© Libro No. 412. Vida de un esclavo americano. Escrita por
el mismo. Douglass, Frederick. Colección Emancipación Obrera. Abril 27 de 2013
Título
original: © Vida
de un esclavo americano. Escrita por el mismo. Douglass, Frederick.
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Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Frederick Douglass
Vida De Un Esclavo
Americano,
Escrita Por Él Mismo
Frederick Douglass
Vida De Un Esclavo Americano, Escrita
Por Él Mismo
Introducción
E1 ensayista de temas
sociales y políticos C. L. R. James, al descri¬bir las condiciones que
generaron el abolicionismo estadouni¬dense, dice lo siguiente: «La historia
sólo se pone en marcha de verdad cuando el sector tradicionalmente más
civilizado de la pobla¬ción (en este caso los ciudadanos de Nueva Inglaterra
que representa¬ban la tradición más prolongada de soberanía legítima) se une en
condiciones de igualdad con aquellos sin cuyo trabajo la sociedad no podría
existir ni un solo día... en este caso los esclavos de las planta¬ciones. Si no
sucede eso, la historia se mantiene prácticamente igual o, peor aún, se repite
a sí misma». Los estudiosos de la historia cultu¬ral estadounidense han tenido
tradicionalmente cierta noción de las actividades y los sentimientos
abolicionistas de William Lloyd Garri¬son, Ralph Waldo Emerson, Henry David
Thoreau, John Greenleaf Whittier y Harriet Beecher Stowe. Estos portavoces
blancos, cuyos es¬fuerzos antiesclavistas se han estudiado a menudo, son
representantes de lo que James describe como una tradición americana de
«soberanía legítima». Pero el papel del esclavo de la plantación en el
abolicio¬nismo y en la historia de la cultura del país en general, durante el
si-glo XIX, no ha llegado a ser hasta fecha reciente un tema de investiga¬ción
académica en condiciones de «igualdad». No son difíciles de hallar las razones
de este menosprecio previo.
Antes de la década de
1960 era una opinión aceptada en los estu¬dios históricos y literarios que no
existía ninguna expresión escrita afroamericana diferenciada y auténtica en los
cánones del discurso que rodeaba al abolicionismo. Esta posición admitía que la
figura indefinida y borrosa que aparecía en la publicidad dirigida a los
esclavos fugitivos durante el siglo XIX era una imagen simbólica del impulso
afroestadounidense hacia la libertad que proporcionaba una fuerza motivadora
para la cruzada abolicionista. Pero los investigadores ads¬critos al viejo
paradigma afirmaban que las declaraciones escritas de los ciudadanos libres
eran los únicos documentos válidos e ilustrati¬vos para investigar la fusión de
intereses entre los «soberanos legíti¬mos» y los «esclavos de las
plantaciones». Así pues, para que pudiese haber una historia auténtica del
abolicionismo habría que esperar hasta un período en el que los
afroestadounidenses se pusieran de nuevo en movimiento.
La historia literaria
y cultural del abolicionismo en el país se man¬tuvo «prácticamente igual» hasta
que volvieron a unir sus voces al discurso histórico y de la crítica literaria
de las dos últimas décadas portavoces afroestadounidenses. Estos portavoces
llamaron la aten¬ción sobre el hecho de que había habido una expresión escrita
que había constituido una parte singular y enteramente beneficiosa de la
reforma más completa que se produjo en el país en el siglo XIX. Los
afroestadounidenses escribieron entre 1820 y 1860 innumerables rela¬tos sobre
la «institución peculiar»; expusieron con meticulosidad cau¬tivadora sus
complejas actitudes éticas y psicológicas frente a la esclavitud y exigieron,
en términos inequívocos, la abolición de la ti¬ranía sureña. Sus
manifestaciones colectivas constituyeron lo que la escritora afroestadounidense
Arna Bontemps denomina un «género estadounidense» de narración literaria. El
género recibe la denomi¬nación más rigurosa de «narración de esclavo», y entre
finales del si¬glo XVIII y el comienzo de la guerra de Secesión se publicaron
miles de ejemplos representativos. Las narraciones, escritas por ex esclavos,
si¬guen una pauta común de exposición basada en las experiencias del narrador
en la esclavitud, su heroico viaje de la esclavitud a la libertad y su
subsiguiente dedicación a los principios y objetivos abolicionistas. Los
motivos para publicar y distribuir tales narraciones los esbozó
entusiásticamente un editor del siglo XIX de la forma siguiente:
La literatura del
esclavo fugitivo se halla destinada a ser una poderosa palanca. Estamos
profundamente convencidos de su potencial. Vemos en ella un medio fácil e
infalible de convertir en abolicionistas a los estados libres. Un argumento
conduce a otro, se responde a la razón con sofismas; pero las narraciones de
esclavos van derechas a los corazones de los hombres. Desafia¬mos a cualquier
hombre a que piense con paciencia y tolerancia sobre la esclavitud después de
leer la narración de [Henry] Bibb. Con una docena de ejemplares de este libro
en cada escuela, dis¬trito o barriada de los estados libres se podría arrastrar
a todo el norte a una plataforma general en pro de la libertad y de la
abo¬lición de la esclavitud, en todas partes y en todas sus formas .
Aunque la euforia del
escritor quizá sobrevalore el poder de las sim¬ples palabras para producir
cambios, su entusiasmo no subestima la poderosa influencia que ejercieron las
narraciones en un inmenso pú¬blico lector. Obras como The Interesting Narrative
of the Life of Olaudah Equiano or Gustavus Vassa, the African (1789), Narrative
o f Moses Roper's, Adventures and Escape from American Slavery (1837), The
Narrative of Wi¬lliam Wells Brown (1847) y The Narrative of Solomon Northup
(1853) vendieron miles de ejemplares. No sólo circularon en múltiples
edicio¬nes en Estados Unidos sino que se tradujeron también al holandés, el
alemán y el céltico. Es indudable que entre 1820 y 1860, el período en que se
publicaron más relatos, la voz del narrador esclavo logró atraer a la causa
abolicionista a un amplio público internacional.
Las narraciones de
esclavos, que se vendían a veinticinco o cin¬cuenta centavos en rústica y a un
dólar y medio en un formato más elegante, aportaron una prueba inmediata en
favor de los argumentos de los portavoces antiesclavistas. Los relatos de
antiguos esclavos no sólo daban testimonio de las crueldades de la esclavitud
en Estados Unidos sino que demostraban también que los afroestadounidenses
poseían la capacidad intelectual superior otorgada a todos los seres humanos.
Los abolicionistas blancos se apresuraron a proclamar que un portavoz elocuente
que podía producir una obra como Narrative of the Life and Adventures of Henry
Bibb, an American Slave (1849) sólo po¬día ser considerado «propiedad personal»
por un sistema injusto e in¬telectualmente extraviado de tiranía sureña, que
estaba destinado a extinguirse bajo el peso de sus falsos principios.
Las narraciones eran,
en gran medida, ampliaciones de los papeles activos, oratorios y dramáticos,
que desempeñaban los ex esclavos en el movimiento abolicionista. La presencia
más importante en cual¬quier acto público abolicionista era la del antiguo esclavo.
La prueba de los horribles efectos de la esclavitud se podía exhibir
dramática¬mente pidiendo al fugitivo que volviese al público su espalda
desnu¬da, mostrando para que todos la vieran la deformación permanente causada
por los látigos del mayoral y del negrero. Pero las cicatrices psíquicas
causadas por la esclavitud, menos visibles, sólo podían ex¬ponerse a través de
la oratoria en primera persona, vívida y estremece¬dora, del propio esclavo. La
mayoría de los autores de narraciones de esclavos habían contado sus historias
innumerables veces en reunio¬nes abolicionistas antes de ponerlas por escrito.
Tenían que ser real¬mente muy hábiles en el uso del idioma para transmitir su
mensaje con eficacia a estas asambleas. El historiador Benjamín Quarles indica
por qué el orador apocado no tenía ninguna posibilidad de hacerse oír:
Los abolicionistas
estimulaban en sus reuniones la libertad de expresión con el fin de dar ejemplo
al clérigo «tímido», al go¬bierno «corrupto» y a la prensa «venal». Había, por
esa causa, en las reuniones una atmósfera informal [...]. Como se insistía en
la libertad de discusión, las reuniones abolicionistas se caracteriza¬ban por
la presencia de personas de opiniones muy diferentes sobre cuestiones
políticas. Se daba rienda suelta al individualismo [...]. Los oradores de las
reuniones abolicionistas tenían que ser fuertes. A los golfillos les encantaba
alborotar. Había también entre el público ciudadanos serios a los que les
resultaba impo¬sible a veces escuchar en silencio lo que ellos consideraban
abe¬rraciones incendiarias de agitadores profesionales. A los abolicio¬nistas,
como fomentaban el impulso combativo, les resultaba difícil conseguir locales
para sus actos, sobre todo teniendo en cuenta que no estaban dispuestos además
a hacerse cargo de las pérdidas que pudiese ocasionar una destrucción de la propiedad
.
Fue en marcos
agitados como los descritos aquí donde pasaron su aprendizaje como narradores
muchos antiguos esclavos. El uso de vívidas imágenes y de detalles coloristas
para relatar una vida de aven¬turas horribles, desgarradoras, pasmosas, que
aguijoneaban la conciencia y que resultaban a veces enaltecedoras, se convirtió
pronto en una forma familiar entre los esclavos que sobrevivían con éxito en el
circuito abolicionista. Fueron varios los motivos que propiciaron el paso de
una forma de exposición oral de sus relatos a una forma es¬crita. El acicate
más importante para esta transformación fue el deseo de los abolicionistas
blancos de difundir el relato del fugitivo entre un público lo más numeroso y
diverso posible. Pero había otras razones para transformar los relatos orales
en escritos que correspondían al propio ex esclavo, y que se hallan resumidas
en el prólogo de Henry Bibb a su propia narración:
Cabe preguntarse por
qué he escrito esta obra, cuando hay ya tantas escritas y publicadas del mismo
tenor de otros fugitivos. Y por qué se publica después de haberlo contado
públicamente por toda Nueva Inglaterra y por los estados del Oeste a miles y
miles de personas.
Mi respuesta es que
en ningún sitio he expuesto oralmente con detalle mi narración; y algunos de
los acontecimientos más interesantes de mi vida no han llegado nunca a oídos
del públi¬co. He escrito además el relato que sigue a petición de muchos amigos
de la humanidad pisoteada para que la luz y la verdad pu¬dieran arrojar el
máximo posible de luz sobre el pecado y los ma¬les de la esclavitud. Quise
dejar también por escrito mi humilde testimonio contra este sistema destructor
del hombre, para que lo lean las generaciones futuras cuando mi cuerpo yazca
pudriéndo¬se en el polvo .
La razón primordial
de que Bibb escribiese una narración fue que comprendió que la forma escrita
permitía detallar más y ampliar el campo de los acontecimientos narrativos.
Aunque dice antes en el mis¬mo prólogo que no alberga «ninguna pretensión de
literatura», parece justo decir que hizo una relación escrita porque se dio
cuenta de que las convenciones de un campo de actuación literario le
permitirían crear efectos perdurables («cuando mi cuerpo yazca pudriéndose en
el polvo») que le eran imposibles al orador itinerante. Los narradores esclavos
reflejan así, en el acto de escribir y publicar sus propios relatos, la etapa
final de un viaje geográfico y psicológico que les lleva desde la esclavitud a
la libertad y al abolicionismo. El papel que desempe¬ñan en nuestra época
actual es el de escritores que han aportado su contribución a los cánones de
nuestra literatura nacional, el de crea¬dores de un género diferenciado de
obras de arte literarias que se des¬taca como una faceta única de la literatura
estadounidense.
Dos declaraciones del
polémico ministro de la Nueva Inglaterra del si¬glo XIX Theodore Parker dan una
idea de la importancia de la aportación del ex esclavo. En un sermón que
predicó el 22 de noviembre de 1846, Parker dice: «No tenemos ninguna literatura
estadounidense que sea per¬manente. Nuestros libros cultos son sólo una
imitación de un modelo ex¬tranjero. [...] Todo es el reflejo de esta clase que
es la más poderosa. Las verdades que ellos dicen, y las mentiras». Pero cuando
dio una charla casi tres años después, el 8 de agosto de 1849, es evidente que
había encon¬trado un motivo para revisar su opinión. Dice: «Tenemos una serie
de producciones literarias que nadie podría haber escrito más que
estadouni¬denses, y sólo aquí: me refiero a las vidas de esclavos fugitivos.
Pero como no se trata de la obra de hombres de cultura superior, difícilmente
justifi¬can el esfuerzo del académico. Pero en ellas está todo lo romántico de
América, no en las novelas del hombre blanco» . Lo que indica Parker en su frase
final es que la geografía auténtica de la imaginación estadouni¬dense sólo
puede cartografiarse examinando primero el territorio esclavo. Es dentro de ese
territorio donde escenificaron el drama de elaborar un producto literario
exclusivamente estadounidense (un producto que sólo podría haber escrito «un
estadounidense, y sólo aquí») unos afroestadou¬nidenses que se abrieron paso
por una ruta ardua y escabrosa desde un analfabetismo y un silencio impuestos
legalmente en el Sur a un dominio elocuente de la forma narrativa escrita en el
Norte.
Por tanto, aunque los
lectores actuales han de tener muy en cuenta el medio sociocultural que
proporcionó a las narraciones sus condiciones de existencia, deben asignar la
misma importancia a las condiciones his¬tórico-literarias de los orígenes de
ellas. Bibb había comprendido que una forma escrita le daría más libertad que
una oral debido a que había descubierto las muchas estrategias narrativas que
estaban a su disposi¬ción en el mundo de la literatura. En medio del tumulto de
las reunio¬nes abolicionistas, los narradores esclavos debieron de preguntarse
sin duda en más de una ocasión: ¿Cómo narran los hombres con mayor efi¬cacia
relaciones de hechos? Los narradores habrían descubierto como lectores, y
partícipes, como tales, del universo del discurso literario po¬pular
decimonónico, que tenían a su alcance las técnicas y las tradicio¬nes de las
novelas de plantación, de los relatos sentimentales, de los sermones, de las
conferencias publicadas de autosuperación, los versos moralizantes rimados, los
relatos biográficos de las vidas de los grandes hombres, los relatos morales de
las escuelas dominicales, los libros de viajes por la frontera, estampas
humorísticas del Viejo Suroeste, como las de Augustus Baldwin Longstreet, y
otras formas escritas que consti¬tuían el grueso de las lecturas de su época.
Contaban además con un público familiarizado no sólo con estas formas populares
sino también con las narraciones autobiográficas seculares y espirituales que
caracteriza¬ron la literatura inglesa y europea durante los siglos XVIII y XIX.
El crítico literario
afroestadounidense George Kent ha señalado que los relatos confesionales
puritanos y los de conversión metodistas ejercieron un influjo evidente en las
narraciones de esclavos, confor¬mando su tono piadoso así como los perfiles de
sus reflexiones mora¬les. Y el crítico Henry Louis Gates, Jr., aduce
persuasivamente que los narradores esclavos crearon lo que él llama un
«contragénero», una forma intermedia que participa de elementos de «la novela
sentimen¬tal y, sobre todo, de la transmutación específicamente estadounidense
de la picaresca europea» . Parece correcto, pues, insistir en que el «me¬dio
textual» para las narraciones de esclavos era un contexto denso y
extremadamente rico para la creación. Este contexto se enriqueció aún más en
1852 con la publicación de la obra monumentalmente popular de Harriet Beecher
Stowe La cabaña del Tío Tom. El narrador de Twelve Years a Slave de Solomon
Northup relata del modo siguiente su nombramiento para el cargo de
contramayoral: «Hasta el momento de mi partida [de la plantación de los Epps
como un hombre libre] tuve que llevar en el campo un látigo alrededor del
cuello. Si Epps es¬taba presente, no me atrevía a mostrar la menor indulgencia
[sic], pues no tenía la reciedumbre cristiana de cierto famoso Tío Tom en grado
suficiente para desafiar su cólera, negándome a ejercer mi ofi¬cio. Sólo de
este modo evité el martirio inmediato que sufrió él [Tío Tom]» . Northup
comenta en su narración, más adelante, la descrip¬ción errónea e incompleta de
su obra que aparece en A Key to Uncle Tom's Cabin (1853). Pese a que Henry Bibb
lo niegue, los narradores esclavos tenían en realidad pretensiones literarias.
Eran al mismo tiempo lectores y tímidos autores de narraciones que se
planteaban como obras de arte literarias, como obras autobiográficas realizadas
tanto al servicio de la posteridad literaria como en nombre de una masa
contemporánea de afroestadounidenses esclavizados.
Cuando los
investigadores George Fredrickson y Christopher Lasch afirman que «no existen,
sencillamente, testimonios adecuados de la reacción personal de los esclavos
frente a la esclavitud» lo que hacen,
más que poner en duda la autenticidad de los narradores, es reconocer que los
relatos de ex esclavos tienen más importancia como expresiones «auténticas» en
un universo de discurso literario que en uno histórico. Así que si la historia
ha empezado a ponerse en marcha como consecuencia del interés reciente por los
relatos de esclavos y por sus narradores, el movimiento es primordialmente el
de una his¬toria intelectual, una historia cultural amplia que no considera las
na¬rraciones simplemente como prueba histórica documental directa. La historia
que está actualmente en marcha intenta, más bien, determi¬nar la relación de
los textos de los narradores esclavos, que son (por su misma naturaleza
autobiográfica) literarios e históricos al mismo tiempo, con nuestra
interpretación del pasado estadounidense, con nuestra elaboración de un texto
consensuado de historia.
Para valorar esta
relación en su forma más vigorosa, es esencial diri¬gir la atención hacia las
narraciones afroestadounidenses más repre¬sentativas y de más perfecta
ejecución, y la VIDA (1845) de Frederick Douglass no tiene rival en ese campo.
Es un clásico estadouniden¬se que no ha recibido hasta fecha reciente la
exégesis académica rigu¬rosa que tan sobradamente se merece. Su aparición en la
serie de la Penguin American Library indica que ha surgido en nuestro tiempo un
nuevo paradigma académico.
II
El autor de VIDA DE
UN ESCLAVO AMERICANO, ESCRITA POR ÉL MISMO dice al principio de su relato que
nació «en Tuckahoe, cerca de Hillsborough y a unos veinte kilómetros de Easton,
en el condado de Talbot, Maryland». Como indica su biógrafo Benjamin Quarles:
«Él [Douglass] es la única autoridad sobre la primera parte de su vida» . No
tiene objeto, pues, repetir todos los detalles biográficos que apare¬cen en la
versión autorizada que aportó el propio Douglass en su VIDA. La primera parte
de la vida se puede esbozar concisamente como el desarrollo de la conciencia de
un joven esclavo, seguida de su rebelión física contra la esclavitud sureña y
su subsiguiente huida de ella.
El mejor cálculo de
que disponemos establece como año del naci¬miento de Douglass 1818. Su madre,
Harriet Bailey, era una esclava que pertenecía al capitán Aaron Anthony. Su
padre, nos dice Dou¬glass, «fue un blanco. Todas las personas a las que oí
hablar de mi origen confesaban que lo era. También se rumoreaba que mi amo [el
capitán Anthony] era mi padre; pero no sé nada sobre la veracidad de esa
opinión; me privaron de medios de saberlo». De acuerdo con las prácticas
esclavistas de su época, el pequeño Douglass asumió el ape¬llido y la condición
esclava de su madre. «Frederick Augustus Wash¬ington Bailey», escribe, fue «el
nombre que me puso mi madre».
Después de pasar los
primeros siete años de su vida en, o cerca de, la plantación familiar del
coronel Edward Lloyd, de la que su amo era administrador, fue enviado a
Baltimore a servir al señor Hugh Auld. Éste era hermano de Thomas Auld, que
estaba casado con Lucretia, hija del capitán Anthony. El traslado a la ciudad
permitió a Douglass no sólo eludir el trabajo embrutecedor del campo, que
habría sido su suerte si se hubiese quedado en la finca de Lloyd, sino que le
propor¬cionó también una perspectiva de posibilidades humanas y de
oportu¬nidades de progreso que no le habrían salido al paso en las regiones
agrícolas de la Costa Atlántica.
La señora Sophia
Auld, esposa de Hugh, enseñó al pequeño Dou¬glass los rudimentos de la lectura,
convirtiéndose con ello en agente del descubrimiento de lo que él llama «el
camino de la esclavitud a la libertad». Cuando Hugh Auld se enteró de las
actividades de su mujer, la reprendió severamente diciendo: «Hasta el mejor
negro del mundo se estropearía con el estudio. Has de saber [...] que si
enseñas a ese ne¬gro [...] a leer, no habría modo de controlarlo luego. Le
incapacitaría completamente para ser un esclavo». Pero la suerte estaba echada.
Douglass se había adentrado ya en el camino que le llevaría a conver¬tirse en
el esclavo letrado que hojeando el Columbian Orator habría de llegar a la firme
convicción de que la libertad era la condición natural del género humano. El
muchacho lograría adquirir también las nociones básicas de escritura que
acabarían permitiéndole escribir su propio paso a la libertad. Además, Hugh
Auld, en sus esfuerzos por convertir a Douglass en una propiedad más valiosa,
supervisó la instrucción y el trabajo del joven esclavo como calafateador de
barcos.
Es prácticamente
seguro que Douglass, como otras figuras represen¬tativas de la literatura
estadounidense, adquirió en la ciudad una perspectiva de la vida que le
transformó, «incapacitándole completa¬mente» para ser un esclavo. Cuando le
devolvieron a la Costa Atlánti¬ca como consecuencia de una pelea entre Hugh
Auld y su hermano Thomas, el muchacho fue, como mucho, un peón refractario. Su
nue¬vo amo, Thomas, consideró imprescindibles los servicios de un «do¬mador de
negros». Así que en 1833 se cedió a Douglass en arriendo al señor Edward Covey,
un adiestrador de jóvenes esclavos de dureza im¬placable. La historia de sus
primeros seis meses de mortificación a ma¬nos de Covey y de su lucha
espectacular contra las tentativas de someterle del domador de esclavos
constituye uno de los episodios más significativos de la narración. Estos
acontecimientos llevaron al esclavo a tomar la decisión que él explica del modo
siguiente: «Y en¬tonces decidí que, por mucho tiempo que pudiera seguir siendo
escla¬vo oficialmente, había quedado atrás para siempre el día en que pudiese
ser un esclavo de hecho. No vacilaría en dejar que se supiera de mí que el
blanco que esperase conseguir azotarme debía conseguir an¬tes matarme». La
libertad física y la dignidad espiritual se convirtieron en objetivos por los
que Douglass estaba dispuesto a pagar el precio de su vida. En el año 1835 hizo
una tentativa fallida y peligrosa de esca¬par de la esclavitud. Como
consecuencia de esta tentativa fallida vol¬vieron a ponerle al servicio de Hugh
Auld en Baltimore.
En 1838, disfrazado
de marinero negro libre, cogió un tren de Balti¬more a Filadelfia, trasbordó a
otro que iba hacia Nueva York y el ter¬cer día de septiembre alcanzó la
libertad. Describe del siguiente modo sus sentimientos al llegar a Nueva York:
«Me sentí, supongo, como uno puede imaginar que se siente el marinero desarmado
cuando un navío de guerra amigo le salva de la persecución de un barco pirata».
Una de las primeras cosas que hizo en Nueva York fue llamar a la ciu¬dad a su
prometida, Anna Murray, una mujer libre de Baltimore que había colaborado
económicamente en su fuga. Les casó el reverendo James W. C. Pennington el 15
de septiembre de 1838. Douglass y su esposa se trasladaron a New Bedford,
Massachusetts, inmediatamente después de la boda y se convirtieron en seguida
en miembros respeta¬dos de la comunidad negra. Cuando Douglass, que había
adoptado el apellido Johnson en Nueva York, fijó su residencia en New Bedford
recibió el nombre de Douglass, que había de llevar el resto de su vida.
Tras haber escapado
del «cementerio de la inteligencia» que era la esclavitud estadounidense,
Douglass dedicó una vida larga y producti¬va al servicio de la libertad humana.
En 1839 asistía a reuniones aboli¬cionistas negras en New Bedford y se había
convertido en lector del periódico de William Lloyd Garrison, el Liberator. En
el verano de 1841 conoció a Garrison, pronunció un emotivo discurso en una
reu¬nión abolicionista blanca en Nantucket y fue contratado como
confe¬renciante por la Sociedad Antiesclavista de Massachusetts. De 1842 a 1844
viajó a Pennsylvania, Vermont y otros lugares. Entre 1839 y 1844 se convirtió
en padre de Rosetta (1839), Lewis (1840), Frederick, Jr. (1842) y Charles
Remond (1844) Douglass.
En 1844, su
credibilidad como conferenciante abolicionista fue ob¬jeto de ataques por parte
de los que insistían en que no parecía, no actuaba, no pensaba ni hablaba como
alguien que hubiese huido re¬cientemente de la esclavitud. Como las
actividades, los motivos y los productos del abolicionismo eran siempre
sospechosos para los que apoyaban activa o tácitamente opiniones
proesclavistas, a los dirigen¬tes de la Sociedad Antiesclavista de
Massachusetts les preocupaba el que su orador afroestadounidense más vigoroso
se viese asediado por acusaciones de fraude. El carácter de estas acusaciones
nos lo indica la carta de un corresponsal de Filadelfia al Liberator de 1844:
«Muchos miembros del público parecían incapaces de dar crédito a las cosas que
él [Douglass] explicaba sobre sí mismo, y no podían creer que fue¬se realmente
un esclavo. Les resultaba absolutamente inconcebible que un hombre que no
llevaba más que seis años libre de la esclavi¬tud, y que no había ido a la
escuela en toda su vida, pudiese hablar con tanta elocuencia, con tanta
precisión en el lenguaje y tal vigor de pensamiento» . La dirección de la
Sociedad Antiesclavista de Massachusetts instó por tanto a Douglass a dar a la
imprenta la historia de su vida, para que pudiera añadir así detalles que no
había incluido en sus actuaciones públicas orales, y para que describiera
algunos de los acontecimientos interesantes de su vida que no habían «llegado
nun¬ca a oídos del público», como dice Henry Bibb refiriéndose a su pro¬pio
caso. Quarles escribe: «Douglass apenas apareció por las salas de conferencias
en los meses de invierno de 1844-1845; estaba afanosa¬mente dedicado a escribir
una crónica de sus experiencias como escla¬vo» .
La VIDA DE FREDERICK
DOUGLASS se publicó en la primavera de 1845. Con un precio de venta de
cincuenta centavos, el libro, de 125 pági¬nas, que contenía comentarios
introductorios de William Lloyd Garri¬son y Wendell Phillips, se convirtió
inmediatamente en un éxito de ventas. A los tres años se habían impreso ya
11.000 ejemplares en Estados Unidos. Durante ese mismo período se habían hecho
nueve ediciones inglesas de la obra y se había traducido al francés y al
holandés.
La reacción de la
crítica fue abrumadoramente entusiasta. El Libera¬tor del 23 de mayo de 1845,
por ejemplo, daba noticia de la publicación del libro, citaba fragmentos y
hacía la siguiente predicción laudatoria: «Es indudable que producirá una
fuerte impresión por donde circule, sobre todo entre la esclavocracia». El 30
de mayo de 1845 el Liberator reproducía la siguiente valoración de la VIDA que
hacía el Lynn Pioneer: «El cuadro que ofrece de la esclavitud es demasiado
horrible para que se pueda contemplar, y sin embargo no es más que un cuadro
difuso de lo que para millones es una vida intensa. Es evidente que está
tra¬zado con una visión amable y que el colorido es suave y atenuado en vez de
exagerado o extremado. Pese a ser conmovedor y estar lleno de la elocuencia más
ardiente, es sencillo y desapasionado. Su elocuencia es la elocuencia de la
verdad. [...] Hay en el libro pasajes que enaltece¬rían la fama de cualquier
autor actual, mientras que juzgado en su conjunto, como mera obra de arte,
aumentaría la fama de Bunyan o Defoe». El comentarista pasaba a profetizar para
la obra de Douglass un papel inspirador en la eliminación de las injusticias
sociales en el país. En junio de 1845 apareció en el Liberator una nota del
Boston Courier en la que se decía que la VIDA contenía «muchas descripciones de
escenas en el Sur que, si son ciertas, aportan testimonio suficiente contra la
"institución peculiar" como para hacer desear a todo hom¬bre honrado
su rápida caída y casi por cualquier medio». Un redactor del Boston Transcript
proclamaba que la obra era «en conjunto [...] una historia bien escrita y,
procediendo como procede de alguien que sólo pudo instruirse a retazos, y eso
además con el látigo ensangrentado listo para castigar, si le sorprendían
cometiendo el delito de adquirir conocimiento, ha de calificarse como una
proeza extraordinaria».
El 20 de junio de
1845 el Liberator podía comunicar: «A nuestros amigos antiesclavistas les
agradará saber que está ya casi agotada la primera edición de la VIDA». De
hecho, entre mayo y septiembre se habían vendido 4.500 ejemplares de la VIDA. Y
al cabo de cinco años las ventas del libro habían superado los 30.000
ejemplares. Las edicio-nes inglesa e irlandesa se hicieron inmediatamente
populares entre los lectores, y los periódicos extranjeros alabaron la
«elocuencia nati¬va» y la capacidad para «difundir ideas acertadas sobre la
esclavitud y los males que la acompañan».
La predecible
acusación de fraude se lanzó conta la VIDA a finales de 1845. La acusación,
redactada por A. C. C. Thompson y publicada por primera vez en el Delaware
Republican, se reprodujo en el Liberator del 12 de diciembre. Citamos un
fragmento: «No siento ninguna animosidad hacia los que urdieron la VIDA, y no
sé quiénes son, pero afirmo taxativamente que es toda ella una sarta de
falsedades, de prin¬cipio a fin». Thompson decía ser un antiguo habitante de la
Costa Atlántica y afirmaba conocer desde hacía mucho al «cobarde esclavo
llamado Frederick Bailey», que, según el autor de la acusación, era demasiado
inculto para que hubiese podido escribir un libro como la VIDA. Decía además
que las personas que en la obra de Douglass se pintaban como individuos de una
maldad inconcebible eran, todas ellas, personas generosas, cristianas y
compasivas.
Douglass rechazó con
firmeza las acusaciones de Thompson en una carta al Liberator fechada el 27 de
enero de 1846. Daba en primer lugar las gracias a su acusador por confirmar una
afirmación primordial de la VIDA, es decir, que Douglass había sido realmente
un esclavo. «Us¬ted, señor», escribía, «me ha ayudado. Me veo ahora frente al
público, tanto británico como americano, respaldado por usted justamente como
lo que he dicho que soy, es decir, como un esclavo americano». Douglass
demostraba a continuación, citando las leyes del estado, que las afirmaciones
de Thompson de que la legislación de Maryland tra¬taba igual a negros y a
blancos era una patente falsedad. Las acusacio¬nes de Thompson y la respuesta
de Douglass se incluyeron en la segunda edición de la VIDA que se hizo en el
Reino Unido.
La invectiva de
Thompson era característica de las reacciones proes¬clavistas a los esfuerzos
intelectuales de los ex esclavos. Había, claro, razones para que los proclives
al escepticismo pusieran en duda la es¬tricta autenticidad autobiográfica de
las narraciones de esclavos, ya que muchas de las obras procedían de relatos
orales que habían sido transcritos por abolicionistas blancos. Pero en la VIDA
de Douglass no hubo ninguna colaboración de los colegas abolicionistas blancos
del autor. Había sido, en realidad, el vigor oratorio excepcional de Dou¬glass
lo que le había proporcionado su empleo como conferenciante de la Sociedad
Antiesclavista de Massachusetts. Y su brillante dominio y su uso del idioma
eran dotes que nadie que le conociese podía ne¬gar. Hay, de hecho, razones para
suponer que muchos afroestadouni¬denses cuyas narraciones se ofrecieron al
público fueron sus propios mejores cronistas y revisores. El historiador de la
literatura Charles Ni¬chols emplaza el tema de la elaboración de narraciones de
esclavos en una perspectiva mucho más positiva que portavoces como Thomp¬son,
el detractor de Douglass, cuando escribe: «Los amanuenses de los esclavos
(Lydia Maria Child, John G. Whittier, Edmund Quincy, Sa-muel Eliot) eran
personas de probada integridad. Tenían todos clara conciencia de que su labor
de propaganda contra la esclavitud no po¬día progresar a través del engaño.
[...] Los editores abolicionistas blan¬cos [de las narraciones de esclavos] se
esforzaban todo lo posible por indicar cuidadosamente la cuantía de su
intervención [...] y son mu¬chas más autobiografías de éstas las que son obra
de los ex esclavos de lo que suele suponerse» . La VIDA de Douglass fue
indiscutiblemente obra de éste, y tanto el relato de 1845 como sus revisiones y
amplia¬ciones posteriores, My Bondage and My Freedom (1855) y Life and Times of
Frederick Douglass (1881, 1892) muestran lo íntimamente que la for¬ma de
narrar, el tono autorial, las pautas lingüísticas y las imágenes y los puntos
de vista reflejan el paso progresivo del autor de la esclavi¬tud a la fama
internacional.
La fama llegó
inmediatamente después de la publicación de la VIDA, cuando Douglass (que al
revelar su verdadera identidad y su lu¬gar de residencia en la obra de 1845 se
exponía al peligro de una vuel¬ta a la esclavitud) zarpó para Inglaterra.
Durante los dos años siguientes dio conferencias en Inglaterra, Escocia e
Irlanda y recibió el aplauso y el elogio de miles de personas. En diciembre de
1846 quedó emancipado legalmente al comprar Ellen y Anna Richardson, de
New¬castle, Inglaterra, su libertad a Hugh Auld por setecientos dólares.
Douglass regresó de
Inglaterra en marzo de 1847 y poco después inició la carrera de periodista, que
ocuparía gran parte del resto de su vida. Fue propietario, director y editor
sucesivamente del North Star, Frederick Douglass Weekly, Frederick Douglass' Paper,
Douglass' Monthly y el New National Era. Como editor y periodista se convirtió,
en pa¬labras de Quarles, en «un dirigente negro en la totalidad de sus
plan-teamientos e intereses. Su interés se extendió desde el problema de la
exclusión de los negros de las iglesias "blancas" a la práctica de la
se¬gregación racial en las escuelas públicas y a un análisis de todo el
principio en que se basaba la imposición de puestos diferenciados para blancos
y gente de color» . Se convirtió, en suma, en un dirigen¬te afroestadounidense
cuya brillante elocuencia le otorgó el puesto del negro más destacado en la
vida pública de su época. Luego fue presi¬dente del malogrado Freedmen's
Savings Bank, alguacil del distrito de Columbia, oficial de registro del distrito
de Columbia, embajador resi¬dente y cónsul general de la república de Haití y
chargé d'affaires de Santo Domingo. En 1892 fue nombrado por el Gobierno de
Haití para actuar como su representante en la Exposición Colombina de Chicago.
