiento de Junín; y más directamente al teniente coronel
Saint Aaman, jefe del Regimiento con asiento en San Nicolás. La documentación
desapareció y no fue reclamada por el canciller de la diócesis, monseñor
Roberto Mancuso, capellán de la unidad carcelaria. A los pocos días del
accidente, Víctor Martínez, que estaba hacien¬do el servicio militar fue
arrestado y sufrió toda clase de vejacio¬nes físicas y psíquicas durante el
cautiverio.
Hacía tiempo que Ponce de León era objeto de todo tipo de
amenazas, incluso de las que le hacía personalmente y sin nin¬gún empacho el
propio Saint Aaman. Según testimonió Víctor Martínez, el teniente coronel le
decía en la cara:
–Tenga cuidado, usted está considerado un obispo rojo.
Martínez añadió que "el mismo jefe militar le había
prohibido celebrar misa de campaña en el regimiento porque decía que allí no
entraban curas comunistas.".
"A los tibios los vomita Dios..."
El Episcopado no quería ningún episodio que afectara las
re¬laciones con el gobierno. La mayoría de los obispos legitimaron el proceso
militar, elogiaron públicamente la represión y nega¬ron las condiciones
infrahumanas de los encarcelamientos. La supremacía de la derecha episcopal se
extendió desde 1976 a 1978. La derecha aprobaba y diluía las críticas acerca de
la efectiva ac¬tividad de los capellanes militares y del control que la
jerarquía realizaba sobre sus propios miembros.
–Recuerdo que en una reunión de obispos en San Miguel, les dije
a todos, casi gritándoles, mientras los familiares aguantaban afuera bajo la
lluvia y el frío y nadie los recibía: "Ustedes están escondiendo en un
pozo toda esta inmundicia, toda esta cosa horri¬pilante, no se dan cuenta que
el pozo se va a llenar y les va a explotar a ustedes... Me miraron y no me
contestaron nada, prefirieron la cobardía–dijo Pío Laghi, haciendo memoria
sobre el episcopa-do de la dictadura.
En mayo de 1977, monseñor Plaza decía: "Los malos
argenti¬nos que salen del país se organizan desde el exterior contra la patria,
apoyados por las fuerzas oscuras, difunden noticias y realizan desde afuera
campañas en combinación con quienes trabajan en la som¬bra dentro de nuestro
territorio. Roguemos por el feliz resultado de quienes espiritualmentey
temporalmente nos gobiernan. Seamos hijos de una Nación en la cual la Iglesia
goza de un respeto desconocido en todos los países condenatoriamente marxistas".
En septiembre de 1978, monseñor Nicolás Derisi, rector de la
Universidad Católica Argentina, aseguraba: "Creo sinceramen¬te que la
Argentina es uno de los países donde hay más tranquilidad y en donde los
derechos humanos están más respetados. En este mo¬mento hay presos, pero presos
por delincuencia. No veo que en este momento en la Argentina se encarcele, se
mate, se atropelle contra los derechos humanos en ninguna parte. Si hay algún
caso individual... somos hombres, pero no me consta que exista esta situación".
En septiembre de 1979, Raúl Primatesta, arzobispo de Cór¬doba y
presidente de la CEA, le negaba a la Comisión Interamericana de Derechos
Humanos de Córdoba un templo para utilizarlo durante unos días a efectos de
recibir testimonios de familiares de desaparecidos.
Durante los primeros meses del golpe, Hesayne, Laguna, Espósito
y Novak –nombrados obispos durante la gestión de Laghi– y también De Nevares,
presionaron a las autoridades de la CEA y así se emitieron documentos firmados
por Primatesta, Aramburu y Zaspe que repudiaban las acciones de la Junta
Mili¬tar. Pero les faltó convicción y si bien pretendían hacer una críti¬ca al
estado de terror, se quedaban en medias tintas. Y no sólo eso: creían que el
tener largas sobremesas con los jerarcas de tur¬no les garantizaba que
salvarían alguna vida. Un ejemplo de esto son las largas partidas de tenis de
Laghi con Massera. "Sólo fue tres o cuatro veces a lo largo de los años
que estuve como nuncio y de casualidad. No sopotaba el cinismo de
Massera", me dijo Laghi cuando lo vi. Nada más ilusorio.
Un ejemplo de esto fue la Carta Pastoral colectiva del 15 de
mayo de 1976, abstracta y rebuscada, que daba la sensación de ser una
advertencia ante posibles pecados futuros, y no al que hacía referencia y que
se acababa de cometer el día anterior:
"Si se produjeran detenciones indiscriminadas,
incomprensible¬mente largas, ignorancia sobre el destino de los detenidos,
incomuni¬cados de rara duración (...) si se suprimiera alguna garantía
consti¬tucional", decía, merecen una "condena sin matices cualquiera
sea el bando del asesinado".
El 14 de mayo se habían llevado a un grupo de fieles de la
parroquia Santa María del Pueblo, de la villa de emergencia del Bajo Flores.
Entre ellos, a la monja Mónica Quinteiro y a la jo¬ven Mónica María Candelaria
Mignone. De ninguna de ellas se volvió a saber nunca nada, sólo que fueron
llevadas a la ESMA. Lo mismo sucedió con el grupo que operaba en la parroquia
Nuestra Señora de la Unidad, en Olivos.
Entre la primavera de 1976 y mayo de 1977, la CEA se re¬unió con
la junta militar y en un intento por reconocer la situa¬ción reinante y ponerle
freno, los obispos se expresaron por pri-mera vez con cierta dureza:
"Personas constituidas en autoridad civil o militar han perdido la
serenidad de discernimiento (...) Se quiere medir la vida de la Iglesia con un
criterio castrense, con la consiguiente distorsión". Pero si hubo un
criterio progresista duró poco. La junta se irritó y en las sucesivas reuniones
que realizaba el Episcopado en la casa de retiros espirituales María
Auxiliadora de San Miguel, el ala conservadora impuso mayor tolerancia.
Las contradicciones dentro de la CEA eran cada vez más
eviden¬tes y la complicidad de sus figuras más relevantes no podían
disimu¬larse. Algunos, como Juan Carlos Aramburu, arzobispo de Buenos Aires,
justificaban los métodos represivos refiriéndose al país como un organismo que
estaría convalesciente de una "larga y postrante enfermedad", siendo
por lo tanto deber de todos "cooperar para lograr una real y positiva
recuperación humana, psíquica y espiritual. Hay que defenderse tanto contra la
violencia de los enemigos del orden y del país, como de la impaciencia y
presión de otras fuerzas o factores de influencia con opciones o métodos
divergentes", decía.
Otros directamente negaban la existencia del horror. En oc¬tubre
de 1976 las violaciones a los derechos humanos eran es¬candalosas, pero
Tórtolo, inmutable, respondía invariablemen¬te: "No me consta".
Hacia finales del primer año de dictadura, la Conferencia
Episcopal Argentina le envió a Videla una carta con la firma de Raúl
Primatesta, con motivo de las fiestas de fin de año en la que se le expresaban
"fervorosos y cordiales votos de una felicísima Navidad, lle¬na de las
gracias divinas que brotan a raudales de la cuna de Belén".
En la esquela se añadía que "unidos, pues, a Su Excelencia,
y a quienes le acompañan, en la dura y riesgosa tarea de servir a la patria aun
a costa de la propia vida, esta Comisión permanente, haciéndose intérprete del
Episcopado en los sinceros deseos de que Gobierno e Iglesia puedan alcanzar las
más auspiciosas metas para cimentar en la paz de Cristo una nueva aurora de
grandeza y liber¬tad para todo el noble pueblo argentino, saluda a Su
Excelencia, el señor Presidente de la República, con la más distinguida
considera¬ción y la promesa de humildes y diarias oraciones al Señor ".
"Firma¬do: Raúl Primatesta, presidente de la CEA. "
Mientras esa carta llegaba a manos de Videla, en la larga no¬che
de la ESMA sucedía algo insólito, demencial, psicótico: quince detenidos
desaparecidos fueron llevados al segundo piso del Ca¬sino de Oficiales donde el
capellán del instituto oficiaría una misa. En el hall habían montado un altar
sencillo y colocado varios bancos de iglesia. Los "fieles" eran muy
extraños: todos lucían engrillados, esposados con las manos detrás de la
espalda y encapuchados. A los oficiales les pareció que Cristo vería como una
falta de respeto que le taparan la cara a sus seguidores y les sacaron las
capuchas.
La primera reacción de los "fieles" fue de estupor e
indigna¬ción. Allí estaba, frente a ellos, hablándoles, Jorge el Tigre Acosta,
quien debía el alias a su condición de mayor torturador y más grande
sanguinario de la ESMA, el hombre que torturó y man¬dó a "trasladar"
a las monjas francesas Domon y Duquet, entre otros tantos detenidos. El
testimonio que sobre ese momento aportó uno de los protagnistas, Lisandro
Cubas, ante el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) fue elocuente:
"Nos dijo que para celebrar la fiesta de la Navidad
cristiana habían decidido que pudiéramos oír misa, confesarnos y comulgar, los
que eran creyentes, y los que no, para que tuviésemos la tranqui¬lidad
espiritual y pensáramos que la vida y la paz eran posibles, que la ESMA todo lo
podía hacer. Igual, se escuchaban los gritos de los que estaban torturando, se
sentían ruidos de las cadenas de los que llevaban al baño en Capucha. El
sacerdote (¿se le puede llamar así?) preguntó quién se va a confesar, a lo que
accedimos todos, menos tres o cuatro (una era judía y los otros ateos). A pesar
de lo absurdo, en situaciones límite uno tiene que aferrarse a sus creencias
religiosas. En mi caso, mi formación cristiana y la presión de todo lo vivido,
hizo que me confesara. El sacerdote, en su mensaje en el momento del Evangelio,
habló de la necesidad de que luego de pasar por esta experiencia, nos
incorporáramos a la vida en la sociedad, buscando la paz, y abandonando la
lucha de clase y la violencia. De allí nue¬vamente capucha y nueva duda y
esperanza metida en la cabeza: ¿Será que nos dejarán libres alguna vez habiendo
visto esto? Con esta misa, Acosta empezó a explicitar o crear la inquietud del
proceso de recuperación en los secuestrados elegidos hasta el momento ".
Al Proceso de Reorganización Nacional (PRN) no se le escapa¬ba
el apoyo recibido de la Iglesia y las pocas reacciones clericales contrarias
nunca afectaron su poder. Los documentos secretos de la junta, elaborados a
principios de 1977, revelan un dato estremecedor: para las Fuerzas Armadas la
Iglesia nunca repre¬sentó una amenaza, fue útil a sus fines, controlada en sus
desvíos y legitimadora del baño de sangre que se llevaba a cabo en las sombras.
El documento emitido en abril de 1977 por el Comando del
Ejército y firmado por Viola, dice: "Si bien no hay participación activa
de la Iglesia, la misma se manifiesta mediante la comprensión y aceptación de
los principios básicos enunciados". Y agrega que "la existencia de
una corriente de sacerdotes progresistas con algunos de sus integrantes
enrolados con sus oponentes, no puede condicionar el alto concepto del Clero
Argentino, ni justifica un alejamiento de la Iglesia, tan necesaria para la
consecución de los Objetivos Básicos que se apoyan en los valores de la moral
cristiana".
Algunos de los miembros de la jerarquía ni siquiera acorda¬ban
con la tibieza acusatoria de los documentos de la Iglesia. Monseñor Antonio
Plaza, arzobispo de La Plata, pedía a sus fie¬les en mayo de 1977 "rezar
para que tengan buenos resultados en su ardua tarea quienes nos
gobiernan". Sostenía que había que "su¬primir a los malos argentinos
sostenidos por fuerzas oscuras".
Para cerrar el círculo, rechazaron también los reclamos
Inter¬nacionales. El 17 de marzo de 1977 la CEA envió una carta a la junta
militar, cuyo párrafo esencial es el que sigue:
"Comprendemos también que por un cúmulo de circunstancias
en que entran intereses de todo orden, pareciera haberse desatado contra la
Argentina una campaña internacional, que nos duele como ciudadanos amantes de
la patria que somos y por nada quisiéramos vernos involucrados en posturas de
reclamos de las que no conocemos el origen, y que, a veces, son harto dudosas
en sí mismas".
No contentos con esto, en un segundo documento reiteraban que
había "una campaña internacional que nos hiere, como argen¬tinos que
somos, y por nada quisiéramos vernos involucrados ni usa¬dos en reclamos de
origen desconocido y muchas veces harto dudosos en sí mismos".
Buenos muchachos
Monseñor Plaza desmentía, Tórtolo negaba el horror de las
cár¬celes, Bonamín arengaba a las tropas, Medina veía el bien en la re¬presión,
Aramburu se negaba a recibir a los organismos defensores de los derechos
humanos y el obispo Sansierra afirmaba que no existían tales violaciones.
Decía Plaza: "La Iglesia brindará fortaleza espiritual a
los integran¬tes de los cuadros policiales y a sus familias para templarlos en
la adver¬sidad". (12 de noviembre de 1976).
Decía Tórtolo: "Hay gente católica, que ha recibido la
confirma¬ción, que se alza contra la Nación argentina, destruyéndola. Cuando
quienes la defienden reaccionan contra esa actitud destructiva, dicen que ellos
son los perseguidos, tergiversan el espíritu y la mentalidad de Cristo... Dios
habita el alma del soldado que va con Cristo y por Cristo a cumplir con su
deber, rechazando a quienes se alzan contra el país". (29 de octubre de
1976.)
Decía Bonamín: "La Patria rescató en Tucumán su grandeza
mancillada en otros ambientes, renegada en muchos sitiales, y la grande¬za se
salvó en Tucumán por el Ejército Argentino. Estaba escrito, estaba en los
planes de Dios que la Argentina no podía perder su grandeza y la salvó su
natural custodio: el Ejército". (5 de enero de 1976.) "Los miem¬bros
de la junta militar serán glorificados por las generaciones futuras." (24
de marzo de 1981.)
Decía Medina: "Algunas veces la represión fisica es
necesaria, es obli¬gatoria y como tal, lícita". (5 de abril de 1982.)
Decía Aramburu: "Hay que defenderse tanto contra la
violencia de los enemigos del orden y del país, como de la impaciencia y
presión de otra fuerzas o factores de influencia". (5 de octubre de 1976.)
Monseñor Bolatti agradecía a los militares por haber impedido
que los marxistas tomaran el poder y monseñor Horacio Bozzoli, obispo de San
Martín, llegaba al colmo de pedirle a la Santa Sede que silenciase a la radio
vaticana "por hablar demasiado sobre la represión en la Argentina".
Laghi se preguntaba a sí mismo si el mundo se había vuelto loco,
ya que todo resultaba agravado por datos objetivos: no había ningu¬na señal de
condena al régimen militar, ni desde el Episcopado ni por parte del Vaticano.
En ese sentido la audiencia personal que el papa Pablo VI les concedió el 10 de
octubre de 1977 al entonces almirante Emilio Eduardo Massera y a su mujer,
gestionada por el embajador argentino Rubén Blanco, lo dejó más solo. Faltaba
mu¬cho para el 23 de octubre de 1979. Aquella fue la primera vez que el papa
Juan Pablo II hizo la primera mención pública sobre los des¬aparecidos desde la
Plaza San Pedro.
En enero de 1977, acosado por las denuncias que provenían de la
Nunciatura, por sus contactos con el cardenal Pironio y por los reclamos
directos hechos a la Santa Sede, Pablo VI recibió en audiencia privada a
monseñor Plaza y le preguntó: "¿Es cierto que en su país se están
cometiendo excesos execrables contra quienes, sin ser terroristas, se oponen al
nuevo gobierno militar?".
Plaza respondió sereno: "No hay nada de eso, Santidad, se
trata de versiones falsas e infundadas que hacen circular quienes se han
escapado y refugiado en Europa".
En esos momentos había en la Argentina 340 centros clan¬destinos
de detención y el terror obraba con total impunidad. Los vuelos de la muerte.
La apropiación de los recién nacidos. Los partos en cautiverio. Las torturas.
Los "asados" en que eran quemadas las víctimas. El robo de las
viviendas. Los tanques de ácido en que disolvían los cadáveres...
En 1978 las muestras de apoyo al Proceso eran claras. Los
diarios de la época dan pruebas de que la cúpula episcopal al¬muerza una vez
más con Videla. Que Plaza festeja a la Santa Sede porque muestra "mayor
comprensión sobre la situación argentina, que otros ambientes en los que se
aprueban las campañas de descré¬dito", que le agradece a Videla en nombre
de todo el país y que le responde por carta a Amnesty asegurando que "no
existen presos políticos". Que monseñor Aramburu se siente
"aliviado" porque la campaña contra Videla en Roma "resultó
imperceptible". Que Quarracino mezcla los derechos humanos con el
comunismo.
Que monseñor Ildefonso María Sansierra, arzobispo de San Juan,
dice con ironía inaceptable: "Yo voy a la cárcel y me dejan salir siempre,
nunca me quedo adentro".
Para el Mundial de fútbol, la CEA pedía "mostrar la
hospitali¬dad y la decencia, amistad y la dignidad nacional", y Pío Laghi
constataba que el campeonato había dejado una "muy buena ima¬gen de la
Argentina ".
El obispo Victorio Bonamín, pro vicario de las fuerzas arma¬das
invocaba: "Señor Dios de los Ejércitos en cuyas manos está el destino de
los pueblos: escucha la oración que te dirigimos, implo¬rando Tu bendición
sobre estos sables y estas insignias y, en especial, sobre los nuevos generales
del Ejército que los reciben como signo de la función y el poder que hoy
asumen. Saben que su vida de soldado en cumplimiento de sus funciones
específicas no está ni debe estar separada de Tu Santa Religión. Estos hombres
comparten la misma fe de Tu Iglesia y la quieren vivir a través de la actividad
y el servicio propios de la vocación militar que les enseñaste; por eso quieren
Tu bendición en este momento solemne de su existencia...".
Héctor Sobrino Aranda, ex diputado justicialista por Santa Fe,
fue a Paraná a pedir por el marido de una mujer desesperada. Lo recibió
monseñor Adolfo Tórtolo, arzobispo y vicario castrense, quien con su respuesta
mostró la posición generalizada de la curia:
–Monseñor, le pido que me ayude a averiguar por este hombre que
es un desaparecido. Lo han secuestrado por izquierda.
–¿Por izquierda? ¿Cómo por izquierda, qué significa eso? Yo no
tengo referencia alguna de que eso ocurra en este país.
El 26 de enero de 1979 el brigadier general Orlando Agosti dejó
sus funciones de comandante en jefe de la Fuerza Aérea y esa ceremonia marcó el
comienzo de la etapa de transición en el Episcopado argentino. En su discurso
de despedida, Agosti expresó:
"El combate ha terminado (...), hemos vencido con las armas
(...) La subversión marxista, que estuvo en vísperas de lograr el po¬der total,
ha sido erradicada de nuestra Patria (...) Mostremos tam¬bién que nuestras
almas no se han contaminado con la pestilencia que debimos limpiar".
El discurso era otro, había cambiado su eje y comenzaba a
cen¬trarse en los posibles pedidos de esclarecimiento. Había que contra¬rrestar
todas las voces que pudieran menoscabar la imagen del Pro¬ceso. Acallar las
campañas internas y las que venían desde el exterior.
El 25 de setiembre el brigadier Omar Graffigna, sucesor de
Agosti, definió así al enemigo:
"Cambiará de tácticas y de terreno, una y otra vez.
Aparentará estar en retirada, fuera de combate, para reaparecer en los más
remotos luga¬res. Procurará infiltrarse en las aulas y en las universidades, en
las orga¬nizaciones y en todos los campos de la vida de la Nación. Procurará
dividirnos, procurará enfrentar a las Fuerzas Armadas entre sí y a éstas con la
ciudadanía. Nuestra respuesta es la unión y la cohesión".
Massera quería ser protagonista en la nueva etapa de
"institucionalización" del Proceso. Pretendía ser presidente
constitucional y creía contar para esto con los buenos oficios del equipo que
había "reeducado" mediante torturas en la ESMA. Realizaba giras
internacionales y buscaba consenso entre grupos de exiliados argentinos.
Monseñor Octavio Derisi, rector de la Universidad Católica
Argentina, directamente se opuso a la visita de la Comisión y declaró: "Yo
le pido a Dios que su trabajo sea objetivo y que no se deje influenciar por los
que han causado el problema de la Argenti¬na: los familiares de estos
guerrilleros que han matado, secuestrado y robado". Monseñor Sansierra,
arzobispo de San Juan, pedía al gobierno que si la Comisión "se saliese de
su rol" utilizara sus fa¬cultades soberanas para poner fin a su misión. Y
monseñor Bolatti se indignaba porque "los extranjeros no pueden venir a
decirnos lo que tenemos que hacer".
En 1984, la Comisión Nacional de Desaparición de Personas
(Conadep) que el presidente Raúl Alfonsín había creado el 15 de diciembre de
1983 con figuras notables de la civilidad, llegó a una cifra escalofriante:
cerca de 9.000 desaparecidos entre 1976 y 1977, casi 1.000 en 1978 y alrededor
de 300 en 1979. Pero por 1978 la opinión pública internacional y aun los mismos
argenti¬nos veían un país tranquilo y pacificado. El Proceso era exitoso.
Cuando vino la Comisión Interamericana de Derechos Huma¬nos de
la OEA, encabezada por Edmundo Vargas Carreño, la gente salía a festejar los
triunfos del Mundial y pegaban en los vidrios de sus autos y en los de sus
oficinas calcomanías –mu¬chas de ellas fabricadas en Editorial Atlántida– que
decían: "So¬mos derechos y humanos". También les arrojaban piedras e
insulta¬ban a los familiares de los desaparecidos que hacían cola, sobre la
avenida de Mayo, para reclamar ante esa Comisión.
En ese año había clima de guerra. El conflicto con Chile por el
Canal de Beagle estaba a punto de explotar. Ocupado en estos preparativos, la
dictadura disminuyó la represión interna. Con la intervención a último momento
de Juan Pablo II, que había sido ungido el 28 de octubre, y de su enviado
personal, el cardenal Antonio Samoré, se evitó el enfrentamiento. Pero también
esta mediación se transformó en un nuevo obstáculo para el reclamo por los
derechos humanos. El Papa no podía fallar y cualquier pedido podía entorpecer
las negociaciones de paz. Laghi priorizó nuevamente su función diplomática e
ignoró su tarea pastoral.
En 1979 el énfasis del gobierno militar estaba puesto en las
disputas sucesorias. Los candidatos más firmes eran Luciano Ben¬jamín Menéndez
y Leopoldo Fortunato Galtieri. La elección recayó sobre este último, quien
mantenía una buena relación con el entonces presidente, Roberto Viola.
Los diarios daban cuenta de que Plaza le había dicho al nuevo
Papa que "la mala imagen de la Argentina es consecuencia de los actos de
argentinos terroristas". También, que Sansierra aseguraba que "el
Papa minimizó el problema de los derechos humanos en la Argentina", porque
"sucede en todas partes, quizá más que allí". Pero lo cierto fue que
el 28 de octubre de 1979 cambió la pelícu¬la. Juan Pablo II admitió por primera
vez el tema de los desapa¬recidos y en desacuerdo con el clero local, que
seguía expresando su abierto apoyo a los métodos empleados por la dictadura,
expresó: "Pedimos que se apure lo antes posible la anunciada definición de
las posiciones de los encarcelados y sea mantenido un compromiso rigu¬roso para
la tutela, en cada circunstancia en que se pida el respeto de las leyes, del
respeto de la persona física y moral, también de los culpables o indiciados de
violencia".
Más tarde, en una reunión frente a veinte obispos y prelados en
visita "ad limine" en su biblioteca privada, el Santo Padre
con¬sideró que la violencia en la Argentina se había desatado por la violación
de los derechos humanos y había dado lugar a una masacre de cuya magnitud aún
no se tenía conciencia.
Pero ésa era la hora de la institucionalización y la jerarquía
acomodó su discurso a esta nueva etapa del PRN que organizan las Fuerzas
Armadas. La nueva estrategia consistía en echar un manto de silencio sobre el
pasado y desviar la atención hacia otras cuestiones. Trabajan sobre esa idea y,
en la Jornada de la Paz del 2 de enero de 1979, el cardenal Aramburu se alegró
porque "los jóvenes violentos son cosa del pasado" ya que según decía
"las masas juveniles están buscando a Cristo, el Supremo Maestro de la
Verdad". Hablaba de "los daños y muertes producidos por la
subver¬sión" y reclamaba "con profundo ánimo pacifista"
información acerca de los "desaparecidos".
Mientras, Primatesta insistía con el "sí a la paz" y
el "sí a la vida" y desataba una campaña en la que suplicaba "a
las autori¬dades, a todas las instancias competentes que actúen para que se
prohiba y se ponga remedio al aborto voluntario". Preocupado por el aborto
se olvidaba de los miles de desaparecidos porque, ase¬guraba, en
"situación de guerra los argumentos y los límites éticos entran en un cono
de sombra y oscuridad".
Aramburu, Primatesta y Quarracino, secundados por López, Iriarte
y Laguna, tomaron aquel año las riendas del Episcopado, aunque los guerreros de
la primera etapa seguían interviniendo. Aramburu y Primatesta fueron
presidentes de la CEA en for¬ma rotativa y emergió con claridad la figura de
Jorge Novak, obispo de Quilmes, en la línea de cuestionamiento al Proceso y de
compromiso popular. Quarracino, hombre de poder dentro de la CELAM y para la
reunión de marzo de 1979 se aseguró que no hubiera en sus filas ninguna
"infiltración" de izquierda. Conse¬cuentemente, no formaron parte de
la representación de los episcopados latinoamericanos ni Novak, ni Hesayne, ni
De Nevares. Se quiso impedir que en México se discutiera sobre la situación
argentina y los medios de comunicación notaron esta resistencia: "Los
obispos argentinos dieron la impresión de un grupo compacto inaccesible".
Ellos tampoco recibieron a los exiliados, unos 5.000 que
intentaron una entrevista a través de sus delegados. El documento final de
Puebla –sobre el que hablaremos con más amplitud en el Capítulo 7– denunció que
"en los úl¬timos años se afianza en nuestro continente la llamada
Doc-trina de la Seguridad Nacional, que es de hecho más una ideología que una
doctrina".
"Está vinculada –continuaba– a un determinado mo¬delo
económico político, de características elitistas y verticalistas que suprime
toda participación amplia del pue¬blo de las decisiones políticas y pretende
justificarse en cier¬tos países de América Latina como doctrina defensora de la
civilización occidental y cristiana.
"Desarrolla un sistema represivo, en concordancia con su
con¬cepto de "guerra permanente" y en algunos casos expresa una
cla¬ra intencionalidad de protagonismo político. "
Sin embargo, la III Conferencia Episopal Latinoamerica¬na
soslayó toda referencia a la represión en la Argentina y destacó en cambio la
"pureza de la doctrina" y la "evangelización liberadora, ajena a
las ideologías".
Con todo, los "desaparecidos" irían a constituirse en
el ma¬yor obstáculo para una transición sin tropiezos. Contra eso se desplegó
una astuta maniobra: nombrarlos, pero sin darles una consideración especial,
instalando a la par otros proble¬mas como el aborto o el divorcio, para
distraer la atención.
A pesar de los esfuerzos de la jerarquía, la diócesis de
Quilmes, de la mano de monseñor Novak, se transformó en el centro de las voces
de disenso, acompañada por la de Viedma, con Miguel Hesayne, quien en diciembre
de 1979 le dirigió una carta a la Comisión de la CEA, en la que dijo sin
arribajes:
"Sabemos con certeza y por diversos medios en cuanto
Iglesia que nuestras Fuerzas Armadas han torturado y han hecho desaparecer a
hermanos e hijos nuestros en la fe, no importa el número".
En 1980 el modo eclesiástico predominante fue el de formu¬lar
principios generales, abstractos, soltar datos perdidos entre documentos y
declaraciones, y disculpar a la dictadura militar. Ya lo tenían decidido:
buscarían el diálogo, el olvido, el perdón y la reconciliación. Y no hubo una
sola alusión a los militares como responsables de los secuestros, torturas y
asesinatos.
El nuncio Pío Laghi inauguró 1980 con esta nueva receta:
"Su Santidad predica la paz. La violencia ha engendrado
violen¬cia, tanto impulsada por unos, que querían llevar adelante un pro¬ceso,
como por otros que procuraban defenderse", decía.
"Reconocer "los errores y "entrar en ese clima
del que habla el Papa, clima de perdón y de reconciliación" será
necesario. "La Igle¬sia tiene muy en claro esto", aseguraba.
Pero el problema de los derechos humanos, de los desaparecidos,
persistía en aparecer una y otra vez, contrariando su especial con¬dición. Pío
Laghi no quería irritar al gobierno y por eso evitaba hablar de temas
concretos: "Por mi parte prefiero hablar de digni¬dad del hombre antes que
de derechos humanos. Sé bien que esta última expresión basta, muchas veces,
para crear un ámbito poco sereno, poco propicio para que se entienda, su
sentido profundo, in¬cluso de carácter religioso", explicaba.
La unión de la cruz y la espada seguía su marcha.
La junta militar envió su mensaje de cuarto aniversario aquel 24
de marzo desde la Iglesia Stella Maris y Videla clausuró con un discurso el
Congreso Nacional Mariano. Adolfo Pérez Esquivel, un militante cristiano del
ala progresista recibió el Premio Nobel de la Paz y esto indignó a la derecha
católica. La revista Criterio reflejó en su número 1846 este disgusto:
"La noticia cayó como un balde de agua fría, porque unos la
interpretaron como una condena indirecta al gobierno militar, y otros –la
mayoría– porque se preguntan quién es este argentino que tan pocos conocen en
su propio país".
La mimetización Iglesia-Estado quedó en evidencia en el
do¬cumento que Videla le envió a Primatesta invitándolo al diálogo, y que
publicó el diario Clarín el 27 de abril. La invitación se fundamentaba de esta
manera:
"La Iglesia Católica, una de las instituciones mas
importantes de una sociedad como la nuestra, ha evidenciado un sentido
espiritual y trascendente que está fuera de toda discusión. Ha participado a lo
largo de toda la historia nacional iluminando con la sabiduría de su
magiste¬rio, los momentos decisivos de nuestra evolución política y
social".
La respuesta de la CEA a Videla llevó como título Evangelio,
diálogo y sociedad y en lo esencial decía así:
"Ante el llamado al diálogo formulado por el Superior
Gobierno de la Nación, los obispos sentimos el deber de hacer llegar nuestra
palabra a las autoridades y a la ciudadanía toda (...)
"La obligación de promover el diálogo político universal
atañe de modo especial a la autoridad pública, que con ello cumple una parte
relevante de su misión específica (...) Los argentinos debemos tener¬nos fe
(...)
"Entre las causas que hieren la unidad del cuerpo social,
figuran la inmoralidad generalizada, los delitos económicos, los desapareci¬dos
y los detenidos sin proceso. "
En otro pasaje se aludía elípticamente a los reclamos de los
familiares de desaparecidos y los envolvía en un manto de sospe¬chas:
"Crean una desconfianza general y destruyen profundamente el tejido
social, aquellos que instrumentan la tragedia y el dolor de otros para fines
inconfesados, y aquellos que persisten en una volun¬tad de violencia y
destrucción", decía el documento episcopal.
Mientras Primatesta y Aramburu limaban cualquier aspereza que
pudiera surgir entre el gobierno y el Episcopado y se muestran abiertos al
diálogo, los obispos Hesayne y De Nevares encabeza¬ban un movimiento popular
cada vez más fuerte.
Y aunque sus decisiones no pesaban en la CEA, se erigían como
referentes de la Iglesia popular.
En 1981, luego de seis años y medio de gestión en el país, Pío
Laghi fue promovido a la nunciatura de Estados Unidos y reemplazado en la
Argentina por Ubaldo Calabresi.
En su des¬pedida, agradeció a la Iglesia, a los medios y también
a los dicta¬dores: "Me ha tocado dialogar con gobernantes llenos de
respeto y cariño hacia mi persona", dijo.
Qué extraño.
Cuando estuvimos en Roma, dijo no recordar el saludo y sólo
tenía quejas hacia los argentinos y, sobre todo, hacia los militares, "por
su cinismo".
Apertura y amnistía
Con el italiano Ubaldo Calabresi como embajador, en el
Epis¬copado emergieron nuevas figuras necesarias al escenario políti¬co que se
avecinaba: Desiderio Collino, obispo de Lomas de Zamora; Jorge Casaretto, de
San Isidro; Carmelo Giaquinta, obispo auxiliar de Viedma; y Bernardo Witte,
sucesor de Angelelli en La Rioja.
De Nevares, Hesayne y Novak se distanciaron de este nuevo diseño
de poder y afianzaron el camino del disenso. Hesayne invitó a Pérez Esquivel
por "su lucha auténticamente cristiana" y propuso el "Día del
llanto nacional" en memoria de los "errores pasados y actuales".
Desamparadas por la jerarquía, las Madres de Plaza de Mayo dirigieron el 12 de
diciembre de 1981 a los obis¬pos una carta solicitándoles que
"públicamente reclamen al go¬bierno militar para que nos digan dónde están
nuestros hijos antes de Navidad. Nunca hemos tenido el honor de ser recibidas
por la asam¬blea plenaria", fue su triste conclusión. De Nevares se
levantó en defensa de estas mujeres, a las que se culpaba de ser
"instrumentalizadas por la izquierda". Pero la CEA no contestó y
tampoco las recibió.
La guerra de las Malvinas y la primera visita de Juan Pablo II,
dieron paso en 1982 a la "reconciliación". El gobierno militar se
había debilitado irremediablemente y aunque el Episcopado no le retiró su
apoyo, tampoco quería quedar expuesto. Se abocó entonces a una nueva tarea:
encontrar un lugar entre los políti¬cos y sindicalistas cercanos a ocupar el
poder vacante y para ello creó la Comisión de Enlace.
Aramburu, Primatesta, López y Quarracino como interlocutores del
gobierno, redujeron la cuestión de los desapa¬recidos y guardaron para sí un
rol inexistente. "La Iglesia de la Argentina se ocupó en reiteradas
oportunidades de la situación de los desaparecidos" declaraba Aramburu.
Pero de inmediato se ponía a resguardo: "siempre somos muy prudentes en
estos temas". Su ex¬trema prudencia hizo que jamás recibiera a las Madres.
La nueva política oficial de la Iglesia era sosegar a la
sociedad, soslayar los reclamos por los desaparecidos, diluirlos en nombre de
la "reconciliación" porque "todos hemos fallado". Así se
expresa¬ba Juan Pablo II, a través del nuevo nuncio, Ubaldo Calabresi, en la
jerarquía de la Iglesia argentina que, una vez más, recorría el camino hacia el
olvido y el perdón sin preguntarse por sus errores ni buscar responsables.
Con ese ánimo, el 19 de diciembre se estableció la Jornada de
Reconciliación en la que, según la convocatoria hecha por monseñor Justo
Laguna, se "elevará una plegaria común por todos los que han caído
víctimas de la violencia subversiva o la represión, y por los muertos en las
Malvinas de uno y otro bando".
Así, con preclara liviandad, se mezclaron todos los muertos,
como si fueran víctimas del mismo equívoco, y se esparcieron las culpas como si
todos fueran responsables, porque según Quarracino "todos hemos pecado
contra el amor, por ideologías, por interés, por resentimiento, por equivocados
idealismos o por excesiva defensa de valores", según publicó Crónica el 22
de diciembre. Dada tan tremenda responsabilidad colectiva, añadió que
corres¬pondía "una clara y amplia ley de olvido".
Se preparó así el camino para la futura ley de autoamistía que
al año siguiente se darían los militares: "La Iglesia, en la Argenti¬na,
con su Episcopado a la cabeza, quiere ser en nuestra comunidad nacional, en
esta difícil hora, signo e instrumento de reconciliación".
Empero, los centros clandestinos de detención seguían
fun¬cionando y de los desparecidos, nada. A las Madres se les habían sumado las
Abuelas y todas seguían buscando información. Para monseñor Medina, vicario
castrense, "la información total la de¬ben tener aquellas personas que
puedan poner remedio a las defi¬ciencias que hayamos tenido, pero informar a
cualquiera, cualquier problema, es antipedagógico", según consideró como
un "maestro" el 14 de agosto de 1982.
Por contrapartida, Hesayne acusaba a "los corazones cínicos
que no sólo han matado, sino que tampoco quieren recibir el Evangelio de Dios y
por eso no desean reparar con sinceridad las inhumanas desapariciones y los
injustos encarcelamientos y torturas" y pedía que los militares definieran
"si quieren realmente vivir el Evange¬lio o meramente servirse de la
Iglesia Católica".
El gobierno militar mordía su derrota, percibía su debilidad y
buscaba abandonar el poder de la manera más digna que le fuera posible. Ideaba
una puerta que pusiese punto final a la guerra sucia y se cerrara de un portazo
ante los reclamos por los excesos cometidos. La palabra en danza era amnistía.
Después sí, vendrían las elecciones democráticas. Con la anuencia de los
titulares de la CEA y de la Pastoral Social, se dio paso al Documento de Punto
Final dado a conocer por los militares en abril. Laguna pensaba que "un
auténtico perdón nos va a ayudar a todos los argentinos", y Aramburu, en
un giro asombroso, afirmaba que "la Iglesia siem¬pre apoyó a las
Madres". Quarracino imaginaba un caos intermi¬nable si los militares
llegaban a ser citados por los "tribunales de justicia", porque,
aseguraba, sería el "envenenamiento de las rela-ciones humanas en el
país". Se preguntaba, como si no existiese una respuesta posible:
"¿Desde cuándo habría que hacer comenzar ese ejercicio de justicia? ¿Desde
qué año, desde qué época? ¿Acaso desde el 76? ¿ Y por qué no desde el 73...?
¿Por qué no empezar desde antes, desde 1960 o del 68?".
El 28 de abril de 1983 se dio por terminada la "guerra
sucia" y por muertos a todos los desaparecidos. El nuncio Ubaldo Calabresi
en¬mudeció. Pero, como si Dios hubiese soltado algunos ángeles, ante este
silencio complaciente, Novak se opuso al documento y el padre Rubén Capitanio,
de la parroquia Nuestra Señora de la Paz de Neuquén, les negó la participación
en los sacramentos a los responsables del proceso militar.
El Episcopado tenía la mira puesta en las próximas elecciones y
esquivaba el compromiso, con el mismo argumento que ha usado desde la noche de
los tiempos: "por su carácter jurídico no le compete a la Iglesia
expedirse sobre el tema".
Los desaparecidos, los torturados, los niños secuestrados, los
ase¬sinatos de los sacerdotes palotinos, de monseñor Angelelli, del obis¬po
Ponce de León, de las monjas francesas, no habían significado nada. No
alcanzaban ni siquiera para reclamar justicia.
Como si esto fuera poco, en diciembre de 1984, el papa Juan
Pablo II recibió a monseñor Plaza con todos los honores. Veinte días antes, las
Madres de Plaza de Mayo le habían enviado una carta en la que le decían que
"monseñor Antonio Plaza, arzobispo de La Plata, fue visto en campos de
concentración por testigos que así lo han denunciado".
Jaime de Nevares no se alzó contra la autoridad papal pero pidió
que "se aclare lo que ha sucedido" y declaró abiertamente que la ley
de amnistía era "nula por razones naturales".
En su ambigua posición, la Iglesia, que ya había perdido su
primera oportunidad de reivindicación ante el caso de los padres palotinos,
perdió la segunda ocasión de torcer el rumbo criminal de las juntas militares y
no ser condenada por la historia. En las Pascuas de 1978 un obispo italiano,
monseñor Luigi Bettazzi, había propuesto crear en la Argentina un Vicariato de
Solidari¬dad para centralizar las denuncias sobre desapariciones y violaciones
de los derechos humanos. En Chile funcionaba exitosamente. Y el Episcopado
chileno no fue cuestionado por su rol. En una carta dirigida al Papa, había
expresado: "El extremo peligro que corren habitualmente en este país
millares de personas libradas al arbitrio, prisioneras y amenazadas de muerte
si ningún elemento nuevo in¬terviene, nos espanta y nos provoca todavía un
mayor horror, porque estas exacciones son presentadas como necesarias para la
sobrevivencia del mundo occidental y cristiano. Es por esto que, conscientes de
nuestra impotencia, nos dirigimos a Su Santidad, en la que pone¬mos nuestras
esperanzas, porque sólo la potencia y la autoridad espi¬ritual de la que Ud.
dispone, pueden lograr que cesen en la Argenti¬na la tortura y la muerte".
Y agregaba: "...nos hace sufrir como una mancha sobre el
rostro de la iglesia el silencio cruel de la jerarquía argentina. Es por ello,
Santidad, que le suplicamos dé a nuestros hermanos que sufren la señal que
ellos esperan para reavivar sus esperanzas".
Desde la Secretaría de Estado, monseñor Casaroli pidió a tra¬vés
de la nunciatura argentina, el envío de una propuesta formal a la Conferencia
del Episcopado para que la analizara y emitiera su opinión. El 6 de septiembre
de 1978, Bettazzi recibió la res¬puesta de la jerarquía local: "No se
considera oportuna la concre¬ción de dicha propuesta".
En ese momento el cardenal Primatesta presidía la CEA, el
vicario castrense era Tórtolo; el pro vicario, Bonamín; y el carde¬nal primado
de la Argentina era Juan Carlos Aramburu. Asusta¬dos porque el Vicariato
pudiera favorecer "al comunismo" perdie¬ron así la segunda ocasión de
purgar sus culpas.
Años después, Bettazzi reveló que la posición del Episcopado
"nos dejó amargados y desconcertados a la vez. Tuvimos la impresión de que
se estaba cometiendo una lamentable equivocación".
Ese mismo monseñor fue quien, en 1997, cuando Laghi reci¬bía
ataques por su actuación en la Argentina, le mandó una carta de solidaridad,
felicitándolo por su actitud serena: "El primer de-ber es no hacerse
echar, después no podemos intervenir más".
Cuando finalmente Juan Pablo II aludió a los desaparecidos y le
pre¬guntaron a Laghi su opinión sobre esa postura, el nuncio respondió:
–Si el Santo Padre, como es verdad, ha dicho esas palabras con
relación a la situación de los detenidos desaparecidos en Argentina y Chile,
significa que nosotros debemos enfrentarnos con esa realidad y también hacer
nuestro examen de conciencia, sin tergiversaciones de ningún tipo (...) Sólo
una vez reconocida la falla, podremos en¬trar en ese clima del cual habla el
Papa, de perdón y reconciliación, pero no podemos decir "olvidémoslo todo
", esto es algo que la Iglesia tiene muy claro.
Laghi se anticipó así tres años y medio a la condena del
Vati¬cano al llamado Documento Final con el que la cuarta y última junta
militar quiso clausurar la tragedia.
Gente agradecida
La preferencia de Pío Laghi por una frase aprendida en latín
cuando estudiaba en el Instituto Salesiano de Faenza –Gutta cavat lapidem, non
vi, sedsaepe cadendo (La gota de agua orada la piedra, no con la fuerza sino
con su continua caída)– parecía haber anticipado la tarea minuciosa e
insistente en que se embar¬caría. Nunca dejó que esa gota se convirtiera en
manantial. La gente hacía largas colas en la calle, cada día eran más y la
tarea era agobiante. La información corrió rápido y los familiares de dete¬nidos
y desaparecidos se multiplicaban. El nuncio a veces perdía la serenidad. Lo
cierto es que el destino estaba poniendo a prue¬ba sus debilidades más
recónditas y él caminaba sobre ellas como un equilibrista siempre al borde de
la caída.
La junta militar era todavía un monstruo insaciable y estaba
ávi¬do de nuevos sacrificios. Imperturbable, laborioso, el nuncio escu¬chó cada
caso, tomó nota y confeccionó algunos folios en los cuales había trascripto,
según la categoría, los nombres de los detenidos, de los secuestrados y de los
desaparecidos cuyos familiares se habían dirigido a la Nunciatura para pedir su
intervención.
Con prudencia, llevó la primera lista en sus manos y se la
entregó al general Harguindeguy en Balcarce 50. Años más tar¬de, esas listas
fueron reconocidas por ciertas anotaciones realiza¬das con su pulcra caligrafía
y sobre esa base lo señalaron como cómplice. Bajo esta óptica las listas eran
la prueba incuestionable de su encubrimiento.
Sin embargo, lo cierto fue que Laghi entregó los primeros
dieciséis nombres en tres páginas dactilografiadas y que pidió por ellos: la
hija de Emilio Mignone, el director de cine Raimundo Gleyzer, el militante
comunista Antony Silva Romero, el doctor Antonio Misitch, de la Comisión
Nacional de Energía Atómica y los abogados laborales Roberto Sinigaglia y
Héctor Natalio Sobel, eran algunos de los que allí figuraban.
Con obstinación elaboró la segunda, ya con 63 nombres, 17 de los
cuales eran fugitivos de la dictadura de Pinochet. En esta lista había tres
sacerdotes: Elias Musse, Juan Deuzeide y el espa-ñol Javier Martín. También
intercedió por Juan Martín Guevara, hermano del Che.
Con seriedad, Harguindeguy le admitía a Laghi la posibili¬dad de
algunos abusos y prometía ocuparse. El nuncio se iba satisfecho con esa vaga
respuesta. Hablaba con prudencia y pe¬día con mesura. Él era parte del poder y
se serenaba con los esca¬sos resultados de sus gestiones. Pero las listas
abrieron un enigma sin solución: ¿eran la prueba de la firmeza del nuncio ante
la represión o una formalidad construida entre encubridores para esquivar el
juicio de la historia?
Laghi, un hombre inteligente, preparado para establecer
convenios, cerrar acuerdos, sellar pactos, rondaba en aquel tiempo a los
miembros de las diversas juntas convencido de su poder de negociación, en tanto
que por el otro lado reco¬pilaba información. De vez en cuando alguien era
localizado. Laghi apiló varias cartas como ésta, fechada en San Juan un 17 de
marzo de 1980:
"El que suscribe, Mauricio Saturnino Montenegro, tiene el
agra¬do de dirigirse a usted para comunicarle la muy grata noticia de haber
obtenido la libertad el pasado jueves 13 de marzo (...) Quiere asimismo
expresarle el sincero agradecimiento por vuestra solícita preocupación que
manifestó siempre, cuando mi madre y mi herma¬na acudieron en ayuda y
orientación, en la medida de vuestras posi¬bilidades, para la obtención de mi
libertad".
Otra, fechada en Buenos Aires, el 22 de mayo de 1978, y firma¬da
por Clara Delfino de Bramardo, lleva en el margen, de puño y letra del nuncio,
la palabra "liberata", y dice así:
"Me permito molestarlo nuevamente pero esta vez con la
alegría de poder informarle que mi hija Nilda Clara Bramardo se encuentra
nue¬vamente con nosotros. Muy emocionada y en nombre de toda mi fami¬lia,
pedimos disculpa por todas las molestias ocasionadas y le agradece¬mos
profundamente toda la dedicación, atención y comprensión que ha tenido con
nosotros, y el aliento que nos ha sabido brindar en las horas difíciles que nos
ha tocado vivir".
Pero nada más. Silencio. Evasivas. Y él repetía el envío de sus
listas sucesivas, la tercera, la cuarta, la séptima...
"Nunca estuvo detenido". "Desconocemos su
paradero". "Salió del país". "No obran en nuestro poder
antecedentes". "Fueron expulsadas". "Se ha solicitado su
búsqueda".
En el terrible invierno de 1976 percibió que los detenidos a
dis¬posición del PEN eran localizados, pero que los desaparecidos caían en un
pozo negro al que nadie tenía acceso. Algo tenebroso ocurría cerca de él. La
palabra desaparecido no existía todavía como entidad dialéctica y faltaba
conocer un abanico de perversiones inimagina¬bles. Con la única ayuda del padre
Luigi Parussini, hoy fallecido, confeccionaba las listas de los casos, a los
que se sumaban otros que le remitía monseñor Galán desde la Secretaria General
del Episco¬pado, con la colaboración del presbítero Jaime Garmendia.
El 2 de septiembre de 1976, Garmendia le mandaba a Parussini y
éste a Laghi, la "séptima lista de desaparecidos y la quinta de detenidos
a los efectos de las gestiones que usted tan generosamente realiza, según me ha
comunicado monseñor Carlos Galán".
Laghi acompañaba sus pedidos con cartas personales que apenas
rozaban la maraña represiva. La del 2 de agosto tenía los nombres de catorce
detenidos, medio mes después sólo de dos: Torres y Resta fueron ubicados como
detenidos a disposición del PEN. De los otros doce, Harguindeguy le informó que
no sabía absolutamente nada y acompañaba la respuesta con una nota cuya frase
final sonaba a sen¬tencia: "...garantizamos la libertad y la paz a todos
los que en paz y libertad quieren vivir". Para aumentar el laberinto de
reclamos y res¬puestas vacías, el Ministerio del Interior respondía a veces con
el paradero de otros detenidos nunca nombrados por la Nunciatura.
Emilio Mignone, fundador del CELS y padre de Mónica, una joven
secuestrada que nunca más apareció, dejó plasmada la contra¬dictoria
personalidad del delegado papal con una descripción abre¬viada, pero precisa,
de los tres encuentros que tuvo con Pío Laghi entre el 14 de mayo y el 4 de
julio de 1976:
"Primero estuvo de acuerdo en mis juicios. En el segundo
encuentro desviaba la conversación y trataba de justificar a las autoridades.
Pero en el tercero estalló y dijo: estamos gobernados por criminales".
¿Qué hacía entonces Laghi jugando al tenis con criminales como
Emilio Eduardo Massera? ¿Qué hacía bendiciendo la mesa que ade¬mas compartía
con los miembros de las juntas? Desde el Vaticano, la gente del Opus Dei
susurra: "¿No lo sabe? ¿No sabe que Massera y Laghi son masones?".
Pero de los dos sólo uno figura en las listas secretas de la P2 halladas en
Arezzo: Massera.
Más de diez personas por día desfilaban ante la mirada del
nun¬cio, a veces firme, a veces esquiva, las más de las veces impotente o
insondable. Y frente a cada reclamo tomaba nota con su caligrafía clara y
legible. A veces sorprendía a los mismos familiares que venían buscando ayuda,
mostrándoles el nombre de la víctima en alguna de las listas. Tales gestos lo
señalaron más tarde como cómplice de las atrocidades cometidas.
"Yo no podía asegurar que tenía la fuerza para resolver el
caso... Yo como nuncio me dirigía a los capellanes militares, y de las
cárceles, a los mismos obispos, para tener informaciones. Ordenaba y acumulaba
las muchas informaciones que recibía, con la esperanza de que ellas fuesen
útiles para alguno. Encuentro amargo que este espíritu sea confundido hasta el
extremo de darle la interpretación exactamente opuesta, o sea que tenía un
conocimiento directo, destinado a aprobar y a colaborar en los sufrimientos de
otras personas. Lo que pasaba es que los capellanes militares se confundían, y
se llegaron a creer militares... ", dijo Laghi.
El Premio Nobel de la Paz, Pérez Esquivel, frecuentó la
nuncia¬tura en 1976 y reconoció que Laghi "hizo todo lo que estaba a su
alcance para salvar vidas y para ayudar a la gente. Recuerdo que se levantaba
y, sin ocultar la terrible angustia que lo acosaba, caminaba por su despacho
revoleando los brazos como si fuesen las aspas de un molino". Pérez
Esquivel también cayó detenido en abril de 1977 y Laghi debió pedir por él.
Como su investidura convertía a cualquiera que lo acompañara en
intocable, desde principios de 1977, realizó en su auto con pa¬tente
diplomática, numerosos viajes a Ezeiza, a Puerto Iguazú o a otros puntos
fronterizos.
–Querría saber si la peregrinación ya tiene fecha fijada.
–Sí, se hace el viernes próximo a partir de las catorce. Usted
debe encontrarse a esa hora en el lugar que monseñor Celli le ha indicado,
nosotros pasaremos por allí a recogerlo.
La "peregrinación" no era otra cosa que el camino a la
salva¬ción. Se sabía que el teléfono de la nunciatura estaba intervenido por
las escuchas que hacían el Ejército, la Armada, la Fuerza Aé¬rea y la
Cancillería. Con naturalidad, cada mes se presentaba un militar vestido de
civil en la puerta del palacio de Avenida Alvear y dejaba un cassette con las
conversaciones grabadas para ser en¬tregadas al nuncio. Por eso la palabra
"peregrinación "era la clave para las citas que sacarían a la víctima
del país. Había diferentes itinerarios y diversos destinos. La salida más
delicada era el aero¬puerto de Ezeiza: Laghi en persona acompañaba en su
automóvil con chapa diplomática a la víctima y ya en el aeropuerto se diri¬gían
inmediatamente al salón VIP donde entregaban la docu¬mentación, evitando así el
control de Migraciones. Los que te¬nían apellido italiano eran recibidos por el
gobierno de Roma y el propio Laghi se ocupaba de tramitar los papeles para
asegurar que no fueran deportados.
El nuncio también realizó acuerdos con embajadores de otros
países para el ingreso de los perseguidos a las embajadas amigas. Tales eran la
de Venezuela, Suecia y México. En esta última se aloja¬ba la familia Campera y
la de Abal Medina.
Por aquellos duros días el Proceso de Reorganización Nacional se
consolidaba. Hacia 1979 el enemigo había sido diezmado sin un mínimo de
legalidad. Por la ESMA pasaron 5.000 personas. Todos fueron torturados,
encapuchados, engrillados. Con los ojos venda¬dos permanecieron largo tiempo
con una vianda mínima, un jarro de agua y sin luz. El grupo de tareas 3.2.2 se
movía con comodidad en esas tinieblas. El Tigre Acosta. Rubén Chamorro. Antonio
Pernías. Y Alfredo Astiz, "el ángel rubio" que hirió por la espalda a
principios de 1977 a la joven sueca Dagmar Hagelin y la dejó lisiada.
En 1978, según la Conadep, desaparecieron cerca de 1.000
personas. Laghi le envió ese año a Harguindeguy nueve listas. En una de ellas
incluyó 302 nombres. Estaba inquieto, perdía la paciencia, a veces alzaba la
voz. Y se cuestionaba sin reservas, abrumado por el peso de su tarea. Pero
continuó con ese meca¬nismo hasta finales de 1980, en que fue llamado a los
Estados Unidos. Pero el nuevo destino no fue un alivio: Laghi estaba cansado,
eran demasiados los que se había tragado la oscuridad y sentía que él los había
dejado muy solos.
Como una burla del destino, casi al final de su gestión, dos
fami¬lias argentinas acudieron a la Santa Sede por la desaparición de sus
parientes. A través de la Secretaría de Estado, llegó a la Nunciatura
Apostólica el pedido Número 51.472 para que el nuncio hiciese lo que
"tuviese a su alcance". Él contestó con una frase cargada de
amar¬gura y fastidio:
"Conozco a los firmantes de ambas cartas. La representación
pontificia se ocupa continuamente y sin pausa de los diferentes casos, pero en
lo que se refiere a los desaparecidos, nada puedo hacer".
Pío Laghi admitía su derrota.
Los curas milicos
El padre Enzo Giustozzi, sacerdote de la Pequeña Obra de la
Divina Providencia, integraba la Asamblea Permanente por los De¬rechos Humanos.
Lo convenció monseñor Jaime de Nevares: "Yo soy uno de los presidentes,
pero vivo en Neuquén, a 1.300 kilómetros de acá, por lo que necesito que seas
mi alter ego en Buenos Aires".
Cuando se multiplicaron los arrestos y secuestros, Giustozzi y
monseñor Laguna, obispo de Morón, se reunían en la Catedral de San Isidro. El
primero recordó hace poco: "Cuando había que sacar a alguien del país,
había sólo dos lugares adonde recurrir: la Nunciatura y la Embajada de
Suecia".
En julio de 1997, el padre Giustozzi envió una carta al diario
Página 12:
En un encuentro del clero de San Isidro en el año 1976, el
nun¬cio dio una charla a 60 ó 70 sacerdotes. En una parte, dijo: "Si estoy
confesando y viene un militar y me dice: "Padre, yo torturo gente",
res¬pondo: "Usted no puede hacer eso. Y si él me dice: "Pero es que
cumplo órdenes"; yo debo decirle: "No puede cumplir esas órdenes
porque son inmorales. Y si no está dispuesto a desobedecer esas órdenes debo
negarle la absolución sacramental". Alzó la vista y concluyó: "Yo no
sé qué harán los capellanes militares".
Años más tarde, con el informe de la Conadep y las audiencias
del juicio a las primeras tres juntas militares, el nuncio tuvo una respuesta
contundente: la figura del padre Von Wernich sintetizó el fatídico rol de los
curas milicos.
Desde la Brigada de Investigaciones de La Plata, uno de los tres
centros clandestinos más importantes de esa zona bonaerense, Camps llevó a cabo
lo que él creía era una experiencia de recuperación de prisioneros y a resultas
de esto, durante un año, un grupo de deteni¬dos tuvo un trato especial.
Christian Von Wernich se encargó de avisar a sus familiares y de controlar las
visitas periódicas. Los elegi¬dos debían ser "recuperados" y sacados
del país como propaganda favorable al régimen. Pero el plan falló y dejó a la
vista hechos aberrantes.
El ex policía Julio Emmed declaró ante la Conadep bajo
testimo¬nio 683:
"En 1977 revistaba como agente de policía de la provincia
de Bue¬nos Aires (...) A principios de 1978 se me llama al despacho del
comisa¬rio general, en presencia del padre Von Wernich, y se me pregunta si soy
capaz de dormir a alguien con un golpe de yudo en la parte trasera de un
automóvil (....), era para trasladar a tres subversivos que ha¬bían colaborado
con la represión (...) En la Brigada nos esperaban el padre, quien había
hablado y bendecido a los tres ex subversivos. La familia tenía que esperarlos
en Brasil y les habían mandado flores (...) Nosotros íbamos como custodios,
teníamos que llevarlos a Aeroparque a embarcar (...) En el coche móvil número 3
iba yo, el padre Von Wernich y un NN de 22 años (...) A una señal yo debía dar
el golpe que adormecería a la persona. Pego el golpe cerca de la mandíbula pero
no logro adormecerlo (...) Se entabla una lucha y le descargo varios golpes en
la cabeza con la culata del arma. Había tanta sangre que el cura, el chofer y
los que íbamos al lado quedamos manchados (...), en ese momento estaban vivos.
Los tiran a los tres por el pasto y el médico les aplica dos inyecciones a cada
uno, direc¬tamente en el corazón, con un líquido rojizo (..) Dos mueren, pero
el médico da por muertos a los tres (...)
"Más tarde el cura me habla de una forma especial, por la
impresión que me había causado lo ocurrido. Me dice que lo que habíamos hecho
era necesario, un acto patriótico para bien del país (...) Quien aplicó las
inyecciones letales era el oficial médico."
Bergés Von Wernich respondió a las acusaciones en una
entrevista:
–Yo me pongo en el lugar de las personas que me acusan y los
comprendo. Suponen que esas ocho, y no siete, como dicen, están con vida y
quieren "blanquearlas", quieren difundir la idea de que están muertos
para que la organización Montoneros los deje tranquilos y no los busque más
(...) Yo los acompañé a cada uno de ellos a salir por Aeroparque, o por agua,
según indicara el procedimiento, por eso nadie me puede convencer que
aparecieron muertos por ahí, por¬que yo me jugué (...) Decir que me salpiqué la
sotana de sangre, cuando se sabe que yo nunca uso sotana (...) Se presentaron
unos testimonios aberrantes, pero yo quisiera ver si son ciertos. Desconfió.
En el legajo 4952 de la Conadep consta que "el capellán de
los servicios penitenciarios, padre Felipe Perlanda López, se dirigió a uno de
los detenidos después de la tortura y le dijo: ¡Querido, ¿qué puedo hacer por
vos si no colaboras con las autoridades que te interrogan? ".
La monstruosidad estaba latente desde antes del golpe mili¬tar:
en La Nación del 6 de febrero de 1976, ya el capellán Mackinnon invocaba a Dios
"para que nuestro uniforme no tenga otra mancha que la de la sangre
propia, o ajena derramada por una causa justa; porque esta sangre no mancha,
dignifica".
La cantidad de testimonios sobre las actividades que cum¬plían
los "curas milicos" en los centros de detención, ya recogidos por la
Conadep, ya registrados por los fiscales en el juicio a las juntas militares,
fue impresionante:
"(...) ¿Podía ignorar Primatesta, que una Institución de su
diócesis, el colegio del Buen Pastor, servía de tránsito para las
"desaparecidas" que debían dar a luz?"
CFR. DDJ. TESTIMONIO DE JOSÉ L. ASTELARRA
"(...) En la Cárcel de Caseros, año 1980, el capellán
Cacabellos presenció torturas."
TESTIMONIO DE EUSEBIO HÉCTOR TEJADA
LEGAJO NRO. 6482
"(...) El capellán Pelanda López hablaba con los
deteni¬dos, justificaba las torturas (...) El obispo Witte sabía de los
nacimientos en cautiverio y daba misa a los prisioneros.
TESTIMONIO DE PLUTARCO ANTONIO SCHALLER
LEGAJO NRO. 4952
"(...) El obispo de Jujuy, Miguel Medina, da una misa en la
Penitenciaria del Penal de Villa Gorriti y dice saber todo lo que sucede, pero
que esto está bien, pues es en bien de la Patria."
TESTIMONIO DE ERNESTO REYNALDO SAMAN
LEGAJO NRO. 4841
"(...) El capellán Julio Mackinnon se dedicó a interrogar a
los prisioneros sobre su actuación política, entre ellos a Hugo Vaca Narvaja, y
dejó como evidencia una sola cosa: el que habló con él por lo general después
fue muerto. Todo el que iba a entrevistar, después era sacado y fusilado, como
pasó con el mismo Vaca Narvaja." "(...)
Plaza llegó incluso a patear a los estaqueados y a ordenarles
que hablaran (...) Después viene el cura y se queda, solo conmigo, me levanta
la venda y me dice que él me va a tomar declaración, pero que si no hablaba
iban a venir "Texas" y "Gastón", los torturadores.
" "(...) Medina vio las cicatrices que tenía ella en
las muñe¬cas por los diez días que estuvo maniatada y replicó: "qué va a
hacer, eso le pasa por no hablar". "
TESTIMONIO DE GUSTAVO R. LARRATORRES
"(...) Monseñor Grasselli, en una oficina que se encontraba
en la parroquia Stella Maris, cercana a Retiro, daba informa¬ción a las
familiares de desaparecidos. Tenía un fichero con nom¬bres y todos los datos de
desaparecidos."
DENUNCIA POR LA DESAPARICIÓN
DEL PERIODISTA ENRIQUE RAAB
LEGAJO NRO. 2776
Al ser citado por la Conadep, monseñor Graselli dio la ver¬sión
opuesta:
"(...) Por orden del entonces vicario castrense, yo comencé
a ocu¬parme de recibir a estas personas que venían a buscar una ayuda, un
apoyo. Entonces comencé a confeccionar un fichero. Algunos, ata¬cándome, dicen
que es un fichero, pero son tarjetas con el nombre de la persona desaparecida,
la fecha en que recibía al familiar, el docu¬mento de la persona desaparecida,
el lugar y la fecha en el reverso (...) La verdad es que no me he tomado el
trabajo de contarlas, pero son aproximadamente 2.500 (...) Arreglé una salida
del país de unos "desaparecidos" (...) Fui a ver al nuncio Pío Laghi
y me dijo que los recibiría con los brazos abiertos, pero que tuviera mucho
cuidado porque la Nunciatura estaba custodiada".
A dos meses del comienzo del movimiento de Abuelas de Pla¬za de
Mayo, en diciembre de 1977, María Mariani fue con su marido a la Capilla Stella
Maris. Le habían dicho que monseñor Graselli poseía mucha información y querían
realizar otro inten¬to por recuperar a Clara Anahí, su nieta desaparecida.
Chicha Mariani contó que Graselli los recibió sonriente y que en medio del
relato se tomó la cabeza y mientras movía las fichas con am¬bas manos, les
dijo:
–¡Cuánto han tardado! ¡Casi un año! ¿Cómo es posible? ¿Recién
vienen? Ya es muy difícil encontrarla... Dígame: ¿Usted se la lleva¬ría?–le
preguntó al marido, que recién venía de Europa.
Chicha se apresuró a contestar:
–No, no sin la nena... Y Graselli le dijo:
–Me refiero a las dos, señora, a la nena y a usted.
–Apenas la encontremos nos vamos todos–contestó el marido.
Graselli les prometió que haría lo posible. Que volvieran en
quince días. Una crueldad más. Se fueron confiados. Había que esperar quince
días para que Clara estuviese en sus brazos. Y a volar a Italia con lo único
que les quedaba.
Volvieron. Pero monseñor Graselli ya no era el mismo. Evi¬taba
mirarlos a los ojos y revisaba nerviosamente su fichero –donde estaban los
nombres de los desaparecidos– buscan¬do algo. Finalmente, levantó la vista y
habló:
–Ya está perdida la nena... Lamentablemente, ya no puedo ha¬cer
nada. Está ubicada muy alto... No se la puede tocar... y ustedes han demorado
demasiado en venir a acá. Yo hubiera podido hacer algo antes, pero ya es tarde.
Lo lamento, no puedo hacer más nada.
Otro que sabía y callaba. De nuevo un hombre de la Iglesia
pidiéndoles silencio y olvido. Salieron del despacho y Chicha Mariani se
mareó.Tomó asiento para recuperar el aire que le fal-taba y vio, por primera
vez, los bancos repletos con madres y abuelas que esperaban. Eran unos tres
metros de pasillo hasta la calle. Mientras estaban en ese trance de confusión y
desesperan¬za, salieron por allí Tórtolo y Graselli. De afuera entraban
deste¬llos de luz que se colaban en la sombra del lugar. La imagen de Tórtolo
extendiendo la mano para que ese puñado de desespera-das le besara el anillo
tenía algo de irreal y de siniestro. Y a Chi¬cha Mariani se le quedó grabada
para siempre en el alma.
En 1999 Graselli compareció en el juicio de la Cámara Fede¬ral
de La Plata. Y fue de nuevo el olvido, la falta de memoria. Monseñor parecía un
ser perplejo que no reconocía un pasado lleno de testigos. Volvió a negarlo
todo, hasta que le preguntaron por el fichero y ante el asombro de la sala,
contestó:
–Lo tengo en el lugar donde vivo.
Se llevaron a Grasselli a la casa y volvieron con él y el
preciado fichero, que parecía estar intacto después de más de veinte años.
Chicha había visto la ficha de su nieta. Lo vio a Graselli
escri¬bir la primera y la segunda vez, en las dos entrevistas que mantu¬vo con
que él. Buscó, buscó y buscó, pero la ficha de Clara no estaba. Alguien la
había retirado de allí. Y monseñor volvió a insistir:
–Nunca supe nada de niños desaparecidos.
Alicia de la Cuadra llegó al despacho de Graselli en marzo de
1977, llevada por los consejos de quienes habían quebrado el silen¬cio de
hierro que envolvía a la Argentina. El prelado escuchó su relato, sin ninguna
vacilación revisó su fichero y fue concreto:
–A Elena hay muchas posibilidades de que la pasen a disposi¬ción
del Poder Ejecutivo. Cuando esto suceda, véame da nuevo y veré qué puedo hacer.
Pero de todas maneras, si no llegaran a poner¬la bajo el PEN, no se preocupe:
hay hospitales en los cuales las chicas son muy bien atendidas. En cambio, de
su hijo Roberto poco es lo que puedo decirle, ya pasó mucho tiempo...
Alicia se fue de allí envuelta en la incertidumbre y el miedo.
Cuando tiempo después regresó, el estoico monseñor le confir¬mó sus sospechas:
–Efectivamente, Elena está detenida, posiblemente en los
alre¬dedores de La Plata.
–Entonces, monseñor, dígame exactamente en qué lugar...
–No, eso no me lo pida. ¿ Y sabe por qué le digo que no? Porque
si usted se entera del lugar va a andar dando vueltas y vueltas. Eso la puede
perjudicar a ella. Y usted no va a conseguir nada.
Luego agregó con tono amenazador:
–Usted no me dijo que Elena estaba embarazada de siete meses...
–No estoy segura de si se lo dije o no... Pero no ha de ser de
siete, todavía...
Graselli se ofuscó. Sus datos eran precisos. Y poco dispuesto a
que lo contradijeran, reveló de un golpe todo su poder:
–¡Sí! está embarazada de siete meses. El médico dice que está de
siete. Ahora no puedo decirle nada más, ni tampoco hacer más nada por usted.
Tiene que tener fe.
–Pero comprenda, monseñor. Yo pido una sola cosa: que me digan
de qué acusan a mi hija. ¿Qué podía hacer de grave con esa enorme panza que
tenía?
Graselli le apoyó la mano en el hombro a modo de consuelo y
ensayó con tono paternal una explicación:
–Eso yo ya no puedo saberlo, señora... Es cierto, los militares
a veces se extralimitan. Es que le tienen tanto miedo al comunismo, ¿sabe?
Enriqueta Santander buscaba a su hijo Alfredo Moyano y a su
nuera María Asunción Artigas de Moyano, embarazada de tres meses, secuestrados
por segunda vez y desaparecidos el 30 de diciembre de 1977. El hijo era un
pintor que estaba terminando sus estudios secundarios para ingresar en la
carrera de psicología y la nuera estaba por comenzar a asistir a la Facultad de
Medicina de La Plata. Cuando el 31 de diciembre Enriqueta Santander fue a
bus¬carlos para compartir los festejos de fin de año, se encontró con la casa
saqueada. Muebles rotos, luces encendidas, muestras del desenfreno violento de
los que se arrogaban la salvación de la patria. No quedaba nada y desde esa
desolación comenzó a bus¬car en las tinieblas. A tientas, llegó también a ver a
monseñor Graselli:
–Están detenidos con otros veinte uruguayos–le confirmó el
prelado.
Luego, sin un asomo de pudor, le confirmó que además de
secuestradores, los salvadores de la patria eran ladrones:
–No se preocupe. Esa es una costumbre que tienen ellos, se
lle¬van todo. Posiblemente a la criatura también se la van a quedar, porque es
"botín de guerra".
Más tarde, en una segunda entrevista, volvió como tantas otras
veces a alardear de su poder sobre las sombras:
–Señora, lo que yo no sepa ni pueda averiguar, tenga por seguro
que no lo va a saber ni usted ni nadie. Soy el único que puede llegar a saber
algunas cosas y, en su caso, lamentablemente, no sé nada.
El vicariato castrense, con sus 250 capellanes y sus 130
capi¬llas, sostuvo a los "soldados del Evangelio", reconoció la
"presencia de Dios en el soldado" y bendijo "la guerra contra el
mal". Sus máximas figuras: Adolfo Tórtolo, José Medina, el provicario
Victorio Bonamín y Antonio Plaza, capellán de la policía de Ramón Camps, fueron
sin lugar a duda sus ideólogos. Y se apo-yaron en lo que Rubén Dri llamó
"la teología de la muerte".
Roma siguió ignorando lo que sucedía y desconociendo la calidad
de sus interlocutores. El cardenal Villot, de acuerdo al informe que había
enviado el vicariato castrense, pedía a monseñor Tórtolo "intensificar sus
esfuerzos" para un mejor trato de los de¬tenidos "y un más rápido
curso de los procedimientos policiales".
Y en el colmo de la ingenuidad, le pedía a Laghi que le
trans¬mitiese al arzobispo de Paraná su "gratitud por las informaciones
proporcionadas, su aprecio por el empeño en el cumplimiento de su misión y su
reconocimiento por la obra que como vicario castrense está desarrollando a
favor de los prisioneros".
Victorio Bonamín creía que estaba librando una "guerra
san¬ta", consideraba que a los prisioneros había que destruirlos
"por¬que ustedes vienen a alterar el orden natural, que es el orden que
Dios confió a los hombres para su organización social".
Evidentemente, para una tarea de este tipo, la acción
persua¬siva de la Iglesia a través de los capellanes fue para los militares una
verdadera bendición. "El militar, viene inmediatamente des-pués del
santo", o sea del sacerdote, decía Bonamín.
Para Tórtolo no había tortura, ni malos tratos, ni excesos de
nin¬gún tipo. Sólo concedió que había "incertidumbre por no saber por qué
habían sido arrestados", y que las celdas eran por lo general
"estre¬chísimas", con lo que reconoció que visitaba las prisiones con
fre¬cuencia y que mantenía contacto con los capellanes militares.
Esta actitud de los capellanes se extendía a la Policía Federal,
a todos los cuerpos de Ejército, a la Fuerza Aérea, a la ESMA y a otras tantas
unidades castrenses.
En su carta del 27 de junio de 1984 las Madres de Plaza de Mayo
le decían al Papa Juan Pablo II: "Es imprescindible que los capellanes y
los sacerdotes que han estado asociados con los victimarios y que tampoco
muestran arrepentimiento, proporcionen a las auto¬ridades competentes la
información que indudablemente poseen acer¬ca de los detenidos desaparecidos,
para que se conozca qué ha pasado con todos y cada uno de ellos". Nunca
hubo respuesta.
Pero las Madres de Plaza de Mayo no desfallecieron. Lejos de
eso, apuntaron alto, muy alto, a la súper jerarquía y le iniciaron en 1997 a
Pío Laghi un juicio, en Roma y ante el Vaticano. Pi-dieron que le quitaran la
inmunidad de la que goza por ser car¬denal y ciudadano vaticano, para que
pudiese ser juzgado. Sostu¬vieron que de 1974 a 1980 "Laghi colaboró
activamente con los sanguinarios integrantes de la dictadura militar y encaró
una cam¬paña destinada a ocultar en la Argentina y en el resto del mundo el
horror, la muerte y la destrucción que estaban sucediendo en el país".
Pero otra vez el Vaticano calló y mantuvo la inmunidad del ex nuncio.
Para la presidenta de las Madres, Hebe de Bonafini, Laghi es un
monstruo:
"Fue uno de los hombres que gobernó el país desde las
sombras, uno de los artífices del destino de más de 30.000 desaparecidos,
15.000 fusi¬lados en las calles, 9.000 presos políticos y un millón y medio de
exiliados. Es más, tomó a su cargo la expulsión del país de los sacerdotes y
congrega¬ciones religiosas cuyas denuncias podían obstaculizar la represión
mili¬tar, acalló las denuncias internacionales sobre la desaparición de más de
treinta sacerdotes y obispos católicos, organizó junto con los integrantes del
Episcopado la asignación de capellanes militares, policiales y peni¬tenciarios
que garantizaban el silencio sobre las ejecuciones y sobre las torturas y las
violaciones que presenciaban.
"No es que había una omisión. Participaba directamente en
las decisiones, porque si había sacerdotes para que confortasen a los que
tiraban vivos a nuestros hijos al mar, la Iglesia estaba participando muy
directamente. Que el nombre de mi hijo figure en una lista de las que hacía
Laghi, no quiere decir nada. Era una formalidad. Una forma de cubrirse las
espaldas para decir después que se había ocupado del caso. Queremos que vaya a
la cárcel como un asesino."
Las Madres también acusaron a Tórtolo, a Bonamín y a Plaza,
quien decía que "siete horas de tortura no son pecado" y sobre los
que muchos tienen malos recuerdos. Pero con Laghi es otra cosa, fuera de las
Madres, la opinión suele ser francamente positiva.
Enterado de la presentación en su contra, el cardenal Pironio le
envió de inmediato a su amigo Laghi una carta que decía: "Te acom¬paño en
esta dolorosa e injusta campaña de los periódicos (...)Te conozco bien y sé
todo lo que has hecho en nuestro momento dificil (...) Cuenta con mi sincera
amistad y mis oraciones. Gracias de nuevo por todo".
El 21 de mayo de 1997, monseñor Novak y Gerardo Tomás Farell le
enviaron un fax con "las expresiones de nuestra más firme solidaridad (...
) Sepa que aquí lo seguimos apreciando en toda la medida del servicio que
prestó a la Iglesia en la Argentina, con oca¬sión de su misión como nuncio
apostólico".
En igual sentido se pronunció monseñor Miguel Esteban Hesayne, a
quien las Madres incluyeron como testigo de cargo en el juicio en Italia:
"A ninguna persona, ni tampoco a institución alguna, he dado mi nombre
para tal presentación... Dejo constancia que el car¬denal Pío Laghi, siendo
nuncio en la Argentina, dispensó generosamen¬te sus buenos oficios cuantas
veces fueron solicitados por perseguidos por la dictadura militar, salvando así
numerosas vidas humanas".
Algo similar creía Jacobo Timerman, director del diario La
Opinión y víctima de la dictadura militar, quien fue detenido en abril de 1977
y estuvo a punto de desaparecer. En 1998, en una entrevista se refirió así a
Pío Laghi:
"Recibió a mi familia muchas veces, intercedió por mí ante
el poder, facilitó a mi esposa el acceso al correo diplomático del Vatica¬no
para enviar al exterior información sobre mi situación. No tenía fuerza para
exigir mi libertad, pero sí influir para que no me mata¬sen (... ) Laghi era un
hombre abrumado por la realidad argentina, siempre preocupado por qué hacer,
cómo poder ayudar (...)
"En aquel período, él hacía lo que hacíamos todos los que
había¬mos elegido quedarnos en Buenos Aires para enfrentar la situación: lo que
podíamos. No éramos omnipotentes. Se hacía lo que se podía. Eran tiempos
terriblemente difíciles (...)
"Yo le estoy agradecido a la suerte por haberlo conocido y
no solo para consolarnos mutuamente, sino para compartir las formas de lucha
que, para salvar a lagente, él utilizaba. Estaba en permanente búsqueda de
caminos o alternativas que pudiesen aliviar a quienes sufrían. Y lo hacía sin
pausa, aunque tenía claro que no tenía fuerza (...) Estados Unidos, en Buenos
Aires, tenía mucho mayor peso político que el Vaticano, por lo tanto su
embajador, Raúl Castro, era mucho más poderoso que Laghi. Y, sin embargo,
tampoco él podía hacer nada (...)
"Podía influir, sí, para preservarme la vida, pero tampoco
pudo por sí mismo obtener mi liberación (...) Yo no puedo olvidar que durante
aquel durísimo proceso, tanto yo como mi familia, estuvi¬mos acompañados por
monseñor Laghi, quien extremó todos los re¬cursos posibles para que mi caso
tuviera un epílogo feliz (...) Y sé de muchos otros casos, por lo que puedo dar
constancia de este hombre sufrido, sufriente, conmovido, abrumado, prudente,
que fue monseñor Laghi. Incluso había mandado muchos informes al Vaticano y,
pre¬sionado por ellos, el Papa había aceptado recibir a un diplomático israelí
para escuchar de sus labios mi caso, pero ya no hizo falta (...)
"No tengo vacilaciones en repetirlo: Laghi fue un hombre
piado¬so, increíblemente inteligente y sagaz, que no arrojaba su inteligen¬cia
y su sagacidad a la cara de la gente con la que conversaba. Era un hombre
humilde, terriblemente humano y servicial, para mí fue una buena experiencia
haberlo conocido (...) Si no se entiende lo que decía antes, que se hacía lo
que se podía, se puede llegar a una total distorsión como son esas acusaciones.
Laghi fue para mí un maestro de prudencia y astucia (...)
"Quizás yo era un ingenuo por creer que con algunas
iniciativas yo mismo podía tener influencia sobre los militares, que con esas
iniciativas ayudaba un poco. Pero la verdad es que, influencia, no tenía
ninguna (...) Nadie, absolutamente nadie, podía influir sobre ellos (...) Laghi
trataba de obtener lo que podía, como muchos otros y yo mismo, ¿esto significa
que éramos cómplices del Proceso? Y en el caso de Laghi no podía hacer mucho
más que preguntar, pedir, ocu¬parse, muchos lo insultaban, estaban locos.
Porque la verdad era ésa: ¡los militares estaban realmente locos! Aun siendo
nuncio apostólico, tenía un peso chiquito, limitado (...)
"Si se le hace un juicio a Laghi, ¿se imagina los juicios
que habría que hacer a mucha gente en el mundo entero y en este país? Lo que
pasa es que la nuestra era la más dificil, incómoda y peligrosa de las
posicio¬nes. Nosotros no pertenecíamos a la guerrilla ni a los
"montos", estába-mos en desacuerdo con ellos pero defendíamos su
derecho a la vida".
Homenaje debido
Por el parlante comienzan anunciar a los funcionarios
presen¬tes: Aníbal Ibarra, Cecilia Felgueras, Daniel Filmus, Antonio Cafiero,
Mario O'Donnel, Alicia Pierini... Un golpe de vista per¬mite ver que hay una
delegación de Madres de Plaza de Mayo y que por la Línea Fundadora está Laura
Bonaparte. También se encuentran el ex embajador ante la Santa Sede, Rubén
Blanco; y el embajador de Irlanda. El locutor nombra a los obispos: Rodríguez
Melgarejo, Galán, Melville, Ogñenovich (al escuchar a este último se escucha un
murmullo de desaprobación), el ra¬bino Daniel Goldman... A continuación se
leen, entre otras, las adhesiones de los obispos Laguna, Casaretto y Giaquinta,
y del vice gobernador de la provincia de Buenos Aires, Felipe Sola.
Fueron necesarios veinticinco años de silencio, de sospechas
infundadas, de ocultamiento y de verdades a medias para que la Iglesia aventara
sus humanas miserias y pudiera ofrecerles a los padres palotinos el homenaje
debido.
La misa con la que se recuerda la sangrienta noche del 4 de
julio de 1976 tiene una convocatoria inusual. Bajo los lemas "Que todos
sean uno para que el mundo crea" y "Juntos vivieron, juntos
murieron" vecinos, autoridades, instituciones y colegios colman la
parroquia San Patricio de Belgrano. Muchos deben seguir la celebración desde
afuera, por pantalla gigante.
Desde el pulpito, el cardenal Jorge Bergoglio, arzobispo de
Buenos Aires, concelebra la misa con el nuncio Santos Abril, otros doce obispos
y sesenta sacerdotes. Es la primera vez que un cardenal primado y un nuncio
ofician una misa en esa Iglesia, desde las exequias de los cinco palotinos, a
cargo en 1976 del cardenal Aramburu y el nuncio Pío Laghi.
Bergoglio da consuelo y reconocimiento a la comunidad palotina e
insta a "despejar etiquetas" lamentando el manto de sospechas que
cayó sobre las víctimas. Por eso, destaca la fidelidad de los religiosos al
Evange¬lio y recuerda a los presentes que "las baldosas de laparroquia
están ungidas con la sangre de quienes el mundo no pudo reconocer".
"Yo soy testigo de lo que era la vida de Alfie (Kelly),
porque lo acompañé en la dirección espiritual y en la confesión hasta su
muer¬te. Sólo pensaba en Dios. Lo nombro a él porque soy testigo de su corazón,
y en él, a todos los demás", agrega el cardenal.
También agradece a Dios porque en una ciudad turbulenta y
difícil, "El nos dio una señal y nos mostró a quienes dieron su vida por
los otros". Parafraseando a Jesús, agrega: "Debemos pedirle per¬dón a
Dios porque ellos (los asesinos) no sabían lo que hacían".
Bergoglio recibe las ofrendas de la misa de manos de las ma¬dres
de Salvador y Emilio, los dos seminaristas muertos. John Killpatrick, rector de
la provincia Irlandesa, recién llegado de Dublin, habla –traductor mediante–
del "aniversario extraor¬dinario" y de quienes "murieron por
fidelidad a algún aspecto del Evangelio". Felicita a todos los sacerdotes
por "el coraje mostrado en todos estos años" y anuncia que desde hoy
habrá una placa recordatoria en la Basílica de San Silvestri, en Roma, y
próxima¬mente un monumento en Dublín.
Un telegrama recién llegado de Roma es leído por el sacerdo¬te
argentino, Sergio Schaub: "Oramos por la beatificación de nues¬tros
hermanos para que toda la Iglesia los venere y podamos presen¬tar el testimonio
de sus vidas como signo del amor paterno y misericordioso de Dios". Lo
envía el Consejo General de los Pa¬dres Palotinos presidido por el padre James
Freeman.
"Acuérdate de nuestros hermanos" es la oración por los
difuntos que reza el obispo Guillermo Leaden, hermano de Alfredo, uno de los
cinco sacerdotes asesinados.
Para comulgar se forma una fila interminable y los obispos y
sacerdotes se mezclan entre la gente distribuyendo el sacramento.
Sobre la entrada principal de la Iglesia pende la alfombra roja,
aún manchada, sobre la que hace veinticinco años se desangraron los religiosos.
El padre Pedro Dufau tenía previsto decir el 4 de julio de 1976
esta homilía. No alcanzó a leerla. Pío Laghi la encontró en su habitación la
noche que lo mataron. Decía así:
"Si leemos atentamente el Antiguo Testamento, veremos cómo
los mensajeros que Dios envió a su pueblo, muy pocas veces fueron escu¬chados,
otras veces fueron expulsados o muertos. Un profeta es des¬preciado solamente
en su pueblo, en su familia y en su casa. Y Jesús experimentó en carne propia
la validez de ese refrán, ya que cuando tuvo la feliz idea de ir a Nazareth,
donde había transcurrido prác¬ticamente toda su vida, sólo encontró el recelo,
la envidia de los suyos, y, tal como dice Lucas, por poco le quitan la vida. Si
Dios permanentemente habla en la historia de los pueblos y de cada hom¬bre, no
menos cierto es que todos sabemos encontrar la forma de no escucharlo. Si el
hombre no tuviera nada que cambiar, no harían falta los profetas. Pero, desde
el momento que el Profeta denuncia el pecado del hombre y de los pueblos, su
tarea se torna difícil y anti¬pática. Y un recurso siempre utilizado para no
tener ni siquiera la opor¬tunidad de escucharlos, es el de sacarlos del medio,
encarcelándolos, matándolos. A todos, a menudo, la Palabra de Dios nos resulta
un poco antipática y contra corriente, porque es una Palabra dura, rec¬ta,
intransigente. No cede ante el rico, no afloja ante el poderoso, no se
atemoriza ante las dificultades".
Desde aquel frío invierno de 1976, habían pasado muchos años.
En el camino quedó la sangre, la valentía y la dignidad de
muchos que, como decía el padre Pedro, "no aflojaron ante el poderoso, no
se atemorizaron". Y llevaron la palabra de Dios a to-das partes, salvaron
en nombre de ella muchas vidas, por encima de quienes aún hoy siguen buscando
explicaciones a lo poco que hicieron, en lugar de arrepentirse por lo mucho que
dejaron de hacer, por cobardía o por indignidad.
Como una ráfaga de viento suave que entra por la ventana, como
el sonido de un canto que llega desde lejos, queda entre nosotros una prueba
conmovedora. Tres días antes de la masacre de San Patricio, el 1 de Julio de
1976 a la medianoche, el padre Alfredo Kelly escribió en su diario personal:
"He tenido una de las más profundas experiencias en la
oración. Durante la mañana me di cuenta de la gravedad de la calumnia que está
circulando acerca de mí. A lo largo del día he estado perci¬biendo el peligro
en que está mi vida. Por la noche he orado intensa¬mente, al finalizar no he
sabido mucho más, creo sí que he estado más calmo y más tranquilo frente a la
posibilidad de la muerte. Lloré mucho, pero lloré suplicando al Señor que la
riqueza de su gracia que me ha dado para vivir, acompañara a aquellos a quienes
he tratado de amar, recordé también a los que han recibido la gracia a través
de mi intercesión, lloré mucho por tener que dejarlos. Nun¬ca he dudado de que
fue El quien me concedió la gracia y tampoco que no soy indispensable, aunque
tengo mucho que decirles aún, sé que el Espíritu Santo se lo dirá... Y mi
muerte física será como la de Cristo, un instrumento misterioso, el mismo
Espíritu irá a algunos de sus hijos, pedí para que fuese a Jorge y a Emilio,
para los que me odian, para los que recibieron a través de mí, para el
florecimiento de las vocaciones, para crear hombres dentro de la sociedad que
sean necesarios, los que El desea. Me di cuenta entre mis lágrimas de que estoy
muy apegado a la vida, que mi vida y mi muerte, su entrega, tienen por designio
amoroso de Dios, mucho valor. En resumen: que entrego mi vida, vivo o muerto al
Señor, pero que en cuanto pueda tengo que luchar por conservarla. Que seré
llamado por el Padre en la hora y modo que Él quiera y no cuando yo u otros lo
quieran.
"Ahora, justo en este momento estoy indiferente, me siento
feliz de una manera indescriptible. Ojalá que esto sea leído, servirá para que
otros descubran también la riqueza del amor de Cristo, y se comprometan con El
y sus hermanos, cuando El quiera que se lea. No pertenezco ya a mí mismo porque
he descubierto a quien estoy obli¬gado a pertenecer. Gracias Señor. "
6
El gran jefe
El almuerzo se desarrolló en un salón del Vaticano, entre
molduras doradas y cortinados de pana roja, con pastas y buen vino italiano. El
secretario de Estado, Agostino Cassaroli, y el cardenal primado de la
Argentina, Raúl Francisco Primatesta, terminaron de definir allí los alcances
que tendría la segunda visita de Juan Pablo II a nuestro país. El arzobispo de
Córdo¬ba había viajado a Roma expresamente para eso, acompañado por su asesor
político y financiero, Hugo Franco, luego con¬vertido en director de Migraciones
del gobierno de Carlos Menem.
El día anterior, Primatesta y Franco habían almorzado en la
residencia del embajador argentino en el Vaticano, Santiago de Estrada, quien
le dijo:
–Monseñor, ¿sabe que conocí en Cracovia un lugar maravilloso
donde Juan Pablo II tuvo la premonición de que iba a ser Papa? Me contaron que
cuando murió Juan Pablo I, él sintió allí el llamado de Dios. ¡Qué lugar! Me
emocionó tanto...
Primatesta le arrancó al pan una miguita, la mojó en agua y
comenzó a amasarla obsesivamente con los dos dedos, un gesto que le es
habitual. No respondió y Santiago de Estrada siguió:
–¡Qué premonición, monseñor! Dicen los que saben que los vo¬tos
que le faltaron en el 78 se los terminó de ordenar un arzobispo
latinoamericano.
Primatesta continuó amasando la miguita y después de unos
segundos dijo con una media sonrisa:
–Debe ser muy importante ese cardenal, ¿no? Luego que
abandonaron la embajada, Primatesta y Hugo Fran¬co caminaron por las callecitas
de Roma y entonces éste le dijo:
–¡Cómo me gustaría conocer a ese cardenal! Me lo tiene que
presentar, debe ser un gran poronga ¿no? Primatesta contestó:
–Debe ser... –y sonrió.
Ambos sabían de qué se trataba: aquel arzobispo latinoameri¬cano
que decidió la elección fue el mismísimo Primatesta. Se contaba entre los 82
cardenales que participaron de la votación para elegir a Juan Pablo II tras la
inesperada muerte de Juan Pa¬blo I, posibilitando así la ruptura de la
"rosca" romana que siem¬pre llevaba a un italiano a ocupar el sillón
de Pedro.
–¿Su vida antes de esto, cómo era?
–Nací en Capilla del Señor, antiguo partido de Exaltación de la
Cruz. En los alrededores había una vieja capillita con una cruz. Era la parada
de las carretas que iban para Mendoza o para Córdo¬ba. Mi familia era de
inmigrantes italianos, genoveses puros, fami¬lia de campo sencilla. Tres
hermanos.
–¿Entró joven al seminario?
–Fui primero monaguillo, como se estilaba en aquellos tiempos.
Fui al seminario de La Plata cumpliendo 11 años. Y después estudié en Roma,
Filosofía y Teología. Durante la guerra volví y después estuve un tiempito en
Quilmes. Después fui profesor de Sagrada Es¬critura y Teología en La Plata.
Luego fui a San Rafael, en Mendoza, y más tarde a Córdoba.
–¿Cómo fue que se le despertó la vocación?
–Dios llama como y cuando uno menos lo espera. A mí me llamó,
quizá, por el hecho de haber ido de chico a la parroquia. Una vez le pregunté a
un periodista qué pensaba cuando veía una man¬cha en la pared. "Y seguro
que hay un caño roto", me dijo. Cuándo se rompió el caño, cómo fue, no sé.
Esa mancha de humedad es como mi vocación. Ahí estaba, ahí apareció...
–¿Sus padres le plantearon alguna oposición?
–Mi padre había muerto temprano. Yo nací en el año 30 y mi madre
sufría la necesidad de tener que mantener a la familia sola. Me acuerdo que
pagaba trece pesos por trimestre en el seminario. Pero quiero decirle que tuve
mis dificultades en la adolescencia, en mi juventud, y no entré al seminario
con los ojos cerrados. Después todas las dificultades se fueron solucionando.
–¿Nunca tuvo una crisis de fe?
–En el sentido de las exigencias sacerdotales, claro que tuve
cri¬sis en su momento. Y Dios siempre me ayudó a superarlas. De fe, nunca he
tenido crisis.
–Cuando uno entra tan joven...
–Para eso se requiere una convicción y una fe inquebrantable.
Conozco las crisis de los chicos y conozco las crisis de los grandes. Y el
superior tiene que acompañar y ayudar. Tuve muy buenos maestros. Monseñor
Plaza, por ejemplo, era un maestro excepcional.
–¿Nunca se fijó en una chica, nunca le gustó una mujer?
–Cuando estaba en cuarto grado me gustaba una chica. Cada vez
que paso por una placita que estaba cerca de la penitenciaría nacional de la
avenida Las Heras, me viene un pantallazo. Había una fiesta de colegio y una
chica que me gustaba mucho, tenía 11 años.
–Qué precoz...
–Bueno, en esa época y en todas las épocas es así. Pero nunca me
animé a acercarme. Después pasó el tiempo y apareció la mancha de humedad...
–Le habrá tocado que algunos seminaristas hayan venido a
plan¬tearle que conocieron a una mujer...
–Lo que pasa es que cuando los muchachos recién ingresan yo
hablo con ellos. Les pregunto: ¿qué sentís cuando ves a una mujer?
¿Sentís algo? ¿ Te conmociona? Y si el muchacho me dice que no
sien¬te nada, que no se conmociona, yo desconfío de esa vocación. Es más,
pienso que no hay vocación. Porque no es normal no sentir nada ante una mujer.
¿A qué viene al seminario? ¿A tapar qué cosa? Es natural que los hombres nos
conmocionemos al ver a una mujer, algo nos pasa. Después, en nosotros, el amor
a Dios y la espirituali¬dad nos da otra cosa, sin presiones de ningún tipo.
–Quizá, si la Iglesia desistiera del celibato obligatorio, esas
du¬das desaparecerían.
–Yo comprendo que el celibato esté en crisis, porque el mundo
cambia mucho, pero anularlo sería un gran problema. Yo entiendo que cuando se
ama a Dios, se ama a Dios. Y eso va para los hombres y las mujeres, tiene que
haber una entrega.
Mantuve este diálogo con Primatesta en Córdoba, en la pri¬mavera
de 2001, cuando ya no era el gran "cerebro" de la Iglesia Católica
argentina, sino un arzobispo emérito. Me impresionó su postura: está enfermo,
tiene muchos problemas de salud, pero conserva una dignidad admirable. Se
advierte en él a un hombre que vivió a fondo la vida, que vio pasar muchas
cosas frente a sus ojos, que fue un gran testigo de la historia. Sin duda,
nadie le quita lo bailado. Durante treinta y tres años condujo la Iglesia de Córdoba
y desde mayo 1976 hasta diciembre de 1998, fue el Cardenal primado de la
Argentina. Lo nombraron cardenal cuan¬do Perón acababa de asumir como
presidente. Una foto de archi¬vo los muestra a los dos sonrientes y con los
brazos abiertos, en señal de bienvenida mutua, en la Rosada. Y es todo un
símbolo: la opinión unánime de amigos y enemigos es que el Cardenal es a la
Iglesia lo que Perón al peronismo: el gran jefe. Hoy, aunque está retirado,
sigue conservando poder entre sus pares. Es con¬sultado por todos. Quiere mucho
a Jorge Bergoglio y aunque no lo dice públicamente, sabe que es su sucesor.
Lo nombraron arzobispo de Córdoba en 1967. Antes de eso, en La
Plata, fue vicario de monseñor Antonio Plaza, su maestro, asesor espiritual y
mentor de un apodo con el que se lo conoce en las entrañas eclesiásticas: El
Pirata. En Roma le decían Furbo, que quiere decir pirata en italiano. Su amigo,
monseñor Paul Marcinkus, lo llamaba así. Y a él no le disgusta para nada. Tiene
sentido del humor, es ácido y dueño de una fina ironía.
Habla poco y escucha y ausculta obsesivamente al que tiene
enfrente. Mira fijo a los ojos de su interlocutor. Lo pone a prue¬ba todo el
tiempo. Y sólo después que el otro pasó los exámenes, se abre y confia. Su
comunicación es acentuadamente gestual. "Yo tengo códigos", es una de
sus frases predilectas cada vez que se refiere a sí mismo.
Nunca usa traje negro, salvo para viajar en avión a Roma. Y le
caen mal los obispos que se visten a diario de esa manera. Le encanta la sotana
y se siente cómoda con ella. La suya está muy gastada, en algunas partes tiene
agujeros y remiendos en los co¬dos, pero no le interesa comprarse una nueva.
Detesta las pompas que rodean al cargo y retira casi con
fasti¬dio la mano si alguien intenta besarle el anillo. Vive en Córdoba en un
departamento de la Curia, en un segundo piso, a pocas cuadras de la Catedral.
Es un reducto pequeño y austero: sala, comedor, baño y un dormitorio con cama
de una plaza y un crucifijo detrás. En la mesa de luz están las fotos de sus
padres y sobre un pequeño escritorio su máquina Olivetti, con la que con¬testa
todas las cartas que recibe.
Es aficionado a la lectura y al cine. Admira a Santa Teresa de
Jesús, autora de sus libros de cabecera, y adora las películas ingle¬sas de
espionaje o policiales. Le gusta comer bien, pero se cuida: el cuádruple by
pass aortacoronario que le hicieron en julio de 1996 lo obliga a no cometer
excesos y a privarse de las grasas. Eso sí: le encantan los buenos vinos
tintos, que toma con mode¬ración en el almuerzo y la cena, especialmente desde
que se ente¬ró que un par de copas al día son recomendables para el buen
funcionamiento cardíaco. Y dicen que es un experto catador.
Durante muchos años, una monja llamada Carmen, que se¬gún dicen
todos en Córdoba tenía videncias y estigmas –le san¬graban las manos– le
manejaba la agenda y lo cuidaba mucho. Carmen era una mujer fuerte y atractiva,
de gran carisma y que tenía mucha influencia sobre el cardenal. Al punto que
algunos le tenían envidia. Le atribuían dones curativos y parapsicológicos, y
más de una vez, Carlos Menem, cuando era gobernador de La Rioja, la fue a ver a
Córdoba. La mujer vivió en el arzobispado durante años y los que conocen de
cerca la historia, le adjudican tintes ro¬mánticos. Dicen que Primatesta estaba
enamorado, platónicamente enamorado de Carmen. Cuando lo vi, le pregunté por
ella. Se mos¬tró asombrado por la pregunta y un poco nervioso:
–Carmen fue una gran amiga y compañera... –respondió.
Tenía lágrimas en los ojos. No quiso hablar más.
Muchos hablan del gran atractivo que ejercía sobre las muje¬res
cordobesas y también le han adjudicado no pocos romances. Platónicos, se
entiende.
Primatesta no sólo fue testigo, sino protagonista –a veces de
manera principalísima– de los sucesos vividos en la Argentina del último medio
siglo. En ese lapso fue cuatro veces presidente de la Conferencia Episcopal
Argentina (CEA) y durante el resto ocupó un lugar de privilegio. Puede dar
testimonio de hechos fundamentales como el Cordobazo y el retorno de Perón, la
casi guerra del Beagle –que ayudó a parar– y la de Malvinas, los baños de
sangre causados por la Triple A y por los guerrilleros de distinto signo. Vio
pasar dos dictaduras militares: la llamada Re¬volución Argentina y el Proceso
de Reorganización Nacional. Almorzó varias veces con el dictador Jorge Rafael
Videla y come¬tió el pecado de no haber roto lanzas con el régimen más
san¬griento de que tenga memoria el país, pero también salvó varias vidas.
Antes y después de eso vivió un cúmulo de elecciones y de gobiernos civiles de
diversos signos y tendencias: Campora, Perón, Isabel, Alfonsín, Menem, De la
Rúa, Duhalde, para citar sólo los principales.
Durante más de treinta años fue un equilibrista político en sus
relaciones extraeclesiales, pero dentro de la Iglesia operaba tanto por
izquierda, con Novak, Hesayne y De Nevares; como por derecha, con Plaza,
Aramburu y Tórtolo. Un amigo lo defi¬nió como un "esquiador
profesional".
Primatesta conoció a Karol Wojtyla en Italia, durante el Sí¬nodo
de 1973. Por entonces el arzobispo de Córdoba era presi¬dente de una comisión y
el actual Papa era secretario. Luego, como hemos visto, lo ayudó a subir al
trono de Pedro. Pero su gran amigo fue el nuncio Pío Laghi. Se conocieron
cuando él estudiaba en Roma y desde entonces le tuvo un gran respeto. En
cambio, al nuncio que lo sucedió, Ubaldo Calabresi, lo conside¬raba a la altura
de un pizzero napolitano. Una fuente del Episco¬pado hizo la distinción:
"Calabresi le consultaba casi todo pero él no lo soportaba. Para
Primatesta, Calabresi era un "chancho envaselinado", que amaba el
usufructo del poder. Primatesta ama en cambio el ejercicio del poder",
dijo.
El cardenal es básicamente conservador y enemigo de los
ex¬tremos. Nunca le cayeron bien los tercermundistas, ni tampoco los
ultraconservadores. Y hoy sigue conservando muchos con-tactos en Roma, incluido
el propio Wojtyla, que le quedó eter¬namente agradecido por su voto y tardó
cuatro años para acep¬tarle la renuncia como arzobispo de Córdoba y cardenal
primado. Primatesta se la presentó en 1994 al cumplir los 75 años, edad tope
instrumentada por Pablo VI para participar del colegio cardenalicio, y Juan Pablo
II recién se la aceptó en 1998.
–¿Cómo recuerda los años en que llegó a Córdoba? Eran tiem¬pos
muy convulsionados...
–Sí, fueron difíciles. Creo que Córdoba fue uno de los lugares
del mundo en donde más fuertes se dieron las discusiones y los cuestionamientos
a una Iglesia antigua y una moderna. Y el Papa había elegido una Iglesia
moderna, cerca de la gente, sí que Córdoba era un hervidero. El Papa Juan XXIII
fue un hombre bueno, un hombre santo. Hizo una revolución en la Iglesia con las
reformas del Concilio II. Se creó el Movimiento para el Tercer Mundo,
equivoca¬dos a tal punto que después se disolvió. Algunos militantes católicos
ingresaron a la guerrilla y el país fue un infierno. A mí nunca me gustaron los
extremos, nunca. Estaba dicho que todo esos movimien¬tos iban a terminar mal.
–¿Qué hizo durante la dictadura?
–Antes que nada, quiero decirle que nosotros no sabíamos qué
pasaba, no sabíamos nada, en el Episcopado. Y yo nunca fui amigo de las
declaraciones públicas, ni de tener intimidad con el poder. Hacíamos pedidos y
declaraciones por escrito. Así fue que me coloca¬ron una bomba en el
Arzobispado y la gente de Menéndez me apo¬daba el "obispo Rojo". No
me importó nada. Ayudé a mucha gente a salir del país, a salvarse.
–La Iglesia pudo haber hecho mucho más, ¿no le parece?
–Nos equivocamos y mucho. Es verdad que podíamos haber hecho
más, pero no sabíamos bien qué pasaba. Iba y pedía por alguien, y me mentían.
¿Y yo qué podía hacer? Ellos eran unos sinvergüenzas, no tenían moral. Se la
pasaron mintiéndonos. A mí no me gusta hablar de mí, pero Pío Laghi, al que
después cuestionaron tanto, personalmente sacó gente del país en el coche de la
Nunciatura. Yo sé que fue así. Se arriesgó mucho...
Muerte anunciada
El sábado 12 de agosto de 1978, en una cálida tarde, mientras en
la Argentina se sucedían las detenciones ilegales, en la ciudad del Vaticano
unas 300.000 personas colmaron la Plaza San Pe-dro. Bajando las escalinatas de
la basílica había un altar y delante de él, sobre el piso cubierto por una
alfombra, un féretro de ci¬prés con una Biblia encima. Ochenta y dos
cardenales, entre los que se encontraba Primatesta, le celebraron misa de
cuerpo pre¬sente. El Papa Pablo VI, Giovanni Battista Montini, que había fallecido
de cáncer el 6 de agosto, fue despedido así de este mun¬do con aplausos y
pañuelos en alto.
Pocos días después, el 26 de agosto, el Concilio Vaticano
ele¬gía como su sucesor a Albino Luciani, el austero patriarca de Venecia,
quien asumió el domingo 3 de septiembre. Era uno de los cardenales más jóvenes,
tenía apenas 65 años, y se preanunciaba que profundizaría la renovación
iniciada por Juan XXIII con el Concilio Ecuménico II, hasta el punto de hacer
una revolución en el Vaticano. Nada de lujos. La Iglesia iba a ser reencauzada
en el camino de Jesús, para servir a los pobres. Y dada su edad, se pensó que
lo haría por bastante tiempo. No fue así.
Sorpresivamente, treinta y tres días después de haber sido
ele¬gido como el 263 sucesor de Pedro, con el nombre de Juan Pablo I –en honor
a Juan el Bueno, que lo había hecho obispo, y a Pablo VI, que lo transformó en
patriarca– Luciani murió de causas desconocidas. Tras una cena frugal,
consistente en un cal¬do, un bife, un plato de arvejas y un poco de ensalada,
se acostó en la noche del 28 de septiembre y expiró, quizás antes de la
madrugada del 29, luego de vomitar sobre sus zapatos.
Unos días antes de que esto sucediera, el astrólogo argentino
Herfais –en realidad, Héctor Faisal, hasta hace poco asesor as¬tral de
Fujimori– se había presentado ante la revista Siete Días, una de las
publicaciones del paquete editorial Abril-Korn, que funcionaba en la esquina de
Paraguay y Leandro Alem, en Bue¬nos Aires. Abril y Korn habían sido compradas y
fusionadas como Editorial Crea por Celulosa Argentina, que se asoció para esto
con la poderosa Rizzoli-Corsera, de Italia, cuyo 42 por ciento de acciones
pertenecía ya por entonces al banquero Roberto Calvi, presidente del Banco
Ambrosiano y miembro de la logia masónica fascista Propaganda Due, tema en el
que nos explayaremos en el Capítulo 12.
Herfais peleaba por desbancar a Horangel –apócope de Horacio y
Angela Groba– en el negocio de los anuarios astro¬lógicos, y procuraba que
alguien le hiciera una nota que ayudara a vender su libro de predicciones del
año 1979, próximo a salir. Le encomendaron a Ana María Bertolini, redactora
especial de la revista, que lo atendiera. La periodista, que creía en muy pocas
cosas y para nada en la astrología, lo escuchó y le dijo:
–Mire, a menos que usted prediga algo muy gordo, la guerra
atómica, la muerte del nuevo Papa, no veo ningún justificativo para hacerle una
nota.
Fue entonces que Herfais respondió:
–Juan Pablo I está en peligro de muerte. Va a ser envenenado,
porque su carta natal tiene una fuerte aflicción de Neptuno.
–No me joda.
–Se lo aseguro. Neptuno es un planeta que se relaciona con las
drogas, el gas, los venenos, las estafas y los engaños. Marte y Urano, además,
se confabulan para que el hecho sea repentino, inesperado. El nació con Neptuno
en Cáncer, un signo que gobierna al estóma¬go. Es probable que su muerte guarde
vinculación con ese órgano. Sucederá en una semana o dos.
La periodista tuvo la impresión de estar hablando con un
extraterrestre que decía cosas en esperanto, pero igual decidió ha¬cerle el
reportaje a condición de que repitiera con lujos de deta-lles lo de la presunta
muerte del Papa debida a un supuesto envenenamiento, únicos datos que había
logrado asir de esa parafernalia de astros, signos y personajes mitológicos.
Herfais se arriesgaba a quedar como un charlatán si no sucedía nada, pero si en
verdad alguien intentaba envenenar al Papa, la noticia daría la vuelta al
mundo. Escribió la nota, que se acompañaba con la carta natal de Luciani,
nacido un 17 de octubre de 1912, y se la presentó al secretario de redacción,
Gerardo Heidel, quien la apro¬bó para que fuera publicada esa misma semana. Sin
embargo, como suele suceder en las redacciones, una noticia de actualidad
cubrió el espacio destinado al reportaje a Herfais, o por lo menos ése fue el
argumento que le dieron a Ana.
–Flaca, lo del Papa lo publicamos en el número que viene –dijo
Heidel. En el ínterin, Juan Pablo I murió.
–¿Yahora quién nos va a creer que nosotros sabíamos diez días
antes que esto iba a suceder?–le recriminó Ana. La nota nunca se publicó, pero
provocó una profunda conmoción entre quienes, den¬tro de la redacción de Siete
Días, habían alcanzado a leerla. Con el tiempo, Ana se puso a estudiar
astrología, algo que sigue constitu¬yendo la pasión de su vida, y hoy, con la
autoridad que le dan años de investigación acerca de la influencia de los
planetas sobre el com¬portamiento y el destino de las personas, ella también
asegura:
–Heríais tenía razón: Juan Pablo I fue envenenado.
No es la única que cree eso. El investigador inglés David A.
Yallop indagó en los misterios, aunque ya no astrológicos, que rodearon la
muerte de Albino Luciani y la vinculó con la campa-ña contra la corrupción que
lanzó el Papa durante su corto man¬dato. Alegó a la conclusión de que había
sido asesinado. ¿Por quién? ¿Para qué? En su libro ¿Por voluntad de Dios?,
Yallop seña¬ló a seis hombres que en 1978 podían haberse beneficiado con esa
muerte: el cardenal Jean Villot; el banquero Roberto Calvi; el cardenal John
Cody; el empresario Michel Sindona; el obispo Paul Marcinkus; y el
"venerable" Licio Gelli, capo de la Logia P2. Los cuatro primeros ya
murieron: Villot y Cody de muerte natu¬ral, Calvi colgado de un puente y
Sindona envenenado en la cárcel. El "venerable" está en Ginebra. Y
Marcinkus, el ex ban¬quero del Vaticano, luego de una época en la que no podía
aban¬donar el Vaticano porque la justicia italiana le había dictado la captura,
fue trasladado a Massachuset, Estados Unidos. En los tiempos en que tenía a la
Interpol detrás, Marcinkus salía del Vaticano disfrazado y se iba a comer a los
exquisitos restaurantes cercanos a la Plaza de San Pedro, "Quatro
Formaggio", por ejem¬plo, en compañía de su amigo, el cardenal primado de
la Argen¬tina, Raúl Primatesta, que lo visitaba con frecuencia.
–Había que verlo a Marcinkus de sombrero negro de la ancha,
barba postiza y envuelto en una capa negra para que no lo recono¬cieran...
–dicen fuentes vaticanas.
Su amigo se salvó de ir a prisión porque la Santa Sede accedió a
pagar los trescientos millones de dólares que se le reclamaban a la Iglesia por
su participación en los oscuros negocios del Banco Ambrosiano, del que Calvi
era presidente.
¿Qué asidero tiene lo que dice Yallop acerca del asesinato del
Papa? Hay que reseñar en su favor una impresionante escalada de aciertos: en su
primer libro, titulado Para alentar a los otros, obligó al gobierno británico a
reabrir el caso de asesinato Graug-Bentley, que se había considerado resuelto y
cerrado veinte años antes; con el segundo, El día que cesaron las risas, aclaró
un asesinato que había quedado sin resolver durante medio siglo; el tercero,
¿Más allá de toda duda razonable?, condujo a la liberación de un inocente
condenado a perpetua por doble asesinato y al que de¬bieron indemnizar con un
millón de dólares; y el cuarto, Líbra¬nos de todo mal, condujo a la cárcel al
camionero Peter Sutcliffe, el descuartizador de Yorkshire. ¿Por voluntad de Dios?
fue escrito en 1984 y hasta ahora nadie marchó preso por el crimen de Albi-no
Luciani, pero... ni la Iglesia se lo refutó.
Si algo distinguía al papa Luciani era su tremenda humildad y su
alegría. Era capaz de bromear sobre sí mismo o sobre los car¬denales que lo
eligieron: "Que Dios los perdone por el pecado de haberme elegido...
", les dijo cerrándoles un ojo. Pero tenía la fir¬me convicción de llevar
adelante una nueva era en la Iglesia cató¬lica: "Nuestro esfuerzo no
faltará", prometió.
Fue también el primer Papa con nombre compuesto: "No tengo
la sabiduría de corazón del Papa Juan ni la cultura y la preparación del Papa
Pablo, pero estoy en el lugar de ellos. Debo servir a la Iglesia. Espero que
todos me ayuden en sus oraciones". Y el primero en no ceñirse a la
costumbre de almorzar solo tras la ceremonia de asunción, algo im¬puesto para
no tener que dar la visión pantagruélica de un enorme banquete, pero él salió a
los pasillos en busca de cuanto cardenal deambulara por allí y lo invitó a la
mesa. Uno de esos comensales fue Primatesta. "¡Miren si voy a comer
solo...!" –dijo divertido. Por fin, fue también el único que renunció a la
tiara, esa pesada y rica coro¬na de piedras preciosas que obliga a los papas a
andar con la cabeza gacha como pidiendo perdón por tanto oropel. Tamaño gesto
de humildad conmovió a todos.
Ya como patriarca de Venecia, había ordenado que todos los
templos que estaban bajo su jurisdicción vendieran cuanto oro tuvieran ,
incluidas tiaras y diademas, y cedieran el dinero conse¬guido al centro Don
Orione de minusválidos. También puso a la venta la cruz y la cadena de oro que
habían pertenecido a Pío XII y que el papa Juan XIII le había regalado al
nombrarlo obispo; y otra valiosa cruz y el anillo, que eran de Juan XXIII, y
que Pablo VI le había obsequiado cuando visitó Venecia en 1972.
Según Yallop, Juan Pablo I prometía un aggiornamiento ma¬yúsculo
de la Iglesia, hasta aceptar la píldora anticonceptiva, en¬tre otros métodos,
para controlar la natalidad.
