Libro N° 6016. Otelo. Shakespeare, William.
© Libro N° 6016.
Otelo. Shakespeare,
William. Emancipación. Mayo 18 de 2019.
Título
original: © Otelo. William Shakespeare
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
OTELO
William Shakespeare
DRAMATIS PERSONAE
OTELO,
el moro [general al servicio de Venecia]
BRABANCIO,
padre de Desdémona [senador de Venecia]
CASIO,
honrado
teniente [de Otelo]
YAGO,
un
malvado [alférez de Otelo]
RODRIGO,
un
caballero engañado
El
DUX de
Venecia
SENADORES
[de Venecia]
MONTANO,
gobernador
de Chipre
CABALLEROS
de Chipre
LUDOVICO noble
veneciano [pariente de Brabanciol
GRACIANO noble
veneciano [hermano de Brabancio]
MARINEROS
El
GRACIOSO [criado de Otelo]
DESDÉMONA,
esposa de Otelo [e hija de Brabitncio]
EMILIA,
esposa de Yago
BIANCA,
cortesana [amante de Casio]
[Mensajeros,
guardias, heraldo, caballeros, músicos y acom¬pañamiento]
LA
TRAGEDIA DE OTELO,
EL
MORO DE VENECIA
I.i
Entran RODRIGO y YAGO.
RODRIGO
¡Calla,
no sigas! Me disgusta muchísimo
que
tú, Yago, que manejas mi bolsa
como
si fuera tuya, no me lo hayas dicho.
YAGO
Voto
a Dios, ¡si no me escuchas!
Aborréceme
si yo he soñado
nada
semejante.
RODRIGO
Me
decías que le odiabas.
YAGO
Despréciame
si es falso. Tres magnates
de
Venecia se descubren ante él
y le
piden que me nombre su teniente;
y te
juro que menos no merezco,
que
yo sé lo que valgo. Mas él, enamorado
de
su propia majestad y de su verbo,
los
evade con rodeos ampulosos
hinchados
de términos marciales
y
acaba denegándoles la súplica.
Les
dice: «Ya he nombrado a mi oficial».
¿Y
quién es el elegido?
Pardiez,
todo un matemático
un
tal Miguel Casio, un florentino
(casi
condenado a mujercita),
que
jamás puso una escuadra sobre el campo
ni
sabe disponer un batallón
mejor
que una hilandera ... si no es con teoría
libresca,
de la cual también saben hablar
los
cónsules togados. Mera plática sin práctica
es
toda su milicia. Mas le ha dado el puesto,
y a
mí, a quien ha visto dar pruebas en Rodas,
en
Chipre y en tierras cristianas y paganas,
me
deja a la sombra y a la zaga
del
debe y el haber. Y este sacacuentas
es,
en buena hora, su teniente, y yo,
vaya
por Dios, el alférez de Su Morería
RODRIGO
¡El
colmo! Yo antes sería su verdugo.
YAGO
Pues
ya lo ves. Son los gajes del soldado:
los
ascensos se rigen por el libro y el afecto,
no
según antigüedad, por la cual el segundo
siempre
sucede al primero. Conque juzga
si
tengo algún motivo para estar
a
bien con el moro.
RODRIGO
Yo
no le serviría.
YAGO
Pierde
cuidado.
Le
sirvo para servirme de él.
Ni
todos podemos ser amos, ni a todos
los
amos podemos fielmente servir.
Ahí
tienes al criado humilde y reverente,
prendado
de su propio servilismo,
que,
como el burro de la casa, sólo vive
para
el pienso; y de viejo, lo licencian.
¡Que
lo cuelguen por honrado! Otros,
revestidos
de aparente sumisión,
por
dentro sólo cuidan de sí mismos
y,
dando muestras de servicio a sus señores,
medran
a su costa; hecha su jugada,
se
sirven a sí mismos. En éstos sí que hay alma
y yo
me cuento entre ellos.
Pues,
tan verdad como que tú eres Rodrigo,
si
yo fuera el moro, no habría ningún Yago.
Sirviéndole
a él, me sirvo a mí mismo.
Dios
sabe que no actúo por afecto ni obediencia
sino
que aparento por mi propio interés.
Pues
el día en que mis actos manifiesten
la
índole y verdad de mi ánimo
en
exterior correspondencia, ya verás
qué
pronto llevo el corazón en la mano
para
que piquen los bobos. Yo no soy el que soy
RODRIGO
Si
todo le sale bien,
¡vaya
suerte la del Morros!
YAGO
Llama
al padre. Al moro
despiértalo,
acósalo, envenena
su
placer, denúncialo en las calles,
ponlo
a mal con los parientes de ella,
y,
si vive en un mundo delicioso,
inféstalo
de moscas; si grande es su dicha,
inventa
ocasiones de amargársela
y
dejarla deslucida.
RODRIGO
Aquí
vive el padre. Voy a dar voces.
YAGO
Tú
grita en un tono de miedo y horror,
como
cuando, en el descuido de la noche,
estalla
un incendio en ciudad populosa.
RODRIGO
¡Eh,
Brabancio! ¡Signor Brabancio, eh!
YAGO
¡Despertad!
¡Eh, Brabancio! ¡Ladrones, ladrones!
¡Cuidad
de vuestra casa, vuestra hija
y
vuestras bolsas! ¡Ladrones, ladrones!
BRABANCIO
[se asoma] a una ventana
BRABANCIO
¿A
qué se deben esos gritos de espanto?
¿Qué os trae aquí?
RODRIGO
Señor,
¿vuestra familia está en casa?
YAGO
¿Y
las puertas bien cerradas?
BRABANCIO
¿Por qué lo preguntáis?
YAGO
¡Demonios,
señor, que os roban! ¡Vamos, vestíos!
¡El
corazón se os ha roto, se os ha partido el almal
Ahora,
ahora, ahora mismo un viejo carnero negro
está
montando a vuestra blanca ovejita.
¡Arriba!
Despertad con las campanas
a
los que duermen y roncan, si no queréis
que
el diablo os haga abuelo. ¡Vamos, arriba!
BRABANCIO
¡Cómo!
¿Habéis perdido el juicio?
RODRIGO
Honorable
señor, ¿me conocéis por la voz?
BRABANCIO
No. ¿Quién sois?
RODRIGO
Me llamo Rodrigo.
BRABANCIO
¡Mal hallado seas! Te he prohibido
que rondes mi casa; te he dicho
con toda claridad que para ti no es mi hija,
y
ahora, frenético, lleno de comida
y
bebidas embriagantes, vienes
de
malévolo alboroto turbando mi reposo.
RODRIGO
Pero,
señor...
BRABANCIO
No
te quepa duda
de
que mi ánimo y mi puesto tienen fuerza
para
hacerte pagar esto.
RODRIGO
Calmaos,
señor.
BRABANCIO
¿Qué
me cuentas de robos? Estamos en Venecia;
yo
no vivo en el campo.
RODRIGO
Muy
respetable Brabancio, acudo a vos
con
lealtad y buena fe.
YAGO
¡Voto
al cielo! Sois de los que no sirven a Dios
porque
lo manda el diablo. Venimos a ayudaros y
nos
tratáis como salvajes. ¿Queréis que a vuestra
hija
la cubra un caballo bereber y vuestros nietos os
relinchen?
¿Queréis tener jacos y rocines en lugar
de
allegados y parientes?
BRABANCIO
¿Y
quién eres tú, desvergonzado?
YAGO
Uno
que viene a deciros que vuestra hija y el moro
están
jugando a la bestia de dos espaldas.
BRABANCIO
¡Miserable!
YAGO
Y
vos,senador.
BRABANCIO
Rodrigo,
de esto me responderás.
RODRIGO
Y de
cualquier cosa, señor. Mas atendedme
si
por vuestro deseo y sabia decisión,
como
en parte lo parece, vuestra bella hija,
a
esta hora soñolienta de la noche,
no
es llevada, sin otra custodia
que
la de un gondolero de alquiler,
a
los brazos groseros de un moro sensual...
Si
todo esto lo sabéis y autorizáis,
llamadnos
con razón atrevidos e insolentes.
Si
no, faltáis a las buenas costumbres
con
vuestra injusta condena. No penséis
que,
adverso a las normas de cortesanía,
he
venido a burlarme de Vuestra Excelencia
Lo
repito: vuestra hija, si no le disteis
permiso,
se rebela contra vos entregando
belleza,
obediencia, razón y ventura
a un
extranjero errátil y sin patria.
Comprobadlo
vos mismo:
si
está en su aposento o en la casa,
caiga
sobre mí toda la justicia
por
haberos engañado.
BRABANCIO
¡Encended
lucesl ¡Traedme una vela!
¡Despertad
a toda mi gente!
He
soñado una desgracia como ésta
y me
angustia pensar que es real.
¡Luces!
¡Luces!
YAGO
Adiós,
te dejo. En mi puesto
no
es prudente ni oportuno ser llamado
a
declarar contra el moro y, si me quedo,
habré
de hacerlo. Sé que el Estado,
aunque
por esto le lea la cartilla,
no
puede despedirle: le han confiado
con
muy clara razón la guerra de Chipre,
que
ya es inminente, pues, si quieren salvarse,
de
su calibre no tienen a nadie
capaz
de llevarla. Por todo lo cual,
aunque
le odio como a las penas del infierno,
las
necesidades del momento me obligan
a
mostrar la enseña y bandera del afecto,
que
no es sino apariencia. Si quieres encontrarle,
lleva
la cuadrilla al Sagitario ,
que
allí estaré con él. Adiós.
Sale.
Entran
BRABANCIO y criados con antorchas.
BRABANCIO
La
desgracia era cierta. No está,
y el
resto de mi vida miserable
será
una amargura. Dime, Rodrigo,
¿dónde
la has visto? ¡Ah, desdichada!-
¬¿Dices
que con el moro? ¡Ser padre para esto!-
¬¿Cómo
sabes que era ella? ¡Quién lo iba a
pensar!¬-
¿Qué
te dijo? ¡Más luces! ¡Despertad a toda
mi
familia! ¿Y crees que se han casado?
RODRIGO
Yo
creo que sí.
BRABANCIO
¡Santo
Dios! ¿Cómo salió? ¡Ah, sangre traidora!
Padres,
desde ahora no os fiéis del corazón
de
vuestras hijas por meras apariencias.
¿No
hay encantamientos que puedan corromper
a
muchachas inocentes? Rodrigo,
¿tú
has leído algo de esto?
RODRIGO
Sí,
señor, lo he leído.
BRABANCIO
¡Despertad
a mi hermano! ¡Ojalá fuera tuya!-
¬Unos
por un lado, otros por otro. ¿Sabes
dónde
podemos capturarla con el moro?
RODRIGO
A él
creo que puedo hallarle, si os hacéis
con
una buena escolta y me seguís.
BRABANCIO
Pues
abre la marcha. Llamaré en todas las casas;
me
darán ayuda en muchas. ¡Armas!
¡Y
traed a la guardia nocturna!¬-
Vamos,
buen Rodrigo; serás recompensado.
Salen.
I.ii Entran OTELO, YAGO y criados con antorchas.
YAGO
Aunque
he matado hombres en la guerra,
por
principio de conciencia no puedo matar
con
premeditación. Hay momentos
en
que me estorban los escrúpulos. No sé
cuántas
veces me han venido ganas
de
hincárselo aquí, bajo el costillar.
OTELO
Más
vale que no.
YAGO
Sí,
pero él parloteaba y decía
palabras
tan groseras e insultantes
contra
vos que mi propia caridad
apenas
me servía para sufrirlo.
Mas
decidme, señor, ¿estáis ya casado?
Tened
por cierto que el senador
es
muy estimado, y la fuerza de su voto
puede
doblar a la del Dux. Si no os descasa,
os
impondrá cortapisas y castigos
con
todo el campo libre que la ley
pueda
dejar a un hombre de su mando.
OTELO
Que
haga lo imposible.
Mis
servicios a la Serenísima
acallarán
sus protestas. Se ignora
(y
pienso proclamarlo cuando sepa
que
la jactancia es virtud)
que
soy de regia cuna y que mis méritos
están
a la par de la espléndida fortuna
que
he alcanzado. Te aseguro, Yago,
que,
si yo no quisiera a la noble Desdémona,
no
expondría mi libre y exenta condición
a
reclusiones ni límites por todos
los
tesoros de la mar. ¿Qué luces son ésas?
YAGO
Es
el padre con sus hombres.
Más
vale que entréis.
OTELO
No.
Que me encuentren. Mis prendas,
mi
rango y la paz de mi conciencia
darán
fe de mi persona. ¿Son ellos?
YAGO
Por
Jano, creo que no.
Entran
CASIO y guardias con antorchas.
OTELO
¡Servidores
del Dux y mi teniente!
La
noche os sea propicia, amigos.
¿Alguna
novedad?
CASIO
El
Dux os saluda, general,
y
requiere vuestra pronta presencia;
inmediata
si es posible.
OTELO
¿Conocéis
el motivo?
CASIO
Parece
ser que noticias de Chipre.
Algo
apremiante: esta noche las galeras
enviaron
a doce mensajeros, uno tras otro,
todos
muy seguidos, y los cónsules
ya
están levantados y reunidos con el Dux.
Os
han convocado urgentemente.
Al
no haberos hallado en vuestra casa,
el
Senado envió en vuestra busca
a
tres cuadrillas.
OTELO
Mejor
si me habéis hallado vos.
He
de hablar con alguien en la casa
e
iré con vos sin más demora.
[Sale.]
CASIO
Alférez,
¿qué hace él aquí?
YAGO
Es
que tomó al abordaje una nave de tierra;
si
la presa es legal, ¡menuda fortuna!
CASIO
No
entiendo.
YAGO
Se
ha casado.
CASIO
¿Con
quién?
[Entra
OTELO.]
YAGO
Pues con...
¿Vamos, general?
OTELO
Vamos.
CASIO
Aquí
viene otro grupo en vuestra busca.
Entran
BRABANCIO, RODRIGO y guar¬dias con antorchas y armas.
YAGO
Es Brabancio. En guardia, general,
que
viene con malas intenciones.
OTELO
¡Alto!
RODRIGO
Señor,
es el moro.
BRABANCIO
¡Ladrón!
¡Abajo con él!
YAGO
¿Tú,
Rodrigo? Vamos, aquí me tienes.
OTELO
Envainad
las espadas brillantes, que el rocío
va a
oxidarlas. Señor, dominaréis mucho más
con
la edad que con las armas.
BRABANCIO
Infame
ladrón, ¿dónde tienes a mi hija?
Estabas
condenado y tenías que embrujarla.
Lo
someto al dictamen de los cuerdos:
si
no la encadena la magia, no se entiende
que
muchacha tan dulce, gentil y dichosa,
tan
adversa al matrimonio que rehusó
a
nuestros favoritos más ricos y galanos,
se
exponga a la pública irrisión, abandonando
su
tutela para caer en el pecho tiznado
de
un ser como tú que asusta y repugna.
Que
el mundo me juzgue si no es manifiesto
que
lanzaste contra ella tus viles hechizos,
corrompiendo
su tierna juventud
con
pócimas y filtros que embotan los sentidos.
Haré
que lo examinen: se puede probar,
es
verosímil. Así que te detengo
por
ser un corruptor, un oficiante
de
artes clandestinas y proscritas.¬
¡Prendedle!
Si se resiste,
reducidle
por la fuerza.
OTELO
¡Quietos
todos, los de mi bando y los demás!
Si
mi papel me exigiese pelear,
no
habría necesitado apuntador.
¿Dónde
queréis que responda a vuestros cargos?
BRABANCIO
En
la cárcel, hasta que seas llamado
cuando
lo disponga la ley y la justicia.
OTELO
Y,
si obedezco, ¿cómo voy
a
complacer al Dux, que me ha hecho
llamar
por medio de estos mensajeros
para
un asunto perentorio del Estado?
GUARDIA
Es
cierto, Excelencia. El Dux
convocó
al consejo, y me consta
que
os mandó llamar.
BRABANCIO
¡Cómo!
¿Que convocó al consejo?
¿A
estas horas de la noche? Llevadle allá.
Mi
asunto no es vano. El Dux mismo
y
cualquiera de los otros senadores
sentirán
este ultraje como suyo.
Si
actos semejantes tienen paso franco,
pronto
mandarán los infieles y esclavos.
Salen.
I.iii El Dux y los SENADORES sentados alrededor de
una mesa; antorchas y guardias.
DUX
Las
noticias no concuerdan
y no
podemos darles crédito.
SENADOR
1.0
Son
contradictorias.
Mi
carta dice ciento siete galeras.
DUX
La
mía, ciento cuarenta.
SENADOR
2.0
Y la
mía, doscientas. Sin embargo,
aunque
no haya coincidencia de número
(pues
en casos de cálculo suele haber
diferencias),
todas ellas hablan
de
una escuadra turca con rumbo a Chipre.
DUX
Sí,
bien mirado es muy posible.
Las
diferencias no me tranquilizan
y lo
esencial me parece preocupante.
MARINERO
[desde dentro]
¡Eh
eh! ¡Eh eh! ¡Eh eh!
Entra.
GUARDIA
Mensajero procedente de las naves.
DUX
¿Hay noticias?
MARINERO
La
escuadra turca se dirige a Rodas.
Tal es el mensaje que me dio para el Senado
el signor Angelo.
DUX
¿Qué opináis de este cambio?
SENADOR
1.0
No
es posible; carece de sentido.
Es
un señuelo para burlar ruestra atención.
Consideremos
la importancia de Chipre
para
el turco y entendamos que le importa
más
que Rodas, pues el turco
puede
conquistarla en fácil combate:
ni
está en condiciones de luchar,
ni
tiene las defensas que protegen
a
Rodas. Reparando en todo esto
no
vayamos a pensar que el turco
sea
tan torpe que aplace hasta el final
lo
que desea al principio, abandonando
una
conquista realizable y ventajosa
por
el riesgo de un ataque sin provecho.
DUX
No,
seguro que a Rodas no van.
GUARDIA
Aquí
hay más noticias.
Entra
un MENSAJERO.
MENSAJERO
Ilustres
y honorables señores,
la
escuadra turca que navegaba hacia Rodas
se
ha unido a otra escuadra.
SENADOR
1.0
Me
lo temía. ¿Cuántas naves hay?
MENSAJERO
Unas
treinta, pero ahora han invertido
el
rumbo, y abiertamente se dirigen
hacia
Chipre. El signor Montano,
vuestro
fiel y valiente servidor,
os
comunica solícitamente la noticia
y os
ruega que le deis crédito.
DUX
A
Chipre, no hay duda.
¿Está
en la ciudad Marcos Luccicos?
SENADOR
1.0
Está
en Florencia.
DUX
Escribidle
de mi parte, y que venga
a
toda prisa.
SENADOR
1.0
Aquí
vienen Brabancio y el valiente moro.
Entran
BRABANCIO, OTELO, CASIO, YAGO, RODRIGO y guardias.
DUX
Valiente
Otelo, debéis disponeros de inmediato
a
luchar contra nuestro enemigo el otomano.
[A
BRABANCIO] No os había visto. Bienvenido, señor.
Echaba
de menos vuestro consejo y apoyo.
BRABANCIO
Y yo
el vuestro. Alteza, perdonadme:
no
me he levantado por mi cargo
ni
por ninguna ocupación, y no es el bien común
lo
que me inquieta, pues mi dolor personal
es
tan desbordante y tan violento
que
absorbe y devora otros pesares
y,
sin embargo, sigue igual.
DUX
Pues,
¿qué ocurre?
BRABANCIO
¡Mi
hija! ¡Ay, mi hija!
SENADORES
¿Ha
muerto?
BRABANCIO
Para
mí, sí.
La
han seducido, raptado y corrompido
con
hechizos y pócimas de charlatán,
pues
sin brujería la naturaleza,
que
no es torpe, ciega, ni insensata,
no
podría torcerse de modo tan absurdo.
DUX
Quienquiera
que por medios tan infames
haya
hecho que se pierda vuestra hija
y
que vos la hayáis perdido, será reo
de
la pena más grave que vos mismo
leáis
en el libro inexorable de la ley,
aunque
fuera hijo mío el acusado.
BRABANCIO
Con
humildad os lo agradezco.
Éste
es el culpable, este moro, a quien
al
parecer, habéis hecho venir expresamente
por
asuntos de Estado.
TODOS
[Los SENADORES]
Es
muy lamentable.
Dux
[a OTELO]
Y,
por vuestra parte, ¿qué decís a esto?
BRABANCIO
Nada
que pueda desmentirlo.
OTELO
Muy
graves, poderosas y honorables Señorías,
mis
nobles y estimados superiores:
es
verdad que me he llevado a la hija
de
este anciano, y verdad que ya es mi esposa.
Tal
es la envergadura de mi ofensa;
más
no alcanza. Soy tosco de palabra
y no
me adorna la elocuencia de la paz,
pues,
desde mi vigor de siete años
hasta
hace nueve lunas, estos brazos
prestaron
sus mayores servicios en campaña,
y lo
poco que sé del ancho mundo
concierne
a gestas de armas y combates;
así
que mal podría engalanar mi causa
si
yo la defendiese. Mas, con vuestra venia,
referiré,
llanamente y sin ornato,
la
historia de mi amor: con qué pócimas,
hechizos,
encantamientos o magia poderosa
(pues
de tales acciones se me acusa)
a su
hija he conquistado.
BRABANCIO
Una
muchacha comedida, de espíritu
tan
plácido y sereno que sus propios
impulsos
la turbaban, ¿cómo puede
negar
naturaleza, edad, cuna, honra, todo,
y
enamorarse de un semblante que temía?
Sólo
un juicio enfermo e imperfecto
admitiría
que semejante imperfección
obrara
así contra las leyes naturales;
luego
hay que buscar la causa del error
en
las artes del diablo. Por tanto, afirmo
una
vez más que él ha actuado sobre ella
con
brebajes que excitan el deseo
o
filtros embrujados a propósito.
DUX
Afirmar
nada demuestra, si no aportáis
pruebas
más sólidas y claras
que
los débiles indicios y ropajes
de
las simples apariencias.
SENADOR
1.0
Hablad,
Otelo. ¿Habéis subyugado
y
corrompido el sentimiento de su hija
con
astucia o por la fuerza? ¿O han sido
los
ruegos y palabras gentiles,
de
corazón a corazón?
OTELO
Os
lo suplico, que vaya alguno al Sagitario
a
recoger a la dama, y que ella hable de mí
ante
su padre. Si me acusara en su relato,
privadme
de cargo y confianza,
y
sentenciad mi propia vida.