Douglass murió de un
ataque al corazón en su ciudad adoptiva de Washington, el 20 de febrero de
1895. Su cadáver, después de perma¬necer expuesto al público en la capilla
ardiente en Washington, fue trasladado a Rochester, Nueva York, donde se halla
enterrado en el ce¬menterio de Mount Hope. En ese año de su muerte se publicó
la últi¬ma edición revisada de Life and Times of Frederick Douglass.
El texto que se da
aquí de VIDA DE UN ESCLAVO AMERICANO, su obra maestra del arte literario
estadounidense, es idéntico a la primera edi¬ción americana. Se presenta tal
como apareció en el original, sin en¬miendas ni comentarios editoriales.
HOUSTON A. BAKER,
Jr., 1982
VIDA DE UN ESCLAVO
AMERICANO,
ESCRITA POR ÉL MISMO
Prefacio
En el mes de agosto
de 1841 asistí a una convención an¬tiesclavista en Nantucket, en la que tuve la
dicha de co¬nocer a FREDERICK DOUGLASS, el autor de la narración que sigue. Era
un desconocido para casi todos los miembros de aquel or¬ganismo; pero como
había huido recientemente del presidio de la esclavitud sureña y le espoleaba
la curiosidad de conocer los principios y las medidas de los abolicionistas (de
los que le ha¬bía llegado una descripción un tanto imprecisa cuando era un
esclavo), se sintió impulsado a hacer acto de presencia, en la ocasión aludida,
aunque residiese por entonces en New Bed¬ford.
¡Suceso afortunado,
afortunadísimo!... ¡Afortunado para los millones de hermanos suyos encadenados,
que siguen anhelando verse libres de su espantosa servidumbre! ¡Afortu¬nado
para la causa de la emancipación negra y de la libertad universal! ¡Afortunado
para la tierra en la que nació, que tanto ha hecho ya por salvar y bendecir!
¡Afortunado para un amplio círculo de amigos y conocidos, cuya simpatía y cuyo
afecto se ha ganado firmemente por los muchos sufri¬mientos que ha soportado,
por sus virtuosos rasgos de carác¬ter, por su recuerdo siempre presente de
aquellos que están encadenados, como si estuviese encadenado con ellos!
¡Afor¬tunado para las multitudes de diversas partes de nuestra re¬pública,
cuyas mentes ha ilustrado sobre el tema de la esclavitud, y que se
estremecieron hasta las lágrimas por su patetismo, o se enardecieron hasta la
justa indignación por su conmovedora elocuencia contra los esclavizadores de
hombres! ¡Afortunado para él mismo, pues le introdujo inmediatamente en el
campo de la utilidad pública, «dio al mundo seguridad de un HOMBRE», avivó las
energías aletarga¬das de su alma y le consagró a la gran obra de quebrar la
vara del opresor y dejar en libertad al oprimido!
Jamás olvidaré su
primer discurso ante la convención (la emoción extraordinaria que despertó en
mi espíritu), la po¬derosa impresión que causó al numeroso público, que no se
esperaba nada parecido, el aplauso que siguió desde el prin¬cipio al fin a sus
oportunos comentarios. Creo que nunca odié la esclavitud tan intensamente como
en aquel momen¬to; desde luego, mi percepción de la enorme ofensa que se
inflige con ella a la naturaleza divina de sus víctimas resultó mucho más clara
que nunca. Allí estaba una de ellas, impo-nente y precisa en la talla y la
proporción física, pródiga¬mente dotada en cuanto a la inteligencia, un
prodigio en cuanto a la elocuencia natural, en el alma manifiestamente «creado
sólo un poco por debajo de los ángeles» y sin em¬bargo un esclavo, ay, un
esclavo fugitivo, temblando por su seguridad, sin atreverse apenas a creer que
pudiera hallarse en el país una sola persona blanca que le amparase en todos
los peligros, por el amor de Dios y por humanidad. ¡Capaz de tan grandes logros
como sujeto moral e intelectual que no hacía falta más que una escasa cuantía
de instrucción para convertirle en un ornato de la sociedad y en una bendi¬ción
para su raza, y sin embargo, debido a las leyes del país, a la voz del pueblo,
a los términos del código esclavista, no era más que una propiedad, una bestia
de carga, una pose¬sión personal!
Un amigo querido de
New Bedford consiguió convencer al señor DOUGLASS para que se dirigiese a la
convención. Se diri¬gió al estrado con una vacilación y una turbación que eran
compañeras inevitables de una inteligencia perceptiva en una situación tan novedosa.
Tras disculparse por su ignoran¬cia y recordar al público que la esclavitud era
una pobre escuela para la inteligencia y para el corazón humanos, pasó a
explicar algunos de los hechos de su propia historia como esclavo, y en el
curso de su narración expresó muchos no¬bles pensamientos y muchas reflexiones
conmovedoras. Tan pronto como tomó asiento, me levanté, lleno de esperanza y de
admiración, y proclamé que PATRICK HENRY, el famoso re¬volucionario, no había
hecho nunca un discurso más elo¬cuente por la causa de la libertad que el que
acabábamos de escuchar de labios de aquel fugitivo perseguido. Eso pensé
entonces y eso sigo pensando ahora. Recordé al público el peligro que corría
aquel joven autoemancipado en el Norte, incluso en Massachusetts, en la tierra
de los Peregrinos, en¬tre los descendientes de los revolucionarios; y apelé a
ellos, pregunté a los presentes si permitirían alguna vez que le arrastraran de
nuevo a la esclavitud, con la ley o sin la ley, con la Constitución o sin la
Constitución. La respuesta fue unánime y atronadora: «¡NO!». «¿Le socorreréis y
le protege¬réis como a un hermano, un habitante del viejo Estado de la Bahía?»
«¡SÍ!» gritaron todos, con una energía tan impresio¬nante que los implacables
tiranos del sur de la línea Mason y Dixon casi podrían haber oído la poderosa
explosión de sen¬timiento y haberla reconocido como el compromiso de una
resolución invencible, por parte de quienes lo manifestaban, de no traicionar
nunca a los fugitivos, sino de ocultar al proscrito y arrostrar con firmeza las
consecuencias.
Se me grabó
profundamente en el pensamiento en seguida que, si se pudiese convencer al
señor DOUGLASS para que de¬dicase su tiempo y sus dotes a la difusión de la
actividad an¬tiesclavista, se aportaría un vigoroso impulso a ésta, y se
asestaría al mismo tiempo un golpe contundente a los pre¬juicios norteños
contra una tez de color. Así que me esforcé por infundir en su mente esperanza
y valor, con el fin de que pudiese atreverse a asumir una actividad tan anómala
y de tanta responsabilidad para una persona en su situación; y me secundaron en
esta labor amigos bondadosos, especial¬mente el difunto agente general de la
Sociedad Antiesclavis¬ta de Massachusetts, el señor JOHN A. COLLINS, cuyo
juicio coincidió totalmente con el mío en este caso. Él se mostró reacio en
principio; manifestó, con timidez sincera, su con¬vencimiento de que no era la
persona idónea para una tarea tan importante; el camino a seguir era una ruta
totalmente inexplorada; tenía un temor sincero a hacer más mal que bien. Pero
después de mucho deliberar consintió en hacer una prueba; y desde entonces ha
seguido actuando sin inte-rrupción como conferenciante bajo los auspicios de la
Socie¬dad Antiesclavista Estadounidense o la de Massachusetts. Ha trabajado con
ahínco; y su éxito combatiendo los prejuicios, ganando prosélitos, agitando a
la opinión pública, ha supe¬rado con mucho las expectativas más optimistas que
desper¬tó al principio de su brillante carrera. Está dotado de una amabilidad y
una mansedumbre natas, pero también de au¬téntica hombría de carácter.
Sobresale como orador en el pa¬tetismo, en el ingenio, en la comparación, la
imitación, el vigor del razonamiento y la facilidad de palabra. Se da en él esa
unión de la cabeza y el corazón que es indispensable para ilustrar las cabezas
y ganarse los corazones de los de¬más. ¡Ojalá su vigor aumente con los años!
¡Ojalá siga «cre¬ciendo en gracia y en el conocimiento de Dios», para que pueda
ser cada vez más útil a la causa de la humanidad ator¬mentada, tanto en este
país como en el extranjero!
Es ciertamente un
hecho muy notable el que uno de los defensores más eficaces de la población
esclava, que ahora se presenta al público, sea un esclavo fugitivo, FREDERICK
DOU¬GLASS; y que la población libre de color de Estados Unidos esté tan
idóneamente representada por uno de los suyos, CHARLES LENOX REMOND, cuyas
elocuentes apelaciones han obtenido el máximo aplauso de multitudes de ambos
lados del Atlántico. Que los calumniadores de la raza de color se desprecien a
sí mismos por su vileza e intolerancia de espíri¬tu, y dejen así de hablar de
la inferioridad natural de los que sólo necesitan tiempo y oportunidades para
alcanzar el más alto grado de perfección humana.
Quizá sea justo
plantearse si alguna otra porción de la po¬blación de la tierra podría haber
soportado las privaciones, sufrimientos y horrores de la esclavitud sin haberse
degradado más en la escala de la humanidad que los esclavos de ori¬gen
africano. Se ha hecho todo lo posible por mutilar su inteligencia, oscurecer su
mente, degradar su carácter moral, borrar todo rastro de relación con la
humanidad; ¡y qué ma¬ravillosamente han soportado sin embargo la carga
impo¬nente de la esclavitud más aterradora, bajo la que llevan siglos
padeciendo! Para ilustrar los efectos de la esclavitud en el hombre blanco,
para demostrar que éste no tiene ninguna capacidad de resistencia en semejante
condición que sea su¬perior a la de su hermano negro, DANIEL O'CONNELL, el
distin¬guido defensor de la emancipación universal y el más vigoroso adalid de
la postrada pero jamás vencida Irlanda, relató la anécdota siguiente en un
discurso pronunciado por él en el Conciliation Hall de Dublín, ante la Loyal
National Repeal Association, el 31 de marzo de 1845. «La esclavitud», dijo el
señor O'CONNELL, «sigue siendo odiosa sea cual sea el término especioso con el
que pueda disfrazarse. Hay en ella una tendencia natural e inevitable a
embrutecer todas las faculta¬des nobles del hombre. Un marinero estadounidense
que nau-fragó frente a las costas de África, donde fue mantenido en la
esclavitud durante tres años, se comprobó que se hallaba al finalizar ese
período embrutecido e idiotizado... había per-dido toda capacidad de razonar; y
había perdido su lengua materna, no siendo capaz de proferir más que un
galimatías, salvaje mezcla de inglés y árabe, que nadie podía entender y que
hasta a él mismo le resultaba difícil pronunciar. ¡He aquí la influencia
humanizadora de "la institución doméstica"!». Aunque aceptemos que se
trata de un caso excepcional de deterioro mental, demuestra sin duda que el
esclavo blanco puede hundirse tan bajo como el negro en la escala de la
hu¬manidad.
El señor DOUGLASS ha
decidido, muy apropiadamente, es¬cribir su propia narración, según su estilo, y
de acuerdo con su máxima capacidad, en vez de servirse de algún otro. Es, por
tanto, obra exclusivamente suya; y si consideramos lo largo y sombrío que fue
el camino que tuvo que recorrer como esclavo, las escasas oportunidades que ha
tenido de cultivar su inteligencia desde que rompió sus cadenas, dice mucho, a
mi juicio, sobre su cabeza y su corazón. El que pueda leerlo detenidamente sin
que se le salten las lágrimas, se le encoja el corazón y se le aflija el
espíritu, sin que le in¬vada un aborrecimiento indescriptible hacia la
esclavitud y todos sus cómplices y se sienta impulsado a luchar por la
abolición inmediata de ese sistema execrable, sin que tiem¬ble por el destino
de este país a manos de un Dios justo, que está siempre de parte de los
oprimidos y cuyo brazo no se acorta y no se puede eludir, debe de tener un
corazón de pe¬dernal y estar calificado para representar el papel de un
trafi¬cante «en esclavos y almas de hombres». Estoy seguro de que el relato es
fundamentalmente veraz en todas sus afirmacio¬nes; que no hay nada en él
inspirado por la malevolencia, nada exagerado, nada extraído de la imaginación;
que se queda corto al exponer la realidad, más que exagerar un solo hecho
respecto a la esclavitud tal como es. La experiencia de FREDERICK DOUGLASS como
esclavo no tuvo nada de especial; su suerte no fue particularmente dura; su
caso puede consi¬derarse como un ejemplo muy justo del tratamiento que re¬ciben
los esclavos en Maryland, estado en el que se admite que están mejor
alimentados y se les trata con menos cruel¬dad que en Georgia, Alabama o
Luisiana. Son muchos los que han sufrido incomparablemente más, mientras que
son muy pocos los que han sufrido en las plantaciones menos que él. ¡Qué
deplorable fue, sin embargo, su situación! ¡Qué terribles castigos se
infligieron a su persona! ¡Qué ultrajes aún más espantosos se perpetraron
contra su inteligencia! ¡Contra todas sus nobles capacidades y sus sublimes
aspiraciones, tratándole como a una bestia incluso los que afir-maban que
habitaba en ellos el mismo espíritu que en Jesu¬cristo! ¡A qué terribles
obligaciones estuvo continuamente sometido! ¡Qué desprovisto de ayuda y consejo
afectuosos, incluso en sus mayores aflicciones! ¡Qué profunda era la
me¬dianoche de infortunio que envolvía en obscuridad el últi¬mo rayo de
esperanza y llenaba el futuro de terror y de pesadumbre! ¡Qué anhelos de
libertad se apoderaron de su pecho y cómo aumentó su desdicha a medida que iba
ha¬ciéndose reflexivo e inteligente, demostrando con ello que un esclavo feliz
es un hombre extinto! ¡Cómo pensaba, razo¬naba, sentía, bajo el látigo del
capataz, con las extremidades encadenadas! ¡Qué peligros afrontó en sus
tentativas de huir de su horrible suerte! ¡Y qué notables fueron su liberación
y su supervivencia en medio de una nación de enemigos im¬placables!
Esta narración
contiene muchos incidentes conmovedo¬res, muchos pasajes de gran elocuencia y
vigor; pero yo creo que el más emocionante de todos ellos es la descripción que
DOUGLASS hace de sus sentimientos cuando monologa sobre su destino, y la
posibilidad de ser un día un hombre libre, en las orillas de la bahía de
Chesapeake, viendo cómo se alejan los navíos alzando sus blancas alas al viento
y apostrofándolos como animados por el espíritu vivo de la libertad. ¿Quién
puede leer ese pasaje y permanecer insensible a su patetismo y su sublimidad?
¡Hay en él condensada toda una Biblioteca de Alejandría de pensamiento, emoción
y sentimiento, todo lo que puede, todo lo que debe exigirse en forma de
protesta, ruego, crítica, contra ese crimen que es el mayor de todos, hacer al
hombre propiedad de su semejante! ¡Oh, qué in¬fausto es ese sistema que sepulta
el espíritu sagrado del hombre, mutila la imagen divina, reduce a los que
fueron creados coronados de gloria y honor a un nivel de animales cuadrúpedos,
y exalta al traficante de carne humana por encima de todo lo que se llama Dios!
¿Por qué habría de pro¬longarse su existencia una hora más? ¿No es maldad, sólo
maldad y continuamente? ¿Qué entraña su presencia sino la ausencia de todo
temor de Dios, toda consideración del hombre, por parte del pueblo de Estados
Unidos? ¡Que el cielo acelere su destrucción eterna!
Hay muchas personas
que son tan profundamente igno¬rantes de la naturaleza de la esclavitud que se
muestran obstinadamente incrédulas siempre que leen o escuchan cualquier
relación de las crueldades de las que la esclavitud hace objeto diariamente a
sus víctimas. No niegan que los esclavos se posean como una propiedad; pero ese
hecho te¬rrible no parece transmitir a sus mentes ninguna idea de in¬justicia,
ningún riesgo de ultraje o de barbarie brutal. ¡Si les hablas de flagelaciones
crueles, de mutilaciones, de personas marcadas con un hierro al rojo, de
escenas de sangre y de¬pravación, de destierro de toda luz y de todo
conocimiento, fingen una gran indignación ante tan enormes exageracio¬nes, tan
inmensas tergiversaciones, tan abominables calum¬nias sobre el carácter de los
plantadores sureños! ¡Como si todos estos ultrajes espantosos no fuesen las
consecuencias naturales de la esclavitud! ¡Como si fuese menos cruel reducir a
un ser humano a la condición de una cosa que azotarle con saña, o privarle de
la ropa y de los alimentos necesarios! ¡Como si látigos, cadenas, empulgueras,
palizas, sabuesos, mayorales, capataces, patrullas, no fuesen todos
indispensa¬bles para mantener sujetos a los esclavos y para dar protec¬ción a
sus implacables opresores! ¡Como si al quedar abolida la institución del
matrimonio no hubiesen de proliferar ine¬vitablemente el concubinato, el
adulterio y el incesto; como si cuando todos los derechos humanos son
aniquilados que¬dase alguna barrera que protegiese a la víctima de la furia del
expoliador; como si cuando se asume el poder absoluto sobre la vida y la
libertad no se esgrimiera con poder destructor! Abundan en la sociedad los
escépticos de esta naturaleza. En algunos casos contados, su incredulidad
procede de una falta de reflexión; pero en general indica un odio a la luz, un
de¬seo de proteger la esclavitud de los ataques de sus enemigos, un desprecio a
la raza de color, libre o esclava. Ésos procura¬rán desacreditar las historias
estremecedoras de la crueldad de la esclavitud que se refieren en esta veraz
narración; pero se esforzarán en vano. El señor DOUGLASS ha revelado con toda
franqueza su lugar de nacimiento, los nombres de los que se pretendían
propietarios de su cuerpo y de su alma, y también los nombres de los que cometieron
los crímenes de que les ha acusado. Sus afirmaciones pueden refutarse, por
tanto, fácil¬mente, si es que son falsas.
A lo largo de su
narración, el señor DOUGLASS relata dos ejemplos de crueldad asesina, en uno de
los cuales un plan¬tador mata de un tiro deliberadamente a un esclavo que
pertenece a una plantación vecina, que había penetrado in¬voluntariamente en su
dominio señorial en busca de pesca; y en el otro un capataz le vuela la cabeza
a un esclavo que se había metido en un río para huir de una flagelación
san¬grienta. El señor DOUGLASS afirma que en ninguno de estos casos se llevó a
cabo ningún tipo de detención legal o inves-tigación judicial. El Baltimore
American del 17 de marzo de 1845 relata un caso similar de atrocidad,
perpetrada con similar impunidad, del modo siguiente: «Mata a tiros a un
es-clavo. Hemos tenido noticia, a través de una carta del conda¬do de Charles,
Maryland, recibida por un caballero de esta ciudad, de que un joven llamado
Matthews, sobrino del ge¬neral Matthews, y cuyo padre ostenta, al parecer, un
cargo en Washington, mató a tiros a uno de los esclavos de la finca de su
padre. La carta afirma que el joven Matthews había quedado al cargo de la
finca, que dio una orden al criado, que fue desobedecido, tras lo que se
dirigió a la casa, se proveyó de un arma, regresó y mató a tiros al sirviente.
Inmediatamente, continúa la carta, huyó a la residencia de su padre, donde aún
permanece sin que nadie le moleste». No hay que olvi¬dar que ningún propietario
de esclavos ni ningún capataz puede ser declarado culpable de ningún atropello,
por muy diabólico que sea, perpetrado contra la persona de un escla¬vo, en
virtud del testimonio de una persona de color, esclava o libre. Según el código
de la esclavitud, se les considera in¬capaces para testificar contra un blanco,
como si pertenecie¬sen realmente al mundo animal. No hay por tanto ninguna
protección legal de hecho, diga lo que diga la letra de la ley, para la
población esclava; y puede infligírseles cualquier crueldad con toda impunidad.
¿Puede concebir el pensa¬miento humano una situación social más espantosa?
Los efectos de la fe
religiosa sobre la conducta de los amos sureños se describen vívidamente en la
siguiente narración y demuestran ser cualquier cosa menos saludables. Dada la
na¬turaleza del caso, tienen que ser perniciosos en el máximo grado. El testimonio
del señor DOUGLASS sobre este punto lo apoyan toda una nube de testigos, cuya
veracidad es irrefu¬table. «La profesión de fe cristiana de un propietario de
es¬clavos es una impostura patente. Es un felón del máximo grado. Es un ladrón
de hombres. Carece de importancia lo que se coloque en el otro platillo de la
balanza.»
¡Lector! ¿Están tus
simpatías y objetivos con los de los la¬drones de hombres o del lado de sus
víctimas pisoteadas? Si estás con los primeros, eres un enemigo de Dios y del
hom¬bre. Si con las segundas, ¿qué estás dispuesto a hacer y a arriesgar por
ellas? Sé fiel, sé vigilante, sé incansable en tus esfuerzos por romper todo
yugo y dejar que los oprimidos marchen libres. Pase lo que pase, cueste lo que
cueste, graba en el estandarte que despliegues al viento, como tu lema
po¬lítico y religioso: «¡NINGÚN COMPROMISO CON LA ESCLAVITUD! ¡NINGUNA UNIÓN
CON LOS PROPIETARIOS DE ESCLAVOS!»
WM. LLOYD GARRISON
Boston, 1 de mayo de
1845
Carta de Wendell
Phillips, Esq.
Boston, 22 de abril
de 1845
Mi querido amigo:
Recuerda usted la
vieja fábula de «El hombre y el león», en la que el león se quejaba diciendo
que no se le representaría tan falazmente «si los leones escribiesen la
historia».
Me alegro de que haya
llegado la hora de que los «leo¬nes escriban la historia». Se nos ha tenido ya
tiempo su¬ficiente conociendo la naturaleza de la esclavitud a par¬tir de las
pruebas involuntarias de los amos. Podríamos darnos en realidad por suficientemente
satisfechos con lo que es evidente que deben ser, en general, los resulta¬dos
de esa relación, sin investigar más para saber si se han cumplido en todos los
casos. De hecho, los que se centran en el medio peck de grano a la semana y dis¬frutan contando
latigazos sobre la espalda del esclavo, raras veces son de la «madera» de la
que se hacen los re¬formadores y los abolicionistas. Recuerdo que en 1838
muchos esperaban para ver los resultados del experi¬mento de las Antillas,
antes de incorporarse a nuestras filas. Esos «resultados» se han producido hace
ya mu¬cho; pero, por desgracia, pocos de ellos se han unido a nosotros como
conversos. Un hombre debe estar dis¬puesto a juzgar sobre la emancipación por
otras pruebas que por la de si ha incrementado la producción de azú¬car, y a
odiar la esclavitud por otras razones que porque mata de hambre a los hombres y
azota a las mujeres, para estar en condiciones de poner la primera piedra de su
vida antiesclavista.
Me alegré al
enterarme, por su relato, de lo pronto que los hijos de Dios más desvalidos
despiertan a la conciencia de sus derechos y de la injusticia que se les hace.
La experiencia es una aguda maestra; y mucho an¬tes de que usted hubiese
dominado su abecedario, o su¬piese a dónde se dirigían las «velas blancas» de
Che¬sapeake, empezó, veo, a calibrar la desdicha del esclavo no por su hambre y
su necesidad, no por los latigazos y el trabajo agotador, sino por la muerte
cruel y destructo¬ra que se cierne sobre su alma.
Hay en relación con
esto una circunstancia que hace particularmente valiosos sus recuerdos, y más
notable su precoz percepción. Viene usted de esa parte del país donde se nos
dice que la esclavitud muestra sus rasgos más benignos. Oigamos, pues, lo que es
en su mejor es¬tado, contemplemos su lado amable, si es que lo tiene; y luego
ya puede la imaginación utilizar sus poderes para añadir líneas sombrías al
cuadro, mientras viaja ha¬cia el sur, hacia ese Valle de la Sombra de la Muerte
(para el hombre de color) por donde se arrastra el Mississippi.
Además, hace mucho
que le conocemos y podemos depositar la más completa confianza en su veracidad,
franqueza y sinceridad. Todo el que le ha oído hablar se ha quedado, y, estoy
seguro, todo el que lea su libro se quedará, convencido de que les da usted una
muestra justa de la verdad completa. Nada de retratos unilatera¬les, nada de
quejas al por mayor, sino justicia estricta, siempre que la bondad individual
ha neutralizado, por un momento, el sistema mortal con el que estaba
extra¬ñamente aliada. Ha estado usted también con nosotros unos años y puede
comparar bien la penumbra de dere¬chos de que goza su raza en el Norte con esa
«mitad de la noche» bajo la que pena al sur de la línea Mason y Dixon. ¡Díganos
si, después de todo, el hombre de color semilibre de Massachusetts está peor
que el esclavo mi¬mado de las ciénagas arroceras!
Nadie puede decir al
leer su vida que hayamos elegi¬do injustamente algunas raras muestras de
crueldad. Sabemos que las gotas amargas, que hasta usted ha apu¬rado de la
copa, no son agravaciones incidentales, ni males individuales, sino las que han
de mezclarse siempre e inevitablemente en la suerte de todo esclavo. Son los
ingredientes esenciales del sistema, no los resultados ocasionales.
La verdad es que
leeré su libro temblando por usted. Hace unos años, cuando empezaba usted a
revelarme su nombre real y su lugar de nacimiento, quizá recuerde que le
interrumpí y preferí seguir ignorándolo todo. A excepción de una descripción
vaga, continué así, hasta el otro día, en que me leyó usted sus memorias. ¡No
supe muy bien por entonces si darle las gracias o no al verlas, al considerar
que era aún peligroso, en Massa-chusetts, para un hombre honrado, decir su
nombre! Dicen que los padres fundadores, en 1776, firmaron la Declaración de
Independencia con el dogal al cuello. También usted publica su declaración de
libertad rodea¬do de peligro. En todas las dilatadas tierras que ensom¬brece la
Constitución de Estados Unidos, no hay un solo lugar, por estrecho y desolado
que sea, donde un esclavo fugitivo pueda plantarse y decir: «Estoy a sal¬vo».
No hay ningún escudo para él en todo el arsenal del Derecho del Norte. Puedo
decir abiertamente que yo en su lugar arrojaría el manuscrito al fuego.
Quizá pueda usted
contar su historia sin peligro, des¬pués de haberse granjeado como ha hecho el
afecto de tantos corazones por sus dotes excepcionales, y por una entrega aún
más extraordinaria de ellos al servicio de otros. Pero se deberá sólo a sus trabajos,
y a los esfuerzos intrépidos de aquellos que, pisoteando las leyes y la
Constitución del país, están resueltos a «ocultar al pros¬crito» y a que sus
corazones sean, a pesar de las leyes, un asilo para el oprimido, si, en un
momento u otro, el más humilde puede permanecer en nuestras calles y dar
testimonio sin ningún peligro contra las crueldades de que ha sido víctima.
Es triste pensar, sin
embargo, que estos mismos cora¬zones palpitantes que dan la bienvenida a esta
historia suya, y constituyen su mejor salvaguardia al contarla, latan todos en
contra de la «norma acordada y estipula¬da en este caso». Continúe, mi querido
amigo, hasta que usted, y aquellos que como usted han sido salva¬dos, como del
fuego, de la prisión oscura, plasmen esas pulsaciones libres e ilícitas en
normas legales; y Nueva Inglaterra, separándose de una Unión manchada de
sangre, se gloriará de ser el refugio de los oprimidos. Hasta que no nos
limitemos a «ocultar al proscrito», o a considerar un mérito mantenerse
ociosamente al mar¬gen mientras se le persigue en medio de nosotros, sino que,
consagrando de nuevo la tierra de los Peregrinos como asilo de los oprimidos,
proclamemos nuestra bienvenida al esclavo tan alto que llegue su eco a todas
las cabañas de las Carolinas, y haga levantarse de un sal¬to al esclavo abatido
cuando piense en el viejo Massa¬chusetts.
¡Que Dios apresure la
llegada del día!
Hasta entonces y
siempre, sinceramente suyo,
WENDELL PHILLIPS
I
Yo nací en Tuckahoe,
cerca de Hillsborough, a unos veinte kilómetros de Easton, en el condado de
Talbot, Maryland. No tengo conocimiento exacto de mi edad, por¬que nunca he
visto un documento auténtico en el que cons¬tara. La inmensa mayoría de los
esclavos saben tan poco de su edad como los caballos de la suya, y es deseo de
la mayo¬ría de los amos, por lo que yo sé, mantener a sus esclavos en esa
ignorancia. No recuerdo haber conocido nunca a un es¬clavo que pudiese decir el
día que había nacido. Raras veces se aproximan más a ello que «la época de la
siembra», «la época de la recolección», «la época de las cerezas», «la
prima¬vera» o «el otoño». Esta falta de información sobre mí mis¬mo me hizo
sufrir mucho durante la infancia. Los niños blancos podían decir su edad. Yo no
podía entender por qué tenía que estar privado del mismo privilegio. No me
estaba permitido hacerle preguntas a mi amo sobre ello. Considera¬ba esas
preguntas, si las hacía un esclavo, impropias e impertinentes, e indicio de un
espíritu revoltoso. El cálculo más aproximado que puedo hacer me atribuye entre
veintisiete y veintiocho años de edad. Digo esto porque en 1835 oí comentar a
mi amo que yo tenía unos diecisiete años.
Mi madre se llamaba
Harriet Bailey. Era hija de Isaac y Bet¬sey Bailey, ambos de color y muy
oscuros. Mi madre era de un color más oscuro que mi abuela y mi abuelo.
Mi padre fue un
blanco. Todas las personas a las que oí hablar de mi origen confesaban que lo
era. También se ru¬moreaba que mi amo era mi padre, pero no sé nada sobre la
veracidad de esa opinión; me privaron de medios de saber¬lo. A mi madre y a mí
nos separaron cuando yo era sólo un niño de pecho... antes de que la conociese
como mi madre. Es una costumbre común, en la parte de Maryland de la que
escapé, separar a los niños de sus madres a una edad muy temprana. Es frecuente
que antes de que el niño cumpla doce meses se separe a su madre de él y se
arrienden sus ser¬vicios en alguna finca situada a considerable distancia, y se
ponga al niño al cuidado de una anciana, demasiado vieja para las labores del
campo. No entiendo por qué se efectúa esa separación, salvo que sea para
impedir que el niño le tome afecto a su madre, y para embotar y destruir el
afecto natural de la madre hacia el niño. Ése es el resultado inevi¬table.
No vi a mi madre,
para poder conocerla como tal, más que cuatro o cinco veces en mi vida; y
fueron todas ellas muy cortas en duración, y de noche. Arrendó sus servicios un
tal señor Stewart, que vivía a unos veinte kilómetros de mi ho¬gar. Hacía
viajes para verme de noche, recorriendo todo el trayecto a pie, después de
realizar el trabajo del día. Trabaja-ba en el campo, y se castigaba con el
látigo no estar en el campo al salir el sol, a menos que el esclavo tuviese un
per¬miso especial de su amo o de su ama para no hacerlo, permi¬so que raras
veces se concedía, y que otorgaba al que lo concedía el honroso calificativo de
amo bueno. No recuerdo haber visto a mi madre a la luz del día. Estaba conmigo
de noche. Se echaba conmigo y me arrullaba, pero mucho antes de que yo
despertase ya se había ido. Hubo siempre muy poca comunicación entre nosotros.
La muerte puso fin muy pron¬to a la poca que pudimos tener mientras ella vivió,
y a sus penalidades y sufrimientos. Murió cuando yo tenía unos siete años de
edad, en una de las fincas de mi amo, cerca de Lee's Mill. No se me permitió
estar presente durante su en¬fermedad, ni en su muerte ni en su entierro. Murió
mucho antes de que yo pudiese darme cuenta. Como no había dis¬frutado nunca, en
una medida significativa, de su presencia consoladora, de sus tiernos y atentos
cuidados, recibí la noti¬cia de su muerte quizá con las mismas emociones que
podría haberme producido la muerte de un extraño.
Al fallecer así de
pronto, me dejó sin la menor indicación de quién había sido mi padre. El rumor
de que mi amo era mi padre puede que sea verdad y puede que no; y, cierto o
falso, tiene poca importancia para mi propósito mientras que sigue en pie, con
toda su manifiesta crueldad, el hecho de que los propietarios de esclavos han
dispuesto, y estable-cido por ley, que los hijos de las esclavas tengan que
seguir sin excepción la condición de sus madres; y esto se debe, como es claro
y notorio, a que quieren sacar provecho de su propia lujuria y que resulte
rentable además de placentera la gratificación de sus deseos inicuos; ya que
con esta astuta disposición el propietario de esclavos mantiene con ellos, en
no pocos casos, la doble relación de amo y padre.
Conozco casos así; y
merece la pena comentar que esos es¬clavos soportan invariablemente más
penalidades, y tienen más problemas, que otros. Son, en primer lugar, una
conti¬nua ofensa para su ama. Ésta anda siempre vigilando para ver si descubre
en ellos algún fallo; raras veces son capaces de hacer algo que la complazca;
nada la satisface más que verles bajo el látigo, sobre todo cuando sospecha que
su ma¬rido concede a sus hijos mulatos favores que se abstiene de conceder a
sus esclavos negros. El amo suele verse obligado a vender a esta clase de
esclavos, por respeto a los sentimientos de su esposa blanca; y por cruel que
pueda parecer el hecho de que un hombre venda a sus propios hijos a traficantes
de car¬ne humana, es a menudo un sentimiento humanitario el que le obliga a
hacerlo; porque si no lo hace, no sólo debe azotar¬los él mismo, sino que ha de
ver y soportar que un hijo blan¬co ate a su hermano, sólo un poco más oscuro
que él, y aplique el látigo ensangrentado a su espalda desnuda; y si murmurase
una palabra de desaprobación se atribuiría a su parcialidad paternal, y no
haría más que empeorar las cosas, para él y para el esclavo al que quisiera
proteger y defender.
Cada año trae consigo
multitud de esclavos de esta clase. Fue sin duda a consecuencia del
conocimiento de este hecho por lo que un gran estadista del Sur predijo la
caída de la esclavitud debido a las leyes inevitables de la población.
In¬dependientemente de que se cumpla o no alguna vez esa profecía, es evidente
sin embargo que está surgiendo en el Sur, y se la mantiene en la esclavitud,
una clase de indivi¬duos de un aspecto muy distinto de los que llegaron en
prin¬cipio de África a este país; y aunque su aumento no cause otro bien,
privará al menos de fuerza al argumento de que Dios maldijo a Cam, y por ello
la esclavitud es válida. Si los descendientes directos de Cam son los únicos
que pueden ser esclavizados según las sagradas escrituras, no cabe duda de que
la esclavitud en el Sur dejará pronto de estar justificada por ellas; pues
vienen al mundo anualmente miles que deben su existencia, como yo, a padres
blancos, y cuyos pa¬dres suelen ser casi siempre sus propios amos.