En 1963, una comisión de 68 miembros, conformada por laicos
católicos, curas, abogados, médicos y teólogos –que ha¬bía sido convocada por
Pablo VI para que lo asesorara sobre la posición de la Iglesia al respecto–
había producido un informe que por 64 votos contra 4 aprobaba el uso de la
píldora como anticonceptivo. "La banda de los cuatro" como los llamó
Yallop, se oponía sin haber logrado citar a su favor un sólo párrafo de las
Escrituras, ni de la ley natural, que contrariara la decisión mayoritaria; sólo
unos edictos papales coincidían en condenar el con¬trol de la natalidad.
Mientras tanto, en pleno auge de la libera¬ción sexual, millones de mujeres
católicas esperaban que alguien les respondiera que no estaban en pecado mortal
por tomar la píldora de progesterona que acababa de aparecer.
Pero Pablo VI se tomó su tiempo. Leyó el informe de la ma¬yoría
y también el de los irreductibles, y resolvió consultar con las diversas
regiones de Italia, incluida Venecia. Luciani, que por entonces aún no era
patriarca, fue elegido para elaborar el infor¬me de los obispos del Véneto,
porque conocía el tema en pro¬fundidad, había dado varias conferencias,
consultado a muchos especialistas y, sobre todo, auscultado los problemas de
subsis¬tencia que tenían las familias pobres, inclusive la suya, ya que su hermano
tenía diez hijos. Según Yallop, Luciani recomendó al Papa que la Iglesia
católica aprobara el uso de la píldora anticonceptiva que había desarrollado el
profesor Pincus: "Esta píldora –decía el informe– debería convertirse en
la píldora ca¬tólica para controlar la natalidad". El investigador
sostiene que Pablo VI tuvo palabras elogiosas sobre ese informe y que llegado
el momento lo nombró patriarca de Venecia.
Nadie sabe qué torció la voluntad de Pablo VI, sin embargo. Su
encíclica Humanae vitae, publicada el 25 de julio de 1968, con una demora de
cinco años, declaró que los únicos métodos considerados válidos eran la
abstinencia y el rítmico, lo que increíblemente sigue vigente hasta hoy –en
pleno siglo XXI– y sólo ha conseguido que un número cada vez más creciente de
católicos desconozcan esa ley y usen la píldora, el diu y el preservativo,
porque no es cuestión que por voluntad del Papa uno se muera de Sida o dé más
hambrientos al mundo.
Como secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Villot había
tenido acceso al informe del Véneto y se había mostrado muy contrariado, ya que
no compartía en absoluto semejante liberalidad. Cuando Luciani ascendió al
papado, la contrariedad se convirtió en alarma. Según Yallop, "menos de
doce horas antes de morir Luciani le había comunicado a Villot que iba a ser
sustituido de inmediato por (Giovanni) Benelli. Ahora, con la muerte del papa,
Villot no sólo se aseguraba de que permanecería en el cargo hasta que se
eligiera sucesor, sino que asumía de nuevo el papel de camarlengo, lo que le
colocaba temporalmente al frente de la Iglesia".
Como secretario de Estado, Villot también sabía que el carde¬nal
John Cody y el obispo Paul Marcinkus iban a ser destituidos por Luciani, quien
había manifestado que no movería un dedo para evitar que fuesen a prisión. La
destitución de Cody era reclamada desde hacía años por religiosos y laicos de
Chicago, por sus turbios manejos financieros, ya que no había forma de hacerle
rendir cuen¬tas acerca del destino de los millones de dólares que anualmente
ingresaban a esa poderosa arquidiócesis, y que no iban precisamente a los
pobres. Lo de Marcinkus era todavía peor: era titular de Istituto per le Opere
di Religioni (IOR) del Vaticano y estaba estrechamente vinculado al tráfico de
divisas, a la banca offshore y al lavado de dinero de la maffia, a través de Sindona,
Calvi y Gelli, todos de la Logia P2, quienes eran sus socios.
¿Cómo mataron a Juan Pablo I? Yallop esboza la teoría del
digital, entre más de doscientas drogas probables, porque es insípida e
inodora, y puede ser agregada al agua, a la sopa o a cualquier alimen¬to sin
que nadie se dé cuenta. En apariencia, la persona da la impre¬sión de haberse
muerto de un paro cardíaco. La muerte se produce dentro de las seis horas de
ingerida. Quien lo hizo previo que Juan Pablo I estuviese ya acostado cuando
eso sucediera. Yallop cuenta:
"A las cuatro y media de la mañana del viernes 29 de
septiembre, la hermana Vicenza llevó un café al estudio del Papa, como era lo
habitual. Unos instantes después la hermana golpeó la puerta del dormitorio del
Papa y llamó: "Buenos días, santo padre". Por un vez no obtuvo
respuesta. (...) La hermana Vicenza trabajaba con Luciano desde 1959, cuando
éste era obispo de Vtttorio Véneto. Ni una sola vez en dieciocho años se había
quedado dormido. (...) Por el resqui¬cio de la puerta salía una línea de luz
(...) Cuando por fin la her¬mana abrió la puerta, vio a Albino Luciani sentado
en la cama. Llevaba puestas las gafas y sus manos sujetaban unas hojas de
papel. Tenía la cabeza ladeada hacia la derecha y entre sus labios separados
asomaban sus dientes. Sin embargo, no se trataba de la cara sonrien¬te que
tanta impresión causaba entre las muchedumbres. No era una sonrisa lo que
mostraba el rostro de Luciani, sino una expresión indudable de agonía.
Mientras Luciani era elegido Papa, y moría, en la Argentina el
llamado Proceso de Reorganización Nacional (PRN) hacía estragos. Se
protagonizaban secuestros, había miles de desaparecidos, los cen¬tros
clandestinos de detención y tortura se contaban por centenares.
A Jorge Rafael Videla, presidente de facto, le aconsejaron no ir
a la asunción de Juan Pablo I porque tendría que dar explica¬ciones a la prensa
europea, en un momento en que la imagen exterior del gobierno era pésima, pero
fue igual. "Vine a dar la cara por la Argentina", dijo, y tuvo razón
porque en todas las entrevistas fue infaltable el tema de los derechos humanos.
Se la banco porque lo que le interesaba era ejercer una diplomacia cara a cara
con el Vaticano, que no pudo ser, al menos no con Albino Luciani. Nunca imaginó
que el Papa iría a morir tan pron¬to. Él no consultaba con astrólogos.
Tampoco había tenido suerte con Pablo VI. En septiembre de 1976,
al recibir las cartas credenciales del embajador argentino Santiago de Estrada,
este Papa le exigió al gobierno de la dicta¬dura que diera una
"explicación adecuada" del asesinato de cinco sacerdotes y
seminaristas palotinos, sucedido en la parroquia de San Patricio, en el barrio
de Belgrano; y del secuestro y muerte de otros dos sacerdotes en La Rioja, que
se sumaban al "acciden¬te" mortal sufrido en la ruta por monseñor
Angelelli.
El 29 de septiembre Videla se vio precisado a ofrecer un
al¬muerzo a las autoridades del Episcopado argentino, cuyo titular, el cardenal
Primatesta, ya le había hecho saber también su "in¬quietud y
desasosiego" por aquellos crímenes
en un encuentro pre¬vio con la junta militar. Esta vez la mesa incluyó a los
represen¬tantes de los restantes credos, ya que la Daia, especialmente, había
denunciado que miembros de su colectividad venían siendo víc¬timas de atentados
terroristas, se quejaba de que proliferaba lite¬ratura de corte nazi fascista
en el país y no había cesado en de¬mandar la liberación de Jacobo Timerman,
preso dilecto del general Ramón Camps.
Sin duda, en un momento en que el Parlamento no funcionaba y en
el que los partidos políticos y los sindicatos habían sido condena¬dos a receso
forzoso, las opiniones que se vertían desde los pulpitos adquirían particular
importancia. Virtualmente todos los domin¬gos, curas, obispos y arzobispos
comentaban ante miles de fieles las alternativas que vivía el país. En líneas
generales esas opiniones ten¬dían a respaldar el proceso que se estaba llevando
a cabo, pero al mismo tiempo se formulaban comentarios críticos, que pasaban
por la violencia y la retracción económica que soportaba la ciudadanía, y
también los hombres de la propia Iglesia.
En la mesa con Videla se sentaron el gran imán sheik Ahmed
Abo-El Ola Jalil, supremo sacerdote islámico; el gran rabino Salomón Benhaumu
Anidjar; monseñor Timoteo Negropontis, de la Iglesia Ortodoxa Griega; Platón
Udovenko y Athanasios Martos, ambos obispos de la Iglesia Ortodoxa Rusa; los
archimandritas Juan Abud, por la Iglesia Ortodoxa de Antioquía, y Kissag
Mouradian, por la Iglesia de Armenia; el reverendo Ri¬cardo Stanley Cutt, por
la Iglesia Anglicana; el pastor Gabriel Baccaro, por la Federación de Iglesias
Evangélicas de la Argenti¬na; el arzobispo de Buenos Aires, Juan Carlos
Aramburu; y monseñor Raúl Primatesta, por la CEA. A este último le tocó
bendecir los alimentos: budín tricolor, turbante de pejerrey y omelet surprise.
Al rabino se le ofreció otro menú preparado se¬gún su rito, celosamente
cumplido a través del sellado de los platos. A Videla sólo lo acompañó el
secretario General de la presidencia, José Villarreal. Por supuesto, se convocó
a toda la prensa extranjera para que fotografiara y diera testimonio del
cónclave, único en su género, según contaron.
Al salir, Primatesta afirmó: "Ha sido una reunión muy
cordial, muy clara. Diría más: se apartó de lo protocolar para ser fraternal.
Hablamos sobre problemas generales". El gran rabino dijo estar
"con¬gratulado "por haber compartido la mesa con Videla y monseñor
Negropontis aseguró que "observamos con alegría que el gobierno esté
trabajando sistemáticamente por un futuro mejor con paz y se¬guridad para
todos. Coincidimos con esto porque los miembros de mi comunidad somos trabajadores
y amamos la paz, la disciplina y el orden ". Afuera, claro está, la
Argentina sangraba.
No fue aquella la única vez que Primatesta comió con Videla, por
el contrario, encabezó numerosísimos almuerzos con los capitostes de la
dictadura y muy pocas veces dijo de qué se había hablado, pero era notorio el
interés del dictador por lograr que la Iglesia no le pateara el tablero, al
margen de lo que pensara Primatesta en la intimidad. Por el otro lado, pese a
contar con información privilegiada sobre la sistemática violación a los
de¬rechos humanos, Primatesta privilegió el diálogo antes que la denuncia
pública, algo que sus críticos le achacan hasta hoy.
Manga de zurdos
El tercer concilio de la Iglesia de América Latina iba a
desarrollar¬se en Puebla, México, entre el 11 y el 28 de octubre de 1978, pero
fue interrumpido por la muerte del Papa Luciani. Juan Pablo II debió decidir
sobre la oportunidad de su realización, a poco de asu¬mir. Trescientos
cincuenta millones de habitantes, novecientos obispos –el tercio del episcopado
mundial– reagrupados en veintidós conferencias episcopales, y una enorme y
creciente can¬tidad de comunidades de base, catequistas, religiosos o laicos
cons¬tituidos en pastores de la palabra, que irían a deliberar sobre el
"Presente y el futuro de la evangelización en América Latina", da¬ban
cuenta de su importancia. La anterior conferencia episcopal había tenido lugar
diez años antes en Medellín, Colombia, y la de Puebla se proponía retomar los
temas debatidos anteriormen¬te y asumir nuevos compromisos sobre la inspiración
del Evan¬gelio de Jesucristo.
Juan Pablo II no perdió el tiempo y ordenó que se hiciese de
inmediato. Fue al comenzar el verano de 1979. Y el Papa polaco – un viajero
incansable, como lo demostraría de allí en más– marchó para allá, suscitándole
un problema mayúsculo al PRI, el partido supuestamente de izquierda que gobernó
ese país por más de treinta años, ya que en México existía la prohibición de
dar oficios religio¬sos fuera de los templos, y con Wojtyla allí no iba a haber
forma de hacer entrar a todos en un lugar cerrado. En tanto, desde Argentina,
la gente del Opus Dei y los círculos allegados a las Fuerzas Armadas, que
dueños del país habían desatado la más terrible dictadura de la que se tenga
memoria en la Argentina, le atribuían a Puebla el cali¬ficativo de "manga
de zurdos".
Uno de los prelados que participó activamente en las Reuniones
del Episcopado realizado en México fue monseñor Eduardo Pironio, compañero de
Primatesta, a quien Alfonsín quiso, sin conseguirlo, traer de Roma para tenerlo
como arzobispo de Buenos Aires, ya que se contaba entre los muy pocos
cardenales progresistas. En los años setenta, durante la dictadura militar,
Pironio era obispo de Mar del Plata. Una bomba en la parroquia mató a Marta
María Maggi, deca¬na de Ciencias Humanas de la Universidad Católica. Pironio
quiso entonces que el Episcopado denunciara las incipientes matanzas, pero
varios obispos respondieron golpeando la mesa con sus manos para no dejarlo
hablar. El papa Pablo VI decidió que era convenien¬te alejar a su amigo de la
Argentina y lo llevó a Roma. Fue así como Pironio se salvó de seguir el camino
de moseñor Angelelli.
En un reportaje que la revista Familia Cristiana le hizo a
Pironio poco después de la conferencia de Puebla, éste sostuvo que si bien
"los religiosos optan por Jesucristo pobre, que se mani¬fiesta, se encarna
en los más necesitados (...) no se trata de un liderazgo social o político,
sino que es a partir de un compromiso evangélico y de un verdadero testimonio
de Jesucristo".
"O sea que la opción por los más necesitados no es
revolucionaria, no es clasista, subversiva ni agresiva, sino que es vivir a
fondo el espíritu de las Bienaventuranzas y el espíritu de la pobreza
–explicó–. Ya no se trata de predicar las Bienaventuranzas un poco en el aire.
Se trata de ver qué significa tener hambre y sed de justicia aquí. Ser
constructores de paz aquí. Encamar el sentido del Evangelio aquí."
Precisamente, el "progresismo" de Puebla consistió en
compren¬der que la Iglesia es el Pueblo de Dios en marcha, que va peregri¬nando
en la historia del mundo hacia el Reino de Dios y que esa imagen pone
necesariamente el acento en un conjunto histórico, dinámico, que transita en
suelo y tiempo de hombres, y exige un compromiso.
Los religiosos y religiosas, que forman legión en América
lati¬na, son el sector más numeroso de la Iglesia activa y militante del
continente y también el más comprometido y solidario con los gozos y esperanzas
de sus pueblos, y en su mayoría han hecho su opción por los pobres. El
acercamiento que tienen con los más necesitados es mucho más franco y cotidiano
que en otras latitu¬des, simplemente porque ésa y no otra es la realidad con la
que conviven. Por supuesto, hay ciertos niveles de confrontación con las
jerarquías, de común más alejadas de la miseria. Pero en Pue¬bla se entendió
que eran superables mediante la práctica del plu¬ralismo. Como se lee en uno de
sus documentos de trabajo, la Iglesia exige "oración que conduzca a
comprometerse en la vida real y vivencia de la realidad que exija momentos
fuertes de oración". Estigmatizarlos como "manga de zurdos" fue
una simplificación de mentes cerradas a la evangelización.
En febrero de 1979, la III Conferencia Episcopal de Puebla de
los Angeles dio a conocer su mensaje a la Iglesia Latinoamericana, que en parte
fue un sonoro cachetazo al primer mundo y un llama¬do de atención a esa parte
de la Iglesia llena de oropeles y tan lejana a Jesucristo. Algunos de sus
párrafos esenciales fueron éstos:
"Un hombre que lucha y sufre y a veces desespera, no se
desani¬ma jamás, y sobre todo quiere vivir el sentido de su filiación divina.
Por eso se empeña en que sean reconocidos sus derechos, que la vida no le
resulte una especie de abominación y que la naturaleza, obra de Dios, no sea
devastada contra sus legítimas aspiraciones."
"Hermanos, no os impresionéis con las noticias de que el
episco¬pado está dividido. Hay diferencias de mentalidades y de opiniones, pero
vivimos en verdad el principio de la colegialidad, complemen¬tándonos unos a
los otros, según las capacidades concedidas por Dios. Y solamente así podremos
enfrentar el gran desafio de la evangelización en el presente y el futuro de
América Latina (...)"
"Sin duda falta mucho por hacer para que la Iglesia se
muestre más unida y solidaria. El temor al marxismo impide a muchos en¬frentar
la realidad opresiva del capitalismo liberal. Se puede decir que, ante el
peligro de un sistema de pecado, se olvida de denunciar y combatir la realidad
implantada de otro sistema de pecado. Es preciso dar toda la atención a éste,
sin olvidar las formas históricas del marxismo, ateas y violentas (...)"
"Os invitamos a ser los constructores abnegados de la
"civilización del amor" (Pablo VI) inspirada en la palabra, la vida y
en la acción plena en Cristo, o basada en la justicia, la verdad y la libertad
(...)
"Una civilización de amor repudia la violencia, el egoísmo,
el desperdicio, la exploración de los desatinos morales (...)"
"Exige a los hombres, por los argumentos más evidentes, que
las violencias físicas y morales, las manipulaciones del dinero, las
exage¬raciones del sexo, la violación de los preceptos del Señor, no sean
practicados, porque todo aquello que afecta la dignidad del hombre hiere, de
algún modo, al propio Dios (...)"
"Una civilización de amor repele la subordinación y la
depen¬dencia perjudicial de la dignidad de América Latina. No aceptamos una
condición de satélite de ningún país del mundo, ni tampoco de sus propias
ideologías. Queremos vivir fraternalmente con todos, porque repudiamos los
nacionalismos estrechos e irreductibles. Pero ya es tiempo de avisaros, en
cuanto a América Latina a los países desarrollados, que no nos movilicen, no
obstaculicen nuestro desa¬rrollo, no nos exploten, sino que por el contrario
nos ayuden, con ánimo superior, a vencer las barreras de nuestro subdesarrollo,
respe¬tando nuestra cultura, nuestros principios, nuestra identidad, nues¬tras
potencialidades naturales. Dentro de ese espíritu creceremos juntos como
hermanos, miembros de la misma familia universal."
De regreso, el 25 de mayo de 1979, el reverendo Sean O'Malley,
vicario episcopal de la Catedral de San Mateo de Was¬hington, dijo en su
homilía que "en Puebla, cuando cesó el trueno de las vivas por la visita
del Papa, se escuchó el llanto y rechinar de dientes de las Madres (de Plaza de
Mayo) que habían acudido a la asamblea de pastores (...) El sufrimiento de
familiares de personas desaparecidas es un escándalo que requiere que el
gobierno argenti¬no actúe enseguida para descubrir la suerte de los desaparecidos
y asegurar las garantías constitucionales para cada ciudadano".
De vuelta, aquí en la Argentina, si algún obispo dijo algo
se¬mejante, no se lo publicaron.
El juego de la guerra
Muy lejos de la civilización del amor o del crecer juntos como
hermanos, y por el contrario, cebados por su éxito contra los Montoneros y el
Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), a algu¬nos militares argentinos se
les había ocurrido por 1978 jugar a la guerra con Chile en busca de un bronce
imposible, como se corro¬boró unos años después, en nuestra confrontación
contra el imperio británico. Si Malvinas, en 1982, fue la obra de un general
borracho que creía que las guerras se ganaban con "diez mil calzoncillos
largos y diez mil borceguíes" (Galtieri dixit) la que se insinuaba con
Chile en 1978 por el canal de Beagle, era propiciada entre otros por un
almi-rante aprendiz de Goébbels que soñaba con llegar a presidente, de¬safiando
el estigma "gorila" que pesaba
sobre sus charretillas.
Lo había intentado todo para conseguir el apoyo de las
multi¬tudes, desde un romance con Isabelita presa en El Messidor, has¬ta la
creación de un movimiento político propio. Pero como bien había dicho Perón:
"Este muchacho tomó el tren equivocado, debía haberse subido al que va al
Colegio Militar". La única que le que¬daba al entonces almirante Emilio
Eduardo Massera era hacerle la guerra a Chile, a condición de triunfar.
Pero al muy "católico" de Videla, eso no sólo no lo
convencía, tampoco le convenía. Él también veía que la lucha armada con¬tra la
subversión ya estaba ganada. Con ese objetivo cumplido, hacía falta entonces
darle al Proceso una salida política, pero ni ahí que se la regalaría a
Massera. Si el Proceso iba a tener un heredero que ganara las elecciones, sería
un hombre de chaqueta verde oliva y no azul. El general Villarreal había ideado
un plan que entusiasmaba a Videla: una incorporción paulatina de los civiles al
gobierno, aprovechando las simpatías surgidas de los buenos resultados del
Mundial de fútbol, consistente en una aper¬tura gradual con elecciones
escalonadas, que comenzarían por los municipios hasta culminar con las
presidenciales.
La cuestión límitrofe con Chile, un país arrinconado entre el
océano Pacífico y los Andes, era un problema de nunca acabar –los vecinos
pujarían siempre por traspasar la cordillera– pero jamás se había ido a la
guerra para ponerle fin. Si en 1847 Chile se declaró con total desparpajo dueño
de todo el estrecho de Magallanes y de Tierra del Fuego, para 1876, su gobierno
decía estar en posesión de toda la Patagonia, desde la cordillera al Atlántico,
al sur del río Negro. Sin embargo, todas las cuestiones habían sido
subordi¬nadas pacíficamente a arbitrajes y pactos, y solucionadas.
Así fueron resueltas las querellas por la Puna de Atacama, el
hito de San Francisco, los potreros de Mendoza, los valles de la Patagonia, el
estrecho de Magallanes, el seno de la Última Espe¬ranza y el cabo Espíritu
Santo. Sin embargo, entrado el siglo XX el conflicto por el canal de Beagle y
la soberanía sobre tres islotes al sur de Tierra del Fuego, había quedado
pendiente y sin vías de solución, sobre todo porque el tema tenía su influencia
respecto a los reclamos de ambos países sobre su sector antartico, y por¬que
había en juego una porción del océano Atlántico.
En julio de 1971, durante el tercer round del régimen de la
llamada Revolución Argentina, esto es, en la gestión del general Alejandro
Agustín Lanusse, había sido firmado en el Reino Uni¬do un acuerdo entre los dos
países para un arbitraje internacio¬nal por el Beagle. La reina británica
Isabel II entregó el 2 de mayo de 1977 a los diplomáticos de Argentina y Chile
el fallo del tribunal, que fue constituido por cinco jueces de otras tantas
naciones: Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Suecia y Nigeria. El resultado
del laudo resultó contrario a los intereses de la Ar¬gentina: le concedía a
Chile las tres islas reclamadas –Nueva, Picton y Lennox– el Cabo de Hornos y
además una proyección sobre el Atlántico que ni siquiera había pedido; y daba
nueve meses de plazo para instrumentarlo. En Argentina se empezó a hacer correr
la voz de que el veredicto era un cobro de facturas de Londres por nuestro
reclamo de soberanía sobre Malvinas y se pensó que el gobierno británico tenía
algún tipo de arreglo con el dictador Augusto Pinochet respecto a la Antártida,
o bien para tenerlo de amigo estratégico en el sur, algo que se compro¬bó
luego, durante la guerra por las islas. Entonces Chile se cobró la factura del
Beagle, sirviendo de espía a los británicos.
Hacia la Navidad de 1978, una guerra de consideraciones es¬tuvo
a punto de estallar entre Argentina y el país vecino. Desde la Armada, por los
motivos apuntados, la fogoneaba Massera por medio del comandante Armando
Lambruschini, ya que aquel había pasado a retiro en septiembre; y por el lado
del Ejército, se perfilaban como halcones cuatro jefes. Guillermo
"Pajarito" Suárez Masón, al frente del I Cuerpo con asiento en Buenos
Aires era uno de ellos. José Antonio Vaquero, del V Cuerpo con asiento en la
Patagonia, y el sanguinario general Ramón Camps, por entonces jefe de la
policía bonaerense y luego sucesor de Suárez Masón en el I Cuerpo, también eran
de la partida de los duros. El cuarto era el inefable Luciano Benjamín
Menéndez, del III Cuerpo con asiento en Córdoba. Éste era tan de derecha que,
haciendo un juego de palabras con el apellido Primatesta, se ha¬bía permitido
bautizar al arzobispo como "Testa roja", porque sin duda, desde su
óptica, hasta el más conservador era un zurdo. Primatesta nunca se llevó bien
con los titulares del III Cuer¬po. En julio de 1971, bajo el gobierno militar
de la Revolución Argentina, casi marchó preso. Sucedió que un centenar y medio
de cristianos, en representación de los diecisiete barrios más po¬bres de
Córdoba, fueron al Arzobispado un viernes por la noche a interesar a Primatesta
en la situación creada por el alza de los precios. Había entre los visitantes
mujeres y niños, hombres sin trabajo, religiosas y curas, algunos del Movimento
de Sacerdotes para el Tercer Mundo, que hacían su apostolado en esos sectores
marginales. Primatesta estaba en antecedentes de que vendrían y los recibió de
buen grado, abriendo las puertas del Arzobispado. En los balcones algunos de
ellos se hacían ver con carteles que decían: "Como pobres, como pueblo,
como Iglesia, gritamos nuestra hambre". En otro se leía: "Un general
gana 500.000 pesos por mes y un obrero 40.000". El resultado fue que el
comandante del III Cuerpo del Ejército, Alcides López Aufranc –el famoso "Zorro
de las Pampas" del enfrentamiento entre Azules y Colorados de 1962–
interpretó que se trataba de un hecho subversivo y diri¬gió personalmente un
rápido y espectacular operativo represivo, mientras Primatesta gritaba a voz en
cuello: "Juro que yo no llamé a la policía", lo cual era muy cierto.
En el comunicado del co¬mando se aseguraba que el Arzobispado había sido
"ocupado" por "sacerdotes que pertenecen al movimiento político
del Tercer Mun¬do". Ocurría que unos días antes, en Carlos Paz, los curas
de MSTM se habían reunido para ratificar su repudio al Gran Acuer¬do nacional y
a las estructuras vigentes. Primatesta salió y le exi¬gió a López Aufranc que
se retirara, pero éste no le hizo caso y comenzó a desalojar y detener a la
gente. Hombres, mujeres, monjas, curas y hasta un niño de 11 años, sobrino del
obispo de Catamarca, monseñor Torres Frías, fueron subidos a camiones del
Ejército y conducidos a la comisaría. "Monseñor, usted va a padecer los
efectos de los gases", le alertó el general, cuando Primatesta quiso
volver a entrar al Arzobispado. "Esta es mi casa y yo también quiero
padecer la acción de los gases", le respondió. Una vez adentro, el
arzobispo les explicó a sus visitantes que si no salían iban a sacarlos por la
fuerza. "Vamos detenidos. Si nues¬tro delito es ser pobres, lo haremos
gustosos como testimonio de cris¬tianos", accedieron. "¿Quieren que
los acompañe?", preguntó Primatesta. "¡Monseñor, usted no!",
exclamó el cura Acha. Primatesta miró a D'Antona, su vicario, y le dijo:
"Si querés ir vos, te lo pido". "Sí, quiero ir", respondió
y abrió de par en par la puerta para que salieran los manifestantes. Luego, en
la comisa¬ría, le dijeron que se fuera, pero el vicario se negó y entonces le
hicieron firmar un documento que decía: "Conste que monseñor Felipe
D'Antona no ha sido detenido, sino que él se considera auto detenido por estar
consustanciado con este movimiento de pro¬testa". Se esperaba, después de
tan desmesurado episodio, que Primatesta pidiera la excomunión de los
represores; después de todo, en 1955, por un hecho mucho menor como fue la
deten¬ción y expulsión de los obispos Tato y Novoa, Perón fue exco¬mulgado.
Pero no sucedió nada parecido. Tampoco hubo des¬apariciones, porque en aquel
tiempo no se las hacía. Lo único que pasó fue que de ahí en adelante, mientras
el "Zorro de las Pampas"estuvo como comandante del III Cuerpo,
Primatesta se abstuvo de concurrir a ningún acto oficial.
Videla prefería otras vías menos duras que las de Suárez Masón,
Vaquero, Menéndez o Camps para solucionar el conflicto por el Beagle y se
reunió dos veces con Pinochet para tratar de llegar a un arreglo. Fuera de la
guerra había tres posibilidades: la Corte Internacional de La Haya, la
mediación de algún país neutral, o un arreglo bilateral, y Videla se inclinaba
por esto último. Una de esas reuniones tuvo lugar en Plumerillo, Mendoza, el 19
de enero de 1978; y la otra un mes después, en Puerto Montt, Chile, el 20 de
febrero. En la primera Pinochet se mostró dispuesto a cederle algo a la
Argentina, si no aquellas islas, sí una divisoria que a partir de las 12 millas
al oeste de la isla Nueva, descendía tocando las islas Evout y Barnevelt
–constituidos en hitos de tierra– tocaba el Cabo de Hornos y aparentemente
seguía en línea recta hacia el sur, sobre ese meridiano.
En El último de facto, su autor y protagonista, el general
Reynaldo Bignone, cuenta que en esa ocasión Pinochet dibujó un garabato que
pretendía ser un mapa con un proyecto de línea divisoria entre los dos países,
que pasaba por la isla Nueva, des¬cendía por Evout y Barnevelt, donde tocaba
tierra, y de allí baja¬ba directamente 200 millas hacia el sur, sin tocar el
Cabo de Hornos. Dice Bignone:
"Según el relato de Videla, mientras Pinochet dibujaba, él
le dijo cuando estaba apoyando el lápiz en Barnevelt:
"–Doble al oeste, hasta el cabo de Hornos...
"Con una sonrisa, el otro continuó el trazado que tenía
pensado, mientras le explicaba:
"–Si le hago caso a usted, cuando vuelvo a Santiago me
derrocan."
Según Bignone, ese gráfico no tuvo valor jurídico pero sí
im¬portancia política ya que "el cardenal Samoré lo tuvo en cuenta.
Conviene retener el dato dado que, dentro de las posiciones chilenas, también
es lo más parecido a la propuesta papal".
El caso fue que en la reunión del 20 de febrero, el dictador
trasandino se despachó con un encendido discurso –pese a que se había convenido
que no los hubiera– de tono jurídico políti-co que Videla no estaba en
condición de discutir y que no dejaba ninguna posibilidad de arreglo.
"El laudo arbitral no está en discusión, ya que cualquier
acuerdo al que se llegue no afectará los derechos reconocidos a Chile por el
laudo", concluyó Pinochet.
Entre medio, el 25 de enero, pocos días antes de que venciera el
plazo otorgado por el tribunal arbitral, Argentina había desco¬nocido el laudo
basándose en defectos de fondo, ya que si bien estaba expresamente acordado que
éste no podía pronunciarse sobre las islas que caían fuera del
"martillo"–Evout, Barnevelt, Deceit y Hornos– había pegado un fuerte
martillazo incursionando sobre ellas y el Atlántico sur.
Si en aquella última reunión de Puerto Montt Pinochet dejó a
Videla pagando la factura de su ingenuidad, en casa no le espe¬raban mejores
nuevas: el 22, desde Río Grande, hacia donde ha-bía viajado ex profeso
acompañado por varios periodistas, Massera contrapuso al papelón presidencial
su figura de gran defensor de la soberanía argentina, y exclamó: "¡Se
acabó el tiempo de las pala¬bras! No vamos tolerar mutilaciones territoriales
ni vamos a aceptar injustificadas mutilaciones a nuestra soberanía marítima".
De allí en más se vivió la cuenta regresiva, sólo cortada por el
Mundial de Fútbol 78, que le dio un discutido triunfo a la Ar¬gentina –siempre
se dijo que el seleccionado de Perú se "ven-dió"– lo cual sirvió para
que por un tiempo, una mayoría com¬pletamente cholulizada, se olvidara de los
desaparecidos, los torturados, el Beagle y también de las Malvinas, aunque para
esto último hizo falta otro Mundial, el de 1982. El fallecimiento del Papa
Pablo VI, la elección y muerte de Juan Pablo I y la nueva fumata a favor del
cardenal polaco Karol Wojtyla, quien asumió como Juan Pablo II, prolongaron
aquella distracción por el horror interno.
En los primeros días de diciembre de 1978, la CEA, que se había
reunido en San Miguel bajo la presidencia de Primatesta, dio a conocer un
documento titulado La paz es obra de todos, que apuntaba tanto a entendernos
con los chilenos como a la búsqueda de una imposible reconciliación nacional, y
de paso a exculparse por sus silencios. Aunque tarde, la Iglesia buscaba parar
la mano de la tortura y la represión ilegal, le reclamaba al gobier¬no que
blanqueara a los desaparecidos y a la vez, intentaba frenar la guerra que sabía
se avecinaba para la Navidad. Algunos de los párrafos más sobresalientes fueron
los siguientes:
"Nos referimos en este mensaje al tema de la paz, tan
necesaria en el orden interno de nuestro país y en el plano internacional (...)
Hablamos no porque nos sintamos mejores que los demás, ya que conocemos
nuestras deficiencias y limitaciones. Ni lo hacemos pen¬sando que en nuestra
Iglesia no haya fallas, que debemos humilde¬mente reconocer y procuramos día a
día superar. Hablamos porque somos servidores y ministros de la palabra de Dios
(...)
"(La paz) San Agustín la definió como (La tranquilidad en
el or¬den). De ella dice el Libro Sagrado que "es obra de la
Justicia". Por su misma naturaleza la paz equilibra interiormente al
hombre y, al igual que el orden moral, abarca todos los estratos de la vida
humana.
"Chile y Argentina, pueblos hermanados en la fe y en la
historia común de libertad, vienen dando muestras de cordura y sensatez, en
procura de la paz, a pesar de todas las dificultades y de los innumerables
escollos del camino (...) Lograr la paz no sólo serviría a nuestros dos
pueblos, sino que señalaría al mundo conflictuado en tanto lugares, el camino
más apto para alcanzar la concordia y el mutuo entendimiento.
"La violencia ciega que padecimos y que generó desconfianza
recí¬proca y generalizada entre los hermanos de una misma patria, desgarró
seriamente el tejido social de la Nación. La paz interior requiere la exclusión
de todos los obstáculos que se oponen a ella (...) Un régimen de legalidad
judicial plena hará posible que nadie permanezca largo tiem¬po detenido, sin
que se le haya abierto un proceso ante la justicia (...) Los obispos tenemos
conciencia de las dificultades que entraña la acción legal frente a los
extremismos. Por ello pedimos también una actitud creativa en orden a obtener
una legislación adecuada, que por otra parte evite la tentación de actuar fuera
de la ley en la represión (...) Las autoridades deberán asegurar firmemente la
exclusión absoluta de apremios violatorios a la integridad y dignidad del
hombre.
"...Pedimos vivamente a las autoridades que, como decisiva
con¬tribución a esta paz interna, se diga una palabra esclarecedora a los
familiares de los desaparecidos, quienes se ven afectados tanto por el dolor de
la ausencia, como por la incertidumbre ante la suerte corri¬da por sus seres
queridos. La verdad de los hechos, por dura que sea, siempre será preferible a
la angustia permanente de la duda."
Este documento fue el primero que produjo la CEA tras un año y
medio de silencio. El anterior, de mayo de 1977, llamado Reflexión Cristiana
para el Pueblo de la Patria, no había surtido ningún efecto en cuanto a parar
la represión ilegal. La Iglesia había reclamado entonces en uno de sus
párrafos, que repitió en el de 1978, que se terminara con esa práctica, y había
dicho:
"Por eso recordamos que, cuando se viven circunstancias
excep¬cionales, las leyes podrán ser excepcionales y extraordinarias,
sacrifi¬cando, si fuese necesario, derechos individuales en beneficio del bien
común, pero ha de procederse siempre en el marco de la ley, bajo su amparo,
para una legítima represión, la cual no es otra cosa, cuando así se la
practica, que una forma del ejercicio de justicia".
El documento de la CEA acerca de la paz –cuanto menos con el
extranjero, ya que adentro se seguían tirando personas indefensas al Río de la
Plata desde los aviones– quizá convenció a Videla, un tragahostia, y a Viola,
un pusilánime, pero no hizo mella en el resto del generalato ni del
almirantazgo. Lejos de ello, en los días previos a la Navidad de 1978, la
sensación de una guerra inminente se hizo patente: se preparaba para el 20 de
di¬ciembre una invasión a Chile por tierra con apoyo aéreo, mien¬tras las unidades
navales navegaban rumbo al sur, en procura de las islas, sus primeros
objetivos.
La prensa hacía cálculos tácticos y estratégicos: quién tenía
más fusiles o más Mirage, quién más soldados y quién mejor entrena¬miento,
cuántos barcos tenía cada flota, cómo superar los pasos te¬rrestres por la
cordillera, qué actitud tendría Brasil, qué harían Bolivia, Paraguay y Perú...
En el sur, los chilenos afincados en diversos puntos de la Patagonia, debieron
emigrar por miedo a las repre¬salias. Además, ambos países aumentaron
considerablemente su deuda externa comprando armamento y aviones –entre ellos
los Super Etandart, que luego lucharon en Malvinas– certificando una vez más
que las guerras son buenos negocios para quienes no las padecen.
Se pensaba cruzar la cordillera a la altura de Neuquén con la
idea de desvincular el sur de Chile de la comandancia de Santia¬go, ciudad que
llegado el caso sería bombardeada por la Fuerza Aérea. Al mismo tiempo, la
Armada tomaría las islas adyacentes a la Nueva, la Picton y la Lennox, para
luego avanzar sobre ellas. Pero el hombre propone y Dios dispone: el 20 hubo
una tor¬menta feroz, con olas de más de diez metros de altura, y la opera¬ción
debió ser postergada para el 22.
Fue ahí que aparecieron en escena dos hombres providenciales: el
nuncio Pío Laghi y su amigo, el cardenal primado Primatesta, quienes sacaron a
relucir una idea que ya había sido barajada sin suerte frente a sus pares por
Videla: la mediación papal. En su mo¬mento, al presidente de facto, los
militares se la habían desecha¬do. El argumento había sido: "Si le decimos
que no a la Corona británica, hasta quedamos como patriotas, pero ¿cómo le
decís que no al Papa si se nos pronuncia en contra?".
Laghi y Primatesta no estaban solos: enseguida, el embajador de
los Estados Unidos en la Argentina, Raúl Castro, casi un chicano, a quien el
presidente Jimmy Cárter le había encomen-dado especialmente la vigilancia del
tema de los derechos huma¬nos, apoyó la idea. Los tres presionaron, se movieron
con rapi¬dez y sobre la noche del 22 las cancillerías de Chile y Argentina
recibieron del Vaticano el pedido de no innovar y la promesa de la inmediata
llegada de un enviado papal. Para eso, Primatesta viajó al Vaticano para
conseguir lo que necesitaba.
A Wojtyla le llegó la noticia de la aceptación antes de partir
de viaje. L'Observatore Romano, para el espanto de muchos, pu¬blicó la
fotografía del dictador Pinochet, a toda página. El Papa iba a mediar entre
países que estaban padeciendo brutales dicta¬duras. El cardenal Silva Enríquez
de la Vicaría de la Solidaridad de Chile, le "hizo llegar sus dudas al
pontífice". Y aunque el Papa apoyaba las acciones del cardenal chileno,
optó por la negociación con regímenes horribles y violadores de los derechos
humanos, con tal de evitar la guerra. Para el Papa polaco era importante llegar
a un acuerdo, con la mediación pontificia, apenas comenzado su reina¬do. Y que
la Iglesia católica llegara con su mensaje a todo el mundo. Latinoamérica era
un lugar demasiado importante –vivían la ma¬yor cantidad de católicos del
mundo– para la Iglesia católica y no iba a dejar pasar ninguna oportunidad.
A Lambruscini y a Massera la intervención de la Iglesia no les
hizo ninguna gracia; en cambio, el jefe del Ejército, Roberto Viola, y el de la
Fuerza Aérea, Ramón Agosti, que ya habían ordenado empezar el ataque, lanzaron
la contraorden y resolvieron esperar. Ante esa situación, a la Marina no le
quedó más remedio que suspender el desembarque. Fuentes militares confiaron
años más tarde que en la noche del 22 muchos soldados ya habían cruzado la
frontera y que luego lo hicieron varios helicópteros para avi¬sarles que se
volvieran, porque el Operativo Soberanía, como se lo llamó, había sido
abortado.
El cardenal Antonio Samoré, vicepresidente de la Comisión
Pontificia para América Latina, llegó a la capital uruguaya, un país neutral,
el 26 de diciembre y el Acta de Montevideo, firma¬da unos días después por los
cancilleres Carlos Washington Pas¬tor y Hernán Cubillos, oficializó el pedido
de mediación de am¬bos países a la Santa Sede. En función de esto, la situación
se retrotrajo al clima prebélico, de manera que todos debieron qui¬tar
gradualmente sus tropas y sus pertrechos de la frontera.
Sin embargo, hasta último momento hubo presiones para evitar una
solución. Una nota de los periodistas Alberto Amato y Héctor Pavón, publicada
en Clarín en diciembre de 1998, cuenta que el ex secretario de Culto de la
Cancillería, Ángel Centeno, les confió que el general Lucio Benjamín Menéndez
quiso impe¬dir el 8 de enero de 1979 que Pastor firmara el acta de media-ción.
"Menéndez–recuerda hoy Centeno– llegó al Aeroparque a decirle a Pastor que
no viajara a Montevideo. Se apareció de fajina y con pistola en la cadera a
decirle al canciller: "Usted no viaja". Pastor le dijo: "Yo
viajo El general Videla me dijo que viaje y yo lo voy a hacer". "
Según estos periodistas, el nunca bien recordado Ramón Camps
amenazó luego de la firma del acta al embajador Mirré, uno de los que
conformaba la comisión de diálogo con Samoré, quien contó que el general lo
había citado a su casa para decirle que no estaba conforme con su posición:
"No fue ni dulce, ni lo hizo con palabras diplomáticas. Fue
muy claro. Se ve que alguien dentro de la comisión le daba información (...)
Fue el único momento en que sentí temor. No pasó de una ame¬naza, pero la
amenaza existió ".
El domingo 8 de junio de 1979 tuvo lugar en Buenos Aires la
procesión de Corpus Christi. Había sido convocada a instancias del Episcopado
para orar por la paz entre Argentina y Chile y apoyar la mediación que llevaba
adelante Juan Pablo II. No fue multitudinaria: sólo concurrieron 50.000
personas, y eso que había contado con la adhesión de varios partidos políticos,
in¬cluido el comunista. Llovió, es cierto, pero no fue la lluvia lo que paró a
la gente, sino el miedo. Durante los días previos se había desplegado una
campaña de intimidación y amenazas. Sectores belicistas le atribuían a la
procesión un contenido político y pro¬fetizaban que habría desórdenes y
violencia.
Hasta el intendente porteño rompió una tradición de siglos:
Corpus Christi siempre había contado con esa figura en primera fila, pero esa
vez el brigadier Osvaldo Cacciatore se excusó y mandó a un funcionario de
segunda línea. El arzopispo de Buenos Aires, cardenal Juan Carlos Aramburu, sus
obispos auxiliares y unos ciento cincuenta sacerdotes dieron en la Plaza de los
Dos Congresos la misa concelebrada y la gente –entre la que se contó el
embajador chile¬no Sergio Jaspa Reyes– oró y cantó para implorar por la paz.
"El pueblo quiere la paz. Dondequiera que hurguemos en la
opi¬nión pública, vamos a encontrar el mismo sentido en la respuesta: paz, paz.
No quiero decir que sea un plebiscito, pero es todo un signo que demuestra el
pensar y el deseo de un pueblo", dijo Aramburu. La ceremonia se repitió en
todas las diócesis del Gran Buenos Aires y del interior del país, y también a
lo largo de Chile, según lo habían dispuesto en mayo ambas conferencias
episcopales.
En el extremo sur, el obispo de Rio Gallegos, monseñor Mi¬guel
Ángel Alemán, y de Punta Arenas, Tomás González Mora¬les, publicaron un
documento conjunto en el que recordaron el juramento hecho el 13 de marzo de
1903 por los dos gobiernos, al emplazar en los Andes el monumento a la paz,
fruto del Pacto de Mayo del año anterior, que había establecido el principio
bioceánico de Chile en el Pacífico y Argentina en el Atlántico, y repitieron
las palabras grabadas en la placa: "Se desplomarán pri¬mero estas montañas,
antes que argentinos y chilenos rompan la paz jurada ante el Cristo
Redentor".
Previo a la firma del Acta de Montevideo, se le había explicado
tanto a Pío Laghi como a Samoré cuál era la posición de mínima de la Argentina:
el asentamiento de una línea con puntos en tierra fir¬me que terminara
definitivamente con los afanes expansionistas de Chile. Samoré prometió
trasladársela al Papa y Pío Laghi firmó un documento en el que se hacía constar
ese compromiso.
El Papa aceptó la mediación y se conformó una comisión chilena y
otra argentina para que concurrieran al Vaticano a discutir las po¬siciones.
Así, con más tires que aflojes, pasó 1979 y sobre el fin de 1980 el Papa
resolvió cortar por lo sano: citó a los dos cancilleres y les entregó lo que a
su juicio era la solución del diferendo.
Fue el 12 de diciembre y el documento se titulaba Propuesta del
mediador. Sugerencias y consejos. La línea delimitadora partía del punto fijado
por las coordenadas de 55 grados, 7 minutos y 3 segundos de latitud sur y 66
grados, 25 minutos y cero segundos de longitud oeste y la fijaba por tanto en
el agua, no en tierra.
Chile la aceptó enseguida pero la Argentina dilató todo lo que
pudo un pronunciamiento. El Papa no había tenido en cuenta para nada la
posición que Samoré había prometido hacerle co-nocer y ahora el gobierno
argentino se encontraba frente a un hecho consumado. ¿Cómo decirle que no al
Papa? Videla no se animó a hacerlo en los términos en que había sido redactado
el documento, y Roberto Viola, quien asumió como presidente el 29 de marzo de
1981, dijo que él no pagaría los costos y que le arreglaran ese asunto antes de
asumir. Y así fue.
El 25, la comisión argentina en el Vaticano le hizo saber al
Pontífice que su solución no había tenido en cuenta la recomen¬dación del país
y que además la propuesta adolecía de ciertas imprecisiones sobre algunos
puntos. El cardenal Samoré montó en cólera: "¿Qué clase de autocracia
militar maneja a la Argentina, que consulta hacia abajo lo que debe hacer? En
Chile por lo menos hay uno que comanda, que dirige, pero está visto que Videla
no tiene ni un mínimo de autoridad", le gritó exaltado a Federico Mirré,
consejero de la comisión.
Durante el gobierno de Viola se suscitaron incidentes a ambos
lados de la frontera: un chileno fue atrapado del lado argentino y dos
matrimonios de militares fueron sorprendidos sacando fotos del otro lado de los
Andes. Esto sirvió de excusa para que Leopoldo Fortunato Galtieri, por entonces
comandante en jefe del Ejército, cerrara en mayo como "medida
precautoria" la frontera con Chile.
Llegados a este punto, otra vez las iglesias de ambos países
debie¬ron renovar sus esfuerzos para procurar que la paz no se rompiera.
Primatesta, como presidente del Episcopado argentino, exhortó públicamente al
gobierno de Viola a analizar "con atención y no con pasión" la
propuesta papal, en tanto que su amigo Laghi hacía saber que el Papa instaba a
ambos gobiernos a dar los "pasos adecuados para mantener un clima
favorable a la mediación".
Samoré murió al comenzar 1983 y el Papa prefirió seguir
acer¬cando las partes mediante los buenos oficios de monseñor Agostino
Casaroli, amigo a su vez de Primatesta, en vez de hacer nuevas sugerencias. Así
fue cómo las negociaciones se prolonga¬ron hasta fines de 1984. El 29 de
noviembre de ese año los nego¬ciadores acordaron un "Tratado de paz y
amistad", que en reali¬dad no variaba mucho del anterior, aunque era un
poco más preciso y cerraba, con el llamado Mar de la Paz, cualquier posibi¬lidad
de intromisión de Chile en el Atlántico, más allá de una zona común a ambos
países. El principio bioceánico de Chile en el Pacífico y Argentina en el
Atlántico, había dado paso a otro más novedoso y abarcativo: Chile en el
Pacífico y el Atlántico, y Argentina en el Atlántico y el Pacífico. Sin
embargo, los límites seguían estando en el mar y Chile se quedaba con las tres
islas que, justo es decirlo, ocupaba de hecho desde hacía un siglo, sin que
Argentina las reclamara.
El cardenal Casaroli, secretario de Estado del Vaticano, tomó a
su cargo la tarea de entregarles a los cancilleres de Argentina y Chile ese
tratado, que fue oficialmente aprobado y firmado por ambas partes el 18 de
octubre de 1984. Por otra parte es interesante decir, que por estos años y a
comienzos de la era Reagan en Estados Uni¬dos, el Vaticano y el país del norte
iniciaron una estrechísima rela¬ción política. La cruzada antimarxista del Papa
era un calco de la de Ronald Reagan y producía beneficios para ambas partes que
fueron muy bien aprovechados. Bill Casey y el general Vernon Walters –
recientemente fallecido– viajaban regularmente a Roma y mante-nían largas
reuniones con Wojtyla donde intercambiaban informa¬ciones sobre los países del
Este, Polonia, la Unión Soviética, Centroamérica, Chile, Argentina, los
movimientos de los teólogos de la liberación, Medio Oriente, África, etc. Los
expertos en inteli¬gencia estadounidense definían la relación entre el Papa y
Reagan como "una de las más grandes alianzas secretas de los últimos
tiempos". En Estados Unidos, Pío Laghi, andaba por las zonas rojas de la
Casa Blanca y el Pentágono como en su casa. Así, se pueden entender muchas
posiciones del Vaticano, que fueron bajadas a la Iglesia ar¬gentina, en estos
tiempos. El Papa era el mejor agente de inteligencia de los intereses de
Estados Unidos y Estados Unidos servía a los intereses del Vaticano.
Para entonces en la Argentina se vivían aires renovados por la
democracia: Raúl Alfonsín había asumido el 10 de diciembre de 1983. Por decreto
2272/84, el presidente constitucional convo¬có a un referéndum para que la
gente le dijera Sí o No al acuerdo firmado y ratificado por el Congreso.
Por esos días, el historiador revisionista José María Rosa
opi¬nó en la revista Familia Cristiana: ''Me causan mucha gracia los presuntos
nacionalistas que hoy se rasgan las vestiduras por nuestra soberanía
territorial en el Beagle y que durante el Proceso Militar entregaron nuestra
soberanía económica, política y cultural". Rosa, que era un peronista de
cuño nacionalista, propuso "peronizar el sí", entendiendo que el mal
no era Chile, sino la oligarquía liberal. Como quiera que sea, un pueblo
cansado de guerra –Malvinas había tenido lugar en 1982– le dio la razón y votó
por el Si.
Cinco años antes, el 1 de enero de 1979, en su mensaje para la
jornada de la paz, Juan Pablo II había expresado: "No tengáis miedo de
apostar por la paz. Llevad a cabo gestos de paz, incluso audaces, que rompan
con los encadenamientos fatales y con el peso de las pasiones heredadas de la
historia. Tejed pues pacientemente la trama política, económica y cultural de
la paz". Así había sucedi¬do, tal cual.
Malvinas, un sentimiento
Con Malvinas no hubo la misma suerte. El 11 de junio de 1982 , a
las nueve de la noche, Juan Pablo II descendió del avión que lo trajo por
primer vez a la Argentina. Su primer gesto al bajar fue agacharse y besar el
suelo. Estuvo apenas dos días y le tributaron, como era de suponer,
multitudinarios y entusiastas homenajes. Fue un viaje apresurado, corrido por
las circuntancias, que lo obligaría a volver en 1985, según arreglaron Casaroli
y Primatesta en aquel almuerzo en el Vaticano, para quitar de los corazones el
sentimiento de desazón que envolvió aquel primer raid. Primatesta no tuvo
participación en la organización protocolar de la primera visita, ya que en ese
momento era el cardenal Juan Carlos Aramburu quien presidía el CEA, pero ha¬cia
adentro se preocupó en hacer saber que la visita del Sumo Pontífice era
exclusivamente pastoral y que nada tenía que ver con la guerra contra Gran
Bretaña, ni con la actividad de media¬dor que aún seguía ejerciendo en el
conflicto con Chile por el Beagle. Para que le creyeran, Primatesta juró sobre
las Santas Es¬crituras. Pero fue en vano.
La Argentina había tomado las islas Malvinas en la madruga¬da
del 2 de abril, en un desembarco sorpresivo e incruento –al menos para los
ingleses– ya que se había dado la orden de no tocar a ninguna autoridad del
Reino Unido y ni a un solo kelper. Pero aun así el desafío al Imperio Británico
fue enorme y costó muy caro: la Task Forcé se puso en marcha y al cabo de la
guerra, que duró dos meses, 650 soldados argentinos en su mayoría re¬cién
reclutados y sin entrenamiento ni pertrechos adecuados, resultaron muertos, y
otros 1.900 heridos de gravedad, muchos de los cuales quedaron inválidos o
mutilados.
Unas copas de whisky hicieron posible lo que en sobriedad jamás
se hubiera soñado: creer que aquello iba a ser un "toque y me voy".
Un arbitraje con los pies dentro del plato. Una aventura patrioteril sin
mayores consecuencias. Era no conocer la tradi¬ción británica. El hundimiento
del crucero General Belgrano fuera de la zona de exclusión, hecho ex profeso
por orden de la prime¬ra ministra Margaret Thatcher para que la Argentina ya no
pu¬diese arrepentirse, y que costó la vida de 300 chicos, marcó el punto de no
retorno. La mediación del secretario de Estado del gobierno de Ronald Reagan,
Alexander Haigg, de indudable perfil filo británico, no sirvió de nada. El
juego de la guerra se había convertido en dramática realidad y los generales de
escritorio no estaban en condiciones de hacerle frente. Galtieri acababa de
darse cuenta de que aquel supuesto guiño que los Estados Unidos le habían hecho
en su gira por Washington –lo llamaron "el gene¬ral majestuoso" por
ser rubio, alto y de ojos celestes– no había sido más que una trapisonda del
alcohol. Su delirium tremens no eran esta vez las cucarachas ni las arañas,
sino el callejón sin sali¬da de una guerra fantasmagórica, irremediablemente
inútil y perdida desde el comienzo. La Casa Blanca se había alineado con el
Palacio de Buckingam y en tiempos atómicos ya no se podía echar a los ingleses
con ollas de aceite hirviente.
Una de las misas que ofició el Papa en Buenos Aires fue frente
al Monumento de los Españoles, en Palermo, donde se improvisó un altar al aire
libre. Allí oró y pronunció una vibrante alocución por la paz. Testigos de las
dos entrevistas que mantuvo con el presiden¬te de facto Galtieri, coinciden en
afirmar que no le escucharon pronunciar una sola palabra en torno a la guerra
ni a la posibili¬dad de una rendición. No obstante, en el ánimo de millones de
personas quedó grabada la sospecha de que Juan Pablo II había venido a ponerle
fin al mejor precio posible.
En Malvinas, ésta es la historia, su autor, Nicanor Costa
Méndez, quien fuera en aquellos momentos canciller de la Ar¬gentina, escribió
al respecto:
"Su Santidad mantuvo dos entrevistas con el presidente
Galtieri y con la Junta de Comandantes. En ninguna de las dos oportunida¬des
mencionó el tema bélico ni se refirió a las posibilidades concretas de poner
término a las acciones. No formuló ni propuestas de paz ni ofertas de
mediación. Uno de los ayudantes de Su Santidad, un obispo español, sin embargo,
en una conversación privada, me dijo: "Esta¬mos con ustedes, estamos con
ustedes". Ésa fue toda la referencia que recibí de la misión papal durante
el viaje a la Argentina. Tanto el presidente Galtieri con quien hablé del tema
en diversas oportuni¬dades, como los miembros de la Junta, me aseguraron, y no
tengo por qué dudar de su opinión, que el tema no fue analizado nunca, en esas
cuarenta y ocho horas".
Pero el caso es que –¡oh, casualidad!– inmediatamente an¬tes de
llegar a Buenos Aires, Juan Pablo II visitó Londres y se entrevistó con Isabel
II. ¿Por qué lo habrá hecho? O Costa Méndez prefirió llevarse el secreto del
doble viaje del Papa a la tumba, o era bastante más despistado de lo que se
podría haber esperado de un canciller.
Como es sabido, los monarcas británicos son a la vez jefes de la
Iglesia Anglicana y eso es lo que decidió a Juan Pablo II, jefe de la Iglesia
Católica romana, a privilegiar la entrevista con Isabel II antes que con aquel
"general majestuoso" que gobernaba la Ar¬gentina, a quien dejó en
segundo lugar.
Obviamente, el Papa no dejó de tener en cuenta que en el Reino
Unido hay cinco millones de católicos, quienes en aque¬llos tiempos salían a la
calle con pancartas reclamando por la paz. A esa altura de la guerra era
factible que Wojtyla lograra un gesto de benignidad de la reina hacia los
vencidos, puesto que ya no cabían dudas de que Gran Bretaña la había ganado.
Ese gesto se patentizó cuando, al firmar la rendición, se convino en el pun¬to
primero del acta que el vencedor "reconoce el valor de las tropas argentinas"
las que serían evacuadas "a bordo de buques y aeronaves argentinas";
y en el punto cinco, que "no habrá entrega de bande¬ra a los efectivos
británicos".
Si a Londres el Papa fue a requerir piedad y consideración, en
Buenos Aires su palabra se orientó a rescatar la resignación como virtud
cristiana y a fortalecer los espíritus para soportar el dolor y la frustración
que traerían los días por venir. Las suyas fueron jornadas maratónicas en
procura de salvaguardar vidas y en tra¬tar de que la victoria inglesa no fuese
demasiado humillante.
Sin embargo, mientras el pueblo y el Papa oraban por la paz,
Malvinas era una carnicería: los gurkas, milicianos expertos en el manejo de
armas blancas, pasaban a degüello sin ningún mira-miento a los soldaditos de 18
años recién reclutados y sin ins¬trucción militar, que se rendían a su paso
creyendo en el cuento del debido respeto a la Convención de Ginebra.
En la madrugada del 13 de junio, conquistados ya los montes Dos
Hermanas y Longdon, las fuerzas británicas comenzaron el avance sobre las
colinas de Tumbledown y Williams, últimos obstáculos topográficos y bélicos
para llegar a Puerto Argentino, donde estaba el bunker de la comandancia de
nuestro país, situa¬do sobre una planicie, a sólo cuatro kilómetros de
distancia, y atosigado por los buques de guerra y los portaaviones de la Real
Navy desde el estrecho San Carlos. Ganar aquellas dos colinas marcaría el final
de la marcha y también el final de la contienda.
Antes de que cayera la noche, la infantería logró su objetivo
apoyada por los aviones de combate Sea Harrier. De un lado y del otro, cañones,
misiles, bombas y ametralladoras despedaza¬ron el aeropuerto y algunas
viviendas, causando incluso vícti¬mas civiles entre los kelpers. El comandante
de las fuerzas de mar, tierra y aire argentinas en Malvinas llamó desesperado
por teléfono al "general majestuoso ". La respuesta que recibió desde
el despacho de la Rosada olió a whisky:
–Saque las tropas, pero saquelas para adelante.
No le hizo caso. A las nueve de la noche del 14 de junio de
1982, pasados 74 días del comienzo de aquella épica, pero tam¬bién desquiciada
aventura de recuperar las islas Malvinas, Ar¬gentina se rindió ante el Imperio
Británico.
"Yo, el suscripto, comandante de todas las fuerzas
argentinas de tierra, mar y aire en las islas Falkland, Mario Benjamín
Menéndez, me rindo al mayor Jeremy J. Moore en su carácter de representante del
gobierno de Su Majestad británica", decía el documento en su parte
inicial.
Quien lo firmaba en representación de la Argentina era el
general Mario Benjamín Menéndez, hijo de Luciano Benjamín Menéndez, aquel que a
toda costa había querido hacerle la gue¬rra a Chile. Todo el mundo recordaba su
imagen al embarcar rumbo a las islas para hacerse cargo de las operaciones.
Enton¬ces, Mario Benjamín Menéndez había jurado: "Sólo me sacarán de allá
con los pies para adelante", aludiendo a que iba a dar su vida por la
soberanía. Pero salió caminando, contento de seguir vivo y poder contarlo.
A todo esto, Chile se tomó venganza por lo del Beagle: du¬rante
la guerra de Malvinas le procuró a Londres ayuda encu¬bierta y le aportó no
sólo respaldo en términos de inteligencia, sino también maniobras de
distracción por medio de desplaza¬mientos terrestres y navales.
El lunes 14, en Londres, Margaret Thatcher le había anuncia¬do
al Parlamento:
"Después del éxito de los ataques de anoche, el general
Moore decidió presionar a los argentinos mientras éstos se retiraban. Nues¬tras
fuerzas llegaron a las márgenes mismas de Port Stanley. Un gran número de
soldados argentinos tiró sus armas. Se informó que hay banderas blancas
flameando sobre Port Stanley. Se ha ordenado a nuestras tropas no disparar a
menos que sea en defensa propia. En estos momentos se realizan conversaciones
entre el general Menéndez y nuestro segundo comandante, brigadier Walters, acerca
de la ren¬dición de las tropas argentinas en las dos Falklands".
Esa noche un Galtieri ojeroso apareció en las pantallas de los
televisores para anunciar la rendición de manera elíptica:
–El fuego ha cesado en Puerto Argentino–dijo.
Pero el martes 15, tal vez envalentonado por un vaso hasta el
tope del más puro scotch, convocó al Estado Mayor y le dio 72 horas para
presentar un informe detallado sobre las pérdidas de armamento y un programa
para recuperar el poder de fuego y aumentarlo.
–El Estado Mayor se va a quedar quieto. Los puse a trabajar...
–les dijo sonriente a sus adláteres, convencido de que acababa de atajar el
cobro de facturas que se le avecinaba. Y dicho esto, con¬vocó al pueblo a la
Plaza de Mayo, esperando que lo apoyaran y que le pidieran continuar la guerra.
Pero los grupos que comenzaron a concentrarse esa tarde tenían otras
intenciones y las expresaban en sus cánticos: "Galtieri, borracho,
Menéndez, cagón el pueblo no olvi¬dará esta traición". Cuando cayó en la
cuenta, ordenó reprimirlos con gases, bastonazos y perdigones de goma. Los
diarios del día si¬guiente contaron que algunos oficiales se abrazaban con la
gente y que todos lloraban de impotencia.
El Estado Mayor deliberó esa noche, aunque no acerca de la tarea
encomendada. Su jefe, el general Cristino Nicolaides, fue el encargado de
decirle a Galtieri que ya no tenía la confianza de la fuerza y que debía irse a
casa. Quienes fueron testigos de esos momentos contaron que el "general
majestuoso" hizo un último intento: llamó por teléfono a la Primera
Brigada de Caballería y le ordenó que tomara Buenos Aires. La respuesta fue
negativa y se tuvo que ir.
Como hizo Estados Unidos con los combatientes en Vietnam, así
hicimos nosotros con aquellos chicos de Malvinas: fue¬ron recibidos con pena y
sin gloria por la puerta de atrás. No por decisión del pueblo, ciertamente,
sino del gobierno militar. Y la Iglesia local no se portó mejor, ni siquiera
con los familiares de los que habían desaparecido en combate y cuyo destino era
incierto: no se sabía si los habían hecho prisioneros, si eran rehe¬nes o si
estaban muertos.
Uno de los padres que durante años buscó incansablemente a su
hijo –el piloto de la III Brigada Aérea Miguel Ángel Giménez, desaparecido en
vuelo durante la guerra de Malvinas– fue Isaías Giménez. La búsqueda lo llevó a
liderar una fundación de pa¬dres en idénticas condiciones y a viajar por el
mundo en procura de datos sobre centenares de combatientes acerca de cuyo
desti¬no se tejían innumerables versiones. En el Vaticano, fue recibido dos
veces por Juan Pablo II. En Ginebra, se entrevistó con el presidente del
Consejo Mundial de Iglesias, el reverendo J. Jacques; con el subsecretario
general de la ONU, Kurt Herndl; con los directores de Derechos Humanos y
Desapariciones Forzozas de ese mismo organismo, Kwadwo Nyamekye y Tom Mc
Carthy; y con los encargados del área latinoamericana de la Cruz Roja
Internacional, André Pasquier y Pierre Josseron. En Londres se reunió con el
deán de Isabel II y número dos de la Iglesia Anglicana, el obispo de
Westminster Michael Mayne; con Davie Pattison, secretario general del Sínodo de
la Iglesia Angli¬cana; con Marjorie Best, de la iglesia Quáquera; con la
baronesa Young, ministra de Relaciones Exteriores para América latina; y con el
mismísimo Lord Shackleton, con toga y peluca de rulos blancos, en su reservado
de la Cámara de los Lores.
Giménez fue también, por expresa excepción dispuesta por el
gobierno de Margaret Thatcher, el primer argentino que pisó Malvinas después de
la guerra. Eso sucedió en septiembre de 1986, cuando el Reino Unido le notificó
que finalmente el cuerpo de su hijo Miguel Ángel había sido encontrado dentro
de su avión Pucará, incrustado a un costado del cerro Azul, y lo autorizaron a
que fuera a su entierro. Si el mundo, e incluso los adversarios, lo atendieron
–y eso incluye a los padres de los soldados britá¬nicos muertos en la contienda
y a los kelpers, que lo recibieron dos veces– no pasó lo mismo en su propio
país, donde no sola¬mente los militares y los políticos le rehuían, sino además
su propia Iglesia.
En El halcón perdido, el libro que escribió en 1987, y en el que
describe esa larga búsqueda de su hijo durante cuatro años, Isaías Giménez
contó que mientras los protestantes le abrieron todas las puertas, entre los
católicos, el único que ayudó a esos desespe¬rados padres fue monseñor Andrés
Karame, prelado maronita, quien por otro lado se había arrogado en 1974 la
representación del Papa en las exequias de Juan Domingo Perón, justo el día que
el nuncio Pío Laghi llegaba a la Argentina, como se vio en el Capítulo 6.
En El halcón perdido Giménez escribió:
"Karame fue el único exponente de la Iglesia Católica que
hizo lo que pudo por nosotros. Le habíamos mandado notas a Aramburu, a Zaspe,
inútilmente: ninguno dio muestras de interesarse por los des¬aparecidos de
Malvinas. Y tampoco el nuncio Ubaldo Calabressi (sucesor de Pío Laghi). Nos
recibió en dos oportunidades, es cierto; pero no cumplió con ninguna de las dos
cosas que le pedimos: que intercediera ante los militares argentinos para
convencerlos de que debían investigar, y ante el Papa para que presionara a la
Corona.
"A la mayoría de los padres, como católicos practicantes,
esta si¬tuación nos dolía profundamente. Y nos asombraba. Porque más allá de
sentirnos desprotegidos por nuestra propia Iglesia, éramos re¬ceptores de la
solidaridad y la bienaventuranza de los protestantes, llámense Evangelistas o
Adventistas del Séptimo Día. El contraste no podía ser mayor. Nuestras notas
enviadas a Philip Morgan, o a W. D. Pattison, o a Roger Willianson, o a Paul
Oestreicher –entre los evangelistas– y a Gastón Couzet o a Ronald Surridge
–entre los adventistas– no sólo obtuvieron respuesta, invariablemente, sino que
además esas respuestas contenían el fruto de los pedidos de infor¬mes que ellos
habían hecho a Inglaterra. Le debíamos al pastor evan¬gelista J. J. Jacques
haber tenido con qué viajar a Londres. Y le debíamos a Philip Morgan nuestra
entrevista con el número dos del Foering Office. "
En una entrevista que le hicieron hace unos años, Giménez se
lamentaba: "¿Sabe que de las doscientas y pico de tumbas de argen¬tinos
que hay allá, más de cien todavía son de NN? ¿Sabe lo que significa para un
padre ignorar si su hijo está enterrado o no? ¿A usted le parece que ésta es un
política de cristianos?".
La guerra perdida de Malvinas precipitó un triunfo, sin
em¬bargo. El dolor por los muertos y la pérdida de la soberanía en las islas,
vinieron a confirmar en este caso que no hay mal que por bien no venga: la
dictadura se caía a pedazos, algo que jamás hubiera pasado de haber resultado
victoriosa contra los ingleses. Galtieri cayó y el jefe del Ejército, Cristino
Nicolaides, llamó a Primatesta y le contó que Bignone, elegido para presidente
de la última junta, le había puesto una condición para aceptar hacerse cargo de
las ruinas:
–Necesito un gesto de Primatesta, si no, no llego a asumir–dijo.
Primatesta le respondió a Nicolaides:
–Decile a Bignone que primero haga un gesto político. Que
levante la veda de los partidos políticos.
Y Bignone cumplió al pie de la letra.
Galtieri fue condenado a doce años de prisión por impericia en
la conducción de la guerra de Malvinas, pero Carlos Menem lo indultó. Luego, el
juez español Baltasar Garzón pidió su cap-tura por su responsabilidad en la
desaparición de 400 españoles durante la dictadura.
El robo de la custodia
Corría 1984, gobernaba Raúl Alfonsín y Primatesta se dispo¬nía a
impartir en la Catedral de Córdoba una bendición especial a los fieles ya que
se cumplía medio siglo del histórico Congreso Eucarístico Internacional. El
sacristán levantó la custodia–copa de oro con incrustaciones de rubíes,
esmeraldas, diamantes y to¬pacios, en la que se coloca la hostia consagrada
para la adoración de los fieles– y la sintió extraña.
–Cardenal, juraría que la custodia está mucho más pesada–dijo.
Primatesta sonrió.
–Esta noche acordáte de tomar más sopa para que mañana no te
pese tanto–le contestó.
Pero el sacristán tenía razón: la custodia estaba mucho más
pesada. La razón vino a saberse cuatro años más tarde, a raíz de una pelea en
la calle entre un anticuario, Pablo Ñores Bordereau, y un marchant. Éste corrió
a la comisaría a hacer la denuncia de la agresión y acusó a Ñores Bordereau de
hacer negocios sucios con los curas. Entre otras cosas dijo que el anticuario
había ven¬dido ilegalmente, entre otras piezas invalorables por su historia, la
custodia "La Preciosa" de la catedral.
–No puede ser, me consta que "La Preciosa" está en la
iglesia –respondió Primatesta a los policías que vinieron a avisarle que ya no
iba a tener con qué dar misa.
Fue entonces que el sacristán le recordó que por más que
lle¬vaba cuatro años tomando sopa, igual la custodia le seguía pare¬ciendo más
pesada. La mandaron a peritar y se descubrió que, efectivamente, se trataba de
una réplica simil oro con incrustaciones de vidrio, lo que más allá del robo
vino a confir¬mar lo que decían Juan XXIII y Juan Pablo I: que la Iglesia no
necesitaba de oropeles y que antes bien había que liquidarlos para ayudar a los
pobres.
La investigación, de la que se hizo eco el periodista Sergio
Rubín, del diario Clarín, en octubre de 2000, arrojó como resultado que a fines
de los años setenta había existido una "singular trama delictiva compuesta
por dignatarios eclesiásticos, anticuarios y coleccionistas, que vendió
ilegalmente más de cien valiosas antigüedades de la catedral lo¬cal,
reemplazándolas por falsificaciones". El titular de Clarín del 19 de
octubre decía: "Aparecen piezas robadas de la catedral de Córdoba en los
años setenta". Y en letras destacadas agregaba: "Sólo tres de los
obje¬tos vendidos valen dos millones".
Uno de esos tres objetos era el báculo de fray Mamerto Esquiú,
el orador de la Constitución y candidato a santo, cuya tumba se en¬cuentra en
la catedral cordobesa. Fray Mamerto no gana para sustos: recuérdese que su
corazón, que está en Catamarca, también fue robado en los tiempos de Saadi y
que luego apareció sobre los techos del colegio católico que lo guarda como
reliquia, anécdo¬ta que relatamos en el Capítulo 9.
En octubre de 2000 el tema tomó actualidad porque se supo que
dos de los cuatro sillones que faltan de la catedral fueron subastados y porque
el programa Telenoche Investiga dio a conocer una carta escrita antes de morir
por uno de los culpables de la maniobra: monseñor Edmundo Alvarez Rodríguez,
canónigo de la catedral. En esa carta el sacerdote explicaba: "En aquel
momento sólo rondaba en mi mente la acuciante necesidad de resolver el problema
económico de la catedral. La Iglesia de Córdoba nunca aclaró si el dinero se
utilizó para ayudar a que los pobres comieran o si por el contrario contribuyó
a que sus curas vivieran con ciertos lujos".
Telenoche Investiga sugirió que Primatesta optó por ignorar los
sucesos, pero Carlos Heredia, vicario judicial del arzobispa¬do, dijo que el
cardenal había intervenido inmediatamente, que suspendió a Alvarez Rodríguez y
al entonces vicario general, Car¬los Audisio, de sus funciones administrativas,
y que indepen¬dientemente del juicio civil, los sometió junto con los laicos al
código canónico. A Bordereau, por ejemplo, se le prohibió ser padrino en
ceremonias religiosas. En primera instancia todos fueron hallados culpables,
pero luego la Santa Sede consideró que la causa había prescrito. Algo similar
ocurrió en el ámbito civil. Sin embargo, Primatesta inició otro juicio para
tratar de recuperar al menos una parte de las piezas robadas, juicio que ya
tuvo sentencia favorable en primera y segunda instancia. Según Sergio Rubin,
"la custodia fue comprada por el coleccionista porte–o Horacio Porcel,
quien habría dicho que le costó tres departa¬mentos ubicados en Viamonte y
Ayacucho". Sin duda: se sabe que la custodia "La Preciosa",
valuada en un millón de dólares, fue rematada por 240.000 pesos.
Porcel también compró el báculo de fray Mamerto y sostuvo
siempre –aunque no pudo probarlo– que las ventas se habían hecho con
autorización eclesiástica, lo que de ser cierto podría permitirle retener las
piezas. Esto es así por cuanto la legislación civil prohibe la venta de
patrimonio religioso, salvo que se cuen¬te con autorización de la Iglesia. Pero
al parecer, y para desgracia de Porcel, en la causa consta una carta de
Primatesta, fechada en 1967, en la que el arzobispo les recuerda a sus sacerdotes
que no pueden vender objetos de culto sin su permiso.
Los sillones capitulares de coro del siglo XVIII pertenecían al
altar mayor de la catedral y fueron rematados en octubre de 2000 por siete mil
pesos cada uno por una conocida casa de subastas de Buenos Aires, junto a una
mesa de centro, de madera, con tapa de mármol y herrajes de bronce, vendida en
diez mil pesos, según precisó Telenoche Investiga.
El amigo de Yabrán
El 11 de mayo de 1989, en las oficinas de la fundación de la
calle Venezuela, el candidato Carlos Menem, el cardenal Raúl Primatesta, el
vocero del primero, Tata Yofre, y el asesor político del segundo, Hugo Franco,
compartieron un almuerzo.
–El domingo usted va a ser el presidente de los argentinos.
Dis¬frute con su pueblo, pero sea humilde. Quédese en La Rioja. El pri¬mer
llamado debe ser para su adversario–le recomendó Primatesta.
Su pronóstico fue exacto: Menem ganó por lejos la elección y de
inmediato, desde La Rioja, lo primero que hizo fue llamarlo a Eduardo Angeloz,
su oponente radical en la contienda electoral. Al presidente electo el gesto no
le costó demasiado, aunque hu¬biera correspondido que fuese Angeloz quien se
apresurara a re¬conocer su derrota y felicitarlo. Después de todo, habían sido
compañeros en la Facultad de Derecho de Córdoba y se cono¬cían desde la
juventud.
Primatesta también tenía un gran acercamiento a Angeloz, ya que
ambos cumplían desde hacía rato funciones expectables en esa provincia, uno
como arzobispo y el otro como gobernador.
Además de todo, eran amigos. Precisamente, con él acordó la
inclusión en la Constitución de la provincia de Córdoba – reformada para que
Angeloz pudiera ser reelecto– del prin¬cipio de la defensa de la vida humana
desde la concepción y los principios de autonomía y cooperación entre la
Iglesia el Estado.
Menem le preguntó en aquel almuerzo a Primatesta en qué le podía
ser útil una vez que fuese presidente y el cardenal ni lento ni dormido le dijo
que su preocupación era el Ministerio de Edu¬cación y le propuso una terna para
que eligiera al próximo mi¬nistro: Salonia, Van Helderen o Tagliabue. A este
último Alfonsín ya se lo había rechazado –como veremos en el Capítulo 8– por
razones de peso, pero Primatesta insistió igual, porque pese a su pasado, para
él era el mejor candidato. Pero no pudo ser: Menem eligió a Salonia, un laico
católico.
Pasado un tiempo, ambos se volvieron a encontrar en la caso¬na
de Hugo Franco, en San Isidro.
–Usted es el único que puede firmar esto, porque estuvo preso
cinco años. Piénselo. El país necesita tener paz–le dijo Primatesta.
El tema planteado era el indulto o la amnistía a los ex
coman¬dantes de la dictadura militar, que su antecesor, Raúl Alfonsín, había
ordenado procesar. Primatesta le aconsejó el indulto, que equivalía al perdón
del delito, porque la amnistía significaba en cambio eliminar el delito
cometido. Y Menem preparó el indul¬to consultando cada uno de los puntos con el
arzobispo.
Parecía que todo iba a ser armonía entre el nuevo presi¬dente,
pero el tiempo demostró que no fue así. Primatesta le había aconsejado:
–Usted tiene que estar junto a la Iglesia, pero nunca pegado.
Hágame caso.
Pero Menem se cortó solo y su postura dividió a la Iglesia.
Aceptó de buena gana que lobbystas como Esteban Cacho Caselli, a quien
Primatesta y otros caudillos eclesiáticos odiaban, le abrie¬ran las puertas del
Vaticano. A través de Caselli apostó al Opus Dei y al ala ultraconservadora de
la Iglesia y obtuvo buenos frutos: Juan Pablo II lo recibió cinco veces, todo
un record Guinnes para un presidente del tercer mundo.
En 1994, al cumplir los 75 años, Raúl Francisco Primatesta
presentó su renuncia al Vaticano, tal como establece una disposi¬ción de Pablo
VI, según la cual, cumplida esa edad, ya no se puede continuar al frente de una
diócesis ni aspirar a suceder al Papa. Pero Juan Pablo II se la aceptó con una
demora de más de cuatro años, recién en noviembre de 1998.
Durante sus cuarenta y un años de obispo y dentro de ellos,
treinta y tres como arzobispo de Córdoba, el cardenal había sido cuatro veces
presidente de la la Conferencia Episcopal y en esa función se había relacionado
con todos los niveles del poder y de la política. Puede decirse que estuvo en
el eje del devenir del país por casi medio siglo, y que además le tocó bailar
con la más fea, ya que accedió por primera vez a la CEA en mayo de 1976, el
momento en que más desapariciones de personas se produjeron, y condujo la
Iglesia hasta 1998, sin apartarse de la conducción episcopal. Amado u odiado,
nadie del ámbito clerical puede decir que no fue protagonista de los grandes
momentos de la vida política argentina.
En abril de 1996, mientras los obispos celebraban una asam¬blea
plenaria en San Miguel con miras al Jubileo y con el fin de emitir un documento
autocrítico del rol de la Iglesia durante la dictadura –algo que Juan Pablo II
les había encomendado– Primatesta sorprendió a todos por las expresiones que
usó en un reportaje que le hizo la agencia de noticias DyN. Nunca antes se lo
había escuchado condenar tan duramente la represión y el papel cumplido por la
Iglesia en esos años. "A la Iglesia le faltó un gesto uniforme y general,
ha habido gestos de obispos particulares, pero a la Iglesia le faltó una
actitud uniforme y general", subrayó.
"Hubo laicos, sacerdotes y hasta obispos que han tenido su
simpa¬tía hacia uno y otro lado. Desgraciadamente también hubo fieles que se
comprometieron en una acción de violencia. Obispos no creo, pero sí sacerdotes
y laicos, de cuya buena voluntad no dudo. Era un momento confuso y era muy
difícil hacer un juicio imparcial de valores. De todos modos, si algún
sacerdote participó o supo de torturas y no lo denunció, pecó gravemente y si
se prueba debe dársele la oportuni¬dad de la defensa y después, si cabe, aplicarle
las leyes canónicas que pueden llegar a la suspensión en el ministerio temporal
o incluso a una reducción al estado laical, es decir que nunca más puede
ejercer el ministerio sacerdotal", añadió.
Primatesta recordó en ese reportaje y cuando conversamos en
Córdoba, que cuando en el gobierno de Raúl Alfonsín se trató la ley de
divorcio, la Conferencia Episcopal Argentina había adver¬tido que iban a cerrar
las iglesias en señal de protesta y se lamen¬tó de que no hubiera amenazado con
gestos de ese tipo a la dic¬tadura. "En su momento dijimos: vamos a tener
que cerrar todas las iglesias un domingo. Era una situación doctrinal. Como
obispos po¬díamos hacerlo, al final no lo hicimos, fue una advertencia. Pienso
que durante el último gobierno militar faltaron gestos así", me dijo.
Se hubiera podido inferir, por las declaraciones de Primatesta
que precedieron al documento, que la Iglesia preparaba un verdade¬ro mea culpa.
Sin embargo, se quedó en medias tintas. Caminando hacia el Tercer Milenio–tal
su título– contó con 68 votos a favor, tres en contra y una abstención, e
incluyó tres capítulos: uno referi¬do al jubileo del año 2000, otro a una
orientación para los próximos cuatro años y en el medio un examen de conciencia
que invitaba a un cambio del corazón, pero que de ninguna manera admitía la
complicidad de la cúpula eclesiástica con el PRN.
Su figura fue convocada nuevamente para la presidencia de la CEA
en 1985, ya en tiempos democráticos, y recién en 1990 fue reemplazado por el
cardenal Antonio Quarracino. Pero como dice el Eclesiastés, hay en este mundo
un lugar y un tiempo para cada cosa, y el tiempo le llegó. En el medio, claro,
hubieron cosas. Preci¬samente, su sucesión al arzobispado se había convertido
en uno de los temas que más conjeturas suscitaron dentro del Episcopado, tan¬to
por la decisión del Papa de mantenerlo durante cuatro años más, como por las
especulaciones en torno a su sucesor.
Se barajaron varios nombres: Estanislao Karlic, arzobispo de
Paraná; José María Arancedo, Emilio Bianchi y José María Arancibia también
estuvieron en la lista de candidatos. Finalmente, como suele suceder también
con los papas (en la jerga eclesiástica se dice que quien entra al cónclave
como papable sale como cardenal) nin¬guno resultó. El elegido fue el arzobispo
coadjutor de Tucumán, Carlos Nañez, un hombre que llegó al Episcopado de la
mano del propio Primatesta, de quien había sido obispo auxiliar entre 1991 y
1996. Sin duda, la muy estrecha relación de Primatesta ayudó a que Nañez lo
sucediera, pero ¿a qué se debió la demora?
Raúl Primatesta tuvo que enfrentar en los últimos años de su
mandato manifestaciones de disconformidad de una parte del clero cordobés y
muchos reclamos por los manejos financieros poco claros de su vicario general,
el padre Marcelo Martorell, persona de su entera confianza y muy cercano al
empresario Alfredo Yabrán. Aunque en los últimos tiempos le trajo al carde¬nal
más perjuicios que beneficios.
Tanto en lo estrictamente eclesiástico como en lo político,
Primatesta había sido un hombre de pensamiento conservador – igual que su amigo
Wojtyla– y aferrado a la institucionalidad de cualquier tipo que fuera. Y si
bien se mantuvo lúcido –y se mantie¬ne– hasta el último minuto en que fue
arzobispo de Córdoba y también después, al frente de la Pastoral Social, es
cierto que hacía algunos años había dejado de ocuparse personalmente de muchos
temas, a tal punto que varios sacerdotes llegaron a hablar de "desgo¬bierno
pastoral". De cualquier manera, es bueno aclarar que Martorell realizó
movimientos empujados por su ambición personal, más que por otra cosa, y cuando
el tema Yabrán estalló y las relaciones entre éste y el empresario sospechado
se hicieron públicas, el más perjudi¬cado fue el anciano arzobispo.
En 1997, por ejemplo, las únicas preocupaciones que se hi¬cieron
patentes a nivel local por parte de Primatesta, pasaron por recordarle a sus
fieles que no debían usar preservativo, en una provincia con 35.000 infectados
de Sida. Fue cuando entró en polémica con el ministro de Salud, de la gestión
Mestre, Enrique Borrini, quien osó repartirlos en persona en un shopping
ubica¬do enfrente del Arzobispado bajo el lema "cuidémosnos juntos".
El domingo siguiente, en una homilía, Primatesta recordó la posición de la
Iglesia respecto del control de la natalidad y pidió que "los ciudadanos
tengan en cuenta estas cosas al momento de votar". Borrini, que no podía
creer lo que escuchaba, respondió: "Primatesta está en campaña. No estamos
hablando de planifica¬ción familiar sino de una estrategia para evitar el
avance del Sida". El ministro añadió que dentro de trescientos años la
Iglesia se iba a arrepentir por esa posición retrógrada, como tuvo que hacerlo
por la que adoptó frente a Galileo Galilei. Desde dentro de la Iglesia sonaron
también algunas críticas: el sacerdote Justo Irrazábal, apodado el cura vasco
calificó la postura de Primatesta como "ultraconservadora y
desubicada", dicho lo cual recibió ame¬nazas por teléfono. "Me
dijeron todo tipo de obscenidades y me advirtieron que me callara o me iba a
pasar lo mismo que a monseñor Enrique Angelelli", comentó el cura de la
villa cordobesa que lle¬va el nombre, precisamente, de ese obispo de La Rioja
asesinado en un supuesto accidente de auto en la ruta, durante la dictadu¬ra.
La posición del Arzobispado no dejaba de ser temible: el pro¬pio gobernador
Ramón Mestre había terminado por vetar en 1996 artículos primordiales de la ley
de salud reproductiva, en especial aquél que obligaba al Estado a suministrar
métodos anticonceptivos gratuitos a sectores carenciados en los hospitales
públicos. Pero también era la posición de la Iglesia en general y del Vaticano.
Pero mucho más importante que la pintoresca discusión por los
preservativos fue que en algún momento, los dineros de la Iglesia de Córdoba y
los de Yabrán se mezclaron. Y hasta es posi¬ble que tan oscura situación haya
hecho que Juan Pablo II le permitiera a su amigo Primatesta continuar al frente
de la arquidiócesis hasta aclarar, o por lo menos dar explicaciones, de lo que
había pasado. Aunque él lo desmiente terminantemente.
"Permanentemente (en la Municipalidad de Córdoba) llegan a
mis oídos afirmaciones que dicen que el cardenal Primatesta hace lobby a favor
de las empresas del grupo OCA", destapó en marzo de 1997 el empresario
Carlos Bernardi, presidente de la firma Car¬go, competidora de Yabrán. Y
estalló el escándalo. No fue todo: el propio Alfredo Yabrán declaró que
Primatesta, a pedido del ex ministro de Economía, Domingo Cavallo, le había
pedido que modificara su posición sobre la privatización del correo. ¿Qué había
pasado? ¿Qué hacía el cardenal primado de la Argentina en ese entorno mañoso,
como lo había denominado el padre de la convertibilidad?
OCA le había regalado al Arzobispado de Córdoba una playa de
estacionamiento de cinco pisos para que le sirviera como fuente propia de
ingresos para sostener sus actividades pastorales. "La relación de OCA con
el arzobispado de Córdoba es conocida y se vincula con una donación del
empresario a la Iglesia", trató de explicar el vocero laico del cardenal,
Guillermo García Caliendo. Pero la verdad es que el vicario Marcelo Martorell,
mano derecha de Primatesta, era muy buen amigo del cartero y que en ese carácter
hizo lobby a favor de Yabrán cuando se debatía la distribución de la
correspondencia ofi¬cial en la Municipalidad de Córdoba. Más aún, cuando se lo
preguntaron, Martorell dijo que estaba orgulloso de ser ami¬go de Yabrán, un
empresario inescrupuloso, de hábitos mañosos, que terminó suicidándose al ser
descubierto, a lo mejor para evitar que sus patrones diezmaran a su familia. A
buen entendedor pocas palabras: el garage tenía su precio. Y en la intimidad,
Primatesta no cabía con la furia que le gene¬ró Martorell al cortarse solo.
"Pongo las manos al fuego por el obispo Primatesta, pero no
siem¬pre sus subordinados hacen lo que deben", dijo a La Nación un
militante católico de acceso directo al arzobispado, no bien esta¬lló el
escándalo.
"Aunque sea dolorosa la verdad debe conocerse. No podemos
reci¬bir dinero de cualquier lado. Debe ser transparente tanto su origen como
su destino", exclamó Rubén Layun, integrante de Caritas.
"Los sacerdotes debemos trabajar con nuestras manos para no
ser una carga para nadie; podemos aceptar donaciones, pero éstas no deben
atarnos ni condicionarnos. Deben ser honestas", sostuvo Mar¬tín Irazábal,
el cura vasco de Villa Angelelli, Córdoba.
"Con prudencia esto se podía haber evitado. Durante mucho
tiem¬po será difícil separar el nombre de Yabrán del de la Iglesia de
Cór¬doba", señaló otra fuente del arzobispado.
"No hay lugar para obsecuencias porque esta situación hiere
a la Iglesia como institución y le hace perder predicamento", indicó otro
sacerdote cordobés.
"Si queda alguna atadura con algún resorte del poder,
rompámosla, porque estamos en Semana Santa y Cristo nos mostró un camino muy
claro de independencia total: dar al César lo que es del César y a Dios lo que
es de Dios. Nadie da gratis nada. Si son empresarios fuertes, uno de alguna
forma queda pegado", definió monseñor Laguna.
Tiempo de descuento
Primatesta repasó cuidadosamente la lista de invitados a la cena
de su despedida como arzobispo de Córdoba y cardenal primado de la Argentina,
que se realizó el lunes 8 de marzo de 1999 en un hotel céntrico de la Capital
Federal y que consistió en una copa de camarones y un lomo con champignones.
"Cui¬dado, la escena política está muy caldeada y no quiero que se piense
que estoy bendiciendo el intento reeleccionista de Menem", explicó a sus
allegados. La lista era extensa: entre otros figuraban Erman González, Jorge
Domínguez, Alberto Mazza, Susana Decibe, Rodolfo Daer, Hugo Moyano, Juan Manuel
Palacios, Pablo Challú, Antonio Boggiano, Carlos Becerra, Estanislao Karlic,
Jorge Bergolio, su poco estimado nuncio Ubaldo Calabresi, pero también su amigo
y asesor político de los últimos veinte años y en ese momento ya director de
Migraciones de Menem, Hugo Franco. También estaban el subsecretario de
Población, Aldo Carreras y el secretario de la Pastoral Social –comisión que
Primatesta de allí en más dirigiría– Guillermo García Caliendo. Primatesta optó
por ingresar al hotel por una puerta lateral para evitar ser fotografiado con
algún ministro menemista. Hubo sólo dos discursos: el de Juan José Zanola,
secretario general de los bancarios, y el del cardenal Primatesta que aprovechó
la ocasión para insistir en la necesidad de trabajar por la unión nacional
deponiendo intereses sectoriales.
Hacía su adiós al arzobispado y a la CEA, pero sin embargo
seguiría haciendo política como arzobispo emérito al frente de la Pastoral
Social, desde donde imprimiría un vuelco interesante a su trayectoria. Se
volvió mucho menos permisivo con el poder.
"Resulta que los políticos acuerdan con todos los sectores
de poder, comenzando con el FMI, pero no acuerdan con quien les da el po¬der:
el pueblo", dijo Primatesta a mediados de octubre de 1999, en la primera
reunión formal de la Casa Social San José Obrero, ámbito de discusión de los
problemas nacionales a la luz de la doctrina social de la Iglesia. El
presidente de la Comisión de Pas¬toral Social se había proclamado otras veces
contrario al modelo económico llevado a cabo por Menem. Ya en junio de 1998 ha¬bía
advertido que tenía "realmente miedo a la desesperación de quien no tiene
nada y entonces tenga que robar para comer".
"La gente puede cansarse por hambre y por eso tengo el
temor de que, si no hay respuestas, aumente la presión. Aquí hay que tomar
conciencia de que es necesario humanizar la economía", añadió. Por esos
días los datos del INDEC reflejaban que en la Capital Federal y el Gran Buenos
Aires había nueve millones de pobres. Pero la advertencia de Primatesta no fue
oída, ni por el gobierno de Menem, ni por el de Fernando De la Rúa, que le
siguió, y que terminó en diciembre de 2001 corrido por piquetes y cacerolazos:
a principios de 2002, en toda la Argentina, la cantidad de pobres había trepado
a catorce millones, es decir, alcanzaba a más del 40 por ciento de la
población. Tal como había advertido Primatesta, la presión había aumentado
hasta tal punto que se llevó en dos años a tres presidentes, incluido al más
que provisorio Adolfo Rodríguez Saa, que duró dos semanas.
Primatesta había tenido sobre eso una visión profética: "Me
gustaría que algún político tuviera la genialidad de proponer como primera
condición en su programa de gobierno, los diez manda¬mientos, y después todo lo
demás. A los hombres se los puede engañar, se les puede prometer cosas y no
cumplir, pero Dios ve el corazón de los hombres y no lo podemos engañar; si
prometemos algo tenemos que cumplir", dijo en 1999, tiempos en que Menem,
por medio de Rodolfo Barra, su ex ministro Tacuara y del Opus Dei, trata¬ba de
trampear la Constitución para ser candidato a presidente por tercera vez
consecutiva.
Desde la Pastoral, el arzobispo reclamó cada vez con mayor
insistencia que la torta de la riqueza se repartiera mejor: "Hay que
buscar la limosna de otra manera, dar la limosna del trabajo. Las grandes y
medianas empresas deben reducir sus ganancias como forma de dejar un margen
para ayudar a los más necesitados frente a esta fuerte realidad de desocupación
y pobreza".
El miércoles 5 de abril de 2000, a las ocho de la mañana,
mientras daba una misa en la capilla de las Carmelitas, en Cór¬doba, Primatesta
se cayó redondo al suelo. El arzobispo emérito fue internado en el Instituto
Modelo de Cardiología para deter¬minar la causa de su desmayo. Los médicos
diagnosticaron lipo¬timia. Pero su vocero, Guillermo García Caliendo, relató
que estaba llevando un intenso trabajo en la Pastoral Social y dijo que
"es probable que su cuadro se deba a una situación de estrés".
En junio de ese mismo año el veterano purpurado generó polé¬mica
en medios políticos, empresariales, sindicales y también en los eclesiásticos,
cuando apoyó la marcha de la CGT de Hugo Moyano contra el Fondo Monetario
Internacional. El gobierno se molestó, Rodolfo Daer, de la CGT oficial, lo vio
como una preferencia por la otra central obrera, los empresarios se
horrorizaron de que apoyara a los piqueteros y varios obispos señalaron que
había sido una infortunada intromisión en asuntos sindicales.
Primatesta tuvo que salir a aclarar su posición en una rueda de
prensa que dio en Mar del Plata, junto al obispo local, José María Arancedo, y
el de Viedma, Marcelo Melani, en el marco de las Jornadas Sociales que
organizan anualmente la Pastoral Social y el Obispado marplatense. "Yo
podría haberme lavado las manos, pero frente a un pedido de una central obrera
y considerando cómo está la situación social, no lo hice. Pude haberme
equivocado, pero Dios también obra a través de la equivocación de los hombres",
dijo.
Primatesta también debió sacar la cara por el secretario de la
Pastoral, Guillermo García Caliendo, a quien había nombrado
"observador" de la marcha, pero que terminó haciendo un encen¬dido
discurso de barricada en el acto de cierre. El Episcopado lo desautorizó
severamente y García Caliendo renunció a la Pasto¬ral, pero Primatesta le
rechazó la dimisión. "Le pidieron que ha¬blara y de repente tuvo que
hacerlo. Tengo entendido que repitió palabras del Papa", remató el
cardenal.
No, sin duda, el 2000 no fue un buen año para Primatesta. En
octubre, el titular del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) Horacio
Verbitsky, y la abogada del Servicio de Paz y Justicia (Serpaj) Elba Martínez,
le pidieron a la jueza Cristina Garzón de Lascano que citara en calidad de
imputado al carde¬nal Primatesta como cabeza de una red de complicidad y
encu-brimiento que, "desde un sector de la jerarquía eclesiástica toleró
violaciones a los derechos humanos durante la última dictadura". El CELS pidió
además constituirse en querellante en el Juicio por la Verdad que se instruye
en Córdoba para investigar el destino que tuvieron los detenidos desaparecidos
y aportó junto al Serpaj documentos que probarían la apropiación de menores
operada desde la ex Casa Cuna y la existencia de pequeños campos de detención y
tortura dependientes de la Policía de Córdoba, como la llamada Escuelita El
Pilar.
El informe lleva nombres y apellidos: incluye a todo el III
Cuerpo de Ejército de aquella época, desde Luciano Benjamín Menéndez hasta el
portero, a miembros del equipo médico de la ex Casa Cuna y a integrantes de la
Iglesia, empezando por Primatesta, a quien se le imputa haber callado y seguir
haciéndo¬lo. "Hace poco participó de una ceremonia de pedido de perdón,
hubiera sido deseable oír su voz referida a casos concretos, no en forma
genérica y abstracta, en la que pidió perdón por lo que otros hicieron",
señaló Verbitskv el 25 de octubre de 2000.
El famoso indulto que Raúl Francisco Primatesta ayudó a
pro¬mover durante la presidencia de Menem, no sería de aplicación, y tampoco
las leyes de obediencia debida y de punto final, que por otra parte fueron
derogadas, por lo que no corren hacia de¬lante. La desaparición forzada de
personas es un delito que se perpetúa en el tiempo y la sustracción de menores
fue expresa-mente excluida de aquellos beneficios. Él lo sabe y lo reconoce.
"La Iglesia es parte de un contexto histórico, hay que ver
cómo estaba la sociedad en esos años espantosos", me dijo. Al margen de
los errores y los aciertos, fue el hombre que con gran muñeca políti¬ca, se
escurrió entre los acontecimientos más difíciles e impor¬tantes de los últimos
treinta años de la Argentina. Y los tiempos oscuros, dejaron su marca.
Carismático, seductor, austero y gran intuitivo, sólo espera el juicio de Dios.
Como dice el Eclesiastés:
"Todas las cosas tienen su tiempo, y por sus espacios pasan
todas ellas debajo del Cielo. Hay un tiempo de nacer y un tiempo de morir (...)
Un tiempo de callar y un tiempo de hablar (...) Un tiempo de
guerra y un tiempo de paz".
7
Sotanas y Laicos
El primer presidente de la restauración democrática asumió el 10
de diciembre de 1983. Raúl Ricardo Alfonsín representaba para el imaginario
eclesiástico lo peor de la modernidad: laicis-mo, ley de divorcio,
anticlericalismo, permisivismo. Esta última palabra se ensanchaba como una boa
(¿acaso era una pitón o fue una anaconda la serpiente del Paraíso?) hasta
abarcar todos los males, desde la pornografía a las inclinaciones
izquierdizantes.
Alfonsín era como una manzana del árbol prohibido para muchos
obispos de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), por lo menos para aquellos
ultraconservadores que preferían las compotas a las frutas frescas.
No fue ése el caso del obispo de Morón, monseñor Justo La¬guna,
que siempre lo defendió:
"Fue muy injusta la actitud del Episcopado con Alfonsín,
pues ha habido pocos gobiernos tan respetuosos, dentro de lo que la democracia
trae, como fue el suyo. Creo que había una verdadera antipatía contra él,
simplemente porque había trabajado por los derechos humanos, cuando en realidad
de zurdo no tiene nada", sostuvo cuando ya todo había pasado.
En el libro Nuevos Diálogos, una mirada humanista sobre los
grandes temas, realizado junto al escritor Marcos Aguinis, el obis¬po de Morón
dice:
"El dinero multiplica el poder y el poder multiplica el
dinero, se sabe. Lo hemos visto en algunos de los gobiernos muy democráticos,
como el de Alfonsín. Por ahí dicen que Laguna es un alfonsinista sin remedio,
pero no puedo sino servir a la verdad: Alfonsín demostró ser un hombre
aus¬tero, no sin algunos pocos de sus colaboradores. Tuve la oportunidad de
seguirlo de cerca: creo que, de la Iglesia Católica, en aquélla época, sólo
Casaretto y yo nos aproximamos al presidente. Casaretto más, porque la residencia
presidencial pertenecía a su jurisdicción, y el capellán de Oli¬vos era el
vicario general de San Isidro. A Menem no hubo modo de ponerle capellán. Menem
llama sólo a sus amigos. En cambio, Alfonsín aceptó con una extraordinaria
humildad, que le mandaran un capellán y se hizo amigo de él. Alfonsín va a misa
todos los domingos, creo, pero pocas veces comulga en público. No es
exhibicionista (...) No le obsesiona la idea de aparentar. Alfonsín no medró
políticamente y su única rique¬za consiste en su pasión por la política. En
este sentido se alinea con la serie de presidentes radicales que fueron todos
honestos, de hondas con¬vicciones republicanas. Su ministro de economía Juan
Vital Sourrille sigue viviendo en el mismo lugar de siempre. Quien fue culto e
inteligen¬te presidente de la Cámara de diputados, Juan Carlos Pugliese, murió
en un modesto departamento. Pero hubo un grupo de políticos jóvenes que
medraron bastante, no sé si económicamente, pero sí con el poder (...) El poder
de la economía pesa tanto que los grandes empresarios, industriales y
financistas provocaron la caída de Alfonsín: en un mo¬mento dado decidieron
cortarle toda posibilidad, aunque hasta entonces lo habían apoyado...".
Tampoco es el caso del jesuíta Fernando Storni, asesor
espiri¬tual del entonces presidente, enrolado entre los curas progresis¬tas y
miembro del CIAS:
"A Alfonsín muchos en la Iglesia lo veían con malos ojos,
algunos porque durante su campaña electoral decía el preámbulo de la
Constitución pero omitía nombrar a Dios. Otros porque no comul¬gaba. Pero yo
les diría que, visto todos los presidentes que comulga¬ron antes, eso no era
ninguna garantía", aseguró.
El actual obispo de Mar del Plata, José María Arancedo, pri¬mo
hermano de Raúl Alfonsín y muy amigo del fallecido carde¬nal Eduardo Pironio,
en una conversación que mantuvimos en su diócesis y acerca de este tema, dijo:
"La cúpula de la Iglesia de esos años nunca quiso a Raúl. Yo no viví la
época de cerca porque estaba en Roma, pero cada vez que venía me ponía al
tanto. Él siempre fue católico, aunque no es practicante. No comulgaba y
en¬tonces eso ponía muy mal a algunos obispos, porque juzgaban eso como lo más
importante, no miraban otras cosas. Y bueno... después le pasaron la
factura".
Por supuesto, ni el obispo Laguna, ni el padre Storni, ni el
obispo Arancedo integraron nunca el sector más conservador de la Iglesia ni
simpatizaron jamás con el Proceso de Reorganización Nacional, que lideró el ex
general Jorge Rafael Videla, hoy preso domiciliario por razones de edad, a
quien Alfonsín mandó a juzgar por crímenes de lesa humanidad, junto a los
comandantes de las primeras tres juntas militares, dejando inexplicablemente
afuera a la cuarta.
La iglesia local tenía por entonces al menos tres obispos de
posi¬ciones progresistas: el de Neuquén, Jaime de Nevares; el de Quilmes, Jorge
Novak; y el de Viedma, Miguel Hesayne. Todos, sin embargo, estaban demasiado
aislados de la cúpula religiosa, como para repre¬sentar al Episcopado. El
cardenal Primatesta continuaba siendo el gran caudillo, el eje de los
acontecimientos políticos-religiosos ar¬gentinos, desde el arzobispado de
Córdoba.
Monseñor Eduardo Pironio, que estuvo inscripto en la co¬rriente
progresista y que para sacárselo de encima, la Iglesia ar¬gentina le pidió al
Papa que se lo llevara a Roma, donde –no hay mal que por bien no venga– lo
esperaba un destino increí¬ble: Paulo VI se deslumbró con él, lo ascendió a
cardenal –fue el tercero de la Argentina– lo colocó al frente de la Prefectura
de las Congregaciones –de la que dependen todas las órdenes religiosas del
mundo– y lo transformó en su confesor personal.
Con un poco más de suerte, hubiera podido ser el primer Papa
ar¬gentino: en las dos votaciones posteriores al fallecimiento de Paulo VI, en
las que resultaron triunfantes Juan Pablo I –quien murió, a los pocos días y
según dicen muchos, envenenado– y luego Juan Pablo II, Pironio figuró entre los
candidatos a sucederlo.
Pero Juan Pablo II le dio a la Iglesia un golpe de timón –la
devolvió a sus cauces conservadores– y Pironio perdió su buena estrella: fue
trasladado a la Prefectura de los Laicos, para supervisar los movimientos de
los ciudadanos católicos, ya no mas a las órde¬nes religiosas. No obstante, se
transformó en el cardenal más popu¬lar entre los laicos argentinos y supo ser
ovacionado en la reunión de jóvenes católicos que en 1985 tuvo lugar en
Córdoba.
Mientras tanto, en Roma, el 25 de enero de 1985, Juan Pablo II
convocaba –veinte años después del Concilio II– en la an¬tigua basílica San
Pablo Extramuros, a una reunión extraordina-ria de obispos, un nuevo sínodo,
para examinar el impacto que dicho Concilio había tenido en el mundo cristiano.
El mismo se iba a realizar entre el 25 de noviembre y el 8 de diciembre del
mismo año. A los hombres de la Iglesia que iban a participar del mismo y con
los que se reunió en Roma para los preparativos del encuentro les dijo:
"Aquí se va a revisar el período preconciliar y nada más", aventando
cualquier posibilidad de renovación, de discusión sobre el papel de las mujeres
o el celibato. En Su Santi¬dad, Bernstein y Politi dicen: "Juan Pablo II
se aprestaba a afron¬tar una de las pruebas más dramáticas de su pontificado.
Las posi¬ciones "erradas" que pretendía combatir no eran
primordialmente la de los admiradores fanáticos de la iglesia preconciliar,
como Marcel Lefebre, el rebelde obispo francés que defendía la misa en latín y
consideraba al Concilio Vaticano II de herético. El Papa considera¬ba que el
verdadero enemigo era la tendencia a tomar el Concilio como punto de partida
para efectuar nuevos cambios en el seno de la Iglesia. Los verdaderos enemigos
eran los teólogos y obispos que que-rían democratizar a la Iglesia asignando
mayores poderes a las con¬ferencias episcopales. Los verdaderos enemigos eran
los católicos que querían que se examinara nuevamente la moralidad sexual, que
pedían un lugar más destacado para las mujeres en la Iglesia y que argüían que
la Iglesia debía aprender algunas cosas del mundo mo¬derno". En estos
momentos, aparece en escena el cardenal Ratzinger, el poderoso prefecto de la
Congregación para la Doc-trina de la Fe o el jefe del Santo Oficio del siglo
XX.
En mayo de 1984, el áspero purpurado había alcanzado fama por su
juicio inquisitorial al más brillante teólogo de la liberación, el franciscano
brasileño Leonardo Boff, que acababa de sacar su libro La Iglesia, carisma y
poder, donde aseguraba que el modelo romano estaba demasiado volcado a sí
mismo, era muy clerical, jerárquico y había celebrado un "pacto
colonial" con las clases gobernantes. "El poder sagrado ha sido
objeto de un proceso de expropiación de los medios de producción religiosa por
parte del clero, en detrimento de los cristia¬nos. (...) No cuestiono la
autoridad de la Iglesia sino la forma en que esta autoridad ha sido ejercida
históricamente, con el propósito de reprimir toda libertad de pensamiento
dentro de la Iglesia. "Inmediatamente, fue llamado por Ratzinger, quien lo
definió, en un duro documen¬to, de "marxista y hereje", arrastrando a
la memoria de muchos el juicio a Galileo Galilei en el siglo VII, al que
acusaron de "herir a la Santa Fe mostrando que son falsas las Sagradas
Escrituras", porque afir¬maba que el Sol era el centro de la Tierra. El
teólogo venía siendo observado desde comienzos de los años setenta, cuando
escribió Cristo el Libertador, –trabajo básico de los Sacerdotes del Tercer
mun¬do– pero 1984 fue el año en que se decidió lanzar la ofensiva final contra
"los herejes de la liberación", como llamaban en Roma a los
partidarios de esta corriente. Cuando Ratzinger interrogó a Boff, estaba
sentado a su lado el ahora cardenal, Jorge Mejías, que tomaba notas en un
cuaderno, pero que no levantó un acta oficial. El carde¬nal y Boff discutieron
durante tres horas y al final de la misma, Ratzinger le dijo al fraile que la
Congregación para la Doctrina de la Fe iba a sacar un documento sobre los
aspectos positivos de la Teolo¬gía de la Liberación. Y se dio el siguiente
diálogo entre ambos reli¬giosos:
–¿No está cansado? ¿Quiere un café?–dijo Ratzinger,
le¬vantándose.
–Qué bien le luce el hábito Padre. Esa es otra forma de enviar
una señal al mundo –volvió a decir.
–Pero es muy difícil usar este hábito porque es muy caliente
donde vivimos –respondió Boff.
–Cuando lo use la gente verá su devoción y su paciencia, y dirá:
está, expiando los pecados del mundo.
–Ciertamente necesitamos signos de trascendencia, pero estos no
se trasmiten a través del hábito. Es el corazón el que tiene que estar en el
lugar correcto.
–Los corazones no se pueden ver, y sin embargo uno tiene que ver
algo.
–Este hábito también puede ser un símbolo de poder. Cuando lo
uso y me monto en un bus, la gente se pone de pie y dice: "Padre,
siéntese": Pero nosotros tenemos que ser servidores.
Desde el Vaticano salió un comunicado que decía que ambos habían
mantenido una "conversación"
que la misma había sido "fra¬ternal". Pero el 26 de abril Boff
fue condenado por el Jefe de la "Inquisición" a un año de silencio.
No se le permitió enseñar, dar conferencias o publicar libros. Y Boff aceptó.
Después de todo, era un hombre fiel a la Santa Madre. Hasta que en 1992,
abandonó la orden y el sacerdocio. "El poder eclesiástico es cruel y
despiadado. No olvida nada. No perdona nada. Exige todo", declaró.
"Los últimos diez años han sido desfavorables para la
Iglesia ca¬tólica –dijo el cardenal alemán ante el Papa, durante el sínodo de
1985–. Lo que los Papas y los Padres del Concilio esperaban era una nueva
unidad católica y en vez de ello hemos sido testigos de un disenso que,
parafraseando a Pablo VI, parece haber pasado de la autocrítica a la
autodestrucción. Se tenía la expectativa de un entu¬siasmo renovado, pero con
demasiada frecuencia ha redundado en aburrimiento y desmoralización. Se tenía la
expectativa de haber dado un paso adelante y en lugar de ello nos encontramos
en un proceso progresivo de decadencia que en gran medida se ha estado
desarrollando con la invocación de un "espíritu del Concilio" y con
esto de hecho, lo ha desacreditado cada vez más...
Las discusiones fueron durísimas, polémicas, polarizadas.
Algunos estaban con quienes propugnaban un avance y renovación del espíritu del
Concilio y otros, más temerosos, aceptaban también los puntos del documento
presentado por el alemán: "La Iglesia no debía ser un club o una
asociación. Era la Iglesia del Señor, un lugar para la presencia de Dios en el
mundo. Nunca hay que perder la conciencia sobre la esencia de la fe, anclada en
una grandiosa síntesis del Credo, el Padre Nuestro, los Diez Mandamientos y los
sacramentos". Se llegó a cuestionar el centralismo de Roma y hasta las
"malas" administraciones del Banco, el IOR, dirigido por Marcinkus.
Holandeses, belgas, canadienses, ingleses y americanos, atacaron duramente a
Ratzinger. Y los duros, amigos del Papa, salieron a defender las posturas
conservadoras. "Satanás ha redoblado sus esfuerzos para crear en la
Iglesia una atmósfera de incertidumbre y desorden", dijo monseñor Antonio
Quarracino, presidente del CELAM, con su estilo habitual. Y Wojtyla quedó encantado
al escucharlo, era el vocabulario que él mismo gustaba utilizar. Cu¬riosamente
(o no) el día de la clausura y para que quede clara su postura y los nuevos
tiempos eclesiásticos del mundo, Juan Pa¬blo II habló de la Iglesia como el
"cuerpo místico de Cristo" y no como el "pueblo de Dios". Y
esa definición que había sido im¬puesta en tiempos de Eugenio Pacelli, el Papa
Pío XII; fue una clara señal. Cuando finalizó el sínodo, el comité encargado de
la redacción del nuevo catecismo universal, estaba encabezado por el cardenal
Joseph Ratzinger. Así eran los tiempos y la línea polí¬tica que bajaba desde el
palacio de San Pedro.
Dos años después, en abril de 1987, cuando el Papa visitó por
segunda vez la Argentina, Alfonsín elogió a Eduardo Pironio ante el pontífice y
le dijo que la feligresía vería con beneplácito que el "respe¬tado
Pironio" fuera el sucesor del cardenal Juan Carlos Aramburu, como
arzobispo de Buenos Aires. Pero la sugerencia presidencial no cambió la suerte
del cardenal. Seguramente Alfonsín desconocía que Wojtyla no comulgaba con las
ideas de Pironio, imbuido del pensa¬miento progresista dentro de la Iglesia y quien,
además, en 1980, cuando todavía estaba como prefecto de la Sagrada Congregación
de los Religiosos, había salido al cruce de la campaña contra la teología de la
liberación y contra Boff. "Que yo sepa no hay por ahora ninguna medida en
su contra. Su pensamiento está en busca de la verdad, y creo que en él existe
una perfecta sumisión a la Ver¬dad revelada, un gran deseo de fidelidad al
magisterio de la Iglesia. De modo que no veo ninguna razón para que sea
condenado", dijo Pironio en la Asamblea Episcopal brasileña. Y los nuevos
jerarcas de San Pedro no le perdonaron. No había caso, los tiempos co¬rrían en
otra dirección.
En el medio del Episcopado argentino, entre los obispos
mo¬derados de centro, se enrolaban tres con peso propio dentro de la estructura
eclesiástica: Justo Oscar Laguna, de Morón y titular de la Pastoral Social del
Episcopado; Jorge Casaretto, obispo de San Isidro, responsable de las
Juventudes Católicas y con gran predicamento entre los sectores laicos; y
Emilio Bianchi di Cárcano, obispo de Azul y presidente de la Pastoral de
Educa¬ción Católica. Los tres tenían buena sintonía con Alfonsín y por eso, en
la interna del Episcopado, se los sospechaba de radicales.