DUX
Traed
a Desdémona.
OTELO
Alférez,
guíalos. Tú conoces el lugar.
Salen
[YAGO y] dos o tres.
Mientras
tanto, con la misma verdad
con
que al cielo confieso mis pecados,
expondré
a vuestros graves oídos la manera
como
alcancé el amor de esta bella dama
y
ella el mío.
DUX
Contadla,
Otelo.
OTELO
Su
padre me quería, y me invitaba,
curioso
por saber la historia de mi vida
año
por año; las batallas, asedios
y
accidentes que he pasado. Yo se la conté,
desde
mi infancia hasta el momento
en
que quiso conocerla. Le hablé
de
grandes infortunios, de lances
peligrosos
en mares y en campaña;
de
cómo en la brecha amenazante
logré
salvarme de milagro; de cómo
me
apresó el orgulloso enemigo
y me
vendió como esclavo; de mi rescate
y el
curso de mi vida de viajero:
entonces
pude hablarle de anchas grutas
y
áridos desiertos, riscos, peñas y montañas
cuyas
cimas tocan cielo; de los caníbales
que
se comen entre sí, los antropófagos,
y
seres con la cara por debajo de los hombros
Desdémona
ponía toda su atención,
pero
la reclamaban los quehaceres
de
la casa; ella los cumplía presurosa
y,
con ávidos oídos, volvía
para
sorber mis palabras. Yo lo advertí,
busqué
ocasión propicia y hallé el modo
de
sacarle un ruego muy sentido:
que
yo le refiriese por extenso
mi
vida azarosa, que no había podido
oír
entera y de continuo. Accedí,
y a
veces le arranqué más de una lágrima
hablándole
de alguna desventura
que
sufrió mi juventud. Contada ya la historia,
me
pagó con un mundo de suspiros:
juró
que era admirable y portentosa,
y
que era muy conmovedora; que ojalá
no
la hubiera oído, mas que ojalá
Dios
la hubiera hecho un hombre como yo.
Me
dio las gracias y me dijo que si algún
amigo
mío la quería, le enseñase
a
contar mi historia, que con eso podía
enamorarla.
A esta sugerencia respondí
que,
si ella me quería por mis peligros,
yo a
ella la quería por su lástima.
Esta
ha sido mi sola brujeria.
Aquí
llega la dama; que ella lo atestigüe.
Entran
DESDÉMONA, YAGO y acompa¬ñamiento.
DUX
Esa
historia también conquistaría
a mi
hija. Buen Brabancio,
tomad
el lado bueno de lo malo.
Más
vale tener las armas rotas
que
las manos vacías.
BRABANCIO
Escuchadla,
os lo suplico. Si confiesa
que
ella también le cortejó,
caiga
sobre mí la maldición por acusar
a
este hombre. Ven, gentil dama.
¿A
quién de esta noble asamblea
debes
mayor obediencia?
DESDÉMONA
Noble
padre, mi obediencia se halla dividida.
A
vos debo mi vida y mi crianza,
y
vida y crianza me han enseñado
a
respetaros. Sois señor de la obediencia
que
os debía como hija. Mas aquí está mi esposo,
y
afirmo que debo a Otelo mi señor
el
mismo acatamiento que mi madre
os
tributó al preferiros a su padre.
BRABANCIO
¡Queda
con Dios! He terminado. Y ahora,
con
la venia, a los asuntos de Estado:
mejor
adoptar hijos que engendrarlos.-
¬Ven
aquí, moro: de todo corazón
te
doy lo que, si no tuvieras ya,
de
todo corazón te negaría.¬
En
cuanto a ti, mi alma, me alegra
no
tener más hijos, pues tu fuga
me
enseñaría a ser tirano y sujetarlos
con
cadenas. He dicho, señor.
DUX
Dejad
que hable por vos y emita un juicio
que,
cual peldaño, permita a estos amantes
ascender
en vuestra estima:
No
habiendo remedio, las penas acaban
al
vernos ya libres de todas las ansias.
Llorar
la desdicha que no tiene cura
agrava
sin falta la mala fortuna.
Si
quiso el destino que algo perdieses,
quedar
resignado el golpe devuelve.
Si
al robo sonríes, robas al ladrón:
te
robas si lloras un vano dolor.
BRABANCIO
Dejad
que los turcos sin Chipre nos dejen:
mientras
sonriamos, ya nada se pierde.
Acoge
ese juicio quien sólo se lleva
el
grato consejo que se le dispensa;
mas
lleva ese juicio y también el dolor
quien
ha de añadirle la resignación.
Pues
estas sentencias, al ser tantas veces
dulces
como amargas, son ambivalentes.
Sólo
son palabras, y nunca se oyó
que
por el oído sane el corazón.
Os
lo ruego, tratemos los asuntos de Estado.
DUX
Los
turcos se dirigen a Chipre con una escuadra po¬tente. Otelo, conocéis muy bien
la fuerza del lugar; y, aunque tenemos allá un delegado de probada competencia,
la opinión, esa gran reguladora de los hechos, estima que sois el más seguro.
Habréis de aveniros a empañar vuestra nueva fortuna en em¬presa tan áspera y
violenta.
OTELO
Ilustres
senadores, la tirana costumbre
ha
cambiado mi cama guerrera de piedra y acero
en
lecho de finísimo plumón. Declaro
una
viva y natural prontitud
para
toda aspereza y asumo esta guerra
contra
el otomano. Por tanto, solicito,
con
humilde inclinación ante el Senado,
disposiciones
adecuadas a mi esposa
y
asignación de fondos, aposento
y
servicio y compañía
propios
de su cuna y condición.
DUX
Si
os parece, la casa de su padre.
BRABANCIO
No
lo permitiré.
OTELO
Ni
yo.
DESDÉMONA
Tampoco
quiero yo vivir con él
si
mi presencia encona su ánimo.-
¬Clementísimo
Dux, prestad benigna atención
a
mis palabras y dad consentimiento
a lo
que os pide mi ignorancia.
DUX
¿Qué
deseáis, Desdémona?
DESDÉMONA
Que
quiero a Otelo y con él quiero vivir
mi
osadía y riesgos de fortuna
al
mundo lo proclaman.
Me
rendí a la condición de mi señor.
He
visto el rostro de Otelo en su alma,
y a
sus honores y virtudes marciales
consagré
mi ser y mi suerte.
Queridos
señores, si me quedo
en
la holganza de la paz y él se va a la guerra,
seré
privada de los ritos amorosos
y en
su ausencia habré de soportar
un
intervalo de tristeza. Dejadme ir con él.
OTELO
Dad
consentimiento. Pongo al cielo
por
testigo de que no lo demando
por
saciar el paladar de mi apetito,
ni
entregarme a pasiones juveniles
a
que tengo derecho libremente,
sino
por complacerla en sus deseos.
Y no
penséis (no lo quiera el cielo)
que
voy a descuidar vuestra magna empresa
cuando
ella esté conmigo. No: si las niñerías
del
alado Cupido ciegan de placer
mis
órganos activos y mentales
y el
deleite corrompe y empaña mi deber,
¡que
mi yelmo se vuelva una cazuela
y
todas las vilezas y ruindades
se
armen contra mi dignidad!
DUX
Sea
lo que ambos decidáis: puede irse
o
quedarse. Mas la situación es apremiante
y
exige urgencia.
SENADOR
1.0 [a OTELO]
Saldréis esta noche.
DESDÉMONA
¿Esta
noche?
DUX
Esta
noche.
OTELO
Con
toda el alma.
DUX
A
las nueve volvemos a reunirnos.
Otelo,
dejad aquí un encargado:
él
os llevará nuestras órdenes
y
todo lo esencial y pertinente
que
os competa.
OTELO
Mi
alférez, si complace a Vuestra Alteza:
es
hombre de bien y de plena confianza.
La
conducción de mi esposa le encomiendo
y
cuanto Vuestra Alteza
estime
necesario remitirme.
DUX
Así
sea. Buenas noches a todos.
[A
BRABANCIO] Mi noble señor,
si
clara es la virtud, vuestro yerno
no
puede ser más blanco, siendo negro.
SENADOR
1.0
Adiós,
valiente Otelo; portaos bien con ella.
BRABANCIO
Con
ella, moro, siempre vigilante:
si a
su padre engañó, puede engañarte.
Salen
[el Dux, BRABANCIO, CASIO SENADORES y acompañamiento].
OTELO
¡Mi
vida por su fidelidad! Honrado Yago,
he
de confiarte a mi Desdémona.
Te
ruego que tu esposa la acompañe;
luego
llévalas en la mejor ocasión.
Vamos,
Desdémona, sólo nos queda una hora
para
amores, asuntos e instrucciones.
El
tiempo manda.
Salen
OTELO y DESDÉMONA.
RODRIGO
¡Yago!
YAGO
¿Qué quieres tú, noble alma?
RODRIGO
¿Qué crees que voy a hacer?
YAGO
Acostarte y dormir.
RODRIGO
Pues ahora mismo voy a ahogarme.
YAGO
Como hagas eso, ya no te querré. ¿Por qué, mi
bobo caballero?
RODRIGO
De
bobos es vivir si la vida es un suplicio, y morir significa prescripción si la
muerte es nuestro médico.
YAGO
¡Ah,
desdichado! Hace cuatro veces siete años que veo este mundo, y desde que supe
distinguir entre daño y beneficio, aún no he conocido a quien sepa amarse a sí
mismo. Antes de pensar en ahogarme por el amor de una zorra, preferiría
convertirme en mico.
RODRIGO
¿Y
qué puedo hacer? Me avergüenza enamorarme como un tonto, mas no tengo la virtud
de reme¬diarlo.
YAGO
¿Virtud?
¡Una higa! Ser de tal o cual manera de¬pende de nosotros. Nuestro cuerpo es un
jardín y nuestra voluntad, la jardinera. Ya sea plantando or¬tigas o sembrando
lechugas, plantando hisopo y arrancando tomillo, llenándolo de una especie de
hierba o de muchas distintas, dejándolo yermo por desidia o cultivándolo con
celo, el poder y autoridad para cambiarlo está en la voluntad. Si en la balanza
de la vida la razón no equilibrase nuestra sensuali¬dad, el ardor y la bajeza
de nuestros instintos nos llevarían a extremos aberrantes. Mas la razón enfría
impulsos violentos, apetitos carnales, pasiones sin freno. Por eso, lo que tú
llamas amor, a mí no me parece más que un brote o un vástago.
RODRIGO
No es posible.
YAGO
Simplemente
ardor de la sangre y concesión de la voluntad. Vamos, sé hombre. ¿Ahogarte?
Ahoga gatos y cachorros ciegos. Te he asegurado mi amis¬tad y me declaro ligado
a tus méritos con cuerdas de perenne firmeza. Nunca como ahora podría serte
útil. Tú mete dinero en tu bolsa, vente a la guerra, cámbiate esa cara con una
barba postiza. Repito: mete dinero en tu bolsa. Verás cómo Desdémona no sigue
queriendo al moro mucho tiempo mete
dinero en tu bolsa , ni él a ella. Tuvo un principio violento y tendrá pareja
conclusión mete dinero en tu bolsa.
Estos moros son muy veleidosos mete
dinero en tu bolsa. La comida que ahora le sabe más deleitosa que la fruta
pronto le sabrá más amarga que el acíbar. Ella querrá otro más joven: cuando se
haya saciado con su cuerpo, se dará cuen¬ta de su error. Conque mete dinero en
tu bolsa. Y si a la fuerza quieres condenarte, no te ahogues: busca una manera
más suave. Junta todo el dinero que puedas. Si mi ingenio y toda la caterva del
dia¬blo no pueden más que la santidad de un frágil ju¬ramento entre un bárbaro
errabundo y una venecia¬na archiexquisita, tú la gozarás; conque junta dine¬ro.
Y nada de ahogarte; está fuera de lugar. Antes ahorcado por lograr tu gusto que
ahogado sin go¬zarla.
RODRIGO
¿Apoyarás
mis deseos si confío en el resultado?
YAGO
Cuenta
conmigo. Tú junta dinero. Te lo he dicho y te lo diré una y mil veces: odio al
moro. Lo llevo muy dentro, y a ti razones no te faltan. Unámonos en la
venganza. Si le pones los cuernos, tú te das el gusto y a mí me das la fiesta.
El vientre del tiempo guarda muchos sucesos que pronto verán la luz. ¡En
marcha! Anda, búscate dinero. Mañana seguimos hablando. Adiós.
RODRIGO
¿Dónde nos vemos mañana?
YAGO
En mi casa.
RODRIGO
Iré temprano.
YAGO
Bueno, adiós. Oye, Rodrigo.
RODRIGO
¿Qué quieres?
YAGO
Nada de ahogarte, ¿eh?
RODRIGO
Me has convencido.
YAGO
Bueno, adiós. Mete mucho dinero en tu bolsa.
RODRIGO
Venderé
todas mis tierras.
Sale.
YAGO
Así
es como el pagano me sirve de bolsa,
pues
deshonraría todo mi saber
pasando
el tiempo con memo semejante
sin
placer ni provecho. Odio al moro,
y
dicen que en la cama
me
ha robado el sitio. No sé si es verdad,
mas
para mí una sospecha de este orden
vale
por un hecho. El me aprecia:
mejor
resultará el plan que le preparo.
Casio
es gallardo. A ver...
Quitarle
el puesto y coronar mi voluntad
con
doble trampa. A ver cómo... A ver...
Después
de un tiempo, susurrando a Otelo
que
Casio se toma confianzas con su esposa:
presencia
no le falta, ni modales;
se
presta a la sospecha, invita al adulterio.
El
moro es de carácter noble y franco;
cree
que es honrado todo aquel que lo parece
y
buenamente dejará
que
le lleven del hocico como a un burro.
Ya
está, lo concebí. La noche y el infierno
asistirán
al parto de mi engendro.
Sale.
II.i
Entran MONTANO y dos CABALLEROS.
MONTANO
¿Qué
se divisa en la mar desde el cabo?
CABALLERO
1.0
Nada,
con tan fiero oleaje.
Entre
el cielo y el océano
no
distingo ningún barco.
MONTANO
En
tierra el viento ha soplado muy recio;
galerna
tan ruda jamás sacudió las almenas.
Si
así se ha embravecido mar adentro,
¿qué
cuadernas de roble podrán seguir juntas
cuando
las baten las aguas? ¿Qué puede ocurrir?
CABALLERO
2.0
Que
la escuadra otomana se disperse.
Mirad
desde la orilla espumeante:
las
olas se rompen y azotan las nubes;
la
mar encrespada, de gigantes melenas,
parece
lanzarse contra la Osa brillante
y
apagar las guardas de la Estrella Polar.
Jamás
vi tumulto semejante en una borrasca.
MONTANO
Si
la escuadra turca no se halla
protegida
y resguardada, se hundirá.
No
pueden resistir.
Entra
un tercer CABALLERO.
CABALLERO
3.0
¡Noticias,
amigos! El fin de la guerra.
La
fiera tormenta ha alcanzado de tal modo
a
los turcos que su plan ha fallado.
Un
regio navío de Venecia presenció
el
naufragio y la ruina del grueso de la flota.
MONTANO
¿Qué?
¿Es verdad?
CABALLERO
3.0
La
nave, una veronesa, ya ha atracado.
Miguel
Casio, teniente del intrépido moro,
ya
está en tierra. Otelo aún navega
y
viene hacia Chipre con plenos poderes.
UONTANO
Me
alegro. Es buen gobernador.
CABALLERO
3.0
Pero
a Casio, aunque le alivia la derrota
de
los turcos, le inquieta la suerte de Otelo
y
reza por él, pues quedaron separados
por
el fiero temporal.
MONTANO
Quiera
Dios que se salve: estuve a sus órdenes,
y en
el mando es todo un soldado.
Vamos
al puerto, no sólo por ver
la
nave arribada, sino además
por
buscar en el horizonte al bravo Otelo,
hasta
que no distingamos
entre
cielo y océano.
CABALLERO
3.0
Muy
bien, vamos, pues cada minuto
nos
hace esperar una nueva llegada.
Entra
CASIO.
CASIO
Os
agradezco, valientes moradores
de
esta isla, que honréis a Otelo.
El
cielo le proteja de los elementos,
pues
yo le perdí en un mar peligroso.
MONTANO
¿Es
fuerte su nave?
CASIO
Muy
bien construida, y el piloto,
hábil
y muy afamado,
así
que mi esperanza, que no sufre excesos,
goza
de salud.
VOCES
[desde dentro]
¡Barco a la vista!
Entra
un MENSAJERO.
CASIO
¿Qué voces son ésas?
MENSAJERO
La ciudad está desierta. La gente se agolpa
en las rocas gritando: «¡Barco a la vista!».
CASIO
Mi
esperanza apunta al gobernador.
Cañonazo.
CABALLERO
2.0
Una salva de cañón. Son amigos.
CASIO
Os lo ruego, señor. Id allá
y averiguad quién ha llegado.
CABALLERO
2.0
Al
momento.
Sale.
MONTANO
Decidme,
teniente, ¿se ha casado el general?
CASIO
Con
inmensa fortuna: logró una muchacha
que
excede alabanzas y fama hiperbólica,
supera
el floreo de la pluma elogiosa
y,
en pura belleza creada,
fatiga
el ingenio.
Entra
el segundo CABALLERO.
¿Qué
hay? ¿Quién llega?
CABALLERO
2.0
Un
tal Yago, alférez del general.
CASIO
Ha
tenido pronta y feliz travesía.
Tormentas,
altas olas y vientos rugientes,
rocas
hendidas y bancos de arena,
pérfidos
escollos que atrapan la quilla inocente,
cual
dotados de un sentido de belleza,
abandonan
su fatal cometido
y
dejan indemne a la divina Desdémona.
MONTANO
¿Quién
es ella?
CASIO
La
dama de que hablé,
la
capitana de nuestro gran capitán,
encomendada
al audaz Yago,
cuya
venida se adelanta una semana
a
nuestro cálculo. Gran Júpiter, guarda a Otelo
e
hincha sus velas con tu soplo potente,
que
alegre la bahía con su espléndida nave,
palpite
de amor en los brazos de Desdémona,
renueve
nuestro ánimo abatido
y
traiga regocijo a todo Chipre.
Entran
DESDÉMONA, YAGO, EMILIA y RODRIGO.
¡Mirad!
El tesoro de la nave ya está en tierra.
¡Hombres
de Chipre, hincad las rodillas!
¡Salud,
señora! ¡Que la gracia del cielo
os
siga, os preceda, os envuelva por entero!
DESDÉMONA
Gracias,
valiente Casio.
¿Qué
noticias tenéis de mi señor?
CASIO
Aún no ha llegado, aunque sé
que está bien y que pronto le veremos.
DESDÉMONA
Sí, pero temo... ¿Cómo os separasteis?
CASIO
La gran lucha del cielo y el mar
distanció nuestras naves.
VOCES
[desde dentro]
¡Barco a la vista!
CASIO
¡Escuchad!
¡Un barco!
[Cañonazo.]
CABALLERO
2.0
Una
salva a la ciudadela.
Éste
también es amigo.
CASIO
Traedme
noticias.
[Sale
el CABALLERO.]
Bienvenido,
alférez. [A EMILIA] Bienvenida, señora.¬...
No
te enojes, mi buen Yago,
porque
extienda mi saludo: mi crianza
me
ha enseñado esta muestra de cortesía.
[Besa
a EMILIA.]
YAGO
Señor,
si os dieran sus labios
lo
que a mí me regala su lengua,
quedaríais
harto.
DESDÉMONA
Pero
si no habla nada.
YAGO
Habla
demasiado.
Lo
noto cuando tengo ganas de dormir.
Aunque
admito que, en vuestra presencia,
se
guarda la lengua muy bien
y
critica pensando.
EMILIA
Y tú
hablas sin motivo.
YAGO
Vamos,
vamos. Sois estatuas en la calle, cotorras en la casa, fieras en la cocina,
santas al ofender, de¬monios si os ofenden, farsantes en las labores y
laboriosas en la cama.
DESDÉMONA
¡Calla
tú, calumniador!
YAGO
Turco
soy si no es verdad:
jugáis
levantadas, y en la cama, a trabajar.
EMILIA
A mí
no me celebres con tus versos.
YAGO
Más
vale que no.
DESDÉMONA
¿Qué
dirías de mí si me celebrases?
YAGO
Mi noble señora, no me obliguéis,
que
soy criticón o no soy nada.
DESDÉMONA
Vamos,
inténtalo. ¿Han ido al puerto?
YAGO
Sí,
señora.
DESDÉMONA
[aparte] Alegre no estoy, mas el fingimiento
distrae
mi estado.¬
Vamos,
¿cómo me celebrarías?
YAGO
Lo
estoy pensando, pero mi creación
saldrá
de mi testa como el visco de la lana,
arrancando
los sesos y todo. Mas de parto
está
mi musa, y aquí está el retoño:
«La
mujer que a la par es rubia y sabia
maneja
sabiamente su ventaja».
DESDÉMONA
¡Vaya
elogio! ¿Y la que es morena y lista?
YAGO
«La
morena que es lista ve muy claro
que
si da con un rubio da en el blanco».
DESDÉMONA
De
mal en peor.
EMILIA
¿Y
la que es guapa y tonta?
YAGO
«Nunca
hubo guapa que fuera una tonta,
que
aun tonteando se ganan la boda».
DESDÉMONA
Ésos
son despropósitos trillados que sólo hacen reír al necio en la taberna. ¿Qué
triste alabanza le re¬servas a la que es fea y tonta?
YAGO
«La
fea y tonta hace sus jugadas,
como
las hace la más bella y sabia».
DESDÉMONA
¡Qué
desatinos! A la peor, el mejor elogio. Mas, ¿cómo elogiarías a la que de veras
lo merece, a la mujer de méritos tan claros que la propia maldad habría de
admitirlos?
YAGO
«Quien
siempre fue bella, mas nunca orgullosa,
con
lengua a su antojo, mas nunca chillona;
que,
siendo pudiente, no iba recompuesta,
ni
hacía su gusto, aun cuando pudiera;
que,
llena de enojo y presta la venganza,
contuvo
su ira y dejó que pasara;
cuya
sensatez nunca prefirió
el
basto conejo al tierno pichón
cuyo
pensamiento jamás revelaba
y a
los pretendientes negó su mirada;
ésta
era capaz, si es que hubo tal hembra ... »
DESDÉMONA
Capaz,
¿de qué?
