Libro N° 6018. Romeo Y Julieta. Shakespeare, William.
© Libro N° 6018.
Romeo Y Julieta. Shakespeare,
William. Emancipación. Mayo 18 de 2019.
Título
original: © Romeo Y Julieta. William Shakespeare
Versión Original: © Romeo Y Julieta. William Shakespeare
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ROMEO Y JULIETA
William Shakespeare
Romeo
y Julieta
DRAMATIS
PERSONAE
El
CORO
ROMEO
MONTESCO,
su padre
SEÑORA
MONTESCO
BENVOLIO,
sobrino de Montesco
ABRAHAN,
criado de Montesco
BALTASAR,
criado de Romeo
JULIETA
CAPULETO,
Su padre
SEÑORA
CAPULETO
TEBALDO,
su sobrino
PARIENTE
DE CAPULETO
El
AMA de Julieta
PEDRO
criado de Capuleto
SANSÓN criado de Capuleto
GREGORIO
criado de Capuleto
Della
Scala, PRINCIPE de Verona
MERCUCIO pariente del Príncipe
El
Conde PARIS pariente del Príncipe
PAJE
de Paris
FRAY
LORENZO
FRAY
JUAN
Un
BOTICARIO
Criados,
músicos, guardias, ciudadanos, máscaras, etc.
LA
TRAGEDIA DE ROMEO Y JULIETA
PRÓLOGO
[Entra] el CORO ..
CORO
En
Verona, escena de la acción,
dos
familias de rango y calidad
renuevan
viejos odios con pasión
y
manchan con su sangre la ciudad.
De
la entraña fatal de estos rivales
nacieron
dos amantes malhadados,
cuyas
desgracias y funestos males
enterrarán
conflictos heredados.
El
curso de un amor de muerte herido
y
una ira paterna tan extrema
que
hasta el fin de sus hijos no ha cedido
será
en estas dos horas . nuestro tema.
Si
escucháis la obra con paciencia,
nuestro
afán salvará toda carencia.
[Sale.]
I.i Entran SANSÓN y GREGORIO, de la casa de los
Capuletos, armados con espada y escudo.
SANSÓN
Gregorio,
te juro que no vamos a tragar saliva.
GREGORIO
No, que
tan tragones no somos.
SANSÓN
Digo
que si no los tragamos, se les corta el cuello.
GREGORIO
Sí,
pero no acabemos con la soga al cuello.
SANSÓN
Si me
provocan, yo pego rápido.
GREGORIO
Sí,
pero a pegar no te provocan tan rápido.
SANSÓN
A mí me
provocan los perros de los Montescos.
GREGORIO
Provocar
es mover y ser valiente, plantarse, así que si te provocan, tú sales corriendo.
SANSÓN
Los
perros de los Montescos me mueven a plantar¬me. Con un hombre o mujer de los
Montescos me agarro a las paredes.
GREGORIO
Entonces
es que te pueden, porque al débil lo em¬pujan contra la pared.
SANSÓN
Cierto,
y por eso a las mujeres, seres débiles, las empujan contra la pared. Así que yo
echaré de la pared a los hombres de Montesco y empujaré contra ella a las
mujeres.
GREGORIO
Pero la
disputa es entre nuestros amos y nosotros, sus criados.
SANSÓN
Es
igual; me portaré como un déspota. Cuando haya peleado con los hombres, seré
cortés con las donce¬llas: las desvergaré.
GREGORIO
¿Desvergar
doncellas?
SANSÓN
Sí,
desvergar o desvirgar. Tómalo por donde quieras.
GREGORIO
Por dónde lo sabrán las que lo prueben.
SANSÓN
Pues me
van a probar mientras este no se encoja, y ya se sabe que soy más carne que
pescado.
GREGORIO
Menos
mal, que, si no, serías un merluzo. Saca el hierro, que vienen de la casa de
Montesco.
Entran
otros dos criados [uno llamado
ABRAHAM
.
SANSÓN
Aquí está mi arma. Tú pelea; yo te guardo las
es¬paldas.
GREGORIO
¿Para volver las tuyas y huir?
SANSÓN
Descuida, que no.
GREGORIO
No, contigo no me descuido.
SANSÓN
Tengamos la ley de nuestra parte: que empiecen
ellos.
GREGORIO
Me pondré ceñudo cuando pase por su lado, y
que se lo tomen como quieran.
SANSÓN
Si se atreven. Yo les haré burla ., a ver si
se dejan insultar.
ABRAHÁN
¿Nos hacéis burla, señor?
SANSóN
Hago burla.
ABRAHÁN
¿Nos hacéis burla a nosotros, señor?
SANSÓN
[aparte a GREGORIO]
¿Tenemos la ley de nuestra parte si digo que
sí?
GREGORIO
[aparte a SANSÓN]
No.
SANSÓN
No, señor, no os hago burla. Pero hago burla,
señor.
GREGORIO
¿Buscáis pelea?
ABRAHÁN
¿Pelea? No, señor.
SANSÓN
Mas si la buscáis, aquí estoy yo: criado de
tan buen amo como el vuestro.
ABRAHÁN
Mas no mejor.
SANSÓN
Pues...
Entra
BENVOLIO.
GREGORIO
[aparte a SANSóN]
Di que mejor: ahí viene un pariente del amo ..
SANSÓN
Sí, señor: mejor.
ABRAHÁN
¡Mentira!
SANSÓN
Desenvainad si sois hombres. Gregorio,
recuerda tu mandoble.
Pelean.
BENVOLIO
[desenvaina]
¡Alto, bobos! Envainad; no sabéis lo que
hacéis.
Entra
TEBALDO.
TEBALDO
¿Conque
desenvainas contra míseros esclavos?
Vuélvete,
Benvolio, y afronta tu muerte.
BENVOLIO
Estoy
poniendo paz. Envaina tu espada
o
ven con ella a intenta detenerlos.
TEBALDO
¿Y
armado hablas de paz? Odio esa palabra
como
odio el infierno, a ti y a los Montescos.
¡Vamos,
cobarde!
[Luchan.]
Entran
tres o cuatro CIUDADANOS con palos.
CIUDADANOS
¡Palos,
picas, partesanas! ¡Pegadles! ¡Tumbadlos!
¡Abajo
con los Capuletos! ¡Abajo con los Montescos!
Entran
CAPULETO, en bata ., y su espo¬sa
[la
SEÑORA CAPULETO].
CAPULETO
¿Qué ruido es ese? ¡Dadme mi espada de guerra!
SEÑORA
CAPULETO
¡Dadle una muleta! ¿Por qué pides la espada?
Entran
MONTESCO y su esposa
[la
SEÑO¬RA MONTESCO].
CAPULETO
¡Quiero mi espada! ¡Ahí está Montesco,
blandiendo su arma en desafío!
MONTESCO
¡Infame
Capuleto! ¡Suéltame, vamos!
SEÑORA
MONTESCO
Contra tu enemigo no darás un paso.
Entra
el PRINCIPE DELLA SCALA, con su séquito.
PRÍNCIPE
¡Súbditos
rebeldes, enemigos de la paz,
que
profanáis el acero con sangre ciudadana! –
¡No
escuchan! ¡Vosotros, hombres, bestias,
que
apagáis el ardor de vuestra cólera
con
chorros de púrpura que os salen de las venas!
¡Bajo
pena de tormento, arrojad de las manos
sangrientas
esas mal templadas armas
y
oíd la decisión de vuestro Príncipe!
Tres
refriegas, que, por una palabra de nada,
vos
causasteis, Capuleto, y vos, Montesco,
tres
veces perturbaron la quietud de nuestras calles
e
hicieron que los viejos de Verona
prescindiesen
de su grave indumentaria
y
con viejas manos empuñasen viejas armas,
corroídas
en la paz, por apartaros
del
odio que os corroe. Si causáis
otro
disturbio, vuestra vida será el precio.
Por
esta vez, que todos se dispersen.
Vos,
Capuleto, habréis de acompañarme.
Montesco,
venid esta tarde a Villa Franca .,
mi
Palacio de Justicia, a conocer
mis
restantes decisiones sobre el caso.
¡Una
vez más, bajo pena de muerte, dispersaos!
Salen
[todos, menos MONTESCO, la
SE„ORA
MONTESCO y BENVOLIO].
MONTESCO
¿Quién
ha renovado el viejo pleito?
Dime,
sobrino, ¿estabas aquí cuando empezó?
BENVOLIO
Cuando
llegué, los criados de vuestro adversario
estaban
enzarzados con los vuestros.
Desenvainé
por separarlos. En esto apareció
el
fogoso Tebaldo, espada en mano,
y la
blandía alrededor de la cabeza,
cubriéndome
de insultos y cortando el aire,
que,
indemne, le silbaba en menosprecio.
Mientras
cruzábamos tajos y estocadas,
llegaron
más, y lucharon de uno y otro lado
hasta
que el Príncipe vino y pudo separarlos.
SEÑORA
MONTESCO
¿Y
Romeo? ¿Le has visto hoy? Me alegra
el
ver que no ha estado en esta pelea.
BENVOLIO
Señora,
una hora antes de que el astro rey
asomase
por las áureas ventanas del oriente,
la
inquietud me empujó a pasear.
Entonces,
bajo unos sicamores
que
crecen al oeste de Verona,
caminando
tan temprano vi a vuestro hijo.
Fui
hacia él, que, advirtiendo mi presencia,
se
escondió en el boscaje.
Medí
sus sentimientos por los míos,
que
ansiaban un espacio retirado
(mi
propio ser entristecido me sobraba),
seguí
mi humor al no seguir el suyo .
y
gustoso evité a quien por gusto me evitaba.
MONTESCO
Le
han visto allí muchas mañanas, aumentando
con
su llanto el rocío de la mañana,
añadiendo
a las nubes sus nubes de suspiros.
Mas,
en cuanto el sol, que todo alegra,
comienza
a descorrer por el remoto oriente
las
oscuras cortinas del lecho de Aurora,
mi
melancólico hijo huye de la luz
y se
encierra solitario en su aposento,
cerrando
las ventanas, expulsando toda luz
y
creándose una noche artificial ..
Este
humor será muy sombrío y funesto
si
la causa no la quita el buen consejo.
BENVOLIO
Mi
noble tío, ¿conocéis vos la causa?
MONTESCO
Ni
la conozco, ni por él puedo saberla.
BENVOLIO
¿Le
habéis apremiado de uno a otro modo?
MONTESCO
Sí,
y también otros amigos,
mas
él sólo confía sus sentimientos
a sí
mismo, no sé si con acierto,
y se
muestra tan callado y reservado,
tan
insondable y tan hermético
como
flor comida por gusano
antes
de abrir sus tiernos pétalos al aire
o al
sol ofrecerle su hermosura.
Si
supiéramos la causa de su pena,
le
daríamos remedio sin espera.
Entra
ROMEO.
BENVOLIO
Ahí
viene. Os lo ruego, poneos a un lado:
me
dirá su dolor, si no se ha obstinado.
MONTESCO
Espero
que, al quedarte, por fin oigas
su
sincera confesión. Vamos, señora.
Salen
[MONTESCO y la
SEÑORA
MON¬TESCO].
BENVOLIO
Buenos días, primo.
ROMEO
¿Ya es tan de mañana?
BENVOLIO
Las nueve ya han dado.
ROMEO
¡Ah! Las horas tristes se alargan.
¿Era mi padre quien se fue tan deprisa?
BENVOLIO
Sí. ¿Qué tristeza alarga las horas de Romeo?
ROMEO
No tener lo que, al tenerlo, las abrevia.
BENVOLIO
¿Enamorado?
ROMEO
Cansado.
BENVOLIO
¿De amar?
ROMEO
De
no ser correspondido por mi amada.
BENVOLIO
¡Ah!
¿Por qué el amor, de presencia gentil,
es
tan duro y tiránico en sus obras?
ROMEO
¡Ah!
¿Por qué el amor, con la venda en los ojos,
puede,
siendo ciego imponer sus antojos?
¿Dónde
comemos? .. ¡Ah! ¿Qué pelea ha habido?
No
me lo digas, que ya lo sé todo.
Tumulto
de odio, pero más de amor.
¡Ah,
amor combativo! ¡Ah, odio amoroso!
¡Ah,
todo, creado de la nada!
¡Ah,
grave levedad, seria vanidad, caos deforme
de
formas hermosas, pluma de plomo,
humo
radiante, fuego glacial, salud enfermiza,
sueño
desvelado, que no es lo que es!
Yo
siento este amor sin sentir nada en él.
¿No
te ríes?
BENVOLIO
No,
primo; más bien lloro.
ROMEO
¿Por
qué, noble alma?
BENVOLIO
Porque
en tu alma hay dolor.
ROMEO
Así
es el pecado del amor:
mi
propio pesar, que tanto me angustia,
tú
ahora lo agrandas, puesto que lo turbas
con
el tuyo propio. Ese amor que muestras
añade
congoja a la que me supera.
El
amor es humo, soplo de suspiros:
se
esfuma, y es fuego en ojos que aman;
refrénalo,
y crece como un mar de lágrimas.
¿Qué
cosa es, si no? Locura juiciosa,
amargor
que asfixia, dulzor que conforta.
Adiós,
primo mío.
BENVOLIO
Voy contigo, espera;
injusto
serás si ahora me dejas.
ROMEO
¡Bah!
Yo no estoy aquí, y me hallo perdido.
Romeo
no es este: está en otro sitio.
BENVOLIO
Habla
en serio y dime quién es la que amas.
ROMEO
¡Ah!
¿Quieres oírme gemir?
BENVOLIO
¿Gemir? No: quiero que digas en serio quién
es.
ROMEO
Pídele
al enfermo que haga testamento;
para
quien tanto lo está, es un mal momento.
En
serio, primo, amo a una mujer.
BENVOLIO
Por ahí apuntaba yo cuando supe que amabas.
ROMEO
¡Buen tirador! Y la que amo es hermosa.
BENVOLIO
Si el blanco es hermoso, antes se acierta.
ROMEO
Ahí
has fallado: Cupido no la alcanza
con
sus flechas; es prudente cual Diana:
su
casta coraza la protege tanto
que
del niño Amor no la hechiza el arco.
No
puede asediarla el discurso amoroso,
ni
cede al ataque de ojos que asaltan,
ni
recoge el oro que tienta hasta a un santo.
En
belleza es rica y su sola pobreza
está
en que, a su muerte, muere su riqueza.
BENVOLIO
¿Así que ha jurado vivir siempre casta?
ROMEO
Sí,
y con ese ahorro todo lo malgasta:
matando
lo bello por severidad
priva
de hermosura a la posteridad.
Al
ser tan prudente con esa belleza
no
merece el cielo, pues me desespera.
No
amar ha jurado, y su juramento
a
quien te lo cuenta le hace vivir muerto.
BENVOLIO
Hazme
caso y no pienses más en ella.
ROMEO
Enséñame
a olvidar.
BENVOLIO
Deja
en libertad a tus ojos:
contempla
otras bellezas.
ROMEO
Así
estimaré la suya en mucho más.
Esas
máscaras negras que acarician
el
rostro de las bellas nos traen al recuerdo
la
belleza que ocultan. Quien ciego ha quedado
no
olvida el tesoro que sus ojos perdieron.
Muéstrame
una dama que sea muy bella.
¿Qué
hace su hermosura sino recordarme
a la
que supera su belleza?
Enseñarme
a olvidar no puedes. Adiós.
BENVOLIO
Pues
pienso enseñarte o morir tu deudor.
Salen.
I.ii Entran CAPULETO, el Conde PARIS y el gracioso
[CRIADO de Capuleto].
CAPULETO
Montesco
está tan obligado como yo,
bajo
la misma pena. A nuestros años
no
será difícil, creo yo, vivir en paz.
PARIS
Ambos
gozáis de gran reputación y es lástima
que
llevéis enfrentados tanto tiempo.
En
fin, señor, ¿qué decís a este pretendiente?
CAPULETO
Lo
que ya he dicho antes:
mi
hija nada sabe de la vida;
aún
no ha llegado a los catorce.
Dejad
que muera el esplendor de dos veranos
y
habrá madurado para desposarse.
PARIS
Otras
más jóvenes ya son madres felices.
CAPULETO
Quien
pronto se casa, pronto se amarga.
Mis
otras esperanzas las cubrió la tierra;
ella
es la única que me queda en la vida.
Mas
cortejadla, Paris, enamoradla,
que
en sus sentimientos ella es la que manda.
Una
vez que acepte, daré sin reservas
mi
consentimiento al que ella prefiera.
Esta
noche doy mi fiesta de siempre,
a la
que vendrá multitud de gente,
y
todos amigos. Uníos a ellos
y
con toda el alma os acogeremos.
En
mi humilde casa esta noche ved
estrellas
terrenas el cielo encender.
La
dicha que siente el joven lozano
cuando
abril vistoso muda el débil paso
del
caduco invierno, ese mismo goce
tendréis
en mi casa estando esta noche
entre
mozas bellas. Ved y oíd a todas,
y
entre ellas amad a la más meritoria;
con
todas bien vistas, tal vez al final
queráis
a la mía, aunque es una más.
Venid
vos conmigo. [Al CRIADO.] Tú ve por Verona,
recorre
sus calles, busca a las personas
que
he apuntado aquí; diles que mi casa,
si
bien les parece, su presencia aguarda.
Sale [con el Conde PARIS].
CRIADO
¡Que
busque a las personas que ha apuntado aquí! Ya lo dicen: el zapatero, a su
regla; el sastre, a su horma; el pescador, a su brocha, y el pintor, a su red.
Pero a mí me mandan que busque a las personas que ha apuntado, cuando no sé
leer los nombres que ha escrito el escribiente. Preguntaré al instruido.
Entran
BENVOLIO y ROMEO.
¡Buena ocasión!
BENVOLIO
Vamos,
calla: un fuego apaga otro fuego;
el
pesar de otro tu dolor amengua;
si
estás mareado, gira a contrapelo;
la
angustia insufrible la cura otra pena.
Aqueja
tu vista con un nuevo mal
y el
viejo veneno pronto morirá.
ROMEO
Las
cataplasmas son grandes remedios.
BENVOLIO
Remedios,
¿contra qué!
ROMEO
Golpe
en la espinilla.
BENVOLIO
Pero,
Romeo, ¿tú estás loco?
ROMEO
Loco,
no; más atado que un loco:
encarcelado,
sin mi alimento, azotado
y
torturado, y... Buenas tardes, amigo.
CRIADO
Buenas
os dé Dios. Señor, ¿sabéis leer?
ROMEO
Sí,
mi mala fortuna en mi adversidad.
CRIADO
Eso lo habréis aprendido de memoria. Pero, os
lo ruego, ¿sabéis leer lo que veáis?
ROMEO
Si conozco el alfabeto y el idioma, sí.
CRIADO
Está claro. Quedad con Dios.
ROMEO
Espera, que sí sé leer.
Lee
el papel.
«El
signor Martino, esposa e hijas.
El
conde Anselmo y sus bellas hermanas.
La
viuda del signor Vitruvio.
El
signor Piacencio y sus lindas sobrinas.
Mercucio
y su hermano Valentino.
Mi
tío Capuleto, esposa a hijas.
Mi
bella sobrina Rosalina y Livia.
El
signor Valentio y su primo Tebaldo.
Lucio
y la alegre Elena.»
Bella compañía. ¿Adónde han de ir?
CRIADO
Arriba.
ROMEO
¿Adónde? ¿A una cena?
CRIADO
A nuestra casa.
ROMEO
¿A casa de quién?
CRIADO
De mi amo.
ROMEO
Tenía que habértelo preguntado antes.
CRIADO
Os
lo diré sin que preguntéis. Mi amo es el grande y rico Capuleto, y si vos no
sois de los Montescos, venid a echar un trago de vino. Quedad con Dios.
Sale.
BENEVOLIO
En
el festín tradicional de Capuleto
estará
tu amada, la bella Rosalina .,
con
las más admiradas bellezas de Verona.
Tú
ve a la fiesta: con ojo imparcial
compárala
con otras que te mostraré,
y,
en lugar de un cisne, un cuervo has de ver.
ROMEO
Si
fuera tan falso el fervor de mis ojos,
que
mis lágrimas se conviertan en llamas,
y si
se anegaron, siendo mentirosos,
y
nunca murieron, cual herejes ardan.
¡Otra
más hermosa! Si todo ve el sol,
su
igual nunca ha visto desde la creación.
BENVOLIO
Te
parece bella si no ves a otras:
tus
ojos con ella misma la confrontan.
Pero
si tus ojos hacen de balanza,
sopesa
a tu amada con cualquier muchacha
que
pienso mostrarte brillando en la fiesta,
y
lucirá menos la que ahora te ciega.
ROMEO
Iré,
no por admirar a las que elogias,
sino
sólo el esplendor de mi señora.
[Salen.
