Libro N° 4083. El Cometa Halley. Asimov, Isaac.
© Libro N° 4083. El Cometa Halley. Asimov, Isaac. Colección E.O. Agosto 19 de 2017.
Título
original: Asimov's Guide to Halley's Comet
Versión Original: © El Cometa Halley. Isaac
Asimov
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL COMETA HALLEY
Isaac Asimov
Éstas son algunas de las
apasionantes preguntas que Isaac Asimov se plantea y responde en este libro
singular:¿La estrella de Belén fue en realidad un cometa? ¿La tremenda
explosión que destruyó -en 1908- un perdido bosque de Siberia se debió a la
caída de un caprichoso fragmento cometario? ¿Qué nuevos datos sobre la
formación del Sistema Solar aportarán los vehículos espaciales que seguirán al
cometa halley en 1986? La brusca desaparición de los dinosaurios, hace 65
millones de años, ¿fue causada por un invierno cometario provocado por las
nubes de polvo de un cometa, semejantes a las nubes radiactivas del invierno
nuclear que seguiría a una hipotética III Guerra Mundial?Entre noviembre de
1985 y abril de 1986 el cometa Halley estuvo cercano a la Tierra, como no lo
estuvo desde 1910 y no volverá a estarlo hasta 2063. Este libro proporcionó
toda la información para recibirlo como es debido.
Isaac Asimov
1. EL MIEDO A LOS COMETAS
2. LA RUTA DE LOS COMETAS
3. LA VUELTA DEL COMETA
HALLEY
4.COMETAS OSCUROS
5. LA MUERTE DE LOS COMETAS
6. COMETAS DEL SIGLO XIX
7. LA COLA DE LOS COMETAS Y
LOS METEORITOS
8. LOS COMETAS LEJANOS
9. EL ORIGEN DE LOS COMETAS
Y EL SISTEMA SOLAR
10. COMETAS Y CATÁSTROFES
FIN
Grabado
del siglo XVII que sugiere que los antiguos veían a menudo los cometas como
símbolos de espadas gigantescas
ISAAC ASIMOV
EL COMETA HALLEY
Para Richard Winslow, que
insistió en que escribiera este libro.
Quisiera agradecer a Sandra
Kitt su colaboración en materia de investigación gráfica y a Thomas A. Lesser,
Allen Seltzer y Larry Brown la ayuda que les prestaron en esa tarea.
1. EL MIEDO A LOS COMETAS
Los cometas se han parecido
siempre a las personas asustadas.
En primer lugar, no parecen
seguir las normas. Los demás cuerpos celestes —las estrellas, el Sol, la Luna,
los planetas— se mueven de una manera regular y ordenada.
Las estrellas son
particularmente puntuales, ya que todas dan vueltas en el cielo con un
movimiento uniforme y regular que no cambia. Y mientras se mueven, la posición
relativa que tienen entre sí tampoco varia.
El Sol y la Luna no son tan
uniformes. A medida que discurre el año, la altura que alcanza el Sol al
mediodía es mayor o menor, y la Luna cambia de forma noche a noche. Los
planetas cambian de velocidad y hasta de dirección a medida que pasa el tiempo.
Estos cambios, sin embargo, son constantes. Pueden calcularse y se puede
predecir la posición que tendrán en el futuro estos cuerpos celestes.
Portadilla de un opúsculo
alemán en que se ve a dos astrónomos antiguos observando el cometa de 1596
No ocurre lo mismo con los
cometas. Un cometa oscuro aparece en el cielo sin avisar. Durante un tiempo irá
aumentando su brillo gradualmente, luego irá oscureciéndose y al final
desaparecerá. Puede ocurrir que no aparezca otro cometa durante cincuenta años
o más, o bien puede aparecer al año siguiente. Los antiguos astrónomos, que
sabían calcular el movimiento de los demás objetos del cielo, se sentían
impotentes respecto de los cometas. Eran incapaces de decir cuándo aparecería
uno, en qué parte del cielo lo haría y durante cuánto tiempo sería visible.
Esto era importante porque
los antiguos creían que se podía predecir el futuro por la posición del Sol, la
Luna y los demás planetas respecto del telón de fondo de las estrellas. La
forma de estas posiciones cambiaba noche a noche y de año en año, y se creía
que esto componía un código que los sabios podían interpretar y descifrar para
aviso de los seres humanos. (Esta creencia, totalmente falsa por cierto, se
llamó «astrología» y todavía influye en muchas personas supersticiosas).
Los cometas, puesto que
aparecían de la manera más inesperada, se interpretaban como advertencia de que
iba a ocurrir algo desacostumbrado. Para la mayoría, «algo desacostumbrado»
equivale a desastre, de modo que la vista de un cometa provocaba espanto.
El temible cometa de 1528
visto por un médico francés.
A esto contribuía la forma
de los cometas. El Sol es un disco resplandeciente. La Luna tiene varias
formas, pero la mitad como mínimo de su perímetro es siempre un semicírculo.
Los demás cuerpos son puntos luminosos. Un cometa, sin embargo, es un disco luminoso
de niebla que por un lado se prolonga en una tenue y ligera curva de bruma,
semejante a una cola larga o a una cabellera que ondease al viento. «Peludo» o
«cabelludo» se dice en griego kométes, y de aquí, a través del latín, es de
donde procede nuestra palabra «cometa».
En la Antigüedad, una forma
de manifestar dolor por una desgracia era que las mujeres se soltasen el pelo:
de este modo daban a entender que estaban demasiado apenadas para cuidarse de
él. Entonces era fácil identificar a un cometa con una mujer gritando y
quejándose, con el pelo ondeando al viento. ¿Y qué otra cosa podía significar
su aparición, sino que se avecinaba un desastre, palabra que etimológicamente
significa «tener mala estrella»?
Una vez que se creyó que los
cometas eran signos de desastre, se imaginó que la cola tenía la forma de una
espada y que el disco neblinoso era una cabeza cortada. Los autores competían
entre sí por dar las descripciones más fantasiosas y así aumentaban el miedo a
los cometas.
Típico hombre de la
antigüedad, el romano Plinio el Viejo describió los cometas como armas
sobrenaturales: piedras, discos, espadas y puñales. El presente grabado lo hizo
Hevelius, astrónomo alemán del siglo XVII.
El cometa Halley recorre el
cielo de Jerusalén en 66 d. de C., según una profecía que auguraba la toma de
la ciudad por los romanos, hecho que aconteció efectivamente cuatro años
después.
Cuando aparecía un cometa se
tomaba nota del año y luego se describían los acontecimientos terribles que
ocurrían poco después. Esto se consideraba una «prueba» de que los cometas
anunciaban catástrofes. Como es lógico, había acontecimientos terribles todos
los años, apareciesen cometas o no, de manera que allí no había pruebas de
nada.
Por ejemplo, en 44 a. de C.
se detectó la presencia de un cometa y esto se relacionó posteriormente con el
asesinato de Julio César, que había ocurrido el mismo año. También en 11 a. de
C. se vio un cometa y se creyó que tenía algo que ver con la muerte de Marco
Agripa, un general romano favorito del emperador Augusto, acaecida un año
antes. Otro cometa que se vio en 837 d. de C. se creyó que había anunciado la
muerte del emperador Luís el Piadoso, acontecida tres años después.
No siempre anunciaban a
muerte de grandes dirigentes. A veces se relacionaban con la guerra. De un
cometa visto en 66 d. de C. se dijo después que había anunciado la toma de
Jerusalén por los romanos en 70. Otro cometa, en 1066, se creyó que estaba en
relación con la conquista de Inglaterra por Guillermo el Conquistador, acaecida
poco después, en aquel mismo año. Y otro, visto en 1456, se consideró una
crítica celestial a la caída de Constantinopla ante los turcos (1453).
Como se puede suponer,
cualquier cometa visto en cualquier época puede considerarse signo de
catástrofe con sólo consultar en los libros de historia lo ocurrido unos años
antes y después. Tampoco parecía advertirse que los cometas podían significar
lo mismo cosas buenas que cosas malas. La conquista de Inglaterra fue un buen
acontecimiento para los normandos y la caída de Constantinopla fue otro tanto
para los turcos.
En los siglos anteriores a
la invención del telescopio se registró la aparición de unos 900 cometas,
fueron extrañamente abundantes entre 1400 y 1600. En estos dos siglos se
detectó aproximadamente una veintena de cometas muy brillantes y, como era de
esperar, fue una época particularmente turbulenta. Los turcos se apoderaron de
todo el sureste de Europa y en cierto momento llegaron a penetrar hasta Viena,
a la que pusieron sitio. La reforma protestante partió en dos la cristiandad y
se dio comienzo a un círculo vicioso de «guerras de religión». Todos aquellos
cometas tuvieron que parecer muy sintomáticos a los habitantes de la Europa
occidental.
Había, como es lógico, una
minoría que luchaba contra aquel miedo a los cometas, argumentando que nada
tenían que ver con los sucesos de la Tierra, y que no eran más que fenómenos
naturales. Estas opiniones no tuvieron la menor influencia, sin embargo cada
vez que aparecía un nuevo cometa levantaba oleadas de libros que contaban los
horrores que ellos predecían; estas opiniones se aceptaban tanto más cuanto que
eran novelescas y morbosas.
A consecuencia de ello
ningún europeo se dedicó a observar los cometas científicamente durante la
Antigüedad y la Edad Media. La única reacción que suscitaban era de horror y
expectativa de algún desastre.
2. LA RUTA DE LOS COMETAS
Por fin, en 1472, un
astrónomo enfocó un cometa como un fenómeno astronómico y lo contempló con
calma. El astrónomo era un alemán llamado Juan Müller (1436-1476), más conocido
por Regiomontano, sobrenombre tomado de la traducción latina de Kanigsberg («monte
del rey»), su ciudad natal. Regiomontano y un discípulo suyo observaban el
cometa de vez en cuando y anotaban su posición respecto de las estrellas. Esto
les permitió trazar una línea imaginaria en el cielo que señalaba la ruta del
cometa (es curioso que a nadie se le ocurriese hacerlo antes).
Ruta del cometa Halley en
1985-86 por entre las constelaciones, tal como podrá verla el observador que se
sitúe de cara al sur. Los observadores situados al norte de Nueva Cork, Chicago
y San Francisco no podrán verlo por debajo de —40° de declinación.
Cuando apareció otro cometa
en 1531 (hubo otros dos en 1532, y otros tres más tarde, en 1533, 1538 Y 1539
respectivamente), había ya astrónomos que se permitieron el lujo científico de
observarlos con imparcialidad. Uno era italiano, Jerónimo Fracastoro (1483-1553).
Observó el cometa de 1531 y los cuatro que le siguieron, y en 1538 publicó un
libro en que afirmó que la cola de los cometas apuntaba en dirección opuesta al
Sol.
Un astrónomo alemán, Pedro
Apiano (1501-1552), estudió también estos cometas y, sin tener noticia de la
obra de Fracastoro, publicó en 1540 un libro en que llegaba a las mismas
conclusiones. En este libro Apiano dio a conocer el primer dibujo científico de
un cometa y en él señalaba la posición de la cola respecto del Sol.
Por primera vez, los cometas
no parecían estar totalmente al margen de las leyes. Por lo menos la cola
parecía obedecer una norma sencilla. Los cometas comenzaban a aproximarse a los
objetos astronómicos corrientes.
Pero ¿lo eran?
El filósofo griego
Aristóteles (384-322 a. de C.) no había pensado lo mismo. Creía que todos los
cuerpos celestes se movían alrededor de la Tierra según una trayectoria
constante y predecible. Puesto que los cometas eran impredecibles, apareciendo
y desapareciendo de la manera más inesperada, supuso que no podían contarse
entre los cuerpos celestes. Por ello pensó que tenían que ser masas que ardían
lentamente en la atmósfera superior; que se encendían de vez en cuando, ardían
durante unas semanas o unos meses y luego, poco a poco, se extinguían.
El astrónomo alemán Pedro
Apiano, que observó las diversas posiciones del cometa de 1531, fue el primero
en publicar un dibujo científico de la cola del cometa apuntando siempre en
dirección contraria al Sol.
Como según este punto de
vista los cometas formaban parte de la atmósfera, tenían que estar más cerca de
la Tierra que los cuerpos celestes que se encuentran fuera de la atmósfera.
Tenían que estar más cerca de la Tierra incluso que la Luna, que los griegos
suponían (correctamente) más próxima a nosotros que los demás cuerpos celestes.
Era tal el prestigio de
Aristóteles y el rigor de su pensamiento que sus opiniones seguían aceptándose
dos mil años después de su muerte.
Hasta que en 1577 apareció
otro cometa y lo observó un astrónomo danés, Tycho Brahe (1546-1601), que pensó
que podía determinar la distancia a que se encontraba el cometa.
La distancia de los objetos
que se encuentran en el cielo se puede calcular por el principio de que los
objetos cercanos parecen cambiar de posición respecto de un fondo lejano cuando
se les observa desde sitios distintos. Así, si ponemos un dedo ante la cara y
cerramos un ojo, vemos el dedo en determinada posición respecto de los objetos
situados al fondo. Si mantenemos el dedo inmóvil y cerramos el otro ojo (y no
nos olvidamos de abrir el anterior), nos dará la sensación de que el dedo se ha
desplazado respecto de los objetos del fondo.
Cuanto más alejemos el dedo
del ojo, menor será la distancia abarcada por este movimiento aparente. Por la
diferencia entre ambas posiciones relativas (que en astronomía se llama
«paralaje») podremos pues calcular la distancia.
Así, si observamos la Luna
desde sitios distintos (por ejemplo, Roma y Londres), parecerá que cambia de
posición respecto de las estrellas, que están mucho más lejos. Averiguando la
distancia entre los puntos de observación se podrá utilizar la paralaje de la
Luna para calcular la distancia a que se encuentra.
Esto es lo que Tycho (a
quien suele llamarse por su nombre de pila) quiso hacer con el cometa de 1577.
Anotó su posición respecto de las estrellas noche tras noche y comparó sus
datos con las posiciones registradas por astrónomos de otros lugares. Tycho no
vio ninguna paralaje apreciable. Ello significaba que el cometa tenía que estar
a una distancia equivalente, como mínimo, a cuatro veces la de la Luna. De
estar más cerca, habría habido una paralaje lo bastante apreciable para
consignarse.
Tras aquello no hubo ya duda
de que los cometas eran cuerpos astronómicos, igual que los planetas.
Mientras tanto, en 1543, un
astrónomo polaco, Nicolás Copérnico (1473-1543), había publicado un libro en
que decía que el Sol y los planetas no orbitaban alrededor de la Tierra como
Aristóteles y otros filósofos griegos habían creído. Por el contrario, según
Copérnico, era más fácil entender el movimiento de los planetas en el cielo si
se consideraba que orbitaban alrededor del Sol. La Tierra era un planeta más y
también ella, con su inseparable Luna, orbitaba alrededor del Sol. A partir de
entonces pudimos hablar de «sistema» solar.
En 1609, un astrónomo
alemán, Juan Kepler (1571-1630), que había sido ayudante de Tycho durante los
últimos años de la vida de éste, expuso que los planetas, incluida la Tierra,
daban vueltas alrededor del Sol según órbitas que dibujaban sendas elipses, uno
de cuyos focos era el Sol. (Una elipse es una especie de circunferencia
aplastada. y cuenta con dos focos, uno a cada lado del centro. Cuanto más
aplastada es la elipse, se dice que es más «excéntrica»; es decir, los focos
están más separados y por tanto más próximos a los extremos de la elipse más
distantes entre sí.).