Yo he tenido dos
amos. El primero de ellos se llamaba Anthony. No recuerdo su apellido. Solían
llamarle capi¬tán Anthony, título que supongo que adquirió manejando una
embarcación en la bahía de Chesapeake. No se le consi¬deraba un propietario de
esclavos rico. Sólo tenía dos o tres fincas y unos treinta esclavos. Sus fincas
y sus esclavos esta¬ban al cargo de un mayoral. El mayoral se llamaba Plummer.
El señor Plummer era un borracho despreciable, un blasfemo y un monstruo
brutal. Iba siempre armado con un látigo de piel de vaca y una gruesa porra.
Hacía cortes y heridas tan horribles a las mujeres en la cabeza, según me han
contado, que hasta el amo se enfurecía con él por su crueldad y ame¬nazaba con
azotarle si no se controlaba. Pero el amo no era una persona humanitaria. La
barbarie del mayoral tenía que ser excepcional para que le afectara. Era un
hombre cruel, endurecido por una larga vida como propietario de esclavos. A
veces parecía producirle un gran placer azotar a un escla¬vo. Me han despertado
muchas veces al amanecer los gritos estremecedores de una tía mía, a la que él
solía atar a una viga y azotarla en la espalda desnuda hasta dejarla
literalmente cubierta de sangre. Ni las palabras ni las lágrimas ni las
oraciones de su víctima ensangrentada parecían desviar su corazón de acero de
su propósito maligno. Cuanto más alto gritaba ella, más fuerte la azotaba; y
donde la sangre co¬rría más de prisa, allí era donde más tiempo la azotaba. La
azotaba para hacerla chillar y la azotaba para hacerla callar; y hasta que le
vencía la fatiga no cesaba de blandir el látigo cubierto de sangre. Recuerdo la
primera vez que presencié ese horrible espectáculo. Yo era muy niño, pero lo
recuerdo bien. No lo olvidaré mientras sea capaz de recordar algo. Fue la primera
de una larga serie de atrocidades similares, de las que estuve condenado a ser
testigo y partícipe. Me afectó con una intensidad sobrecogedora. Era la puerta
manchada de sangre, la entrada al infierno de la esclavitud, por la que había
de pasar. Fue un espectáculo absolutamente terrible. Ojalá pudiera trasladar al
papel los sentimientos con que lo contemplé.
Este suceso tuvo
lugar muy poco después de que me fuese a vivir con mi viejo amo, y en las
siguientes circunstancias. Tía Hester salió una noche (adónde o a qué, no lo
sé) y sucedió que estaba ausente cuando mi amo reclamó su presen¬cia. Le había
dado orden de no salir por las noches, y le advirtió que no quería verla nunca
en compañía de un hom¬bre joven que la hacía objeto de sus atenciones pese a
que pertenecía al coronel Lloyd. El joven se llamaba Ned Ro¬berts, y solían
llamarle Ned de Lloyd. Se puede dejar sin duda a la conjetura la razón de que
el amo la controlara tan¬to. Era una mujer de nobles formas y de elegantes
proporcio¬nes, muy pocas la igualaban y la superaban aún menos, en cuanto a la
apariencia personal, entre las mujeres blancas o de color de nuestro entorno.
Tía Hester no sólo
había desobedecido las órdenes del amo al salir, sino que la habían encontrado
en compañía de Ned de Lloyd; circunstancia que, por lo que él decía mientras la
azotaba, descubrí que era su principal delito. Si él hubiese sido un hombre de
moral pura, podría haberse pensado que tenía interés en proteger la inocencia
de mi tía; pero los que le conocían no sospechaban de él semejante virtud.
An¬tes de empezar a azotar a tía Hester, la metió en la cocina y la desnudó del
cuello a la cintura, dejándole el cuello, los hombros y la espalda
completamente al descubierto. Luego le dijo que cruzara las manos, llamándola m
. .a p . . a. Des¬pués le ató las manos, con una cuerda fuerte y la llevó hasta
un taburete debajo de un gancho grande de la viga, colocado allí para aquel
fin. La hizo subirse en el taburete y le ató las manos al gancho. Estaba ya
lista para su propósito infernal. Tenía los brazos estirados en toda su
longitud, de modo que se apoyaba en las puntas de los dedos de los pies. Entonces
él le dijo: «¡Ahora aprenderás a desobedecer mis órdenes, m . . a p . . a!», y,
tras remangarse la camisa, comenzó a gol¬pear con el grueso látigo y pronto
empezó a gotear la sangre, cálida y roja, en medio de chillidos desgarradores
de ella y de horribles juramentos de él. Yo estaba tan aterrado y abru¬mado por
el horror que me causaba lo que veía, que me es¬condí en un armario y no me
atreví a salir hasta mucho después de que acabase la sangrienta operación.
Suponía que luego sería mi turno. Todo aquello era nuevo para mí. No había
visto hasta entonces nada parecido. Había vivido siempre con mi abuela en las
afueras de la hacienda, donde ella se dedicaba a cuidar los niños de las
mujeres más jóve¬nes. Había estado por ello, hasta entonces, apartado de las
sangrientas escenas que solían producirse en la plantación.
II
La familia de mi amo
estaba compuesta por dos hijos, Andrew y Richard; una hija, Lucretia, y su
marido, el capitán Thomas Auld. Vivían en una casa, en la plantación central
del coronel Edward Lloyd. Mi amo era el contable y administrador del coronel
Lloyd. Era lo que podría llamarse el mayoral de los mayorales. Yo pasé dos años
de infancia en esta plantación con la familia de mi viejo amo. Fue allí don¬de
presencié la sangrienta operación relatada en el primer capítulo; y dado que
recibí mis primeras impresiones de la esclavitud en esa plantación, haré una
pequeña descripción de ella, y de la esclavitud tal como existía allí. La
plantación está situada a casi veinte kilómetros al norte de Easton, en el
condado de Talbot, y se extiende por la orilla del río Miles. Los principales
productos que se cultivaban eran tabaco, maíz y trigo. Se cultivaban en gran
abundancia; de manera que el amo, con los productos de esta y de otras fincas
que le pertenecían, podía mantener en actividad casi constante una gran balandra,
que los llevaba al mercado de Baltimore. Esta balandra se llamaba Sally Lloyd,
en honor de una de las hijas del coronel. El patrón de la embarcación era el
capitán Auld, el yerno de mi amo; los marineros eran esclavos del coronel.
Se llamaban Peter,
Isaac, Rich y Jake. Los otros esclavos les consideraban muchísimo y les tenían
por los privilegiados de la plantación; porque no era asunto de poca monta para
los esclavos, que les permitieran ver Baltimore.
El coronel Lloyd
tenía de trescientos a cuatrocientos escla¬vos en su plantación central, y era
propietario de muchos más que estaban en las fincas de los alrededores que le
perte¬necían. Los nombres de las fincas más próximas a la planta¬ción central
eran Wye Town y New Design. Wye Town estaba bajo la supervisión de un hombre
llamado Noah Wi¬llis. New Design estaba bajo la supervisión de un tal señor
Townsend. Los supervisores de estas dos fincas, y del resto, unas veinte en
total, recibían asesoramiento y directrices de los administradores de la
plantación central. Ésta era el gran centro administrativo. Era la sede del
gobierno para las vein¬te fincas. Allí se solventaban todas las diferencias
entre los mayorales. Si un esclavo era considerado culpable de una fal¬ta
grave, se volvía incontrolable o se mostraba resuelto a huir, se le llevaba
inmediatamente allí, se le azotaba severa¬mente, se le subía a bordo de la
balandra, se le trasladaba a Baltimore y se vendía a Austin Woolfolk, o a algún
otro trafi¬cante de esclavos, como advertencia para el resto.
También era allí
donde los esclavos de todas las demás fin¬cas recibían su asignación mensual de
víveres, y sus ropas para el año. Esclavos y esclavas recibían como provisión
mensual de alimentos tres kilos y doscientos gramos de car¬ne de cerdo, o su equivalente
en pescado, y un bushel de ha¬rina de
maíz. Las ropas anuales consistían en dos toscas camisas de lino, unos
pantalones de lino, como las camisas, una chaqueta, unos pantalones para el
invierno, hechos de una tosca tela negra, unos calcetines y unos zapatos; todo
lo cual no podría costar más de siete dólares. La ración de los niños esclavos
se entregaba a sus madres, o a las ancianas que se cuidaban de ellos. A los
niños que no podían trabajar en el campo no les daban zapatos ni calcetines ni
chaqueta ni pantalones; su ropa consistía en dos toscas camisas de lino por
año. Cuando se les rompían esas camisas andaban desnudos hasta la entrega
siguiente. Se veían niños de am¬bos sexos de siete a diez años casi desnudos en
todas las esta¬ciones del año.
A los esclavos no les
daban camas, salvo que se considera¬se tal una áspera manta, y eso sólo lo
tenían los hombres y las mujeres. Pero no se considera una carencia muy grande.
Plantea menos dificultades la falta de camas que la de tiem¬po para dormir; porque
cuando terminan el día de trabajo en el campo, la mayoría de ellos han de lavar
la ropa y coser¬la y hacer la comida, y como tienen pocos o ninguno de los
servicios normales para hacer esas cosas, consumen muchas de sus horas de sueño
preparándose para ir al campo al día siguiente; y una vez hecho esto, viejos y
jóvenes, hombres y mujeres, casados y solteros, se tumban unos junto a otros en
un lecho común (el suelo húmedo y frío), tapándose cada uno de ellos con su
mísera manta; y allí duermen hasta que les convoca para salir al campo la
corneta del mayoral. Nada más oírla deben levantarse todos y dirigirse al
campo. No debe haber la menor demora; tienen que estar cada uno y cada una en
su puesto; y ay del que no oiga esta convocato¬ria matinal para acudir al
campo; porque si no se despiertan por el sentido de la audición, les despiertan
por el sentido del dolor: no hay piedad para ninguna edad ni sexo. El señor
Severe, el mayoral, solía ponerse a la puerta del barracón, ar¬mado con una
larga vara de nogal y un grueso látigo de cue¬ro de vaca, dispuesto a pegar a
cualquiera que fuese tan desdichado como para no oír, o que no pudiese, por
cualquier otra causa, estar dispuesto para salir hacia los campos al oír la
corneta.
El señor Severe tenía
un nombre apropiado: era un hom¬bre cruel. Le he visto azotar a una mujer
haciéndola sangrar media hora seguida; y esto, además, en medio de los llantos
de sus hijos, que pedían que soltasen a su madre. Parecía dis¬frutar demostrando
su brutalidad diabólica. Y a la crueldad se añadían sus juramentos y
blasfemias. Bastaba oírle hablar para que se le helara la sangre y se le
erizaran los cabellos a cualquier hombre. Apenas se le escapaba una frase que
no empezase o concluyese con algún horrible juramento. El me¬jor lugar para
presenciar su crueldad y su lenguaje indecente eran los campos de cultivo. Su
presencia los convertía en campos de sangre y de blasfemia. Desde que salía el
sol hasta que se ponía, estaba maldiciendo, desvariando y repartiendo golpes y
latigazos entre los esclavos de los campos, de la manera más aterradora. Su
carrera fue breve. Murió muy poco después de que yo me fuese con el coronel
Lloyd; y murió como había vivido, mascullando, en sus estertores agónicos,
amargas maldiciones y horribles juramentos. Los esclavos consideraron su muerte
consecuencia de una providencia misericordiosa.
El puesto del señor
Severe pasó a ocuparlo un tal señor Hopkins, un hombre muy distinto. Era menos
cruel, menos blasfemo y menos escandaloso que el señor Severe. Su proce¬der no
se caracterizó por demostraciones extraordinarias de crueldad. Azotaba, pero no
parecía proporcionarle ningún placer hacerlo. Los esclavos le consideraban un
buen mayo¬ral.
La plantación central
del coronel Lloyd tenía la apariencia de una aldea. Allí era donde se
efectuaban todas las opera¬ciones mecánicas de todas las fincas. Los esclavos
de la plan¬tación central eran los que se encargaban de hacer y arreglar
zapatos, de la fragua, de carros y carretas, de los barriles, de tejer y de
moler el grano. Todo aquel lugar daba una impre¬sión de actividad muy distinta
de la de las fincas vecinas. El número de edificios ayudaba también a que
pareciese más importante que las fincas próximas. Los esclavos le llamaban la
Finca de la Casa Grande. Pocos privilegios estimaban más los esclavos de las
fincas de fuera que el de ser elegidos para ir a hacer recados a la Finca de la
Casa Grande. Estaba aso¬ciada en su pensamiento con la grandeza. No podría
estar más orgulloso un candidato de su elección para el Congreso de Estados
Unidos de lo que podía estarlo un esclavo de una de las fincas exteriores de
que le eligieran para hacer recados a la Finca de la Casa Grande. Lo
consideraban una prueba de que sus mayorales depositaban en ellos una gran
confianza; y era éste el motivo, además del deseo constante de estar le¬jos de
los campos y del látigo del capataz, de que lo estima¬ran un alto privilegio,
por el que merecía la pena portarse bien. Al que le otorgaban ese honor con
mayor frecuencia se le tenía por el individuo más listo y de más confianza. Los
que competían por este cargo procuraban complacer a sus mayorales con la misma
diligencia con que los que buscan cargos en los partidos políticos procuran
complacer y enga¬ñar a la gente. En los esclavos del coronel Lloyd podían
ver¬se los mismos rasgos de carácter que se ven en los esclavos de los partidos
políticos.
Los esclavos elegidos
para ir a la Finca de la Casa Grande a buscar la ración mensual para ellos y
para sus compañeros de esclavitud se mostraban especialmente entusiastas. En el
ca¬mino hacían retumbar con sus locas canciones los densos y viejos bosques en
kilómetros a la redonda, expresando al mis¬mo tiempo la máxima alegría y la más
profunda tristeza. Las componían y cantaban sobre la marcha, sin atender al
ritmo ni a la melodía. El pensamiento que surgía, salía, si no en la letra, en
el sonido; y tan a menudo en la primera como en el segundo. Cantaban a veces el
sentimiento más patético en el tono más arrebatado, y el sentimiento más
arrebatado en el tono más patético. Siempre se las arreglaban para entretejer
en sus canciones algo que se relacionase con la Finca de la Casa Grande. Hacían
esto sobre todo cuando salían de casa. Entonces cantaban en el tono más
entusiasta lo siguiente:
¡Me voy a la Finca de
la Casa Grande!
¡Oh, sí! ¡Oh, sí!
¡Oh!
Cantaban esto como un
coro con letras que a muchos les parecerían un galimatías sin sentido, pero que
sin embargo estaban para ellos llenas de sentido. A veces he pensado que la
simple audición de aquellas canciones haría más por in¬culcar en algunas mentes
el carácter horrible de la esclavitud de lo que podría hacerlo la lectura de
volúmenes enteros de filosofía sobre el tema.
Yo no entendía,
cuando era esclavo, el profundo significa¬do de aquellas canciones toscas y en
apariencia incoheren¬tes. Estaba también dentro del círculo; así que ni veía ni
oía, igual que los que no tienen capacidad de ver ni oír. Contaban una historia
de infortunio que excedía entonces completa¬mente mi débil comprensión; eran
tonos altos, prolongados y profundos; expresaban la oración y la queja de almas
que desbordaban la angustia más amarga. Cada tono era un testi¬monio contra la
esclavitud, y una oración a Dios por la liberación de las cadenas. Escuchar
aquellas notas salvajes siempre afligía mi espíritu y me llenaba de una
tristeza inefa¬ble. Se me han saltado muchas veces las lágrimas oyéndolas.
Hasta ahora me aflige la simple repetición de aquellas can¬ciones; y, mientras
escribo estas líneas, ya ha hallado su ca¬mino mejilla abajo una expresión de
sentimiento. A aquellas canciones remito mi primera trémula concepción del
carácter deshumanizador de la esclavitud. Me es imposible librarme de esa concepción.
Aquellas canciones aún me siguen, para profundizar mi odio a la esclavitud y
avivar mis simpatías por mis hermanos encadenados. Si alguien desea
convencer¬se de que el efecto de la esclavitud es matar el alma, que vaya a la
plantación del coronel Lloyd y que se sitúe un día de reparto en los profundos
bosques de pinos y que analice allí, en silencio, esos sonidos que le
traspasarán las cámaras del alma... y si no se convence así, será sólo porque
«no hay carne alguna en su corazón obstinado».
Me he quedado muchas
veces completamente atónito, desde que vine al Norte, al encontrar personas que
eran ca¬paces de alegar el canto de los esclavos como prueba de que están
contentos y felices. No se puede concebir mayor error. Cuando más cantan los esclavos
es cuando se sienten más desgraciados. Las canciones del esclavo reflejan los
pesares de su corazón; y le alivian sólo como alivian las lágrimas a un corazón
afligido. Ésa es al menos mi experiencia. Yo he cantado muchas veces para
ahogar el dolor, pero muy pocas para expresar felicidad. Llorar de alegría y
cantar de alegría eran para mí dos cosas igual de insólitas mientras estaba
en¬tre las mandíbulas de la esclavitud. Podría considerarse tan adecuadamente
prueba de alegría y felicidad el canto de un hombre que naufraga y llega a una
isla desierta como el can¬to del esclavo; la emoción que alimenta las canciones
del uno y el otro es la misma.
III
E1 coronel Lloyd
tenía un huerto grande y cultivado con esmero, que proporcionaba trabajo casi
constan¬te a cuatro hombres, además del hortelano jefe, el señor M'Durmond.
Este huerto probablemente fuese la principal atracción del lugar. Durante los
meses de verano venía a ver¬lo gente de lejos y de cerca (de Baltimore, Easton
y Annapo¬lis). Había en él abundancia de frutos de casi todo género, desde la
dura manzana del norte a la naranja delicada del sur. Este huerto era una
importante fuente de conflictos en la plantación. Su excelente fruta era una
enorme tenta¬ción para los hambrientos enjambres de muchachos, así como para
los esclavos más viejos, que pertenecían al coro¬nel, pocos de los cuales
tenían la virtud o el vicio de resistir¬la. Durante el verano apenas había día
que no tuviese que ser azotado algún esclavo por robar fruta. El coronel tenía
que recurrir a toda clase de estratagemas para mantener a los esclavos alejados
del huerto. La última y de mayor éxito fue embrear la valla en toda su extensión;
tras lo cual si se sorprendía a un esclavo con algo de brea sobre su persona se
consideraba prueba suficiente de que o había entrado en el huerto o había
intentado entrar. En cualquier caso, el hortelano jefe le azotaba severamente.
Este plan funcionó bien; los esclavos le cogieron tanto miedo a la brea como al
látigo. Parecieron comprender que era imposible tocar brea sin mancharse.
El coronel tenía un
equipo espléndido de carros y caba¬llos. El establo y la cochera tenían la
apariencia de una de nuestras grandes caballerizas de alquiler de la ciudad.
Los ca-ballos eran de la mejor estampa y de la más noble raza. En la cochera
había tres coches de caballos espléndidos, tres o cua¬tro calesines, además de
dearborns y cabriolés de los estilos más
elegantes. .
Este establecimiento
estaba al cargo de dos esclavos, Bar¬ney el Viejo y Barney el Joven, que eran
padre e hijo. Aten¬derlo era su único trabajo. Pero no era en modo alguno una
tarea fácil, pues en nada era tan exigente el coronel Lloyd como en el cuidado
de sus caballos. El más leve descuido con ellos era imperdonable, y hacía
recaer sobre los encargados de su cuidado el castigo más severo; ninguna excusa
podía ampararle, si el coronel llegaba a sospechar siquiera cualquier falta de
atención a sus caballos... una sospecha a la que se en¬tregaba con frecuencia,
y que hacía, claro está, que el oficio del joven y del viejo Bamey resultase
muy difícil. Nunca sa¬bían cuándo estaban a salvo del castigo. Se les azotaba
con frecuencia cuando menos lo merecían, y eludían el látigo cuando lo merecían
más. Todo dependía del aspecto de los caballos, y del estado de ánimo del
propio coronel Lloyd cuando se los llevaban para que los usara. Si un caballo
no se movía con la suficiente rapidez, o no mantenía la cabeza lo bastante
alta, se debía a algún fallo de los que lo cuidaban. Resultaba doloroso estar a
la puerta del establo y oír las diver¬sas quejas contra los encargados cuando
se sacaba un caballo para utilizarlo. «Este caballo no ha recibido la debida
aten¬ción. No ha sido suficientemente frotado y almohazado, o no se le ha
alimentado adecuadamente; el pienso estaba dema¬siado húmedo o demasiado seco;
se le dio demasiado pronto o demasiado tarde; estaba demasiado caliente o
demasiado frío; tenía mucha paja y no suficiente grano; o tenía demasia¬do
grano y no suficiente paja; Barney el Viejo, en vez de aten¬der al caballo, lo
había dejado muy impropiamente en manos de su hijo.» El esclavo no debe
responder nunca una sola pa¬labra a todas estas quejas, por muy injustas que
sean. El coro¬nel Lloyd no podía soportar que un esclavo le contradijera.
Cuando habla él, el esclavo debe callar, escuchar y temblar; así era
literalmente en este caso. He visto al coronel Lloyd obligar a Barney el Viejo,
un hombre de entre cincuenta y se¬senta años de edad, a descubrirse la cabeza
calva y luego arro¬dillarse en el suelo frío y húmedo para recibir sobre sus
hombros desnudos y agotados más de treinta latigazos segui¬dos. El coronel
Lloyd tenía tres hijos (Edward, Murray y Da¬niel) y tres yernos, el señor
Winder, el señor Nicholson y el señor Lowndes. Vivían todos ellos en la Finca
de la Casa Grande y se daban el lujo de azotar a los sirvientes cuando les
apetecía, desde Barney el Viejo a William Wilkes, el cochero. He visto cómo
Winder mandaba a uno de los sirvientes de la casa que se apartara de él la
distancia precisa para poder al¬canzarle con la punta del látigo y alzar luego
a cada golpe grandes costurones en su espalda.
Describir la riqueza
del coronel Lloyd sería casi igual que describir las riquezas de Job. Tenía de
diez a quince criados de casa. Se decía que poseía mil esclavos, y creo que
este cálculo se ajusta bastante a la verdad. Tenía tantos que no los cono¬cía cuando
los veía; tampoco le conocían a él todos los escla¬vos de las fincas
exteriores. Se dice que un día que iba cabalgando por el camino se encontró a
un hombre de color y se dirigió a él de la manera que se usa habitualmente para
hablar a la gente de color en los caminos públicos del Sur: «Dime, chico, ¿tú a
quién perteneces?». «Al coronel Lloyd», contestó el esclavo. «¿Y te trata bien
el coronel?» «No, se¬ñor», fue la rápida respuesta. «Te hace trabajar
demasiado, ¿eh?» «Sí, señor.» «¿No te da bastante de comer?» «Sí, señor, me da
bastante, tal como están las cosas.»
El coronel, después
de asegurarse del lugar al que pertene¬cía el esclavo, continuó su camino; el
esclavo también conti¬nuó el suyo sin imaginar que había estado hablando con su
amo. No pensó, ni dijo ni oyó nada más sobre el asunto has¬ta dos o tres semanas
después. Al pobre hombre le comuni¬caron entonces que iban a venderle a un
traficante de Georgia por haber cometido una falta con su amo. Le pusie¬ron
inmediatamente grilletes y cadenas; y así, sin el menor aviso, se vio apartado,
y separado para siempre, de su familia y sus amigos, por una mano más
implacable que la muerte. Éste es el castigo por decir la verdad, por decir
simplemente la verdad, en respuesta a una serie de preguntas sencillas.
A hechos como éste es
a los que se debe en parte el que los esclavos, cuando les interrogan sobre su
condición y sobre el carácter de sus amos, digan casi invariablemente que están
contentos y que sus amos son buenos. Se ha sabido que los amos enviaban espías
entre sus esclavos para conocer sus opiniones y sentimientos sobre su
condición. La frecuencia de este hecho ha tenido el efecto de establecer entre
los es¬clavos la máxima de que una lengua silenciosa hace una cabeza sabia.
Disimulan la verdad para no sufrir las conse¬cuencias de decirla, y demuestran
con ello que son una parte de la familia humana. Si tienen algo que decir de
sus amos, es generalmente en favor del amo, sobre todo si hablan con un hombre
en el que no tienen razones para confiar. A mí me han preguntado muchas veces,
cuando era esclavo, si te¬nía un amo bueno, y no recuerdo haber dado nunca una
res-puesta negativa; ni recuerdo que considerara, al seguir esa conducta, que
lo que decía fuese absolutamente falso; por¬que siempre medía la bondad de mi
amo por el criterio de bondad establecido entre los propietarios de esclavos de
los alrededores. Además, los esclavos son como las demás personas, y absorben
los prejuicios que son tan frecuentes en otros. Creen los suyos mejores que los
de otros. Muchos creen, bajo la influencia de este prejuicio, que sus amos son
mejores que los amos de otros esclavos; y creen esto, ade¬más, en algunos
casos, cuando la verdad es lo contrario. De hecho, no es raro que los esclavos
lleguen a reñir y a pelearse entre ellos por la bondad relativa de sus amos,
sosteniendo cada uno que la bondad del propio es superior a la del ajeno. Al
mismo tiempo, execran mutuamente a sus amos cuando los consideran por separado.
Sucedía así en nuestra planta¬ción. Cuando los esclavos del coronel Lloyd se
encontraban con los esclavos de Jacob Jepson, rara vez se separaban sin una
disputa sobre sus amos, en la que los esclavos del coro¬nel Lloyd sostenían que
éste era más rico, y los del señor Jep¬son que éste era el más listo y el más
hombre. Los esclavos del coronel Lloyd se ufanaban de la habilidad de éste en
sus compras y ventas a Jacob Jepson. Los esclavos del señor Jep¬son se ufanaban
de la habilidad de éste para ganarle al coro¬nel Lloyd. Estas disputas casi
siempre terminaban en una pelea entre los dos grupos, y se consideraba que los
que ga¬naban habían impuesto su opinión en el asunto. Parecían creer que la
grandeza de sus amos era transferible a ellos. Se consideraba que era bastante
malo ser un esclavo, ¡pero ser el esclavo de un pobre hombre se consideraba una
verdadera desgracia!
IV
E1 señor Hopkins sólo
permaneció un breve período de tiempo en el cargo de supervisor. No sé por qué
fue tan corta su carrera, pero supongo que carecía de la severidad necesaria
para el gusto del coronel Lloyd. Le sucedió el señor Austin Gore, un hombre que
poseía, en grado emi¬nente, todos los rasgos de carácter indispensables para
ser lo que se llama un mayoral de primera clase. Había servido al coronel Lloyd
como mayoral en una de las fincas exteriores, y se había mostrado digno de la
elevada posición de mayo¬ral de la finca central o Finca de la Casa Grande.
El señor Gore era
orgulloso, ambicioso y perseverante. Era artero, cruel e inflexible. Era el
hombre idóneo para aquel puesto y era el puesto idóneo para aquel hombre. Le
propor¬cionaba un medio en el que desplegar plenamente todas sus potencias, y
parecía sentirse muy a gusto en él. Era de los que podían considerar una
insolencia la más leve mirada, palabra o gesto de un esclavo, y aplicaba el
castigo correspon¬diente. No se le podía contestar nunca; a un esclavo no se le
permitía la menor explicación, ni que intentara demostrar que se le había
acusado por error. El señor Gore se ajustaba plena¬mente a la máxima de los
propietarios de esclavos: «Es mejor que una docena de esclavos sufran el
látigo, que el que se de¬muestre en presencia de los esclavos que se ha
equivocado el mayoral». Por muy inocente que pudiera ser un esclavo no le
servía de nada, si el señor Gore le acusaba de una falta. Ser acusado era ser
considerado culpable, y ser considerado cul¬pable era ser castigado; lo uno
siempre seguía a lo otro con certeza inmutable. Escapar al castigo era escapar
a la acusa¬ción; y pocos esclavos tenían la suerte de hacer una de las dos
cosas bajo la supervisión del señor Gore. Era lo suficien¬temente orgulloso
para exigir del esclavo el homenaje más degradante, y lo suficientemente servil
para acuclillarse él mismo a los pies del amo. Era lo suficientemente ambicioso
para no conformarse con lo que no fuese el rango más alto de los mayorales, y
lo suficientemente perseverante para al¬canzar la cima de su ambición. Era lo
suficientemente cruel para infligir los castigos más severos, lo
suficientemente artero para descender a la artimaña más ruin y lo
suficiente¬mente rígido para ser insensible a la voz de una conciencia
reprobatoria. Era, de todos los mayorales, el más temido por los esclavos. Su
presencia causaba angustia; su mirada, con¬fusión; y raras veces oían su voz
aguda y estridente sin que produjese horror y temblores en sus filas.
El señor Gore era un
hombre serio y, aunque era joven, no se permitía ninguna broma, no decía
ninguna palabra diver¬tida, raras veces sonreía. Sus palabras estaban
absolutamente en consonancia con sus miradas, y sus miradas absoluta¬mente en
consonancia con sus palabras. Los mayorales se permitían a veces una palabra
graciosa, incluso con los escla¬vos; el señor Gore, no. Sólo hablaba para
mandar y sólo mandaba para que le obedecieran; era parco con las palabras y
generoso con el látigo, y no usaba nunca las primeras cuando podía servir igual
el segundo. Cuando azotaba pare¬cía hacerlo por un sentido del deber, y no
temía las conse¬cuencias. No hacía nada a regañadientes, por muy desagra¬dable
que fuese; siempre en su puesto, siempre consecuente. No prometía sino para
cumplir. Era, en una palabra, un hombre de la firmeza más inflexible y de
frialdad pétrea.
Sólo era equiparable
a su feroz barbarie la frialdad consu¬mada con la que perpetraba los actos más
intolerables y sal¬vajes con los esclavos que estaban a su cargo. Una vez se
puso a azotar a uno de los esclavos del coronel Lloyd, que se llamaba Demby. Le
había dado ya unos cuantos latigazos cuando Demby, para librarse del castigo,
echó a correr y se metió en un riachuelo y se quedó allí quieto donde le cubría
hasta los hombros, negándose a salir. El señor Gore le dijo que le llamaría
tres veces y que si a la tercera llamada no sa¬lía, le pegaría un tiro. Hizo la
primera llamada. Demby no reaccionó, siguió donde estaba. Siguieron la segunda
y la ter¬cera con igual resultado. Entonces el señor Gore, sin consul¬tar ni
deliberar con nadie, ni dar siquiera una oportunidad más a Demby, se llevó el
mosquete a la cara, apuntó certera¬mente a su víctima inmóvil y en un instante
el pobre Demby dejó de existir. Su cuerpo mutilado se hundió y dejó de verse y
quedaron la sangre y los sesos indicando en el agua dónde había estado.
Un estremecimiento de
horror sacudió a todos los habi¬tantes de la plantación, salvo al señor Gore.
Sólo él parecía frío y tranquilo. El coronel Lloyd y mi viejo amo le
pregun-taron por qué había recurrido a una medida tan excepcional. Su respuesta
fue (por lo que puedo recordar) que Demby se había vuelto incontrolable. Estaba
dando un peligroso ejem-plo a los otros esclavos, un ejemplo que, si se
consentía sin hacer algo como lo que él había hecho, acabaría llevando a la
subversión total de toda regla y orden en la plantación. Argumentó que si un
esclavo se negaba a dejarse corregir y escapaba con vida, pronto seguirían su
ejemplo los otros esclavos; el resultado de lo cual sería la libertad de los
esclavos y la esclavización de los blancos. La defensa del señor Gore fue
satisfactoria. Le dejaron seguir en su puesto de mayoral de la plantación
central. Su fama como mayoral se extendió fuera. Su horrible crimen ni siquiera
fue objeto de una inves¬tigación judicial. Se cometió en presencia de esclavos,
y ellos no podían, claro, iniciar un proceso ni testificar contra él; y así el
culpable de perpetrar uno de los asesinatos más sangui¬narios y viles permanece
impune y sin que le censure la so¬ciedad en la que vive. El señor Gore residía
en St. Michael, condado de Talbot, Maryland, cuando yo me fui de allí; y si
sigue vivo es muy probable que aún siga residiendo allí; y, si es así, será
hoy, como era entonces, muy estimado y tan res¬petado como si su alma pecadora
no se hubiese manchado con la sangre de su hermano.
Hablo con
conocimiento de causa cuando digo esto, que matar a un esclavo, o a cualquier
persona de color, en el condado de Talbot, Maryland, no se considera un crimen,
ni por los tribunales ni por la comunidad. El señor Thomas Lanman, de St.
Michael, mató a dos esclavos, a uno de ellos con una hachuela, saltándole los
sesos. Solía ufanarse de ha¬ber cometido ese hecho sanguinario y sobrecogedor.
Le he oído hacerlo riéndose, diciendo, entre otras cosas, que de los presentes
él era el único benefactor de su país, y que si otros hicieran lo que había
hecho él, nos libraríamos de «los j..... s negros».
La esposa del señor
Giles Hick, que vivía a corta distancia de donde vivía yo, asesinó a la prima
de mi esposa, una mu¬chacha de entre quince y dieciséis años, mutilándola del
modo más horrible, rompiéndole la nariz y el esternón con un palo, de manera que
la pobre muchacha expiró al cabo en unas pocas horas. La enterraron
inmediatamente, pero no llevaba en su prematura sepultura más que unas horas
cuando la desenterraron y la examinó el juez, que dictaminó que había muerto a
consecuencia de una severa paliza. El de¬lito por el que esta muchacha fue
asesinada de esta manera fue el siguiente: le habían encargado cuidar al niño
de pecho de la señora Hick aquella noche y se había quedado dormida durante la
noche y el niño se había puesto a llorar. La mu¬chacha, que no había podido
descansar en varias noches an¬teriores, no le oyó llorar. Estaban los dos en la
habitación con la señora Hick. Ésta, al ver que la chica no se daba prisa para
levantarse, saltó de la cama, cogió un palo de roble de la leña que había junto
a la chimenea, y le rompió con él la nariz y el esternón, poniendo fin así a su
vida. No diré que este asesinato tan horroroso no produjo ninguna conmo¬ción en
la comunidad. La produjo, pero no suficiente para que la asesina fuese
castigada. Se emitió un mandamiento judicial para su detención, pero no llegó a
cumplirse nunca. Así que no sólo eludió el castigo sino también el sufrimiento
de ser acusada ante un tribunal por su horrible crimen.
Ya que estoy
detallando hechos sangrientos que tuvieron lugar durante mi estancia en la
plantación del coronel Lloyd, narraré brevemente otro, que ocurrió más o menos
por la época en que el señor Gore asesinó a Demby.
Los esclavos del
coronel Lloyd tenían la costumbre de pa¬sar parte de sus noches y domingos
pescando ostras, para compensar con ellas las deficiencias de sus exiguas
raciones. Un anciano que pertenecía al coronel Lloyd, cuando estaba dedicado a
esta tarea, traspasó sin darse cuenta los límites de la propiedad de su amo y
entró en las tierras del señor Beal Bondly. El señor Bondly se enfadó por esto
y bajó hasta la orilla con su mosquete y alcanzó con su mortífero contenido al
pobre anciano.