]
I.iii
Entran la SEÑORA CAPULETO y el AMA.
SEÑORA
CAPULETO
Ama, ¿y mi hija? Dile que venga.
AMA
Ah,
por mi virginidad a mis doce años,
¡si
la mandé venir! ¡Eh, paloma! ¡Eh, reina!
¡Santo
cielo! ¿Dónde está la niña? ¡Julieta!
Entra
JULIETA.
JULIETA
Hola, ¿quién me llama?
AMA
Tu madre.
JULIETA
Aquí estoy, señora. ¿Qué deseáis?
SEÑORA
CAPULETO
Pues
se trata... Ama, déjanos un rato;
hemos
de hablar a solas... Ama, vuelve.
Pensándolo
bien, más vale que to oigas.
Sabes
que mi hija está en edad de merecer.
AMA
Me sé
su edad hasta en las horas.
SEÑORA
CAPULETO
Aún no
tiene los catorce.
AMA
Apuesto
catorce de mis dientes
(aunque,
¡válgame!, no me quedan más que cuatro)
a que no ha cumplido los catorce.
¿Cuánto falta para que acabe julio? ..
SEÑORA
CAPULETO
Dos semanas y pico.
AMA
Pues
con o sin pico, entre todos los días del año
la
última noche de julio cumple los catorce.
Susana
y ella (¡Señor, da paz a las ánimas!)
tenían
la misma edad. Bueno, Susana
está
en el cielo, yo no la merecía. Como digo,
la
última noche de julio cumple los catorce,
vaya
que sí; me acuerdo muy bien.
Del
terromoto hace ahora once años
y,
de todos los días del año (nunca
se
me olvidará) ese mismo día la desteté:
me
había puesto ajenjo en el pecho,
ahí
sentada al sol, bajo el palomar.
El
señor y vos estabais en Mantua
(¡qué
memoria tengo!). Pero, como digo,
en
cuanto probó el ajenjo en mi pezón
y le
supo tan amargo... Angelito,
¡hay
que ver qué rabia le dio la teta!
De
pronto el palomar dice que tiembla; desde luego,
no
hacía falta avisarme que corriese.
Y de
eso ya van once años, pues entonces
se
tenía en pie ella solita. ¡Qué digo!
¡Pero
si podía andar y correr!
El
día antes se dio un golpe en la frente,
y mi
marido (que en paz descanse,
siempre
alegre) levantó a la niña.
«Ajá»,
le dijo, «¿te caes boca abajo?
Cuando
tengas más seso te caerás boca arriba,
¿a
que sí, Juli?» . Y, Virgen santa,
la
mocosilla paró de llorar y dijo que sí.
¡Pensar
que la broma iba a cumplirse!
Aunque
viva mil años, juro que nunca
se
me olvidara. «¿A que sí, Juli?», dice.
Y la
pobrecilla se calla y le dice que sí.
SEÑORA
CAPULETO
Ya
basta. No sigas, te lo ruego.
AMA
Sí,
señora. Pero es que me viene la risa
de
pensar que se calla y le dice que sí.
Y
eso que llevaba en la frente un chichón
de
grande como un huevo de pollo;
un
golpe muy feo, y lloraba amargamente.
«Ajá»
, dice mi marido, «¿te caes boca abajo?
Cuando
seas mayor te caerás boca arriba,
¿a
que sí, Juli?» Y se calla y le dice que sí.
JULIETA
Calla
tú también, ama, te lo ruego.
AMA
¡Chsss...!
He dicho. Dios te dé su gracia;
fuiste
la criatura más bonita que crié.
Ahora
mi único deseo es vivir para verte casada.
SEÑORA
CAPULETO
Pues
de casamiento venía yo a hablar.
Dime,
Julieta, hija mía,
¿qué
te parece la idea de casarte?
JULIETA
Es
un honor que no he soñado.
AMA
¡Un
honor! Si yo no fuera tu nodriza,
diría
que mamaste listeza de mis pechos.
SEÑORA
CAPULETO
Pues
piensa ya en el matrimonio. Aquí, en Verona,
hay
damas principales, más jóvenes que tú,
que
ya son madres. Según mis cuentas,
yo
te tuve a ti más o menos a la edad
que
tú tienes ahora. Abreviando:
el
gallardo Paris te pretende.
AMA
¡Qué
hombre, jovencita! Un hombre
que
el mundo entero... ¡Es la perfección!
SEÑORA
CAPULETO
El
estío de Verona no da tal flor.
AMA
¡Eso,
es una flor, toda una flor!
SEÑORA
CAPULETO
¿Qué
dices? ¿Podrás amar al caballero?
Esta
noche le verás en nuestra fiesta ..
Si
lees el semblante de Paris como un libro,
verás
que la belleza ha escrito en él la dicha.
Examina
sus facciones y hallarás
que
congenian en armónica unidad,
y,
si algo de este libro no es muy claro,
en
el margen de sus ojos va glosado.
A
este libro de amor, que ahora es tan bello,
le
falta cubierta para ser perfecto.
Si
en el mar vive el pez, también hay excelencia
en
todo lo bello que encierra belleza:
hay
libros con gloria, pues su hermoso fondo
queda
bien cerrado con broche de oro.
Todas
sus virtudes, uniéndote a él,
también
serán tuyas, sin nada perder.
AMA
Perder,
no; ganar: el hombre engorda a la mujer.
SEÑORA
CAPULETO
En
suma, ¿crees que a Paris amarás?
JULIETA
Creo
que sí, si la vista lleva a amar.
Mas
no dejaré que mis ojos le miren
más
de lo que vuestro deseo autorice.
Entra
un CRIADO.
CRIADO
Señora,
los convidados ya están; la cena, en la mesa; preguntan por vos y la señorita;
en la despensa mal¬dicen al ama, y todo está por hacer. Yo voy a servir. Os lo
ruego, venid en seguida.
Sale.
SEÑORA
CAPULETO
Ahora mismo vamos. Julieta, te espera el
conde.
AMA
¡Vamos!
¡A gozar los días gozando las noches!
Salen.
I.iv Entran ROMEO, MERCUCIO, BENVOLIO, con
cin¬co o seis máscaras, portadores de
antorchas.
ROMEO
¿Decimos
el discurso de rigor
o
entramos sin dar explicaciones?
BENVOLIO
Hoy
ya no se gasta tanta ceremonia:
nada
de Cupido con los ojos vendados
llevando
por arco una regla pintada
y
asustando a las damas como un espantajo,
ni
tímido prólogo que anuncia una entrada
dicho
de memoria con apuntador.
Que
nos tomen como quieran. Nosotros
les
tomamos algún baile y nos vamos.
ROMEO
Dadme
una antorcha, que no estoy para bailes.
Si
estoy tan sombrío, llevaré la luz.
MERCUCIO
No,
gentil Romeo: tienes que bailar.
ROMEO
No,
de veras. Vosotros lleváis calzado
de
ingrávida suela, pero yo del suelo
no
puedo moverme, de tanto que me pesa el alma.
MERCUCIO
Tú, enamorado, pídele las alas a Cupido
y toma vuelo más allá de todo salto.
ROMEO
El
vuelo de su flecha me ha alcanzado
y ya
no puedo elevarme con sus alas,
ni
alzarme por encima de mi pena,
y
así me hundo bajo el peso del amor.
MERCUCIO
Para hundirte en amor has de hacer peso:
demasiada carga para cosa tan tierna.
ROMEO
¿Tierno el amor? Es harto duro,
harto áspero y violento, y se clava como
espina.
MERCUCIO
Si
el amor te maltrata, maltrátalo tú:
si
se clava, lo clavas y lo hundes.
Dadme
una máscara, que me tape el semblante:
para
mi cara, careta. ¿Qué me importa ahora
que
un ojo curioso note imperfecciones?
Que
se ruborice este mascarón.
BENVOLIO
Vamos,
llamad y entrad. Una vez dentro,
todos
a mover las piernas.
ROMEO
Dadme
una antorcha. Que la alegre compañía
haga
cosquillas con sus pies a las esteras .,
que
a mí bien me cuadra el viejo proverbio:
bien
juega quien mira, y así podré ver
mejor
la partida; pero sin jugar.
MERCUCIO
Te
la juegas, dijo el guardia.
Si
no juegas, habrá que sacarte;
sacarte,
con perdón, del fango amoroso
en
que te hundes. Ven, que se apaga la luz.
ROMEO
No es verdad.
MERCUCIO
Digo
que si nos entretenemos,
malgastamos
la antorcha, cual si fuese de día.
Toma
el buen sentido y verás que aciertas
cinco
veces más que con la listeza.
ROMEO
Nosotros al baile venimos por bien,
mas no veo el acierto.
MERCUCIO
Pues dime por qué.
ROMEO
Anoche tuve un sueño.
MERCUCIO
Y también yo.
ROMEO
¿Qué soñaste?
MERCUCIO
Que
los sueños son ficción.
ROMEO
No, porque durmiendo sueñas la verdad.
MERCUCIO
Ya
veo que te ha visitado la reina Mab .,
la
partera de las hadas. Su cuerpo
es
tan menudo cual piedra de ágata
en
el anillo de un regidor.
Sobre
la nariz de los durmientes
seres
diminutos tiran de su carro,
que
es una cáscara vacía de avellana
y
está hecho por la ardilla carpintera o la oruga
(de
antiguo carroceras de las hadas).
Patas
de araña zanquilarga son los radios,
alas
de saltamontes la capota;
los
tirantes, de la más fina telaraña;
la
collera, de reflejos lunares sobre el agua;
la
fusta, de hueso de grillo; la tralla, de hebra;
el
cochero, un mosquito vestido de gris,
menos
de la mitad que un gusanito
sacado
del dedo holgazán de una muchacha.
Y
con tal pompa recorre en la noche
cerebros
de amantes, y les hace soñar el amor;
rodillas
de cortesanos, y les hace soñar reverencias;
dedos
de abogados, y les hace soñar honorarios;
labios
de damas, y les hace soñar besos,
labios
que suele ulcerar la colérica Mab,
pues
su aliento está mancillado por los dulces.
A
veces galopa sobre la nariz de un cortesano
y le
hace soñar que huele alguna recompensa;
y a
veces acude con un rabo de cerdo por diezmo
y
cosquillea en la nariz al cura dormido,
que
entonces sueña con otra parroquia.
A
veces marcha sobre el cuello de un soldado
y le
hace soñar con degüellos de extranjeros,
brechas,
emboscadas, espadas españolas,
tragos
de a litro; y entonces le tamborilea
en
el oído, lo que le asusta y despierta;
y
él, sobresaltado, entona oraciones
y
vuelve a dormirse. Esta es la misma Mab
que
de noche les trenza la crin a los caballos,
y a
las desgreñadas les emplasta mechones de pelo,
que,
desenredados, traen desgracias.
Es
la bruja que, cuando las mozas yacen boca arriba,
las
oprime y les enseña a concebir
y a
ser mujeres de peso. Es la que...
ROMEO
¡Calla,
Mercucio, calla!
No
hablas de nada.
MERCUCIO
Es
verdad: hablo de sueños,
que
son hijos de un cerebro ocioso
y
nacen de la vana fantasía,
tan
pobre de sustancia como el aire
y
más variable que el viento, que tan pronto
galantea
al pecho helado del norte
como,
lleno de ira, se aleja resoplando
y se
vuelve hacia el sur, que gotea de rocío.
BENVOLIO
El
viento de que hablas nos desvía.
La
cena terminó y llegaremos tarde.
ROMEO
Muy
temprano, temo yo, pues presiento
que
algún accidente aún oculto en las estrellas
iniciará
su curso aciago
con
la fiesta de esta noche y pondrá fin
a
esta vida que guardo en mi pecho
con
el ultraje de una muerte adelantada.
Mas
que Aquél que gobierna mi rumbo
guíe
mi nave. ¡Vamos, alegres señores!
BENVOLIO
¡Que
suene el tambor!
Desfilan
por el escenario [y salen].
I.v Entran CRIADOS con servilletas.
CRIADO
1.°
¿Dónde
está Perola, que no ayuda a quitar la mesa? ¿Cuándo coge un plato? ¿Cuándo
friega un plato?
CRIADO
2.°
Si
la finura sólo está en las manos de uno, y encima no se las lava, vamos listos.
CRIADO
1.°
Llevaos
las banquetas, quitad el aparador, cuidado con la plata. Oye, tú, sé bueno y
guárdame un poco de mazapán; y hazme un favor: dile al portero que deje entrar
a Susi Muelas y a Lena ..
[Sale
el CRIADO 2.°]
¡Antonio!
¡Perola!
[Entran
otros dos CRIADOS.]
CRIADO
3.°
Aquí
estamos, joven.
CRIADO
1. °
Te
buscan y rebuscan, lo llaman y reclaman allá, en el salón.
CRIADO
4.°
No se puede estar aquí y allí. ¡Ánimo,
muchachos! Venga alegría, que quien resiste, gana el premio.
Salen.
Entran
[CAPULETO, la SEÑORA CAPULE¬TO, JULIETA, TEBALDO, el AMA], todos los convidados
y las máscaras [ROMEO, BENVOLIO y MERCUCIO].
CAPULETO
¡Bienvenidos,
señores! Las damas sin callos
querrán
echar un baile con vosotros.-
¬¡Vamos,
señoras! ¿Quién de vosotras
se
niega a bailar? La que haga remilgos
juraré
que tiene callos. ¿A que he acertado?
¡Bienvenidos,
señores! Hubo un tiempo
en
que yo me ponía el antifaz
y
musitaba palabras deleitosas
al
oído de una bella. Pero pasó, pasó.
Bienvenidos,
señores. ¡ Músicos, a tocar!
¡Haced
sitio, despejad! ¡Muchachas, a bailar!
Suena
la música y bailan.
¡Más
luz, bribones! Desmontad las mesas
y
apagad la lumbre, que da mucho calor ..
Oye,
¡qué suerte la visita inesperada! .
Vamos,
siéntate, pariente Capuleto,
que
nuestra época de bailes ya pasó.
¿Cuánto
tiempo hace
que
estuvimos en una mascarada?
PARIENTE
DE CAPULETO
¡Virgen
santa! Treinta años.
CAPULETO
¡Qué
va! No tanto, no tanto.
Fue
cuando la boda de Lucencio:
en
Pentecostés hará unos veinticinco años.
Esa
fue la última vez.
PARIENTE
DE CAPULETO
Hace
más, hace más: su hijo es mayor;
tiene
treinta años.
CAPULETO
¿Me
lo vas a decir tú? Hace dos años
era
aún menor de edad.
ROMEO
[a un CRIADO]
¿Quién
es la dama cuya mano
enaltece
a ese caballero?
CRIADO
No lo sé, señor.
ROMEO
¡Ah,
cómo enseña a brillar a las antorchas!
En
el rostro de la noche es cual la joya
que
en la oreja de una etíope destella...
No
se hizo para el mundo tal belleza.
Esa
dama se distingue de las otras
como
de los cuervos la blanca paloma.
Buscaré
su sitio cuando hayan bailado
y
seré feliz si le toco la mano.
¿Supe
qué es amor? Ojos, desmentidlo,
pues
nunca hasta ahora la belleza he visto.
TEBALDO
Por
su voz, este es un Montesco.¬-
Muchacho,
tráeme el estoque.- ¿Cómo se atreve
a
venir aquí el infame con esa careta,
burlándose
de fiesta tan solemne?
Por
mi cuna y la honra de mi estirpe,
que
matarle no puede ser un crimen.
CAPULETO
¿Qué
pasa, sobrino? ¿Por qué te sulfuras?
TEBALDO
Tío,
ese es un Montesco, nuestro enemigo:
un
canalla que viene ex profeso
a
burlarse de la celebración.
CAPULETO
¿No
es el joven Romeo?
TEBALDO
El
mismo: el canalla de Romeo.
CAPULETO
Cálmate,
sobrino; déjale en paz:
se
porta como un digno caballero
y, a
decir verdad, Verona habla con orgullo
de
su nobleza y cortesía.
Ni
por todo el oro de nuestra ciudad
le
haría ningún desaire aquí, en mi casa.
Así
que calma, y no le hagas caso.
Es
mi voluntad, y si la respetas,
muéstrate
amable y deja ese ceño,
pues
casa muy mal con una fiesta.
TEBALDO
Casa
bien si el convidado es un infame.
¡No
pienso tolerarlo!
CAPULETO
Vas
a tolerarlo. óyeme, joven don nadie:
vas
a tolerarlo, ¡pues sí!
¿Quién
manda aquí, tú o yo? ¡Pues sí!
¿Tú
no tolerarlo? Dios me bendiga,
¿tú
armar alboroto aquí, en mi fiesta?
¿Tú
andar desbocado? ¿Tú hacerte el héroe?
TEBALDO
Pero,
tío, ¡es una vergüenza!
CAPULETO
¡Conque
sí! ¡Serás descarado!
¡Conque
una vergüenza! Este juego tuyo
te
puede costar caro, te lo digo yo.
¡Tú
contrariarme! Ya está bien.-
¬¡Magnífico,
amigos! ¡ Insolente!
Vete,
cállate o... ¡Más luz, más luz!¬-
Te
juro que te haré callar ¡ Alegría, amigos!
TEBALDO
Calmarme
a la fuerza y estar indignado
me
ha descompuesto, al ser tan contrarios.
Ahora
me retiro, mas esta intrusión,
ahora
tan grata, causará dolor.
Sale.
ROMEO
Si
con mi mano indigna he profanado
tu
santa efigie, sólo peco en eso:
mi
boca, peregrino avergonzado,
suavizará
el contacto con un beso.
JULIETA
Buen
peregrino, no reproches tanto
a tu
mano un fervor tan verdadero:
si
juntan manos peregrino y santo,
palma
con palma es beso de palmero.
ROMEO
¿Ni santos ni palmeros tienen boca?
JULIETA
Sí, peregrino: para la oración.
ROMEO
Entonces, santa, mi oración te invoca:
suplico un beso por mi salvación.
JULIETA
Los santos están quietos cuando acceden.
ROMEO
Pues, quieta, y tomaré lo que conceden ..
[La besa.]
Mi pecado en tu boca se ha purgado.
JULIETA
Pecado que en mi boca quedaría.
ROMEO
Repruebas con dulzura. ¿Mi pecado?
¡Devuélvemelo!
JULIETA
Besas
con maestría.
AMA
Julieta, tu madre quiere hablarte.
ROMEO
¿Quién es su madre?
AMA
Pero,
¡joven!
Su
madre es la señora de la casa,
y es
muy buena, prudente y virtuosa.
Yo
crié a su hija, con la que ahora hablabais.
Os
digo que quien la gane,
conocerá
el beneficio.
ROMEO
¿Es una Capuleto? ¡Triste cuenta!
Con mi enemigo quedo en deuda.
BENVOLIO
Vámonos, que lo bueno poco dura.
ROMEO
Sí, es lo que me temo, y me preocupa.
CAPULETO
Pero, señores, no queráis iros ya.
Nos espera un humilde postrecito.
Le
hablan al oído.
¿Ah,
sí? Entonces, gracias a todos.
Gracias,
buenos caballeros, buenas noches.-
¬¡Más
antorchas aquí, vamos! Después, a acostarse.¬-
Oye,
¡qué tarde se está haciendo! ..
Me
voy a descansar.
Salen
todos [menos JULIETA y el AMA].
JULIETA
Ven
aquí, ama. ¿Quién es ese caballero?
AMA
El hijo
mayor del viejo Tiberio.
JULIETA
¿Y
quién es el que está saliendo ahora?
AMA
Pues
creo que es el joven Petrucio.
JULIETA
¿Y el
que le sigue, el que no bailaba?
AMA
No sé.
JULIETA
Pregunta
quién es. Si ya tiene esposa,
la
tumba sería mi lecho de bodas.
AMA
Se
llama Romeo y es un Montesco:
el
único hijo de tu gran enemigo.
JULIETA
¡Mi
amor ha nacido de mi único odio!
Muy
pronto le he visto y tarde le conozco.
Fatal
nacimiento de amor habrá sido
si
tengo que amar al peor enemigo.
AMA
¿Qué
dices? ¿Qué dices?
JULIETA
Unos
versos que he aprendido
de
uno con quien bailé.
Llaman
a JULIETA desde dentro.
AMA
¡Ya
va! ¡Ya va!
Vamos,
los convidados ya no están.
Salen.
II.
PRÓLOGO [Entra] el CORO ..
CORO
Ahora
yace muerto el viejo amor
y el
joven heredero ya aparece.
La
bella que causaba tal dolor
al
lado de Julieta desmerece.
Romeo
ya es amado y es amante:
los
ha unido un hechizo en la mirada.
Él
es de su enemiga suplicante
y
ella roba a ese anzuelo la carnada.