El Gran Cometa de 1557. Su
observación permitió a Tycho Brahe determinar científicamente que los cometas
son cuerpos astronómicos y no presagios sobrenaturales.
Las órbitas planetarias no
son muy excéntricas, de modo que los focos no están muy alejados del centro, lo
que significa que el Sol no está muy lejos del centro de la órbita respectiva.
No tardó en plantearse el
problema de si los cometas se movían alrededor del Sol como los planetas y, si
era así, qué clase de órbita seguían. Aun basándose en observaciones
ocasionales, parecía estar claro que la órbita de un cometa no tenía mucho en
común con la órbita de un planeta.
Kepler había observado un
cometa en 1607 y se le antojó que se movía en línea recta. Sugirió que los
cometas venían de una distancia muy grande, recorrían el sistema solar y
volvían a irse por donde habían venido. Daba la sensación de que, una vez que
estaban lo bastante cerca para verse,aumentaban en brillo hasta que nos
alcanzaban, y que luego iban oscureciéndose, hasta que al final desaparecían,
cuando la distancia impedía seguir observándolos.
Trayectorias elíptica y
parabólica de los cometas cuando giran alrededor del Sol. Un cometa que tenga
trayectoria elíptica volverá periódicamente; el que tenga trayectoria
parabólica se internará en el espacio exterior y no volverá a verse. (En el
dibujo, la órbita de la Tierra aparece mucho más elíptica de lo que es en
realidad.)
No obstante, en 1609, el
mismo año en que Kepler elaboraba su esquema de órbitas elípticas, el
científico italiano Galileo Galilei (1564-1642), a quien también se le suele
llamar sólo por el nombre de pila, construyó un telescopio sencillo y lo
dirigió al cielo. Por fin los seres humanos podían ver cosas en el cielo con
mayor claridad, con mayor luz y con mayor detalle que a simple vista.
No tardaron todos los
astrónomos europeos en tener un telescopio para uso propio; el cometa que
apareció en 1618 fue el primero en ser visto por medio de un telescopio. El
observador, un astrónomo suizo llamado Johann Cysat (1586-1657), coincidió con
Kepler en que los cometas se movían en línea recta.
No todos estaban de acuerdo.
Un científico italiano, Giovanni Alfonso Borelli (1608-1679), estudió con
cuidado la cambiante posición de un cometa que apareció en el cielo en 1665. Le
pareció que la trayectoria que seguía era absurda si se partía de la base de
que el cometa viajaba en línea recta.
Borelli comprendió que un
cometa se podía acercar al sistema solar en un sentido que se parecía mucho a
la línea recta, pero que esta línea se curvaba a medida que el cometa se
aproximaba al Sol. La línea giraba alrededor del Sol y el cometa se marchaba
entonces en lo que se iba convirtiendo gradualmente en una línea recta. En
pocas palabras, el movimiento del cometa no era como el de una I, sino como el
de una U, con el Sol situado dentro y cerca del fondo de la U. A esta órbita en
forma de U se le denomina «parábola».
En todas las ocasiones,
fuese su itinerario una I o una U, el cometa recorría el sistema solar una sola
vez, procedente de una distancia infinita, tras lo que se alejaba a una
distancia infinita.
La idea de «distancia
infinita» era incómoda, sin embargo. Algunos científicos pensaron que a lo
mejor los cometas seguían órbitas que eran elipses muy planas y alargadas. En
tal caso, el otro extremo de la elipse estaría tan lejos que el cometa se mantendría
invisible en esta parte de la órbita durante muchos años. Y sólo sería visible
cuando se acercase al extremo de la elipse más cercano al Sol. Dicho extremo
cercano tendría forma de U, ya que el extremo de una elipse muy alargada se
parece mucho formalmente a una parábola.
Órbita del cometa Halley
entre 1948 y 2024, en que volverá a estar a 5.230 millones de km del Sol. Las
cámaras electrónicas acopladas al telescopio de 5 m de Monte Palomar,
California, fueron las primeras en localizarlo, el 20 de octubre de 1982,
mientras seguía normalmente su trayecto de vuelta. Tras girar alrededor del Sol
se acercará a 63 millones de kilómetros de la Tierra, camino de su afelio.
La diferencia entre una
verdadera parábola y una elipse muy alargada estriba en que un cometa que
siguiera una órbita parabólica no volvería nunca, mientras que aquel que
siguiera una órbita elíptica acabaría por reaparecer aunque tardase en hacerlo
los años que fueran. El primero en sugerir que los cometas podían volver
periódicamente porque se movían según órbitas elípticas muy alargadas fue el
científico alemán Otto von Guericke (1602-1686).
La sugerencia era
interesante, pero al principio pareció inútil. Según todos los indicios no
había forma de calcular la órbita de un cometa para predecir cuándo iba a
volver. Mientras los movimientos cometarios no fuesen tan predecibles como los
planetarios, no se aceptaría a los cometas como verdaderos miembros del sistema
solar.
En 1687, un año después de
morir Guericke, el científico inglés Isaac Newton (1642-1727) publicó un libro
en que fundó la ley de la gravitación universal. Por primera vez supieron los
astrónomos las leyes que definían con gran precisión el itinerario que los
cuerpos astronómicos debían seguir en las proximidades de otros cuerpos.
Según las leyes de Newton,
un cometa podía viajar alrededor del Sol con una órbita elíptica muy alargada o
con una órbita parabólica. Y se puede apreciar la diferencia entre una y otra
calculando la distancia a que está un cometa del Sol, y averiguando su
velocidad a dicha distancia. Si el movimiento es bastante lento, la órbita debe
ser una elipse y no una parábola, en cuyo caso el cometa debe volver algún día.
El astrónomo inglés Edmund
Halley (1656-1742) era buen amigo de Newton. En 1682 observó la presencia de un
cometa brillante en el cielo y se puso a calcular su órbita. No era empresa
fácil y de hecho Halley trabajó en ello durante muchos años.
Para que sus resultados
fuesen de lo más exacto recogió todos los datos cometarios que encontró y
estudió la cambiante posición estelar de dos docenas de cometas de que ya
habían dado cuenta anteriores astrónomos. Gracias a ello, no pudo por menos de
advertir que el cometa de 1607, que Kepler había observado escrupulosamente,
había recorrido el mismo segmento estelar que el cometa de 1682, estudiado por
Halley. En realidad, el cometa de 1531, que habían observado Fracastoro y
Apiano, había recorrido también aquella parte del cielo, al igual que el cometa
de 1456, estudiado por Regiomontano.
Halley advirtió con sorpresa
que entre 1456 y 1531 había un espacio de 75 años; que entre 1531 y 1607 había
otro de 76, y que entre 1607 y 1682 había un tercero, en fin, de 75. Y se le
ocurrió que los cuatro cometas, el de 1456, el de 1531, el de 1607 y el de 1682
eran en realidad el mismo: un cometa que seguía una órbita en forma de elipse
alargada, tan alargada que el cometa sólo se podía ver en el extremo próximo de
la elipse cada 75 o 76 años.
El hallazgo era una
auténtica osadía y Halley dudó mucho tiempo si hacerlo público. En 1705, sin
embargo, había hecho todos los aburridos cálculos necesarios y había acabado
por convencerse de que era así. Publicó una carta de órbitas cometarias
distintas y afirmó su convicción de que el cometa de 1682 volvería en 1758.
El cometa Halley pasó por
debajo de la Osa Mayor en 1531.
En cierto modo fue una
afirmación que tenía su pequeño truco, ya que habría tenido que vivir 102 años
para comprobar personalmente si su predicción era verdadera o no. Como es
lógico, murió antes, en 1742, dos meses después de su octogésimo quinto cumpleaños.
Pasaje de la primera
predicción publicada por Halley, en la que afirmaba que los cometas de 1531,
1607 y 1682 eran el mismo. El texto dice:«... su regreso. Y, a decir verdad,
hay muchas cosas que me inclinan a pensar que el cometa que Apiano observó en 1531
era el mismo que Kepler y Longomontano describieron con mayor precisión en
1607; y que yo mismo he visto regresar y he observado en 1682. Todos los datos
coinciden y nada parece oponerse a esta opinión, al margen de la desigualdad de
las revoluciones periódicas. Desigualdad que no es tan grande que no pueda
deberse a causas físicas. Pues el movimiento de Saturno sufre tal alteración a
causa de los demás planetas...»
Retrato de Edmund Halley
(1657-1742) hacia 1720, cuando fue nombrado astrónomo real de Gran Bretaña.
En 1456, el cometa Halley
tenía la cabeza en la constelación de Géminis y la cola se extendía por sobre
las constelaciones de Cáncer y el León. Esta cola era tan larga que abarcaba la
tercera parte del cielo.
3. LA VUELTA DEL COMETA HALLEY
La predicción de Halley
causó sensación, pero estas cosas no duran eternamente. Al fin y al cabo, lo
único que cabía hacer era esperar más de medio siglo para comprobar si, en
efecto, el cometa volvía. Muy pocos de los astrónomos del momento podían esperar
vivir tanto, por lo que eran conscientes de que nunca sabrían si la predicción
era verdadera o falsa. Y, como es lógico, se pusieron a hacer otras cosas.
Pero al fin llegó 1758, y
pasaron los meses, uno tras otro, sin que ningún cometa apareciese en el cielo.
Tampoco es que se esperase
que el cometa volviera necesariamente en el momento predicho. A fin de cuentas,
entre la respectiva circunvalación del Sol de los cometas de 1531 y 1607 habían
transcurrido 76 años y un mes, mientras que entre la de los cometas de 1607 y
1682 el intervalo había sido de 74 años y 11 meses. Es decir, una diferencia de
un año y dos meses. La cita no tenía por qué ser inexorablemente en 1758. Podía
ser en 1759 e incluso en 1760.
Pero ¿por qué tenía que
haber tal irregularidad?
Si el cometa y el Sol eran
los únicos cuerpos involucrados, el cometa tenía que volver con la puntualidad
de un reloj. Pero lo que ocurría era que el cometa y el Sol no eran los únicos
cuerpos involucrados. Mientras el cometa se desplazaba a lo largo de su órbita,
podía pasar muy cerca de los dos planetas gigantes, Júpiter y Saturno, que
podían exigir a su vez su derecho de peaje gravitacional al cometa,
acelerándolo o retardándolo.
Halley había calculado una
órbita para el cometa, pero había espacio para mejorar tales cálculos. Mientras
se acercaba la fecha prevista para el regreso, dos astrónomos franceses, Alexis
Claude Clairault (1713-1765) y Joseph Jeróme Lalande (1732-1807), revisaron las
cifras de Halley y trazaron la órbita cometaria con mayor exactitud. Tuvieron
en cuenta la fuerza de gravedad de Júpiter y Saturno en el momento en que el
cometa tenía que rebasarlos. Así averiguaron que el cometa tenía que retrasarse
un poco y que no alcanzaría su punto más próximo al Sol «‹perihelio», palabra
de origen griego que significa «alrededor del Sol») hasta el 13 de abril de
1759. Como es lógico podría detectarse, mientras se acercaba, meses antes del
perihelio.
Pese a todo, los astrónomos
profesionales no contaban con un estímulo suficiente para organizar una
investigación en toda regla en lo que afectaba a aquel cometa que volvía.
La astronomía es una ciencia
que, incluso hoy, cuenta con devotos aficionados capaces de llevar a cabo
trabajos importantes y útiles. Uno de éstos, y en activo en 1758, era un
acomodado terrateniente alemán llamado Johann Georg Palitzsch (1723-1788). Conocía
la obra de Halley y estaba convencido de que el cometa volvería.
En noviembre de 1758 preparó
el telescopio y se puso a observar la zona celeste en que el cometa, en caso de
que volviese, tenía que aparecer. Esperó con paciencia y el 25 de diciembre de
1758 tuvo lo que sin duda fue la mejor Navidad de su vida, ya que fue aquel día
cuando se convirtió en la primera persona que detectó al cometa que regresaba.
El informe de Palitzsch
reanimó a los profesionales. El primer avistamiento profesional lo hizo el 21
de enero de 1759 un astrónomo francés, Charles Messier (1730-1817), que durante
semanas sufrió sin embargo los inconvenientes de una racha de tormentas que
dificultó la buena visión.
A partir de entonces el
resplandor del cometa fue aumentando gradualmente, cruzó el cielo según la
órbita que le correspondía y fue visible (salvo cuando estuvo muy cerca del
Sol) hasta fines de mayo. Llegó a su perihelio el 13 de marzo, un mes antes de lo
predicho por Clairault y Lalande.
¿Por qué esta diferencia?
Bueno, en primer lugar Clairault y Lalande ignoraban la existencia de los
planetas lejanos, Urano y Neptuno, y por lo tanto no habían podido tener en
cuenta su fuerza de gravedad. Tampoco eran muy exactas las cifras que tenían respecto
de la masa de Júpiter y Saturno. Pero si consideramos la enorme información que
les faltaba hay que convenir en que trabajaron de manera irreprochable.
En la actualidad, claro,
conocemos todos los planetas con cuya órbita se cruza la del cometa, y
disponemos de cifras inmejorables en lo que afecta a su masa respectiva.
Además, nuestro conocimiento de la órbita cometaria es exacto. Sabemos que
cuando se encuentra en el punto más cercano al Sol, el cometa está solamente a
88,5 millones de kilómetros de él; es decir, que se aproxima al Sol más que
Venus. Treinta y siete años después de haber alcanzado su perihelio, el cometa
alcanza su «afelio», punto que señala su distancia, máxima del Sol. Entonces
está a 5.230 millones de kilómetros del astro rey, más de tres veces y media la
distancia de Saturno, el planeta más lejano que se conocía en la época de
Halley. El afelio cometario se encuentra pues a más de 800 millones de
kilómetros de la órbita de Neptuno, el más lejano de los planetas grandes que
hoy conocemos.
Desde que reapareció en 1758
se le conoce por «cometa de Halley», aunque se ha vuelto una costumbre llamarle
«cometa Halley» a secas, sin la preposición.
Una vez que se admitió al
cometa Halley en calidad de respetable miembro del sistema solar, capaz de
reaparecer de manera periódica y predecible, los astrónomos se pusieron a
repasar datos para ver cuáles de los muchos cometas vistos en el pasado eran en
realidad visitas anteriores del que de pronto se había convertido en el más
célebre de los cometas.
Partiendo del perihelio de
13 de marzo de 1759, y contando hacia atrás, estamos en situación de determinar
los siguientes perihelios anteriores del cometa Halley:
1682, 15 de septiembre. El
cometa observado por Halley.
1607, 27 de octubre. El
cometa estudiado por Kepler, que a modo de conclusión sugirió que los cometas
se desplazaban en línea recta.
1531, 25 de agosto. El
cometa observado por Fracastoro y Apiano, que consignaron que la cola siempre
apuntaba en dirección contraria al Sol.
1456, 9 de junio. Este fue
el cometa que observó Regiomontano. Fue una época de grandes terrores
cometarios, ya que el cometa Halley apareció tres años después de la caída de
Constantinopla y se creyó que anunciaba nuevas victorias de los turcos. El papa
Calixto III ordenó oraciones especiales para aplacar la ira de Dios y evitar
que los turcos dominaran Europa.