Justo Oscar Laguna nunca tuvo pelos en la lengua, siempre se
caracterizó por decir lo que pensaba, aunque eso le acarreó no pocos problemas
con el poder. Explosivo, coqueto, simpático y muy culto, Laguna, nació en
Buenos Aires el 25 de septiembre de 1929, en una familia de inmigrantes
españoles. En 1954 se ordenó sacerdote, fue obispo auxiliar de San Isidro,
donde pro¬fundizó su amistad con Jorge Casaretto, y es nombrado obispo en 1975.
Fue presidente de la Comisión Episcopal de la Pastoral Social, equipo de
trabajo vinculado a la Comisión de Justicia y Paz, con sede en el Vaticano. Es
fanático del cine y del teatro, y vive con su hermana en Morón.
Jorge Casaretto es introvertido, cerrado, quizá tímido y eso sí,
algo misógino, según me dijo su amigo Laguna un día que le comenté que había
ido a verlo a Casaretto a San Isidro y que me había tratado con impiedad o
fastidio. "Un libro sobre la Iglesia? ¿Usted va a escribir un libro sobre
la Iglesia?¿Para qué?¿Para qué va a revolver sobre esos temas?". Recuerdo
que me lanzó en la cara, apenas me senté. Y ahí nomás solicitó las preguntas
por escrito, que no quería entrevistas, si antes no le mandaba un cuestiona¬rio.
"La Iglesia tiene un gran sentimiento de culpa, porque de aquí salieron
muchos cuadros que luego se metieron en la guerrilla y pasó todo lo qué pasó...
", dijo antes de despedirnos. Cuando le comen¬té el episodio al obispo de
Morón, me miró y sonriendo dijo: "Usted también, como se le ocurre
entrevistar al obispo más misógi¬no del Episcopado argentino..".
Quienes lo conocieron apenas llegó a San Isidro, aseguran que el
obispo tenía muchos problemas para alejar a las jóvenes que se acer¬caban
hipnotizadas por su enorme atractivo. "No sabía cómo hacer, cómo manejar
el tema de las mujeres, se le tiraban encima –dice al¬guien que lo frecuenta– y
quizá desde ahí se volvió frío y distante". Anécdotas al margen, Jorge
Casaretto nació en Buenos Aires el 27 de diciembre de 1936 y fue al colegio
Nacional Buenos Aires, donde fue compañero –y luego amigo– del ex ministro del
Interior de Carlos Menem, Carlos Corach. Los que lo conocieron en esos años,
aseguran que terminó el secundario con altísimas calificaciones. Descubrió su
vocación sacerdotal a los 23 años, cuando estudiaba ingeniería en la
Universidad de Buenos Aires. En 1977 fue designa¬do obispo de Rafaela, en Santa
Fe, donde se relacionó con monseñor Vicente Zaspe. Fueron amigos. En 1983
regresó a San Isidro como obispo coadjutor y en 1985, en plena era
alfonsinista, quedó como titular de la diócesis. Fue uno de los primeros
obispos en enviar sacerdotes a Cuba, para ayudar al fortalecimiento del
catolicismo en la isla. Con Laguna salen a comer todas las semanas, van al cine
y algunos veranos, se refugian en una casa de retiros espirituales ubica¬da en
Palm Beach, la exquisita playa del sur de la Florida, en Estados Unidos. Esta
escapada terrenal les provocó no pocos encontronazos con el menemismo, ya que
ambos fueron fuertes críticos del régi¬men neoliberal y éstos le pasaron la
factura.
Emilio Bianchi Di Cárcano, también nació en Buenos Aires, el 5
de abril de 1930. Fue ordenado sacerdote el 14 de agosto de 1960, obispo
titular de Lesina y auxiliar de Azul el 24 de febrero de 1976; recibió la
ordenación episcopal en marzo de 1976, un día después del golpe, y fue
trasladado como obispo a Azul el 14 de abril de 1982, ahí nomás de Malvinas,
como una paradoja.
Los tres obispos son muy amigos y fueron los únicos que
tu¬vieron acercamiento hasta el final con Raúl Alfonsín. "Vivían en la
quinta de Olivos", recuerda un prelado, con algo de resenti-miento. En el
Episcopado los llaman el "Grupo San Isidro", por¬que los tres
surgieron de esa diócesis y comulgan las mismas ideas políticas e ideológicas,
cosa que les generó no pocos adversarios entre sus pares. Son fieles seguidores
del Concilio Vaticano II.
En su libro Asalto a la ilusión, el periodista Morales Sola
ob¬servó que "los movimientos de (el cardenal Francisco) Primatesta
advertían que él veía el futuro de la Iglesia en manos del grupo de Laguna,
Casaretto, Di Cárcano y su propio vicario auxiliar de Cór¬doba, monseñor José
María Arancibia, uno de los prelados más jóve¬nes y que junto a ellos elaboraba
los documentos de la Iglesia.
"Otro de sus obispos preferidos –añadía– es el de Paraná,
monseñor Estanislao Karlic, el teólogo más importante de la Iglesia local, su
candidato escondido para suceder a Aramburu en Buenos Aires. Pero Karlic es
fundamentalmente un pastor de almas, no un político ni un administrador."
En el otro extremo del arco, la Iglesia también tenía –y aún
tiene– en su seno a personajes ultraconservadores y retrógrados, que parecen
salidos de la noche de los tiempos: uno de ellos es monseñor Desiderio Collino,
obispo de Lomas de Zamora. El otro es Emilio Ogñenovich, purpurado de Mercedes.
Y el tercero, es Ítalo di Stéfano, quien sufrió una curiosa metamorfosis: antes
de ser obis¬po de San Juan, había sido destinado a la diócesis de Roque Sáenz
Peña, la segunda ciudad en importancia del Chaco, donde se rela¬cionó con las
Ligas Agrarias. En aquellos tiempos Di Stéfano estaba tan a la izquierda, que
le pusieron el mote de obispo rojo. Pero al cambiar de diócesis, dio un giro de
180 grados y como un cama¬león, se dedicó a cuestionar y a condenar todo aquello
en lo que antes había creído, salvo a Dios, claro.
En los últimos años de la dictadura militar, la Iglesia se había
acostumbrado a ser protagonista del escenario político. No era para menos: con
partidos y sindicatos prohibidos, sólo queda¬ban a la vista ella y las Fuerzas
Armadas, de modo que los diri¬gentes solían recurrir a los obispos buscando
protección. Pero a diferencia de lo que sucedía en Chile y Brasil –países que
tam¬bién padecieron el yugo militar, pero cuya Iglesia era combativa– los
obispos locales pecaban de tibios y muchos de ellos hasta se ufanaban ante el
Vaticano de tener una iglesia tranquila, algo que luego, a la hora de rendir
cuentas, les significó a algunos quedar pegados a la dictadura y a otros tener
tarjeta amarilla por su actitud demasiado contemplativa.
Es cierto que en varios documentos, especialmente en el de mayo
de 1977, la Iglesia había advertido que existía una meto¬dología de la
represión. Lo que nunca hizo fue quejarse de no haber sido escuchada. Morales
Sola hizo la siguiente reflexión:
"Desde el principio del gobierno uniformado, funcionó una
co¬misión de enlace que integraban el entonces obispo auxiliar de San Isidro,
Justo Laguna; el secretario general del Episcopado, Carlos Galán; los tres
secretarios generales de la fuerzas armadas; y el secre¬tario General de la
Presidencia. Ellos debatían sobre la situación económica y social y sobre los
derechos humanos. Pero nunca se supo que esa comisión haya avanzado un solo
paso en su misión morigeradora; no se lo supo, porque no ocurrió. Creemos que
esa comisión cumplió con valentía una misión muy difícil en ese mo¬mento. Pero
sus resultados, en efecto, fueron prácticamente nulos. Nunca se logró conocer
el destino de ningún desaparecido ni cam¬biar la mentalidad de los
interlocutores, aceptó luego la Iglesia".
La homilía de Alfonsín
Cuando asumió Raúl Ricardo Alfonsín, los organismos de derechos
humanos adquirieron relevancia y la Iglesia, precisa¬mente por su tibio perfil
en la defensa de esos derechos, no pudo menos que sentirse desplazada. El
insólito episodio del Presiden¬te en el pulpito de la capilla Stella Maris,
despotricando contra el obispo castrense, fue la gota que rebasó el vaso en la
poco feliz relación que Alfonsín tuvo con la Iglesia mientras duró su acota¬do
mandato.
En su libro Proceso a la Iglesia Argentina, Rubén Dri recordó
así aquel suceso:
"El 2 de abril de 1987 monseñor José Miguel Medina, obispo
cas¬trense, en la misa que celebró en la capilla Stella Maris a la que asistía
el Presidente, pronunció una homilía que terminaría en polémica. Bajo el título
de "No achicar la patria", (el obispo) expresó que en contraposición
al achicamiento malvinense, impuesto desde el exterior, en la Patria se estaba
produciendo un achicamiento desde adentro".
Por achicamiento interno, Medina comprendía "a la
delin¬cuencia, a la patotería, a la coima, al negociado, a la injusticia, a la
disgregación, a la antisocial emigración, a la decadencia, a la drogadicción, a
la destrucción de la identidad nacional".
"El presidente Alfonsín no se mantuvo indiferente–prosiguió
Dri–. Subió al pulpito e instó a los presentes a que "si conocen de alguna
coima o de algún negociado, lo digan y lo manifiesten correc¬tamente. Si ha
dicho esto delante del Presidente es seguramente por¬que se conoce algo que el
Presidente desconoce"."
José Miguel Medina, el obispo castrense cuyo cargo había sido
jerarquizado gracias a Juan Pablo II y elevado a Ordinariato des¬de junio de
1986 tenía poder dentro de la Iglesia argentina de ese momento. Podía erigir
seminario, dar órdenes sagradas a los no¬vicios y tener su propio clero.
Particularmente Medina no tenía una historia empapada de democracia, todo lo
contrario, era un clérigo que levantaba orgulloso las banderas de la doctrina
de Seguridad Nacional de sus amadas Fuerzas Armadas, cuyos inte¬grantes lo
veneraban. En los archivos de la Conadep, hay varios testimonios que hablan del
obispo Medina, entonces a cargo de la diócesis de Jujuy. Eulogia Cordero de
Gránica, detenida en la cárcel jujeña de Villa Gorriti, declaró: "Monseñor
Medina me dijo que yo tenía que decir todo lo que sabía; le contesté que no
sabía qué era lo que tenía que decirle; y que lo único que yo quería saber era
dónde estaban mis hijos, a lo que Medina respondió que en algo habrán estado
para que yo no supiera dónde estaban; me insistió en que debía hablar y decir
todo, y entonces se iba a saber dónde esta¬ban mis hijos ".
El profesor Carlos Alberto Melián, que estuvo detenido en la
misma cárcel, dijo ante los jueces de la Cámara Federal: "Monse¬ñor Medina
llegaba y nos insistía en que teníamos que colaborar. Nos decía : "Sean
adultos y digan la verdad". En sus arengas a las tropas, Medina les decía
que no debían preocuparse si los llamaban "represores", ya que para
él la represión "era lícita y moral".
El río hacía mucho ruido y era que arrastraba cosas desde lejos.
En febrero de 1984, a sólo dos meses de asumir Alfonsín, ya la agencia católica
AICA había protestado por el levantamien-to de programas de esa religión en
radio Municipal. ¿A quién se le había ocurrido tamaño despropósito? Para AICA,
la medida era un "hecho irritante para el sentir de la población católica
del país", aunque más allá de la protesta de algunos fieles de misa
diaria, el asunto no pasó a mayores.
El 23 de enero de 1984, el obispo Carlos Mariano Pérez, de
Salta, dijo en su homilía: "Hay que erradicar a las Madres de Plaza de
Mayo y a los organismos de derechos humanos que pertenecen a una organización
internacional, lo mismo hay que terminar con la exhumación de cadáveres N.N,
que son una in¬famia para la sociedad...". El ex capellán de la policía de
la provincia de Buenos Aires y entonces párroco de la Iglesia de Bragado en la
provincia de Buenos Aires, descubierto y luego de una escandalosa polémica con
los habitantes del pueblo, que dividió a la ciudad en dos bandos, no tuvo
timidez para decir, en julio de 1984: "Que me digan que Camps (ex general
y ex jefe de policía de la provincia de Buenos Aires durante la dictadura)
torturó a un negrito que nadie conoce, vaya y pase, pero como iba a torturar a
Jacobo Timerman, un periodista so¬bre el cual hubo una constante y decisiva
presión mundial, que si no fuera por eso... ".
Y el 21 de mayo de 1985, en pleno desarrollo del juicio a los ex
comandantes, monseñor Antonio Plaza, arzobispo de La Pla¬ta, declaró:
"Este juicio es una revancha de la subversión y una porquería. Se trata de
un Nuremberg al revés, en el cual los crimina¬les están juzgando a los que
vencieron al terrorismo... ".
Pero llegado septiembre de 1987, las quejas habían mutado en
acusaciones de grueso calibre. En la homilía de la misa de FAMUS (Familiares de
Muertos por la Subversión) el sacerdote Manuel Beltrán no tuvo pelos en la
lengua para arremeter contra Alfonsín y tratarlo de zurdo y delincuente:
"Se nos han metido marxistas en el gobierno y las
universida¬des, y no digamos nada de los malos judíos–porque los buenos no
están– que están revirando el gobierno", comenzó dicien¬do el cura.
"La democracia debe ser pura, debe ser limpia, debe ser
justa y no debe ser violenta –continuó, parafraseando a su modo al Presi¬dente,
cuando decía que con la democracia se come, se educa, se trabaja–. En esta mal
llamada democracia se ha autorizado cual¬quier cosa. La cuestión es corromper.
Es vergonzoso que se siga lla¬mando democrático un gobierno que no pone coto a
la corrupción del hombre, a la corrupción de la niñez, a la corrupción de la
fami¬lia y de todos los hombres.
"Responsables de esta situación son todos los actores
corruptos, los productores, los legisladores–enfatizó–. E incluso, el más
respon¬sable de todos es quien tiene que guiar los destinos de la Nación, con
un destino bien seguro, y oponerse a todo lo que sea destrucción de nuestra
Patria.
"El máximo responsable es el presidente legítimo que
tenemos, por haber sido elegido por el pueblo. Y el que es responsable, siempre
es culpable si se trata de un delito. Todos somos iguales ante la ley, y ante
un delito, todos, aunque sea un obispo, tiene que ser juzgado. Y un presidente
también", culminó.
Sin duda, el cura Beltrán estaba rabioso. La corrupción a la que
aludía no pasaba precisamente por hechos ilícitos, sino por algo que en su
concepción era mucho más terrible: el rumbo izquierdizante del gobierno. Es que
en el camino se habían suce¬dido el Congreso Pedagógico, convocado en 1984 con
presunta finalidad laicista; el juicio a las juntas militares, que tuvo lugar
en 1985, y que derivó en el intento de procesar a cientos de militares de menor
rango; y la ley de divorcio vincular, que vio la luz a mediados de 1987, a
pesar de la venida del Papa.
El divorcio, un pecado grave
El gobierno de Alfonsín despertó la ira eclesiástica al no vetar
la ley de divorcio sancionada por el Congreso. Obtenida la me¬dia sanción en la
Cámara Baja, la CEA produjo un documento en el que lamentaba
"profundamente la decisión de la Cámara de Diputados por el daño causado
al pueblo argentino, daño que se tornaría irreparable–advertía– si el Senado
convirtiera el pro¬yecto en ley".
El documento rechazaba además enérgicamente la posición de
aquellos diputados que "diciéndose católicos han votado el pro¬yecto, más
la de aquellos que se han atrevido a sostener la coherencia entre su fe y su
posición de divorcistas".
Dentro de la CEA se discutió la posibilidad de lanzar
exco¬muniones a aquellos legisladores que hubieran votado la ley; fi¬nalmente
no prevaleció un criterio único. Pero el obispo de Lo¬mas de Zamora, monseñor
Desiderio Collino, se cortó solo e hizo llegar un comunicado de excomunión a
los diputados de su diócesis en el que se expresaba:
"Cumplo en dirigirme a Ud. para advertirle que por haber
dado su voto positivo a favor de la implantación de la ley de divorcio vincular
en nuestro país:
"1) Que esta falta grave lo excluye de la recepción de los
sacra¬mentos de la Iglesia y que no podrá ser admitido como padrino de bautismo
o confirmación.
"2) Que como la falta ha sido pública y notoria, así
también pública y notoria deberá ser su retractación, a fin de poder acceder a
los sacramentos de la Iglesia.
"Nada sería más grato para mí que saber de su retractación
pú¬blica. Como en el cielo, también en la Tierra habría mucha alegría.
"Con mi saludo, mi bendición pastoral. En Cristo, Jesús y María. Desiderio Elso
Collino, obispo de la Iglesia en Lomas de Zamora."
Desde 1984, se habían sucedido tres documentos episcopales
contra la posible sanción de la ley de divorcio; dos fueron emiti¬dos ese año y
otro en 1985. Emilio Ogñenovich, obispo de Mer¬cedes y presidente de la
Comisión Episcopal de la Familia, fue quien lideró sin suerte la campaña
antidivorcista. El 9 de mayo de 1986, en su oración de apertura de esa cruzada,
había califica¬do al divorcio como "una lacra que, al igual que la droga y
la ho¬mosexualidad, apunta a la disolución de la sociedad", según publi¬caron
varios diarios al día siguiente, lo que provocó el hazmereír colectivo.
"La Iglesia está de pie y ha comenzado su cruzada contra
este flagelo del divorcio que sólo traerá tristes consecuencias para la
Na¬ción. Los católicos divorcistas son monstruos, porque en realidad
cons¬truyen una nueva secta con la deformación de la doctrina auténtica que
sostiene la Iglesia Católica, Apostólica y Romana", había adver¬tido
Ogñenovich.
Aquella campaña tuvo su punto culminante en un acto que se
realizó en Plaza de Mayo. Para presidirlo se sacó por primera vez la imagen de
la Virgen de Lujan de su santuario, lo que pro¬bó la importancia que se le daba
a la movilización. Con la ima¬gen convocante se esperaba reunir una multitud,
pero la concu¬rrencia estuvo bastante por debajo de las expectativas.
El acto no contó con el aval de todo el Episcopado: Jaime de
Nevares, desde Neuquén, y Justo Laguna, desde Morón, expre¬saron su desacuerdo.
Rubén Dri consignó en su libro: "La marcha no pasó por
Morón. La agencia AICA denunció que "al parecer por órdenes del
Ministe¬rio de Defensa no se permitió a oficiales y soldados de la guarnición
Campo de Mayo saludar el paso de la Virgen cuando la imagen pasó por ese
lugar".
Pero el cura Storni fue mucho más taxativo: "Otro tema que
enfrentó a parte de la Iglesia con Alfonsín fue el del divorcio, pero también
internamente había muchas diferencias entre los obispos. Me acuerdo que Laguna
no dejó pasar por su diócesis la imagen de la Virgen de Lujan, que Ogñenovich
traía en procesión para un acto en Plaza de Mayo", relató.
El columnista del diario La Nación, experto en temas
eclesiáticos, Bartolomé de Vedia dio su opinión sobre esos años: "La
relación de Alfonsín con la Iglesia fue mala, tirante, tensa. Todo el tiempo.
En primer lugar, quizá, porque Alfonsín representa un ala de centro izquierda
del radicalismo y tuvo gente muy preparada, como Juan Carlos Portantiero, un
exclente sociólogo o AldoNeri, un teórico de la salud, que muchos obispos de
entonces consideraban de izquierda. Y eso provocaba choques y desconfianzas. En
el campo educativo, el Congreso Pedagógico fue visualizado como una opera¬ción
política destinada a eliminar privilegios de los colegios religio¬sos. Y salió
mal, porque la Iglesia se movilizó y las comisiones estu¬vieron integradas en
su mayoría por representantes católicos. El error de Alfonsín fue no entender
la mecánica interna de la Iglesia, no se mantuvo neutro, se metió y fue como
meter el dedo en el ventilador. Illia (Arturo), por ejemplo fue un presidente
alejado de las corpora¬ciones y la Iglesia no tuvo problemas con él".
Por su parte, en Asalto a la ilusión, Morales Sola vio la
situa¬ción de esta manera:
"A fines de 1986 y principio de 1987 el divorcio fue el
tema que enfrentó al gobierno con la Iglesia. La visita del Papa al país estaba
anunciada para abril y la Iglesia local no quería que se lo recibiera con ese
presente.
"Internamente los obispos no se pusieron de acuerdo en cómo
en¬frentar la protesta.
"El obispo de Mercedes, Emilio Ogñenovich, se hizo cargo de
la oposición. Conservador por naturaleza y frontal en su estilo tomó las
banderas antidivorcistas como una cuestión personal. Gran parte de sus pares lo
dejaron solo por la forma en que expresó su opinión. Labraron un acta dejando
en libertad de acción a cada obispo en la manera de expresar su oposición al
divorcio. Votaron la convenien¬cia de traer la Virgen de Lujan en procesión y
hacer un acto en la Plaza de Mayo; una mitad lo aprobó; la otra no.
"Ogñenovich hizo el acto con muy poca asistencia de público
y luego acusó a los obispos ausentes de haber traicionado un compro¬miso. Al
ser expresada sólo por el obispo de Mercedes, la imagen de la Iglesia sufrió
una grave recesión."
A pesar de la oposición eclesiástica, la ley de divorcio
vincular fue sancionada el 3 de junio de 1987. Apenas el Senado dio el visto
bueno definitivo, la CEA manifestó en un documento "el profundo dolor y
tristeza que experimentamos ante una ley que cree¬mos comprometerá seriamente
el futuro de la familia en la Repúbli¬ca Argentina". Pero monseñor Laguna,
haciendo honor a su nom¬bre de pila, dijo lo justo: "El divorcio es un
mal, pero es un mal para los católicos, y no podemos imponer en una sociedad
plural una ley que toca a los católicos. Son los católicos los que tienen que
cum¬plirla y no el resto ".
La pulseada pedagógica
Si el divorcio fue para la Iglesia una espina irremediablemen¬te
atragantada en el pescuezo, el Congreso Pedagógico Nacional, convocado por ley
23.114 del 30 de septiembre de 1984, sonó más bien a desafío. Los sectores más
conservadores comenzaron cuestionándolo porque veían en él una amenaza de los
sectores laicistas, pero de inmediato toda la Iglesia se movilizó para tener
una presencia masiva, darle pelea y recortar aquellas apetencias. Parroquias y
colegios católicos generaron gran cantidad de pro¬puestas, apoyadas en la
defensa de la enseñanza privada, en la función subsidiaria del estado, en el
derecho de enseñar y elegir la enseñanza deseada, en el contenido moral y
espiritual de la educación, sin olvidar tampoco que la educación sexual era –en
esta teoría– privativa de la familia y que no había que andar hablando en las
aulas de contraconceptivos ni de Sida, porque, como opinaban muchos, entre
ellos Juan Pablo II, "el embarazo es una bendición y la enfermedad un
castigo de Dios".
En abril de 1984, en San Miguel, los obispos emitieron el
documento, Democracia, responsabilidad y esperanza, cuyos tra¬mos más
importantes estaban referidos a la educación. "Confia¬mos en que aquellos
que deben velar por el bien común de la Patria, cumplan con el deber de
defender la identidad cultural de nuestro pueblo, sometidas a tantas presiones
que le son extrañas (...) Confor¬me a las enseñanzas del Concilio Vaticano II,
la familia, trasmisora de los valores fundamentales, es "la primera
escuela de las virtudes sociales" y su tarea educativa "es de tanta
importancia que cuando falta, difícilmente pueda suplirse" (...) en las
actuales circunstancias no podemos menos que manifestar nuestra preocupación
por corrientes que pretenden introducir una cultura contraria a nuestro ser
nacio¬nal. (...) La educación que se limite a instruir, pretendiendo ser
neutral en los valores fundamentales, una escuela sin Dios y sin moral, no
satisface la exigencia de ser educación integral. "
Monseñor Antonio Quarracino, entonces arzobispo de La Plata,
denunció que el Congreso Pedagógico había sido instrumentado por
"activistas ideológicos de izquierda". Y de paso, contraponiéndose a
la idea oficial de hacer participar a los estu¬diantes y a sus padres en su
formulación, recordó que en Italia, Benito Mussolini había llamado a un
filósofo, no a un alumno, para realizar la planificación educativa, que
"no debió ser tan mala porque estuvo vigente hasta hace pocos años",
según aseguró.
Quarracino fue el más constante de los críticos al gobierno
radical, tanto como arzobispo de La Plata, como luego, desde Buenos Aires,
durante la presidencia de Carlos Menem. A este arzobispado no había llegado
antes porque el Papa prefirió no confrontar con el primer presidente de la
apertura democrática, y esperó la victoria electoral del menemismo para
nombrarlo. En la postergación pudo haber mediado también al accidente
cardiovascular que lo había aquejado en el aeropuerto Fiumicino: "el
Vaticano no designa a arzobispos con salud precaria", observó Morales
Sola.
Quarracino había conquistado a Juan Pablo II a través del
sectario Movimiento Católico de Comunión y Liberación, ex¬presión de la derecha
europea, muy cercana al Opus Dei. A fina¬les de la década de los sesenta había
reemplazado en el Obispado de Avellaneda a monseñor Jerónimo Podestá. Y durante
el Pro¬ceso Militar fue designado presidente del CELAM, (Conferen¬cia Episcopal
Latinomaericana) el organismo que nuclea a los obispos latinoamericanos, con
sede en Colombia, con el objeti¬vo de frenar los vientos de renovación
teológica que se daban en esta zona del continente. Según Morales Sola,
"no sólo fue el obis¬po más opositor a Alfonsín, sino el primero en
propiciar desde 1982, lo que él mismo llamaba una ley de olvido o amnistía.
"Dueño de una vasta cultura fue, junto a Justo Laguna,
aunque desde posiciones muy distintas, uno de los obispos más preparados
intelectualmente. No lo quería a Alfonsín porque lo consideraba ins¬pirado en
la socialdemocracia. Era, según él, la corporización mis¬ma del demonio."
Monseñor Gerardo Sueldo, en esos días obispo de Santiago del
Estero, consideró que al Congreso Pedagógico "la quisieron manipu¬lar con
una ideología laicisista". Y que lo que la Iglesia hizo fue inte¬ligente:
"La respuesta fue movilizar a la gente, decirle: "mirá, aquí se está
tratando algo muy importante, ¿por qué nosotros no trabajamos en esto, que toca
a nuestro ser de argentino, a nuestra identidad?".
Monseñor Jorge Casaretto, obispo de San Isidro, señaló: "El
Congreso Pedagógico fue una equivocación muy fuerte del alfonsinismo, al que la
Iglesia respondió: armó un frente fortísimo y salió triunfante".
También el jesuita Fernando Storni, ubicado a sideral distan¬cia
del pensamiento conservador del Episcopado, reconoció que "con el Congreso
Pedagógico la Iglesia se movilizó y mostró su opinión y su experiencia en ese
ámbito. Alfonsín no estaba especialmente preocupado por el tema y cuentan que
sacó escarpiendo a un minis¬tro que, frente a la masiva participación católica,
le vino a ofrecer que hicieran un congreso pedagógico radical".
Una vez concluido el congreso, el Episcopado expresó su
com¬placencia de esta manera:
"Hemos seguido con conciencia de Iglesia este
acontecimiento desde sus comienzos y nos complace comprobar que en todo el país
han respondido a esta convocatoria los diversos sectores que componen nuestras
comunidades educativas: parroquias, colegios y movimien¬tos; sacerdotes,
consagrados y laicos; directivos, docentes, alumnos y padres; estableciéndose
antecedentes muy valiosos para la futura ley general de educación, que podrán
ilustrar a los legisladores que quie¬ran responder al sentir del pueblo argentino".
Entre el Bien y el Mal
El 22 de abril de 1985 comenzó un juicio histórico en la
Ar¬gentina: el proceso oral y público a las tres primeras juntas mili¬tares,
cuyas sentencias condenatorias se produjeron el 9 de di¬ciembre de ese mismo
año.
Los testimonios de ex detenidos desaparecidos conmovieron a todo
el país y sorprendieron al mundo: nadie podía creer que tanto horror hubiera
sido posible. Muchas declaraciones dejaron en claro el triste papel que cumplió
gran parte de la Iglesia en los años de la dictadura: obispos que pudieron
haber salvado vidas y que no lo hicieron, sacerdotes delatores y cómplices de
la tortura.
La respuesta episcopal de esos días demostró, sin embargo, que
la ceguera continuaba: "Debemos levantar la bandera de la reconciliación,
con humildad y confianza, con magnanimidad y coraje ", argumentó la CEA.
En San Miguel, en abril de 1984, ya anunciaban: "Son de
lamentar las acusaciones públicas, carentes en muchos casos de fundamentos, que
de manera desaprensiva se han venido formu-lando en estos primeros meses de la
vida en democracia, contra personas que tienen el derecho de que su fama no sea
lesionada arbitrariamente (...) Creemos muy importante subrayar en las actuales
circunstancias que la verdadera reconciliación no está solamente en la verdad y
la justicia, sino también en el amor y el perdón (...) No ha de perderse en
nuestro pueblo la grandeza del alma que es la capacidad de perdonar (...) Esta
actitud no signi¬fica que la Iglesia propicia la impunidad de los graves
delitos que se han cometido y que tanto daño han causado al país. (...) Por
otra parte el perdón exige ciertamente en quienes han delinquido el
reconocimiento de los propios yerros en toda la gravedad, la detestación de los
mismos, el propósito firme de no cometerlos más, la reparación en la medida de
lo posible del mal causado y la adopción de una conducta nueva".
Su tema de predicación para el quinto domingo de Cuaresma de
1985 se tituló: "El perdón es signo de amor". Se citó entonces parte
del documento "Iglesia y comunidad nacional":
"... La reconciliación ha de estar basada ante todo en la
verdad. E igualmente ha de estar basada en la justicia. Sin embargo, la
experiencia demuestra que otras fuerzas negativas, como el rencor, el odio, la
revancha e incluso la crueldad, han tomado la delantera de la justicia. Más
aún, que en nombre de la misma justicia se ha pecado contra ella... ",
expresó la CEA.
El 9 de diciembre la Cámara Federal dio a conocer su senten¬cia
condenatoria para cinco de los nueve acusados: reclusión per¬petua para el ex
general Jorge Rafael Videla; prisión perpetua para el ex almirante Eduardo
Emilio Massera; diecisiete años, para el ex general Roberto Eduardo Viola; ocho
años para el ex almirante Armando Lambruschini; y cuatro años y seis meses para
el ex brigadier Orlando Ramón Agosti. Los nombrados su¬frieron además las
accesorias de inhabilitación absoluta perpe¬tua, destitución militar y pago de
costas.
El resto de los procesados –brigadier Ornar Domingo Rubens
Graffina, general Leopoldo Fortunato Galtieri, almirante Jorge Isaac Anaya y el
brigadier Basilio Arturo Lami Dozo– fueron en cambio declarados libres de culpa
y cargo por falta de pruebas.
La Iglesia salió gravemente herida del juicio a las juntas
militares.
Nunca estuvieron de acuerdo con el mismo, salvo algunos obispos
cercanos al gobierno. Les espantaba presenciar los testi¬monios de las víctimas
que hablaban de obispos y sacerdotes involucrados en aberraciones, en crímenes
de lesa humanidad. Era como mirarse en su propio espejo y la imagen que les
devol¬vía, era el rostro del demonio. Los hombres de la Iglesia compar¬tieron
en su mayoría –institucionalmente– la misma visión política sobre el país. Fue
la alianza entre la cruz y la espada, y en nombre de Dios y con la bendición de
Dios, las Fuerzas Arma¬das salieron a reprimir. El juicio a los comandantes
desnudo abrumadoramente esta complicidad, la omisión, y el encubri¬miento.
Todos los documentos militares de los años sangrientos, muestran abiertamente la
fe en los valores cristianos y la lucha en nombre de Cristo. Como bien me
relató en una entrevista para la revista Somos, a mediados de los años noventa,
Miguel Osvaldo Etchecolatz, el carnicero Comisario General de la Policía de la
provincia de Buenos Aires, mano derecha del general Ramón Camps: "Antes de
salir para un operativo, nos colgábamos un rosa¬rio en el cuello y le rezábamos
a la virgen y a Cristo. Para que nos protegieran en la lucha contra los
terroristas". El 7 de agosto de 1978, durante la cena de camaradería de
las Fuerzas Armadas, el brigadier de la Fuerza Aérea Ramón Agosti comparó a sus
inte¬grantes con las milicias celestiales del Génesis, convocadas para combatir
el mal y no se quedó ahí: propuso a San Gabriel, San Jorge y la Virgen Generala
como referentes y protectores de los oficiales en "guerra".
"Hay un sector de la jerarquía que en la democracia vive
con nostalgia la falta de un status que siempre le fue reconocido por los
gobiernos autoritarios y aun algunos gobernantes salidos de las ur¬nas. Con los
militares la mayoría de los obispos tenía acceso directo a los más altos jefes
castrenses, a los centros de decisión. El diálogo se entablaba de poder a
poder, de autoridad político-militar a autoridad religiosa, con el
reconocimiento de esta última en un nivel y una jerar¬quía casi equiparable a
los tres poderes del estado democrático. Y esto no sucede más hoy en día.
Cualquier intento de revisar críticamente este período irrita la epidermis de
la conducción eclesiástica que ha elabora¬do una batería de argumentos para
justificar su proceder", analizaba por esos días, el periodista Washington
Uranga.
Los hombres de la CEA
En 1983 asumió la titularidad de la CEA el cardenal de Buenos
Aires, Juan Carlos Aramburu, cuya preocupación mayor pasaba por no mezclar la
Iglesia con las cuestiones coyunturales. Tenía sin em¬bargo un grave problema:
la mayoría de los obispos no le respon¬dían. Había ganado la presidencia de la
conferencia por la diferencia ajustada de un solo voto, después de dos
elecciones en las que su candidatura no había logrado las imprescindibles dos
terceras partes del plenario de obispos. Su trato era distante y frío, de
manera que no impactaba precisamente por su simpatía. Pero de todas maneras
sólo estuvo allí tres años. Antes y después de ese breve interregno, la CEA
estuvo en manos de Primatesta.
Aramburu se había desempeñado como arzobispo en Tucumán desde
mediados de los años cincuenta y a finales de los años sesenta fue trasladado a
Buenos Aires como coadjutor, con derecho a suce¬sión, del cardenal Antonio
Caggiano. Era un ascenso, pero la Iglesia tenía algo que reprocharle: en
Tucumán había dejado crecer al Mo¬vimiento de Curas para el Tercer Mundo. En
los años setenta seguía encarnando el estilo del progresismo posible dentro de
la Iglesia. Y en 1988, cuando ya había renunciado por razones de edad,
recono¬ció públicamente la labor pastoral de los curas tercermundistas, aun¬que
exceptuó a los que habían abrazado la violencia.
Si tenía un mérito, era su condición de administrador. En
cono¬cimiento de esto fue que Juan Pablo II lo designó en la comisión de
cardenales encargada de reemplazar la estructura financiera armada por
Marcinckus para manejar los dineros de la Iglesia, luego del escándalo
internacional por el affaire del Banco Ambrosiano. Para esto se requería
eficiencia administrativa y lealtad al Papa, y Aramburu reunía ambas
cualidades.
Como arzobispo de Buenos Aires, nada había escapado a su ojo
clínico ni a su conocimiento: sabía todo lo que sucedía bajo su órbi¬ta, cuánta
basura había debajo de cada alfombra y qué hacía cada sacerdote de su
arquidiócesis.
En 1985, Aramburu dejó la presidencia de la CEA en manos de Raúl
Primatesta, arzobispo de Córdoba, quien también lo había pre¬cedido en el
período 1976 hasta 1982 en ese cargo, y lo sucedió hasta 1990, gracias al voto
mayoritario de los obispos.
Militante del ala conservadora de la Iglesia, y dueño del arte
de la negociación y la política, Primatesta había sido el jefe virtual de la
Iglesia aun en ese interregno de tres años en que Aramburu presidió la CEA, un
hecho que éste reconoció hasta el punto que se abstuvo de competir con él en la
elección por un nuevo período. No obstan¬te, en aquella elección interna de
1985, Primatesta tuvo que lidiar con un movimiento que quería elegir al obispo
Juan José Iriarte como titular de la CEA. ¿Quién palanqueaba a aquel ignoto
monseñor? ¿A quién le interesaba modificar la relación interna de las fuerzas
de la Iglesia? Primatesta tuvo la sospecha de que el gobierno de Alfonsín no
era ajeno a la maniobra. No en vano, una vez en la presidencia de la CEA, los
dos obispos tenidos por alfonsinistas per¬dieron posiciones: Laguna se quedó
sin la jefatura de la Comisión de Pastoral Social, y Casaretto, responsable
nacional de la Juventud Católica, fue nombrado sólo como suplente para la
reunión mun¬dial de juventudes que se realizaría en Roma. "Era evidente
que algo grave para las lealtades internas había involucrado a los dos obispos.
Al poco tiempo Primatesta perdonó el supuesto desliz de los purpurados y
recobraron sus lugares", apuntó Morales Sola.
Para cuando Alfonsín fue electo primer magistrado, todavía
esta¬ba Aramburu en la jefatura de la Conferencia; no obstante, antes de
asumir, él prefirió almorzar con Primatesta, porque era evidente que éste tenía
mayor ascendiente sobre los obispos. En aquella oportuni¬dad el arzobispo de
Córdoba le pidió dos cosas: que no hubiera ley de divorcio y que pusiera el
control de la enseñanza privada en ma¬nos de alguien potable para la Iglesia,
ya que existía profunda pre¬ocupación por el avance de las instituciones
privadas laicas por sobre las religiosas. Alfonsín le aclaró que él
personalmente no era divorcista, pero que su partido sí, y que la suerte del
proyecto iba a depender de las fuerzas en pro y en contra que se jugaran, no
sólo a nivel de partido, sino en función de la demanda social.
Cuando Primatesta asumió la presidencia de la CEA, el
presi¬dente volvió a reunirse con el cardenal, quien puso otra vez sobre el
tapete el tema del control de la enseñanza privada. Alfonsín le pre¬guntó
entonces a quién proponía la Iglesia. Primatesta recomendó a un hombre de su
absoluta confianza: Alberto Tagliabúe, ex director de enseñanza privada durante
la dictadura de Jorge Rafael Videla. A Raúl Alfonsín, en ese momento, ese
apellido no le dijo nada, pero se propuso averiguarlo. Cuando se enteró, la respuesta
fue un rotundo no, que a Primatesta le costó digerir: él le había asegurado
aTagliabúe que el puesto era suyo.
Era cada día más evidente que Raúl Alfonsín no era un hombre al
que la jerarquía católica argentina de aquellos años digería. No sólo por su
laicismo acentuado, sino porque era un político "muy difícil para
negociar", diría Primatesta en la intimidad. "Muy cabeza dura,
demasiado frontal". Y tanto él, como Aramburu y Quarracino, eran hombres
fieles a Roma. Los únicos que entraban a la sala priva¬da del Papa sin golpear.
Punto final y obediencia debida
En contra de lo que esperaban el ministro del Interior, An¬tonio
Tróccoli y otros conspicuos personajes del partido radi¬cal, la Cámara Federal
que juzgó y condenó a los ex comandantes, dispuso que las cosas no terminaban
ahí, sino que más bien recién comenzaban. El punto 30 del fallo ordenaba que
"en cumpli¬miento del deber legal de denunciar, se ponga en conocimiento
del Con¬sejo Supremo de las Fuerzas Armadas, el contenido de esta sentencia y
cuantas piezas de la causa sean pertinentes, a los efectos del enjuicia¬miento
de los oficiales superiores que ocuparon los comandos y subzonas de defensa
durante la lucha contra la subversión y de todos aquellos que tuvieron
responsabilidad operativa en las acciones".
Con este texto quedaba totalmente desvirtuada la teoría de la
obediencia debida y del punto final que desde distintos sectores se había
lanzado a la calle en busca de acotar una ola de juicios de nunca acabar. La
institución de las fuerzas armadas sólo había esta¬do dispuesta a entregar a
los ex comandantes; y el poder político veía en la continuidad de las causas el
peligro de su propia desestabiliza¬ción. Curiosamente, los obispos se sumaron a
esta postura y a través de diversos documentos continuaron haciendo hincapié en
la im¬portancia de lo que llamaron "reconciliación".
Hasta monseñor Laguna acompañó este parecer contrario a toda
razón de justicia: "Es lícito establecer un límite para el trámite
judicial, porque las Fuerzas Armadas no pueden vivir permanente¬mente en la
zozobra", declaró al diario Clarín al comenzar di¬ciembre de 1986.
A mediados de 1986 la Comisión de Fe y Cultura de la CEA,
presidida por el entonces obispo auxiliar de Buenos Aires, Eduardo Miras, dio a
conocer un documento titulado: El Evangelio ante la crisis de la civilización.
En esa oportunidad la revista católica Familia Cristiana decía:
"El documento no es una propuesta coyuntural, ni una
declaración en sentido estricto sino que aborda los grandes problemas que
afectan a los argentinos y al Pueblo de Dios en la Argentina".
La revista entrevistó al Presbístero Dr. Lucio Gera, profesor y
ex decano de la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argen¬tina,
–confesor del sacerdote Carlos Mugica– y el mas brillante teólogo argentino
luego del Concilio Vaticano II y sobre el do¬cumento expresó:
"El documento plantea dos necesidades fundamentales: la
bús¬queda de una identidad nacional y de una autoconciencia eclesial. Respecto
de la identidad nacional, se detecta que la historia concreta de nuestro país
puede visualizarse como una historia de desgarrones y rupturas entre distintos
proyectos o modelos históricos culturales". También es imperiosa la
búsqueda de la autoconciencia eclesiás¬tica; al respecto el documento dice:
"Todos los miembros del Pueblo de Dios –laicos, religiosos
y clérigos– hemos de preguntarnos cómo, cada uno, hemos cumplido la misión de
encarnar los valores del Evangelio en la cultura de la Nación... No podemos
eludir cuestionarnos, acerca de la coherencia entre lo predicado con nuestros
labios y el testimonio de nuestras vidas".
Al analizar el documento, Lucio Gera hace hincapié en un tema
caro a la Iglesia: el de la reconciliación. Sin ella no ve posible alcanzar la
unidad nacional, refundar una existencia y una soli¬daridad humana y cristiana,
instalar la justicia social y aun la autoconciencia eclesial.
Señala un ejemplo: "el tema de los desaparecidos debe
resolverse a través de la justicia, pero ésta no debe ser ejercida como
revancha o desquite, porque entraríamos en un círculo vicioso y no se
suturarían los desgarrones que sufre la Nación. Esto es sólo un ejemplo
–con¬cluye el teólogo Lucio Gera– pero de lo que se trata es de inten¬tar entre
los antiguos proyectos una nueva y gran síntesis donde na¬die quede excluido.
Esa síntesis hará crecer la autoconciencia histórica de la iglesia, porque ella
hará crecer una pastoral sobre un pueblo unido y coherente, alrededor de
valores fundamentales comunes, aunque respetuosos del legítimo
pluralismo".
Por más que los jueces dijeron no, el gobierno elevó su
pro¬yecto de ley de Punto Final al Congreso para poner un límite definitivo a
las acusaciones por violaciones a los derechos huma-nos. En esos días la CEA se
reunió y su presidente, el cardenal Antonio Primatesta, manifestó el apoyo
episcopal a la medida:
"Para la Patria, en este momento, es necesario un espíritu
pro¬fundo de reconciliación y no hay muchas confesiones públicas que hacer. La
Iglesia no quiere confesiones individuales, sino la reconci¬liación que al
mismo tiempo implica reconocimiento de las pro¬pias debilidades como comunidad
y una profunda esperanza en el amor de Dios que une a los hombres",
expresó el 14 de di¬ciembre de 1986.
En soledad, el obispo de Neuquén, Jaime de Nevares, se ha¬bía
diferenciado de sus congéneres: "Aprobar este proyecto, signifi¬cará
convivir con los criminales. Con esta mafia, con el poder de la fuerza, ¿qué
será del país?", se preguntó desde Río Negro el 11 de diciembre. Pero nada
pudo hacerse: en los últimos días de 1986, como un regalo negro de Navidad, la
ley de punto final fue apro¬bada incluso con el voto de radicales progresistas
como Federico Storani, que se oponía, pero que terminó haciendo gala de su
obediencia debida al partido.
De nuevo Wojtyla
En Su Santidad, Juan Pablo II y la historia oculta de nuestro
tiempo Carl Berstein y Marco Politti dicen:
"Las palabras de condena sobre la violencia gubernamental
que Juan Pablo II no pronunció en un Chile sometido al yugo de la dictadura, sí
las dijo en un país que hacía poco había recobrado la democracia: Argentina.
Allí llegó el 6 de abril de 1987 y sermoneó a Raúl Alfonsín, el presidente
democráticamente elegido después de la dictadura militar:
"Los derechos humanos se tienen que garantizar", dijo
el Papa incluso en situaciones de extrema tensión y evitando la tentación de
responder a la violencia con más violencia. "
"El Papa venía de Chile, se había reunido con Pinochet y
duran¬te su visita se había registrado una fuerte represión, cuya
responsabi¬lidad el encargado de la organización del viaje papal Monseñor
Fran¬cisco Coks adjudicó a los manifestantes: "la represión respondió a
que los manifestantes agredieron a los carabineros, a la guardia papal y a
muchos sacerdotes."
Según todos los sondeos de opinión, la Argentina respondió al
Papa con indiferencia y aversión. El momento no fue el mejor y la Argentina
estaba inmersa en una situación política y económica de crisis, luego de varios
años de terror dictatorial. La Iglesia Católica no estaba transitando por su
mejor momento.
"En vísperas de su visita tres iglesias habían sido blanco
de ataque. Argentina era un país en donde durante la dictadura en la lucha del
ejército contra la guerrilla, de los montoneros y contra cualquier otro tipo de
oposición había cobrado miles de víctimas. Los obispos habían estado
profundamente comprometidos con la dictadura", dicen Bernstein y Politti.
Entre el 6 y el 12 de abril de 1987, el Papa Juan Pablo II
visitó la Argentina por segunda vez en su pontificado. Durante los meses
previos a su llegada tanto el gobierno como la jerarquía eclesiástica se habían
encargado de calificarla como una visita exclusivamente pastoral.
El responsable de la organización del viaje papal, Monseñor
Arnaldo Gánale, confirmó casi un mes antes qué cosas estaba dis¬puesto a hacer
el Papa y cuáles no. Sólo dos actos masivos tuvieron el visto bueno del
Vaticano: el primero con los trabajadores, en ese momento liderados por el
sindicalista Saúl Ubaldini, y el acto con los jóvenes. Gánale anunció "que
en la agenda del Papa no había lugar para la audiencia que habían solicitado
los organismos de dere¬chos humanos".
El presidente Raúl Alfonsín anunciaba "la visita de Juan
Pablo II será acompañada por la alegría de todos los argentinos sin excepción
ni distinción de credos. Somos deudores del Papa", recordando su
media¬ción en el litigio con Chile por el canal del Beagle.
Alfonsín no sólo celebró con palabras la llegada pacificadora
del Papa, sino que coronó su intención de acercamiento a la Iglesia, con la
incorporación a su gabinete de Carlos Alderete, a finales del mes de marzo. El
sindicalista de Luz y Fuerza, convertido en Ministro de Trabajo, mantenía una
histórica buena relación con sectores eclesiásticos y una especial amistad con
Primatesta. También los senadores se sumaron a la bienvenida del Papa acordando
tratar el proyecto de ley de divorcio vincular tras la visita.
"¿Qué paz, qué unidad, qué amor nos viene a traer el
Papa?", se preguntaba Rubén Dri, en una nota de la revista Crisis, del mes
de marzo de 1987, previo a la visita del Sumo Pontífice a la Ar¬gentina, y
agregaba:
"Si Monseñor Raúl Primatesta consultado sobre la
posibilidad de que el Papa visitara un centro clandestino de detención expresó:
"que poner un acento tan grande significaría más bien abrir una herida que
cerrarla, y el Papa viene a traernos la paz, la unidad, el amor que de ninguna
manera significan la falta de justicia" enton¬ces –asevera Dri– la paz que
nos propone o en otra palabra muy utilizada, la reconciliación que nos trae es
la que se asienta sobre el olvido de 30.000 desaparecidos, miles de torturados,
asesinados y violados".
"En su anterior visita nos trajo la reconciliación con
Galtieri y toda la Junta Genocida. O ¿qué significó la comunión que les dio con
su propia mano, en un país lleno de centros clandestinos? Mucho nos tememos que
se quiera ir más allá, que lo que está encubierto bajo el manto de la
espiritual reconciliación sea lisa y llanamente la amnistía, para lo cual como
siempre se nos hablará de la necesidad de perdonar y ser perdonados."
Los medios cubrieron ampliamente la visita del Papa a la
Ar¬gentina y todos los sectores se manifestaron, aunque de maneras distintas.
La máxima dicotomía se expresó entre el mensaje de las Madres de Plaza de Mayo
y la solicitada publicada por ex dirigentes montoneros. La Línea Fundadora de
Madres se mos¬traba esperanzada en que el Papa condenara las violaciones a los
derechos humanos, cometidas por la dictadura militar, y en es¬pecial el
terrorismo de Estado y el sistema de desaparición de personas. Mientras que el
mismo 6 de abril, día de llegada del Papa en Clarín Mario Firmenich, Fernando
Vaca Narvaja, Rodolfo Galimberti y otros ex dirigentes montoneros firmaban la
siguiente solicitada:
"Algunos de nosotros, militantes políticos de Montoneros,
no esta¬mos exentos de culpas. Por eso, como el hijo arrepentido de la
pará¬bola, te decimos: no merezco ser llamado hijo tuyo. Señor, también nos
enseñaste: "Amen a sus enemigos, rueguen por susperseguidores". Por
eso te pedimos que te apiades de quienes nos persiguieron atroz¬mente,
atormentando ancianos, mujeres y niños. Y por eso te pedi¬mos que también te
apiades de los que nos siguen persiguiendo sin razón, buscando quebrar con
provocaciones, nuestra humilde suje¬ción a la voluntad del pueblo".
Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz en 1980, dio una
conferencia de prensa y dijo: "Están aquellos que guardaron silencio
cuando, so pretexto de defender la "civilización" cristiana, la
dictadura masacró al pueblo". Denunciando de esta manera en medio de la
visita papal, la estrecha relación de muchos obispos con los militares. Pero
Karol Wojtyla no habló del tema, no qui¬so. Y también se negó a reunirse con
las Madres de Plaza de Mayo, un gesto que evidenció el pensamiento del
pontífice res¬pecto de las violaciones de los derechos humanos en América
latina por parte de las dictaduras. Sólo hablaba de la "paz y la
reconciliación" y frente a los obispos de Buenos Aires dijo una frase
cargada de ambigüedad, como el contexto de toda su visita: "Sé de vuestras
intervenciones profundamente sentidas, que han sal¬vado vidas humanas".
Sólo a la semana de estar en la Argentina, pronunció la palabra
"desaparecido" en una reunión con jóvenes católicos.
Unas siete mil personas se movilizaron hacia Plaza de Mayo que
contrastaron con los cientos de miles de chilenos que habían acom¬pañado toda
la recorrida del Papa por Santiago. Juan Pablo II entre¬gó a Alfonsín dos
medallones coronados por una inscripción que decía: "Uruguay, Chile y
Argentina" como símbolo del Tratado
de Paz firmado en 1978.
La agenda del Papa en la Argentina incluyó la visita a Bahía
Blanca, Viedma y Mendoza, en donde condenó el divorcio, el aborto, la
drogadicción y el terrorismo. En Viedma fue recibido por el obispo Miguel
Esteban Hesayne quien no dejó pasar la oportunidad de expresarle la opresión
del pueblo mapuche y su fiel compromiso con los pobres:
"Bienvenido a la Patagonia. Esta tierra que pisas, ha sido
una de las últimas de nuestro continente en recibir el mensaje evangélico... La
Patagonia es compleja y promisoria. Los que habían sido los due¬ños de este
suelo fueron avasallados y despreciados por el blanco cris¬tiano. Los
descendientes de mapuches, aún hoy, se encuentran confi¬nados en inhóspitas
reservas o dispersos en barrios marginales de nuestras ciudades. Todavía no
hemos reparado el pecado histórico cometido. Tu visita es una luz de esperanza
que les permita dar pasos firmes y en paz hacia la posesión real de la tierra,
derecho actual, inalienable, de nuestros hermanos mapuches.
"Como Iglesia queremos tener presentes a quienes nos
precedieron en la fe siendo fieles al Evangelio como Ceferino Namuncurá, joven
mapuche que quiso ser útil a su raza aspirando a ser sacerdote católico... En
estos últimos años, en la Argentina, ser fiel al Evangelio fue una audaz
aven¬tura que llevó a dar la vida a muchos hermanos en la fe: sacerdotes,
laicos, religiosas y hasta un obispo, nuestro hermano obispo Enrique Angelelli.
Hoy queremos pedir perdón porque como Iglesia no siempre nos identificamos con
el pobre, el necesitado, el perseguido."
Con esas palabras Monseñor Hesayne marcaba frente al Papa su
postura diferenciada de muchos de sus hermanos obispos y de la propia
Conferencia Episcopal a los que les tomó trece años más pedir públicamente
perdón y en el marco de un pedido de perdón mundial de la Iglesia en el Jubileo
de 2000.
En Córdoba, Tucumán y Salta los temas ejes también fue¬ron
"la familia", con una marcada demonización del divorcio (ley presta a
sancionarse en la Argentina) y la "reconciliación nacional". Según
los clérigos que estuvieron en la intimidad de la visita papal, lo más
importante para el representante de Dios era el divorcio.
El 10 de abril se realizó el primero de los actos confirmados
por la organización, que fue su encuentro con los trabajadores en el Mercado
Central. Si bien casi cien mil personas se llegaron a escuchar la palabra de Su
Santidad, el número fue mucho menos de la mitad que soñaban los hombres de la
CGT y el presidente de la Comisión de Pastoral Social, monseñor Ítalo di
Stéfano.
Finalmente el 11 de abril se dio el esperando encuentro con los
jóvenes. En su alocución original no figuraba ninguna alu¬sión a los
desaparecidos pero se agregó a último momento. Juan Pablo II dijo:
"Sois la esperanza del Papa, sois la esperanza de la
Iglesia. Se que estáis decididos a superar las dolorosas experiencias recientes
de vues¬tra patria. Que el hermano no se enfrente más al hermano, que no vuelva
a haber más ni secuestrados ni desaparecidos; que no haya lugar para el odio y
la violencia y que la dignidad de la persona sea respetada".
Habló muy por encima de los desaparecidos, responsabilizó al
gobierno de Alfonsín de garantizar los derechos humanos y finalmente tuvo
palabras de comprensión y aprobación hacia la jerarquía eclesiástica al
decirles casi con un pie en el avión:
"Fueron tiempos difíciles, en que la violencia quebró
profunda¬mente en el dolor y la muerte, la paz, la convivencia y la prosperidad
de vuestra Patria. Silenciados u olvidados, Dios conoce vuestra
fide¬lidad".
En la editorial del 23 de abril de 1987 de la revista Criterio
dirigida por el sacerdote Rafael Braun (el mismo que en enero de 2002 dio la
bendición católica al casamiento entre el Príncipe Alejandro de Holanda y la
argentina Máxima Zorreguieta) seña¬laba:
"La visita pastoral de un Papa no es un acontecimiento que
ocu¬rre todos los días. Hemos sido privilegiados con dos visitas en cinco años
y es razonable pensar que no se repetirán en un futuro previsi¬ble. Juan Pablo
II estuvo entre nosotros y esta vez pudimos recibirlo en una verdadera fiesta,
no empañada por el luto de ninguna gue¬rra, ni de ninguna dictadura.
"Tenemos que reconocer con humildad que la Iglesia
argentina no llegó bien preparada a esta visita. El rebaño estaba disperso y
dividido. La carencia de un claro liderazgo entre los Pastores locales producía
mensajes discordantes y movimientos centrífugos. La misión preparatoria fue
tardía y casi siempre anémica sobre todo si se la compara con la tarea
realizada por Chile. La recepción fue fría. No fuimos convocados a salir a las
calles y embanderar nuestras casas. La improvisación parecía amenazar una vez más
la realización exitosa de un acontecimiento importante. "
Las palabras hacia la jerarquía se imprimieron críticas en el
editorial, pero se extendieron también al laicado católico y con¬cluyeron
optimistas:
"Al término de la visita las ovejas dispersas habían sido
reunidas por el Pastor. No sólo por su magnetismo personal, sino por la acción
discreta del Espíritu. Muchos que tenían vergüenza de seguir llamándose
católi¬cos y miembros de una Iglesia que azotaban con críticas, volvieron a
experimentar el gozo de sentirse parte de una comunidad centrada en lo esencial
y no perdida en los vericuetos de la política...
"La Iglesia argentina tiene que hacer memoria de los días
de salvación vividos. Tiene que conservarlos y rumiarlos para extraer de ellos
toda la riqueza que contienen."
Mucho menos idílica en cuanto a los pasos del pastor en la
Argentina fue la nota de Rubén Dri publicada por la revista Cri¬sis el 16 de
abril de 1987. Allí se dijo que el Papa en su visita a Viedma, se encontró con
una carta de los Mapuches, pobres en¬tre los pobres, que manifestaban la
necesidad de que les fuesen devueltas sus tierras que les fueron "robadas
con la conquista al desierto, en la que la Iglesia fue cómplice del poder
militar".
"¿Cuál fue la respuesta del Mensajero de la Paz?", se
pregunta Dri. Y continúa: "La evangelización no sería auténtica si no
siguie¬ra las huellas de Cristo, que fue enviado a evangelizar a los pobres.
Debéis hacer propia la compasión de Jesús por el hombre y la mujer
necesitados... Sin embargo el verdadero celo se compadece sobre todo de la
situación de necesidad espiritual en la que se debaten tantos hombres y
mujeres".
Es decir, retoma el autor: "está bien que los Mapuches
estén en la miseria y la pobreza pero ello no es lo fundamental. Lo más
importante, es atender a la pobreza espiritual, independiente de la situación
material del que la padece.
"Sin embargo, cuando el joven rico se acercó a Jesús y le
preguntó qué debía hacer para entrar en el Reino, Jesús le dijo: vende todo lo
que tienes y dalo a los pobres.
"¿Puede interpretarse esto sólo en sentido
espiritual?" Concluye Dri: "Juan Pablo IIy nuestra jerarquía tienen
la ne¬cesidad de espiritualizar el concepto de pobre y todo el mensaje
cris¬tiano porque lo anuncian desde el poder y la riqueza. Jesús no tenía la
necesidad de hacerlo, porque lo anunciaba desde los pobres ".
El azote carapintada
El 17 de abril de 1987, pocos días después de la segunda visi¬ta
papal a la Argentina, y en plena Semana Santa, tuvo lugar la primera
sublevación de los carapintada liderada por el coronel ultracatólico, Aldo
Rico. El 19, la CEA dio a conocer el docu¬mento titulado Los sucesos de Semana
Santa en el que los obispos lamentaban "la situación que ensombreció la
estabilidad del país" y reiteraban "nuestro apoyo al orden
constitucional del país, dentro del cual deben buscar soluciones para las distintas
situaciones que preocupan y afectan la vida de grupos, sean grandes o pequeños,
o los problemas que el país todo debe enfrentar".
Para Rubén Dri eso había que traducirlo por: "hay que
arre¬glar las situaciones que afectan la vida del grupo militar".
El mayor Ernesto Barreiro, un oficial de inteligencia, acusado
de torturas y secuestros, destinado en Córdoba y en Bahía Blanca du¬rante la
lucha antisubversiva, debía prestar declaración indagatoria el 15 de abril ante
la Cámara Federal de la primera de esa provincia, imputado en varias causas.
Barreiro no se presentó y se refugió en su propio regimiento, que estaba al
mando del teniente coronel Jorge Polo. Para el 17 de abril ya se habían plegado
otras tres unidades: la que León comandaba en el norte, la de Alonso en el sur
y la de Rico, en Campo de Mayo.
El cardenal Primatesta estaba convencido de que la crisis se
ceñía al regimiento de Polo y de inmediato inició una negociación con él.
Luego, el juez federal de Córdoba abrió una causa por desacato y le ordenó a
Polo que entregara a Barreiro y pacificara su cuartel.
Entre tanto, Alfonsín salió de la Rosada prometiendo que no le
iba a temblar la mano y que lograría la rendición de Rico, pero al volver tras
haberlo entrevistado, casi elogió desde el balcón a los golpistas, refiriéndose
a ellos como "Héroes de Malvinas". Apeló entonces a su polémica frase
"la casa está en orden ", para despedir a la multitud congregada en
Plaza de Mayo en defensa de la de¬mocracia y que retornó a sus casas furiosa,
sospechando que ha¬bía sido estafada.
Y así fue: ese día nació entre bambalinas el proyecto de ley de
obediencia debida.
La revista Criterio tituló el editorial de esa semana: "La
desobe¬diencia indebida", y allí se señaló:
"El motín no jue un hecho inesperado. Estaba en la
naturaleza de las cosas si se tiene presente la secesión sentimental, la
distancia crítica y la peligrosa sensación de humillación y corporación
acorralada que vive la sociedad militar respecto de la sociedad civil y del
sistema de lealtades del régimen constitucional...
"El mundo civil está informado del estado de cosas que vive
la sociedad militar. Pero la sociedad militar, desde las jornadas popu¬lares de
esas 96 horas de vigilia pacífica de lo que siente la sociedad civil. Esta se
ha pronunciado, de manera inédita e inequívoca, a favor del gobierno de la ley,
del estado de libertad y de la vida en paz. Y ésta es una de las lecciones –no
ciertamente, la menos im¬portante– de los acontecimientos. "
El segundo levantamiento carapintada se produjo en enero de 1988
cuando Aldo Rico, que aunque sea para salvar las apariencias debía ir preso por
su responsabilidad en los hechos de Semana San¬ta, se fugó de Buenos Aires y
sublevó el regimiento de Monte Case¬ros, en Corrientes. En ese alzamiento, tuvo
participación el cape¬llán carapintada, José Ángel Padilla, quien luego pidió
la baja del Ejército.
En un editorial de Criterio, titulado "Proveer a la defensa
co¬mún" se analizaba los hechos de Semana Santa de 1987 y de Monte
Caseros:
"Es innegable que detrás de las palabras y las actitudes de
los sediciosos de enero de 1988 –aparte de la soberbia personal de quienes se
sienten convocados por el destino para salvar a la Pa¬tria– late una concepción
profundamente corporativa de la fuer¬za. Son vanas sus afirmaciones y
reivindicaciones profesionales –muchas veces basadas en carencias reales– toda
vez que igno¬ran la cadena de mandos hasta impugnar la autoridad del
Presi¬dente en tanto comandante de las Fuerzas Armadas. Esta clase de profesionalismo
es harto conocida por estudiosos de nuestra historia y argentinos memoriosos...
No cabe duda que existe, en la Argentina, una minoría de oficiales de las
Fuerzas Armadas, que aún se resiste a vivir en una institución. Pero también es
cierto que los militares saben que los regímenes militares no han sido inmunes
a sus propias crisis castrenses. Un nuevo golpe de Estado en la Argentina,
equivaldría a destapar la caja de Pandora, en la que yace el espectro del poder
ilegitimo, más aún, de la misma guerra civil".
A mediados de 1988, Alfonsín se desayunó un domingo con un
documento de la CEA, aparecido en la tapa de los principales diarios, que
criticaba con dureza a su gobierno. A medida que avanzaba en el texto, iba
montando en cólera. ¿Por qué los obis¬pos se le tiraban en contra con tanta
saña, siendo que él jamás les había echado en cara el escándalo del Banco
Ambrosiano, los manejos poco santos de monseñor Marcinkus, ni la relación del
Vaticano con la logia masónica P2?
Ese mismo día, en los jardines de la residencia, durante un acto
de la juventud radical, Alfonsín no aguantó más: en un dis¬curso de barricada
vomitó toda su bronca. Podría decirse que ese día le escupió al cielo.
En los años ochenta habían quedado al descubierto las ma¬niobras
financieras del obispo Paul Marcinckus, jefe del IOR, la banca pontificia. Las
investigaciones permitieron comprobar una estrecha vinculación entre los
banqueros de la mafia italiana y de la Logia P2, con el banco vaticano.
Marcinckus, sobre el que pendía un pedido de arresto de la Interpol, se
encontraba en ese momento recluido en los límites de la Plaza San Pedro: si
salía del Vaticano, la policía italiana caería sobre él. ¿Con qué autori¬dad
moral podía entonces la Iglesia criticar a su gobierno? –se preguntó Alfonsín,
ante los jóvenes que lo aplaudían a rabiar–.
La respuesta bien podría haber sido que no en vano el trono de
Pedro había sobrevivido dos mil años, que en cambio el radi¬calismo llevaba muy
a duras penas apenas cien y que a él le que-daban apenas seis meses de
gobierno, antes de claudicar.
En diciembre de 1988, el coronel Mohamed Alí Seineldín, un hijo
de drusos católicos, fanáticos adorador de las vírgenes, protagonizó la tercera
sublevación carapintada. Esta vez el movi¬miento estuvo dirigido a conseguir
directamente la amnistía para todos los militares del proceso.
Según relata Gabriela Cerruti, en el libro El Jefe, el
levantamiento bautizado como Operación Virgen del Valle, tuvo como epicentro de
operaciones al piso de la calle Libertador de Carlos Guglielmelli, quien se
convirtió en esos días en el representante seineldinista. El en¬tonces obispo
de Mercedes, Emilio Ogñenovich fue uno de los pri¬meros en llegar a ese lugar
para ofrecer fondos para solventar el le¬vantamiento.
Instalado el tema de la demanda militar, los obispos salieron a
apoyar la idea de la amnistía. Como presidente de la CEA, monseñor Primatesta
se sintió obligado a establecer una distin¬ción y a proponer la pacificación:
"Amnistía es olvido, perdón del castigo y de las razones que la
provocaron. Ello significa decir: no pensemos más. La pacificación es un paso
adelante, es encontrar ca¬minos a través de los cuales se puede borrar lo
pasado y construir el futuro. La reconciliación entra en el terreno de lo absoluto,
de lo que es cristiano; significa una petición de perdón de quien se sabe
pecador" –dijo. En cambio, monseñor Quarracino, que visitaba asidua¬mente
a sus amigos, los ex comandantes, en el penal de Magda¬lena, se pronunció
directamente a favor de la amnistía.
El jesuíta Fernando Storni –fundador en 1960 del Centro de
Investigación y Acción Social– tuvo por aquellos días un gran acercamiento al
presidente Alfonsín. Un cuarto de siglo más tarde, con 81 años cumplidos,
delineó con esta anécdota, la rela¬ción existente entre el jefe político y los
patrones del cielo:
"Yo a Alfonsín no lo conocía, me lo presentó José Ignacio
López, que era su vocero. Y un día me ofreció que formara parte del Consejo
para la Consolidación de la Democracia, porque el presidente que¬ría escuchar
la voz de la Iglesia. Yo consulté con mis superiores y me autorizaron. Me
acuerdo que el cardenal Primatesta me dijo: "Acepta, si total vos no
representas a nadie".
En pocas y certeras palabras, el cardenal había dado en la
cla¬ve respecto de uno de los errores más graves que cometió Alfonsín en su
intento de componer su relación con la Iglesia: tomar en cuenta a quienes no
tenían peso en la cúpula. Fernando Storni, enrolado en el progresismo, estaba
lejos de las opiniones del po¬der imperante en la conferencia episcopal post
dictadura, que conservaba un matiz conservador. Ergo: en tales circunstancias
no representaba a nadie.
Storni prosiguió:
"Algunas veces nos reuníamos en el quincho de la quinta de
Oli¬vos con obispos ideológicamente más cercanos, como Bianchi, di Cárcano y
Jorge Casaretto. También se sumaba el secretario de la CEA, José Arancibia. A
esas reuniones del quincho vino una vez el entonces monseñor Jorge Mejía, que
ya estaba en el Vaticano, pero que se encontraba de visita en la Argentina. En
plena charla distendida, Mejía le preguntó:
–Disculpe, presidente, pero si el Plan Austral iba tan bien,
¿por qué lo reemplazaron por el Primave¬ra?.
Yo creía que Alfonsín iba reaccionar con una de sus gallegadas,
pero fue muy diplomático y le contestó:
–Acá está Juan (Sourrouille) que le va explicar mejor".
El padre Storni fue rector de la Universidad Católica de
Cór¬doba durante una década, entre 1965 y 1975, y allí conoció al cardenal
Primatesta, con quien tuvo una buena relación perso¬nal, pese a no compartir su
forma de relacionarse con el poder.
"Primatesta ha sido el verdadero jefe político de la
Iglesia, man¬tuvo siempre un estilo de cercanía al poder. Durante mucho tiempo,
en la Conferencia Episcopal, los prelados peronistas fueron mayoría y aún hoy
sigue habiendo primatestistas en la CEA, pero el cardenal Bergoglio, que es
otro gran político, es muy prudente. Sabe esperar, tiene muchos años menos que
Primatesta y sabe que esperando, sin desesperar, el poder será suyo.
"Bergoglio fue quien me comunicó que debía dejar el
rectorado de Córdoba y se sorprendió por mi actitud. Yo le dije que no había
ningún problema, que no necesitaba otro nombramiento y que me volvía al
CIAS."
El CIAS funcionó hasta los años setenta en una casona de la
calle Palpa. Luego se construyó el actual edificio, ubicado en O'Higgins 1331.
Y allí está Storni hasta ahora.
El derrumbe
El principio del fin de Alfonsín comenzó el domingo 6 de
sep¬tiembre de 1987 con los primeros cómputos eleccionarios: el radi¬calismo
había perdido el control de casi todas las provincias en la elección de
gobernadores y también la mayoría propia en la Cámara de Diputados. El gran
ganador de esa jornada fue Antonio Cafiero, quien había atravesado varias
rupturas políticas internas dentro del peronismo pero nunca había quebrado su
compromiso con la Igle¬sia, aunque su contacto más directo fuera con Laguna y Casaretto,
los dos últimos obispos que pasaron por San Isidro.
"El presidente había echado del Ministerio de Trabajo a
Carlos Alderete, un dirigente lucifuercista estrechamente ligado a la Iglesia y
a los demás sindicalistas, que finalmente terminaron ayudando en la campaña a
Cafiero", explicó Morales Sola.
No era todo: la Iglesia había considerado como una provoca¬ción
que un agnóstico declarado como Jorge Sabato, hijo del escritor Ernesto, fuese
promovido como ministro de Educación por recomendación del canciller Dante
Caputo, que lo había tenido como su vice. Sabato no había jurado por Dios ni
por los Santos Evange¬lios al asumir la titularidad del ministerio más
apetecido por la Igle¬sia. Se entiende: allí se arbitran las normativas que
rigen a los cole¬gios privados y se autorizan en cinco minutos o se traban por
años las autorizaciones para nuevas carreras terciarias y universitarias.
En medio del desastre electoral del oficialismo, Eduardo Angeloz
había logrado su reelección en Córdoba pese a que su gobierno tenía más conos
de sombra que luces. ¿Cómo lo había logrado? Lo prime¬ro a recordar es que
después de 1976 sostuvo un acuerdo con el tristemente célebre general Luciano
Benjamín Menéndez, patrón indiscutido de Córdoba durante el proceso militar,
responsable las desapariciones y torturas de centenares de personas, y foco de
aque¬lla instantánea en la que ya viejo y decrépito apareció cuchillo en ristre
amenazando a un periodista. Y el dictador Videla lo recibía en privado todas
las veces que Angeloz se lo pedía. Como fruto de ese acuerdo, más de un
centenar de intendentes radicales conservaron sus puestos durante la dictadura
y sirvieron disciplinadamente al poder militar.
Lo segundo a tener en cuenta es que este líder del radicalismo
cordobés mantenía una cordial relación con el jefe de la conduc¬ción católica,
el cardenal Primatesta. Hasta tal punto, que en 1986, cuando debió elegir a
quien redactase las disposiciones referidas a la relación Estado-Iglesia para
la nueva constitución provincial, reformada durante su mandato en miras a su
propia reelección, Angeloz no dudó un solo minuto en confiársela a su obispo de
confianza.
Curiosamente, el empresario Hugo Franco –de fuerte actua¬ción
durante el gobierno de Carlos Menem– que actuaba como apoderado de la diócesis
de Primatesta, era quien le pagaba a la ex presidenta, María Estela Martínez de
Perón, el hotel en el que se alojaba cada vez que venía a Buenos Aires.
Invariablemente, la pri¬mera visita que ella realizaba al llegar, era al nuncio
papal, Ubaldo Calabresi.
Era sabido que Isabelita tenía línea directa con Agostino
Casaroli, poderoso secretario de Estado del Vaticano y amigo del cardenal
Primatesta. No sólo eso: el ex nuncio apostólico y luego ministro del Vaticano,
Pío Laghi, solía verla con frecuencia en Madrid y por su parte, Isabel andaba
muy seguido por los alre¬dedores de la Plaza San Pedro. Cada vez que se cruzaba
con al¬gún político en Roma, ella decía muy suelta de cuerpo: "Pues, estoy
de compras".
Ubaldo Calabresi, el nuncio, fue uno de los adversarios más
fervorosos y poderosos que tuvo el gobierno de Alfonsín, quien luchó sin éxito
para que se fuera de la Argentina. Durante su gestión propuso la designación de
más de treinta obispos, inclui¬da la de Quarracino, como sucesor de Aramburu en
el obispado de Buenos Aires. Calabresi tenía una relación muy estrecha con
Carlos Saúl Menem, hasta el punto que contribuyó personal¬mente a reconciliarlo
con Zulema Yoma porque no era el caso de apoyar a un candidato divorciado.
Raúl Primatesta, como siempre, hizo de equilibrista entre las
dos partes. Votó a Angeloz que era su amigo y abrazó a Carlos Menem, –que le
caía muy bien– frente a los fotógrafos. Era más que obvio que las simpatías de
la gran mayoría de los obispos argentinos esta¬ban puestas en el candidato
peronista. Siempre se llevaron mejor con los peronistas que con los radicales.
"Con ellos es más fácil arre¬glar las cosas que queremos", explicaban
en la intimidad. Y por otra parte, Carlos Menem venía de una concepción
nacionalista católica, casi mística, que les caía mejor que el racionalismo
radical de iz¬quierda, que acompañaría a Angeloz.
El cardenal cordobés aconsejó a Menem que se quedara en La Rioja
el día de la elección. El caudillo riojano le hizo caso. Y le dijo además que
lo primero que tenía que hacer era saludar al perdedor, "es de buen
ganador", le aclaró paternal. Y como si esto fuera poco le envió unas
líneas para pronunciar en el discurso, que Menem las leyó entusiasmado. Ahí se
hablaba de la paz y la reconciliación. El hombre fuerte de la Iglesia no podía
sentirse mejor: Menem cumplía con todo lo que la Iglesia le pedía y la diferencia
con los radicales era abismal. El paso del tiempo de¬mostraría a la Iglesia el
error de esta apreciación, pero para eso debieron transcurrir algunos años.
Carlos Menem asumió en julio de 1989, seis meses antes de lo
previsto, porque a Alfonsín la situación social se le fue de las manos. El
dólar se disparó y con él los precios. Fue la hiperinflación más grande de la
que se tenga memoria. Los po¬bres asaltaron los supermercados, los militares
volvían a estar in¬quietos y ya había un presidente electo. ¿Para qué seguir?
Alfonsín tiró la toalla.
En setiembre, Menem hizo su primer viaje presidencial a
Washington, donde el cardenal Pío Laghi estaba destinado como delegado
pontificio ante el gobierno de George Bush, y se reunió con él para hablar del
tema de los indultos a los militares presos.
Hay quienes sostienen que Laghi lo alentó a sancionar el indulto
a los sublevados y que en cambio le sugirió una conmutación de penas para los
ex comandantes, lo que no significaría el perdón ni la libertad inmediata,
aunque sí un acortamiento de la sentencia. Su punto de vista coincidía con el
de varios obispos argentinos, como Primatesta y Quarracino, que proclamaban la
necesidad de olvidar el pasado por vía legal. Carlos Menem se adelantó a todo y
a todos: el 8 de octubre de 1989, día del nacimiento de Juan Domingo Perón, de
quien Menem decía ser "su mejor alumno", firmó el indulto a los
condenados y a los sublevados.
Comenzaba una nueva era.
8
Mujeres de Dios
Martha Pelloni
La de las marchas
"Yo fui maltratada en estos días por gente allegada al
gobierno, que me quiere ensuciar y confrontar con nuestras marchas. El térmi¬no
subversión significa alterar el orden. Cuando el valor de la vida está primero,
soy subversiva porque lucho para que otros valores no ocupen ese lugar; otros
valores como el poder, el sexo, el tener más y más dinero, por ejemplo..."
Corría el 1 de noviembre de 1990. Acababa de culminar la séptima
marcha del silencio, de la que habían participado 30.000 personas. Sentada en
el patio del Colegio del Carmen y San José, del que era rectora, la hermana
Martha Pelloni extendía sus can¬sadas piernas. Su espíritu, sin embargo, seguía
en lucha: ponía en claro que no era una obediente y sumisa religiosa, sino que
estaba dispuesta a enfrentar al poder político de Catamarca, muy a pesar de las
imputaciones que le hacían desde distintos secto¬res, incluidos la propia
Iglesia.
"Es lesbiana y subversiva", se rumoreaba.
Desde hacía veintisiete años pertenecía a la Orden de las
Car¬melitas Misioneras Terciarias. Tenía por entonces 49 años y ha¬bía sido
operada de un cáncer de mama.
El jueves 14 de septiembre dos mil estudiantes habían
prota¬gonizado la primera marcha del silencio pidiendo justicia, y la hermana
Pelloni no había sido ajena a la organización, por más que aquella vez prefirió
no concurrir. Habían asesinado a María Soledad Morales, alumna del Colegio del
Carmen y San José, y correspondía que los jóvenes tomaran la delantera. Un
puñado de chicas, compañeras de aula de Soledad, encabezaron aquella marcha
tomadas de la mano y con un cartel que exigía justicia, y caminaron por la
calle Leónidas Saadi hacia la Catedral.
A pesar de los comentarios adversos de varias religiosas, la
hermana Martha encabezó la segunda marcha, junto a los padres de María Soledad
y aquellas chicas. Fue el 20 de septiembre y duplicó la apuesta: asistieron más
de cuatro mil personas.
El 18 de octubre, en la sexta marcha, ya eran veinte mil y entre
la multitud asomaban algunos curas, como Fermín Carri¬zo, párroco de Valle
Viejo; Luis Páez, de la capital catamarqueña; y Santiago Sáenz, de Villa Parque
Chacabuco.
Al llegar a la décima marcha, los convocados superaban los
cuarenta mil. El fenómeno confirmó una de las constantes en Catamarca: en esa
sociedad machista, fueron siempre las muje¬res quienes acaudillaron los grandes
cambios sociales. Y Martha Pelloni fue una de ellas.
¿Qué empujó a esta mujer de sonrisa amplia y profundos ojos
celestes, nacida en el partido bonaerense de Vicente López, don¬de estudió y se
crió, a ser monja y a enfrentar el poder saadista, instalado en Catamarca desde
hacía décadas, hasta el punto de no parar hasta destronarlo? Ella lo resumió
con cuatro palabras clave que son el basamento de su vida: fe, sensibilidad,
austeri¬dad y disciplina.
"Formábamos una familia hermosa: papá, mamá y cuatro
herma¬nos–tres mujeres y un varón–. Mi padre, hijo de suizos, era peronista y
defensor de Carlos Menem a ojos cerrados, cosa terrible para mí. El era
veterinario, tenía grado militar porque trabajaba para el ejérci¬to, sentía un
gran amor por la naturaleza, tenía fe y era dueño de una gran sensibilidad. Por
parte de mi madre tuve un abuelo que fue médico y marino, el primer director
del hospital de Puerto Belgrano. Él murió a los 40 años y dejó a mi abuela con
ocho hijos y una fortuna, pero mi abuela la desbarató, la fundió para mantener
el ritmo de vida social que llevaban. Por eso, yo siempre digo que me crié en
una dualidad de enfoques: mi mamá, añorando esa vida de alta sociedad que llevó
en casa de su papá, pensando que volver a revivirlo sería la felicidad. Y papá,
poniendo su dosis de disciplina, de realidad. Y los hijos salimos a mi padre:
austeros y sencillos."
En su formación elemental predominó el colegio estatal: hizo el
primer grado en Jujuy, luego, pasó dos años como medio pupila en las Dominicas
Francesas de Belgrano, en Cabildo y Sucre, de la Ca¬pital Federal; y terminó la
primaria en una escuela pública mixta. La secundaria la cursó en las Carmelitas
Misioneras Terciarias.
"Al principio yo iba empacada porque tenía un uniforme
bastan¬te ridículo, con una capa, como un vampiro. Pero ahí descubrí que era
más dócil de lo que pensaba, porque protesté de entrada, pero enseguida me
acostumbré. Encontré un curso hermoso y a mitad de año era la persona más
feliz."
Demasiado amor
Martha era una joven muy atractiva a la que no le faltaban
pretendientes. Iba los sábados a bailar con sus amigas al club militar y se
divertía como cualquier adolescente, pero al termi¬nar la secundaria comenzó a
descubrir que su amor era demasia¬do para un solo hombre.
"A los 17 años me planteaba el sentido de la vida. Leía los
poe¬mas del suplemento literario de La Nación y llegué a entender que la
capacidad de amar de una persona no se podía agotar en una sola dimensión. Veía
todo un abanico de posibilidades y me pareció que cuando madurara, un hombre me
iba a quedar chico. Tuve noviecitos, pero siempre viví esas experiencias con un
dejo de vacío, como que Dios me pedía otra cosa."
Pero cuando le planteó a su padre su decisión de entrar al
convento, la respuesta de Pelloni fue muy clara y realista:
–Mira Marthita, si viera que realmente tenes vocación
reli¬giosa, yo te dejo entrar porque no quiero contrariarte. Pero creo que
estás pasando un momento difícil y no estoy seguro de tu decisión. Espera hasta
los 22 años y hasta entonces lo que te voy a pedir es que hagas una vida
normal.
Martha Pelloni obedeció. Hasta esa edad trabajó en la docen¬cia
y llegado el momento ya no tuvo que volver a entablar con él un nuevo diálogo:
todo había sido dicho. Nunca había hablado con la familia de ese tema, ya que
el pedido se lo había hecho a su padre a solas. Así que ni bien cumplió su
mayoría de edad, que entonces era a los veintidós, puso lo indispensable en una
valija, dejó cartas cariñosas para sus familiares y se marchó al noviciado de
Santos Lugares.
"Fue una manera de disculpar a mi papá con todos. El era el
pater, el papá de todos. Lo llamaban por el apellido y cuando había un problema
había que llamarlo a Pelloni. La entrada a la congre¬gación fue una fiesta. Me
acompañó la gente de la escuela donde trabajaba, la directora, mis compañeras.
Por mi temperamento yo vivo intensamente el presente y en ese momento estaba
con la euforia de los que se casan... Después sentí el desprendimiento...
Cuando llegó el momento de la reflexión, sentí que la formación del novicia¬do,
no la de la congregación, me había producido la pérdida de la identidad. Sentí
que me había despersonalizado. "
Este hecho ha sido un común denominador de muchos religio¬sos y
particularmente de religiosas consultadas: hasta hace veinte años, cuando las
mujeres entraban a un convento, renunciaban a su nombre y escogían uno nuevo.
Era una manera de morir a la vida anterior y de ser, a partir de ese momento,
una persona distinta.
"Sentía que perdía el yo. Sentía que tenía que ser como no
era. Me daban a entender que como yo venía de un status socio cultural medio
alto, tenía que dedicarme a bordar sábanas, ajuares, mante¬les, que después se
vendían, pero para mí eso era muy difícil porque yo soy muy torpe con las
manos. Entonces, cuando no aguanté más esa situación de pseudo artesana, le
dije a mi superiora que yo no era para las artes ni para las manos, que no
tuviera miedo de ponerme a lavar ropa y baldear pisos. Y así empecé a ser
feliz, jugando con la espuma, de una manera muy infantil. En esos años
involucioné. Ese estado era común en los noviciados de esa época. Actualmente,
en nuestros centros de formación hay una preocupación más intimista que pone el
acento en lo psicológico. En el noviciado de Santos Luga¬res, en cambio, la
vida era como en todos los noviciados antiguos: muy estricta en todo. Lo que
más me costó fue el tema de las visitas. Los segundos domingos del mes se
permitían visitas y venían como tres o cuatro grupos de amigos y amigas: del
trabajo, la parroquia, la gente del círculo militar. Mi padre un día se cansó,
habló con las autoridades y ellos me dieron a elegir: o la familia o los
amigos. Me quedé con la familia."
La Iglesia es machista
Terminada la etapa del noviciado, Martha Pelloni fue a San
Ra¬fael, Mendoza, donde hizo el profesorado de Filosofía y Letras. Allí,
mientras leía la encíclica Populorum Progressio, se decepcionaba con la
realidad de esa ciudad conservadora, viñatera y rica.
"En los años de la guerrilla, entre el 71 y el 73, yo era
rectora en Córdoba del Colegio Arguello y nuestra comunidad trabajaba uni¬da
con los claretianos. Allí había muchos sacerdotes de otras congregacio¬nes que
se habían fugado de los militares. En ese colegio teníamos de alumna a la hija
del general Menéndez, con lo cual nos teníamos que cuidar mucho. De cualquier
manera, nuestra labor era reflexiva y a la superiora no le entusiasmaban
nuestros trabajos barriales. Por suerte, poco después me nombraron superiora en
Goya, Corrientes, y ahí conocí a monseñor Alberto Devoto con quien trabajo
desde hace casi diez años. Teníamos una gran amistad que me permitía recordarle
cada vez que iba a Roma o algún sínodo: "Monseñor, tiene que ver el tema
del papel de las religiosas en la Iglesia". "Monseñor, es una
vergüenza el machismo que existe en la jerarquía y en el
sacerdocio"."
Martha Pelloni es una monja feminista, no porque quiera el poder
para la mujer, sino porque aborrece la lucha del hombre para conseguirlo,
dondequiera que le toque actuar. Pero, mujer al fin, lo disimula con
inteligencia para poder hacer lo que en verdad le place: el trabajo apostólico.
"Consciente del machismo imperante, yo me manejé muy bien
con todos los párrocos con los que me tocó trabajar. Siempre les bus¬qué la
vuelta psicológica para hacer lo más importante, el trabajo apostólico, dejando
el cartel y la pantalla para los que quieren estar adelante. A uno de los
párrocos con el que más trabajé y con el que somos muy buenos amigos, siempre
le decía: (Yo sé que con vos siem¬pre tengo que estar en segundo plano. Naciste
para rey y te interesa el poder de cura, que no es otro que el poder)."
Respecto del celibato, dice haber vivido una castidad fecunda y
recuerda incluso haber ayudado a un cura que se enamoró de ella a no
transgredir su voto.
"He vivido una castidad socialmente fecunda. No hay que
con¬fundir la sexualidad genital, con la sexualidad total: te puede faltar la
vida sexual genital, pero la otra no. Yo soy sexuada y pongo mi sexualidad
cuando coqueteo sanamente en una amistad frente al sexo opuesto. Yo tengo más
amigos hombres que mujeres, me llevo mejor con ellos porque mis intereses son
más coincidentes, y de hecho he tenido muchos amigos laicos y sacerdotes. En
una oportunidad, un sacerdote que estaba pasando un mal momento, se enamoró de
mí. Como el problema era de él y yo no estaba involucrada más que en querer
ayudarlo a salir del pozo, pude manejar bien el caso, hablar con sus
superiores, con fray Mamerto Menapace, que también lo ayudó, y entre todos pudo
superar el momento."
A los 33 años, y en absoluta concordancia con Devoto, el obispo
de Goya, la hermana Martha empezó a hacer cosas que no eran las esperadas para
una mujer, ni mucho menos para una religiosa: ambos decidieron que el colegio
no sería iniciador en los sacramentos, sino que era mejor que lo hiciera cada
parro¬quia, con lo cual se incorporaba la noción de comunidad religio-sa. En su
concepción, era el barrio el que tenía que festejar la comunión de sus vecinos.
También era mejor celebrar los quince años en la parroquia, con todo el barrio,
que hacer un gran des¬pliegue en el colegio, con una misa.
"Por esas cosas éramos muy señalados. Nosotros apoyábamos a
todos los que estaban amenazados y hospedábamos a las familias de
desaparecidos", explicó.
Licenciada en Filosofía y Letras y en Ciencias de la Educa¬ción,
la Iglesia le ofreció a Pelloni distintos destinos: Mendoza, Córdoba,
Corrientes, Catamarca y otra vez Corrientes, pero fue en este último lugar
donde conoció la represión. En el libro No llores por mí Catamarca, que
publicaron los periodis¬tas Alejandra Rey y Luis Pazos, Martha Pelloni contó
que per¬tenecía a la misma diócesis de las monjas francesas Alice Domon y
Leonie Duquet, secuestradas y desaparecidas entre el 8 y el 10 de diciembre de 1977
por obra y gracia de Alfredo Astiz, luego de haber participado de una misa por
los desapa¬recidos que se celebró en la iglesia de Santa Cruz, de la Capi¬tal
Federal. Y de paso reveló una información hasta entonces inédita:
"Nosotras pertenecíamos a la diócesis de Goya, igual que
las monjas francesas a las que mató Astiz. Eran tiempos difíciles, de
persecución. Yo no las conocí, pero me contaron algo que muy pocos saben: ellas
ya habían dejado los hábitos cuando las secues¬traron y sin embargo, el
gobierno y la Iglesia de Francia las recla¬maron como religiosas. Se jugaron
por esas pobres mujeres, mien¬tras acá todos se callaban la boca".
Adiós, Catamarca
El día que la monja se fue de Catamarca, muchos sintieron que se
les rompía el corazón. Pero no fue ésa la única vez. Rey y Pazos recuerdan en
su libro que el 30 de octubre de 1990, cuan-do la provincia ardía en pedidos de
justicia por la muerte de María Soledad Morales, desaparecía la reliquia máxima
de los catamarqueños: el corazón de fray Mamerto Esquiú.
"El fraile, que a los 27 años daba sermones cuestionando al
poder político, es considerado orador de la Constitución de 1853. Murió a los
57 años durante un viaje de Córdoba a Catamarca. Su cuerpo se hinchó y la piel
se volvió oscura. Los sacerdotes intentaron sepultarlo rápidamente, pero el
cadáver no entró en el féretro que le habían preparado. Se pensó incluso en un
envenenamiento y se decidió con¬servar el corazón, embalsamándolo. Durante
ciento siete años, el corazón de la provincia se había mantenido intacto. Hasta
ese 30 de octubre a las 4 de la tarde", contaron.
Una encuesta realizada por radio Ancasti dio cuenta que 8 de
cada 10 habitantes opinaban que el robo del corazón era una cortina de humo
lanzada por el gobierno para desviar la atención de las marchas. Finalmente, el
7 de diciembre, los albañiles que reparaban el techo del convento franciscano
encontraron en la canaleta el corazón de fraile. La investigación policial
aclaró que lo habían arrojado dos alumnos de cuarto año de ese colegio, quienes
además intentaron envenenar a fray José Paz, responsa¬ble de la reliquia, y al
rector, fray Ramón de la Quintana, echán¬doles detergente en la sopa.
Matilde Quarracino, quien en los años noventa era diputada de la
Nación por el partido Demócrata Progresista y viajó a Catamarca para acompañar
a Martha Pelloni en las marchas del silencio, está convencida de que la Iglesia
abandonó a la religio¬sa. "Aunque la congregación la sostuvo todo lo que
pudo, no tuvo alternativa y la trasladó nuevamente a Goya", dijo. Según
Matilde, el obispo de esta provincia, Elmer Miani, "apoyaba públicamente a
la monja Pelloni, pero por lo bajo le recriminaba su actitud y le ponía
límites".
Para demostrar que no se iba por su propia voluntad, la mon¬ja
no sólo no se despidió, sino que además reunió a los medios y les dijo que la
orden de su traslado venía "de arriba".
"La orden de la Iglesia fue, no sé de quién, pero me la
imagino. Fue de la jerarquía, no de la congregación. No sé si de Primatesta,
Quarracino o Calabresi, cualquiera de los tres. Otra cosa que se me ocurrió fue
que el obispo de Catamarca, Elmer Miani, le haya pedi¬do a Menem mi traslado y
que el Presidente le haya pasado el trámi¬te a Quarracino.
La congregación pudo haberse negado, pero esa negación podría
haber significado para mí una enclaustración for¬zosa de la Santa Sede, una
penitencia que significaría estar dos años fuera de la congregación",
dijo.
No necesitó aclarar que en la Iglesia no mandan las mujeres.
Léonie y Alice
Las monjas francesas
Se llamaban Renée Léonie Duquet y Alice Domon. Las dos
religiosas eran francesas: la primera provenía de Combes y la se¬gunda de
Charquemont, Doubs. Pertenecían al Institut des Missions Etrangéres, de
Toulouse, congregación que había insta¬lado una sede en Córdoba desde 1939, y
que más tarde amplió sus horizontes y llegó a Hurligham y Morón.
Duquet, de 51 años, y Domon, de 30, arribaron en 1967 a esa zona
del oeste bonaerense como monjas misioneras y una de sus primeras tareas fue
apoyar el trabajo de catequesis que lleva¬ba adelante el cura Ismael Calcagno,
primo político del dictador Jorge Rafael Videla. Además de ser secretarias
auxiliares del pa¬dre Calcagno, tenían una casa de caridad en la que atendían a
una treintena de chicos desamparados, entre los que se contaban cuatro hijos de
Julia, la prima pobre de Videla, cuyo marido ha¬bía muerto de tuberculosis.
El hijo idiota
Videla, que entonces era un joven oficial y vivía en Hurlingham,
visitaba con frecuencia a su primo en la casa de catequesis de Morón y conocía
muy de cerca a las dos monjas. Les estaba muy agradecido y con razón: ambas
cuidaban también de Alejandro, su hijo oligofrénico, a quien llevaban de
campamento junto a los cuatro hijos de Julia. Incluso Léonie había logrado
enseñarle a leer algunas palabras con el método Blequer para discapacitados
mentales.
Llegado 1976 las dos monjas francesas se acercaron al
Movi¬miento Ecuménico de Derechos Humanos para prestar asistencia espiritual a
las familias que buscaban desesperadamente a sus seres queridos. El 24 de marzo
había estallado el golpe militar y para abril un grupo de madres comenzó a
concentrase en la Plaza de Mayo pidiendo por la aparición con vida de sus
hijos. La palabra "desapa¬recido" se había incorporado al vocabulario
cotidiano y mucha gente la pronunciaba con un nudo en la garganta.
El 8 de diciembre de 1977, en la Iglesia de la Santa Cruz de la
Capital Federal, se realizó una misa a pedido del MEDH, por los desaparecidos
en la Argentina, que para entonces ya sumaban miles. Domon había terminado de
recolectar ese día el dinero para una solicitada en reclamo por los
desaparecidos que iba a publicarse en el diario La Prensa. Pero el MEDH había
sido infiltrado por el grupo de tarea 3.3.2 de la Escuela de Mecánica de la
Armada, de manera que a la salida de la misa, Domon fue secuestrada junto a
otras ocho personas por integrantes del Primer Cuerpo del Ejército.
Aquel operativo conjunto de la Marina y del Ejército formó parte
del primer ataque a gran escala contra las madres de Plaza de Mayo, los
militantes de derechos humanos y los familiares de desaparecidos. No terminó
allí: dos días después, Duquet fue se¬cuestrada al mediodía en su hogar de la
parroquia San Pablo, en Ramos Mejía. Mientras esto sucedía, Azucena Villaflor,
la fundado¬ra de las Madres de Plaza de Mayo, era sacada por la fuerza de su
casa de Sarandí, en Avellaneda. Igual suerte corrió ese mismo día la abo¬gada
Esther Ballestrino de Careaga, de nacionalidad paraguaya, a quien en mayo ya le
habían allanado dos veces la casa y le habían secuestrado documentación de la
ONU y de la Unesco relacionada con un material sobre derechos humanos en el
Paraguay, que ella estaba procesando a pedido de esas organizaciones. Ninguna
de esas mujeres volvió a aparecer con vida. Gustavo Niño –el alias con el que
actuó el tristemente célebre ex capitán Alfredo Astiz para hacer¬se pasar como
hermano de un desaparecido e infiltrarse en el grupo de la Santa Cruz– había
logrado plenamente su objetivo.
El MEDH presentó de inmediato un habeas corpus por las
reli¬giosas ante el Juzgado Federal Nro. 5, que a su vez pidió informes a la
Policía Federal, al Ministerio del Interior y al Comando del Pri¬mer Cuerpo de
Ejército, pero el resultado fue negativo.
El desagradecido
En el libro El Dictador, sus autores María Seoane y Vicente
Muleiro, escriben:
"A la monja Ivonne Pierron, compañera de Doman y Duquet, le
costó creer que Videla no intentara nada cuando las hermanas des¬aparecieron en
manos de un grupo de tareas de la Escuela de Mecá¬nica de la Armada (ESMA).
Pierron había dicho de Videla: "En las misas los hombres oficiaban de
monaguillos y cuando Videla estaba era el primero en ofrecerse para servir al
padre (Calcagno). Era vo¬luntario, de los que se acercan a pasar el agua, el
vino y hacen las lecturas que no están destinadas al sacerdote oficiante. Si
había una misa él estaba. Y era un oficial común, un hombre común.
Francamente cuando él subió al poder nos sorprendió porque era
un hombre que no sobresalía en nada. Lo poco que he visto y recuerdo de
aquellos años me alcanzó para darme cuenta que había sido cria¬do en ese
catolicismo de Dios y la Patria.. Dios y la Patria, eso era él".
"La pregunta que tantos católicos y feligreses, que
conocían la relación entre Videla y las monjitas, se hicieron, fue si el
dictador pudo haber salvado la vida de las religiosas que con tanto amor y
dedicación habían cuidado a su hijo. Lo que sí se supo es que él tuvo la
información sobre esos secuestros mientras las monjas aún estaban en la
ESMA", precisó el autor.
En 1985, durante el juicio a las juntas militares, Alberto
Girando, Graciela Daleo, Andrés Castillo y Ana María Martí, que se contaban
entre los detenidos en la ESMA, testimoniaron haber visto a las monjas en ese
centro ilegal de detención. Casti¬llo, incluso, declaró haber visto caminar a
Duquet con la dificul¬tad de quien ha recibido electricidad en los genitales.
Los testi¬gos añadieron que entre ocho y diez días después de su captura, todo
el grupo de la Santa Cruz fue "trasladado". De acuerdo con sus dichos,
uno de los carceleros comentó que "las monjitas se fueron para
arriba" lo que significaba que las
habían arrojado al Río de la Plata en uno de los vuelos de la muerte. Todo
indicaría que ese vuelo se produjo el 18 de diciembre, el mismo día que Clarín
y La Nación publicaron un comunicado del Ejército que le adjudicaba a
Montoneros el secuestro de las religiosas y que se ilustraba con una foto de
ambas, flanqueadas por hombres encapuchados, con una bandera de aquella
organización subver¬siva en el fondo. La foto había sido enviada a Jean Pierre
Busquet, vicedirector de la agencia France Press, quien se la entregó a la
Policía Federal para que averiguara su origen, lo que recién vino a descubrirse
muchos años después: la foto había sido armada en la ESMA, tal como
testimoniaron varios detenidos durante el célebre juicio a las juntas
militares.
En El Dictador, su autor recordó:
"Cuatro días después de la desaparición, Yofre fue a darle
perso¬nalmente la información a Videla y recuerda que el militar se puso muy
nervioso y le contestó: "Además de animales, son seguramente muy
ineptos".
"Tal vez porque ese episodio complicaba más aún las
relaciones con la Iglesia y los Estados Unidos, decidió reunirse con la prensa
extranjera y particularmente con periodistas japoneses –prosigue–. Allí
(Videla) repitió los argumentos oficiales sobre las consecuencias de la
represión ilegal:
"En toda guerra hay personas que sobreviven, otras que
quedan incapacitadas, otras que mueren y otras que desaparecen. La Argen¬tina
está finalizando esta guerra y, consiguientemente, debe estar preparada para
afrontar sus consecuencias. La desaparición de algu¬nas personas es una
consecuencia no deseada de esta guerra. Com¬prendemos el dolor de aquella madre
o esposa que ha perdido a su marido, del cual no podemos dar noticia, porque se
pasó clandesti¬namente a las filas de la subversión, por haber sido presa la
cobar¬día y no poder mantener su actitud subversiva; porque ha desapare¬cido al
cambiarse el nombre y salir clandestinamente del país; o porque en un encuentro
bélico, su cuerpo, al sufrir las explosiones, el fuego de los proyectiles, fue
extremadamente mutilado y no pudo ser reconocido; o por excesos de
represión". "
Vale como recuerdo refrescar párrafos del libro de Arlette
Domon, sobre su hermana Alice, en el que se reproducen las cartas que ella le
enviaba, en 1977, desde Argentina y en las que reflejaba sus miedos, sus dudas
y una profunda fe.
"Siento muy de cerca la situación de las familias
destruidas por la represión. En este momento empezamos a pensar en una pastoral
de unión para este sector del pueblo. Allí me siento con más respon¬sabilidades
de participar, descubrir y ayudar a la gente a que descu¬bra lo que el Señor le
dice, en este momento, en la situación que viven hoy. Pero ¿cómo atenuar el
dolor que sufren por la separación forzosa de un ser querido? Hay curas,
hermanas, laicos consagrados, e incluso un obispo, que buscan con nosotros una
respuesta del Señor y quieren trasmitirla. Eso también es nuevo, porque la
situación es nueva. No existe libro escrito de antemano. Sin embrago eso supone
algunos fundamentos teológicos: la angustia de las madres que buscan a sus
hijos secuestrados, el calvario y el vía crucis de las oficinas del gobierno,
en las comisarías, etc. La negación de toda una parte de la Iglesia. Esta es la
"pasión" que padece hoy tanta gente en las cárceles o en otra parte.
Dios no puede seguir callando, seguro que quiere contestar algo. Es lo que
buscamos juntos. Como ves, hay cosas que hacer. Pidamos al Señor su fuerza y su
luz... "
María Teresa Drí
Nosotras las sirvientas
Era la guerra del fuego y del poder.
Sabia era sor juana de Asbaje y Ramírez de Santillana,
sor Juana Inés de la
Cruz.
Los supuestos doctos de su tiempo, no pudieron soportar la
invasión
de su mente escrutadora.
Era sabia y era bella.
Y además era monja.
Y además era mujer.
Mujer bella y monja sabia.
Cuatro dolores que, sumados, eran defectos humillantes.
Para los doctos sólo merecía humillación y penitencia.
El índex la había marcado con su dedo inquisidor.
Debía olvidarse de los libros, la poesía y el telescopio.
Pero sobre todo, debía obedecer y olvidar que su cuerpo
era también una mente que pensaba, razonaba, comparaba,
discurría, descubría, inventaba.
Olvidarse de su cuerpo, de su mente
y de sus afectos era su obligación.
Pero sor Juana escribió a redondillas:
"Ah, hombres necios que acusáis a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis.
María Teresa Dri, ex religiosa de la Congregación de las Mon¬jas
Azules es la autora de Todo estaba en orden y el texto reprodu¬cido forma parte
del capítulo Sabia era sor Juana.
La monja Dri, le dicen. Aunque dejó los hábitos hace un cuarto
de siglo, cuando fue detenida y puesta a disposición del PEN, muchos la siguen
llamando así. Nació en 1933 en el norte de Entre Ríos, en un pueblo que ya no
existe más, que se borró del mapa, tal como su propia fe en la Iglesia. Al
construirse la repre¬sa de Salto Grande, Federación fue tapado por las aguas de
un lago que hoy circunda a una pequeña ciudad que lo reemplaza, Nueva
Federación, hecha de apuro y con casas calcadas, moder¬nas y chiquititas, en
las que ya no hubo lugar para gallineros ni huertas. La parroquia a la que
María Teresa asistía todos los do¬mingos con su familia, también fue tragada
por el lago. Aquello fue todo un símbolo de lo que pasaría con su vocación.
"En la época en que mis hermanos y yo éramos chicos, la
Iglesia se hallaba en una búsqueda constante de vocaciones. Tanto yo como mis
hermanos Rubén y Gregorio, entramos en la vida religiosa y salimos. Rubén fue
sacerdote, yo religiosa; pero Gregorio se retiró como seminarista. Yo estudié
en el noviciado de la Hermanas Azules de la Inmaculada Concepción, en Lomas de
Zamora. De chica fui pupila al Inmaculada, después seguí el noviciado como algo
natural y luego tomé los votos y continué como docente en el colegio. Pero en
los años sesenta y setenta, empecé a comprometerme socialmente y me transformé
en un problema para el colegio.
"Me trasladaron entonces a Córdoba, a una escuela de chicas
bien, en la que trabajé bastante para que se democratizara, para que allí
tuviera acceso la clase media. Fui directora de la primaria, estu¬diaba
teología y trabajaba en el barrio con la militancia política dentro del
peronismo. Organizaba conferencias sobre sociología para el tercer mundo. Pero
todo eso no era bien visto por los padres de las alumnas y entonces mi
superiora me dio la posibilidad de cambiar¬me de casa. Yo no quería, porque
allí estaba mi gente, mis compañe¬ras y compañeros, el trabajo de muchos años.
Me dijeron que era imposible estar ahí, entonces decidí salir de la
congregación.
"Tuve que hacerlo por la puerta de atrás, para que no me
vieran y alguna intentara seguirme. Continué mi experiencia barrial en Rafaela,
Santa Fe, pero sin hábito, sino de vaqueros. "
Desde los 18 años, cuando entró a la congregación, hasta los 37
en que se fue definitivamente, María Teresa fue Marie France, por¬que como
todas en su época, tuvo que cambiarse el nombre. "La argumentación era
algo así como olvidar la casa, es decir, morir al mun¬do anterior y empezar una
existencia totalmente aparte", explica.
Cuando abandonó la congregación, muchas fueron las pregun¬tas
que hicieron sus alumnas, los vecinos y sus pares, varias de las cuales
siguieron también un camino de salida, pero las respuestas se susurraban:
"Era del tercer mundo, era una monja revolucionaria...".
"En su momento sentí que con todos los títulos que me
ponían, me daban más importancia que la que yo realmente tenía. De Cór¬doba me
fui con permiso de mi superiora a Rafaela y en teoría seguía dentro de la
congregación. Pero después empecé a relacionarme como mujer con compañeros
porque yo ya sentía que no tenía compromi¬sos con la congregación."
Anclada en París
Fue maestra y profesora en Letras. Realizó estudios en París, en
el Conservatoire National de Arts et Métiers, en el Institut Superior de
Pédagogie y en La Sorbonne. Se desempeñó como docente en colegios privados y
estatales, religiosos y laicos, y en escuelas para adultos y talleres
literarios. Formó parte de grupos comprometidos en trabajos de promoción social
y alfabetización. Y lo curioso es que todo eso le vino como corolario de haber
sido perseguida por la Triple A y de haber estado detenida y a dispo¬sición del
Poder Ejecutivo Nacional.
Pasó un año presa y cinco días antes del golpe militar de 1976
tuvo la opción de exiliarse, con lo cual marchó a París y salvó su vida. María
Teresa Dri recién pudo regresar a la Argentina con la apertura democrática.
Hoy vive en Villa Bosch, en un departamento que está arriba de
la casa que habitan el sacerdote tercermundista Miguel Ramondetti y María
Esther, una religiosa consagrada. A Ramondetti lo conoció por su hermano Rubén,
cuando ambos formaban parte del Movimiento del Tercer Mundo. Con María Esther
se conocieron en Francia, cuando las dos estaban vivien¬do en el exilio. Desde
su lugar de encargada de la biblioteca del Colegio Nacional Nicolás Avellaneda,
María Teresa Dri afirma:
"El rol de la mujer en la Iglesia no es otro que el de
sirvienta, simplemente. Las mujeres están en las parroquias, en los obispados,
en Roma, sean monjas o no, como secretarias, para lavar la ropa, para limpiar
los templos, para poner las flores, pero para com¬partir el poder o ejercerlo,
no existen. Esta estructura piramidal jerárquica que armaron los hombres no
tiene nada que ver con lo que uno lee en el Evangelio, Jesús tenía amigas
mujeres: Magda¬lena, Martha... El iba a la casa de ellas, donde era bien
recibido y compartían como iguales.
"Dentro del rol secundario que tenemos, creo que las
mujeres, y dicho sea esto sin ponerme el cartel de feminista contra los
hombres, somos más valientes. Un ejemplo histórico es la ronda de mujeres en
Plaza de Mayo. No hubo una ronda de hombres ni antes, ni duran¬te, ni después.
"Sucede que este rol de estar atrás es cultural, no sólo en
la Iglesia. La historia oficial se ha encargado de recrear la imagen que detrás
de un gran hombre siempre hay una gran mujer. Eso me lo vendie¬ron y durante
mucho tiempo me lo creí. Pasados los 20 años yo ya no creía lo que me decían,
pero creía que desde adentro lo podía cam¬biar. Mi experiencia me demostró que
yo no pude. Además, no tiene sentido, porque yo no creí más en esa iglesia de
la que formé parte, sino en la Iglesia Profética. "
La Iglesia según Jesús
El teólogo y sacerdote católico español Antonio Couto se tomó el
trabajo de contar cuántas veces aparecía en el Nuevo Testamento la palabra
hombre como sinónimo de ser humano (anthóposl homo) y cuántas otras aparecía
aludiendo al varón (anérlvir) y a la mujer (gynél mulier). Llegó a una
asombrosa conclusión: hay 464 alusiones al ser humano, otras 215 al varón y
exactamente 215 a la mujer. Couto añade que en los cuatro evangelios la palabra
mujer aparece 109 veces mientras que varón lo hace sólo 47. Y lo que es más:
demostró que San Juan cita a la mujer 22 veces y ninguna en el rol de esposa.
Si tal equilibrio estaba planteado desde un comienzo, ¿por qué en¬tonces es tan
poco relevante, desde el punto de vista jerárquico, el rol de la mujer en la
Iglesia? ¿Por qué hoy las mujeres son sus simples sirvientas, al decir de la
monja Dri?
Otro teólogo católico, Schillebeeckx, señaló que la mujer es
discriminada por la Iglesia:
"Hay más mujeres comprometidas en la vida de la Iglesia que
hombres y, no obstante, están desprovistas de autoridad, de jurisdic¬ción. La
exclusión de las mujeres del ministerio es una cuestión pu¬ramente cultural,
que en el momento actual no tiene sentido. ¿Por qué las mujeres no pueden
presidir la Eucaristía? ¿Por qué no pue¬den recibir la ordenación? No hay
argumentos para oponerse a con¬ferir el sacerdocio a las mujeres",
escribió.
Juan Pablo II ha argumentado más de una vez que Jesús lla¬mó a
doce apóstoles hombres y a ninguna mujer para que espar¬cieran su credo, lo que
demostraría que las excluyó explícita¬mente de la dirección de la Iglesia y del
sacerdocio. Pero el caso es que en las primeras comunidades cristianas la mujer
ocupaba cargos de responsabilidad y que si a alguien excluyó Jesús de su reino
fue a los sacerdotes, no a las mujeres.
La teóloga católica Margarita Pintos ha rebatido de forma
impecable el argumento del Papa señalando que la Iglesia tiene en cuenta que
Jesús eligió a doce varones, pero que en cambio disimula el resto de las otras
condiciones. Su razonamiento es el que sigue:
"Esto es cierto, pero también es importante tener en cuenta
que además de varones eran israelitas, estaban circuncidados y algunos estaban
casados. Sin embargo, el único dato que se pre¬senta como inamovible es el de
que eran varones, mientras que los demás datos se consideran culturales. No se
tiene en cuenta que Jesús, como buen judío, quería restaurar el nuevo Israel, y
que la tradición de su pueblo le imponía de forma simbólica elegir a doce (uno
por cada tribu) varones, ya que las mujeres no hubieran representado la
tradición, y por supuesto israelitas, por¬que un gentil hubiera roto los
esquemas... Esto demuestra que sólo se nos dice una parte de la verdad, y que
los datos que no interesa desvelar se nos ocultan.
"Como muy bien ha puesto de manifiesto el escriturista
Lohfink– añade– la elección de los doce es una acción simbólica y profética que
nada prejuzga y en nada afecta al papel asignado a la mujer en el pueblo de
Dios. Si se quiere apreciar en sus justos términos la presencia de la mujer en
el movimiento de Jesús, hay que prestar más atención a la composición del grupo
de discípulos. Es precisamente ahí donde se pone de manifiesto que Jesús, con
una libertad sorprendente y sin tener en cuenta los estereotipos vigentes en la
sociedad judía de entonces, integró mujeres en su círculo de discípulos",
concluye.
De cara a los Evangelios
Una rápida hojeada a los Evangelios, permite comprobar las
razones a las que alude Pintos. Por ejemplo, en el capítulo 27 de San Mateo,
habiendo recién Jesús expirado en la cruz y tembla¬do la Tierra, se lee:
"55. Y estaban allí muchas mujeres a lo lejos, que habían
segui¬do a Jesús desde Galilea, sirviéndole.
"56. Entre las cuales estaba María Magdalena, y María madre
de Santiago y de Joseph, y la madre de los hijos de Zebedeo. "
Palabras más, palabras menos, San Marcos (15,40-41) y San Lucas
(23,49-55) también se refieren a ese grupo de mujeres que, si seguían a Jesús,
es que habían sido aceptadas en su círculo de discípulos, algo sólo posible
entre quienes confiaban en el nuevo reino, ya que entre judíos hubiese sido
impensable conferirles tamaño status. Sin duda, la mujer debía jugar un papel
distinto en los nuevos tiempos.
Es a María Magdalena, y no a Pedro, ni a Pablo, a quien los
ángeles se le presentan y le preguntan: "¿mujer qué lloras?"; y es
también a ella a quien Jesús elige para ser la primera en verlo resucitado y
para que vaya a darle a los hombres la buena nueva. En el capítulo XX del
Evangelio según San Juan, encontra¬mos algo muy revelador:
"16. Jesús le dice: María. Vuelta ella, le dice: Rabboni
(que quiere decir Maestro)
"17. Jesús le dice: No me toques porque aún no he subido a
mi Padre. Mas ve a mis hermanos y diles: subo a mi Padre y vuestro padre, a mi
Dios y vuestro Dios.