YAGO
«...
de criar idiotas y llevar las cuentas».
DESDÉMONA
¡Qué
final más pobre y endeble! No sigas su ejem¬plo, Emilia, aunque sea tu marido.
Casio, ¿qué os parece? ¿A que sus dichos son deshonestos y pro¬fanos?
CASIO
Señora,
él habla claro. Os gustará más como hom¬bre de armas que de letras.
YAGO
[aparte]
La
coge de la mano. Muy bien, musitad. Con tan poca tela atraparé a esa gran mosca
de Casio. Anda, sonríele, vamos. Te encadenaré en tu corte¬sanía. Gran verdad,
estáis en lo cierto. Si esas pam¬plinas te cuestan el puesto, teniente, más te
habría valido no echarle tanto beso, como ahora vuelves a hacer, jugando al
cortesano. Muy bien, buen beso, exquisita cortesía. Vaya que sí. ¿Otra vez
be¬sándote los dedos? ¡Ojalá se te volvieran lavativas!
Trompetas
dentro.
¡Es
Otelo! Conozco su señal.
CASIO
Sí, es él.
DESDÉMONA
Vamos a recibirle.
CASIO
¡Mirad,
ahí viene!
Entran
OTELO y acompañamiento.
OTELO
¡Mi bella guerrera!
DESDÉMONA
¡Mi querido Otelo!
OTELO
Mi asombro es tan grande como mi alegría
al verte aquí ya. Bien de mi alma,
si a la tempestad sigue esta bonanza,
¡que soplen los vientos y despierten la
muerte,
y la
nave agitada escale montañas de mar
como
el alto Olimpo y baje tan hondo
como
el infierno desde el cielo!
Si
ahora muriese, sería muy feliz,
pues
temo que mi gozo sea tan perfecto
que
no pueda alcanzar dicha semejante
en
lo por venir.
DESDÉMONA
Quiera
el cielo que aumente nuestro amor y nuestro gozo
con
el paso de los días.
OTELO
¡Así
sea, benignos poderes!
No
puedo expresar mi contento;
me
corta la voz, es tanta alegría...
Se
besan.
Otro,
y otro; sea ésta la mayor disonancia
de
nuestros corazones.
YAGO
[aparte]
¡Qué
bien entonados!
Mas
yo seré quien destemple esa música,
honrado
que es uno.
OTELO
Vamos
al castillo. Noticias, amigos:
terminó
la guerra; los turcos se ahogaron.
¿Cómo
están los viejos amigos de la isla?-
¬Amor,
verás lo bien que te acogen;
yo
siempre vi en Chipre cariño.
Vida
mía, hablo sin orden
y
desvarío de felicidad. Anda, buen Yago,
ve
al puerto y que descarguen mis cofres.
Trae
al capitán a la ciudadela;
es
un buen marino y digno
de
toda atención. Vamos, Desdémona.
¡Qué
dicha encontrarte aquí en Chipre!
Salen
[todos menos YAGO y RODRIGO].
YAGO
[a
un criado que sale] Nos vemos luego en el puer¬to. [A RODRIGO] Ven acá. Si eres
hombre, pues dicen que el plebeyo tiene más nobleza cuando está enamorado,
escúchame. Esta noche el teniente vi¬gila en el puesto de guardia. Primero oye
bien: Des¬démona está enamorada de él.
RODRIGO
¿De
él? Imposible.
YAGO
Tú
punto en boca y deja que te explique. Fíjate con qué ímpetu se prendó del moro,
sólo porque se glo¬riaba y le contaba patrañas. ¿Va a estar siempre enamorada
de su cháchara? No lo crea tu alma sen¬sata. Su vista se alimenta. ¿Qué gusto
va a darle mirar al diablo? Cuando el trato carnal embota el deseo, para volver
a inflamarlo y renovar apetitos saciados hace falta una estampa gentil,
concierto de edades, modales, belleza, de todo lo cual el moro anda escaso. Así
que, por falta de tan esenciales condiciones, su exquisita finura se verá
engañada, empezará a sentir náuseas, odiará y detestará al moro. Sus propias
reacciones la guiarán y llevarán a elegir a otro. Pues bien, sentado todo esto,
que es proposicion natural y razonable, ¿quién sino Ca¬sio es el más inmediato
en la escala de esta suerte, un granuja con labia, cuya conciencia no es más
que una máscara de cortesía y respeto para satisfacer sus más ocultos instintos
carnales? Nadie, nadie. Un granuja retorcido y astuto, buscador de ocasiones,
capaz de acuñar y forjar coyunturas, aunque luego no se presente ninguna. Un
granuja diabólico. Ade¬más, es apuesto, joven, y reúne todas las condicio¬nes
que busca el deseo y la inexperiencia. Un gra¬nuja irritante, y la moza ya le
ha echado el ojo.
RODRIGO
No
puedo creer eso de ella, de un alma tan pura.
YAGO
¡Puro
rábano! El vino que bebe es de uva. Si es tan pura no se casa con el moro.
¡Pura morcilla! ¿No viste cómo le sobaba la mano a Casio? ¿No te fi¬jaste?
RODRIGO
Sí,
pero era por cortesía.
YAGO
¡Por
lascivia, te lo juro! índice y oscuro prefacio de una historia de lujuria y
turbios pensamientos. Se acercaron tanto con los labios que el aliento se
abrazó. Malos pensamientos, Rodrigo. Cuando estas confianzas abren un camino,
muy pronto les sigue el acto y acción principal, el fin corporal. ¡Uf! Mas tú
hazme caso: te he traído de Venecia. Esta noche estarás de guardia; las órdenes
yo te las daré: Casio no te conoce. Yo estaré cerca. Tú busca ocasión de
provocar a Casio, ya sea hablando muy alto, desai¬rando su disciplina o por el
medio que te plazca y que el tiempo proveerá.
RODRIGO
Bueno.
YAGO
Además,
es fogoso e impulsivo, y capaz de pegarte. Tú oblígale a hacerlo: a mí eso me
basta para pro¬vocar un alboroto entre la gente, que sólo se apa¬ciguará con la
destitución de Casio. Será más corta la vía de tus fines por los medios que
tendré de promoverlos y nos veremos libres de un obstáculo sin cuya supresión
no habría esperanzas de éxito.
RODRIGO
Lo
haré si tú me das la ocasión.
YAGO
Cuenta
con ella. Búscame luego en la ciudadela. Tengo que desembarcarle el equipaje.
Adiós.
RODRIGO
Adiós.
Sale.
YAGO
Que
Casio la quiere lo creo muy bien;
que
ella le quiere es digno de crédito.
El
moro, aunque no le soporto,
es
afectuoso, noble y fiel,
y
creo que será un buen marido
con
Desdémona. Yo también la quiero;
no
sólo por lujuria, aunque tal vez
puedan
acusarme de tan grave pecado,
sino
en parte por saciar mi venganza,
pues
sospecho que este moro sensual
se
ha montado en mi yegua. La sola idea
es
como un veneno que me roe las entrañas,
y ya
nada podrá serenarme
hasta
que estemos en paz, mujer por mujer,
o,
si no, hasta provocarle unos celos tan fuertes
que
no pueda curar la razón.
Para
lo cual, si este pobre chucho veneciano
al
que sigo en la caza se deja azuzar,
tendré
bien pillado a nuestro Casio,
le
pintaré de faldero a los ojos del moro,
pues
me temo que Casio también se mete en mi cama,
y el
moro, agradecido, me querrá y premiará
por
dejarle insignemente como un burro
y
maquinar contra su paz y sosiego
hasta
la locura. Aquí está, mas borroso:
hasta
el acto, el mal no revela su rostro.
Sale.
II.ii
Entra un HERALDO de Otelo con una proclama.
HERALDO
Es
deseo de Otelo, nuestro noble y valiente general, que, siendo ciertas las
noticias llegadas del total hundimiento de la escuadra turca, todo el mundo lo
festeje: unos, bailando; otros, encendiendo hogue¬ras, y cada uno con la fiesta
y regocijo a que le lleve su afición, pues, además de tan buena noticia, está
la celebración de su boda. Es su deseo que se proclame todo esto. Se han
abierto las despensas del castillo y hay plena libertad para el convite des¬de
esta hora de las cinco hasta que den las once. ¡Dios bendiga a la isla de
Chipre y a Otelo, nuestro noble general!
Sale.
II.iii Entran OTELO, DESDÉMONA y acompaña¬miento
OTELO
Querido
Miguel, ocupaos esta noche de la guardia.
Impongámonos
un límite digno
y no
festejemos sin mesura.
CASIO
Yago
ya tiene instrucciones. Sin embargo,
mis
propios ojos estarán de vigilancia.
OTELO
Yago
es muy leal.
Buenas
noches, Miguel. Mañana temprano
quiero
hablaros. Vamos, amor:
el
bien adquirido es para gozarlo,
y el
goce del nuestro estaba esperando.¬
Buenas
noches.
Salen
OTELO, DESDÉMONA [y acompa¬ñamiento].
Entra
YAGO.
CASIO
Bienvenido,
Yago. Vamos a la guardia.
YAGO
Falta
una hora, teniente; aún no son las diez. El general nos ha despedido tan pronto
por amor a su Desdémona, y no se lo reprochemos. Aún no han pasado una noche
caliente y ella es bocado de Jú¬piter.
CASIO
Es
una dama exquisita.
YAGO
Y
seguro que con ganas.
CASIO
Es
una criatura galana y gentil.
YAGO
¡Y
vaya ojos! Son de los que llaman al deleite.
CASIO
Son
atrayentes y, sin embargo, castos.
YAGO
Y
cuando habla, ¿no toca a batalla de amor?
CASIO
Es
la suma perfección.
YAGO
Pues,
¡suerte en la cama! Vamos, teniente, que ten¬go una jarra de vino y ahí fuera
hay dos caballeros de Chipre dispuestos a echar un trago a la salud del negro
Otelo.
CASIO
Esta
noche no, buen Yago. Tengo una cabeza muy floja para el vino. ¡Ojalá inventara
la cortesía otra forma de pasar el tiempo!
YAGO
Pero
si son amigos. Sólo un trago. Yo beberé por vos.
CASIO
Sólo
un trago es lo que he bebido esta noche, y muy bien aguado, y mira qué
revolución llevo aquí. Tengo mala suerte con mi debilidad y no me atrevo a
exponerla a mayor riesgo.
YAGO
¡Vamos!
Es noche de fiesta y los caballeros están deseándolo.
CASIO
¿Dónde
están?
YAGO
Aquí,
a la puerta. Servíos llamarlos.
CASIO
Está
bien, pero no me gusta.
Sale.
YAGO
Si
consigo meterle un trago más,
con
lo que lleva bebido esta noche,
se
pondrá más agresivo y peleón
que
un perro consentido. Y Rodrigo, mi pagano,
a
quien el amor casi ha vuelto del revés,
se
ha servido a la salud de su Desdémona
libaciones
de a litro, y está de guardia.
A
tres mozos de Chipre, briosos y altivos,
y en
punto de honor muy arrebatados,
ejemplo
palpable del ánimo isleño,
los
he alegrado con copas bien llenas,
y
también están de guardia. Y, en medio
de
este hatajo de borrachos, haré que Casio
trastorne
la isla. Aquí llegan.
Entran
CASIO, MONTANO y caballeros.
Si la suerte realiza mi sueño,
mis barcos marcharán con viento espléndido.
CASIO
Vive Dios que me han dado un buen trago.
MONTANO
¡Si era poco! No más de un cuartillo, palabra
de soldado.
YAGO
¡Eh, traed vino!
[Canta] «Choquemos la copa, tintín, tin;
choquemos
la copa, tintín.
El
soldado es mortal
y su
vida fugaz.
¡Que
beba el soldado, tintín, tin!»
¡Vino, muchachos!
CASIO
¡Vive Dios, qué gran canción!
YAGO
La
aprendí en Inglaterra, donde son formidables bebiendo. El danés, el alemán y el panzudo holandés ¡a beber!
no son nada al lado del inglés.
CASIO
¿Tan
experto bebedor es el inglés?
YAGO
¡Cómo!
No le cuesta emborrachar al danés, se tum¬ba sin esfuerzo al alemán y hace
vomitar al holan¬dés antes que le llenen otra jarra.
CASIO
¡A
la salud del general!
MONTANO
¡Bravo,
teniente! Me uno a ese brindis.
YAGO
¡Querida
Inglaterra!
[Canta]
«Esteban fue rey ejemplar
y
quiso ahorrar con su calzón.
Y
por seis céntimos de más
al
sastre puso de ladrón.
Su
fama nunca tuvo igual,
mas
tú eres de otra condición.
No
tires tu viejo gabán,
que
el lujo arruina la nación».
¡Eh,
más vino!
CASIO
¡Vive
Dios! Esta canción es más perfecta que la otra.
YAGO
¿La
canto otra vez?
CASIO
No,
pues me parece indigno de su puesto quien hace esas cosas. En fin, Dios lo ve
todo, y unos se salvarán y otros no se salvarán.
YAGO
Cierto,
teniente.
CASIO
Ahora,
que yo, sin ofender al general ni a persona principal, yo espero salvarme.
YAGO
Y yo
también, teniente.
CASIO
Sí,
mas con permiso, después que yo. El teniente se salva antes que el alférez. No
se hable más; a nues¬tros puestos. ¡Dios perdone nuestros pecados! Ca¬balleros,
a nuestra oblilación. No creáis, caballeros, que estoy borracho. Este es mi
alférez, ésta mi mano derecha y ésta mi izquierda. No estoy borra¬cho, me tengo
en pie y estoy hablando bien.
TODOS
Perfectamente.
CASIO
Muy
bien. Entonces no digáis que estoy borracho.
Sale.
MONTANO
A la
explanada, señores, a montar la guardia.
YAGO
Ved
a este hombre que acaba de salir:
es
un soldado capaz de dar órdenes
al
lado de César. Mas ved también su mal:
con
su virtud forma un equinoccio perfecto;
ambos
se extienden igual. ¡Qué pena!
Temo
que la confianza que en él pone Otelo
en
un mal momento de su vicio
trastorne
la isla.
MONTANO
¿Suele
estar así?
YAGO
Es
el prólogo invariable de su sueño:
si
la bebida no le mece la cuna,
está
despierto la doble vuelta del reloj.
MONTANO
Convendría
informar al general.
Tal
vez no se dé cuenta, o su bondad
valore
las virtudes de Casio
y no
vea sus faltas. ¿No os parece?
Entra
RODRIGO.
YAGO
[aparte a RODRIGO]
¿Qué
hay, Rodrigo?
Anda,
sigue al teniente, vamos.
Sale
RODRIGO.
MONTANO
Es
lástima que el noble moro
confíe
un puesto semejante
a
quien tiene un mal tan arraigado.
Sería
un acto de lealtad
informar
a Otelo.
YAGO
Yo
nunca, por esta bella isla.
Quiero
bien a Casio, y haré lo que pueda
por
curarle su vicio.
VOCES
[desde dentro]
¡Socorro,
socorro!
YAGO
¡Escuchad!
¿Qué ruido es ése?
Entra
CASIO persiguiendo a RODRIGO.
CASIO
¡Voto
a... ! ¡Granuja, infame!
MONTANO
¿Qué
pasa, teniente!
CASIO
¡Un
granuja enseñarme mi deber!
¡Le
voy a dejar como una criba!
RODRIGO
¿A
mí?
CASIO
¿Qué
dices, infame?
MONTANO
Vamos,
teniente, os lo ruego. Basta.
CASIO
Si
no me soltáis, os hundo el cráneo.
MONTANO
Vamos,
vamos, estáis borracho.
CASIO
¿Borracho
yo?
Pelean.
YAGO
[aparte a RODRIGO]
Vamos,
corre a anunciar el disturbio.
[Sale
RODRIGO.]
Quieto,
teniente. ¡Por Dios, señores!
¡Socorro!
¡Basta, teniente! ¡Basta, Montano!
¡Socorro,
señores! ¡Buena guardia tenemos!
Suena
una campana.
¿Quién
toca la campana? ¡Diablo! .
La
ciudad va a alborotarse. ¡Por Dios, teniente!
¡Basta!
¡Quedaréis deshonrado para siempre!
Entra
OTELO con acompaiamiento.
OTELO
¿Qué
pasa aquí?
MONTANO
¡Voto
a ... ! Estoy sangrando. Me han herido de muerte.
OTELO
¡Por
vuestra vida, basta!
YAGO
Basta,
teniente. Montano, señores,
¿habéis
perdido la noción del puesto y el deber?
Basta,
os habla el general. Basta, por decencia.
OTELO
¿Qué
es esto? ¿Cómo ha sido?
¿Nos
hemos vuelto turcos, haciéndonos nosotros
lo
que el cielo impidió a los otomanos?.
Por
decencia cristiana, ¡basta de barbarie!
El
que ceda a la furia con su acero
desprecia
su alma: cae muerto si se mueve
¡Que
calle esa horrible campana! Espanta
el
decoro de la isla. ¿Qué ocurre, señores?
Honrado
Yago, que pareces muerto de pena,
habla.
¿Quién ha sido? Por tu lealtad te lo ordeno.
YAGO
No
sé. Estaban tan amigos, ahora mismo;
por
su trato parecían recién casados
antes
de acostarse. Y en un momento,
cual
si un astro los hubiese enloquecido
sacan
las espadas y se atacan uno a otro
en
cruel enfrentamiento. No puedo explicar
cómo
empezó esta riña tan absurda.
¡Así
hubiera perdido en glorioso combate
las
piernas que a verla me trajeron!
OTELO
Casio,
¿cómo habéis podido desquiciaros?
CASIO
Excusadme,
os lo suplico. No puedo hablar.
OTELO
Noble
Montano, siempre fuisteis respetado.
El
decoro y dignidad de vuestra juventud
son
bien notorios y grande es vuestro nombre
en
boca del sabio. ¿Qué os ha hecho
malgastar
de este modo vuestra fama
y
cambiar el regio nombre de la honra
por
el de pendenciero? Contestadme.
MONTANO
Noble
Otelo, estoy muy malherido.
Yago,
vuestro alférez, puede informaros
de
todo lo que sé, ahorrándome palabras
que
me cuestan. Y no sé que esta noche
yo
haya dicho o hecho nada malo,
a no
ser que sea pecado la caridad
con
uno mismo o la defensa propia
cuando
nos asalta la violencia.
OTELO
¡Dios
del cielo!
La
sangre empieza a dominarme la razón
y la
pasión, que me ha ofuscado el juicio,
va a
imponerse. ¡Voto a ... ! Con que me mueva
o
levante este brazo, el mejor de vosotros
cae
bajo mi furia. Hacedme saber
cómo
empezó tan vil tumulto y quién lo provocó,
y el
culpable de esta ofensa, aunque sea
mi
hermano gemelo, para mí está perdido.
En
una ciudad de guarnición, aún inquieta,
con
la gente rebosando de pavor,
¿emprender
una pelea particular
en
plena noche y en el puesto de guardia?
Es
demasiado. Yago, ¿quién ha sido?
MONTANO
Si
por parcialidad o lealtad de compañero
no
te ajustas al rigor de la verdad,
no
eres soldado.
YAGO
No
toquéis esa fibra.
Que
me arranquen esta lengua
antes
que ofender a Miguel Casio.
Aunque
creo que decir la verdad
no
puede dañarle. Oídla, general.
Conversando
Montano y yo,
viene
uno clamando socorro
y
Casio detrás con espada amenazante,
dispuesto
a arremeter. Este caballero
se
interpone y pide a Casio que se calme.
Yo
salí tras el tipo que gritaba,
temiendo
que sus voces, como luego sucedió,
espantaran
a las gentes. Mas fue veloz,
logró
escapar, y yo volví al instante,
porque
oí un chocar y golpear de espadas
y a
Casio maldiciendo, lo que no había oído
hasta
esta noche. Cuando volví,
que
fue en seguida, los vi enzarzados
a
golpes y estocadas, igual que cuando vos
después
los separasteis.
De
este asunto no puedo decir más.
Los
hombres son hombres, y hasta el mejor
se
desquicia. Aunque Casio le ha hecho algo,
pues
la furia no perdona al más amigo,
me
parece que Casio también recibió
del
fugitivo algún insulto grave
que
no tenía perdón.
OTELO
Ya
veo, Yago,
que
tu afecto y lealtad suavizan la cuestión
en
beneficio de Casio. Casio, aunque os aprecio,
nunca
más seréis mi oficial.
Entra
DESDÉMONA con acompaizamiento.
¡Mirad!
¡Hasta mi amor se ha levantado!¬-
Serviréis
de ejemplo.
DESDÉMONA
¿Qué
ha ocurrido?
OTELO
Ya
nada, mi bien. Vuelve a acostarte.¬-
Señor,
de vuestra cura yo mismo
me
hago cargo. Lleváoslo.
[Sacan
a MONTANO.]
Yago,
mira por toda la ciudad
y
calma a los que se han alborotado
con
la riña. Vamos, Desdémona. Al guerrero
la
contienda perturba el dulce sueño.
Salen
OTELO, DESDÉMONA y acompa¬ñamiento.
YAGO
¿Estáis
herido, teniente?
CASIO
Sí,
y no tengo cura.
YAGO
No
lo quiera Dios.
CASIO
¡Honra,
honra, honra! ¡He perdido la honra! He
perdido
la parte inmortal de mi ser y sólo me queda
la
parte animal. ¡Mi honra, Yago, mi honra!
YAGO
A fe
de hombre honrado, creí que os habían hecho alguna herida: se siente mucho más
que la honra. La honra no es más que una atribución vana y falsa que suele
ganarse sin mérito y perderse sin motivo. No habéis perdido ninguna honra, a no
ser que os tengáis por deshonrado. ¡Vamos! Hay maneras de ganarse otra vez al
general. Os ha despedido en un impulso, castigando por principio, no por
aversión, como otro habría pegado a su perro inofensivo por asustar a un león
imponente. Suplicadie otra vez y es vuestro.
CASIO
Le
suplicaré que me desprecie antes que a un jefe tan bueno le engañe un oficial
tan alocado, borra¬cho e imprudente. ¡Borracho! ¡Y soltando tonterías!
¡Peleando, galleando, maldiciendo! ¡Y hablando al¬tisonante con mi sombra! ¡Ah,
invisible espíritu del vino! Si no tienes otro nombre, deja que te llame
demonio.
YAGO
¿Quién
era el que perseguíais con la espada? ¿Qué os había hecho?