El señor Bondly fue a
ver al coronel Lloyd al día siguiente, no sé si para pagarle por su propiedad
perdida o para justificarse por lo que había hecho. De todos modos, toda esta
operación diabólica se silenció en seguida. Apenas se habló del asunto y no se
hizo nada. Era un comentario corriente, incluso entre los niños blancos, que
valía medio centavo matar a un «negro» y medio centavo enterrarlo.
V
En cuanto al
tratamiento que yo recibí mientras viví en la plantación del coronel Lloyd, fue
muy similar al de los otros niños esclavos. No era lo suficientemente mayor
para trabajar en el campo, y como había poco más que ha¬cer que el trabajo del
campo, tenía muchísimo tiempo libre. Lo máximo que tenía que hacer era subir
las vacas al final del día, no dejar a las gallinas entrar en el huerto,
mantener limpio el corral y hacer los recados de la hija de mi antiguo amo, la
señora Lucretia Auld. La mayor parte de mi tiempo de ocio la pasaba ayudando al
amo Daniel Lloyd a encon¬trar las aves que mataba cazando. Mi relación con el
amo Daniel me proporcionó algunas ventajas. Me tomó mucho cariño y fue para mí
una especie de protector. No permitía que los chicos mayores abusaran de mí y
repartía sus dulces conmigo.
Mi antiguo amo me
azotó muy pocas veces, y padecí poco de otras cosas que no fuesen el hambre y
el frío. Hambre pa¬decí mucha, pero padecí mucho más con el frío. En lo más
cálido del verano y en lo más crudo del invierno, andaba casi desnudo, sin
zapatos, sin calcetines, sin chaqueta, sin pantalones, sin nada más que una
áspera camisa de estopa de lino, que sólo me llegaba hasta las rodillas. No
tenía cama. Habría muerto de frío de no haber sido que en las no¬ches más frías
solía robar un saco que se utilizaba para llevar grano al molino. Me metía en
él y allí dormía, sobre suelo de tierra húmedo y frío, con la cabeza dentro y
los pies fuera. Los pies los tenía tan agrietados por la escarcha que podría
haber metido en las grietas la pluma con la que estoy escri¬biendo.
Nosotros no teníamos
una ración regular asignada. Nues¬tra comida consistía en una áspera harina de
maíz hervida. A esto se le llamaba gachas. Se echaba en una bandeja o come¬dero
grande de madera, y se ponía en el suelo. Entonces se llamaba a los niños, como
si fueran cerdos, y como los cer¬dos llegaban y devoraban las gachas; algunos
con conchas de ostras, otros con trozos de ripia, algunos con las manos
desnudas y ninguno con cuchara. El que comía más de prisa era el que más
conseguía comer; el que era más fuerte se ase-guraba el mejor sitio; y pocos
dejaban el comedero satis¬fechos.
Debía de tener entre
siete y ocho años cuando abandoné la plantación del coronel Lloyd. La abandoné
con alegría. Nunca olvidaré el éxtasis con que recibí la información de que mi
antiguo amo (Anthony) había decidido dejarme ir a Baltimore, a vivir con el
señor Hugh Auld, hermano de su yerno, el capitán Thomas Auld. Recibí esta
información unos tres días antes de mi partida. Fueron tres de los días más
felices de mi vida. Pasé la mayor parte de esos tres días en el río,
limpiándome la mugre de la plantación y preparándo¬me para la partida.
La preocupación por
la apariencia que esto indicaba no era mía. Más que porque yo quisiese, pasé el
tiempo laván¬dome porque la señora Lucretia me había dicho que tenía que
quitarme todas las callosidades de los pies y de las rodi¬llas para poder ir a
Baltimore; porque en Baltimore la gente era muy limpia y se reirían de mí si
parecía sucio. Además iba a darme unos pantalones, que no debía ponerme hasta
que me quitara toda la suciedad. ¡La idea de poseer unos pantalones era algo
verdaderamente magnífico! Era casi mo¬tivo suficiente no sólo para que me
quitara lo que los por¬queros llamaban la roña, sino la propia piel. Me
entregué a la tarea con ahínco, trabajando por primera vez con esperan¬za de
recompensa.
Ninguno de los lazos
que vinculan ordinariamente a los niños a sus hogares era fuerte en mi caso. Mi
marcha no constituyó ninguna prueba rigurosa. Mi hogar carecía de atractivo; no
era hogar para mí; al separarme de él no podía sentir que estuviese abandonando
nada que pudiese haber disfrutado quedándome. Mi madre había muerto, mi abuela
vivía lejos, por lo que apenas la veía. Tenía dos hermanas y un hermano, que
vivían en la misma casa que yo; pero la temprana separación de nuestra madre
casi nos había borra-do de la memoria el hecho de nuestra relación. Ansiaba
vivir en otro sitio y estaba seguro de no encontrar ninguno que me gustase
menos que el que iba a abandonar. Si, pese a todo, encontraba en mi nuevo hogar
penuria, hambre, azo¬tes y desnudez, tenía el consuelo de que no habría
escapado a ninguna de esas cosas quedándome. Como había tenido ya algo más que
una prueba de ellas en la casa de mi antiguo amo, y las había soportado allí,
infería de eso, como es natu¬ral, que sería capaz de soportarlas en cualquier
otro sitio, y especialmente en Baltimore; porque tenía respecto a Balti¬more
algo parecido a lo que se expresa en el proverbio que dice que «es preferible
que te ahorquen en Inglaterra que mo¬rir de muerte natural en Irlanda». Tenía
un deseo intensísi¬mo de ver Baltimore. Me lo había inspirado mi primo Tom que,
aunque no se expresaba con fluidez, me había hecho una elocuente descripción
del lugar. Señalase yo lo que seña¬lase en la Casa Grande, por muy bello y
magnífico que fuese, él había visto algo en Baltimore muy superior, en belleza
y en magnificencia. Hasta la Casa Grande misma, con todos sus cuadros, era muy
inferior a muchos edificios de Baltimore. Mi deseo era tan fuerte que pensaba
que poder satisfacerlo compensaría plenamente cualquier pérdida de comodidades
que tuviera que soportar a cambio. Me fui sin un lamento, y con las más altas
esperanzas de felicidad futura.
Salimos de Miles
River rumbo a Baltimore un sábado por la mañana. Sólo recuerdo el día de la
semana porque yo no tenía por entonces conocimiento de los días del mes ni de
los meses del año. Cuando zarpamos me fui hasta la popa y dirigí a la
plantación del coronel Lloyd lo que tenía la espe¬ranza que fuese la última
mirada. Luego me coloqué en la proa de la balandra y pasé allí el resto del día
mirando hacia delante, interesándome por lo que se divisaba lejos en vez de por
las cosas que quedaban a los lados o atrás.
En la tarde de ese
día, llegamos a Annapolis, la capital del estado. Sólo paramos unos minutos,
así que no tuve tiempo para pisar la orilla. Era la primera ciudad grande que
veía, y aunque parecería pequeña comparada con algunos de nues¬tros pueblos
fabriles de Nueva Inglaterra, me pareció un lu¬gar maravilloso por su tamaño...
¡más imponente incluso que la Finca de la Casa Grande!
Llegamos a Baltimore
el domingo por la mañana tempra¬no y desembarcamos en el muelle Smith, no lejos
del muelle Bowley. Llevábamos a bordo de la balandra un gran rebaño de ovejas;
y después de ayudar a conducirlas hasta el mata¬dero del señor Curtis de Louden
Slater's Hill, fui conducido por Rich, uno de los tripulantes de la balandra,
hasta mi nuevo hogar de la calle Alliciana, cerca del astillero del señor
Gardner de Fells Point.
El señor y la señora
Auld estaban los dos en casa y me re¬cibieron a la puerta con su hijito Thomas,
para cuidar al cual me habían dado. Y allí vi yo lo que no había visto nunca:
un rostro blanco que resplandecía con las más tiernas emocio¬nes; era el rostro
de mi nueva ama, Sophia Auld. Ojalá fuese capaz de describir el arrobamiento
que invadió mi alma al contemplarlo. Era para mí una visión nueva y extraña,
que iluminaba mi camino con la luz de la felicidad. Al pequeño Thomas le
dijeron que allí estaba su Freddy... y a mí me dije¬ron que me cuidara del
pequeño Thomas; y me incorporé así a las tareas de mi nuevo hogar divisando
ante mí la perspec¬tiva más alentadora.
Considero mi marcha
de la plantación del coronel Lloyd como uno de los acontecimientos más
interesantes de mi vida. Es posible, e incluso muy probable, que de no haberse
dado la mera circunstancia de que me hubiesen trasladado de la plantación a
Baltimore, estuviese hoy apresado por las cadenas mortificantes de la
esclavitud, en vez de aquí senta¬do a mi propia mesa, gozando de la libertad y
la felicidad del hogar, escribiendo esta narración. Fue el ir a vivir a
Baltimo¬re lo que echó los cimientos y abrió la puerta a toda mi pros¬peridad
posterior. Siempre lo he considerado la primera manifestación clara de esa
providencia benigna que me ha ayudado desde entonces y ha señalado mi vida con
tantos favores. Me parecía una cosa bastante notable el que me hu¬biesen
elegido. Había muchos niños esclavos que podrían haber sido enviados de la
plantación a Baltimore. Los había más pequeños, mayores y de la misma edad. Me
eligieron a mí entre todos ellos y fue la primera, la última y la única
elección.
Quizá alguien me
considere supersticioso, e incluso egoís¬ta, por interpretar este
acontecimiento como una interven¬ción especial de la Providencia divina en mi
favor. Pero falsearía los sentimientos más antiguos de mi alma si oculta¬se esa
opinión. Prefiero ser sincero conmigo mismo, aunque me arriesgue a parecer
ridículo a otros, a ser falso e incurrir en mi propio aborrecimiento. He
tenido, desde mis más tempranos recuerdos, la convicción profunda de que la
es¬clavitud no sería capaz de retenerme siempre en su espan¬toso abrazo; y esta
palabra viva de fe y este espíritu de espe¬ranza no se apartaron de mí en las
horas más sombrías de mi época de esclavitud, sino que permanecieron conmigo
como ángeles auxiliadores para alegrarme en la oscuridad. Este buen espíritu
era de Dios, y a él le ofrezco mi acción de gra¬cias y mi alabanza.
VI
Mi nueva ama resultó
ser todo lo que parecía cuando la vi por primera vez a la puerta de su casa:
una mu¬jer con el más tierno corazón y los más delicados sentimien¬tos. Nunca
había tenido un esclavo a su servicio antes de tenerme a mí, y había dependido
de su propia diligencia para vivir antes de casarse. Era tejedora de oficio; y
por apli¬cación constante a su negocio, se había preservado en buena medida de
los efectos destructores y deshumanizadores de la esclavitud. Su bondad me dejó
completamente atónito. Casi no sabía cómo comportarme con ella. Era
completamente distinta de cualquier otra mujer blanca que hubiese visto yo. No
podía dirigirme a ella como estaba habituado a dirigirme a las otras señoras
blancas. Mi primera instrucción quedaba toda fuera de lugar. De nada servía con
ella el encogimiento servil, una cualidad tan aceptable en general en un
esclavo. No se ganaba uno su favor así; parecía turbarla. Ella no con¬sideraba
insolente o grosero que un esclavo la mirara a la cara. Hasta el esclavo más
humilde se sentía tranquilo del todo en su presencia, y ninguno se iba sin
sentirse mejor por haberla visto. Su rostro estaba hecho de sonrisas
celestiales, y su voz, de música tranquila.
Pero, ay, aquel
corazón bueno no iba a seguir siéndolo mucho tiempo. El veneno fatal del poder
irresponsable esta¬ba ya en sus manos, y no tardó en iniciar su trabajo
infernal. Aquellos ojos alegres pronto enrojecieron de cólera bajo la
influencia de la esclavitud; aquella voz, hecha toda de dulces acordes,
adquirió una áspera y horrible disonancia; y el ros¬tro angelical dejó paso al
de un demonio.
Muy poco después de
que me fuese a vivir con el señor y la señora Auld, ella empezó muy
bondadosamente a ense¬ñarme el abecedario. Una vez que aprendí esto, me ayudó a
aprender a deletrear palabras de tres o cuatro letras. justo en ese punto del
proceso, el señor Auld se enteró de lo que esta¬ba pasando y prohibió
inmediatamente a la señora Auld enseñarme más, diciéndole, entre otras cosas,
que era ilegal, además de peligroso, enseñar a leer a un esclavo. Y añadió, y
utilizo sus propias palabras: «Si le das a un negro un dedo, se tomará el
brazo. Un negro no debería saber nada más que obedecer a su amo... hacer lo que
le digan que haga. Hasta el mejor negro del mundo se estropeara con el estudio.
Has de saber», le dijo, «que si enseñas a ese negro [refiriéndose a mí] a leer,
no habría modo de controlarle luego. Le incapacitaría completamente para ser un
esclavo. Se volvería al mismo tiempo inmanejable y de ningún valor para su amo.
En cuanto a él mismo, no le haría ningún bien, sino muchísimo daño. Le haría descontento
y desgraciado». Estas palabras penetraron profundamente en mi corazón,
despertaron sen¬timientos interiores que yacían dormidos y convocaron a la
existencia una vía de pensamiento completamente nueva. Era una revelación nueva
y especial, que explicaba cosas os¬curas y misteriosas, con las que se había
debatido, aunque sin resultado, mi inteligencia juvenil. Comprendí entonces lo
que había sido para mí un problema absolutamente des¬concertante, a saber: el
poder del blanco para esclavizar al negro. Fue un gran triunfo, y lo valoré
mucho. A partir de entonces, comprendí cuál era el camino de la `esclavitud a
la libertad. Era exactamente lo que yo quería, y lo conseguí en el momento en
el que menos lo esperaba. Aunque me ape-naba la idea de perder la ayuda de mi
bondadosa ama, me alegró aquella lección inestimable que me dio mi amo por puro
accidente. Aunque me hacía cargo de lo difícil que era aprender sin un maestro,
me consagré con gran esperanza y con un propósito fijo a aprender a leer, fuese
cual fuese el coste. La misma decisión con que había hablado él, y con que se
había esforzado en convencer a su mujer de las perni¬ciosas consecuencias de
proporcionarme instrucción, sirvió para convencerme de que estaba profundamente
seguro de las verdades que exponía. Eso me proporcionó la certeza ab¬soluta de
que podía confiar plenamente en los resultados que produciría, según él, que
aprendiese a leer. Lo que más temía él era lo que yo más deseaba. Lo que él más
amaba, era lo que más odiaba yo. Lo que para él era un gran mal, que había que
evitar cuidadosamente, era para mí un gran bien, que había que perseguir con
diligencia; y el argumento que él con tanto afán esgrimió, en contra de que yo
apren¬diese a leer, sólo sirvió para inspirarme el deseo y la decisión de
aprender. En lo de aprender a leer, debo casi tanto a la agria oposición de mi
amo como a la ayuda bondadosa de mi ama. Les agradezco a ambos el beneficio que
me hi¬cieron.
Poco tiempo después
de empezar a vivir en Baltimore me di cuenta de que existía una diferencia
notable, en el trata¬miento de los esclavos, respecto a lo que había
presenciado en el campo. Un esclavo de ciudad es casi un hombre libre,
comparado con el esclavo de la plantación. Está mucho me¬jor alimentado y
vestido, y goza de privilegios completa¬mente desconocidos para el esclavo de
la plantación. Hay un vestigio de decencia, un sentimiento de vergüenza, que
ayu¬da mucho a refrenar y contener esos brotes de crueldad atroz que se
producen tan a menudo en la plantación. Sólo un propietario de esclavos
desesperado conmoverá el humanita¬rismo de sus vecinos que no poseen esclavos
con los gritos de su esclavo lacerado. Pocos están dispuestos a suscitar el
odio que conlleva la fama de ser un amo cruel, y procurarán sobre todo que no
se diga que no dan comida suficiente a su esclavo. No hay propietario de ciudad
que no esté deseoso de que se sepa de él que da suficiente de comer a sus
escla¬vos. Hay, sin embargo; algunas dolorosas excepciones a esta regla. Justo
enfrente de nosotros, en la calle Philpot, vivía el señor Thomas Hamilton.
Poseía dos esclavas. Se llamaban Henrietta y Mary. Henrietta tenía unos
veintidós años de edad, y Mary, unos catorce; y de todas las criaturas
demacra¬das y destrozadas que he visto, ellas eran las que más lo esta¬ban.
Había que tener el corazón más duro que una piedra para mirarlas sin
conmoverse. Mary tenía la cabeza, el cuello y los hombros literalmente hechos
pedazos. Le toqué mu¬chas veces la cabeza y pude comprobar que la tenía
cubierta de llagas ulceradas, causadas por el látigo de su cruel ama. No tengo
noticia de que su amo la azotase nunca, pero he sido testigo presencial de la
crueldad de la señora Hamilton. Yo iba a casa del señor Hamilton casi todos los
días. La señora Hamilton solía sentarse en una silla grande en medio de la
habitación, con un pesado látigo de cuero de vaca siempre al lado, y pocas
veces pasaba una hora durante el día sin que se manchase con la sangre de una
de las dos esclavas. Raras ve¬ces pasaban las chicas a su lado sin que ella
dijese: «¡Más de prisa, negra tramposa!», dándole al mismo tiempo un latigazo
en la cabeza o en los hombros, haciendo correr con frecuen¬cia la sangre.
Entonces decía: «¡Toma eso, negra tramposa!», y añadía: «¡Si no te mueves de
prisa tú, ya te moveré yo!».
Además de los crueles
latigazos a los que estas esclavas esta¬ban sometidas, las tenían medio muertas
de hambre. Raras veces sabían lo que era hacer una comida completa. He vis¬to a
Mary disputarse con los cerdos los desperdicios que ha¬bía tirados por la
calle. Tan magullada y destrozada estaba, que la llamaban más a menudo «la
Desollada» que por su nombre.
VII
Viví con la familia
del amo Hugh unos siete años. Y conseguí aprender a leer y a escribir durante
ese perío¬do. Me vi obligado a recurrir a diversas estratagemas para
conseguirlo. No tuve ningún profesor fijo. Mi ama, que había empezado a
instruirme bondadosamente, no sólo había deja¬do de hacerlo, siguiendo el
consejo y la orientación de su ma¬rido, sino que se había opuesto decididamente
a que me instruyera ninguna otra persona. He de decir, sin embargo, en favor de
mi ama que no adoptó esta vía de actuación in¬mediatamente. Carecía al
principio de la depravación indis¬pensable para encerrarme en la oscuridad
mental. Necesitó al menos cierta práctica en el ejercicio del poder
irresponsable para que pudiese abordar la tarea de tratarme como si fuese un animal.
Mi ama era, como ya
he dicho, una mujer buena y compa¬siva; y al principio de mi estancia allí
comenzó a tratarme como creía ella, en la sencillez de su alma, que un ser
huma¬no debía tratar a otro. No pareció darse cuenta, al asumir los deberes del
propietario de esclavos, de que yo mantenía con ella la relación de una simple
cabeza de ganado y que el que me tratara como a un ser humano no sólo era un
error, sino un error peligroso. La esclavitud resultó tan dañina para ella como
lo resultó para mí. Cuando yo llegué era una mujer piadosa, afectuosa y
compasiva. No había aflicción ni sufri¬miento para el que ella no tuviese una
lágrima. Tenía pan para el hambriento, ropas para el desnudo y consuelo para
todo afligido que se ponía a su alcance. La esclavitud demos¬tró pronto su
capacidad para apartarla de esas excelentes cualidades. Bajo su influencia, el
corazón tierno se hizo de piedra y a la mansedumbre del cordero la sustituyó la
fiereza del tigre. El primer paso en su caída fue dejar de instruirme. Comenzó
entonces a poner en práctica los preceptos de su marido. Acabó siendo aún más
violenta que él en su oposi¬ción. No se daba por satisfecha con hacer
simplemente lo que él le había mandado; parecía ansiosa de hacer más. Nada
parecía haber que más la enfureciese que verme con un periódico en la mano.
Parecía pensar que allí estaba el peligro. Se abalanzaba sobre mí con la cara
crispada de furia y me lo arrebataba, de una manera que revelaba claramente su
temor. Era una mujer lista; y un poco de experiencia pronto demostró, a su
satisfacción, que instrucción y esclavi¬tud eran incompatibles entre sí.
A partir de ese
momento estuve estrechamente vigilado. Si estaba solo en una habitación un
período de tiempo consi¬derable, era seguro que se sospechaba de mí que tenía
un libro, y se me llamaba en seguida para que diera explicacio¬nes. Pero todo
esto llegaba demasiado tarde. Se había dado ya el primer paso. Mi ama, al
enseñarme el alfabeto, me ha-bía dado el dedo, y ninguna precaución podría
evitar que yo me tomara el brazo.
El plan que adopté, y
con el que tuve muchísimo éxito, fue el de hacerme amigo de todos los niños
blancos a los que me encontraba en la calle. Convertí en mis maestros a todos
los que pude. Con su bondadosa ayuda, obtenida en diferen¬tes momentos y en diferentes
lugares, conseguí por fin aprender a leer. Cuando me mandaban a hacer recados,
lle¬vaba siempre mi libro conmigo, hacía rápidamente el recado y luego tenía
tiempo para conseguir una lección antes de volver. También solía llevar pan,
del que siempre había bas-tante en casa y que tenía siempre a mi disposición;
pues es¬taba mucho mejor en ese sentido que muchos de los niños blancos pobres
de nuestro barrio. Este pan yo solía dárselo a los golfillos hambrientos, que
me daban a cambio el pan más valioso del conocimiento. Siento una gran
tentación de dar los nombres de dos o tres de aquellos niños, como testi¬monio
de la gratitud y el afecto que les profeso, pero me lo impide la prudencia; no
porque pudiese perjudicarme a mí, sino porque podría causarles problemas a
ellos, ya que en este país cristiano es un delito casi imperdonable enseñar a
los esclavos a leer. Bastará que diga, de esos amiguitos queri¬dos, que vivían
en la calle Philpot, muy cerca de Durgin y del astillero de Bailey. Solía
hablar con ellos de esta cuestión de la esclavitud. A veces les decía que ojalá
pudiera ser tan li¬bre como lo serían ellos cuando llegaran a ser hombres.
«¡Vosotros seréis libres en cuanto cumpláis los veintiuno, pero yo soy un
esclavo de por vida! ¿Acaso no tengo el mismo derecho a ser libre que tenéis
vosotros?» Estas palabras les atribulaban; manifestaban la más viva simpatía
por mí y me consolaban con la esperanza de que ocurriera algo que me permitiera
llegar a ser libre.
Yo tenía ya unos doce
años y la idea de ser un esclavo de por vida empezaba a pesar angustiosamente
sobre mi cora¬zón. Por aquella época, precisamente, conseguí hacerme con un
libro titulado El orador de Columbia. Lo leía siempre que podía. En él encontré,
entre otra mucha materia interesante, un diálogo de un amo y su esclavo. Se
indicaba que el escla¬vo se había escapado tres veces de su amo. El diálogo era
la conversación que tenía lugar entre ellos después de que le capturaran por
tercera vez. En él, el amo exponía toda la ar¬gumentación en favor de la
esclavitud, y el esclavo la echaba por tierra. Se le hacían decir al esclavo
algunas cosas muy in¬geniosas además de impresionantes en respuesta a su amo...
cosas que producían el efecto deseado aunque inesperado; pues el resultado de
la conversación era que el amo emanci¬paba voluntariamente al esclavo.
Me encontré en el
mismo libro con uno de los vigorosos discursos de Sheridan sobre la
emancipación de los católicos y en defensa de ella. Era una de mis lecturas
favoritas. Los leí una y otra vez con un interés infatigable. Daban expresión a
interesantes pensamientos de mi propia alma, que habían cruzado a menudo mi
mente y se habían extinguido por fal¬ta de expresión. La moraleja que me aportó
el diálogo fue el poder de la verdad sobre la conciencia, incluso sobre la de
un propietario de esclavos. Lo que encontré en Sheridan fue una valerosa
denuncia de la esclavitud y una vigorosa reivin¬dicación de los derechos
humanos. La lectura de estos docu¬mentos me permitió expresar mis pensamientos
y responder a los argumentos esgrimidos para defender la esclavitud; pero
aunque me libraban de un problema, me traían otro aún más doloroso que aquel
del que me libraban. Cuanto más leía, más me veía inducido a aborrecer y
detestar a mis esclavizadores. Sólo podía considerarles una pandilla de
la¬drones afortunados, que habían salido de sus países y se habían ido a África
y nos habían robado allí de los nuestros y nos habían reducido a la esclavitud
en una tierra extraña. Les despreciaba y les tenía por los más ruines y
malvados de todos los hombres. Pero, ay, cuando leía y consideraba la cuestión,
aquel descontento que el amo Hugh había predi¬cho que sentiría si aprendía a
leer, y que había llegado ya, atormentaba y oprimía mi alma causándome una
angustia insoportable. A veces, mientras me debatía en ella, pensaba que aprender
a leer había sido una maldición más que una bendición. Me había permitido
apreciar la desgracia de mi condición, sin proporcionar un remedio. Me abrió
los ojos al espantoso pozo, pero sin darme ni una sola escalerilla por la que
salir. En momentos de angustia envidiaba a mis compa–eros de esclavitud por su
ignorancia. He deseado muchas veces ser un animal. Prefería la condición del
más mísero reptil a la mía. ¡Cualquier cosa, fuese la que fuese, con tal de
librarme de pensar! Era esa conciencia continua de mi condición lo que me
atormentaba. No había modo de librarse de ella. Me la hacían presente todos los
objetos que entraban dentro de mi campo de visión o de audición, animados o
inanimados. La trompeta de plata de la libertad había des¬pertado mi alma a una
vigilia eterna. La libertad apareció para no desaparecer nunca más. Se la oía
en todos los soni¬dos y se la veía en todas las cosas. Siempre estaba presente
para atormentarme con la conciencia de mi desdichada con¬dición. Nada veía en
que no la viese a ella, nada oía en que no la oyese a ella y nada sentía en que
no la sintiese. Miraba desde cada estrella, sonreía en cada calma, soplaba en
cada viento, se agitaba en cada tormenta.
Había veces que
lamentaba mi propia existencia, y desea¬ba estar muerto; y si no hubiera sido
por la esperanza de ser libre, estoy seguro de que me habría matado, o habría
hecho algo por lo que tuvieran que matarme. Cuando me hallaba en ese estado de
ánimo, sentía un gran deseo de oír hablar a alguien de la esclavitud. Era un
oyente atento. Oía hablar bastante de los abolicionistas. Tardé un tiempo en
saber lo que significaba la palabra. Se usaba siempre en relación con cosas que
la hacían una palabra interesante para mí. Si un esclavo huía y conseguía
desaparecer, o si un esclavo mata¬ba a su amo, prendía fuego a un pajar o hacía
cualquier cosa que fuese muy mala desde la perspectiva de un propie¬tario de
esclavos, se decía que era fruto de la abolición. Al oír la palabra tan a
menudo en relación con esas cosas, decidí investigar lo que significaba. El
diccionario me proporcionó poca o ninguna ayuda. Descubrí que era «la acción de
abo¬lir»; pero no sabía qué era lo que había que abolir. Esto me dejó desconcertado.
No me atrevía a preguntar a nadie so¬bre el significado porque estaba seguro de
que era algo so¬bre lo que ellos querían que yo supiera lo menos posible.
Después de una paciente espera, me hice con uno de los pe¬riódicos de nuestra
ciudad en el que había una relación del número de peticiones del Norte que
solicitaban la abo¬lición de la esclavitud en el distrito de Columbia y del
co¬mercio de esclavos entre estados. A partir de entonces com¬prendí las
palabras abolición y abolicionista, y siempre me acercaba cuando se pronunciaba
esa palabra, con la espe¬ranza de oír algo importante para mí y para mis
compañeros de esclavitud. Se fue haciendo la luz en mí gradualmente. Un día
bajé al muelle del señor Waters y al ver a dos irlan¬deses que descargaban
piedra de una gabarra fui y les ayudé sin que me lo pidieran. Cuando acabamos
se me acercó uno de ellos y me preguntó si era un esclavo. Le dije que lo era.
Preguntó: «¿Eres un esclavo de por vida?». Le dije que lo era. Al buen irlandés
pareció afectarle mucho la noticia. Le dijo al otro que era una lástima que un
muchacho tan bue¬no como yo tuviese que ser esclavo de por vida. Dijo que era
una vergüenza que me tuvieran así. Me aconsejaron los dos que huyera al Norte;
que allí encontraría amigos y que sería libre. Fingí no interesarme en lo que
decían, y les traté como si no les entendiera; porque temía que pudieran ser
unos traidores. Se han dado casos de blancos que animan a los negros a escapar
y luego los capturan y los devuelven a sus amos para cobrar la recompensa. Yo
temía que aquellos hombres aparentemente buenos pudieran utilizarme de ese
modo; recordé sin embargo su consejo, y decidí desde en¬tonces escapar. Era
demasiado pequeño para pensar en ha¬cerlo inmediatamente; además, quería
aprender a escribir, pues podría tener ocasión de escribir mi propio
salvoconduc¬to. Me consolaba con la esperanza de encontrar un día una buena
oportunidad. Mientras tanto, aprendería a escribir.
La idea de cómo
podría aprender a escribir se me ocurrió estando en el astillero de Durgin y
Bailey, donde veía a me¬nudo cómo los carpinteros de ribera, después de cortar
y pre¬parar una pieza de madera para utilizarla, escribían en ella el nombre de
la parte del barco a la que estaba destinada. Cuando una pieza de madera era
para el lado de babor, tenía escrito «B». Cuando la pieza era para el lado de
estribor, te¬nía escrito «E». Una pieza para la parte delantera de babor,
llevaba escrito: «B.D.». Si era para la parte delantera de estri¬bor, llevaba:
«E.D.». Para la parte de atrás de babor: «B.A.». Pronto aprendí los nombres de
estas letras, y qué finalidad tenían cuando las escribían sobre una pieza de
madera en el astillero. Me dediqué en seguida a copiarlas y fui capaz en muy
poco tiempo de hacer las cuatro letras mencionadas. Después de eso, cuando me
encontraba con algún chico que yo supiese que sabía escribir, le decía que yo
sabía escribir tan bien como él. Las palabras siguientes eran: «No te creo.
Demuéstramelo». Entonces yo hacía las letras que había te¬nido la suerte de
aprender, y le decía que lo superara si po¬día. Conseguí de este modo un buen
número de clases de escritura, que quizá no hubiese conseguido de ningún otro.
Durante esta época mi libro de ejercicios era la valla de ma¬dera, la pared de
ladrillo y la acera; mi tinta y mi pluma, un trozo de tiza. Fue con eso
fundamentalmente con lo que aprendí a escribir. Y luego me dediqué a copiar una
y otra vez las cursivas del Silabario Webster, hasta que pude hacerlas todas
sin mirar el libro. Por entonces mi pequeño amo Thomas había empezado ya a ir
al colegio, había aprendido a escribir y había hecho varios cuadernos de
escritura. Estos cuadernos los habían traído a casa y, después de enseñárse¬los
a algunos de nuestros vecinos más próximos, se habían olvidado de ellos. Mi ama
solía ir a reuniones selectas al sa¬lón de la calle Wilk los lunes por la tarde
y me dejaba a mí al cuidado de la casa. En esas ocasiones yo solía dedicar el
tiempo a escribir en los espacios vacíos del cuaderno de es¬critura del amo
Thomas, copiando lo que había escrito él. Seguí haciéndolo hasta que pude
escribir con una letra muy parecida a la suya. Y así, tras un esfuerzo largo y
tedioso que duró años, conseguí por fin aprender a escribir.
VIII
Muy poco después de
que fuese a vivir a Baltimore, murió Richard, el hijo menor de mi antiguo amo;
y unos tres años y seis meses después de su muerte, murió mi viejo amo, el
capitán Anthony, dejando sólo a su hijo An¬drew y a su hija Lucretia para
compartir su herencia. Murió cuando estaba en Hillsborough, haciendo una visita
a su hija. Al fallecer de este modo inesperado, no dejó ningún testamento que
indicase cómo debían repartirse sus bienes. Así que hubo que hacer una
valoración de ellos, para que pudieran dividirse por igual entre la señora
Lucretia y el amo Andrew. Mandaron en seguida a por mí, para que me valora¬ran
como al resto de las propiedades. Esto agitó de nuevo mis sentimientos de odio
a la esclavitud. Tenía ya una con¬cepción nueva de mi degradada condición.
Antes, había lle-gado a hacerme, si no del todo insensible a mi suerte, sí al
menos en parte. Dejé Baltimore con un joven corazón abrumado de tristeza y un
alma llena de aprensión. Hice la travesía con el capitán Rowe, en la balandra Gato
Montés, y, después de navegar unas veinticuatro horas, me volví a encontrar
junto al lugar en el que había nacido. Llevaba ya fuera de él casi cinco años,
y puede que sin casi. Aun así recordaba muy bien el lugar. Había salido de allí
cuando sólo tenía unos cinco años, para ir a vivir con mi antiguo amo en la
plantación del coronel Lloyd; así que tenía ya entre diez y once años.
Nos pusieron a todos
juntos para la valoración. Hombres y mujeres, viejos y jóvenes, casados y
solteros, fueron agrupa¬dos con caballos, ovejas y cerdos. Había caballos y
hombres, vacas y mujeres, cerdos y niños, que tenían todos el mismo rango en la
escala del ser, y que fueron sometidos todos ellos al mismo examen detenido. La
vejez de cabello plateado y la juventud vivaz, doncellas y matronas, tenían que
soportar la misma inspección ignominiosa. En aquel momento vi más claramente
que nunca los efectos embrutecedores que produce la esclavitud tanto en los
esclavos como en sus pro¬pietarios.
Tras la valoración
vino el reparto. No tengo palabras para expresar el enorme nerviosismo y la
profunda angustia que sentíamos nosotros, los pobres esclavos, en esos
momentos. Se decidía en ellos nuestro destino para toda la vida. No te¬níamos
más voz en esa decisión que la que tenían los anima¬les con los que estábamos
agrupados. Una sola palabra de los blancos bastaba (contra todos nuestros
deseos, oraciones y ruegos) para que perdiéramos para siempre los amigos más
queridos, los familiares más queridos y los vínculos más fuer¬tes que conocen
los seres humanos. Además del dolor de la separación estaba el temor espantoso
a caer en manos del amo Andrew. Le considerábamos todos un canalla de lo más
cruel, un borracho vulgar que, por su descontrol y su mala administración y su
pródigo libertinaje, había derrochado ya una gran parte del patrimonio de su
padre. Pensábamos to¬dos que pasar a sus manos era como vendernos
inmediata¬mente a los traficantes de Georgia; pues sabíamos que ésa sería
nuestra suerte inevitable... suerte que contemplábamos todos con sumo horror y
pánico.
