© Libro N° 12972. Un Caso De Identidad. Conan Doyle, Arthur. Emancipación.
Septiembre 14 de 2024
Título original: ©
Un Caso De Identidad. Arthur Conan Doyle
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Identidad. Arthur Conan Doyle
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
UN CASO DE IDENTIDAD
Arthur Conan Doyle
Un Caso
De Identidad
Arthur
Conan Doyle
-Mi
querido compañero -dijo Sherlock Holmes estando él y yo sentados a uno y otro
lado de la chimenea, en sus habitaciones de Baker Street-, la vida es
infinitamente más extraña que todo cuanto la mente del hombre podría inventar.
No osaríamos concebir ciertas cosas que resultan verdaderos lugares comunes de
la existencia. Si nos fuera posible salir volando por esa ventana agarrados de
la mano, revolotear por encima de esta gran ciudad, levantar suavemente los
techos, y asomarnos a ver las cosas raras que ocurren, las coincidencias
extrañas, los proyectos, los contraproyectos, los asombrosos encadenamientos de
circunstancias que laboran a través de las generaciones y desembocando en los
resultados más outré, nos resultarían por demás trasnochadas e
infructíferas todas las obras de ficción, con sus convencionalismos y con sus
conclusiones previstas de antemano.
-Pues yo
no estoy convencido de ello -le contesté-. Los casos que salen a la luz en los
periódicos son, por regla general, bastante sosos y bastante vulgares. En
nuestros informes policíacos nos encontramos con el realismo llevado a sus
últimos límites, pero, a pesar de ello, el resultado, preciso es confesarlo, no
es ni fascinador ni artístico.
-Se
requiere cierta dosis de selección y de discreción al exhibir un efecto
realista -comentó Holmes-. Esto se echa de menos en los informes de la Policía,
en los que es más probable ver subrayadas las vulgaridades del magistrado que
los detalles que encierran para un observador la esencia vital de todo el
asunto. Créame, no hay nada tan antinatural como lo vulgar.
Me
sonreí, moviendo negativamente la cabeza, y dije:
-Comprendo
perfectamente que usted piense de esa manera. Sin duda que, dada su posición de
consejero extraoficial, que presta ayuda a todo aquél que se encuentra
totalmente desconcertado, en toda la superficie de tres continentes, entra
usted en contacto con todos los hechos extraordinarios y sorprendentes que
ocurren. Pero aquí -y al decirlo recogí del suelo el periódico de la mañana-…
Hagamos una experiencia práctica. Aquí tenemos el primer encabezamiento con que
yo tropiezo: «Crueldad de un marido con su mujer.» En total, media columna de
letra impresa, que yo sé, sin necesidad de leerla, que no encierra sino hechos
completamente familiares para mí. Tenemos, claro está, el caso de la otra mujer,
de la bebida, del empujón, del golpe, de las magulladuras, de la hermana
simpática o de la patrona. Los escritores más toscos no podrían inventar nada
más vulgar.
-Pues
bien: el ejemplo que usted pone resulta desafortunado para su argumentación
-dijo Holmes, echando mano al periódico y recorriéndolo con la mirada-. Aquí se
trata del caso de separación del matrimonio Dundas; precisamente yo me ocupé de
poner en claro algunos detalles pequeños que tenían relación con el mismo. El
marido era abstemio, no había de por medio otra mujer y la queja que se alegaba
era que el marido había contraído la costumbre de terminar todas las comidas
despojándose de su dentadura postiza y tirándosela a su mujer, acto que, usted
convendrá conmigo, no es probable que surja en la imaginación del escritor
corriente de novelas. Tome usted un pellizco de rapé, doctor, y confiese que en
el ejemplo que usted puso me he anotado yo un tanto a mi favor.
Me alargó
su caja de oro viejo para el rapé, con una gran amatista en el centro de la
tapa. Su magnificencia contrastaba de tal manera con las costumbres sencillas y
la vida llana de Holmes, que no pude menos de comentar aquel detalle.
-Me había
olvidado de que llevo varias semanas sin verlo a usted -me dijo-. Esto es un
pequeño recuerdo del rey de Bohemia en pago de mi colaboración en el caso de
los documentos de Irene Adler.
-¿Y el
anillo? -le pregunté, mirando al precioso brillante que centelleaba en uno de
sus dedos.
-Procede
de la familia real de Holanda, pero el asunto en que yo le serví es tan
extraordinariamente delicado que no puedo confiárselo ni siquiera a usted, que
ha tenido la amabilidad de hacer la crónica de uno o dos de mis pequeños
problemas.
-¿Y no
tiene en este momento a mano ninguno? -le pregunté con interés.
-Tengo
diez o doce, pero ninguno de ellos presenta rasgos que lo hagan destacar.
Compréndame, son de importancia, sin ser interesantes. Precisamente he
descubierto que, de ordinario, suele ser en los asuntos sin importancia donde
se presenta un campo mayor de observación, propicio al rápido análisis de causa
y efecto, que es lo que da su encanto a las investigaciones. Los grandes
crímenes suelen ser los más sencillos, porque, cuanto más grande es el crimen,
más evidente resulta, por regla general, el móvil. En estos casos de que le
hablo no hay nada que ofrezca rasgo alguno de interés, con excepción de uno
bastante intrincado que me ha sido enviado desde Marsella. Sin embargo, bien
pudiera ser que tuviera alguna cosa mejor antes que transcurran unos pocos minutos,
porque, o mucho me equivoco, o ahí llega uno de mis clientes.