1378, 9 de noviembre. En
esta ocasión, el cometa Halley no brilló mucho. Este fenómeno puede darse si la
Tierra está en la otra parte del Sol en el momento de mayor proximidad del
cometa. Entonces, cometa y Tierra están separados por una distancia inusualmente
grande y, además, el primero está demasiado cerca del Sol para poderse
distinguir con claridad. En otras ocasiones cabe la posibilidad de que el
cometa esté situado de tal modo que no sea bien visible en el hemisferio norte,
que es donde más proliferan los astrónomos y observadores. Y otras veces,
además, la posición de la Tierra respecto del cometa es tal que la cola no se
ve longitudinalmente; y cuando la cola no se ve bien, el cometa pierde casi
toda su espectacularidad.
1301, 23 de octubre. Esta
vez tenía un aspecto muy brillante y se cree que lo vio el pintor y arquitecto
italiano Giotto de Bondone (1267-1337), otro de esos personajes de la historia
a quienes se conoce más por el nombre de pila. En 1304 terminaba Giotto un gran
fresco, La adoración de los Reyes Magos, en que aparecen los tres Reyes de
Oriente adorando al recién nacido Jesús. La estrella de Belén suele
representarse encima del pesebre en esta clase de pinturas y Giotto, basándose
probablemente en la reciente aparición del cometa Halley, pintó una imagen muy
viva del mismo. En aquellos tiempos había una minoría que pensaba que la
estrella de Belén, había sido un cometa.
Giotto pintó la estrella de
Belén en forma de cometa en su célebre fresco titulado La adoración de los
Reyes Magos, que terminó en Florencia tres años después de la aparición del
cometa Halley en 1301.
1222, 1 de octubre.
Adviértase que este perihelio se da 79 años antes que el que acabamos de
consignar. Las investigaciones han puesto de manifiesto que la revolución
completa del cometa Halley discurre en un período inferior a los 77 años por
término medio, sólo que en virtud de la fuerza de gravedad de los planetas hay
un margen de variación que oscila entre los 2,5 años por encima y los 2,5 años
por debajo de la cifra apuntada; es decir que la revolución completa puede
durar entre 74 años y medio y 79 y medio.
1145, 22 de abril. No hay
gran cosa que decir de esta aparición.
1066, 23 de marzo. La más
célebre de las apariciones antes de la época de Halley. Se presentó en el cielo
mientras Guillermo el Conquistador planeaba la invasión de Inglaterra. El
astuto Guillermo proclamó inmediatamente que el cometa profetizaba la derrota
de los ingleses, cosa que levantó el ánimo de sus chicos normandos. En efecto,
Harold II de Inglaterra había obtenido una gran victoria sobre los invasores
noruegos en septiembre de aquel año, pero tuvo que dirigirse precipitadamente
al sur para enfrentarse con los normandos y sufrió una tremenda derrota en
octubre, en que resultó muerto.
El cometa Halley era muy
brillante y se desplazaba con gran rapidez por el cielo (Grabado del siglo
XVII).
A consecuencia de la
victoria de Guillermo se bordaron 70 escenas relativas a la victoriosa invasión
en un gran pedazo de tela que hoy se conoce por Tapiz de Bayeux. En una de las
escenas aparece claramente representado el cometa Halley como una estrella con
cola sobre un grupo de.hombres que lo señalan con el dedo. Una inscripción
latina dice: «Estos hombres contemplan pasmados la estrella».
Antes de 1066, las menciones
europeas del cometa son escasas e inseguras. En aquella época, sin embargo, la
observación astronómica estaba en China mucho más avanzada que en Europa. A
comienzos del siglo XVIII los resultados de las experiencias chinas llegaron a
Europa gracias a los misioneros jesuítas que volvían, y se tradujeron por vez
primera a los idiomas europeos en 1846. Dichos resultados vienen a aumentar
nuestros conocimientos sobre anteriores apariciones del cometa Halley.
989, 9 de septiembre.
Aparición registrada en testimonios tanto europeos como chinos.
912, 9 de julio. Aparición
registrada en testimonios tanto europeos como chinos.
837, 27 de febrero.
Aparición registrada solamente en testimonios chinos. Era una mala época para
Europa, había guerras civiles y piratería vikinga, y el nivel de vida estaba
por los suelos. Los chinos, sin embargo, consignaron aquel año la aparición de no
menos de cuatro cometas y, a juzgar por las posiciones señaladas, el primero
fue el Halley.
760, 22 de mayo. Aparición
registrada en testimonios tanto europeos como chinos.
684, 28 de septiembre; De
esta aparición no sólo tenemos una descripción en las crónicas de la ciudad
alemana de Nuremberg, sino también un llamativo dibujo del cometa y su cola.
Que se sepa, es la más antigua representación gráfica de un cometa.
El cometa Halley en 684
según se ve en un grabado de la Crónica de la ciudad de Nuremberg; se creyó que
había presagiado terribles tormentas, malas cosechas y la peste. Es la
representación gráfica más antigua que se conoce del Halley
607, 13 de marzo. Mención
dudosa en testimonios chinos.
530, 25 de septiembre.
Mención dudosa, en testimonios europeos.
451, 24 de junio. Los
europeos advirtieron, esta vez el cometa y por poderosos motivos. Fue el año en
que la invasión de las provincias occidentales del Imperio Romano por Atila,
rey de los hunos, llegó a su punto culminante, y toda Europa temblaba. Sin embargo,
este mismo año, en la batalla de Chalons, Atila sufrió la única derrota de su
reinado. Dos años después moría y el imperio huno se dividió. Es posible que
esta aparición significara una catástrofe para Atila, pero para Europa fue una
buena noticia.
374, 16 de febrero. Mención
en testimonios chinos.
295, 20 de abril. Mención en
testimonios chinos.
218, 17 de mayo. Mención en
testimonios chinos.
141, 20 de marzo. Mención en
testimonios chinos. Durante tres siglos, el cometa Halley brilla por su
ausencia en los testimonios astronómicos europeos que han sobrevivido. Era la
época del Imperio Romano. A los romanos no les interesaba la ciencia y en aquellos
siglos los inteligentes griegos habían acabado por ocuparse sólo de filosofía y
teología.
66, 26 de enero. Mencionado
sólo en testimonios chinos. En los escritos de Flavio Josefo, el historiador
judío, hay un pasaje que tal vez se refiera a él bajo la forma de profecía de
la caída de Jerusalén ante los romanos, hecho que tuvo lugar cuatro años
después.
11 a. de C., 5 de octubre.
Mención en testimonios chinos. Lo menciona también un autor griego que lo
vincula con la muerte de Agripa. No obstante, Jesús nació en alguna parte más o
menos en este momento (la fecha que suele citarse es el año 4 a. de C., aunque
es posible que fuera un poco antes: los Evangelios no traen ninguna fecha
concreta).
Es posible que fuera esta
aparición del cometa lo que inspirase al autor del Evangelio según Mateo la
historia de la estrella de Belén. Ciertos astrónomos que han calculado el
aspecto del cielo en el momento del nacimiento creen que la historia, de la estrella
de Belén pudo haberla inspirado una conjunción (aproximación en el plano
estelar) de los planetas Júpiter y Saturno y que por tanto no tenga nada que
ver con ningún cometa.
86 a. de C., 2 de agosto.
Ningún testimonio.
163 a. de C., 5 de octubre.
Ningún testimonio.
239 a. de C., 30 de marzo.
Mención en testimonios chinos.
316 a. de C. Ningún
testimonio.
392 a: de C. Ningún
testimonio.
467 a. de C. Posible mención
en testimonios europeos. Antes de esto, nada.
Moneda holandesa que celebra
la vuelta del cometa Halley en 1577.
Moneda conmemorativa alemana
de 1910 en que aparecen representados Halley y el cometa de su nombre, que
reapareció aquel año.
En realidad, no todos los
cometas célebres que ha registrado la historia constituyen reapariciones del
cometa Halley. Por citar sólo dos ejemplos: ni el cometa de 44 a. de C. que se
creyó anunciaba la muerte de César ni el de 1577, cuya distancia se esforzó
Tycho Brahe por determinar, fueron el Halley.
Pintura inglesa del siglo
XIX en que Julio Cesar y Calpurnia, su cuarta mujer, comentan la aparición de
un vistoso cometa cuya luz se ve en el fondo. La expresión alarmada de
Calpurnia sugiere que el cometa es presagio de desgracias, concretamente del asesinato
de César el 15 de marzo de 44 a. de C. (Hay constancias de que apareció un
cometa en junio de aquel año, tres meses después de la muerte del dictador, que
se consideró un indicio de su ascensión a los cielos.)
Para los observadores
situados entre los 30° y 40° de latitud N, el cometa Halley será visible con
prismáticos entre el 5 y el 20 de enero de 1986 entre los 250° y 260° O entre
30° y 10° sobre el horizonte durante el anochecer, y en la segunda quincena de
abril entre los 140° y 170° O a la misma altura. Durante el alba estará mucho
más bajo: hasta 15° sobre el horizonte, entre primeros de marzo y de abril,
entre los 110° y 200° O. Para los observadores situados a 30° de latitud S, el
cometa Halley será visible al anochecer, en la segunda quincena de abril de
1986 entre los 70° y 140° O de 70° a 10° sobre el horizonte. Al alba, será
visible desde finales de febrero a fines de marzo, entre los 100° y 235° O,
entre 10° y 80° sobre el horizonte. Para los observadores situados más al N o
al S de los puntos señalados, el cometa Halley apenas rebasará el horizonte.
4.COMETAS OSCUROS
La conmoción suscitada por
la vuelta del cometa Halley en 1759 y la asunción de que los cometas tenían que
ser miembros normales del sistema solar no redujeron el terror cometario.
Millones de ignorantes y supersticiosos siguieron creyendo que los cometas
predecían desastres (del mismo modo que creían mil otras tonterías) y siguen
creyéndolo en la actualidad.
Además, al ya existente vino
a añadirse otro motivo de pánico. Mientras que los planetas se movían según
órbitas ligeramente elípticas, pero prácticamente inalterables y por completo
separadas entre sí, no podía decirse lo mismo de los cometas.
Aunque los cometas sean
miembros del sistema solar con órbita propia, acusadamente elíptica, dicha
órbita se cruza con la de todos los planetas, incluida la Tierra. En realidad,
se cruzaban en términos generales con la órbita de los planetas a mucha distancia
de ellos, pero la atracción gravitacional de estos alteraba siempre un poco su
ruta. ¿Y si una de estas alteraciones originaba una colisión entre un cometa y
la Tierra?
En 1711, por ejemplo, un
matemático inglés, William Whiston (1667-1752), publicó un libro en que quería
demostrar que el cometa Halley tenía una órbita mayor de lo que Halley había
supuesto, y que volvía a las proximidades de la Tierra no cada 75 años, sino
cada 575 años. Siete regresos antes, en 2345 a. de C., se había acercado mucho
a la Tierra (según él) y durante esta proximidad la fuerza de gravedad del
cometa había originado grandes mareas, al tiempo que la cola, al entrar en la
atmósfera terrestre, había originado lluvias prolongadas. Consecuencia directa
de tal acontecimiento había sido el diluvio universal. Whiston auguraba que en
el curso de un retorno futuro el cometa haría que la Tierra se acercase al Sol
y pereciese abrasada.
En 1745 el naturalista
francés Jorge L. L. de Buffon (1707-1788) formuló otra hipótesis, aunque menos
apocalíptica, sobre las colisiones. Sugirió que hace unos 75.000 años un cometa
habría chocado con el Sol. La materia que había rebotado en el astro rey se
había hecho sólida y se había convertido en lo que hoy son los planetas,
incluida la Tierra.
A consecuencia de
especulaciones como estas, los que nunca se habían preocupado ni por asomo por
las profecías tocantes a desgracias astrológicas comenzaron a preocuparse por
las catástrofes físicas y la posibilidad de una colisión cometaria.
Las especulaciones de
Whiston y Buffon son insostenibles por razones que se dirán más adelante. Pero,
como explicaré en el último capítulo, cabe la posibilidad de que los cometas
originen catástrofes en la Tierra y de que incluso lo hayan hecho ya en el pasado.
Tras la vuelta del cometa
Halley, sin embargo, la mayor parte de los astrónomos no tuvo tiempo para
preocuparse por las catástrofes posibles, pasadas o futuras. Lejos de ello,
comenzaron a interesarse febrilmente en los cometas, ya que, de repente, se habían
convertido en el tema astronómico de mayor actualidad.
Todos querían descubrir un
cometa y, a ser posible, calcular su órbita y predecir su vuelta. Al fin y al
cabo ya había buenos telescopios y se podía distinguir cometas demasiado
apagados para ser observados a simple vista. Con ayuda de un telescopio se puede
tener la absoluta seguridad de descubrir nuevos cometas con cierta frecuencia.
En realidad casi todos son oscuros e inapreciables: pero un cometa es siempre
un cometa.
Messier, el primer astrónomo
profesional que vio la vuelta del Halley, se enfrascó totalmente en la búsqueda
de un nuevo cometa. Era lo único que le interesaba en esta vida. Tras medio
siglo de búsqueda descubrió 21 nuevos cometas y sufría unas rabietas de cuidado
cada vez que otro astrónomo descubría uno antes que él. Cuando murió su mujer
lamentó hondamente la pérdida, pero se guardó mucho de hablar de las angustias
que le habían corroído en el velatorio por estar consumiendo allí un tiempo que
habría podido dedicar a la búsqueda de más cometas.
Un grabador francés dotó
debrazos al cometa para que destruyera al mundo en esta pesadilla de 1857 que
representa el choque de un cometa con la Tierra.
En realidad, ninguno de los
cometas de Messier resultó tener importancia por sí mismo, aunque entre todos
contribuyeron a aclarar algunas cosas. Se hizo evidente, por ejemplo, que los
cometas eran innumerables; lo que constituyó otro motivo para pensar que era
ridículo considerarlos anuncios de hechos desgraciados o de cualquier otra
especie. Con la cantidad de cometas que hay, el mundo ya estaría hecho cisco.
El asunto de calcular
órbitas y predecir retornos resultó no ser tan fácil como se esperaba. Calcular
la órbita de un cometa basándose en un solo paso por el cielo era muy difícil.
Halley había tenido la suerte de trabajar con un cometa brillante, de manera
que pudo rastrear sus anteriores apariciones, que estaban bien documentadas, y
esto le aportó una cantidad extra de datos que le ayudaron mucho a la hora de
calcular la órbita.
Los infinitos cometas
oscuros con que trabajaron los astrónomos posteriores, sin embargo, no se
habían observado anteriormente, que se supiera por lo menos, y las intentonas
de descubrir órbitas basándose en un solo paso fracasaban.
El autor del grabado, para
burlarse de la moda de buscar cometas que proliferó en el siglo XIX y comienzos
del XX, simula aquí el «descubrimiento» de un cometa en 1906 desde el
Observatorio de Greenwich. En primer plano varios rabinos consultan las profecías
de la Biblia alusivas al tema.
Había transcurrido medio
siglo desde el triunfal retorno del cometa Halley en 1759 y aún no se había
podido determinar la órbita de ningún otro cometa. Desesperados, algunos
astrónomos dijeron que el cometa Halley tenía que ser una excepción: que los
demás cometas no tenían órbita elíptica y que por tanto visitaban el sistema
solar una vez solamente.
En esta foto telescópica de
1908 vemos al cometa Morehouse como un cuerpo oscuro de cola larga e
inconsistente.
Hubo una victoria parcial en
1770, sin embargo, cuando un astrónomo sueco, Anders Johan Lexell (1740-1784),
observó un cometa oscuro. Se las apañó para averiguar su órbita y descubrir que
era tan pequeña que el cometa volvía cada 5 o 6 años. Por desgracia, al cometa
Lexell, como al final se le llamó, no se le volvió a ver tras aquel viaje
alrededor del Sol.