CASIO
No
sé.
YAGO
¡Será
posible!
CASIO
Recuerdo
un sinfín de cosas; con claridad, nada. Una riña, mas no sé por qué. ¡Dios mío!
¡Que los hombres se metan en la boca un enemigo que les roba la cordura! ¡Que
nos volvamos como bestias con placer y regocijo, con festejo y aplauso!
YAGO
Pues
ahora estáis bien. ¿Cómo es que os habéis re¬cuperado?
CASIO
El
diablo de la embriaguez se ha dignado ceder el puesto al diablo de la ira. Una
imperfección me muestra otra y me hace despreciarme sin reservas.
YAGO
¡Vamos!
Sois un moralista muy severo. Ojalá no hu¬biese ocurrido, teniendo en cuenta el
momento, el lugar y el estado del país. Mas ahora aprovechad lo que no tiene
remedio.
CASIO
Sí,
voy a pedirle el puesto y él me dirá que soy un borracho. Si tuviera tantas
bocas como la hidra, tal respuesta las cerraría todas. ¡Ser primero racional,
muy pronto un imbécil y en seguida una bestia! ¡Qué portento! Todo vaso de más
es una maldición y dentro va el diablo.
YAGO
Vamos,
vamos. Sabiéndolo beber, el vino es un espíritu benigno; no lo execréis. Bueno,
teniente, creo que creéis en mi afecto.
CASIO
Lo
he visto muy claro, borracho y todo.
YAGO
Vos
o cualquier otro puede emborracharse alguna vez. Voy a deciros lo que debéis
hacer. El general es ahora la mujer del general. Lo digo en el sentido de que
él se ha entregado y consagrado a la contem¬plación, observación y admiración
de sus prendas y virtudes. Acudid a ella con franqueza, suplicadie que os ayude
a recobrar vuestro puesto. Es tan ge¬nerosa, buena, sensible y celestial que en
su bondad tiene por defecto no hacer más de lo que le piden. Rogadle que junte
el ligamento que os unía con su esposo, y apuesto mi peculio contra cualquier
cosa a que esa amistad, ahora rota, llegará a ser más fuerte que nunca.
CASIO
Es
un buen consejo.
YAGO
No
dudéis de mi sincera amistad y honrado propósito.
CASIO
Creo
en ellos firmemente. Por la mañana le pediré a la dulce Desdémona que interceda
por mí. Si me expulsan, es mi ruina.
YAGO
Estáis
en lo cierto. Buenas noches, teniente; me es¬pera la guardia.
CASIO
Buenas noches, honrado Yago.
Sale.
YAGO
¿Y
quién va a decir que hago de malo,
cuando
mi consejo es sincero y honrado,
muy
puesto en razón y modo seguro
de
ganarse al moro? Pues es lo más fácil
mover
la complacencia de Desdémona
por
una causa honrada: es más generosa
que
los elementos de la naturaleza
y,
en cuanto a ganarse al moro, él renunciaría
a su
bautismo y a los signos de la redención
por
un amor que le tiene encadenado,
pues
ella puede hacer y deshacer lo que le plazca,
al
punto que el deseo al moro le domine
sus
pobres facultades. ¿Cómo voy a ser malvado
si,
en vía paralela, indico a Casio
la
línea recta de su bien? ¡Teología del diablo!
Cuando
el Maligno induce al pecado más negro,
primero
nos tienta con divino semblante,
como
ahora yo. Mientras este honrado bobo
implora
a Desdémona que remedie su suerte
y
ella intercede por él, yo al moro
le
vierto en el oído este veneno:
que
aboga por Casio porque le desea;
y,
cuanto más se afane por su bien,
tanto
más minará la fe del moro.
Yo
haré que su virtud se vuelva vicio
y
con su propia bondad haré la red
que
atrape a todos.
Entra
RODRIGO.
¿Qué
hay, Rodrigo?
RODRIGO
Sigo
la caza, mas no como perro de presa, sino ha¬ciendo bulto. Apenas me queda
dinero, esta noche me sacuden bien el polvo y el final de mis afanes será que
tendré más experiencia. Así que sin dinero y con más juicio me vuelvo a
Venecia.
YAGO
¡Qué
pobres son los impacientes!
¿Qué
herida no ha sanado paso a paso?
Obramos
con la mente, no con brujería,
y la
mente necesita lentitud.
¿Acaso
va mal? Casio te ha pegado
y un
golpe tan chico ha expulsado a Casio.
Otras
plantas van creciendo al sol,
mas
lo que antes florece, antes da fruto.
Mientras
tanto, calma. ¡Dios santo, amanece!
El
placer y la acción acortan las horas.
Retírate,
vete a tu aposento.
Vamos,
ya te contaré. Anda, vete ya.
Sale
RODRIGO.
Hay
que hacer dos cosas. Mi mujer
ha
de mediar por Casio con su ama.
Yo
la incitaré.
Mientras,
llamando aparte al moro
en
su momento, haré que vea a Casio
suplicante
con su esposa. Sí, es la manera.
El
plan ya no admite desidia ni espera.
Sale.
III.i
Entra CASIO con MÚSICOS y el GRACIOSO.
CASIO
Tocad
aquí, señores. Premiaré
vuestra
labor. Algo que sea corto,
y
dad los buenos días al general.
[Tocan.]
GRACIOSO
¡Señores!
¿Es que esos instrumentos han estado en Nápoles, que hablan así por la nariz
MÚSICO
1.0
¿Qué
queréis decir?
GRACIOSO
Veamos.
¿Son instrumentos de viento? Músico 1.0
Claro
que sí, señor.
GRACIOSO
Pues
les cuelga un rabo.
MÚSICO
1.0
¿Qué
rabo les cuelga?
GRACIOSO
El
que va con el instrumento de ventosidad. Seño¬res, aquí tenéis dinero: al
general le gusta tanto vuestra música que por caridad os pide que no ha¬gáis
más ruido.
MÚSICO
1.0
No
lo haremos.
GRACIOSO
Si
tenéis música que no se oiga, adelante. Mas ya sabéis que el general no quiere
música.
MÚSICO
1.0
De
esa música no tenemos, señor.
GRACIOSO
Pues
entonces, el pito en la bolsa y se acabó. ¡Va¬mos, esfumaos, humo!
Salen
los Músicos.
CASIO
Oye,
amigo.
GRACIOSO
Yo
no oigo a Migo: os oigo a vos.
CASIO
Anda,
déjate de chanzas. Toma esta pequeña mo¬neda de oro. Si está levantada la dama
que acom¬paña a la esposa del general, dile que Casio le su¬plica el favor de
su presencia. ¿Lo harás?
GRACIOSO
Está
levantada. Me dispongo a preguntarle si se sir¬ve presenciarse aquí.
CASIO
Gracias,
amigo.
Sale
el GRACIOSO.
Entra
YAGO.
Me
alegro de verte, Yago.
YAGO
¿No
os habéis acostado?
CASIO
Pues
no. Ya era de día cuando nos despedimos.
Yago,
me he permitido
llamar
a tu esposa. Mi súplica es
que
me proporcione una ocasion
para
hablar con la dulce Desdémona.
YAGO
Ahora
mismo os la mando.
Y
veré la manera de alejar al moro
para
que converséis con mayor libertad.
CASIO
Os
lo agradezco de veras.
Sale
[YAGO.]
En
Florencia no vi a nadie tan leal.
Entra
EMILIA.
EMILIA
Buenos
días, teniente. Me apena
que
cayerais en desgracia. Mas todo irá bien.
El
general y su esposa lo están comentando,
y
ella os defiende. Otelo responde
que
el hombre al que heristeis es muy renombrado
y
tiene amistades, y que, en justa prudencia,
se
imponía el despido. Mas afirma que os aprecia
y
que no necesita más defensa que su afecto
para
aprovechar el momento oportuno
y
admitiros de nuevo.
CASIO
No
obstante, os suplico
que,
si lo creéis posible y conveniente,
me
procuréis ocasión para conversar
a
solas con Desdémona.
EMILIA
Venid,
os lo ruego. Os llevaré
donde
podáis hablar con libertad.
CASIO
Os
estoy muy agradecido.
Salen.
III.ii
Entran OTELO, YAGO y CABALLEROS.
OTELO
Yago,
dale esta carta al piloto de la nave
y
que presente mis respetos al Senado.
Después,
ve a las obras a buscarme;
allá
estaré.
YAGO
Muy
bien, señor.
OTELO
Señores,
¿vamos a ver la fortificación?
CABALLEROS
A
vuestras órdenes, señor.
Salen.
III.iii
Entran DESDÉMONA, CASIO y EMILIA.
DESDÉMONA
Tened
por cierto, buen Casio,
que
haré cuanto pueda en vuestro apoyo.
EMILIA
Hacedlo,
señora. Os juro que mi esposo
está
sufriendo como si fuera cosa propia.
DESDÉMONA
Es
un buen hombre. Casio, haré
que
Otelo y vos volváis a ser
tan
amigos como antes.
CASIO
Generosa
señora,
pase
lo que pase a Miguel Casio,
será
siempre vuestro fiel servidor.
DESDÉMONA
Lo
sé. Gracias. Apreciáis a mi señor,
le
conocéis hace tiempo y podéis
estar
seguro de que no se alejará
en
su despego más de lo prudente.
CASIO
Sí,
señora, mas tal vez
la
prudencia dure demasiado,
o
viva de alimento tan ligero,
o
crezca tanto por las propias circunstancias
que,
en mi ausencia y ocupado ya mi puesto,
el
general olvide mi amistad y mis servicios.
DESDÉMONA
No
temáis. Ante Emilia, aquí presente,
os
garantizo vuestro puesto. Estad seguro
de
que si hago una promesa de amistad,
la
cumplo a la letra. A mi señor no dejaré
hasta
que se amanse, le hablaré hasta exasperarle.
Su
cama será escuela, su mesa, confesonario.
En
todo lo que haga mezclaré
la
súplica de Casio. Conque alegraos, Casio.
Vuestra
valedora morirá
antes
que abandonar vuestra causa.
Entran
OTELO y YAGO.
EMILIA
Señora,
aquí viene mi señor.
CASIO
Señora,
me retiro.
DESDÉMONA
¡Cómo!
Quedaos a oír lo que le digo.
CASIO
No,
señora. Me siento muy inquieto
y
dañaría mis propios fines.
DESDÉMONA
Como
os plazca.
Sale
CASIO.
YAGO
¡Ah! Eso no me gusta.
OTELO
¿Qué dices?
YAGO
Nada, señor. Bueno, no sé.
OTELO
¿No era Casio el que hablaba con mi esposa?
YAGO
¿Casio, señor? No. No le creo capaz
de escabullirse con aire de culpable
al
veros venir.
OTELO
Pues
yo creo que era él.
DESDÉMONA
¿Qué
hay, mi señor?
He
estado hablando con un suplicante,
alguien
que padece tu disfavor.
OTELO
¿A
quién te refieres?
DESDÉMONA
Pues
a Casio, tu teniente. Mi buen señor,
si
tengo la virtud o el poder de persuadirte
accede
a una inmediata reconciliación.
Pues
si él de veras no te aprecia
y
pecó a sabiendas y no inconscientemente
yo
no sé juzgar la cara del honrado.
Te
lo ruego, pídele que vuelva.
OTELO
¿Estaba
aquí ahora?
DESDÉMONA
Sí,
y se fue tan abatido que me ha dejado
parte
de su pena para que la comparta.
Mi
amor, pídele que vuelva.
OTELO
Ahora
no, mi Desdémona. Otra vez.
DESDÉMONA
¿Será
pronto?
OTELO
Por
ser tú, mi bien, cuanto antes.
DESDÉMONA
¿Esta
noche, en la cena?
OTELO
No,
esta noche no.
DESDÉMONA
¿Mañana
a mediodía?
OTELO
No
como en casa. Los capitanes
me
esperan en la ciudadela.
DESDÉMONA
Pues
mañana por la noche o el martes por la mañana,
a
mediodía o por la noche; o en la mañana
del
miércoles. Dime cuándo, mas que no
pase
de tres días. Te juro que le pesa.
Salvo
en la guerra, donde dicen
que
hasta el jefe sirve de escarmiento,
su
infracción no parece que merezca
ni
reprimenda privada. ¿Cuándo puede venir?
Dímelo,
Otelo. Bien quisiera yo saber
qué
ruego podría negarte o resistir
indecisa.
Y siendo Miguel Casio,
que
te ayudó a cortejarme, que tantas veces
se
puso de tu parte cuando yo
te
censuré, ¿me haces que te acose
para
rehabilitarle? Pues aún podría...
OTELO
Basta,
te lo ruego. Que venga cuando quiera.
No
pienso negarte nada.
DESDÉMONA
¡Vaya!
Eso no es un favor.
Es
como si te rogara que te pusieras
los
guantes, te alimentases bien
o te
abrigases, o quisiera que te hicieses
a ti
mismo un bien especial. No: si algo te pido
que
de veras ponga a prueba tu amor,
será
de peso, arduo de resolver
y
arriesgado de dar.
OTELO
No
pienso negarte nada.
A
cambio sólo te pido una cosa:
que me dejes por ahora.
DESDÉMONA
¿Cómo voy a negártelo? Adiós, mi señor.
OTELO
Adiós, mi Desdémona. En seguida voy contigo.
DESDÉMONA
Ven,
Emilia.
[A
OTELO] Haz lo que te dicte el corazón.
Yo
siempre te obedeceré.
Salen
DESDÉMONA y EMILIA.
OTELO
¡Divina criatura! Que se pierda mi alma
si no te quisiera y, cuando ya no te quiera,
habrá vuelto el caos.
YAGO
Mi noble señor...
OTELO
¿Qué quieres, Yago?
YAGO
Cuando hacíais la corte a la señora,
¿conocía Miguel Casio vuestro amor?
OTELO
Sí, desde el principio. ¿Por qué lo dices?
YAGO
Por satisfacer mi curiosidad,
por nada más.
OTELO
¿Y
por qué esa curiosidad?
YAGO
No sabía que la conociese.
OTELO
Pues sí, y fue muchas veces nuestro mediador.
YAGO
¿De veras?
OTELO
¿De veras? Sí, de veras. ¿Qué ves en ello?
¿Acaso él no es honrado?
YAGO
¿Honrado, señor?
OTELO
¿Honrado?
Sí, honrado.
YAGO
Señor,
que yo sepa...
OTELO
¿Qué
quieres decir?
YAGO
¿Decir,
señor?
OTELO
¡Decir,
señor! ¡Por Dios, eres mi eco!
Como
si en tu mente hubiera un monstruo
tan
horrendo que no debe revelarse.
Tú
ocultas algo. Cuando Casio dejó a mi esposa,
dijiste
que no te gustaba. ¿A qué te referías?
Y al
decirte que tenía mi confianza
mientras
yo la cortejé, exclamas «¿De veras?»,
frunciendo
y apretando el ceño,
como
si hubieras encerrado en tu cerebro
alguna
idea horrible. Si me aprecias de verdad,
dime
lo que piensas.
YAGO
Señor,
sabéis que os aprecio.
OTELO
Así
lo creo. Y, como sé
que
te mueve la amistad y la honradez
y
que mides las palabras antes de decirlas,
esos
titubeos me asustan mucho más.
Pues
en boca de un granuja desleal
son
hábitos corrientes, mas en un hombre fiel
son
oscuras dilaciones que nacen en el alma
y no
se dejan gobernar.
YAGO
En
cuanto a Miguel Casio, juraría
que
es hombre honrado.
OTELO
Así
lo creo yo.
YAGO
Los
hombres deben ser lo que parecen;
los
que no lo son, ojalá no lo parezcan.
OTELO
Cierto,
los hombres deben ser lo que parecen.
YAGO
Pues
yo creo que Casio es honrado.
OTELO
En
todo esto hay algo más.
Te
lo ruego, háblame en la lengua
de
tus propios pensamientos y dale
al
peor de todos la peor de las palabras.
YAGO
Disculpadme,
señor.
Aunque
estoy obligado a la lealtad,
no
haré lo que no se exige al esclavo.
¡Revelar
el pensamiento! ¿Y si fuera
falso
y vil? ¿En qué palacio no se ha
insinuado
la ruindad? ¿Hay alma tan pura
en
la que el turbio pensamiento
no
se haya reunido en tribunal
con
la justa reflexión?
OTELO
Yago,
contra tu amigo maquinas
si,
creyendo que le agravian, le ocultas
lo
que piensas.
YAGO
Os
lo suplico: tal vez
me
haya equivocado en mi sospecha,
pues
es la cruz de mi carácter
rastrear
las falsedades, y a veces mi celo
crea
faltas de la nada. No preste atención
vuestra
cordura al que suele idear
tan
burdamente, ni le turben
observaciones
adventicias y dudosas.
Por
vuestra paz y vuestro bien,
por
mi hombría, prudencia y honradez,
no
conviene que os diga lo que pienso.
OTELO
¿Qué
insinúas?
YAGO
Señor,
la honra en el hombre o la mujer
es
la joya más preciada de su alma.
Quien
me roba la bolsa, me roba metal;
es
algo y no es nada; fue mío y es suyo,
y ha
sido esclavo de miles.
Mas,
quien me quita la honra, me roba
lo
que no le hace rico y a mí me empobrece.
OTELO
¡Vive
Dios, dime lo que piensas!
YAGO
No
podría, ni con mi alma en vuestra mano,
ni
querré, mientras yo la gobierne.
OTELO
¿Qué?
YAGO
Señor,
cuidado con los celos.
Son
un monstruo de ojos verdes que se burla
del
pan que le alimenta. Feliz el cornudo
que,
sabiéndose engañado, no quiere a su ofensora
mas,
¡qué horas de angustia le aguardan
al
que duda y adora, idolatra y recela!
OTELO
¡Qué tortura!
YAGO
El
pobre contento es rico y bien rico;
quien
nada en riquezas y teme perderlas
es
más pobre que el invierno.
¡Dios
bendito, a todos los míos
guarda
de los celos!
OTELO
¿Por
qué, por qué dices eso?
¿Tú
crees que viviría una vida de celos,
cediendo
cada vez a la sospecha
con
las fases de la luna?. No. Estar en la duda
es
tomar la decisión. Que me vuelva
macho
cabrío si mi espíritu se entrega
a
conjeturas tan extrañas y abultadas
como
tus alegaciones. Para darme celos
no
basta con decir que mi esposa es bella,
sociable,
sabe comer y conversar, canta,
tañe
y baila: estas prendas le añaden virtud.
Y mi
propia indignidad no me causa
la
menor duda o recelo de su fidelidad,
pues
tenía ojos y me eligió. No, Yago;
quiero
ver antes de dudar. Si dudo, pruebas;
y
con pruebas no hay más que una solución:
¡Adiós
al amor o a los celos!
YAGO
Me
alegro, pues ahora ya puedo
mostraros
mi afecto y lealtad
con
más franqueza. Así que, como es mi deber,
os
diré algo. Pruebas aún no tengo.
Vigilad
a vuestra esposa; observadia con Casio.
Los
ojos así: ni celosos, ni crédulos.
Que
no engañen a vuestro noble y generoso
corazón
en su propia bondad; conque, atento.
Conozco
muy bien el carácter de mi tierra
las
mujeres de Venecia enseñan a Dios
los
vicios que ocultarían a sus maridos.
Su
conciencia no las lleva a reprimirse,
sino
a encubrirlos.
OTELO
¿Lo
dices en serio?
YAGO
Engañó
a su padre al casarse con vos;
y,
cuando parecía temblar y temer
vuestro
semblante, es cuando más os quería.
OTELO
Es
verdad.
YAGO
Pues,
eso. Si tan joven ya sabía
sacar
esa apariencia, dejando a su padre
tan
ciego que creía que era magia...
He
hecho muy mal. Os pido humildemente
perdón
por apreciaros tanto.
OTELO
Siempre
te estaré agradecido.
YAGO
Veo
que esto os ha desconcertado.
OTELO
Nada
de eso, nada de eso.
YAGO
Pues
yo temo que sí. Espero que entendáis
que
lo dicho lo ha dictado mi amistad.
Mas
os veo alterado. Permitidme suplicaros
que
no arrastréis mis palabras
a un
terreno más crudo o extenso
que
el de la sospecha.
OTELO
Descuida.
YAGO
Si
lo hicierais, señor,
mis
palabras tendrían consecuencias
que
jamás soñó mi pensamiento.
Casio
es mi gran amigo. Señor, os veo alterado.
OTELO
No,
no mucho. Estoy seguro
de
que Desdémona es honesta.
YAGO
Que
lo sea por muchos años y vos que lo creáis.
OTELO
Y,
sin embargo, apartarse de las leyes naturales...
YAGO
¡Ah,
ahí está! Pues, si me lo permitís,
rechazar
todos esos matrimonios
con
gente de su tierra, color y condición,
lo
que siempre parece natural...
¡Mmm
... ! Ahí se adivina un deseo viciado,
grave
incongruencia, propósito aberrante.
Perdonadme:
en mis presunciones
no
pensaba en ella. Aunque temo
que
quiera volver sobre sus pasos
y,
al compararos con sus compatriotas,
pueda
arrepentirse.
OTELO
Muy
bien, adiós.
Si
observas algo, dímelo.
Que
vigile tu mujer. Déjame, Yago.
YAGO
[saliendo]
Señor,
me retiro.
OTELO
¿Por
qué me casé? Seguro que el buen Yago
ve y
sabe más, mucho más de lo que dice.
YAGO
[volviendo]
Señor,
me permito suplicaros
que
no os dejéis obsesionar. Que el tiempo decida.
Es
justo que Casio recobre su puesto,
pues
lo ejerce con gran capacidad,
mas,
teniéndole apartado un poco más,
podréis
observar al hombre y sus métodos.
Ved
si vuestra esposa insiste en que vuelva
y
encarece su ruego con ardor:
eso
dirá mucho. Mientras tanto,
que
mi temor justifique mi injerencia,
pues
temo de verdad que ha sido grande,
y,
os lo ruego, no culpéis a vuestra esposa.
OTELO
No
temas por mi aplomo.
YAGO
Nuevamente
me retiro.
Sale.
OTELO
Este
hombre es de gran honradez,
y su
experiencia le permite discernir
los
móviles humanos. Corno ella resulte
un
halcón indomable, aunque la haya atado
con
las fibras de mi corazón, la suelto
al
hilo del viento y la dejo a la suerte.