Él
no puede jurarle su pasión,
pues
en la otra casa es rechazado,
y su
amada no tiene la ocasión
de
verse en un lugar con su adorado.
Mas
el amor encuentros les procura,
templando
ese rigor con la dulzura.
[Sale.]
II.i
Entra ROMEO solo.
ROMEO
¿Cómo
sigo adelante, si mi amor está aquí?
Vuelve,
triste barro, y busca tu centro.
[Se
esconde.]
Entran
BENVOLIO y MERCUCIO.
BENVOLIO
¡Romeo! ¡Primo Romeo! ¡Romeo!
MERCUCIO
Este es muy listo, y seguro que se ha ido a
dormir.
BENVOLIO
Vino
corriendo por aquí y saltó
la
tapia de este huerto. Llámale, Mercucio.
MERCUCIO
Haré
una invocación.
¡Antojos!
¡Locuelo! ¡Delirios! ¡Prendado!
Aparece
en forma de suspiro.
Di
un verso y me quedo satisfecho.
Exclama
«¡Ay de mí!», rima « amor » con « flor »,
di
una bella palabra a la comadre Venus
y
ponle un mote al ciego de su hijo,
Cupido
el golfillo ., cuyo dardo certero
hizo
al rey Cofetua amar a la mendiga.
Ni
oye, ni bulle, ni se mueve:
el
mono se ha muerto; haré un conjuro ..
Conjúrote
por los ojos claros de tu Rosalina,
por
su alta frente y su labio carmesí,
su
lindo pie, firme pierna, trémulo muslo
y
todas las comarcas adyacentes,
que
ante nosotros aparezcas en persona.
BENVOLIO
Como
te oiga, se enfadará.
MERCUCIO
Imposible.
Se enfadaría si yo
hiciese
penetrar un espíritu extraño
en
el cerco de su amada, dejándolo erecto
hasta
que se escurriese y esfumase.
Eso
sí le irritaría. Mi invocación
es
noble y decente: en nombre de su amada
yo
sólo le conjuro que aparezca.
BENVOLIO
Ven,
que se ha escondido entre estos árboles, en alianza con la noche melancólica.
Ciego es su amor, y to oscuro, su lugar.
MERCUCIO
Si
el amor es ciego, no puede atinar.
Romeo
está sentado al pie de una higuera
deseando
que su amada fuese el fruto
que
las mozas, entre risas, llaman higo.
¡Ah,
Romeo, si ella fuese, ah, si fuese
un
higo abierto y tú una pera!
Romeo,
buenas noches. Me voy a mi camita,
que
dormir al raso me da frío.
Ven,
¿nos vamos?
BENVOLIO
Sí,
pues es inútil
buscar
a quien no quiere ser hallado.
Salen.
ROMEO
[adelantándose]
Se
ríe de las heridas quien no las ha sufrido.
Pero,
alto. ¿Qué luz alumbra esa ventana?
Es
el oriente, y Julieta, el sol.
Sal,
bello sol, y mata a la luna envidiosa,
que
está enferma y pálida de pena
porque
tú, que la sirves, eres más hermoso.
Si
es tan envidiosa, no seas su sirviente.
Su
ropa de vestal es de un verde apagado
que
sólo llevan los bobos .. ¡Tírala!
(Entra
JULIETA arriba, en el balcón . .]
¡Ah,
es mi dama, es mi amor!
¡Ojalá
lo supiera!
Mueve
los labios, mas no habla. No importa:
hablan
sus ojos; voy a responderles.
¡Qué
presuntuoso! No me habla a mí.
Dos
de las estrellas más hermosas del cielo
tenían
que ausentarse y han rogado a sus ojos
que
brillen en su puesto hasta que vuelvan.
¿Y
si ojos se cambiasen con estrellas?
El
fulgor de su mejilla les haría avergonzarse,
como
la luz del día a una lámpara; y sus ojos
lucirían
en el cielo tan brillantes
que,
al no haber noche, cantarían las aves.
¡Ved
cómo apoya la mejilla en la mano!
¡Ah,
quién fuera el guante de esa mano
por
tocarle la mejilla!
JULIETA
¡Ay
de mí!
ROMEO
Ha
hablado. ¡Ah, sigue hablando,
ángel
radiante, pues, en tu altura,
a la
noche le das tanto esplendor
como
el alado mensajero de los cielos
ante
los ojos en blanco y extasiados
de
mortales que alzan la mirada
cuando
cabalga sobre nube perezosa
y
surca el seno de los aires!
JULIETA
¡Ah,
Romeo, Romeo! ¿Por qué eres Romeo?
Niega
a tu padre y rechaza tu nombre,
o,
si no, júrame tu amor
y ya
nunca seré una Capuleto.
ROMEO
¿La sigo escuchando o le hablo ya?
JULIETA
Mi
único enemigo es tu nombre.
Tú
eres tú, aunque seas un Montesco.
¿Qué
es «Montesco» ? Ni mano, ni pie,
ni
brazo, ni cara, ni parte del cuerpo.
¡Ah,
ponte otro nombre!
¿Qué
tiene un nombre? Lo que llamamos rosa
sería
tan fragante con cualquier otro nombre.
Si
Romeo no se llamase Romeo,
conservaría
su propia perfección
sin
ese nombre. Romeo, quítate el nombre
y, a
cambio de él, que es parte de ti,
¡tómame
entera!
ROMEO
Te
tomo la palabra.
Llámame
« amor » y volveré a bautizarme:
desde
hoy nunca más seré Romeo.
JULIETA
¿Quién
eres tú, que te ocultas en la noche
e
irrumpes en mis pensamientos?
ROMEO
Con
un nombre no sé decirte quién soy.
Mi
nombre, santa mía, me es odioso
porque
es tu enemigo.
Si
estuviera escrito, rompería el papel.
JULIETA
Mis
oídos apenas han sorbido cien palabras
de
tu boca y ya te conozco por la voz.
¿No
eres Romeo, y además Montesco?
ROMEO
No, bella mía, si uno a otro te disgusta.
JULIETA
Dime,
¿cómo has llegado hasta aquí y por qué?
Las
tapias de este huerto son muy altas
y,
siendo quien eres, el lugar será tu muerte
si
alguno de los míos te descubre.
ROMEO
Con
las alas del amor salté la tapia,
pues
para el amor no hay barrera de piedra,
y,
como el amor lo que puede siempre intenta,
los
tuyos nada pueden contra mí.
JULIETA
Si
te ven, te matarán.
ROMEO
¡Ah!
Más peligro hay en tus ojos
que
en veinte espadas suyas. Mírame con dulzura
y
quedo a salvo de su hostilidad.
JULIETA
Por
nada del mundo quisiera que te viesen.
ROMEO
Me
oculta el manto de la noche
y,
si no me quieres, que me encuentren:
mejor
que mi vida acabe por su odio
que
ver cómo se arrastra sin tu amor.
JULIETA
¿Quién
te dijo dónde podías encontrarme?
ROMEO
El
amor, que me indujo a preguntar.
Él
me dio consejo; yo mis ojos le presté.
No
soy piloto, pero, aunque tú estuvieras lejos,
en
la orilla más distante de los mares más remotos,
zarparía
tras un tesoro como tú.
JULIETA
La
noche me oculta con su velo;
si
no, el rubor teñiría mis mejillas
por
lo que antes me has oído decir.
¡Cuánto
me gustaría seguir las reglas,
negar
lo dicho! Pero, ¡adiós al fingimiento!
¿Me
quieres? Sé que dirás que sí
y te
creeré. Si jurases, podrías
ser
perjuro: dicen que Júpiter se ríe
de
los perjurios de amantes. ¡Ah, gentil Romeo!
Si
me quieres, dímelo de buena fe.
O,
si crees que soy tan fácil,
me
pondré áspera y rara, y diré « no »
con
tal que me enamores, y no más que por ti.
Mas
confía en mí: demostraré ser más fiel
que
las que saben fingirse distantes.
Reconozco
que habría sido más cauta
si
tú, a escondidas, no hubieras oído
mi
confesión de amor. Así que, perdóname
y no
juzgues liviandad esta entrega
que
la oscuridad de la noche ha descubierto.
ROMEO
Juro
por esa luna santa
que
platea las copas de estos árboles...
JULIETA
Ah,
no jures por la luna, esa inconstante
que
cada mes cambia en su esfera,
no
sea que tu amor resulte tan variable.
ROMEO
¿Por
quién voy a jurar?
JULIETA
No
jures; o, si lo haces,
jura
por tu ser adorable,
que
es el dios de mi idolatría,
y te
creeré.
ROMEO
Si
el amor de mi pecho...
JULIETA
No
jures. Aunque seas mi alegría,
no
me alegra nuestro acuerdo de esta noche:
demasiado
brusco, imprudente, repentino,
igual
que el relámpago, que cesa
antes
de poder nombrarlo. Amor, buenas noches.
Con
el aliento del verano, este brote amoroso
puede
dar bella flor cuando volvamos a vernos.
Adiós,
buenas noches. Que el dulce descanso
se
aloje en tu pecho igual que en mi ánimo.
ROMEO
¿Y
me dejas tan insatisfecho?
JULIETA
¿Qué
satisfacción esperas esta noche?
ROMEO
La
de jurarnos nuestro amor.
JULIETA
El
mío te lo di sin que to pidieras;
ojalá
se pudiese dar otra vez.
ROMEO
¿Te
lo llevarías? ¿Para qué, mi amor?
JULIETA
Para
ser generosa y dártelo otra vez.
Y,
sin embargo, quiero lo que tengo.
Mi
generosidad es inmensa como el mar,
mi
amor, tan hondo; cuanto más te doy,
más
tengo, pues los dos son infinitos.
[Llama
el AMA dentro.]
Oigo
voces dentro. Adiós, mi bien.-
¬¡Ya
voy, ama! Buen Montesco, sé fiel.
Espera
un momento, vuelvo en seguida.
[Sale.
]
ROMEO
¡Ah,
santa, santa noche! Temo
que,
siendo de noche, todo sea un sueño,
harto
halagador y sin realidad.
[Entra
JULIETA arriba.]
JULIETA
Unas
palabras, Romeo, y ya buenas noches.
Si
tu ánimo amoroso es honrado
y tu
fin, el matrimonio, hazme saber mañana
(yo
te enviaré un mensajero)
dónde
y cuándo será la ceremonia
y
pondré a tus pies toda mi suerte
y te
seguiré, mi señor, por todo el mundo.
AMA
[dentro]
¡Julieta!
JULIETA
¡Ya
voy! Mas, si no es buena tu intención,
te
lo suplico...
AMA
[dentro]
¡Julieta!
JULIETA
¡Voy
ahora mismo! ...abandona tu empeño
y
déjame con mi pena. Mañana lo dirás.
ROMEO
¡Así
se salve mi alma...!
JULIETA
¡Mil
veces buenas noches!
Sale.
ROMEO
Mil
veces peor, pues falta tu luz.
El
amor corre al amor como el niño huye del libro
y,
cual niño que va a clase, se retira entristecido.
Vuelve
a entrar JULIETA [arriba].
JULIETA
¡Chss,
Romeo, chss! ¡Ah, quién fuera cetrero
por
llamar a este halcón peregrino!
Mas
el cautivo habla bajo, no puede gritar;
si
no, yo haría estallar la cueva de Eco
y
dejaría su voz más ronca que la mía
repitiendo
el nombre de Romeo.
ROMEO
Mi
alma me llama por mi nombre.
¡Qué
dulces suenan las voces de amantes en la noche,
igual
que la música suave al oído!
JULIETA
¡Romeo!
ROMEO
¿Mi
neblí? ..
JULIETA
Mañana,
¿a qué hora te mando el mensajero?
ROMEO
A
las nueve.
JULIETA
Allá
estará. ¡Aún faltan veinte años!
No
me acuerdo por qué te llamé.
ROMEO
Deja
que me quede hasta que te acuerdes.
JULIETA
Lo
olvidaré para tenerte ahí delante,
recordando
tu amada compañía.
ROMEO
Y yo
me quedaré para que siempre lo olvides,
olvidándome
de cualquier otro hogar.
JULIETA
Es
casi de día. Dejaría que te fueses,
pero
no más allá que el pajarillo
que,
cual preso sujeto con cadenas,
la
niña mimada deja saltar de su mano
para
recobrarlo con hilo de seda,
amante
celosa de su libertad.
ROMEO
¡Ojalá fuera yo el pajarillo!
JULIETA
Ojalá
lo fueras, mi amor,
pero
te mataría de cariño.
¡Ah,
buenas noches! Partir es tan dulce pena
que
diré « buenas noches » hasta que amanezca.
[Sale.]
ROMEO
¡Quede
el sueño en tus ojos, la paz en tu ánimo!
¡Quién
fuera sueño y paz, para tal descanso!
A mi
buen confesor en su celda he de verle
por
pedirle su ayuda y contarle mi suerte.
[Sale.]
II.ii
Entra FRAY LORENZO solo, con una cesta.
FRAY
LORENZO
Sonríe
a la noche la clara mañana
rayando
las nubes con luces rosáceas.
Las
sombras se alejan como el que va ebrio,
cediendo
al día y al carro de Helio ..
Antes
que el sol abra su ojo de llamas,
que
alegra el día y ablanda la escarcha,
tengo
que llenar esta cesta de mimbre
de
hierbas dañosas y flores que auxilien.
La
tierra es madre y tumba de natura,
pues
siempre da vida en donde sepulta:
nacen
de su vientre muy diversos hijos
que
toman sustento del seno nutricio.
Por
muchas virtudes muchos sobresalen;
ninguno
sin una y todos dispares.
Grande
es el poder curativo que guardan
las
hierbas y piedras y todas las plantas.
Pues
no hay nada tan vil en la tierra
que
algún beneficio nunca le devuelva,
ni
nada tan bueno que, al verse forzado,
no
vicie su ser y se aplique al daño.
La
virtud es vicio cuando sufre abuso
y a
veces el vicio puede dar buen fruto.
Entra
ROMEO.
Bajo
la envoltura de esta tierna flor
convive
el veneno con la curación,
porque,
si la olemos, al cuerpo da alivio,
mas,
si la probamos, suspende el sentido.
En
el hombre acampan, igual que en las hierbas,
virtud
y pasión, dos reyes en guerra;
y,
siempre que el malo sea el que aventaja,
muy
pronto el gusano devora esa planta.
ROMEO
Buenos
días, padre.
FRAY
LORENZO
¡Benedicite!
¿Qué
voz tan suave saluda tan pronto?
Hijo,
despedirse del lecho a estas horas
dice
que a tu mente algo la trastorna.
La
preocupación desvela a los viejos
y
donde se aloja, no reside el sueño;
mas
donde la mocedad franca y exenta
extiende
sus miembros, el sueño gobierna.
Si
hoy madrugas, me inclino a pensar
que
te ha levantado alguna ansiedad.
O,
si no, y entonces seguro que acierto,
esta
noche no se ha acostado Romeo.
ROMEO
Habéis
acertado, pero fue una dicha.
FRAY
LORENZO
¡Dios
borre el pecado! ¿Viste a Rosalina?
ROMEO
¿Cómo
Rosalina? No, buen padre, no.
Ya
olvidé ese nombre y el pesar que dio.
FRAY
LORENZO
Bien
hecho, hijo mío. Mas, ¿dónde has estado?
ROMEO
Dejad
que os lo diga sin gastar preámbulos.
He
ido a la fiesta del que es mi enemigo,
donde
alguien de pronto me ha dejado herido,
y yo
he herido a alguien. Nuestra curación
está
en vuestra mano y santa labor.
No
me mueve el odio, padre, pues mi ruego
para
mi enemigo también es benéfico.
FRAY
LORENZO
Habla
claro, hijo: confesión de enigmas
solamente
trae absolución ambigua.
ROMEO
Pues
oíd: la amada que llena mi pecho
es
la bella hija del gran Capuleto.
Le
he dado mi alma, y ella a mí la suya;
ya
estamos unidos, salvo lo que una
vuestro
sacramento. Dónde, cómo y cuándo
la
vi, cortejé, y juramos amarnos,
os
lo diré de camino; lo que os pido
es
que accedáis a casarnos hoy mismo.
FRAY
LORENZO
¡Por
San Francisco bendito, cómo cambias!
¿Así
a Rosalina, amor de tu alma,
ya
has abandonado? El joven amor
sólo
está en los ojos, no en el corazón.
¡Jesús
y María! Por tu Rosalina
bañó
un océano tus mustias mejillas.
¡Cuánta
agua salada has tirado en vano,
sazonando
amor, para no gustarlo!
Aún
no ha deshecho el sol tus suspiros,
y
aún tus lamentos suenan en mi oído.
Aquí,
en la mejilla, te queda la mancha
de
una antigua lágrima aún no enjugada.
Si
eras tú mismo, y tanto sufrías,
tú y
tus penas fueron para Rosalina.
¿Y
ahora has cambiado? Pues di la sentencia:
«Que
engañe mujer si el hombre flaquea.»
ROMEO
Me
reñíais por amar a Rosalina.
FRAY
LORENZO
Mas
no por tu amor: por tu idolatría.
ROMEO
Queríais
que enterrase el amor.
FRAY
LORENZO
No
quieras meterlo en la tumba y tener otro fuera.
ROMEO
No
me censuréis. La que amo ahora
con
amor me paga y su favor me otorga.
La
otra lo negaba.
FRAY
LORENZO
Te
oía muy bien
declamar
amores sin saber leer ..
Mas
ven, veleidoso, ven ahora conmigo;
para
darte ayuda hay un buen motivo:
en
vuestras familias servirá la unión
para
que ese odio se cambie en amor.
ROMEO
Hay
que darse prisa. Vámonos ya, venga.
FRAY
LORENZO
Prudente y despacio. Quien corre, tropieza.
Salen.
II.iii
Entran BENVOLIO y MERCUCIO.
MERCUCIO
¿Dónde demonios puede estar Romeo?
Anoche, ¿no volvió a casa?
BENVOLIO
No a la de su padre, según un criado.
MERCUCIO
Esa moza pálida y cruel, esa Rosalina,
le va a volver loco de tanto tormento.
BENVOLIO
Tebaldo, sobrino del viejo Capuleto,
ha enviado una carta a casa de su padre.
MERCUCIO
¡Un reto, seguro!
BENVOLIO
Romeo responderá.
MERCUCIO
Quien sabe escribir puede responder una carta.
BENVOLIO
No, responderá al que la escribe: el retado
retará.
MERCUCIO
¡Ah, pobre Romeo! Él, que ya está muerto,
traspa¬sado por los ojos negros de una moza blanca, el oído atravesado por
canción de amor, el centro del cora¬zón partido por la flecha del niño ciego.
¿Y él va a enfrentarse a Tebaldo?
BENVOLIO
Pues, ¿qué tiene Tebaldo?
MERCUCIO
Es
el rey de los gatos ., pero más. Es todo un artista del ceremonial: combate
como quien canta las notas, respetando tiempo, distancia y medida; observando
las pausas, una, dos y la tercera en el pecho; perfo¬rándote el botón de la
camisa; un duelista, un due¬lista. Caballero de óptima escuela, de la causa
pri¬mera y segunda .. Ah, la fatal «passata» , el «punto reverso», el
«hai» .!
BENVOLIO
¿El qué?
MERCUCIO
¡Mala
peste a estos afectados, a estos relamidos y a su nuevo acento! .. «¡Jesús, qué
buena espada! ¡Qué hombre más apuesto! ¡Qué buena puta!» ¿No es tris¬te,
abuelo, tener que sufrir a estas moscas foráneas, estos novedosos, estos «
excusadme» , tan metidos en su nuevo ropaje que ya no se acuerdan de los viejos
hábitos? ¡Ah, su cuerpo, su cuerpo!
Entra
ROMEO.
BENVOLIO
Aquí está Romeo, aquí está Romeo.
MERCUCIO
Sin su Romea y como un arenque ahumado. ¡Ah,
carne, carne, te has vuelto pescado! Ahora está para los versos en los que
fluía Petrarca. Al lado de su amada, Laura fue una fregona (y eso que su amado
sí sabía celebrarla); Dido, un guiñapo; Cleopatra, una gitana; Helena y Hero,
pencos y pendones; Tisbe, con sus ojos claros, no tenía nada que hacer. Signor
Romeo, bon jour: saludo francés a tu calzón francés. Anoche nos lo diste bien.
ROMEO
Buenos días a los dos. ¿Qué os di yo anoche?
MERCUCIO
El esquinazo. ¿Es que no entiendes?
ROMEO
Perdona, buen Mercucio. Mi asunto era
importante, y en un caso así se puede plegar la cortesía.
MERCUCIO
Eso es como decir que en un caso como el tuyo
se deben doblar las corvas.
ROMEO
¿Hacer una reverencia?
MERCUCIO
La has clavado en el blanco.
ROMEO
¡Qué exposición tan cortés!