En los años siguientes se
fueron rastreando sus idas y venidas, antes y después de 1770, y se acabó
descubriendo lo que había ocurrido. Al principio, la órbita del cometa Lexell
había sido larga, pero en 1767 había pasado cerca de Júpiter y la fuerza de gravedad
del planeta la había acortado a una duración de 5 o 6 años. Rodeó el Sol y
volvió en 1776, pero era tan oscuro que al parecer nadie lo advirtió. Luego, en
1779, mientras se alejaba, volvió a pasar cerca de Júpiter y el planeta le
cambió la órbita en una elipse tan chata y alargada que, de reaparecer, no era
probable que pasase cerca de la Tierra. Incluso si volvía a vérsele,
seguramente se le tomaría por otro cometa, ya que no habría manera de
identificarlo con el Lexell.
Pero en 1802 cambiaron las
cosas. El matemático alemán Carlos Federico Gauss (1777-1855) ideó un método
matemático para deducir una órbita de tres observaciones lo bastante
distanciadas entre sí. Con lo que el trabajo se facilitaba considerablemente.
Cuando en 1818, un astrónomo
francés, Jean Louis Pons (1761-1831), descubrió otro cometa, el astrónomo
alemán Johann Franz Encke (1791-1865), que había sido alumno de Gauss, se puso
a calcular su órbita. Lo consiguió en 1819 y desde entonces se conoce al cometa
con el nombre de cometa Encke. Descubrió que dicha órbita era pequeña y que
daba una vuelta completa alrededor del Sol en sólo 3 años y un tercio. Es
decir, que se trata de la órbita cometaria más pequeña que se conoce hasta hoy,
y en los casi 40 retornos que ha efectuado desde 1819 se le ha podido observar
en todas las ocasiones.
En 1910, un grupo de
aldeanos chinos trata de asustar al cometa Halley con fuegos artificiales.
El cometa Encke no fue más
que el segundo cometa cuya órbita se calculó y cuya vuelta pudo constatarse, ya
que el cometa Halley fue el primero. Desde que se calculase la primera órbita
cometaria pasaron 114 años sin que pudiera establecerse otra, pero a partir de
entonces ya no hubo problemas. Ya se había determinado la órbita de muchos
cometas; el mismo Encke averiguó no menos de 56 órbitas.
Los astrónomos creían por
fin que todos los cometas formaban parte del sistema solar y que viajan en
sendas órbitas que rodean el Sol en un tiempo más o menos largo.
Los cometas se pueden
dividir en cometas «de periodo corto» y cometas «de periodo largo». Los de
periodo corto ejecutan una revolución completa en menos de 200 años; el cometa
Halley es de periodo corto.
Fotografía telescópica del
cometa Halley en 1910, camino de su perihelio.
Los de periodo largo se
desplazan en una órbita tan alargada que es extremadamente difícil calcularla
basándose en el breve momento en que están cerca del Sol y durante el que
pueden verse. Pueden tardar miles, cientos de miles y hasta millones de años en
ejecutar una vuelta completa a lo largo de su órbita.
Es muy posible que a estos
cometas, aun cuando por lo general sean muy brillantes y espectaculares, no
lleguen a verlos dos veces los astrónomos. A fin de cuentas, la última vez que
pasaron cerca de la Tierra no había aquí nadie para observarlos científicamente,
ya que, en el mejor de los casos, nuestro planeta estaría poblado entonces por
los primitivos antepasados de los actuales seres humanos. La próxima vez que
aparezcan, ¿quién sabe el destino que habrá caído sobre la Humanidad y si
quedará alguien sobre la superficie del planeta para observarlos?
5. LA MUERTE DE LOS COMETAS
El astrónomo alemán
Friedrich Wilhelm Bessel (1784-1846) descubrió un cometa en 1806. Consultó la
documentación disponible, indagó las veces que había recorrido nuestro cielo y
pensó que podía tratarse del retorno de un cometa que había descubierto Messier
en 1772. Más tarde, Bessel consideró que estaba equivocado a consecuencia de un
error de cálculo, aunque otros dijeron que no había habido ningún error y que
estaba en lo cierto. La polémica hizo que la atención astronómica se centrara
en el cometa.
Un militar austríaco,
Wilhelm von Biela (1782-1856), que era además astrónomo aficionado, quiso
sorprender la reaparición del cometa, que, según las hipótesis de Bessel, tenía
que volver en 1826. El 27 de febrero localizó un cometa y lo siguió con el telescopio
durante doce semanas. Calculó su órbita —cosa que ya era fácil gracias a Gauss—
y descubrió que su revolución duraba 6 años y 9 meses.
Dibujos de un astrónomo en
los que se ve el núcleo del cometa Halley y el crecimiento de su cola en
diversas etapas de su aproximación al perihelio en 1835-36. Los rasgos de los
cometas suelen aparecer de manera más detallada cuando los dibuja un observador
que utiliza un telescopio que cuando se fotografían telescópicamente.
Al hacer cálculos en sentido
retroactivo, demostró que Bessel había estado en lo cierto desde el principio.
El cometa, que había de llamarse cometa Biela, había aparecido en 1772, había
ejecutado cuatro revoluciones sin que nadie lo advirtiera, puesto que era un
cometa oscuro, y Bessel lo había localizado en 1807. Dio otras dos revoluciones
de incógnito hasta que por fin volvió a verlo Biela, que calculó su órbita.
A causa de la polémica, el
cometa Biela se hizo muy célebre y hubo un buen puñado de astrónomos que se
puso a calcular su órbita con gran escrúpulo, tomando en consideración la
atracción gravitacional de varios planetas para que la fecha de su posible regreso
pudiera determinarse con exactitud. Los astrónomos no querían perder el tiempo
en el caso de que corriera la misma suerte que el cometa Lexell y, merced a las
influencias planetarias, se alterase su órbita o fuese expulsado incluso del
sistema solar.
Un astrónomo alemán,
Heinrich Wilhelm Olbers (1758-1840), calculó que, cuando volviese en 1832, el
cometa Biela pasaría muy cerca de la Tierra el 29 de octubre, rumbo a su
perihelio. En realidad, la Tierra no estaría en aquella parte de su órbita,
sino a ochenta millones de kilómetros; pero el caso es que al principio nadie
prestó atención a aquello.
Escrupuloso dibujo de la
cabeza del Gran Cometa de 1861 hecho por un astrónomo inglés luego de observar
el núcleo y la coma que lo envolvía en julio de aquel año.
Comenzó a extenderse la
creencia de que habría una colisión el 29 de octubre de 1832 y se desató el
terror cometario. Los astrónomos se apresuraron a explicar que no había ninguna
colisión y, sorprendentemente, el terror se desvaneció. El cometa Biela pasó
muy cerca de la órbita terrestre en el momento previsto por Olbers, pero, como
es lógico, nada le ocurrió a la distante Tierra.
El cometa Halley volvió a
reaparecer y alcanzó su perihelio el 16 de noviembre de 1835, pero como hacía
poco que se había desatado el pánico de modo infundado, la gente se tomó
aquella reaparición con calma, sobre todo porque se trataba de una de las ocasiones
en que el cometa no tenía un aspecto muy llamativo.
El 10 de noviembre, cuando
el cometa Halley estaba cerca de su perihelio, nació un niño en un pueblo de
Missouri llamado Florida. Era Samuel Langhome Clemens y había de convertirse en
el (a mi juicio) más grande escritor estadounidense con el seudónimo de Mark
Twain.
Cuando el cometa Halley
desapareció durante otros tres cuartos de siglo, el cometa Biela volvió a
llamar la atención de los astrónomos. Reapareció en julio de 1839 y luego en
febrero de 1846. El primero en verlo esta última vez fue un oceanógrafo y astrónomo
estadounidense Matthew Fontaine Maury (1806-1873). Este hombre informó que
había dos cometas que avanzaban uno al lado del otro, cada uno con su
respectiva cola. No había duda: el cometa Biela se había partido en dos.
En 1852, cuando volvió a
reaparecer, el primero en verlo fue el astrónomo italiano Pietro Angelo Secchi
(1818-1878). Las dos mitades del cometa Biela se habían separado ya bastante y
una iba por delante de la otra. No se pudo observar en 1859 porque estuvo en el
cielo durante las horas del crepúsculo y era demasiado oscuro para ser visto
cuando no era totalmente de noche.
En 1866 habría tenido que
reaparecer en circunstancias que lo habrían hecho claramente visible, pero no
fue así. No volvió a verse el cometa Biela, aunque no se acercó a ningún
planeta lo bastante para que su órbita sufriese una alteración. Se había limitado
a deshacerse y, por así decir, había muerto (desde entonces ha habido otros
cometas que también se han fragmentado y muerto).
El destino del cometa Biela
desató la suposición de que los cometas podían ser objetos ligeros y hasta
inmateriales, de ningún modo semejantes a los planetas. Esto contribuyó a
mitigar el miedo respecto de la posibilidad de colisiones que provocasen inundaciones
y otras catástrofes. En particular, la idea de Buffon de los efectos de un
choque cometario con el Sol es errónea. Los cometas chocan ciertamente de vez
en cuando con el Sol. El cometa queda destruido, pero la inmensa masa solar no
sufre ningún efecto apreciable.
Para dar cuenta del aspecto
y fragilidad de su estructura se han sugerido algunas explicaciones. La que hoy
aceptan casi todos es la que expuso en 1950 el astrónomo estadounidense Fred
Lawrence Whipple (n. 1906). Se alude a ella informalmente como teoría «de la
bola de nieve sucia» y recuerdo que, al poco de exponerla públicamente, Whippie
me explicó algunos detalles en el curso de una cena.
Whipple sugirió que un
cometa es, básicamente, una esfera de materias congeladas (una «bola de nieve»)
que, sometidas a una temperatura mayor, pueden transformarse en gases. Entre
las posibles sustancias congeladas que lo componen están el agua, como es lógico,
el amoníaco, el metano, anhídrido carbónico, ácido cianhídrico, etc.
Incrustados en las sustancias heladas puede haber partículas de polvo y
pequeños fragmentos de materias sólidas y rocosas (estos harían «sucia» a la
bola de nieve). El centro tal vez sea un pedazo sólido de roca, aunque también
cabe la posibilidad de que todo el cometa sea polvo y fragmentos rocosos
incrustados en el hielo. La bola congelada puede tener varios kilómetros de
diámetro, con lo que sería un objeto pequeño y apenas apreciable mientras se
mantiene en estado de congelación.
Cuando el cometa está en el
punto más alejado de su órbita es hielo sólido, y, en cualquier caso, está
demasiado lejos de la Tierra para que podamos vedo. Sin embargo, al acercarse
al Sol, aumenta su temperatura. Parte del hielo se evapora y el polvo que
contiene éste se libera. El centro del cometa, sea roca sólida o hielo puro,
puede brillar como un punto, igual que una estrella, y recibe el nombre de
«núcleo»; a su alrededor hay una capa neblinosa de polvo que se llama, «coma»
(esta palabra significa «cabellera» en latín y en castellano antiguo). La coma
se va haciendo más grande a medida que el cometa se acerca al Sol, y ello hasta
el extremo de que un cometa particularmente grande puede desarrollar una coma
del tamaño de uno de los planetas mayores. Esta coma, sin embargo, está
integrada por un polvillo insignificante. La coma se puede extender hasta
formar una cola de cientos de millones de kilómetros, aunque toda la materia
que contiene, si pudiera concentrarse, cabría en una habitación de tamaño normal
e incluso en una maleta.
El cometa Halley
desplazándose por el cielo con la cola menguada, mientras se aleja de su
perihelio, el 6 de junio de 1910.
Una vez que el cometa rebasa
su perihelio e inicia el camino de regreso, empieza a enfriarse. La cola se
encoge, la coma se reduce y al final el cometa vuelve a ser nada más que una
bola de hielo dura.
Cada vez que el cometa da
una vuelta alrededor del Sol, sin embargo, parte de su materia se pierde para
siempre. La materia de la cola se disemina en el espacio sin reintegrarse al
cometa. Esto es igualmente válido para buena parte de la materia de la coma.
Cada vez que vuelve el cometa es por tanto más pequeño y pierde gradualmente su
espectacularidad.
Primer plano de la cabeza
del cometa Halley el 9 de mayo de 1910.
Por este motivo son oscuros
los cometas de período corto. Han ejecutado muchas revoluciones y han ido
reduciéndose. Unas veces se reducen prácticamente a la nada, como le ocurrió al
cometa Biela. Otras queda un núcleo rocoso, como parece que le ocurrió al de
Encke, que todavía desarrolla una ligera envoltura neblinosa cada vez que se
acerca al Sol, si bien no parece cambiar mucho de una revolución a otra.
Como el cometa Halley se
acerca al Sol una vez cada 77 años, sólo ha dado 32 revoluciones desde la edad
de oro de la antigua Grecia, hace 2500 años. En este mismo lapso el cometa
Encke ha ejecutado 750 revoluciones. Además, el perihelio del cometa Encke está
más cerca del Sol que el del Halley, por lo que el primero sufre un mayor
aumento de temperatura y por tanto se evapora más.
El primero de los varios
cometas espectaculares que se vieron el el siglo XIX fue este gigantesco dedo
de luz, el Gran Cometa de 1811.
Por esto el cometa Encke
está prácticamente muerto, mientras que al Halley le queda aún mucha vida. Pese
a ello, el cometa Halley no puede ser ya el objeto espectacular que fuera
antaño. Y llegará el día, dentro de varios miles de años, en que probablemente,
se reducirá a cuerpo oscuro sólo visible con telescopio, si es que no se
fragmenta y muere.
6. COMETAS DEL SIGLO XIX
Naturalmente, los cometas
más espectaculares son los de órbita muy larga que se acercan al Sol sólo una
vez cada tantos miles de años. Al contar con tan escasas ocasiones de perder
parte de su materia, desarrollan una coma muy amplia y una cola larga y vistosa
cuando se aproximan al Sol. A veces a estos se les llama «cometas nuevos»
porque apenas han tenido ocasión de sufrir modificaciones y porque, cuando se
acercan al Sol, es probable que sea la primera vez que se les observe
científicamente.
En el siglo XIX recorrió
nuestro cielo cierta cantidad de estos cometas nuevos.
En 1811, por ejemplo,
apareció un cometa enorme con una cola que tendría unos 160 millones de
kilómetros de longitud (más de la distancia que hay entre el Sol y la Tierra).
Fue visible durante año y medio y se mantuvo muy brillante durante muchas
semanas. Casualmente, la cosecha portuguesa de oporto fue muy buena mientras el
cometa estuvo en el cielo. El cometa no tuvo en realidad ninguna relación con
el vino, pero durante más de medio siglo se anunció y vendió como «la cosecha
del cometa».
En siglos anteriores un
cometa tan llamativo habría enloquecido a Europa con augurios de catástrofes y
no cabe duda de que muchos se pusieron francamente enfermos. A Napoleón, al
parecer, no le preocupó gran cosa. Fue una lástima porque apenas desapareció el
cometa, invadió Rusia; como se sabe, esta campaña terminó en un desastre total
y preparó el camino de su derrumbe definitivo.
En 1843 apareció otro cometa
que probablemente fue más brillante incluso que el de 1811, pero por su
posición apenas fue visible en Europa. Su cola era recta y delgada y abarcaba
la cuarta parte del cielo.