Quizá
por ser negro y faltarme las prendas
gentiles
del galanteador, o haber descendido
por
el valle de los años (aunque poco importa)
me
quedo sin ella y burlado, y mi consuelo
ha
de ser detestarla. ¡Maldicíón de matrimonio
¡Llamar
nuestras a tan gratas criaturas
y no
a sus apetencias! Prefiero ser sapo
y
vivir de los miasmas de un calabozo
que
dejar un rincón de mi ser más querido
para
uso de otros. Mas es la cruz del grande,
pues
el humilde es más privilegiado.
Como
la muerte, es destino inevitable:
la
suerte del cornudo ya está echada
desde
el momento en que nace. Aquí viene ella
Entran
DESDÉMONA y EMILIA.
Si
me engaña, el cielo se ríe de sí mismo.
No pienso creerlo.
DESDÉMONA
¿Qué
ocurre, querido Otelo?
La cena y los nobles isleños
que has invitado aguardan tu presencia.
OTELO
La culpa es mía.
DESDÉMONA
¿Por qué hablas tan bajo? ¿No estás bien?
OTELO
Me duele la cabeza, aquí, en la frente.
DESDÉMONA
Eso
es de tanto velar. Se te quitará.
Deja que te ate un pañuelo. Antes de una hora
ya estará bien.
OTELO
Tu
pañuelo es muy pequeño. Déjalo.
[A
DESDÉMONA se le cae el pañuelo.]
Vamos, voy contigo.
DESDÉMONA
Me
apena que no estés bien.
Salen
OTELO y DESDÉMONA.
EMILIA
Me
alegra encontrar este pañuelo.
Fue
el primer regalo que le hizo el moro.
Mi
caprichoso marido cien veces
me
ha tentado para que se lo quite; mas ella
lo
adora, pues Otelo le hizo jurar
que
lo conservaría, y siempre lo lleva consigo,
y lo
besa y le habla. Pediré una copia
para
dársela a Yago. ¡Sabe Dios
qué
piensa hacer con el pañuelo!
Yo
sólo sé complacer su capricho.
Entra
YAGO.
YAGO
¿Qué hay? ¿Qué haces aquí sola?
EMILIA
Sin reprender: tengo algo que enseñarte.
YAGO
¿Algo que enseñarme? Algo que muchos han
visto...
EMILIA
¿Eh?
YAGO
...es
una esposa sin juicio.
EMILIA
Ah, ¿era eso? ¿Qué me darás
si te doy aquel pañuelo?
YAGO
¿Qué pañuelo?
EMILIA
¿Qué pañuelo? Pues el que Otelo regaló
a Desdémona, el que tú tantas veces
me pedías que le quitase.
YAGO
¿Se lo has quitado?
EMILIA
No,
se le cayó por descuido.
Por
suerte yo estaba allí y lo cogí.
Mira,
aquí está.
YAGO
¡Qué gran mujer! Dámelo.
EMILIA
¿Qué vas a hacer con él, que con ahínco
me pedías que lo robase?
YAGO
Y a
ti, ¿qué más te da?
[Se
lo quita.]
EMILIA
Si
no es para nada de importancia,
devuélvemelo.
¡Pobre señora!
Se
va a volver loca cuando no lo encuentre.
YAGO
Tú
no sabes nada. A mí me hace falta.
Anda,
vete ya.
Sale
EMILIA.
Dejaré
el pañuelo donde vive Casio;
él
lo encontrará. Simples menudencias
son
para el celoso pruebas más tajantes
que
las Santas Escrituras. Me puede servir.
El
moro está cediendo a mi veneno:
la
idea peligrosa es veneno de por sí
y,
aunque empiece por no desagradar,
tan
pronto como actúa sobre la sangre,
arde
como mina de azufre. ¿No lo decía?
Entra
OTELO.
Aquí
llega. Ni adormidera o mandrágora,
ni
todos los narcóticos del mundo
podrán
devolverte el dulce sueño
de
que gozabas ayer.
OTELO
¿Así
que me engaña?
YAGO
¡Vamos,
general! Dejad ya eso.
OTELO
¡Fuera,
vete! Me has puesto en el suplicio.
Te
juro que es mejor ser engañado
que
sospecharlo una pizca.
YAGO
¡Vamos,
señor!
OTELO
¿Tenía
yo noción de su furtivo deleite?
Ni
lo veía, ni me dolía, ni lo pensaba.
Dormía
cada noche, vivía feliz y confiado;
en
sus labios no veía los besos de Casio.
Aquél
a quien roban, si no advierte el robo,
mejor
que lo ignore, y así nada pierde.
YAGO
Vuestras
palabras me apenan.
OTELO
Feliz
habría sido pudiendo ignorarlo,
aunque
toda la tropa, hasta el último peon,
gozase
con su cuerpo. Ahora,
¡adiós
para siempre al alma serena!
¡Adiós
al sosiego! ¡Adiós a penachos marciales
y a
guerras grandiosas que enaltecen la ambición!
¡Adiós!
¡Adiós al relincho del corcel
y a
trompetas vibrantes, a tambores
que
enardecen y a pífanos que asordan,
a
regios estandartes y a todo el esplendor,
gloria,
pompa y ceremonia de la guerra!
Y
tú, mortífero bronce, cuya ruda garganta
imita
el fragor espantoso de Júpiter,
¡adiós!
Otelo ya no tiene ocupación.
YAGO
Señor,
¿es posible?
OTELO
Infame,
demuestra que mi amada es una puta;
demuéstralo.
Quiero la prueba visible
o,
por la vida perdurable de mi alma,
más
te habría valido nacer perro
que
hacer frente a mi furia desatada.
YAGO
¿A
esto hemos llegado?
OTELO
Házmelo
ver o, por lo menos, demuéstramelo
de
modo que en la prueba no haya gancho
ni
aro en que colgar una duda o, ¡ay de ti!
YAGO
Mi
noble señor...
OTELO
Como
tú la calumnies y a mí me atormentes,
no
reces más; abandona tu conciencia,
cubre
de horrores la cima del horror,
haz
que llore el cielo y se espante la tierra,
pues
nada peor podrás añadir
a tu
condenación.
YAGO
¡Misericordia!
¡Que el cielo me asista!
¿Sois
hombre? ¿Tenéis alma? ¿O raciocinio?
Adiós.
Quedaos con mi puesto. ¡Ah, desgraciado,
que
por afecto vuelves vicio la honradez!
¡Ah,
mundo atroz! ¡Fíjate, fíjate, mundo!
Ser
honrado y sincero trae peligro.
Os
agradezco la lección, y desde ahora
no
quiero amigos, pues la amistad es dolor.
OTELO
No,
espera. Tú debes ser honrado.
YAGO
Debiera
ser listo, que la honradez
es
muy tonta y se arruina en sus afanes.
OTELO
¡Por
Dios!
Creo
que mi esposa es honesta y no lo creo;
creo
que tú eres leal y no lo creo.
Quiero
una prueba. Su nombre era tan claro como
el
rostro de Diana, y ahora está más sucio
y
más negro que mi faz. No voy a soportarlo
cuando
hay sogas, cuchillos, veneno, fuego
o
aguas que ahogan. ¡Querría estar seguro!
YAGO
Señor,
veo que os devora la pasión.
Me
arrepiento de haberla provocado.
¿Querríais
estar seguro?
OTELO
Querría,
no: quiero.
YAGO
Y
podéis. Mas, señor, ¿cómo estar seguro?
¿Queréis
ser un zafio espectador?
¿Ver
como la montan?
OTELO
¡Ah,
muerte y condenación!
YAGO
Sería
difícil y engorroso, creo yo,
llevarlos
a esa escena. Que se condenen
los
ojos que los vean acostados.
Entonces,
¿qué? Entonces, ¿cómo?
¿Qué
queréis que diga? ¿Cómo estar seguro?
No
podréis verlo, aunque sean más ardientes
que
las cabras, más sensuales que los monos,
más
calientes que una loba salida
y
más brutos que la ignorancia borracha.
Mas,
si buscáis seguridad
en
indicios vehementes que lo apoyen
y
lleven al umbral de la verdad,
podréis
tenerla.
OTELO
Dame
una prueba real de que me engaña.
YAGO
No
me gusta la encomienda,
mas,
habiéndome adentrado en este pleito,
movido
del afecto y la necia lealtad,
no
me detendré. Descansaba yo con Casio
y me
vino tal dolor de muelas
que
no podía dormir.
Los
hay tan ligeros de lengua
que
durmiendo musitan sus asuntos.
Casio
es uno de éstos.
Le
oí decir en sueños: «Querida Desdémona,
seamos
prudentes, ocultemos nuestro amor».
Y
entonces me agarra y me tuerce la mano,
gritando
«¡Divina criatura!», y me besa con ganas,
como
arrancando de cuajo los besos
que
crecieran en mis labios; y me echa
la
pierna sobre el muslo, suspira, me besa
y
grita «¡Maldita la suerte que te dio al moro!»
OTELO
¡Asombroso,
asombroso!
YAGO
Bueno,
no fue más que un sueño.
OTELO
Pero
indica una acción consumada.
YAGO
Aunque
sueno, es indicio grave.
Podría
sustanciar otras pruebas
más
débiles.
OTELO
¡La
haré mil pedazos!
YAGO
Sed
prudente. Aún no es seguro;
quizá
sea honesta. Mas, decidme,
¿no
la habéis visto con un pañuelo
en
la mano, bordado de fresas?
OTELO
Uno
así tiene ella: fue mi primer regalo.
YAGO
No
lo sabía. Mas hoy he visto a Casio
limpiarse
la barba con un pañuelo así,
y
seguro que era el de ella.
OTELO
Como
sea ése...
YAGO
Como
sea ése u otro que sea suyo,
la
incrimina con las otras pruebas.
OTELO
¡Tuviera
el infame diez mil vidas!
Una
es poco, una no es nada para mi venganza,
Ahora
ya veo que es cierto. Mira, Yago,
cómo
echo al aire mi estúpido amor; adiós.
¡Negra
venganza, sal de tu cóncava celda!
¡Amor,
entrega corona y trono querido
al
odio salvaje! ¡Estalla, corazón, y suelta
esa
carga de lenguas de áspid!
Se
arrodilla.
YAGO
Sosegaos.
OTELO
¡Ah,
sangre, sangre, sangre!
YAGO
Tened
calma. Acaso cambiéis de idea.
OTELO
Jamás,
Yago. Como el Ponto Euxino,
cuya
fría corriente e indómito curso
no
siente la baja marea y sigue adelante
hacia
la Propóntide y el Helesponto,
así
mis designios, que corren violentos,
jamás
refluirán, y no cederán al tierno cariño
hasta
vaciarse en un mar de profunda
e
inmensa venganza. Por ese cielo esmaltado,
con
todo el fervor de un sagrado juramento,
empeño
mi palabra.
YAGO
No
os levantéis.
Se
arrodilla.
Estrellas
que ardéis en lo alto, sed testigos,
elementos
que nos ciñen y rodean,
sed
testigos de que Yago desde ahora
consagra
la actividad de su cerebro,
su
corazón y sus manos al servicio
del
agraviado Otelo. Que dicte sus órdenes,
y mi
obediencia será compasión,
por
cruel que sea la empresa.
[Se
levanta.]
OTELO
Acojo
tu afecto con franca aceptación,
no
con vana gratitud, y sin más demora
te
pongo a prueba. De aquí a tres días
quiero
que me digas que Casio no vive.
YAGO
Mi
amigo está muerto. Lo mandáis
y
está hecho. Mas a ella dejadla que viva.
OTELO
¡Así
se condene la zorra! ¡Maldita, maldita!
Vamos,
ven conmigo. Voy a proveerme
de
algún medio rápido para acabar
con
el bello demonio. Desde ahora eres mi teniente.
YAGO
Vuestro
para siempre.
Salen.
III.iv
Entran DESDÉMONA, EMILIA y el GRACIOSO.
Sale.
DESDÉMONA
¡Tú!
¿Sabes en dónde para el teniente Casio?
GRACIOSO
No
puedo decir que pare.
DESDÉMONA
¿Y
por qué?
GRACIOSO
Porque
un soldado no para y, si le llevas la contra, no hay quien lo pare.
DESDÉMONA
¡Vamos!
¿Dónde se hospeda?
GRACIOSO
Deciros
dónde se hospeda es deciros que me paro.
DESDÉMONA
Y
todo eso, ¿adónde lleva?
GRACIOSO
No
sé dónde se hospeda y si me invento una posada y digo que para en ésta o
aquélla, el invento se me para en la garganta.
DESDÉMONA
¿Puedes
inquirir por él y ser instruido en la res¬puesta?
GRACIOSO
Haré
catequesis por el mundo: digo que haré pre¬guntas y tendré contestación.
DESDÉMONA
Búscale.
Pídele que venga. Dile que he intercedido con mi esposo en su favor y que
confío en que todo irá bien.
GRACIOSO
Hacer eso no rebasa los límites del
entendimiento, conque voy a intentarlo.
Sale
DESDÉMONA
¿Dónde
habré perdido ese pañuelo, Emilia?
EMILIA
No
lo sé, señora.
DESDÉMONA
Mejor
habría sido perder mi bolsa
llena
de cruzados. Si mi noble Otelo
no
fuese magnánimo, ni estuviese limpio
de
la ruindad del celoso, bastaría
para
darle que pensar.
EMILIA
¿No
es celoso?
DESDÉMONA
¿Quién,
él? Yo creo que el sol de su tierra le quitó esos humores.
EMILIA
Mirad.
Aquí viene.
Entra
OTELO.
DESDÉMONA
Ahora no voy a dejarle hasta que llame
a Casio.
¿Cómo está mi señor?
OTELO
Bien,
mi señora. [Aparte] ¡Qué duro disimular!
¿Y
cómo está mi Desdémona?
DESDÉMONA
Muy
bien, mi señor.
OTELO
Dame
la mano. Esta mano está húmeda.
DESDÉMONA
No
conoce los años ni las penas.
OTELO
Es
señal de largueza y entrega.
Caliente,
caliente y húmeda. Esta mano
es
muy libre; necesita ayuno y oración,
mucha
penitencia, prácticas piadosas,
pues
encierra a un ardiente diablillo
que
suele rebelarse. Una mano buena,
una
mano abierta.
DESDÉMONA
Bien
puedes decirlo, pues con esta mano
te
di mi corazón.
OTELO
Noble
mano. Antaño la mano se daba
con
el corazón; en los nuevos blasones
hay
manos, mas no corazón .
DESDÉMONA
No
te entiendo. Vamos, tu promesa.
OTELO
¿Qué
promesa, mi bien?
DESDÉMONA
He
hecho llamar a Casio para que te vea.
OTELO
Me
aqueja un penoso catarro.
Déjame
el pañuelo.
DESDÉMONA
Toma.
OTELO
El
que te regalé.
DESDÉMONA
No
lo llevo.
OTELO
¿No?
DESDÉMONA
No,
de verdad.
OTELO
Mal
hecho. Ese pañuelo se lo dio
a mi
madre una egipcia: una maga
que
casi leía el pensamiento.
Le
dijo que, mientras lo tuviera,
sería
muy querida y a mi padre rendiría
enteramente
a su amor; mas que, si lo perdía
o
regalaba, sería odiosa a los ojos
de
mi padre, cuyo ánimo iría en pos
de
otros amores. Al morir me lo dio,
y me
pidió que lo entregara a quien la suerte
me
diera por esposa. Así lo hice.
Tenlo
en cuenta y quiérelo como a tus ojos.
Perderlo
o regalarlo acarrearía
una
ruina incomparable.
DESDÉMONA
¿Es
posible?
OTELO
No
miento. Es la magia del tejido.
Una
sibila, que en el mundo había contado
el
giro del sol doscientas veces,
cosió
su bordado en profético furor;
hicieron
la seda gusanos sagrados
y se
tiñó en caromornia, que los sabios
prepararon
con corazones de vírgenes.
DESDÉMONA
Pero,
¿es cierto?
OTELO
Cierto
y verdadero, conque cuídalo bien.
DESDÉMONA
Entonces,
¡ojalá no lo hubiera visto nunca!
OTELO
¿Eh?
¿Por qué?
DESDÉMONA
¿Cómo
es que hablas tan violento y excitado?
OTELO
¿Se
ha perdido? ¿No está? ¡Habla! ¿Se ha extraviado?
DESDÉMONA
¡Dios
nos bendiga!
OTELO
¿Qué
respondes?
DESDÉMONA
Que
no. Pero, ¿y si se hubiera perdido?
OTELO
¿Cómo?
DESDÉMONA
Digo
que no se ha perdido.
OTELO
Tráelo,
que lo vea.
DESDÉMONA
Podría traerlo, pero ahora no. Todo esto
es
una excusa para que olvide mi ruego.
Vamos, haz que Casio sea rehabilitado.
OTELO
Tráeme el pañuelo. Tengo dudas.
DESDÉMONA
Vamos,
vamos.
Nunca verás a hombre más apto.
OTELO
¡El pañuelo!
DESDÉMONA
Te lo ruego, habla de Casio.
OTELO
¡El pañuelo!
DESDÉMONA
Es un hombre cuya suerte siempre consagró
a la amistad que te profesa,
que compartió tus peligros...
OTELO
¡El pañuelo!
DESDÉMONA
La verdad, eres injusto.
OTELO
¡Dios!
Sale.
EMILIA
¿Conque no es celoso?
DESDÉMONA
Jamás
le vi así.
Seguro
que es la magia del pañuelo,
Me
apena mucho haberlo perdido.
EMILIA
Un
año o dos no revelan a un hombre.
Todos
son estómagos y nosotras, comida.
Nos
comen con hambre y, una vez llenos,
nos
eructan.
Entran
YAGO y CASIO.
Mirad:
Casio y mi marido.
YAGO
No
hay otro remedio: debe hacerlo ella.
¡Mirad
qué suerte! Id a rogarle.
DESDÉMONA
¿Qué
hay, buen Casio? ¿Alguna noticia?
CASIO
Mi
ruego, señora. Os suplico
que,
por vuestra favorable mediación,
yo
pueda volver a existir y gozar
del
afecto de aquél a quien, con toda
la
entrega de mi alma, honro sin reservas.
No
lo aplacéis. Si tan grave es mi delito
que
ni acciones pasadas, penas presentes
o
intención de servicios futuros
son
rescate suficiente de su afecto,
el
beneficio de saberlo solicito.
Así
me envolveré en fingida complacencia,
resignado
a seguir otro camino
al
albur de la fortuna.
DESDÉMONA
¡Ah,
noble Casio!
Mi
defensa no encuentra consonancia:
mi
esposo no es mi esposo, ni podría
conocerle
si tuviera el semblante tan cambiado
como
el ánimo. Os juro por todos los santos
que
por vos he hecho lo imposible,
poniéndome
al alcance de su enojo
por
hablarle con franqueza. Debéis esperar.
Lo
que pueda, lo haré: más de lo que me atrevo
a
hacer por mí misma. Que eso os baste.
YAGO
¿Enojado
mi señor?
EMILIA
Salió
hace un momento
y,
desde luego, con gran excitación.
YAGO
¿Cómo
puede enojarse? Yo he visto
cómo
el cañón hacía saltar sus batallones
por
el aire y, como un diablo, arrebataba
a su
propio hermano de su lado. ¿Enojado?
Será
algo grave. Voy a buscarle.
Algo
ha de pasar si está enojado.
DESDÉMONA
Ve
con él, te lo ruego.
Sale
YAGO.
Le
habrá enturbiado su espíritu limpio
algún
asunto de Estado, quizá de Venecia,
o
alguna conjura malograda, recién
descubierta
aquí, en Chipre. En esos casos,
cuando
les preocupan cosas de importancia,
los
hombres discuten por una minucia.
Ocurre
así. Cuando el dedo nos duele, parece
que
transmite dolor a los miembros sanos.
No;
no pensemos que los hombres son dioses,
ni
de ellos esperemos miramientos
como
el día de la boda. ¡Regáñame, Emilia!
Soy
una torpe guerrera y con el alma
acusaba
de rigor a mi marido;
mas
veo que he inducido a falso testimonio
y
que le he acusado injustamente.
EMILIA
Dios
quiera que sean asuntos de Estado,
como
creéis, y no algún antojo o celos
caprichosos
que os afecten.
DESDÉMONA
¡Cielo
santo! Jamás le di motivo.
EMILIA
Sí,
mas eso al celoso no le sirve.
El
celoso no lo es por un motivo:
lo
es porque lo es. Son los celos un monstruo
engendrado
y nacido de sí mismo.
DESDÉMONA
Dios
guarde de ese monstruo el alma de Otelo.
EMILIA
Así
sea, señora.
DESDÉMONA
Voy
a buscarle. Casio, quedad por aquí.
Si
le veo bien dispuesto, le presentaré
vuestra
súplica y haré lo imposible
por
que acceda.
CASIO
Señora,
con humildad os lo agradezco.
Salen
DESDÉMONA y EMILIA.
Entra
BIANCA.
BIANCA
Dios
te guarde, amigo Casio.
CASIO
¿Qué
haces que no estás en casa?
¿Cómo
está mi bellísima Bianca?
Te
juro, mi amor, que iba a visitarte.
BIANCA
Y yo
iba a tu aposento. ¿Conque una semana
sin
verme? ¿Siete días con sus noches?
¿Trece
veces trece horas? ¡Y horas de ausencia
del
amado, cien veces más largas
que
las del reloj! ¡Qué agobio de cuenta!
CASIO
Perdóname,
Bianca: estos días
me
abrumaban muy graves pensamientos.
Te
pagaré mi cuenta de ausencia
de
manera más continua. Querida Bianca,
cópiame
este bordado.
[Le
da el pañuelo.]
BIANCA
Casio,
¿esto de dónde ha salido?
Seguro
que es prenda de una nueva amiga.
Ahora
veo el motivo de la ausencia.
¿A
esto hemos llegado? Vaya, vaya.
CASIO
¡Quita,
mujer! Devuelve
tus
viles recelos a la boca del diablo,
que
es quien te los dio. Tú sospechas
que
esto es de una amante, algún recuerdo.
Te
juro que no, Bianca.
BIANCA
Pues,
¿de quién es?
CASIO
Ni
yo lo sé. Lo encontré en mi aposento.
Me
gusta el bordado. Antes que lo busquen,
como
harán seguramente, quisiera una copia.
Toma
y hazla, y ahora, déjame.
BIANCA
¿Qué
te deje? ¿Por qué?
CASIO
Estoy
esperando al general,
y no
sería propio, ni es mi deseo,
que
me vea con una mujer.
BIANCA
¿Y
por qué?