"18. Vino María Magdalena dando las nuevas a los
discípulos: Que he visto al Señor y esto me ha dicho. "
¿Acaso iba a aparecérsele Jehová a una judía? También es una
mujer, no un varón, quien proclama por primera vez la divini¬dad de Jesús. En
el capítulo primero del Evangelio según San Lucas, María, a quien el ángel
acababa de avisarle que tendría un hijo de Dios, va a la casa de su parienta
Isabel, que aunque vieja también será madre.
"40. Y entró María en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
"41. Y cuando Isabel oyó la salutación de María, la
criatura dio saltos en su vientre, y fue llena Isabel del Espíritu Santo.
"42. Y exclamó en alta voz y dijo: Bendita tú eres entre
todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre."
¡Avanti las mujeres!
En Mentiras fundamentales de la Iglesia católica, el periodista
español Pepe Rodríguez destina todo un capítulo al tema de las mujeres y Jesús.
Allí reafirma la idea de que Cristo quiso mostrar no sólo que la mujer era
importante, sino que podía y debía gozar de los mismos derechos sociales y
religiosos que el varón. Vale la pena repasar los argumentos de este autor:
"Al contrario que los apóstoles, las discípulas galileas de
Jesús no huyeron ni corrieron a esconderse y permanecieron en Jerusalén
du¬rante todo el proceso de ejecución y entierro de su maestro. En rela¬ción a
esto último, es de un simbolismo evidente el hecho de que en el calvario, a los
pies del Jesús crucificado (inicio del proceso de la sal¬vación, para los
creyentes), sólo había cuatro mujeres, llamadas María todas ellas según Jn
19,25, pero ningún apóstol varón.
"Las siete mujeres que siguen y sirven a Jesús de forma
continua –María de Magdala, María de Betania y su hermana Marta, Jua¬na,
Susana, Salomé y la suegra de Simón Pedro– son personas nada convencionales,
libres de amarras sociales, religiosas y de sexo, capa¬ces de poder decidir su
presente y su futuro; mujeres, tal como afirma el teólogo Cauto, "nada
marginales, más bien situadas dentro de la historia y del alma de su pueblo,
cómplices de la esperanza mesiánica, cuya realización intuyen, esperan, favorecen
y aportan. Son mujeres al servicio de Dios y del Evangelio; no están al
servicio de un varón o de los hombres en general; están al servicio del
Evangelio, a causa de lo cual dejan evangélicamente todo, dándolo
evangélicamente todo (...) Son mujeres evangelizadas y evangelizadoras".
Entre los segui¬dores de Jesús se dio un discipulado de iguales entre varones y
muje¬res, y el rol de éstas, aunque más restringido a causa de los
condicionantes sociales imperantes, no fue menos importante que el de aquellos.
"María de Magdala no sólo aparece en los textos como
discípula y servidora de Jesús y su mensaje, sino que se la inmortalizó con una
misión clara de mensajera, de informadora de los discípulos varones, un papel
que reconocerá la tradición latina a partir del siglo XII al distinguirla con
el título de Apostóla Apostolorum (apóstola de los apóstoles)."
Al respecto, una acotación al margen: a otra apóstola, Junia,
quien predicó junto a Pablo e incluso antes que él, como éste admitió en su
Epístola a los romanos, la transformaron en hom-bre en la Edad Media porque la
Iglesia católica no pudo tolerar que una mujer estuviese a la par del apóstol.
Continúa Rodríguez:
"El diálogo más extenso de cuantos mantuvo Jesús, según
aparece en los Evangelios, en Jn 4,7-26, se produjo entre éste y la mujer de
Samaría, desarrollándose a lo largo de siete intervenciones del Na¬zareno y
seis de la samaritana, causando tan gran asombro a los discípulos cuando los
vieron conversando juntos "que se maravilla¬ban de que hablase con una
mujer"; como resultado de esta charla, mantenida junto a una fuente de la
ciudad de Sicar, muchos samaritanos reconocieron a Jesús como "salvador
del mundo" (Jn 4,39-42), siendo éste un pasaje clave para justificar la
extensión del cris¬tianismo entre los gentiles.
"Cuando Juan hizo que Jesús, para ir de Judea a Galilea,
tuviera "que pasar por Samaría" (Jn 4,3-4), un camino que podía
hacerse perfectamente sin tener que pasar por el "pozo de Jacob", de
Sicar o Siquem, en Samaría, quiso que ese desvío hacia tierra gentil y el
debate con la mujer del pozo adquiriese un notable y específico sig¬nificado
simbólico. La samaritana que había tenido cinco maridos y vivía amancebada con
un sexto abandonó su cántaro y corrió a tes¬timoniar (martyréó) entre sus
convecinos la presencia de Jesús, repre¬sentando así "al antiguo Israel
adúltero e infiel que se convierte en el nuevo Israel purificado, fiel y
misionero". Si se hubiese querido ex¬cluir a la mujer como elemento activo
del reino predicado por Jesús, tal como hace la Iglesia, se habría elegido un
varón para protagoni¬zar este pasaje o su equivalente, pero no fue así.
"La Iglesia católica habla a menudo de la famosa profesión
de fe que Jesús le pidió a Pedro en Mt 16,15-20, pero calla que esa misma
profesión de fe se la solicitó también a una mujer, a Marta de Betania:
"Díjole Jesús: yo soy la resurrección y La vida; el que
cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá
para siempre, ¿crees tú esto? Díjole ella: sí, señor; yo creo que tú eres el
Mesías, el Hijo de Dios, que ha venido a este mundo" (Jn 11,25-27). Marta,
por tanto, fue puesta por Jesús ante el mismo privilegio que Pedro.
"El respeto que Jesús manifestó por la mujer se trasluce
perfecta¬mente en un relato como el de Mt 15,21-28y Me 7,24-30, donde una mujer
cananea (libanesa) le replica a Jesús y le gana la disputa dialéctica logrando
su propósito: "¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú
quieres" acaba por concederle el Nazareno (Mt 15,28); ésta es la única
ocasión, en todos los Evangelios, en la que Jesús habló de "fe
grande" ¡y la atribuyó a una mujer!, mientras que al mismísimo Pedro (Mt
14,31) y a los discípulos (Mt 6,30) les había tildado previamente de hombres de
poca fe".
Pablo y las apóstolas
Sin duda, la Iglesia que puso en marcha Jesús no era sólo un
pueblo de varones, como había sido la tradición judía hasta en¬tonces. La
iniciación no se producía ya a través de la circunci¬sión, patrimonio exclusivo
del varón, sino mediante el bautis¬mo, que incluye a ambos. Esta nueva visión
religiosa negaba las prerrogativas basadas en la masculinidad y abría las
puertas a mujeres y esclavos, e incluso a los gentiles, excluidos hasta
en¬tonces del "pueblo de dios". Y como se verá, incluso en los
tiem¬pos de Pablo –que aunque Rodríguez lo defienda, era bien mi¬sógino– hubo
mujeres diaconisas y apóstolas, que fundaron iglesias y administraron
sacramentos.
En el capítulo XVI de su Epístola a los romanos, Pablo escribe:
"1. Os encomiendo a Febe nuestra hermana, que está en el
servi¬cio de la Iglesia de Cenchrea.
"2. Que la recibáis en el señor como deben los santos y la
ayudéis en todo lo que hubiere menester porque ella ha asistido a muchos y a mí
en particular.
"3. Saludad a Prisca y a Aquila, que trabajaron conmigo en
Jesu¬cristo.
"4. (Los que por mi vida expusieron su cabeza; y no lo
agradezco yo solo, mas también todas las iglesias de las gentes).
"6. Saludad a María, la que trabajó mucho entre nosotros.
" 7. Saludad a Andrónico y a Junia, mis parientes y
cautivos con¬migo, los cuales se han señalado en el apostolado y fueron antes
que yo en Cristo."
Cabe hacer notar que hacia el año 180, en el Asia Menor,
Montano, un carismático, junto la citada Prisca y a Maximila, dos profetisas,
fundaron una iglesia en su casa y pronunciaban oráculos sobre el inminente
reino milenario de Cristo en Frigia, es decir, la nueva Jerusalén. El trío se
creía portavoz del Espíritu Santo, predicaba la abstinencia puritana del sexo y
una discipli¬na rigurosa.
Refiriéndose a todas ellas y a muchas otras, Rodríguez hace
notar que:
"Esas mujeres fueron misioneras, líderes, apóstoles,
ministros del culto, catequistas que predicaban y enseñaban el Evangelio junto
a Pablo, que fundaron iglesias y ocuparon cargos en ellas... Pero muy pronto el
varón retomó el poder e hizo caer en el olvido una de las facetas más novedosas
del mensaje cristiano; en el siglo II, la declara¬ción de Gal 3,26-28 ya había
sido traicionada en todo lo que hace a la igualdad entre los dos sexos".
La declaración a la que alude el periodista español está
conte¬nida en el capítulo 3 de la Epístola de San Pablo a los Calatas, donde se
lee:
"26. Pues tóelos sois hijos de Dios por la fe que es en
Jesucristo.
"27. Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo,
estáis revestidos de Cristo.
"28. No hay judío ni griego, no hay siervo ni libre, no hay
macho ni hembra, porque todos vosotros sois uno en Jesucristo. "
Pablo, el misógino
Según Rodríguez, el apóstol fue mal interpretado en algunas de
sus frases, lo que ayudó a que finalmente, entre los siglos II y IV hubiera un
"golpe de estado" que terminó sacando a la mujer del camino
eclesiástico. Pero la verdad es que Pablo, en su misión de expandir el
cristianismo, no hesitó en acomodar su discurso a las tradiciones de cada
pueblo y no pocas veces cayó en flagrantes contradicciones. "Híceme de
todo para todos, por salvarlos a to¬dos", se justificó. De tal forma, si
ante los romanos y los gálatas, como ya hemos visto, trató de igual a igual a
hombres y mujeres, frente a los corintios, por ejemplo, hizo todo lo contrario.
En la primera de sus dos epístolas a los corintios, capítulo
once, escribe:
"3. Quiero que vosotros sepáis que Cristo es la cabeza de
todo varón; y el varón la cabeza de toda mujer; y Dios la cabeza de Cris¬to.
"7. El varón en verdad no debe cubrir su cabeza, porque es
ima¬gen y gloria de Dios; mas la mujer es gloria del varón. "Agrega en el
capítulo catorce:
"34. Las mujeres callen en las Iglesias porque no les es
dado ha¬blar sino que estén sujetas, como también lo dice la ley.
"35. Y si quieren aprender alguna cosa, pregunten en casa a
sus maridos. Porque indecente cosa es a una mujer hablar en la Iglesia. "
Más claro, échele agua
Estos conceptos de Pablo, que en realidad arrancaban de la
tradición griega y judía, echaron su semillas en el cristianis¬mo y con el
tiempo creció un matorral. Margarita Pintos lo explica así:
"La teología escolástica medieval adoptó la antropología
aristotélica en la que se define a las mujeres como hombres defectuosos. Esta
antropo¬logía defendida por San Agustín y más tarde reforzada por Santo To¬más,
que declara que las mujeres en sí mismas no poseen la imagen de Dios, sino sólo
cuando la reciben del hombre que es su cabeza, no es, como parece obvio, una
antropología revelada.
"El hecho de que el sacerdote actúa in persona Christi
capitis sobre todo en la Eucaristía, sirve a la declaración para afirmar que si
esta función fuera ejercida por una mujer no se daría esta seme¬janza natural
que debe existir entre Cristo y el ministro. Queda así reforzado el principio
de masculinidad para el acceso al ministerio ordenado. Sólo el ser humano de
sexo masculino puede actuar in persona Christi, es decir, representar a Cristo,
ser su imagen. Así se acentúa el carácter androcéntrico de la cristología y de
la eclesiología", concluye.
María Amalia
La hermana ciruja
La congregación de las Hermanas de Jesús nació como
frater¬nidad. Es una comunidad contemplativa, a la manera de lo que fue la vida
de Jesús hasta sus 30 años. La zona de Monte Chingolo lleva la impronta de
estas hermanas desde hace un cuarto de si¬glo: después de vivir durante quince
años en la villa, hace diez se trasladaron con todo el barrio a unos monoblocks
de un plan habitacional y como muchos de sus vecinos aún siguen pagando el
departamento en el que viven.
Pero quienes las ven caminando por las calles del barrio no
tienen ningún indicio de que se trate de religiosas. Visten ropa informal,
jeans o polleras. "En los años ochenta, por decisión de la comunidad en
América latina, suprimimos la vestimenta religiosa. Antes usábamos un hábito
gris azulado, una suerte de camisa larga con cinturón", comenta María
Amalia, una de las hermanas que goza de mayor predicamento y que se muestra
reticente a contar sobre su pasado previo a la congregación, aunque reconoce
que fue en un acomodado lugar de la capital.
Como cualquiera de sus vecinos, ellas también viven de su propio
trabajo: unas limpian casas de familias, otras son enfer¬meras y hay quienes
cocinan dulces artesanales. La provincia re-ligiosa, que incluye a la Argentina
y el Uruguay, suma en total unas veinte hermanas. En la Argentina trabajan en
las zonas periféricas de Neuquén y Santiago del Estero, y en el norte del Gran
Buenos Aires, en las villas del Bajo Boulogne, San Jorge y Santa Ana.
Consultadas sobre por qué eligieron esa vida pudiendo estar cómodas en colegios
o conventos, las Hermanas de Jesús coincidieron en afirmaciones como éstas:
"Dios es el Dios de los pobres y compartiendo con los
pobres esta¬mos con Dios. Con respeto y sin exigencia evangélica, les decimos:
ustedes valen".
"Lo nuestro es ser una vecina más. Primero los queremos
como son, después sí establecemos un lazo con la parroquia. Nosotras ve¬mos la
presencia viva de Dios en los leprosos, en los marginados. "
"La Iglesia está asociada con el poder, con los viajes, el
dinero, los estudios. Para evitar que nos asocien con esos valores trabajamos
de lo que trabajan nuestras vecinas: limpiamos casas, hacemos dulces. "
"Jesús de Nazaret no se distinguía para nada del resto.
Nosotras queremos imitar esos treinta años de vida de Jesús, en que nadie lo
conoció."
Ningún convento
Las casas de formación de las hermanas de Jesús no son
con¬ventos, sino simples viviendas en las que durante dos años estu¬dian todo
lo inherente a la religión y el resto del tiempo trabajan como los pobres. Leen
la Biblia, hacen retiros y actualmente tie¬nen muy en cuenta para su formación
el espacio interior que incluye la psicología de cada mujer que decide
consagrarse. María Amalia, cuenta:
"Acá adonde nos ven vinimos con 137 familias villeras. La
Coo¬perativa 12 de Octubre nos dio un total de 196 viviendas con 60 pesos de
cuota. Hubo gente que se asustó y se quiso ir.
"Pero nosotras somos contemplativas y pensamos que la
carrera se puede desarrollar en cualquier parte del mundo y en todos los
tiempos.
"¿Cuándo elegí este camino? Entre los 15 y los 20 años
empecé a tomarme la vida en serio, a charlar con un cura y con amigas
reli¬giosas. A los 21 me encandilé con un libro de Madeleine (?) y escribí a
Francia (?). Mi primer destino fue Chile y luego, en 1957, con otra hermana,
vivimos en la Isla Maciel en un conventillo con nue¬ve familias. "
Las Hermanas de Jesús pertenecen a la Crimpo (Comunidad de
Religiosas Insertas en Medios Populares) y si bien participan de reuniones a
nivel nacional con otras congregaciones, se reco-nocen como religiosas
diferentes, de una Iglesia distinta a aque¬lla en la que impera la jerarquía
eclesiástica.
"Siempre fuimos a lugares de frontera, abandonados, donde
la Iglesia orgánica, o la pastoral organizada, no entra. En el 75, con el
obispo Iriarte, empezamos haciendo cosechas de caña y de algodón –continúa
María Amalia–. No había otro trabajo ni teníamos casa donde vivir. Era una
situación difícil. Luego, entre el 76 y el 77 fuimos testigos de las razzias
que se hacían en casa de los vecinos. Las nuestras también eran requisadas
porque por el sólo hecho de estar trabajando con y por los pobres, resultábamos
sospechosas. Nosotras empezamos hace mucho tiempo con el trueque en Neuquén y
en Santiago, de una manera natural, y ahora lo seguimos haciendo acá, en Buenos
Aires. Las hermanas más jóvenes también cirujeamos mucho en La Quema... "
Cecilia Lee
Religiosa y cartonera
Dentro del estado de vida consagrado hay diferentes carismas,
diversos ministerios. La vida monástica, por ejemplo, dedicada a la oración
contemplativa y a la alabanza divina, transcurre en un monasterio, y la actitud
es –fuga mundis– de exclusiva dedica¬ción a Dios. Pero es en la vida religiosa
donde hay más signos de realidad, ya que se la comparte con los otros, y ésa es
la clase de vida que eligió Cecilia Lee. En esa vida hay una dimensión social
activa, no sólo contemplativa, y cada congregación abarca una rama diversa. Las
distintas formas apostólicas corresponden a gestos, a actitudes de Jesús: curar
a los enfermos, liberar a los oprimidos, o ser misericordioso con los
excluidos. Esta última fue la opción de Cecilia.
"En algún momento me fui al sur del país, a vivir en un
barrio periférico y allí descubrí a Jesús en los más pobres. Desde ese momen¬to
yo elegí tener la misma suerte que los excluidos y caminar con ellos en el
barro. Ahora lo hago aquí, con los chicos del barrio de Itatí, con los
carreros, con los cartoneros que reciben un trato discriminatorio", dice
Cecilia Lee.
Ella acompaña a los pobres de la Villa Itatí, de Quilmes, en sus
protestas para que le devuelvan los carros que la policía les quita, y lo hace
vestida como cualquier otra mujer. "Yo no llevo hábito y la gente creo que
me respeta más cuando me ve trabajando a la par de ellos", explica. No,
nada indica que esa mujer delgada y de pelo corto sea una monja. Mucho menos,
cuando uno percibe sus rasgos orienta¬les. ¿Qué hace esta rara avis católica
coreana entre nosotros?
"Llegué a Buenos Aires como inmigrante desde Corea del Sur
en 1976 junto a mis padres y mis tres hermanos. Tenía 19 años y dos años
después entré a la congregación. Nos instalamos en el Bajo Flo¬res, como muchos
coreanos. Mi país no es católico, sin embargo yo lo era por influencia de mi
mamá y tenía definida mi fe, aunque esta¬ba en la búsqueda del sentido de la
vida"
"En mi país hacía la vida de cualquier chica, salía con
amigos.
"Pero llegar a un país nuevo fue un gran cambio para mí,
signi¬ficó insertarme en una comunidad con costumbres, idioma y valores
distintos. Yo creo que eso me acercó más a la búsqueda de algo inte¬rior y
también a la parroquia y a los grupos juveniles. Ya con la necesidad de
encontrar algo más profundo empecé a buscar una con¬gregación, pero no fue
fácil porque yo no hablaba el español. Final¬mente, en el 78 entré al convento
de las Franciscanas Misioneras de María, en Paso del Rey, y allí me formé hasta
el 81.
"Mi papá sufrió mucho y me dijo que si realmente quería ser
monja volviera a Corea y entrara a una comunidad en la que me pudiera expresar
ampliamente, sin las dificultades de idioma y de las costumbres que no nos eran
propias. Sin embargo, en la congre¬gación todos me ayudaron; sentí que fue una
escuela de vida. Empe¬cé a hablar y a relacionarme."
Paridos para sufrir
"Hoy yo llevo la lucha de la gente y me entristece la
muerte siste¬mática de nuestros jóvenes–continúa Lee–. Hace poco mataron un
chico en el pasillo. Estaba vivo y la ambulancia no lo atendía porque no tenía
orden judicial. La vida de los excluidos parece que no tiene valor como vida.
Que vale más la vida de los perros de los departamentos de Barrio Norte que la
de nuestros jóvenes. La dicta¬dura militar sacrificó una generación y ahora
bajo el nombre de la democracia está desapareciendo otra. Yo estoy en Itatí
desde mayo de 2000 y en un año murieron violentamente veintiséis jóvenes de 17
a 28 años, casi dos por mes. Los chicos aquí están paridos para sufrir, para
vivir mal y morir violentamente.
"En el sur también viví la injusticia de las tierras
negadas a los aborígenes. Mientras uno hable de conservar la lengua y de las
artesanías, son hermosos. Pero cuando se habla de un derecho genuino y que sin
embargo afecta intereses de poderosos, ya dejan de ser pintorescos y se
transforman en molestos o peligrosos. Estuve tra¬bajando con las comunidades
indígenas en la época de la reforma constitucional y sufrí mucho con ellos. El
trato era inhumano. Sólo cuando el tema salía a la luz, cambiaban las formas,
sólo las formas, porque maltratarlos a los políticos les traía mala imagen.
"A los cartoneros nadie les reconoce el trabajo ecologista
que ha¬cen, porque la basura que ellos recogen se recicla y sin embargo los
tratan de mugrientos, son cirujas y no los dejan transitar por las calles de la
ciudad. Yo trabajo con ellos y siempre me respetaron como a una más. Nunca
ninguno de ellos me trató mal por ser mu¬jer. Esta tierra desechada por muchos
fue un lugar de revelación para mí", concluye.
Analía
De santas y prostitutas
"No represento al magisterio de la Iglesia. Soy una mujer
que perte¬nece a la Iglesia, con las luces y las sombras de mi propia
historia", dice Analía, religiosa de la Orden de las Hermanas Adoratrices,
a modo de presentación. Y enseguida advierte: "En la Iglesia jerárquica mi
actividad produce desconcierto. Es un carisma poco redituable y hay una
ignorancia muy grande alrededor del tema".
La hermana Analía tiene razón. La Iglesia jerárquica parece
haberse olvidado de cuál fue la actitud que Jesús tuvo con Mag¬dalena:
"Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra", dijo. Y esa
actitud es la que ella profesa al brindarle atención en el barrio de Flores a
las mujeres en prostitución.
"La elección es una respuesta, es por amor, uno descubre un
lla¬mado, se produce una fascinación por Jesús. Te vas enamorando de estas
realidades y adquirís un estilo de vida –explica–. En mi niñez y adolescencia,
aunque fui a un colegio de religiosas, no tenía una relación fluida con las
monjas. La idea de disciplina que tenían no era la que yo esperaba. Comparando
con la catequesis, fue la visita a La Cava, a los 17 años, lo que más me
conmovió. Del colegio me quedaba una mala imagen, pero mis motivaciones
cam¬biaron al conocer la Iglesia cercana, pastoral, la Iglesia misericordiosa.
Con un grupo de chicos hicimos grupos de oración y me gustaba vivir de esa
manera. Como había un gobierno defacto, al atardecer ya no nos podíamos reunir,
entonces nos rateábamos y nos encontrá¬bamos en el río. En general yo no era
practicante y no iba a los retiros, pero en ese último año de la secundaria,
con las faltas justas, fui y conocí a un sacerdote pasionista, es decir, un
cura misionero, existencial y no doctrinario. Yo había hecho once años en
colegios católicos y recién ahí descubrí la dimensión de la trascendencia.
¡Dios estaba vivo en el sagrario! Ahí recuperé varios años de mi relación con
Dios: lo vi vivo y palpitante en la Eucaristía. Fue un momento de gracia muy
especial. "
Una chica muy normal
Han pasado veinte años desde que Analía descubrió la Ama¬da
Presencia, como ella la llama, que cambió su visión y su valo¬ración de las
cosas. No obstante, debió superar varias crisis en el transitar del nuevo
camino:
"A los 18 años estuve enamorada. Fue una época de mucha
confu¬sión y no lo quería lastimar. Finalmente ingresé a otra familia que es la
comunidad, la familia extendida dedicada a la actividad pastoral. Hasta
entonces yo era muy deportista, jugaba al voley y a la pelota al cesto, hacía
patinaje, pero el compromiso pastoral me dio otras motivaciones. Mis padres no
estaban de acuerdo con mi elección, pero la respetaron, y cuando cumplí los 19
años firmaron el permiso para que yo ingresara a la orden. Comencé a trabajar
en la dimensión social y con la mujer, primero como catequista, para después
dedicarme a esto por completo.
"No me costó renunciar a la relación íntima, pero al
llamado a tener hijos sí, fue muy fuerte. Hasta que a los treinta decidí que la
maternidad no era un derecho que se me negaba sino una decisión per¬sonal. ¿La
quiero para siempre? ¿Quiero renunciar en serio?, me pregun¬té. Trabajo en un
programa con 1.300 mujeres en prostitución, ¿las voy a dejar? Fue un momento
fundante. Como a mis diecinueve, tuve que volver a hacer la elección, pero con
mayor profundidad. Se me termina¬ba el tiempo de la fecundidad, es decir que
seguir por ese camino impli¬caba no tener hijos. Opté por la entrega, pero
ciertamente no se puede negar el grito, la fuerza, la riqueza de la maternidad
en la mujer. Esa etapa cambió mis formas de relación: hoy trato cada vez más de
devol¬verles a mis semejantes el derecho a ser mujer. La opción pasó por
definir cómo quiero ser madre y cómo quiero ser mujer. Esto me pareció más
profundo, más existencial que la relación de pareja. "
Solidarias y tolerantes
¿Por qué Analía eligió el carisma de las mujeres en
prostitu¬ción? La respuesta podría ser para rescatarlas. Pero su actitud es
mucho más profunda y no pasa por juzgarlas, como lo haría la Iglesia
eclesiática, sino por amarlas y ayudarlas a valorarse por¬que, Analía dixit,
"la mujer prostituta no existe. Lo que existe son mujeres en situación de
prostitución".
"En los últimos siete años –prosigue– se elevó el número de
mujeres que ingresaron al mundo de la prostitución por la falta de trabajo.
Prostitutas hay cientos, hay miles. Pero generamos una ca¬pacidad asombrosa de
desconocimiento. Si miras bien vas a ver que está lleno. Que están a tu
alrededor sin que las quieras ver. Estamos incapacitados para reconocerlas,
pero te aseguro que no volvés de la calle de la misma manera.
"La mayoría de los hombres les manifiesta rechazo, burla.
La mujer prostituta concentra en su figura el lado oscuro de nuestras miserias,
¿pero quiénes son los que las demandan? A ellas los jóvenes les piden todo lo
que no se atreven con sus mujeres. Y no son amoro¬sos. No realizan juegos
sexuales. No piden cosas convencionales. Hay mucha violencia y humillación.
"Ellas tienen con los hombres de su vida una historia de
mucha crueldad: desprecio de su padre, de su pareja. Aceptan con indiferen¬cia
de los otros hombres lo que no aceptaron de ellos. Vienen de con¬textos
familiares con experiencias fallidas.
"No puede ser prostituta quien quiere, sino quien puede, ya
que hay que resistir el asco, el miedo y otras cosas. Sin embargo, no existe la
mujer prostituta. Lo que existe es una situación de prostitución. Cuando ellas
se ponen de pie, hay algo dentro mío que se pone de pie. Los travestís, en
cambio, son débiles. Se relacionan como hom¬bres y son rechazados por sus
familias. Son marginales.
"En nuestro centro tenemos una población estable de 120
mujeres. Con ellas compartimos el tiempo y realizamos talleres grupales. No de
oficios, sino de charlas, temas en general. Enseñar oficios no es la cues¬tión.
La fuerza se genera desde adentro, llamándolas por su nombre, escuchando. Ellas
tienen muy internalizado el "no sirvo". El "gracias que estoy
con vos". En un alto porcentaje son analfabetas o semianalfabetas. Siempre
dependen de otra persona. Están excluidas del sistema y salen por los hijos,
hacen un trueque de su vida por ellos. No quiero enaltecer la prostitución,
pero siempre fue ejercida por mujeres que entregan todo por otros. Son
solidarias y hay un detalle importante: son muy tolerantes con las miserias de
los demás."
Las chicas del Hotel Florinda
Las Adoratrices es una congregación reconocida por derecho
pontificio, pero la Iglesia no las apoya económicamente. Mucho menos lo hace el
Estado. Por suerte, son muy queridas y respeta¬das por varios curas y obispos,
que en la medida que pueden concurren en su auxilio. "Al cardenal
Bergoglio le donaron una joya y la vino a traer feliz como un chico. Pero yo no
tengo mucha vida parroquial, es él quien viene a casa. También el párroco de
San José de Flores nos quiere mucho. Cuando nos conoció nos dio un trato
misericordioso. ¡Ahhhh! ¿ustedes son las que trabajan tanto? Yo sé muchas cosas
de ustedes por las chicas", nos dijo. Sienten mu¬cha curiosidad",
cuenta Analía.
En la casa de las Adoratrices hay en un cuarto una pequeña
capilla con un Cristo, un altar y una especie de atril con un cartel muy
curioso: "Hotel Alojamiento Residencia Florinda, Hotel Alberti SRL".
Analía se adelanta a la curiosidad y señalándolo, dice: "Si uno pide por
tantas cosas, ¿por qué no pedir que cuide la casa de las chicas?".
El cartel es la chapa original, con fondo blanco y letras
ne¬gras, de un hotel que les fue donado y que hoy es el refugio de "las
chicas", como las llama la monja. Colgado en la pared que está por detrás,
asoma en un cuadro el rostro de una mujer, mi¬tad en sombras, mitad luminosa,
con una línea divisoria dorada. Representa el trabajo de las Adoratrices:
"es una chica a la que la luz de la gracia la llena de color y de vida y
le da una mirada distin¬ta sobre sí misma ", explica Analía.
Para ser una hermana adoratriz hacen falta ocho años de
for¬mación, pero esto no implica profundizar en conocimientos teológicos, como
pasa en los seminarios. Pero Analía no siente que en esto haya discriminación:
"Dentro de la congregación de las Adoratrices tenemos
etapas de formación para la vida religiosa, el prenoviciado, el noviciado, el
junoriado, pero centradas en la formación para la vida. Los funda¬mentos
teológicos y filosóficos son un requisito, pero no es el objetivo en sí mismo.
En cambio, se trabaja con insistencia en el ser mujer, porque vamos a trabajar
mucho una identidad, vamos a ver lo que fue pasando en las relaciones
vinculares, porque si no, es medio esquizoide aprender en el ámbito intelectual.
"Los sacerdotes nos forman como religiosas y en lo teórico
tam¬bién lo hacen los laicos. Cada uno aporta su riqueza, su impronta.
La vida, la Iglesia, el mundo relacional, tiene distintas
visiones y esto es bueno, reconoces distintas líneas y ves como se adaptan a
los criterios evangélicos.
"En la formación para el sacerdocio el estudio sistemático
teológi¬co es requisito esencial, porque es distinto el enfoque. Yo no lo vivo
como discriminación. Como mujer, yo me identifico con mantener la formación
filosófica y teológica como base, pero que no sea el parámetro fundamental para
medir los criterios de la consagración. En el caso nuestro sirve mucho la
actitud y la práctica pastoral. Yo estoy muy contenta. Ellos se forman para
otro tipo de trabajo. Tam¬bién las hermanas educacionistas se dedican a tener
colegios y son profesionales con mística, educadoras muy buenas, pero se forman
para eso. En nuestro caso nos consagramos al carisma eucarístico
liberador", explica Analía.
Padre Grassi, el elegido
Sin duda, también hay sacerdotes que se dedican especial¬mente
al aspecto misionero, o a la pastoral de la salud, o a la educación preventiva
de la juventud, como hacen los salesianos. En cambio, los diocesanos miran la
vida de Jesús sacerdote, están formados en la oración y dedican su vida al
estudio. Sin embar¬go, su formación los influye, pero no los determina. Tal es
el caso del padre Grassi, según lo ve Analía:
"Julio Grassi, por ejemplo, tiene su vida sacerdotal, nos
acompa¬ña a nosotras como capellán y es un hombre muy comprometido en lo
concreto, con una sensibilidad exquisita y de una riqueza pastoral muy
importante. Es un tema delicado el de la relación de los sacer¬dotes con
nuestras chicas, porque el sacerdote es hombre y las chicas vienen muy
golpeadas por hombres. Sin embargo, de los que yo he tratado, Julio es el
sacerdote que con mayor rapidez tuvo sintonía pastoral con las chicas. Es un
hombre de oración, con "un oído a Dios y otro al corazón del pueblo"
como recomendaba monseñor Angelelli, y no sólo a los libros que hablan de
Dios."
Una vez cumplidas las etapas de prenoviciado y noviciado en una
comunidad de formación, las Adotratrices hacen votos de vivencia por un año
(juniorado) un contrato por el que se com-prometen a vivir en castidad, pobreza
y obediencia, aceptando el trabajo apostólico que esa comunidad tiene. Al
terminar el año, quedan libres de ese contrato y la congregación puede
prescindir de alguna de ellas, aun en contra de su voluntad, en el
entendi¬miento de que por más que quiera, no tiene las condiciones. Para la hermana
Analía, eso es toda una ventaja:
"Después de ocho años te adoptan en forma definitiva, pero
ya tuviste convivencia, estilo de vida, y la experiencia en forma progresiva.
Nosotras tenemos muchas ventajas respecto de cual-quier noviazgo, tenemos mucho
tiempo antes de tomar la op¬ción definitiva que se da alrededor de los 27 años.
Para entonces ya pasaste varias crisis, etapas de madurez. Podes discernir la
di-ferencia entre las dificultades de un estilo de vida o si ese estilo de vida
no es para vos.
"Tu familia puede verte, mantener el contacto –prosigue
Analía–. Yo empecé con tanta ilusión este proyecto que recién aho¬ra pienso en
los desprendimientos de mis padres. Soy la menor de cuatro hijos, así que yo
viví el casamiento de mis hermanos. Una de mis hermanas compartía mi
habitación. La noche anterior a la boda yo no quería que se fuese, sentí el
duelo, me desvelé y la escuché llorar. Le pregunté: "¿No te vas a casar?
¿Estás arrepentida?) "No tonta", me contestó. En mi fantasía creí que
ella se estaba arrepintiendo. Pero hoy yo creo que no, que estaba viviendo el
duelo de una partida. Cuando me tocó, me sucedió exactamente lo mismo. Te
enamoras de una persona, de un proyecto, de un ideal y tenes ganas de
realizarlo aunque implique duelos, lo que no significa que te vayas sin
sentimientos. Te vas a pesar del sentimiento. Con el tiempo fui siendo cada vez
más consciente de que empezaba otra etapa de mi vida con todo lo que ello
implica. "
Ya consagrada, la hermana Analía comenzó estudiar teología en
Devoto con los seminaristas; sin embargo por razones pastorales tuvo un
traslado a Colombia y con la mayor tranqui¬lidad del mundo dejó esos estudios
porque, dijo, "terminarlos no era el objetivo de mi vida". En
Colombia estudió psicología reeducativa, psicoterapia sistémica y participó de
una experien¬cia apostólica muy rica en la ciudadela Santa Micaela, un
com¬plejo que atiende en forma integral a las familias de mujeres en prostitución.
"A Colombia fuimos dos hermanas. Allá estudié teolo¬gía de la Eucaristía.
Volví en el 89 a la Argentina, y trabajé en Córdoba, en Villa Urquiza, y unos
años en Santa Rosa. Ahora, des¬de hace dos años, estoy en Flores",
abrevia.
Mujeres al rescate
"Aquí somos cuatro hermanas y tenemos un centro comunitario
con oficinas, depósitos y dos casas. En el centro la tarea se desarrolla de
lunes a viernes hasta las seis de la tarde. Las acciones más concre¬tas son
hacia la mujer en prostitución. Hacemos contactos, vemos las necesidades
básicas, generamos vínculos con ellas. Primero íba¬mos nosotras hacia ellas,
luego las invitábamos a algún servicio, a alguna actividad en casa, y unas a
otras se fueron avisando. Hoy mismo, cuando están drogadas o alcoholizadas o se
pelearon, vamos a ver cómo están. Supervisamos 120 chicas por grupos en
distintos días de la semana. Acompañarlas requiere una gran energía, un
equilibrio que también tiene un límite.
"A las que no me conocen, siempre les pido permiso para
hablar, les pido que me escuchen dos minutos, les doy mi nombre y una tarjeta,
lo más rápidamente posible, porque si está controlada por un proxeneta, la
estoy perjudicando. Ahora voy a la plaza sólo lo necesario, porque es muy
humillante para ellas que una persona que no es del mundo de la prostitución
las vea ofreciéndose. Por eso, con el asunto de la prostitución no nos metemos,
en cambio creamos proyectos de mujeres. No las juzgo. A mí me da mucho dolor
verlas ofreciéndose, después de escucharlas hablando del asco y de la
vio¬lencia que padecen porque hoy tienen que darle de comer a sus hijos. Por
eso, si las veo, no las saludo.
"El otro tema es el del alcohol, porque en seco no podes
salir a ofrecerte sin saber a donde vas ni lo que te va a pasar. El miedo que
viven sólo se lo puede entender cuando se las escucha. En la calle a veces se
pueden negar, pero en un albergue, las llaman y tienen que ir. Cuando vamos a
su casa todo cambia: se ponen el traje de mamá y nos muestran todo su esfuerza.
"Nosotras rezamos todas las mañanas y todas las tardes. Los
tiem¬pos de oración vienen para confrontar con el Evangelio y mirar ha¬cia el
interior los sentimientos. Así descubrí que si yo tuviera que hacer por
necesidad lo que hacen ellas, no me gustaría que me reco¬nozcan. Me maquillaría
muchísimo, no podría salir a cara limpia.
"Yo sé que las chicas nos necesitan como religiosas.
Necesitan pa¬ciencia, perdón, misericordia, contención, que les crean, creer en
sus capacidades, ponerles límites si vienen borrachas, pero jamás recha¬zarlas.
Con nosotras esperan que no las condenemos. Para ellas es un asombro descubrir
que hay gente de la Iglesia que no las condena, porque la Iglesia representa un
juicio moral, pero nosotros no pone¬mos el acento en que esté prostituida, sino
en que es mujer y tiene derecho a vivir.
"De tanto ser excluidas se autoexcluyen y crean relaciones
vinculares donde se las excluye también. Las engañaron tanto que no tienen por
qué creernos: que no les vamos a tomar datos, que no vamos a hablar con la
policía, que no vamos a ir a sus casas a hablar con sus hijos de esto. Las
humillan muchos y en todas partes. Son despreciadas por aquellos que las usan.
"Gente del entorno de barrio se pregunta por qué Grassi
viene a verlas, o por qué nosotras no nos ocupamos de gente que valga más.
Pero yo creo de corazón que todas estamos haciendo el proceso de
liberación de distintas esclavitudes.
Ellas y yo también.
Cuando me aferró a algo y por ese algo, que convierto en ídolo,
vendo valores, yo también me estoy prostituyendo. No me prostituyo con mi
cuerpo, pero estoy prostituyendo mi persona."
Un poco de yoga
"Podemos hablar de la liberación del amor de Dios, quienes
tenemos experiencia del amor de Dios; si yo tengo todo resuelto, no lo necesito
a Él; y si no lo necesito, no puedo decirle a ellas que Dios es liberador y que
el amor las libera", explica Analía. Y continúa: "Jesús tenía
sensibilidad con el dolor de los hombres y con el llanto de mujer. No se
sentaba a hacer teología. Quien no quiera reconocerlo tendrá que leer despacio
el Evangelio. El pri¬mer anuncio de la Resurrección es hecho a una mujer llamada
pecadora pública. El servicio, el lavar los pies, era una tarea de esclavos. Y
Jesús lavó los pies. Tuvo muchos gestos que son prácti¬ca liberadora y
magisterio en sí mismo. "
"Hasta las seis estamos con las chicas y a las siete es
tiempo de oración, hacemos el rezo litúrgico, igual que a la mañana, y des¬pués
nos planchamos la ropa, lavamos, escribimos cartas, habla¬mos por teléfono con
nuestras familias. Miramos televisión: a al¬gunas les gustan los dibujos
animados, a mí los noticieros. Hago yoga y luego compartimos la cena. Los
viernes tenemos reuniones de equipo, de formación, de información y de
seguimiento de casos con los laicos y los voluntarios. Hay que revisar porque te
agarra el cansancio y empezás a justificar actitudes tuyas, como no dormir.
Confrontamos y acordamos estrategias: perdón, pues¬ta de límites, exigencias.
Miramos las actitudes de Jesús y plani¬ficamos actividades.
"Los sábados nos damos permiso para pasear, ver videos y
que¬brar conscientemente los horarios. Los domingos vemos a la familia, a los
amigos, nos quedamos disfrutando sin actividad, o nos vamos al campo para bajar
la tensión.
"Durante el fin de semana nos dedicamos a compartir como
mujeres consagradas pero evitamos temas apostólicos (eso lo hacemos los
viernes) para no obsesionarnos.
"Tenemos mucho sentido del humor. Precisamente, porque
con¬vivimos con realidades tan dramáticas, nos damos permiso para reír¬nos de
nuestras tonterías y minimizarlas. Hace poco nos quitamos el hábito. Yo uso uno
reformado con una camisa que tenía de antes. No puedo ir a comprarme una camisa
que valga 70 pesos. Me gusta verlas, salir a mirar, pero trato de vivir acorde
con lo que elegí. Pien¬so que puedo manifestarme como mujer sencilla. Tengo
gusto, me cuido y pondero en las chicas sus aros, el maquillaje. Las mujeres
tenemos una capacidad de detalle impresionante. Tengo una pala¬bra para cada
una de las chicas. Una palabra hacia ellas o de ellas hacia mí, son cosas muy
importantes. Nuestro profesor de computa¬ción también se cuida, es muy
elegante. ¿Por qué los apóstoles son hombres? Porque aunque Jesús restaura un
orden nuevo, puede ha¬cer lo que la cultura le permite. "
Isabel Castillo
La novicia rebelde
La congregación Hijas de Jesús tiene origen español. Fue fundada
en 1871 por Juana Raviola, nacida en el norte de la península ibérica, cuyo
nombre religioso era Cándida María de Jesús. Su carisma es la educación y como
quien ayudó a la fundadora fue un jesuita, la congregación tiene espiritualidad
ignaciana, por más que no dependan de esa orden. La de Ar¬gentina es una
viceprovincia conformada por cuarenta y ocho hermanas.
"En los últimos años hemos disminuido un montón. Muchas
hermanas, que al igual que yo vieron cierta mirada más conservado¬ra en la
congregación, se alejaron, cuenta Isabel del Castillo, una religiosa y teóloga
de 40 años, que conserva la rebeldía de la pri¬mera juventud. Basta con
escucharla para comprobarlo:
"Nosotras veníamos buscando otras cosas, otra coherencia,
por¬que veíamos que el hecho de jugarnos por el más pobre quedaba siempre en el
discurso y no pasaba a la acción. Yo entré en el 79 a la congregación y las
hermanas que lo hicieron unos años antes, se fue¬ron yendo. En los últimos
cuatro años otras, que habían entrado conmigo, están todavía con permiso de
exclaustración. Eso se conce¬de cuando ya tenemos los votos perpetuos. Se puede
pedir un permiso por un año: estás en tu casa o en el lugar donde elijas, pero
todavía no te separas. Es como cuando un matrimonio toma distancia para
repensar la relación. Seguís manteniendo el contacto con la provin¬cial, pero
no se participa de la vida de la congregación. Ese pedido de exclaustración se
puede renovar hasta tres años, después de esa fecha decidís si retornas o te
vas definitivamente.
"Tengo compañeras que se han ido de la congregación, pero
que siguen dando clases con un fuerte servicio a los carenciados, cosas que por
los límites que se les ponían estando adentro les era imposible hacer.
"Antes del Concilio y hasta el año setenta, más o menos,
todas las hermanas hacían sus estudios universitarios con buena titulación.
Después vino un período de dejar de lado esto y dedicarnos al apos¬tolado, y
nos quedamos con estudios terciarios. Teníamos como la urgencia de cubrir
cargos en nuestros colegios, y para eso con un título docente bastaba. Las
hermanas querían en ese momento que nos ubicásemos en cargos directivos en
nuestros colegios de Jujuy, Córdoba y La Plata.
"Hasta que desde hace cinco años varias de nosotras
insistimos en que necesitábamos volver a tener una fuerte formación en las
áreas teológicas, de educación u otras profesiones, como para trabajar en
equipo con otras organizaciones. Veíamos que nos quedábamos mu¬chísimo en
nuestros colegios, que el título sólo nos valía para trabajar en ellos y que
cuando íbamos a comunidades de inserción, no nos sentíamos idóneas para
trabajar con otras organizaciones. Lo que captábamos era que el trabajo fuerte lo
llevaban a cabo otros profesionales, y que sobre todo en situaciones de mucha
carencia, mucha pobreza, el título de maestras o docentes no nos era
suficien¬te. Después de mucho discernimiento, vimos que para el trabajo con los
chicos de la calle, con la mujer marginada y con los aborígenes, necesitábamos
más preparación."
En el verano de 2001 la Congregación Hijas de Jesús se dio una
asamblea de revisión y proyección en la que se planteó la necesidad de ampliar
los trabajos desde los colegios hacia la co¬munidad. Pero a la hora la votación
se decidió todo lo contrario: cerrar la casa en Hudson y concentrarse en La
Plata.
Proyectos laborales
Después de mucho discutir con la provincial, Isabel logró que
dos hermanas pudieran ir a trabajar en las parroquias de Hudson los fines de
semana. Por su parte, además del trabajo pastoral gratuito, consiguió un
trabajo remunerado en el Colegio María Teresa, en Gutiérrez, cerca de Hudson,
donde dicta Metolodogía de la Investigación y Psicología, en el segundo y
tercer año del polimodal. Además, el Ministerio de Educación la contrató para
capacitar a los maestros de adultos en Hudson por lo cual se quedó allí, aunque
casi todos los días concurre al colegio eucarístico de La Plata para reunirse
con sus hermanas.
En Hudson también trabajó en el 2000 en proyectos labora¬les.
Con una familia vecina, conformada por un matrimonio de desocupados y con diez
hijos, armaron un proyecto de panadería que resultó aprobado. Le pagan 160
pesos por mes al marido y otro tanto a la mujer, han podido comprar un horno y
hoy en día siguen trabajando. Ahora, Isabel acompaña otro proyecto la¬boral: la
producción de lombrices californianas.
Sobre su pasado, la hermana contó que hizo la primaria en una
escuela del estado y el secundario en el colegio religioso Virgen Niña, donde
las Hijas de Jesús daban clases de Filosofía, por lo que descubrió así a los 17
años que su vocación era "algo fuerte". Cuando terminó el secundario,
Isabel fue a la casa que las Hijas de Jesús tenían en Villa Ocampo, la primera
fundada por la congregación con miras de inserción.
"A mí lo que me atrajo fue la espiritualidad ignaciana.
Hice en Córdoba el noviciado, el postulantado, estudié ciencias religiosas,
teología y filosofía. Allí eran profesores los ahora monseñores, Estanislao
Karlic y.... Arancibia. Después me encargué del tra¬bajo de apostolado en un
colegio en Córdoba y finalmente viajé a Roma cinco meses para la consagración
definitiva. A los 25 años hice los votos perpetuos."
La última copa
"De Roma me enviaron a La Plata de coordinadora de pastoral
y trabajé en el grupo directivo –prosigue Isabel–. Era profesora en el momento
en que era arzobispo monseñor Quarracino. El sacerdo¬te que lo acompañaba, otra
hermana, la superiora y yo nos quedá-bamos a cenar con él. En las cenas,
Quarracino criticaba de manera muy campechana al rector del seminario, a los
sacerdotes y a los seminaristas. Yo era nuevita y no hacía otra cosa que
escuchar y conocer gente.
"Con uno de los primeros que me contacté fue con el padre
Carlitos Cajade, que es un sacerdote que siempre se ocupó de los niños de la
calle. Ahora sé que le donaron una granja, pero en ese momento vivía en un
ranchito. Yo quedé encantada con él y me mandé mi primera ingenuidad. En las
cenas se comía todo y con el otro sacer¬dote se tomaban dos botellas de vino,
por eso pienso que Quarracino hablaba con tanta fluidez y desinhibición. Le
comenté entusiasmadísima el trabajo que hacía Carlioas y él no me decía nada,
como si no me escuchara. Entonces insistí y le pregunté si era el único que
trabajaba de esa manera en la zona. Y él me contestó tajante: "Sí, por
suerte es el único". Después de mucho tiempo le pregunté a Carlitos cómo
se entendía con Quarracino y me dijo: "Ni nos hablamos". Cuando lo
reemplazó monseñor Galán, él me decía: "Éste al menos me saluda".
"
Teología de la Liberación
Una vez recibida en Córdoba, Isabel quiso completar su
for¬mación teológica, sobre todo en teología de la liberación, y para eso viajó
a Brasil, donde estuvo un mes, y luego a Colombia. Desde la teología de la
liberación lo que se elige es una iglesia comunitaria, inserta en este caso en
la realidad latinoamericana, donde se valora la persona por lo que es, no por
el cargo jerárqui¬co que ocupe.
"Eso dentro de la Iglesia es como que te oxigena, porque si
noso¬tros miramos a la Iglesia solamente desde una visión jerárquica, te
encontrás nada más que con hombres. En cambio, desde la visión de pueblo tan
hermosa que brinda la teología de la liberación, la mujer tiene otro lugar y
otra importancia, más aquí en América latina, donde es la protagonista
principal en la familia y en las comunida¬des eclesiales de base.
"En la zona de Hudson donde estoy yo, la gente le adjudica
al padre un lugar de privilegio; hay mucha gente de Corrientes, de Paraguay,
que tienen una figura del hombre muy fuerte y donde el padrecito sigue siendo
muy importante. Quieren a la monjita, pero el padrecito está primero, como pasa
en sus propios hogares, aunque el papá sea un desastre y tome de más, es el
varón de la casa.
"En el discurso, las mujeres religiosas hemos cambiado
muchas cosas y nos damos cuenta de que nuestra postergación es injusta, pero a
la hora de decidir está el padre, el párroco, y su voz está por encima de la
nuestra, porque nuestra mentalidad sigue muy anclada en la valoración de las
jerarquías. Esto se manifiesta a partir de estar pen¬diente de lo que dice un
obispo.
"Aquí hay muchas religiosas para dar retiros y ejercicios
espiri¬tuales, pero finalmente se busca a un hombre, cosa que no sucede en
Brasil. Creo que nos falta convencernos de que tenemos parte y dere¬cho a pedir
determinadas cosas. Creo que el Episcopado nos ve como las que trabajamos mucho
y bien, que somos las que nos jugamos, las que no cobramos, y que la gente nos
quiere. Pero al momento de decidir, no somos tenidas en cuenta. Yo, en el
Instituto de Teología San Pablo de la diócesis de Quilmes he dado clases de
cristología y eclesiología. Este año también empecé a ayudar en la formación de
catequistas y allí lo que hago me encanta, pero no pierdo de vista que sigo
siendo funcional. San Pablo tenía diaconisas y eso se lee en sus cartas, pero
hoy y aquí la realidad de la mujer en la Iglesia es otra. "
Clero, sexo e hipocresía
El 22 de marzo de 2001, el Papa dio palabras de aliento y afecto
a las seiscientas delegadas de la Unión Mundial de las Or¬ganizaciones de
Mujeres Católicas, que concurrieron a Roma para participar de una asamblea
general bajo el lema "la misión profética de las mujeres".
El pontífice les aseguró que necesitaba del "compromiso de
las mujeres y de su capacidad para transmitir la fe"; señaló que "la
santidad femenina, a la que cada una de vosotras está llamada, es indispensable
para la vida de la Iglesia"; y reafirmó que "la presen¬cia y la
acción de la Iglesia en el nuevo milenio pasa por la capaci¬dad de la mujer de
recibir y custodiar la palabra de Dios".
Karol Woytila recordó también que "el camino recorrido
desde el pasado siglo es digno de nota. Hoy en muchos países las mujeres
disfrutan de libertad de movimiento, de decisión, de auto expresión, una
libertad que han conseguido con inteligencia y valor".
"En el mundo actual –prosiguió– hay una conciencia
cre¬ciente de la necesidad de afirmar la dignidad de las mujeres. No es un
principio abstracto, ya que implica un esfuerzo conjunto en todos los niveles
para oponerse con energía a todas las prácticas que ofen¬den la libertad y la
feminidad de las mujeres, el llamado "turismo sexual", la compra y
venta de chicas jóvenes, la esterilización en masa, y en general, toda forma de
violencia", denunció.
Tras señalar los impedimentos que afrontan en una cultura
"que difunde e impone modelos de vida contrarios a la naturale¬za más
profunda de las mujeres", subrayó la mentalidad que re-afirma todo derecho
individual.
El Papa dijo por último que esa asamblea representaba una
"oportunidad para dar gracias a Dios por todo lo que significa ser mujer
en el plan divino y pedirle su ayuda para superar los muchos obstáculos que
todavía impiden el reconocimiento pleno de la digni¬dad y la misión de las
mujeres en la sociedad y dentro de la comuni¬dad eclesial".
En contraste, la realidad sacudió por entonces al mundo con una
denuncia escandalosa que el Vaticano no ignoraba, pero que se vio precisado a
reconocer públicamente tras haberlo guardado bajo siete llaves durante años. La
información daba cuenta que cientos de monjas, y no sólo en África, habían sido
violadas por sacerdotes.
La revista norteamericana National Catholic Repórter publicó
varios informes realizados por las religiosas María O'Donohue y Maura McDonald,
que denunciaban la violación de cientos de monjas en veintitrés países, así
como de embarazos, abortos y un sin fin de tropelías sexuales, que pusieron
sobre la mesa la espi¬nosa cuestión de la vida sexual del clero católico.
"La novedad, ahora, es que el Vaticano ha declarado conocer
la existencia de estos delitos sexuales... Aunque, tal como es norma de
actuación de las autoridades eclesiásticas, no han hecho nada para poner fin a
esa situación, ni para castigar a los culpables, a pesar de que fueron
informados de los delitos hace más de seis años", señaló Pepe Rodríguez.
"Desde los ámbitos católicos intenta quitarse importancia a
estos hechos argumentando que "sólo" suceden en países africanos, por
una cuestión estrictamente cultural pero, lamentablemente, los abusos sexuales
del clero católico son muy importantes en todo el mundo, incluidos los países
más desarrollados, entre los que está España", añadió el periodista
español.
Rodríguez realizó en 1995 un estudio riguroso sobre el
com¬portamiento sexual de la jerarquía católica española, que lue¬go volcó en
su libro La vida sexual del clero. Su estudio abarcó el historial sexual de
casi cuatrocientos sacerdotes actualmen¬te en actividad, a muchos de los cuales
nombra. Hasta el pre¬sente, ninguno de ellos demandó a su autor por difamación,
lo cual reafirma la idea de que la información es fidedigna.
De acuerdo a su investigación, un 95 por ciento de los curas se
masturba, un 60 por ciento mantiene relaciones sexua¬les, un 26 por ciento soba
a menores, un 20 por ciento realiza prácticas homosexuales, un 12 por ciento es
exclusivamente homosexual, y un 7 por ciento comete abusos sexuales graves con
menores.
En cuanto a las preferencias, el 53 por ciento mantiene
relaciones sexuales con mujeres adultas, el 21 por ciento lo hace con varones
adultos, el 14 por ciento con menores varo¬nes y el 12 por ciento con menores
mujeres.
"Los datos estadísticos mencionados pueden ser extrapolabas
a la situación que se está viviendo entre el clero católico de otros países con
estructura social similar a la española", asegura Rodríguez.
Enrique Miret Magdalena, un teólogo muy crítico de la Iglesia
española, informó que recientes estudios sociológicos norteamericanos habían
desvelado que sólo el dos por ciento de los sacerdotes cumple el celibato, tal
como informó el dia¬rio El País en marzo de 2001. Cabe señalar que encuestas
recientes a sacerdotes europeos, revelaron que el 75 por cien¬to está a favor
del celibato opcional.
Chicos abusados
De otra investigación realizada en 1994 en la Universidad de
Salamanca y publicada por el Ministerio de Asuntos So¬ciales, surgió un dato no
menos trágico: del total de españoles que han sufrido abusos sexuales siendo
menores, un diez por ciento fue abusado por un sacerdote católico.
"Las indemnizaciones que ha tenido que pagar la iglesia
ca¬tólica han sido de miles de millones de pesetas; tanto, que en algunos
países ha contratado un seguro de responsabilidad civil para responder ante las
previsibles demandas contra el clero por delitos sexuales", dice Pepe
Rodríguez.
Y añade:
"La situación de Estados Unidos, donde 400 sacerdotes
fue¬ron enjuiciados por delitos sexuales, no es atípica ni única, sólo que allá
las víctimas no temen enfrentarse a la Iglesia. En Espa¬ña hay pánico a la
institución y por eso apenas se denuncian los abusos sexuales del clero, y en
no pocos juzgados se ha protegido con descaro al sacerdote acusado.
"La iglesia conoce perfectamente esta situación desde
siempre y jamás hace otra cosa que no sea encubrir los hechos. Puedo probar
decenas de casos de encubrimiento grave por parte de los obispos, pero como
muestra basta uno: el cardenal de Barcelona, monseñor Caries, encubrió una red
conformada por varios sacer¬dotes y diáconos que corrompieron sexualmente a no
menos de sesenta menores y adolescentes. El cardenal y parte de sus obispos
auxiliares (alguno implicado directamente en el caso) no sólo no denunciaron
ante la Justicia ordinaria el caso, sino que tampoco expulsaron del clero, tal
como sería preceptivo, a quienes prota-gonizaron esos desmanes sexuales. En
lugar de actuar con hones¬tidad, presionaron a las familias de las víctimas
para que calla¬ran y ocultaran lo sucedido y permitieron incluso que quienes
entonces eran diáconos fuesen ordenados sacerdotes, actividad que siguen
desarrollando hoy día. "
El derecho canónico
En La vida sexual del clero, Rodríguez analiza el derecho
canóni¬co y llega a la conclusión que éste obliga a encubrir todos y cada uno
de los delitos sexuales cometidos por hombres con sotana.
"El "castigo penal" que la Iglesia católica le
aplica a un clérigo que, por ejemplo, haya corrompido sexualmente a un menor
(canon 1395.2) se limita a la práctica de alguna amonestación, obra de religión
o penitencia (can. 1312, 1339), realizadas siempre en pri¬vado (can. 1340) para
que permanezca en secreto la comisión del delito", afirma.
"En todo caso, nunca puede emprenderse un procedimiento
pe¬nal sin antes haber intentado disuadir al delincuente para que cam¬bie de
comportamiento (can. 1341,1347). Es decir, que la Iglesia siempre perdona y
olvida de oficio el primer delito –en este caso la primera relación sexual con
un menor–y, en la práctica, también perdona y encubre todos los siguientes. La
burla a las víctimas y a la administración de justicia es obvia. Resulta
absolutamente inacep-table que en un estado de derecho se admita una patente de
corso como el derecho canónico que obliga a encubrir delitos a fin de im¬pedir
que la justicia ordinaria cumpla con su obligación", sentencia Rodríguez.
Las razones que explican que cientos de monjas hayan sido
violadas por sacerdotes en 23 países son el resultado de varias causas, al
margen de la imposición del celibato obligatorio.
Así, por ejemplo, como en ciertas etnias la figura del adulto
soltero es mal vista, para tener predicamento el sacerdote no puede no tener
vida marital. En África, muchos obispos tienen por eso una o varias esposas,
cosa que el Papa no desconoce. Aunque éste no es el caso de la Argentina.
Además, como la Iglesia tiene problemas en algunos países para
convocar a seminaristas, admite a varones de las clases más bajas que ven en el
sacerdocio un modus vivendi. Esos hombres, al margen de su cultura de nulo
respeto hacia la mujer, al verse investidos del poder y prestigio, no tienen el
menor reparo en someter sexualmente a monjas y feligresas, ya que el barniz
teo¬lógico recibido no alcanza a frenar sus instintos. Lo dicho es muy difícil
que ocurra en la Argentina.
A esto se suma la costumbre de silenciar los escándalos. Así,
cuando un sacerdote comienza a tener problemas por ser pública su actividad
sexual con menores o con adultos, se lo traslada de parroquia para ocultar los
hechos. Si persiste, el obispo de su diócesis trata de que se marche a
instalarse en otro país u otra región, lo más pobre posible, porque sabe que
las clases más hu-mildes no acuden jamás ante un juzgado. Esto ocurre con
alguna frecuencia en la Argentina.
Y en los casos en que la mujer embarazada del sacerdote, acu¬da
al obispo en demanda de justicia, es probable que sea culpabilizada de haberlo
seducido, o bien, que no se le crea. ¡Y esto sí que ocurre a menudo en la
Argentina!
Aquí hay varios casos de monjas que tuvieron relaciones con
sa¬cerdotes o que éstos trataron de abusar de ellas. Hay casos de acoso, muy
frecuentes, pero lo que ocurre es que por lo general, estos casos no se
denuncian. Una religiosa de una importante congregación de la zona sur de
Buenos Aires, que prefiere mantener su nombre en el anonimato dice: "La
Iglesia no es para las mujeres, aquí la vida es muy, muy dura, hay que tener
mucha fe para aguantar los atropellos a los que nos vemos sometidas permanentemente.
Desde lo intelectual, porque no recibimos la misma preparación que los
sacerdotes, hasta lo sexual Siempre nos discriminan. Generalmente aquí no pasa
lo que sí pasa en África, pero sí sé de casos de hermanas que fueron
"apretadas" por el sacerdote o que las manosearon o le tocaron el
culo. Lo que pasa es que –por lo que hablamos con varias religiosas– no ocurre
lo mismo que en Estados Unidos o en otros países porque en la Argentina, hay
muchos sacerdotes homosexuales, que buscan en el sacerdocio ocultar sus
problemas.
"Cuando un sacerdote le plantea sus dificultades para
mantener el celibato a su obispo, es común que éste le aconseje: "Si
tienes que ir con mujeres, procura ir con casadas, que con ellas no se
nota"; es decir, no te complican la vida si quedan embarazadas, ya que los
métodos anticonceptivos son pecado, será el marido quien lo asu¬ma". El obispo Laguna de Morón, me dijo en un
reportaje pu¬blicado en la revista Veintitrés, que en su diócesis, ha habido
va¬rios sacerdotes que le confesaron estar enamorados, viviendo con mujeres y
algunos, con mujeres casadas.
En el año 2000, en tiempos del Jubileo, la Iglesia a través de
su Jefe máximo, el Papa Wojtyla, decidió hacer una confesión pública de sus
pecados, entre los que incluyó "la discriminación de la mujer".
"Eso sí, en ningún momento habló de una acción con¬creta para modificar
esta situación. Ni sacerdocio femenino, ni un milímetro más de protagonismo, y
eso sin hablar jamás de la liber¬tad, el dominio y la decisión sobre nuestros
cuerpos. Después de todo siempre nos habían considerado ciudadanas de segunda,
servidoras de Dios, irremplazables y extraordinarias, sobre todo cuando
esta¬ban embarazadas."
"Es la primera vez que la Iglesia asume su discriminación
sobre la mujer –dijo el obispo Justo Laguna en el suplemento sobre mujeres de
Página! 12, el único prelado que se animó a hablar del tema–pero yo estoy
convencido de que –aun en las peores épocas de la historia, cuando se discutía
si tenía alma, discusión nunca probada– la mujer siempre ha sido el sostén de
la sociedad. Creo que la mujer es igual al hombre, pero a veces es un poco más
igual, no sé si soy claro: su papel es esencial. No soy feminista, pero me
considero lo más contrario al machismo que se puede dar en el mun¬do, porque he
comprendido la importancia que la mujer ha tenido, tiene y tendrá en el
desarrollo de la humanidad. ¿Qué haríamos en las parroquias sin las mujeres?
Sin las catequistas, las secretarias parroquiales, las que llevan las
cuentas...? Nos quedaríamos solos." Los periodistas italianos expertos en
temas vaticanos asegu¬ran que Karol Wojtyla, en su postura conservadora y cuasi
"stalinista", tiene temor a las mujeres y algunos, van más allá y lo
consideraban un Papa más cercano a la misoginia que al machis¬mo. O sea, el
odio a las mujeres. Nadie sabe si esto último es realmente así, pero hay hechos
concretos: las feministas le pro¬ducen urticaria y las considera el "nuevo
imperialismo".
En 1993, desde la ventana de su estudio, con una vista
espléndida a la Plaza de San Pedro exclamó: "María, Virgen y Madre del
redentor, quiero daros unas "sinceras gracias" de parte de toda la
Iglesia al Señor por el regalo de la mujer, por todas y cada una de
ellas".
En la excelente biografía del Papa, Su Santidad, Juan Pablo II y
la historia oculta de nuestro tiempo, los periodistas Carl Bernstein y Marco
Politi dicen: "El Papa sabía que en el tema de las mujeres existía un
espíritu crítico y una oposición generalizada en el mundo católico, sobre todo
–como los departamentos del Vaticano no cesa¬ban de recordarle– en Estados
Unidos. Al fin y al cabo fue una monja estadounidense, una superiora de las
Hermanas de la Miseri¬cordia, quien se atrevió a desafiarlo apenas un año
después de la elección. Sucedió en Washington, en el Santuario de la Inmaculada
Concepción, el último día de su primer viaje a Estados Unidos, en octubre de
1979. Cerca de cinco mil religiosas se habían congregado en el santuario. Más
de dos tercios de ellas habían prescindido del velo o del hábito, pese a que
tan pronto fue nombrado Papa, Juan Pablo II insistió en que las monjas debían
usar su traje tradicional y continuó insistiendo sobre ello durante la gira. La
desobediencia de las mujeres lo irritaba. Aquí y allá, en la nave central
neogótica y en las naves laterales de la Iglesia, podía ver unas cincuenta
monjas que se destacaban entre las demás: portaban un extraño brazalete azul,
como si fueran voluntarias de alguna organización. Cuando inte¬rrogó a sus
colaboradores del Vaticano al respecto, le informaron que las monjas
pertenecían a un grupo de oposición que propugnaban la ordenación de mujeres.
Su lema era, "si las mujeres pueden hacer pan, pueden partir el pan".
"
A esa altura, según Bernstein y Politi, el Papa no cabía en su
enojo. Nada le molestaba más que presenciar a una mujer que le hacía frente,
que se revelaba. "La mujer escogida para darle la bienvenida fue la
hermana Theresa Kane, presidenta de la Con¬ferencia de Liderazgo de Mujeres
Religiosas. También ella había acudido de traje laico. El Papa miró a la
diminuta mujer vestida con traje azul. La hermana demoró menos de diez minutos
pronunciando sus palabras formales, al final, declaró por el micrófono con voz
resonante: "Su Santidad, la Iglesia debería responder a los sufrimientos
de la mujeres contemplando la posibilidad de incluirlas en todos los
ministerios sagrados". Sus palabras, retransmitidas a todo Estados Unidos,
merecieron un fuerte aplauso. Luego, la hermana Kane se acercó a la silla papal
y saludó al Papa de una manera democrática, casi irreverente (en comparación
con las sumisas monjas polacas e italianas del Vaticano): "Buenos días, me
da mucho gusto conocerlo". Lo saludó de mano y le pidió la bendición. Se
arrodilló, pero no le besó el anillo. Juan Pablo II nunca olvidó esto. Cuando
le llegó el turno de dirigirse a las hermanas del santuario, su afabilidad
usual había desaparecido. No sonrió ni una sola vez."
Y este desplante no quedó sin la "adecuada" venganza.
Sema¬nas después de este episodio, la hermana Kane viajó a Roma para asistir a
una reunión de la Congregación y recibió un mensaje con una frase que decía:
"Apreciaríamos una aclaración de su salu¬do al Santo Padre en el
santuario". Cuando la hermana ingresó al Vaticano fue recibida por un
sacerdote y no por el cardenal Eduar¬do Pironio, como correspondía, que en ese
entonces era prefecto de la Congregación de Ordenes Religiosas.
–Ahora que hemos evacuado otros ítems del temario, quiero
pedirle que aclare el saludo a Su Santidad, dijo el sacerdote, con tono
intimidante.
–Yo quiero preguntarle a usted qué quiere que yo aclare...
–respondió la religiosa.
Cuentan que el sacerdote miró a sus pares y desconcertado dijo:
"¿Qué es lo que queremos que ella nos aclare?". Y todos guar¬daron
silencio, sin confesar que en realidad lo único que querían era que jurase que
en el saludo al Papa no figuraba el pedido de ordenación de las mujeres.
–Quiero que ustedes sepan una cosa: sí incluí la ordenación, eso
estaba incluido –reafirmó la mujer.
Cuando la hermana Kane solicitó ver nuevamente al Papa, le
denegaron la visita. Y ése fue su castigo. Nada detestaba más Wojtyla que una
mujer le enfrentara con cosas de "la modernidad destructiva de la
anticivilización" y, sobre todo, que pusiera en duda su cruzada mundial
contra el aborto, al que consideraba el nuevo "Holocausto". Ésa era
su lucha. En 1994, meses previos a la conferencia sobre Población y Desarrollo
que realizaría las Naciones Unidas en El Cairo, una de las organizadoras, la
paquistaní Nafis Sadik fue a ver al Papa para explicarle los temas a tratar. Y
cuando llegaron al aborto y el uso de anticonceptivos, el polaco empalideció y
sus ojos se volvieron fríos. Apenas Sadik le dio las cifras de mujeres que
morían en el mundo a causa de abortos autoinducidos, el Papa la interrumpió y
exclamó: "¿No cree usted que el comportamiento irresponsable de los
hombres es causado por las mujeres?".
Dóciles y serviles
La mujer no comenzó a ser discriminada en la Iglesia cristia¬na
en los tiempos de la Inquisición, como podría haberse espera¬do, sino muchísimo
antes, desde Pablo frente a algunos pueblos, pero por sobre todo a partir del
reinado del emperador Constantino, quien en el año 312, y curiosamente a pedido
de su madre, una ferviente seguidora de Cristo, reconoció definiti-vamente al
cristianismo como religión del Imperio Romano. A partir del siglo IV fue
aboliéndose progresivamente la presencia de las diaconisas en las
congregaciones cristianas y, consecuente¬mente, los escritos bíblicos fueron
interpretándose a gusto y pa¬ladar de los hombres.
Ya en el siglo XII Graciano escribió: "La mujer no puede
recibir órdenes sagradas porque por su naturaleza se encuentra en condicio¬nes
de servidumbre". Y en el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino sentenció:
"Como el sexo femenino no puede significar ninguna eminencia de grado,
porque la mujer tiene un estado de sujeción, por eso no puede recibir el
sacramento del orden ".
Hoy, aunque la misoginia no sea tan palpable, la discrimina¬ción
sigue en pie. Si bien desde los años sesenta fue incrementándose notoriamente
el número de iglesias cristianas que han aceptado con normalidad la ordenación
sacerdotal de mujeres, la Iglesia católica se mantiene sorda y muda a las
ense¬ñanzas de Jesús quien, como hemos visto, predicó la igualdad entre hombres
y mujeres y los aceptó a ambos como discípulos sin otra condición que su
entrega y su fe en Dios.
Volviendo a los dichos del Papa, Pepe Rodríguez ha conside¬rado
que "el modelo de mujer que la Iglesia católica actual quiere imponer es
el de un ser volcado en la maternidad por encima de todo y que sea dócil y
servil al varón aun a riesgo de su propia vida".
"El mensaje nos lo ha dado con claridad el papa
Wojtyla–añade– no sólo a través de sus documentos y discursos, sino mediante
sus actos más solemnes: canonizando a dos italianas cuyos mayores méritos
fue¬ron, el de una, dejarse morir de cáncer de útero por no querer abortar para
someterse al tratamiento médico que la hubiese salvado, con lo que dejó sin
madre a sus cuatro hijos y al recién nacido que no quiso perder; y, el de la
otra, aguantar hasta la muerte los malos tratos constantes de su marido en
lugar de divorciarse de él."
Y concluye: "Podemos suscribir sin reparo alguno la frase
con la que la teóloga feminista católica Rosemary Radford Ruether comen¬zó uno
de sus últimos trabajos: (escribo este ensayo tristemente cons¬ciente de que
parece cada vez menos probable que el catolicismo institucional avance en
dirección a los Evangelios)".
9
El Príncipe y el Pastor
"Era de noche. Lo llamaron al dormitorio principal. El
chico fue creyendo que debía cumplir alguna de sus obligaciones diarias de
ceremonial. Entró a la habitación sólo alumbrada por dos veladores de bronce y
una extraña sensación de intimidadle inundó el cuerpo y lo incomodó. Trató de
no pensar y obedeció las directivas de su superior. Lo ayudó a desvestirse. Lo
hizo con pudor pero creyendo que era algo normal en el seminario y que se tenía
que acostumbrar a las normas de ese lugar al que había llegado hacía tres días.
Tem¬bloroso frente al cuerpo sexagenario, le sacó prenda por prenda... Cuando
terminó, vio caer el cuerpo flácido del arzobispo sobre la cama, con su
desnudez sólo cubierta con una toalla. El chico creyó que ya había cumplido con
su tarea y se disponía a retirarse, pero se equivocó. Echado en el lecho de dos
plazas con respaldo de bronce, monseñor lo llamó insinuante y le pidió que lo
masajeara. Cada vez más nervioso, pero movido por el miedo y el respeto que le
infundía la figura, el seminarista apoyó sus manos sobre la piel pálida, rosada
y fofa, y comenzó a friccionarlo, A los masajes siguió la desnudez completa y
el pedido de que se acostara al lado, y que lo acariciara en todo el cuerpo,
pero sobre todo, en los genitales.
"Confundido, turbado y temeroso, el muchachito recién
venido del campo, hijo de una familia humilde, obedecía y escuchaba las
palabras serenas y contenedoras que lo alentaban:
"–Esto no es pecado hijo, yo soy monseñor Storni, un padre
para todos ustedes, los seminaristas. Nuestro amor tenemos que compar¬tirlo.
Dios ve bien esta muestra de amor entre dos hombres, entre un padre y su hijo.
Él nos apoya desde el Cielo. "
"Cuando terminaron, el chico salió perturbado del
dormitorio episcopal y se encerró en el suyo. Un compañero lo notó muy mal, le
preguntó si lo podía ayudar y a él le relató llorando lo sucedido. Ese
compañero fui yo."
Con una mueca indescifrable de dolor, vergüenza y asco, un ex
seminarista de Santa Fe me relató así la experiencia que le confesara aquel
chico salido de la zona rural. Desde ese momen-to, la fuente se convirtió en
oído elegido por aquel muchacho, y luego por tantos otros, para vomitar el
dolor y la confusión de esas relaciones "incestuosas" y abusivas en
las que se involucraron, seducidos o empujados, por el religioso más importante
de la Arquidiócesis de Santa Fe, de los últimos diecisiete años.
El Rosadito
"Cuando ingresé al seminario, mi tía, que es artista
plástica, la oveja negra de la familia, me advirtió unos días antes de irme:
'Cuídate del rosadito'. Y pensar que yo lo tomé en broma ", cuenta quien
fue paño de lágrimas de sus compañeros más débiles y vulnerables, blancos
predilectos del obispo. El ex seminarista –cuya identidad no se revelará para
no afectar su intimidad– abandonó por propia voluntad, como tantos otros, el
camino del sacerdocio. Pero aún hoy recuerda, con vivida mezcla de melancolía,
bronca e impotencia, los cinco años que pasó entre las paredes del seminario de
la Arquidiócesis de Santa Fe, ubica¬do en las calles Monseñor Zaspe y Buenos
Aires.
"El rosadito", ése es el apodo del arzobispo de la
ciudad, monseñor Edgardo Gabriel Storni. Lo llaman así por su sem¬blante
saludable, de mejillas redondeadas y rojizas, dignas de sus orígenes italianos.
Lo que no es tan digno es el comentario que hace la calle acerca de sus
conocidas andanzas sexuales con seminaristas y sacerdotes de su entorno, y su
escandalosa fama de exhibicionista, tema que ha trascendido el ámbito local y
lle¬gado, no sólo al Episcopado, sino también al Vaticano, sin que hasta ahora
hayan tenido solución.
El ex seminarista continuó:
"Entré al seminario a fines de los ochenta y a los pocos
días de llegar escuché lo que ya le relaté. Aquel chico fue el primero de mis
compañeros que me confesó su problema, pero no fue el único. Yo me indigné.
Sentí que era un abuso de toda clase, pero sobre todo de poder. Lo aconsejé. Yo
era más grande, tenia 25 años y no era un tiernito ni mucho menos un sumiso.
Después de enterarme lo de ese chico, me fui dando cuenta de que con otros
pasaba lo mismo. No eran pocos. Me asqueó. Yo había escuchado comentarios, como
todos los de la ciudad, sobre cierta inclinación homosexual del obispo y de su
círculo íntimo de sacerdotes, pero nunca pensé que monseñor Storni fuera tan
abusador. Tampoco imaginé que quienes conducían el se¬minario, de donde se
suponía tenían que salir jóvenes sacerdotes espiritualmente fortalecidos,
fueran tan promiscuos y manipuladores.
"Yo tenía una gran vocación y mucha facilidad para el área
inte¬lectual y sufrí mucho con lo que se vivía allí adentro. Muchas veces vi
que el arzobispo llamaba a su dormitorio a algún seminarista, – siempre buscaba
a aquellos que tenían problemas afectivos con sus padres o eran huérfanos–
estaba desnudo y les pedía que lo vistie¬ran. Y el pobre chico asustado lo
hacía, mientras él se exhibía desnu¬do en la habitación. Después venían las
presiones para tener sexo y los abusos concretos. Los detalles de todo lo que
mis compañeros me contaban eran escalofriantes. Ya pasaron varios años desde
que salí de ese infierno y estoy tranquilo con mi conciencia y no me
arrepien¬to de nada. Por eso puedo contar todo esto.
"Al principio me costó mucho separar toda esa experiencia
nefas¬ta con esta gente a la que prefiero no calificar, de mi compromiso con la
Iglesia y el Evangelio, pero lo logré y sigo siendo un laico compro¬metido.
"Me fui cuando me estaban por ordenar, tenía vocación pero
justo me tocó formarme en el seminario menos humano y contenedor de la
Argentina, y el más perverso. Siempre tuve muy buenas califi¬caciones, pero
estaba en permanente guardia, a la defensiva. Al prin¬cipio por mí, para que
nadie me tocara un pelo, porque monseñor era terrible, siempre miraba y decía
palabras con doble sentido. Y después, tratando de proteger a amigos más
vulnerables. Había chi¬cos que llegaban al seminario a los 17 años, desde el interior
de la provincia, con muy poca o ninguna experiencia sexual. Que a ellos el
arzobispo los sedujera, les dijera que era su "padre" y que tener
relaciones sexuales con él no era pecado, los confundía muchísimo. Después,
algunos de esos chicos tenían mejor situación, el arzobispo les prometía una
buena parroquia cuando terminaran el seminario, los compraba a cambio de sexo.
Yo nunca condené las acciones perso¬nales, no me preocupó ni me preocupa la
homosexualidad manifies¬ta de la cúpula de la curia de mi provincia, lo que me
parece abe¬rrante es el abuso de poder y la manipulación de las conciencias.
Eso mancha de lodo y avergüenza a nuestra Iglesia, que como católico quiero y
defendiendo."
Con la mirada nublada y la transpiración recorriéndole la
fren¬te, pero aliviado por su desahogo, el ex seminarista puso fin así a su
relato. Hicieron falta varios encuentros para que se decidiera a soltarlo, dado
lo delicado del tema, pero finalmente reconoció que se sentía bien habiéndolo
confesando, porque creía que su historia, era parte de la historia del
seminario de Santa Fe, de la Iglesia de esa ciudad y de Iglesia argentina.
No es difícil entender, después de haberlo oído, el gran dolor y
la profunda bronca que siente frente a la impunidad del poder que desde 1984
gobierna la Iglesia de Santa Fe y que, parece, se perpetuará a pesar de las
gravísimas denuncias y procesos realiza¬dos, por orden del Vaticano.
El arzobispo es un hombre muy poderoso en la estructura
religiosa y política de la zona. Su vida dista mucho de las ense¬ñanzas del
evangelio y estas actitudes, conocidas hasta el hartaz¬go por los habitantes de
la ciudad, han alejado a muchos fieles de la Iglesia. Conservador y
reaccionario a ultranza, Storni fue ami¬go de los militares de la dictadura,
con los que iba a comer a menudo y quienes –según dicen– compartían con el
hombre de la Iglesia su lucha contra "el comunismo ateo". Como muestra
está su declaración en una homilía el 25 de mayo de 1995: "La Iglesia no
necesita hacerse ningún examen de conciencia, y mucho menos pedir perdón a la
sociedad argentina".
Los testimonios de los jóvenes que concurrían a la arquidiócesis
de Santa Fe son muy detallistas sobre sus costumbres privadas.
Si bien es muy pulcro, monseñor Storni come con gula. La prueba
del quinto pecado capital son sus servilletas. En un per¬chero del comedor del
seminario, cuelgan, cada una con su nú-mero, las servilletas que corresponden a
cada uno de los seminaristas, pero la del arzobispo se distingue a distancia
por su dimensión y su especial diseño. Se trata de un enorme babero de toalla
con un cuello elastizado –parecido al "comilón "que usan los bebés– y
que algún seminarista lo ayuda a colocárselo por encima de la cabeza, muy
religiosamente y una vez que ha con¬cluido la plegaria, antes de cada comida.
El babero –en realidad tiene dos– es lavado después de cada ingesta porque
termina tan manchado como el de un niño. Es que el arzobispo come con toda la
desinhibición y la ansiedad de un bebé, o si se quiere, con la libertad y la
gula de Enrique VIII.
Si además de los acosos, hay algo que los seminaristas
recuer¬dan de su paso por la Arquidiócesis de Santa Fe, son los ruidos emitidos
por el movimiento de su mandíbula, de sus labios y su lengua, saboreando una
comida. Pero a él nunca le importaron las carcajadas contenidas de los
ocasionales compañeros de al¬muerzo. Todos debieron acostumbrarse a que el
arzobispo "coma rápido y sucio como un cerdo", tal como coinciden en
afirmar los sacerdotes.
Quizá su compulsión tenga que ver con las secuelas de la her¬nia
de iato, que lo afecta desde hace muchos años. Esa enferme¬dad lo somete a una
dieta estricta, que la cocinera controla a rajatablas, pero de la que Storni se
aparta todas las veces que puede, con la picardía y la ansiedad de un niño que
sabe que está haciendo algo mal pero que le encanta.
Su menú siempre incluyó pescado y comida absolutamente sana,
pero en gran cantidad y presentada con la misma opulencia con que él se maneja
siempre en todos los órdenes. Aunque sosa e híbrida, su comida siempre ha sido
objeto de cierta envidia por parte de los seminaristas, obligados a un menú
mucho más ma¬gro y menos rimbombante.
En su habitación, Storni tiene una heladera de aproximada¬mente
1.20 metros de altura, en la que se destacan una gran cantidad de packs de
jugos Ades, a base de soja, que le fueron indicados por su médico, y un peceto
rojo intenso, conveniente¬mente desgrasado, que es la comida preferida de su
mascota, el muy mimado gato Arístides, un ejemplar persa que tiene libre acceso
a casi todo el edificio, y especialmente a las privadísimas habitaciones de
monseñor Storni.
El dormitorio del arzobispo está en el ala derecha del primer
piso, justo en la esquina, por lo que sus ventanales se despliegan en sentido
diagonal sobre la ochava que da a las calles San Jeróni¬mo y 25 de Mayo.
Ya desde el ingreso al Arzobispado, se aprecia una amplia y
antigua galería en la que se destaca una escalera de mármol. En uno de sus
descansos, un imponente retrato hecho al óleo mues¬tra a monseñor Storni con su
investidura episcopal, en una de sus posturas características: piernas
entrecruzadas y las manos, una encima de la otra, apoyada sobre las rodillas.
Quienes tuvieron acceso a su máxima intimidad, cuentan que ése
no es el único óleo del prelado que hay en el edificio. En su dormitorio,
aunque semioculto por dos puertas que se unen en una esquina, se halla el otro
retrato, que es previo, y que si bien en su momento fue apreciado como una obra
excelente, pasó luego a formar parte de las cosas que no resulta conveniente
ex¬hibir demasiado.
Los simples observadores que no conocen demasiado de arte,
aseguran que no hay demasiada diferencia entre un cuadro y el otro, pero un ojo
avizor descubre la diferencia: en el que ahora ha quedado relegado a la
intimidad, hay cierta exageración en la definición de las manos del arzobispo.
Concretamente, están magnificadas por uñas un poco largas y embellecidas, que
trans¬miten un excesivo cuidado. Son manos que rozan la estética fe¬menina y
que parecen producto del trabajo de una manicura. El arzobispo, según cuentan,
se hace arreglar las manos por una manicura.
Por la extensa galería vidriada, que funciona como un corre¬dor
con vista al patio interior, el arzobispo se desplaza pulcro y principesco como
lo hiciera su principal referente, monseñor Nicolás Fassolino. Desde la larga
galería, ambientada sólo con un sillón mecedor de madera, en cuyos almohadones
yacen los infaltables pelos de Arístides, se puede ver el patio de mosaicos, en
el que no hay césped, aunque sí prolijos canteros con plantas y arbustos,
bellos y muy cuidados, que sirven de escenario natu¬ral al tucán –otra de las
debilidades del ministro de la fe– más exótico y elegante que un papagayo.
En la galería también hay un mueble bajo, de madera oscura,
sobre el cual está el equipo de música. Allí, a la hora de elegir, monseñor no
duda en privilegiar a los clásicos.
La habitación del arzobispo tiene pocos muebles: una am¬plia
cama con respaldo de bronce y detalles en el mismo ma¬terial, dos pequeñas
mesitas de luz de mármol, con veladores de bronce, y un ropero antiguo, sin un
estilo definido, de madera oscura. Allí cuelga sus sotanas y sus casullas
persona¬les (lazos que se colocan en los hombros o en la cintura). Sus
preferidas son las que él llama "romanas", porque las trajo de esa
ciudad. Allí también reposan los roquetes, sus camisas y pantalones negros,
sobrios e impecables, que utiliza en su acti¬vidad no ceremonial. Previa
consulta al arzobispo, el maestro de liturgia es el encargado de indicarle al
seminarista que hace las veces de mucamo, que coloque prolijamente sobre el
lecho episcopal las prendas que el arzobispo usará una vez que haya terminado
su baño de espumas.
Enfrentado a la cama, hay un perchero de pie, de madera oscura,
y una cómoda baja que se apoya sobre la pared donde dan los ventanales,
cubiertos por generosas cortinas. Sobre esa cómoda, donde monseñor guarda sus
objetos íntimos, un porta¬rretratos muestra la foto de casamiento de su sobrina
predilecta: Gaby. Se la ve con el velo blanco nupcial y el rostro desbordante
de felicidad. Hija de una hermana de Storni, en su adolescencia y juventud Gaby
frecuentó mucho la Catedral, el Arzobispado y todos los espacios en los que
estuviera su tío, por quien profesa mucho amor y devoción.
Tanto la cama como los sillones tienen un sello distintivo: una
copiosa capa de pelos de Arístides, el gato amo y señor de todos los espacios.
En la antesala está la biblioteca de Storni. El habitáculo es el
acceso casi obligado para acceder al dormitorio, ya que las puertas que tienen
salida directa al corredor suelen estar cerradas y según cuentan los
seminaristas, una de ellas estuvo mucho tiempo clausurada. Allí monseñor tiene
un escritorio de madera oscuro, no demasiado grande, y su sillón, en el que se
sienta para reflexionar, o para dar clases a los seminaristas. En los laterales
del despacho, en-frentadas a las puertas, están los grandes ventanales desde
donde se ven la calle San Jerónimo, la plaza y la Catedral.
Majestuosa e imponente, se erige detrás del escritorio,
abar¬cando toda la pared, una biblioteca abarrotada de libros, que al arzobispo
le resulta muy funcional ya que no tiene más que girar en su sillón y alargar
la mano para tomar un libro y leer, o hacer leer, en latín o en español, lo que
le interesa.
En esa biblioteca grande pero simple, hay otras fotos. En una se
lo ve solo; en otra está con el cardenal Samoré, enviado por el Papa a la
Argentina en los tiempos del litigio con Chile por el Canal de Beagle; y en una
tercera, posa junto a su alter ego, el cardenal Fassolino. Pero no hay ninguna
de su antecesor, monseñor Zaspe, de quien fue durante un par de años su obispo
adjutor. ¿No es curioso que Storni no haya previsto un espacio en esa larga
repisa, para colocar una foto de Zaspe, o al menos una de las tantas en las que
los dos representantes de Cristo en la Tierra se mostraron juntos?
Además de su compulsividad por la comida, el arzobispo siente
pasión por la velocidad. Siempre conducido por algún secreta¬rio, que muchas
veces es un seminarista, obviamente, Storni ocupa ahora el lugar de copiloto,
pero antes, y durante muchos años, condujo a todo lo que daba su Renault 12,
azul grisáceo.
Con él emprendía viajes cortos por toda la provincia de Santa Fe
y otros más extensos, hacia Córdoba, por ejemplo, donde además de desarrollar
tareas pastorales visitaba a una de sus hermanas. La otra vive en el interior
de Santa Fe, al igual que su madre, Blan¬ca, quien ha seguido muy de cerca la
vocación de su hijo e inclu¬so se la ha fomentado.
A pesar de ser arzobispo, la relación madre-hijo siempre fue muy
estrecha.
Más de una vez, Blanca ha dormido en la habitación de hués¬pedes
del Arzopispado y en alguna ocasión, cuando ésta estuvo ocupada, en la cama de
su propio hijo.
La Iglesia y los gays
"El homosexual manifiesta una ideología materialista que
niega la naturaleza trascendente de la persona humana, como también la vocación
sobrenatural de todo individuo; la práctica de la homose¬xualidad amenaza
seriamente la vida y el bienestar de un gran nú¬mero de personas; la
homosexualidad pone seriamente en peligro la naturaleza y los derechos de la
familia; la actividad homosexual impide la propia realización y felicidad,
porque es contraria a la sabiduría creadora de Dios. "
Todas estas afirmaciones condenatorias se incluyen en un
do¬cumento de la Iglesia titulado Carta a los Obispos de la Iglesia Católica
sobre la Atención Pastoral a las Personas Homosexuales, aprobada en 1986 por
Juan Pablo II y firmado por el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto en ese
momento de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio), donde
se juzga y sentencia no sólo la práctica homosexual sino también su mera
inclinación.
Muy lejos de esas afirmaciones inflexibles y peyorativas se
halla un grupo de gente católica que entiende y respeta las diferencias como
parte de la misteriosa condición humana, ya sea en un laico o en un religioso,
aunque en este último caso los alcances de los límites de la privacidad son más
difíciles de determinar. De cualquier forma, le corresponde en principio a la
jerarquía eclesiástica detectar a sus miembros con inclinación homosexual,
"sanar sus órganos enfermos" si esto fuera posible, darles conten¬ción
y apoyo, y trasladar a aquellos que puedan afectar el funcio¬namiento de la
Iglesia. De la misma forma que no se emplea a un piromaníaco en un cuartel de
bomberos, tampoco un arzobispo incapaz de manejar su sexualidad puede estar al
frente de un seminario.
En su libro La vida sexual del clero, el periodista español Pepe
Rodríguez afirma:
"Aunque la formación clerical tiene mucho que ver con la
etiolo¬gía de miles de comportamientos homosexuales, la madre Iglesia re¬chaza
vehemente no ya su responsabilidad en el tema, sino su mismísima existencia. La
jerarquía católica pretende ignorar el com-portamiento de cerca de una cuarta
parte de sus sacerdotes, pero no lo desconoce, ni mucho menos.
"A pesar de que el código canónico impone a los reos de la
homo¬sexualidad la pena de infamia –pérdida del honor en sentido canó¬nico– la
suspensión sacerdotal y la expulsión de la Iglesia (también para el caso de los
creyentes laicos), la realidad es que la legión de sacerdotes católicos
homosexuales no sufre castigo alguno mientras mantenga sus prácticas sexuales
en la más absoluta reserva.
"Eso es justamente lo que no hizo el padre José Mantera,
vicario de la parroquia Nuestra Señora del Reposo, de Valdeverde del Cami¬no,
una pequeña localidad andaluza. "Doy gracias a Dios por ser gay" le
confesó a la revista Zero, una publicación mensual destinada al público
homosexual, en febrero de 2002. La frase fue el título de la nota y al salir
publicada estalló un escándalo que dio la vuelta al mundo. Al cura, de unos
cuarenta años, se lo veía en la foto con arito y barba recortada, pulsera de
tachuelas y el clásico cuello blanco. En esa nota el cura Mantera reveló que
hacía ocho años se había ena¬morado de un hombre con el que vivió una
experiencia que calificó como "muy bonita, muy morbosa y que acabó mal».
"No vivo ni mucho menos en la continencia, el continente ya
no existe, continente no hay nadie (...) Lo normal es callar, negar tu propio
ser; así estás anulado, eres más controlable y no haces ruido, que siempre
molesta. Lo que se quiere negar es el hecho homosexual, negar que en nuestras
filas hay maricones (...) Me gustaría que esto fuera un pequeño germen, una
semillita para que un día podamos ver que desaparecen de la Iglesia
declaraciones homofóbicas y que esto se admita de forma natural", explicó.
Tres días después, José María Roldan, portavoz del Obispado de
Huelva, de la que depende la parroquia de Valdeverde del Camino, dijo que
seguramente el cura iba a ser suspendido "a divinis", pero que de
todas formas, el obispo Ignacio Noguer, quien "se siente muy dolido",
había decidido no tomar ninguna determinación hasta no hablar personalmente con
Mantero.
En la Iglesia española hubo opiniones diversas. Mientras el
obispo de Mondoñedo-Ferrol, monseñor Gea, consideró que Mantero era "un
enfermo ", el auxiliar de Barcelona, Joan Carrera, consideró que "no
es un problema de orientación sexual sino de incumplimiento del celibato, su
historia personal a mí me merece respeto, porque supongo que habrá sufrido
mucho".
Por su parte, el obispo Juan José Asenjo, portavoz de la
Con¬ferencia Episcopal Española, dijo que la homosexualidad "es una
desviación moral", recordó que la Iglesia "no admite la práctica de
la homosexualidad, la considera un pecado, un desorden moral" y que
Mantero "tiene otro motivo para vivir la castidad y la conti¬nencia, que
es la ley del celibato que él libremente asumió al hacerse sacerdote".
A todo esto, el cura de Valdeverde del Camino había viajado a
Madrid y hecho nuevas declaraciones, esta vez al diario El Mun¬do. En un
artículo que se tituló "Dios habla de muchos modos", contestó con
esta frase a las críticas que se le hicieron:
"¿Qué más dará que uno sea heterosexual o hilandera de
Velázquez, gay o camionero del área de servicio, transexual o Buster Keaton
vestido de corto?".
Poco después, declaró que estaba dispuesto a encabezar un
movimiento gay dentro de la Iglesia católica porque a su juicio "es
perfectamente compatible el ser sacerdote con desarrollar una vida sexual
activa, que no salvaje, sino normal (...) Ser homosexual no es ser un enfermo,
ni desviado, ni invertido, ni es un desarreglo moral, sino un hecho totalmente
natural (...) En el plano cristiano no sola¬mente no es pecado, sino que es un
don de Dios, al igual que lo es ser lesbiana o heterosexual. Dios no quiere que
el homosexual se arre¬pienta de serlo".
Precisamente, en La vida sexual del clero, Rodríguez hace
hin¬capié en que probablemente, la sanción moral que cae sobre el cura
homosexual, sumada a la cuestión del pretendido celibato, se confabulan para
que algunos recurran a menores para satisfa¬cer su erotismo, lo que configura
ya no una conducta sexual, sino delictiva. Dice:
"La profunda y venenosa visceralidad con que los jerarcas
de la iglesia católica abordan la cuestión de la homosexualidad contrasta
significativamente, sin embargo, con el gran número de homosexua¬les que hubo,
hay y habrá entre el clero católico. El que la iglesia denominó "crimen
pessimum" es un comportamiento sexual muy querido por una cuarta parte o
más de los sacerdotes.
"Valorar la cifra de miembros del clero con inclinación
homo¬sexual no resulta fácil, pero los porcentajes de quienes han estudiado el
tema se aproximan bastante. Los estudios clínicos o sociológicos estiman
índices de un 30 al 50 por ciento. En una investigación realizada en 1990 por
la propia Iglesia católica en la diócesis cana¬diense de San Juan de Terranova,
se llegó a la conclusión de que el 30 por ciento de los sacerdotes de la misma
eran homosexuales (y también demostró que su arzobobispo Alphonsus Penney, que
fue forzado a dimitir, había encubierto los abusos homosexuales cometi¬dos por
más de veinte sacerdotes sobre unos cincuenta menores, alum¬nos de un colegio
de esa ciudad) (...)
"La presión ejercida desde la propia jerarquía católica,
más la marginación social que todavía estigmatiza al homosexual, hacen que esos
sacerdotes se vean forzados a menudo, a buscar su satisfac¬ción erótica
abusando de menores. Este es un dato que, si bien no exculpa al cura que abusa
de un menor, sí puede servir para tratar de entender mejor los motivos que le
llevaron a cometer tal delito; y también, para extender la responsabilidad
moral de tan reprobable acto hasta la propia cúpula eclesiástica, que mantiene
a ultranza un sistema represor perjudicial para todos."
Ciertamente, ponerlos al frente de instituciones académicas,
donde el fruto de la tentación los puede mover al pecado y al delito de
"abuso y corrupción de menores", no es el camino. Y éste es
justamente el límite donde los derechos de los ciudadanos ci¬viles, se topan
con las leyes religiosas, que sólo rigen para levan¬tar el dedo acusador para
los de afuera, pero no para señalar o castigar a los de adentro.
Frente al abuso de menores no hay una ley "divina",
otra "religio¬sa" otra
"jurídica": hay una sola y condena al adulto que lo ejecuta. Frente a
la inducción a la homosexualidad realizada a través del aco¬so sexual,
sustentado en un cargo jerárquico y escudado en una gran oficina o en una
sotana, no hay una interpretación "religiosa" otra "cívica": hay una sola, la
condena social a quien detentando poder, hace a otra persona, en general mucho
más joven, objeto de su deseo sin importarle el daño que le está generando.
En Chascomús, a cien kilómetros de Buenos Aires, el sacer¬dote
Roberto Barco, entonces joven párroco de la Iglesia Santa Rita del barrio San
José Obrero, fue protagonista de un escánda¬lo sexual que conmovió a la ciudad,
cuna de Raúl Alfonsín. Una monja residente en la casa de Retiros espirituales
de la localidad de Gándara, un pueblito casi pegado a Chascomús, confesó a su
superiora que estaba embarazada del sacerdote. El obispado local tomó cartas en
el asunto y castigó a Barco. Lo obligó a raparse la cabeza y a caminar descalzo
por la ciudad durante un año. Y así se lo veía, aún en pleno invierno. La monja
fue recluida por su superiora en una casa de la Congregación en la provincia
del Chaco, donde –se supone– tuvo a su hijo y nunca más se tuvo noticias de
ella. Pero el escándalo no finalizó aquí. A pesar de las medievales
disposiciones del obispo para castigar a Barco, al poco tiempo, circularon
fuertes rumores –incluso hubo una denun¬cia– de que había acosado sexualmente a
un vecino y que ade¬más, abusaba del alcohol. Hoy Roberto Barco se encuentra
tra¬bajando en la ciudad de Ranchos.
En agosto de 1998, en Berrotarán, un pueblo de 8500 habitan¬tes
de la provincia de Córdoba, estallo una conmoción. Una cámara oculta de
televisión, que estaba ubicada en la plaza San Martín de la ciudad de Córdoba,
frente a la Catedral, donde oficia misa el carde¬nal Primatesta, mostró
imágenes del sacerdote del pueblo, Walter Eduardo Avanzini, solicitando
"servicios" sexuales a un niño. A los pocos días, luego del escándalo
y la indignación de los vecinos, el Obispo de Río Cuarto, que tiene jurisdicción
sobre Berrotarán, Artemio Staffolani, –ahora uno de los integrantes de la Mesa
de la Concertación– tuvo que pedir perdón a la comunidad. El sacerdo¬te fue
recluido en un "retiro espiritual" y trasladado luego a otra
pa¬rroquia, en otra provincia.
En abril del año 2001 el diario Los Andes de Mendoza, de¬nunció
que el sacerdote Francisco José Armendáriz, párroco de Palmira –a 25 kilómetros
de la capital– de 30 años, había sido padre de una beba, producto de una
relación amorosa que mantenía con una joven de 18 años. Como el sacerdote no
acep¬taba la paternidad, fue obligado a realizarse un examen de ADN. A los
pocos meses el mismo tuvo el 99, 9 por ciento de certeza.
Por orden del arzobispo Pepe Arancibia, el sacerdote fue
trasla¬dado a una parroquia de Benito Juárez, en la provincia de Bue¬nos Aires
y el purpurado guardó sugestivo silencio sobre las con-secuencias de esta
relación y la actitud que tomaría la Iglesia frente al conflicto desatado en la
comunidad.
El 27 de junio de 2001, el diario Clarín publicó una nota
denuncia de su corresponsal en Corrientes contra el cura Jorge Scaramellini
Guerrero, director y confesor de los chicos que asis-tían al Colegio Santa
Catalina de Alejandría, quien había asoma¬do a la notoriedad pública en mayo,
cuando separó de sus cargos a tres maestras con el argumento de que no estaban
casadas por la Iglesia.
La nota se hacía eco de un denuncia por abuso deshonesto
presentada ante el Juzgado de Instrucción 7 de Corrientes, por la madre de un
menor de 16 años. De acuerdo a la misma, cuando el chico le confesó al cura que
había dejado embarazada a otra alumna del mismo colegio, Scaramellini lo hizo
desnudar y esce¬nificar paso por paso la relación mantenida con la adolescente.
Sin embargo, "el contacto entre ambos no habría pasado de un abrazo del
cura al adolescente", aclaraba el corresponsal de Clarín, quien añadió que
la denuncia involucraba además a otros dos chicos de la misma edad.
Por su parte, la revista Noticias del 12 de octubre de 1997,
denunció que el cura Alberto Gravier, de la Parroquia Nuestra Señora de la Paz,
de Flores, organizaba flagelaciones entre ado-lescentes de la Juventud de la
Acción Católica (JAC), a quienes les tenía prohibido ponerse de novios. La nota
de Daniel Balmaceda, titulada "El latigazo del demonio", comenzaba
con la siguiente descripción:
"Damián se arrodilló en el reclinatorio, delante de un
cuadro de la Virgen María. A su derecha, Gastón rezaba por él. Pablo leía el
Evangelio en voz alta. Cristian vigilaba la puerta. El padre Alberto Gravier
les dio cinturones de cuero a Luis y a José. Durante tres minutos flagelaron a
Damián. Intercambiaron roles. Cada uno re¬cibió 24 cinturonazos, azotó a un par
de compañeros, leyó la Pasión según San Mateo y controló en la puerta la
privacidad del grupo. El padre Alberto vigilaba todo junto a la ventana.
"El rito pentencial se practicó durante tres jornadas de
"convivencia formativa», los días
26, 27 y 28 de diciembre de 1995, en la ciudad deportiva Don Bosco. El cura y
los chicos –miembros de la Acción Católica – pertenecían a la parroquia de
Flores Nuestra Señora de la Paz. Gravier también pidió que lo flagelaran. Los
jóvenes regresa¬ron a sus casas y nadie contó lo ocurrido. "
Según Balmaceda, en el Arzobispado existían catorce denun¬cias
contra el padre Gravier. "El cura dejó un mal recuerdo en la Parroquia de
San Ignacio, en el barrio de Monserrat, doce años atrás. Y tuvo problemas con
la Federación Argentina de Empleados Cató¬licos donde fue asesor espiritual
durante dos años. Ni la Vicaría de Flores ni el Arzobispado porteño aportaban
soluciones. Cuando el tema, tomó estado público, el padre Gravier presentó su
renuncia y los obispos se la aceptaron el 2 de octubre", remató.
Otro caso que conmovió a la prensa mundial fue el del obispo
Lajos Kada, que se jubiló como nuncio del Papa en España en febrero de 2000, y
a quien el obispo José Luis Irizar y Artiach, director de la Obras Misionales
Pontificias (OMP) de ese país, acusó de estafa al haber vendido colecciones de
doce grabados para recaudar fondos para un falso homenaje a Juan Pablo II.
El escándalo mereció toda una doble página en el diario El País
del domingo 11 de marzo de 2001. "Irizar y Artiach sugería que María del
Bosque, de 54 años, la protagonista de la sospechosa venta, mantenía una
estrecha relación con Kada y aseguraba que éste tenía una hija natural en Costa
Rica, fruto de su relación con otra mujer", consignó El País. Demás está
decir que ni aún recurriendo al tribu¬nal eclesiástico romano, Irizar logró su
cometido. Por el contrario, este obispo de cuna nobiliaria, que donó todos sus
títulos y bienes millonarios a la Iglesia y se fue a misionar a Bolivia, fue
separado de la dirección de la OMP, que atiende a las necesidades de 30.000
misioneros y maneja fondos por 3.000 millones de pesetas al año.
Uno de los últimos episodios se relaciona con la Iglesia
católica en Estados Unidos. Tan graves, que llevaron al Papa a declarar
duramente sobre el tema. No es para menos, los escán-dalos sexuales en el país
del norte, amenazan enturbiar el final del papado de Karol Wojtyla.
Mark Vincent Serrano, un ex monaguillo de 37 años le con¬fesó al
diario New York Times, detalles escalofriantes del abuso sexual al que fue
sometido muchos años antes, cuando era un niño, por parte del sacerdote James
Hanley, de la Iglesia San José de Mendham, en Nueva Jersey. Los mismos, según
Serrano, con¬sistían en toqueteos, sodomía, sexo oral y masturbación. "En
una oportunidad me dijo que me enseñaría el beso francés. Todavía re¬cuerdo el
gusto horrible y agrio que acompañó aquel momento", dice el ex monaguillo.
"Tenía vibradores. Todavía recuerdo la sensación espantosa sobre mi pecho,
cuando mi adrenalina subía y mis pelos se erizaban. Era una horrible dicotomía.
Este hombre me decía por un lado que todo eso estaba bien y que ése era nuestro
secreto. Pero a medida que pasaba el tiempo aparecían sensaciones nuevas y todo
el contexto en el que surgían era muy extraño. "
En Estados Unidos, como una catarata, continúan aparecien¬do
víctimas de abusos de clérigos y la Iglesia católica enfrenta un gravísimo
problema ético, moral, religioso y económico, ya que deberá indemnizar a las
víctimas con una suma cercana a los mil millones de dólares. El diario oficial
católico de la Arquidiócesis de Boston –cuyo arzobispo Bernard Law está muy
salpicado por los escándalos, ya que tuvo que dar a conocer el nombre de 80
sacerdotes acusados de cometer abusos sexuales por décadas y que fueron
protegidos por él– dijo que la Iglesia debe afrontar cuestionamientos y
encargar estudios respecto de la posibilidad de que debiera ser preservado el
sacerdocio célibe y exclusiva¬mente masculino. El cardenal Law, conservador y
muy leal al Papa, recalcó que dicho pensamiento no tuvo la intención de
cuestionar la posición de la Iglesia sobre el celibato, sino de refle¬jar
cuestiones planteadas por otros.
Y el tema también roza muy de cerca a Juan Pablo II.
En Polonia, la tierra del Jefe de los católicos del mundo, las
cosas tampoco van por el camino de Dios. En Poznan, una ciudad del este y donde
los habitantes dicen tener la diócesis más anti-gua del país, los sacerdotes se
hicieron eco de los rumores que hablaban de la homosexualidad del arzobispo
Juliusz Paetz y sus abusos a seminaristas. A fines de 1999, las versiones más
aberrantes circulaban sobre Paetz, que para completar el cua¬dro de situación,
es muy amigo del Papa de tiempos lejanos y fue el mismo pontífice quien lo
nombró arzobispo. A tanto llego el tema que el director del seminario se
enfrentó al pre¬lado con las acusaciones de los seminaristas, pero éste las
des¬mintió rotundamente. Los sacerdotes recurrieron al Papa a través del
nuncio, para "pedirle una investigación". En mayo del 2001, cuatro
declaraciones juradas firmadas por seminaristas con detalles del comportamiento
de Paetz, fue¬ron enviadas al nuncio, el que las entregó de nuevo al arzobis¬po
recomendándole olvidarse del tema. Entonces, los religio¬sos y laicos polacos
decidieron obviar al nuncio y a las autori¬dades locales de la Iglesia y un
emisario las llevó directamente a Roma, a manos del Papa.
Se inició una nueva investigación con un enviado del Vatica¬no.
Y el 26 de marzo del 2002, el arzobispo Juliusz Paetz, de 67 años, renunció a
su cargo, sin reconocer ninguna de las acusacio-nes y esgrimiendo el siguiente
argumento: "he sido víctima de malos entendidos por mi amabilidad y mi
espontaneidad".
A mediados de abril y ante la dimensión del drama, Wojtyla
convocó a Roma a los 16 cardenales americanos para interrogar¬los sobre lo
ocurrido. Hacía pocos días que el New York Times lo había calificado de carecer
de reflejos y de la "lentitud propia de un anciano enfermo ".
"(...) Por culpa del gran daño hecho por algunos sacerdotes
y reli¬giosos, la misma Iglesia es vista con desconfianza, y muchos se sien¬ten
ofendidos por la forma en que los líderes de la Iglesia han perci¬bido y
actuado en estas circunstancias (...) El abuso de los jóvenes es el síntoma de
una grave crisis que golpea no sólo a la Iglesia, sino a la sociedad entera
(...) La gente necesita saber que no hay lugar en el sacerdocio para aquellos
que hagan daño a los niños, esos sacerdotes son traidores a su misión (...) Hay
que purificar urgentemente la Iglesia Católica...".
El hijo del juez
El caso de la Iglesia de Santa Fe es el más paradigmático –en
Argentina– en la problemática de la homosexualidad y la des¬viación hacia los
abusos, y tendría en monseñor Storni al mode¬lo a emular por parte de muchos
discípulos, de su séquito y de ex seminaristas.
Los ataques compulsivos del arzobispo no sólo fueron comen¬tario
de los pasillos del seminario, han sido y son un tema que preocupa y avergüenza
a gran parte de la ciudad, y que como dicen varios sacerdotes, ha provocado que
muchos fieles aban¬donaran la fe y desconfiaran de la jerarquía.
Un prestigioso sacerdote de la vieja escuela, que –por aho¬ra–
prefiere callar su nombre, vivió un momento muy violento con respecto a este
tema:
"Un verano me invitaron a pasar unos días a la casa de la
Curia, en Calamuchita. Allí los muchachos del seminario disfrutaban del aire
libre y los más viejos respirábamos un poco más de aire. Fueron varios
sacerdotes, asesores espirituales y también fue el obispo Storni. Yo ya estaba
enterado de las inclinaciones de monseñor pero trataba de convencerme de que
era la fantasía popular debido a su aspecto más bien amanerado y su forma de
ser polémica. Pero un día, en los pasillos de la casa, me crucé con uno de los
chicos de 18 años que corría desencajado, llorando. Lo seguí, lo llevé a un
lugar privado y le pregunté qué le pasaba. Sólo repetía como un autómata:
"Yo lo mato a ese degenerado, lo mato, antes de que me vuelva a poner un
dedo encima, le juro padre que lo mato".
Ese joven, hijo de uno de los jueces más renombrados de San Fe,
cursaba el segundo año de seminario y conocía a Edgardo Gabriel Storni desde
que era adolescente, porque el arzobispo visitaba asiduamente su casa familiar,
como lo hacía con muchas casas de gente influyente. Seguramente, deseaba
secretamente al hijo de ese juez desde su pubertad, pero pocas veces lo había
tenido en esa situación de indefensión, en ese clima de jolgorio juvenil y a
distancia de la ciudad, como esa tarde de enero de 1992, en la que se le tiró
encima, intentó besarlo y le manoseó los genitales. El seminarista reaccionó
con asco y violencia frente al arrebato de locura del purpurado, lo empujó, le
dio un puñe¬tazo en el estómago y salió corriendo, temblando de la furia y la
indignación.
Al viejo sacerdote se le revolvieron las entrañas cuando el
chi¬co le contó los detalles de lo que le había pasado, pero no pudiendo hacer
allí otra cosa, atinó a tranquilizar al joven y a pro-meterle que esa situación
de abuso, que tanto lo había dañado, no quedaría así. Le prometió que
personalmente hablaría con el obispo y que haría todo lo que pudiese, por
encima de él, para que no se repitieran estos hechos humillantes.
Cuando volvió a Santa Fe de la Veracruz, desde su humilde
casita, muy cercana a la iglesia de la que era cura párroco, le escribió a
Storni la siguiente esquela, a la que tuve acceso:
"Esto no es una carta sino una confidencia de amigo.
Tuviste un serio desliz que afectó a un grupo en plena formación espiritual y
humana. No te juzgo ni te condeno, no me corresponde. Sólo te sugiero que
reflexiones en Cristo y tomes conciencia de la gravedad de tus actos".
No pasaron muchos días entre el envío de esa carta y el
en¬cuentro que mantuvieron los dos clérigos, frente a frente, en el despacho
episcopal. El viejo sacerdote contó:
"Me recibió cordialmente, pero nervioso. Caminaba de una
punta a la otra de la sala, gesticulaba y me preguntaba sobre la marcha de mi
iglesia y otros temas menores. Hasta que por fin se quebró y me dijo:
"–Leí tu carta y sentí una profunda vergüenza. "
"Yo en ese momento tuve la sensación de que comenzaría a
gritar, como sabía que lo hacía, o que me comunicaría mi traslado. Pero nada de
eso, el obispo me sorprendió con un abrazo contenido, sentido y humano, y me
dijo:
"–Muchas gracias, así se hace. "
A pesar del shock que le causó esa reacción ambigua, el viejo
sacerdote sabía que la autoridad máxima de su iglesia era com¬pulsivo por
naturaleza y le dio a ese abrazo el mismo valor que el ataque amoroso del que
fue víctima el seminarista: un arranque, un arrebato, un acceso de pasión que
no lo convenció demasia¬do. El cura se explayó:
"De esa carta me guardé una copia y se la di a un sacerdote
que estaba muy enterado del tema irregular del seminario. Él había sido rector
allí y se fue por muchísimas diferencias con la cúpula de la iglesia
santafesina.