El Gran Cometa de marzo de
1843, que aquí vemos sobre París, era un «rasante», giró alrededor del Sol a
una velocidad de 2.045.000 km/h y pasó a 129.000 km de la superficie solar.
El cometa de 1843 fue
notable porque su perihelio estuvo muy cerca del Sol. En su punto más próximo,
el cometa Halley está a 88,5 millones de km del Sol, mientras que el cometa
Encke está sólo a 49 millones. El cometa de 1843, sin embargo, estuvo sólo a 800.000
km del centro del Sol al alcanzar su perihelio. Pasó nada más que a 130.000 km,
aproximadamente, de la superficie solar. Cuanto más cerca está un objeto que
gira alrededor del Sol, más aprisa se mueve; el cometa de 1843 recorrió a tal
velocidad su perihelio que hizo tres cuartas partes de su vuelta en torno del
Sol en menos de un día, ya que se desplazaba a una velocidad de unos 550
kilómetros por segundo. Esta velocidad le ayudó a sobrevivir al encuentro.
El cometa de 1843 pertenece
a una categoría conocida por «cometas rasantes al Sol»; el Halley no pertenece
a esta categoría. Si perteneciera, un par de revoluciones bastaría para
evaporarlo hasta quedar con el núcleo rocoso al desnudo o incluso se desintegraría.
En junio de 1858 el
astrónomo italiano Giovanni Donati localizó un cometa que se volvería muy
brillante y dejaría tras de sí una cola de polvo y un par de estelas gaseosas
más finas.
El 2 de junio de 1858 el
astrónomo italiano Giovanni Battista Donati (1826-1873) localizó un cometa que
desde entonces se llama cometa Donati. Fue el tercer cometa nuevo del siglo.
Más importante que su brillo, sin embargo, fue el hecho de que tuviera varias
colas y que estas cambiasen de forma de vez en cuando. También se le apreciaron
mutaciones en la coma.
La observación del cometa
Donati puso de manifiesto que a medida que se calentaba la superficie se
liberaban burbujas gaseosas. Esto no es sorprendente según las modernas
hipótesis sobre la estructura cometaria. Está dentro de lo probable que las
acumulaciones de materia rocosa encierren pedazos de hielo. Cuando el hielo se
evapora, el vapor acaba por reventar la prisión rocosa en una explosión que
puede ser la causa de la coma y la cola. Estas explosiones tienen el mismo
efecto que los cohetes y empujan al cometa hacia delante, hacia atrás y hacia
los lados. Seguramente les modifican un tanto la órbita incluso cuando no hay
planetas lo bastante próximos para atraerles de manera apreciable. Por este
motivo, aun cuando se hayan calculado todas las influencias planetarias
posibles, es muy probable que el cometa alcance su perihelio un poco antes o un
poco después de lo previsto.
Donati fue el primero en
obtener el espectro de un cometa, en 1864; es decir, el primero que pudo
analizar la longitud de onda de la luz que emitía. El espectro tenía líneas
oscuras, puntos que no irradiaban ninguna luz de aquella longitud de onda
concreta. Tales líneas indicaban que determinadas sustancias que rodeaban el
cometa habían absorbido luz, y por la situación de las líneas oscuras se puede
saber la naturaleza química de las sustancias en cuestión. En 1868, el
astrónomo inglés William Huggins (1824-1910) identificó algunas de las
sustancias de la coma. Este fue el primer paso hacia la teoría de la estructura
cometaria que Whipple desarrollaría más de ochenta años después.
Mientras tanto, en 1861,
aparecía un cuarto cometa nuevo. Se detectó primero bien al sur del hemisferio
meridional, pero los australianos que lo vieron no tenían ningún medio para
comunicarse con Europa ni con los Estados Unidos, salvo la navegación. Cuando
la noticia llegó a su destino, el cometa había alcanzado la zona orbital
visible desde el hemisferio norte, de modo que irrumpió en la vida de europeos
y norteamericanos sin avisar. Al igual que el cometa Donati, el de 1861 estaba
dotado de una cola de estructura compleja y cambiante.
Era un cometa de aspecto
particularmente grande, ya que se acercó de manera inusitada a la Tierra. Su
mayor aproximación fue de 17 millones y medio de km., menos de la mitad de la
distancia mínima que nos separa de Venus, el planeta más cercano a nosotros.
Alrededor del 30 de junio, la cola del cometa barrió la Tierra y como era de
esperar no ocurrió nada anómalo, ya que una cola cometaria, a pesar de su
imponente aspecto, es muy inconsistente. Hubo muchos norteamericanos, sin
embargo, que luego insistieron en que el cometa de 1861 lo había enviado Dios
como advertencia de las futuras matanzas que originaría la guerra de Secesión
(como si por aquel entonces hubiese hecho falta un cometa para prever la
tragedia).
El quinto y último cometa
nuevo del siglo XIX apareció en 1882. Mientras seguía su curso desprendió un
pequeño fragmento que fue reduciéndose hasta desaparecer: otra muestra de la
fragilidad de los cometas. El cometa de 1882 siguió la misma órbita que el de
1843 y era asimismo un «rasante al Sol». No obstante no pudo tratarse del mismo
cometa, ya que era imposible que el de 1843 volviese al cabo de sólo 39 años.
El Gran Cometa de 1860-61,
que aquí vemos, tenía una cola impresionante que barrio la Tierra (sin ninguna
consecuencia perceptible) a fines de junio de aquel año. En los Estados Unidos
se lo interpretó como una predicción de las matanzas de la guerra de secesión.
Hoy sabemos que hay toda una
familia de rasantes al Sol que siguen la misma órbita. Puede que se trate de
trozos de un solo gran cometa que se fragmentó hace muchos miles de años al
pasar muy cerca del Sol. Los fragmentos estarían volviendo por turno, los unos
más aprisa que los otros, a consecuencia de los efectos explosivos en la
superficie del cometa.
El astrónomo escocés David
Gill (1843-1914), que trabajaba en un observatorio de Sudáfrica, fotografió el
cometa de 1882; fue la primera fotografía de un cometa que se obtuvo. En 1894,
el astrónomo estadounidense Edward Emerson Barnard (1857-1923) hizo una foto
telescópica de un sector del cielo y descubrió en él un cometa desconocido. A
partir de entonces han ido aumentando los descubrimientos por medio de la
fotografía y disminuyendo los realizados mediante la observación visual (con o
sin telescopio). Gracias a la fotografía y otras técnicas avanzadas, en la
actualidad se descubren entre diez y treinta cometas al año.
Los cinco cometas nuevos del
siglo XIX, que se dejaron ver en el espacio de 71 años, tenían todos un período
de miles de años, quizá de muchos miles. El instante de estas enormes órbitas
durante el que se les pudo ver, era demasiado breve en todos los casos para
calcular con seguridad el tiempo de revolución completa. Y así como no había
forma entonces de predecir su aparición, tampoco hay en la actualidad ninguna
forma de predecir, ni aproximadamente, el momento en que reaparecerán.
El Gran Cometa de septiembre
de 1882, otro "rasante al Sol", brilló de modo muy llamativo durante
el eclipse del 17 de mayo de ese año.
En el siglo que ha
transcurrido desde 1882 no ha habido ningún otro cometa nuevo de especie tan
vistosa: ni uno solo. El cometa más brillante que se ha visto en el cielo del
hemisferio norte, después de 1882, apareció en 1910, pero se trataba en
realidad de nuestro viejo amigo, el Halley, que nos hacía su tercera visita
desde que Halley averiguase su órbita.
Claro que esta vez, con
ayuda de telescopios y fotografías, se pudo apreciar mucho antes de que se le
pudiera contemplar a simple vista, y fue perceptible asimismo mucho después de
ello.
Se le fotografió por primera
vez el 11 de septiembre de 1909 y se le siguió fotográficamente hasta el 1 de
julio de 1911, cuando ya había rebasado la órbita de Júpiter.
El cometa Halley alcanzó su
perihelio el 20 de abril de 1910 y lo hizo con tres días de retraso sobre lo
previsto, a pesar de que se habían tenido en cuenta todos los efectos
gravitacionales posibles. Es indudable que esta tardanza se debió al efecto tipo
cohete originado por el explosivo calentamiento de su superficie.
Incluso en fecha tan actual
como 1910 se desató un pánico cometario en toda regla, ya que pareció muy
probable que la Tierra cruzase la cola del cometa. Aunque los astrónomos
aseguraron al mundo que aquello no iba a provocar ningún efecto (como tampoco había
provocado ninguno en el caso del cometa del 1861), muchas personas estaban
convencidas de que aquello iba a ser el fin de la vida terrestre si es que no
iba a ser el fin del planeta mismo. Algunos comerciantes sin escrúpulos ganaron
mucho dinero vendiendo «pastillas contra el cometa» que anunciaban como
antídoto contra los gases venenosos que se creía iba a liberar en la atmósfera
la cola del Halley.
No hace falta decir que
dicha cola no produjo el menor efecto sobre la Tierra ni sobre ninguna de las
especies vivas que esta contiene.
En 1910 Mark Twain
agonizaba. Cuando quienes estaban con él le dieron ánimos, Twain negó con la
cabeza.
—He venido con el cometa
—dijo— y tendré que irme con él.
Murió el 21 de abril, un día
después de que el cometa alcanzase su perihelio.
7. LA COLA DE LOS COMETAS Y
LOS METEORITOS
El primer descubrimiento
científico acerca de los cometas fue que su cola apuntaba siempre en dirección
opuesta al Sol. Pero ¿por qué?
Cuando un objeto se desplaza
a mucha velocidad en un día sin viento y suelta humo mientras se mueve
(pongamos, por ejemplo, una locomotora de vapor), esperamos con buena lógica
que la columna de humo se incline hacia la parte trasera del objeto. Ello se
debe a que la resistencia del aire actúa con mayor efectividad sobre las
diminutas partículas del humo que sobre la poderosa solidez del tren. La
columna de humo se retrasa por tanto respecto del tren y va, por así decir, a
remolque de la locomotora.
En el vacío, sin embargo, el
humo que despidiese un objeto móvil se desplazaría junto con el objeto a su
misma velocidad. No se quedaría atrás.
Cuando un cometa se acerca
al Sol, la materia pulverizada de la coma fluye hacia atrás y viaja a remolque
del cometa; sin embargo, este se mueve en el vacío. Más aún: cuando el cometa
gira alrededor del Sol, la cola gira también de modo que en todo momento se
extiende en dirección opuesta al astro rey.
Cuando el cometa está en la
mitad de este giro circunvalatorio, la cola sigue apuntando en sentido
contrario al Sol. Forma entonces un ángulo recto con el sentido del movimiento
del cometa.
La cola de un cometa apunta
siempre en dirección contraría al Sol en cualquiera de los puntos de su órbita.
Cuando el cometa ha rodeado el Sol y se encamina al otro extremo de la órbita,
la cola se extiende en el sentido de su movimiento: la «sopla» el viento solar.
Una vez que este ha
completado el giro circunvalatorio y se mueve hacia los segmentos más alejados
de su órbita, la cola sigue apuntando en sentido opuesto al Sol y en realidad
va por delante del cometa.
Puesto que estamos
acostumbrados a movemos dentro de la atmósfera, se trata de un fenómeno muy
extraño para nosotros. Nos parecería ciertamente raro ver una locomotora a
vapor que corre por sus raíles con el humo de la chimenea apuntando al frente o
formando un ángulo recto con el sentido de la máquina. La única explicación que
se nos ocurriría es que se había desatado un fuerte viento que soplaba en la
misma dirección del tren o que soplaba de tal suerte que obligaba a la columna
de humo a formar un ángulo recto con la horizontal de la locomotora.
¿Cabe pues pensar aquí
también que haya alguna especie de «viento» que, procedente del Sol, «sople»
sobre la cola?
Sabemos que la luz y otras
radiaciones brotan del Sol en todos los sentidos. El físico escocés James Clerk
Maxwell (1831-1879) sugirió en sus trabajos teóricos que estas radiaciones, a
pesar de su carácter incorpóreo, podrían alcanzar el efecto de una suave brisa.
En 1901, valiéndose de
espejos muy ligeros y suspendidos en una cámara de vacío, el científico ruso
Piotr Nicolaievic Lebedev (1866-1911) midió esta fuerza de radiación y
descubrió que realmente existía. En el curso de los cincuenta años siguientes,
más o menos, se creyó que esta fuerza era la responsable de la conducta de la
cola de los cometas. La fuerza de la radiación ejercía un empuje constante
sobre el polvo de la coma, de suerte que la estela que llamamos cola apuntaba
en sentido opuesto al Sol hasta perderse gradualmente, en su tramo final, en la
vasta inmensidad del espacio.
Al final se supo, sin
embargo, que esta fuerza, aunque existía, no era suficiente para explicar la
conducta de la cola de los cometas. ¿Despediría el Sol alguna otra cosa?
En la década de los veinte
el científico inglés Edward Arthur Milne (1896-1950) hizo un escrupuloso
estudio teórico del comportamiento de la atmósfera solar. Calculó la fuerza de
gravedad que atraía los objetos hacia el astro y la fuerza de radiación que los
repelía. Le pareció que en la superficie solar la fuerza de radiación era tan
poderosa que podía despedir partículas a tremendas velocidades, a pesar incluso
de la fuerza de gravedad.
La partícula más común que
integra la masa solar es el núcleo atómico del hidrógeno, que es un protón
cargado eléctricamente. Milne afirmó que tenía que haber chorros de partículas
cargadas eléctricamente, que el Sol disparaba en todas direcciones.
En los años cincuenta los
científicos estudiaron con vehículos espaciales las zonas del espacio exterior
a la atmósfera de la Tierra y el físico italoamericano Bruno Rossi (n. 1905)
descubrió que, en efecto, había partículas cargadas eléctricamente que procedían
del Sol y que rebasaban la Tierra a gran velocidad. Es lo que actualmente
llamamos «viento solar».
Los astrónomos están hoy
convencidos de que es este viento solar el que empuja la coma de los cometas
hasta formar su larga cola, evanescente y característica; por lo tanto, ya no
es sorprendente que la cola apunte siempre en sentido opuesto al Sol y que
anteceda al cometa cuando este se aleja del astro. El viento solar es más veloz
que los cometas, los adelanta y empuja el polvo cometario por delante de estos.
El astrónomo suizo Cheseaux
es el autor de este diagrama de las diversas colas del Gran Cometa de 1744. En
el mes de marzo, la cabeza cometaria estaba muy por debajo del horizonte de los
observadores europeos.
¿Qué le ocurre a toda la
materia que hay en la cola? ¿Se limita a desaparecer?
Como se sabe, en sentido
estricto nada desaparece jamás. Los vapores de la cola se esparcen por el
espacio en forma de átomos o moléculas. Se les puede apreciar según modalidades
muy sutiles, pero no nos afectan para nada. Sin embargo, ¿qué hay de los pequeños
fragmentos rocosos que integran la coma junto con los vapores? ¿Qué les ocurre?
Se esparcen por detrás y por
delante del cometa, tanto más cuanto más se evapora el cometa en sus sucesivas
aproximaciones al Sol.
Cuando el cometa se
descompone del todo, como le pasó al Biela, los pequeños fragmentos rocosos
acaban diseminándose a lo largo de toda la órbita. Ello se debe al efecto del
viento solar y a la atracción de los planetas junto a los que los fragmentos
pasan. Sin embargo, en las proximidades del lugar donde tendría que estar el
cometa se concentran cantidades de fragmentos particularmente grandes.