Holmes se
había levantado de su sillón, y estaba en pie entre las cortinas separadas,
contemplando la calle londinense, tristona y de color indefinido. Mirando por
encima de su hombro, pude ver yo en la acera de enfrente a una mujer voluminosa
que llevaba alrededor del cuello una boa de piel tupida, y una gran pluma
rizada sobre el sombrero de anchas alas, ladeado sobre la oreja según la moda
coquetona “Duquesa de Devonshire”. Esa mujer miraba por debajo de esta gran
panoplia hacia nuestras ventanas con gesto nervioso y vacilante, mientras su
cuerpo oscilaba hacia adelante y hacia atrás, y sus dedos manipulaban inquietos
con los botones de su guante. Súbitamente, en un arranque parecido al del
nadador que se tira desde la orilla al agua, cruzó apresuradamente la calzada,
y llegó a nuestros oídos un violento resonar de la campanilla de llamada.
-Antes de
ahora he presenciado yo esos síntomas -dijo Holmes, tirando al fuego su
cigarrillo-. El oscilar en la acera significa siempre que se trata de un affaire
du coeur. Querría que la aconsejase, pero no está segura de que su asunto
no sea excesivamente delicado para confiárselo a otra persona. Pues bien: hasta
en esto podemos hacer distinciones. La mujer que ha sido gravemente perjudicada
por un hombre, ya no vacila, y el síntoma corriente suele ser la ruptura del
alambre de la campanilla de llamada. En este caso, podemos dar por supuesto que
se trata de un asunto amoroso, pero que la joven no se siente tan irritada como
perpleja o dolida. Pero aquí se acerca ella en persona para sacarnos de dudas.
Mientras
Holmes hablaba, dieron unos golpes en la puerta, y entró el botones para
anunciar a la señorita Mary Sutherland, mientras la interesada dejaba ver su
pequeña silueta negra detrás de aquél, a la manera de un barco mercante con
todas sus velas desplegadas detrás del minúsculo bote piloto. Sherlock Holmes
la acogió con la espontánea amabilidad que lo distinguía. Una vez cerrada la
puerta y después de indicarle con una inclinación que se sentase en un sillón,
la contempló de la manera minuciosa, y sin embargo discreta, que era peculiar
en él.
-¿No le
parece -le dijo Holmes- que es un poco molesto para una persona corta de vista
como usted el escribir tanto a máquina?
-Lo fue
al principio -contestó ella-, pero ahora sé dónde están las letras sin
necesidad de mirar.
De
pronto, dándose cuenta de todo el alcance de sus palabras, experimentó un
violento sobresalto, y alzó su vista para mirar con temor y asombro a la cara
ancha y de expresión simpática.
-Usted ha
oído hablar de mí, señor Holmes -exclamó-. De otro modo, ¿cómo podía saber eso?
-No le dé
importancia -le dijo Holmes, riéndose-, porque la profesión mía consiste en
saber cosas. Es posible que yo me haya entrenado en fijarme en lo que otros
pasan por alto. Si no fuera así, ¿qué razón tendría usted para venir a
consultarme?
-Vine a
consultarle, señor, porque me habló de usted la señora Etherege, el paradero de
cuyo esposo descubrió usted con tanta facilidad cuando la Policía y todo el
mundo lo había dado por muerto. ¡Ay señor Holmes, si usted pudiera hacer eso
mismo para mí! No soy rica, pero dispongo de un centenar de libras al año de
renta propia, además de lo poco que gano con la máquina de escribir, y daría
todo ello por saber qué ha sido del señor Hosmer Angel.
-¿Por qué
salió a la calle con tal precipitación para consultarme? -preguntó Sherlock
Holmes, juntando unas con otras las yemas de los dedos de sus manos, y con la
vista fija en el techo.
También
ahora pasó una mirada de sobresalto por el rostro algo inexpresivo de la
señorita Mary Sutherland, y dijo ésta:
-En
efecto, me lancé fuera de casa, como disparada, porque me irritó el ver la
tranquilidad con que lo tomaba todo el señor Windibank, es decir, mi padre. No
quiso ir a la Policía, ni venir a usted y, por último, en vista de que él no
hacía nada y de que insistía en que nada se había perdido, me salí de mis
casillas, me vestí de cualquier manera y vine derecha a visitar a usted.
-¿El
padre de usted? -dijo Holmes-. Se referirá, seguramente, a su padrastro, puesto
que los apellidos son distintos.
-Sí, es
mi padrastro. Le llamo padre, aunque suena a cosa rara; porque sólo me lleva
cinco años y dos meses de edad.
-¿Vive la
madre de usted?
-Sí; mi
madre vive y está bien. No me gustó mucho, señor Holmes, cuando ella contrajo
matrimonio, muy poco después de morir papá, y lo contrajo con un hombre casi
quince años más joven que ella. Mi padre era fontanero en la Tottenhan Court
Road, y dejó al morir un establecimiento próspero, que mi madre llevó adelante
con el capataz, señor Hardy; pero, al presentarse el señor Windibank, lo
vendió, porque éste se consideraba muy por encima de aquello, pues era viajante
en vinos. Les pagaron por el traspaso e intereses cuatro mil setecientas
libras, mucho menos de lo que papá habría conseguido, de haber vivido.
Yo creía
que Sherlock Holmes daría muestras de impaciencia ante aquel relato inconexo e
inconsecuente; pero, por el contrario, lo escuchaba con atención reconcentrada.
-¿Proviene
del negocio la pequeña renta que usted disfruta? -preguntó Holmes.
-De
ninguna manera, señor; se trata de algo en absoluto independiente, y que me fue
legado por mi tío Ned, de Auckland. El dinero está colocado en valores de Nueva
Zelanda, al cuatro y medio por ciento. El capital asciende a dos mil quinientas
libras; pero sólo puedo cobrar los intereses.
-Lo que
usted me dice me resulta en extremo interesante -le dijo Holmes-. Disponiendo
de una suma tan importante como son cien libras al año, además de lo que usted
misma gana, viajará usted, sin duda, un poco y se concederá toda clase de
caprichos. En mi opinión, una mujer soltera puede vivir muy decentemente con un
ingreso de sesenta libras.