Yo padecía una
angustia superior a la de la mayoría de mis compañeros de esclavitud. Había
sabido lo que era ser trata¬do amablemente; ellos no habían conocido nada
parecido. Ellos habían visto poco o nada del mundo. Eran en realidad hombres y
mujeres hechos al sufrimiento y familiarizados con el dolor. Sus espaldas se
habían acostumbrado al látigo sanguinario y estaban ya encallecidas; la mía aún
estaba tier¬na, porque mientras viví en Baltimore recibí pocos latigazos, y
pocos esclavos podían ufanarse de un amo y un ama más buenos que los míos; y la
idea de pasar de sus manos a las del amo Andrew (un hombre que, sólo unos días
antes, para darme una muestra de su carácter sanguinario, cogió por el cuello a
mi hermano pequeño, le tiró al suelo y le pisoteó la cabeza con el tacón de la
bota hasta que lo brotó la sangre de la nariz y los oídos) era lo más a
propósito para que me angustiase por mi destino. Después de cometer ese delito
brutal con mi hermano, se volvió a mí y dijo que así era como pensaba tratarme
muy pronto... queriendo decir, su¬pongo, cuando pasase a ser de su propiedad.
Gracias a una
Providencia bondadosa, quedé incluido en la porción de la señora Lucretia, y me
mandaron inmediata¬mente de vuelta a Baltimore, a vivir de nuevo con la familia
del amo Hugh. La familia se alegró tanto de mi regreso como se había afligido
por mi partida. Fue un día alegre para mí. Había escapado a una suerte peor que
las mandíbulas del león. Sólo estuve ausente de Baltimore para la valoración y
el reparto, aproximadamente un mes, y parecía que hubie¬sen sido seis.
Poco después de mi
regreso a Baltimore, murió mi señora, Lucretia, dejando marido y una hija,
Amanda; y muy poco tiempo después de su muerte, murió el amo Andrew. Entonces
el patrimonio de mi antiguo amo, esclavos incluidos, pasó a manos de
extraños... extraños que no habían tenido relación alguna con su acumulación.
No se dio libertad ni a un solo esclavo. Siguieron todos siendo esclavos, desde
los más pequeños a los más ancianos. No hay nada en toda mi experiencia que
haya servido más para reafirmar mi conven¬cimiento del carácter infernal de la
esclavitud y para llenar¬me de una aversión indescriptible hacia los
propietarios de esclavos, que la ingratitud ruin de éstos con mi pobre y
an¬ciana abuela. Había servido a mi antiguo amo fielmente des¬de la juventud a
la vejez. Ella había sido la fuente de toda su riqueza; ella había poblado de
esclavos la plantación; se había convertido en bisabuela a su servicio. Le
había acuna¬do en la temprana infancia, le había cuidado de niño, le ha¬bía
servido a lo largo de toda su vida y una vez muerto le había limpiado la frente
gélida del sudor frío de la agonía y le había cerrado los ojos para siempre.
Seguía siendo, sin em¬bargo, una esclava, esclava de por vida, una esclava en
ma¬nos de extraños; manos en las que ella vio a sus hijos, sus nietos y sus
bisnietos, repartidos, como si fuesen ovejas, sin que se sintiese gratificada
por el pequeño privilegio de poder decir una sola palabra en cuanto a su
destino o al de ellos. Y como remate de esta ruin ingratitud y esta diabólica
barba¬rie, a mi abuela, que era ya muy vieja, después de haber so¬brevivido a
mi antiguo amo y a todos sus hijos, después de haber visto el principio y el
fin de todos ellos, considerando sus nuevos propietarios que era de muy poco
valor, pues te¬nía el cuerpo atormentado por los dolores de la ancianidad y la
invalidez completa estaba invadiendo ya sus miembros en otros tiempos tan
activos, la llevaron al bosque, le constru¬yeron una cabañita con una pequeña
chimenea de barro y luego le hicieron dar la bienvenida al privilegio de
subsistir allí por su cuenta completamente sola. ¡La echaron práctica¬mente a
morir! Si mi pobre y anciana abuela sigue viva, vive para sufrir en absoluta
soledad; vive para recordar y llorar la pérdida de sus hijos, de sus nietos y
de sus bisnietos, que, en palabras de Whittier, el poeta del esclavo,
Se han ido, las han
vendido y se han ido
a la ciénaga arrocera
húmeda y solitaria,
donde pica el insecto
nocivo,
donde el látigo del
esclavo sin cesar restalla,
donde el demonio de
la fiebre esparce
su veneno con la
rociada,
donde relumbran
enfermizos los rayos del sol
en medio de las
nieblas y el calor.
se han ido, las han
vendido y se han ido
a la ciénaga arrocera
húmeda y solitaria,
desde las lomas y
aguas de Virginia...
¡Ay de mí, me han
robado a mis hijas!
El hogar está
desolado. Los niños, los niños inconscien¬tes, que antes cantaban y bailaban en
su presencia, se han ido. Va caminando tanteante, en la oscuridad de la vejez,
a por un trago de agua. En vez de las voces de sus hijos oye de día los
quejidos de la paloma y de noche los chillidos del odioso búho. Todo es
oscuridad. La tumba está a unos pa¬sos. Y ahora, cuando la abruman los dolores
y achaques de la vejez, cuando la cabeza se inclina hacia los pies, cuando se
unen el principio y el final de la existencia humana y la infancia desvalida y
la dolorosa ancianidad se funden... en ese período, ese período de mayor
necesidad, ese período en que se emplean esa ternura y ese afecto que sólo los
hi¬jos pueden emplear con un padre o una madre que se que¬dan sin fuerzas, a mi
pobre y anciana abuela, madre devota de doce hijos, la dejan completamente
sola, allá lejos en una cabañita, ante unas escasas y débiles brasas. Se
levanta, se sienta, se tambalea, cae, gime, muere, y no hay ninguno de sus
hijos o nietos presentes para limpiarle la frente arru¬gada del sudor frío de
la muerte, ni para cubrir de tierra sus restos caídos. ¿No castigará por estas
cosas un Dios justo?
Unos dos años después
de la muerte de la señora Lucretia, el amo Thomas se casó con su segunda
esposa. Se llamaba Rowena Hamilton. Era la hija mayor del señor William
Hamilton. El amo vivía ya en St. Michael. Poco después de que se casaran, se
produjo una desavenencia entre él y el amo Hugh; y, como medio de castigar a su
hermano, me separó de él llevándome a vivir a St. Michael. Experimenté entonces
otra separación sumamente dolorosa. No fue tan grave, sin embargo, como lo que
temía cuando se repartió el patrimo-nio; pues, durante ese intervalo de tiempo,
se había produci¬do un gran cambio en el amo Hugh y en su mujer, antes buena y
afectuosa. La influencia del coñac sobre él y de la esclavitud sobre ella
habían producido un cambio desastroso en el carácter de ambos; así que, por lo
que se refería a ellos, me pareció que tenía poco que perder con el cambio.
Porque no era a ellos a los que tenía mayor apego, sino a aquellos muchachos de
Baltimore. Había recibido de ellos muchas buenas lecciones, y aún seguía recibiéndolas,
y la idea de de¬jarlos era realmente dolorosa. Me iba, además, sin la
espe¬ranza de que me permitiesen volver. El amo Thomas había dicho que no me
dejaría regresar jamás. Consideraba infran-queable la barrera que existía entre
su hermano y él.
Hube de lamentar
entonces no haber intentado al menos poner en práctica mi resolución de huir;
pues las posibilida¬des de éxito eran diez veces mayores desde la ciudad que
desde el campo.
Salí de Baltimore
para St. Michael en la balandra Amanda, del capitán Edward Dodson. Durante la
travesía, presté espe¬cial atención a la dirección que seguían los barcos de
vapor para ir a Filadelfia. Descubrí que, en vez de ir hacia abajo, al llegar a
Punta Norte subían por la bahía, en dirección nord¬este. Me pareció que saber
esto era de la máxima importan¬cia. Revivió de nuevo mi decisión de escapar.
Resolví esperar sólo hasta que se presentase una oportunidad favorable. Cuando
eso llegase, estaba decidido a irme.
IX
He llegado ya a un
período de mi vida en que puedo dar fechas. Dejé Baltimore y me fui a vivir con
el amo Thomas Auld, a St. Michael, en marzo de 1832. Hacía ya más de siete años
que había vivido con él y con la familia de mi antiguo amo en la plantación del
coronel Lloyd. Éra¬mos ya, claro, casi unos completos desconocidos. Él era para
mí un nuevo amo, y yo para él, un nuevo esclavo. Yo desco¬nocía su temperamento
y su carácter; a él le pasaba igual con los míos. Pero al poco tiempo nos
conocíamos ya perfecta¬mente el uno al otro. Y llegué a conocer a su esposa no
me¬nos que a él. Estaban bien emparejados, ya que eran los dos igual de ruines
y crueles. Allí sufrí yo, por primera vez des¬pués de un período de más de
siete años, los dolorosos mor¬discos del hambre, algo que no experimentaba
desde que había abandonado la plantación del coronel Lloyd. Enton¬ces había
sido bastante duro para mí, pero no podía volver la vista atrás hacia ningún
período en que hubiese disfrutado de alimento suficiente. Fue diez veces peor
después de vivir con la familia del amo Hugh, con la que había recibido siempre
comida abundante, y buena, además. He dicho que el amo Thomas era un hombre
ruin. Lo era. No dar comida suficiente a un esclavo se considera la muestra más
completa de mezquindad incluso entre los propietarios de esclavos. La norma es
que, por muy tosco que pueda ser el alimento, debe haber suficiente. Ésta es la
teoría; y en la parte de Mary¬land de la que yo vengo, es la práctica
general... pero hay muchas excepciones. El amo Thomas no nos daba suficiente,
ni de comida tosca ni de comida buena. Trabajábamos en la cocina cuatro
esclavos: mi hermana Eliza, mi tía Priscilla, Henny y yo; y se nos asignaba
menos de medio bushel de ha¬rina de maíz por semana, y muy poco más en forma de
car¬ne o de verduras. Eso no nos daba para alimentarnos. Así que nos veíamos
reducidos a la triste necesidad de vivir a expensas de nuestros vecinos. Esto
lo conseguíamos mendi¬gando y robando, lo que fuese más factible en el momento
de la necesidad; considerábamos tan legítima una cosa como la otra. Cuántas
veces estábamos nosotros, pobres criaturas, casi muertos de hambre mientras
había comida en abundan¬cia pudriéndose en la fresquera y en el ahumadero, y
nuestra piadosa señora lo sabía muy bien; ¡y sin embargo aquella señora y su
marido se arrodillaban todas las mañanas y re¬zaban para que Dios les bendijera
con la riqueza y la abun¬dancia!
Aunque todos los
propietarios de esclavos sean malos, ra¬ras veces se encuentra uno que no tenga
algún rasgo de ca¬rácter que imponga respeto. Mi amo era uno de estos raros
casos. No tengo noticia de que realizase una sola acción no¬ble. El rasgo
principal de su carácter era la mezquindad; y cualquier otro elemento que
pudiese haber en su naturaleza se hallaba sometido a ése. Era mezquino; y, como
la mayoría de los mezquinos, no era capaz de ocultar su mezquindad. El capitán
Auld no había nacido propietario de esclavos. Había sido un hombre pobre, que
sólo tenía una embarcación en la bahía. Los esclavos los había adquirido todos
por matrimo¬nio; y los propietarios de esclavos de adopción son los más crueles
de todos los hombres. Su crueldad era una crueldad cobarde. Mandaba sin
firmeza. Era a veces rígido en el cum¬plimiento de las reglas y a veces laxo. A
veces hablaba a sus esclavos con la firmeza de Napoleón y la furia de un
demo¬nio; otras veces podría muy bien confundírsele con alguien que se ha perdido
y que pregunta. Era un ser inútil. Podría haber pasado por un león, salvo por
las orejas. Donde su mezquindad se hacía más patente era en todas las cosas
no¬bles que intentaba. Sus aires, palabras y acciones eran aires, palabras y
acciones del propietario de esclavos nato y, al ser fingidos, resultaban muy
torpes. No era ni siquiera un buen imitador. Poseía la disposición precisa para
engañar, pero le faltaba el poder. Al no tener recursos interiores, se veía
obli¬gado a ser el copista de muchos, y al serlo, siempre acababa siendo
víctima de la incoherencia; y le despreciaban por ello hasta sus esclavos. El
lujo de tener esclavos propios a su dis¬posición era algo nuevo e imprevisto.
Era un poseedor de es¬clavos sin capacidad de poseerlos. Se sentía incapaz de
manejarlos, ya fuese por la fuerza, el miedo o el engaño. Ra¬ras veces le
llamábamos «amo»; le solían llamar «capitán Auld», y nos costaba mucho trabajo
otorgarle un título. Estoy convencido de que nuestra conducta influía mucho en
que pareciese torpe y malhumorado como consecuencia. Tenía que desconcertarle
mucho que le tuviéramos tan poco respe¬to. Quería que le llamásemos amo, pero
carecía de la firmeza necesaria para obligarnos a hacerlo. Su esposa solía
insistir en que se lo llamásemos, pero sin resultado. En agosto de 1832 mi amo
asistió a una jira campestre metodista que se celebró junto a la bahía, en el
condado de Talbot, y tuvo allí una experiencia religiosa. Yo albergué una leve
esperanza de que su conversión le llevaría a emancipar a sus esclavos, y que,
si no hacía eso, se volvería al menos algo más bueno y más humano. Sufrí una
decepción en ambas cosas. Ni fue más humano con sus esclavos ni les emancipó.
En lo único que afectó a su carácter fue en hacerle más cruel y odioso en todos
los aspectos; porque yo creo que fue mucho peor des¬pués de su conversión que
antes. Antes de la conversión, se apoyaba en su propia depravación para que le
protegiera y sostuviera en su feroz barbarie; pero después de la conver¬sión,
dispuso ya de sanción y apoyo religiosos para su cruel¬dad esclavista. Hacía
grandes alardes de piedad. Su casa era casa de oración. Rezaba por la mañana, a
mediodía y a la no¬che. Muy pronto se distinguió entre sus hermanos y le
nom¬braron jefe de clase y exhortador. Era muy activo en las asambleas
religiosas y demostró ser instrumento en manos de la Iglesia en la conversión
de muchas almas. Su casa era el hogar de los predicadores. Les gustaba
muchísimo ir a alojar¬se allí; porque mientras a nosotros nos mataba de hambre,
a ellos les atiborraba de comida. Llegamos a tener allí hasta tres o cuatro
predicadores al mismo tiempo. Los nombres de los que solían acudir con más
frecuencia mientras yo viví allí eran el señor Storks, el señor Ewery, el señor
Humphry y el señor Hickey. He visto también al señor George Cookman en nuestra
casa. Los esclavos queríamos mucho al señor Cookman. Nos parecía un hombre
bueno. Creíamos que ha¬bía sido él quien había inducido al señor Samuel
Harrison, un propietario de esclavos muy rico, a emancipar a todos sus
esclavos; y teníamos no sé muy bien por qué la impresión de que estaba
trabajando por la liberación de todos los esclavos. Cuando estaba él en nuestra
casa, estábamos seguros de que se nos llamaría para las oraciones. Cuando
estaban allí los demás, unas veces nos llamaban y otras no. El señor Cookman
nos hacía más caso que los otros ministros. No podía disimular la simpatía que
le inspirábamos cuando estaba en¬tre nosotros y, aunque éramos ignorantes,
teníamos la sagacidad suficiente para darnos cuenta.
En el período en que
viví con mi amo en St. Michael, un joven blanco, un tal señor Wilson, quiso
organizar una es¬cuela dominical para instruir a todos los esclavos que
estuviesen dispuestos a aprender a leer el Nuevo Testamento. La tercera vez que
nos reunimos cayeron sobre nosotros, con palos y otros proyectiles, el señor
West y el señor Fairbanks, que eran los dos jefes de clase; vinieron con muchos
más, nos echaron de allí y nos prohibieron volver a reunir¬nos. Así terminó
nuestra escuela dominical en la piadosa población de St. Michael.
He dicho que mi amo
encontró un apoyo en la religión para su crueldad. Explicaré, como ejemplo, uno
de los mu¬chos hechos que demuestran la veracidad de la acusación. Le he visto
atar a una muchacha coja y azotarla con un pesado látigo de cuero en los hombros
desnudos haciendo gotear la sangre roja y cálida; y citar, para justificar esta
acción sangui-naria, este pasaje de las Sagradas Escrituras: «El que conoce la
voluntad de su señor y no la cumple, castigado será con el látigo».
El amo mantenía a
esta muchacha lacerada en aquella ho¬rrible situación cuatro o cinco horas
seguidas, atada. Había veces, según he sabido, en que la ataba por la mañana
temprano y la azotaba antes del desayuno; la dejaba, se iba al al¬macén, volvía
a cenar y la azotaba otra vez, pegándole en los lugares que ya había dejado en
carne viva con aquel látigo cruel. El secreto de la crueldad del amo con Henny
consistía en el hecho de que la muchacha se había quedado casi invá¬lida. Se
había caído en el fuego siendo muy pequeña y se había hecho unas quemaduras
espantosas. Le quedaron las manos tan quemadas que nunca pudo volver a usarlas
nor¬malmente. Podía hacer muy pocas cosas, aparte de transportar pesadas
cargas. Era para el amo un gasto inútil; y, como era un mezquino, constituía
para él un motivo de irritación constante. Parecía deseoso de borrar de la
existencia a la mu¬chacha. Se la regaló en una ocasión a su hermana; pero, como
era un regalo pobre, ella no se mostró dispuesta a con¬servarla. Finalmente, mi
benévolo amo la dejó «a la deriva para que cuidase de sí misma», según sus
propias palabras. ¡El recién convertido se quedaba a la madre y echaba de casa
a morir de hambre a la hija inútil! El amo Thomas era uno de los muchos
propietarios de esclavos piadosos que poseían esclavos con el muy caritativo
propósito de cuidarse de ellos.
Mi amo y yo tuvimos
muchas diferencias. Yo le resultaba poco apto para su propósito. Mi vida urbana
había ejercido en mí, según decía, un influjo muy pernicioso. Me había
es¬tropeado casi para todo buen propósito, y me había prepara¬do para todas las
cosas malas. Una de mis faltas más graves era la de dejar que se escapara su
caballo y bajara a la finca de su suegro, que quedaba a unos ocho kilómetros de
St. Mi¬chael. Yo tenía entonces que ir a por él. La razón de este tipo de
descuido, o cuidado, mío era que siempre podía conse¬guir algo de comer cuando
iba allí. El amo William Hamil¬ton, suegro de mi amo, siempre daba comida
suficiente a sus esclavos. Nunca me fui de allí con hambre, por muy necesa¬rio
que fuese que volviera rápido. Al final el amo Thomas dijo que no lo soportaba
más. Llevaba nueve meses viviendo con él, y durante ese período me había
azotado severamente muchas veces, sin ningún resultado. Decidió mandarme a que,
como dijo él, me domaran, y me arrendó con ese fin durante un año a un hombre llamado
Edward Covey. El se¬ñor Covey era un hombre pobre, que tenía una finca en
arriendo. Arrendaba el lugar en el que vivía y también los peones con que
trabajaba. Había adquirido mucha fama do¬mando esclavos jóvenes, y esa fama era
para él de un valor inmenso. Le permitía cultivar sus tierras con mucho menos
gasto propio del que podría haber tenido sin ella. Algunos propietarios de
esclavos consideraban que no era mucha pérdida permitir que el señor Covey
tuviese a sus esclavos un año, por el adiestramiento al que estaban sometidos,
sin ninguna otra compensación. Podía alquilar así mano de obra joven con gran
facilidad, gracias a su fama. A las bue¬nas cualidades naturales del señor
Covey se añadía el hecho de que era profesor de religión, un alma piadosa,
miembro y jefe de clase de la Iglesia metodista. Todo esto añadía aún mayor
peso a su prestigio como «domador de negros». Yo estaba al tanto de todas estas
cosas, ya que me había infor¬mado de ellas un joven que había vivido allí. De
todos mo¬dos hice el cambio con alegría; porque estaba seguro de que me darían
comida suficiente, lo que no es una consideración intrascendente para un hombre
hambriento.
X
Dejé la casa del amo
Thomas y fui a vivir con el señor Covey el 1 de enero de 1833. Era ya, por
primera vez en mi vida, un peón rural. Me sentí en mi nuevo empleo aún más
desconcertado de lo que podría estarlo un mucha¬cho del campo en una gran
ciudad. Cuando llevaba sólo una semana en mi nuevo hogar, el señor Covey me
azotó muy severamente, rasgándome la piel de la espalda, haciendo co¬rrer la
sangre y alzando costurones en la carne tan grandes como mi dedo meñique. Los
detalles de este incidente son los siguientes: el señor Covey me envió, por la
mañana muy temprano, uno de los días más fríos del mes de enero, al bos¬que, a
por una carga de leña. Me dio una pareja de bueyes sin domar. Me explicó cuál
era el de la derecha y cuál el de la izquierda. Luego ató el extremo de una
larga cuerda a los cuernos del bueno y me dio el otro extremo y me dijo que, si
el buey empezaba a correr, debía sujetarlo con la cuerda. Yo era la primera vez
que manejaba bueyes y pasé muchos apuros, claro está. Conseguí, sin embargo,
llegar al borde del bosque con poca dificultad; pero cuando no llevaba
recorri¬das más que unas cuantas varas, los bueyes se asustaron y echaron a
correr, lanzando el carro contra los árboles y por encima de los tocones del
modo más horroroso. Yo esperaba a cada momento acabar con los sesos aplastados
contra los árboles. Después de recorrer así un trayecto considerable, volcaron
por fin el carro, lanzándolo con gran fuerza contra un árbol y precipitándose
ellos en una densa espesura. No sé cómo pude librarme de la muerte. Allí
estaba, completamen¬te solo, en un espeso bosque, en un lugar nuevo para mí.
Te¬nía el carro volcado y destrozado, los bueyes atrapados entre los arbustos,
y no había nadie para ayudarme. Tras muchos esfuerzos, conseguí arreglar el carro,
liberar a los bueyes y uncirlos de nuevo. Me dirigí luego con mi equipo al
lugar donde había estado el día anterior cortando leña y cargué mucho el carro,
pensando que de ese modo dominaría mejor a los bueyes. Luego emprendí el camino
de casa. Había con¬sumido ya la mitad del día. Salí del bosque sin novedad y me
sentí ya fuera de peligro. Paré los bueyes para abrir la cer¬ca del bosque; y
cuando la abrí, antes de que pudiera coger la cuerda de los bueyes, éstos se
lanzaron de nuevo a la ca¬rrera, engancharon el portillo entre la rueda y el
cuerpo del carro, haciéndolo pedazos, y estuvieron a punto de aplastar¬me
contra el poste del portillo. Así que, por dos veces en un breve día, escapé a
la muerte por los pelos. Cuando llegué a casa le conté al señor Covey lo que
había pasado, y cómo había pasado. Me dio orden de volver al bosque
inmediata¬mente. Lo hice y él fue detrás de mí. Cuando estaba llegando ya al
bosque, apareció y me dijo que parara el carro, que me iba a enseñar a
malgastar el tiempo y a romper portillos. Luego se acercó a un gran ciruelo
silvestre y cortó con el ha¬cha tres varas largas y, después de quitarles hojas
y ramas con la navaja, me mandó quitarme la ropa. Yo no dije nada, pero seguí
con la ropa puesta. Él repitió la orden. Yo aún se¬guí sin contestar y sin
hacer ademán de desvestirme. Ante esto se abalanzó sobre mí con la ferocidad de
un tigre, me arrancó la ropa y me zurró hasta que se le gastaron las varas,
haciéndome heridas tan terribles que me dejaron marcas visibles durante mucho
tiempo. Ésta fue la primera de una se¬rie de palizas parecidas y por delitos
similares.
Viví con el señor
Covey un año. Durante los seis primeros meses de ese año, casi no pasó una
semana sin que me azo¬tara. Era raro que no tuviese la espalda llagada. Su
excusa para azotarme era casi siempre mi torpeza. Trabajábamos hasta el borde
de la extenuación. Mucho antes de que se hi¬ciera de día estábamos ya en pie,
habíamos dado de comer a los caballos y en cuanto empezaba a clarear salíamos
hacia los campos de cultivo con los azadones y las yuntas. El señor Covey nos
daba comida suficiente, pero poco tiempo para comerla. A veces teníamos que
comer en menos de cinco minutos. Solíamos estar en los campos desde las
primeras lu¬ces del día hasta que nos habían dejado ya los últimos rayos del
sol; y en la época en que había que economizar el forraje, nos daba la
medianoche en el campo recogiendo hierba.
Covey estaba allí con
nosotros. Lo que solía hacer para aguantarlo, era esto. Se pasaba la mayor
parte de la tarde en la cama. Luego salía repuesto al atardecer, listo para
instar¬nos con sus palabras, su ejemplo y frecuentemente con el lá¬tigo. El
señor Covey era uno de los pocos propietarios de esclavos que era capaz de
trabajar con las manos, y lo hacía. Era muy trabajador. Sabía por experiencia
propia qué era lo que podía hacer exactamente un hombre o un muchacho. A él no
había modo de engañarle. El trabajo continuaba en au¬sencia suya casi tan bien
como cuando estaba presente; y tenía la facultad de hacernos sentir que estaba
siempre pre¬sente entre nosotros. Esto lo lograba sorprendiéndonos. Ra¬ras
veces se acercaba al lugar donde estábamos trabajando abiertamente, si podía
hacerlo en secreto. Siempre procuraba cogernos por sorpresa. Era tan astuto,
que solíamos llamarle, entre nosotros, «la Serpiente». Cuando estábamos
trabajan¬do en el maizal, se acercaba a veces arrastrándose, apoyado en las
manos y en las rodillas para que no le viéramos llegar, y de pronto se ponía de
pie casi en medio de nosotros y gri¬taba: «¡Va, va! ¡Vamos, venga! ¡De prisa,
rápido!». Como se¬guía esa táctica, nunca era seguro que pudieses parar un solo
minuto. Llegaba como un ladrón en la noche. Nos parecía que siempre estaba allí
al lado. Estaba debajo de cada árbol, detrás de cada tocón, en cada matorral y
en cada ventana, en la plantación. A veces montaba a caballo, como si se fue¬se
a St. Michael; que quedaba a unos doce kilómetros de distancia, y media hora
después le veías acurrucado en el rincón de la valla de madera, vigilando todos
los movimien¬tos de los esclavos. Dejaba en esos casos el caballo atado en el
bosque. También venía a veces andando hasta donde está¬bamos y nos daba órdenes
como si estuviese a punto de par¬tir para un largo viaje, nos daba la espalda y
hacía como si se dirigiese a la casa para disponerlo todo; y antes de que
hubiese recorrido la mitad del camino, se desviaba y se es¬condía en un rincón
de la valla, o detrás de un árbol, y nos vigilaba desde allí hasta que se ponía
el sol.
El punto fuerte del
señor Covey era su capacidad para en¬gañar. Su vida estaba consagrada a
planificar y perpetrar los engaños más groseros. Todo lo que él poseía en forma
de co¬nocimientos o de religión, lo adaptaba a su disposición para engañar.
Parecía considerarse capaz de engañar al Todopode¬roso. Rezaba una breve
oración por la mañana y una oración larga por la noche; y, por extraño que
pueda resultar, pocos hombres parecerían más devotos de lo que lo parecía él a
ve¬ces. Sus ejercicios devotos familiares siempre empezaban con cantos; y, como
él cantaba muy mal, solía corresponderme a mí el honor de iniciar el himno. Él
lo leía y me hacía una seña para que empezara. Yo a veces lo hacía; otras, no
lo ha¬cía. Mi desobediencia producía casi siempre mucha confu¬sión. Para
demostrar que no dependía de mí, empezaba y avanzaba vacilante con su himno,
desentonando horrible¬mente. En ese estado de ánimo, rezaba con más brío del
or¬dinario. ¡Pobre hombre! Tal era su disposición para el engaño y tanto éxito
tenía engañando, que yo en verdad creo que a veces se engañaba a sí mismo y
llegaba a creer en serio que era un adorador sincero del Dios altísimo; y esto,
además, en una época en que se puede decir que era culpa¬ble de obligar a su
esclava a cometer pecado de adulterio. Los hechos de este caso son los
siguientes: el señor Covey era un hombre pobre; estaba empezando en la vida;
sólo po¬día comprar un esclavo; y, sorprendentemente, la compró a ella, para
criar, como él decía. Esa mujer se llamaba Caroline. El señor Covey se la
compró al señor Thomas Lowe, a unos diez kilómetros de St. Michael. Era una
mujer grande y cor¬pulenta, de unos veinte años de edad. Ya había dado a luz un
niño, lo que demostraba que servía para lo que él quería. Después de comprarla,
tomó en arriendo a un hombre casa¬do del señor Samuel Harrison, para que
viviera con él un año, ¡y lo encerraba con ella todas las noches! El resultado
fue que, al final del año, aquella desdichada dio a luz geme¬los. El señor
Covey pareció sumamente complacido con este resultado, tanto con el hombre como
con la desventurada mujer. Tanta era su alegría, y la de su esposa, que nada de
lo que pudiesen hacer por Caroline después del parto les pare¬cía demasiado
bueno o demasiado duro. Los niños los consi¬deraron un magnífico aumento de su
riqueza.
Si hubo algún período
de mi vida en el que me hicieran beber más que en ningún otro las heces más
amargas de la esclavitud, ese período fue el de los seis primeros meses de mi
estancia con el señor Covey. Nos obligaba a trabajar hi¬ciera el tiempo que hiciera.
Nunca hacía demasiado calor ni demasiado frío; por mucho que lloviera, soplara
el viento, granizara o nevara, teníamos que trabajar en los campos. Tra¬bajo,
trabajo, trabajo, era casi tanto el orden del día como el de la noche. Los días
más largos eran demasiado cortos para él, y las noches más cortas, demasiado
largas. Yo era bastante ingobernable cuando llegué allí, pero unos cuantos
meses de aquella disciplina me domaron. El señor Covey consiguió quebrantarme.
Estaba quebrantado de cuerpo, de alma y de espíritu. Mi flexibilidad natural
estaba aplastada, mi inteli¬gencia languidecía, desapareció la afición a leer,
se apagó la chispa alegre que brillaba en mis ojos; la noche sombría de la
esclavitud se cerró sobre mí, ¡y lo que era un hombre se convirtió en un bruto!
El domingo era mi
único tiempo de ocio. Lo pasaba en una especie de estupor animal, entre sueño y
vigilia, bajo al¬gún árbol grande. A veces me sublevaba, atravesaba mi alma un
fogonazo de libertad estimulante, acompañado de un te¬nue rayo de esperanza, que
parpadeaba un instante y luego se esfumaba. Y volvía a hundirme, lamentando mi
desdicha¬da condición. Me sentía impulsado a veces a poner fin a mi vida, y a
la de Covey, pero me lo impedía una mezcla de es¬peranza y miedo. Mis
sufrimientos en aquella plantación pa¬recen ahora un sueño más que una dura
realidad.
Nuestra casa estaba a
unas cuantas varas de la bahía de Chesapeake, cuyo amplio seno estaba siempre
blanco por las velas procedentes de todas las partes del mundo habitable.
Aquellas bellas embarcaciones, vestidas del blanco más puro, tan deleitosas a
los ojos de los hombres libres, eran para mí como otros tantos espectros
ensabanados, que me aterraban y me atormentaban con pensamientos sobre mi
condición desventurada. Cuántas veces he seguido, en la quietud pro¬funda de
uno de aquellos domingos de verano, completa¬mente solo allí sobre las orillas
grandiosas de esa noble bahía, con el corazón afligido y los ojos cubiertos de
lágri¬mas, el número incontable de velas que avanzaban hacia el poderoso
océano. La visión de aquellas velas me afectaba siempre profundamente. Mis
pensamientos exigían una for¬mulación; y allí, sin más público que el
Todopoderoso, vertía el lamento del alma, a mi manera tosca, con un apóstrofe a
aquella multitud de navíos en movimiento:
«¡Vosotros os habéis
soltado de vuestras amarras y sois li¬bres; yo estoy atado a mis cadenas y soy
un esclavo! ¡Voso¬tros avanzáis alegres impulsados por un viento dulce, y a mí
me impulsa triste un látigo sangriento! ¡Vosotros sois ángeles de la libertad
de raudas alas que voláis alrededor del mundo; yo estoy encerrado tras rejas de
hierro! ¡Ojalá fuera libre! ¡Ojalá estuviese, ay, en una de vuestras airosas
cubiertas y bajo vuestra ala protectora! Ruedan, ay, entre nosotros dos las
aguas turbulentas. Íos, íos. ¡Ojalá pudiese irme también! ¡Si supiese nadar!
¡Si pudiese volar! ¡Oh, por qué hube de na¬cer hombre para que me convirtieran
luego en animal! El alegre navío ya se ha ido, se oculta en la brumosa lejanía.
Y aquí quedo yo en el infierno más ardiente de esclavitud interminable.
¡Sálvame, oh, Dios! ¡Ampárame! ¡Déjame ser li¬bre! ¿Hay Dios? ¿Por qué soy
entonces un esclavo? Me escaparé. No lo soportaré. Que me capturen si no
consigo huir, pero lo intentaré. Qué más da morir de fiebre que de calentura. Sólo
tengo una vida que perder. Prefiero que me maten corriendo a morir aquí quieto.
Piénsalo un momento; ¡ciento sesenta kilómetros al norte en línea recta y eres
libre! ¿Lo intentarás? ¡Sí! Y lo conseguiré, con la ayuda de Dios. No es
posible que viva y muera esclavo. Me lanzaré al agua. Esta misma bahía me
llevará a la libertad. Los barcos de vapor se¬guían rumbo al nordeste desde
Punta Norte. Lo mismo haré yo; y cuando llegue al final de la bahía, dejaré a
la deriva mi canoa, atravesaré Delaware y entraré en Pennsylvania. Y cuando
llegue allí, ya no necesitaré llevar salvoconducto; po¬dré viajar sin que me
molesten. En cuanto se me presente la primera oportunidad, me voy, pase lo que
pase. Mientras tanto, procuraré aguantar bajo el yugo. No soy el único es¬clavo
de este mundo. ¿Por qué he de torturarme? Puedo aguantar tanto como el que más.
Y soy sólo un muchacho, y todos los muchachos han de estar sometidos a alguien.
Es posible que mi desgracia en la esclavitud no haga sino au¬mentar mi
felicidad cuando sea libre. Han de venir mejores tiempos».
Así solía pensar, y
así solía hablar conmigo mismo; vién¬dome empujado casi a la locura en un
momento y reconci¬liándome con mi suerte desdichada al momento siguiente.