CASIO
No
es que no te quiera.
BIANCA
Es
que no me quieres.
Te
lo ruego, acompáñame un poco
y
dime si he de verte al atardecer.
CASIO
Apenas
si puedo acompañarte, pues he
de
seguir esperando; mas te veré luego.
BIANCA
Muy
bien. Tendré que conformarme.
Salen.
IV.i
Entran OTELO Y YAGO.
YAGO
¿Vais a creerlo?
OTELO
¿Creerlo,
Yago?
YAGO
¿Un
beso a solas?
OTELO
¡Un
beso ilícito!
YAGO
¿O
estar desnuda en la cama con su amigo
una
hora o más sin mala intención?
OTELO
¿Desnuda
en la cama sin mala intención, Yago?
Eso
es hipocresía con el diablo.
A
quienes obran con virtud y hacen esas cosas,
el
diablo les tienta la virtud
y
ellos tientan al cielo.
YAGO
Si
no hacen nada es pecado venial;
mas
si yo le doy un pañuelo a mi mujer...
OTELO
¿Qué?
YAGO
Pues
que es suyo, señor, y, siendo suyo,
creo
que puede regalárselo a otro hombre.
OTELO
Mas
ella es protectora de su honra.
¿Puede
entregarla?
YAGO
Su
honra es una esencia invisible.
La
siguen teniendo quienes ya no la tienen.
Pero
el pañuelo...
OTELO
¡Por
Dios, ojalá que lo hubiera olvidado!
Me
decías (ah, se cierne sobre mi memoria
como
cuervo sobre casa apestada,
augurando
desgracia) que él tenía mi pañuelo.
YAGO
¿Y qué?
OTELO
Pues que no está bien.
YAGO
¿Y
si hubiera dicho que le vi ofenderos?
¿O
le hubiera oído decir, como esos granujas
que,
haciendo la corte con porfía
o
por la débil voluntad de alguna dama,
las convencen y complacen, y no
saben callarse ... ?
OTELO
¿Ha dicho algo?
YAGO
Sí, señor. Pero seguro que no más
de lo que niegue bajo juramento.
OTELO
¿Qué ha dicho?
YAGO
Pues que ... No sé qué.
OTELO
¿Qué, qué?
YAGO
Durmió...
OTELO
¿Con ella?
YAGO
Con ella, sobre ella, como queráis.
OTELO
¿Durmió con ella? ¿Sobre ella? Entonces
decimos que dormir es infamarla. ¡Con ella! ¡Dios, qué asco! ¡Pañuelo,
confesión, pañuelo! Confesión y horca por hacerlo. Primero la horca y después
la confesión. Me hace temblar. Mi naturaleza no caería sin fundamento en pasión
tan cegadora. No son pala¬bras lo que me agita. ¡Uf! Nariz, orejas, labios. ¿Es
posible? ¿Confesión? ¿Pañuelo? ¡Vil demonio!.
Cae
inconsciente.
YAGO
Actúa,
veneno, actúa. Así es como caen
los
crédulos bobos, y así es como pierden
la
honra muchas dignas damas, siendo
inocentes
y puras. ¡Eh, señor!
¡Vamos,
señor! ¡Otelo!
Entra
CASIO.
¿Qué hay, Casio?
CASIO
¿Qué pasa?
YAGO
Mi
señor ha tenido un ataque de epilepsia.
Ya
es el segundo: ayer tuvo uno.
CASIO
Frótale las sienes.
YAGO
No,
dejadle.
Que
la inconsciencia siga su curso. Si no,
echará
espumarajos por la boca
y se
pondrá hecho una furia. Mirad, se mueve.
Retiraos
un momento. Se repondrá en seguida. Cuando se haya ido,
quiero
hablaros de un asunto importante.
[Sale
CASIO.]
¿Qué
hay, general? ¿Os habéis
lastimado
la cabeza?
OTELO
¿Te
burlas de mí?.
YAGO
¿Burlarme
de vos? No, por Dios.
Así
llevarais vuestra suerte como un hombre.
OTELO
Un
cornudo es un monstruo y una bestia.
YAGO
Entonces
en una ciudad populosa
hay
muchas bestias y monstruos civiles.
OTELO
¿Lo
ha confesado?
YAGO
Mi
buen señor, sed hombre. Pensad
que
quien lleva barba y va en coyunda,
tal
vez arrastre esa carga. Son millones
los
que duermen en camas deshonradas
que
ellos tienen por honrosas. Vuestro caso
es
mejor. ¡Ah, qué ruindad del diablo,
qué
burla del Maligno es besar a una indecente,
creyéndola
pura, en el lecho conyugal!
No,
yo quiero saberlo y, sabiendo lo que soy,
sabré
cómo acabará ella.
OTELO
¡Ah,
qué sagaz! Es cierto.
YAGO
Alejaos
un momento;
no
crucéis la frontera de la calma.
Cuando
estabais abrumado por la angustia,
flaqueza
que no cuadra a un hombre como vos,
llegó
Casio. Logré librarme de él;
vuestro
desmayo me dio buena excusa.
Le
dije que volviese pronto y hablaríamos,
lo
cual prometió. Ahora escondeos,
y
fijaos en las burlas, muecas y visajes
que
aloja cada zona de su cara,
pues
haré que vuelva a contarme
dónde,
cómo, cuándo, desde cuándo y cada cuánto
se
entiende y entenderá con vuestra esposa.
Fijaos
bien en su actitud. Vamos, calma,
o
diré que sois todo bilis
y
nada ser humano.
OTELO
¿Me
oyes bien, Yago?
Seré
muy cauteloso con mi calma,
pero,
¿me oyes bien?, muy violento.
YAGO
Eso
está bien. Mas todo a su tiempo.
¿Queréis
retiraros?
[Se
esconde OTELO.]
Ahora
le hablaré a Casio de Bianca,
una
mujerzuela que, vendiendo sus favores,
se
paga la ropa y el pan. Se muere
por
Casio, pues es la maldición de las perdidas
engañar
a muchos y que uno solo
las
engañe. Cuando la oiga nombrar,
no
podrá contenerse de la risa. Aquí llega.
Entra
CASIO.
Cuando
se ría, Otelo se pondrá furioso,
y
sus celos ignorantes torcerán
el
desparpajo, las sonrisas y ademanes
del
pobre Casio. ¿Qué tal, teniente?
CASIO
Nunca
peor, pues me nombras por el puesto
cuya
carencia me mata.
YAGO
Porfiad
con Desdémona y será vuestro.
Si
de Bianca dependiese vuestra súplica,
¡qué
pronto seríais favorecido!
CASIO
¡Ah,
pobre criatura!
OTELO
Ya
se está riendo.
YAGO
Jamás
conocí mujer tan enamorada.
CASIO
¡Ah,
la pobrecilla! Sí, creo que me quiere.
OTELO
Lo
niega a medias y lo toma a risa.
YAGO
Escuchad,
Casio.
OTELO
Ahora
le fuerza a que lo cuente.
Muy
bien, vamos, adelante.
YAGO
Ella va diciendo que la haréis
vuestra esposa. ¿Es vuestra intención?
CASIO
¡Ja, ja, ja!
OTELO
¿Triunfante, romano, triunfante?
CASIO
¿Hacerla
mi esposa? ¿A una buscona? Anda, ten caridad con mi uso de razón. No lo juzgues
tan enfermo. ¡Ja, ja, ja!
OTELO
Vaya, vaya. Ríe quien vence.
YAGO
Pues corre la voz de que os casaréis.
CASIO
Vamos, habla en serio.
YAGO
Si miento, soy un canalla.
OTELO
¿Conque me has marcado? Bien.
CASIO
Eso
es un cuento de esa mona. Es su amor y vani¬dad, no mi promesa, lo que le hace
creer que nos casaremos.
OTELO
Yago me hace señas. Ya empieza la historia.
CASIO
Ha
estado aquí hace poco. Me asedia por todos la¬ dos. El otro día hablaba yo con
unos venecianos a la orilla del mar, y viene la mozuela y, te lo juro se me
agarra al cuello así.
OTELO
Gritando
«¡Ah, querido Casio!», como aquel que dice. Sus ademanes lo explican.
CASIO
Se
me apoya, se me cuelga y me llora, y venga a tirar de mí. ¡Ja, ja, ja!
OTELO
Ahora
contará que se lo llevó a mi cuarto. ¡Ah, te veo la nariz, pero no el perro al
que se la echaré!
CASIO
Pues
tendré que dejármela.
YAGO
¡Vive
Dios! Ahí viene.
Entra
BIANCA.
CASIO
Una
de esas zorras. Sí, y bien perfumada.
¿Qué pretendes asediándome así?
BIANCA
¡Que
te asedien a ti el diablo y su madre! ¿Y tú qué pretendías con el pañuelo que
me has dado? ¡Valiente tonta fui al llevármelo! ¿Que copie el bor¬dado? ¡Tú sí
lo bordas todo encontrando en tu cuar¬to un pañuelo que no sabes quién dejó!
¿La prenda de una lagarta y quieres que yo te la copie? Ten, dásela a tu moza.
Me da igual la procedencia: yo no te copio el bordado.
CASIO
Pero,
¿qué pasa, mi querida Bianca? ¿Qué pasa?
OTELO
¡Por
Dios, seguro que es mi pañuelo!
BIANCA
Si
quieres, ven a cenar esta noche. Si no, ven otro día, que te espero sentada.
YAGO
¡Seguidla,
seguidla!
CASIO
Claro;
si no, irá renegando por la calle.
YAGO
¿Cenaréis
con ella?
CASIO
Pienso
ir, sí.
YAGO
Pues
tal vez os vea. Me gustaría mucho hablar con vos.
CASIO
Pues
ven. ¿Vendrás?
YAGO
Corred.
Ni una palabra más.
Sale
CASIO.
OTELO
[adelantándose]
¿Cómo lo mato, Yago?
YAGO
¿Oísteis qué risa le daba su pecado?
OTELO
¡Ah, Yago!
YAGO
¿Y visteis el pañuelo?
OTELO
¿Era el mío?
YAGO
El
vuestro, os lo juro. Y hay que ver cómo aprecia a vuestra cándida esposa: ella
le da un pañuelo y él se lo da a su manceba.
OTELO
Estaría
nueve años matándolo. ¡Qué mujer tan bue¬na, tan bella, tan dulce!
YAGO
No.
Eso debéis olvidarlo.
OTELO
Que
se pudra y se muera, y se condene esta noche, pues no ha de vivir. No, el
corazón se me ha vuelto piedra: lo golpeo y me duele la mano. ¡Ah, el mun¬do no
ha dado criatura más dulce! Podría echarse junto a un emperador y darle
órdenes.
YAGO
No,
dejad eso ahora.
OTELO
¡Que
la cuelguen! Yo sólo digo lo que es. Primorosa con la aguja, admirable con la
música (su voz deja al oso sin fiereza). ¡Y qué grande entendimiento, qué rica
imaginación!
YAGO
Por
eso mismo es peor.
OTELO
¡Ah,
mil, mil veces! ¡Y a la vez tiene tanta genti¬leza!
YAGO
Sí,
demasiada.
OTELO
Es
verdad. Y, sin embargo, ¡qué pena, Yago! ¡Ah, Yago! ¡Qué pena, Yago!
YAGO
Si
estáis tan prendado de su culpa, dadie licencia para pecar: si a vos no os
agravia, a nadie molesta.
OTELO
La voy a hacer trizas. ¡Engañarme!
YAGO
Es indigno.
OTELO
¡Con mi oficial!
YAGO
Aún más indigno.
OTELO
Tráeme
un veneno, Yago, esta noche. Con ella no voy a discutir, no sea que su cuerpo y
belleza apla¬quen mi decisión. Esta noche, Yago.
YAGO
No la envenenéis. Estranguladla en la cama, en
el lecho mancillado.
OTELO
Muy bien. Me complace esa justicia. Muy bien.
YAGO
Respecto a Casio, dejadlo de mi cuenta. Antes
de medianoche tendréis noticias.
OTELO
Magnífico.
Toque
de clarín dentro.
¿Qué
es ese clarín?
YAGO
Seguro
que noticias de Venecia.
Entran
LUDOVICO, DESDÉMONA y acompañamiento.
Es
Ludovico, de parte del Dux. Y con él vuestra esposa.
LUDOVICO
¡Dios os guarde, noble general!
OTELO
Vuestro de todo corazón.
LUDOVICO
El Dux y senadores de Venecia
os
saludan.
[Le
da una carta.]
OTELO
Beso
el documento de sus órdenes.
[Lee
la carta.]
DESDÉMONA
¿Y
qué noticias traéis, pariente Ludovico?
YAGO
Me
alegro mucho de veros, señor.
Bienvenido
a Chipre.
LUDOVICO
Gracias.
¿Cómo está el teniente Casio?
YAGO
Vive,
señor.
DESDÉMONA
Ludovico,
entre él y mi esposo ha surgido
una
extraña desunión. Vos podréis remediarlo.
OTELO
¿Estás
segura?
DESDÉMONA
¿Señor?
OTELO
«No
dejéis de hacerlo, pues ... »
LUDOVICO
No
os llamaba: está leyendo el mensaje.
¿Hay discordia entre Casio y vuestro esposo?
DESDÉMONA
Y muy triste. Haría lo que fuese
por unirlos, en mi cariño por Casio.
OTELO
¡Fuego y azufre!
DESDÉMONA
¿Señor?
OTELO
¿Eres discreta?
DESDÉMONA
¡Ah! ¿Está enojado?
LUDOVICO
Quizá le ha afectado la carta,
pues creo que le ordenan que regrese
y nombran a Casio para el mando.
DESDÉMONA
¡Cuánto me alegra!
OTELO
¿De veras?
DESDÉMONA
¿Señor?
OTELO
Me alegra verte loca.
DESDÉMONA
¡Querido Otelo!
OTELO
¡Demonio!
[La
abofetea.]
DESDÉMONA
No
merezco esto.
LUDOVICO
Señor,
esto no lo creerían en Venecia
aunque
jurase que lo vi. Es inaudito.
Desagraviadla:
está llorando.
OTELO
¡Demonio,
demonio! Si la tierra
concibiese
con llanto de mujer,
de
cada lágrima saldría un cocodrilo.
¡Fuera
de mi vista!
DESDÉMONA
Me
voy por no ofenderte.
LUDOVICO
Una
esposa muy obediente. Señor,
os
lo suplico, pedidle que vuelva.
OTELO
¡Mujer!
DESDÉMONA
¿Señor?
OTELO
¿Para
qué la queréis, señor?
LUDOVICO
¿Quién?
¿Yo, señor?
OTELO
Sí. Queríais que la hiciese volver.
Pues sabe volver, y volverse, y seguir,
y darse la vuelta. Y sabe llorar, sí, llorar.
Y es obediente, como decís; obediente
muy obediente.
Tú sigue llorando.-
Respecto a esto, señor... ¡Qué bien finge la, Vena!¬
me
ordenan que regrese. ¡Fuera de aquí!
Ya te mandaré llamar. Señor, obedezco
la orden y regreso a Venecia. ¡Vete, fuera!
[Sale
DESDÉMONA.]
Casio
me reemplazará. Y os suplico, señor,
que
cenéis esta noche conmigo.
Sed
bienvenido a Chipre. ¡Monos y cabras!
Sale.
LUDOVICO
¿Es
éste el noble moro a quien todo el Senado
creía
tan entero? ¿Es éste el ánimo
al
que no conmovía la emoción,
la
firmeza que no roza ni traspasa
la
flecha o el disparo del azar?
YAGO
Está
muy cambiado.
LUDOVICO
¿Se
ha trastornado? ¿No estará demente?
YAGO
Él
es el que es. No me corresponde juzgar
lo
que podría ser. Si no es lo que podría,
ojalá
lo fuera
LUDOVICO
¡Pegarle
a su esposa!
YAGO
Sí,
eso no ha estado bien. Mas ojalá
ese
golpe fuera lo peor.
LUDOVICO
¿Es
su costumbre? ¿O acaso
la
carta le ha excitado la pasión,
creándole
esa lacra?
YAGO
¡Válgame!
No sería honrado si os dijera
lo
que he visto y oído. Observadle,
y su
conducta le mostrará de tal modo
que
os ahorrará mis palabras. Id con él
y
fijaos en cómo continúa.
LUDOVICO
Con
él he sufrido un desengaño.
Salen.
IV.ii
Entran OTELO y EMILIA.
OTELO
¿Así
que no has visto nada?
EMILIA
Ni
visto ni oído y nunca he sospechado.
OTELO
Sí,
los has visto juntos a Casio y a ella.
EMILIA
Pero
no vi nada malo, y oí
cada
palabra que salió de sus bocas.
OTELO
¡Cómo!
¿No secreteaban?
EMILIA
Nunca,
señor.
OTELO
¿Ni
te mandaban que te fueras?
EMILIA
Nunca.
OTELO
¿Ni
a traerle el abanico, los guantes,
el
antifaz, ni nada?
EMILIA
Jamás,
señor.
OTELO
Sorprendente.
EMILIA
Señor,
apostaría el alma a que ella
es
honesta. Si pensáis otra cosa,
desechad
esa idea: os está engañando.
Si
algún infame os lo ha metido en la cabeza,
¡caiga
sobre él la maldición de la serpiente!
Si
ella no es honesta, pura y fiel,
no
hay hombre dichoso: la esposa mejor
es
más vil que la calumnia.
OTELO
Dile
que venga. Vamos.
Sale
EMILIA.
Ésta
habla bien, Pero boba sería la alcahueta
que
no hablara así. ¡Y qué puta más lista!.
Llave
y candado de viles secretos;
aunque
se arrodilla y reza. Se lo he visto hacer.
Entran
DESDÉMONA y EMILIA.
DESDÉMONA
Señor,
¿qué deseas?
OTELO
Ven
aquí, paloma.
DESDÉMONA
¿Cuál
es tu deseo?
OTELO
Deja
que te vea los ojos.
Mírame
a la cara.
DESDÉMONA
¿Qué
horrible capricho es éste?
OTELO
[a EMILIA]
Tú,
mujer, a lo tuyo. Deja en paz
a
los que van a procrear. Cierra la puerta
y
tose o carraspea si viene alguien.
¡Tu
oficio, tu oficio! ¡A cumplir!
Sale
EMILIA.
DESDÉMONA
Te
lo pido de rodillas: ¿Qué significa
lo
que dices? Entiendo el furor de tus palabras,
mas
no las palabras.
OTELO
Pues,
¿quién eres tú?
DESDÉMONA
Tu
esposa, señor. Tu esposa fiel y leal,
OTELO
Vamos,
júralo y condénate, no sea
que,
siendo angelical, los propios demonios
teman
apresarte. Conque doble condena:
jura
que eres honesta.
DESDÉMONA
Bien
lo sabe el cielo.
OTELO
El
cielo bien sabe
que
eres más falsa que el diablo.
DESDÉMONA
¿Cómo
soy falsa, señor? ¿Con quién, para quién?
OTELO
¡Ah,
Desdémona, vete, vete, vete!
DESDÉMONA
¡Dios
bendito! ¿Por qué lloras?
¿Soy
yo la causa de tus lágrimas, señor?
Si
acaso sospechas que mi padre
intervino
en tu orden de regreso,
a mí
no me culpes. Si tú le perdiste,
yo
también le perdí.
OTELO
Si
los cielos me hubieran puesto a prueba
con
padecimientos, vertiendo sobre mí
toda
suerte de angustias y deshonras,
sumiéndome
hasta el labio en la miseria,
cautivos
mis afanes y mi ser,
habría
hallado una gota de paciencia
en
alguna parte de mi alma. Pero, ¡ay, convertirme
en
el número inmóvil que la aguja
del
escarnio señala en su curso imperceptible!
Aun
eso podría soportar, aun eso.
Mas
del ser en que he depositado el corazón,
que
me da vida y, si no, sería mi muerte,
del
manantial de donde brota o se seca
mi
corriente, ¡verme separado
o
tenerlo como ciénaga de sapos inmundos
que
se juntan y aparean ... ! Palidece de verlo,
paciencia,
tierno querubín de labios rosados.
¡Sí,
ponte más sañudo que el infierno!
DESDÉMONA
Señor,
supongo que me crees honesta.
OTELO
¡Oh,
sí! Como moscas de verano en matadero,
que
nacen criando. ¡Ah, flor silvestre,
tan
hermosa y de olor tan delicado
que
lastimas el sentido! ¡Ojalá
no
hubieras nacido!
DESDÉMONA
Pero,
¿qué pecado he cometido sin saberlo?
OTELO
¿Se
hizo este bello papel, este hermoso libro,
para
escribir en él «puta»? ¿Qué pecado?
¿Pecado?
¡Ah, mujerzuela! Si nombrase
tus
acciones, mis mejillas serían fraguas
que
el pudor reducirían a cenizas.
¿Qué
pecado? Al cielo le hiede, la luna
cierra
los ojos; el viento sensual,
que
todo lo besa, enmudece
en
la cóncava tierra y no quiere oírlo.
¿Qué
pecado? ¡Impúdica ramera!
DESDÉMONA
Por
Dios, me estás injuriando.
OTELO
¿No
eres una ramera?
DESDÉMONA
No,
o no soy cristiana. Si, para honra
de
mi esposo, preservar este cuerpo
de
contactos ilícitos e impuros
es
no ser una ramera, no lo soy.
OTELO
¿Que
no eres una puta?
DESDÉMONA
¡No,
por mi salvación!
OTELO
¿Es
posible?
DESDÉMONA
¡Ah,
que Dios nos perdone!
OTELO
Entonces
disculpad. Os tomé
por
la astuta ramera de Venecia
que
se casó con Otelo. ¡Tú, mujer,
que,
al revés que San Pedro, custodias
la
puerta del infierno!
Entra
EMILIA.
Tú,
tú, ¡sí, tú! Nuestro asunto
ha
terminado. Aquí está tu paga.
Ahora
echa la llave, y silencio.
Sale.
EMILIA
Pero
este hombre, ¿qué imagina?
¿Cómo
estáis, señora? ¿Cómo estáis?
DESDÉMONA
Aturdida.
EMILIA
Decidme,
¿qué le pasa a mi señor?
DESDÉMONA
¿A
quién?
EMILIA
Pues
a mi señor.
DESDÉMONA
¿Quién
es tu señor?
EMILIA
El
vuestro, mi querida señora.
DESDÉMONA
Ya
no tengo. No hablemos, Emilia.