Las seis colas del cometa
Cheseaux tal como las observó y plasmó un dibujante en una noche de marzo de
1744.
Hay testimonios palpables de
tales fragmentos rocosos.
Quien se ponga a observar el
cielo en una noche oscura y sin luna es probable que vea de tarde en tarde
finas rayas de luz que duran un segundo aproximadamente. Lo primero que piensan
los niños y los adultos ignorantes es que una estrella ha resbalado de su trono
y se ha caído; de hecho, a estas rayitas de luz se les llama «estrellas
fugaces».
No puede tratarse de
estrellas, sin embargo, puesto que, sin que importe la cantidad que haya,
ninguna se ha perdido jamás del mapa celeste.
Aristóteles suponía que
tenía que tratarse sencillamente de un fenómeno atmosférico, fogonazos que
ocurrían en las capas altas de la atmósfera, y con el tiempo resultó que tenía
razón. A estas estrellas fugaces se les llamó por lo tanto «meteoros», que en
griego quiere decir más o menos «en lo alto».
Conocemos testimonios
ocasionales de épocas pasadas a propósito de rocas o fragmentos de hierro que
caían del cielo. Mientras la ciencia moderna iba evolucionando, a partir de
1600, los científicos se mostraban cada vez más escépticos acerca de tales historias.
Parecían increíbles.
El primer científico que se
tomó en serio estas anécdotas sobre objetos que caían del cielo fue el
naturalista suizo, Johann Jakob Scheuchzer (1672-1733), que en 1697 sugirió que
las misteriosas piedras podían tener alguna relación con los meteoros.
Nadie hizo caso de la
sugerencia, las anécdotas de piedras celestes siguieron proliferando y un siglo
más tarde el físico alemán Ernst Florens Friedrich Chladni (1756-1827) se puso
a estudiar el asunto. Recogió piedras de las que se decía había caído de lo
alto y las analizó. En 1794 publicó un libro en que decía que en el espacio
había pequeños fragmentos de materia que, de tarde en tarde, chocaban con la
Tierra. Cuando estos fragmentos entraban en la atmósfera, la resistencia del
aire los calentaba hasta que se ponían al rojo blanco y comenzaban a
vaporizarse. La raya producida por la materia al rojo blanco era el meteoro. La
parte no vaporizada que llegaba al suelo era los objetos que al parecer caían
del cielo.
La explicación de Chladni
era tan lógica que los científicos empezaron a dudar. En 1803 el físico francés
Jean-Baptiste Biot (1774-1862) investigó una supuesta lluvia de miles de
fragmentos en la Francia septentrional. El cuidadoso informe que elaboró dio
carpetazo al asunto. Del cielo caían en efecto fragmentos de roca y de hierro.
A estos meteoros que caían se les llamó «meteoritos» o «aerolitos» (esta última
palabra quiere decir «piedra aérea»).
En realidad, no todos los
meteoros originan meteoritos o aerolitos. (Un meteoro, propiamente hablando, es
cualquier fenómeno atmosférico, como la lluvia, el arco iris, etc., de donde la
palabra «meteorología».) Por ejemplo, en noviembre de 1833 hubo lo que suele
llamarse «lluvia de estrellas». Los asombrados observadores de Nueva Inglaterra
contemplaban el cielo nocturno convertido en una pantalla en que se movían
infinitas rayas de luz gruesas como copos de nieve. Había literalmente cientos
de miles de rayas. Algunos observadores creyeron que todas las estrellas del
cielo se habían venido abajo (según la profecía del Apocalipsis bíblico) y que
había llegado el fin del mundo. Sin embargo, el día siguiente amaneció como de
costumbre y por la noche el cielo estaba tan lleno de estrellas como siempre.
Casi todos estos meteoros
consisten en rayas de luz originadas por pequeños fragmentos sólidos, no
mayores que un grano de arena. Se vaporizan mientras aún están en el aire, a
mucha altura, y por tanto ni siquiera tocan el suelo porque ya se han desintegrado.
En la mañana que siguió a la gran lluvia de estrellas de 1833 no se encontró en
ninguna parte ningún aerolito.
Las rayas luminosas de
aquella noche de 1833 parecían irradiar todas de un punto situado en la
constelación de Leo. Por ello, a aquellos aerolitos concretos se les llamó los
«Leónidas» (que quiere decir «hijos del León»).
En 1834, el sabio
estadounidense Denison Olmsted (1791-1859), que había presenciado la lluvia,
dio una explicación que se viene aceptando desde entonces.
Fotografías telescópicas del
crecimiento y encogimiento aparentes del cometa Halley en 1910.
Según él, los Leónidas son,
por así decir, un enjambre de granos de arena que orbitan alrededor del Sol.
Todos los años la Tierra cruza el enjambre y aparecen aerolitos en cantidades
mayores de lo normal. En el caso de los Leónidas, la Tierra cruza una zona
particularmente densa del enjambre cada 33 años, y hay entonces una «lluvia de
estrellas» (es decir, de meteoritos o aerolitos); aunque, que se sepa, ni antes
ni después ha habido ninguna tan espectacular como la de 1833.
Fotografías telescópicas del
cometa Markos (1957) en que se pueden apreciar sus dos colas: a la derecha, la
cola de polvo, ligeramente curva; a la izquierda, la estela gaseosa, algo más
recta.
Ha habido otras,
ciertamente, cuyas rayas luminosas irradiaban de puntos situados en
constelaciones distintas. A todas se las ha bautizado según el nombre de la
constelación de que parecían venir, y así tenemos los meteoritos Perseidas, los
Líridas, los Acuáridas, etc.
Las lluvias de estrellas se
dan todos los años en el mismo momento, cuando la Tierra se cruza con los
residuos que viajan a remolque de un cometa por la órbita de este. En el dibujo
vemos las lluvias de estrellas resultantes de la circunvalación del cometa
Halley alrededor del Sol: la lluvia de meteoritos Acuáridas, en octubre; la de
Oriónidas, en mayo.
En 1861 el astrónomo
estadounidense Daniel Kirkwood (1814-1895), pensando quizá en el cometa Biela,
cuya fragmentación se había visto con claridad hacía poco, sugirió que todos
los enjambres de partículas que atravesaba la Tierra de vez en cuando eran restos
de cometas muertos que seguían moviéndose en su órbita de antaño.
El siguiente paso era
determinar cuáles eran las órbitas reales de aquellos enjambres de meteoritos.
En 1866 el astrónomo italiano Giovanni Virginio Schiaparelli (1835-1910)
demostró que el enjambre de meteoritos Perseidas tenía en realidad una órbita
semejante a la de un cometa. Más aún, era una órbita que coincidía con la de un
cometa detectado y estudiado en 1862.
Poco después, el astrónomo
francés Urbain Jean Joseph Leverrier (1811-1877) y el astrónomo inglés John
Couch Adams (1819-1892) indagaron, cada cual por su lado, la órbita del
enjambre de meteoritos Leónidas y descubrieron que tenía también una órbita semejante
a la de un cometa. El enjambre de meteoritos Acuáridas se mueve en la órbita
del cometa Halley y es una prueba de la paulatina desintegración del más
célebre de todos los cometas, a consecuencia de sus vueltas sucesivas alrededor
del Sol.
Al principio se planteó la
cuestión de si los cometas se fragmentaban en enjambres de meteoritos o si eran
estos los que daban lugar a la formación de aquellos; en otras palabras, qué
había sido antes. Schiaparelli creía que primero habían existido los enjambres
de meteoritos.
En 1833, una lluvia de
estrellas —que aquí vemos sobre las cataratas del Niágara— iluminó la noche de
la franja septentrional de los Estados Unidos. Los meteoritos caían del cielo a
un ritmo de 70 por segundo; es decir: ¡250.000 por hora!
El problema lo resolvió un
astrónomo austríaco, Edmund Weiss (1837-1917). Demostró que el enjambre
Andromeida sigue la órbita del cometa Biela, que se había fragmentado en el
decenio 1860-1870. El 27 de noviembre de 1872, cuando el cometa Biela tenía que
haber reaparecido, de seguir existiendo, se vio en su lugar una lluvia de
meteoritos Andromeidas más densa que de costumbre. Estaba claro que aquellos
meteoritos eran los escombros resultantes de la desintegración del cometa y
Weiss les dio el nuevo nombre de «Biélidas».
Como es lógico, cada vez que
la Tierra atraviesa un enjambre de meteoritos se lleva consigo millones de
partículas del enjambre. Si un cometa sigue existiendo, las partículas perdidas
pueden reponerse en virtud de ulteriores desintegraciones cometarias. Si por el
contrario el cometa se ha reducido a un núcleo rocoso o se ha desintegrado por
completo, las partículas arrebatadas por la Tierra y otros cuerpos mayores del
sistema solar no pueden remplazarse y el enjambre va menguando poco a poco. Con
el paso de los años, va menguando poco a poco. Con el paso de los años, por
ejemplo, los meteoritos Biélidas han ido disminuyendo en cantidad, hasta el
extremo de que hoy se diría que están a punto de desaparecer por completo.
Ya que la Tierra atraviesa
de manera constante estas lluvias de meteoritos que son restos cometarios, ¿no
podría chocar con la misma facilidad con un cometa, dado que las órbitas de los
enjambres son tan parecidas a las de estos?
No se trata del mismo
objeto. Los enjambres de meteoritos están esparcidos a lo largo y ancho de la
órbita cometaria, mientras que un cometa está confinado a un punto concreto de
la órbita. Tropezar con un enjambre de meteoritos es como tropezar con un campo
de trigo; tropezar con un cometa sería como tropezar con un grano de una espiga
determinada.
Un cometa, por supuesto,
tiene una cola que abarca un enorme volumen de espacio y la Tierra puede (y lo
hace de vez en cuando) atravesar la cola, pero la materia de que esta se
compone está tan inconsistentemente diseminada que no tiene el menor efecto visible
sobre nosotros.
Sin embargo, aunque un
choque con un cometa es muy improbable, no es del todo imposible. Volveremos
más adelante sobre este tema.
8. LOS COMETAS LEJANOS
¿Cuántos cometas hay? Cuando
Kepler se formuló esta pregunta, hace cuatro siglos, se respondió: «Tantos como
peces en el mar».
No fue más que una conjetura
a título personal. Carecía de testimonios en que basarse, ya que en su época la
cantidad total de cometas registrados en la documentación que había sobrevivido
a lo largo de toda la historia humana era inferior a 900.
En la actualidad, como es
lógico, vemos muchos más cometas que los hombres de la época de Kepler y de
tiempos anteriores, ya que disponemos del telescopio, y ello hasta el punto de
que cada dos o tres semanas por término medio descubrimos uno nuevo.
Pese a todo, los cometas que
conocemos son sin duda una pequeña parte de todos los que hay. Los cometas
mayores tienen una órbita que se extiende mucho, muchísimo más allá de nuestra
familia planetaria, y es posible que su enclave original esté en los océanos
siderales situados a tremendas distancias.
Una buena idea de hasta
dónde puede ir un cometa lejano se formuló en 1973, cuando un astrónomo checo,
Lubos Kohoutek, localizó uno que se acercaba, mientras estaba aún del otro lado
de la órbita de Júpiter. Como se le pudo ver a mucha distancia, tenía que
tratarse de un cometa grande y por tanto de otro más que venía de las lejanas
profundidades del espacio. Se le observó mientras giraba alrededor del Sol y
luego mientras se alejaba cada vez más hacia el infinito.
Se determinó con gran
cuidado un segmento tan amplio de su trayectoria que se pudo calcular toda la
órbita con lo que pareció una precisión razonable. Resultó que dicha órbita era
la mayor de cuantas se habían calculado respecto de cualquier cuerpo del sistema
solar.
En su perihelio, el cometa
Kohoutek, como se le llamó, está a una distancia de 37 millones de km del Sol.
Una distancia inferior a la mitad de la aproximación máxima del cometa Halley e
inferior incluso a la máxima aproximación del planeta Mercurio o el cometa
Encke. Sin embargo, el cometa Kohoutek no es un «rasante al Sol».
En el otro extremo de su
órbita, cuando está en su afelio (es decir, a la distancia máxima del Sol), el
cometa Kohoutek se encuentra a una distancia de 538.050 millones de km de éste.
102 veces más lejos del Sol de lo que se distancia el cometa Halley. Recorrer
una sola vez toda esta órbita tremenda le cuesta al cometa de marras unos
doscientos mil años.
Además, el afelio del
Kohoutek no tiene por qué ser el punto límite. Puede haber cometas a una
distancia mucho mayor del Sol. La estrella más cercana a nosotros, Alfa de
Centauro, está a 4,3 años-luz. Es decir, está a una distancia que; para
recorrerla, la misma luz tendría que viajar durante 4,3 años, y recuérdese que
la luz viaja a una velocidad de 300.000 km por segundo. Alfa de Centauro está
pues a 40 billones de km de nosotros.
Cualquier objeto que se
encontrare incluso a dos añosluz del Sol (unos 19 billones de km) quedaría
atrapado por su fuerza gravitatoria. El Sol estaría más cerca de él que Alfa de
Centauro en cualquier momento, y no hay ninguna otra estrella que se le acercase
tanto que pudiera disputarle al Sol sus derechos gravitacionales sobre tal
objeto.
Un objeto situado a dos
años-luz de distancia estaría 37 veces más lejos que el cometa Kohoutek en su
afelio. Otra forma de decirlo es que el Kohoutek se aleja a una distancia
máxima del Sol que constituye sólo la decimoctava parte de un año-luz.
El astrónomo estonio Ernst
Julius Opik (n. 1893) señaló todo esto en 1930, mientras especulaba que podía
haber cometas que orbitasen alrededor del Sol a tan descomunales distancias. La
idea la relanzó en 1950 el astrónomo neerlandés Jan Hendrik Oort (n. 1900).
En 1973, la observación del
cometa Kohoutek que aquí vemos en unas fotografías de la Universidad de
Arizona, sirvió a los astrónomos para calcular el tiempo que necesitaba este
cometa para dar una revolución completa alrededor del Sol: 35.000 años.
Oort señaló que podía haber
muchísimos cometas que orbitasen alrededor del Sol alejados de este entre 1 y 2
años— luz. (Hay quienes estiman que puede haber incluso 100.000 millones de
cometas pertenecientes a esta familia. Pero ni siquiera todos estos cometas
juntos compondrían una masa total superior a la del planeta Tierra).
Oort sospecha que, por regla
general, estos cometas giran alrededor del Sol en una órbita que no es muy
elíptica, de suerte que en todo momento están muy alejados de él y
probablemente sean invisibles desde la Tierra. Según Oort pueden consistir en
una pequeña masa de materias congeladas de entre 1,5 y 15 km de diámetro.
Si no fuera por las
influencias exteriores, estos cometas lejanos se mantendrían impertérritos en
su órbita respectiva durante muchos miles de millones de años, pero hay que
contar con la fuerza de gravedad de las estrellas más próximas. No son fuerzas
lo bastante poderosas como para arrebatarlos al Sol, pero sí para modificarles
la órbita de manera moderada, efecto que va acumulándose y acentuándose con el
paso del tiempo. Unos sufren algún empuje que hace que se muevan cada vez más
rápidamente; otros sufren algún tipo de freno, de suerte que cada vez se mueven
con mayor lentitud.
El cometa diurno de 1910
apareció el mismo año que el Halley. Aquí lo vemos, sin duda en el crepúsculo,
sobre Argelia. Apareció en enero, pero fue tan brillante en las latitudes
septentrionales como el cometa Halley de aquel año.