-Yo
podría hacerlo con una cantidad muy inferior a ésa, señor Holmes; pero ya
comprenderá que, mientras viva en casa, no deseo ser una carga para ellos, y
son ellos quienes invierten el dinero mío. Naturalmente, eso ocurre sólo por
ahora. El señor Windibank es quien cobra todos los trimestres mis intereses, él
se los entrega a mi madre y yo me las arreglo muy bien con lo que gano
escribiendo a máquina. Me pagan dos peniques por hoja, y hay muchos días en que
escribo de quince a veinte hojas.
-Me ha
expuesto usted su situación con toda claridad -le dijo Holmes-. Este señor es
mi amigo el doctor Watson, y usted puede hablar en su presencia con la misma
franqueza que delante de mí. Tenga, pues, la bondad de contarnos todo lo que
haya referente a sus relaciones con el señor Hosmer Angel.
La cara
de la señorita Sutherland se cubrió de rubor, y sus dedos empezaron a pellizcar
nerviosamente la orla de su chaqueta.
-Lo
conocí en el baile de los gasistas -nos dijo-. Acostumbraban enviar entradas a
mi padre en vida de éste y siguieron acordándose de nosotros, enviándoselas a
mi madre. El señor Windibank no quiso ir, nunca quería ir con nosotras a
ninguna parte. Bastaba para sacarlo de sus casillas el que yo manifestase
deseos de ir, aunque sólo fuese a una fiesta de escuela dominical. Sin embargo,
en aquella ocasión me empeñé en ir, y dije que iría porque, ¿qué derecho tenía
él a impedírmelo? Afirmó que la gente que acudiría no era como para que
nosotros alternásemos con ella, siendo así que se hallarían presentes todos los
amigos de mi padre. Aseguró también que yo no tenía vestido decente, aunque
disponía del de terciopelo color púrpura, que ni siquiera había sacado hasta
entonces del cajón. Finalmente, viendo que no se salía con la suya, marchó a
Francia para negocios de su firma, y nosotras, mi madre y yo, fuimos al baile,
acompañadas del señor Hardy, el que había sido nuestro encargado, y allí me
presentaron al señor Hosmer Angel.
-Me
imagino -dijo Holmes- que, cuando el señor Windibank regresó de Francia, se
molestó muchísimo por que ustedes hubiesen ido al baile.
-Pues,
verá usted; lo tomó muy a bien. Recuerdo que se echó a reír, se encogió de
hombros, y afirmó que era inútil negarle nada a una mujer, porque ésta se salía
siempre con la suya.
-Comprendo.
De modo que en el baile de los gasistas conoció usted a un caballero llamado
Hosmer Angel.
-Sí,
señor. Lo conocí esa noche, y al día siguiente nos visitó para preguntar si
habíamos regresado bien a casa. Después de eso nos entrevistamos con él; es
decir, señor Holmes, me entrevisté yo con él dos veces, en que salimos de
paseo; pero mi padre regresó a casa, y el señor Hosmer Angel ya no pudo venir
de visita a ella.
-¿No?
-Verá
usted, mi padre no quiso ni oír hablar de semejante cosa. No le gustaba recibir
visitas, si podía evitarlas, y acostumbraba decir que la mujer debería ser
feliz dentro de su propio círculo familiar. Pero, como yo le decía a mi madre,
la mujer necesita empezar por crearse su propio círculo, cosa que yo no había
conseguido todavía.
-¿Y qué
fue del señor Hosmer Angel? ¿No hizo intento alguno para verse con usted?
-Pues
verá, mi padre iba a marchar a Francia otra vez una semana más tarde, y Hosmer
me escribió diciendo que sería mejor y más seguro el que no nos viésemos hasta
que hubiese emprendido viaje. Mientras tanto, podíamos escribirnos, y él lo
hacía diariamente. Yo recibía las cartas por la mañana, de modo que no había
necesidad de que mi padre se enterase.
-¿Estaba
usted ya entonces comprometida a casarse con ese caballero?
-Claro
que sí, señor Holmes. Nos prometimos después del primer paseo que dimos juntos.
Hosmer, el señor Angel, era cajero en unas oficinas de Leadenhall Street, y…
-¿En qué
oficinas?
-Eso es
lo peor del caso, señor Holmes, que lo ignoro.
-¿Dónde
residía en aquel entonces?
-Dormía
en el mismo local de las oficinas.
-¿Y no
tiene usted su dirección?
-No,
fuera de que estaban en Leadenhall Street.
-¿Y
adónde, pues, le dirigía usted sus cartas?
-A la
oficina de Correos de Leadenhall, para ser retiradas personalmente. Me dijo que
si se las enviaba a las oficinas, los demás escribientes le embromarían por
recibir cartas de una dama; me brindé, pues, a escribírselas a máquina, igual
que hacía él con las suyas, pero no quiso aceptarlo, afirmando que cuando eran
de mi puño y letra le producían, en efecto, la impresión de que procedían de
mí, pero que si se las escribía a máquina le daban la sensación de que ésta se
interponía entre él y yo. Por ese detalle podrá usted ver señor Holmes, cuánto
me quería, y en qué insignificancias se fijaba.
-Sí, eso
fue muy sugestivo -dijo Holmes-. Desde hace mucho tiempo tengo yo por axioma el
de que las cosas pequeñas son infinitamente las más importantes. ¿No recuerda
usted algunas otras pequeñeces referentes al señor Hosmer Angel?
-Era un
hombre muy vergonzoso, señor Holmes. Prefería pasearse conmigo ya oscurecido, y
no durante el día, afirmando que le repugnaba que se fijasen en él. Sí; era muy
retraído y muy caballeroso. Hasta su voz tenía un timbre muy meloso. Siendo
joven sufrió, según me dijo, de anginas e hinchazón de las glándulas, y desde
entonces le quedó la garganta débil y una manera de hablar vacilante y como si
se expresara cuchicheando. Vestía siempre muy bien, con mucha pulcritud y
sencillez, pero padecía, lo mismo que yo, debilidad de la vista, y usaba
cristales de color para defenderse de la luz.