Ya he indicado que mi
condición durante los seis primeros meses de mi estancia en casa del señor
Covey fue mucho peor que durante los seis últimos. Las circunstancias que
condujeron al cambio de actitud del señor Covey hacia mí marcan una época en mi
humilde historia. Han visto ya cómo se convirtió a un hombre en esclavo; ahora
verán cómo se convirtió un esclavo en hombre. Uno de los días más cálidos del
mes de agosto de 1833, Bill Smith, William Hughes, un esclavo llamado Eli y yo
estábamos aventando trigo. Hughes recogía el trigo aventado delante de la
aventadora, Eli le daba a la manivela, Smith echaba el trigo en la máquina y yo
lo llevaba hasta ella. Era un trabajo sencillo que exigía fuerza más que
inteligencia; pero resultaba muy duro para quien no tuviese ninguna experiencia
en él. Hacia las tres de la tarde, me desmoroné; me fallaron las fuerzas; me
entró un violento dolor de cabeza, acompañado de un vértigo ex¬tremo; me
temblaban todos los miembros. Al darme cuenta de lo que venía, me sobrepuse,
pensando que no serviría de nada dejar de trabajar. Aguanté mientras pude
arrastrarme tambaleante hasta la tolva con el grano. Cuando no pude aguantar
más en pie, me caí y sentí como si me sujetara al suelo un peso inmenso. La
aventadora, claro, se paró; tenía¬mos que hacer cada uno nuestra tarea
correspondiente, y na¬die podía hacer el trabajo del otro y seguir haciendo el
suyo al mismo tiempo.
El señor Covey se
encontraba en la casa, a unos cien me¬tros de la era donde estábamos aventando.
Al oír que se pa¬raba la aventadora, salió inmediatamente y vino al lugar en el
que nos hallábamos nosotros. Preguntó en seguida qué era lo que pasaba. Bill
contestó que yo me había puesto enfermo y que no había nadie que llevase trigo
a la aventadora. Yo me había alejado por entonces arrastrándome hasta un lado
de la valla que cerraba la era, pensando que al apartarme del sol me repondría.
Entonces él preguntó dónde estaba yo. Uno de los peones se lo dijo. Él vino y,
después de mirarme un rato, me preguntó qué era lo que pasaba. Se lo expliqué
lo mejor que pude, pues apenas tenía fuerza para hablar. Él entonces me dio una
patada brutal en el costado y me dijo que me levantara. Lo intenté, pero volví
a caerme en el in¬tento. Me pegó otra patada, y me volvió a decir que me
le¬vantara. Lo intenté de nuevo y conseguí ponerme de pie; pero al inclinarme
para coger el cubo con el que estaba ali¬mentando la aventadora, me dio otra
vez el vértigo y caí. Mientras estaba tirado en esta situación, el señor Covey
co¬gió la tablilla de nogal con la que Hughes había estado enra¬sando la medida
de medio bushel y me dio con ella un golpe fuerte en la cabeza, haciéndome una
herida grande de la que empezó a brotar la sangre en abundancia; y tras esto
volvió a decirme que me levantara. No intenté siquiera obedecer, pues había
decidido ya dejarle hacer lo que quisiera. Después de recibir este golpe sentí
en seguida la cabeza mucho mejor. El señor Covey me había dejado ya a mi
suerte. En ese mo¬mento decidí, por primera vez, acudir a mi amo, presentar una
queja y pedir protección. Para hacer esto debía caminar aquella tarde unos doce
kilómetros, lo que constituía sin duda, dadas las circunstancias, un duro
esfuerzo. Estaba de¬masiado débil, tanto por las patadas y golpes que había
reci¬bido como por el grave ataque de vértigo que había sufrido. Sin embargo,
esperé mi oportunidad, cuando Covey estaba mirando en dirección opuesta, y salí
hacia St. Michael. Ha¬bía conseguido recorrer una distancia considerable camino
del bosque cuando me descubrió Covey y me llamó para que volviera, amenazándome
con lo que me haría si no le obede¬cía. No hice caso de sus llamadas ni de sus
amenazas y conti¬nué camino del bosque con toda la rapidez que me permitía mi
estado de debilidad; y, pensando que él podría alcanzar¬me si iba por el
camino, me metí por la espesura, mante¬niéndome lo suficientemente lejos del
camino para que no pudiera verme y lo suficientemente cerca para no
extraviar¬me. Antes de que pudiese alejarme mucho volvieron a fallar¬me mis
débiles fuerzas. No pude seguir más. Caí al suelo y estuve allí tirado mucho
tiempo. Seguía sangrando por la he¬rida de la cabeza. Pensé durante un rato que
iba morir de¬sangrado; y creo que así habría sido si la sangre no hubiese
apelmazado el cabello tanto que taponó la herida. Después de estar unos tres
cuartos de hora allí caído, conseguí sobre¬ponerme otra vez y me levanté y
seguí mi camino, a través de barrizales y zarzales, descalzo y con la cabeza
descubierta, hiriéndome en los pies a veces casi a cada paso; y tras un via¬je
de unos doce kilómetros, que tardé unas cinco horas en recorrer, llegué al
almacén del amo. Mi apariencia era tal por entonces que tenía que impresionar a
todo el que no tuviese un corazón de acero. Estaba cubierto de sangre desde los
pies hasta la coronilla. Tenía todo el pelo empastado de polvo y de sangre;
tenía la camisa tiesa de la sangre. Tenía en las piernas y en los pies diversas
heridas de zarzales y espinos, y los tenía también cubiertos de sangre. Supongo
que debía de parecer un hombre que hubiese acabado de escapar por muy poco de
un cubil de animales feroces. Me presenté ante mi amo en ese estado y le rogué
humildemente que interpusiera su autoridad para protegerme. Le expliqué todos
los detalles del caso lo mejor que pude, y parecía afectarle a veces mien¬tras
se lo contaba. Luego se puso a pasear e intentó justificar a Covey diciendo que
él suponía que me lo merecía. Me preguntó qué quería que hiciera. Le dije que
me dejara ir a otro sitio; que estaba seguro de que si iba de nuevo a vivir con
el señor Covey, tendría que vivir con él pero moriría con él; que era seguro
que me mataría; ya había empezado a hacer¬lo. El amo Thomas ridiculizó la idea
de que pudiese haber al¬gún peligro de que el señor Covey me matara, y dijo que
conocía al señor Covey; que era un buen hombre y que no podía plantearse
separarme de él; que perdería los jornales de todo el año si lo hiciese; que yo
pertenecía al señor Covey por un año y que debía volver con él, pasara lo que
pasase; y que no debía molestarle con más historias porque si no él mismo se
encargara de mí. Después de amenazarme así, me dio una gran dosis de sales y me
dijo que podía quedarme aquella noche en St. Michael (pues era ya muy tarde),
pero que debía volver a la casa del señor Covey por la mañana temprano; y que
si no lo hacía, él mismo se encargara de mí, con lo que quería decir que me
azotaría. Pasé allí la noche y, cumpliendo sus órdenes, salí hacia la casa de
Covey por la mañana (era sábado), cansado de cuerpo y con el ánimo aba¬tido. No
había cenado la noche anterior y no desayuné aquella mañana. Llegué a la casa
de Covey hacia las nueve, y justo cuando saltaba la valla que separaba las
tierras de la se¬ñora Kemps de las nuestras, salió corriendo Covey con su
látigo de cuero, decidido a pegarme otra vez. Conseguí me¬terme en el maizal
antes de que pudiera alcanzarme y, como el maíz estaba muy alto, me ofreció el
medio de esconderme. Parecía muy furioso y me buscó durante mucho tiempo. Mi
comportamiento era totalmente inexplicable. Por fin aban¬donó la caza,
pensando, me imagino, que acabaría acudien¬do a la casa buscando algo de comer;
no se molestaría en perseguirme más. Pasé casi todo aquel día en el bosque,
te¬niendo ante mí la siguiente disyuntiva: ir a casa y que me mataran a
latigazos, o quedarme en el bosque y morirme de hambre. Esa noche me encontré a
Sandy Jenkins, un esclavo al que conocía un poco. Sandy estaba casado con una
mujer libre que vivía a unos siete kilómetros de la casa del señor Covey; y,
como era sábado, iba a verla. Le expliqué la situa¬ción en la que me encontraba
y me invitó, muy amablemen¬te, a ir con él a su casa. Allá me fui y le conté
todo el asunto, y él me aconsejó lo que le parecía que era lo mejor que yo
podía hacer. Sandy resultó un asesor experto. Me explicó, con gran solemnidad,
que debía volver con Covey; pero an¬tes de hacerlo debía ir con él a otra parte
del bosque, donde había cierta raíz, que, si cogía un poco de ella y la llevaba
conmigo, siempre en el lado derecho, le impediría al señor Covey, y a cualquier
otro blanco, pegarme. Dijo que él la ha¬bía llevado muchos años, y que desde
que la llevaba no había recibido ni un solo golpe, y no esperaba recibirlo
nunca mientras la llevase. Yo al principio rechacé la idea de que por el simple
hecho de llevar una raíz en el bolsillo pudiese tener aquel efecto que había
dicho él, y no quería aceptarla; pero Sandy insistió mucho en que era necesario
que lo hiciese, di¬ciéndome que no podía hacerme ningún daño, aunque no me
ayudase nada. Al final acepté la raíz, por complacerle, y, siguiendo su
consejo, me la coloqué en el lado derecho. Esto era el domingo por la mañana.
Me dirigí inmediatamente hacia casa, y cuando cruzaba el portón del patio,
salió el se¬ñor Covey a mi encuentro. Me habló muy amablemente, me mandó echar
a los cerdos de un campo de cultivo cercano y luego continuó camino de la
iglesia. Ante aquel extraño comportamiento del señor Covey, yo empecé a pensar
que la raíz que me había dado Sandy debía de tener algo especial; y si hubiese
sido cualquier otro día y no el domingo, no podría haber atribuido su conducta
a ninguna otra causa que no fuese la influencia de aquella raíz; y, tal como
estaban las co¬sas, me sentía medio inclinado a pensar que la raíz era algo más
de lo que había considerado en principio que era. Todo fue bien hasta la mañana
del lunes. Esa mañana se puso ple¬namente a prueba la virtud de la raíz. Mucho
antes de que amaneciera, se me llamó para que fuese a limpiar, cepillar y dar
de comer a los caballos. Obedecí, y contento de obede¬cer. Pero cuando estaba
haciendo lo que me habían manda¬do, cuando estaba echando hierba desde el
pajar, entró en el establo el señor Covey con una cuerda larga, y cuando
esta¬ba yo con la mitad del cuerpo fuera del pajar, me enganchó por las piernas
y se dispuso a atarme. En cuanto vi lo que se proponía, di un salto brusco, y
al hacerlo, como él seguía su¬jetándome las piernas, fui a caer al suelo del
establo. El señor Covey pareció pensar entonces que ya me tenía y que podía
hacer lo que quisiera; pero en ese momento (de dónde me vino el ánimo es algo
que aún no sé) decidí luchar y, ajus¬tando mis actos a mi decisión, así a Covey
con fuerza por el cuello y me levanté al mismo tiempo que lo hacía. Él me
su¬jetaba a mí y yo a él. Mi resistencia fue tan absolutamente inesperada que
Covey pareció quedarse completamente des¬concertado. Temblaba lo mismo que una
hoja. Esto me dio seguridad y le sujeté inquieto, haciendo correr la sangre
donde le tocaba con las puntas de los dedos. Pronto llamó a Hughes para que le
ayudara. Llegó Hughes y, mientras Co¬vey me sujetaba, intentó atarme la mano
derecha. Cuando él estaba dedicado a hacer esto, yo vi mi oportunidad y le di
una patada fuerte justo debajo de las costillas. La patada le afectó mucho, así
que me dejó en manos del señor Covey. Pero no sólo produjo el efecto de
debilitar a Hughes, sino también a Covey. Cuando vio a Hughes doblado de dolor,
su valor desfalleció. Me preguntó si pensaba persistir en mi re¬sistencia. Le
dije que sí, pasase lo que pasase; que me había tratado como a un animal
durante seis meses y que estaba decidido a no seguir dejándome tratar así.
Mientras, él in¬tentaba arrastrarme hasta un palo que había justo a la salida
de la puerta del establo. Pretendía derribarme. Pero cuando se agachaba para
coger el palo, le así con las dos manos por el cuello y con un movimiento
brusco le tiré al suelo. En ese momento, llegó Bill. Covey le pidió ayuda. Bill
le pre¬guntó qué podía hacer. Covey dijo: «¡Sujétale, sujétale!». Bill dijo que
su amo le había arrendado para trabajar y no para ayudar a pegarme; así que nos
dejó a Covey y a mí enzarza¬dos en nuestra pelea. Se prolongó casi dos horas.
Al final me dejó irme, resoplando y resollando a ritmo acelerado, dicien¬do que
si no me hubiese resistido no me habría pegado ni la mitad de lo que lo había
hecho. La verdad es que no me ha¬bía pegado nada. A mí me parecía que había
sido él quien había llevado la peor parte, porque no me había hecho san¬grar y
yo a él sí. Durante los seis meses siguientes que pasé con el señor Covey nunca
me puso un dedo encima llevado por la cólera. De vez en cuando decía que no
quería tener que volver a cogerme. «No», pensaba yo, «no lo hagas, porque
saldrías peor parado que la otra vez».
Esta batalla con el
señor Covey fue el punto decisivo de mi carrera como esclavo. Reavivó las pocas
brasas agonizan¬tes de la libertad y revivió dentro de mí el sentimiento de mi
hombría. Me hizo recuperar la confianza en mí mismo que había perdido y me inspiró
de nuevo la decisión de ser libre. La satisfacción que me produjo el triunfo
compensaba de so-bra todo lo que pudiese seguir, aunque fuese la misma muer¬te.
La satisfacción profunda que experimenté sólo puede entenderla quien haya
rechazado por la fuerza el brazo san¬guinario de la esclavitud. No me había
sentido nunca como me sentía entonces. Era una resurrección gloriosa, desde la
tumba de la esclavitud al cielo de la libertad. Mi espíritu, aplastado durante
tanto tiempo, se puso en pie, la cobardía desapareció, ocupó su lugar el
desafío audaz; y entonces de¬cidí que, por mucho tiempo que pudiese seguir
siendo un es¬clavo oficialmente, había quedado atrás para siempre el día en que
pudiese ser un esclavo de hecho. No vacilaría en de¬jar que se supiera de mí
que el blanco que esperase conseguir azotarme, debía conseguir antes matarme.
A partir de entonces
no volví a ser nunca lo que podría¬mos llamar propiamente azotado, aunque seguí
siendo escla¬vo durante cuatro años. Tuve varias peleas, pero nunca me
azotaron.
Fue durante mucho
tiempo un motivo de asombro para mí por qué el señor Covey no hizo que el
guardia me llevase al poste oficial de los azotes y se me azotase allí
oficialmente por el delito de alzar la mano contra un blanco en defensa propia.
Y la única explicación que se me ocurre ahora no me satisface del todo; pero de
todos modos, la expondré. El señor Covey gozaba de una fama inmensa como
mayoral y domador de negros de primera clase. Esto tenía para él una
importancia considerable. Esa fama estaba en juego; y si me hubiese enviado a
mí (un muchacho de unos dieciséis años) al poste de los azotes públicos, su
fama se habría esfu¬mado; así que, para conservar su fama, soportó que yo
salie¬se impune.
Mi período de
servicio real con el señor Covey terminó el día de Navidad de 1833. Los días
entre Navidad y Año Nue¬vo se consideran fiestas, y, en consecuencia, no se nos
exigía que hiciéramos ningún trabajo, sólo dar de comer al ganado y cuidarnos
de él. Esos días los considerábamos propios, por gracia de nuestros amos; y
usábamos o abusábamos en con¬secuencia de ellos casi a nuestro antojo. Aquellos
de nosotros que tenían familia lejos, solían obtener permiso para pasar los
seis días en su compañía. No obstante, ese tiempo se pa¬saba de modos diversos.
Los serios, sobrios, reflexivos e in¬dustriosos que había entre nosotros se
dedicaban a hacer escobas, esteras, colleras y cestos; había otros que
dedicaban el tiempo a cazar zarigüeyas, liebres y mapaches. Pero la ma¬yor
parte, con mucho, se dedicaba a ejercicios y diversiones como jugar a la
pelota, luchar, disputar carreras a pie, tocar el violín, bailar y beber
whisky; y esta última forma de pasar el tiempo era con mucho la que más
satisfacía los sentimien¬tos de nuestros amos. Para nuestros amos, el esclavo
que tra¬bajaba durante las vacaciones no se las merecía en realidad. Se le
consideraba como alguien que rechazaba el favor de su amo. Se tenía por una
desgracia no emborracharse en Navi¬dades; y se consideraba muy holgazán al que
no se había provisto durante el año de los medios necesarios para conse¬guir
whisky suficiente para que le durase todas las Navidades.
Por lo que sé de los
efectos de estas vacaciones sobre el es¬clavo, creo que figuran entre los
medios más eficaces de que dispone el amo para dominar el espíritu de rebeldía.
Si los propietarios de esclavos abandonasen de pronto esta prácti¬ca, no tengo la
menor duda de que eso conduciría a una in¬surrección inmediata entre los
esclavos. Esas vacaciones sirven como pararrayos, o válvulas de seguridad, que
desvían el espíritu rebelde de la humanidad esclavizada. Si no fuera por ellas,
el esclavo se vería empujado a la desesperación más absoluta; ¡y ay del
propietario de esclavos el día que se atreva a eliminar u obstaculizar la
actuación de esos pararra¬yos! Le prevengo que, si eso sucede, se alzará en
medio de ellos un espíritu más temible que el terremoto más sobreco¬gedor.
Las vacaciones forman
parte del gran fraude, la injusticia y la inhumanidad de la esclavitud. Son en
teoría una cos¬tumbre establecida por benevolencia de los propietarios; pero lo
que yo quiero decir es que es consecuencia del egoís¬mo, y uno de los fraudes
más groseros de que se hace vícti¬ma al esclavo pisoteado. Les dan a los
esclavos ese tiempo no porque no les guste tenerles trabajando, sino porque
saben que sería peligroso privarles de él. Esto se demuestra por el hecho de
que a los propietarios les gusta que sus esclavos pa¬sen esos días precisamente
de una manera que les haga sen¬tirse tan contentos de que se terminen como de
que empiecen. El objetivo parece ser conseguir que a los esclavos les repugne
la libertad precipitándoles en las profundidades más hondas de la disipación.
Por ejemplo, a los propietarios no sólo les gusta ver al esclavo beber por
propia voluntad, sino que utilizarán diversas argucias para emborracharle. Una
de ellas es hacer apuestas con sus esclavos sobre quién es capaz de beber más
whisky sin emborracharse; y de ese modo consiguen inducir a multitudes
completas a beber en exceso. Así, cuando el esclavo pide libertad virtuosa, el
astuto propietario, conocedor de su ignorancia, le engaña con una dosis de
disipación licenciosa, taimadamente etiquetada con el nombre de libertad. La
mayoría de nosotros solíamos tragárnosla, y el resultado era exactamente el que
puede su¬ponerse: muchos acabábamos pensando que había poco para elegir entre
libertad y esclavitud. Sentíamos, y muy adecuadamente además, que habíamos sido
casi igual de es¬clavos del hombre que del alcohol. Así que cuando termina¬ban
las vacaciones nos levantábamos tambaleantes de la inmundicia en la que nos
habíamos revolcado, inspirábamos hondo y nos dirigíamos a los campos...
sientiéndonos, en conjunto, más bien contentos de volver de lo que nuestro amo
nos había inducido engañosamente a creer que era la li¬bertad a los brazos de
la esclavitud.
He dicho que esta
forma de tratamiento es una parte de todo el sistema de fraude e inhumanidad de
la esclavitud. Así es. El método adoptado en este caso para que al esclavo le
re¬pugne la libertad, permitiéndole ver sólo el abuso de ella, se aplica también
a otras cosas. Por ejemplo, a un esclavo le gusta mucho la melaza; roba un
poco. Su amo, en muchos casos, va al pueblo y compra una gran cantidad; vuelve,
coge el látigo y ordena al esclavo que coma melaza, hasta que al pobre
individuo le dan arcadas ante la sola mención de ella. A veces se utilizaba el
mismo método para conseguir que los esclavos no pidiesen más comida que la
ración que tenían asignada. Un esclavo agota su asignación y pide más. Su amo
se enfurece con él; pero, como no quiere despedirle sin comi¬da, le da más de
lo necesario y le obliga a comerlo en un tiempo determinado. Entonces, si se
queja de que no puede comerlo, se le dice que no está satisfecho ni harto ni
ham¬briento, ¡y se le azota por ser tan difícil de contentar! Tengo muchos ejemplos
de aplicación del mismo principio, proce¬dentes de mi propia observación, pero
considero suficientes los casos que he citado. Se trata de una práctica muy
común.
El día 1 de enero de
1834 dejé al señor Covey y fui a vivir con el señor William Freeland, que vivía
a unos cinco kiló¬metros de St. Michael. Pronto descubrí que el señor Freeland
era un hombre muy diferente del señor Covey. Aunque no era rico, era lo que se
llamaría un caballero sureño educado. El señor Covey, como ya he mostrado, era
un mayoral y des¬bravador de negros muy experto. El primero (a pesar de ser
propietario de esclavos) parecía tener cierto respeto al honor, cierta
consideración por la justicia y cierta estimación por la humanidad. El segundo
parecía absolutamente insensible a todos esos sentimientos. El señor Freeland
tenía muchos de los defectos propios de los propietarios de esclavos, como el
ser muy colérico e inquieto, pero he de decir en honor suyo que estaba
extraordinariamente libre de esos vicios de¬gradantes a los que el señor Covey
era constantemente adic¬to. Uno era abierto y franco, y siempre sabíamos dónde
encontrarle. El otro era un tramposo sumamente astuto y sólo podían entenderle
los que eran lo suficientemente hábi¬les para percibir sus taimados engaños.
Otra ventaja de mi nuevo amo era que no tenía pretensiones de religión ni
ha¬cía profesión de ninguna; y esto era verdaderamente una gran ventaja, en mi
opinión. Afirmo, sin la menor vacilación, que la religión del Sur es una simple
tapadera para los más horribles crímenes, que justifica la barbarie más
sobrecoge¬dora, que santifica los embustes más odiosos y que es un co¬bijo
tenebroso bajo el cual hallan la protección más firme los actos más sombríos,
más viles, más brutales y más infer¬nales de los propietarios de esclavos. Si
de nuevo me viese reducido a las cadenas de la esclavitud, consideraría la
ma¬yor calamidad que pudiese caer sobre mí, además del esclavi¬zamiento, ser
esclavo de un amo religioso. Pues de todos los propietarios de esclavos a los
que he conocido, los religiosos son los peores. Siempre han resultado ser los
más ruines y viles, los más crueles y cobardes de todos. Fue mi suerte
des¬dichada no sólo pertenecer a un propietario de esclavos reli¬gioso sino
vivir en una comunidad de personas religiosas de este tipo. Muy cerca del señor
Freeland vivía el reverendo Daniel Weeden, y en la misma vecindad, el reverendo
Rigby Hopkins. Eran ambos miembros y ministros de la Iglesia me¬todista
reformada. El señor Weeden poseía entre otros escla¬vos a una mujer cuyo nombre
he olvidado. Dicha mujer tenía la espalda literalmente en carne viva durante
semanas debido al látigo de este canalla religioso sin entrañas. Solía alquilar
peones. Su máxima era: se porte bien o mal el escla¬vo, el amo tiene el deber
de azotarle de vez en cuando para recordarle la autoridad que tiene sobre él.
Tal era su teoría, y también su práctica.
El señor Hopkins era
aún peor que el señor Weeden. Se ufanaba por encima de todo de su habilidad
para manejar a los esclavos. La característica especial de su sistema era que
azotaba a los esclavos antes de que lo mereciesen. Se las arre¬glaba siempre para
tener a uno o más esclavos a los que azo¬tar la mañana del lunes. Lo hacía para
despertar sus temores e infundir terror a los que se libraban. Su método era
azotar por las infracciones pequeñas para evitar que se cometieran grandes. El
señor Hopkins siempre sabía encontrar alguna justificación para usar el látigo.
A cualquiera que no estuvie¬se habituado a una vida de propietario de esclavos
le asom¬braría ver con qué asombrosa facilidad puede un amo hallar cosas que
convierta en motivo para azotar a un esclavo. Una simple mirada, una palabra,
un movimiento, un error, acci¬dente o falta de vigor, son todos ellos motivos
por los que un esclavo puede ser azotado en cualquier momento. ¿Pare¬ce
insatisfecho un esclavo? Se dice que tiene el demonio dentro y hay que
sacárselo a latigazos. ¿Habla alto cuando su amo habla con él? Entonces se le
están subiendo los humos y hay que bajárselos. ¿Se olvidó de quitarse el
sombrero al acercarse una persona blanca? Entonces está faltando al res¬peto y
hay que azotarle por ello. ¿Se atreve alguna vez a jus¬tificar su conducta
cuando le censuran por ella? Entonces es culpable de insolencia, uno de los
delitos más graves de que puede ser culpable un esclavo. ¿Se atreve alguna vez
a propo¬ner una forma diferente de hacer las cosas de la que le indica el amo?
Entonces es un presuntuoso y no sabe cuál es su si¬tio, y sólo el látigo le
enseñará cuál es. ¿Rompe un arado mientras ara, o una azada mientras cava? Es
debido a su falta de cuidado, y hay que azotar siempre a un esclavo por una
cosa así. El señor Hopkins siempre encontraba algo de este tipo para usar el
látigo, y raras veces dejaba de aprovechar esas oportunidades. No había ningún
hombre en todo el con¬dado con el que los esclavos que pudiesen elegir su
propio destino no prefiriesen vivir antes que hacerlo con el reveren¬do señor
Hopkins. Y sin embargo no había ni un solo hom¬bre, en ninguna parte de los
alrededores, que hiciese mayor profesión de religiosidad o que fuese más activo
en las asambleas, que estuviese más atento a la clase, al ágape, a las
reu¬niones de oración y de predicación, o que fuese más devoto en familia, que
rezase antes, más tarde, más alto y más tiem¬po, que aquel mismo reverendo
negrero Rigby Hopkins.
Pero he de volver al
señor Freeland y a mi experiencia mientras estuve a su servicio. Él, como el
señor Covey, nos daba bastante de comer; pero, a diferencia del señor Covey,
también nos daba tiempo bastante para comerlo. Nos hacía trabajar mucho, pero siempre
desde que salía el sol hasta que se ponía. Nos exigía mucho trabajo, pero nos
daba bue¬nas herramientas para hacerlo. Tenía una finca grande, pero empleaba a
bastantes hombres para trabajarla, y con desaho¬go, comparado con muchos de sus
vecinos. El trato que me dio, mientras estuve a su servicio, fue celestial,
comparado con el que padecí a manos del señor Edward Covey.
El señor Freeland era
propietario, por su parte, de sólo dos esclavos. Se llamaban Henry Harris y
John Harris. El resto de sus peones eran alquilados. Éramos, yo, Sandy
Jenkins y Handy Caldwell.
Henry y John eran muy
inteligentes, y conseguí en muy poco tiempo despertar en ellos un fuerte deseo
de aprender a leer. Y no tardó en surgir este deseo también en los demás.
Reunieron en seguida unos cuantos silabarios viejos y se em¬peñaron en que yo tenía
que organizar una escuela domini¬cal. Accedí a ello y pasé así a dedicar los
domingos a enseñar a leer a aquellos queridos compañeros de esclavitud.
Ningu¬no de ellos sabía las letras cuando yo llegué allí. Algunos de los
esclavos de las fincas vecinas descubrieron lo que pasaba y también
aprovecharon aquella pequeña oportunidad de aprender. Era algo sobrentendido,
entre todos los que ve¬nían, que debía hacerse todo con el mayor secreto
posible. Era necesario mantener a nuestros religiosos amos de St. Mi¬chael
ignorantes del hecho de que, en vez de pasar la festivi¬dad luchando, boxeando
y bebiendo whisky, intentábamos aprender a leer la voluntad de Dios; pues a
ellos les gustaba mucho más vernos dedicados a aquellas distracciones
degra¬dantes que ver que nos comportábamos como seres intelec¬tuales, morales y
responsables. Me hierve la sangre cuando pienso en la forma sanguinaria con que
los señores Wright Fairbanks y Garrison West, jefes de clase los dos, junto con
muchos más, cayeron sobre nosotros con piedras y palos y destrozaron nuestra
virtuosa escuelita dominical en St. Mi¬chael... ¡y se decían cristianos todos!,
¡humildes seguidores de nuestro señor Jesucristo! Pero estoy desviándome de
nuevo.
Mi escuela dominical
estaba en la casa de un hombre libre de color cuyo nombre considero imprudente
mencionar, ya que si se supiese podría causarle grandes contratiempos, aunque
el delito de acoger la escuela se cometiese hace diez años. Llegué a tener hasta
cuarenta alumnos, y de los bue¬nos, ardientemente deseosos de aprender. Eran de
todas las edades, aunque principalmente hombres y mujeres adultos. Pienso ahora
en aquellos domingos con un placer inexpresa¬ble. Fueron grandes días para mi
alma. El trabajo de instruir a mis queridos compañeros de esclavitud fue el
compromiso más grato con que me he visto bendecido. Nos queríamos, y separarme
de ellos al final del domingo era una cruz muy dolorosa. Cuando pienso que
aquellas valiosas almas están hoy encerradas en la prisión de la esclavitud,
los sentimien¬tos me abruman y estoy a punto de decir: «¿Rige el universo un
Dios justo? ¿Y por qué sostiene los rayos en su mano de¬recha, si no es para
abatir al opresor y liberar al expoliado de la mano del expoliador?». Aquellas
almas queridas no acu¬dían a la escuela dominical porque fuese costumbre
hacerlo, ni yo les enseñaba porque diese prestigio dedicarse a ello. Cada
instante que pasaban en la escuela, corrían el peligro de que los descubrieran
y les administrasen treinta y nueve latigazos. Venían porque querían aprender.
Sus amos crueles habían estado matando de hambre su inteligencia. Ha¬bían
permanecido encerrados en la oscuridad mental. Yo les enseñaba porque era el
deleite de mi alma estar haciendo algo que parecía mejorar la condición de mi
raza. Mantuve la escuela casi todo el año que viví con el señor Freeland; y,
además de mi escuela dominical, dediqué tres noches por se¬mana, durante el
invierno, a enseñar a los esclavos en casa. Y tengo la dicha de saber que
varios de los que asistieron a la escuela dominical aprendieron a leer; y que
uno, por lo me¬nos, es ahora libre por mediación mía.
Pasó el año sin
novedad. Sólo pareció la mitad de largo que el año que lo había precedido. Pasé
por él sin recibir un solo golpe. Otorgaré al señor Freeland el honor de ser el
me¬jor amo que he tenido, hasta que me convertí en mi propio amo. Pero la facilidad
con que pasé el año se debió en parte, sin embargo, a la relación con mis
compañeros de esclavi-tud. Eran almas nobles; no sólo poseían corazones
afectuo¬sos, sino valerosos. Estábamos ligados e interligados unos con otros.
Yo les quería con un amor más fuerte que todo lo que haya podido experimentar
desde entonces. Se dice a ve¬ces que los esclavos no se quieren entre sí y no
confían unos en otros. Puedo decir en respuesta a esa afirmación que nun¬ca amé
a otros ni confié tanto en otros como en mis compa¬ñeros de esclavitud, y sobre
todo en aquellos con los que viví en casa del señor Freeland. Creo que habría
muerto por cada uno de ellos. Nunca emprendimos ninguna cosa, tuvie¬se la
importancia que tuviese, sin una consulta mutua. Nunca actuamos por separado.
Éramos uno; y lo éramos tanto por nuestros temperamentos y disposiciones como
por las mutuas penurias a las que estábamos inevitablemente some¬tidos por
nuestra condición de esclavos.
Al acabar el año 1834
el señor Freeland me arrendó de nuevo a mi amo por el año 1835. Pero por
entonces yo em¬pecé a querer vivir sobre tierra libre tanto como con Freeland ;
y no estaba contento ya viviendo con él ni con ningún otro propietario de esclavos.
Empecé, con el comienzo del año, a prepararme para un combate final, que debía
decidir mi des¬tino de una forma u otra. Mi tendencia se acentuaba. Me
aproximaba ya a la edad adulta y había pasado un año tras otro y yo seguía
siendo esclavo. Estos pensamientos me enardecían: tenía que hacer algo. Así que
decidí que no pasa¬ría 1835 sin que intentase conseguir la libertad. Pero no
esta¬ba dispuesto a considerar la decisión yo solo. Quería a mis compañeros de
esclavitud. Estaba deseoso de que participa¬sen conmigo en aquello, mi decisión
vitalizadora. Empecé por tanto muy pronto, aunque con gran prudencia, a
inves-tigar sus ideas y sentimientos sobre su condición y a imbuir en sus
mentes ideas de libertad. Me dediqué a estudiar vías y medios para nuestra fuga,
esforzándome al mismo tiempo por convencerles, en todas las ocasiones
adecuadas, del frau¬de grosero y de la inhumanidad de la esclavitud. Me dirigí
primero a Henry, luego a John, luego a los demás. Descubrí en todos ellos
corazones cálidos y espíritus nobles. Estaban dispuestos a oír y dispuestos a
actuar cuando se propusiese un plan factible. Eso era lo que yo quería. Hablé
con ellos de nuestra falta de hombría si nos resignábamos a nuestra escla¬vitud
sin al menos un noble esfuerzo por ser libres. Nos reu¬níamos a menudo y nos
consultábamos con frecuencia y explicábamos nuestros miedos y esperanzas,
repasábamos las dificultades, reales e imaginarias, a las que tendríamos que
enfrentarnos. Algunas veces estábamos casi dispuestos a ceder, e intentar contentarnos
con nuestra suerte desdicha¬da; otras veces nos mostrábamos firmes e
inflexibles en nuestra decisión de irnos. Siempre que proponíamos algún plan,
surgía el miedo... los inconvenientes eran temibles. Nuestra ruta estaba
plagada de los mayores obstáculos; y si conseguíamos llegar al final de ella,
aún era discutible nues-tro derecho a ser libres, aún corríamos peligro de que
nos de¬volviesen a la esclavitud. No podíamos ver ningún lugar, de este lado
del océano, donde pudiésemos ser libres. No sabía-mos nada del Canadá. Nuestro
conocimiento del Norte no se extendía más allá de Nueva York; e ir allí y estar
siempre agobiado por el peligro aterrador de que te devolvieran a la
esclavitud, con la certeza de que serías tratado diez veces peor que antes, era
una idea horrible, y a la que no era fácil sobreponerse. El planteamiento era
así a veces: en cada puer-ta por la que teníamos que pasar veíamos un
vigilante, en cada transbordador un guardia, en cada puente un centinela y en
cada bosque una patrulla. Estábamos rodeados por to¬das partes. Éstos eran
nuestros problemas, reales o imagina¬rios; lo bueno que había que buscar y lo
malo que había que evitar. Por una parte, estaba la esclavitud, una realidad
dura, que relumbraba aterradora sobre nosotros, con sus vestidu¬ras enrojecidas
ya con la sangre de millones de hombres, y que entonces incluso estaba
alimentándose voraz con nues¬tra propia carne. Por otra parte, allá en la
imprecisa lejanía, bajo la luz parpadeante de la estrella del norte, tras algún
ce¬rro escarpado o alguna montaña cubierta de nieve, había una libertad dudosa
(medio congelada) llamándonos a com¬partir su hospitalidad. Esto por sí solo
bastaba a veces para hacer que nos tambaleásemos; pero cuando nos permitíamos
examinar el camino, solíamos quedarnos sobrecogidos. Veía¬mos a ambos lados de
él una muerte inexorable, que adopta¬ba las formas más horribles. Unas veces
era el hambre, que nos obligaba a devorar nuestra propia carne; otras veces
lu¬chábamos con las olas y nos ahogábamos; otras, nos alcan¬zaban y acabábamos
despedazados por los colmillos de los terribles sabuesos. Nos picaban
escorpiones, nos perseguían animales salvajes, nos mordían serpientes y, por
último, des¬pués de haber llegado casi al punto deseado, después de cru¬zar a
nado ríos, enfrentarse a las fieras, dormir en los bosques, padecer hambre y
desnudez, nuestros perseguidores nos daban caza y, como nos resistíamos, ¡nos
mataban a ti¬ros allí mismo! Como digo, este cuadro nos sobrecogía a ve¬ces y
nos hacía
preferir los males
conocidos,
que huir hacia otros,
de los que no sabíamos nada.