MERCUCIO
Es que soy el culmen.
ROMEO
¿De la cortesía?
MERCUCIO
Exacto.
ROMEO
No, eres el colmo, y sin la cortesía.
MERCUCIO
¡Qué ingenio! Sígueme la broma hasta gastar el
zapato, que, cuando suelen gastarse las suelas, te que¬das desolado por el pie.
ROMEO
¡Ah, broma descalza, que ya no con suela!
MERCUCIO
Sepáranos, Benvolio: me flaquea el sentido.
ROMEO
Mete espuelas, mete espuelas o te gano.
MERCUCIO
Si
hacemos carrera de gansos, pierdo yo, que tú eres más ganso con un solo sentido
que yo con mis cinco. ¿Estamos empatados en lo de «ganso» ?
ROMEO
Empatados, no. En lo de «ganso» estamos
engan¬sados.
MERCUCIO
Te voy a morder la oreja por esa.
ROMEO
Ganso que grazna no muerde.
MERCUCIO
Tu ingenio es una manzana amarga, una salsa
picante.
ROMEO
¿Y no da sabor a un buen ganso?
MERCUCIO
¡Vaya ingenio de cabritilla, que de una
pulgada se estira a una vara!
ROMEO
Yo lo estiro para demostrar que a lo ancho y a
lo largo eres un inmenso ganso.
MERCUCIO
¿A
que más vale esto que gemir de amor? Ahora eres sociable, ahora eres Romeo,
ahora eres quien eres, por arte y por naturaleza, pues ese amor babeante es
como un tonto que va de un lado a otro con la lengua fuera para meter su bastón
en un hoyo.
BENVOLIO
¡Para, para!
MERCUCIO
Tú quieres que pare mi asunto a contrapelo.
BENVOLIO
Si no, tu asunto se habría alargado.
MERCUCIO
Te
equivocas: se habría acortado, porque ya había llegado al fondo del asunto y no
pensaba seguir con la cuestión.
ROMEO
¡Vaya
aparato!
Entran
el AMA y su criado [PEDRO].
¡Velero a la vista!
MERCUCIO
Dos, dos: camisa y camisón.
AMA
¡Pedro!
PEDRO
Voy.
AMA
Mi abanico, Pedro.
MERCUCIO
Para taparle la cara, Pedro: el abanico es más
bonito.
AMA
Buenos
días, señores.
MERCUCIO
Buenas
tardes, hermosa señora.
AMA
¿Buenas tardes ya?
MERCUCIO
Sí, de veras, pues el obsceno reloj está
clavado en la raya de las doce.
AMA
¡Fuera! ¿Qué hombre sois?
ROMEO
Señora, uno creado por Dios para que se vicie
solo.
AMA
Muy
bien dicho, vaya que sí. «Para que se vicie solo», bien. Señores, ¿puede
decirme alguno dónde en¬contrar al joven Romeo?
ROMEO
Yo
puedo, pero, cuando le halléis, el joven Romeo será menos joven de lo que era
cuando le buscabais: yo soy el más joven con ese nombre a falta de otro peor.
AMA
Muy
bien.
MERCUCIO
¡Ah!
¿Está bien ser el peor? ¡Qué agudeza! Muy lis¬ta, muy lista.
AMA
Si
sois vos, señor, deseo hablaros conferencialmente.
BENVOLIO
Le
intimará a cenar.
MERCUCIO
¡Alcahueta,
alcahueta! ¡Eh oh!
ROMEO
¿Has
visto una liebre?
MERCUCIO
Una
liebre, no: tal vez un conejo viejo y pellejo para un pastel de Cuaresma.
Anda
alrededor de ellos cantando.
Conejo
viejo y pellejo,
conejo
pellejo y viejo
es
buena carne en Cuaresma.
Pero
conejo pasado
ya
no puede ser gozado
si
se acartona y reseca.
Romeo, ¿vienes a casa de tu padre? Comemos
allí.
ROMEO
Ahora os sigo.
MERCUCIO
Adiós, vieja señora. Adiós, señora, señora,
señora.
Salen
MERCUCIO y BENVOLIO.
AMA
Decidme, señor. ¿Quién es ese grosero tan
lleno de golferías?
ROMEO
Un
caballero, ama, al que le encanta escucharse y que habla más en un minuto de lo
que oye en un mes.
AMA
Como
diga algo contra mí, le doy en la cresta, por muy robusto que sea, él o veinte
como él. Y, si yo no puedo, ya encontraré quien lo haga. ¡Miserable! Yo no soy
una de sus ninfas, una de sus golfas.
Se
vuelve a su criado PEDRO.
¡Y tú delante, permitiendo que un granuja me
trate a su gusto!
PEDRO
Yo
no vi que nadie os tratara a su gusto. Si no, habría sacado el arma al
instante. De verdad: soy tan rápido en sacar como el primero si veo una buena
razón para luchar y tengo la ley de mi parte.
AMA
Dios
santo, estoy tan disgustada que me tiembla todo el cuerpo. ¡Miserable! Deseo hablaros, señor. Como os decía, mi
señorita me manda buscaros. El mensaje me lo guardo. Primero, permitid que os
diga que si, como suele decirse, pensáis tenderle un lazo, sería juego sucio.
Pues ella es muy joven y, si la engañáis, sería una mala pasada con cualquier
mu¬jer, una acción muy turbia.
ROMEO
Ama, encomiéndame a tu dama y señora. Declaro
solemnemente...
AMA
¡Dios
os bendiga! Voy a decírselo. Señor, Señor, ¡no cabrá de gozo!
ROMEO
¿Qué
vas a decirle, ama? No has entendido.
AMA
Le
diré, señor, que os declaráis, y que eso es pro¬posición de caballero.
ROMEO
Dile
que vea la manera de acudir esta tarde a confesarse, y allí, en la celda de
Fray Lorenzo, se confesará y casará. Toma, por la molestia.
AMA
No,
de veras, señor. Ni un centavo.
ROMEO
Vamos,
toma.
AMA
¿Esta
tarde, señor? Pues allí estará.
ROMEO
Ama,
espera tras la tapia del convento.
A
esa hora estará contigo mi criado
y te
dará la escalera de cuerda
que
en la noche secreta ha de llevarme
a la
cumbre suprema de mi dicha.
Adiós,
guarda silencio y serás recompensada.
Adiós,
encomiéndame a tu dama.
AMA
¡Que
el Dios del cielo os bendiga! Esperad, señor.
ROMEO
¿Qué
quieres, mi buena ama?
AMA
¿Vuestro
criado es discreto? Lo habréis oído:
«
Dos guardan secreto si uno lo ignora.»
ROMEO
Descuida:
mi criado es más fiel que el acero.
AMA
Pues
mi señorita es la dama más dulce... ¡Señor, Señor! ¡Tan parlanchina de niña!
Ah, hay un noble en la ciudad, un tal Paris, que le tiene echado el ojo, pero
ella, Dios la bendiga, antes que verle a él pre¬fiere ver un sapo, un sapo de
verdad. Yo a veces la irrito diciéndole que Paris es el más apuesto, pero, de
veras, cuando se lo digo, se pone más blanca que una sábana. ¿A que « romero »
y « Romeo » empiezan con la misma letra?
ROMEO
Sí, ama, con una erre. ¿Qué pasa?
AMA
¡Ah,
guasón! «Erre» es lo que hace el perro. Con erre empieza la... No, que empieza
con otra letra. Ella ha hecho una frase preciosa sobre vos y el ro¬mero; os
daría gusto oírla.
ROMEO
Encomiéndame a tu dama.
AMA
Sí, mil veces.
Sale
[ROMEO].
¡Pedro!
PEDRO
¡Voy!
AMA
Delante y deprisa.
Salen.
II.iv
Entra JULIETA.
JULIETA
El
reloj daba las nueve cuando mandé al ama;
prometió
volver en media hora.
Tal
vez no lo encuentra; no, imposible.
Es
que anda despacio. El amor debiera anunciarlo
el
pensamiento, diez veces más rápido
que
un rayo de sol disipando las sombras
de
los lúgubres montes. Por eso llevan a Venus
veloces
palomas y Cupido tiene alas.
El
sol está ahora en la cumbre
más
alta del día; de las nueve a las doce
van
tres largas horas, y aún no ha vuelto.
Si
tuviera sentimientos y sangre de joven,
sería
más veloz que una pelota:
mis
palabras la enviarían a mi amado,
y
las suyas me la devolverían.
Pero
estos viejos... Muchos se hacen el muerto;
torpes,
lentos, pesados y más pálidos que el plomo.
Entra
el AMA [con PEDRO].
¡Dios
santo, es ella! Ama, mi vida, ¿qué hay?
¿Le
has visto? Despide al criado.
AMA
Pedro,
espera a la puerta.
[Sale
PEDRO.]
JULIETA
Mi
querida ama... Dios santo, ¿tan seria?
Si
las noticias son malas, dilas alegre;
si
son buenas, no estropees su música
viniéndome
con tan mala cara.
AMA
Estoy
muy cansada. Espera un momento.
¡Qué
dolor de huesos! ¡Qué carreras!
JULIETA
Por
tus noticias te daría mis huesos.
Venga,
vamos, habla, buena ama, habla.
AMA
¡Jesús,
qué prisa! ¿No puedes esperar?
¿No
ves que estoy sin aliento?
JULIETA
¿Cómo
puedes estar sin aliento, si lo tienes
para
decirme que estás sin aliento?
Tu
excusa para este retraso
es
más larga que el propio mensaje.
¿Traes
buenas o malas noticias? Contesta.
Di
una cosa a otra, y ya vendrán los detalles.
Que
sepa a qué atenerme: ¿Son buenas o malas?
AMA
Eres
muy simple eligiendo, no sabes elegir hombre.
¿Romeo?
No, él no. Y eso que es más guapo que
nadie,
que tiene mejores piernas, y que las manos,
los
pies y el cuerpo, aunque no merecen comentarse
no
tienen comparación. Sin ser la flor de la cortesía
es
más dulce que un cordero. Anda ya, mujer, sirve
a
Dios. ¿Has comido en casa?
JULIETA
¡No, no! Todo eso lo sabía.
¿Qué dice de matrimonio, eh?
AMA
¡Señor,
qué dolor de cabeza! ¡Ay, mi cabeza!
Palpita
como si fuera a saltar en veinte trozos.
Mi
espalda al otro lado... ¡Ay, mi espalda!
¡Que
Dios te perdone por mandarme por ahí
para
matarme con tanta carrera!
JULIETA
Me da mucha pena verte así.
Querida, mi querida ama, ¿qué dice mi amor?
AMA
Tu
amor dice, como caballero
honorable,
cortés, afable y apuesto,
y
sin duda virtuoso... ¿Dónde está tu madre?
JULIETA
¿Que
dónde está mi madre? Pues, dentro.
¿Dónde
iba a estar? ¡Qué contestación más rara!
«Tu
amor dice, como caballero...
¿Dónde
está tu madre?»
AMA
¡Virgen
santa! ¡Serás impaciente! Repórtate.
¿Es
esta la cura para mi dolor de huesos?
Desde
ahora, haz tú misma los recados.
JULIETA
¡Cuánto embrollo! Vamos, ¿qué dice Romeo?
AMA
¿Tienes
permiso para ir hoy a confesarte?
JULIETA
Sí.
AMA
Pues
corre a la celda de Fray Lorenzo:
te
espera un marido para hacerte esposa.
Ya
se te rebela la sangre en la cara:
por
cualquier noticia se te pone roja.
Corre
a la iglesia. Yo voy a otro sitio
por
una escalera, con la que tu amado,
cuando
sea de noche, subirá a tu nido.
Soy
la esclava y me afano por tu dicha,
pero
esta noche tú serás quien lleve la carga.
Yo
me voy a comer. Tú vete a la celda.
JULIETA
¡Con mi buena suerte! Adiós, ama buena.
Salen.
II.v
Entran FRAY LORENZO y ROMEO.
FRAY
LORENZO
Sonría
el cielo ante el santo rito
y no
nos castigue después con pesares.
ROMEO
Amén.
Mas por grande que sea el sufrimiento,
no
podrá superar la alegría que me invade
al
verla un breve minuto.
Unid
nuestras manos con las santas palabras
y
que la muerte, devoradora del amor,
haga
su voluntad: llamarla mía me basta.
FRAY
LORENZO
El
gozo violento tiene un fin violento
y
muere en su éxtasis como fuego y pólvora,
que,
al unirse, estallan. La más dulce miel
empalaga
de pura delicia
y,
al probarla, mata el apetito.
Modera
tu amor y durará largo tiempo:
el
muy rápido llega tarde como el lento.
Entra
JULIETA apresurada y abraza a ROMEO.
Aquí
está la dama. Ah, pies tan ligeros
no
pueden desgastar la dura piedra.
Los
enamorados pueden andar sin caerse
por
los hilos de araña que flotan en el aire
travieso
del verano; así de leve es la ilusión.
JULIETA
Buenas
tardes tenga mi padre confesor.
FRAY
LORENZO
Romeo
te dará las gracias por los dos, hija.
JULIETA
Y un
saludo a él, o las suyas estarían de más.
ROMEO
Ah,
Julieta, si la cima de tu gozo
se
eleva como la mía y tienes más arte
que
yo para ensalzarlo, que tus palabras endulcen
el
aire que nos envuelve, y la armonía de tu voz
revele
la dicha íntima que ambos
sentimos
en este encuentro.
JULIETA
El
sentimiento, si no lo abruma el adorno,
se
precia de su verdad, no del ornato.
Sólo
los pobres cuentan su dinero,
mas
mi amor se ha enriquecido de tal modo
que
no puedo sumar la mitad de mi fortuna.
FRAY
LORENZO
Vamos,
venid conmigo y pronto acabaremos,
pues,
con permiso, no vais a quedar solos
hasta
que la Iglesia os una en matrimonio.
Salen.
III.i
Entran MERCUCIO, BENVOLIO y sus criados.
BENVOLIO
Te lo ruego buen Mercucio, vámonos.
Hace calor ., los Capuletos han salido
y, si los encontramos, tendremos pelea,
pues este calor inflama la sangre.
MERCUCIO
Tú eres uno de esos que, cuando entran en la
taber¬na, golpean la mesa con la espada diciendo «Quiera Dios que no te
necesite» y, bajo el efecto del segun¬do vaso, desenvainan contra el tabernero,
cuando no hay necesidad.
BENVOLIO
¿Yo soy así?
MERCUCIO
Vamos, vamos. Cuando te da el ramalazo, eres
tan vehemente como el que más en Italia: te incitan a ofenderte y te ofendes
porque te incitan.
BENVOLIO
¿Ah, sí?
MERCUCIO
Si hubiera dos así, muy pronto no habría
ninguno, pues se matarían. ¿Tú? ¡Pero si tú te peleas con uno porque su barba
tiene un pelo más o menos que la tuya! Te peleas con quien parte avellanas
porque tie¬nes ojos de avellana. ¿Qué otro ojo sino el tuyo ve¬ría en ello
motivo? En tu cabeza hay más broncas que sustancia en un huevo, sólo que, con
tanta bron-ca, a tu cabeza le han zurrado más que a un huevo huero. Te peleaste
con uno que tosió en la calle por¬que despertó a tu perro, que estaba durmiendo
al sol. ¿No la armaste con un sastre porque estrenó jubón antes de Pascua? ¿Y
con otro porque les puso cordoneras viejas a los zapatos nuevos? ¿Y ahora tú me
sermoneas sobre las broncas? ..
BENVOLIO
Si yo fuese tan peleón como tú, podría vender
mi renta vitalicia por simplemente una hora y cuarto.
MERCUCIO
¿Simplemente? ¡Ah, simple!
Entran
TEBALDO y otros.
BENVOLIO
Por mi cabeza, ahí vienen los Capuletos.
MERCUCIO
Por mis pies, que me da igual.
TEBALDO
Quedad a mi lado, que voy a hablarles.
Buenas tardes, señores. Sólo dos palabras.
MERCUCIO
¿Una para cada uno? Ponedle pareja: que sea
pala¬bra y golpe.
TEBALDO
Señor, si me dais motivo, no voy a quedarme
quieto.
MERCUCIO
¿No
podríais tomar motivo sin que se os dé?
TEBALDO
Mercucio,
sois del grupo de Romeo.
MERCUCIO
¿Grupo?
¿Es que nos tomáis por músicos? Pues si somos músicos, vais a oír
discordancias. Aquí está el arco de violín que os va a hacer bailar. ¡Voto
a...! ¡Grupo!
BENVOLIO
Estamos
hablando en la vía pública.
Dirigíos
a un lugar privado,
tratad
con más calma vuestras diferencias
o,
si no, marchaos. Aquí nos ven muchos ojos.
MERCUCIO
Los
ojos se hicieron para ver: que vean.
No
pienso moverme por gusto de nadie.
Entra
ROMEO.
TEBALDO
Quedad
en paz, señor. Aquí está mi hombre.
MERCUCIO
Que
me cuelguen si sirve en vuestra casa.
Os
servirá en el campo del honor:
en
eso vuestra merced sí puede llamarle hombre.
TEBALDO
Romeo,
es tanto lo que te estimo
que
puedo decirte esto: eres un ruin.
ROMEO
Tebaldo,
razones para estimarte tengo yo
y
excusan el furor que corresponde
a tu
saludo. No soy ningún ruin,
así
que adiós. Veo que no me conoces.
TEBALDO
Niño,
eso no excusa las ofensas
que
me has hecho, conque vuelve y desenvaina.
ROMEO
Te
aseguro que no te he ofendido
y
que te aprecio más de lo que puedas
figurarte
mientras no sepas por qué.
Así
que, buen Capuleto, cuyo nombre
estimo
en tanto como el mío, queda en paz.
MERCUCIO
¡Qué
rendición tan vil y deshonrosa!
Y el
Stocatta sale airoso.
[Desenvaina.]
Tebaldo,
cazarratas, ¿luchamos?
TEBALDO
¿Tú
qué quieres de mí?
MERCUCIO
Gran rey de los gatos ., tan sólo perderle el
respeto a una de tus siete vidas y, según como me trates desde ahora, zurrar a
las otras seis. ¿Quieres sacar ya de cuajo tu espada? Deprisa, o la mía te hará
echar el cuajo.
TEBALDO
[desenvaina] Dispuesto.
ROMEO
Noble
Mercucio, envaina esa espada.
MERCUCIO
Venga,
a ver tu «passata».
[Luchan.
]
ROMEO
Benvolio,
desenvaina y abate esas espadas.-
¬¡Señores,
por Dios, evitad este oprobio!
Tebaldo,
Mercucio, el Príncipe ha prohibido
expresamente
pelear en las calles de Verona.
¡Basta,
Tebaldo, Mercucio!
TEBALDO
hiere a MERCUCIO bajo el bra¬zo de ROMEO y huye [con los suyos].
MERCUCIO
Estoy herido. ¡Malditas vuestras familias!
Se acabó. ¿Se fue sin llevarse nada?
BENVOLIO
¿Estás herido?
MERCUCIO
Sí,
sí: es un arañazo, un arañazo. Eso basta.
¿Y
mi paje? Vamos, tú, corre por un
médico.
[Sale
el paje.]
ROMEO
Ánimo,
hombre. La herida no será nada.
MERCUCIO
No,
no es tan honda como un pozo, ni tan ancha como un pórtico, pero es buena,
servirá. Pregunta por mí mañana y me verás mortuorio. Te juro que en este mundo
ya no soy más que un fiambre. ¡Mal¬ditas vuestras familias! ¡Voto a...! ¡Que un
perro, una rata, un ratón, un gato me arañe de muerte! ¡Un bravucón, un
granuja, un canalla, que lucha según reglas matemáticas! ¿Por qué demonios te
metiste en medio? Me hirió bajo tu brazo.
ROMEO
Fue con la mejor intención.
MERCUCIO
Llévame
a alguna casa, Benvolio,
o me
desmayo. ¡Malditas vuestras familias!
Me
han convertido en pasto de gusanos.
Estoy
herido, y bien. ¡Malditas!
Sale
[con BENVOLIO].
ROMEO
Este caballero, pariente del Príncipe, amigo
entrañable, está herido de muerte por mi causa; y mi honra, mancillada con la
ofensa de Tebaldo. Él, que era primo mío desde hace poco. ¡Querida Julieta, tu
belleza me ha vuelto pusilánime y ha ablandado el temple de mi acero!
Entra
BENVOLIO.
BENVOLIO
¡Romeo,
Romeo, Mercucio ha muerto!
Su
alma gallarda que, siendo tan joven,
desdeñaba
la tierra, ha subido al cielo.
ROMEO
Un
día tan triste augura otros males:
empieza
un dolor que ha de prolongarse.
Entra
TEBALDO.
BENVOLIO
Aquí retorna el furioso Tebaldo.