-¿Y qué
ocurrió cuando regresó a Francia su padrastro el señor Windibank?
-El señor
Hosmer Angel volvió de visita a nuestra casa, y propuso que nos casásemos antes
del regreso de mi padre. Tenía una prisa terrible, y me hizo jurar, con las
manos sobre los Evangelios que, ocurriese lo que ocurriese, le sería siempre
fiel. Mi madre dijo que tenía razón en pedirme ese juramento, y que con ello
demostraba la pasión que sentía por mí. Mi madre se puso desde el primer
momento de su parte, y mostraba por él mayor simpatía aún que yo. Pero cuando
empezaron a hablar de celebrar la boda aquella misma semana, empecé yo a
preguntar qué le parecería a mi padre; pero los dos me dijeron que no me
preocupase de él, que ya se lo diríamos después, y mi madre afirmó que ella lo
conformaría. Señor Holmes, eso no me gustó del todo. Me producía un efecto raro
el tener que solicitar su autorización, siendo como era muy poco más viejo que
yo; pero no quise hacer nada a escondidas, y escribí a mi padre a Burdeos,
donde la compañía en que trabaja tiene sus oficinas de Francia, pero la carta
me llegó devuelta la misma mañana de la boda.
-¿No
coincidió con él, verdad?
-No,
porque se había puesto en camino para Inglaterra poco antes que llegase.
-¡Mala
suerte! De modo que su boda quedó fijada para el viernes. ¿Iba a celebrarse en
la iglesia?
-Sí,
señor, pero muy calladamente. Iba a celebrarse en St. Saviour, cerca de King’s
Cross, y después de la ceremonia nos íbamos a desayunar en el St. Pancras
Hotel. Hosmer vino a buscarnos en un hansom, pero como nosotras
éramos sólo dos, nos metió en el mismo coche, y él tomó otro de cuatro ruedas,
porque era el único que había en la calle. Nosotros fuimos las primeras en
llegar a la iglesia, y cuando lo hizo el coche de cuatro ruedas esperábamos que
Hosmer se apearía del mismo; pero no se apeó, y cuando el cochero bajó del
pescante y miró al interior, ¡allí no había nadie! El cochero manifestó que no
acertaba a imaginarse qué había podido hacerse del viajero, porque lo había
visto con sus propios ojos subir al coche. Eso ocurrió el viernes pasado, señor
Holmes, y desde entonces no he tenido ninguna noticia que pueda arrojar luz
sobre su paradero.
-Me
parece que se han portado con usted de una manera vergonzosa -dijo Holmes.
-¡Oh, no
señor! Era un hombre demasiado bueno y cariñoso para abandonarme de ese modo.
Durante toda la mañana no hizo otra cosa que insistir en que, ocurriese lo que
ocurriese, tenía yo que seguir siéndole fiel; que aunque algo imprevisto nos
separase al uno del otro, tenía yo que acordarme siempre de que me había
comprometido a él, y que más pronto o más tarde se presentaría a exigirme el
cumplimiento de mi promesa. Eran palabras que resultaban extrañas para dichas
la mañana de una boda, pero adquieren sentido por lo que ha ocurrido después.
-Lo
adquieren, con toda evidencia. ¿Según eso, usted está en la creencia de que le
ha ocurrido alguna catástrofe imprevista?
-Sí,
señor. Creo que él previó algún peligro, pues de lo contrario no habría hablado
como habló. Y pienso, además, que ocurrió lo que él había previsto.
-¿Y no
tiene usted idea alguna de qué pudo ser?
-Absolutamente
ninguna.
-Otra
pregunta más: ¿Cuál fue la actitud de su madre en el asunto?
-Se puso
furiosa, y me dijo que yo no debía volver a hablar jamás de lo ocurrido.
-¿Y su
padre? ¿Se lo contó usted?
-Sí, y
pareció pensar, al igual que yo, que algo le había sucedido a Hosmer, y que yo
volvería a tener noticias de él. Porque, me decía, ¿qué interés podía tener
nadie en llevarme hasta las puertas de la iglesia, y abandonarme allí? Si él me
hubiese pedido dinero prestado, o si, después de casarse conmigo, hubiese
conseguido poner mi capital a nombre suyo, pudiera haber una razón; pero Hosmer
no quería depender de nadie en cuestión de dinero, y nunca quiso aceptar ni un
solo chelín mío. ¿Qué podía, pues, haber ocurrido? ¿Y por qué no puede
escribir? Sólo de pensarlo me pongo medio loca. Y no puedo pegar ojo en toda la
noche.
Sacó de
su manguito un pañuelo, y empezó a verter en él sus profundos sollozos.
Sherlock Holmes le dijo, levantándose:
-Examinaré
el caso en interés de usted, y no dudo de que llegaremos a resultados
concretos. Descargue desde ahora sobre mí el peso de este asunto, y desentienda
por completo su pensamiento del mismo. Y sobre todo, procure que el señor
Hosmer Angel se desvanezca de su memoria, de la misma manera que él se ha
desvanecido de su vida.
-¿Cree
usted entonces que ya no volveré a verlo más?
-Me temo
que no.
-¿Qué le
ha ocurrido entonces?
-Deje a
mi cargo esa cuestión. Desearía poseer una descripción exacta de esa persona, y
cuantas cartas del mismo pueda usted entregarme.
-El
sábado pasado puse un anuncio pidiendo noticias suyas en el Chronicle -dijo
la joven-. Aquí tiene el texto, y aquí tiene también cuatro cartas suyas.
-Gracias.
¿La dirección de usted?
-Lyon
Place, número treinta y uno, Camberwell.
-Por lo
que he podido entender, el señor Angel no le dio nunca su dirección. ¿Dónde
trabaja el padre de usted?
-Es
viajante de Westhouse & Marbank, los grandes importadores de clarete, de
Fenchurch Street.
-Gracias.