Al tomar la decisión
en firme de escapar, hicimos más que Patrick Henry cuando decidió sobre
libertad o muerte. En nuestro caso era una libertad dudosa como mucho, y una
muerte casi segura si fracasábamos. Yo, por mi parte, prefería la muerte a la
esclavitud sin esperanza.
Sandy, uno de los
nuestros, renunció a la idea, pero siguió animándonos. Nuestro grupo consistía
entonces en Henry Harris, John Harris, Henry Bailey, Charles Roberts y yo.
Henry Bailey era tío mío y pertenecía a mi amo. Charles se casó con mi tía, y
pertenecía al suegro de mi amo, el señor William Hamilton.
El plan en el que nos
pusimos de acuerdo al fin era coger una canoa grande que pertenecía al señor
Hamilton y remar todo recto bahía de Chesapeake arriba la noche del sábado
anterior a las fiestas de Pascua. Cuando llegásemos al final de la bahía, que
quedaba a una distancia de ciento veinte a ciento treinta kilómetros de donde
vivíamos, teníamos el propósito de dejar la canoa a la deriva y seguir la
orientación de la estrella polar hasta que cruzáramos la frontera de Mary¬land.
La razón de que eligiésemos la ruta acuática era que corríamos así menos
peligro de que sospechasen que éramos fugitivos; teníamos la esperanza de que
nos consideraran pescadores; mientras que si seguíamos la ruta de tierra
ten¬dríamos que sufrir interrupciones casi de todo género. Cual¬quiera que
tuviese una cara blanca y le apeteciese podía pararnos y someternos a
inspección.
La semana anterior a
nuestra proyectada partida, escribí varios salvoconductos, uno para cada uno de
nosotros. Esta¬ban redactados en estos términos, si no me falla la memoria:
«Certifico por la
presente que yo, el abajo firmante, he dado al portador, sirviente mío, plena
libertad para ir a Baltimore y pasar allí las vacaciones de Pascua. Escrito de
mi propia mano, etc., 1835.
WILLIAM HAMILTON,
cerca de St. Michael,
en el condado de Talbot,
Maryland».
No íbamos a
Baltimore; pero al subir bahía arriba, nos di¬rigíamos hacia allí, y los
salvoconductos sólo estaba previsto que nos protegieran en la bahía.
A medida que se
acercaba el momento de nuestra partida, iba haciéndose más intensa nuestra
angustia. Era para noso¬tros ciertamente una cuestión de vida o muerte. Estaba
a punto de ponerse a prueba plenamente la firmeza de nuestra decisión. Yo
andaba por entonces muy activo, explicando todos los problemas, despejando las
dudas, disipando temo¬res e infundiendo a todos la resolución indispensable
para triunfar en nuestra empresa; les aseguraba que la mitad esta¬ría ganada en
el instante en que nos pusiéramos en marcha; ya habíamos hablado suficiente;
estábamos ya preparados para irnos; si no lo hacíamos ya, no lo haríamos nunca;
y si no intentábamos ponernos en marcha ya, podíamos cruzar los brazos,
sentarnos y reconocer que sólo servíamos para ser esclavos. Esto no estaba
dispuesto a reconocerlo ninguno de nosotros. Todos se mantuvieron firmes, y en
nuestra última reunión volvimos a prometer de nuevo, del modo más so¬lemne,
que, en el momento acordado, partiríamos sin vacila¬ción en busca de la
libertad. Esto fue a mediados de la semana a cuyo final debíamos partir. Fuimos
a nuestros campos de cultivo correspondientes como siempre, pero su¬mamente
agitados con pensamientos de aquella empresa nuestra verdaderamente tan
arriesgada. Procuramos ocultar nuestros sentimientos todo lo posible, y creo
que conseguimos hacerlo bastante bien.
Tras una dolorosa
espera, llegó la mañana del sábado, cuya noche había de presenciar nuestra
partida. La saludé con alegría, sin importarme la tristeza que pudiese traer.
La noche del viernes fue para mí una noche de insomnio. Pro¬bablemente me
sintiese más angustiado que el resto, porque yo estaba, por acuerdo común, a la
cabeza de todo el asunto.
Pesaba agobiante
sobre mí la responsabilidad del éxito o el fracaso. La gloria de lo uno y la
confusión de lo otro eran por igual mías. Nunca experimenté ni espero
experimentar jamás nada comparable a las primeras horas de aquella mañana.
Fuimos al campo muy temprano, como siempre. Estábamos esparciendo estiércol; y
de pronto, mientras está¬bamos en ello, me sentí abrumado por un sentimiento
in¬descriptible, en la plenitud del cual me volví a Sandy, que estaba allí
cerca, y dije: «¡Nos han traicionado!». «Vaya», dijo él, «se me acaba de
ocurrir la misma idea». No dijimos más. Nunca estuve más seguro de una cosa.
Sonó la corneta como
siempre y subimos de los campos a la casa a desayunar. Fui por cumplir con las
formas, más que porque tuviese ganas de comer aquella mañana. En el momento en
que llegué a la casa, al mirar por el portón del ca¬mino, vi a cuatro hombres
blancos con dos de color. Los blancos iban a caballo y los hombres de color les
seguían a pie, como si fuesen atados. Les observé unos instantes hasta que
llegaron a nuestro portón del camino. Se detuvieron allí y ataron a los hombres
de color al poste del portón. Yo aún no estaba seguro de lo que pasaba. Unos
instantes después llegó a caballo el señor Hamilton, con una premura que
in¬dicaba un gran nerviosismo. Llegó hasta la puerta y pregun¬tó si estaba el
amo William. Le dijeron que estaba en el pajar. Entonces el señor Hamilton se
dirigió allí, sin desmon¬tar, con extraordinaria rapidez. Al cabo de unos
instantes re¬gresó a la casa con el señor Freeland. Por entonces habían
aparecido ya los tres guardias y habían desmontado rápida¬mente y atado los caballos
y habían ido al encuentro del amo William y del señor Hamilton, que regresaban
del pajar; y después de hablar un rato, se dirigieron todos hacia la puerta de
la cocina. En la cocina sólo estábamos John y yo. Henry y Sandy estaban arriba,
en el pajar. El señor Freeland asomó la cabeza por la puerta y me llamó
diciendo que ha¬bía unos señores a la puerta que deseaban verme. Fui hasta allí
y pregunté qué querían. Me sujetaron inmediatamente y, sin darme ninguna
explicación, me ataron, con las manos muy juntas. Yo insistí en que quería
saber lo que pasaba. Por fin dijeron que se habían enterado de que yo me había
meti¬do en un «lío» y que iban a interrogarme delante de mi amo, y que si su
información resultaba falsa, no me harían nin-gún daño.
Poco después
consiguieron atar a John. Se dirigieron luego a Henry, que ya había vuelto por
entonces, y le ordenaron que juntara las manos. «¡No lo haré!», dijo Henry, con
un tono firme, indicando que estaba dispuesto a arrostrar las consecuencias de
su negativa. «¿No lo harás?», dijo Tom Graham, el guardia. «¡No, no lo haré!»,
dijo Henry en un tono aún más fuerte. Entonces dos de los guardias sacaron las
pistolas y juraron, por el Creador, que si no juntaba las manos le matarían.
Amartillaron los dos las armas y, con el dedo en el gatillo los dos, se
acercaron a Henry, diciendo, al mismo tiempo, que si no juntaba las manos le
reventarían el maldito corazón. «¡Disparad, disparad!», dijo Henry; «sólo
podéis matarme una vez. Disparad, disparad... ¡maldita sea! ¡No me ataréis!».
Dijo esto en un tono de abierto desafío; al mismo tiempo, en un movimiento
rápido como el rayo, les quitó las pistolas de las manos a los dos guardias. Al
hacer esto, todas las manos cayeron sobre él y, después de pegarle un rato, consiguieron
dominarle y le ataron.
Durante la pelea, yo
conseguí, no sé cómo, sacar mi pase y echarlo al fuego sin que me vieran. Ya
estábamos todos ata¬dos; y cuando íbamos a salir para la cárcel de Easton,
llegó a la puerta Betsy Freeland, madre de William Freeland, con las manos
llenas de galletas y las repartió entre Henry y John. Luego se permitió soltar
un discurso, en el sentido siguiente se dirigió a mí, diciéndome: «¡Demonio!
¡Demonio amarillo! Fuiste tú quien les metiste en la cabeza a Henry y a John la
idea de escaparse. ¡Si no hubiese sido por ti, diablo mulato zanquilargo, Henry
y John nunca habrían pensado en seme¬jante cosa!». Yo no contesté y me llevaron
rápidamente a St. Michael. Justo un momento antes de la pelea con Henry el
señor Hamilton indicó que convenía efectuar un registro para buscar los pases
que según tenía entendido había escri¬to Frederick para él y para los demás.
Pero en el preciso mo¬mento en que iba a poner en ejecución su propuesta, fue
necesaria su ayuda para atar a Henry; y el nerviosismo que acompañó a la pelea
hizo que olvidaran o que consideraran peligroso un registro, dadas las
circunstancias. Así que aún no estaba probado que hubiésemos tenido la
intención de escapar.
Cuando íbamos hacia
la mitad del camino de St. Michael, mientras los guardias que nos tenían a su
cargo miraban ha¬cia delante, Henry me preguntó qué debía hacer con el pase. Yo
le dije que se lo comiera con una galleta y que no confe¬sase nada; y transmitimos
la consigna: «No confesar nada»; y «¡No confesar nada!» dijimos todos. La
confianza que tenía¬mos los unos en los otros se mantuvo intacta. Estábamos
de¬cididos a triunfar o fracasar juntos, después de que hubiese caído sobre
nosotros la desgracia. Estábamos preparados ya para cualquier cosa. Iban a
arrastrarnos aquella mañana unos veinticinco kilómetros detrás de los caballos,
y luego a meternos en la cárcel de Easton. Cuando llegamos a St. Mi¬chael,
pasamos por una especie de interrogatorio. Todos ne¬gamos que nos propusiéramos
escapar. Hicimos esto más para descubrir qué prueba había contra nosotros que
porque tuviéramos alguna esperanza de que no nos vendieran; pues, como ya he
dicho, estábamos preparados para eso. El asunto era que nos importaba muy poco
adónde fuéramos, si íbamos juntos. Lo que más nos preocupaba era que nos
separa¬ran. Temíamos eso más que ninguna otra cosa de este lado de la muerte.
Descubrimos que la prueba que había contra nosotros era el testimonio de una
persona; nuestro amo no nos diría quién era; pero llegamos a una decisión
uná¬nime en cuanto a quién era el denunciante. Nos enviaron a la cárcel de
Easton. Cuando llegamos allí, nos entregaron al sheriff, el señor Joseph
Graham, que nos metió en la cár¬cel. A Henry, a John y a mí nos colocaron
juntos en la misma habitación, y a Charles y a Henry Bailey en otra. Su
propósito al separarnos era que no pudiéramos ponernos de acuerdo.
Cuando apenas
llevábamos veinte minutos en la cárcel apareció un enjambre de traficantes de
esclavos y agentes de traficantes, y fueron entrando en la cárcel para
examinarnos y para confirmar si estábamos a la venta. ¡Nunca había visto antes
una colección de seres como aquélla! Me sentí rodeado por otros tantos diablos
de perdición. Ninguna banda de pi¬ratas se pareció nunca tanto a su padre, el
demonio. Nos mi¬raban, con sonrisas y carcajadas, y decían: «¡Ay, hijos míos!
Os hemos cazado, ¿verdad que sí?». Y después de burlarse de nosotros de
diversos modos, empezaron a examinarnos uno a uno, con el propósito de calcular
nuestro valor. Nos pre¬guntaban impertinentemente si nos gustaría tenerles por
amos. Nosotros no les contestábamos, y les dejábamos adivi¬nar lo mejor que
pudiesen. Entonces nos maldecían y nos insultaban, diciéndonos que ya nos
sacarían muy pronto el demonio del cuerpo, si caíamos en sus manos.
En la cárcel nos
encontrábamos en unas condiciones mu¬cho mejores de lo que habíamos pensado
cuando nos lleva¬ban allí. No nos daban mucho de comer, ni era muy bueno lo que
nos daban; pero teníamos una habitación buena y limpia, desde cuyas ventanas
podíamos ver lo que pasaba en la calle, que era mucho mejor que si nos hubiesen
encerrado en una de las celdas húmedas y oscuras. Nos fue muy bien, en
conjunto, por lo que se refiere a la cárcel y al carcelero. En cuanto se
acabaron las vacaciones, en contra de lo que nosotros esperábamos, aparecieron
en Easton el señor Ha¬milton y el señor Freeland y sacaron de la cárcel a
Charles, a los dos Henry y a John y se los llevaron a casa, dejándome a mí
solo. Yo consideraba esta separación definitiva. Fue lo que me causó más dolor
de todo el suceso. Estaba preparado para cualquier cosa menos para la
separación. Suponía que habían consultado entre ellos y habían decidido que,
como yo era el único motivo de que los demás hubiesen tenido la intención de
escapar, no era justo hacer sufrir al inocente con el culpable; y que habían
llegado, por tanto, a la conclu¬sión de llevarse a los otros a casa y venderme,
como una ad¬vertencia para los demás que se quedaban. He de decir en honor del
noble Henry que se mostró casi tan reacio a dejar la prisión como se había
mostrado a dejar la casa para venir a ella. Pero sabíamos que era inevitable
que nos separaran, si nos vendían; y como estaba en sus manos, decidió al final
irse a casa pacíficamente.
Yo quedaba así
entregado a mi destino. Estaba completa¬mente solo y encerrado tras las paredes
de una cárcel de pie¬dra. Sólo unos días antes estaba lleno de esperanza. Había
creído que iba a poder estar seguro en una tierra de libertad, pero allí estaba
lleno de tristeza, hundido en la desespera¬ción más absoluta. Pensaba que había
desaparecido la posi-bilidad de ser libre. Me tuvieron así aproximadamente una
semana, al final de la cual apareció el capitán Auld, mi amo, ante mi sorpresa
y mi total asombro, y me sacó de allí, con la intención de mandarme, con un
caballero conocido suyo, a Alabama. Pero, por una razón u otra, no me envió a
Alabama, sino que acabó mandándome otra vez a Baltimore, a vi¬vir de nuevo con
su hermano Hugh y a aprender un oficio. Así, después de una ausencia de tres
años y un mes, se me permitió de nuevo volver a mi antiguo hogar de Baltimore.
Mi amo me enviaba lejos porque había muchos prejuicios contra mí en la
comunidad y temía que pudiesen matarme. Unas cuantas semanas después de que
llegara a Baltimore, el amo Hugh me alquiló al señor William Gardner, un gran
constructor de buques de Fell's Point. Me llevaron allí para que aprendiese a
calafatear. Resultó ser, sin embargo, un lu¬gar muy impropio para alcanzar ese
objetivo. El señor Gard¬ner estaba dedicado aquella primavera a construir dos
bergantines de guerra grandes para el Gobierno mexicano. Los buques tenían que
botarse en el mes de julio de aquel año, y el señor Gardner perdería una gran
suma si no los te¬nía a punto; así que cuando yo llegué todo eran prisas. No
había tiempo para aprender nada. Cada hombre tenía que hacer lo que sabía. La
orden que me dio el señor Gardner cuando llegué al astillero fue que hiciera lo
que los carpinte¬ros me mandaran hacer. Esto era ponerme a disposición de unos
setenta y cinco hombres. Debía considerarles a todos mis amos. Su palabra era
para mí ley. Mi situación era de lo más complicada. Había veces que necesitaba
una docena de pares de manos. Me llamaban de doce sitios en el espacio de un solo
minuto. Golpeaban mis oídos en el mismo mo¬mento tres o cuatro voces. Oía: «Ven
a ayudarme a girar esta madera, Fred». «Ven a llevar esta madera allá, Fred.»
«Trae acá ese rodillo, Fred.» «Vete a por otra lata de agua, Fred.» «Ven a
ayudar a serrar la punta de esta tabla, Fred.» «Trae ahora mismo la palanca,
Fred.» «Fred, coge la punta de este cabo.» «Fred, vete a la fragua y trae un
punzón nuevo.» «¡Va¬mos, Fred, venga, tráeme en seguida un cortafríos!» «Venga,
Fred, echa una mano y enciende un fuego, rápido como el rayo, en esa caldera.»
«¡Eh, negro, ven a dar vueltas a esta muela!» «¡Vamos, vamos! ¡Muévete, venga!
¡Empuja esta ta¬bla hacia delante!» «Tú, moreno, maldita sea tu estampa, ¿por
qué no me calientas un poco de brea?» «¡Tú! ¡Tú! ¡Tú!» (tres voces a la vez).
«¡Ven aquí!... ¡Vete allá!... ¡Quédate don¬de estás! ¡Maldita sea, si te mueves
te aplasto los sesos!»
Ésta fue mi escuela
durante ocho meses; y podría haber se¬guido allí más tiempo si no hubiese sido
por una horrorosa pelea que tuve con cuatro de los aprendices blancos, en la
que estuvieron a punto de sacarme el ojo derecho y me deja¬ron horriblemente destrozado
en otras partes. Los hechos de este incidente fueron así: hasta muy poco tiempo
después de que llegase yo, trabajaban en el astillero hombro con hombro
carpinteros blancos y negros, y nadie parecía ver ninguna anomalía en ello.
Todos parecían estar muy satisfe¬chos. Muchos de los carpinteros negros eran
hombres libres. Parecía que todo iba muy bien. De pronto, los carpinteros
blancos se plantaron y dijeron que no trabajarían con traba¬jadores libres de
color. La razón que alegaron para hacer esto fue que si se daba pie a los
carpinteros libres de color, pronto se harían con todo el trabajo, y los
blancos pobres quedarían sin empleo. Así que pensaban que había que poner fin a
aquello inmediatamente. Y, aprovechándose del apuro del señor Gardner, dejaron
de trabajar, jurando que no volverían a hacerlo si no despedía a los
carpinteros negros. Aunque esto no se extendía a mí, me alcanzó en realidad.
Muy pron¬to empezaron los otros aprendices a considerar degradante para ellos
trabajar conmigo. Empezaron a darse importancia y a decir que los «negros»
estaban apoderándose del país, y que había que matarnos a todos; y, animados
por los oficia¬les, empezaron a hacer mi situación tan difícil como podían,
intimidándome con bravatas y pegándome a veces. Yo cum¬plí, claro, el voto que
había hecho después de mi pelea con el señor Covey, y respondía a sus golpes,
sin pensar en las consecuencias; y mientras pude evitar que se juntaran, me fue
bastante bien, pues podía pegarles a todos ellos, uno por uno. Pero al final se
juntaron todos y fueron a buscarme, ar¬mados de palos, piedras y barras de
hierro. Me atacaron uno por delante con medio ladrillo, uno por cada lado y
otro por detrás. Mientras hacía frente al de delante y a los de los la¬dos, el
de detrás se abalanzó sobre mí con la barra de hierro y me dio un fuerte golpe
en la cabeza. Me dejó conmociona¬do. Caí al suelo, y entonces se me echaron
todos encima y empezaron a darme puñetazos. Les dejé hacerlo un rato,
acumulando fuerzas. Luego me levanté de pronto, apoyán¬dome en las manos y en
las rodillas. En el momento en que hice eso, uno de ellos me pegó, con una
gruesa bota, una gran patada en el ojo izquierdo. Tuve la impresión de que me
había reventado el globo ocular. Cuando vieron que te¬nía el ojo cerrado y muy
hinchado, me dejaron. Entonces yo cogí la barra de hierro y les perseguí
durante un rato. Pero entonces intervinieron los carpinteros y pensé que lo
mejor era dejarlo. Era imposible enfrentarse a tantos. Todo esto tuvo lugar a
la vista de, por lo menos, cincuenta carpinteros de ribera, blancos, y ninguno
interpuso una palabra amiga; y algunos gritaban: «¡Matad a ese maldito negro!
¡Matadle! ¡Matadle! Le pegó a un blanco». Me di cuenta de que mi úni¬ca
posibilidad de salir con vida era la huida. Conseguí salir de allí sin que me
pegaran más, pero por muy poco; porque pegar a un blanco significa la muerte
según la ley de Lynch... y ésa era la ley en el astillero del señor Gardner;
aunque tam¬poco es que haya otra fuera del astillero del señor Gardner.
Fui directamente a
casa y le expliqué la historia de mis males al amo Hugh; y tengo la
satisfacción de poder decir de él que, aunque no era religioso, su conducta fue
celestial, comparada con la de su hermano Thomas en circunstancias similares.
Escuchó atentamente mi relato de las circunstan¬cias que condujeron a la
agresión brutal y me dio muchas pruebas de firme indignación por ella. El
corazón de mi en otros tiempos bondadosa ama se enterneció de nuevo de piedad.
Mi ojo hinchado y mi cara cubierta de sangre la conmovieron hasta las lágrimas.
Se sentó a mi lado, me lavó la sangre de la cara y me vendó la cabeza con la
ternura de una madre, cubriéndome el ojo hinchado con un trozo magro de carne
fresca. Casi compensó mi sufrimiento volver a ser tes¬tigo de una manifestación
de bondad de ella, la que había sido en otro tiempo mi buena ama afectuosa. El
amo Hugh estaba muy enfurecido. Dio expresión a sus sentimientos vertiendo
maldiciones sobre las cabezas de los autores de la hazaña. En cuanto me repuse
un poco de mis magulladuras, me llevó al despacho del señor Watson, en la calle
Bond, a ver qué se podía hacer de aquel asunto. El señor Watson pre¬guntó quién
había visto cometer la agresión. El amo Hugh le explicó que se había cometido
en el astillero del señor Gard¬ner, a mediodía, cuando había un gran grupo de
hombres trabajando. «En cuanto a eso», dijo, «hubo una agresión y no hubo duda
de quién la hizo». Su respuesta fue que no po¬día hacer nada en aquel caso, a
menos que algún blanco se prestara a declarar. No podía emitir un mandamiento
sólo con mi palabra. Si me hubiesen matado en presencia de mil personas de
color, no habría bastado el testimonio de todas ellas para poder detener ni a
uno de los asesinos. El amo Hugh se sintió obligado a decir, por una vez, que
semejante situación era muy mala. Resultaba imposible, claro, conse¬guir que un
blanco prestara testimonio voluntariamente a mi favor y en contra de los
muchachos blancos. Ni siquiera los que pudiesen simpatizar conmigo estarían
dispuestos a hacer eso. Hacía falta un grado de valor desconocido para que
hiciesen eso; porque precisamente por entonces, la más leve manifestación de
humanidad hacia una persona de co¬lor se denunciaba como abolicionismo, y ese
calificativo ex¬ponía a quien se aplicaba a riesgos aterradores. Las consignas
de los malintencionados de aquella región, y de aquel perío¬do, eran:
«¡Malditos sean los abolicionistas! » y «¡Malditos sean los negros!». No había
nada que hacer, y probablemente no se habría hecho nada si me hubiesen matado.
Así eran las cosas, y así siguen siendo, en la cristiana ciudad de Baltimore.
El amo Hugh, al
descubrir que no podía obtener ninguna reparación, se negó a dejarme volver con
el señor Gardner. Se hizo cargo de mí y su esposa me curó la herida hasta que
recuperé la salud. Entonces él me llevó al astillero en el que trabajaba como
capataz, al servicio del señor Walter Pri¬ce. Allí me pusieron inmediatamente a
calafatear y muy pronto aprendí el arte de utilizar el mazo y los hierros. Un
año después de dejar el astillero del señor Gardner, conseguí obtener los
salarios más altos que se daban a los calafateado¬res con más experiencia. Pasé
a ser de una cierta importancia para mi amo. Le llevaba de seis a siete dólares
por semana. A veces le llevaba nueve dólares por semana: mi salario era de un
dólar y medio al día. Después de aprender a calafatear, me busqué un trabajo
por mi cuenta; llegaba yo a acuerdos y cobraba el dinero que ganaba. Se me hizo
mucho más lleva¬dero el camino que antes; mi condición era ya mucho más
agradable. Cuando no conseguía trabajo como calafateador, no hacía nada. Durante
esos períodos de ocio, volvían a asal¬tarme aquellas viejas ideas sobre la
libertad. Cuando estaba trabajando en el astillero del señor Gardner, me tenían
en un remolino tal de agitación constante, que no podía pensar en nada,
prácticamente, más que en mi vida; y al pensar en mi vida, casi me olvidé de mi
libertad. He observado esto en mi experiencia de la esclavitud: que siempre que
mejoraba mi condición, en vez de aumentar mi satisfacción por ello, sólo
aumentaba mi deseo de ser libre, y me ponía a idear planes para obtener la
libertad. He descubierto que para te¬ner a un esclavo contento es necesario
conseguir que no piense. Es necesario oscurecer su visión moral e intelectual y
aniquilar todo lo posible la capacidad de razonar. No debe ser capaz de
apreciar ninguna incoherencia en la esclavitud; hay que hacerle creer que la
esclavitud es justa; y sólo se le puede inducir a eso cuando deja de ser un
hombre.
Yo estaba ganando ya,
como he dicho, un dólar y cin¬cuenta centavos al día. Acordaba ese precio yo
mismo; yo lo ganaba; me lo pagaban a mí; era en justicia mío; sin embar¬go,
cuando llegaba la noche del sábado, me veía obligado a entregar hasta el último
centavo de aquel dinero al amo Hugh. ¿Y por qué? No porque él lo ganase, no
porque ayu-dase de algún modo a ganarlo, no porque yo se lo debiese, no porque
poseyese la más leve sombra de derecho a él; sino sólo porque él tenía poder
para obligarme a darlo. El dere¬cho del pirata de fiero semblante en alta mar
es ese mismo exactamente.
XI
Llego ahora a esa
parte de mi vida durante la cual pla¬neé, y conseguí al fin, huir de la
esclavitud. Pero antes de pasar a explicar las circunstancias concretas, creo
necesa¬rio dar a conocer mi intención de no explicar todos los he¬chos
relacionados con el asunto. Las razones que tengo para seguir esa conducta se
pueden entender a partir de lo si¬guiente. Primero, si diese una descripción
detallada de todos los hechos, es no sólo posible sino muy probable que otras
personas se viesen en muy graves dificultades. Segundo, esa explicación daría
lugar sin duda a una mayor vigilancia por parte de los propietarios de esclavos
que la que ha habido hasta ahora entre ellos; lo que significaría, claro está,
que vi¬gilarían una puerta por la que pudiera algún querido herma¬no de
esclavitud escapar a sus fuertes cadenas. Lamento profundamente que la
necesidad me obligue a suprimir co¬sas importantes relacionadas con mi
experiencia de la escla¬vitud. Sería sin duda un gran placer para mí, además de
aumentar materialmente el interés de mi relato, el tener li¬bertad para
satisfacer una curiosidad que sé que existe en la mente de muchos con una
narración precisa de todos los he¬chos relacionados con mi afortunadísima fuga.
Pero he de privarme de ese placer, y del goce que le procuraría esa na¬rración
al curioso. Preferiría soportar las mayores acusacio-nes que pudiesen hacer los
malintencionados, a correr peligro, por justificarme, de cerrar la más pequeña
vía que permitiese a un esclavo hermano liberarse de las cadenas y grilletes de
la esclavitud.
Nunca he aprobado esa
forma tan pública que tienen al¬gunos de nuestros hermanos occidentales de
dirigir lo que llaman el ferrocarril subterráneo, el cual yo creo que, debido a
sus explicaciones detalladas, se ha convertido sin lugar a du¬das en un ferrocarril
de superficie. Respeto a esos hombres y mujeres por su noble audacia y les
aplaudo por exponerse de forma voluntaria a una persecución sangrienta, al
reconocer abiertamente su participación en la fuga de esclavos. Pero creo que
esa forma de actuar no puede hacer mucho bien, ni a ellos ni a los esclavos que
se fugan; mientras que veo y creo firmemente, por otra parte, que esas
explicaciones detalladas son un mal indudable para los esclavos que quedan y
que pretenden escapar. No dan al esclavo ninguna información y sí mucha al amo.
Le mueven a vigilar más, y a reforzar su ca¬pacidad de capturar al esclavo.
También les debemos algo a los esclavos que están al sur de la línea divisoria
y no sólo a los que están al norte de ella; y al ayudar a estos últimos en su
camino hacia la libertad, deberíamos procurar no hacer nada que pudiera impedir
a los primeros huir de la esclavi¬tud. Yo mantendría al amo implacable en la
más profunda ignorancia sobre los medios de fuga que utiliza el esclavo. Le
dejaría que se imaginara rodeado de miríadas de atormenta¬dores invisibles,
siempre dispuestos a arrebatarle de las ga¬rras infernales a la trémula
víctima. Dejémosle que camine a tientas en la oscuridad, que sobre él se cierna
una oscuridad equiparable a su delito y que piense que a cada paso que da,
persiguiendo al esclavo fugitivo, está corriendo el riesgo aterrador de que un
agente invisible le salte la tapa de los se¬sos. No prestemos ninguna ayuda al
tirano; no sostengamos la luz con la que pueda seguir las huellas de nuestro
herma¬no fugitivo. Pero basta de este asunto. Pasaré ahora a la ex¬posición de
aquellos hechos relacionados con mi fuga de los que sólo yo soy responsable, y
por los que sólo se me puede castigar a mí.
En la primera parte
del año 1838, empecé a sentirme muy inquieto. No podía ver ninguna razón por la
que tuviese que verter el fruto de mi trabajo en la bolsa de mi amo al final de
cada semana. Cuando le llevaba mis ganancias semanales, él, tras contar el
dinero, me miraba a la cara con la fiereza de un ladrón y preguntaba: «¿Esto es
todo?». Tenía que entre¬garle hasta el último centavo. Aunque cuando le daba
seis dólares, me daba a veces seis centavos, para estimularme. Te¬nía el efecto
contrario. Para mí era como si reconociese con aquello mi derecho a todo. El
que me diese la parte que fue¬ra de mi salario demostraba, a mi modo de ver,
que me creía con derecho a la totalidad. Siempre me sentía peor cuando me daba
algo, pues temía que el darme unos centavos tran¬quilizara su conciencia y le
hiciese sentirse un tipo muy ho¬norable de ladrón. Crecía el descontento en mi
interior. Siempre estaba pendiente de los medios de huida; y, al no encontrar
ningún medio directo, decidí intentar alquilar mi tiempo, y conseguir así
dinero para poder fugarme. En la pri-mavera de 1838, cuando vino a Baltimore el
amo Thomas a comprar los artículos de primavera, aproveché la oportuni¬dad y le
pedí que me permitiese alquilar mi tiempo. Él re-chazó mi petición sin vacilar
diciendo que no era más que otra estratagema mía para escapar. Me contó que no
podía ir a ningún sitio en el que no pudiera darme alcance él, y que en caso de
que me escapara, no ahorraría ningún esfuerzo para capturarme. Me exhortó a
contentarme con mi suerte y a ser obediente. Me explicó que si fuese feliz
renunciaría a hacer planes para el futuro. Dijo que, si me portaba como era
debido, él se cuidaría de mí. Me aconsejaba, en realidad, que dejase de pensar
del todo en el futuro, y me enseñaba a basar sólo en él mi felicidad. Pareció
darse cuenta plena¬mente de la necesidad apremiante de anular mi capacidad
intelectual, para que pudiera sentirme contento en la escla¬vitud. Pero a pesar
de él, y hasta a pesar mío, seguí pensan¬do, y pensando en la injusticia de mi
esclavización y en la forma de huir.
Unos dos meses
después, solicité del amo Hugh el privile¬gio de alquilar mi tiempo. Él no
tenía noticia del hecho de que se lo había pedido ya al amo Thomas y me lo
había ne-gado. También él pareció inclinarse al rechazo en principio; pero,
después de reflexionar un poco, me otorgó el privile¬gio, proponiendo las
condiciones siguientes: se me concedía todo el tiempo, establecería yo todos
los acuerdos con las personas para las que trabajase y me buscaría yo mismo
tra¬bajo; y a cambio de esta libertad, tenía que pagarle tres dóla¬res al final
de cada semana, proveerme yo mismo de las herra¬mientas de calafatear y
mantenerme y vestirme. La pensión eran dos dólares y medio por semana. Con esto
y el desgaste y las roturas de la ropa y de las herramientas de calafatear, mis
gastos regulares ascendían a unos seis dólares por sema¬na. Estaba obligado a
reunir esa cantidad porque si no perdía el privilegio de alquilar mi tiempo.
Lloviese o hiciese sol, hu¬biese trabajo o no lo hubiese, al final de cada
semana debía entregar el dinero o perdía el privilegio. Este acuerdo era, como
puede verse, claramente favorable a mi amo. Le libera¬ba de toda obligación de
cuidarse de mí. Obtenía un dinero seguro. Recibía todos los beneficios de la
esclavitud sin sus males; yo en cambio soportaba todos los males del esclavo y
padecía todos los desvelos y angustias del hombre libre. Me parecían unas
condiciones duras. Pero, aunque fuesen duras, las consideraba mejores que la
forma anterior de relación. El que te permitieran asumir las responsabilidades
de un hom¬bre libre era un paso hacia la libertad, y yo estaba resuelto a no
perder el privilegio. Así que me consagré a la tarea de ganar dinero. Estaba
dispuesto a trabajar noche y día y, apli¬cándome a ello con perseverancia y
diligencia infatigables, fui ganando suficiente para cubrir mis gastos y para
ahorrar un poco de dinero a la semana. Así me mantuve desde mayo a agosto.