ROMEO
Vivo,
victorioso, y Mercucio, asesinado.
¡Vuélvete
al cielo, benigna dulzura,
y
sea mi guía la cólera ardiente!
Tebaldo,
te devuelvo lo de «ruin»
con
que me ofendiste, pues el alma de Mercucio
está
sobre nuestras cabezas esperando
a
que la tuya sea su compañera.
Tú,
yo, o los dos le seguiremos.
TEBALDO
Desgraciado,
tú, que andabas con él,
serás
quien le siga.
ROMEO
Esto
lo decidirá.
Luchan.
Cae TEBALDO.
BENVOLIO
¡Romeo,
huye, corre! La gente
está
alertada y Tebaldo ha muerto.
¡No
te quedes pasmado! Si te apresan, el Príncipe
te
condenará a muerte. ¡Vete, huye!
ROMEO
¡Ah,
soy juguete del destino!
BENVOLIO
¡Muévete!
Sale
ROMEO. Entran CIUDADANOS.
CIUDADANO
¿Por
dónde ha huido el que mató a Mercucio?
Tebaldo,
ese criminal, ¿por dónde ha huido?
BENVOLIO
Ahí
yace Tebaldo.
CIUDADANO
Vamos,
arriba, ven conmigo.
En
nombre del Príncipe, obedece.
Entran
el PRÍNCIPE, MONTESCO, CAPU¬LETO, sus esposas y todos.
PRÍNCIPE
¿Dónde están los viles causantes de la riña?
BENVOLIO
Ah,
noble Príncipe, yo puedo explicaros
lo
que provocó el triste altercado.
Al
hombre que ahí yace Romeo dio muerte;
él
mató a Mercucio, a vuestro pariente.
SEÑORA
CAPULETO
¡Tebaldo,
sobrino! ¡Hijo de mi hermano!
¡Príncipe,
marido! Se ha derramado
sangre
de mi gente. Príncipe, sois recto:
esta
sangre exige sangre de un Montesco.
¡Ah,
Tebaldo, sobrino!
PRÍNCIPE
Benvolio, ¿quién provocó este acto sangriento?
BENVOLIO
Tebaldo,
aquí muerto a manos de Romeo.
Siempre
con respeto, Romeo le hizo ver
lo
infundado de la lucha y le recordó
vuestro
disgusto; todo ello, expresado
cortésmente,
con calma y doblando la rodilla,
no
logró aplacar la ira indomable
de
Tebaldo, quien, sordo a la amistad,
con
su acero arremetió contra el pecho de Mercucio,
que,
igual de furioso, respondió desenvainando
y,
con marcial desdén, apartaba la fría muerte
con
la izquierda, y con la otra devolvía
la
estocada a Tebaldo, cuyo arte
la
paraba. Romeo les gritó
«¡Alto,
amigos, separaos!» , y su ágil brazo,
más
presto que su lengua, abatió sus armas
y
entre ambos se interpuso. Por debajo
de
su brazo, un golpe ruin de Tebaldo acabó
con
la vida de Mercucio. Huyó Tebaldo,
mas
pronto volvió por Romeo, que entonces
pensó
en tomar venganza. Ambos se enzarzaron
como
el rayo, pues antes de que yo
pudiera
separarlos, Tebaldo fue muerto;
y
antes que cayera, Romeo ya huía.
Que
muera Benvolio si dice mentira.
SEÑORA
CAPULETO
Este
es un pariente del joven Montesco;
no
dice verdad, miente por afecto.
De
ellos lucharon unos veinte o más
y
sólo una vida pudieron quitar.
Que
hagáis justicia os debo pedir:
quien
mató a Tebaldo, no debe vivir.
PRÍNCIPE
Le mató Romeo, él mató a Mercucio.
¿Quién paga su muerte, que llena de luto?
MONTESCO
No
sea Romeo, pues era su amigo.
Matando
a Tebaldo, él tan sólo hizo
lo
que hace la ley.
PRÍNCIPE
Pues
por ese exceso
inmediatamente
de aquí le destierro.
Vuestra
gran discordia ahora me atañe:
con
vuestras refriegas ya corre mi sangre.
Mas
voy a imponeros sanción tan severa
que
habrá de pesaros el mal de mi pérdida.
Haré
oídos sordos a excusas y ruegos,
y no
va a libraros ni el llanto ni el rezo,
así
que evitadlos. Que Romeo huya,
pues,
como le encuentren, su muerte es segura.
Llevad
este cuerpo y cumplid mi sentencia:
si a
quien mata absuelve, mata la clemencia.
Salen.
III.ii
Entra JULIETA sola.
JULIETA
Galopad
raudos, corceles fogosos,
a la
morada de Febo; la fusta
de
Faetonte os llevaría al poniente,
trayendo
la noche tenebrosa ..
Corre
tu velo tupido, noche de amores;
apáguese
la luz fugitiva y que Romeo,
en
silencio y oculto, se arroje en mis brazos.
Para
el rito amoroso basta a los amantes
la
luz de su belleza; o, si ciego es el amor,
congenia
con la noche. Ven, noche discreta,
matrona
vestida de negro solemne,
y
enséñame a perder el juego que gano,
en
el que los dos arriesgamos la virginidad.
Con
tu negro manto cubre la sangre inexperta
que
arde en mi cara, hasta que el pudor
se
torne audacia, y simple pudor un acto de amantes.
Ven,
noche; ven, Romeo; ven, luz de mi noche,
pues
yaces en las alas de la noche
más
blanco que la nieve sobre el cuervo.
Ven,
noche gentil, noche tierna y sombría,
dame
a mi Romeo y, cuando yo muera,
córtalo
en mil estrellas menudas:
lucirá
tan hermoso el firmamento
que
el mundo, enamorado de la noche,
dejará
de adorar al sol hiriente.
Ah,
compré la morada del amor
y
aún no la habito; estoy vendida
y no
me han gozado. El día se me hace eterno,
igual
que la víspera de fiesta
para
la niña que quiere estrenar
un
vestido y no puede. Aquí viene el ama.
Entra
el AMA retorciéndose las manos, con la escalera de cuerda en el regazo.
Ah,
me trae noticias, y todas las bocas
que
hablan de Romeo rebosan divina elocuencia.
¿Qué
hay de nuevo, ama? ¿Qué llevas ahí?
¿La
escalera que Romeo te pidió que trajeses?
AMA
Sí,
sí, la escalera.
[La
deja en el suelo.]
JULIETA
Pero, ¿qué pasa? ¿Por qué te retuerces las
manos?
AMA
¡Ay
de mí! ¡Ha muerto, ha muerto!
Estamos
perdidas, Julieta, perdidas.
¡Ay
de mí! ¡Nos ha dejado, está muerto!
JULIETA
¿Tan
malvado es el cielo?
AMA
El
cielo, no: Romeo. ¡Ah, Romeo, Romeo!
¿Quién
iba a pensarlo? ¡Romeo!
JULIETA
¿Qué
demonio eres tú para así atormentarme?
Es
una tortura digna del infierno.
¿Se
ha matado Romeo? Di que sí,
y tu
sílaba será más venenosa
que
la mirada mortal del basilisco.
Yo
no seré yo si dices que sí, o si están
cerrados
los ojos que te lo hacen decir.
Si
ha muerto di « sí »; si vive, di « no ».
Decirlo
resuelve mi dicha o dolor.
AMA
Vi
la herida, la vi con mis propios ojos
(¡Dios
me perdone!) en su pecho gallardo.
El
pobre cadáver, triste y sangriento,
demacrado
y manchado de sangre,
de
sangre cuajada. Me desmayé al verlo.
JULIETA
¡Estalla,
corazón, mi pobre arruinado!
¡Ojos,
a prisión, no veáis la libertad!
¡Barro
vil, retorna a la tierra, perece
y
únete a Romeo en lecho de muerte!
AMA
¡Ay,
Tebaldo, Tebaldo! ¡Mi mejor amigo!
¡Tebaldo
gentil, caballero honrado,
vivir
para verte muerto!
JULIETA
¿Puede
haber tormenta más hostil?
¿Romeo
sin vida y Tebaldo muerto?
¿Mi
querido primo, mi amado señor?
Anuncia,
trompeta, el Día del Juicio,
pues,
si ellos han muerto, ¿quién queda ya vivo?
AMA
Tebaldo
está muerto y Romeo, desterrado.
Romeo
le mató y fue desterrado.
JULIETA
¡Dios
mío! ¿Romeo derramó sangre de Tebaldo?
AMA
Sí,
sí, válgame el cielo, sí.
JULIETA
¡Qué
alma de serpiente en su cara florida!
¿Cuándo
un dragón guardó tan bella cueva?
¡Hermoso
tirano, angélico demonio!
¡Cuervo
con plumas de paloma, cordero lobuno!
¡Ser
despreciable de divina presencia!
Todo
lo contrario de lo que parecías,
un
santo maldito, un ruin honorable.
Ah,
naturaleza, ¿qué no harías en el infierno
si
alojaste un espíritu diabólico
en
el cielo mortal de tan grato cuerpo?
¿Hubo
libro con tal vil contenido
y
tan bien encuadernado? ¡Ah, que el engaño
resida
en palacio tan regio!
AMA
En
los hombres no hay lealtad, fidelidad,
ni
honradez. Todos son perjuros, embusteros,
perversos
y falsos. ¿Dónde está mi criado?
Dame
un aguardiente: las penas y angustias
me
envejecen. ¡Caiga el deshonor sobre Romeo!
JULIETA
¡Que
tu lengua se llague por ese deseo!
Él
no nació para el deshonor. El deshonor
se
avergüenza de posarse en su frente,
que
es el trono en que el honor puede reinar
como
único monarca de la tierra.
¡Ah,
qué monstruo he sido al insultarle!
AMA
¿Vas a hablar bien del que mató a tu primo?
JULIETA
¿Quieres
que hable mal del que es mi esposo?
¡Mi
pobre señor! ¿Quién repara el daño
que
ha hecho a tu nombre tu reciente esposa?
Mas,
¿por qué, infame, mataste a mi primo?
Porque
el infame de mi primo te habría matado.
Atrás,
necias lágrimas, volved a la fuente;
sed
el tributo debido al dolor
y
no, por error, una ofrenda a la dicha.
Mi
esposo está vivo y Tebaldo iba a matarle;
Tebaldo
ha muerto y habría matado a Romeo.
Si
esto me consuela, ¿por qué estoy llorando?
Había
otra palabra, peor que esa muerte,
que
a mí me ha matado. Quisiera olvidarla,
mas,
ay, la tengo grabada en la memoria
como
el crimen en el alma del culpable.
«Tebaldo
está muerto y Romeo, desterrado.»
Ese
«desterrado», esa palabra
ha
matado a diez mil Tebaldos. Su muerte
ya
sería un gran dolor si ahí terminase.
Mas
si este dolor quiere compañía
y ha
de medirse con otros pesares,
¿por
qué, cuando dijo «Tebaldo ha muerto»,
no
añadió «tu padre», «tu madre», o los dos?
Mi
luto hubiera sido natural.
Pero
a esa muerte añadir por sorpresa
«Romeo,
desterrado», pronunciar tal palabra
es
matar a todos, padre, madre, Tebaldo,
Romeo,
Julieta, todos. «¡Romeo, desterrado!»
No
hay fin, ni límite, linde o medida
para
la muerte que da esa palabra, ni palabras
que
la expresen. Ama, ¿dónde están mis padres?
AMA
Llorando
y penando sobre el cuerpo de Tebaldo.
¿Vas
con ellos? Yo te llevo.
JULIETA
Cesará
su llanto y seguirán fluyendo
mis
lágrimas por la ausencia de Romeo.
Como
yo, las pobres cuerdas se engañaron;
recógelas:
Romeo está desterrado.
Para
subir a mi lecho erais la ruta,
mas
yo, virgen, he de morir virgen viuda.
Venid,
pues. Ven, ama. Voy al lecho nupcial,
llévese
la muerte mi virginidad.
AMA
Tú
corre a tu cuarto. Te traeré a Romeo
para
que te consuele. Sé bien dónde está.
Óyeme,
esta noche tendrás a Romeo:
se
esconde en la celda de su confesor.
JULIETA
¡Ah,
búscale! Dale este anillo a mi dueño
y
dile que quiero su último adiós.
Salen.
III.iii
Entra FRAY LORENZO.
FRAY
LORENZO
Sal,
Romeo, sal ya, temeroso.
La
aflicción se ha prendado de ti
y tú
te has casado con la desventura.
Entra
ROMEO.
ROMEO
Padre,
¿qué noticias hay? ¿Qué decidió el Príncipe?
¿Qué
nuevo infortunio me aguarda
que
aún no conozca?
FRAY
LORENZO
Hijo,
harto bien conoces tales compañeros.
Te
traigo la sentencia del Príncipe.
ROMEO
La sentencia, ¿dista mucho de la muerte?
FRAY
LORENZO
La
que ha pronunciado es más benigna:
no
muerte del cuerpo, sino su destierro.
ROMEO
¿Cómo,
destierro? Sed clemente, decid «muerte»,
que
en la faz del destierro hay más terror,
mucho
más que en la muerte. ¡No digáis « destierro»!
FRAY
LORENZO
Estás
desterrado de Verona.
Ten
paciencia: el mundo es ancho.
ROMEO
No
hay mundo tras los muros de Verona,
sino
purgatorio, tormento, el mismo infierno:
destierro
es para mí destierro del mundo,
y
eso es muerte; luego « destierro» es un falso
nombre
de la muerte. Llamarla «destierro»
es
decapitarme con un hacha de oro
y
sonreír ante el hachazo que me mata.
FRAY
LORENZO
¡Ah,
pecado mortal, cruel ingratitud!
La
ley te condena a muerte, mas, en su clemencia,
el
Príncipe se ha apartado de la norma,
cambiando
en «destierro» la negra palabra «muerte».
Eso
es gran clemencia, y tú no lo ves.
ROMEO
Es
tormento y no clemencia. El cielo está
donde
esté Julieta, y el gato, el perro,
el
ratoncillo y el más mísero animal
aquí
están en el cielo y pueden verla.
Romeo,
no. Hay más valor, más distinción
y
más cortesanía en las moscas
carroñeras
que en Romeo: ellas pueden
posarse
en la mano milagrosa de Julieta
y
robar bendiciones de sus labios,
que
por pudor virginal siempre están rojos
pensando
que pecan al juntarse.
Romeo,
no: le han desterrado.
Las
moscas pueden, mas yo debo alejarme.
Ellas
son libres; yo estoy desterrado.
¿Y
decís que el destierro no es la muerte?
¿No
tenéis veneno, ni navaja,
ni
medio de morir rápido, por vil que sea?
¿Sólo
ese «destierro» que me mata? ¿Destierro?
Ah,
padre, los réprobos dicen la palabra
entre
alaridos. Y, siendo sacerdote,
confesor
que perdona los pecados
y
dice ser mi amigo, ¿tenéis corazón
para
destrozarme hablando de destierro?
FRAY
LORENZO
¡Ah,
pobre loco! Deja que te explique.
ROMEO
Volveréis
a hablarme de destierro.
FRAY
LORENZO
Te
daré una armadura contra él,
la
filosofía, néctar de la adversidad,
que
te consolará en to destierro.
ROMEO
¿Aún
con el «destierro»? ¡Que cuelguen la filosofía!
Si
no puede crear una Julieta,
mover
una ciudad o revocar una sentencia,
la
filosofía es inútil, así que no habléis más.
FRAY
LORENZO
Ya
veo que los locos están sordos.
ROMEO
No
puede ser menos si los sabios están ciegos.
FRAY
LORENZO
Deja
que te hable de tu situación.
ROMEO
No
podéis hablar de lo que no sentís.
Si
fuerais de mi edad, y Julieta vuestro amor,
recién
casado, asesino de Tebaldo,
enamorado
y desterrado como yo,
podríais
hablar, mesaros los cabellos
y
tiraros al suelo como yo
a
tomar la medida de mi tumba.
Llama
a la puerta el AMA.
FRAY
LORENZO
¡Levántate, llaman! ¡Romeo, escóndete!
ROMEO
No, a no ser que el aliento de mis míseros
gemidos me oculte cual la niebla.
Llaman.
FRAY
LORENZO
¡Oye cómo llaman! ¿Quién es? ¡Levántate,
Romeo, que te llevarán! ¡Un momento! ¡Arriba!
Llaman.
¡Corre
a mi estudio! ¡Ya voy! Santo Dios,
¿qué
estupidez es esta? ¡Ya voy, ya voy!
Llaman.
¿Quién llama así? ¿De dónde venís? ¿Qué
queréis?
AMA
[dentro]
Dejadme pasar, que traigo un recado.
Vengo de parte de Julieta.
FRAY
LORENZO
Entonces, bienvenida.
Entra
el AMA.
AMA
Ah, padre venerable, decidme dónde está
el esposo de Julieta. ¿Dónde está Romeo?
FRAY
LORENZO
Ahí, en el suelo, embriagado de lágrimas.
AMA
Ah,
está en el mismo estado que Julieta,
el
mismísimo. ¡Ah, concordia en el dolor!
¡Angustioso
trance! Así yace ella,
llorando
y gimiendo, gimiendo y llorando.
Levantaos,
levantaos y sed hombre;
en
pie, levantaos, por Julieta.
¿A
qué vienen tantos ayes y gemidos?
ROMEO
¡Ama!
[Se
pone en pie.]
AMA
¡Ah, señor! La muerte es el fin de todo.
ROMEO
¿Hablábas
de Julieta? ¿Cómo está?
¿No
me cree un frío asesino
que
ha manchado la niñez de nuestra dicha
con
una sangre que es casi la suya?
¿Dónde
está? ¿Y cómo está? ¿Y qué dice
mi
secreta esposa de este amor invalidado?
AMA
No
dice nada, señor: llora y llora,
se
arroja a la cama, se levanta,
exclama
«¡Tebaldo!», reprueba a Romeo
y
vuelve a caer.
ROMEO
Como
si mi nombre, por disparo
certero
de cañón, la hubiese matado,
como
ya mató a su primo el infame
que
lleva ese nombre. Ah, padre, decidme,
¿qué
parte vil de esta anatomía
alberga
mi nombre? Decídmelo, que voy
a
saquear morada tan odiosa.
Se
dispone a apuñalarse, y el AMA le arre¬bata el puñal.
FRAY
LORENZO
¡Detén
esa mano imprudente!
¿Eres
hombre? Tu aspecto lo proclama,
mas
tu llanto es mujeril y tus locuras recuerdan
la
furia de una bestia irracional.
Impropia
mujer bajo forma de hombre,
impropio
animal bajo forma de ambos.
Me
asombras. Por mi santa orden,
te
creía de temple equilibrado.
¿Mataste
a Tebaldo y quieres matarte
y
matar a tu esposa, cuya vida es la tuya,
causándote
la eterna perdición?
¿Por
qué vituperas tu cuna, el cielo y la tierra
si
de un golpe podrías perder
cuna,
cielo y tierra, en ti concertados?
Deshonras
tu cuerpo, tu amor y tu juicio
y,
como el usurero, abundas en todo
y no
haces buen uso de nada
que
adorne tu cuerpo, tu amor y tu juicio.
Tu
noble figura es efigie de cera
y
carece de hombría; el amor
que
has jurado es pura falacia
y
mata a la amada que dijiste adorar;
tu
juicio, adorno de cuerpo y amor,
yerra
en la conducta que les marcas
y,
como pólvora en soldado bisoño,
se
inflama por to propia ignorancia
y tu
despedaza, cuando debe defenderte.
Vamos,
ten valor. Tu Julieta vive
y
por ella ibas a matarte:
ahí
tienes suerte. Tebaldo te habría matado,
mas
tú le mataste: ahí tienes suerte.
La
ley que ordena la muerte se vuelve tu amiga
y
decide el destierro: ahí tienes suerte.
Sobre
ti desciende un sinfín de bendiciones,
te
ronda la dicha con sus mejores galas,
y
tú, igual que una moza tosca y desabrida,
pones
mala cara a tu amor y tu suerte.
Cuidado,
que esa gente muere desdichada.
Vete
con tu amada, como está acordado.
Sube
a su aposento y confórtala.
Pero
antes que monten la guardia, márchate,
pues,
si no, no podrás salir para Mantua,
donde
vivirás hasta el momento propicio
para
proclamar tu enlace, unir a vuestras familias,
pedir
el indulto del Príncipe y regresar
con
cien mil veces más alegría
que
cuando partiste desolado.
Adelántate,
ama, encomiéndame a Julieta,
y
que anime a la gente a acostarse temprano;
el
dolor les habrá predispuesto.
Ahora
va Romeo.
AMA
¡Dios
bendito! Me quedaría toda la noche
oyéndoos
hablar. ¡Lo que hace el saber!-
¬Señor,
le diré a Julieta que venís.