Me ha expuesto usted su problema con gran claridad. Deje aquí los documentos, y
acuérdese del consejo que le he dado. Considere todo el incidente como un libro
cerrado, y no permita que ejerza influencia sobre su vida.
-Es usted
muy amable, señor Holmes, pero yo no puedo hacer eso. Permaneceré fiel al señor
Hosmer. Me hallará dispuesta cuando él vuelva.
A pesar
de lo absurdo del sombrero y de su cara inexpresiva, tenía algo de noble, que
imponía respeto, la fe sencilla de nuestra visitante. Depositó encima de la
mesa su pequeño lío de papeles, y siguió su camino con la promesa de
presentarse siempre que la llamase el señor Holmes.
Sherlock
Holmes permaneció silencioso durante algunos minutos, con las yemas de los
dedos juntas, las piernas alargadas hacia adelante y la mirada dirigida hacia
el techo. Cogió luego del colgadero la vieja y aceitosa pipa de arcilla, que
era para él como su consejera y, una vez encendida, se recostó en la silla,
lanzando de sí en espirales las guirnaldas de una nube espesa de humo azul, con
una expresión de languidez infinita en su cara.
-Esta
moza constituye un estudio muy interesante -comentó-. Ella me ha resultado más
interesante que su pequeño problema, el que, dicho sea de paso, es bastante
trillado. Si usted consulta mi índice, hallará casos paralelos: en Andover, el
año setenta y siete, y algo que se le parece ocurrió también en La Haya el año
pasado. Sin embargo, por vieja que sea la idea, contiene uno o dos detalles que
me han resultado nuevos. Pero la persona de la moza fue sumamente
aleccionadora.
-Me
pareció que observaba usted en ella muchas cosas que eran completamente
invisibles para mí -le hice notar.
-Invisibles
no, Watson, sino inobservadas. Usted no supo dónde mirar, y por eso se le pasó
por alto todo lo importante. No consigo convencerle de la importancia de las
mangas, de lo sugeridoras que son las uñas de los pulgares, de los problemas
cuya solución depende de un cordón de los zapatos. Veamos. ¿Qué dedujo usted
del aspecto exterior de esa mujer? Descríbamelo.
-Llevaba
un sombrero de paja, de alas anchas y de color pizarra, con una pluma de color
rojo ladrillo. Su chaqueta era negra, adornada con abalorios negros y con una
orla de pequeñas cuentas de azabache. El vestido era color marrón, algo más
oscuro que el café, con una pequeña tira de felpa púrpura en el cuello y en las
mangas. Sus guantes tiraban a grises, completamente desgastados en el dedo
índice de la mano derecha. No me fijé en sus botas. Ella es pequeña, redonda,
con aros de oro en las orejas y un aspecto general de persona que vive bastante
bien, pero de una manera vulgar, cómoda y sin preocupaciones.
Sherlock
Holmes palmeó suavemente con ambas manos y se rió por lo bajo.
-Por vida
mía, Watson, que está usted haciendo progresos. Lo ha hecho usted pero que muy
bien. Es cierto que se le ha pasado por alto todo cuanto tenia importancia,
pero ha dado usted con el método, y posee una visión rápida del color. Nunca se
confíe a impresiones generales, muchacho, concéntrese en los detalles. Lo
primero que yo miro son las mangas de una mujer. En el hombre tiene quizá mayor
importancia la rodillera del pantalón.
Según ha
podido usted advertir, esta mujer lucía felpa en las mangas, y la felpa es un
material muy útil para descubrir rastros. La doble línea, un poco más arriba de
la muñeca, en el sitio donde la mecanógrafa hace presión contra la mesa, estaba
perfectamente marcada. Las máquinas de coser movidas a mano dejan una señal
similar, pero sólo sobre el brazo izquierdo y en la parte más alejada del dedo
pulgar, en vez de marcarla cruzando la parte más ancha, como la tenía ésta.
Luego miré a su cara, y descubrí en ambos lados de su nariz la señal de unas
gafas a presión, todo lo cual me permitió aventurar mi observación sobre la
cortedad de vista y la escritura, lo que pareció sorprender a la joven.
-También
me sorprendió a mi.
-Sin
embargo, era cosa que estaba a la vista. Me sorprendió mucho, después de eso, y
me interesó, al mirar hacia abajo, el observar que, a pesar de que las botas
que llevaba no eran de distinto número, sí que eran desparejas, porque una
tenía la puntera con ligeros adornos, mientras que la otra era lisa. La una
tenía abrochados únicamente los dos botones de abajo (eran cinco), y la otra
los botones primero, tercero y quinto. Pues bien: cuando una señorita joven,
correctamente vestida en todo lo demás, ha salido de su casa con las botas
desparejas y a medio abrochar, no significa gran cosa el deducir que salió con
mucha precipitación.
-¿Y qué
más? -le pregunté, vivamente interesado, como siempre me ocurría, con los
incisivos razonamientos de mi amigo.
-Advertí,
de pasada, que había escrito una carta antes de salir de casa, pero cuando
estaba ya completamente vestida. Usted se fijó en que el dedo índice de la mano
derecha de su guante estaba roto, pero no se fijó, por lo visto, en que tanto
el guante como el dedo estaban manchados de tinta violeta. Había escrito con
mucha prisa, y había metido demasiado la pluma en el tintero. Eso debió de
ocurrir esta mañana, pues de lo contrario la mancha de tinta no estaría fresca
en el dedo. Todo esto resulta divertido, aunque sea elemental, Watson, pero es
preciso que vuelva al asunto. ¿Tiene usted inconveniente en leerme la
descripción del señor Hosmer Angel que se da en el anuncio?