No
puedo llorar, y no tendría más palabras
que
las lágrimas. Esta noche ponme
en
la cama mis sábanas de boda,
acuérdate.
Y dile a tu esposo que venga.
EMILIA
¡Vaya
cambio!
Sale.
DESDÉMONA
Está
bien que me trate así, ¡muy bien!
¿Qué
habré hecho yo para que tenga
la
mínima queja de mi más leve falta?
Entran
YAGO y EMILIA.
YAGO
¿Qué
deseáis, señora? ¿Estáis bien?
DESDÉMONA
No
sé. Los que educan a los niños
les
hablan con dulzura y corrigen con bondad.
Debió
hacerlo así, pues soy como niña
que
ignora el reproche.
YAGO
¿Qué
ocurre, señora?
EMILIA
¡Ah,
Yago! El señor la ha tratado de puta,
la
ha cubierto de insultos y de ofensas
que
la honra no puede soportar.
DESDÉMONA
¿Acaso
lo soy, Yago?
YAGO
¿Sois
qué, mi bella señora?
DESDÉMONA
Lo
que dice que mi esposo me llamó.
EMILIA
La
llamó puta. Ni un mendigo borracho
le
habría dicho eso a su golfa.
YAGO
¿Por
qué lo hizo?
DESDÉMONA
No
lo sé. Juro que no lo soy.
YAGO
No
lloréis, no lloréis. ¡Váigame!
EMILIA
¿Renunció
a tan nobles pretendientes,
a su
padre, su tierra y su familia,
para
ser llamada puta? ¿No es para llorar?
DESDÉMONA
Es
mi desventura.
YAGO
¡Maldito
sea!
¿Cómo
se le habrá ocurrido?
DESDÉMONA
Sabe
Dios.
EMILIA
Que
me cuelguen si no es una calumnia
de
algún canalla redomado, algún
bribón
entrometido, algún embaucador
mentiroso
y retorcido que va
buscando
un puesto. ¡Que me cuelguen!
YAGO
¡Bah!
Ese hombre no existe. Es imposible.
DESDÉMONA
Si
existe, que Dios le perdone.
EMILIA
Que
le perdone la horca y se pudra
en
el infierno. ¿Por qué la llamó puta?
¿Quién
va con ella? ¿Dónde, cuándo, cómo,
por
qué motivo? Algún mal nacido engaña
a
Otelo, algún granuja ruin y despreciable.
¡Quiera
Dios descubrir a estos sujetos
y
poner un látigo en toda mano honrada
que
desnudos los azote por el mundo
desde
el este hasta el oeste!
YAGO
Habla
más bajo.
EMILIA
¡Mala
peste ... ! Alguno de ésos fue
quien
te puso el juicio del revés, haciéndote
creer
que yo te engañaba con Otelo.
YAGO
Tú
eres tonta. Calla.
DESDÉMONA
¡Ah,
Yago! ¿Qué puedo hacer por recobrar
el
cariño de mi esposo? Buen amigo,
ve
con él, pues, por la luz del cielo,
no
sé cómo le perdí. Lo digo de rodillas:
si
alguna vez pequé contra su amor
por
vía de pensamiento o de obra;
si
mis ojos, oídos o sentidos
gozaron
con algún otro semblante;
si
no le quiero con toda mi alma, como siempre
le
quise y le querré, aunque me eche
de
su lado como a una pordiosera,
¡que
el sosiego me abandone! Mucho puede
el
desamor, mas aunque el suyo acabe
con
mi vida, con mi amor nunca podrá.
No
puedo decir «puta»; me repugna la palabra.
Ni
por todas las glorias de este mundo
haría
nada que me diera un nombre así.
YAGO
Calmaos,
os lo ruego. Es el mal humor.
Le
enojan los asuntos de gobierno
y
por eso os riñe.
DESDÉMONA
Si
sólo fuera eso...
YAGO
Sólo
es eso, os lo aseguro.
Escuchad:
los clarines llaman a la cena.
Aguardan
los emisarios de Venecia.
Entrad
y no lloréis. Todo irá bien.
Salen
DESDÉMONA y EMILIA.
Entra
RODRIGO.
¿Qué
hay, Rodrigo?
RODRIGO
Veo
que no juegas limpio conmigo.
YAGO
¿En
qué te fundas?
RODRIGO
Día
tras día me vas dando largas, Yago, y creo que, más que darme ocasión, me vas
menguando la es¬peranza. Ahora ya no pienso tolerarlo, ni estoy dis¬puesto a
sufrir en silencio lo que ya he soportado como un tonto.
YAGO
¿Quieres
oírme, Rodrigo?
RODRIGO
He
oído demasiado. Tus hechos no hacen juego con tus dichos.
YAGO
Me
acusas sin razón.
RODRIGO
Con
la pura verdad. Me he quedado sin recursos. Las joyas que te di para Desdémona
podían haber comprado a una monja. Me dices que las tiene y que me da
esperanzas y ánimo de inmediato favor y relaciones, mas no veo nada.
YAGO
Bueno,
vamos, vamos.
RODRIGO
¡Bueno,
vamos! ¿Cómo voy a irme? Y de bueno, nada. Todo esto es vil y empiezo a
sentirme esta¬fado.
YAGO
Bueno.
RODRIGO
Te
digo que de bueno, nada. Voy a presentarme a Desdémona. Si me devuelve las
joyas, renuncio a mi pretensión y a galanteos ilícitos. Si no, te exigiré
reparación.
YAGO
¿Has
dicho?
RODRIGO
Sí,
y no he dicho nada que no piense hacer.
YAGO
¡Vaya!
Ahora veo que tienes bríos, y desde ahora mi opinión de ti es mejor que nunca.
Dame la mano, Rodrigo. Me has hecho una justísima objeción; mas yo te aseguro
que siempre jugué limpio con tu asunto.
RODRIGO
No
se ha visto.
YAGO
Reconozco
que no se ha visto, y a tus reservas no les falta seso ni cordura. Pero
Rodrigo, si de veras tienes lo que ahora tengo más razón para creer, de¬cisión,
arrojo y hombría, demuéstralo esta noche. Si a la siguiente no gozas a
Desdémona, quítame de enmedio a traición y ponle trampas a mi vida.
RODRIGO
¿Qué
planeas? ¿Es prudente y hacedero?
YAGO
Por
orden especial llegada de Venecia, Casio pasa a ocupar el puesto de Otelo.
RODRIGO
¿Es
verdad? Entonces Otelo y Desdémona vuelven a Venecia.
YAGO
Ah,
no: él se va a Mauritania con su bella Desdé¬mona, a no ser que algún accidente
demore su mar¬cha. Para lo cual lo más contundente es librarse de Casio.
RODRIGO
¿Qué
quiere decir «librarse»?
YAGO
Pues
impedirle que ocupe el puesto de Otelo; cor¬tarle el cuello.
RODRIGO
¿Y
quires que lo haga yo?
YAGO
Sí,
si tienes valor para hacerte servicio y justicia. Él cena esta noche con una
perdida; yo iré a verle. Aún no sabe nada de sus nuevos honores. Si aguar¬das
su salida (yo haré que salga entre las doce y la una), le tendrás a tu alcance.
Yo estaré cerca para secundarte y entre los dos lo matamos. Anda, no te
desconciertes y ven conmigo. Te haré ver la nece¬sidad de su muerte y tú te
sentirás obligado a dár¬sela. Es la hora de la cena y corren las horas. ¡En
marcha!
RODRIGO
Necesito
más razones para hacerlo.
YAGO
Quedarás
complacido.
Salen.
IV.iii Entran OTELO, LUDOVICO, DESDITMONA, EMILIA y
acompañamiento.
LUDOVICO
Os
lo ruego, señor. No os molestéis.
OTELO
Permitid.
Me hará bien andar.
LUDOVICO
Señora,
buenas noches. Os doy humildes gracias.
DESDÉMONA
A
vuestro servicio.
OTELO
¿Vamos,
señor? Ah, Desdémona.
DESDÉMONA
¿Señor?
OTELO
Acuéstate
ya. Vuelvo de inmediato. Que no se que¬de tu dama. Haz como te digo. DESDÉMONA
Sí,
señor.
Salen
[OTELO, LUDOVICO y acompañamiento].
EMILIA
¿Cómo va todo? Parece más amable que antes.
DESDÉMONA
Dice que vuelve en seguida.
Me ha mandado que me acueste
y ha dicho que no te quedes.
EMILIA
¿Que no me quede?
DESDÉMONA
Es su deseo. Así que, buena Emilia,
me traes la ropa de noche y adiós.
No debemos contrariarle.
EMILIA
¡Ojalá no le hubierais visto nunca!
DESDÉMONA
Eso no. Mi amor por él es tanto
que su enojo, censuras y aspereza...,
suéltame esto,... tienen su encanto y donaire.
EMILIA
He puesto las sábanas que dijisteis.
DESDÉMONA
Es
igual. ¡Ah, qué antojos tenemos!
Si
muero antes que tú, amortájame
con
una de esas sábanas.
EMILIA
Vamos,
vamos, ¡qué decís!
DESDÉMONA
Mi
madre tenía una doncella, de nombre Bárbara.
Estaba
enamorada, y su amado le fue infiel
y la
dejó. Sabía la canción del sauce,
una
vieja canción que expresaba su sino,
y
murió cantándola. Esta noche
no
puedo olvidar la canción. Me cuesta
no
hundir la cabeza y cantarla
como
hacía la pobre Bárbara. Date prisa.
EMILIA
¿Os
traigo la bata?
DESDÉMONA
No,
suéltame esto.
Ludovico
es bien parecido.
EMILIA
Muy
guapo.
DESDÉMONA
Y
habla bien.
EMILIA
En
Venecia conozco una dama que habría ido des¬calza a Palestina por tocarle un
labio. DESDÉMONA
[canta]
«Penaba por él bajo un sicamor
llora,
sauce, conmigo;
la
frente caída, hundido el corazón;
llora,
sauce, llora conmigo;
las
aguas corrían llevando el dolor;
llora,
sauce, conmigo;
el
llanto caía y la piedra ablandó».
Guarda
esto.
«Llora,
sauce, llora conmigo».
Date
prisa; está al llegar.
«Llora,
sauce, conmigo; guirnalda te haré
No
le acusarán; le admito el desdén».
No, así no es. ¿Oyes? ¿Quién llama?
EMILIA
Es el viento.
DESDÉMONA
[canta]
«Falso fue mi amor, mas, ¿qué dijo él?
Llora,
sauce, conmigo;
si
yo te he engañado, engáñame también»
Vete
ya. Buenas noches. Me escuecen los ojos.
¿Presagia llanto?
EMILIA
No tiene que ver.
DESDÉMONA
Lo
he oído decir. ¡Ah, estos hombres, estos hombres!
Dime, Emilia, ¿tú crees en conciencia
que hay mujeres que engañen tan vilmente
a sus maridos?
EMILIA
Algunas sí que hay.
DESDÉMONA
¿Tú lo harías si te dieran el mundo?
EMILIA
¿No
lo haríais vos?
DESDÉMONA
No.
Que sea mi testigo esa luz celestial.
EMILIA
Pues
que esa luz no sea mi testigo.
Yo
lo haría a oscuras.
DESDÉMONA
¿Tú
lo harías si te dieran el mundo?
EMILIA
El
mundo es enorme. Y es paga muy alta
por
tan poca falta.
DESDÉMONA
La
verdad, no creo que lo hicieras.
EMILIA
La
verdad, yo creo que lo haría, para deshacerlo una vez hecho. Bueno, no lo haría
por una sortija o unas varas de batista, por vestidos, enaguas o to¬cas, ni por
regalos mezquinos. Pero, ¡por el mundo entero! Santo Dios, ¿quién no le pondría
los cuer¬nos al marido para hacerle rey? Yo me arriesgaría al purgatorio.
DESDÉMONA
Que
me pierda si cometo esa falta
por
nada del mundo.
EMILIA
Pero
sería una falta para el mundo y, si os dan el mundo a cambio, la falta quedaría
en vuestro mun¬do y pronto podríais repararla.
DESDÉMONA
Yo no creo que haya mujeres así.
EMILIA
Sí,
un montón, y tantas como para poblar el mundo que les dieran.
Mas
creo que si pecan las mujeres
la
culpa es de los maridos: o no cumplen
y
llenan otras faldas de tesoros que son nuestros,
o
les entran unos celos sin sentido
y
nos tienen encerradas; o nos pegan,
o
nos menguan el dinero por despecho.
Todo
esto nos encona y, si nuestro es el perdón,
nuestra
es la venganza. Sepan los maridos
que
sus mujeres tienen sentidos como ellos;
que
ven, huelen y tienen paladar
para
lo dulce y lo agrio. ¿Qué hacen
cuando
nos dejan por otras? ¿Gozar?
Creo
que sí. ¿Los mueve el deseo?
Creo
que sí. ¿Pecan por flaqueza?
Creo
que también. Y nosotras, ¿no tenemos
deseos,
ganas de gozar y flaquezas como ellos?
Pues
que aprendan a tratarnos o, si no, que sepan
que
todo nuestro mal es el mal que nos enseñan.
DESDÉMONA
Buenas
noches, buenas noches. No quiera Dios
que
el mal sea mi guía, sino mi lección.
Salen.
V.i
Entran YAGO y RODRIGO.
YAGO
Ponte
aquí, detrás del puesto. Viene en seguida.
Desnuda
el estoque y clávalo bien.
De
prisa, no temas. Yo estaré a tu lado.
A la
cima o a la ruina: piénsalo
y
afianza el propósito.
RODRIGO
Quédate
cerca, no sea que falle.
YAGO
Aquí
al lado. Valor y a tu puesto.
[Se
aparta.]
RODRIGO
No
me fascina el designio. Sin embargo,
me
ha dado razones convincentes.
Es
sólo una vida. ¡A él, espada! ¡Muerto!
YAGO
[aparte]
A
este pollo ya casi lo he dejado
en
carne viva, y le irrita. Mate a Casio,
Casio
a él o se maten entre sí,
yo
salgo ganando. Si Rodrigo sobrevive,
me
exigirá cabal restitución
de
oro y joyas que yo le afané
y
que me dio para Desdémona.
No
puede ser. Si Casio prevalece,
su
vida siempre tiene una belleza
que
me afea. Además, el moro podría
descubrirle
mi juego, lo que es peligroso.
No,
ha de morir. Pero, alto. Aquí llega.
Entra
CASIO.
RODRIGO
Es él; conozco su andar. ¡Muere, infame!
CASIO
Tu golpe habría sido fatal
si la malla no fuese mejor
de lo que piensas. Probemos la tuya.
RODRIGO
¡Ah,
me has matado!
[YAGO
hiere a CASIO en la pierna y sale.]
CASIO
¡Me
han baldado! ¡Socorro! ¡Eh!
¡Al
asesino! ¡Al asesino!
Entra
OTELO.
OTELO
La
voz de Casio. Yago cumple su palabra.
RODRIGO
¡Ah,
soy un miserable!
OTELO
Muy
cierto.
CASIO
¡Socorro!
¡Eh! ¡Luz! ¡Un médico!
OTELO
Es
él. Audaz Yago, honrado y leal;
tan
noble ante el agravio de tu amigo.
Eres
mi ejemplo. Prenda, tu amado ha muerto
y se
acerca tu condenación. ¡Allá voy, ramera!
De
mi alma he borrado tus ojos de ensueño;
impúdica
sangre manchará tu impuro lecho.
Sale.
Entran
LUDOVICO y GRACIANO.
CASIO
¡Eh!
¿No hay nadie? ¿Y la ronda? ¡Al asesino!
GRACIANO
Alguna
desgracia. Es un grito terrible.
CASIO
¡Socorro!
LUDOVICO
Escuchad.
RODRIGO
¡Ah,
miserable!
LUDOVICO
Gritan
dos o tres. Es noche cerrada.
Quizá
estén fingiendo. Sería peligroso
acudir
sin más ayuda.
RODRIGO
¿No
viene nadie? Moriré desangrado.
LUDOVICO
Escuchad.
Entra
YAGO con una lámpara.
GRACIANO
Aquí
viene alguien recién levantado
con
luz y armas.
YAGO
¿Quién
vive? ¿Quién grita «Al asesino»?
LUDOVICO
No
sabemos.
YAGO
¿No
oísteis un grito?
CASIO
¡A
mí, a mí! ¡Socorro, por Dios!
YAGO
¿Qué
pasa?
GRACIANO
Es
el alférez de Otelo, ¿no?
LUDOVICO
El
mismo. Un tipo valiente.
YAGO
¿Quién
sois, que gritáis tan angustiado?
CASIO
¿Yago?
¡Ah, me han malherido unos infames!
Ayúdame.
YAGO
¡Mi
pobre teniente! ¿Qué infames han sido?
CASIO
Creo
que uno está por aquí
y no
puede huir.
YAGO
¡Infames
traidores!
Vosotros,
venid y ayudarme.
RODRIGO
¡Aquí, socorredme
CASIO
Es
uno de ellos.
YAGO
¡Infame
asesino! ¡Canalla!
[Apuñala
a RODRIGO.]
RODRIGO
¡Maldito
Yago! ¡Ah, perro inhumano!
YAGO
¿Matando
a oscuras? ¿Dónde están los ladrones?
¡Qué
silencio en la ciudad! ¡Eh, al asesino!
¿Quién
sois? ¿Gente de bien o de mal?
LUDOVICO
Conocednos
y juzgadnos,
YAGO
¿Signor
Ludovico?
LUDOVICO
El
mismo.
YAGO
Perdonad.
A Casio le han herido unos granujas.
GRACIANO
¿A
Casio?
YAGO
¿Cómo
estáis, amigo?
CASIO
Me han partido la pierna.
YAGO
¡No
lo quiera Dios! Señores, luz.
La
vendaré con mi camisa.
Entra
BIANCA.
BIANCA
¿Qué
pasa? ¿Quién gritaba?
YAGO
¿Quién
gritaba?.
BIANCA
¡Ah,
mi Casio! ¡querido Casio!
¡Ah,
Casio, Casio, Casio!
YAGO
¡Insigne
zorra! Casio, ¿tenéis noción
de
quién os ha podido malherir?
CASIO
No.
GRACIANO
Me
apena veros así. Iba en vuestra busca.
YAGO
Dadme
una liga. ¡Eh, una silla!
Así
le sacaremos con más facilidad.
BIANCA
¡Ah,
se desmaya!
¡Ah,
Casio, Casio, Casio!
YAGO
Sospecho,
señores, que esta moza
tuvo
parte en la agresión.¬-
Paciencia,
buen Casio. Vamos, luz.
¿Conocemos
esta cara? ¡Cómo!
¿Mi
amigo y querido paisano Rodrigo?
No.
Sí, claro. ¡Dios santo, Rodrigo!
GRACIANO
¿Cómo?
¿El de Venecia?
YAGO
Sí,
señor. ¿Le conocíais?
GRACIANO
¿Conocerle?
Claro.
YAGO
¡Signor
Graciano! Os pido disculpas.
Que
estas violencias me excusen
por
no haberos conocido.
GRACIANO
Me
alegro de verte.
YAGO
¿Cómo
estáis, Casio? ¡Una silla, una silla!
GRACIANO
¿Es
Rodrigo?
YAGO
Sí,
sí. Es él.
[Traen
una silla.]
¡Ah,
muy bien, la silla!
Sacadle
de aquí con cuidado.
Yo
buscaré al médico del general.¬-
Tú,
mujer, ahórrate la molestia. Casio,
el
que yace aquí muerto era un buen amigo.
¿Había
enemistad entre vosotros?
CASIO
Ninguna.
Ni siquiera le conozco.
YAGO
[a
BIANCA] ¿Estás pálida?
¬ Llevadle dentro.
[Sacan
a CASIO y RODRIGO.]
Quedaos,
Señorías. ¿Estás pálida, mujer?
¬¿No
veis el pavor de su mirada?¬-
Como
nos mires así, pronto nos lo contarás.-
¬Miradla
bien; os lo ruego, miradla.
¿Lo
veis, caballeros? La culpa se delata
aunque
la lengua enmudezca.
Entra
EMILIA.
EMILIA
¿Qué pasa? ¿Qué pasa, Yago?
YAGO
Rodrigo y otros tipos que escaparon
agredieron
a Casio en la oscuridad.
Está malherido y Rodrigo, muerto.
EMILIA
¡Ay, pobre señor! ¡Ah, mi buen Casio!
YAGO
Esto es lo que trae el desenfreno. Anda,
Emilia
pregúntale
a Casio dónde ha cenado.
[A BIANCA] ¿Te hace temblar?
BIANCA
Cenó en mi casa, y no me hace temblar.
YAGO
¿Conque sí? Te ordeno que me acompañes.
EMILIA
¡Ah, maldita seas, zorra!
BIANCA
No soy una zorra y soy tan decente
como tú que me injurias.
EMILIA
¿Como
yo? ¡Uf! ¡Maldita seas!
YAGO
Señores,
veamos cómo curan a Casio.¬-
Vamos,
mujer, y prepara otra historia.¬-
Emilia,
corre a la ciudadela
y
cuenta a los señores lo que ha sucedido.¬-
¿Queréis
ir primero?
[Aparte]
Esta es la noche que me hace
o
del todo me deshace.
Salen.
V.ii
Entra OTELO con una lámpara. DESDÉMONA acostada.
OTELO
Tal
es la causa, tal es la causa, alma mía
Que
yo no os la nombre, castas estrellas.
Tal
es la causa. Mas no he de verter esta sangre
ni
herir esta piel, más blanca que la nieve,
más
lisa que alabastro de sepulcros.
Pero
ha de morir o engañará a más hombres.
Apaga
la llama y después apaga su llama.
Podría
extinguirte, flamígera emisaria,
y
después devolverte la luz anterior
si
fuese a arrepentirme. Mas, muerta tu llama,
criatura
perfecta de la naturaleza,
no
sabría dónde hallar el fuego prometeico
que
te diera nueva luz. Si arranco tu rosa
no
puedo hacer que reviva; por fuerza
se
marchitará. La oleré en el rosal.
La
besa.
¡Ah,
aliento fragante, que tienta a la justicia
para
que rompa su espada! ¡Otro, otro!
Cuando
hayas muerto sigue así, que yo te mataré
y te
querré por siempre. ¡Otro más, el último!
Lo
grato nunca fue tan mortal. Me hace llorar.
Pero
es llanto cruel. La pena es divina:
hiere
lo que ama. Está despertando.
DESDÉMONA
¿Quién
es? ¿Otelo?