ROMEO
Díselo,
y dile que se apreste a reprenderme.
El
AMA se dispone a salir, pero vuelve.
AMA
Tomad
este anillo que me dio para vos.
Vamos,
deprisa, que se hace tarde.
ROMEO
Esto
reaviva mi dicha.
Sale
el AMA.
FRAY
LORENZO
Vete,
buenas noches, y ten presente esto:
o te
vas antes que monten la guardia
o
sales disfrazado al amanecer.
Permanece
en Mantua. Buscaré a tu criado
y de
cuando en cuando él te informará
de
las buenas noticias de Verona.
Dame
la mano, es tarde. Adiós, buenas noches.
ROMEO
Me espera una dicha mayor que la dicha,
que, si no, alejarme de vos sentiría.
Adiós.
Salen.
III.iv Entran CAPULETO, la SEÑORA CAPULETO y PARIS.
CAPULETO
Todo
ha sucedido tan adversamente
que
no ha habido tiempo de hablarlo con Julieta.
Sabéis
cuánto quería a su primo Tebaldo;
yo
también. En fin, nacimos para morir.
Ahora
es tarde; ella esta noche ya no bajará.
Os
aseguro que, si no fuese por vos,
me
habría acostado hace una hora.
PARIS
Tiempo
de dolor no es tiempo de amor.
Señora,
buenas noches. Encomendadme a Julieta.
SEÑORA
CAPULETO
Así
lo haré, y por la mañana veré cómo responde.
Esta
noche se ha enclaustrado en su tristeza.
PARIS
se dispone a salir, y CAPULETO le llama.
CAPULETO
Conde
Paris, me atrevo a aseguraros
el
amor de mi hija: creo que me hará
caso
sin reservas; vamos, no lo dudo.
Esposa,
vete a verla antes de acostarte;
cuéntale
el amor de nuestro yerno Paris
y
dile, atiende bien, que este miércoles...
Espera,
¿qué día es hoy?
PARIS
Lunes, señor.
CAPULETO
Lunes...
¡Mmmm...! Eso es muy precipitado.
Que
sea el jueves. Dile que este jueves
se
casará con este noble conde.¬-
¿Estaréis
preparados? ¿Os complace la presteza?
No
lo celebraremos: uno o dos amigos,
porque,
claro, con Tebaldo recién muerto,
que
era pariente, si lo festejamos
dirán
que le teníamos poca estima.
Así
que invitaremos a unos seis amigos
y ya
está. ¿Qué os parece el jueves?
PARIS
Señor,
ojalá que mañana fuese el jueves.
CAPULETO
Muy
bien; ahora marchad. Será el jueves.-
¬Tú
habla con Julieta antes de acostarte
y
prepárala para el día de la boda.¬-
Adiós,
señor. ¡Eh, alumbrad mi cuarto!¬-
Por
Dios, que se ha hecho tan tarde
que
pronto diremos que es temprano. Buenas noches.
Salen.
III.v
Entran ROMEO y JULIETA arriba, en el
balcón.
JULIETA
¿Te
vas ya? Aún no es de día.
Ha
sido el ruiseñor y no la alondra
el
que ha traspasado tu oído medroso.
Canta
por la noche en aquel granado.
Créeme,
amor mío; ha sido el ruiseñor.
ROMEO
Ha
sido la alondra, que anuncia la mañana,
y no
el ruiseñor. Mira, amor, esas rayas hostiles
que
apartan las nubes allá, hacia el oriente.
Se
apagaron las luces de la noche
y el
alegre día despunta en las cimas brumosas.
He
de irme y vivir, o quedarme y morir.
JULIETA
Esa
luz no es luz del día, lo sé bien;
es
algún meteoro que el sol ha creado .
para
ser esta noche tu antorcha
y
alumbrarte el camino de Mantua.
Quédate
un poco, aún no tienes que irte.
ROMEO
Que
me apresen, que me den muerte;
lo
consentiré si así lo deseas.
Diré
que aquella luz gris no es el alba,
sino
el pálido reflejo del rostro de Cintia . ,
y
que no es el canto de la alondra
lo
que llega hasta la bóveda del cielo.
En
lugar de irme, quedarme quisiera.
¡Que
venga la muerte! Lo quiere Julieta.
¿Hablamos,
mi alma? Aún no amanece.
JULIETA
¡Si
está amaneciendo! ¡Huye, corre, vete!
Es
la alondra la que tanto desentona
con
su canto tan chillón y disonante.
Dicen
que la alondra liga notas con dulzura:
a
nosotros, en cambio, nos divide;
y
que la alondra cambió los ojos con el sapo .:
ojalá
que también se cambiasen las voces,
puesto
que es su voz lo que nos separa
y de
aquí te expulsa con esa alborada.
Vamos,
márchate, que la luz ya se acerca.
ROMEO
Luz en nuestra luz y sombra en nuestras penas.
Entra
el AMA a toda prisa.
AMA
¡Julieta!
JULIETA
¿Ama?
AMA
Tu madre viene a tu cuarto.
Ya es de día. Ten cuidado. Ponte en guardia.
[Sale.]
JULIETA
Pues que el día entre, y mi vida salga.
ROMEO
Bien,
adiós. Un beso, y voy a bajar.
Desciende
..
JULIETA
¿Ya
te has ido, amado, esposo, amante?
De
ti he de saber cada hora del día,
pues
hay tantos días en cada minuto...
Ah,
haciendo estas cuentas seré muy mayor
cuando
vea a Romeo.
ROMEO
[abajo]
¡Adiós!
No perderé oportunidad
de
enviarte mi cariño.
JULIETA
¿Crees que volveremos a vernos?
ROMEO
Sin
duda, y recordaremos todas nuestras penas
en
gratos coloquios de años venideros.
JULIETA
¡Dios
mío, mi alma presiente desgracias!
Estando
ahí abajo, me parece verte
como
un muerto en el fondo de una tumba.
Si
la vista no me engaña, estás pálido.
ROMEO
A mi
vista le dices lo mismo, amor.
Las
penas nos beben la sangre .. Adiós.
Sale.
JULIETA
Fortuna,
Fortuna, te llaman voluble.
Si
lo eres, ¿por qué te preocupas
del
que es tan constante? Sé voluble, Fortuna,
pues
así no tendrás a Romeo mucho tiempo
y
podrás devolvérmelo.
Entra
la SEÑORA CAPULETO.
SEÑORA
CAPULETO
¡Hija! ¿Estás levantada?
JULIETA
¿Quién
me llama? Es mi madre.
¿Aún
sin acostarse o es que ha madrugado?
¿Qué
extraño motivo la trae aquí ahora?
Baja
del balcón y entra abajo.
SEÑORA
CAPULETO
¿Qué pasa, Julieta?
JULIETA
No estoy bien, señora.
SEÑORA
CAPULETO
¿Sigues
llorando la muerte de tu primo?
¿Quieres
sacarle de la tumba con tus lágrimas?
Aunque
pudieras, no podrías darle vida,
así
que ya basta. Dolor moderado indica amor;
dolor
en exceso, pura necedad.
JULIETA
Dejadme llorar mi triste pérdida.
SEÑORA
CAPULETO
Así lloras la pérdida, no a la persona.
JULIETA
Lloro
tanto la pérdida que no puedo
dejar
de llorar a la persona.
SEÑORA
CAPULETO
Hija,
tú no lloras tanto su muerte
como
el que esté vivo el infame que le mató.
JULIETA
¿Qué infame, señora?
SEÑORA
CAPULETO
El infame de Romeo.
JULIETA
[aparte]
Entre él y un infame hay millas de distancia.
[A
la SEÑORA CAPULETO]
Dios le perdone, como yo con toda el alma.
Y eso que ninguno me aflige como él.
SEÑORA
CAPULETO
Porque el vil asesino aún vive.
JULIETA
Sí,
señora, fuera del alcance de mis manos.
¡Ojalá
sólo yo pudiera vengar a mi primo!
SEÑORA
CAPULETO
Tomaremos
venganza, no lo dudes.
No
llores más. Mandaré a alguien a Mantua,
donde
vive el desterrado, y le dará
un
veneno tan insólito que muy pronto
estará
en compañía de Tebaldo.
Supongo
que entonces quedarás contenta.
JULIETA
Nunca
quedaré contenta con Romeo
hasta
que le vea... muerto...
está
mi corazón de llorar a Tebaldo.
Señora,
si a alguien encontráis
para
que lleve un veneno, yo lo mezclaré,
de
modo que Romeo, al recibirlo,
pronto
duerma en paz. ¡Cuánto me disgusta
oír
su nombre y no estar cerca de él
para
hacerle pagar mi amor por Tebaldo
en
el propio cuerpo que le ha dado muerte!
SEÑORA
CAPULETO
Tú
busca los medios; yo buscaré al hombre.
Pero
ahora te traigo alegres noticias.
JULIETA
La
alegría viene bien cuando es tan necesaria.
¿Qué
nuevas traéis, señora?
SEÑORA
CAPULETO
Hija,
tienes un padre providente
que,
para descargarte de tus penas,
de
pronto ha dispuesto un día de dicha
que
ni tú te esperabas ni yo imaginaba.
JULIETA
Muy
a propósito. ¿Qué día será?
SEÑORA
CAPULETO
Hija,
este jueves, por la mañana temprano,
en
la iglesia de San Pedro, un gallardo, joven
y
noble caballero, el Conde Paris,
te
hará una esposa feliz.
JULIETA
Pues
por la iglesia de San Pedro y por San Pedro,
que
allí no me hará una esposa feliz.
Me
asombra la prisa, tener que casarme
antes
de que el novio me enamore.
Señora,
os lo ruego: decidle a mi padre y señor
que
aún no pienso casarme y que, cuando lo haga,
será
con Romeo, a quien sabes que odio,
en
vez de con Paris. ¡Pues vaya noticias!
Entran
CAPULETO y el AMA.
SEÑORA
CAPULETO
Aquí
está tu padre. Díselo tú misma,
a
ver cómo lo toma.
CAPULETO
Cuando
el sol se pone, la tierra llora rocío .,
mas
en el ocaso del hijo de mi hermano,
cae
un diluvio.
¡Cómo!
¿Hecha una fuente, hija? ¿Aún llorando?
¿Bañada
en lágrimas? Con tu cuerpo menudo
imitas
al barco, al mar, al viento,
pues
en tus ojos, que yo llamo el mar,
están
el flujo y reflujo de tus lágrimas;
el
barco es tu cuerpo, que surca ese mar;
el
viento, tus suspiros, que, a porfía con tus lágrimas,
hará
naufragar ese cuerpo agitado
si
pronto no amaina. ¿Qué hay, esposa?
¿Le
has hecho saber mi decisión?
SEÑORA
CAPULETO
Sí,
pero ella dice que no, y gracias.
¡Ojalá
se casara con su tumba!
CAPULETO
Un
momento, esposa; explícame eso, explícamelo.
¿Cómo que no quiere? ¿No nos lo agradece?
¿No está orgullosa? ¿No se da por contenta
de que, indigna como es, hayamos conseguido
que tan digno caballero sea su esposo?
JULIETA
Orgullosa,
no, mas sí agradecida.
No
puedo estar orgullosa de lo que odio,
pero
sí agradezco que se hiciera por amor.
CAPULETO
¿Así
que con sofismas? ¿Qué es esto?
¿«Orgullosa»,
«lo agradezco», «no lo agradezco»
y
«orgullosa, no», niña consentida?
A mí
no me vengas con gracias ni orgullos
y
prepara esas piernecitas para ir
el
jueves con Paris a la iglesia de San Pedro
o te
llevo yo atada y a rastras.
¡Quita,
cadavérica! ¡Quita, insolente,
cara
lívida!
SEÑORA
CAPULETO
¡Calla, calla! ¿Estás loco?
JULIETA
Mi buen padre, te lo pido de rodillas;
escúchame con calma un momento.
CAPULETO
¡Que
te cuelguen, descarada, rebelde!
Escúchame
tú: el jueves vas a la iglesia
o en
tu vida me mires a la cara.
No
hables, ni respondas, ni contestes.
Me
tientas la mano. Esposa, nos creíamos
con
suerte porque Dios nos dio sólo esta hija,
pero
veo que la única nos sobra
y
que haberla tenido es maldición.
¡Fuera
con el penco!
AMA
¡Dios la bendiga! Señor,
sois injusto al tratarla de ese modo.
CAPULETO
¿Y
por qué, doña Sabihonda? ¡Cállese
doña
Cordura, y a charlar con las comadres!
AMA
No
he faltado a nadie.
CAPULETO
Ahí
está la puerta.
AMA
¿No
se puede hablar?
CAPULETO
¡A
callar, charlatana! Suelta tu sermón
a
tus comadres, que aquí no hace falta.
SEÑORA
CAPULETO
No
te excites tanto.
CAPULETO
¡Cuerpo
de Dios, me exaspera! Día y noche,
trabajando
u ocioso, solo o acompañado,
mi
solo cuidado ha sido casarla;
y
ahora que le encuentro un joven caballero
de
noble linaje, de alcurnia y hacienda,
adornado,
como dicen, de excelsas virtudes,
con
tan buena figura como quepa imaginar,
me
viene esta tonta y mísera llorica,
esta
muñeca llorona, en la cumbre de su suerte,
contestando
«No me caso, no le quiero;
no
tengo edad; perdóname, te lo suplico».
Pues
no te cases y verás si te perdono:
pace
donde quieras y lejos de mi casa.
Piénsalo
bien, no suelo bromear,
El
jueves se acerca, considéralo, pondera:
si
eres hija mía, te daré a mi amigo; si no,
ahórcate,
mendiga, hambrea, muérete en la calle,
pues,
por mi alma, no pienso reconocerte
ni
dejarte nada que sea mío.
Ten
por seguro que lo cumpliré.
Sale.
JULIETA
¿No
hay misericordia en las alturas
que
conciba la hondura de mi pena?
¡Ah,
madre querida, no me rechacéis!
Aplazad
esta boda un mes, una semana
o,
si no, disponed mi lecho nupcial
en
el panteón donde yace Tebaldo.
SEÑORA
CAPULETO
Conmigo
no hables; no diré palabra.
Haz
lo que quieras. Contigo he terminado.
Sale.
JULIETA
¡Dios
mío! Ama, ¿cómo se puede impedir esto?
Mi
esposo está en la tierra; mi juramento, en el cielo.
¿Cómo
puede volver a la tierra
si,
dejando la tierra, mi esposo
no
me lo envía desde el cielo? Confórtame,
aconséjame.
¡Ah, que el cielo emplee sus mañas
contra
un ser indefenso como yo!
¿Qué
me dices? ¿No puedes alegrarme?
Dame
consuelo, ama.
AMA
Aquí
lo tienes:
Romeo
está desterrado, y el mundo contra nada
a
que no se atreve a volver y reclamarte,
o
que, si lo hace, será a hurtadillas.
Así
que, tal como ahora está la cosa,
creo
que más vale que te cases con el conde.
¡Ah,
es un caballero tan apuesto!
A su
lado, Romeo es un pingajo. Ni el águila
tiene
los ojos tan verdes, tan vivos y hermosos
como
Paris. Que se pierda mi alma
si
no vas a ser feliz con tu segundo esposo,
pues
vale más que el primero; en todo caso,
el
primero ya está muerto, o como si lo estuviera,
viviendo
tú aquí y sin gozarlo.
JULIETA
Pero, ¿hablas con el corazón?
AMA
Y con el alma, o que se pierdan los dos.
JULIETA
Amén.
AMA
¿Qué?
JULIETA
Bueno, me has dado un gran consuelo.
Entra y dile a mi madre que, habiendo
disgustado
a mi padre, me voy a la celda de Fray Lorenzo
a confesarme y pedir la absolución.
AMA
En seguida. Eso es muy sensato.
[Sale.]
JULIETA
¡Condenada
vieja! ¡Perverso demonio!
¿Qué
es más pecado? ¿Tentarme al perjurio
o
maldecir a mi esposo con la lengua
que
tantas veces lo ensalzó
con
desmesura? Vete, consejera.
Tú y
mis pensamientos viviréis como extraños.
Veré
qué remedio puede darme el fraile;
si
todo fracasa, habré de matarme.
Sale.
IV.i
Entran FRAY LORENZO y el Conde PARIS.
FRAY
LORENZO
¿El jueves, señor? Eso es muy pronto.
PARIS
Así
lo quiere mi suegro Capuleto
y yo
no me inclino a frenar su prisa.
FRAY
LORENZO
¿Decís
que no sabéis lo que ella piensa?
Esto
es muy irregular y no me gusta.
PARIS
Llora
sin cesar la muerte de Tebaldo
y
por eso de amor he hablado poco.
Venus
no sonríe en la casa del dolor.
Señor,
su padre juzga peligroso
que
su pena llegue a dominarla
y,
en su prudencia, apresura nuestra boda
por
contener el torrente de sus lágrimas,
a
las que ella es tan propensa si está sola
y
que puede evitar la compañía.
Ahora
ya sabéis la razón de la premura.
FRAY
LORENZO
[aparte]
Ojalá no supiera por qué hay que frenarla.-
¬Mirad,
señor: la dama viene a mi celda.
Entra
JULIETA.
PARIS
Bien hallada, mi dama y esposa.
JULIETA
Señor, eso será cuando pueda ser esposa.
PARIS
Ese «pueda ser» ha de ser el jueves, mi amor.
JULIETA
Lo que ha de ser, será.
FRAY
LORENZO
Un dicho muy cierto.
PARIS
¿Venís a confesaros con el padre?
JULIETA
Si contestase, me confesaría con vos.
PARIS
No podéis negarle que me amáis.
JULIETA
Voy a confesaros que le amo.
PARIS
También confesaréis que me amáis.
JULIETA
Si lo hago, valdrá más por ser dicho
a vuestras espaldas que a la cara.
PARIS
Pobre, no estropeéis vuestra cara con el
llanto.
JULIETA
La victoria del llanto es bien pequeña:
antes de dañarla, mi cara valía poco.
PARIS
Decir eso la daña más que vuestro llanto.
JULIETA
Señor, lo que es cierto no es calumnia,
y lo que he dicho, me lo he dicho a la cara.
PARIS
Esa cara es mía y vos la calumniáis.
JULIETA
Tal vez, porque mía ya no es.
Padre, ¿estáis desocupado
u os veo tras la misa vespertina?
FRAY
LORENZO
Estoy desocupado, mi apenada hija.
Señor, os rogaré que nos dejéis a solas.
PARIS
Dios
me guarde de turbar la devoción.
Julieta,
os despertaré el jueves bien temprano.
Adiós
hasta entonces y guardad mi santo beso.
Sale.
JULIETA
¡Ah,
cerrad la puerta y llorad conmigo!
No
queda esperanza, ni cura, ni ayuda.
FRAY
LORENZO
Ah,
Julieta, conozco bien tu pena;
me
tiene dominada la razón.
Sé
que el jueves tienes que casarte
con
el conde, y que no se aplazará.
JULIETA
Padre,
no me digáis que lo sabéis
sin
decirme también cómo impedirlo.
Si,
en vuestra prudencia, no me dais auxilio,
aprobad
mi decisión y yo al instante
con
este cuchillo pondré remedio a todo esto.
Dios
unió mi corazón y el de Romeo,
vos
nuestras manos y, antes que esta mano,
sellada
con la suya, sea el sello de otro enlace
o
este corazón se entregue a otro
con
perfidia, esto acabará con ambos.
Así
que, desde vuestra edad y experiencia,
dadme
ya consejo, pues, si no, mirad,
este
cuchillo será el árbitro que medie
entre
mi angustia y mi persona con una decisión
que
ni vuestra autoridad ni vuestro arte
han
sabido alcanzar honrosamente.
Tardáis
en hablar, y yo la muerte anhelo
si
vuestra respuesta no me da un remedio.
FRAY
LORENZO
¡Alto,
hija! Veo un destello de esperanza,
mas
requiere una acción tan peligrosa
como
el caso que se trata de evitar.
Si,
por no unirte al Conde Paris, tienes
fuerza
de voluntad para matarte,
seguramente
podrás acometer
algo
afín a la muerte y evitar este oprobio,
pues
por él la muerte has afrontado.
Si
tú te atreves, yo te daré el remedio.
JULIETA
Antes
que casarme con Paris, decidme
que
salte desde las almenas de esa torre,
que
pasee por sendas de ladrones, o que ande
donde
viven las serpientes; encadenadme
con
osos feroces o metedme de noche en un osario,
enterrada
bajo huesos que crepiten,
miembros
malolientes, calaveras sin mandíbula;
decidme
que me esconda en un sepulcro,
en
la mortaja de un recién enterrado...
Todo
lo que me ha hecho temblar con sólo oírlo
pienso
hacerlo sin duda ni temor
por
seguir siéndole fiel a mi amado.