Puse de
manera que le diese la luz el pequeño anuncio impreso, que decía:
«Desaparecido
la mañana del día 14 un caballero llamado Hosmer Angel. Estatura, unos cinco
pies y siete pulgadas; de fuerte conformación, cutis cetrino, pelo negro, una
pequeña calva en el centro, hirsuto, con largas patillas y bigote; usa gafas
con cristales de color y habla con alguna dificultad. La última vez que se le
vio vestía levita negra con solapas de seda, chaleco negro, albertina de oro y
pantalón gris de paño Harris, con polainas oscuras sobre botas de elástico.
Sábese que estaba empleado en una oficina de la calle Leadenhall Street.
Cualquiera que proporcione, etc., etcétera.»
-Con eso
basta -dijo Holmes-. Por lo que hace a las cartas -dijo pasándoles la vista por
encima- son de lo más vulgar. No existe en ellas pista alguna que nos conduzca
al señor Angel, salvo la de que cita una vez a Balzac. Sin embargo, hay un
detalle notable, y que no dudo le sorprenderá a usted.
-Que
están escritas a máquina -hice notar yo.
-No sólo
eso, sino que incluso lo está la firma. Fíjese en la pequeña y limpia
inscripción de Hosmer Angel que hay al pie. Tenemos, como
usted ve, una fecha, pero no la dirección completa, fuera de lo de Leadenhall
Street, lo cual es bastante vago. Este detalle de la firma es muy sugeridor; a
decir verdad, pudiéramos calificarlo de probatorio.
-¿Y qué
prueba?
-¿Es
posible, querido compañero, que no advierta usted la marcada dirección que da
al caso éste?
-Mentiría
si dijese que la veo, como no sea la de que lo hacía para poder negar su firma
en el caso de que fuera demandado por ruptura de compromiso matrimonial.
-No, no
se trataba de eso. Sin embargo, voy a escribir dos cartas que nos sacarán de
dudas a ese respecto. La una para cierta firma comercial de la City y la otra
al padrastro de esta señorita, el señor Windibank, en la que le pediré que
venga a vernos aquí mañana a las seis de la tarde. Es igual que tratemos del
caso con los parientes varones. Y ahora, doctor, nada podemos hacer hasta que
nos lleguen las contestaciones a estas dos cartas, de modo que podemos dejar el
asuntillo en el estante mientras tanto.
Tantas
razones tenía yo por entonces de creer en la sutil capacidad de razonamiento de
mi amigo, y en su extraordinaria energía para la acción, que experimenté el
convencimiento de que debía de tener alguna base sólida para tratar de manera
tan segura y desenvuelta el extraño misterio cuyo sondeo le habían encomendado.
Tan sólo en una ocasión le había visto fracasar, a saber: en la de la
fotografía de Irene Adler y del rey de Bohemia; pero al repasar en mi memoria
el tan misterioso asunto del Signo de los Cuatro y las
circunstancias extraordinarias que rodearon al Estudio en escarlata,
tuve el convencimiento de que tendría que ser muy enrevesada la maraña que él
no fuese capaz de desenredar.
Me marché
y lo dejé dando bocanadas en su pipa de arcilla, convencido de que, cuando yo
volviese por allí al día siguiente por la tarde, me encontraría con que Holmes
tenía en sus manos todas las pistas que le conducirían a la identificación del
desaparecido novio de la señorita Mary Sutherland.
Ocupaba
por aquel entonces toda mi atención un caso profesional de extrema gravedad, y
estuve durante todo el día siguiente atareado junto al lecho del enfermo. No
quedé libre hasta que ya iban a dar las seis, y entonces salté a un coche hansom y
me hice llevar a Baker Street, medio asustado ante la posibilidad de llegar
demasiado tarde para asistir al denouément del pequeño
misterio. Sin embargo, me encontré a Sherlock Holmes sin compañía, medio
dormido y con su cuerpo largo y delgado hecho un ovillo en las profundidades de
su sillón. Un formidable despliegue de botellas y tubos de ensayo, y el
inconfundible y acre olor del ácido hidroclórico, me dijeron que se había
pasado el día dedicado a las manipulaciones químicas a que era tan aficionado.
-Qué, ¿lo
resolvió usted? -le pregunté al entrar.
-Sí. Era
el bisulfato de barita.
-¡No, no!
¡El misterio! -le grité.
-¡Oh,
eso! Creí que se refería a la sal que había estado manipulando. Como le dije
ayer, en este asunto no hubo nunca misterio alguno, aunque si algunos detalles
de interés. El único inconveniente con que nos encontramos es el de que, según
parece, no existe ley alguna que permita castigar al granuja este.
-¿Y quién
era el granuja, y qué se propuso con abandonar a la señorita Sutherland?
No había
apenas salido de mi boca la pregunta, y aún no había abierto Holmes los labios
para contestar, cuando oímos fuertes pisadas en el pasillo y unos golpecitos a
la puerta.
-Ahí
tenemos al padrastro de la joven, el señor Windibank -dijo Holmes-. Me escribió
diciéndome que estaría aquí a las seis… ¡Adelante!
El hombre
que entró era corpulento y de estatura mediana, de unos treinta años de edad,
completamente rasurado, de cutis cetrino, de maneras melosas e insinuantes y
con un par de ojos asombrosamente agudos y penetrantes. Disparó hacia cada uno
de nosotros dos una mirada interrogadora, puso su brillante sombrero de copa
encima del armario y, después de una leve inclinación de cabeza, se sentó en la
silla que tenía más cerca, a su lado mismo.
-Buenas
tardes, señor James Windibank -le dijo Holmes-. Creo que es usted quien me ha
enviado esta carta escrita a máquina, citándose conmigo a las seis, ¿no es
cierto?
-En
efecto, señor. Me temo que he llegado con un pequeño retraso, pero tenga en
cuenta que no puedo disponer de mi persona libremente. Siento que la señorita
Sutherland le haya molestado a usted a propósito de esta minucia, porque creo
que es mucho mejor no sacar a pública colada estos trapos sucios. Vino muy
contra mi voluntad, pero es una joven muy excitable e impulsiva, como habrá
usted podido darse cuenta, y no es fácil frenarla cuando ha tomado una
resolución. Claro está que no me importa tanto tratándose de usted, que no
tiene nada que ver con la Policía oficial, pero no resulta agradable el que se
airee fuera de casa un pequeño contratiempo familiar como éste. Además, se
trata de un gasto inútil, porque, ¿cómo va usted a encontrar a este Hosmer Angel?