Los obligados a moverse más
rápido se alejarán cada vez más del Sol y al final es posible que se alejen del
sistema solar para siempre; los obligados a moverse más despacio se irán
acercando paulatinamente al Sol. Si la deceleración es lo bastante manifiesta,
pueden acercarse tanto que acaben por sufrir la influencia de los planetas
mayores del sistema solar. Estos pueden originar modificaciones ulteriores que
hagan que el cometa se acerque mucho al Sol durante el paso del perihelio;
incluso pueden transformar su órbita en otra cuyo afelio no esté muy alejado
del Sol.
Los cometas, según Oort, se
encuentran repartidos en el interior de una anchísima corteza esférica cuyo
centro es el Sol. Esto parece probable, puesto que los cometas nuevos, los que
tienen órbita elíptica muy larga, pueden proceder de cualquier punto del
espacio. Los planetas mismos dan vueltas alrededor del Sol más o menos en el
mismo plano. En otras palabras: todas las órbitas planetarias cabrían en una
caja de tamaño descomunal, pero con la forma de esas cajas chatas y anchas que
sirven para empaquetar tartas.
Los cometas podrían muy bien
salirse, sin embargo, de una caja que tuviera esta forma. Pueden viajar en
ángulo recto con el plano planetario general e incluso en dirección contraria
al movimiento planetario general. Vistos desde muy arriba del Polo Norte de la
Tierra, todos los planetas giran alrededor del Sol en sentido contrario al de
las agujas del reloj. Pese a ello, el cometa Halley se mueve en la dirección de
las manecillas del reloj, al contrario que los planetas.
La cáscara o corteza
cometaria se cree que es un inmenso caparazón esférico que se extiende en los
confines del sistema solar. Consiste en una tenue nube de miles de millones de
cometas que siguen órbitas situadas a uno o dos años-luz del Sol y los planetas.
Dada la escala del dibujo, ¡todos ellos caben muy bien en el punto negro del
centro! De vez en cuando, un cometa sale de su lejana órbita, gira alrededor
del Sol y se le ve desde la Tierra.
Si todos los cometas lejanos
están repartidos en una zona esférica, cabe la posibilidad de que dos
tropiecen. Al hacerlo, ambos movimientos pueden neutralizarse mutuamente y
puede resultar de aquí que las dos órbitas se estrechen más en tomo del Sol.
Oort ha calculado que
aproximadamente un quinto de todos los cometas ha abandonado la corteza
esférica de un modo u otro desde que el sistema solar existe. Unos han salido
del sistema solar y otros, merced al influjo de los planetas, se han acercado
al Sol y han acabado por desintegrarse. Esto, sin embargo, arroja todavía un
saldo de muchos miles de millones en la corteza esférica para engrosar el
número de cometas nuevos que podrán verse desde la Tierra.
El cometa Halley sobre los
techos de París, primera hora de la madrugada de un día de mayo de 1910.
9. EL ORIGEN DE LOS COMETAS
Y EL SISTEMA SOLAR
Aunque nadie ha detectado en
realidad la corteza cometaria que hay alrededor del Sol, hay tantas evidencias
de que existe que casi todos los astrónomos parecen estar totalmente seguros de
que Oort tiene razón. Pero si la tiene, ¿de dónde han salido tantos cometas?
Los astrónomos piensan hoy,
de manera generalizada, que el sistema solar se originó hace unos 4.600
millones de años, a partir de una inmensa nube de polvo y gas que giraba
lentamente y que poco a poco fue contrayéndose merced a su propia fuerza de
gravedad.
Las zonas centrales de la
nube se contrajeron girando a mayor velocidad, lo que fue haciéndolas más
densas y calientes hasta que, en el centro propiamente dicho, la densidad y
temperatura fueron tan altas que comenzaron a desencadenarse reacciones nucleares.
Los núcleos de los átomos de hidrógeno, que constituían el 90 por ciento de
todos los átomos de la nube, comenzaron a chocar entre sí desarrollando energía
suficiente para fusionarse y formar átomos de helio.
Una fusión de esta especie
libera una tremenda energía, y todas las fusiones juntas hicieron que el centro
se pusiese a resplandecer. En otras palabras, la nube había sufrido una
«ignición nuclear»y se había convertido en el Sol.
En la periferia de la nube,
la materia, como es lógico, quedó en un estado mucho menos denso y más frío.
Había turbulencias en esta zona exterior y se formaron remolinos de materia.
Allí donde los remolinos colindaban había fricción, la materia de ambos chocaba
y se acumulaba, y comenzaron a formarse cuerpos más grandes. Estos acabaron por
convertirse en los planetas, que dieron así comienzo a su existencia más o
menos para la misma época que el Sol, del que en realidad nunca habían formado
parte.
En los bordes limítrofes de
la nube esférica original había materia que, mientras tanto, no había
participado en el proceso de contracción. Estaba demasiado alejada del centro
para que le afectase con eficacia la fuerza de gravedad, y propendía a permanecer
donde estaba. Las turbulencias mencionadas la fundieron en corpúsculos
congelados; estos son los cometas que siguen habitando en la ancha corteza
alrededor del Sol que señala los límites de la nube original.
Desde este punto de vista,
los cometas lejanos pueden ser de gran importancia para los astrónomos
interesados en la composición original de la nube de gas y polvo que contribuyó
a la formación del sistema solar.
El Sol, por supuesto, era al
principio una excelente muestra de esta materia, pero ha venido sufriendo un
proceso de fusión nuclear y liberando viento solar durante la friolera de 4.600
millones de años. No podemos estar seguros, por tanto, de hasta qué punto se
parece su composición contemporánea a la de la nube original.
Los cuerpos del «casco
urbano» del sistema solar son de composición totalmente distinta a la de la
nube primitiva. Esta, piensan con razón los astrónomos, se componía de un 90
por ciento de hidrógeno, un 9 por ciento de helio y un 1 por ciento de toda la
materia restante. Los cuerpos del «casco urbano», sin embargo, recibían tanto
calor del Sol que solían perder los elementos ligeros, el hidrógeno y el helio.
Esta pérdida la agravó el viento solar, que era particularmente fuerte en los
primeros días de nuestro sistema y que se llevaba el hidrógeno y el helio a
zonas que estaban más allá del cinturón de asteroides; es decir, la región más
o menos circular en que corpúsculos innumerables orbitan alrededor del Sol
entre las órbitas de Marte y Júpiter.
En consecuencia, los cuerpos
que integran este «casco urbano», de Mercurio a los asteroides, están
compuestos en su mayor parte por el 1 por ciento de sus sustancias distintas
del hidrógeno y el helio. Nos proporcionan pues una pista muy confusa para conocer
el estado original del sistema solar.
Esta partícula de polvo de
un cometa, recogida por un vehículo espacial de la NASA y ampliada 7500 veces,
tiene un diámetro aproximado de 0,00063 mm. Es posible que contenga datos
químicos sobre la formación del sistema solar.
Los grandes planetas de la
mitad externa del sistema solar contienen grandes cantidades de hidrógeno y
helio. Júpiter, concretamente, parece estar compuesto casi en exclusiva de
estas dos sustancias y ser representativo de la materia original del sistema
solar. Más aún, no ha habido reacciones nucleares dentro de Júpiter para
alterar las sustancias. Sin embargo, Júpiter es un cuerpo muy grande y hay
motivos para creer que ha habido un reparto interno de las sustancias, quedando
el helio más concentrado hacia el centro y el hidrógeno más hacia la
superficie, además de otras sustancias distribuidas no sabemos cómo. Para
hacemos una idea de la composición original del sistema solar no necesitamos
conocer la composición de todas y cada una de las partes de Júpiter, cosa que
sería difícil.
Los satélites de estos
planetas periféricos han conservado parte de la materia ligera que había al
principio en la nube y no han perdido mucha a efectos del viento solar, aunque
en su infancia los planetas gigantes tuvieron que sufrir altísimas temperaturas,
cosa que debió afectar a los respectivos satélites en mayor o menor medida.
Además, dichos satélites sufrieron el bombardeo de pequeños objetos en el
estadio primario de su existencia, cuando se iban formando poco a poco, e
ignoramos los cambios que pudieron experimentar por este motivo.
April D. May, un artista
californiano contemporáneo, ha fabricado un tapiz de algodón, lana y muaré, con
tres perspectivas de un cometa.
De todos los cuerpos del
sistema solar, los que menos han cambiado desde el comienzo son, sin duda, los
cometas lejanos. Están muy lejos de toda fuente de calor y de sufrir ningún
efecto causado por el viento solar; incluso de que haya algo más que un choque
muy circunstancial entre ellos. Han estado sometidos a un frío intenso a lo
largo de 4.600 millones de años y es probable que estén exactamente igual que
al principio.
El problema es que no
podemos llegar hasta ellos y puede transcurrir mucho, muchísimo tiempo antes de
alcanzar la situación idónea para conseguirlo, si es que se consigue alguna
vez.
El cometa Kohoutek emite
cantidades de luz variables según la zona de su estructura. Esas variaciones
han sido codificadas cromáticamente e intensificadas por un ordenador
electrónico, como se aprecia en esta foto de 1973 tomada desde el laboratorio
espacial Skylab.
Claro que de vez en cuando
son ellos los que vienen a nosotros. El cometa que se adentra en el «casco
urbano» del sistema solar trae su estructura consigo, dándonos oportunidad de
estudiarla. Este estudio se ha hecho analizando el espectro de los cometas. Se
diría que los cometas están compuestos principalmente de sustancias como agua,
amoníaco y metano. Cuando el Sol las calienta se pueden detectar fragmentos
moleculares de estas sustancias. Además, se han localizado rastros de ciertos
metales.
El primer cometa del que se
estudió la emisión de ondas de radio fue el Kohoutek. Esto permitió comprobar
la presencia de ácido cianhídrico y cianuro de metilo.
Se trata sólo del principio.
Un cometa puede tardar semanas en recorrer distancias que hoy salvan con
facilidad los vehículos espaciales y podrá realizarse muy de cerca toda una
serie de estudios. No todos los cometas, sin embargo, son igualmente aptos para
este objetivo.
Los de órbita muy pequeña y
que han visitado muchas veces el Sol han sufrido por lo general tales
alteraciones que no nos sirven de nada. Buena parte de la materia congelada se
ha vaporizado y ha desaparecido, y si algo queda es únicamente un núcleo rocoso.
Por otra parte, los cometas
nuevos que vienen de la lejana corteza cometaria y que aún no han tenido
ocasión de cambiar mucho a consecuencia del calor del Sol, no nos llegan cuando
nos hacen falta. No hemos tenido ninguno realmente importante desde 1882. Hasta
el Kohoutek fue una desilusión. Su brillo era inferior a lo previsto basándose
en el tamaño probable. Al parecer, era más rocoso y estaba menos congelado que
un cometa normal, de manera que producía una coma menor y una cola más corta.
Lo que idealmente
necesitamos es un cometa que no haya visitado tanto el Sol; que sea brillante y
tan puntual que haya tiempo de sobra para hacer planes sobre él y ejecutarlos.
Queremos un cometa de
período corto, pero no excesivamente corto.
De todos los cometas de esta
categoría, el Halley es el que más se aproxima a la imagen ideal. Sigue siendo
brillante. Aunque buena parte de su materia congelada ha desaparecido y su
estructura no puede ser idéntica a la que tuviera en los días anteriores a su
paso tan cerca del Sol, tiene que quedar suficiente para proporcionarnos
informaciones útiles.
Y, lo que es más importante,
sabemos con precisión cuándo volverá.
A medida que escribo este
libro va acercándose la hora de su regreso. Alcanzará su próximo perihelio el 9
de febrero (con un muy ligero margen de error) de 1986. Pasará a un máximo de
92 millones de km de la Tierra el 27 de noviembre de 1985, camino del perihelio,
y a un máximo de 63 millones de km el 11 de abril de 1986, de vuelta del
perihelio.
Hace treinta años, un
dibujante estadounidense imaginó que una nueva civilización terrestre, tipo
Flash Gordon, contemplaría fascinada la vuelta del cometa Halley en 1986.
No hay esta vez tanta
proximidad como en visitas pasadas. Además, en abril de 1986, cuando el cometa
esté en su momento más brillante, desde Europa y el norte de los Estados Unidos
se verá muy bajo en el cielo en las horas que preceden al amanecer. En noviembre
de 1985 estará más alto, pero también más lejos. Esto quiere decir que los
habitantes del hemisferio norte no van a tener esta vez un espectáculo muy
vistoso y que muy pocos de los que ahora viven podrán volver a verlo cuando
reaparezca en 2063.
¿Es posible que este nos
defraude a tal extremo? ¿No le habrá ocurrido ningún percance desde la última
visita? Al parecer, no. Ya lo hemos divisado. Viene hacia nosotros con la mayor
normalidad.
Los astrónomos lo detectaron
desde Monte Palomar, el 20 de octubre de 1982, mediante una cámara electrónica
acoplada al telescopio de 5 m de este observatorio. Su magnitud era de 24,2, lo
que significa que era aproximadamente quince millones de veces menos brillante
que la estrella más pálida que se puede ver a simple vista. En el momento del
avistamiento estaba a 1.600 millones de kilómetros del Sol, algo más lejos que
el planeta Saturno.
¿Estamos seguros de que lo
que hemos visto es el cometa Halley?
Pues claro que sí. Se
localizó casi en el punto exacto que se había previsto y, sin abandonar su
órbita de siempre, ha ido aumentando en brillo desde entonces. Es el Halley,
sin lugar a dudas.
El Departamento Espacial
Europeo tiene previsto enviar una nave espacial ligera, o «sonda», llamada
Giotto, para estudiar el cometa Halley; la Unión Soviética y Japón hacen planes
asimismo para enviar sondas. Los Estados Unidos, por el contrario, han abandonado
cualquier plan en este sentido, por lo menos en lo tocante a una sonda directa.
Cabe sin embargo la posibilidad de que se desvíe una sonda proyectada para
orbitar alrededor de Venus de suerte que se la haga pasar junto al cometa
Halley camino de su objetivo. Además, una nave exploradora que le precederá
llevará a cabo algunas observaciones en un cometa oscuro que girará alrededor
del Sol meses antes que el Halley.
Por pobre que sea el
espectáculo que esta vez haya de representar el Halley para los que lo
contemplen desde la superficie de la Tierra (sobre todo en el hemisferio
norte), la nave espacial obtendrá fotos que revelarán a un cometa rodeado de un
esplendor superior a todas las observaciones hechas hasta el presente momento
de la historia. Los espectros se tomarán con mayor precisión, de modo que no
sólo aprenderemos mucho más a cerca de la composición de las materias
congeladas, sino también algo sobre la materia rocosa incrustada en el hielo y
que flota en la coma.
Por si esto fuera poco, se
estudiará el núcleo así como la naturaleza de la cola, de suerte que se podrán
analizar las transformaciones de la estructura cometaria cuando se aproxima al
Sol. Se estudiará asimismo su rotación junto con toda una serie de cosas que
pueden resultar sorprendentes y que son imposibles de predecir (como ocurrió,
por ejemplo, con los cráteres de Marte, los volcanes de lo y la estructura de
los anillos que rodean a Saturno).
10. COMETAS Y CATÁSTROFES
En la actualidad estamos
preparados para alcanzar y tocar prácticamente un cometa; en un viaje espacial
podemos saber más sobre los cometas que cuanto hemos aprendido en todos los
siglos de civilización que nos han precedido. Y sin embargo, ahora que todo
esto está al alcance de la mano, hete aquí que vuelven los viejos, los
antiquísimos terrores cometarios.