FRAY
LORENZO
Entonces
vete a casa, ponte alegre y di
que
te casarás con Paris. Mañana es miércoles:
por
la noche procura dormir sola;
no
dejes que el ama duerma en tu aposento.
Cuando
te hayas acostado, bébete
el
licor destilado de este frasco.
Al
punto recorrerá todas tus venas
un
humor frío y soñoliento; el pulso
no
podrá detenerlo y cesará;
ni
aliento ni calor darán fe de que vives;
las
rosas de tus labios y mejillas
serán
pálida ceniza; tus párpados caerán
cual
si la muerte cerrase el día de la vida;
tus
miembros, privados de todo movimiento,
estarán
más fríos y yertos que la muerte.
Y
así quedarás cuarenta y dos horas
como
efigie pasajera de la muerte,
para
despertar como de un grato sueño.
Cuando
por la mañana llegue el novio
para
levantarte de tu lecho, estarás muerta.
Entonces,
según los usos del país,
con
tus mejores galas, en un féretro abierto,
serás
llevada al viejo panteón
donde
yacen los difuntos Capuletos.
Entre
tanto, y mientras no despiertes,
por
carta haré saber a Romeo nuestro plan
para
que venga; él y yo asistiremos
a tu
despertar, y esa misma noche
Romeo
podrá llevarte a Mantua.
Esto
te salvará de la deshonra,
si
no hay veleidad ni miedo femenil
que
frene tu valor al emprenderlo.
JULIETA
¡Dádmelo,
dádmelo! No me habléis de miedo.
FRAY
LORENZO
Bueno,
vete. Sé firme, y suerte
en
tu propósito. Ahora mismo mando un fraile
a
Mantua con carta para tu marido.
JULIETA
Amor
me dé fuerza, y ella me dé auxilio.
Adiós,
buen padre.
Salen.
IV.ii Entran CAPULETO, la SEÑORA CAPULETO, el
AMA y dos o tres CRIADOS.
CAPULETO
Invita a todas las personas de esta lista.
[Sale
un CRIADO.]
Tú, contrátame a veinte buenos cocineros.
CRIADO
Señor,
no os traeré a ninguno malo, pues probaré a ver si se chupan los dedos.
CAPULETO
¿Qué
prueba es esa?
CRIADO
Señor,
no será buen cocinero quien no se chupe los dedos; así que por mí, el que no se
los chupe, ahí se queda.
CAPULETO
Bueno,
andando.
Sale
el CRIADO.
Esta
vez no estaremos bien surtidos.
Mi
hija, ¿se ha ido a ver al padre?
AMA
Sí,
señor.
CAPULETO
Bueno,
quizá él le haga algún bien.
Es
una cría tonta y testaruda.
Entra
JULIETA.
AMA
Pues vuelve de la confesión con buena cara.
CAPULETO
¿Qué dice mi terca? ¿Dónde fuiste de correteo?
JULIETA
Donde
he aprendido a arrepentirme
del
pecado de tenaz desobediencia
a
vos y a vuestras órdenes. Fray Lorenzo
ha
dispuesto que os pida perdón
postrada
de rodillas. Perdonadme.
Desde
ahora siempre os obedeceré.
CAPULETO
¡Llamad
al conde! ¡Contádselo!
Este
enlace lo anudo mañana por la mañana . .
JULIETA
He visto al joven conde en la celda del fraile
y le he dado digna muestra de mi amor
sin traspasar las lindes del decoro.
CAPULETO
¡Cuánto me alegro! ¡Estupendo! Levántate.
Así debe ser. He de ver al conde.
Sí, eso es. Vamos, traedle aquí.
¡Por
Dios bendito, cuánto debe la ciudad
a
este padre santo y venerable!
JULIETA
Ama,
¿me acompañas a mi cuarto
y me
ayudas a escoger las galas
que
creas que mañana necesito?
SEÑORA
CAPULETO
No,
es el jueves. Hay tiempo de sobra.
CAPULETO
Ama,
ve con ella. La boda es mañana.
Salen
el AMA y JULIETA.
SEÑORA
CAPULETO
No
estaremos bien provistos.
Ya
es casi de noche.
CAPULETO
Calla,
deja que me mueva
y
todo irá bien, esposa, te lo garantizo.
Tú
ve con Julieta, ayúdala a engalanarse.
Esta
noche no me acuesto. Tú dejame:
esta
vez yo haré de ama de casa. ¡Eh!¬-
Han
salido todos. Bueno, yo mismo iré a ver
al
Conde Paris y le prepararé
para
mañana. Me brinca el corazón
desde
que se ha enmendado la rebelde.
Salen.
IV.iii
Entran JULIETA y el AMA.
JULIETA
Sí, mejor esa ropa. Pero, mi buena ama,
¿quieres dejarme sola esta noche?
Necesito rezar mucho y lograr
que
el cielo se apiade de mi estado,
que,
como sabes, es adverso y pecaminoso.
Entra
la SEÑORA CAPULETO.
SEÑORA
CAPULETO
¿Estáis
ocupadas? ¿Necesitáis mi ayuda?
JULIETA
No,
señora. Ya hemos elegido lo adecuado
para
la ceremonia de mañana.
Si
os complace, desearía quedarme sola;
el
ama os puede ayudar esta noche,
pues
seguro que estaréis atareada
con
toda esta premura.
SEÑORA
CAPULETO
Buenas
noches. Acuéstate y descansa,
que
lo necesitas.
Salen
[la SEÑORA CAPULETO y el AMA].
JULIETA
¡Adiós!
Sabe Dios cuándo volveremos a vernos.
Tiembla
en mis venas un frío terror
que
casi me hiela la vida.
Las
llamaré para que me conforten.
¡Ama!
¿Y qué puede hacer?
En
esta negra escena he de actuar sola.
Ven,
frasco.
¿Y
si no surte efecto la mezcla?
¿Habré
de casarme mañana temprano?
No,
no: esto lo impedirá. Quédate ahí.
[Deja
a su lado un puñal.]
¿Y
si fuera un veneno que el fraile
preparó
con perfidia para darme muerte,
no
sea que mi boda le deshonre
tras
haberme casado con Romeo?
Temo
que sí y, sin embargo, creo que no,
pues
siempre ha demostrado ser piadoso.
¿Y
si, cuando esté en el panteón,
despierto
antes que Romeo
venga
a rescatarme? Tiemblo de pensarlo.
¿Podré
respirar en un sepulcro
en
cuya inmunda boca no entra aire sano
y
morir asfixiada antes que llegue Romeo?
O si
vivo, ¿no puede ocurrir que la horrenda
imagen
que me inspiran muerte y noche,
junto
con el espanto del lugar...?
Pues
al ser un sepulcro, un viejo mausoleo
donde
por cientos de años se apilan
los
restos de todos mis mayores;
donde
Tebaldo, sangriento y recién enterrado,
se
pudre en su mortaja; donde dicen
que
a ciertas horas de la noche acuden espíritus...
¡Ay
de mí! ¿No puede ocurrir que, despertando
temprano,
entre olores repugnantes
y
gritos como de mandrágora arrancada
de
cuajo, que enloquece a quien lo oye...? ..
Ah,
si despierto, ¿no podría perder el juicio,
rodeada
de horrores espantosos,
y
jugar como una loca con los esqueletos,
a
Tebaldo arrancar de su mortaja
y,
en este frenesí, empuñando como maza
un
hueso de algún antepasado, partirme
la
cabeza enajenada? ¡Ah! Creo ver
el
espectro de mi primo en busca de Romeo,
que
le atravesó con su espada. ¡Quieto, Tebaldo!
¡Romeo,
Romeo! Aquí está el licor. Bebo por ti.
Cae
sobre la cama, tras las cortinas ..
IV.iv Entran la SEÑORA CAPULETO y el AMA con
hierbas.
SEÑORA
CAPULETO
Espera. Toma estas llaves y trae más especias.
AMA
En el horno piden membrillos y dátiles.
Entra
CAPULETO.
CAPULETO
Vamos,
daos prisa. El gallo ha cantado
dos
veces, ha sonado la campana: son las tres.
Angélica,
ocúpate de las empanadas;
no
repares en gastos.
AMA
Marchaos
ya, cominero, acostaos.
Ya
veréis, mañana estaréis malo
por
falta de sueño.
CAPULETO
¡Qué
va! Por mucho menos velé
noches
enteras sin ponerme malo.
SEÑORA
CAPULETO
Sí,
en tus tiempos fuiste muy trasnochador,
pero
ahora velaré por que no veles.
Salen
la SEÑORA CAPULETO y el AMA.
CAPULETO
¡Será celosa, será celosa!
Entran
tres o cuatro CRIADOS con asa¬dores, leña y cestas.
Oye, tú, ¿qué lleváis ahí?
CRIADO
1. °
No sé, señor; cosas para el cocinero.
CAPULETO
Date prisa, date prisa. Tú, trae leña más
seca.
Llama a Pedro: él te dirá dónde hay.
CRIADO
2.°
Señor, a Pedro no hay que molestarle:
para encontrar tarugos tengo yo buena cabeza.
CAPULETO
Vive
Dios, qué bien dicho. El pillo es chistoso.
Te
llamaremos «cabeza de tarugo».
Salen
[los CRIADOS].
¡Pero
si ya es de día!
El
conde estará aquí pronto con la música.
Eso
es lo que dijo.
Tocan
música [dentro].
Ya
se acerca. ¡Ama! ¡Esposa! ¡Eh! ¡Ama!
Entra el AMA.
Despierta
a Julieta, corre a arreglarla.
Yo
voy a hablar con Paris. Date prisa,
date
prisa, que ha llegado el novio.
Vamos,
date prisa.
[Sale
..]
AMA
¡Señorita!
¡Julieta! ¡Anda, vaya sueño!
¡Eh,
paloma! ¡Eh, Julieta! ¡Será dormilona!
¡Eh,
cariño! ¡Señorita! ¡Reina! ¡Novia, vamos!
¡Ni
palabra! Aprovecha bien ahora,
duerme
una semana, que, ya verás,
esta
noche el Conde Paris sueña
con
quitarte el sueño. ¡Dios me perdone!
¡Amén,
Jesús! ... Se le han pegado las sábanas.
Tendré
que despertarla. ¡Señorita, señorita!
Sí,
sí, ya verás como el conde te coja en la cama:
te
va a meter miedo. ¿Es que no despiertas?
[Descorre
las cortinas.]
¡Cómo,
te vistes y vuelves a acostarte!
Tendré
que despertarte. ¡Señorita, señorita!
¡Ay,
ay! ¡Socorro, socorro! ¡Está muerta!
¡Ay,
dolor! ¿Para qué habré nacido?
¡Ah,
mi aguardiente! ¡Señor! ¡Señora!
Entra
la SEÑORA CAPULETO.
SEÑORA
CAPULETO
¿Qué escándalo es ese?
AMA
¡Ah, día infortunado!
SEÑORA
CAPULETO
¿Qué pasa?
AMA
¡Mirad, mirad! ¡Ah, día triste!
SEÑORA
CAPULETO
¡Ay
de mí, ay de mí! ¡Mi hija, mi vida!
¡Revive,
mírame o moriré contigo!
¡Socorro,
socorro! ¡Pide socorro!
Entra
CAPULETO.
CAPULETO
Por
Dios, traed a Julieta, que ha llegado el novio!
AMA
¡Está muerta, muerta, muerta! ¡Ay, dolor!
SEÑORA
CAPULETO
¡Ay, dolor! ¡Está muerta, muerta, muerta!
CAPULETO
¡Cómo!
A ver. ¡Ah, está fría!
La
sangre, parada; los miembros, rígidos.
Hace
tiempo que la vida salió de sus labios.
La
Muerte la cubre como escarcha intempestiva
sobre
la más tierna flor de los campos.
AMA
¡Ah,
día infortunado!
SEÑORA
CAPULETO
¡Ah,
tiempo de dolor!
CAPULETO
La
Muerte la llevó para hacerme gritar,
pero
ahora me ata la lengua y el habla.
Entran
FRAY LORENZO y el Conde PARIS [con los MÚSICOS].
FRAY
LORENZO
¿Está lista la novia para it a la iglesia?
CAPULETO
Lista
para ir, no para volver.-
¬Ah,
hijo, la noche antes de tu boda
la
Muerte ha dormido con tu amada. La flor
que
había sido yace ahora desflorada.
La
Muerte es mi yerno, la Muerte me hereda;
con
mi hija se ha casado. Moriré
dejándole
todo: la vida, el vivir, todo es suyo.
PARIS
¡Tanto desear que llegase este día
para ver una escena como esta!
Todos
a una gritan y se retuercen las manos ..
SEÑORA
CAPULETO
¡Día
maldito, funesto, mísero, odioso!
¡La
hora más triste que vio el tiempo
en
su largo y asiduo peregrinar!
¡Una,
sólo una, una pobre y tierna hija,
que
me daba alegría y regocijo,
y la
cruel Muerte me la arranca de mi lado!
AMA
¡Ah,
dolor! ¡Día triste, triste, triste!
¡El
más infortunado, el más doloroso
de
mi vida, de toda mi vida!
¡Ah,
qué día, qué día más odioso!
¡Cuándo
se ha visto un día tan negro!
¡Ah,
día triste, día triste!
PARIS
¡Engañado,
separado, injuriado, muerto!
¡Engañado
por ti, Muerte execrable,
derrotado
por ti en tu extrema crueldad!
¡Amor!
¡Vida! ¡Vida, no: amor en la muerte!
CAPULETO
¡Despreciado,
vejado, odiado, torturado, muerto!
Tiempo
de angustia, ¿por qué vienes ahora
matando
nuestra celebración?
¡Hija,
ah, hija! ¡Mi alma, y no mi hija!
Yaces
muerta. Ah, ha muerto mi hija
y
con ella se entierra mi gozo.
FRAY
LORENZO
¡Por
Dios, callad! El trastorno no se cura
con
trastornos. El cielo y vos teníais
parte
en la bella muchacha; ahora todo
es
del cielo, y para ella es lo mejor.
Vuestra
parte no pudisteis salvarla de la muerte,
mas
la otra eternamente guarda el cielo.
Vuestro
anhelo era verla encumbrada;
elevarla
habría sido vuestra gloria.
¿Y
lloráis ahora que se ha elevado
más
allá de las nubes y ya alcanza la gloria?
¡Ah,
con ese amor la amáis tan poco
que
os perturba su bienaventuranza!
No
es buen matrimonio el que años conoce:
la
mejor casada es la que muere joven.
Secad
vuestras lágrimas y cubrid de romero
este
hermoso cuerpo, según la costumbre .,
y llevadla a la iglesia con sus mejores galas.
La
blanda natura llorar ha mandado,
mas
nuestra cordura se ríe del llanto.
CAPULETO
Lo
que dispusimos para nuestra fiesta
cambiará
su objeto para estas exequias:
ahora
los músico! tocarán a muerto,
el
banquete será una comida de luto,
los
himnos de boda, dolientes endechas,
las
flores nupciales lucirán sobre el féretro
y
todo ha de volverse su contrario.
FRAY
LORENZO
Entrad,
señor; señora, entrad con él.
Venid,
Conde Paris. Que todos se preparen
para
acompañar a la bella difunta en su entierro.
Los
cielos os penan por algún pecado;
no
los enojéis: cumplid su mandato.
Salen
todos, menos [los Músicos y] el AMA, que echa romero sobre el cadáver y corre
las cortinas.
MÚSICO
1.°
Ya podemos irnos con la música a otra parte.
AMA
Marchaos,
amigos, marchaos;
ya
veis que es un caso de dolor.
Sale.
MÚSICO
1.°
Sí, es el caso que te hacen cuando duele.
Entra
PEDRO ..
PEDRO
¡Músicos, músicos! «Paz del alma», «Paz del
alma».
Si queréis que siga vivo, tocad « Paz del
alma» ..
MÚSICO
1.°
¿Por qué «Paz del alma»?
PEDRO
Ah, músicos, porque en mi alma oigo sonar «Se
me parte el alma». Ah, confortadme con una endecha que sea alegre.
MÚSICO
1.°
Nada de endechas. No es hora de tocar.
PEDRO
Entonces
¿no?
MÚSICO
1.°
No.
PEDRO
Pues os la voy a dar sonada.
MÚSICO
1.°
¿Qué nos vas a dar?
PEDRO
Dinero, no; guerra. Te voy a poner a tono.
MÚSICO
1.°
Y yo te pondré de esclavo.
PEDRO
Entonces este puñal de esclavo te va a rapar
la ca¬beza. A mí no me trines, que te solfeo. Toma nota.
MÚSICO
1.°
Solfea y darás la nota.
MÚSICO
2.°
Anda, demuestra lo listo que eres y envaina
ese puñal.
PEDRO
¡Pues, en guardia! Envainaré mi puñal y os
batiré con mi listeza. Respondedme como hombres:
«Cuando
domina la aflicción
y el
alma sufre del pesar,
la
música, argénteo son...»
¿Por qué «argénteo» ? ¿Por qué « la música,
argénteo son»? ¿Qué dices tú, Simón Cuerdas?
MÚSICO
1.°
Pues
porque, igual que la plata, suena dulce.
PEDRO
¡Palabras!
¿Tú qué dices, Hugo Violas?
MÚSICO
2.°
«Argénteo»
porque a los músicos nos pagan en plata.
PEDRO
¡Más
palabras! ¿Y tú qué dices, Juan del Coro?
MÚSICO
3.°
Pues
no sé qué decir.
PEDRO
¡Ah,
disculpad! Sois el cantor. Yo os lo diré. «La música, argénteo son» porque a
los músicos nunca os suena el oro.
«...
la música, argénteo son,
el
mal no tarda en reparar».
Sale.
MÚSICO
1.°
¡Qué pillo más irritante!
MÚSICO
2.°
¡Que lo zurzan! Venga, vamos a entrar.
Aguardamos a los dolientes y esperamos a comer.
Salen.
V.i
Entra ROMEO.
ROMEO
Si
puedo confiar en la verdad
de
un sueño halagador, se acercan buenas nuevas.
El
rey de mi pecho está alegre en su trono
y
hoy un insólito vigor me eleva
sobre
el suelo con pensamientos de júbilo.
Soñé
que mi amada vino y me halló muerto
(sueño
extraño, si en él un muerto piensa)
y me
insufló tanta vida con sus besos
que
resucité convertido en un emperador.
¡Ah,
qué dulce ha de ser el amor real
si
sus sombras albergan tanta dicha!
Entra
BALTASAR, criado de Romeo.
¡Noticias
de Verona! ¿Qué hay, Baltasar?
¿No
traes cartas del fraile?
¿Cómo
está mi amor? ¿Está bien mi padre?
¿Cómo
está Julieta? Dos veces lo pregunto,
pues
nada puede ir mal si ella está bien.
BALTASAR
Entonces
está bien y nada puede ir mal.
Su
cuerpo descansa en la cripta de los Capuletos
y su
alma inmortal vive con los ángeles.
Vi
cómo la enterraban en el panteón
y a
toda prisa cabalgué para contároslo.
Perdonadme
por traeros malas nuevas,
pero
cumplo el deber que me asignasteis.
ROMEO
¿Es
verdad? Entonces yo os desafío, estrellas.¬-
Ya
sabes dónde vivo; tráeme papel y tinta
y
alquila caballos de posta. Salgo esta noche.
BALTASAR
Calmaos,
señor, os lo ruego.
Estáis
pálido y excitado, y eso anuncia
alguna
adversidad.
ROMEO
Calla,
te equivocas.
Déjame
y haz lo que te he dicho.
¿No
tienes carta para mí de Fray Lorenzo?
BALTASAR
No,
señor.
ROMEO
No
importa. Vete. Y alquila esos caballos.
Yo
voy contigo en seguida.
Sale
BALTASAR.
Bien,
Julieta, esta noche yaceré contigo.
A
ver la manera. ¡Ah, destrucción, qué pronto
te
insinúas en la mente de un desesperado!
Recuerdo
un boticario, que vive
por
aquí. Le vi hace poco, cubierto
de
andrajos, con cejas muy pobladas,
recogiendo
hierbas. Estaba macilento;
su
penuria le había enflaquecido.
En
su pobre tienda pendía una tortuga,
un
caimán disecado y varias pieles
de
peces deformes; y por los estantes,
expuestas
y apenas separadas,
un
número exiguo de cajas vacías,
cazuelas
verdes, vejigas, semillas rancias,
hilos
bramantes y panes de rosa ya pasados.
Viendo
esa indigencia, yo me dije:
«Si
alguien necesita algún veneno,
aunque
en Mantua venderlo se pena con la muerte,
este
pobre hombre se lo venderá.»
Ah,
la idea se adelantó a mi menester
y
ahora este menesteroso ha de vendérmelo.
Que
yo recuerde, esta es la casa;
hoy
es fiesta, y la tienda está cerrada.