-Por el
contrario -dijo tranquilamente Holmes-, tengo toda clase de razones para creer
que lograré encontrar a ese señor.
El señor
Windibank experimentó un violento sobresalto, y dejó caer sus guantes,
diciendo:
-Me
encanta oír decir eso.
-Resulta
curioso -comentó Holmes- el que las máquinas de escribir den a la escritura
tanta individualidad como cuando se escribe a mano. No hay dos máquinas de
escribir iguales, salvo cuando son completamente nuevas. Hay unas letras que se
desgastan más que otras, y algunas de ellas golpean sólo con un lado. Pues
bien: señor Windibank, fíjese en que se da el caso en esta carta suya de que
todas las letras e son algo borrosas, y que en el ganchito de
la letra erre hay un ligero defecto. Tiene su carta otras catorce
características, pero estas dos son las más evidentes.
-Escribimos
toda nuestra correspondencia en la oficina con esta máquina, y por eso sin duda
está algo gastada -contestó nuestro visitante, clavando la mirada de sus
ojillos brillantes en Holmes.
-Y ahora,
señor Windibank, voy a mostrarle algo que constituye verdaderamente un estudio
interesantísimo -continuó Holmes-. Estoy pensando en escribir cualquier día de
éstos otra pequeña monografía acerca de la máquina de escribir y de sus
relaciones con el crimen. Es un tema al que he consagrado alguna atención.
Tengo aquí cuatro cartas que según parece proceden del hombre que buscamos.
Todas ellas están escritas a máquina, y en todas ellas se observa no solamente
que las ees son borrosas y las erres sin ganchito,
sino que tienen también, si uno se sirve de los lentes de aumento, las otras
catorce características a las que me he referido.
El señor
Windibank saltó de su asiento y echó mano a su sombrero, diciendo:
-Señor
Holmes, yo no puedo perder el tiempo escuchando esta clase de charlas
fantásticas. Si usted puede apoderarse de ese hombre, hágalo, y avíseme
después.
-Desde
luego -dijo Holmes, cruzando la habitación y haciendo girar la llave de la
puerta-. Por eso le notifico ahora que lo he atrapado.
-¡Cómo!
¿Dónde? -gritó el señor Windibank, y hasta sus labios palidecieron mientras
miraba a todas partes igual que rata cogida en la trampa.
-Es
inútil todo lo que haga, es verdaderamente inútil -le dijo con voz suave
Holmes-. Señor Windibank, la cosa no tiene vuelta de hoja. Es demasiado
transparente, y no me hizo usted ningún elogio cuando dijo que me sería
imposible resolver un problema tan sencillo. Bien, siéntese, y hablemos.
Nuestro
visitante se desplomó en una silla con el rostro lívido y un brillo de sudor
por toda su frente, balbuciendo:
-No cae
dentro de la ley.
-Mucho me
lo temo; pero, de mí para usted, Windibank, ha sido una artimaña cruel, egoísta
y despiadada, que usted llevó a cabo de un modo tan ruin como yo jamás he
conocido. Y ahora, permítame tan sólo repasar el curso de los hechos, y
contradígame si en algo me equivoco.
Nuestro
hombre estaba encogido en su asiento, con la cabeza caída sobre el pecho, como
persona que ha sido totalmente aplastada. Holmes colocó sus pies en alto,
apoyándolos en la repisa de la chimenea, y echándose hacia atrás en su sillón,
con las manos en los bolsillos, comenzó a hablar, en apariencia para sí mismo
más bien que para nosotros, y dijo:
-El
hombre en cuestión se casó con una mujer mucho más vieja que él; lo hizo por su
dinero y, además, disfrutaba del dinero de la hija mientras ésta vivía con
ellos. Esta última cantidad era de importancia para gentes de su posición, y el
perderla habría equivalido a una diferencia notable. Valía la pena de realizar
un esfuerzo para conservarla. La hija era de carácter bondadoso y amable;
cariñosa y sensible en sus maneras; resultaba, pues, evidente que con sus
buenas dotes personales y su pequeña renta, no la dejarían permanecer soltera
mucho tiempo. Ahora bien y como es natural, su matrimonio equivalía a perder
cien libras anuales y, ¿qué hizo entonces para impedirlo el padrastro? Adoptó
la norma fácil de mantenerla dentro de casa, prohibiéndole el trato con otras
personas de su misma edad. Pero pronto comprendió que semejante sistema no
sería eficaz siempre. La joven se sintió desasosegada y reclamó sus derechos,
terminando por anunciar su propósito terminante de concurrir a determinado
baile. ¿Qué hace entonces su hábil padrastro? Concibe un plan que hace más
honor a su cabeza que a su corazón. Se disfrazó, con la complicidad y ayuda de
su esposa, se cubrió sus ojos de aguda mirada con cristales de color, enmascaró
su rostro con un bigote y un par de hirsutas patillas. Rebajó el timbre claro
de su voz hasta convertirlo en cuchicheo insinuante y, doblemente seguro porque
la muchacha era corta de vista, se presentó bajo el nombre de señor Hosmer
Angel, y alejó a los demás pretendientes, haciéndole el amor él mismo.
-Al
principio fue sólo una broma -gimió nuestro visitante-. Jamás pensamos que ella
se dejase llevar tan adelante.