OTELO
Sí,
Desdémona.
DESDÉMONA
¿No
te acuestas, señor?
OTELO
¿Has
rezado esta noche, Desdémona?
DESDÉMONA
Sí,
mi señor.
OTELO
Si
te queda algún pecado
que
no haya alcanzado la gracia del cielo,
ruega
su perdón.
DESDÉMONA
¡Dios
santo! ¿Qué quieres decir con eso?
OTELO
Vamos,
reza y no tardes. Mientras, me retiraré.
No
quiero matar tu alma si no está
preparada.
¡No lo quiera Dios! No voy a matarla
DESDÉMONA
¿Hablas
de matar?
OTELO
Sí,
eso he dicho.
DESDÉMONA
Pues
que el cielo se apiade de mí.
OTELO
Amén,
de todo corazón.
DESDÉMONA
Si
dices eso, no creo que quieras matarme.
OTELO
¡Mmm!
DESDÉMONA
Sin embargo, me asustas, pues eres temible
con esos ojos de fuego. Por qué tengo miedo
no
sé, si no tengo culpa; pero siento miedo.
OTELO
Piensa
en tus pecados.
DESDÉMONA
Son
amores que te doy.
OTELO
Pues
por eso has de morir.
DESDÉMONA
Matar
por amor es dar muerte cruel.
¡Ah!
¿Por qué te muerdes el labio?
Alguna
violencia conmueve tu cuerpo.
Son presagios. Sin embargo, espero,
espero que no irán contra mí.
OTELO
¡Calla y escucha!
DESDÉMONA
Bien,
¿qué ocurre?
OTELO
A
Casio le has dado aquel pañuelo
tan
querido que yo te regalé.
DESDÉMONA
¡No,
por mi vida y mi alma!
Mándale
llamar y pregúntale.
OTELO
Guárdate,
alma mía, guárdate
del
perjurio. Estás en tu lecho de muerte.
DESDÉMONA
Pero
aún no he de morir.
OTELO
Sí,
ahora mismo; conque confiesa
abiertamente
tu pecado, pues negar
con
juramentos cada cargo no puede
destruir
ni ahogar la convicción
que
me atormenta. Vas a morir.
DESDÉMONA
¡Que
Dios se apiade de mí!
OTELO
Pues,
amén.
DESDÉMONA
¡Apiádate
tú también! Jamás
he
pecado contra ti; jamás sentí por Casio
nada
más que el afecto común
que
Dios permite. Jamás le di prenda.
OTELO
¡Por
Dios, le vi el pañuelo en la mano!
¡Ah,
perjura! Me pones de piedra el corazón
y
vuelves crimen mi propósito,
cuando
yo lo creía sacrificio.
Le
vi el pañuelo.
DESDÉMONA
Él
lo encontraría. Yo no se lo di.
Mándale
que venga y confiese la verdad.
OTELO
Ya
ha confesado.
DESDÉMONA
¿Qué
ha confesado?
OTELO
Que
habéis tenido trato.
DESDÉMONA
¿Cómo?
¿Carnal?
OTELO
Sí.
DESDÉMONA
No
puede decir eso.
OTELO
No,
le han cerrado la boca.
Se
encargó el honrado Yago.
DESDÉMONA
El
miedo me engaña. ¿Ha muerto?
OTELO
Si
hubieran sido vidas sus cabellos,
mi
venganza podría con todas.
DESDÉMONA
¡Ah,
le han engañado y yo estoy perdida!
OTELO
¡Calla,
zorra! ¿Le lloras en mi cara?
DESDÉMONA
¡Ah,
destiérrame, señor, mas no me mates!
OTELO
¡Muere,
zorra!
DESDÉMONA
¡Mátame
mañana! ¡Esta noche no!
OTELO
Como te resistas...
DESDÉMONA
¡Sólo media hora!
OTELO
Empezar es acabar.
DESDÉMONA
¡Que rece una oración!
OTELO
Demasiado
tarde.
La
ahoga.
DESDÉMONA
¡Dios
mío, Dios mío!
EMILIA
[desde dentro]
¡Señor, señor! ¡Eh, señor, señor!
OTELO
¿Qué
ruido es ése? ¿Aún vives? ¿Todavía?
Soy
cruel, pero clemente.
No
quiero alargar tu agonía.
Así, así.
EMILIA
[desde dentro]
¡Eh, señor, señor!
OTELO
¿Quién es?
EMILIA
[desde dentro]
¡Ah,
señor! ¡Deseo hablar con vos!
OTELO
Es
Emilia. ¡En seguida! Está muerta.¬-
Vendrá
a anunciarme la muerte de Casio.
Hubo
alboroto. ¡Qué! ¿Ya no se mueve?
Más
muda que la tumba. ¿Qué hago? ¿La dejo
entrar?¬-
Parece
que se mueve. No. ¿Qué será mejor?
Si
entra, querrá hablar con mi esposa.
¡Esposa,
esposa! ¿Qué esposa? No tengo esposa.
¡Qué
angustia! ¡Qué dolor!
Tendría
que haber ahora un gran eclipse
de
sol y de luna, y el orbe, horrorizado,
tendría
que abrirse con esta alteración.
EMILIA
[desde dentro]
¡Os
lo suplico, dejadme que os hable!
¡Ah,
mi buen señor!
OTELO
Te
había olvidado. Pasa, Emilia.
Espera
un momento. Correré la cortina.-
¬¿Dónde
estás? ¿Qué te pasa?
Entra
EMILIA.
EMILIA
¡Ah,
señor, ha habido un crimen horrible!
OTELO
¿Cómo?
¿Ahora?
EMILIA
Ahora
mismo, señor.
OTELO
Es
la luna descarriada:
se
acerca a la tierra más que de costumbre
y
trastorna a los hombres .
EMILIA
Señor, Casio ha matado a Rodrigo,
un joven veneciano.
OTELO
¿Rodrigo muerto? ¿Y Casio también?
EMILIA
No, Casio no ha muerto.
OTELO
¿Que Casio no ha muerto? Entonces el crimen
desentona, y disuena la dulce venganza.
DESDÉMONA
¡Ah, crimen injusto, injusto!.
EMILIA
¡Dios mío! ¿Qué voz era ésa?
OTELO
¿Ésa? ¿Cuál?
EMILIA
¡Dios
del cielo, la voz de mi ama!
[Descorre
la cortina.]
¡Ah,
socorro, socorro! ¡Ah, hablad, señora!
¡Dulce
Desdémona, querida señora, hablad!
DESDÉMONA
Muero
inocente.
EMILIA
¡Ah!
¿Quién ha hecho esto?
DESDÉMONA
Nadie.
Yo misma. Adiós. Encomiéndame
a mi
esposo querido. ¡Ah, adiós!
Muere.
OTELO
¿Y cómo han podido matarla?
EMILIA
¡Ah, quién sabe!
OTELO
Le has oído decir que no fui yo.
EMILIA
Eso dijo, y yo sólo diré la verdad.
OTELO
Pues
por embustera está en el infierno:
yo fui quien la mató.
EMILIA
¡Ah, pues más ángel ella
y vos más negro demonio!
OTELO
Se dio a la lujuria y era una puta.
EMILIA
La estás calumniando y eres un demonio.
OTELO
Era más falsa que el agua.
EMILIA
Y tú más violento que el fuego
llamándola falsa. Era pura como el cielo.
OTELO
Casio
la montaba. Pregunta, si no, a tu marido.
Así
me condene en lo más hondo del infierno
si
he llegado a tal extremo
sin
un motivo justo. Tu marido lo sabía.
EMILIA
¿Mi marido?
OTELO
Tu marido.
EMILIA
¿Que era una adúltera?
OTELO
Sí, con Casio. Si me hubiera sido fiel,
por nada la habría dado, aunque Dios
crease otro mundo para mí
de zafiro purísimo y perfecto.
EMILIA
¿Mi marido?
OTELO
Sí,
él fue quien me lo dijo.
Él es honrado y detesta
el lodo que se pega a la inmundicia.
EMILIA
¿Mi marido?
OTELO
¿A qué repetirlo, mujer? He dicho tu marido
EMILIA
¡Ah,
señora! La vileza se burla del amor.
¿Mi marido dice que era falsa?
OTELO
Sí,
mujer, tu marido. ¿No lo entiendes?
Mi amigo, tu marido, el muy honrado Yago.
EMILIA
Si lo dice, ¡que se pudra su alma innoble
medio
grano cada día! Miente con descaro.
¡Si estaba loca por su inmunda adquisición!
OTELO
¿Qué?
EMILIA
No
me das miedo. Tu hazaña
no
es más digna del cielo
que
tú lo eras de ella.
OTELO
Calla,
más te vale.
EMILIA
Tú
no puedes hacerme ningún daño
que
no pueda sufrir. ¡Ah, bobo, torpe!
¡Basura
ignorante! Lo que has hecho...
No
me importa tu espada. Voy a delatarte
aunque
pierda veinte vidas. ¡Socorro, socorro!
¡El
moro ha matado a mi ama!
¡Al
asesino, al asesino!
Entran
MONTANO, GRACIANO y YAGO.
MONTANO
¿Qué
pasa? ¿Qué ocurre, general?
EMILIA
¡Ah,
estás aquí, Yago! Lo has hecho tan bien
que
todos te echarán la culpa de sus crímenes.
GRACIANO
¿Qué
pasa?
EMILIA
Desmiente
a este infame si eres hombre.
Según
él, le dijiste que su esposa le engañaba.
Sé
que no lo hiciste, que no eres tan ruin.
Habla,
que me estalla el corazón.
YAGO
Le
conté lo que pensaba, lo que él mismo
vio
que era creíble y verdadero.
EMILIA
¿Le
dijiste que ella le engañaba?
YAGO
Sí.
EMILIA
Le
dijiste una mentira, una odiosa mentira.
¡Por
mi vida, una mentira, una vil mentira!
¿Que
le engañaba con Casio? ¿Con Casio?
YAGO
Con
Casio, mujer. Anda, frena la lengua.
EMILIA
No
pienso frenar la lengua. He de hablar:
mi
ama yace muerta sobre el lecho.
TODOS
¡No
lo quiera Dios!
EMILIA
Y
tus cuentos le incitaron al crimen.
OTELO
No
os asombre, señores; es cierto.
GRACIANO
Cierto
e increíble.
MONTANO
¡Qué
atrocidad!
EMILIA
¡Qué
infamia, qué infamia!
Ya
me acuerdo. Me lo olía. ¡Qué infamia!
Lo
pensé. Me voy a morir de pena.
¡Qué
infamia, qué infamia!
YAGO
¿Estás
loca? Vete a casa, te lo ordeno.
EMILIA
Nobles
señores, permitidme que hable.
He
de obedecerle, pero ahora no.
Quizá, Yago, ya nunca vuelva a casa.
OTELO
¡Ah,
ah, ah!
Cae
sobre la cama.
EMILIA
Eso,
échate a rugir,
pues
has matado a la más dulce inocente
que
jamás alzó mirada.
OTELO
¡Ah,
era mala!¬-
No
os conocía, tío. Ahí está vuestra sobrina,
cuyo
aliento han ahogado mis manos.
Sé
que este acto parece espantoso.
GRACIANO
Pobre
Desdémona. Menos mal que tu padre
ya
no vive. Tu enlace le dejó malherido
y la
pena le cortó el hilo de la vida.
Si
te viera, podría cometer una imprudencia,
maldecir
a su buen ángel
y
por réprobo perderse.
OTELO
Es
muy triste. Mas Yago sabe
que
ella y Casio mil veces cometieron
el
acto indecente. Casio lo admitió,
y
ella le premió sus obras amorosas
con
la primera prueba y testimonio
de
cariño que le di. Yo le vi que la llevaba.
Era
un pañuelo, una antigua prenda
que
mi padre regaló a mi madre.
EMILIA
¡Cielo santo! ¡Gloria bendita!
YAGO
¡Dios, cállate!
EMILIA
Voy
a hablar, voy a hablar. ¡Que me calle!
¡No!
Hablaré más libre que el viento.
¡Que Dios, hombres y diablos, que todos,
sí, todos, digan pestes contra mí! Voy a
hablar
YAGO
Sé prudente y vete a casa.
EMILIA
¡No
quiero!
[YAGO
desenvaina.]
GRACIANO
¡Cómo!
¿Tu espada contra una mujer?
EMILIA
¡Idiota
de moro! Ese pañuelo
me
lo encontré por azar y se lo di
a mi
marido, pues él, con gran solemnidad,
más
de la apropiada a tal minucia,
me
pedía que lo robase.
YAGO
¡Maldita
puta!
EMILIA
¡Dárselo
a Casio! ¡No! Yo me lo encontré
y se
lo di a mi marido.
YAGO
¡Mentira,
so puerca!
EMILIA
¡Por
Dios que es verdadl Señores, es verdad.
¡Ah,
estúpido asesino! ¿Qué hace un tonto,
como
tú con una esposa tan buena?
OTELO
¿No
hay más rayos en el cielo
que
los de las tormentas? ¡Perfecto canalla!
Ataca
a YAGO. [MONTANO le desarma.]
YAGO
apuñala a EMILIA y sale.
GRACIANO
Ha
caído. Seguro que la ha matado.
EMILIA
Sí,
sí. ¡Ah! Llevadme al lado de mi ama.
GRACIANO
Ha
huido y su mujer se muere.
MONTANO
Es
un infame redomado. Tomad el arma
que
le he quitado al moro.
Guardad
la puerta por fuera. Que no salga;
antes
le matáis. Yo voy tras el canalla,
tras
ese miserable.
Salen
MONTANO y GRACIANO.
OTELO
Tampoco
yo soy valiente.
Cualquier
monigote me quita la espada.
Mas,
¿por qué la honra sobrevive al honor?
Húndase
todo.
EMILIA
¿Qué
presagiaba tu canción, señora?
¿No
me oís? Haré como el cisne,
que
muere cantando: «Llora, sauce, conmigo».
Moro,
era casta; te quería, moro cruel.
Que
se pierda mi alma si miento.
Digo
lo que pienso y muero, muero...
Muere.
OTELO
Tengo
otra espada en el cuarto. Una espada
española,
templada en hielo de arroyo.
Aquí
está. Tío, voy a salir.
GRACIANO
[desde dentro]
Inténtalo
y lo pagas.
No
estás armado y habrás de someterte.
OTELO
Pues
entrad y hablad conmigo,
o,
inerme como estoy, os atacaré.
[Entra
GRACIANO.]
GRACIANO
¿Qué
quieres?
OTELO
Mirad,
estoy armado. Mejor arma
jamás
flanqueó la pierna del soldado.
Hubo
un tiempo en que con sólo mi brazo
y
esta gran espada me abría camino
entre
más impedimentos que veinte
veces
vuestro estorbo. Mas, ¡ah, inútil bravata!
¿Quién
gobierna su destino? Yo ya no.
No
temáis, aunque me veáis armado.
Es
el fin de mi jornada, el término,
el
último puerto de mi viaje.
No
os arredréis; sería un temor vano.
Apuntad
al pecho de Otelo con un junco
y se
repliega. ¿Adónde irá Otelo? –
¿Y
tu cara? ¡Ah, desventurada!
Más
pálida que el lino. Cuando el Día
del
Juicio nos reúna, tu mirada arrojará
mi
alma desde el cielo para presa de diablos.
Fría,
criatura, más fría que tu castidad.
¡Ah,
maldito, maldito! ¡Azotadme, demonios,
que
no me posea esta imagen divina!
¡Llevadme
en huracanes, quemadme en azufre!
¡Sumidme
en abismos de líquido fuego!
¡Ah,
Desdémona! ¡Desdémona muerta! ¡Muerta! ¡Ah!
Entran
LUDOVICO, MONTANO, CASIO en una silla y guardias con YAGO.
LUDOVICO
¿Dónde
está ese arrebatado, ese desdichado?
OTELO
Aquí
está el que fue Otelo.
LUDOVICO
¿Dónde
está esa víbora? Traed al infame.
OTELO
Le
miro los pies, pero eso es mentira.
Si
eres un demonio, no podré matarte.
[Hiere
a YAGO.]
LUDOVICO
Quitadle
la espada.
YAGO
Sangro,
señor, mas no muero.
OTELO
No me das pena. Prefiero que vivas,
pues,
en mi sentir, la muerte es la dicha.
LUDOVICO
¡Ah,
Otelo! Antes tan noble,
caído
en la trampa de un maldito infame.
¿Qué
os llamaremos?
OTELO
Cualquier
cosa. Si queréis,
el
vengador de su honra, pues nada
hice
por odio y todo por deber.
LUDOVICO
Este
canalla ha confesado en parte su infamia
¿Acordasteis
él y vos la muerte de Casio?
OTELO
Sí.
CASIO
Querido
general, nunca os di motivo.
OTELO
Lo
creo y os pido perdón.
¿Queréis
preguntar a este semidiablo
por
qué me ha enredado el cuerpo y el alma?
YAGO
No
me preguntéis. Lo que sabéis, sabéis.
Desde
ahora no diré palabra.
LUDOVICO
¿Qué?
¿Ni para rezar?
GRACIANO
El
suplicio te abrirá la boca.
OTELO
Haces
bien.
LUDOVICO
Señor,
debéis oír lo que ha ocurrido
y
creo que no sabéis. Esta carta
estaba
en el bolsillo del difunto Rodrigo,
y
aquí hay otra. En una de ellas se habla
de
la muerte de Casio, de la cual
se
encargaba Rodrigo.
OTELO
¡Miserable!
CASIO
¡Qué
impío y brutal!
LUDOVICO
La
otra carta encontrada en el bolsillo
contiene
una queja. Parece que Rodrigo
pensaba
mandársela al maldito canalla,
pero
Yago se le adelantó y le dio explicaciones.
OTELO
¡El
vil granuja! Casio,
¿cómo
conseguisteis el pañuelo de mi esposa?
CASIO
Lo
encontré en mi cuarto.
Él
mismo ha confesado hace un momento
que
allí lo dejó con un claro propósito
que
le dio resultado.
OTELO
¡Ah,
bobo, bobo, bobo!
CASIO
Además,
en su carta, Rodrigo
acusaba
a Yago de haberle instigado
a
provocarme en la guardia, lo que causó
mi
expulsión. Y acaba de hablar
(le
dábamos por muerto), diciendo que Yago
le
indujo y le hirió.
LUDOVICO
Salid
de este cuarto y acompañadnos.
Quedáis
despojado de cargo y poder
y
Casio manda en Chipre. Y este infame,
si
hay algún castigo refinado
capaz
de atormentarle sin que muera,
imponédselo.
Vos sufriréis reclusión
hasta
que el Estado de Venecia sea informado
de
vuestro delito. Vamos, llevadle.
OTELO
Esperad.
Oídme antes de salir.
He
servido al Estado y es notorio;
eso
baste. Os lo ruego, en vuestras cartas,
al
narrar todas estas desventuras,
mostradme
como soy, sin atenuar,
sin
rebajar adversamente. Hablad
de
quien amó demasiado y sin prudencia,
de
quien, poco propenso a los celos, instigado
se
alteró sobremanera; de quien,
como
el indio salvaje, tiró una perla
más
valiosa que su tribu; de quien, transidos
los
ojos que no se empañaban, vierte
tantas
lágrimas como gotas de mirra
los
árboles de Arabia, Escribid todo esto,
y
también que en Alepo, una vez
en
que un turco impío y de altivo turbante
pegó
a un veneciano e infamó a la República,
yo
agarré por el cuello a ese perro circunciso
y le
herí así.
Se
apuñala.
LUDOVICO
¡Violento final!
GRACIANO
Toda palabra es en vano.
OTELO
Te besé antes de matarte. Ahora ya puedo,
después
de matarme, morir con un beso.
Muere.
CASIO
Lo
temía, aunque creí que estaba inerme,
pues
tenía deshecho el corazón.
LUDOVICO
[a
YAGO] ¡Ah, perro espartano! Más cruel
que
la angustia, el hambre o el mar.
Ve
la carga dolorosa de este lecho.
Obra
tuya es. El cuadro hiere la vista:
tapadlo. Graciano, quedad en la casa
y
disponed de los bienes del moro,
pues
pasan a ser vuestros. A vos, gobernador,
compete
juzgar a este canalla diabólico;
hora,
lugar, tormento: imponedlo.
Ahora
voy a embarcarme, y en Venecia
contaré
tan triste caso con tristeza.
Salen
Notas:
El nombre de Otelo (en el original «Othello»)
tal vez proceda de «Thorello», marido celoso de la comedia Every Man In His
Hu¬mour, de Ben Jonson, anterior a la tragedia de Shakespeare y en la cual
actuó éste. La transposición quizá esté basada en las pri¬meras letras de
«Othoman».
Sobre
el nombre de Yago=(Sant-) Yago Matamoros-. Su rango militar es el mismo del
«alfieri», pero su relación con Otelo es de mayor subordinación (y su mujer es
dama de compañía de Desdémona, no su amiga e igual, como en Cinthio). Desde el
principio queda patente su odio al protagonista, sucitado aparentemente por el
nombramiento de Casio.
El
nombre de Desdémona (en inglés sin acento gráfico y con el acento tónico en la
penúltima sílaba) procede del relato de Cinthio, en que es el único personaje
nominado, y viene del griego dysdaí¬mon, «infortunado». Librodot.com
Es decir, Casio tiene estudios y está en
condiciones de emplear los nuevos cañones. Como puede verse unos versos más
adelante, en la mente de Yago se mezclan el mi¬litar «matemático» y el
«sacacuentas» florentino: Florencia era fa¬mosa por sus bancos y banqueros, y
en ella se inventó la contabi¬lidad por partida doble. Librodot.com
Además de alférez en el sentido antiguo de
«abanderado», Yago parece más bien el edecán o ayudante personal de Otelo,
acaso porque entonces las funciones de un abanderado eran más amplias que en
nuestros días. Aunque el sentido moderno de alfé¬rez difiera del antiguo, el
uso del término en esta traducción no contradice la subordinación de Yago
respecto del teniente Casio y del general Otelo, que es lo que cuenta.
Librodot.com
Puede entenderse como la cifra y compendio de
la hipocresía de Yago, tal como acaba de exponérsela a Rodrigo, sin olvidar que
la frase es la negación de «Soy el que soy» con que Dios se reveló a Moisés
(Éxodo, 3, 14). Librodot.com
En el teatro isabelino, la «ventana» sería el
balcón o o galería que se encontraba en la parte posterior del escenario, en el
segundo nivel.
FIN