"Un día recibí un llamado telefónico de monseñor José María
Arancibia, quien ya entonces era arzobispo de Mendoza. Fue muy breve y muy
amable. Se presentó, me dijo que sabía que yo tenía cosas importantes que
contar y me citó para el otro día en Paraná, que queda enfrente de Santa Fe,
cruzando el río, en la casa del arzobispo Karlic (Estanislao). Yo no tengo
movilidad, porque nunca necesité, siempre algún muchacho de la comunidad me
acercaba cuando tenía que ir a ver a un enfermo y en casos de extrema un¬ción,
los familiares de las personas me venían a buscar. Pero ese día, como fue todo
tan repentino y tenía que salir de la ciudad, le pedí a un sobrino que me
llevara a través del túnel subfluvial.
"Cuando me encontré con Arancibia, me dio la misma
impre¬sión que me había dado por teléfono: un hombre cordial, muy senci¬llo y
cálido, abierto y con ganas de escuchar. Yo lo primero que le pregunté fue qué
necesitaba de mí, porque aunque me lo imagina¬ba, temía equivocarme. Entonces,
con total naturalidad sacó de su bolsillo un papel doblado en cuatro y empezó a
leer. Yo me toqué el bolsillo izquierdo de mi camisa y palpé si tenía la carta.
La tenía. Pero Arancibia tenía su propia copia y me la leyó del principio al
fin. Me sorprendió, pero después no fue muy difícil descubrir quién le había
dado la carta y la información. Conté todo lo que había visto en la casa de
descanso, todo lo que me contaron con posteriori¬dad, todos los abusos sexuales
de Storni con los chicos. No omití ningún detalle.
"Lo hice con espíritu de reparación, de purificación, no
con el ensañamiento que muchos tienen. A ellos no los condeno, los entien¬do.
Pero yo soy un hombre de Iglesia y creo que todos merecemos oportunidades.
Storni también merece tener un lugar, quizás en el Vaticano, encargándose de
cuestiones institucionales, pero no cerca de jóvenes, porque ese hombre no se
domina, no puede con su enfer¬medad. Puede hacer mucho daño y lo ha hecho. A
muchos jóvenes. Su problemática no tiene una solución rápida, y no es justo que
le arruine la vida a muchachos que pueden confundirse, que van al seminario a
convertirse en ministros de Cristo y pueden terminar algunos decepcionados en
su fe o asqueados, y otros confundidos sexual y afectivamente."
Según Pepe Rodríguez, "un 20 por ciento de los sacerdotes
ha mantenido o mantiene algún tipo de relación homosexual, de mane¬ra habitual
o esporádica, o realizada como actividad excluyente o complementaria. De ellos,
un 12 por ciento serían estrictamente homosexuales, es decir, con tendencia
exclusiva a mantener relacio¬nes sexuales con varones, ya sean éstos mayores o
menores de edad".
"En la población general–señala– la medida de varones
ho¬mosexuales asciende a un 4 al 6 por ciento. De la comparación se deduce que
los porcentajes estimados para el clero son anormalmente altos, lo que no es
difícil de explicar. "
"El enemigo número uno de la formación eclesiástica del
sacerdo¬te–ironiza el teólogo Hubertus Mynarek– es y continúa siendo la mujer.
No resulta extraño que algunos candidatos al sacerdocio busquen y encuentren
una salida en los contactos con personas del mismo sexo. Sin embargo, hay una
diferencia entre jóvenes con una marcada tendencia homosexual, que ingresan al
seminario pensan¬do que el celibato sería una buena solución a sus deseos
prohibidos. Otros menos inocentes saben que los internados, seminarios y
con¬ventos son lugares privilegiados para tener contacto con personas del mismo
sexo, en el amplio sentido de la palabra. Pero hay otro gran número de jóvenes
heterosexuales para quienes la homosexuali-dad se convierte en una válvula de
sustitución para la relación con el otro sexo, reprimida y prohibida por la
Iglesia católica."
La investigación
Fue en mayo de 1994 cuando, frente a tanto escándalo y ru¬mores,
el Vaticano ordenó investigar la conducta sexual de monseñor Edgardo Gabriel
Storni. Para entonces ya hacía una década que había decidido su nombramiento
como pastor santafesino, por sugerencia del nuncio apostólico, Ubaldo
Calabresi, de quién era íntimo amigo.
El prestigioso arzobispo de Mendoza, José P. Arancibia fue el
encargado de la investigación y realizó una tarea que fue más allá del Código
del Derecho Canónico: instalado en la casa particular del arzobispo de Paraná,
en Entre Ríos, Estanislao Karlic, entrevistó a un total de 47 personas, la
mayoría seminaristas, que a escondidas de Storni, viajaban a testimoniar a
Paraná. La investigación terminó en diciembre de ese año y el expediente está
en Roma.
El 22 de diciembre, el vespertino santafesino El Litoral se
ha¬cía eco, aunque en forma cauta, de lo que había publicado ese mismo día el
matutino Rosario 12, el cual, citando fuentes inex-pugnables, dio los detalles
de la investigación.
El Litoral consignaba que según Rosario 12 las denuncias
"habrían llegado directo a Roma y con desconocimiento de los obispos
argentinos, y como consecuencia se ordenó la investiga-ción". Bajo el
título de "¿Investigado?", la información soste¬nía que "el
arzobispo de Santa Fe estaría siendo investigado por cuestiones que involucran
a su actividad personal y afectarían el desarrollo de su pastorado ".
"El matutino Rosario 12 señala a monseñor José María
Arancibia como el delegado y encargado principal de la investigación, para lo
cual entrevistó a casi cincuenta personas, entre sacerdotes, seminaristas,
psicólogos y laicos cercanos al desarrollo de la vida del seminario de la
arquidiócesis.
"Se señala también que un juez federal de la provincia
habría decla¬rado ante el secretario general del Episcopado. Consultados por
este me¬dio, tanto el juez Raúl de la Fontana como el doctor Víctor Bruzza
negaron haber concurrido y tener conocimiento de la actuación.
"El principal observado, monseñor Storni, consultado por El
Li¬toral, negó conocimiento de un procedimiento de ese tipo, así como de las
causas que lo hubieran motivado.
"Storni amplió, sin mostrarse especialmente afectado por
tamaño escándalo: "Estoy sorprendido, desconocía la investigación y la
de¬nuncia que la motivó, pero las puertas del arzobispado y yo estamos abiertos
para ser investigados".
"Monseñor Arancibia no confirmó, ni desestimó lo publicado
en el periódico."
La ciudad fue un hervidero de rumores, comentarios escan¬dalosos
y pocas certezas. Desde diferentes lugares de la arquidiócesis, tanto la
feligresía como parte del clero esperaban que, frente a semejante escándalo,
Storni diera un paso al costa¬do. O bien, que la misma Iglesia lo destinara a
otra honorable misión, en lo posible fuera del país, pero nada de eso pasó. Eso
sí, entrado el año 2001, corrió la versión en Santa Fe de que el arzobispo
tenía garantizado un lugar en la biblioteca del Vatica¬no, pero que su partida
no se concretaba porque Blanca, su madre, estaba ya muy anciana y enferma, y el
hijo no quería dejarla sola.
En oportunidad de la investigación, los únicos apoyos que
recibió Storni en Santa Fe fueron los de la propia intendencia, de algunos
concejales y grupos laicales, y de la CGT local. Curiosa-mente, en varias
solicitadas aparecidas en el diario El Litoral, fi¬guraron nombres que luego
desmintieron haber firmado ese do¬cumento, ni haber sido consultados para ser
incluidos en lista de apoyo alguno.
El miembro de la jerarquía eclesiástica que más apoyó en esos
días, –de manera incomprensible para muchos– fue el actual obispo de Santiago
del Estero, monseñor Juan Carlos Maccarone, por entonces obispo titular de
Mauriana, auxiliar de Lomas de Zamora y presidente de la Comisión de Educación
y Cultura del Episcopado. El 28 de diciembre de 1994, El Litoral publicó en¬tre
otras solicitadas de personalidades de la provincia y la ciudad, la de monseñor
Maccarone:
"Estoy consternado por el daño inferido al arzobispo de
Santa Fe. Me encuentro aquí exclusivamente para apoyar al arzobispo Storni en
estos momentos que tiene que probar el trago amargo de la difamación",
expresó, señalando además que "desconocía" quiénes habían realizado
la denuncia por la cual aquel estaba siendo investigado.
El diario El Litoral consignó:
"Como consecuencia de los últimos acontecimientos de estado
público, monseñor Maccarone llegó ayer a la ciudad y tuvo una entrevista con
monseñor Storni, en la que le dio muestras de aliento, no sólo personales, sino
de altos mandatarios de la Iglesia.
"Maccarone señaló: "habiendo sido hospedado en los
días de la Convención Constituyente como representante del Episcopado, per¬cibí
no sólo su sano celo pastoral, sino la vitalidad de una Iglesia servicial,
comprometida en líneas pastorales que abarcan todo el ancho espacio de la
caridad.
"No dejo de expresar mi consternación por el daño inferido
al pastor y a la comunidad diocesana.
"Ruego para que el perdón alcance la debilidad de quienes
han producido tanto daño, las grietas de una pretendida difamación se
transformarán sin duda en la roca de la verdad"."
Al viejo sacerdote que enfrentara al arzobispo, como a mu¬chos
de los que declararon en Paraná en contra de Storni, las cosas no le fueron
demasiado bien. Pasado un tiempo, me reci¬bió y contó:
"En mi parroquia hay mucha actividad juvenil y así como el
muchacho que fue víctima de Storni era uno de mis pichones, y que por eso lo
defendí, no sólo a nivel pastoral sino también perso¬nal, han ido otras
vocaciones al seminario de nuestra comunidad.
Después de todo el escándalo, un día vino a verme Diego, un
muchacho que recién había ingresado al seminario, muy dolido porque lo habían
echado. Le pregunté por qué y me dijo que no sabía. Entonces fui a la Curia
para interiorizarme, hablé con el padre Santiago Copello y me dijo que él no
estaba al tanto de lo que pasaba en el seminario. Entonces hablé con el padre
Grassi, y me contestó que no estaba enterado de nada. Finalmente, fui a hablar
con Mauti, el director del seminario, y me contestó de manera ambigua, sin
señalarme un motivo puntual para la expulsión. Yo estaba muy preocupado y
dolido. Pero después de la indife¬rencia con que me trataron y la
inconsistencia de los argumentos, me di cuenta de que el problema de Diego
había sido pertenecer a mi comuni¬dad y ser uno de mis recomendados."
Todos los testimonios que monseñor Arancibia recopiló
prolijamente fueron enviados al Vaticano, vía la Nunciatura. Hasta el día de
hoy no se sabe de ninguna resolución papal respecto de la investigación. Los
involucrados en la misma, desde seminaristas hasta sacerdotes, se mostraron
profundamente decepcionados por el silencio de las autoridades religiosas.
"Cada uno de nosotros expuso ante Arancibia todos los horrores que
habíamos vivido en el seminario. Había chicos que le contaron cosas humillantes,
asquero¬sas y que removieron recuerdos dolorosos. Es cierto que Arancibia fue
muy comprensivo y contenedor. Él nos decía: "No tengan miedo muchachos, yo
he escuchado cosas peores" y nos alentaba a hablar. Lo cierto es que tanto
nosotros, como los sacerdotes nos arriesgamos mucho, ya que vivimos en Santa
Fe. Pero lo hicimos convencidos de que valía la pena, de que serviría para
evitar futuros abusos de Storni. Un día, Arancibia se despidió y no volvimos a
saber nada de él, ni de lo que le contamos. Seguramente la gravedad del caso
trascendió a él y no pudo hacer nada. Pero humanamente merecíamos una
res¬puesta", confesó un seminarista.
Un alto funcionario de la Iglesia, aseguró que la investigación
sobre Storni llegó a Roma y que allí quedó. A tal punto que el arzobispo Storni
viajó al Vaticano, permaneció quince días, pa¬seó, vio a sus amigos y regresó
como si nada hubiera pasado. Qué explicaciones brindó y ante quiénes, sigue
siendo un misterio.
El 25 de junio de 2000, durante la procesión de Corpus Christi,
Storni tuvo el tupé de hacer un largo discurso moralista respecto de la
sexualidad humana y la salud reproductiva. Los párrafos más salientes de su
alocución, en lo que se refiere a este tema, fueron las siguientes:
"(...) Este siglo XX que fenece, se proyecta en el futuro
inmediato como el siglo de las mayores matanzas entre los hombres. La historia
atestigua de guerras, genocidios, exterminios, terrorismo, opresio¬nes,
explotaciones hasta de niños, crímenes de todo tipo, que han ido cubriendo toda
la geografía del planeta, abarcando los más diversos pueblos, grupos y niveles
de la humanidad.
"Pero, ha llegado al colmo en los abiertos, promovidos y
planificados atentados contra la vida inocente e indefensa. A partir de una
mentali¬dad materialista, no se duda en promover la antinatalidad y la
eutana¬sia, hasta cegar compulsivamente las fuentes de la vida. ¡Más aún!:
eli¬minar sin escrúpulo alguno, la vida concebida, así como también la vida en
su ocaso; es decir, eliminar al hombre. Matarlo. Y esto ha ido llegando hasta
nosotros, metiéndose en nosotros.
"La campaña organizada internacionalmente bajo las
eufemismos (¡qué jerga!) de (género, salud reproductiva, derechos de la mujer,
plani¬ficación familiar) –que entraña y empuja a la práctica del aborto––ya ha
logrado irrumpir en el campo del ordenamiento jurídico argentino, violando lo
establecido en la Constitución nacional.
"Se da paso así, al genocidio sin límites, el mayor de
cuantos conocidos. Porque muchos que se rasgan las vestiduras ante los
crí¬menes de Hitler o de Stalin, están enrolados en la misma monstruo¬sa línea
de pensamiento y acción. Con una arrogancia en sus afir¬maciones
seudocientíficas y falseadas estadísticas, y una inmorali¬dad en sus
estrategias operacionales, que repugna a cualquier con¬ciencia elementalmente
formada.
"Se agravan estos crímenes porque sus primeras víctimas son
las personas inocentes e indefensas. Y porque se hacen invocando dere¬chos.
Pretendidos derechos, que conculcan todos los auténticos dere¬chos humanos,
pues niegan el primero y fundamental: el derecho a la vida. Sin el cual no hay
sujeto alguno de cualquier otro derecho.
"Duele también este extravío fatal, pues intentando la
legaliza¬ción de tales prácticas, desnaturalizan el poder y atacan al pueblo a
cuyo servicio están las funciones públicas.
"Tal vez, sus autores apelen a la democracia, cuando van
directa¬mente en contra de ella, al ir en contra del pueblo, en cuanto lo
enerva o lo elimina; al llevar a cero la natalidad; al provocar –de hecho y de
intento– la promiscuidad sexual, el vicio degradante, sin reparar en límite
alguno, ni siquiera de edad.
"Pero, la falacia es total, cuando se pretende hacer de
toda legíti¬ma oposición a tal monstruosidad, un planteo religioso,
remitiéndo¬lo –como recurso indebido– al plano de la fe. ¡Cuando el planteo lo
hace la misma razón, desde la verdad dada de la naturaleza hu¬mana anterior al
hombre mismo, y como exigencia de la moral na¬tural, que grita desde el fondo
de la conciencia: "no matarás"!
"¿Qué mueve a tantos argentinos y principalmente a tantos
re¬presentantes del pueblo, a hacerse cómplices de tales crímenes? No sólo las
ideologías totalitarias o el pansexualismo reinante. También, más aún, las
exigencias de un imperio económico que impone sus leyes, en salvaguarda del
bienestar de las sociedades ricas y hedonistas, y el lucro de empresas y
laboratorios, a costa de la eliminación de las clases y los países pobres. ¡Los
pobres molestan, se pueden volver en contra! ¡Abajo los pobres! Para lo cual
así condicionan los préstamos usurarios a las naciones empobrecidas haciendo de
los respectivos es¬tados sus agentes serviles. Pues, éstos en lugar de servir
al hombre, se convierten en estados proxenetas del vicio degradante.
"Hay ciertamente una necesidad de plantear la paternidad
res¬ponsable. Pero sin menoscabar el respeto de la vida, el derecho a la vida;
cuya afirmación, promoción y defensa, corresponde a todo hom¬bre que no
renuncie a la verdad de su naturaleza y al uso de la razón; pero de un modo
particular a las familias, pues es una cues¬tión de testimonio y educación. No
de una mera instrucción a cargo del estado. Menos de reparto de elementos
anticonceptivos, ni de métodos en su mayoría abortivos.
"Se requiere una educación para el amor verdadero entre
varón y mujer y una transmisión honesta y generosa de la vida. Por tanto, una
educación que parta de una antropología integral, de la verdad total del
hombre, nunca reducido a la genitalidad, nunca coinci¬dente con el egoísmo
estéril.
"Y aquí quisiéramos ver al estado, favoreciendo la familia
y sus derechos intangibles a educar y en esta concreta argentina,
peligrosamente despoblada y sociológicamente envejecida, no desti¬nando dineros
(que engendra tal vez más esclavizante deuda) para favorecer la antinatalidad y
las patologías encubiertas, llevando al suicidio de la nación.
"Para que la Argentina se levante, rejuvenecida en nuevas,
lim¬pias, heroicas generaciones. Para que se levante el hombre argentino ¡para
que viva! Sí, ¡que viva el hombre argentino! Y puedan los ar¬gentinos del
tercer milenio, los niños y jóvenes de hoy, sus próximos protagonistas, apostar
al amor, fundar familia, tener el coraje y la alegría de transmitir la vida
(...)
"A quienes amen la vida, y quieran vivirla y donarla en el
amor. Esta eucaristía, al unirnos en comunión con Jesús, nos alcance el
espíritu y nos de inteligencia, fe, fortaleza y misericordia. Para – mientras
El vuelve– vencer la derrotada cultura de la mentira, el egoísmo y la muerte,
con la victoriosa cultura de la verdad, el amor y la vida. Jesús nos lo urge,
nos lo impera, ante todo, como a candentes ciudadanos del mundo, responsables
constructores de la Sociedad. ¡Alabado sea Jesús en el santísimo sacramento del
altar, pan de vida, para la comunión de todos con Dios, uno y trino, y la vida
nueva de la humanidad!"
Oídos sordos
La complicidad del Poder Judicial de Santa Fe con la autori¬dad
de la Iglesia local ha sido tan tácita y aceptada, que en los primeros días de
diciembre de 2000 el área legal del programa Derechos del Niño de UNICEF,
recibió una carta denuncia al respecto. La misma llevaba las firmas de Stella
Dalla Costa, Ale¬jandra Ocaño y Oscar Oliva, la primera madre sustituta de
Ra-món Puchera, de 15 años, y los segundos, padres de Gabriel Oli¬va, de 5
años. Ambos chicos eran alumnos del Colegio Concepcionista San Cayetano, y
relataron haber sido abusados por el cura Carlos Vece, de la arquidiócesis de
Storni, discípulo e "íntimo amigo" del arzobispo, según todas las
fuentes consulta¬das. Esa carta decía así:
"Por la presente, nos dirigimos a usted ante la falta de
respuesta de los organismos administrativos y judiciales, quienes deberían
ha¬cer cumplir la Convención de los Derechos del Niño, y alarmados por
informaciones periodísticas vertidas sobre el cierre de la causa por falta de
méritos, de hechos aberrantes que involucrarían a un sacerdote en contra de la
integridad física y psíquica de menores.
"La, comunidad santafesina se conmocionó por denuncias
perio¬dísticas, efectuadas por una radio local (LT9), en el mes de julio/00,
donde niños y padres de menores del Colegio Concepcionista San Cayetano,
acusaban al sacerdote del establecimiento (padre Carlos Vece representante legal) por abusos sexuales y
castigos corporales y psicológicos, en contra de los niños internos que allí
viven. Cabe aclarar que la Dirección del Menor, la Mujer y la Familia y el Juz¬gado
de Menores de esta ciudad, pagan plazas para la manutención de estos niños y
ninguno de los dos tomaron medidas de protección para los menores que allí
residen.
"Todo se desencadenó cuando un adolescente de 15 años
(Ramón Florencio Pucheta-interno), bajo la tutela del Juzgado de menores de la
ciudad de Rafaela (Santa Fe), a cargo de la doctora Liliana Spaggiari, se fugó
del colegio y recurrió a la radio antes mencionada realizando denuncias
gravísimas en contra del religioso y del perso¬nal del colegio que estaba en
contacto con los niños. Dichas denun¬cias periodísticas se ratificaron en el
Juzgado de Menores de Santa Fe a cargo del doctor González y luego en el juzgado
de Rafaela. El expediente cuenta con siete carillas y dada la magnitud de la
proble¬mática y el hecho de que involucrara a los demás niños internos, la
causa fue derivada al Juzgado Penal de Instrucción de la Primera Nominación a
cargo del doctor Dardo Rociani, caratulado: Pucheta s/denuncias.
"Esto motivó la reacción de padres de otros niños que
habrían sufrido o que fueron testigos de hechos del mismo tenor, todas estas
denuncias se radicaron directamente en el Juzgado de Instrucción (doctor
Rociani) y hasta la fecha nada se ha concretado, ni se toma¬ron medidas
preventivas, ante la duda, a efectos de salvaguardar la integridad de los
menores de entre 5 y 17 años que viven actual¬mente en el establecimiento.
"De las denuncias, la que más horrorizó a la opinión
pública, fue la de una mamá (Alejandra Ocaño) de un niño de 5 años (Gabriel
Oliva), quien recurrió a los medios periodísticos, ya que a pesar de haber
denunciado ella los abusos sufridos en contra de su hijo, fue maltratada cuando
recurría al juzgado a preguntar sobre el estado de la causa y llegaron a
decirle en una oportuni¬dad que el niño fabulaba. Ante la falta de contención e
inacción por parte del juzgado, la señora de Oliva solicitó que declarara el
psicólogo que atendió al niño, y éste corroboró los dichos de la madre. Todo
esto fue adjuntado al expediente de Pucheta y con la misma carátula, tomándolo
como testimonio y no como denun¬cia (juzgado doctor Rociani). Cabe aclarar que
el niño Gabriel Oliva, actualmente está siendo asistido por profesionales de
aten¬ción a la víctima, a cargo de la psicóloga Laura García Puente y la
abogada Virginia Balanda.
"Tenemos conocimiento de que existen otras denuncias en el
Juz¬gado de Menores de Santa Fe, de otros familiares de menores que residen o
residieron en el colegio, pero éstas no fueron derivadas al Juzgado de
Instrucción de la Primera Nominación, donde están ra¬dicadas las otras
denuncias.
"No queremos abrir juicios en contra de nadie, simplemente
que¬remos una justicia imparcial, y como diría un periodista amigo (Ale¬jandro
Colussi), que se castigue de la misma forma a un ladrón de gallinas y a quien
viste una sotana. Muchas gracias por su atención a esta carta producto de la
impotencia que viene generando el accio¬nar impune de muchos sectores de la
sociedad. "
Vale acotar que a fines del año 2000, el sacerdote en cuestión,
Carlos Vece, falleció sin que la justicia, que proclamaban padres de alumnos
víctimas de sus abusos, lo rozara siquiera. Es proba¬ble que Dios, harto de
esperar en vano la justicia terrenal, haya ejercido la suya matándolo y
remitiéndolo a Satanás.
El camino del Príncipe
Al arzobispo Storni los obsecuentes le llaman El Divino. Pero en
realidad, se siente y actúa como un príncipe. Fue ungido ar¬zobispo de Santa Fe
en agosto de 1984, seis meses después de la muerte de su antecesor, monseñor
Vicente Zaspe, un verdadero pastor, de quien había sido su obispo auxiliar
desde 1977. Muy pocos pudieron explicar cómo dos personalidades tan dispares
convivieron durante siete años en la misión pastoral.
Edgardo Gabriel Storni, hijo de un padre ateo y de una fami¬lia
originalmente humilde de la provincia de Santa Fe, había te¬nido como
referencia, desde que era sacerdote, al cardenal Nico-lás Fassolino (nombrado
por el Papa Pablo VI en 1967), quien en tiempos pretéritos había estado a cargo
de la Arquidiócesis de Santa Fe.
Fassolino supo ostentar todos los privilegios de su investidura
episcopal: ¿acaso algún feligrés pudo evadir su anillo, elegante¬mente ofrecido
con la diestra extendida hacia adelante, y ex pro-feso un poco hacia abajo,
para que al besarlo, tuviera que incli¬narse para hacerlo en señal de obligada
veneración? Orgullosamente preconciliar, su vestimenta oficial se completa¬ba
con una larguísima extensión al estilo de cola de novia, aun¬que de color
púrpura. A su paso, sus colaboradores se encarga¬ban de recoger aquella cola
para que no fuera pisada, o para faci¬litar el despliegue al arzobispo. Así
fue, por otra parte, como Fassolino se ganó el socarrón apodo de Princesa.
Fue precisamente en las reuniones preconciliares donde el
cardenal quedaba un tanto descolocado, con sus modos de reale¬za imperial,
frente a sus pares que bregaban por una Iglesia más evangélica y menos pomposa.
En el seminario de la ciudad de Santa Fe circulaba una foto de
la basílica de San Pedro, en la que se distingue al fastuoso Fassolino entre
los asistentes a una misa. En el cortejo, pero muy cerca de él, se distingue a
un joven y apuesto sacerdote, con una incipiente calvicie, que se identifica
fácilmente: no es otro que el entonces padre Edgardo Storni.
Pasaron más de diez años, pero la semi gloria también llegó para
él: el 4 de enero de 1977 fue designado obispo auxiliar de monseñor Zaspe y
luego, para martirio de los aprendices de cura, en director del seminario de
Santa Fe de la Veracruz.
Frente a la repentina muerte de monseñor Zaspe comenzaron a
barajarse nombres para reemplazarlo: Elvio Alberga, Edelmiro Gasparotto,
Celestino Bruna y Edgardo Trueco.
El nombre de monseñor Edgardo Storni se debió incluir en la
lista por una sugerencia del Vaticano, pero nadie creía en sus chances para
sucederlo. Tal es así, que durante el período que transcurrió hasta la
designación, se nombró administrador diocesano del Arzobispado al padre Trueco.
Los seguidores de monseñor Zaspe creyeron que ésa era una clara señal acerca de
quién sería el nuevo arzobispo.
Muchos sufrieron una profunda decepción cuando, después de
varias deliberaciones, el 28 de agosto de 1984 resultó que el elegido había
sido Edgardo Gabriel Storni. Quienes buscaron explicaciones lógicas, afirmaron
que fue definitorio para la elec¬ción el hecho de que hubiera estudiado en
Roma.
Lo que muchos sospechaban, finalmente se comprobó: el nuevo
arzobispo de Santa Fe demostró con su imagen y su forma de actuar, que era un
continuador de la pomposa línea clerical de monseñor Fassolino. Sentado en el
sillón episcopal, entendió que su condición bendecía y legitimaba el contacto
directo con los poderes terrenales y se olvidó del fuerte compromiso pastoral
que había marcado a fuego el paso por la Iglesia de Santa Fe monseñor Vicente
Faustino Zaspe.
De ahí que la historia de la Iglesia de Santa Fe se pueda
sinte¬tizar diciendo que el poder lo ejerció un príncipe hasta su muer¬te. Que
luego llegó un pastor, que con una fuerza incalculable de entrega hacia su
rebaño, consiguió motorizar e inyectar coraje a una Iglesia que había sido
conservadora. Y que cuando su vida se extinguió, llegó un nuevo príncipe para
ocupar su lugar, aunque nunca para estar cerca del pobre, sino en las esferas
de privilegio. Y lo que es muchísimo peor aún, Storni se aprovechó de su cargo
para abusar sexualmente –según todos los testimonios recogi¬dos y la
investigación abierta por orden del Vaticano y a la que tuve exclusivo acceso–
de los jóvencitos llenos de fe que concu¬rrían al seminario y que luego de
estos episodios, terminaron traumatizados para siempre o aceptaron con sumisión
las per¬versas órdenes del Príncipe a cambio de promesas de un "buen
destino" pastoral, como fue el caso del padre Carlos Vece. Quien repitió
con sus propios alumnos los abusos a los que él había sido sometido cuando
estaba con Storni.
Dos príncipes: Fassolino y Storni; y un solo pastor: Zaspe.
Entre medio, un abismo.
La Iglesia de Santa Fe quedó así fracturada por la historia.
El pastor
"Los grupos dominantes admiten que el Evangelio tenga que
ver con el aborto, el homicidio, el adulterio y el robo clásico, pero recha¬zan
su intromisión en el consultorio, la empresa, el estudio profesio¬nal, los
planes económicos, los cargos públicos, los negocios y los nego¬ciados, el
soborno, el desempleo, los honorarios, el alza de los precios y con hasta la
velocidad en la ruta", decía en uno de sus mensajes dominicales de 1980,
monseñor Vicente Faustino Zaspe.
En aquel tiempo en que fue arzobispo de Santa Fe, la catedral
estaba poblada por católicos unidos por el espíritu y que sólo se diferenciaban
por la forma de vestir y los autos en los que llega¬ban a la casa de Dios.
Hombres y mujeres de la alta sociedad santafesina no dejaban de
ir misa los domingos. Estudiantes, trabajadores, amas de casa, niños huérfanos,
todos se congregaban para escuchar a aquel pastor que era duro e implacable con
los poderosos y tierno y comprensivo con los desposeídos.
Sus declaraciones, que se fueron endureciendo frente a la
dic¬tadura, lo posicionaron como un ministro de la Iglesia confiable, pero
consecuente con el Evangelio y por tanto peligroso por sus denuncias. Así lo
sintieron los miembros del gobierno militar. Así lo sentía la cúpula de la
Iglesia, a pesar de que en honor a sus códigos internos siempre primara el
silencio.
No podían acusarlo de tercermundista, porque de manera casi
inentendible, Zaspe fue uno de los máximos detractores del movimiento. Según
cuentan ex integrantes del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo de
Santa Fe, los combatió con su arma más potente: la palabra y el predicamento
sobre su feli¬gresía. Menos aún podían etiquetarlo con el rótulo de marxista,
ya que hubo pocos ministros que hicieran valer tanto como él, el valor de la
persona humana como individuo diferente. Pero sus actitudes lo condenaban a la
sospecha de los opresores: visitaba las cárceles, pedía por los desaparecidos y
sugería, aunque caute¬losamente, en el seno de la Conferencia Episcopal, donde
era una autoridad encumbrada, que la Iglesia rompiera su conniven¬cia con la
dictadura. Entre sus pares insistía una y otra vez:
"La Iglesia argentina debe ser la voz de los que no tiene
voz, a pesar de las inevitables incompresiones y de las amenazas que pue¬dan
seguir. A algunos sectores les molesta que la Iglesia reciba y escu¬che a los
sectores obreros, a los familiares de los desaparecidos y de los detenidos sin
proceso, o con procesos eternizados, y que pida por los jubilados y a los
pensionados. De alguna manera todos ellos son ciu¬dadanos sin voz, o al menos
sin suficiente voz"
Cuando las Fuerzas Armadas presentaron el documento final sobre
lo actuado por la dictadura, en el que se pretendía que no había más
información que dar, que había habido una guerra sucia y que por lo tanto
cualquier exceso era comprensible, Zaspe sentenció públicamente:
"Es insólita la calificación de "actos de
servicio" para la tortura, el secuestro impune, la muerte clandestina, la
detención sin proceso, la entrega de niños a desconocidos y el latrocinio
descarado de los hogares.
El diario Clarín recogió, el 6 de junio de 1983, parte de
aque¬llas aseveraciones de Zaspe, extraordinariamente duras si se tiene en
cuenta que fueron hechas todavía bajo el Proceso Militar. Decía:
"En los últimos meses se han publicado muchos aspectos
ocultos del Proceso, no refutados hasta el momento, que hacen sumamente
vulnerables las justificaciones del mismo. ¿Se puede continuar ha¬blando de
excesos cuando todo el proceso antisubversivo respondió a una premeditada
planificación? ¿Se puede afirmar que no se dispo¬ne de más información, cuando
los servicios de inteligencia contro¬lan rigurosamente a personas, grupos,
instituciones y teléfonos?".
Hijo de los españoles –sus padres, Miguel María Zaspe y su
madre, Rosario Zarategui, eran de Navarra, aunque llegaron al país por
separado– de chico vivió en La Boca. Sus padres se habían casado en la
parroquia porteña de San Cristóbal, un 8 de diciembre, día de la Inmaculada
Virgen María, y se fueron a vivir a la calle Suárez 89, próxima a los barcos
que pintó Quinquela. Miguel había conseguido un reparto de leche y con los
ahorros logró comprar un restaurante en La Boca, donde Rosario coci¬naba y él atendía.
Allí nació Vicente, un 15 de febrero de 1920, bajo el fraternal y siempre
distintivo signo de Acuario, que lleva a los nativos a ir siempre en contra de
la corriente y a desafiar el status quo. Bien pronto, la salud delicada de
Rosario los obligó a buscar un sitio menos húmedo, y fue así que se mudaron al
ba¬rrio de Palermo. La casa quedaba en el 4982 del Pasaje Russel, justo en la
esquina con Serrano. Vicente tenía por entonces 7 años y había sido criado con
todos los mimos de hijo único. La casa quedaba muy cerca de la parroquia San
Francisco Javier, donde el 8 de octubre de 1928 tomó su primera comunión y
luego militó como aspirante de la Acción Católica.
La secundaria la cursó en el Colegio Nacional de Buenos Aires,
como correspondía en esa época a los niños que se habían mostrado muy inquietos
y capaces en su primaria. Bastó una entrevista con el director del renombrado
colegio para que Vicente respondiera con facilidad algunas preguntas e
ingresara. Después de una secundaria sin sobresaltos, aunque no necesariamente
excelente porque tenía muchas energías puestas en su cargo de delegado de
aspirantes en el centro de Jóvenes de Acción Católica QAC) de San Francisco
Javier.
El sacerdocio le fue conferido el 28 de noviembre de 1948 en la
iglesia del Seminario de Devoto, por monseñor Antonio Rocca, obispo auxiliar de
Buenos Aires, pero se ordenó solemnemente el 8 de diciembre de 1948,
aniversario del casamiento de sus padres, en la parroquia de su niñez, San
Francisco Javier. Allí su padrino asis¬tente fue el presbítero Román Figalio.
En aquel momento, las palabras con las que toda una comuni¬dad
recibió la alegría de su ordenación, no pudieron ser más emotivas. Las dijo uno
de los jóvenes miembros de la Acción Católica:
"¡Qué sentimientos inescrutables embargan hoy tu corazón al
sentir¬te ya sacerdote de Cristo por toda una eternidad y cuáles han de ser los
sentimientos de tus padres, que un día, con los ojos inundados en lágri¬mas, se
despidieron de ti, pidiéndole a Dios, el verte un día sacerdote...! Y pasaron
los años, y ahora te contemplan y te siguen paso a paso, ya subiendo las gradas
del altar en el santuario..., ya ofreciendo el pan y el cáliz..., ya exclamando
las palabras misteriosas que todo lo trocarán en Dios..., ya recibiendo de tus
manos ese pan de vida con el que pagará Dios la deuda contraída con los padres
de un nuevo sacerdote.
"¡Padre Zaspe! Hoy tus compañeros de la Acción Católica y
tus her¬manos en el sacerdocio, llenos de alegría y gozo, con el corazón
palpitan¬te de la emoción, te repetimos: Tú eres sacerdote por toda una
eterni¬dad... Tú, el escogido para predicar el Evangelio de Dios... Tú, uno de
los colaboradores en la salvación de las almas, y el dispensador de los
misterios del Señor. Y te prometemos que nunca dejaremos de pedir al Altísimo
para que seas un santo sacerdote."
Pocos días después, el 5 de febrero de 1949, cuando se
apres¬taba a cumplir los 29 años, falleció su padre. Ese mismo año fue nombrado
Vicario cooperador de la porteña parroquia Santa Rosa de Lima, sobre la avenida
Belgrano, cargo que ejerció hasta 1958. En 1961, fue destinado como Obispo a la
ciudad santafesina de Rafaela. Era muy joven, pero todos y en especial él,
sabían que estaba preparado para asumir la responsabilidad. Su tarea pasto¬ral
trascendió los límites de la ciudad y se extendió a toda la provincia, y aun
más allá de ella.
En Rafaela se encontraba cuando, el 3 de agosto de 1968, su
santidad Pablo VI le envió una carta al arzobispo de Santa Fe, monseñor Nicolás
Fassolino, donde le comunicaba que había decidido, conforme a su pedido,
concederle un coadjutor. En la carta se afirmaba:
"(...teniendo...) Presente las múltiples y fundadas razones
que nos ha manifestado recientemente y el deseo que nos ha expresado en su
carta, hemos dispuesto concederte un coadjutor con derecho a su¬cesión, en la
persona del excelentísimo y reverendísmo monseñor Vi¬cente Faustino Zaspe,
arzobispo titular de Aquaviva.
"A él podras confiar el peso y la responsabilidad de la
mayor parte de los asuntos inherentes al gobierno y la administración de esa
Arquidiócesis. "Estamos seguros de que lo acogerás con afecto fraternal,
asistién¬dolo con tu precioso consejo y confiriéndole los más amplios poderes,
a fin de facilitarle el cumplimiento de su misión, para el superior bien de las
almas."
Una difícil misión
En 1973, el Papa Pablo VI le encomendó a monseñor Zaspe viajar a
La Rioja a investigar la línea pastoral de monseñor Enrique Angelelli, a quien
los sectores más reaccionarios del poder y de la sociedad miraban con
desconfianza.
Angelelli había comenzado su camino vocacional en su Córdoba
natal donde, como profesor y director espiritual del seminario, se había
granjeado la admiración y el reconocimiento de los sacerdotes jóvenes. No sólo
poseía un gran carisma, también brillaba por su capacidad intelectual: no en
vano había sido enviado a Roma para continuar estudios de formación superior.
Hasta el cardenal Raúl Francisco Primatesta tenía–según sus propias palabras a
esta perio¬dista– afecto por él, aunque disentía con sus ideas.
Como sacerdote trabajó intensamente en barrios obreros y en
villas, hasta que le comunicaron su ordenación episcopal. Pero tuvo que pagar
cierto precio por su independencia: no le adjudicaron diócesis durante casi dos
años. Finalmente, lo destinaron a una provincia chica, pobre y sin peso –La
Rioja– como para hacerlo desaparecer. Pero marchó hacia allí deseoso de
transformar la aridez en humedad, la lucha estéril de generaciones de
oprimidos, el trabajo fértil por la libertad y la igualdad de oportunidades.
Angelelli predicaba el Evangelio a quien quisiera oírlo y hacía de él un
instru¬mento de cambio para lograr una sociedad más justa.
La cúpula de Iglesia argentina observaba con precaución el
trabajo renovador y evangélico del Obispo y temía por los frutos sociales y las
interpretaciones políticas que podían devenir de su trabajo consecuente y
denodado. Demasiado carisma, exceso de fuerza de cambio, muchos jóvenes
acompañándolo... ¡hummm! Angelelli llevaba el Evangelio incrustado en el
corazón y grabado en la cabeza y sus manos no paraban de trabajar con los
pobres, para que dejaran de serlo. Para que construyeran con sus manos el futuro
de sus hijos, un futuro de trabajo libre y no sometido. Para que en nombre de
Cristo dijeran BASTA a la explotación feu¬dal. No más hombres explotados, no
más opresores.
Definitivamente, El Pelado, tal como lo apodaban, era un pas¬tor
transgresor para la Iglesia argentina, que históricamente ha sido la más
conservadora de América latina.
Los periódicos de La Rioja tampoco tuvieron medias tintas para
definirlo. El diario El Sol lo calificaba de "comunista ",
"tercermundista" y "guerrillero".
Zaspe y Angelelli no se conocían demasiado, pero más allá del
sello personal de cada uno, habían recorrido caminos parale¬los que en lo
sustancial se diferenciaban de los recorridos por mayoría del clero
corporizado.
De allí que, consciente de la importancia de la misión que le
había encomendado el Papa, y después de observar e interiorizarse del trabajo
del obispo de La Rioja, la opinión de Zaspe fue ter¬minante y categórica:
"No hay mejor manera de practicar el cristianismo que la
que lleva a cabo Enrique Angelelli", escribió en su informe.
Cuando falleció La Princesa Fasolino, Zaspe fue el elegido del
pueblo y de la Iglesia para sucederlo. La feligresía lo admiraba como a un
caudillo espiritual y lo quería como a un amigo. La jerarquía eclesiástica lo
respetaba por su profundo sentido de cuerpo, su leal¬tad y su intachable
conducta. Con su promoción, en 1969, a Arzo¬bispo de Santa Fe, se materializó
una fértil comunión entre los de¬seos del pueblo y las decisiones de la cúpula
de la Iglesia, algo difícil de encontrar en la historia del clero argentino,
que no sólo ha res¬pondido siempre verticalmente al Vaticano, como corresponde
en una institución de jerarquías, sino muy particularmente a las postu¬ras más
ortodoxas que vinieran de Roma.
El principio del fin
Parte de la Iglesia y la sociedad santafesina está convencida de
que monseñor Zaspe fue abandonado afectiva e institucionalmente por sus pares,
durante los últimos años de su vida. Fue una manera de castigarlo. Se había
enfrentado y había fustigado con el látigo de la presencia y la palabra a los
opresores. Y se la cobraron.
Un año y medio antes de sufrir el accidente cerebrovascular, el
arzobispo de Santa Fe había sido víctima de un terrible choque automovilístico
en la ruta. El 15 de agosto de 1982, su auto fue violentamente embestido de
atrás por un camión. Si bien técni¬camente fue imposible determinar si se trató
de un accidente o de un atentado, las sospechas quedaron flotando en la cabeza
de muchos y seguramente también en la de Zaspe. En ese año había recibido
intimidaciones y amenazas de muerte.
El arzobispo se disponía a oficiar misa de confirmación en la
festividad del patrono de San Carlos, el día que sucedió el accidente. Sus
amigos reconocen que era muy distraído para manejar y que se negaba tercamente
a tener chofer, pero a Botta, el cura párroco de San Carlos, que tuvo contacto
directo e inmediato con los protago¬nistas del choque, el asunto nunca le
cerró. Dieciseis años después, el padre Botta recuerda el hecho de esta manera:
–Yo me asusté mucho cuando vi el auto de monseñor, era un
Renault 12, color crema, y la parte de atrás quedó destruida. Él no llegó a
perder el conocimiento totalmente, pero estaba atontado. Me decía: "Vamos
que se nos va hacer tarde para celebrar misa". Yo le decía: "Monseñor
usted tiene que ir a la sala de primeros auxilios y reposar". El era muy
cabeza dura, no quería saber nada, pero final¬mente entre todos los
convencimos. Le hicieron un radiografía y di¬jeron que tenía un traumatismo de
cráneo simple, pero que debía descansar y hacerse ver por su neurólogo ni bien
llegara a Santa Fe. Cuando salimos, Zaspe me dijo: "Estos creen que yo voy
a venir hasta San Carlos, en la fiesta patronal, para descansar; de ninguna
manera, vamos a preparar todo para los festejos". Así era de terco.
Celebramos misa, pero él estaba conmocionado y se equivocó varias veces, y
cuando se daba cuenta se enojaba y trataba de arreglarlo. Cuando terminamos le
dije que se quedara por lo menos esa noche, que no viajara. En su auto no se
podía ir, se lo tuvieron que remol¬car, pero igual se fue porque me dijo que
tenía muchas obligaciones en la diócesis, así era él. El chofer del camión
decía que él había frenado, pero que no había podido evitar la embestida porque
monseñor había girado de golpe, sin hacer señas, en la entrada de San Carlos.
Es cierto que monseñor era despistado, también es cierto que si no hubiera
frenado lo podría haber matado, pero...
–¿Pero qué, padre Botta?
–La verdad, yo creo que si el camionero clavaba los frenos no le
daba semejante golpe para dejarlo con conmoción cerebral. A mí siem¬pre me
quedó la duda de si no lo habían mandado para asustarlo y amedrentarlo, porque
a Zaspe lo vivían amenazando y todos velábamos y rezábamos por él. Yo no podría
afirmar nada, pero no me pareció una casualidad y yo sé que después de ese
accidente monseñor no quedó bien. Además era muy fácil atentar contra él:
andaba solo y a su auto cremita, gastado por tanto uso, lo conocía toda la
gente.
Después del accidente, monseñor Zaspe fue atendido en San¬ta Fe
por el médico que lo controlaba por su hipertensión arterial, el doctor Carlos
Gayoso, quien aseguró que el arzobispo no ha¬bía registrado daños cerebrales y
aseguró que lo que sufrió fue una conmoción cerebral simple, que no le dejó
secuelas. Según Gayoso, nada tuvo que ver ese golpe con el ataque
cerebrovascular que lo afectó un año después, y que en veinte días minó su
inte¬gridad y determinó su muerte.
La dupla Zaspe-Vernet
El 10 de diciembre de 1983 asumió el cargo de Presidente de la
Nación, Raúl Alfonsín y al día siguiente lo hicieron los gobernadores, entre
ellos el de Santa Fe, José María Tati Vernet, que era rosarino y que ganó por
batacazo, entre otras cosas por el apoyo que le brindaron el obispo de Rosario,
monseñor López, y el arzobispo Zaspe.
Tati Vernet fue uno de los pocos justicialistas exitosos en
aquella contienda. El ex gobernador recordó así aquella corta relación:
–Yo era un candidato que iba por el milagro. Afloré en la
interna del justicialismo en agosto de 1983 y las elecciones eran en octubre...
No tenía tiempo material de juntarme con todos los factores de poder, pero
tenía muy buena relación con el obispo de Rosario, López, que me hizo el
contacto con Zaspe. El en persona se acercó a Rosario para tener un diálogo
conmigo. Fue muy gracioso, porque en medio de una charla amena en la que
sobraban detalles sobre mi vida, que ellos me mencionaban porque se habían ocupado
de recolectarlos, de repente López me dice: "Pero usted no milita en el
catolicismo ". Yo, con cara de piedra, le digo: "Sí, milito". En
ese momento López y Zaspe se miraron como acordando que les habían fallado los
infor-mantes o que yo mentía. Y entonces López siguió con la indagatoria:
"¿Dónde? ¿En la parroquia de Fisherton". Y yo, muy tranquilo, le
contesto: "No, monseñor, en el Partido Justicialista". Ahí, sin decir
nada, Zaspe se paró y me dio un abrazo. Y después, con el humor que siempre lo
caracterizó, nos reímos un rato juntos.
–Así empezó mi corta pero profundísima relación con Zaspe. Digo
corta, porque él falleció a los cuarenta y cinco días de que yo asumiera como
Gobernador. Después de ese encuentro, yo pasé dos veces por Santa Fe y lo
visité. Para los demás era muy curioso que él me recibiera, porque mis
posibilidades eran muy limita¬das. Tenía 39 años, era el período de restitución
a la democracia y hacía cuarenta años que ningún gobernante había terminado su
mandato. Yo era muerto o exiliado, pero preso no iba: tenía una familia con
seis hijos, mi hija mayor tenía diez años. Y per¬tenecía a una generación que
creía en cosas que hoy ya no se creen. Éramos pasionales y él desde el comienzo
me templaba. Con charlas cortas, me tomaba la temperatura y con preguntas
simples me movía a grandes definiciones.
A los pocos días de asumir, Vernet recibió la visita sorpresiva
del arzobispo Zaspe, quien le dijo:
–Mire, Vernet, usted va a tener que hacer algo para convencer a
la gente de sus buenos propósitos. Yo ya no puedo, estoy viejo, tengo muchos
problemas. Usted lo que tiene que hacer es agarrar la cadena de radio y
televisión, todos los domingos a la mañana, alrededor de las 11.30 y explicarle
a la gente, uno por uno, los problemas que usted tiene, no pueden enterarse por
terceros.
Vernet añadió:
–Yo le dije que me parecía bien, pero que tenía un poco de
miedo. Él me dio ánimo y me dijo que hiciera como él, que se valía de las
homilías de todos los domingos para decirle a la gente todo lo que podía. Yo le
dije que me parecía bien, pero que iba a necesitar su colaboración. Zaspe fue
muy directo: "No, colaboración no me pida, yo voy a trabajar al lado
suyo", me dijo. Me sentí apoyado, como si me cubriera un blindaje. Su idea
de los medios era muy buena.
Esa reunión entre el gobernador y el arzobispo fue la última de
sus vidas. El 25 de diciembre de 1983, Zaspe transmitió por la radio local su
mensaje de Navidad, que resultó postumo. Vale la pena recordarlo íntegramente.
Dijo así:
"Amigos, Dios nos ama. Nos muestra su amor desde su
pesebre, nos ofrece su amor desde su despojo, espera nuestro amor, quiere
nuestro amor. Dios quiere de cada situación concreta que lo amemos. Amar¬lo en
la enfermedad imprevista, en la cabecera del enfermo, en la ancianidad
achacosa, en las dificultades económicas de un salario, en la vivienda
precaria. Amarlo desde el hijo que murió en Malvinas, o en el hijo que
desapareció en la subversión o por la represión, en la soledad, en la muerte
del esposo, amarlo siempre. Reflexionemos. Sería muy difícil creer en el amor
de Dios si en lugar de paja hubiera habido seda; si en lugar de pañales,
armiño; si en lugar de pastores hubieran venido embajadores. Pero no es difícil
amarlo contemplando su Navidad en Belén, contemplando su nacimiento en la
pobreza, la autoridad y hasta la miseria.
"Por eso, la Navidad puede celebrarse en la cárcel de
Coronda, en la cárcel de Flores, en el Hospital Cullen, la Unidad Carcelaria de
Mujeres o en el Hospital Iturraspe. Por eso, se la puede cele¬brar en los
vagones y en los galpones de los inundados, y por los que perdieron todo en la
invasión de las aguas. Por eso la pueden celebrar los discapacitados, los
solitarios, los changarines, los des¬ocupados y los marginados.
"Pueden celebrar la Navidad los sencillos, los limpios de
corazón, los misericordiosos, los que lloran, los pacientes, los que tienen
ham¬bre y sed de justicia. Pueden celebrar la Navidad los que perdonan, los que
bendicen, los que aman, los que reconcilian, los pecadores que se arrepienten,
los adúlteros que vuelven a la fidelidad, los orgu¬llosos que se humillan, los
egoístas que se abren a los demás.
"Celebrar la Navidad es celebrar el amor de Dios hecho
hermano y sobre todo, el amor hecho ofrenda. Amigos, al desearles felices
fies¬tas de Navidad y fin de año, interrumpo estos encuentros radiales hasta el
domingo de Pascuas de 1984 y agradezco a esta radiodifusora el haberme abierto
sus puertas para comunicarme con este querido auditorio radial. Hasta el año
que viene, si Dios quiere."
Dios no quiso, quizá monseñor Zaspe ya no quería. Estaba
cansado, desgastado por tanta entrega. Había pasado su vida yen¬do de la
iglesia a la cárcel. De las reuniones de la Conferencia Episcopal, de la que
era vicepresidente segundo, a las casas de familiares de detenidos y
desaparecidos a interesarse, a darles paz. De allí salía y se ponía a escribir
cartas y más cartas a todos los poderosos que pudieran darle datos sobre sus
jóvenes, aquellos que impunemente se quedaron sin primaveras y sin paseos por
la costanera. Cartas y más cartas a quienes estaban en calidad de detenidos o a
sus familiares, dándoles el consuelo de que por lo menos seguían vivos.
Impotencia, mucha impotencia, traducida en fuertes denuncias. Tantas caminatas
derrotadas, llevando ma¬las noticias. Tantas puertas golpeadas con la
irremediable noticia de la muerte. Y ese repetido desconsuelo, abrazado y
llorado con sus feligreses ante la injusticia y la barbarie.
La última Navidad la pasó junto a uno de sus más queri¬dos
discípulos, el padre Luis Tomati, actual cura párroco de San Javier. El
sacerdote recordó que no se sentía bien: "El 25 de diciembre monseñor ya
estaba mal, espirtual y físicamente, estaba caído, sin ánimo".
Quizá Zaspe no quería más. Quizá Dios lo quiso con El. Tal vez
por eso, ya internado, en una íntima charla con su amigo Domingo Castagna,
actual arzobispo de Corrientes, le dijo: "Domingo, estoy realmente
cansado. Quizás un cáncer de pulmón, de esos fulminantes, no estaría mal para
descansar cerca del Padre... ".
Una cruel agonía
El 3 de enero de 1984, a sólo diez días de su mensaje radial
navideño, monseñor Zaspe fue internado por un acceso cerebrovascular producido
por una crisis hipertensiva. Tanto en la emergencia como durante su internación
el médico que lo atendió fue el mismo que le controlaba habitualmente su
hipertensión, la que en función del estrés y las preocupaciones, se había
agudizado en los dos últimos años.
"No nos sorprendió el cuadro de ACV (ataque cerebro
vascular) por sus antecedentes clínicos, pero el problema fue que la ubicación
de la hemorragia era horrible: estaba en la base del cerebro, en su unión con
la médula y el cerebelo", explicó el doctor Carlos Calloso. A pesar de que
las visitas eran restringidas, un caluroso día de enero de 1984 el gobernador
Vernet fue a visitarlo. Recordó así aquel día:
–Estaba acostado, tapado sólo por una sábana y balbuceaba. Pero
reconocía. Me saludó con un apretón de manos. Yo le hablé, le dije:
"Vamos, que va a salir, lo necesito para hacer las cosas juntas". Ese
día, la verdad, sólo hablé yo. Él no me dijo nada, hacía algún gesto, asentía
dubitativo. Pero me siguió atentamente mientras le hablaba. Por eso yo creí que
saldría adelante. Mi historia con Zaspe, lamentablemente, duró cuatro o cinco
meses, desde septiembre hasta su muerte. Yo soy rosarino, y no era mi arzobispo,
pero como muchos otros santafesinos leía sus homilías y siempre lo consideré un
hombre jugado. Todas las pérdidas son feas, pero la de Zaspe, en lo personal, a
mí me dejó huérfano de amigo y compañero en la tarea de recons-truir una
sociedad desde los escombros de la dictadura. Para la Igle¬sia y especialmente
para el pueblo de Santa Fe, hay un antes y un después de monseñor Vicente
Zaspe. Él fue el pastor que acompañó con el cuerpo y con la palabra a quien lo
necesitara. El tipo acompa¬ñó a una generación de argentinos. Cuando me tocó
despedirlo en la catedral, yo extraje una frase de una homilía suya:
"Cuando los que gobiernan, gobiernen; cuando los maestros enseñen, cuando
los que trabajan tengan trabajo; cuando las provincias sean eso, provincias,
algo más que meras administraciones... ".
–Él contenía mucho, acompañaba a su gente, me acompañó el poco
tiempo que vivió durante mi gobierno. Cuando murió yo me sentí muy solo. No me
atreví, por ejemplo, a hacer lo de los discursos radiales.
Zaspe murió el 24 de enero de 1984, a las 10.30, en el Cen¬tro
de Investigaciones Neurológicas, luego de haber pasado por un período de leve
mejoría, que luego se complicó con una in¬fección. El diario El Litoral tituló:
"Y Dios llamó al pastor".
Uno de los enfermeros de la sala de terapia intensiva recordó
que Zaspe tuvo días de cierta conciencia, en los que recibió visi¬tas, pero
aclaró que la mayor parte del tiempo sufría en silencio:
–Cuando se sentía un poco mejor bromeaba, tenía mucho hu¬mor y
era uno más de nosotros, no parecía estar hablando con el arzobispo, era
simple, gaucho. Todo lo contrario de monseñor Storni, que decidía quién podía
visitarlo y quién no. El fue quien pidió una sala individual para Zaspe y se
pasaba horas al lado de la cama. Lo cuidaba celosamente y nunca tuvo buenos
modos para con los em¬pleados, era más bien parco y a veces un poco soberbio.
Nosotros lo tratábamos con la distancia que él ponía y sólo nos ocupábamos de
cuidar a Zaspe. Dios sabrá por qué le tocó sufrir tanto en sus últimos días. El
era muy fuerte, pero cuando hizo esa infección se le produjo una micosis, tenía
todo el cuerpo lleno de hongos, especialmente en la ingle y en la zona de la
boca. Yo le curaba esas heridas y me dolía a mí. Se le ponían en carne viva y
cuando se cerraban le quedaban como hematomas. Por eso, después yo escuché
versiones en la ciudad acerca de que el cadáver estaba golpeado. Los que hablan
no saben que los hematomas que tenía en todo el cuerpo no eran de golpes, como
sospecharon muchos, sino producto de ese abominable final.
Una feligresa, amiga de monseñor Zaspe, la doctora María del
Carmen Starapoli, recuerda en el libro Corazón de pastor, de Jorge Montini y
Marcelo Zerva:
"A todos desechó por Cristo. Y en su camino, que fue un
caminar diario de lucha y fe, lo demás no tuvo cabida... Ni el matrimonio ni la
medicina pudieron tanto, sí pudo con el la Iglesia. Una pasión a la que entregó
su vida, acaso su salud. Una locura de amor que le dio sentido a su jefe en el
peregrinaje de su vida austera. Ese fuego sutil que sin estridencia quema por
dentro era la fuerza de la fe".
A poco tiempo de su muerte, el obispo auxiliar Edgardo Storni,
que hasta allí había mostrado un bajo perfil, se encar¬gó de anunciar
públicamente al posicionarse del arzobispa¬do: "La era Zaspe
terminó".
Muchos sospechaban que iba a haber cambios con su
adminis¬tración, pero nunca creyeron que serían tan drásticos. Se modificó
sustancialmente el apoyo oficial de la Curia de Santa Fe hacia el movimiento de
los sin techo y se boicoteó a sacerdotes y seminaristas que conservaron la
línea pastoral comprometida de monseñor Zaspe.
Carlos del Frade, en su libro La Iglesia y la construcción de la
impunidad, señala:
"Si Zaspe hubiera vivido un par de años más, seguramente
ha¬bría informado sobre la actuación de militares, integrantes de otras fuerzas
de seguridad, civiles, empresarios y religiosos, durante la dic¬tadura. Vicente
Zaspe no convenía para la estructura de impunidad que iba a encorsetar el
origen de la democracia.
"Por su propio rol durante la dictadura, en el seno mismo
de la conferencia episcopal, Zaspe hubiera dado mayores informaciones que las
dadas en su momento por Hesayne, Novaky de Nevares.
"Mucha gente celebró entonces la muerte del hombre que, aun
sufriendo de hipertensión, logró enfrentar todas las amenazas, pero no pudo
sobrellevar la traición interna y la construcción de la sole¬dad espiritual y
política dentro de su propia arquidiócesis."
¿Quién y por qué decidió colocar a una personalidad tan
dis¬tinta a la Zaspe en el arzobispado de Santa Fe? El ex gobernador Vernet
recordó a este propósito un encuentro que mantuvo con el nuncio apostólico
Ubaldo Calabresi, previo a la designación de Storni:
–Cenamos los cuatro: el nuncio, los cardenales Primatesta y
Aramburu y yo. En un momento, saqué el tema de lo expectante que estaba toda la
gente en Santa Fe y yo mismo como gobernador, por conocer la decisión del
Vaticano sobre quién ocuparía el lugar de Zaspe. Comenté que sería muy
importante que fuese un religioso de su línea pastoral para que continuara con
el trabajo social realizado por él. Entonces, me acuerdo que cuando traté de ir
más a fondo sobre quién era el candidato de la Iglesia, Aramburu y Primatesta
extendieron sus brazos y señalaron a Calabresi como el destinatario de esa
pregunta. O sea, muy cancheros los dos, me dieron a entender: "A este
tenes que convencer, porque nosotros no decidimos". El nun¬cio no se jugó,
me dijo que iban a tener en cuenta mi sugerencia y el deseo de la comunidad de
Santa Fe. Cuando al poco tiempo lo eli¬gieron a Storni, yo no entendí más nada.
Con la muerte de Zaspe habíamos perdido un pastor, irreemplazable por su
carismay su en¬trega, y con Storni ganamos un político siniestro que no nos
hacía falta. Con ese cambio, yo sentí que mi propio futuro político se vería
afectado y que en vez de un aliado, para reconstruir una sociedad minada por el
gobierno anterior, tendría un adversario de lo popu¬lar, un amigo del poder
económico y político ultraconservador.
Durante la gobernación de Jorge Obeid, Storni no perdió el
tiempo. Había conocido a Obeid durante la dictadura y muchos dicen que Storni
–amigo de los militares de turno– habría intercedido para salvarle la vida.
Desde allí ambos tienen una amistad inquebrantable que monseñor supo aprovechar
muy bien cuando Jorge Obeid fue el gobernador de Santa Fe: el Arzobispa¬do
recibió durante esos años subsidios millonarios que nadie sabe con claridad que
destino tuvieron.
Lole versus El Divino
Un agudo periodista local contó la particular relación que
mantienen hoy el arzobispo Storni y el gobernador de Santa Fe, Carlos
Reutemann, la cual empezó en romance obligado por la extrema debilidad e
inexperiencia del Lole y que hoy se rompió.
"Storni es de terror, lo peor de la Iglesia de la
provincia, un ser sinies¬tro", dijo el gobernador en una reunión política.
En el medio, los dos vivieron lo que se llamó el "affaire por la ley de
casinos". Esa crisis, como se verá, se solucionó mediante un pacto que
hubiera sido impensable en los tiempos de Zaspe. El testimonio de esta fuente,
cuyo nombre pidió mantener en reserva, avala lo que piensan muchos santafesinos
y es que a Reutemann y a Storni no los unió el amor sino el espanto. Aquí, el
sustancioso comentario del periodista santafesino:
"Reutemann llegó a la gobernación de Santa Fe totalmente
desam¬parado, no le interesaba ganar. Antes del cierre de la campaña se la veía
en los lugares típicos de la ciudad tomando algo solo. En ese momento tenía
problemas con Mimicha, su ex mujer; la guita se la manejaba el
"Gordo" Cutulli, un tipo ligado al Vaticano y a la Logia P2, y tenía
un entorno de amigos, no demasiado grande. Cuando Menem le hizo la propuesta de
postularse, y esto dicho por gente que lo acompañó esos días, el Lole se cagó
de risa, le pareció bastante descabellado, pero como no tenía nada para perder
y le ofrecían dos millones de dólares para la campaña, se embarcó. En esa
situación de aventura lo encontró el triun¬fo y el primero que se le acercó fue
Storni".
Según este periodista, de larga trayectoria radial, sus familias
se conocían desde hacía mucho tiempo, aunque sin llegar a tener mucha
confianza, ni ser Edgardo Storni y Carlos Rautemann ni siquiera amigos.
"Pero una vez Reutemann en el poder, Storni colocó
sistemáticamente en puestos clave del gobierno a gente de su confian¬za. Por
ejemplo, el Lole había elegido a un militante católico como el Quili Ibarra
como ministro de Educación, que era admirador de la pastoral de Zaspe, pero lo
tuvo que desechar. Santa Fe está dividida casi radicalmente en materia
religiosa entre los que querían a Zaspe y los que aborrecen a Storni, o a la
inversa, y el caso fue que el Quili no ocupó el cargo en el Ministerio de
Educación. Es una regla muy pocas veces alterada en la relación entre el poder
político y la jerarquía eclesiás¬tica, que ésta sugiera su candidato a ministro
de Educación. En épocas de una Iglesia detentadora de poder manifiesto,
directamente lo señalaba con el dedo y lo presentaba sin tapujos. De una manera
más velada, pero igual de efectiva, Storni logró ponerlo a Bostecillo, su
candidato. Lo primero que hizo el flamante funcionario como gesto simbólico,
fue pre¬sentarse el primer día de trabajo, no en el despacho de ministro, sino
en el edificio del arzobispado.
"Storni tiene su propio gabinete, desde donde se hace
tráfico de influencias. Su entorno más íntimo e influyente en sus decisiones lo
integran el padre Mario Grassi, que es el monje negro, el padre Mauti que
–según dicen– sería su actual pareja y el vicario de la pastoral social,
Edgardo Stoffel, que si bien es muy importante en el área intelectual y
pastoral, y desde el punto de vista sexual no está definido como el resto del
entorno, obviamente es cómplice por omi¬sión. El padre Grassi se pierde por la
joda; en cambio, Mauti y el vicario general, Hugo Capello, son más prolijos.
"
Según cuentan todos en Santa Fe y lo confirman fuentes
ecle¬siásticas, Grassi tuvo varios problemas con adolescentes, a los que habría
intentado abusar.
Además del tema sexual, Storni y su entorno tienen proble¬mas
con los fondos para beneficencia. En la última campaña Más por Menos se habría
encontrado una diferencia de 500.000 dóla¬res entre lo recaudado y lo declarado
por el Episcopado. Los nú¬meros no cierran. Pero eso no es lo más grave, sino
el manejo del presupuesto de la provincia. Hay en cada área un ítem que se
llama Apoyo pleno y que se destina sin necesidad de precisar demasiado el
objetivo. La Iglesia, que tiene su poder enraizado en la justicia y en la
empresa, se beneficia con esos fondos.
"Acá durante mucho tiempo se planteó el tema del casino.
Storni llegó a amenazar con excomulgar a aquellos que votasen a favor de la ley
y se tomó el trabajo de mandar cartas personales a los legis¬ladores. El se
apoyaba en el dogma de que el juego corrompía los espíritus y adoptó las
posiciones más extremas, como lo hizo en su momento Quarracino con el tema de
la homosexualidad. Pero el casino resultó un punto de cortocircuito en la dupla
Storni-Reutemann, porque un pariente cercano del gobernador, Alfredo Esquivel,
que manejó la Lotería de Santa Fe desde que llegó Reutemann en 1991, tiene una
serie de empresas proveedoras del juego. Por eso, se decía, que había sobres
que se ofrecían a dipu¬tados para votar el tema del casino. Cuando Storni salió
a ha¬blar en contra, el gobierno le hizo saber que estaban haciendo muchos
esfuerzos para sostener su figura de arzobispo. Fue una manera de decirle: En
ese tema no te metas porque dejamos de cubrirte todas tus debilidades."
En Santa Fe, fuentes políticas aseguraron que si la primera
reacción de Storni había sido mandar a los legisladores amenazas veladas de
excomunión y pronunciar fuertes homilías en contra del juego, cuando le dieron
ese aviso cambió la estrategia y envió un emisario a hablar con Reutemann. Por
esos días, el gobierno barajaba un proyecto de Caritas a nivel nacional, en el
que se proponía que Caritas sea mano de obra barata de los gobiernos,
desligarse así de los subsidios y destinar el dos por ciento de los aportes
católicos a la ayuda social.
"Eso a Storni lo desesperó, porque desde que él tiene el
liderazgo, entre comillas, de la Iglesia, y justamente por su falta de carisma
y su comportamiento sexual y sus abusos, los aportes voluntarios de católicos a
través del diezmo, han decaído muchísimo. Entonces, Storni puso pre¬cio a su
silencio con respecto al casino: la primera condición fue que se duplicara la
ayuda social del gobierno a través de la Iglesia y la segunda, que no saliera
la ley de salud reproductiva en la provincia de Santa Fe. Así quedó pactado. La
relación entre Reutemann y Storni tuvo una crisis, pero el cortocircuito no fue
por una razón ética, sino porque un pariente del Lole tenía cerrado un negocio
y Storni no lo sabía. Se metió con su discurso fundamentalista hasta que entendió
que con eso no se jodia, pactó beneficios y paró la bola."
Un ex gobernador aporta lo suyo:
"La posición política de Reutemann es muy endeble y le
con¬viene un obispo como Storni, porque el gobernador tiene una situación muy
conflictiva socialmente. El quiebre entre la Iglesia y el poder en Santa Fe se
podría dar si Storni se cae a pedazos y mandan un cura combativo, porque se
podría volver a movilizar la pastoral que Zaspe dejó de herencia. Por eso está
tan inseguro y prefiere tenerlo a Storni, que sabe cómo manejarlo, antes de que
le manden a otro sin consultarlo".
El 31 de agosto de 2000, con un comunicado de prensa que llevaba
la firma de Storni, Capello, Grassi y Stoffel, el arzobispa¬do salió al cruce
del diputado Mario Esquivel, quien había co¬mentado en los medios que en la
provincia de Entre Ríos, y en la ciudad de Rosario, la Iglesia no objetaba la
presencia de casinos. En lo esencial ese comunicado decía:
"Habiéndose informado oralmente y por escrito este
arzobispado, que algunas personas de los ámbitos oficiales, o al menos
allegados a los mismos, afirmaron que habrían obtenido el visto bueno de la
autoridad eclesiástica respecto a proyectos de ley moralmente inacep¬tables,
nos vemos obligados a desmentir tales rumores dejando bien claro nuestra
inamovible posición que responde tanto a la fe como a la razón. En concreto:
"1) Se reafirma una vez cuanto desde hace años se ha venido
enseñando y observando respecto de la expansión de los juegos de azar y muy
particularmente de la pretendida instalación de casinos y bingos en nuestra
provincia, lo que siempre es malo en sí y no puede ser justificado con ningún
fin (...)
"2) Se deja bien sentado, por si hubiera alguna
desinformación u olvido al respecto, que los proyectos de ley sobre salud
reproductiva que comprometen al estado como agente y promotor de la
antinatalidad, incluso aprobando y difundiendo con dineros públi¬cos métodos
artificiales y comprobadamente abortivos, violan la ley natural y ofenden la
dignidad y la libertad a respetar en todas las personas y especialmente en los
pobres a quien se quiere eliminar, y en los menores a quien se acepta degradar
(...)
"Sin embargo, nos atrevemos a confiar en Dios, el Dios del
Evan¬gelio por quien se jura, y en la sensatez y honestidad de los que son más
y sabrán jugarse a favor del pueblo santafesino.
"Firmado:
"Hugo Héctor Capello - vicario general.
"Presbítero Edgar Stoffel - vicario de la pastoral social.
"Mario Eugenio Grassi - vicario episcopal de la educación.
"Edgardo Gabriel Storni - arzobispo de Santa, Fe.
Ésta fue la única posición pública que dio a conocer el
arzo¬bispado en relación con la ley de casinos, en momentos en que la
Legislatura de Santa Fe se aprestaba a debatirla. El mismo texto fue remitido a
cada legislador antes de la votación. En él, monseñor Storni ya no amenazaba,
ni siquiera veladamente, con la excomunión.
Hagan juego, señores
En la Legislatura santafesina ingresaron dos proyectos para
casinos y bingos. El primero, del radical por Rosario, Miguel Basaldella y el
otro, del oficialista Mario Esquivel.
Basaldella, históricamente enfrentado a Storni y al oficialismo
de la capital, expresaba el fuerte lobby del sur provincial en favor del
negocio. Esquivel, a los intereses familares, ya que es hermano del actual
secretario General de la Gobernación, Domingo Alfredo Esquivel, principal
"gestor" de la ley de casinos desde la época del primer go¬bierno de
Reutemann. Domingo fue durante cuatro años director de la Lotería de Santa Fe,
y desde allí había pole-mizado duramente con las autoridades eclesiales, que lo
amenazaron con la excomunión.
Finalmente, las alternativas se unificaron y así tuvieron
ingre¬so en la Cámara de Diputados el 11 de mayo de 2000.
Curiosamente, el mismo día en que se aprobó, tuvo igual suerte
otro proyecto de gran interés para el arzobispado, y que el dipu¬tado Esquivel
se había ocupado de demorar durante un año. Se trataba de la donación de un
importante terreno en el barrio Monseñor Zaspe de la ciudad de Santo Tomé, con
destino a la construcción de la parroquia Nuestra Señora de la Paz y a las
instalaciones del Centro de Evangelización María Auxiliadora.
La propuesta de donación se había iniciado en el Senado a través
de Julio Gutiérrez, un legislador muy allegado a la Iglesia, y que en el tema
del casino se oponía al proyecto de Esquivel.
Según el registro del Senado, el proyecto se presentó el 21 de
abril de 1999 y lo aprobaron el 29 de junio; pero lo votaron con modificaciones
en Diputados recién el 11 de mayo de 2000, se-gún consta en el diario de
sesiones, obligando a que el Senado lo volviera a votar el 17 de mayo de ese
año. Finalmente, el gober¬nador lo promulgó el 6 de julio de 2000.
Cualquier suspicaz queda habilitado a pensar en un mínimo gesto
de compensación. Aunque entre bambalinas se sostiene que la verdadera
compensación estaba dada por el cajoneo que los senadores hicieron del proyecto
de salud reproductiva aprobado por los diputados durante el año 2000. Luego del
paso por las comisiones, el proyecto unificado del casino se trató y aprobó el
21 de septiembre de 2000.
El diputado Mario Esquivel, que fundamentó la postura de la
mayoría, representada por el PJ y la UCR sector Convergencia, se refirió en
varias oportunidades al "coraje parlamentario"que significaba
tratarlo.
Al finalizar su primera exposición, presentó estos argumentos:
"Acá hay un planteo pragmático de legislar sobre una
realidad que, nos guste o no, existe: el juego clandestino, A través de esto se
intenta blanquear esa situación apuntando a que las utilidades, el resultado de
esto, llegue para atender los problemas sociales que hoy el Estado no puede
afrontar por la situación de coyuntura que vive (...)
"Hago una reflexión final, haciendo cierto y efectivo el
bien co¬mún. Se me ha dicho que esto no tiene nada que ver con el bien común, y
yo contesto: al bien común hay que ayudarlo, el bien común es el bien de la
comunidad, y la única manera de ayudarlo es con recursos. Por lo tanto, si
tengo que legislar sobre una ley de esta envergadura, que no es fácil, para
dotar al Estado de recursos y llegar a plasmar ese bien común, digo:
acompañémoslo, seamos responsables; y en esta ley que, repito, no es fácil, acompañémoslo,
dotémoslo al Estado de los recursos para que pueda llegar a cumplir con esos
fines sociales. "
Ricardo Giacosa, de la UCR sector Convergencia, pidió a
continuación la palabra para fijar "mi postura contraria basada en la
obediencia religiosa y una actitud de conciencia moral".
Ése fue el único diputado que explícitamente planteó la
cues¬tión religiosa.
Carlos Favario, del partido Demócrata Progresista, planteó su
tremenda confusión, con un discurso que provocó la hilari¬dad entre sus pares.
Dijo:
"A estas alturas no sé si soy defensor de la moral o
promotor de la inmoralidad, discriminador o discriminado, marginal o
desarrollista, opositor o colaborador del gobierno; pero la mayor preocupación,
señor presidente, es que no sé si a consecuencia de mi voto me voy a ir al
cielo o al infierno.
"Porque mi posición personal–continuó– que es la que voy a
tratar de explicar, por un lado no se opone a la instalación de casinos y, por
otro lado, se opone a la aprobación de esta ley.
"Por lo cual casi estoy convencido de que voy a recalar en
el pur¬gatorio, y para ello, señor presidente, confio en que las oraciones de
mi distinguida amiga, la diputada Cavigiuri, me ayuden a encon¬trar un
salvoconducto para el cielo..."
Dolly Luisa de Cavigiuri, diputada del PJ, muy ligada a la
Iglesia, había promovido el rezo del Rosario.
Por su parte, el diputado Ambrosio pidió la palabra para
re¬cordar que "tampoco nosotros hemos sido partidarios de esta particular
dicotomía entre pecado y delito con la que se planteó centralmente el debate
antes de entrar a este recinto.
"Creo que la definición para los santafesinos de ser
cuáqueros, supongo que es una fina ironía a las que nos tiene acostumbrados
nuestro querido amigo Funes; él, que ha recorrido los vericuetos de la política
y su mérito es quizás haberlo hecho con éxito y sin conta¬minarse, sabe que
lamentablemente a nosotros no nos hace falta nin¬gún otro pecado para parecemos
a Sodoma y Gomorra. "
Ambrosio citó a Domingo Esquivel, quien decía que la cues¬tión
no era prohibir los casinos sino establecer los límites necesa¬rios "para
no hacer de nuestras respectivas jurisdicciones antros o garitos de juego que a
la postre puedan resultar perniciosos para la salud moral y la economía de la
sociedad".
Dicho esto, Ambrosio concluyó: "Yo creo, señor presidente,
que cinco casinos y 39 bingos, todos ellos con máquinas tragamonedas, es
convertir en un garito a la provincia de Santa Fe".
Pese a las posiciones en contrario, que no fueron salvo un caso
por fundamentos religiosos, el proyecto tuvo media sanción y pasó a senadores,
donde fue sancionado por 34 votos a favor.
El Divino, El Rosadito, El Príncipe, Edgardo Gabriel Storni no
volvió a hablar del asunto. Ni de los terrenales placeres del juego, que tan
bien supo negociar con los políticos de turno, ni de los aberrantes abusos
sexuales que lo tendrían como principal prota¬gonista, y que avergüenzan a una
comunidad que aguarda espe¬ranzada que la jerarquía eclesiástica sancione al
responsable. Esto es lo más grave de todo. Conocer que hubo una investigación
encargada por el mismísimo Papa y que quedó en la nada, ni siquiera hubo una
mínima respuesta a las víctimas, que brinda-ron sus dolorosos testimonios a
monseñor Arancibia.
Pero esto no es todo: Edgardo Gabriel Storni es apenas la punta
de un iceberg. Dentro de la actual estructura de la Iglesia Católica Argentina
hay otros iguales o peores que él; y de estos casos tienen total y absoluto
conocimiento el cardenal primado Jorge Mario Bergoglio y algunos de sus pares.
Entre ellos hay obispos y conocidos sacerdotes.
Sería beneficioso para todos que después de las palabras del
Papa referidas a este tema tomaran las debidas cartas en el asunto.
10
Negocios Celestiales
Corrían los primeros meses de 1996 cuando el viejo capitán
visi¬tó a monseñor Antonio Quarracino, arzobispo de Buenos Aires. El hombre no
imaginaba ni por asomo, que esa visita iniciaría una de las estafas más
escandalosas que involucró directamente al Arzobis¬pado de la ciudad de Buenos
Aires, a uno de los purpurados más polémicos de la Iglesia católica argentina,
en el que se evaporaron diez millones de dólares y se estafaron a miles de
ahorristas, al punto tal, que el Vaticano envió a sus hombres del servicio de
Inteligencia a la Argentina para investigar el affaire.
A pesar de su fuerte combate público al capitalismo, es sabido
que desde tiempos lejanos, los hombres de la Iglesia se han visto metidos en
vericuetos financieros de dudoso final. A veces es difícil conciliar la imagen
del Papa como represen¬tante de Cristo en la Tierra con la de uno de los más
grandes financistas del mundo. Es decir, hacer coincidir la definición de la
Iglesia católica como la "Iglesia de los Pobres", con los grandes
negocios –o negociados– en los que aparece envuelta.
Eduardo Trejo Lema, presidente de la Sociedad Militar Segu¬ro de
Vida (SMSV), debió esperar aquel día unos pocos minutos en la antesala.
Enseguida, la puerta del despacho se abrió y monseñor Roberto Toledo,
secretario privado del cardenal pri¬mado, lo hizo pasar. Monseñor Quarracino no
estaba solo en la sala. Un hombre apuesto, de unos 45 años, impecablemente
ves¬tido y de finos modales, lo acompañaba. Se trataba de Francisco Javier
Trusso, presidente del Banco de Crédito Provincial (BCP), una suerte de hijo
postizo del prelado, cuyo padre, Francisco Paco Trusso, benefactor del Opus
Dei, era en esos momentos Embajador argentino en la Santa Sede.
La entrevista tenía carácter protocolar, pero a poco de
transcurrir Quarracino la orientó hacia la "provechosa vinculación"
–según dijo– que podría surgir entre la mutual de los militares y el BCP, donde
Francisco Javier Trusso y sus hermanos Pablo Alfredo y Juan Miguel tenían la
mayoría accionaria.
–Estoy unido a la familia Trusso por una estrecha y antigua
amistad, son gente honorable y piadosa, y considero que un banco no puede estar
en mejores manos, por eso el BCP es el banco de la Iglesia –le aseguró a Trejo
Lema.
Conforme fue avanzando la charla, Quarracino insistió en lo bien
que haría la Sociedad Militar en depositar su dinero en el banco de los Trusso,
para obtener buenos réditos. El capitán no pudo menos que decirle que
estudiaría esa posibilidad. El interés del cardenal pasaba por un pedido
previo, que le había hecho Francisco Javier. Concretamente, le había pedido que
interce-diera para que el BCP lograra la cuenta de la SMSV.
Ciertamente, el banco estaba altamente calificado por el Banco
Central, al mismo nivel que el Río y el Galicia. Para inversiones a corto
plazo, calificaba en el nivel 2, en una escala de 1 a 11. La Sociedad Militar
hacía inversiones en entidades de nivel 1 a 3, de manera que el BCP cuadraba
perfectamente en ese espectro.
De todas formas, Trejo Lema instruyó al área gerencial para que
hiciera las averiguaciones del caso y solicitara informes de consulto¬ras
especializadas en antecedentes de empresas para evaluar tanto al BCP como a sus
conductores. Había vivido lo suficiente para ver cómo bancos altamente
calificados por el Central habían dejado en la lona, en un pasado reciente, a
miles de ahorristas, así que quiso asegurarse con otras fuentes de información.
La consultora Dumm & Bradstreet, produjo un informe satisfactorio y así fue
como la SMSV comenzó a operar en 1996 con el BCP efectuan¬do depósitos a plazo
fijo escalonados en sus vencimientos.
La Sociedad Militar Seguros de Vida es una mutual centena¬ria
que agrupa al personal de las tres Fuerzas Armadas, y de la Gendarmería, la
Prefectura y el Servicio Penitenciario Federal. Tiene 96.000 socios de clase
media y media baja, que aportan una cuota proporcional a su sueldo, y se rige
por la ley de mutuales para realizarles préstamos familiares a bajo interés y
proveerlos de turismo y seguros. Los socios, entre quienes se cuentan
cons¬picuos y tenebrosos personajes, como el ex almirante Eduardo Massera o el
general Domingo Bussi, tienen delegados que eli¬gen al directorio, formado por
cuatro miembros del Ejército, dos de la Armada y dos de la Fuerza Aérea. El
promedio de edad que en ese momento tenían los hombres del directorio era de 76
años.
En los primeros meses de 1997, de paso por Roma, Trejo Lema fue
invitado por el embajador Francisco Paco Trusso, padre del vicepresidente del
BCP, a una misa en el Vaticano celebrada por Juan Pablo II. Terminado el
oficio, el viejo capitán fue conduci¬do a un salón donde ingresó el Papa,
conducido del brazo por Francisco Javier Trusso, quien realizó las
presentaciones. Desde agosto de 1996 el vicepresidente del BCP se desempeñaba
como consultor honorario de la Pontificia Comisión para la Ciudad del Vaticano,
un órgano consultivo cuyos miembros colaboran con la Comisión de Cardenales,
que ayuda al Papa en el gobier¬no de la ciudad estado. Cuando Francisco Javier
Trusso fue de¬signado para tan honroso cargo, la agencia católica AICA expli¬có
que "el nombramiento de un laico de la Arquidiócesis de Buenos Aires, es
interpretado como un reconocimiento del Santo padre a Antonio Quarracino y a
las actividades profesionales del laico que se ha distinguido por su apoyo a
las obras de la Iglesia tanto en la Argentina como en el estado Vaticano...
". El caso es que, al verlo aparecer del brazo de Papa, el viejo capitán
quedó más que en¬cantado, encandilado.
A finales de junio, quedaría triplemente perplejo: el 23
reci¬bió una carta de Quarracino en la que le insistía que estrechara vínculos
comerciales con el BCP y contemporáneamente, otras dos, con membrete del
Vaticano, enviadas por un tal monseñor Gianni Danzi, obispo titular Di Castello
y secretario para la Pontificia Comisión para la Ciudad del Vaticano. En ellas
Danzi avalaba la seriedad de Francisco Javier Trusso, felicitaba a Trejo Lema
por su colaboración con el BCP y ponía de manifiesto el agradecimiento del
cardenal Quarracino por la ayuda recibida de esa mutual. Al viejo capitán se le
dibujó un signo de interro¬gación en la cabeza: ¿de qué colaboración le
hablaban?
Había habido alguna falta de timing. Al día siguiente entendió
de qué se trataba. Fue cuando recibió la visita de Francisco Javier Trusso,
quien en nombre del cardenal Quarracino le solicitó un prés¬tamo de diez
millones de dólares para el Arzobispado. Trusso le dijo a Trejo Lema que el BCP
no estaba en condiciones de otorgarlo en ese momento, pero que sería fiador de
ese préstamo. El encandilado y perplejo capitán no pudo negarse, aunque al
hacerlo violara la ley, ya que las mutuales no están autorizadas a prestar
dinero más que a sus asociados. Estas entidades gozan de exenciones impositivas
con las que no cuentan los bancos, para poder prestarle a sus miembros pequeños
montos a tasas más bajas que las del mercado, no en carác¬ter especulativo,
sino de ayuda social. Pero ciertamente, el Arzobis¬pado no sólo no era uno de
sus socios, sino que tamaño monto escapaba absolutamente a las características
contempladas por la ley de mutualidades.
De los papeles se ocuparon el contador Pedro Makzimcsuk, gerente
financiero de la Sociedad Militar, y Jorge De Simone, gerente del BCP: ambos
instrumentaron un préstamo de diez millones de dólares en favor del Arzobispado
de Buenos Aires, que sería afianzado por el BCP, por un plazo de seis meses y a
una tasa exigua del ocho por ciento anual. Se acordó, en honor a la alta
investidura de Quarracino, que los instrumentos del contrato fue¬ran firmados
en la sede del purpurado el 26 de junio de 1997.
A las 16.30, Makzimcsuk y Omar Menéndez, jefe de relaciones
bancarias, concurrieron al edificio de Rivadavia 415, donde los es¬peraba De
Simone. Ya en el segundo piso, el gerente financiero del BCP les presentó a
Juan Miguel Trusso, hermano de Francisco Ja¬vier, quien además de accionista
del banco era vicepresidente de Caritas Argentina. Todos fueron atendidos por
monseñor Toledo.
Allí, los representantes de la Sociedad Militar explicaron que
la mutual sólo contaría con disponibilidad de fondos para el 30 de junio y el 1
de julio, a razón de cinco millones cada vez, y que el sistema que
indefectiblemente utilizaba para las operaciones de este tipo era el de la
transferencia bancaria a través de un banco de Nueva York. Cabe aclarar que ése
es el sistema reco¬mendado por el Banco Central para operaciones de esta clase
y que es el que siguen prácticamente la totalidad de las institucio¬nes
bancarias del país.
Se acordó entonces que el contrato sería firmado de todas
maneras en ese momento y que luego el Arzobispado remitiría instrucciones a la
Sociedad Militar solicitando el depósito de los fondos en las fechas indicadas
en una de sus cuentas en el BCP.
–Lamentablemente, monseñor Quarracino está reunido con unos
obispos por un tema de trascendental importancia y de momento no puede
atenderlos como tenía pensado, pero me encareció que le lleve el contrato a su
despacho, para firmarlo allí, siempre que ustedes no tengan inconveniente–dijo
monseñor Toledo.
Todos asintieron. Menéndez le entregó el sobre con los dos
ejemplares del contrato y Toledo salió de la habitación junto a Juan Miguel
Trusso. Unos minutos después, ambos regresaron con los dos ejemplares firmados.
Monseñor Toledo traía además dos imágenes de la Virgen María que entregó como
recuerdo a Makzimcsuk y a Menéndez.
–Se las envía monseñor Quarracino, están bendecidas por él –les
explicó. Luego abrió el sobre, exhibió los dos ejemplares del contrato ya
firmados y les entregó uno.
Menéndez manifestó que en razón de que el contrato no ha¬bía
sido suscrito en su presencia, la firma de monseñor Quarracino debía ser
certificada. Trusso dijo entonces que la certificación se efectuaría en la
sucursal del BCP, distante sólo unos metros de allí, donde el Arzobispado
tenía, luego se supo, siete cuentas. Hacia allí fueron todos, menos Toledo, y
así se hizo.
Al día siguiente se recibieron en la sede de la Sociedad Militar
la fianza bancaria, cuya firma estaba certificada por escribano, y la carta de
instrucciones para el depósito de fon¬dos suscrita por Quarracino.
Dos meses después, en agosto de 1997, se produjo la caída del
BCP, fiador del crédito, pero la Sociedad Militar no se pre¬ocupó demasiado: el
préstamo había sido otorgado al Arzobispa¬do de Buenos Aires, ¿cómo pensar en
pedirle nuevas garantías tan luego al cardenal primado de la Argentina? ¿En qué
cabeza hueca podría caber alguna duda respecto de la moralidad y ho-norabilidad
de la Iglesia? Bastaría con la palabra empeñada.
Esperaron a estar sobre la fecha en que operaría el vencimien¬to
del plazo para el pago de la primera cuota. Más por pleitesía que para otra
cosa, al despuntar septiembre Makzimcsuk y Menéndez fueron al Arzobispado y se
entrevistaron con monseñor Toledo, a quien le llevaron un obsequio, y le
pidieron que le recordara al cardenal que se aproximaba el vencimiento y que
cualquier problema que hubiera, les avisara.
Enorme fue el estupor de ambos cuando escucharon a monseñor
Toledo decirles que desconocía esa operación, que las firmas del contrato eran
falsas, que él había sido engaña¬do, que pensaba que se trataba de una maniobra
urdida entre el BCP y la Sociedad Militar, y que por tanto el Arzobispado no
iba a pagar nada.
–¿Se puede saber entonces quién va a pagar el
préstamo?–pre¬guntó demudado Makzimcsuk. Toledo respondió muy suelto de cuerpo:
–Mongo te lo va a pagar.
Y ni un músculo se movió en su cara.
Ambos bancarios le recordaron que había estado presente cuan¬do
Quarracino firmó, que esa firma había sido certificada por el banco y que los
fondos habían sido transferidos y acreditados en cuenta del Arzobispado.
Monseñor Toledo tomó entonces una voluminosa carpeta y se puso a
buscar dentro de ella unos papeles. Mientras lo hacía, repetía que las firmas
eran falsas y que aun si fuesen verdaderas tampoco el Arzobispado pagaría nada,
pero que él podía gestionar ante el Banco Central el pago de la deuda. Dicho
esto, llamó a su secretario y amigo intimísimo, el ar¬quitecto Norbero Silva
–con el que iban de vacaciones a Europa, pagadas con dinero del BCP– y le pidió
que sacara fotocopias de algunas hojas de la carpeta.
–Monseñor Quarracino se reunió con el Presidente Menem y con
Roque Fernández para buscar una solución –les dijo en tono confidencial.
El arquitecto volvió con las fotocopias. Una era un extracto de
una cuenta del Arzobispado en el BCP correspondiente a ju¬nio de 1997. La otra,
una carta fechada el 8 de agosto, firmada por los accionistas del BCP
–Francisco Javier y Pablo Trusso, Roberto Dalle Nogare y Jorge Granitto– por la
cual compro¬metían al banco a hacerse cargo de la deuda contraída por el
Arzobispado con la Sociedad Militar.
Makzimczuk y Menéndez declararon después ante la Justicia que
Toledo les había hablado en esa ocasión de otras irregulari¬dades en el BCP por
un monto de 3.500.000 dólares y que les había exhibido unos formularios que
parecían solicitudes de cré¬dito, todos los cuales lucían firmas que
aparentemente eran de Quarracino, pero que a medida que las mostraba, monseñor
iba diciéndoles:
–Esta es falsa, ésta también, ésta no, ésta es verdadera, ésta
es falsa...
Según los dos bancarios, Toledo les confió en ese momento que
conocía a los Trusso desde hacía más de ocho años porque tenían una relación
casi de hijos con varios prelados y especialmente con Quarracino, pero que con
el tiempo él se había ido dando cuenta de la verdad:
–Pablo Alfredo Trusso es un delincuente, Francisco Javier Trusso
es un psicótico con cargo en el Vaticano, ahora lo van a exonerar, y Juan
Manuel Trusso es su ladero –definió.
Pese al escándalo, Francisco Javier no fue exonerado de aquel
cargo de asesor honorario de la Pontificia Comisión para el Esta¬do de la
Ciudad del Vaticano –el organismo en el que el Papa delega la administración de
la pequeña ciudad– que venía des¬empeñando desde el 11 de agosto de 1996. La
agencia católica AICA informó a mediados de octubre de 1997 que Francisco
Javier Trusso había "renunciado" a ese cargo el 27 de agosto
ante¬rior. El interés por despegar a la Iglesia de semejante hijo desca¬rriado
quedó patentizada.
Makzimcsuk y Menéndez se retiraron del despacho de Toledo
tremendamente confundidos y con un papel en el bolsillo con su teléfono celular
para continuar las conversaciones. Cuando lo hablaron, una voz informó que el
número no estaba habilitado por Movicom para recibir llamadas, probablemente
porque los Trusso, que le pagaban la línea, habían dejado de hacerlo.
Poste¬riormente, Toledo llamó a Makzimcsuk y le advirtió que el Arzo¬bispado
sería representado desde ahí por el estudio jurídico Dromi, Ribera y Archimbal,
de modo que no lo llamara más. El viejo capitán Trejo Lema, comprendió recién
ahí hasta qué pun¬to había metido la pata y no pudo menos que presentar su
re¬nuncia al directorio de la mutual.
Dibujando préstamos
El domingo 10 de agosto, en el programa de Jorge Lanata, Día D,
Marcelo Zlotogwiazda ventiló la primicia: el affaire de los 20.936 créditos
truchos del BCP por un total de 64 millones, que ocultaban el vaciamiento del
banco o disimulaban su banca¬rrota. El periodista fue quien destapó la olla al
difundir por tele¬visión el detalle de los préstamos falsos extendidos a nombre
de Carlos Menem, el propio Quarracino, Matilde Menéndez, Juan Carlos Calabró,
los jugadores de fútbol Gustavo y Guillermo Barros Schelotto, Antonio Gasalla y
Federico Storani, entre va-rios miles de personas que jamás los habían
solicitado. Los due¬ños del BCP negaron la información mediante una solicitada.
Pero el lunes 18 comenzó una huida de depósitos y el 20, el BCRA suspendió al
BCP.
Más de 72.000 ahorristas de sus 68 sucursales, que no pudie¬ron
sacar su dinero, se vieron perjudicados en unos 200 millones de dólares; otros
135 millones habían alcanzado a salir en la se¬mana previa. Entre los
perjudicados se encontraban algunos clien¬tes eclesiásticos: a Caritas le quedó
adentro medio millón, a la Universidad Austral del Opus Dei, casi un millón; y
a la Comi-sión Pro Catedral, cien mil. Como hizo notar Zlotogwiazda, eso fue el
colmo de los colmos ya que Juan Miguel Trusso, que tenía el seis por ciento de
las acciones del BCP, era vicedirector de Caritas Buenos Aires; y toda la
familia Trusso, además de ser integrante del Opus Dei, había aportado fondos a
la comisión Pro Catedral.
El Arzobispado contrató al ex ministro Roberto Dromi tam¬bién
por este asunto y porque sobre los dos millones de aportes de particulares
llovieron denuncias de corrupción, dirigidas a Juan Carlos Poli, director de la
obra. El rector de la catedral, Ernesto Mai y Quarracino habían tomado además
debida nota de las acusaciones que hizo a Poli la museóloga Laura Novak, en una
carta de catorce carillas que le dirigió a Mai, respecto de la obra del
Sanatorio San Camilo: se descubrió que Poli había recibido 2.882.258 pesos y
que subcontrató con la firma Hojibal Cons-trucciones S.R.L por valor de
1.750.000, quedándose con un vuelto de más de un millón.
De la cuenta corriente número 1204-2 que Quarracino tenía en el
BCP, tampoco se pudieron retirar los fondos. Toledo y Silva, que tenían firma
autorizada, pensaban que la cuenta tenía 32.000 pesos, pero había en cambio un
saldo en rojo por 478.647,62 a raíz de una extracción de 500.000 pesos hecha el
23 de julio. Toledo juró que el Arzobispado no hizo esa operación.
El 23 de agosto, Daniel Hadad puso en marcha una campaña contra
Toledo: anunció en su programa Después de Hora que los gastos del secretario de
Quarracino eran de 50.000 dólares men¬suales, según el resumen de American
Express, y que esa tarjeta le había sido otorgada por el BCP. En realidad, el
promedio en los últimos cuatro meses de Toledo era de 700 pesos mensuales, pero
el que sí tenía esa cifra de gastos era Norberto Silva, el ar¬quitecto amigo de
Toledo, quien había sido contratado por Fran¬cisco Javier Trusso, para reformar
su triplex de la calle Cavia y por la Curia, para refaccionar la Catedral.
Silva dijo que tenía todas las facturas que demuestran que las compras fueron
hechas para ese departamento.
En la revista Noticias del 8 de noviembre de 1997, el
periodis¬ta Claudio Negrete detalló el curioso mecanismo utilizado para truchar
los créditos:
"Los hicieron en orden alfabético, el monto aumentaba de 15
pesos en 15 pesos hasta llegar a los 4.000 pesos y después se iba redu¬ciendo
de 10 pesos en 10 pesos; una forma de justificarlos en las planillas. Fue tal
el dibujo que cualquier ciudadano, sea cliente o no del banco, podía aparecer
como "beneficiado" con estos créditos auto¬máticos (...) Por este
mecanismo hicieron figurar activos por 64 mi¬llones cuando el patrimonio del
BCP era de 60 millones. (...) Ade¬más, muchos clientes dejaron en custodia títulos
públicos que luego fueron vendidos, recaudando con este método otros 100
millones. Pero quizá la maniobra más dolosa, según los investigadores, haya
sido la cometida con los depósitos confiados con destino a los paraísos
fiscales, por esta vía se calcula que reunieron 200 millones. Con estos
artilugios lograron obtener unos 400 millones en total", escribió.
También cayó en la rodada del BCP el propio Vaticano:
Zlotogwiazda confirmó que su banco oficial, el Istituto per le Opere di
Religioni (IOR) fue una de las grandes víctimas de la estafa:
"El IOR es uno de los socios del fondo de inversión
Fondigest que pocas semanas antes del cierre del BCP había colocado un plazo
fijo de 32 millones de dólares. Además, Fondigest, Fininvest (el fondo de
Silvio Berlusconi) y el Banco Monti di Paschi habían financiado al BCP
suscribiendo obligaciones negociables por otros 40 millones de dólares",
explicó.
Los Trusso no sólo eran dueños de la mayoría accionaria del BCP,
sino también de buena parte de los shoppings, Buenos Aires Design y Alto
Palermo, y del ciento por ciento de la empresa ad¬ministradora de la tarjeta
Carta Credencial, de la que el padre de todos ellos, Francisco Paco Trusso, era
presidente. Por más que proclamó a todos los vientos y juró sobre los santos
evangelios que él no tenía nada que ver con las actividades financieras de
"los chicos", cabe señalar que una causa penal paralela por asocia¬ción
ilícita, estafas reiteradas y adulteración de instrumento pú¬blico, descubrió
que también se habían falsificado saldos de tar-jetas de crédito por 16
millones de pesos. Esas falsificaciones involucraban a Carta Credencial.
La gran estafa de los créditos truchos del BCP, un banco que
había sido fundado en 1971 pero que los Trusso adqui¬rieron en los años
noventa, no era ignorada por el Banco Cen¬tral, sólo que su presidente, el
menemista Pedro Pou, faltó a sus deberes y optó por mantener el secreto y
negociar con la familia Trusso una salida. La defraudación había sido
detec¬tada durante una inspección de rutina a finales de mayo de 1997. Las
abogadas Beatriz García y María Carmen Urquiza sostuvieron en el dictamen 526
del Banco Central la "no legi¬timidad" de esos préstamos y prepararon
una denuncia penal, pero Pou la archivó y acordó el 7 de agosto un arreglo
extrajudicial para zanjar el delito: los Trusso debían reinte¬grar los 64
millones en cuatro cuotas semanales. Para cubrir las apariencias la operación
sería contabilizada como una com¬pra de esos 20.936 créditos. El problema fue
que, tres días después, Zlotogwiazda lanzó su primicia en Día D. Primera
consecuencia: los ahorristas sacaron al día siguiente treinta millones de
dólares del BCP. Segunda: losTrusso se negaron a pagar la primera cuota por
falta de fondos.
Hubo, sin embargo, otra oportunidad: tras la publicación de una
desmentida en los diarios para frenar la fuga de depósitos, la familia Trusso
le ofreció al Central suplir la falta de efectivo con la entrega de sus
acciones en el shopping Buenos Aires Design y Carta Credencial, logrando de
esta forma que Pou volviera a ar¬chivar la denuncia penal contra el BCP. Esto
no pudo evitar, sin embargo, que en apenas una semana, los aterrorizados
clientes retiraran otros cien millones y acabaran con el banco.
Con el tiempo, Pou también debió renunciar a la presidencia del
Central y hoy afronta una demanda por incumplimiento de los deberes de
funcionario público. A principios de 1999, el Ar¬zobispado de Buenos Aires
había denunciado a todo el directo¬rio del Banco Central por ese motivo y
también por "incumpli¬miento de su actividad de contralor" respecto a
la SMSV, que rea¬lizaba "voluminosas operaciones financieras" de
carácter "para bancario" sin que al Central se le moviera un pelo
porque, ya se sabe, mejor no meterse con los militares...
Comprendiendo que ni Mongo le iba a pagar, la Sociedad Mili¬tar
requirió los servicios del Estudio Spota para ver los pasos a seguir en procura
de que el Arzobispado o los Trusso le devolvieran algo. Pero su titular,
Alberto Spota, intentó en vano tomar contacto con el nunca bien ponderado
Roberto Dromi, autor de las famosas privatizaciones de la era menemista y
hombre del Opus Dei, por lo que se decidió a llevar sus problemas a la
justicia.
El 9 de octubre de 1997 al mediodía, compareció en la sede del
Arzobispado el escribano Juan José Guyot, quien por escritu¬ra pública número
185, pasada al folio 559 del Registro Notarial 1405, certificó la intimación
efectuada por la Sociedad Militar para el cobro de la primera cuota más los
intereses vencidos e impagos. Los representantes del Arzobispado negaron en esa
oca¬sión ser deudores de la sociedad.
El 23 de octubre de 1997, por escritura pública número 200,
pasada al folio 616 del mismo Registro Notarial, el Banco de Crédito Argentino
confirmó que los fondos girados por Socie¬dad Militar –dos giros de cinco
millones de dólares cada uno– habían ingresado en la cuenta del Arzobispado de
Buenos Aires en la sucursal Capital Federal del BCP. Y luego se
"evaporaron".
El 20 de noviembre de 1997, Trejo Lema presentó ante el Juzga¬do
en lo Criminal y Correccional 15 de La Plata una declaración relatando los
antecedentes de la operación de mutuo oneroso al Ar¬zobispado y de allí en mas
se sucedieron otra intimación, con fecha 5 de enero de 1998 y dos mediaciones,
el 2 de diciembre de 1997 y el 3 de febrero de 1998, todas con resultado
negativo.
El 7 de abril de 1998 se presentó una demanda ante el Juzga¬do
Nacional de Primera Instancia en lo Civil número 110, de Miguel Gregorio
Lemega; y una querella criminal por estafa contra Francisco Javier Trusso,
Pablo Alfredo Trusso, Juan Miguel Trusso, Renato Dalle Nogare, Jorge De Simone
y monseñor Roberto Marcial Toledo. Esta causa número 35.881 tramita en el
Juzgado Nacional de Instrucción Número 24, Secretaría número 131.
El cardenal Antonio Quarracino, enfermo de cáncer, murió en
febrero de 1998 jurando que había sido engañado, sin alcan¬zar a saber que su
secretario sería implicado y que terminaría con las esposas puestas, aunque
sólo por un día. Lejos de ello, lo nom¬bró su albacea y administrador de sus
bienes.
–La muerte de Quarracino se parece en mucho a la del Papa Juan
Pablo I, se murió "demasiado rápido... mejor no me hagas hablar"– me
dijo Dromi, un mediodía de principios del año 2000, en el res¬taurante del
hotel Costa Galana, ahondando el misterio.
Juan Pablo I murió treinta y tres días después de haber
asumi¬do. Al cadáver no se le hizo la autopsia, ni siquiera para acabar con la
sospecha de que había sido envenenado. En la semana previa, se le había
enfrentado muy duramente al poderoso monseñor Paul Marcinkus, a quien pensaba
remover de la presi¬dencia del Istitute per le Opere di Religione (IOR) por sus
ma¬nejos non santos. Cuando Dromi me dijo aquello, se me cruzó por la cabeza la
imagen de monseñor Toledo.
Como Caín y Abel
A mediados de 1996, Francisco Javier se estaba separando de su
segunda esposa, Elena Chioza, con la que tuvo dos hijos. En esa época comenzó a
viajar, a sufrir depresiones y a delegar en su hermano, Pablo Alfredo Trusso,
el manejo de BCP.
Entre idas y vueltas, Francisco Javier no sólo consiguió el
di¬vorcio, sino además una dudosa dispensa otorgada por el Vatica¬no. Las
nulidades matrimoniales religiosas son la especialidad de su padre, Francisco
Paco Trusso, quien antes que estallara el es¬cándalo del BCP, fue denunciado
por el Tribunal Interdiocesano de Brooklyn, de haber dado información falsa
para conseguir la disolución del matrimonio religioso del director del diario
La Nación, Bartolomé Mitre, con María Dolores González Álzaga.
El periodista Diego Rosemberg contó en Tres puntos, que Trusso
–aquel ferviente católico del Opus Dei que había sido elegido por Menem para
dirigir la oficina de Etica Pública– adujo en 1988 al presentar el caso
"que María Dolores González Álzaga vivía en 3505, 72nd street, Apt. 6A,
Jackson Heights, New York 11372", lo que no era cierto, ya que la mujer
vivía con su pareja, Rafael Ignacio Herr, desde hacía más de una década, en el
quinto piso M de la Avenida del Libertador 450, de Buenos Ai¬res. Como las citaciones
para el descargo no fueron atendidas porque la mujer no vivía allí, "el
tribunal otorgó la nulidad matri¬monial y decidió elevar el fallo a la Corte de
Apelación para su confirmación. Fue en ese momento que María Dolores González
Álzaga se enteró que su casamiento por la iglesia había sido anulado".
En la segunda instancia, González Álzaga apeló y exigió la
nuli¬dad de la sentencia aduciendo que nunca había sido informada de ningún
proceso de ese tipo y que la dirección dada era absolutamen¬te falsa.
"Dijeron cosas inmundas, horribles sobre mí, y nunca tuve posibilidad de
defensa alguna", recuerda hoy la perjudicada.
Rosemberg añadió que en 1991 "fue la propia Nunciatura
apostólica argentina la que le escribió al cardenal John O'Connor, miembro del
tribunal de apelación, diciéndole que este caso y otro similar "envuelven
a muy conocidos argentinos que viven en Buenos Aires". Finalmente la
nulidad de la nulidad matrimo¬nial fue concedida el 16 de marzo de 1992".
Y a los pocos días, Bartolomé Mitre se casó con toda pompa en la Iglesia del
Socorro con Blanca Álvarez de Toledo. Claro está, el Vaticano pasó por alto
este antecedente cuando Menem propuso a Fran¬cisco Paco Trusso como embajador
ante la Santa Sede, ese mismo año.
No sabemos si a Francisco Javier Trusso también le anularon la
dispensa, lo que sí sabemos es que una vez divorciado quiso volver a tomar las
riendas del banco y que entonces comenzó una guerra entre hermanos. Francisco
Javier decía adelante de los gerentes que Pablo lo quería desbancar. Quienes
los frecuentaban aseguran que competían permanentemente hasta en el tamaño de
las casas y las marcas de los autos. En el banco, había que tomar partido:
"o estabas con uno o con el otro, no te daban opción", coinciden
muchos ex funcionarios del BCE Según su propio padre, Francisco Javier "es
un hombre encantador, generoso, servicial, lo quieren en todas partes", en
cambio Pablo "es menos espontáneo y más reservado". Cuando la olla
estaba a punto de destaparse, Francisco Javier apareció para tratar de tapar el
escándalo. El viernes 8 de agosto de 1997 fue a hablar con Quarracino y le
pidió que intercediera ante el Presidente Carlos Menem, para que el Banco
Central se hiciera cargo. "Si le dio a Beraja, que representa a la
comunidad judía, ¿por qué no a nosotros, que somos católicos?", fue el
argumento. Pero Toledo se opuso y Quarracino no habló con Menem. Hasta ahí,
Francisco Javier había sido como un hijo para Quarracino, pero el contacto
terminó de manera abrupta cuando supo que el cardenal no intercedería ante el
Presidente y culpó de eso a su secretario, monseñor Toledo.
El 2 de octubre de 1997, Francisco Trusso padre le envió una
carta personal a Antonio Quarracino pidiéndole disculpas por las
responsabilidades de su hijo Francisco Javier en el fraude del BCP. Esa carta
terminaba con un ruego: "...le pido que no abandone a mi hijo en estos
momentos de prueba... ".
Esa carta trascendió a los medios. Ámbito Financiero la
repro¬dujo en su edición del 3 de noviembre y entonces papá Trusso se sintió
agraviado.
El 11 de noviembre, en La Nación, escribió:
"Habiéndose dado a publicidad una carta que fuera
confidencial dirigida al cardenal Quarracino, monseñor ha contrariado la norma
del articulo 155 del código penal y las más elementales normas éticas que más
que ningún otro deben ser respetadas por un obispo".
El 12 de noviembre, La Nación se hizo eco de una carta sin firma
dirigida a Trusso, que parecía ser remitida por Quarracino. Decía así:
"Usted, no sin cierta grosería me achaca haber hecho
pública una carta confidencial. No lo hice; y creo no estar muy equivocado si
sospecho de un determinado remitente, el cual lo hizo "para emba¬rrar la
cancha". También ahora veo con claridad aquello de la sabi¬duría popular:
"de tal palo tal astilla".
Esto provocó que ese mismo día 12, desde radio Mitre, Néstor
Ibarra entrevistara a Trusso. En ese reportaje dijo sen¬tirse aliviado porque
"gracias a Dios, el Señor me ha dado paz, una gran paz a pesar del gran
dolor". Pero al momento de ha¬blar sobre la carta confidencial dada a
publicidad, fustigó: "Lo considero un delito de extrema gravedad, el
doctor Soler, gran jurista y penalista argentino, lo consideraba un delito de
extrema gravedad, desde los romanos, porque va en contra de la ética...".
Ibarra le preguntó si era cierto que Quarracino se había negado a recibir a su
hijo Francisco Javier: "Sí, él era además su director espiritual y como
tal tiene que recibirlo... Se negó a recibirme a mí y a mi hermano, el padre
Trusso, un sacer¬dote de una santidad excepcional, una eminencia de la
Iglesia... Estoy ofendido pero yo perdono. El debe estar cerca de alguien que
no le deja ver la realidad de lo que pasa", sostuvo Trusso, dando entender
que ese alguien era monseñor Toledo. "Sé que mi hijo no falsificaría la
firma de Quarracino... El caso es una injusticia, una campaña dirigida contra
mí y mi familia. Sí, sí, rezo por los ahorristas... ", añadió.
El 2 de octubre, en la revista Tres puntos, Marcelo Zlotogwiazda
relató en la nota de tapa el último diálogo que mantuvieron Fran¬cisco Javier
Trusso y monseñor Toledo, en los primeros días de agosto. Decía:
"Francisco Trusso y monseñor Toledo discutieron a los
gritos en la sede del arzobispado. El principal accionista del BCP, de Carta
Cre¬dencial e hijo del último embajador argentino ante el Vaticano ame¬nazó al
secretario de Quarracino:
"–Si yo caigo te voy a arrastrar a vos. Y si yo me pego un
tiro me voy a encargar de que antes alguien te pegue un tiro a vos.
"Toledo dejó constancia escrita de la extorsión y contó los
detalles de la escabrosa relación de la Curia con la familia Trusso. Fue un
documento secreto depositado en una escribanía:
"–Hay sólo una persona que sabe dónde está el sobre y tiene
poder para abrirlo si a mí me pasa algo."
La nota desnudaba además la ligazón existente entre los Trusso,
los carapintadas y uno de los más sanguinarios miembros de la dic¬tadura
militar, a cuyo cargo estuvieron cuarenta centros clandesti¬nos de detención.
No en vano el título de tapa fue: "Quarracino -Trusso - Suárez Masón: La
catedral de la Corrupción".
El estratega de Francisco Javier Trusso era el ex mayor Ernesto
Nabo Barreiro, aquel carapintada amigo de Aldo Rico, que se negó a presentarse
a declarar en los tribunales de Córdoba en 1987 acusado de crímenes de lesa
humanidad y al que el país le debe por rebote aquellas "Felices
Pascuas" donde parieron las leyes de obediencia de¬bida y de punto final.
Diez años después, los carapintada estaban a cargo de la seguridad del BCP y
Barreiro era asesor del directorio, con un sueldo de 20.000 pesos. Le aconsejó
a Francisco Javier: "Aho¬ra tenes que crear confusión y caos en el banco,
y después presentarte como el salvador de mano dura que va a recuperarlo".
La caída del BCP no se debió a la falsificación de la firma de
monseñor Quarracino ni al mutuo por diez millones de dólares, sino a que el
Banco Central "descubrió" aquel listado de 20.936 cré¬ditos
inexistentes por 64 millones de dólares para inflar el activo de la institución
que estaba absolutamente en rojo. Dentro de tamaña estafa, lo de la Sociedad
Militar era apenas un detalle, aunque no menor, dado que vestía sotanas.
El juez platense Juan Carlos Bruni, a cargo de la causa por la
falsificación de los créditos, dictó el viernes 31 de octubre de 1997, dando
lugar al pedido del fiscal Octavio Agustín Sequeiros, el auto de detención de
Francisco Javier y Pablo Alfredo Trusso, de su primo Renato Della Nogare y su
hijo Pablo Tarquino, Jorge Granitto, Sergio De Haro, Daniel Cóccaro, Jorge De
Simone, Luis Gamallo, Miguel Panello, Graciela De Biasi, Patricio Mulhaal y
María Andrade, bajo los cargos de asociación ilícita en concurso real con
estafas reiteradas y tentativa de estafa, falsificación de documento reiterada
y balance falso. El 25 de noviembre les dictó la pri¬sión preventiva a los
trece imputados. El presidente del BCP, Anto¬nio Ramón Falabella, no apareció
en ninguna de las acusaciones.
Ese día, monseñor Rey consideró que la relación de Miguel Trusso
–hermano de Francisco Javier y Pablo Alfredo– con la Iglesia "le hace daño
a Caritas" y aquel debió renunciar. En tanto, el cardenal Quarracino
expresaba su preocupación por "Las con¬secuencias sociales derivadas del
caso del BCP".
Cuando la policía fue en busca de Francisco Javier Trusso, no lo
encontró. El asesor papal había escapado al exterior y se mantuvo prófugo de la
Interpol durante dos años, hasta que lo localizaron en Brasil, y luego otros
dos años, hasta que lo encontraron en el invierno de 2001, en la Argentina.
Tam¬bién fueron declarados prófugos Renato Della Nogare y su hijo Pablo
Tarquino.