¡Eh,
boticario!
Entra
el BOTICARIO.
BOTICARIO
¿Quién grita?
ROMEO
Vamos,
ven aquí. Veo que eres pobre.
Toma
cuarenta ducados y dame
un
frasco de veneno, algo que actúe rápido
y se
extienda por las venas, de tal modo
que
el cansado de la vida caiga muerto
y el
aliento salga de su cuerpo
con
el ímpetu de la pólvora inflamada
cuando
huye del vientre del cañón.
BOTICARIO
De
esas drogas tengo, pero las leyes de Mantua
castigan
con la muerte a quien las venda.
ROMEO
¿Y
tú temes la muerte, estando tan escuálido
y
cargado de penuria? El hambre está en tu cara;
en
tus ojos hundidos, la hiriente miseria;
tu
cuerpo lo visten indignos harapos.
El
mundo no es tu amigo, ni su ley,
y el
mundo no da ley que te haga rico,
conque
no seas pobre, viola la ley y toma esto.
BOTICARIO
Accede
mi pobreza, no mi voluntad.
ROMEO
Le
pago a to pobreza, no a to voluntad.
BOTICARIO
Disolved
esto en cualquier líquido
y
bebedlo y, aunque tengáis el vigor
de
veinte hombres, al instante os matará.
ROMEO
Aquí
está el oro, peor veneno para el alma;
en
este mundo asesina mucho más
que
las tristes mezclas que no puedes vender.
Soy
yo quien te vende veneno, no tú a mí.
Adiós,
cómprate comida y echa carnes.
[Sale
el BOTICARIO.]
Cordial
y no veneno, ven conmigo
a la
tumba de Julieta, que es tu sitio.
V.ii
Entra FRAY JUAN.
FRAY
JUAN
¡Eh, santo franciscano, hermano!
Entra
FRAY LORENZO.
FRAY
LORENZO
Esa parece la voz de Fray Juan.
Bien
venido de Mantua. ¿Qué dice Romeo?
Si
escribió su mensaje, dame la carta.
FRAY
JUAN
Fui
en busca de un hermano franciscano
que
había de acompañarme. Le hallé
en
la ciudad, visitando a los enfermos.
La
guardia sanitaria, sospechando
que
la casa en que vivíamos los dos
estaba
contagiada por la peste,
selló
las puertas y nos prohibió salir.
Por
eso no pude viajar a Mantua.
FRAY
LORENZO
Entonces,
a Romeo, ¿quién le llevó mi carta?
FRAY
JUAN
Aquí
está, no pude mandársela
ni
conseguir que nadie os la trajese.
Tenían
mucho miedo de contagios.
FRAY
LORENZO
¡Ah,
desventura! Por la orden franciscana,
no
era una carta cualquiera, sino de gran
trascendencia.
No entregarla podría hacer
mucho
daño. Vamos, Fray Juan, buscadme
una
palanca y llevádmela a la celda.
FRAY
JUAN
Ahora
mismo os la llevo, hermano.
Sale.
FRAY
LORENZO
He
de ir solo al panteón. De aquí
a
tres horas despertará Julieta.
Se
enfadará conmigo cuando sepa que Romeo
no
ha sido avisado de lo sucedido.
Volveré
a escribir a Mantua; a ella la tendré
aquí,
en mi celda, hasta que llegue Romeo.
¡Ah,
cadáver vivo en tumba de muertos!
Sale.
V.iii Entran PARIS y su PAJE, con flores, agua
perfu¬mada [y una antorcha].
PARIS
Muchacho,
dame la antorcha y aléjate.
No,
apágala; no quiero que me vean.
Ahora
échate al pie de esos tejos
y
pega el oído a la hueca tierra.
Así
no habrá pisada que no oigas
en
este cementerio, con un suelo tan blando
de
tanto cavar tumbas. Un silbido tuyo
será
aviso de que alguien se acerca.
Dame
esas flores. Haz lo que te digo, vamos.
PAJE
[aparte]
Me
asusta quedarme aquí solo
en
el cementerio, pero lo intentaré.
[Sale.
] PARIS cubre la tumba de flores.
PARIS
Flores
a esta flor en su lecho nupcial.
Mas,
ay, tu dosel no es más que polvo y piedra.
Con
agua de rosas lo he de rociar
cada
noche, o con lágrimas de pena.
Las
exequias que desde ahora te consagro
son
mis flores cada noche con mi llanto.
Silba
el PAJE.
Me
avisa el muchacho; viene alguien.
¿Qué
pie miserable se acerca a estas horas
turbando
mis ritos de amor y mis honras?
Entran
ROMEO y BALTASAR con una an¬torcha, una azada y una barra de hierro.
¡Cómo!
¿Con antorcha? Noche, ocúltame un instante.
[Se
esconde.]
ROMEO
Dame
la azada y la barra de hierro.
Ten,
toma esta carta. Haz por entregarla
mañana
temprano a mi padre y señor.
Dame
la antorcha. Te lo ordeno por tu vida:
por
más que oigas o veas, aléjate
y no
interrumpas mi labor.
Si
desciendo a este lecho de muerte
es
por contemplar el rostro de mi amada,
pero,
sobre todo, por quitar de su dedo
un
valioso anillo, un anillo que he de usar
en
un asunto importante. Así que vete.
Si,
por recelar, vuelves y me espías
para
ver qué más cosas me propongo,
por
Dios, que te haré pedazos y te esparciré
por
este insaciable cementerio.
El
momento y mi propósito son fieros,
más
feroces y mucho más inexorables
que
un tigre hambriento o el mar embravecido.
BALTASAR
Me
iré, señor, y no os molestaré.
ROMEO
Con
eso me demuestras tu amistad. Toma:
vive
y prospera. Adiós, buen amigo.
BALTASAR
[aparte]
Sin
embargo, me esconderé por aquí.
Su
gesto no me gusta y sospecho su propósito.
[Se
esconde.]
ROMEO
Estómago
odioso, vientre de muerte,
saciado
del manjar más querido de la tierra,
así
te obligo a abrir tus mandíbulas podridas
y,
en venganza, te fuerzo a tragar más alimento .,
Abre
la tumba.
PARIS
Este
es el altivo Montesco desterrado,
el
que mató al primo de mi amada, haciendo
que
ella, según dicen, muriese de la pena.
Seguro
que ha venido a profanar
los
cadáveres. Voy a detenerle.
[Desenvaina.]
¡Cesa
tu impía labor, vil Montesco!
¿Pretendes
vengarte más allá de la muerte?
¡Maldito
infame, date preso!
Obedece
y ven conmigo, pues has de morir.
ROMEO
Es
verdad, y por eso he venido.
Querido
joven, no provoques a un desesperado;
huye
y déjame. Piensa en estos muertos
y
teme por tu vida. Te lo suplico,
no
añadas a mi cuenta otro pecado
moviéndome
a la furia. ¡Márchate!
Por
Dios, más te aprecio que a mí mismo,
pues
vengo armado contra mí mismo.
No
te quedes; vete. Vive y después di
que
el favor de un loco te dejó vivir.
PARIS
Rechazo
tus súplicas y por malhechor te prendo.
ROMEO
¿Así que me provocas? Pues toma, muchacho.
Luchan.
[Entra el PAJE de Paris.]
PAJE
¡Dios del cielo, están luchando! Llamaré a la
guardia.
[Sale.]
PARIS
¡Ah, me has matado! Si tienes compasión,
abre la tumba y ponme al lado de Julieta.
[Muere.]
ROMEO
Te
juro que lo haré. A ver su cara.
¡El
pariente de Mercucio, el Conde Paris!
¿Qué
decía mi criado mientras cabalgábamos
que
mi alma agitada no escuchaba? Creo que dijo
que
Paris iba a casarse con Julieta.
¿Lo
dijo? ¿O lo he soñado?
¿O
me he vuelto loco oyéndole hablar de Julieta
y
creo que lo dijo? Ah, dame la mano:
tú
estás conmigo en el libro de la adversidad.
Voy
a enterrarte en regio sepulcro.
¿Sepulcro?
No, salón de luz, joven muerto:
aquí
yace Julieta, y su belleza convierte
el
panteón en radiante cámara de audiencias.
Muerte,
yace ahí, enterrada por un muerto.
[Coloca
a PARIS en la tumba.]
¡Cuántas
veces los hombres son felices
al
borde de la muerte! Quienes los vigilan
lo
llaman el último relámpago. ¿Puedo yo
llamar
a esto relámpago? Ah, mi amor, mi esposa,
la
Muerte, que robó la dulzura de tu aliento,
no
ha rendido tu belleza, no te ha conquistado.
En
tus labios y mejillas sigue roja
tu
enseña de belleza, y la Muerte
aún
no ha izado su pálida bandera.
Tebaldo,
¿estás ahí, en tu sangrienta mortaja?
¿Qué
mejor favor puedo yo hacerte
que,
con la misma mano que segó tu juventud,
matar
la del que ha sido tu enemigo?
Perdóname,
primo. ¡Ah, querida Julieta!
¿Cómo
sigues tan hermosa? ¿He de creer
que
la incorpórea Muerte se ha enamorado
y
que la bestia horrenda y descarnada
te
guarda aquí, en las sombras, como amante?
Pues
lo temo, contigo he de quedarme
para
ya nunca salir de este palacio
de
lóbrega noche. Aquí, aquí me quedaré
con
los gusanos, tus criados.
Ah,
aquí me entregaré a la eternidad
y me
sacudiré de esta carne fatigada
el
yugo de estrellas adversas. ¡Ojos, mirad
por
última vez! ¡Brazos, dad vuestro último abrazo!
Y
labios, puertas del aliento, ¡sellad con un beso
un
trato perpetuo con la ávida Muerte!
Ven,
amargo conductor; ven, áspero guía.
Temerario
piloto, ¡lanza tu zarandeado
navío
contra la roca implacable!
Brindo
por mi amor.
[Bebe.]
¡Ah,
leal boticario, tus drogas son rápidas!
Con
un beso muero.
Cae.
Entra
FRAY LORENZO con linterna, pa¬lanca y azada.
FRAY
LORENZO
¡San Francisco me asista! ¿En cuántas tumbas
habré tropezado esta noche? ¿Quién va?
BALTASAR
Un
amigo, alguien que os conoce.
FRAY
LORENZO
Dios
te bendiga. Dime, buen amigo,
¿de
quién es esa antorcha que en vano da luz
a
calaveras y gusanos? Parece que arde
en
el panteón de los Capuletos.
BALTASAR
Así es,
venerable señor, y allí está mi amo,
a quien
bien queréis.
FRAY
LORENZO
¿Quién es?
BALTASAR
Romeo.
FRAY
LORENZO
¿Cuánto
lleva ahí?
BALTASAR
Media
hora larga.
FRAY
LORENZO
Ven al
panteón.
BALTASAR
Señor,
no me atrevo.
Mi
amo cree que ya me he ido
y me
amenazó terriblemente con matarme
si
me quedaba a observar sus intenciones.
FRAY
LORENZO
Entonces
quédate; iré solo. Tengo miedo.
Ah,
temo que haya ocurrido una desgracia.
BALTASAR
Mientras dormía al pie del tejo,
soñé
que mi amo luchaba con un hombre
y
que le mataba.
[Sale.]
FRAY
LORENZO
¡Romeo!
Se
agacha y mira la sangre y las armas.
¡Ay
de mí! ¿De quién es la sangre que mancha
las
piedras de la entrada del sepulcro?
¿Qué
hacen estas armas sangrientas y sin dueño
junto
a este sitio de paz?
¡Romeo!
¡Qué pálido! ¿Quién más? ¡Cómo! ¿Paris?
¿Y
empapado de sangre? ¡Ah, qué hora fatal
ha
causado esta triste desgracia!
[Se
despierta JULIETA.]
La dama se mueve.
JULIETA
Ah,
padre consolador, ¿dónde está mi esposo?
Recuerdo
muy bien dónde debo hallarme,
y
aquí estoy. ¿Dónde está Romeo?
FRAY
LORENZO
Oigo
ruido, Julieta. Sal de ese nido
de
muerte, infección y sueño forzado.
Un
poder superior a nosotros
ha
impedido nuestro intento. Vamos, sal.
Tu
esposo yace muerto en tu regazo .,
y
también ha muerto Paris. Ven, te confiaré
a
una comunidad de religiosas.
Ahora
no hablemos: viene la guardia.
Vamos,
Julieta; no me atrevo a seguir aquí.
Sale.
JULIETA
Marchaos,
pues yo no pienso irme.
¿Qué es esto? ¿Un frasco en la mano de mi
amado?
El
veneno ha sido su fin prematuro.
¡Ah,
egoísta! ¿Te lo bebes todo sin dejarme
una
gota que me ayude a seguirte?
Te
besaré: tal vez quede en tus labios
algo
de veneno, para que pueda morir
con
ese tónico. Tus labios están calientes.
GUARDIA
[dentro]
¿Por dónde, muchacho? Guíame.
JULIETA
¿Qué?
¿Ruido? Seré rápida. Puñal afortunado,
voy
a envainarte. Oxídate en mí y deja que muera.
Se
apuñala y cae. Entra el PAJE [de Paris] y la guardia.
PAJE
Este es el lugar, ahí donde arde la antorcha.
GUARDIA
1.°
Hay
sangre en el suelo; buscad por el cementerio.
Id
algunos; prended a quien halléis.
[Salen
algunos GUARDIAS.]
¡Ah,
cuadro de dolor! Han matado al conde
y
sangra Julieta, aún caliente y recién muerta,
cuando
llevaba dos días enterrada.
¡Decídselo
al Príncipe, avisad a los Capuletos,
despertad
a los Montescos! Los demás, ¡buscad!
[Salen
otros GUARDIAS.]
Bien
vemos la escena de tales estragos,
pero
los motivos de esta desventura,
si
no nos los dicen, no los vislumbramos.
Entran
GUARDIAS con [BALTASAR] el criado de Romeo.
GUARDIA
2.°
Esté es el criado de Romeo; estaba en el
cementerio.
GUARDIA
1.°
Vigiladle
hasta que venga el Príncipe.
Entra
un GUARDIA con FRAY LORENZO.
GUARDIA
3.°
Aquí hay un fraile que tiembla, llora y
suspira.
Le quitamos esta azada y esta pala
cuando salía por este lado del cementerio.
GUARDIA
1.°
Muy sospechoso. Vigiladle también.
Entra
el PRINCIPE con otros.
PRINCIPE
¿Qué
desgracia ha ocurrido tan temprano
que
turba mi reposo?
Entran
CAPULETO y la SEÑORA CAPU¬LETO.
CAPULETO
¿Qué ha sucedido que todos andan gritando?
SEÑORA
CAPULETO
En las calles unos gritan «¡Romeo!»;
otros,
«¡Julieta!»; otros, «¡Paris!»; y todos
vienen
corriendo hacia el panteón.
PRINCIPE
¿Qué es lo que tanto os espanta?
GUARDIA
1.°
Alteza,
ahí yace asesinado el Conde Paris;
Romeo,
muerto; y Julieta, antes muerta,
acaba
de morir otra vez.
PRINCIPE
¡Buscad y averiguad cómo ha ocurrido este
crimen!
GUARDIA
1.°
Aquí
están un fraile y el criado de Romeo,
con
instrumentos para abrir
las
tumbas de estos muertos.
CAPULETO
¡Santo
cielo! Esposa, mira cómo se desangra
nuestra
hija. El puñal se equivocó.
Debiera
estar en la espalda del Montesco
y se
ha envainado en el pecho de mi hija.
SEÑORA
CAPULETO
¡Ay de mí! Esta escena de muerte es la señal
que me avisa del sepulcro.
Entra
MONTESCO.
PRINCIPE
Venid, Montesco: pronto os habéis levantado
para ver a vuestro hijo tan pronto caído.
MONTESCO
Ah,
Alteza, mi esposa murió anoche:
el
destierro de mi hijo la mató de pena.
¿Qué
otro dolor amenaza mi vejez?
PRINCIPE
Mirad y veréis.
MONTESCO
¡Qué desatención! ¿Quién te habrá enseñado
a ir a la tumba delante de tu padre?
PRINCIPE
Cerrad la boca del lamento
hasta que podamos aclarar todas las dudas
y sepamos su origen, su fuente y su curso.
Entonces seré yo el guía de vuestras penas
y os acompañaré, si cabe, hasta la muerte.
Mientras, dominaos; que la desgracia
ceda a la paciencia. Traed a los sospechosos.
FRAY
LORENZO
Yo
soy el que más; el menos capaz
y el
más sospechoso (pues la hora y el sitio
me
acusan) de este horrendo crimen.
Y
aquí estoy para inculparme y exculparme,
condenado
y absuelto por mí mismo.
PRINCIPE
Entonces
decid ya lo que sabéis.
FRAY
LORENZO
Seré
breve, pues la vida que me queda
no
es muy larga para la premiosidad.
Romeo,
ahí muerto, era esposo de Julieta
y
ella, ahí muerta, fiel esposa de Romeo:
yo
los casé. El día del secreto matrimonio
fue
el postrer día de Tebaldo, cuya muerte
intempestiva
desterró al recién casado.
Por
él, no por Tebaldo, lloraba Julieta.
Vos,
por apagar ese acceso de dolor,
queríais
casarla con el Conde Paris
a la
fuerza. Entonces vino a verme
y,
desquiciada, me pidió algún remedio
que
la librase del segundo matrimonio,
pues,
si no, se mataría en mi celda.
Yo,
entonces, instruido por mi ciencia,
le
entregué un narcótico, que produjo
el
efecto deseado, pues le dio el aspecto
de
una muerta. Mientras, a Romeo le pedí
por
carta que viniera esta noche y me ayudase
a
sacarla de su tumba temporal,
por
ser la hora en que el efecto cesaría.
Mas
Fray Juan, el portador de la carta,
se
retrasó por accidente y hasta anoche
no
me la devolvió. Entonces, yo solo,
a la
hora en que Julieta debía despertar,
vine
a sacarla de este panteón,
pensando
en tenerla escondida en mi celda
hasta
poder dar aviso a Romeo.
Pero
al llegar, unos minutos antes
de
que ella despertara, vi que yacían muertos
el
noble Paris y el fiel Romeo.
Cuando
despertó, le pedí que saliera
y
aceptase la divina voluntad,
pero
entonces un ruido me hizo huir
y
ella, en su desesperación, no quiso
venir
y, por lo visto, se dio muerte.
Esto
es lo que sé; el ama es conocedora
de
este matrimonio. Si algún daño se ha inferido
por
mi culpa, que mi vida sea sacrificada,
aunque
sea poco antes de su hora,
con
todo el rigor de nuestra ley.
PRINCIPE
Siempre
os he tenido por hombre venerable.
¿Y
el criado de Romeo? ¿Qué dice a esto?
BALTASAR
A mi
amo hice saber la muerte de Julieta,
y
desde Mantua él vino a toda prisa
a
este lugar, a este panteón. Me dijo
que
entregase esta carta a su padre sin demora
y,
al entrar en la tumba, me amenazó de muerte
si
no me iba y le dejaba solo.
PRINCIPE
Dame
la carta; la leeré. ¿Dónde está
el
paje del conde que avisó a la guardia?
Dime,
¿qué hacía tu amo en este sitio?
PAJE
Quería
cubrir de flores la tumba de su amada.
Me
pidió que me alejase; así lo hice.
Al
punto llegó alguien con antorcha
dispuesto
a abrir la tumba. Mi amo le atacó
y yo
corrí a llamar a la guardia.
PRINCIPE
La
carta confirma las palabras del fraile,
el
curso de este amor, la noticia de la muerte;
y
aquí dice que compró a un humilde
boticario
un veneno con el cual
vino
a morir y yacer con Julieta.
¿Dónde
están los enemigos, Capuleto y Montesco?
Ved
el castigo a vuestro odio: el cielo halla
medios
de matar vuestra dicha con el amor,
y
yo, cerrando los ojos a vuestras discordias,
pierdo
dos parientes. Todos estamos castigados.
CAPULETO
Hermano
Montesco, dame la mano:
sea
tu aportación a este matrimonio,
que
no puedo pedir más.
MONTESCO
Pero
yo sí puedo darte más:
haré
a Julieta una estatua de oro
y,
mientras Verona lleve su nombre,
no
habrá efigie que tan gran estima vea
como
la de la constante y fiel Julieta.
CAPULETO
Tan
regio yacerá Romeo a su lado.
¡Pobres
víctimas de padres enfrentados!
PRINCIPE
Una
paz sombría nos trae la mañana:
no
muestra su rostro el sol dolorido.
Salid
y hablaremos de nuestras desgracias.
Perdón
verán unos; otros, el castigo,
pues
nunca hubo historia de más desconsuelo
que
la que vivieron Julieta y Romeo.
Salen
todos.