Entonces el amo Hugh se negó a dejarme alquilar mi tiempo más. La base para su
negativa fue que una noche de sábado no le pagué por mi tiempo de la semana.
Este fa¬llo se debió a que asistí a una acampada evangelista a unos dieciséis
kilómetros de Baltimore. Durante la semana yo ha¬bía quedado comprometido con
unos jóvenes amigos para salir de Baltimore hacia el lugar de acampada al
atardecer del sábado; y como mi patrono me entretuvo no pude bajar a casa del
amo Hugh porque si lo hacía llegaba tarde a la cita. Yo sabía que el amo Hugh
no tenía ninguna necesidad especial de dinero aquella noche. Así que decidí ir
a la acam¬pada y pagarle los tres dólares a la vuelta. Estuve en la acam¬pada
un día más de lo que tenía pensado en un principio. Pero en cuanto regresé fui
a verle para pagarle lo que él con¬sideraba que le debía. Estaba muy furioso;
apenas podía contener la cólera. Dijo que había estado pensando darme una buena
tanda de latigazos. Me dijo que cómo me atrevía a salir de la ciudad sin
pedirle permiso. Yo le dije que alqui¬laba mi tiempo y, mientras le pagara el
precio que pedía, no sabía que estuviese obligado a preguntarle a él adónde
debía ir y cuándo. Esta respuesta le incomodó y, después de reflexionar unos
instantes, se volvió a mí y dijo que no me deja¬ría alquilar mi tiempo más; que
cuando quisiera darse cuenta me habría escapado. Y, con el mismo pretexto, me
mandó llevar a casa inmediatamente mis herramientas de calafatear y mi ropa. Lo
hice; pero en vez de buscar trabajo, como había venido haciendo anteriormente
para alquilar mi tiempo, me pasé toda la semana sin hacer nada. Lo hice como
represalia. El sábado por la noche me pidió como siempre mi salario de la
semana. Yo le dije que no tenía nada; no había trabajado nada aquella semana.
Entonces es¬tuvimos a punto de llegar a las manos. Él se puso furioso y juró
que estaba decidido a meterme en cintura. Yo no dije ni una sola palabra; pero
había decidido que, si me ponía la mano encima, sería golpe por golpe. No me
pegó, pero me dijo que ya se encargaría él de que tuviese siempre trabajo en el
futuro. Yo medité sobre el asunto durante el día si¬guiente, domingo, y decidí
por último que el día 3 de sep¬tiembre sería el día en el que haría mi segunda
tentativa de asegurar mi libertad. Tenía dos semanas durante las que podía
prepararme para el viaje. El lunes por la mañana tem¬prano, antes de que el amo
Hugh tuviera tiempo de conse¬guirme un trabajo, salí y encontré empleo con el
señor Butler, en su astillero, junto al puente levadizo, en lo que lla¬man el
City Block, haciendo así innecesario que me buscase trabajo él. Al final de la
semana le llevé entre ocho y nueve dólares. Pareció ponerse muy contento y me
preguntó por qué no había hecho lo mismo la semana anterior. Poco sabía él
cuáles eran mis planes. Mi objetivo al trabajar de firme era disipar cualquier
sospecha que él pudiese tener de mi inten¬ción de huir; y tuve un éxito
admirable en eso. Supongo que pensó que no podía sentirme tan satisfecho de mi
condición precisamente cuando estaba planeando mi fuga. Pasó la se¬gunda semana
y le llevé de nuevo mi salario completo; y tanto le complació que me dio veinticinco
centavos (una suma muy grande para un esclavo) y me advirtió que hiciese buen
uso de ellos. Le dije que lo haría.
Todo siguió sin
novedad en apariencia, pero por dentro no estaba tranquilo. Me es imposible
describir mis senti¬mientos a medida que se acercaba el momento en que tenía
prevista la partida. Contaba con una serie de afectuosos ami¬gos en Baltimore
(amigos a los que quería casi como a mi vida) y me resultaba
indescriptiblemente dolorosa la idea de estar separado de ellos para siempre.
Soy de la opinión de que escaparían de la esclavitud miles de hombres que ahora
no lo hacen si no fuese por los firmes lazos de afecto que les ligan a sus
amistades. La idea de dejar a mis amigos era clara¬mente la más dolorosa con la
que tenía que lidiar. Su amor era mi punto flaco y lo que más me hacía vacilar
en mi deci¬sión. Además del dolor de la separación, la angustia y el te¬mor al
fracaso superaban lo que había experimentado en mi primera tentativa. Volvía a
atormentarme la derrota abruma¬dora que había sufrido entonces. Estaba
convencido de que si fallaba en aquel intento no podría tener más esperanzas,
sellaría mi destino como esclavo para siempre. Sólo podía esperar que me
aplicaran el castigo más severo y que me pri¬varan de cualquier medio de fuga.
No hacía falta una imagi¬nación muy intensa para trazar las escenas más
aterradoras por las que tendría que pasar en caso de que fracasase. Tenía
perpetuamente ante mí el horror de la esclavitud y la bendi¬ción de la
libertad. Eran para mí vida y muerte. Pero me mantuve firme y, de acuerdo con
lo que había decidido, el día 3 de septiembre de 1838 dejé mis cadenas y conseguí
llegar a Nueva York sin la más leve interrupción de ningún género. Cómo lo
hice, de qué medios me serví, en qué direc¬ción viajé y por qué sistema de
transporte, no puedo expli¬carlo, por las razones antes mencionadas.
Me han preguntado
muchas veces cómo me sentí cuando me encontré en un estado libre. Nunca he
sabido contestar la pregunta satisfactoriamente. Experimenté en ese momento la
mayor emoción que he experimentado en mi vida. Me sentí, supongo, como puede
imaginarse uno que se siente el marinero desarmado cuando un navío de guerra
amigo le salva de la persecución de un buque pirata. Escribiendo a un amigo
querido, inmediatamente después de mi llegada a Nueva York, dije que me sentía
como quien ha escapado de un cubil de leones hambrientos. Pero este estado de
ánimo desapareció muy pronto, y volvió a apoderarse de mí un sentimiento de
gran inseguridad y de soledad. Aún corría pe¬ligro de que me devolvieran y me
sometieran a todas las tor¬turas de la esclavitud. Bastaba esto solo para
empañar el ardor de mi entusiasmo. Me abrumaba además la soledad. Allí estaba
yo en medio de miles de personas, y sin embargo un absoluto extraño, sin hogar
y sin amigos, en medio de miles de mis propios hermanos, hijos de un Padre común,
y no me atrevía aun así a revelar a ninguno de ellos mi triste condición. No me
atrevía a hablar con nadie por miedo a equivocarme y caer en manos de raptores
amantes del dine¬ro, cuyo negocio consistía en acechar al fugitivo jadeante,
como acechan las bestias feroces del bosque a su presa. El lema que adopté
cuando abandoné la esclavitud fue éste: «¡No confíes en nadie!». Veía en cada
blanco a un enemigo, y en casi todos los hombres de color, motivos de recelo.
Era una situación muy dolorosa; y es preciso experimentarla para entenderla, o
imaginarse en circunstancias similares. ¡Ser un esclavo fugitivo en una tierra
extraña, una tierra ce¬dida como coto a los cazadores de esclavos, cuyos
habitantes son raptores legitimados, donde está continuamente someti¬do al
peligro terrible de que se apoderen de él sus semejan¬tes, lo mismo que el
cocodrilo odioso se apodera de su presa! Insisto, debe ponerse el lector en mi
situación, sin hogar ni amigos, sin dinero ni crédito, buscando cobijo y sin
nadie que se lo dé, queriendo pan y sin dinero para comprarlo, y al mismo
tiempo con la sensación de que le persiguen implaca¬bles cazadores de hombres y
en las tinieblas más completas respecto a qué hacer, a dónde ir o dónde
quedarse; completamente desvalido en medios de defensa y de huida; rodeado de
abundancia pero sufriendo los terribles mordiscos del hambre; en medio de
casas, pero sin ningún hogar; entre se¬mejantes, pero sintiéndose como en medio
de bestias salva¬jes, cuya avidez por devorar al tembloroso y hambriento
fugitivo sólo es equiparable a esa con la que los monstruos de las
profundidades devoran a los peces indefensos de los que se sustentan. Repito,
póngase en la situación más difícil, la situación en la que me vi yo, entonces
y sólo entonces apreciará plenamente las penurias del esclavo fugitivo agota¬do
por el trabajo y marcado por el látigo, y sabrá compren¬derlas.
Yo sólo estuve,
gracias al Cielo, muy poco tiempo en esta angustiosa situación. Me sacó de ella
la mano humanitaria del señor David Ruggles, cuya atención, bondad y
perseve¬rancia nunca olvidaré. Me alegro de tener la oportunidad de expresar,
en la medida en que pueden hacerlo las palabras, el amor y la gratitud que le
profeso. El señor Ruggles padece actualmente de ceguera, y tiene necesidad
también él de los mismos buenos oficios en que tanto destacó sirviendo a otros.
Yo llevaba sólo unos días en Nueva York cuando él me localizó y me llevó muy
amablemente a su pensión de la es¬quina de las calles Church y Lespenard. El
señor Ruggles es¬taba entonces muy intensamente dedicado al memorable caso
Darg, así como atendiendo a muchos otros esclavos fu¬gitivos, ideando vías y
medios para su fuga victoriosa; y, aunque sus enemigos le vigilasen y rodeasen
casi por todas partes, no parecía que fuesen capaces de vencerle.
El señor Ruggles
quiso saber, muy poco después de que me fuese con él, a dónde quería yo ir;
pues consideraba peligroso que siguiese en Nueva York. Yo le dije que era
calafateador y que me gustaría ir a donde pudiese encontrar trabajo. Te¬nía
pensado irme a Canadá, pero él se mostró contrario a esa idea y partidario de
que me fuese a New Bedford, pensando que podría encontrar trabajo allí en mi
oficio. Por entonces llegó Anna , mi prometida; pues le escribí inmediatamente
después de mi llegada a Nueva York (pese a que no tenía ho¬gar ni casa y a mi
situación de desamparo) informándole de que mi fuga había tenido éxito y que
quería que viniese sin dilación. Unos cuantos días después de su llegada, el
señor Ruggles llamó al reverendo J.W. C. Pennington, que, en pre¬sencia del
señor Ruggles, la señora Michaels y dos o tres per¬sonas más, celebró la
ceremonia de matrimonio y nos dio un certificado, del que lo que sigue es una
copia literal:
«Este documento
certifica que uní en santo matrimo¬nio a Frederick Johnson y a Anna Murray, como mari¬do y mujer, en
presencia del señor David Ruggles y la señora Michaels.
JAMES W. C.
PENNINGTON.
Nueva York, 15 de
septiembre de 1838».
Tras recibir este
certificado y un billete de cinco dólares del señor Ruggles, me eché al hombro
una parte de nuestro equipaje y Anna cogió el resto y nos dirigimos sin
dilación a embarcar a bordo del vapor John W. Richmond para Newport, camino de
New Bedford. El señor Ruggles me dio una carta para un tal señor Shaw de
Newport y me dijo que, en caso de que el dinero que llevaba no me diera para
llegar hasta New Bedford, parara en Newport y obtuviera más ayuda; pero cuando
llegamos a Newport estábamos tan deseosos de vernos en un lugar seguro que, a
pesar de que carecíamos del dinero necesario para pagar los billetes, decidimos
coger asientos en la diligencia y prometer que pagaríamos cuando llegásemos a
New Bedford. Nos animaron a hacerlo dos ex¬celentes caballeros, residentes en
New Bedford, que se llama¬ban, según me enteré más tarde, Joseph Ricketson y
William C. Taber. Parecieron entender inmediatamente nuestras cir¬cunstancias,
y nos dieron tantas seguridades de su amistad que nos sentimos plenamente tranquilos
en su presencia. Fue bueno realmente encontrarse con tales amigos, en aquel
momento. Cuando llegamos a New Bedford nos enviaron a la casa del señor Nathan
Johnson, que nos recibió amable¬mente y nos brindó hospitalidad. Tanto el señor
Johnson como su señora se tomaron un vivo y profundo interés por nuestro
bienestar. Se mostraron muy dignos del nombre de abolicionistas. Cuando el
conductor de la diligencia vio que no podíamos pagar nuestros billetes, se
quedó con el equipa¬je como garantía de la deuda. No tuve más que mencionar¬le
el hecho al señor Johnson y adelantó inmediatamente el dinero.
Empezamos entonces a
sentir una cierta seguridad, y a prepararnos para los deberes y
responsabilidades de una vida de libertad. La mañana siguiente a nuestra
llegada a New Bedford, cuando estábamos en la mesa del desayuno, se planteó la
cuestión de por qué nombre se me debería llamar. El nombre que me puso mi madre
fue «Frederick Augustus Washington Bailey». Yo había prescindido, sin embargo,
del segundo y el tercer nombre mucho antes de abandonar Maryland, así que se me
conocía generalmente por el nom¬bre de «Frederick Bailey». Salí de Baltimore
con el nombre de «Stanley». Cuando llegué a Nueva York volví a cambiar mi
nombre por «Frederick Johnson» y pensé que sería el último cambio. Pero cuando
llegué a New Bedford descubrí que necesitaba cambiar de nombre otra vez. La
razón de que lo necesitase era que había ya tantos Johnson en New Bed¬ford que
resultaba muy difícil distinguirlos. Concedí al señor Johnson el privilegio de
elegirme un nombre, pero le dije que no debía quitarme el de «Frederick». Tenía
que mante¬nerlo para conservar cierta conciencia de mi identidad. El se¬ñor
Johnson acababa de leer La dama del lago
y propuso inmediatamente que mi apellido fuese «Douglass». Desde
entonces hasta hoy me han llamado «Frederick Douglass», y como se me conoce de
modo más general por ese nombre que por ninguno de los otros, seguiré
utilizándolo como el mío.
Me desilusionó mucho
el aspecto general de las cosas en New Bedford. Descubrí que era singularmente
errónea la impresión que había recibido en cuanto al carácter y la condición de
la gente del Norte. Había supuesto, muy extraña¬mente, mientras estaba en la
esclavitud, que en el Norte se disfrutaba poco de las comodidades de la vida, y
de casi ninguno de los lujos, comparado con los que disfrutaban los
propietarios de esclavos del Sur. Es probable que llegase a esa conclusión por
el hecho de que la gente del Norte no poseía esclavos. Suponía por ello que
estaban más o menos al nivel de la población del Sur que no los poseía. Sabía
que ellos eran extremadamente pobres, y me había habituado a consi¬derar su
pobreza como la consecuencia necesaria de que no tuviesen esclavos. Me había
empapado de algún modo de la opinión de que, al no haber esclavos, no podía
haber ningu¬na riqueza, y muy poco refinamiento. Y al llegar al Norte es¬peraba
encontrarme con una población ruda, tosca e inculta, que vivía en la simplicidad
más espartana, sin la menor no¬ción de la comodidad, el lujo, la pompa y la
magnificencia de los propietarios de esclavos sureños. Siendo éstas mis
con¬jeturas, cualquiera que tenga conocimiento del aspecto de New Bedford puede
deducir en seguida lo palpablemente que pude comprobar mi error.
La tarde del día que
llegué a New Bedford visité los mue¬lles, para echar un vistazo a los barcos.
Me vi entonces rodea¬do de las más sólidas pruebas de riqueza. Vi, anclados en
los muelles y surcando el agua, muchos barcos de las mejores clases, en excelentes
condiciones y del mayor tamaño. Estaba flanqueado a derecha e izquierda de
almacenes de granito de las más amplias dimensiones, llenos hasta su máxima
ca¬pacidad de las cosas necesarias y de las comodidades de la vida. Además de
esto, casi todo el mundo parecía estar traba¬jando, pero sin estruendo,
comparado con lo que me había acostumbrado a ver en Baltimore. No se oían
canciones estri¬dentes de los que se dedicaban a cargar y descargar barcos. No
se oían terribles juramentos y horrendas maldiciones de los trabajadores. No vi
que se azotara a ningún hombre; pero todo parecía funcionar sin contratiempos.
Todos parecían sa¬ber cuál era su trabajo y lo hacían con una aplicación sobria
y alegre, lo que indicaba el profundo interés que sentían por lo que estaban
haciendo, así como la conciencia que tenían de su propia dignidad como hombres.
A mí esto me pareció sumamente extraño. Luego salí de los muelles y me paseé
por la ciudad, contemplando con asombro y admiración las es¬pléndidas iglesias,
las hermosas viviendas y los jardines mag-níficamente cultivados; todo indicaba
un grado de riqueza, bienestar, gusto y refinamiento como no había visto nunca
en ninguna parte de la esclavista Maryland.
Todo parecía limpio,
nuevo y bello. Vi pocas casas desven¬cijadas con moradores agobiados por la
pobreza, quizá nin¬guna; no vi niños medio desnudos ni mujeres descalzas, como
estaba acostumbrado a ver en Hillsborough, Easton, St. Michael y Baltimore. La
gente parecía más capaz, más fuerte, más sana y más feliz que la de Maryland.
Me alegré por una vez ante la contemplación de la extrema riqueza, sin tener
que entristecerme al ver la extrema pobreza. Pero la cosa más asombrosa, y más
interesante al mismo tiempo, era la condición de la gente de color que había
huido allí, en gran parte, buscando, como yo, refugio de los cazadores de
hombres. Encontré a muchos, que no llevaban siete años li¬bres de sus cadenas,
viviendo en casas mejores, y disfrutan¬do claramente de más comodidades de la
vida, que la media de los propietarios de esclavos de Maryland. Me atreveré a
asegurar que mi amigo el señor Nathan Johnson (del que puedo decir con corazón
agradecido: «Yo tenía hambre y él me dio de comer; tenía sed y me dio de beber;
era un extra¬ño y me acogió») vivía en una casa más limpia, comía en una mesa
mejor; recibía, pagaba y leía más periódicos, entendía mejor el carácter moral,
religioso y político de la nación, que nueve décimas partes de los propietarios
de es¬clavos del condado de Talbot, Maryland. Sin embargo, el señor Johnson era
un trabajador. Tenía las manos encalleci¬das por el trabajo, y no sólo lo
estaban las suyas, sino tam¬bién las de la señora Johnson. La gente de color me
pareció mucho más animosa de lo que yo había supuesto. Encontré entre ellos una
decisión firme de protegerse mutuamente del raptor sediento de sangre, fueran
cuales fuesen los riesgos. Poco después de mi llegada me explicaron un
incidente que ejemplificaba su ánimo. Un hombre de color y un esclavo fugitivo
estaban reñidos. Se oyó al primero amenazar al otro con informar a su amo de su
paradero. Inmediatamente se convocó una reunión entre la gente de color, bajo
la consig¬na impresa: «¡Asunto importante!». Se invitó al traidor a asis¬tir.
La gente llegó a la hora acordada y organizó la reunión nombrando presidente a
un viejo caballero muy religioso, que rezó, según creo, una oración, tras la
que se dirigió a los reunidos diciendo lo siguiente: «Amigos, le tenemos aquí y
yo recomendaría que vosotros los jóvenes le sacaseis a la puerta, ¡y le
mataseis!». Entonces un grupo de ellos se lanzó a cogerle; pero fueron
interceptados por algunos más apocados que ellos y el traidor escapó a su
venganza y no ha vuelto a vér¬sele por New Bedford desde entonces. Creo que no
ha habi¬do más amenazas de ésas, y si las hubiese no dudo que la consecuencia
sería la muerte.
Encontré trabajo, al
tercer día de mi llegada, cargando una balandra con un cargamento de aceite.
Era para mí un traba¬jo nuevo, sucio y duro; pero acudí a hacerlo con ánimo
ale¬gre y manos dispuestas. Era ya mi propio amo. Fue un momento feliz, cuyo
encanto sólo pueden entender aquellos que han sido esclavos. Era el primer
trabajo en el que el sala¬rio que me pagaban iba a ser todo mío. No había
ningún amo Hugh esperando a que ganase el dinero para robármelo. Trabajé todo
el día con un placer que no había experimenta¬do hasta entonces. Estaba
trabajando para mí y para una es¬posa con la que acababa de casarme. Era el
punto de partida de una nueva existencia. Cuando acabé con aquella tarea fui a
buscar trabajo de calafateador; pero era tal la fuerza del prejuicio contra el
color de la piel entre los calafateadores blancos, que se negaron a trabajar
conmigo y no pude con¬seguir ningún trabajo . Al ver que mi oficio no me era de
ninguna utilidad inmediata, me desprendí de mis instru¬mentos de calafatear y me
dispuse a hacer cualquier clase de trabajo que pudiese conseguir. El señor
Johnson me dejó amablemente su banco y su sierra y muy pronto me encon¬tré con
trabajo en abundancia. No había ninguna tarea de-masiado dura, ninguna
demasiado sucia. Estaba dispuesto a serrar madera, palear carbón, llevar el
capazo, limpiar la chi¬menea o llevar rodando barriles de aceite, todo lo cual
hice durante casi tres años en New Bedford, antes de que llegase a ser conocido
en el mundo antiesclavista.
Unos cuatro meses
después de llegar a New Bedford, se me acercó un joven y me preguntó si no
quería el Liberator. Le dije que sí; pero, como acababa de escapar de la
esclavitud, le comenté que entonces no podía pagarlo. Acabé haciéndo¬me
suscriptor, sin embargo. Llegó el periódico, lo leí semana tras semana con unos
sentimientos que sería completamente ocioso por mi parte intentar describir. El
periódico se convir¬tió en mi comida y mi bebida. Me incendiaba el alma. ¡Su
simpatía por mis hermanos encadenados, sus duros ataques contra los
propietarios de esclavos, sus fieles descripciones de la esclavitud y sus
vigorosos ataques contra los partidarios de esa institución, hacían que
recorriese mi alma un estre¬mecimiento de gozo como no había sentido en mi vida!
Al poco tiempo de
convertirme en lector del Liberator me hice ya una idea bastante ajustada de
los principios, los mé¬todos y el espíritu de la reforma antiesclavista. Decidí
enton¬ces colaborar en la causa. Era muy poco lo que podía hacer, pero ese poco
que podía hacer lo hacía con corazón alegre y nunca me sentía más feliz que
cuando estaba en una reunión antiesclavista. Pocas veces tenía algo que decir
en las reuniones, porque lo que yo quería decir lo decían mucho mejor otros.
Pero cuando estaba en una convención en con¬tra de la esclavitud en Nantucket,
el 11 de agosto de 1841, me sentí poderosamente impulsado a hablar, y me instó
mu¬cho a hacerlo al mismo tiempo el señor William C. Coffin, un caballero que
me había oído hablar en la reunión de gen¬te de color en New Bedford. Era una
pesada cruz y la acepté a regañadientes. La verdad es que me sentía un esclavo
y la idea de hablar a gente blanca me abrumaba. Cuando llevaba unos instantes
hablando sentí una cierta libertad y dije lo que deseaba con una facilidad
considerable. Desde entonces hasta ahora me he dedicado a defender la causa de
mis her¬manos... Dejo a los que conocen mis esfuerzos que decidan con qué éxito
y con qué devoción.
Apéndice
Compruebo después de
releer la narración anterior, que he hablado, en varios casos, en un tono y de
una forma tales, en lo relativo a la religión, que es posible que in¬duzcan a
los que no conocen mis ideas religiosas a supo¬nerme un adversario de toda religión.
Para evitar el peligro de ese malentendido, considero oportuno añadir la breve
ex¬plicación que sigue. Lo que he dicho sobre y contra la reli¬gión, pretendo
exclusivamente que se aplique a la religión esclavista de este país, sin
ninguna referencia posible al ver¬dadero cristianismo; porque entre el
cristianismo de este país y el cristianismo de Cristo, hay para mí la más
amplia dife¬rencia posible... tan amplia que para considerar el uno bueno, puro
y santo es imprescindible rechazar el otro como malo, corrupto y diabólico. Ser
amigo de uno es necesariamente ser enemigo del otro. Yo amo el cristianismo
puro, pacífico e imparcial de Cristo; y odio en consecuencia el cristianismo
corrupto, esclavista, azotamujeres, expoliacunas, parcial e hipócrita de este
país. En realidad no puedo ver ninguna ra¬zón, salvo la más engañosa, para
llamar cristianismo a la religión de este país. Lo considero el colmo de la
tergiversa¬ción, la estafa más descarada y la más grosera de todas las
ca¬lumnias. Nunca hubo un caso más claro de «robar las vesti¬duras de la corte
del cielo para servir con ellas al demonio». Me invade una aversión
indescriptible cuando contemplo la pompa y la ostentación religiosas, unidas a
las horribles con¬tradicciones que me rodean por todas partes. Tenemos
ladro¬nes de hombres por ministros, flageladores de mujeres por misioneros y
expoliadores de cunas por miembros de la Igle¬sia. El hombre que blande el
látigo de cuero cubierto de san¬gre durante la semana ocupa el púlpito el
domingo y dice ser un ministro del manso y humilde Jesús. El hombre que me roba
mi salario al final de cada semana se encuentra conmi¬go como jefe de clase la
mañana del domingo para mostrar¬me el camino de la vida y el sendero de la
salvación. El que vende a mi hermana, con finalidades de prostitución, se
pre¬senta como el piadoso defensor de la pureza. El que procla¬ma que es un
deber religioso leer la Biblia me niega el derecho de aprender a leer el nombre
del Dios que me creó. El que es religioso defensor del matrimonio priva a
millones de su sagrado influjo y les entrega a los estragos de una co¬rrupción
generalizada. El ardiente defensor de la santidad de la relación familiar es el
mismo que dispersa familias ente¬ras, separando a la esposa del esposo, al
padre del hijo, a la hermana del hermano, dejando la cabaña vacía y el hogar
desolado. Vemos al ladrón predicando contra el robo y al adúltero contra el
adulterio. Se venden hombres para cons¬truir iglesias, se venden mujeres para
sostener el evangelio y se vende a los niños de pecho para comprar Biblias a
¡los po¬bres paganos!, ¡todo por la gloria de Dios y el bien de las almas!. La
campana del subastador de esclavos y la de ir a la iglesia suenan en armonía, y
los llantos amargos del esclavo abati¬do los ahogan los religiosos gritos de su
piadoso amo. Las reuniones evangelistas y las subastas del comercio de
escla¬vos van de la mano. La prisión del esclavo y la iglesia se al¬zan muy
próximas. El tintineo de los grilletes y el repiqueteo de las cadenas de la
cárcel y el salmo piadoso y la oración so¬lemne de la iglesia se pueden oír a
la vez. Los que trafican con cuerpos y almas de hombres alzan su puesto ante el
púl¬pito y se ayudan mutuamente. El traficante da su oro man¬chado de sangre
para sostener el púlpito, y el púlpito, a cambio, cubre su negocio infernal con
el ropaje del cristia¬nismo. He aquí la religión y el latrocinio como aliados
mu¬tuos, demonios vestidos con ropajes de ángeles y el infierno ofrecido como
si fuese el paraíso.
¡Justo Dios', y son
éstos los mismos
que ofician en tu
altar, ¡Dios de justicia!
Hombres cuyas manos
se posan orando y bendiciendo
sobre el arca de luz
de Israel.
¡Cómo! ¿Predican y
raptan hombres?
¿Dan gracias y roban
a tu pobre afligido?
¿Hablan de tu
gloriosa libertad y luego
cierran bien firme la
puerta del cautivo?
¡Cómo! ¡Tus propios
servidores,
Hijo clemente, que
viniste a buscar y a salvar
al desvalido, al
paria, poniendo grilletes
al esclavo explotado
y expoliado!
¡Pilatos y Herodes
amigos!
¡Sumos sacerdotes y
príncipes se unen como antaño!
¡Dios justo y santo!
¿Es esa Iglesia que presta
fuerza al expoliador
la tuya?
El cristianismo de
Estados Unidos es un cristianismo de cuyos devotos puede en verdad decirse,
como de los escribas y fariseos: «Atan cargas pesadas e insoportables y las
echan sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con un dedo quieren
moverlas. Hacen todas sus obras para que les vean los hombres... Buscan los
primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas... y
que los hombres les llamen "Rabí, Rabí"... Pero ¡ay de vosotros,
escribas y fari¬seos hipócritas, que cerráis el reino de los cielos a los
hom¬bres! ¡Porque ni vosotros entráis ni dejáis entrar a los que intentan
pasar! Devoráis las casas de las viudas con el pretex¬to de largas oraciones;
se os juzgará por ello con más severi¬dad. Recorréis mar y tierra para hacer un
solo prosélito, y una vez convertido, lo hacéis hijo del infierno dos veces más
que vosotros. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el
diezmo de la menta, del anís y el comino, pero abandonáis lo más importante de
la Ley: la justicia, la mise¬ricordia y la fidelidad! Es preciso hacer estas
cosas, pero sin omitir aquéllas. ¡Guías ciegos, que coláis un mosquito y
tra¬gáis un camello! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócri¬tas, que
limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras quedan por dentro llenos de
rapiña e inmundicia! ... ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que
sois semejantes a los sepulcros blanqueados, de hermosa apariencia por fuera,
pero por dentro llenos de huesos de muertos y de toda po¬dredumbre! Así también
vosotros parecéis justos a los hom¬bres por fuera, pero estáis por dentro
llenos de hipocresía y de iniquidad».
Aunque es un cuadro
sombrío y terrible, yo sostengo que es rigurosamente cierto respecto a la
mayoría abrumadora de cristianos profesos en Estados Unidos. Cuelan un mosquito
y se tragan un camello. ¿Acaso no es eso precisamente lo que hacen nuestras
iglesias? Se quedarían sobrecogidos si les pro¬pusieran confraternizar con un
ladrón de ovejas y al mismo tiempo abrazan en su comunión a un ladrón de
hombres, y me tachan a mí de infiel si se lo echo en cara. Cumplen con rigor
farisaico con las formas externas de la religión y desde¬ñan al mismo tiempo
las cuestiones de mayor peso de la Ley, la justicia, la misericordia y la
fidelidad. Siempre están dis¬puestos a sacrificar, pero pocas veces a mostrar
misericordia. De ellos es de los que se dice que proclaman amar al Dios al que
no han visto, mientras odian a su hermano al que han visto. Aman al pagano que
está en el otro extremo del mun¬do. Pueden rezar por él, pagar para que le
pongan una Biblia en la mano y los misioneros le instruyan; mientras
despre¬cian y desdeñan totalmente al pagano que tienen a su puerta.
Tal es, muy
brevemente, mi opinión sobre la religión de este país; y para evitar cualquier
malentendido, debido al uso de términos generales, entiendo por religión de
este país la que se manifiesta en las palabras, los hechos y las actua¬ciones
de esas instituciones, del Norte y del Sur, que se lla¬man a sí mismas iglesias
cristianas y que están, sin embargo, unidas a los propietarios de esclavos. Es
contra esta religión, tal como la presentan dichas instituciones, contra la que
he considerado mi deber testificar.
Concluyo estos
comentarios copiando el siguiente retrato de la religión del Sur (que es por
comunión y hermandad la religión del Norte), que afirmo sobriamente que es
«reflejo de la vida», y sin caricatura ni la más leve exageración. Di¬cen que
lo pintó, varios años antes de que se iniciase la ac¬tual agitación
antiesclavista, un predicador metodista del Norte, que, durante su estancia en
el Sur, tuvo una oportuni¬dad de ver con sus propios ojos la piedad, los
modales y la moral de los esclavistas. «¿No he de castigar yo por estas
co-sas?», dijo el Señor. «¿No habrá de vengarse mi espíritu de una nación como
ésta?»
UNA
PARODIA
Venid,
santos y pecadores, oídme contar
cómo
piadosos sacerdotes azotan a Nell y a Jack,
y
compran mujeres y venden niños,
y
predican que los pecadores al infierno irán,
y
cantan la unión celestial.
Balan
y gimen y berrean como cabras,
se
tragan una oveja negra y cuelan las motas,
se
cubren con negras chaquetas delicadas,
luego
agarran a sus negros por el cuello,
y
los ahogan, por la unión celestial.
Te
imponen penitencia si tomas un trago,
y
te condenan si robas un cordero;
pero
privan al bueno de Tony y a Doll y a Sam
de
derechos humanos y de jamón y pan
del
raptor es la unión celestial.
Hablan
a voces del premio de Cristo
y
al que es su imagen le ponen un dogal,
y
reprenden y blanden el látigo brutal,
y
venden a su hermano en el Señor
para
una encadenada unión celestial.
Leen
y cantan un canto sagrado,
y
rezan una larga y sonora oración,
y
enseñan el bien y practican el mal,
saludando
al tropel de hermanos y de hermanas
con
palabras de unión celestial.
Nos
asombra que puedan cantar,
o
alabar al Señor en la iglesia,
unos
santos que gritan, flagelan y humillan
y
que a sus esclavos y a Mamón se aferran,
en
una culpable unión de conciencias.
Cultivan
tabaco, maíz y centeno,
y
explotan y roban y engañan y mienten,
y
en el cielo amontonan tesoros,
blandiendo
la vara y el látigo,
esperando
la unión celestial.
Le
parten el cráneo al buen Tony,
y
predican y mugen cual toro de Basán,
o
burro que rebuzna, llenos de maldad,
y
al bueno de Jacob agarran por los pelos,
y
tiran de él por la unión celestial.
Un
pulcro robahombres que chillaba y gritaba,
que
se alimentaba de carnero, de buey, de ternera;
pero
que nunca se dignó ayudar
a
los pobres negros hijos del dolor,
estaba
henchido de unión celestial.
«No
ames el mundo», dijo el predicador,
y
movió la cabeza y un ojo guiñó;
y
se apoderó de Tom y de Nick y de Ned
y
les racionó la carne y la ropa y el pan
pero
amaba mucho la unión celestial.
Otro
predicador hablaba quejumbroso
de
Uno que se afligía por todo pecador:
y
ató a la vieja Nany a un roble;
e
hizo saltar a cada golpe sangre,
y
rezaba por la unión celestial.
Abrían
otros dos las quijadas de hierro,
y
movían las zarpas ladronas de niños;
asentaban
en bagatelas a los niños suyos;
y
azotando espaldas y vientres de negros
mantenían
la unión celestial.
A
Jack todo lo bueno otro se lo arrebata,
y
agasaja a sus casquivanas y a sus libertinos,
que
van atildados como tersas serpientes,
y
se llenan la boca de pan endulzado;
y
en esto consiste la unión.
Esperando sincera y
encarecidamente que este librito pue¬da contribuir en algo a informar sobre el
sistema esclavista estadounidense, y adelantar el día gozoso de la liberación
de mis millones de hermanos encadenados, confiando fielmen¬te en el poder de la
verdad, del amor y la justicia para el éxi¬to de mis humildes esfuerzos, y
comprometiéndome de nuevo yo mismo con la causa sagrada, yo mismo firmo,
FREDERICK DOUGLASS.
Lynn, Mass., 28 de
abril de 1845.