No son de estilo antiguo, ya
que no conllevan ninguna supersticiosa atención a las profecías. No son ni
siquiera de la vieja modalidad bíblica, ya que sabemos que los cometas son
objetos pequeños. Es imposible que los hipotéticos efectos meteorológicos de un
cometa originen inundaciones o que el cruce de la cola con nuestra atmósfera
provoque lluvias, como sugirió William Whiston hace casi tres siglos. La idea
de un cometa lanzado en picado contra el Sol, tal y como predijo que alguno
haría, es aún más ridícula si cabe.
Medallones repartidos por
monjes en 1680. La inscripción dice: «La estrella amenaza quebrantos. Confía,
que Dios los convertirá en beneficios». Las mayúsculas del texto alemán,
tomadas como números romanos, suman 1681, año en que apareció el cometa. Los medallones
tenían por objeto alejar los malos influjos a que daban pábulo las creencias
supersticiosas del siglo XVII.
No, lo que ahora preocupa es
la posibilidad de un choque. Las probabilidades de chocar con un cometa
cualquiera son prácticamente nulas, pero si es verdad que hay tantos y tantos
cometas éstas aumentan en gran manera. Si es verdad que hay cien mil millones y
que varios miles de millones han penetrado ya en nuestro sistema planetario a
lo largo de toda la historia del sistema solar, es seguro que ha habido algún
que otro choque en el pasado.
A decir verdad, en la
superficie de la Tierra hay rastros de cráteres, en su mayoría tan ocultos por
los efectos del viento, el agua y la vida que casi son imperceptibles, salvo
desde el aire, y aún así sólo por la presencia de lagos circulares y otros indicios.
Un ejemplo muy claro es el Cráter del Meteorito, en Arizona, que ha sobrevivido
a la erosión porque se formó hace sólo unos miles de años y en una zona en que
hay poca agua y poca vida.
Estos cráteres los han
formado meteoritos grandes o, si se quiere, asteroides pequeños.
Los cometas, por supuesto,
están hechos de materia helada que no es ni tan densa ni tan resistente como
las rocas y metales que componen los meteoritos, de modo que el choque con un
cometa puede que no sea tan temible como el choque con un meteorito. Esto, sin
embargo, no ha de ser así por fuerza.
Cráter del Meteorito (o
Barringer), Arizona, según una foto tomada a unos 700 metros de distancia. Lo
formó hace unos cuantos miles de años un pequeño asteroide, no un cometa, al
chocar contra la superficie terrestre.
Piénsese, por ejemplo, en lo
que ocurrió el 30 de junio de 1908. A plena luz del día se vio brillar en el
cielo una bola de fuego sobre una desierta zona forestal de la Siberia
oriental, próxima a un lugar llamado Tunguska. Hubo una tremenda explosión y todos
los árboles fueron destruidos y abatidos en un radio de 35 km. Una manada de
1.500 renos fue aniquilada. Un hombre que estaba a 75 km fue derribado. Por
suerte, era el ser humano más próximo al lugar y no hubo que lamentar pérdidas
humanas. Pero si una explosión de este calibre se hubiera producido en una gran
ciudad habrían muerto en el acto millones de personas.
El lugar del suceso era tan
inaccesible que no pudo ir ningún investigador, también entre otras cosas
porque la Guerra Mundial comenzó poco después y a esta siguió la Revolución de
Octubre y la guerra civil. Pasaron décadas sin que nadie pusiera el pie en la
zona.
Cualquiera habría supuesto
que allí había caído un gran meteorito, pero no se encontró ni cráter ni
meteorito alguno.
Fuera lo que fuese lo que
explotase, parece que tuvo lugar en el aire.
Pero ¿qué podría explotar en
el aire sin dejar el menor rastro? Supóngase que la Tierra había chocado con un
cometa pequeño. Este habría cruzado el aire a gran velocidad y se habría
calentado hasta el extremo de que toda su sustancia helada se habría vaporizado
en seguida con una tremenda explosión. No habría dejado más rastro de sí que el
vapor, que se habría mezclado con la atmósfera.
Se cree que la destrucción
de este bosque de Tunguska, Siberia oriental, en 1908, fue causada por la
tremenda explosión de un fragmento cometario que se vaporizó segundos antes de
alcanzar la superficie terrestre.
Tuvo que ser un cometa
pequeño. Los astrónomos han calculado que para causar los daños que ocasionó
tenía que tener unos 70 metros de diámetro. Parece que casi todos los cometas
son mucho mayores, de modo que la explosión del Tunguska puede que la originara
un simple fragmento desgajado de un cometa de mucho mayor volumen a
consecuencia del calor solar en el perihelio. El fragmento desgajado se movería
con el resto del cometa, pero en virtud sin duda del efecto de cohete, se iría
apartando de él hasta tomar la ruta que desembocó en el desdichado choque con
la Tierra. Es posible en principio que, a juzgar por la reconstrucción de su
órbita, el fragmento hubiese pertenecido al cometa Encke.
Si un fragmento puede
ocasionar tales daños, ¿qué ocurriría si chocáramos con un cometa entero?
En este sentido hay que
recordar algo que ocurrió hace unos 65 millones de años. En aquella época los
animales más vistosos de la Tierra eran los dinosaurios. Eran reptiles y
comprendían algunos de los mayores y más extraordinarios animales que hayan
vivido en tierra seca.
Había muchas clases de
dinosaurios. Unas especies se extinguieron y aparecieron otras; pero durante
100 millones de años hubo muchas especies que dominaron la Tierra. Había
también grandes reptiles en el mar y otros incluso volaban por el aire.
Sin embargo, ocurrió algo
hace 65 millones de años. Todos los dinosaurios murieron en un periodo muy
breve. Lo mismo aconteció a los grandes reptiles del mar y del aire. Y otro
tanto a muchas otras especies de animales y hasta a muchas especies de criaturas
microscópicas. Fue una época de gran mortandad. Algunos biólogos estiman que el
75 por ciento de las especies vivas se extinguió y que el 25 por ciento
restante se las arregló para sobrevivir a duras penas.
Hay claros indicios de que
los dinosaurios —y quizá el 75 por ciento de todas las especies— fueron
destruidos hace 65 millones de años. ¿Algún ejército de cometas que bombardeó
el sistema planetario habrá sido la causa de esta masacre?
Los científicos no tenían la
menor idea de lo que había podido causar aquella gran mortandad. Se formularon
muchas hipótesis, pero ninguna fue del todo satisfactoria.
En 1979, sin, embargo, un
científico estadounidense Walter Álvarez, trabajaba con rocas antiguas en
Italia central cuando encontró una estrecha zona donde la presencia de ese raro
metal que se llama iridio era 25 veces más intensa que en las capas inferiores
y superiores de la misma formación. Se trataba de roca sedimentaria,
consistente en barro que se había ido depositando lentamente hasta quedar
enterrado y comprimido bajo otras capas. Pero ¿por qué un barro tan
insólitamente rico en iridio se había depositado en una capa tan fina, es
decir, en tan poco tiempo?
Hay buenos medios para
averiguar la edad de las diversas capas de una formación rocosa y resultó que
aquella tenía 65 millones de años de antigüedad. Se había depositado allí
exactamente cuando la gran mortandad que acabó con todos los dinosaurios. Estaba
claro que no podía tratarse de una simple coincidencia. Tenía que haber alguna
relación.
Álvarez sugirió que en
aquella época pudo haber caído en la Tierra algún meteorito. Los meteoritos son
más ricos en iridio que la corteza terrestre, ya que aquí se mezcló con hierro
y se aposentó en el centro del planeta, que es un núcleo de hierro y níquel.
El meteorito tuvo que ser lo
bastante grande para vaporizar kilómetros cúbicos de suelo allí donde cayó. El
vapor explotó en la estratosfera, se enfrió y convirtió en polvo, se esparció
por todo el Globo y luego se fue depositando por todas partes, arrastrando
consigo su carga de iridio.
A medida que se
intensificaban las investigaciones iba pareciendo más plausible esta hipótesis,
ya que cuando se excavaba en otras partes del mundo solían encontrarse capas
ricas en iridio al nivel de los 65 millones de años de antigüedad. Más aún,
había allí mayores concentraciones de otros metales, en cantidades próximas a
la proporción en que se encuentran en los meteoritos.
Pero ¿por qué acabó con los
dinosaurios? El meteorito tuvo que abrir un cráter inmenso y destruir cuanto se
encontrase en kilómetros a la redonda, pero ¿por qué resultó afectada toda la
Tierra? Álvarez sugirió que el polvo que se esparció por la estratosfera ocultó
la luz solar durante un tiempo muy prolongado en que reinó la oscuridad. Sin
luz solar, casi toda la vida vegetal acabó por extinguirse; luego le siguió la
vida animal que vivía de las plantas, y a continuación la vida animal que se
alimentaba de otros animales.
Algunas plantas
sobrevivieron en forma de semillas y raíces y volvieron a crecer cuando el
polvo se asentó y el sol volvió a brillar. También sobrevivieron algunos
animales, sobre todo los pequeños, que se las apañaron para alimentarse con los
restos de las plantas muertas o moribundas o con el cadáver de muchos animales
muertos que quedaron congelados y conservados en el frío que se había desatado
sobre el Globo por la desaparición de la luz solar. Cuando esta volvió, la
Tierra se repobló con rapidez, aunque con especies diferentes de las
anteriores. Los mamíferos y los pájaros comenzaron a dominar el mundo en lugar
de los reptiles.
Una vez que los científicos
pensaron en esta posibilidad se planteó el problema de que podía haber habido
otro período de gran mortandad. La que había extinguido a los dinosaurios era
la más impresionante y conocida, pero no la única.
Cuando se estudió
atentamente el calendario de la evolución dio la impresión de que había habido
una gran mortandad cada 26 millones de años aproximadamente.
¿Por qué tienen que tener
ciclos regulares estas tremendas carnicerías? No tenemos noticia de ninguna
otra cosa en nuestro planeta —ni en el espacio, para el caso— que acontezca
cada 26 millones de años y sea mortal para la vida en la Tierra. Si la brusca
desaparición de los dinosaurios la causó el choque con un objeto procedente del
espacio, ¿por qué tienen que producirse tales choques cada 26 millones de años,
como no sea que algo en el espacio obedezca a un período de esa duración?
En 1983 un grupo de
científicos estadounidenses hizo una interesante sugerencia.
Supóngase que hay un planeta
grande o una estrella muy pequeña y oscura que orbite alrededor del Sol a una
distancia tan enorme que su existencia no se advertiría más que con una
investigación minuciosa que aún no ha hecho nadie.
Y supóngase que esta
estrella hermana esté tan lejos del Sol que tenga una órbita elíptica muy
larga, parecida a la de un cometa. Cada 26 millones de años se aproximaría al
Sol, lo que tendría algún efecto en el sistema solar que acaso produjera el
choque de la Tierra con objetos procedentes del espacio.
Este dibujo de Daumier, el
célebre caricaturista francés, data de 1858 y lleva la leyenda siguiente: «Ah,
los cometas... siempre anuncian desgracias. No me extraña que la pobre señora
Galuchet se muriese anoche de repente.»
Supóngase, por ejemplo, que,
camino de su perihelio, la estrella hermana pasa por el cinturón de asteroides.
Alteraría la órbita de muchos de los cientos de miles de asteroides que hay y
dispararía unos cuantos hacia el Sol. Uno de estos pudo chocar con la Tierra y
originar la gran mortandad.
Sin embargo, una estrella
enana que cruzase el cinturón de asteroides modificaría asimismo la órbita de
los planetas, incluida la Tierra, y no hay indicio de que esto haya ocurrido
nunca.
Pero supóngase que la órbita
de la estrella hermana llega a una distancia de unos 2 años-luz del Sol en el
afelio y a un poco menos de un año-luz en el perihelio. Un objeto que siguiese
una órbita tan descomunal tardaría unos 26 millones de años en recorrerla por
completo.
En el perihelio, la hermana
cruzaría la zona interior de la corteza cometaria, punto en que hay mayor
profusión de cometas.
Es posible que se alterase
la órbita de millones de cometas, que entonces se desplazarían entre los
planetas. Cometas brillantes habrían aparecido entonces en el cielo en rápida
sucesión, una semana tras otra, durante miles de años, y es muy probable que
unos cuantos chocaran con la Tierra, con resultados nefastos. Los choques no
habrían extinguido todas las formas vivas, pero a veces habrían estado a punto
de hacerlo.
Cuando los cometas se ponen
a aparecer en el cielo con tanta frecuencia pueden considerarse ciertamente
augurios de catástrofes.
No es extraño que el
científico estadounidense Richard A. Muller sugiriese bautizar a la estrella
hermana con el nombre de Némesis, diosa de la venganza entre los antiguos
griegos. Hasta hoy no hay ninguna prueba incontestable de que exista, pero cabe
esperar que los astrónomos la busquen en la actualidad, con todos los
instrumentos nuevos que tienen a su disposición.
Desde tiempos inmemoriales
los cometas se han relacionado con los estados desapacibles del alma. En este
célebre grabado de Durero, la melancolía aparece simbolizada por un cometa
resplandeciente.
Aun si Némesis existiera, no
hay motivo para que suscite terrores inmediatos. La última gran mortandad
ocurrió hace 11 millones de años, así que Némesis tiene que estar cerca de su
afelio (y tiene que ser muy difícil de localizar). La próxima gran mortandad no
sobrevendrá hasta dentro de unos 15 millones de años más o menos.
Para entonces, si la raza
humana no se ha destruido a sí misma, mediante un guerra nuclear o lo que sea,
estará lo bastante avanzada tecnológicamente para procurarse una observación
espacial continua de todas las órbitas cometarias. Si llegase a detectarse un
cuerpo con signos de ser perjudicial para la Tierra, sería misión de las naves
espaciales en observación destruir el cometa con una bomba nuclear, o con algún
artefacto más avanzado, para convertirlo en una nube de restos rocosos que no
originaría sobre la Tierra más que una vistosa lluvia de estrellas fugaces.
A decir verdad, incluso
puede argumentarse que esta reciente sugerencia relativa a la causa de la gran
mortandad ha contribuido ya a salvar a la humanidad. La hipótesis de un
«invierno cometario» en que el polvo que entrase en la estratosfera originaría una
larga y fría noche en la Tierra ha estimulado a científicos como el
norteamericano Carl Sagan (n. 1935) a tomar en cuenta qué ocurriría
concretamente si empezasen a caer y estallar las bombas nucleares. (Se ayudó
para esto de los estudios que había hecho sobre las tormentas de polvo en
Marte, que nuestras sondas espaciales habían observado escrupulosamente.).
Su conclusión fue que en una
guerra nuclear las bombas de hidrógeno enviarían a la estratosfera polvo
suficiente para originar un «invierno nuclear» que a su vez causaría una gran
mortandad por sí solo. En una guerra nuclear todos tendrían algo que perder,
tanto los que luchasen como los que se limitasen a mirar.
La posibilidad de un
invierno nuclear aterra a muchos más seres humanos de los que aterra ya la
posibilidad de la guerra nuclear. Si este nuevo terror radicaliza a la opinión
pública y fuerza a las superpotencias a un acuerdo que imposibilite la guerra nuclear,
el miedo a los cometas, que durante tanto tiempo ha fustigado a la Humanidad, a
la postre nos habrá salvado a todos.
FIN