-Es muy
probable que no. Fuese como fuese, la muchacha se enamoró por completo, y
estando como estaba convencida de que su padrastro se hallaba en Francia, ni
por un solo momento se le pasó por la imaginación la sospecha de que fuese
víctima de una traición. Las atenciones que con ella tenía el caballero la
halagaron, y la admiración, ruidosamente manifestada por su madre, contribuyó a
que su impresión fuese mayor. Acto continuo, el señor Angel da comienzo a sus
visitas, siendo evidente que si había de conseguirse un auténtico efecto, era
preciso llevar la cosa todo lo lejos que fuese posible. Hubo entrevistas y un
compromiso matrimonial, que evitaría que la joven enderezase sus afectos hacia
ninguna otra persona. Sin embargo, no era posible mantener el engaño para
siempre. Los supuestos viajes a Francia resultaban bastante embarazosos. Se
imponía claramente la necesidad de llevar el negocio a término de una manera
tan dramática que dejase una impresión permanente en el alma de la joven, y que
la impidiese durante algún tiempo poner los ojos en otro pretendiente. Por eso
se le exigieron aquellos juramentos de fidelidad con la mano puesta en los
Evangelios, y por eso también las alusiones a la posibilidad de que ocurriese
algo la mañana misma de la boda. James Windibank quería que la señorita
Sutherland se ligase a Hosmer Angel de tal manera, que permaneciese en una
incertidumbre tal acerca de su paradero, que durante los próximos diez años al
menos, no prestase oídos a otro hombre. La condujo hasta la puerta de la
iglesia, y entonces, como ya no podía llevar las cosas más adelante,
desapareció oportunamente, recurriendo al viejo truco de entrar en el coche de
cuatro ruedas por una portezuela y salir por la otra. Así es, señor Windibank,
como se encadenaron los hechos, según yo creo.
Mientras
Holmes estuvo hablando, nuestro visitante había recobrado en parte su aplomo, y
al oír esas palabras se levantó de la silla y dijo con frío gesto de burla en
su pálido rostro:
-Quizá,
señor Holmes, todo haya ocurrido de esa manera, y quizá no; pero si usted es
tan agudo, debería serlo lo bastante para saber que es usted quien está
faltando ahora a la ley, y no yo. Desde el principio, yo no hice nada punible,
pero mientras usted siga teniendo cerrada esa puerta, incurre en una acusación
por asalto y coacción ilegal.
-En
efecto, dice usted bien; la ley no puede castigar -dijo Holmes, haciendo girar
la llave y abriendo la puerta de par en par-. Sin embargo, nadie mereció jamás
un castigo más que usted. Si la joven tuviera un hermano o un amigo, él debería
cruzarle las espaldas a latigazos. ¡Por Júpiter! -prosiguió, acalorándose al
ver la expresión de mofa en la cara de aquel hombre-. Esto no entra en mis
obligaciones para con mi cliente, pero tengo a mano un látigo de cazador, y me
está pareciendo que voy a darme el gustazo de…
Holmes
dio dos pasos rápidos hacia el látigo, pero antes que pudiera echarle mano,
resonó en la escalera el ruido de unos pasos desatinados, se cerró con un golpe
estrepitoso la pesada puerta del vestíbulo; y nosotros pudimos ver por la
ventana al señor James Windibank que corría calle adelante a todo lo que daban
sus piernas.
-¡Ahí va
un hombre que hace sus canalladas a sangre fría! -exclamó Holmes riéndose, al
mismo tiempo que se dejaba caer otra vez en su sillón-. El individuo ese irá
subiendo de categoría en sus crímenes, y terminará realizando alguno muy grave,
que lo llevará a la horca. Desde algunos puntos de vista, no ha estado el caso
actual desprovisto por completo de interés.
-Todavía
no veo totalmente las etapas de su razonamiento -le hice notar yo.
-Pues
verá usted, era evidente desde el principio que este señor Hosmer Angel tenía
que tener alguna finalidad importante para su extraña conducta, y también lo
era el que la única persona que de verdad salía ganando con el incidente, hasta
donde yo podía ver, era el padrastro. También resultaba elocuente el que nunca
coincidiesen los dos hombres, sino que el uno se presentaba siempre cuando el
otro se hallaba ausente. También teníamos los detalles de los cristales de
color y lo raro de la manera de hablar, cosas ambas que apuntaban hacia un
disfraz, lo mismo que las hirsutas patillas. Mis sospechas se vieron
confirmadas por el detalle característico de escribir la firma a máquina,
porque se deducía de ello que la letra suya le era familiar a la joven, y que
ésta la identificaría por poco que él escribiese a mano. Comprenda usted que
todos estos hechos aislados, unidos a otros muchos más secundarios, coincidían
en apuntar en la misma dirección.
-¿Y cómo
se las arregló usted para comprobarlos?
-Una vez
localizado mi hombre, resultaba fácil conseguir la confirmación. Yo sabía con
qué casa comercial trabajaba este hombre. Examinando la descripción impresa,
eliminé todo aquello que podía ser consecuencia de un disfraz: las patillas,
los cristales, la voz, y la envié a la casa en cuestión, pidiéndoles que me
comunicasen si correspondía a la descripción de alguno de sus viajantes. Me
había fijado ya en las características de la máquina de escribir y envié una
carta a nuestro hombre, dirigida a su lugar de trabajo, preguntándole si podría
presentarse aquí. Su respuesta, tal y como yo había esperado, estaba escrita a
máquina, y en ella se advertían los mismos defectos triviales pero
característicos de la máquina. Por el mismo correo me llegó una carta de
Westhouse and Marbank, de Fenchurch Street, comunicándome que la descripción
respondía en todos sus detalles a la de su empleado James Windibank. Voila
tout!
-¿Y la
señorita Sutherland?
-Si yo se
lo cuento a ella, no me creerá. Recuerde usted el viejo proverbio persa: “Es
peligroso quitar su cachorro a un tigre, y también es peligroso arrebatar a una
mujer una ilusión.” Hay en Hafiz tanto buen sentido como en Horacio, e igual
conocimiento del mundo.
*FIN*
“A Case of Identity”,
The Strand Magazine, 1891

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