A partir del cierre del BCP, y previo al dictado de prisión,
Francisco Javier Trusso había pasado sus días encerrado con los abogados del
estudio de Jorge Anzorreguy, hermano del jefe de la Side, quien a lo mejor le
aconsejó que pusiera los pies en polvorosa. En ese tiempo, hacía oír su
indignación porque las autoridades del Colegio Los Molinos, del Opus Dei, a
quien él tanto había ayudado, le habían pedido que retirara a sus hijos de esa
institución. Como buen católico debería haberlo previsto, ya que la Biblia
enseña que desde los tiempos de Adán y Eva, nos guste o no, los hijos heredan
el pecado de sus padres.
La revista Urgente y Especial relató que les había contado por
esos días a sus abogados que había inaugurado una capilla en Roma donada por él
y que sus interlocutores Vaticanos le habían aconsejado tener
"prudencia". No obstante, les aseguró que po¬día demostrar que
durante años los Trusso les habían pagado abultadas cuentas a monseñor
Quarracino y a sus colaboradores. Y además les aportó documentación probatoria
sobre viajes pa¬gados al obispo de Morón, Justo Laguna, con su secretario
priva¬do; de la financiación al obispo Casaretto de una publicación llamada
Medios del Episcopado; de haber solventado las activida¬des culturales
realizadas por el entonces vicario de Belgrano, Melchor Aguer; y subvencionado
proyectos informáticos al obispo de Lomas de Zamora, el ultraconservador,
Desiderio Collino. De más está decir que ninguno se cuestionó el origen del
dinero. Lo mismo le ocurrió a monseñor Martorell, del arzobispado de Córdoba
con Yabrán y al rector de la Universidad Austral, José Luis Gómez López Egea, con
Juan Carlos Cassagne, lo cual indi¬ca que la Iglesia Católica recibe fondos sin
importar su origen y que hasta podría haber colaborado en el lavado de esos
recursos.
Francisco Javier Trusso les contó también a sus abogados que
había visitado a monseñor Estanislao Karlic para presentarle do¬cumentación que
lo exculpaba de las acusaciones de Quarracino y su entorno; y les anunció que
viajaría al Brasil "para ver a los más íntimos colaboradores de Juan Pablo
II".
En octubre, Francisco Javier se entrevistó también con el
obis¬po auxiliar, Jorge Mario Bergoglio:
"Trusso cree que Bergoglio no es lo mismo que Quarracino.
Du¬rante la entrevista Bergoglio pidió que estuviera presente Toledo. Trusso
piensa que Bergoglio grabó esa conversación (entró alguien con el té y dejó una
valija)", consignó una fuente.
Pablo Trusso fue detenido en Buenos Aires antes de que pu¬diera
embarcarse. Lo indagaron el 2 de noviembre de 1997, y al mejor estilo bíblico,
le echó las culpas a su hermano, Francisco Javier, vicepresidente del BCP.
Antes de caer preso, Pablo ha¬bía estado trabajando como si nada con Jackie
Finkelstain, en la empresa Antonio Griego, cuyas oficinas están en Santa Fe y
Junín. Dios los cría y ellos se juntan: Finkelstain llevó a la quiebra al
Central Bank of New York y estuvo preso varios años en los Estados Unidos.
Apoyado por su defensor, Alfredo Gascón, Pablo le contó al juez
Bruni que fue director ejecutivo del banco desde 1991, que ya para entonces la
entidad tenía pérdidas, y que éstas se profun¬dizaron cuando en 1995 el Banco
Central presionó para que com¬praran el Banco de Tandil. "Me opuse a esta
operatoria por consejo de la consultora Roland Berger, pero mi hermano
Francisco Javier Trusso, Della Nogare y De Simone apoyaron la compra y se
realizó ", expresó. Agregó que las presiones de Pedro Pou, titular del Cen¬tral,
para que adquiriesen el Banco Tandil les ocasionó "una pér¬dida de 5 a 6
millones anuales" y que pagaron "coimas por un mi¬llón a través de
facturaciones al estudio contable de Hernán del Villar", socio de Deborah
Giorgi y Pedro Lacoste, "que figuraron como gastos", según publicó
por aquellos días el diario El Cronista Comercial. Admitió que había aceptado
que se distorsionara el balance del BCP "pero con la intención de
regularizar la situación en el futuro". De esta forma, se operaron 64
millones de dólares con la creación de un listado de casi 21.000 créditos
inexistentes. "Distorsionar el balance mientras se busca una solución es
una prác¬tica habitual", dijo, con lo que comprometió al Banco Central
como cómplice de la maniobra. Contó también que la relación entre el
Arzobispado y su familia era fluida a través del tío Alfredo, hermano de su
padre, que es sacerdote y que conocía a Antonio Quarracino. "Esa
vinculación comenzó en tiempos en que Quarracino era arzobispo de La Plata y se
consolidó cuando lo nom¬braron cardenal primado, en esos tiempos se integra al
núcleo monseñor Roberto Toledo ". Añadió que familiares de ambos fue¬ron
contratados por el BCP y que el banco los ayudaba mensualmente. "Esta
ayuda económica era canalizada a través de la sucur¬sal Buenos Aires, por
Graciela De Biassi, secretaria del directorio, quien arreglaba con monseñor
Toledo. Yo desconocía el destino de los préstamos y de las donaciones",
explicó.
Pablo desconoció además los mutuos entre el BCP y el
Arzo¬bispado de fecha 30 de mayo de 1997 por cinco millones de dólares cada uno
–algo que había sido pergeñado sin duda por sus hermanos Francisco Javier y
Juan Miguel– y un depósito de dos millones en la cuenta 250-01175/9. También
dijo que no tenía nada que ver con otro mutuo de fecha 20 de junio de 1997 por
400.000 dólares; un descubierto de 700.000 en la cuenta 250-1159-9; otro mutuo
de fecha 23 de julio de 1997 por 500.000 dólares con el Arzobispado y una
donación de 300.000 dólares al colegio San Patricio, en fecha 7 de abril de
1997, por cheque 19700995- Eso sí, reconoció que el límite crediticio otor¬gado
al Arzobispado con su firma era de 3.500.000 pesos.
Respecto del préstamo otorgado por la Sociedad Militar al
Arzobispado, sólo admitió que mantuvo una reunión en la su¬cursal de Buenos
Aires con De Simone y el asesor Barreiro, quie-nes le manifestaron que
"iba a entrar el préstamo", y que más tarde "Giralde me
manifestó que estaban entrando los cheques para el cobro de los diez millones y
que los pagara". Alegó que por la tardanza en acreditarlos, "autoricé
a pagarlos en descubierto" aun¬que
reconoció como suya la firma en los cheques 10093340 /4l, por cinco millones de
pesos cada uno, dijo no saber por qué faltaban los datos sobre quién percibió
esa suma.
En cuanto a los aportes de capital de un millón y 265.000 pesos
acreditados el 26 de junio de 1997 en su cuenta, dijo que fue producto de
"un préstamo que me hizo Francisco Javier y no tengo documentación de
eso". Respecto a su hermano Juan Mi¬guel, abogado y con una pequeña
participación en el BCP, alegó que no tenía nada que ver con el manejo de la
entidad y que sólo le daban "algunos juicios". Pese a que el cargo de
jefe de una aso¬ciación ilícita no contempla excarcelación, Pablo zafó porque
no se le pudo probar que la comandaba. Fue excarcelado el 11 de octubre de
1998, pero continúa bajo proceso.
Monseñor marchó preso
Un año después, en la mañana del martes 2 de noviembre de 1999,
su hermano Juan Miguel Trusso fue detenido en la calle Uruguay y pocas horas
después cayó preso monseñor Roberto Toledo quien, a esas alturas, y tras la
muerte del cardenal Quarracino, producida en febrero de 1998, había vuelto a la
pro¬vincia de Buenos Aires y se desempeñaba como vicario general de Avellaneda.
Ambos procedimientos fueron ordenados por la jueza de
tran¬sición platense Marcela Garmendia, a cargo de la causa por el affaire del
crédito de la SMSV, sin saber que los unía algo más que eso: Toledo había
oficiado la ceremonia de casamiento de Miguel, que incluyó misa de esponsales.
Esta vez también hubo misa, no por Trusso, sino por Toledo. Fue el jueves 4 de
noviem¬bre, cuando recuperó su libertad. Juan Miguel, en cambio, que¬dó adentro
un tiempo más.
El intendente Baldomero Álvarez, y el obispo de Avellaneda,
monseñor Rubén Di Monte, estuvieron en aquella iglesia col¬mada de fieles, que
habían sido convocados por diversas asocia-ciones del apostolado y de laicos,
para agradecerle a Dios que Toledo había salido en libertad. Durante el oficio
se leyó un co¬municado del obispo Di Monte:
"Rechazamos con máxima firmeza la detención de monseñor
Toledo, que fue privado de su libertad innecesariamente, ya que hubiera
presta¬do su inmediata colaboración si se lo hubiese convocado...".
Luego, aclaró:
–El comunicado que he dado no me gusta. El que había prepa¬rado
era mucho más fuerte, pero por consejo de mis abogados lo moderé. El caso es
difícil, enredado, porque quienes lo hicieron tejie¬ron durante años la
traición y la infamia, sin importarle el daño que le hacían al querido cardenal
Quarracino. Ahora es difícil sepa¬rar la paja del trigo, pero como le digo a
monseñor Toledo: "¡Ave María y adelante!".
En la homilía, Toledo exclamó:
–¡Perdónalos, Señor, porque saben lo que hacen y lo hacen a
propósito! Perdónalos porque les gusta un mundo corrupto, donde pueden prender
la mediocridad y la bajeza enlodando a cualquiera y de cualquier modo.
Emocionado hasta las lágrimas, José Erro, ex rector de la
Cate¬dral porteña, se acercó hasta el altar para estrecharlo en un abrazo.
Toledo declaró ante la justicia que tanto él como monseñor
Quarracino habían sido víctimas del abuso de confianza de los Trusso. Lo que no
aclaró y se guardó muy bien de decir, fue que esa confianza le había permitido
adquirir un inmueble en el ba¬rrio de Caballito valuado en medio millón de
dólares, andar en un coche Rover cero kilómetro, vestir trajes de Flamer's y
Lacoste, viajar en primera clase a Roma junto a su amigo íntimo, el arqui¬tecto
Silva, y hasta alojarse en el departamento 2801-3 del exclu¬sivo edificio
neoyorkino The Pierre –lugar preferido de ricos y famosos– que Francisco Javier
Trusso compró en marzo de 1997 en 1.250.000 dólares, por recomendación de
Amalita Fortabat.
Toledo también olvidó señalar que Silva era empleado del BCP, en
un cargo que lo habilitaba a leer la documentación reservada a los ejecutivos
de la institución, y que un sobrino suyo, Juan Carlos Verón, trabajaba en la
sección Tarjetas de Crédito y su¬pervisaba las cuentas de su tío, de Silva y de
Quarracino, todas religiosamente pagadas por los Trusso.
La revista La Maga publicó el 17 de diciembre de 1997 un
artículo que se titulaba: "Monseñor Toledo: el López Rega de
Quarracino". En letras destacadas se leía: "Toledo es el encargado de
los asuntos políticos, comerciales y particulares de Quarracino. Podría ser
acusado de haber imitado la firma del cardenal en el escándalo del BCP. Es
conocido en el ámbito seglar y político como el "López Rega del
cardenal". El artículo explicaba luego por qué se lo había bautizado con
ese nombre y contaba cuál era el trato que le dispensaba Toledo a los
sacerdotes que concurrían a la Curia para pedir ayuda:
"En septiembre de 1995, Quarracino tenía una reunión con
Menem y Toledo intentó ingresar con actitud prepotente. Ramón Hernández le dijo
que no estaba incluido en la reunión y finalmente intercedió el cardenal y le
permitieron el acceso. Por la prepotencia del secretario, comenzaron a llamarlo
López Rega.
"Semejante a Richelieu o Mazzarino, Toledo ejerce su poder
en¬tre las sombras. Tiene una amplia red de contactos financieros, polí¬ticos,
militares, diplomáticos y eclesiales. Va siempre acompañado por un escudero
menor que él, de traje oscuro y aspecto huidizo, el "arquitecto"
Norberto Silva.
"Luego de un desafortunado episodio de salud de Quarracino
en la ciudad de Navarra, el primer rostro que vio al salir de la anestesia fue
el de Toledo. De allí en más se transformó en dos ojos y las manos" de
Monseñor Quarracino. Apoyándose en la precaria salud de Quarracino, ejercía un
poder omnímodo sobre las finanzas y las decisiones políticas del cardenal.
Aprovechó la estrecha relación con los Trusso y comenzó un período de cambio en
sus condiciones de vida y sus relaciones interpersonales.
"Mostró una personalidad cargada de oscuros rencores,
actitudes Altisonantes, despóticas, descomedidas y faltas de urbanidad. Los
sacerdotes que querían ver a Quarracino esperaban cinco o seis horas siendo
atendidos finalmente por un Toledo desganado. De la mano de Silva estableció un
sistema de retornos. Los sacerdotes que reci¬bían ayudas económicas para
escuelas u hospitales eran obligados a firmar por un monto mayor a riesgo de
irse con las manos vacías. "
La Maga concluía diciendo: "Curiosamente la justicia liberó
de toda responsabilidad a Toledo y procesó a los otros participantes de la
reunión. Se sospechan filiaciones nacionalistas católicas entre los
magistrados" y remataba el artículo con dos liquidaciones de la tarjeta de
crédito de Toledo, tomadas al azar, una correspondien¬te a noviembre de 1994 y
otra a diciembre de 1996, aunque sin especificar si era la de American Express
o Carta Credencial. Son las siguientes:
Fotocopia Resumen
Banco de Crédito Provincial Nro. de
Cuenta 01 11584416
Vto: 11/11/94
Titular: Roberto Toledo
Cerrito 1309
4565 7700 0003 6878
Kanatu S.A. 1573,66
dólares
Flamer's 1086,66
Óptica City 2770,00
pesos
Vto 10/12/96
El nochero C 2/3 146,66
Multicanal 31,00
Mar statue Sacre IT L 491,33
Mancinelli IT L 708,78
Red Blue ITL 277,60
Neumáticos Camoia Olivos 208.00
Easy Palermo 118,85
Carrefour Vte López 1. 630,00
Antonio Trapani e Hijos C1/2 175,00
A Juan Miguel Trusso la jueza no sólo lo indagó por sus
vín¬culos con las maniobras fraudulentas del BCP con el Arzobispa¬do y la SMSV,
sino también por la venta de acciones de la firma Inversiones Recoleta, en la
que había sido subdirector, por un monto de dos millones de dólares. En este
caso se le imputaba haber efectuado esta venta sin el consentimiento de uno de
los inversores, la firma Fiorini Investimentt. Según los datos del juz¬gado, en
el momento en que el Banco Central intimó al BCP a aumentar su capital, que
tenía un rojo de 64 millones de dólares, derivó al banco el dinero de esa venta
de acciones sin aviso a Fiorini Investimenti. Por supuesto, el hombre negó
todo.
Los testigos se deschavan
Jorge Alejandro De Simone, que estaba en el BCP desde 1987,
antes de que los Trusso lo compraran, prestó una primera decla¬ración ante la
justicia el 2 de noviembre de 1997 por haber con¬currido al Arzopispado en su
carácter de gerente financiero, a hacerle firmar a Quarracino el mutuo por los
diez millones de dólares. En su declaratoria tomó partido por Francisco Javier
y enterró a Pablo Alfredo. Palabras más, palabras menos, dijo:
–La línea crediticia ficticia descubierta por el Banco Central
me era desconocida y no creo que Francisco Javier Trusso tuviera conocimiento
de eso, ya que al enterarse exclamó delante mío muy sorprendido: "¡Qué
barbaridad!". No tengo dudas de que Pablo Trusso, como director ejecutivo,
fue el inspirador de esa maniobra, consistente en cambiar créditos incobrables
por otros buenos.
En cuanto al crédito con la Sociedad Militar, refirió:
–Francisco Javier Trusso le dio instrucciones a Juan Miguel para
instrumentar la operación. Yo consideré que el aval del BCP era riesgoso, no
estaba de acuerdo, pero me insistieron en que acompa–ara a Juan Miguel al
Arzobispado. La operación no se instrumentó como una operación normal del
banco. Más tarde me enteré por Francisco que el dinero iba a ser prestado a los
accionistas del Banco y que de la instrumentación final se encargaría Pablo
Trusso. Re¬cuerdo que en esa fecha había que hacer una capitalización de
vein¬te millones y pienso que se instrumentó así porque la Sociedad Mili¬tar no
haría un préstamo al BCP pero sí al Arzobispado. La relación de los Trusso con
el Arzobispado, era muy fluida y exclusiva de Fran¬cisco y de Juan Miguel, que
no pertenece al banco.
Luis Antonio Marrano, empleado del BCP, prestó testimonio el 5
de octubre de 1997 y dijo no recordar haber certificado nunca la firma de
Quarracino y tampoco la del mutuo entre el Arzobispado y la Sociedad Militar.
Pero admitió, sin embargo, que "muchas veces el Directorio me bajaba
documentos para certificar, sin que estuviera presente el firmante y yo lo
hacía porque negarse implicaba un cambio de sucursal. No me podía negar a
ningún pedido del Directorio".
Susana Beatriz Sanmarchi, jefa de Tesorería General del BCP,
declaró el 11 de octubre de 1997; cuando en el juzgado le exhi¬bieron los
cheques números 10093340, de fecha 26 de junio, y 10093341, de fecha 27 de
junio, por cinco millones de pesos cada uno, pertenecientes al BCP y librados a
favor del Arzobis¬pado, detalló una complicada maniobra contable mediante la
cual parte de esos fondos fueron a dar a manos de los Trusso y el resto a una
cuenta corriente cuyo número dijo no recordar.
–Los cheques me los pasó el tesorero general, Carlos Alejandro
Fúriga. De acuerdo a las instrucciones recibidas, ingresé al BCP la suma de
7.325.000 pesos como aporte irrevocable de capital a favor de Francisco Javier,
Pablo Alfredo y Juan Miguel Trusso, 300.000 fueron depositados en una cuenta
corriente cuyo número no recuer¬do y la diferencia, 2.375.000 fue retirada por
el Directorio en efec¬tivo a través de Graciela De Biassi. Las cuentas del
Arzobispado eran manejadas pura y exclusivamente por el Directorio –contó. Y
esos manejos se prestaban a oscuras desviaciones.
El 13 de octubre de 1997, Ángela Beatriz Zolezzi, directora del
Colegio San Patricio de Sarandí, testimonió en la causa por los créditos
truchos, haber solicitado un préstamo en 1994 para obras de construcción del
edificio, a través de Horacio Santos, representante legal, el cual nunca le fue
otorgado. Añadió, sin embargo, que a principios de 1997, a raíz de la relación
de amis¬tad de Santos con Monseñor Toledo, había surgido la posibili¬dad de una
donación por parte del BCP.
–Santos me trajo unos papeles: una nota pidiendo la donación y
un comprobante de recibo, porque monseñor Toledo le dijo que así se ganaba
tiempo.
La donación nunca se hizo efectiva. Al mostrarle el cheque
número 09951970 a favor del Arzobispado con fecha 7 de abril por 300.000 pesos,
dijo que era la primera vez que veía ese che¬que. Y desconoció la firma puesta
en su endoso.
Sus dichos fueron apoyados por los de Horacio Santos,
repre¬sentante legal del colegio Sarandí, quien contó que en 1994 ha¬bía
intentado un préstamo de 100.000 pesos para esa institu¬ción, que no fue
otorgado por falta de aval. Y que en 1997, sorpresivamente, Francisco Javier
Trusso le ofreció por iniciativa propia una donación de 300.000 pesos.
–Para esto me pidió una solicitud de donación dirigida al BCP y
un comprobante de recibo a nombre de una Fundación del BCP. Extrañado por tanta
generosidad, consulté a monseñor Toledo, quien me dijo que Trusso era muy
generoso y que le llevara todo lo que me había pedido.
–Como el dinero nunca llegaba, le reclamé a Toledo y él me
explicó que Trusso estaba de viaje y que ya lo iba a recibir. Nunca supe de
ninguna nota por la que monseñor Quarracino solicitaba la donación, ni he visto
ningún cheque a favor del Arzobispado–respondió Santos a la requisitoria del
juzgado.
El martes 30 de septiembre, el tesorero del banco, Carlos
Fúriga, declaró ante el juez Bruni que había recibido del di¬rectorio órdenes
de fraguar el resumen general de caja. Dijo que hizo figurar dos notas de
débito inventadas por el retiro de diez millones de pesos y que imputó ese
dinero a llenar agujeros del BCP. Luego, el 13 de julio, reemplazó las notas
fraguadas por los dos cheques de Toledo que le llegaron en sobre cerrado desde
el directorio.
Esta declaración demostraría que los diez millones, que fue¬ron
ingresados a una cuenta del Arzobispado, en realidad salie¬ron de inmediato en
forma de cheques, y que éstos fueron cobra-dos por ventanilla; pero ¿el
Arzobispado fue engañado o estaba al tanto de estas maniobras? La entrega de
los cheques en blanco y la falta de control del saldo de la cuenta indicaría
que se ampa¬raban ilícitos a cambio de donaciones.
Por ejemplo, los Trusso restauraron un valioso cuadro del
Vaticano en nombre de Quarracino, quien se enteró cuando re¬cibió una carta de
agradecimiento de la Santa Sede. Además, el BCP le pagaba al cardenal primado
suscripciones a revistas, com¬pras de computadoras, su viaje y su operación en
España, teléfo¬nos celulares y tarjetas American Express para él y sus
secretarios. Según Toledo, aquello fue "un pecado que cometimos por
debili¬dad, comodidad o conveniencia".
Las aseveraciones de Fúriga sirvieron de paso para aclarar el
des¬tino que tuvieron esos 300.000 pesos que el Colegio Sarandí nunca recibió.
Luego de reconocer que había autorizado cheques para el Arzobispado y cheques
de las cuentas del Arzobispado, y de aclarar que lo hizo siempre a pedido del
Directorio, a través de la secretaria de Francisco Javier Trusso, Graciela De
Biassi, Fúriga dijo:
–El 7 de abril autoricé el cobro de un chequepor 300.000 pesos
(Número 00951970) a Graciela De Biassi. Ella me dijo que debía llevar esa
donación al Arzobispado para la terminación de un cole¬gio, dado que monseñor
Toledo se hallaba de viaje. Exhibió docu-mentación respaldatoria por la que
Quarracino solicitaba dicha donación y el Directorio la aprobaba. Recuerdo que
le entregué los fajos de dinero en pesos en un sobre de papel madera.
El 22 de septiembre de 1999, la Sociedad Militar Seguro de Vida
y la Arquidiócesis porteña firmaron un acta en la que hicie¬ron constar que
ambas fueron "víctimas de las maniobras defraudatorias de los directivos
del BCP" y acordaron cooperar en acciones penales contra ellos. En ese
acuerdo el Arzobispado se eximió de responsabilidad civil por aquel presunto
préstamo de 1997 con la supuesta firma de Quarracino, en el juicio que le había
iniciado la SMSV, y a la vez desistió de la querella criminal que había
entablado contra esa sociedad. De ahí que la posición de los Trusso, antes tan
ligados a la Curia, virara sustancialmente. Por lo demás, las pericias
corroboraron que Quarracino nunca había firmado el mutuo por los diez millones.
En nombre del padre
A cambio de pagarle los gastos de tarjeta a Quarracino y a
Toledo, y de numerosas donaciones a la Iglesia, la familia Trusso obtuvo apoyo
del Arzobispado para negocios que se concretaron en la sede de la embajada
argentina, en el Vaticano durante la gestión de Francisco Paco Trusso, quien
fue designado por Menem en esa función a pedido del cardenal. Uno de esos
negocios se hizo en presencia de Quarracino y fue el intercambio de
repre¬sentación con el Banco Monte Paschi di Siena, el más antiguo de Italia,
ya que data del siglo XV, que junto con un broker de Esta¬dos Unidos le
prestaron al BCP setenta millones de dólares. Fran¬cisco Paco Trusso también
fue elegido por Menem para dirigir la oficina de Etica Pública y, a pedido del
Vaticano, fue director de la sucursal local del Banco Ambrosiano, que en Italia
manejaba Roberto Calvi, miembro de la temible Logia masónica P2. "No tengo
nada que ver con los negocios de los chicos", alegó, pero con semejantes
antecedentes, fue difícil creerle.
Es cierto que su hijo mayor, Francisco Javier, tenía el 44,8 por
ciento de los votos en las asambleas de accionistas del BCP, Pablo el 17,30,
Juan Miguel sólo el seis, pero Francisco Paco Trusso era el presidente de Carta
Credencial.
Un precepto bíblico dice: "Dios ciega a quienes quiere
perder". En 1980, el Banco de Intercambio Regional (BIR) quebró y dejó un
tendal de 400 millones de dólares. Diez años después, sus ahorristas seguían
haciendo manifestaciones frente al Congreso reclamando por su propio error:
cegados por tasas desmesura¬das, habían depositado allí sus dólares, sin
contemplar que cuan¬do la limosna es grande hasta los santos deben desconfiar.
Oh, casualidad, la cara visible del BIR era José Rafael Trozzo, un hom¬bre del
Opus Dei, que se fugó a México. Y que Francisco Paco Trusso, era asesor de
Trozzo en el BIR.
Otro de los negocios sucios en los que se vio implicada la
Iglesia tuvo lugar al año siguiente y fue el turbio asunto de la herencia del
solterón y avaro multimillonario Juan Feliciano Manubens Calvet, a quien la
Iglesia de Córdoba seguía de cerca ya que había prometido dejar sus bienes a
Villa Dolores, su pue¬blo cordobés. Manubens tenía 388.000 hectáreas de campos
en cinco provincias y bienes del orden de los doscientos millones de dólares,
una buena cantidad para repartir en obras de caridad. Pero, de pronto, le salió
una hija "trucha" y paraguaya, Juana Carmen González Civibils, quien
–según cuenta Rogelio García Lupo en su libro El Paraguay de Stroessner– con un
documento adulterado con la ayuda de ese dictador, se hizo llamar Dolores
Manubens Calvet y "decidió repartir sus legendarios bienes entre el
Obispado de Venado Tuerto, una aldea de 50.000 habitantes en la provincia de
Santa Fe; el Papa Juan Pablo II; y dos personas más, de las que una arrastraba
cincuenta procesos judiciales".
Las cesiones de Dolores a cuenta del patrimonio a heredar,
causaron sorpresa: "Al obispo Mario Picchi le dejó el 50 por ciento en
forma gratuita, mediante un acta en cuya confección quedó cons¬tancia de que el
alto prelado había estado presente y había manifes¬tado que la aceptaba. En
otra acta notarial benefició con otro diez por ciento al mismo obispo y con el
40 por ciento a José Luis Cora, quien le pagó 500.000 dólares. En otra más, y a
cambio de otro medio millón de dólares, el 30 por ciento pasó a un empleado de
organizaciones católicas, y por fin hubo un diez por ciento para Su Santidad
Juan Pablo II. En este último caso, el nuncio apostólico en Buenos Aires, el
italiano Ubaldo Calabressi, aceptó la donación en nombre del Papa, en la
escribanía de un notario elegido por la Nun¬ciatura. Pero algo había salido
mal: la suma de donaciones daba 140 por ciento".
"El nudo sucesorio tomaba forma de ajfaire–prosigue García
Lupo–. Recién en 1983 la trama comenzó a aclararse para la jus¬ticia argentina,
que dispuso la detención de Dolores. El juez consi¬deró que las pruebas de la
impotencia sexual de Manubens Calvet eran concluyentes. También mencionó, en
relación con el ajfaire, a Cora, al obispo Mario Picchi, al nuncio apostólico y
al prominente abogado católico Guillermo Borda, ex ministro de una dictadura
militar en la década del '60 y jurista del Opus Dei". Por supuesto, la
Nunciatura dijo que no haría comentarios.
–A Trusso padre lo vi varias veces y hablábamos por teléfono,
cuan¬do sorpresivamente llamaba a mi casa a horas insólitas. Siempre en tono
intrigante y misterioso me daba información sobre su hijo o me citaba en su
casa para darme algún dato, porque tenía miedo de sus teléfonos pinchados. Una
de ellas fue el 20 de febrero de 2001, cuando me contó esencialmente de la
propuesta de Carlos Menem para que ocupara la Secretaría de Etica Pública, que
no pudo ser más inoportuna, ya que se produjo en 1997, cuando estalló el
escándalo delBCP. Pero también, de los miembros de la Curia con los que tenía
mayor o menor afinidad, y de su paso por el Banco Ambrosiano.
–Lo de la Secretaría de Etica fue una propuesta de Menem. Para
eso yo debía volver de la embajada del Vaticano, donde estuve desde enero del
'92 hasta el '97, pero le contesté: "Ustedes el que ordena". En abril
fui operado en Roma por un problema en los intestinos, estuve internado un mes.
Según Clarín, yo ya había aceptado el puesto. Es cierto que tuve una reunión
con Corach, pero primero debía regresar para despedirme del Papa. Hay que
despedirse ante el jefe de Estado, si no la función no termina. Y después, para
aceptar, puse una condición: "que sea por un año y me permitan ser
inflexible". Y Menem aceptó. A raíz del escándalo, no juré. Me parecía que
era un mal para todos. Por suerte tuve algunos amigos que me apoyaron, como
Baruk Tenembaun, al que conocí en la embajada.
–Usted tenía una buena relación con Esteban Caselli. ¿Qué la
rompió?
–Cuando Ruckauf visitó Roma con Caselli, me dijo: "Usted es
el mejor embajador que tiene Argentina y seguirá siéndolo todo el tiempo que
quiera". Con Caselli tenía una buena relación. Iba mu¬cho a Roma y se
reunía con Sodano. En la despedida del Papa, lo llamo a Caselli para desearle
suerte y agrego que yo lo podía ayudar en cosas de la Iglesia, porque ese tema
lo conozco bien. Y me contesta: "Acabo de recibir un fax donde me dicen
que dijiste que yo no tengo capacidad, que soy ostentoso, que tengo un Mercedes
Benz, etcétera. Voy a destruirte, a vos y a tu familia y voy a ver pasar el
cadáver de mi enemigo". El tiene su banda de obispos: Aguer, Collino,
Ogñenovich. En Roma, llegaron dos senadores por Córdoba y les conseguí una
audiencia en primera fila con el Papa, a Caselli eso no le gustó. En Roma me
hice amigo de Monseñor Re, sustituto del secretario de Estado. Y de Martín
Elizalde, ahora en Nueve de Julio.
–Usted fue director de otro banco envuelto en un gran
escánda¬lo, el Ambrosiano.
–Yo fui director de la filial local del Banco Ambrosiano durante
un año y medio, como una especie de vigilancia. Cuando vi que las cosas no
andaban bien, mandé una larga renuncia al Banco Cen¬tral, fundamentada en la
falta de claridad de algunas operaciones. Luego viajé a Roma y hablé con el
cardenal Silvestrini que era el que me había nombrado. El Ambrosiano tuvo otros
directores locales: Michel Art, Ollatti, el ingeniero Recia, que ya murió, y el
almirante Coda. Cuando la Banca de Italia compró el Ambrosiano le hicieron
sumario a todos menos a mí.
–¿Con qué miembros de la Iglesia tiene más afinidad?
–A las reuniones que hacía en Roma concurrían Cassareto,
Quarracino, Mejía. Con Aramburu no tenía buena relación. Pío Laghi me invitaba
a las reuniones de la Nunciatura; en Roma lo vi sencillo, humilde y compartimos
el tema de las Universidades. Yo traje al Papa por Malvinas, Calabresi no
quería. El cardenal Quarracino era bonachón, confianzudo. Era muy amigo de mi
her¬mano, el padre Alfredo Trusso. Quarracino era compañero del Papa, fue el
impulsor de la primera reforma litúrgica y traductor de la Biblia. Es el
primero que le hace sacar la sotana a los sacerdotes. ¿ Toledo? Es oscuro, muy
callado, duro, no me atraía estar con él. Yo le daba el coche de la embajada.
–Usted trabajó junto a uno de los criminales del Proceso:
Paja¬rito Suárez Masón...
–Lo he dicho infinidad de veces: fuimos compañeros del colegio
La Salle, nada más. Estuve exactamente del otro lado de la escena.
–No tanto, usted fue responsable jurídico de YPF, desde el
pri¬mer día que Suárez Masón puso su pie como presidente, hasta que se fue, en
marzo de 1982...
–Eso no tiene nada que ver. Lo conocí, no digo que no, pero no
tengo nada que ver con el proceso, al contrario, como le dije yo estuve del
otro lado. Suárez Masón era débil de carácter, muy influenciable, pobre. Fui a
verlo con Facundo Suárez por el secuestro de su hijo. Llamó a Massera y le
dijo: "Te doy dos horas para que aparezca".
El temible general Carlos Guillermo Pajarito Suárez Masón,
des¬de la poderosa Jefatura II de Inteligencia de Ejército, fue el encarga¬do
de establecer los vínculos con la Armada y la Aeronáutica para la feroz
represión que se desató en la Argentina a partir de 1976 y que dejó miles de
muertos y desaparecidos. En 1980 fue pasado "a reti¬ro" e integró el
directorio de Bridas y de YPE Desde este lugar diri¬gió la venta de naftas
adulteradas a través de la empresa Sol Petróleo S A. que sirvió para financiar
las operaciones y luchas contra el co¬munismo en Latinoamérica. Para ello
Suárez Masón se asoció con los más poderosos jefes de la droga del hemisferio y
realizo fructífe¬ros negocios con ellos en su lucha contra la hoz y el
martillo. En 1985 y después de la declaración del ex espía Alejandro Sánchez
Reisse ante el senado norteamericano, Estados Unidos declaraba que Suárez Masón
era uno de los principales "narcotraficantes latinoame¬ricanos".
"Un débil de carácter", según Paco Trusso.
Otra entrevista con Trusso padre, efectuada en marzo de 2001,
tuvo por objeto develar por qué decía él que se habían "ensañado" con
su familia, como si sus hijos hubiesen sido carmelitas descalzas, y su
respuesta giró en torno al Istituto Opera di Religioni (IOR), tenido por el
banco del Vaticano. Francisco Paco Trusso es un tipo raro: es exageradamente
amable, siempre jura y perjura que no tiene nada que ver con nada, aunque a los
cinco minutos, si el interlocu¬tor tiene información y la contrasta, acepta la
verdad, pero con ate¬nuantes tontos, da a entender que tiene más información,
pero al mismo tiempo dice que no puede hablar. Esa tarde, la charla empe¬zó con
una pregunta suya, muy sugestiva:
–¿Por qué no investigan las cuentas que hay en Roma, en el IOR?
Siempre hay algún empleado dispuesto a informar. Piense que en el IOR sólo
pueden tener cuenta los dignatarios relacionados con la Iglesia, los obispos o
laicos con cargo. ¿Se acuerda que murieron tres miembros de la Guardia Suiza?
Son gente correcta con bajos sueldos, quizá sabían algo que no debían saber. A
veces el Papa quiere poner en orden las cosas y no lo dejan. Por eso, cuando yo
renuncié a mi cargo en el Banco Ambrosiano, además de mi carta al Banco
Central, mandé otra a Roma y me pidieron que me quedara un tiempo más.
"Sólo si me lo pide el Papa y por escrito", contesté. Allí existe un
gran poder detrás del trono. ¿ Usted recuerda que durante las elecciones todas
las encuestas le daban el triunfo a Graciela Fernández Meijide? Yo sé que hubo
una orden desde Roma para que desde los pulpitos la hundieran. "Atea y
abortista", le dijeron y per¬dió. Subió Ruckauf y ya sabemos con quién
atrás.
–¿Con quién atrás?
–Esteban Caselli, que es apoyado en Roma por monseñor (Angelo)
Sodano.
El dinero de la Iglesia
Para entender lo que hay detrás de las palabras de Trusso es
nece¬sario hacer dos acotaciones: explicar qué es el IOR y qué hubo detrás del
asesinato de los guardias suizos. Aunque no lo parezca, ambos están
relacionados con el devenir de la Iglesia en el mundo y tam¬bién en nuestro
país. Pero también es bueno recordar que en el co¬mienzo de los tiempos del
cristianismo, para Cristo, los bienes terre¬nales no tenían ningún valor.
"Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico
entre en el reino de Dios" (Lucas, XVIII, 25). Cuando un día sus
discípulos le preguntaron sobre la posesión de los bienes, dijo: "No
toméis nada para el camino, ni báculo, ni alforja, ni dinero, ni llevéis dos
túnicas" (Lucas, IX, 13). Pasado el tiempo, cuando el cristianismo se
convirtió en religión oficial del Estado y el obispo de Roma en soberano
temporal, la doctrina de austeridad de Cristo fue amoldada a los nuevos
tiempos. El Óbolo de San Pedro, fue desde el siglo VIII, una de las fuentes de
ingreso de dinero al Vaticano, por lo menos hasta que en tiempos modernos fue
suplantado por mecanismos más sofisticados. El óbolo que tiene origen
anglosajón, comenzó cuando el Papa San Gregorio Magno envió a San Agustín de
Canterbury para que convirtiera a los anglos al cristianismo. Después de la
conversión, muchos ingleses iban a Roma en peregrinación y al principio del
siglo VIII se impuso un impuesto de un sueldo por año a todas las familias del
reino de Wessex, enviando lo recaudado a Roma, para asistir a los peregrinos,
siendo éste el origen del óbolo. Este sistema se extendió a otros paí¬ses del
mundo y Carlomagno lo hizo obligatorio para todos los pro¬pietarios de casas y
terrenos. La Reforma protestante y la secesión anglicana fue un duro golpe a
las finanzas vaticanas porque se inte¬rrumpió el óbolo en los países donde se
manifestaron estos movi¬mientos. A mediados del siglo XIX el óbolo regresó,
pero como con¬tribución voluntaria de los fieles. Actualmente, la Iglesia de
Estados Unidos, es una de las mayores contribuyentes de dinero al Vaticano,
seguida por la alemana, que goza de una situación privilegiada.
Como curiosidades de la historia de las finanzas de San Pe¬dro,
el periodista italiano Conrado Pallenberg, recopiló unas cuantas en un
delicioso libro, Las finanzas del Vaticano, publica¬do a finales de los años
setenta y que ayudan a reconstruir el largo y sinuoso –y absurdo– camino
recorrido hasta nuestros tiempos, en que la Iglesia, a través de bancos
asociados, compra y vende acciones en la bolsa de Wall Street.
"León X impulsó la venta de indulgencias en los territorios
de la actual Alemania. Las indulgencias se dividían en dos categorías
prin¬cipales. Una era la indulgencia plenaria de todos los pecados, inclui¬da
la expiación en el purgatorio. Se podía obtener visitando después de la
confesión en siete iglesias y rezando en cada una cinco Padrenuestros y cinco
Avemarias. Además de pagar de uno a 25 florines de oro. La otra indulgencia
ofrecía la expiación de todos los pecados de un difunto cuya alma estuviera en
el Purgatorio, a cam¬bio de un ofrecimiento monetario.
"En el siglo XV, la Iglesia comenzó a vender
"oficios". Se llamaban así los cargos de secretarios, nótarios,
hujieres y otros, que se inventaban a placer. Tiempos difíciles pasó Inocencio
VIII en el año 1500. Tan duros fueron, que el Papa se vio obligado a vender la
tiara papal para conseguir dinero fresco. Para superar el trance, inventó un
colegio pontificio de veintiséis miembros y vendió los cargos, obte¬niendo
60.000 escudos."
El corazón actual de la economía vaticana es la Administratio
Patrimoni Sedis Apostolicae (APSA) que desarrolla funciones de banco central y
es reconocida tanto por el Banco de Inglaterra como por la Reserva Federal
Americana. LaAPSA surgió en 1929, a través de Pío XI cuando el estado italiano
(Mussolini) le pagó a la Iglesia 1.750 millones de liras de la época en
cumplimiento de los Pactos Lateralenses y como resarcimiento por la
confiscación de bienes eclesiales. Pío XI utilizó 300.000 liras para refaccionar
varios pala¬cios vaticanos y el resto lo colocó en rentas: hoy, además de
palacios, acciones y títulos, la Iglesia posee en Roma más de mil
departamen¬tos alquilados a los empleados de la Ciudad del Vaticano. Se calcula
que el patrimonio en inmuebles supera los quince mil millones de dólares y que
el capital productivo se aproxima a los cuatro mil qui¬nientos millones. La
administración de esta fortuna está en manos de expertos banqueros laicos de
diversos países, pero las decisiones de política económica las toma una
comisión de cinco cardenales.
El IOR o Instituto para las obras de Religión, frecuentemente
confundido con un banco es, en realidad, una administración fiduciaria que
recoge y administra valores por cuenta de terceros. Su función originaria era
la de administrar fundaciones, legados y el dinero para la caridad, pero luego
recibió también depósitos de institutos y congregaciones religiosas de todo el
mundo, de obispos y sacerdotes, de los nuncios apostólicos y las embajadas, de
todo el personal eclesiástico y por supuesto del propio Papa, de allí que se lo
llame "banco". El IOR coloca esos fondos en cuentas a plazo y en
obligaciones en otras instituciones. La ventaja de ser cliente del banco del
Vaticano radica en que se está eximido de las leyes monetarias italianas y se
puede transferir dinero a cualquier parte del mundo con las máximas
facilidades. Entre los laicos famo-sos que pasaron por el IOR figuran los tres
sobrinos de Pío XII, el Papa aristócrata amigo de Hitler, Eugenio Pacelli.
Mientras lo diri¬gía el obispo Paul Marcinkus, buena parte del dinero del IOR
fue colocado en el Banco Ambrosiano de Roberto Calvi y a través de éste, en
paraísos fiscales, destinados al lavado de dinero, el pago de coimas y el
financiamiento de empresas poco dignas.
"Sin duda, aquí hace falta, un "glasnost", una
profunda operación de transparencia en las finanzas vaticanas", me dijo en
el año 2000, en Montevideo, el padre jesuíta Luis Pérez Aguirre, autor de La
Iglesia increíble, un libro extraordinario que pone a las finanzas del
Vatica¬no en blanco sobre negro. El sacerdote, graduado en Teología y
Filo¬sofía y distinguido a nivel internacional por la defensa de los dere¬chos
humanos que realizó en los años setenta contra la dictadura uruguaya, murió
tras sufrir un accidente en su bicicleta. Pero su libro queda como testimonio
de las enrevesadas cuentas de la Iglesia. En aquel momento Pérez Aguirre me
dijo:
"El IOR debió vender no hace mucho las acciones que poseía
en una industria farmacéutica para evitar que la Iglesia fuera denunciada como
fabricante de pildoras anticonceptivas. Pero ya a Pío XII le había pasa¬do algo
peor: en plena guerra fría descubrió que el Vaticano poseía accio¬nes en una
fábrica que le abastecía armas a Mao Tse-Tung".
Por otro lado, las verdaderas causas del triple crimen que en
1998 tuvo lugar en el Vaticano –dos miembros de la Guardia Suiza y la mujer de
uno de ellos aparecieron acribi¬llados a balazos– no fueron fruto de un loco
arrebato, como intentó vender la Curia, sino que hay que buscarlas en un ajuste
de cuentas entre los dos grupos con mayor poder en el seno de la Iglesia –el
Opus Dei y la Masonería– que se dis¬putan desde hace décadas el control del
dinero Vaticano.
Un interesante libro escrito por los Discípulos de la
Verdad –es tal el miedo a esa mafia que
los prelados de la Santa Sede que lo escribieron se ocultan bajo ese seudónimo–
titulado Menti-ras y crímenes en el Vaticano, sostiene que el matrimonio
constituido –asesinado en 1998– por el comandante del Ejército pontificio,
Alois Estermann, y su mujer, Gladys Meza Romero eran miembros del Opus Dei y
encargados de la expansión de sus actividades en América latina; en tanto que
su supuesto asesino, el cabo segundo Cédric Tornay –que en la versión vaticana
aparece como "suicida¬do"– investigaba por parte de la masonería,
encarnada por el obis¬po y ex titular del IOR, Paul Marcinkus, las verdaderas
motivacio¬nes de la pareja. En ese libro se demuestra, por ejemplo, que Tornay
no murió después, sino antes que sus supuestas víctimas, por lo que cabe
suponer que alguien más fue quien tomó venganza y mató al matrimonio. Lo
tremendo es comprobar de qué débil hilo pende la vida del Papa –cualquiera sea
éste– en semejante entorno, siendo que el triple crimen fue cometido en uno de
los cuerpos de vigilan¬cia mas fiables del mundo y que se ocupa de la seguridad
personal del jefe de la Santa Sede.
En otra entrevista con Francisco Trusso padre, gran amigo del
Opus Dei, le pregunté directamente por los créditos falsos del BCP y la
falsificación de la firma de Quarracino en el mutuo, algo que admitió; su único
reclamo parecía ser que las culpas se repartieran de manera equitativa.
–Vamos al BCP. Hubo créditos falsos. ¿El mutuo también lo es?
–Los créditos falsos existieron, el mutuo con el Arzobispado
tam¬bién. ¿Todo eso es mentira? No, en absoluto. Pero había doce directo¬res y
sólo fue culpable la familia Trusso. Falabella, DellaNogare, De Simone,
Granito... ¿Usted recuerda a alguno? Moneta hizo cosas peores y camina por la
calle, lleva caballos a la Rural. El BCP tuvo operaciones off-shore por veinte
millones y Moneta por miles de mi¬llones. Pero había que tapar el asunto
Yabrán. Alguien de la Iglesia puso la firma que no debía en el lugar que no
debía por un dinero que no debía y se quiso salvar él.
–¿Quién cree que operó en contra suya?
–Tal vez la Iglesia, por lo que yo sabía, o pensaban que sabía.
Yo recién llegaba de Europa... Francisco había estado tres meses afuera... Yo
estaba propuesto para la oficina de Etica... Quizá quisieron des¬truirme por
eso. Yo le dije a Menem: "Que el cargo sea ad honorem y que yo pueda ser
inflexible". Tal vez yo había visto demasiado. Fue una venganza demasiado
fuerte. Ruckauf podrá gobernar una tienda, pero ¿quién es Ruckauf? Apenas lo
conozco, no tengo nada contra él, pero atrás suyo hay gente con cosas non
sanctas. Recuerde que yo escribía en La Nación, en Clarín. Tenía una cordial
relación con Ernestina Herrera de Noble... Nunca más volví a escribir, me lo
impidieron. Deben pensar que yo sabía más sobre el tema del IOR... De todas
formas, yo tengo una declaración secreta, donde cuento todo lo que sé y vi en
estos años, depositada ante escribano, aquí y en Roma. Los únicos que venían a
verme eran mis ex alumnos de la facultad. En la UBA, yo di Introducción al
Derecho e Historia del Derecho. En la UCA también di clases, pero me fui porque
parecía un colegio. No había libertad de espíritu. Ésa era la forma en que veía
a la facultad. Se lo decía a mis alumnos y lo escribí en La Nación, en Clarín.
–Si usted no sabe nada, ¿qué valor puede tener la declaración
que dejó ante escribano? Vamos, Trusso... Una de dos: usted sabe algo muy
gordo, o no sabe nada y quiere justificar el escándalo del banco...
–Yo sé de nombramientos que se hicieron en el Vaticano por los
que hubo que pagar mucho dinero, millones. Piense en lo que le dije del IOR.
Hubo muchos cargos conseguidos por dinero. Y yo sé quié¬nes fueron lo que
pagaron, cuánto pagaron y los favorecidos...
–Si tiene tantos datos y hubo tanta injusticia con usted, ¿por
qué no habla con Bergoglio?
–No nos recibe. Yo he pedido audiencia, mi mujer ha pedido
audiencia. Mi hijo. Mi hermano. No nos recibe. Lo vi dos veces en mi vida. Era
coadjutor de Quarracino. Se escapa, no quiere oír. Debe ser porque no tiene la
cola muy limpia. Algo habrá firmado.
–¿Quién puede saber eso?
–El único que lo puede saber es Francisco Javier.
Los escuchas
No todos los hijos de los Trusso salieron delincuentes.
Afor¬tunadamente, porque son muchos. Francisco Paco Trusso y María Elisa Mazot
se casaron en 1949 y tuvieron once hijos, aunque dos nacieron muertos. Todas
las hijas mujeres estudiaron en el Cole¬gio Maylin Cross y todos los varones en
el Colegio La Salle. La mayor, María de las Mercedes, es museóloga, trabajó en
la Secretaría de Cultura de la Nación y entre otras cosas trajo a Buenos Aires
el Museo de Antigüedades de México. Le siguen Francisco Javier; María del
Carmen, que es Licenciada en Relaciones Públicas y tiene dos hijos; María
Virginia; Pablo Alfredo, economista; María Lujan que vive en Lincoln, está
casada y tiene tres chicos; José Manuel, Mano¬lo; Juan Miguel, abogado; y
Maximiliano, músico, quien vivió en Inglaterra y en Italia, compone y canta
rock, y trajo al conjunto cubano Buena Vista Social Club.
Durante mucho tiempo, el teléfono de todos los Trusso estuvo
intervenido por orden judicial, para lograr alguna pista que les per¬mitiera
dar con el paradero de Francisco Javier, que estaba prófugo. La Policía Federal
grabó kilómetros de cintas con conversaciones banales y de las otras. Una de
ellas, registrada el 8 de octubre de 1997, reprodujo una conversación algo
críptica entre María Elisa y su hija Virginia, en la que se alude a monseñor
Antonio Quarracino:
"ME: ¿Juan Miguel estuvo en tu casa?
"V: Sí, y se fue, y encima tengo que convencerlo a éste,
que Car¬men no lo puede convencer...
"ME: Por ahí lo convence, porque el otro tiene interés. ¿A
quién le gusta dejar de ser amigo del único rico?
"V: Rico que era, porque no es más, mamá...
"ME: El cree que es rico.
"ME: Para mí, el único rico es el otro, Antonio. "
Otra de las conversaciones grabadas fue entre María Elisa y su
hijo Maximiliano, el músico, que vivía en Italia. De ella podrían deducirse dos
cosas: que buscaban un lugar para Francisco Javier quien, ante la inminencia
del pedido de captura, ya había toma¬do el avión, y que estaban escasos de
fondos, hasta el punto de tener que vender el Mercedes Benz, que Paco había
dejado en Italia luego de su paso como embajador ante la Santa Sede:
"ME: ¿Hablaste con Francesco?
"M: No. No lo vi.
"ME: El tuyo, tu amigo de Sicilia.
"M: Sí, ya encontró un lugar.
"ME: ¿Pero él lo va a bancar?
"M: Que sé yo, no sé...
"ME: Si no, no va a poder ir, ¿a quién vas a poner si no
hay nadie para pagar nada? Papá quiere vender el auto: ¿te ocupaste de eso?
"M: No es fácil.
"ME: Habla con papá."
Interviene Trusso padre:
"T: ¿Qué me decís de lo del auto?
"M: Está en una agencia.
"T: ¿No hay interés?
"M: Es caro.
"T: ¿Cuánto piden? [lo pregunta cinco veces]
"M: 97 millones [de liras]
"T: Bájalo.
"M: Está un poco más bajo.
"T: Bájalo más, me tengo que sacar ese auto de encima.
Preocúpate y dame una noticia concreta. Siempre decían que el Mercedes se vende
enseguida. El otro Mercedes lo vendimos enseguida.
"M: Pero era la mitad, otro tipo de auto. "
El 9 de octubre de 1997 María Elisa llamó a una tal Amalia. La
conversación escuchada arrojó este diálogo:
"ME: Hoy fuimos a ver a ese cura, lo demás todo igual.
"A: Todo lo que le hacen a Paco no se lo merece, es un
martirio...
"ME: A esta edad, con todo lo que ha hecho.
"A: Todo lo que han hecho por ellos, lo que se han
sacrificado...
"ME: No sólo todo lo bien que ha hecho por ellos, lo bien
que hizo a la embajada, al gobierno. El nombre por el piso, una lucha contra la
familia impresionante. "
Se escucha de lejos:
"¿Leíste Noticias, la viste?
"ME: Un horror, peor no podía ser, un desastre, un
horror... son unos hijos de puta total. "
La edición del 4 de octubre de 1997 de la aludida revista traía
en la portada una nota que se titulaba: "Los banqueros que tracionaron a
Dios. Pecados capitales". El artículo refería que "un hombre que dijo
ser emisario de la familia Trusso deslizó la posibili¬dad de una recompensa de
100.000 dólares para evitar la publica¬ción de esta nota".
Noticias había entrevistado a Quarracino, quien se desligó de
cualquier tipo de vínculos con los Trusso. Uno de los párrafos destacados
decía: "Quarracino (75) cardenal primado de la Argen¬tina: "No hubo
ni hay ningún lazo económico con el BCP, ni del Arzobispado, ni el mío
personal". Admitió que tenía cuentas perso¬nales y que aceptó algunos
regalos de los Trusso".
Respecto de Francisco Paco Trusso, hacía la siguiente
sem¬blanza: "Trusso padre era nacionalista católico, seguidor del padre
Julio Menvielle. Durante Onganía, fue secretario de Educación. Asesoró a José
Trozzo del OPUS en el BIR. Acompañó en YPF a su compañero del Lasalle, el
entonces general Guillermo Suárez Masón. Ofició de director de la filial local
del banco Ambrosiano. Récord de vinculación directa o indirecta con la caída de
tres bancos relaciona¬dos con la Iglesia".
Ese 9 de octubre, María Elisa llamó también a una tal Nora y se
pusieron a hablar de la energía positiva y del cura Moreno, que al parecer ya
los había ayudado con algún tipo de sanación:
"N: Decime si hay algún horario, así yo te mando energía...
"ME: Te agradezco tanto, le hizo tan bien a Paco y se
acordaba mucho de vos. Fuimos a la noche misma.
"N: Ojalá vaya, María Elisa, porque tiene buena onda.
"ME: Pero está bárbaro Esteban...
"N: Por eso te digo, a mí me ayudó mucho. Y Paco fue
monagui¬llo de él. ¿Me das el número que tiene él ahora?, porque yo tenía el de
la parroquia. Vos no sabes las cosas que hemos conseguido nosotros...
"ME: Le dijo que ya hemos estado bastante callados.
"N: Lo bueno es que te da energía.
"ME: 4792-6942
"N: ¿Es el de la capilla o el del colegio?
"ME: No, el de la casita, al lado del teatro.
"N: Es que el padre Moreno te dice lo que tenes que hacer y
eso te hace bien... El padre Moreno es muy discutido.
"ME: Le dijo a Paco que tenía que hablar, que ya era hora
de romper el silencio, para que todos sepan, que se defiendan un poco, hay
tantos amigos que están esperando que hablemos...
"N: Todo está igual, pero ves otras cosas. En la época de
los gue¬rrilleros, los que tenían lavado de cerebro, las madres, no podían
hacer nada. Pero vos sí, a nivel subconciente. A las 8, los jueves, hay que
unirse al subconciente colectivo. Vos sos muy positiva y podes hacer
muchísimo...
"ME: Trataremos de irnos un poco...
"N: ¿A Lujan? ¿A Lincoln?
"ME: Sí. Manolo está mal, muy mal, tan cerrado para
dentro... "
Otro de los diálogos se produjo entre María Elisa y Laura
Cavagña:
"ME: Paco está destruido, las reacciones de la gente, no
salimos, nos quedamos acá encerrados...
"LC: Los chicos los acompañan...
"ME: Los que pueden... Además, las notas de la prensa... es
tan mala.
"LC: Gracias a Dios, a esta altura de mi vida, yo sólo leo
La Nación. En fin, esto es archiconocido.
"ME: Yo pensaba en Maxi, que lo traté de proteger tanto y
aho¬ra... No consiguen trabajos buenos. Las facultades son caras...
"LC: Tampoco es tan complicado estudiar en la UBA. Con
todos los problemas, sigue siendo buena...
"ME: No sé Maxi, tiene terror a volver, no sé cómo está
viviendo, qué está haciendo. El es bueno, es buenísimo...
"LC: Son buenos los sufrimientos.
"ME: En serio, ¿sirven para algo?"
Los "escuchas" también registraron la siguiente
conversación entre María Elisa y su hija Carmen Trusso:
"C: Le pedí a Inés Ordoñez que rece mucho por mí.
"ME: Le hubieras dicho que la Iglesia se portó muy mal con
nosotros.
"C: Francisco estuvo afuera, en eso estuvo bien Anzorreguy,
en pedir las visas, él no pudo haber falsificado las firmas... "
Otro cásete contenía esta charla entre María Elisa y su hijo
Juan Miguel, en la que evidentemente se menciona a Quarracino:
"ME: ¿Cómo te fue en el almuerzo de hoy?
"JM: Bien, que aceptó.
"ME: ¿Quién aceptó?
"JM: Él aceptó todo.
"ME: ¿Quién? ¿El cardenal?
"JM: Bueno, mamá [y le corta abruptamente]. "
Sin duda, el crecimiento del BCP en los años noventa se de¬bió,
en buena parte, a Gustavo Beliz, quien introdujo a varios amigos de los Trusso
en el Ministerio del Interior, en la Secreta¬ría de la Función Pública y en la
Fiscalía Nacional de Investiga¬ciones. Beliz acercó a Rodolfo Barra al
menemismo y éste am¬plió la cadena. Barra, ministro de Justicia de Menem y como
Beliz miembro del Opus Dei, también debió en su momento afrontar su propio
escándalo: fue cuando una foto lo mostró en sus años mozos haciendo el saludo
nazi como miembro de la organización Tacuara, lo que a la postre le costó el
puesto por presión de la comunidad judía. Por su parte, Beliz se fue del
gobierno menemista diciendo que había estado en medio de un lodazal lleno de
víboras y no se quería enchastrar, lo cual le valió el apodo de "zapatitos
blancos".
El 14 de octubre de 1997, Página/12 daba cuenta que el
es¬cándalo del BCP, más que salpicar, ahora sí enchastraba al
"impoluto" Beliz. La información señalaba:
"El candidato a legislador por el cavallismo fue denunciado
por el uso de una tarjeta de crédito abonada por el BCP.
"Octavio Frigerio, primer candidato justicialista a
legislador por¬teño formalizó ayer una denuncia en el Juzgado Criminal del Juez
Fernando Larraín por las dádivas recibidas por el actual candidato de Nueva
Dirigencia mientras era funcionario del gobierno de Menem. Beliz se negó a
responder las acusaciones: "No quiero entrar en la campaña sucia que
propone el PJ".
"La denuncia por connivencia fraudulenta, mal desempeño e
incumplimiento de los deberes de funcionario público se originó en la
información brindada por un grupo de ahorristas del BCP. Sos¬tienen que desde
el banco fueron a parar fondos para la campaña mediante tarjetas de crédito de
uso ilimitado para Beliz, Guillermo Heinsiger, Octavio Pinzón y Diego Blasco.
"También Beliz vivió varios años en un departamento
alquilado por el BCP..."
Precisamente, otra conversación grabada por los
"escuchas", esta vez entre Francisco PacoTrusso y su hijo Pablo, fue
a propó¬sito de aquella denuncia hecha por Octavio Frigerio en contra de Beliz,
no por motivos éticos, sino con el propósito de restarle votos a su
candidatura. El siguiente diálogo viene a recordar aquel sabio refrán que dice
"el muerto se asusta del degollado":
"T: Es un bandido, en Roma me llamaba siempre, me pedía
cosas, se las conseguía, lo llevaba en auto...
"P: Si tiene un préstamo de 100.000 dólares...
"T: Que no pagó nunca. Es un horror, un horror este
Frigerio...
"P: ¿Dónde está?
"T: De candidato a diputado.
"P: Todo el mundo recomienda perfil bajo por ahora."
Cabe agregar que entre 1989 y enero de 1993 Beliz vivió en un
departamento alquilado en la calle Juncal 1760, 6° C, pero que no era él quien
figuraba como inquilino. El contrato estaba a nombre de Graciela De Biassi, la
secretaria de Francisco Javier Trusso, quien nunca vivió allí, y Trusso firmó
como garante. El alquiler era pagado por el BCP por semestre adelantado.
Ade¬más, "zapatitos blancos", era titular de la tarjeta de crédito
Carta Credencial número 5070-3102-1413-6491 emitida por el BCP y sus saldos, de
unos 1.500 pesos mensuales, eran pagados mu¬chas veces con cifras superiores a
las adeudadas, lo que hace pen¬sar que el dinero lo ponía el propio banco. En
cuanto a Octavio Frigerio, basta con saber que el BPC le dio un préstamo de
100.000 dólares que, según los Trusso, nunca pagó.
Il signore ambrosiano
En el libro La historia del banquero Roberto Calvi. De la
presi¬dencia del Ambrosiano al puente de Blackfriars, sus autores, los
italianos Gianfranco Piazzesi y Sandra Bonsanti, plasmaron una de las
investigaciones más exhaustivas acerca de la Reverenda Logia Masónica
Propaganda Due, más conocida como P2, imbricada con la mafia y el fascismo,
cuyas ramificaciones e influencias se hicieron sentir en varias partes del
mundo, incluida la Argenti¬na, desde Perón a Menem, cuanto menos.
¿Qué es la P2? Una ramificación de la Pl, pero a diferencia de
ésta, que se creó a principios del siglo XIX en Turín y que era pública, la
segunda –llamada P2 para diferenciarla de la Pl– era de carácter secreto. La
creó el gran maestro Giusseppe Mazzoni hacia 1875 y a ella sólo podían ingresar
"hermanos" con altísimos cargos públicos, o influyentes hombres de
las finanzas, que por esto mismo no podían pertenecer tranquilamente a
cualquier logia. Cuando los fascistas llegaron al poder en 1922 declararon ilegal
a la masonería y esto fue como un regalo del cielo para la P2: la logia secreta
hospedó a todos aquellos "hermanos" que, por sus funciones relevantes
en el manejo del Estado, no podían ha¬cer pública su condición de masones.
El propio carácter reservado e ilegal de la logia, hizo que ésta
desbarrancara: pronto se encargó de poner a resguardo las fortunas mal habidas
durante la guerra. Las remesas de dinero que en los años inmediatos a la
posguerra llegaron a la Argentina, Brasil, México y Uruguay fueron
incalculables, pero también buena parte quedó dentro de los muros del
Vatica¬no, considerado el lugar más seguro de Europa para esconder aquellos
bienes. En 1971, Licio Gelli se hizo cargo de la P2. Pero diez años después caía
en manos de la justicia. A pesar de eso, la masonería como tal sigue
funcionando, eso sí, más moderna y acorde a los tiempos que corren. Y la
rivalidad de ésta con el Opus Dei es muy violenta.
En 1983, Gelli se encontraba ya en la cárcel de Ginebra a
conse¬cuencia del operativo "mani pulite" y no era fácil abordarlo.
Pero Humberto Ortolani, su segundo, que vivía en la clandestinidad, se decidió
a suministrar un detallado relato sobre la Italia de la posgue¬rra a un
escritor de valía, Leonardo Sciascia. Ortolani era sobrino del cardenal Lercaro
y secretario privado del cardenal Ottaviani, encargado de las finanzas
vaticanas. Su relato destapó los entretelones y las increíbles conexiones que
llegaron a existir entre la logia, los políticos, el mundo financiero,
generales, periodistas y miembros de la Iglesia católica, que habían sido sus
"hermanos".
Entre los financistas de la P2 sobresalía Roberto Calvi. Pizzesi
y Bonsanti reconstruyeron, en parte sobre el testimonio efectua¬do por Ortolani
a Sciascia, y en parte por lo que ellos mismos investigaron, el viaje del
banquero desde la presidencia del Ban¬co Ambrosiano –socio del IOR– hasta el
Blackfriars Bridge, o Puente de los Frailes Negros, en Londres, donde apareció
ahor-cado pendiendo de una viga, con seis kilos de ladrillos en sus bolsillos.
¿Se suicidó o lo mataron? Hasta el puente elegido, dado su nombre, sonó a
vendetta...
Una apretadísima síntesis, basada en aquel libro, ayudará a
entender y dimensionar qué clase de banco fue el Ambrosiano, cuya sucursal en
Argentina dirigió Francisco Paco Trusso, a pedi¬do del Papa, según él mismo
contó; por qué personajes del poder local, como Juan Domingo Perón, o Carlos
Menem, o el ex al¬mirante Emilio Eduardo Massera, o José López Rega, o Raúl
Lastiri, o Alberto Vignes, tuvieron contacto con esa logia mafiosa; y hasta qué
punto una prestigiosa editorial cayó en esa red.
Calvi tuvo como maestro a Michele Sindona, estrechamente ligado
al Vaticano, quien llegó a amasar una fortuna en el mercado de las
inmobiliarias. Compraba bancos pequeños con dificultades, se introducía en las
financieras y especulaba en la bolsa. Sumando los pequeños bancos en
liquidación, Sindona empezó a convertirse en un banquero privado, y
con¬quistando el paquete accionario de varias financieras, adqui¬nó licencia
para invertir.
Pero hacían falta grandes capitales, problema que resolvió
aso¬ciándose en 1962 a los Hambro, una de las familias más ricas de Europa, que
controlaban una buena porción del comercio mun-dial de diamantes y financiaron
obras grandiosas como el rasca¬cielos Pan Am, en Nueva York. De esta manera,
Sindona se ase¬guró una capacidad adquisitiva casi ilimitada: compraba
socie-dades casi quebradas y hacía elevar los precios de los títulos. Y también
compró varias financieras, entre ellas la Céntrale, una de las más renombradas.
Sindona y Calvi se conocieron en 1968, cuando el primero era ya
todo un personaje y el otro tan sólo un subdirector de la Montedison. Don
Michele colocó a Calvi como vice del Ambrosiano y luego movilizó a todas sus
amistades del Vaticano, en la curia milanesa y en la romana, para que Calvi
ascendiera a director, pensando que desde allí lo ayudaría a irrumpir con mayor
fuerza, en el mundo financiero. Sin embargo, a partir de 1971, don Michele
inició un descenso vertiginoso, en cambio Calvi comenzó una fulgurante carrera.
En noviembre de ese año, los Hambro vendieron la Céntrale a una
sociedad controlada por el Ambrosiano, y en marzo de 1972, el IOR (Instituto
para las Ordenes Religiosas, el banco del Vaticano) vendió a la Céntrale el
37,4 por ciento de la Banca Cattólica del Véneto. Así, mientras Calvi se
expandía, Sindona recibía a los inspectores del Bankitalia. En septiembre de
1974, le decretaron la liquidación forzosa y se libró una orden de cap¬tura por
"falsedad de escrituras contables". Sindona huyó para evi¬tar la extradición.
Siete días después, Calvi fue nombrado "cavaliere del lavoro" y, al
finalizar el año, presidente del Ambrosiano.
Sindona tenía muchos amigos en la "cosa nostra", sin
ser un mañoso actuaba como "padrino", consentía que un novato se
abriera camino, pero con la condición de que se mantuviera siem¬pre obediente y
dispuesto a recibir consejos de aquel que todo lo sabía y debía estar dispuesto
a ayudar a su maestro. Nunca per¬donó el ascenso de Calvi.
En 1977 Sindona comenzó a dar a conocer a la prensa nume¬rosos
documentos reservados referentes al borrascoso pasado del "signar
ambrosiano". A resultas de esto, en abril de 1978, Paolo Baffi, gobernador
de la Banca d'Italia, y Mario Sarcinelli, jefe de la Vigilanza, iniciaron una
investigación en la sede del Ambrosiano.
En 1974, Sindona había introducido a Calvi en la Reverenda Logia
Masónica Propaganda Due, al presentarle a dos de sus más altos miembros: Licio
Gelli, el venerable, y a su segundo, Umberto Ortolani, quien sin embargo se
hacía ver como un católico prac¬ticante. Calvi necesitaba asegurarse una
protección poderosa para sus sucios enjuagues y a cambio de esa protección
Gelli y Ortolani le pidieron que ingresara a la masonería y Calvi accedió. Se
dio así un curioso caso: la Iglesia y la masonería confluyeron, a través de
Calvi, y defendieron al unísono los intereses del IOR y del Banco Ambrosiano.
En 1975, Calvi asumió la presidencia del Ambrosiano y en 1976
Gelli consiguió el control de la P2 de manos del gran maes¬tro Salvini. La
masonería no era, sin embargo, una buena opción para el presidente del banco
fundado por un sacerdote y dedica¬do a San Ambrosio, que reunía los ahorros de
los católicos lombardos, y que obligaba a quien lo dirigiera a mantener bue¬nas
relaciones con la curia milanesa y la romana.
Ortolani, muy católico y con una observancia rayana en el
escrúpulo, había asumido en la P2 un papel apenas inferior al de Licio Gelli, y
antes de dar este paso había escrito una espe¬cie de confesión, que había
entregado a un escribano, en un sobre lacrado, encargándole que fuera abierto
sólo después de su muerte. En ella había confiado a su hijo: "Estoy seguro
de ser sepultado en tierra consagrada". Los curas sabían que en caso de
necesidad habrían podido contar con este masón, di¬gamos que arrepentido. Pero
Calvi, al que sus colegas llama¬ban "el banquero de Dios" daba la
impresión de jugar en todas las mesas. Actuaba por miedo, más que por cálculo,
y no po¬día ser confiable.
En agosto 1978 se produjo el viaje de Calvi al Uruguay y a la
Argentina. Su mujer, Clara Calvi, testimonió más tarde que la invitación partió
de Ortolani, que deseaba presentar a Calvi, entonces en la cúspide, a los
personajes uruguayos y argenti¬nos. Ortolani poseía una villa en Montevideo y a
Clara le sorprendió que siendo capo de la P2 se hubiera hecho cons¬truir en
ella una capilla, con altar y crucifijo. Gelli no los acompañó, pero ya había
estado más de una vez en Sudamérica. El "venerable" estuvo viviendo
en Buenos aires entre 1946 y 1948, años en los que frecuentó a la comunidad de
exiliados fascistas y nazis. Frecuentó a Perón en su exilio madrileño y fue
quien, a través de Gian Carlo Elía Valori, obtuvo de Pablo VI, el levantamiento
de la excomunión del líder justicialista y vino con él, como especialísimo
invitado, en el charter que lo trajo por primera vez a la Argentina tras
dieciocho años de exilio, en noviembre de 1972.
En un pasaje de La novela de Perón (que en parte es ficción y en
otra realidad) Tomás Eloy Martínez describe un almuerzo en Puerta de Hierro, a
la vuelta de misa, en los días previos a ese viaje, y dice:
"En el despacho del general, jugando con los caballos de
cerámica que infectan el escritorio, aguarda Giancarlo Elia Valori, gentiluomo
di Sua Santitá, consejero de los coroneles griegos, a quien Perón su¬pone amigo
íntimo de Paulo VI. En los alrededores de Valori mero¬dea, como siempre, don
Licio Gelli: desdeñoso, escarbando en las historias de Bartolomé Mitre que
adornan la biblioteca. Todos en esa casa le deben algún favor, suele decir
Valori.
"Entre la antesala y el comedor se desparrama una
filigresía goyesca: campeones de boxeo destronados, cantores de tango, los
con¬sabidos jerarcas sindicales y un par de embajadores de trajes a rayas
anchas, como los gangters de cine.
"En la cocina, doña Pilar–hermana del generalísimo Fran¬co
– se afana junto a Isabel friendo buñuelos. Desde los sótanos suben vapores
salados. Perón ofrecerá a los huéspedes un puchero argentino.
"Sintiéndose otra vez ajeno a todo, Campora vaga por el
come¬dor. Distingue a López Rega tras las mamparas, examinando con afán la
ristra de télex que le mandan desde Buenos Aires. A veces, algún despacho
inquieta al secretario. Pide un teléfono, entonces, e imparte órdenes. El
presidente (Campora) no sabe a quién ni a dón¬de. Nadie le dice nada.
"En la mesa del general coinciden doña Pilar, Valori y
Licio Gelli. En la de Campora se instala López Rega con sus matones. Desde el
mismo día en que lo eligieron presidente, Campora ha ido sintiendo la
hostilidad del secretario. De un momento a otro estallará la gue-rra entre los
dos y supone que el general, obligado a elegir, protegerá a su enemigo. Un
periodista español, Emilio Romero, le ha hecho llegar sospechas terribles.
López pretende colocar a Isabel en el go¬bierno, y Campora sería –dice– el
único obstáculo. "
Para cuando Calvi y Ortolani coincidieron en su viaje al
Uru¬guay, en la Argentina gobernaba la primera junta de la dictadura militar,
una de cuyas principales figuras era el ex comandante Eduardo Emilio Massera.
De Montevideo, la comitiva cruzó a Buenos Aires especialmente invitada a una
reunión con el almi¬rantazgo. Los hombres empezaron a hablar, las mujeres
queda¬ron "relegadas a un rincón", según contó Clara. En el El
Dictador, de María Seoane y Vicente Muleiro, dice: "Videla (Jorge Rafael)
no ignoraba que Massera prefería tejer sus alianzas con la P2, en el exterior,
con Suárez Mason (socio y compañero de Paco Trusso, tam-bién de la P2, en cuyos
archivos secretos figuraba con el código E 18.77, fascículo 0609), con Saint
Jean (Ibérico, general), Menéndez (Luciano Benjamín, general), de Córdoba y
Azpitarte (Jorge, gene¬ral) de Bahía Blanca. (...) Suárez Masón administraba
desde el EMGE (Estado Mayor General de Ejército) una "cuenta especial
secreta para la lucha antisubversiva". Desde esa cuenta que absorbía
partidas de Defensa, oficialmente se compraron cuarteles ensamblables en
Estados Unidos. Por cien millones de dólares, en una supuesta compra directa a
la firma Corat Internacional. Creada y disuelta al único efecto de esta
operación, en una orden firmada por Suárez Masón y ratificada por Viola
(General). Nunca se pudo confirmar la existencia de esos cuarteles, denominados
"material bélico secreto", no sólo porque no hubo registro de aduana
que verificara el ingreso del material, sino porque una de las primeras medidas
que tomó Suárez Masón al asumir el 14 de febrero de 1979, fue ordenar la
incineración de todo el material o actas referidas a los movimientos de dicha
cuenta. Como declaró años más tarde Sánchez Reisse, la cuenta no sólo recibía
aportes del Tesoro argentino, sino contribucio¬nes de numerosos empresarios
privados, a los que les interesaba el país: entre ellos, el empresario
azucarero Carlos Pedro Blaquier (In¬genio Ledesma), que aportó 250.000 dólares
y Carlos Bulgheroni, de Bridas, un grupo que pasó de siete empresas a controlar
43 entre 1976 y 1983. Ambos empresarios estaban asociados, igual que Massera y
Suárez Masón, al onorévole Licio Gelli. "
Calvi y Ortolani llegaron a familiarizar. Calvi lo admiraba por
la habilidad con la que conseguía tener un pie en la curia romana y otro en la
masonería. Por otra parte, Ortolani era un hombre culto, afable, simpático y
fiable en caso de necesidad. En cambio, Gelli era reservado. Calvi lo veía en
Roma, en el Hotel Excelsior, donde se han alojado prácticamente todos los
presidentes argentinos sin distinción de signos políticos, entre ellos Raúl
Alfonsín y Carlos Menem. En el departamento de la primera planta, el venerable
recibía, uno tras otro, a los "herma¬nos" de la P2 e iniciaba en los
misterios masónicos a los nuevos adeptos. En ese hotel también se alojó Julio
Mera Figueroa, ex ministro del Interior de Menem, cuando éste lo envió para
pe¬dirle a Gelli –que tenía planeado viajar a la Argentina– que suspendiera su
viaje porque estaba por anunciar la primera etapa de los indultos (entre ellos,
el de Massera) y no quería que una visita de ese cariz le hiciera el clima más
pesado. Menem y Geíli se reunieron en el Excelsior en 1988, cuando el riojano
era can¬didato a presidente por el Partido Justicialista. En aquella prime¬ra
gira lo acompañó Mario Rotundo, que dirigía la Fundación para la Paz de los
Pueblos, quien luego le reclamó a Menem que le devolviera unos cuantos millones
de dólares que distintas or¬ganizaciones religiosas y Kadhafi, habían puesto
para la campaña presidencial. Luego de estar con Gelli, a quien le pidió
consejo y protección, Menem fue a Siria y luego a Grecia, donde Amalita
Fortabat los recibió en su exclusiva isla.
Ortolani era el cerebro financiero de la P2 y sustituyó a
Sindona en la misión de transformar a un funcionario hábil y capacitado como
Calvi en un gran banquero de negocios, de talla internacional. Sindona había
vendido al Ambrosiano a una sociedad suya, luxemburguesa, llamada Compendium,
que fue rebautizada como Banco Ambrosiano Holding, que asumiría un papel
fundamental en las aventuras financieras de Calvi, quien por consejo de
Sindona, fundó además en Nassau, en Las Bahamas, el Cisalpine Overseas Bank, rebautizado
Banco Ambrosiano Overseas. El Vaticano tuvo así su propia banca off shore en un
paraíso fiscal.
Sindona había descubierto América latina a mediados de los años
setenta y le pareció "un continente que presenta un notable desarrollo
económico" según dijo, y pensó que "una mejora en las condiciones de
vida de esos países puede impedir el florecimiento de las dictaduras y la
propagación del castrismo". De ahí que le insis¬tiera a Calvi que creara
un centro financiero destinado a "ayudar a las sanas empresas
privadas". Así fue como en 1976, poco des¬pués de ingresar en la P2, Calvi
adquirió a través de la Overseas de Nassau, el 5,5 por ciento de las acciones
del Banco Financiero Sudamericano, o Bafisud, el instituto de crédito uruguayo
cuyo propietario era Ortolani.
Luego Calvi dirigió su atención hacia Nicaragua, donde per¬mitió
al Vaticano ampliar subvenciones secretas a favor del dic¬tador Somoza. A
ningún banquero extranjero se le hubiera ocu¬rrido establecer un banco
comercial en Managua en septiembre de 1977, cuando Somoza estaba combatiendo
sin posibilidades de éxito a la guerrilla. Pero también en esta ocasión Calvi
tuvo suerte, porque cuando los guerrilleros sandinistas conquistaron Managua,
el banco comercial siguió abierto y los revolucionarios marxistas, financieramente
exhaustos, se contactaron con Calvi y éste les prometió aumentar la exportación
de café a Italia.
Por consejo de Ortolani, Calvi también incursionó en Perú. En
1979 inauguró en Lima el Banco Andino.
Nassau, Managua y Lima eran plazas financieras de pésima
reputación, servían para quien quisiera asumir rápidamente un riesgo o bien
ocultar algún juego sucio. Gelli se sentía a sus an-chas con Calvi: éste hacía
todo lo que se le pedía y aceptaba con docilidad ser guiado.
Abril, Korn y la P2
Los Rizzoli, los más importantes editores italianos, vincula¬ron
a Ortolani a su empresa como asesor en 1975, porque Angelo Rizzoli necesitaba
sus consejos. La adquisición del diario Corriere della sera en 1974, había
resultado un pésimo negocio: el déficit de gestión llegaba a los doce mil
millones de liras y las deudas del grupo alcanzaban los noventa mil. Ortolani
presentó a Rizzoli a su amigo Gelli y éste resolvió con rapidez la cuestión.
En 1976, en Argentina, Rizzoli adquirió en sociedad con la
empresa Celulosa Argentina las editoriales Abril y Julio Korn, dueñas, entre
otras, de las revistas Claudia, Anteojito, Radiolandia, Antena, Parabrisas,
Corsa, Goles y de las muy prestigiosas Siete Días y Panorama. La editorial así
conformada pasó a llamarse CREA (Celulosa, Rizzoli, Empresas Asociadas).
Ese año, al estallar en la Argentina la dictadura militar, cada
fuerza se repartió su cuota de influencia en los medios periodísti¬cos y no por
casualidad, en orden al asesoramiento de Gelli y a aquella reunión de Calvi con
el almirantazgo, CREA quedó bajo la órbita de la Armada, en manos de Massera,
vinculado a la P2; en tanto que su competidora Atlántida tenía más empatia con
la línea del Ejército representada por un lado por Jorge Rafael Videla, y por
el otro, por Suárez Masón, el famoso Batallón de Inteligen¬cia 601 y el
inolvidable general Ramón Camps.
En 1977, Rizzoli no sólo saldó una antigua cuenta con Gianni
Agnelli, de la Fiat, sino que anunció un aumento del capital de su sociedad, de
cinco a veinticinco mil millones. El pagador oficial fue Roberto Calvi, quien a
través de la Céntrale, pasó a tener el 40 por ciento del grupo Rizzoli-Corsera.
Pero precisamente con esta operación comenzaron las desdi¬chas
para Calvi. Si la opción masónica fue un error, la editorial representó un
disparate. Los "financieros laicos" dispuestos a tole¬rarlo mientras
no se mostrara demasiado invasor, no podían acep¬tar su ingreso en el más
poderoso imperio editorial italiano. El grupo Rizzoli - Corsera, era un centro
de poder más codiciado y temido que cualquier financiera. Pero él hizo su
razonamiento a la inversa, ya que consideró que al subvencionar el diario italiano
más importante, afrontaría mejor la guerra que, más tarde, los financieros
laicos sin duda desencadenarían contra él.
Como "dueño" del Ambrosiano, Calvi disponía de una
liqui¬dez prácticamente ilimitada; como dueño de la P2, Gelli domi¬naba un
impresionante centro de poder oculto. Conformaban una pareja formidable, pero
con algún enemigo.
El primero en caer en apuros fue Gelli: los inspectores de la
Ban¬ca d'Italia, enviados por Baffi y Sarcinelli, llegaron a Milán a media¬dos
de abril de 1978 y abandonaron esta ciudad seis meses después con un informe de
quinientas páginas y una montaña de sospecho¬sos. Los inspectores estaban
convencidos de que había sido el propio Calvi quien había adquirido las
acciones de su banco para depositar¬las después en remotos paraísos fiscales,
asegurándose de este modo el control. Pero Calvi hizo emigrar demasiadas veces
las acciones de un país a otro y los sabuesos de la Banca d'Italia acabaron por
perder la pista. Por lo tanto no había pruebas.
Solamente lograron reunir indicios para suponer que Calvi ha¬bía
violado en alguna ocasión la ley sobre transferencia de capitales, promulgada
por el gobierno de Giulio Andreotti en 1976, y que preveía sanciones penales de
hasta seis años de cárcel. El gobernador Paolo Baffi y el director de la
Vigilanza Mario Sarcinelli, enviaron el informe a la Procuración de Milán,
donde el banco tenía su sede legal. A mediados de 1980, Hacienda presentó un
estudio que deja¬ba en evidencia que Calvi había cometido delito.
El juez Mucci se encontró ante una situación delicada: el
arres¬to del banquero más importante habría provocado un terremoto en la bolsa.
Decidió que debía reunir más pruebas, y para asegu-rarse que Calvi no
desapareciera, Mucci le pidió preventivamen¬te el pasaporte, pero no lo
encarceló.
El problema fue que en marzo de 1981 fueron descubiertos en
Arezzo los archivos del venerable Gelli, primera causa de to¬das sus desdichas.
La Procuración de Milán examinó los 32 sobres lacrados,
se¬cuestrados junto con las listas de la P2 en los archivos aretinos. Los
jueces Turone y Colombo encontraron uno en el que se leía "Roberto Calvi -
Controversia con la Banca d'Italia". El sobre con¬tenía cuatro carillas
mecanografiadas y sin firmar. Empezaba por decir que el Vaticano estaba
preocupado porque Calvi, ya ban¬quero de confianza, había efectuado algunas
operaciones "no del todo legítimas". Alguien empezaba a temer que
tras el clamor sus¬citado por el caso Sindona, un eventual caso Calvi
desgastaría ulteriormente la imagen del Istituto Opere di Religione (IOR), la
banca de la Santa Sede. Los juicios sobre Calvi eran dispares "hombre
cínico, y sin prejuicio, que sólo perseguía el lucro...". En cambio, los
informes de Sindona hablaban de "una mano" que maniobraba los hilos
con perfecto dominio y con el solo fin de hacer rodar la cabeza del presidente
del Ambrosiano.
El procurador general tuvo que ordenar una investigación a fondo
y para eso le quitó la causa al juez Mucci y se la encargó al juez Gerardo
D'ambrosio. Un mes y medio después, el 20 de mayo de 1981, Calvi estaba en la
cárcel.
El proceso se celebró en la sala grande del tribunal en lo
cri¬minal, donde sólo se juzgan a los terroristas y a los grandes del hampa.
Los argumentos de la acusación se basaban en el segun¬do informe de la Guardia
di Finanza: las largas peregrinaciones del paquete de acciones desde la
Céntrale al Banco Andino de Perú, de allí a Suiza, y de Suiza a la Céntrale,
estaban bien documentadas. Veinticuatro mil millones habían quedado en el
extranjero, y por tanto Calvi había violado la ley de transferencia de los
capitales.
Calvi fue condenado a cuatro años (reducidos a dos por la
condonación) y al pago de una multa de 15.000 millones de liras; seis meses más
de lo que había pedido el ministerio públi¬co. Para Calvi los jueces tuvieron
duras palabras: le reprocharon sus conexiones con Gelli y le echaron en cara en
pleno proceso una "conducta sin escrúpulos".
Calvi tenía a su lado a un joven avispado que le inspiraba
con¬fianza y en él creía haber encontrado un protector, llamado Fran¬cesco
Pazienza, quien decía haber sido agente secreto y haber estado en Beirut, con
una misión especialísima, en la que estaban involucrados a la vez el Vaticano y
la OLP. Se ufanaba de tener rela¬ción con los norteamericanos, con el Sdece (el
Servicio Secreto Fran¬cés), con Arabia Saudita, con el propio Arafat, e incluso
con la Santa Sede. Conocía a monseñor Achule Silvestrini, el ayudante del
carde¬nal Agostino Casaroli (amigo de Perón, Isabel Perón y José López Rega),
secretario de estado; a monseñor Giovanni Cheli, represen¬tante vaticano en las
Naciones Unidas y a monseñor Virgilio Levi, entonces subdirector responsable
del Osservatore Romano. Además, Pazienza era masón y se contaba entre los
asiduos visitantes de Gelli en el Hotel Excelsior, de la vía Venetto.
Calvi era un banquero generoso con los partidos ya que
anti¬cipaba importantes sumas sin garantías fiables y prestaba millo¬nes a los
periódicos que nunca estarían en condiciones de devol¬ver. Pero él estaba preso
y todo el mundo parecía ignorarlo. Tam¬bién el Vaticano.
Calvi exclamó: "Si esto continúa así, en la sala diré todo
lo que sé, empezando por el Vaticano! No pienso ser yo solo el que pague por
todos!". Aquel día el banquero se ensañó con la Iglesia y no era la
primera vez. Arrancó una hoja de una libreta, y escribió: "Este proceso se
llama IOR".
Pazienza, el "agente secreto" dijo en seguida que
telefonea¬ría al mismísimo monseñor Paul Marcinkus, presidente del IOR. Después
iría al Vaticano. "Tuve con Marcinkus un encuen¬tro más bien agrio porque
él sostenía que el IOR no tenía nada que ver con las andanzas
delAmbrosiano", atestiguó después durante el juicio.
Clara, la esposa de Calvi, le pidió ayuda a su hijo que estaba
en Washington. Cario Calvi contó a la revista italiana Panorama, el 29 de
noviembre de 1982: "Durante el proceso de Milán contra mi padre, Pazienza
me dijo que monseñor Cheli, representante del Va¬ticano en la ONU, quería verme
de inmediato en Nueva York. Apenas llegué Pazienza me acompañó a un
departamento en Manhattan don¬de me esperaba un notorio mafioso, antiguo amigo
de Sindona y de Gelli, y un clérigo que luego fue detenido por contrabando de
obras de arte. Pues bien, estos dos señores me recomendaron ser amable con
monseñor Cheli y, sobre todo, seguir sus consejos. Seguidamente, todos juntos
fuimos a la ONU, donde Cheli me dijo en resumidas cuentas lo que monseñor Paul
Marcinkus me había dicho por teléfono, o sea que recomendaba a mi padre guardar
silencio, no revelar ningún secreto y seguir creyendo en la Providencia".
El abogado, Gaetano Pecorella, defensor de Calvi, le sugirió la
estrategia del arrepentimiento para zafar de una pena mayor: había que explicar
algo importante y de interés. Los jueces le quedarían agradecidos. Del 2 al 3
de julio de 1981 Calvi declaró durante seis horas ante tres, jueces que
investigaban la P2, sobre presuntas financiaciones ilícitas al Partido
Socialista y al Partido Comunista. Los jueces redactaron un documento que Calvi
fir¬mó como su declaración. En él decía que a finales de 1979, Ortolani había
propuesto al presidente del Ambrosiano una ope¬ración "atípica", una
apertura de crédito por 21 millones de dó¬lares, a través de una "asociada
extranjera" del banco, a favor de un instituto uruguayo, del que él era
propietario. Estos millones llegarían al PSI.
Puesto en libertad, Calvi se reunió secretamente con monseñor
Paul Marcinkus, tras lo cual volvió trastornado, y le dijo a su mujer:
"Esta vez, los curas me las harán pagar. En realidad ya me las están
haciendo pagar". Pero no quiso añadir nada más.
Poderoso monseñor Marcinkus
El 12 de enero de 1982, los representantes de varias familias
católicas lombardas, que poseían modestos paquetes de acciones del Ambrosiano,
redactaron una memoria de la que surgía una "carta de católicos" que
había de llegar hasta el Papa.
El documento empezaba diciendo que el IOR había partici¬pado
"de modo muy intenso como asociado y corresponsable del pre¬sidente del
banco Ambrosiano, doctor Roberto Calvi, en las más im¬prudentes operaciones
financieras de los diez últimos años". Pero Calvi no era tan sólo un
imprudente. Era también "uno de los grandes pilares de la más degenerada
masonería (P2) y de los filones mafiosos procedentes del legado de
Sindona". Calvi había gestiona¬do la herencia sindoniana "con la
colaboración de personajes am¬pliamente nutridos y mimados por el Vaticano,
como Ortolani, a caballo entre el Vaticano y poderosos círculos de la mala vida
inter¬nacional"; "ser socio de Roberto Calvi quiere decir socio y
corresponsable de Gelli y Ortolani, ya que ambos lo guían y lo con¬dicionan
intensamente. Por consiguiente, a través de su asociación con Calvi, el
Vaticano es también socio antiguo de Gelli y Ortolani".
En este punto los accionistas se permitieron hacer llegar al
Papa algunas sugerencias. El IOR debía abandonar a Calvi, y "junto con
otros socios laicos honrados y en cualquier caso no impli¬cados en los pasos de
la mala vida internacional", debía trabajar "para formar una nueva
congregación de socios que realizaran una renovación en las altas esferas del
banco". Una vez alejado Calvi, quedarían dos caminos abiertos ante el
Papa. O decidía disolver "gradual y razonablemente" los complicados
lazos entre el Ambrosiano y el IOR, o bien saldaba entre sí "la mejor
tradición católica y la mejor tradición laica".
El representante de la "mejor tradición laica" en el
seno del Ambrosiano era Cario de Benedetti, el vicepresidente, ya que los demás
accionistas, como prescribía el estatuto del banco, habían sido garantizados
por su párroco. En resumen, se sugería al Papa nombrar como presidente a un
financiero católico de su con¬fianza (se indicó a Gaetano Lazzati), que tendría
como vice a Cario de Benedetti, o bien permitir que el banco pasara
gradual¬mente a manos de De Benedetti.
Pero no llegó ninguna respuesta. Ni entonces, ni nunca. Y Calvi
se sacó de encima a De Benedetti.
A cambio, captó a Cario Pesenti, presidente de la Italmobiliare,
una de las más conocidas financieras nacionales. La asociación entre el
Ambrosiano y la Italmobiliare, considerados como dos pilares de la finanza
católica, suponía controlar cinco bancos de gran impor¬tancia, con un total de
depósitos cercano a los veinte billones de liras. Se temía el nacimiento de una
superbanca católica, de dimen¬siones imponentes, pero la alianza no llegó a ese
punto. Las cuentas del Ambrosiano no eran tranquilizadoras y la Italmobiliare,
tenía un billón de deudas con vencimiento a breve plazo.
Si Juan Pablo I representó para Marcinkus un peligro durante su
corto reinado de treinta y tres días, tras los cuales murió de manera
sorpresiva y presuntamente envenenado, la llegada de su sucesor, Karol Wojtyla,
fue un verdadero golpe de suerte. Por su origen lituano, el Papa polaco lo
había mirado con simpatía.
Monseñor Paul Casimir Marcinkus había nacido en Chicago y pasado
su infancia y adolescencia en el barrio de Cicero, la patria de Al Capone. Su
padre había llegado a Estados Unidos procedente de Lituania, y para poder vivir
trabajó limpiando las ventanas de los rascacielos. Recibió las órdenes
religiosas en 1947 y llegó a Roma tres años después, para estudiar derecho
canóni¬co en la gregoriana. Monseñor Montini, que entonces era el se¬cretario
de estado, lo quiso a su lado en 1952 y desde entonces Marcinkus permaneció
casi siempre en Roma.
Su carrera comenzó en 1963, cuando Montini fue nombrado Papa.
Pablo VI tenía una gran estima por este norteamericano vigo¬roso
e infatigable, y lo eligió para una misión de confianza: la organización de los
viajes al extranjero. A partir de entonces, Marcinkus estuvo siempre al lado de
Pablo VI en todos sus via¬jes, y en 1970, durante la visita a las Filipinas,
cuando un pintor mitómano se abalanzó contra el Papa, blandiendo un puñal, fue
Marcinkus en persona quien lo desarmó. Tenía con qué: medía 1,90 metros y había
tenido una intensa práctica amateur en boxeo y fútbol americano.
Paralelamente a su carrera de acompañante, Marcinkus había
comenzado otra. En 1968, Paulo VI tomó una decisión impor¬tante. El Vaticano
era accionista de algunas grandes empresas italianas; controlaba la Societá
Genérale Immobiliare, que en la postguerra había construido media Roma,
obteniendo ingentes beneficios. Sin embargo, el boom había terminado, convenía
ven¬der en Italia e invertir en el mercado financiero internacional. Marcinkus
se contó entre los patrocinadores más activos de esta operación, y es muy
probable que sugiriera aceptar el asesoramiento de Sindona, que entre los
muchos grandes financieros italianos, todos ellos laicos era, junto con
Pesenti, luego asociado al Ambrosiano vía Calvi, el único que ostentaba la fe
católica. Con tal de complacer al Vaticano, Sindona cargó con la Immobiliare.
Desde 1942, el Vaticano poseía el Istituto per le Opere di
Religioni (IOR). En 1971, el mismo año en que Calvi asumió la presidencia del
Ambrosiano, Marcinkus fue nombrado presidente del IOR y Sindona empezó a
proyectar la escalada hacia la Céntrale, que sería la primera fase de su
"guerra" contra los repre¬sentantes de las finanzas laicas.
Cuando Roberto Calvi voló a las Bahamas para crear el Cisalpine
Overseas Bank, más tarde rebautizado como Banco Ambrosiano Overseas, alquiló
una villa, en un barrio lujoso y exclusivo, en la que se hospedó también
Marcinkus. Buen tenis¬ta y nadador, magnífico jugador de golf con cinco de
handicap, desenvuelto y abierto como suelen serlo los sacerdotes
norteame¬ricanos, Marcinkus le cayó muy simpático a la señora Calvi y les
encantó a Cario y Anna, todavía adolescentes. En aquella oca¬sión, Calvi lo
nombró miembro del consejo de administración y probablemente desde entonces
aquella banca representó el pun¬to de encuentro de todos los negocios que
durante diez años el Ambrosiano y el IOR realizarían juntos. La actividad
principal del Overseas consistió en transferir dinero entre las empresas
aso¬ciadas del Ambrosiano y la banca del Vaticano, según publicó la prensa
italiana cuando se sustanció el juicio a Calvi.
Las relaciones entre el banquero y Marcinkus fueron siempre
óptimas, hasta 1981. Apenas ingresó en la cárcel de Lodi, Calvi comenzó a
dirigirse a amigos y conocidos para que lo de sacaran de tan incómoda posición.
En caso contrario, hablaría y com¬prometería a todos. A Marcinkus le mandó en
un primer mo¬mento, el siguiente mensaje: "Yo estoy en la cárcel por
exportación clandestina de capitales, y es probable que con los vientos que
soplan, el proceso termine en condena. Pero la operación por la que Hacien¬da
me ha puesto la mano encima ha sido realizada por mí con la cobertura del IOR.
Si tú, Marcinkus, admites esta colaboración y asumes tus responsabilidades, mi
situación en el proceso mejorará sustancialmente...".
El Banco del Gottardo, un instituto de crédito con sede en
Lugano, era la filial suiza del Ambrosiano. Allí, Calvi custodiaba toda la
do¬cumentación referente a las empresas asociadas extranjeras, a las
fi¬nanciadas por el IOR y a las de paternidad incierta, como la Manic y la
United Trading Corporation (UTC), domiciliadas respectiva¬mente en Luxemburgo y
en Panamá, que eran dos holdings, es decir, dos institutos financieros de los
que derivaban otras ocho sociedades menores en Panamá y Licchtenstein. El
"signar ambrosiano" había concedido a estas pequeñas empresas,
nacidas con apenas diez mil dólares de capital, una importante cantidad de
acciones del Ambrosiano, cerca de medio millón de acciones de la Rizzoli, y
otras participaciones menores, pero también les había conferido las deu¬das
contraídas para formarlas. Todos aquellos paquetes de acciones podían valer
doscientos millones de dólares, y las deudas inscriptas en el balance de estas
sociedades equivalían a mil doscientos millo¬nes de dólares. Más tarde o más
temprano, esta descompensación llamaría la atención de alguien.
Los resguardos de las acciones de la Manic estaban deposita¬dos
en el Kredietbank de Amberes, en el dossier adjudicado al IOR. El Istituto per
le Opere di Religione era también el dueño de la UTC, con el correspondiente
contrato de gestión remitido al Banco del Gottardo. Si el Ambrosiano quebraba,
los acreedo¬res de los mil millones de dólares irían de inmediato de
compen¬sarse a expensas del IOR. Su amigo Calvi había metido a Marcinkus en un
feísimo embrollo.
A partir de julio de 1981 se convirtieron en dos ex amigos, pero
ni el uno ni el otro podían permitirse el lujo de romper. El banquero, gestor
de todas las asociadas extranjeras, había apro-vechado este cargo para maniatar
a Marcinkus. Calvi no andaba del todo equivocado cuando decía que él y el
Vaticano se encon¬traban en la misma barca, y que si él se iba a pique
"los curas tendrán que vender a San Pedro".
Sin embargo, vaya a saberse cómo, Marcinkus convenció a Calvi
para que le enviara una carta liberatoria o, como se dice en la jerga
burocrática, una carta de descargo. El IOR nunca ha hecho público este
documento pero, por lo que se dice, Calvi habría anulado todos los compromisos
directos o indirectos que Marcinkus había asumido al patrocinar la Manic, la
UTC y las ocho empresas asociadas. Además de la carta liberatoria, monseñor
convenció al banquero para que tomara buena nota de que el patrocinio otorgado
por el IOR a la Manic, a la UTC y a las ocho otras ocho empresas, expiraría
inexorablemente el 30 de junio de 1982. En resumen, Marcinkus le concedió a
Calvi de ocho a diez meses de tiempo para encontrar, o bien mil millones de
dólares o bien otro patrocinador. Eran diez meses de respiro, pero si Calvi no
lograba evitar la quiebra, el Vaticano, que ya se encontraba en una situación
difícil, no se habría dejado compro¬meter todavía más. Hoy, gracias a los
documentos y a las declara¬ciones sucesivas, se puede afirmar que desde agosto
de 1981 Marcinkus había llegado a convencer, al menos al Vaticano, de que en
caso de emergencia, la línea de conducta sólo podía ser una: no admitir nada,
no pagar nada. Por nada del mundo monseñor habría de buscar un solo dólar; en
tanto, Calvi busca¬ba a alguien que convenciera al Vaticano para que encontrase
al menos mil millones de dólares, para evitarse la vergüenza de otro caso
Sindona.
Por aquellos tiempos, en el Vaticano, el cardenal Fiero
Palazzini, prefecto de la Congregación para las Causas de los San¬tos, estaba
estudiando la causa para la beatificación de monseñor Escrivá de Balaguer, el
fundador del Opus Dei, aquella poderosa organización que, nacida en España,
contaba ya con ramifica¬ciones en todo el mundo. Calvi sabía que el Opus Dei
contaba con más de setenta mil inscriptos, todos ellos personas en buena
posición, para los cuales mil millones de dólares no eran una cifra prohibitiva.
Era necesario establecer inmediato contacto con Palazzini y explicarle los
nuevos proyectos.
En nombre de Calvi, Carboni se presentó en el despacho del
cardenal, su embajador y hombre de confianza. Le habló del IOR y del Ambrosiano
y le recordó que el IOR había realizado mu-chos negocios, primero con Sindona,
después con Calvi; que había varias participaciones en común dentro de
sociedades extranje¬ras, y que había llegado el momento de organizarlo todo con
carácter definitivo. "Calvi se muestra preocupado sobre todo por el hecho
de que estos títulos estén adjudicados a varias sociedades las cuales, sin
embargo, como usted ha dicho antes, están aliadas con unos socios muy
discutibles y acaso con verdaderos mafiosos, como usted mismo los ha
definido", le dijo. En esa conversación, que fue grabada, se le escuchó
decir a Carboni que el IOR, o bien el Vaticano, debía cargar con el peso de la
"reestructuración" calcu¬lada en mil doscientos millones de dólares.
Sin embargo, recibi¬ría el diez por ciento de las acciones del Banco
Ambrosiano.
De paso le pidió al cardenal la cabeza de Marcinkus. Para
lograrlo, Carboni entregó a Palazzini la primera página del nú¬mero de
Repubblica del 22 de enero, con un artículo de fondo de su director, Eugenio
Scalfari, titulado: "Cuando Marcinkus com¬pró el Corriere". Ahí se
decía que a partir de 1977, "los auténticos dueños de la Rizzoli y del
Corriere" eran Calvi, Gelli, Ortolani y Marcinkus. Recogiendo un rumor que
circulaba en aquellos días, según el cual el Papa se disponía nombrar cardenal
a Marcinkus, Scalfari había escrito: "¡Dios ilumine al papa Wojtyla y no
lo aleje de su mano! Si Dios quisiera hacer un milagro, sugeriría a su vicario
verificar los tráficos equívocos de su obispo financiero y despedirlo en el
acto. Una figura tan alta e inspirada como la de Juan Pablo II no puede
asociarse en negocios con Gelli, con Sindona y con las socieda¬des panameñas de
Roberto Calvi".
Aquella reunión tuvo lugar en febrero de 1982. Seis meses
después, el cardenal Palazzini ordenó decir al banquero que no podía ayudarlo
de ningún modo. Sin embargo, ni siquiera esta negativa indujo a Calvi a
renunciar. Según él, el IOR no rechaza¬ba las acciones del Ambrosiano por
considerar exorbitante el pre¬cio pedido, sino porque monseñor Casaroli,
secretario de Estado del Vaticano, estaba interesado en impedir que el Opus
Dei, tan hostil a los soviéticos y tan amigo de los polacos de Solidarnosc, pusiera
las manos sobre un imperio financiero. El Papa pensaba como Palazzini, ello no
admitía discusión, pero no quería tener problemas con su secretario de
estado... Y así, razonaba, por un motivo o por otro, nadie podía acudir en su
auxilio.
Calvi se dirigió también a Pazienza, que habló con Roberto
Armao, muy vinculado al Chase Manhattan Bank y represen¬tante en América de los
intereses de la familia de Reza Pahlavi, el difunto Sha de Persia. Según
Pazienza, americanos, iraníes y ára¬bes sauditas crearían un consorcio
dispuesto a pagar mil millo¬nes de dólares, pero Calvi murió antes de que
terminaran las negociaciones.
Lo más probable es que, de haber seguido con vida, esas
negociaciones tampoco resultaran. Para obtener el paquete de control del
Ambrosiano, Calvi había tenido que endeudarse en el mercado del eurodólar.
Mientras efectuaba estas opera¬ciones, se había producido la crisis del
petróleo y los intereses habían aumentado cuatro o cinco veces en pocos años.
En resumidas cuentas, los mil doscientos millones de dólares no eran el valor
del diez por ciento del Ambrosiano, sino el pre¬cio que debía ser pagado para
salvarlo de la quiebra, y nadie pensaba pagarlo.
Calvi estaba acorralado. El proceso por "fraudes
monetarios" iniciado por la Banca d'Italia, le impedía solicitar más
créditos en el extranjero.
Por esos días, había sido informado que el proceso de apela¬ción
en Milán, previsto para el 21 de junio de 1982, no iba a poder ser aplazado. Y
para peor, en ese mes de junio debía co¬menzar la operación de bonificación de
las ocho sociedades pa¬nameñas, según el documento suscrito con Marcinkus, así
que había que empezar a restituir unos trescientos millones de dóla¬res al
Banco Andino y a las demás asociadas extranjeras del Ambrosiano, que
seguidamente procederían a girar esta suma a los bancos internacionales. El
Vaticano le había planteado el 9 de junio un brutal ultimátum sobre la
cuestión, indicándole que esa suma debía ser entregada al IOR no más tarde del
viernes si¬guiente, 11 de junio.
Muerte en el puente
Ese día, Tito, el chofer de Calvi, fue a buscarlo y sólo
encon¬tró un papel que decía: "Debo ausentarme por razones
inespera¬das". Los abogados de Calvi, al enterarse de que no estaba,
fue¬ron al Palacio de Justicia para presentar una denuncia por des¬aparición,
sin saber que el banquero se había fugado a Trieste, primer paso para llegar a
Suiza, con un pasaporte fraguado a nombre de Gian Roberto Calvini.
"Si las cosas van
mal arruinaré al Vaticano, a los partidos, a los secretarios de los partidos, a
todos... Apres moi le déluge...", (des¬pués de mí el diluvio) había
exclamado al partir.
El 14 de junio, mientras cruzaba Austria, Calvi decidió que iría
a Londres, luego de evaluar que Suiza no era un lugar seguro. Allí la policía
podría detenerlo si estallaba el Ambrosiano, ya que en Lugano se encontraba la
sede del Banco del Gottardo del cual era presidente. Ese día, mientras las
acciones del banco caían a pique, monseñor Marcinkus dimitía en el Board of
Directors del Ambrosiano Overseas de Nassau.
El 15, Calvi llegó a Londres en un avión privado, y se alojó en
un departamento del Chelsea Cloister, un hotel residencial, desde donde envió a
una persona a hacer un último intento fren¬te a Marcinkus, pero éste contestó
que el Vaticano no podía so¬portar ningún gasto. El enviado le preguntó si se
daba cuenta de lo que sucedería y Marcinkus le respondió: "Me doy cuenta,
paga-ré personalmente, pero no puedo hacer nada". Ese día el Ambrosiano
cerró sus puertas.
El 18 por la mañana, en Londres, Anthony Huntley, un em¬pleado
del Daily Express que se dirigía hacia su trabajo, descubrió el cuerpo de
Roberto Calvi colgando desde el puente del río Tamesis. "Mientras caminaba
eché un vistazo al río. En un primer momento, sólo vi una cabeza entre la
viguetas de hierro de un entra¬mado. Me asomé a la baranda para ver mejor, y
descubrí el cuerpo de un hombre colgado del puente Blackfriars Bridge, por una
cuerda de color anaranjado. El hombre llevaba traje de excelente calidad.
"El cadáver tenía seis kilos de piedras en los bolsillos del pantalón y de
la chaqueta, donde además se le encontró un pasaporte a nombre de Gian Robero
Calvini y una billetera con 23 millones de liras en diversas monedas.
El 28 de agosto de 1982, el SISMI consignó en su informe que
"Calvi se dirigió en una primera etapa al IOR y en un segundo tiempo a
personalidades políticas influyentes, sin obtener ningún resultado concreto
para sus fines. Por tanto, reanudó contactos con Licio Gelli, con el fin de
definir todas las vertientes financieras no resueltas entre los dos, y
encontrar los caminos más apropiados para evitar una quiebra, que ya era
inminente. Por eso se trasladó a Lon¬dres para reunirse con Gelli o con sus
emisarios llevando consigo documentación muy comprometedora... Allí fue
asesinado y se le sus¬trajo la documentación".
Privados del apoyo de la sede central, el Ambrosiano Hol¬ding,
el Andino y el Overseas de Nassau no pudieron restituir los millones de dólares
conseguidos en el mercado internacional. El 4 de agosto los comisarios de la
Banca d'Italia se pronunciaron a favor de la liquidación del Ambrosiano y
Andreatta, el ministro de Hacienda, firmó la sentencia.
El lunes siguiente nació el Nuovo Banco Ambrosiano, que confirmó
en sus puestos a los empleados, totalmente aligerado de las deudas contraídas
con los bancos extranjeros y libre de la obligación de reembolsar a los 36.000
accionistas italianos una sola lira.
La polémica acerca de si Calvi se suicidó o si lo mataron
ahor¬cándolo por detrás y colgándolo luego del puente, subsiste hasta hoy. Ante
la multitud de interrogantes que se les plantearon, los trece jurados,
siguiendo un impulso unánime, se refugiaron en la cómoda solución del
"veredicto abierto".
La crónica da cuenta que aquella oscura trama de desfalcos
fi¬nancieros que conectaron al IOR y al Banco Ambrosiano con la organización
masónico fascista P2, terminó con Calvi ahorcado en un puente de Londres, Gelli
en una cárcel suiza y los partidos polí¬ticos mayoritarios de Italia en estado
de disolución –como el radi¬cal, el peronista y el cavallista en la Argentina–
pero con monseñor Marcinkus protegido por los muros del Vaticano, lo que de
in¬mediato permite comprobar que con su pequeña versión local –monseñor Toledo–
ocurrió lo mismo. Valga establecer simi¬lar parangón entre lo que sucedió con
el Banco Ambrosiano y el BCP: uno fue transformado en el Nuevo Banco Ambrosiano
y el otro en el Mercobank, constituido por los recursos acreditados en la quiebra
por los mayores inversores.
A Marcinkus el Papa no lo ha nombrado cardenal, pero ha
permanecido como gobernador de la ciudad del Vaticano y pre¬sidente del IOR.
En junio de 1982 había viajado a la Argentina para organizar la
visita de Juan Pablo II. En estos momentos, Marcinkus, con protección
pontificia, pasa tranquilamente sus días en una parroquia de un pueblo en
Estados Unidos.
Libre como los pájaros.
El único preso
Francisco Javier Trusso, hijo del presidente de la sucursal del
Ambrosiano en Buenos Aires, es el único que está todavía en prisión. Recién lo
pudieron apresar cuando finalizaba el invierno de 2001. A diferencia de Pablo y
de Juan Miguel, no logró la excarcelación debido a su condición de doble
prófugo y supues¬to jefe de la asociación ilícita. En 1999, la Interpol lo
localizó en San Pablo, Brasil, después de haberlo buscado durante dos años, y
lo detuvo. Pero aquella vez, misteriosamente, se escapó antes de que lo
extraditaran. Con todo, pasó dieciséis meses preso, la mayor parte de ellos en
un hospital, supuestamente atacado de hipertensión, por más que él mismo
admitió después, en un re¬portaje que el diario Ámbito Financiero le hizo en la
clandestini¬dad, que pagaba 50.000 dólares por semana para que no lo vol¬viesen
a la cárcel.
Aquel reportaje se publicó en la edición del 9 de enero de 2001
y las respuestas más sobresalientes de aquel diálogo con una periodista del
citado diario, fueron las siguientes:
"El viernes 15 de diciembre (de 2000), medicado por mis
pro¬blemas de alta presión, me trasladó un custodio a un hospital. Me dejaron
en observación mientras me cambiaban el medicamento y dijeron que debía
quedarme internado. Sin embargo yo sabía que las autoridades del penal no
aceptarían esta decisión médica, y como me quedaba sin alternativas, porque si
volvía a la celda me iba a morir, empecé a caminar, sin sobornos, sin nada,
salí y me fui.
"Nunca había intentado escaparme, era un preso dócil (...)
En diciembre de 1999, debido al riesgoso estado de salud que tenía, me
internaron por primera vez con 22 de mínima y 25 de máxima. Hubiera muerto esa
noche o habría tenido un derrame cerebral si no me trasladaban. Pero así como
conocí gente seria y respetable en la policía, también hubo otros, la otra
cara, responsables de la prisión, que por la fama de que yo había estafado en
300 millones de dólares, me empezaron a pedir dinero para seguir hospitalizado
(...) Pedían 50.000 dólares por semana para mantenerme en el hospital (...)
"Mis abogados, al principio me hablaban de la persecución
polí¬tica y que todo se arreglaba pronto. "Espera, quédate, no te
presentes". Cuando fui preso, lo mismo. Por último me dijeron que había
que cambiar y pedir que me devolviesen preso a la Argentina: me presen¬té al
juez de la Corte Suprema y acepté la extradicción. El tribunal decidió
concederla pero limitando la acción judicial en la Argenti¬na: determinados
delitos no me podían ser imputados. Uno de ellos, por ejemplo, el caso del
offshore (...) pero ocurrió que la jueza argen¬tina (Garmendia) empezó a
presentar recursos para impedir mi vuel¬ta. Entonces, todo se prolongaba
indefinidamente y, como no podía soportar más el trato carcelario, intenté lo
del escape (...) La jueza, en lugar de preocuparse por alguien que no estaba
condenado, se inquietó más por tomar parte a favor de quienes me demandan. Eso
también lo piensan mis abogados comerciales y penales (Horacio Fargossi, Carlos
Anzorreguy y Mariano Cúneo Libarona). En mi caso no tenía una jueza objetiva,
ella está contra mí.
"Yo ya pasé 16 meses preso en Brasil por parte de todo
esto, por participar en el banco ocupándome sólo de las relaciones
internacio¬nales. Fui vicepresidente segundo, yo era un empresario que tenía
acciones en el banco –el mayor de la minoría– como en otros lados, nunca tuve
responsabilidad operativa.
"Hice lo que en su momento me aconsejaron algunos abogados
y yo, además, en ese momento, sentía un dolor especial porque el direc¬tor
general del banco era mi hermano (Pablo Trusso). También esta¬ba afectado por
las acusaciones sobre mi relación con la Iglesia. No quería ir a declarar donde
debía imputar tal vez a familiares o grandes amigos. Quise evitar eso.
"Sí, en ese plano familiar todo cambió mucho. Pero,
volviendo a lo anterior, convengamos que la propia justicia fue demostrando que
mi participación en el banco era casi cero, no era administrador ni nada, vivía
en los últimos tiempos casi en Italia. (...) Los hechos más escandalosos, como
el de las carpetas falsas, no fueron utilizados para retirar utilidades, sino
para ocultar pérdidas y tratar de sobrevivir. No fue correcto, claro, pero lo
decidieron quienes hacían los balan¬ces. Yo jamás firmé un balance.
"Al margen de ciertos problemas, (las pérdidas) se
agravaron des¬de que el banco fue llevado a incorporar otras entidades, por
parte del Banco Central, que estaban con créditos políticos que era necesa¬rio
absorber. No estaba el banco en condiciones técnicas ni económi¬cas para ese
esfuerzo. Así fue lo del Tandil, Junín y después el Baires.
"El Banco Central tenía que saber cómo estaba el banco. Al
menos tenía que saber más que yo, porque había inspecciones periódicas. Yo veía
los balances, las inspecciones del Central, todo estaba bien y enton¬ces como
accionista me sentía seguro. Yo nunca participé además en el comité de crédito,
esto está probado en la causa. Lo que pasó fue que como era el único que estaba
afuera, terminé siendo el chivo expiatorio.
"(...) Yo me presenté al central. Dije: éstos son mis
bienes, mis participaciones accionarias y estoy dispuesto a cederlas (...) Dije
en¬tonces: entrego todo esto a cambio de sanear el banco, el doctor Pedro Pou
aceptó y así cedí Carta Credencial, el shopping, inmuebles, etcé¬tera. Se firmó
un acuerdo por el cual se resolvieron los problemas del banco, hasta el central
sacó la información de que estaba zanjada la dificultad con el aporte de
capital. Al mismo tiempo y aunque no lo pudiera creer el doctor Pou, se hizo
entrar al banco una obligación subordinada por valor de 50 millones de dólares
tan cierta que luego se quedaron como accionistas. Pero el acuerdo finalmente
no se hizo, al banco lo siguieron atacando y los ahorristas se iban en masa.
Hubo problemas en esos días, pero luego se comprobó que el banco disponía de
capital: se le pagó a los 50.000 ahorristas con intereses incluidos, no hay
ninguno que hoy pueda decir que es acreedor del banco. To¬dos cobraron. El
problema es de la gente offshore (...) Se había constituido un banco en el
exterior, al igual que otras entidades, y se captaban fondos principalmente en
La Plata. Era gente que no que¬ría depositar su plata en el país (...) pero no
creo que por esto yo deba pasar 16 meses en prisión y ahora vivir como un
fugado.
"Mire, en los tribunales correspondientes se ha probado que
ni yo ni nadie del directorio falsificó ninguna firma. Los jueces saben quién
firmó, yo no lo voy a decir. Sobre eso ya no se habla más, por algo será. Hasta
se hizo un acuerdo entre el Episcopado y la firma que había entregado en
préstamo esos diez millones de dólares (...) Hasta las dos partes suspendieron
sus querellas (...) Por Quarracino yo tenía un especial cariño, un afecto muy
fuerte, jamás podría haber hecho su firma. Tampoco lo hubiera hecho por nadie,
claro. Pero yo ni siquiera estaba en el país cuando se hizo esa operación.
(...) Los que firmaron sabrán dónde están (los diez millones de dólares).
"Lo del divorcio era previo, en cuanto a mis peleas y
enfrentamientos con mi hermano (Pablo Trusso) ya eran famosos antes de que
explotara lo del banco. (...) A mi padre lo quiero como tal, imagino lo dolido
que se siente, pienso que a los 77 años le deben pasar muchas cosas por la
cabeza. Más cuando tiene dos hijos en¬frentados y que actúan en forma diferente
(...) (Juan Miguel) fue injustamente tratado y hasta detenido cuando él nunca
rehuyó nin¬guna citación. Cosas de la Justicia o más exactamente, de algunos
jueces. Fue un espectáculo denigrante, por eso creo que hay algo o alguien que
quiere continuar en esta novela tortuosa. Acá ya está demostrado quién tenía
responsabilidad o no en los hechos.
"(Con la Iglesia) hubo momentos dificiles, como el
enfientamiento con monseñor Toledo, pero creo que ya fueron zanjados. Por
entonces yo hablaba con el cardenal Quarracino y él me aconsejaba que no
asumiera lo que no me correspondía.
"Yo soy parte de la Iglesia, me reconozco católico práctico
(...) Había una relación con el cardenal, era amigo de mi padre, para mí mismo
fue como un padre. Con el Vaticano yo ya trabajaba antes, era un privado que
trabajaba con otro Estado. Creo que mi trabajo fue bueno, transparente, y
mantuve las relaciones de amistad.
"Yo traté de ayudar siempre dentro de mis posibilidades.
Esa era la relación (del banco con el clero) nada más. Yo no creo haber dado
demasiado, di lo que consideraba que podía dar. Y colaboré con mis empresas que
ganaban dinero. Me parecía lo correcto y a Quarracino lo ayudaba más porque, le
insisto, para mí era un padre. "
Una de las preguntas finales que le hizo a Francisco Javier
Trusso la periodista de Ámbito Financiero giró sobre cómo había hecho –en la
soledad absoluta, como alegaba vivir– para fu-garse, ser un clandestino, estar
o salir del Brasil y correr el riesgo de conceder ese reportaje. Buscaba
sondear quién lo protegía. Y añadía:
–Vamos a los amigos de la Argentina, por ejemplo. Usted estaba
bien relacionado con el gobierno anterior, con Gustavo Beliz, y con hombres que
ahora son gobierno. Era influyente, claro, ahora ¿qué pasó con todos ellos?
–Me escapé de la cárcel pero no me quiero escapar de sus
pre¬guntas. Sí, tengo amigos y la clandestinidad es muy cara. En cuanto a los
que usted menciona, quizá tuvieron algún gesto los que menos me esperaba y
algunos de los que más esperaba, desaparecieron.
–Parece inútil que le pida nombres, usted parece atado a un
código carcelario.
–No, no es así. Uno aprende que es mejor perdonar y no guar¬dar
rencores. Caso contrario se pasa la vida odiando. Además, si le agradezco a
alguien en particular, a lo mejor lo daño y si, por el contrario, me quejo de
alguien, tal vez lo beneficie. Mejor olvidar.
–Hubo un comunicado del Opus Dei cuando explotó la crisis,
desligándose, sosteniendo que las acciones privadas de sus adherentes no
implicaban responsabilidad del Opus.
–Comparto totalmente ese criterio. Es lógico. Mi hermano Pa¬blo
forma parte del Opus Dei, yo no. Eso no quiere decir que esté en contra ni nada
parecido, al contrario, tengo muchos amigos en esa institución.
Ámbito Financiero jamás aclaró públicamente dónde había te¬nido
lugar ese reportaje, si aquí o en el extranjero.
Antes o después, Francisco Javier Trusso se debe haber dicho a
sí mismo que nada era mejor que un país tan inseguro como la Argentina para
estar seguro, y retornó.
Lo encontraron en Miramar, en la casa del argentino Leonardo
Sandri, sustituto en la Secretaría de Estado del Vaticano, el nú¬mero tres
después del Papa. Un personaje poderoso, si lo hay, en la cúpula de la Iglesia
Católica. Casualmente o no, monseñor Leonardo Sandri también aparece mencionado
en el libro, Men¬tiras y Crímenes del Vaticano, la verdad sobre el triple
asesinato en las dependencias de la guardia suiza. Nombrado arzobispo en 1997,
Sandri es considerado como miembro del clan masónico vaticano liderado desde
lejos por Marcinkus. Es amigo del ex nuncio en Argentina, el cardenal Pío Laghi
y de monseñor Giovanni Battista Re. En el momento del triple asesinato, Sandri
actuaba como nuncio apostólico en Venezuela y justamente hacia allí voló, en un
ataúd sellado, el cadáver de la señora Gradys Romero de Estermann, que no fue
enterrada junto a su marido Alois, que fue enviado por orden del Vaticano, a un
pueblo de Suiza, de donde era originario. En Venezuela, el cajón fue recibido
por el poderoso cardenal Rosalio Castillo Lara y monseñor Gianni Danzi, ambos
activos participantes de la masonería, según ase¬guran fuentes pontificias.
Leonardo Sandri está ligado al peronismo y a Carlos Menem,
aunque hace mucho tiempo que se fue de la Argentina. Estuvo en Madagascar y en
Estados Unidos como secretario de Pío Laghi, entonces nuncio en Washington y
amiguísimo de Reagan. Es simpático, gentil, algo exagerado en las formas y
amante de la buena vida: antigüedades caras y pinturas famosas. Tuvo como
último destino pontificio la preciada México, una de las sedes mundiales mas
importantes para el Vaticano, por la cantidad de católicos. Sin embargo, Sandri
permaneció poco tiempo en el país azteca. Había llegado después que la
jerarquía católica mexica¬na se quejó del nuncio anterior, Justo Mullor y lo
acusó de ineficiente, después del pobre papel de la Iglesia en Chiapas. Sandri
llegó con las instrucciones de reportar al cardenal Martínez Somalo, de la
Secre-taría de Estado del Vaticano, sobre la situación política de México,
sobre todo Chiapas y la caída del PRI. Pero todo salió mal. Durante la campaña
electoral, a Sandri no le ocurrió mejor idea que apoyar abiertamente al
candidato del PRI, Francisco Labastida, a quien re¬cibía en la nunciatura.
Cuando Vicente Fox, candidato de la oposi¬ción, le solicitó una entrevista, el
nuncio se la denegó. Cuando Fox ganó las elecciones, en venganza, se negó a
atender sus insistentes llamados telefónicos y Sandri insistió mas de diez
veces, dicen. Y no sólo eso: aseguran que Ricardo Miguel Cavallo, alias
Sérpico, el ma¬rino torturador de la ESMA quien está encarcelado en México,
mantenía cordiales contactos con Leonardo Sandri, a quien conocía de otros
tiempos. Rápidamente sus amigos en Roma, los integrantes del grupo de acólitos
del Papa, "El Club de Roma o los Vice Papas", Angelo Sodano, el mismo
que intervino para solicitar la libertad de Pinochet cuando éste fue apresado
en Londres, Joseph Ratzinger y Giovanni Re, lo sacaron de México y lo
trasladaron a San Pedro. Desde allí, junto a sus amigos, Sandri monitorea la
transición hacia el nuevo papado, o sea, encontrar un reemplazante de Wojtyla,
lo mas alejado posible del grupo de los progresistas o independientes.
En la casa veraniega de Miramar, de monseñor Sandri, vivió el
prófugo "Francisco Javier Trusso, vaya a saberse desde cuándo, sin que
"la mejor policía del mundo" se diera cuenta. La Interpol lo fue a
buscar al día siguiente que Sandri retornara a Roma, luego de haber viajado a
la Argentina en visita privada, sin que nadie lo supiera. A la prensa se le
informó que Trusso había sido sorprendido caminando por la playa. Y en los
diarios sólo fue mencionado en un pequeño recuadro. Pero lo cierto fue que lo
detuvieron en la casa de Sandri y que hacía tiempo que vivía allí.
–A Francisco lo entregó la Iglesia, nunca, nunca estuvo
pró¬fugo. Había entrado a la Argentina legalmente, con la cobertura de la
nunciatura (Santos Abril) y del mismísimo Papa –me dijo Francisco Trusso padre,
en una reunión que mantuvimos en su casa. Yo misma pude comprobar,
telefónicamente y a tra¬vés de una sobrina del caudillo pontificio, que Sandri
efectiva¬mente había estado en esos días en la Argentina y que Francisco Trusso
se alojó en su casa de la playa, en Miramar.
La "Iglesia" a la que aludía Paco Trusso tenía nombre
y apelli¬do: Esteban Cacho Caselli, –en ese momento mano derecha del gobernador
de la provincia de Buenos Aires, Carlos Ruckauf– y monseñor Angelo Sodano, mano
derecha del Papa Wojtyla. ¿Los motivos? Algún negocio celestial, quién sabe...
11
Buenos Muchachos
La campaña electoral de 1999 estaba en su punto máximo y el
aborto se había transformado en el tema principal de la guerra entre la Alianza
y el peronismo. Acusaban a De la Rúa, el candi¬dato presidencial de la Alianza,
de estar en contra –seguramen¬te debido a su militancia en el radicalismo
laicista, aunque el ex presidente era un engendro difícil de descifrar– y a
Graciela Fernández Meijide, candidata por la misma fuerza a Goberna¬dora de la
provincia de Buenos Aires, la más importante del país, de querer legalizarlo.
"La Alianza es un aborto", dijo por esos días, oportunista como
ninguno, Eduardo Duhalde, el candida¬to presidencial del peronismo. Y a Carlos
Menem, provocador y ambicioso, no se le ocurrió mejor idea que crear, el 25 de
marzo –con el apoyo del entonces embajador argentino en el Vatica¬no, Esteban
Cacho Caselli, alias El obispo– el "Día del niño por Nacer", una
celebración inexistente en otros países del mundo y que complacía profundamente
a la Santa Madre Iglesia, pero sobre todo, a los laderos del Papa, a los
miembros del exclusivo Club de Roma o los Vice Papas, entre los que se
encontraba, el poderoso cardenal Angelo Sodano, íntimo de Caselli.
Ante una multitud de 1.300 personas enardecidas, Carlos Menem
dijo: "La defensa de la vida desde la concepción debe ser considerada, una
política de Estado". Lo ovacionaron. Cuatro meses mas tarde fue
condecorado por el Vaticano en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York,
con la distinción "Sendero por la Paz", firmada por Wojtyla. El
premio sirvió para ocultar las críticas que recibía desde la conducción local
de la Iglesia, por la angustiante situación social. Pero la moneda tenía otra
cara: Menem ansiaba desesperadamente –para el instante en que tuviera que
abandonar la presidencia– un cargo internacional con la venia pontificia que le
permitiera re¬correr el mundo como "embajador especial", liderando
campañas contra el aborto y el divorcio. Sin embargo, las cosas no eran como él
las había imaginado y como el Obispo las había planificado, caja de fondos
reservados, mediante.
En esa época, Caselli vivía un romance con Menem y lo definía
como "Un pensante. Un estadista que se toma su tiempo para tomar
determinaciones. Es un hombre que sabe aceptar las críticas constructi¬vas
cuando no son mal intencionadas. Cuando son mal intencionadas y son
agraviantes, cualquier ser humano responde. Me gustaría que haya una re
reelección, si se puede dar una consulta popular o el trámite que sea
necesario. Pienso que Menem es una figura que ha llevado adelante el país. Y en
estos tiempos de la historia no se puede proscribir a nadie".
–¡Me indigna que estos delincuentes hagan campaña contra el
aborto! ¡No tienen vergüenza! No puedo soportar el cinismo de esta gente
gritando en el Congreso... Atrás de todo está Menem, ya me va a escuchar éste.
Que siga nomás con la fiesta... ¡¡Habla contra el aborto y no se preocupa por
su familia!!–vociferaba Zulema Yoma en la cocina de su casa, mientras observaba
por Crónica TV, las inflamadas declaraciones de la diputada ultramenemista por
la provincia de Córdoba, Martha Alarcia, que encabezaba la cruza¬da
antiabortista por orden del Jefe.
Al día siguiente, el diario Página/12 traía en tapa una
explosi¬va confesión de Zulema que derrumbó a Menem y a sus acólitos.
Y desató un mar de polémicas en la clase política. Con lujo de
detalles, Zulema contó que se había realizado un aborto cuando vivía en La
Rioja, en 1969, con el consentimiento de su marido, quien no sólo había estado
de acuerdo sino que la acompañó hasta la casa de la mujer que lo hizo. Carlitos
tenía cinco meses, y Zulema había quedado embarazada otra vez. Al borde de la
separación, ése no era el mejor momento para tener un hijo. Había que abortar,
pero ella no conocía a nadie en La Rioja que pudiera hacerlo. Según confesiones
que Zulema me hizo, Menem la llevó a lo de Francisca Salguero, una mujer que
fungía de bru¬ja, espiritista y partera. La habían despedido del hospital por
hacer abortos clandestinos, y en su casa se realizaban sesiones de espiri¬tismo
a las que asistían Menem, su hermano Eduardo y la esposa de éste, Susana
Valente. Allí hablaban con los muertos célebres y practicaban magia negra. El
raspaje fue sencillo: apenas tenía dos meses de gestación. Pero Zulema quedó
conmocionada y triste. Fue en ese momento cuando decidió alejarse de Menem y
regre¬sar a Damasco para estar con sus padres y hermanos. Especial¬mente con su
padre, que se encontraba muy enfermo.
–Después del aborto me fui a Siria porque mi padre estaba muy
enfermo y porque mi relación con Menem era desastrosa. Carlos me llamaba
suplicándome y llorando para que volviera. Y volví. Ahí encargamos a Zulemita y
tuve un poco de paz. Porque toda mi vida defendí a mi familia. Pero un aborto
es algo que llevas toda la vida, una herida abierta...
–Seguro que ahora estos hipócritas van a decir que hay alguna
otra intención de mi parte. ¡Que digan lo que quieran! No me interesa la
política, destruyó mi vida y la de mis hijos. Yo tuve que hacer de padre y
madre, porque Carlos Menem siempre estuvo ausente.
–Si Menem vuelve a tomar esa bandera contra el aborto, es porque
hay poderes que lo presionan. A esos sectores de la Iglesia les preocupa más lo
que dice Menem sobre el aborto, que lo que pasa con su familia y su hijo muerto
–dijo una furiosa Zulema a la revista Noticias.
Consultado por los periodistas después de una tensa reunión de
gabinete, Menem fue cauto. Tenía la mirada oscurecida y no era para menos. Su
plan de recorrer el planeta como un auténti-co cruzado antiabortista con
bendición papal se había hecho tri¬zas después de las declaraciones de su ex
mujer.
–No lo desmiento, ni lo confirmo. No voy a hablar del tema...
–dijo Carlos Menem y en su cara se advertía la irascibilidad que lo embargaba.
Sus incondicionales empezaron a elucubrar una manera de salir airoso de la
situación. "El Jefe tiene que admitir que eso sucedió hace treinta años,
que en ese entonces pensaba distin¬to y que ahora se dio cuenta de que ese
aborto afectó mucho su rela¬ción matrimonial. Y después, tiene que pedir
perdón. La Iglesia va a quedar conforme con esto...", decían algunos.
Otros, más simplis¬tas, aseguraban que "Zulema estaba celosa (Menem ya
estaba con Cecilia Bolocco) y que no iba a parar hasta verlo destruido."
Por esos días Caselli prefería responder de manera ambigua
frente a la polémica de la ex primera dama:
"No me consta. Yo no estoy dentro del matrimonio. El
Presidente me dijo que el tema no era así. Además una persona después de
veinticinco años puede haber cambiado su posición. En los últimos diez años,
Menem ha defendido la vida desde la concepción, por su iniciativa se ha
realizado el Día del Niño por Nacer".
–¿Lo que dijo Zulema no vulnera la fuerza que usted pone de¬trás
de la bandera contra el aborto? –le preguntó Mariano Grondona en su programa
Hora Clave.
–¿Y si digo que no es cierto, qué pasa? ¿Eh? Mejor lo dejamos
ahí Mariano, no quiero hablar de esta cuestión...
Carlos Menem estaba golpeado.
Sus relaciones con la Iglesia pasaban en esos tiempos por una
situación extraordinaria. Su postura antiabortista lo llevó a tener acceso
directo al Vaticano, especialmente a los hombres del Club de Roma, gracias a
los buenos oficios del embajador ante la San¬ta Sede, Esteban Caselli. Había
sido un trabajo lento, pero segu¬ro: en cada viaje, en cada reunión oficial con
otros presidentes, trató de instalar el tema del aborto, ante el asombro de
muchos. En 1994, por ejemplo, en Cartagena de Indias, volvió a la carga con la
cuestión, y España, Colombia, Cuba, y México le dieron la espalda, ya que en
esos lugares se permite el aborto con ciertas regulaciones. Sin embargo, en
otras oportunidades, la operación resultó exitosa y el Papa se encargo de
felicitarlo personalmente e incluso, envió a Sodano con una enorme cruz de
plata trabajada a mano, para que se la entregara a Menem. Nada le importaba más
a Wojtyla que un gobernante que lo acompañara con tanto ahínco en su batalla
contra el aborto, una de las banderas más importantes de su papado, algo así
como el nuevo "Holocausto".
La cruzada de Menem y Caselli en contra del aborto había
em¬pezado mucho antes de que la idea de la famosa comisión mundial de notables
estuviera en marcha. En la revista Noticias del 10 de enero de 1998, Caselli
afirmaba "quiero hacer una reflexión como católico, como hombre de la
iglesia, porque iglesia somos todos los creyen¬tes. Tengamos cuidado después
del '99 de no arrepentimos a quién vota¬mos. No olvidemos que los de la Alianza
son abortistas y están a favor de muchas cosas que la iglesia no quiere...".
Después de la declaración del Día del Niño por nacer, hasta el
arzobispo de Bostón, Bernard Law, que con toda pompa llegó a Buenos Aires –hoy
involucrado en el escándalo de abusos sexua¬les más grande de la historia
católica de los Estados Unidos– aseguró a Menem que iba a convencer a Bill
Clinton para que reviera la ley (a favor del aborto) en el país del norte y
otro carde¬nal polaco trató el tema, ante el senado de su país.
Menem vivía feliz, hasta que apareció Zulema a quebrar su cuento
de hadas. Son curiosas las declaraciones que el vocero del arzobispo de Buenos
Aires Jorge Bergoglio, el sacerdote Guillermo Marcó, hizo a la revista Noticias
en esos días, teniendo en cuenta que la cúpula del Episcopado local –por lo
menos la gran ma¬yoría– libraba una lucha sin cuartel con el menemismo. Pero
evidentemente para algunos, todos eran bienvenidos al barco, siempre y cuando
se manifestaran contra el aborto:
–¿No siente que hay una contradicción entre la lucha
antiabortista que promulga Menem y las declaraciones de Zulema Yoma?
–Para nada. Tomemos el ejemplo del doctor Bernard Natanson que
en el pasado llegó a hacer cincuenta mil abortos en su clínica y hoy es un gran
defensor de la vida y uno de los principales impulsores para sacar la ley
antiabortista en los Estados Unidos.
–Pero Natanson reconoció su pasado y dijo que estaba
arrepen¬tido y Menem no dijo nada...
–Según la moral, nadie está obligado a reconocer públicamente
sus pecados, máxime si es de índole privada...
–¿La Iglesia fijará alguna posición frente a estas
declaraciones? ¿Le pueden llegar a quitar condecoraciones?
–No, no creo. Si el aborto hubiese sido un hecho actual,
revestiría características de escándalo. Pero ocurrió (sic) cuando Menem no era
presidente, fue un acto privado del que ahora no podemos opinar.
Por otra parce, la influyente revista católica Criterio llevó en
su editorial de noviembre, algunos párrafos indicativos del clima eclesiástico
de los sectores locales más preponderantes:
"La última campaña electoral tuvo como singular ingrediente
el uso y abuso de lo "religioso" y de otros temas caros a la
preocupación de la Iglesia".
"(...)En un momento de su errática campaña, el gobernador
Duhalde intentó instalar como tema el repudio o defensa del aborto. Nosotros
anticipamos que esto ocurriría como culminación de una política tendiente a
ganar el favor de la conducción eclesiástica. Este intento quería dejar mal
parada a una parte de la Alianza y en particular a Graciela Fernández Meijide,
coautora en el pasado de proyectos permisivos frente al aborto. Sin embargo, el
incipiente de¬bate mostró cómo las distintas posiciones atraviesan
horizontalmente a los partidos, cuando el candidato justicialista a
vicegobernador de Buenos Aires, Felipe Sola, se erigió a favor de las políticas
abortistas. Todo terminó mal para Duhalde cuando la ex esposa de Menem proclamó
haber abortado ella misma, alentada y acompañada por su marido. Esta inesperada
confesión, tal vez arruine también el proyecto del actual presidente de
convertirse en adalid internacional de las posturas "provida" con la
bendición de la Santa Sede.
"(...) Ya otras veces Criterio advirtió acerca del equívoco
que sig¬nifica el supuesto "voto católico" en la Argentina. En
nuestro país no existe un partido confesional. El justicialismo declama a veces
con discutible rigor histórico una presunta filiación cristiana y una cierta
adhesión a la doctrina social de la Iglesia de hace algunas décadas. Pero, al
mismo tiempo, alberga en su seno las corrientes ideológicas más dispares y a
hombres y mujeres de conductas sumamente variadas, por decirlo de algún modo. A
su turno la Alianza que gobernará este año, fue fundada entre otros por el
partido Demócrata Cristiano, lo más semejante a un partido confesional que haya
habido en la Argentina. Muchísimos mili¬tantes de la misma UCR (entre ellos el
presidente electo) son católicos, como quedó a la vista cuando hicieron cadenas
de ora-ción en las puertas del hospital donde estuvo internado Raúl Alfonsín.
Hasta la extrema izquierda presentó un candidato que es católico militante y
además, hermano del difunto cardenal primado Antonio Quarracino. Es que el voto
en la Argentina no se define por la filiación religiosa. Y eso es lo
bueno."
Los Cruzados
La cercanía de Ruckauf a la Iglesia y especialmente a uno de los
representantes del ala más conservadora como Emilio Ogñenovich se había
manifestado fuertemente en la campaña electoral de 1999. En esa instancia, el
entonces candidato a go¬bernador por el justicialismo, Carlos Ruckauf había
opinado que sus contricantes eran ateos, marxistas y anticristianos, y calificó
como asesinos de niños a todos los que propusieran darle un marco legal a los
abortos clandestinos que se realizan y causan miles de muertes de mujeres de
bajos recursos.
La función de Caselli en Buenos Aires era clara: inducir a los
obispos más cercanos al menemismo a que tomen partido en la campaña. El que más
claramente entendió la consigna fue monseñor Emilio Ogñenovich, obispo de
Mercedes-Luján quien apareció como actor de un spot publicitario a favor de
Ruckauf.
Por su parte, el obispo de Lomas de Zamora, Desiderio Collino,
le envió una carta a la candidata de la Alianza pidiéndole defini¬ciones sobre
temas tales como educación, familia y matrimonio. A pesar de que la Conferencia
Episcopal mantuvo su postura neutra frente a los candidatos, Caselli no perdió
la oportunidad de hacer su propia lectura:
"El Doctor Ruckaufle ha mandado una carta a cada obispo del
país y a gran parte de la ciudadanía y descartamos que van a emitir el voto por
él. La Conferencia Episcopal no dice a quién votar, pero sí establece los
valores a tener en cuenta para emitir el voto y en la última declaración
dijeron que al emitir el voto hay que hacerlo en contra del aborto".
¿Que más podía hacer Cachito para hablar en representación de
toda la Iglesia aún sin tener el respaldo y en la mayoría de los casos de
contar con la desconfianza y el repudio de los prelados?
Sí podía enfatizar una y otra vez: el día 8 de octubre la
comi¬sión ejecutiva del Episcopado exhortó a los fieles "a optar en
con¬ciencia por plataformas y candidatos que aseguren principios cristia¬nos y
humanos fundamentales". El punto incluía puntos como la libertad de
enseñanza, la lucha contra la droga o la corrupción. Pero se centraba en
"proteger la inviolabilidad de la vida humana desde la concepción hasta la
muerte natural y rechazar el crimen del aborto y la eutanasia".
"Fernández Meijide se declaró atea, tan es así que en su
vida nunca ha mencionado a Dios. En una propaganda dijo que la pro¬vincia de
Buenos Aires fue bendecida por la naturaleza. La bendi¬ción la da Dios y no la
naturaleza. Ella presentó una ley en favor del aborto", dijo Ruckauf por
consejo de Caselli.
En realidad, el proyecto era de la entonces peronista Patricia
Bullrich y planteaba la legalización del aborto, teniendo en cuenta la cantidad
de mujeres que mueren por las malas condiciones en que se lo realizan pero,
para el embajador ante el Vaticano, la autora era la "anticristiana"
Fernández Meijide.
Pero no todos los obispos mantuvieron silencio frente a la
impronta de Caselli: "Yo soy obispo de la iglesia católica y no fui
consultado para esto. (Ruckauf) Habrá recibido apoyo de algún obispo que
particularmente puede ofrecérselo", afirmó el obispo de San¬tiago del
Estero, Juan Carlos Maccarone. Su par de Morón, Jus¬to Laguna, instó a "no
mezclar lo religioso con lo político".
El 20 de octubre de 1999 se publicó una solicitada en los
diarios: "Ante agravios de políticos que pretenden usar la religión: como
ministros religiosos y ciudadanos comprometidos con nuestra fe y con la
democracia, vemos con seria preocupación cómo en el calor de la campaña
electoral, se pretende inadecuadamente utilizar cues¬tiones concernientes a la
moral y la religión, para atacar a candida¬tos a manipular el espíritu
religioso de nuestro pueblo. Considera¬mos que temas tan delicados, relacionados
con la fe y la moral deben tratarse de forma adecuada y en los niveles
correspondientes, y no utilizarlos como meros instrumentos electorales".
Entre los firmantes se destacaban los obispos Jorge Novak,
Ra¬fael Rey, Miguel Hesayne, Pedro Olmedo, y los padres Hugo Mujica, José
Meisegueier, Domingo Brescia, Luis Farinello y la hermana Martha Pelloni.
También se sumaban el Rabino Daniel Goldman y un gran número de pastores de
iglesias metodistas y evangélicas.
Por esos días se veía un aviso televisivo de campaña, dirigido
por el hijo de Carlos Ruckauf, Germán, en el que el candidato decía:
"Si Dios quiere, si me eligen, voy a conducir la provincia.
Con¬vocaré a los mejores mujeres y hombres para trabajar... ".
A tal punto se tiño de religiosidad la campaña que hasta la
Nunciatura Apostólica tuvo que salir un día antes de las eleccio¬nes a
desmentir supuestas críticas hechas contra la Alianza. La aclaración de la
representación diplomática de la Santa Sede se dieron luego que unas
declaraciones de Calabresi aparecieran publicadas en Roma, en el boletín
cotidiano de la agencia Pides, de las Obras Misionales, un organismo
dependiente del Vatica¬no. Según el boletín de Pides, Calabresi habría afirmado
que "el Frepaso tiene un impulso radical-liberal sobre el aborto, el
divorcio, la homosexualidad, con un estilo de extrema izquierda. Si va al
poder, la vida para la iglesia será difícil. El resultado de las eleccio¬nes
tendrá un peso muy importante para la iglesia. Hasta ahora hemos gozado de
libertad, tranquilidad, orden y precisión, también en los problemas
morales".
Ese mismo día el candidato presidencial de la Alianza, Fernando
de la Rúa, le envió una nota a la delegación local de la agencia ANSA, que
había recogido las supuestas declaraciones de Calabresi expre¬sando que se
había comunicado con el nuncio y que "había negado terminantemente tales
dichos". De la Rúa dijo que Calabresi le había asegurado que "de
ninguna manera, podría haber formulado estas de¬claraciones por no ser ése su
pensamiento ni su estilo y además porque ambos tendríamos siempre las más
positivas relaciones".
El 22 de noviembre de 1999, en el que fue el último viaje al
exterior como presidente, Carlos Menem se entrevistó por sexta vez con Juan
Pablo II, luego de convertirse en el presidente que presenció desde un lugar de
privilegio, la canonización del pri¬mer santo argentino, San Héctor Valdivieso.
Alberto Kohan, ago¬nizante secretario general de la presidencia e integrante de
la co-mitiva oficial se adelantó a aclarar: "El presidente tuvo una
posi¬ción permanente de defensa por la vida, por lo que se ha construido una
nueva relación con la Iglesia". Con esta frase, el Alberto, inten¬tó echar
por tierra los rumores publicados por un diario italiano que vaticinaban un
tirón de orejas por parte del Papa al presi¬dente argentino, luego de que
Zulema Yoma revelara que ella se había practicado un aborto, con el
consentimiento de Menem.
Según Kohan el mensaje más importante de Menem al Papa, estaba
en el obsequio del libro Hielos de la Paz, sobre el acuerdo de los hielos
continentales entre Argentina y Chile, que puso fin a centenares de litigios
fronterizos entre ambos países. La Santa Sede había jugado un papel decisivo en
las negociaciones entre los dos países. La mediación de Juan Pablo II logró que
el 29 de noviembre de 1984, Chile y Argentina firmaran el Tratado de Paz y
Amistad. En 1978 la gestión del Vaticano había contribui¬do a evitar que se
desencadenara una guerra.
En la reunión con el Papa, Menem pudo recoger el fruto de los
"esfuerzos que había realizado en sus diez años de mandato para conciliar
posiciones con la iglesia" (según las declaraciones oficiales) y se llevó
la promesa vaticana de ser convertido en embajador itinerante de la Santa Sede.
Su sueño dorado del despoder.
"Soy el presidente de la historia que más veces se vio con
el Papa", se jactó después de la reunión. "Desde ya, soy uno de los
invitados a integrar la comisión". En la reunión –que según los obispos
duró veinte minutos y según Carlos Menem, cuarenta– se ha¬bló de la necesidad
de trabajar sobre la propuesta de la Iglesia, de defender la vida, la familia,
la libertad y la moral cristiana. Fue en ese ámbito en que el Papa y el
cardenal Angelo Sodano, con¬vocaron al presidente argentino a integrar el foro
de notables destinado a divulgar la doctrina de la Iglesia por el mundo.
Menem comenzó la jornada en San Pedro con una misa ofrecida por
Sodano; luego compartió el acto por el 150 aniversario del en¬tendimiento con
Chile con el canciller de ese país, varios obispos y el cardenal chileno Jorge
Medina Estévez, visitó al Papa, a quien le obsequió el libro Los Hielos de la
Paz y un copón para la Eucaristía, y se llevó un rosario de recuerdo. La
despedida de Juan Pablo II fue en la biblioteca papal del Palacio Apostólico,
donde ingresaron el Obispo, Cacho Caselli y Zulemita. Luego de un encuentro de
casi cincuenta minutos con Sodano, a quien volvió a ver en una comida en la
sede de la embajada argentina, Menem descubrió un busto del primer santo
argentino, Héctor Valdivielso Sáez y se abrazó con cuan¬to hombre de sotana se
cruzó.
Sin embargo, el presidente de la Conferencia Episcopal,
Estanislao Karlic, que participó en la ceremonia de canonización de San Héctor
en la Basílica de San Pedro, no fue de la partida de ninguno de los convites
presidenciales. El clima interno en el Episcopado argentino estaba cada vez
peor.
"El Papa me felicitó por todo lo que hice por la iglesia y
por mi excelente gobierno y yo le dije que debería abrir una unidad básica en
el Vaticano, pero no entendió el chiste", comentó más tarde Menem, a un
grupo de colorinches funcionarios integrantes de la comitiva. Para dar muestras
de la cercanía que mantuvo con el Papa durante su gobierno, Menem relató:
"Hablé con el Papa cuando indulté a los militares. Y lo
hice también con todos los jerarcas de la iglesia, pero principalmente con el
Santo Padre a quien le pareció que esa medida (el indulto) que había sido una
propuesta de mi campaña electoral tendía a la pacificación".
La última visita de Menem a Roma tuvo muy escasa cobertu¬ra por
parte de los diarios italianos. El Corriere della Sera, en cambio, dedicó una
extensa nota a la Argentina, titulada "La fiesta terminó y también el
dinero", en la que destacó el índice de desocupación, la desigualdad y el
enorme déficit público que heredaría "el austero neo presidente De la
Rúa". Pero más allá de la absurda euforia de Menem por sus futuras
actividades como "em¬bajador" de la iglesia, algunos hombres del
Vaticano sostienen que la famosa "comisión de notables", era sólo una
iniciativa de Menem, bien promocionado por el siempre listo, Cacho Caselli.
Las mismas fuentes dijeron que el texto de la homilía que el
Papa leyó frente a Menem, reflejó el criterio del Episcopado de España, para el
cual Héctor Valdivielso Sáez, como los otros her¬manos lasallanos fusilados por
"Revuelta de Asturias", es un santo español. Sin embargo, para la
historia, –y es lo que a Caselli y a Menem le importaba– el 21 de noviembre de
1999 se canoni¬zó al primer santo argentino: Héctor Valdivielso Sáez.
San Héctor
Hijo de una familia de inmigrantes españoles, Valdivielso Sáez
nació en Buenos el 31 de octubre de 1910, y perteneció a la Congregación de los
Hermanos de las Escuelas Cristianas, cono¬cida en toda América latina por su
labor educativa como los Her¬manos de La Salle.
El clérigo fue fusilado en 1934 en Turón (España), junto con
otros siete hermanos lasallanos y un sacerdote pasionista por milicianos
comunistas, en el marco de lo que se llamó la Revolución de Asturias, una
fallida revuelta previa a la Guerra Civil Españo¬la, que comenzó en 1936.
Los religiosos alcanzaron la beatificación porque fueron
con¬siderados víctimas de un martirio al ser fusilados por su fe. En ese caso,
sólo hace falta un milagro para canonizarlo. Fue enton-ces, que la Junta Médica
del Vaticano dictaminó que la curación hecha por la intercesión de aquellos
religiosos no tiene explica¬ción científica.
El organismo estableció la completa sanación de una mujer
nicaragüense ocurrida en 1990, el mismo día en que los religio¬sos fueron
beatificados. Se trata de Rafaela Bravo Jirón que se debatía entre la vida y
muerte, víctima de un cáncer de útero. Su esposo, un ex alumno lasallano, rezó
entre el 9 y el 29 de abril, día de beatificación de Valdivielso Sáez, dos
novenas a los márti¬res pidiendo su intercesión para que Dios obrara un
milagro. En la lucha, el 29 de abril, Rafaela sintió unos dolores fortísimos tras
los cuales expulsó una masa visceral extraña y, al día siguien¬te estaba
totalmente curada sin que la ciencia pudiera explicarlo, dijo la junta médica
luego de años de estudio.
La legitimidad "del primer santo argentino" sería los
pocos días, tema de una carta de lectores que publicó el diario La Na¬ción el
28 de noviembre titulada "¿Menem lo hizo?", que decía:
"Escuchamos hasta la saciedad hablar del primer "santo
argentino". Resulta que por genéticas razones, los padres recién llegados
de España y pronto regresados, engendraron un hijo en suelo argentino. De
sangre y vida españolas, parece que "por obra y gracia de Don Carlos
Saúl", el santo devino argentino. No cabe duda que hubo un bien montado
operativo de prensa a cargo del operador presidencial para asuntos religiosos,
y el mártir español terminó argentino. Mien¬tras tanto, Ceferino o el cura
Brochero, deberán resignarse a ser even¬tuales segundos, y mucho más, para
quienes soñamos con que la ca¬nonización popular de San Carlos Múgica o Enrique
Angelelli los reconozca con el horror del martirio. Claro, que no matados por
la República, sino por el terrorismo de Estado, que se autoproclamó cristiano.
Como el presidente. Como el embajador".
La carta estaba firmada por Eduardo de la Serna, quién no era un
lector más, sino un activo –y combativo– sacerdote de la diócesis de Quilmes,
de 46 años, doctor en teología y que recibió una rápida respuesta de Juan
Esteban Cacho Caselli, quien en el mismo diario escribió:
"El señor presbístero descalifica la canonización del
primer santo argentino, atribuyéndola a supuestas maniobras políticas que
ha¬brían engañado al Santo Padre, es evidente que tiene una concep¬ción muy
particular de la Iglesia y de su constitución jerárquica. Se permite también
poner en duda la fe de dos fieles católicos. La mejor respuesta a este insulto,
son las palabras paternales de Su Santidad al recibir al doctor Menem y al
suscripto en audiencia despedida: "Gracias por todo lo que hizo por la
Iglesia y su país". Exhorto a De la Serna vivamente a que antes de
publicar otra carta, tenga la bondad de recordar sus propias palabras y leer un
poquito de teolo¬gía o algo de catcquesis".
Eduardo de la Serna, pariente lejano del Che Guevara –su padre
es primo segundo– y acérrimo defensor de la obra del padre Carlos Mágica,
aclaró a la revista Tres Puntos:
"Presentar a Valdivielso como argentino porque nació acá no
tie¬ne sentido. Creció, maduró, ejerció su ministerio en España y lo mataron
allí. Está claro que vivió su santidad en España. Y esto forma parte de la
campaña "Menem lo hizo", es decir, nunca tuvi¬mos un santo y ahora
con Menem, sí lo tenemos. Mandé la carta porque me da en el hígado que la
iglesia esté casada con el poder del Estado y el embajador Caselli, provocó una
serie de matrimonios muy interesantes entre algunos obispos y el gobierno de Carlos
Menem. "Caselli sacó la carta violenta en mi contra porque yo había di¬cho
que era un ignorante en teología y con lo publicado, lo confirma. Confunde
temas históricos con teológicos. Yo jamás cuestioné que San Héctor sea santo,
lo único que dije es que no es argentino. "
Curiosamente el título de doctor en teología de Eduardo de la
Serna, al que Caselli cuestionó fue reconocido por el mismo, ya que al ser
cursado en la Universidad Pontificia de Roma tenía que ser firmado por el
embajador ante la Santa Sede. Ese hecho particular es lo único que une al
embajador y al sacerdote, quien a los 17 años conoció a Carlos Mágica en la
Villa 31 y allí sintió el llamado de Dios. Se ordenó en 1981, estuvo cinco años
en la dióce¬sis de Buenos Aires pidiendo trabajar en una villa, sin conseguirlo,
hasta que en 1987 logró su pase a la diócesis de Quilmes, en donde trabaja
actualmente y y desde donde defiende sus ideales.
"Me molesta la Iglesia que negocia con el modelo. Caselli
se refu¬gió detrás de dos o tres frases del Papa en contra del aborto, con lo
cual estoy de acuerdo. Pero también estoy de acuerdo con que este modelo trae
más muertes que el aborto y ahí, ya no dicen nada. Cuando el Papa habla en
contra de la deuda externa, ahí no dicen nada. Es quedarnos atrás de la pollera
del Papa sólo para los temas en los cuales aparecemos como los grandes
católicos."
La Iniciación
La llegada de Carlos Menem al poder fue recibida con alegría por
la mayoría de la jerarquía eclesiástica y el nuncio Ubaldo Calabresi, fue un
pujante colaborador en la campaña electoral. Será quizá por aquello de que la
Iglesia siempre se llevó mejor con el peronismo que con el radicalismo, al que
consideran lai¬co, proabortista y anticlerical, que después del caótico final
de Raúl Alfonsín, grandes sectores de la Iglesia católica colocaron sus
esperanzas en Menem. La revista Criterio tituló su editorial de mayo de 1989:
"La victoria de Menem y la derrota del radica¬lismo" y allí señala:
"Menem ganó de punta a punta. Como lo dijimos antes en
estas mismas páginas es un fenómeno cultural. Sin que esto suponga ningún
juicio de valor, positivo o negativo, el 47 por ciento de los votantes
repre¬sentan fundamentalmente las demandas de una sociedad ávida de
in¬tegración social, que no soporta más agresiones y que intuitivamente, busca
descubrir en sus dirigentes las viejas cualidades de sencillez, humildad y
servicio... Que Menem pueda dar respuesta efectiva a estas apetencias a través
de su gobierno es harina de otro costal... Muy pronto tendrá que atravesar la
difícil experiencia del gober¬nante que ejerce funciones de arbitraje en
tiempos de penuria y no de abundancia".
La misma revista hacía un balance, a un año de su gestión y
decía bajo el título de "Un año difícil":
"Los logros del gobierno de Menem son de por sí evidentes.
Asumió la administración en medio del peor desorden moneta¬rio; tuvo que
instaurar un liderazgo de ruptura; asistió desespe¬rado a una recaída
hiperinflacionaria; encaró sin que le tembla¬ra la mano, una política de
privatizaciones realmente convin¬cente y audaz; puso al país en una senda
civilizada y razonable en política exterior; pretende en fin sellar las
secuelas de la gue¬rra interna de la década del setenta con un indulto final
que no parece conformar al alto mando del Ejército.
"(...) La Reforma del Estado está en marcha, lo que en
cambio no avanza al mismo ritmo es la política que tenga por objeto
recons¬truir el Estado otorgando excluyente prioridad al desarrollo y
afian¬zamiento de la seguridad, la justicia, la salud y la educación. Se han
deteriorado gravemente la seguridad y la administración de justicia y la salud
corre riesgos inminentes de pasar a ser un bien desprotegido por los poderes
públicos.
"No debe extrañar que el liderazgo de Menem frente a la
opinión pública difiera del de Alfonsín en las mismas circunstancias. En
di¬ciembre de 1984, luego de un año de inflación, los argentinos toda¬vía
confiaban en Alfonsín dándole un sostenido apoyo. El consenso que ahora recibe
Menem es mucho menor y está decididamente ata¬do a sus logros y resultados. No
hay más entre nosotros donación de confianza; hoy los liderazgos deben ganarla
día a día. Más si se suma a este panorama la sensación de que la política se
desenvuelve en un clima corrupto."
Ya en ese entonces señalaban a la corrupción como un peligro
para el nuevo gobierno. Y de la misma fueron cómplices algunos integrantes de
la cúpula eclesiástica de esos años.
"El Nuncio Ubaldo Calabresi se había convertido en un
mili¬tante menemista. Junto al arzobispo Antonio Quarracino solían su¬marse a
las reuniones y cenas. Calabresi fue el encargado de introdu¬cir en el grupo a
Mario Rotundo, a quien había conocido por reco-mendaciones de Licio Gelli.
Ambos mantenían una íntima relación y los dos solían visitar frecuentemente a
Isabel Perón en España. Rotundo y Calabresi se transformaron en sostenes
espirituales de Menem", dice Gabriela Cerrutti, en El Jefe.
Hay una anécdota famosa en el menemismo de esos años que cuenta
de una pelea entre Miguel Ángel Vicco y Rotundo, quien al ingresar una noche en
su piso de la calle Gelly y Obes se en¬contró con una sorpresa: "Cuando
llegué, estaba todo oscuro. Me abrió la puerta Rotundo, vestido de negro, y me
llevó a una pieza donde había velas y estaba lleno de curas. En un sillón
estaba Carlos en un estado de meditación. En otra oportunidad, en el hotel
Excelsior de Roma, lo tuve que sacar a trompadas, porque Carlos estaba dor¬mido
y Rotundo hacia cosas extrañas arriba de su cabeza".
Mario Rotundo –ex apoderado de Isabel Perón y luego vo¬cero de
Zulema Yoma– y Calabresi fueron los que operaron la reconciliación entre Carlos
Menem y Zulema Yoma. El Nuncio, al que en el entorno menemista por sus orígenes
napolitanos conocían como el pizzero convenció a Carlos Menem de que era
imprescindible mostrar la imagen de una familia unida para lle¬gar al
electorado de la clase media y que veía mal las prácticas liberales como el
divorcio. No era suficiente con saber que Menem en su momento se había opuesto
al divorcio, había que mostrar la foto de la familia unida. Finalmente, la
reconciliación se acor¬dó en los primeros días de mayo y se marcó una fecha
para la presentación pública: el 29 de mayo en que se haría una "Fiesta de
la familia" en La Boca, con una inmensa olla de ñoquis.
Durante la campaña, en el menemóvil, todos bromeaban acer¬ca de
las relaciones de Rotundo con "el más allá", refiriéndose a su
inclinación por las prácticas esotéricas, pero también a su amistad estrecha
con algunos poderosos personajes de la Iglesia, sobre todo con Calabresi. Un
año después, el 24 de mayo de 1990, la relación entre Menem y Zulema transitaba
por su peor momento: ella estaba atrincherada en la residencia de Olivos y
Menem dormía en la Casa Rosada. Una vez más el nuncio, cuyas funciones en la
Argentina eran diplomáticas, fue a la residencia de Olivos acompañado por el
empresario Jorge Antonio en bus¬ca de una nueva reconciliación que evitara el
escándalo.
"Por Dios y por la Patria, señora, debe concurrir al acto
del 25 de mayo", le dijo. Zulema le respondió que sí, pero el 24 a la
maña¬na, su hermano Emir Yoma le advirtió: "No vayas porque han encargado
a unos tipos que te tiren huevos podridos. Te van a insul¬tar, Carlos se va a
enfermar y ya hay un decreto, que dice que va a ser reemplazado por Eduardo. Se
va a armar quilombo...". La misma noche del 25, Zulema percibió que algo
malo estaba a punto de pasar. Llamó otra vez a Jorge Antonio y al nuncio apostólico.
Necesitaba ayuda: quería recomponer la situación. Los tres ha¬blaron en el
living de la residencia.
–Monseñor, por favor, háblele a Carlos Menem, párelo a este
loco, que algo está por hacer contra nuestra familia... Se lo pido por mis
hijos...
Tras un largo silencio, –y ya con el aval de Menem– el embajador
del Papa dijo:
–Mire señora, yo no puedo hacer nada. Tiene que tener
resigna¬ción cristiana y aceptar lo que venga. Ya no se puede hacer nada – y se
retiro veloz de la casa.
La mediación de Calabresi esa vez fracasó, y Zulema estaba
dispuesta a ceder, pero el que no quería saber nada era Carlos Menem. Las
palabras del nuncio le confirmaron las sospechas a Zulema, de que cualquier
decisión de Menem tendría el aval de la Iglesia católica. El obispo de
Mercedes, Emilio Ogñenovich lo confirmaba horas después por las radios:
"La Iglesia católica no se opone a las separaciones de hecho en
determinadas circunstancias. Nadie puede negar que el presidente Menem es un
padre que vive preocupado por sus hijos".
Días más tarde, llegó el violento desalojo de la ex primera dama
y sus hijos de la residencia presidencial.
Cuando las relaciones espirituales entre Menem y Rotundo se
deterioraron, el empresario se presentó ante la justicia para exigir el pago de
siete millones de pesos adeudados por Menem a raíz de los gastos realizados
durante la campaña presidencial de 1989. Tam¬bién indicó que parte del dinero
–un millón de dólares– fuera aportada por las Congregaciones religiosas.
Página/12 publicó el 26 de marzo de 1994 la forma en que se reintegró el
dinero:
"La devolución se hizo de la siguiente manera: doscientos
mil el 10 de octubre de 1991; doscientos mil el 30 de octubre del mismo año y
seiscientos mil como subsidios para los Hijos de la Sagrada Familia".
En 1997, nuevamente Página/12 destina espacio a la contri¬bución
de la Iglesia en la campaña menemista. El sacerdote An¬tonio González Recuero
declaró que aportó a la campaña de Menem, a través de Mario Rotundo "entre
tres y cinco millones de dólares", dinero que Menem nunca reintegró.
"Tuve entrevistas en la propia Nunciatura con el doctor
Bauza y el señor Caselli con motivo de acercar las partes y buscar una solución
a la devolución del dinero prestado", dijo el sacerdote quien aclaró que
los fondos no sólo llegaron de congregaciones argentinas, sino también de la
Congregación en España y de la Curia General.
El 23 de octubre de 1991, a los trece años del ascenso al trono
pontificio de Juan Pablo II, Ubaldo Calabresi ofreció una recep¬ción de la
Nunciatura Apostólica de la avenida Alvear. Allí estu¬vieron representantes de
la dictadura militar, del menemismo y de la iglesia, todos en comunión y unidos
por la fe y devoción hacia el Santo Padre: Jorge Rafael Videla, Leopoldo
Fortunato Galtieri, Basilio Lami Dozo y Emilio Massera; Humphrey Maud,
embajador de Gran Bretaña y Terence Todman, embajador de Estados Unidos, por el
cuerpo diplomático.
Carlos Saúl Menem, Alicia Saadi, María Julia Alsogaray, Claudia
Bello, Raúl Granillo Ocampo, Adelina de Viola, Do¬mingo Cavallo, Gustavo Beliz
y José Luis Manzano, por el menemismo y Raúl Amín y Armando Cavalieri, por los
sindica¬listas y Gerardo Sofovich en representación de la farándula. Raúl
Alfonsín que había sido invitado no fue.
Algunos medios adjudicaron responsabilidad personal a Calabresi
del acto, como el Buenos Aires Herald.
"Monseñor Calabresi desea dejar en claro que los ex
miembros de las juntas fueron invitados en forma totalmente deliberada junto
con todos los demás que hayan presidido alguna vez los destinos del país, como
gesto de reconciliación... Provoca asombro ver que la pri¬mera persona
aparentemente deseosa de danzar con el diablo es el clérigo, y no sólo un
sacerdote común y corriente, sino el representan¬te de la suprema autoridad de
la Iglesia Católica".
Pero Rubén Dri en su libro Proceso a la iglesia argentina, es
terminante:
"Nadie puede creer que el nuncio sea capaz de invitar a los
ex comandantes, condenados por múltiples violaciones a los derechos humanos, a
celebrar el aniversario de la asunción de Juan Pablo II al pontificado sin la
anuencia de éste. De esta manera, la máxima autoridad católica universal, el
sumo Pontífice daba su plena apro¬bación al indulto menemista ".
Carlos Menem aceitó con astucia el engarce con los podero¬sos
habitantes del Vaticano en los casi once años que duró su gobierno. Aunque
había conocido informalmente al Papa en 1990 y en 1992, fue en diciembre de
1993 cuando concretó su prime¬ra visita oficial al Vaticano. Descendió del
Tango 01 de la mano de Zulemita, toda vestida de blanco, con un exótico
pantalón y tapado largo con ajustado cinturón. Juan Pablo II distinguió a Menem
con el Gran Collar de la Orden de Piaña. El galardón instituido en 1847 por Pío
XII, fue destinado a premiar "las vir¬tudes y los valores
individuales". John Kennedy y el emperador Akihito de Japón, se contaban
entre las pocas personalidades con poder político que habían recibido esa
condecoración, equiva¬lente al título nobiliario de Conde. Le fue entregada en
la suite real –de diez mil dólares la noche– ubicada en el primer piso del
hotel Excelsior de Roma. En el lobby del hotel todos bro¬meaban y decían:
"el conde de Anillaco ", cuando se dirigían al entonces presidente,
que se paseaba orgulloso con la condecora¬ción pontificia.
Cacho, El Obispo
El 20 de junio de 1997, Juan Esteban Caselli reemplazó a
Francisco Paco Trusso –quien cayó en desgracia en medio del quiebre financiero
del banco presidido por sus hijos– en el car¬go de embajador argentino ante la
Santa Sede. Un preciado y disputado lugar en Roma. La despedida de Argentina
del enton¬ces nuevo embajador–ahora hombre del canciller Carlos Fede¬rico
Ruckauf– fue un almuerzo organizado por el nuncio Ubaldo Calabresi, al que
asistieron desde Carlos Menem hasta los ministros Carlos Corach, Di Telia, el
ministro de la Corte Suprema de Justicia, el militante del Opus Dei, Antonio
Boggiano y los obispos Jorge Bergoglio, Justo Menvielle, Desiderio Collino,
Emilio Ogñenovich, entre otros religiosos.
Luego de los fideos verdes con salsa y a la hora del brindis,
Carlos Menem aseguró: "Las relaciones con la Iglesia nunca han sido
mejores que durante este gobierno".
A lo que el nuncio, el pizzero, agregó: "Agradezco al
presidente Menem por su apoyo incondicional a las posturas de la Santa Sede en
todas las conferencias internacionales". Calabresi elogió a Caselli y
recordó que el Vaticano le dio el placer del cargo en sólo tres días. Un tiempo
récord para el caso.
Juan Esteban Cacho Caselli es un tipo raro.
Tiene la extraña habilidad de estar en el momento adecuado en el
lugar justo, algo que lo llevó a convertirse milagrosamente en millonario de la
noche a la mañana, cuando hace veinte años apenas tenía para comer.
Hijo de un ultracatólico, oficial de la Policía Federal, el
ope¬rador más importante que tuvo el menemismo para negociar con la Iglesia, se
educó en un colegio marista y fue militante de la Acción Católica desde muy
joven, en una parroquia del barrio Parque Chas. Cuando tenía 19 años estuvo a
punto de ingresar al seminario: había descubierto su vocación de ser cura. Pero
desistió y eligió los negocios y la vida de dinero fácil. No le fue nada mal.
Tiene 62 años y su nombre estuvo durante una década vinculado a los rincones
más oscuros de la política. Allí donde se mezclan los altos negocios con la
religión. Alfredo Yabrán, el trá¬fico de armas, y la mafia del oro, sólo por
nombrar algunos. Su relación con Alfredo Yabrán, el suicidado empresario
menemista llegó a ser tan estrecha, que el cartero decía frente a sus íntimos
que "tenía embajador en el Vaticano y que esta adquisición le había
costado cuatro millones de dólares ". Verdadero o falso, o parte de la
mitología del empresario telepostal, lo cierto es que en las pro¬fundidades del
yabranismo, aún hoy se cuentan historias que hablan de la intimidad que unía a
ambos personajes y de la trai¬ción posterior de Caselli a su protector.
Parco, grueso y de mirada esquiva, entre 1974 y 1976 integró el
gabinete del metalúrgico Victorio Calabró, cuando éste ocupó la gobernación de
la provincia de Buenos Aires. A partir de la llegada de la dictadura, Cacho no
se amilanó por los nuevos aires y pasó a integrar las huestes verde oliva. De
Calabró, pasó a ser asesor de los generales Viola y Bignone. Tiempo más tarde
pasó un tiempo en la cárcel: él asegura que por razones políticas y otros
–gente ligada a Calabró y al peronismo de esos años– dicen que fue por estafas.
Lo que sí es cierto es que hizo dinero rápido y se olvidó de la familia, que no
le dirige la palabra. Cuando su padre murió, Cacho se presentó en la humilde
vivienda de Parque Chas y su hermano le dio una trompada y lo expulsó del lugar.
Pero para Caselli, a esa altura, su familia había pasado a ser parte de un
lejano pasado. Habitaba entonces un lujoso piso en la avenida Alvear, que había
pertenecido al brigadier Miguel Cardalda, para el que Caselli supo trabajar de
chofer desde los años sesenta. Paso a paso Caselli se ganó la confianza del
matri¬monio que no tenía hijos. De manera muy extraña, antes de morir,
Cardalda, dejó un testamento que decía que Juan Esteban Caselli era el único
heredero de sus bienes. Y de chofer, el obispo pasó a ser dueño de casa y rico
heredero.
"Esas son cosas de muy baja difamación. En esa casa yo me
casé hace treinta años. El padrino de mi hijo el Coronel Cardalda y su esposa
eran los dueños, no tenían hijos y cuando murieron me deja¬ron todas sus
propiedades a mí. Yo le conocí en la escribanía donde trabajaba y nos hicimos
muy amigos.
"Yo vengo de una familia muy humilde, mi padre era
ordenanza en la policía, llegó a ser intendente del Hospital Churruca y
regenteábamos los dos el buffet de un club en Villa Urquiza. Con el tiempo me
mudé a Alvear, a esa casa que heredé", explicó titubean¬te en una
entrevista.
Cuando ingresó al menemismo en 1989 se caracterizó ense¬guida
por el bajo perfil, pero rápidamente comenzó a destacarse por su astucia para
conseguir dinero a través de negocios dudo¬sos. Hay una anécdota que circuló en
la intimidad del menemismo y que lo pinta de cuerpo entero, que aseguraba que
Carlos Menem había dejado de llevarlo a Olivos "porque si le invitaba a
tomar mate, Cacho se robaba la pava". Verdadero o falso, lo cierto es que
su primer puesto fue el de Subsecretario de Acción de Gobierno, bajo la órbita
de su padrino político, el entonces secretario gene¬ral de la presidencia
Eduardo Bauza. También pasó por Somisa, lugar al que llegó de la mano de Hugo
Franco (operador político del cardenal Primatesta, que lo colocó allí por
pedido de Menem), con el que más tarde tuvo una pelea de ribetes escandalosos.
A partir de esta época se convirtió en puente entre Carlos Menem
y algunos obispos de la Iglesia, que a cambio de suculen¬tos favores monetarios
–que Cacho conseguía con mucha habi-lidad de la secretaria de Acción Social y
de los fondos reservados de la SIDE– rendían pleitesía al gobierno y conseguían
grandes favores para sus diócesis. Caselli, como Dios, repartía los benefi¬cios
del Estado entre los que él consideraba que se los merecían. Entre los
beneficiados se encontraba Justo Menvielle, Antonio Di Monte, Desiderio
Coílino, Emilio Ogñenovich y Antonio Quarraccino, entre otros. Al poco tiempo,
los demás obispos comenzaron a llamar a los prelados amigos de Caselli, La
Banda. Estas amistades eclesiásticas lo llevaron al Vaticano donde enta¬bló
relación con Angelo Sodano, mano derecha de Wojtyla, quien le abrió las puertas
del reino.
En octubre de 1993 logró que el Papa condecorara a Carlos Menem
con el Gran Collar de la Orden de Piana, una distinción que el Vaticano concede
a muy pocos Jefes de Estado. También gestionó distinciones para el
vicepresidente Carlos Ruckauf (de quien en el período 2000-2001 sería fiel
lacayo), el titular de la SIDE, Hugo Anzorreguy y para su jefe, el entonces
hombre fuerte del gobierno, Eduardo Bauza. Pero el mayor éxito lo obtuvo dos
semanas antes de las elecciones del 26 de octubre de 1997, en lo que fue calificado
como una maniobra política de la oposición, Juan Pablo II recibió a Carlos
Menem. Para esta época, ya había alcanzado el cargo soñado: embajador argentino
ante la Santa Sede. En su curriculum figuró que era "un exitoso
empresario". Nadie nunca supo de qué rubro.
Intrigante, servil y peligroso como el filo de una navaja,
ape¬nas aterrizó en Roma tuvo choques fuertes con dos influyentes: el cardenal
Jorge Mejías, que dirige el Archivo secreto del Vatica¬no y hombre de confianza
del Papa y el cardenal y ex nuncio en Argentina, Pío Laghi, a los que intentó
convencer de apoyar el gobierno de Carlos Menem, de modo "poco
serio".
"A ese señor no le dirijo la palabra después del encuentro
que tuvimos. Le dije que nunca más lo quería ver. Apenas llegó y se presentó,
me dijo algunas cosas fuera de lugar, y de las que prefiero mantener reserva,
son muy delicadas", me contó Mejías cuando nos vimos en Roma.
En los corrillos de San Pedro se sabe con certeza que Caselli le
habría ofrecido una cantidad importante de dinero mensual a Mejías y a Pío
Laghi, igual que hacía en la Argentina con sus fieles purpurados, como manera
de tenerlos de su lado y que sirvan de apoyo al gobierno. Y le salió mal.
Instalado en el impo¬nente despacho de Piazza San Luigi dei Francesi 37 entre
1997 y 1999 –residencia que mandó a reciclar por varios millones de dólares–
recibió dos denuncias importantes en su contra: la primera, por sus gestiones
en favor del empresario Yabrán, la segunda directamente por el tráfico de
armas. Fue en 1995, cuan¬do Domingo Cavallo denunciaba frente al Congreso a
Alfredo Yabrán como "el jefe de las mafias enquistadas en el poder",
to¬maba estado público una carta firmada por Caselli en la que se gestionaba un
favor para el cartero. Lanolec, una empresa de taxis aéreos propiedad de
Yabrán, no contaba con hangares en el Aeroparque para estacionar sus jets
Cessna Citation. Esteban Caselli, rápido como la luz, habló personalmente con
Menem del tema y finalmente envió una carta al titular de la Fuerza Aé¬rea, el
brigadier Juan Paulik, en la que le solicitaba por expresa disposición
presidencial, espacio para Lalonec. En su momento, Caselli se defendió "Yabrán
es un empresario importante y me pa¬reció oportuno ayudarlo con sus
problemas".
Cuando Alfredo Yabrán se mató, ni siquiera envió una corona de
flores a la familia, que hasta el día de hoy lo recuerda con desprecio.
Al momento de su designación como embajador, cuando la Cámara
Alta debía prestar acuerdo, el senador Antonio Berhongaray se opuso y explicó:
"Caselli estaba en Ezeiza junto al director de migraciones,
Hugo Franco, cuando se cargaron los aviones con las armas que debían ir a
Venezuela y finalmente terminaron en Croacia. La información que tenemos es que
tuvo bastante que ver con el tráfico de armas. Caselli fue uno de los
encargados de monitorear los desembarques". Casi un año después, fue Oscar
Camilión, ex ministro de Defen¬sa, quien volvió sobre el tema, afirmando que el
embajador ante el Vaticano había sido quien lo presionó para que el empresario
menemista Luis Sarlenga (el primer arrepentido del affaires de las armas) fuera
mantenido al frente de Fabricaciones Militares. Sin embargo, Caselli negó su
participación en los hechos. "No tuve ni el gusto de conocer a
Sarlenga."
Amante de la buena vida, el buen comer (fue dueño de Piperno, un
lujoso restaurante de Puerto Madero que se vendió hace muy poco), la ropa de
marca, las alhajas de oro (lleva llamativo anillo, reloj Rolex y varias pulseras de oro), el obispo no
practica la austeridad de San Ignacio de Loyola o de San Francisco de Asís: ama
veranear en las costas del Golfo de México y en Miami, concretamente en Naples,
un reducto exclusivo, donde tiene un dúplex en el condominio Pelican Bay, con
pisos de mármol de Carrara, que le habría costado cinco millones de dólares.
Para apuntalar a Ruckauf en la cruzada electoral, o más bien
para que su triunfo en las elecciones terminaran por aniquilar al Frepaso y a
su candidata a gobernadora, Graciela Fernández Meijide, Carlos Menem una vez
más pidió ayuda a su hombre de confianza, el embajador en el Vaticano, Esteban
Caselli.
"Veníte a trabajar para la campaña", escuchó de la voz
de su jefe, un mes antes de las elecciones, Cacho Caselli, quien solícito, dejó
su cómodo lugar en el Vaticano para "apoyar a todo el justicialismo",
según aseguró recién llegado a Buenos Aires.
"No vine a trabajar para Ruckauf. El presidente Menem me
pi¬dió que venga a trabajar para el justicialismo. Lo de Ruckauf (con¬tra
Fernández Meijide) no es una embestida, hay una postura en defensa de la vida,
la familia y los valores cristianos y en contra del aborto. No es campaña
política, hace a su convicción personal: de¬fender la vida desde la concepción.
Es una política que la viene lle¬vando a cabo desde 1989. Menem lo había
demostrado día a día en los apoyos que ha dado. "
Cuando pasó a servir a Carlos Federico Ruckauf en la
gober¬nación de la provincia de Buenos Aires, se convirtió en Secreta¬rio
general, un cargo que le permitió manejar "la caja". Su máxi¬ma
aspiración. Enseguida, y fiel a su estilo, hizo migas con el arzobispo de La
Plata, el conservador Héctor Aguer, quien se convirtió en su amigo de la noche
a la mañana. Instalado en el despacho más importante de la gobernación,
contrató un arqui¬tecto que lo redecoró a su gusto: de colores amarillos y blancos
(los colores vaticanos), con un equipo de música que todo el tiempo trasmite
música sacra y detrás de su escritorio un enorme cuadro de Karol Wojtyla,
dedicado para él.
Durante el último viaje de Carlos Menem a Italia, Caselli
pro¬tagonizó un episodio a pocos metros del Papa, que terminó en escándalo.
"¡Ustedes son unos traidores hijos de puta!", disparó el embajador,
mientras dirigía la mirada hacia sindicalistas y em¬presarios que trataban de
entregarle al Papa un documento crítico de la realidad social argentina. La
violencia verbal fue tal que el cardenal Raúl Primatesta intervino, acercó al
grupo hasta el Papa y entregó el documento a su secretario privado. La vengan¬za
de Caselli sobre el cardenal y sus acompañantes, entre los que se encontraba
monseñor Estanislao Karlic, no se demoró: nunca les envió un auto para que
pudieran moverse por Roma durante la visita. "Aquella visita fue
bochornosa, a tal punto que ese hombre (Caselli) casi no le da lugar en la mesa
para comer a Karlic, si no fuera porque tuve que intervenir. Fue
deplorable", relata Primatesta, cuando recuerda el episodio.
El año 1998 fue especialmente conflictivo para la relación entre
la iglesia y el gobierno de Menem. Tres hechos determina¬ron el mal clima
reinante. El primero de ellos, el fallido ofreci-miento por parte del entonces
ministro del Interior, Carlos Corach, de subsidios para Caritas, que fue
interpretado como intento de presión por parte del titular de la entidad,
Monseñor Rafael Rey, y generó mal clima en la Iglesia. A este hecho se sumó que
cuatro millones dólares de un crédito del Banco Inte¬ramericano de Desarrollo
destinado a Caritas para hacer frente a los inundados, desaparecieron
misteriosamente en las cuevas de los funcionarios menemistas encargados de
entregarlos.
En segundo lugar el Secretario de Culto, Ángel Centeno, hom¬bre
respetado por los obispos por haber desarrollado una tarea alejada del
partidismo, se vio obligado a renunciar por su insos-tenible relación con el
embajador en el Vaticano, Esteban Caselli, hecho que se completó con el
traslado de la Secretaría de Culto a la órbita de la presidencia.
Las señales fueron claras: se politizó el área para ganancia del
operador Esteban Caselli y su relación con el Club de Roma, que tantos
beneficios le traía. Finalmente y como broche de oro de este año cargado de
diferencias, los obispos y Caselli protagoni¬zaron una serie de escaramuzas en
Roma durante la quinta visita de Menem a Juan Pablo II.
Santos Subsidios
A mediados de julio de 1998, el ministro del Interior, Carlos
Corach, tuvo que admitir que le ofreció al titular de Caritas, Rafael Rey, un
subsidio de ayuda, pero negó que hubiera inten¬tado con ello presionarlo para
que cesara con sus duras críticas contra el Gobierno.
Rafael Rey había declarado: "No queremos dinero que se pase
por debajo de la mesa. He rechazado la oferta porque la forma no era
transparente".
Corach, mientras tanto, aseguraba que lo ofrecido no eran fondos
reservados sino plata que el Ministerio del Interior tiene para emergencias
sociales.
El máximo disgusto del obispo se refería a la forma en que fue
operada la entrevista con el funcionario, vía embajador argenti¬no ante la
Santa Sede, Esteban Cacho Caselli, con el previo pedi¬do de que modere sus
críticas al gobierno. Caselli llamó desde Roma a Rey, uno de los obispos que
más enfrentó a la política económica menemista. El obispo de Zárate-Campana
dijo que su actitud de no aceptar las donaciones que no estuvieran enmarcadas
en subsidios, ni programas habituales, fue apoyada por sus pares de San Isidro,
Jorge Casaretto, de Río Cuarto, Ra¬món Staffolani, y de Morón, Justo Laguna.
Laguna por su lado calificó de "lamentable" que
Caselli hu¬biera llamado a Rey para que bajara los decibeles de sus críticas al
gobierno.
–Laguna piensa de una forma. El es crítico de la situación
so¬cial y política. El habla de la pobreza, pero a los pobres no es capaz de
hablarles. Esto lo digo con el mayor respeto por lo que siempre repetía la
Madre Teresa de Calcuta –exclamó Caselli, burlón, en un reportaje de Página/12.
Sólo un mes antes, Menem había enfrentado con ironías las
conclusiones de la reunión de la Comisión de Pastoral Social que se había
realizado en Mar del Plata. Allí Laguna describió un sombrío panorama social,
producto del plan económico y había reclamado los índices de pobreza. Menem
furioso, atacó:
"Cuando un obispo dice que al paso que vamos nos vamos a
morir de hambre. No creo. Y menos un obispo radical, ya saben a quien me
refiero", en clara alusión a Laguna.
Pero a la novela Menem-Laguna le faltaban varios capítulos. El
feliz encuentro se concretó el 31 de agosto con motivo del acto público
realizado por la inauguración del tramo final de la Autopista del Oeste
destinada a unir en 45 minutos Capital con la ciudad de Lujan. Allí los
ultrarrivales compartieron el palco y sorprendieron a todos los observadores
cuando se estrecharon en un abrazo y luego cuando intercambiaron elogios en sus
respec¬tivos discursos.
Menem dijo:
"Monseñor Laguna es un hombre de bien, con quien hemos
teni¬do alguna discusión, pero eso hace al juego de la democracia. Y agra¬dezco
la oportunidad que me da este acto de darme un abrazo con quien admiro por su
capacidad y su talento", y el abrazo selló las palabras.
A la hora de las palabras oficiales Laguna señaló:
"Las autopistas pueden tener el sentido apocalíptico que
Julio Cortázar le imprime en uno de sus libros. O el espiritual de acercar a
los hombres. Agradezco particularmente por todo lo que contribu¬yó el
presidente de la Nación para que esto que parecía tan difícil, sea una
realidad".
Luego del acto, Laguna dijo estar "impresionado por las
pala¬bras de Menem que estuvo muy cariñoso" y se confesó alegre "por
haber dejado atrás una relación desagradable". Pero aclaró seguir pensando
lo mismo sobre ciertos efectos de la política económi¬ca, como el grave
problema de la exclusión social y por último celebró "que el propio Menem
destacara nuestras diferencias".
Sin embargo, las palabras, como dice el refrán, se las lleva el
viento y la realidad siempre puede más. Justo Laguna pertenecía a la camada de
obispos –mayoritarios– que denunciaban día a día la crítica situación social de
miles de personas que eran expulsadas del sistema, que no podían ser tapadas
por manejos oscuros de Caselli con los obispos afines, a través de los ATN
(Aportes del Tesoro Nacional) o del dinero de los fondos reservados. Según
datos reservados de la época –luego emitidos en una investiga¬ción del programa
televisivo Punto Doc– seis obispos de cien, recibieron más del cincuenta por
ciento de los treinta millones de dólares que el menemismo repartió a la
Iglesia católica, entre ATN y además, dinero negro de la SIDE.
"No hay un conflicto entre la iglesia y el Gobierno. Hay un
con¬flicto entre el Gobierno y monseñor Rey, porque yo vengo señalando desde
hace mucho que la pobreza sigue creciendo en el país."
El enfrentamiento al que aludía monseñor Rey se dio porque el
obispo, al anunciar la colecta de Caritas, señaló que de acuer¬do a los datos
del INDEC había más de nueve millones de pobres pero agregó que según el Banco
Mundial el número de pobres ascendía a 13,4 millones.
"Menem sabe todo pero oculta la realidad y se toma todo
como un ataque personal sobre todo en estos días que se acercan las
eleccio¬nes. El gobierno, no quiere ver lo que pasa. En realidad, conoce los
índices de pobreza pero no quiere reconocerlos por razones políticas. Nos están
mintiendo a todos.
"Yo creo que Duhalde y Menem no son lo mismo. Duhalde ha
venido poniendo el acento en la pobreza en más de una oportuni¬dad; lo social
lo ha venido preocupando mucho más que a Menem en los últimos años.
"Me pareció una frase muy inteligente la frase del obispo
Hesayne a propósito del premio del Vaticano al Presidente, dijo: "Menem
puede engañar al Papa, pero no a Jesucristo", concluyó Rey en una
en¬trevista con Noticias.
Mientras los miles de inundados esperaban a la intemperie, nadie
del gobierno podía responder dónde estaban los cuatro millones de dólares que
se habían comprometido a entregar a Caritas por escrito, gracias a un subsidio
aportado por el BID (Banco Interamericano de Desarrollo) y que se esfumaron sin
dejar rastros. Y Rey, junto a otros obispos, salió a reclamar el dinero que
estaba destinado a ayudar a los inundados a construir o refaccionar unas 1.300
viviendas.
–¡Saquen la plata de abajo de las piedras, si es necesario, pero
no quiero escuchar más nada de Rey, ni de ninguno de estos tipos... Me tienen
las pelotas llenas!–gritaba Carlos Corach en su despa¬cho del ministerio del
Interior.
Las quejas de Rey llevaron a muchos hombres del gobierno, a
acusar al obispo de ser un operador de la Alianza.
Al ya agitado mes de julio de 1998 en las relaciones
Menemismo-Iglesia, le faltaba el broche de oro. En los últimos días de julio se
fue Ángel Centeno de la Secretaría de Culto, cargo que ejerció desde que Carlos
Menem llegó a la presidencia en 1939. Su reemplazante fue el santiagueño Juan
José Laprovitta, "un menemista de la primera hora", que poco y nada
tenía que ver con el perfil diplomático e institucional de Centeno.
Tres años después de aquel hecho, en su departamento de Barrio
Norte, el médico de profesión, reflexionó:
"Estuve casi diez años en el cargo de Secretario de Culto
sin ser menemista. Sé que cuando me tuvieron que nombrar, Menem le consultó a
tres personas: Quarracino, Ubaldo Calabresi y a Mario Campora, y todos me
señalaron a mí, porque había ocupado el cargo eficientemente durante el
gobierno de Arturo Frondizi".
Cultor de un estilo institucional, de excelentes relaciones con
la Jerarquía eclesiástica, Centeno mantenía profundas diferen¬cias con Caselli
por sus manejos por la puerta trasera e ignoran¬do a la Conferencia Episcopal
Argentina y a él mismo como Se¬cretario de Culto.
Centeno recuerda el final de su gestión:
"La embajada argentina en la Santa Sede dependía de mí,
pero Caselli jamás me informaba de nada, hablaba directamente con Menem. Yo le
digo a Caselli que el viaje de Menem del '97 previo a elecciones, iba a ser
tomado como electoralista. Lo hablé con los no¬venta obispos y lo consideraron
un error, pero él no me escuchó. Lo mismo pasó con la visita de noviembre del
'98 a la Iglesia Argentina en Roma, de la que no comunicaron nada a la CEA.
Finalmente en agosto del '98 Caselli fue a ver a Menem y se quejó de mi porque
le frenaba los viajes al Vaticano y le pedía informes. Le dijo también que
había un boicot en su contra y que yo tenía dos asesores Norberto Padilla y
Navarro Floria (que luego serían funcionarios del gobier¬no de De la Rúa) que
trabajaban en la Revista Criterio, una publi¬cación crítica. El resultado de
esa visita fue que a los pocos días, el canciller Di Tella me transmitió que el
presidente optaba por Caselli. A la distancia, yo lo único que agradezco, fue
el tono elogioso con el que Menem se refirió a mí al anunciar mi renuncia
".
Como López Rega
"Represento al presidente y no a los obispos", dijo en
su defensa el embajador ante la Santa Sede, Esteban Caselli, respondiendo a las
quejas de los obispos por sus manejos. Esta vez el cuestionamiento tuvo que ver
con la forma en que se gestionó la visita del Papa a la Iglesia argentina en
Roma y el viaje que haría ese año al país, el Secretario de Estado del
Vaticano, cardenal Angelo Sodano.
Como lo hizo durante toda su gestión el obispo pasó por alto a
la Conferencia Episcopal y muchos prelados se enteraron por los diarios de lo
que sucedería en el seno de la propia iglesia.
"Ningún obispo tiene que sentirse molesto por la visita del
Papa a la Iglesia Argentina en Roma, es un gesto que debería llenarnos de
alegría a todos los argentinos, en especial a los católicos y al clero",
dijo entusiasta Cacho. Claro que omitió un detalle: la Conferen¬cia Episcopal
es la dueña del templo y no fue informada de que se estaba gestionando la
concurrencia del Papa allí.
"Fue un procedimiento simple, formal, transparente y
exitoso, no consulté con las autoridades porque supuse que ellos estarían de
acuer¬do en continuar un trámite en el que había participado nada menos que el
cardenal Antonio Quarracino."
Lo cierto fue que el viernes 13 de noviembre el Papa presidió un
oficio religioso en la iglesia ubicada en la plaza Buenos Aires de Roma en
presencia de Carlos Menem. Para el embajador fue todo una proeza, ya que
Wojtyia visita sólo los días domingos – y cuando se lo permite su salud– alguna
parroquia de Roma.
La comitiva estuvo integrada por 36 personas, ademas de Carlos
Menem, pero llegaron a Roma –como era habitual– peluqueros, amantes, diputados,
sindicalistas, empresarios y diecisiete obispos argentinos que viajaron en
compañía del cardenal Raúl Primatesta. Una vez en Roma, los hombres de la
Iglesia dijeron a todos los que querían escuchar, que se enteraron de la visita
de Juan Pablo II a la Iglesia argentina, a través de los medios.
El principal problema fue que la iglesia (construida en 1930
gracias a donaciones de monseñor José León Gallardo) sólo pue¬de albergar a 500
fieles.
Según la nómina oficial de la embajada argentina ante la Santa
Sede, los invitados eran Carlos Menem, el entonces precandidato presidencial
Ramón Ortega, José Manuel de la Sota, Ramón Puerta, los sindicalistas Rodolfo
Daer y el diputado justicialista Saúl Ubaldini, y por supuesto, el cardenal
Primatesta y los diecisiete obispos entre quienes estaba monseñor Estanislao
Karlic. Además tenían derecho a asistir cinco embajadores ante la Santa Sede
(el único que lo podía hacer con su esposa era Caselli) y cinco funcionarios de
la sede di¬plomática en Roma, a cargo del embajador Félix Borgonovo. Ade¬más,
como a una romería, fueron convocados los 263 sacerdotes y monjas argentinos
que viven en Roma, y un sinnúmero de convida¬dos y amigos.
"Caselli esta entrando en cuestiones internas de la Iglesia
y dispo¬niendo de algunas cosas que no le corresponden. Está actuando como si
fuera un nuncio apostólico. Pero por otra parte, tal vez no todos en el
Vaticano estén enterados de la realidad argentina, porque hay un embajador que
sólo informa lo que le conviene", dijo Rey indigna¬do desde Buenos Aires.
A esa altura todo era un bochorno.
Desde Roma, Menem contestó:
"Esteban Caselli es un dignísimo embajador. Es un hombre de
bien, un hombre de la Iglesia".
El dignísimo embajador había realizado en ese viaje varias
ma¬niobras poco transparentes o elegantes. Para seducir a los obispos a que
formaran parte de la comitiva les había ofrecido pagarles el pasa¬je, pero los
dos referentes más importantes, el cardenal Primatesta y el presidente de la
CEA, Estanislao Karlic, se costearon el tour por sus propios medios.
Otro de los objetivos fue bloquear el encuentro entre Menem y el
primer ministro de Italia, el comunista Massimo D'Alemma. Cualquiera que
conozca algo de historia argentina hubiera dicho que Esteban Caselli se estaba
mimetizando con José López Rega. Para impedirlo, había recurrido a los oficios
del nuncio Ubaldo Calabresi: "Al Vaticano le cae mal el origen comunista
de D 'Alemma", le dijo al oído.
Por último, el enojo llegó por el boicot que hizo a la intención
de la Mesa de Consenso (una multisectorial conformada a instancias de la
iglesia) de ver al Pontífice al término del oficio religioso.
La idea, que contaba con la aprobación de la Comisión de
Pasto¬ral Social presidida por Primatesta, era entregarle a Juan Pablo II una
declaración en la que las partes expresaban su disposición a buscar caminos de
solución a los problemas sociales que sufre el país, sobre todo el alto nivel
de desocupación.
Pero Caselli se mostró en total desacuerdo por
"considerarla una cuestión política que no tiene cabida en un
acontecimiento religioso".
Finalmente, todo terminó en un escándalo que agrandó aún más la
brecha entre el gobierno y la Iglesia.
Los Legionarios de Cristo
Nacieron bajo el ardiente sol azteca en el año 1941 y se
ex¬pandieron por el mundo con la velocidad del rayo. Llegaron a la Argentina de
la mano de la familia La Rocca en 1994, inmedia¬tamente antes de la reelección
de Carlos Menem y ya acercaron a varios top locales a sus filas: la ex mujer
del gobernador Carlos Reutemann, Mimicha, el banquero Manuel Sacerdote, del
Bank of Boston, la familia Roemmers, dueña de los laboratorios del mismo
nombre, la familia Peirano, dueña de los supermercados Disco y los Guerrero,
propietarios de grandes extensiones de tie¬rra en el sur de la provincia de
Buenos Aires.
Sus miembros son muchachos jóvenes y cultos (casi todos
españoles y mexicanos), que detestan la fama y la publicidad, pero aman el
poder y las riquezas casi en la misma medida que entregan el alma a Dios.
Algunos dicen que son los hermanos menores del Opus Dei, otros, que son
enemigos y que la compe¬tencia es feroz, pero lo concreto, es que los
Legionarios de Cris¬to, una orden conservadora y ultracatólica, desconocida
para una enorme cantidad de mortales, tejió una particular y secreta tra¬ma de
influencias en ámbitos políticos, sociales y económicos de más de veinte países
del mundo, –además de la Argentina– lo que les otorgó un poderío fuera de
serie. En la Argentina son desconocidos y el titular de la orden es el
sacerdote español Arturo Díaz, natural de Madrid, de tan sólo 37 años. Tienen
la sede central en el barrio de Palermo Chico, a metros de ATC y tres colegios:
uno de Pilar, otro en Barrio Norte (Juncal y Riobamba) y el tercero es el
antiguo Colegio Betania, del barrio de Villa Crespo. Apenas llegaron a la
Argentina, los caciques locales los recibieron con cierta desconfianza, menos
el entonces cardenal Antonio Quarraccino, a quienes conocían desde Roma, en la
década de los años setenta. No está de más recordar que la vincu¬lación con
Argentina se dio también a través del cardenal Eduar¬do Pironio, cuando éste
estaba al frente de las Congregaciones Religiosas y tenía como secretario
privado a un destacado miem¬bro de los Legionarios.
Polémicos y ambiciosos, obtuvieron durante los últimos treinta
años la bendición incondicional de Karol Wojtyla –clave de su crecimiento y
expansión– quién vio en ellos a los cruzados de la fe, en medio de un
cristianismo resquebrajado por la crisis y en el que el pontífice inició,
apenas asumido su mandato, lo que denominó la "Segunda Evangelización
".
No es casual que la mimada congregación fuese mexicana, teniendo
en cuenta que México, uno de los países con mayor cantidad de católicos del
mundo, reinició relaciones con el Vati-cano recién en 1979: el primer viaje de
Wojtyla fue precisamente al país azteca. Y a ellos no les fue nada mal en la
batalla: son la orden (a la par de la creada por Escrivá de Balaguer) que más
sacerdotes aporta a la Iglesia Católica –50.000 en el entorno menemista entre
clérigos y seglares– y también una de las más ricas. Su fundador, el sacerdote
mexicano Marcial Maciel Dego¬llado, integrante del séquito de influyentes de
Juan Pablo II, tie¬ne 82 años y vive en la casa de la compañía en Roma, el
lujoso Ateneo Pontificio Regina Apostulorum. Muy cerca del Papa, con quién
mantiene una estrechísima amistad, Maciel pudo esqui¬var, en 1997, las
gravísimas denuncias en su contra, por abuso sexual (que venían de 1950), de
varios ex seminaristas mexica¬nos pertenecientes a la orden. Al calor de los
actuales escándalos que involucran a sacerdotes y obispos de la Iglesia
Católica en Estados Unidos, las acusaciones regresaron, atormentando los días
del anciano padre Maciel. Hermético, escribió un comuni¬cado como única
respuesta, asegurando que eran "difamaciones de sus enemigos" y todo
regresó a los cauces naturales.
En las últimas tres décadas, la expansión del grupo ha sido
impresionante. Además de España y México, tienen sedes y fuer¬tes inversiones
en Estados Unidos, Irlanda, Francia, Alemania, Suiza, Australia, Chile,
Colombia, Venezuela, Brasil, Nicaragua, Perú, Bolivia, Paraguay, Uruguay y
Argentina, a los que hay que sumar otros países, en los que recién se inician.
El Regnum Christi –movimiento que agrupa a miles de sacerdotes, seminaristas y
laicos– tiene programas de adoctrinamiento religioso para mu¬jeres, matrimonios,
familias, jóvenes y niños de la calle, en las seiscientas obras de apostolado
establecidas en ciudades de todo el mundo.
Dueños de universidades y colegios privados, los legionarios
convirtieron a la educación en la espada principal de su accionar, ansiosos por
captar líderes que en un futuro cercano accediesen a niveles de poder,
contactos o nuevas vocaciones sacerdotales. Esta estrategia fue la llave que
permitió el ingreso de abundante dine¬ro a las arcas del movimiento. En total,
bajo la órbita de la orden mexicana, estudian mas de sesenta mil alumnos entre
niños, ado¬lescentes y jóvenes de todo el mundo. En México fundaron en 1964 la
famosa –y lujosa– Universidad de Anahuác, por la que pasaron distintas
personalidades y en la que se formaron los hijos de los empresarios más ricos
del país. De ahí traen el apo¬do: "los millonarios de Cristo". En
España, después de muchos años, –curiosamente se inscribieron en el Registro de
Asocia¬ciones Religiosas del Ministerio de Justicia recién en 1983–son dueños
del Centro Universitario Francisco de Vitoria, (adscrito a la Universidad
Complutense, con más de treinta licenciaturas diferentes) ubicado sobre quince
hectáreas, en la próspera locali¬dad de Pozuelo de Alarcón, sobre la carretera
que lleva a Majadahonda y Boadilla del Monte. Y en 1984 compraron el colegio
Everest, en la urbanización Monteclaro. En la dirección del Everest está el
sacerdote legionario Santiago Oriol. Esta acau¬dalada familia –un primo hermano
es presidente de la compa¬ñía eléctrica Iberdrola– tiene entre sus miembros a
cuatro sa¬cerdotes de la legión y a una "consagrada" del Regnum
Christi. En La Moraleja, está otro colegio, el Highland, una entidad bi¬lingüe
dirigida por educadores de la organización. En realidad –según varias
informaciones– el colegio está inscripto con el nombre de "Cumbres",
como otras instituciones pertenecientes a la legión, situadas en Godella,
Valencia y Alcalá de Guaira, Sevilla. Y como entidad titular aparecen los
"Misioneros del Sa¬grado Corazón o de la Virgen de los Dolores,
Legionarios de Cristo", como se llamaban originalmente. Conocedores de la
importan¬cia de la comunicación, en cada país que se instalan, los legiona¬rios
se hacen de radios o publicaciones: L'Osservatore Romano en su edición
española, es dirigida por el legionario sacerdote Arturo Gutiérrez y en Estados
Unidos, el padre Owen Kearns, está al frente del semanario National Catholic
Register.
Entre los que apoyan de una u otra manera las labores de sus
clérigos hay un espinel de apellidos rutilantes en el mundo de la empresa, la
política o la alta burguesía.
En España, las millonarias Alicia y Esther Koplovitz; los
em¬presarios Emilio Botín, Iñigo Oriol e Ibarra y José Joaquín Ysasy Ysasmendi;
el tenor Plácido Domingo; el presidente del Gobier¬no, José María Aznar y Ana
Botella, el ministro Francisco Álvarez-Cascos y su segunda esposa Gemma Ruiz
Cuadrado (a la que eximieron de concurrir a clases de derecho en CUFVI); el
presi¬dente de la Junta de Galicia, Manuel Fraga Iribarne; el torero Manuel
Benítez y el actor Emilio Aragón. Varias actividades de¬portivas organizadas
por el Centro Universitario Vitoria han lo¬grado la adhesión del príncipe
Felipe y de la Infanta Cristina, aunque eso no signifique necesariamente que
los mismos comul¬guen con las ideas de los hijos de Maciel. Cuando el
desapareci¬do semanario Tribuna publicó en 1997, que Alicia Koplowitz
"quería meterse a monja", y contó los detalles de su relación con los
Legionarios de Cristo, provocó que la hija de Ernesto Koplowitz Stenberg, un
poderoso empresario de origen judío alemán, llamara por teléfono al director
del medio, Antonio Pérez Henares, para desmentir la información. Pero la
revista confir¬mó todo con documentación y Alicia se llamó a silencio. La
funda¬ción Vida y Esperanza dedicada a los niños desamparados, presidida por
Alicia, tenía como participante principal al sacerdote Florencio Sánchez, hoy
jefe de los legionarios en España. El caso de Ana Bote¬lla es diferente. Su
admiración y cercanía con la congregación nunca fue desmentida y se la vio en
varios actos y eventos deportivos orga¬nizados por los legionarios. Su sobrino
(hijo de su hermana Macarena), Borje Robredo Botella, alumno sobresaliente del
CUFVI, es un líder deportivo muy promocionado por la orden.
En Chile, donde también son muy fuertes, tienen la adhesión de
la familia Edwards, dueños del diario El Mercurio y los hermanos Luksics,
dueños del Banco Edwards, entre otros.
En México, las simpatías legionarias son tan o más importan¬tes
que las de España. Plácido Arango, propietario de las tiendas VIPS; la familia
Garza Spada, del Grupo Alfa y Vitro (dirigentes del PAN, partido gobernante);
los Azcárraga, propietarios de la cadena Televisa, uno de los Holdings de
televisión más grandes del mundo; Carlos Slim, dueño de Telmex y uno de los
hombres más ricos de Latinoamérica, amigo personal de Felipe González (su hija
está noviando con el hijo de Felipe González); Manuel Senderos Irigoyen,
copropietario del grupo industrial Desarrollo S.A.; los hermanos Lorenzo y
Roberto Servitje de la panificadora Bimbo; el asesinado dirigente del PRI, Luis
Donaldo Colosio; el ex presidente Carlos Salinas de Gortari; el ex presidente
Ernesto Zedillo y el actual presidente Vicente Fox y su mujer Martha Sahagún.
Lo curioso de este último caso es que Marcial Maciel es asesor espiritual de
Martha y también de Lilian de la Concha, primera esposa de Fox, a la que alojan
y le dan cristiana protec¬ción en un apartamento de la Congregación en Roma.
Los orígenes de los Legionarios de Cristo se remontan a
co¬mienzos del siglo pasado. Marcial Maciel Degollado, salió de México camino a
España la madrugada del 2 de septiembre de 1946, acompañado por 34 seminaristas
adolescentes, en un lar¬go viaje que se extendió durante veintiocho días,
solventado por el aristócrata español Claudio Guell, dueño de la compañía
Trasatlántica española, quien a través de una solicitud del minis¬tro de
Asuntos Exteriores franquista, Alberto Martín Artajo, de¬cidió tenderles una
mano. Hacía dos años apenas que Maciel había sido ordenado sacerdote por su
tío, el obispo de Cuernavaca, Francisco González Arias. Llegaron al puerto de
Bilbao y de allí partieron a Santander, donde se establecieron. Maciel y los
suyos comenzaron a caminar la península, hundidos –en los primeros tiempos– en
hambrunas y un sinfín de dificultades. Hay quienes aseguran que en esa época,
el caudillo de la congregación, ayudó a sobrevivir a los suyos pidiendo limosna
de casa en casa. Busca¬ban gente importante –y sobre todo rica– que los
ayudara, pero también necesitaban desesperadamente jóvenes voluntades para
acrecentar la incipiente organización y lograr el reconoci¬miento formal de
Roma.
En La prodigiosa aventura de los Legionarios de Cristo, editado
recientemente por Foca, un excelente y minucioso trabajo de inves¬tigación
sobre la congregación y sus vínculos, el periodista Alfonso Torres Robles, dice
acerca de estos tiempos fundacionales: "Sumida en plena posguerra y en una
situación de aislamiento político y económi¬co por parte de la comunidad
internacional, España tenía poco que ofrecer a Maciel comparado con las
necesidades de su grupo. Había hambrunas, cartillas de racionamiento y días de
plato único, por lo que a su llegada, los legionarios no encontraron
precisamente un país boyan¬te en medios materiales. ¿De donde procedían, pues,
los fondas que ad¬ministraban Rafael Cuena (compañero original de Maciel) y
Marcial Maciel? De los adinerados padrinos aztecas y venezolanos y de algunos
indianos españoles que habían hecho grandes fortunas en América. (...) Aparte
de los empresarios ligados al poder político, las viudas ricas fue¬ron otras de
las grandes vetas descubiertas por Maciel. Curtido en las lides, a pesar de su
juventud, el sacerdote mexicano logró que los colegios españoles donde se
formaban sus pequeños seminaristas también se sos-tuvieran con fondos y
alimentos enviados desde México y Venezuela por las madrinas de la orden religiosa.
Generalmente mujeres adineradas, católicas y solas, ellas constituyen lo que un
ex legionario denomina "la mina de las viudas".
Mon Pére, como es llamado Maciel por sus discípulos, man¬tiene
desde siempre el espíritu de cuerpo de la organización, que tan buenos
resultados le trajo a lo largo de tantos años de vida, a través de un
indisimulado culto a la personalidad. "(...) Si algún día los nuestros por
razones humanas quieren separarse de la lucha y del apostolado, sépanlo que se
apartan abierta y claramente del espí¬ritu delRegnum Christi (Movimiento
fundado en 1949) y de lo que yo como fundador indigno, elegido por Dios,
considero voluntad suya", escribió en 1941 en una carta dirigida a los
suyos. Con ciertos toques de mesianismo, los miembros de la orden trabajan con
el convencimiento de ser los herederos de Cristo en la tierra y como tales se
mueven.
–¡Líderes, padre Maciel, tenemos que formar y ganar para Cristo
a los líderes de América latina y el mundo! –cuenta la leyenda legionaria que
el Papa Pío XII exclamó ante un joven Marcial Maciel, en una audiencia privada
que éste consiguió a través del cardenal Incola Canali, una mañana de mayo de
1948. En ese mes, Maciel logró que la orden fuera bendecida por el pontífice.
El 29 de enero de 1995, Juan Pablo II beatificó a monseñor Ra¬fael Guizar
Valencia, tío de Maciel.
Sin embargo, entre los tiempos de gloria, existen tiempos de
oscuridad.
Hay una etapa en la vida del sacerdote mexicano que está sumida
en las sombras: entre 1950 y 1959 fue apartado de la orden por indicaciones del
Vaticano. Y justamente ésta es la que coincide con las denuncias de abuso
sexual de ex seminaristas, que estaban internados en establecimientos de España
e Italia. Primero lo hicieron ante un diario norteamericano, el Hartfort
Courant, teniendo en cuenta el inmenso poder de los legionarios en México. Los
mismos fueron reflejados por los mexicanos dia¬rios La Jornada y la revista
Milenium.
En noviembre de 1997 las víctimas enviaron una carta al Papa, en
la que describen con suma crudeza lo que sufrieron. Todos aseguran que Maciel
los obligaba a ir a la "enfermería", en donde había "una cama,
varias mesitas y medicamentos". Todos eran ado¬lescentes, casi niños.
"A mí me planteó que tenía dolores, supuesta¬mente provocados por una
involuntaria retención de esperma y me dijo que necesitaba que le diera un
masaje. Este comenzaba en la parte baja del abdomen, después me bajaba la mano
hasta tocarle el pene y hacerle una masturbación. Con la mano debía frotarle
los músculos de las piernas", cuenta el hoy ganadero, Alejandro Espi¬nosa.
"De once niños que ingresamos en el seminario en mi grupo y que comenzamos
nuestros estudios en latín en la Universidad de Comillas, en Santander, sólo se
ordenaron sacerdotes dos religiosos. Además, uno de nuestros compañeros,
víctima también de las abe-rraciones sexuales del padre Maciel, se suicidó en
Moscú años des¬pués. Del grupo que se fue a España antes que nosotros, del que
formaba parte mi hermano Fernando, y que estaba compuesto por doce muchachos,
ninguno logró ordenarse sacerdote", relata el abo¬gado José Antonio Pérez
Olvera, que ingresó al noviciado a los 11 años. "El abuso sexual del que
fui víctima por parte del padre Maciel, que conllevó una virtual
"absolutio complicis" al ordenarme que ese acto no lo comentara con
nadie, ni siquiera en confesión, y que podía acercarme a comulgar
inmediatamente, y su sistemática actitud de hacernos sentir siempre culpables y
permanentemente pe¬cadores, mermaron nuestra libertad y el libre albedrío, con
todas sus consecuencias ", revela Pérez Olvera en su testimonio.
Los ex religiosos ratificaron todo en el Vaticano, en 1998, pero
después de un tiempo, en 1999, Gianfranco Girotti, subse¬cretario de la Sagrada
Congregación para la Doctrina de la Fe, determinó que las mismas eran falsas. Y
la luz volvió a iluminar la figura del viejo Marcial Maciel y sus legionarios.
"Conozco al padre Maciel desde que era muy joven, es
nuestro padre, nuestro fundador. No creo en estas denuncias, que por otra parte
son muy viejas. Tengo confianza en él, aunque sé que trataron de perjudicarlo.
Comí en su mesa, es un padre, un amigo. Cada vez que este tema regresa, pienso que también
muchos en el catolicismo fueron perseguidos, incomprendidos: San Juan de la
Cruz, Santa Teresa de Avila y el padre Pío, recientemente beatificado. Dios, el
tiempo y la historia nos dará la razón...", me dijo el padre Arturo Díaz,
con una sonrisa confiada, una tarde de junio de 2002, en un helado salón de
visitas del Colegio Betania.
El Cura del Sheraton
El año 1998 difícilmente pueda ser olvidado por el sacerdote
salesiano que empezó su carrera mediática hablando de su fun¬dación y de sus
niños con el periodista Mauro Viale y terminó involucrado en una gran estafa
televisiva. El padre Julio César Grassi estuvo durante ese año en el medio uno
de los grandes escándalos mediáticos, con deudas impagas, acusaciones de
de-fraudación y de evasión impositiva, con la magnificación que significó que
la involucrada mayor fuera Susana Giménez.
El padre Grassi pedía el siete por ciento de los 18.509.469
pesos que había facturado el concurso "Su llamado", pero final¬mente
la fundación "Felices los Niños" recibió 1.211.400, a cam¬bio de
retirar sus demandas contra Hard Communication, los encargados de realizar las
llamadas. Los televidentes podían co¬municarse con una línea para participar en
un sorteo millonario y realizar una donación a la obra del sacerdote. Del
concurso, según el fiscal que se ocupó del caso, Martín Niklison, participa¬ron
cerca de tres millones de personas, que generaron una factu¬ración nada
desdeñable: superior a los dieciocho millones de dó¬lares, pero al cura le
dieron solo cuatrocientos mil. Según el fis¬cal, la empresa de Born y
Galimberti debía pagarle a Grassi el cincuenta por ciento de la ganancia neta.
Al margen de que Grassi llegó a un arreglo extrajudicial posterior con Susana
Giménez, la causa siguió su rumbo y el escándalo estaba instalado con todos sus
ingredientes: una diva famosa, un ex guerrillero, un rico em¬presario y un
cura.
La empresa se había hecho conocida por revelar las relaciones
comerciales que mantenían el empresario Jorge Born, con el ex montonero Rodolfo
Galimberti, en ese momento dueños de la compañía, y porque el tercer socio,
Jorge Corcho Rodríguez se transformó por esos días, en el nuevo amor de Susana
Giménez. Lo curioso era que en 1974, Jorge Born y su hermano Juan fue¬ron
secuestrados por la organización Montoneros y en un opera¬tivo espectacular del
que participó Galimberti, los guerrilleros cobraron por liberarlos la suma más
grande de la historia de un secuestro: sesenta millones de dólares.
Para llegar a ese acuerdo extrajudicial, el sacerdote Grassi y
Jorge Rodríguez mantuvieron conversaciones muy alejadas del ámbito espiritual.
En realidad fue una lucha a brazo partido en la que el cura reclamó uno a uno
los pesos de las "donaciones" comprometidas, que habían desaparecido.
No quería dejar esca¬par una moneda destinada a sus niños. La negociación llegó
des¬pués de que el affaire con Susana había estallado en todas partes, en medio
de denuncias cruzadas de todo tipo. En octubre de 1998, Grassi se cruzó con
Constancio Vigil, directivo de Telefé, el canal por el que se emitía el
programa de Susana Giménez, en la quinta presidencial de Olivos, quien le
manifestó al clérigo que haría lo posible para arreglar el tema. Julio Grassi
fue invita¬do –como prólogo del arreglo– al programa de Susana Giménez, y en un
momento en que el sacerdote planteaba sus necesidades frente a las cámaras,
ella exclamó: "Pero Padre, ¿acaso usted quiere construir un
Sheraton?". Ante esa situación, el obispo de Morón, Justo Laguna, le
ordenó a Grassi que no fuera más a la televisión y que bajara el perfil.
"Nunca se tendría que haber metido con esa gente...", me comentó
Laguna en tono despectivo hacia Grassi, un día que fui al arzobispado.
"Hacer negocios no es pecado", repitió el sacerdote en
varias oportunidades y agregaba en su defensa "si yo no hubiera recla¬mado
el dinero por televisión, tal vez Susana no se hubiera dado cuenta de esta
situación. Cuando ella me preguntó si pensaba cons¬truir el Sheraton, lo hizo
porque nunca había visitado el hogar de mis niños".
El Caballo Ogñenovich
Así lo apodaban sus amigos en el seminario, y aunque él odia¬ba
ese apelativo, llegó a acostumbrarse. Las explicaciones del mismo son más que
obvias: era un atropellado, que pensaba poco, que se llevaba el mundo por
delante. Emilio Ogñenovich fue el personaje paradigmático de toda una década en
la Argentina, y de cómo se puede utilizar la religión para sacar tajada en los
ne¬gocios. Menemista de la primera hora, fue el gestor principal de la famosa
misa de reconciliación en la que reconocidos militan¬tes montoneros pidieron
perdón por sus pecados. Y también un gran impulsor del indulto a los dictadores
y a los jefes guerrille¬ros. Mario Montoto, un ex dirigente montonero que lo
conoce íntimamente, asegura que el obispo es "un hombre de bien, inteli¬gente,
astuto y el único que nos escuchó y nos abrió las puertas cuando le pedimos que
intercediera por nosotros, que queríamos la paz y apostábamos a la
democracia". Junto al nuncio Ubaldo Calabresi hicieron mucho por la
reconciliación matrimonial de Carlos Menem y Zulema antes de las elecciones
presidenciales de 1989. Y también, paradójicamente, apoyó a Carlos Menem cuando
éste expulsó a Zulema Yoma y a sus hijos de la quinta de Olivos. No parece poco
para un obispo. Aunque de cada cosa en que partici¬pó logró algo a cambio.
Sobre todo millonarios aportes del Esta¬do y de los fondos reservados de la
SIDE que puntualmente cada mes llegaban a sus manos. Y así pasaron los años,
entre contro¬versias y polémicas. Por ejemplo, Danilo Ogñenovich, gracias a su
influyente hermano obispo, accedió a un puesto en el directo¬rio del PAMI
durante la gestión de Matilde Menéndez. El juez Juan José Galeano, lo procesó
por fraude y violación de los debe¬res de funcionario público.
"Más que convertirnos en críticos y fiscales de lo que
deben decir y hacer los demás, debemos tener la honestidad, la humildad y el
coraje de revisar nuestra vida y nuestra conducta moral", dijo ofus¬cado
monseñor Emilio Ogñenovich el 9 de diciembre de 1997, desde el pulpito de la
Basílica de Lujan a sus feligreses que minu¬tos antes habían silbado el ingreso
al templo a su amigo, el en¬tonces presidente Carlos Menem.
La "amistad" forjada entre el menemismo y el Ñoño
(otro de sus apodos) no se basó precisamente en las coincidencias
espiri¬tuales, sino más bien en pactos terrenales que hicieron del obis¬po el
más beneficiado económicamente en los años de gobierno de su amigo.
En marzo de 2000, Juan Pablo II le aceptó la renuncia al obis¬po
de Mercedes-Luján, Emilio Ogñenovich, por alcanzar los 75 años, límite de edad
previsto por el Derecho Canónico para las tareas pastorales, y designó en su
reemplazo al hasta ese momen¬to, obispo de Avellaneda, monseñor Rubén Héctor Di
Monte. Otro Integrante de la Banda.
Dos meses después, la revista Veintidós publicó en tapa la foto
de Ogñenovich, con el título: "La Oveja Descarriada, los nego¬cios ocultos
del obispo preferido de Ruckauf". Según documen-tos exclusivos conseguidos
por los periodistas Andrés Kliphan y María Julia Olivan, el Ñoño, habría
recibido entre Aportes del Tesoro Nacional (ATN) y otros subsidios de la
Secretaría de Desarrollo Social, cinco millones de pesos. En ese entonces, con
la Convertibilidad vigente, eran cinco millones de dólares. A lo que habría que
sumar un millón más acercado por Eduardo Duhalde y otros cuatro millones
recibidos desde el gobierno de la provincia de Buenos Aires, para el Instituto
de Menores, que dependía del obispo y que en esos días fue denunciado por
mal¬trato y violación de derechos humanos a sus internos.
Luego de la difusión de los hechos acontecidos en el Hogar Jesús
de Nazareth, el pastor de obesa figura, –casi tanto como sus bolsillos en los
diecinueve años de obispado– enfrentó a los periodistas del programa Día D
(quienes junto con la revista Veintidós llevaron la investigación adelante),
les apartó bruscamente la cámara y los calificó de "cachivaches". Tan
evangélico y pastoral como su compañero de la banda, fue el mensaje del titular
de la diócesis de Lomas de Zamora, Desiderio Collino, quien luego de una
celebración religiosa se acercó a los periodistas y advirtió: "Díganle a
ese gordito que no se meta con la Iglesia".
Tiempo antes la revista Criterio había denunciado que los dos
jerarcas religiosos que apoyaban el plan económico menemista recibían
"plata por debajo de la mesa", es decir, pagos clandesti¬nos, de
fondos reservados.
"Alguna vez la historia aclarará las relaciones económicas
entre Menem y algunas personas o instituciones eclesiales. Lo cierto es que el
dinero no faltaba en esas relaciones", sentenciaba Criterio en mayo de
1998. Lo mismo pude comprobar cuando estuve en Roma en diciembre del año 2000.
El cardenal Jorge Mejías me confió que "lo peor que le tocó a la Iglesia
argentina de esos años tumultuosos, fue la presencia de Caselli".
La reacción del gobierno de Carlos Ruckauf frente al escán¬dalo
de las torturas a menores, en el Instituto de Menores que dependía del obispado
Mercedes-Luján, fue insólita y detesta¬ble. Lejos de repudiar los hechos y
buscar a los responsables, el gobernador protestó ante el Consejo Provincial
del Menor y la Familia por haber enviado una inspección al Hogar Jesús de
Nazareth, donde un niño había sido violado ante las burlas de sus autoridades.
La molestia de Ruckauf tenía una explicación: su afinidad con Ogñenovich quien
había sido protagonista de un corto publicitario en su favor, durante la
campaña de 1999.
Un mes después del escándalo, el gobernador ratificó su amis¬tad
y compromiso con el prelado no así con la infancia desprotegida y atacada. Todo
lo contrario, Carlos Ruckauf soli¬citó la renuncia del Subsecretario del
Consejo Provincial del Menor, Roberto Miguel Saredi, quien había enviado una
inspec¬ción al lugar terapéutico Jesús de Nazareth y, al conocer sus
escalofriantes resultados, resolvió que a partir del 9 de mayo de 2000
(diecisiete días después de la publicación de la nota revela¬dora en Página/12
titulada "Amados niños") cesaran de derivarse chicos a "ese
sitio de reclusión y de castigo" con alambradas perimetrales de púas,
celdas de penitencia y guardias de seguri¬dad. Un día después de que Saredi se
alejara de su cargo presio-nado, Ogñenovich visitó al presidente del Consejo
del Menor, Daniel Bolinaga, acompañado por el director de Jesús de Nazareth,
Edgardo Abrey, y del secretario del Juzgado de meno¬res de Mercedes, Horacio
Chiminelli, para solicitar que se levan¬tara la veda a su Comunidad. La causa
de tanto interés era que por cada chico internado en esas aberrantes
condiciones, la Co¬munidad Terapéutica percibía hasta 1.500 pesos mensuales,
aparte de los subsidios extraordinarios que también le pagaba el gobier¬no
bonaerense. Como se dice, todo un experto en hacer crecer las finanzas.
Orden de Malta
Los contactos que Juan Esteban Caselli supo aceitar en el
Va¬ticano durante el menemismo, le sirvieron aun finalizada su ges¬tión. No
puede negarse su astucia y habilidad para estar en el lugar que corresponde
cuando corresponde. En enero de 2001, siendo funcionario de Carlos Ruckauf,
Cacho recibió con orgu¬llo la condecoración de su hijo, Antonio Manuel, como
embaja¬dor de la Soberana Orden la Cruz de Malta en Buenos Aires. Muchos
atribuyeron tamaña condecoración no tanto a los méri¬tos del joven, sino a los
buenos oficios realizados por su padre para que se concretara en el 5 de abril
de ese año la visita del presidente Fernando de la Rúa, con el Papa Juan Pablo
II.
El 30 de noviembre de 2000, en el plazo récord de veinticua¬tro
horas el gobierno de la Alianza otorgó el plácet a Antonio Manuel Caselli. El
joven, de 30 años, vivía en Montevideo y se instaló en Buenos Aires en los días
de su designación. Su traslado se debió a que el sitio que él eligiera para
vivir sería la sede de la embajada de la Soberana Orden de Malta (SOM), un
estado integrado a la Mancomunidad Británica de Naciones (Commonwealth) cuyo
territorio son cuatro islas que conjunta¬mente no superaran los trescientos
kilómetros cuadrados ubica¬das apenas al sur de Sicilia, en pleno mar
Mediterráneo.
El embajador argentino ante la Santa Sede es a su vez,
repre¬sentante del gobierno ante la Soberana Orden de Malta. Caselli supo
utilizar esa doble función y se hizo un lugar de privilegio entre los
caballeros de la Orden.
La Soberana Orden de Malta –según una crónica de Sergio Moreno
en Página/12– es una orden militar que ha constituido un Estado soberano
integrante del Commonwealth británico. Su origen se remonta a las Cruzadas,
precisamente a la Orden Mili¬tar del Hospital de los Caballeros de San Juan de
Jerusalén, de Rodas y de Malta, cuya función era proteger el hospital de la
Santa Sede. Se fundó después de la formación del reino Latino de Jerusalén y
aprobada por el Papa Pascual II en 1113. Tenían votos de castidad y lucharon en
Tierra Santa hasta que fueron expulsados por los árabes. Por los tratados de
París de 1814, Malta pasó a formar parte del imperio británico como colonia,
estatus que modificó en 1961, cuando los caballeros constituyeron su
autogobierno, llamado Soberana Orden de Malta, como miem¬bro de la mancomunidad
británica. Según el decreto de aproba¬ción del Papa Juan XXIII de 1961, los
caballeros siguen siendo una comunidad religiosa y una orden de caballería.
Antonio Ma¬nuel Caselli "el hijo de Cachito" es ahora su embajador
ante el gobierno argentino. Por su condición de diplomático extranjero tiene
algunas facilidades impotantes: el uso de valija diplomáti¬ca, lo que le
permite entrar al país y sacar de él, documentación, objetos y valores sin ser
controlado. Tiene inmunidad fiscal: sus cuentas bancarias son inembargables.
Como se puede ver, el padre supo ubicar al hijo.
Diez días antes del nombramiento, mientras los gobernado¬res se
aprestaban para reunirse con el presidente, Caselli mante¬nía una reunión
privada con De la Rúa, como en sus viejos tiem¬pos con Menem.
"Si hay que abrir alguna puerta en el Vaticano la llave la
tiene Caselli", le habrían dicho a De la Rúa, conocedores de las
estre¬chas relaciones entre el ex embajador y el cardenal Ángel Sodano,
secretario de Estado y número dos en la jerarquía vaticana. De la Rúa tenía a
su favor haberle concedido el plácet al hijo del fun¬cionario de Ruckauf.
En la charla Caselli sugirió al presidente una lista de hombres
de la iglesia que debía contactar para que la visita tuviese el brillo que el
presidente deseaba. La presencia de el obispo en Olivos puso incómodos a
miembros de la Cancillería, Secretaría de Culto y hasta al propio embajador
argentino en la Santa Sede, Vicente Espeche Gil. Cuando tuve la oportunidad de
conversar con Espeche Gil en Roma, me manifestó el desagrado que Caselli
provocaba en grandes sectores del Vaticano por sus "manejos os¬curos".
El estado de sospecha y desconfianza ya se había instalado cuando se conoció
que el hijo había obtenido el plácet. Y nadie entendía cómo Fernando de la Rúa
estaba junto a un personaje tan desprestigiado y repudiado por el episcopado
local. El entonces can¬ciller Adolfo Rodríguez Giavarini, un hombre de rápida
llegada a la iglesia, había instruido a Espeche Gil –un diplomático de
carre¬ra– y al Secretario de Culto, Norberto Padilla para que utilizaran sus
amistades ante el arzobispo argentino Leonardo Sandri, secreta¬rio de Asuntos
Generales del Vaticano, y a Monseñor Mejía, direc¬tor de la Biblioteca y
Archivo Vaticano, para la gira. Todo iba bien y la visita estaba confirmada
para el 5 de abril, pero De la Rúa prefirió apostar a lo seguro y recibir los consejos
del especialista en el oficio de concretar encuentros oficiales con el Papa:
Juan Esteban Cacho Caselli. Un hombre que tan buenos resultados brindó a Carlos
Menem, con sus coloridas condecoraciones y sus seis visitas al trono de San
Pedro.
12
El Nuevo Jefe
El 21 de febrero del 2001 amaneció espléndido.
El sol rebotaba sobre las cúpulas eternas de la Plaza de San
Pedro y el invierno romano se sentía como una caricia. Un océano rojo se agitó
murmurante cuando el hombre flaco y alto llegó y se mezcló entre la multitud.
Un fino mechón de cabello encanecido asomó rebelde sobre la frente transpirada,
mientras con las manos acomo¬dó torpemente el hábito púrpura. El rostro
anguloso, los anteojos de marco negro, la mirada resplandeciente. Acompañado
por su fiel vocero, el sacerdote Guillermo Marcó y por su secretario privado,
el padre Martín García, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, se
mostraba más que feliz.
De naturaleza parca, introvertida y simuladora de sentimien¬tos
–como buen integrante de la Compañía de Jesús– para él esa mañana no era
cualquier mañana de cualquier día. Ese 21 de febrero era su día. Seguramente,
el más importante de su vida. Pero como si nada, continuó con su rutina de
siempre. Se levan¬tó a las cuatro y media de la mañana, rezó con unción,
desayunó frugalmente y cuando le avisaron que un auto lo aguardaba en la puerta
de la Casa del Clero, en la Vía de la Scroffa, muy cerca de Piazza Navona,
dijo: "No, no voy en auto, voy caminando".
En un escenario majestuoso y junto a otros 44 prelados del mundo
–entre los que también se encontraba el argentino Jor¬ge Mejía, archivista y
bibliotecario del Vaticano– Jorge Mario Bergoglio, sería ungido por el Papa
Juan Pablo II, como cardenal primado de la Argentina. Un brillante recodo en el
camino de su larga vida religiosa, que sin embargo, su estricta formación le
haría subestimar con una frase que lo pinta de cuerpo entero: "Un ascenso
en la vida de un hombre debe ser entendido como un descenso, como un despojo,
para humillarse y servir mejor".
Se había enterado de la designación hacía más de un mes y cuando
la noticia llegó a los medios, la primera llamada de felici¬tación que recibió
fue la de Estela Quiroga, su maestra de primer grado, de 91 años, y la de sus
hermanos. Ese mismo día, se acer¬có hasta la tumba del arzobispo Antonio
Quarracino, en la Cate¬dral Metropolitana, el que un día de 1992 lo trajo desde
Córdo¬ba como su obispo auxiliar, y depositó sobre ella –ubicada justo debajo
del altar de la virgen de Lujan– un ramo de rosas blan¬cas. El viejo zorro
Quarraccino murió el 28 de febrero de 1998, a los 74 años. Eran los finales del
menemismo, y había sido tan amigo del poder, que todas las semanas iba la
residencia de Oli¬vos, donde tocaba la guitarra y cantaba tangos para Carlos
Menem, el que influyó decisivamente en su designación como Cardenal en el año
1990, después que el radicalismo frenara su nombramiento durante tres años.
Estas visitas provocaban el desprecio o las burlas de muchos de sus pares,
entre ellos el del cardenal Raúl Francisco Primatesta.
Sin embargo, aunque no comulgaron las mismas ideas, mien¬tras el
polémico purpurado vivió, Bergoglio mantuvo una cor¬dial relación con su Jefe,
quién le permitió cumplir libremente con sus votos de obediencia, castidad y
pobreza. Y el ahora Car¬denal, aprovechó ese tiempo para construir
silenciosamente –y sutilmente– su imagen entre los sacerdotes jóvenes del clero
diocesano, a los que atendía personalmente, aconsejaba y brindaba protección, y
quienes hoy le profesan fidelidad y admiración.
Era ésta la primera vez en quinientos años que un jesuita
argentino llegaba a cardenal. Todo un acontecimiento para la Compañía. La
llegada del Papa polaco al reino de San Pedro, alejó a los miembros de la
Compañía de Jesús de los círculos de poder vaticanos y éstos fueron ocupados
fundamentalmente por el Opus Dei, enemigo acérrimo de los hijos de San
Igna¬cio, los integralistas de Comunión y Liberación y los miem¬bros residuales
de la logia masónica P2.
El padre Pedro Arrupe fue la figura más descollante de la
Com¬pañía, en la que fue General desde 1965 hasta su renuncia en 1983, tiempo
después de sufrir un derrame cerebral que lo dejó semiparalizado. Había nacido
en Bilbao, en el país vasco, y era, – ademas de sacerdote– médico especialista
en psiquiatría, filósofo y teólogo. Su mandato –como a todos los jefes de la
Compañía le decían el Papa Negro, tuvo una fuerte personalidad y habilidad para
influir desde las sombras sobre Juan XXIII y Pablo VI– se caracte¬rizó por el
equilibrio que debió mantener entre las actitudes abierta¬mente progresistas de
los jóvenes jesuitas y la actitud cauta, conser-vadora y hostil de muchos en la
Curia romana, acentuada mucho más durante el pontificado de Juan Pablo II.
–Ustedes provienen de 27 países de los cuatro continentes y
ha¬blan distintas lenguas ¿No es quizá también éste un signo de la ca¬pacidad
que tiene la Iglesia difundida ya en cada rincón del plane¬ta, de comprender
pueblos con tradiciones y lenguajes diferentes para llevar a todos el anuncio
de Cristo? En El y sólo en El es posible encontrar la salvación. Ésa es la
verdad que juntos queremos hoy reafirmar. Cristo camina con nosotros y guia
nuestros pasos–dijo Karol Wojtyla, ante cincuenta mil personas de todo el
mundo, inaugurando el cónclave de purpurados que en poco tiempo, elegirán a su
sucesor en el trono.
Hacía exactamente dos años que no había un elector argentino en
un futuro cónclave, desde que en abril de 1999 el cardenal Raúl Primatesta, que
integró el colegio cardenalicio durante veintiocho años, cumplió 80 años y se
retiró. El otro cardenal, Juan Carlos Aramburu, hacía nueve años que había
perdido esa condición, ya que el 1992, al cumplir los 80 años, se retiró
definitiva y esplendorosamente a vivir sus últimos años en una majestuosa
mansión en el barrio de Belgrano. La historia argentina contó con siete
cardenales: Santiago Copello, nombrado en 1935 por el Papa Pío XII, el
pontífice complaciente con el nazismo, Antonio Caggiano, también por Pío XII en
1946, cuando era obispo de Ro¬sario, Nicolás Fasolino, en 1967 por el Papa
Pablo VI, cuando era arzobispo de Santa Fe, Raúl Francisco Primatesta, en 1973,
por Pa¬blo VI, cuando llevaba dieciocho años como arzobispo de Córdoba, Eduardo
Pironio en 1976, cuando estaba trabajando en el Vaticano, y Antonio Quarracino,
en 1991 por Juan Pablo II, cuando era arzo-bispo de Buenos Aires.
Bajo la tibieza del sol romano, Jorge Bergoglio caminó
con¬movido hacia el titular de la Iglesia Católica, se arrodilló a sus pies,
prometió fidelidad al Papa, a la Iglesia y a Jesús, recibió de sus manos
temblorosas el birrete cardenalicio y una diaconía: San Roberto Bellarmino.
Jorge Mario Bergoglio es un personaje enigmático, fascinante y
polémico. No evidencia el fuerte carisma que caracterizó a los anteriores
caudillos eclesiásticos. No ostenta la muñeca política del cardenal Primatesta,
ni la postura principesca del cardenal Aramburu, ni la actitud provocativa de
Antonio Quarraccino. Sin embargo, con su bajísimo perfil, el andar apresurado y
la voz tenue, el hombre se encamina a convertirse en el nuevo líder de una
Iglesia que busca desesperadamente dejar atrás las sombras de un tortuoso
pasado y reencontrarse en un abrazo profundo con sus fieles. En el
reconocimiento de sus pecados, de sus omi¬siones, de las acciones de sus peores
hombres; en el ejemplo de sus mártires o en la lucha silenciosa de sus mujeres.
Empapada en libertad, modernidad y democracia.
Algunas cosas han cambiado en la Iglesia argentina de los
úl¬timos tiempos, es verdad. Aunque el camino todavía es muy lar¬go. No es la
misma que pactó, convivió y se enfrentó con Perón; la que se resquebrajó
navegando contra las ideas libertarias de los años setenta, que afectaron sus
filas al límite de una ruptura; la que no levantó su voz frente a las
atrocidades de la dictadura; la que se atemorizó ante el advenimiento de la
democracia y por lo tanto, militó en su contra; la que se mezcló con los negocios
turbios del menemismo; la que toleró –y tolera– aberrantes abusos de poder
entre sus representantes; la que discrimina.
De cualquier manera, en la Argentina, la pasión religiosa no
tie¬ne el mismo brillo que en otros países latinoamericanos como Méxi¬co,
Brasil, Perú y el mismo Chile. El nefasto reinado de algunos purpurados aún
subsiste en la memoria colectiva y grandes sectores se sienten atraídos
masivamente –y peligrosamente– por credos que han nacido al galope de las
crisis y las carencias del mismo cato¬licismo, –algunos rayanos en cierto
paganismo– más que por las promesas y supuestas virtudes de "Muestra Bendita
Santa Madre".
En el amanecer del tercer milenio los obispos argentinos han
optado por la independencia del poder político, la opción por el trabajo social
a favor de los que menos tienen, el diálogo con todos los sectores y una
democracia interna que practican como pueden y saben. Y cuando tienen que
enfrentar a ese poder –con el que antes eran complacientes– empujados por la
realidad o por verdadero convencimiento, priorizan la situación social, optan
por la gente.
En este esquema político-pastoral, la figura del jesuita Jorge
Mario Bergoglio, emerge como el rostro de la nueva era. Es el nuevo Jefe, el
líder. Diferente, alejado de las estridencias y las controversias,
antimediático. Ni siquiera ha tenido una gran gra¬vitación en el Episcopado
conducido por Estanislao Karlic y donde tiene como compañeros a otros dos
jesuitas: Joaquín Pina, Obispo de Puerto Iguazú, en Misiones y Jorge Rubén
Lugones, –que además, es médico veterinario– obispo de Oran, Salta.
El paso del tiempo, su intuición y capacidad para responder a
los interrogantes de una sociedad quebrada en sus valores ele¬mentales y
hundida en la pobreza más extrema, harán del carde¬nal Jorge Mario Bergoglio,
el mejor de los pastores o uno más.
El Pavo Real
Era una mañana de sábado del año 1980 en el colegio Máxi¬mo de
San Miguel, icono en la formación de la nueva camada de jesuitas en la
Argentina. El episodio, relatado por el sacerdote Guillermo Ortiz, actualmente
encargado del área de comunica¬ciones de la Compañía –tiene un programa de
radio que se emite en varios países latinoamericanos– y en ese entonces, un
joven novicio de la congregación, revela aspectos de la contradic¬toria y
avasallante personalidad del arzobispo de Buenos Aires y cardenal primado de la
Argentina.
"Me decidí a hablar porque hay gente que habla muy mal y
Jorge no se defiende, son muy injustos con él. Muchos fueron sus discípulos y
otros fueron compañeros suyos. Jamás pude lograr que él se defen¬diera de los
ataques y mucho menos que hablara mal de alguien. El podría contar y explicar
muchas cosas que ocurrieron adentro de la Compañía y el rol que él jugó, pero
prefiere callar, no es vanidoso", explica Ortiz.
En aquel entonces, Bergoglio era rector del Colegio Máximo,
lugar donde permaneció entre 1979 y 1986. Y una de las tareas que encomendaba a
los seminaristas, era recolectar en los barrios pobres de los alrededores, la
mayor cantidad de niños para asistir a las misas de los fines de semana.
Guillermo Ortiz recuerda que aquella mañana se levantó muy
temprano, "feliz y orgulloso por el deber cumplido". Había logrado
arrimar una decena de chicos de las cercanías, para llevarlos a la misa que se
celebraba –como todos los sábados– en la parro¬quia del patriarca San José,
oficiada por el mismo Bergoglio. Ortiz cuenta que llegó casi corriendo, con una
procesión de niños de¬trás y buscó en los ojos de su superior, la aprobación
por el trabajo. "Pocos, muy pocos", le susurró Bergoglio al oído,
manteniendo el ges¬to sereno que lo caracteriza. Al siguiente sábado, Guillermo
duplicó la suma de concurrentes y obtuvo la misma respuesta: "Pocos, muy
pocos". A la tercera semana, el novicio apareció acompañado de cincuenta
ruidosos niños. Bergoglio lo miró, y con una sonri¬sa, volvió a la carga:
"Pocos, pocos... ". Y entonces, Guillermo re¬cuerda que estalló de
furia.
–¿Por qué no te vas a la mierda? –le lanzó a Bergoglio en pleno
rostro.
Bergoglio lo miró sonriendo, se acercó despacio y mientras lo
tomaba fuerte de su brazo, le dijo: "¡Por fin reaccionaste!".
Inmediata¬mente lo abrazó y lo llevó a un costado de la parroquia. "Nunca
te diste cuenta de lo que yo decía en las homilías. Siempre estás pensando en
vos y en nadie más que en vos. Yo les hablé a los chicos sobre el pavo real,
les dije que lo más lindo que tenía era la cola. No escuchaste. Esto también
era para vos. Lo mejor que tenes no es tu cara o lo que hiciste en el trabajo.
Lo mejor, son los chicos que trajiste. Y tu vanidad te impedía verlo. Ahora,
por fin, te diste cuenta."
"Llegué a la Compañía en el '79 y después pasé al colegio
Máximo de San Miguel donde lo tuve como rector –continúa Ortiz–. En ese momento
se estaban haciendo tareas de cons¬trucción y me acuerdo que teníamos que sacar
de raíz una hilera interminable de árboles. Entonces los novicios tirábamos de
la soga para arrancarlo de raíz y yo, varias veces levanté la vista y lo vi a
Jorge en la fila haciendo fuerza. Tiene una salud muy frágil, le falta un
pulmón, y no sé como hacía para hacer fuerza, pero estaba allí. Cuando fuimos
tantos en el noviciado teníamos el problema de la alimentación. Entonces él
comenzó a armar una granja. Se aparecía con chanchos, ovejas y vacas que le
regala¬ban. También un hermano salía todos los días con una camione¬ta
destartalada a cargar las bolsas que los supermercados sacan con productos que
se están por vencer y a nosotros nos correspon¬día seleccionar qué elementos
podíamos comer y cuáles eran des¬perdicios para llevar al chiquero. Darles de
comer y después lim¬piar. Esa tarea era fea y muchos se quejaban. Pero no
podían dejar de hacerlo, porque el mismo Jorge se metía en la cocina, revolvía
las bolsas, se calzaba las botas y se metía en el chiquero. ¿Con qué auto¬ridad
moral podía yo negarme siendo un novicio, si él, que nos du¬plicaba en edad y
que había sido provincial, lo hacía con alegría?".
Para entender la personalidad de Jorge Mario Bergoglio, es
interesante bucear en la vida de San Ignacio de Loyola, el funda¬dor de la
mítica Compañía de Jesús, ámbito donde el cardenal argentino se formó y
estructuró su pensamiento. Las mismas enseñanzas recibieron en su juventud, el
cuestionado ex inten¬dente de la Ciudad de Buenos Aires –ahora con prisión
preven-tiva– Carlos Grosso, el ex funcionario menemista, Miguel Án¬gel Toma, el
ex gobernador de la provincia de Buenos Aires, el menemista Luis María Macaya,
que apareció extrañamente muer¬to en un hotel de Mar del Plata, el ex ministro
de Defensa de Menem, Oscar Camilión, el profesor Mariano Grondona, el
his¬toriador Félix Luna, el novelista Manuel Gálvez, el ruralista En¬rique
Crotto, el actual gobernador de Santa Fe, Carlos Reutemann y el anciano líder
cubano, Fidel Castro.
Loyola –según Javier Melloni Ribas, en el cuaderno Ignacio de
Loyola, Mistagogo de la Justicia– vivió el tránsito entre dos grandes épocas:
nace un año antes del descubrimiento de Améri¬ca y muere cuando ya se están
prefigurando los estados moder¬nos. Funda la compañía en 1534 y el Papa
Gregorio XV lo cano¬niza en 1622, sesenta y seis años después de su muerte.
"A los treinta años de edad, Ignacio cambia el ritmo de su
vida: pasa de aspirar a alcanzar la punta de la pirámide de la sociedad
medieval –perteneciente a la nobleza vasca vivió más de diez años en el palacio
del contador mayor de Castilla, Juan Velásquez de Cuellar– a sumar¬se a la masa
de indigentes mendigos de su época. Después de abandonar la casa de Loyola, el
primer gesto de su conversión consiste en entregar sus vestiduras a un pobre en
Monserrat. Es sólo el inicio de un largo camino de desprendimiento: el
caballero que otrora pugnaba por ocupar el "centro", se ha convertido
en un peregrino que no sabe a dónde va. Su primer impulso es imitar el despojo
radical de los santos. En su autobiografía narra, como cada vez que se
encontraba en una situación que pudiera "ascenderle", se
despojaba."
Los primeros jesuitas llegaron tarde al Río de la Plata,
involucrados en el proceso de conquista y fundación de las prin¬cipales
ciudades de la zona. Entraron a Tucumán en 1585, en 1594 crearon la residencia
de la Compañía en Asunción, Paraguay y, en 1604, recién se dispuso la fundación
de la provincia de Para¬guay. En el libro del padre Hugo Storni, titulado
Catálogo de los jesuítas de la provincia del Paraguay (Cuenca del Plata)
1585-1768, editado en 1980, en Roma, por el Instituto histórico de la Compa¬ñía
de Jesús, hay excelentes datos biográficos de esos hombres intré¬pidos que se
adentraron en tierra virgen con la única tarea de la evangelización. Allí,
Storni se refiere a los sacerdotes como esa "mili¬cia ignaciana",
habla de sus cualidades, características personales, nacionalidades, calidad de
sus votos y de aquellos que murieron víc¬timas de la violencia o al servicio de
la obra.
En Paraguay, Argentina, Uruguay, sur de Brasil y parte de
Bolivia, en el lapso de 183 años, hasta que la Compañía fue ex¬pulsada en 1768,
había 2.320 jesuítas trabajando. De esta canti-dad, la mayoría era de origen
europeo y sólo alrededor de seis¬cientos, tenía origen americano. El padre
Storni también pudo establecer el estado que poseían cada uno de ellos: el 60
por cien¬to eran sacerdotes, el 24 por ciento eran coadjutores temporales y el
12 por ciento eran estudiantes. Y sólo el cuatro por ciento no pudo ser
clasificado, por falta de datos. Es interesante también lo que Storni pudo
probar con sus investigaciones: el número de dimisiones o abandonos ocurridos.
El 4,5 por ciento de los sa¬cerdotes, el 8 por ciento de los coadjutores
temporales y al 15 por ciento de estudiantes. Y aunque el libro no explica las
razo¬nes, se sabe por otras investigaciones, que un número elevado de ellos se
fue para sumarse a otra orden religiosa, otros fueron se¬parados y un número
menor, lo hizo porque se casaron. Entre las profesiones existen gran cantidad
de cartógrafos, etnólogos y lin¬güistas, exploradores, naturalistas y
astrónomos, farmacéuticos y agrónomos, músicos e impresores.
El listado de mártires asciende a 33 sacerdotes, que murieron
prestando servicios asistenciales en zonas inhóspitas y salvajes, y cu¬yos
cuerpos quedaron sepultados en las misiones. La expulsión en 1767, provocó un
gran shock en la Compañía y produjo un aumen¬to de las dimisiones. Aunque luego
de la recomposición, en 1814, un gran número de sobrevivientes regresó a ella.
Eso sí, el estu¬dio remarca el excelente nivel intelectual y las costumbres
auste¬ras que tenían los jesuitas del Río de la Plata.
La Compañía de Jesús se caracteriza por un estricto y rígido
esquema de funcionamiento interno. En algún momento hasta existió la creencia
de que sus miembros tenían grados militares y respondían como tales. Será por
aquello de que en sus orígenes, fueron una temeraria "guerrilla
antilutero".
El paso de los años, ha hecho que se "ablandaran" en
la forma¬ción de sus cuadros. Sin embargo, Jorge Bergoglio pertenece a la vieja
camada y lo que incorporó y aprendió, tiene que ver con aque¬llas enseñanzas.
En la orden hay una vertiente de obediencia similar a la obediencia ciega. La
obediencia al superior es como la obedien¬cia a Dios, la que no se discute.
Pero el punto central es el discerni¬miento de dicha obediencia. Tienen una
orientación antimonacal, contemplativa, misionera, y muy fuerte en lo académico
y espiri¬tual. Desde el punto de vista intelectual, es la orden con más
exigen¬cias, en este aspecto son brillantes. Son ascéticos, con fuerte control
de sí mismos, en lo anímico y en lo psíquico. Es difícil detectar a simple
vista sus sentimientos o emociones. Hacen un voto especial de obediencia al
Papa, que no existe en otras corrientes y que se creó en la época en que los
obispos eran señores feudales. Por lo tanto, un jesuita –según declaran– es un
hombre con una misión que reci¬be directamente de Roma, pero también del mismo
Cristo, de quien se sienten compañeros. El criterio en los últimos tiempos es
el ser contemplativos en la acción por la justicia, que es la base del carisma
de la orden.
Los jesuitas fueron grandes adelantados a su época y, durante
los años sesenta y setenta, tuvieron gran protagonismo. Por ejem¬plo,
criticaron la Humanae Vitae, la encíclica de Pablo VI que prohibía los medios
artificiales de control natal. Jesuitas france¬ses que escribían en la revista
Etudes, escribieron artículos mani¬festando estar de acuerdo con el aborto,
para casos especiales. Sostenían que el embrión no podía considerarse una
persona. El padre José María Diez Alegría, profesor de la Universidad Gregoriana
de Roma, cuestionó la "infalibilidad" del Papa y la severidad de la
Iglesia respecto del sexo. El jesuita John McNeill, admitió públicamente su
homosexualidad y escribió un libro La Iglesia ante la homosexualidad,
relaciones humanas y sexología, un brillante trabajo por el que recibió
innumerables presiones del Vaticano y una larga prohibición de publicarlo, que
finalmente pudo vencer. El padre Vicent O'Keefe, asistente de Arrupe, tam¬bién
sugirió revisar las posturas de la Iglesia respecto de los anticonceptivos. Y
en América latina se destacaron y fueron pro¬tagonistas en las luchas contra
las dictaduras y las desigualdades sociales.
"San Ignacio no temía las persecuciones y las dificultades
externas, más aún, pedía humillaciones y exhortaba a que los jesuítas las
pidie¬ran. Pero temía la autosuficiencia en la Compañía y la corrupción que de
ella se derivaba. La carencia de unión de los ánimos entraña siempre una fisura
en el cuerpo de la Compañía: una fisura nacida de la autosu¬ficiencia, del
sentido de no-necesidad de la "salvación de las ánimas propias".
Podrá tomar diversas formas: ideológicas, de lucha de poder, o simplemente de
disconformidades que conducen a la murmuración o al chisme (proyección de
mediocridad personal hacia el cuerpo o hacia la cabeza de la Compañía). Pero
siempre, si hurgamos en esta autosufi¬ciencia, y en toda forma de falta de
unión en los ánimos, encontraremos una actitud muy de fondo de miedo a la
consolación y de cierto conten¬tarse en la desolación...", escribe Jorge
Bergoglio en su libro Re-flexiones en esperanza, editado por la Universidad del
Salvador, en el año 1992 y escrito durante un misterioso "retiro
espiritual" que realizó en la residencia de la Compañía, en Córdoba.
Las Sombras
Miembro de una Iglesia que carga sobre sus espaldas durísi¬mas
acusaciones de los organismos de derechos humanos, por colaboracionismo de
muchos de sus miembros con la dictadura, Bergoglio no escapa –al igual que
muchos de sus pares– a defini¬ciones antagónicas sobre su actuación en aquellos
años sombríos.
Con él, no hay término medio: o lo aman o lo odian.
Integrantes de la Compañía de Jesús y algunos compañeros suyos
en el Episcopado, tienen opiniones opuestas. El prestigio¬so jesuita uruguayo
Luis Perico Pérez Aguirre, fundador del Ser-vicio de Paz y Justicia en el país
vecino y asesor en la ONU, recientemente muerto en un accidente, habló
largamente con¬migo en abril del año 2000, mientras se encontraba internado en
el hospital de Montevideo. "No tengo buenos recuerdos de Jorge
(Bergoglio). La Compañía de Buenos Aires, el colegio Máximo, era un lujo en Latinoamérica
y se vino abajo cuando él estaba como Provincial y debido a sus manejos. De
aquí siempre mandábamos a los seminaristas a formarse allí, pero después de él,
no mandamos a nadie más. La Compañía en Argentina cambió, de progresista se
transformó en conservadora y retrógrada. No tengo nada que ver con Bergoglio,
ni con su manera de ver el mundo y en particular la Iglesia, ni con su manera
de actuar en la dictadura, pero no quiero hablar. Nos conocimos hace muchos
años y hay situaciones muy des¬agradables que prefiero olvidar. "Un
emblemático y verborrágico Obispo de la provincia de Buenos Aires, le confesó a
esta perio¬dista: "Yo no le dirijo la palabra a Bergoglio desde que me
enteré los horrores que los jesuítas me contaron sobre él. Era amigo de
Massera, comía con él. Es muy peligroso".
Orlando Yorio y Francisco Jálics eran jesuítas.
Integraban la organización de curas villeros y trabajaban en la
villa del Bajo Flores, cuando el 23 de mayo de 1976 fueron se¬cuestrados por un
grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada, junto a varios
catequistas. En ese momento, ambos estaban viviendo un fuerte conflicto interno
con la Compañía, al punto tal, que días antes de ser secuestrados, habían sido
sepa¬rados de la misma por orden directa de la casa de la congregación en Roma.
Jorge Bergoglio era entonces el Provincial de la con¬gregación, cargo al que
había llegado con solo 36 años, en 1973.
Antes de morir, a mediados del año 2000, Orlando Yorio ha¬bló
extensamente conmigo en su casa de Montevideo. Dueño de un gran carisma y una
admirable lucidez intelectual, Yorio había nacido en Santos Lugares el 20 de
diciembre de 1932. En 1955 ingresa a la Compañía y luego realiza la
licenciatura en Teología y Filosofía. El 17 de diciembre es ordenado sacerdote.
Fue profe¬sor y vicedecano en el Colegio Máximo de San Miguel y en la década de
los años setenta vive en comunidades y trabaja en la politizada villa del Bajo
Flores. Una vez fuera de la Compañía, y ya bajo la protección de monseñor Jorge
Novak, Yorio se va a estudiar Derecho Canónico a Roma y en 1997, después de
reci¬bir fuertes amenazas contra su vida, se traslada a vivir a Uruguay, donde
murió la madrugada del 9 de agosto de 2000.
"En mayo de 1974 habían matado a Carlos Mugica. Después
mataron a dos sacerdotes villeros más. A comienzos de 1975 yo fui separado de
mi cátedra de Teología en la facultad de los jesuítas de San Miguel. Hacía
cinco años que yo me desempañaba allí en cargos directivos y docentes. Se me
separó siendo Bergoglio el provincial y él mismo después dijo que era injusto.
Bergoglio nunca nos avisó del peligro que corríamos. Todo lo contrario, estoy
seguro que el mismo le suministró el listado con nuestros nombres a los
marinos. En el cole¬gio Máximo se corrían versiones que decían que yo era un
jefe mon¬tonero y que andaba con mujeres. Francisco Jálics fue el primero que
varias veces hizo notar el peligro y advirtió por escrito a los jesuítas a lo
que la Compañía me estaba exponiendo, haciendo notar la res¬ponsabilidad de
Bergoglio. Algunos jesuítas me avisaron que el mis¬mo Bergoglio era el que las
desparramaba. Y en aquellos tiempos, eso era un pasaporte seguro a la muerte y
a la expulsión. Un día, hablé personalmente con él y le pregunté por qué lo
hacía. Pero con la mayor frialdad, me negó todo. En la Compañía en ese
entonces, teníamos la obligación de realizar ante nuestro superior una especie
de confesión profunda de todos nuestros actos de la vida. Se llama "cuenta
de conciencia". Y yo lo hablaba con él. El sabía de mis con¬tradicciones,
de mis miedos, de la gente que veía, de todo lo que hacía hasta el más mínimo
detalle, si hasta le contaba cuántas veces al mes me masturbaba. Jorge sabía
todo y es terrible la responsabili¬dad que tenía sobre nosotros, sobre mí.
Después fuimos secuestrados y torturados. Los militares ya sabían que habíamos
sido separados de la orden y nos preguntaban mucho por ese tema."
Orlando Yorio desenredó pacientemente frente a mí la made¬ja de
la compleja y oscura relación que mantuvo con su superior, en aquellos años
sangrientos. Recuerdo que en su rostro había una permanente mueca de dolor y
amargura. Varias veces, sus ojos se humedecieron.
"Nosotros fuimos a vivir a la villa con la aprobación y el
manda¬to de Bergoglio. Había un gran compromiso que asumimos con la gente, yo
tenía treinta catequistas, algunos de ellos hoy ya no están. Yo militaba con
los sacerdotes villeros y por nuestra casa pasaban constantemente sacerdotes,
monjas y laicos muy comprometidos con los pobres. Sin embargo, a los pocos
meses de habernos enviado a la villa, Bergoglio empezó a decirnos que recibía
fuertes presiones de Roma y desde la Curia, para que disolviéramos la comunidad
y nos fuéramos de la villa. Me di cuenta que no quería asumir la
respon¬sabilidad de que abandonáramos el lugar a donde nos había man¬dado.
Quería que nosotros nos fuésemos voluntariamente de ahí, abandonando los
compromisos. Decía también que no tenía poder para defendernos y nunca nos dijo
de dónde venían las presiones. Un día Bergoglio vino de Roma con una carta del
General de la Com¬pañía, el padre Arrupe, quien nos ordenaba que en quince días
de¬járamos la villa. Yo le avisé a Bergoglio del escándalo que eso traería,
porque significaba abandonar el trabajo y la gente. Y me respondió:
"Salgan de la Compañía y yo me comprometo a que puedan perma¬necer un
tiempo más en la villa, para retirarse en orden". Pero para retirarnos,
necesitábamos un Obispo que nos recibiera y eso nos llevó dos meses tremendos.
Algunos nos aceptaban y después nos rechazaban como si fuéramos la peste. Todos
decían que llegaban informes que decían cosas terribles sobre nosotros. Cuando
queríamos saber más, nos decían asustados que le preguntáramos a Bergoglio. Era
una locura, porque le preguntábamos a él y él se hacía el distraído, se lavaba
las manos. Un día llegó lo peor: Aramburu decidió suspendernos "a
divinis", es decir no podíamos celebrar misa, ni tomar los sacramentos. Le
contamos a Bergoglio y otra vez dijo que eran "arranques del viejo",
por el carde¬nal. Y que lo hiciéramos en privado. Y a los pocos días nos
secuestra¬ron. Estábamos totalmente desprotegidos. Años más tarde, el carde¬nal
Aramburu, me mandó a decir con un sacerdote: "Decíle a Yorio que yo no fui
el que lo mandó a la muerte". "
Orlando Yorio fue más allá con sus acusaciones: "Lo más
jodido es que a mis hermanos y a mi madre les dijo que posiblemente yo había
sido fusilado. El New York Times publicó que estábamos muertos. A otra persona,
en junio de 1976, le dijo que nos había visto y que estábamos bien y no
pasábamos frío. Cuando estábamos en una casa operativa de la Marina, después
que nos sa¬caron de la Esma, un día nos dicen que teníamos visitas. Estábamos
atados y encapuchados de pies y manos. Estuvimos separados, en lu¬gares muy
oscuros. Varios días sin agua y sin comer. Me drogaron para interrogarme. Esa
vez, Francisco Jálics dice que reconoció la voz de Bergoglio, entre los
visitantes a la casa. Si era él, ¿cómo apa¬reció allí? El embajador argentino
en el Vaticano, Eduardo Blanco, en una reunión que tuvo con el secretario
privado del General de los jesuítas, el padre Gavina, le dijo que a nosotros
nos habían secues¬trado porque nuestros superiores eclesiásticos habían
informado al gobierno militar, que uno de nosotros era guerrillero. El padre
Gavina pidió que confirmara esto por escrito y el embajador lo hizo."
Yorio y Jálics fueron encontrados cinco meses después,
semidesnudos y drogados, en un campo de la localidad de Cañuelas, en la
provincia de Buenos Aires. Fue el 24 de octubre de 1976, vísperas de la reunión
de la Conferencia Episcopal con el ex ministro del régimen, José Martínez de
Hoz. Ellos asegura¬ron siempre que fueron liberados por gestiones de Emilio
Mignone, del padre Gavina y del Vaticano, vía el cardenal Pironio. Los amigos
de Bergoglio, dicen lo contrario, que fue el mismo Bergoglio que se entrevistó
con Videla y con Massera en varias oportunidades, para exigirles la libertad de
los religiosos. Y que finalmente lo logró. Por otro lado, está el tema del
abandono o no de la Compañía. "Mi trámite quedó en una situación poco
clara. Yo nunca firmé dimisorias como mandaba el derecho canónico. El General
de la Compañía en Roma, me dijo que yo había sido expulsado antes de caer preso
o durante mi secuestro, sin que nadie me hubiera avisado. Antes de ser
secuestrado yo le escribí una carta al padre Arrufe y después me enteré que
Bergoglio nunca se la entregó", me dijo Yorio.
"Bergoglio tiene toda la documentación de este caso. Las
pruebas de que Yorio y Jálics habían abandonado la Compañía por propia voluntad
y que habían formado otra orden. Están los documentos con sus firmas ante
escribano público", dice un sacerdote cercano al cardenal, que lo sigue a
todas partes. "Cuando solicité ver esos documentos, siempre hubo una
excusa adecuada al caso: que esta¬ban, pero que no estaban disponibles en ese
momento, que un día me llamarían para verlos, que otro día podía ser. O lo que
sea. Pero siempre había algo que lo impidió."
Un religioso de la Compañía dice que esos documentos con las
firmas de Yorio y Jálics –si están– fueron "falsificados". Y que fue
muy extraño que Bergoglio se preocupara por los jesuí-tas secuestrados recién
cinco meses después. Los defensores del cardenal aseguran que no fue así y que
Bergoglio hizo todo lo que pudo, desde el primer día. Y la madeja de la
historia se vuel¬ve interminable y complicada, como todos los acontecimientos
ocurridos, en los trágicos años de la dictadura.
"Apenas liberado el 24 de octubre me comuniqué con mi
supe¬rior. Él me dijo que dada la situación, él había hecho un tramite – yo
estaba sin documentos y escondido, porque me buscaban por todas partes–para que
dejara de ser jesuíta sin necesidad de firmar di¬misorias. Y que me había
conseguido un obispo para que me recibie¬ra. Y este Obispo fue Novak."
"Los liberaron por gestión del Vaticano y no de Bergoglio
que los entregó", dijo Angélica Sosa de Mignone, la mujer de Emilio
Mignone, el mítico fundador del Centro de Estudios Eegales y Sociales, cuya
hija Mónica, catequista del Bajo Flores, fue se¬cuestrada junto a Yorio y
Jálics, pero en el domicilio de sus pa¬dres. También se encontraba en el grupo
Mónica Quinteiro, amiga de Orlando Yorio y cuñada del ex Jefe de la Armada en
los años de Carlos Menem, Enrique Molina Pico, quien militaba en Montoneros y hacía
pocos días había abandonado los hábitos, ya que durante trece años había sido
monja de la Congregación de las hermanas de la Misericordia. Su padre también
era marino, el capitán de navio retirado Oscar Quinteiro, quién buscó a su hija
desesperadamente. En su testimonio en el juicio a las juntas mi¬litares,
Orlando Yorio declaró que cuando con Jálics fueron lle¬vados a una especie de
sótano, escuchó una voz que decía: "¡Ay Orlando!". Por el timbre y la
expresión de la voz, Yorio aseguró que reconoció a su amiga Mónica Quinteiro.
"¿Acaso no se negó que pese a todas las evidencias, que los
sacerdo¬tes jesuítas Yorio y Jálics que están incomunicados desde hace tres
meses, sin cargo contra ellos no habían sido detenidos? Lo mismo que los quince
catequistas que fueron largados encapuchados y encade-nados después de doce
horas de hambre y frío en el Acceso Norte. El almirante Montes, Jefe de
operaciones navales, que niega que mi hija esté detenida en su arma (afirmación
de la que me permito dudar totalmente) me dijo que ese procedimiento había sido
reali¬zado por la Infantería de Marina y que los secuestrados fueron
con¬ducidos a la Escuela de Mecánica de la Armada. Pero todo eso se negó
durante dos meses, hasta que se descubrió por la filtración de la esposa de un
oficial", escribió Emilio Mignone, en agosto de 1976, en una carta que
nadie quiso publicar. Según Chela de Mignone, en una conversación que mantuvo
con Horacio Verbitsky, su marido escribía en forma de carta cada paso que
realizaba y lue¬go la hacía circular entre los familiares.
"Siempre recibíamos amenazas. Un día lo llamaron de la
presi¬dencia, un general Ricardo Flouret, quien le mostró la carta en la que
Emilio decía que los sacerdotes estaban en la ESMA y le pregun¬tó si era suya.
Emilio le dijo que sí y Flouret le preguntó cómo lo sabía. Cada cosa que Emilio
le decía, Flouret tomaba nota. Emilio se inquietó y le preguntó qué pasaba.
Flouret le dijo que estaba muy interesado porque el Papa le había pedido a
Videla por los sacerdo¬tes. Después de esa reunión los dejaron en libertad.
Emilio siempre entendió que se debió a una gestión del Vaticano y no por
Bergoglio. "
El padre Ignacio García Matta tiene 62 años y reside en el
Colegio del Salvador. Fue provincial en el período en que Bergoglio fue
nombrado obispo auxiliar de Quarracino, en 1992.
"Son infamias, nada de lo que dicen es cierto. Jorge los
alertó de que corrían peligro, pero no podía impedírselos, menos teniendo en
cuenta que formalmente los dos ya no pertenecían a la orden. Pero igual él se
preocupó mucho por ellos. Cuando los dos fueron secues¬trados, Jorge habló con
todos los que pudo para que los liberaran y también ayudo a mucha gente a salir
del país. Yo recibía Yorio aquí, en el Salvador, cuando recién lo liberaron. En
esa reunión estaban monseñor Novak (Jorge) y Bergoglio. Y fui testigo de las
llamadas que se hicieron a Roma desde esa oficina, para mandarlo allá y
brin¬darle protección. "
Guillermo Ortiz, en este tema, aporta lo suyo. "Del caso
Yorio yJálics lo que yo sé, es que ellos habían pedido salir de la Compañía y
estaban haciendo los trámites para irse. A pesar de eso, Bergoglio, más que
como Provincial, como hermano, les había recomendado que se fueran de la villa
en la que estaban trabajando, porque co¬rrían peligro. Ellos no le dieron
crédito y fueron secuestrados. Pero a pesar de haberles avisado, Bergoglio
habló con Massera para prote¬gerlos y creo que eso fue definitorio para la
liberación de ambos. "
El jesuita Julio Merediz llegó al Máximo de San Miguel en 1973,
casi al mismo tiempo que Bergoglio era elegido Provincial de la orden. Pero se
conocían desde 1967, eran amigos. "Yo esta¬ba recién llegado y dormía en
una pieza con techo de chapa, que era el centro juvenil parroquial. Una mañana
me hizo una visita como provincial y me preguntó si tenía frío. Al otro día lo
vi entrar cami¬nando con una estufa".Julio Merediz dice que le debe la
vida.
"Durante la dictadura, vino un día y me dijo que estaba en
una lista de la Aeronáutica. Y me obligó a irme a vivir al colegio Máxi¬mo. Fui
y me escondí allí y eso me salvó la vida, Jorge se comportó como un pastor que
protege a su gente, no quería arriesgarnos. Tuvo una actitud de repliegue y
trató de canalizar el compromiso de la juventud en actividades menos
peligrosas, que nos expusiera menos. "Este es un tema que yo he discutido
años con Emilio (Mignone). Cuando comenzó la represión militar hubo muchos que
sostenían que lo mejor tanto para los militantes como para la gente de la villa
era que quienes iban allí a hacer trabajo de alfabetización y evangelización,
se alejaran por un tiempo. Yo he participado en discusiones con catequistas que
se negaban a hacerlo porque decían que tenían mandato de Dios, y en ese caso no
había cómo obligarlos. Con el mismo criterio de preservar a la gente, Bergoglio
les ordenó a los sacerdotes que se alejaran de la villa por un tiempo. Pero la
Compañía de Jesús es una orden formada de manera militar desde San Ignacio de
Layóla. No le obedecieron y los separó de la Compañía. Yo no afirmo que ésa
haya sido la mejor actitud posible, pero no puede confundirse con
entregarlos", le dijo la abogada Alicia Oliveira, Defensora del Pueblo de
la Ciudad de Buenos Aires, al periodis¬ta Horacio Verbitsky.
Cuando lo vi por última vez le pregunté a Yorio cuáles eran sus
sentimientos, si tenía rencores, si había perdonado a los que le hicieron mal,
a sus pares que lo abandonaron, qué sentía hacia su antiguo superior Jorge
Bergoglio. Y me entregó un escrito que había hecho para un seminario de
formación teológica que se realizó en Jujuy, en febrero de 1997, tres años
antes de nuestro encuentro, y que luego se presentó en forma de libro junto a
otros trabajos suyos, poco tiempo después de su muerte.
"El perdón no es un decreto o una ley de punto final, por
lo cual uno dice me olvido de todo lo que pasó y sigo adelante. Hay que
acordarse de todo porque la memoria y la historia son muy importantes para los
hom¬bres. Y hablando de Jesús redentor, hay una máxima que dice: "Non
asumptum, non redentum" (lo que no está asumido, no está redimido). Y
asumido significa que según la, vida y dentro de las posibilidades de la misma,
uno ha hecho lo posible para dialogarlo, para reconocerlo, para pelearlo, para
lucharlo, para trabajarlo. El perdón tampoco es un indul¬to. Un indulto es algo
con lo cual uno tapa o esconde una injusticia. El perdón tiene que ver con la
vida nueva.
"A mí me pasó antes del secuestro –dos meses antes– que,
como sacerdote, la institución sacerdotal a la que pertenecía me dijo que me
tenía que ir. Entonces fui buscando obispos que me recibieran en la Argentina y
todos aquellos a los que recurrí me contestaron que no podían recibirme. No me
podían decir por qué. Había presiones muy fuertes de Argentina y Roma. Y
finalmente el obispo donde yo estaba me quitó el permiso de hacer misa y de
ejercer el sacerdocio y a los cinco o seis días me secuestraron. Terminó el
proceso del secues¬tro. Cuando fui recuperado del secuestro para la vida, para
mi servi¬cio sacerdotal, de repente la vida, mi marcha con mi pueblo me puso un
altar público para concelebrar misa con algunos de esos obispos que no me
habían querido recibir, ni decirme nada. Yo no había tenido tiempo de hablar ni
de entender y tenía que comulgar y dar¬nos el abrazo, porque el rito lo pedía.
Pero ahí ya no era el rito. Me lo pedía la vida, que estaba viviendo. Ése era
el momento de la vida nueva que yo tenía, de mi servicio, de mi compromiso
sacerdotal con mi pueblo que llevaba a ese momento donde el abrazo con esa
perso¬na era parte. Y tenía que abrazarlo, no con el rito solamente. Esta vida
pide que nos abracemos, aunque uno no entienda más por aho¬ra. En la medida que
se pueda habrá que dialogar, que luchar. Pero se perdona desde la seguridad de
lo nuevo que vivimos. No es punto final. No es indulto. Es como construir una
casa... "
Rece por Mí
Difícil, muy difícil es tener una clara visión de la
complejísima personalidad de Jorge Mario Bergoglio, como difícil es juzgar su
conducta –ambigua y contradictoria– a la luz de los innume-rables y valiosos
testimonios recogidos, sin correr el riesgo de ser injustos. Con una u otra
parte. Los años setenta fueron tiempos de sangre y plomo, de violencia
irracional, de locura, y gran par¬te de la sociedad fue –por acción u omisión–
protagonista de esa gran tragedia. La Iglesia y sus hombres, en mayor o menor medida,
tampoco permanecieron ajenos, se involucraron, participaron. Y como muchos,
pasan –y pasarán– por el tamiz de la valora¬ción de la historia.
¿Ayudó Jorge Bergoglio a sus hermanos Yorio y Jálics? ¿Hizo todo
lo que debía haber hecho para salvarlos de las garras de sus secuestradores?
¿Qué relación tenía con el almirante Massera, dueño y señor de la ESMA? ¿Es
cierto, como dice un Obispo, que comía con él? ¿Por qué Emilio Mignone no le
dirigía la pala¬bra porque aseguraba que había entregado a Yorio y Jálics? ¿Por
qué alguien confiable y prestigioso como la abogada Alicia Oliveira dice todo
lo contrario? ¿Qué secretos guarda el cardenal sobre aquellos días y por qué no
quiere hablar del tema? Los interrogantes son infinitos y las opiniones
demasiado antagóni¬cas y, quizá, nunca se sepa con objetividad qué ocurrió.
Jorge Bergoglio, como parte de la cúpula de la Iglesia, no puede esca¬par a las
sombras del pasado argentino.
"La historia de la Iglesia Católica en América latina es
insepara¬ble de la del continente", dice el excelente teólogo e
historiador francés Jean Meyer. "Esa Iglesia ayudó al desarrollo de las
naciones, después, durante mucho tiempo, le proporcionó a las masas popula¬res
el único lazo con el resto de la sociedad de sus países y del mundo. Por eso el
sacerdote desempeñó –y aún a veces desempeña– un papel esencial; su contacto
con las masas induce a la Iglesia Católica primero, a las evangélicas después,
a la tentación política y, periódi¬camente, a la revolucionaria. Igualmente,
incita a políticos y revo¬lucionarios a utilizar a las iglesias para controlar
y movilizar a las masas. Y por más que intente evitarlo, como institución de
poder, es portadora de la reivindicación de justicia de los pobres. Para
satisfa¬cer las necesidades espirituales, sólo debe ocuparse de la fe, de la
creencia, de la práctica. Y si olvida esto, los hombres y mujeres con los que
trabaja pueden irse a otros movimientos religiosos porque dicen: ellos por lo
menos hablan de Dios. Y también a la inversa. En la práctica, la separación de
los reinos –incluso cuando es institucionalizada en la forma de Iglesia-Estado–
es quasi imposi¬ble: impensable. Uno puede imaginar a la religión como un virus
que se infiltra sin ruido en el seno de las sociedades, produciendo una
simbiosis de hecho, provechosa para ambas partes, o reconocien¬do que la otra
parte es indispensable a su propia existencia. "
Antonio Puigjane, sacerdote franciscano involucrado en el
copamiento del cuartel de La Tablada, en el final del gobierno de Raúl
Alfonsín, es un defensor acérrimo de Bergoglio, en éste y en otros aspectos. Su
larga trayectoria sacerdotal ligada a la lucha por los derechos humanos y
plantado desde siempre en una pos¬tura clerical y política de izquierda, nada
tiene que ver con el pensamiento conservador del cardenal.
"No sé lo que hizo en el pasado y tampoco me interesa.
Escu¬ché historias que dicen los jesuítas, pero yo me quedo con lo que Jorge es
ahora, con el tipo maravilloso y humilde que conozco y al que considero mi
amigo. Cuando estaba en la cárcel, era el único que mantenía contacto conmigo y
le hacía llegar mis cartas a Quarracino. Raro, ¿no? Y cuando salí, gracias a
Jorge, obtuve nuevamente el permiso para dar misa, que mi congregación me había
quitado. Y eso para mí, y para cualquier sacerdote, es como el aire que
respiro. Me viene a visitar siempre, me abraza, me tutea y me pide que rece por
él, que le hacía falta. Yo estoy infini-tamente agradecido por su ayuda. "
El sacerdote jesuita Diego Pares, director del Hogar San José,
de la obra de la Compañía de Jesús, de la calle Moreno 2472, tiene a su cargo
84 hombres pobres, entre los que hay ancianos y personas que todos los días
salen a trabajar y vuelven a dormir a la casa. Funciona allí un comedor donde
comen diariamente 300 personas. Es amigo de Bergoglio y explica:
"La Compañía de Jesús sufrió una crisis de vocaciones
impor¬tantes a fines de los sesenta y comienzos de los setenta. Muchos de los
novicios abandonaron para dedicarse a la acción política o para casarse, a tal
punto que el noviciado estuvo cerrado un tiempo por falta de alumnos. A
Bergoglio le tocó abrir el noviciado, él fue el Provincial entre 1973 y 1979.
El fue absolutamente claro con respecto al lugar que teníamos que ocupar los
religiosos. En ese momento, la Iglesia estaba dividida entre quienes se compro¬metían
políticamente con la izquierda o con los militares.
Bergoglio dijo: "Nuestro lugar está con los pobres, pero en
la evangelización". Yo fui el séptimo novicio, entré en 1976, a los diez
años y cuando me ordené, éramos cien novicios. Yo creo que Bergoglio fue el
germen de toda nuestra generación. Le tocó ha¬cerse cargo de una Compañía muy
endeudada y tuvo que sanear¬la. El traspaso de la Universidad del Salvador a
los laicos no se le puede imputar a él, fue una decisión de Roma. Tengo
entendido que después de su gestión hubo inconvenientes económicos, cuan¬do la
orden estaba gobernada por el padre Swinen (Andrés). Yo sé que hay muchos
jesuítas que no lo quieren, pero ninguno pue¬de negar que Bergoglio siempre
estuvo del lado de los pobres, de los niños, de los ancianos y de los enfermos,
y que su vida fue un ejemplo de austeridad".
García Marta agrega: "Cuando Bergoglio entró a la Compañía
de Jesús en 1958, ya había estado un par de años en el Seminario de Buenos
Aires, que en ese momento estaba dirigido por jesuítas y de allí quizá sale su
elección de entrar a la Compañía. Los dos primeros años los cursó en el
noviciado de Córdoba. Fue uno de los mejores discípulos del padre Fiorito,
quien en 1962 y 1963 hizo un gran trabajo en el Colegio Máximo, con los
ejercicios espirituales. La ora¬ción fue uno de los puntales de Jorge como
maestrillo y como religioso toda su vida. La espiritualidad fue lo que más
trabajó desde el novi¬ciado. Parte de la formación se llevaba a cabo en Chile,
en ésa época. Allí conocí a Carlos Grosso. Jorge hizo su etapa de magisterio en
Santa Fe, en los años '64 y '65, así fue demostrando una gran capa¬cidad
intelectual, una gran capacidad como maestrillo. Por eso una vez que se ordenó
lo fueron promoviendo, hasta que por mérito pro¬pio y por lo demostrado sucedió
al padre O 'Farrel, como Provincial. El traspaso se hizo justo antes de que se
desarrollara la Congregación XXXII (reunión mundial de los jesuítas que se
prepara con dos años de anticipación y en la que se sacan conclusiones sobre el
presente y futuro de la Compañía). Como Provincial, Bergoglio acompañó en
agosto de 1973, al padre Pedro Arrufe, General de la Compañía, a la provincia
de La Rioja a visitar a monseñor Angelelli, para cono¬cer su trabajo
pastoral".
El Ascenso
Entre 1990 y 1992, un oscuro episodio salpicó su vida
sacerdotal.
La Compañía lo envió en situación de castigo a la casa de los
jesuitas en Córdoba. Tanto es así, que los que lo conocen mucho aseguran que
fue casi un "secuestro". Jorge Bergoglio permaneció sin hablar con
nadie y en la más absoluta soledad durante un largo tiem¬po. Los motivos nunca
fueron revelados. Algunos dicen que fue a causa de los manejos y
"errores", frente de la Compañía durante los tumultuosos años
setenta, otros, a causas más complejas.
Las encuestas de la Compañía dicen que a partir del Concilio
Vaticano II, una gran cantidad de jesuitas abandonaron el sacerdocio por
razones políticas o personales. Los nuevos que entraron a partir de aquí y que
tuvieron a Bergoglio como supe¬rior, vivieron dentro de un marco más estricto y
rígido, volcado a lo espiritual, muy diferente a lo que vivían el resto de los
jesui¬tas en América latina. Incluso hay quienes van más allá y lo acu¬san de
haber querido cerrar el CIAS, el prestigioso centro de estudios jesuíticos
donde están los sacerdotes Fernando Storni –confesor de Raúl Alfonsín– y el
padre Pichi Meisseger, un viejo puntal de los curas villeros. Definen su
gestión como cerra¬da y maquiavélica, y juran que ésta fue la razón de su
"encierro" en Córdoba.
Por estos años (a partir de 1979), en Roma, los jesuitas y su
Ge¬neral, el padre Arrupe, estaban viviendo una verdadera persecución política
liderada por Juan Pablo II, que estaba convencido que los ignacianos se oponían
a sus conceptos de "reconquista católica" del mundo y eran demasiado
"indisciplinados". Aterrorizado por las ideas de avanzada de la
Compañía y por sus pensamientos "demasiados transgresores" respecto
de la vida en el mundo católico postconciliar, el Papa –enemigo de la
modernidad– utilizó todos los poderes a su alcance y con su nueva guardia
pretoriana, empujó a los jesui¬tas a las sombras y el sometimiento. El padre
Arrupe, aunque obediente de la autoridad papal, no conciliaba intelectualmente
con el nuevo pontífice. Le preocupaba más la crisis de las voca¬ciones y que el
número de jesuitas iba en descenso. "Temo que nos dispongamos a ofrecer
las respuestas de ayer para abordar los problemas de mañana, que estemos
hablando de manera tal que la gente no nos entienda, que estemos utilizando un
lenguaje que no penetra en el corazón de los hombres y las mujeres. Si éste es
el caso, entonces podemos hablar mucho, pero entre nosotros", decía.
Algu¬nas veces no estaba de acuerdo con las posturas o la acción de sus
hermanos más combativos y entonces los reprendía o castigaba, pero era muy
respetuoso de las libertades individuales e intelec¬tuales, las de conciencias.
Justamente uno de los lemas de la Com¬pañía era la obediencia con
discernimiento. Arrupe era un cléri¬go de posturas muy abiertas a las ideas que
circulaban en el mun¬do, hasta llegó a decir que algunas elementos del marxismo
eran aceptables, lo que provocaba el horror del Papa, que odiaba cual¬quier
pensamiento que se acercara al comunismo.
Cuando el 7 de agosto de 1981, Arrupe sufrió un derrame
cerebral, el Papa y su séquito más conservador, vio la posibilidad de aplacar
los ánimos de la Compañía. Y por primera vez en cuatrocientos años, tomó una
medida sin precedentes: intervino personalmente la orden, pidiéndole la
renuncia a Pedro Arrupe. Carl Bernstein y Marco Politi, recuerdan el siguiente
episodio: "Arrupe ahora paralizado, había nombrado al estadounidense
Vicent O 'Keefe, vicario general de la orden. El 3 de octubre, en una carta
enviada a los superiores provinciales, O 'Keefe comunicó las inten¬ciones de
convocar una congregación general para elegir sucesor de Arrupe. Tres días
después, Casaroli, secretario de Estado del Vatica¬no, fue a la curia
jesuítica, situada a pocos pasos de la Basílica de San Pedro, y pidió hablar en
privado con Arrupe. Incluso el padre O 'Keefe tuvo que abandonar el recinto
donde estaba Arrupe recos¬tado en una silla. Casaroli entregó el mensaje del
Papa y salió al cabo de pocos minutos".
Cuentan que cuando regresó al cuarto encontró al padre Arrupe
con el rostro bañado en lágrimas, devastado por la noticia y señalando en
silencio la carta del Papa, tirada a un costado de la silla: Karol Wojtyla
había prohibido la realización de la congre¬gación general y había suspendido
la constitución de la Compa¬ñía. Y nombró a su "delegado personal",
un mero interventor de su confianza, para gobernar a los díscolos hijos de San
Ignacio, el padre Paul Dezza y un coadjuntor, el padre Giuseppe Pittau. El 2 de
septiembre de 1983, la congregación general de jesuitas or¬ganizada por Dezza
eligió al holandés Kolvenbach, como titular, un hombre mucho menos comprometido
socialmente y acorde a las ideas conservadoras de Roma. ¿Estos cambios bruscos,
de sermones y castigos, en la Compañía de Jesús, habrán sido las causas del
aislamiento forzado de Jorge Bergoglio, en Córdoba? ¿Por qué razón lo
castigaron? Dato al margen, hoy el Provincial de los jesuitas argentinos, es el
colombiano Alvaro Restrepo.
El padre Pedro Arrupe, aislado y apartado de su Compañía, murió
en 1991 y Juan Pablo II acudió a darle la extrema unción. Hasta no hace mucho
tiempo, cuando el Papa asistía a una re-unión de la Compañía, continuaba
sermoneando a los jesuitas para que aplacaran sus posturas de avanzada:
"Debéis estar muy atentos a que los fieles no se desorienten con
enseñanzas dudosas, con publicaciones o discursos que están en abierto
conflicto con la fe y la moral de la Iglesia".
"A mí me tocó compartir su período en el llano, porque
cuando terminó su misión como rector del Máximo, pasamos juntos al Cole¬gio del
Salvador. Yo estaba como maestro y vivíamos en el mismo piso, compartiendo el
mismo baño. En esa época, 1987 y 1989, él no tenía una misión, que es lo peor
que nos puede pasar como jesui¬tas, entonces estaba preparando un doctorado por
el que viajó un tiempo a Alemania. Estaba bien de ánimo o disimulaba, pero yo
sentía que lo estaban castigando por algo. Cuando regresó de Europa lo mandaron
a la Residencia de la Compañía en Córdoba, sin mi¬sión tampoco. Creo que él,
por su historia, por su predicamento sobre muchos sacerdotes, no sólo jesuitas,
genera mucha envidia en mu¬chos. Cuando un día lo fui a visitar al cuartucho en
el que estaba en Córdoba, me dio mucha rabia, no se merecía nada de lo que
estaba viviendo, y él, sin embargo, se mostraba tan grande y tan humilde como
siempre. Creo que esa etapa lo purificó, lo acercó más a Jesús y después vino
su nombramiento como obispo. Ahí escribió el libro de las reflexiones...",
dice sobre esos años, el sacerdote Guillermo Ortiz. "Sentía mucha pena por
él, se pasaba horas sentado en la galería de la casa mirando el vacío, con la
mirada perdida. Muchas veces tuve miedo que se estuviera volviendo loco o que
intentara alguna cosa rara", afirma otro jesuíta que lo conoce mucho y que
prefirió dejar su nombre en el anonimato.
Selva Tissera, una médica que lo atendía de sus dolencias, muy
preocupada por el deterioro de su salud y su estado emocional, viajó
especialmente a México a visitar el santuario de la Virgen de Guadalupe y le
trajo de regalo una medallita con la imagen, que Bergoglio lleva colgada del
cuello. Ella cuenta, que el ahora Carde¬nal, le agradeció el gesto llorando. Al
poco tiempo, llegó el nombra¬miento como obispo auxiliar de Antonio Quarracino
y su vida se empezó a encaminar. Aquí comenzó su ascenso.
Jorge Mario Bergoglio nació el 17 de diciembre de 1936 en el
barrio de Flores, en el seno de una familia italiana de clase media con cinco
hijos. Su padre se llamaba Mario y su madre Regina Sívori y era italiana. Jorge
Bergoglio adoraba a su madre, una "tana mal hablada", que cocinaba
como los dioses y que le tras¬mitió cierta habilidad culinaria. En 1978 la
operaron del cora¬zón, pero al poco tiempo, murió, sumiéndolo en un dolor que
apenas supo disimular. "No se lo dije a nadie y hoy hice misa pava la familia",
le confesó a su amigo, el sacerdote Julio Merediz. "Nunca dramatiza, ni
siquiera los dolores personales, y esa entereza abruma a cualquiera",
agrega Merediz.
Se recibió de técnico químico y trabajaba en un laboratorio
cuando sintió el llamado de la vocación. A los 20 años entró en el seminario de
los jesuítas. Fue ordenado en 1969, un año clave en la historia argentina,
convulsionada por los incipientes movi¬mientos revolucionarios y en medio de
una Iglesia sacudida en lo más profundo por el nacimiento de la Teología de la
Liberación. En 1972 fue maestro de novicios y en 1973, Provincial de la
Compañía en Argentina. Le tocó traspasar la Universidad del Salva¬dor –otrora
un prestigioso centro de formación Ignaciano– a los laicos, por mandato del
General de la Orden, el famoso padre Pedro Arrupe. Este movimiento le generó
una catarata de críticas dentro y fuera de la Compañía. Y aunque continuó
manteniendo poder so¬bre la universidad –todavía conserva una oficina a donde
va de vez en cuando– muchos lo acusaron de dejarla en manos de militan¬tes de
Guardia de Hierro –con quienes Bergoglio simpatizaba– y en una organización de
laicos nacionalistas de ultraderecha que – según varios testimonios de
religiosos– realizaron una verdadera caza de brujas entre profesores y alumnos.
El 26 de noviembre de 1977, el rector Francisco Cacho Pi¬ñón, un
importante cuadro de los "guardianes" íntimamente li¬gado al
masserismo, le entregó al dictador Emilio Massera, el título de "doctor
honoris causa", en una ceremonia pública. Los datos de esta entrega
desaparecieron misteriosamente de los ar¬chivos de la Universidad y nadie
quiere hablar del tema, aunque por lo bajo reconocen que sucedió. ¿Cuál fue la
responsabilidad de Bergoglio en esto? ¿Fue algo que se realizó a sus espaldas o
él lo supo y no lo pudo impedir?
Ignacio García Matta tiene su opinión:
"Jorge se vio obligado a realizar un provincialato fuerte,
porque fue una época muy complicada. Desde el punto de vista económico, la
Compañía estaba quebrada. El padre Arrupe había enviado un tiempo antes una
especie de comisión para buscar el origen de los problemas y después se decidió
a desprenderse de los bienes y obliga¬ciones, de las cuales la más importante
fue la transferencia a un grupo de laicos, de la Universidad del Salvador. En
ese momento lo sentimos como un alivio porque era una profunda responsabilidad
económica y moral. No sólo en la universidad, sino también en el colegio había
una ebullición ideológica impresionante. Nosotros no lo podíamos manejar y creo
que la gente que se hizo cargo la piloteó bien. Hoy, a la distancia, a más de
veinte años, siento que fue una gran pérdida, porque era un lugar de formación
de las futuras generaciones, pero sé que en ese momento no había
opciones".
Entre 1980 y 1986, Bergoglio fue rector del colegio Máximo de
San Miguel y de sus facultades de Teología y Filosofía. Con¬cluyó su tesis en
Alemania, desde donde trajo la veneración por la Virgen Desatanudos, que hoy
congrega multitudes en la pa¬rroquia de San José del Talar, en el barrio de
Agronomía. Las actrices Araceli González, Carmen Barbieri, la tenista Gabriela
Sabatini y la menemista Liz Fassi Lavalle, fueron vistas varias veces en la
Iglesia, rezándole al retrato de una virgen rodeada de ángeles, con el Espíritu
Santo que baja sobre ella, mientras uno de los ángeles le alcanza una cinta
llena de nudos que ella co¬mienza a desatar, con la paciencia y serenidad
reflejada en el ros¬tro. Apenas comenzó su mandato Fernando de la Rúa, la
imagen apareció en la Casa Rosada y recorría los despachos de los fun¬cionarios
aliancistas, aun de los no creyentes que, desesperados, invocaron a la virgen
una ayudita, ante la inminencia del desas¬tre. En la navidad de 1998, Jorge
Bergoglio envió tarjetas de navidad, con la imagen de la virgen alemana.
De Alemania, Bergoglio fue trasladado a la Universidad del
Salvador y de allí viajó al misterioso "retiro" en Córdoba.
El Cardenal tiene una salud frágil, consecuencia de una
tubercu¬losis que lo atacó cuando era un niño y le dejó secuelas: le falta la
parte superior alveolar del pulmón derecho y tiene angina de pecho, desde los
20 años. Lleva siempre una pastilla pequeña debajo de la lengua, para prevenir
cualquier descompostura. Sin embargo, física¬mente es fuerte. El mismo se
esfuerza para no ser menos que los demás y practica natación. Es tímido y
solitario. Pasa muchas horas del día rezando y también le dedica tiempo a la
lectura de la literatu¬ra argentina y a los clásicos –es profesor de
literatura– y a escuchar ópera. No ve televisión, pero lee los diarios.
Es un fanático de Dostoievski, al que no se cansa de volver una
y otra vez. También de los clásicos griegos y de Shakespeare. Se levanta a la
madrugada y a las nueve de la noche, después de una cena frugal –casi no come–
se va a dormir. Realiza perso¬nalmente las compras del supermercado, viaja en
colectivo y en subte, y los que lo conocen, aseguran haberlo visto arrodillado
limpiando el piso de su habitación. Estas actitudes que sus ami¬gos admiran y
las califican como las de un hombre austero, sus enemigos le endilgan que es
"pura demagogia, pura política".
"Es un desesperado por el poder. Ambicioso y calculador.
Intri¬gante y conspirativo. Todo lo que hace es con una intención política,
como Menem. Tiene enganchados a los curitas jóvenes con preben¬das. Es
peligrosísimo, si te colocas enfrente, te destruye", dice un prestigioso
jesuíta, dirigente de un instituto de la Compañía, del barrio de Belgrano, que
lo conoce hace muchos años.
"Yo escuché a mucha gente hablar mal de él, no sólo los que
salie¬ron de la Compañía y tienen su edad, sino también quienes eran sus
discípulos. Son todos envidiosos. Pero él no se defiende de esos ata¬ques.
Tiene una espiritualidad muy grande. Por momentos, hasta me parece que le gusta
que hablen mal de él. Porque entonces de¬muestra su grandeza con la
humildad", lo defiende el padre Guillermo Ortiz.
El padre Federico Wernicke es párroco de la Iglesia Santiago
Apóstol del barrio de River. Cada 25 de julio, fecha en que se conmemora el día
del santo patrón de la parroquia, Jorge Bergoglio asiste y acompaña la colorida
procesión de la comuni¬dad gallega que se realiza por las calles del barrio y
que logra la adhesión de muchos vecinos. Al principio, el sacerdote mostró
cierta desconfianza y se negó a dar datos de su relación con el actual
cardenal, explicando que "todo lo que sé es muy privado". A los pocos
minutos, se aflojó. "Yo estudié en el Colegio del Salvador, creo que en
ese momento él estaba en Córdoba. Después me tocó tenerlo como obispo de
Flores. En ese momento estaba en el Colegio y Parroquia San Cosme y San Damián,
y teníamos una relación flui¬da. Me acuerdo que podía estar contándole un
inconveniente grave del colegio y él me interrumpía de golpe y me decía
"¿Y vos... cómo andas?". Se tutea con todos los sacerdotes, tiene muy
buena relación con el clero, sobre todo con los jóvenes. Como obispo resignó el
lugar de príncipe que podía ocupar para ocupar el lugar de pastor, padre o
hermano mayor. Sé que cuando hubo sacerdotes con problemas de vocación, él los
acompañó y los escuchó como el mejor de los amigos, sin por eso dejar de
ejercer el gobierno. Las veces que viene, lo hace en colectivo, nada de estar
acompañado por el secretario como pasaba con Aramburu o Quarracino. Siempre
saluda a toda la gente, pero se acuerda especialmente de las viejitas de cada
parroquia y les dice que recen por él. Para mi cumpleaños me llama
personalmente, cada año, nunca se olvida. Sé que hay jesuítas que no lo
quieren. Dicen cosas feas. Fue Provincial en un período muy difícil para la
Compa¬ñía, había mucha crisis de fe y seguramente Jorge recibió órdenes de sus
superiores no muy simpáticas. ¿Usted sabe ese chiste interno de la Iglesia?
"Hay tres cosas que el Papa nunca podrá saber: cuántas con¬gregaciones de
monjas hay, cuánta plata tienen los Salesianos y qué piensa un jesuíta"
"Yo lo quiero y lo respeto a Bergoglio, tengo esa suerte. Pero la verdad,
es que no me gustaría enfrentarme con él, estar en la vereda de
enfrente..."
Como dato anecdótico, Federico Antonio Wernicke, es re¬cordado
por una homilía que realizó en la Catedral de Buenos Aires, en el día de la
Independencia, durante el gobierno de Raúl Alfonsín y casi pegado al juicio a
las juntas militares: "Es bueno podar de un árbol todo lo que tiene de
vicio y de enfermedad para que los nuevos frutos sean más vigorosos. Pero esta
tarea es de sabios y prudentes, que sepan distinguir entre raíz y ramas. Podar
la raíz es condenar a muerte toda la vida presente y futura del árbol y sus
frutos. Distingamos entre raíz y ramas".
Un sacerdote del clero diocesano, que ve a Bergoglio todas las
semanas, dice: "Es un poco equizofrénico. Convive con él una dualidad
entre el padre que baja línea y el pastor que traba-ja con la gente a la par de
los sacerdotes. A veces confunde por un lado la opción por los pobres y por el
otro su relación con el sector ortodoxo. No lo veo nada carismático, siempre es
muy parco y callado. En cuanto a sus visitas a las villas, los hospitales y las
cárceles, es normal que allí se deslumbren por él, ya que nunca a esos lugares
va un arzobispo. Lo que es claro es que en la Iglesia argentina nadie llega al
cargo de Cardenal sólo con el trabajo pastoral, hay que operar con el poder,
hay que saber hacerlo. Sólo que él lo hace en silencio".
Políticamente es conservador y ortodoxo, pero con una fuerte
preocupación por lo social. Jorge Bergoglio es seguidor fiel de la línea
impuesta por Karol Wojtila, con el que se identifica plena¬mente. Detesta la
exposición pública y la cercanía con el poder. Y esto último, era lo que por lo
bajo reprochaba de su antecesor en el cargo, el cardenal Antonio Quarracino,
aunque durante los últimos tiempos, le escribía los sermones y discursos.
Cuando Quarracino murió, Carlos Menem pidió al arzobis¬pado que
sus restos fueran velados en la Casa Rosada. Bergoglio dijo que no y el
velatorio se realizó en la Catedral, donde él fue el único orador, actitud que
provocó la furia del menemismo y del "lobbysta" principal con los
purpurados, Esteban Cacho Caselli, entonces embajador argentino ante la Santa
Sede.
Nadie levanta al Muerto
Jorge Bergoglio nunca simpatizó con Carlos Menem y se lo hizo
saber infinidad de veces. Con gestos, más que con palabras. Sin embargo, en el
Tedeum del 25 de mayo de 1999, casi finali¬zando la fiesta menemista, y en la
cara de Menem y sus acólitos, el nuevo arzobispo dejó establecida la nueva
postura de la Iglesia en la actualidad nacional: "Si no apostamos a una
Argentina don¬de no estén todos sentados en la mesa, la sombra del
desmembra¬miento social se asoma en el horizonte y entonces terminaremos sien¬do
una sociedad camino del enfrentamiento... ", dijo premonitorio.
Durante la misa recordatoria del 9 de Julio se repitió el mis¬mo
escenario: un Menem demudado, que no pudo ocultar su amargura frente a las
duras palabras del diácono y la serena pre¬sencia del arzobispo. Ese día la
Iglesia señaló la "corrupción y las desigualdades sociales".
La muerte del cardenal Antonio Quarracino marcó el inicio de una
nueva etapa en el Iglesia argentina. Una Iglesia que estaba considerada, junto
a la de Colombia, como la más conservadora de América latina. Estanislao
Karlic, que reemplazó a Quarracino, es una muestra de este cambio: un hombre
profundamente reli¬gioso, cuyo eje de pensamiento es que los postulados del
Conci¬lio Vaticano II fueran asumidos por todo el Episcopado. La regla política
básica de Bergoglio es permanecer lo más lejos posible del poder, ante quienes
se muestra neutro y aséptico. Y lo más cerca del pueblo. No quiere cometer el
error de sus antecesores en el cargo. Esto no significa que en la Curia reciba
en reuniones privadas a políticos, militares y empresarios deseosos de hablar e
intercambiar opiniones. "Ellos vienen a visitarlo, pero él no va a ningún
despacho oficial", dice su vocero Marcó, señalando las dife¬rencias. Elisa
Carrió, Patricia Bullrich, Alicia Oliveira, Juan Llach, Víctor de Gennaro,
Arnaldo Boceo, Eduardo Amadeo y Adalberto Rodríguez Giavarini, son algunos de
los visitantes habituales. "Da gusto escuchar a una mujer
inteligente", comentó Bergoglio entusias¬mado, después de la primera
conversación que mantuvo con la en¬tonces funcionada de Desarrollo Social del
gobierno de De la Rúa y cuñada del ex jefe montonero Rodolfo Galimberti. Los
que lo cono¬cen cuentan que el cardenal admira a Bullrich y que le encanta
con¬versar con ella sobre la situación del país.
La composición del Episcopado cambió siguiendo el ritmo de la
nueva era: Estanislao Karlic, arzobispo de Paraná, Entre Ríos, moderado y un
brillante teólogo, Guillermo Rodríguez Melgarejo, –vicario de la zona de Flores
y auxiliar de la arquidiócesis porteña– con pasado en el movimiento de los
Sa¬cerdotes para el Tercer Mundo, durante la década de los años setenta,
Eduardo Miras, arzobispo de Rosario, José María Arancedo, obispo de Mar del
Plata y amigo del fallecido carde¬nal Pironio, Joaquín Pina, obispo jesuita de
Puerto Iguazú y de actitudes combativas, Juan Carlos Maccarone, arzobispo de
San¬tiago del Estero, José María Pepe Arancibia, arzobispo de Mendoza, son
algunos de los que se destacan. El jesuita logró desplazar a los menemistas y
aglutinó debajo suyo a dueños de posturas antes irreconciliables: conservadores
y combativos. El único caudillo que perdura de la antigua estructura, es el
carde-nal Raúl Francisco Primatesta, con el que Bergoglio mantiene una relación
cálida y cordial. El viejo cacique lo respeta y en la intimidad señala que será
el nuevo Jefe, su sucesor.
Pero si Carlos Menem y su entorno no le simpatizaba nada a
Bergoglio, tampoco su actitud fue diferente con Fernando de la Rúa y su
séquito, a pesar del ferviente catolicismo –de "señora gorda que hace
beneficencia"– que manifestaba la primera dama, Inés Pertiné. Ningún favor
le hicieron al nuevo presidente las palabras del entonces saliente embajador
argentino ante el Vaticano, Esteban Caselli –despreciado a más no poder por
Bergoglio y sus pares– que, preparando sus innumerables maletas en Roma, dijo
al diario Página/12: "Me encargué de llevar tranquilidad al Vaticano en
ese sen¬tido. De la Rúa es un hombre de fe, va a misa las domingos y es amigo
del nuncio Calabresi". El Obispo–como llaman a Caselli– se des¬pachó sin
pelos en la lengua y muchos se preguntaron: "¿Lo habrá defendido porque
ambos estuvieron estrechamente relacionados con el empresario telepostal
Alfredo Yabrán e hicieron negocios con él?".
Palabras más o palabras menos, el gobierno que asumió en 1999 no
le caía nada bien a Bergoglio –para la Iglesia argentina, los radi¬cales (y el
Frepaso) nunca fueron confiables, por sus posturas fuerte¬mente laicistas–
sobre todo, porque con el paso de los días, sus contactos con la gente de la
calle en sus recorridas diarias y los apocalípticos informes que le traían los
sacerdotes de la Curia, le indicaban que la crisis más grave de la historia
argentina estaba a punto de estallar, frente a un gobierno sordo, ciego y mudo.
El 25 de mayo de 2000, Jorge Mario Bergoglio reclamó dura¬mente
ante Fernando de la Rúa, Inés Pertiné y el gabinete, entre los que estaba
Carlos Chacho Alvarez y su mujer, por la grave situación social y la
"insensibilidad" con los "marginados del siste¬ma". Era un
gobierno que ya tenía cinco meses y los funciona¬rios, incluido De la Rúa,
apenas sabían dónde quedaba la puerta de sus despachos. Sin embargo, el país
estaba en llamas.
"Debemos reconocer que el sistema ha caído en un amplio
cono de sombra, la sombra de la desconfianza, y que algunas promesas y
enunciados suenan a cortejo fúnebre: todos consuelan a los deudos, pero nadie
levanta al muerto". A la salida del Tedeum, los inte¬grantes del gabinete
se pasaban la factura unos a otros, pero so¬bre todo, hacían recaer las culpas
en la administración anterior.
"Fue un diagnóstico de cómo estamos. El mensaje expresa la
Argenti¬na que recibimos, esperemos que las próximas homilías o el 25 de mayo
del año que viene, hayamos avanzado en forma importante", dijo Álvarez al
salir de la Iglesia. "Es un santo, un hombre sabio, coincido totalmente
con él", fue la desconcertante respuesta de Fernando de la Rúa cuan¬do le
preguntaron su opinión. Y agregó que se sentía "muy emociona¬do", por
su primer Tedeum como presidente.
En esa misma semana se anunciaba un fuerte ajuste económi¬co y
Primatesta, presidente de la Pastoral social, había adherido formalmente a las
protestas contra el FMI y la sanción de la Ley de Reforma laboral, programadas
por la CGT disidente del camionero Moyano. El laico Guillermo García Caliendo,
secreta¬rio de la Pastoral Social y hombre del cardenal cordobés, se había
comprometido a asistir a la movilización sindical en "nombre de la
Iglesia", lo que originaría luego un escándalo, que los hombres de sotana
pudieron frenar a duras penas. García Caliendo no sólo adhirió, sino que se
trepó al palco de los caudillos sindicales disidentes y habló como uno más. Era
la primera vez que la Igle¬sia se involucraba abiertamente en un conflicto
político. Un día antes, el Episcopado había presentado el documento Jesucristo,
Señor de la historia, en el que se había trabajado durante cuatro años y era el
mensaje al pueblo, por el Jubileo del año 2000: "A quienes ponen su
confianza en un progreso científico ilimitado, a quienes conflan casi
religiosamente en mecanismos socioeconómicos para la edificación de una nueva
humanidad, como la absolutización de las leyes de mercado; a quienes se
desalientan por los múltiples indicadores negativos que hacen temer por el
futuro de la familia argentina; a aquellos a quienes el futuro angustia, les
anunciamos la verdad de la esperanza cristiana".
El obispo Jorge Casaretto, titular de Caritas –compite con
Bergoglio por el liderazgo– y con una posición política muy cercana al
gobierno, más aún, a los radicales, había dicho días antes de la marcha:
"Tenemos que tener cuidado para no hacerles el juego a las
corporaciones". Después de la participación de García Caliendo, salió a
cuestionarlo con los tapones de punta, actitud que sólo fue frenada por el peso
político de Primatesta y el respe¬to que éste genera en sus pares. Más tarde,
Caliendo abandona¬ría la Secretaría de la Comisión de la Pastoral Social.
La homilía patria de Bergoglio frente a un despistado Fernan¬do
de la Rúa, al margen de las habituales metáforas que ya son parte de su estilo,
dijo claramente: "No se trata solamente de una gestión administrativa, de
un plan, sino de la convicción constante que se expresa en gestos y en voluntad
de cambiar (...) Animémonos a tocar al marginado del sistema, viendo en él a
hombres y mujeres que son mucho más que votantes potenciales (...) Las
iniciativas co-munitarias brindan una inmejorable salida frente al suicidio
social que provoca toda filosofía y técnica que expulsa la mano de obra (...)
Sólo hace falta la audaz y esperanzadora iniciativa de ceder terreno, de
renunciar al protagonismo fútil, de dejar las luchas intestinas desgastantes,
el plus de insaciabilidad del poder".
Como siempre, desde que asumió el poder, Jorge Bergoglio
seguiría bregando por los que menos tienen y condenando las políticas
neoliberales, a tono con lo que viene del trono de San Pedro, en Roma. Karol
Wojtyla había hablado hacía pocos días frente a trabajadores y empresarios y en
su discurso había critica¬do duramente al neoliberalismo reinante y pidió por
la condo¬nación de la deuda externa a los países más pobres. Lo mismo dijo ante
las autoridades del Fondo Monetario y del Banco Mun¬dial. O sea, que hasta para
el político mas distraído, el mensaje de Bergoglio no debería ser una novedad.
Y sin querer, el jesuíta que más alto había llegado en la historia argentina,
se había con¬vertido en un fuerte opositor, en un país donde la clase política
tiene un bajísimo, casi nulo, índice de confiabilidad.
Así comenzaban los nuevos tiempos eclesiásticos. Lejos de las
ideologías y los extremismos. Empujados a luchar contra las in¬justicias del
sistema, por verdadero convencimiento, porque lo ordena el Papa o porque los
sacerdotes presionan a sus jefes des¬de abajo. Eso sí, aún quedan resabios de
la vieja guardia agazapa¬dos bajo las cúpulas. El 21 de mayo, el obispo de
Lomas de Zamora, el ultraconservador Desiderio Collino, dijo abiertamente que
"deseaba que los periodistas que critican a la Iglesia contraigan un
cáncer de pulmón". Esa misma semana, en su programa televisivo, el
periodista Jorge Lanata llevó adelante una investi¬gación sobre maltrato de
menores y mal manejo de fondos, que involucraba al arzobispo Emilio Ogñenovich,
otro dinosaurio con sotana. Y con seguridad que la desquiciada frase tenía un
destinatario principal: Jorge Lanata. La homilía fue realizada en la Basílica
de Lujan, ante miles de fieles que no podían creer lo que escuchaban, al punto
que algunos, indignados, abandona¬ron la misa. A los pocos días, el vicario de
Mercedes, en la pro¬vincia de Buenos Aires, Julio Forchi, sugirió en misa que
se les practicara una lobotomía.
Jorge Bergoglio y sus compañeros en el Episcopado estallaron
horrorizados ante expresiones tan alejadas del Evangelio y salie¬ron al cruce
de los extraviados prelados, residuos de aquel Epis¬copado cómplice de las
dictaduras, que tanto daño hizo a la Igle¬sia argentina. Incluso, para el día
del periodista, se realizó una misa en la Catedral, con gran participación de
prelados y perio¬distas, en la que el Episcopado pidió formalmente perdón y
con¬denó duramente aquellas expresiones.
Para esta fecha, había llegado el nuevo representante de Roma,
que reemplazaba a Ubaldo Calabresi, quien había batido un ré¬cord de
permanencia: diecinueve años. Su larguísima estadía en la Argentina había
dejado marcas. Fue una nunciatura involucrada a fondo con el poder político, su
influencia fue enorme. Testigo y protagonista de las dos visitas papales, la
mediación con Chile por el canal de Beagle, la guerra de Malvinas, el final de
la dicta¬dura y la llegada de la democracia. Era muy conocida su excelen¬te
relación con Carlos Menem, sus acólitos, y el peronismo en general. Medió para
la reconciliación matrimonial entre Menem y Zulema, antes de la llegada del
riojano al gobierno en 1989.
Tiempo después, apoyó la expulsión de la ex primera dama de la
residencia de Olivos. Y fue el gran promotor en el Vaticano del
"catolicismo militante" de Menem y su adhesión a las políticas
ultraconservadoras, que le abrieron las puertas del Papa, en seis
oportunidades. Durante esos años, en agradecimiento por sus gestiones, el ex
presidente lo condecoró con la Orden del Liber¬tador en el grado de Gran Cruz.
También con algunos militares del proceso y empresarios, entre ellos, el
investigado banquero y militante ultracatólico, Raúl Moneta, que todas las
semanas co¬mía en la Nunciatura.
Ubaldo Calabresi intervino en las designaciones del cardenal
Antonio Quarracino y del mismo Bergoglio, con el que tenía una relación
cordial. Santos Abril y Castelló, español y amigo del Papa, al que había
enseñado español mientras trabajaba en la Secretaría de Estado del Vaticano,
estaba a tono con los nuevos aires. Las relacio¬nes del Episcopado con el trono
de Roma, o sea, con el poderoso secretario de Estado, Angelo Sodano y otros
–clones de López Rega, del Papa y cuasi socios de Cacho Caselli– transitarían a
partir de aquí otro sendero. Aun así, el gobierno de la Alianza nunca tuvo
alguien con la suficiente capacidad para que se encargara de las me-diaciones
políticas con los hombres de la Iglesia, ya que tanto Norberto Padilla, el
Secretario de Culto y Vicente Espeche Gil, un prestigioso militante laico que
fue designado reemplazante de Caselli, carecían de la habilidad necesaria para
estos avatares y los obispos se quejaban de que no tenían con quién hablar los
temas que les im¬portaban: la educación, las relaciones familiares, el aborto,
los temas sociales y obviamente, la plata.
Mientras tanto, los cambios también implican nuevos
alineamientos internos. Bergoglio es habilidoso para sumar tro¬pa y tiene
obispos que le responden, al margen de los sacerdotes del clero diocesano que
lo adoran. Joaquín Sucunza, Guillermo Rodríguez Melgarejo, Jorge Lugones,
jesuíta como él, José Gentico, Horacio Benítez Astou, Guillermo Galatti, Rafael
Staffolani, Roberto Rodríguez, Baldomero Martínez, Elmer Miani, Mario
Cargnello. Su influencia en el Episcopado es sobre más de la mitad de los
integrantes. Y el cardenal Raúl Primatesta le da impulso, lo apoya con
simpatía, piensa igual que él. Del otro lado se encolumna Jorge Casaretto, de
Caritas, Justo Lagu¬na, de Morón, José María Arancedo, de Mar del Plata y
Rafael Rey, de Zárate-Campana. Los perdedores, que hace unos años estaban en la
cúspide del poder, la Banda de los dinosaurios, están en rápido retroceso:
Emilio Ogñenovich, Desiderio Collino, Jorge Menvielle, Rubén Di Monte. Salvo
Héctor Aguer, el ultraconservador titular del arzobispado de La Plata
–protector de la orden integralista del Verbo Encarnado– y hombre de fi¬delidad
a Esteban Caselli, quien atendía solícito sus reclamos, cuando era el hombre
fuerte de la gobernación de la provincia de Buenos Aires, en épocas de Carlos
Ruckauf y tenía absoluta in¬fluencia sobre los dineros provinciales.
En octubre de 2000, los datos del INDEC revelaban que la
dis¬tribución del ingreso terminó siendo en la úlltima década del go¬bierno
menemista, tanto o más desigual que en 1989, cuando se desató la
hiperinflación. En la Capital y en Gran Buenos Aires el diez por ciento más
rico de la población ganó veinticuatro veces el ingreso que recibe el diez por
ciento más pobre, superando la marca de diez años atrás, cuando esa brecha era
veintitrés veces más. Si se toma al 20 por ciento más rico y al 20 por ciento
más pobre, la brecha es de doce veces, igual a la de diez años atrás.
"Crecer con equidad es un desafío grave y urgente, basado
en un principio de solidaridad, que no es un sentimiento intimista y pri¬vado
de caridad que queda relegado al hombre religioso, sino que es una expresión de
la justicia. Es inmoral vivir entre tantos excluidos. No lloremos en el 2020
por lo que no hagamos ahora", dijo en su homilía de Semana Santa el obispo
de Mar del Plata, José María Arancedo.
Lamentablemente, no hubo que esperar hasta el 2020.
El 20 de diciembre de 2001, y después de presentar su renun¬cia
a la presidencia, Fernando de la Rúa, abandonaba la Casa Rosada, en un
helicóptero con la bandera celeste y blanca pinta¬da en la carrocería, igual
que Isabel Perón el 24 de marzo de 1976. En las calles de Buenos Aires
continuaban los enfrentamientos, los saqueos y las muertes. Jorge Bergoglio
permaneció todo el tiem¬po en la Curia, hablando con dirigentes políticos,
empresarios, sa¬cerdotes y obispos. Esa noche no pudo dormir y el sonido de las
sirenas de los autos de la policía retumbaban en sus oídos. "Nosotros lo
anunciamos hace mucho tiempo, no querían escuchar, esto iba a
ex-plotar...", le dijo a un sacerdote de su confianza. Casi a las puertas
de la Navidad y con una Argentina ensangrentada por los enfrentamientos,
treinta muertos y la anarquía social, en cada homi¬lía, los jefes de la Iglesia
pidieron a los políticos "drásticos cambios para responder a las urgencias
sociales y las demandas de la sociedad". El país era un caos. Cinco presidentes
en cinco días.
Eduardo Miras, arzobispo de Rosario, una de las ciudades más
castigadas por la miseria, la desocupación y la violencia, dijo: "Tengo
muchas dudas. Por los discursos que escuché en la Asamblea Legislativa, tengo
miedo de que se vuelva a las guerras de partidismo político que hizo
ingobernable al país. Si se vuelve a las viejas mañas me pregunto cuál fue esta
especie de guerra civil que vivimos. Es necesario una Reforma Constitucional
para acabar con lo innecesa¬rio de la burocracia estatal y achicar
gastos".
Jorge Bergoglio dijo en la misa de Navidad: "Debemos
hacer¬nos cargo de la esperanza en momentos en que los argentinos no nos
explicamos muchas cosas, ni tampoco sabemos cómo van a seguir. Hoy en medio de
la oscuridad de los argentinos, amanece una luz, que no es mengano, ni sultana,
ni perengano: es Jesucristo".
Después de la asunción de Eduardo Duhalde, nació la mesa de la
Concertación o del Diálogo Político. Jorge Casaretto, de Caritas, Ramón
Staffolani, Obispo de Río Cuarto, y Juan Carlos Maccarone (Bergoglio pidió que
estuviera presente para tener una visión más profunda), Obispo de Santiago del
Estero; el re¬presentante de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el español
Carmelo Ángulo y el vicejefe de Gabinete, Juan Pablo Cafiero. Sin embargo, la
mesa nació "sin patas", según la expresión de un conocido obispo. A
tal punto que Staffolani contó a sus fieles, en una homilía en Río Cuarto, que
los funcionarios del Fondo Monetario con los que estuvieron reunidos, dijeron:
"Los argentinos somos vagos, corruptos, ladrones y mentirosos. Y tuvimos
que agachar la cabeza, no pudimos contestar, porque lo que decían era
cierto...".
La primera semana de febrero, el Papa tuvo palabras durísi¬mas
sobre la situación argentina, en la reunión anual de obispos, Ad Limina
Apostolurum.
En el gobierno, los duhaldistas no podían creer lo que leían:
"Vuestro país atraviesa una profunda crisis social y económica que afecta
a toda la sociedad y pone en peligro la estabilidad democráti¬ca (...) La
situación que se vive en la Argentina también puede ser causa de división y de
odios entre quienes están llamados a ser los constructores del país (...) Es
necesario un serio examen de concien¬cia sobre las responsabilidades de cada
uno y las trágicas consecuen¬cias del egoísmo insolidario, de las conductas
corruptas y de la mala administración de los bienes de la nación". ¿Por
qué el Papa había dicho lo que dijo? ¿De dónde le llegaron las informaciones?
¿Qué quiso decir en realidad cuando pocas veces en años se había ocu¬pado de la
Argentina? Las preguntas no tenían fin y el duhaldismo, con dardos lanzados por
Caselli –hoy todavía en las intimida¬des del palacio de San Pedro– sospechaba
de una conspiración, en lugar de mirar la realidad.
"Acá no hay nada nuevo, es lo que venimos diciendo hace
tiempo– comentó un integrante del Episcopado cercano a Bergoglio–. La Argentina
ha perdido el timón, hay miseria, anarquía y violencia de grupos de distintos
signos que se infiltran para provocar más desorden y caos. La situación es
peligrosísima y los que tenemos que estar con la gente somos nosotros, porque
los políticos no pueden pisar una villa por¬que los matan. En el Episcopado
tenemos encuestas, cada diócesis tiene estudios y los números son alarmantes,
estamos en caída libre y nadie sabe dónde terminamos...".
Estas informaciones llegaron a Roma anticipadamente y los mismos
obispos se encargaron de remarcarlo frente al Papa y a su entorno. Allí estaban
el argentino Leonardo Sandri, segundo se-cretario de Estado, el embajador
Espeche Gil y el Nuncio Santos Abril y Castelló.
"Santidad, nuestro país está pasando por un momento muy
difí¬cil que lo acerca a la disolución social. Llamamos a la cordura, a la
renuncia de privilegios irritantes y a la no violencia. Creemos estar haciendo
junto a los laicos que se han incorporado a este empeño, todo lo que está a
nuestro alcance para ayudar a que la Argentina vuelva a ser Nación..."
Antes de partir hacia Roma, Jorge Bergoglio, otorgó un
re¬portaje a la revista italiana 30 Giorni, del influyente grupo integrista
"Comunión y Liberación", hermanos menores del Opus Dei. Viejos
conocidos del cardenal desde la década de los setenta y a través de sus amigos
de Guardia de Hierro, quienes le abrie¬ron las puertas a su llegada a la
Argentina, en la década de los años ochenta. Cuando Antonio Quarracino, ex jefe
de Bergoglio en el arzobispado de Buenos Aires y primer contacto de Comu¬nión y
Liberación, era presidente del Consejo Episcopal Latino¬americano (CELAM), se
relacionó con sus militantes y logró que su amigo, el sindicalista en auge,
Saúl Ubaldini, fuera reporteado en la revista y lo mencionaran como el
"Walesa argentino". Quarracino había conocido en Rímini, Italia, al
padre Luigi Luciani, creador de la orden, amigo del Papa y al filósofo italiano
Rocco Butiglioni –ideólogo del grupo– y hoy Ministro de Re¬laciones
Comunitarias de "II Cavalierí", Silvio Berlusconi.
"La Conferencia Episcopal describió en la carta al pueblo
de Dios del 17 de noviembre de 2001, los muchos aspectos de esta crisis
in¬mensa: concepción mágica del Estado, despilfarro de los dineros pú¬blicos,
liberalismo extremo mediante la tiranía de mercado, evasión de impuestos, falta
de respeto a la ley, pérdida del sentido del trabajo. En una palabra, una
corrupción generalizada que mina la cohesión de la nación y nos desprestigia
ante el mundo. Éste es el diagnóstico. Si vamos al fondo, el problema de la
Argentina es un problema mo¬ral, un problema ético (...) Al comprometerse en
este intento común para salir de la crisis en la Argentina tiene siempre
presente lo que enseña la tradición de la Iglesia, que reconoce la opresión del
pobre y el fraude en el plano de los obreros como dos pecados que claman
venganza ante Dios. Estas dos fórmulas tradicionales son de total actualidad en
el magisterio del Episcopado Argentino. Estamos can¬sados de sistemas que
producen pobres para que luego la Iglesia los mantenga", dijo el cardenal
a 30 Giorni y voló a Roma a encon¬trarse con el Papa.
Relaciones Sagradas
"En la década del '70 el país sufrió un período de
violencia, de violaciones de los derechos humanos y se produjo un dramático
enfrentamiento entre hermanos que ha dejado como secuela un abismo de
resentimiento, de rencor y hasta de odio. La Argentina no puede enfrentarse al
nuevo milenio con ese cáncer pernicioso en sus tejidos sociales; la comunidad
cristiana no puede celebrar los dos mil años de la encarnación redentora sin
demoler ese muro de odio y alcanzar la gracia de la reconciliación", fue
parte del legado del mensaje que el Papa envió al Encuentro Eucarístico
Nacional, el 9 de septiembre en Córdoba, y leído por el cardenal venezolano
Rosalío Castillo Lara. "El perdón no elude la justicia pero sí hace que la
exigencia de justicia no sea una venganza disfrazada. "
El parque Sarmiento en la ciudad de Córdoba albergó a más de
ciento cincuenta mil fieles que cantaron Sólo le pido a Dios, tomados de las
manos. Estanislao Karlic fue el encargado de leer el documento de "pedido
de perdón" por los lacerantes años de la dictadura, que confeccionaron los
obispos cordobeses, junto a un grupo de sacerdotes, monjas y laicos. Se rindió
homenaje al obispo Enrique Angelelli y al salvadoreño Oscar Arnulfo Rome¬ro,
asesinado por parapoliciales.
Habían pasado demasiados años y el horror había calado pro¬fundo
en la sociedad argentina. Un cuarto de siglo desde aquel fatídico 24 de marzo
de 1976 cuando el ultracatólico general Jorge Videla y los miembros de la Junta
Militar, se reunieron con la cúpula de la Iglesia Católica para iniciar, con su
bendición, una masacre –en defensa de la civilización occidental y cristiana–
que dejaría miles de muertos y desaparecidos. ¿Era muy tarde? Qui¬zá para
muchos sí. Dicen que mejor tarde que nunca, pero es cierto que la Iglesia como
institución debe una explicación más somera y clara en cuanto a los términos
–nunca se menciona la palabra "des¬aparecido", por ejemplo– menos
ambigua, más certera, con la mano en el corazón, sobre el papel fundamental –e institucional–
que jugó frente al golpe de 1976 y el aliento a los represores. Es cierto que
más de la mitad de los obispos argentinos que integran la Con¬ferencia
Episcopal no habían sido consagrados cuando la violencia azotaba las calles y
tampoco cuando la democracia llegó en diciem¬bre de 1983. Y que la mayoría de
los titulares de las diócesis de esos tiempos ya no están o están muertos o
están retirados. Por ejemplo sus "Eminencias", los monseñores Bonamín
y Tórtolo. Lo que que¬dó fuera del pedido de perdón, fue la intención de
trabajar en la posibilidad de abrir los archivos que puedan suministrar –a
través de los capellanes militares– información a los familiares sobre las
víctimas y sobre los niños desaparecidos.
Por esos días, en el diario El País de España, en un artículo
que lleva como título "El perdón nunca es suficiente", se reprodu¬cen
opiniones de filósofos argentinos y españoles sobre la vigen¬cia del Holocausto
en las dictaduras latinoamericanas. "El Holo¬causto no terminó en 1945
–dicen– sino que ha renacido bajo formas espeluznantes en las dictaduras de
América latina, donde grandes tramos de la sociedad han sufrido represión y el
exterminio en las últimas décadas. Esa técnica que han decidido usar hoy los
verdugos, ese pedir perdón que se está generalizando da miedo. Es un acto
demasiado tenue a un costo muy bajo", dijo Antonio Gimeno, filósofo del
Consejo Superior de Investigaciones Científicas. "Hace pocos días, el
Ejército y el Episcopado argentinos pidieron perdón por su responsabilidades en
la dictadura. El gesto tiene su valor, pero una cosa es pedir perdón y otra
mirar el mundo con los ojos de las víctimas", aseguró el filósofo español
Reyes Mate.
"Porque sentimos dolor frente a la violación de los
derechos humanos fundamentales. Porque el mal de la violencia, fruto de
ideologías de diversos signos, se hizo presente en distintas épocas políticas,
particu¬larmente la violencia guerrillera y la represión ilegítima, que
enlu¬taron a nuestra patria. Porque en diferentes momentos de nuestra historia,
hemos sido indulgentes, con posturas totalitarias, lesionan¬do libertades
democráticas que brotan de la dignidad humana. Por¬que con algunas acciones u
omisiones hemos discriminado a muchos de nuestros hermanos, sin comprometernos
suficientemente en la defensa de sus derechos. Supliquemos a Dios, Señor de la
Historia, que acepte nuestro arrepentimiento y sane las heridas de nuestro
pueblo. Padre, tenemos el deber de acordarnos ante Ti, de aquellos hechos
dramáticos y crueles. Te pedimos perdón por los silencios res¬ponsables y por
la participación efectiva de muchos de tus hijos en tanto desencuentro
político, en el atropello a las libertades, en la tortura y la delación, en la
persecución política y la intransigencia ideológica, en las luchas y las
guerras y la muerte absurda que ensan¬grentaron a nuestro país. Padre bueno y
lleno de amor, perdónanos y concédenos la gracia de refundar los vínculos
sociales y de sanar las heridas todavía abiertas de tu comunidad", según
se lee en el Ca¬pítulo V del documento episcopal, Confesión de los pecados
con¬tra los derechos humanos.
El pedido de perdón de los obispos provocó controversias y
críti¬cas de los organismos defensores de los derechos humanos. El CELS (Centro
de Estudios Legales y Sociales) y las Madres Línea Funda¬dora, reclamaron por
"acciones más concretas" como la apertura de los archivos que la
Iglesia "posee sobre desaparecidos de la última dictadura militar".
Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz, lo sintió "insuficiente y
poco sincero". Carlos Ruckauf, entonces Gobernador de la Provincia de
Buenos Aires, dijo que la declaración era una "bocanada de aire fresco y
el mayor gesto de bondad, humildad e inteli¬gencia de uno de los pilares de la
sociedad". Fernando de la Rúa, en viaje a China desde Canadá, habló
profundo, como siempre: "Hay que apreciar y valorar el gesto de la
Iglesia, que interpreta el sentimiento de la mayoría de los argentinos ".
Jorge Casaretto creyó ver en el docu¬mento el hilo conductor de la
reconciliación argentina: "¿Podríamos resignarnos a no avanzar en este camino
de reconciliación histórica porque no se han podido superar los escollos del
esclarecimiento total de la verdad y la realización plena de la
justicia?". Jorge Bergoglio también vio en el acto un camino abierto a la
reconciliación y aseguró que a cualquiera que estuvo presente, sea católico o
no, "se le tiene que conmover las entrañas".
Al margen de las críticas, Bergoglio continúa con su estilo de
conducción y acumulación de poder. Aunque alejado de la Com¬pañía de Jesús, no
deja de ser un miliciano de la orden, con muy buena muñeca en el manejo de las
cuestiones terrenales.
En el mes de junio de 2000, Bergoglio recibió una sorpresiva
visita.
Los máximos jefes militares, el general Ricardo Brinzone, Jefe
del Ejército y los Jefes de Estado Mayor, general Juan Carlos Mugnolo; de la
Armada, almirante Joaquín Stella y de la Fuerza Aérea, Walter Barbero, hablaron
con el arzobispo sobre la posi¬bilidad de implementar una especie de mesa del
diálogo "a la argentina" (una copia de la que funciona en Chile) en
la que, ante sacerdotes y obispos, militares argentinos involucrados en la
guerra sucia, confesaran sus crímenes, con garantía judicial de que luego no
serían encarcelados por los mismos. Según Brinzone –que tiene una antigua
amistad con Bergoglio y a quien los organismos de derechos humanos vinculan con
la masacre de Margarita Belén, en el Chaco, donde fueron fusilados detenidos
políticos– la idea de esta "mesa" era colaborar en la
"reconcilia¬ción nacional". Pero la misma no prosperó, ya que los
organis¬mos de derechos humanos insisten en buscar la verdad a través de la
justicia y los militares involucrados se niegan a colaborar con su jefe. Aun así,
al arzobispo de Buenos Aires no le disgusta¬ba para nada la idea de ser
protagonista de semejante aconteci¬miento. Siempre pensó que "debía haber
memoria completa para la resolución del pasado doloroso de la Argentina ".
El 9 de octubre de 1999, Bergoglio había participado de la
mar¬cha que trasladaba los restos del sacerdote Carlos Mugica del ce¬menterio
de la Recoleta hasta la villa 31 de Retiro. Los sacerdotes jóvenes del lugar,
que lo idolatran, aseguraron que lo vieron muy perturbado y con lágrimas en los
ojos. Y que gracias a su gestión los restos pudieron ser llevados al lugar
donde Mugica trabajó gran parte de su vida. Marta, hermana del líder de los
Sacerdotes para el Tercer Mundo, asesinado en la década de los años setenta,
también reconoce sentir un gran afecto por Bergoglio y cuestio¬na severamente a
aquellos que lo critican. "Sólo yo sé todo lo que se preocupó por los
restos de mi hermano. Gracias a él, Carlos descansa en la villa que tanto
amaba. Es cierto que está muy cuestionado dentro de la Compañía y seguramente
algunos tienen razón. Yo les pregunto si los hombres como él no tienen derecho
a cambiar, a mo¬dificar cosas de su pasado. Aquellos años fueron terribles para
todos y todos cambiamos, ¿por qué Jorge no puede cambiar? ¿Por qué razón no
puede pensar diferente?"
"Oremos por los asesinos materiales, por los ideólogos del
crimen del padre Carlos y por los silencios cómplices de gran parte de la
sociedad y de la Iglesia", dijo Jorge Bergoglio en la misa en home¬naje a
Mugica, en medio de los aplausos.
También participó de la misa de homenaje a los sacerdotes
Palotinos asesinados en 1976 y no sólo eso, sino que según informa¬ciones que
me suministraron palotinos que viven en la Casa de la Congregación en Roma,
Bergoglio esta "monitoreando" personalmen¬te ante el Vaticano, una
iniciativa de los palotinos, para que los ase¬sinados por los militares sean
nombrados mártires de la Iglesia. Uno de ellos, era amigo de Bergoglio y se
confesaba con él.
"La Historia eclesiástica argentina de los años sesenta y
seten¬ta está constelada de tormentos y de dramas, de heridas a menu¬do
imposibles de curar; con frecuencia de violentas laceraciones. Desde el campo
teológico hasta el político, desde el terreno institucional hasta el social, el
mundo católico de la época parece un campo de batalla: la jerarquía fracturada,
el clero dividido y en rebeldía, las vocaciones en crisis, el laicado falto de
confianza o politizado sobre telón de fondo de un enfrentamiento generacional,
cultural, ideológico y político más profundo...", afirman Roberto Di
Stéfano y Loris Zanatta, en el libro Vida y Pasión del clero criollo.
Clelia Luro, esposa y compañera de monseñor Jerónimo Podestá
cuenta una anécdota interesante. El 23 de junio del año 2000, a los 79 años y
víctima de una insuficiencia respiratoria, en la Clínica San Camilo de Buenos
Aires, murió el ex obispo de Avellaneda, un hombre pacífico de actitudes
revolucionarias, polémico y transgresor, tan católico como crítico de la
Iglesia. A los pocos días de su muerte Clelia relató: "La jerarquía
eclesiásti¬ca abandonó a Jerónimo y a mí siempre me ignoraron. Pero es justo
decir que el único que lo acompañó mientras él estuvo internado y que me llama
todos los días para ver cómo estoy, es Jorge Bergoglio. El lo acompañó como un
verdadero hermano. No hizo declaraciones públicas y a mí tampoco me interesa.
Yo le estoy eternamente agrade¬cida porque fue quien gestionó frente a las
monjitas de la clínica para que yo pudiera compartir con Jerónimo sus últimos
momentos. No te olvides que él siguió siendo obispo y murió como tal. Y
enton¬ces según las reglas, yo no debía estar. No era nadie. Y Bergoglio lo
logró. Sin decírmelo, él me reconoció como lo que fui: la mujer de Jerónimo, el
gran amor de su vida".
Fortunato Mallimaci, experto en temas del catolicismo y de¬cano
de la facultad de Ciencias Sociales de la UBA escribió:
"En un contexto de decadencia, pobreza, angustia
generaliza¬da y pérdida de espectativas, las instituciones cristianas, y en
es¬pecial la Iglesia católica, aparece encabezando el ranking de ima¬gen
positiva en casi todas las encuestas como una de las institu¬ciones más
creíbles. En el caso actual de los obispos católicos que debido a la crisis de
representación de los dirigentes políticos y un Estado ausente pueden funcionar
tanto como reguladores del con¬flicto social o como administradores del descontento.
Se dibuja así el intento de creación de una nueva identidad católica en una
sociedad desencantada. Vemos cómo se diseña institucionalmente un proyecto de
compromiso social donde pri¬man las organizaciones cuyo ejemplo típico es
Caritas con su "so¬lidaridad asistencial". El discurso es
mayoritariamente de reafirmación de certezas, esto quiere decir que las
respuestas a lo social van junto con propuestas culturales y políticas de raíz
católica.
"Este discurso vuelve a cobrar fuerza especialmente con el
peso creciente de la institución del actual arzobispo de Buenos Aires,
ca¬racterizado históricamente por sus posturas integralistas de derecha y sus
relaciones con sectores militaristas. Al mismo tiempo que "denuncia a los
ricos y rinde homenaje a los sacerdotes asesinados" exige educación
católica en las escuelas públicas, hace saber a las clases dirigentes sus
prevenciones acerca de sectores políticos con posturas progresistas, se
relaciona con los jerarcas "militares para pedir memoria completa (y
deslegitimar a los organismos de Derechos Huma¬nos) y trata de impedir los
programas de salud reproductiva. "
¿Ángel o demonio? ¿Integralista, ortodoxo, conservador o cua¬dro
de la Compañía? A Jorge Bergoglio no parece importarle mucho. Qué más da. De él
y solamente de él, depende su pre-sente y su futuro eclesiático. Ha logrado
bastante y algunos im¬posibles: juntar a casi todos en un discurso común. Y
cumple a rajatabla sus votos: pobreza, castidad y obediencia. Cada cele-bración
de Semana Santa, cada Navidad, se mete en un hospital de niños pobres y
desahuciados o en una cárcel, o en el hospital Muñiz y arrodillado, lava los
pies a los enfermos y condenados. Detesta a los políticos y no deja de
mencionarlo en cada discur¬so. Las críticas le duelen, pero disimula bien como
digno hijo de San Ignacio. "El silencio es la mejor respuesta", me
dijo una tarde cuando le pregunté acerca de las versiones que circulaban.
"No haga caso, no hay que dejarse guiar por esas cuestiones. Rece por
mí".
Agradecimientos
A los cardenales Jorge Mario Bergoglio, Raúl Fran¬cisco
Primatesta y Jorge Mejías, por su enorme pa¬ciencia.
A Monseñor Pío Laghi.
A los obispos José María Arancibia, Rafael Rey, Jorge Casaretto,
Fernando Bargalló, José María Arancedo y Justo Laguna.
A los sacerdotes Eduardo de la Serna, Orlando Yorio, Alberto
Carbone, Luis Farinello, Ignacio García Matta, José María Meiseguer, Hernán
Pérez Etchepare, Antonio Puigjane, Luis Pérez Aguirre, Julio Grassi, Guillermo
Marcó, Kevin O'Neill, John O'Connor y Pedro Trueco.
A Jerónimo Podestá y Clelia Luro, Patrick Rice, Rubén Dri y
Miguel Ramondetti, Domingo y Matilde Quarracino y Marta Mugica.
A las hermanas Martha Pelloni y Leonor Caravelli. A la
Congregación de los sacerdotes Palotinos, en Roma.
Al padre Arturo Díaz, titular de la Congregación de los
Legionarios de Cristo en Argentina.
A los compañeros de los archivos del CIAS y el CELS.
A Jesús María Plaza, especialmente.
A Marcelo Zlotowiazda, por su infinita generosidad.
A Abuelas y Madres de Plaza de Mayo.
A Alicia Azcúa, de la Dirección de Derechos Hu¬manos de la
Municipalidad de La Plata.
A periodistas y productores de radio y televisión de la
provincia de Santa Fe, que ayudaron tanto.
A laicos y seminaristas comprometidos de la pro¬vincia de Santa
Fe, que desgranaron una historia denigrante de abusos y todavía aguardan una
res¬puesta oficial de la Iglesia.
A Olga y Roxana, de la oficina de prensa de la Conferencia
Episcopal Argentina.
A Willie Schavelzon, por su incansable apoyo.
A mis editoras –y amigas– Ana María Bertolini y Carolina Di
Bella, por estar día y noche, involucradas en esta historia difícil y
apasionante.
A Blanca Rosa Roca, Pablo Dittborn y Carlos Ra¬mos, de Ediciones
B, por creer en mí.
A Elena Goñi y Ricardo Capelli, muchas gracias.
A Sylvina Walger, Miriam Lewin, Jorge Fernández Díaz, Bartolomé
de Vedia, Elisabetta Piqué, Julio Bárbaro, Natasha Niebieskikwiat, Sergio
Rubín, Fabián Kovacic, Gabriel Seisdedos, Bruno Pasarelli, Roberto Baschetti,
Emilio Corbiére, Claudia Selser, Walter Goobar, Viviana Gorbato, Juani
Bettanin, Mora Cordeu, Juan Carlos Dante Gullo, Juan Bau¬tista Yofe, Jaime
Cesio, Roberto Perdía y Mario Montoto.
A las innumerables fuentes que colaboraron y pre¬firieron
permanecer en el anonimato, en la Argen¬tina y en el Vaticano.
A Jorge Lanata, por todo.
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Memorias del miedo, Andrew Graham Yool, Ed. de Belgrano.
Menem, entre Dios y el diablo, Alfredo Leuco y José Antonio
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Montoneros, soldados de Menem. ¿Soldados de Duhalde?, Viviana
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Nacionalismo y Liberación, J. J. Hernández Arregui.
No dejes que te la cuenten. Violencia y Política en los '70,
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Nos habíamos juzgado tanto, Rolando Concatti, Canto Rodado.
Nuevo diccionario de Liturgia, D. Sartore, A. M. Triaca y A. M.
Ca¬ñáis, San Pablo.
Nuevos diálogos. Una mirada sobre los grnades temas,
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